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En la primavera del año 1801 se produjo en Tarragona una de las primeras campañas de vacunación antivariólica de la península ibérica. El destacado científico tarraconense Antoni de Martí i Franquès conocido especialmente por sus trabajos químicos y botánicos, también se interesó por problemas médicos y participó como experto en la citada vacunación probablemente influido por Francesc Salvà y Francesc Piguillem, facultativos amigos suyos favorables a esta nueva técnica preventiva. El responsable de la vacunación fue el ingeniero de la Armada y director de las obras del puerto de Tarragona Juan Smith Sinnot, sobre el que se aportan algunos datos biográficos que permiten comprender su interés por la vacunación contra la viruela. Smith en su obra Progresos de la vacina en Tarragona (Tarragona, 1801) analiza distintos aspectos de esta inoculación y explica algunos de sus intentos por difundir esta nueva técnica. En el artículo también se estudia la relación de Martí con Smith y los datos que éste último aporta sobre el viaje de Martí por las principales ciudades europeas realizado entre 1800 y 1801. El descubrimiento de la vacuna antivariólica realizado por Edward Jenner a finales del siglo XVIII, constituye uno de los hechos más destacados en la lucha contra las enfermedades infecciosas. Por ello, desde hace años numerosos historiadores de la ciencia han investigado tanto el propio proceso del descubrimiento como el de su rápida llegada a los distintos territorios y países. En este sentido en los últimos decenios diversos autores han investigado sobre la llegada y la apropiación de esta nueva técnica en el Estado español, entre los que destacan Manuel Riera y José Rigau- Pérez (1992), Guillermo Olagüe y Mikel Astrain (1994,1995,2004), José Luis Duro (2014) y José Tuells (2015). Gracias a sus investigaciones conocemos que la primera vacunación en el Estado se produjo en Puigcerdà en diciembre del año 1800, siendo el responsable de la misma el doctor Francesc Piguillem quién se convirtió en uno de los grandes divulgadores de la nueva técnica. Gracias al material suministrado por Piguillem pocos meses más tarde se producía en Tarragona una masiva vacunación poco conocida, que presenta algunas características bastante singulares entre las que destaca que proceso fuese liderado por un brigadier de la armada de raíces irlandesas llamado Juan Smith Sinnot. Se trata de un interesantísimo personaje polifacético sobre el que solo se han realizado unos pocos estudios, como los de Manuel Riera (1992) y Josep Adserà (1993). Otro personaje que tampoco era médico y que tuvo un destacado papel en la vacunación en Tarragona es algo más conocido, fue el notable naturalista y químico tarraconense Antoni de Martí i Franquès. Para escribir el artículo se ha recabado el mayor número de datos que permitan comprender las razones que llevaron brigadier Juan Smith, cuando era director de las obras del puerto de Tarragona, a realizar un enorme esfuerzo para conseguir que se vacunaran más de un millar de habitantes de Tarragona y poblaciones circundantes. También se han investigado las razones que pudieron llevar Martí Franquès a interesarse por esta nueva técnica médica hasta el punto de convertirse en un experto según Smith, para lo que se han utilizado diversos estudios sobre este interesante personaje. También se ha analizado la forma en que se produjo esta vacunación en la primavera del año 1801, así como los esfuerzos realizados por Smith para dar a conocer esta técnica en otros territorios peninsulares. Para realizar esta investigación hemos dispuesto de una obra fundamental escrita por Smith el mismo año de la vacunación, Progresos de la vacina en Tarragona, de otras fuentes primarias como distintos documentos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, así como de diferentes obras sobre la vacunación publicadas por otros autores españoles en los primeros años del siglo XIX. También han sido fundamentales los trabajos sobre las primeras vacunaciones realizadas en el Estado publicados en los últimos decenios por historiadores citados anteriormente. El artículo se inicia con el estudio de las muy poco conocidas relaciones de Martí Franquès con la medicina. A continuación se exponen todos los datos relevantes que se han localizado sobre la vida y el trabajo de Juan Smith. Después se analiza la posición de distintos médicos y cirujanos amigos de Martí Franquès sobre la nueva técnica de la vacunación, puesto que pudieron influir en el interés mostrado por este químico y naturalista. Luego se estudia cómo se produjo el proceso de vacunación en Tarragona y poblaciones próximas, el papel desarrollado por Martí Franquès, y se analiza hasta qué punto tuvieron éxito los intentos de Smith por divulgar la técnica de la vacuna a otros puntos del territorio español. Finalmente se señalan las principales conclusiones. MARTÍ Y LA MEDICINA EN BARCELONA Antoni de Martí i Franquès (Figura 1) nacido en el año 1750 en Altafulla, una población costera tarraconense, y muerto en Tarragona el año 1832, ha sido uno de los más grandes científicos catalanes. Sin embargo nos legó muy pocos datos sobre su pensamiento y sus investigaciones debido a su personalidad y las circunstancias que rodearon su vida, en particular por su miedo a la reacción de las autoridades eclesiásticas (Camós, 2013b). Como destacado científico ilustrado dedicó su actividad a cultivar diversos campos de la ciencia, como la química, la botánica, la geología, la meteorología o arqueología, destacando especialmente por sus investigaciones sobre la composición del aire, y por las dedicadas a la reproducción de los vegetales y a la generación espontánea. A pesar de que solo presentó cinco memorias en las academias a las que pertenecía y que únicamente publicó un trabajo en vida, su influencia en el mundo científico catalán y español fue mayor de lo que a menudo se ha supuesto (Camós, 2016a). En Barcelona a finales del siglo XVIII y principio del XIX había varías instituciones donde se debatían las novedades científicas que llegaban desde Europa en las que participaban muy activamente médicos y cirujanos. Entre ellas destacan tres, la Real Academia Médico Práctica, la Real Academia de Ciencias y Artes, y el Real Colegio de Cirugía; Martí fue miembro de las dos primeras. Es bastante lógico que perteneciera a la academia de ciencias dado el gran trabajo que sabemos que desarrolló en diversas áreas científicas. Es más sorprendente su pertenencia a una academia médica aunque lo fuese como socio libre, una categoría reservada a aquellos que no siendo médicos hubiesen destacado en alguna de las ciencias que tenían relación con la medicina. En el caso de Martí los trabajos sobre la composición del aire y los dedicados a la botánica y a la generación de los organismos, se podían relacionar con el estudio de las causas de las enfermedades, de su transmisión y de su tratamiento. Martí fue nombrado socio libre de la academia de medicina en 1790, y podemos hacernos una idea del prestigio que ya tenía en el mundo médico barcelonés si consideramos algunas de las personalidades que también fueron nombradas socios libres durante el mismo año. Entre ellos encontramos al botánico y presidente de la Real Sociedad de Medicina de París Mathieu Tillet, al catedrático del Jardín Botánico de Madrid Antoni Palau Verdera, al prestigioso químico Joseph Louis Proust y al farmacéutico y químico Pedro Gutiérrez Bueno (Quintana, 1935, p. Fue en esta academia donde presentó el único trabajo que imprimió en vida, la memoria "Experimentos y Observaciones sobre los sexos y fecundación de las plantas", donde refutaba a través de un laborioso trabajo experimental la tesis del científico y sacerdote italiano Lazzaro Spallanzani, según la cual algunas plantas podrían producir semillas a partir únicamente de la parte femenina de la flor. Martí disfrutó de la amistad de varios miembros de la Academia Médico Práctica que fueron importantes defensores de la vacunación, entre los que destacan Francesc Salvà y Francesc Piguillem. Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, un personaje central en la introducción de la vacunación en España, así lo reconocía en una carta que escribió en 1801 recogiendo los primeros pasos de la vacuna en el Estado (Olagüe y Astrain, 1994, p. 318), y que iba dirigida a otro de los socios libres de esta academia, Proust (Tuells, 2015). Salvà era uno de los médicos más prestigiosos de Barcelona y amigo íntimo de Martí (Quintana, 1935, p. En dos de las tres sesiones de la academia médica que se dedicaron a la memoria de Martí sobre la reproducción de las plantas, fue Salvà quién la leyó en ausencia de su autor, y también fue él quien realizó muchas de las gestiones necesarias para su publicación. Precisamente en una carta de Martí re-lacionada con las gestiones para la publicación de la memoria encontramos una clara manifestación de amistad y confianza cuando refiriéndose a algunos cambios hechos por Salvà escribe: «ya le tengo dicho que Vm. tiene de mi parte todas las facultades para hacerlo sin darme razón de los motivos» (Quintana, 1935, p. Se ayudaron mutuamente en algunos trabajos experimentales, como en los de Salvà sobre el galvanismo (Salvà, 1876, p.47), o en los de Martí sobre la composición del aire (Martí, 2011, p. También conocemos que Salvà le pidió a Martí que revisara su trabajo sobre las aguas sulfúreas artificiales antes de imprimirla (Janer, 1832, p. Por todo ello debemos concluir que además de una íntima amistad también compartían una gran confianza en sus respectivas capacidades experimentales y científicas. Dos de las preocupaciones de Salvà como médico fueron el estudio de los procesos epidémicos atribuidos a la fiebre amarilla y la defensa de los métodos preventivos de la viruela; sabemos que Martí investigó sobre esta enfermedad y comprobaremos que colaboró en la primera vacunación en Tarragona. Otro destacado médico amigo de Martí fue Francesc Piguillem, quién realizó las primeras vacunaciones en el Estado español en Puigcerdà, la población donde había nacido. Era uno de los colaboradores botánicos de Martí (Quintana, 1985, p. 73), y junto su hermano Joseph que era también médico, formaba parte de una de las vías de entrada de los libros que Martí recibía del extranjero (Quintana, 1935, p. Asimismo Martí tenía en su biblioteca la obra de Foucroy traducida por Piguillem, Filosofía Química, o verdades fundamentales de la Química Moderna, dispuestas con nuevo orden (Quintana, 1935, p. Francesc Carbonell, académico e igualmente amigo de Martí, también participó en el debate sobre la vacuna. Aunque recordado especialmente por sus trabajos farmacéuticos y químicos, también ejerció la medicina y tuvo una considerable actividad en la academia médica barcelonesa. En la traducción de la obra de Jean-Antoine Chaptal, La Chimie appliquée aux arts, después de elogiar la labor científica de Martí se refirió a «la amistad con que me honra este sabio» (Chaptal, 1816 III, p. Con motivo de la muerte de Martí, Carbonell dirigió una sentida carta de condolencia a su hijo (Quintana, 1935, p. 271), y fue también él quien leyó en la academia la necrología de Martí inspirada en lo que había escrito previamente el clérigo Fèlix Torres Amat (Torres Amat, 1836, p. Dicha necrología se publicó posteriormente en el Diario de Barcelona con la firma de Carbonell. Otros dos amigos de Martí pertenecientes a la comunidad sanitaria barcelonesa que también participaron en los primeros debates en torno a la aceptación de la vacunación, fueron los cirujanos Josep Torner y Antoni Bas. Ambos pertenecían al Real Colegio de Cirugía. Torner fue profesor titular del colegio de cirugía, cirujano mayor del Hospital de la Santa Creu, y uno de los colaboradores botánicos de Martí (Quintana, 1985, p. Bas fue profesor de botánica del colegio de cirugía y responsable del jardín botánico mientras dependió del colegio, institución desde la que le hizo llegar a Martí numerosas especies vegetales (Quintana, 1985, pp. 65-71). Algunas de las ideas de Martí relacionadas con la medicina aparecen en las últimas páginas de su famosa memoria "Sobre la cantidad de aire vital que se halla en el aire atmosférico y sobre los varios métodos de conocerla", donde hizo uno de los cálculos más precisos de su tiempo sobre la composición del aire que tuvo una notable repercusión en Europa (Grau, 2011, pp. 34-40). Martí al demostrar experimentalmente la constancia en las proporciones de oxígeno y nitrógeno del aire en las más diversas condiciones, afirma con rotundidad que por tanto estas supuestas variaciones no podían ser la causa de las enfermedades tal como proponían muchos médicos de su tiempo (Martí, 2011, p. En cambio, coincide con la mayoría de sus contemporáneos en relacionar el origen de las enfermedades con los aires provenientes de zonas pantanosas de donde se desprendería una "substancia incógnita" capaz de alterar la salud (Martí, 2011, p. También conocemos que investigó sobre la fiebre amarilla en los primeros años del siglo XIX, en el marco del gran debate que se desarrolló en Barcelona a raíz de brote que se produjo en el puerto de la ciudad en otoño del año 1803 (Camós, 2016b). Otra fuente que proporciona algunas ideas del pensamiento de Martí sobre las enfermedades epidémicas la encontramos en la obra de Llorenç Presas Guerra a muerte al cólera morbo asiático y al Oidium Tuckery, publicada dos décadas después de su muerte. Presas conoció el pensamiento científico de Martí a través de su maestro Agustí Yañez y del estudio de sus manuscritos, y relacionó el origen de las "sustancias incógnitas" causantes de las enfermedades con la generación espontánea refiriéndose reiteradamente a las ideas del científico de Altafulla, quién defendía la existencia de este proceso y creía que era capaz de controlar sus resultados experimentalmente (Camós, 2013a). La vacunación en la ciudad de Tarragona fue liderada por un personaje con una formación ciertamente alejada de la medicina, el Brigadier, Capitán de Navío e Ingeniero Jefe de la Real Armada Juan Smith Sinnot. Había nacido en Madrid en el año 1757 siendo sus padres irlandeses, Miguel Smith natural de Dummore y Antonia Sinnot nacida en Werbof (Delgado, 1985, p. A los diez años quedó huérfano puesto que su padre murió en 1766 y su madre al año siguiente. A los 18 años residiendo en El Ferrol sufrió las viruelas sin poder contar con el consuelo de su familia, lo que debió marcarle profundamente (Riera y Rigau, 1992, pp. 294-295). En estos años también vivía en El Ferrol el médico militar irlandés Timotheo O'Scanlan, uno de los más firmes partidarios de la variolización, es decir la inoculación cutánea de líquido de la pústula de un enfermo de viruela humana para prevenir la enfermedad, que entre 1784 y 1792 publicó tres trabajos de difusión de esta técnica (Amenedo, 2010, p. Siendo ambos personajes ilustrados y con raíces irlandesas, es muy probable Figura 2. Plano de los proyectos de una nueva población de la marina de Tarragona y de la ampliación del puerto realizados por Juan Smith Sinnot, que se encuentra en la Biblioteca Pública Arús de Barcelona. que se conocieran e incluso que O'Scanlan le atendiera cuando sufrió las viruelas puesto que ocupó el puesto de primer médico del Hospital Real de Ferrol desde 1766 hasta finales de 1777. O'Scanlan realizó numerosas variolizaciones en la ciudad desde el año 1771 que causaron un gran impacto, por lo que Smith hubo de conocer de primera mano este método de prevención de la grave enfermedad que el mismo había sufrido (Amenedo, 2010, pp. 14-19). En el año 1799 fue nombrado director de las obras de ampliación del puerto de Tarragona (Figura 2). Era un prestigioso ingeniero de puertos que ya se había encargado de las obras del puerto de El Grau en Valencia, y que también elaboraría y dirigiría el proyecto de ampliación del puerto de Barcelona (Adserà, 1993, p. En el año 1807 fue ascendido a jefe de escuadra de la armada por lo que fue trasladado a Cartagena, pero volvió a Tarragona al año siguiente al ser nombrado gobernador interino y posteriormente corregidor, residiendo de nuevo en la ciudad hasta su muerte el 17 de marzo de 1809 (Escoda, 2008, pp. 69-72). Además de ser un calificado ingeniero se interesó por otros muchos campos del conocimiento. Tuvo una notable actividad en arqueología, siendo académico correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid. A dicha institución envió dos idolitos hallados en las excavaciones del puerto de Tarragona al demoler el convento de Capuchinos (Maier, 2003, p. Entabló amistad con el arqueólogo francés Jean Baptiste Le Chevalier durante su estancia en Tarragona en los años 1804 y 1805, tal como puede desprenderse a través de diversas cartas del epistolario de Martí (Quintana, 1935, pp. 263-267). Además parece que ayudó a Martí a elaborar unos precisos y detallados planos de las murallas de la ciudad de Tarragona, que el naturalista de Altafulla envió al especialista en monumentos ciclópeos Louis-Charles-François Petit-Randel, amigo de Le Chevalier (Quintana, 1985, p. Otra muestra de sus amplios intereses fue la traducción de dos destacadas obras. La primera, Disertación Química sobre la transpiración y la respiración de Lavoisier, publicada en Valencia en 1797, pone de nuevo de manifiesto su interés por temas relacionados con la medicina. Se trata de dos memorias que Lavoisier escribió con su colaborador Armand Seguin en los años 1789 y 1790, que llevaban por título Premier mémoire sur la respiration des animaux y Premier mémoire sur la transpiration des animaux. La segunda obra, Principios de economía política, se publicó en Madrid en el año 1800 siendo la traducción de la obra del fisiócrata suizo Jean Herrenschwand, De l'economie politique moderne. Discours fondamental sur la population, publicada en Londres en el año 1786 y reeditada en París en 1795. Estas traducciones también nos acercan a comprender su posicionamiento ideológico al analizar sus dedicatorias. La obra de Lavoisier la dedicó al prestigioso matemático Gabriel Ciscar, también miembro de la armada y destacado liberal, que después de participar en la guerra de la Independencia junto a las tropas españolas, y sufrir diversas vicisitudes en los años siguientes, acabó exiliado en Gibraltar debido a sus convicciones liberales. La amistad que le unía a Ciscar explica que fuera Smith quien el 21 de noviembre de 1797 entregara a la sociedad de amigos del país de Valencia tres obras remitidas por el matemático 1. El libro de Herrenschwand lo dedicó al político ilustrado Mariano Luis de Urquijo, con quien mantuvo una muy buena relación mientras fue secretario de estado (Adserà, 1993, p. Urquijo fue un destacado afrancesado que participó en el gobierno de José Bonaparte, y que se refugió en Francia tras la Guerra de la Independencia. El posicionamiento ideológico de Smith debió situarse entre el de un convencido liberal fiel a la monarquía española como Ciscar, y el de un afrancesado como Urquijo. Esto explicaría su extraño comportamiento en los primeros años de la guerra de la Independen-cia. Cuando el 25 de mayo de 1808 el ayuntamiento de Tarragona lo nombró como representante en las Cortes que tenían que celebrarse en Bayona, Smith después de muchas dudas aceptó para poco después rehusar definitivamente el nombramiento, probablemente para alejarse de la política dictada por los franceses. No obstante, unos días más tarde aceptó el cargo de corregidor. Poco después permitió la entrada de las tropas francesas en la ciudad al mando del general Joseph Chabran, que de hecho fue quien le llevó su nombramiento como corregidor, haciendo caso omiso de las llamadas a la resistencia realizadas por un sector de la población tarraconense. Más tarde no envió refuerzos a las tropas españolas comandadas por el general Théodor Reding en la batalla que se libró contra las tropas francesas en las cercanías de Valls. A partir de aquel momento Smith no acudió a ninguna Junta Gubernativa ni presidió más el Ayuntamiento (Adserà, 1993, p.63), y Reding nombró en su lugar a Carlos Mesina como corregidor interino de Tarragona un par de meses antes de su muerte (Rovira, 2011, pp. 13-18). Durante estos años de residencia en Tarragona mantuvo una notable actividad en los círculos ilustrados y de poder, estableciendo por tanto amistad con Martí, uno de sus prohombres. Martí estuvo muy vinculado a la ciudad aunque mantuvo su residencia en Altafulla hasta 1798. En este año se trasladó definitivamente a Tarragona instalando allí su gabinete y su magnífica biblioteca, por lo que en los años en que Smith vivió en Tarragona Martí también tenía allí su residencia habitual. Ambos participaron en las gestiones para que se hiciera una carretera entre Tarragona y Lleida (Quintana, 1935, p. 260), así como en un proyecto técnico-científico para la construcción de una máquina para subir agua (Quintana, 1992, p. También colaboraron en uno de los mayores proyectos científicos de su época, la medición de la longitud del meridiano terrestre. Por otra parte Smith aparece en diversas cartas del epistolario de Martí, y en su biblioteca figura un ex-libris del brigadier (Quintana, 1935, p. Un punto importante de conexión entre Martí y Smith fue el gran interés que mostró la familia de Martí por las obras de ampliación del puerto de Tarragona, debido probablemente a la gran importancia que tenía para su actividad comercial. Así lo demuestra el substancial donativo que hizo el padre de Martí en 1790 para financiar las obras, que el propio Antoni Martí comunicó al Ayuntamiento. Algunos autores relacionan este donativo con la concesión del título de nobleza a la familia, que a partir de entonces introdujo la partícula "de" en su apellido (Sánchez Real, 1998, pp. 53-59). También tenían intereses comunes en química y economía. La traducción de Smith de la obra de Lavoisier aborda uno de los temas sobre los que más investigó Martí, la química del aire. Smith se interesó por la economía como lo demuestra la traducción de la obra de Herrenschwand, mientras que Martí también se interesó por la economía política, como lo atestigua que en su biblioteca tuviera la traducción de An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations de Adam Smith realizada por Joseph Alonso Ortiz (Quintana, 1935: 283). Asimismo como ilustrados, ambos también mostraron un gran interés por la enseñanza participando en la creación de la escuela de dibujo y náutica en el año 1801, iniciándose las clases de forma provisional en el propio domicilio de Smith (Adserà, 1993, p. En 1808 la escuela se abrió a la enseñanza de las niñas tarraconenses de forma gratuita por iniciativa de Smith (Rovira, 1982, p. Su preocupación por la enseñanza hizo que se interesasen por la obra de uno de los más avanzados pedagogos de su tiempo, el suizo Johann Heinrich Pestalozzi, tal y como se refleja en una carta que recibió Martí en la que se habla del envío de una obra de este pedagogo suizo para Smith (Quintana, 1992, p. LOS MÉDICOS AMIGOS DE MARTÍ Y LA DIFUSIÓN DE LA VACUNA El prestigioso médico Francec Salvà (Figura 3) que como hemos visto fue un gran amigo de Martí, fue un gran defensor de la variolización que se hacía en Europa desde principio de siglo XVIII, pero que había desencadenado una fuerte polémica sobre los riesgos que entrañaba. La primera variolización en Barcelona tuvo lugar en el año 1776, y un año después Salvà ya la defendía públicamente en la obra La inoculacion presentada a los sabios, y antes del final del siglo había mantenido diversas polémicas en defensa de esta técnica ante varios detractores, como el médico austríaco Anton de Haen, el presbítero Vicente Ferrer Gorraiz, o el médico Jaime Menós (Gorina, 1994, p. Como hemos dicho Smith también debería conocer la existencia de esta técnica a través del médico irlandés O'Scanlan. En el año 1796 Edward Jenner iniciaba sus experiencias de vacunación, que hizo públicas dos años más tarde en la obra An inquiry into the causes and effects of the variola vaccine. Salvà quedó fuertemente impresionado por las mejoras introducidas por Jenner defendiendo desde entonces la práctica de la vacunación, aunque con ciertos matices. Su gran admiración por el médico inglés le llevó a dedicarle parte del discurso inaugural del curso clínico del año 1806 (Janer, 1832, p. Además en 1801 impulsó y financió un premio a la mejor disertación sobre las ventajas o inconvenientes de la inoculación de la vacuna, que concedería la academia médica barcelonesa (Pérez, 2007, pp. 133, 134). Otro amigo médico de Martí también miembro de la academia médica de Barcelona, Francesc Piguillem, tuvo un gran protagonismo ya que fue el introductor de esta nueva técnica en España realizando las primeras vacunaciones en Puigcerdà en diciembre del año 1800, usando el material que le había enviado el médico francés François Colon desde París. Piguillem en el año 1801 se esforzó en divulgar la nueva técnica a través dos obras, la traducción de una obra del doctor Colon que apareció con el título Ensayos sobre la inoculación de la vacuna, y un libro escrito por él, La vacuna en España o cartas familiares sobre esta nueva inoculación, donde se refiere a la vacunación en Tarragona (Piguillem, 1801, p. A pesar de que la Academia Médico Práctica de Barcelona fuera una de las instancias impulsoras de la vacunación, en los primeros años criticó a Piguillem por su excesiva Figura 3. Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, Eulogia Merle. confianza en el joven médico francés François Colon en un informe que entre otros firmó Salvà (Olagüe y Astrain, 2004, p. Esta desconfianza de Salvà hacia Piguillem también se pone de manifiesto en una carta sobre la vacuna que le envió al médico Josep Xirau en 1803, y que otro médico, Joan Puig i Mollera recogió en una obra publicada el mismo año: Si se tratase de dar premios por haber escrito à Colon, que enviase vacuna de París, y por haberla repartido después, bastaria poco tiempo; pero la Academia quiere premiar à los que den pruebas autenticas de haber exâminado à fondo esta practica (Puig, 1803, p. 47) Otro miembro de la academia y también amigo de Martí, Francesc Carbonell, hizo de censor de una carta sobre la vacuna que envió el médico de París Alphonse Leroy (Corbella, 2003, p. Leroy era un polémico personaje que después de haber defendido inicialmente la vacuna se convirtió en un destacado opositor que tuvo cierta repercusión en la península, tal y como puede comprobarse en la obra que publicó al año siguiente el médico y cirujano Diego de Bances, uno de los miembros del núcleo vasco-navarro impulsor de la vacuna (Bances, 1802, pp. 71-88). En mayo de 1801 el catedrático de anatomía del colegio de cirugía de Barcelona Esteve Marturià, presentó en una junta literaria de esta institución la comunicación "Disertación sobre el uso de la vacuna", con el objeto de divulgar esta nueva técnica. En las páginas finales del manuscrito puede observarse como los dos cirujanos que hemos explicado que intercambiaron material botánico con Martí, Bas y Torner, se mostraron suspicaces en relación a este nuevo procedimiento. Bas mostró reparos al hecho de inocular sustancias procedentes de una especie distinta de la humana, y Torner se refirió a que todavía se disponía de pocos datos 2. La influencia que pudieron ejercer sobre Martí los distintos médicos y cirujanos amigos suyos que trataron el tema de la vacunación así como la gran repercusión que tuvieron en toda Europa los trabajos de Jenner, pudieron ser decisivos para que el naturalista de Altafulla se interesase por esta nueva técnica en su viaje por las principales capitales europeas durante los años 1800 y 1801, como comprobaremos más adelante. LA VACUNACIÓN EN TARRAGONA La primera vacunación en Tarragona se produjo en mayo de 1801 gracias a los esfuerzos realizados por Juan Smith y usando el material que le proporcionó el doctor Piguillem (Smith, 1801, p. La información más completa sobre esta temprana vacunación la en-contramos en un librito que lleva por título Progresos de la vacina en Tarragona (Figura 4). Está firmado con las iniciales D.J.S.B.D.L.R.A., que parecen corresponder a Don Juan Smith Brigadier de la Real Armada. Esto queda confirmado en el ejemplar que poseía Fèlix Torres Amat puesto que muestra su ex libris, y forma parte del fondo Torres Amat que se encuentra en la Biblioteca de Catalunya. En este ejemplar podemos leer la siguiente anotación manuscrita en la portada: "Juan Smith Brigadier &", lo cual reafirma su autoría. Torres Amat fue un destacado eclesiástico, helenista e historiador de la literatura, senador por Barcelona y obispo de Astorga, y que fue acusado de filojansenismo. Además, mantuvo una gran amistad con Martí (Camós, 2013b) y residía en Tarragona en los primeros años del siglo, por tanto también debería haber conocido a Smith. Esta obra es uno de los primeros libros originales sobre la vacuna publicado en el Estado. Consta de 48 páginas y en la misma no figura la fecha de publicación. Sin embargo sabemos que apareció en el mismo año de la vacunación, 1801, puesto que Smith antes de final de este año ya la había enviado a la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia 3 y encontramos una referencia a la obra en el Diario de Madrid del 23 de noviembre de 1801 que comentaremos más adelante. Es necesario destacar el singular perfil del escritor del libro. De los autores de los 48 textos sobre la vacunación publicados en el Estado español entre 1800 y 1805, destacan una mayoría de médicos y cirujanos, y algunos eclesiásticos y burgueses ilustrados; al ingeniero militar Juan Smith habría que situarlo entre los cinco autores que no tenían ninguna de las ocupaciones citadas (Olagüe y Astrain, 2004, p. El autor era consciente de que el hecho de no pertenecer a la profesión médica podría hacer perder autoridad a su obra, por lo que trata de justificarse argumentando por un lado la sencillez del procedimiento, y por otro que diversos autores que no pertenecían al mundo de la sanidad ya habían divulgado la vacuna en Inglaterra y en Francia: Aunque esta pueda parecer oficiosidad fuera de lugar en quien no es facultativo la sencillez del medicamento era de naturaleza à quitar este reparo, y mas con el exemplo de varios que en Inglaterra y en Francia sin serlo se han hecho un honor de propagarlo (Smith, 1801, p. Más adelante vuelve a referirse a la cuestión afirmando que sin la participación en la difusión de aquellos que no eran sanitarios el proceso de propagación de la nueva técnica habría sido mucho más lento: Si en ninguna parte después del descubrimiento de Jenner se hubiese practicado la vacina sino por sujeto experimentado en ella ¿quan lentos no hubieran sido sus progresos? ¿y quantos años no se hubiera tardado en extenderla por Europa? quando en el dia se puede decir que el correo la ha llevado a todas partes (Smith, 1801, p. Smith contó con la colaboración de tres médicos que fueron los que hicieron las vacunaciones, aunque nos dice en la obra que él también estaba presente siempre que podía. El médico que colaboró más intensamente con Smith fue Manuel Dalmau Capdevila, nacido en Tàrrega y médico del hospital de Tarragona y del arzobispo Armanyà. También lo hizo su hijo Manuel Dalmau Magnífic, miembro de la Junta de Sanidad de Tarragona. El tercer facultativo fue Joan Vives, médico de una pequeña población cercana a Tarragona llamada Constantí. El texto de Smith se inicia con una corta introducción donde describe la viruela y sus terribles efectos, el antiguo modo de prevenirla a través de la variolización y las mejoras producidas por la nueva técnica introducida por Jenner. Expone después las gestiones hechas para obtener la vacuna que culminaron con la obtención del material que le fue enviado por el doctor Piguillem desde Barcelona, quién para Smith se convirtió un referente puesto que lo cita en seis ocasiones. La parte central de la obra y la más extensa la dedica a explicar de forma detallada la manera correcta de vacunar. En las últimas páginas insiste en las enormes ventajas que tiene la vacuna de Jenner frente a la variolización. Por el contenido de la obra parece que la intención de Smith era divulgar de una forma llana la importancia del nuevo método de prevención y la manera práctica de hacer las vacunaciones. A través de esta obra sabemos que la vacunación se inició el 3 de mayo de 1801, motivada por la existencia de un foco de epidemia de viruela en una población situada a tres cuartos de legua de Tarragona (Smith, 1801, p. Esta primera vacunación la hizo el médico de Constantí Joan Vives, por lo que suponemos que fue en esta población vecina de Tarragona donde se produjo el primer foco de la epidemia. Clave para el éxito de la vacunación hubo de ser que los primeros inoculados fuesen los cuatro hijos del gobernador Mariano Ibáñez, y que ninguno de los cuatro sufriera graves consecuencias posteriores, a pesar de que la hija pequeña en los días siguientes tuviera fiebre a causa de la salida de los dientes. Las vacunaciones que se realizaron posteriormente las hizo el doctor Manuel Dalmau Capdevila, inoculando gratuitamente en su casa a cualquiera que lo pidiera, y contando con la ayuda de su hijo que también era médico. Según Smith, Manuel Dalmau Capdevila fue fundamental para la buena acogida de la vacuna por parte de la población. Fue él quien hizo el dictamen de la causa de la fiebre que sufrió la hija pequeña del gobernador días después de su vacunación cuando algunos ya la atribuían al contagio de la viruela, lo que hubiera puesto en grave peligro la aceptación de la vacuna por parte de otros ciudadanos. Además fue un ardoroso divulgador intentando persuadir a la población de la necesidad de vacunarse de formas tan sorprendentes como pregonándolo desde los balcones: Figura 4. Portada del libro de Juan Smith perteneciente a Fèlix Torres Amat que se encuentra en fondo Torres Amat de la Biblioteca de Catalunya, donde puede apreciarse escrito a mano el nombre de Juan Smith, Brigadier. sido por su dictamen y persuasiva que era de mucho peso, no se hubiera podido propagar este remedio en Tarragona (Smith, 1801, pp. 12,13). Tal como se explica en la obra, uno de los grandes problemas era distinguir las verdaderas vacunas de las falsificaciones, que parece que abundaron por toda Europa, llegando a producir situaciones muy graves como en el caso de las falsas vacunas usadas en Ginebra que causaron muchos muertos y que Smith relata (1801, p. Y es en relación con esta problemática donde aparece Martí como un experto que podía garantizar la calidad de la vacuna, sabiendo distinguir los granos que se producían a consecuencia de la inoculación de la verdadera vacuna de los que se producían por la variolización o por falsas vacunas:... tenemos el consuelo de que Don Antonio Martí vecino de esta ciudad que acaba de ver los vacinados de los hospitales de Londres y París nos ha confirmado en la seguridad de que la verdadera vacina es la que tenemos aquí, y que los granos de estos inoculados son idénticos a los que vió en dichos hospitales (Smith, 1801, pp. 34). Sabemos que Martí viajó por las principales ciudades europeas durante 1800 y 1801, donde visitó universidades, academias e institutos. 696) mantuvo contactos con «los sabios más notables de aquella época», y según Torres Amat (1836, p. XXII) «a principios de este siglo recibió en Londres y París singulares muestras de aprecio de parte de los sabios de aquellas academias». Sabemos muy poco de este viaje, pero a partir de lo referido por Smith podemos afirmar que durante el mismo visitó hospitales en Londres y París interesándose por la nueva técnica de la vacunación. En el texto de Smith destaca la claridad con que expone la forma de distinguir el resultado de la vacunación hecha con la vacuna auténtica de la realizada con la vacuna fraudulenta. De ello se hizo eco el cirujano Juan de Azaola en un artículo publicado el 23 de noviembre de 1801 en el Diario de Madrid. El artículo se publicó a raíz de una fuerte polémica que se produjo en Madrid a consecuencia de que el niño Mateo Luquet al poco de ser vacunado sufrió la viruela (Duro, 2014, pp. 244-247). Esto provocó una campaña en contra de la efectividad de la vacunación y de su responsable, el cirujano Juan de Azaola. Éste se defendió argumentando que el niño había enfermado porque le había puesto una vacuna falsa tal como ya había supuesto desde el principio, y así lo había comunicado a sus padres. Para demostrar que era capaz de diferenciar las vacunas legítimas de las falsas se refirió a diferentes obras, entre ellas la de Smith: En el folleto titulado Progresos de la Vacuna en Tarragona, impreso en la misma ciudad por el Sr. D. Juan de Smith, Brigadier de la Real Armada, que ha vacunado 1400 personas con toda felicidad, y que ha escrito un tratadito que le hace mucho honor, dice en la pag. Así como hay viruelas locas ó espurias hay vacuna falsa ó bastarda, y del mismo modo que aquellas, no preserva ésta de viruelas naturales 4. Esta referencia a la vacunación en Tarragona incluye una notable confusión al dar a entender que las vacunaciones las había hecho el propio Smith, cuando como hemos visto las hicieron tres médicos, Dalmau padre e hijo y Vives. Cabe resaltar que Azaola también se refiere a la gran cantidad de vacunados en Tarragona cifrándolos en 1400 personas. En los Progresos de la Vacuna en Tarragona, Smith se refiriere a que Martí también se había sorprendido de la gran cantidad de vacunados en la ciudad que no había visto en la misma proporción en ninguna población francesa, por lo que conocemos que Martí no solo se interesó por la vacunación en los hospitales de Londres y París, sino también por su difusión en Francia: También nos ha manifestado que proporcionalmente à la población en ninguna parte de Francia se halla la Vacina tan propagada como lo está en Tarragona (Smith, 1801, p. El proceso tuvo que ser muy exitoso, puesto que si hacemos caso a la carta que el 12 de setiembre de 1801 la Condesa de Montijo envió a Ruiz de Luzuriaga, la cifra de vacunados en aquella fecha ya era de 1900 (Riera y Rigau, 1992, p. Se trata de una cifra extraordinaria si tenemos en cuenta que la población de Tarragona y alrededores no debería ser de mucho más de 15.000 habitantes. Si consideremos que según Ruiz de Luzuriaga hasta finales de 1801 se habían vacunado 861 personas entre Madrid y Aranjuez (Olagüe y Astrain, 2004, p. 24), podremos ver la gran importancia por lo menos cuantitativa de este foco de vacunación en la península. A Madrid llegaron pocas noticias de este destacado núcleo de vacunación, probablemente a causa de la falta de buenas medidas administrativas y de coordinación. Algunos autores han afirmado que Martí informó a la Academia Médico Práctica de Barcelona sobre los progresos de la vacunación en Londres y París, y que se mostró abiertamente partidario de la nueva técnica (Olagüe y Astrain, 2004, p. Esto se apoyaría en el texto de la obra de Smith y en lo que afirma Quintana sobre la relación de Martí con la citada academia (1935, p. Es lógico suponer que esto se hubiera podido producir a pesar del miedo de Martí a hacer públicas sus ideas. Sin embargo, más allá de los datos expuestos anteriormente no se ha localizado en los textos mencionados ninguna referencia a algún escrito en el cual Martí apoye diáfanamente la vacunación, ni un informe suyo sobre la vacunación en Londres y París. Por tanto no podemos confirmar estas afirmaciones. Otro médico y cirujano amigo de Martí vinculado con la vacunación fue Jaume Parcet. En la necrología que escribió sobre Martí explica que habían sido muy amigos durante los últimos 26 años de su vida, que tenía entrada libre a su gabinete reservado en Tarragona, y que con él había mantenido largas conversaciones relativas a las ciencias naturales (Parcet, 1907, p. Él también fue un defensor de la vacunación puesto que inoculaba en su casa tal como se puede comprobar en diversos anuncios que aparecieron en el apartado de "Avisos" del Diario de Tarragona a lo largo del año 1809. Así, el de 5 de mayo de aquel año apareció el siguiente aviso: «Hoy se Vaccinará. El que quiera aprovecharse de este seguro precautivo de viruelas acuda a las tres de la tarde a casa de Jaime Parcet Cirujano del Hospital de esta Ciudad» 5. Aunque comenzó a ejercer en el Hospital de Sant Pau i Santa Tecla de Tarragona en 1804, por tanto tres años después de este primer episodio de vacunación al que nos hemos referido, el gran respeto que le tenía a Martí que se pone de manifiesto en su necrología, nos permite pensar que el naturalista de Altafulla pudo influir en el decidido posicionamiento de Parcet en favor de la vacunación. Smith hizo verdaderos esfuerzos para divulgar el nuevo método de la vacuna. Al final de Los progresos de la vacina en Tarragona expone las dificultades que existían para que las noticias de este nuevo descubrimiento llegaran a los pueblos del interior de la península así como a los que no eran muy importantes. Para solucionarlo se mostraba dispuesto a efectuar él mismo la difusión haciendo llegar su obra de forma gratuita a todas las provincias y partidos:... persuadido de que los conocimientos y descubrimientos caminan lentamente con particularidad à los pueblos interiores y de segundo orden, me ha parecido conveniente escribir estas instrucciones y noticias, aunque succintas, suficientes; para que llegue à noticias de todos este admirable descubrimiento. Al mismo intento he determinado remitir gratuitamente à todas las provincias y partidos exemplares de ellas. De esta manera sabrán à lo ménos todos que existe este remedio, y persuadidos de su eficacia no dexarán de poner los medios para promover su uso (Smith, 1801, pp. 47 y 48). A pesar de los esfuerzos que Smith se muestra dispuesto a realizar, la vacunación en Tarragona tuvo un eco bastante limitado. Parece que sí lo tuvo en Valencia cuando en mayo de 1801 envió a la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia una carta explicando cómo se vacuna y adjuntando el material para realizarlo, y haciendo llegar su obra antes de finalizar el año. A consecuencia de esto la sociedad dio a conocer la posibilidad de vacunar a quien lo solicitase, y en la junta de diciembre de 1801 se explica que en la capital y en los pueblos cercanos «hay un crecidísimo número de vacinados» 6. Además sabemos que también llegaron las instrucciones de Smith y la vacuna a la Sociedad Aragonesa de Amigos del País (Olagüe y Astrain, 1995, p. Hasta el momento no hemos encontrado más datos que puedan corroborar hasta qué punto se cumplió la voluntad de Smith de hacer llegar su obra a todas las provincias. Sin embargo sabemos que el trabajo de Smith era conocido en Vizcaya por un personaje que guarda bastante paralelismo con el brigadier. Se trata de Lope García Mazarredo, quien sin ser sanitario también publicó en 1801 un pequeño opúsculo titulado Instrucciones prácticas para la inoculación de la vaccina, que era la traducción de un escrito de médico francés Henri Marie Husson. García Mazarredo debía conocer las vacunaciones que se estaban realizando en Tarragona y el protagonismo de Smith, puesto que en octubre de 1801 envió al ayuntamiento de esta ciudad dos ejemplares del opúsculo con instrucciones precisas para que uno de ellos llegara a manos del brigadier (Riera, 1992, p. Más sorprendente es la llegada de la obra a Puerto Rico. Muy probablemente la posibilidad de comerciar con América desde el puerto de Tarragona establecida en el año 1800, facilitó que la obra de Smith pudiera llegar a las colonias españolas de aquel continente. Tenemos constancia de que el librito ya estaba en Puerto Rico en el año 1804, cuando la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna llegó a esta isla y se encontró con que el doctor Oller ya había iniciado la vacunación con material proveniente de la isla Saint Thomas, en aquel momento colonia danesa. El director de la Real Expedición, el cirujano Francisco Balmis, contrariado porque las vacunas usadas no provinieran de colonias españolas y no fiándose de la calidad de las mismas, acusó a Oller de fraude e incompetencia; y éste se defendió detallando las obras de referencia que había usado para informarse, y entre ellas cita a «la dada á luz en Tarragona pr. un incognito» (Riera y Rigau, 1992, p. La obra no podía ser otra que el libro Progresos de la vacina en Tarragona, y el "incógnito" Juan Smith Sinnot. Juan Smith Sinnot, brigadier de la Armada, prestigioso ingeniero y director de las obras del puerto de Tarragona, fue el máximo responsable de la temprana vacunación de más de un millar de tarraconenses que se produjo en la primavera del año 1801. Para ello hubo de ser determinante su traumática experiencia de sufrir en soledad la viruela durante su juventud, su buena formación científica, su curiosidad por conocer los avances en diversos campos de la ciencia, así como su gran sensibilidad social. No solo hizo las gestiones necesarias para recibir el material del introductor de la vacuna en el Estado español, Francesc Piguillem, sino que hizo notables esfuerzos para difundir el nuevo método preventivo a través de la publicación de una pequeña obra, y enviando noticias, material y el libro a diferentes puntos de la península. Otro destacado ciudadano de Tarragona, el científico Antoni de Martí, también estuvo relacionado con esta vacunación. Además de preocuparse por temas médicos como la relación que podía existir entre el aire atmosférico y las enfermedades y por la fiebre amarilla, también se interesó por la vacuna. Este interés pudo deberse en parte a la defensa de la vacunación que hicieron algunos de sus amigos médicos, como Francesc Salvà y Francesc Piguillem. A través de la obra de Smith Progresos de la vacina en Tarragona, conocemos que Martí visitó hospitales en Londres y París donde se hacían vacunaciones, y que era capaz de diferenciar a través de las pústulas que producían las buenas vacunas de las fraudulentas. También fue consciente de la importancia cuantitativa de la vacunación que se estaba haciendo en Tarragona en el año 1801, si se comparaba con las realizadas en Francia en la misma época.
Se estudian tres ceremonias científicas organizadas en distintos teatros de la ciudad de Buenos Aires por el Círculo Médico Argentino (CMA). Como parte de las prácticas de sociabilidad de esta institución, estas ceremonias, dedicadas a conmemorar episodios e individuos centrales en la frágil comunidad médica de la segunda mitad del siglo XIX, fueron uno de los recursos utilizados por el CMA para la transmisión de sentidos, valores y representaciones acerca de la práctica médica local a la sociedad civil y el poder político de su época. Esta estrategia de amplificación de los aspectos simbólicos y culturales de la práctica profesional y científica de la medicina fue utilizada por el CMA tanto para construir audiencias mayores, ganar visibilidad y demandar legitimidad para el conjunto de prácticas médicas, como para abrir una brecha de acceso al reconocimiento político en una ciudad con tendencia a mirar como extraños a médicos y hospitales hasta bien entrado el siglo XX. En especial, los tres casos estudiados permiten ilustrar las estrechas relaciones entre las ceremonias teatrales y la puesta en circulación de un programa experimental para las ciencias médicas de la ciudad de Buenos Aires. LOS ESTUDIANTES DE MEDICINA PORTEÑOS Y LA SOCIABILIDAD CIENTÍFICA Durante la segunda mitad del siglo XIX, la vida científica y médica de la ciudad de Buenos Aires puso en el centro de la escena un amplio arco de prácticas de sociabilidad -y asociacionismo-que incluyeron entre sus principales propósitos la obtención de legitimidad para un nuevo régimen de producción de saberes que aspiró a transformarse en un espacio intelectual hegemónico. 1 En tal sentido interesará en las siguientes páginas explorar las ceremonias científicas llevadas a cabo en distintos teatros de la ciudad, dedicadas a conmemorar episodios e individuos centrales en la frágil comunidad médica porteña de la época. En el curso de la presente investigación se identificaron durante el medio siglo elegido como eje del análisis, una treintena de ceremonias científicas teatrales, la mayor parte de ellas radicadas en la ciudad de Buenos Aires, y en menor medida en las ciudades de La Plata -capital de la provincia de Buenos Aires desde 1882-y en la ciudad de Córdoba, capital de la provincia de nombre homónimo. De hecho el abanico de prácticas y sentidos incluidos es amplio; aquí se focalizará sobre las ceremonias convocadas por el Círculo Médico Argentino en su carácter de gremio de los estudiantes de medicina de la ciudad de Buenos Aires. Pues dichas convocatorias implicaron un doble movimiento de legitimidad. Legitimidad para las ciencias médicas frente al público porteño, en especial frente a las familias patricias de la ciudad, tarea en la que compartieron objetivos y estrategias con el resto de los miembros del cuerpo profesional de la ciudad, academia de medicina y médicos graduados de la universidad en general. Luego, legitimidad frente a la red de instituciones y actores que compusieron el régimen de producción de saberes de la floreciente ciudad, frente a quienes se posicionaron como los representantes de la juventud en el campo de las ciencias médicas. Es esta última faceta la que invoca especial atención pues el estudio del ceremonial desplegado por las sociedades científicas locales, permite ver el uso del teatro como herramienta de resolución de diversos grados de conflictos. Algunos de ellos son el conflicto entre claustros universitarios, como fueron el personal docente y el personal alumno de la facultad de medicina. También entre instituciones como el centro gremial estudiantil y la Academia de Medicina de la UBA, la Sociedad Científica Argentina, o el Museo de Ciencias Naturales, todas ellas comprometidas en el proceso de cristalizar un espacio para las ciencias ex-perimentales en la ciudad. El capital material y simbólico en disputa fueron el público patricio amante del teatro, también las autoridades públicas nacionales y provinciales; otras veces también internacionales, como se apreciará más adelante. Público y autoridades implicaron una posibilidad de peticionar financiamiento y por ende mayores posibilidades de cristalización en la sociedad civil del período, en un momento que ha sido ampliamente descrito y caracterizado por su fragilidad endémica a la hora de financiar instituciones del saber. Se recordará como ejemplo que un cuestionado Eliseo Cantón -diputado, decano y académico de la escuela médica-se quejó amargamente en plena Cámara de Diputados de la Nación, que era más fácil concitar la atención de los filántropos porteños en la creación del Jockey Club local -las "patas de los burros"-que en la fundación de nuevos hospitales, por ejemplo (Souza y Hurtado, 2008). Así pues la atención oficial fue fundamental en este proceso, como lo hizo saber la prensa gráfica narrando -con la importancia que ameritó estas ocasiones-los detalles y matices del protocolo de las ceremonias. Respecto de los recursos conceptuales, los estudios sobre sociabilidad han sido un campo historiográfico prolífico, en buena medida relacionado con el intento de mirar la vida política de los estados desde nuevos ángulos. La sociabilidad y la asociación han sido invocadas también en América Latina como marco "sociocultural de la vida política", mostrando nuevas prácticas y lenguajes en el proceso de configuración de una sociedad civil moderna (González Bernaldo, 2008, p. Por su parte, si bien la Historia de la Medicina se benefició de los estudios que rescataron la asociatividad médica como parte del proceso de cristalización de un saber profesional, 2 los campos historiográficos de la Historia de la Ciencia y de la Tecnología se han mantenido a una distancia prudente de este tipo de enfoques. Recién en la primera década del presente siglo este conjunto de campos historiográficos termina de asimilar la pregunta por el papel de la sociabilidad en los procesos de conformación de las prácticas científica, tecnológica y médica occidentales, desde el Renacimiento hasta nuestros días. Son elocuentes los volúmenes correspondientes de la Cambridge History of Science, obra colectiva editada por Lindberg y Numbers desde 2003. SOCIABILIDAD Y REGÍMENES DE PRODUCCIÓN DE SABERES ¿Qué se entiende por sociabilidad en la Historia de la Ciencia, de la Tecnología y de la Medicina occidental post-revolución científica de fines de siglo XVII? ¿Qué ecos de estas prácticas se pueden rastrear en suelo americano -ciudad de Buenos Aires incluida-durante el siglo XIX? Aquellas preguntas llevan a considerar un fenómeno histórico complejo, que incluye la referencia a espacios y prácticas muy disímiles unas de otras. Y ello es así porque es necesario evitar la dispersión de sentidos a la hora de referirse a un concepto como el de sociabilidad, siempre sospechado de polisemia (Agulhon, 2009, p. Cada uno de aquellos ejes -espacios y prácticasestá relacionado en forma estrecha con el florecimiento de las sociedades civiles modernas que, llegados los siglos XVIII y XIX, tocaron a las puertas de los antiguos regímenes nobiliarios. En las ciudades referenciales de la Europa que vive la triple revolución científica, y luego la revolución industrial y la revolución francesa, como en las ciudades americanas del siglo XIX que viven el proceso de independencia de la monarquía española, la búsqueda de una sensibilidad para la ciencia, la tecnología y la medicina estuvo relacionada en forma estrecha a un nuevo tipo de vida asociativa (Porter, 2003, p. Y si bien las diferencias entre ambos contextos históricos no es menor, resaltar la importancia de la sociabilidad científica invita a no desdeñar las similitudes (y la comparación) tras la variación contextual. Si se hace foco en los espacios, puede apreciarse lo que Agulhon (2009, p. 45) denominó el carácter histórico de "cafés, clubes y círculos", pues hay tempranos ejemplos de estos espacios articulando vida asociativa científica, tecnológica y médica. No son los únicos pues el listado se amplió con la llegada de nuevos estudios de casos. Desde mediados de siglo XVII se pueden identificar cafeterías (coffehouses para la cultura anglosajona), plazas o salones, como espacios que expresan la llegada de esa vida asociativa. Las primeras reuniones de un grupo de hombres, que luego de 1660 se formalizaría como institución privada bajo el nombre de Royal Society de Londres, tienen lugar desde 1650 en una taberna donde se debate la nueva filosofía natural, al paso que este mismo grupo realizó actividades experimentales en espacios privados (Johns, 2008, p. En el mismo sentido, no se deberá olvidar la temprana existencia de actividades de sociabilidad científica destinada a sectores ilustrados y nobiliarios, como las lecciones públicas de anatomía presentadas anualmente desde fines de la década de 1630, durante la semana de carnaval en el anfiteatro de la Universidad de Bologna (Ferrari, 1987, p. Sin embargo, la naciente filosofía natural dio muestras de no ser propiedad exclusiva de las elites urba-nas. De hecho, sectores populares y medios de diversas urbes vieron florecer espacios y prácticas, como la taberna y la cafetería, cuyas mesas solían congregar grupos de lecturas, a veces antagónicos. Tampoco quedaron fuera de la curiosidad general por la nueva filosofía las conferencias, la creación de sociedades de horticultura, la circulación de diversos textos médicos, agrícolas, filosóficos, matemáticos entre otros (Fissell y Cooter, 2003, p. En la historia de la tecnología, por ejemplo, el papel de los clubes y sociedades filosóficas fue central en la circulación de lo que Mokyr (2002) denominó "conocimiento prescriptivo" y "conocimiento proposicional", bases sólidas de lo que el mismo autor caracterizó como "iluminismo industrial". Los empresarios contemporáneos de Watts, Black y Prietsley acudieron a aquellas sociedades en busca de lecturas y conferencias sobre un amplio abanico de tópicos newtonianos, valorados como las precondiciones intelectuales de la primera revolución industrial (Jacob, 1997; 2007; Knight, 1990, p. 46) se refiere a la dimensión de la organización informal en Francia, que habilitó el acceso a lugares de relevancia, en especial a pequeños grupos de sociabilidad como la Sociedad de Arcuil o el salón organizado por Georges Cuvier en las instalaciones del Museo de Historia Natural de París durante los años de la Restauración. Dos tipos de prácticas -distintas y complementarias-fueron visibles en los espacios mencionados. Ambas respondieron al viejo problema de la credibilidad y la legitimidad de las actividades experimentales allí realizadas. En principio redactar -y circular-un informe minucioso; y ello permitió dar legitimidad a los experimentos, en especial frente a los ojos y creencias de pares que no hubieran asistido a la "asamblea de expertos", en los momentos en que se alcanzó consenso -por el discurso y/o el experimento-sobre algún tipo de afirmación sobre el comportamiento de la naturaleza (Shapin y Schaffer, 1985, p. Seguidamente, una forma algo distinta de la sociabilidad se vio en las mencionadas ceremonias públicas en el anfiteatro anatómico, en las conferencias en las sociedades científicas, en el salón cortesano, o en el catálogo del museo. Allí la asistencia de un grupo ampliado de participantes en la empresa del saber -el público-se transformó en un elemento epistemológico clave. Ya no se trataba solo de testimoniar la práctica experimental entre un grupo de eruditos o especialistas, sino de ganar una audiencia mayor. Ampliación imprescindible para adquirir legitimidad, tanto a ojos del poder político como de los actores referenciales en esas incipientes sociedades civiles. Estos espacios y prácticas de sociabilidad llamaron la atención de los médicos latinoamericanos, quienes prestaron su testimonio de admiración al desarrollo de la medicina en las capitales científicas europeas durante la segunda mitad del siglo XIX. Es Ignacio Pirovano -honrado por sus pares y alumnos con el título de "Cirujano mayor" de la ciudad de Buenos Airesquien afirmó haber frecuentado, en su periplo europeo de inicios de la década de 1870, tanto La Sorbona y las facultades alemanas, como "las pensiones del cuartel latino y las atmósferas confinadas de humo de pipa y vapores de cerveza de Bonn y de Heidelberg, donde hemos escuchado discusiones científicas dignas de ser oídas por un Bernard o un Wirchow". 4 Por su parte, la América Latina posterior a las guerras por la independencia vio el inicio de una lenta y compleja reorientación de sus afinidades científicas, tecnológicas y médicas. El siglo XIX encontró a las ciudades más pujantes del antiguo mundo virreinal tras la búsqueda de una identidad local que las llevó tanto a cuestionar su herencia colonial, como a definir sus relaciones con las principales capitales científicas europeas. Dicho proceso ha sido denominado como el paso de la "ciencia colonial" a la "ciencia nacional", subrayando así el cuestionamiento de Portugal y España como metrópolis políticas, culturales y científicas unívocas -a ojos de los virreinatos-entre los siglos XVI y XVIII (Lafuente y López-Ocón, 1998, pp. 8-9). La tensa integración al mercado mundial por parte de las ciudades latinoamericanas formalmente independientes también las puso en diálogo con las redes y canales de circulación de saberes florecientes en forma paralela al proceso de mercantilización. Un incipiente espacio público para la ciencia, la técnica y la medicina tomó forma en suelo americano, en especial durante la segunda mitad del siglo XIX (López-Ocón, 1998, p. Las diferencias, tanto cuantitativas como cualitativas, con los regímenes de saberes florecientes en Europa fueron notorias para los propios americanos de visita por las capitales europeas. Asombró el número de las instituciones creadas -universidades, laboratorios, sociedades científicas, bibliotecas, museos, anfiteatros-y también el volumen de dinero puesto en circulación, tanto por los poderes políticos como por la filantropía, por demás anhelada para las capitales latinoamericanas; en comparación, los pasos que estas comenzaban a dar eran incipientes y frágiles (Souza y Hurtado, 2010, p. Ahora bien, algunos de esos pasos no fueron muy distintos a los que dieron las capitales científicas del viejo continente desde el siglo XVII. Afloró la prensa científica, tecnológica y médica, se fundaron instituciones educativas, se comenzó a participar en las exposiciones internacionales, se fundaron museos y -de especial interés para este trabajo-hizo su irrupción el asociacionismo profesional (López-Ocón, 1998, p. Asociaciones y círculos dedicados a la modernización de los saberes existentes ven la luz durante estas décadas, al compás del florecimiento del espíritu de asociación. Existen trabajos donde se muestran los resultados de ese proceso, incluida la ciudad de Buenos Aires (López-Ocón, 1998, p. Desde la Asociación Médica Bonaerense (1860) y Círculo Médico Argentino (1875) al Círculo de Hacendados de la Habana (1878), un amplio número de distintas expresiones asociativas se hacen eco del clima de época en materia de saberes científicos, tecnológicos y médicos (González Leandri, 1999, p. Se debaten las diferencias y las expectativas, se discuten las estrategias y las posibles trayectorias. En tal sentido la prensa jugó un papel clave -como lo había hecho en el viejo continente-en la construcción de una legitimidad para estas instituciones en sus propios contextos, al paso que puso en circulación un amplio flujo de intercambios que colaboró en la conformación de una red científica, tecnológica y médica. Ciertamente la fragilidad de todo el proceso fue visible, comparada con la notable expansión de la ciencia, la medicina y la tecnología en Gran Bretaña, Francia, Alemania y EEUU. En 1875, el afamado médico porteño Pedro Rooverts -redactor de la Revista Medico Quirúrgicasostuvo que la sociabilidad científica y médica de la ciudad era fragmentaria, un fenómeno solo ocasional. Luego atribuyó a dicha ausencia el estancamiento de la Asociación Médica Bonaerense, sociedad decana de las ciencias médicas porteñas y cuyos miembros fueron los integrantes del pequeño (y elitista) cuerpo docente de la Facultad de Medicina luego de 1854. Por eso, su activación era una necesidad de primer orden si se deseaba generar una cultura experimental local. 5 Sin embargo, fragilidad no es sinónimo de inexistencia. En las siguientes cuatro décadas las ciencias biomédicas porteñas presenciaron una intensificación de su vida experimental de la mano de un potente movimiento generacional y estudiantil, que cuestionó tanto las estructuras institucionales, como las prácticas del saber existentes. Como se podrá apreciar los teatros jugaron un papel clave en ese proceso, al ser el espacio que ayudó a cristalizar una legitimidad ampliada -un público-para los apóstoles de las ciencias médicas. LA VIDA EXPERIMENTAL LLEGA A LOS TEATROS PORTEÑOS Si la medicina occidental se encontró inmersa en una poderosa mutación durante todo el siglo XIX (Wear, 1996, p. X), la medicina porteña comenzó a ponerse al día con tales transformaciones durante las últimas décadas del siglo. La historia de los estudiantes de medicina de la UBA durante este período ofrece una ventana histórica a un actor que batalló en forma explícita -y contundente-por la renovación experimental de la ciencia y la medicina local. También desplegó una intensa vida asociativa caracterizada por una agenda de sociabilidad compleja, dinámica y ambiciosa, como se podrá apreciar en lo que sigue. Ambas empresas se desarrollaron en forma yuxtapuesta y fueron una respuesta a una serie de conflictos que atravesaron la vida de la universidad, al menos hasta el movimiento reformista de 1918. Entre aquellas prácticas asociativas destacan las actividades dirigidas a un público mayor que la pequeña comunidad de estudiantes y profesionales de la medicina, tales como las ceremonias teatrales, pues a diferencia de otras modalidades de sociabilidad, interpelaron a una audiencia políticamente influyente, según se desprende de algunas de las crónicas, con el objetivo de hacerlo partícipe del diagnóstico y también del desarrollo de las ciencias médicas locales. También fue una manera de hacerlo partícipe de una ideología del progreso, visible en la centralidad que cobraba la vida experimental. Intentar incorporar al "selecto público" de las familias patricias porteñas fue una manera de responder a problemas similares a los que se les habían planteado a las sociedades y salones europeos de siglo XVIII y XIX (Palló, 2009, p. Los teatros de la ciudad fueron espacio de intensa sociabilidad cultural y política; también científica y médica. Tanto la prensa periódica como la prensa médica son prolíficas en convocatorias a diversas ceremonias, destinadas a celebrar (o conmemorar) escenas de la cultura científica y de los progresos educativos locales. En tal sentido se hará foco a continuación en tres descripciones de ceremonias teatrales "de un total de treinta" pues ellas muestran a un actor clave como fueron los estudiantes de ciencias médicas de la ciudad, jugando un papel central en la promoción de la "medicina experimental" y de la "ciencia nacional", frente al "público selecto" y las "clases ilustradas de la ciudad". Al menos en una de esas tres descripciones encontramos un cuarto tópico, que dio fuerza inusitada a los objetivos de la ceremonia: la presencia de las máximas autoridades locales. El presidente de la nación y sus ministros, el intendente de la ciudad, algunos gobernadores y embajadores de otras naciones, fueron inequívoco signo de la relevancia que adquirió la celebración de la transformación de la medicina experimental. La primera de las tres celebraciones sobre la que es útil detenerse es la que tuvo lugar el 19 de mayo de 1882 en el Teatro Nacional, cuyo motivo central era honrar la memoria del recientemente fallecido Charles Darwin. La segunda es la conmemoración del doctor Guillermo Rawson que tuvo lugar el 12 de mayo de 1890, en el antiguo Teatro Onrubia. Este mismo teatro alojó la tercera celebración cuyo objetivo fue entregar los premios del concurso científico, que buscó proyectarse a otros países de América Latina, organizado por el CMA para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América, el 12 de junio de 1893. La honra fúnebre de Charles Darwin fue convocada por la Comisión Directiva del CMA, una vez llegada a la ciudad la noticia de su deceso. La Patria Argentina -periódico fundado y dirigido por José María Gutiérrez-se hizo eco de la noticia del fallecimiento y promocionó la conferencia pública. En tono premonitorio el diario señaló que "las invitaciones que se han repartido son numerosas y es de esperarse que gran cantidad de familias llenarán el teatro". 6 Dos polemistas de peso en la cultura científica porteña compartieron el homenaje fúnebre al naturalista británico: el ex presidente de la república Domingo Faustino Sarmiento y el joven médico y naturalista Eduardo Ladislao Holmberg. El primero de los convocados ya era avezado hombre de letras y una figura política central en la década precedente. Su aporte a la institucionalización de las ciencias locales había sido contundente; había promovido la radicación del naturalista prusiano Germán Burmeister, figura clave en el Museo Nacional de Buenos Aires, hoy Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia (Mantegari, 2003, p. 95), así como la creación del primer observatorio astronómico y la radicación de su primer director, el astrónomo norteamericano Benjamin Gould (Rieznik, 2011, pp. 27-36). El segundo de los disertantes tuvo una nutrida vida experimental siendo reconocido como voz autorizada en materia de darwinismo y el problema de la evolución. 7 Al igual que Sarmiento, Hol-mberg también iba a tener una prolífica participación en el mundo de las letras locales. La ceremonia se llevó a cabo en un teatro de importancia en la ciudad como era el Teatro Nacional, que fue cedido por sus propietarios los señores "Olmos y Cía.". A la reunión se le dio el carácter de "conferencia pública", y a los oradores mencionados el título de "disertantes". El texto de Sarmiento, titulado Darwin, hizo una sutil defensa del darwinismo -al que denominó en reiteradas ocasiones como "transformismo"-frente a rivales de peso, tanto internacionales como locales, que negaban el carácter científico de los trabajos del naturalista británico. 8 Entre ellos contaba el propio director del Museo de Buenos Aires apadrinado por Sarmiento, Germán Burmeister. Sarmiento echó mano de argumentos usados por el biólogo británico Thomas Huxley para explicar en forma breve "el transformismo" de Darwin. También tuvo tiempo para elogiar la belleza del público femenino presente, en un gesto nada casual que ayudó a generar un vínculo de empatía con el público. Por su parte, la conferencia pronunciada esa noche por Eduardo Holmberg, titulada Carlos Roberto Darwin, daría lugar a la publicación -ese mismo año-de un folleto ampliado a formato de libro, que iba a representar una de las obras de mayor circulación -entre varias del mismo autor-en materia de interpretación y defensa del darwinismo. A diferencia del tono conciliador usado por Sarmiento, Holmberg polemizó en forma explícita con el director del Museo de Buenos Aires. Según el joven socio del CMA, Burmeister se animó a cuestionar en Buenos Aires el darwinismo porque las doctrinas en disputa no se llamaban "burmeisterismo". 9 El homenaje fúnebre a Darwin fue un éxito en la convocatoria de público. Según la prensa médica, la "selecta concurrencia" presente en el Teatro Nacional ascendió a cuatro mil personas. En tal sentido, las noticias celebraron el liberalismo de las "clases superiores" y, en especial, de las damas presentes, "que siendo en su mayoría católicas, no han trepidado un momento en ir a aplaudir a los que sin estar con sus ideas y hasta chocando en algo sus sentimientos, han rendido con maestría el homenaje intelectual a que se hizo acreedor el sabio autor del Origen de las Especies". 10 La conferencia pública fue presentada como una "victoria" tanto del CMA como de los oradores designados, porque hubo una concurrencia importante y porque dicha concurrencia dio un argumento epistemológico -de contundencia inapelable-en dicho contexto de sociabilidad, acorde a las pautas morales de las "clases superiores": el aplauso. Se recordará que el aplauso -y en especial el aplauso femenino-fue un elemento bascular en la obtención de legitimidad para la naciente filosofía natural presentada en los salones ilustrados, al menos desde el siglo XVIII (Schiebinger, 2004, p. Ambos oradores usaron estrategias de exposición distintas y convergentes, que buscaron un equilibrio entre la erudición y la empatía, además del "buen gusto literario" señalado por la prensa periódica a la hora de hablar de las presentaciones. La imponente concurrencia posicionó a la pequeña sociedad gremial y estudiantil en un espacio de legitimidad médica y experimental de primera línea en la ciudad, junto a otras instituciones ya consolidadas, como el Museo de Buenos Aires o la propia Universidad de Buenos Aires. Bartolomé Novaro -columnista de la revista del CMA-se permitió resaltar el logro obtenido: "HOMENAGE A DARWIN: Cuando se tuvo conocimiento de la muerte de Darwin, se organizó por la CD la fiesta en homenaje a su memoria que tuvo lugar el 19 de Mayo en el teatro Nacional, espontáneamente cedido por sus propietarios señores Olmos y Cía. Todos asististeis a la gran conferencia celebrada por el 'Círculo Médico Argentino', y aplaudisteis a los oradores designados, General don Domingo F. Sarmiento y Doctor don Eduardo L. Holmberg. El resultado obtenido probó que la elección no pudo ser más acertada. Cuatro mil personas han dado testimonio de ello. Tanto a los disertantes como a los señores Olmos, se agradeció cumplidamente su importante y generoso concurso". 11 Por su parte, el diario La Patria Argentina afirmó: "Nuestras figuras científicas más culminantes estaban allí confundidas con los personajes sociales y políticos, escritores, hombres de parlamento, jóvenes de las universidades, y colegios, curiosos de la ciencia. Se notaban muchas damas y conocidas familias en los palcos y tertulias. (...) La fiesta de anoche ha granjeado un título más al CMA, también ha hecho honor a la sociedad de Buenos Aires, en cuyo seno los nombres de Darwin, Huxley y Humboldt no suenan como palabras huecas y vacías de sentido". 12 Los "jóvenes de las universidades" convocaron a otra honra fúnebre ocho años más tarde, esta vez la del doctor Guillermo Rawson. El 11 de mayo de 1890 la prensa local anunció la celebración de una "sesión extraordinaria en el teatro Onrubia" organizada por la Comisión Directiva del CMA, para las 20 horas del siguiente día. El propósito central era "tributar homenaje a la memoria de su ilustre socio honorario Dr. Guillermo Rawson". La noticia acotaba que "las pocas localidades disponibles podrán solicitarse hasta esta noche en la secretaria de la sociedad". 13 Rawson no era un sujeto de la talla experimental de Darwin. Sin embargo, fue un médico higienista importante en la escena científica y política de la ciudad, catedrático de la Escuela de Medicina (y luego Facultad) entre 1870 y 1883, fundador de la filial local de la Cruz Roja y autor de algunos breves tratados de higiene respetados por sus pares y alumnos, entre ellos dos titulados Las Casas para Obreros e Higiene Internacional. 14 Fue un docente de espíritu crítico con la elite de la profesión médica, en especial luego de los aciagos días de la epidemia de fiebre amarilla de inicios de 1871, en donde participó activamente en la atención de las víctimas, en un contexto en que el papel del cuerpo médico fue polémico y cuestionado (González Leandri, 1999, p. En este caso, los oradores designados fueron dos socios tempranos del CMA, Samuel Gaché y Wenceslao Escalante, quienes hicieron una detallada biografía científica, docente y política del héroe de la jornada. La agenda política de Rawson corrió en forma paralela a su trayectoria médica; siguiendo los pasos de muchos "jóvenes liberales" (y médicos) se opuso al rosismo 15, y luego de su finalización -en febrero de 1852-ocupó varias bancas por la provincia de San Juan y por Buenos Aires. 16 Los oradores rescataron su combate contra la "tiranía" de los "caudillos", que no finalizó en su oposición a Rosas, y luego a su vencedor en la batalla de Caseros, Justo José de Urquiza. De hecho, Rawson es interventor en varias provincias del "atormentado interior" durante el gobierno de Bartolomé Mitre (1862-68). Litigó con el futuro presidente Domingo Faustino Sarmiento en la Cámara de Diputados, trató de llegar a una fórmula de acuerdo entre "crudos y cocidos", 17 fue convocado como ministro del Interior en los primeros años de la guerra con el Paraguay y, en tiempos de paz, es un activo promotor de la extensión de vías férreas como mecanismo unificador del mosaico regional. Desde el punto de vista de los oradores, su foja de servicios era intachable, siempre del lado del liberalismo, el orden, el progreso y la civilidad. Por ello no titubearon en declararlo -en nombre del CMA-"benemérito de la ciencia nacional", al paso que propusieron "guardar su herencia inextinguible" para transmitirla a las generaciones venideras. 18 Algunas diferencias con la honra fúnebre precedente -sutiles pero nítidas-afloraron en las descripciones hechas de la ceremonia. Hubo un trasfondo similar marcado por el homenaje a base de expositores; también hubo una concurrencia nítida, en un teatro cedido por sus dueños y empresarios. Sin embargo, el dispositivo teatral montado ganó en complejidad. La ceremonia duró unas cuatro horas -desde las 20 horas a medianoche en punto-, con un cuarto intermedio entre discurso y discurso. Por su parte se dispuso de dos bandas musicales; la primera fue la banda del cuerpo de bomberos de la ciudad, que amenizó la espera de la apertura del acto, tocando piezas musicales en el vestíbulo del teatro antes de dar inicio a la ceremonia oficial. La segunda banda estuvo contratada para el evento y fue "la orquesta del maestro Furlotti compuesta de reputados músicos", que "ejecutó piezas apropiadas al acto" 19. Las piezas que aportaron Furlotti y su banda estuvieron dirigidas en forma clara a resaltar la importancia del apóstol de las ciencias médicas. De hecho, abrieron el acto con la marcha "El Profeta", y luego de las palabras del primer orador designado por la comisión directiva del CMA, la orquesta "ejecutó varios trozos selectos, sobresaliendo la marcha fúnebre de Chopin". 20 No faltaron tres elementos ornamentales contundentes, como fueron una importante cantidad de arreglos florales, banderas en los proscenios del teatro y fuegos de artificios. Y acompañando aquel despliegue, en un lugar preferencial, un busto y un retrato de Rawson aportados por el escultor y retratista italiano Camilo Romairone, especialista en arte funerario y autor de muchos de los bustos clásicos de la Casa de Gobierno: "El busto del eminente patricio e ilustre médico, se ostentaba en el medio de la escena, cedido por su autor el escultor Romairone. Un retrato del mismo pendía de un muro". 21 La prensa también rescató la presencia de los elementos ornamentales que realzaron -a su criterio-la "velada literaria" en homenaje a Rawson: "El escenario, arreglado convenientemente, teniendo al frente el retrato del ilustre extinto, estaba destinado a los miembros del Círculo Médico". 22 Algunas semanas después -y al igual que en la ceremonia anterior-la prensa médica presentó una breve descripción desde el interior de la escena: "El CMA celebró el 12 de mayo en el teatro Onrubia la ceremonia dedicada a la memoria de su socio honorario Doctor Guillermo Rawson. Los miembros del CMA, los representantes de las corporaciones científicas, y los altos funcionarios públicos ocupaban el proscenio que estaba elegantemente decorado con trofeos de banderas y guirnaldas de flores". 23 También en el teatro de Emilio Onrubia tuvo lugar, el 12 de junio de 1893, la tercera de las celebraciones teatrales señaladas. Esta vez fue la entrega de premios del concurso médico sudamericano, dedicado al cuarto centenario del descubrimiento de América. A diferencia de las anteriores, esta noche no fue de con-memoración fúnebre a héroes experimentales, sino la entrega de premios de un concurso promocionado en forma intensa en la escuela médica local, durante el año precedente. El diario La Nación detalló el imponente programa armado para la ceremonia, invitando a los lectores y consocios a retirar las entradas en la sede del CMA, así como también a donar aquellas entradas reservadas que no fueran a ser utilizadas. 24 En el caso del concurso médico sudamericano, se convocó a médicos locales e internacionales, siendo de gran importancia las redes de intercambio bibliográfico elaboradas con paciencia desde fines de la década de 1870. En efecto, desde Chile a Cuba, varias revistas médicas y científicas latinoamericanas con las que el CMA tuvo intercambio fluido, publicaron el reglamento general del concurso, del cual fueron impresas unas 3000 copias dispuestas a tales fines. 25 Fue evidente que la sociedad ya no solo disputaba legitimidad en el marco de la incipiente "ciencia nacional" pensada desde Buenos Aires, sino que también se proponía hacerlo a nivel latinoamericano. El carácter experimental de la convocatoria quedó definido en el primer inciso del reglamento. En él se afirmaba que "son trabajos del concurso: memorias inéditas sobre medicina, piezas anatómicas, preparaciones histológicas, anátomo-patológicas, plásticas, instrumentos, aparatos, etc., que no hayan sido entregadas al público antes de la fecha de concurso". 26 Por su parte, el vínculo entre actividad experimental y poder político quedaba ilustrado luego del inciso anterior, donde se describen los premios a otorgar por parte del jury evaluador. Se establecía un premio otorgado por cada una de las repúblicas vecinas de Uruguay, Chile, Brasil y Perú, que coronaban un haz de temas experimentales dentro de las áreas definidas en el primer inciso. 27 Simétrica modalidad adoptaron las provincias argentinas de Buenos Aires y la de Tucumán, además de la intendencia municipal de la ciudad de Buenos Aires, que también establecieron sus premios en el concurso. Los resultados del "concurso sudamericano" se conocieron a fines de febrero de 1893 y la ceremonia para la entrega de los premios se llevó a cabo en el mes de junio. Estos resultados fueron comentados en forma dispar; buena parte de las declaraciones oficiales de las comisiones directivas del CMA reconoció el éxito del concurso. Otras voces reconocieron que la cantidad de trabajos esperada era mayor a los 25 trabajos finales presentados. Entre ellos, varios no poseían verdaderos méritos científicos a ojos del jurado y algunos otros ya poseían publicaciones en otras re-vistas y concursos. Por ello, el número final de trabajos premiados se redujo a once. 28 La fiesta de entrega de premios convocada en el Teatro Onrubia contó con un dispositivo similar al anterior, caracterizado por la presencia de tres bandas musicales -dos bandas militares en la entrada y una orquesta en el interior del teatro-y un arreglo de plantas y flores cedido por el Jardín Municipal. Solo que esta vez el programa de la fiesta ganó en complejidad, pues el número de piezas musicales fue mayor y estuvieron asociadas en forma estrecha a los discursos tanto de las autoridades del CMA como a los miembros del cuerpo diplomático. El himno nacional abrió la ceremonia y luego siguieron -entre discurso y discurso-la ópera Carmen, la Gavotta Imperial, la Marcha Nupcial, la primera Sinfonía de Campanone, el Intermezzo de Cavalleria Rusticana, y la Danza de las Horas de La Gioconda. 29 La complejidad del despliegue musical estuvo en estrecha relación a las autoridades presentes. Según el relato de la fiesta hecho en la revista del CMA: "Fue una fiesta brillante en que se dio cita lo más distinguido de Buenos Aires. Asistió el Sr. Presidente de la Republica Dr. Luis Sáenz Peña, acompañado de sus ministros Escalante, Alcorta, Cané, Avellaneda y Viejobueno". 30 Esta presencia fue un hito de peso en el reconocimiento a la denodada búsqueda de legitimidad que el CMA venía persiguiendo desde hacía más de dieciséis años. Por su parte, la prensa periódica hizo su comentario de la jornada diciendo que "la hermosa fiesta, que ha coronado honrosamente un acto que demuestra el alto grado de cultura que vamos alcanzando en todas las ramas del saber, fue clausurado por un oportuno discurso del doctor Juan Bautista Señorans, presidente de la comisión organizadora, agradeciendo a las familias su asistencia". 31 La fiesta de la medicina experimental incluyó la presencia de algunos embajadores de países vecinos, que otorgaron las medallas concedidas por sus gobiernos a los ganadores del concurso. Cristalizó en este acto una fuerte concesión de legitimidad por parte del poder político local -y también regional-a las actividades de la pequeña sociedad gremial y científica. En efecto, en las primeras filas del teatro "Se encontraban los miembros del jurado, el Sr. Ministro del Perú, Dr. Alberto Ulloa, el intendente Municipal interino, Dr. J. J. Montes de Oca, los premiados, los delegados de las corporaciones científicas, numerosos médicos y los miembros de la Asociación que así festejaban el gran triunfo obtenido. Los ministros plenipotenciarios de Chile, Brasil, Re-publica Oriental, asistieron también; y se excusaron por impedimentos especiales de última hora, los del Paraguay y Bolivia". 32 Al igual que en las ocasiones anteriores, dicha legitimidad no vino solo de la mano del poder político y de las otras "corporaciones científicas" que se hicieron presentes. Nuevamente "los palcos estaban ocupados por las principales familias de la Capital, y todo el teatro desbordante de concurrencia". 33 Mismas familias que prodigaron -al igual que en las ceremonias anteriores-el reconocimiento epistémico esperado de las clases ilustradas y patricias de la ciudad a saber, las generosas salvas de aplausos a los héroes higiénicos y quirúrgicos premiados en el concurso. El papel del teatro en la vida de los estudiantes universitarios y en especial de los estudiantes de medicina argentinos, no es menos nítido en las dos primeras décadas del naciente siglo XX. A los ya mencionados teatros El Nacional y Onrubia se sumaron otros, como el teatro El Coliseo en la ciudad de Buenos Aires, el teatro Rivera Indarte de la ciudad de Córdoba, o el teatro Argentino de la ciudad de La Plata. En este último tuvo lugar una fastuosa ceremonia de homenaje a Joaquín Víctor González, fundador de la universidad de dicha ciudad y verdadero ícono de las ciencias experimentales locales. El diario La Nación del 19 de Setiembre de 1918 señaló que: "Se efectuó anoche, en el teatro Argentino, de La Plata, la velada organizada por la federación local de estudiantes universitarios, en homenaje al fundador y durante doce años presidente de la universidad nacional de aquella ciudad, Dr. Joaquín V. González. El acto se ajustó en todo al programa que publicamos ayer. Congregó un público numerosísimo, en el que predominaba el concurso estudiantil. En los palcos y plateas del teatro, literalmente lleno, distinguidas damas y señoritas realzaban el carácter social de la demostración. Una excelente banda en los breves in-tervalos de la oratoria, ejecutó muy ajustadamente diversas piezas. Ocupaban el palco escénico, rodeando al Dr. González, el presidente actual de la universidad, Dr. Rodolfo Rivarola, D. Leopoldo Lugones, los miembros del consejo superior de la misma universidad, los decanos y rectores de las Facultades y colegios respectivos, la junta directiva de la Federación, los delegados de otras instituciones similares, académicos, profesores, etc.". 34 Los estudiantes seguían usando el teatro como espacio en el cual batallar por su legitimidad como actores de pleno derecho en la vida científica y universitaria local. Y lo hicieron echando mano de viejas herramientas, como era convocar tanto a las autoridades como a los "selectos públicos" de la ciudad. Ese cruce de miradas no solo amplió el espacio de legitimidad para la vida experimental, sino también las credenciales políticas de los estudiantes, como actor de pleno derecho en el convulsionado régimen de producción de saberes locales de inicios de siglo XX. Corrían los días de lo que en la historia de las universidades argentinas -y también en la historia de la ciencia-se denomina "Reforma Universitaria"; días en que los estudiantes universitarios cuestionaron en profundidad la "ciencia oligárquica" heredada de la segunda mitad de siglo XIX. Y ese clamor por renovar la vida universitaria y experimental tuvo lugar en espacios y a través de prácticas concretas, tales como la convocatoria a huelgas generales universitarias, las largas marchas estudiantiles en las calles céntricas de la ciudad, la toma de facultades y escuelas, la disputa a través de la prensa estudiantil y científica, las asambleas estudiantiles -convocados por las federaciones de estudiantes universitarios-en las plazas de las principales ciudades. A esos espacios y prácticas también se sumó el uso de los teatros para asambleas políticas y universitarias, que siguieron el protocolo ya clásico de los discursos de dirigentes estudiantiles, la presencia de bandas musicales y la entonación de marchas como "la Marsellesa", que suscitaron la fascinación y el asombro -por partes iguales-de la prensa masiva de las grandes ciudades. Utilizamos la expresión "nuevo régimen de producción de saberes" para aludir a la drástica renovación que buscaba, entre otros objetivos, asimilar las tecnologías de producción experimental al seno de la escuela médica de Buenos Aires. El grupo local impulsor de este ideal, protagonista del presente articulo, defendió la estrecha relación entre las cosmovisiones medicas y aquellas formas de practicar la producción experimental. Tomando como referencia lo que ocurre en Europa, este grupo anhela una renovación material e intelectual, que se propone, al mismo tiempo, actualizar el área de estudios. Las transformaciones ocurridas en los estudios anatómicos y quirúrgicos, pueden verse en: Souza y Hurtado (2010). Con referencia a América Latina, pueden verse: González Leandri (1998); Funes Monzote (2004). Algunos aportes precursores fueron el trabajo de Knight (1990)
lejos de implementar medidas punitivas generadoras de una mayor exclusión social, buscó la integración de los menores en la comunidad por medio de políticas educativas y sanitarias. Este artículo aporta nuevos datos sobre la médica argentina Telma Reca (1904Reca ( -1979) ) quien logró una inserción en instancias académicas y en la gestión pública a partir de los años treinta del siglo pasado. Con ese objetivo se indaga en su recorrido académico y en su paso por organismos estatales desde que obtuvo su doctorado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) (1932) hasta que se retiró de la División de Maternidad en Infancia del Departamento Nacional de Higiene (DNH) en 1948. Durante ese período volcó sus investigaciones sobre el estudio de las condiciones sociales de la delincuencia juvenil a la esfera estatal por medio de su rol como Jefa de las Divisiones de "Segunda Infancia y Niños Enfermos Anormales Necesitados" de la Dirección de Maternidad e Infancia del DNH. En esos años intentó convertir a la escuela pública en un centro de observación, investigación e individualización tanto de las conductas "antisociales" que pudieran conducir a la delincuencia como a la diferenciación de aquellos niños considerados anormales. Su mirada, lejos de buscar la exclusión social y la implementación de medidas punitivas, buscó integrarlos a la sociedad por medio de instituciones, que contaran con profesionales capacitados, que pudieran contemplar las diferencias y lograr su "adaptación". Desde el inicio de sus investigaciones se orientó hacia un enfoque social y, más particularmente, hacia el estudio que podía ejercer la educación y las intervenciones profesionales en la inclusión social. Este trabajo pretende aportar al estudio de una veta, hasta el momento no explorada, del pensamiento Reca: como sus saberes profesionales, ligados a sus investigaciones sobre la criminalidad y la importancia de la escuela para detectar conductas "antisociales", se engarzaron con los saberes estatales, a partir de su gestión en la Dirección Maternidad e Infancia. Los trabajos publicados sobre Reca se han centrado en su descollante papel en la creación de la carrera de Psicología de la UBA en 1957, y en sus participaciones en relación con el psicoanálisis en la Argentina en los años sesenta (Plotkin, 2003). Este artículo propone una aproximación a las ideas y acciones de Reca en el ámbito de su accionar como una médica con un acendrado perfil social y que tuvo una activa participación en las agencias sanitarias del Estado. De esta manera, nos permite pensar que, a pesar de que las mujeres encontraban dificultades para insertarse en la educación superior y en los organismos estatales, algunas de ellas, como el caso de Reca, se esforzaron por demostrar y difundir sus ideas, siguiendo los lineamientos que exigía su campo profesional. En función de este interés se analizarán algunos de sus múltiples registros -tesis doctoral, artículos científicos, libros, memorias estatales, aplicaciones a becas-y se intentará dar repuestas a las siguientes cuestiones: el papel otorgado a la escuela, el papel asignados a los docentes y a las visitadoras sociales; y las formas de intervención del Estado, por medio de sus técnicos, instituciones y leyes, para mejorar el sistema educativo "normal y especial". Nacida en 1904, Telma Reca obtuvo su título de doctor de la UBA en 1932 con una tesis titulada Delincuencia Juvenil en Estados Unidos y Argentina la cual recibió el premio "Eduardo Wilde". Su director fue el psiquiatra Nerio Rojas, profesor de Medicina Legal. El jurado estuvo compuesto por un catedrático del área de la Higiene Social Alberto Zwanck, Profesor Titular de Higiene y Medicina Social, y por los psiquiatras Osvaldo Loudet, Profesor de Clínica Psiquiátrica, y José Belbey, Profesor de Medicina Legal, todos de la misma casa de estudios. La tesis fue elaborada luego de una estancia de diez meses en 1930 en los Estados Unidos. Ese viaje fue medular en su experiencia de vida y en sus posteriores orientaciones; ella lo calificó, en su libro de corte autobiográfico De la vida norteamericana (1932), como "una sorpresa para mí. No fue el EE.UU. de los libros, del cine, de conversaciones con los viajeros entusiastas, con los conocidos norteamericanos. No fue el Estados Unidos loado por los amigos y escarnecido por los enemigos. Y otro tan diferente de mi panorama interior que hube de ir cambiando lentes espirituales, buscando foco mental, para verlo todo" (Reca, 1932 a, p.5). El Vassar College de Nueva York le ofreció una beca, por intermedio del Instituto Cultural Argentino Norteamericano (ICANA), para estudiar en el John Hopkins Hospital aspectos ligados al bienestar y a la higiene infantil. Durante los diez meses que duró su estancia de investigación visitó cortes juveniles en Nueva York, Washington y Vassar, la Judge Baker Foundation y estuvo en contacto con Ann Platt, la Probation Officer, quien estaba a cargo de algunos menores. Esa experiencia le aportó riquísimos estímulos, que le permitieron recabar una voluminosa y actualizada información sobre la interpretación de la práctica y la doctrina norteamericana sobre el tema; observó las estrategias por medio de las cuales se resolvía la delincuencia e inclinó su profesión a la psicología, entendida como una disciplina "alejada de los tecnicismos del laboratorio y la clínica y más abocada al estudio de los resortes mentales de la conducta" (Reca, 1932 b, pp.86-87). En su tesis doctoral destacó que la Corte Juvenil de Chicago fue la primera experiencia que intentó modificar el tratamiento judicial de los menores. Su creación se fundamentó en la oposición del confinamiento de niños y jóvenes en las cárceles junto a los adultos y, en particular, en una nueva sensibilidad hacia la infancia y la juventud que procuraba por parte de la justicia una actitud de tutela y protección (Stagno, 2011, p.350). En su tesis, Reca articuló las discusiones en boga ofrecidas por la medicina con las existentes, a la sazón, en materia jurídica. La perspectiva interdisciplinaria será un sesgo que acompañará a nuestra autora durante todo su derrotero profesional (vide infra). Según ella "necesitamos más centros donde psicólogos, pediatras, psiquiatras, educadores, trabajadores sociales, enfermeras de salud pública trabajen juntos aportando sus respectivas contribuciones" (Reca, 1937, p. A partir de esa experiencia, su formación académica estuvo muy ligada al medio norteamericano, pues realizó otros viajes de estudio a los EE.UU. financiados por la Fundación Rockefeller. Tuvo el respaldo de Bernardo Houssay, referente científico nacional dada su destacada trayectoria en el Instituto de Fisiología de Buenos Aires, y de Lewis Hackett, malariólogo y director de la oficina regional de la Fundación Rockefeller para el área del Río de la Plata y la región Andina entre 1941 a 1949. Entre 1942 a 1948 estuvo becada en tres oportunidades por dicha institución para estudiar el área de la psiquiatría infantil y la organización de las Child Guidance Clinics (Clínicas de conducta infantil) en diferentes ciudades de EE.UU. El estudio de esa experiencia y las referencias bibliográficas de ese origen fue una constante en su producción académica; también constituye un indicador de cómo, a partir de los años veinte del siglo XX, la medicina norteamericana fue cobrando un mayor protagonismo en Argentina. 11 La entrada de las mujeres a la carrera de Ciencias Médicas no fue fácil; tuvieron que enfrentar dificultades tanto para su ingreso como para su permanencia. En el terreno profesional las mujeres se inclinaron, no siempre motivado por sus deseos personales, por las ramas de la medicina vinculadas a los cuidados de las mujeres y los niños (Lorenzo, 2016). Como se ha informado en trabajos anteriores (Ramacciotti y Valobra, 2011) las llamadas "primeras médicas" tuvieron un accionar ligado con el feminismo y el sufragismo; y mantuvieron una variedad de actividades políticas y sociales. En efecto, desde los años ́30, conforme decreció la visibilidad de las militantes feministas entre las graduadas en medicina e incluso, en la militancia partidaria, muchas egresadas tuvieron un perfil más profesionalizado y buscaron una mayor inserción tanto en el ámbito universitario como en las agencias estatales. Estas mujeres lucharon por el reconocimiento de sus derechos en la jerarquía universitaria y administrativa del Estado. El caso de Telma Reca constituye un ejemplo, ya que no tuvo una militancia política explícita, pero sus inclinaciones estuvieron ligadas al campo de la izquierda. Algunos de sus escritos fueron publicados en revistas socialistas y comunistas tales como Vida Femenina o El Obrero Textil (Ramacciotti y Valobra, 2011; Guy, 2008; Norando, 2016) y algunos de sus proyectos, tal como la propuesta de ampliación edilicia del Centro de Psicología y Psiquiatría Infantil fue retomada por la bancada socialista en los años 40. Reca podría ser un ejemplo de las personas que el Partido Comunista denominó "compañeras de ruta" en los años ́30; esto es integrantes de la sociabilidad intelectual antifascista y con simpatías hacia el comunismo (Pasolini, 2013y Valobra, 2015). Es interesante revisar las ideas presentadas por Reca en su tesis doctoral. La investigación tuvo como telón de fondo su preocupación por la delincuencia juvenil en Argentina y las consecuencias que traería para el futuro. Tal como sostiene Lucía Lionetti se buscaba la preservación del cuerpo social como un todo, más allá de la simple suma del bienestar de cada integrante individual. Las nociones de higiene y profilaxis se constituyeron en los pilares de esa intervención médica. La noción de higiene se asociaba al mejoramiento de las condiciones ambientales para evitar o minimizar la aparición de enfermedades o anomalías en la sociedad presente, y la de profilaxis, aludía a las intervenciones que buscaban desterrar en el presente los elementos perniciosos para la sociedad futura (Lionetti, 2011, p.34). La tesis de Reca puede ser interpretada como una crítica a los efectos de la Ley del Patronato de Menores (1919), sancionada diez años antes. Dicho marco normativo reglamentó la pérdida o la suspensión de la patria potestad de los padres considerados incapaces de criar y educar a sus hijos menores de 18 años. En-tre las causas que podían motivar la pérdida de la capacidad jurídica y que ésta pasara al Estado nacional o provincial, se encontraban la incapacidad mental, la ebriedad consuetudinaria y las conductas "antisociales" de niños o jóvenes (Zapiola, 2010, p.119). En su tesis Reca planteó que, si bien las conductas criminales podrían tener un sustrato biológico, tal cual lo planteaba la corriente lombrosiana; para ella el factor social, potenciado por los efectos de la urbanización y la industrialización, tenía un peso preponderante en las conductas delictivas de los menores; asociaba estas conductas particularmente a los sectores sociales pobres. Al respecto afirmaba: "debe repetirse, cuantas veces fuere necesario, que los menores delincuentes se reclutan entre los abandonados, en las clases sociales más pobres, en las viviendas hacinadas, en los medios donde la urbanización es más intensa" (Reca, 1932b, p. De esta manera, al poner el acento en las condiciones sociales, se apartaba de las argumentaciones que explicaban la criminalidad juvenil como un fenómeno individual o singular originado por factores biológicos, innatos e inmodificables y, lo analizaba como un fenómeno social pasible de ser modificado a partir de intervenciones públicas y privadas. Estas ideas se relacionaron con las de su colega Alicia Moreau de Justo quien, como lo demostró Adriana Valobra, tensionó con su tesis doctoral, el peso de lo biológico en el estudio de las conductas sociales (Valobra, 2012, p.139). Reca no descartaba el peso de las causas biológicas, pero se concentraba en la posibilidad de modificar las cuestiones sociales para lograr la prevención de la delincuencia. El distanciamiento de su tesis respecto de las líneas hegemónicas de la ciencia ha sido documentado por Marcela Borinsky (2005, p.192). Efectivamente, Reca inició su tesis citando a Cesare Lombroso y su teoría de la degeneración para, rápidamente, distanciarse de esa postura y remarcar la necesidad de estudiar sus causas sociales. Las medidas que proponía en "Delincuencia Juvenil en Estados Unidos y Argentina" se apartaron del criterio punitivo y se trasladaban al terreno de la reforma educacional y social apostando al papel del medio y a la modificación de las conductas por sobre cualquier herencia biológica (Talak, 2005, p. A tono con el ideario higienista decimonónico y con los principios de la higiene mental, que habían llegado a la Argentina en la tercera década del siglo XX (Klappenbach, 1989; Talak, 2005), Reca planteaba que era necesario brindar protección prenatal a la madre embarazada y al niño tanto en la primera, como en la segunda infancia y en la edad escolar. Entre las acciones que sugería estaban la asistencia médica, la legislación social, la medicina preventiva y la educación pública. De esta batería de medidas, Reca se concentró en el rol que tendría la escuela en la "prevención de la delincuencia infantil y para contribuir a la pesquisa e identificación de esos sujetos no adaptables, y para discriminar y remediar, en lo posible, las causas de su inadaptación" (Reca, 1932b, p.19). Reca sostenía que "La escuela, como primera institución en que el niño sale del marco limitado de la familia y donde se le ofrecen numerosos estímulos nuevos, puede servir como precioso puesto de observación, piedra de toque, para descubrir aquellas anomalías y encauzarlas en un sentido provechoso" (Reca, 1932b, p. La escuela era puesta como principal lugar de aprendizaje y, por lo tanto, abandonó la idea de que la educación se debería dar a través del contacto con los adultos. La escolarización, como ocurrió en otras latitudes, fue colocada como el lugar central de formación de los niños (Ariès, 1960). Reca consideraba imprescindible que las escuelas contaran con un servicio médico escolar y con asistentes sociales. Como ha investigado Adrián Cammarota la salud escolar fue objeto de interés por los organismos sanitarios y educativos y, desde los años ́20, se promocionaron experiencias de inspección y relevamiento de datos en espacios escolares (Cammarota, 2016, pp. 36-38). Para Reca el servicio médico escolar debía cumplir la función de individualizar al niño abandonado, detectar las deficiencias en el estado físico, señalar deficiencias nutricionales, infecciones, y "taras hereditarias". Las asistentes sociales debían hacer cumplir las indicaciones médicas, intentar modificar el ambiente familiar en el sentido considerado conveniente, impulsar la difusión de los conocimientos necesarios para lograr la adquisición definitiva de normas y prácticas higiénicas, y realizar encuestas familiares y sociales (Reca, 1932b, p.233). Tal como lo indica Donzelot se fueron generando mecanismos de regulación y normalización de las familias. Las asistentes sociales, pedagogos y médicos infantiles fueron quienes se encargaron de clasificar a la infancia (Donzelot, 1998). Reca encasilló a la infancia utilizando las categorías de "normal o anormal". Los niños "normales" eran aquellos que estaban en la escuela, los "anormales" eran los pobres, desvalidos, peligrosos, o en peligro y quienes tenían muchas posibilidades de convertirse en delincuentes y de allí pasar a las instituciones estatales destinadas a los menores abandonados o delincuentes (Carli, 1992; Talak, 2005; Ramacciotti y Testa, 2014). Para Reca, la escuela debía contar con maestros dotados de conocimientos en psicología y pedagogía para atender las necesidades de "retardados, inestables y precoces". Si bien reconocía que para la primera categoría (que no definió a quienes incluía) existían niveles escolares especiales, la situación era diferente para las otras dos, para ella más preocupantes, ya que se caracterizaban por contar con alumnos "cuya vida posterior revela condiciones de inteligencia superiores al nivel medio donde actúan, que se singularizan durante la edad escolar por su conducta irregular y su desaplicación. Les faltaron estímulos eficaces para encadenar su atención y despertar su interés. Estos niños pueden incurrir en faltas, escapadas del colegio, vagancia, perturbación en clase o simplemente tienen un exceso de energía sin empleo" (Reca, 1932b, pp.21 y 22). En síntesis, las escuelas, según Reca, eran un espacio central para detectar la delincuencia infantil. Allí se debía individualizar y brindar tratamiento al "individuo tarado"; descubrir "al predelincuente en el inadaptable"; asistir socialmente a la familia y detectar al niño en peligro moral para ejercer sobre él el patronato del Estado (Reca, 1932b, p.22). Los saberes de la psicología se entremezclaron con los educativos en una relación de complementación y de superposición a medida que se fueron conformando como campos profesionales en Argentina (Talak, 2005, p. Entonces, las problemáticas sociales se podrían revertir a partir del vínculo, en la escuela, de los abordajes profesionales y las responsabilidades estatales. En línea con lo que sostiene Donzelot (1998) la puesta bajo tutela de las familias pobres contó con la medicina y la psiquiatría como disciplinas hegemónicas que respaldaban esa maniobra. Luego, el desarrollo de las correspondientes carreras universitarias con el consiguiente surgimiento de profesionales específicos para la atención de niños, niñas y adolescentes, puso en manos de los trabajadores sociales y los pedagogos la intervención social sobre esta población que se apoyó en un saber proveniente de la piscología y de la pedagogía. De esta manera, Reca, a partir de su formación universitaria, su accionar en la gestión estatal y su intensa actividad vinculada a la divulgación de sus investigaciones, colaboró en la institucionalidad del saber clasificatorio sobre la infancia y en el impulso de espacio adecuados según sus capacidades. Reca no estuvo sola en esta empresa, su colega Carolina Tobar García estuvo en diferentes proyectos que impulsaron la nivelación, según capacidades, en la escuela pública. De hecho, Tobar García asumió, en 1942, como directora de la Escuela de Adaptación y allí dictó un curso destinado a los maestros comunes dispuestos a desempeñarse, a partir de 1948, en Escuelas Diferenciales de la Capital (Lardies González, 1974; Stagnaro, 2011; Sánchez, 2007; Ramacciotti y Testa, 2014). En el ámbito universitario En este apartado revisaremos las actividades de Reca en el ámbito universitario. Nos centraremos en aquellas experiencias que luego darán origen a las medidas que promovió durante su gestión en la administración estatal. Algo para destacar en Reca es que tanto en la universidad como en la gestión utilizó herramientas de las ciencias sociales. Esto es, relevamiento empírico a partir de encuestas sociales, análisis cualitativo, sistematización de la información, elaboración de informes y difusión de los resultados de sus investigaciones tanto en publicaciones científicas como en medios de divulgación popular. En 1933, Reca siendo Jefe de Trabajos Prácticos en el Instituto de Higiene y Medicina Social de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA y desde su función de subdirectora del curso de Visitadoras Sociales, implementó una encuesta social en dos comedores escolares de la Capital Federal. El objetivo de la misma fue evaluar el estado nutricional y social de los niños para luego sugerir modificaciones. Como lo demuestra Lucía Aguilar las encuestas profesionales pueden ser interpretadas como parte del interés de la época por elaborar registros sociológicos que pudieran contribuir a la implementación de las políticas públicas (Aguilar, 2014, p. Tanto la información presentada en los informes técnicos resultantes, como los diagnósticos y respuestas podrían orientar posibles cursos de acción de gobierno. En el caso aquí estudiado también nos muestra cómo estos relevamientos y los posteriores informes eran utilizados para abrir posibles instancias de inserción laboral dentro de las agencias del Estado a las mujeres y, más precisamente, a las visitadoras sociales. Como veremos más adelante, la implementación de encuestas sociales será una estrategia que Reca mantendrá durante su gestión en la administración estatal. La encuesta de 1933, se vinculó con las reformas sociales que tendieron a impulsar cambios en las condiciones medioambientales de niños y adolescentes. Un año antes de esa investigación se había sancionado la Ley No 11.597 que estipuló la creación de los comedores escolares dependientes del Consejo Nacional de Educación. En estos espacios se brindaba un almuerzo completo con financiamiento estatal. Al año de la puesta en práctica de la ley, el diagnóstico al que arribó Reca fue desolador: faltaban lavatorios, el personal era exiguo, no existían médicos para realizar los exámenes clínicos periódicos ni los odontológicos. Asimismo, la ración diaria, según edad y peso, correspondía a un tercio de lo que se aconsejaba en la época, y las porciones eran poco variadas y equilibradas. El estado general de la alimentación era inferior al estándar ideal. Frente a este escenario sombrío, Reca y Zwanck, quien sumaba a sus antecedentes el de ser director del Instituto de Higiene y Medicina Social, miembro del cuerpo Médico Escolar y profesor de los cursos a las visitadoras de Higiene, escribieron un artículo "Comedores escolares" publicado en la Semana Médica. Allí sostenían que sus funciones deberían ser ampliadas y reconocían su importancia como instrumento de política social, ya que constituían una herramienta más, dentro de un sistema de prestaciones amplias que aún debían completarse (Reca y Zwanck, 1934, p.12). Sus propuestas para modificar el sistema fueron que comedores escolares estuvieran vinculados a un organismo técnicamente capacitado y dotado para realizar el examen médico periódico. Se sugería que este organismo fuera la Clínica de Nutrición y Enseñanza de Hábitos de Salud organizada por la médica Perlina Winocur en 1928 con el fin de enseñar prácticas de higiene. Es decir, a la dependencia educativa sumaban una intervención médica activa. A su vez planteaban que se debían impulsar campañas de divulgación dirigidas a los niños y también a las familias. Se señalaba que: "la ignorancia hace emplear el dinero de un presupuesto modesto, en forma que podría ser mejorada por un consejo". Estas actividades de mediación entre los consejos de la medicina, los comedores y las familias podrían ser realizadas a partir de la inclusión de visitadoras sociales dentro del equipo profesional de los comedores. De manera irónica sostenían que: "fondos había ya que existía una ley que los proveía pero que éstos no estaban dando un rendimiento efectivo" (Reca y Zwanck, 1934, p.12). A partir de 1934, Reca trabajó en el Instituto de Pediatría del Hospital Nacional de Clínicas dependiente de la UBA. Allí creó el Consultorio de Higiene Mental que en los años ́40 se transformó en el Centro de Psicología y Psiquiatría Infantil en el que se realizaron varias investigaciones a partir de numerosas consultas que realizaban familiares y directivos sobre las dificultades escolares. Este centro no tuvo presupuesto oficial y quienes trabajaron allí lo hicieron ad honorem o con salarios simbólicos. Según Hackett, funcionario de la Fundación Rockefeller en la región, este consultorio se convirtió en un lugar de capacitación y referencia para quienes se dedicaban a la psiquiatría infantil, ya que esta especialidad no contaba con la formación específica en la carrera de grado de medicina. También, fue un lugar de formación regional, puesto que concurrían estudiantes de San Pablo, Colombia y Chile. En este último país Reca dictó una serie de conferencias en 1946 con la intención de propiciar la creación de un centro similar. Del mismo modo, reconocidas médicas como Sara Raijman y Carolina Tobar García, trabajaron como voluntarias (Hackett, 1944, s/p). Estas acciones deben enmarcarse dentro de la corriente de la higiene mental la cual hacía hincapié en la prevención y en la modificación de los factores ambientales, fundamentalmente a través de indicaciones y consejos a las familias. La intervención sobre las variables ambientales, que incidían en el desencadenamiento de la enfermedad mental, podía atenuar o retardar las manifestaciones patológicas. Para ello era necesario un diagnóstico y tratamientos precoces en las formas iniciales de la enfermedad y en los niños y adolescentes (Klappenbach, 1999; Borinsky, 2005y Talak 2005). Las pesquisas realizadas en el Centro de Psicología y Psiquiatría Infantil apuntaron a estudiar las conductas, y las aparentes desviaciones de la salud psíquica infantil a partir de las herramientas que otorgaba la historia clínica. Esta estrategia fue central en toda la trayectoria de Reca, pues era considerada un mecanismo para detectar anomalías y luego poder seguir el tratamiento sugerido. En 1942 realizó una meticulosa investigación y luego dictó un curso dirigido a los docentes en el Colegio Libre de Estudios Superiores con los resultados obtenidos. Esta pesquisa fue publicada en 1945 por la editorial El Ateneo bajo el título La inadaptación escolar. Problemas de conducta del niño en la escuela. Este libro contó con dos ediciones más; una en 1947 y otra en 1960 en la editorial del inmigrante español Pablo García. Esta obra también fue destacada por los funcionarios de la Fundación Rockefeller a la hora de destacar la profusa labor que realizaba Reca en Argentina. En el pedido de beca que realizó Reca en 1945, se anexaron las referencias de este libro y una de las reseñas crítica que contó el material. 2 A diferencia de su tesis doctoral, en esta experiencia, su mirada no se centró en la observación de conductas que podrían conducir a la delincuencia; sino que su interés estuvo puesto en reformar el sistema educativo "normal y anormal". Las maestras debían concurrir al seminario con un informe realizado a partir de su experiencia con algún alumno con problemas de conducta. El curso tuvo dos partes; una práctica, que consistió en relevar los datos familiares y la realización de exámenes médicos psicológicos y psiquiátricos. En la segunda parte, se analizó la información obtenida para detectar las causas que podrían haber alterado el desarrollo infantil y desde esta plataforma poder diseñar algún tratamiento para subsanar "la inadaptación escolar" (Reca, 1944, p.7-9). Reca proponía dividir las causas de la inadaptación escolar en biológicas, inherentes al individuo, y extrínsecas, o ambientales. Dentro de las primeras, se detenía en los casos de "anormalidad mental" vinculadas con alteraciones congénitas y heredadas. La "adaptación" de esos niños era posible solo si se modificaban las condiciones externas por medio de la creación de escuelas adecuadas, la orientación profesional tanto a los familiares como a los docentes y la psicoterapia. Dentro de las segundas, el medio ambiente, incluía el lugar geográfico, el clima, las características familiares, los sentimientos hacia el infante, la alimentación y las relaciones entabladas en la escuela. Esta variedad de estímulos influía en la estructuración de la personalidad. En este complejo arco de factores, nos detendremos en los vinculados con el rol de la escuela y el magisterio. Reca, planteaba que era perentoria la necesidad de generalizar la organización de clases y establecimientos especiales. Si bien existían las escuelas al aire libre y las colonias de vacaciones para los "niños débiles", éstas no alcanzaban para abarcar la variedad de problemáticas existentes en la infancia. Además, postuló la necesidad que en las escuelas se diseñaran programas de estudios "dúctiles"; dado que los programas rígidos no permitían conocer "las peculiaridades y las aptitudes personales". Era crítica en torno a la concepción binaria presente en las escuelas para evaluar el intelecto (inteligencia o torpeza) o la personalidad (buena o mala). Este criterio de diferenciación dual, no tenía en cuenta, según ella, el origen de la conducta y tendía a implementar recursos educativos correctivos inadecuados que potenciaban los problemas previos. Un ejemplo que desarrolló en torno a cómo la rigidez en los sistemas educativos podía colaborar en la agudización de los trastornos fue el estudio sobre la zurdera. Según ella la imposición de escribir con la mano derecha, al ingresar a la escuela, provocaba dificultades en el aprendizaje de la escritura, la lectura e incluso a diversos trastornos motores. Lo que salía de lo común se consideraba como desviado. En oposición a esta idea, Reca planteó críticas a la habitual asociación de la zurdera con deficiencia mental y a su vinculación con una desviación. En un artículo firmado junto a Ana Matilde Montdor "La Zurdera y su relación con dificultades en el aprendizaje escolar y alteraciones en la personalidad del niño," publicado en los Archivos Argentinos de Pediatría (1951) descartaba de plano esta asociación y sugería que se restaurara la lateralidad inicialmente dominante (Reca y Montdor, 1951, p.97). La incomprensión de maestros y directores escolares potenciaban las situaciones previas. Según ella "la equidad" en la conducta de los docentes era una herramienta importante en la educación; no obstante, reconocía que "un maestro enfermo, fatigado, angustiado, desconforme, resentido, ignorante, dogmático, no podrá tener siempre una conducta equilibrada con respecto a sus alumnos" (Reca, 1944, p.7). La escuela tenía, para Reca, un poder transformador enorme en la medida que, si bien no podía anular los efectos de "la vida pasada", podía restablecer el "perdido equilibrio" (Reca, 1944, p.9). En este sentido, "el tratamiento y la prevención de la inadaptación" debía contar con instituciones que contemplaran dichas necesidades y, de esta forma, limitar el impacto perjudicial que pudiera acarrear el medio social desfavorable. Por ejemplo, la calidad de la sociabilidad en los vecindarios podía tener efectos perjudiciales y actuar como estímulos de la "desviación" (Reca, 1944, p.9). Los espacios de sociabilización sin una orientación profesional no eran considerados por Reca como ámbitos formativos. Así pues, las actividades en la calle y la concurrencia al cine no debían ser fomentados, porque en esos lugares, potencialmente, se podrían desarrollar conductas consideradas inadecuadas. Las escuelas especiales serían los espacios adecuados para los niños con deficiencias de la inteligencia o "anormalidad" de carácter que pudieran ser educables y adaptables (Reca, 1944, p.153). La "anormalidad" era definida como la incapacidad de adaptarse normalmente a la vida social: es decir, si no mediaban cuidados especiales, no se podía aprovechar la enseñanza impartida en la escuela y esto lo conduciría a presentar irregularidades de conducta o de carácter que podían llevar a la delincuencia (Reca, 1944, p.529). Abandono, anormalidad y delincuencia eran vistas por Reca como un todo. A partir de esta evaluación, el Estado debía intervenir por medio del financiamiento de escuelas especiales, dado que la "anormalidad" debía ser considerada como problema social (Reca, 1944, p. La escuela era un espacio auxiliar a la familia y se debía reorientar para educar y atender al niño en forma adecuada. Los establecimientos deberían ser semi-internados, y contar con organización médica, educación común, física y manual (adaptada a las necesidades particulares de cada caso), y servicio social. Según Reca siempre era posible hallar tipos de tareas adecuadas y se inclinaba por trabajos manuales y faenas rurales, que los alumnos pudieran realizar con perfecta idoneidad: "Estos niños poseen aptitudes y predilecciones por determinadas actividades que son capaces de desempeñar con eficacia si tienen la instrucción necesaria" (Reca, 1944, p.221). En este sentido era partidaria de estimular espacios educativos diferenciados para potenciar el desarrollo de aptitudes adecuadas. Asimismo, reconocía que el condicionante social colaboraba en la futura inserción social: "Si la familia es pobre, falta de consejo y enseñanza sobre la naturaleza de las singularidades que observa en el niño, atribuye casi siempre su falta de progreso y escaso aprovechamiento a voluntaria inatención y pereza, y lo castiga mas o menos duramente. El niño puede presentar luego problemas de conducta mucho más graves y hasta llegar al delito, no por innatas tendencias perversas, sino porque su vida carece de elementos de satisfacción y estimulo al alcance de sus aptitudes" (Reca, 1944, p.222). El desempeño de Reca en la Dirección de Maternidad e Infancia Su finalidad fue la de propender al perfeccionamiento de las generaciones futuras por el cultivo armónico de la personalidad del niño en todos sus aspectos, combatiendo la morbimortalidad infantil en todas sus causas y amparando a la mujer en su condición de madre o futura madre. Sus objetivos fueron la asistencia preconceptivas, del embarazo y del parto, la vigilancia del niño desde su nacimiento a través de fichas sanitarias individuales, la lactancia materna, la alimentación racional y la protección de los niños necesitados (Biernat y Ramacciotti, 2013). En 1937 se reglamentó el decreto que determinó las divisiones en las que se organizó la Dirección y las responsabilidades de cada una de ellas: la División de Higiene Social de la Infancia, encargada de hacer investigaciones y de organizar la educación popular sanitaria; la División de Eugenesia, Maternidad y Primera Infancia ocupada de la creación, dirección técnica y vigilancia de las instituciones o servicios de atención de la madre y el niño; la División de Edad pre-escolar, escolar y adolescencia abocada a la aplicación de las medidas que se establezcan para su protección física, moral y social; la División de Infancia Abandonada, Enfermos y Anormales; la División de Inspección y Legislación ocupada del control, técnico y administrativo, de todas las instituciones, oficiales y privadas, encargadas de la asistencia y protección maternal e infantil, salvo las que dependieran de la Sociedad de Beneficencia, ya que sus instituciones habían quedado fuera del contralor de esta dependencia estatal (Biernat y Ramacciotti, 2013, p. Reca fue designada jefa de la "División Infancia Abandonada, Enfermos y Anormales", luego denominada "Infancia Abandonada, Enfermos y Anormales" y más tarde convertida en "División de Segunda Infancia". Los reiterados cambios de denominación de la repartición estuvieron ligados a las modificaciones de sus áreas de intervención y a los conflictos interinstitucionales. En línea con lo que plantea Claudia Daniel (para el caso de la médica Adela Zauchinger quien ocupara un cargo en el Departamento Nacional de Higiene) es probable que el ingreso de Reca a la función pública se haya concretado a través de uno de los mecanismos de reclutamiento del personal técnico del Estado más usual de la época: los contactos personales y, especialmente, los nexos establecidos con profesores universitarios que trabajaban en algunas de esas reparticiones públicas (Daniel, 2012, p. Sus vínculos con Zwanck -jurado de su tesis, referente en el área de la Higiene Social, profesor del curso de Visitadoras de Higiene e integrante de la Comisión Municipal Honoraria para la aplicación de la ordenanza sobre "Infancia Abandonada, Anormal y Delincuente" (1934)-haya sido un acicate para su nombramiento. Este cargo rentado, que lo ejercía en el turno tarde, luego de sus obligaciones en el Centro de Psicología y Psiquiatría Infantil, Reca impulsó tareas de investigación, tratamiento y prevención de situaciones sociales acuciantes que afectaban al binomio madre e hijo. Entre noviembre de 1937 y diciembre de 1938, promovió un relevamiento meticuloso del funcionamiento de 32 instituciones de la Capital Federal destinadas a la asistencia de "la infancia desvalida o abandonada" (Reca, 1938, p. Esta indagación fue publicada en el Boletín Sanitario del Departamento Nacional de Higiene. La misma permitió conocer las características del funcionamiento de las instituciones y las condiciones sanitarias y educativas de 3.187 infantes "desvalidos" de los cuales el 53 % eran niñas. Entre los aspectos más relevantes se destacaron los problemas sanitarios que acarreaban una falta de alimentación adecuada y las fallas higiénicas generales de los establecimientos: insuficiencia de sol, luz y ventilación, hacinamiento en los dormitorios, falta de cuidado y vigilancia individual, carencia de estímulos afectivos (Reca, 1938, p. Además, se señaló la inexistencia de un plan metódico de educación física, aspecto considerado relevante para lograr cuerpos sanos y fuertes para el futuro, y la ausencia de un plan de observación psicológica. La propuesta de Reca, luego de este minucioso relevamiento cuantitativo y cualitativo, fue que era perentorio organizar un sistema "racional de cuidado de la salud"; la infancia "en situación de abandono" debía ser protegida dado que, según ella, el "abandono, anormalidad y delincuencia" estaban directamente relacionadas. El abandono podría ser revertido en la medida que se realizara una obra de investigación y de divulgación popular en materia de higiene social y mental. Por tal motivo, la Dirección de Maternidad e Infancia debería abocarse al tratamiento, a la prevención y a la investigación del "problema del abandono y la anormalidad" y era el Estado que no solo debía subsidiar a dichas instituciones, de hecho, lo hacía para el 90% de ellas, sino que tenía la responsabilidad de imponer normas de funcionamiento y controlar su aplicación. Esta indagación fue pensada como un primer paso para delinear, a futuro, exámenes médicos periódicos entre grupos poblacionales más amplios y, de esta forma, pretendía ser un insumo, con basamento empírico, para planificar políticas sociales de mayor envergadura. 3 Este metódico trabajo sobre asilos se interrumpió debido a las disputas interministeriales que se produjeron entre el Ministerio del Interior, de quien dependía, y el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública. El Patronato Nacional de Menores interpuso un recurso administrativo, porque se consideraba que la novel agencia sanitaria avanzaba sobre atribuciones consideradas propias y sobre poblaciones de su injerencia. Esta superposición de atribuciones fue resuelta por el decreto 5.520, del 15 de junio de 1938, que estableció una nueva reglamentación. Se crearon nuevas divisiones de la Dirección y las existentes hasta el momento sufrieron modificaciones. La División de Eugenesia, Maternidad y Primera Infancia pasó a ocuparse únicamente de Eugenesia y Maternidad; se crearon las divisiones de Primera Infancia (para niños de hasta 2 años y medio de edad) y de Segunda Infancia (para los de edad preescolar); desapareció la División Edad Preescolar, Escolar y Adolescencia; las divisiones Infancia Abandonada, Enfermos y Anormales y la de Servicio social, se concentraron en una sola: Niños Enfermos, Anormales y Necesitados; a cargo de Reca. La Dirección de Maternidad e Infancia solo podría intervenir en poblaciones menores de seis años, las problemáticas de quienes superaran esta edad serían materia de interés de las instituciones dependientes del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública (Biernat y Ramacciotti, 2013, p. En la División de Segunda Infancia, nueva denominación del organismo estatal, Reca impulsó otra investigación entre 1939 y 1944. En esta oportunidad se centró en el relevamiento de jardines de infantes e instituciones similares de la Capital Federal (Briolotti, 2016(Briolotti,, p.1086)). En estos establecimientos se realizó un examen médico y psíquico a los niños y se realizaron 2.500 encuestas sociales a las familias. El objetivo, en línea con lo planeado en su anterior pesquisa, fue conocer las necesidades sociales para poder diseñar un plan de acción. Esta rigurosa pesquisa fue publicada en el Boletín Sanitario del Departamento Nacional de Higiene y en otras revistas académicas tales como Anales de la Sociedad de Puericultura de Buenos Aires y en la Revista de Pediología. En 1940, contó con un eco favorable en el Primer Congreso Nacional de Puericultura allí expresó la importancia de organizar y cuidar el desarrollo físico del niño en edad preescolar; los jardines de infantes y las escuelas maternales tenían un rol destacado para cumplir esta misión. Dicho voto tuvo su fundamento inmediato en la indagación impulsada por Reca y fue presentada en el modo de relato oficial en dicho encuentro bajo el título "Desarrollo psíquico en la primera y en la segunda infancia". Este trabajo tuvo repercusiones en la prensa periódica tal como La Prensa. Es decir que, los saberes técnicos y políticos tuvieron un espacio de difusión en los medios de comunicación y, en este sentido, ganaban notoriedad pública al mismo tiempo que "educaban" a la sociedad en la identificación de los problemas y en la búsqueda de soluciones. Es probable que con esta amplia circulación de sus ideas se intentara lograr mayor difusión de sus propuestas políticas y, de esta forma, lograr legitimidad y consenso entre la comunidad científica y la sociedad civil, con el fin de evitar recambios institucionales, recortes presupuestarios y mayor estabilidad institucional. En línea con sus anteriores trabajos Reca fue muy crítica ante la realidad que describía. Registró grandes falencias en cuanto la formación del personal: "La preparación especial en materia de educación preescolar es excepcional y más aún lo es en asistencia social. Ninguna institución cuenta con los servicios técnicos de asistentes o visitadoras sociales. Las instalaciones no tienen edificios propios y no están organizados según los lineamientos que determina la arquitectura escolar" (Reca, 1940, p.14). Dentro de las deficiencias sanitarias se destacaron los problemas en la dentición asociados a las características del medio ambiente y a la alimentación, cuantitativamente y cualitativamente, defectuosa. Según Reca todas estas cuestiones se podían modificar si se impulsara una acción curativa y preventiva tanto en las instituciones como en las familias. La mencionada Ley 12.341 habilitaba a la Dirección de Maternidad e Infancia a controlar a los jardines de infantes e instituciones similares; pero el presupuesto no le asignaba partidas especiales y, sin ellos "las disposiciones escritas no podrán cuajar en hechos" (Reca, 1940, p. Desde este organismo estatal, Reca defendió la importancia de estudiar la valoración psíquica y el estudio de la personalidad en la infancia para poder diagnosticar tanto las deficiencias como las aptitudes desde una temprana edad. Con la elaboración de minuciosos registros, cualitativos y cuantitativos, demostró que una acción educativa organizada podría reducir las deficiencias del medio, las carencias económicas y culturales. A partir de esta observación se diferenciaba de muchos de sus colegas quienes promulgaban la existencia de una "criminalidad innata" que solo podría ser resuelta por una "reforma moral". Esta comprobación la llevó a solicitar una activa acción pública de higiene mental y estimular el desarrollo infantil por medio de la creación de instituciones de basadas en modernos lineamientos técnicos, además de subsidiar y controlar a los establecimientos privados. Con similar énfasis, reclamó la elaboración de estudios similares en el interior del país. Con la llegada de Juan Domingo Perón a la presidencia en 1946, Reca mantuvo su cargo, continuó con su trabajo, y pudo sumar a su investigación el análisis de la situación en el Interior. En su artículo "Estudio sobre algunas condiciones de vida del niño de 2 a 6 años en la Capital y en el interior del país" publicado en la revista de la Secretaría de Salud Pública Archivos de la Secretaría de Salud Pública (1948), reconoció que, si bien las condiciones económicas habían mejorado, para muchas familias aún existían situaciones sociales caracterizadas por el hacinamiento, la promiscuidad y la escasa formación escolar. Cuestiones propensas de ser beneficiadas por medio de una activa acción estatal que promoviera la creación de viviendas populares, de centros educativos y re-creativos adecuados (Reca, 1948, p.77). A diferencia con su anterior investigación sobre los Asilos, la que realizó sobre los jardines de infantes en Capital Federal y la de las poblaciones entre 2 a 6 años en el interior del país, las personas que colaboraron en el relevamiento y sistematización de información quedaron totalmente invisibilizadas en cuanto a sus colaboraciones. Reca, para mediados del siglo XX, ya se había convertido en una figura con peso propio que le permitió, no ser removida de su cargo a pesar del recambio político, tener una posición jerárquica destacada e invisibilizar las marcas de sus colaboradores más cercanos en sus publicaciones. Este cargo lo ejerció hasta 1948, momento en el cual obtuvo otra beca para concurrir a los EE.UU. por medio de la ayuda otorgada por la Fundación Rockefeller. Como adelantamos, el vínculo de Reca con dicha institución filantrópica fue en muy buenos términos. Además, fue una intermediadora entre muchas de sus colegas (Ej. Sara Reijman) y Hackett para acceder a becas en EE.UU. auspiciadas por la Fundación. La admiración de Hackett a la obra encarada por Reca en Buenos Aires fue destacada en varias oportunidades en la medida que la señalaba como una referente en la construcción de la psiquiatría infantil, señaló su capacidad de trabajo y su dedicación a las tareas emprendidas sin un salario de acuerdo a sus responsabilidades. En este artículo se reflexionó sobre la trayectoria de la médica Telma Reca, con particular énfasis a sus aportes sobre la educación "normal y anormal" y su mirada sobre cómo las intervenciones profesionales en los organismos estatales podrían modificar las condiciones sociales y, de esta forma, mitigar los efectos perniciosos de la modernización social que se expresaba en el incremento de la delincuencia juvenil y la criminalidad. Dentro de las referencias analizadas mantuvo un perfil crítico de las acciones implementadas en materia de educación y salud; no obstante, mantuvo la postura que las condiciones sociales disruptivas se podrían revertir con activas políticas estatales. Es en este sentido, que podemos ubicar a Reca como una intelectual portadora de un saber general crítico e independiente de las ideas hegemónicas de la época. De esta forma, este trabajo permite reflexionar sobre el papel de las mujeres dentro de las profesiones sanitarias. Sabido es que el papel de los médicos recibió visibilización y abundantes referencias analíticas desde diferentes marcos disciplinares. Empero, el papel de Telma Reca, en la primera mitad del siglo XX, ha sido más fragmentario; a pesar de que fue una de las referentes de la higiene mental en Argentina y su tesis doctoral logró cuestionar el peso de la teoría lombrosiana. En este sentido, nos parece interesante no solo dar cuenta de sus ideas sobre el rol de la educación sino cómo sus aportes en la ciencia lograron, con su producción académica, cuestionar las ideas vigentes sobre la delincuencia y la anormalidad. Si bien en sus obras no planteó un lugar diferente para las mujeres profesionales; impulsó su inclusión laboral dentro de las agencias estatales en su rol tradicional de asistencia y subordinación hacia el varón. Uno de los aspectos a destacar es que si bien algunas mujeres pudieron acceder al desarrollo de una vida universitaria y profesional; Reca tendió a colocarlas en los puestos que su "naturaleza femenina" las condicionaba. Es decir, a pesar de que si bien la propia práctica profesional de Reca cuestionaba el rol adjudicado tradicionalmente a las mujeres. Sus críticas no alcanzaban a discutir el lugar de la mujer como ama de casa y el varón proveedor y la definición de la identidad femenina en función de la maternidad. Así pues, en sus escritos no se encuentra una ruptura en torno a la capacidad de las mujeres para desempeñarse en el ámbito doméstico y, en el terreno profesional, para desenvolverse como, maestras, visitadoras sociales, enfermeras. En este sentido, no nos llama la atención que la Dirección de Maternidad e Infancia haya recaído en Reca, pues dichas temáticas se las asociaba a las supuestas dotes atribuidas a la sensibilidad femenina. Lo que es interesante es cómo a partir de este estamento burocrático implementó una acción de recopilación de datos sobre instituciones asilares y educativas, sistematizó y analizó la información y produjo informes técnicos en los cuales combinó registros cuantitativos y cualitativos que fueron difundidos en publicaciones científicas de la época. Este insumo del Estado, con un marcado sesgo técnico, fue entendido como la vía para impulsar políticas públicas más eficaces y mejorar la profesionalización del personal a cargo. Si bien las injerencias del organismo que dirigió sufrieron recortes de atribuciones y cambios en la dependencia interministeriales, Reca se reubicó en su rol y arremetió con una nueva pesquisa en la que, utilizando su experiencia previa, relevó y sistematizó información sobre las condiciones de las instituciones de jardines preescolares en la ciudad de Buenos Aires y en el Interior. Su prolífica producción y su multifacético accionar profesional da cuenta de la forma que logró adquirir las herramientas del quehacer científico: presentaciones a becas internacionales, publicaciones en revistas científicas, participaciones en congresos, invitaciones para dictar cursos y conferencias en el exterior, y publicación de libros en editoriales de amplia circulación y de artículos más cortos destinados a la divulgación científica. En sus trabajos no quebró los márgenes de los dominios que les eran socialmente asignados a las médicas, ya que los límites estuvieron apoyados en el reconocimiento de ciertos atributos y aptitudes consideradas naturales en la mujer en el imaginario de la época. Muchos de sus investigaciones se publicaron con su firma junto a la de colegas masculinos y femeninos o tuvo el respaldo de ellos para lograr becas o su inserción dentro del las agencias del Estado. En los momentos que logró tener un mayor posicionamiento dentro de su profesión mantuvo su autoría individual e invisibilizó las marcas de su equipo de trabajo. Agradezco a Ana Briolotti, Ricardo Pasolini y a José Cesano por facilitarme material bibliográfico sobre Telma Reca. Asimismo, los comentarios recibidos en diferentes momentos de esta investigación de Carolina Ferrante, Daniela Testa, Paula Caldo, Adriana Valobra, Flavia Fiorucci y los evaluadores anónimos de Asclepio fueron de mucha utilidad. Los Archivos de la Fundación Rockefeller nutrieron esta propuesta con el acceso al Fondo Documental de Lewis Wendell Hackett y Telma Reca. Este trabajo forma parte de los resultados del Proyecto N A00317 de la Universidad Nacional José C. Paz (UNPAZ), Resolución 200 del 31 de mayo de 2017 y del proyecto de Investigación de la Universidad Nacional de Quilmes "El proceso de profesionalización del cuidado sanitario.
RESUMEN: La política de desarrollo autónomo desplegada por la Comisión Nacional de Energía Atómica al cabo de sus primeras tres décadas de vida, condujo a la expansión y enraizamiento del sector nuclear argentino en diversas areas. Con respecto al área médica, si bien el uso de radioisótopos con fines clínicos, así como de investigación contaba al momento de la emergencia del sector nuclear, con un significante número de antecedentes en el país, con la institucionalización de las actividades nucleares, a partir de la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica en 1950, el desarrollo de las aplicaciones nucleares con fines médicos cobraría un fuerte impulso. Esto fue así, en la medida en que se destinaron esfuerzos en: investigación y capacitación, abastecimiento de radioisótopos y puesta en marcha de centros clínicos de medicina nuclear. En este artículo, entonces, veremos como la búsqueda de capacidades científico-tecnológicas propias tuvo cierto paralelismo en el área médica, logrando incipientes descubrimientos científicos, el autoabastecimiento de radioisótopos y la operación de dos centros clínicos que prestaban asistencia a pacientes. Una importante serie de trabajos históricos sobre el desarrollo nuclear en Argentina durante sus primeros treinta años han demostrado una característica fundamental del mismo: la persistencia de su autonomía. Así, por ejemplo, los artículos de Hurtado de Mendoza (2005aMendoza (, 2005b) ) analizan los componentes ideológicos y materiales que llevaron a la construcción del primer reactor de investigación, el Reactor Argentino 1 (RA-1), de manera local; el de Quillici (2008), indaga en los procesos de desarrollo de cadenas de proveedores para la construcción de centrales nucleares y el de Briozzo (2010) examina la trayectoria de la construcción del Reactor Argentino 3 (RA-3) y la Planta de Radioisótopos hasta alcanzar el autoabastecimiento de radioisótopos en 1971. Si bien, el amanecer del sector nuclear en Argentina se remonta a las acciones del General Manuel Savio 1 para decretar al uranio como mineral estratégico en 1945, a los ensayos realizados por el físico Enrique Gaviola 2 para vincular al área nuclear con los físicos a partir de 1946 y a lo que se conoció como el "Proyecto Huemul" 3 en 1948, el diseño e implementación de una política nuclear estratégica se inicia con la creación de la la Dirección Nacional de la Energía Atómica (DNEA) en 1951. Posteriormente, con el derrocamiento del peronismo y la promulgación del Decreto-Ley N° 22.498/56 se reestructuraría el sector mediante la absorción de la DNEA a la CNEA. Paradójicamente, durante el periodo más largo de inestabilidad política del país 4, la CNEA mantuvo una orientación de corte autonomista con liderazgos estables, lo que siguiendo a Hurtado de Mendoza (2014, p. 78) se explica por "la tendencia a la conformación de "comportamientos estancos", la relativa estabilidad de la Armada sobre sus ámbitos de influencia y un sector industrial local ajeno a los problemas de renovación tecnológica y la política estratégica fueron las condiciones de posibilidad para el alto grado de autonomía institucional con que la CNEA iba a contar en los años siguientes". Dentro de esa autonomía institucional, el uso de radioisótopos con fines medicinales, tanto desde su faceta en investigación como desde su uso en aplicaciones clínicas, fue fuertemente promovida desde la CNEA. Esto fue así, en la medida en que se destinaron esfuerzos a través de tres líneas de acción: investigación y capacitación, producción y distribución de radioisótopos y puesta en marcha de centros clínicos de medicina nuclear. Siguiendo una política de desarro-llo autónomo, en pocos años se lograron incipientes descubrimientos científicos, el autoabastecimiento de radioisótopos y la operación de dos centros clínicos que prestaban asistencia a pacientes, conduciendo al crecimiento de la medicina nuclear en la Argentina. Aunque en Argentina, los antecedentes en el uso de radioisótopos con fines medicinales datan desde mediados de la década de los cuarenta, con la CNEA se tomarían acciones institucionales que de a poco fueron configurando una política de promoción de aplicación de radioisótopos en medicina mediante la articulación de investigación con aplicación clínica e, inclusive, con la producción de gran parte de los insumos necesarios para ello. En este artículo, entonces, veremos cuáles fueron los antecedentes de uso de radioisótopos en medicina previo a la creación de la CNEA, para luego analizar el rol que este organismo público tuvo en cada una de las líneas de acción mencionadas anteriormente durante su etapa de crecimiento, diversificación y enraizamiento (Hurtado de Mendoza, 2014, p.31). PRIMEROS USOS MÉDICOS DE RADIOISÓTOPOS EN ARGENTINA Las primeras referencias de uso de radioisótopos en el ámbito de la medicina datan desde inicios de la década de los'40, con el empleo de fósforo radiactivo en el tratamiento de afecciones hematológicas 5. Más precisamente, el Dr. Alfredo Pavlovsky 6, junto a su grupo de colaboradores introdujo su utilización en el tratamiento de pacientes con leucemia. 60) citando a Elsa Arini y Alfredo Pavlovsky (1957), "fueron empleados como recurso terapéutico por los Dres. Saralegui y Pavlovsky, gracias a la gentileza del Dr. Lawrence, quien hizo posible los envíos. En esa oportunidad fueron tratados 5 casos de leucemia mieloide crónica y 1 de leucemia linfoide crónica". En aquel entonces, los radioisótopos eran adquiridos, más que nada, a través de redes de colaboración que los investigadores establecían personalmente con colegas. Como explica Krige (2006, p.17) "antes de la guerra era usual que los científicos recibieran radioisótopos para investigaciones desde laboratorios con ciclotrones desde EE.UU. Dicho mecanismo fue formalizado en la década de los'40, cuando se le encomendó al Massachusetts Institute of Technology (MIT) que el ciclotrón bajo su órbita proveyera radioisótopos a aquellas personas que no estaban en el proyecto Manhattan, incluidos a los científicos en el exterior". De todos modos, la detonación de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki y la posterior Acta de Energía Atómica en 1946, restringirían la libre movilidad de radioisótopos que desde la puesta en marcha del primer reactor nuclear en 1942 podían ser producidos a gran escala. No obstante, en 1947 distintas razones de índole política en los EE.UU. 7 llevarían a que el presidente Truman anunciaría un programa de distribución internacional de radioisótopos aprobado por la Comisión de Energía Atómica, el cual redundaría en una "mayor cooperación internacional en el campo de la investigación médica y biológica" (Creager, 2009, p.221) En este marco, en 1951, el doctor Perinetti 8 lideraría una comisión mixta de investigadores argentinos y estadounidenses, que realizarían estudios médicos usando yodo radiactivo (I-131) para determinar las causas del bocio endémico en la provincia de Mendoza. La importancia de este estudio, yace en que no sólo fue el primero en utilizar sistémicamente radioisótopos en el combate de una endemia nacional, sino que implicó novedosos resultados que fueron objeto de publicaciones en prestigiosas revistas científicas y, a su vez, sentó las bases para la creación del Instituto del Bocio en el Hospital Central de Mendoza (Feld y Busala, 2010). A partir de este episodio, la Dirección Nacional de Energía Atómica (DNEA) traería "todos los equipos electrónicos necesarios (así como) la importación semanal de radioisótopos provenientes de la división de investigaciones médicas de los laboratorios de Oak Ridge (Tennessee), dependientes de la Comisión de Energía Atómica de EE.UU" (Feld y Busala, 2010, p.397). Precisamente, ese año dicho organismo "votó a favor de expandir el programa de distribución de radioisótopos al exterior [...] permitiendo las compras de radioisótopos para aplicaciones industriales, así como los programas de Gran Bretaña y de Canadá permitían 9 " (Creager, 2009, p.237). Es importante aclarar que ya desde 1947 Argentina figuraba entre los países receptores de radioisótopos para investigaciones biomédicas y terapéuticas, siendo el país que más recibía en América Latina (Creager, 2009, p.232). Por su parte, la creación de la DNEA en Argentina, obedecía a los intereses del gobierno peronista que veía en el desarrollo de la energía atómica un instrumento estratégico para el despliegue de una industria necesaria para la defensa nacional. El mismo Perón, en una conferencia realizada en la Universidad de La Plata en 1944, decía que "el problema industrial constituía el punto crítico de nuestra defensa nacional, lo que por consiguiente exigía una poderosa industria propia y no cualquiera sino una industria pesada" (Marzorati, 2012, p.54). Utilizando distintas estrategias, se intentó en una primera instancia la encomienda a un científico austríaco, Ronald Richter, para que desarrollara la fusión nuclear controlada con una comisión asesora que controlara sus acciones la cual se nombró Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Mientras crecían las dudas sobre la veracidad de Richter, el gobierno puso en marcha la segunda estrategia para la conformación del campo científico-tecnológico: formar especialistas en el país (Marzorati, 2012). De esta forma, se creaba la Dirección Nacional de Energía Atómica (DNEA), con el fin de coordinar y orientar las investigaciones nucleares en el país, separadas de lo actuado por Ritcher en Huemul. Desde ese momento, por medio primero de la DNEA y luego cuando fuera absorbida por la CNEA 10, se establecieron líneas de acciones que promocionarían y difundirían la aplicación de radioisótopos a la medicina en Argentina a tono con la orientación internacional pacifista que adquirió su uso desde la campaña "Átomos para la Paz", pronunciada por Eisenhower ante la Asamblea General de la ONU en 1953 y luego con la creación del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) en 1957. Efectivamente, este énfasis en la promoción de radioisótopos en medicina desde EE.UU no era inocente ni azaroso. Más bien, la necesidad de revertir su imagen internacional negativa luego de la prueba de la bomba termonuclear en 1953 y su monopolio nuclear 11, impulsaron a EE.UU a establecer mecanismos tanto de difusión de los usos pacíficos de la energía nuclear, así como instancias de control (Krige, 2006). Como dijimos anteriormente, la Argentina no permanecería al margen de este vibrante impulso dado a la aplicación de radioisótopos con fines medicinales. De ahí que en la medida de sus posibilidades, en tanto país semiperiférico, en el área médica la Argentina, al igual que en otros sectores, también llevaría adelante acciones con una orientación de desarrollo autónomo. Primero, incentivando la investigación biomédica y la formación de recursos humanos. Segundo, a través de la importación, fraccionamiento, producción y comercialización de radioisótopos. En tercer lugar, a partir de la puesta en marcha de distintos centros clínicos de medicina nuclear. INVESTIGACIÓN Y FORMACIÓN DE RECURSOS HUMANOS Cuando en 1955 se realizara la "Primeria Conferencia Internacional Sobre los Usos Pacíficos de la Energía Nuclear", Argentina envió una delegación que presentó 37 trabajos. Si bien, de ese total sólo cinco trataban sobre investigaciones biomédicas (Marzorati, 2012, p. 194), se exhibieron importantes avances en cuanto al descubrimiento de nuevos radioisótopos y la determinación de sus propiedades. Estos trabajos, que sentarían las bases para la posterior investigación en medicina nuclear, fueron realizados a instancias del radioquímico alemán Walter Seelmann-Eggebert 12 y su grupo de jóvenes científicos -conocidos luego como el "Grupo Buenos Aires" (Radicella, 2002, p.23), -en instalaciones de la CNEA, en donde se disponía de un Acelerador Cockroft -Walton y de un Sincrociclotrón, equipos de última generación para la época, los cuales fueron comprados a la firma holandesa Phillips 13. Dentro del primer andamiaje institucional de la CNEA ya reestructurada, se creó el Departamento de Biología y Medicina a cargo del Dr. Constantino Nuñez 14, estructurándolo sobre la base de tres divisiones: "Investigaciones radiológicas, radioisótopos y actividades médicas", para planificar, estudiar y realizar todo lo vinculado a aquellas actividades. Por otro lado, dado el escaso conocimiento en la utilización de materiales radiactivos por parte de los médicos se implementaron cursos de capacitación para su manejo. De ahí que en 1957 el Departamento de Biología y Medicina comenzara con el dictado del "Curso de Aplicaciones Médicas de Radioisótopos" para los médicos que cumplían funciones en los Centros a los que CNEA prestaba asistencia; el cual un año más tarde derivaría en un curso de carácter más general, denominado "Metodología y Aplicación de Radioisótopos". El incremento en el uso de radioisótopos, llevó a que las solicitudes para su cursado cubrieran los cupos para los primeros tres de los cuatro cursos que se dieron ese año. El mismo, se componía de seis módulos de: elementos de matemática aplicada, de física nuclear, de electrónica aplicada, de radioquímica, de física sanitaria y protección radiológica y de aplicaciones de radioisótopos 15 16. Como desprendimiento de este curso, se realizó durante un año -desde 1962 a 1963 -el "Curso sobre uso y aplicación de radioisótopos en bioquímica y farmacia", a cargo del Dr. Renato Radicella 17 y dictado en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA 18. Es más, el interés despertado en la comunidad científica por estos cursos, llevó a que en 1964 se dictara un curso en dosimetría en radioterapia 19; subespecialidad que se desarrollaría a medida que crecía el empleo de fuentes radiactivas en diversas aplicaciones medicinales. El incipiente interés que generaba la especialidad llevó a que un año antes, en 1963, se fundara la Asociación Argentina de Bilogía y Medicina Nuclear, cuyo primer presidente provendría de la CNEA, el Dr. Jorge Varela 20. Anteriormente, los esfuerzos realizados en la promoción a la investigación ya habían mostrado sus frutos en la "II Conferencia Sobre los Usos Pacíficos de la Energía Nuclear", celebrada en Ginebra en 1958. En esta ocasión, la CNEA presentó un folleto de diversos aparatos que se construían en la Comisión, algunos de los cuales eran especialmente utilizados en investigaciones relacionadas con la medicina, como los escalímetros para contadores Geiger o de Centelleo, los cuales fueron diseñados por Otto Gamba -quien fuera uno de los miembros de la delegación fiscalizadora en el Proyecto Huemul 21 -siendo la primera vez que el país ofrecía aparatos de este tipo en venta a escala comercial 22. También, a partir de la necesidad de proveer las semillas de oro radiactivo para llevar adelante una hipofisectomía radiactiva, el Dr. Pahissa Campá, miembro del Grupo Buenos Aires, desarrolló un método para la producción de coloides radiactivos 23. La ventaja del mismo residía en que, a pesar de que el oro radiactivo debía continuar siendo importado de laboratorios extranjeros, la fabricación local del coloide era ocho veces más barata que trayéndola del exterior 24. Estos avances en el campo de la investigación en biomedicina, fueron llevados adelante dentro de un contexto político-económico que propiciaba el desarrollo de la tecnología nuclear en sus distintas vertientes. Es que, a pesar del derrocamiento del gobierno peronista en 1955 y las consecuentes transformaciones en materia de intervencionismo estatal operadas por la "Revolución Libertadora", la creación del INTA y el CONICET indican que entre peronistas y anti-peronistas existían preocupaciones en común en cuanto al desarrollo científico-tecnológico. En tal sentido, la idea de construir el primer reactor de investigación en Argentina y en América Latina 25 de manera local da muestras de la continuidad de un desarrollo nuclear autónomo. Otro episodio que señala el rol pionero que tuvo la CNEA en el impulso a la utilización de radioisótopos en medicina en el país, es el de haber iniciado investigaciones en la glándulas tiroides con Tecnecio-99 m, el radioisótopo más utilizado en estudios de medicina nuclear en la actualidad. En el centro de medicina nuclear del Hospital de Clínicas, un científico de la primera camada del curso de metodología y aplicación de radioisótopos, el Dr. Degrossi, desarrolló una técnica para emplear el Tecnecio-99 m en estudios centellográficos en seres humanos a partir de generarlo del Molibdeno-99. Fue un hallazgo a nivel mundial, compartido con un grupo de estudio de Chicago, hecho que fue publicado por los investigadores argentinos en 1964 en la Revista Argentina de Endocrinología y Metabolismo 26. Justamente, un año antes, se concibió por primera vez la posibilidad de construir una central de generación nucleoeléctrica con la creación del Comité de Centrales Nucleares (Hurtado de Mendoza, 2012, p.70). En un primer momento, se intentó comprar un reactor de uranio natural a los franceses; pero una vez que falló, la CNEA optó por cambiar de estrategia. 49) en el llamado a licitación para la construcción de la obra, puede verse la orientación autónoma del desarrollo nuclear argentino. En él se contemplaban los siguientes puntos: 1) Se favorecería la compra de un reactor de uranio natural, ya que el único proveedor de uranio enriquecido era EE.UU, lo que era considerado como una desventaja decisiva, 2) No se aceptaría financiamiento de organismos internacionales, por lo que el modo de financiamiento tenía que ser explícitamente incluido en las ofertas, 3) solamente aquellas ofertas que consideraran una intensa participación de la industria nacional, serían consideradas. A partir de la década de los'70, a tono con los descubrimientos realizados en años anteriores a nivel internacional en cuanto a las propiedades "trazadoras" de los radioisótopos, las investigaciones de la CNEA Irian virando en esa dirección. Por un lado, cobraron creciente importancia la aplicación de radioisótopos de períodos de semidesintegración corto, como el Tecnecio-99 m y el Iodo-123, a centellografías de distintos órganos. Ya para ese entonces, las esperanzas iniciales de la posguerra temprana, basadas en que los radioisótopos se constituyeran como un instrumento eficaz en el área terapéutica, especialmente en el tratamiento contra el cáncer, habían sido desplazadas por su utilidad probada tanto en el diagnóstico clínico, como en su función de trazadores para investigación (Creager, 2006). Por otro lado, se desarrollarían técnicas para determinaciones "in vitro"; siendo las más relevantes las de competición y saturación de hormonas tiroideas y de hormonas hipofisarias a través del radioinmunoanálisis. Así, las líneas de investigación locales se acoplaban a la tendencia internacional de expansión de los ámbitos del radioinmunoensayo en la década de los'70, en lo ateniente a su utilización como diagnóstico del sistema endocrinológico, para la dosificación de drogas en pacientes de riesgo y para el monitoreo de hepatitis en sangre donada (Creager, 2013). Precisamente, esta misma técnica fue aplicada en la detección del hipotiroidismo en los neonatos -que para ese entonces ya era objeto de un Programa Nacional 27 -derivado de investigaciones de parte de una profesional de la CNEA, Dra. Martha Barmasch y de una médica del Hospital de Niños, Dra. Sonia Iorcansky, llevadas adelante en los laboratorios de CNEA 28. Del mismo modo, emergería con un fuerte impulso el campo de la radioinmunología realizándose estudios sobre radiosensibilidad de células antihomólogas e inmunocompetentes, sobre inmunidad tumoral y sobre recuperación inmunológica de post-radiación 29. Por otro lado, como consecuencia de la actividad del "Grupo Buenos Aires", el Dr. Aldo E. A. Mitta 30 desarrolló una extensa línea de trabajo en marcaciones moleculares para, fundamentalmente, estudios centellográficos con yodo radiactivo y luego con Tecnecio-99 m 31. Adicionalmente, se realizaron estudios para la obtención de moléculas marcadas con un gran número de isótopos entre los que se destacan el carbono-11, el carbono-13, el carbono-14 32 y el tritio, así como servicios de asesoramiento en su utilización en radioinmunoanálisis y radiofarmacia a diversos hospitales 33. Podemos nombrar, también, la creación en 1978 del "Curso Especialista en Medicina Nuclear para graduados" a través de un convenio con la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires 34, convirtiéndose en el primer posgrado que una universidad argentina creaba, exclusivamente, para capacitar profesionales en la disciplina. IMPORTACIÓN, PRODUCCIÓN Y COMERCIALIZACIÓN DE RADIOISÓTOPOS Los decretos N° 10.936 de 1950 que creaba la CNEA y N° 22.498 de 1956, mediante el cual se establecía su marco organizativo, le asignaban el rol de fiscalizar y reglamentar todo lo inherente a las actividades que utilizaran material radiactivo, lo que más tarde se materializaría con la firma de Decreto N° 842 de 1958, ideado integralmente por el Ing. Celso Papadópulos 35, quien más tarde tendría un rol primario en el plan de producción de radioisótopos de la CNEA. De tal forma, la arquitectura legal promovida convertía a la CNEA en el organismo estatal encargado de la importación, control, producción, distribución y comercialización de radioisótopos. Para llevar adelante estas tareas, se creó en 1957 el Departamento de Radioisótopos cuyos objetivos eran: a) Abastecer el mercado de radioisótopos, b) Desarrollar y/o mejorar métodos de preparación y control de compuestos radiactivos y, c) Preparar el personal y adquirir la experiencia necesaria para el trabajo con materiales radiactivos en recintos cerrados 36. En el Decreto N° 842, además, se creaba el Consejo Asesor en Aplicaciones de Radioisótopos para el estudio de las solicitudes de uso de radioisótopos, el cual estaba integrado "por cinco miembros, uno del Ministerio de Salud Pública, otro de la Universidad de Buenos Aires y los tres restantes de la CNEA" 37. En un principio, al no contar con el equipamiento necesario para producir radioisótopos, la CNEA los importaba principalmente de Canadá, Gran Bretaña y EE.UU 38 y los distribuía a los grupos de investigación que hacían uso de ellos. Ya para 1955, la CNEA distribuía radioisótopos a 12 centros especializados de Ciudad de Buenos Aires y 5 del interior del país 39, de los cuales el más utilizado era ampliamente el I-131, seguido por el P-32 y los tubos y agujas de cobalto 40. Luego, a partir de la construcción y puesta en funcionamiento del Reactor Argentino-1 (RA-1), en 1958, la CNEA se iniciaría en la producción local de radioisótopos, al "reemplazar aquellos que por su corta vida media se hacían imposibles de importar" (De Dicco, 2013, p.22), como el Sodio-24, Bromo-82 y Potasio-42 41. Hay que aclarar que esta producción inicial estaba limitada a la potencia del reactor -la cual a pesar de haber sido aumentada a fines de 1959 (Briozzo, et al., 2007, p. 31) -sólo cubría una pequeña porción del total de radioisótopos demandados, haciendo de la importación la principal vía para cubrir la demanda. Precisamente, las reglamentaciones vigentes posicionaban a la CNEA como organismo contralor de las actividades nucleares, llevando a que la distribución de radioisótopos contara con un alto grado de concentración, no porque la reglamentaciones prohibieran a los usuarios individuales solicitar radioisótopos por su cuenta, sino por las facilidades y los requerimientos de consumo que la CNEA les ofrecía (Radicella, 1975, p.4). De ahí, que también se encargara de las tareas de condicionamiento y distribución de esos radioisótopos, iniciándose, en 1961, el fraccionamiento rutinario de los mismos. La utilidad de realizar este proceso localmente, residía en el apreciable abaratamiento que sufrían estos productos al ser importados en grandes cantidades. Ya que, "para cada usuario se solicitaban individualmente, por intermedio de la CNEA, las cantidades requeridas y, sobre cada una de ellas, era necesario pagar el flete aéreo y el recargo aduanero, los cuales sumaban casi la mitad del costo de un embarque". (Se encararon, pues, las acciones necesarias para fraccionar radioisótopos en el país), para lo que fue necesario "diseñar y construir un aparato de control remoto encerrado dentro de una celda blindada con plomo, dentro de la cual se hacían las operaciones de dilución de la actividad recibida, fraccionamiento o división en las partes necesarias y envase en los mismos frascos de vidrio y recipientes de plomo" 42. Todo este proceso pudo ser llevado adelante a pesar de que ese mismo año, el presidente Frondizi, en línea con las políticas de "reducción del sector público mediante disminución de vacantes y caída salarial" (Aronskind, 2003, p.99), redujera el presupuesto de la CNEA a casi la mitad 43. La continuidad en las políticas de desarrollo autónomo de la CNEA, inclusive en contextos regresivos como éste, puede ser explicada por el peso que la cultura burocrática de la Armada Argentina ejercía en los lineamientos estratégicos de la CNEA. Inclusive, durante la emergencia de las políticas de apertura y desindustrialización de la dictadura militar de 1976, el desarrollo nuclear continuaría siendo concebido como estratégico dada la supervivencia de una facción industrialista-burocrática dentro de las Fuerzas Armadas, la conformación de un campo científico-tecnológico relativamente autónomo en torno a la CNEA y el rol jugado por la sucesión de Presidentes de CNEA como nexo entre ambas esferas (Rodríguez, 2014). En cuanto a la distribución de material radiactivo, la CNEA realizaba entregas diarias de radioisótopos, siendo el compuesto más solicitado el I-131; del cual en 1964 se hacían 533 entregas, siguiéndole en cantidades mucho menores el P-32 con 169 entregas, el Fe-59 con 101 entregas y el Cr-51 con 99 entregas 44; esto se explica por la preponderancia de los estudios hematológicos y tiroideos que requerían de estos radioisótopos. El desarrollo de investigaciones y de servicios que involucraban radioisótopos se evidencia en el deliberado aumento de la actividad de curies 45: mientras que en 1954 era de 6,6 Ci, en 1970 llega a 117,5 Ci. Este sostenido aumento en la demanda de radioisótopos, se explica en parte por la política de promoción y comercialización que la CNEA llevaba a cabo a través del "Plan de Suministro de Material Radiactivo con Descuento", el cual preveía "descuentos de hasta el 90% sobre los precios del catálogo durante el primer año, 80% durante el segundo año y de 50% durante el tercero" 46. Este incremento en la demanda de radioisótopos fue acompañado del desarrollo de equipos y técnicas para producir localmente aquellos radioisótopos de uso masivo que aún se importaban. Así, se comenzó a gestar la idea de construir un nuevo reactor para ampliar la oferta local de radioisótopos que, "tomó cuerpo con la creación de la Gerencia de Energía a cargo del Ing. Celso Papadópulos en 1961, y a continuación con el nombramiento del Ing. Jorge Cosen-tino 47 como Jefe del Departamento de Reactores, quien se hizo cargo de la realización del proyecto organizando los grupos de trabajo y dando los lineamientos del diseño" (Briozzo et al., 2007, p.31). En esta línea, se pondrían en funcionamiento en 1967 y 1971 respectivamente, el Reactor Argentino 3 (RA-3) y la Planta de Producción de Radioisótopos en el Centro Atómico Ezeiza 48. Su puesta en funcionamiento, permitiría cubrir la mayor parte de demanda de radioisótopos, con la producción de compuestos con una actividad de 300 Ci 49. A su vez, en 1971 se inauguraba el primer recinto para la producción local de I-131 -"cubriendo el 67% de la demanda nacional -y también la producción en escala piloto de Tecnecio-99 m" 50, para lo cual se ensayaron diversos métodos de producción: equipos miniextractores, generadores de 300 mCi y generadores de alta actividad denominados "Gentec" 51. Asimismo, se estaban construyendo celdas químicas de alta actividad destinadas a la producción de Molibdeno-99 a partir de productos de fisión 52, radioisótopo que decae en Tecnecio-99 m y que hasta ese momento era importado. Del lado de la radiofarmacia, ya desde mediados de la década de los'60, pero con mayor intensidad desde inicios de la década de los'70, se hacían entregas periódicas de juegos de preparados fríos para la marcación de fármacos con Indio-113m y Tecnecio-99m. Igualmente, se marcaban rutinariamente hormonas con Iodo-125 y, a partir de principio de los'80 se inició la producción a pequeña escala de "kits" de tiroxina y de la hormona de crecimiento HGH 53. En resumidas cuentas, la puesta en marcha de estos equipos le permitió a la CNEA reemplazar radioisótopos importados por otros producidos localmente; posibilitando no sólo el autoabastecimiento para el mercado interno, sino también su exportación a países de la región como Uruguay, Paraguay, Chile y Bolivia. Este salto en la producción local de radioisótopos se evidencia cuando comparamos el nivel de actividad y su origen en 1970, con el de 1971, año en el que se inauguró la Planta de Producción de Radioisótopos; si en 1970 el nivel de actividad producido localmente era de 11 Ci, para 1971 era de 71 Ci. Por aquel entonces, se vivían tiempos de convulsión política, luego de la salida del gobierno de facto de Juan Carlos Onganía producto de las revueltas estudiantiles conocidas como el "Cordobazo". En su lugar, se sucedieron otros dos presidentes de facto, Roberto Levingston y Alejandro Lanusse, quienes tendrían la tarea de sentar amplios acuerdos sociales para el retorno del peronismo, hecho que se concretaría en 1973 con la elección de Héctor José Cámpora y su posterior abdicación en favor de Perón. El mismo, seria quien inaugurara la puesta en marcha de Atucha I en 1974 y, con su regreso el primer presidente de la CNEA, Pedro Iralagoitía, retornaría a su puesto en 1975. En esa primera mitad de la década de 1970, el crecimiento de la actividad nuclear llevaría a la creación de distintas asociaciones civiles relacionadas a ella: la Sociedad Argentina de Radioprotección (SAR) en 1970 y la Asociación Argentina de Tecnología Nuclear (AATN) en 1972. Por su parte, los esfuerzos realizados en lograr el autoabastecimiento de radioisótopos verían nuevos obstáculos, ya que a partir de la década de los'80 la proliferación de cámaras gamma llevó al abrupto aumento en la demanda de los mismos. Hubo un gran crecimiento de generadores de alta actividad y aquellos producidos con ciclotrones como el Talio-201 y el Galio-67 55, que debió ser cubierta través de la importación. En este marco, se promulgaron las "Normas para la Operación de Unidades de Terapia Radiante y de Medicina Nuclear", en conjunto con la Secretaría de Estado de Salud Pública de la Nación 56 y se publicó "Cámara de Centelleo", que se realizó en el Centro de Medicina Nuclear del Hospital José de San Martín (del cual hablaremos en la siguiente sección), destinada a la calibración y control de calidad de tales equipos" 57. PUESTA EN MARCHA DE CENTROS CLÍNICOS DE MEDICINA NUCLEAR Los primeros centros de medicina nuclear en Argentina, aparecieron gracias a que, en 1954, la CNEA hiciera traer tres equipos para captación de yodo radiactivo y uno para medir muestras de sangre, los cuales fueron ubicados en distintos hospitales de la Ciudad de Buenos Aires: el de Clínicas, el Rivadavia y el Rawson 58. El primero de ellos, se destinó al Hospital de Clínicas "José de San Martín", perteneciente a la Universidad de Buenos Aires y fue utilizado al poco de tiempo de instalarse por el Dr. Alberto Houssay; el segundo, al Servicio de Endocrinología del Hospital Rivadavia, a cargo del Dr. Enrique B. del Castillo -a donde también se envió el equipo para medir muestras de sangre al Servicio de Hematología a cargo del Dr. Elmo Capalbo -y el tercero, destinado inicialmente al Instituto Nacional de Endocrinología, pero su director el Prof. Dr. Rodolfo Quirino Pasqualini prefirió su insta-lación en la 4ta Cátedra de Clínica Médica del Instituto Modelo "Luis Agote" del Hospital Rawson 59. La distribución de estos equipos, se dio en un escensario de plena transformación de la salud pública en Argentina. Es que, con la asunción de Perón como presidente en 1945 emergieron voces que abogaban desde hace décadas por la centralización de la salud pública en un único organismo nacional (Ramacciotti, 2009). De ahí que en 1946 se creara la Secretaria de Salud Pública, la cual se transformaría en Ministerio tres años luego y quedaría a cargo del Doctor Ramón Carrillo. Así, a partir de su gestión se formuló el "Plan Analítico en Salúd Pública" en 1947, lo que le permitió expandir los centros hospitalarios y crear una burocracia con mayores niveles de profesionalidad (Ramacciotti, 2009). De los tres hospitales mencionados anteriormente, fue con el Hospital de Clínicas "José de San Martín" con el cual se profundizaría la cooperación en materia de asistencia clínica a pacientes, aunque también se establecerían vínculos con el Hospital Rivadavia, pero que se discontinuarían en el tiempo. En este último caso, esta temprana colaboración conjunta se dio a través de la Sala XI del Hospital, realizando tareas de investigación y de aplicación médica de radioisótopos en el tratamiento del cáncer 60 y por medio del Laboratorio de Análisis Clínicos y Bacteriológicos para el estudio de técnicas de diagnóstico y terapia en afecciones hematológicas utilizando radioisótopos 61. Una vez depuesto el gobierno de Juan Domingo Perón, la "Revolución Libertadora", si bien no desmanteló los distintos mecanismos de intervención estatal, puso en tela de discusión la modalidad que ésta había adquirido durante el interregno peronista. De este modo, en el campo de la salud convocó a una Comisión de Consultores de la Oficina Sanitaria Panamericana que elaboró y propuso la modificación del sistema sanitario. En este marco, se propició la descentralización del sistema hospitalario mediante la transferencia de varios hospitales nacionales a jurisdicción provincial. Luego, con las presidencias de Frondizi e Illia, se continuarían con algunas de las medidas sugeridas por esta Comisión, como la creación de una Escuela de Salud Pública para la formación de profesionales, así como otras impulsadas por Carrillo, como el ordenamiento nacional de los Hospitales mediante la ley de Reforma del Sistema Hospitalario Nacional y de Hospitales de la Comunidad (Veronelli y Veronelli Correch, 2004). En este contexto, en 1958, por iniciativa conjunta con la UBA, se creaba el Laboratorio de Radioisótopos para Estudios Hematológicos que, en 1962, se transformaría en el Centro de Medicina Nuclear; siendo de gran importancia para su concreción la tarea realizada por el profesor de Clínica Médica de la UBA, el Dr. Héctor Gotta 62 63. El nacimiento formal del servicio de medicina nuclear se concretaría en 1966, cuando se firmó un Convenio entre la CNEA y la UBA posibilitando, un año más tarde, el otorgamiento de un préstamo por parte del "Banco Interamericano de Desarrollo mediante el cual se equipó al Centro con material de última generación" 64: cámaras de centelleo, video procesador de imágenes, contadores de pozo y de centelleo líquido, así como equipos para la captación tiroidea y para estudios de la función renal, entre otros. Asimismo, a través de la Fundación Fortabat, se consiguieron detectores para hacer estudios de riñón. También en 1968 se instalaba la primera cámara gamma en América Latina en el Hospital de Clínicas, posibilitando la construcción de imágenes planares 65. Al mismo tiempo, se disponía de tres "cuartos calientes" en donde se realizaban los controles químicos, físicos y biológicos de los productos finales 66. Era, precisamente, la aparición de nuevos dispositivos como la mencionada cámara gamma -desarrollada por Hal Anger en el laboratorio Donner en Berkeley -junto con el descubrimiento de radioisótopos de periodos de vida cortos, Tecnecio-99m principalmente, lo que revolucionaria el diagnóstico médico al permitir visualizar en tiempo real los procesos fisiológicos del cuerpo (Creager, 2013). La colaboración con la UBA en la puesta en marcha de centros de medicina nuclear continuaría cuando, en 1976, se firmara un convenio para la creación de un Centro Oncológico de Medicina Nuclear en el Instituto de Oncología "Ángel H. Roffo", cuyas gestiones para ser instalado, provinieron de médicos del Hospital de Clínicas, particularmente el Dr. Perasso, quien con el apoyo de la Facultad de Medicina de la UBA, obtuvo recursos para la compra de equipamiento, entre los que se encontraba un centellógrafo lineal, una cámara gamma y un contador de pozo 68. A instancias de él, el Dr. Olivari 69 fue nombrado director del Centro de Medicina Nuclear, creándose así un establecimiento clínico que, al igual que el del Hospital de Clínicas, integraría tareas de investigación, docencia y asistencia. Ese año, 1976, coincidió con el último quiebre del orden constitucional en Argentina cuando en marzo de ese año una Junta militar designó al General Ro-berto Videla como Presidente de facto. Su presidencia implicó el fin del modelo sustitutivo de importaciones y el inicio de uno de valorización financiera (Azpiazu y Schorr, 2010) a partir de las políticas de apertura comercial y desregulación financiera desplegadas desde el Ministerio de Economía por José Alfredo Martínez de Hoz, las cuales transformarían la fisionomía productiva argentina, relegando a la industria como eje dinamizador de la economía y reemplazándola por los servicios y el sector primario. Al interior de la CNEA, también ocurrirían cambios, pero no en la misma dirección que para el resto de los sectores productivos. Más bien lo contrario, con la asunción de Carlos Castro Madero como presidente, la CNEA pondría en marcha una ambiciosa estrategia para completar el dominio del ciclo de combustible que fue cristalizado en el Plan Nuclear de 1979. Así, mientras el resto del sector industrial era desintegrado, para 1982 la CNEA obtenía uno de los presupuestos más altos de su historia, representando casi el 2% del PBI nacional 70. Es en este escenario, que se propiciaba la colaboración con el Hospital Roffo que, habiéndose entablado previamente mediante el Departamento de Radiobiología, se profundizaba a través de la instalación de este centro clínico. Asimismo, con el inicio de la prestación de servicios de asistencia, se pudo financiar una prolífica investigación en inmunología oncológica 71. Es más, dado que la CNEA proveía de manera gratuita los radioisótopos y los elementos "fríos", todo el excedente que se obtenía de las prestaciones médicas iba a parar a financiar los proyectos de investigación; estableciéndose, así, un modelo de gestión sustentable en el tiempo. Más adelante, a partir de la década de los'80, estos números aumentarían gracias a la incorporación de más equipos. Así, mientras en el Centro del Hospital de Clínicas se creaba un "Departamento de Diagnóstico por Imágenes, en conjunto con la Secretaría de Salud Pública y la Universidad de Buenos Aires" 73, incorporando instalaciones en el servicio de Radiología, Tomografía Computada y Ecografía 74 y en el Centro del Hospital Roffo, se instalaba una cámara gamma 75. Como corolario de las capacidades y conocimientos construidos en la disciplina, la CNEA ingresó como miembro permanente en el Consejo Federal de la Salud, lo que facilitó "la transferencia tecnológica en el área de la salud (...) permitiendo avanzar en el desarrollo de servicios regionales de radioterapia y medicina nuclear" 76. En tal sentido, se colaboró con diversas provincias en materia de "formación de recursos humanos, el asesoramiento técnico especializado, la cesión de equipos, la organización de reuniones técnicas y la cooperación activa en la realización de trabajos especializados" 77. Puntualmente, para el año 1980 se destacaba "la iniciación de la operación del Centro Oncológico de Neuquén, el llamado a licitación y adjudicación del edificio para el Centro de Aplicaciones Bionucleares de Chaco, la finalización del proyecto y licitación del edificio del Centro de Aplicaciones Bionucleares de Chubut, y la iniciación de las obras del Servicio de Radioterapia del Hospital Centro de Salud de Tucumán" 78. A lo largo de este trabajo, hemos visto el importante rol que la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) tuvo en el desarrollo inicial del uso de radioisótopos con fines medicinales en Argentina. Si bien, como única institución autorizada para el manejo y control del material radiactivo, su principal función residía en cubrir la demanda local de radioisótopos, ésta no fue la única. Por ejemplo, la investigación básica y aplicada, fue promovida tanto a partir de la colaboración con universidades e institutos, como a través del Departamento de Biología y Medicina de la CNEA en una multiplicidad de áreas: desde el estudio de las propiedades de los radioisótopos hasta su aplicación en técnicas de diagnóstico y de terapia que, si bien no representaron innovaciones en cuanto a irrupción de conocimiento de frontera, si lo fueron en términos de reproducción y crecimiento del uso de radioisótopos en medicina. Otro rasgo importante de los aportes de la CNEA al desarrollo de las aplicaciones médicas de los radioisótopos fue la capacitación de especialistas en el área a través del dictado de sendos cursos que continúan hasta el presente. También, la puesta en marcha de los primeros servicios de medicina nuclear no habría podido concretarse sin la asistencia de la CNEA, en cuanto a provisión y manejo de equipamiento, como de radioisótopos. Finalmente, la decisión de construir de manera local los reactores de investigación -primero el RA-1 y, más tarde, el RA-3 -permitieron avanzar sustancialmente hacia el autoabastecimiento de radioisótopos, a la vez que generó un excedente que fue reinvertido en la compra de nuevo equipamiento. En suma, los distintos aportes que la CNEA realizó al desarrollo de las aplicaciones medicinales de los radioisótopos versaron sobre los ejes planteados a lo largo de este trabajo que, asimismo, se encuadraban dentro de una concepción general del rol que el Estado debía cumplir en el marco del modelo de desarrollo vigente. No obstante, la influencia de la Armada Argentina en la CNEA llevó a que, a pesar de las transformaciones operadas por la Dictadura cívicomilitar de 1976 en el modelo de desarrollo, la política de desarrollo autónomo de la CNEA continuara. En tal sentido, el diseño y la construcción de instalaciones nucleares relevantes se encauzaron dentro de una senda de desarrollo autónomo desde los inicios del sector en la década de los'50 hasta la vuelta a la democracia en 1983. Con respecto a las aplicaciones médicas de los radioisótopos, la construcción del RA-3 y de la Planta de Radioisótopos y el consecuente aumento de la cuota de radioisótopos producida localmente se puede enmarcar en la misma senda. Estas acciones, junto con el fomento a la investigación, la capacitación de recursos humanos y la puesta en marcha de centros clínicos de medicina nuclear jugaron un importante papel en el desarrollo de las distintas disciplinas médicas que hacen uso de los radioisótopos. Fue un médico que se especializó en el estudio del bocio endémico en la Provincia de Mendoza, en donde se desempeñó como médico agregado de la Dirección General de Salubridad y en donde también tuvo un importante rol en la creación del Instituto del Bocio de la Universidad Nacional de Cuyo en 1951. Hizo su primer contacto con el yodo radiactivo cuando viajó a EE.UU para "perfeccionarse en la patología tiroidea y estudiar la yodación de la sal" (Feld y Busala, 2010, p.392). Vale aclarar que al interior de EE.UU los primeros años de distribución internacional de radioisótopos, llevada adelante desde 1947, levantaron suspicacias entre distintos sectores políticos a partir de los peligros que conllevaba para la seguridad nacional la transferencia de una tecnología sensitiva como la nuclear. Particularmente, a partir de lo relatado por Creager (2009), se suscitaron varias controversias con la Comisión de Energía Atómica y el Congreso por la aprobación de la primera de unos envíos a Finlandia y Noruega de radioisótopos aplicables a industria y defensa. Por el contrario, con los primeros envíos realizados a sus aliados, Gran Bretaña y Canadá, éstos comenzaron a distribuir radioisótopos con regulaciones mucho menos estrictas que la de los EE.UU, poniendo en peligro su monopolio en el área nuclear. La autodenominada "Revolución Libertadora", facción militar que depuso el gobierno de Perón, dispondría por De- CNEA (1961), Primer Fraccionamiento de Radioisótopos, Boletín Informativo de CNEA, V (2) p. El Curio es un unidad de actividad que representa la cantidad de material en la que se desintegran 3,7 × 10 átomos por segundo, o 3,7 × 10 desintegraciones nucleares por segundo, que es más o menos la actividad de 1 g de 226Ra (isótopo del elemento químico «radio») Ingeniero Químico de la Universidad Nacional del Litoral, fue el jefe de obra del RA-1 y estuvo presente en todas las etapas de construcción de la Central Nuclear Atucha y en 1977 pasó a ser su Director. También, trabajó en el proyecto y construcción de los reactores RA0, RA1 y RA3, e intervino en todos los problemas vinculados con los reactores de experimentación en la Universidad de Córdoba y Rosario y en la Comisión Uruguaya de Energía Nuclear. Mientras que el RA-3 contó con la participación de 67 empresas argentinas, manufacturando la mayor parte de sus componentes de forma local y contando con un subsidio de 350.000 dolares del programa Átomos por la Paz de la Atomic Energy Comission de EE.UU, la planta de radioisótopos fue desarrollada localmente a partir de un modelo operativo en Saclay, Francia (Hurtado de Mendoza, 2012, p.68).
En este artículo se analiza la integración ideológica de El origen de las especies y El origen del hombre en el ideario marxista, elementos representativos de un materialismo histórico natural e histórico social complementarios. natural y lo histórico-social. Es un continuismo coherente que reivindica la plena inmanencia de los caracteres que constituyen la humanidad futura como parte integrante de la naturaleza y resultado, a ese título, de un progreso natural que nada de transcendente podría instituir, interrumpir ni orientar. Pero, por ser dialéctico, el materialismo de Marx exige a la vez poder dar cuenta de lo que, en la fase del devenir histórico-social humano, parece operar una ruptura con el mecanismo de la simple evolución biológica. Consecuentemente, será preciso explicar que el hombre, aunque producto de su historia evolutiva -una historia natural de la que Darwin parece haber suministrado las claves-y que se inscribe por lo mismo en la continuidad de su desarrollo, va sin embargo a adquirir la capacidad de gobernar esta historia hasta producir en ella lo contrario de lo que la gobernaba antes: substituir la promoción de las elites asegurada por la lucha biológica, por una igualdad a conquistar a través de la lucha de clases histórica -a su vez ordenada en el proyecto de una sociedad sin clases, es decir sin lucha. Ante este problema, Marx y Engels buscarán identificar, en el seno del futuro de la especie, los operadores de una ruptura cualitativa capaz de orientar la evolución humana por la vía de la civilización. Su materialismo adoptará desde entonces la fisonomía de un discontinuismo preocupado por unir a un acontecimiento evolutivo preciso la inversión que parece efectuar el paso (pensado como umbral, cambio o «salto cualitativo» por la antropología marxista) entre la historia natural (animal) del hombre y su historia social. Este acontecimiento evolutivo será esencialmente, como se sabe, la producción por el hombre de las condiciones de su vida material -de sus «medios de existencia»-a través de la fabricación de la herramienta. Otros propondrán la aparición del lenguaje articulado, la existencia de la conciencia moral y del sentimiento religioso, la prohibición del incesto o la transmisión transgeneracional del conocimiento sobre soportes exteriores y perennes. En todos los casos, se tratará de identificar un principio (es decir una ruptura) a partir de la cual la ciencia del hombre deberá cesar de ser natural para volverse humana. Hay ahí una pesada herencia, a la vez necesaria para evitar las banalidades reduccionistas de los sociobiólogos vulgares y sin embargo incompatible en buena medida con la comprensión de la realidad de la evolución, que enseña con Darwin a no suscribir nunca la metafísica de los principios absolutos. UNA CITA FALLIDA De Darwin, Marx y Engels no leyeron nunca, hablando con propiedad, más que El Origen de las especies, del que la primera edición aparece en Londres el 24 de noviembre de 1859. Muy intencionadamente, esta obra fundadora se abstiene de aplicar al hombre la teoría de la descendencia modificada por selección natural. Implica sin embargo esta aplicación, abriendo así una espera que durará hasta 1871, fecha de aparición de la gran obra zoologico-antropológica de Darwin, El Origen del hombre, que desgraciadamente quedará -en su sentido profundo-fuera del alcance de los dos teóricos. Engels lee El origen de las especies en Manchester, a partir de su aparición, en la edición inglesa. El 11 ó 12 de diciembre de 1859, escribe a Marx una carta en la que expresa el entusiasmo que le inspiran en Darwin, a pesar de «una cierta pesadez, muy inglesa, en el método», la «demolición» de la teleología y la demostración de la existencia de un «desarrollo histórico en la naturaleza». Este intercambio se continúa, un año más tarde, por dos declaraciones epistolares de Marx que son extremadamente reveladoras de su esperanza: el 19 de diciembre de 1860, en efecto, Marx escribe a Engels a propósito de El Origen de las especies, y aunque lamentando a su vez «la falta de fineza muy inglesa del desarrollo»: «En este libro se encuentra el fundamento histórico-natural de nuestra concepción», lo que confirma de una manera muy precisa su carta a Lassalle del 16 de enero de 1861: «El libro de Darwin es muy importante y me conviene como base de la lucha histórica de clases». Hasta aquí, todo es simple: la biología evolutiva de Darwin en tanto que historia natural es la base materialista sobre la que reposa naturalmente el edificio marxo-engelsiano de la historia social del hombre, donde la lucha histórica de clases toma el relevo de la lucha biológica por la existencia. Pero el entusiasmo ligado al descubrimiento de un principio materialista de explicación del conjunto de la historia natural como proceso de las transformaciones de los seres vivos y base material coherente del materialismo histórico dará rápidamente lugar, muy probablemente a causa del rápido desarrollo del «darvinismo social» en Alemania y en el mundo, así como al enfrentamiento personal de Marx con el darviniano (y agente de Napoleón III) Carl Vogt, a reflexiones más circunspectas. En una carta a Engels del 18 de junio de 1862, citada a menudo, Marx escribe: «Es remarcable ver cómo Darwin reconoce en los animales y las plantas su propia sociedad inglesa, con su división del trabajo, su competencia, sus aperturas de nuevos mercados, sus invenciones y su malthusiana lucha por la vida. Es el bellum omnium contra omnes de Hobbes, y recuerda a Hegel en la Fenomenología, donde la sociedad civil interviene en tanto que "reino animal del Espíritu", mientras que en Darwin, es el reino animal el que interviene en tanto que sociedad civil». ¿Darwin, con su selección natural eliminatoria, no habría hecho, pues, sino «aplicar» a la naturaleza un esquema de interpretación salido de la despiadada dinámica observada en el seno de la sociedad inglesa de la época victoriana con el fin de concluir la naturaleza social de la eliminación? Bien que habiendo condenado desde 1865 la confusión hecha por F.A. Lange entre Darwin y los malthusianos, y aunque permaneciendo mucho más tarde profundamente ligado a defender el materialismo de Darwin contra las «elucubraciones» de Dühring, Engels evocará de nuevo sin embargo, en la polémica obra que publica en 1878 contra este último -la expresión se encuentra en un pasaje escrito en 1873-, la «torpeza malthusiana» de Darwin. En fin, en Dialéctica de la naturaleza, comenzada sin embargo cuatro años después (1875) de la publicación de El origen del hombre, Engels se mostrará más categórico aún: «Toda la teoría darviniana de la lucha por la existencia es simplemente la transferencia, de la sociedad a la naturaleza viva, de la teoría de Hobbes sobre la guerra de todos contra todos y de la teoría burguesa de la competencia así como de la teoría de la población de Malthus. Una vez realizado esta hazaña (de la que la legitimidad absoluta, en particular en lo que concierne a la doctrina de Malthus, es problemática), es muy fácil transferir de nuevo estas teorías de la historia de la naturaleza a la de la sociedad; y es demasiado ingénuo pretender haber probado de esa forma que esas afirmaciones son leyes naturales de la sociedad». Este pasaje será reproducido por otra parte casi literalmente en una carta a Lavrov de 12 del noviembre de 1875. Este texto de Engels, que reitera la crítica prematura de Marx, será la matriz de la ambivalencia paralizante que afectará al discurso de todos los marxistas ulteriores sobre un darvinismo reducido al núcleo central de la teoría selectiva tal como está formulada en 1859, y al que asignarán une antropología deducida de este núcleo -une antropología en realidad totalmente imaginaria si se la relaciona con la verdadera antropología de Darwin tal como hubieran debido leerla en las páginas, únicas pertinentes en este sentido, de El origen del hombre. Esta ambivalencia consiste tanto en oponer con bastante rigor la ciencia darviniana a la ideología malthusiana (como es el caso del libro I de El capital), como, contradictoriamente, en no ver en ella más que la aplicación a la naturaleza de esta misma ideología, con probabilidad de un efecto de rebote sobre la sociedad una vez naturalizada la ideología en cuestión por el propio juego de esta aplicación. Repitiendo, pues, el juicio contenido en la carta de Marx del 18 de junio de 1862, y pareciendo no saber nada de la trayectoria ulterior de la obra de Darwin, Engels prohíbe sin apelación todo reconocimiento futuro de una antropología darviniana fundada sobre la parte de esta obra que trata, precisamente, del hombre y de las sociedades humanas. ¿Dónde se sitúa, pues, la «torpeza» -simultáneamente teórica y políticade Marx, compartida, igualmente, por Engels, después por todos los marxis-tas, tras este encuentro fallido? ¿Qué deslizamiento lógico -o qué asimilación táctica-da cuenta de este malentendido? Marx y Engels identificaron correctamente y acogieron con agrado el materialismo naturalista de Darwin. Reconocieron en él correctamente el fundamento «histórico-natural» de todo materialismo ulterior consecuente. Observaron correctamente -lo que es acorde con las propias declaraciones de Darwin en El origen de las especies y, más tarde, en su Autobiografíaque este último aplicaba la teoría de Malthus «a los animales y a las plantas». El error está en haber deducido, a modo de una extrapolación que no fue en ningún caso la de Darwin, que este último aprovechaba para confirmar la teoría de Malthus en su campo de aplicación específico, el de la sociedad. Haciendo esto, Marx y Engels dan razón por adelantado a sus propios adversarios, como Spencer, que no cesarán de afirmar la pertinencia del vínculo de implicación homogénea postulado entre selección natural y selección social. En resumen, Marx y Engels, el uno como el otro, redujeron por una parte la biología darviniana a Malthus (primer error, contradictoriamente asumido y rechazado por momentos en Engels), e hicieron por otra parte como si Darwin, sobre las cuestiones antropo-sociológicas, no existiera (segundo error, que podía haber sido corregido en 1871). Pero, en El origen del hombre, Darwin rechaza explícitamente tanto el seleccionismo social «salvaje» y anti-intervencionista de Spencer como el eugenismo planificador de Galton y las recomendaciones coercitivas de Malthus. Y lo hace precisamente en el nombre de una selección natural evolucionada que no requiere la libre competencia de todos, más que a fin de asegurar el mayor éxito posible de las cualidades racionales, afectivas y morales útiles a la sociedad. Este principio en virtud del cual todos los individuos, cualesquiera que sean sus orígenes sociales, deben tener oportunidades iguales de probar su valor se expresa en esta conclusión del último capítulo de El origen del hombre: «No es preciso pues emplear ningún medio para disminuir mucho la proporción natural en la que aumenta la especie humana, aunque este aumento traiga consigo numerosos sufrimientos» (cap. XXI). No se podría oponer más netamente a las exhortaciones limitativas, estabilizadoras y elitistas del pastor Malthus. Así, Darwin toma prestado a Malthus un elemento de modelización de tipo matemático (la distorsión, fuente de luchas asesinas, entre la progresión geométrica de la población humana y la progresión simplemente aritmética de sus recursos alimentarios), pero es para aplicarla a los vegetales y a los animales: aplicación que contraría diametralmente la tesis de Malthus según la cual éstos, en tanto que «recursos», no podrían sufrir más que un crecimiento aritmético. Con una especie de ironía dialéctica que no escapa de ninguna manera a Marx -que sin embargo no saca de ahí las buenas conclusiones-, Darwin hace así funcionar con justeza el modelo importado en un campo que no es el suyo, para retirarle enseguida toda validez en su campo de origen (la sociedad humana, donde rechaza precisamente su aplicación en virtud de la propia teoría que ese modelo ha contribuido a construir). Con ideología, Darwin ha hecho ciencia, y esta ciencia, una vez dada, recusa esa ideología, que literalmente ha anulado mediante una deslocalización sin equívoco de su campo de aplicación. Mostrando que la verdad del principio malthusiano se aplica en la naturaleza y no en la sociedad, Darwin se ha servido de Malthus para construir una teoría que le refuta, y este aspecto esencialmente antagonista de su relación ha sido sin embargo ocultado por el tema ideológico adverso, ampliamente divulgado, de su acuerdo. De esto, ni Marx, demasiado solicitado por las urgencias radicalizantes de la lucha ideológica, ni Engels, por no haber prestado atención a El origen del hombre, se apercibieron en absoluto. Ocurrirá durante mucho tiempo lo mismo con sus continuadores. Sin embargo, una carta de Marx a Paul y Laura Lafargue del 15 de febrero de 1869 indica indiscutiblemente que Marx era capaz de establecer al menos una distinción potencialmente saludable entre Darwin y sus epígonos «darvinistas sociales» (en este caso Clémence Royer): «Darwin ha sido llevado, a partir de la lucha por la vida en la sociedad inglesa -la guerra de todos contra todos, bellum omnium contra omnes-, a descubrir que la lucha por la vida era la ley dominante de la vida animal y vegetal. Pero el movimiento darvinista ve ahí una razón decisiva para que la sociedad humana no se emancipe jamás de su animalidad» (subrayado nuestro). Hubiera sido en efecto necesario establecer más claramente esta distinción crucial entre Darwin y los «darvinistas» que se presentaron como sus émulos para terminar su obra en cuanto al hombre durante el período de más de once años (el del «silencio antropológico» de Darwin entre El origen de las especies y El origen del hombre) en el curso del cual nacieron, a favor de ese silencio, las dos desviaciones principales de la teoría selectiva: el «darvinismo social» (Herbert Spencer) y el eugenismo (Francis Galton), siendo la primera la versión liberal-integrista, la segunda la versión conservadora-intervencionista de la doctrina de la eliminación necesaria de los menos aptos. En ausencia de tal elucidación, que hubiese hecho posible una lectura instruida y «dialéctica» de El origen del hombre, el momento no permitía ya matices y el «darvinismo», apresurada y parcialmente asimilado a sus deformaciones, debía ser simultáneamente defendido como materialismo fundamental y combatido, a través de su referencia malthusiana, como naturalización de ideologías inigualitarias. REENCUENTROS EN EL PRESENTE He asumido desde 1983 la tarea delicada de hacer conocer y de explicar la antropología real de Darwin y su vínculo con su teoría central de la evolución de los seres organizados. Este trabajo ha consistido en gran parte en la explicitación de un concepto, el del efecto reversivo de la evolución. Recordaré aquí brevemente su contenido. El motor de la evolución es el mecanismo de la selección natural de las variaciones biológicas ventajosas. Este vasto campo de las variaciones que da lugar al cribado selectivo transformador se extiende al dominio de los instintos, de las facultades y de los comportamientos. En el seno de la evolución humana, la selección natural ha favorecido en efecto el desarrollo de las capacidades racionales al mismo tiempo que el, indisociable, de los instintos sociales que están en el origen de la simpatía, de las conductas solidarias, del socorro a los débiles, de la asistencia a los desvalidos -otros tantos comportamientos que se oponen al mecanismo eliminatorio de la selección natural. Esta evolución conjunta de los sentimientos afectivos y de la racionalidad desembocaron en una institucionalización creciente del altruismo, marca significativa del progreso de la civilización. Así, según una fórmula que se ha hecho hoy casi familiar, «la selección natural, por la vía de los instintos sociales, selecciona la civilización, que se opone a la selección natural». La moral (la de la simpatía y el reconocimiento del otro como semejante) es antiselectiva, y los sentimientos que engendra -por ejemplo los que empujan a ir en ayuda de los más débiles-constituyen para Darwin «la parte más noble de nuestra naturaleza». Esta moral de la ayuda y de la rehabilitación de los desfavorecidos no es antinatural más que en la única medida en que contraría la antigua fórmula eliminatoria de la selección -la que se aplicaba a los grupos de organismos que el éxito evolutivo del hombre tiende a considerar en lo sucesivo como inferiores-, y que, en la fase civilizacional, entra en decadencia según la regla evolutiva de la «extenuación de las viejas formas», encontrándose la propia selección natural sometida a su propia ley. Pero esta moral altruista y asimilativa es y sigue siendo, en tanto que ella misma seleccionada como una ventaja, un producto homogéneo del mecanismo evolutivo específico que hace entrar lo humano, sin ruptura efectiva sino por un largo proceso gradual de regresión y de inhibición de las conductas guerreras, en el elemento de la civilización y, simultáneamente, en el de la racionalidad fundadora. Allí donde la vieja selección eliminaba, la civilización protege e instituye esta protección en ley. La emergencia de la civilización se confunde, evolutivamente, con la selección de comportamientos antiselectivos. La ventaja no es ya pues de orden individual y biológico. Porque es genealógico, el materialismo de Darwin es un continuismo, pues no podría haber ruptura efectiva en una genealogía. Porque es continuista, y, más precisamente aún, gradualista, el materialismo de Darwin debe sin embargo afrontar la paradoja de la «ruptura» que parece operar la civilización como contradicción en acto de la selección eliminatoria. Pero este nuevo producto de la evolución -que engloba la cultura de la asistencia a los débiles y la llamada correctiva a una intervención rehabilitadora, la conciencia moral, la educación, la capacidad racional y técnica de modificar el orden antiguo de la naturaleza, etc.-no se instaura como una ruptura efectiva, sino que se acompaña, a distancia razonable de su emergencia, de un efecto de ruptura que permite al mismo tiempo al materialismo histórico estar en continuidad con el materialismo evolutivo a la vez que asegura sin embargo la instauración racional y la autonomía disciplinaria de las ciencias humanas. Tal es el concepto, dialéctico en el sentido fuerte y que se apoya sobre la idea de la eliminación tendencial de la eliminación, del que Marx y Engels habrían podido -pues tenían con seguridad la capacidad teórica-identificar la operación en El origen del hombre, y que no es incompatible con una «continuación» de la selección -una selección que en todo caso ha cambiado a la vez de modalidades y de blanco, puesto que retiene ahora como ventajosas las conductas morales y racionales altruistas y solidarias que se oponen a los efectos de la vieja selección que resultaba de la «guerra de todos contra todos». El efecto reversivo de la evolución, producto homogéneo del mecanismo de la selección natural que selecciona los instintos sociales y sus consecuencias antiselectivas, es por este hecho un concepto clave del materialismo moderno, al que hace por fin posible, al encontrar la integridad de sus fundamentos. De la «naturaleza» a la «cultura», de la animalidad a la moralidad, del egoísmo al altruismo, describe la transformación que se opone tanto al dogmatismo de la ruptura como al dogmatismo de la continuidad, y que no anula sin embargo entre esas instancias ni la continuidad evolutiva, ni la capacidad conquistada de instaurar en conciencia los artefactos renovadores que contribuyen a construir lo que se denomina la civilización. Darwin y Marx así reconciliados pueden tener en adelante un porvenir común.
Entre 1887 y 1897 Santiago Ramón y Cajal realizó una serie de estudios micrográficos que jalonarían el debate acerca de la estructura y la fisiología del sistema nervioso al suministrar substrato empírico y guía heurística al marco teórico dentro del cual serían las mismas investigadas en lo sucesivo. El significado del trabajo realizado por Cajal en ese decenio no puede ponderarse sin un serio intento de establecer los pertinentes vínculos entre el mismo, sus antecedentes y su contexto contemporáneo. A tal fin, los apartados primero y segundo abordan el contexto científico en que Cajal elaborara en el periodo indicado la teoría neuronal y la ley de la polarización dinámica, prestando atención a planteamientos convergentes y divergentes de contemporáneos y antecesores. El tercero, por su parte, se dedica a la discusión del marco metodológico de la formulación de las señaladas aportaciones, soslayando recientes conatos de polémica historiográfica en torno a la paternidad de las mismas e incidiendo en que el núcleo del legado de Cajal no ha de buscarse en discusiones de esta naturaleza, sino en el amplio cuerpo de observaciones que recogiera y, muy particularmente, en la profusión de hipótesis mediante las cuales tratara de incardinarlo cabalmente en los marcos teóricos sancionados en ciencias biológicas. En el marco de una continuada e ímproba labor académica e investigadora, Santiago Ramón y Cajal formula entre 1887 y 1897 propuestas teóricas que servirán de base para el posterior desarrollo de la neurohistología, la neurofisiología y, en último término, las neurociencias contemporáneas. La amplia bibliografía acerca del periodo indicado y su impacto en la génesis de las modernas neurociencias ha oscilado con demasiada frecuencia entre la apologética y la detracción, dejando escaso espacio para una consideración ponderada de las aportaciones teóricas, metodológicas y heurísticas de Cajal y el resto de los protagonistas de este episodio fundacional de la historia de las neurociencias. El necesario cotejo de las fuentes originales con las interpretaciones contemporáneas resulta en tal contexto inexcusable. En 1888 Cajal dio, en sus palabras, con la nueva verdad de la independencia de la neurona. A partir de este momento comienza a describir la microestructura del sistema nervioso al completo, interpretándola como agregado de unidades celulares independientes, unidades anatómicas y fisiológicas del sistema nervioso que Heinrich Wilhelm Gottfried Waldeyer bautizara en aquel mismo momento con el nombre de neurona. 1 Esta sería su teoría neuronal, de la que ha llegado a decirse que constituye la "base de todos nuestros conocimientos sobre el sistema nervioso" (Reinoso- Suárez, 2002, p. 2 En 1897, por su parte, formula la versión definitiva de su ley de la polarización dinámica, según la cual las diferentes partes de la célula nerviosa juegan distintos papeles en el curso de la transmisión del impulso nervioso. El marco teórico que ambas aportaciones legaran a los neurocientíficos del siglo subsiguiente ofrecería un campo reelaborado y unificado, dado que gracias al camino recorrido por Cajal en este decenio, la noción de neurona -como atinadamente ha apuntado José Luís González Recio (vid. González Recio, 2007)-queda consistentemente articulada con los marcos teóricos de la citología, la histología, la anatomía descriptiva, la anatomía comparada, la fisiología, la embriología y la teoría de la evolución. 3 A pesar de que la universalidad de ambas propuestas fuera refutada por trabajos posteriores (vid, v. g., Shepherd, 1972; Fields, 2006), las mismas ofrecieron un feracísimo substrato para la investigación de la estructura y función del sistema nervioso. No obstante, tal y como argumentaremos en el tercer apartado, el trabajo que condujera a la formulación de dichas propuestas no es valorado apropiadamente cuando ellas son presentadas, como es habitual, como el centro de gravedad del legado cajaliano. HACIA UNA NUEVA CONCEPCIÓN DE LA ESTRUC-TURA Y DINÁMICA DEL SISTEMA NERVIOSO En ese mismo año aparece la primera edición de la obra clásica de Rudolph Albert von Kölliker Handbuch der Gewebelehre des Menschen, en la cual, dadas las limitaciones de las técnicas histológicas disponibles, la microestructura del sistema nervioso era descrita de forma excesivamente exigua. Kölliker, en las primeras ediciones del señalado libro de texto, expone con franqueza que el problema de elucidar el modo en que las células nerviosas se comunican entre sí permanecía irresuelto -llegando en la cuarta, de 1863, 4 a proponer que el modo en que esta comunicación tiene lugar no podría resolverse mediante microscopía óptica-, pero en la quinta edición, de 1867, 5 esboza la que puede ser tenida por la primera teoría reticularista de la comunicación nerviosa, postulando la existencia de un continuo sin hiatos entre células nerviosas que permitiría la necesaria comunicación entre las mismas. A cubrir la laguna en las descripciones neurohistológicas admitida en las primeras ediciones del libro de Kölliker y a corregir la concepción de la comunicación nerviosa esbozada en la quinta contribuiría decisivamente Cajal, asistido por el desarrollo de la microscopía óptica y las técnicas de tinción basadas en impregnaciones metálicas. Cajal comienza sus estudios de medicina a finales de la década de los sesenta. En los primeros años de la década subsiguiente se había familiarizado ya con la primera traducción castellana de un texto crucial por lo que a la concepción celular del organismo se refiere: Die Cellularpathologie. En esta obra de 1858 Rudolf Virchow califica de lamentable la laguna en los conocimientos de la época en lo tocante a la histología del sistema nervioso, al carecer, entre otras cosas, de nociones básicas acerca de su estructura citológica. Laín Entralgo propondría más tarde que "la obra de Cajal constituye (...) el definitivo remate de la teoría celular; con lo cual Schleiden, Schwann, Virchow y Cajal vienen a ser los cuatro hitos principales de la historia de esa teoría" (Laín Entralgo, 1978, p. 6 La obra póstuma de Otto Friedrich Karl Deiters (muerto poco antes de la aparición de la misma con sólo 29 años) Untersuchungen über Gehirn und Rückenmark des Menschen und der Säugethiere fue publicada en los años previos al ingreso de Cajal en la Facultad de Medicina de Zaragoza (concretamente, en 1865). En esta monografía de referencia dentro de la neurohistología europea de la segunda mitad del siglo XIX aparece descrita la constitución básica de la célula nerviosa, que, tal y como Deiters fuera el pri-mero en señalar, comprende el cuerpo celular o soma y dos tipos de prolongaciones, a las que llamó el alemán protoplásmicas (dendritas, desde la acuñación de Wilhelm His en 1889) y cilindroejes (axones, desde la acuñación de Kölliker en 1896). 7 Por otra parte, además de esta descripción básica de la célula nerviosa, desde principios de los cuarenta los trabajos de Kölliker venían ofreciendo, tal y como José María López Piñero supo indicar (López Piñero, 1986, p. 6), una panorámica de la citología nerviosa que parecía dirigirse a la concepción que aún tardaría más de medio siglo en ser generalmente aceptada: la de la independencia de la neurona. Esa concepción neurohistológica acorde con los principios citológicos ya aceptados tardó en cuajar dado que en 1872 Joseph Gerlach defendió, apoyándose en observaciones realizadas con tinciones de cloruro de oro que él mismo ideara, la llamada teoría reticularista o teoría de la red -que en realidad cabe remontar a las observaciones realizadas por Franz von Leydig en 1855 sobre el tejido nervioso de arácnidos (vid., v. g., Clarke y O'Malley, 1996, p. 87)-, según la cual las prolongaciones nerviosas que Deiters describiera forman una red continua a través de la cual tiene lugar la conducción del impulso nervioso, y dado que tanto Kölliker como el resto de las figuras influyentes de la neurohistología europea de aquel momento se adhirieron a las conclusiones de Gerlach, que creía tener en sus preparaciones microscópicas la prueba de la continuidad sin hiatos entre las fibrillas terminales de las dendritas y las células alcanzadas por éstas. Así, Gerlach creía hallar en el sistema nervioso una excepción a la teoría celular elaborada en la década de los treinta por Matthias Jakob Schleiden y Theodor Schwann y por Virchow en la de los cincuenta, pues entendía que el tejido nervioso "was special in the sense that nerve cells are not independet units but instead form a continuous syncytium or reticular net" (Swanson, 2003, p. La teoría reticular de la estructura y la comunicación nerviosa, que, como señalábamos, puede remontarse a la década de los cincuenta, comienza a elaborarse en la subsiguiente sobre la base de una serie de observaciones citológicas de diversa índole, pero todas relacionadas con la idea de que entre las células nerviosas se producía alguna suerte de fusión. Entre las observaciones que pueden considerarse antecedentes de la formulación de la teoría reticular destacan las de Kölliker, pero también las de Max Schultze. Hacemos aquí mención de las observaciones realizadas por Schultze en 1863 acerca de la fusión de los axones de receptores olfativos que desde el epitelio de la membrana mucosa nasal se dirigen hacia el bulbo ol-fativo por el prestigio del que este investigador gozara en la época. No obstante, sus conclusiones acerca de la fusión de estos finos axones se debieron con certeza a una mala interpretación: la sutileza de aquellos haces de axones podía dar la impresión al microscopio óptico de que éstos acababan por fusionarse, y Schultze pudo desatender que la resolución a la que le era dable trabajar podía no ser suficiente para concluir que aquellos cilindroejes acababan efectivamente fusionándose. Kölliker, por su parte, en la referida quinta edición de su Handbuch der Gewebelehre des Menschen, de 1867, formula a tientas -dado que admite que los medios técnicos disponibles podían no alcanzar a ofrecer la resolución necesaria para apoyar sus planteamientos teóricos-la que más arriba denominábamos "primera teoría reticularista de la comunicación nerviosa" al postular una fusión entre los nervios de las raíces dorsales y ventrales de la médula espinal (Kölliker, 1867, p. De estas observaciones de segmentos particulares de la histología nerviosa partiría Gerlach hacia el establecimiento de una teoría reticular general, tarea que llevara a término en 1872. A esta teoría reticular general, es decir, referida a la histología de todo el sistema nervioso, vendría a sumarse poco después el más pertinaz entre los reticularistas, Camilo Golgi. El italiano había elaborado el método de tinción cromoargéntica 8 que le valdría en 1906 el Nobel compartido con Cajal, 9 y a partir de 1873 (el mismo año en que Cajal obtiene su Licenciatura en Medicina) comienza a publicar los resultados que obtuvo con dicho método, los cuales conducirían a la publicación, en 1886, de su Sulla fina anatomia degli organi centrali del sistema nervoso. La concepción reticular de Golgi difería, no obstante, de la de Gerlach (vid. Gerlach, 1871; Gerlach, 1872), dado que el italiano proponía que la unidad de la red nerviosa no se basaba en la continuidad de las dendritas, a las que atribuía una función nutritiva -a causa de la relación que encontró entre ellas, el tejido conectivo y vasos sanguíneos-, sino en la unión de las ramas terminales y colaterales de los axones de las diversas clases de neuronas. 10 Igualmente difería el reticularismo de Golgi del de Hans Held, que defendió un continuismo basado en el contacto de axones con dendritas y axones con somas (Held, 1897), o el de István Apáthy, que sostuvo que las neurofibrillas constituyen el nexo estructural y funcional que, ex hypothesi, mantiene integrada la red nerviosa (Apáthy, 1897). No obstante, el reticularismo de Golgi sería no sólo el que gozara de mayor difusión, sino asimismo el defendido con mayor vehemencia y contumacia por su proponente. La teoría de la red no tardaría, sin embargo, en ser desafiada desde diferentes frentes. Así, en el mismo año de la publicación de la referida obra de Golgi aparecieron también publicados los resultados de las investigaciones embriológicas realizadas por Wilhelm His, quien, desde el punto de vista histogenético, defendió la independencia de las células nerviosas al constatar que al menos algunos neuroblastos surgen y migran como células individuales. Al año siguiente, es decir, en 1887, y de forma independiente, August Forel cotejó la obra de Golgi con datos provenientes de la anatomía patológica y la patología experimental, cotejo que le llevaría a conjeturar la independencia de las terminaciones axónicas (en sus trabajos comprobó que al seccionar prolongaciones axónicas la degeneración nerviosa no se extendía, contrariamente a lo que cabría esperar partiendo del marco reticularista, más allá de los somas de las células dañadas). Estos ataques a la teoría reticular no excedieron, sin embargo, las fronteras de las hipótesis basadas en observaciones y trabajos experimentales limitados a momentos puntuales del desarrollo ontogenético y ubicaciones concretas de la anatomía nerviosa, ni tuvieron una significativa repercusión, mientras faltaban aún los fundamentos con arreglo a los cuales elaborar un modelo citológico de la estructura del sistema nervioso en virtud del cual resultara dable establecer una base firme para el desarrollo de la neurofisiología moderna, una nueva fisiología nerviosa basada en la traducción de impulsos eléctricos a mensajes químicos y, nuevamente, a impulsos eléctricos que nadie podía aún atisbar y en la elaboración de la cual fue necesario partir de la noción de comunicación por contacto y no por anastomosis. Serían precisamente estas lagunas las que Cajal viniera a llenar con su investigación neurohistológica, en la cual el método de tinción cromoargéntica desarrollado por Golgi jugaría un papel fundamental. Otros, como su antiguo compañero en la Universidad Central de Madrid Luis Simarro -que, precisamente, durante una visita de Cajal a su laboratorio en 1887 había transmitido a éste la técnica desarrollada por Golgi (vid. López Piñero, 2006, p. 173 y ss.)-, habían abandonado la esperanza de alcanzar resultados utilizando dicho método. Cajal, sin embargo, "después de su encuentro con Simarro (...) comenzó inmediatamente a usar el método de Golgi para estudiar prácticamente todo el sistema nervioso" (De Felipe, 2007a, p. Perseveró, pues, en la utilización del mismo y lo perfeccionó desarrollando una útil variación 11 y determinando las condiciones apropiadas para su mejor aplicación a diversas clases de tejido. Así, en buena medida gracias a este método, describiría Cajal entre 1887 y 1903 la microorganización del sistema nervioso prácticamente al completo, en una serie de estudios de los que partiría para la elaboración de su obra principal, Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, obra que jalona la historia de las neurociencias. Una de las claves que el método de tinción de Golgi ofreciera al desarrollo de la teoría neuronal de Cajal se halla en el hecho de que con él la tinción es selectiva, esto es, afecta a la célula que alcanza viéndose frenada la impregnación del tejido por la membrana plasmática y no extendiéndose así a la siguiente célula. Esta particularidad del método de Golgi ofreció sustento a la teoría neuronal de Cajal, aunque no todos los investigadores implicados en la controversia interpretaron dicha particularidad como un argumento a favor de la independencia de la célula nerviosa, dado que cabía entender, por ejemplo, que determinado tipo de sustancia desconocida pero garante de la continuidad entre células no se viera afectada por el método de tinción de Golgi. No es de extrañar que surgieran estas discrepancias, dado que cuando dos células sucesivas resultan impregnadas con el método de Golgi dan la sensación, al microscopio óptico, de encontrarse unidas y, además, incluso a día de hoy los fundamentos bioquímicos del método de Golgi son desconocidos y no han sido todavía esclarecidos los motivos por los cuales unas células resultan con él impregnadas mientras otras no lo hacen. Así, el método de Golgi, cabe decir, permitía inferir, exclusivamente, la discontinuidad de un misterioso proceso de impregnación, pero de ningún modo pudo hacer visible al microscopio óptico el hiato que efectivamente separa los elementos pre y postsinápticos, pues el mismo se halla más allá de la resolución que puede ofrecer la microscopía óptica. Abundando en las técnicas utilizadas por Cajal en este momento crucial de su carrera científica, otra exitosa apuesta metodológica fue en este punto la sustitución de la selva adulta por el joven vivero. 403) aludiendo a la importancia que en esta etapa de su trayectoria tuviera la decisión de estudiar el tejido nervioso de embriones y animales jóvenes en lugar de adultos, decisión tomada con vistas a la mejor observación de las diferentes partes de la célula, que en fases tempranas del desarrollo no se halla aún sumergida en la inextricable maraña de ramificaciones dendríticas que caracterizan lo que Cajal denominara selva adulta. 13 Por otra parte, optar por el estudio micrográfico de sistemas nerviosos de pequeños mamíferos, aves, embriones y ejemplares jóvenes trajo aparejada la ventaja de una mejor impregnación de los tejidos debida a la menor densidad de mielina presente en las preparaciones. En este momento, es decir, a finales de la década de los ochenta, además de publicar artículos en diversas revistas médicas, costea Cajal la edición de su propia revista, la Revista trimestral de Histología normal y patológica, en la que publica sus resultados incluyendo láminas litográficas que él mismo dibujara y grabara. A pesar de que sólo aparecieron tres números de esta revista, 14 hemos de entender su publicación como un punto de inflexión en la historia del estudio del sistema nervioso, pues en esta corta andanza editorial Cajal publica una decena de artículos que pueden ser leídos hoy como poco menos que documentos fundacionales de las neurociencias contemporáneas. La atención prestada por Cajal al cerebelo fue de gran importancia en esta época, dado que el patrón de conectividad entre las células de esta región encefálica, mucho más claro y sencillo que en el córtex, facilitó ostensiblemente su labor descriptiva. No se trataría de una atención aislada, pues de 222 artículos sobre el sistema nervioso, Cajal publicó un total de 49 dedicados íntegra o principalmente a diferentes aspectos de la anatomía, citoarquitectura y fisiología de esta región encefálica (vid. Toledano, 1983). Serían, justamente, una serie de estudios micrográficos realizados con cerebelos de aves (Ramón y Cajal, 1888a), una serie de estudios cuyos resultados aparecieron publicados en un artículo recogido en las primeras páginas del primer número de la Revista trimestral de Histología normal y patológica, 15 los que ofrecieran a Cajal la oportunidad de convencerse de que "cada elemento [nervioso] es un cantón fisiológico absolutamente autónomo" (Ramón y Cajal, 1888a, p. 9), un convencimiento que expresara inicialmente con cautela. Un convencimiento aparejado a éste sería ya en aquel momento el de que el impulso nervioso no pasa de célula a célula sin salvar antes alguna suerte de hiato -que desde la acuñación de Charles Scott Sherrington (Sherrington, 1897, p. 929) denominamos sinapsis-, es decir, que no tiene el mismo lugar continuamente, sino por contacto. 16 Sus observaciones anatómicas le condujeron así a la hipótesis fisiológica "de la trasmisión por contigüidad de las acciones nerviosas" (Ramón y Cajal, 1888b, p. Es de este modo enteramente manifiesto el vínculo entre anatomía y función 17 que guiara el trabajo observacional, experimental, descriptivo y teórico que Cajal emprende a finales de la década de los ochenta para la demostración de la individualidad de la célula nerviosa, que ensayara sucesivamente en el cerebelo, la retina y la médula espinal y que culmina en la década subsiguiente con la formulación de la ley de polarización dinámica. 18 Las propuestas de Ramón y Cajal no fueron inmediatamente acogidas sino con escepticismo por la comunidad histológica internacional, 19 y esto a pesar de que entre finales de 1889 y principios de 1890 20 enviara el histólogo español traducciones francesas de los artículos en los que exponía los principales resultados de sus investigaciones a las más prestigiosas revistas europeas de anatomía. Así, a los primeros textos en los que Cajal presenta resultados conducentes a su teoría neuronal respondieron de forma crítica, junto con Golgi, Franz Nissl, István Apáthy, Hans Held y, poco después, Hans Albrecht Bethe, a cuyos estudios anatomo-patológicos en defensa de la hipótesis reticularista (Bethe, 1901) respondiera a su vez Cajal con estudios análogos (Ramón y Cajal, 1905; Ramón y Cajal, 1906) de los que se sirvió para confutar las conclusiones de Bethe. No es de extrañar que la actitud predominante entre las grandes figuras de la neurohistología de la época hacia los descubrimientos del aragonés presentara el señalado cariz del escepticismo y la desconfianza, dado que la concepción de la estructura del sistema nervioso que de los mismos se desprendía chocaba con supuestos neurohistológicos y neurofisiológicos vigentes y celosamente defendidos por la mayoría de las figuras destacadas en el área. En vista de ello, Cajal, consciente de que la difusión de sus descubrimientos se topaba con dificultades que el envío de artículos a revistas y comunicaciones a las principales figuras de la comunidad histológica internacional no alcanzaba a salvar, se decide a costearse un viaje a Berlín para presentar las preparaciones micrográficas que más claramente apoyaban su nueva concepción de la microanatomía nerviosa en el congreso de la Sociedad Anatómica Alemana celebrado en octubre de 1889. La presencia en dicho congreso de Kölliker jugaría a la postre un nada desdeñable papel en la aceptación y difusión de las propuestas de Cajal. El reputado histólogo y zoólogo suizo venció su inicial desconfianza a la luz de las claras preparaciones de Cajal y, posteriormente, realizó una serie de trabajos de confirmación 21 utilizando el método de la doble impregnación (vid. nota 11) que servirían no sólo para que él mismo abandonara la teoría reticular, sino también para preparar el terreno para la difusión y consolidación de la nueva concepción de la estructura del sistema nervioso. El abandono por parte de Kölliker de la teoría reticular sería pronto imitado por el resto de las figuras destacadas de la neurohistología europea, desde Waldeyer hasta Mihály Lenhossék, 22 Gustav Retzius, 23 Arthur van Gehuchten o Mathias Duval, y no sólo eso, sino que pronto Kölliker, Lenhossék, Retzius y van Gehuchten replicarían y confirmarían las observaciones de Cajal. No obstante, Golgi seguiría defendiendo vehementemente la teoría reticular durante el resto de su vida, 24 aunque ya en solitario. 25 Transcurridos apenas dos años desde el congreso de la Sociedad Anatómica Alemana Cajal formula su ley de la polarización dinámica, que expuso por vez primera en julio de 1891 en una comunicación pronunciada en el Primer Congreso Médico-Farmacéutico Regional, celebrado en Valencia. Dicha comunicación aparecería publicada en las actas del congreso bajo el título "Comunicación acerca de la significación fisiológica de las prolongaciones protoplásmicas y nerviosas de las células de la sustancia gris", siendo su contenido desarrollado en el artículo de 1897 "Leyes de la morfología y dinamismo de las células nerviosas". El núcleo de la referida comunicación se erige como uno de los mayores logros de la carrera científica de Cajal, dado que en él se define por primera vez el curso de la transmisión del impulso nervioso, en el que el axón se comporta como órgano emisor y el soma y las dendritas como aparatos receptores: "la transmisión del movimiento nervioso tiene lugar desde las ramas protoplásmicas hasta el cuerpo celular, y desde éste a la expansión nerviosa" (Ramón y Cajal, 1891, p. 26 Establece de este modo Cajal un principio fisiológico estrechamente vinculado con sus postulados microanatómicos cuya trascendencia resulta difícil exagerar, pues será sobre él que se eleve el edificio de las neurociencias contemporáneas, por cuanto con el señalado principio consigna Cajal a las venideras generaciones de investigadores una definida orientación acerca de la dirección y el lugar en que investigar los procesos neurofisiológicos cruciales, esto es, los relacionados con la dinámica de la comunicación entre las células nerviosas, en los cuales radican, en último término, las principales funciones desempeñadas por el sistema nervioso en la economía del organismo. Con la ley de la polarización dinámica, otrosí, y en términos lakatosianos (Lakatos, 1978), un postulado se desplaza del cinturón protector al núcleo teórico: el postulado de economía de materia, tiempo y espacio en la comunicación nerviosa (vid. Ramón y Cajal, 1897), una economía relacionada en este caso con la monopolaridad del impulso nervioso, que acorta las vías y, así, el tiempo que el impulso nervioso ha de emplear en recorrerlas. 27 Cajal, poniendo de manifiesto su atención a la biología evolucionista, entendía este principio de economía como vinculado con la filogenia, e hizo uso del mismo, por ejemplo, en la elaboración de su ingeniosa explicación evolutiva del origen de la decusación de los tractos motores como adaptación destinada a aumentar la eficacia de la coordinación visomotriz (Ramón y Cajal, 1899, pp. 654-656). ALGUNAS CUESTIONES DE HISTORIA Y METODO-LOGÍA DE LA CIENCIA Hemos visto cómo entre los dos últimos años de la penúltima década del siglo XIX y los siete primeros de la última Cajal sienta las bases para una nueva concepción de la microanatomía y la fisiología de sistema nervioso. El primer paso sería el establecimiento de la teoría neuronal, con la cual diluye la particularidad del tejido nervioso tal y como venía siendo concebido. Alcanzados estos resultados, es decir, delimitada la identidad citológica de la neurona, afronta la tarea de esclarecer los principios dinámicos de la actividad nerviosa, tarea que desemboca en la formulación de la ley de la polarización dinámica, que explicita y define un concretísimo vínculo entre morfología y fisiología. Sentados en el lapso de apenas cuatro años aquel principio eminentemente morfológico de finales de los ochenta y este principio funcional enunciado a comienzos de la década de los noventa, Cajal ofrece a la neurociencia posterior un campo reformado y un fructífero substrato del que no tardarían en brotar los más insospechados frutos. La década de los treinta, en la que pereciera Cajal, asistió al inicio de la investigación de los mecanismos de la transmisión nerviosa. Adheridos a los planteamientos de Cajal, los neurofisiólogos de la época comienzan a desentrañar el funcionamiento del potencial de acción -una investigación cuya historia se prolonga de Luigi Galvani a las ecuaciones Hodgkin-Huxley-y a identificar neurotransmisores, una investigación que de Emil du Bois-Reymond (vid. Finger, 1994, p. 48) llega a nuestros días. Algunos de los grandes hitos del desarrollo de las neurociencias habrían de esperar, no obstante, a la década de los cuarenta, a partir de la cual se producirían destacados logros de la mano de Donald Hebb, David Hubel, Torsten Wiesel, Vernon Mountcastle, Roger Sperry o Wilder Penfield. 28 Con todo, la insinuada distinción dentro de este breve periodo de la carrera de Cajal entre una primera etapa atenta a la morfología y una segunda dedicada al estudio de la neurofisiología no deja de resultar artificial dado el carácter de la labor cajaliana, el cual pone de manifiesto desde un primer momento que su búsqueda de una cabal comprensión del sistema nervioso atiende a la estructura sin separarla de la función. " [Cajal] no sólo quería describir, como lo hace la histología normal, la estructura del sistema nervioso, sino entender su función a partir de esa estructura" (Estañol, 2007, p. Así, su hipótesis morfológica sobre la independencia de la neurona se vería orientada por su preocupación por la función que cabría entender que desempeñan las prolongaciones protoplasmáticas, al tiempo que su ley de la polarización dinámica surge auspiciada por observaciones microanatómicas. Un brevísimo apunte acerca del Cajal metodólogo 29 resulta pertinente en este punto, esto es, una vez presentado el contexto del nacimiento de la teoría neuronal y la ley de polarización dinámica y antes de pasar a comentar algunas cuestiones polémicas relacionadas con el señalado nacimiento. Por lo que toca al Cajal metodólogo, pues, cabe señalar que, a pesar de que el modo en que presenta algunos de sus hallazgos como mero fruto inductivo de la observación y la experimentación puede llevar a pensar en él como un empirista ingenuo, 30 Cajal no dejó de ser consciente del papel orientador que el nivel teórico juega en la observación. "Su atención (...) a los problemas conceptuales y a los lazos que la neurohistología había de establecer con la citología, la microanatomía, la embriología, la fisiología general o la teoría de la evolución parecen indicar que era consciente de que el rumbo de la ciencia no se dirime sólo en la esfera de la observación, los fenómenos establecidos y la inducción" (González Recio, 2007, p. Cajal, "extraordinario observador e intérprete de las imágenes microscópicas" (De Felipe, 2007b, p. 82), entendía que la observación desnuda, sin la guía de las hipótesis, a pocas metas científicas podría conducir. Pero no deja de ser igualmente cierto que tampoco cabe afirmar que su concepción de la metodología científica incluyera una noción explícita del modo en que el plano teórico interviene en la experiencia y la interpretación de la misma, con lo cual pudo seguir confiando en la posibilidad de apelar a una experiencia pura como base para la confirmación de hipótesis y teorías científicas y, por tanto, convencido de que la teoría neuronal no era sino un "puro resultado inductivo del análisis estructural" (Ramón y Cajal, 1917Cajal, /1923Cajal, /2006, p. Con todo, a la base de la apuntada "inducción pura" no se hallaba una observación acendrada de intuiciones rectoras y concomitancias teóricas acerca de lo observado: Cajal jamás pudo observar la efectivamente existente discontinuidad entre elementos nerviosos que desde Sherrington denominamos sinapsis, extremo de no escasa relevancia habida cuenta de la centralidad de la cuestión de la separación física entre los elementos pre y postsinápticos para la teoría neuronal. Estrechamente vinculadas con estas dificultades metodológicas se hallan una serie de consideraciones de índole historiográfica que plantearemos tomando como punto de partida una polémica que cumple ya un cuarto de siglo sin haberse mostrado excesivamente fértil. Partiremos pues de la misma, mas sin la intención de entrar en ella sino para realizar las matizaciones pertinentes de cara a propiciar una justa consideración del contexto del que surgiera la teoría neuronal. Aludíamos en el segundo apartado a los ataques que desde dos años antes de que Cajal ofreciera acabada su nueva verdad de la independencia de la neurona había recibido el reticularismo de la mano de las investigaciones embriológicas realizadas por Wilhelm His y las anatomopatológicas de August Forel. Estos ataques a la teoría reticular, como señalábamos, no excedieron las fronteras de las hipótesis escasamente articuladas y limitadas a ámbitos concretos de la citología nerviosa, ni tuvieron, a pesar de la innegable penetración de las observaciones y la manifiesta convicción acerca del significado de las mismas expresada por sus postulantes, una significativa repercusión en sus contemporáneos. Mientras tanto, como asimismo señalábamos, faltaban aún los fundamentos con arreglo a los cuales elaborar un modelo celular de la estructura del tejido nervioso en virtud del cual resultara dable establecer una base firme para la nueva neurofisiología. Y no sólo esto, faltaba elaborar cabalmente semejante marco teórico y comenzar a compilar un cuerpo sistemático de evidencias que lo sustentaran y sirvieran para que la comunidad científica del momento abrazara la nueva verdad. Esta fue la empresa que Cajal emprendiera y llevara a término. Aun así, los señalados ataques tempranos al reticularismo han servido a Marcus Jacobson para aseverar que el descubrimiento de la independencia de la neurona debe atribuirse a His y Forel, no a Cajal, del cual ofrece, abusando de un singular ánimo polémico y un exceso de especulación psicosocial, un retrato obstinado, inmodesto y narcisista (Jacobson, 1993). La discusión en torno al "verdadero padre de la neurona" se nos antoja, en todo caso, poco interesante mientras siga abierta la más atractiva posibilidad de atender al contenido de los trabajos de unos y otro y otorgar el debido valor a las investigaciones y conclusiones de cada uno. No consideramos, pues, necesario dar pábulo a semejante clase de polémica, y menos cuando la misma, transcurrido ya un cuarto de siglo, ha resultado escasamente fecunda: sólo un par de reseñas, publicadas, eso sí, en revistas de prestigio (Nature y Trends in Neuroscience), han sido consagradas a la discusión, principalmente, del estilo y de algunos de los fragmentos más estridentes del libro de Jacobson. Las alusiones que siguen no han de ser entendidas pues como conato de respuesta a la pregunta acerca del verdadero padre de la teoría neuronal, sino antes bien como un intento de ofrecer en pocas frases una perspectiva mesurada acerca de algunos puntos que no deberían dejar de ser tenidos en cuenta de cara a entrar en semejante debate. Sentado esto, sobra aducir que de ningún modo cabe obviar afirmaciones tan contundentes acerca de la independencia de las células nerviosas como las contenidas en "Einige hirnanatomische Betrachtungen und Ergebnisse", artículo publicado en el año anterior a la aparición de "Estructura de los centros nerviosos de las aves" -y el resto de la decena de artículos a los que hacíamos referencia en el apartado anterior-en el que Forel afirma estar cada vez más convencido de que las supuestas redes continuas descritas por los reticularistas no son sino entramados de axones con terminaciones libres (Forel, 1887, p. Con todo y con ello, obviar que fue, efectivamente, Cajal el más laborioso y tenaz defensor de la incipiente teoría neuronal, que él la elaboró y apoyó teórica y empíricamente con una resolución y amplitud sin precedentes (analizando la citoarquitectura del sistema nervioso al completo), y, asimismo, que fue él quien ofreció a la comunidad científica "el aplastante cuerpo de evidencia microscópica que la teoría neuronal requería" (Jones, 1994, p. 544) y fue así "el científico que más datos aportó para su demostración" (De Felipe, 2007b, p. 40), constituye, cuando menos, un grave descuido historiográfico. Cajal, por su parte, nunca sintió la necesidad de ocultar la prioridad de His y Forel en la labor de comenzar a minar la teoría reticular con sus publicaciones de 1886 y 1887, época en la que él comenzara a utilizar el método de tinción cromoargéntica -hay que añadir que totalmente ignaro de los resultados obtenidos por sus colegas suizos. No cabe relegar la originalidad de la aportación de Cajal a las neurociencias a la discusión acerca de la paternidad de la teoría neuronal, sino, tras una atenta consideración del hecho de que "Cajal no hizo un solo gran descubrimiento, sino que realizó numerosas e importantes contribuciones al conocimiento de la estructura y función del sistema nervioso" (De Felipe, 2007b, p. 19), situarla en su audacia y prolijidad a la hora de plantear hipótesis y su meticulosidad al idear métodos para tratar de contrastarlas. Sin embargo, por lo que toca a la teoría neuronal, dichos métodos nunca pudieron superar un obstáculo: Cajal, cuyos escritos de aliento metodológico apuntan a una concepción de la observación y la experimentación como tribunales definitivos e independientes para la confirmación de hipótesis científicas, jamás pudo ver una sinapsis. Sencillamente, resultan invisibles mediante microscopía óptica. De este modo, evidencia empírica de tipo indirecto y, especialmente, una intuición teórica basada en principios citológicos bien establecidos contarían como los elementos constituyentes de la convicción de Cajal y el resto de la comunidad científica que desde la década de los noventa comenzó a adherirse a la nueva verdad. Hay que acotar pues las citas antepenúltima y penúltima (de Jones y De Felipe, respectivamente) señalando que no sería hasta fecha posterior a la invención del microscopio electrónico por parte de Max Knoll y Ernst Ruska (en 1932) que pudiera observarse una sinapsis, y que no sería hasta 1955 que aparecieran publicadas las primeras microfotografías electrónicas de una sinapsis en las que pudiera observarse la discontinuidad estructural entre los elementos pre y postsinápticos, aportándose así definitivamente evidencia inequívoca en sustento de la teoría neuronal (vid. Cowan; Kandel, 2001, p. 47), una evidencia innecesaria, dado que para entonces los planteamientos reticularistas no eran considerados como una posibilidad seria por ningún investigador. Así, la temprana afirmación de Cajal según la cual "las células nerviosas son elementos independientes jamás anastomosados" (Ramón y Cajal, 1889c, 480) no pudo basarse en una observación directa, de forma que cuando, en el mismo artículo, ataca el postulado reticularista asegurando no haber "podido ver una malla de semejante red, ni en el cerebro, ni en la médula, ni en cerebelo" (Ramón y Cajal, 1889c, 480), basándose en la sola observación de sus preparaciones microscópicas podría con igual justeza haber apuntado que tampoco tuvo ocasión de contemplar en las mismas la discontinuidad efectivamente existente entre elementos nerviosos. El origen de la teoría neuronal se halla así, antes que en un conjunto de observaciones rectoras, en la orientación que las mismas obtuvieron de principios citológicos básicos y de la intuición de la necesidad o, cuando menos, la conveniencia de emprender la búsqueda de principios fisiológicos y neurohistológicos coherentes con los ya sentados en citología y que no postularan, de este modo, un hiato entre la naturaleza del tejido nervioso y la del resto de los tejidos para el cual, en cualquier caso, habría que encontrar a posteriori una justificación de la que nadie disponía. Hay pues que comprender, por lo que al surgimiento de la teoría neuronal respecta, el cuerpo de datos organizados que de su labor experimental y sus observaciones obtuvo y difundió Cajal como un excelente complemento del verdadero centro de gravedad de sus aportaciones: su búsqueda de principios integradores de la función y organización nerviosa y su formulación, de acuerdo con los mismos, de propuestas explicativas de gran alcance acerca de casi cada aspecto de la morfología y la fisiología neuronal de algún modo abordable mediante la tecnología de la época -como las mencionadas acerca del aprendizaje o el significado evolutivo de la decusación de los tractos motores, y asimismo como su famosa hipótesis neurogenética según la cual la migración neuronal y el crecimiento axonal se hallan regulados por quimiotaxis (Ramón y Cajal, 1892), hipótesis sólo alejada de las actuales neurotrofinas y moléculas de adhesión celular por la distancia técnica y conceptual que el transcurso de más de un siglo impone a la praxis y el léxico científico. Ramón y Cajal, sin disponer de la tecnología necesaria al efecto, supo ver, sin poder ver efectivamente, gran parte de la neurofisiología y la microestructura del sistema nervioso que las generaciones subsiguientes irían descubriendo paulatinamente, guiadas en gran medida por las feraces descripciones, hipótesis e intuiciones del incansable científico aragonés. Waldeyer procuró mantener una postura prudente cuando en sus artículos de la década de los noventa conceptualizó la neurona como unidad celular, mas no como unidad funcional (vid., v. g., Jacobson, 1993, p. En la obra citada en esta nota al pie, de hecho, en la página señalada, puede leerse una traducción no demasiado fiel del famoso comentario de Cajal en sus Recuerdos de mi vida acerca del acuñamiento de Waldeyer: "Waldeyer, a quien la Histología debe en otros dominios cardinales revelaciones, no investigó personalmente el problema de las conexiones interneuronales, limitándose a hacer en un semanario alemán un resumen popular de mis trabajos, y a inventar la palabra neurona" (Ramón y Cajal, 1917/1923/2006, pp. 716-717; cursivas en el original). Volveremos sobre el polémico texto de Jacobson en la tercera parte de este trabajo. La teoría neuronal de Cajal es a menudo presentada como la mayor revolución de todos los tiempos en el campo de las neurociencias (vid., v. g., García Segura, 2005, p. En la misma línea, la inmensa mayoría de los recientes repasos históricos al origen y desarrollo de la teoría neuronal esbozan un relato en el que la misma aparece como un hito fundamental en el surgimiento y consolidación de los métodos y marcos teóricos cardinales de las neurociencias contemporáneas (vid., v. g., Van der Loos, 1967; Shepherd, 1991; Jacobson, 1993; Clarke y O'Malley, 1996; Albright, et. al., 2000; Bennett, 2002; Cowan y Kandel, 2002; Glickstein, 2006). No obstante, otros matizan que la teoría neuronal, a pesar de su importancia heurística como guía teórica para la investigación durante la primera mitad del siglo XX, ha hecho ya su trabajo y no forma parte del acerbo científico necesario para la formación e investigación en neurociencias, hablando así de una neurociencia posneuronista (Guillery, 2005). Las aportaciones de Cajal a la neuroembriología y la neurogenética durante el periodo considerado son de una relevancia asimilable a la de su estudio histológico del sistema nervioso, a cuyas implicaciones microanatómicas y neurofisiológicas dedicamos el presente artículo (vid. Baratas Díaz, 1997; Puelles López, 2009). No puede dejar de mencionarse en relación a dichas aportaciones su hipótesis neurotrópica (vid. Ramón y Cajal, 1892), que vino a ofrecer una innovadora explicación quimiotáxica de la migración neuronal y el crecimiento axonal, anticipándose más de medio siglo al descubrimiento de neurotrofinas y moléculas de adhesión celular y legando una concepción plástica y dinámica de la ontogenia nerviosa fecunda al punto que cabe presentarla como esencialmente vigente. Resulta interesante señalar en este punto que en los meses previos a esta cuarta edición aparece descrita y demostrada por vez primera la libre terminación de axones motores sobre sus músculos diana (vid. Krause, 1863; Kühne, 1862). La demostración de Kühne se basó en experimentación anatomopatológica, al comprobar que la desaparición del músculo inervado no devenía en la degeneración de los nervios que a él llagaban. Esta demostración sería posteriormente utilizada por Waldeyer y Wilhelm His entre 1889 y 1891 como argumento a favor de la libre terminación de todo axón. La comparación de esta quinta edición con la sexta y definitiva, de 1896, arroja ya a primera vista un curioso saldo, claramente indicativo de la transformación en curso en la disciplina: mientras el uso de la palabra «red» (Netzwerk), abundante en la primera, se reduce hasta casi desaparecer en la segunda, las referencias a la obra de Cajal, lógicamente inexistentes en la primera, superan la centena en la segunda. La relación entre la teoría neuronal de Cajal y la teoría celular gestada medio siglo antes ha sido subrayada por gran cantidad de comentaristas. La forma más sencilla de concebir dicha relación, implícita en nuestra cita de Laín Entralgo, puede hallarse planteada en los términos más explícitos por Brodal (Brodal, 1948(Brodal, /1969)), que presenta la teoría neuronal como una simple extensión de la teoría celular. Otra forma en la que habitualmente es presentada una idea similar incide en el modo en que la teoría reticular suponía un desafío para la teoría celular. Eric R. Kandel, uno de los neurocientíficos de mayor fama internacional, cuenta entre quienes se han sumado a esta forma de presentar la señalada relación entre la teoría celular y la teoría neuronal (vid., v. g., Albright et. al., 2000; Cowan y Kandel, 2001). Por nuestra parte, y sin la intención de abundar en el particular, nos adherimos respecto de esta segunda forma de presentar la relación entre teoría neuronal y teoría celular al juicio de Guillery, que cita esclarecedores ejemplos históricos de reticularistas que no encontraban contradicción entre la teoría celular y la posibilidad de una neurohistología continuista, a los que suma ejemplos de otras áreas de la anatomía en las que tampoco hallaron los histólogos contradicción entre la teoría celular y la posibilidad de tejidos sin hiatos. Véase la Tabla 1 en el apéndice del referido texto de Deiters, así como el texto que describe la Figura 1 de dicha tabla (Deiters, 1865, p. Según la leyenda, el método habría surgido fortuitamente al observar Golgi unas muestras de tejido nervioso que habían sido fijadas en dicromato potásico y arrojadas posteriormente en un recipiente que contenía nitrato de plata por una señora de la limpieza (vid. Alonso, 1994, p. En cualquier caso, el método consistía en el endurecimiento de bloques de tejido nervioso mediante tratamiento prolongado con dicromato potásico y ácido ósmico seguido de una inmersión, para su tinción, en una solución de nitrato de plata. Al seccionar posteriormente el bloque, podía apreciarse al microscopio cómo la tinción, fruto de la precipitación del cromato argéntico, dotaba de un tono negro sólo a algunas células, haciendo visibles sus árboles dendríticos y sus axones. Es conocido el hecho de que Golgi no supo desprenderse de su reticularismo y, en fecha tan tardía como 1906, encontró arrestos para aprovechar una ocasión tan poco propicia como la ceremonia de entrega del Nobel compartido para arremeter contra la teoría neuronal. Comentando la desconcertante intervención del italiano en la ceremonia, Stanley Finger, en un intento por cartografiar las impresiones de la audiencia, formula la pregunta: "How could this man, of all men, be so blind to new findings?" Esta alocución, ciertamente, enturbió la ceremonia de entrega del primer Nobel compartido en la categoría de Fisiología o Medicina, más aún teniendo en cuenta que serían métodos muy similares los que condujeran a ambos galardonados a planteamientos teóricos totalmente opuestos. La distancia entre sus planteamientos y los que pronto defendería Cajal se hace totalmente explícita ya en los primeros textos en los que éste presenta su teoría neuronal: "todo cilinder axis, cualquiera que sea su disposición y longitud conserva su individualidad en toda su extensión sin anastomosarse jamás con otros cilinders ni constituir redes de terminación" (Ramón y Cajal, 1889a, p. Consistente en aplicar a las preparaciones histológicas un adicional baño bicrómico y una nueva impregnación argéntica después de extraerlas de la inicial solución de nitrato de plata. Explica en esta época Cajal los motivos que le llevaran a optar por trabajar con sistemas nerviosos inmaduros: "Esperábamos hallar, trabajando en órganos nerviosos jóvenes, una trama estructural que sin diferir sustancialmente de la de los adultos, nos mostrara los rasgos fundamentales de la de éstos, y permitiera abordar con más fruto el estudio de la médula y cerebro humanos" (Ramón y Cajal, 1889b, p. Algunos (vid., v. g., Albarracín Teulón, 1997), a la luz del énfasis en la micro-anatomía comparada que recorre la obra de Cajal, han encontrado en esta apuesta metodológica la influencia de la teoría darwiniana de la evolución. En realidad cuatro, apareciendo los números 3 y 4 conjuntamente en el último lanzamiento, de marzo de 1889. Resulta interesante el hecho de que precisamente este artículo comience con la frase: "Las investigaciones de Golgi sobre la textura de los centros nerviosos han abierto una nueva era" (Ramón y Cajal, 1888a, p. 1), pues precisamente Golgi contaría entre los pocos que jamás aprobarían el fundamento de esa nueva era: la teoría neuronal de Cajal. Así afirmaría al año siguiente que "la propagación de la acción nerviosa se verifica por contactos a nivel de ciertos aparatos o disposiciones de engranajes" (Ramón y Cajal, 1889c, p. Este vínculo entre anatomía y función se haría totalmente explícito en la Croonian Lecture que Cajal impartiera, invitado por Michael Foster y Charles Sherrington, ante los miembros de la Royal Society (Ramón y Cajal, 1894), en la que ofrece una panorámica eminentemente fisiológica de su investigación de la anatomía microscópica del sistema nervioso. Tal y como Arthur van Gehuchten lo expresara en un elocuente texto de 1913, "los hechos descritos [por Cajal] en sus primeras publicaciones resultaban tan extraños que los histólogos de la época (...) los acogieron con el mayor escepticismo" (citado en De Felipe, 2007b, p. Sólo a lo largo de este año publicaría Cajal nada menos que diecinueve artículos, una tercera parte de los cuales aparecerían en francés en diferentes revistas europeas. Trabajos que verían la luz poco después en la revista que el propio Kölliker editaba (Zeitschrift für Wissenschaftliche Zoologie). El interés de Kölliker por la obra de Cajal le condujo al estudio de nuestro complicado idioma cuando contaba más de setenta años. De este modo pudo traducir y publicar en su revista un artículo de Cajal sobre el hipocampo. En una carta a Cajal de enero de 1890 se expresa el histólogo húngaro en estos términos: "tengo ahora mucho que lamentar el no haber comprendido antes toda la importancia de los trabajos de usted, y haber mostrado acerca de ellos un escepticismo injustificado, que espero habrá usted sabido olvidar" (citado en Lopera Chaves, 2008, p. Por suerte, de entre la enorme proporción del legado epistolar de Cajal perdido o no recuperado -en muy buena medida a causa de la sorprendente negligencia de sus gestores-podemos excluir su correspondencia con el sueco, recogida en el tercer capítulo del loable y esmerado esfuerzo editorial de Fernández Santarén (2014). Con todo, Cajal no tardaría en granjearse adeptos entre los hombres de ciencia italianos. Así, por ejemplo, el psiquiatra Eugenio Tanzi (vid. Tanzi, 1898) fue uno de los primeros en adherirse a las conclusiones de Cajal acerca de la individualidad de las células nerviosas, acompañando asimismo a Cajal en sus hipótesis acerca de la función de las dendritas y en la neurofisiología del aprendizaje que de Donald Hebb a Eric Kandel ha venido desarrollándose con posterioridad en la dirección trazada inicialmente por Cajal (vid. Chóliz Montañés, 1992; Berlucchi y Buchtel, 2009). La pugna inicial entre los planteamientos reticularistas y neuronistas conduciría a la publicación, a petición del editor Levandoswky, de una extensa revisión en la que Cajal expone los principales hallazgos que le condujeran a su concepción de la independencia de la neurona. El texto, definido por destacados especialistas como el testamento científico de Cajal (vid. Reinoso Suárez, 1988), apareció inicialmente publicado en español en 1933 bajo el título "¿Neuronismo o reticularismo?" (Ramón y Cajal, 1933), y al año siguiente, poco después de la muerte de Cajal, en una versión ampliada en Francés. Un año más tarde aparecería en el Handbuch der Neurologie el que puede considerarse el documento postrero y definitivo de la teoría neuronal de Cajal, un texto en el que el aragonés presenta las seis características que, en su planteamiento, confieren a la neurona su individualidad -unidad morfológica, genética, funcional, regenerativa, de reacción patológica y de conducción-y expone su principio de la polarización dinámica (Ramón y Cajal, 1935). Es interesante señalar que, en el marco de la polémica mantenida con Van Gehuchten (vid. Van Gehuchten, 1891; Van Gehuchten y Martin, 1891; Ramón y Cajal, 1911/2007) por la prioridad en la formulación de la ley de la polarización dinámica (polémica que en el capítulo octavo de la segunda parte de sus Recuerdos de mi vida llama el histólogo aragonés humildemente "colaboración"), Cajal depura su hipótesis matizando en el artículo de 1897 la primera formulación de 1891 -según la cual el impulso nervioso sigue un trayecto que va desde las dendritas al soma y de éste al axón-al apuntar que el paso del impulso nervioso por el soma no es un hecho universal, sino que en determinadas células no se produce, transcurriendo directamente de la dendrita hacia el axón. Posteriormente, Gray (Gray, 1959) desmentiría la concepción cajaliana vigente acerca del carecer trasmisor-presináptico de todo axón y receptor-postsináptico de toda dendrita. Para una serie de matizaciones y excepciones a la naturaleza de la comunicación nerviosa propuesta por Cajal consúltese Shepherd (1972), y para una perspectiva actual de dichas matizaciones y excepciones Fields (2006). González Recio (2007) ofrece, de forma igualmente sucinta, otras claves para una lectura lakatosiana de la formulación de la ley de la polarización dinámica. Una parte nada desdeñable de la labor desarrollada por Cajal en su estudio del sistema nervioso tendría un impacto fundamental en la investigación del modo en que la actividad neurofisiológica deviene actividad mental, una línea de investigación en la que cabe encuadrar a los seis pesos pesados de las neurociencias a los que acabamos de aludir. No en vano, la producción de Cajal se extiende desde los campos de la neuroanatomía y la neurofisiología hasta el de la neurociencia cognitiva (vid., v. g., Ramón y Cajal, 1895; Ramón y Cajal, 1897; Pérez y Pérez, 1991, especialmente pp. 481 y ss.). "Conocer el cerebro -dejó dicho Cajal-equivale a averiguar el cauce material del pensamiento y de la voluntad" (Ramón y Cajal, 1917/1923/2006, p. No es de extrañar que la labor de Cajal se extendiera hacia la entonces innominada área de la neurociencia cognitiva: ya en una desgraciadamente perdida novela de juventud, Cajal presenta a su protagonista viajando hacia el cerebro humano para sorprender en él al secreto del pensamiento (Albarracín Teulón, 1997, p. 179); después, ya catedrático en Valencia, fundará un Comité de Investigaciones Psicológicas con la intención de indagar acerca de algunos fenómenos curiosos entonces en boga, como la hipnosis, el sonambulismo artificial o la sugestión. Ya el propio orden de la marcha de la investigación científica propuesto en el capítulo al que nos referíamos en la nota al pie anterior (observación, experimentación, hipótesis, comprobación) invita a pensar en la concepción de Cajal de la metodología científica en estos términos.
contactó con él para solicitarle consejo para progresar en su afición por los insectos. A partir de ese momento, y durante más de diez años, Dusmet fue iniciando a Quilis en la práctica entomológica profesional. Así, le asesoraba en la adquisición de ejemplares y bibliografía, al tiempo que le facilitaba contactos entre especialistas nacionales y extranjeros y le resolvía dudas de nomenclatura y taxonomía. Además, le inició en un cierto ethos caballeresco de la práctica naturalista. Con el tiempo, Quilis logró una inserción profesional como entomólogo especialista en microhimenópteros y control biológico de las plagas del campo, iniciando una prometedora carrera que frustró su temprana muerte. Las cartas que ambos intercambiaron, conservadas en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, ponen de relieve los detalles de un magisterio en la distancia intensamente cargado de admiración mutua y cultivo de la amistad. A comienzos del siglo XX la entomología ocupaba un lugar muy destacado en el conjunto de la ciencia española (Compte, 1988). La presencia de una figura de relieve internacional como es Ignacio Bolívar (1850-1944), catedrático de Zoología de Articulados en la Universidad de Madrid desde 1877 y especialista en ortópteros, pero sobre todo dinamizador de los estudios naturalistas desde su puesto de director del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) y por su vínculo con la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE), que llegó a presidir en 1934, es sin duda un factor clave en el desarrollo que la ciencia de los artrópodos alcanzó por aquella época. Su empeño modernizador le llevó a implicar a un número considerable de naturalistas, muchos de ellos miembros de la Real Sociedad Española de Historia Natural (RSEHN), en la mejora de la precaria situación en que se encontraban las colecciones de ejemplares y las bibliotecas especializadas, lastre para la equiparación de la práctica naturalista española a la de otros países (Casado, 2006a; Puig-Samper, 2016; Sanz, 1992). En todo caso, la entomología patria, como otras especialidades, no estaba en modo alguno reducida a los ámbitos institucionales madrileños donde Bolívar y sus colaboradores directos actuaban, de modo que otros grupos y redes se conformaron en Cataluña, fundamentalmente en torno al Museu de Ciències Naturals de Barcelona (MCNB) y la Institució Catalana d'Història Natural (ICHN); Aragón, con las diversas iniciativas encabezadas por el jesuita Longinos Navás (1858-1938); y por supuesto, con la acción de un número no despreciable de naturalistas radicados en otras regiones, muchos de ellos aficionados que encontraron mejores posibilidades de divulgar sus estudios gracias a la creciente oferta de asociacionismo naturalista y de revistas vinculadas al mismo (Bach, Compte, 1997). El primer tercio del siglo XX también conoce el establecimiento de las estaciones de fitopatología, con una vertiente entomológica aplicada muy conspicua (Catalá, Guillem, 2006). La situación española, por otro lado, a pesar de retrasos e inercias, refleja la de la comunidad internacional. El inicio de los Congresos Internacionales (el primero en Bruselas, en 1910), la aparición de revistas especializadas o la generalización de los servicios de entomología agrícola y control de plagas caracterizan el inicio del siglo como un período de notable proyección para la disciplina (Aguilar, 2006; Chapman, 2000; Hagen, Franz, 1973; Jones, 1973). Y en cuanto ciencia recolectora, la entomología ya estaba, en España y en el mundo, en esa «age of survey» (Kohler, 2006) que superaba la exploración extensiva a la búsqueda de novedades en lugares remotos, para centrarse en ámbitos geográficos próximos y conocidos, en los cuales se coleccionaba metódicamente para asentar el conocimiento de la biodiversidad local. El relativo florecimiento de la entomología española (y de la historia natural en general) fue acompañado de tensiones y enfrentamientos, que derivaban tanto de querellas personales como de luchas por el control institucional, reflejo de la intensa polarización ideológica que se había construido en España en torno a la ciencia (Sala, 1982; Catalá 2003b). Es en este ambiente, simultáneamente esperanzador, tenso y precario, donde desarrolló su tarea José María Dusmet y Alonso (1869-1960) (figura 1). Especialista en himenópteros, con una serie de trabajos muy relevantes centrados en la taxonomía y diversidad de los ápidos y de diferentes grupos de avispas de la fauna española, fue, en cierto modo, una figura de consenso en las difíciles relaciones entre grupos de diversas lealtades. Dusmet, que estudió Fuente: Archivo personal de Teo Alonso-Pesquera. Retrato de Modesto Quilis la carrera de ciencias naturales, habiendo obtenido el doctorado en 1894, desarrolló su labor científica en el MNCN, aunque con un vínculo bastante informal, como naturalista agregado. 1 El notable patrimonio de que gozaba su familia le permitió desarrollar esa labor, con dedicación casi diaria, sin la necesidad de una prestación remunerada, lo que hace a Dusmet inclasificable en la típica dicotomía profesional-aficionado. Su trabajo en el MNCN le situaba en la órbita de los colaboradores de Bolívar (Bach, Compte, 1997); sin embargo, conservador como era en lo ideológico, y alejado en ese aspecto del director del centro, prestó apoyo a las iniciativas impulsadas por Navás, especialmente en la fundación de la Sociedad Aragonesa de Ciencias Naturales (SACN) (1902) -aunque nacido en Chinchón y residente en Madrid, Dusmet se sentía muy vinculado al municipio zaragozano de Ambel, donde mantenía posesiones que visitaba anualmente-y de la Sociedad Entomológica de España (SEE) (1918) (Catalá, 2003a). En el presente trabajo vamos a explorar un aspecto diferente de la actividad de Dusmet: su faceta de maestro de otros entomólogos. Según refería este último (Quilis, 1927), fue iniciado en el estudio de los insectos por Emilio Moróder (1882-1939), conservador del museo de historia natural de la Universidad de Valencia y especialista en coleópteros. El joven, sin embargo, acabó optando por los himenópteros, lo que le llevó a entrar en contacto con Dusmet. Desde 1925, este guió los pasos del principiante, todavía estudiante de farmacia, ejerciendo un magisterio en la distancia a través de una asidua correspondencia epistolar salpicada por encuentros personales esporádicos en las raras ocasiones en que Quilis podía desplazarse a Madrid. En el Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (ACN) se conservan muchas de las cartas cruzadas entre ambos. Además de las originales de Quilis, guardadas por Dusmet con el resto de su correspondencia científica, hay copias de las escritas por Dusmet. Al poco de establecer relación, este ya mecanografiaba sus cartas y sacaba calco de las mismas. En total, son 101 las cartas conservadas que intercambiaron, 60 escritas por Quilis y 41 por Dusmet, en el período en que mantuvieron correspondencia, 1925-1936, mayoritariamente concentradas en la primera mitad del mismo. 3 El ejercicio magisterial a través de la correspondencia ha sido objeto de diversos estudios en la historia de la historia natural. Así, Schwartz (1995, 2010) ha abordado la relación entre Charles Darwin y George Romanes básicamente a través de las cartas. Una relación establecida, como en el caso que nos ocupa, in absentia, aunque allí fue el maestro quien contactó con el discípulo en 1873, tras leer una carta de Romanes en Nature donde defendía una interpretación darwinista de los patrones de coloración en peces. Para la historia natural española, algunos estudios contenidos en un monográfico de Afers (Camarasa, Vidal, 2006) muestran diferentes aspectos de las relaciones maestro-discípulo a través de la correspondencia. Así, Casado (2006b) explora el control distante del Laboratorio de Hidrobiología Española de Valencia que ejerció Celso Arévalo desde Madrid a través de su discípulo Luis Pardo; un caso muy distinto al de Dusmet y Quilis, en el sentido de que aquí fueron las cartas las que permitieron mantener un magisterio iniciado en las aulas del Instituto General y Técnico de Valencia. Las estrategias legitimadoras de la pro-Fuente: Archivo de la familia Quilis Llopis. pia labor científica que transmiten los epistolarios están también presentes en el estudio sobre la relación entre Linneo y un Pehr Löfling desplazado a España que, imbuido de la lealtad por el maestro, maniobra para difundir las doctrinas de este (Pelayo, 2006). Y en el orden de la economía material de la ciencia, el estudio de Vidal (2006) pone de relieve cómo Federico Trémols, hombre de la academia, instruía a Juan Joaquín Rodríguez Femenias, aficionado riguroso, en las técnicas botánicas y la selección del material para los herbarios. El «diálogo por ausencia» que generan las cartas, y más en la época contemporánea, cuando el sentido de privacidad de la correspondencia ha dejado de lado el uso de la carta como documento de difusión pública de ideas (Salavert, 2006), permite también acceder al ámbito de los sentimientos y de la «economía emocional de la ciencia» (cf. White, 2009). A fin de cuentas, la historia natural ha sido frecuentemente justificada desde la apelación a las experiencias que engendra en lo emotivo (Jardine, Spary, 1996). En lo que sigue, vamos a tratar de abordar estos planos en la relación entre Dusmet y Quilis, en un intento no solamente de reconstruir un magisterio en la distancia, sino también de dar luz sobre la práctica entomológica en la España de la Dictadura de Primo de Rivera y la II República. LOS PRIMEROS PASOS DE UN ENTOMÓLOGO Principiaba el año 1925, cuando el joven Quilis decidió escribir a Dusmet la carta que abriría su intensa relación científica. En dicha misiva exponía su afición por los himenópteros, «que en esta región están muy poco explorados», y se encomendaba a Dusmet por ser «uno de los mejores especialistas en este grupo». También le sondeaba sobre la posibilidad de que le clasificara sus capturas y le pedía consejo en la adquisición de libros sobre dicho orden de insectos. 4 Aunque la respuesta no ha podido ser hallada, no hay duda de que Dusmet se dio prisa en atender a su nuevo corresponsal, pues este le volvió a escribir apenas ocho días después. Le agradecía las separatas que le enviaba y unas cajas de himenópteros llegadas con antelación por conducto de Antimo Boscá (1874-1950), catedrático de historia natural del Instituto de Segunda Enseñanza de Valencia y autor de trabajos zoológicos, arqueológicos y paleontológicos (Camarasa, Catalá, 2007). Dusmet había atendido al ruego de Quilis relativo a la determinación de sus ejemplares; teniendo en cuenta la rapidez del despacho, es posible que Boscá hiciera de mediador entre ambos, llevando personalmente las cajas a Madrid y devolviéndolas a Valencia. Quilis comentaba también que estaba siguiendo la obra de Jules de Gaulle (1850-1922) sobre los himenópteros de Francia para su trabajo de determinación y clasificación y le pedía opinión sobre la misma. 5 Expresaba también sus dificultades a la hora de reconocer determinados caracteres morfológicos, algo esperable en alguien que apenas se estaba iniciando seriamente en la labor de determinación precisa de especies entomológicas. 6 Hacia finales de año, Quilis se había convertido en suministrador de Dusmet -su «Maestro en Himenopterología» como le llamaba-de ejemplares de géneros en los cuales este estaba trabajando, mientras que el neófito ya iba decantando sus preferencias a favor de géneros como Bombus, con el que debutaría como autor (Quilis, 1927). 7 Al año siguiente Quilis reconocía que sin el apoyo de Dusmet nunca hubiera pensado en publicar nada y que «tal vez se hubiese muerto en mí la afición, la enorme afición que hoy tengo a los Himenópteros». 8 Un sentido de la imitación al maestro aparece de forma explícita en estos inicios de la relación. Así se pone en evidencia cuando Quilis valora una nueva publicación de Dusmet, con un énfasis muy marcado en cuán difícil le será igualar a su maestro: «[Leí] su trabajo sobre los géneros Eucera y Macrocera. [L]e felicito efusivamente por él pues ahora veo lo que publicar un trabajo de esta índole representa. Es un trabajo ímprobo». 9 Y en otra carta: «Ahora comprendo yo, lo que le habrán costado de hacer los numerosos y bien escritos trabajos que Vd. ha publicado y que sigo como modelo de los míos». 10 La imitación se acompañaba de la fidelidad. Quilis concebirá sus investigaciones sobre ápidos como la continuación del trabajo emprendido por Dusmet, hasta el punto que titulará sus primeras publicaciones de modo semejante a como procedía este último: bajo el epígrafe general de "Los Ápidos de España", un subtítulo con el género al que se consagraba el estudio. De hecho, antes de haberse decantado por Bombus, planteó un estudio sobre el género Osmia en los términos que siguen: «[E]n cuanto a la forma del trabajo, será excelente el imitar a los suyos, para que haya uniformidad en la publicación de los Ápidos y el día de mañana puedan recopilarse todas estas monografías en una sola obra». 11 El compromiso voluntario de Quilis respecto a Dusmet fue más allá, pues, de la mera iniciación en la práctica científica para adquirir un carácter misional: la continuidad de la obra del maestro. 12 La elección de Osmia, un género «al que me he aficionado un tanto pues me gusta mucho» -tanto, de hecho, como para fantasear con una obra sobre la especies valencianas de Osmia con láminas en color-, 13 fue por propia iniciativa de Quilis. Hecha la elección a las puertas del verano, pudo reportar al final del mismo una exitosa temporada de capturas. 14 Para Dusmet, el género Osmia era «interesante, numeroso y no estudiado aún en España». La aprobación que conllevaban estas palabras se acompañó de referencias a bibliografía básicamente alemana y del ofrecimiento de contactos con los especialistas Otto Schmiedeknecht (1847-1936), de Bad Blankenburg (Turingia, Alemania), y Raymond Benoist (1881-1970), del Museo de París. Además, ponía a disposición de Quilis sus ejemplares de Osmia, que estimaba en más de 1.600, aunque solamente «cuando ya haya V. ido clasificando las suyas», para no abrumarlo. Y terminaba reiterando que «para todo lo que le pueda ayudar estoy a su disposición [...]. Como siga así, llegará V. a cosechar triunfos científicos». 15 Este plan de trabajo se modificó sustancialmente a finales de 1926, al llegarle a Quilis una propuesta de Luis Pardo (1897-1958), por entonces profesor ayudante en el Instituto de Valencia y encargado del Laboratorio de Hidrobiología. El Instituto, desde 1916 y coincidiendo con los primeros años de funcionamiento del Laboratorio, mantenía una revista, los Anales del Instituto Nacional de 2.a Enseñanza de Valencia, donde publicaban sus estudios profesores del propio centro junto a investigadores foráneos, con especial protagonismo para aquellos vinculados al Laboratorio y a la sección de Valencia de la RSEHN (Catalá, Azkárraga, 2015). Diez años después, sin embargo, el Laboratorio atravesaba una difícil situación institucional, pues el MNCN, del cual teóricamente dependía, no lo dotaba adecuadamente, por lo que mantenerlo abierto suponía una importante carga para el Instituto; a ello había que sumar la no menos precaria situación laboral de Pardo (Casado, 1997), y de ahí que reivindicar la continuidad implicara, entre otras cosas, mantener viva la revista. Quilis le expuso la propuesta a Dusmet. Puesto que Pardo quería que el artículo saliera en el siguiente volumen, pero el trabajo que generaba Osmia impedía cumplir con ese plazo, se planteó cambiar de objetivo y centrarse en Bombus, un género con pocas especies españolas y para el cual contaba con bastantes ejemplares. 16 Dusmet consideró acertada la decisión. Como era un género que «no pensaba estudiarlo», puso a disposición de Quilis 350 ejemplares, tanto cazados por él como determinados por colegas extranjeros. 17 Quilis se preocupó de entrar en contacto con especialistas en Bombus. Dusmet se la facilitó y se apresuró a escribir al alemán con el objeto de reclamarle la devolución de los ejemplares de Bombus que le había prestado para sus estudios sobre variabilidad, pues quería cedérselos a Quilis. 19 Vogt accedió a colaborar con los españoles a través del neurofisiólogo Rafael Lorente de Nó (1902-1990), 20 que por aquel tiempo se encontraba investigando en Berlín con una pensión de la JAE (Baratas, 2010). Encauzada ya la vocación de Quilis, Dusmet le planteó la necesidad de estudiar las colecciones del MNCN y del MCNB, pues solamente de ese modo alcanzaría su trabajo «la necesaria amplitud y conozca todo (puede decirse) lo de España». 22 Le llegaron más de 250 de los géneros Bombus y del género afín (hoy considerado subgénero) Psithyrus. 23 En cuanto al MNCN, había pensado visitarlo en junio, pero la perentoriedad de presentar el trabajo a los Anales le impidió hacer efectivo el plan. Por ello, escribió a Dusmet: "Me veo obligado a molestarle con una petición delicada, pues querría que si es factible me mandasen del Museo la colección de Bombus para el mismo mes de Agosto devolverla. Desde luego ya sé que es una petición atrevida, pero confiando en su bondad y en la de Don Ignacio [Bolívar], y respondiendo en absoluto de todo, es como me atrevo a pedirlo". 24 No hemos podido localizar la respuesta de Dusmet, pero el caso es que la dirección del MNCN accedió a la petición y Quilis pudo disponer de los ejemplares en el verano de 1927, coincidiendo con el tramo final de la redacción del trabajo. 25 Quilis también procuró entrar en contacto, al margen de las instituciones mencionadas, con naturalistas que le pudieran remitir ejemplares españoles de Bombus. 26 Uno de los contactados fue el aficionado francés André Seyrig, que por entonces estaba trabajando en las minas de El Soldado (Córdoba), y que escribió a Dusmet en estos términos: «Tengo todavía aquí media docena de Bombus que estoy reservando para mandarlos directamente al Sr. Modesto Quilis de Valencia, que me los ha pedido. Pienso que estará Vd. de acuerdo con esto que me propongo hacer, pues este Sr. me escribió, según decía recomendado por Vd.; no obstante, si lo prefiere, estoy dispuesto a hacer esto por el conducto de V.». 27 La contestación de Dusmet, efectivamente, era para expresar su acuerdo, y de paso ponderar el entusiasmo de que hacía gala Quilis. Y añadía: «Yo siempre creo que los entomólogos debemos ayudarnos sin reservas y del modo que mejor se sirva a la ciencia». 28 Este ideal de desinterés y caballerosidad conecta con un sentido de los ejemplares como materiales de acceso comunitario, sin perjuicio de que pudieran integrar colecciones de personas o entidades privadas que mantuvieran sobre aquellos la propiedad, lo cual pone en contraste el proceder de las ciencias que coleccionan con la habitual reserva de los datos en otro tipo de disciplinas (Kohler, 2007). Dusmet se tomaba esto muy en serio, como se ve cuando censuraba el proceder de un aficionado, Fermín Zanón Cervera (1875-1944), conocido de Quilis. Zanón se indignó cuando, tras enviarle unos ejemplares para su clasificación, Dusmet le devolvió solamente una parte, quedándose como es habitual algunos duplicados y compensándole con ejemplares de otras especies. El incidente fue bastante serio, aunque Dusmet finalmente lo disculpara como fruto de la ignorancia de Zanón. 29 Y es que Dusmet tenía el aval de una dedicación no remunerada a la entomología, compatible, sin embargo, con el máximo rigor científico. Un rigor que le llevó también a formar a su discípulo, lleno de dudas tanto teóricas como prácticas, en cuestiones tan básicas como el concepto de tipo o las autorías de razas y variedades; así se puso de relieve, por ejemplo, al establecer Quilis la nueva especie Dasypoda dusmeti, precisamente dedicada a Dusmet. 30 A principios de octubre de 1927, Quilis anunciaba a Dusmet que el trabajo de los Bombus ya estaba en imprenta. En él aparecía un agradecimiento especial a Bolívar por autorizar el envío a Valencia de los ejemplares del MNCN (Quilis, 1927, p. Quilis le dedicó la nueva variedad Bombus (Terrestribombus) hortorum bolivari, considerada actualmente sinónima de Bombus (Megabombus) ruderatus ruderatus (Ornosa, Ortiz-Sánchez, 2004, p. 531), a partir de un llamativo ejemplar del MNCN. 31 Poco después enviaba a su mentor, a Bolívar, y a las bibliotecas del MNCN y de la RSEHN, sendas separatas. 32 Quilis, en todo caso, ya estaba trabajando en otros géneros de ápidos. LA CONTINUACIÓN DE LOS TRABAJOS SOBRE LOS ÁPIDOS DE ESPAÑA A comienzos del otoño de 1927, Quilis comunicó a Dusmet su intención de estudiar los géneros Panurgus y Dasypoda, siempre y cuando el propio Dusmet no estuviera trabajando en ellos, con la intención de publicar un artículo en el Boletín de la RSEHN. 33 Dos semanas después, Dusmet aún no había contestado, por lo que Quilis le envío una tarjeta postal insistiendo en el asunto. 34 Dusmet respondió inmediatamente; le daba carta blanca para estudiar los géneros en cuestión y le ofrecía ejemplares y bibliografía. Y añadía: «Estoy asombrado de lo mucho que trabaja V. No solo ha terminado V. los Bombus, sino que ya ha estudiado Panurgus y Dasypoda, y con éxito y ya en relación con varios notables.» 35 Quilis estaba adquiriendo una creciente autonomía, hasta el punto de que la siguiente carta que envió a Dusmet muestra cómo tomaba la iniciativa de pedirle a Bolívar ejemplares del MNCN. Incluso planteaba a Dusmet el proyecto, «tal vez un poco de ilusión, Vd. juzgará», de reunir en un futuro los estudios de ambos sobre los ápidos españoles en una sola obra. 36 De humilde continuador de la serie iniciada por Dusmet, se veía ahora compartiendo la autoría de un libro de referencia, aunque volviera a su retórica de la imitación del maestro en la siguiente carta, a la vez que adoptaba cierto tono de experto en temas en los que se sentía legitimado: «Tiene Vd. en los Bombus cosas muy interesantes, no solo por la especie sino por los lugares en donde los ha cazado, y así he de decirle que son muy interesantes los B. soroënsis del Valle de Ordesa, que son los más típicos que he visto». 37 Dusmet reconocía una gran dificultad en distinguir las diferentes especies de Bombus y le preguntaba a Quilis si había tenido alguna vez dudas con ejemplares que pudieran confundirse con Anthophora. Este le respondió con autoridad de especialista, basándose en su experiencia con más de 3000 ejemplares -«un número corto para estudios de variabilidad pero grande para los de clasificación»-, y aun reconociendo la dificultad que entrañaba el género, decía no creer haber caído en tal confusión, alegando caracteres como la morfología de las patas en las hembras y el aspecto y tamaño del clípeo y el labro en los machos. 38 Sus nuevos objetivos, Dasypoda y Panurgus, lo tenían muy ocupado. 39 Aunque Dusmet interpretó, tras haberle pedido ejemplares, que estaba pensando añadir algunos géneros más (Panurginus, Rophites, etc.), 40 Quilis le aclaró que esto era solamente por mejorar el conocimiento general de la familia ápidos, pero de ningún modo para ampliar la nómina genérica bajo estudio. 41 Dusmet aprobó esta actitud: «Bueno es que los vaya conociendo, aunque me parece muy bien que aún no los publique. Conviene ir un poco despacio y no hacer todo a un tiempo». 42 Tras reunir ejemplares de estudio, 43 hacia finales de 1927 Quilis declaraba tener el trabajo sobre Dasypoda «casi acabado». 44 La redacción final, sin embargo, se retrasó a consecuencia del fallecimiento de su padre pocas semanas después. 45 A finales de febrero escribió pidiendo autorización para usar el encabezamiento de «Los Ápidos de España» y seguir la misma organización interna que adoptaba Dusmet en sus trabajos. 46 Este no tardó en darle su aquiescencia. 47 Quilis le envió el manuscrito el 15 de marzo y le pidió que se lo entregara a Ignacio Bolívar, diciéndole que deseaba publicarlo en el Boletín. 48 Al final, sin embargo, se publicó en Eos, la revista especializada en entomología promovida por el propio Bolívar en 1925 como órgano de la Sección de Entomología del MNCN (Bach, Compte, 1997). Según relataba Dusmet, Cándido Bolívar (1897-1976), hijo del anterior y principal responsable de Eos (Casado, Gomis, 1998), aconsejó esta revista porque en el Boletín la publicación se iba a demorar mucho, 49 aunque sin duda apreció en el trabajo de Quilis el suficiente rigor como para reforzar el perfil especializado de dicha cabecera. Fuera como fuera, en noviembre aún no había aparecido el artículo, pese a estar las primeras pruebas enviadas cuatro meses antes. 50 Dusmet había advertido a Quilis de los retrasos habituales que se daban en el MNCN, y de cómo al propio Cándido Bolívar se le acumulaba el trabajo; 51 en aquella temporada, además, con mayor motivo, pues asistió al 4.o Congreso Internacional de Entomología, celebrado en agosto en la Universidad de Cornell (Ithaca, Nueva York) (Hose, 1928). 52 Finalmente, fue en diciembre cuando apareció el artículo. No tardó Dusmet en hacerle algunas observaciones, centradas en el cálculo de lo que Quilis denominaba «índices de Krüger», un método desarrollado por el entomólogo hamburgués Edgar Krüger (1874-1951) para cuantificar variabilidades fenotípicas (Weidner, 1967, pp. 267-268). Dusmet, en respuesta a una pregunta de Quilis sobre si continuar sus estudios sobre ápidos con Psithyrus o con Panurgus, 53 aprovechaba para deslizar una serie de críticas en términos algo más fuertes que en ocasiones anteriores: «Me voy a tomar la libertad de aconsejar a V. que, conteniendo el natural y laudable deseo de publicar muchos trabajos, los repase algo más despacio antes de entregarlos. Digo esto porque, en este de Dasypoda, nos hemos permitido [Cándido] Bolívar y yo retocar algunas frases, que resultaban o largas o con repeticiones. Y he sentido que, en los cuadritos de los índices [...] encuentro que, sin duda por no haberlos V. repasado, hay indudablemente errores». Tras aportar ejemplos de tales errores, alababa el esfuerzo mostrado por Quilis y expresaba que su único deseo era «que sus interesantes trabajos carezcan de defectos» 54. Dusmet ya había sido puntilloso con las erratas en el trabajo sobre Bombus, que no obstante disculpó achacándolos a la falta de costumbre con trabajos científicos en las «imprentas de provincias». 55 Ahora, claramente, subía el nivel de exigencia. Quilis, que un año antes no vaciló en la autocrítica ante la benevolencia de Dusmet, 56 respondió con una carta bastante menos dócil. Se abría con un formal «muy señor mío y de mi mayor aprecio», en lugar del cordial «mi muy estimado amigo» que había adoptado en los meses previos. Punto por punto fue replicando a las reconvenciones. En lo que atañía al deseo de publicar, sostenía: «no trato de producir muchas obras que para nada me sirven, como Vd. comprenderá, y solamente las escribo cuando por suerte tengo tiempo para ello; el año pasado lo tuve y por ello pude dedicarme con alguna mayor libertad al trabajo de Dasypoda, este año probablemente no podré decir lo mismo. Eso sí, cuando escribo una obra me gusta hacerla lo mejor posible y para ello no omito sacrificio alguno, pues lo mismo me da acostarme a las dos que a las tres de la mañana, si en ese tiempo tengo más tranquilidad y puedo hacerlo mejor». A continuación, reconocía poder tener defectos de estilo y agradecía «el engorroso trabajo de la corrección» por parte de Bolívar y Dusmet, y señalaba que esperaba unas segundas pruebas que nunca llegaron para completar las correcciones. Finalmente, aclaraba a Dusmet los procedimientos de cálculo de medias aritméticas que había seguido para la estimación de los índices de Krüger, para hacerle ver que los resultados aportados sí eran correctos matemáticamente: «como comprenderá no tengo la pretensión de ser infalible, especialmente después de haber efectuado cerca de mil mediciones y más de mil operaciones con ellas, que repetidas tres veces por lo menos para su comprobación, son más de tres mil las operaciones efectuadas». La reserva de cordialidad la dejó para la despedida, rogándole que le siguiera dando «consejos y advertencias [...] puesto que serán recibidos como de mi mejor y más querido maestro». 57 Fue posiblemente el desencuentro más fuerte que tuvieron. El «querido maestro» debió de quedar conforme con las explicaciones del discípulo, pues escuetamente le dijo entenderlas y alabó de nuevo la enormidad de su tarea. 58 La evolución de Quilis desde el trabajo sobre Bombus al de Dasypoda revela una pericia creciente en la tarea de determinación, que culmina con la definición de cuatro nuevas especies de Dasypoda. Una le fue dedicada a Cándido Bolívar y otra a Francisco Morote, director del Instituto de 2.a Enseñanza de Valencia y socio activo de la sección de Valencia de la RSEHN (Catalá, 1998). 59 Otra más lo fue a Dusmet, quien ya era sabedor de ello por una carta del mes de marzo. 60 Quilis le devolvía así la deferencia de haberle dedicado una especie de Tetralonia cuando aún era un neófito sin obra publicada (Dusmet, 1926, p. En aquel trabajo, Dusmet había homenajeado con nuevas especies a entomólogos reputados como Ignacio Bolívar o Ascensi Codina; y con Quilis no se quedó en el simple agradecimiento por los ejemplares que le había enviado, sino que expresaba con aquella dedicatoria su confianza en aquel «entusiasta entomólogo». También el nivel de detalle de las ilustraciones, obra del propio Quilis, muy buen dibujante, refuerza esa sensación de madurez acelerada. Y, sobre todo, la incorporación del enfoque cuantitativo ya expuesto pone de relieve un intento de superar la valoración más bien cualitativa de los caracteres diferenciales para la determinación de especies que aún domina en el estudio sobre Bombus, la cual, en buena medida, derivaba de la práctica habitual de Dusmet (Quilis, 1928). Quilis, pues, había optado ya por un modo de trabajo que se apartaba del de su maestro, y halló enseguida reconocimiento por ello, como prueba una carta que Alfken envió a Dusmet y en la que le decía que «ich beglückwünsche Sie, dass Sie einen so fähigen Mitarbeiter gefunden haben». 61 Pese a las pretensiones expuestas apenas un año antes de iniciar un nuevo estudio sobre el género Panurgus en España y de dar cima a la vieja aspiración de hacer lo propio con Osmia, 62 Quilis nunca llegó a publicar nada al respecto. Ya entonces estaba abriendo una nueva línea de trabajo que lo llevó a especializarse en microhimenópteros parasitoides de otras especies de insectos; una investigación muy alejada de los intereses de Dusmet y, por el contrario, plenamente identificada con los de la Estación de Fitopatología Agrícola de Burjassot (Valencia), centro con el que estableció un vínculo laboral que se prolongaría en los años siguientes. De hecho, en la última carta de 1928 le enviaba a Dusmet el manuscrito de un breve trabajo para el volumen de las Memorias de la RSEHN en homenaje a Ignacio Bolívar. El tema era la biología de uno de esos microhimenópteros, Leptomastidea abnormis, que atacaba a un hemíptero, el llamado cotonet (Planococcus citri), que constituía una importante plaga de los naranjos (Quilis, 1929). No obstante, aún publicó un estudio sobre ápidos años después, el dedicado a los abejorros cucos o Psithyrus, considerados actualmente un subgénero de Bombus. Se trata de unos insectos muy interesantes por cuanto son especies sin castas de obreras cuyas hembras se infiltran en las colonias de abejorros corrientes para subyugarlas, de modo que las obreras de la colonia atacada acaban por cuidar y sacar adelante a las larvas de la invasora. Inicialmente, la idea de Quilis era haber publicado su estudio conjuntamente con el de Bombus, aunque no pudo ser por las prisas de Pardo. 63 El artículo de Psithyrus, aun manteniendo los típicos cuadros de determinación y una descripción detallada especie por especie, no seguía la pauta formal de los de Dusmet e incluía como novedad una discusión sobre cuestiones evolutivas (Quilis, 1932). Significativamente, el encabezamiento serial «Los Ápidos de España» tampoco aparecía, marcando la definitiva independencia del discípulo respecto al maestro. ECONOMÍAS DE LA PRÁCTICA ENTOMOLÓGICA En el ensayo que abre el influyente volumen Cultures of natural history, Jardine y Spary (1996) tratan de conformar una tipología de prácticas asociadas al cultivo de la historia natural, según la cual se distinguirían cinco categorías: materiales, sociales, literarias, corporales y reproductivas. La correspondencia entre Dusmet y Quilis nos permite rastrear ese complejo universo, marcado por un énfasis magisterial que manifiesta una práctica reproductiva de transmisión entre generaciones, pero que comporta el resto de niveles, como ya hemos visto en el caso de las prácticas literarias con la supervisión y crítica en la redacción de trabajos. Todo comienza por la materialidad de la recolección de ejemplares en el campo, condicionada por factores meteorológicos. Desde temporadas estivales poco fructíferas a causa de la sequía, hasta frescos inusuales a finales de la primavera, los vaivenes del tiempo eran frecuente preocupación. 64 Las excursiones de caza de ejemplares, en todo caso, tenían motivaciones que iban más allá de la mera adquisición de material de estudio, implicando lo social y corporal. El sentido deportivo y recreativo se asocia a esa ponderación recurrente del placer (y también de la fatiga) que se asocia a la experiencia del campo, que conlleva «un ejercicio muy saludable, respirando el aire puro de las montañas» (Dusmet, 1944, p. Al mismo tiempo, compartir periplo cazador era un modo de cultivar la amistad. Hasta donde sabemos, Dusmet y Quilis no tuvieron ocasión de salir juntos al campo pese a algunos intentos. 65 Pasados más de diez años de relación, Quilis insistía en mostrarle cazaderos abundantes en grandes himenópteros en el territorio valenciano, apenas explorado por Dusmet. 66 De alguna manera, ambos sentían esa falta en su relación científica. Tras el trabajo de campo, venía la labor de selección y preparación de ejemplares, usualmente condicionada por el exceso de capturas. 67 Como señala de nuevo Kohler (2007), los científicos coleccionistas no son solamente descubridores, sino también conservadores. Dusmet alabó desde un principio el cuidado que ponía Quilis en la preparación. 68 Contar con ejemplares duplicados y bien preparados era garantía para establecer relaciones provechosas con otros especialistas, incluidos extranjeros. 69 La comparación que cualquier estudio taxonómico exige hacía del envío e intercambio una práctica imprescindible y daba fundamento a la comunidad de entomólogos. La primera carta conservada de Dusmet, de enero de 1926, habla de la devolución de dos cajas a Quilis, con 48 ejemplares enviados por este ya clasificados y 63 más aportados por Dusmet. 70 Empleaban tanto el correo ordinario como los servicios de transporte de empresas, 71 aparte de la mediación de personas allegadas, como ya hemos visto con Boscá o como fue el caso de Miguel Vila, profesor ayudante del Instituto de Valencia y consocio de Quilis en la sección de Valencia de la RSEHN, desplazado a Madrid para opositar. 72 No siempre los envíos llegaban en el mejor estado; en una ocasión se rompió la tapa de una caja enviada por Dusmet y se estropearon algunos ejemplares, «aunque afortunadamente ninguno de los de Portugal». Cuando había implicados ejemplares de terceros, como en este caso los remitidos por la Universidad de Coimbra a Dusmet, a su vez reenviados a Quilis para su determinación, la preocupación por el adecuado tránsito de la mercancía era mayor. 73 Y aunque solía respetarse el ideal caballeresco, a veces sí aparecía el interés económico, como cuando Friese pretendía vender a Quilis unos ejemplares. 74 Dusmet le aconsejó «andar con tiento, pues es fácil gastar sin relativo provecho». 75 La circulación de ejemplares conllevaba la tarea fatigosa de gestionar préstamos y devoluciones a particulares e instituciones. Pese a su propósito inicial de hacerlo en agosto de 1927, solamente a finales de octubre pudo Quilis devolver los ejemplares de Bombus a Dusmet y al MNCN. 76 El joven no dudada en sincerarse: «¡Es una faena tan pesada esta!» 77 La condición de especialista se cimentaba no solamente en las publicaciones, sino también en las determinaciones de ejemplares para las colecciones ajenas, labor lenta y comprometida que interfería en otros aspectos del quehacer del entomólogo, como se pone de relieve a lo largo del epistolario que estudiamos y desde casi los inicios de la relación que nos ocupa. 78 La gestión del tiempo era difícil para todos, pero más para el bisoño Quilis, que estaba acabando la carrera de Farmacia como alumno libre por la época del trabajo sobre Bombus. 79 Su verdadera vocación, sin embargo, lo conducía a la carrera de Ciencias, pues «considero mi sueño dorado el poder ser algún día Doctor en Ciencias Naturales». 80 Su pretensión era cursarla como alumno oficial, lo que le obligaba a trasladarse a Madrid para la especialidad, mas lo cierto es que la siguió también en régimen libre, acabándola en 1932 e iniciando inmediatamente el doctorado bajo la dirección de Cándido Bolívar. 81 Dusmet le espoleó y apoyó en la decisión de hacer una segunda licenciatura, aunque le sugería: «Quizás para sus estudios le perjudique el meterse demasiado en la especialización y en publicar un género tras otro. Sin duda es V. muy vehemente, cosa natural en un joven, pero pudiera serle bueno sujetar su entusiasmo y hacer estudios generales. Me refiero a la parte práctica de la vida, porque si se deja arrastrar por la caza, descripción, etc., será para V. como un vicio.» 82 Ya hemos visto que Quilis se autoimpuso un ritmo de trabajo de gabinete muy intenso, sobre todo a partir de las investigaciones sobre Dasypoda. Ello preocupaba a Dusmet, que con su recurrente llamada a la prudencia, le advertía sobre sus temores de «si con hacer tan seguidos los trabajos dejará V. las cazas, tan útiles en esa región. Este verano no habrá tenido tiempo». 83 Quilis respondió reconociendo que había realizado muy pocas capturas, y hacía propósito de que «esto no me sucederá más puesto que en primavera, verano y otoño me dedicaré a la caza activa e insistentemente y en invierno a los estudios». 84 En todo caso, Quilis confería a su quehacer entomológico un fin autoformativo cargado de sentido moral: «Los estudios entomológicos [...] me sirven para modelar mi carácter y adiestrar mi voluntad, ya que en estos estudios el orden y método es el todo y como no les dedico más tiempo del correspondiente, no me estorban. No es tampoco mi idea el publicar uno tras otro trabajos entomológicos y si ahora lo hago es tan solo por el corto número de especies de los géneros que estudio.» 85 El ethos científico del joven tenía también mucho de pathos, dimensión esta que se reforzó a partir de 1928, cuando la muerte repentina de su padre le llevó, como primogénito, a tener que sostener a la familia con su trabajo, lo cual frustró su pretensión de estudiar en Madrid. Próximo a licenciarse, recordaba a Dusmet su pesar por no haber podido, a causa de esa circunstancia, «estudiar con mi queridísimo maestro». 86 Un maestro que, en consonancia con sus convicciones religiosas, le había aconsejado con ocasión del fallecimiento del progenitor, «resignación para soportar esa pena, una de las mayores que ocurren en la vida». 87 Un aspecto clave del magisterio de Dusmet, que afecta tanto a lo material como a lo moral, se refiere a la iniciación de Quilis en el control de la bibliografía especializada. Este, con gran esfuerzo, empezó pronto a reunir una biblioteca de trabajo bajo la guía de Dusmet. Las cartas de 1926 están llenas de datos que nos muestran hasta qué punto era complicado en la época hacerse con la bibliografía necesaria. Las casas y librerías que distribuían los libros no respondían muchas veces en los plazos esperados, y no quedaba otro recurso que escribir directamente al autor. Así hizo Quilis, por ejemplo, con Schmiedeknecht, autor de una importante monografía sobre los ápidos de Europa (Schmiedeknecht, 1882-1886). Tras no recibir respuesta de la casa Junk de Berlín, recurrió al autor, quien le indicó que podría encontrar sus obras en la librería Friedländer, en la misma capital. 88 Finalmente: "La obra de Schmiedeknecht la he adquirido ya, el 1 er tomo me costó 15 marcos, está en cuadernillos y falta algo aunque poco. Y la parte del género Osmia también, me costó 5 marcos y faltan 5 o 6 hojas, pero como es muy barato como verá por eso la adquirí [...]. Todo lo más que podré invertir serán unas 350 pts., que es todo el dinero que he podido recoger. ¡Qué caros son los libros y cuánto cuestan de adquirir!" 89 El adquirir obras incompletas era, por supuesto, una cuestión de disponibilidad dineraria. Ese libro, completo, costaba 80 marcos. 90 Y aunque el contexto de hiperinflación de la República de Weimar ya estaba en trance de superación, las transacciones de este estilo se hacían en marcos-oro y resultaban especialmente onerosas. 91 La casualidad quiso que, cuando le llegó el libro, Quilis ya estuviera estudiando el género Bombus, siendo precisamente la parte que se ocupaba del mismo la que faltaba. Le pidió entonces a Dusmet que le hiciera el favor de enviarle su ejemplar para copiar dicha parte, a lo cual accedió. 92 Dusmet trataba de aportar realismo a las pretensiones de aquel novato de «adquirir todas las obras en las que hay descripciones o sinonimias de especies». 93 Su experiencia personal no podía ser más esclarecedora: «Cuando vaya V. entrando en faena se asustará de la cuestión de libros. Llevo más de 30 años reuniendo, he comprado mucho, me envían muchos autores, tengo a mano la gran biblioteca de la Sociedad Española y la del Museo y siempre me faltan». 94 Dusmet no se limitaba a aconsejar a Quilis sobre las adquisiciones de bibliografía. Además de regalarle sus propias publicaciones y separatas duplicadas, le enviaba prestadas las obras de otros autores de las que no tenía necesidad inmediata, como hizo con un trabajo de Vogt con ocasión del estudio sobre Bombus. 95 También le mandó un libro de Friese (1901) para iniciar los trabajos sobre Panurgus y Dasypoda, pues Quilis no había logrado adquirirlo tras varios intentos, incluyendo una petición directa al autor. 96 Un libro, por cierto, que le decepcionó: «Como Vd. muy bien me ha dicho en otras ocasiones, no debo fiarme de ningún autor por fama de este», aunque asumía que «yo también me equivocaré». 97 Dusmet le respondió que era normal encontrar defectos en todas las obras, lo que probaba «que la materia es muy difícil» y que la selección de caracteres siempre resultaba problemática. 98 Es evidente que la carencia de bibliotecas especializadas en Valencia lastraba las posibilidades de Quilis. Aunque la actividad naturalista en la propia ciudad y sus proximidades era apreciable -en parte por las actividades de la sección de Valencia de la RSEHN; en parte por la existencia, precaria pero activa, de centros como el Laboratorio de Hidrobiología y el Museo Paleontológico Municipal-, difícilmente hallarían respuesta las necesidades muy concretas de un himenopterólogo. La posibilidad de futuro para Quilis en Valencia se abrió en un marco institucional alejado, por misión, orientación y localización física, del núcleo más visible de naturalistas locales: la Estación de Fitopatología Agrícola de Burjassot (EFA). CAMINOS DIVERGENTES BAJO EL SIGNO DE LA AMISTAD Ya avanzado 1928, Quilis se incorporó como encargado de los insectarios de multiplicación y del laboratorio de la EFA, después de que esta fuera dotada con 6.000 pesetas de subvención para la lucha biológica contra las plagas del campo, aunque tardó bastantes meses en comunicarle a Dusmet el hecho, debido, según decía, a la condición interina del contrato. 99 Antes, sin embargo, le había hablado de su nuevo mentor, Federico Gómez Clemente (1888-1952), director de la EFA, «que es considerado en el cuerpo [de ingenieros agrónomos] como uno de los mejores componentes», además de ponderar el «magnífico material de laboratorio» que se ponía allí a su disposición. 100 Parece que Quilis estaba preparando el terreno ante Dusmet, a quien había incluso pedido mediar con el MNCN para la determinación de unos insectos de la EFA. 101 Quilis también estaría detrás del envío que Gómez Clemente hizo a Dusmet de un folleto publicado por la EFA sobre un agente de control biológico de plagas, en el que el propio Quilis había colaborado. 102 Era evidente el deseo de seguir manteniendo la reverencia magisterial hacia Dusmet -«sabe puede mandar siempre de su discípulo», se despedirá en una carta 103 -, pese a que su nuevo trabajo le llevaba a una línea de investigación muy distinta, centrada en los microhimenópteros de potencial interés agrícola. El tono general de la relación entre ambos, inevitablemente, cambió. Los envíos mutuos de insectos continuaron, pero el interés de Quilis ya no estaba en los ápidos. Así, le solicitaba referencias de algún especialista en bracónidos -una familia de avispitas parasitoides-, o le inquiría por si había en sus colección particular o en la del MNCN ejemplares de la subfamilia Afidiinae, en la que ahora estaba centrando su atención por ser parasitoides de numerosas especies de pulgones perjudiciales de diferentes cultivos; al tiempo, le confesaba que no podía seguir con el estudio de Panurgus, diferido ya desde hacía mucho tiempo. 104 Tal vez el sentido de la deuda intelectual contraída le llevara a ofrecer alguna esperanza de un estudio futuro sobre el género; al mismo tiempo, se permitía sugerirle: «¿Por qué no coge ahora el género Osmia? Es uno de los que más me han gustado y del que le podría mandar material algo abundante. Aparte, creo en la existencia de una buena cantidad de cosas nuevas y mucho raro». 105 Dusmet no se pronunció inicialmente ante la propuesta, y de hecho no publicó trabajo alguno sobre ese género. Seguramente, tras desearle cariñosamente «mucho éxito en sus pequeños» 106, ya se había resignado a que aquel discípulo que tan buena disposición mostrara a continuar su propia línea optara por otra empresa científica, la del estudio de aquellos microhimenópteros tan distintos de los llamativos ápidos a los que habían consagrado, uno y otro, tantos esfuerzos. Y por mucho que le expresara su alegría porque «esté V. en ese puesto, agradable para V. y en el cual hará V. excelentes servicios a la Agricultura nacional», 107 el deje de frustración es patente en la carta a otro valenciano, el ex-militar y naturalista Manuel Vidal (1885-1959): «mucho me alegraré de que V. se fije en los himenópteros. Casi ya no hay nadie más que yo, pues se han ido pasando a los microhimenópteros» 108. Las cartas se fueron espaciando; así lo lamentaba Quilis en 1931, quien seguía insistiendo en que Dusmet debía estudiar el género Osmia, «el que más me gustó y el sueño dorado de mi afición apidológica» 109. El ofrecimiento fue ahora abiertamente rechazado, pues si Dusmet expresaba haber leído la carta de Quilis «con sentimiento, al ver que decididamente no puede ocuparse más que de sus pequeños», también reconocía estar demasiado ocupado con su hacienda en Ambel, donde cada vez pasaba más tiempo y «en donde apenas puedo hacer nada por falta de libros». 110 Hasta de «peligros personales» hablará más adelante, quejándose veladamente de las consecuencias de la nueva legislación republicana, pero, sobre todo, de «haber perdido su útil colaboración». 111 Quilis negó esto último: «de ninguna manera ha perdido un colaborador (diga mejor un discípulo)», pues «también cazo [himenópteros] grandes que poco a poco iré mandando a Vd.» 112 Los intereses de estudio se habían distanciado; pero el vínculo a través de la captura de ejemplares destinados a la otra parte permitía mantener una identidad cultural (Kohler, 2007), que a su vez evitaba la ruptura emocional. El 1.o de mayo de 1935, Modesto Quilis felicitaba como era su costumbre a José María Dusmet por su onomástica, con un evidente retraso de más de cuarenta días. Aquella misiva, escrita en papel timbrado con el membrete del Instituto Nacional de 2.a Enseñanza «Blasco Ibáñez» de Valencia, donde Quilis era profesor desde finales de 1933, 113 contenía una grave noticia que justificaba la dilación referida: a finales de marzo, había sido intervenido quirúrgicamente para serle extirpado un riñón. El postoperatorio había transcurrido felizmente y Quilis se sentía ya con el impulso suficiente como para anunciar a quien seguía considerando su maestro que esperaba poder saludarlo en el inminente congreso internacional de entomología que iba a tener lugar en Madrid. Quilis refería que le había sido encomendado un estudio sobre microhimenópteros fósiles de Alsacia, enviados por un conocido de Lucien Berland (1888-1962), entomólogo a quien había sido presentado durante el Congreso por el propio Dusmet. También elogiaba el reciente trabajo de Dusmet (1935a), una suerte de combinación entre memorias de una vida de ciencia y guía para noveles publicada en las Memorias de la SEE. 115 Dusmet le contestó diciendo que «lo único de que tengo vanidad es la afición al trabajo, que no es muy frecuente en los españoles», y le enviaba también una separata de su reciente artículo sobre la subfamilia Panurginae (Dusmet, 1935b), en la que se encuadraba Panurgus, ese género que Quilis había acabado por abandonar. 116 Poco después, acusaba éste recibo, ponderando una vez más la excelencia de dicho trabajo de Dusmet, que «me parece admirable pues yo ya conozco lo difícil que es este grupo». 117 Este fue el final de su intercambio epistolar. Tras estallar la Guerra Civil, un entomólogo italiano, el barone Francesco Biegeleben (1881-1942), de Appiano, escribió a Dusmet preguntando por los colegas españoles, incluido Quilis. 118 Dusmet, que se encontraba en Ambel, en zona sublevada, le dijo que nada sabía. 119 Ya acabada la contienda, el barone volvió a interesarse por el «egregio signore M. Quilis». 120 Dusmet ya era desde hacía un mes sabedor de la muerte de su discípulo a causa de su dolencia renal. Dusmet aún prestaría dos servicios a la memoria de su discípulo. Uno fue la redacción de una necrológica para la RSEHN, en la que lo definía como «buen amigo y excelente investigador» (Dusmet, 1942, p. Para la misma, solicitó información a la familia de Quilis. Respondió su hermano Ricardo, contratado para seguir su labor en la EFA, quien envió a Dusmet «un resumen de los hechos más destacados de su vida». 122 El otro servicio consistió en dar a la imprenta, con carácter póstumo, los tres últimos trabajos de Quilis. Uno de ellos, relativo a los fósiles alsacianos, salió en Eos (Quilis, 1940a), revista de la cual el propio Dusmet había pasado a ocupar la dirección. Los otros dos correspondían a las comunicaciones presentadas en el VI Congreso Internacional de Entomología (Quilis, 1940b, 1940c). Dusmet, efectivamente, había sido nombrado miembro de la comisión que debía proceder a la publicación de las actas del Congreso. 123 Su leal proceder con Quilis contrasta vivamente con la acción censora, forzada tal vez por las circunstancias, que ejerció con los trabajos de Ignacio y Cándido Bolívar y de otros entomólogos desafectos con el nuevo régimen, en lo que supuso un triste ejemplo de represalia, tanto más lamentable cuanto que se ejerció contra personas que, pese a las diferencias ideológicas, tan próximas habían estado a Dusmet en la labor científica (Gomis, 2014; Puig-Samper, 2016). En su hermoso ensayo Lecciones de los maestros, George Steiner (2004) hace memoria de la tensión entre considerar el sentido del magisterio como la imitación del acto trascendente de descubrir, frente al enfoque que prima la vertiente ejemplarizante que debe presidir el quehacer del que enseña. No cabe duda de que Quilis optó por una mímesis del proceder de Dusmet que acabó por conducirle, sin embargo, a una línea propia e independiente de investigación parcialmente impuesta por las circunstancias materiales de la vida. Quilis abandonó el estudio de los ápidos y así cesó aquella imitación, pero mantuvo la referencia ejemplar de Dusmet en un renovado ejercicio de reconocimiento hacia quien le había iniciado. Con la adopción de un compromiso vital por la entomología, directamente ligado a una actitud de superación y a una ética del esfuerzo, Quilis correspondió a su maestro. Dusmet, por su parte, asumió ante Quilis un compromiso magisterial basado en la reivindicación activa de la ayuda mutua y el intercambio de ejemplares de estudio en el seno de las comunidades de entomólogos, al que siguió, tras el alejamiento de las respectivas líneas de investigación, una expresión sincera de amistad pese a la distancia física y la diferencia de edad. En el camino de socialización científica que transitó Quilis de la mano de Dusmet encontramos un buen ejemplo de cómo las emociones importan al estudiar el quehacer científico (Alberti, 2009; Dror, 2009). Y aunque buena parte del magisterio de Dusmet se sustanció en ofrecer una guía práctica a aquel entomólogo novel en forma de sugerencias bibliográficas, correcciones estilísticas, llamadas a la prudencia, consejos para el campo y aclaraciones taxonómicas, la relación establecida a través de las cartas se reveló también como ámbito para el cultivo de un sentimiento mutuo de aprecio y admiración. Al personal del archivo y la biblioteca del Museo Nacional de Ciencias Naturales por las facilidades prestadas para la consulta de los fondos. A la familia Quilis Llopis por facilitarme el acceso a la documentación de su archivo particular. A María y Jaime Lambea y a Teo Alonso-Pesquera por sus noticias y materiales sobre Dusmet, y a Manuel Gracia, del Centro de Estudios Borjanos, por ponerme en contacto con los descendientes del ilustre entomólogo de Ambel. Este trabajo está financiado por el proyecto FUSPBS-PPC27/2015, de la Fundación Universitaria San Pablo CEU.
En este artículo se reflexiona sobre la ciencia y tecnología (o tecnociencia) asociadas con el colonialismo. Se usa la metáfora de "capas de colonialismo" para aludir a ideas y prácticas asociadas con la tecnociencia que son continuamente innovadas, que pueden mantenerse o reaparecer en diferentes momentos, y que estructuran el hecho colonial. Se usa como caso la apropiación de plantas de quina (Cinchona spp.) en diferentes momentos entre los siglos XVI y XX. Algunas de las capas presentadas son: apropiación material del producto natural, deslocalización y relocalización del lugar de autoridad alrededor del mismo, soterramiento de los saberes y sabedores locales, inserción de ideas sobre lo que se debe hacer con esa naturaleza, quién y cómo debe apropiarla, notransferencias de tecnología, fomento de proyectos sin mayores oportunidades, entre otras. En la historia de larga duración del colonialismo alrededor de la apropiación de las quinas, se enfatiza en capas que emergen o reemergen en momentos clave. Tal constatación ha llevado a considerar que la ciencia y la tecnología son partes constitutivas del colonialismo y el imperialismo. Incluso se ha considerado que, para una buena parte del mundo, "la historia de la ciencia y el imperialismo es la historia de la ciencia" (Paolo y Worboys, 1993, p. Imperialismo y colonialismo no están mediados solamente por la intervención de un poder militar: tienen que ver con el poder de modo amplio, en ámbitos semióticos y materiales. Cuando se trata de dominar o controlar las sociedades y la naturaleza, el ejercicio del poder colonial es sinérgico y aumentativo: dominar la naturaleza sirve para dominar y controlar las sociedades (Drayton, 2000), y viceversa. Las imbricaciones entre ciencia, tecnología y colonialismo son diversas y forman parte de una compleja entidad, el hecho colonial, conformada por lo que llamo "capas". Tales capas, similares a las cortezas de un árbol, van apareciendo a lo largo de la historia, pero no sustituyen a las existentes, sino que se les añaden, aumentando la complejidad y profundidad temporal del hecho colonial. Algunas capas son de larga duración (Braudel, 1958(Braudel, /2007)), sea porque se mantienen o porque reaparecen de manera recurrente, como fue constatado a través del análisis de la apropiación histórica de las quinas y sus alcaloides. Aún en nuestros días continúan apareciendo capas de colonialismo, en relaciones coloniales y de colonialidad que son rastreables. En un trabajo anterior abordé la apropiación de las quinas durante la Segunda Guerra Mundial (Cuvi, 2011). En este artículo me propongo indagar si las capas detectadas en ese corto período del siglo XX han sido de mayor duración. Para ello revisé algunas fuentes primarias y secundarias de momentos emblemáticos en la apropiación de las quinas, entre los siglos XVI y XX. Entre las fuentes primarias menos conocidas hasta ahora se incluyen aquellas sobre la década de 1940, archivadas en los National Archives at College Park y National Agriculture Library (Maryland), y en los New York Botanical Garden Archives. Intentaré ilustrar que varias formas de apropiación de esas plantas, semióticas y materiales, se han mantenido o resignificado a lo largo de varios siglos. Hay patrones en el hecho colonial alrededor de las quinas, que incluyen la suplantación y asimilación de saberes sin reconocimiento de sus portadores originales, menosprecio por esos mismos habitantes, destrucción de la naturaleza, relocalización de los sitios de producción y de las formas de obtener los alcaloides, biopiratería, uso de tecnologías emergentes como las del ámbito biomolecular para nuevas relocalizaciones, construcción de modos "formales" de entender e interpretar ese mundo natural, entre otras. Esos patrones son estructurados por capas de colonialismo que, en más de un sentido, guardan estrecha relación con patrones detectados en investigaciones sobre colonialidad del saber, del ser, del poder y de la naturaleza en América Latina (Quijano, 2000; Castro-Gómez y Grosfoguel, 2007; Alimonda, 2011; entre otros). Entre los efectos de muchas de esas capas de colonialismo se cuenta el que los nativos o locales de los territorios coloniales y poscoloniales piensen que carecen de conocimientos, o que los que poseen son inútiles a la luz de la modernidad. Al mismo tiempo, muchos creen que podrán acceder a esos conocimientos traducidos a nuevos cánones (Seth, 2009). Capas de colonialismo se han insertado en los pensamientos, subjetividades, cuerpos, territorios y recursos, con la tecnociencia actuando de modo clave para ello, disciplinando el conocimiento, dotándolo de objetividad y razón, reformulando las preguntas, métodos y objetivos, trayendo a la escena máquinas, mapas, películas, artículos, libros, conferencias, ideas sobre la naturaleza, su propósito y las formas de apropiarla. Hoy parece normal reflexionar sobre la ciencia y la tecnología como aliadas fundamentales de la empresa colonial, útil para dominar los territorios coloniales y sus sociedades, con o sin ocupación militar. La colonialidad ha sucedido en casi todo el mundo en diferentes momentos desde el siglo XV y sus capas se han mantenido en ciertos territorios poscoloniales del siglo XXI; todavía la ciencia y la tecnología son cruciales para reinventar, reconstruir, reorganizar y consolidar relaciones hegemónicas y dispares ilustradoras del colonialismo. Como aporte a esas ideas, con este artículo pretendo dos cosas: introducir la idea/metáfora de capas de colonialismo para interpretar las partes semióticas y materiales que estructuran el hecho colonial; y ampliar el alcance de carácter explicativo de unas fuentes que, a propósito de ciencia e imperialismo, analizo desde hace algunos años (Cuvi, 2009). Por supuesto, no quiero decir que las capas aquí explicadas sean exclusivas de la esfera de las quinas; sin duda aparecen también en la apropiación de otros productos naturales, domesticados y silvestres, y de las sociedades. En el marco de la reflexión sobre los complejos modos mediante los cuales circulan conocimiento y poder, especialmente en las relaciones Norte-Sur, o imperio-colonia, en el artículo también intento dar cuenta (en ocasiones desde los silencios, en ocasiones de modo tangencial, en otras a partir de fuentes primarias) del papel de ciertos actores que han sido soterrados y que han sido fundamentales en los procesos de estructuración del hecho colonial. Esa reflexión sobre la participación local en la construcción y circulación de saberes, en los procesos de excelencia, en las resistencias, en la pervivencia de conocimientos y su reemergencia, ha sido abordada por varios autores (Cueto, 1995; Castro-Gómez, 2005; Cañizares-Esguerra, 2006; Gorbach y López Beltrán, 2008; Herrera y Ali, 2009; Fernández Prieto, 2015a, 2015b; entre otros). La invisibilización del otro es parte de la construcción del imperialismo, como ha sido mostrado para registros visuales como pinturas (Bleichmar, 2009). Asimismo, varios trabajos evidencian la existencia histórica de "saberes híbridos" y procesos de "descentramiento" y "relocalización" de la ciencia (Raj, 2007; Fernández Prieto, 2013, 2015b). Se ha sugerido que la misma Ilustración y modernidad han ocurrido gracias al hecho colonial y lo que este aportó al conocimiento y las sociedades (Castro-Gómez, 2005). Esos trabajos y otros afines ilustran que el hecho colonial emerge de una relación bidireccional, de ida y vuelta, con tensiones o rupturas o negociaciones o asimilaciones entre lo local y lo global, entre los centros y las periferias construidas. En cierto modo, ratifican que el papel del imperialismo y el colonialismo en la historia está lejos de ser un tema agotado. Por el contrario, dadas las capas de colonialismo que perviven en el siglo XXI alrededor de la circulación de ciencia y tecnología, parece pertinente seguir esa línea, en las indagaciones históricas y en los estudios sociales de la ciencia. No parece posible entender estructuras y procesos contemporáneos sin análisis de larga duración, que ilustren patrones y procesos históricos que, en buena medida, han condicionado los desarrollos locales, las resistencias, las hibridaciones, las agencias de todos los actores, incluso aquellos no humanos, en este caso las quinas. El artículo continúa con una breve explicación de las quinas, seguida del análisis de algunas capas que aparecieron en diferentes momentos de su apropiación, con actores como los jesuitas de Loja al inicio del siglo XVI, La Condamine, Mutis, Ruiz y Pavón en el siglo XVIII, los contrabandistas de quinas del siglo XIX, la última gran apropiación de las quinas andinas durante la Segunda Guerra Mundial y el paso al sintético. Se termina con unas reflexiones sobre las características de las capas de colonialismo alrededor de las quinas, y lo que podrían decirnos sobre procesos más amplios alrededor de la apropiación del mundo natural. "Quina" es el nombre más común que reciben actualmente todas las plantas del género Cinchona y unas pocas de los géneros Remijia y Ladenbergia cuyas cortezas tienen propiedades medicinales entre las que destaca su poder antimalárico. Otro nombre muy común es "cascarilla". El poder de las quinas para prevenir y curar la malaria se debe a cuatro alcaloides presentes en sus cortezas: cinchonina, cinchonidina, quinidina y quinina, siendo el último el más importante antimalárico. Cada especie tiene diferentes concentraciones de alcaloides, pero el contenido de estos puede variar incluso dentro de la misma especie según la localidad, altitud, tipo de suelo, edad del árbol y época de cosecha. Tradicionalmente, se ha preferido aquellas especies con más porcentaje de quinina; sin embargo, la mezcla de los cuatro alcaloides, conocida como totaquina, fue usada, sobre todo por el imperio británico, durante casi 200 años. Durante cuatro siglos de uso terapéutico esas plantas han recibido cientos de nombres científicos y comunes, creando una exasperante confusión entre naturalistas, comerciantes, médicos e historiadores. La historia refleja desde riñas científicas y comerciales hasta la incapacidad de encajar la biología de Cinchona en la nomenclatura lineana, pues sus especies tienen un elevado grado de hibridación, con cientos de subespecies, variedades, formas, y especies polimórficas (Camp, 1949). Aunque persiste la polémica sobre cuántas especies existen, en la revisión más reciente se reconocen 23 (Andersson, 1998). Sobre las quinas hay biografías, estudios críticos y abundantes fuentes primarias y secundarias. Ha sido un tema o materia bastante visitado desde hace siglos por médicos, exploradores de esas plantas, botánicos, historiadores, historiadores de la ciencia, inclusive novelistas. Aún así, esas plantas continúan ofreciendo posibilidades de exploración como la ensayada aquí. Muchas narraciones sobre el uso de los alcaloides de las quinas, desde hace siglos, parecen insinuar un triunfo de la humanidad. Es verdad que los antimaláricos naturales y sintéticos han curado a muchas per-sonas (incluido el autor de este artículo), pero en contraposición aparece el vergonzoso fracaso que implica el que, pese a contar con la cura desde hace 400 años, solo se ha conseguido erradicar la devastadora malaria de algunos lugares, y hasta parece acentuada la segregación de quienes la padecen. Desde su introducción en terapéutica, los polvos de la corteza de quina, sus alcaloides y los medicamentos derivados de ese conocimiento han curado especialmente a los ricos del mundo; en el siglo XXI la malaria es considerada una enfermedad asociada con la pobreza (Worrall, Basu y Hanson, 2005). Ese primer indicio sirve para introducir a otras capas de colonialismo, de un sistema que distribuye de manera desigual y deliberada las cargas y los beneficios, los méritos y las responsabilidades, durante la apropiación del mundo natural. PRIMERAS APROPIACIONES DE QUINAS Y SABERES Una polémica en torno a las quinas, desde hace siglos, ha girado alrededor de si los indígenas conocían o no sus propiedades febrífugas. La evidencia presentada por Ortiz (1994) ha deducido que la planta medicinal fue documentada en el siglo XVI por Nicolás Monardes y Juan Fragoso, protobotánicos dedicados a compilar informaciones sobre los productos naturales que llegaban a Europa desde Oriente y Occidente. Según ese autor "hay base para afirmar que la Quina fue probablemente conocida como materia médica desde mucho antes de su "descubrimiento" en la primera mitad del siglo XVII. Este conocimiento seguramente tuvo origen en los indígenas, quienes [...] usaban la corteza con ventaja y la compartieron enseguida con los españoles" (Ortiz, 1994). Fragoso y Monardes no dieron nombre a las plantas medicinales en sus textos de 1572 y 1574, respectivamente, pero conforme los polvos de quina se popularizaron en la terapéutica europea, a partir de 1630, se les otorgaron varios. Uno de ellos, chinchona, proviene de una historia propia del realismo mágico y que tuvo similar éxito comercial: se corrió la voz de que la Condesa de Chinchón, Virreina del Perú, se curó de la malaria usando polvos de quina que le proveyeron los jesuitas de Loja. Aliviada de su dolencia, habría entregado de forma altruista dichos polvos amargos a la sociedad limeña para que nadie continuara padeciendo la enfermedad. Esa historia con tintes nobiliarios fue reproducida por eminencias científicas durante 300 años, cuestionada desde el siglo XIX, pero solamente en 1941 se probó su falsedad: no existió tal curación de la condesa ni los polvos de quina circularon entre los pobres de Lima (Haggis, 1941). Pero la fábula cumplió el propósito de quien la inventó: legitimar el uso de los polvos de quina entre la nobleza, contando con una autoridad (de la realeza y de los jesuitas) para popularizar el producto. Otros nombres que se han dado a las quinas son "China China" (en italiano) y "Quinquina". Desde varias narrativas se aseguró que los indígenas no conocían las propiedades medicinales de las quinas y que ellas fueron descubiertas por los jesuitas. Esos filtros de autoridad iban descentrando el conocimiento, pues si bien es posible que los jesuitas hayan usado la corteza para tratar la malaria, quedan dudas de que hayan sido los descubridores de sus propiedades medicinales. En estos ejemplos se detectan capas de colonialismo. La quina penetró muy bien la terapéutica, no sin polémicas (Jarcho, 1993). Llegaban cortezas y polvos a Europa para prevenir y curar la malaria, pero durante más de 100 años se desconocía cómo eran los árboles de los que eran extraídos. En parte para llenar ese vacío, dos miembros de la Expedición Geodésica Hispano-Francesa a la Provincia de Quito, los franceses Joseph de Jussieu y Charles Marie de La Condamine, se encargaron de inscribir las plantas en el terreno de la botánica taxonómica, al realizar su descripción morfológica. Motivado por la ansiedad ilustrada de describir el mundo natural y apropiarse del mismo, llevar sus partes a los centros de conocimiento para describirlas a la luz de un museo, y con la intención de contrabandear semillas para establecer plantaciones en otros territorios y romper el monopolio de las colonias españolas, La Condamine hizo una exploración de las quinas de Loja en 1737. Él era geógrafo -estaba en América para determinar la forma de la Tierra y medirla-, pero aprovechó un paso por Loja para describir las quinas de la región lo mejor que pudo, gracias a algunas instrucciones básicas del botánico Joseph de Jussieu. La Condamine recorrió los bosques de Cajanuma guiado por indígenas y mestizos expertos en la cosecha y preparación de Cinchona, tras lo cual publicó su Estudio sobre la quina (de La Condamine, 1778/1986) que envió al sueco Linnaeus, quien llamó a la planta Cinchona officinalis en referencia a la leyenda de la Condesa de Chinchón. Jussieu hizo una extensa obra en 1737 sobre esas plantas, pero solo fue ampliamente conocida siglos después (Jussieu, 1737(Jussieu, /1936)), con lo cual el crédito por arrojar luz sobre la planta fue para La Condamine. La Condamine no pudo ser el primero en contrabandear las semillas a Europa (capa de colonialismo que explicaré más adelante), pues perdió su cargamento durante su viaje por el Amazonas en 1743 (de La Condamine, 1745/1986). Pero hizo la primera descripción botánica, construyendo un conocimiento sobre la planta que aumentaba las posibilidades de controlarla, que la llevaba hacia otros centros e iba resignificando ese control. Él, Linnaeus y otros ilustrados europeos fueron insertando a las quinas en un modelo que fue convirtiéndose en hegemónico para nombrar y clasificar el mundo natural. El conocimiento y la autoridad pasaban cada vez más del dominio de los sabedores y cascarilleros locales al de los botánicos europeos, con sus herbarios, libros de texto y academias. La Condamine describió a las plantas por sus colores y propiedades, siguiendo las normas de los sabedores locales, pero cuando pasó al mundo de la botánica esas ideas se fueron perdiendo en favor de un canon que excluía tradicionales formas de clasificación del mundo natural. La imposición de lenguajes y formas de clasificar la flora fue una práctica común en los Andes y otros lugares; ocurrió por ejemplo con los resultados de la expedición botánica de Francisco Hernández hacia el Virreinato de Nueva España, cuando el médico napolitano Nardo Antonio Recchi fue incapaz de "entender la ordenación original de la obra, percibiendo las aportaciones innovadoras de Hernández y los criterios taxonómicos indígenas que este había aprovechado" (López Piñero y Pardo Tomás, 1994, p. Al nombrar y hacer encajar las plantas en un sistema se construían nuevas capas de colonialismo. La ciencia colonial fue suprimiendo y suplantando el conocimiento del otro sobre la naturaleza; lo tradujo y reclamó un nuevo centro de autoridad para el saber. Y con ello fue reforzando ideas sobre quiénes pueden conocer, qué y cómo, y las formas de expresarlo. En los encuentros del colonialismo con las propiedades medicinales y las características botánicas de las quinas se fueron ocultando y transformando los sabios y sabedores locales, desplazando el "centro" de ese conocimiento, sin que ello supusiera que los saberes hayan desaparecido. Poco después de Charles de La Condamine aparecieron otros ilustrados deseosos de conocer y apropiar el mundo natural. Asociado con un interés comercial, en el siglo XVIII se enviaron dos expediciones botánicas a los virreinatos andinos para mejorar el conocimiento sobre las quinas. El flujo de corteza hacia la Real Botica en ese siglo se había incrementado por lo que se estableció un estanco, usando como justificaciones principales las constantes adulteraciones y la sobreexplotación de los bosques. Como no había análisis químicos para determinar la cantidad de quinina (solo conseguidos hacia 1820 por Joseph B. Caventou y Pierre J. Pelletier), ocurrían muchas falsificaciones. Crawford (2007) ha explicado cómo en ese contexto la Corona española fue construyendo -o reforzando-una idea de que las personas involucradas en la extracción, comercio y transporte de la corteza de quinas eran ignorantes, carentes del conocimiento científico que estaba en manos de boticarios y botánicos. En tiempos del estanco se planificaron dos expediciones botánicas para la apropiación de productos naturales de los Andes, especialmente quinas, lideradas por Hipólito Ruiz y Josef Pavón al Virreinato del Perú desde 1777, y por José Celestino Mutis al Virreinato de Nueva Granada desde 1783. Sobre la expedición a Nueva Granada, Nieto Olarte (2006) ha explicado que en ese proyecto de inventario del mundo la historia natural y la política deben ser consideradas expresiones de la misma estructura de poder. Esas exploraciones estaban embebidas en la tradición de dominar la fuerza de trabajo y la naturaleza mediante viajes y acumulación de información en forma de especímenes de herbario, notas de campo, mapas, dibujos, semillas, plantas, que permitieran construir un conocimiento hegemónico (Krige, 2006). En cuanto al reconocimiento del papel de los actores locales, Hipólito Ruiz reconocía que "no se le puede negar al Indio el mérito de la noticia dada" sobre las propiedades medicinales de las quinas (Ruiz, 1792(Ruiz, /1994)), pero no queda claro hasta qué punto un crédito de "noticia" puede aludir a uno de "saber". De todos modos, aquello fue, en contexto, una enorme concesión, dado que Ruiz se encargó de desprestigiar cualquier valor atribuible a los nativos y sus conocimientos, llamándolos belicosos, perezosos, supersticiosos. Como muchos otros "cazadores" de quinas, Ruiz alertó sobre la destrucción de los quinares y la necesidad de repoblar con esas especies, asunto que está en consonancia con las políticas forestales de aquellos tiempos, suscitadas por los efectos del esquilme de las tierras ibéricas (Urteaga, 1987). También Mutis hizo anotaciones sobre la ignorancia de la sociedad que lo rodeaba (Bleichmar, 2009), con lo cual la desvalorización, soterramiento, descentramiento de saberes, continuó (re)emergiendo ligado a la historia de las quinas. Algunos años más tarde, el prusiano Alexander von Humboldt puso en duda que los indígenas hayan conocido las propiedades de la corteza, reiterando que fue por la experimentación de los misioneros jesuitas que se comenzaron a usar las infusiones de corteza: RELOCALIZACIÓN DE LOS SITIOS DE PRODUCCIÓN EN EL SIGLO XIX La explotación de las quinas ocasionó estragos que fueron advertidos por varias personas a fines del siglo XVIII. El criollo Eugenio Espejo (1792) sugirió reforestar urgentemente con quinas y otro criollo, Francisco José de Caldas (1805Caldas ( /1966)), se quejaba de la destrucción en Loja y que no se habían plantado árboles. Pero poco o nada se hizo, lo cual aumentó las voces en la primera mitad del siglo XIX, sobre todo en Europa, que mencionaban que esas plantas estaban al borde de la extinción. Esa situación, junto con el deseo de controlar el comercio de corteza de quina y de autosuficiencia en la producción de quinina, motivó que se insistiera con cada vez mayor intensidad en la necesidad de contrabandear semillas para llevarlas a las montañas de las colonias asiáticas -con características ambientales bastante similares-y romper con el monopolio que había sido de España y de las repúblicas andinas. Habían aumentado los volúmenes exportados, en buena medida por la demanda de quinina del imperio británico, convertida en un instrumento fundamental para la penetración en territorios tropicales (Headrick, 1989). Al mismo tiempo, la polémica desatada en torno a la calidad de las quinas de Nueva Granada y del Perú estaba siendo dejada de lado a partir del aislamiento de la quinina en 1820 (Pelletier y Caventou, 1821). Desde esa fecha el laboratorio se sumó como un nuevo espacio para el control de los alcaloides de las quinas. Con los análisis precisos, las quinas de Loja perdieron protagonismo en favor de las de Bolivia y Colombia, aumentando la frontera extractiva por el incremento de la demanda. Varias expediciones fueron enviadas en el siglo XIX con el fin de contrabandear semillas (Markham, 1862; Wellcome Historical Medical Museum, 1930; Brockway, 1979). Esa acción de relocalización territorial del producto, que ya había sido intentada con las quinas desde La Condamine, materializó una nueva capa de colonialismo, que se sumaba a otra de mayor profundidad temporal, relacionada con la construcción de la idea de la incapacidad de las repúblicas andinas para gestionar el recurso. Los gobiernos de Inglaterra y Holanda (de manera independiente) se plantearon al más alto nivel políti-co contrabandear semillas de quina de los Andes. Tras sucesivos intentos perpetrados en Bolivia, Perú, Ecuador y Colombia, el primer contrabando exitoso fue conseguido desde el Ecuador (Spruce, 1860(Spruce, /1996)). En una carta Richard Spruce escribió sobre la importancia que tuvo para su trabajo un cascarillero de apellido Bermeo (Spruce, 1859(Spruce, /1996)). Semillas de C. pubescens fueron llevadas a Kew Gardens y al sureste asiático (Brockway, 1979). Así fue como un recurso que había pasado por un control colonial y luego poscolonial, regresaba a uno colonial gracias a la relocalización territorial. El imperio británico ganó la carrera del espionaje, pero fueron los holandeses quienes tuvieron mayor éxito en las plantaciones. En 1865, el inglés Charles Ledger consiguió que el indígena Manuel Incra Mamani contrabandeara de Bolivia semillas de C. calisaya, la especie silvestre con mayores concentraciones de quinina. El gobierno holandés le pagó una pírrica suma que en nada cubría la inversión realizada, menos aún la vida de Mamani, torturado por las autoridades bolivianas por contrabandear las semillas (Gramiccia, 1988). Otro testimonio del papel que tuvieron los sabedores locales. La C. calisaya fue sembrada en Java y algunas décadas después, gracias a la aplicación de técnicas de forestería científica, se consiguieron árboles que duplicaron la cantidad de alcaloides de los especímenes silvestres. La mejora fue de tal magnitud que se creó la que es reconocida en la nomenclatura contemporánea como nueva especie, C. ledgeriana, nombrada en homenaje a Ledger, no a Mamani. Emergió un monopolio holandés sobre la producción de corteza y su manufactura, al tiempo que la producción andina se estancó. Salían de los Andes pequeños cargamentos con poca influencia en el mercado mundial y que los mismos comerciantes holandeses compraban para sacar del mercado. Bolivia fue la república que intentó mantener cierta participación en los mercados, promovió plantaciones de cientos de miles de árboles, pero resultaban insuficientes y padecieron extrañas plagas que incluso se adujeron al sabotaje (Pardo Valle, 1947). La desterritorialización de los árboles de quina, una capa de colonialismo, fue determinante para la geopolítica alrededor de las plantas y sus alcaloides hasta la década de 1940. Contribuyó a descentrar aún más los saberes, a fortalecer imaginarios de que los pobladores de los Andes eran incapaces de controlar su producción. Ya no se trataba solamente de soterrar a los indígenas, sino a los criollos y a las repúblicas andinas. PLANTACIONES SIN FUTURO, TECNOLOGÍA NO TRANS-FERIDA Y EL PASO AL SINTÉTICO EN EL SIGLO XX Estados Unidos era un gran consumidor de quinina e intentó, especialmente desde la década de 1920, acabar con el monopolio holandés mediante varias estrategias: búsqueda de sustitutos naturales, intentos de síntesis artificial de quinina, fomento de plantaciones y lobby internacional. Los alemanes también fueron muy activos en el desarrollo de sintéticos 2. Sin embargo, solo se transformó la dinámica durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos requirió apertrecharse de materias primas estratégicas. Los envíos de quinina desde el sureste asiático habían cesado por la invasión japonesa, por lo que Estados Unidos puso en marcha una dinámica maquinaria institucional, apoyada en lo tecnocientífico, para reactivar la extracción de quina de los Andes. Creó varias agencias que fueron aglutinadas bajo el paraguas del Cinchona Program, la mayor prospección jamás hecha de una sola planta medicinal en la historia de la humanidad (Cuvi, 2009;2011). Decenas de botánicos, agrónomos, químicos y forestales (apoyados por una enorme maquinaria institucional) prospectaron las quinas y promovieron su extracción, producción, y exportación hacia fábricas de los Estados Unidos. La guerra fue aprovechada para apropiar corteza de quina y muchos otros productos. En 1940 se hicieron inventarios en busca de oro, manganeso, cromo, bauxita, estaño y otros minerales, patrocinados por el Interdepartmental Committee on Cooperation with the American Republics. Se hizo estudios de los recursos pesqueros de Perú y todos los países caribeños. Hubo misiones a México y Honduras para investigar la posibilidad de producir vegetales de interés para Estados Unidos. Brasil, aliado estratégico en el tema caucho, recibió en el verano de 1942 a la American Technical Commission, enviada para planificar el desarrollo del transporte, energía, minas, industrias, etc., que favorecerían el comercio con Estados Unidos. Muy relevantes fueron las misiones forestales, inventarios de recursos agrícolas y forestales en busca de todas las plantas económicas. Para 1944 el número de misiones relacionadas con el desarrollo de recursos naturales en América era "too large to permit complete listing" 3. Volviendo a las Cinchona, se fomentaron viveros y plantaciones desde México hasta Bolivia. En la finca guatemalteca "El Porvenir" se desarrolló el mayor vivero de una planta medicinal en el mundo (Rosengarten, 1944). La búsqueda de antimaláricos cruciales para la guerra también llevó a que se ejecutaran investigaciones de laboratorio y ensayos clínicos en escalas nunca antes probadas. Esas investigaciones tuvieron éxito, en algunos casos a partir de moléculas que habían sido desarrolladas décadas antes pero no habían sido suficientemente probadas (Wiselogle, 1946). Tales programas de investigación en biomedicina, junto con el Cinchona Program, por su magnitud, pueden ser entendidos como episodios de Gran Ciencia en biología y biomedicina, que podemos considerar como otra capa de colonialismo, una que lleva a crear un "encantamiento del crecimiento", una ilusión sobre posibilidades de crecimiento a velocidades y escalas que parecen inalcanzables para ciertas sociedades del Sur, por ejemplo por las diferencias de capacidades instaladas (Cuvi, 2012). La necesidad de prevenir y curar la malaria llevó a recuperar, desarrollar y probar medicinas sintéticas, y a que las quinas silvestres y las viejas y nuevas plantaciones americanas volvieran a ser estratégicas. Estados Unidos intentó, en algún momento al principio, relocalizar hacia su territorio nacional las quinas, sin éxito por las condiciones climáticas. Entonces distribuyó plántulas de quina por todo el continente para fomentar plantaciones; algunas de las semillas provenían de Filipinas, sacadas in extremis antes de la ocupación japonesa. Pero al final de la guerra las plantaciones por toda América fueron olvidadas, incapaces de competir con las asiáticas, donde la calidad era mayor y la mano de obra más barata. Tal fracaso no fue un imprevisto para el gobierno estadounidense, que ocultó información a las repúblicas americanas. Por ejemplo, en un informe en el cual se delinearon estrategias de colaboración con el Ecuador en torno a varios productos, sobre todo quinas y caucho, en el prefacio se aclaraba entre paréntesis: "The foreword should be excluded from the report submitted to the Ecuadorean Government" 4. Se controlaba la planificación -qué hacer, cómo hacerlo-sin entregar toda la información, pero haciendo pensar a las repúblicas que era lo adecuado. Desde una posición de autoridad, tecnocientífica, militar, económica, se construían imágenes falsas, inventando, recuperando o resignificando capas de colonialismo. Otra capa de colonialismo emergió en el marco de los procesos de (no) transferencia de tecnología. En los acuerdos bilaterales que Estados Unidos hizo con los países andinos a comienzos de la década de 1940 se especificaba que algunas cortezas serían procesadas a nivel local, para lo cual Estados Unidos transferiría tecnología de punta a las industrias existentes y en algunos casos financiaría una nueva fábrica 5. Pero fue obviado y la asistencia se concentró en las planta-ciones (que tenían futuro si Estados Unidos ganaba la guerra). Impulsar industrias en los Andes no concordaba con la política de comprar materias primas y vender procesados, la política de la complementariedad. En las reuniones de las agencias de guerra económica se mencionaba que establecer fábricas en América Latina sería promover la competencia con lo doméstico, por lo cual la decisión de no enviar tecnología prevaleció sobre cualquier acuerdo. Al tiempo que se apropiaban las cortezas y los conocimientos alrededor de ellas (viejas capas), se impedía que los conocimientos y réditos de su extracción fuesen transferidos a los Andes. También la invisibilización de los sabedores reemergió durante ese momento de apropiación del producto. Pese al declive de décadas del mercado andino, mucho conocimiento sobre las quinas había pervivido entre curanderos y chamanes. Algunos de esos conocedores, los "cascarilleros", fueron contratados como asistentes de campo y enseñaron a los científicos cómo moverse, dónde hacerlo, reconocer plantas, etc. Pero ello fue negado por la mayoría de técnicos estadounidenses, sobre todo mediante la omisión, el silencio, pero también de manera explícita, como cuando Walter Hodge, jefe de la Misión de Cinchona en el Perú (que era parte del Cinchona Program), aseguró que los cascarilleros habían muerto una generación antes de las misiones y que los botánicos debían enseñar a los asistentes cuáles árboles eran Cinchona (Hodge, 1948). Ross E. Moore, subdirector de la Office of Foreign Agricultural Relations (OFAR), reconoció que los trabajos eran como un "entrenamiento" (Henningson, 1981) y que los científicos enviados sabían poco, pero tampoco reconoció el papel de los saberes locales. Sin embargo, las fuentes de Wendell H. Camp desmienten esas aseveraciones y revelan cuestiones detrás de los silencios. Él reconoció la importancia de los sabedores locales. A diferencia de otros expedicionarios, contemporáneos y anteriores, se encargó de perpetuar su mérito. Uno fue Francisco Prieto (Figura 1), indígena proveniente de un linaje de quineros que conocía bien las cortezas del sur del Ecuador y que guió a todos los exploradores estadounidenses que fueron allí antes y durante la Misión de Cinchona al Ecuador. Prieto era tan indispensable que llegó a ser contratado por la Corporación Ecuatoriana de Fomento. Camp recordó que Prieto: El botánico le enseñó a colectar muestras y llevar un cuaderno de campo, en el cual Prieto mezclaba castellano con quichua. Algunas muestras que aún reposan en herbarios de los Estados Unidos llevan el nombre de Prieto, lo cual parece compensar los problemas que Camp tuvo por ello, pues al querer dar crédito a sus asistentes complicó la sistematización de información. Por ello, sin embargo, han pasado a constar merecidamente entre los coleccionistas botánicos del Ecuador (Balslev y Joyal, 1980). Los cascarilleros y otros asistentes se encargaban desde abrir caminos hasta verificar informaciones. Cuando los indígenas venían a mostrarle cascarilla a Camp, este enviaba a Prieto para aprender el camino 7. Esos asistentes estaban dispuestos a todo, incluso contrabandear objetos para Camp, en otro paralelismo que recuerda la capa asociada con la historia de Ledger y Mamani, aunque a diferencia de las autoridades bolivianas, el mismo Director Nacional Forestal, Misael Acosta Solís, ofreció ayuda a Camp 8. Al respecto de Camp conviene añadir que, al igual que La Condamine, clasificó a las quinas recurriendo tanto a nombres locales como a la clasificación botánica. Eso se observa en sus mapas de campo, donde menciona los nombres comunes. En la Figura 2 alude hasta a 12 posibles variedades dentro de por lo menos 5 especies. Al igual que sus predecesores exploradores de las quinas, Camp fue exasperado por la esquiva clasificación de Cinchona y mantuvo una polémica con otro miembro de la Misión de Cinchona, Raymond Fosberg, sobre este asunto. Intentó resolver el asunto basado en la cantidad y tipo de alcaloides, que ilustraban la variación entre áreas e individuos de diferentes grupos (Camp, 1949), algo pionero al considerar rasgos bioquímicos para la taxonomía. dijo que "there are possibly 2000 who are competent by position, familiy, education and experience to express a qualified opinion on subjetcs of national importance" 11. Se construía la idea de que apenas se podía hablar con dos mil personas en una población de millones, ignorantes de cómo gestionar su territorio. Finalmente, en la segunda mitad del siglo XX el desarrollo de los antimaláricos sintéticos supuso una nueva deslocalización de las quinas, aún más hacia el laboratorio, al pasar las curas de la malaria al control de industrias farmacéuticas, protegidas por dispositivos como patentes, novedosas formas de señalar quién es el dueño del conocimiento y las formas para apropiarlo. Uno de los últimos hitos en la apropiación de las quinas en el laboratorio fue la síntesis artificial de la molécula de quinina. Una síntesis muy sonada fue la de los estadounidenses Robert Burns Woodward y William von Doering (1944), quienes obtuvieron homomeroquinina, importante precursor de la quinina. Pero tuvieron que pasar varias décadas, hasta 2001, para que un equipo lograra la síntesis total de la quinina en su correcto isómero (Stork et al., 2001). Del control de los jesuitas se fue pasando a la botánica, las boticas, la ciencia colonial holandesa, el colonialismo estadounidense y las grandes industrias farmacéuticas. Una capa que ha pervivido es la biopiratería (antes contrabando), que consiste en obtener conocimientos de productos naturales y llevarlos a laboratorios donde son analizados y patentados. Esos dispositivos reflejan capas de colonialismo asociadas con quién conoce y cómo hacerlo, en una historia (la del colonialismo) que es de larga duración. La historia de la apropiación de las quinas en el marco de imperialismos y colonialismos, ilustra algunas formas mediantes las cuales los imperios han impuesto más que negociado sus técnicas e ideas, para construir paisajes y sociedades acordes con sus intereses y visiones de productividad (Osborne, 2000). En esos procesos, la tecnociencia se ha desplegado a través de dispositivos semióticos y materiales, cuya estructura puede ser comparada con las capas de un árbol, el hecho colonial. Las capas de tecnociencia y colonialismo han aparecido en diferentes momentos, a veces reaparecido, a veces han estado presentes de manera continua. En las quinas se manifiestan alrededor de la agricultura, medicina, ingenierías, botánica y química, siempre con el apoyo de instancias políticas y con fuertes intereses económicos y de poder. Otra capa de colonialismo que reapareció en esa época está relacionada con las opiniones sobre las sociedades locales. El botánico Ira Wiggins (también de la Misión de Cinchona) expresó su deseo de "volver a la tierra de los civilizados" y cuando lo hizo, al referirse a los científicos latinoamericanos que estaban siendo becados a los Estados Unidos, dudaba de sus posibilidades de aprovechar esas becas, aduciendo que preferían pasar la vida en bares 9. Un alto cargo de la Foreign Economic Administration, Claude Courand, envió a fines de 1944 una serie de características sobre la forma de vida en el Ecuador, asociándola con estructuras coloniales y al mismo tiempo reproduciéndolas: "1. Sobre ese país, otro consultor Un tipo de capas tiene que ver con la construcción de discursos que diferencian y distancian los conocimientos "occidentales" o "eurocéntricos" de los de los habitantes locales, que son más "tradicionales" o "ancestrales". O que ni siquiera existen. En el caso de las Cinchona, tecnociencia y tecnocientíficos han soterrado a los sabedores que en algún momento (hasta nuestros días) han sido portadores de saberes y que luego han sido construidos como "otros" (en el sentido de Said, 2002). Al tiempo que indígenas o criollos han sido despojados de saberes y confianza en sus saberes, muchos se han vuelto adeptos a visiones más "occidentales" sobre cómo debe ser conocido, organizado, manipulado, apropiado, el mundo natural. Con ese desconocimiento del lugar de la autoridad se consigue imponer, con mayor intensidad, un modelo sobre quién conoce, quién debe conocer, qué es necesario saber y cómo hacerlo. Al contribuir a apropiar (subjetiva y materialmente) las quinas, tecnociencia y colonialismo han acumulado por un lado y despojado por otro, localizando subjetiva y territorialmente las ganancias y las pérdidas, transformando modos preexistentes de actuar y pensar sobre la naturaleza. Han desplazado la autoridad hacia nuevos centros, semióticos y materiales, subalternizando a los sitios de sus portadores originales, nombrados como "periferias", negando autoridades previas y aún las vigentes. Quizás el efecto más perverso de esos procesos es que una gran población lo haya creído, aunando a la construcción de subalternidades con vocablos que, a lo largo del tiempo, han cambiado desde "salvajes" y "atrasados" hasta "subdesarrollados" o "tercermundistas", entre otros. Reflexionar sobre las capas de tecnociencia y colonialismo reitera que el colonialismo y el imperialismo requieren de tecnociencia, y que en esas historias parecen cruciales también los silencios y ausencias, las que ocurren por la invisibilización de saberes y sabedores locales a lo largo de la historia, su desvalorización y soterramiento. Ayuda a entender en parte cómo se ha descentrado el lugar donde se conoce y el de autoridad, la desterritorialización de las producciones y el control la tecnología. En el mundo contemporáneo también es posible detectar capas de tecnociencia y colonialismo, quizás no tanto en las quinas como en otras formas de apropiación de la naturaleza y de los saberes acerca de ella. Las actuaciones y actores tienen nuevos nombres y no necesariamente participan en instituciones que se llamen a sí mismas imperiales o coloniales, aunque sus actos parezcan revelar la larga duración del colonialismo y la colonialidad. Muchas emergen o reemergen en forma de actividades que hoy llamamos "extractivistas", "biopiratería", "mercantilización de la naturaleza", "exterminio de pueblos indígenas", entre otros. De allí la necesidad de realizar continuos esfuerzos para pensar y actuar la significación, apropiación y transformación de la naturaleza, en la historia y en el presente. La historia de las capas de colonialismo alrededor de las quinas revela solo algunas taras que han existido para alcanzar sociedades libres, tanto en los espacios donde las externalidades negativas del colonialismo han sido más encarnadas, pero también desde donde ha sido más ejercido. Un documento producido como resultado de esas expediciones y conocido hace relativamente poco tiempo relata la búsqueda de quinas y otras plantas realizadas por Juan Tafalla (Estrella, 1989).
En este artículo trataremos de caracterizar las principales razones teóricas del cambio de perspectiva del escolasticismo a la filosofía de la modernidad temprana en lo concerniente al estudio de las facultades cognitivas y emotivas. Para lograr nuestro objetivo, sintetizaremos el contexto intelectual del estudio de las pasiones; después, distinguiremos dos grandes corrientes del pensamiento naturalista: en primer lugar, la tesis reduccionista que fue adoptada, entre otros, por Thomas Hobbes, Pierre Gassendi y René Descartes; en segundo lugar, el proyecto de establecer y describir la "dinámica de la vida mental" que fue desarrollado por Thomas Hobbes, John Locke y David Hume. Al dar cuenta de esto, esperamos también obtener una comprensión más clara sobre los cambios de perspectiva que fueron propuestos por algunos filósofos de la modernidad temprana, cuyas ideas avanzaron hacia la naturalización de la antropología filosófica. EL CONTEXTO INTELECTUAL DEL ESTUDIO DE LAS PASIONES Con tal de tener un marco general desde el cual establecer nuestras reflexiones, a continuación esquematizaremos tres grandes rutas por las cuales se estudiaron las pasiones desde la antigüedad. Por supuesto, debemos advertir que cada una de éstas posee una historia compleja, y dar cuenta de cada una de ellas está más allá de los límites que nos proponemos en este trabajo. La primera ruta de investigación la constituye la tradición iniciada por los escritos (Nutton, 1995, pp. 79-80; Nutton, 2004, pp. 230-247) quien definió dos importantes áreas de indagación que no dejaron de causar tensiones a lo largo de la historia: Por un lado, Galeno analizó las relaciones entre la filosofía y la medicina, considerando sus diferencias y sus mutuas críticas. 1 Debemos señalar que la actitud galenista ante la filosofía de sus contemporáneos es de reproche frente a lo que él considera excesos y descuidos metodológicos. Un ejemplo de esto lo encontramos en el siguiente pasaje: "Es preciso, pues, que vigilemos lo que dicen los filósofos actuales. Pero es mejor no decir 'filósofos', pues si practicaran la filosofía cuidarían en primer lugar lo siguiente: sacar los principios de sus demostraciones a partir de los fenómenos evidentes. Y esto los antiguos lo hicieron más que ninguna otra cosa, y por ello fueron llamados sabios entre los hombres. No escribieron tratados, ni basaron las demostraciones en la teoría dialéctica o natural, sino que, sacando los principios de las virtudes de los propios fenómenos evidentes, ejercieron las virtudes con sus acciones y no con sus palabras". (Galeno, 2003, pp. 201-202) Todavía más, la crítica de Galeno en el tratado Las facultades del alma siguen los temperamentos del cuerpo, no se limita a sus contemporáneos, sino que se extiende a los problemas e inconsistencias que él encuentra en las teorías platónicas y aristotélicas del alma racional, las cuales intenta refutar con fenómenos y observaciones. Ahora bien, estas críticas no le impiden a Galeno caracterizar al médico como un auténtico filósofo, pues la medicina comprende todas las partes de la filosofía: "Así pues, ¿qué es lo que falta todavía para que el médico que practica el arte en un modo digno de Hipócrates no sea filósofo? Pues si para desentrañar la naturaleza del cuerpo, las diferencias entre las enfermedades y los remedios indicados le conviene haberse ejercitado en la especulación lógica, y para perseverar diligentemente en el ejercicio de estas cosas haber despreciado la riqueza y cultivado la moderación, abarcaría ya todas las partes de la filosofía: lógica, física y ética". 90) Por otro lado, la investigación galenista se ocupó del análisis de la naturaleza del alma 2 y de sus facultades considerando una terapéutica enmarcada por la teoría de los humores, sus expresiones en el temperamento y sus enfermedades. Éstas últimas entendidas como el desequilibrio de algún elemento en el cuerpo (Isidoro de Sevilla, 2004, pp. 475-476) o, también, debidas a alguna causa externa como los fenómenos meteorológicos o influencias desde el nivel supralunar. Además, tal teoría supuso una clasificación del carácter y sus padecimientos, así como sus manifestaciones en la moral. Esta tradición se prolongó en los tratados árabes de medicina que fueron traducidos en el s. XII (Conrad, 1995, pp. 92-125) hasta el análisis de las enfermedades del alma -como la melancolía-durante los siglos XVI y XVII. 3 En estrecho vínculo histórico y temático con la tradición médica, la segunda ruta que nos interesa indicar es la que se dedica a la descripción del alma, de sus potencias y de la caracterización de sus facultades en distintos niveles, particularmente el gnoseológico (Aristóteles, 2000, pp. 414a29-414b20). Esta segunda vía está constituida por la abundante exégesis sobre el De anima de Aristóteles, llevada a cabo por los filósofos árabes. Al-Farabi, Avicena y Averroes establecieron, por ejemplo, distintas teorías acerca de las facultades del alma 4 y, posteriormente, los escolásticos formularon sus propias tesis al respecto (Hasse, 2014, pp. 305-319). A lo largo de dicha exégesis se constituyó un complejo esquema que partía de las bases de la percepción compartidas por seres humanos y animales (Aristóteles, 2000, pp. 434b30-435a) hasta las potencias superiores que eran exclusivamente humanas. Una breve descripción de estas potencias la encontramos en Tomás de Aquino: "Mas para el conocimiento perfecto del sentido, que sea suficiente al animal, se requieren cinco cosas. En primer lugar, que el sentido reciba la especie del sensible, 5 y esto pertenece al sentido propio. Segundo, que juzgue acerca de los sensibles percibidos y los discierna entre sí; lo cual es preciso que se haga por la potencia a la cual llegan todos los sentidos, y que se denomina sentido común. Lo tercero es que las especies recibidas de los sensibles se conserven, pues el animal necesita de la aprehensión de los sensibles no sólo en su presencia, sino también después que hayan desaparecido; y esto es necesario que se atribuya a otra potencia, pues también en las cosas corporales es distinto el principio de recibir y el de conservar [...] y esta potencia se llama imaginación o fantasía". 561) Hasta aquí, esta descripción del proceso de la operación de las facultades sensibles es común a los seres humanos y a los animales. Después de estas bases, los elementos serán depurados y analizados de distinto modo: encontraremos ahora intenciones y se establecerán las primeras diferencias entre los seres instintivos y los que poseen "potencia cogitativa". En palabras del Aquinate: "En cuarto lugar, se requieren algunas intenciones que el sentido no aprehende, como lo nocivo o lo útil, y otras cosas parecidas; y el hombre llega a conocer estas cosas investigando y comparando, mientras que los otros animales lo hacen por cierto instinto natural [...] por eso, a esto se ordena la estimativa natural en los otros animales, y en el hombre la potencia cogitativa, que es comparativa de las intenciones particulares, por lo cual también se llama razón particular y entendimiento pasivo. En quinto lugar, se requiere que aquellas cosas que fueron aprehendidas antes por el sentido y se conservan interiormente, se traigan de nuevo para una consideración actual; y esto pertenece a la potencia de la memoria, que en los otros animales tiene su operación sin investigación, y en los hombres con indagación y estudio: por lo cual en los hombres no sólo es memoria sino reminiscencia [...]". Según la descripción medieval, el ser humano posee las facultades naturales y también el intelecto. 7 Éste sería jerárquicamente superior a las facultades naturales y tiene como función abstraer las especies inteligibles (Tomás de Aquino, 2001b, pp. 776-778). Además, se encarga de las actividades cognitivas asociadas al conocimiento universal-científico, de las operaciones lógicas y de la voluntad (Tomás de Aquino, 2001b, pp. 773-796). Entre otras características, "la mente era inmortal, no localizada en ningún órgano corporal y le concernían el conocimiento de los universales, como el lenguaje o la habilidad de razonar lógicamente". 565) Además de las dos rutas ya señaladas anteriormente, encontramos una tercera vía para abordar las pasiones: la tradición retórica. Ésta tiene como fuente el texto aristotélico y su desarrollo propio en los pensadores latinos: la conexión entre las pasiones y los sentimientos encontraron en la política y también en las bellas artes su aplicación más importante (Aristóteles, 2002, pp. 6-7). Advertimos que la riqueza y la complejidad de la retórica en el estudio de las pasiones merece una investigación aparte, y señalemos que los tropos literarios, los recursos estilísticos del discurso, así como las técnicas artísticas en la pintura, la escultura, la poesía, la música y el teatro fueron estudiados rigurosamente a lo largo de los ss. XVI-XVIII dentro de la tradición retórica, para lograr los efectos deseados en el público. Debemos indicar aquí que cada una de estas tres rutas evolucionó a lo largo de la Edad Media en la medida en que sus desarrollos se volvieron más sofisticados. Pero, al menos desde las formulaciones de las tesis galenistas hasta la concepción medieval, el estudio de las pasiones fue incorporado en el corpus total del saber. Una vez más, tengamos en cuenta, como se ha visto con Galeno, que el área de conocimiento que podía resumir estas tres vertientes fue la medicina, en el sentido de que ésta comprendía el dominio de todas las artes liberales. Tal y como lo expone Isidoro de Sevilla: "1. [...] En efecto, el médico debe conocer la gramática, para poder entender y exponer lo que lee. Lo mismo cabe decir de la retórica, de modo que pueda delimitar con argumentos indiscutibles los casos que tiene entre manos. Otro tanto hay que afirmar de la dialéctica, que le permite, mediante el raciocinio, profundizar en las causas que provocan las enfermedades y en los remedios aplicables para su curación. Necesita de la aritmética, por lo que se refiere al número de horas que duran los ataques febriles y la periodicidad que presentan. Digamos lo mismo de la geometría, en cuanto a la índole de las regiones o zonas en las que señala qué es lo que cada uno debe observar. E incluso no debe ignorar la música, pues muchas son las enfermedades que, como puede leerse en los libros, han sido tratadas utilizando esta disciplina [...] 4. Conocerá, en fin, también la astronomía, [...] Pues, como sostiene algún médico, al par de las variaciones que se van presentando, nuestro cuerpo experimenta igualmente alteraciones. De aquí que se considere a la medicina como una segunda filosofía. Una y otra ciencia reclaman para sí al hombre entero; pues si por una se sana el alma, por la otra se cura el cuerpo". Entonces, pese a la aparente autonomía de estas tres vías de investigación sobre las facultades emotivas durante un largo período de la historia intelectual, cada una de las rutas se incorporó en un esquema más general del conocimiento, cuyo ideal fue la relación orgánica de todas las disciplinas y donde la expresión más elevada de este ideal de scientia se resumía en la filosofía o en la medicina. Si esto puede decirse del estudio de las pasiones durante la Edad Media, entonces, la pregunta que intentaremos resolver es: ¿en qué medida se puede caracterizar la transformación de la investigación relativa a las pasiones durante la modernidad temprana? Nuestra hipótesis es que a diferencia de la gran revolución cosmológica -que se ha entendido como el cambio más o menos claro del punto de vista ptolemaico al sistema copernicano-las teorías sobre las pasiones cambiaron de maneras más complejas durante la modernidad temprana. Sostenemos que tal transformación consistió en un doble desarrollo: primo, implicó la reducción ontológica y la simplificación de los patrones explicativos en torno a los procesos fisiológicos y psíquicos del ser humano. Secundo, encontramos un paulatino movimiento de síntesis de las tres rutas de conocimiento que hemos indicado arriba, para convertirse en una sola. Todo lo anterior dio lugar a una "nueva" ciencia de la naturaleza humana donde las pasiones jugaron un papel central. Este transcurso de la historia intelectual bien puede entenderse como una serie de pasos hacia la naturalización de la antropología filosófica, que llegará a constituir una nueva agenda de investigación para las facultades emotivas y cognitivas. Esta forma diferente de abordar las pasiones tendrá repercusiones en los tratados ilustrados, en las tesis darwinianas y en la psicología contemporánea. A continuación, trataremos de dar cuenta de algunos momentos fundamentales de este periodo de la historia de las ideas. REDUCCIÓN Y SÍNTESIS DE LAS FACULTADES EMO-TIVAS Y COGNITIVAS: LA PSICOLOGÍA MECANICISTA Algunos estudiosos de la modernidad temprana, tales como Gary Hatfield (Hatfield, 2012, pp.151-186; Hatfield, 1998, pp. 988-990) y Gábor Boros (Boros, 2006, pp.125-142), coinciden en que uno de los cambios característicos de la nueva perspectiva fue la adopción del esquema mecanicista y el rechazo del hilemorfismo en la comprensión de la fisiología y la psicología humanas. Éste es un cambio que se desarrolla paralelamente a los descubrimientos de algunos elementos centrales para la comprensión futura del sistema nervioso y sus implicaciones en las diversas funciones del organismo. El conocimiento más preciso de la anatomía cerebral humana que se logró a partir de las observaciones realizadas por Andrés Vesalio (1514-1564) (Wear, 1995, pp. 215-361), entre otros, tornó obsoleta la visión galénica de los ventrículos cerebrales asociados a las facultades cognitivas (Kemp y Fletcher, 1993, p. Esto motivó a los filósofos naturales a revisar más cuidadosamente el modo en que el sistema nervioso pudiera constituir una suerte de vasos comunicantes entre la información sensorial y las facultades cognitivas más complejas. Desde sus escritos tempranos redactados durante la década de 1620 a 1630, Thomas Hobbes y Pierre Gassendi ya habían asumido que el variado esquema de las facultades puede reducirse todavía más a los distintos movimientos (voluntarios e involuntarios) derivados de procesos fisiológicos (Sorell, 1993, pp. 235-272). Estos filósofos sostuvieron, por un lado, que las facultades de percepción y las facultades superiores relativas al conocimiento pueden reducirse a un par: la imaginación, según el filósofo francés, 8 y las operaciones mentales propias del cálculo para el inglés; 9 por otro, el complejo panorama de las pasiones en Hobbes puede reducirse al deseo de permanecer vivo y, en Gassendi, al deseo fundamental de la felicidad, entendida como una forma de placer, en el marco de una ética epicúrea. 10 Para Hobbes y Gassendi, el estudio de las pasiones debe hacerse considerando que las facultades intelectuales mismas son una manifestación más de las facultades naturales, análogas a las que podemos encontrar en todos los animales. Podría parecer que estos filósofos se adhieren al esquema medieval de las potencias que atribuye a los animales ciertas facultades análogas al razonamiento, tal y como lo hemos visto en el pasaje del Aquinate. Sin embargo, debajo de esta apariencia debemos reconocer la tensión que provoca la propuesta Hobbes-Gassendi frente al esquema tradicional. Más bien, en esta tesis hay una clara intención de reducir las facultades superiores -que eran inmateriales en el esquema medieval-al mismo funcionamiento mecánico y, por tanto, material o natural (Paganini, 2002, pp. 20-41). En otras palabras, desde la perspectiva de estos autores tenemos un continuo entre todos los seres vivos, o si se prefiere, una homogenización entre los animales y los hombres con relación a sus facultades. Recordemos que esta posición se opone a la versión más tradicional de la filosofía renacentista y moderna, según la cual el ser humano se encuentra por encima del resto de los seres creados. La asunción anterior tiene como corolario la siguiente tesis: siendo el razonamiento un producto de la fisiología mecánica, los animales muestran en mayor o menor grado, algún tipo de raciocinio. La propuesta que antepone Gassendi a René Descartes en sus "Quintas objeciones" y en su Disquisitio metaphysica (duda V, Inst.III, Dubitatio VI) puede sinte-tizarse del siguiente modo: si tanto en el ser humano como en los animales podemos encontrar órganos sensoriales, nervios y espíritus animales que se conectan con el cerebro, entonces podemos aceptar que los animales poseen también la estructura fisiológica propia de la fantasía o imaginación y, por tanto, ¿por qué no plantear lo mismo para la razón? Pensar, como lo hacen Descartes y la tradición, que las operaciones racionales distintivas del alma son "superiores", queriendo decir con ello "inmateriales", no es más que jugar con las palabras; así, Gassendi le hace notar a Descartes: "el hecho de que tú te apliques especialmente la denominación de 'espíritu' puede constituir una denominación de una naturaleza más noble, pero no por esto de una naturaleza diferente" (Gassendi, 1964, pp. 150-151). En efecto, es posible que los animales no posean razonamiento ni pasiones al modo humano, pero eso no quiere decir, afirma Gassendi, que no las posean a su modo y que debamos negarles esas facultades: "Dices:'Los animales no poseen razón'. Ellos carecen de una razón humana, pero no de aquella que les es propia, de tal manera que parece que no se puede decir que estén privados de razón sino con relación a nosotros y a nuestra especie [...] Pero si sus razonamientos no son tan perfectos y no los conducen a tantas cosas como a los seres humanos, aun con ello razonan, y parece que no hay nada de diferente [en ellos], sino sólo en lo que se refiere a más o menos". (Gassendi, 1964, pp. 152-153) Además, al reducir las facultades intelectuales a las facultades meramente naturales, Gassendi apunta en su argumentación hacia una dirección tal vez inesperada: el razonamiento termina asociado a la misma base fisiológica que durante la tradición se le atribuyó al placer y al dolor, a las preferencias y decisiones, al miedo y a la felicidad. La sugerencia implícita es que el intelecto ahora puede ser analizado con el mismo esquema materialista que el de las pasiones. Para el caso de la filosofía hobbesiana, una vez establecidos los principios de la ciencia del movimiento de los cuerpos, debe continuarse con las emociones, que funcionan como los movimientos de la vida psíquica: "De la física hay que pasar a la Moral, en la que se consideran los movimientos de las mentes, como el apetito, la aversión, el amor, la benevolencia, la esperanza, el miedo, la ira, la emulación, la envida, etc., qué causas tienen y de qué cosas sean causa ellas mismas, porque hay causas que proceden de los sentidos y de la imaginación, y que son objeto de estudio de la Física". 80) Ciertamente, el movimiento y el contacto físico de las partes de los cuerpos en el nivel sensorial compone, a su vez, la base de los procesos perceptuales. Estos parten sucesivamente del orden de las imágenes obtenidas por los cinco sentidos (Hobbes, 2000, pp. 300-307), después al nivel del placer y el dolor (Hobbes, 2000, p. 11 Esta descripción materialista de la psicología animal y humana establece la continuidad y la reducción de todos sus niveles funcionales a procesos fisiológicos. 12 En Hobbes, al igual que en Gassendi, las operaciones intelectuales superiores no implican la inmaterialidad. La caracterización hobbesiana del proceso que va de la imaginación al entendimiento es ilustrativa: "La imaginación que surge en el hombre (o en cualquier otra criatura dotada con la facultad de imaginar), a través de las palabras o por otros signos voluntarios es lo que generalmente llamamos entendimiento, y es común al hombre y al animal". 19) En la tesis Hobbes-Gassendi, la diferencia que hay entre las operaciones intelectuales más complejas del ser humano y aquellas que muestran los animales, no es una diferencia ontológica, sino de grado de desarrollo y especificidad de funciones. En tensión con su propia metafísica dualista, Descartes en su tratado de Las pasiones del alma (1649), se ve impulsado a asumir la perspectiva naturalista de Hobbes y de Gassendi, acercándose a la idea de que el alma y sus funciones pueden ser concebidas en una relación indisoluble con el arreglo y la disposición material del cerebro. Descartes caracteriza las pasiones del siguiente modo: "Pueden definirse en general como percepciones, sentimientos o emociones del alma que se refieren particularmente a ella y que son causadas, mantenidas y fortalecidas por algún movimiento de los espíritus [animales]." 13 La lectura de Las pasiones... indica que la clave explicativa de Descartes en este proceso es el movimiento de los espíritus animales a través de distintas redes de transporte de los impulsos. Éstos van desde las terminales nerviosas ubicadas en los órganos sensoriales hasta la glándula pineal, en el centro del cerebro. En la perspectiva que se adopta en esta obra, notamos que la psicología cartesiana se muestra poco preocupada por mantener su dualismo sustancial y mucho más dedicada a las descripciones mecánicas y fisiológicas de las causas de las pasiones. En este sentido, la reducción ontológica parece anunciarse: en lugar de contar con los diversos niveles de mediación típicamente escolásticos (p. ej., las especies sensibles e inteligibles, el sentido común o las facultades sensoriales o el intelecto pasivo y activo), los procesos fisiológicos y cognitivos se simplifican y se resuelven en uno solo, tal y como queda detallado en el "Ejemplo de la manera en que las impresiones de los objetos se unen en la glándula que está en medio del cerebro": "Por ejemplo, si vemos a un animal venir hacia nosotros, la luz reflejada de su cuerpo dibuja dos imágenes de él, una en cada uno de nuestros ojos; esas dos imágenes forman otras dos, por medio de los nervios ópticos, en la superficie interior del cerebro; después de ahí, mediante los espíritus animales de los que están llenas las cavidades, aquellas pequeñas imágenes irradian de tal suerte hacia la pequeña glándula rodeada por los espíritus, que el movimiento que compone cada punto de una de las imágenes tiende hacia el mismo punto de la glándula [...] la cual, actuando inmediatamente contra el alma, le hace ver la figura de ese animal". 355) Evidentemente, para los estándares contemporáneos esta hipótesis resulta poco clara y problemática, 14 pero veamos más bien la estrategia cartesiana. Allí hay un intento por mejorar la versión escolástica cuando se hace intervenir en la explicación sólo a las imágenes, que son transportadas directamente al centro del cerebro. Además, tomemos en cuenta la simplificación en el nivel de las facultades: el sentido común, la memoria, los intelectos pasivo y activo, son comprendidos en una sola facultad intelectiva que tiene relación -aunque no esclarecida-con la glándula pineal. El proceso descrito por Descartes continúa según las siguientes líneas: "Y, además, si esa figura es muy extraña y espantosa, es decir, si tiene estrecha relación con las cosas que antes han sido perjudiciales para el cuerpo, provoca en el alma la pasión del temor y, después, la del arrojo, o bien la del miedo o el espanto, según el diferente temperamento del cuerpo o la fuerza del alma y según como uno se haya preparado antes, mediante la defensa o la huida, contra las cosas perjudiciales con las que se relaciona la impresión presente". 356) La pasión, entonces, es primeramente una respuesta ante una imagen o ante la información que se recibe en el cerebro a través de los espíritus animales. Di-cha respuesta puede variar según la propia fisiología o según una suerte de entrenamiento a través del cual puede modificarse. Al aceptar esa posibilidad, Descartes se acerca todavía más a una descripción de las pasiones en términos de una psicología naturalista, y esto es explícito en la preparación de la respuesta de huida o defensa. Tal entrenamiento, según Descartes: "...organiza el cerebro de algunos hombres de tal modo que los espíritus reflejados de la imagen así formada sobre la glándula desde ahí se trasladan, en parte, a los nervios que sirven para volver la espalda y mover las piernas para huir y, en parte, a los que ensanchan o estrechan de tal manera los orificios del corazón; o bien que agitan de tal modo las otras partes de donde se le envía sangre, la cual, ratificándose de forma distinta de la acostumbrada, envía al cerebro espíritus apropiados para mantener y fortalecer la pasión del miedo, es decir, apropiados para tener abiertos, o bien para abrir de nuevo, los poros del cerebro que los conducen a los mismos nervios". 356) Hemos dicho que la hipótesis cartesiana parecería que ha tomado en serio las sugerencias de Hobbes y de Gassendi acerca de que el alma misma puede ser el producto de la organización del sistema nervioso y que, entonces, el alma siendo material, podría sentir y pensar. El resultado de la fórmula es ahora patente en tanto que las pasiones son explicadas en términos de las respuestas a nivel fisiológico, en una cadena causal mecánica. Una vez establecido este principio, la descripción de las pasiones puede avanzar hacia la especificidad de cada una de las respuestas, pero todas ellas operan bajo el mismo supuesto y la misma descripción básica. EL DESARROLLO POSTERIOR DE LAS TESIS NATURALISTAS El peso de la tradición y el programa reduccionista Si bien tanto Descartes como Gassendi usaron argumentos que dirigen el rumbo hacia la naturalización completa del mundo psíquico, no mantuvieron siempre una reducción absoluta de las operaciones anímicas a procesos exclusivamente cerebrales o fisiológicos. 15 Ambos pensadores cedieron ante sus propios marcos teológicos y religiosos, y no fueron capaces de abrazar la radicalidad de la tesis hobbesiana de las pasiones para avanzar hacia una versión más simple de las facultades cognitivas y emotivas. 16 Particularmente, el problema que se encuentra en la versión gassendiana y la cartesiana de las pasiones es la tensión provocada entre su descripción natura-lista y el carácter superior del alma, en su dimensión inmaterial. He aquí un problema que impide a veces sopesar la novedad de las teorías de los dos filósofos para el siglo XVII. En efecto, por un lado, en su Tratado de las pasiones, "al mecanizar las funciones del alma sensitiva, incluyendo las operaciones cognitivas que están en la base del instinto y la memoria, concebidas ahora como ocurriendo sin la prisión mental, Descartes, efectivamente, creó una psicología mecánica" (Hatfield, 2012, p. 17 Algo similar podría decirse de Gassendi y Hobbes. Sin embargo, esta misma descripción ligada a la asunción del alma inmaterial, puede ser interpretada como una mera continuidad de la tesis aristotélica, como lo hace Peter R. Anstey: "Pues en lo que toca a la descripción del alma dada por el Descartes histórico, está en muchos temas tanto histórica como conceptualmente ligada a la de Aristóteles" (Anstey, 2000, p. Todavía más, en contraste con esta postura de la mera continuidad con la tradición, encontramos asunciones como la de Sarah Byers para quien, en Descartes y en Gassendi podemos atestiguar sólo ignorancia y empobrecimiento de la tesis aristotélica, al reducir anima al mero movimiento local y a procesos meramente mecánicos: "Los argumentos con los que Descartes buscó rebatir el alma vegetativa descansaban sobre un sentido errado del "movimiento". Más aún, entre los objetores contemporáneos de Descartes que, igual que Descartes, atacaron la postura aristotélica de que la vida requería anima [...] no encontramos algún indicio de haber entendido lo que Aristóteles quiso decir con "la vida es auto-movimiento". 18 Nuestra interpretación es distinta, pues creemos que el resultado que se deja entrever es, en todo caso, una agenda de investigación sobre la razón asociada naturalmente a las pasiones. Una agenda que está basada en la descripción mecánica-fisiológica que tiene una extensión o un correlato psicológico, de tal modo que, como afirma Descartes, "la naturaleza parece haber unido cada movimiento de la glándula a cada uno de nuestros pensamientos desde el comienzo de nuestra vida, y el hábito puede [además], unirlos a otros de forma similar" (Descartes, 1997, p. A la luz de esta concepción moderna, la base fisiológica de la vida psíquica -incluyendo en ella las facultades que tradicionalmente se habían asociado con el intelecto-se convirtió en el cimiento sobre el que se construiría toda la sociedad y, en este sentido, la vida política. 19 Sobre esta última es conveniente señalar junto con Harold J. Cook, que: "Teorías explícitamente republicanas pudieron haber sido soterradas, Descartes pudo haber sido docilitado, y Hobbes (como Maquiavelo y Spinoza) pudieron haberse convertido en nombres sinónimos de condenación. Pero el intento de extraer conclusiones sobre el cuerpo político a partir de las nuevas nociones del cuerpo natural ha permanecido con nosotros, para la mayor consternación de aquellos que desean encontrar la virtud en el poder de la razón aparejada con lo inmanente o lo trascendente". 47) La asunción explícita de esta propuesta significó el giro propiamente moderno del análisis de las facultades cognitivas y, con ello, de las pasiones. Podemos sostener que dicha transformación derivó en la antropología filosófica naturalista que sustituyó, paulatinamente, las preocupaciones y los dogmas teológicos de la filosofía escolástica tradicional. Lo cierto es que el problema de la glándula pineal o de la comunicación de las sustancias y la sugerencia de que la materia puede pensar, trasminó rápidamente del ámbito de las posturas filosóficas hacia la discusión entre los médicos. Este fue un elemento que avivó las querellas sobre la naturaleza del alma y su relación con el cuerpo que eran sostenidas entre los seguidores de Galeno, Paracelso y Jean Batista van Helmont, entre otros. 20 Fue en esa área donde se elaboraron las teorías tanto a favor como en contra de asociar a la razón humana con las pasiones, así como de emparentar a la especie humana con la de los animales. Otro sentido para el naturalismo: la dinámica de las pasiones Si la primera vía de investigación relativa a las pasiones desembocó en la búsqueda de las bases fisiológicas de las facultades cognitivas junto con las emotivas, la segunda se dedicó a configurar una nueva ciencia a partir de la descripción de dichas facultades con herramientas conceptuales referidas exclusivamente a lo mental. Veamos en qué sentido Hobbes se compromete con esta otra perspectiva. "Una vez que Hobbes llega a los conceptos de apetito y aversión, placer y dolor, su explicación de las pasiones individuales ignora completamente la relación entre la conducta humana y su filosofía materialista. Él simplemente continúa por la vía de la introspección y la experiencia, usando libremente ideas de la explicación aristotélica de las pasiones [...] Para Hobbes, es muy claro que la introspección y la experiencia, y no la filosofía materialista, proveen la clave para la comprensión de la conducta humana". (Gert, 1996, pp. 160-161) En efecto, las propuestas hobbesianas acerca del conocimiento del mundo psíquico incluyen el criterio de la experiencia propia, derivada de la asunción de que tal mundo es común para la especie humana. Así, el conocimiento de los hombres es descriptible en términos de "Nosce te ipsum, conócete a ti mismo", lo que para el filósofo inglés implica: "[... ] Enseñarnos que, a partir de la similitud de los pensamientos y las pasiones de un hombre con los pensamientos y pasiones de otro, quienquiera que se observe a sí mismo y que considere lo que hace cuando piensa, opina, razona, espera, teme, etcétera, y sobre qué fundamentos lo hace, con ello él aprenderá y sabrá cuáles son los pensamientos y las pasiones de todos los otros hombres en ocasiones similares". 10) De ahí que, cuando las emociones han sido descritas como movimientos análogos a los que se producen en la materia, la tarea pendiente consiste en establecer y formular una dinámica propia para las pasiones que sea aplicable a todos los seres humanos. Dicha dinámica de la vida mental es fundada bajo los mismos principios derivados del aspecto funcional mecanicista. En este sentido, el mecanicismo deja de ser un supuesto ontológico para convertirse en un modelo explicativo de la vida psíquica. Además, esta nueva dinámica de las pasiones se formula añadiendo una característica metodológica esencial, vale decir, que sus criterios de análisis y demostración están basados en la experiencia tanto interna como externa. El recurso metodológico de la experiencia que hemos apuntado, en parte, es el que había caracterizado a la tradición médica. Aunque una discusión sobre los distintos conceptos de experiencia que tienen lugar en la modernidad temprana excede los límites de este trabajo, podemos mencionar como un ejemplo del intento de dirimir esta cuestión, el texto de Charles Wolfe (Wolfe, 2010, pp. 335 y ss.) donde se reconoce al menos tres vías de discusión en torno a la experiencia y a la tradición empirista: el experimentalismo de la Royal Society, el empirismo moral de John Locke y David Hume y, finalmente, un empirismo de raíz médica sostenido por William Harvey, Pierre Gassendi, Thomas Sydenham, junto con los vitalistas de Montpellier. Nuestra interpretación acerca de la experiencia referida a la nueva dinámica de las pasiones se restringe a tres sentidos que están en íntima conexión: La recolección de datos y de fenómenos que pueden ser relevantes en la investigación. Esta acepción posee una antigua raíz médica expresada en la necesidad de establecer una historia de los síntomas que afectan al paciente para poder indicar una terapéutica apropiada. En este caso, los datos de la experiencia son signos o síntomas indicativos de alguna causa que está operando en el nivel fisiológico (Waldow, 2010, pp. 287-308). La experiencia interna como introspección, reflexión u observación de las propias facultades cognitivas y emotivas en sus diversas funciones y operaciones (Locke, 1979, pp. 105-106). El supuesto indispensable de este tipo de observación es que sus resultados son extrapolables a la totalidad de los seres humanos. Ésta es una manera por la cual la experiencia interna sobrepasa el límite de lo particular para poder encontrar datos universales y, por tanto, con pretensiones de certeza más sólida. La historia natural como recopilación y organización de datos de los fenómenos y efectos del mundo al modo baconiano y su correlato con las facultades mentales. Esto deriva en la recolección de datos de las operaciones del intelecto, de las pasiones y de la conducta humana. En síntesis, es propiamente una confluencia compleja del modelo mecanicista de la vida psíquica junto con el concepto de experiencia antes referido, lo que configura esta nueva dinámica experimental de las pasiones. Tal descripción de lo mental adquiere, entonces, su propio discurso y sus propios marcos conceptuales. Esa es justamente la ruta de análisis que seguirán John Locke, Baruch Spinoza y, muy particularmente, David Hume (Schmitter, 2012, pp. 255-278). Locke y Hume fueron conscientes de que sus análisis de lo mental no requieren de la existencia del mundo material. Por ejemplo, el autor del Ensayo sobre el entendimiento humano establece desde el inicio de su obra los linderos de su agenda de estudio del siguiente modo: "[...] siendo mi propósito investigar sobre el origen, la certeza y la extensión del conocimiento humano, junto con los fundamentos y grados de la creencia, la opinión y el asentimiento, no me entrometeré ahora con las consideraciones físicas 22 sobre la mente, ni me problematizaré examinando en qué consiste su esencia, o por qué movimientos de nuestros espíritus 23 o alteraciones de nuestros cuerpos llegamos a tener sensaciones a través de nuestros órganos o cualquier idea en nuestros entendimientos, o si esas ideas dependen o no de la materia. Éstas son especulaciones que, aunque curiosas y amenas, evitaré, en tanto que no tienen relación con el designio que ahora poseo". 24 En el pasaje anterior, vemos que la perspectiva lockeana suspende el juicio acerca de la tesis Hobbes-Gassendi que hemos caracterizado líneas arriba. El médico inglés también adoptará la misma actitud en su discusión acerca de la posibilidad de que la materia pueda pensar: "Tenemos las ideas de la materia y el pensamiento, pero posiblemente nunca podremos saber si algún ser exclusivamente material piense o no" (Locke,1979, p. Esta tesis trasluce no sólo el escepticismo lockeano en lo respectivo a temas metafísicos (Popkin, 2003, pp. 257-261) sino que, al adoptarlo, él pudo avanzar hacia una perspectiva de investigación donde el conocimiento se define y se resuelve en el ámbito de las operaciones mentales. 25 En este sentido, Locke "fue más allá tanto de Descartes como del epicureísmo contemporáneo, al sugerir una concepción unificada del ser humano" (Wright, 1991, p. David Hume, en una estrategia escéptica 26 que bien recuerda al hipótesis non fingo newtoniano, anota que la tesis de la inmaterialidad del alma es tan innecesaria e indecidible para la filosofía como también lo es la asunción de su materialidad (Hume, 2000, pp.152-164). Una vez que su perspectiva queda restringida exclusivamente a lo mental, Hume parte de la distinción básica entre ideas e impresiones y de los principios de asociación (semejanza, contigüidad, causa y efecto), que funcionarán como leyes universales bajo las cuales se configuran ideas e impresiones cada vez más complejas. Para el filósofo escocés, las pasiones son impresiones de segundo orden y están regidas por los mismos principios de asociación (Hume, 2000, pp. 185-190). La conclusión del análisis humeano es célebre: "la razón es y sólo debe ser la esclava de las pasiones, y no puede jamás pretender otro oficio que el de servirlas..." Así, para Hume, todo el entramado psíquico es uno solo y no hay sino facultades emotivas y cognitivas operando con las mismas leyes, válidas tanto para los seres humanos como para los animales (Hume, 2000, p. 27 De nuestra discusión anterior podemos sostener que la agenda de naturalización de las facultades emotivas y cognitivas posee al menos dos sentidos durante la modernidad temprana: primero, significa la adopción del esquema mecanicista en la descripción de los procesos causales-fisiológicos de las pasiones y de la razón misma, tal y como fue descrito en la tesis Hobbes-Gassendi. Segundo, se refiere al establecimiento de las leyes o principios universales y naturales con los cuales operan el mundo intelectual y emotivo. Bajo la primera noción, la ruta que se definió vio la necesidad de encontrar y relacionar los procesos cerebrales con la actividad psíquica. Allí se entendió a las pasiones como respuestas o actividades derivadas de la interconexión con los órganos corporales. Paralelamente, la segunda vía de investigación basada en la segunda acepción no se ocupó más de la base fisiológica. Aquí, es suficiente con reconocer que las facultades emotivas y cognitivas operan en analogía con los fenómenos mecánicos. Pero la vida psíquica posee sus propios principios universales y necesarios para su actividad. 28 En esta segunda vertiente de naturalización, al formular la base universal de los principios de la vida emotiva, se incluyen también los de la estética y la ética. Hume encuentra esta clave en "la fuerza de la simpatía": "Las mentes de todos los hombres son similares en sus operaciones y sentimientos: nadie puede ser conmovido por alguna afección con la cual otros no sean susceptibles de serlo en algún grado. Como en las cuerdas uniformemente enrolladas el movimiento de una se comunica al resto, también las afecciones pasan rápidamente de una persona a otra y producen los movimientos correspondientes en cada criatura humana. Cuando veo los efectos de una pasión en el gesto y en la voz de alguna persona, mi mente inmediatamente pasa de estos efectos a sus causas, y forma una idea tan vívida de la pasión que se convierte actualmente en la pasión misma". 368) La postulación de estos principios constituyó una nueva ciencia concebida en analogía con los procedimientos y alcances de la ciencia física. Allí, la experiencia interna y externa es considerada como criterio de análisis y verificación. Además, ella está enmarcada en la necesidad que imponen las leyes de la geometría, tal como ocurre en los casos de Hobbes y de Spinoza, o en la necesidad newtoniana de las leyes básicas y universales del movimiento, tal como sucede con Hume. Así, dice este último: "En las acciones humanas hay un curso general de la naturaleza como lo hay en las acciones del sol y del clima. Hay también caracteres peculiares a naciones distintas y personas particulares, tanto como las comunes a la humanidad. El conocimiento de tales caracteres se funda en la observación de una uniformidad en las acciones que surgen de ellos, y esta uniformidad constituye la esencia misma de su necesidad". En las páginas anteriores hemos tratado de describir cuáles fueron las transformaciones más relevantes que tuvieron lugar durante los siglos XVII-XVIII con respecto al estudio de las pasiones. Creemos que las innovaciones que se produjeron en esta época atraviesan diversas rutas teóricas que incluyen: Los ecos de las discusiones que ya habían aparecido en la filosofía antigua y medieval. La simplificación y reducción de las facultades reconocidas por la tradición escolástica. La síntesis en una nueva concepción del ser humano y de sus facultades cognitivas y emotivas. Los filósofos y médicos de la modernidad temprana que contribuyeron a este cambio de perspectiva lograron configurar nuevas vías de investigación sobre la vida mental. Ellos intentaron alejarse de los dogmas teológico-religiosos y extendieron la exploración de la estructura natural y cognitiva a la totalidad de la vida psicológica, así como a la vida ética, social y política. Podemos sostener que la agenda naturalista de las pasiones durante la modernidad temprana se estableció al menos en dos agendas de investigación: La primera es el reduccionismo naturalista. Ésta concibió una ontología mecanicista en la descripción de los procesos fisiológicos de las pasiones. Aquí hemos esclarecido los aportes de Hobbes-Gassendi y de Descartes, considerando también que abren la puerta a la explicación materialista de la vida psíquica. Y hemos planteado que tal estrategia no está exenta de tensiones ante la tradición. Considerando esta vía reduccionista, no podemos dejar de mencionar las amplias consecuencias para el materialismo francés de la segunda parte del siglo XVII y en general para el materialismo del siglo XVIII. Aquí, según René Pintard (2000), la vía gassendiana o la vía neo-epicúrea tuvo enormes influencias en los llamados "Libertinos Eruditos". Estos filósofos en su adherencia al corpuscularismo o al esceptismo dieron forma a un modo de enfrentar al aristotelismo que se extendió por toda la Europa ilustrada. Este último hizo el primer intento interpretativo en francés de la obra de Gassendi y es razonable sugerir que haya presentado las tesis gassendianas a su pupilo de anatomía, John Locke. 29 El listado de la influencia Hobbes-Gassendi y Descartes es largo y significativo. Todos ellos asumieron un modelo reductivo de las pasiones a las estructuras fisiológicas y mecánicas de la vida psíquica e incluso política. También es evidente que dichas influencias continuaron en el movimiento ilustrado. En definitiva, la lectura naturalista de las pasiones hizo época y confluyó directamente en la fisiología médica y en la epistemología ilustradas. La segunda agenda que hemos llamado la dinámica de las pasiones -cultivada por Hobbes, Locke y Hume, entre otros-se formó al sintetizar elementos intelectuales de diversa procedencia. Por un lado, tomó del mecanicismo los principios de sus analogías descriptivas: tal como las partículas materiales se combinan, las ideas y las pasiones humanas se disponen guiadas por las leyes naturales propias del entendimiento humano. Por otro lado, los criterios de obtención de datos y de verificación para esta nueva dinámica del mundo interior se fueron situando en la necesidad y en las restricciones que impone la experiencia interna y externa. Esto derivó en una transformación radical del modo en que se debían estudiar las facultades cognitivas y emotivas. Los alcances de esta nueva ciencia fueron establecidos por Hume del siguiente modo: "Debemos, por tanto, investigar nuestros experimentos en esta ciencia a partir de una observación cuidadosa de la vida humana, y tomarlos tal y como aparecen en el curso común del mundo, por la conducta de los humanos en compañía, en sus negocios o en sus recreaciones. Cuando los experimentos de este tipo sean recolectados y comparados juiciosamente, podremos esperar establecer a partir de ellos una ciencia, la cual no será inferior en certeza, y será muy superior en su utilidad a cualquier otra de comprensión humana". 6) Durante la modernidad temprana, las dos vías de investigación sobre las pasiones que hemos estudiado mostraron rápidamente su aplicabilidad y efectividad cuando se trató de establecer una tipificación inteligible y simplificada de las emociones. En la naciente psicología se postuló el paralelismo de la conducta humana con la de otros animales; en el arte del sensualismo barroco se formularon teorías bajo los principios de universalidad de las emociones, 30 articuladas con el análisis de las facultades cognitivas y la retórica. 31 Una aproximación más simplificada de la fisiología de las pasiones estableció los factores emotivos para entender la toma de decisiones en la política, el peso de la expresión de las emociones en el proceso de creación y recepción de toda obra artística. Dicho sea de paso, son las herramientas intelectuales del barroco con las que se aseguró la colonización de las emociones de los indígenas en el Nuevo Mundo. Cuando establecieron las bases de la agenda naturalista de las pasiones, los filósofos de la modernidad temprana abrieron paso a las preguntas fundamentales que actualmente tienen resonancia teórica y dirigen las investigaciones contemporáneas en torno a la universalidad de las emociones, la continuidad de la expresión de éstas en las diversas especies animales 32 y, por supuesto, la pregunta acerca de cuáles son las emociones humanas básicas y cómo están presentes en aspectos relevantes de la cultura. Es cierto que las ideas de los pensadores que hemos presentado no poseen las sutilezas y complejidades descriptivas propias de la psicología contemporánea. Sin embargo, no deja de ser evidente que, al naturalizar la antropología, Hobbes, Gassendi, Descartes, y Hume fueron parte de la Revolución científica que cambió definitivamente el rumbo de las investigaciones sobre las pasiones y nos heredaron perplejidades que todavía están por resolverse. Este artículo ha sido publicado en el marco del proyecto fondecyt de iniciación no11140387 "Filosofía natural de Pierre Gassendi: fundamentos límites y horizontes para comprender las objeciones gassendistas a la filosofía cartesiana" financiado por Conicyt-Chile. Sobre los temas relativos a la esencia y a la materialidad o inmaterialidad del alma, Galeno se muestra siempre agnóstico. En diversos pasajes que prefiguran por siglos la postura escéptica de los filósofos modernos John Locke y David Hume, Galeno rechaza "tener conocimiento alguno acerca de cuál sea la esencia del alma y de si es mortal e inmortal", esto porque "[...] a la hora de tratar las enfermedades, para el médico no tiene ningún interés si el alma es mortal o inmortal, así tampoco tiene interés alguno si su esencia es incorpórea, como quiere éste, o corpórea, como defiende aquél al señalar que la esencia del alma es espíritu [...]" Para un estudio sobre las preocupaciones teóricas sobre la melancolía durante el s. XVI, remitimos al texto de Roger Bartra, Cultura y melancolía, particularmente el cap. III: "Los mitos de la melancolía y los paradigmas de la ciencia", (Bartra, 2001, pp. 197-212). Mientras que, el locus clásico de esta tradición durante el s. XVII sigue siendo el monumental volumen de Robert Burton, The Anatomy of Melancholy (1621); el tratamiento erudito de Burton de las facultades del alma se encuentra en Burton, 2001, pp. 154-166. Recordemos, junto con Panaccio que "la teoría de las especies floreció en la segunda mitad del Siglo Trece, pero la inspiración para ella vino de tan lejos como de Agustín y la óptica árabe". Esta teoría fue cultivada por Roger Bacon, Tomás de Aquino y, en general, por la filosofía escolástica. En la expresión de Panaccio las especies son "aspectos" o "semejanzas" de sí mismos que los objetos irradian continuamente y que se propagan en el medio. Las facultades sensoriales son capaces de recibir, almacenar y producir dichas especies y, a la vez, son capaces de crear nuevas a partir de las sensibles, hasta llegar a las más universales y abstractas e inmateriales, que son las especies inteligibles. Para una descripción específica de la noción de intelecto en los filósofos árabes y su recepción en la filosofía escolástica, véase (Black, 2014, pp. 322-331). Gassendi, señala: "Asumo un alma para las semillas, propongo un alma para los animales y no hago alguna diferencia entre el entendimiento y la imaginación" (Gassendi, 1959, p. T. Hobbes, en Leviathan, planteará: "La razón, en este sentido, no es otra cosa sino el cálculo (esto es, sumar o sustraer) de las consecuencias de los nombres generales que acordamos para marcar y significar nuestros pensamientos. Digo marcarlos cuando calculamos por nosotros mismos, y significarlos cuando demostramos o aprobamos nuestros cálculos a otros hombres" (Hobbes, 1997, p. Para la cercanía de la psicología y la ética hobbesianas y gassendianas, remitimos al lector a (Sarasonhn, 1996, pp. 118-136). Nótese que el capítulo dedicado a las pasiones es posterior al que se dedica a la descripción de la razón. En adelante citaremos la edición española incluida en la bibliografía y luego la edición canónica de Adam y Tannery de las OEuvres de Descartes, (Descartes, 2000, referida como AT), señalando el volumen en romanos, con su paginación en arábigas. Tal problematización la podemos encontrar como tesis general en Damasio (1997); Sin embargo, en contra de las apreciaciones contemporáneas desfavorables a Descartes, Gábor Boros reconoce que "fue Descartes quien desarrolló el primer tipo de neurociencia en la forma de una neuromecánica" (Boros, 2006, p. La posición de Gassendi en el Syntagma Philosophicum (1658) es a lo menos controversial respecto de su filosofía materialista. Bloch (1971) sostiene que la filosofía gassen-diana sería un proyecto filosófico que abandonó principios materialistas y reincorporó algunos dogmas de la fe cristiana. En el caso de Descartes, su dualismo sustancial es defendido en las Meditaciones metafísicas (1641). Un estudio de la perspectiva atomista y materialista sostenida por los autores de impronta hobbesiana y gassendiana, en el contexto de las restricciones teológicas y religiosas se encuentra en (Wilson, 2010, pp. 35-51). Además, consideramos interesante destacar que esta limitante fue claramente identificada por los filósofos de la época y es acusada por Spinoza del siguiente modo: "[...] nadie, que yo sepa, ha determinado la naturaleza y la fuerza de los afectos, ni lo que puede el alma, por su parte, para moderarlos. Ya sé que el celebérrimo Descartes, aun creyendo que el alma tiene una potencia absoluta sobre sus acciones, ha intentado, sin embargo, explicar los afectos humanos por sus primeras causas, y mostrar, a un tiempo, por qué ́ vía puede el alma tener un imperio absoluto sobre los afectos; pero, a mi parecer al menos, no ha mostrado nada más que la agudeza de su gran genio [...]" Remitimos a nuestros lectores a la discusión más general acerca de las asunciones cartesianas y su recepción en la psicología contemporánea en (Hatfield, 2009, pp. 1-25). Un estudio de las implicaciones políticas del mecanicismo hobbesiano y gassendiano se encuentra en (Sarasohn, 1996, pp. 142-167). Para una noticia de la variedad de prácticas y teorías médicas que estaban en debate desde diversos marcos teológicos, véase (Elmer, 1989, pp. 10-45). La manera en que las teorías del alma y de la vida mental hobbesianas y cartesianas son sometidas a la crítica, particularmente por los Platónicos de Cambridge, es discutida en (Henry, 1989, pp. 98-107). Estos tres sentidos están articulados en el "Historical plain Method" de Locke, delineado en el Capítulo I, "Introducción", en (Locke, 1979). Para un estudio sobre la asunción de la historia natural en el pensamiento lockeano, véase (Anstey, 2002, pp. 65-92). "Physical considerations": advirtamos que Locke usa aquí "físicas" en el sentido de una teoría de la naturaleza y, particularmente, de las teorías médicas, tal y como plantea Cook: "Physic era un arte que dependía del conocimiento impartido en la universidad. Sus practicantes eran los 'physicians', quienes eran, necesariamente, hombres con grados universitarios de física (physic): en la Inglaterra del siglo diecisiete, comúnmente con un doctorado en medicina (M.D.)" Entonces, las teorías que Locke está dejando de lado en su investigación son justamente las que tienen que ver con la teoría de la naturaleza de la mente, en el sentido de las tesis que han sido sostenidas por Hobbes, Gassendi y Descartes. En este pasaje, Locke hace referencia a los espíritus animales. Ciertamente, hay en el trasfondo del pasaje lockeano una influencia escéptica, en resonancia con la actitud de Galeno que hemos indicado anteriormente en nuestra nota no 2. De este modo, el escepticismo también apuntala el recurso metodológico de la experiencia, en los orígenes de la nueva ciencia de las facultades cognitivas y emotivas. Al respecto, Wilson, señala lo siguiente: "Al ubicar las cosas no-percibidas, tanto corpóreas como incorpóreas fuera del ámbito del conocimiento humano práctico y eficaz, Locke estaba tratando de articular las formas de las nuevas ciencias (la natural y la moral), que no requerían de alguna referencia a entidades fuera de la experiencia. Ahora, él podría esbozar una concepción del conocimiento científico y moral basada en las premisas Epicuro-gassendianas, las cuales correspondían a lo que él consideraba la actividad real de sus héroes, particularmente Boyle en la química, Newton en las matemáticas aplicadas y Sydenham en la medicina" (Wilson, 2010, p. En esta vía, recordemos que para Locke el conocimiento se define como "la percepción de la conexión y el acuerdo, o de la incongruencia y el desacuerdo entre cualquiera de nuestras ideas" (Locke, 1979, p. Para una valoración cuidadosa de la influencia del escepticismo de la época en el pensamiento de Hume, remitimos al lector a (Popkin, 1980, pp. 103-147). Los animales "actúan a partir de un razonamiento que no es en sí mismo diferente, ni fundado en principios diferentes de aquellos que aparecen en la naturaleza humana" (Hume, 2000, p. Es justamente este doble significado de la "naturalización de las pasiones" lo que nos separa de interpretaciones demasiado estrechas del término "naturalismo" como la de G. Manning, para quien "el naturalismo científico moderno" quiere decir "brevemente, materialismo ligado a las leyes de la naturaleza" en (Manning, 2008, p. Acerca de la discusión sobre la influencia de Gassendi en Locke, podemos mencionar a (David Fate Norton, 1981, p. Otro estudio a destacar es el capítulo dedicado a la gnoseología de Gassendi en el marco de la filosofía de Locke es: (Duchesneau, 1973, pp. 93 y ss.). Notemos que en ningún ideal cultural tuvo más importancia el escudriñar las pasiones en todos sus grados, combinaciones e implicaciones que en la estética barroca. Creemos que durante la modernidad temprana el estudio de la expresión de los sentimientos en los manuales de pintura, de música, y de las demás bellas artes corresponden también a un proyecto cultural en el que la retórica tiene los objetivos claros de conmover directa y eficazmente las pasiones del espectador. Un referente de este fenómeno lo constituye la obra de Charles Le Brun, Conférence sur l'expresion générale et particulière (1668), cuyo fundamento teórico es la tesis cartesiana de las pasiones. Estos tópicos continúan discutiéndose con descripciones cada vez más refinadas, que establecen conexiones temáticas que apuntan a la síntesis entre las investigaciones sobre el conocimiento, las pasiones, la retórica y las bellas artes, a tal punto que, en la historiografía contemporánea bien podríamos referirnos a lo que B. Cummings y F. Sierhuis llaman "el giro afectivo" en los estudios sobre la modernidad temprana. Una perspectiva "neuro-evolucionista" que reconoce la pertinencia de la historia intelectual de estas preocupaciones se encuentra en (Panksepp & Biven, 2012, pp. 47-94).
En octubre de 1892 llegó a Buenos Aires un extraño personaje, que decía ser conde y poseer título médico. De inmediato comenzó a efectuar con la ayuda de su esposa demostraciones de hipnosis, de telepatía y de clarividencia. Ofreció además conferencias sobre esos asuntos. Muy pronto, a mediados de diciembre de ese año, fundó el Instituto Psicológico Argentino, tarea para la que contó con la colaboración de espiritistas y científicos locales. Todas esas actividades fueron informadas con detalle por los periódicos de la ciudad y por una de las revistas del espiritismo porteño. Al poco tiempo el Departamento de Higiene logró la clausura del Instituto, a pesar de lo cual Sgaluppi continuó con sus demostraciones y conferencias. El objetivo de este artículo es reconstruir en detalle esa historia, sobre todo con el auxilio de fuentes periódicas de la época. Nuestro cometido es iluminar un capítulo poco conocido de la historia del hipnotismo en Buenos Aires, poniendo de relieve dos aspectos: el valor que las disciplinas esotéricas tuvieron en la cultura científica de fines de siglo, y las dificultades que tuvieron las autoridades sanitarias para hacer valer sus regulaciones. A comienzos del siglo XX funcionó en Buenos Aires una temprana agrupación dedicada a difundir y desarrollar conocimientos y prácticas psicológicas. Nos referimos a la célebre Sociedad de Psicología de Buenos Aires, que perduró apenas unos cinco años (1908-1913). Nucleaba a distintos actores sociales (médicos, abogados, criminólogos, pedagogos) que por un motivo u otro mostraron un interés por alguna dimensión de lo que por entonces comenzaba a ser llamado psicología científica. La Sociedad contaba entre sus filas a importantes figuras del escenario intelectual, como por ejemplo José Ingenieros (1877-1925) o Francisco de Veyga (1866-1942), y publicó durante su corta vida unos Anales. En su seno reinó y se expandió el ideario positivista. En las últimas dos décadas muchos investigadores se han ocupado de ese capítulo de la historia de la ciencia en Argentina. Más puntualmente, entre los ensayos ligados a la historia de la psicología, una particular atención se ha prestado a la Sociedad nacida en 1908 (Ríos y Talak, 1999; Ostrovsky, 2008). Ahora bien, en la bibliografía especializada se postula, por regla general, que aquella agrupación fue la primera en su tipo en la ciudad de Buenos Aires y en Argentina. El objetivo de este artículo es ofrecer evidencias documentales sobre la existencia de una sociedad anterior, fundada en Buenos Aires en diciembre de 1892 y clausurada muy poco después (febrero de 1893). Se trató del Instituto Psicológico Argentino, que nació gracias a la iniciativa de un singular individuo proveniente de España, que se hacía llamar Alberto Martínez de Das, y que llegó al país ostentado credenciales de Conde y atribuyéndose título médico 1. En rigor de verdad, ese sujeto, experto en hipnotismo y conocedor de las ciencias ocultas, carecía de títulos profesionales y jamás había pertenecido a la estirpe noble. Tal y como intentaremos mostrar a continuación, la historia del Instituto compete tanto a la historia de la psicología argentina como a la historia de la medicina de ese país, y en no menor medida a la historia de las ciencias ocultas. En efecto, el fundador y director de esa prematura agrupación fue al mismo tiempo el primer propagandista de la teosofía en Buenos Aires. Fundó con la ayuda de su mujer la primera filial argentina de la teosofía, que de inmediato comenzó a difundir sus creencias por medio de la revista Luz. La escandalosa llegada a Buenos Aires de Martínez de Das (llamado en realidad Alberto Santini Sgaluppi) y su papel en la importación de la teosofía, han sido reconstruidos con mucho cuidado de manera reciente (Quereilhac, 2010). En esta oportunidad nos concentraremos en aquellas de sus iniciativas que todavía no han sido desentrañadas desde un punto de vista histórico: sus experiencias de hipnosis y su participación en la fundación del Instituto Psicológico Argentino. A través del examen de los trabajos desplegados por aquel personaje en la capital argentina, espera-mos obtener una valiosa intelección de las dinámicas y los procesos de la cultura científica de fines de siglo. Por un lado, pretendemos sopesar con precisión el rol protagónico desempeñado por sujetos no diplomados en la difusión de saberes y vocabularios (ligados a la psicología o los automatismos nerviosos) que fueron inmediata y provechosamente reapropiados por médicos e intelectuales del medio local. Por otro lado, nuestro cometido es iluminar aspectos puntuales del mercado de la salud (o de la sanación) de ese período, caracterizado por la competencia constante entre actores sociales contrapuestos (médicos, curanderos, estafadores, hipnotizadores no diplomados, etc.). En efecto, el estudio de la presencia de Alberto Santini Sgaluppi (identificado en las fuentes de la época, por regla general, con su último apellido) habrá de aportarnos evidencias sustanciales sobre los obstáculos que impedían a los profesionales la imposición de las medidas represivas tendentes a refrenar el ejercicio ilegal de la medicina. En las próximas páginas intentaremos explicar los motivos por los que un individuo como Sgaluppi pudo lograr una buena acogida de parte de la prensa de Buenos Aires, así como de ciertos profesionales de la ciudad, quienes lo acompañaron en la fundación y puesta en marcha del Instituto Psicológico Argentino. En el apartado que sigue analizaremos el pasado inmediato de aquel experto en hipnotismo. Antes de su llegada a la Argentina, Sgaluppi había logrado cierta notoriedad en España (sobre todo en Madrid) gracias a sus exhibiciones de hipnosis y telepatía. Entendemos que la reputación que muy pronto se ganaría en Buenos Aires se debió en parte a esas experiencias previas del otro lado del Atlántico. En efecto, apenas arribado a la capital argentina, Sgaluppi tuvo el cuidado de recuperar aquellos episodios en la península ibérica (sobre todo el interés que la Reina Isabel había manifestado por sus poderes), y para algunos porteños su nombre era ya conocido debido a aquellas peripecias de ultramar 2. Por esas razones, y debido a que la recuperación de sus trabajos en España ha de servirnos para obtener un conocimiento bien claro de sus antecedentes y sus conocimientos, dirigiremos nuestra mirada a lo sucedido en aquellas latitudes. I. EL CONDE DE DAS Y LA HIPNOSIS EN ESPAÑA Por una razón de extensión, no podremos ofrecer en este artículo una reconstrucción detallada de los trabajos de Sgaluppi en España, ni podremos tampoco señalar de modo exhaustivo cómo se inscribe su nombre en la historia más general de la hipnosis en la Península Ibérica. Nos contentaremos con indicar los episodios más significativos. Entre enero y julio de 1888 Sgaluppi realizó en Madrid cuantiosas demostraciones públicas, principal-mente en los salones particulares de algunos miembros de la aristocracia, y entre los asistentes se contaron políticos, médicos y personalidades de la cultura. Durante esos meses, importantes diarios de la ciudad brindaron crónicas sobre esas actividades, y dieron cuenta de la buena acogida que la familia real prestó a esas exhibiciones. Una de las primeras veladas se produjo el 8 de enero de 1888, en la casa de José López de Ayala. Según las crónicas, luego de una breve exposición oral, Das hipnotizó a una joven, en quien provocó una ostensible insensibilidad al dolor o a la electricidad, y a la que de inmediato colocó en estado de catalepsia o "rigidez cadavérica". Acto seguido sumió en hipnosis a una segunda joven, "le produjo primero el estado de éxtasis, la hizo bailar dormida, y por último, adivinar los papeles y contar los billetes de Banco que llevaba el Sr. D. Julián Zugasti [1836-1915] en un tarjetero guardado en el bolsillo de la levita" 3. Con el correr de las semanas, Sgaluppi repetirá hasta la saciedad ese tipo de veladas. En todas ellas, además de disertar sobre la hipnosis y el magnetismo, exhibirá con la ayuda de "pacientes" o voluntarias los fenómenos más prodigiosos o enigmáticos: la adivinación del pensamiento, la doble vista, la transposición de sentidos, la anestesia absoluta. Martínez de Das tenía mucho cuidado en presentarse como un investigador, siempre recordaba que poseía título médico, y pretendía otorgar a sus actividades un cariz estrictamente científico. Tal vez por esos motivos, y quizá también debido a la novedad que significaba la hipnosis a los ojos de ciertos sectores de la sociedad española, el hipnotizador logró una visibilidad y un prestigio que muchos de sus colegas no tuvieron. El principal síntoma de esa reputación llegó muy pronto. Poco después de su arribo a la capital, fue invitado a realizar sus demostraciones ante la familia real. La velada fue desde todo punto de vista exitosa, y los diarios informaron en detalle sobre lo sucedido, y en las crónicas su puso especial énfasis en la participación activa de la reina en esas sesiones 4. En un momento en que la hipnosis comenzaba a ser mirada con recelo por algunos actores sociales (sobre todo por la Iglesia), y sobre todo en un momento en que se la emparentaba con tradiciones condenables (como el espiritismo y el charlatanismo), Sgaluppi parecía estar a resguardo de esas sospechas. Además de poseer título médico, era recibido por las mejores familias, y se ganaba la admiración de la ex reina regente. Evidencia de esto último fue que unos días más tarde Isabel le envío a Sgaluppi "el nombramiento de comendador de Isabel la Católica" a modo de agradecimiento 5. Efectuó otras tareas que parecían reforzar su pertenencia a la disciplina científica, y que parecían encaminadas a enfatizar el carácter respetable de sus iniciativas. Por un lado, habría comenzado a publicar una revista semanal titulada La Hipnoterapia, que contenía textos propios y traducciones de trabajos de médicos franceses 6. Por otro lado, dictó una conferencia en el Círculo Militar, siguiendo un programa elaborado con un vocabulario plagado de tecnicismos médicos: "Utilidades del hipnotismo como anestésico en las operaciones quirúrgicas. Trasposiciones de los sentidos. Sonambulismo provocado y alucinaciones sonambúlicas. Sugestión mental y aparente. Excitaciones del sistema nervio-muscular. Contracciones musculares y catalepsia" 7. Al igual que su labor en los salones reales, esa disertación de comienzos de febrero recibió también una fuerte atención de parte de la prensa 8. Trascurrido el primer semestre de 1888 el nombre de Das desaparece de las crónicas madrileñas. Es de suponer que sus experiencias habían perdido el brillo de la novedad. Por otro lado, por esas fechas se produjo una fuerte campaña en contra de la hipnosis de parte de la Iglesia, tal y como veremos a continuación. Por último, en ese tiempo, según algunas evidencias, Das realizó largos viajes por ciudades más pequeñas, con el objeto de realizar sus demostraciones. Recién en diciembre de 1890 nuestro personaje vuelve a aparecer en los periódicos, pero esta vez de una forma bien distinta. Por ese entonces Das es encarcelado, y junto con las noticias de su escandalosa detención se divulgan informaciones sobre su verdadera identidad 9. Según aquellas crónicas, los hechos que lo condujeron a la cárcel fueron los siguientes. Luego de haber establecido una academia de hipnotismo en la calle de Alcalá en Madrid, Das decidió mudarse al barrio del Pacífico y abrir allí un lujoso consultorio. Contrajo deudas para acondicionar el lugar, fue incapaz de pagarlas y sus acreedores acudieron a la justicia. Junto con informar de su reclusión, los diarios comunicaron que había quedado claro asimismo que el recluso no era Conde ni médico 10. Luego de ese escándalo, Sgaluppi se acercó a la filial española de la teosofía y en septiembre de 1892 una revista teosófica de Barcelona comunicó que en julio de ese año Das había sido expulsado del "Grupo Barcelonés" de la Sociedad debido a que había cometido "hechos graves", presuntamente de estafa 11. No ha de sorprendernos que su nombre no haya aparecido en la historiografía hasta hace muy poco; falta, por ejemplo, en las documentadas reconstrucciones del desarrollo del hipnotismo publicadas hace más de una década (Diéguez Gómez, 2003; González de Pablo, 2003) 12. En efecto, Das fue uno de los tantos magnetizadores e hipnotizadores que en la segunda mitad de la década de 1880 efectuó demostraciones públicas en ciudades ibéricas. Más allá de las crónicas periodísticas que aquí hemos recogido, poco rastro ha quedado de su utilización de la hipnosis. Dicho en otros términos, en comparación con otros actores sociales (médicos, abogados, miembros de la iglesia) que en esos mismos años escribieron abundantemente sobre hipnosis, la participación de Das en la difusión del sonambulismo artificial fue aparentemente minúscula. Los años en que nuestro personaje se mostró más hacendoso (1887-1889) son precisamente los años en que, debido mayormente a la llegada de traducciones de la obra de Bernheim, gran cantidad de obras sobre hipnosis se imprimieron en España, como La sugestión y sus aplicaciones a la terapéutica (1887) de Sánchez Calvo o La hipnología en nuestros días de Sánchez Freire (1888) (Diéguez, 2003, 219). Ahora bien, es posible ensayar un abordaje alternativo, y medir la significación del Conde de Das desde un ángulo distinto. Tal significación contempla dos aspectos complementarios: primero, Das fue, entre todos los hipnotizadores de teatro, el que mayor visibilidad adquirió en el momento en que esas experiencias batallaban por ganarse un lugar legítimo en la agenda científica española; segundo, la popularidad de sus sesiones fue lo que propició respuestas furibundas de parte de la Iglesia, respuestas encarnadas en textos que luego serían muy citados. Respecto del primer punto, muchas de las crónicas de la época coinciden en atribuir a Das la popularización del hipnotismo entre el público madrileño 13. Algunas fuentes fueron un poco más lejos, y afirmaron que gracias a las labores de Sgaluppi determinados científicos del momento se aproximaron a un campo de fenómenos que hasta entonces tenía una vida muy marginal 14. En segundo lugar, las fuentes consultadas nos inducen a colegir que fueron los espectáculos de Das los que desencadenaron numerosos e influyentes textos contrarios a la hipnosis redactados por representantes de la Iglesia. Esa conexión es muy clara, por ejemplo, en las notas publicadas por Eugenio Fernández Hidalgo en La Unión Católica de fines de febrero de 1888. Uno de esos textos, el del día 22, se tituló justamente "El Diablo en Madrid", y se refería a la responsabilidad que cabía atribuir a Das por la difusión del hipnotismo en la ciudad, caracterizado como un recurso peligroso y perjudicial para la salud, "la continuación de la magia antigua y de la pseudo-teurgia de los oráculos, la reproducción también de los sortilegios y brujerías de la Edad Media, y la prolongación, por último, del magneto-espiritismo". 15 Por otro lado, no sería muy aventurado inferir que la carta pastoral redactada el 19 de marzo de 1888 por el obispo de Madrid Alcalá, fue en verdad una rápida respuesta de la curia a la popularidad que Sgaluppi acababa de ganarse entre los madrileños. En ese documento de 40 páginas, Ciríaco María Sancha y Hervás lanzaba de hecho una agria repulsa contra todo lo que tuviera olor a hipnotismo (Sancha y Hervás, 1888). UN HIPNOTIZADOR EN MUNDOS CONTRAPUESTOS El 1 de noviembre casi todos los diarios publicaron columnas detalladas y positivas sobre esa primera exhibición de Sgaluppi. Todos los cronistas atendieron al modo en que el conde se presentó ante los asistentes: mientras ostentaba en su pecho muchas condecoraciones y medallas, mostró al público folletos y libros presuntamente de su autoría. El Correo Español, por ejemplo, se refirió a la "notabilísima y brillante conferencia práctica sobre hipnotismo" brindada por el extranjero 18. El Diario informó que entre los asistentes había abogados y médicos, y detalló los fenómenos exhibidos por la condesa colocada en estado de hipnosis: fue capaz de adivinar mentalmente y ejecutar órdenes que los invitados debían escribir en pequeños trozos de papel, jugó al dominó sin cometer errores a pesar de llevar sus ojos vendados por tres pañuelos, y otras maravillas. El Diario agregaba que Das tenía pensado radicarse en Buenos Aires y revalidar su título profesional 19. La Prensa, por entonces el diario más venido en el país, distribuyó el relato más extenso y detallado sobre las demostraciones prácticas, en un artículo que no hacía otra cosa que festejar las capacidades y conocimientos del anfitrión 20. Sin embargo, no todos los periódicos miraron los fenómenos con ojos entusiastas. Fue el caso de La Nación, que lamentó que una demostración así fuera hecha en un salón lleno de curiosos, y no en un auditorio hospitalario o un aula de medicina 21. Esa queja no era nueva, y tampoco eran muy nuevas las maravillas exhibidas por Sgaluppi. No era la primera vez que los porteños tenían ocasión de observar con sus propios ojos los milagros del hipnotismo, la clarividencia o la telepatía 22. Tampoco era la primera vez en que algunas voces se alzaban para condenar la explotación teatral del hipnotismo. Desde finales de la década de 1880, diversos periódicos habían explicitado esa condena cada vez que un hipnotizador de teatro visitaba la ciudad. Más aún, en diciembre de 1890 el Departamento Nacional de Higiene había dictado una resolución que prohibía expresamente ese uso teatral del hipnotismo 23. Lo que sí era novedoso en el accionar de Sgaluppi era el modo en que él parecía habitar territorios divergentes. Sus faenas parecían combinar tradiciones que normalmente permanecían parcialmente distantes: medicina, espectáculo, ocultismo y espiritismo. Sería erróneo suponer que esas tradiciones nunca se mixturaban: los ilusionistas de teatro a veces usaban el vocabulario de la medicina (o afirmaban que su trabajo pertenecía al ámbito de la ciencia), o incluso había médicos que realizaban exhibiciones muy emparentadas a la vida teatral 24. De todas maneras, habitualmente era claro y visible con qué tradición tal o cual hipnotizador se identificada. Alberto Sgaluppi vino a romper esa costumbre, y podemos conjeturar que una de las razones de su éxito (medido en la cantidad de labores que realizó) radicó en su habilidad para habitar simultánea o sucesivamente linderos contrapuestos 25. Ya en el anuncio de su primera conferencia el lenguaje del hipnotismo médico convivía con los términos de la teosofía o el ocultismo (por ejemplo, la fuerza radiante). Y con el correr de los días esa mezcla de registros se hará cada vez más patente. Más aún, el Instituto Psicológico Argentino nacerá en esa confluencia. Unos días después de presentarse ante los porteños como médico, Sgaluppi publicó un primer escrito en la revista espiritista más importante de la ciudad, Constancia. El breve texto, titulado "Salve", llevaba la firma "Dr. A. M. de Das". Suerte de carta de presentación en sociedad, esas pocas columnas combinaban el anuncio de los objetivos de la tarea intelectual del autor, con una prédica moral en contra del egoísmo y a favor del bien común. Sgaluppi se definía allí como un trabajador de la ciencia y de la verdad, y enemi-go de la explotación teatral de ciertos conocimientos: "Es tiempo que los hombres de saber y buena fe la estudien [a la Psicología] en todos sus alcances y la defiendan como propiedad del ego individual, a la vez que cuiden meramente de que ésta no se enrede y manche en los laberintos de la especulación vulgar y de los espectáculos de fascinación o ilusión pseudohipnótica" 26. Por otro lado, se otorgaba a la psicología un papel redentor, más próximo al terreno de la fe que al de la ciencia: "La luz se extenderá sobre la inmensidad, el destino del hombre no será un problema y el arte de conservar la salud a la pobre humanidad tendrá la sanción universal". Podemos indicar una razón de peso por la cual la publicación espiritista acogió sin titubear el texto de Sgaluppi, y también se encargó de dar visibilidad a la labor del extranjero. El hecho de que el visitante poseyera título médico resultaba un fuerte atractivo para los kardecianos porteños, ante todo en ese momento en particular. En efecto, por esas semanas había recobrado actualidad el viejo tópico de la relación entre espiritismo y locura. Esa supuesta relación ya había sido esgrimida en la década anterior por importantes alienistas locales, como Lucio Meléndez y Wilfrido Rodríguez de la Torre (Rodríguez de la Torre, 1889) 27. Pues bien, desde comienzos de octubre esas acusaciones habían vuelto a cobrar fuerza como consecuencia de un episodio que aquí no podremos reconstruir en detalle. El 5 de octubre de ese año una mujer atentó fallidamente contra la vida de Cosme Mariño (1847-1927), el líder de la sociedad espiritista Constancia. Tanto en las crónicas periodísticas que informaron sobre el hecho como en el informe médico-legal sobre la acusada, se intentó demostrar que el arrebato homicida había sido una consecuencia de la creencia en las ideas espiritistas. El propio Cosme Mariño se puso a la tarea de desmentir ese argumento, y durante varias semanas publicó, tanto en diarios locales como en la revista Constancia, textos que se ocupaban ya sea de señalar las falencias lógicas del informe de los médicos, ya de aportar evidencias que refutaban la pertenencia al espiritismo de la victimaria. No cabe dudar de que en esa coyuntura, el deseo del "médico" Martínez de Das de colaborar en las páginas de Constancia fue más que bienvenido por los responsables de la publicación. Otro detalle contextual sirve para comprender de manera más cabal algunas de las conductas de Sgaluppi. El 20 de noviembre apareció en La Prensa una nota que informaba que hacía poco el "profesor de psicología" (y "comendador de la Real Orden de Isabel la Católica") se había acercado por iniciativa propia a la redacción del diario a los fines de aclarar que "nunca su propaganda con respecto a ciencias tan elevadas como el hipnotismo, la sugestión, espiritismo, etc., ha figurado en los carteles de un teatro" 28. ¿Por qué mo-tivo nuestro personaje realizó tal aclaración, que en verdad venía a enfatizar una advertencia ya introducida en su texto del día 13 de noviembre? El propio artículo de La Prensa se encargaba de esclarecerlo. El gesto de Das se motivaba en la noticia que había circulado en días previos, según la cual el Departamento de Higiene prohibía al "comendador Roberth" dar conferencias de hipnotismo en el teatro Odeón. Según el artículo en cuestión, "el conde de Das aplaude" la resolución de la oficina de higiene, pues según su parecer es "muy peligrosa la presentación de fenómenos hipnóticos, reales o supuestos, ante un público compuesto muchas veces de personas exageradamente impresionables". Lo que Sgaluppi buscó con su visita a La Prensa fue diferenciarse de modo tajante de otro individuo que por esos mismos días hacía ante los porteños cosas muy parecidas a las suyas. Roberth -de quien no poseemos información biográfica-debía comenzar por esos días con su espectáculo en el teatro Odeón. Según un diario local, su show constaba de "a) Penetración del pensamiento ageno; b) Roberthianide y psicología experimental; c) Matemática recreativa; d) Hipnotismo, catalepsia y espiritismo; e) Memoria e historia; f) El rompecabeza; g) Escenas humorísticas" 29. Unas pocas semanas después Sgaluppi tendría que enfrentarse a una medida represiva análoga, pero él contaba con herramientas bastante versátiles para hacer frente a la prohibición. Por lo pronto, el visitante se concentraba en los preparativos de la fundación de un instituto. Esa sociedad le permitiría remarcar aún más ante los ojos de los porteños cuál era su lugar de enunciación: él no era un vulgar hombre de teatro, y era capaz de combinar de modo fructífero lo más novedoso de la ciencia mental (la psicología) con un marco teórico que rehuyera de la obstinación del materialismo. A mediados de diciembre, los órganos de prensa de la ciudad volvieron a ocuparse masivamente de Sgaluppi, pues el día 15 quedó inaugurado el Instituto Psicológico Argentino, cuya sede se encontraba en el segundo piso de la casa ubicada en Rivadavia 1777. El día de la inauguración tuvo lugar una conferencia especial, así como algunos experimentos. Los diarios más importantes ofrecieron largas reseñas sobre el acontecimiento. La Prensa advertía que a la velada habían asistido "algunas distinguidas familias y muchos caballeros de ilustración reconocida" 30. Según la misma crónica, Sgaluppi hizo una intervención teórica, en la cual efectuó un singular sincretismo: bajo la divisa del "más allá" hizo desfilar los nombres de Newton, los oráculos, las esfinges, los fluidos etéreos o la corriente acásica de los judíos. A la hora de listar los conceptos con los que se sentía más próximo, se refirió al "limbo luminoso que rodea a cada persona" y definió a la enfermedad como la destrucción de la armonía. Esa enumeración heteróclita le servía para aclarar que en su trabajo no se trataba del hipnotismo "como algunos lo han dado a entender, algunos incrédulos e ignorantes". A los fines de dejar bien en claro que él no era uno de esos hipnotizadores teatrales que tanta animadversión provocaban entre los higienistas porteños, Sgaluppi reclamó silencio cada vez que el público intentaba aplaudir, señalando que "en el templo de la ciencia no se deben escuchar aplausos" 31. Tras la exposición doctrinal, vinieron las experiencias, realizadas sobre la mujer del anfitrión (sugestiones hipnóticas, rigidez cataléptica, transmisión del pensamiento a distancia, etc.). La Nación informó asimismo que el Instituto haría las veces de una clínica médica tradicional: además de encargarse de la "enseñanza técnica y experimental de la psicología y de la psico-física moderna", se establecería un dispositivo para la asistencia de los enfermos presentados por los socios. Lo informado por La Nación era cierto. La apertura de una tal clínica figuraba en los Estatutos Generales redactados por los miembros del Instituto y distribuido por esos días (en forma de un folleto de 16 páginas) 32. En ese documento quedaba expresamente indicado que el Instituto se fundaba por iniciativa del "Dr. D. Alberto Martínez de Das" y que su objeto era "la enseñanza teórica y experimental de la Psicología y de la Psico-física moderna". En todo momento se recalcaba que se trataba de una sociedad con fines científicos. Ese afán de cientificidad se comprueba sintomáticamente por aquello que quedaba expresamente prohibido, incluso desde los primeros artículos de la sección "Objeto de la sociedad": se prohibía toda discusión religiosa o política, y estaba por entero vedado todo experimento realizado con fines de pasatiempo o curiosidad. No podemos negar que existe una suerte de contraste o paradoja entre esas cautelas cientificistas y las faenas efectuadas por el fundador en las semanas previas, cuyas sesiones de hipnosis y telepatía tenían muchos parecidos con los elementos que ahora figuraban en el listado de las prohibiciones. En esa fuente, así como en las crónicas periodísticas antes citadas, aparecía asimismo la composición del "Consejo Directivo". Había allí espiritistas militantes (Cosme Mariño y Felipe Senillosa). No obstante, figuraban también individuos que se habían ganado cierto prestigio en ámbitos científicos y profesionales. De un lado encontramos a Alejandro Sorondo (1856-1934), geógrafo y varias veces presidente del Instituto Geográfico Nacional -poco después sería la figura emblemática de la teosofía a nivel local-. Estaba además el ingeniero Rodolfo Moreno (1852-1929), que ocupaba nada menos que el cargo de presidente del Instituto Psicológico, y que desde hacía años se desempeñaba como docente de matemáticas en distintas universidades (Cutolo, 1968, 673). Debemos destacar asimismo al Vice-Presidente del centro, el filólogo de origen español Baldmar Dobranich (1853-1912), considerado hoy en día como uno de los principales precursores de la filología histórica en la Argentina (Lidgett, 2011). Encontramos también a profesionales del ámbito de la salud. De un lado, se desempeñaba como vocal Roberto Cárcamo (1868-1936), un doctor en Química y Farmacia de origen español, que a comienzos del siglo XX ocupó un lugar destacado en la historia de la farmacia del Río de la Plata. De otro lado, al menos dos médicos integraron el Instituto fundado por Das: Severino Pérez Redondo (Administrador) y José Popolizio (vocal) 33. No ha de sorprendernos la confluencia que en el Instituto se produjo entre defensores de credos esotéricos (como el espiritismo) e intelectuales o profesionales que podían respetar los hábitos y lenguajes de sus propias disciplinas científicas. En efecto, diversas investigaciones han documentado de modo convincente cuán atractivos podían resultar los espiritualismos cientificistas (karcecismo, teosofía, etc.) a los ojos de distintos actores del escenario cultural del cambio de siglo. Escritores, publicistas y científicos de ese período encontraron en aquellos espiritualismos un credo y un ideario merced al cual podían canalizar inquietudes e interrogantes que no hallaban cabida en las fronteras de la ciencia clásica (Quereilhac, 2010). Ahora bien, la presencia de médicos en aquella iniciativa auspiciada por el conde nos plantea algunos interrogantes. ¿Por qué motivo esos doctores se asociaron a un individuo que además de explotar teatralmente el hipnotismo y la telepatía, echaba mano en sus escritos a un vocabulario que parecía reñido con la medicina académica? A continuación veremos que otros colegas también siguieron esos pasos, estableciendo alianzas con Das incluso después de que éste fuera reprendido severamente por las autoridades sanitarias, quienes muy pronto pusieron en entredicho que el visitante poseyera título médico 34. DE LA REPRESIÓN HIGIÉNICA A LA ALIANZA CON UN MÉDICO Tanto por las acciones de Sgaluppi de las semanas previas, como por el contenido de los Estatutos, es evidente que el conde y sus correligionarios entendían cuán necesario era convencer a las autoridades sanitarias sobre sus buenas intenciones. Reiterando su autodefinición como médico, Sgaluppi parecía dirigir a los higienistas un doble mensaje articulado. Primero, mediante la advertencia de que el hipnotismo no sería el centro de las actividades del Instituto -advertencia explicitada durante la conferencia de inauguración, y reforzada en los Estatutos, en cuyas páginas los términos de hipnosis o magnetismo apenas asoman-, buscaba de alguna forma tranquilizar los temores de las autoridades higiénicas. Segundo, y de algún modo a cambio de su buena conducta, se atrevía a solicitar a esas mismas autoridades un poco de terreno de acción. En efecto, según las crónicas, al comienzo de su conferencia afirmó que los resultados del Instituto "serían positivos si se le abriesen tres puertas que estaban cerradas para ellos: el hospital, el manicomio y las cárceles" 35. Si medimos la iniciativa a la luz de las reacciones que suscitó, podemos concluir que sus responsables actuaron con poca cautela. Si bien Das podía prometer no infringir las normas vigentes, a los ojos de los porteños resultaba más que evidente que entre el Instituto recién inaugurado y las sociedades espiritistas existían lazos muy estrechos. Las noticias que unos días más tarde publicarían los miembros de Constancia dejaban al descubierto ese parentesco, inaceptable para las autoridades sanitarias, sobre todo desde el momento que el Instituto prometía habilitar una clínica. En efecto, en el primer número de 1893 de la revista espiritista encontramos una reseña entusiasta sobre la inauguración del Instituto, en la cual se señalaba la comunidad de intereses: "el Instituto Psicológico Argentino será una nueva fuente de estudio, que por otros senderos quizás, nos conducirá al mismo resultado, por lo menos en lo que respecta a la demostración positiva de la existencia del alma, base fundamental de la doctrina espiritista" 36. Las autoridades no tardaron en reaccionar a la iniciativa de Sgaluppi. Una vez más, conviene recordar aquí algunos pormenores contextuales. Es probable que los responsables del control sanitario hayan querido actuar de inmediato, antes de que la ciudad viera emerger un nuevo consultorio hipnoterápico dirigido por un profano. Desde fines de 1889 el español Alberto Díaz de la Quintana (que carecía de título de doctor, y que se negaba a revalidar su título en el país) dirigía en la ciudad un "Gabinete hipno-terápico", que había logrado un gran éxito entre los porteños. A pesar de repetidas multas y advertencias, las autoridades sanitarias jamás lograron la clausura de ese establecimiento (que cerraría sus puertas en 1893, no debido a la represión sino al regreso a España de su dueño) (Vallejo, 2015). Más aún, en los mismos días en que Sgaluppi realizaba sus primeras demostraciones en Buenos Aires, Díaz de la Quintana había vuelto a dar dolores de cabeza a las autoridades, pues había conseguido una patente de invención por un instrumento terapéutico vibratorio diseñado por él. Ese episodio había desencadenado una disputa entre oficinas del gobierno, pues el Departamento de Higiene lamentó que la Oficina de Patentes no lo hubiera consultado antes de dar el visto bueno a la innovación presentada por Díaz de la Quintana. En síntesis, es posible que los miembros de la oficina de higiene tuvieran presente el caso del director del "Gabinete hipno-terápico" cuando decidieron reaccionar sin demora a la reciente fundación del Instituto Psicológico Argentino. El 17 de diciembre algunos diarios informaron que el jefe del Departamento Nacional de Higiene, José María Ramos Mejía (1849-1914), había solicitado al jefe de policía de la ciudad que prohibiera las conferencias que Martínez de Das tenía pensando realizar próximamente 37. Un órgano de prensa en particular, Tribuna, dedicó una larga columna a respaldar esa decisión 38. Tenemos algunas evidencias sobre lo sucedido inmediatamente después de esa medida represiva. Sabemos, para empezar, que Sgaluppi y sus colegas del Instituto intentaron resistir el ataque. Lo hicieron sobre todo recurriendo a los órganos de prensa. Al día siguiente, El Correo Español reprodujo una carta enviada al diario por el secretario general del Instituto, Alexis Curutchet, cuyo fin era realizar algunas precisiones 39. De un lado, se aclaraba que Martínez de Das no actuaba a título personal, sino en calidad de profesor nombrado por el Instituto. De otro lado, que los "cursos" ofrecidos por la institución no eran públicos, sino que estaban reservados para los individuos que se atuvieran al reglamento del Instituto. Por último, que el consejo directivo era el encargado de determinar quiénes, "por su condiciones de saber", debían ser admitidos para presenciar los experimentos. El desenlace del altercado resulta complejo. Cuatro días más tarde, y sin ocultar su satisfacción al respecto, el diario de la comunidad española informaba que el jefe de policía había hecho caso omiso del pedido del Departamento de Higiene. Según la crónica, hacía algunos días aquel jefe había respondido a las autoridades higiénicas que no estaba dentro de sus facultades el prohibir conferencias como las de Martínez de Das 40. Ese mismo día, el vespertino El Diario desmentía la información difundida por El Correo Español, aclarando que la nota enviada por Ramos Mejía a la policía "será tomada en consideración como es debido" 41. En ese mismo artículo por primera vez se ponían en duda los títulos alegados por Sgaluppi. En efecto, se agregaba que el director de la oficina de higiene entendía que Das no era médico, y que por ese motivo no estaba habilitado para dictar sus conferencias. Quizá El Diario estaba en lo cierto, y la policía no cuestionó el pedido de la oficina de higiene. Lo seguro es que, haya intervenido o no la fuerza policial, Das continuó ofreciendo conferencias, y el Instituto siguió adelante con sus actividades. Era normal que así fueran las cosas. Los historiadores que se han ocupado de la persecución del curanderismo en Buenos Aires a fines del siglo XIX, han documentado ya las dificultades legales y administrativas que existían para reprimir eficazmente el accionar de los competidores de los médicos (Macagno, 2008) 42. La práctica habitual era que los perseguidos fueran sancionados con una multa; luego de pagarla, volvían a abrir sus consultorios u ofrecer sus servicios. Sin ir más lejos, ya hemos indicado que en ese mismo momento Alberto Díaz de la Quintana jamás tuvo que cerrar sus "Gabinete hipno-terápico" a pesar de las reiteradas multas y de las acusaciones de ejercicio ilegal de la medicina. Lo mismo podría señalarse respecto de la aplicación de una segunda normativa que seguramente se quiso hacer valer sobre Sgaluppi, la referida a explotación teatral del hipnotismo. También sabemos que su puesta en vigor fue dificultosa 43. Al menos hasta finales de enero de 1893, Sgaluppi prosiguió sus tareas. Para el 3 de enero se anunció su conferencia "La conciencia íntima. El bien y el mal", que iría acompañada de "demostraciones al efecto", y a la cual podrían asistir solamente los socios 44. Una semana más tarde tuvo lugar "la conferencia habitual del doctor" Das, esta vez sobre "La creencia magnética, el éter inteligente y la fuerza inter-etérica" 45. Según el diario más exitoso de la ciudad, el Instituto contaba cada día con "mayor número de adeptos". Ha llegado hasta nosotros el contenido de la primera de esas dos conferencias 46. En ella se vuelve absolutamente transparente algo que ya se adivinaba en el escrito "Salve", aparecido unas semanas antes: la prédica de Sgaluppi poco tenía que ver con el lenguaje o los objetos de saber de la medicina, y mucho en cambio con el vocabulario y los enunciados del espiritualismo y las ciencias ocultas. Si bien en este texto Sgaluppi volvía a criticar el uso del hipnotismo con fines de esparcimiento, no había posibilidades de construir un lenguaje común con la medicina. Los objetivos y premisas del discurso de Sgaluppi eran por el contrario muy afines al ideario espiritista, contrario al materialismo, y anclado en una prédica moral sobre la autosuperación. Hacia fines de enero de 1893 el nombre de Sgaluppi desaparece de los diarios de la ciudad. Sólo la prensa espiritista seguirá ocupándose de sus faenas. Por ejemplo, en el número del 29 de enero de Constancia, Ovidio Rebaudi afirmaba que el Instituto seguía funcionando a pesar de los intentos de las autoridades higiénicas por clausurarlo, y a pesar del apoyo que el sector católico había dado a esa medida represiva (Rebaudi, 1893). El Departamento de Higiene finalmente logró su cometido, y el Instituto tuvo que cerrar sus puertas en febrero de 1893. Pero su director no se dio por vencido. Junto con fundar, en junio de 1893, la Sociedad Luz, primera rama local de la Escuela Teosófica -punto al cual volveremos en unos instantes-, Sgaluppi prosiguió sus demostraciones de hipnotismo y sus conferencias. Quizá como resultado de las persecuciones sufridas unos meses antes, realizó estas últimas tareas en colaboración de un médico local, Osvaldo García Piñeiro 47. Una vez más, estamos ante una táctica muy utilizada por quienes eran acusados de ejercicio ilegal de la medicina. Vale aquí nuevamente la comparación con la conducta del hipnotizador Díaz de la Quintana. Luego de haber pagado reiteradas veces la multa por ejercicio ilegítimo del arte de curar, este último colocó como "Médico Director" de su gabinete al "Dr. G. De Rossi" 48. Sea como fuere, sabemos que a partir de julio de 1893 Sgaluppi y García Piñero actuaron juntos en un par de ocasiones. A principios de julio de ese año, en el domicilio de Sgaluppi (Callao 341) y ante una asistencia de casi 80 personas, ambos hipnotizadores hicieron sus demostraciones 49. En primer instancia, García Piñero exhibió fenómenos hipnóticos con la colaboración de tres pacientes mujeres curadas por él hacía poco. A continuación tomó la palabra Sgaluppi, y se refirió al poder de los fluidos, tras lo cual hipnotizó a su esposa, quien en ese estado mostró capacidades telepáticas. Dos meses más tarde, y en el mismo lugar, tuvo lugar una segunda conferencia, en la cual en realidad sólo Sgaluppi disertó (esta vez sobre teosofía y ciencias de oriente) 50. En el cierre de la crónica, se informaba que la asociación entre Sgaluppi y García Piñero se había fortalecido y materializado en la apertura de una clínica terapéutica: "Después de las experiencias, pasaron los concurrentes a visitar una instalación de baños eléctricos, y de nuevo sistema, y de cuya eficacia tanto el Dr. Das como el Dr. García Piñeiro esperan muy buenos resultados". Todo lo referido a la fundación de la rama Luz, primera filial argentina de la teosofía, ya ha sido analizado por Soledad Quereilhac (2010). A los fines de fundar la Sociedad, Sgaluppi se dirigió al Coronel Olcott en la India, máxima autoridad del movimiento teosófico, utilizando el nombre "Dr. A. Martinez". Obtuvo de la India el diploma y la Carta Constitutiva. Después de ello, cometió la torpeza de comunicarse por carta con los teósofos españoles, a los fines de solicitar apoyo en su nueva empresa y olvido de las faltas pasadas. Enterados los españoles de que se trataba del mismo sujeto que tanto escándalo había producido entre sus filas un año antes, advirtieron a Olcott, quien decretó la re-expulsión inmediata de Sgaluppi 51. Allí se inicia el largo periplo latinoamericano de Sgaluppi, que mereció años después un colorido texto de José Carlos Mariátegui (1915). En este cierre quisiéramos hacer un balance de las evidencias desplegadas a lo largo del artículo. Ante todo debemos retomar la pregunta sobre el motivo por el cual algunos médicos de Buenos Aires secundaron al conde en sus emprendimientos, incluso después de que tomara estado público que aquel carecía de título profesional. A nuestro entender, es legítimo plantear para el caso de Buenos Aires la hipótesis esgrimida por Andrea Graus en su estudio sobre el hipnotismo en España (Graus, 2017). En ambos territorios, los hipnotizadores no diplomados mostraron una gran pericia en el manejo práctico de la hipnosis, al tiempo que los médicos estaban poco familiarizados con esa herramienta. En efecto, estos últimos no hallaban en las universidades u hospitales un adiestramiento en esa materia, y estaban de alguna forma obligados a buscar en escenarios alternativos una introducción a ese arte. Más aún, para el caso de la capital argentina, los profanos o no diplomados les llevaban la delantera a los médicos no sólo en lo que se refiere al manejo práctico de la hipnosis, sino también en lo que hace a la elaboración teórica respecto de esos fenómenos (Vallejo, 2014). Dicho en otros términos, a la hora de examinar la historia del hipnotismo en lugares como Buenos Aires, y sobre todo al momento de indagar las relaciones o tensiones mantenidas entre los médicos y sus competidores profanos, es menester atender no tanto a las estrategias desplegadas por los primeros a los fines de conseguir un monopolio en el ejercicio y la explicación de esa herramienta curativa, sino más bien a los mecanismos (de vigilancia, pero también de emulación) merced a los cuales los doctores sacaron provecho de las pericias y capacidades de sus contrincantes. Creemos que el análisis de las tareas de Sgaluppi en Buenos Aires pone de relieve esa dimensión hasta ahora poco atendida por los historiadores de la medicina local. Los episodios recuperados aquí iluminan en igual medida otros aspectos de la cultura científica de fin de siglo. Primero, para poner de relieve una vez más la naturalidad con que idearios esotéricos podían seducir al público ilustrado de la ciudad capital. Médicos, ingenieros y hombres de letras no solamente asistieron con placer a demostraciones de telepatía, sino que participaron activamente en un emprendimiento asociativo encargado de divulgar conocimientos sobre esas materias. Segundo, muestran la relativa libertad de acción que este tipo de individuos tuvieron en el mercado de la salud durante esas décadas. Estos hipnotizadores, ilusionistas, curanderos o magnetizadores fueron personajes habituales en el Buenos Aires del cambio de siglo, y en todos los casos es fácil reconstruir cuán ineficaces fueron los intentos realizados por las autoridades sanitarias para prohibir su accionar. Existe, para concluir, un último elemento que quisiéramos resaltar con especial dedicación. En el comienzo del artículo colocamos al Instituto fundado por Sgaluppi como una suerte de antecedente olvidado de las futuras sociedades de psicología en Argentina. Al emitir esa afirmación quedamos expuestos a una objeción muy grave: lo "psicológico" de aquel Instituto parece no tener nada que ver con la psicología, tal y como ella se constituiría por esos años en los ámbitos académicos. En efecto, es menester recordar que durante esas décadas lo "psíquico" o lo "psicológico" eran muchas veces términos de las ciencias de lo paranormal, y que la psicología científica nació con otros objetivos. Ahora bien, diversas investigaciones recientes han mostrado que esa divisoria de aguas nunca fue segura (Lachapelle, 2011; Plas, 2012). El hecho de que la psicología científica del siglo XX haya optado, al comienzo de su recorrido, por descartar toda la fenomenología tildada de paranormal -categoría en que se colocaron los hechos afines al hipnotismo-, no habilita para desconocer u olvidar que durante cierto tiempo ambos universos marcharon de la mano, o que los foros de lo paranormal jugaron un papel clave en la construcción de objetos de saber o en la difusión de autores y teorías que fueron esenciales para el desenvolvimiento de la psicología. Sin ir más lejos, eso mismo podría ser argüido para el caso que nos ocupa. El espiritismo (con sus revistas, sus reuniones, sus actividades de divulgación), y en menor medida el Instituto Psicológico, dieron visibilidad a hechos y autores que luego serían reapropiados por los primeros artífices de la psicología local. Más aún, la referencia a José Ingenieros puede resultar aquí muy ilustrativa. Quien a comienzos de siglo XX se transformaría en la figura más importante de la psicología científica en Buenos Aires, participó previamente de las actividades de la teosofía porteña. No sólo publicó en una de sus revistas (Philadelphia) algunos fragmentos de lo que luego sería su libro Los accidentes histéricos y las sugestiones terapéuticas, sino que a través de esos órganos de difusión tomó conocimiento de autores y conceptos ligados a la problemática de lo mental (Quereilhac, 2010). No quisiéramos incurrir en argumentos contrafácticos -y preguntar qué hubiese sido de Ingenieros y sus ideas psicológicas sin su temprana adhesión a la teosofía-, pero es evidente que él, al igual que otros médicos e intelectuales, hallaron en las iniciativas del cientificismo esotérico una valiosa fuente de saberes y evidencias referidos al automatismo nervioso, las fuerzas psíquicas enigmáticas o los límites de la voluntad. Es también seguro que sin la visita de Sgaluppi esa teosofía hubiera tomado más tiempo en llegar, y que los estudios sobre el hipnotismo hubieran tenido menos visibilidad en la ciudad. Es por ello que la reconstrucción de las acciones de sujetos como Sgaluppi puede ayudar para tener un conocimiento más cabal de esas zonas donde la historia de la psicología, la historia de la medicina y del esoterismo convergieron de modo provechoso. Entre los numerosos trabajos referidos a la historia de la psicología en Argentina, el temprano escrito de René Gotthelf es el único que menciona superficialmente la fundación en 1892 del Instituto (Gotthelf, 1969). Fue el caso de los miembros de las sociedades espiritistas de Buenos Aires, quienes se transformarían en los principales defensores de Sgaluppi. Para los kardecianos porteños, el nombre de nuestro personaje era muy conocido (incluso desde el momento mismo en que se iniciaron sus demostraciones en España, a mediados de 1887), sobre todo debido a las crónicas positivas que se publicaban sobre sus trabajos en Barcelona o Madrid; véase, a modo de ejemplo, "Hipnotismo", La Fraternidad. Revista quincenal, Año VI, N. 5. En esa misma columna se reprodujo el índice del primer número, el cual contenía un escrito de Das titulado "Hipnotismo y zoomagnetismo" -trabajo que unas semanas más tarde sería reproducido en una revista de divulgación (Das, 1888). En la revista de hipnosis más importante de aquellos años, la Revue de l'hypnotisme publicada en Francia, apareció una pequeña noticia sobre La Hipnoterapia. Junto con comunicar que habían recibido "los primeros números", los redactores se permitían un llamado de atención a su director, el "doctor Don Alberto de Diaz (sic)": le advertían que en aquellas páginas se concedía título de "doctor" o "profesor" a colaboradores que probablemente carecían de esas credenciales, y eran seguramente meros magnetizadores profanos ("Nouvelles", Revue de l'hypnotisme expérimental et thérapeutique, Año II, 1888, p. "Advertencia", Estudios Teosóficos, Serie 2, No 14, p. De forma reciente han aparecido algunos trabajos en los que quedan referidas las exhibiciones de hipnotismo realizadas por Das en Madrid (González de Pablo, 2016; Graus, 2017). Especial importancia para nuestro enfoque posee el artículo de Andrea Graus, pues allí se postula y documenta NOTAS la hipótesis que defendemos: las labores de Das, así como la de otros hipnotizadores no diplomados de aquella época, no debe ser menospreciada, pues ellos oficiaron muchas veces de verdaderos maestros de los médicos. Estos últimos aprendían la técnica hipnótica observando las exhibiciones de aquellos 'profanos' y competidores, e incluso asistían a las lecciones que impartían (Graus, 2014). "Crónica general", La ilustración española y americana, Año XXXII, No VI, 15 de febrero de 1888, p. Una idea similar es planteada en "La Sociedad Española de Higiene y el hipnotismo", La Unión católica, 21 de febrero de 1888, p. El fuerte protagonismo de Das en la popularización del hipnotismo fue señalado incluso en el libro El hipnotismo en moda publicado en 1889 por Juan José Franco (Franco, 1889: 46-49).
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS Una de las singularidades de la ciencia es su carácter acumulativo, los hallazgos científicos y las explicaciones más eficientes a un fenómeno raramente son el producto de la serendipia; por lo contrario, esta más bien constituye la excepción. Rebecca Stott ofrece un repaso histórico a las ideas de aquellos científicos que sentaron las bases de la teoría por la que Charles Darwin ha pasado a la historia de la biología: la mutación de las especies a partir de la selección natural. El hilo conductor de los 12 capítulos del libro se encuentra en el apéndice, donde la autora reproduce 9 páginas del Historical Sketch of the Recent Progress of Opinion on the Origin of Species, el preámbulo con el que Ch. Darwin encabezó la cuarta edición (1866) de su On the Origin of Species by Natural Selection. Darwin menta ahí a 34 autores que estuvieron a favor de la modificación de las especies, naturalistas que sostuvieron posiciones contrarias al creacionismo o al fijismo. El libro de R. Stott da razón de algunos de los personajes citados por Darwin, y también de otros que el biólogo británico no conoció pero que, anacrónica y presentistamente, podrían considerarse "protoevolucionistas". Aristóteles fue uno de los últimos personajes que Ch. Darwin introdujo en su lista de predecesores. Stott recrea la actividad del filósofo como naturalista durante su exilio en Aso y en Lesbos. Las notas que Aristóteles tomó durante este período sirvieron de base a tratados como Partes de los animales; Historia de los animales; o De la generación de los animales. Aristóteles estableció los criterios que rigieron las categorías de lo inerte y de lo vivo, así como la descripción de las facultades que gradualmente (scala naturae) permitían distinguir lo vegetal, lo animal y lo huma-no. Sin embargo Darwin no leyó a Aristóteles. Stott da argumentos para pensar que Darwin se equivocó al incluir a Aristóteles en su lista, puesto que Aristóteles nunca sostuvo tesis evolucionistas. Stott aborda luego la cuestión de cómo se explicó en el pasado la presencia de restos fósiles marinos en las montañas. C. Jenófanes y Herodoto habían barajado la posibilidad de que dichos restos hubieran sido dejados por efecto de inundaciones marinas en un pasado remoto. Esto es también lo que leemos en el Leicester codex, el libro de notas (adquirido en subasta en 1994 por Bill Gates) en el que Leonardo da Vinci, después de observar diversos tipos de moluscos, explica que estos no pudieron haber llegado a las cimas por el diluvio universal, sino que todo apuntaba a que en un pasado remoto dichos animales, por efecto de algún cataclismo, habrían vivido en el fondo marino. En la segunda mitad del s. XVI, el ceramista hugonote parisino Bernard Palissy compartió esta hipótesis en su tratado Discursos maravillosos. El argumento se traslada después a los Países Bajos de mediados del s. XVIII, centrándose en las observaciones del privatdozent ginebrino Abraham Trembley y en la correspondencia que este mantuvo con su sobrino Ch. Bonnet y su amigo P. Lyonet. Stott pone de relieve el desafío taxonómico que supusieron los experimentos de Trembley con los pólipos, esos seres que, aunque se movían, parecían pertenecer al reino vegetal y que pese a poder moverse eran capaces de regenerarse por sí mismos cuando se los dividía, tal y como hacen las plantas. Por medio de la experimentación, Bonnet fue el primero que dio repetida prueba de la reproducción asexual -un áfido, aisladamente, era capaz de reproducirse sin necesidad de fertiliza-ción por parte del macho (partenogénesis). Con esto Bonnet desterró la creencia en la universalidad de la reproducción sexual. Más adelante la atención se traslada a la obra del consul Benoît de Maillet, Telliamed, o conversaciones entre un filósofo indio y un misionario francés sobre la disminución del mar, la formación de la Tierra y el origen de los hombres y de los animales (publicada postumamente en Holanda en 1748). El cargo diplomático que ostentava Maillet le permitió viajar por Egipto y constatar que el nivel del mar estaba sujeto a cambios importantes en periodos relativamente breves de tiempo. Telliamed fue el primer relato transformista de la historia, el primer intento razonado de explicar que la Tierra tenía millones de años de antigüedad y que todos los animales, también el hombre, procedían de primitivas criaturas marinas por medio de una transmutación de tipo selectivo. La obra de Maillet puso sobre la mesa toda una serie de cuestiones que causaron gran revuelo científico: cuál era el parentesco entre el hombre y los animales? Han sido las especies siempre así tal y como las conocemos? Cómo puede la materia devenir algo vivo? En 1993 una copia del Telliamed fue hallada en la casa de Ch. Darwin en Kent, el ejemplar contenía marcas verticales a lo largo de aquellos párrafos que hablaban de la transformación de los peces en aves, de cruces entre hombres y primates y de que todas las especies han aparecido por medio del cambio y sin ningún tipo de intervención divina. En el séptimo capítulo Stott analiza en qué sentido Denis Diderot y el enciclopedismo de mediados del s. XVIII contribuyeron a la difusión del evolucionismo. En su obra El hombre máquina (1747) Julien Offray de La Mettrie afirmó que no solo toda la materia contenía en sí misma las capacidades para producir su organización, sino que en todo ello no había atisbo alguno de actividad espiritual. Stott trata después la figura y la obra del doctor Erasmus Darwin, el abuelo de Ch. Fascinado por la orografía del condado de Derbyshire, atravesada por largas galerías, E. Darwin quiso dar cuenta de los numerosos restos fósiles (petrifications) que hallaba. Por eso leyó con gran atención el tratado Teoría de la Tierra (1788) en la que James Hutton exponía una descripción dinámica y progresiva de la formación de la Tierra y de la cortex terrestre. En el capítulo titulado Generación de su libro Zoonomia, o Leyes de la vida orgánica (1794), E. Darwin trató de demostrar que, después de millones de años de adaptación, todas las especies descendían de unos diminutos filamentos acuáticos unicelulares que moraron en los mares prehistóricos. Años después, en su The Temple of Nature, or The Origin of Society, a Poem with Philosophical Notes (1803) E. Darwin ahondó en las misma intuición. En el noveno capítulo Stott hace hincapié en las ideas transformistas de tres miembros del Jardin des Plantes de París: Georges Cuvier, Jean-Baptiste Lamarck y Etienne Geoffroy Saint-Hilaire. A diferencia de lo que los naturalistas habían venido haciendo hasta entonces, para Cuvier el origen de la vida tenía que buscarse en la estructura interna de los cuerpos de los animales y no en su aspecto exterior. En 1805 Cuvier expuso públicamente que el tiempo geológico debía concebirse como una serie de largos periodos entre los cuales se sucedieron grandes catástrofes, y que la especie humana habría aparecido recientemente, solo después de que el último de dichos cataclismos hubiera tenido lugar. Por otro lado, y tras años estudiando la relación entre algunos animales vivos y los fósiles de su enorme colección de invertebrados, Lamarck llegó a la doble conclusión de que todas las especies habían evolucionado a partir de especies extintas y que dicho proceso de mutación se daba de hecho en la naturaleza, que producía continuamente nuevas especies y organismos. En su Historia natural de los animales sin vértebras (1801) Lamarck afirmó que los fósiles eran las muestras de los cambios sucesivos que los animales habían experimentado en la superficie del planeta, y que todas las especies, también la humana, descendían de otras. En lo concerniente a los medios por los que se daban tales modificaciones (transmutaciones), Lamarck introdujo tres posibles variables: por medio de la acción directa de las condiciones físicas de vida, gracias al cruce de diversas especies, y en mayor medida, debido al hábito. Saint-Hilaire, por su parte, observó que independientemente del género al que pertenecieran, muchos esqueletos de los animales que estudiaba parecían compartir un mismo patrón arquitectónico. El décimo capítulo versa sobre el médico escocés Robert Grant, de quien puede decirse que aglutinó toda la historia natural precedente. Para Grant la clave para entender los orígenes de la vida pasaba por estudiar los invertebrados marinos. Ferviente admirador de Lamarck, Grant estaba seguro de que las especies habían evolucionado a partir de organismos acuáticos primitivos. Grant leyó a E. Darwin y aprendió griego para saber qué fue lo que Aristóteles había dicho acerca de las esponjas. Después de minuciosas observaciones, Grant concluyó que algunos de los orificios de las esponjas actuaban como orificios fecales mientras otros poros eran usados para ingerir alimento; las esponjas contaban así con uno de los procesos básicos para ser incluidas en el reino animal: la digestión. Sin embargo, la falta de sensibilidad que manifestaban estos organismos marinos los situaban en un lugar intermedio entre el reino vegetal y el animal. Darwin descubrió que los huevos de los zoófitos disponían de órganos minúsculos que les permitían desplazarse, por lo que las esponjas debían considerarse animales de pleno derecho. La autora retrata a continuación el ahínco con el que Ch. Darwin intentó acumular evidencias para proporcionar una explicación suficientemente elaborada del mecanismo por el que las especies se adaptaban, evolucionaban y se diversificaban a lo largo del tiempo. Con ello Darwin trató de sistematizar sus ideas y de enmendar algunas lagunas que encontró en la obra de R. Chambers Vestigios de la historia natural de la Creación (1844), bra que no contemplaba fenómenos tan importantes como la coevolución o la coadaptación. El último capítulo del libro toma como objeto a Alfred Russel Wallace, naturalista contemporáneo a Ch. Después de haber leído el Ensayo sobre el principio de la población de Th. Malthus y tras su estancia en el archipiélago malayo, que le llevó a postular la existencia de grandes areas de supercie terrestre en las que las especies parecían haberse desarrollado de manera aislada por largos periodos de tiempo (ecozonas); Wallace llega a la conclusión de que en la naturaleza los mejor adaptados tienden a sobrevivir. En una carta de 1 de mayo de 1857 Darwin expresa a Wallace el hecho de que pese a que ambos hayan llegado a resultados similares él lleva trabajando en la cuestión del origen de las especies desde hace más de 20 años. La Linnaean Society reconoció "la paternidad" de la teoría a Ch. Darwin, dado que este había anticipado sus tesis acerca del origen de las especies en un ensayo de 1844 que no había sido publicado. El lector avezado a la literatura científica puede que encuentre el libro de R. Stott un tanto retórico, o que incluso se extrañe al encontrar alusiones a situaciones y personajes que, por lo general, acostumbran a quedar fuera del "discurso científico duro". Stott pertenece a lo que en el ámbito anglosajón se conoce como 'Intellectual History', una corriente interpretativa de la historia que se caracteriza por comprender el fenómeno científico como inserto en un marco ideológico, social e institucional amplio. La persona interesada en la historia del 'evolucionismo biológico' encontrará en este libro una introducción amena y completa en la que, con un estimulante tono literario, se mencionan y estudian desde una particular perspectiva los autores y obras más importantes para comprender los predecentes del pensamiento darwiniano. Darwin's Ghosts cuenta con un profuso aparato crítico de notas, completísimo en lo que a fuentes epistolares se refiere (muchas consultables en línea); así como también con una exhaustiva bibliografía por capítulos que permite profundizar en asuntos particulares. Es cierto, no obstante, que la autora no tiene un conocimiento directo de las fuentes de las que habla en los dos primeros capítulos, cosa que dificulta la contrastación e impide ver el influjo real que Aristóteles y al-Jahiz -autor del Libro de los seres vivientes (847-867 d.C.), en el que se habla de la supervivencia de los especímenes más aptos -pudieran haber ejercido en el pensamiento de Ch. Jordi Crespo Sumel Universidad de Cagliari
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS Los albores de la geología en México. Mineros y hombres de ciencia publicado por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo e Historiadores de las Ciencias y las Humanidades, A.C., es un libro que se distingue de lo facturado en los últimos años porque ofrece una visión sistemática y de conjunto del discurso geológico generado desde el siglo XVIII hasta el siglo XX en México. Por ello, esta obra se perfila como una referencia de obligada consulta para los historiadores de la ciencia, principalmente para los interesados en conocer las raíces y derroteros de disciplinas históricas como la geología y la paleontología. En este tenor, el autor nos explica el largo transitar en la adopción, recepción y transferencia de los conocimientos científicos para el estudio de la tierra y sus recursos, así como el entrenamiento de profesionales para efectuar esa práctica con los rudimentos científicos en el Colegio de Minería, simiente de una pléyade de ingenieros, hombres de ciencia, disciplinas, especialidades, carreras, laboratorios, instituciones, comisiones y proyectos, y reconocido por los especialistas como la cuna de las ciencias exactas, naturales y de observación en el continente americano (Escamilla 2013), como "la primera casa de las ciencias en México" (Izquierdo 1958) y como "quizá el más importante experimento científico de la América colonial" (Peset 1987:415). El profesor Uribe Salas, estudia un siglo de historia científica, política, social y económica en seis capítulos distribuidos en 204 páginas, acompañadas de una veintena de cuadros, gráficos e imágenes que hacen más explícita la lectura. En ella, sintetiza los afanes, las dificultades y los atinos que en los últimos trein-ta y cinco años ha hecho el autor como estudioso de esta disciplina, cuya genealogía puede ubicarse precisamente en el siglo XIX, cuando se elaboraron las primeras biografías consagradas a los precursores y se compilaron las primeras obras sintetizadoras de la memoria y tradición científica. Confirma que entre las nuevas disciplinas científicas que se practicaron en el México del siglo XIX se cuenta la geología, que surge como una práctica profesional de los ingenieros que transitarían a geólogos, formados en el Colegio de Minería después Escuela Nacional de Ingenieros y posteriormente en el Instituto Geológico de México. De esa manera, nos explica que además de sus aportes al conocimiento de los recursos minerales y de los fenómenos naturales del país, desarrollaron una importante labor en la recuperación de la historia de su actividad que da cuenta de su trayectoria. A través de la exhaustiva revisión historiográfica, recoge los relatos realizados desde el periodo colonial sobre la actividad minera para explicarla como un quehacer de larga tradición en nuestro territorio, en la que concurren diversos saberes científicos, entre ellos los geológicos y paleontológicos, los que a su vez están revestidos de una serie de prácticas, conocimientos, acuerdos sociales, económicos y políticos, asociados a las iniciativas de los hombres de ciencia y el Estado. Así, la otra parte del título, Mineros y hombres de ciencia, está en la perspectiva del entrenamiento de un gremio de viejo aliento y la élite que se entrenó para explotar y explorar por la vía científica las recursos del subsuelo. Por ello, esta investigación contribuye también a dilucidar los conexiones entre los conceptos ciencia y conocimiento, entrenamiento y ocupación, institucionalización y profesionalización. Estas categorías analíticas son el hilo conductor de esta narrativa, que arranca en el último tercio del siglo XVIII en la Nueva España cuando se atestiguó la búsqueda de insumos indispensables para la actividad minera, en tanto motor económico, la cual propició la llegada de especialistas. En ese sentido, la propuesta del autor es la recuperación de sus actores, por medio de semblanzas biográficas y un riguroso análisis de los hombres de ciencia que han forjado el pasado científico de México. Puntualmente estudia a los pioneros en el estudio de la geología y sus disciplinas afines. Inicia su relato con la figura de Andrés Manuel del Río (1765-1849), introductor de los conceptos modernos de la Mineralogía, quien también incursionó en las investigaciones sobre la costra terrestre y las técnicas más efectivas para la explotación minera, y quien desempeñara la cátedra abocada al estudio de estos aspectos durante medio siglo en el Colegio de Minería. Este personaje, indica el autor, jugó un rol fundamental en la articulación de la geología como práctica y actividad científica, es quien sienta las bases de la cultura geológica en México e inicia la formación de las generaciones de hombres formados en la aplicación y generación de nuevos conocimientos. Continua el análisis con el ingeniero Antonio del Castillo (1820-1895), sustituto de Del Río en 1846, quien ocupó también por cincuenta años dicha cátedra en el Colegio de Minería. Teje finamente las iniciativas de este ingeniero naturalista, impulsor de la creación de las principales instituciones orientadas a eficientar por la vía científica el conocimiento de los recursos naturales y minerales depositados en el suelo mexicano, tales como la Escuela Práctica de Minas del Fresnillo en 1853, la Sociedad Mexicana de Historia Natural en 1868 y la Comisión Geológica Mexicana en 1888 que se transformaría en el Instituto Geológico Nacional. Después centra su atención en José Guadalupe Aguilera (1857-1941), quien tras la muerte de su mentor, Del Castillo, quedó al frente del Instituto Geológico y promovió la creación de la Sociedad Geológica Mexicana, especializada en el estudio de los procesos terrestres y los objetos naturales. No obstante, que el autor construye un análisis detallado de estos personajes centrales, nos acerca a la generación de la que formaron parte, nos traslada a las formas de sociabilidad que instrumentaron estos hombres, a las inquietudes e intereses como grupo, las excursiones y viajes de exploración que organizaron, los informes, reportes y artículos que confeccionaron, los gráficos y mapas que dibujaron, la recolección que hicieron de rocas, fósiles y minerales para acrecentar los gabinetes y museos que los conservarían y exhibirían, en aras de inventariar, conocer, descubrir, difundir y promover la naturaleza, las riquezas y frutos contenidos en esta porción territorial. Es decir, permite identificar las pautas que hicieron posible el desarrollo y el arduo proceso institucional y cómo los hombres de ciencia forman parte e interactúan con el poder local, nacional y transnacional. También en el texto, se hacen visibles las imbricaciones que mantienen el conocimiento, la economía, la política y las redes, dentro del orden colonial y el México Independiente. En otros términos, estamos frente a una parte significativa de lo que es la historia de la ciencia y la manera cómo se ha configurado como práctica y como disciplina. Nos presenta un discurso circunscrito en las líneas de la historia cultural e historia social de la ciencia, cuyo inicio está señalado a mediados del siglo XVIII, lapso temporal en el que se ubica el surgimiento de una nueva "conciencia planetaria", es decir, "una orientación hacia la exploración interior y la construcción de significados en escala global, a través de los aparatos descriptivos de la historia natural" (Pratt 2010:45). En este tenor, la investigación indaga en la pérdida de contenido aglutinador de esa disciplina, explica el surgimiento y emergencia de nuevos campos disciplinarios, cómo la comunidad científica novohispana y mexicana participó en este proceso y cómo estas líneas de investigación fueron difundidas en los órganos de expresión de las sociedades científicas del siglo XIX en México, que profusamente estudia en los capítulos 3, 4 y 5, al realizar una suerte de taxonomía de estos campos de conocimiento en los principales vehículos de difusión de los naturalistas e ingenieros decimonónicos en y de México. De tal modo que explora los factores que incidieron y obstaculizaron el desarrollo científico, la puesta en marcha de políticas públicas y como estás coincidieron con las voluntades de los hombres de ciencia. Igualmente detalla el surgimiento y desarrollo de la geología, la configuración de los objetos científicos, la secularización de la cultura que se impuso en las explicaciones del origen de nuestra casa, la Tierra, y la manera como se depositaron los materiales y como a partir de los registros de la naturaleza -rocas, minerales, fósiles-se originaron diversas escuelas de pensamiento que buscaron explicar ese orden y dentro de esas explicaciones, el lugar que jugó la naturaleza americana. En suma, esta investigación forma parte de nuestra centenaria historia de la ciencia, en tanto que representa la memoria de los científicos y de la cultura nacional a través del erudito manejo de las fuentes de la época, como documentos, memorias, libros, revistas y mapas, que consultó para su factura. Libros como este, se inscriben en el rescate de la genealogía de los saberes y como medio para revalorar a los hombres de ciencia que imaginaron y construyeron este país, que recorrieron y trazaron sus caminos y fronteras, que ascendieron volcanes, que estudiaron su clima, su geografía, sus minerales, sus materiales de construcción y que inventariaron y explicaron la naturaleza. BIBLIOGRAFÍA Lucero Morelos Rodríguez Instituto de Geología Universidad Nacional Autónoma de México [EMAIL]
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS Desde la década de 1990 hasta la fecha se han multiplicado sin freno los estudios y las iniciativas culturales de toda índole precedidas del prefijo "neuro". Desde la neuroética o la neuroestética hasta las neuronovelas, pasando por la neurodiversidad o por la autoayuda y el "masaje" cerebrales. La vulgata establecida recuerda que esta moda deriva de una verdad fáctica descubierta gracias al reciente desarrollo de las neurociencias: "somos nuestros cerebros". Este libro constituye una impugnación en toda regla de la susodicha vulgata: la equivalencia entre el yo y el cerebro, que hoy parece tan asentada, no es una consecuencia de los avances de la neurofisiología. Se trata en cambio de un supuesto conceptual de orden metafísico, cuya génesis puede remontarse a la filosofía de la edad moderna. Esta premisa conceptual fue la que alentó el despegue de las investigaciones empíricas sobre el cerebro, y no al revés. Al invertir el tópico que presenta al yo cerebral como resultado del progreso de la ciencia, este libro no se alinea sin embargo entre los ensayos que rechazan como "neuromitología" la expansión de las disciplinas de prefijo "neuro". No se trata tampoco de un alegato humanista contra los excesos reduccionistas del naturalismo neurocientífico. Su estatuto es difícil de delimitar, porque cruza ámbitos tan diversos como los Science Studies, los Cultural Studies, la Epistemología, la Filosofía Moral y Política o los Disability Studies. Fernando Vidal, investigador del ICREA y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, y Francisco Ortega, profesor del Instituto de Medicina Social de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, ambos con una extensa obra a sus espaldas, proponen lo que podría denominarse, siguiendo a Ian Hacking y a Michel Foucault, una "ontología histórica" del yo cerebral. Esta figura antropológica, aunque no constituye la única y ni siquiera la forma hegemónica que recibe hoy la identidad personal, es sin duda una de las más influyentes. Por otro lado, la inflación interpretativa de lo cerebral en la cultura de nuestro tiempo no está construida de una sola pieza. Conforma una realidad que este estudio presenta en toda su complejidad, ambivalencia y pluralidad. Esta vocación de ontología histórica no confina sin embargo al libro dentro de tareas puramente descriptivas. Se está también ante un excelente ejercicio de crítica epistemológica que desmonta atribuciones y cronologías apresuradas; pone de relieve los excesos e irrelevancias de los enfoques neurobiológicos en las humanidades y las ciencias sociales (deslizamiento injustificado de la correlación hacia la causalidad, desajuste entre los enunciados programáticos y los hallazgos empíricos efectivos, confusión entre cuestiones empíricas y conceptuales, abuso inadecuado del escaneo de neuroimágenes) y señala las contradicciones y peligros derivados de una política asentada en la neurodiversidad. Los autores utilizan el término "ideología" para referirse a esta ontología del yo cerebral. Este uso no queda del todo justificado pues no se enmarca en la división entre ciencia e ideología estipulada por los clásicos del marxismo, ni equivale tampoco a su acepción althusseriana. Podría estar más cerca de la noción de "ideología científica" acuñada por Canguilhem. Esta es siempre parasitaria de una ciencia surgida con anterioridad, como sucede con el evolucionismo haeckeliano o con el mesmerismo. Pero en el caso de la "ideología cerebral", esta no procede de las neurociencias sino que más bien, como demuestran Vidal y Ortega, las precede. El ensayo está dividido en cuatro capítulos. El primero ("Genealogy of the Cerebral Subject") es tal vez el más importante, porque en él queda fijada la tesis principal. El "giro neural" experimentado por la cultura de nuestro tiempo no es una novedad ni se trata del resultado de los progresos de la ciencia. El supuesto del "yo cerebral" fue consecuencia directa de la construcción del sujeto por la filosofía moderna. Este ya no estaba perfilado por la "carnalidad", secuela de la teología cristiana del misterio de la Encarnación. Era un alma, un espíritu, caracterizado por las actividades de la memoria, la conciencia y el intelecto. La noción de identidad personal elaborada por Locke, unida a la teoría corpuscular de la materia de filiación newtoniana consolidó ese principio del "yo cerebral". Lo que da continuidad a la persona es la memoria y la conciencia; como estas se contienen en los cráneos de los sujetos, el cerebro acaba convertido en el órgano del yo. La genealogía sugerida obliga a descartar la presencia de falsos precursores (de Hipócrates a Huarte de San Juan) o de engañosas proyecciones retrospectivas (los espíritus animales y humores como preludio de las enzimas y los neurotransmisores). Por otro lado se pone en evidencia que esa invención del "yo cerebral" tuvo lugar al margen de las investigaciones coetáneas sobre este órgano (por ejemplo los trabajos de Thomas Willis). Cuando el naturalista Charles Bonnet declaraba que el traslado del cerebro de Montesquieu al cuerpo de un nativo hurón permitiría escuchar al autor de L'Esprit des lois, estaba dando a entender la plena vigencia ya, a mediados del siglo XVIII, del moderno yo cerebral. Los refinamientos posteriores traídos por la frenología decimonónica no alteraron en lo fundamental esa verdad. Pero hicieron posible, de la mano de severos sabios victorianos como Graham o Kellogg, algo que creemos nacido ayer mismo: la fundación de la neuroascesis, esto es, las prácticas de autoayuda basadas en la ejercitación y cuidado del cerebro. El segundo capítulo ("Disciplines of the Neuro") explora los efectos del "neural turn" en el ámbito de las Humanidades y las Ciencias Sociales. Más allá de la cháchara bienintencionada acerca de la relación bidireccional entre cultura y cerebro, justificada mediante la apelación a la "neuroplasticidad", se pone de relieve el hilo conductor de estos desarrollos. Se trata de buscar "fundamentos" o "sustratos" neurobiológicos universales inherentes a cualquier proceso simbólico: juicios morales y estéticos, rituales religiosos, orien-taciones políticas, cosmovisiones. El problema es que las correlaciones obtenidas (recurriendo por ejemplo a las técnicas de escaneo de imágenes cerebrales) se presentan como causas pero estas no pueden dar cuenta de los significados involucrados, sea de un retrato, una novela o de un ceremonial. Se confunde el hecho de que sin cerebro no es posible la cultura con la idea de que la cultura no es más que un producto del cerebro. En este recorrido crítico, el capítulo pasa revista a las peculiaridades de la neuroética y a los problemas planteados por procedimientos de escaneo como la fMRI. Pero la parte más extensa se dedica a examinar los logros de las neurodisciplinas que se ocupan de la cultura: neurociencia cultural, neuroantropología y neuroestética. Partiendo de ejemplos concretos muy reveladores -como la investigación sobre el colectivismo de los chinos contrapuesto al individualismo de los occidentales-se ponen de manifiesto las deficiencias conceptuales que aquejan a estos desarrollos. Se trata en todos los casos de construir universales neurobiológicos asociados a prácticas y significados culturales. En este proceder se deja precisamente a un lado lo que distingue a las ciencias de la cultura, que son siempre ciencias históricas: la referencia al contexto. Como ya señaló Jean-Claude Passeron en La raisonnement sociologique, lo que caracteriza a estas disciplinas es que sus coocurrencias, a diferencia de las leyes universales propias de las ciencias nomológicas, están indexadas en configuraciones espaciotemporales específicas. El capítulo tercero ("Cerebralizing Distress") sigue la estela de las tentativas para explicar las dolencias y trastornos psíquicos en términos neurobiológicos. Comienza delimitando el contexto donde se inscriben estos proyectos: la expansión del campo psicofarmacológico, la globalización psiquiátrica y la investigación de biomarcadores. Las explicaciones neurobiológicas de la enfermedad mental funcionan de un modo ambivalente. Al eliminar la responsabilidad del afectado y de los familiares, poseen un efecto liberador. Pero al mismo tiempo generan identidades y grupos estigmatizados. A partir de aquí se comenta la plasmación del programa neurobiológico en el ámbito de la depresión. El uso de tecnologías de escaneo como la DTI parece poner al descubierto los mecanismos neurobiológicos que producen esta enfermedad. Sin embargo, un análisis más detenido muestra que en realidad se trata de correlaciones establecidas incluso ex post facto, tras un diagnóstico realizado con los procedimientos de la clínica tradicional. La exposición recuerda la situación crítica que, pese a las proclamas en sentido contrario, parece atravesar el modelo estrictamente biológico de la enfermedad mental. El auge de la epigenética y la constatada relevancia del medio sociocultural en los trastornos esquizofrénicos apuntan en esa dirección. El capítulo finaliza con una completísima revisión de las implicaciones del yo cerebral en la esfera del autismo y de la neurodiversidad. En este terreno, la adscripción cerebral no conduce a la cosificación sino a la subjetivación de los afectados. Los autistas pueden presentarse así como una minoría biológicamente diferente, oponiéndose a toda tentativa patologizadora. Esta construcción del autismo como espacio de biosocialidad tiene su contrapartida en la eventualidad de una deriva comunitarista. La apelación al cerebro funciona entonces como una frontera identitaria entre ellos", los "atípicos", y nosotros, los "autistas", falseándose así la propia pluralidad interna del autismo. El capítulo cuarto afronta la construcción del yo cerebral en el universo de la ficción, atendiendo a su presencia en la literatura y en el cine. No se trata de evaluar en qué medida estos discursos se ajustan o no a la actualidad de las neurociencias. Lo que se explora son los efectos de realidad inducidos por la ficción. En primer lugar la creación literaria. Aquí se pasa revista a dos géneros diferentes: la neurocrítica literaria y las neuronovelas. En el primer caso se está ante una disciplina de corte reduccionista, que interpreta los textos atendiendo a las características neurobiológicas de los personajes. En el segundo caso, mucho más interesante, las cosas funcionan de un modo más ambiguo. En el argumento se suele dar por sentada, al inicio, la identidad entre el yo y el cerebro. Pero a medida que se compone la trama, esa equivalencia se fractura, de ahí la tensión narrativa y los trastocamientos que sufren las personalidades. En último término, las neuronovelas operan críticamente en relación al "giro neural"; subrayan la irreductibilidad del plano psíquico y la necesidad de abrir el relato a una mirada fenomenológica y existencial, atenta al discurso en primera persona. Una ambivalencia semejante se encuentra en el terreno fílmico. Desde el Frankenstein (1931) de James Whale, el cine ha jugado con el motivo del yo cerebral. En particular, el asunto de los transplantes y de las pér-didas de memoria han sido escenarios especialmente fértiles para potenciar el género. Pero del mismo modo que en el caso de las neuronovelas, esta cinematografía ha funcionado de un modo ambivalente. Por una parte ha extendido el alcance omniexplicativo de lo "neuro", pero por otra, la propia trama exigía poner en tela de juicio las expectativas creadas en el arranque de la misma por la asimilación cerebral del yo. El libro finaliza con unas sumarias conclusiones donde queda resaltada una tensión característica de nuestro momento histórico. Por un lado, el impulso de la genómica y de las biotecnologías parece reforzar la tendencia a una completa somatización de todos los aspectos de la identidad. En esta misma pendiente se inscribe el auge del yo cerebral. Si, como señaló Nikolas Rose, en las décadas de 1960 y 1970, la individualidad era perfilada como un espacio psíquico profundo, tridimensional, en nuestros días se trata de un universo aplanado, asociado al material genético y a los circuitos neuronales. Pero al mismo tiempo, la cultura del posthumanismo, cuya impronta tiende a acrecentarse, hace que nuestra subjetividad somática parezca obsoleta y prescindible. La virtualización de las identidades, su codificación en bits de información, su creciente evanescencia y desacople respecto a los sistemas espaciotemporales parece cuestionar la pesantez de lo biológico. Se cierra así una apasionante incursión en el paisaje del yo cerebral. Este es abordado como una realidad contingente, históricamente constituida, y no como un dato de la naturaleza. Se está ante un libro de investigación, muy alejado del ensayismo avispado y más o menos sugerente que tanto prolifera en relación con la presencia de lo "neuro" en nuestra cultura. Un estudio de largo aliento, pertrechadísimo en la documentación y capaz de penetrar en territorios disciplinares muy variopintos. Pero en este caso el rigor no va reñido con la amenidad, con una exposición asequible y agradecida para el lector. Sólo dos defectos que señalar; se echa en falta el acompañamiento de imágenes y sobre todo que el texto no haya sido aún vertido al castellano.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS Llevamos ya tiempo escuchando el discurso sobre la necesidad de la transdisciplinariedad. En los pasillos donde se redactan las convocatorias del Plan Nacional. En las altas instancias europeas; en las elevadas tribunas de nuestros políticos y en los discursos de nuestros rectores; en nuestros propios corrillos, cuando hablamos de cómo obtener fondos para llevar adelante nuestros proyectos. Pero a la hora de la verdad... A la hora de la verdad estamos perdidos. Los políticos, los rectores, los planificadores, nosotros mismos... Más allá del papel, más allá de la retórica importada de la política científica. ¿Qué es la transdisciplinariedad? Pero tal vez no sea esta la pregunta pertinente. Mal que bien sabemos de qué hablamos cuando usamos este término. Lo que realmente nos interesa es saber cómo se hace eso. Cómo se hace lo de poner a trabajar juntos a un historiador y, digamos, a un ingeniero mecánico. Qué lenguaje usamos para entendernos entre nosotros. En qué revistas publicamos nuestros resultados. Quién financiará nuestros proyectos de investigación. Cuáles son nuestras fuentes. Cómo resolver las discrepancias. Preocupaciones claras, prácticas, concretas. ¿Alrededor de qué nos reunimos? ¿De qué vamos a hablar? El libro que tenemos entre manos es una respuesta, articulada desde la historia, a dichas preguntas. Se trataría, por tanto, de pensar históricamente la transdisciplinariedad. ¿Y en qué consiste esa propuesta? La respuesta está en el mismo título: through Objects. O dicho de otra forma: Lo transdisciplinar es aquello que ocurre cuando nos reunimos (procedentes de distintas tradiciones, de diversas disciplinas) alrededor del mismo objeto. Es necesario señalar, además, una de las peculiaridades de este libro, y es que no anda solo, sino que es parte de un proyecto más amplio. Un proyecto que incluye una fascinante diversidad de prácticas: docentes, expositivas, tecnológicas... decir que este libro deriva de una exposición es quedarse corto. Es también el resultado de un seminario de grado, de un MOOC que se encuentra en edX (la plataforma de e-learning de Harvard), de diez años de seminarios de investigación en equipo... la transdisciplinariedad entendida como encuentro de saberes, sí, pero también como relación entre prácticas diversas siempre alrededor de un objeto (problema, reto, concepto) en común. O una multiplicidad de objetos, sería mejor decir en este caso: aquellos que componen las diversas colecciones que Harvard ha ido recolectando a lo largo de su historia y que ahora quedan expuestas en sus museos de arte, de arqueología y etnografía, de geografía, de anatomía, de historia natural, de instrumentos científicos, de diseño... y así hasta 14 (sin contar las colecciones digitales). El libro navega por cada uno de estos museos, atravesándolos en lo que pretende ser, por una parte, una tarea de selección de objetos que son relevantes, pero, al mismo tiempo, también una visión crítica de la totalidad del sistema. No se trata únicamente de encontrar un objeto curioso, sino de poner en cuestión un sistema de organización del conocimiento que se remonta a 1895 y que ha quedado obsoleto. Es alrededor de esta tensión (entre lo general y lo particular, entre la reflexión teórica sobre la gestión del conocimiento y un saber casi de anticuario) donde se articula tanto la estructura como la retórica del libro. Tensión que muchas veces no se resuelve satisfactoria-mente. Valgan dos ejemplos, tomados de la introducción. En la página 2, cuando los autores hablan acerca de la idea detrás de su trabajo, leemos: "Although it may seem counterintuitive, we actually think that a good way to broaden knowledge is to narrow the focus". Un poco más tarde, en la página 11, nos dicen: "The future of academic research and teaching in many fields will depend on far greater permeability among collections", una permeabilidad que sólo es posible si "ampliamos el foco" de nuestros intereses. El libro se organiza en cuatro grandes bloques, que responden a la relación de las "cosas" escogidas con la organización del conocimiento que se pretende cuestionar. Así, el primer bloque, Things in Place, reúne aquellos objetos que no son problemáticos, en el sentido de que caen dentro de las categorías propuestas: antropología y arqueología; arte; libros y manuscritos; historia; historia natural; y ciencia y medicina. El segundo, Things Unplaced, ofrece una colección de objetos sin ninguna clasificación (¿dónde situar una jarra llena de tortitas de maíz de más de 100 años de antigüedad recolectadas por un botánico?), al tiempo que se da una orden a los visitantes: ¡ORDENALOS! El tercer bloque, titulado Things Out of Place, nos presenta el diálogo que se establece cuando una pieza de esos bloques se sitúa fuera del mismo. Cuando, por poner un ejemplo, un vaso de Tiffany's se coloca al lado de una colección de flores de cristal pertenecientes al Museo de Historia Natural. El cuarto y último bloque, Things in stories -Stories in Things, es una reflexión sobre su propia actividad docente, que trasciende, sin embargo, los muros del aula. Lo que comienza como un esfuerzo por pensar cómo podemos emplear los objetos para crear narraciones acerca del papel desempeñado por Harvard en el mundo, termina convirtiéndose en una reflexión general sobre un método concreto de conocer a través de las cosas. Un método, nos dicen, que les lleva a superar los límites de su disciplina, la historia, para empezar a incorporar otras "cosas" necesarias para entender el objeto: "Because we are historians, our primary approach is historical. La forma de plasmar estas nuevas relaciones, esta transdisciplinareidad, es organizando los bloques como los espacios de una exposición: una introducción a la que siguen los objetos individuales, cuyas historias se despliegan ante nosotros. Cada una de estas historias pretende, a través de ese "enfoque" más próximo, ampliar sin embargo nuestro campo de visión, para hacernos conscientes de la convergencia múltiple de saberes, esfuerzos, sacrificios y circunstancias vitales que recoge la pieza en cuestión. Y es aquí donde la disparidad de los resultados cuestiona la validez de la tesis inicial, porque si en efecto algunas historias nos permiten ver la trama que quedaba oculta (véase, por ejemplo, la maravillosa historia de las orquídeas como objeto de conocimiento comprendida entre las páginas 38 y 45), otras no pasan de la mera colección de anécdotas que podríamos situar, sin ningún remordimiento, entre los peores ejemplos de esa historia de "anticuarios" de la que pretenden alejarse. Y, sin embargo, el libro de Ulrich, Gaskell, Schechner y Carter sigue siendo de lectura obligada para los que buscamos nuevas formas de hacer historia. No sólo por lo que el libro plantea (una aproximación a la historia a través de artefactos que empieza a ser cada vez más extendida) sino por lo que se desarrolla en paralelo y que constituye un excelente muestrario de algunas de las corrientes más actuales: la historia pública y la historia digital, esta última empleada para la investigación y también para la docencia. En estos momentos de incertidumbre no sólo para nuestra disciplina, sino para el conjunto de las humanidades, el valor de libros como este radica principalmente en su capacidad de abrir nuevos territorios. Muchas veces sus intentos de "mapearlos" serán incompletos y estarán llenos de inexactitudes, pero debemos ser capaces de aprovechar esa brecha. Entre los diversos espacios que nos permiten explorar nuevas formas de pensar (escribir) históricamente, la historia material empieza a perfilarse como uno de los más productivos e interesantes, ya que crea ese punto de encuentro para distintos saberes (disciplinas) alrededor de un mismo objeto. Para iniciarse en este territorio, para empezar a ser conscientes de sus oportunidades, pero también de sus límites, Tangible Things es una excelente elección. Facultad de Filosofía Universidad de Murcia
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS En un delicioso libro de hace unos años, Peter Mason trató de las diferentes facetas y acepciones de lo colosal. Colosal, en su acepción más específica, es quizá el adjetivo que mejor se adecúa al impresionante trabajo que Enrique González y Víctor Gutiérrez nos ofrecen, tras años de trabajo infatigable en el campo de la historia de las universidades. La amplia producción de Enrique González en esta área de estudio (muchas veces, como aquí, en colaboración con Víctor Gutiérrez) se ha venido desarrollando a lo largo de más tres décadas, con una coherencia y rigor que le han convertido en uno de los más reputados especialistas en la historia social de las universidades, una apuesta teórica y metodológica reflejada explícitamente en el subtítulo de esta obra monumental y que ha permitido superar aquella añeja historia institucional que resultaba tan tediosa y poco fructífera, con sus eternos debates acerca de las primacías en las fundación de una u otra universidad o sus pugnas por unos títulos u otros. Una rigurosa y exhaustiva crítica a determinados modos de hacer historia de las universidades y específicamente de las coloniales es, precisamente, el objetivo de la primera parte del libro, que comprende los tres primeros capítulos (pp. 39-208), bajo el significativo título de "Repensar la historia de las universidades coloniales". Pero lo que el lector encuentra no es sólo critica, sino que allí se plantea con gran claridad cómo sentar bases teóricas y metodológicas para una historia social de las universidades coloniales que adopte, además, una geografía global y no siga encerrada en los anacrónicos y desenfocados marcos nacionales. Ese es el marco teórico desde el cual se pueden superar las viejas polémicas estériles, así como las limi-tadas miradas institucionalistas o las aproximaciones meramente cuantitativas a la población estudiantil o a las rentas y finanzas universitarias, "gastadas inercias historiográficas" (p 109) como certeramente son denominadas al inicio del segundo de los capítulos. El tercero y último de los capítulos de esta primera parte está dedicado a "Los archivos, modelos y modalidades" y en él se nos da la clave de la meta que ha orientado toda la obra: la necesaria localización, reordenación y evaluación de la documentación original actualmente disponible, a lo largo de numerosos repositorios repartidos por todo el continente americano, España e Italia. Por eso, este capítulo supone una puesta al día exhaustiva -en la medida de lo posiblede las fuentes primarias a disposición de los historiadores, tanto en archivos institucionales de cada una de las veintisiete instituciones cuyo estudio se aborda, como en archivos "externos", como el romano de la Compañía de Jesús o el sevillano de Indias. La segunda parte del volumen se titula "Las ciudades, las universidades y las fuentes" y se divide en cinco capítulos (pp. 213-488). El primero presenta las tres "primeras universidades reales", la de México, la de Lima y la de Santo Domingo. El segundo de los capítulos de esta parte da un completo repaso a las universidades fundadas en el entorno de las órdenes religiosas, por lo que visitamos ahora las ciudades de Córdoba, Sucre, Mérida de Yucatán, La Habana, Guatemala, Santiago de Chile, Quito y Bogotá. El siguiente capítulo se dedica a las tres universidades creadas por el clero secular, todas ya en el siglo XVIII: Ayacucho, Cuzco y Caracas. Cierra el largo viaje la última de las fundaciones coloniales, la de la Real y Literaria Universidad de Guadalajara. Esta extensa segunda parte se cierra con "Algunas conclusiones", donde en tres apretadas páginas (pp. 485-487) González recopila un puñado de ideas clave para entender "el poder de las letras" (y, por tanto, de los letrados) en las sociedades del Nuevo Mundo: los espacios que las letras abrían en el gobierno secular y en el eclesiástico de los territorios indianos del imperio; la estrecha relación entre ambos gobiernos, el eclesiástico y el secular, tensa a veces, incluso abiertamente conflictiva en momentos concretos, pero nunca divergente en los fines e intereses últimos; las aspiraciones de ascenso social de los letrados criollos y sus frustraciones, siempre topando con ese "techo de vidrio" derivado de la férrea estratificación social impuesta por el gobierno metropolitano. La tercera y última parte del coloso es una completísima "Guía documental", que comprende un primer capítulo dedicado a "Los acervos" documentales de las instituciones universitarias de 15 ciudades americanas, la localización de los mismos, el contenido de las series y de la documentación dispersa, así como el estado de los originales, la disponibilidad eventual de reproducciones y, por último, las posibilidades de consulta on-line (pp. 491-749); y una "Bibliografía" de casi doscientas páginas (pp. 751-948), dividida en una bibliografía "general" y luego otra específica, ordenada por 15 países (de Argentina a Venezuela, incluyendo Filipinas), la cual acaba por rendir cuentas del ingen-te trabajo, no solo de recopilación, sino también de lectura crítica y asimilación de todo lo producido en torno a este tema. Esta tercera parte bastaría, sin duda, para constituir el libro de Enrique González y Víctor Gutiérrez en pieza de imprescindible consulta de ahora en adelante para cualquiera que quiera aproximarse a la historia de las universidades latinoamericanas del período colonial. Pero El poder de las letras nos da mucho más, gracias al compromiso intelectual de sus autores y, así, se constituye también como un sólido hito historiográfico en la historia de la enseñanza de las artes y las humanidades, de la ciencia y la medicina, del derecho y de la teología en la América colonial hispana. Por último, no menos importante resulta la obra en el terreno de las historiografías de la circulación del conocimiento y de las relaciones entre el poder político y el saber experto; de modo que este libro debería captar la atención de todos aquellos interesados en conocer algunos de los mecanismos esenciales para la comprensión del establecimiento, desarrollo, permanencia y colapso final del régimen colonial hispano: la formación de sus élites criollas y la compleja dialéctica de su relación con las élites españolas destinadas al gobierno de las Indias durante más de tres siglos.
Desde que en 1922 el médico endocrinólogo Nicola Pende lanzó su Biotipología, al tiempo que se precipitaban los acontecimientos políticos que derivaron en la «Marcha sobre Roma», la eugenesia italiana entabló una simbiótica relación con el poder al que nutrió "científicamente" de fuertes aportaciones en materia racial. La propuesta de Pende que confería un papel central a Institutos que habrían de establecer patrones de normalidad racial por medio de exámenes a toda la población, también se expandió internacionalmente encontrando una notable receptividad en la Argentina, donde su desarrollo trascendió largamente en el tiempo a la interrupción que sufriera en Italia tras producirse la caída del fascismo. Abordando esa problemática el pretende adentrarse en la historia de las interacciones mantenidas entre ciencia y poder, iluminando momentos en los que alcanzó una inusitada intensidad, revelada y reforzada a través de la cultura material. DE LA EUGENESIA A LA BIOTIPOLOGÍA Tras originarse en el ultraliberalismo británico que a fines del siglo XIX leyó la darwiniana struggle for life en términos sociopolíticos, la eugenesia alcanzó una rápida difusión universal adquiriendo a su vez particulares características en los puntos de recepción de este discurso científico. En efecto, su articulación en tiempo y espacio, con singulares climas de época y con las diferenciadas formas en que cada nación moderna fue construyendo su propia noción de ciudadaníaen tanto arena de negociación de deberes y derechos entre estado y sociedad-, abren un amplio campo de alternativas, aunque ellas nunca dejen de remitir al carácter coercitivo de la matriz originaria. Un momento clave en la propagación de la eugenesia lo constituyó la decepcionante realidad que vivía Europa tras quedar devastada por la «gran guerra». Ese contexto resultó particularmente propicio para que la ciencia creada por Francis Galton acompañara la reconversión del ultraliberalismo en estados totalitarios basados en una competencia entablada no ya entre individuos sino entre corporaciones. Mientras por entonces el decadentismo spengleriano constituía la más difundida interpretación de la crisis europea a la que asimiló biológicamente al natural declive que experimenta un organismo vital tras alcanzar su plenitud, la eugenesia rápidamente fue abriéndose con su promesa regeneradora. El inicio de la decadencia que Spengler situó en el momento mismo en el que la modernidad le restó a Occidente sus impulsos metafísicos, pudo entonces ser releído desde la eugenesia a partir de la directa atribución a cuestiones como la «degeneración» de la raza blanca por mestizajes inapropiados o el apartamiento a cumplir con el ineludible mandato que le imponían sus tradiciones culturales. Dentro de las distintas alternativas eugénicas que la Europa de la primera posguerra fue cultivando, la italiana adquirió fuertes particularidades que se vinculan a su capacidad articuladora de experiencias internacionales que podían compartir un mismo mito de origen signado por la «latinidad». Así, tras la «gran guerra», Italia gestó por intermedio del médico endocrinólogo, Nicola Pende, la biotipología como disciplina encargada de llevar a cabo en el mundo latino lo que sería entendido como una instrumentación «práctica» de la eugenesia galtoniana. La creación científica de Pende iluminaría desde la década del 20 la nueva realidad política suscitada en Italia tras la «marcha sobre Roma», pero también la de otros países «latinos» como España y especialmente la Argentina. El eje de esta nueva dimensión asignada a la Eugenesia, estaba dado por la invención de un dispositivo físico-institucional emergente de la esfera del saber: el Instituto de Biotipología. Consistía en un verdadero observatorio de todos los comportamientos humanos situado en un ámbito capaz de ejercer coacciones a través del espacio y del protagonismo de la inquisidora mirada científica. Ya no se trataba del tradicional procedimiento higienista de aislar lo «anormal» para encerrarlo en sitios que dejaran a salvo al universo de la «normalidad», sino que propendía a que los institutos fueran jerarquizados puntos de vigilancia dirigidos a todos los individuos. Para ello avanzaba hacia la conformación de un programa que contenía el germen de una homogénea distribución espacial de estos establecimientos científicos concebidos para ejercer un estricto control social y a los que Nicola Pende imaginó extendidos capilarmente sobre un vasto territorio, primero nacional y después internacional. El paso de la teoría galtoniana a la biotipología, estaba entonces signado por aquella voluntad de acentuar la «aplicación práctica» de la eugenesia, que Pende vislumbró a través del énfasis puesto en un anclaje físico-intitucional que incluía su taylorista reproductividad2. Y precisamente en este aspecto, su teoría reinstaló de otra invención física-institucional como era el panóptico de Bentham los propósitos de conseguir que un espacio de características reproducibles permita controlar una multitud a través de una única mirada3. La biotipología modernizó al panóptico, profundizado los alcances de un espacio de vigilancia para cárceles, hospitales y escuelas en el que poder se ejercía por transparencia y el sometimiento se obtenía por la proyección de claridad4. En la biotipología la transparencia se obtenía de los diversos estudios sobre el cuerpo y el alma a los que era sometido cada individuo dentro de un espacio del saber y la proyección de claridad la aportaba el incuestionable diagnóstico científico. Con el nuevo descubrimiento de Pende nacía entonces un mecanismo que tenía su fundamento en la detección de anormalidades físicas, psíquicas y morales no visibles que anticipen la comisión de actos perturbadores el orden público. En esta economía del poder era fundamental reconocer al «otro», aquel que se apartaba de la «normalidad», antes que la manifestación pública de ese apartamiento obligue al estado a ----llevar a cabo mas costosas acciones represivas 5. Para ello debía detectarse la «otredad» en la esfera privada y mas aún en lo mas íntimo que encerraba cada ser, a través de la información que podía proporcionar la ciencia de la constitución humana y el confesionalismo religioso. Vale decir que con la biotipología toda la población debía quedar bajo la atenta mirada de una ciencia concebida para identificar y aislar aquello que en última instancia podía poner en riesgo la gobernabilidad. Instituto Biotipológico Ortogenético de Génova. Quien vigilaba, esto es aquel que para Bentham podía hacerlo por ser el más «confiable» al poder era, en la nueva realidad italiana, el científico aliado a la fe ----5 Foucault señala que el problema del panóptico apunta directamente al precio del poder. El poder «no se ejerce sin gastos. Existe evidentemente el costo económico». «Pero además está el costo propiamente político. Si se es muy violento se corre el riesgo de suscitar insurrecciones; si se interviene de forma discontinua se arriesga uno a dejar que se produzcan en los intervalos fenómenos de resistencia de un coste político elevado». 17. católica y sus instrumentos para llegar a la verdad, para mirar a todos avanzando más allá de las evidencias, de los comportamientos externos expresados en su apariencia y en sus actos, quedaban resumidos en una ciencia que ponía en duda por principio la tradicional oposición a la forma de distinguir lo normal de lo patológico a través de los caracteres externos. No es que el pensamiento de Cesare Lombroso fuera cuestionado en su afán patologizador de quien por poseer determinados caracteres fenotípicos fatalmente habría de apartarse en algún momento de la normalidad6, sino que ahora, imbuido del pensamiento tomista Pende trataba de valerse de nuevos instrumentos de medición física y moral para complejizar y profundizar los mecanismos de detección de lo anormal que había creado la criminología positivista. La ciencia de Pende, entonces, introduciéndose en lo profundo del ser a través de un desplazamiento de la antropología física a la antropología endócrina, que era inclusivo a su vez de los aportes que le proveía la unidad sustancial entre cuerpo y alma sostenida por el pensamiento aristotélico-tomista, nació para detectar «alteraciones individuales» de tipo hormonal y moral capaces de transmitirse a la esfera social. Con ese fin llevó la preocupación de Lombroso por estudiar las «disgenesias» de quienes poseían un visible apartamiento de la normalidad hasta límites insospechados. Para llegar a la verdad que podían ocultar las apariencias, hacía falta analizar particularizadamente a cada uno de los integrantes de toda la población, desenmarañando los infinitos obstáculos que interferían ese propósito cuando un cuerpo sano escondía un alma criminal. La biotipología acentuaba aquella confluencia entre poder y saber que el panóptico puso de manifiesto para materializar la ilusión de hacer visible, de transparentar lo más íntimo del individuo, lo que ocultaban los cuerpos, llegando en definitiva a encontrar lo patológico en lo profundo del alma. Ello fue posible cuando quedaron integrados los materiales provenientes de la crimonología positivista a la antigua conjunción premoderna entre medicina y religión que dio origen a los primeros establecimientos hospitalarios europeos, resultando de ello un dispositivo articulador de todas las variables necesarias para poner en funcionamiento lo que llegó a pensarse como el más infalible mecanismo de detección de lo «anormal». De este modo, la biotipología pendeana logró ampliar el espectro de adhesiones suscitadas por la matriz galtoniana para capitalizar la confluencia de liberales que desde su deslumbramiento inicial por el darwinismo social llegaban a la eugenesia y de católicos integristas reticentes a aceptar toda expresión que tuviera algún sesgo positivista pero deseosos de instalar políticas de control social. Ello fue posible gracias a la ----hábil manipulación de un discurso científico que tendía a relativizar el fundamento darwiniano y sus reelaboraciones italianas llevadas a cabo por Lombroso, que dio lugar a una curiosa derivación metafísica de la biología capaz de comprometer firmemente en ella a figuras tan influyentes como el padre Agostino Gemelli, rector de la Universidad Católica de Milán, presidente de la Academia Pontificia y a la postre el principal enlace entre el régimen fascista y el Vaticano 7. Y del mismo modo que lo hiciera Bentham con su invento, Pende ofreció explícitamente su ciencia al poder, asegurándole resultados de sumo interés que trascendían las esferas particularizadas del médico, del higienista, del educador, del antropólogo y del biólogo, aunque también esas esferas quedaran involucradas. El hecho de que este nuevo saber se fundara en acceder al conocimiento de los hombres en el cuerpo y en la mente, para valorarlos, mejorarlos y utilizarlos en pos del máximo rendimiento de la colectividad, lo volvía central para la dirigencia política. Y si en 1922 estas ideas ya conformaban el corpus de su doctrina contenida en La biotipologia umana, en la que proporcionaba al poder la fórmula constitucional completa, somática y psíquica de cada individuo en un registro capaz de condensar el «biotipograma individual», en tanto «registro personal de la salud y de la individualidad», en los años siguientes esa subsidiariedad de su saber al poder se plasmó en una acción conjunta. Para el penalista y eugenista español, Mariano Ruiz Funes, la biotipología ya era a fines de los años 20 un cualificado «punto de intersección entre la doctrina positiva y el evangelio de Mussolini» 8. Algo que el propio Pende enfatizaba al describir su creación como un saber de utilidad para quienes «estudian los problemas de la herencia y los del mejoramiento de la raza», ya sea el criminalista filantrópico «que anhela la redención de los inmorales y de los candidatos al delito», o el filósofo que persigue la «eterna cuestión de las relaciones entre personalidad física y personalidad psíquica». Y fundamentalmente para que «el hombre político y el director de pueblos, logre la instauración de una política nueva», que debía llamarse «política biológica» 9. ----7 La trayectoria seguida por Gemelli tiene puntos de confluencia con la de Enrico Ferri. Al igual que este tuvo una primera etapa socialista. Para exaltar su apartamiento de ese pasado Gemelli cambió su verdadero nombre de Eduardo por el de Agostino, aludiendo así directamente a la historia de San Agustín signada por una vida licenciosa que una revelación divina modificó drásticamente tras instarlo a que la consagrara a Dios. 8 RUIZ FUNES, M. (1929), Endocrinología y criminalidad, Madrid, Morata, p. 9 PENDE, N. (1932), Trabajos recientes sobre endocrinología y psicología criminal, Madrid, Javier Morata, p. Esta traducción al español con prólogo de Mariano Ruiz Funes sólo demoró unos meses de la original edición italiana de mayo de 1932. Véase arriba a la izquierda el instituto de Bonificación Humana y Ortogénesis de la Raza. EL INSTITUTO BIOTIPOLÓGICO ORTOGENÉTICO DE GÉNOVA A comienzos de la década del 20, Pende ya había desarrollado suficientemente sus ideas en la Universidad de Génova como para explicitarlas ante un nuevo poder político particularmente predispuesto a oirlas. Si bien la relación de Pende con el poder se había visto favorecida años atrás cuando su pericia profesional había servido para curar a la hija de Vitorio Emanuele III de la anorexia que padecía, con el ascenso de Benito Mussolini sus ideas encontraron inusitadas posibilidades de canalización. En efecto, en 1925 su biotipología recibió la explicitación pública del reconocimiento del estado, cuando al mismo tiempo que el Duce quedaba consagrado oficialmente como dictador de Italia, éste se decidía iniciar la construcción en la Universidad de Génova de un establecimiento modélico para dar comienzo a la propagación capilar de una red de dispositivos similares en todo el territorio italiano. La biotipología llevaba a cabo el análisis de la personalidad humana, evaluando el «capital humano» y aquellos valores somáticos, morales e intelectuales que más preocupaban a quienes para Pende eran «los clarividentes rectores de la nueva Italia» 10. Sus aportes así se vieron desde un principio inescindiblemente ligados a las acciones gubernamentales de un régimen interesado en obtener las respuestas deseadas en la sociedad reduciendo los costos de sus intensas intervenciones directas. La rigurosa observación y evaluación de toda la población no sólo podía facilitar una tarea preventiva ante lo insumiso, sino también favorecía la «regeneración» de seres proclives a caer en conductas desviadas de la normalidad antes de que ellas se manifestaran. En el programa de Pende confluyeron otros importantes antecedentes italianos, como eran los estudios de la personalidad humana individual que se remontaban a los trabajos que cinco décadas atrás había iniciado Achille De Giovanni y proseguido con un sentido más poliédrico Giacinto Viola, padre del constitucionalismo. Claro está que además de ellos también la figura de Cesare Lombroso y su «antropología criminal» sobrevolaba en la formación de los integrantes de la nueva experiencia científica pendeana. Dos destacados colaboradores de Pende, Giuseppe Vidoni y el sacerdote Mario Barbara describieron la experiencia como «una clínica donde los supuestamente sanos podían científicamente ser examinados con los mas perfectos medios de indagación médica moderna a fin de develar diversas predisposiciones morbosas, hereditarias o adquiridas y los temperamentos morbosos y submorbosos, que ponen en evidencia aquella serie infinita de anomalías y anormalidades, ----10 Ibidem, pp. 115-117. de debilidades y errores de la constitución del cuerpo y de aquella mente existentes o en estado latente». Predisposiciones que «a modo de enemigos internos, insidiosamente se ocultan en los escondrijos de nuestros órganos y en nuestra sangre, amenazando la salud y a menudo la existencia misma» 11. Se trataba entonces de una «clínica de sanos», que asignaba particular importancia a la examinación de distintos grupos sociales. En especial a los adolescentes, futuros ciudadanos en los que debían detectarse las capacidades de acuerdo a la organización científica del trabajo establecida por el estado fascista y los obreros, de quienes los industriales que sostenían el régimen esperaban una escrupulosa evaluación que permita seleccionarlos de acuerdo al estado físico y su disciplinamiento. «Muchos y buenos, fuertes de número, pero también de cabeza, de corazón y de músculos» 12, esa era la meta ideal a la que apuntaban los trabajos del instituto de Biotipología. Inmerso en un claro «poblacionismo selectivo» que en adelante iría caracterizando a quienes desde países como Italia, España y Argentina abrazaron los ideales de esta eugenesia desplegada en el mundo latino 13, quedaba en claro que la tradicional «medicina social» no podía atender «el número rápidamente creciente de la población, sin preocuparse también de la buena calidad del gérmen de la Italia futura» 14. Esa medicina social por si sola resultaba insuficiente si no era entendida como un componente más dentro de este vasto programa que trascendía largamente sus alcances. La biotipología que la englobaba, no constituía solo una ciencia de dominio exclusivo del médico ni estaba dirigida solo a las generaciones presentes, sino que se lanzaba directamente a la esfera política para proveerla de una profunda información social que tras ser recabada desde la biología y la psicología tomista quedaba al servicio del modelado de la raza futura. «Biología política o política sobre bases biológicas», el programa ideado en esos términos por Pende para ser llevado a cabo a través de los institutos biotipológicos constaba de seis secciones: Sección de medicina y de higiene individualizada, que era un centro de observaciones periódicas de los «normales» y de «curación de los débiles de cuerpo y de mente». Sección de biología de la raza y de eugenesia, ocupada del «estudio de la herencia, para la higiene pre-matrimonial y pre-natal». 13 El concepto de «poblacionismo selectivo» es utilizado por Marisa Miranda para describir las políticas pro-natalistas de impronta eugénica que tuvieron una particular afinidad en la Italia fascista, la España franquista y la Argentina de 1930 a 1983. Véase MIRANDA, M., «La Biotipología en el pro-natalismo argentino (1930-1983)», Asclepio, en prensa. Sección de pedagogía, organizada «sobre bases ortogenéticas, constitucionalísticas», donde médicos y psicólogos formaban los «registros de la personalidad» del escolar. Sección de antropopsicología criminal, diseñada para la «valoración médico-jurídica, justa y moderna, del delincuente y para la utilización de los inmorales y de los amorales». Sección de orientación y de selección profesional y de taylorismo, gestada para la «preparación científica de los trabajadores», teniendo como principal finalidad lograr «una selección y una valoración racional de los dedicados a los varios oficios y profesiones estatales». Sección de política biológica, pensada para la «organización del Estado sobre bases bio-psicológicas, naturales y seguras, originarias de la verdadera competencia y de las diferentes necesidades de las varias categorías de individuos15. Y si inmediatamente después de que Pende lanzara su programa ideal, éste podía encontrarse descripto con bastante precisión en La Semana Médica, el principal órgano de corporación médica argentina, ello venía a confirmar que cuanto menos entre ambas naciones ya estaban afianzados los mecanismos de circulación de ideas a partir de los cuales podía avanzarse hacia la conformación de la red de la eugenesia latina. Pero además del interés por dar cuenta inmediatamente de un proyecto para el desarrollo de la biotipología italiana, la voluntad de integración a esa naciente eugenesia latina era palpable en la imperatividad con la que influyentes médicos argentinos solicitaban anticiparse incluso a Italia en la tarea misional de instalar esas verdaderas máquinas del poder para el control de la raza. Siendo para ellos un mandato de toda nación civilizada poseer institutos de este tipo, se hacía «impostergable» su aplicación en este país para estudiar «el crecimiento normal, lo anómalo y lo patológico». Estos propósitos «debían» canalizarse en la forma que preveía Pende atendiendo a las «peculiares condiciones de ambiente étnico-social, en la seguridad de que, con su realización, se habría logrado dar el primer decisivo paso en el sentido del perfeccionamiento físico y moral de la raza» 16. Pero a pesar de los esfuerzos argentinos por disponer de esa novedad de la ciencia del control social, fue lógicamente en Italia donde las ideas de Pende encontraron su inicial concreción. El 7 de diciembre de 1926 el ministro de instrucción pública Pietro Fedele, inauguró el primer instituto de Biotipología en Génova, colocando a esta iniciativa en «correspondencia plena con la dirección adoptada por el gobierno fascista» en materia racial. Así, «el gran movimiento iniciado en toda la nación para el mejoramiento de la raza, para la protección de ----la salud, para la higiene mental alcanzaba en Genova su máxima expresión», al decir de Vidoni y Barbara17. Presentado ante la sociedad como un «Templo dedicado al arte de la ciencia médica y al sentimiento de humanidad» 18, el instituto fue enclavado en la colina de Álbaro, en las inmediaciones del viejo hospital San Martino, atendiendo a los deseos de Pende de distanciarse de la realidad urbana a la que a su vez podía controlar visualmente desde su estratégica ubicación en el punto mas alto de la región. En su interior, inequívocos signos afianzaron los objetivos perseguidos. Mientras un esquema típicamente hospitalario permitía distribuir las salas de los sucesivos exámenes a ambos lados de un amplio corredor, una sala central condensaba expresamente la dirección y finalidades del Instituto que quedaban resumidas en la figura vigilante de un gran retrato del Duce junto a la siguiente frase grabada: «Conócete a ti mismo y a los otros. Solo así podrás comprenderte y comprender. Otra sala del instituto albergaba imágenes que buscaban dar cuenta del directo paralelismo que la teoría de Pende asignaba a la perduración de la concepción clásica de la medicina en sus innovaciones científicas. Junto a la reproducción del cuadro de Alberto Durero (1471-1528) que representaba los cuatro temperamentos concordantes con los cuatro cuerpos simples (agua, aire, fuego, tierra) y de las cuatro propiedades fundamentales (húmedo, seco, caliente, frío), se situaban las cuatro variedades biotipológicas (dinamico-humoral) individualizadas por Pende. La biotipología era entonces la síntesis de ambas representaciones, la de los cuatro temperamentos de la antigüedad y la de los cuatro biotipos de la escuela genovesa. La insistencia en la cuestión numérica remitía a su vez a la ley pitagórica del número y de la armonía, en tanto canon matemático invocado para explicar las proporciones recíprocas que dan belleza ideal al cuerpo y sus correlaciones armónicas de las que resulta del estado óptimo de salud. Y si en Pitágoras Pende identificaba los orígenes de la ciencia latina que fluían en su ideal racial debido a la escuela fundada por aquel en Crotone, la verdadera obsesión asignada al número cuatro se trasladó a una ampliación de la matriz científica que sumó a los cuatro biotipos la teoría de las cuatro armonías biológicas que debían perseguirse para alcanzar la eugénica perfección humana: la belleza que era la armonía de las formas; la salud que era la armonía de las funciones; la bondad que era la armonía de los sentimientos; y la sabiduría que era la armonía del intelecto. La síntesis gráfica de esta enunciación estaba dada por un cuadrado cuyas cuatro caras ten-----dían a confluir armónicamente, hecho que al producirse generaba la forma de una pirámide con su vértice que sintetizaba el punto culminante de la perfección humana, síntesis vital de todos los procesos biológicos. Anteproyecto de su fachada publicado en Anales de la Asociación Argentina de Eugenesia, Biotipología y Medicina Social. Sobre las actividades desarrolladas en el Instituto de Pende, se interesó especialmente Enrico Ferri, cuando, tras su etapa socialista se consustanció con los ideales del régimen fascista 20. Y si entre médicos argentinos existía una inoculta-----ble avidez por conocer los avances de la biotipología italiana para extender a este país sus alcances, la aguda descripción que Ferri hizo del funcionamiento del Instituto en el diario La Prensa de Buenos Aires, daba cuenta del interés que el tema despertaba más allá del público especializado en las ciencias médicas. Según el destacado informante, el joven que ingresaba era sometido a un «primer estudio» dirigido por el sacerdote Mario Barbara, quien estaba secundado por sus ayudantes, los doctores Muggia, Bufano y Antognetti, en el cual se ponderaban las medidas de su cuerpo en relación a la edad, utilizando para ello el «antropómetro de volante» diseñado por Giacinto Viola y aparatos fotográficos específicos. Un segundo estudio se encargaba de la constitución orgánica del individuo, mediante el examen químico de la sangre, para detectar la estructura y la función de las glándulas internas que para Pende constituían los fundamentos biológicos de toda personalidad humana. La evaluación orgánica era, a su vez, completada con una observación de las funciones biológicas de oxigenación (asimilación química) y circulación (pulsaciones del corazón). Luego del estudio del cuerpo humano, en sus formas y en sus funciones vitales, se pasaba al «estudio psicológico» del individuo en la sección dirigida por el profesor Ragazzi, también director del Instituto Médico Escolar de Génova. Posteriormente eran examinadas las formas más simples y fundamentales de la actividad psíquica del sujeto tales como la atención y la memoria, con el propósito de «revelar y precisar las aptitudes para el trabajo» facilitando con ello la racional detección de aptitudes para desempeñarse con éxito en un oficio o profesión por el bien del «individuo, la familia y la sociedad». A estas «Secciones fundamentales» -estudio orgánico y estudio psicológico-se agregaban las secciones de aplicación práctica, cuyas tres principales eran la de orientación «médico pedagógica»; la de «prevención social» y la de «terapéutica» 21. En la primera se observaban las aptitudes de cada escolar en relación a la pedagogía, seleccionando a los escolares «anormales» y dirigiendo a los normales al género de estudios -técnico o literario-que más se adaptaba «a su personalidad fisiopsíquica». Una «libreta biográfica» acompañaba a cada examinado, proporcionando «información invalorable» para evaluar «su desarrollo físico y psíquico, los progresos y los atrasos de su carrera escolar, las diversas aptitudes para el trabajo y la diversa conducta y disciplina social para con el maestro, los compañeros, la familia». La sección de «prevención social» se ocupaba especialmente de los niños de ---realización de esa idea-fuerza y ha vuelto a dar a Italia el orden y la disciplina social» (FERRI, E. (1927), «Una loca contra un dictador-Violet Gibson contra Benito Mussolini», La Prensa, Buenos Aires, 22 de marzo, p. 21 FERRI, E. (1927), «Un establecimiento único en el mundo», La Prensa, Buenos Aires, 28 de mayo, p. 9. mala conducta y de los delincuentes, que eran enviados al Instituto por las autoridades policiales y judiciales. El director de esta sección era el profesor Bidón, un antropólogo criminalista de formación lombrosiana encargado de estudiar las relaciones entre las perturbaciones endocrinológicas y la criminalidad. Completaba el equipamiento del Instituto salas especialmente preparadas para llevar a cabo «aplicaciones terapéuticas individuales y colectivas» 22, a efectos de profundizar el estudio «constitucional» de la persona humana desde el punto de vista anatómico, bioquímico y psicológico. Todo ello dentro del enfoque «poliédrico» orientado por la higiene y la terapia individual orientados hacia la prevención social de las anomalías humanas, que instaba a efectuar «una cotidiana y metódica observación de escolares, conscriptos, obreros, pequeños anormales y delincuentes para el mejoramiento de la estirpe y para la prevención de las enfermedades sociales en la tríada física del alcoholismo, tuberculosis y avariosis, y en la tríada psíquica de demencia, suicidio y delito». Vale decir que la escuela, el taller y el ejército encontraban entonces en este instituto los órganos técnicos para la observación, la vigilancia y la tutela de la crianza orgánica y psíquica de las nuevas generaciones que necesitaba el régimen fascista 23. Toda la información recabada por los diversos exámenes que indagaban los rasgos genéticos, psicológicos, morales y físicos de individuos «aparentemente sanos», quedaba condensada en la cartilla o ficha biotipológica que creara Pende como instrumento de aplicación de la eugenesia para llevar a cabo en diferentes ámbitos la identificación y selección de las capacidades. El uso de la cartilla biotipológica en las escuelas populares, donde se desempeñaba Ragazzi, fue destacado por Ferri, para quien esa iniciativa del régimen posibilitaba «fijar -con los métodos técnicos de la pedagogía antropológica-los datos mas característicos de la personalidad física, moral, intelectual de cada alumno, y precisar sus tendencias y aptitudes a la conducta social al trabajo». Otra cartilla estaba dirigida especialmente a «los alumnos deficientes o anormales, no solo moral sino, sobre todo, moralmente (candidatos a la delincuencia)». Para Ferri entonces los exámenes del instituto de Pende como el control que a partir de las cartillas podía ejercerse en las escuelas, permitía tener a disposición del régimen «datos abundantes y seguros sobre la personalidad y peligrosidad de todo ciudadano, a causa de su propia con-----22 Allí se buscaba introducir en la sangre de los individuos sustancias que escaseaban en ella. Para ese fin se recurría al método de la «inhalación en seco» consistente en el encierro de 20 ó 30 niños en una sala hermética, una especie de cámara de gas, con el fin de que sea absorbido calcio, yodo u otra sustancia a través de «pulvículos invisibles» con los que se saturaba el aire de ese ambiente. ducta irregular o delictuosa», reclamando sobre sí la necesidad de aplicar medidas preventivas o represivas24. De hecho el criminalista Palópoli, asoció directamente al espíritu del Código Penal que Ferri presentó en 1921 y con modificaciones del ministro de justicia Alfredo Rocco fue puesto en vigor en 193125, con el instituto de Pende, y adhiriendo a esta orientación requirió la creación de nuevos establecimientos para obtener con métodos de investigación médica, antropológica y psicológica, una cartilla de identificación modificada periódicamente 26. Pero no era solo en Italia donde desde mediados de los años 20 existía un ambiente general particularmente favorable para llevar a cabo estas acciones. Para Ferri «América Latina y, dentro de ella, la República Argentina» constituían «un gran observatorio y un campo abierto para todas las innovaciones de la vida individual y social» especialmente para las que impulsaba Pende, convertido ya en un paradigma del pensamiento científico italiano. En la misma dirección apuntaba el artículo que el penalista español Mariano Ruiz Funes -directo interlocutor de Pende en su país-, escribió en el diario La Nación de Buenos Aires, requiriendo la creación de institutos biotipológicos «para la profilaxis de ciertas formas de criminalidad» 27. Favorecía la receptividad en Argentina de estos planteos la notable convergencia experimentada por diversos sectores consolidados en los años 20 como grupos por demás influyentes en el poder público. Además de la intensa prédica eugénica que circulaba dentro de la corporación médica argentina, cabe referirse a las aplicaciones «prácticas» de la antropología lombrosiana llevadas a cabo por Víctor Mercante en la educación, las iniciativas de Víctor Delfino quien tras representar a la Argentina en el primer Congreso Internacional de Eugenesia celebrado en 1912 en Londres ideó la Sociedad Eugénica Argentina, la actividad de la Liga de Profilaxis Social creada con fines eugénicos por el doctor Fernández Verano, el espacio que la Eugenesia encontró en la orientación claramente regresiva del Museo Social Argentino, y las leyes eugénicas promovidas por el doctor Leopoldo Bard -diputado radical y luego ministro en el segundo gobierno de Yrigoyen-, que comprendieron la ley de «Defensa de la raza» sancionada en 1925. ----DE LA BIOTIPOLOGÍA A LA BONIFICACIÓN HUMANA La utopía pendeana de irradiar internacionalmente su teoría y sus establecimientos a través de una red eugénica, se vio alimentada por la receptividad que ese propósito tuvo en países como la Argentina. Si por el impacto del crac del 29 se interrumpió allí el aluvión inmigratorio que en gran medida había estimulado el inicial desarrollo de la eugenesia, en adelante los eugenistas argentinos encontraron en la teoría de Pende la posibilidad de llevar a cabo la vieja consigna de poblar la nación, pero ahora favoreciendo la descendencia de los «mejores» a través de una articulación entre «cantidad» y «calidad» que se desplazaba de la selección de inmigrantes28 a un pronatalismo excluyente de inspiración fascista que se prolongó durante las cinco décadas siguientes 29. Los ya existentes lazos biopolíticos entre Argentina y el fascismo italiano se acrecentaron inusitadamente después del golpe militar de setiembre de 1930 que llevó al poder a figuras explícitamente consustanciadas con el ideario político imperante en Italia y Alemania. En noviembre de ese año, luego de ofrecer conferencias en España, Pende llegó a la Argentina invitado por el Instituto Argentino de Cultura Itálica y por la cátedra de clínica médica de la Universidad de Buenos Aires que estaba a cargo del doctor Manuel Castex, prestigioso médico que solo unos meses mas tarde sería ungido rector de esa Universidad. Pende dictó en Buenos Aires un curso intensivo de perfeccionamiento en endocrinología, e inmediatamente después, los argentinos Octavio López y Arturo Rossi partieron con él a Italia para cumplir una misión oficial encomendada por el gobierno del general Uriburu, consistente en el análisis y el estudio comparativo de los avances internacionales en materia de eugenesia y medicina social, poniendo especial énfasis en profundizar el conocimiento del Instituto que Pende había creado en Génova. A su regreso, Rossi promovió con éxito la creación de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, institución fuertemente imbricada con el poder público, de la que Mariano Castex fue su primer presidente y Pende su primer miembro honorario corresponsal. Asimismo otros integrantes de la escuela biotipo-----lógica genovesa como el sacerdote Barbara, Vidoni, Bufano y Antognetti, ampliaron desde un principio el staff de miembros honorarios corresponsales 30. Poco después Rossi creó la Escuela de Biotipología que tuvo un área troncal en la medicina del trabajo que dirigió Donato Boccia, bajo lineamientos pendeanos que reconocían a su vez las mediaciones de la psicotecnia tomista del padre Gemelli. Y si en los Anales de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social podía encontrarse información sorprendentemente actualizada de las leyes raciales alemanas, era la «biología política» italiana la ciencia que mayor interés despertaba. La red que Pende pretendía propagar y que el fascismo asimiló a su estrategia de expansión imperial de la raza latina, ya tenía claramente un eslabón en la Argentina, en tanto que tras la guerra civil se consolidó otro en España. Precisamente la contienda había puesto de relieve no solo la colaboración militar de Italia con las fuerzas del general Francisco Franco sino también la solidaridad expresa que ese bando recibió de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social. De hecho, la figura de José Antonio Primo de Rivera, líder del falangismo español que buscó extender a ese país los alcances del fascismo, y pronto convertido en el «primer mártir» del franquismo tras ser fusilado en Alicante antes de estallar la guerra civil, contribuyó a acentuar los vínculos de la red eugénica en el mundo latino. Los biotipólogos argentinos e italianos se aunaron en homenajearlo, remarcando que había pasado sus últimos días acompañado de un libro de Pende del que dejó una traducción en español «a fin de divulgarla entre los que cultivan los estudios biotipológicos» 31. Sobre la base de esta común filiación biopolítica, Rossi podía destacar que España e Italia poseían las razas «biológicamente superiores» y a partir de allí reclamar enfáticamente a las autoridades argentinas que sostengan «a cualquier precio y por todos los medios la configuración hispánico-latina de nuestro pueblo» compuesto de «hogares cristianos» y familias bien constituidas 32. Pero todas estas enormes repercusiones que la biotipológía tenía en el mundo latino y la red eugénica que había contribuido a conformar desde el papel prota-----30 Sobre el surgimiento y desarrollo de las instituciones eugénicas en Argentina véase MIRANDA, M. y VALLEJO G. ( 2004), «Las huellas de Galton: Eugenesia y control social en la Argentina del siglo XX», Taller, no 21, Buenos Aires. 31 «La obra de Nicola Pende y el Dr. J. A. Primo de Rivera»; Anales de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, no 75, Buenos Aires, 1937. 32 ROSSI, A. (1941), «Herencia, constitución, eugenesia y ortogénesis. Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, no 96, Buenos Aires, abril-mayo, p. 6. gónico de la ciencia italiana, no conformaron a Pende. Su concepción de la eugenesia como una ciencia que requería de aplicación «práctica» lo instaba a él también a acrecentar su intervención política dentro de un régimen por demás permeable a sus ideas. Precisamente de los crecientes compromisos con el Partido Fascista Italiano provino la reorientación que le dio a la denominación de su creación científica. En Pende la biotipología que lanzara en 1922, aparecería a partir de la década siguiente inmersa en la mas amplia idea italiana de bonificación humana. La raíz de esta concepto se halla en los usos publicitarios que el fascismo le dio a la «Bonifica», esto es bonificación entendida como saneamiento en un sentido amplio. La bonifica constituyó en la Italia fascista un slogan que pobló los actos públicos y las intervenciones territoriales para invadir otras esferas políticas, hasta convertirse en un concepto cada vez más ligado con los ideales íntimos del Duce que, por ejemplo, el arquitecto Giuseppe Terragni pretendió complacer en 1932 con su proyecto de monumento para la «Bonifica Integrale» en el marco de las celebraciones del decenio de la revolución fascista 33. En ese contexto Pende relanzó su doctrina publicando en 1933 la obra Bonifica umana racional y biologia politica que la dedicó a Benito Mussolini por dar con sus «principios sanos de la política biológica un hábito físico, moral e intelectual nuevo para una nueva gran Patria» 34. Para Pende, Mussolini era, «mas que cualquier otro hombre antiguo y moderno, quien ha comprendido que la organización estatal no es solo un gran organismo de células-individuos, el cual debe vivir según las leyes naturales de la biología». Y la Italia del Duce era la primera nación en acoger «con simpatía el primer ensayo de esta ciencia eminentemente práctica y de pura marca italiana, que mira por una parte a la bonificación humana racional y por otra a la construcción de un Estado perfectamente armónico y robusto moral y materialmente» 35. La bonificación humana era para Pende la demostración «científica» de las directas analogía que tenía el fascismo con los fundamentos biológicos que sostenían su biotipología. Desde esta perspectiva, el paso del darwinismo social de ----33 Para celebrar el aniversario de la marcha sobre Roma, en 1931 comenzaron los preparativos de la Muestra Decenal de la Revolución Fascista que dos años después se llevó a cabo con un montaje escenográfico desplegado sobre el ochocentista palacio de Exposiciones ubicado en la via Nazionale de Roma. El evento afianzó la estrecha ligazón entre el régimen y arquitectos racionalistas como Libera, De Renzi, Valente, Piacentini y el propio Terragni. regímenes ultraliberales al fascismo, venía signado por un equivalente desplazamiento de un enfoque biológico que entendía el organismo como el marco de una competencia interindividual generalizada hacia otro de corte vitalista que lo consideraban como el resultado de interacciones corporativas. Siendo los hombres células de un gran organismo social, a tono con el pensamiento aristotélico-tomista, Pende destacaba la necesaria supremacía del todo sobre las partes que en biología encontraba su fundamento en la ley del «altruismo celular». Ley que demostraba cómo el instinto egoísta de conservación de cada ser viviente, debía subordinarse a aquel de la asociación altruista, basado en la renuncia de la libertad de los individuos y de la cesión de los productos del propio trabajo en beneficio de la utilidad colectiva. Era ahí donde Pende encontraba el profundo arraigo biológico del gran principio del régimen fascista: «aquel en el que la libertad individual queda condicionada por la libertad y el interés colectivo» 36. De este organicismo derivaba a su vez la fundamentación de las desigualdades sociales. «Del mismo modo que en la colectividad de los tejidos y de las células de un organismo existen, para la gran ley de la división del trabajo, clases celulares energéticamente diferenciadas que trabajan en armonía unas con otras en el recíproco interés, que es el interés colectivo, del mismo modo igualmente en el organismo nacional las clases de ciudadanos serán ahora antes las clases biológicas, las clases energéticamente diferenciadas de los trabajadores y productores» 37. Para ----Pende entonces la construcción de una sociedad nacional ideal era una meta que no podría plantearse, sino sobre la «diferenciación biológica y energética de los ciudadanos, y sobre las distintas corporaciones productivas». Precisamente esa división corporativa al complementarse con el rol armonizador de un Estado fuerte, «unitario y unificador», terminaba de conformar lo que Pende veía como la directa contraparte social de la biología totalizadora del individuo. La bonificación humana de Pende fue, de este modo, el mas audaz intento de fundamentación biológica del fascismo. EL INSTITUTO PARA LA BONIFICACIÓN HUMANA Y ORTOGÉNESIS DE LA RAZA DE ROMA Durante el transcurso de la década de 1930 las actividades de Pende fueron enraizándose cada vez mas con el fascismo y con la centralidad histórica y cultural que el régimen italiano le confería a Roma en sus creciente vocación imperial. Las muy difundidas elucubraciones científicas de la raza itálica construidas por el creador de la biotipología se ensamblaban ahora perfectamente con el afán del Duce de hacer de Roma el epicentro de la civilidad a partir de un vasto emprendimiento. Nos estamos refiriendo a la Exposición Universal de Roma que en 1937 comenzó a prepararse para conmemorar en 1942 el veintenio del ascenso del fascismo al poder. La Muestra Decenal de la Revolución Fascista quedaría absolutamente inferiorizada -como las recientes Exposiciones Universales de Bruselas (1935) y París (1937)-por la magnitud del nuevo evento que bajo la denominación de E42 se corporizaría en una imponente intervención urbanística de 400 hectáreas llamada a orientar físicamente la expansión imperial ultramarina de la Italia mussoliniana. En efecto, la E42 indicaría con su ubicación extraurbana la proyección del núcleo monumental romano-fascista del centro antiguo hacia el mar, anticipando la conformación de una futura metrópoli que yendo de Roma a Ostia simbolizaría la recuperación de la hegemonía sobre el Mare Nostrum38. Precisamente la llamada Via Imperiale organizaba la composición general de la E42 extendiéndose hasta la plaza Venecia y hasta Ostia para situar el nuevo conjunto edilicio en un punto intermedio del enlace de Roma con el mar. La E42, también llamada «Olimpíada de la civilidad» para ser colocada en un plano comparativo con las Olimpíadas celebradas en 1936 en Berlín, canalizaban a su vez los ----crecientes vínculos instaurados en el plano político y cultural entre Alemania e Italia que devendrían en un escenográfico entorno arquitectónico de proporciones colosales que no ocultaban la finalidad propagandística de resaltar esos vínculos entre el fascismo y el nazismo 39. Competición interimperial y voluntad de integrar las evidentes afinidades culturales confluían el notorio propósito de reproducir las valencias políticas de las olimpíadas berlinesas, donde el arquitecto Marcello Piacentini empezaba a delinear para la Roma de 1942 la contraparte «latina» de la monumental Berlín que estaba diseñando Albert Speer para 1955 40. En la medida en que las tareas organizativas de la E42 avanzaron, fue acrecentándose el peso de las cuestiones raciales en los objetivos centrales que animarían la celebración del veintenio. El año de 1938 resultó decisivo, fundamentalmente cuando de la escalada de antisemitismo del estado alemán se hizo eco el fascismo italiano que no estaba dispuesto a dejar que su nación fuera receptora de emigrados por las depuraciones raciales del Tercer Reich, como sucedería también en Argentina que poco después adoptó la misma postura cuando el área de inmigración quedó a cargo del antropólogo antisemita Santiago Peralta. En 1938 el estado italiano lanzó una fuerte campaña «concientizadora» de los problemas raciales -recordando que tras abolir las masonería restaba terminar con el judaísmo-, a la que siguió el «Manifiesto de la raza», declaración antisemita que «estudiosos fascistas» de las universidades italianas firmaron en adhesión a las directivas del Gran Consejo del Fascismo. Ese año también tuvieron lugar otros sucesos que enfatizaron esa misma orientación como fueron las muestras de la Bonificación Integral y del Mineral Italiano, contando ésta última con el pabellón de la Defensa de la Raza como uno de sus principales «atractivos». Una de las plumas más comprometidas con la elaboración del «Manifiesto de la raza» fue precisamente la de Pende, ya convertido en un verdadero referente «científico» en materia de raza. Esta intervención pública terminó de afirmar su prestigio dentro del régimen, que luego de congratularlo con la creación de su Instituto en Génova y de nombrarlo profesor de la universidad de Roma, lo nombró Senador fascista. De aquí en más sus teorías racistas con las correspondientes aplicaciones «prácticas» tendrían aún mayor aceptación, sobre todo a partir de la ----39 SCARROCCHIA, S. (1999), Albert Speer e Marcello Piacentini. 40 Para la realización de la E42 se creó un en 1937 Ente autónomo que encomendó el plan a los arquitectos Pagano, Piacentini, Piccinato, Rossi y Vietti. Al año siguiente fue designado Piacentini como director general del proyecto urbanístico de la E42, quedando la mayor parte de los arquitectos racionalistas vinculados al régimen a cargo de la realización de cada uno de los edificios. incorporación de las advertencias «científicas» de evitar mezclas con judíos en pos de la «defensa de la raza» italiana. Impregnando el racismo los contenidos de la E42, cuya Comisión organizadora tenía como vicepresidente a Sabato Visco, un destacado racista que incluyó en el plan al Museo de la Raza que quedó a su cargo, Pende pronto se abrió paso en el evento. En 1938 el prestigio alcanzado le permitió integrarse a las tareas de la E42, para que, dentro de ese colosal complejo, quedara a cargo de la «Muestra de la Ortogénesis Fascista de la Estirpe». La idea de esta muestra, planteada conjuntamente con la propuesta de levantar de forma permanente un segundo instituto biotipológico -ahora de Bonificación Humana-, fue lanzada por el mismo Pende al Duce y a otros miembros de la E42 en mayo de 1938, con el propósito de exhibir las acciones llevadas a cabo por el régimen en materia de defensa del niño, de la mujer, del trabajador y de la raza. El Duce se expidió favorablemente, y tras requerir sólo la sustitución de la palabra «Estirpe» por «Raza» 41, exaltó la importancia que esa iniciativa tendría al «demostrar al mundo entero cuanto más modernamente científicas son las cosas que hace el régimen por la bonificación de la raza» 42. El Duce también satisfizo los deseos de Pende de construir uno de los edificios permanentes de la E42 para las actividades del Instituto y la Muestra -que llevaron entonces el nombre de Bonificación Humana y Ortogénesis de la Raza-. Y lo hizo atendiendo expresamente la voluntad de Pende de situar su observatorio de la personalidad humana en la colina de la E42 que orienta la expansión romana hacia el mar, donde un predio de más de 6.400 metros cuadrados quedaron comprometidos para levantar su Instituto con capacidad para doscientas cincuenta camas, y organizar en torno suyo la sección III de la E42 denominada «Ciudad de la ciencia». La propuesta de Pende para la Muestra que tanto entusiasmó al Duce, contemplaba la división de la Muestra en 5 partes: 1) Sección doctrinaria, que ilustraba por medio de cuadros la ortogénesis de las nuevas generaciones, 2) Sección instrumental, donde se exponían las formas de indagación biométrica, psicotécnica, psicológica, química, radiológica, acompañadas de un modelo de examen biotipológico, 3) Sección documental de los resultados ortogenéticos, con una muestra fotográfica de los éxitos en las curaciones, 4) Sección de medio y cura ortogenética, consistente en una muestra que contenía la alimentación individualizada para los niños, los instrumentos de educación física infantil, y demostraciones de terapia hormonal, 5) Un film sonoro doblado en diversas lenguas para dar cuenta de las etapas evolutivas del ----41 SANTARELLI, N. (1987), «Mostra dell ́Ortogenesi», en GREGORY, T. y TARTARO A. (comp.); E42 Utopia e scenario del Regime, Roma, Cataloghi Marsilio, 1987, t. individuo 43, inmerso en la permanente preocupación que Pende tenía por dejar constancia de su labor a través de películas realizadas por el instituto Luce. Pero más allá de la importancia asignada a la Muestra, el mayor interés de Pende y del Pío Instituto Santo Spiritu que lo acompañó en su propuesta, radicaba en la posibilidad de ver prolongada la actividad iniciada en Génova con un segundo instituto biotipológico situado estratégicamente en la más emblemática manifestación del poder de la Roma fascista y en el que podía incidir en la creación de formas a la medida de sus propósitos, que quedarían así inmortalizados en la atemporal «ciudad blanca» soñada por Piacentini y el Duce. En este sentido si el primer instituto de Pende tuvo un preciso programa que sin embargo no incidió en la formulación de características físicas autónomas que lo distinguiera de la arquitectura hospitalaria convencional, en cambio, para este segundo emprendimiento existieron precisas prefiguraciones materiales que reforzaban en un plano simbólico y funcional los fines perseguidos. En efecto, Pende requirió para su nuevo instituto el carácter de una fortaleza que debía simbolizar el concepto «verdaderamente totalitario y fascista de la defensa de la raza itálica mussoliniana». Una ciudadela protegida por cuatro torreones exteriores que reinstalaban la obsesión pitagórica que Pende tenía por ese número y que ahora venían a connotar «los pilares basales sobre los cuales debe apoyarse la bonificación humana (tutela y preparación armónica de la mujer, tutela y preparación armónica de los trabajadores, prolificidad de la raza, conservación de la pureza)» 44. Para satisfacer al destinatario los proyectistas, Luigi y Gaspare Lenzi y Dagoberto Ortensi, debieron realizar tres propuestas. De ellas fue elegida la que más explícitamente reflejaba el carácter buscado por el padre de la biotipología en detrimento de una mayor modernidad que hubiera puesto en riesgo la representación de sus valores. Esto es, aquella que con mayor énfasis exaltaba signos de la arquitectura militar en la conformación de una nueva tipología, del mismo modo que lo hiciera el panóptico integrando elementos de protección y clausura tan antiguos como un torreón rodeado de murallas, aunque paradójicamente con ellos se buscara crear un «espacio de legibilidad detallada» 45. La propuesta finalmente materializada, permitía entender que el edificio poseía fuertes particularidades: no era «un Hospital ni una Clínica ni un instituto de estudios científicos» sino la expresión de «una directiva totalmente nueva» para ---- dar respuesta a una «obra social del Régimen verdaderamente nueva, original y puramente fascista como es la Bonificación racional de la raza» 46. El instituto era una fortaleza «asediada» con forma de hexaedro en cuyos vértices del edificio principal se levantan los cuatro torreones enmarcando el portal de honor de acceso y el amplio hall presidido por el busto del Papa Pío XII. Esos bastiones de la ciudadela contenían las circulaciones verticales que al expresarse exteriormente para completar las analogías simbólicas buscadas por Pende, determinaban funcionalmente la ubicación de las circulaciones horizontales hacia al frente y la de todas las habitaciones hacia el interior del conjunto. Y llegando entonces mucho mas allá de la lógica parlante de signos exteriores para connotar con las formas el sentido mismo de las actividades que tendrían lugar en su interior, el punto jerarquizado de toda la composición, aquel al que confluían todas las miradas y tensiones, como lo era el torreón de vigilancia del panóptico de Bentham, lo ocupaba la capilla en el instituto de Pende. UN NUEVO INSTITUTO DE PENDE Y LA CONTINUIDAD DE LA BIOTIPOLOGÍA EN ARGENTINA Como sucediera con el lanzamiento del primer instituto de Pende, tampoco el del segundo pasó inadvertido en Argentina. Sobre la base de su programa Arturo Rossi impulsó en 1939 un ambiciosa reestructuración de las entidades eugénicas de ese país que colocó a la antes mencionada Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social y la Escuela de Biotipología que estaba bajo su órbita dentro de un organismo unificado: el Instituto Nacional de Biotipología y Medicina del Trabajo. La propuesta de Rossi fue enunciada en el «Primer Congreso Argentino de Sociología y Medicina del Trabajo» organizado en Buenos Aires por la Escuela de Biotipología que estaba a su cargo. Allí el principal interlocutor de Pende en la Argentina, recurrió a los más remanidos latiguillos «científicos» de la biotipología, para justificar la necesidad de levantar una «clínica para sanos», un laboratorio escrutador de aquellas «debilidades y errores de la constitución del cuerpo y la conformación del alma» que la normalidad esconde y que «existen en estado latente en la totalidad de los sujetos considerados aparentemente sanos». Aún de aquellos que impregnados de una recurrente apelación a las analogías con la guerra inducían a pensar el Instituto Biotipológico como un verdadero cuartel general para ----la detección de los «enemigos físicos o psíquicos que en estado de acecho amenazan permanentemente la salud física, espiritual y moral del organismo» 47. El Instituto Nacional de Biotipología y Medicina del Trabajo tuvo también un proyecto arquitectónico acorde a los fines perseguidos que realizaron los arquitectos vanguardistas Onetto, Ugarte y Ballvé Cañás. Consistía en un complejo desarrollado en dos manzanas, con pabellones articulados de tres niveles y un edificio central de ciento cincuenta metros de longitud y nueve niveles, donde la metáfora pendeana del observatorio de todos los comportamientos humanos en una fortaleza inexpugnable situada en lo alto de una colina, se redefinía en clave modernista para devenir en un gran bloque enclavado en el corazón de la metrópolis argentina. Y aunque el edificio proyectado no se construyera, el Instituto en sí fue creado y nacionalizado en 1943 cuando era secretario de salud el médico militar de larga actuación en el eugenismo argentino, Eugenio Galli. Al año siguiente otro eugenista, Gustavo Martínez Zubiría, siendo ministro de educación convirtió la Escuela de Biotipología en el Instituto Nacional de Biotipología y Materias Afines, afirmando la principal orientación del establecimiento que fue la de formar biotipólogos. La constante reactualización de los planteos básicos de la biotipología italiana quedaron plasmados en obras de sus profesores que definían prototipos raciales actualizando y generalmente acrecentando las restricciones establecidas para contraer matrimonio y tener descendencia planteadas por Pende, que de por si trascendían las implementadas por el tercer Reich 48. De ellas se destacan los tres voluminosos tomos del Tratado teórico práctico de Biotipología y Ortogénesis de Arturo Rossi, y la traducción de obras de Pende al español, prosiguiendo los desvelos del falangista Primo de Rivera, empezando por la versión de Donato Boccia y Arturo Rossi del Tratado de Biotipología Humana, Individual y Social con aplicaciones a la medicina preventiva, a la clínica, a la política biológica y a la sociología escrita por Pende veinticinco años antes. En 1947 ya eran tantos los egresados del Instituto Nacional de Biotipología y Materias Afines que el entonces secretario de salud del primer gobierno peronista, Ramón Carrillo, también eugenista, debió intervenir para zanjar el problema ----47 ROSSI, A. (1940), «Instituto de Biotipología y Medicina del Trabajo», Anales de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, no 89, Buenos Aires, enero,p. 48 En esta sintonía se hallan las obras española que buscaban colocar la biotipología a tono con la nueva realidad política de ese país. En 1941 Leopoldo Mompó Aliño publicó en Barcelona, Biotipología: estudio total de la personalidad humana con sus correlaciones morfológicas, temperamentales, caracteriológicas e intelectivas, y en 1947 el principal referente de la psiquiatría franquista, Antonio Vallejo Nágera, publicó su Biotipología. de incumbencias con la corporación médica a través de la preparación de un decreto presidencial que dispuso que los biotipólogos podían trabajar sin control de los médicos cuando se dedicaran únicamente a «examinar a los sanos» 49. Durante el primer y segundo gobierno de Perón (1946-1955), la biotipología italiana tuvo un amplio campo de acción con algunos matices como los que Carrillo introdujo en el Instituto Nacional de Biotipología y Materias Afines, para dotarlo de un mayor sesgo nacionalista a tono con su propia trayectoria personal en el ejército y de contenidos provenientes de la experiencia eugénica del francés Alexis Carrel y el Instituto del Hombre que creó en Vichy bajo la ocupación alemana. El resultado sería la creación del Instituto Argentino del Hombre. El largo recorrido de la biotipología en Argentina no se interrumpió con la caída del peronismo. La reacción antiperonista que se impuso militarmente en 1955 abrió nuevos espacios para su desarrollo, especialmente cuando el radical Bernaldo de Quirós, después de haber creado la Sociedad Argentina de Eugenesia que tuvo las explícitas colaboraciones de Ricardo Balbín y Arturo Frondizi 50, montó en 1957 la Facultad de Eugenesia dentro de la Universidad del Museo Social Argentino que fue subsidiada ininterrumpidamente por el estado hasta 1973. Con la biotipología como materia troncal, se formaron por mas de dos décadas profesionales preparados para realizar, entre otro tipo de atenciones psicológico-confesionales, consultas prematrimoniales de corte eugénico que fijaban las características físicas y temperamentales que debía buscar un cónyuge en el otro por el bien de la descendencia. Para entonces la ciencia de la personalidad humana se había difuminado en múltiples esferas demostrando que si la utopía pendeana de crear una red de grandes establecimientos especialmente preparados para detectar lo «anormal» en los «aparentemente sanos» se desplomó con el régimen que la sostenía, no sucedió lo mismo Argentina con sus objetivos. La sorprendente continuidad de una ciencia del control social que durante más de cuatro décadas implementó fichas biotipológicas en las áreas de minoridad, educación, medicina del trabajo, y fuerzas armadas, para medir, clasificar, seleccionar y disciplinar, la infancia abandonada, adolescentes, obreros y conscriptos y soldados, no fue desaprovechada por la última dictadura militar que agregó a esa lista la obsesiva detección de subversivos. 50 Balbín fue durante años el principal líder de la oposición al peronismo en tanto que Frondizi fue Presidente de la Nación entre 1958 y 1962.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS Durante treinta y seis años, hasta que se jubiló en 1986, Luis Sánchez Granjel (1920-2014) ocupó la cátedra de Historia de la Medicina de la Universidad de Salamanca. Desde ella, la segunda que se estableció en las universidades españolas tras la obtenida por su maestro Pedro Laín Entralgo en la Universidad Central de Madrid en 1942, efectuó una encomiable y fundamental tarea para expandir el conocimiento del desenvolvimiento de los saberes médicos en diversas fases históricas de las sociedades hispanas, desde la época del Renacimiento hasta el siglo XX. Y así, nada más obtener su cátedra, fundó en 1955 un Seminario de Historia de la Medicina Española, germen del Instituto que se creó en 1969. Consolidado el seminario, Sánchez Granjel impulsó la publicación de Cuadernos de Historia de la Medicina Española, cuya existencia transcurrió entre 1962 y 1975. Entre 1978 y 1986, en la etapa final de su trayectoria académica, publicó los cinco volúmenes de su Historia general de la Medicina Española, de obligada consulta para cualquier historiador. Evidentemente el profesor Sánchez Granjel es bien conocido por los lectores de Asclepio, publicación complementaria de sus Cuadernos de Historia de la Medicina Española. En el repertorio bibliográfico que recoge su amplia producción intelectual, elaborado por su hijo Gerardo Sánchez-Granjel Santander y accesible en el repositorio digital de la Universidad del País Vasco, consta la fructífera colaboración de Sánchez Granjel con esta revista en la que publicó varios de sus artículos científicos como los dedicados a la legislación sanitaria española del siglo XIX, a la vida y obra del médico Juan Sorapán de Rieros (1572-1638), y a Pedro Laín Entralgo como escritor, entre otros. Este último trabajo revela otra pasión de Sánchez Granjel: la historia de la literatura, a la que dedicó también mucho tiempo y esfuerzos hasta el punto de que se convirtió en un destacado especialista de la generación de 1898 en general, y de Pío Baroja (1872Baroja ( -1956) ) en particular, en cuya vida debió de ver muchos paralelismos con la suya. Ambos eran vascos, los dos eran médicos con una atracción irresistible por la escritura, y tanto el uno como el otro sentían una gran fascinación por sumergirse en las profundidades de tiempos pretéritos y ejercer de historiadores. Así pues Sánchez Granjel dedicó a la trayectoria intelectual y producción cultural de quien es considerado uno de los grandes novelistas españoles contemporáneos diversos trabajos solventes, como su edición en 1980 de la tesis sobre el dolor que presentó un joven Baroja en 1896 para obtener su título de doctor ante un tribunal formado, entre otros, por Alejandro San Martín, Santiago Ramón y Cajal y José Gómez Ocaña, según evocara José Álvarez Sierra en las páginas de ABC el 27 de mayo de 1956. De la producción barojiana de Luis Sánchez Granjel los responsables de Urgoiti editores han escogido su libro El último Baroja para abrirle un sitio en su prestigiosa colección "Historiadores". Sánchez Granjel se convierte así en el primer historiador de la medicina en ocupar ese lugar, codeándose con figuras de nuestra historiografía como Juan Pablo Forner, Fernando de Castro, Emilio Castelar, Fernando Garrido, Manuel Gómez-Moreno, Antoni Rovira Virgili, Antonio García y Bellido, Antonio Domínguez Ortiz, Abilio Barbero y Marcelo Vigil, Felipe Ruiz Martín, Francisco Tomás y Valiente y Manuel Tuñón de Lara, entre otros. A mi modo de ver han elegido, acertadamente, para hacerse cargo de la edición y del estudio preliminar a Francisco Fuster, uno de los jóvenes historiadores que mejor conoce la tarea de los escritores periodistas que cumplieron un relevante papel de guías culturales a lo largo de la primera mitad del siglo XX, como fue el caso de Pío Baroja. Así se vuelve a reproducir el juego de espejos. Sánchez Granjel sintió cuando era joven una fuerte atracción hacia la obra y personalidad de Baroja, como revela su cruce de cartas entre 1951 y 1954, de las que se reproducen cuatro del novelista vasco en esta cuidada edición, que se acompaña además con un utilísimo índice onomástico. Ahora es el joven Francisco Fuster, con crédito ya acumulado como historiador cultural, como revela su ensayo Baroja y España: un amor imposible (2014), quien se siente fascinado por los conocimientos barojianos de Sánchez Granjel y por haber sabido compaginar este investigador su doble vocación de historiador de la medicina y de historiador de la literatura mostrando capacidad para trascender los límites y encorsetamientos de la "barbarie del especialismo", según denunciase José Ortega y Gasset. La obra de Sánchez Granjel, que significó un punto de inflexión en el campo disciplinar que cultivó, plantea las tensiones e interacciones existentes entre historia, literatura y medicina. Estas relaciones y conexiones son abordadas desde una triple perspectiva por Francisco Fuster en el inteligente estudio preliminar con el que enriquece la edición de El último Baroja. En primer lugar establece Fuster una genealogía de las preocupaciones intelectuales de Sánchez Granjel, ubicándolas en la estela creada por Gregorio Marañón y Pedro Laín Entralgo, médicos historiadores e impulsores del cultivo de las "humanidades médicas" en el medio académico español. De Marañón valorará su técnica de la psicobiografía y su defensa de la colaboración entre diversas disciplinas, según explicase en su Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo en un denso texto oportunamente rescatado por Francisco Fuster (p. Respecto a Laín Entralgo admirará su voluntad de estilo y su defensa de la biografía como objeto de estudio de singular importancia para los historiadores, pues según palabras del director de la tesis de Granjel "del mismo modo que la célula es la unidad elemental del ser viviente, la biografía es, en un plano ontológicamente superior, la unidad elemental de la Historia". Analiza luego las circunstancias que favorecieron el deslizamiento de la historia de la medicina hacia la historia de la literatura por parte de Sánchez Granjel, explicadas por este mismo autor en testimonios autobiográficos, como en su libro de 1998 Una vida de historiador. Y muestra Fuster cómo el autor que nos presenta logró unir sus diferentes intereses intelectuales al plantear y demostrar la importancia que tenían las fuentes literarias para el conocimiento del ejercicio de la medicina a lo largo de su historia, introduciendo una perspectiva novedosa en la práctica de la historia de la medicina. Y finalmente ofrece una lectura contextualizada de El último Baroja, obra que Sánchez Granjel publicó en 1992, y donde reconstruye la peripecia vital de Baroja entre 1936 y 1940 y las difíciles relaciones con los dos bandos que se enfrentaron de manera cainita en la guerra de España de una persona desfondada que intentó preservar su neutralidad, imposible de sostener a la larga. Fuster contradice algunas consideraciones de Sánchez Granjel, como cuando este sostiene que la obra Ayer y hoy, publicada por Baroja en Chile en 1939, era una especie de continuación de Comunistas, judíos y demás ralea, una antología de sus comentarios antisemitas manipulada por la propaganda del bando franquista. Más bien Fuster sostiene que no existe ninguna relación entre las dos obras, mostrando el libro publicado en Santiago de Chile unas reflexiones sobre la guerra que en la España de Franco hubieran sido impublicables. Ese afán legítimo del crítico por poner los puntos sobre las íes a su autor hace posible que también quepa matizar alguna constatación de Fuster, como cuando al aludir al momento en el que Laín Entralgo obtuvo su cátedra en 1942 afirma que en España se carecía de tradición histórico-médica (p. Significa esta aseveración no tomar en consideración una sucesión de esfuerzos precedentes para sostener tal tradición, entre los que ocupa un lugar relevante la Historia de la medicina española de Antonio Hernández Morejón (1773-1836) y de Anastasio Chinchilla (1801-1867), elaborada en las décadas centrales del siglo XIX, o las contribuciones de Eduardo García del Real (1870-1947) en los años 1920 y durante la Segunda República. Y también convendría incluir en la amplia relación de médicos humanistas e historiadores de la medicina que se mencionan en la p. X a exiliados republicanos que realizaron contribuciones sustantivas fuera del medio académico español, pero influyentes en él, a la historia de la medicina española, como fue el caso de Germán Somolinos d'Ardois, responsable de una monumental edición de las obras completas de Francisco Hernández iniciada en 1960 por la Universidad Nacional Autónoma de México. Esta edición de El último Baroja muestra pues la pertinencia de la alianza entre literatura y medicina, avizorada y practicada por Sánchez Granjel, mucho antes de que Georges Rousseau en las páginas de la revista Isis en 1981 llamase la atención acerca de la potencialidad de la interacción de esas dos disciplinas para el campo científico de la historia de la medicina. Leoncio López-Ocón Cabrera Departamento de Historia de la Ciencia Instituto de Historia-CSIC-Madrid
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS El 2 de junio de 1875 un por entonces veinteañero Ignacio Bolívar se dirigía a sus compañeros de la Sociedad Española de Historia Natural para mostrar su enojo ante la aparición de una publicación "que lleva por título La Langosta". Una vez examinado, el opúsculo en cuestión resultaba ser un compendio de errores y disparates completamente ajeno al estado de la ciencia entomológica del momento. La rotunda censura del joven Bolívar iba más allá de una indignación momentánea para plantear, al tiempo, una apenas disimulada reivindicación del papel que, a esas alturas del siglo xix, debían tener la ciencia natural y los científicos al servicio de la acción pública. Especialmente en problemas de tanta trascendencia para la nación como lo era el de la langosta. La plausibilidad de los planteamientos de Bolívar sobre el alto interés de la entomología aplicada vino a quedar refrendada por el esclarecimiento que él mismo aportó en esos años, en los que se dedicó a actualizar el conocimiento de la fauna española de ortópteros, sobre cuestión tan central como era la precisa identidad taxonómica de las especies que en España causaban periódicos episodios de langosta. Hasta entonces, por asombroso que parezca, no se había aclarado tal cosa. El papel de Bolívar en la correcta identificación de la Stauronotus maroccanus, hoy denominada Dociostauros maroccanus, como la especie de ortóptero que en el caso español podía considerarse como la principal causante de estas plagas acridianas, plagas que por aquel tiempo venían azotando los campos de diversas regiones ibéricas, es uno de los muchísimos episodios, desarrollos, cuestiones y aspectos recogidos por Antonio Buj en su panorámico libro Plagas de langosta. De la plaga bíblica a la ciencia de la acridología. Publicado por Ediciones del Serbal, un sello editorial bien conocido para muchos lectores de Asclepio por su largo compromiso con la historia de la ciencia y de la tecnología, el libro de Buj viene a redondear, bajo una visión amplia, integradora y sintética, la dedicación del autor al complejo tema de las plagas agrícolas, y, de modo muy particular, a aquellas que se engloban bajo la sonora etiqueta de "la langosta", a cuyas estremecedoras resonancias bíblicas se alude en el subtítulo de la obra. Una dedicación iniciada hace más de dos décadas con las investigaciones que dieron lugar a la tesis doctoral del autor, continuadas desde entonces en varios trabajos y publicaciones, y ahora rematadas por el libro, panorámico y sintético a la vez, que estamos comentando. Y una dedicación que, atendiendo a su inicial origen en el grupo liderado durante muchos años por Horacio Capel en la Universidad de Barcelona, se articula con otros proyectos de investigación surgidos en el mismo grupo para explorar el papel de las disciplinas científicas y técnicas en la interacción entre estado y territorio. No por casualidad es el profesor Capel quien firma el prólogo. Del libro destaca en primer lugar la riqueza de las dimensiones que reúne y de las lecturas que admite, muy en consonancia con la fascinante complejidad del tema abordado. Sobre el recalcitrante núcleo de naturaleza constituido por las langostas en sí, cuyas distintas especies comparecen en estas páginas y cuyos principales rasgos vitales son sintéticamente expuestos bajo un punto de vista biólogico y ecológico, se añaden y superponen multitud de capas culturales, científicas, técnicas, políticas y económicas. Sin olvidar la tensión añadida entre la unidad conceptual del fenómeno, basada en antiguas percepciones cultura-les y en modernos consensos científicos, y su siempre renovada variedad, en relación con la multiplicidad local de sus manifestaciones y efectos. La condición de geógrafo del autor se pone así al servicio de una mirada a la vez abarcadora e integradora, que no desdeña a priori ninguna de las posibles dimensiones en las que el fenómeno de la langosta se extiende desde lo natural hacia lo social. Sin menoscabo de esa visión geográfica, se aplica aquí también la perspectiva interpretativa del historiador, que informa buena parte del recorrido del libro. Aunque su desarrollo en capítulos se estructura más bien bajo un esquema temático, a ello se añade en varias de las secciones un cierto grado de orden cronológico, más o menos marcado según los casos. Así ocurre con el capítulo 5, dedicado a los esfuerzos para el control de la langosta en nuestro país, que ofrece un sintético recorrido histórico por la cuestión en el caso español. Pero si, ciertamente, lo referente a España adquiere aquí una especial visibilidad, ello no contradice la perspectiva genuinamente global que, aun en su brevedad, se ofrece en este ensayo. Es más, la condición de plaga propia de la langosta, padecida por agricultores de todos los continentes y épocas, y aquí reflejada en una serie de apuntes históricos bien elegidos, parece amenazar por momentos con saltar a las mismas páginas del libro, desbordando con su multiplicidad temática, geográfica e histórica, toda posibilidad de tratamiento abarcador y ordenado. Tal peligro queda finalmente conjurado gracias a la decidida vocación sintética, si cabe insistir en ello, aplicada por Buj en este libro, que de hecho se mantiene en un número de páginas muy moderado, lo que facilita y aconseja su lectura completa aun para lectores que pudieran acercarse a él desde intereses parciales o ámbitos conexos. Desde este punto de vista, el esfuerzo desplegado por Buj en este intenso librito merece elogio por haber intentado, con un grado de éxito que podrá juzgar el lector, esa rara combinación en la producción editorial española de rigor académico y soltura divulgativa, tratando de satisfacer tanto al especialista y el iniciado como al lego y el diletante. Un considerable apoyo visual, con ilustraciones en negro y un cuadernillo de láminas en color, termina de facilitar ese recorrido que Plagas de langosta propone a estudiosos de muy diversas áreas y al público culto en general -pues, como se acaba de decir, el tono del libro se quiere mantener a caballo de la monografía especializada y la alta divulgación-, ese recorrido, decíamos, a través de las problemáticas y cambiantes relaciones que naturaleza y humanidad venimos manteniendo en torno a la amenazante voracidad de un peculiar grupo de insectos. Universidad Autónoma de Madrid [EMAIL]
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS "Un libro sobre medicina y etnografía, en el actual momento histórico, parece una combinación de campos de estudio casi incompatibles. Así reza la frase que da comienzo a este libro colectivo y que no deja de ser una declaración de intenciones de sus editores: Josep M. Comelles y Enrique Perdiguero-Gil. Intención de aunar la Antropología y la Historia en su relación con la Medicina mediante uno de los métodos (para algunos, una metodología) más populares y controvertidos: la etnografía, en este caso con un case-study sobre Cataluña. Intención de revisar y recuperar, mediante este método, el estudio de la folk medicina concebida como el conjunto de prácticas y saberes al margen de la medicina científico-experimental, pero también como los conocimientos fruto de la dialéctica entre profesionales, instituciones de la salud, medios de comunicación y la ciudadanía (pág.21). Y puesto que de método y metodología trata el texto -no siempre de manera explícita-la importancia que se confiere a las fuentes resulta de gran interés ya que, como expresan los editores, es necesario recuperar fuentes olvidadas o despreciadas por la Antropología para ofrecer una nueva "mirada" sobre los procesos de salud, enfermedad y atención. Sin embargo, es necesario contextualizar este case-study en un ámbito mucho más amplio puesto que se trata, como ya se ha mencionado, de un intento de recuperación y reevaluación de la folk medicina española, cuyos primeros resultados ya han visto la luz en otras interesantes publicaciones de sus editores en 2014. El libro consta de un índice, una relación y breve biografía académica de los autores/as y nueve estudios, divididos en dos partes. Dos textos de Comelles y Perdiguero-Gil a modo de prólogo y epílogo vienen a completar este trabajo. Finalmente, y por lo que a aspectos formales se refiere, todos los autores aportan una excelente relación de referencias bibliográficas al final de cada estudio. El apartado titulado Begin the beguine. Medicina y etnografía en Cataluña, firmado por los editores, sienta las bases conceptuales e historiográficas en relación con el proceso de salud, enfermedad y atención de los posteriores estudios. Hacen hincapié, a su vez, en el tema de las "nuevas" fuentes etnográficas y su valor heurístico con unas breves pinceladas sobre autores catalanes anteriores al siglo XIX, así como el valor de las fuentes no escritas o de aquellas poco habituales en el ámbito antropológico y que requieren de nuevas aproximaciones. La primera parte del libro, titulada Etnografía y salud en Cataluña: de Joan Amades a los curanderos africanos, incluye seis estudios y plantea el debate sobre las continuidades y los cambios de la etnografía de la folk medicina catalana. Los textos de Luis Calvo y de Josep Martí nos remiten al folklore profesional catalán de principios del siglo XX. Luis Calvo presenta la iniciativa del Arxiu d'Etnografía i Folklore de Catalunya como caso reseñable antes de la institucionalización de la Antropología Cultural española; analiza el contexto en el que se fundó la institución -el noucentismey su papel en la construcción identitaria catalana del momento. Calvo destaca los Questionaris (sic) de dicha institución como el primer intento de sistematización de la recogida de material etnográfico y se centra en la serie dedicada al cuerpo humano y la medicina popular, concretamente a los de Anatomia i Medicina Popular. Josep Martí, por su parte, se centra en la figura del folklorista Joan Amades y su obra en relación con la medicina popular y los diferentes sanadores folk. Nos ilustra acerca de dos de las obras clave de Amades sobre folk medicina: el tercer volumen de Folklore de Catalunya y el Costumari Català. Tras un breve resumen de ambas obras, Martí analiza cuestiones relacionadas con la teoría y el método en dos interesantes apartados. Describe el trabajo de Amades con el término "puntillismo" y relaciona la aparente falta de rigor científico con el carácter divulgativo de su producción en un momento histórico en que la etnografía se focalizaba en el texto, pero no en el contexto. Algunos de los síndromes o padecimientos destacados por los folkloristas de principios del siglo XX, son el objeto de estudio de los escritos de Isabella Riccò y Rosa Subiros. Riccò divide su trabajo entre las "viejas" y las "nuevas" prácticas. En referencia a las primeras analiza el caso de los senyadors y los culture bound syndroms de l 'airada y l' espatllat con una breve comparativa entre estos y el caso italiano. El caso de las "nuevas" prácticas lo ilustra con un estudio de caso complejo por la diversidad de dolencias y síndromes tratados, precedido por una necesaria disquisición sobre el curanderismo urbano. Rosa Subirós nos presenta los resultados de un estudio sobre dos categorías folk: enaiguament y espatllat. Lo hace desde desde "la antropología de una misma" con un trabajo de campo realizado en trece pueblos de la Costa Brava gerundense con informantes mayores de 60 años. El resultado es el análisis de ambos síndromes y los relatos de los informantes sobre lo que la autora considera una "endemia"; es decir, un proceso patológico que se mantiene durante mucho tiempo en una población. Unos relatos que, como apunta Subirós, son indisociables del sufrimiento y del contexto en el cual se desarrollaron. Marisa Plaza y Josep Ma Comelles nos presentan un estudio sobre el uso de las plantas medicinales en el ámbito doméstico en las Terres de Ponent de Lleida. Se trata de un estudio etnobotánico que, como advierten sus autores, tiene sus peculiaridades puesto que no se limitan a la simple descripción, sino que aportan la mirada histórica y antropológica para analizar los sistemas médicos y sus transformaciones. El resultado de este enfoque metodológico es una excelente exposición de los resultados enmarcados en el proceso de medicalización. Sus autores, además, nos presentan un anexo con un catálogo etnobotánico y médico. La primera parte cierra con la participación de Laura Francès sobre el proyecto museográfico del Espai del Metge i de la Salut de Sant Feliu de Guixols (Girona). Un espacio que trabaja para dar valor al patrimonio material e inmaterial sobre el proceso de salud, enfermedad y atención. La autora destaca la investigación etnográfica sobre el patrimonio inmaterial y las pertinentes reflexiones teóricas y metodológicas que implica su estudio. Esta nueva aproximación queda patente en la exposición "Curar-se en salut" donde se dedica un espacio al folklore y pluralismo médicos. La segunda parte, integrada por tres propuestas, expone los resultados del uso de tres fuentes de gran valor etnográfico ajenas al folklore médico o a la antropología profesional. Josep M. Comelles explora el concepto de "preocupación" y su papel en la educación sanitaria de las clases medias educadas urbanas (un ethnoscape metropolitano). Para ello se sirve de dos fuentes hemerográficas catalanas de los años 50 del siglo XX: el seminario Destino y los escritos de Cianófilo, seudónimo de Josep Espriu, y la revista de divulgación sanitaria Consejos para VIVR en salud. Los resultados que nos presenta Comelles se enmarcan en una magistral reflexión teórica inicial. Lina Casadó firma el estudio sobre los "diarios" de la matrona Ramona Vía, concretamente sobre el titulado Com neixen els catalans. Se trata de un diario escrito entre 1945 y 1971 donde su autora relata las vivencias de su labor profesional como matrona de Asistencia Pública Domiciliaria y del Seguro Obligatorio de Maternidad en la localidad barcelonesa del Prat del Llobregat. El texto que nos ocupa se centra en cuatro aspectos de su práctica entre 1945 y 1957: los partos domiciliarios, los partos en las barracas, los conocimientos y desconocimientos populares en relación al embarazo y el partos y, finalmente, sobre el intervencionismo médico en su profesión. Cierra la segunda parte el trabajo de Josep Barceló a partir del guion y algunos fragmentos de la película Heroísmos producida en los años 20 en Tarragona. Como señala Barceló, su objetivo es poner de relieve la singularidad del proceso de medicalización en los municipios catalanes mediante la utilización de un documento cinematográfico y una aproximación multidisciplinar al objeto de estudio. Objetivo que enmarca y resuelve satisfactoriamente mediante la crítica y la reflexión teórica de la fuente y el método que utiliza para construir la etnografía. El per què de tot plegat, escrtito por los editores, cierra esta publicación con nuevos e interesantes apuntes sobre teoría y método y reflexiones sobre el futuro de la investigación del pluralismo médico, con el habitual buen saber hacer al que nos tienen acostumbrados los editores. Medicina y etnografía en Cataluña es un texto que nos invita a "comprender" el fenómeno del pluralismo asistencial y, concretamente, la folk medicina en Cataluña gracias a la etnografía y su aproximación a nuevas fuentes; gracias a una nueva relación entre textos y contextos. Un estudio que explora la difícil relación entre la Antropología, muchas veces ahistórica y otras antihistórica, y la Historia, huérfana en demasiadas ocasiones de andamiajes teóricos y que en algunos de los estudios presentados no termina de resolverse. Medicina y etnografía en Cataluña es un texto que nos plantea muchas cuestiones epistemológicas y de método y que por lo tanto cumple la función de cualquier buen texto: la de hacernos reflexionar sobre nuestras posiciones como investigadores e investigadoras. Es, en resumidas cuentas, una gran aportación a la revisión y recuperación de la folk medicina y el pluralismo asistencial.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS La historia de la visión como práctica cognitiva articula buena parte del relato sobre la medicina y las ciencias que hoy más pueda interesar, en esa tensión que la cultura material ha introducido en la forma de estudiar lo que las gentes del saber hacían y decían que hacían imágenes. La visión parece haber sido sentido privilegiado de conocimiento, trucado muchas veces por unos instrumentos de observación que entretenían y distraían de lo que podía comprobarse a una simple vista entrenada o mediado por otros. Ana Lamata usa para este libro tan sugerente los rayos x y las placas radiográficas, lo que hacían y el efecto que tuvieron en las culturas de su tiempo. La autora se centra en un grupo de artistas, en la interacción de esa técnica nueva con las representaciones plásticas del mundo. Lejos de una generalización de las relaciones entre arte y ciencia, el libro se dedica a "las manifestaciones artísticas de las primeras vanguardias y los rayos X" (15). En el lenguaje y la sintaxis apasionada que maneja, muy contagiosa para quien se interese también por el oficio de la escritura, están los ecos de la fascinación que la autora siente por esa interacción que analiza y por las fuentes que la inspiran. Revelada tal fascinación, Ana Lamata se sumerge en su propia narrativa para dar cuenta del portento de hacer visible lo oculto que proporcionaban los rayos X, se suma al asombro y, aunque pone tierra por medio -se distancia de forma académica, crítica-, el texto no pierde nunca la tersura de su propia sensibilidad. El libro trata de la epistemología de los encuentros entre el objeto -sea este radiografía u objeto radiografiado, los rayos que radiografían o la placa con su huella-y la práctica artística de los primeros años del siglo XX. Se alimenta de la sublimación de esa práctica tanto como de la de los propios rayos X, fascinantes y dañinos -eso aquí no aparece-, que desnudan literalmente hasta los huesos. Explora la incrustación del fenómeno radiológico en esas vanguardias, el efecto de esa magia moderna que era la ciencia de las radiaciones en "la condición fantasmal" esencial, dice, del sujeto moderno. El capítulo primero es una reconstrucción de los primeros tiempos de los rayos X, de la inspiración que fueron para la literatura de Thomas Mann en La montaña mágica -la placa radiográfica, la enfermedad desvelada de Hans Castorp, de Claudia, de Settembrini-que da pie a propuestas que relacionan el cristal con la humanidad, y de José Bergamín en su relato de un "Don Juan muerto-vivo" que "aparece en esqueleto"(50). En el segundo capítulo es el poeta Guillaume Apollinaire quien está retratado en su mundo. Cuenta Lamata que aquel acumulaba en su biblioteca estudios sobre los rayos X pero que sus heridas de bala en el cráneo y sus trepanaciones -sí hay una foto del poeta recién operado-carecen allí de placas radiográficas. Los poetas-videntes "penetran en lo desconocido" (79), palabras del poeta que, según Ana Lamata, anticipan el surrealismo bretoniano. Entonces la tarea del artista era "tener visiones", en palabas del teórico del arte Carl Einstein, con el uso de "aparatos que disuelvan las opacidades de la materia" (90). La adenda sobre Walter Benjamin como crítico del arte surrealista permite a Lamata mostrar esa cara superrealista de las cosas como su cara verdadera, un arte de ver. El tercer capítulo exhibe toda la fuerza creadora de los rayos x, se diría que del saber y de sus técnicas, como productora de realidades. Lo invisible como fuente de realidad (108), idea compartida por Carl Einstein y por Apollinaire y Alfred Jarry, participa en la introducción que hace de Picasso. Lamata deja hablar a los textos y a las imágenes sobre los rayos X y sus ideas asociadas para llegar al artista. La luz resulta un entretenimiento, como lo había sido la electricidad en los primeros tiempos, un puesto de feria creativo, de magia, "mas allá de lo evidente". La luz invisible es otra de las posibles descripciones imaginables para los rayos X. En el cuarto capítulo esta idea se acompaña de las capacidades de esos rayos, capacidades que la autora desgrana con la obra de Marcel Duchamp a mano: desnudar, descarnar, desentrañar, desvelar el pensamiento son epígrafes del capítulo en los que Ana Lamata repasa experimentos y creación como actividades mutuamente evocadoras. Superrealismo significaba "más que realidad, la vida radiografiada desnuda hasta los huesos". La autora da voz a Jarry y a Marcel Duchamp y los pone en diálogo con Ernst Mach, con Röntgen y a estos con Merleau-Ponty. El quinto capítulo se articula en torno a Giorgio de Chirico para incluirlo en la red de artistas dispuestos a soñar con la placa radiográfica, con lo oculto para hacerlo visible y mostrarlo espectral. Lo hace al presentar a de Chirico en constante interacción con sus contemporáneos, amigos poetas y artistas en el Salón de Otoño de Paris en 1912, con los escritos de Cocteau, de Schopenhauer y de Apollinaire -que pasea por también por este capítulo. Repasa a de Chirico a través de algunas de sus piezas y las relaciona con los rayos nuevos. Confirma su hipótesis sobre la influencia de estos en aquellas, al sugerir el producto artístico como mundo fantástico, mágico, metafísico. El sexto capítulo, del que Francis Picabia es hilo conductor, ahonda en los mismo efectos radiográficos. Picabia parece haber aprendido de su abuelo fotógrafo algunas cosas del radiómetro y el tubo de vacío, de los rayos y sus tubos. "La radiografía era a la fotografía lo que Picabia pretendia que fuese su pintura a aquella pretendidamente realista promovida por la Academia", escribe Lamata (244). Muestra a Picabia interesado precisamente en lo velado: "no veréis nada a primera vista". En el séptimo y último capítulo los cuerpos han dejado de ser opacos, o así lo expresan el Manifiesto de Arte Futurista de 1910, la obra de cuyos autores Ana Lamata repasa, y el manifiesto Rayonista, firmado en Moscú en 1907. Artes y rayos X aparecen como fotografía de lo invisible y luz que hechiza. Cada capítulo está acompañado de las imágenes a las que el texto se refiere, en un compendio visual que es soporte esencial del texto. La autora utiliza los rayos X para exponer sus ideas sobre el arte superrealista, sus obras gráficas y literarias. Los rayos son un instrumento para proponer relaciones entre textos, autores y creaciones -rayos y formas plásticas. Cada línea narrativa tiene el interés de explorar la cultura visual como conexión entre creación, invención y realidad. No hay un hilo temporal o espacial sino ideas concatenadas en torno a artistas y escritores -de poemas, de ensayos sobre el arte y filosóficos-contemporáneos entre sí. No son juegos de palabras sino ejercicios de estilo. Cada capítulo aparenta dedicarse a un creador cuando su relación con el entorno -rayos sobre todo pero otros agentes también-regresa a autores y artistas ya mencionados, a ideas nuevas, a evocaciones de fuentes posteriores o anteriores del arte, de la física y de la crítica del arte. Su originalidad rinde homenaje a la tradición crítica mientras parece también ironizar sobre ella. Es a la vez un tratado antiguo y uno muy nuevo. Se lee con mucho gusto y es capaz de generar interés por las ideas que expone, y por el trazo apasionado con el que incorpora los textos y la formas artísticas que la inspiran. Evita el asunto del daño que los rayos producen, silencio que aparece ajeno -opuesto más bien-al fenómeno a estudiar, el del rayo como generador de ideas y formas. Desde la historia de la ciencia puede contemplarse este libro como un tratado de una visión radiográfica, de la plástica y la vista de un fenómeno cuyo drama incorpora miradas tenebrosas, las de algunas de las más poderosas culturas visuales contemporáneas.
I, si no hi havia alternativa, acordaren que li pagarien el lloguer de la casa.
RESUMEN: Para evitar tanto la vieja historiografía presentista como la tendencia de algunos hermeneutas actuales a justificar cualesquiera desarrollos de los autores del pasado, se estudian las reacciones inmediatas a la filosofía y la política de la ciencia de Bacon. Bacon fue festejado por su promoción del desarrollo colectivo del saber que consideraba alcanzable con la debida organización y financiación. Gracias a ello, influyó en las principales sociedades científicas nacionales de mediados del siglo XVII. No obstante, su peculiar formación y práctica científica debilitaron sus análisis de los procedimientos usados en la ciencia avanzada de la época, mientras que sus ejemplos de la base empírica de la inducción (las historias naturales) están llenos de especulaciones sin fundamento empírico, llegando a recopilar no tanto hechos y experimentos, cuanto habladurías e informes contenidos en todo tipo de libros. El efecto de todo ello, unido a la idea de que este tipo filológico de historia puede ser practicada por gente común sin capacidad ni formación especial, se puede rastrear en los equipos de investigación con los que la Royal Society trató inútilmente de organizar su trabajo colectivo. Frente a los reformadores sociales, los principales científicos del siglo XVII desestimaron sus ideas científicas. Francis Bacon, jurista y político, llamó poderosamente la atención sobre la necesidad de sustituir la especulación filosófica ingeniosa por el trabajo experimental, modesto y colectivo, propuesta que gozó de notable aceptación. No obstante, Bacon, quien al decir de William Harvey filosofaba como un funcionario público, 1 daba consejos y fustigaba a diestro y siniestro sin tener una formación científica ni matemática aceptable 2. Desestimó los trabajos de sus más insignes compatriotas Th. Digges, J. Dee, T. Harriot, J. Napier, H. Briggs o W. Gilbert 3, y los de los más famosos continentales N. Copérnico, T. Brahe, M. Maestlin, J. Kepler o G. Galilei, amén de los de los médicos-químicos D. Sennert, J.-B. van Helmont, O. Croll, J. Duchesne o P. Severinus (al que alude de pasada dos veces), mientras prestaba atención preferente a otras doctrinas renacentistas como las de Agrippa de Nettesheim, Paracelso o Telesio. Su desprecio por el enfoque matemático de la naturaleza y por el atomismo, unido a su vitalismo de los espíritus en la materia 4, lo alejaron de la principal corriente mecánica frecuentemente asociada con la revolución de las ciencias matemáticas clásicas. Con todo, su influencia en la organización de la ciencia fue considerable y su impulso propagandístico en pro de la experimentación, notable; aunque ello se debió más a sus prédicas que a sus teorías científicas o metodológicas. La físico-matemática del siglo XVII y lo que Kuhn llamó ciencias baconianas en la física del XVIII poco o nada le debieron 5, mientras que las ciencias de los naturalistas se beneficiaron de su reclutamiento de aficionados a acumular datos que en el futuro pudiesen dar frutos teóricos. En lo que sigue comentaremos, en primer lugar, el método inductivo de Bacon; examinaremos, en segundo lugar, su manera de concebir la historia natural en que aquél debería asentarse para, a continuación, echar un vistazo a la influencia real de sus doctrinas en otros científicos y en el desarrollo del saber del siglo XVII. LA GRAN RESTAURACIÓN Y EL NUEVO MÉTODO La reforma del saber de Bacon constaba de seis partes, de las que sólo desarrolló parcialmente tres. La Primera, recogida en el Advancement (1605), trata de las disciplinas, de lo bueno que es el saber y de lo mal que lo han venido haciendo los sabios anteriores, quienes leían libros en lugar de fijarse en la naturaleza, con lo que se anticipaban a sus dictámenes y caían presa de los prejuicios. La Segunda Parte, tratada en el Novum organum (1620), explica el método a seguir, aunque, no siendo un científico, no sabe muy bien cómo salir adelante y abandona el proyecto para ofrecer algunos ejemplos de la tercera parte, la historia natural sobre la que se basa la inducción. A esta Tercera Parte pertenecen la Historia naturalis et experimentalis (1622), que incluye la historia de los vientos, y la Historia vitae et mortis (1623), a las que se podría añadir la Sylva sylvarum, publicada póstumamente en 1627 y en cierta medida los manuscritos de la Historia densi et rari (c. La Cuarta Parte no se hizo. Incluiría preceptos para aplicar el método a los materiales de la historia natural y contendría ejemplos de las primeras leyes científicas (axiomas) deducidas de los datos, según cuenta en la distributio operis de la Instauratio (Bacon 2011, pág. 41). Se pueden ver bosquejos de esta parte en el Abecedarium 6 y en algunos otros manuscritos sobre la densidad, el imán, lo animado e inanimado o la luz (OFB, XIII). No obstante, ninguno de esos pretendidos estudios llevó a ley alguna. La Quinta Parte contendría las hipótesis o anticipaciones de Bacon, no por provisionales menos acertadas, hasta que en la Sexta Parte se alcanzaría ya la verdad de una vez por todas. La Parte mejor conocida hoy es la segunda, contenida en el inacabado Novum organum. En su primera parte, trata de destruir los viejos obstáculos que entorpecen la pura contemplación de los hechos, anteponiéndoles diversos prejuicios conocidos como ídolos 7. La segunda parte constructiva incluye su método, pero no es muy precisa. Se trata de investigar mediante observaciones las leyes (las "formas") de las propiedades básicas (las "naturalezas simpes") cuyo ejemplo cabal es el del calor (N.o. Para el descubrimiento de las formas no se procede al azar, sino según un plan que busca recoger todos los casos que presentan el fenómeno en cuestión (tablas de presencia) 8, aquellos que coinciden en todo menos en la forma (tablas de ausencia) y aquéllos que varían aumentando o disminuyendo con el aumento o disminución de la forma (tablas de grados). Dicha experiencia letrada (literata) y organizada representa todo lo que hay, siendo la base de la verdadera inducción de los hechos a las leyes ("axiomas"), lo que se hace por pasos. Las tablas dan lugar a una primera vendimia de axiomas (quizá aproximada), de donde se puede proceder a la producción de obras prácticas y a nuevas experiencias para ascender a otros axiomas más generales hasta tener cubiertas todas las operaciones de la naturaleza. Como es ahora obvio, y como lo era entonces especialmente para los practicantes de las disciplinas matemáticas, sin ideas teóricas que guíen el trabajo empírico no se puede proceder a observar ni medir, pues son las teorías las que indican qué se necesita (una longitud eclíptica, un peso específico, un ángulo de refracción, etc.). Bacon no conoce bien las teorías avanzadas de sus contemporáneos ni es muy fino con la lógica de la ciencia, pues la inducción sería un proceso de inferencia de enunciados singulares a leyes universales, capaz a la vez de generarlas y justificarlas 9. Pero ello sólo sería posible mediante una enumeración y descripción completa y correcta de todas las naturalezas simples, lo que permitiría una inducción gradual hasta llegar a ser perfecta. Pero la caracterización de las naturalezas simples entraña una teoría y una ontología previas, por lo que la inducción no parte de hechos puros y las historias naturales no pueden ser la base del método. Veremos que las que Bacon ofrece como ejemplo están cargadas de teorías no controladas por los datos. En resumidas cuentas, toda su elaboración metodológica no es sino una recomendación vaga, cuando no irrealizable, de no inventar teorías alegremente sin fijarse antes en lo que pasa. Así, en Cogitata et visa 10 advierte que hay que suprimir la tendencia natural a establecer conjeturas teóricas para derivar de ellas nuevos hechos. Por el contrario hay que idear una forma de inducción que pase de los hechos a las teorías siempre que pueda demostrarse que no es posible encontrar una instancia contradictoria 11. Esta pervivencia de la concepción de la demonstratio postissima de las leyes equivale a exigir que sean lógicamente verdaderas, lo que arruina la posibilidad de la ciencia empírica, como se estaba empezando a comprender, con lo que sólo un aficionado podría decir tal cosa 12. A continuación, señala que las leyes inducidas deben tener un exceso de contenido empírico respecto a la base de la que se indujeron y que ese exceso de contenido debe confirmarse 13; pero no dice qué ocurre si no se confirma y no contempla esa posibilidad, aunque es razonable conjeturar que la inducción no sería así "la obra verdadera y natural de la mente". La inducción baconiana oscila entre la inducción eliminativa y la inducción de leyes irrefutables. La única salida para no caer en un procedimiento de anticipationes naturae (hipótesis), seguidas de confirmaciones o refutaciones, es creer en la posibilidad de disponer de una historia natural cuasi-completa organizada en tablas, de manera que el procedimiento de hallar instancias contrarias o confirmaciones del exceso de contenido sea un proceso finito y poco pro-blemático. Las leyes no se contrastan con los hechos, sino con las tablas que deberían contener cuanto hay, pues de no ser así, la inducción no produce verdades, sino anticipaciones (que es lo que realmente ocurre). En una palabra, Bacon no sabe muy bien cómo opera la ciencia empírica, qué es la inducción ni cómo se vindica. Aunque remite en ocasiones a las instancias eliminadoras, no es consciente del carácter conjetural del método. Como lógico de la ciencia, filosofa como un Canciller que dicta las leyes que le place. Bacon es oscuramente consciente de la imposibilidad de proceder a recopilar todos los hechos y hace hincapié en los procedimientos de eliminación y exclusión (v.g. II, § § 15-19) y en las ayudas para el entendimiento, "que abandonado a sí mismo y a su movimiento espontáneo es incompetente e incapaz de construir los axiomas" (II, § 10). A fin de facilitar la "inducción perfecta", se ofrecen nueve ayudas con nombres pintorescos (N.o. II, § 21), las primeras de las cuales, las instancias prerrogativas, son las únicas desarrolladas. Las otras ocho quedaron en el aire y a cambio añadió el aforismo N.o. I, § 130, señalando ahora que ello no importa porque la teoría correcta surge de forma natural de la mente con la contemplación de los hechos (contra lo dicho reiteradamente, v.g., en N.o. A pesar de la insistencia baconiana en un procedimiento ordenado que parta de la recopilación de los hechos para proceder a su tabulación (Parte 3) y de ahí a la obtención de cosechas primero provisionales (Partes 4 y 5) y luego firmes (Parte 6), en realidad no puede evitar las hipótesis y el proceso está transido de pasos conjeturales que no aseguran llegar a la verdad. La parte constructiva queda ahora inacabada con el pretexto de que "el arte de descubrir [el método] se irá perfeccionando con los descubrimientos mismos" (N.o. I, § 130) y justifica dejar inacabado el organum porque es imperioso dar unos ejemplos de la base de la inducción, la historia natural, ya que vale más ofrecer unas nociones parciales de varias cosas en lugar de dedicarse a perfeccionar sólo una. Pero si la caracterización del método inductivo resultaba poco clara y se acabó abandonando, la de la historia natural desveló dificultades mayores. LA HISTORIA NATURAL Y LAS ANTICIPACIONES DE LA NATURALEZA Hay varias caracterizaciones de la historia natural poco coincidentes. Inicialmente, en la Distributio operis de la Instauratio (Bacon 2011, 35-42), la historia natural debe ser una recopilación completa de los hechos (: "comprende los fenómenos del universo" no menos que "todos los experimentos de todas las artes") y no como las hechas hasta entonces, superficiales, parciales y más orientadas al deleite que a la iluminación. Debe incluir no sólo los fenómenos naturales de cielo, tierra y mar, sino también los desvelados por la técnica que es como la tortura de los reos que fuerza a la naturaleza a confesar sus secretos. Y no sólo debe hablar de los cuerpos, sino también de las "fuerzas primordiales" que los mueven. Dichas fuerzas o naturalezas simples, como señalamos, constituyen el abecedario con el que se forma el dilatado discurso de los fenómenos naturales. La historia se orienta al descubrimiento de las formas o leyes de tales naturalezas que es el objeto de la inducción. Así pues, la idea de la historia natural completa debe orientarse desde el principio a descubrir todas las fuerzas y sus leyes, no admitiendo nada que no se haya examinado ocularmente, sin prestar atención a las habladurías y fábulas de que está llena la tradición, incluyendo "la minuciosa descripción de los experimentos de que nos hemos servido" para que se pueda examinar y criticar su alcance y exactitud. (I, § § 98-103; II, § 10) se reitera que dicha historia natural es el comienzo del plan general, ya que, mediante su tabulación, el entendimiento obtiene una primera cosecha de axiomas con los que deduce nuevos experimentos y, con las ayudas al entendimiento, se pasa a la verdadera inducción definitiva (N.o. Bacon barrunta la ingenuidad de pretender obtener las leyes directamente de "todos los experimentos y todas las artes" y reconoce la necesidad de usar las primeras leyes cosechadas para ampliar la base de la inducción, "pues la vía no es plana, sino que asciende y desciende, primero a los axiomas y luego a las obras" (N.o. I, § 103); pero no reconoce explícitamente la necesidad de partir de hipótesis para recopilar hechos y realizar experimentos relevantes, lo que entrañaría la intervención de las teorías en la obtención de datos. Además, las nuevas leyes ("axiomas") no deberían aplicarse sólo a los datos de los que se indujeron, sino que deben tener mayor contenido empírico, en cuyo caso "se habrá de ver si se confirma su [mayor] amplitud y extensión, como si de una garantía se tratara" (N.o. I, § 106), lo que a nosotros se nos antojaría como un caso de confirmación de hipótesis por predicciones satisfechas 14. El método deductivo ejemplificado por sus coetáneos matemáticos era ajeno a Bacon, 15 por lo que sería forzado considerar sus insinuaciones acerca de la inducción eliminativa (N.o. I, § 110) y los procedimien-tos deductivos como algo semejante a la práctica de los científicos. De lo que trata principalmente es de la especulación del pasado y no de la ciencia contemporánea que en gran medida ignoraba. En todo caso, esta descripción programática de la historia natural acabada y exacta contrasta con las más relajadas declaraciones posteriores. Tras el Novum organum, se incluyen dos documentos atinentes a la historia natural. El primero es la Parasceve (Preparación para la historia natural y experimental) y el segundo, un Catálogo de las historias naturales que incluye desde los astros, al poder de los números y las figuras. De pronto Bacon tiene prisa porque sus muchas ocupaciones políticas y su mala salud le roban tiempo y desea poner a todo el mundo a colaborar en la recopilación de datos, ya que es una tarea fácil si se siguen sus instrucciones. No es propio de él hacer lo que está al alcance de cualquiera, reservándose la dirección y planificación, así como la dilucidación de las operaciones del entendimiento sobre esos materiales, los cuales podrán estar disponibles "durante nuestra propia vida" (con financiación real), con lo que "en el curso de unos pocos años será una realidad la investigación de la naturaleza y de todas las ciencias" (Bacon 2011, 400 y sig.). Las directrices de la Parasceve constan de diez aforismos en los que se degrada notablemente lo que hasta aquí parecía ser una colección sobria de experimentos y hechos bien comprobados. Ahora, la historia natural es una recopilación bibliográfica de lo que se ha escrito. En efecto, esa impresión surge del aforismo 3 donde se regula la recogida de informaciones escritas, evitando la cita de los autores, la discusión de opiniones y los detalles filológicos. Esta impresión se fortalece cuando en el aforismo 8 se distinguen tres tipos de informaciones a recoger: las seguras, que no irán acompañadas de ningún comentario; las dudosas, que deben ir precedidas de un "se dice, "se cuenta", sin añadir los argumentos favorables o contrarios, pues ya se descubrirá con las deducciones de los primeros axiomas cosechados (sin que le preocupe el círculo vicioso); y finalmente las falsas "que durante muchos siglos han sido moneda corriente", como que el ajo debilita el imán. En el aforismo 9 se dan consejos, como el de no suprimir lo raro o incierto que pueda encontrarse en "alguna narración", y pone como ejemplo a Plinio, quien compiló su Naturalis historia extractando unos 2.000 libros de un centenar de autores selectos, aunque en realidad fueron muchos más. Como veremos más adelante, sus seguidores de la Royal Society entendieron la historia natural como una tarea básicamente bibliográfica. Siendo así, no es de extrañar que Bacon estimase en el décimo aforismo que esa historia no será muy larga (comparada con los volúmenes de derecho que se encuentran en las bibliotecas) y, dado que considera que las "naturalezas" cuya forma hay que investigar son sólo unas cuantas, no es raro que confiase en que el fin de la ciencia se podía realizar en una generación con fondos y personal adecuados. Aunque ningún científico practicante parece haber soñado tal utopía, la de Bacon promovió la organización social de la investigación empírica. Las historias de Bacon Bacon dejó sin acabar el Novum organum con la idea de publicar seis ejemplos de historias naturales, uno cada mes. Sin embargo, sólo publico la de los vientos en Historia naturalis et experimentalis (1622) y la de la vida y la muerte, Historia vitae et mortis (1623). Un tercio de siglo más tarde, su secretario W. Rawley publicó lo que había dejado de la Historia densi et rari (1657) 16, quedando en el tintero las de (a) lo pesado y lo ligero, (b) la simpatía y antipatía de las cosas (la magia natural) y (c) el azufre, el mercurio y la sal (la tría prima paracelsiana) 17. Rawley publicó unos meses tras su muerte la Sylva sylvarum (1627), con un millar de "experimentos", en realidad noticias y observaciones diversas, tomadas de aquí y allá, que fue la obra de Bacon más leída (10 ediciones hasta 1670 y muchas otras posteriores). El libro incorpora mucho "material fabuloso no sólo no ensayado, sino notoriamente falso", como criticaba en los demás (Advancement, OFB IV, 26 y sig.). jor de los casos, los datos aportados encajan de manera laxa con la teoría, como que la dureza y la grasa contienen mejor al espíritu que los materiales secos y porosos, o que el abuso de la actividad sexual seca y degrada. En el peor, incluyen informaciones descontroladas, como la conexión de la longevidad con la fisionomía 20, la utilidad del oro potable y las perlas con limón para prolongar la vida (OFB XII, 234), o explicaciones mitológicas, como que el tabaco reconforta, no porque abra los conductos y disipe los humores, sino porque condensa los espíritus (OFB XII, 250)... y muchas más cosas por el estilo. El carácter no empírico, sino teóricamente derivado, de los datos de su historia se declara explícitamente. Al hablar de las medicinas para prolongar la vida, señala que "no hemos examinado experimentalmente algunas de las cosas que proponemos (porque el tipo de vida que llevamos no da para ello), sino que las deducimos con muy buena razón (creemos) de nuestros principios y presupuestos (algunos de los cuales exponemos y otros reservamos), estando extraídos y excavados de la roca o minas de la propia naturaleza" (OFB XII, 240). Quizá el interés de Bacon por su salud y por retrasar su próximo exitus borraron todo rastro de prudencia y la decisión de "morar pura y perpetuamente entre las cosas mismas". Así, los cánones 19 a 32 aplican sus "descubrimientos" sobre los espíritus a la preservación de la vida con recomendaciones locas, como que en la vejez es mejor alimentarse a través de la piel o por vía anal (OFB XII, 368), lo que desmerece mucho del carácter empírico y prudente de la gran restauración, cuando no de su autor. Sería ya inútil comentar ahora las deficiencias observacionales y experimentales de la Sylva sylvarum 21. LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS La incidencia de Bacon en los científico coetáneos es casi nula y, hasta los años sesenta, su efecto sobre la organización de la ciencia, escaso. Su correspondencia incluye nobles y cortesanos, pero no científicos, compatriotas o continentales, por lo que recoge muy pocos asuntos científicos 22. No hay en sus obras nada comparable a los intercambios epistolares de Descartes o Galileo ni a sus polémicas científicas. Galileo, por ejemplo, no lo menciona ni una sola vez en sus trabajos o en su correspondencia. Lo mismo ocurre con Kepler 23. Tampoco se encuentra ninguna alusión a Bacon en las obras de Descartes 24, mientras que en la correspondencia con Mersenne lo cita por cuestiones nimias. Como veremos a continuación, en 1630 y 1632 lo menciona tres veces con cortesía pero escaso interés. Ni lo critica ni lo alaba, sino que parece considerar que lo que dice es aceptable, aunque trivial, y no discute con ningún detalle sus ideas, como haría en sus conocidos intercambios con Thomas Hobbes, Henry More o los hermanos Cavendish, con el menor de los cuales, Charles, trató cuestiones de físicomatemática relativas a la oscilación de los péndulos, mientras que con el mayor, William, discutió sobre el automatismo de las bestias y cuestiones químicas. Según señala Charles Adams, Descartes aprobaba el método de Bacon, aunque le concedía un papel secundario y subordinado a la aplicación de las matemáticas a la naturaleza, aplicación que Bacon desestimaba 25. A Descartes le parece necesario, pero trivial, conocer los hechos básicos de un campo antes de teorizar sobre él. Habría ojeado algunas obras de Bacon durante los años veinte, pues en la primera mención que aparece en una carta a Mersenne de Enero de 1630 (ibídem I, 109), señala que ha hecho una lista larga de cualidades, sacada en parte de su cabeza y en parte de Bacon. Da la impresión de que la quiere para proceder a explicarlas mecánicamente, pues en esta época está preparando Le monde. Bacon sirve tan sólo para la lista de cualidades y no parece que tenga ningún interés en las ideas de Bacon sobre las "naturalezas simples" o sobre cualquier otra cosa. El 23 de Diciembre de 1630 (ibídem I, 195), hace un comentario a Mersenne sobre el método de Bacon que, tras la apariencia de reconocimiento, esconde una crítica seria. El fraile le había preguntado cómo hacer "experiencias útiles", a lo que responde que nada tiene que añadir a lo que ha escrito Bacon, aunque a continuación critica la excesiva falsedad y credulidad de sus historias naturales. No hay que ser demasiado minucioso en el registro de todos los pormenores sobre un tema, sino que hay que "hacer registros generales de las cosas más comunes cuya verdad se puede averiguar sin gran esfuerzo, pues son esas las que sirven infaliblemente en la búsqueda de la verdad", mientras que en las más concretas es imposible evitar "las superfluas e incluso las falsas si se ignora previamente cuál es la verdad". El 10 de Mayo de 1632 (ibídem I, 251-52), cuando Mersenne le informó de que conocía a personas a las que les gustaría colaborar con el desarrollo del conocimiento haciendo todo tipo de experiencias, Descartes expresó el deseo de que alguien hiciese una "historia de las apariencias celestes, según el método de Verulamio", hecha "sin razones ni hipótesis", pero no espera que se haga porque supera la capacidad humana. Hobbes tampoco lo menciona ni una vez en su correspondencia entre 1622 y 1659, 26 aunque en el Leviatán habla de la Nueva Atlántida despectivamente como un mero "juego de ingenio" 27. Más relevante es su inspiración en la teoría de las mareas de Bacon, aunque no cite la fuente 28; pero, en contra del Canciller y con Galileo, atribuye el movimiento del océano al de la Tierra y no al de todo el cosmos en torno suyo. La Tierra sería como una palangana que, al girar al Este, hace que una onda de agua avance por el borde en dirección Oeste, siendo luego desviada por el obstáculo de los continentes, como quería Bacon. Pocos ejemplos más se pueden hallar de la influencia de sus teorías científicas. En vano se buscará algo más que loas al empirismo en las correspondencias de Mersenne 29 o de Peiresc con los hermanos Pierre y Jacques Dupuis. En ésta última, especialmente entre 1623 y 1628, se tratan cuestiones bibliográficas y se expresa el deseo de traducir sus obras, pero no se entra nunca a discutir o comentar sus teorías. Peiresc estaba en contacto con William Boswell, albacea de Bacon, y con Philippe Fortin de la Hoguette, que disponía de manuscritos inéditos del Canciller, y menciona haber recibido, procedente de Roma, un pequeño escrito de Bacon sobre "son project pour un ouvrage de Vita, où il y a encore quelque conception qui n 'est pas à rejectter"; pero, como es habitual, no se entra en su contenido 30. Aunque muestran un interés más erudito y bibliográfico que científico o filosófico, Bacon era una figura admirada por algunos franceses, ya que, por ejemplo, hacia 1622, Fortin de la Hoguette hizo pintar su retrato que envió al Gabinete de los hermanos Dupuy, visitó al Canciller en Inglaterra al año siguiente y volvió con varios manuscritos, mientras que en el otoño de 1624, el embajador Antoine Coëffier de Ruzé d'Effiat aprovechó su viaje a Londres, con vistas a convenir la boda de Henriette de France con el futuro Carlos I, para visitar a Bacon con tal adoración que se llamaban mutuamente padre e hijo. En la correspondencia de Mersenne no abundan las referencias al Canciller, que en general aluden al reformismo milenarista y a cuestiones bibliográficas como en el caso anterior 31. Una excepción es el magistrado de Rouen, Robert Cornier, quien, aparte de hablar de las publicaciones, entra algunas veces en materia. El propio Mersenne tenía buena opinión de las consideraciones de Bacon acerca de los procedimientos científicos, aunque le reprochaba que se atribuyera reglas ya sabidas o refutadas, que ignorara a los sabios continentales y que propusiese experiencias ya realizadas que desconocía, como las del calor, la luz y el fuego mencionadas en el Libro II del Novum organum. Con todo, estaba dispuesto a dejar de lado en este contexto que fuese un hereje 32. Cornier coincide con la opinión de que los consejos y objetivos de Bacon son mejores que sus aportaciones experimentales: "Por mi parte os diría que en Bacon no estimo tanto la novedad [curiosité] de sus experiencias como las consecuencias que extrae de ellas y el método con que las trata. Debido a ello, por más que las observaciones sean muy comunes, estimo que para muchas personas sería muy agradable conocer sus procedimientos" 33. En su correspondencia con Mersenne, Cornier se interesa por llevar a cabo experimentos de los que habla Bacon sin haberlos hecho, como determinar la velocidad del sonido o si la luz de la Luna condensada con espejos ustorios calienta o enfría 34. No sólo Cornier critica las observaciones de Bacon. Por ejemplo, el 13 de Febrero de 1627, Pierre Le Loyer, pregunta si es cierto que el hielo es más denso que el agua como afirma Bacon 35. También Jean Baptista van Helmont critica la originalidad o exactitud de las experiencias de Bacon. Aparte de la condensación de los rayos fríos de la luna, mencionado en la nota 34, señala que una vela sobre agua en una campana consume el aire y por ello el agua asciende, mientras que para Bacon (Sylva IX, 889) el ascenso se produce cuando desaparece la llama a fin de ocupar su sitio, cosa que ocurre asimismo si se sustituye el agua por harina o arena, lo que indica que no es el caso que la llama consuma el aire como alimento 36. La única persona que trabajó más sistemática y experimentalmente sobre las ideas de Bacon fue Isaac Beeckman, quien recogió sus consideraciones, generalmente críticas, en un Diario que desgraciadamente no se publicó hasta el siglo pasado 37. II, § 25 sobre la consistencia de las membranas de las gotas de agua que hace ascender el hilo de agua cuando se desprende la gota. Beeckman ofrece la interpretación de la presión atmosférica que, al ejercerse en todas direcciones, provoca la formación de esferas. También critica la explicación de la blancura y transparencia de N.o. II, § 23 en términos de estructuras simples de cuerpos desiguales y de cuerpos con partes iguales, señalando más bien el tamaño de los poros y la refracción. Asimismo reprueba la oposición de Bacon (2011, página 289) al movimiento diurno de la Tierra y su idea de que el cosmos se mueve al Oeste, llevando consigo los astros, el aire y las mareas en el mismo sentido. También censura las consideraciones sobre el peso de la materia ordinaria (N.o. II, § 11), señalando que sólo en el vacío se muestra la cantidad de materia por el peso, debido al efecto del medio. También critica la velocidad instantánea de la luz (N.o. II, § 46) y otras afirmaciones sobre las relaciones de densidad entre los cuatro elementos. El 23 de Diciembre 1623 (ibídem II, 276 y siguientes) censura la supuesta conversión de agua en aire en la proporción 1:100, la tesis de que el aire no pesa, así como sus ideas sobre arquitectura naval y la mayor eficacia de juanetes y sobrejuanetes en lo alto del palo. Como en el caso de las gotas, el fundamento de la crítica es la mecánica y la hidrostática de la tradición matemática arquimediana que Bacon no domina ni usa. Más adelante, expone las perplejidades de Bacon sobre la caída de graves al final del capítulo 3 del libro 5 del De augmentis, explicando que en el vacío todos los corpúsculos caen a la misma velocidad, diversificándose ésta según la acción del aire sobre la superficie (ibídem II, 330). Finalmente, por no multiplicar los ejemplos, entre mayo y Julio de 1628 examina diversas opiniones sobre música recogidas en la Sylva, en cuyo "experimento" 103 se afirma que la causa de la concordancia del diapasón (la octava) "es obscura y nadie la ha dado", mientras que en el 278 atribuye la consonancia y disonancia a simpatías y antipatías entre los sonidos. Beeckman había señalado (ibídem I, 53) que la especial consonancia de este intervalo estriba en que la octava alta da dos pulsaciones por una de la baja, y comenta justamente: "Creo que Bacon no era lo bastante ducho en conjugar matemáticas y física" (ibídem III 51-2) 38. BACON ENTRE LOS MILENARISTAS Frances Yates ha subrayado 39 la oposición de Mersenne y los jesuitas franceses al ocultismo de los rosacruces que el programa mecanicista de Descartes quebrantaba, mientras en Inglaterra el "fomento del saber" baconiano convendría con tal ocultismo por su misticismo y milenarismo. La Nueva Atlántida se hace eco de los manifiestos rosacruces, siendo una comunidad cabalista cristiana heterodoxa, inclinada al ocultismo y a la magia merced al poder de su filosofía del avance del conocimiento. Yates 1972, 156-69, ha señalado la comunidad de ideas entre el Advancement (1605) de Bacon y los manifiestos rosacruces de 1614-16 por lo que respecta al conocimiento como iluminación de la fraternidad al servicio filantrópico de la humanidad y de la restauración del saber preadámico, mientras que la Nueva Atlántida revela que Bacon estaba familiarizado con las ideas rosacruces, utilizando incluso sus emblemas. La conexión entre Inglaterra y Alemania se debería a la hija de Jacobo I, Elisabeth Estuardo, electora del Palatinado (1613-19) y breve reina de Bohemia (1619-20), quien conoció a Bacon y llevó con ella libros al continente, aparte de los enviados a Wotton (nota 22), mientras que su marido Frederick V estaría conectado con el movimiento de los rosacruces (ibídem, 69-81). Quizá eso explique que antes de la Commonwealth Bacon fuese más apreciado en el continente, especialmente Francia, Alemania y Holanda, que en Inglaterra. Ya hemos mencionado el interés por leer y traducir sus obras de los Peiresc, Mersenne o Dupuy, los cuales tuvieron acceso a los manuscritos de Bacon que le había escamoteado Fortin de la Hoguette cuando lo visitó en 1623. En Holanda fue apreciado por Constantijn Huygens y leído atentamente por Beeckman, mientras que Isaac de Gruter publicó los manuscritos heredados de Boswell 40. Pero en los años 40, un grupo de alemanes emigrados a Inglaterra, más reformistas que científicos, como Smuel Hartlib y Theodore Haak, a los que se podría añadir el calvinista escocés John Drury y el checo Comenio, fomentaron las reformas religiosas y educativas pansóficas, inspiradas en la Atlántida de Bacon y la Antilia del rosacruz Johann Valentin Andreae 41. Comenio estudió en Heidelberg en 1613-14, coincidiendo con la presencia allí del elector Frederick y Elisabeth Estuardo. Leyó los manifiestos rosacruces, fomentó la reforma religiosa y la organización baconiana del saber total y visitó Inglaterra en 1640-41 gracias a Hartlib, pronunciando un sermón en el parlamento. Haak, quien estudió también en Heidelberg antes de trasladarse a Oxford y Cambridge, actuó como agente de Comenio en Inglaterra y participó en el "círculo de Hartlib", que inspiraría la fundación de la Royal Society por fomentar los ideales pansóficos educativos y de reforma del saber en instituciones de inspiración baconiana y rosacruz. No obstante, con la restauración monárquica, estos emigrados no fueron elegidos como fellows de la Royal Society (1660) por sus conexiones republicanas, milenaristas y radicales. En cualquier caso, el baconianismo de estos emigrados se asentaba más bien en los ideales políticos reformistas que en el contenido científico de las teorías de Bacon, cuya filosofía técnica nunca fue muy influyente, más allá de promover la observación, la experimentación, la prudencia teórica y el trabajo en equipo. BACON EN LA ROYAL SOCIETY La influencia de la ideología baconiana en los aficionados de la Royal Society de Londres y en la más profesional Académie Royale des Sciences de París ha sido muy comentada y no entraremos en ella aquí 42. Tan sólo ofreceremos un ejemplo de la inanidad de sus doctrinas del método y de la historia natural para el avance de la ciencia. La Royal Society se gestó el 28 de Noviembre de 1660, cuando se decidió mantener reuniones todos los miércoles a las tres de la tarde en el Gresham College para promover la filosofía experimental. No obstante, las primeras sesiones eran un tanto mortecinas, no siendo infrecuente que las llamadas a la participación quedasen desatendidas. Se intentaron montar comités para la realización de experimentos sin demasiado éxito, por lo que dos años más tarde, el cortesano Robert Moray propuso nombrar un curator de experimentos pagado. La elección cayó en Robert Hooke, ayudante de Robert Boyle, gracias al cual al año siguiente se triplicó la actividad científica de la institución. Según Thomas Sprat 43, los planes de la Sociedad incluían crear registros de objetos y de informes. Lo primero, con el Depósito de "todas las especies de la naturaleza" organizadas con ayuda del método de categorías de John Wilkins (quien publicaría al año siguiente su An Essay towards a Real Character and a Philosophical Language). Y lo segundo, con la creación de una Biblioteca y de un Comité "cuya principal tarea será repasar cualesquiera Libros que se hayan escrito... gracias a lo cual esperan rápidamente observar y resumir en volúmenes manuscritos cuanto hasta ahora se ha realizado o propuesto en dichos estudios". El plan refleja lo que Bacon habría tratado de hacer en la Sylva (1627) pero, a estas alturas, cuarenta años más tarde, estaba claro su fracaso, pues aunque Sprat alaba su defensa de la filosofía experimental y sus reglas para promoverla, señala que un hombre sólo y tan ocupado no podía abarcar un plan tan vasto: "Sus reglas eran admirables, pero, en muchas partes, su Historia no tan fidedigna como hubiera sido de desear, pues parece aceptar cuanto le llega más bien que elegir, y amontonar más bien que atestiguar" (ibídem, páginas 35-6). Aparte de las charlas de las reuniones semanales, la sociedad, acostumbraba a nombrar comités específicos para fines concretos que tampoco daban mayores resultados. Así, a principios de 1661 se nombraron comités para examinar el experimento del vacío de Torricelli o las gotas de vidrio de Murano del Príncipe Rupert que estallaban con gran efecto, o bien otros sobre el péndulo o la generación de insectos. Algunos comités más prácticos atrajeron más atención, como los de dedicados a considerar el cultivo de árboles maderables, a examinar el catamarán de Petty 44 o el plan de John Buckland para plantar patatas por toda Inglaterra a fin de evitar las hambrunas. Pero estos comités no investigaban, por lo que en la Primavera de 1664 se intentó organizar las actividades de manera sistemática a base de equipos estables con un número crecido de socios (idealmente todos ellos estarían adscritos al menos a uno). Mecánico, para examinar los inventos mecánicos, presidido por W. Brouncker, con otros 68 miembros (casi la mitad de los socios que eran 145). Astronómico y óptico, presidido por J. Goddard, más otros catorce socios. Anatómico, presidido por G. Ent, con R. Boyle, R. Hooke, J. Wilkins y todos los médicos de la Sociedad que eran 25. Químico, presidido por J. Goddard, con siete miembros, entre ellos R. Boyle y K. Digby, más los 25 médicos de la sociedad. Agrícola o Geórgico, presidido por C. Howard, con otros treinta y un miembros. Historias de las artes, presidido por C. Merrett con otros treinta y cuatro miembros. Comité "Para recoger todos los fenómenos de la naturaleza hasta ahora observados y todos los experimentos realizados y registrados", presidido por J. Hoskins y otros veinte miembros. Comité para la Correspondencia, dedicado al contacto con lugares exóticos, presidido por T. Povey con otros 19 socios. Los comités tecnológicos (1, 5 y 6) eran los más nutridos, siendo el científico-matemático (2) el más magro junto con el naturalista-experimental (7), a pesar de sus pretensiones. Los resultados de dichos comités fueron nulos. El de Fenómenos y experimentos estableció sus planteamientos y recomendaciones, pero no dejó minutas de ninguna reunión; el Agrícola mantuvo ocho reuniones entre el 23 de Junio de 1664 y el 23 de Febrero del año siguiente; el Mecánico mantuvo seis, entre el 16 de Julio de 1664 y el 12 de Mayo del año siguiente, y el de Correspondencia mantuvo dos entre el 19 de Agosto y el 23 de Septiembre de 1664. Sobre los demás no hay datos. A pesar de la ideología baconiana y el supuesto ethos puritano, el grueso de los socios mostraba un entusiasmo moderado por el trabajo, fuese en equipo o en solitario. El programa de Bacon alentaba la colaboración de personas poco profesionales y sin preparación especial. Que los "investigadores" no estuviesen al tanto del estado del saber en el terreno de su equipo queda de relieve porque la primera tarea que se plantearon fue la de leer libros para enterarse de qué se había hecho y qué quedaba por hacer, al modo de las historias de la Sylva sylvarum. El Comité de Fenómenos naturales se reunió un par de veces y de él sólo ha llegado un informe de su presidente en el que propone seguir las directrices de Bacon en la Parasceve, en cuyo primer aforismo se dividían los fenómenos en naturales, prodigios y artificiales. Excluyendo estos últimos, objeto del Comité de mecánica, sólo restan las producciones naturales ordinarias o monstruosas que en aforismo cuarto se dividen en (1) fenómenos celestes, de los que se excluyen los asuntos de astronomía y óptica tratados en el Comité ad hoc; (2) los del aire o meteoros, en los que Bacon incluía los cometas, aunque Hoskins los relega ya a la astronomía; (3) los fenómenos de la tierra y el mar; (4) las masas de los cuatro elementos, los "colegios mayores" de Bacon, y (5) los minerales, vegetales y animales, los "colegios menores" de Bacon. Para iniciar tan inmoderado plan se debe empezar leyendo a los autores que recogen observaciones, como J. A. van der Linden, De scriptis medicis liber duo (1637), y otros que C. Merrett prometió aportar. De todo ello nunca más se supo, aunque, como dijimos, Sprat sigue aludiendo a este comité en 1667. La misma tendencia libresca se observa en el más práctico Comité de agricultura que, en sus ocho sesiones, se preocupó principalmente de recabar de sus miembros listas de autores a fin de extraer de su lectura preguntas dirigidas a los agricultores, para ver qué se sabe y qué queda por mejorar. Esto es, los miembros del comité más que expertos investigadores son notarios, algo sin duda muy propio de quien hace ciencia como un Canciller. El Comité no llegó a nada, se manejaron algunos libros y se bosquejaron algunos cuestionarios, pero no se aplicaron ni se analizaron las escasas respuestas. El Comité de Mecánica se ocupó de manera casual de invenciones y patentes originales de los socios, como la corredera de Hooke que habría de ensayarse en el catamarán diseñado por William Petty. Pero a la hora de establecer un plan, los socios se mostraron remisos en proponer algo y tardaron cuatro meses y cuatro reuniones en traer una lista de quince autores de obras de mecánica, como A. Ramelli, G. Cardano, Guidolbaldo del Monte, Agricola, A. Kircher, G. Schott, M. Mersenne, T. Brahe, etc. El plan era adjudicar esos libros a los miembros, fijarse en los inventos mecánicos no escritos, clasificar en categorías lo encontrado y ver qué se puede hacer para mejorar el arte. Nadie hizo nada y en la última reunión del 12 de Mayo de 1665 se encargó a Hooke que elaborara "un esquema de asuntos mecánicos al que se pueda remitir cuanto hasta ahora se ha hecho en mecánica" (Hunter, 1989, 118). El Comité de Correspondencia no tuvo mayor éxito. En la primera reunión se nombraron muchos libros de viajes y lugares exóticos para ojear y se consideraron algunos cuestionarios para enviar allende los mares y, en la segunda y última, se ordenó hacer algunas copias de cuestionarios, recordando a los socios que hiciesen sus deberes. En resumen, la tarea baconiana de hacer historias naturales de todo sin tener ni idea de casi nada mostró ser un método imposible. De no ser por Newton, Hooke y algunos otros espíritus más geométricos que naturalistas, la Royal Society tendría en su haber poco más que charlas inefectivas. Vista en la perspectiva del siglo XVII, la filosofía científica de Bacon resultó baldía. Su método, consistente en empezar la investigación por una recopilación de los fenómenos de un campo, antes de iniciar el trabajo teórico, era impracticable y tendió a degenerar en una recopilación de textos poco crítica, como señaló Sprat. De ahí que el mensaje baconiano se resumiese en la recomendación de trabajar juntos, fijarse mucho en todo y no precipitarse en sacar conclusiones, lo que, sin ser poco, no fue suficiente para sus seguidores inmediatos. tan. Esos espíritus voraces explican la química del universo, incluidas la putrefacción, el envejecimiento o la oxidación de los metales. Semejante visión no reclutó seguidores y no llevó a nada. Ellas no incluyen las actividades recomendadas por Bacon, sino aquéllas que utilizan instrumentos "filosóficos" para recabar información sobre campos escasamente tratados por las ciencias matemáticas clásicas, aunque con la pretensión de someterlos a un procedimiento similar. Los termoscopios, telescopios, microscopios y péndulos de Galileo no tienen un uso naturalista baconiano, sino pretendidamente geométrico, mientras que los tubos, barómetros y bombas de vacío de Torricelli y Hooke sirvieron para ampliar la hidrostática arquimediana al aire (Pascal) y para probar la llamada ley de Boyle (Hooke); los prismas y lentes revolucionaron la óptica en manos de científicos de orientación matemática, como Descartes, Huygens o Newton, y los versorios, electroscopios y botellas de Leyden se encaminaron andando el tiempo a dar con leyes cuantitativas de la interacción magnética y eléctrica (Coulomb), inspirándose en los principios matemáticos de Newton. Nadie en física siguió el método baconiano, sino el matemático ampliado a nuevos campos cuya exploración Bacon no iluminó ni ejemplificó. Bacon creía que los elementos básicos de la naturaleza, las "naturalezas simples" eran unas pocas, como las letras que componen los tratados. En el Abecedarium novum naturae enumera dos docenas de pares de cualidades básicas de la materia (denso-raro, pesado-ligero, caliente frío, etc.), tres docenas de movimientos simples, compuestos y sus medidas, y otras veinte ocurrencias suyas. Averiguando las "formas" o leyes de esas "naturalezas", tendríamos el conocimiento de las palabras y textos en que se despliega la naturaleza. De ahí que tendiese a pensar que con financiación real y colaboración ciudadana, el conocimiento del mundo podría terminarse en poco tiempo. Ciertamente la parte más pesada del proyecto, la historia natural, podría liquidarse en vida de Bacon, al menos eso pretende en el "Parasceve" de la Instauratio (Bacon 2011, 400). Mientras que, según Bacon, sus predecesores sustituían la observación atenta por la imaginación, "yo, por el contrario -escribe en el Prefacio a La gran restauraciónen un puro y perpetuo contacto con las cosas, no aparto de ellas el entendimiento más de lo necesario para enfocar sus imágenes y rayos, como en la visión" (Bacon 2011, 20). "Se ha de realizar ante el entendimiento una comparecencia de todas las instancias conocidas que coinciden en la misma naturaleza" (N.o. Aunque es buena cosa partir de los hechos para formular teorías, aquellos no las prueban, como sabía Newton: "aunque los argumentos a partir de las observaciones y los experimentos por inducción no constituyan una demostración de las conclusiones generales, con todo es el mejor modo de argumentar que admite la naturaleza de las cosas..." Aunque la físico-matemática de Beeckman, asentada en el atomismo, se oponía radicalmente a la cada vez más obsoleta aceptación neoplatónica de simpatías, cualidades ocultas y espíritus inmateriales por parte de Bacon, la lectura de sus obras inspiró muchas de las reflexiones de Beeckman que muestran la distancia entre la época del primero y "los más rigurosos desarrollos del corpuscularismo" (Gemelli 2014, p. Lo mismo se puede decir de Edmund Chilmead quien, hacia 1645, criticó las ideas acústicas aristotélicas de Bacon, expuestas en la segunda y tercera centurias de la Sylva, basándose en una perspectiva matemática, corpuscularista y mecánica típica de los Harmonicorum de Mersenne (Feingold y Gouk 1983, 145-56). Frente al enfoque pitagórico clásico, que reduce los intervalos harmónicos a razones entre los primeros números enteros, Bacon sigue a Aristóteles y Aristoxeno en el rechazo de las razones musicales. Ignora, como es explicable, los experimentos aún no publicados de Beeckman, Galileo y Mersenne sobre la conexión entre consonancia y frecuencia de vibraciones, ya estudiada, sin embargo, por Benedetti en Diversarum speculationum mathematicarum et physicarum de 1585 que Bacon ignora (Gouk, 1984, 143). Sobre la variable fama de Bacon, véase la Introducción de G. Rees y M. Wakely a OFB XI: xxi-xxxviii, y sobre la trans-
RESUMEN: Uno de los hermafroditas más afamados del siglo XVI español fue Céspedes, un cirujano que trató de persuadir a la Inquisición de que la doble mutación corporal que sufrió era un proceso natural. Céspedes afirmó que la transformación de Elena comenzó cuando dio a luz y fue completada mediante cirugía, pero Eleno volvió a su forma femenina de nuevo en la cárcel, porque un cáncer le forzó a cortarse el pene. En este trabajo estudio el testimonio de Céspedes conocido por la historiografía como el 'discurso de su vida', analizo los argumentos que utilizó para convencer al tribunal de sus transmutaciones consecutivas de acuerdo a su biblioteca e identifico los tres textos médicos en romance en los que se basó. "(...) como fue el [caso] que sucedio en Castilla, con aquella esclaua Andaluça, llamada Elena de Cespedes, la qual dexado el habito de muger, fingio muchos años ser hombre, y mostraua serlo, aunque mal tallado y sin barba concierto artificio, que traya puesto para cumplir con mugeres, y era tan al natural, que despues de auerle mirado algunos cirujanos, y declarado ser hombre, se caso en CienPoçuelos, lugar del Conde de Chinchon. Pero al fin supo el santo Oficio de la Inquisicion la verdad del caso, y descubrio el engaño que auia, y assi dize que pudo auerle en los que estan referidos" 1. Cuando el médico Jerónimo de Huerta tradujo la Historia Natural de Plinio en 1599 añadió en cada capítulo un comentario que le permitía mostrar la distancia entre el pensamiento antiguo y el del siglo XVI (Moure 2008, 222), y el caso Céspedes ilustra este propósito, porque si Plinio tenía por verdaderos los casos de mujeres que habían cambiado de sexo, Huerta sostenía que se debían a un engaño femenino. Hubo otros casos y las acusadas ofrecieron explicaciones diversas (Zamora 2008; de la Rosa y Martín 2016); si la monja italiana Benedetta Carlini arguyó que el ángel Splenditello "poseía" su cuerpo cada vez que mantenía relaciones sexuales con su compañera del monasterio (Brown 1986, 119; Brown 1990) 2, Céspedes se basó en sus estudios de cirugía y en la filosofía natural para afirmar que parir a su hijo fue el inicio de una transmutación que completó quirúrgicamente y que, después, montar a caballo le había provocado una enfermedad que le obligó a cortar progresivamente su propia verga mientras estaba en la prisión de la Inquisición. La historiografía sobre el caso Céspedes ha tratado el tema de forma plural; mientras que algunos han hecho hincapié en la compleja articulación entre la teoría científica y las normas sociales de la época, otros han analizado las implicaciones de los médicos que examinaron su cuerpo, o han estudiado los argumentos de fiscales, testigos y la defensa. Barbazza afirmó que el hecho de que Céspedes se vistiera de hombre se debió al frustrado esfuerzo de integración y aceptación social de una lesbiana, una idea que reiteró posteriormente arguyendo que la Inquisición impuso a Céspedes una identidad sexual utilizando la medicina (Barbazza, 1984(Barbazza, y 2014)). Burshatin explicó la insistencia del discurso de Céspedes sobre su naturaleza hermafrodita de acuerdo a la filosofía natural de la época (Burshatin 1996), un enfoque que Vázquez y Cleminson retomaron considerando la importancia del discurso científico para la comprensión social del hermafroditismo (Cleminson y Vázquez 2009;2016; Vázquez y Cleminson 2010). En ese trabajo analizaron los resultados dispares de cuatro casos de hermafroditas en los que se oyen voces eclesiásticas, literarias e intelectuales, y puede comprenderse hasta qué punto la teoría ilustrada fue insuficiente para la aceptación de realidades sexuales diferentes a la norma heterosexual. Céspedes llevó una vida caracterizada por continuos traslados de residencia, cambios de apariencia física y oficios que se interpretan como las distintas estrategias de una mujer por reinventarse a sí misma en busca de su identidad, algo que se desarticuló definitivamente cuando trató de conseguir la legitimidad social a través del matrimonio. Para Martín Casares y Díaz Hernández (2016), Céspedes no cejó en su empeño de libertad sexual en un mundo jerárquicamente ordenado en dos sexos y dos géneros, y el resultado de ese esfuerzo fue la obligación de definirse como mujer (Franco, 2012; Hessel, 2015). Vázquez (2011) aclaró que la transexualidad no fue una categoría sexual en la Edad Moderna y pretender traspasar los límites de apariencia, comportamiento y anatomía -como hizo Céspedes-era un ejercicio imposible. Desde esta perspectiva es posible comprender por qué en el interrogatorio preguntaron por los detalles más íntimos de las relaciones sexuales entre Céspedes y María del Caño, su esposa. Según Molina (2015) la orientación falocéntrica del coito impulsó al fiscal una y otra vez a preguntar por el instrumento utilizado en la penetración, mientras que Céspedes y María negaron su uso. A pesar de que la transexualidad es una categoría sexual hoy en día, algunos médicos contemporáneos que han analizado el caso llegan a la misma conclusión que el tribunal de la Inquisición, y consideran que Céspedes era una mujer (Carrillo et al. 2015). Otros destacan el papel de Francisco Díaz, cirujano de Felipe II, que avaló la potencia y virilidad de Céspedes tras su primera inspección genital; un diagnóstico del que tuvo que retractarse afirmando que era una mujer completa y cumplida (Maganto, 2007a; Maganto 2007b). Cuando Francisco Díaz reconoció por primera vez a Céspedes ya había escrito un compendio de cirugía al que le añadió un breve tratado con cuatro enfermedades raras, y la primera fue la nimphea que consideró una anomalía de los genitales femeninos "porque es un crescimiento de carne, que sale por el pudendo de la mujer, con pesadumbre de la que lo padesce, y aun con espanto y sospecha de quien lo mira" 3. La complejidad diagnóstica residía en un comportamiento equivalente entre la nimphea y la verga, porque se hinchaba y erguía endurecida. La enferma no podía esconder su afección tras la ropa y, al escándalo público, se le añadían la imposibilidad de mantener relaciones carnales con un hombre y ser madre. Aunque era una alteración excepcional, el cirujano tuvo suerte y afirmó haber atendido a tres mujeres: dos monjas y una casada. El tratamiento de Díaz se dirigía a contener el desorden social y devolver a los genitales una forma conveniente para la consumación porque el cirujano sólo operó a la casada. El confinamiento de las religiosas mantenía enclaustrado el escándalo público y estas mujeres no precisaban la "creación" de unos genitales funcionales. "las nimphas que diximos arriba crescen algunas vezes de manera que quien no entiende lo que es, paresce miembro viril: porque se alça y entiessa, que, tocando a la ropa se desuella cosa de gran verguença, e escandalo y plaga, de gran lastima: porque tienta extrañamente, a la que lo padesce, a la luxuria, lo qual acontesce endonzellas libidinosas y luxuriosas, porque e visto dos monjas en un monesterio, padescer este afecto. Y también a una casada que le salía mas de quatro dedos por su natura, y se le alçaua y alçandosele, la atormentaua, fue tanto el desseo que tenia deparir, que teniendo aquello por impedimento, se puso en cura, y yo se lo cure, y sano muy bien, que después pario tres vezes" 4. La supuesta experiencia de Francisco Díaz en estos casos le convertían en un examinador idóneo y confirmó la masculinidad de Céspedes, pero cuando la Inquisición decidió que era una mujer volvió a llamarlo para saber si había sido sobornado. Se han analizado las estrategias que Céspedes desarrolló a lo largo de su vida para modelar su cuerpo e integrarse socialmente, o cómo se utilizó la medicina para imponerle un sexo, un género y una identidad sexual, aunque todavía no se han identificado las fuentes médicas que utilizó para construir su defensa. Cuando el juicio se celebró ya era un cirujano experimentado y poseía una biblioteca médica con libros en romance. Como demostraré, Céspedes se definió andrógino basándose en tres textos médicos que tenía en castellano. Su empeño en obtener el reconocimiento social como hombre muestra que en la España del siglo XVI convivían dos visiones sobre el hermafroditismo: de un lado, la teoría médica medieval sobre el continuum sexual; de otro, la renacentista, que sólo aceptaba la androginia biológica como una posibilidad teórica y necesitaron identificar cada caso con un sexo y un género. Medicina y cambio son términos fundamentales en la vida de Céspedes: aprendió y ejerció la cirugía, afirmó que una intervención quirúrgica transformó su sexo y que, consecuentemente, cambió de identidad sexual; pero los médicos de la Inquisición le impusieron otra. Céspedes no sólo se mudó con frecuencia de domicilio o transmutó de mujer a hombre, sino que ante la Inquisición sostuvo que era de nuevo una mujer por un cáncer genital. La primera parte de este trabajo aborda las circunstancias y argumentos esgrimidos en el juicio, a lo que hay que sumar que, en la España del siglo XVI, convivían diferentes teorías médicas del hermafroditismo que se analizan a continuación. En un momento en el que la propia teoría médica sobre los andróginos estaba cambiando, convivieron textos de raigambre medieval con postulados anatómicos renacentistas y patrones culturales de dualismo sexual. La tercera parte de este trabajo identifica los textos que Céspedes utilizó para la construcción de su defensa. Cuando nació no le pusieron un nombre y cuando murió la mujer a la que cuidaba heredó el suyo. Después eligió llamarse Céspedes sin identificarse con un sexo o un género, de modo que este trabajo respeta esta decisión y mantiene, en lo posible, el género neutro. Este caso se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid bajo el título "Elena de çespedes alias Eleno de çespedes. 24), carece de foliación completa y tiene la acostumbrada división en tres cuadernillos de los procesos inquisitoriales, por lo que en las citas textuales me referiré tan sólo al cuadernillo en el que se encuentra. Céspedes nació en Alhama de Granada hacia 1545 y cuando el juicio se celebró tenía poco más de 40 años. Su madre era una esclava negra de Benito de Medina y, aunque afirmó que su padre era un labrador, algunos historiadores sostienen que es presumible que fuera hija biológica del amo materno (Burshatin 1999, 422). Como era costumbre con los esclavos, marcaron sus mejillas con hierros candentes para identificar a su dueño, pero en el juicio afirmó "que no ha sido esclava de nadie" (Maganto 2007a, 21). Cuando falleció la esposa de su amo heredó su nombre, fue manumitida, regresó con sus padres y aprendió a leer. Se concertó su matrimonio "con Xpoval Lombardo, alvañil vecino de Jaen, conel qual hizo vida maridable tres meses y tuvo un hijo que de presente es bivo, conel qual hallandose mal diçe absente" 5. Embarazada y abandonada volvió a Alhama hasta la muerte de su madre, se trasladó a Sevilla y allí dejó a su hijo al cuidado de un vecino. Parece que nunca volvió a verle, ni siquiera durante el juicio. Hacia los 20 años se mudó a Granada, trabajó como calcetera y aprendió sastrería, pero unos meses después volvió a trasladarse. En San Lúcar de Barrameda conoció a Ana de Albanchez, la mujer por la que acudió a un cirujano que diagnosticó el hermafroditismo y realizó la intervención; la única persona que dijo conocer su naturaleza doble. Año y medio después se trasladó a Jerez de la Frontera, donde mantuvo una violenta disputa que le acarreó su primer encarcelamiento, así que para evitar la venganza que le habían prometido "determino de andar en habito de hombre y dexo el de muger que hasta alli auia siempre traydo" 6. Hasta ese momento su metamorfosis era personal, porque había pasado de esclava a libre, había sido madre y diagnosticada de hermafroditismo, había pasado de vestir como una mujer a ataviarse como un varón, se había operado y convertido en un hombre. Con una nueva condición social, una identidad recién estrenada y la indumentaria apropiada pasó a llamarse simplemente "Çespedes sin decir Pedro, ni Eleno, ni Juan" 7. Tras las transformaciones personales se alejó de las ciudades y trabajó como mozo de labranza y pastor, pero le tomaron por uno de los moriscos sublevados de la sierra de las Alpujarras y volvió a la cárcel. Un vecino de Alhama reconoció a Elena de Céspedes mientras visitaba el penal de Arcos e intercedió ante el corregidor y "este la solto y la mando poner ensu habito de muger" 8. Lo que pasó después formó parte de la defensa que Céspedes desarrolló en el juicio, porque afirmaba que, si como Elena se había casado y había tenido un hijo, como hombre mantuvo un escandaloso comportamiento sexual, ya que vestir de mujer no detenía su deseo por las mujeres. Al salir de prisión entró al servicio de un párroco de Arcos y simultaneó relaciones carnales con una hermana de éste y una vecina de la ciudad. Por eso Céspedes afirmó "que si se auia casado con muger fue por verse con miembro de hombre, y que como tal podia tener acceso a muger. Y que como andaua con muchas quisso por salir de pecado, casarse y no tener quenta mas que con su muger, y que por esto se auia casado y no penso que enello erraua" 9. La transformación, sin embargo, no era completa y a Céspedes le faltaba el refrendo social como hombre y, por eso, cuando "Se començaron a leuantar los moriscos de granada, aquesta determino de hir a la guerra paraloque boluio adejar elauito de muger y sepuso otra vez el auito de hombre llamandose siempre Çespedes" 10. Se enroló dos veces, pero cuando regresó la primera vez fue a Jerez a examinarse para ejercer legalmente la sastrería. En la ciudad que le llevó a la cárcel mientras todavía vestía como mujer obtuvo el título de "sastra", aunque en Arcos su indumentaria ya era masculina. Después inició un peregrinaje por Andalucía que duró seis años, hasta que decidió ir a Madrid hacia 1575 "y usando alli el dicho officio, tomo amistad con un valenciano çurujano y la lleuo a su casa por huesped y la començo a dar liciones de curar, y dentro de pocos dias curaua tanbien con el" 11. Con una educación que consiguió por un sistema abierto (García Ballester 2001, 213-225), Céspedes ejerció tres años la cirugía en el hospital de la corte y, después, dos más en la sierra madrileña, hasta que le acusaron de practicar sin licencia. Se examinó y obtuvo dos títulos; uno para sangrar y purgar, y otro de cirujano. Céspedes siguió su peregrinaje y ejerció en distintos pueblos de Madrid, Cuenca y Toledo, pero conoció a María del Caño y decidió casarse. Éste fue el último intento por conseguir la aprobación como hombre de sus coetáneos. En la segunda mitad del siglo XVI ya se habían fijado los impedimentos y el procedimiento matrimonial (Moral de Calatrava 2009, 242-250), y el 20 de diciembre de 1584 Céspedes inició los trámites ante el vicario general de Madrid afirmando que era libre y soltero. Pero "porsu aspecto pareçia ser capon [y el sacerdote] le pidio declarase si lo hera y mando que diese ynformacion" 12. El examen físico lo realizaron unos hombres inexpertos que acreditaron que era hombre y se anunció el nuevo matrimonio. Sin embargo, se presentaron dos impedimentos al aparecer "personas diçiendo que teniados sexos, y por una Ysabel ortiz diçiendo que estaba casada conel y que la auia dado palabra de casamiento" 13. La alegación de esta mujer no prosperó porque el compromiso era privado y no habían iniciado los trámites matrimoniales, aunque las dudas públicas sobre si era un hombre cuajaron y el vicario ordenó que Antonio Mantilla y Francisco Díaz inspeccionasen su cuerpo. Para evitar la exploración de médicos reputados solicitó que se realizase en Toledo, aunque nunca llegó a esa ciudad y se detuvo en Yepes donde diez testigos -entre los que estaban el médico y el cirujano de la ciudad-volvieron a certificar que era hombre. Volvió a Madrid y mostró este informe, pero el vicario insistió en el examen de Matilla y Díaz que refrendaron así su masculinidad: "Desposiciones de los susodichos en la villa de madrid, en ocho dias del mes de febrero de mil e quinientos e ochenta e seis años ante el dicho señor doctor Juan Bautista Neroni, vicario general enla dicha villa. Compareçio presente el doctor antonio mantilla, medico residente enesta corte, el qual fue primeramente Reçibido juramento en forma de derecho y auiendo le hecho dello que elauisto al dicho Eleno de çespedes quees el que parecia ser antesu merced, y ansimismo lea visto por vista de ojos sus partes naturales y el miembro viril, el qual tiene bueno y perfecto con dos testiculos. Y en lo demas solo leavisto una berruga enla aRimada al ano, la qual dice el dicho Eleno quele quedo deser apostema que tubo, pero no avisto cosa que penetre ni tiene cosa deser confemenil, y asimismo lo atocado y non perçibido con el ta(c)to cosa. Y despues del susodicho, enla dicha villa de madrid, a diez y siete dias del mes defebrero de mil e quinientos y ochenta y seis años, el dicho doctor Juan Bautista neroni, vicario general enla dicha villa, pareçio el doctor francisco diaz, medico y çirujano desu magestad, del qual fue rescibido juramento en forma de derecho. Y auiendosele presente siendo preguntado delo queavisto al dicho Eleno de çespedes e que es el mesmo que vido enpresençia desu merçed, y que es uerdad que lea visto sus miembros genitales y las mas partes viçinas por vista de ojos, y tocadole con las manos. Y que declaraua e declaro que el tiene miembro genital, el qual es bastante y perfecto consus testiculos formados como qual quiera hombre. Y que enla parte ynferior junto al ano tiene una manera de aRugacion que, a su parecer, alo que toco y visto no tiene semejanza de cossa que pueda presumirse ser natural, por que procurandole tocar no pudo ni fue posible allarle perforaçion alguna que se pudiese presumir tal cossa. Y ansi dixo e declaro que suparecer notiene semejaça de erma fisilta (sic) ni cossa dello y que estaes la uerdad parael juramento que hiço. Y firmado desu nombre el doctor diaz ante mi" 14. Céspedes y María del Caño se casaron en 1586 y se trasladaron a Ocaña porque no había cirujano. Allí, tras la denuncia de un antiguo compañero de armas, se abrió un juicio civil a mediados de junio de 1587. El tribunal de la Inquisición de Toledo reclamó el caso en julio porque los delitos eran de su jurisdicción: menosprecio del sacramento matrimonial por bigamia, herejía, pacto demoniaco, soborno a testigos y mentir al reiterarse como hermafrodita. La Inquisición investigó durante cinco meses y, aunque dictó sentencia en noviembre de 1587 contra de Elena de Céspedes, tardaron más de un año en cumplirla. Céspedes siempre se definió como hombre, pero la Inquisición dictaminó que era una mujer y la condena incluía salir a la plaza pública vestida de penitente, abjurar de levi, recibir cien azotes en Toledo y otros tantos en Ciempozuelos, y pasar diez años sirviendo en un hospital. Su fama entre los toledanos -quizá por su hermafroditismo o por curar gratis-provocó que los enfermos acudieran en tropel y del Hospital del Rey la trasladaron al de San Lázaro. Pero su presencia seguía provocando "muchos inconvenientes porque abiendo cobrado nombre de que la susodicha es cirujano y que cura muchas enfermedades, es tanta la gente que acude a ella que no la dejan cumplir con quietud su reclusion" 15. En marzo de 1589 la enviaron al hospital de Puente del Arzobispo y allí se le pierde la pista (Ruiz Rodríguez y Hernández Delgado 2017). NATURALMENTE DISRUPTIVO: LAS TEORÍAS MÉDICAS DEL HERMAFRODITISMO "E lo que pasa es que como en este mundo muchas veçes se an vjsto personas que son androginos, que por otro nonbre se llaman hermafroditos, que tienen entramos sexos, yo tambien e sido uno de estos" 16. El 17 de noviembre de 1587, dos días antes de que el tribunal de la Inquisición emitiera sentencia, Céspedes se ratificó como hermafrodita, aunque también afirmó que no lo había sido siempre. De hecho, no lo era en ese momento y utilizó el tiempo verbal en pasado. Aunque meses antes Francisco Díaz había confirmado sus aptitudes masculinas para casarse, los peritos inquisitoriales hicieron una nueva inspección para comprobar si tenía los genitales de un hombre y concluyeron que era una mujer. Las causas del hermafroditismo no estaban claras y se especulaba con dos teorías: la primera entendía que el sexo del recién nacido se debía a la "lucha" entre la semilla paterna y la materna, lo que suponía reconocer que las mujeres tenían un "semen" con capacidad para generar y modificar el sexo del embrión que fue el núcleo de la teoría del espejo invertido; la segunda afirmaba que el entorno uterino determinaba los genitales de la criatura según el lugar en el que se desarrollaba, una explicación que hoy se conoce como la teoría de las siete celdas (Siraisi 1990, 91-96; Moral de Calatrava 2007, 208; Moral de Calatrava 2008b, 83-97). Cuál era la contribución femenina al embarazo fue controvertido, porque si Aristóteles sostuvo que la sangre menstrual era la materia estéril sobre la que actuaba la fértil semilla paterna, Galeno defendía la equivalencia estructural y funcional de los genitales masculinos y femeninos, aunque los de las mujeres estaban invertidos. Galeno sostenía que Aristóteles se equivocaba cuando afirmó que las mujeres no tenían "simiente" y que la sangre menstrual era una materia fetal pasiva sobre la que actuaba el semen paterno dotándole de vida y forma humana (Moral de Calatrava 2006). Ya en el XIII, intelectuales como Alberto Magno o el castellano Juan Gil de Zamora fracasaron intentando armonizar ambas posturas, y concluyeron que de la fuerza y cantidad de semen que el matrimonio debía emitir al unísono resultaba una mezcla que determinaba el sexo, el comportamiento y la orientación sexual 17 (Moral de Calatrava 2009, 251-253; de Asúa 2013). La idea galénica de los genitales invertidos se mantuvo en el siglo XVI, y en las ediciones romances de la Cirugia Magna que el influyente Guy de Chauliac redactó en latín en 1363, puede leerse que la matriz "es assi como verga reuersada: o dentro, puesta en el xiiii de vtilitate particularum" 18. La correspondencia anatómica testículos-ovarios, pene-vagina, escroto-útero de Galeno implicaba aceptar que las mujeres poseían testículos internos, que tenían esperma y que, como los hombres, expulsaban su semilla en el clímax. De ahí que algunos médicos ya aconsejaran en el XIV que los hombres excitaran sexualmente a su compañera (Connell 2000, 421; Moral de Calatrava, 2008a). Si la teoría del espejo invertido se formuló en la Antigüedad, la de las siete celdas cristalizó en la Edad Media en un tratado falsamente atribuido a Galeno -De Spermatey, a pesar de las evidencias en contra, muy pocos negaron la división uterina (Merisalo y Pahta 2008). Incluso Mondino de Liuzzi, tras realizar las primeras necropsias femeninas en 1315, sostuvo que "concauitas vero eius habet septem cellulas, tres in parte dextra: et tres in parte sinistra: et vnam in summitate sive in medio eius" 19 (Fonahn 1922, 41; Green 2011, 361). Aunque Vesalio negó en 1543 la compartimentación del útero, la teoría de las siete celdas era útil porque explicaba el hermafroditismo y, por eso, se mantuvo en las ediciones renacentistas de textos para médicos, cirujanos y parteras 20. De hecho, los cirujanos romancistas del siglo XVI como Céspedes leían que en la celda donde se implantaba el embrión influía en su sexo, y que las mujeres podían modificarlo dependiendo de la postura que adoptaran después del coito. Así lo expresó Ketham a finales del siglo XV: En los siglos XV y XVI, la influencia de Galeno y Aristóteles todavía era intensa, pero también la de las autoridades medievales, y los médicos mezclaron li-bremente evidencias modernas con argumentos propios de otras épocas. Por ejemplo, Ketham afirmó que el útero contenía siete celdas perpetuando la teoría pseudo-galénica medieval y, al tiempo, defendió que la contribución femenina era la sangre menstrual de acuerdo con Aristóteles 22. El español Bernardino Montaña, por su parte, negó la división uterina apoyándose en Vesalio y mantuvo la idea medieval de que la leche materna provenía de la sangre menstrual gracias a "las venas que van ala madre [y que] suben al pecho", pero no tenía claro si las mujeres tenían semen 23. Así expresó la confusión que había en la medicina española renacentista sobre la aportación femenina al embarazo y la suya propia: "Ay tantas opiniones acerca de esto que nunca acaba de verificarse si la simiente de la muger sirue como materia, o como efficiente en la generacion de la criatura, o como materia y efficiente, como dizen algunos, o si es cosa impertinente a la generacion de la criatura, como dizen otros, sin argumentos. Lo que me paresce acerca dello es, que la simiente de la muger no es necessaria para la generacion de la criatura, porque bastan la sangre venal y arterial de la muger y la simiente del varon, pero como la simiente de la muger sea sangre arterial cozida en alguna manera mas que la sangre si acaesce venir a mezclarse con la simiente del varon alguna simiente de la muger, esta puede seruir como la sangre arterial y mucho mejor pues que se engendra della por mejor cozimiento" 24. La descripción anatómica que Vesalio hizo del útero no aclaraba las causas del hermafroditismo y los médicos del XVI recurrieron a la explicación que Alberto Magno ofreció en el siglo XIII. El dominico afirmó que una acumulación excesiva de sangre menstrual se oponía a la potente virtud formativa del semen paterno, provocando la aparición de dos genitales y la confusión de género. Para averiguar el sexo predominante debía estudiarse la complexión general porque si en los hombres predominaba el calor, las mujeres eran frías, y después podía operarse. La intervención debía hacer coincidir el sexo con el género, pero algunos casos eran confusos, como demostraba el que recogió en su De animalibus. Una niña nació con la vulva aparentemente "cerrada" por una piel y sus padres decidieron operarla para "hacerla apta" para el matrimonio, el coito y la gestación, pero en la cirugía feminizadora brotaron dos testículos y una verga, resultando ser varón y capaz de procrear. En el siglo XVI, algunos médicos sostenían que el útero estaba dividido en siete celdas y otros que era una imagen especular de los genitales masculinos, pero ambas corrientes postulaban que en la matriz existían diferentes temperaturas que influían en el sexo fetal, y si en la cálida parte derecha se generaban varones, la izquierda era fría y formaba niñas. Entre ambas había un descenso gradual de temperatura, y en la templada franja intermedia se desarrollaban hermafroditas y homosexuales. El calor y el lugar eran fuerzas que afectaban al sexo y la sexualidad, pero la dualidad genital de los hermafroditas se percibió como un accidente biológico socialmente disruptivo (Cadden 1993, 170-1 y 212), porque en las relaciones sexuales al tener "el uno e el otro mjembro complido (...) puede fazer e padesçer" 26. La medicina medieval fue más allá de un sistema dual de sexos y géneros, y concibió un espectro sexual natural que abarcaba desde las virago a los afeminados, pero en el Renacimiento, el carácter subversivo del hermafroditismo debía ser reprimido y ordenado mediante cirugía (MacLehose 2006, 672). LA METAMORFOSIS FÍSICA: CONSTRUCCIÓN Y REFU-TACIÓN DE UNA TEORÍA "y questa se fue aun liçenciado, Tapia, çurujano de aquella ciudad, el qual vio aquesta en secreto y la dixo que hera hermafrodito. Y con una tienta que metio dio aquesta una nabajada mas arriba delpellejo que avia empeçado a Romperse. Y dada la nabajada salio un miembro de hombre que señalo de el largo de una secma 27 (...). Y salio encorbado, un poco hecho en arco. Y cortole el dicho zurujano un frenillo 28, con esto quedo dicho miembro derecho. Y dixo aquesta que tenia mal fundamento porque hera muy floxo en la Rayz y curo aquesta, y en quince dias la dio sana y aquesta quedo con abtitud depoder tener quenta con muger. Y bolvio a la dicha Ana de Albanchez y con ella tubo muchas veçes quenta y abtos como hombre" 29. El 17 de julio de 1587, Céspedes contó por qué y cómo se había transformado su cuerpo. Todavía vestía como mujer y ejercía la sastrería cuando intentó mantener una relación con Ana de Albanchez, la esposa del hombre para el que trabajaba. El pene oculto parecía desear a Ana, pero, "Aunque estaua alterada y tenia aquella caueza salida como tiene dicho, y se hecho ençima de ella, no la pudo haçer nada mas de aquella demostraçion" 30. Tras este intento erótico frustrado recurrió a una cirugía que convirtió en elemento clave de su defensa. Reconoció que cuando era mujer había vestido como varón para protegerse de unos criminales, pero sostenía que tras la intervención era el atuendo adecuado porque era un hombre. Como cirujano sabía del estrecho vínculo entre las alteraciones de la anatomía genital y el hermafroditismo, y construyó un discurso basado en la teoría médica. Entre sus pocas y vetustas posesiones destaca una ecléctica biblioteca de veintisiete libros, la mayoría tratados de medicina que "compró a un licenciado todos juntos" (Maganto 2007a, 88). Tenía tres ejemplares en romance: el Libro de la Anothomia del Hombre de Bernardino Montaña, un texto de manufactura renacentista; la Cirugía Magna de Chauliac, que todavía era influyente en la formación quirúrgica, aunque fuera redactado en el siglo XIV; y el conocido Compendio de la Humana Salud de Ketham 31. La posesión de estos libros no fue mera apariencia y Céspedes los había leído, comprendido y memorizado. El uso de la palabra "frenillo" en su declaración no fue inocente. El vocabulario anatómico en romance carecía de una terminología fija en el XVI y, antes de que se celebrara este juicio, tan sólo Montaña (1551), Valverde (1556) y Fragoso (1581) usaron ese vocablo para referirse a lo que hoy conocemos como frenillo prepucial (García Jaúregui 2010, 225). Así que, para dar credibilidad a su discurso de defensa y demostrar sus conocimientos, Céspedes utilizó tecnicismos que conocía por la obra de Montaña para identificar el lugar exacto de la segunda incisión 32. Explicar la intervención quirúrgica también fue una estrategia intencionada, porque declaró que el cirujano hizo dos cortes: el primero permitió la salida de los genitales ocultos, y el segundo corrigió el pene curvo, una intervención que coligió de la Cirugía Magna de Chauliac. A diferencia de la medicina renacentista, la cirugía de los siglos XIII y XIV no participó en un pensamiento sexual de dos sexos opuestos e incompatibles (Rosenthal 1978, 55), sino que comprendió que los hermafroditas eran seres neutros dentro de un continuum 33, y la defensa de Céspedes muestra esta concepción medieval fluida sobre el sexo y la sexualidad. Pese a que los andróginos fueron casos extraordinarios, los canonistas del XII trataron de responder cuestiones prácticas que, presumiblemente, no se plantearon en la vida cotidiana. Por ejemplo, Huguccio propuso en su Summa decretorum de 1190 asignar a los andróginos adultos un género según su comportamiento público y caracteres sexuales secun-darios como la barba. La cirugía medieval participó en esa corriente de plantearse problemas hipotéticos y ofrecer soluciones prácticas, y recomendó verificar la funcionalidad de la verga antes de intervenir (Green 2008, 97). Al tiempo, admitió la posibilidad teórica de casos inoperables de mujeres con penes y hombres con un agujero entre los testículos, "assi como coño de muger (...) por el qual echan la orina" 34. Chauliac aconsejó a los cirujanos prudencia para no seccionar la salida de la orina, pero no describió los pormenores de la intervención 35. Sin embargo, el orden de los capítulos sobre la cirugía genital del cirujano francés responde a esta concepción sobre la fluidez sexual y de género. Entre el hombre masculino y la mujer femenina, Chauliac admitió la posibilidad de dudar de la virilidad de un hombre por un exceso de piel que impedía el coito, una condición anatómica que aclara por qué un cirujano cristiano debía saber circuncidar. Y si el castrado era un hombre sin genitales, el hermafrodita -que situó entre las cirugías para los genitales masculinos y los femeninos-tenía dos. Céspedes afirmó que sus padres la reconocieron como mujer al tener sus auténticos genitales escondidos tras una piel y orinar de "modo femenino", pero el cirujano había descubierto el sexo escondido. La intervención que relató combinaba la cirugía para la mujer cerrada y la circuncisión porque, según Céspedes, Tapia realizó dos cortes: el primero era idéntico al que se hacía a las mujeres cerradas, pero en su caso escondía el pene y los testículos; la segunda incisión se practicaba en la circuncisión y corrigió la curvatura cortando el frenillo 36. En principio, no era posible asignar un género a los hermafroditas, pero en el XVI, médicos, cirujanos y juristas rechazaron esta posibilidad. El 18 de julio, el fiscal volvió a interrogar a Céspedes sobre su potencia sexual y afirmó haber observado la norma heterosexual; mientras fue mujer utilizó su órgano femenino, pero después de la cirugía siempre se comportó como hombre. De hecho, dijo que tuvo un pene funcional con el "que orinaba por el como los demas hombres, porque estaba en el propio caño de la orina (...) y [por el] que tenía polucion en demasia" 37. En otro de los textos que Céspedes tenía, el Compendio de la Humana Salud, Ketham afirmaba que médicos y sacerdotes debían asignar a un recién nacido hermafrodita un género y un nombre masculino porque, según Alberto Magno, "la natura siempre se esfuerça e entiende de condebir macho e nunca fembra, [y] como nombre mas digno e mas noble se deue nombrar por nombre de hombre" 38. Pero los hermafroditas adultos teóricamente podían elegir, y reconocerse a sí mismos y ser socialmente identificados con un sexo y un género. "E si se preguntasse si el hermofrodico deue responder en juyzio como hombre o como mujer. Responde se segun lo que requieren los drechos que ante que responda en juyzio deue ser interrogado e jurar de qual miembro vsa mas: e si del viril deue ser admeso como hombre: e si del feminil: deue ser admeso como mujer. E si de ambos a dos vsa: podria ser quemado por drecho" 39. Para los canonistas del XII y los teólogos del XVI, el problema del hermafroditismo gravitaba entorno a tres sacramentos: el bautismo, el matrimonio y el sacerdocio, porque para recibirlos era necesario identificar su sexo. Que en el coito fueran capaces de alternar los roles pasivo y activo por tener dos genitales vinculó culturalmente el hermafroditismo con la homosexualidad, y promovieron que eligieran una identidad de género que implicaba mantener un rol heterosexual excluyente o ser célibes (van der Lugt 2010, 111 y 113; DeVun 2015, 32). La relación y confusión cultural entre hermafroditismo, identidad sexual e inclinaciones eróticas se desarrolló bajo el amparo de teorías médicas que aglutinaban sexo y género en un mismo continuum. Supuestamente sólo los hermafroditas adultos podían elegir, y si uno se identificaba como hombre asumiría un papel sexual activo, pero debía plegarse a la pasividad si se reconocía como una mujer (Boswell 1980, 375-6; Nederman y True 1996, 510-1; Gilbert 2002, 3). Céspedes sabía que era fundamental que hubiera sido sexualmente consistente y afirmó que, antes de estar en la cárcel de la Inquisición, tenía un pene apto para orinar y engendrar, y añadió que como hombre siempre había yacido con mujeres. La Inquisición interrogó a dos de sus anteriores parejas sexuales, pero sus testimonios terminaron por volverse en su contra. Según la medicina, la pareja debía expulsar al unísono el esperma para concebir y el varón tenía un orgasmo más intenso, pero la mujer disfrutaba el doble porque también recibía el semen viril 40. La insatisfacción de esas dos mujeres confirmaba, para la Inquisición, que era una mujer. Isabel Ortiz, aquella que presentó una amonestación al matrimonio de Céspedes, corroboró lo que una testigo anónima había afirmado; que "no sentia que le hechasen simiente ensu vaso natural como suelen hazer los hombres, y ansi la dicha persona no tenia gusto en hecharse con el dicho eleno" 41. Aunque los médicos inquisitoriales eran inexpertos en hermafroditismo, inspeccionaron el cuerpo de Céspedes y refutaron sus argumentos en una declaración repleta de ciencia y tecnicismos. De acuerdo con la anatomía renacentista sostuvieron que las mujeres poseían testículos internos, pero negaron que alguna vez hubieran aflorado o que se hubiera operado, porque no quedaban cicatrices que lo probaran. Admitieron la posibilidad teórica de que a las mujeres les creciera una nimphe que podría confundirse con una verga, pero rechazaron que hubiese ocurrido en este caso por dos motivos: primero porque esta carne carecía de la fuerza necesaria para mantenerse erecta y penetrar a una mujer y, en segundo lugar, porque sería un miembro estéril incapaz de emitir fluidos como habían declarado las mujeres que se habían acostado con Eleno. Según los textos médicos, su pene no habría nacido en el lugar anatómico en el que "naçe el miembro viril a las mugeres hermafroticicas como todos los medicos y zurujanos diçen" 42. Los testículos, el pene, la cirugía, la nimphe y las poluciones fueron calificadas una a una como embustes. Su esposa afirmaba que habían mantenido relaciones como marido y mujer, y la única explicación posible era que se hubieran ayudado de "algunos artificios como otras burladoras anhecho con baldreses y otras cosas" 43. Pero la ausencia de genitales masculinos, cicatrices apropiadas y artefactos escondidos para corromper a su esposa no eran estrictamente pruebas. La evidencia definitiva sobre su auténtico sexo y género apareció durante el examen médico y les permitió certificar que Céspedes era una mujer. "(...) dichos medicos y zirujano entraron al patio delas carceles donde fue trayda la dicha Elena de Çespedes, Alaqual vieron y miraron según les fue mandado. Y bolbieron a la audiencia [y afirmaron que] es muger y que nunca fue hermafrodito ni tiene señales de ello, porque ser muger bese claro. Y demas desto dice que pario y aunque hizo mediçinas para cegar y apretar que no pareçiese natura de muger, vino al cabo apareçer y romper sangre del menstruo que era detenido de antes" 44. Céspedes utilizó en su defensa la medicina y la filosofía natural y demostró comprender sus principios, pero era una explicación propia de otra época. Antes de que el tribunal dictara sentencia alegó por escrito que "al tiempo que me pretendi casar me caleçia 45. Arguyó así que la transformación de mujer a hombre se debía a un calentamiento de la complexión general, que desplazó su naturaleza femenina y la masculinizó. Para apoyar esta afirmación utilizó un término infrecuente en castellano y latín, incalescens, una voz que aparece en el Digesto de Justiniano y el Decreto de Graciano para identificar el sexo de los hermafroditas (Green 2010, 163; Green 2013, 356). Ante la justicia civil de Ocaña afirmó que "de nacimiento salio cerrado de natura y sexo de manera que no se le echaba de ber el sexo que tenia mas de vno que por agujero por donde orinaba" 47, y que tras la cirugía surgió un pene funcional. En definitiva, se presentó como un caso análogo al de Alberto Magno y compatible con la fisiología médica, pero sus argumentos eran medievales y los médicos de la Inquisición buscaron evidencias anatómicas propias de la ciencia del XVI (Molina 2016, 97). Para la medicina renacentista, el hermafrodita neutro medieval ya no existía y Céspedes era, sin duda, una mujer porque había sido madre. Aunque afirmaba haber cumplido como hombre con distintas mujeres, el ausente miembro masculino ni había dado demostrado ser fecundo ni auténtico. La erudita defensa que Céspedes articuló fallaba porque, según la teoría médica de los humores y las complexiones, los hombres eran calientes, las mujeres frías y los hermafroditas neutros, y al calor de su parte masculina se le oponía la frialdad de su porción femenina. El calor y la frialdad dotaba a los hermafroditas de dos sexos anatómicos, pero esta oposición interna les hacía estériles. En el siglo XIII, Alberto Magno estableció en la Suma teológica que "hermaphroditus non generat" 48, una incapacidad que se debía a "la inobediencia de las qualidades de las simientes, [de modo que] no puede hauer el macho complida perfeccion e entonces se mezcla la natura de la mujer e assi queda el hermofrodico impotente de ambas las partes" 49. Lo que la historiografía conoce como "El discurso de su vida" fue un ejercicio escolástico que demostraba su masculinidad (Karras 2004, 33). Describió la intervención quirúrgica, utilizó un vocabulario culto y técnico e insistió en sus múltiples relaciones con mujeres porque sabía de la importancia de haber elegido un sexo al presentarse como hermafrodita. Fue una defensa basada en los textos médicos que tenía en romance y que aceptaban la mutación femenina. Pero los peritos de la Inquisición rechazaron todos sus argumentos, negaron que las mujeres con nimphe pudieran penetrar a otra mujer y afirmaron: "nacio y es muger. Y que como tal tiene todas las señales de muger. Que nunca asido hermafrodito, nien buena mediçina puede serque lo ayasido ni tenido miembro de hombre" 50.
depravación sexual de los sacerdotes era el voto de castidad. ¿En qué medida las tecnologías de saber y de poder médicos de la época permitían defender esa tesis? Este es el asunto abordado en el artículo. En primer lugar se examinan los antecedentes ilustrados de la ofensiva higienista contra el celibato sexual. En segundo lugar se analiza la controversia suscitada por Monlau con su defensa higiénica de la castidad sexual. Los argumentos de Monlau tienen lugar en un contexto de propaganda a favor del celibato suscitada por la Iglesia Católica. En tercer lugar se exploran los argumentos médicos que conectaban causalmente la continencia absoluta con las desviaciones sexuales, en particular la pederastia. Por último se indican las circunstancias que, a comienzos del siglo XX, llevaron a reactivar la defensa médica de la abstinencia sexual entre los jóvenes, anunciando un nuevo prototipo de masculinidad. En la campaña emprendida durante la Restauración por la prensa anticlerical contra los atentados pederásticos perpetrados por el clero, estudiada en otro lugar (Vázquez García, 2018a y 2018b), la referencia al celibato forzoso de los sacerdotes es reiteradamente invocada como causa principal de esos desmanes. También el género novelístico, con tintes más oscuros en esos imitadores españoles de Zola que conformaron la "escuela" del naturalismo radical (López Bago, Sawa, Zahonero, Sánchez Seña) (Lissorgues, 1988, pp. 237-253; Fernández, 1995, pp. 178-188) pero también en el realismo (Galdós, Clarín, Valera) (Baulo, 2004; Hibbs-Lissorgues, 2004; Fuentes Peris, 2005; Zubiaurre, 2013) las perversiones y los excesos sexuales protagonizados por eclesiásticos aparecían expuestos como efectos del celibato obligatorio. ¿En qué medida las tecnologías de saber y de poder médico de la época legitimaban esa decidida afirmación de los efectos patológicos del celibato? Por otro lado, nos centramos en la discusión médica acerca del celibato de los religiosos y no de las religiosas. Esto obedece a dos razones. En primer lugar porque se trata de analizar en qué medida la campaña periodística contra los curas pederastas podía legitimarse en argumentos médicos, en particular los referidos al carácter patógeno del voto de castidad. En segundo lugar, porque la abstinencia sexual de los varones preocupaba más que la de las mujeres. El alienismo y la higiene decimonónicos se ocuparon también de señalar los efectos negativos de la continencia absoluta sobre la salud femenina, resaltando por ejemplo la frecuencia del histerismo, la clorosis y la ninfomanía entre las religiosas, dolencias que aparecían a menudo envueltas en la forma de éxtasis místicos, visiones o posesiones diabólicas (Tourtelle, 1806, pp. 306-307; Peratoner, 1892b, pp. 128-129; Blay, 1903, p. Sin embargo se tendía a considerar que el "apetito generador" era más imperioso en el hombre que en la mujer, y que esta, por consiguiente, podía sobrellevar más fácilmente la continencia (Monlau, 1846, p. En realidad, lo que se patologizaba en las mujeres no era tanto la inexistencia de relaciones sexuales como el alejamiento de la maternidad. El rechazo al celibato y en particular a la variante eclesiástica, por sus efectos perjudiciales para la salud, tiene sus raíces en la Ilustración. Sin embargo en España, hasta bien entrado el siglo XIX, lo que predominó fue más bien la consideración del exceso de religiosos como una amenaza para el aumento de población (Vázquez García, 2009, pp. 97-105). Dado que estos, por el voto perpetuo de castidad, no podían reproducirse, su incremento menguaba las fuerzas del Estado. La polémica se intensificó con la entronización de la dinastía borbónica, partidaria, desde el trasfondo de las políticas regalistas, de subordinar el poder de la Iglesia a la razón de Estado, y alcanzó su momento culminante en la segunda mitad del siglo XVIII. En un contexto marcado por la expulsión de la Compañía de Jesús y por las iniciativas del sector más reaccionario de la Iglesia, los denominados "antifilósofos", para frenar la influencia del reformismo ilustrado (Herrero 1973; Sánchez Parody 1991, pp. 256-304; Callahan, 2002, pp. 19-28), la pugna entre partidarios y detractores del celibato pasó a un primer plano 1. Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, el crecimiento demográfico experimentado en España durante las décadas centrales de la centuria dieciochesca, conoció un cierto estancamiento (Nadal, 1986, pp. 127-137). Se reactivó la alarma ante la abundancia de célibes. Influyentes personajes públicos de la administración de Carlos IV, bajo el valimiento de Godoy y de José Bonaparte, como Pablo Antonio Arribas y Francisco Cabarrús, redactaron propuestas que resaltaban los inconvenientes del celibato para el Estado, urgiendo la adopción de medidas para remediarlos (Arribas, s.a. y Cabarrús, 1820, pp. 160 y 248). En 1796 el Príncipe de la Paz llegó a recibir un proyecto de reforma de la disciplina eclesiástica, de autoría anónima, donde se solicitaba la supresión del celibato y el establecimiento de una regla que autorizara el matrimonio de clérigos y de monjas. La propuesta al parecer quedó en el olvido, pero el asunto del celibato eclesiástico siguió dando que hablar en las Cortes de Cádiz (Carbonero y Sol, 1880, pp. 173-174). En todas estas iniciativas, el discurso se seguía moviendo dentro de un registro demográfico y económico, no muy distinto del que venía saliendo a colación desde siglos atrás. De un lado los que consideraban que la reducción del número de célibes y el estímulo estatal de los matrimonios traería consigo el aumento de población. Del otro, los que minusvaloraban el alcance de esas medidas, situando la clave del crecimiento demográfico en el incremento de las subsistencias gracias al impulso de la agricultura, el comercio y las manufacturas. Ocasionalmente se aludía a la baja calidad moral y a las propensiones licenciosas de muchos sacerdotes, en particular los frailes, pero esto se hacía para solicitar que se elevase la edad de la ordenación, esmerándose la selección de los nuevos profesos y evitando el ingreso de religiosos sin vocación. Sin embargo, el examen de los perjuicios ocasionados a la salud y al orden público por la continencia absoluta apenas estaba presente en las disquisiciones españolas sobre el celibato difundidas en el siglo XVIII. Al contrario, situándose frente a la milenaria tradición hipocrático-galénica, que insistía en la necesidad de evacuar periódicamente el esperma para mantener el equilibrio humoral, un autor tan notable como el Padre Feijoo (1749, p. 349) subrayaba las bondades de la continencia total para preservar la salud. Esta situación de la controversia en España contrastaba con el planteamiento defendido por los filósofos ilustrados en otras partes de Europa. Buena parte de las piezas argumentales que conformaron la ofensiva de la higiene y el alienismo decimonónicos contra el celibato se pueden advertir ya en los textos de los enciclopedistas franceses y de otros ilustrados centroeuropeos. La afirmación de que la absoluta castidad iba contra la naturaleza, dando lugar a dolencias físicas y mentales (delirios y alucinaciones asociadas al éxtasis y al misticismo); la vinculación del celibato con el egoísmo y con una misantropía contraria a los intereses de la sociedad; la identificación de la salud con la práctica moderada del coito; la alusión a los internados y conventos como espacios donde se difundía la terrible enfermedad del onanismo; la acusación al clero de promover la pederastia entre los jóvenes. El saber de las Luces acerca de las dolencias vinculadas a la conducta sexual se sustentaba en una medicina de los nervios, cuyo origen se remonta a las últimas décadas del siglo XVII (Rousseau, 2015, p. La zona genital concentraba el mayor entramado de nervios con excepción del cerebro. Cuando la imaginación excitaba el deseo, el cerebro actuaba transmitiendo la imagen a través de los "espíritus animales" de los conductos nerviosos, hasta llegar a las ramificaciones de la zona genital. Entonces se producía la acumulación de sangre en esta región y tenía lugar la eyaculación. El organismo operaba entonces como una suerte de máquina hidráulica, funcionando gracias a un fluido que circulaba por el sistema nervioso, de modo que el esperma, análogamente, era pensado como un fluido esencial para el impulso vital (Álvarez Peláez, 2003, pp. 11-12). Cuando la excitación de la imaginación procedía de las necesidades del organismo para expeler el exceso de semen, lo que acontecía era el coito entre hombre y mujer; el acto sexual tenía entonces efectos benéficos para la salud. Sin embargo, cuando la imaginación excitaba el deseo artificialmente, con independencia de las necesidades naturales del organismo, las emisiones tenían lugar de una forma compulsiva y tendente a la reiteración. Esto sucedía especialmente en el onanismo, una práctica que provocaba a la vez pérdidas seminales continuas y un estado de sobreexcitación del sistema nervioso, arruinando las fuerzas orgánicas del individuo y llevándolo a la locura. Este mismo modelo hidráulico de razonamiento, cuyo desarrollo más influyente se encuentra en El Onanismo, obra del médico suizo y protestante Samuel Augusto Tissot, funcionaba en relación con la castidad. La continencia absoluta obligaba a un sobreesfuerzo de la voluntad para contrarrestar las excitaciones de la imaginación derivadas de las necesidades orgánicas. Esta retención del semen, "es capaz de provocar accidentes muy nocivos" (Tissot, 2003, p. La combinación de la medicina de los nervios con el discurso acerca de la economía de los fluidos corporales y de su gasto equilibrado, que funcionaba también en relación con la retención de la leche materna y el problema de la lactancia mercenaria (Donzelot, 1977, pp. 18-21 y Richter, 1996), justificaba una moral sexual que cifraba la salud en el término medio. La continencia absoluta del fraile y la incontinencia desmedida del libertino resultaban perjudiciales para la salud. La norma venía dada por el ejercicio moderado del coito dentro del matrimonio. Pues bien, en España, la primera denuncia pública de los males engendrados por el celibato eclesiástico que incorporaba la referencia a las enfermedades y a los crímenes suscitados por esta institución, data de 1820. Apenas un mes y medio antes del pronun-ciamiento de Riego, el antiguo canónigo y sacerdote afrancesado Juan Antonio Llorente, publicó en París, donde estaba exiliado, un Proyecto de Constitución Religiosa considerada como parte de la civil nacional (Dufour, 1982, pp. 207-216). En esta propuesta para reformar la disciplina eclesiástica se incluía un Discurso, titulado "Sobre el celibato clerical". Siguiendo la estela de las políticas arbitradas por la Revolución Francesa y Napoleón, se defendía la abolición del celibato eclesiástico. Pero lo novedoso de su escrito es que no se movía exclusivamente en un plano económico-demográfico a la hora de considerar los inconvenientes del celibato para la nación (Larriba y Dufour, 2004, pp. 158-159). Después de ponderar el modélico comportamiento de los "presbíteros luteranos o ministros calvinistas" ("por lo común son casados, con hijos, y su conducta es ejemplar") (Llorente, 1820, p. 197), Llorente entraba a considerar los efectos negativos del celibato católico en la esfera del orden público y de la salud y moralidad individuales: Los clérigos son hoy más cautos; pero no más castos. Todos procuran ocultar el vicio, pero lo tienen. Los infanticidios no son tan raros como algunos piensan, y como sea cierta la opinión moderna de animarse los fetos al tiempo de concebirse, añadiré que aquellos son frecuentes; pues lo es el procurar aborto luego que se nota una falta mensual de la cómplice. Muchos clérigos que temen la pérdida de su opinión en el trato de personas de otro sexo, acuden al onanismo; y sea de un modo, sea de otro, viven sin la continencia (Llorente, 1820, pp. 198-199) La referencia a los infanticidios y abortos asociados a la necesidad de ocultar las consecuencias de la incontinencia sacerdotal, adelantaba un motivo que se convertirá en tópico dentro de las campañas de la prensa anticlerical decimonónica contra el celibato eclesiástico. La alusión al onanismo en una época en que los textos de higiene y medicina doméstica difundían en España las tesis de Tissot (González de Pablo y Perdiguero Gil, 1990; Perdiguero Gil 1990y 1991), remitía a las nefastas consecuencias del voto de castidad para la salud individual. Pero por encima de todo se presuponía, en lo que será una línea dominante dentro del higienismo del diecinueve, que la continencia absoluta era de suyo imposible, de modo que el celibato clerical no sería más que una fachada hipócrita, ocultadora de las mayores depravaciones. Otro motivo sugerido por Llorente y presente en la tradición del higienismo, es la alusión al egoísmo y al aislamiento social que implicaba el celibato (Llorente, 1820, p. Llorente no se detuvo con la publicación de esta propuesta. Al año siguiente, ya en pleno Trienio Liberal, editó en francés y en castellano una Apología Católica del proyecto de Constitución religiosa y acto seguido un artículo titulado "Los inconvenientes del celibato eclesiástico", donde ahondaba en sus argumentos (Dufour, 1982, pp. 247 y 260-263). Pero lo que interesa aquí es que estos textos adelantaron en España, en cierta medida, algunos de los argumentos centrales esgrimidos en la ofensiva higienista decimonónica. LA OFENSIVA DEL HIGIENISMO DECIMONÓNICO CONTRA EL CELIBATO Los manuales de higiene publicados en España durante el siglo XIX, incluida la literatura divulgativa sobre higiene conyugal y sexual, inaugurada con la traducción del texto de Auguste Debay, Higiene y fisiología del matrimonio (1851) y especialmente con la Higiene del matrimonio (1853) de Pedro Felipe Monlau, 2 insisten en las múltiples enfermedades derivadas de la "incontinencia" en el uso del "instinto de propagación", especialmente el onanismo. Los textos sin embargo son menos rotundos en general al enumerar las enfermedades causadas por la "continencia". Los hombres jóvenes (de 20 a 30 años) o en la "edad viril" (de 30 a 40 años), de temperamento "ardiente", "sanguíneo" o "muscular" y habitando en regiones cálidas constituían la población más vulnerable a las enfermedades causadas por la "continencia" 4. La actividad de los órganos genitales resultaba indispensable en estos casos, pues de otro modo se corría el riesgo de contraer severas dolencias físicas y mentales. En esas condiciones la virginidad se reputaba imposible; los sacerdotes con la mencionada edad y carácter, que se proclamaban castos estaban en realidad aquejados por lo que Hufeland denominó "onanismo moral", consistente en que "alimentamos ó acaloramos nuestra imaginación con ideas voluptuosas y lascivas, imprimiendo desde muy temprano una viciosa dirección á esta facultad. El individuo sometido a una continencia continua sentía muy pronto el dolor y la inflamación de los órganos genitales; los testículos se inflamaban e infartaban, experimentando intumescencia en el pene e incluso el "priapismo", un estado de dolorosa y permanente erección. La fisionomía de los sujetos sometidos a una absoluta castidad se evidenciaba en un rostro donde sobresalían los ojos brillantes e inyectados en sangre. Además de producir abundantes poluciones nocturnas, esta continencia daba lugar a una intensa irritación de los órganos genitales sobreexcitando la imaginación con sueños lascivos y delirios eróticos. En este camino hacia la locura, los varones de temperamento ardiente situados entre los 20 y los 40 años, se transformaban, por mor de la absoluta continencia, en lo contrario de lo que pretendían. Desde la melancolía amorosa, la manía y la monomanía, en particular la "monomanía erótica", que implicaba intensos delirios venéreos pero mantenidos en los límites de la honestidad, hasta la satiriasis, cuando el apetito contenido explotaba en violentos asaltos y atentados contra el pudor 5. En el caso de los sacerdotes, y aquí el higienismo español importaba planteamientos procedentes del alienismo francés, de fuerte impronta anticlerical (Goldstein, 2001, pp. 210-239), la continencia absoluta aparecía relacionada con la presencia de alucinaciones de carácter extático. Así por ejemplo, se recogía el caso del Padre Blanchet, mencionado por Buffon (Rodríguez Guerra, 1846, p. Este sacerdote francés perdió la razón a raíz de su combate sin tregua contra el apetito venéreo. Tras recobrar la lucidez escribió unas memorias contando su experiencia. En esta misma estela de crítica a la ascesis religiosa, los textos señalan la inutilidad de los remedios habitualmente utilizados por los religiosos para vencer al "aguijón de la carne": sangrías periódicas, jarabe de ninfea, de lechuga, de verdolaga; lociones refrigerantes o láminas de plomo aplicadas sobre el pecho de los novicios (Debay, 1863, p. En la demostración de los estragos provocados por la continencia ligada al celibato, los textos de los higienistas, alienistas y divulgadores recurrían invariablemente a estadísticas que sugerían la salubridad del estado conyugal; a las de Hufeland, Sinclair, Desparcieux (Rodríguez Guerra, 1846, p. 321), entre otros, mostrando la diferencia de longevidad y morbilidad entre célibes y casados; a las de los alienistas Falret, Georget y Guislain, indicando la frecuencia de las enfermedades mentales entre los solteros (Giné y Partagás, 1871, p. 11); las que señalaban la abundancia de solteros entre los criminales (Seraine, 1866, p. 11) o las de Pitchie, médico en un manicomio inglés, mostrando que la mayoría de los enajenados por masturbación eran célibes (Pizarro y Jiménez, 1863, p. La higiene funcionaba así como una tecnología de gobierno, utilizando las observaciones clínicas texto anterior y dirigido a especialistas, los Elementos de Higiene privada (1846), el científico barcelonés seguía, en lo concerniente a la higiene del "instinto de propagación", una pauta similar a la de otros tratados del género. Aunque advertía que los efectos de la "incontinencia inmoderada" eran más graves y estaban más difundidos que los de "la continencia excesiva y forzada", no dejaba de enumerar la perniciosa secuela de esta: "puede ocasionar la manía, la melancolía, el histerismo y las más de las enfermedades nerviosas" (Monlau, 1846, p. Sin embargo en la Higiene del matrimonio, el planteamiento es diferente. Aquí se introducía una distinción capital. Por una parte existiría el celibato "necesario u obligatorio" (Monlau, 1858, p. 46), que podía obedecer a causas físicas ("conformación orgánica", "inminencia mórbida") o bien a exigencias profesionales ("ciertos ministerios augustos, ciertas condiciones elevadas"). Aquí emplaza Monlau una extensa disquisición acerca del celibato eclesiástico. Por otro lado estaría el "celibato voluntario o por elección", donde entraría también el "impuesto por la miseria" (Monlau, 1858, p. Estas formas constituían una "plaga social", un "cáncer" que debía ser combatido por los gobiernos a toda costa. La dicotomía entre ambas formas de celibato retoma en cierto modo la establecida en el siglo XVIII por el Padre Fernando Zevallos, distinguiendo entre el celibato eclesiástico, ligado a la castidad y lleno de virtudes y beneficios para la sociedad, y el celibato "filosófico" o "libertino" (Zevallos, 1775, p. Monlau en efecto, siguiendo la tradición apologética del celibato clerical, consideraba que este estaba avalado por la historia eclesiástica y lo justificaba señalando que el amor hacia la esposa y la progenie le impediría al sacerdote consagrarse por entero al "rebaño" de sus feligreses y al cuidado de su verdadera familia que era la Iglesia. Consideraba también que el número de religiosos era demasiado reducido como para suponer un menoscabo de la población y que esta menguaba a causa de las hambrunas, guerras y carestías, no por el celibato clerical. Lo novedoso de su reflexión no consistía en estos argumentos ya clásicos, sino en sus consideraciones acerca de la relación entre el celibato eclesiástico y la salud orgánica. Por una parte consideraba que los sacerdotes, en plena edad del vigor juvenil, aceptaban el reto de luchar contra las pasiones carnales. Frente a lo que podía pensarse, este desafío no resultaba tan arduo, pues "el hombre puede renunciar fácilmente al ejercicio del instinto reproductor: todo depende de la educación y de la voluntad" (Monlau, 1858, p. La tarea sólo le resultaba imposible a los célibes "libertinos" (Monlau, 1858, p. Para justificar el carácter, no sólo inocuo sino favorable del voto de castidad sobre la salud, Monlau citaba una serie de estadísticas extraídas del alemán Casper y del francés Descuret, donde se demostraba la superior longevidad de los religiosos sobre el conjunto de la población (Monlau, 1858, p. El pronunciamiento de Monlau a favor de las bondades higiénicas de la castidad clerical iba a contracorriente de la tendencia dominante en la disciplina. Podría sugerirse que esta orientación apologética de Monlau, ferviente católico, tendría que ver con su tránsito del liberalismo progresista de juventud -entre 1839 y 1848 aproximadamente, por el que se vio obligado a exiliarse a París, al moderantismo de su madurez, cuando se convirtió en miembro del Consejo de Sanidad del Reino (Fernández, 2012, p. En cualquier caso, sus tesis acerca de los saludables efectos del celibato fueron incorporadas en los alegatos en defensa de esta institución, que proliferaron en la segunda mitad del siglo XIX (Sanz Lafuente, 1864, pp. 37-38) A poco de publicarse el tratado de Monlau se inició en la Iglesia una intensa campaña para legitimar el celibato; desde 1862 se impulsó el culto al casto San José y se editaron distintos textos apologéticos que insistían en las virtudes no sólo morales y religiosas de la castidad, sino también en su valor terapéutico. Aquí se inscribe el difundido escrito del padre Antonio María Claret, confesor de la reina, El colegial o seminarista teórica y prácticamente instruido (1861), que conoció seis ediciones (Baulo, 2004, pp. 227-230), la memoria del padre Miguel Sanz Lafuente Sobre el celibato eclesiástico (1864) y el Tesoro del sacerdote (1866) del padre jesuita José Mach. Algo después, en el delicado periodo del Sexenio Revolucionario, tuvo lugar la campaña de prensa a favor del celibato eclesiástico emprendida por Félix Sardá y Salvany desde la Revista Popular (Baulo, 2004, pp. 225-227 y 230-231). Pero el efecto principal de la intervención de Monlau es que, en su afán de conciliar las evidencias científicas con la moral católica -"lo que no es moral no es ni puede ser higiénico" (Monlau, 1847, p. 291) era su dictumestablecía una disyuntiva entre dos figuras, la del fraile (celibato obligatorio) y la del libertino (celibato voluntario) que la medicina posterior no dejaría de problematizar: ¿son realmente diferentes y opuestas entre sí ambas formas de subjetividad?; ¿puede la acción terapéutica sobre estos personajes armonizar los criterios de la ciencia con los de la moral? Lo cierto es que la mayoría abrumadora de los higienistas y divulgadores sexuales de la época discrepa-ban respecto a la posición de Monlau: "es indudable, al menos para mí, que hay personas y no pocas, para quienes la continencia es una carga superior a sus fuerzas", sostenía Seraine (1866, p. 216) en un tratado similar a la Higiene del matrimonio. La práctica de la absoluta castidad podía representar un estado de espiritualidad más elevado, pero las medidas adoptadas para preservarla en conventos y seminarios (lectura prolongada, meditación, oración, soledad) eran inútiles para destruir las "pasiones del temperamento" (Seraine, 1866, pp. 216-217) El asceta y el libertino eran por tanto figuras dispares en su calidad moral, pero en la esfera fisiológica había una instancia que las identificaba: el celibato. La disociación estipulada por Monlau entre el celibato saludable del sacerdote y el celibato mórbido del disoluto, carecía de sentido en el terreno de la ciencia. José Moreno Fernández, catedrático y director de la Escuela de Medicina de Sevilla, trazaba al efecto una completa comparación entre estas dos figuras. Lo que le interesaba a los galenos, más allá de la superioridad moral de una sobre otra, era que ambas implicaban un desequilibrio de las funciones orgánicas: "la tiranía de la voluntad sobre la concupiscencia, o abusando o no usando la facultad procreatriz, se refleja poderosamente sobre el organismo induciendo gravísimo desorden en la inervación general" (Moreno Fernández, 1891, p. Tan patológica era pues la condición del fraile como la del libertino, en esto las consideraciones médicas debían permanecer al margen de las creencias religiosas o de las convicciones éticas. Lo que era moral podía llegar a ser antihigiénico. En 1879, el doctor Pierre Garnier decidió traducir y editar en francés la Higiene del matrimonio de Monlau. Sin embargo consideraba que el texto divulgativo del barcelonés había envejecido, no estando a la altura de las exigencias de rigor propias del positivismo vigente (Fernández, 2012, pp. 376-383). Este anacronismo según Garnier se revelaba especialmente en la sección dedicada al celibato eclesiástico. Así, el doctor francés rehízo por completo el texto de Monlau, defendiendo una posición opuesta a la del español. Se insistía en la condición "antifisiológica" del celibato eclesiástico y en sus perniciosos efectos. En primer lugar las pérdidas seminales nocturnas que, lejos de poder equipararse a la menstruación, como sostenían algunos médicos católicos, iban asociadas habitualmente a "sueños lascivos, ideas lúbricas, imágenes amorosas" (Monlau,s.a.,p. 114) provocadores de "accidentes cerebrales". Garnier calificaba el celibato sacerdotal de "lepra social" y trataba de refutar uno a uno los argumentos apologéticos de Monlau. Retomaba de este la distinción entre celibato obligatorio (como el eclesiástico) y celibato voluntario o libertino, pero para trastocar la jerarquía establecida por el barcelonés; la continencia absoluta producía los mismos males que el desenfreno venéreo (Monlau,s.a.,p. Si los sacerdotes optaban por ser virtuosos y castos, su salud salía perjudicada; si trataban de remediarlo rompiendo clandestinamente sus votos, se veían llevados a cometer excesos que deterioraban sus organismos y eran dañinos para la sociedad (Monlau, s.a., p. Garnier ahondaría en estas razones una docena de años más tarde, en un libro publicado en castellano con el título de El celibato y los célibes. Caracteres, peligros e higiene en ambos sexos (1891). Si la actividad de los órganos genitales resultaba indispensable para la mayoría de los hombres en la edad juvenil y viril, ¿cuál habría de ser la actitud del médico ante un joven vigoroso que se mantenía casto? Antes de que corriera el riesgo de contraer el hábito del onanismo o la sobreexcitación cerebral derivada de las poluciones nocturnas, "puede en conciencia el médico aconsejar el coito, a plazos prudenciales, con mujer libre y sana (...). Después de todo, autoridad tenemos los médicos para levantar ayunos, y de ayuno se trata en este caso, con la agravante de mortales consecuencias" (Letamendi, 1894, p. José de Letamendi, el célebre patólogo y anatomista, que es quien hacía esta sugerencia, era consciente de que el consejo en cuestión podía implicar la eventualidad de un contagio venéreo (Letamendi, 1894, p. 109), pero en la época se asumía que a los jóvenes aún por casar, "la buena sociedad les dispensa y hasta en cuanto cabe la religión les tolera, dar cumplimiento a sus funciones generadoras" (Dalmau, 1897, p. Los consejos higiénicos incluían también orientaciones para evitar las "enfermedades secretas" que eran el peligro ineludible derivado de frecuentar las casas de prostitución. Estas eran percibidas por la mayoría de los facultativos como un mal social y al mismo tiempo como una institución necesaria cuya estricta reglamentación apuntaba a minimizar el riesgo de contagio venéreo. LA CONTENCIÓN DE LAS EVACUACIONES ESPERMÁTICAS Y LAS DESVIACIONES SEXUALES Un tópico que desde primera hora suscitó amplio consenso entre los higienistas era la tesis de que el celibato, en la forma de la continencia absoluta, iba contra las leyes de la Naturaleza. Esta afirmación se reitera constantemente (Hurtado de Mendoza, 1839 p. 19), ya sea remitiendo a una naturaleza pensada en términos teístas, asimilando las leyes naturales a las leyes divinas (Dalmau, 1897, p. El tópico, como se dijo, ya circulaba entre los pensadores de la Ilustración, que apelaban a la Naturaleza, divinizándola (Ehrard, 1994, p. Fue también el pensamiento ilustrado el que, al menos desde los experimentos de Réaumur y Bonnet sobre la partenogénesis de los insectos, privilegió la referencia a los mecanismos de la reproducción como la representación por excelencia del funcionamiento pródigo de la Naturaleza y de su potencia de generación y renovación (Dagognet, 2000, pp. 61-68). Pero al mismo tiempo, esa herencia ilustrada recogió de Aristóteles el principio de una Naturaleza "ecónoma", de modo que en ella toda acción óptima se realiza con un mínimo de gasto (Hadot, 2004, pp. 254-261). Es la Naturaleza que evita los extremos (Hurtado de Mendoza, 1839, p. 101), rechazando tanto el desperdicio como la carencia, y que se evidencia en la insistencia de los higienistas recomendando el término medio en los gastos seminales (Forns, 1909, p. 214); el exceso y la continencia suponen por tanto una inútil revuelta contra el orden natural. El apetito venéreo es una función orgánica, una necesidad como las demás, "como las del hambre y la sed" (Hurtado de Mendoza, 1839, p. Negarse a satisfacerla es un acto contranatural. Por otra parte, si la Naturaleza se identificaba con la potencia vital generadora de todo lo existente, nada podía quedar fuera de ella. Si el instinto no podía satisfacerse de un modo explícito y por la vía normal, esto es, a través del coito conyugal, lo haría de forma clandestina y patológica (Debay, 1863, p. Aquí aparece el nexo entre el celibato y la desviación sexual. Al mismo tiempo, las proclamas de castidad absoluta eran tachadas de gesto hipócrita; el clero se vanagloriaba de algo que constituía un imposible (Dalmau, 1897, p. Por último, también la excesiva concentración de la dirección espiritual y del examen de conciencia en los movimientos de la carne, con el fin de extirparlos, era reputada de antinatural. En vez de dejar que el apetito respondiera a las necesidades naturales del organismo, se lo excitaba artificialmente al prestarle una atención exagerada con la intención de culpabilizarlo y combatirlo (Madrazo, 1904, p. Por tanto, la profunda identidad orgánica que el higienismo decimonónico parecía encontrar entre el sacerdote célibe y el libertino, más allá de sus diferencias morales, explica también la firme correlación establecida entre continencia absoluta y desviación sexual. Aparte de la satiriasis, los higienistas y divulgadores sexuales apuntaban hacia el onanismo y la pederastia, es decir, las relaciones homoeróticas, preferentemente con niños y adolescentes. Todas estas desviaciones se mencionan como derivadas de la privación del sexo con mujer (Sereñana y Partagás, 2000; Letamendi, 1894, p. Por otra parte, los internados escolares, junto a las prisiones y los cuarteles, aparecen como lugares propicios para el desarrollo de la pederastia (Koch, 1903, pp. 61-62). Se establecía además un nexo directo entre la masturbación mutua, presente en los internados escolares, y las relaciones pederásticas (Alcina, 1882, p. Letamendi consideraba incluso que el paso de la pura amistad a lo que designaba como "homoerastia", resultaba más frecuente entre mozos recién púberes y aun entre infantes (..) que entre hombres ya hechos" (Letamendi, 1894, p. Estimaba que "en las relaciones pederásticas los niños no siempre son víctimas por el concepto de violencia" (Letamendi, 1894, p. Aludía a "niños cuya petulancia para con maestros, compañeros, mayores, etc., constituye la provocación de las relaciones pederásticas" (Letamendi, 1894, p. El frenópata degeneracionista Fernando Bravo y Moreno era aún más explícito y apuntaba directamente al riesgo que representaban los sacerdotes: "son peligrosas las relaciones particulares -educación e instrucción-de todo adolescente con personas que por su estado, profesión, etc, tienen una continencia forzada, obligada por los abrumadores votos de castidad" (Bravo y Moreno, 1904, p. Su recomendación es muy explícita y sugiere la necesidad de purgar los centros de enseñanza y otras instituciones disciplinarias de la presencia de estos degenerados: "en las escuelas, colegios -internado-, prisiones y cuarteles se perseverará en los preceptos de estas conclusiones, aumentándose las medidas de vigilancia para impedir el vicio, y si se descubriere la existencia de un pervertido sexual de cualquier categoría que fuere, se le aislará inmediatamente para someterle al oportuno tratamiento médico" (Bravo y Moreno, 1904, p. Otro psiquiatra afín al degeneracionismo, José María Escuder, expresaba inquietud ante la posibilidad del contagio epidémico representado por estos pervertidos: "claro está que donde un maricón de éstos se introduce, colegio, cuartel, cofradía, convento o sociedad masculina, ha de ser un foco de depravación, de corrupción y deshonra. Oprobio de la especie humana, malean a los que con ellos se relacionan" (Escuder, 1895, p. Queda claro por tanto que la medicina de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX avalaba en general la tesis, presente en la prensa anticlerical de la misma época, acerca de los ataques pederásticos de los sacerdotes como un efecto de la castidad forzada 6. Esta conexión causal entre celibato y perversión, sugerida por los expertos, era difundida especialmente por los novelistas, en particular los incluidos dentro de la corriente zoliana del "naturalismo radical" (Fernández, 1997). Sin embargo, el nuevo siglo trajo consigo una recuperación de la castidad como ideal moral, o al menos de su preservación durante la juventud, hasta el ingreso en el estado matrimonial. Católicos fervientes como el médico catalán Blanc y Benet (1905) o introductores del psicoanálisis como Fernández Sanz (1915), defendieron la naturaleza, no sólo no patogénica sino saludable de la castidad. En esta nueva coyuntura favorable a un cierto reconocimiento de la abstinencia sexual por parte de los profesionales de la medicina (Rodríguez Méndez, 1908), concurrían diversas circunstancias. En primer lugar, la constatación cada vez más generalizada de que el sistema de tolerancia reglamentada de la prostitución era un fracaso desde el punto de vista de la prevención de las enfermedades venéreas (Mañueco Villapadierna, 1919, p. El burdel ya no se consideraba un exutorio seguro para el desfogue sexual de los jóvenes. Como el onanismo se seguía considerando una fuente de enfermedades y la contracepción -en plena controversia sobre el neomaltusianismo (Cleminson, 2008, pp. 56-75)era repudiada por la mayoría de los facultativos, la única vía expedita era la de la continencia previa al matrimonio. En este mismo frente se incluía un modelo de instrucción sexual avalado por la Iglesia Católica: la denominada "educación para la castidad", bien representada en España por pedagogos como Andrés Manjón o Ruiz Amado (Seoane, 2006, pp. 50-55). Comenzaba entonces a fraguarse desde sectores tanto conservadores como liberales, un prototipo de subjetividad masculina que no reconocía las proezas eróticas de juventud, la frecuentación de las "casas de trato" y la precocidad sexual como signos de hombría. Esa nueva masculinidad, contraria a la herencia del "donjuanismo", es la que ayudaron a forjar médicos como César Juarros, Rodríguez Lafora o Gregorio Marañón (Aresti, 2001(Aresti, y 2010)). Pero esa es ya otra historia. Uno de los alegatos más difundidos a favor del celibato eclesiástico, es el que se contiene en el conocido manifiesto antifilosófico de Zevallos, 1775, pp. 282-296. El texto del pintor y facultativo Rafael Forns, aunque editado en el siglo XX, suele considerarse como el último representante de la tratadística higiénica decimonónica. En los autores más próximos a las doctrinas frenológicas, los efectos de la continencia eran tanto más graves "cuanto más desarrollada se encuentre la parte encefálica que preside al instinto de propagación" (Londe, 1843, p. Esquirol no consideraba a la satiriasis (ni a la ninfomanía) como enfermedades mentales, sino como desórdenes puramente físicos (Esquirol, 1838, pp. 32-33). El forense español Pedro Mata sí englobaba a estas enfermedades dentro de lo que designaba como "aidomanía", una clase particular de monomanía (Mata, 1868, pp. 319-321).
En este artículo pretendemos mostrar la conformación de un dispositivo de la discapacidad en la España del tardofranquismo. Para ello, y tras unos breves apartados de introducción metodológica y conceptual, analizaremos los discursos y mecanismos destinados al gobierno de la discapacidad en tres ámbitos de análisis: el económico, el médico-social y el pedagógico. El análisis de estos discursos y mecanismos, entendidos en su conexión tanto con elementos previos como con dinámicas internacionales contemporáneas al momento estudiado, nos permitirá examinar y exponer las particularidades de este dispositivo en el periodo propuesto. El artículo concluirá con una serie de consideraciones finales que han de servir de marco interpretativo para ulteriores aproximaciones a escenarios de estudio más concretos. La década de los años setenta del pasado siglo iba a suponer un hito en los intensos procesos de cambio iniciados en España en años anteriores, así como la apertura de otros nuevos cuyos resultados y consecuencias delineaban derivas no siempre previsibles. Así, mientras que el plano económico vendría caracterizado por la ejecución del famoso Plan de Estabilización de 1959 -que iba a suponer la incorporación de la economía española a los flujos internacionales de bienes y servicios (Carreras y Tafunell, 2003, pp. 331-398)-, otros ámbitos, como el educativo, estaría marcado por la preparación y promulgación de la conocida como "Ley Villar", llamada así por su inspirador el Ministro de Educación José Luis Villar Palasí, y aprobada en 1970 (Ley 14/1970, BOE, 6 de agosto de 1970; Puelles, 1999, pp. 262-295). Atendiendo a esta particular situación nacional, en su conexión con los procesos globales cuya observancia nos es exigida, y para el periodo histórico comprendido desde los últimos años cincuenta hasta el final de la dictadura franquista en 1975, el objetivo del trabajo que aquí se introduce será: determinar cuáles fueron las dinámicas que precipitaron en España la conformación de un determinado dispositivo de la discapacidad, de una parte; y de otra, analizar y exponer las peculiaridades de este dispositivo en el periodo propuesto, conectado siempre con los escenarios internacionales en los que hubo de conformarse y por los que fue influido. Comencemos no obstante por presentar brevemente los conceptos y metodologías que utilizaremos en nuestra exposición. ALGUNAS CONSIDERACIONES METODOLÓGICAS Y CONCEPTUALES Por dispositivo de la discapacidad vamos a entender la red conformada en torno al heterogéneo conjunto de discursos, instituciones, elementos arquitectónicos o espacios físicos, decisiones reglamentarias o legislativas, medidas administrativas, enunciados científicos, propuestas filosóficas y morales, elaborados y constituidos en torno al concepto de discapacidad (Cayuela, 2017, pp. 129-135; Foucault, 2001a, pp. 299-306; Contino, 2013aContino, y 2013b)). En este sentido, y como el "dispositivo de la sexualidad" o el "dispositivo penitenciario" a los que se refiere Foucault (2001a), se trataría de una formación que en un determinado momento histórico tiene como principal objetivo responder a ciertas urgencias y necesidades, atendiendo siempre a una función estratégica dominante; en este caso, regular y tornar en espacio de actividad productiva, social y de conocimiento el fenómeno de la discapacidad. Así, en la confluencia de determinadas condiciones históricas de posibilidad -en precisos contextos económicos, políticos, sociales, culturales, etc.-, se produce aquello que podemos llamar el llenado estratégico del dispositivo, momento en el cual se conforman las características definitorias del dispositivo analizado. Este llenado viene precedido no obstante por un momento de génesis del dispositivo de la discapacidad, donde se intenta dar respuesta a un inicial objetivo estratégico. En este momento de génesis inicial, determinadas concepciones, discursos, regulaciones, etc., son concebidas como más racionales y eficaces que las anteriores, lo que provoca la precipitación del nuevo dispositivo. En nuestro caso, por ejemplo, cuando las estrategias diseñadas por los expertos del Estado del Bienestar sustituyen las caducas acciones benéficas del antiguo asistencialismo (Cayuela, 2017, pp. 129-130). Como quedó anunciado, en las páginas que siguen intentaremos mostrar las condiciones históricas de posibilidad que en el ámbito español hicieron posible la configuración de un dispositivo de la discapacidad desde finales de la década de los años cincuenta hasta el final de la dictadura franquista. En este sentido, y esto es preciso recordarlo aquí, esta nueva configuración responde a nuevos intereses y adopta nuevas medidas y estrategias, acordes con la nueva situación económica, política, social, al contexto internacional, etc., pero ha de entenderse siempre conectada con situaciones y medidas precedentes a las que iremos haciendo referencia en cada caso. Por lo demás, y para hacer factibles nuestros propósitos, distinguiremos tres ámbitos de análisis, el económico, el médico-social y el pedagógico, conectados entre sí, y analizando en cada uno de ellos los discursos y mecanismos activos en el marco de la discapacidad. La conformación de tales discursos, sus líneas de interpretación e influencia, así como el funcionamiento de sus mecanismos aparejados, dibujará las trasformaciones en el gobierno de la discapacidad en el ámbito español de aquel momento. Finalmente, debemos señalar aquí que este trabajo está llamado a ofrecer un programa de investigación que deberá ser completado mediante la aplicación de metodologías de estudio propias de la historia y la antropología social a escenarios más concretos. Al menos ya desde el siglo XIX, el trabajo había sido considerado la estrategia privilegiada de inclusión social para las personas con discapacidad (Abberley, 1996; Barnes y Mercer, 2005). De hecho, muchas de la nociones que por aquel entonces, y hasta la segunda mitad del siglo XX, se utilizaban para nombrar a este colectivo -inválidos, minusválidos, etc. (Casado, 2011)-, hacen referencia explícita a una supuesta "incapacidad laboral". En efecto, las naciones industrializadas necesitaban mantener a sus trabajadores en buena condición física y moral (Labisch, 1985), y en caso de accidente laboral o discapacidad congénita o adquirida la incorporación o reincorporación del individuo al sistema productivo podía ser crucial para la economía del país (Eghigian, 2000). En el caso español, y siguiendo un modelo imperante en Europa, estas medidas iban a materializarse con la creación de mecanismos tales como la fundación en 1887 del Asilo para Inválidos del Trabajo, la aprobación de la Ley de Accidentes del Trabajo de 1900, o la creación en 1922 del Instituto de Reeducación Profesional, inaugurado ya en 1924 (Martínez-Pérez y Del Cura, 2013). Con sus éxitos y fracasos, la senda marcada por estas estrategias, sin duda referentes en el desarrollo nacional de aquello que dio en llamarse el "modelo médico de la discapacidad" (Barnes, Mercer y Shakespeare, 2002, pp. 21-27), iba a verse truncada, de forma más o menos profunda, con el estallido de la Guerra Civil española y la instauración de la dictadura franquista. Conviene recordarlo además, a partir de entonces el trabajo iba a ser entendido no ya como un derecho, sino como una obligación para todos los españoles. Así quedaba expresado en el Fuero del Trabajo de 1938, primera de las Cartas Fundamentales del nuevo régimen, en su Declaración I. 3, donde se afirmaba que el «derecho de trabajar es consecuencia del deber impuesto al hombre por Dios, para el cumplimiento de sus fines individuales y la prosperidad y grandeza de la Patria». Con esta concepción "nacional y patriótica" del trabajo, la discapacidad iba a ubicarse en un lugar significativo dentro del ideario franquista: por un lado, por su potencial incidencia negativa en la productividad y con ello en la prosperidad de la nación; y por otro, por cuanto podía suponer una inobservancia irritante respecto del deber supremo del individuo para con la patria (Martínez-Pérez, 2017; Martínez y Del Cura, 2015). Como veremos en el siguiente apartado, los profesionales de la medicina, y especialmente de la Medicina del Trabajo aunque no solo, fueron los agentes encargados de supervisar y regular las actuaciones estatales sobre la discapacidad y los individuos considerados discapacitados. Lo que me interesa aquí destacar de momento es una determinada concepción de la discapacidad guiada desde el régimen en relación con el trabajo, que continuaba por lo demás estrategias precedentes, y señalada ya por los autores a los que vengo haciendo referencia: a saber, la pérdida o disminución de la capacidad productiva de las personas como criterio fundamental para su categorización y clasificación en comparación con otras, vectores fundamentales en el discurso oficial respecto al "problema de la discapacidad" en la España del periodo (Martínez-Pérez y Del Cura, 2015, p. En este sentido, la fundación en 1947 de la Caja Nacional del Seguro de Vejez e Invalidez, de la llamada Lucha Sanitaria Nacional contra la Invalidez en 1949, o la creación ese mismo año del Patronato Nacional de Lucha contra la Invalidez, no deben ser consideradas sino como estrategias biopolíticas destinadas al control y el gobierno de las personas con algún daño físico, y con una finalidad evidente: la normalización y disciplinarización de sus cuerpos con el objetivo de reincorporarlos a la actividad laboral (Martínez-Pérez y Del Cura, 2015, pp. 812-813). Con todo, estas actuaciones carecieron de un programa coordinado, lo que les restó eficacia a tenor de lo expuesto por el Dr. Piga en el primer Simposio Médico Social del Instituto Nacional de Previsión, dedicado en 1958 a la "Rehabilitación del presunto inválido y Seguridad Social", donde afirmaba que «poco era lo que se había hecho hasta ese momento» en este sentido (Piga, 1959, p. Por lo demás, el hecho de que estas primeras jornadas sobre discapacidad se celebrasen en 1958 no deja de ser tremendamente significativo. Fue en esos mismos años cuando los expertos del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, en consonancia con los recién nombrados ministros tecnócratas del régimen, preparaban el famoso Plan de Estabilización de 1959. También en el ámbito de la discapacidad, la influencia de los organismos internacionales, y el trabajo de campo encargado a sus expertos, son imprescindibles para comprender los devenires de las políticas franquistas (Ballester, 2012). De hecho, fue ya en 1957 cuando Frank J. Safford, miembro consejero de la OMS para niños físicamente disminuidos, y Kurt Jansson, Jefe del Servicio de Rehabilitación de la Dirección de Asuntos Sociales de la ONU, publicaron su relevante Programa Nacional de rehabilitación de niños físicamente disminuidos (Safford y Jansson, 1957), cuyo objetivo principal no era sino: «Asesorar mejor al Gobierno español, con vistas a poner en marcha, lo más rápidamente posible, un programa nacional de rehabilitación» (Safford y Jansson, 1957, p. Este programa nacional de rehabilitación parecía quedar encarnado ese mismo año con la creación del Patronato de Rehabilitación y Reeducación de Inválidos, mediante Decreto de 28 de junio de 1957 (BOE de 13 de julio de 1957), y que venía a sustituir al anterior Patronato Nacional de Lucha contra la Invalidez. Aunque en ese decreto se señalaba de forma explícita la necesidad de fomentar la «organización de centros de estudios de los problemas sociales que plantea la invalidez y de formación de personal de asistencia social» -lo que parecía explicitar un nuevo interés por los aspectos relacionados con la integración social del colectivo-, su objetivo prioritario era evidente: a saber, «la reeducación y colocación de deficientes físicos». El propio Dr. Piga lo remarcaría con claridad en el simposio al que antes hicimos referencia, al afirmar que el objetivo primordial debía ser «la devolución en mayor o menor grado del enfermo de su capacidad para la profesión o el oficio». También los ponentes en ese encuentro López Fernández y Bataller Saller se referían a esa necesidad de reincorporación laboral de las personas con discapacidad a través de la rehabilitación, destinada a «hacer desaparecer toda consecuencia personal, profesional y social, motivadas por la alteración de la salud», objetivos que «aspiran a una triple revalorización: el cuerpo, el espíritu y los recursos económicos, y el restablecer y fortalecer tres actitudes vitales: voluntad de trabajo, posibilidad física para éste y capacidad profesional y probabilidad de ganar un salario» (López y Bataller, 1959, p. Era, no lo olvidemos, el momento de gestación de aquel desarrollismo económico tan característico de la España de los años sesenta y primeros setenta. La implantación progresiva de la organización científica del trabajo se presentaba entonces requisito imprescindible para la consolidación del crecimiento: fijación de los ritmos del trabajo, la determinación previa de los rendimientos óptimos y normales, o la calificación profesional fueron entonces estrategias prioritarias (Cayuela, 2013, p. En este nuevo contexto, mientras un dispositivo disciplinario tan propio del franquismo como la Organización Sindical Española se seguía encargando de disciplinar y sobre todo controlar a los trabajadores, otras medidas Al menos desde la segunda mitad de la década de 1950, la Organización Mundial de la Salud (OMS) se preocupó por definir las políticas de rehabilitación que debían guiar la inserción social y laboral de las personas con discapacidad, dejando atrás la vieja perspectiva de la beneficencia y adoptando nuevos modelos de asistencia social. En este sentido, ya en su primer informe técnico fechado en 1958 1, la OMS ponía el acento en la necesidad de coordinar programas de rehabilitación social que, desde una perspectiva integrada, permitiesen la adaptación y reinserción laboral de estas personas, subrayando por lo demás las posibilidades abiertas por las nuevas técnicas terapéuticas y rehabilitadoras (Ballester, 2012). Ello reclamaba para los profesionales de la medicina un lugar central en el tratamiento de las discapacidades, otorgándoles el máximo poder sobre el proceso de rehabilitación. Y ello unido, claro está, a la tradicional función otorgada a los médicos sobre la asignación institucional de la condición de "inválido", siempre sospechosamente aparejada a la posibilidad de fraude. Los discursos elaborados en España por los profesionales de la salud y los encargados de poner en funcionamiento los mecanismos del nuevo sistema de asistencia sanitaria en ciernes, indudablemente, no fueron impermeables a estas nuevas perspectivas. De hecho, los médicos españoles supieron aprovechar la exigencia general de apertura en aquellos años para amoldar tales configuraciones al panorama nacional, redefiniendo su posición social y ahondando en sus disposiciones (Martínez-Pérez y Del Cura, 2017). Como acabamos de ver, los médicos franquistas jugaron un papel central en el gobierno de lo laboral en relación con las personas con discapacidad, pero sus atribuciones iban a ir mucho más allá desde aquellos inicios de los años sesenta. En efecto, así como la creación en 1922 del Instituto de Reeducación Profesional y otras instituciones y estrategias a las que antes hicimos referencia permitieron el desarrollo en España de especialidades médicas como la Medicina del Trabajo, la Traumatología y la Ortopedia (Martínez-Pérez, 2006a y 2006b), los cambios de discursos y estrategias de gobierno de la discapacidad incorporados en aquellos años favorecieron la promoción y posición social de determinadas especialidades médicas y sus colectivos profesionales. En este sentido, las duras críticas de los expertos extranjeros que visitaron el país en aquel periodo, especialmente desde la propia OMS y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Ballester, 2012, p. 97), cebadas en la deficiente formación de fisioterapeutas y la paupérrima situación de los hospitales españoles, supusieron un segundo hito para el desarrollo de la especialidad médica de rehabilitación y sus profesionales (Martínez-Pérez y Del Cura, 2017Cura,, pp. 1783Cura, -1784)). Después de todo, como señalaba el Dr. Lamas en el simposio antes mencionado: «Hasta el momento actual, el Seguro [Obligatorio de Enfermedad] solo ha cubierto concretamente la fase curativa de la enfermedad, y esto en su aspecto inmediato; no se atendió, sino en muy limitada medida, al aspecto preventivo, ni, desde luego, el de reintegración a la vida laboral del enfermo crónico o del inválido, cuando estas circunstancias se producen después de una enfermedad» (Lamas, 1959b, p. De hecho, el objetivo principal de aquel Syponsium no debía ser otro en palabras de Lamas que el de sentar las bases de una auténtica "Medicina Social", orientada a «reintegrar al hombre que ha estado enfermo en su vida personal, familiar y laboral en las máximas condiciones de vitalidad, deberá, por tanto estudiarse lo que atañe al propio paciente, a la recuperación de la confianza en sí mismo, a su restauración funcional, a la adaptación a una nueva situación en su trabajo y a su reintegración social» (Lamas, 1959a, p. Estos cambios de perspectiva y de planes de actuación respondían en parte a las estrategias de apertura internacional que también en materia socio-sanitaria estaba concretando el régimen franquista, instigado por los propios organismos internacionales que habían orientado y sostenido económica y técnicamente la apertura. En este ámbito socio-sanitario, y como el propio Dr. Lamas reconocía en el texto arriba citado, el impulso que supuso la creación del Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE) y sus estructuras se encontraba ya en aquellos años cincuenta necesitado de profundas reformas (Alberti, 1985, p. De hecho, desde la influyente revista Cuadernos de Política Social y otros medios, fueron muchos los profesionales de la medicina que venían insistiendo abiertamente sobre la necesidad de reformas mucho más profundas que las contempladas en el SOE y sus continuas modificaciones (Gascón, 1950; Torres, 1952; Fernández, 1956). Como afirmara De la Villa algunos años más tarde, «La previsión social no responde en su formación a un esquema teórico racional ni lógico. Se ha ido formando atendiendo a necesidades concretas, como se ha podido, y de acuerdo a lo que las circunstancias han permitido» (Villa, 1964, p. El terreno, pues, se hallaba bien abonado para los cambios que iban a producirse en este ámbito en el decenio posterior, cambios cristalizados en la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963 y la Ley General de la Seguridad Social de 1966. En efecto, este nuevo marco legislativo en materia de previsión social, construido no sin tensiones (Villa, 1964, p. 25), supuso la introducción de importantes cambios en la atención a la discapacidad y la reeducación y rehabilitación de inválidos, un auténtico denominador común respecto a la invalidez (Águila Maturana, 2007, p. En este sentido, y como se señalaba en la sección 4a del Capítulo V de la nueva Ley, título I, relativo a las Normas Generales del Sistema de la Seguridad Social, se contempló explícitamente la concesión de ayudas a la Reeducación y Rehabilitación de Inválidos, consistentes en: «Tratamientos de recuperación fisiológica y funcional, procesos de readaptación, cursos especiales de formación profesional adecuados a las necesidades y aptitudes del inválido, así como, en su caso, medidas adicionales de empleo selectivo». Y ya dentro del título II, Régimen General de la Seguridad Social, se dedicaba el capítulo VI a la invalidez, desglosando tanto el propio concepto como las clases de invalidez desde un punto de vista legal, y estableciendo un plan de recuperación que debía atender a las «aptitudes y facultades, edad, sexo y residencia del inválido, así como a su antigua ocupación y sus deseos razonables de promoción social, dentro siempre de las exigencias técnicas y profesionales» (Véase, además del texto de la Ley, los comentarios de Águila Maturana, 2007, p. Todo ello suponía de facto aceptar de forma programática los principios de rehabilitación y reeducación de inválidos sostenidos e impulsados por la propia OMS, entre los cuales destacaba, amén de la propia reincorporación del individuo a su anterior ocupación o a una nueva, la restauración de la condición física del enfermo empleando los métodos médicos, quirúrgicos y fisioterapéuticos necesarios. Asimismo, la concepción del individuo ocupaba ahora un lugar determinante, siendo la reintegración de todas sus funciones la finalidad última de la rehabilitación, y entendidas en un conjunto total, eficaz y dinámico (Águila Maturana, 2007, p. Tanto cualitativa como cuantitativamente, la Ley de Bases permitió un aumento y mejora considerable de la atención a las personas con discapacidad, espoleando el número de centros que proporcionaban asistencia rehabilitadora en todo el país, y obligando al desarrollo de programas de Rehabilitación específicos (Águila Maturana, 2007, p. Por lo demás, todo ello permitió al llamado "modelo médico" seguir ocupando un lugar de exención en la producción y difusión social de los discursos sobre la discapacidad, imponiendo prácticas de gobierno sobre los cuerpos discapacitados que al tiempo generaban formas de subjetivación específicas. Con todo, las personas consideradas como "discapacitadas" quedaban en una posición ciertamente incómoda (Martínez-Pérez y Del Cura, 2017, p. 1784; Martínez-Pérez y Del Cura, 2015, pp. 820-821), pues las nuevas posibilidades técnicas de intervención médica y quirúrgica sobre sus cuerpos marginaban profundamente su capacidad de decisión, y ello en un doble sentido: «Por una parte, habían de plantearse la oportunidad de someterse a un protocolo de actuaciones sobre su cuerpo que, incluso siendo exitoso, conllevaba frecuentemente la frustración de ver cómo no alcanzaban la recompensa de encontrar empleo. Por otra, en el caso de decidir no emprender el proceso rehabilitador, se exponían a poder ser contempladas como personas que preferían disfrutar de una pensión en lugar de cumplir con su obligación de contribuir con su trabajo al incremento de la producción» (Martínez-Pérez y Del Cura, 2017Cura,, p. Esa era, ciertamente, la nueva amenaza que se cernía sobre las personas con discapacidad en la España del Desarrollismo: a saber, optar por someterse al duro y doloroso proceso rehabilitador, o afrontar la más que probable pérdida de la "condición institucional de inválido", y la subsiguiente retirada de las prestaciones sociales a ella asociadas. La legislación aprobada por aquel entonces referente al "Aseguramiento de las enfermedades profesionales y la Obra de Grandes Inválidos y Huérfanos de fallecidos por accidentes de trabajo o enfermedad profesional" (Decreto 792/1961, de 13 de abril, BOE, de 30 de mayo de 1961), era en este sentido de una claridad absoluta y meridiana: «El trabajador accidentado o enfermo que se niegue a someterse a rehabilitación, así como el que no cumpla las prescripciones médicas, podrá ser suspendido en la percepción económica que viniere disfrutando en concepto de indemnización por incapacidad temporal o permanente, o sancionado con la disminución de ésta, por resolución de la Dirección General de Previsión, a propuesta de las entidades aseguradoras, del Fondo compensador del Seguro de Accidentes de Trabajo y Enfermedades profesionales o del patrono que hubiese sido autorizado para asumir directamente el riesgo de incapacidad laboral». La Ley de Bases de la Seguridad Social inauguraba una nueva etapa caracterizada por la sustitución de un conjunto heterogéneo de Seguros Sociales y la ordenación de un verdadero sistema nacional de seguridad social (Vida, 1964). Con sus problemas, derivados en buena medida de las particulares circunstancias políticas y económicas nacionales, la implantación de este nuevo sistema respondía en parte a una estrategia política destinada a apaciguar la cada vez más decidida protesta obrera y estudiantil. En este sentido, la adopción de modelos similares en otros países del entorno europeo durante la segunda posguerra mundial perseguía de hecho objetivos similares: a saber, contener el desarrollo interno de los partidos comunistas nacionales y las protestas obreras y estudiantiles, desplegando lo que podría denominarse un cinturón de seguridad ideológico ante el temor de una posible expansión hacia el oeste de la Unión Soviética. Se trataba de una estrategia impulsada decididamente por los Estados Unidos desde el final de la II Guerra Mundial, enmarcada en su cruzada anticomunista, y que debía acompañar al desarrollo económico y el libre mercado (Cayuela, 2008, pp. 44-46; Castel, 2009). La influencia de los Estados Unidos y de los organismos internacionales occidentales en la adopción tanto de este sistema socio-sanitario como del propio modelo económico abrazado desde 1959 en España queda fuera de toda duda. Con todo, existía una esfera de actuación que debía culminar el proceso: a saber, el ámbito educativo. Así lo advertían de hecho los expertos del Banco Mundial en un informe emitido en 1962 sobre la situación de la economía española, donde señalaban que aunque no se les pidió que hiciesen «un estudio detallado de la inversión en educación [...] la conexión entre la educación y el desarrollo económico es tan importante que el informe no sería completo sin alguna referencia al asunto. Para expansionar y modernizar su economía, el Gobierno español espera que se dediquen cantidades cuantiosas para la inversión fija. No obstante, estas esperanzas no producirán los resultados deseados a no ser que se preste la atención necesaria a la inversión en recursos humanos, dado que la oferta de mano de obra cualificada será un factor importante a la hora de determinar el ritmo de crecimiento económico [...] Un aumento de la producción con técnicas modernas aumentará la demanda de mano de obra especializada en todos los niveles, demanda que solamente podrá satisfacerse si se planea de manera adecuada el rendimiento del sistema docente [...] Una buena educación general es indispensable para todo ello» (AA. Estas recomendaciones pretendían convencer al gobierno franquista sobre la necesidad de una profunda reforma del sistema educativo, reforma que no llegaría hasta la aprobación en 1970 de la Ley General de Educación, la conocida como Ley Villar a la que antes nos referimos. El tiempo transcurrido desde la orquestación de la apertura económica en 1959 hasta la aprobación de esta ley educativa, destinada fundamentalmente a suministrar la necesaria mano de obra cualificada al nuevo sistema productivo, es quizá el mejor ejemplo de lo delicado del asunto. De hecho, en esos diez años, la influyente revista Bordón del Instituto de Pedagogía, se convirtió en una auténtico campo de batalla entre quienes defendían la necesidad de tecnificación de la enseñanza y su acomodación a los intensos cambios sociales y económicos del momento (véase por ejemplo Municio, 1963), y aquellos otros que advertían sobre los peligros de abandonarse al "materialismo didáctico" propio de la nueva coyuntura económica (Sáez, 1963). Con todo, el nuevo sistema educativo nacía con una clara convicción "universalista", pues como rezaba el Preámbulo de la Ley: «El sistema educativo nacional asume actualmente tareas y responsabilidades de una magnitud sin precedentes. Ahora debe proporcionar oportunidades educativas a la totalidad de la población para dar así plena efectividad al derecho de toda persona humana a la educación y ha de atender a la preparación especializada del gran número y diversidad de profesiones que requiere la sociedad moderna». Esta universalización de la escolarización iba a incorporar a las aulas a un gran número de niños que hasta entonces habían quedado excluidos del sistema educativo, niños entre los que se encontraban, claro está, muchos de los afectados por deficiencias físicas e intelectuales. A la educación de estos niños parecía referirse explícitamente el Artículo 12.2, donde se afirmaba que «estarán también incluidos en el sistema educativo las modalidades que vengan exigidas por las peculiaridades de los alumnos, de los métodos y las materias», clara referencia a la necesidad de orquestar una reforma del modelo de Educación Especial. Ello anticipaba de hecho lo explicitado en el Capítulo VII del Título I, donde se añadía, en el Artículo 49.1: «La educación especial tendrá como finalidad preparar, mediante el tratamiento educativo adecuado, a todos los deficientes e inadaptados para una incorporación a la vida social, tan plena como sea posible en cada caso, según sus condiciones y resultado del sistema educativo; y a un sistema de trabajo en todos los casos posibles, que les permita servirse a sí mismos y sentirse útiles a la sociedad». La nueva Ley parecía pues querer introducir metodologías y estrategias innovadoras en relación a la educación de alumnos con discapacidad, incorporando la "mirada pedagógica" a nuevas problemáticas (González, 2009, p. En este sentido, y en primer lugar, fue la propia extensión de la escolarización la que permitió en muchos casos la detección de problemas mentales y sensoriales, relacionada por lo demás con la propia heterogeneidad de los menores. En segundo lugar, se concretaban planes de actuación desarrollados años antes por el Patronato de la Infancia Anormal, creado en 1953 aunque transformado ya en 1956 en el Patronato Nacional de Educación Especial, desde donde se impulsó la elaboración del Plan Nacional de Educación Especial, nutrido a su vez de estadísticas y clasificaciones recogidas desde los centros provinciales. Y finalmente, aunque conectado con lo anterior, se prestaba renovada atención a los discur-sos, programas de actuación y reformas promovidas desde el propio sector profesional (véase como ejemplo el monográfico de la revista Bordón AA.VV, 1969). Otro de los aspectos destacados de la nueva Ley era la creación de dos modalidades educativas para niños con discapacidad, distinguiendo a estos alumnos entre leves y profundos. En este punto, mientras los primeros serían educados en colegios ordinarios donde se atendería a sus necesidades específicas, adoptando un modelo de educación integrada, los segundos debían ser desplazados a centros especiales, «cuando la profundidad de las anomalías que padezcan lo hagan absolutamente necesario» (Artículo 51). El recién nombrado Ministerio de Educación y Ciencia encargaría a docentes, especialistas en Pedagogía Terapéutica, servicios de orientación escolar y servicios médico-escolares el diagnóstico de los alumnos necesitados de esta Educación Especial (González, 2009, p. A pesar de todo, lo cierto es que la construcción de aquellos centros educativos especiales y la propia creación de aulas de educación especial en centros ordinarios para deficientes ligeros, fue cuando menos insuficiente (González, 2009, pp. 256-8). De hecho, tanto la iniciativa privada como la de los padres siguieron jugando un papel crucial en la educación de los niños con discapacidades, tal y como venía sucediendo al menos desde comienzos de la década de los años sesenta (González, 2009, p. En efecto, y aprovechando la coyuntura aperturista de finales de los cincuenta y la influencia cada vez más notable de la OMS y otros organismos internacionales, los padres con niños con discapacidad pudieron pasar a la acción (Del Cura y Martínez- Pérez, 2017Pérez,, p. Fue precisamente en 1959 cuando se constituyó en Valencia, y no sin destacables suspicacias y precauciones por parte del régimen (Maza Zorrilla, 2008), la primera asociación de padres de niños con discapacidades, con el nombre de Asociación Pro Niños Anormales (ASPRO-NA). Siguiendo la experiencia valenciana, en 1964 ya se habían abierto otras veinte asociaciones repartidas en distintas provincias, aprovechando tanto la brecha abierta desde Valencia como la celebración en 1963 de las Primeras Jornadas Técnicas de estudio sobre el problema de los Niños Subnormales. Aquellas Jornadas sirvieron asimismo para proponer la creación de la Federación Española de Asociaciones Protectoras de Subnormales (FEAPS), que llegó a contar con un total de 7.480 afiliados (Del Cura y Martínez- Pérez, 2017Pérez,, p. El objetivo fundamental de estas asociaciones era, de una parte, convertirse en interlocutores válidos y reconocidos con los poderes públicos, y de otra servir como instrumento de solidaridad entre las familias afectadas (Del Cura y Martínez- Pérez, 2017Pérez,, p. Como el propio Ernesto Puerto resumiera en 1970, uno de los pioneros de este movimiento asociativo en España, los objetivos fundamentales de estos grupos podrían resumirse en cinco: concienciar al Estado y la sociedad del problema; analizar las dificultades con las que se enfrentaban tanto las personas con discapacidad como sus familias; interpelar al Estado y sus instituciones para adoptar las medidas necesarias y el estudio de los problemas relacionados con la discapacidad; impulsar la creación de centros asistenciales, formativos, residencias-hogares, etc.; y, finalmente, espolear la formación de personal especializado (Puerto García, 1970; Del Cura y Martínez-Pérez, 2017, p. A pesar de lo activo y necesario de estas iniciativas, de incrustarse de hecho en dinámicas y procesos de calado internacional (Bregain, 2013; Cayuela, 2017, p. 125 y ss.), y de la intensa actividad normativa con la que el régimen parecía afrontar definitivamente la situación, lo cierto es que a inicios de los años setenta aún había 11.000 personas con discapacidad intelectual internadas en centros psiquiátricos, y tan solo se habían creado 377 centros educativos con 25.000 plazas (8 por cada 10.000 habitantes) (Del Cura y Martínez- Pérez, 2017Pérez,, p. Apenas había ayudas públicas, y seguían siendo mínimas en relación con los precios de la asistencia, con requisitos tremendamente excluyentes y dependientes de las escasas plazas disponibles. En definitiva, al final de la dictadura los discapacitados seguían siendo también marginados sociales con escasas posibilidades laborales y de formación, y las asociaciones, como la sociedad en general, se vieron obligadas a recuperar el carácter reivindicativo e inconformista que las vio nacer. En un conocido artículo de 1976 titulado "¿Crisis de la medicina o crisis de la antimedicina?", Michel Foucault, tomando como hito fundamental el Plan Beveridge de 1942, señalaba el decenio 1940-1950 como el momento de «formación de un nuevo derecho, de una nueva moral, de una nueva economía, de una nueva política del cuerpo [...] Desde entonces, el cuerpo del individuo es uno de los objetivos principales de la intervención del Estado, uno de los grandes objetos de los que el propio Estado debe hacerse cargo» (Foucault, 2001b, pp. 42-43). Fue en aquel momento cuando se diseñó el Estado del Bienestar de la Europa de la segunda posguerra mundial, coincidente con el surgimiento de un nuevo concepto de salud, en una etapa definida por un incremento tanto cualitativo como cuantitativo de la extensión de la medicina a determinados ámbitos que, hasta ese momento, le eran completamente ajenos (García Capilla, 2007, p. Este nuevo modelo influyó sin duda en las medidas biopolíticas adoptadas también por el Estado franquista, especialmente susceptible desde finales de los años cincuenta a las dinámicas internacionales. Con sus ritmos propios, con sus problemáticas y circunstancias particulares, la España de Franco fue acomodando progresivamente sus estrategias y dispositivos de gobierno de la vida a las desplegadas en otros países del entorno, en parte como nuevos mecanismos de legitimación política y social, en parte por exigencias del nuevo sistema productivo. Y fue precisamente en este nuevo contexto donde pudo conformarse, como también había sucedido a escala internacional, un dispositivo de la discapacidad en nuestro país. En efecto, aunque siempre conectada con dinámicas previas, una nueva concepción de la discapacidad comienza a emerger también en la España de la época como una meseta cargada de nuevas significaciones, dibujada en el tránsito de una miríada de discursos emanados desde una multitud de ámbitos aparentemente inconexos: el económico, el laboral, educativo, asociativo, médico, etc. Es entonces cuando se inicia aquel llenado estratégico de un nuevo dispositivo, y que en España no iba a concluir al menos hasta la llegada de la democracia. Aquellos años sesenta y setenta deben pues ser entendidos como el momento de aparición de un inicial objetivo estratégico, donde se plantean tácticas de regulación capaces de tornar en espacio de actividad productiva y social el fenómeno de la discapacidad. Aún con obvios precedentes, es sin duda este el momento de génesis de un dispositivo nuevo, aquel en el que determinadas estrategias de gobierno de la discapacidad son consideradas como más racionales y eficaces que las anteriores, cuando las acciones benéficas del viejo asistencialismo debían ser sustituidas por las nuevas disposiciones orquestadas por los expertos de la naciente biopolítica social (Cayuela, 2014, pp. 235-270). Es en aquel contexto neocapitalista donde la reincorporación al sistema productivo adquiere nuevas significaciones, donde los cuerpos y las mentes de las personas con discapacidad debían someterse a la normalización médica si no querían perder su condición de "inválidos". Y ello porque -como señala Jorge Gallardo-«Las disciplinas normalizantes, jactadas de incorporar las aspiraciones de quienes desean integrarse [...] no ejercen sino, una reproducción y violencia no solo simbólica sino de clase, al despolitizar el origen de la discapacidad»; y continúa, aunque refiriéndose a tiempos más cercanos: «La supuesta superación del modelo individual y biológico, opera subrepticiamente despolitizando, ahistorizando y "haciendo social" algo que tiene origen estructural y que emana del Estado y de la economía» (Gallardo, 2013). También desde el ámbito socio-sanitario emergieron toda una serie de disposiciones y estrategias de gobierno del "cuerpo discapacitado" sometido a nuevas fórmulas normalizadoras y a criterios no exentos de juicio moral. Y ello porque la propia intervención quirúrgica y/o rehabilitadora se funda en una supuesta desviación de una norma médica de salud. Y también por esto han sido tratadas aquí de forma indistinta las discapacidades mentales y físicas: la emergencia de un dispositivo de la discapacidad en aquellos años respondía a exigencias y necesidades que unifican a estas personas bajo el criterio de la "minusvalía", pues en última instancia el objetivo prioritario no es otro que el de corregir aquella desviación sometiéndola a una norma de conducta, o al menos transformarla en tolerable desde un punto de vista social. Similares objetivos encontramos al asomarnos a los discursos y estrategias articuladas entonces en el ámbito educativo en relación con las personas con discapacidad: normalizarlas en la medida de lo posible convirtiéndolas en sujetos de actividad productiva y "útiles a la sociedad y a sí mismos". En este sentido, el hecho de que en el propio articulado de la Ley Villar de 1970 se hiciera referencia explícita a las medidas a adoptar con este colectivo, así como a las necesidades orgánicas e institucionales a las que se debía prestar atención, no deja de ser tremendamente significativo. En efecto, y aunque eran aspiraciones constantes a lo largo de todo el siglo XX, la discapacidad había pasado finalmente a ocupar un lugar específico también en este ámbito, espacio dibujado en la confluencia de los discursos expertos, las instituciones asistenciales y el propio corpus legislativo e institucional. En definitiva, a lo largo de estas páginas hemos intentado mostrar cómo en la España del tardofranquismo, en la confluencia entre saberes expertos, discursos sociales, médicos y económicos, instituciones y espacios físicos, decisiones y medidas administrativas o concepciones morales, fue emergiendo una determinada configuración del dispositivo de la discapacidad, cristalización nacional conectada a grandes rasgos con dinámicas internacionales pero con características particulares. Se trataba de un dispositivo más en el marco general de una biopolítica franquista cuya capacidad efectiva ha de ser aún demostrada -como ya quedó advertido-con otros métodos de estudio y análisis. En este sentido, y con todo, creemos que estas líneas pueden ser un buen punto de partida para un análisis en profundidad que otorgue voz a aquellos que durante aquellos años sintieron y sufrieron la acción -o inacción-de los agentes impli-cados en su gobierno. Quizá un lugar adecuado para imaginar espacios distintos de existencia y formas diferentes de subjetividad. Este artículo ha sido elaborado en el marco del proyecto de investigación "El discurso acerca de la discapacidad en el tardofranquismo y la Transición y su influjo sobre el proceso de cambio sociocultural en torno a la normalidad corporal y mental" (HAR2015-64150-C2-2-P), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España/Fondos FEDER.
Una vez más, la revista Asclepio ha querido recordar a un personaje esencial en su historia. Agustín Albarracín fue alma de esta publicación por décadas, estando siempre pendiente de los muchos problemas que la edición planteaba. Estas viejas revistas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas han tenido siempre personas animosas detrás, pues la labor de cada día era compleja. En los últimos años del franquismo, los presupuestos eran aprobados de forma anual, estando siempre la revista en riesgo de desaparición. La impresión se realizaba tratando de forma directa con las imprentas. La correspondencia con los autores, las aceptaciones, los dolorosos rechazos, eran llevados por unas pocas personas que creían en la empresa. La corrección de pruebas, la elección del papel, de la cartulina, de las imágenes y cubiertas eran siempre tareas de éstas. No sé si las cosas han cambiado mucho, pero tal vez nos hemos alejado de aquella ilusionada creencia en que se apoyaba una disciplina y un grupo de especialistas. Tal vez la forma de escribir historia sea hoy más cuidada, tal vez la edición sea más elegante y moderna, pero nos hemos distanciado de ese disfrute de la sabiduría y de la convivencia. Agustín Albarracín, heredero en muy buena parte del mejor Pedro Laín, pertenecía a esas personas entusiastas que dedicaban sus esfuerzos a encontrar buenos artículos, editarlos con esmero y propagarlos con generosidad. Muchas de las páginas de Asclepio responden a este espíritu, por tanto el Consejo de Redacción quiso invitar a unos cuantos amigos y colaboradores a expresar un último homenaje y recuerdo. Autores de diversa procedencia, de variado pensamiento y de alejadas generaciones toman parte en él, pues han querido reconocer su valía humana, y recordar la suerte que tuvimos cuando apareció en nuestras vidas.
primera en ser aprobada por el Ministerio de Educación. Salus Infirmorum, con la creación del centro infantil "Casa del Niño" consiguió aunar la formación de fisioterapeutas y el tratamiento de niños con problemas motóricos como consecuencia de la poliomielitis. En el centro se atendió a más de 680 niños y se formaron en ella 373 enfermeras fisioterapeutas, siendo reconocido como Obra de interés social, En 2017 se cumplieron sesenta años de la aprobación de la especialidad de Fisioterapia para los Ayudantes Técnicos Sanitarios (ATS) 1. Posteriormente, la Orden Ministerial del 7 de Octubre de 1957 2 aprobó el programa de estudios para la enseñanza de la especialidad. A partir de esta legislación surgieron las escuelas profesionales, siendo la Escuela de ATS de la Hermandad Salus Infirmorum de Madrid, la primera en ser reconocida por el Ministerio de Educación 3. El origen y desarrollo de la Fisioterapia como especialidad de los ATS, al igual que otras profesiones sanitarias, como la Terapia Ocupacional, y especialidades médicas como Medicina del Trabajo, Traumatología y Cirugía Ortopédica o Rehabilitación, guardan relación con el desarrollo de sucesos relevantes acontecidos a lo largo del siglo XX. Toledo Maruhenda (2010) y González Dominguez (2006) identifican algunos aspectos clave para el proceso de institucionalización de la Fisioterapia en España: la aprobación de la Ley de Accidentes del Trabajo de 1900, como medida de protección social; los accidentes laborales y de tráfico, como consecuencia de una mayor actividad económica e industrial del país; o la demanda social generada por la discapacidad derivada de enfermedades infantiles como la poliomielitis, la parálisis infantil y la parálisis braquial obstétrica, entre otras. Especialmente relacionado con este último aspecto, el de las discapacidades de los niños, un enfoque de estudio especialmente interesante, llevado a cabo por algunos autores como Ballester y Porras (2012) y Ballester, Porras y Baguena (2015), y relacionado con el surgimiento y consolidación de nuevas figuras profesionales, es el conjunto de visitas a España de expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) con el fin de prestar asesoramiento en la puesta en marcha de un plan de Rehabilitación integral, conocido posteriormente como Plan de Operaciones ESPAÑA-23, dirigido a la rehabilitación de los niños con discapacidades físicas. Los resultados derivados de las visitas realizadas por consultores internacionales quedaron recogidas en una serie de informes, realizados entre los años 1956 y 1973 a la finalización de cada una de las estancias realizadas. Uno de los objetivos clave de esta interacción era evaluar la infraestructura de los servicios de Rehabilitación y la formación del personal que los integraba, con el fin de marcar unas pautas a corto y medio plazo que trataran de planificar la formación y competencias de los profesionales vinculados al tratamiento de la discapacidad. De hecho, el informe derivado de la primera visita, realizada por Safford y Jansson en el año 1956 4, puso de manifiesto la inexistencia de profesionales formados en técnicas propias de Fisioterapia y la necesidad de legislar el ejercicio de esta profesión para disponer de especialistas formados en la aplicación de medios físicos. Ante este hecho, una de las primeras recomendaciones fue la de crear en Madrid una escuela de Fisioterapia con la que formar a profesionales que pudieran dar respuesta a la demanda social generada por la gran cantidad de inválidos derivados de las epidemias de poliomielitis. El objetivo de este trabajo es doble. Por un lado, constatar cómo el conjunto de brotes epidémicos de poliomielitis en España, vividos especialmente a partir de 1950, influyeron de forma decisiva en el nacimiento de profesiones sanitarias como la Fisioterapia y la Terapia Ocupacional, además de ofrecer un claro impulso favorecedor al nacimiento oficial de la especialidad médica de Rehabilitación, aprobada oficialmente en 1969 5. Por otro lado, dentro del periodo anterior, caracterizado por el surgimiento de nuevos profesionales, reconstruir el proceso de institucionalización, nacimiento y desarrollo en sus primeros años, de la Escuela de Fisioterapia Salus Infirmorum. Esta institución, de carácter privado y con actividad formativa y asistencial, fue la primera en ser aprobada por el Ministerio de Educación 6. En el curso académico 1957-58, tanto en la Escuela de Salus Infirmorum como en las Facultades de Medicina de las universidades de Madrid y de Valencia, se inició la actividad docente de una nueva especialidad, la de Fisioterapia, que con el paso de los años daría lugar a una nueva figura profesional, la del fisioterapeuta. EL ORIGEN DE LA FISIOTERAPIA Y DE OTRAS PROFESIONES SANITARIAS La discapacidad física fue una realidad social desde el inicio siglo XX como consecuencia del número de discapacitados físicos provocado por factores como los distintos conflictos bélicos, las lesiones laborales o las secuelas producidas por enfermedades como la poliomielitis o la tuberculosis. Este hecho puso de manifiesto la necesidad de desarrollar iniciativas organizativas novedosas, que permitieran hacer frente a las necesidades actuales. Algunas de estas iniciativas contemplaban acciones relacionadas con un mejor uso de los espacios y recursos disponibles, nuevas formas de tratamiento y de recuperación y, en consecuencia, la necesidad de personal especializado para llevar a cabo estas acciones. El desarrollo industrial de finales del siglo XIX, y ante las demandas por parte de los trabajadores para mejorar sus condiciones laborales, se planteó la necesidad de regular el procedimiento para atender a las víctimas de accidentes en su actividad laboral, aprobándose el 31 de enero de 1900 la Ley de Accidentes de Trabajo 7 (Martínez, 2009, p.122). La ley otorgaba el derecho a una indemnización, así como a la asistencia médica y farmacéutica al trabajador cuya lesión provocara en él una incapacidad, temporal o definitiva. Serían los médicos los encargados de prestar esa atención sanitaria y de gestionar los accidentes laborales, aunque no fue hasta la reforma de la Ley de Accidentes del Trabajo de 1922 cuando surgió una especialidad médica para ello, la de Medicina del Trabajo 8 (Porras, Báguena y Toledo, 2017). El artículo 23 de dicha ley contemplaba la creación de un servicio especial de reeducación, que tenía por objeto "devolver a éstos la capacidad profesional suficiente para que puedan atender por sí mismos a su subsistencia" 9. En cumplimiento de este requisito legal, se creó en Madrid el Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo (IRPIT) en 1924. Entre las funciones del IRPIT se encontraba la readaptación funcional de los accidentados, su reeducación profesional y la tutela social de los reeducados. Previamente, a instancias del médico militar Manuel Bastos Ansart (1887Ansart ( -1973)), y como consecuencia del número de heridos en la intensificación de la Guerra de Marruecos, en 1921, se solicitó la creación de un "Instituto de Rehabilitación de mutilados e inutilizados de la campaña", creándose a tal efecto la Clínica Ortopédica y Reeducación en el hospital Militar del barrio madrileño de Carabanchel (Bastos, 1921). En 1933, el IRPIT se transformó en el Instituto de Reeducación de Inválidos (INRI), como consecuencia de la reforma de la Ley de Accidentes del Trabajo de 1932, consiguiendo así un centro especializado para la reeducación de inválidos "de todo orden" 10, incluidos aquellos derivados de enfermedades infecciosas como la poliomielitis, que dejó graves secuelas en la infancia española tras la epidemia de 1928. Los médicos especialistas en Ortopedia y Traumatología pasaron a tomar un protagonismo relevante en el tratamiento de los discapacitados, constituyéndose la Sociedad Española de Cirugía Ortopédica y Traumatología en 1935 (Martínez, 2009, p.131). El estallido de la Guerra Civil (1936-1939) truncó el desarrollo alcanzado en la red sanitaria-asistencial para la reeducación de inválidos, hasta tal punto que costó toda una década recuperar la situación anterior al conflicto bélico. El inicio de los brotes epidémicos de poliomielitis en España y el elevado número de afectados que la enfermedad provocaba favorecieron que las autoridades políticas y sanitarias adoptaran medidas estatales de carácter urgente para luchar contra la invalidez. Estas medidas se materializaron, por un lado, con la creación de los llamados Centros de Lucha contra la Polio en 1947 y en 1949, que aparecen los centros especializados de reeducación y divulgación de la Rehabilitación, surgiendo así el Patronato Nacional de Lucha contra la invalidez 11. Finalmente, una nueva medida adoptada dentro del incipiente plan integral de asistencia al discapacitado fue la creación, en el año 1959, del Servicio Nacional de poliomielitis aguda. Pero no fue hasta mediados de los años cincuenta cuando se aprobó la Ley de Accidentes del Trabajo de 1956 12, que ya incluía una sección a la Rehabilitación (art. 140-143), estableciendo en su artículo 40 que "cuando las características de las lesiones lo aconsejen, los accidentados deberán ser sometidos a un tratamiento de rehabilitación que permita en cada caso, la recuperación más completa posible de su capacidad funcional y profesional para el trabajo". Desde su creación, en 1948, la Organización Mundial de la Salud (OMS) también mostró un especial interés por el tema de la discapacidad, considerando la Rehabilitación como una de las principales herramientas para conseguir la recuperación integral del enfermo. Es lógico pensar que esta nueva red asistencial y este conjunto de recursos materiales debía ir acompañado de un volumen adecuado de profesionales, formados tanto en la asistencia inmediata de urgencia como en el tratamiento de las secuelas derivadas de la enfermedad y en la reincorporación de la persona a la sociedad, tanto a nivel domiciliario como laboral. Por tanto, la demanda social, ante una necesidad más que evidente, es considerada clave para el nacimiento de un conjunto de profesionales con este tipo de competencias. Nos referimos al nacimiento de nuevas especialidades sanitarias como la Fisioterapia y Terapia Ocupacional, así como al desarrollo de nuevas especialidades médicas como la Rehabilitación que, a pesar de que fue definitivamente aprobada con posterioridad a las dos primeras 13, estuvo influida por los mismos factores: el desarrollo económico y político del país, las epidemias de la poliomielitis 14, y el establecimiento de un sistema de Seguridad Social mediante la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963 y su reforma de 1966de (Porras, 2006, p. El caso de la Terapia Ocupacional, aunque no desarrollará el protagonismo de la Fisioterapia en este primer periodo, también adquirió un papel importante, especialmente en la fase de secuelas de la enfermedad, con el fin de obtener la independencia necesaria para el desempeño de las actividades esenciales de la vida diaria, la integración social de los niños mediante terapias recreativas o la posibilidad de adquirir un oficio para su inserción al mundo laboral. (Águila, Álvarez, Miangolarra y Rodríguez, 2002, p. En 1964 se aprobó la Escuela de Formación en Terapia Ocupacional del Dispensario Central de Rehabilitación dependiente de la Dirección General de Sanidad 15 que proporcionó la formación necesaria a estos técnicos, hasta la década de los noventa, fecha en la que se aprobó el título oficial de diplomado en Terapia Ocupacional. 205) Con las campañas de vacunaciones la poliomielitis dejó de ser una enfermedad amenazante para la vida del niño y, por tanto, el foco de atención fue dirigido ahora hacia el tratamiento del gran número de inválidos y de las secuelas derivadas en sus distintos grados, donde la Fisioterapia ocupaba el papel protagonista en la rutina diaria del enfermo. Fue en este momento, coincidiendo con el periodo final de la década de 1957, cuando las autoridades políticas y sanitarias, conscientes de esta necesidad y entendiendo que la figura profesional más preparada para esta tarea eran los ATS, decidieron crear una nueva especialidad, la de Fisioterapia. De este modo, el Real Decreto de 26 de julio de 1957 estableció la creación de esta nueva especialidad para los ATS 16. Posteriormente, la Orden Ministerial del 7 de octubre aprobó el programa de estudios 17 y de forma progresiva se fueron creando las primeras Escuelas para la enseñanza de esta especialidad. A partir de este momento y de forma muy progresiva, las distintas unidades de Rehabilitación que se desarrollaron se caracterizaban por sus importantes carencias, tanto en recursos humanos como de espacios y materiales. Así queda reflejado en los diferentes informes redactados por los expertos consultores de la OMS que entre los años 1956 y 1975 visitaron nuestro país con el objetivo de evaluar la situación actual y los recursos destinados a la rehabilitación de personas con discapacidad, especialmente niños. Las visitas de expertos realizaron una evaluación de la red asistencial emplazada en las principales ciudades de nuestro país. En Madrid: el INRI, la Clínica del Trabajo, el Hospital del Rey, el Dispensario de la Cruz Roja y el Hospital San Rafael que eran de carácter privado, y el Hospital Niño Jesús. De todos ellos, a excepción del Hospital Niño Jesús, creado para dar respuesta al problema de los niños con poliomielitis, todos contaban con experiencia en el ámbito de la reeducación en un periodo previo a la Guerra Civil. En Barcelona se crearon también distintas instalaciones, principalmente para ofrecer tratamiento a los afectados por la poliomielitis. Entre otros, cabe mencionar al Hospital de la Cruz Roja, el Hospital Clínico Universitario, el Hospital San Pablo, la Mutua Metalúrgica de Seguridad, el Hospital de enfermedades infecciosas, el Centro de Rehabilitación de Tarrasa y el Centro de Reeducación de los IMC de Montjuich. Otros centros visitados fueron los principales hospitales de ciudades representativas como Valencia, Oviedo y Sevilla. POLIOMIELITIS Y LA FISIOTERAPIA La poliomielitis emergió como una enfermedad epidémica a finales del siglo XIX. Primero en Europa (1881) y, posteriormente, en la década siguiente, en EEUU y Canadá. La polio fue un problema de salud pública que para Europa finalizó con su erradicación en 2002. Siguiendo esta clasificación cronológica, el contexto de nuestro trabajo se centra en una fase de transición entre el final de la segunda y el inicio de la tercera etapa. En este periodo, la creciente cifra de afectados se prolongó en España hasta 1957, fecha que marcó un máximo histórico en el número de casos declarados. Fue en ese mismo año cuando se iniciaron los estudios de la especialidad de Fisioterapia para los ATS. Los primeros brotes epidémicos en España datan de 1916, donde por primera vez las autoridades sanitarias adoptaron las primeras medidas sanitarias gubernamentales, entre las cuales destacó la obligatoriedad en la declaración de los casos de parálisis. A partir de los años 50 se produjo un aumento progresivo del número de casos repartidos por casi todo el territorio nacional (Toledo, 2010, p. En 1955 se iniciaron las primeras campañas de vacunación mediantevirus inactivados descubierta por Jonas Salk. Ésta inmunizaba contra los tres tipos diferentes de poliovirus y se aplicaba en forma inyectable en un conjunto de tres dosis. Dos años más tarde, la vacuna de Albert Sabin, con virus atenuados, hacía posible pensar en la erradicación debido a su fácil administración por vía oral y por permitir campañas masivas en breve tiempo a fin de crear inmunidad en toda la población (Rodríguez, 2012, p. En España, no se llevaron a cabo iniciativas oficiales hasta 1958, ya que el Estado consideraba que la inversión no era rentable en proporción al número de casos anuales, que se calculaba en unos dos mil. De 1958De a 1963, ante el innegable aumento de esas cifras, y coincidiendo con el interés en mejorar la imagen exterior del Régimen, se realizaron inmunizaciones con vacuna Salk (Ballester, 2008, p. 123) pero, aunque se les dio el nombre de "campañas" apenas contaron con publicidad y sólo podían acceder a ellas gratuitamente los acogidos a la beneficencia. Será a partir de 1963, cuando el Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE), dependiente del Ministerio de Trabajo y vinculado ideológicamente a Falange, inició la vacunación gratuita entre sus afiliados. Como respuesta, la Dirección General de Sanidad (DGS), perteneciente al Ministerio de la Gobernación y con clara influencia de militares católicos, continuó su vacunación con vacuna Salk pero ahora de forma gratuita (Rodríguez y Seco, 2009, p. La huella que la poliomielitis dejó en un número importante de niños de nuestro país, fue sin duda, una de las responsables del desarrollo de la Fisioterapia como especialidad, junto con otros factores como el gran número de heridos e inválidos con afectaciones motóricas, consecuencia del conflicto bélico de la Guerra Civil (1936-39) y las lesiones producidas por los accidentes laborales, fruto del desarrollo tecnológico, económico e industrial que provocaron un aumento en el número de discapacitados físicos (Toledo, 2013, p. Otro aspecto importante y decisivo en la puesta en marcha de la especialidad de Fisioterapia, fue el informe derivado de la primera visita realizada por los expertos de la OMS en 1956, llevada a cabo por Frank Safford y Kurt Jansson, donde ya recomendaron la creación en Madrid de una escuela de fisioterapeutas para formar profesionales que pudieran atender a la demanda social de inválidos derivados de las epidemias de poliomielitis. Otra medida urgente que apuntaban era la necesidad inminente de legislar el ejercicio de la Fisioterapia, de manera que se pudiera disponer del mayor número de profesionales formados en procedimientos específicos basados en la aplicación de medios físicos. El Gobierno ofreció la posibilidad de especialización a los ATS al considerarlos que disponían la formación sanitaria necesaria y que contaban con perfil profesional idóneo. Así, en 1957, se creó una nueva especialidad para los ATS adscrita a las llamadas escuelas de Fisioterapia, vinculadas a las Facultades de Medicina, las primeras de ellas en Madrid, Barcelona y Valencia (Toledo y Ballester, 2015). El propio Real Decreto por el que se establece la especialización de Fisioterapia para los Ayudantes Técnicos Sanitarios, justificaba la necesidad de esta especialidad: "Una de las más necesarias es la de Fisioterapia, por el gran número de enfermos necesitados de recuperación y la escasez de personal dotado de los conocimientos necesarios teóricos y prácticos..., y por esa escasez de personal resulta conveniente admitir a la obtención del diploma a los actuales Practicantes y Enfermeras que acrediten la suficiente aptitud" 19. INSTITUCIONALIZACIÓN DE LA FIGURA DEL FISIOTERAPEUTA EN ESPAÑA Aunque la Fisioterapia como profesión no aparece hasta el siglo XIX, es innegable que los medios físicos y su aplicación eran empleados por aquellos que se encargaban de atender y cuidar a las personas con enfermedades y lesiones (Gallego, 2007, p. Ya desde la prehistoria tenemos constancia de la utilización de técnicas incipientes de la Fisioterapia como la aplicación de calor, masajes y baños con el fin de purificar el cuerpo impuro o liberarlo de los malos espíritus. Autores como Platón, Hipócrates y Galeno, también hacen alusión en sus obras a algunos tratamientos físicos para aliviar multitud de dolencias (Martínez y Chamorro, 2017, p. El nacimiento, desarrollo y consolidación de la Fisioterapia en España se produjo más tarde que en el resto de países europeos, condicionado por el contexto político, social y económico del país. Sin embargo, la evolución histórica de la Fisioterapia guarda aspectos comunes con el resto de Europa, por su vinculación a la Enfermería, primero en la figura del practicante y más tarde como especialidad de los ATS, hasta su posterior separación, consolidándose como disciplina y profesión independiente. Se puede considerar que la figura del practicante es el precedente inmediato al fisioterapeuta. Previo a esta figura, se pueden encontrar los llamados curanderos, masajistas o sanadores, que utilizaban los medios físicos sin ningún tipo de formación previa. Posteriormente, serían los cirujanos menores o ministrantes los encargados de emplear los medios físicos (Chillón, 2008, p. La figura del practicante no llegó a ser oficial como profesional titulado hasta 1857, quedando definida en la Ley de Instrucción Pública 20, conocida como la Ley Moyano, siendo el sustituto del anterior cirujano menor o ministrante como refleja el artículo 40 de la presente ley: "Queda suprimida la enseñanza de la Cirugía menor o ministrante. El reglamento determinará los conocimientos prácticos que se han de exigir a los que aspiren al título de practicantes" (Siles, 2011, p.391). Las modificaciones en el reglamento que regulaba tanto los estudios como las funciones del practicante fue una constante durante toda su existencia legal (1857-1953) debido, en parte, a la necesidad de convivir con otras profesiones auxiliares o subalternas de la medicina como la matrona y la enfermera (Herrera, Lasarte y Siles, 1996, pp. 259-268). El practicante era conocido como: [...] "el que practica. El que por tiempo determinado se instruye en la práctica de la medicina y la cirugía al lado y bajo la dirección de un facultativo. El que en los hospitales hace las curaciones o propina a los enfermos las medicinas ordenadas por el facultativo de visita. Encargados de ejecutar una clínica oficial o particular de las prescripciones que ordene el médico siendo responsable de su técnica pero no de su finalidad. Los practicantes son, en el arte de cuidar, lo que antes eran los cirujanos-ministrantes" (Siles, 1999, p. Algunos de estos profesionales practicantes se especializaron en la práctica del masaje y su formación estaba incluida en los programas de las escuelas de practicantes. Sus habilidades manuales y su labor sanitaria comenzaron a conocerse en diferentes ámbitos sociales, lo que provocó que esta figura fuera conocida con el nombre de practicantes-masajistas (Toledo, 2010, p. En 1953 se unificaron las enseñanzas de enfermeras, practicantes y matronas, creándose el nuevo título de Ayudante Técnico Sanitario (ATS) y se estableció la posibilidad de especialización, siendo la primera la de Matrona y posteriormente la de Fisioterapia 21 dándoles la denominación de Ayudantes en Fisioterapia. Posteriormente, la Orden Ministerial del 7 de octubre 22 aprobó el programa de estudios para la enseñanza de dicha especialidad. A partir de este momento se sucedieron diferentes Órdenes Ministeriales que regulaban la creación de distintas escuelas de Fisioterapia: Escuela de Fisioterapia en la Hermandad Salus Infirmorum de Madrid 23, la Escuela adscrita a la catedra de Patología Quirúrgica 1a de la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid en el Hospital Clínico San Carlos 24, la Escuela de ATS masculinos del Hospital Infantil de San Rafael de Madrid 25, la Escuela de ATS de la Sección Femenina de la Falange y de las J.O.N.S de Madrid 26, las escuelas en distintas Facultades de Medicina como la de Zaragoza (1959), Valencia (1961), la Escuela de ATS de la Cruz Roja de Madrid (1962), la Escuela de ATS del Hospital de la Beata Maria Ana de Jesús de Madrid (1963) o la Escuela de ATS del Santiago Ramón y Cajal de Barcelona (1964) entre otras. Los cambios producidos en la denominación del título de ATS de los años 70 y el paso de los estudios a la Universidad afectaron de la misma forma a la especialidad de Fisioterapia, separándose así de la disciplina enfermera. Tras repetidas solicitudes y conversaciones con la Administración, se creó una comisión interministerial entre expertos de educación y sanidad y los profesionales, a través de la Asociación Española de Fisioterapia, dando como resultado la promulgación del RD 2965/1980 de 12 de Diciembre, sobre la integración en la Universidad de los Estudios de Fisioterapia como escuelas universitarias de Fisioterapia 27 (Meroño y Rebollo, 2013, p.260). Desde el año 1983, la Fisioterapia quedó estructurada como carrera superior de primer ciclo en la Ley Orgánica de Reforma Universitaria 28. Posteriormente, en 1986, se reconocía un Área de Conocimiento propia, denominada con el mismo nombre, reconociéndose así como ciencia autónoma. La Universidad de Valencia fue la primera que comenzó a impartir la enseñanza de Fisioterapia con rango universitario 29 (Toledo, 2010, p. La última reforma educativa, enmarcada dentro del Espacio Europeo de Educación transformó los antiguos títulos de Diplomados en Grados, acorde al Real Decreto 1393/2007, de 29 de octubre, por el que se establece la ordenación de las enseñanzas universitarias oficiales 30. Las escuelas de Diplomados en Fisioterapia, plenamente implicadas en este proceso, como muestra el Libro Blanco del Título de Grado en Fisioterapia, aprovechan esta oportunidad no sólo con el objetivo de contribuir a crear el Espacio Europeo de Educación Superior sino con la finalidad de reflexionar y revisar la práctica diaria para transformarla y adaptarla a un modelo ajustado a los contextos sociales y educativos actuales (Chamorro, 2016, p. LA ESCUELA DE FISIOTERAPIA DE SALUS INFIRMORUM Y EL CENTRO "CASA DEL NIÑO" DE MADRID Consciente de las necesidades sanitarias y sociales que aquejaban a la ciudad de Madrid, provocadas por el brote epidémico de poliomielitis que tanto se cebó en la infancia española, María de Madariaga, presidenta de la Hermandad Salus Infirmorum 31, consideró la necesidad de ofrecer un tratamiento específico a los niños que sufrían las secuelas motóricas provocadas por esta enfermedad. Su proyecto se centró en un centro al que llamó "Casa del Niño, Regina Angelorum". Previamente, María de Madariaga había visitado algunos centros europeos de Rehabilitación, incorporando los conocimientos adquiridos a la Casa del Niño, lo que posibilitó el desarrollo de un centro para la atención del niño inválido de cualquier afección. Su ambicioso proyecto incluía además, una escuela de Fisioterapia, para proporcionar formación específica especializada a los ATS, convirtiendo a su vez el centro en un centro asistencial para llevar a cabo las enseñanzas teórico-prácticas de una Escuela de Fisioterapia. El centro estaba situado en la calle de los Olivos número 2, en el barrio madrileño de Metropolitano. Fue inaugurado oficialmente el día 27 de junio de 1957 en un acto al que asistieron el alcalde de Madrid, Conde de Mayalde, el presidente de la Junta Provincial de Menores, el decano de la Facultad de Medicina y un importante número de prestigiosos médicos entre los que se encontraba Manuel Blanco Argüelles y el pediatra y fundador de la Sociedad de Pediatría de Madrid, Carlos Sainz de los Terreros, Joaquin Valenzuela, director de la Escuela de Visitadoras de la Cruz Roja, entre otros. Las instalaciones fueron bendecidas por el obispo auxiliar de Madrid-Alcalá, D. José María García Lahiguera, acompañado por D. Ricardo Blanco, consiliario de Salus Infirmorum 32 (Véase imágenes 1 y 2). La Casa del Niño estaba compuesta por varios pabellones independientes donde se realizaban distintas actividades: la asistencia al niño prematuro; la atención a los niños afectados de trastornos motores, en el que se prestaban todos los servicios a través de un internado, dispuesto tanto para niños como para alumnas; y la atención a niños sanos, en la guardería infantil para la primera infancia. El centro conjugaba la atención asistencial con la docente ya que en ella se albergaba, además de la Escuela de Fisioterapia, la Escuela de Diplomadas de Niños, para la capacitación de personal con aptitudes para cuidar a niños sanos. La Escuela de Fisioterapia, a través de la transmisión de conocimientos teóricos y prácticos, nace con el fin de atender y poder prestar ayuda eficaz a los niños con problemas motores que por nacimiento, enfermedades nerviosas, musculares, accidentes fortuitos, reumatismos, alteraciones en la forma y posición de los huesos, y otras muchas causas origina en ellos defectos en la marcha, deformaciones, atrofias y disminución de las funciones normales del tronco, brazos y piernas 33. Así, las patologías más frecuentes eran las derivadas de la poliomielitis, parálisis cerebral infantil y espina bífida (Toledo, 2010, p. La creación de esta Escuela no solo dio respuesta a la atención a los enfermos necesitados de recuperación, sino que proporcionó la formación necesaria a las enfermeras, forjando un personal especializado con grandes conocimientos teórico-prácticos. En 1956, Salus Infirmorum elevó al Ministerio de Educación Nacional, la propuesta de creación de la Especialidad de Fisioterapia, en el marco de la legislación vigente del momento. Al mismo tiempo, según consta en las fuentes consultadas del archivo de la asociación, se organizaban estos estudios de forma privada, con el apoyo y dirección del destacado Médico Rehabilitador Manuel Blanco Argüelles 34 y del traumatólogo Dr. Iruegas, ese mismo curso académico 1956-1957, careciendo de validez oficial. (Chamorro, 2016, p.202) Al año siguiente, el 26 de julio de 1957, el Ministerio de Educación Nacional, haciéndose eco de esta necesidad, promulgó el Decreto de creación de esta especialidad 35, autorizando Salus Infirmorum la creación de una Escuela para la enseñanza de Fisioterapia 36. Además, la Comisaría de Asistencia Social del propio Ministerio, con fecha 6 de junio de 1958 reconocía Obra de Interés Social al centro de la Casa del Niño 37. Para cursar las enseñanzas de esta especialidad se requería estar en posesión del título de Ayudante Técnico Sanitario Femenino, tener menos de treinta y seis años cumplidos y no padecer defecto físico que imposibilitara el ejercicio de la profesión. Asimismo, podían aspirar al ingreso en esta Escuela las que, estando en posesión del título de Enfermera o Practicante, aprobaran un examen de ingreso sobre Física, Química, Fisiopatología de la respiración y de la circulación y nociones de patología del aparato locomotor. La enseñanza constaba de dos cursos de ocho meses de duración cada uno, divididos en dos semestres (Ver tabla 1). Los dos primeros meses del curso eran considerados un periodo de prueba para seleccionar a las alumnas, tanto desde el punto de vista físico, como intelectual y moral. Pasado ese periodo, las alumnas eran sometidas a distintas pruebas, entre ellas las físicas, para decidir sobre su aptitud hacia la profesión. Al final de cada curso, las alumnas realizaban un examen teórico-práctico que si no era superado suponía la repetición del curso completo. no se aprobara en el segundo año, debían abandonar los estudios. Superadas favorablemente las pruebas finales, y mediante la presentación de la Tesis sobre un enfermo asistido por la alumna, la Escuela expediría el Diploma del Ministerio de Educación correspondiente a esta especialidad de cuerpo sanitario. El primer curso de esta especialidad fue cursado por siete alumnas. Todas ellas finalizaron con éxito, la mayoría con sobresalientes y notables. Entre sus profesores se encontraba el Catedrático de Traumatología y Quirúrgica de la Facultad de Medicina, el Dr. Martín Lagos 38 que, junto con el profesor Blanco Argüelles y el catedrático de Terapéutica Física, el profesor Gil y Gil, componían el tribunal evaluador (Véase imágenes 3 y 4). Las primeras promociones de alumnas que finalizaron sus estudios de Fisioterapia fueron requeridas por la iniciativa privada y la administración para organizar, dirigir y llevar a cabo Centros y Servicios de Rehabilitación. Las primeras, salieron para Gorlitz (Vizcaya), a Málaga, para atender el Hospital Civil, el Marítimo de Torremolinos y el Sanatorio Parque San Antonio, a Córdoba, al Sanatorio del Santo Ángel de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad. En Madrid, fueron solicitadas por la Clínica de Ciencias Neuroló-gicas, el Instituto de Seguridad e Higiene en el Trabajo y el Centro de Traumatología y Rehabilitación de la Ciudad Sanitaria de la Paz, donde fue trasladada la Escuela de Fisioterapia en octubre de 1965. Ma Jesús San Juan, la subdirectora de la Escuela, fue la encargada de poner en marcha el servicio de Fisioterapia de este hospital. De los profesores implicados en la docencia, y especialmente relacionados con el tratamiento de la enfermedad, cabe destacar la presencia del profesor Blanco Argüelles, sobre el que recaía la mayor parte del peso de la docencia, junto con el cirujano ortopédico y traumatólogo D. José Martínez. En la parte práctica, eran tres fisioterapeutas las encargadas de impartir la formación. La actividad docente teórica de la Escuela de Fisioterapia comenzaba por las tardes, quedando la mañana destinada a las prácticas de la especialidad, desde las ocho hasta las dos de la tarde. La asistencia a las clases prácticas se realizaba todos los días excepto uno, ya que se libraba por la obligatoriedad de realizar guardias en el servicio de hospitalizados. Este turno era realizado por un equipo formado por un fisioterapeuta y un estudiante de puericultura, con las funciones principales de mantener una vigilancia de los niños que permanecían en los lechos de escayola 39. La formación teórica y práctica se realizaba de forma simultánea y siempre en el propio centro. Otras escuelas, no realizaban la formación práctica hasta no haber finalizado la parte teórica, como ocurría en la Escuela Departamental de Valencia que desarrollaba la formación práctica en el Hospital Clínico de Valencia. Otras en cambio, impartían la teoría en las aulas de la Facultad de Medicina y las prácticas eran realizadas en los centros sanitarios, como en el caso de la Escuela de Fisioterapia de la Facultad de Medicina de Madrid que realizaban las prácticas en el Hospital San Carlos. Ninguna de las dos escuelas citadas, contaba con internado para alumnas. La Casa del Niño atendía a niños en régimen interno, media pensión y ambulatorio, desde recién nacidos, sometidos a una estimulación precoz, hasta los 14 años. Para ello, contaba con los servicios que requería una rehabilitación de calidad para cualquier problema motor. Todo ello dirigido por una Junta de Equipo, presidida por María de Madariaga, la Directora General de la Institución, y en la que formaban parte el Director médico, el profesor D. Manuel Blanco Argüelles, la subdirectora, Da Ma Jesús San Juan, y contaban con otros profesionales como pediatra, psicólogo, asistenta médica-social, protésico, fisioterapeutas, ergoterapeuta, administradora y secretaria. El conjunto de profesionales implicados formaban un verdadero equipo multidisciplinar que trabajaba de forma coordinada en un centro caracterizado por un equipamiento similar al de otros centros de Rehabilitación (Águila, Álvarez, Miangolarra y Rodríguez, 2002, p.46). Con estos datos, podemos afirmar que la escuela cumplía los requisitos para impartir las enseñanzas de Fisioterapia con cierto nivel, descritos en el informe de los expertos de la OMS, en la que establecía que en cada una de las escuelas debía haber un director "consultivo", que debía ser un profesor de la facultad de medicina, que en el caso de Salus estaba vinculada la Universidad de Madrid, y en la figura del profesor Martín Lagos que participaba en la docencia de la escuela; un director "efectivo", médico especialista en Rehabilitación y un fisioterapeuta cualificado, dirección que recaía sobre el profesor Blanco Argüelles y la subdirectora Ma Jesús San Juan; y recomendaba, para aquellos discapacitados con mayores problemas de movilidad y que vivieran lejos de los centros, debería crearse un internado, que también lo contemplaba el centro. En el centro se llevaban a cabo todos los tratamientos, adecuados al tipo de asistencia precisada, contando con los sistemas más modernos y avanzados de la época: piscina, para baños calientes y la realización de ejercicios bajo el agua, un gimnasio con mesas de trabajo para la movilización y el masaje, espalderas, planos inclinados, paralelas, escaleras con peldaños de diferentes alturas, poleas para ejercicios de brazos y piernas, patines, etc. Como servicios complementarios, contaban con ergoterapia, taller de ortopedia, psicología, logopedia, Rayos X y una sala para escayolas. También tenemos constancia de que contaban con un servicio de pulmón de acero 40 (Véase imágenes 5, 6 y 7). Coordinado con el gimnasio, funcionaba el taller de prótesis, dirigido por Federico Bernardo de Quirós, donde se diseñaban y construían, bajo la dirección del profesor Blanco Argüelles, toda clase de equipos y ayudas técnicas: estribos, aparatos correctores para impedir la caída del pie, férulas de Saint-Germain, alimentador para el brazo, bicicleta, raquetas, portalápices, férulas de mano, taconeras, cubiertos, suspensiones, poleas y todo aquello, más o menos sofisticado, que contribuyera a dar más autonomía al inválido 41 (Véase imágenes 8 y 9). En noviembre de 1962 se creó un departamento de Terapia Ocupacional para la readaptación funcional de todos los deficientes motores, cualquiera que fuera el origen de su parálisis 42. Atendían tanto a niños como a adultos, aunque sólo los primeros podían hacerlo mediante internado o media pensión. Disponían de los medios más eficaces, valorados por la práctica y la expe-El internado tenía capacidad para treinta enfermos que se organizaban en dormitorios colectivos de tres, cuatro y cinco camas, fomentando el espíritu de compañerismo y la lucha contra la timidez y la tristeza, propias de estos niños incapacitados en mayor o menor grado. Junto a los dormitorios había una sala de juegos, con una mesa especial para niños con espasticidad y una escuela de primaria que contaba con una maestra especializada en psicopedagogía infantil. Su función era la instrucción de los asistidos en régimen de internado, para que no se retrasasen en su formación cultural (Véase imágenes 11 y 12). Para el tiempo de ocio, la Casa del Niño disponía de un amplio jardín enarenado, con aparatos y juegos mecánicos donde los niños, en la medida de lo posible, pasaban gran parte del día. También se les organizaban sesiones de cine, televisión, guiñol, teatro, visitas al circo, etc. riencia de terapeutas tituladas. Dependiendo de la clase de parálisis, se realizaban ejercicios activos y de coordinación, y según la edad, para los más pequeños, juegos educativos; para los adolescentes, iniciación profesional; y para los adultos, toda clase de adaptaciones, dirigidas a la adquisición de la mayor independencia dentro de las actividades de la vida diaria (Véase imagen 10). Además de las actividades propias del centro, se organizaban otro tipo de actividades externas, con diferentes características. Un ejemplo de ellas es la desarrollada en 1959, organizada desde la diócesis de Madrid y consistente en la peregrinación a Lourdes. Participaron cerca de 200 niños, de los cuales 20 eran internos de la Casa del Niño, quienes fueron acompañados por enfermeras del centro bajo la supervisión y liderazgo de María de Madariaga 43. Aparte del internado, el centro tenía capacidad para atender en régimen externo o mediopensionista a cuarenta niños para su rehabilitación. Fuentes relacionadas con estadísticas de la actividad llevada a cabo en el centro, encontradas en el archivo de la Institución, muestran que se llevaban a cabo 80 tratamientos diarios de todo tipo, el 50% de los cuales era de los niños internos. Hasta 1967 se rehabilitaron un total de 683 niños, entre ellos: 363 tratados de secuelas poliomielíticas, 93 trau- dad de que los niños pudieran continuar sus estudios hasta el Bachillerato Elemental. En 1963, Salus Infirmorum elaboró un documental que presentó a distintos congresos de Rehabilitación, en el que se muestra el funcionamiento del centro en sus distintos departamentos, principalmente en el de Rehabilitación y Fisioterapia (Chamorro y Pérez, 2009). La película fue realizada, según idea original de María de Madariaga, por Antonio J. Biosca, y describe el día a día de la Casa del Niño. La visión general del centro se inicia en el pabellón de puericultura y prematuros, y continúa con una muestra del funcionamiento del pabellón de Rehabilitación, donde pueden apreciarse la calidad y el valor de la asistencia a aquellos niños, junto con la enseñanza en la preparación de las profesionales Fisioterapeutas. A modo de ejemplo, la película analiza el caso de Antonio, un niño con gran afectación poliomielítica, desde la primera consulta para su valoración por el Dr. Blanco Argüelles, la aceptación por María de Madariaga a su ingreso como interno en el centro, la acogida por sus compañeros, pasando por su tratamiento en el gimnasio, su puesta en pie con las férulas de escayola y un entrenamiento para su autonomía en la vida diaria. Tras dos años desde el ingreso se le da de alta, consiguiendo que se valga por sí mismo a pesar de continuar con la parálisis de sus miembros inferiores: sube y baja escaleras, se tira y se levanta del suelo, cruza las calles en un tiempo mínimo, 10 metros en 12 segundos,... realizando cualquiera de las actividades de la vida ordinaria propias de su edad. La Escuela de Fisioterapia de la Hermandad Salus Infirmorum fue la primera en ser aprobada a nivel ministerial, ofreciendo en un mismo centro, la Casa del Niño, una formación teórica y práctica integral e integrada. Este proyecto supuso un hito en la formación especializada de Enfermería y en el posterior desarrollo y reconocimiento de la Fisioterapia, detectando las principales áreas de estudio, a las que se asignaron como profesores a profesionales de reconocido prestigio. María de Madariaga, fundadora de Salus logró que el centro infantil Casa del Niño fuera un centro pionero y un referente social, dando respuesta a las necesidades existentes del momento. Por un lado, a través de la atención y el cuidado a los niños con afectaciones motoras y por otro, ofreciendo una formación Imagen 13. Visita del Infante D. Juan de Borbón, en compañía de su hermana la infanta Da Margarita, alumna de puericultura de Salus Infirmorum Imagen 14. Visita de la Reina Fabiola Fuente: Salus Infirmorum. Fuente: Salus Infirmorum. específica a las enfermeras, a través de la especialización en Fisioterapia. En un entorno de escasez económica, y caracterizado por un marcado compromiso social, Salus Infirmorum contribuyó a la rehabilitación de muchos niños sin recursos económicos, que de otra forma se hubieran visto abocados al padecimiento de mayores e inhabilitantes secuelas físicas y psíquicas. La escuela de Fisioterapia de Salus Infirmorum ha sabido adaptarse a las distintas reformas educativas hasta convertir sus estudios de Fisioterapia en título de Grado. Este estudio ha sido posible gracias a la generosidad de la Asociación Nuestra Señora Salus Infirmorum Diócesis de Madrid que nos ha permitido investigar en su archivo, analizando todos los documentos primarios allí dispuestos. El archivo está en proceso de catalogación y digitalización de sus fondos. Muchos de los documentos analizados se han podido contrastar con testimonios orales de personas coetáneas de la fundadora. Agradecemos también a la Institución que haya cedido para este trabajo el material fotográfico que en él se expone. Salus Infirmorum fue creada en 1940 por María de Madariaga (1905Madariaga ( -2001) ) como una Hermandad de enfermeras católicas cuyos fines fundacionales fueron preparar un futuro sanitario; actualizar, revalorizar y especializar, a aquellas que lo deseasen para una mejor capacitación; unificar, a todas las enfermeras en una Obra de la Iglesia y ayudar, a cada uno de sus miembros en todos los órdenes. Su labor se centró principalmente en la formación de Enfermeras, mediante la creación de distintas escuelas de Enfermería. La primera se crea en 1943 en Madrid, siendo su primer director el ilustre profesor D. Gregorio Marañón. Sus Escuelas se han ido adaptando a los cambios que el título de Enfermería ha experimentado a lo largo del tiempo, tanto en contenidos como en la propia definición de sus competencias. Desde 1941, Salus realizó una atención a los más desfavorecidos de los suburbios de la posguerra madrileña, a través del voluntariado de las enfermeras que integraban dicha institución, mediante improvisados centros asistenciales en las parroquias o en el propio domicilio si la situación del enfermo lo requería. DECRETO de 6 de junio de 1958 per el que se declaran de interés social las obras para la reforma y acoplamiento del edificio donde se instala la Escuela Oficial de Fisioterapia "Regina Angelorum". Briggit Brodsgaard fue enviada por la OMS entre 1960 y 1963 para describir el grado de formación de los fisioterapeutas en España. Real Decreto 473/1992, de 8 de mayo, por el que se reconocen efectos civiles a los estudios conducentes a la obtención del título de Diplomado en Fisioterapia, de la Escuela Universitaria de Fisioterapia de Majadahonda (Madrid), de la Universidad Pontificia de Salamanca.
El final de la Guerra Civil Española en Cataluña supuso un punto de inflexión en la vida de casi medio millón de refugiados españoles que traspasaron la frontera pirenaica en el invierno de 1939. En este gran afluente, existieron más de 13.000 heridos y enfermos que tuvieron que ser atendidos por toda la geografía francesa. Con esta investigación, se visibiliza cuáles fueron los itinerarios de los heridos, dónde fueron atendidos y qué características tuvo la asistencia sanitaria hasta que la mayoría de los pacientes fueron reconducidos a campos de concentración situados en el sur de Francia. Nos encontramos ante una realidad compleja que ha sido abordada con documentación localizada en una docena de archivos históricos franceses, testimonios directos y prensa general. Entre los resultados, cabe destacar la necesidad de improvisación de la III República Francesa en materia asistencial, ya que el 70% de los refugiados fueron asistidos en centros acondicionados para la ocasión. En los hospitales, quienes atendieron fueron en su mayoría profesionales sanitarios españoles. Realizaron su labor de una manera digna, a pesar de las restricciones de las autoridades francesas hacia lo que ellos consideraron "el problema español". Desde que en 1970 aparecieron los primeros estudios del exilio político de la Guerra Civil Española (1936-1939), mucho ha sido el camino recorrido y el esfuerzo historiográfico dedicado a la reconstrucción de uno de los periodos más trágicos de España (Cabeza Sánchez-Albornoz, 2000; Hoyos Puente, 2012; Font Agulló y Gaitx Moltó, 2014). En esta primera etapa historiográfica, se situaron numéricamente los movimientos migratorios hacia Francia (Rubio, 1974; Llorens, 1976) y se comenzó a explicar el fenómeno del exilio español mediante el uso de fuentes periodísticas y testimoniales (Wingeate Pike, 1969; Stein, 1981). Es en los años 90 cuando comenzaron a surgir los primeros monográficos, fruto de una mayor catalogación archivística. Sin embargo, desde el punto de vista sanitario apenas se dedicaron unas páginas al análisis de este fenómeno (Rafaneau Boj, 1995; Dreyfus-Armand, 2000; Peschanski, 2002). Entrados en el siglo XXI, el riguroso trabajo de Francisco Guerra sobre la medicina en el exilio abrió una nueva línea de investigación dentro de la gran temática socio-sanitaria (Guerra, 2003). Desde entonces, ha incrementado el número de investigadores que han abordado los aspectos sanitarios y los colectivos profesionales en el exilio (González Canalejo, 2009; Martínez Vidal y Zarzoso Orellana, 2010; Ruiz-Berdún y Bladé i Font, 2016), los espacios asistenciales (Malo, 2009; Harana, 2012; Martínez Vidal, 2013a; Alted Vigil y Fernández Martínez, 2014; Mirón-González y González-García, 2017), la morbi-mortalidad y la intervención clínica dentro de los campos de concentración (Peschanski, 2005; Martínez Vidal, 2013b; Souche, 2013) o la política sanitaria del gobierno de la III República Francesa (Parello, 2014). Otros autores como Hervás i Puyal (2004,2014), si bien no han abordado el exilio propiamente dicho, sí han estudiado los aspectos sanitarios previos al final de la Guerra Civil en Cataluña. El pánico ante el avance de las tropas franquistas entre enero y febrero de 1939 motivó el traslado a Francia de enfermos y heridos, así como de ciegos y grandes inválidos, desde todos los puntos fronterizos de Cataluña, en condiciones calamitosas. Sin estas claves, resultaría imposible entender la existencia misma de un colectivo tan numeroso susceptible de tener que ser atendido en los hospitales franceses, ni tampoco la crisis sanitaria correspondiente, más allá de la crisis humanitaria propiamente dicha. A pesar de estos avances, apenas es conocido el itinerario asistencial que siguieron los más de 13.000 heridos y enfermos evacuados desde la retaguardia republicana española, en el invierno de 1939. Un camino que vino marcado por la improvisación del gobierno de la III República Francesa y que marcó la vida de aquellos que en la documentación localizada constan como "incurables", "inválidos" e "ineptos" para su integración como mano de obra. Por lo tanto, esta investigación tiene como objetivo visibilizar cuáles fueron los itinerarios de los heridos y enfermos del exilio republicano español en Francia entre enero y septiembre de 1939. Como apunta Paula Simón en su tesis doctoral, los testimonios directos de los refugiados sirven para visibilizar los conflictos sociales a los que se vieron inmersos, entre los que se encuentran también los conflictos sanitarios (Simón Porolli, 2011, p. Es por ello que en este trabajo recurrimos a algunos de los testimonios publicados hasta la fecha (Stein, 1981; Grando, Queralt y Febrés, 2004). No obstante, el grueso documental de este trabajo proviene de los 12 archivos históricos franceses consultados 1. Esto ha permitido acceder a correspondencia del Ministerio del Interior, responsable directo de los refugiados españoles, del Ministerio de Salud Pública y del Ministerio de Asuntos Extranjeros. Asimismo, se han analizado los informes de las inspecciones departamentales de Higiene, incluyendo la correspondencia de las direcciones hospitalarias con las prefecturas y los ayuntamientos. Se ha consultado también el Boletín de la Unión de Mujeres de Francia y el Boletín de la Academia de Medicina de Francia, así como una parte de la prensa general francesa 2. Como limitación, cabe decir que se podría incorporar un mayor número de fuentes archivísticas sanitarias francesas. Sin embargo, su envergadura y dispersión, así como su análisis, rebasan con mucho los límites de esta investigación. EVACUACIÓN DE HERIDOS Y ENFERMOS: LA LLEGADA A FRANCIA Según datos de la prefectura de los Pirineos Orientales, podemos situar los orígenes de la "Retirada" 3 el 20 de enero de 1939 (todas las fechas desde aquí en adelante se refieren a este año, salvo que se especifique lo contrario). En dicha fecha se identificó un incremento considerable de mujeres, niños y ancianos en las fronteras con Cataluña. Desde la llegada de los primeros refugiados, comenzaron a acondicionarse campos o centros de recepción en los municipios de Cerbère, Boulou, Bourg-Madame y Latour-de-Carol 4. El 25 de enero, la prensa francesa manifestó la posibilidad de un movimiento masivo de población desde Barcelona 5. Mientras tanto, el municipio de Prats-de-Mollo recibió el aviso de que los hospitales de Camprodón iban a ser evacuados. Esta evacuación se estimó en unos 4.000 enfermos y heridos, motivo por el cual se movilizó la población francesa para ayudar (Pruja, 2003, p. Las primeras indicaciones oficiales fueron enviadas por el Ministerio del Interior el 27 de enero. Al día siguiente, el Ministerio de Salud Pública avisó de que se haría un control para detectar posibles casos de viruela y tifus exantemático 6, enfermedades que ya se venían controlando en la España republicana desde el inicio de la Guerra Civil 7. Afortunadamente, el 26 de febrero comenzaron a funcionar en Boulou, dos puestos sanitarios de emergencia organizados por la Union des Femmes de France (UFF), organización de enfermeras de la Cruz Roja Francesa 8, en colaboración con los servicios de higiene departamental de los Pirineos Orientales. Los puestos sanitarios tuvieron una dotación de 12 enfermeras de la UFF, entre las que se encontraba la presidenta de dicha organización: "Nuevo ejemplo de tiempos de hordas bárbaras, todo un pueblo huyendo, sin orden, sin objetivo, sin víveres... He visto esos desafortunados traspasar los puertos nevados de los Pirineos; he visto, en Boulou, nuestras 12 enfermeras de Perpiñán, bajo la dirección de su presidenta, cuya alabanza es insuperable, la Señorita Marqui, cuidando, abasteciendo, vacunando día y noche hasta el agotamiento extremo" 9. Lamentablemente, las vacunas se agotaron al tercer día, decidiendo que se continuara con dicha labor en los centros de alojamiento, por lo que no se pudo asegurar la prevención 10. Tampoco se llegaron a cumplir las medidas de aislamiento 11 ni de desparasitación por motivos económicos 12, con el riesgo que supuso para la propagación del tifus exantemático. Las primeras indicaciones sanitarias acabaron fracasando y la situación en el sur de Francia comenzó a ser preocupante. El gobierno de la República francesa se vio en la necesidad de pedir ayuda al gobierno británico 13. El "riguroso plan" del que se enorgullecía el 23 de enero Raoul Didkowsky, prefecto de los Pirineos Orientales, comenzó a desmoronarse a menos de una semana 14. Mientras que el grupo de mujeres, niños y ancianos fueron evacuados hacia el interior de Francia, los civiles varones y los milicianos fueron retenidos en los puestos fronterizos. Una situación que se alargó 10 días hasta que se les permitió el paso el 5 de febrero en Cerbère y el 6 de febrero en Le-Perthus. Para esas fechas, los afluentes civiles y militares se mezclaron en las fron-teras formando una única columna de personas. Por mucho que el gobierno francés intentara poner orden, empezó a visibilizarse el "problema español" 15. Al llegar a suelo francés, las palabras "Allez! Allez!", "blessé?, blessé?" pronunciadas por los gendarmes quedaron grabadas para siempre en la memoria de los refugiados. De los 453.000 españoles que cruzaron la frontera entre el 20 de enero y el 14 de febrero, según los propios datos del Ministerio francés de Asuntos Extranjeros 16, la cifra de heridos superó las 13.000 personas. Estos datos concuerdan con el testimonio de Eduard Pons Prades, sargento afecto al Comisariado de Sanidad de Guerra, citado por Solé y Tuban (2011, p. Continuando con el número de heridos y enfermos que fueron atendidos en Francia entre enero y marzo de 1939, existen diferencias entre distintos autores que han tratado el tema y las fuentes primarias localizadas 17. Según anunció la prensa francesa en febrero de 1939, el número de refugiados atendidos en ese momento en los hospitales franceses era de 10.000. Esta cifra contrasta con las estadísticas registradas en la estación de Cerbère, que cifraba en 13.275 el número de heridos y enfermos que pasaron por la frontera en esta misma fecha 18, cifra que guarda relación con fuentes directas diplomáticas de las Sociedad de las Naciones, en junio de 1939 19. La realidad fronteriza también quedó registrada por una de las enfermeras francesas del Hospital de Saint-Louis de Perpiñán: "¿Cómo podría empezar el relato de lo que sucedió? Llegaban andando desde Argelès, algunos de ellos, con toda clase de heridas terribles. Y algunos habían venido andando desde Barcelona o Figueras con esas mismas heridas. Otros venían en tren o ambulancia. Habían cortado ramas de los árboles e improvisado parihuelas [camillas]. Sus escayolas estaban llenas de barro. Trataban de impedir que sus sucias ropas se les deshicieran, atándolas con cuerdas a su alrededor, porque pensaban que un trozo de ropa sucia era mejor que nada. Muchos de ellos tenían extremidades en estado gangrenoso, y todos estaban demacrados, hambrientos y exhaustos. Me pregunté cómo unos hombres podían soportar tanto y seguir caminando con la esperanza de que al fin alguien pudiera ayudarles. Cuando recibimos a nuestros primeros pacientes, estuve trabajando treinta y seis horas seguidas, luego descansé seis, y volví a trabajar un turno de otras treinta y seis. Y podía haber estado trabajando así durante semanas, sin que se hubiera notado apenas. La evacuación de los heridos estuvo en todo momento organizada desde la Jefatura de Sanidad republicana española. Una semana antes de la caída de Barcelona se trasladó el puesto de mando sanitario desde la capital catalana a Gerona (Hervás i Puyal, 2004, p. En la población de Llançà (Gerona) se habilitó un tren hospital, con una gran dotación, según los propios informes sanitarios franceses (Cavaillon y Leclainche, 1939, p. Los heridos y enfermos fueron trasladados en trenes desde todos los puntos de Cataluña hasta Port Bou para su evacuación a Francia. Lamentablemente, en la estación internacional de Cerbère, los trenes tuvieron que ser desalojados a medida que llegaban, debido al cambio de ancho de vía entre España y Francia. Hubo que bajar a todos los heridos, retenerlos en la estación y esperar a que fueran evacuados en trenes franceses. Una situación que llegó a provocar el hacinamiento de hasta 2.900 heridos el 7 de febrero 20. Estas evacuaciones se realizaron de forma escalonada. Cuando los refugiados llegaron a los departamentos de acogida, estaban en un estado físico y mental lamentable 21. "El primer tren que llegó de Latour-de-Carol transportaba mujeres, ancianos y niños hacinados dentro de viejos vagones de mercancías con paja en el suelo. Se alojó a esas pobres gentes de cualquier manera en los pasillos de espera de la estación. A continuación llegaron los heridos, varios cientos, y todo un ejército. No había nada previsto para alojar y alimentar todas esas gentes. Las mujeres, lo niños y los heridos algunos de los cuales murieron allí mismo, «inauguraron» el cementerio de Enveitg, fueron evacuados por tren progresivamente. Pero los hombres válidos y los soldados debían permanecer allí" 22. La distribución de los heridos por la geografía francesa tuvo sus peculiaridades. Evidentemente, las poblaciones francesas con mayor carga de acogida fueron las de las regiones del sur (Ver Gráfico1). Esto respondía a motivos de cercanía, pero también al deseo de las autoridades francesas de no alejar los milicianos de España para posibles repatriaciones. EL ACONDICIONAMIENTO DE ESPACIOS ASISTENCIALES El primer refugiado español del que tenemos constancia ingresó el 27 de enero en el hospital civil de Perpiñán (Saint-Jean). Dos días más tarde, la oleada de ingresos fue masiva, en todos los hospitales civiles departamentales 24. La masificación de enfermos y el desbordamiento de trabajo de los sanitarios hicieron que, de la noche a la mañana, se dejara de registrar datos de los pacientes ingresados. Determinada información como fractura de fémur, hemorragia, herida penetrante de bala o bronquitis fue sustituida por la palabra "réfugié", que se repite decenas de veces en Mientras que en los Pirineos Orientales se ofertaron 80 camas hospitalarias, su vecina Ariège puso a disposición 138. En 22 días el departamento de Ariège atendió a 42 heridos, de los cuales murieron 7. Dicho de otra forma, en este hospital hubo una media de 2 ingresos diarios y una mortalidad del 16%. Cabe la posibilidad de que en los centros más pequeños no existieran los mínimos recursos para garantizar la asistencia como en otros departamentos con mayor número de población, tal y como se constata en el caso del hospital de Aude, donde se argumentó la imposibilidad de atención a los refugiados por motivos económicos 27. Sea como fuere, el caso es que los hospitales públicos existentes en la geografía francesa no pudieron dar solución al problema sanitario que planteaba la realidad de los refugiados enfermos y heridos 28. Ello hizo necesario el acondicionamiento de viejos establecimientos para incrementar el número de camas. Entre enero y septiembre de 1939, alrededor del 30% de los refugiados fueron atendidos en centros ya existentes como hospitales, hospicios, preventorios o sanatorios 29. El resto fue asistido en espacios habilitados a tal fin que se fueron improvisando a medida que se iban colapsando los primeros. Hoteles, villas, institutos, cines, salas de fiesta, colegios, castillos, campamentos de verano, barcos, refugios... pasaron a albergar infraestructuras sanitarias; incluso se improvisaron establos para las mujeres parturientas. Gran parte de esos espacios continuaron como espacios sanitarios durante la Segunda Guerra Mundial, proporcionando asistencia a los prisioneros de los campos de concentración franceses. A corto plazo, la capacidad hospitalaria de los Pirineos Orientales también se vio incrementada con el acondicionamiento de la escuela Saint-Louis, de Perpiñán y la reapertura del Antiguo Hospital Militar. El 2 de febrero de aquel año, se anunció en prensa que ambos centros ya estaban disponibles. Dos semanas más tarde, el Antiguo Hospital Militar volvió a ser noticia debido a la presencia de 56 casos de fiebre tifoidea en este establecimiento 31. El hacina-miento, la falta de higiene y la desnutrición fueron caldo de cultivo para la irrupción de otras enfermedades transmisibles, como el tifus exantemático. Las precarias condiciones de estos hospitales provocaron que parte de la plantilla de sanitarios que allí trabajó también se contagiara 32. A este respecto, es muy ilustrativo el testimonio de Jobert-Dalligny, directora general adjunta de personal de la UFF, en su informe: "Vi, en Perpiñán, nuestros equipos turnándose en el hospital civil, en la maternidad, en la guardería municipal y en ese antiguo hospital militar edificio reabierto, sin camas, sin agua, sin ni siquiera las necesidades más esenciales de higiene dónde los tifoideos yacían sobre la paja y dónde la enfermera daba sus cuidados de rodillas" 33. La crisis sanitaria, a consecuencia del desbordamiento y la improvisación, queda reflejada en la pésima organización de los centros hospitalarios franceses tras la llegada de más de 13.000 heridos y enfermos. Desde la llegada de los refugiados, el asunto fue gestionado por el Ministerio de la Defensa Nacional y de Guerra. Apenas existieron indicaciones y se delegó la responsabilidad en las prefecturas, teniendo que recurrir a sus Inspecciones Departamentales de los Servicios de Higiene bajo la vigilancia de autoridades militares 34. Hasta el 3 de marzo, no existió una regulación por parte del Ministerio de Sanidad Pública de la asistencia hospitalaria de los refugiados españoles. Con respecto a la mortalidad, las cifras se ocultaron sistemáticamente en las relaciones numéricas que mandaron los prefectos al Ministerio del Interior 35. A mediados de febrero, todos los centros asistenciales estaban literalmente abarrotados. Mientras que los refugiados con problemas médicos podían ser atendidos en los mismos puestos fronterizos o esperar a que fueran evacuados hacia el interior, los milicianos graves con fracturas abiertas, hemorragias internas o heridas penetrantes, necesitaban asistencia quirúrgica inmediata. En este sentido, los equipos sanitarios de socorro aplicaron un principio bastante sencillo: si no podían acercar los heridos a los quirófanos, los quirófanos debían ser aproximados a los heridos. Con este propósito, y a escasos días de abrirse la frontera a los milicianos, en el puerto de Marsella se acondicionaron cuatro barcos que cumplieron la función de hospitales quirúrgicos. Se trata de los barcos: Asni, Maréchal-Lyautey, Patria y Providence. Los dos primeros llegaron a Port-Vendres el 11 de febrero, mientras que los dos últimos permanecieron en Marsella 36. En los barcos habilitados se llegaron a atender más de 4.000 milicianos 37. El barco Maréchal-Lyautey fue el más grande de los cuatro, con una capacidad de 1.200 camas (Arnaud, 1939). Lamentablemente, el hacinamiento impidió una asistencia eficiente siendo ésta tachada de penosa y precaria por parte de la Union des Femmes de France 39. Esta situación hizo que entre ambos barcos se llegara a una ocupación máxima de 1.800 heridos. Lo mismo ocurrió con los dos barcos de Marsella, donde llegaron a una capacidad máxima de 2.350 camas 40. La asistencia en estos nuevos espacios fue frenética durante las primeras semanas. Los barcos de Port-Vendres apenas contaron con 70 enfermeras, lo que significa una enfermera por cada 26 grandes heridos 41. Esta situación provocó la demanda de más personal de enfermería en los cuatro barcos por parte del colectivo médico 42. El equipo de enfermería realizó hasta 500 curas diarias y colocaron más de 800 yesos; atendieron quirófanos, asistieron durante las 24 horas a los heridos sin más sueldo que la propia subsistencia 43. Un trabajo agotador, tal como reflejó la enfermera Jobert-Dalligny: "Las enfermeras de las Sociedades de la Cruz Roja deberían obligatoriamente llevar cada una un par de tijeras fuertes para cortar los vendajes. Este arsenal les limita y es tan indispensable como sus batas. El velo flotante, cofia actual de las enfermeras de la Cruz Roja, es malo: muy incómodo cuando la enfermera hace una cura a ras de suelo, se engancha dentro de las habitaciones estrechas, se vuelve peligroso dentro de las salas de operaciones. Llevar un gorro, infinitamente preferible, debería ser exigido durante el trabajo" 44. Respecto a los asistidos, es indudable que pasaron a unas mejores condiciones desde los fríos andenes de los Pirineos, pero vivieron en condiciones absolutamente penitenciarias. Aislados del mundo exterior y con registros rutinarios de los camarotes 45. LA ESPAÑOLIZACIÓN DE LA ASISTENCIA Al cabo de unos pocos días, en los que el flujo de evacuados era continuo, el Ministerio de Sanidad Pública envió varios telegramas a los prefectos para estimular la contratación de médicos y personal auxiliar francés 46. Rápidamente, existió una respuesta positiva por parte del colectivo sanitario civil, obteniendo voluntarios desde toda la geografía francesa 47. Los médicos militares franceses ocuparon las direcciones de grandes hospitales auxiliares, como fue el caso del Antiguo Hospital Militar y el de Saint-Louis de Perpiñán, aunque hubo excepciones como es el caso de la Colonia de Vacaciones de las Juventudes Laicas de Sète. Éste hospital fue co-dirigido por un médico-jefe cirujano francés y un médico-director español, antiguo director del Hospital General de Barcelona que llegó como refugiado. También compartieron la gestión, un administrador francés y un economista español 48. Aunque la dirección y gestión de los centros fue, en su mayoría francesa, se estima que, entre un 75 y un 90% de la mano de obra asistencial fue española 50 (Gráfico 2). Los productos farmacéuticos fueron distribuidos por los hospitales públicos más cercanos, pero gestionados por farmacéuticos y auxiliares de farmacia españoles. Existió contratación de médicos civiles franceses, pero entre los españoles refugiados se encontraba toda clase de profesionales sanitarios quienes doblaron en cifras a los franceses. Entre los refugiados se localiza una amplia participación de practicantes, de enfermeras formadas en escuelas españolas y de enfermeras con formación práctica adquirida durante la contienda; éstas triplicaban en número a las francesas 51. A medio plazo, la actividad asistencial de los españoles se convirtió en una necesidad para garantizar la asistencia de sus compatriotas 52, llegando a ser considerados indispensables por los propios prefectos 53. La españolización de la asistencia significó un abaratamiento de costes, ya que a los refugiados no se les pagaba ninguna remuneración (Tabla 1). A modo de ejemplo, en el hospital Saint-Louis de Perpiñán se sustituyó a 5 chóferes franceses que estaban cobrando 75 francos al día, por refugiados españoles. Esta realidad fue tenida en cuenta más adelante por el Ministerio del Interior, que propuso sueldos para los refugiados sanitarios cuya cuantía podía ser determinada discrecionalmente por los médicos-jefes de cada centro. En cifras, la asistencia de cada refugiado en un hospital auxiliar pasaría a costar entre 15 y 30 francos al día, mientras que en los hospitales civiles podía ascender hasta 60 54. A pesar de que se llegó a regular un sueldo irrisorio para los sanitarios españoles (Hague, 1997, pp. 151-161), la realidad es que siguieron trabajando de forma gratuita, cuestión que se prolongó hasta el verano de 1939 55. Respecto a los barcos-hospitales, también contó con dotación de enfermeras y enfermeros españoles (Arnaud, 1939). Manuel Raura, miliciano republicano que estuvo mes y medio ingresado en el barco Asni, relató cómo apenas recibía la visita de enfermeras o médicos. El motivo era que él mismo se practicaba las curas, especificando que en cubierta había un bidón de 100 litros de antiséptico y un saco de algodón del que se abastecían (Solé y Tuban, 2011, p. A pesar de la mano de obra barata que supuso el trabajo realizado por los sanitarios españoles, la asistencia en los barcos llegó a alcanzar los 100 francos diarios por refugiado, siempre según fuentes francesas 56, motivo principal de la corta vida asistencial de estos barcoshospitales (Harana, 2012; Mirón-González y González-García, 2017). El siguiente escalón asistencial lo constituyeron las enfermerías y los hospitales de los campos de concentración. Durante el primer trimestre de 1939, se dio celeridad a la evacuación de españoles ingresados en los hospitales civiles y auxiliares, al suponer un importante gasto para el Estado francés. En abril, Marc Rucart, ministro de Sanidad Pública, dio la orden de transportar hacia los campos de concentración a los enfermos ciegos y grandes amputados. Para ello solicitó a los prefectos, los listados de inválidos ingresados en los hospitales para su transporte y, de este modo, liberar los pabellones hospitalarios 57. Un mes más tarde, este ministro ordenó a los prefectos que los heridos recuperables fueran enviados a los campos de concentración, y los grandes inválidos a establecimientos de incurables 58. Esta orden se fue cumpliendo de forma escalonada por los distintos departamentos. Como puede verse, Francia no estaba dispuesta a costear los gastos de los heridos cuyas secuelas eran irreversibles. El motivo explícito es que estos refugiados no eran útiles para los campos de trabajo. Esta política dura e inhumana continuó aplicándose a los refugiados que tenían tuberculosis u otras patologías graves para quienes no había una curación definitiva y acabaron de esta forma, convirtiéndose en un problema económico para la III República Francesa 59. A medida que la Segunda Guerra Mundial se iba perfilando, ya en el segundo semestre de 1939, los centros asistenciales fueron cerrando sus puertas para la atención de los grandes heridos de la guerra, sin más opción para los incurables que la repatriación. En el caso del departamento de Hérault las indicaciones ministeriales fueron obedecidas de forma inminente. En el mes de mayo se pasó de disponer de 1.880 camas hospitalarias, a mantener sólo las 550 del hospital auxiliar de Maraussan de Béziers, el cual funcionó como anexo al campo de concentración de Agde 60. La situación a la que les abocaba la vuelta a España, era inadmisible para estos refugiados. La cárcel y la persecución de la dictadura era algo que les desesperaba. NÚMERO DE PERSONAL SANITARIO Pero la respuesta de algunos jefes sanitarios franceses que gestionaban los hospitales fue tan humanitaria como contundente. Ejemplos como el del Director del hospital civil de Saint-Louis de Ax-les-Thermes (Ariège), el médico-jefe del hospital auxiliar de Maraussan o el del inspector departamental de higiene de Tarascon (Ariège), a quienes los prefectos les dieron órdenes de prescindir de la plantilla de enfermeros y rescindir material 61, pero no fueron cumplidas al negarse éstos a desatender a los pacientes 62. Entre otras razones, los médicos argumentaron en sus respectivos informes que muchos de los trabajos de mantenimiento y limpieza estaban siendo llevados por refugiados españoles, sin ningún tipo de remuneración 63. Se trataba de directores de centros importantes, cuya cifra de asistidos llegó a ascender hasta los 1.237 pacientes 64. A medida que pasaban los meses, las medidas de reducción de gastos continuaron su cauce. Así, en junio se fijó el número máximo de personal francés y español que podía permanecer en los hospitales auxiliares. A partir de entonces, la política del Ministerio de Sanidad Pública fue evacuar a los refugiados y trasladarlos a los campos de concentración, presionando al ministro de Asuntos Extranjeros para negociar las repatriaciones de milicianos con prioridad, tal y como ya se ha señalado, de los amputados y grandes enfermos. Todo confirma que el gobierno francés no quería tener a su cargo a ningún refugiado con gran invalidez. Por este motivo, la diplomacia francesa inició negociaciones con el gobierno franquista para tratar el tema de la repatriación de estos refugiados, a través embajador de Francia en Madrid. Estas repatriaciones ya venían ocurriendo desde prácticamente la llegada de estos refugiados a Francia, mediante aviones sanitarios, pudiendo realizar un avión hasta tres viajes por día 65. En el periodo comprendido entre finales de enero y marzo de 1939, en el contexto de la llegada a Francia de 453.000 exiliados españoles, atravesaron la frontera más de 13.000 enfermos y heridos españoles que fueron evacuados hacia distintos departamentos, según fuentes diplomáticas francesas. Esta situación supuso todo un reto sanitario para el Gobierno de la III República Francesa. La asistencia sanitaria de los heridos y enfermos estuvo caracterizada por dos variables. En primer lugar, por la improvisación de los dispositivos asistenciales Tabla 1. Remuneración diaria del personal civil francés que no pertenece a la administración pública y propuesta de pago de refugiados sanitarios españoles. Febrero, marzo y abril de 1939 para los refugiados, que fueron articulados y gestionados por las prefecturas y los municipios. En segundo lugar, por la legislación que emanó de los Ministerios de Interior y de Salud Pública para hacer frente a la crisis sanitaria provocada por la llegada de miles de refugiados republicanos españoles. Esta investigación pone de manifiesto tres etapas en la atención sanitaria proporcionada a los refugiados enfermos y heridos a lo largo de los tres primeros trimestres del año 1939. En primer lugar, entre enero y febrero, la atención sanitaria estuvo marcada por la improvisación y el elevado número de enfermos y heridos. Las primeras indicaciones oficiales provinieron del Ministerio de Salud Pública y se centraron en medidas de prevención contra la transmisión de enfermedades epidémicas. No obstante, tanto la vacunación sistemática, como las medidas de aislamiento, higiene y desparasitación acabaron fracasando ante la falta de recursos materiales. A nivel asistencial, los hospitales civiles comenzaron a recibir heridos y enfermos de forma masiva, por lo que se improvisaron los primeros espacios asistenciales auxiliares en el sur de Francia, tanto en tierra como en determinadas zonas portuarias. Durante esta primera etapa las decisiones en materia asistencial fueron asumidas por las inspecciones departamentales de Higiene en colaboración con la Cruz Roja Francesa. A nivel asistencial, cabe destacar la labor de las enfermeras de la Union des Femmes de France y de la Association des Dames Françaises. No sólo estuvieron presentes en la frontera pirenaica desde los inicios del éxodo catalán, sino que trabajaron en condiciones realmente duras tanto en hospitales auxiliares como barcos hospitales. A partir de marzo de 1939 comienza la segunda etapa, caracterizada por un notable desarrollo legislativo. Efectivamente, el Ministerio de Salud Pública se vio en la obligación de afrontar una situación excepcional para Francia, ya que la mayoría (70%) de los refugiados heridos y enfermos estaban siendo atendidos en lugares improvisados, como los barcos-hospitales. También conviene tener en cuenta que, a pesar de que muchos de los hospitales fueron atendidos por sanitarios españoles, la asistencia de los refugiados españoles suponía un gran gasto para la economía francesa. La tercera fase se inicia en la primavera de 1939 y está determinada por factores económicos y políticos. A partir de abril, el Gobierno francés puso en marcha una política caracterizada por el cierre sistemático de los hospitales auxiliares y el recorte del gasto sanitario, tanto de profesionales como de recursos. Esta política se recrudeció a partir del mes de junio, en un contexto político tenso que auguraba el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando se empezó a trasladar a los pacientes a los campos de concentración y se inició la repatriación de grandes heridos e inválidos, que no iban a ser de utilidad en los campos de trabajo franceses. Esta etapa, dura, inhumana y desacorde con los valores republicanos franceses fue denunciada por numerosas organizaciones humanitarias extranjeras, y provocó la indignación de algunos directores médicos y responsables sanitarios franceses quienes elevaron su voz en ayuda de los españoles. El verano de 1939 había comenzado y ya estaban operativos los principales campos de concentración del sur de Francia. El número de refugiados españoles retenidos había disminuido considerablemente debido a la política de repatriaciones, al traslado a los campos de trabajo y a la reagrupación familiar que se había iniciado unos meses antes. La infraestructura sanitaria creada de manera provisional para la atención de los refugiados españoles se mantuvo en todos los departamentos franceses a lo largo de los siguientes años. Se utilizó para la atención de los judíos polacos y de otros nuevos refugiados que, al final del verano, empezaban a llegar desde otras partes de Europa. Un gran número de sanitarios españoles exiliados, que habían estado trabajando desde el principio en estos hospitales y centros auxiliares, continuaron su labor asistencial atendiendo a los nuevos perseguidos. Era el 1 de septiembre de 1939: la Segunda Guerra Mundial había comenzado. A nivel nacional se han consultado: los Archives Nationales situados en París (ANP), Fontainebleau (ANF) y los Archives Diplomatiques du Ministère des Affaires Étrangères (ADMAE). Existe un análisis integral de las fuentes para el estudio sanitario del refugiado español en Mirón-González, 2015. Gracias al actual avance de la digitalización documental, un gran número de periódicos franceses se pueden con- sultar de forma abierta a través del buscador Gallica de la Biblioteca Nacional de Francia. En ocasiones este movimiento migratorio podemos encontrarlo en la historiografía del exilio como "Retirada" o "Gran Retirada". Este fenómeno corresponde al movimiento migratorio más importante hacia Francia durante la Guerra Civil Española ocurrido entre enero y marzo de 1939 (Rubio, 1974, p. Es la cifra que fijan los autores Louis Stein, Marie Claude Rafaneau y Génevieve Dreyfus-Armand en sus monográficos de 1979, 1995 y 2000 respectivamente. En el caso de Marie Claude no cita la fuente, Louis Stein se basa en prensa y Geneviève Dreyfus-Armand en el informe Valière del 9 de marzo de 1939.
A través de un caso de envenenamiento colectivo de 1865, se analizan cuatro ingredientes característicos de las culturas forenses: las tecnologías de la prueba, las voces autorizadas, el marco legislativo en acción y las ansiedades sociales predominantes. Se emplean noticias de prensa local y la documentación conservada en las academias de medicina de Barcelona y Madrid. El caso estudiado muestra las tensiones entre diversos tipos de pruebas y las ambigüedades en el diagnóstico de enfermedades epidémicas y envenenamientos. Se estudia, en primer lugar, los temores provocados por la epidemia de cólera de 1865, con el que se asociaron inicialmente las muertes. También se analizan los cambios de percepción en la población a través de las noticias aparecidas. Se reconstruye de este modo la situación que condicionó la investigación judicial y la labor posterior de los peritos. Se estudian las limitaciones económicas para la implantación del cuerpo de médicos forenses y las tensiones entre médicos y farmacéuticos respecto a la gestión de los diferentes tipos de pruebas. El 30 de septiembre de 1865 por la noche se reunieron catorce personas en un mesón para celebrar las fiestas mayores de Torroja del Priorat. Degustaron unos bizcochos ("melindros coberts") que aparentemente procedían del pueblo vecino de Cornudella de Montsant. Pocos días después la mayor parte estaban muertas. Padecieron una terrible agonía con fuertes vómitos, dolor estomacal y una sed irreprimible. Los habitantes del pueblo se alarmaron porque pensaban que se trataba de un brote de cólera asiático. Se practicaron autopsias y se hicieron análisis químicos con resultados contradictorios. Uno de los médicos participantes escribió una polémica memoria mostrando su desacuerdo con la sentencia y la dirigió a la Real Academia de Medicina de Madrid que elaboró también un informe al respecto. El caso de los bizcochos de Torroja permite conocer el papel de la ciencia en el terreno de la justicia a mediados del siglo XIX. Se trata de un momento crucial en este proceso debido a varias circunstancias. Por un lado, la consolidación de la toxicología como disciplina a caballo entre academias y tribunales, un proceso que se produjo en diversos países de Europa a lo largo de la primera mitad del siglo XIX. Fue decisiva la labor de expertos como Mateu Orfila en Francia o Robert Christison en Gran Bretaña, autores de los grandes tratados de esos años (Bertomeu y Nieto, 2006; Burney, 2006; Watson, 2004). En España, el principal protagonista fue Pere Mata. Desde su cátedra, y a través de sus buenas conexiones con los círculos políticos liberales, Mata tuvo un papel fundamental en la reforma de los estudios médicos durante la década de 1840. Su manual de medicina legal y toxicología se transformó en la principal obra de referencia durante más de medio siglo. Por otra parte, los nuevos códigos de enjuiciamiento criminal de mediados del siglo XIX, con sus múltiples variantes hasta su consolidación a finales del siglo, crearon un nuevo marco para las pruebas periciales. Además, en los años anteriores al caso estudiado se produjo la creación del cuerpo de médicos forenses, lo que condicionó la forma de gestionar la actuación de los peritos en los tribunales (Cuenca, 2015). Finalmente, también por esos años, se produjo la llegada de una serie de nuevos procedimientos de análisis químico de alta sensibilidad que compitieron con otras pruebas médicas del envenenamiento (Watson, 2011; Bertomeu, 2013). El trabajo permitirá discutir cuatro ingredientes de las culturas forenses: las tecnologías de la prueba, las voces autorizadas, el marco legislativo en acción y las ansiedades sociales predominantes (Hamlin, 2013). En primer lugar, se revisan las tensiones entre los diversos tipos de pruebas empleados en medicina legal, y particularmente las incertidumbres para diferenciar entre enfermedades epidémicas y envenenamientos colectivos. También se analiza la reacción de la población frente a casos de muertes inesperadas y se discute la presencia de noticias en la prensa local y su influencia en la labor de los peritos. Asimismo, se estudian las estrecheces económicas que condicionaron la plena implantación del cuerpo de médicos forenses. También se discute a lo largo del trabajo otro tema importante: las tensiones entre médicos y farmacéuticos respecto a la gestión de los diferentes tipos de pruebas de envenenamiento. A principios de octubre de 1865, varios vecinos de Torroja del Priorat comenzaron a notar malestar y dolores intestinales que desembocaron en un cuadro clínico alarmante. Uno de los médicos que los atendió dejó escrita la siguiente descripción de los síntomas de una joven de 18 años, hija del dueño del mesón donde se habían reunido las víctimas: "Se descompuso el semblante, la fisionomía quedó desencajada y la tez tomó un tinte lívido". Su respiración se hizo cada vez más complicada, experimentó un calor abrasador en la parte inferior del vientre, acompañado por "una sed cruel" que "le abrasaba la garganta". Siguieron "espasmos, temblores, convulsiones" que se agravaron con una diarrea "continua y penosa" y vómitos frecuentes. El pulso pasó de ser muy alto a ir disminuyendo hasta transformarse en "desigual, intercadente" y, más tarde, "imperceptible". Siguió un enfriamiento general de la superficie del cuerpo, recubierto de un "sudor helado y viscoso" hasta que las "funciones animales se interrumpieron" 1. El cuadro clínico, junto con la rapidez de la muerte y la juventud de la víctima, produjo una sensación de horror por su semejanza con los síntomas del cólera asiático. El cólera había llegado a Europa en las primeras décadas del siglo XIX. En España, se habían producido dos grandes epidemias en la primera mitad del siglo, y una de ellas, la de 1855, había afectado seriamente a los vecinos de la comarca del Priorat. La siguiente epidemia importante de cólera se produjo en 1865 coincidiendo con el accidente de Torroja. Esta nueva epidemia comenzó probablemente por el puerto de Valencia y se extendió por diversos puntos del interior de la península 2. Durante el verano de 1865, la prensa catalana recogió muchas noticias sobre casos de cólera en diversos puntos del Mediterráneo, cada vez más cercanos a la Península Ibérica. A mediados de agosto, cuando se confirmaron los primeros brotes en España, se publicaron artículos periodísticos acerca del cólera y cartas de médicos con recomendaciones sanitarias. También proliferaron los anuncios de medicamentos "anti-coléricos" y las "instrucciones preservativas" contra la enfermedad, así como las plegarias y las ceremonias religiosas en el mismo sentido. Cuando se produjeron las primeras muertes sospechosas, el gobernador civil de Barcelona promulgó un bando para evitar el pánico. En esos meses de agosto y septiembre, las llamadas a la calma, también firmadas por periodistas, coincidieron con anuncios de fiestas locales 3. No parece que dieran gran resultado. Cuando a mediados de agosto un grupo de familias de Masnou se vio atacado por "violentos cólicos y vómitos", sus vecinos pensaron que los síntomas eran producto del cólera, pero los médicos atribuyeron el episodio al consumo de pescado en mal estado 4. En ciudades como Barcelona o Palma de Mallorca muchas familias y funcionarios públicos abandonaron casas y negocios para refugiarse en el campo 5. En Tarragona, muchas familias se negaron a enviar a sus hijos al instituto "por las alarmantes noticias que circulaban por los pueblos de la provincia sobre el estado de la salud pública" 6. En Igualada, no se oía "hablar más que del cólera" y, según un periodista, "grande, muy grande era el pánico" de la población. El más "ligero dolor de estómago" se confundía con los "síntomas del verdadero cólera" y se daba a la persona por muerta 7. Como en otros países, las epidemias de cólera promovieron motines, revueltas y el cuestionamiento de las autoridades vigentes. Bastaron rumores de un caso de cólera para provocar un motín entre los presos de una cárcel 8. Un periodista se preguntaba si la proliferación de anuncios de remedios estaba inspirada por "amor al prójimo o al dinero" 9. El enfado con las autoridades civiles y eclesiásticas puede comprobarse en una carta de un vecino de Pla de Santa Maria, una localidad situada a unos setenta kilómetros de Torroja. Se lamentaba de la escasa actividad desarrollada por el alcalde y el párroco, mientras que alababa la valentía y la generosidad de médicos y boticarios, así como la labor de miembros de cofradías y sociedades filantrópicas 10. En este clima de miedo, crispación y confusión, resulta comprensible que muchos vecinos de Torroja asociaran la muerte de Rosa Sentís con una epidemia de cólera. Las sospechas bastaron "para que naturales y forasteros huyesen... en tropel" 11. Uno de los que trató de poner rápidamente tierra por medio fue Laureà Sentís, familiar de la primera víctima, que había también participado en la cena del 30 de septiembre. Huyó de Torroja y se dirigió al pueblo vecino de Porrera, donde "se vio acometido de los mismísimos accidentes" de su familiar y se convirtió en la segunda víctima del grupo. A estas dos muertes siguieron otras durante la semana siguiente en diversos pueblos cercanos. Estos repentinos fallecimientos en serie confirmaron a la población que se trataba de un brote de "cólera-morbo asiático", lo que no fue puesto en duda por los médicos, al menos en los primeros momentos. Uno de ellos justificó su actitud inicial señalando que el temor popular frente a la epidemia hizo casi imposible que los médicos locales pudieran "contradecir la opinión unánime del vecindario en los dos primeros días de octubre." (Ferrandis, 1866) Otro informe también señaló que, junto con los temores por "la aparición de cólera", los médicos se vieron confundidos por el dramatismo de los síntomas ("desarrollo súbito", "lo rápido de sus estragos", "lo espantoso de su inexorable elección de víctimas") y su semejanza, al menos para ojos profanos, con los del cólera. Todo ello pudo "ofuscar la inteligencia de los más serenos", tal y como se sugiere en el siguiente apartado 12. La posibilidad de una explicación alternativa fue introducida por uno de los pacientes, Joan Compte i Vinyes. Dos días después de los sucesos sugirió que se trataba de un caso de envenenamiento. Afirmó que, tras consumir los bizcochos ofrecidos en el mesón, había sentido de manera prolongada "cierto ardor en la garganta", "como si le rozase aquella parte una arena de fuego". Como medida preventiva tomó un emético y consiguió ser uno de los pocos sobrevivientes (Ferrandis, 1866). Varios días después un sospechoso fue detenido. Era un confitero de la villa de Cornudella, Joan Baptista Salvat i Sabaté, una persona conocida por ser varias veces miembro de la diputación provincial, ya en las últimas décadas del siglo XIX (Audi, 2012). La prensa le acusaba de haber actuado "por codicia, para ahorrarse el gasto de los huevos necesarios", por lo que "suplió su falta con una sustancia tan nociva como demostraron los resultados" 13. Se dijo que "el confitero empleó una sustancia mineral... en la confección de los bizcochos para suplir el color de la yema del huevo" 14. El temor a la epidemia de cólera se transformó en indignación frente a los peligros de la adulteración de alimentos 15. Corrieron otros rumores sobre las causas del trágico suceso. Algunos atribuyeron el envenenamiento al cardenillo, un compuesto formado en las vasijas de cobre. Esta explicación de los hechos tuvo poco recorrido, pero sirvió para recordar los peligros de estos recipientes y recomendar su sustitución por "enseres de hierro de hoja de lata" 16. En los días siguientes, las hipótesis se multiplicaron. Un periodista afirmó que eran "muchas las versiones" que circulaban "sobre los autores de tan infernal crimen", y que "la mayor parte" eran "extravagantes" 17. También se afirmó que el crimen había sido promovido por razones sentimentales, al parecer por la venganza del novio de la hija del mesonero contra uno de sus competidores 18. Dado que el novio sospechoso habitaba en Porrera, esta versión levantó la indignación de sus vecinos que protestaron en la prensa contra la imagen negativa que se proyectaba contra su población 19. Estos intercambios, y el interés que desató en la prensa, muestran las ansiedades sociales provocadas por el crimen de envenenamiento en la sociedad del siglo XIX. Su carácter invisible y secreto, la incertidumbre en su detección, su perpetración en un entorno familiar, junto con la cercanía entre criminales y víctimas, explican el fuerte impacto social del crimen de envenenamiento, a pesar de su escasa relevancia estadística en el conjunto de muertes con violencia. Por otra parte, el caso estudiado, también demuestra los límites borrosos entre los pánicos sociales provocados por estos crímenes y los producidos por la adulteración de alimentos o las epidemias de enfermedades como el cólera. Se ha visto ya que los primeros momentos estuvieron fuertemente condicionados por la alarma social generada por la amenaza del cólera. Muchas víctimas murieron convencidas de haber sido afectadas por el cólera y sus familiares quemaron prendas, colchones y otros objetos, como era habitual en estas situaciones 20. Como se ha visto, también lo pensaron así los médicos locales que no ofrecieron antídotos contra venenos, sino la medicación habitual en casos de cólera 21. Esta confusión es comprensible por la ambigüedad de los síntomas. Las obras de medicina de la época afirmaban que "el envenenamiento ocasionado por las sustancias cáusticas, y sobre todo por el arsénico" era la "única enfermedad que podría simular el cólera asiático" 22. Para complicar todavía más las cosas, los médicos también conocían la variabilidad de efectos del arsénico según las dosis administradas y la frecuencia y la forma de ingestión, así como también según la naturaleza y el estado de salud de las víctimas. Por ello, uno de los más importantes toxicó-logos del siglo XIX, afirmaba que los síntomas podían variar "hasta el infinito", como también ocurría con la velocidad de los efectos: "Algunos, después de tomar arsénico, no mueren más que pasado mucho tiempo. Otros [...] mueren al instante con los síntomas del cólera asiático." Por ello, muchos peritos afirmaban en los tribunales que no se podían emplear los síntomas como pruebas fiables contra las personas acusadas de envenenamiento (Bertomeu, 2016, pp. 134-135). La confusión entre cólera asiático y envenenamiento por arsénico fue común durante el siglo XIX. Durante las primeras apariciones de la enfermedad en Europa, en la década de 1830, fueron frecuentes las alarmas por envenenamiento de agua y alimentos. La súbita aparición de los síntomas, junto con sus rasgos y sus fatales consecuencias, eran ingredientes asociados en el imaginario popular con la acción de venenos. Además, las acusaciones de envenenamiento permitían señalar culpables y canalizar así la ira de la población contra autoridades políticas o médicas, y también contra grupos sociales marginados o estigmatizados. Así, al convertir las epidemias en supuestos envenenamientos, se podían canalizar las tensiones sociales y propiciar revueltas contra las medidas sanitarias adoptadas. En muchas ciudades rusas, durante las primeras epidemias de 1832, las víctimas morían convencidas de haber sido envenenadas y rechazaban cualquier tipo de atención médica contra el cólera. Se llegó a responsabilizar del envenenamiento a residentes polacos que habrían supuestamente urdido un plan para actuar como quinta columna en el interior de Rusia. En Francia, se imaginó una conspiración de origen político, dirigida por partidarios de la restauración borbónica contra la nueva monarquía burguesa de Louis-Philippe, recientemente instaurada. Fue necesario recurrir a la autoridad médica para aplacar los rumores de envenenamiento masivo. De este modo, los profesores de la Facultad de Medicina de París recibieron una orden judicial para emitir un informe sobre un supuesto envenenamiento de un niño muerto el 17 de marzo de 1832. Tras someter las muestras tomadas del aparato digestivo a diferentes reactivos, concluyeron que "no contenían ninguna traza de venenos minerales ni de venenos orgánicos conocidos". Afirmaron así que la muerte "no podía ser atribuida a ningún producto venenoso" y, a la vista de los síntomas, sugerían que podía tratarse "de una de las primeras víctimas del cólera" 23. Cuando el cólera asiático hizo su aparición en Madrid durante 1834, corrieron también habladurías semejantes conectando supuestos envenenamientos con las tensiones políticas, marcadas por la inestabilidad del nuevo gobierno liberal y los comienzos de la primera guerra carlista. Se decía que las fuentes habían sido envenenadas por los "enemigos de la libertad y el trono de Isabel II" 24. A medida que las muertes crecieron, las persecuciones de supuestos envenenadores se multiplicaron. A mediodía del 17 de julio de 1834, una multitud enfurecida masacró a un joven de veinte años, aparentemente sorprendido mientras introducía unos polvos sospechosos en los toneles de los porteadores de agua de la Puerta del Sol. Otro niño de diez años, "hijo de un ex voluntario realista", fue detenido cuando se le observó jugando con una "jeringa de caña en la Fuente de Lavapiés". También se acusó a dos jóvenes trabajadoras de la fábrica de cigarros a las que se incautaron unos "papeles de nuez vómica". Se dijo que habían imaginado un plan para colocar este veneno "según unos en los cigarros, y según otros en las aguas". Otros protagonistas explicaron los envenenamientos como una conspiración de frailes afectos al carlismo. Se ocuparon varios conventos de la ciudad y varios de sus ocupantes fueron asesinados. Fue necesario tomar serias medidas de orden público para contener la sublevación 25. Además de apuntar las ambigüedades que confundieron a los médicos de Torroja, los ejemplos anteriores demuestran los cambios de ansiedades sociales provocados por la mutación de temores de epidemia en sospechas de envenenamiento. También de este modo cambiaron las percepciones de los habitantes de Torroja. Cuando los temores del cólera se apagaron, el problema dejó de ser concebido como una amenaza natural, de la que era necesario protegerse o huir, para convertirse en una acción criminal de adulteración o envenenamiento, producto de la codicia o de la venganza amorosa. La nueva situación exigía la búsqueda de culpables, que rápidamente se dirigieron hacia el amante de la mesonera o, con mayor fuerza, hacia el confitero de Cornudella que supuestamente había adulterado los pasteles. Los cambios en la percepción social pueden rastrearse en la siguiente descripción de un periodista de la zona: Los rumores crecientes sobre el envenenamiento provocaron la intervención de la Junta Municipal de Sanidad de Torroja. La ley de Sanidad de 1855 había dado forma a estos cuerpos consultivos en los que participaban personal sanitario local bajo la dirección de autoridades municipales. Un buen conocedor de su situación, Felip Monlau, lamentaba pocos años después que las juntas "o no hacen nada... o hacen demasiado, pasando de cuerpos meramente consultivos a directivos y ejecutivos, lo cual, muchas veces es todavía más de lamentar" (Monlau, 1862, pp. 1153-1154). La junta de sanidad de Torroja optó por la acción y se encargó de dirigir la investigación inicial sobre las muertes de principios de octubre de 1865. Para ello, la junta comisionó al concejal Josep Ossó para que "procediese a la averiguación del hecho y decomisase los bizcochos" en poder de Josep Sentís (Ferrandis, 1866). El mesonero quedó sorprendido cuando se presentaron los miembros de la junta. Para demostrar su inocencia comió uno de los bizcochos, sin que pudieran impedírselo los testigos allí reunidos. Esta imprudencia se convirtió luego en "una prueba plena" de la presencia de veneno en los bizcochos. El mesonero cayó gravemente enfermo, con síntomas semejantes al resto de afectados, y murió dos días después del incidente. A partir de este momento, "nadie dudó en el pueblo de Torroja de que mediaba un envenenamiento en aquella catástrofe" 28. La autoridad municipal comunicó el hecho al juez de primera instancia, Pedro Martín Los Santos, residente en el pueblo vecino de Falset. Era un juez con experiencia, autor de pequeños manuales sobre práctica judicial, que formaba parte del Colegio de Abogados de Madrid y era miembro de la Academia Matritense de Jurisprudencia. Había tomado recientemente posesión de su puesto y venía precedido por una "muy buena fama" ganada gracias a "su inteligencia y rectitud" en sus anteriores destinos de Barcelona y Reus. 29 Martín Los Santos se trasladó rápidamente a Torroja, junto con un escribano, Bonaventura Pascó, y un alguacil con varios mozos de escuadra 30. Para tranquilizar al vecindario, el juez visitó a los enfermos y mandó llamar a médicos de poblaciones cercanas. Seguía así las indicaciones de la ley de Sanidad de 1855, con los desarrollos introducidos con la creación del cuerpo de médicos forenses en 1862. El reglamento establecía los criterios para los nombramientos de peritos y las sumas económicas para compensar los trabajos 31. El cuerpo de médicos forenses tuvo muchas dificultades para constituirse, entre otras cuestiones por falta de pagos de los honorarios prometidos. Muchos de los primeros peritos abandonaron su cargo poco después de su nombramiento. En marzo de 1863, el gobierno reconocía que eran "tan frecuentes las renuncias" que el reglamento de 1862 podía quedar "sin efecto" 32. Las medidas adoptadas fueron insuficientes para solucionar el problema. A través de un real decreto de 1863 se reservó una pequeña partida para hacer frente a los gastos, pero limitados a los derivados del juzgado de Madrid, lo que provocó una protesta de médicos forenses de otros partidos judiciales, seguidas por nuevas renuncias 33. En estas circunstancias, es bastante probable que el juez instructor de Falset tuviera muchas dificultades para encontrar un médico forense 34. Siguió lo previsto en el artículo 15 del reglamento y designó a varios médicos de la zona para cumplir estas funciones. La presencia de varios médicos para un peritaje medicolegal era bastante habitual en la época y también estaba prevista por el reglamento del cuerpo de médicos forenses de 1862 (artículo 10). Siguiendo las órdenes del juez, el 7 de octubre por la mañana se organizó un equipo de seis médicos bajo la dirección Joaquím Ferrandis i Piñol (1816-1896), médico de Cornudella y subdelegado de medicina y cirugía del partido judicial 35. Era hijo de un médico rural y había estudiado a principios de la década de 1830 en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de Barcelona, aunque se licenció posteriormente en medicina en Madrid. De ideología liberal, desarrolló una actividad política intensa en su pueblo, donde fue elegido alcalde en 1843 y, posteriormente, concejal de instrucción pública. Todos estos ingredientes lo situaban próximo del toxicólogo Pere Mata, con quién quizá tuvo algún contacto. Ferrandis era miembro de la Junta de Sanidad de Cornudella y, además de la memoria sobre los envenenamientos, elaboró en 1865 otra sobre la salud pública en esta población. Dos décadas después volvió a escribir otra memoria sobre el cólera de 1885 en Cornudella 36. El resto de peritos lo formaban el doctor en medicina y cirugía Francesc Bertrán y cuatro médicoscirujanos de los pueblos cercanos: Pere Pascó (Falset), Joan Giol Corbella (Porrera), Joan Pallejà i Josep Tapiol (Vilella Alta) 37. Son pocos los datos biográficos disponibles y solamente se pueden esbozar los rasgos generales de su formación y experiencia en medicina forense. En los colegios de medicina y cirugía existían enseñanzas de cirugía forense desde el siglo XVIII para lo que se reeditó en varias ocasiones el manual de Domingo Vidal (1741-1800) (Martínez Pérez, 1991). El manual contenía apartados dedicados a los venenos que, como era habitual en esos años, eran detectados a través de síntomas y autopsias. Esta misma tendencia se puede comprobar en el manual más popular del primer tercio del siglo XIX: los Elementos de medicina y cirujía legal, escrito conjuntamente por el abogado Pedro Miguel Peiró y el médico José Rodrigo. La obra incluía una mayor presencia del análisis químico como prueba pericial en los envenenamientos, una tendencia acentuada en las obras de Pere Mata publicadas entre 1840 y 1850, que fueron empleadas en los cursos impartidos en las nuevas facultades de medicina y cirugía de mediados del siglo XIX (Cuenca, 2015, pp. 145-174; Cuenca, 2017). A pesar de estas asignaturas y manuales, más habituales a mediados del siglo XIX, muchos autores pensaban que la formación media de los médicos era insuficiente para poder realizar con solvencia un informe pericial. Fueron frecuentes los resultados confusos y las valoraciones contradictorias entre peritos, lo que reavivó el debate sobre su formación y selección. Así ocurrió durante un famoso caso de envenenamiento ocurrido en 1847, en el que los jueces denunciaron las vacilaciones y las contradicciones remarcadas en los informes de los peritos. Un médico de esos años defendía así a sus colegas: "Es altamente injusto exigir amplísimos conocimientos de medicina legal y toxicología a un médico o un cirujano de partido, que no ha podido completar ni teórica ni prácticamente estudio tan delicado; que carece tal vez de los conocimientos químicos indispensables; que no tiene a mano reactivos ni otros medios de hacer las análisis; que se ve maltratado por los tribunales mismos, y que nunca recibe el fruto de su trabajo, como si fuera este un cargo obligatorio y se fundase en alguna razón respetable. La falta de seguridad por una parte; el temor de perjudicar sin bastante fundamento a los acusados, que honra a la clase, pues que acredita sus sentimientos filantrópicos; el riesgo de compromisos que nadie remunera, etc. son motivo más que suficiente para que los profesores llamados a declarar lo hagan con timidez [...] empleando ambages y rodeos" 38. El párrafo apunta problemas planteados durante el accidente de Torroja: la falta de experiencia en la práctica de autopsias judiciales, la ausencia de recompensas por el tiempo invertido, y los riesgos asociados con la presencia pública que, como se verá en el apartado final, podía desembocar en controversias y daños para la credibilidad y la clientela de los médicos 39. Tal y como afirmó otro perito de esos años, médicos y farmacéuticos se veían forzados a invertir tiempo, trabajo y dinero, con el riesgo de únicamente recoger como premio "desengaños y compromisos" (Canudas, 1863, p. La creación del cuerpo de médicos forenses en 1862 fue una medida destinada a lidiar con estos problemas. Sin embargo, como se ha visto, su implantación fue limitada y los problemas económicos lastraron su desarrollo y no permitieron solucionar los problemas, más bien los agravaron. En marzo de 1865, el gobierno reconoció no poder seguir sufragando los gastos previstos en el decreto de 1862. La cantidad prevista en los presupuestos (600.000 reales) era muy distante de los gastos reclamados por los peritos (8 millones de reales, solamente para el primer año), por lo que se dejaron sin efectos varios artículos del reglamento de 1862, particularmente aquellos relacionados con los pagos a los peritos 40. Ante la alarma social creada por las muertes, los médicos no pudieron negarse a colaborar en las investigaciones judiciales, aunque debían conocer las pocas esperanzas de compensación económica. Centraron sus observaciones en las tareas que mejor conocían: la recopilación de datos clínicos y la realización de autopsias. Para agilizar las operaciones y minimizar tiempo y gastos, los peritos pidieron reducir el número de autopsias a los dos cadáveres todavía sin enterrar. Argumentaron que se debía evitar la realización de exhumaciones, tanto por el "horror" provocado en la población como por los peligros de las "emanaciones pútridas" para la salud pública. El juez no accedió y, como compromiso, ordenó la realización de un número reducido de exhumaciones. Finalmente, se practicaron cuatro autopsias: dos en Torroja, una en Porrera y otra en Vilella Alta. Este fue uno de los puntos más criticados posteriormente por parte de los miembros de la Academia de Medicina. Consideraron un grave error la limitación de las autopsias a una porción de las víctimas porque se había perdido así una fuente de información muy valiosa, que podía haber aclarado los hechos. También señalaron los académicos que las autopsias eran incompletas y carentes de la "minuciosidad" requerida para las investigaciones forenses 41. De nuevo, la falta de experiencia y de recursos materiales, junto con la previsible ausencia de recompensas económicas, limitaron la labor de los peritos en las investigaciones judiciales de Torroja. Las autopsias comenzaron el 7 de octubre por la tarde. Se comprobó, en primer lugar, que no se trataba de un brote de cólera, con el fin de descartar riesgos de contagio para médicos o vecinos. Se colocaron los cadáveres de los últimos fallecidos en un patio cubierto (la denominada "Casa de los Cartujos") y varios vecinos, con conocimiento personal de las víctimas, procedieron a su identificación. Era el modo habitual de realizar esta ingrata tarea con la ayuda de familiares y conocidos en un emplazamiento público 42. Una vez completada la identificación, los médicos iniciaron una detallada descripción externa, recalcando la "crispadura de los dedos y el color azul negruzco de las uñas". Luego abrieron los cuerpos y pasaron a des-cribir el estado de los órganos internos. Observaron daños en el aparato digestivo, repleto de manchas de color oscuro, equimosis y ulceraciones gangrenosas. Tal y como recomendaban los manuales de medicina legal, los peritos tuvieron especial cuidado en recoger los líquidos del tubo digestivo, para lo que practicaron la ligadura del esófago y del intestino. También guardaron varios órganos internos (bazo, hígado, corazón y pulmón) para análisis químicos posteriores. Las autopsias duraron toda la tarde del día 7 de octubre. Al día siguiente, se realizaron tareas semejantes, con la participación de otros médicos-cirujanos, en los pueblos de Porrera (día 8) y Vilella Alta (día 10) 43. Según el informe, "la anatomía patológica de los cadáveres de Porrera y de la Vilella Alta arrojó iguales datos morbosos que la de los autopsiados en Torroja el día siete". Todos los médicos afirmaron "unánimemente" que las muertes debían atribuirse a "una intoxicación de substancia cuyas propiedades físicas fueran corrosivas". Confirmaban su conclusión por el historial de los enfermos supervivientes que, según los médicos, habían podido esquivar el fatal desenlace gracias a la pequeña porción de bizcochos consumida y, al menos en un caso, a la rápida administración de un emético que había eliminado parte del veneno. Dejaron sin explicar, sin embargo, otras muertes ocurridas en eso días y los síntomas de otros visitantes del mesón de Torroja durante la noche del 30 de septiembre 44. Una vez realizadas las autopsias, los médicos procedieron a enviar muestras para su posterior análisis químico. El reglamento de médicos forenses ordenaba que, en casos de "sospechas de envenenamiento", los análisis químicos debían ser realizados por "uno o más doctores o licenciados en Farmacia que tengan establecido laboratorio o cuenten con los medios suficientes y propios para practicar el correspondiente análisis" (art. 19). Esta división en la gestión de las pruebas entre médicos (síntomas, autopsias) y farmacéuticos (análisis químico) era habitual también en otros países (Monlau, 1862, p. El procedimiento tropezaba con un problema ya señalado por el toxicólogo Pere Mata: los farmacéuticos apenas recibían formación en temas de medicina legal y toxicología. A estas circunstancias se sumaban los mencionados impagos que afectaban tanto a materiales como instrumental y horas de trabajo. Con escasa formación en análisis toxicológico y pocas esperanzas de ver recompensada su labor, los botica-rios solían rechazar la realización de informes periciales que solamente podían acarrearles controversias con sus colegas de medicina y daños colaterales a su credibilidad y sus negocios. En un escrito publicado casi al mismo tiempo que ocurrieron los accidentes de Torroja, Pere Mata afirmaba que "la mayor parte" de los farmacéuticos se negaban a colaborar con la justicia afirmando que "carecían de los medios suficientes y propios para practicar los análisis judiciales" (Mata, 1866, p. En estos casos, cuando ningún perito aceptaba realizar los análisis, la ley preveía que la prueba se realizara en la universidad más próxima por parte de "catedráticos de Toxicología y Medicina legal" y "de quinto año de Farmacia" (es decir, por parte del encargado del curso de análisis químico aplicado a las ciencias médicas). La universidad más próxima era la de Barcelona, donde existía Facultad de Medicina, pero no de Farmacia, por lo que la tarea debería haber recaído sobre su profesor de medicina legal, Ramón Ferrer i Garcés, el autor de uno de los pocos manuales de esta disciplina con capacidad para competir en esos años con los tratados de Pere Mata. A pesar de estas cualidades idóneas, Ferrer no fue involucrado en el caso de Torroja. Los rechazos frecuentes para realizar análisis periciales hacían que los profesores de las facultades de medicina tuvieran una gran carga de trabajo y un acumulo de gastos. Para solucionar este problema, en enero de 1864 se ordenó que en Madrid los análisis fueran realizados por un farmacéutico, Juan Sicilia y Gallego (Sicilia, 1868). Para la audiencia de Barcelona se nombraron en abril de 1865 a dos farmacéuticos: Josep Canudas i Salada y Bonaventura Pau i Negre 45. Este último era boticario mayor del hospital de la Santa Creu de Barcelona. Canudas era catedrático de química inorgánica y análisis químico de la Escuela Industrial de Barcelona 46. Los dos peritos designados por la Audiencia de Barcelona eran editores de la Revista Farmacéutica Española, una publicación dedicada a defender los intereses profesionales de los farmacéuticos y favorecer nuevas prácticas comerciales de los medicamentos, basadas en el modelo francés de las farmacias centrales. Los primeros números fueron editados por Ramon Marquès i Mata, director de la farmacia central de Barcelona 47. Dentro de esta línea, la revista incluyó varios artículos dirigidos a defender el papel de los farmacéuticos en los juicios por envenenamiento. En uno de ellos se afir-maba que "ni el médico-forense ni el farmacéutico pueden, cada uno de por sí, dar un dictamen en un caso de envenenamiento". Cada experto debía tratar de ceñirse a los asuntos más conocidos: los médicos a las "señales patológicas" y los farmacéuticos a "hacer constar" mediante análisis químicos la presencia de sustancias venenosas 48. Cuando se publicó el reglamento de 1862, los redactores de la revista protestaron por la exclusión de los farmacéuticos del cuerpo forense, una situación considerada como producto del "trabajo de zapa y las maquinaciones tenebrosas de ciertos egoístas y envidiosos enemigos de la Farmacia" 49. Según Mata, la división de los análisis periciales, con la separación de la "parte médica" de la "parte química", hacía que las pruebas quedaran en manos de dos grupos profesionales diferentes. En esas "comisiones mixtas" podían surgir fácilmente disparidades de criterio y provocar confusión entre los jueces. "La convicción científica debe ser homogénea", afirmaba Mata, "y nacer entera de la inteligencia de cada perito". Se debía elegir el grupo de peritos con mejor formación en estos temas, y este grupo, siempre según Mata, eran los médicos porque, al contrario que los boticarios, recibían durante su formación universitaria cursos de medicina legal y toxicología. Por eso, Mata criticaba duramente el artículo del cuerpo de médicos forenses que abría las puertas a la participación de farmacéuticos en la realización de análisis químicos para casos de envenenamiento: "Habiendo médicos capaces de actuar, los jueces no deben, ni pueden llamar a farmacéuticos" (Mata, 1866, vol. III, pp. 111-114). En este contexto de enfrentamiento entre médicos y farmacéuticos respecto a la gestión de las pruebas periciales se produjo la actuación judicial de Torroja. El juez instructor de Falset no consiguió encontrar ningún boticario para realizar los análisis y decidió remitir las muestras a Barcelona 50. También aquí volvieron a hacerse patentes las limitaciones económicas relacionadas con el informe pericial. El procedimiento se demoró porque los peritos designados se negaron a realizar nuevos análisis hasta recibir las cantidades adeudadas por trabajos anteriores. Era un asunto que Canudas y Pau habían denunciado en su revista farmacéutica en varias ocasiones. Se habían mostrado cercanos a los puntos de vista de Pedro Calvo Asensio, un farmacéutico con gran presencia en la vida política, que manifestó sus discrepancias con el ministro de Gracia y Justicia en torno a este problema 51. En una de las editoriales, Canudas animó a sus colegas farmacéuticos a protestar "una y muchas veces contra estos abusos", instándoles a solicitar siempre "la retribución de los trabajos hechos por mandato judicial e indignamente desatendidos" 52. Con este historial de denuncias en torno a un problema ampliamente compartido por sus colegas de profesión, resulta poco sorprendente que Canudas y Pau se negaran a realizar los análisis hasta tener garantías del cobro de las cantidades adeudadas por la justicia. La noticia del retraso fue reproducida con indignación en la prensa catalana. Se dilataba así el dolor de familiares de las víctimas y, por otra parte, el supuesto culpable debía permanecer en prisión más tiempo sin ser juzgado. Uno de los periodistas consideraba esta situación "uno de los defectos que adolece el actual procedimiento criminal de España" 53. Al parecer, la realización del análisis químico se retrasó hasta principios de 1866 54. Los resultados debieron ser sorprendentes para médicos, jueces y la población que seguía el juicio a través de la prensa. Los boticarios afirmaron no haber detectado rastro alguno de veneno ni en los pasteles sospechosos ni en las muestras extraídas de los cadáveres. El resultado negativo ponía en cuestión los informes médicos basados en síntomas y autopsias. También contradecía la visión dominante entre la población, forjada a través de la muerte trágica del mesonero y las declaraciones de las víctimas supervivientes. Las sospechas fueron también reforzadas por pequeños experimentos realizados por vecinos con muestras de los productos sospechosos que hicieron ingerir a animales domésticos. Ofrecieron "migajas de las pastas sospechosas a dos pollos" y también varios "bizcochos enteros a un perro" para comprobar que se producían los efectos mortales del envenenamiento. Aunque la mayor parte de peritos del siglo XIX no concedían valor probatorio a esta vieja práctica, lo cierto es que se empleaba habitualmente en casos de envenenamiento y sirvió confirmar las sospechas de la población de Torroja 55. En este contexto, con todo este conjunto de indicios apuntando en la dirección del crimen de envenenamiento, el informe negativo de los boticarios era un jarro de agua fría para las personas que esperaban encontrar un culpable con la ayuda de la ciencia. Se trataba de una información muy difícil de encajar dentro del nuevo relato de los hechos construido tras descartar el peligro del cólera. EL VALOR DE LAS PRUEBAS La contradicción entre pruebas químicas (ensayos negativos) y médicas (síntomas y autopsia), junto con las sospechas generalizadas entre la población, reforzadas por las experiencias con animales domésticos, propició un fuerte debate entre los peritos. La cuestión giraba en torno a un problema recurrente en muchos juicios de envenenamiento: ¿Era posible ofrecer pruebas del crimen sin necesidad de detectar el veneno en las vísceras de las víctimas o en las muestras sospechosas? El problema se planteó con especial dramatismo durante un popular juicio celebrado en Inglaterra una década antes, cuando el médico William Parker fue acusado de haber envenenado con estricnina a varias personas. El más famoso toxicológico británico de esos años, Alfred Taylor, defendió en los tribunales que era posible identificar el veneno mediante los síntomas experimentados por las víctimas, sin necesidad de detectarlo con análisis químicos. Taylor argumentó que no existían procedimientos fiables para la detección química de la estricnina, tal y como era habitual en otros venenos de origen vegetal. Argumentos similares fueron empleados por algunos peritos durante el juicio por supuesto envenenamiento de María Bonamot en 1844, en el que había sospechas de uso de derivados del opio. En este caso, los análisis químicos fueron solo parcialmente positivos, por lo que los peritos se basaron en síntomas y observaciones necroscópicas para fundamentar su informe favorable a la existencia de envenenamiento. En sus manuales, Pere Mata empleó el caso para atacar a los peritos que exigían la detección química para confirmar un caso de envenenamiento. Síntomas y autopsias podían bastar cuando la química no ofrecía pruebas 56. El otro gran toxicólogo catalán de esos años, Ramon Ferrer i Garcés, también reflexionó sobre el valor de las pruebas de envenenamiento en un discurso leído frente a sus colegas de la Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona a principios de 1852. Con el fin de hacer un llamamiento a la prudencia, Ferrer hizo referencia a varios casos de errores judiciales propiciados por peritos y señaló varias falacias de las pruebas periciales. También mencionó ejemplos de incertidumbre, cuando los peritos solamente podían ofrecer dudas o probabilidades. Con estos ejemplos, Ferrer concluía: Ferrer concedía un gran valor al análisis químico, pero consideraba que debía ser manejado con cautela debido a sus potenciales errores judiciales. Por ello, pensaba que los peritos debían informar con franqueza a los jueces de los márgenes de error y de las incertidumbres de sus investigaciones, las cuales no siempre podían resolverse con un resultado nítido e irrefutable. Ferrer pretendía que los peritos concedieran "a la ciencia química ni más ni menos significación de la que verdaderamente [tiene] en las aplicaciones toxicológicas" 58. Joaquim Ferrandis Piñol, el médico encargado de redactar el informe pericial de Torroja, conocía muchos de estos problemas asociados con los usos del análisis químico en la producción de pruebas para los tribunales. Como hicieron otros autores de estos años, Ferrandis empleó estas incertidumbres para defender que la prueba judicial de un envenenamiento no precisaba la detección química del veneno 59. Recordó otro juicio famoso celebrado en París dos años antes. Un médico, Edmond-Désiré Couty de la Pommerais, había sido condenado a muerte por haber envenenado con un producto de origen vegetal (digitalina), a pesar de que peritos tan reputados como Ambroise Tardieu, no habían podido encontrar ni rastro del veneno mediante las más avanzadas técnicas de análisis químico 60. Es cierto que este tipo de argumentos podían ser convincentes cuando se trataba de venenos vegetales, para los que no existían buenos métodos de detección. Sin embargo, pocos peritos de la época consideraban aplicable este razonamiento para el caso de los venenos minerales, y más particularmente para el arsénico, el principal sospechoso en la tragedia de Torroja, para el que se conocían procedimientos de detección química muy sensibles como, por ejemplo, el ensayo de Marsh 61. Por ello, Ferrandis también se vio obligado a incluir entre sus argumentos los estudios sobre la eliminación de los venenos, los cuales dejaban abierta la posibilidad de que el producto tóxico hubiera desaparecido transcurrido cierto tiempo y según la "predisposición absorbente de cada individuo" (Ferrandis, 1866). Lo que no podía explicar Ferradis con este argumento era el resultado negativo de los análisis de las muestras de alimentos. Como apuntaron posteriormente sus críticos, aunque el "veneno mineral hubiese sido eliminado antes de las muertes, no habría dejado de hallarse en los bizcochos analizados" 62. Sin reparar en estas objeciones, Ferrandis dirigió su escrito al juez para evitar la paralización de las diligencias encaminadas a detener a los culpables de lo que pensaba era un envenenamiento suficientemente constatado por pruebas médicas: "La Medicina ha probado la realidad del envenenamiento en la catástrofe de Torroja, aun cuando la Química no haya encontrado el cuerpo del delito en los bizcochos, ni en los restos cadavéricos. Pero la Química no puede hoy día justificar la existencia de un veneno si este es de la clase de los orgánicos y los álcalis vegetales se escapan del análisis siendo asimismo los venenos más energéticos. ¿Cómo pueden los Fiscales sobreseer la causa criminal formada acerca dichos sucesos, mediando un dictamen médico-legal que prueba el envenenamiento? Si por no encontrarse el cuerpo del delito se ha de deducir que no ha habido intoxicación, entonces habrá impunidad en los que empleen los venenos vegetales en sus crímenes." (Ferrandis, 1866) El escrito fue enviado también a la Academia de Medicina de Madrid que la remitió a su comisión especial de medicina legal. Los académicos pensaban que todo el problema se centraba en responder a una pregunta: "¿Para deducir la existencia de un envenenamiento es necesario que la análisis química demuestre la presencia del veneno o basta alguna vez el diagnóstico y el examen anatómico patológico o autopsia del cadáver?". Ante la complejidad del asunto, la comisión evitó dar una respuesta de carácter general, para centrarse en las peculiaridades del caso en cuestión. En primer lugar, la comisión revisó los síntomas de las víctimas de Torroja y descartó su relación con el cólera asiático. Vista "la uniformidad" de los síntomas, los académicos pensaban que era "muy probable y casi cierto" que se hubiera tratado de un "envenenamiento... producido por la ingestión de los bizcochos". Reconocían, sin embargo, que carecían de datos "suficientes" para determinar si el producto tóxico había sido arsénico porque conocían otras sustancias metálicas con capacidad para producir similares efectos. Por otra parte, remarcaron que algunos síntomas observados no eran "tan característicos de las preparaciones de arsénico", aunque aceptaban la posibilidad de que este veneno pudiera producirlos 63. Los académicos de Madrid apuntaron las imprecisiones de los dos informes periciales, tanto el de los médicos de Torroja como el de los farmacéuticos de Barcelona. Criticaron la falta de "minuciosidad" en la autopsia y el hecho de que se aplicara solamente a una parte de las víctimas. No cuestionaron los resultados de los análisis químicos, pero denunciaron la falta de detalles acerca de los procedimientos empleados. Entre otras cuestiones señalaron la ausencia de datos procedentes de observaciones obtenidas con microscopios. Este instrumento había ganado espacio en los tribunales a partir de la década de 1840, cuando se produjeron avances sustanciales gracias a nuevas lentes, mejor formación entre la comunidad médica y nuevas técnicas de observación. Todo ello permitió una temprana aplicación del microscopio para el reconocimiento de manchas de sangre y esperma a finales de la década de 1830. En los años siguientes el análisis microscópico se abrió camino, a menudo en conflicto con los ensayos químicos, en el terreno del control de la calidad de alimentos y de la salubridad de las aguas 64. Los académicos conocían algunos de estos nuevos usos de la microscopia, particularmente en el reconocimiento de esporas, gérmenes y otros microorganismos potencialmente nocivos. De este modo, señalaron en sus conclusiones que la ausencia de investigaciones microscópicas impedía descartar la acción de "otros agentes no susceptibles de ser descubiertos, fijados o clasificados por la análisis [química]" como causa potencial de los sucesos de Torroja 65. Al señalar estas imprecisiones y carencias, los académicos pudieron orillar la peliaguda cuestión del valor probatorio de síntomas y autopsias cuando el análisis químico era negativo. Por el contrario, centraron sus conclusiones en "vindicar el honor profesional y poner en su lugar el buen criterio científico" de los médicos de Torroja, tal y como era la intención principal de Ferrandis en su escrito 66. Los académicos sabían, al igual que Ferrandis, que los médicos que participaban en investigaciones judiciales se arriesgaban a perder su credibilidad, y con ella su clientela, particularmente cuando los informes periciales eran cuestionados por profesores universitarios de prestigio o cuando sus conclusiones no eran tenidas en cuenta por los tribunales, como parecía ser el caso de Torroja. Por eso, los académicos afirmaron con contundencia que los médicos habían "cumplido con su deber" al dar "su opinión de existir un agente venenoso". Ni la "negación de sus diagnósticos y parecer médico-legal como forenses", producida por el resultado negativo de los análisis químicos, ni tampoco el subsiguiente sobreseimiento judicial, podían "significar cosa alguna que perjudicara a la honra y crédito profesional y facultativo de los médicos que intervinieron" 67. El caso descrito permite analizar los cuatros aspectos que Christopher Hamlin emplea para caracterizar las culturas forenses. Las ansiedades sociales estuvie-ron dominadas inicialmente por la llegada del cólera y, más tarde, por los riesgos de la codicia en la adulteración de alimentos. También corrieron rumores de una trama criminal, de origen amoroso, semejante a otros relatos acerca de crímenes por envenenamiento de la época. Se movilizaron diversos tipos de pruebas: síntomas, autopsias, ensayos con animales, análisis químicos y, aunque solamente de forma sugerida, observaciones microscópicas cuyo protagonismo se acrecentaría en los años siguientes. Respecto al papel de los expertos, se ha podido comprobar la gran cantidad de profesionales implicados, desde médicos rurales de la comarca del Priorat, hasta el subdelegado de medicina de la zona y los farmacéuticos nombrados por la audiencia de Barcelona. A través de sus testimonios se ha podido reconstruir los conflictos que enfrentaban a médicos y farmacéuticos en su actuación frente a los tribunales. También se ha podido comprobar los daños que estas controversias podían tener en la reputación de los participantes. Finalmente, ha quedado constancia de los límites de la regulación surgida tras la creación del cuerpo de médicos forenses, especialmente por la falta de partidas económicas para hacer frente a los costes humanos y materiales de la pericia judicial. Este último aspecto, la economía de la prueba pericial, condicionó la participación de los expertos, sin apenas recompensa por el tiempo y los materiales invertidos, y conscientes de los peligros derivados de las controversias públicas en su prestigio y su clientela. Las cuestiones económicas, junto con los intereses profesionales y la experiencia previa, también condicionaron el tipo de prueba pericial y el valor relativo otorgado a cada una de ellas, así como la capacidad de los expertos para producir resultados convincentes y con el valor probatorio requerido en veredictos judiciales. Tal y como había augurado Mata, la diversidad de comunidades profesionales implicadas, cada una de ellas con el monopolio de una o varias formas de prueba, dejaba margen para informes contradictorios que abrían la puerta a controversias entre peritos en los tribunales, con su peligrosa capacidad para sembrar la confusión y dificultar la labor de los jueces para emitir veredictos. También se ha podido constatar el malestar de varios protagonistas acerca del modo de gestionar las incertidumbres y su forma de presentarlas en los tribunales con el fin de ofrecer al juez los ingredientes necesarios para forjar su convicción en torno a los hechos probados. Todas estas cuestiones, que con diversos matices han seguido siendo objeto de debate hasta la actualidad, fueron planteadas en los años del suceso de Torroja, en el contexto de transformaciones sustanciales tanto en los procedimientos de enjuiciamiento criminal como en los modos de participación de expertos en los tribunales. El caso analizado es un buen ejemplo de la aproximación plural defendida en un artículo reciente (Bertomeu y Guillem, 2017). Las percepciones del accidente de Torroja variaron sustancialmente desde su inicial encuadramiento como parte de la epidemia de cólera de 1865 hasta su transformación en un envenenamiento colectivo, producto de una adulteración de alimentos o de un crimen pasional. La incertidumbre y la ambigüedad asociada con los venenos propició la amplia variedad de reacciones, tanto entre la población como entre autoridades médicas y judiciales. Para reconstruir el episodio -y quizá podría decirse en general, cuando se intenta reconstruir las interacciones entre tóxicos y sociedad-resulta necesario recurrir a perspectivas múltiples, desde la historia de la salud pública hasta los trabajos sobre pánicos alimentarios, la historia del crimen o la epistemología de las pruebas judiciales, algunos de los cuales han sido citados a lo largo del texto. De este modo, casos de envenenamiento como el analizado pueden romper fronteras disciplinares y transformarse en zonas de intercambio entre comunidades académicas con interés creciente por el diálogo en torno a los problemas de la gestión de los riesgos de los productos tóxicos. También a Esteban Rodríguez Ocaña por su orientación en los estudios sobre epidemias de cólera y a Carmen Sala Trigueros por su inestimable ayuda en la edición. Otros casos similares aparecen en Boletín oficial de la provincia de Tarragona, 9 de octubre de 1865 y 7 de diciembre de 1866. 73: "Tenemos entendido que los químicos forenses han terminado el complicado análisis de las vísceras de los que fueron víctimas del envenenamiento ocurrido en Torroja". Sobre el juicio de Parker v. Esta discusión, presente en otros textos de esos años, tiene ingredientes cercanos a los recientes debates sobre los estándares de prueba y la expresión de los errores potenciales de las pruebas periciales. Citaron también trabajos bastante antiguos que defendían este punto de vista como los de (Raige-Delorme, 1819) sobre los venenos corrosivos y los casos de envenenamiento por arsénico descritos por (Murray, 1822). La información ofrecida por (Ferrandis, 1866) es parcial. En realidad, Ambroise Tardieu, que tenía serias dudas sobre al uso del análisis químico como método de prueba, empleó en este caso una prueba fisiológica que defendió en sus obras de medicina legal. Se basaba en inyectar en animales extractos de las muestras sospechosas para constatar los efectos producidos. El método produjo una fuerte controversia con uno de los peritos. El caso fue descrito con gran detalle en castellano en publicaciones como (Ester, 1864).
Éste emergió como resultado de una disputa disciplinar entre neurología y psiquiatría -en su vertiente de higiene mental-, suscitada con la creación de la Facultad de Ciencias Médicas local en 1920. Partiendo de los estudios sociales de la ciencia y la historia psi, se reconstruyen y analizan las estrategias desplegadas por los miembros del Instituto para legitimar y consolidar su disciplina tanto al interior del campo médico rosarino como del campo psiquiátrico en conformación a nivel nacional, regional e internacional, que oscilaron entre la participación en distintos eventos científicos, el sostenimiento de sociabilidades científicas de alcance nacional y latinoamericano y la generación de redes a partir del canje de revistas con distintas latitudes. En junio de 1918, la Reforma Universitaria suscitada en la ciudad argentina de Córdoba convulsionó las bases que estructuraban la organización de la enseñanza superior en Argentina y América Latina (Buchbinder, 2008). Dos años más tarde, en la ciudad de Rosario se institucionalizaba una iniciativa que llevaba casi una década de esfuerzos infructuosos: la creación de su Facultad de Ciencias Médicas (Fernández, 2014), en el marco de la constitución de la reciente Universidad Nacional del Litoral al calor de los eventos reformistas cordobeses (Buchbinder, 2005). Este acontecimiento, si bien abría una serie de posibilidades y recursos de formación académica en una ciudad con una tradición considerable de presencia médica en el espacio público (Prieto, 1996; Pascual, 2017), también nacionalizaba un proyecto educativo concebido localmente, lo que abrió posibilidades al ingreso de nuevos profesionales y lógicas. Por otro lado, esta "novedad" universitaria diferenciaba a la ciudad de otros casos como Buenos Aires, La Plata o Córdoba, que ya contaban con una tradición en este sentido. Rosario abría nuevas posibilidades al desarrollo de corrientes médicas con importante presencia y figuras de peso en la ciudad, como la clínica médica con Clemente Álvarez o la neurología con Teodoro Fracassi, un destacado médico social y políticamente que contaba con el primer espacio de atención de afecciones mentales de la ciudad desde 1914, su "Neuropático". Pero también habilitaba nuevas tendencias. En 1920 un psiquiatra italiano formado con Sante de Sanctis -Lanfranco Ciampi-se instalaba en la Capital Federal, para ser convocado desde dicha unidad académica para radicarse en la ciudad fenicia y desplegar su especialidad, la psiquiatría infantil 1. En esta dirección, el Poder Ejecutivo Nacional designó al alienista Antonio Agudo Ávila como delegado organizador de esta casa de altos estudios, 2 quien introdujo en la currícula de la carrera de medicina una amplia formación psi diferenciada de la tradición local de orientación neurológica (Gentile, 2003), incluyendo tres cátedras especializadas: Psiquiatría de Adultos -a cargo de Gonzalo Bosch-, Neuro Psiquiatría Infantil -a cargo de Ciampi-y Psicología Experimental -dictada por José Alberti-, a lo cual agregaba una Escuela de Niños Retardados desde 1922, anexa a la cátedra de Ciampi, y un Hospital de Alienados, materializado en 1927. Dos años luego se creó el Instituto de Psiquiatría a partir de un proyecto presentado por Raimundo Bosch -docente de Medicina Legal cercano a los psiquiatras-, tras una intensa discusión en los órganos de gobierno de la Universidad donde la corriente neurológica de Fracassi disputó su hegemonía. En efecto, a pesar de que éste neurólogo ya contaba "formalmente" con un Instituto de Psico Neuro Patología creado en 1924, el contexto de conflictividad universitaria de 1928 -que traducía las disputas faccionales internas del partido político gobernante, la Unión Cívica Radical-derivó en la intervención de la Universidad, resolviéndose el conflicto con la disolución por decreto del Instituto de Fracassi y la creación del nuevo Instituto, concreción que dio lugar a un completo dispositivo que nucleaba instancias de docencia, investigación y clínica, y que fue posible tanto por el arribo de nuevos profesionales, y con ellos de nuevas tendencias intelectuales, así como también por un entramado vincular en distintos niveles de la política nacional, provincial y local (Allevi, 2017). Este trabajo es parte de una investigación que se pregunta por la construcción de un espacio de ciencia legítimo para la Psiquiatría en la ciudad de Rosario, como localización de un proceso trasnacional de profesionalización de la psiquiatría durante la entreguerras, así como de constitución de un campo psiquiátrico en Argentina. En las últimas décadas se configuraron algunas líneas de trabajo en historia de la psiquiatría: los intentos por liberarse de la genealogía antipsiquiátrica, un enfoque interdisciplinar enmarcado en los estudios sociales de la ciencia, aquellos centrados en el material turn que aborda la atención psiquiátrica -incluyendo registros de pacientes para observar la dinámica práctica entre saberes y sujetos-, la llamada historia cultural de la psiquiatría, o bien la problematización de la recepción, circulación y praxis de saberes psiquiátricos (Hess y Majeurs, 2011; Huertas, 2001, 2012, García, 2012). Por otra parte, en lo referido a los procesos de profesionalización de la atención en salud, encontramos en el caso de Argentina abordajes específicos que rastrean desde fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX estos procesos para la medicina académica en Capital Federal (González Leandri, 1999;2012), las tensiones e hibridaciones entre artes de curar indígenas, populares y diplomados en el área pampeana (Di Liscia, 2003) o bien la especialización y aceptación pública de algunas disciplinas, como la tisiología (Armus, 2007; Carbonetti, 2003) o las profesiones "auxiliares", como enfermería (Ramacciotti y Valobra, 2010). En el área específica de la psiquiatría, indagaciones de este tipo son recientes en Argentina, y se ubican temporalmente en el período de la entreguerras. Algunos han problematizado de manera sugerente el abordaje in-telectual, con los estudios de la ciencia, y así complejizar la circulación trasnacional de saberes psi mediatizados por cosmovisiones más amplias y estructuras político-partidarias, en el caso del Partido Comunista en Argentina y la psicología soviética (García, 2016). Otros trabajos, por su parte, abordaron los debates intelectuales en su actualización práctica al trabajar con producciones teóricas junto al campo de su aplicación clínica en el caso Hospital Esteves de la provincia de Buenos Aires (Golcman, 2015;2017). Cierto es que, a diferencia de otros espacios iberoamericanos, el desarrollo de la historia psi en Argentina sostuvo un perfil transdiciplinar que permitió abordar entrecruzadamente psiquiatría, psicología o psicoanálisis, y no de manera separada como en otros casos. En la bibliografía disponible ha primado un enfoque intelectual que adquirió distintos matices y niveles de complejidad. Algunos estudios se preocuparon por los desarrollos tempranos de la disciplina psicológica, dando cuenta de la circulación de teorías y conceptos en la enseñanza impartida en la Universidad de Buenos Aires -entre ellos el Degeneracionismo o el "Darwinismo Social"-, así como sus aplicaciones en áreas disciplinares tan diversas como el Higienismo, la Educación o la Criminología, entre fines del siglo XIX y las primeras dos décadas del XX (Vezzetti, 1983; Talak, 2007Talak,, 2010)). Con un importante aporte a la circulación de ideas y debates en la ciudad de Buenos Aires y algunas de las ciudades centrales del interior del país, estos trabajos han considerado los "dilemas" de la recepción, problematizando las reconceptualizaciones locales de los saberes psi europeos. Otras pesquisas abordaron localmente distintas facetas de la historia psi en su amplia acepción -psiquiatría, psicología, psicoanálisis-para los casos de Rosario (Gentile, 2003) o Córdoba (Ferrari, 2016). Pueden señalarse, sin embargo, algunas vacancias que la reducción de la escala de análisis permite vislumbrar, en particular el plano de la gestión institucional de los recursos para poder desarrollar un espacio de ciencia y producción, así como las estrategias desplegadas por los agentes para insertar concretamente sus saberes en determinadas esferas, como la estatal. Partiendo del investigaciones que pensaron este punto para el caso español (Huertas, 2008(Huertas,, 2002)), nuestro estudio pretende abonar a esta vacancia que resulta tan relevante como la intelectual siendo, como sostenemos, su condición de posibilidad. Una copiosa bibliografía, por otra parte, se dedicó en el caso argentino a la creación de institutos de investigación como los ámbitos por excelencia que faci-litan procesos de autonomización y profesionalización disciplinar para áreas tan diversas como la medicina (Buschini, 2013; Romero, 2016), la astronomía (Rieznik, 2009) o la matemática (Pacheco, 2010). Si por un lado estas pesquisas señalaron oportunamente la importancia de las redes en la recepción de ideas y prácticas científicas, no dan cuenta, en cambio, de los vínculos sostenidos por los actores que investigan con el mundo no científico, y principalmente con el Estado. Por otro, la mayoría de ellos se centra en el período del primer peronismo como momento de inicio de la promoción estatal de la ciencia, cuando un rastreo sobre el trabajo de lobby de los científicos durante la entreguerras como gestores y "publicistas" de su trabajo da cuenta de las posibilidades que encontraron, así como de los antecedentes que sentaban. A este respecto cabe señalar que existen investigaciones que abordaron agudamente la conformación de las redes internacionales entre científicos locales adeptos a la eugenesia (Miranda, 2013), así como las vinculadas al problema de la cultura física, en un contexto de circulación trasnacional de debates en torno a la medicina deportiva, y su emergencia como campo disciplinar (Reggiani, 2016). En este trabajo abordaremos una faceta de dicho proceso, referido a las estrategias de los miembros del Instituto para legitimar y consolidar su disciplina científica tanto al interior del campo médico rosarino como del campo psiquiátrico en conformación a nivel nacional/regional e internacional, para lo cual consideraremos la participación en distintos eventos científicos, la construcción de sociabilidades científicas de alcance nacional y latinoamericano y la construcción de redes a partir del canje de revistas con distintas latitudes Frente al reduccionismo de algunos estudios de redes en su faz estrictamente descriptiva de axiomas, rescatamos la necesidad de recurrir no sólo a los contextos que las vuelven posibles, sino -y fundamentalmente-al problema de las relaciones diádicas que las constituyen: el contenido de los vínculos (Bidart y Cacciuttollo, 2009) y las mediaciones que las vuelven posibles (Grossetti, 2009). Las revistas, por su parte, son pensadas aquí como soportes de sociabilidad al interior del campo intelectual (Dosse, 2006). En sus apartados segundo y tercero, el artículo aborda el período inicial del Instituto de Psiquiatría de Rosario, para analizar la dinámica que tuvo la construcción de redes en los planos de sociabilidad científica y participación en eventos, así como el trazado de redes internacionales a partir del canje de su Boletín. En la cuarta sección analizaremos la "segunda época" del organis-mo, para mostrar los cambios significativos operados en su funcionamiento y su autonomización, pero sobre todo en la posición que alcanzó en un campo disciplinar psiquiátrico progresivamente delimitado. Una vez creado el Instituto, los psiquiatras de Rosario emprendieron un conjunto de estrategias de vinculación científica para posicionarse en el campo psiquiátrico en conformación en tres niveles: al interior del campo médico local -hegemonizado por el Círculo Médico de la ciudad-; a nivel regional/nacional, y en el plano internacional. El conjunto de esfuerzos -participación en eventos científicos, conferencias, cursos, y generación de redes-se daba en su búsqueda de un estatuto de cientificidad para su alcanzar legitimidad y reconocimiento, en medio de su pugna por autonomizarse en un área disciplinar específica en el cuidado de la salud. En esta dirección, tanto a nivel colectivo como individual, los galenos operaron en una doble dirección: ubicarse en distintos espacios de reconocimiento, intercambio y discusión científica, por un lado; y tramando de redes intelectuales nacionales e internacionales a partir del canje de su publicación oficial con otras agencias académicas, por otro. En años iniciales del Instituto de Psiquiatría, la presencia en eventos académicos se resume en dos nombres: Lanfranco Ciampi y Gonzalo Bosch, quien desde el inicio de la década del treinta se tornó una figura clave en el campo al acceder a la dirección del Hospital de las Mercedes de Capital Federal -espacio central en la hegemonía psiquiátrica-, además de presidir la Sociedad de Neurología y Psiquiatría de Buenos Aires, la Liga Argentina de Higiene Mental, y numerosas revistas y espacios académicos. Un evento en particular permitió la visibilización y vinculación de los psiquiatras en la etapa en que se estaban discutiendo los proyectos de creación del Instituto en los órganos de gobierno de la Universidad del Litoral: la Primera Conferencia Latino-Americana de Neurología, Psiquiatría y Medicina Legal llevada a cabo en Buenos Aires durante noviembre de 1928. Presidida por Arturo Ameghino 3 -quien había trabajado junto a Ciampi-, su realización fue posible por una intensa labor de sociabilidad académica que generó conflictos disciplinares al interior de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría dependiente de la Asociación Médica Argentina, su institución convocante 4. Este espacio es central para pensar los vínculos previos a la constitución del Instituto de Psiquiatría de Rosario, así como su deriva en nuevos espacios de intercambio, aunados en sus orígenes por haber surgido de escisiones en grupos que priorizaban el desarrollo de la Neurología en desmérito de la Psiquiatría 5. Su presidente planteaba esta disputa al inaugurar la Conferencia: "Es de ese modo que la propia ciencia médica se asocia al prejuicio social para conspirar sin quererlo contra la Psiquiatría; y es por ello que el psiquiatra, peregrino en las clínicas según el público astuto, y en realidad paria en el seno de la profesión, cede a su impotencia, déjase invadir por la quietud, y conspira él también con su silencio contra los intereses generales." 40-41) La comisión organizadora y directiva de la Conferencia reunía una serie de personalidades locales e internacionales que conformaron de allí en más una red actualizada en distintos eventos a lo largo de la década del treinta. Gonzalo Bosch era vocal de dicha comisión, mientras que los delegados por la Facultad de Medicina de Rosario eran Teodoro Fracassi, Ciampi y Raimundo Bosch, aunque Ciampi figuraba, además, como representante del Hospital de Alienados de Rosario. Entre el resto de los delegados locales e internacionales con quienes luego se sostendrán vínculos, cabe mencionar a Nerio Rojas, José Belbey, Osvaldo Loudet, Gregorio Bermann, Emilio Catalán, Herminio Valdizán, Henrique Roxo, Antonio C. Pacheco Silva, Ernani Lopes 6. En lo que refiere a la participación de los psiquiatras rosarinos y sus colegas porteños, Ciampi, Raimundo y Gonzalo Bosch expusieron varios trabajos durante la segunda sesión del evento. Allí, el psiquiatra italiano sostuvo un intenso diálogo con la ponencia de Ernani Lopes, quien presentó "De las psicosis infantiles y especialmente de la parálisis general infantil" (Ameghino, 1929a, p. Éste último, miembro de la Liga Brasilera de Higiene Mental, contribuiría a la designación de Ciampi y Bosch como miembros correspondientes de dicha entidad -véase infra-. Ahora bien, en el mismo momento en que se suscitaba en Rosario la disputa por la creación del Instituto -y en especial por su dirección, donde se dirimía la independencia o subordinación de la psiquiatría a la neurología-, llama la atención las cinco presentaciones que Teodoro Fracassi realizó sólo o en coautoría en las distintas sesiones (Ameghino, 1929a(Ameghino,, 1929b)). Vemos, así, que en dicho contexto este tipo de eventos resultaba una oportunidad tanto para intercambiar y generar lazos como para medir fuerzas entre los grupos en pugna por la hegemonía de la enseñanza y atención psi en Rosario. Estas vinculaciones mencionadas se hicieron patentes una vez creado el Instituto, en 1929. A princi-pios de dicho año, Ciampi fue invitado con Cayetano Viale 7 por Gregorio Bermann 8 y el Círculo Médico de Córdoba para dictar dos conferencias en la ciudad mediterráne, además de participar en la cátedra de Medicina Legal de este último médico. 9 La relación con Bermann es un punto interesante en la vida del Instituto de Rosario puesto que, por una parte sostuvo un vínculo fluido con alguno de sus miembros -en particular Ciampi-, mientras que, por otra, en 1933 el psiquiatra cordobés concursó por la cátedra de Clínica Psiquiátrica, ante lo cual prevalecieron los intereses locales y se excluyó su candidatura por su filiación política 10. Su compromiso con el antifascismo y su participación en la Guerra Civil Española, empero, fueron un punto de unión con la política de la Universidad del Litoral de acoger profesionales ibéricos exiliados (De Marco, 2015; Farías, 2013). En el mismo año, la articulación de vínculos entre Rosario y Buenos Aires se consolidó con la creación de la Liga Argentina de Higiene Mental -en adelante LAHM-, motorizada por Gonzalo Bosch como desprendimiento de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría de Buenos Aires mencionada previamente, que continúo funcionando 11. Ésta resultó central en varios sentidos. En primer lugar, convocaba un nutrido grupo de especialistas, favoreciendo el intercambio científico y académico, además de facilitar la concreción de proyectos de intervención social a partir del capital social o político de uno o varios de sus miembros. Entre éstos, encontramos a Luis Estévez Balado, Fernando Gorriti, Ramón B. Silva, Arturo Mó y Antonio Martínez en los cargos de gestión, mientras que sus vocales titulares fueron Ciampi, Arturo Ameghino, Juan M. Obarrio, Julio C. Nogués, Juan C. Montanare, Julio Oliveira Estévez, Roque Orlando, Alberto Zwank y José Belbey. Mientras que en los suplentes vemos a Nerio Rojas, Santiago Balestra, Osvaldo Loudet, Eusebio Albina y Julio C. Hanón. Muchos de estos personajes generaron luego vínculos académicos a partir del intercambio de sus publicaciones. En segundo término, y de manera similar a otras asociaciones médicas organizadas según el mismo esquema, la LAHM desarrolló su programa de intervenciones en Buenos Aires (Talak, 2005), y promovió una serie de "comités regionales" en las ciudades de Rosario, Santa Fe, otros colegas. Otros miembros del Instituto también expusieron sus investigaciones de manera individual, como fue el caso de José M. Cid y Arturo Bruno -jefes de los laboratorios de Histopatología del sistema nervioso y de Bioquímica, respectivamente-, situación que no se daba con los neurólogos. Otros miembros de la Sociedad que participaron fueron Braulio Moyano, Christofredo Jakob, Roque Orlando, Luis Estévez Baldao, Gregorio Bermann, Enrique Mouchet, José Alberti, Enrique Mó 14. A estas sesiones extraordinarias debemos agregar la inclusión de Ciampi y Raimundo Bosch en el comité ejecutivo del Congreso Nacional de Neurología, Psiquiatría y Medicina legal, a realizarse en octubre de 1931, organizado por la misma Sociedad en su sede de Buenos Aires, 15 además de la participación del psiquiatra italiano junto a José Alberti en la Sociedad de Psicología de Buenos Aires, 16 con un comunicación sobre "El reflejo psicogalvánico" 17. Es de destacar que hayan sido convocados a participar en este espacio, puesto que el único lazo concreto que los vinculaba a este último eran las figuras de José Alberti -ya en retirada del Instituto-, y la de Arturo Ameghino. En otro orden, en la primera etapa del Instituto el área más destacada en su difusión e "internacionalización" fue la de psiquiatría infantil promovida por Lanfranco Ciampi, donde los mayores elogios provenían del viejo continente, un ámbito privilegiado donde el psiquiatra italiano dio a conocer su experiencia, a lo cual deben sumarse sus reportes epistolares regulares sobre sus logros a Sante De Sanctis 18. Con el impulso recibido a su especialidad en la Facultad de Medicina de Rosario, vemos que en 1929 la Revista Infanzia Anormale se pronunciaba sobre la creación de la especialidad de Neuro Psiquiatría Infantil, donde reconoce al organizador de la Facultad, Agudo Ávila como el principal propulsor de un espacio para la autonomización disciplinar 19. En 1932, Henri Claude envió personalmente la última edición de su tratado de Neuropatología al Instituto, el cual se encargan de reseñar; y, por otra parte, en ese mismo año Pierre Janet visitó las instalaciones de la Facultad de Medicina 20. Al conocer la Escuela para niños retardados, afirmó "con toda mi admiración por la pequeña Clínica Psicopatológica; es el sueño de toda mi vida que veo aquí realizado." 21. A finales de dicho año, se celebraron en Montevideo las Jornadas Rioplatenses de Neuropsiquiatría, gestadas entre Gonzalo Bosch y su par uruguayo Antonio Sicco, que contaron con la par-ticipación de un nutrido grupo de la Sociedad de Neurología y Psiquiatría, que Bosch aún dirigía. Allí los integrantes del Instituto participaron con 8 trabajos, y Ciampi recibió un reconocimiento oficial por parte del Consejo Nacional de Enseñanza Primaria y Normal de Uruguay, a partir de la influencia que uno de sus miembros ejerció, tras haber visitado apenas unos años atrás las instalaciones del dispositivo rosarino: "Señor Dr. Lanfranco Ciampi. -El Consejo Nacional de Enseñanza Primaria y Normal, en conocimiento de que el Sr. Profesor se hallaba en nuestra ciudad, y considerando sus altos merecimientos científicos y la cordial gentileza con que nos acogió en ocasión de las visitas efectuadas a los establecimientos de su brillante dirección, resolvió en la sesión del día 28, designar una Comisión integrada por su presidente Dr. Santín C. Rossi, el Consejero Sr. Emilio Verdesio y el Inspector Técnico Sr. Luis Pecantet, para trasmitirle el saludo del Consejo y hacerle lo más grata su estadía entre nosotros..." 22 Hacia 1933 se constituyó en la ciudad de Buenos Aires otro espacio relevante de sociabilidad científica con la Sociedad Argentina de Criminología, dirigida por Osvaldo Loudet, Carlos de Arenaza y Antonio Beruti, figuras ya participantes en los espacios anteriores. Con sede en el Instituto de Criminología de la Penitenciaría Nacional -en la Dirección General de Institutos Penales-, la asociación emergía de la Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal -ahora bajo la dirección de Loudet-, y operaba como instancia de intercambio científico y circulación de saberes entre médicos, políticos, abogados y magistrados con eje en problemáticas socio-penales específicas. Allí se insertaron Ciampi, Gonzalo y Raimundo Bosch -como socio corresponsal en Rosario-. Entre sus integrantes, contamos en el ámbito nacional con Arturo Ameghino, José Belbey, Víctor Delfino, Jorge E. Coll, Roberto Ciafardo, Luis Estevez Baldao, Héctor Piñero, Telma Reca, Alejandro Raitzin y Nerio Rojas. Como "miembros correspondientes" aparecían Gregorio Bermann, Hernani Lopes, Emilio Catalan y Carlos Bambarén, mientras que sus miembros honorarios extranjeros incluían a Luis Jiménez de Asúa, Flaminio Favero, Carlos A. Pacheco e Silva (ambos de San Pablo), Afranio Peixoto y Leonido Ribeiro (Río de Janeiro) 23. En efecto, las redes se fortalecían: el Instituto canjeaba su publicación con los últimos profesionales lusitanos, Ciampi sostenía un vínculo con Coll y Ameghino desde su llegada al país, Reca participaba de la LAHM y hemos revisado ya el vínculo con Bermann. III -CIRCULACIÓN E INTERCAMBIO DE REVISTAS: EL BOLETÍN DEL INSTITUTO PSIQUIÁTRICO EN SU "PRI-MERA ÉPOCA" A partir de su materialización, en los inicios de 1929 comenzó a publicarse el Boletín del Instituto Psiquiátrico, aparición recibida rápidamente en uno de los principales órganos de la especialidad, la Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal, dirigida en ese momento por Osvaldo Loudet. A partir de la cercanía y los distintos círculos que vinculaban a los miembros del Instituto con la esfera de dicha publicación, vemos que ya en el número 97 y 98 se reseñaban tres artículos de la edición inicial del BIP. 24 Presidido por Ciampi en tanto director del Instituto y con Eleogardo Troilo como secretario de redacción, su comité de redacción estaba integrado por los docentes miembros, los Jefes de Laboratorio y los médicos agregados al hospital 25. Concebido como una publicación trimestral, funcionó de esta manera por tres años, mientras que en 1932 comenzaron los períodos alternos. Ese año se publicó un sólo número para todo el año lectivo; en 1933 se editan dos ejemplares, para luego publicar un solo número que abarcó el periodo de septiembre entre 1933 y 1934. Aquí se interrumpió su publicación por dos años completos, al coincidir la falta de partidas presupuestarias para su edición con un conflicto suscitado durante la intervención del Hospital por las autoridades universitarias en 1934 26. Este obstáculo, empero, no implicó una merma en los intercambios, por dos razones. Por una parte, las sociabilidades se sostuvieron por otras vías generadas previamente; por otra, el Boletín se había insertado en redes de canje que aguardaban su publicación para sostener el vínculo a través del intercambio, como observamos en las notas que el comité de redacción recibió (Ver imágenes 1 y 2) de la Revista Médica Latino Americana y los Archivos Uruguayos de Medicina, Cirugía y Especialidades 27. Si consideramos, entonces, el intercambio de revistas a escala internacional, es posible reconocer un claro predominio las producciones italianas durante la primera etapa del Instituto, entre cuyos principales títulos se reseñan numerosas publicaciones de órganos asociados al fascismo. Entendemos que esta primacía responde a la acción de Ciampi como "publicista" de su instituto entre los centros de investigación de su país natal, y en especial con su mentor intelectual, Sante de Sanctis, aunque los vínculos se extendieron por fuera del espacio itálico (Ver tabla No 1 y 2). Como puede verse en el inventario de direcciones disponible en el Instituto, el Boletín se enviaba a destacadas personalidades de la escena psiquiátrica europea, y muchas, como Henri Claude, Èdouard Claparède, Eugen Bleuler, Gregorio Marañón o Emilio Mira y López. 28 Cabe destacar que, entre los nombres del listado, encontramos un número importante de especialistas en psiquiatría infantil, educación o pre-cursores del movimiento de higiene mental, áreas específicas de Ciampi (Ver tabla no 3). El segundo período identificable en la vida del Instituto inicia con dos eventos considerables: por una parte, la suspensión de la edición de su Boletín, en el mismo momento que el grupo de Neurología iniciaba su propia publicación, la Revista Argentina de Neurología y Psiquiatría, dirigida por Fracassi. Por otra, la renuncia de Lanfranco Ciampi a su dirección a finales de 1934 29. Frente a las reticencias de las autoridades universitarias a aceptarla, se le propuso tomar licencia de la dirección del Hospital, hasta que en 1936 finalmente la aceptan, y quien lo reemplazó en dichas funciones, Antonio Foz -titular de Psiquiatría de Adultos con la renuncia de Bosch-, fue quien ocupó definitivamente el cargo 30. Por otro lado, a lo largo de esta nueva época, creció de manera considerable el número de miembros del Instituto, Imagen 2 si bien no en cantidad de docentes, si en cantidad de ayudantes de cátedra y/o laboratorio, así como en los médicos agregados e internos 31. A pesar de haber tenido un breve pasaje, la radicación de Juan Cuatrecasas como investigador exclusivo entre 1937 y 1940 32 incorporó una serie de temáticas de inves-tigación que se acompasaron al viraje del Instituto hacia las terapéuticas biológicas de shock de Sakel y Meduna para el tratamiento de la esquizofrenia -precursoras de las terapias electroconvulsivas-que estaban delimitando el campo de la psiquiatría en el mundo occidental (Perón-Magnan, 2000) 33. Recepción anual de revistas y totales disponibles por país El dieciocho de febrero de 1938, el Instituto Nacional de Clasificación y Criminología de la Penitenciaría de Santiago -dependiente de la Dirección General de Prisiones de Chile-, dirigía una nota a la redacción del Boletín para notificar el envío de los Archivos Chilenos de Criminología. Allí manifestaba la voluntad de insertarse en redes científicas latino-americanas, solicitaba el envío de los números anteriores disponibles del BIP y consultaba por la posibilidad de ser reseñados en éste. A principios de 1940, el Dr. Veiga de Caravahlo inaugura Neuronio. Arquivos Latino-Americanos de Neurologia, Psiquiatria, Medicina Legal y ciencias afins, y por este motivo escribe desde San Pablo al comité editor del BIP, para comentar dicha novedad editorial, como también su interés por establecer vínculos con otros Institutos. El 15 de marzo del mismo año, el Dr. Antonio Menéndez Crespo dirige una carta al secretario de redacción del BIP desde La Sierra, Cuba, requiriendo el precio de suscripción de la revista, dado su interés por acceder regularmente a la misma al haber tomado contacto con ésta gracias a un colega. En respuesta a su pedido, Esteban Carro le informa el 20 de agosto que la publicación del Boletín tiene por único fin el intercambiado con otras revistas, ante lo cual le envía igualmente el último número 34. Provincia de Buenos Aires La "segunda época" del Instituto incluyó un nuevo período para el Boletín, que se insertaba en un nuevo contexto donde el conflicto bélico mundial redujo sustantivamente el flujo de publicaciones europeas. Esto dio cuenta, asimismo, de un proceso de partida doble que mostraba el redireccionamiento de la circulación junto a una nueva posición del Instituto, y con ello se desplazó el centro de gravedad del canje. Por una parte, de la primacía italiana, el Instituto amplió sus márgenes hacia espacios "ex-céntricos", tales como Bélgica, Hungría, Rumania o Rusia, pero de manera inversa a lo acontecido en el pasado, puesto que el contacto surgió desde dichos países. Por caso, a comienzos de 1939, la Sociedad de Salud Pública de Hungría escribió al Instituto para enviar el número 5 de su revista ("La Higiene") y solicitar el envío de los boletines en intercambio, con la intención de profundizar las relaciones entre "la ciencia española y la húngara" (Ver imagen n° 5). El cinco de julio del mismo año, el comité de redacción de la Revue Belge de Sciences Medicales se dirigió al comité del BIP para comenzar a vincularse con la publicación (Ver imagen n° 3), y en 1941, el ocho de enero la Societe pour les Relations Culturelles entre l'URSS et le pays etrangers contactó al Instituto para vincularlo regularmente a la biblioteca del Hospital Psiquiátrico de Moscu (Ver imagen n° 4). El 7 de noviembre del mismo año, el Sindicato Español Universitario solicitaba el envío de los boletines por estar reorganizando la Biblioteca de Internos del Hospital Provincial de Madrid. Otros contactos con el viejo continente, mientras, estuvieron ligados a iniciativas locales por recepcionar y poner en práctica nuevas terapéuticas. Tal fue el caso con las terapias convulsivantes a partir de comas insulínicos y cardiazólicos para el tratamiento de la esquizofrenia, perseguidos con el objeto de agilizar el paso de los enfermos por el hospicio, e implementados a partir de publicaciones de Manfred Sakel y Lazlo Von Meduna en 1935 y 1936 respectivamente 35. Ahora bien, en este desplazamiento en el eje del canje se incrementó de manera sostenida el intercambio de publicaciones en el ámbito regional, en especial con Brasil y Buenos Aires, lo cual evidenciaba un mayor reconocimiento de la actividad del Instituto en el campo local. Mientras que en los inicios del Boletín se observaba un reconocimiento en función de la apelación de vínculos que Ciampi o el grupo de psiquiatras porteños podía activar, en su segunda época la difusión de su producción científica se encontraba autonomizada, ora por la circulación en congresos y reuniones, ora por la pertenencia a sociedades científicas, la reseña de sus artículos en revistas especializadas adquiría otro nivel (Ver tabla 4). En cuanto a su actividad académica, en el mes de septiembre de 1934 se llevó a cabo en Rosario el V Congreso Nacional de Medicina, donde los grupos psi participaron activamente. El equipo del Instituto participó con cinco presentaciones, 36 mientras que Fracassi y sus colaboradores hicieron lo propio con siete trabajos. A esto debemos agregar la presencia de algunos personajes con los cuales los miembros del Instituto de Psiquiatría compartían redes, como Nerio Rojas, José C. Belbey, Arturo Rossi y Leopoldo Bard. A partir de 1937, los psiquiatras fueron convocados por Raimundo Bosch para su Escuela de Médicos Legistas -una instancia para la formación de peritos médicos gestada dos años antes (Bosch, 1966)-, donde Antonio Foz dictaba cursos de Clínica Psiquiátrica y Psicopatología forense, mientras que Arturo Bruno hacía lo propio con Toxicología y Química Legal. Esto no sólo constituyó una oportunidad de desempeño y reconocimiento, sino también la posibilidad para los psiquiatras para dirigir trabajos de investigación e informes médico legales de los alumnos 37. La participación de los miembros del Instituto, sin embargo, no se resumió allí solamente, ya que muchos decidieron formarse como peritos en los años sucesivos 38. Revistas recibidas y períodos de recepción (América Latina) Durante 1937, Lanfranco Ciampi y Antonio Foz dictaron una serie de conferencias. El primero lo hizo en el Ateneo de la Facultad de Medicina del Litoral, en el Consorcio de Médicos Católicos y en la Asociación de intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores -AIAPE-39; mientras que Foz, por su parte, hizo lo propio en el Consorcio de Médicos Católicos -conti-nuadas a lo largo de los años-, así como una divulgación radiofónica "a pedido" de la Dirección General de Higiene 40. Nos interesa destacar la participación de miembros del Instituto en la AIAPE, no sólo porque dos destacados miembros de esta última, como Gregorio Bermann y Nerio Rojas, tenían amplios vínculos con el Instituto, sino porque también marca una En términos de sociabilidad académico-cultural -y junto con el estrechamiento de los lazos entre ambos grupos con la Escuela de Médicos Legistas-, se constituyó en 1937 la Sociedad de Psiquiatría, Psicopatología y Medicina Legal, donde confluían el Instituto Psiquiátrico con el de Medicina Legal. Presidida por Lanfranco Ciampi y Raimundo Bosch, sus integrantes eran los mismos miembros del Instituto dirigido por el psiquiatra italiano, a quienes debe sumarse los socios titulares: En líneas generales podemos ver que en la "primera época" del Instituto, la participación en eventos responde a una clave bifronte: tanto académica como política: si bien hay un claro intento de dar a conocer sus producciones en un contexto más amplio -y así lo demuestra el caudal de presentaciones en los distintos eventos a los que asistieron-, también es cierto que en los primeros años de su existencia, y más aún en los eventos donde coincidían, se tradujo una cierta rivalidad con el grupo de neurólogos rosarinos, desplazados de la dirección del Instituto; desde allí puede pensarse el patrón de presentaciones múltiples por parte de Teodoro Fracassi. Por otro lado, los intercambios de revistas a partir del canje respondieron en este primer momento a un eje de relación fundamentalmente con Europa, y en especial con Italia, a partir de la figura de Ciampi como mediador. Ahora bien, ya en su "segunda época", el Instituto demostraba una mayor autonomía en lo referido a su posicionamiento en un campo psiquiátrico cada vez más definido en términos locales e internacionales. A la reorientación del eje de circulación con países europeos en el contexto bélico se agrega la expansión del intercambio con Brasil, junto a las solicitudes que comienzan a llegar al comité de redacción para recibir la publicación. Ello da cuenta del lugar propio que disponían en el mundo académico, así como de los resultados de su participación en distintas instancias sociabiliares desde principios de la década. Debemos agregar a esto el crecimiento del Instituto en cantidad de miembros y sus producciones luego del cambio en su dirección. En este sentido, la incorporación de Cuatrecasas permitió orientar las investigaciones hacia terapéuticas de corte endocrinológico, sumando a esto los tratamientos convulsivantes adoptados sobre fines de la década, con lo cual especializaban su disciplina en los lineamientos internacionales. En suma, este acotado recorrido buscó evidenciar una miríada de actividades y esferas de acción académicos donde los actores pugnaron por la legitimidad de su ejercicio profesional, las cuales deben combinarse con el plano de la política, la acción en la esfera pública y sus vínculos con el Estado como instancia clave de legitimación, cuestión abordada en otros trabajos. Deseo expresar mi agradecimiento a los evaluadores de este trabajo, que me permitieron revisarlo y pulirlo a la luz de sus críticas enteramente constructivas. Asimismo, a la directora de la carrera de especialización en Psiquiatría y docente de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario (Argentina), Dra. Analía Ravenna, por permitirme acceder al archivo disponible en la Biblioteca de Psiquiatría de dicha unidad académica, y consultar de forma irrestricta los documentos allí contenidos, aún no catalogados. En las palabras de inauguración de la Conferencia, Ameghino plantea esta disputa: "Es de ese modo que la propia ciencia médica se asocia al prejuicio social para conspirar sin quererlo contra la Psiquiatría; y es por ello que el psi- quiatra, peregrino en las clínicas según el público astuto, y en realidad paria en el seno de la profesión, cede a su impotencia, déjase invadir por la quietud, y conspira él también con su silencio contra los intereses generales." Ameghino, Arturo (1929), Actas de la Primera Conferencia Latino Americana de Neurología, Psiquiatría y Medicina Legal. Buenos Aires: Imprenta de la Universidad. La presencia de éste último médico -presidente de la Liga Brasilera de Higiene Mental-no debe pasarse por alto, en tanto Gonzalo Bosch fundó dicha institución en Buenos Aires al año siguiente, sumando a ello que la siguiente Conferencia se realizó en Brasil. Cayetano Viale fue un médico italiano convocado "por intermedio de la cancillería y el ministro plenipotenciario de la legación argentina en Roma" para ocupar la dirección del Instituto de Fisiología y su cátedra entre 1926 y 1929 (Bosch, 1966, p. Antonio Gentile señala agudamente que la temática de investigación de Cuatrecasas -glándulas de secreción interna y sus hormonas-era fundamental en la delimitación de un campo propio de la Psiquiatría para distanciarse de la Neurología, un aporte que el Instituto de Psiquiatría supo aprovechar, a pesar del breve paso de Cuatrecasas por el mismo (Gentile, 2003, pp. 75-77). El abordaje de la recepción y práctica de las mismas en otro hospital de Argentina, véase Golcman (2017). Biblioteca de la Cátedra Psiquiatría de Adultos. Facultad de Ciencias Médicas. Universidad Nacional de Rosario. La incorporación de esta terapéutica de la esquizofrenia incluyó un desarrollo de estrategias internas para poner en práctica los nuevos métodos con nuevos agentes convulsivantes, dado el precio del cardiazol y la insulina. Pero además, en 1938 el director del Hospital contactó a Ladislaz Von Meduna, con quien publicaron en conjunto un trabajo sobre su terapéutica de la esquizofrenia. Actas del V Congreso Nacional de Medicina. Rosario: Talleres gráficos Pomponio, Allevi, José Ignacio (2016), "La profilaxis de la locura en la agenda política: saberes y técnicos de la Higiene Mental en la metamorfosis del Estado santafesino de entreguerras", Estudios Sociales del Estado, 2 (3), pp. 65-98. Allevi, José Ignacio (2017), Sociabilidades, redes y expertos. La emergencia de un espacio de ciencia y clínica psi en la ciudad de Rosario (1920Rosario ( -1943)), Universidad Nacional de La Plata, Tesis de Maestría. Ameghino, Arturo (1929a), Actas de la Primera Conferencia Latino Americana de Neurología, Psiquiatría y Medicina Legal. Buenos Aires, Imprenta de la Universidad, Tomo I. Ameghino, Arturo (1929b), Actas de la Primera Conferencia Latino Americana de Neurología, Psiquiatría y Medicina Legal. Buenos Aires, Imprenta de la Universidad, Tomo II. Armus, Diego (2007), La ciudad Impura, Buenos Aires, Edhasa. Nombre de la Revista e Institución de pertenencia Pais Ciudad/Partido Períodos disponibles Nombre de la Revista e Institución de pertenencia
En el presente artículo, procuraremos indagar tres vías que contribuyeron, de distinta manera, al proceso de "psicologización" del trauma. En primer lugar, la obra del cirujano Erichsen (1866), quien pretendió explicar ciertos casos de accidentados ferroviarios (ubicados en una zona gris entre la lesión comprobable y la simulación) con el marco de la anatomía patológica. En segundo lugar, la refutación de Page (1883), quien desde una perspectiva fisiológica intentó interpretar ese territorio dudoso de la clínica como la consecuencia de un shock general nervioso, producido por la acción de una emoción capaz de alterar la función sin lesionar el tejido. Finalmente, las lecciones de Charcot de 1885, dedicadas a la histeria traumática, volvieron pensable el papel que las emociones y las ideas podían tener en las situaciones traumáticas que generaban los síntomas, tomando como modelo el mecanismo de acción de la hipnosis y de la sugestión en el sistema nervioso. En el recorrido, procuraremos fundamentar que las transformaciones de la noción de trauma e, incluso, lo que cada autor podía observar y pensar, dependieron principalmente de los marcos conceptuales a partir de los cuales se abordó la experiencia clínica. El propósito del presente artículo consiste en trazar algunos recorridos históricos que permitan dar cuenta de los procesos de psicologización del trauma que tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XIX. El uso del plural es aquí absolutamente imprescindible, pues no ha existido un desarrollo único, natural o esperable, desde la antigua noción quirúrgica de trauma hasta la moderna concepción psicológica. Ocurrieron, más bien, procesos múltiples (los accidentes ferroviarios y laborales, los seguros y pensiones por daño o invalidez, el debate sobre la histeria) que, en diferentes ámbitos (la pericia médica, la investigación clínica, la experimentación con hipnosis) y en distintas geografías intelectuales (Inglaterra, Alemania y Francia), condujeron a concepciones disímiles sobre la naturaleza del trauma, pero que tenían en común la inclusión de algunos rasgos que se distinguían de los atribuidos al trauma mecánico y que sólo a posteriori serían definidos como atributos "psicológicos" plenamente independientes de los "orgánicos" (la latencia temporal entre el acontecimiento y la aparición de los síntomas, las diferencias semiológicas con las patologías claramente orgánicas, la participación de representaciones o de afectos en el proceso patogénico, etc.). Al mismo tiempo, la misma noción de psicologización, a la que apelan numerosos historiadores (Hacking, 1995; Gauchet y Swain, 2000; Leys, 2000; Micale y Lerner, 2001), resulta compleja y debería ser problematizada. El pasaje de una noción completamente somática y mecánica del trauma a distintas versiones que incluyeron elementos psíquicos no puede ser visto como un salto brusco o una transformación global de un sentido al otro ni tampoco como el fruto del surgimiento de una nueva disciplina psicológica que sería plenamente autónoma de la medicina. Es cierto que en el ocaso del siglo XIX fue posible observar concepciones fundamentalmente psíquicas del trauma en las obras de Janet y Freud. Pero no deberíamos olvidar que antes de esto ya habían aparecido autores que, en el marco general de una concepción somática de la enfermedad, comenzaban a otorgarle naturaleza psíquica a alguno de los elementos que conformaban el trauma. Además, en oposición al relato habitual de las historias tradicionales, que mitifican el papel rupturista e innovador de los fundadores de escuela, ninguno de los dos discípulos más renombrados de Charcot pretendió inscribir su práctica y su teoría por fuera de la medicina hasta, al menos, bien entrado el siglo XX. Cuando se afirma que el psicoanálisis, desde su origen, habría llevado a cabo una ruptura tajante con el pensamiento médico y habría atravesado las fronteras (que se suponen evidentes e inalterables) entre lo fisiológico y lo psicológico, sólo se logra invisibilizar un largo y múltiple proceso histórico que, en el interior de los saberes médicos, posibilitó la psicologización de la noción de trauma en la misma medida en que contribuyó a la construcción de cuerpos disímiles (el cuerpo lesionado de la anatomía, el cuerpo afectado en su funcionamiento de la fisiología, el cuerpo autómata de la hipnosis) y a la delimitación de nuevas fronteras (absolutamente contingentes) entre la medicina y la psicología, entre lo somático y lo psicológico. El carácter complejo de los procesos históricos que llevaron a la psicologización se vislumbra también en algunos desacuerdos presentes en los abordajes historiográficos sobre el tema. Por ejemplo, Ian Hacking hizo referencia a uno de los primeros trabajos extensos sobre el tema, escrito por Esther Fischer-Homberg, quien sostuvo la idea de que la psicologización completa del trauma se habría producido en el interior de la teoría freudiana y sólo después de 1897 (Hacking, 1995, p. Entonces Freud habría concebido la posibilidad de que "eventos puramente psíquicos, fantasías de sexualidad infantil, pudieran producir neurosis" (Hacking, 1995, p. Pero esta afirmación resulta discutible. No sólo porque, como señala Hacking correctamente, "el trauma ya estaba bien psicologizado en la teoría de Freud de 1893-1897" (Hacking, 1995, p. 183); también porque aquel año coincidía con el abandono por parte del psicoanalista vienés de su "teoría de la seducción" y, por ende, con la introducción de la idea de que una neurosis podría surgir a partir de un conflicto psíquico aun cuando no hubiera ocurrido un acontecimiento traumático que la causase. Para Hacking, la psicologización plena del trauma sólo habría tenido lugar a partir de El automatismo psicológico, de Pierre Janet, que sería "el primer trabajo en estudiar sistemáticamente las causas traumáticas de la histeria" (Hacking, 1995, p. En cambio, Charcot seguiría concibiendo al trauma como un evento físico y no habría dado aun el paso para el establecimiento de un shock psicológico (Hacking, 1995, p. Esta interpretación de la obra del médico de la Salpêtrière todavía conserva los resabios de una partición tradicional: el clínico francés habría permanecido enfrascado en la neurología y sólo sus discípulos más célebres habrían podido desprenderse de las ataduras nerviosas. Respecto de este punto, la lectura de Marcel Gauchet y Gladys Swain resulta más sutil y precisa, pues si bien reconoce que Charcot seguía inscribiendo su trabajo en el terreno de la neurología, también ubica los elementos psicológicos que ya estaban presentes en su obra (Gauchet y Swain, 2000). Distinto, aunque algo escueto, es el punto de vista de Ruth Leys. Para esta autora, "el trauma habría adquirido un significado más psicológico cuando fue empleado por J. M. Charcot, Pierre Janet, Alfred Binet, Morton Price, Josef Breuer, Sigmund Freud, y otras figuras del fin de siglo para describir el daño a la mente producido por shocks emocionales repentinos, inesperados" (Leys, 2000, pp. 3-4). La enumeración de autores permite evitar las hipótesis históricas más simples, que señalarían que el pasaje de las concepciones somáticas a las psíquicas tomó la forma de una ruptura abrupta y repentina causada por la genialidad de un único autor. Entre el trauma absolutamente somático, con lesiones comprobables, al cual remitía la antigua noción, y las versiones más psicológicas surgidas en el opúsculo del siglo XIX, sería necesario ubicar una serie de eslabones intermedios y no una transformación radical que hubiese permitido el pasaje automático de una acepción a la otra 2. Sin embargo, el libro de Leys no aborda esa serie, pues empieza directamente por Freud e inmediatamente se dirige hacia el siglo XX, impidiendo pensar el proceso previo de transformación. Por nuestra parte, intentaremos detenernos en tres momentos, distintos pero vinculados, que iluminan bien la complejidad de procesos históricos que posibilitaron que la noción de trauma adquiriera un sentido psicológico. En primer lugar, la publicación en 1866 del libro On railway and other injuries of the nervous system (Erichsen, 1866), que presentaba casos de accidentados cuya lesión no era fácil de establecer pero que tampoco era sencillo acusar de simuladores. En segundo lugar, la publicación de Injuries of the Spine and Spinal Cord without Apparent Mechanical Lessions, and Nervous Shock, in their surgical and Medico-Legal aspects (Page, 1883), que constituyó una fuerte impugnación de las hipótesis vertidas en el trabajo de Erichsen recién citado. Finalmente, las clases de 1885 de las Leçons sur les maladies du système nerveux (Charcot, 1887), dedicadas casi íntegramente a la histeria traumática, que retoman desde una perspectiva nueva el debate establecido por las posturas respectivas de los dos autores anteriores. A partir de esto, esperamos poder fundamentar que el cambio de sentido de la noción de trauma no sólo se dio en etapas sino que respondió a procesos culturales extra-disciplinarios (como la extensión del ferrocarril y el establecimiento de seguros) así como también a transformaciones epistémicas en los saberes médicos, que eran independientes y anteriores a la problemática específica del trauma (como el desarrollo de la fisiología por sobre la anatomía, o la utilización de la hipnosis con fines experimentales). Es imposible abordar históricamente la psicologización del trauma sin hacer referencia al impacto cultural del ferrocarril y a las consecuencias económico-jurídicas de sus accidentes. El tren generó la posibilidad de que grandes masas de personas se desplazaran cotidianamente por centros urbanos, suburbanos y rurales, por un costo mínimo y recorriendo en pocas horas distancias que antes llevaban días. En cierto modo, hizo que la provincia, el país entero o, incluso, el continente se convirtieran en la nueva aldea que, sin llegar a ser global, acrecentaba las experiencias posibles en el marco de una vida. Pero, al mismo tiempo, el ferrocarril también aparecía como el símbolo del horror que el avance técnico podía introducir en la vida cotidiana. Un tren que descarrila, choca, vuelca, etc. introducía la posibilidad de la catástrofe repentina en los lugares y en las actividades en las que transcurría diariamente la vida de cualquier persona. Y esa catástrofe ya no se debía a la inclemencia de la naturaleza o al castigo divino: era el hombre quien, al forjar su progreso, generaba el horror. El tren, maravilloso y horroroso, y su accidente, imprevisible y ansiosamente esperado, aparecían como unas figuras ambiguas que suscitaban nuevos problemas y requerían soluciones que también fueran novedosas. En principio, fueron uno de los factores primordiales que condujeron a la implementación de un sistema de seguros para afrontar las potenciales demandas que los usuarios del sistema ferroviario pudieran realizar en contra de las compañías de ferrocarril. En Gran Bretaña, la Compañía Aseguradora de los Pasajeros del Ferrocarril fue establecida en 1849. Como afirma Harrington, este hecho fue un reconocimiento implícito del temor creciente del público respecto de la seguridad ferroviaria (Harrington, 2001, p. Dicho reconocimiento, lejos de generar tranquilidad, funcionaba como una admisión del carácter esperable de un accidente potencialmente trágico. Luego, si las lesiones provocadas por un accidente ferroviario podían implicar un resarcimiento económico, se instaló con gran fuerza la discusión sobre el carácter real o simulado de los daños padecidos por los demandantes. Desde entonces, se generó el terreno para una disputa médico-legal donde los supues-tos damnificados y los defensores de los intereses de las compañías aseguradoras y ferroviarias empujaban a los médicos peritos a pronunciarse sobre los casos particulares. En especial, sobre aquellos que no podían encasillarse fácilmente dentro de los polos extremos de las heridas comprobables o de la simulación franca. Fue en esa "zona gris" en donde comenzaron a ensayarse nuevas explicaciones sobre la patología nerviosa que conducirían, años más tarde, a nuevas concepciones del antiguo término médico del trauma. LA BÚSQUEDA DE LA LESIÓN El primer texto médico importante que intentó conjeturar sobre la naturaleza de dichas alteraciones fue escrito por John Eric Erichsen. Médico cirujano británico, que había escrito "un manual de cirugía general muy exitoso" (Harrington, 2001, p. 43), dedicó una serie de lecciones al tema de los accidentes ferroviarios y sus patologías mientras ofició de profesor en el University College de Londres. Esas lecciones se presentaban como el fruto de su trabajo como perito en defensa de los accidentados y seis de ellas fueron publicadas luego en forma de libro en 1866 bajo el título de On railway and other injuries of the nervous system (Erichsen, 1866). Dicho escrito constituye un buen ejemplo de las nuevas polémicas que se abrieron desde entonces en torno a la categoría de trauma y ofició, sin saberlo ni buscarlo, como el puntapié inicial para un proceso de transformación de los saberes y de las prácticas que se ocuparon de esos temas. Además, desde la fecha de su lanzamiento hasta al menos la década del 1880, el trabajo de Erichsen constituyó una referencia obligada de los especialistas médicos y de los peritos en los procesos judiciales. Tanto quienes pretendían demostrar la existencia de un mal causado por el siniestro como quienes pretendían negarlo, terminaban refiriéndose a sus ideas como el soporte donde legitimar su argumento o como el principal escollo a vencer para ganar la contienda epistémica o legal 3. Erichsen pretendía demostrar que el cuadro clínico estudiado no se reducía a los accidentes de ferrocarril, pues "los mismos efectos podrían ser causados por otros daños más ordinarios de la vida civil" (Erichsen, 1866, p. En todo caso, siempre según óptica, el tren presentaría características que podrían incrementar la severidad del daño al sistema nervioso, pero esas particularidades no constituirían una diferencia cualitativa con otros accidentes, los cuales podrían llegar a ser tan nimios como un simple tropezón en una escalera y, aun así, quedar asociados al mismo síndrome (Erichsen, 1866, p. Para el cirujano, este punto era crucial: si los casos estudiados se inscribieran en una oscura enfermedad que sólo se desarrollaría a partir de los accidentes de tren, probablemente sus argumentos quedarían sometidos a más sospechas que si se trataba de una patología cuya existencia y su reconocimiento en el saber médico fuese anterior e independiente de las querellas legales por los desastres ferroviarios. Por eso precisaba separar el mal desarrollado de un único tipo de suceso, como si en la naturaleza de éste hubiera algo que determinaría por sí mismo el desarrollo de los síntomas. Por esta vía, Erichsen se alejaba de muchos de sus colegas contemporáneos quienes, a diferencia de aquel, sí creían que no podrían existir estos síntomas por fuera de este tipo de accidentes (Erichsen, 1866, p. Cuando es el mismo autor quien reconocía las dificultades para enlazar el accidente con los síntomas y para ubicar una lesión orgánica, ¿no sería más sencillo y conveniente abandonar la búsqueda de una localización anatómica y construir otra hipótesis, tal vez psicológica, que permitiese explicar mejor la naturaleza de estos males y el mecanismo en juego en el desarrollo de la enfermedad? ¿Acaso Erichsen no debería haber "visto" los componentes psicológicos que determinaron cada uno de sus casos? Quizás hoy parezca evidente que esa zona gris no podía ser equiparada fácilmente con las enfermedades por lesión y haya quienes se vean tentados de señalar la ceguera de Erichsen en el mismo movimiento en el que reivindican la naturaleza psicológica de ciertas patologías y del trauma. Pero esta lectura presentista del pasado corre el riesgo de padecer una ceguera análoga a la que pretende denunciar, pues oculta dos elementos que consideramos necesario resaltar. En primer lugar, el cuadro clínico descripto por Erichsen no coincidía exactamente con los casos estudiados en el marco de conceptualizaciones posteriores. Los síntomas no eran los mismos que aquellos padecidos por quienes fueron categorizados como víctimas de un shock general nervioso por Page o como histéricos por Charcot (o como PTSD de acuerdo a las categorías nosográficas contemporáneas). No se trata, pues, de un mismo cuadro que existiría y permanecería inalterado en todo tiempo y lugar y cuya única variación consistiría en el modo en que fue pensado por cada autor. Los síntomas que recortó Erichsen, los fenómenos que "vio", mantenían una estrecha relación con el marco conceptual 4 desde el cual abordaba a sus enfermos. En segundo lugar, y en estrecha conexión con el señalamiento anterior, esa lectura presentista impediría apreciar los motivos por los que Erichsen no sólo veía ciertos síntomas y desatendía otros, sino que también "veía" lesiones difíciles de observar. Las razones de su mirada no residían en su mayor o menor genialidad o tozudez, sino en el modo en que fueron forjados los instrumentos conceptuales y prácticos a partir de los cuales abordaba su campo de experiencia. Cirujano y perito, su práctica estaba orientada por el saber que la anatomía patológica había estado produciendo desde los albores del Siglo XIX. Para esta área del conocimiento, el malestar debía ser codificado en los términos de unos signos visibles en la observación clínica, que debían corresponderse con una lesión anatómica localizable en una parte del cuerpo específica, tal como habían atestiguado las autopsias realizadas a los cadáveres de quienes, en vida, habían padecido de los mismos síntomas. Si esta lesión no podía ser localizada, la supuesta enfermedad (y el estatus médico de quien la trataba) podían quedar deslegitimados, como ha quedado ilustrado en la historia de la psiquiatría por las esperanzas y las decepciones que había generado la parálisis general progresiva. Ahora bien, la anatomía patológica, en sentido estricto, poco podía decir de la etiología. Aun cuando fuera posible encontrar una lesión cuya existencia produjera los síntomas observables en la clínica, nada podía decirse de aquello que la había generado. Como señaló lúcidamente Foucault: Para Bichat y sus sucesores, la noción de sede está liberada de la problemática causal (...); ésta está dirigida hacia el futuro de la enfermedad más que hacia su pasado; la sede es el punto del cual irradia la organización patológica. Cursivas en el original) El propósito de Erichsen se encontraba entonces con dos escollos mayores: no sólo la falta habitual de "evidencia de lesión física externa y directa" (Erichsen, 1866, p. 17), sino también la incertidumbre sobre la causa de una lesión aun cuando ésta pudiera ser localizada. Dicha incertidumbre se incrementaba más todavía cuando entre la fecha del accidente y el momento del inicio de los síntomas se imponía un intervalo temporal considerable. Quizás por esta razón, Erichsen decidió comenzar su argumentación con los enfermos que habían padecido un "golpe severo en la espina" y desarrollaban síntomas, aun cuando la herida orgánica no fuera evidente, y, a partir de ello, hacer "entender más claramente los fenómenos resultantes de las formas de daño más suaves" (Erichsen, 1866, p, 27). En este punto, su exposición se alejaba de la demostración cara a la anatomía patológica, con el cadáver sobre la mesa de operaciones. Su estrategia era, más bien, retórica: si era sencillo creer que un golpe fuerte en la espalda podría provocar una lesión aunque fuera difícil observarla, ¿por qué no podría ocurrir lo mismo en situaciones más nimias? En todos los casos, pretendía hacer creer Erichsen, la causa última de los síntomas sería un accidente que habría lesionado el organismo. Al mismo tiempo, el cirujano intentaba demostrar que el mal generado no era una oscura y nueva enfermedad, sino un cuadro clínico aceptado por ciertos sectores del saber neurológico de entonces: la 'Conmoción Espinal' -Concussion of the Spine - (Erichsen, 1866, p. Las dos últimas lecciones estaban dedicadas a recapitular los caracteres generales de los casos que intentaba legitimar e inscribirlos en la lógica de las enfermedades por lesión. Uno de los rasgos más notorios sería la "desproporción que existe entre el accidente aparentemente insignificante (...) y el problema serio y real que ha ocurrido" (Erichsen, 1866, p. 72) Pero lejos de que esta característica pusiera en duda sus certezas, el cirujano encontraba allí argumentos para validar la existencia de una lesión. Desde su perspectiva, si la persona hubiese sufrido una quebradura ósea en los miembros, tal vez no hubiese padecido una lesión nerviosa, como "si la violencia del shock se consumiera en la producción de la fractura o dislocación, y se evitara así la vibración de la más delicada estructura nerviosa" (Erichsen, 1866, p. Otro rasgo común en estos casos era el desarrollo lento y progresivo de los síntomas que, incluso, parecían incluir periodos de remisión sintomática. Respecto de este punto, Erichsen se inclinó por una afirmación taxativa: pese a las apariencias, en estos casos "nunca hubo un intervalo de completa restauración de la salud. Hubo remisiones, pero no completa y perfecta detención de los síntomas" (Erichsen, 1866, p. ¿Por qué tanto ahínco en afirmar que la recuperación plena nunca existió? Porque si admitía esa posibilidad, se debilitaría aun más el débil lazo causal entre un acontecimiento (que podía ser nimio) y los síntomas ulteriores. Por todas partes, Erichsen no dejaba de intentar entronizar al accidente como causa primera y eficiente del mal y a la lesión material en el cordón espinal como "causa directa" de los fenómenos patológicos (Erichsen, 1866, p. Por eso disentimos con Harrington, quien sostuvo que la actitud del cirujano era "ambigua" y que, dada la falta de evidencia de lesiones en la mayoría de los casos, el médico inglés se habría visto forzado a "distinguir los shocks 'mentales' o 'emocionales' de los shocks físicos y a aceptar, aunque sólo implícitamente, el rol causal del primero para provocar los desórdenes asociados con la espina ferroviaria" (Harrington, 2001, p. Si algo quedaba claro tras la lectura atenta del libro es que Erichsen creía en la existencia de una lesión aun cuando no hubiera pruebas contundentes que la demostraran. En ese marco, el temor o las perturbaciones emocionales de un accidente de tren sólo podían ocupar dos lugares: o bien el de la descripción de un detalle superfluo de la experiencia subjetiva del accidente, o bien el de una consecuencia secundaria a la afección anatómica generada por la acción mecánica que operó en la colisión. La pregnancia de la anatomía patológica como marco para interpretar la experiencia era tan grande en el trabajo de Erichsen que no permitía ver ninguna incidencia patológica de otros factores, como aquellos que en el presente llamaríamos psicológicos. En sentido estricto, no hay aquí ningún esbozo de psicologización: un trauma seguía siendo aun una acción mecánica contra un cuerpo anatómico. Tan sólo aparecía recortada una nueva zona de problemas, donde los casos no encajaban tan fácilmente ni con la simulación franca ni con las enfermedades tradicionales por lesión, y presentaban nuevos rasgos distintivos (como la latencia en la aparición de los síntomas). A pesar de la aceptación que tuvieron las ideas de Erichsen durante dos décadas, no tardaron en surgir hipótesis explicativas diferentes, que si bien admitían que el shock mecánico podía generar un daño al cordón espinal, tal como el médico británico sugería, remarcaban cada vez más el papel que las emociones podían tener en el desarrollo de las perturbaciones posteriores. La referencia de algunos autores, como Frederick Le Gros Clark (1870), a un "shock emocional" (p. 151) no implicaba considerar a la enfermedad o al trauma como perturbaciones de naturaleza psíquica. Para ciertos autores, los afectos generados en un accidente ferroviario (miedo, terror) podrían alterar el normal funcionamiento del sistema nervioso, pero no excluían la posibilidad de una lesión espinal, que seguía siendo buscada (Le Gros Clark 1870; Furneaux Jordan, 1873). Además, en esos textos las emociones no pertenecían a una esfera psíquica independiente sino que eran consideradas funciones del sistema nervioso. No obstante, si bien algunos autores seguían aferrados a los lineamientos de la anatomía patológica, 6 paulatinamente comenzaba a surgir un nuevo marco epistémico desde el cual abordar estos fenómenos. La crítica más contundente al famoso libro de 1866 apareció con la publicación de Herbert Page titulada Injuries of the Spine and Spinal Cord without Apparent Mechanical Lessions, and Nervous Shock, in their surgical and Medico-Legal aspects (Page, 1883). En el plano judicial, este médico se ubicaba en la vereda de enfrente de su antecesor, dado que trabajaba como cirujano en las Compañías Ferroviarias de Londres y del Oeste. Pero también era respetado por fuera del ámbito pericial, pues llegó a recibir el Boylston Medical Prize de la Universidad de Harvard en 1881, por una versión preliminar del libro publicado en 1883. A diferencia de muchos de sus colegas que trabajaban en las empresas ferroviarias, Page no consideraba a la simulación como la única alternativa al pretendido carácter real y lesional de los síntomas posteriores a los accidentes de trenes. Más bien, este médico intentó construir una explicación alternativa a ambas opciones, que considerara a esas perturbaciones verdaderas y de carácter nervioso, aunque ya no dependientes de un daño anatómico en la espina. Por eso el título resulta un tanto engañoso. Según su perspectiva, en el terreno de los desastres ferroviarios, no se produciría una conjunción entre las injuries of the spine y el nervous shock. Más bien, estas dos opciones constituían una disyunción exclusiva: o bien los accidentados padecieron un daño en la espina, como planteaba Erichsen, o bien su patología dependería de un shock nervioso sin lesión. Y en todo el libro intentó demostrar que la primera proposición no era verdadera. 101) constituía un término cuya "falta de precisión -según sus propias palabras -aparece adecuada para describir la clase de casos -en los cuales -(...) el curso, la historia y los síntomas generales indican una perturbación funcional al balance o tono nervioso general más que un daño estructural a algún órgano del cuerpo" (Page, 1883, p. Las cursivas son nuestras). La frase indicaba un cambio completo de posición, no sólo porque el médico estaba iniciando una interpretación alternativa de los accidentes ferroviarios, sino también porque comenzaba a adoptar un nuevo marco conceptual desde donde abordarlos. Como vimos, la anatomía patológica sólo permitía considerar como médicamente legítimos a aquellos males que tenían asiento en una lesión localizable en el organismo. Para poder concebir una perturbación que fuera meramente funcional y, al mismo tiempo, que sea considerada verdadera por el saber médico, se precisaba recurrir a otro marco: el de la fisiología experimental, que desde mediados del siglo XIX venía ganando terreno en Francia, Alemania e Inglaterra. Tradicionalmente, la fisiología no había sido más que una anatomia animata y como disciplina quedaba subordinada a esta última (Barona, 1991, p. Por esta razón, las funciones vitales sólo eran estudiadas a partir de la referencia a la estructura. "El cuerpo era una jerarquía estática de órganos, cada uno con su función característica" (Danziger, 2010, p. Luego, la sistematización de la práctica experimental en fisiología permitió no sólo la independencia de esta rama del saber respecto de la anatomía, sino también la posibilidad de constituir a las funciones como "objetos abstractos de investigación que podían involucrar muchos órganos así como procesos invisibles" (Danziger, 2010, p. Desde esta perspectiva, una enfermedad podría desarrollarse a partir de unos procesos que no dejarían ningún tipo de marca visible en el organismo, más allá de la comprobación de la alteración de la función. El modo en que Page adhirió a la perspectiva funcional no implicó, sin embargo, el comienzo de una práctica de investigación experimental. La fisiología actuó para él como una matriz conceptual que volvía concebible, por un lado, una patología meramente funcional y, por otro lado, un cuerpo como conglomerado de funciones (más que como jerarquía estática de órganos) 7. Al mismo tiempo, su libro ilustraba un desplazamiento semántico de los términos comunes a los estudios médicos de estas patologías. En el texto de Erichsen el vocablo shock remitía a un choque mecánico sobre el organismo que, si bien podría no implicar un golpe directo sobre la espalda, afectaría la estructura del cordón espinal. En el libro de Page, la referencia anatómica parecía no desaparecer del todo cuando afirmaba que "estamos familiarizados con el término shock como sinónimo de un colapso que sería concomitante de todos los daños profundos y súbitos, sea que fueran infligidos sobre la cabeza o sobre alguna otra parte del cuerpo" (Page, 1883, p. Pero, apenas unas páginas más adelante nos enteramos que: El susto (fright) puede por sí mismo conducir a la condición reconocida como shock (...) Y la literatura médica está plagada de casos en los que las más graves perturbaciones funcionales, e incluso la muerte o la aniquilación de las funciones, habían sido producidas por el susto y sólo por el susto (Page, 1883, p. 147) Como puede apreciarse, estas ideas admiten más términos psicológicos que las de Erichsen; pero tampoco constituyen una psicologización plena. El susto u otras características de la escena del accidente no perturbaban a un psiquismo ontológica o metodológicamente independiente, sino que producían "una profunda impresión sobre el sistema nervioso" (Page, 1883, p. La intensidad de la emoción vivida operaría, en todo caso, en forma análoga a una corriente eléctrica aplicada sobre la sustancia viva. Usando a las experiencias con electricidad como modelo, se volvía concebible que un elemento como el afecto pudiera modificar el funcionamiento de los nervios aun cuando no dañase su estructura. Así entendida, la concepción delineada por Page era completamente compatible con el saber fisiológico del fin de siglo y, por ello, podía incluir a la psicología como aquella dimensión que daría cuenta de las funciones más elevadas del sistema nervioso. A lo sumo, sólo a posteriori podría afirmarse que la inclusión de términos psicológicos en estos textos de fisiología estaba sentando las bases para que una explicación puramente psíquica del trauma fuera pensable alguna vez... pero no todavía. Por lo tanto, no podemos estar de acuerdo con Harrington cuando afirmó que Page habría construido "un nuevo modelo psicológico de la perturbación nerviosa post-traumática" (Harrington, 2001, p. Preferiríamos decir que construyó un nuevo esquema fi-siológico de la perturbación nerviosa que una emoción podía generar en una situación traumática. Por otro lado, la introducción del susto permitía relativizar el peso determinante otrora otorgado a la experiencia actual. No sería el accidente en sí mismo sino la emoción por él generada la que causaba los síntomas. Por esta vía, se introducía la idea de que la patología no dependería sólo de las condiciones objetivas de la situación sino de las particularidades subjetivas de quien devino enfermo. Es cierto que muchas personas podían asustarse frente a una colisión ferroviaria, pero no todas lo hacían con un grado de intensidad tal que fuera capaz de generar la enfermedad. En palabras de Page, la incidencia (patógena o inocua) de una "alarma" debía "ser medida" por dos factores: "por los eventos del accidente en sí mismo", es decir, por sus características intrínsecas y actuales, "y por el temperamento del individuo que resultó afectado", o sea, por un elemento subjetivo y previo a la experiencia (Page, 1883, p. De esta manera, el médico introducía un elemento de predisposición que estaba ausente en el pensamiento de Erichsen. En el capítulo 5 del libro, que se presentaba como una continuación del tema del shock general nervioso, aparecieron en escena otros dos elementos que tampoco tenían lugar en la concepción de Erichsen, pero que volveremos a encontrar cuando nos ocupemos de las ideas de Charcot sobre el trauma. En primer lugar, la comparación del estado de shock nervioso (en ambos sexos) con la histeria. Casi en simultáneo (o aun antes) del intento de legitimación de la histeria masculina llevado adelante por el clínico francés, Page comenzaba a acercar los efectos sintomáticos de los accidentes ferroviarios a las perturbaciones histéricas, independientemente del género de quien los sufría. Algunas frases son ilustrativas de este momento de pasaje, gracias al cual la histeria dejaba de ser una enfermedad femenina y ginecológica, y el trauma dejaba de ser pensado únicamente en términos mecánicos y anatómicos. "Si en la vida cotidiana, las mujeres más que los hombres muestran signos de ser emocionales, excitables e histéricas, no es menos cierto que, como consecuencia directa del shock nervioso de una colisión ferroviaria, los hombres pueden devenir tan emocionales e histéricos como ellas" (Page, 1883, p. Esta acepción de "histeria" era bastante laxa y parecía un sinónimo seudo científico del término lego "nervioso". No obstante, el autor intentaba darle un sentido más preciso, que nos permitirá dilucidar mejor su concepción sobre el mecanismo neurológico que estaría en juego en dichas patologías. La condición 'histérica' (...) es esencialmente una en la cual hay una pérdida del control y debilitamiento de la fuerza de la voluntad (...) hay una pérdida del habitual poder de suprimir y mantener en la debida sujeción las sensaciones que están indudablemente asociadas con las variadas funciones de la vida orgánica del individuo. 175) Como era habitual en el pensamiento médico de esa época, el esquema fisiológico de Page sobre la incidencia de las emociones en el sistema nervioso incluía también ideas evolucionistas sobre el desarrollo de las funciones nerviosas. "En el proceso de evolución hacia una estado más alto de actividad intelectual (...) se han vuelto más y más inconscientes las sensaciones que necesariamente acompañan la actividad funcional de los diversos órganos y estructuras del cuerpo" (Page, 1883, p. Sin citarlo explícitamente, las ideas de Jackson, fundador de la neurología clínica, funcionaban aquí como marco conceptual explicativo. La patología avanzaría en sentido inverso de la evolución. La emoción generada por el accidente inhibiría a las instancias superiores y permitiría la irrupción de un funcionamiento más reflejo y emocional, más automático e inconsciente. El segundo de los dos elementos comunes a los pensamientos de Page y de Charcot era la comparación del mecanismo patológico con la hipnosis. Según el historiador Eric Caplan, "al sugerir que algo análogo a un estado hipnótico explicaba no sólo la persistencia de los síntomas (...) sino también su desaparición, (...) Page había proveído uno de las primeras explicaciones exclusivamente psicológicas de la causa y de la cura de los síntomas engendrados por el trauma" (Caplan, 2001, p. No podemos acordar con esta afirmación, pues niega el desarrollo progresivo y heterogéneo de la psicologización del trauma, y anticipa hechos que sólo tuvieron lugar unos años más tarde. Una explicación psicológica de las causas de estas patologías y del funcionamiento de la hipnosis, así como también la constitución de un tratamiento puramente psíquico, recién podrían ser encontrados en los trabajos de Janet y Freud de principios del decenio siguiente. En cambio, tanto Page como Charcot explicaban el shock, la histeria y la hipnosis en términos neurofisiológicos, aun cuando empezaban a incluir cada vez más nociones psicológicas en su vocabulario 8. En palabras del médico británico, "el asiento primario de las perturbaciones funcionales" de estos cuadros "reside en el cerebro" (y no en un psiquismo que podría ser abordado en forma independiente a su sustrato orgánico); a su vez, tanto en el shock "como en el estado hipnótico inducido por una profunda impresión mental, hay una detención temporaria en la funciones de la parte del sensorium que preside y controla los movimientos y las sensaciones de la periferia" (Page, 1883, p. Definitivamente, Page pretendía inscribir sus ideas en el terreno de una neurología capaz de concebir funciones antagónicas que debían encontrar un equilibrio (Page, 1883, p. EL PODER DE LAS IDEAS El libro de Page acercaba los síntomas de los accidentados a la histeria y a la hipnosis. El lazo entre estos dos últimos términos y el trauma se profundizó en la Salpêtrière. Durante las lecciones de 1885, dedicadas fundamentalmente a la histeria traumática, Charcot fue más allá de su primera hipótesis sobre una lesión dinámica que no provocaría daño en el tejido pero que afectaría a las mismas zonas del sistema nervioso que estarían dañadas en las enfermedades orgánicas (Charcot, 1887, p. Esta hipótesis funcionaba como un híbrido mal formado entre una anatomía con vocación localizacionista y una fisiología preocupada por el funcionamiento. Pero a mediados del decenio, munido del instrumento de la hipnosis, Charcot elaboró nuevas hipótesis sobre el trauma y el mecanismo patológico de la histeria, hipótesis que estaban pobladas de nuevos términos "psicológicos", aun cuando su concepción siguiera siendo fuertemente monista y materialista (Gauchet y Swain, 2000, p. Las lecciones fueron inauguradas con la presentación de "seis casos de histeria masculina" (Charcot, 1887, pp. 249-298). La primera observación lo condujo a destacar el papel del "terror", es decir, de un "elemento psíquico" que es posible encontrar en "algunos de los casos descriptos por Putman, Walton, Page, Oppenheim y Thomsem" (Charcot, 1887, p. De todos modos, la permanencia de un marco anatómico y localizacionista seguía siendo clara, al menos, en la insistencia de la hipótesis de la lesión funcional. Esta perspectiva comenzó a ser modificada en el siguiente grupo de clases, tituladas "Sobre dos casos de monoplegía braquial histérica, de causa traumática, en el hombre -Monoplejías histero-traumáticas" (Charcot, 1887, pp. 299-369). La hipótesis previa se sostenía en la suposición de una identidad de los síntomas de la histeria con los signos patológicos de ciertas enfermedades somáticas. Pero si la observación clínica rigurosa, que el mismo Charcot llevaba a cabo en cada presentación, permitía encontrar diferencias semiológicas entre los casos histéricos y los orgánicos, ¿podría seguir sosteniéndose la identidad del mecanismo patológico entre ambas patologías? ¿O habría que concebir la posibilidad de que esos casos de parálisis histérica sin lesión fueran ocasionados por un mecanismo diferente? A partir de estas preguntas, se inició una nueva vía hacia la psicologización del trauma, donde el uso de la hipnosis y la sugestión cumplieron un papel fundamental, no sólo como técnica de investigación sino también como un modelo alternativo para pensar "el mecanismo de producción de esas parálisis histéricas traumáticas" (Charcot, 1887, p. Si se introducía a un sujeto en estado hipnótico, sería posible sugerir unas ideas que la persona, carente del poder de su consciencia y de su voluntad, no podría remover. Esas ideas impuestas se encontrarían aisladas o (para usar un término que luego será consagrado) escindidas de "esa gran colección de ideas personales desde hace largo tiempo acumuladas y organizadas que constituyen la conciencia propiamente dicha, el yo (moi)" (Charcot, 1887, p. De esta manera, armado con el instrumento y la matriz conceptual que le proporcionaban la hipnosis y la sugestión, Charcot retomó el análisis de los "dos casos" de monoplejías histero-traumáticas (cuyos nombres fueron abreviados en Porcz. y Pin.) incluyendo en su presentación a Greuz., una joven histérica que permanecía internada en la Salpêtrière desde hacía varios años. El clínico decidió hipnotizarla y le sugirió que tenía el brazo paralizado. Las características semiológicas de esa anomalía producida por sugestión eran distintas a las de las enfermedades por lesión e idénticas a las de ambos accidentados, por lo que Charcot se vio conducido a afirmar que en "nuestros hipnotizados podemos obtener artificialmente, con la ayuda de la sugestión, la imitación perfecta de la monoplejía, determinada en nuestros dos hombres por un mecanismo en apariencia bien diferente, la acción de un agente traumático" (Charcot, 1887, pp. 351-352. Repitió luego la experiencia con una segunda histérica, Mesl., con los mismos resultados clínicos. Entonces, dio un paso más: de la equivalencia fenoménica a la identidad del mecanismo. "Esta diferencia" en el modo de producción de los síntomas, "en apariencia tan radical, noso-tros estamos en condiciones de hacerla desaparecer" (Charcot, 1887, p. Para lograr ello, en el estado hipnótico, utilizó una sugestión no verbal: golpeó suavemente a una de las enfermas histéricas en el mismo sitio del cuerpo donde habían recibido el impacto los dos hombres accidentados. Nuevamente, los resultados clínicos se equipararon y constituyeron la base para una identificación más profunda en torno a ambos elementos del procedimiento de investigación: el estado hipnótico y la sugestión. Respecto del primer elemento, es claro que: estos dos hombres no estaban en estado de sueño hipnótico al momento del golpe (...) Pero (...) es lícito preguntarse si el estado mental ocasionado por la emoción, por el choque nervioso (Nervous Shock) experimentado al momento del accidente (...) no equivaldría, en una cierta medida, en los sujetos predispuestos como lo eran ciertamente Porcz. y Pin., al estado cerebral que determinan en los histéricos las prácticas de hipnotismo. 355) En esta frase nos volvemos a encontrar con una configuración conceptual análoga a la que intentamos reconstruir en relación al texto de Page. En un accidente, como por ejemplo las colisiones ferroviarias, 9 sería posible que la intensidad de la emoción generase una perturbación en el funcionamiento del sistema nervioso tal que las funciones superiores, y en particular la consciencia y la voluntad, quedasen fuera de juego, y el sujeto ingresase en un estado equivalente al hipnótico. Pero además operaría una sugestión. Ni en las histéricas hipnotizadas ni en los accidentados habría sido la acción mecánica del golpe la que habría tenido eficacia en la producción de los síntomas. Más bien, en ambos casos la sensación en el cuerpo "habría hecho nacer (...) la idea de impotencia motriz del miembro" que, "en razón de la obnubilación del yo" en la que se encontraban, "adquirió la fuerza suficiente para realizarse objetivamente en la forma de una parálisis. La sensación de la que se trató, jugó entonces en los dos casos el rol de una verdadera sugestión" (Charcot, 1887, p. Como puede apreciarse, el trauma ya no operaba allí como golpe físico sino como una sugestión, que introducía una idea a espaldas de la consciencia y que, en esas condiciones particulares, adquiría la capacidad de generar un síntoma. Como para confirmar este desplazamiento semántico y conceptual, en la misma clase el gran clínico calificó a este proceso como una "sugestión traumática" (Charcot, 1887, p. 357), siendo ésta, probablemente, la primera vez que el término traumático se utilizó explícitamente para designar algo distinto a un impacto sobre el organismo. Tenemos aquí, entonces, dos elementos psíquicos, la emoción y la idea, jugando un rol importante en el mecanismo de producción de síntomas histéricos, en el marco de una investigación que pretendía seguir siendo neurológica. Con estos elementos desempeñando un papel central, la psicologización del trauma se profundizó: el choque material, la acción mecánica, ya no determinaban la patología; el accidente tan sólo despertaría unas emociones que por su intensidad podrían perturbar el funcionamiento nervioso e introduciría unas representaciones capaces de imponerse más allá de la consciencia. Además, el acontecimiento actual por sí mismo no explicaba la patología: al igual que en el texto de Page, se precisaba una predisposición previa. De todos modos, lo psicológico no constituía, para Charcot, una esfera independiente de la fisiología. La idea sugerida de impotencia motriz no actuaría sobre una mente separada del cerebro sino sobre "los centros motores corticales" (Charcot, 1887, p. Operaría, entonces, como un proceso fisiológico de inhibición del movimiento voluntario. Coincidimos entonces con la lúcida descripción de Marcel Gauchet, quien definió al clínico francés como un "hombre -frontera: no el que atraviesa la frontera sino el que indica que hay una frontera que atravesar" entre lo fisiológico y lo psíquico (Gauchet y Swain, 2000, p. Hasta el final de sus días, el maestro de la Salpêtrière siguió pensando que la psicología no era más que un modo de denominar a algunas de las funciones superiores de una parte del cerebro. Sin embargo, esta posición fronteriza del clínico francés no debería ocultar el hecho de que el vocabulario utilizado en las explicaciones se había poblado de términos psicológicos que, si bien no terminaban de afirmar la existencia de un trauma (o de un inconsciente) puramente psíquico, contribuían a volver pensable y verosímil el papel patógeno que las emociones y las representaciones podrían tener sobre el cuerpo, aun en ausencia de una herida orgánica. De esta manera, su explicación del mecanismo formador de los síntomas histéricos delineó las bases de un esquema (accidente/emoción/escisión/ idea/síntoma) que volveremos a encontrar de manera casi idéntica en los primeros trabajos de Janet y de Freud, aunque estos no se hayan sentido obligados a traducir rápidamente estos procesos al lenguaje localizacionista de los centros corticales. VÍAS QUE SE CRUZAN, VÍAS PARALELAS A lo largo del artículo, hemos intentado delinear un recorrido por los caminos que condujeron desde la tradicional noción de trauma como acción mecánica sobre el organismo hasta la idea de trauma psíquico. Estas vías fueron construidas a partir de diferentes problemas históricos que llegaron a cruzarse en la década de 1880, pero que hasta entonces se inscribían en historias y en regiones médicas diferentes: los accidentes ferroviarios y la neurosis histérica. A su vez, dependieron de otros procesos de transformación, independientes y anteriores a la temática del trauma, como el desarrollo del saber fisiológico y los intentos de medicalización de la hipnosis. Además, intentamos mostrar que el pasaje de la antigua a la moderna concepción del trauma implicó eslabones intermedios y fronteras difusas entre lo somático y lo psicológico, y también que todo el proceso de psicologización estudiado se desplegó siempre dentro del territorio médico y no en el interior de una disciplina psicológica cuya autonomía estaba aun por gestarse. Quisiéramos subrayar, por último, que estas vías no llegaron a constituir un carril único, que conduciría necesariamente desde la anatomía a la psicología, como si se tratase del despliegue de una verdad que estaba a la espera de sus descubridores. La psicologización del trauma, compleja y dependiente de factores contingentes y autónomos respecto de la temática específica, convivió siempre con tendencias a la somatización. En el mismo momento en que Janet y Freud comenzaban a "pasar al terreno de la psicología" (Freud, 1893(Freud, /1986, p. 207) para explicar unos síntomas que no dependerían de la anatomía sino de una "concepción trivial, popular de los órganos y del cuerpo" (Freud, 1893(Freud, /1986, p. 209), otros autores siguieron delineando nuevas y sofisticadas concepciones somáticas del trauma. Tal es el caso Hermann Oppeinheim, quien al introducir la categoría de "neurosis traumática" en 1889, intentó defender el carácter anatómico y cerebral de la patología, cuyo sustrato último residiría en "lesiones materiales finas" (Oppenheim, 1900, p. En definitiva, a lo largo de estas líneas intentamos destacar que el proceso de psicologización del trauma constituiría una de las vías privilegiadas para visibilizar que las transformaciones históricas producidas en las fronteras entre medicina y psicología no dependieron tanto de la genialidad o de la ceguera propia de cada autor, sino más bien de los marcos conceptuales desde los cuales se abordaba la experiencia, así como también de ciertos procesos culturales que crearon nuevos problemas y empujaron a crear nuevas respuestas. La traducción es nuestra. Salvo en los casos en que se utilizó una versión editada en español, todas las traducciones de las citas vertidas en el artículo nos pertenecen. Además, no debemos olvidar que nunca fue eliminada la posibilidad de concebir somáticamente al trauma, tal como es palpable aun hoy, con el auge de las investigaciones neurobiológicas en torno a la categoría clínica de PTSD. Como ocurre con muchas nociones y problemas que forman parte del territorio "psi", en torno a la noción de trauma las tendencias a la "psicologización" conviven y disputan permanentemente con las tendencias a la "somatización". El historiador Eric Caplan recoge una ilustrativa serie de testimonios médicos (sobre todo de aquellos profesionales que trabajaban para las empresas de ferrocarril a ambos lados del Atlántico), donde es posible observar el peso que los planteos de Erichsen seguían teniendo aun en los comienzos del siglo siguiente. Por ejemplo, el médico Harold Moyer, quien trabajaba en Norteamérica para las empresas de ferrocarril, parecía quejarse amargamente en 1901 porque "el término conmoción espinal tal como fue usado por Erichsen hace casi 40 años, haya servido a la fundación de una extraordinaria superestructura que se ha mantenido década tras década a pesar de los avances en nuestro conocimiento sobre la patología neurológica" (Caplan, 2001, p. La cita es ilustrativa de la importancia que adquirieron las hipótesis de Erichsen, así como también de la capacidad que tienen ciertas ideas científicas de perdurar en distintos ámbitos del imaginario colectivo aun cuando hayan perdido legitimidad en el campo del saber donde fueron acuñadas. Por "marco (o matriz) conceptual" o "epistémico" (que a los fines de este artículo consideraremos sinónimos) entendemos a la trama de conceptos con la que se aborda la experiencia y delimitan el campo de lo pensable y de lo visible. Aunque esta idea pueda resultar extraña, un razonamiento análogo, pero sostenido en un esquema conceptual muy diferente, aparecerá muchos años después en relación a los afectados de neurosis durante la Primera Guerra Mundial. Desde la perspectiva de muchos autores (entre los que se encontraba Freud) los soldados que sufrían heridas físicas en las batallas tenían menos probabilidades de desarrollar una neurosis de guerra que aquellos que permanecían ilesos.
Durante el primer tercio del siglo XX en España acontecieron cambios importantes en la asistencia a la locura. Varios factores influyeron en el desarrollo de las modificaciones en torno al discurso y práctica de una nueva disciplina psiquiátrica: una generación de médicos interesados en la locura y relacionados con la Junta de Ampliación de Estudios, organizaciones científicas como los Archivos de Neurobiología y el clima político progresista de la Segunda República, entre otros. El objetivo de este trabajo es visibilizar estrategias de cambio en el tratamiento de la locura en el psiquiátrico provincial de Málaga. Para ello, señalaré, por un lado, las diferentes reformas que el edificio necesitó y la relación de éstas con las prácticas asistenciales; y por otro, los intentos de reforma que llevaron a cabo Miguel Prados Such y Pedro Ortiz Ramos como profesionales de la neuropsiquiatría. Analizaré, finalmente, las relaciones entre el personal subalterno, los psiquiatras y la institución, mostrando las dinámicas de asimilación y/o rechazo de medidas concretas que pretendían mejorar las condiciones de los pacientes ingresados. La relación entre arquitectos y médicos alienistas fue fundamental para la creación de nuevos espacios para la locura durante el siglo XIX, siendo objeto de recientes investigaciones en España (Navarro, 2015). Sin embargo, en el intento de los primeros alienistas en romper las cadenas de los enfermos, se gestó la creación de manicomios con puertas cerradas. Esquirol escribió Des maladies mentales considérées sous les rapports médical, hygiénique et médico-legal (Esquirol, 1838) 1 donde recomendaba la clasificación de los enfermos mentales, según su estado, dentro de la estructura manicomial. Así, defendía una forma ideal de manicomio diseñado en 1833 por Lebas, con un edificio central para servicios generales y habitaciones de médicos y enfermeros; perpendicularmente, y a ambos lados, quedarían los pabellones destinados a los enfermos, donde los alienados serían clasificados, y cuyo número y colocación dependería del tipo de conducta y su duración (Huertas, 2008, p. La influencia de los Falret en nuestro país fue importante, como Jose Luis Peset muestra en su trabajo "El manicomio modelo en España" (Peset, 1995, p. Las revistas médicas españolas de mediados del XIX comenzaron a interesarse por la cuestión de la locura, publicando artículos donde se mezclaban taxonomías psiquiátricas en un intento de clasificación científica, y llegaba a establecerse el número de dementes que debían ocupar cada estancia en los establecimientos manicomiales (Álvarez-Uría, 1983, p. Fue a partir de 1846 cuando se inició el debate en torno a la asistencia de los enajenados en un clima de interés por la construcción de instituciones donde poder controlar la furia de los locos que ponía en peligro la sociedad burguesa en plena industrialización. Para ello, se elaboraron las primeras estadísticas sobre dementes en junio de 1848, en las que Málaga ocupaba el quinto lugar en número de enfermos 2, después de Barcelona, Jaén, Castellón y Zaragoza (Álvarez-Uría, 1983, p.120). En la estadística de manicomios de los años 1879-1880 figuraba por primera vez una institución malagueña, el Hospital Nuestra Señora de los Ángeles 3, adscrita a la Diputación Provincial (Rodríguez-Méndez, 1880, p.655). En Andalucía, como en el resto de España, la asistencia a los dementes estaba en manos de las órdenes religiosas hasta la mitad del siglo XIX, donde, gracias a la ley de la Beneficencia de 1842, comenzó a generarse el debate en torno a la construcción de los manicomios modelos. Varios estudios sobre las instituciones del sur del país ponen de manifiesto los procesos de creación de los manicomios de la Beneficencia en diferentes provincias 4, si bien en el caso de Málaga hay un vacío historiográfico en torno a la institución, sus profesionales, y cómo se organizó la asistencia a los enfermos, en un periodo marcado por profundos cambios sociales y políticos. En este trabajo mostraré cómo fue construido el Manicomio Provincial de Málaga y cómo se organizó el espacio, para centrarme posteriormente en los profesionales que fueron directores de la institución psiquiátrica en las décadas de los 20 y los 30 (Miguel Prados Such y Pedro Ortiz Ramos), y su influencia en la elaboración de diferentes proyectos que he denominado "utopía asistencial", cambios que propiciaron reformas asistenciales, y por tanto, estructurales en el manicomio de Málaga durante la Segunda República que se vieron truncados por la Guerra Civil. Por último, señalaré cómo el interés por cambiar las prácticas dentro del manicomio, a través de la formación de enfermeros especializados, chocaron frontalmente con el antiguo personal subalterno y la tendencia a mantener el status quo por parte de la Diputación Provincial de Málaga. ESPACIO MANICOMIAL EN MÁLAGA: CONSTRUC-CIÓN Y REFORMAS DE UN HOSPITAL DE PABELLONES A finales del siglo XIX la asistencia sanitaria en Málaga era muy precaria y recaía fundamentalmente en órdenes religiosas, por lo que la construcción del pabellón manicomial de San Carlos, integrado en el recinto del Hospital Civil Provincial de Málaga 5, aunque separado del edificio principal, supuso un cambio significativo en la atención a los dementes de la provincia. Las obras del manicomio se iniciaron en el marco de la construcción del Hospital Civil y, aunque no hay una fecha de inicio clara del pabellón manicomial en los documentos consultados, se sabe que las obras sufrieron también numerosas interrupciones por falta de fondos de la Beneficencia (Fernández, 2004, p.362-418). Por ello, las donaciones de familias burguesas que residían en Málaga fueron cruciales para el desarrollo de las obras del hospital en general y del pabellón manicomial en particular 6. Previo a su construcción, la falta de infraestructura para la asistencia psiquiátrica provocó que enfermos de la provincia de Málaga tuviesen que ser ingresados en la casa Hospicio de Granada 7 hasta 1864, fecha en la que la Beneficencia inauguró el "Departamento de observación de dementes del lazareto de los Ángeles" 8 (Delange, 2003, p.226), un espacio habilitado para los dementes hasta que finalizara la construcción del manicomio. El retraso en las obras del pabellón manicomial San Figura 1. 5:35 Carlos continuó dificultando la asistencia psiquiátrica en la provincia, de forma que 22 enfermos ingresados en el Departamento de observación de dementes del Asilo de los Ángeles esperaban ser trasladados al Manicomio de San Baudilio de Llobregat en el año 1877 9. Debido al peligro de contagio durante la epidemia de cólera que estaba sufriendo la población en 1885, los enfermos que seguían ingresados en el Departamento de observación de dementes de los Ángeles, un total de 120, fueron trasladados urgentemente al entonces nuevo Hospital Civil (Delange, 2003, p.431). Al no encontrarse aún disponible el recinto manicomial, se ubicaron en la enfermería llamada San Antonio, en el edificio principal del hospital, donde la asistencia psiquiátrica y las medidas de seguridad eran inexistentes 10 (Fernández, 2004, p. En estas fechas los médicos que se hacían cargo de la asistencia a dementes no tenían formación especializada, y se ocupaban fundamentalmente de los problemas orgánicos o enfermedades concomitantes que podían padecer los ingresados en el manicomio. Esta práctica no sólo ocurría en Málaga, sino que era habitual en otros muchos establecimientos psiquiátricos (Campos y Huertas, 1998, p. José Delgado Collantes y Francisco Linares Enríquez 11 figuran en los libros de personal como los primeros "médicos de enfermedades nerviosas" que se encargaron de atender a los enfermos desde 1889. Miguel Prados Such, que se incorporó a la institución en 1925, fue el primer médico que se interesó por la práctica de una ciencia neuropsiquiátrica nueva en el Hospital Civil. Dos años más tarde, Pedro Ortiz Ramos, también como profesor del cuerpo médico de la Beneficencia provincial, se sumó a un ejercicio profesional especializado. El Manicomio de San Carlos era un edificio sencillo y simétrico, con dos alas diferenciadas donde albergar dementes hombres y mujeres. Cada ala estaba dividida en diferentes espacios organizados según la nosología psiquiátrica del momento, aunque, como apunta Josep Comelles, se trataba más de una clasificación social que nosológica (Comelles, 1988, p.59). Así, existían dependencias para convalecientes, sucios, agitados, y otro espacio dividido en estancias individuales para los furiosos (Fernández, 2004, p.390) (ver figura 1). Para ser admitidos, los enfermos debían presentar el certificado de pobreza y acreditar su residencia en Málaga, en la Comisaría de entrada. El ingreso se decidía en la Comisión o Pleno Provincial, que dependía de la Diputación, exceptuando los ingresos judiciales. En el reglamento del Hospital Civil de 1917 se regulaba por primera vez el ingreso de los dementes en el pabellón manicomial, donde se admitían pacientes pobres en régimen de observación o reclusión definitiva, y pacientes pensionados "que disfrutarán de otra alimentación y servicio, mediante el pago de una cuota" 12. Durante el periodo del protectorado español en el norte de Marruecos (1912Marruecos ( -1956) ) el Hospital Civil de Málaga también atendió casos que provenían de esta zona 13. Debido al aumento progresivo de pacientes ingresados, el manicomio requirió numerosas reformas en las décadas posteriores a su edificación. Una de estas actuaciones fue habilitar un nuevo espacio para las dementes. En 1909 se construyó la sala Santa Rita o sala 20 14, que correspondía al manicomio de mujeres y se encontraba anexa al edificio principal del Hospital Civil, al nordeste, rompiendo la estructura simétrica de la construcción (Fernández, 2004, p.391). Sin embargo, como veremos más adelante, el pabellón de mujeres necesitó numerosas reformas en las décadas posteriores. En 1918 se subastó la obra para construir 8 celdas de aislamiento en San Carlos 15 y en septiembre de 1923 se aprobó un presupuesto para acondicionar dos celdas en el departamento de dementes varones del Hospital Civil con destino a pacientes sujetos a procesos judiciales. Finalmente fueron alojados en las celdas para furiosos, con las modificaciones que propuso la Diputación "con la condición de colocar en cada una de ellas una segunda reja de seguridad y, además, forrar las puertas con chapa de hierro, colocando un cerrojo fuerte con llave en cada celda" 16. Varias fueron las notificaciones que el arquitecto de la corporación realizó durante la década de los años 20, exponiendo el mal estado en el que se encontraba San Carlos. En 1924 la cubierta del pabellón de varones agitados amenazaba ruina por lo que se procedió a aprobar su reparación de forma urgente. Sin embargo, tres años más tarde, en junio de 1927 estas obras seguían sin acometerse, aumentando el riesgo para los pacientes ingresados 17. En junio de 1926, el arquitecto requirió otras obras en los pabellones de dementes: "Se requiere con urgencia la compostura del pabellón de furiosos, aislamiento del departamento de mujeres dementes construyendo una pequeña consulta, así como la instalación de un departamento de duchas en el de tranquilos y por último reparaciones generales de cubiertas, solerías etc. " 18. La instalación de una bomba de agua para llevar agua a las salas de dementes fue acometida en 1925 19. Según el acta de la comisión provincial del 10 de octubre de 1929, se presentó una propuesta para la construcción de un pabellón para dementes sucios varones y otro para niños, contando con el asesoramiento del Dr. Prados Such (Fernández, 2004, p.391), aunque finalizaron las obras cuatro años más tarde, en 1933. Durante los primeros años de la Segunda República se llevaron a cabo obras como la reparación de la red de abastecimiento de aguas y los baños, entre junio y agosto de 1932; también se construyó un nuevo dormitorio en San Carlos, aprovechando el espacio de antiguas celdas de aislamiento, en febrero de 1933; y, entre mayo y octubre del mismo año, se procedió a la instalación de un taller de esparto 20. Según el reglamento de 1934 del Hospital Civil, existían dos pabellones para hombres: el antiguo (San Carlos) (figuras 2 y 3) con una sección para sucios y otra para agitados y epilépticos; y el nuevo pabellón destinado a pacientes tranquilos, con una sección para menores de 10 años 21. Una consulta externa de psiquiatría o dispensario psiquiátrico comenzó a funcionar en 1931 para el tratamiento ambulatorio de los enfermos 22, en la línea de los dispensarios creados a partir de los cambios legislativos en la Segunda República Española (Campos y Huertas, 1998, p.108) 23. La sala de mujeres precisó ampliación y reformas importantes en 1927, que fueron pagadas con los beneficios obtenidos de una corrida de toros benéfica organizada en la ciudad 24. Posteriormente, se realizaron nuevas modificaciones desde diciembre de 1931 a agosto de 1932, habilitándose un sótano bajo la sala 14 del hospital general, que fue usado como ampliación de la sala 20 25 (figuras 4 y 5). Pedro Ortiz Ramos, psiquiatra encargado de la sala de mujeres del manicomio, apuntaba: "Antes del 1 de mayo de 1931 existían sólo 90 camas para 130 enfermas. Se ha habilitado un sótano amplísimo capaz para 50 camas y esta instalación se ha hecho en excelentes condiciones ( ) otra mejora ha consistido en sustituir unas arcaicas escaleras de caracol, que conducían al dormitorio del piso alto, por una buena escalera de mármol que da acceso a una amplia galería, antes descubierta y hoy techada, en la que pensamos instalar talleres para la ocupación de las enfermas ( )" 26. Sin embargo, en la memoria que realizó para la diputación en octubre de 1934, Pedro Ortiz Ramos insistía Figura 2. Sala San Carlos en la sobrecarga de pacientes del pabellón de hombres, que provocaba el hacinamiento de los mismos, y proponía la creación de un pabellón de sucios en el lugar de la leprosería, ya que estaba previsto que los pacientes de lepra fuesen trasladados a la Leprosería Nacional de Fontilles, con el deseo de que "una vez ello, se habrán convertido en realidad nuestras aspiraciones de que los dementes tengan alojamiento adecuado, cada uno en su cama, en iguales condiciones que los demás hospitalizados en el Establecimiento" 27. Sala Santa Rita La situación descrita por Ortiz fue reconocida por la Diputación como el resultado de un aumento progresivo de los ingresos en los últimos años 28; sin embargo, no quedó reflejada la falta de aceptación por parte de la corporación de ciertos cambios y reformas propuestos por Miguel Prados Such, que tenían la intención de mejorar el manicomio y dar una asistencia más humana a los dementes, cuestión esta que analizaremos más adelante. LOS PROFESIONALES DE LA NEUROPSIQUIATRÍA EN EL MANICOMIO PROVINCIAL DE MÁLAGA La psiquiatría es una especialidad muy relacionada con la dimensión social y cultural, por ello, no se entiende el estudio de esta sin un estudio en profundidad de ambos contextos. Desde esta perspectiva, como apunta Huertas, la conexión entre biografías y aportaciones a la disciplina, se hace necesaria. La familia de origen, los años de formación, destinos laborales, becas, intercambios, conexiones con otros compañeros, la posición ideológica y la sensibilidad social aportan una información valiosa y vienen a explicar el porqué de determinadas propuestas, así como su aceptación o rechazo por parte de la comunidad científica (Huertas, 2002a, p. Durante la década de los años 20 y 30, hasta la Guerra Civil, se fue conformando en España un proceso de institucionalización y formación de la psiquiatría como especialidad médica (Huertas, 2002b, p.101). En este proceso intervinieron varios acontecimientos: la aparición de la revista Archivos de Neurobiología (1920), el nacimiento de la Asociación Española de Neuropsiquiatras (1924) y de la Liga Española de Higiene Mental (1926), el Decreto sobre asistencia de enfermos mentales (1931), la creación del Consejo Superior Psiquiátrico (1931) y la puesta en marcha de las primeras cátedras de Psiquiatría y Neurología en la Universidad de Barcelona (1933) (Espino, 1997; Lázaro, 1995). Es en este caldo de cultivo profesional en el que se debe incluir los intentos de reforma del Psiquiátrico de Málaga por parte de los ya mencionados Prados Such y Ortiz Ramos. Sin embargo, aunque ambos psiquiatras forman parte de una generación de especialistas en los que pueden identificarse planteamientos y dinámicas similares, un breve perfil biográfico de ambos nos puede ayudar a contextualizar mejor su labor al frente del manicomio malagueño. Tal como sostiene Rafael Huertas, "[ ]la tensión entre lo biográfico y lo social se hace patente cuando intentamos relacionar la vida y la obra de un autor desde una perspectiva que podríamos denominar dialéc tica, en la medida en la que intentemos confrontar la experiencia vivida con la producción de conocimiento" (Huertas, 2017a, p. Por tanto, las biografías son relevantes para comprender y explicar las propuestas y actuaciones de quienes han ocupado un lugar en la toma de decisiones, en este caso en el ámbito de la asistencia psiquiátrica. Miguel Prados Such: del laboratorio a la clínica Como ya se ha apuntado, Miguel Prados Such jugó un corto pero relevante papel en las reformas del Manicomio Provincial. Nació en Málaga el 8 de octubre de 1894, en el seno de una familia burguesa (hermano del poeta Emilio Prados). Estudió medicina en Madrid obteniendo su graduación en 1920. Fue alumno en la Residencia de Estudiantes de esta ciudad, donde se relacionó con artistas y científicos de la llamada generación del 27. Hablaba y leía inglés, alemán y francés, por lo que pudo acceder de forma temprana a las obras de Freud cuando aún no estaban traducidas al castellano 29. En 1916, Miguel prestó a su hermano La psychanalyse des neuroses et des psychoses (Régis y Hesnard, 1914) y comenzaron a utilizar el autoanálisis. La influencia psicoanalítica de su hermano es clara en la poesía de Emilio Prados, por ello se le atribuye la difusión de las ideas psicoanalíticas dentro de la generación del 27 durante su estancia en la residencia de estudiantes entre 1910 y 1920 (Lázaro, 2010, p. Entre 1918 y 1920 colaboró con Ramón y Cajal y Gonzalo Rodríguez Lafora en el laboratorio de fisiología cerebral que dependía de la Junta de Ampliación de Estudios (JAE) (Linares, 1983, p. 62), participando en las investigaciones sobre líquido cefalorraquídeo que fueron los primeros trabajos en fisiología de Rodríguez Lafora (Rodríguez Lafora y Prados, 1918; Rodríguez Lafora y Prados, 1920). Junto a él también trabajó en el laboratorio de la Residencia de Estudiantes, realizando estudios sobre fisiología y patología del cuerpo calloso, trabajos originales tanto por la temática, como por la metodología que utilizaron. Al mismo tiempo colaboraba en el laboratorio de histopatología de Pío del Rio Hortega (Río-Hortega, 2013, p. En abril de 1920, Miguel Prados obtuvo una beca para viajar a Oxford y Londres con objeto de continuar su formación. Fue en diciembre de 1920 cuando se recibió en la JAE la primera carta de su estancia en Inglaterra. En julio de 1921, según carta remitida desde Londres 30 se encontraba ya en el Maudsley Hospital de Londres realizando estudios comparativos sobre las glándulas de secreción interna entre los pacientes con demencia precoz y los pacientes con parálisis general progresiva (PGP), bajo la dirección de Frederick Mott. No sólo se interesó Prados Such por la investigación, sino que otro motivo de interés para salir de nuestro país lo constituyó el conocimiento de la organización de la asistencia a los alienados, como el mismo Prados reconocía en esta carta: "También he visitado los manicomios públicos del London County Council y pienso redactar una pequeña información sobre su organización que creo pudiera ser de alguna utilidad en España, donde es casi desconocido la asistencia de los alienados en este país" 31. En febrero de 1922 viajó a Múnich, pues, aunque su primera idea era renovar su beca en Inglaterra, finalmente decidió trasladarse a Alemania. Allí colaboró en el laboratorio del profesor Spielmeyer y asistió a las conferencias de Kraepelin, según él mismo relataba en otra carta 32, ampliando su formación en la histopatología de enfermedades mentales como la psicosis y sobre el líquido cefalorraquídeo con Plaut. También se interesó en histopatología y patogenia del idiotismo infantil amaurótico y fisiología del cuerpo estriado. Un año más tarde, el 8 de marzo de 1923, Miguel Prados escribió una carta desde Múnich a la Junta de Ampliación de Estudios renunciando a los dos meses de beca que le quedaban, para aceptar el puesto de director del Sanatorio Psiquiátrico de San José en Málaga, que fue inaugurado unos días después, el 19 de marzo (Morales, 2012, p. En agosto de 1925, fue nombrado, por la Junta Provincial de la Diputación, profesor supernumerario por oposición del Cuerpo Médico de la Beneficencia. En principio, se encargó de la asistencia de todos los enfermos mentales, tanto hombres como mujeres, pero con la llegada de Pedro Ortiz Ramos, otro psiquiatra clave en la historia del manicomio, segregaron la asistencia psiquiátrica por sexos: Prados Such se adscribió a la sala 21 para hombres y Ortiz Ramos a la sala 20 para mujeres. Su actividad profesional no se limitó al ámbito local malagueño, sino que siguió vinculado a instituciones nacionales e internacionales. En las Actas de la reunión nacional de neuropsiquiatras de 1924, quedó reflejado que Prados Such se incorporó a la asociación 33. Además, en los documentos de archivo localizados consta un permiso que Prados Such solicitó en abril de 1926 para ampliar estudios en Italia 34. Posteriormente, en junio de ese mismo año, acudió a la primera Reunión de la Asociación de Neuropsiquiatras en Barcelona (Lázaro, 2000), participando con una intervención titulada "Plan de organización de los trabajos colectivos que puedan presentarse al Congreso de Washington", de la que eran coautores Rodríguez Lafora y Sanchís Banús 35. Trabajó y residió en Málaga hasta 1933, año en el que, aunque opositó a la primera cátedra de Psiquiatría de la Universidad Central de Madrid 36, no consiguió ganarla aun contando con el apoyo de Rodríguez Lafora, quien, décadas más tarde, dedicaba un artículo a la memoria de Miguel Prados Such en los siguientes términos: "Posteriormente, con su individualidad propia, se hizo uno de los mejores conocedores de la Psicopatología de Jaspers, antes de que ésta fuese traducida del alemán al francés, y lució estos conocimientos en sus excelentes oposiciones a la Cátedra de Psiquiatría de Madrid, primera de las que se fundaron en España; oposiciones que, por dispersión de los votos del tribunal entre varios opositores, quedó desierta" (Rodríguez Lafora, 1969, p.473). Tras ocho años de labor clínica en Málaga, se trasladó a Madrid en 1933, previa petición de una excedencia, para seguir sus investigaciones en el Instituto Ramón y Cajal. Sin duda, sus problemas con la institución malagueña y el personal de asistencia psiquiátrica, que abordaremos a continuación, no fueron ajenos a esta decisión de Prados Such. No volvió Miguel Prados a ejercer como psiquiatra en el Hospital Psiquiátrico Provincial de Málaga ya que, durante la depuración franquista de funcionarios, quedó registrado su cese del cargo, con fecha de 30 de noviembre de 1937, mientras se encontraba en excedencia voluntaria 37. Con anterioridad, el 23 de noviembre de 1936 había sido evacuado desde Madrid a Valencia junto a un grupo de científicos y creadores como Pío del Río Hortega, José Miguel Sacristán y Antonio Machado (López-Ocón, 2007, p.70). El exilio lo llevó primero a Londres y, finalmente, a Canadá, desde donde inició una extensa y rica correspondencia con su hermano Emilio Prados que nos ha permitido conocer parte de su trayectoria e inquietudes profesionales. En una carta de marzo de 1941, Miguel anunció a su hermano la posibilidad de comenzar a trabajar en la Universidad Mac Gill, tanto en la clínica como en la docencia de la asignatura de psiquiatría 38; en esta actividad veía no sólo la posibilidad de recoger los frutos de su trabajo, sino también de ayudar a su hermano en la difícil situación económica a la que le había conducido su reciente exilio. Al mes siguiente volvió a escribir a Emilio, ya trabajando en el departamento de neurología y neurocirugía de dicha universidad. Aunque el psicoanálisis había estado presente desde el inicio de su carrera, fue en Canadá donde pudo desarrollarlo, tanto desde la clínica, como desde la investigación. En Montreal fundó el Club de Psicoanálisis, en 1944, que, bajo el liderazgo de William Clifford Scott, pasó a ser la Asociación Psicoanalítica Canadiense (Allodi, 2012, p.8). Pedro Ortiz Ramos: entre la Beneficencia y la asistencia privada Como ya he apuntado, Pedro Ortiz Ramos fue el otro introductor de una práctica fundamentada en los conocimientos de la neuropsiquiatría en el Psiquiátrico Provincial de Málaga. Sus padres, al igual que los de Prados, pertenecían a la burguesía local. El 18 de febrero de 1927 fue nombrado profesor de la clase de terceros del cuerpo médico de la Beneficencia Provincial con destino a la atención de dementes del Hospital Provincial de Málaga, del que Miguel Prados Such era entonces director; ambos psiquiatras trabajaron conjuntamente en la institución entre 1928 y 1933. Fue representante de la institución provincial en la reunión que la Liga de Higiene Mental celebró en Granada y en el congreso de Zaragoza de 1930 39. El 10 de agosto de 1931 fue nombrado adscrito a la sala de mujeres del Manicomio Provincial. Conoció a Egas Moniz en la reunión de la Asociación Española de Neuropsiquiatras de 1930 40 celebrada en Zaragoza, lo que le permitió viajar a Lisboa a finales de 1935, concretamente al Hospital de Santa Marta, donde acudió a diversas conferencias y tuvo la oportunidad de conocer a otros psiquiatras interesados en la encefalografía cerebral y la lobotomía (Pérez, 2010). Durante el periodo republicano de la Guerra Civil en Málaga, Pedro Ortiz, como otros tantos médicos del Hospital Provincial, se trasladó a vivir a las instalaciones del hospital, continuando así su trabajo hasta que, en marzo de 1937, pidió licencia temporal y marchó al frente como Alférez del bando franquista; allí fue herido y tuvo que ser dado de baja por este motivo (Pérez, 2010, p.139). Sin embargo, la dictadura franquista le abrió expediente de depuración, con el resultado de sanción de dos años sin empleo ni sueldo, que fue recurrido por él en marzo de 1938. Ortiz reconoció que perteneció a la Agrupación al Servicio de la República. Pero su indefinición política provocó que, entre las declaraciones recogidas para su expediente, algunos trabajadores del hospital lo asociasen al bando republicano y otros al bando franquista. En el mismo escrito donde él trató de defender su adhesión al régimen franquista, con fecha de marzo de 1937, señalaba: "Varios refugiados derechistas de pueblos estuvieron en calidad de supuestos locos, en el Manicomio Provincial, ellos, a la entrada de nuestro glorioso ejército, me abrazaron con efusión. Sus nombres constan en mi archivo y están a la disposición de usted" 41. En 1941, estuvo pensionado en la Nervem Clinic de Múnich, donde recibió formación sobre el coma insulínico; y en 1945 asistió al Instituto Julio Matos donde, junto al profesor Barahona Fernandes, estudió especialmente los resultados de la leucotomía (Pérez, 2010, p.115) 42. Sin embargo, Ortiz también manejaba otros supuestos, pues en el Congreso Mundial de Psiquiatría de París de 1950 expuso un trabajo sobre la psicoterapia psicoanalítica (Miguelez, Piñeiro, Louzao, et al, 2016; Jordà, Rey, Angosto, 2007). Las referencias a tratamientos psicoterapéuticos en las historias clínicas de mujeres de la Beneficencia son escasas. Posiblemente, ese tipo de terapéuticas las destinara a sus pacientes privados y tanto la malarioterapia en los años 30 como el coma insulínico y el electroshock fueron los tratamientos de elección para las pacientes pobres ingresadas en la Beneficencia durante las décadas de los años 30 y 40 (García; López, et al, 2013; Villasante, 2003). Ya a mediados de los años 50, ingresó en la Real Academia de Medicina de Granada, y en su discurso titulado "Reflexiones sobre la leucotomía", quedó clara su oposición a la realización de éstas técnicas, por las graves secuelas en la personalidad que ocasionaban a los pacientes (Pérez, 2010, pp.183-205). Por tanto, fue un hombre con una actividad asistencial e intelectual muy importante: además de trabajar en la Beneficencia, ejerció la medicina privada, primero en su consulta y posteriormente con la creación de la Casa de Reposo los Ángeles en Málaga. A partir de los años 50 también desarrolló su actividad clínica en Gibraltar. En 1965 fue nombrado presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría. LA REALIDAD Y LA UTOPÍA QUE (NO) PUDO SER: CARENCIAS Y DESARROLLOS DE LA REFORMA PSIQUIÁTRICA EN MÁLAGA Con fecha del 27 de junio de 1926, Miguel Prados Such entregó a la Institución de Beneficencia una memoria en la que resumía su intervención en la reunión de la Asociación de Neuropsiquiatras que tuvo lugar ese año en Barcelona. Con posterioridad, el 26 de enero de 1932, fue recibida en la diputación una circular que enviaba el Consejo Superior Psiquiátrico, con directrices para la organización de los manicomios Provinciales, a la que se adjuntaba un ejemplar de la obra de Gonzalo Rodríguez Lafora titulada "Lo que debe ser un Manicomio Provincial" que recogía la conferencia del psiquiatra madrileño en la Sociedad de Amigos del País en Málaga y que fue editada en 1931 (Rodríguez Lafora, 1931). Ambos escritos recogen el ideario de los psiquiatras de esta generación, si bien hay que resaltar el esfuerzo que Prados Such tuvo que realizar para que este discurso pudiera calar en la organización y asistencia a los dementes de la institución malagueña. Miguel Prados mostraba gran preocupación por los alienados, señalando aspectos tan importantes como el concepto de curabilidad de la enfermedad mental, y la sustitución del término "manicomio" por "Hospital Psiquiátrico" 43. Estos temas constituyeron una de las estrategias diseñadas por este grupo de psiquiatras para concienciar a la sociedad y a los políticos sobre la importancia del tratamiento de la locura. En este sentido, una de las aportaciones más significativa del escrito de Prados Such fue lo referente a aspectos organizativo-asistenciales, conformando una "utopía asistencial". Utopía en el sentido de ideal asistencial al que tendían, como movimiento que trabajó para reformar el tratamiento y el cuidado de los dementes. La crítica sobre la estricta separación del loco y la sociedad favorecía la visión de los alienados como enfermos que necesitaban asistencia, y desde ahí, se erigía el hospital psiquiátrico como lugar de asistencia y no de reclusión: "El que trata con enfermos recluidos, observa constantemente, sobre todo en los primeros días de la reclusión, como el enfermo, atormentado por sus ideas delirantes pregunta al verse internado en una de las clásicas celdas "¿Qué delito he cometido para que me traigan a ésta cárcel?" y en muchos casos, la observación clínica se haya dificultada ante la creencia del enfermo de encontrarse ante el que le explora, no de un médico, sino de un juez, lo que ve por otra parte confirmado, al recibir por los brutales enfermeros el trato carcelario y desconsiderado de presidio" 44. Desde la Restauración monárquica, la idea de la peligrosidad de la enfermedad mental estuvo entrecruzada con el interés de los profesionales de buscar la patologización de conductas, y realizar así tareas higienistas en la sociedad, ya entrado el siglo XX (Campos, 1997; Campos, 2013; Campos, 2016, p. En este sentido, Lafora intentaba justificar la necesidad inmediata de la creación de asilos para su tratamiento, basándose en la peligrosidad, una de las cuestiones que los nuevos psiquiatras usaron para demandar más recursos económicos ya que la prensa sensacionalista de la época se hacía eco de los asesinatos y los actos delictivos a manos de dementes, con especial interés: "España tiene, pues, obligación de atender prontamente esta necesidad, con lo que se evitarían infinitos delitos, suicidios y crímenes brutales, que a diario leemos en los periódicos como realizados por locos" (Rodríguez Lafora, 1931, p. La lucha de Prados Such por mejorar las condiciones de los dementes comenzó desde su llegada a la institución malagueña. Su investigación sobre la pelagra intramanicomial demostró que parte de los trastornos conductuales sufridos por los pacientes ingresados en la institución de la beneficencia podían relacionarse con la alimentación deficiente que se les proporcionaba (Prados, 1929) 45. Esto provocó una reacción de desagrado en la Diputación, pero finalmente consiguió que se aumentaran los presupuestos del manicomio para mejorar la alimentación de los pacientes, con la idea de reducir la comorbilidad con la pelagra (Linares, 1983, p.62). En cuanto a los tratamientos, la hidroterapia constituyó uno de los tratamientos de elección desde que se inició el tratamiento moral hasta la década de los años 30 del siglo XX en España; pero fueron frecuentes las quejas de los profesionales con respecto a los abastecimientos de agua (Conseglieri, 2008, p.144-145), y las instalaciones precarias, circunstancias que Prados Such también señala en su escrito de 1926: "Hasta hace pocos meses y merced a la generosidad privada no ha tenido nuestro manicomio provincial un servicio de baños, que constituye el ABC de todo tratamiento en psiquiatría. Hay que hacer constar que actualmente el servicio de que disponemos es insuficiente, puesto que existen tan solo tres bañeras y el número de enfermos recluidos asciende a más de diez veces de lo que ese número de bañeras puede suministrar. Es necesario, que por lo menos, cada sala tenga un par de baños, a fin de que se puedan utilizar para el aseo de los enfermos además del tratamiento" 46. Sin embargo, la introducción de la laborterapia como terapéutica comenzaba a vislumbrarse como el pilar fundamental del tratamiento de los dementes, donde coexistieron, no sólo la visión terapéutica, sino también, una cierta visión economicista. Por un lado, los locos constituían una carga para el sistema social y económico del momento, porque no producían. Por otro lado, desde una visión terapéutica, se insistía en la necesidad de no tenerlos ociosos, sino distraídos y ocupados, con objeto de evitar accesos de agitación durante los que pudieran romper mobiliario y ajuar del manicomio 47. Lafora mantenía que la laborterapia cambiaría el concepto de las instituciones manicomiales pasando de ser "almacenes de seres recluidos en inactividad y con un constante sentimiento de protesta, a locales de trabajo con orden y tranquilidad" (Rodríguez Lafora, 1931, p.307), y describió los tipos de trabajos que podían desempeñar los enfermos en la institución. Los clasificó en tres tipos: domésticos interiores, industriales y agrícolas, señalando que este último, era el más beneficioso para la salud de los enfermos y la economía del establecimiento, ya que sostenía en gran parte, los presupuestos de la institución 48 (Rodríguez Lafora, 1931, p.306). La idea de que los pacientes pudieran pagar parte de sus gastos realizando trabajos dentro de la institución ya se reflejaba en el reglamento de 1917 del Manicomio Provincial "Los enfermos que no sean pensionistas y cuyo estado físico lo permita, a juicio del director del hospital y durante las horas que éste señale, cultivarán la tierra del parque y labrarán esparto, ayudándose con esa labor al gasto de los vestidos" 49. Posteriormente, en el reglamento de 1934, bajo el epígrafe "Manufactura de dementes y venta de flores", se señalaba que "el beneficio que se obtenga de todo ello habrá de distribuirse en ropas, tabaco y postres entre los que presten tales servicios" 50. Basándose en su experiencia en Inglaterra, Prados Such explicaba en su memoria: "En los hospitales mentales de Londres, todo producto manufacturado de los que los enfermos y la administración utiliza, son fabricados por los mismos enfermos, con manifiesto beneficio de la administración, toda vez que pudiendo competir en calidad con los adquiridos en el comercio libre, apenas si tiene que pagar mano de obra, pues el jornal que paga al enfermo, descontada su pensión, queda reducido a una insignificancia. Su establecimiento en nuestro "manicomio" daría inmediatamente resultados excelentes" 51. Si bien en el escrito de Prados Such no se mencionaba a qué se podían dedicar las mujeres, Lafora fue muy explícito, señalando que las actividades para ellas tendrían que ser fabricar lápices, bolsillos, coser, punto marca, los más parecidos a las labores que desempeñaban fuera de la institución, insistiendo en que eran los menos productivos (Rodríguez Lafora, 1931, p.306). Sin embargo, las mujeres trabajaban en la institución en todo lo relacionado con lavandería, planchado, costura o cocina como se evidencia en las historias clínicas analizadas del Psiquiátrico Provincial de Málaga (García y Jiménez, 2010, p.136). La visión de algunas pacientes respecto a la laborterapia ha quedado recogida en varios estudios sobre la subjetividad de las mujeres ingresadas en la institución, destacando fenómenos de resistencia al trabajo no remunerado e incluso señalando la explotación a la que se veían sometidas; otras historias clínicas muestran cómo el que las pacientes trabajaran dentro de la institución se constituyó en sí mismo en síntoma de mejoría (García y Jiménez, 2010; García, 2016). En este sentido, es muy interesante ver cómo existieron dinámicas de exclusión social de mujeres con conductas inapropiadas donde el manicomio emerge como sitio de reclusión / reforma de conductas, como apunta Isabel Jiménez en varios de sus trabajos (Jiménez, 2014; Jiménez y Ruiz, 1999; Jiménez y Ruiz, 1997). Esta división generizada del trabajo que describió Lafora, condicionó la organización del espacio manicomial: aclaraba que el pabellón de hombres era el que debía estar más cerca de los terrenos agrícolas, relegando a las mujeres a talleres de lavado, cosido y marcado (Rodríguez Lafora, 1931, p.306). Por otro lado, cabría preguntarse, si tan claro era que el trabajo agrícola era considerado como el más indicado para la salud de los enfermos ¿por qué las mujeres accedían menos a los mismos? Para remediar esta situación, Pedro Ortiz Ramos reivindicó en su memoria la creación de un pequeño huerto situado al lado de la sala 20 donde las enfermas pudieran tener un espacio al aire libre 52. Por otra parte, el debate en torno a la escasa formación del personal subalterno estuvo presente, desde el inicio, en las reuniones de la generación de los psiquiatras de los Archivos de Neurobiología, señalándose la necesidad de instruirlo con objeto de facilitar que el manicomio dejara de funcionar como un régimen carcelario. Varias son las investigaciones en nuestro país que han aportado valiosa información sobre los intentos de profesionalización del personal subalterno (Siles y García, 1996; Villasante, 2013; Villasante, 2015a; Villasante, 2015b; Duro Sánchez y Villasante, 2016). Rodríguez Lafora criticaba la escasa formación de los enfermeros, que solían ser designados por una junta ajena al desarrollo de esta especialidad clínica, y señalaba lo inútil que resultaba querer mejorar la asistencia sin la formación de este personal. En relación con el cuidado de los enfermos, Lafora también distinguió las labores de uno y otro sexo dentro de la enfermería, restringiendo la actuación de los hombres a las situaciones de peligro con pacientes agitados, y poniendo de manifiesto la preferencia por las enfermeras, "pues su actuación es siempre más delicada y cuidadosa" (Rodríguez Lafora, 1931, p.310). En este sentido, las ideas reformistas de Prados Such chocaron con un personal dentro de las salas del manicomio muy complejo, compuesto por un lado por monjas que ejercían cuidados morales y se ocupaban de valorar la religiosidad de las pacientes; y por otro, personal subalterno, entre los que se encontraban enfermeros 53, que carecían de la formación necesaria para dar un trato más profesional a los dementes y que estaban habituados a ejercer medidas coercitivas y represivas con los pacientes 54. El enfermero mayor Fernando Ávila Urbano y el enfermero Fernando Urbano Moreno denunciaron determinados hechos que hacen referencia a una lucha hegemónica entre la psiquiatría decimonónica y la intención reformista de los nuevos neuropsiquiatras. En diciembre de 1932 la Diputación Provincial abrió el expediente titulado "Averiguación de las causas y depuración de las responsabilidades por obras que se han venido haciendo sin permiso de la Corporación en la sección de dementes varones del Hospital Civil Provincial" 55. Se enviaron varios visitadores de la corporación, para analizar lo ocurrido, y notificaron que las obras habían consistido en la demolición de varios tabiques de las celdas de aislamiento, la eliminación del revestimiento de cuero de las paredes y de varias puertas. Según consta en el expediente, estas obras fueron acometidas por Juan López de Gamarra 56, un alumno en prácticas que no estaba contratado por la Diputación y que estaba siendo instruido por Prados Such 57. Se les culpó, tanto al alumno como a Prados Such, de la fuga de varios pacientes durante estas obras. Prados Such respondió a estas acusaciones en una declaración de seis páginas manuscritas. En ella reconocía que, efectivamente, puso al frente de los enfermeros a este alumno, aludiendo a la falta de formación de los antiguos trabajadores y a la falta de personal: "en virtud de esta consideración y pensando única y exclusivamente en la mejora y humanización de la asistencia a los enfermos recluidos en el servicio psiquiátrico de hombres y teniendo en cuenta la falta absoluta de conocimientos y cultura que el actual personal de sirvientes de dicho servicio, así como su número francamente inferior en relación al excesivo número de enfermos, hizo el declarante una distribución de servicios, en los que, con la mayor justicia posible, procuró compaginar los derechos de los enfermos con los derechos de los antiguos sirvientes del servicio y las aspiraciones tanto de los futuros alumnos diplomados como la persona del declarante en mejorar dicha asistencia creyendo hacer al mismo tiempo un beneficio a la Excma. Diputación Provincial al duplicar el número de asistentes sin aumentar el gasto para dicha Corporación" 58. Posteriormente, declaró que realizó tales obras en beneficio de los enfermos, que no tenían espacio alguno para poder dormir y tenían que hacerlo a la intemperie en pleno invierno. Por ello, se acordó verbal-mente iniciar estas reformas, que pretendían crear un espacio donde poder proteger a unos 40 enfermos, al menos, del frío y la lluvia. Cuando se le preguntó sobre la situación de por qué fue eliminado el enguatado de la habitación de agitados, Prados Such argumentó que estaba en muy malas condiciones, que producía un olor nauseabundo, ya que no había sido limpiado nunca. También señalaba que bajo la piel del enguatado los enfermeros actuales escondían instrumentos de tortura, que él mismo había prohibido, pero seguían siendo usados a sus espaldas. Explicaba en la declaración que la lona que sobró del enguatado se reutilizó para hacer colchones a los pacientes, que se quitaron las puertas y los bastidores de unos cuartos de baño para los pacientes que siempre estaban cerrados porque los enfermeros tenían las llaves escondidas y los dedicaban a su uso personal. Todas estas actuaciones, aunque reconoció que las hizo sin solicitar permiso alguno a la corporación, las llevó a cabo con la única intención de mejorar la calidad de la estancia de los pacientes en el hospital. Además, hacía referencia a malos tratos a los pacientes por parte del personal, que no había podido demostrar de forma objetiva por la escasa colaboración de los subalternos 59. El día 2 de diciembre de 1932 los "aspirantes a auxiliares de psiquiatría" redactaron una carta al periódico republicano Amanecer donde denunciaban la situación del manicomio 60. La carta sacaba a la luz los problemas entre los antiguos trabajadores del manicomio y los nuevos, denunciando toda clase de abusos, como el robo de comida a los pacientes, que se usaba para "alimentar a unos cerdos propiedad de un determinado enfermero y que el pan se vendiera a personas extrañas para lucrarse con el dinero" 61. También se hacía alusión a la desaparición de elementos como las celdas de castigo "donde morían de sed y hambre seres irresponsables de cualquier hecho que su propia demencia les impulsaban a cometer, y que sucumbían en el silencio después de recibir ignominiosos azotes" 62. Los autores, claramente posicionados a favor de la gestión de Prados Such, denunciaban las dificultades que la Diputación interpuso frente a las reformas que el psiquiatra introdujo en el Manicomio: "¿Es posible que al señor Mapelli, presidente de la Excma. Diputación Provincial, no le parezcan bien las nuevas normas establecidas por Don Miguel Prados, reconocido justísimamente como una de las primeras figuras de la psiquiatría en España y que, ateniéndose estrictamente a lo decretado por el Ministerio de la Gobernación recientemente y de acuerdo con el Consejo de Psiquiatría, distribuye convenientemente turnos de alumnos que en todo momento presten el consuelo moral y científico a aquellos trescientos sesenta y tantos desgraciados que allí tiene recluidos su fatalidad?" 63. Pedro Ortiz Ramos quedó como Jefe de Servicio tras la partida de Miguel Prados a Madrid en 1933. Siguiendo su misma línea reformista y con la intención de mejorar la asistencia a los pacientes, en el periódico La Unión Mercantil el 17 de abril de 1936 fue publicado un artículo extenso acerca de los cambios que estaban llevando a cabo en el Manicomio Provincial, titulado "De los procedimientos antihumanos y las celdas lóbregas al tratamiento humano y la utilización social de los locos". En este artículo, Pedro Ortiz Ramos se esforzó en dar una imagen de cambio en cuanto a la asistencia de la locura, mostrando cómo había cambiado el espacio y las terapéuticas centradas en la laborterapia, donde describía el ideal del manicomio como fábrica: " ¡Basta imaginar la maravilla de ver transformado el manicomio en un inmenso taller! En él estaría cada loco con su tema, pero el tema sería el trabajo agrícola, individual o colectivo, y las manufacturas diversas ( ). Un visitante de una clínica así creería hallarse en una gran fábrica y se preguntaría extrañado "pero ¿dónde están los locos?" 64. Las ideas de los psiquiatras reformistas de los Archivos de Neurobiología fueron asimiladas y puestas en práctica durante la segunda y tercera década en la institución malagueña, aunque no sin ambivalencias, como las mostradas en torno al papel del trabajo de los pacientes dentro de la institución. Miguel Prados Such y Pedro Ortiz Ramos vehiculizaron este cambio ideológico en el Manicomio Provincial de Málaga con la intención de poner en marcha una "utopía" asistencial, donde desarrollar todas aquellas reformas con las que soñaban los psiquiatras de esa generación. Sin embargo, encontraron obstáculos institucionales que dificultaron ese proyecto: una burocracia lenta, donde la organización de la Diputación Provincial hacía que cada decisión debiera pasar por el pleno, marcado por gran retraso en la ejecución de las reformas estructurales; carencias económicas, que hicieron que gran parte de las remodelaciones se sufragaran por donaciones, y la posible falta de voluntad política con respecto al cuidado de los dementes. Además, la existencia de un entramado de subalternos con una forma de trabajo arcaica y sin iniciativa renovadora que se oponía a dichos cambios ante el temor de perder ciertos privilegios, posiblemente influyó en la decisión que tomó Prados Such de iniciar por su cuenta reformas no aprobadas por la corporación, lo que le valió la apertura de un expediente disciplinario. El intento de visibilizar esta situación por parte de los psiquiatras con el apoyo de un grupo de jóvenes aspirantes a auxiliares de psiquiatría, influidos por Prados Such, quedó en el plano de la denuncia, sin que fuera tomada en consideración por parte de la Beneficencia. Tras la marcha de Prados a Madrid, Ortiz Ramos, elogió los cambios que la Diputación había favorecido en la década de los años 30 en el manicomio, aunque siguió insistiendo en todas las reformas que aún faltaban para mejorar la asistencia a los pacientes. Con el inicio de la Guerra Civil, las ilusiones de cambio y futuras remodelaciones en relación con el funcionamiento del Manicomio Provincial quedaron truncadas. Quiero agradecer a Rafael Huertas e Isabel Jiménez la lectura del manuscrito, ya que, con sus aportaciones, lo han mejorado, procurando nuevas vías de reflexión y completando aportes bibliográficos. Además, también quiero agradecer a los/las revisoras de Asclepio que han contribuido al enriquecimiento del artículo con sus sugerencias. Este artículo ha sido realizado en el marco del proyecto de investigación HAR2014-58699-P financiado por el ministerio de Economía y Competitividad. El Hospital Civil Provincial (Hospital Civil en adelante) comenzó a construirse en 1864. Las obras estuvieron sujetas a paros prolongados por falta de presupuesto, de lo que se informaba trimestralmente a la Diputación. También se explicitaba la dificultad con el abastecimiento de agua. Durante el siglo XIX, Málaga fue destino de una burguesía que se estableció en la ciudad con la finalidad de explotar los recursos naturales de la zona (sobre todo, la caña de azúcar) y promover la creación de industrias afines. Gran parte de sus aportaciones económicas sufragaron gastos del manicomio y la leprosería del Hospital Civil. En concreto, las familias Crooke y Larios participaron en memoria de Carlos Larios Martínez, Marqués de Guadiaro, comprando camas y parte del ajuar necesario destinado al manicomio (Fernández, 2004, p. Archivo Municipal de Málaga (AMM en adelante). Este Departamento se habilitó en un convento que había sido transformado en lazareto de observación en 1821, llamado Asilo de los Ángeles. El 6 de junio de 1854 se inauguró Manicomio de San Baudilio de Llobregat, sobre un convento abandonado que fue habilitado para el tratamiento de dementes a pocos kilómetros de Barcelona. Fue la primera institución psiquiátrica privada importante en España, y con la que mantenían convenios las Diputaciones Provinciales, para el traslado de enfermos psiquiátricos, al carecer éstas de instituciones propias (Rey, 1984). Otras instituciones como la Casa de Dementes de Santa Isabel de Leganés también trasladaron pacientes a este establecimiento en las últimas décadas del siglo XIX (Villasante, 2002). La sala San Antonio del Hospital Civil pertenecía a la especialidad de obstetricia y cirugía ginecológica. En la enfermería asociada a esta sala permanecieron los dementes hasta que se construyó el pabellón manicomial. En 1889 los trabajadores de esta sala pidieron a la corporación que se construyera un muro entre los pacientes psiquiátricos y ellos. Este dispensario se creó siguiendo el modelo expuesto en el Decreto de 1931, que dio lugar a la Reforma Psiquiátrica de la Segunda República. El Decreto otorgaba a los jefes facultativos de los establecimientos la potestad de dar el alta o no a los internos en función de su "peligrosidad"; asimismo, si bien el trabajo en el dispensario de higiene mental implicaba el seguimiento poscura de los pacientes dados de alta, dicho concepto de peligrosidad prevaleció en el discurso y las prácticas psiquiátricas. Si bien es cierto que en la institución malagueña la mayoría de los talleres y ocupaciones estaban destinados al autoabastecimiento, es interesante profundizar en la idea sobre las instituciones psiquiátricas y su transformación en fábricas, con la consecuente "proletarización del paciente psiquiátrico" (Leyton, 2008) 60. "¿Qué pasa en el manicomio? Las mejoras de trata a los enfermos, ordenadas por la superioridad y puestas en práctica por el Dr. Prados, ¿van a frustrarse?", Amanecer, 2 diciembre 1932. "De los procedimientos antihumanos y las celdas lóbregas al tratamiento humano y la utilización social de los locos".
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS A pesar que el autor comenta en los agradecimientos que este libro es el resultado de sus investigaciones en los últimos veinte años, los trabajos citados muestran claramente que es el fruto de un extenso programa de investigación iniciado a principios de los años 70. Un proyecto cuya finalidad ha sido la reconstrucción de las disciplinas físico-matemáticas y de la filosofía natural en España durante el S. XVI y XVII desde una perspectiva comparada, pero sin entrar a discutir la validez de términos como Renacimiento o Revolución Científica, que resultan útiles para identificar ese contexto. Asimismo, en el prólogo, Víctor Navarro explica que en cierta forma este libro es una tarea pendiente que le dejó su maestro, el profesor López Piñero, que no incluyó a propósito los saberes físico-matemáticos en la reedición revisada de su célebre libro Ciencia y Técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII. La monografía recopila 19 trabajos, organizados cronológicamente en tres partes, cuya procedencia es diversa, capítulos de libro, artículos de revista o actas de congreso, publicados entre 1995 y 2012, en los que fundamentalmente se ha actualizado la bibliografía y han sido traducidos si no estaban en castellano. El primer capítulo es una revisión historiográfica sobre la Revolución Científica y España, donde no sólo discute la situación actual, sino que orienta cuáles deberían ser las prioridades de investigación en el futuro. A continuación, la primera parte está formada por doce capítulos que comprenden el S. XVI y comienzos del S. XVII. Los temas son variados y cubren ampliamente la filosofía natural y las disciplinas físico-matemáticas de este período. La evolución de la enseñanza de estas materias en las Universidades de Valencia, Salamanca y Alcalá; la recepción del Copernicanismo a través de Diego de Zúñiga; las ideas corpusculares de médicos como el mallorquín Pere Bernat d'Olesa; el estudio de la mecánica o teoría de las máquinas y sus cultivadores; las relaciones entre astronomía y cosmografía, las actividades cosmográficas españolas y la influencia de Pedro Nunes; la geografía y la cartografía (en colaboración con Vicent L. Salavert); las relaciones científicotécnicas con los Países Bajos y por último las novedades celestes y la implicación de autores españoles en los debates cosmológicos que generaban. Estos temas son presentados historiográficamente en el capítulo II, subrayando la importancia que Jim Bennett y otros autores han otorgado a las matemáticas prácticas en la construcción de la ciencia moderna (astronomía práctica, topografía, agrimensura, perspectiva, cartografía, arquitectura, fortificación, ingeniería y máquinas, el arte de la guerra y náutica), que además implicaron el diseño y uso de instrumentos. La segunda parte está dedicada al S. XVII. La atención ahora recae en las actividades de los jesuitas del Colegio Imperial de Madrid; la circulación de conocimientos entre los Países Bajos, Italia y España; la recepción y difusión de Galileo o la polémica astrológica sobre el cometa de 1680 entre el astrónomo mexicano Carlos Sigüenza y el jesuita Eusebio Kino, en un momento que la astrología estaba en decadencia. El último capítulo de esta parte trata de los novatores y las disciplinas físico-matemáticas en la ciudad de Valencia, uno de los principales escenarios de renovación científica y filosófica en España a finales del S. XVII e inicios del S. XVIII. Éste constituyó el primer tema de estudio histórico de Víctor Navarro, que como se comprueba leyendo el libro extendió posteriormente sus intereses al resto del S.XVII y al S.XVI. Finalmente, la tercera parte incluye un único capítulo sobre la actividad científica en el S.XVII y el rol de los jesuitas en su desarrollo hasta su expulsión en 1767. Una ventaja del formato de esta monografía es su carácter temático y autocontenido, de forma que cada artículo puede ser leído de forma independiente. Al mismo tiempo es una publicación de referencia para cualquier investigador de este período histórico, o que se quiera adentrar en el mismo, por la variedad de actores, instituciones y temas tratados. Esta función está facilitada por una lista de fuentes impresas, una amplia bibliografía puesta al día y un índice onomástico que incluye a los personajes, pero también a los historiadores citados. Los capítulos contribuyen de forma significativa a diversas cuestiones de la actividad científica en la Edad Moderna en España. Un personaje fundamental estudiado por el autor es Jerónimo Muñoz, profesor de hebreo y matemáticas en Valencia y Salamanca y relacionado con Gemma Frisius y Oronce Finé. Aunque realizó un importante trabajo cartográfico planteó en su estudio de la supernova de 1572 ideas cosmológicas alternativas a las aristotélicas. En relación a esto, Víctor Navarro muestra diferentes ejemplos de las ambiciones teóricas de otros matemáticos para tratar cuestiones de filosofía natural, una posición que era motivo de ataque por parte de los filósofos. Igualmente, en la cosmografía, una actividad eminentemente práctica promovida para el control del incipiente imperio español, cuestiona mediante diferentes casos que sus estudiosos no tuvieran inquietudes teóricas. Por otro lado, es precisamente en el ámbito de las matemáticas prácticas o mixtas donde el autor problematiza la actividad físico-matemática del S.XVII caracterizada como de paralización y decadencia. En un contexto de declive emergen por ejemplo figuras como Vicente Mut relacionado con los científicos jesuitas Athanasius Kircher y Giovanni Battista Riccioli o José Zaragoza, miembro de la compañía de Jesús. Del mismo modo sus estudios de los jesuitas, especialmente del Colegio Imperial, revelan su amplia influencia en la difusión de la ciencia moderna en España. Estos clérigos estaban relacionados con otros jesuitas europeos, y a través de ellos, con la ciencia europea en general. Mediante las matemáticas mixtas, de forma ecléctica como estrategia para no cuestionar el saber aristotélico-escolástico, introdujeron algunos contenidos físico-matemáticos de la nueva ciencia (óptica, astronomía, estática, hidráulica...) y establecieron redes por donde circularon estas prácticas y saberes. Con todo, sería reduccionista ver en estos ensayos sólo unos estudios comparados sobre la revolución científica, como si hubiese un modelo que imitar, sino que enriquecen y amplían nuestro conocimiento de ese período. Aunque los historiadores han superado el antiguo debate sobre la polémica de la ciencia española y la leyenda negra, la abundante historiografía sobre el mundo ibérico y la ciencia atlántica, como destaca Víctor Navarro, ha sido generalmente ignorada por los historiadores de la ciencia extranjeros. Para concluir destacar que la lectura de la obra permite también conocer la variedad de métodos, técnicas e historiografía empleadas por el autor como el papel crucial del estudio de manuscritos que muestran procesos de difusión. De hecho, hace 40 años (Llull, 1), Víctor Navarro expresaba que era indispensable la reflexión teórica y el trabajo práctico para que la historia de la ciencia en España fuera "más que una rúbrica, motivo de conmemoraciones y congresos y de exaltación nacionalista de tal o cuál genio precursor o motivo de lamentaciones de un pasado poco glorioso". Podríamos decir, por tanto, que esta colección de ensayos es una realización práctica de estas preocupaciones del autor en sus inicios como historiador, y al mismo tiempo una muestra excelente del trabajo y esfuerzo mantenido a lo largo de los años. Una empresa, como él indica, realizada colectivamente como miembro del grupo de López Piñero, especialmente con el recordado Vicent L. Salavert, con sus discípulos y mediante colaboraciones con historiadores de otras universidades españolas y extranjeras. Por tanto, es un libro de obligada lectura tanto para historiadores como para el público interesado en la historia de la ciencia. El temprano retiro del profesor Víctor Navarro no ha supuesto afortunadamente que haya abandonado su empeño por desarrollar su programa de investigación, y confiamos que en un futuro cercano nos obsequie con otro libro.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS Dmitri Levitin ha escrito un libro impresionante, declarada y profundamente revisionista, que cuestiona con rotundidad conceptos historiográficos muy asentados, entre ellos el propio concepto cronológico de "Ilustración". Esto no obedece a una iconoclasia gratuita, sino a la meticulosa lectura y contextualización de una cantidad ingente de textos del siglo XVII conectados entre sí. El libro resulta aún más impresionante -y envidiable-si se tiene en cuenta que se originó en una tesis doctoral iniciada a finales de 2008 y defendida en Cambridge a finales de 2010. El autor se propone investigar la actitud de los intelectuales ingleses -teólogos, médicos, filósofos naturales, filólogos-ante la filosofía antigua -fundamentalmente griega, pero también "oriental"-en la época que asistió al nacimiento de la "nueva ciencia". El resultado, lejos de confirmar una supuesta dicotomía entre "antiguos" y "modernos" o entre "humanismo" y "nueva ciencia", demuestra que el estudio crítico e histórico de la filosofía antigua desempeñó un papel fundamental en todos los discursos intelectuales de la Inglaterra del siglo XVII. Dicho estudio crítico de la filosofía antigua se produjo, además, mediante la recepción activa del trabajo desarrollado en el resto de Europa desde finales del siglo XVI y principios del siguiente, con la obra de filólogos como Escalígero y Casaubon a la cabeza. Entre un poderoso y probablemente polémico capítulo introductorio (1. "Introduction: histories of philosophy between 'Renaissance' and 'Enlightenment'", pp. 1-31) y una breve conclusión final (pp. 542-548) se despliegan cinco capítulos de un centenar de páginas cada uno; en ellos, Levitin examina los esfuerzos que los ingleses dedicaron a la filosofía antigua en una serie de ámbitos: historia y filología (2. "Ancient wisdom II: Moses the Egyptian?", pp. 113-229), medicina y filosofía natural (4. No es posible resumir en este espacio la riqueza de los contenidos, que se caracterizan por un nivel de detalle invariablemente elevado y complejo, y que abundan en tratamientos nuevos e iluminadores tanto de nombres muy conocidos -Gassendi, Boyle, Cudworth-como de muchos otros apenas estudiados. En atención al perfil general de los lectores de Asclepio, aludiré a continuación a algunos de los contenidos directamente relacionados con la medicina y la filosofía natural. Es importante la descripción en el capítulo 2 de una visión "progresivista" de la historia de la filosofía y en particular de la astronomía, perceptibles en la History of Philosophy (1655-62) de Thomas Stanley -la primera obra en inglés con ese nombre-o en la traducción inglesa anotada del poema astronómico de Manilio debida a Edward Sherburne (1675): en ellas, la presentación de la Antigüedad se lleva a cabo desde la conciencia de la superioridad científica del presente, pero al mismo tiempo como una propedéutica necesaria para los filósofos naturales de la nueva generación, de quienes se espera que conozcan en profundidad la historia de sus disciplinas. Del capítulo 3, el historiador de la ciencia se detendrá en la descripción de cómo a lo largo del siglo XVII se intentó conciliar la narración del Génesis con los nuevos conocimientos astronómicos, para llegar hacia el final del siglo, con Edmond Halley, a una situación en la que se prefiere guardar silencio al respecto, y en la que por primera vez puede decirse "que la ciencia ha triunfado sobre la Escritura" (p. Levitin no sólo trata aquí de la célebre Telluris theoria sacra (1681-89) de Thomas Burnet, con sus peligrosas implicaciones sobre la naturaleza de la narración bíblica, sino también de obras mucho menos conocidas como el Essay toward a natural history of earth (1695) del profesor de medicina John Woodward, que defiende que Moisés poseía un conocimiento natural directamente revelado por Dios, o las inquietudes filológicas de Robert Hooke, quien, además de rastrear la Atlántida, especuló con la idea de que las gigantomaquias de las mitologías clásicas ocultasen terremotos primigenios. Las más de doscientas páginas de los capítulos 4 y 5, sobre la historia del método científico y sobre la doctrina de los "principios" -átomos o de otro tipo-, constituyen sin duda el material más atractivo para el lector de esta revista; también el de más ardua lectura para este reseñante. Sin embargo, y es éste un buen momento para decirlo, Levitin traza al principio de cada uno de los capítulo un excelente estado de la cuestión ("Sources"), en el que se resume con admirable claridad no sólo el contenido de las fuentes antiguas objetos de discusión en cada caso, sino también la historia de dicha discusión antes del siglo XVII. Al principio del capítulo 4, a la hora de tratar sobre historias del método científico, se introducen en toda su complejidad las cuatro tradiciones intelectuales en juego: aristotélica, anti-aristotélica, química y médica. La conclusión más relevante del capítulo es la siguiente: fueron los médicos, apoyados en última instancia en una tradición apócrifa sobre el carácter experimental de la filosofía de Demócrito y su supuesta ascendencia sobre Hipócrates, quienes lograron legitimar el nuevo método experimental que surgía en el siglo XVII; paralelamente fracasaban los intentos de la Royal Society por lograr esto mismo, debido precisamente a la poca calidad de sus argumentos históricos -los de Francis Bacon incluidos-; es decir, fueron los médicos quienes lograron, mediante argumentos históricos tenidos por aceptables, que la "nueva ciencia" fuera considerada filosófica, y por tanto académica. El capítulo 5 versa sobre el "atomismo" inglés, y por tanto sobre actitudes hacia Epicuro, o más bien hacia el Epicuro de Pierre Gassendi. Este capítulo arroja una conclusión iconoclasta más: que debe dejar de hablarse de "epicureísmo" inglés, al menos en filosofía natural, pues el atomismo de la época se distancia expresamente del de Epicuro. Una tesis controvertida que se repite a menudo y que lo hace de nuevo aquí (p. 369) es que las teorías científicas en el siglo XVII inglés se aceptan o rechazan en primera instancia por su propia solidez, y no por consideraciones teológicas asociadas. Según Levitin, el atomismo de tipo epicúreo se rechazó a favor de otras teorías corpusculares no por sus implicaciones ateas, sino por su carácter reduccionista y especulativo, incapaz de dar cuenta de los procesos químicos. Al hilo de eso mismo, Levitin destaca a Samuel Parker, autor de unos Tentamina physico-theologica de Deo (1665), como el primer inglés que analiza la filosofía antigua en su contexto religioso pagano. El lenguaje de Parker es, como señala el autor (p. 546), el mismo que el utilizado por Isaac Newton en su célebre Scholium generale; esta pieza también recibe una breve pero novedosa interpretación, en el contexto de cómo las teorías sobre la materia de la Antigüedad se leen en el siglo XVII como un animismo idolátrico. Este tema enlaza bien con el capítulo final, el supuesto platonismo de la Iglesia antigua y su importancia en las controversias sobre la Trinidad que se desarrollaron en Inglaterra en la última década del siglo; de sus contenidos, el historiador de la ciencia se interesará quizás por lo relativo a Newton, a quien Levitin se permite despachar en un párrafo, por considerar -con acierto-que la narrativa newtoniana sobre la corrupción del cristianismo antiguo "no fue particularmente original ni elaborada" (p. La tesis principal del libro es que desde mediados del siglo XVII se encuentra ampliamente desarrollada, a partir de la aplicación de la crítica humanística tardía, la actitud hacia la Antigüedad que es tradicional considerar propia de la Ilustración. Otra tesis es que, lejos de deberse a intelectuales "heterodoxos" y outsiders, las narrativas innovadoras sobre la Antigüedad se producen por lo general desde dentro de las instituciones académicas y a manos de académicos bien establecidos. Con algo de maldad, Levitin señala en una nota que la "fetichización del período posterior a 1680 que ha dominado mucho de la historia intelectural europea de los siglos XX y XXI" (p. 7) "proviene sin duda de la decadencia de la formación en latín, y por tanto de la falta de familiaridad con mucho material anterior a 1680" (n. Las transcripciones de material latino a lo largo de todo el libro son en efecto abundantísi-mas, con erratas proporcionalmente muy escasas; sus traducciones al inglés son elegantes y por lo general muy correctas. No está escrito "en la jerga que es tan prevalente en las humanidades modernas" (p. xii), pero aun así resulta erudito y difícil. El autor tiene la honradez de advertir que "sin duda" ha permitido que su forma de escribir "exagere la coherencia" de la historia (p. 21): que haya estimado oportuno incluir esta declaración tiene que ver, creo, con su plena conciencia del tipo de investigación que practica, una que se mantiene pegada al nivel de las fuentes, en toda su complejidad, y que no rehúye el detalle incómodo que pone trabas a una teoría o a una big picture preconcebida o heredada. Sólo cabe esperar que este tipo de historiografía -que tiene tanto de filología-prospere y se asiente en las humanidades que vienen.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS En las últimas décadas, la historia de la ciencia ha propiciado una significativa apertura al estudio de las conexiones entre los diversos participantes que construyen los saberes científicos. En los años noventa, Nicholas Jardine, James Secord y Emma Spary (1996) proponían una aproximación a los estudios culturales de historia natural desde las gentes, los objetos naturales, las instituciones y las colecciones, así como también a partir de las prácticas en torno al proceso de difusión del conocimiento. Actualmente, la disciplina se abre al análisis de la contribución de América Latina como un agente activo en la construcción de las disciplinas científicas. De esta forma, quedan atrás las tradicionales visiones que relegaban a los territorios hispanos al espacio periférico y a la recepción pasiva del conocimiento. A su vez, los historiadores de la ciencia han destacado cada vez más la relación entre antigüedades y naturaleza americana para explicar los orígenes de disciplinas como las ciencias naturales y la arqueología, así como la participación de diversos actores en este proceso. Un libro que refleja un proceso de estudio acucioso por parte de la autora, quien ha seguido líneas de investigación en torno a la historia de las ideas, de la ciencia y del conocimiento en América Latina, el rol de las élites indígenas en el periodo tardío colonial y la historia del anticuarismo, la arqueología y el coleccionismo en Perú y Chile del siglo XIX. Stefanie Gänger es actualmente académica del Instituto Histórico de la Universidad de Colonia, en Alemania, y sigue una destacada trayectoria vinculada a la historia global e historia de la ciencia, lo que se plasma en sus diversos artículos sobre la materia en los últimos años como Circulation: reflections of circularity, entity and liquidity in the language of global history (2017) o In their own hands: domestic medicine and 'the cure of all kinds of tertian and quartan fevers' in late-colonial Lima (2016). En Relics of the past, Gänger integra la circulación de objetos y personas a nivel global con una historia de la anticuaria y el coleccionismo en América Latina con especial énfasis en dos ciudades peruanas, Cuzco y Lima, y los territorios de la Araucanía, en Chile. Su estudio se centra en el momento del surgimiento de los estados nacionales, época previa a la institucionalización y profesionalización de la disciplina arqueológica en el continente. La autora traza la circulación de cuatro objetos humanos y materiales: un mascapaycha, insignia del poder incaico, un khipu Inca (herramienta para el registro y la contabilidad), un indio araucano, Pascual Coña (1840Coña ( -1927)), considerado como una reliquia viviente debido al proceso de "desvanecimiento" de los araucanos tras la "Pacificación" llevada a cabo por el Estado chileno; y una jarra proveniente de Valdivia, ejemplo material que evidencia las reflexiones nacionalistas en torno a la conquista incaica en los que eran ahora los territorios de Chile. Cada capítulo se enfoca en los orígenes del objeto estudiado, su uso antes de entrar a la colección, y también mira hacia el futuro de la pieza, generalmente marcada por la pérdida y el abandono. En el caso de Pascual Coña, las reflexiones van en torno a la desaparición del indígena en aras del sometimiento al nuevo estado-nación y en nombre del progreso. La autora trata esta idea de dominio y preservación, lo que hace que Coña se convierta en el último de su estirpe, para una sociedad que intenta relegar al olvido al pueblo araucano tras la ocupación. La historia de los objetos y personas en circulación es importante en este estudio al constituir el punto de partida desde donde la autora reflexiona sobre el papel de los coleccionistas de antigüedades en Hispanoamérica. Estos siguieron utilizando una óptica clasicista para valorar las piezas provenientes de los pueblos nativos del continente. En algunos casos, las piezas eran de etapa prehispánica. En otros, constituían utensilios aún usados por esas comunidades en el presente. Sin embargo, todo confluía en una visión: pertenecían a un pasado antiguo y remoto, pues, a ojos de estos coleccionistas, las piezas provenían de sociedades que se habían detenido en una línea de progreso constante donde solo cabía avanzar. Las sociedades modernas y occidentales, calificaban a las comunidades indígenas como inmóviles y, por tanto, pertenecientes a una etapa muy lejana a pesar de que su antigüedad cronológica fuera reciente. A través de estos objetos y personas en movimiento, Gänger nos introduce a la historia de un mundo aún poco conocido: los coleccionistas de piezas arqueológicas en la etapa inmediatamente posterior a la consolidación de la independencia de Hispanoamérica y en un momento donde recién comenzaba a desarrollarse la arqueología como disciplina. En este periodo muchas de las ciudades de Perú y Chile albergaron a comunidades de coleccionistas participantes de las élites locales (Ana María Ceneno, Emilio Montes, José Lucas Caparó Muñiz, Nicolás Sáenz, entre otros). Todos ellos contribuyeron en gran medida, por medio de ventas y donaciones, a la formación de museos públicos en Cuzco y Lima. A través de la historia de las antigüedades de la Araucanía, la autora realiza un estudio de los coleccionistas de Chile, analizando sus escritos, acciones y conexiones, así como sus contribuciones al Museo Nacional. Entre ellos destacan importantes eruditos como Rodulfo Armando Philippi, José Toribio Medina o Benjamín Vicuña Mackenna. Asimismo, aborda la significación de la guerra del Pacífico como una etapa expansionista del estado chileno. Como fruto del citado conflicto se produjo la incorporación de antigüedades mapuches o araucanas en los Museos, aspecto aún poco estudiado en el contexto de la formación de las colecciones de antigüedades chilenas. Sobre este tema recién se han generado nuevas reflexiones que vinculan lo antiguo con los nacionalismos (en los últimos años destacan en Chile los estudios que sobre esta materia han desarrollado Carlos Sanhueza, Jorge Pavez, Octavio Lagos, Bernando Arriaza, entre otros) Por otra parte, Gänger consigue abordar otras temáticas apasionantes como el papel de algunas mujeres de la aristocracia como dueñas de gabinetes de antigüedades y activas participantes de los círculos científicos, encarnado en el caso de la colección de Ana María Centeno. La participación de las mujeres en el desarrollo científico e intelectual de la América Hispana es un tema hasta ahora poco investigado y podría abrir un nuevo campo de estudio sobre el rol femenino en el coleccionismo. Asimismo, Gänger mantiene una postura clara sobre los debates en torno al apoyo del Estado en la formación de las colecciones nacionales y el impulso científico, reflexionando sobre el éxito y fracaso del apoyo estatal. Concluye que la participación del Estado no fue relevante en el coleccionismo de antigüedades y naturaleza, ya que ambas actividades estuvieron mayormente concentradas en manos de los particulares. En una línea temática muy similar a la anterior encontramos la obra colectiva Nature and Antiquities. Philip Kohl es profesor de antropología en Wellesley College y tiene amplia experiencia en arqueología del Próximo Oriente. Ha estudiado la relación entre nacionalismo y arqueología centrándose en la relación entre construcción de las naciones y la reconstrucción del pasado remoto. Por su parte, Irina Podgorny, es una destacada antropóloga e historiadora de la ciencia argentina. Ha investigado y publicado sobre temas de arqueología, coleccionismo y museos de historia natural. Actualmente se desempeña como investigadora principal del CONICET en el Archivo Histórico de la Universidad Nacional de la Plata. Junto a ellos, participa Stefanie Gänger, lo que refleja las estrechas redes de colaboración internacional que pueden articularse en torno a la investigación en temas de naturaleza, arqueología y antigüedades. Desde una amplia perspectiva, en las páginas de Nature and Antiquities se trabajan cuestiones que contribuyen a la comprensión del proceso de formación de los museos de historia natural y también al desarrollo de las ciencias naturales y la arqueología en las Américas. Uno de estos temas es la vinculación del estudio de lo indígena con las ciencias naturales, así como la relación entre el estudio de la naturaleza y la historia de la arqueología en el continente americano. Uno de los puntos interesantes de Nature and Antiquites es la reflexión sobre la exclusión de los pueblos nativos de América de la historia civil, aspecto que también es mencionado por Stefanie Gänger en Relics of the Past. Esto se debió principalmente a que los académicos de la Ilustración relegaron estas civilizaciones al ámbito de la historia natural. Incluso incas y aztecas sufrieron esta postergación porque carecían de monedas y alfabeto. El Siglo de las Luces, en este punto, no habría hecho más que seguir a los primeros cronistas de Indias: para ellos, la historia de los nativos se vinculó desde un principio más a una historia natural que a una humana, haciendo a los aborígenes de América objetos para la clasificación junto a la flora y la fauna (Alice Beck Kehoe, Manifest Destiny as the Order of Nature). Por ello, en la mayoría de los museos y colecciones privadas, las antigüedades americanas han ido junto a la industria y la naturaleza. A diferencia de los primeros cronistas y exploradores de los siglos XVI y XVII, los ilustrados se apoyaron por primera vez en la evidencia material para estudiar América desde cero, en un momento en el que las crónicas de indias perdieron credibilidad entre los estudiosos de la época. Para ello fue necesario entonces definir y corroborar un lenguaje. En este sentido, el libro se preocupa de la temprana historia de cómo algunas personas definieron y corroboraron un método y un cuerpo de evidencia material para el estudio de una antigua América (Miruna Achim, Skulls and Idols: Anthropometrics, Antiquity collections and the Origin of American Man, 1810-1850 y María Margaret Lopes, Mariza Corrêa e Irina Podgorny, Arrows and Sciences: Odd Displays for Another Brazil, 1840Brazil, -1882) ) En Nature and Antiquitites se trazan episodios sobre cómo los contemporáneos escribieron y re-escribieron la historia del Nuevo Mundo. El énfasis particular de las contribuciones evoca tanto a la naturaleza como a las antigüedades de la América precolombina. Es interesante también cómo los autores ponen de relieve la inexistente división de la disciplina arqueológica en sus orígenes, momento en que participaron recolectores, viajeros y académicos que se movían en diversos espacios geográficos. Vemos así que personas de diversas profesiones, como ingenieros, médi-cos y lingüistas, se involucraron activamente con la arqueología (Joanne Pillsbury, Finding the Ancient in the Andes y Máximo Farro, Place-Names and Indigenous Languages: Samuel Alexander Lafone Quevedo and British Antiquarian Methods in Nineteenth Century Argentina). A esto se suman las expediciones geográficas y botánicas (Irina Podgorny, From Lake Titicaca to Guatemala: The Travels of Joseph Charles Manó and His Wife of Unknown Name). Por lo tanto, la obra apunta a una historia de la arqueología incluyente de estas prácticas y discursos divergentes que emergieron en relación a la coleccción, venta, consumo y estudio de las antigüedades americanas a lo largo del siglo XIX, a la vez que considera la forma de coexistencia con otros estudios. Al igual que en Relics of the Past, los autores de Nature and Antiquities evalúan el papel del Estado en este proceso durante el siglo XIX. Contrario a la idea de que este tuvo un rol protagonista en el desarrollo científico de las naciones americanas, las cuales no proveyeron fondos para la práctica arqueológica y muchas iniciativas descansaron en manos de los particulares (Stefanie Gänger, The Many Natures of Antiquities: Ana María Centeno and Her Cabinet of Curiosities, Peru, ca. Hay capítulos de gran interés y novedad ya que analizan la situación de los pueblos nativos de Norteamérica proyectando su situación hacia el siglo XXI (Susan Roy, Visualizing Culture and Nature: William Taylor's Murals in the Hall of Northwest Coast Indians, American Museums of Natural History o el estudio de John S. Gilkeson, Saving the Natives: The Long Emergence and Transformation of Indigeneity). En este sentido, el desvanecimiento de las comunidades indígenas parecería seguir marcada por la perspectiva del progreso que los relega a la categoría de reliquias humanas, aún en la actualidad. Ambos libros, Relics of the Past y Nature and Antiquities nos ilustran sobre los orígenes de la arqueología en Hispanoamérica, disciplina que necesariamente requiere considerar la labor de coleccionistas y anticuarios en la interpretación y acopio de los objetos de antigüedades. Se enmarcan también en la historia global de la ciencia, una historia de la red de conexiones e intermediarios que hacen viajar el conocimiento y los objetos. En relación a estos debates, los autores evidencian que los historiadores han realizado un esfuerzo concertado de descentralizar la tradicional orientación eurocéntrica, y sobre todo anglocéntrica, de la historia de la ciencia. En su lugar insertan, entre otros aspectos, el mundo ibérico, hasta ahora tan descuidado por los especialistas. Durante la última década en particular, los académicos han estudiado la sistemática recolección de información, plantas, curiosidades y conocimientos producidos al interior de los imperios español y portugués. En este contexto, los historiadores de la ciencia han demostrado que América Latina también ha participado activamente de los debates científicos, proceso que se acompaña por un esfuerzo de identificar quiénes eran históricamente estos agentes, y cómo se formaron las colecciones y las ideas en el continente americano, visto tradicionalmente como alejado de los centros de conocimiento. A través de las dos excelentes propuestas que hemos recensionado, entendemos las posibilidades de la historia global y el papel activo de América Latina en los debates epistemológicos decisivos para construir la historia de disciplinas como la arqueología y las ciencias naturales. Universidad Autónoma de Chile [EMAIL]
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS Uno de los grandes temas pendientes de la historiografía médica en México es su organización y clasificación, pues a pesar de que se trata de la disciplina científica más antigua, en nuestro país no se le ha dedicado un detallado y apropiado recuento historiográfico. Relacionado con lo anterior, se debe señalar que hace poco más de medio siglo que la historia de la medicina en México comenzó a escribirse por historiadores de profesión y hasta hace muy poco comenzaron a estudiarse los fenómenos histórico-médicos desde las perspectivas sociales y culturales. También hay que considerar que la historia de la medicina ha sido tratada tangencialmente por otros campos historiográficos, tales como los de la educación, de las instituciones, de la ciencia en general, de la demografía, de la política, etc. El hecho de que no exista a la fecha un recuento historiográfico general sobre la medicina en México puede tener diversas explicaciones. La principal razón por la que no se ha realizado quizá sea porque en sus inicios, y durante mucho tiempo, la historia de la medicina fue realizada por los propios médicos, quienes, carentes de una formación profesional en el campo de la historia, no tuvieron entre sus intereses metodológicos recopilar de manera crítica la información previa sobre su objeto de estudio. Sin embargo, ya ha pasado un largo tiempo desde que la historia se profesionalizó en México -y que ésta se interesó por los temas sanitarios y de la salud-y aún sigue sin presentarse un trabajo que profundice en tal cuestión. Esta omisión parece que se ha dado por la aparición de diversos grupos de investigación centrados en la historia de la ciencia y de la medicina, los cuales al producir una enorme cantidad de trabajos hace parecer, al día de hoy, que una recopilación sistemática sobre éstos parezca una tarea inabarcable. No obstante, desde sus trincheras, algunos historiadores han presentado trabajos serios y críticos acerca de la historiografía de la historia de la medicina mexicana, los cuales pueden parecer limitados ante la vastedad de la producción historiográfica de la historia de la medicina. En este escenario historiográfico ha aparecido recientemente la obra Médicos en busca de su pasado: Contribuciones a la historia de la medicina en México, 1930México, -1960 de Xóchitl Martínez Barbosa, la cual arroja pistas importantes para entender el proceso historiográfico de la medicina mexicana. La historia de la medicina en México tiene una larga tradición historiográfica y hemerográfica cuyos inicios se remontan a la segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, la profesionalización de este campo tardó varios años más en iniciarse. Esto sucedió durante el segundo tercio del siglo XX, espacio temporal en el que se dieron varios acontecimientos, tanto académicos como políticos, que delinearon las pautas de la moderna historiografía profesional de la medicina mexicana. El libro Médicos en busca de su pasado: Contribuciones a la historia de la medicina en México, 1930-1960(México, UNAM, 2017) hace una detallada descripción de ese momento crucial para la historia médica. En esta obra se traza una línea cronológica que va de la década de 1930, momento en que se dieron los primeros intentos serios por desarrollar una historia de la medicina y de la ciencia en México, a la de 1960, cuando ya estaban establecidas varias sociedades dedicadas a la investigación de la memoria científica nacional y que contaban con sus propios medios de difusión impresos. Esas tres décadas resultaron de vital importancia para el desarrollo profesional de la investigación y enseñanza de la historia de la medicina en México. En esa etapa es posible observar la transformación de la historia de la medicina mexicana, la cual comenzó a ser cultivada con un interés diferente al que permeaba en los estudios anteriores, cargados todavía con una fuerte dosis de positivismo. En las décadas centrales del siglo XX algunos médicos mexicanos, que lograron colocarse en puestos de la alta burocracia nacional y universitaria, facilitaron los elementos académicos y materiales para que surgieran las primeras sociedades y publicaciones especializadas en la historia de la medicina. Hacia los años sesenta era ya notorio un cambio en las formas de estudio del pasado médico mexicano, pues se habían adoptado diversas metodologías de investigación histórica que provenían de algunos países occidentales. Xóchitl Martínez aborda las primeras figuras de los médicos mexicanos, y algunos españoles, que entre las décadas de 1930 y 1940 mostraron un marcado interés por llevar la historia de la medicina más allá de la simple recolección y descripción de datos y hazañas. En este sentido se refiere a estos médicos de profesión como historiadores amateurs. Los llama así porque conjugaban su principal labor con la investigación histórica. Esta última actividad no la llevan a cabo de una forma profesional y exclusiva, sin embargo, esto no significa que por ello careciera de seriedad y rigor y que pudiera considerarse como un mero pasatiempo. Al contrario, subraya la autora, había un compromiso intelectual del historiador amateur de la medicina con su vocación de médico. El libro Médicos en busca de su pasado: Contribuciones a la historia de la medicina en México, 1930México, -1960 consta de una presentación -a cargo del historiador michoacano Gerardo Sánchez Díaz-una introducción, cinco capítulos y un epílogo. El capítulo I se centra en los orígenes de la moderna historia de la medicina y su institucionalización que tuvo lugar entre los años finales del siglo XIX y principios del XX. El capítulo II está dedicado propiamente a la historiografía de la medicina en México en el periodo que va de 1930 a 1960, en donde se describe la manera de trabajar de los primeros autores que la forjaron y las herramientas con las que contaban para ello. El capítulo III revisa la relación que se estableció entre la política y la academia a través de un grupo de médicos que llegaron a ocupar puestos de dirección en las instituciones de educación superior y de seguridad social en México a mediados del siglo XX. El capítulo IV, por su parte, aborda el tema de los primeros espacios institucionalizados dedicados al rescate de la historia de la medicina en México. Y Finalmente, en el capítulo V se hace un estudio de cómo, a través de tres figuras clave de la historiografía médica mexicana, se transformó la manera de abordar el pasado médico. Los tres personajes estudiados en esta parte son José Joaquín Izquierdo Raudón, Francisco Fernández del Castillo y Germán Somolinos D'Ardois. El capítulo I revisa el marco internacional de la historiografía médica. Se atienden primero los casos europeo y norteamericano, y luego se revisan las experiencias latinoamericanas. Así, se puede observar que la historia de la medicina se independizó como disciplina a finales del siglo XIX y logró su consolidación en el periodo entreguerras. Fue en el ámbito germánico que se dieron los primeros pasos hacia la institucionalización de la historia de la medicina. En esta parte Xóchitl Martínez describe una serie de hechos que fueron sentando las bases de la moderna historia de la medicina. Por ejemplo, comenta que a inicios del siglo XX se creó la asociación alemana de historia de la medicina, a iniciativa de Theodor Puschmann y poco más tarde salió a la luz la primera publicación periódica especializada en temas de historia de la medicina. Posteriormente, la autora aborda el caso estadounidense, el cual despuntó hacia 1929 con el establecimiento del Instituto de Historia de la Medicina en la Universidad de Johns Hopkins. Este recinto sirvió de refugio a varios investigadores europeos, quienes se habían visto en la necesidad de emigrar a causa de las conflagraciones mundiales. Varios de aquellos primeros historiadores europeos y estadounidenses de la medicina fueron conocidos por los fundadores de la historiografía médica mexicana. Tal fue el caso de Henry Sigerist, quien fue uno de los autores más leídos por los médicos mexicanos de entonces y que mantuvo comunicación con José Joaquín Izquierdo. Se cierra esta primera parte del capítulo I con el aporte de los investigadores españoles, entre quienes sobresalen las figuras de Luis Comenge, Gregorio Marañón, Nicasio Mariscal, Pedro Laín Entralgo y Francisco Guerra. Por otro lado, de forma paralela al caso mexicano, se estaba gestando en varios países de Latinoamérica una creciente curiosidad por conocer la trayectoria histórica de la medicina. En Argentina se comenzó a impartir la cátedra de historia de la medicina en la Universidad de Buenos Aires en el año de 1937. Una década más tarde ya existía el Departamento de Historia de la Medicina en la misma universidad. En latitudes centroamericanas destacó el guatemalteco Carlos Martínez Durán. A iniciativa suya en su país se crearon los primeros espacios donde se discutieron los temas históricosmédicos. Martínez Durán tuvo una estrecha relación con varios personajes centrales de la historia de la medicina mexicana. En tanto, en Venezuela destacaba la figura de Ricardo Archila quien en 1961 encabezó la Academia Panamericana de Historia de la Medicina. En el caso brasileño sobresalió Ivolino de Vasconcelos y en el cubano César Rodríguez. En el Perú destacaron los nombres de Juan B. Lastre Quiñones, Carlos Enrique Paz Soldán, Fernando Cabieses, entre otros. A finales de la década de los cincuenta en Bolivia se erigió la Sociedad Boliviana de Historia de la Medicina por iniciativa de Enrique Saint Loup Bustillo. En Chile, la Sociedad Chilena de Historia de la Medicina fue fundada en 1955 y años más tarde se creó el Centro de Investigaciones de Historia de la Medicina. El capítulo II está dedicado a los antecedentes del periodo 1930-1960 y a revisar los materiales de investigación con que se contaba en aquella época. En la parte "Los predecesores" se hace un recuento de la historiografía anterior al segundo tercio del siglo XX. El recuento comienza con la célebre obra positivista de Francisco de Asís Flores y Troncoso Historia de la medicina en México. De la época de los indios hasta el presente, que significó un hito dentro de la historiografía médica mexicana. Posteriormente, se aborda la obra de Nicolás León, quien a principios del siglo XX destacó por sus valiosos aportes a la medicina mexicana en general y michoacana en particular. También se menciona la contribución del historiador veracruzano Enrique Herrera Moreno, cuyos trabajos aparecieron en la década de 1920 y se centraron en la Escuela de Medicina de México. En la segunda parte del capítulo, "Las Herramientas" se examina la relación de la historia de la medicina con las nuevas formas de hacer historia que se estaban gestando en México a partir de la década de 1930. Esta etapa destaca por el aumento sensible de las publicaciones periódicas sobre historia en México. También tuvieron auge los trabajos de carácter bibliográfico que constituyeron un valioso avance en la formalización de los estudios de historia, cuya profesionalización se concretó en la década de 1940. Sobresalen aquí los nombres de Octavio Rojas Avendaño, Heliodoro Valle, Francisco Guerra y Francisco Fernández del Castillo. Destacaron en esta etapa también los estudios monográficos sobre hospitales, entre los que sobresalió por mucho la obra de Josefina Muriel Hospitales de la Nueva España. El capítulo III está dedicado a revisar las trayectorias de Fernando Ocaranza, Ignacio Chávez Sánchez, Miguel E. Bustamante y Efrén del Pozo. Las gestiones de estos personajes, que ocuparon puestos importantes de la burocracia universitaria y del Estado, contri-buyeron notablemente a la institucionalización de la sanidad estatal y a la publicación de grandes obras para la historia de la medicina mexicana. Los rasgos profesionales que compartieron estos cuatro hombres fueron su interés por la historia de la medicina y el poder académico y político. Los cuatro fueron médicos que se formaron o ejercieron en la Universidad Nacional. Tuvieron también una experiencia formativa internacional. Los dos primeros ocuparon la dirección de la Escuela de Medicina y la rectoría de la Universidad Nacional. Sólo para destacar algunos de sus legados a la historia de la medicina, se puede decir que Ocaranza publicó una Historia de la Medicina en México (1934), Chávez sacó a la luz una obra titulada México en la cultura médica (1954), Bustamante tuvo a su cargo la edición de la Historia de la Salubridad y Asistencia en México (1960) y Efrén del Pozo impulsó la edición de la Obras completas de Francisco Hernández y una edición facsimilar del Códice de la Cruz-Badiano (1964). El cuarto capítulo hace un repaso por la creación de los espacios colegiados, en los cuales se congregaron lo más representativo de la medicina mexicana. Estas asociaciones constituyeron un lugar favorable para la promoción y difusión de la ciencia. En específico se atienden los casos de la Academia Nacional de Medicina (creada en 1836, pero formalizada en 1864), la Academia Nacional de Cirugía (1933) y la Sociedad Mexicana de Historia y Filosofía de la Medicina (1957). Las dos primeras fueron un sitio de discusión profesional en el campo de la medicina, sin embargo, dentro de ellas se dio cabida a espacios en donde podían ser presentados trabajos sobre historia de la medicina. Por su parte, la Sociedad Mexicana de Historia y Filosofía de la Medicina fue la primera instancia creada ex profeso para la investigación y divulgación del conocimiento histórico-médico en México. Asimismo, estas sociedades, mediante publicaciones periódicas, difundieron los trabajos que versaban sobre la historia de la medicina. Sobresalen en este rubro la Gaceta médica de México, la revista Cirugía y cirujanos y la Revista Prensa médica mexicana. En el quinto y último capítulo se describen las aportaciones de José Joaquín Izquierdo, Francisco Fernández del Castillo y Germán Somolinos D'Ardois a la historiografía médica mexicana. Xóchitl Martínez considera que la consolidación como disciplina de la historia de la medicina en México se logró gracias a las publicaciones de estos tres autores, pues realizaron trabajos originales, sistemáticos y críticos que tuvieron una amplia difusión en la prensa. De esta forma la historia de la medicina mexicana comenzó a ser apreciada por historiadores ajenos al gremio médico. La producción escrita de dichos personajes gozó de amplia difusión en México y en varias ocasiones en el extranjero. Otra característica académica que compartieron estas figuras fue la relación que tuvieron con historiadores profesionales y humanistas de su época, lo cual enriqueció mucho su trabajo. José Joaquín Izquierdo se abocó al estudio de la renovación del conocimiento médico en las épocas novohispana y contemporánea. Fernández del Castillo, por su parte, abarcó todas las etapas de la historia nacional, aunque tuvo predilección por el periodo virreinal. En tanto el médico español exiliado Germán Somolinos D'Ardois tuvo una inclinación por la medicina novohispana; sus estudios acerca de Francisco Hernández siguen siendo todavía referentes hoy en día. En resumen, la obra de Xóchitl Martínez muestra la transformación de la historiografía de la medicina en México entre las décadas 1930 y 1960. En esa etapa se transitó de los preceptos positivistas de finales del siglo XIX a nuevos enfoques más críticos y apegados a las metodologías de investigación histórica que estaban surgiendo en México y en el mundo en las décadas centrales del siglo XX. Años más tarde se logró la consolidación académica de la historia médica nacional con el surgimiento de sociedades e instituciones dedicadas de forma exclusiva a la investigación, docencia y difusión de la historia de la medicina. Cabe agregar, que, aunque no es la intención principal del libro, éste abre una nueva brecha en un campo que ha sido abandonado por los actuales historiadores de la medicina: la recopilación y crítica historiográfica, pues hoy en día no existen trabajos que aborden de forma analítica la producción historiográfica de la medicina mexicana. Ésta es una tarea que sigue pendiente, sin embargo, el libro Médicos en busca de su pasado: Contribuciones a la historia de la medicina en México, 1930México, -1960 proporciona un incentivo para realizarlo, pues da la pauta para entender un antes y un después en la producción histórico-médica en México. Universidad Nacional Autónoma de México [EMAIL]
Valencia), creada en 1924, desarrolló una intensa y destacada actividad de investigación original, adaptación de técnicas y divulgación en el ámbito del control de plagas. Especialmente notables fueron las iniciativas de lucha biológica, centradas en las plagas del naranjo. La lucha química también ocupó los esfuerzos del personal de este centro. Como muy bien enfatiza el historiador agrario Salvador Calatayud, la lucha racional contra las plagas y enfermedades de los cultivos es un aspecto fundamental en cualquier agricultura desarrollada 1. Dentro de los estudios que se han dedicado a las transformaciones técnicas aplicadas a la agricultura en el Estado español, se ha dado especial relevancia a cuestiones como el abonado, la maquinaria agrícola y las técnicas de riego, que cuentan con una amplia bibliografía. Los aspectos relacionados con los métodos de combate de las plagas, por su parte, son objeto de interés creciente, y se dispone ya de monografías de referencia para cuestiones como la filoxera 2, la langosta 3 o el marco general de la lucha contra las plagas en los siglos XVIII y XIX4. No obstante, son todavía muy escasas las aportaciones que inciden en desarrollos más recientes, de pleno siglo XX, y especialmente en la modalidad del control biológico de plagas, tal vez por su tardía incorporación en el caso español, si comparamos con Portugal, Italia o Francia, países todos estos que hicieron uso de dicha orientación para combatir plagas similares a las que ----1 CALATAYUD, S. (1988), Las instituciones agronómicas en el desarrollo agrario: la Granja Experimental de Valencia, Valencia, memoria inédita presentada a la IVEI, p. No debe sorprender que consideremos la agricultura española de comienzos del siglo XX como una agricultura desarrollada. Buena parte de los historiadores agrarios que se han ocupado del período comprendido entre la Revolución liberal y la Guerra Civil, han destacado que la evolución del sector agrario español se puede equiparar, en su proceso de crecimiento, a lo experimentado simultáneamente en los más avanzados países europeos, aunque los resultados fueran a la postre peores; las causas de ello, sin embargo, estarían más bien en las condiciones ambientales, las deficiencias de la industria de medios agrarios de producción, la reestructuración de los mercados exteriores y las desigualdades en la distribución de renta. El concepto de atraso, desde luego, no parece el más adecuado para caracterizar la situación de la agricultura española del período. Para una caracterización general de esta interpretación, v. PUJOL, J.; GONZÁLEZ MOLI-NA, M.; FERNÁNDEZ PRIETO, L.; GALLEGO, D.; GARRABOU, R. (2001), El pozo de todos los males. Sobre el atraso de la agricultura española contemporánea, Barcelona, Crítica. 3 BUJ, A. (1992), «Control de las plagas de langosta y modernización agrícola en la España de la segunda mitad del siglo XIX», Geocrítica, 95 (edición electrónica: www.ub.es/geocrit/ geo95.htm); BUJ, A. (1996), El Estado y el control de plagas agrícolas. La lucha contra la langosta en la España Contemporánea, Madrid, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. afectaban el campo español al poco de desarrollarse las primeras técnicas de este tipo en los Estados Unidos, en las dos últimas décadas del siglo XIX. Ante esta situación historiográfica, sigue teniendo vigencia la interpelación de Jiménez Blanco: «El tema de las plagas del campo es otro que requiere una investigación en profundidad. ¿Por qué proliferan en un determinado momento del desarrollo de la agricultura? ¿Cuál fue el comportamiento del Estado? ¿Qué tipo de medidas se arbitraron para hacerles frente y qué consecuencias económicas, ecológicas y sociales tuvo su aplicación? La respuesta a estas preguntas acaso constituya uno de los capítulos más sugerentes de la historia agraria de la España contemporánea» 5. Se trata de cuestiones que, efectivamente, sólo de forma parcial se han venido abordando en los últimos veinte años. Así, todavía nos queda mucho por saber acerca del proceso de desarrollo institucional de los centros oficiales a los que, desde la década de los veinte del siglo XX, se encomendaron las labores de lucha y control de las plagas del campo: las estaciones de patología vegetal, luego llamadas de fitopatología agrícola. Estas estaciones no han recibido hasta la fecha una atención preferente por parte de los historiadores agrarios o de la ciencia, si comparamos con otro tipo de instituciones agrarias existentes antes de la Guerra Civil 6. La gran excepción ha sido la Estación de ----5 JIMÉNEZ BLANCO, J.I. (1986), «Introducción», en R. GARRABOU, C. BARCIELA, J.I. JI-MÉNEZ BLANCO (ed.), Historia agraria de la España contemporánea. 6 Como es el caso de las granjas experimentales, en cuyo seno, por cierto, se constituyeron las propias estaciones de patología vegetal. Para el caso de Valencia, v. La Coruña, que cuenta con un excelente estudio monográfico de Miguel Cabo, resultado de su tesis de licenciatura, al que antecedió un avance por el mismo autor 7. Las otras estaciones -Valladolid, Burjassot (Valencia), Barcelona y Almería-no cuentan con estudios de referencia, y sólo del caso valenciano, uno de los autores del presente trabajo ha publicado algunos de los resultados que se recogen en su propia tesis doctoral relativos a las experiencias de control biológico desarrolladas en la Estación de Burjassot durante los años veinte y treinta 8, mientras que el segundo autor estudió en su memoria de curso de doctorado los métodos químicos de control de plagas aplicados en el mismo centro y durante ese período 9. A partir de estas investigaciones se ha preparado el presente artículo, que trata de abordar desde una perspectiva de conjunto, aunque necesariamente preliminar, los primeros años de la Estación de Burjassot. La reconstrucción de la historia de la Estación de Burjassot en el período de estudio, y en los aspectos relativos al control de plagas, está fundamentada en el análisis del contenido de las memorias de actividad que obligatoriamente debía publicar el ingeniero director en el Boletín de Patología Vegetal y Entomología Agrícola, órgano oficial de las estaciones 10. El Boletín de Patología Vegetal era una publicación de la Estación Central de Patología Vegetal que centralizaba, coordinaba y publicitaba la información que aportaban las distintas estaciones fitopatológicas del Estado. Surgió en 1926 y continuó publicándose con una relativa regularidad hasta mucho después del período que aquí hemos estudiado. Hay que señalar que, después de 1931, el Boletín perdió muchas de las atribuciones descritas, que pasaron a una nueva publicación denominada complementa con la aportada por las secciones agronómicas provincialesresponsables parciales de la implementación de las medidas de control auspiciadas por la Estación-, la cual está recogida en el propio Boletín. Un estudio completo del desarrollo institucional de la Estación de Burjassot y de la efectividad de las experiencias de control de plagas en él desarrolladas exigiría, no obstante, la consulta del propio archivo del centro. Éste quedó durante casi tres décadas depositado en pasillos y subterráneos del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias (IVIA), heredero de la propia Estación y de otros centros valencianos de investigación agraria. La disposición fragmentada del fondo y el difícil acceso a algunas de sus porciones ha impedido un uso sistemático de estas fuentes. Recientemente, la dirección del IVIA ha transferido la custodia del archivo al Instituto de Historia de la Ciencia y Documentación «López Piñero», donde ha quedado depositado; está previsto que se inicie en breve el proceso de restitución de unidad del fondo y su inventario y catalogación, actuaciones que permitirán, por fin, un uso pleno de la información allí contenida. Se facilitará así la continuidad de las investigaciones sobre las líneas fundamentales de desarrollo institucional que aquí sólo podemos esbozar someramente. EL MARCO LEGISLATIVO DEL CONTROL DE PLAGAS EN EL ESTADO ESPAÑOL A lo largo de los siglos XIX y XX aparecerán, en el Estado español, toda una serie de leyes, decretos y órdenes que perfilarán y concretarán el marco legislativo relativo al control de plagas. Con anterioridad ya habían aparecido algunas instrucciones relacionadas con la lucha contra determinadas plagas, como comentaremos a continuación. Pero no será hasta finales del XIX, y fundamentalmente a inicios del XX, cuando se consolide un auténtico marco legislativo con el que hacer frente al problema de las plagas. Se conocen, sobradamente, medidas legales relativas al control de plagas, dentro de la Península Ibérica, que se remontan al siglo XVI. Es el caso de la ----Plagas del Campo, órgano de la Dirección General de Agricultura. Si bien nació con la voluntad de ser anual, le fue imposible cumplir con esta pretensión, seguramente como consecuencia de la convulsa situación política de aquellos años. El Boletín, desde entonces, quedó reservado especialmente a las contribuciones originales del personal de las estaciones al conocimiento y gestión de las plagas. Las memorias administrativas hallaron su lugar en la nueva revista, sin perjuicio de que las propias estaciones publicaran el relato de sus actividades en folletos de tirada independiente, como fue el caso que aquí nos ocupa. ley promulgada por Felipe II en 1593 bajo el título de «Obligación de las justicias ordinarias a hacer matar la langosta a costa de los Concejos». También es conocido un antecedente medieval. En las Siete Partidas, Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, ya alentaba a combatir entre otras calamidades las plagas de la langosta 11. A partir del siglo XIX la legislación relativa al control de plagas aumenta considerablemente. Buena parte de esta legislación hará referencia a las diversas estaciones y centros de investigación que precedieron a las estaciones de patología vegetal. Hay que tener en cuenta que aunque las estaciones de patología vegetal fueron los primeros organismos que centraron su actividad exclusivamente en el control de las plagas, ya con anterioridad se había abordado esta cuestión desde otros centros y organismos agrícolas. Así, por ejemplo, las secciones agronómicas habían tratado de hacer frente a las plagas, aunque de forma poco eficaz12, al igual que lo hicieron las Granjas Modelo, las Granjas Escuelas Experimentales o las Estaciones Vitícolas, Enológicas y Antifiloxéricas. Existe abundante información relativa a la legislación que regulaba todos estos centros y organismos. Ahora bien, no entraremos en ella en este artículo 13. Únicamente destacaremos la importancia que tuvo la aprobación del Real Decreto del 9 de diciembre de 1887, por el cual se creaba, junto a varias más a lo ancho del territorio del Estado, la Granja Escuela Experimental de Valencia. Esta se caracterizaría por mostrar un especial interés, al menos a partir de cierto momento, por el control de plagas. Y así, en 1909, ante el avance de la plaga del poll roig (Chrysomphalus dyctiospermi), que afectaba a los naranjos, se dictaba una Real Orden por la cual se creaba una Estación de Patología Vegetal anexa a la Granja Escuela Experimental de Valencia. Ésta sería la segunda estación de patología vegetal aparecida en el Estado, únicamente precedida por aquella creada en 1876 dentro del Instituto Alfonso XII de Madrid14. La estación valenciana constituiría, de esta manera, una especie de precedente de la futura Estación de Patología Vegetal de Burjassot. Además de la legislación relativa a la creación de centros agrícolas existe otra específicamente relacionada con ciertas plagas, que también se desarrolla considerablemente en el siglo XIX. Así sucede, por ejemplo, con la plaga de la langosta, que, de hecho, ya en el siglo XVIII motivó la aprobación de diversas disposiciones legales. Ahora bien, será en la década de los setenta del ----siglo XIX cuando el interés por esta plaga resurgirá y generará abundante legislación. Una legislación que culminará con la aprobación el 10 de enero de 1879 de la nueva Ley de Extinción de la Langosta, un importante antecedente de la que posteriormente será la primera ley general de plagas. También la plaga de la filoxera motivó la aparición de toda una serie de nuevas disposiciones legales en aquella época. Entre éstas podemos destacar la aprobación el 18 de junio de 1885 de la Ley de Defensa contra la Filoxera 15. A pesar de esta abundancia de disposiciones legales relativas al control de plagas antes del siglo XX, no será, sin embargo, hasta la primera década del nuevo siglo cuando se promulgue la primera ley general contra las plagas, base de la consolidación del marco legal que dio origen y reguló el funcionamiento de la Estación de Patología Vegetal de Burjassot. La primera ley general contra las plagas que aparece en el Estado español es la del 21 de mayo de 1908 16. Esta Ley de «Defensa contra las plagas de campo y de protección a los animales útiles a la agricultura» será continuadora de la ley de 1879 antes comentada 17. Sin embargo, en este caso se amplía y perfecciona para ser aplicable más allá de la langosta. Después de la promulgación de la ley de 1908 irían apareciendo diversos reales decretos y reales órdenes que ayudarían a perfilar y concretar cuestiones diversas. Por ejemplo, sólo en lo relativo a la langosta, a lo largo de la campaña de 1909-1910 se emitieron 42 disposiciones, entre leyes, decretos y órdenes 18. Por otro lado, también surgirían disposiciones legales relativas a otras plagas. Es el caso de la Real Orden de 1911 que sería especialmente importante para Valencia por regular la fumigación de los naranjos en la lucha contra el poll roig. Las nuevas disposiciones legales se irían acumulando e irían reformando el marco legal sobre el cual se erigía la lucha contra las plagas. Sin embargo, no fue hasta 1924 cuando surgió un Real Decreto que modificó sustancialmente el marco legal vigente. Esto sucedió, en concreto, al ser aprobado el Real Decreto de 20 de junio, el cual venía a enumerar toda una serie de instituciones públicas agronómicas, definiendo las tareas que tenían que desarrollar para el correcto funcionamiento de la agricultura 19. ---- El Real Decreto comprendía cuarenta artículos donde se definían las tareas que debían realizar un amplio conjunto de instituciones y centros. No sólo se regulaba el control de plagas sino una gran diversidad de aspectos relativos a la agricultura, como por ejemplo la investigación en abonos y maquinaria agrícola, el funcionamiento de estaciones específicas de un cultivo -como las arroceras, las de viticultura y enología o las de olivicultura-, o cuestiones como la divulgación de los conocimientos adquiridos por las diferentes estaciones. En todo caso, nosotros en este artículo nos fijaremos exclusivamente en los aspectos relativos al control de plagas. Esta cuestión, que tanto condicionó el funcionamiento de la Estación valenciana, fue tratada extensamente en el Real Decreto. Vamos, pues, a describirla con un poco más de detalle. Varios de los artículos incluidos en el decreto toman en consideración el control de plagas. Ya desde un principio sale a colación la cuestión que nos ocupa cuando se plantea que uno de los dos negociados de la Dirección General de Agricultura y Montes sería el de «Enseñanza y experimentación agrícola, servicio provincial y plagas del campo». Después, a través de artículos como el 6 y el 9, se define una gran cantidad de cuestiones relacionadas con el control de plagas, que aquí no describiremos para centrarnos ya en las normas relativas a las estaciones de patología vegetal. La actividad de éstas quedaba regulada a través de diversos artículos de este decreto, entre otros el ya citado número 9, que planteaba cuestiones relacionadas con el control de especies importadas (posibles focos transmisores de plagas), o los artículos 14, 15 y 16. En todo caso, el artículo fundamental a tales propósitos de actividad de las estaciones era el número 33. En él se disponía la creación de cinco nuevas estaciones de patología vegetal, las de Valladolid, La Coruña, Valencia, Barcelona y Almería. Después, el artículo pasaba a definir las actividades que se debían desarrollar por estas mismas estaciones. En concreto, se planteaban once tareas fundamentales. En primer lugar comentaba la necesidad de clasificar las especies vegetales y animales que vivían a expensas de las plantas cultivadas en el Estado español y que constituían las diferentes plagas del campo. Éstas, además, tenían que ser biológicamente estudiadas. Y, de igual manera, las enfermedades que afectaban a los cultivos del Estado español, y de otros estados, debían ser clasificadas y catalogadas como infecciosas cuando se diese el caso. A partir de estos estudios y clasificaciones, las estaciones tenían que estudiar procedimientos profilácticos o de defensa contra estas plagas y enfermedades. En particular, las estaciones se ocuparían en profundidad de aquellas enfermedades que más afectasen a la zona donde se encontraban situadas. Con esta información, el decreto contemplaba la obligación de constituir un museo de las enfer-medades de la zona y, por otro lado, planteaba que las estaciones tendrían que ensayar aquellos procedimientos de extinción que considerase interesantes la Dirección o bien que ordenasen las instancias superiores de gestión. El uso de especies beneficiosas para la agricultura se tenía muy en cuenta en aquel momento. Así, entre las tareas que debían desarrollar las estaciones se encontraba el estudio de especies entomófagas indígenas, así como de criptógamas o de cualquier otra especie animal o vegetal capaz de ser utilizada en el control biológico. Las especies indígenas que resultasen adecuadas para ello serían criadas, en insectarios o cajas patógenas, junto a otras especies importadas exóticas que pudiesen tener alguna utilidad. Las estaciones, por otro lado, habían de realizar una serie de actividades dirigidas a los agricultores, más encaminadas a la resolución inmediata de problemas relacionados con las plagas. En este sentido, el decreto especificaba que las estaciones tendrían que resolver cuantas cuestiones les fueran dirigidas relativas a su propia actividad, ya fuera por disposición superior, ya por petición de algún particular. De igual manera, siempre que se diese una situación de peligro de extensión de una plaga de importancia, las estaciones tendrían que publicar instrucciones apropiadas para darlas a conocer y mostrar los medios para combatirlas. Las estaciones tendrían también la obligación de atender los campos de observación y experimentación, así como los insectarios establecidos en la zona. Y, por último, se especificaba la obligación que tendrían estas estaciones de cumplimentar aquello que fuera dispuesto por el Servicio Fitopatológico en la forma determinada por el reglamento del mismo. Junto a las tareas principales que debían desarrollar las estaciones, el artículo 33 define otros aspectos del funcionamiento de estos centros que vale la pena recordar. En este sentido hay que destacar la relación jerárquica que se establece entre la Estación Central y las estaciones regionales. La Estación Central sería aquella que dictara las normas a las estaciones regionales y éstas, a su vez, tendrían la obligación de pasar informe, ante la Estación Central, de todas sus investigaciones. Así, los resúmenes de actividad de estas estaciones serían posteriormente publicados en el llamado Boletín de la Estación Central (luego Boletín de Patología Vegetal y Entomología Agrícola). En cuanto al personal de las estaciones, además de hacer posible que los centros llevaran a cabo las tareas que se les había asignado, tenían la obligación de actuar como profesores de las granjas escuelas de capataces agrícolas cercanas a la estación en la cual trabajaban20. ----Posteriormente aparecerían diversos decretos y órdenes que irían perfilando y modificando el nuevo marco legal surgido con el decreto de 1924 que acabamos de analizar. Así, el Real Decreto del 4 de febrero de 1929 regulaba con más detalle los controles que se tenían que dar en los puertos sobre los productos agrícolas importados y exportados 21. La Real Orden del 18 de abril de 1929, por su lado, redefinía las funciones de las estaciones de Madrid, Barcelona, Valencia y Almería (las únicas que por la importancia de su trabajo seguían en activo) al igual que planteaba las de las secciones agronómicas provinciales en el servicio de plagas 22. La Estación de La Coruña no volvería a crearse de nuevo hasta marzo de 1933. En ese año también se pondrían en funcionamiento las estaciones de Sevilla, Badajoz, Zaragoza y Santander 23. Las tareas encomendadas a las estaciones según la Real Orden de 18 de abril ya venían especificadas, en su mayoría, en el Real Decreto de 1924. Sin embargo, encontramos algunas novedades y aclaraciones respecto de éste. En la Real Orden se presta atención al tema de la resistencia de los agentes patógenos a los fenómenos meteorológicos. Se enfatiza la necesidad de ensayar los aparatos, utensilios, equipos y máquinas utilizados en la aplicación de los productos insecticidas y anticriptogámicos. Finalmente, aparecen disposiciones relativas al control de la calidad comercial de los productos agrícolas tratados, una preocupación que no aparecía especificada en el decreto del 1924 y que ahora sí que se concretará en un punto de la Real Orden. Ahora bien, si aparecen o se especifican nuevas tareas, también hay algunas que a partir de esta orden dejarán de realizarse en las estaciones. Es el caso de la inspección de los productos agrícolas de importación y exportación. Esta función pasarán a realizarla, al menos durante un tiempo, las secciones agronómicas 24. Este repaso a la legislación agronómica relativa al control de plagas permite reforzar la impresión de que el Estado, con sus contradicciones y sus insuficiencias, pretendía sin embargo potenciar la investigación agraria a través de una creciente institucionalización, sin descuidar la divulgación de las novedades entre los que efectivamente sacaban rendimiento de la tierra. Algunos autores 25 han mostrado cómo este proceso de institucionalización comienza a ---- rendir sus frutos precisamente a comienzos del siglo XX, tras asumir el Estado el nuevo paradigma agrario basado en la aplicación de principios científicos sobre el que sustentar la reforma agraria, al tiempo que los técnicos eran dotados de mayor autonomía de gestión e innovación, lo que les permitía ajustar mejor sus actuaciones a las realidades concretas. Por control biológico (o lucha biológica) se entiende el combate de una plaga -generalmente de insectos, pero también de otros animales, plantas o microorganismos-mediante el uso de especies que son sus enemigos naturales, normalmente por ser predadores o parásitos de aquélla. Aunque el principio del control biológico se antoja sencillo y propio del sentido común, y de hecho se tienen documentadas prácticas de este tipo en China al menos desde el siglo IX 26, lo cierto es que sólo con un desarrollo considerable de las teorías de la dinámica de las poblaciones se puede avanzar con cierta seguridad en este campo, y más si se tiene en cuenta la profunda transformación que sufrieron las explotaciones agrarias durante el siglo XIX y sus correspondientes comunidades de seres vivos, a las que se puede aplicar el nombre de agrocenosis. De hecho, las primeras aplicaciones extensas de las teorías que defendían las prácticas de monocultivo intensivo minaron considerablemente la capacidad de respuesta defensiva de las agrocenosis tradicionales; concurrió simultáneamente otra situación, derivada de las grandes mejoras en los medios de transporte: la generalización del comercio internacional de productos agrarios, lo que llevó a la introducción de plagas absolutamente desconocidas en los países de destino, pero con un potencial devastador enorme, al no contar en sus nuevos dominios con predadores eficaces 27. Esta situación nueva obligó a los entomólogos a acometer experiencias sistemáticas de control biológico de plagas, que tuvieron consecuencias mucho más allá de las puramente derivadas del interés económico, pues obligaron a un desarrollo teórico y metodológico en el estudio de las interacciones entre animales y plantas, que a la postre se integró en el corpus general que sustentaba la entonces naciente ciencia de la ecología 28. ---- La primera plaga a la que se aplicó sistemáticamente la lucha biológica fue la de la cochinilla australiana o cochinilla acanalada (Icerya purchasi), insecto homóptero, de la superfamilia Coccidoidea, cuya hembra ha evolucionado hasta el punto de perder el aspecto de insecto, pues en ella no se distinguen ni antenas, ni órganos de locomoción, ni ojos; su escudo dorsal marrón y los filamentos blancos de consistencia algodonosa que cierran por detrás el ovisaco le confieren un aspecto único. Procedente efectivamente de Australia, fue accidentalmente introducida en los Estados Unidos, al parecer, sobre unos ejemplares de acacia que había traído un jardinero californiano desde aquel país. Entre las diferentes características biológicas que determinaban que la cochinilla fuera una plaga que había que tener en cuenta, destacaba su extremada polifagia, pues lejos de ser específica de una o unas pocas especies vegetales, se podía encontrar en una panoplia amplísima, en la que se incluían plantas ornamentales, como mimosas y acacias, y especies de altísimo interés económico, como cítricos y otros frutales; por otro lado, su morfología y modo de vida provocaban que los típicos insecticidas de contacto no resultaran efectivos. La cochinilla, de hecho, se extendió en muy poco tiempo por los naranjales californianos, sin que se hallase método alguno para contener su avance ciertamente devastador. Hacia 1873, I. purchasi invadía un nuevo territorio, la colonia de El Cabo, en Sudáfrica, donde las extensas plantaciones de agrios también sufrieron su efecto 29. La solución para frenar la plaga la ofreció Charles Valentine Riley, el mismo investigador norteamericano que, tras descubrir el origen americano de la filoxera, había recomendado a los ampelógrafos y viticultores europeos el injerto de las variedades autóctonas en pies americanos resistentes. Puesto que la cochinilla acanalada no causaba problemas de consideración en los campos australianos, debía coexistir con ella en su país de origen uno o varios predadores o parásitos que controlaran sus poblaciones; en 1888, dos agentes de la división entomológica del Consejo de Agricultura del Estado de California regresaron de Australia con varios enemigos naturales de Icerya purchasi; el que se reveló como más eficaz fue la mariquita Novius cardinalis (conocida actualmente como Rodolia cardinalis); rápidamente se instalaron criaderos de este insecto, el cual, distribuido por los campos, controló la plaga en sólo año y medio 30. ----29 GÓMEZ CLEMENTE, F. (1929a), La lucha natural: Estudio acerca de la Icerya Purchasi Maskell, y de su parásito el Novius cardinalis Muls., Valencia, Hijo de F. Vives Mora, p. 30 DOUTT, R.L. (1958), «Vice, virtue, and the Vedalia», Bulletin of the Entomological Society of America, 4, 119-123; DOUTT, R.L. (1968), «El desarrollo histórico del control bio-El control biológico de plagas se incorporó en España tardíamente, durante la segunda década del siglo XX. Al principio, se acometieron dos líneas de investigación puramente experimentales, que no abordaron la aplicación en campo abierto. Una de estas líneas se desarrolló en el Museo de Patología Vegetal de Barcelona, impulsada por el ingeniero Jaime Nonell 31. Simultáneamente, en el Museo de Ciencias Naturales, en Madrid, desarrollaba también experiencias al respecto el farmacéutico y entomólogo Ricardo García Mercet 32. En cualquier caso, no será hasta la década de los veinte cuando se lleven a cabo los primeros trabajos en el campo; para entonces, el protagonismo recaerá en la recién creada Estación de Patología Vegetal -luego de Fitopatología Agrícola-de Burjassot (Valencia). La Estación de Patología Vegetal de Valencia fue fundada, como ya se ha comentado, en 1924, al amparo del Real Decreto de 20 de junio, de reorganización de los servicios agropecuarios. La Estación de Valencia quedó radicada en Burjassot, localidad muy próxima a la capital, donde desde 1892 estaba a su vez instalada la Granja-Escuela Práctica de Agricultura Regional, parte de cuyas instalaciones fueron aprovechadas precisamente por la nueva entidad. La agricultura valenciana del cambio de siglo se había consolidado a partir del crecimiento experimentado durante las décadas anteriores, tras optar por una vía de especialización de cultivos de regadío, muy intensivos y fuertemente expuestos al ataque de plagas, que surtía un mercado interior cada vez más articulado y que, sobre todo, debía responder a las demandas del extranjero a través de exportaciones garantizadas 33. Todo ello exigía un im----lógico», en P. DEBACH (dir.), Control biológico de las plagas de insectos y malas hierbas. México, Compañía Editorial Continental, 49-71; p. A propósito del desarrollo del control biológico en California, v. La institucionalización de la investigación entomológica aplicada a la agricultura en Estados Unidos (y también en Canadá) ha sido tratada en PALLADINO, P. (1996), Entomology, ecology and agriculture: the making of scientific careers in North America, 1885-1985, Amsterdam, Harwood. 31 CARTAÑÁ, J. (1995), «Jaume Nonell i Comes i la introducció de la lluita biològica», en C. PUIG-PLA, A. CAMÓS, J. ARRIZABALAGA, P. BERNAT (coord.), Actes de les III Trobades d'Història de la Ciència i de la Tècnica als Països Catalans, Barcelona, Societat Catalana d'Història de la Ciència i de la Tècnica, 121-126. portante grado de tecnificación, en la que sin duda mucho tenían que aportar las instituciones agronómicas oficiales, regidas por especialistas, los ingenieros agrónomos, formados expresamente para la introducción de las innovaciones técnicas y su difusión entre los agricultores 34. Hay que decir que la Granja-Escuela era un centro de gestión, enseñanza e investigación agraria que contaba con una prolongada trayectoria, ya que había sido constituida, como se ha señalado, en 1887, si bien su trayectoria entronca directamente con la de la Granja Modelo de Valencia, fundada en 1881 y de la que fue continuadora. Su primera sede estuvo en el Jardín del Real de la ciudad del Turia, ya que así se aprovechaba la infraestructura creada en dicho lugar para alojar la Estación Agronómica del Instituto de Segunda Enseñanza de Valencia 35. Bajo la dirección de Diego Gordillo, la Granja gozó durante estos primeros años de notables dotaciones de medios 36. De «Granja-Escuela experimental», pasó a llamarse en 1903 Granja-Instituto. Finalmente, desde 1907 pasó a ser la Granja-Escuela Práctica de Agricultura Regional 37. La Granja ya no ocupaba los terrenos del Jardín del Real, pues en 1892, tras unos años de gran actividad, había sido trasladada a Burjassot 38. Aunque la escasa extensión de tierra laborable en su nuevo emplazamiento, sin terrenos de secano, limitaba bastante las investigaciones de la Granja, y a pesar de que el sacarla de la capital dificultaba que los labradores la frecuentaran tanto como antes 39, más los problemas de inactividad derivados del traslado, lo cierto es que siguió dando muestras de vitalidad y de visión de futuro, al establecer, durante la década de los noventa, campos de experiencias en distintos ----34 CARTAÑÀ, J. (1996), «Ingenieros agrónomos y fomento agrícola: la difusión de la «nueva» agricultura en la España decimonónica», Arbor, 105 (609-610), 93-112; p. 35 Más detalles sobre esta Estación Agronómica y sobre la enseñanza de la agricultura en el Instituto de Segunda Enseñanza de Valencia, en CATALÁ (2000: 136-141); v. también CA-LATAYUD (2000), p. Las generalidades de la enseñanza agrícola en los institutos, en CAR-TAÑÀ, J. (1991). «La enseñanza agrícola en la ciudad: la agricultura en los institutos españoles del siglo XIX», en H. CAPEL, J.M. LÓPEZ PIÑERO, J. PARDO (coord.), Ciencia e ideología en la ciudad. 37 MAYLIN, A. (1911), Granja-Escuela práctica de agricultura regional de Valencia. Breve reseña de su historia y de sus principales trabajos desde su fundación hasta 1.o de marzo de 1911, Madrid, Hijos de M.G. Hernández, p. puntos de la provincia, de modo que a principios del nuevo siglo contaba con seis, en las localidades de Torrent, Enguera, Riba-roja, Chiva, Requena y Sueca 40. Es la época en que la dirección del centro es asumida por el activo Antonio Maylin, profesor de prácticas agrícolas y de agrimensura en los estudios elementales de agricultura que a principios de siglo todavía se impartían en el Instituto de Valencia 41. Algunos de los mencionados campos de experiencias se constituyeron luego en núcleos fundacionales de nuevas instituciones agronómicas, surgidas de la Granja. Así, en Sueca fue fundada en febrero de 1913 la Granja Arrocera La nueva entidad, dirigida por el ingeniero Federico Gómez Clemente (Alicante, 1888-Valencia, 1952), se encontraba todavía en fase de instalación -utilizaba, de hecho, dependencias de la Granja-y sin demasiados medios, cuando hubo de asumir las labores que la Granja había desarrollado hasta entonces en relación con la fitopatología. Y no era precisamente ligera la tarea que debía acometer, pues en aquel momento estaba en su apogeo la plaga de la cochinilla acanalada en España, que había penetrado desde Portugal por Badajoz, y casi simultáneamente desde Francia por Valencia, en un envío de plantas de jardín, a finales del verano de 1922. ----Hay que destacar que los agrónomos valencianos se mostraron especialmente diligentes ante el reto, aun antes de fundarse la Estación. Al parecer, fue Janini el primer técnico en dar la voz de alarma 46, y por encargo del Consejo Provincial de Fomento de Valencia preparó inmediatamente un folleto divulgativo 47. Mientras, los ingenieros de la Granja de Burjassot se encargaron de iniciar las labores de multiplicación y aplicación de la mariquita Rodolia cardinalis en Valencia, a partir de colonias portuguesas que los responsables de la Sección Agronómica de Barcelona habían solicitado y que trasladaron después personalmente a Burjassot 48. Rafael Font de Mora, por su parte, realizó observaciones sobre el ciclo de la cochinilla y logró multiplicarla en cautividad con la pretensión de garantizar la cría de su depredador 49. Además, la Diputación de Valencia le encargó la preparación de una pequeña lámina explicativa 50, publicada efectivamente en breve tiempo como hoja suelta, algo mayor que una octavilla, con una ilustración en color en el anverso, que representaba una rama de naranjo atacada por ejemplares de cochinilla en diversas fases de desarrollo; en el reverso figuraba una breve síntesis de métodos de lucha; al pie de la ilustración, se incluía una instrucción al agricultor, según la cual debía llevar al campo la hoja para cotejar con la ilustración la presencia de la plaga 51. Ésta acabó por extenderse por toda la Península, pero hay que destacar que en el territorio valenciano, donde sin duda hubiese causado estragos enormes, estaba ya prácticamente controlada en 1925. El primer trabajo de la nueva Estación fue precisamente la multiplicación de la mariquita, y hay que juzgar que lo desarrolló con éxito, puesto que en 1926 ya se producían en Burjassot colonias del insecto en número suficiente para poder enviar a otros puntos del Estado afectados por la cochinilla. Por la misma época, la Estación ya impartía cursillos prácticos para capataces ----fumigadores, desarrollaba experiencias sobre nuevos métodos de aplicación del ácido cianhídrico y atendía consultas variadas de particulares y centros oficiales 52. LA CONSOLIDACIÓN INSTITUCIONAL DE LA ESTACIÓN A TRAVÉS DE LOS ESTU-DIOS Y APLICACIONES DEL CONTROL BIOLÓGICO DE PLAGAS En abril de 1927 se inauguraron por fin las instalaciones de la Estación, rebautizada como Estación de Fitopatología Agrícola, integradas básicamente por laboratorios de entomología, criptogamia y terapéutica, insectario de cría, museo fitopatológico y biblioteca. Por entonces, la Estación, además de seguir distribuyendo colonias de Rodolia cardinalis -sobre todo fuera del territorio valenciano, pues en él, como ya se ha comentado, la cochinilla estaba controlada 53 -, amplió sus estudios a nuevas plagas. Así, se acometieron los primeros intentos de aclimatación de otra mariquita, Cryptolaemus montrouzieri, predadora del cotonet del naranjo (Planococcus citri) 54, a partir de colonias importadas desde California. Este primer ensayo fue un fracaso; sin embargo, en agosto de 1927 se logró la reproducción de una colonia procedente de Francia. No fue la única experiencia en lucha biológica, pues también se intentó aclimatar en Segorbe (Castellón) el microhimenóptero Aphelinus mali, parásito del pulgón lanígero del manzano, con ejemplares criados en Barcelona 55. Además, en la línea más refinada de la lucha biológica, la de hallar predadores o parásitos ----52 TRABAJOS (1926), «Trabajos de las Estaciones de Patología Vegetal. Estación de Patología Vegetal de Valencia», Boletín de la Estación de Patología Vegetal, 1, 24, 112-113; p. 53 En 1928, la Sección Agronómica de Castellón informaba sobre la perfecta aclimatación de Rodolia cardinalis en su demarcación, tras haber sido distribuido durante el año anterior, razón por la cual sólo se había tenido que realizar una nueva suelta en puntos muy localizados de los términos de Castellón y Almazora; v. PALACIOS, P. (1928), «[Trabajos de la] Sección Agronómica de Castellón», Boletín de Patología Vegetal y Entomología Agrícola, 3, 213-214. 54 Conocido por entonces como Pseudococcus citri. 55 La aclimatación y difusión de Aphelinus mali fue uno de los mayores éxitos en la carrera de Jaime Nonell, ya por entonces director de la Estación de Patología Vegetal de Barcelona; v. al respecto BERTRÁN, A. (1940), «In memoriam. Durante los años treinta, la aclimatación y difusión de este insecto constituyó una de las principales aportaciones de la Estación de Fitopatología Agrícola de La Coruña, tras algunos ensayos previos durante el período 1926-1929, como señala CABO (1999), p. 66 y 79. autóctonos para combatir las plagas, se identificó un himenóptero, Apanteles glomeratus, que al parecer atacaba a las orugas de la mariposa de la col 56. La continuidad de los trabajos de la Estación quedó asegurada en 1928. Hasta entonces, los medios económicos eran realmente exiguos y apenas bastaban para las pocas y limitadas experiencias que se estaban acometiendo. Hay que tener en cuenta que la Estación no obtenía beneficios económicos de la cría de Rodolia cardinalis, pues la expedición se verificaba de forma gratuita una vez confirmada la presencia de la plaga de cochinilla en la localidad desde la que se realizaba el pedido. Ahora bien, el éxito alcanzado, incontestable, y el coste económico que conllevaba la lucha biológica, mucho menor que los métodos de combate químicos, hacían atractiva la nueva orientación. Hay que añadir un dato más: la plaga que se había logrado dominar no había amenazado precisamente un cultivo minoritario en el ámbito valenciano, sino al que ya por entonces gozaba de primacía en cuanto a volumen de comercialización: la naranja. Una vez superada la difícil situación por la que pasó durante la I Guerra Mundial este cultivo 57 -como también el resto de las producciones agrarias valencianas destinadas primordial y típicamente a la exportación-, se abre un período de gran expansión, el cual se extenderá hasta prácticamente el final de la década de los 20, denominada por algunos autores, por esta razón, década dorada de la naranja. Causas diversas y complejas, que aquí no cabe discutir, propiciaron esta situación. Hay que apreciar cómo, en cualquier caso, durante los años comprendidos entre 1919 y 1923 todavía no se había logrado situar el volumen de exportación de naranjas en los niveles anteriores al estallido de la Guerra 58, a pesar de las magníficas condiciones comerciales que derivaban de la bajada de fletes y seguros de transporte y de la supresión de los controles de importación. La razón primordial podría estar, según apunta Soler 59, en la grave situación que habían pade-----56 TRABAJOS (1927), «Trabajos de las Estaciones de Fitopatología Agrícola. 57 La exportación de productos agrícolas valencianos quedó casi paralizada en febrero de 1917, por la decisión de los imperios centrales europeos de iniciar una campaña de torpedeo sistemático de los barcos que se dirigieran hacia los países del bloque aliado. La crisis afectó especialmente al sector naranjero, en todos sus niveles, y provocó la ruina de los pequeños propietarios y la emigración de miles de trabajadores; v. ROMEU, F. (1964), «La crisis de 1917 y sus consecuencias económicas y sociales en la región valenciana», Saitabi, 14, 111-132. cido los naranjos durante la Guerra, faltos de cuidados básicos y muchas veces sin ni siquiera poder ser regados por falta de combustible que alimentara los motores 60, lo cual llevó a que fueran arrancados muchos ejemplares. En semejantes circunstancias fitosanitarias, cabe pensar -aunque aseverarlo exigiría el aporte de un tipo de datos a los que aquí no hemos accedido-que el éxito logrado con el control, muy a tiempo, de la plaga de la cochinilla acanalada pudo ser un factor razonablemente importante del despegue del sector naranjero, el cual se manifiesta en un espectacular incremento del volumen de exportación a partir de 1924. Todo esto explicaría, al menos parcialmente, el interés que, hacia 1928, suscitaron las modestas experiencias de lucha biológica que se estaban acometiendo en Burjassot para combatir el cotonet, plaga ya sobradamente conocida por los naranjeros valencianos, pero que se hallaba en cualquier caso en expansión, de modo que cada vez acarreaba más pérdidas. De hecho, el Estado se vio obligado a invertir en investigación de las plagas del naranjo, atendiendo a su abundancia y gravedad, lo cual, unido a las inversiones en regadío y fertilizantes que supuso la expansión citrícola, muestra que el naranjo era «un cultivo intensivo en capital y trabajo, que produce para el mercado y que depende del mercado para la obtención de insumos básicos» 61. La relevancia que para la economía valenciana estaban tomando los cítricos llevó a muchos científicos locales a interesarse por la cuestión de las plagas del naranjo. El propio Gómez Clemente difundió las actividades de la Estación en la sección de Valencia de la Real Sociedad Española de Historia Natural, el foro de intercambio de ideas y experiencias científicas que reunía mensualmente, por aquella época, a buena parte del colectivo de naturalistas valencianos 62. Fueron varios los cultivadores de la historia natural que se interesaron vivamente por la cuestión, lo cual contrasta con el creciente desinterés que mostraban por el otrora considerado motor de la agricultura valenciana, el arroz 63. ----60 La falta de carbón provocó también la reducción del alumbrado público y la paralización del ferrocarril; esta última circunstancia condujo a una caída casi total del mercado interior. Por supuesto, muchos establecimientos fabriles también sufrieron por la falta de combustible; v. SOLER (1990) Hay que señalar que la multiplicación y aclimatación del predador del cotonet, el antes mencionado Cryptolaemus montrouzieri, era más complicada que la de la mariquita que combatía a la cochinilla, por lo que eran necesarias instalaciones más costosas si se quería seriamente alcanzar el éxito. Por ello, en el año 1928, Rafael Janini -jefe, recordemos, de la Sección Agronómica de Valencia-convenció al presidente del Consejo de Fomento, Miguel Paredes, para que gestionara una subvención con cargo al fondo del impuesto de plagas64. Se consiguieron 6.000 pesetas, que, entre otras cosas, permitieron contratar a Modesto Quilis Pérez (Valencia, 1904-1938), licenciado en farmacia y ciencias naturales y especialista en himenópteros, para que se hiciera cargo de los insectarios de multiplicación y del laboratorio entomológico de la Estación 65. Al mismo tiempo, se instalaron en la sede de la Sección Agronómica de Castellón, provincia en la que la plaga estaba adquiriendo proporciones alarmantes, otros insectarios 66. El nuevo éxito que supuso la cría y aclimatación definitiva de C. montrouzieri llevaron a que la Dirección General de Agricultura aprobara en 1931 una partida de 24.500 pesetas para la construcción de un gran insectario de cría, dotado de calefacción y de todos los demás elementos necesarios para garantizar la multiplicación ininterrumpida de la mariquita. Lograr esto no era trivial, pues el único modo de asegurar la distribución del insecto a todos los agricultores que lo necesitaran -y que, normalmente, lo solicitaban casi al mismo tiempo, hacia el final del verano, cuando la plaga empezaba a manifestarse con virulencia-era conse-----guir su reproducción durante todo el año. Para levantar el insectario se aprovechó un pabellón fuera de uso que en su momento había sido empleado para criar cerdos. Según el plano levantado por Federico Gómez Clemente, contaba en la planta baja con ocho cabinas de multiplicación de aproximadamente 2,7 m 2 cada una, un largo cobertizo con cristaleras para ensayos de ataque sobre plantas susceptibles, un laboratorio para la preparación de colonias y otras dependencias. El rendimiento obtenido de las nuevas instalaciones permitió duplicar en un año, de 1931 a 1932, la producción de C. montrouzieri 68. La tercera gran plaga de que se ocupó la Estación de Fitopatología Agrícola en cuanto a experiencias de control biológico fue la de la mosca de las frutas (Ceratitis capitata). La invasión del territorio español por este insecto databa de mediados del siglo XIX. Era, por tanto, una plaga ya bien conocida por los agricultores y que causaba daños de consideración en una amplia variedad de frutales, especialmente en los melocotoneros, pero también en los cítricos. En las islas Hawai se había logrado desarrollar un procedimiento de lucha biológica que desde 1929 se estaba tratando de reproducir, a la postre sin éxito, en la Estación de Burjassot 70. No obstante, sí que resultó muy efectivo el método de captura con mosqueros o cazamoscas de vidrio, mejorado considerablemente gracias a las investigaciones dirigidas por Gómez Clemente 71. De hecho, hoy en día éste sigue siendo el método básico de control de la plaga en muchas regiones, y todavía el diseño del mosquero y la mezcla atractiva están basados en los desarrollados en Burjassot. ----67 GÓMEZ CLEMENTE, F. (1932b), Memoria de los trabajos realizados por la Estación de Fitopatología Agrícola de Levante durante el año 1931, Valencia, Estación de Fitopatología Agrícola de Levante, p. LOS MÉTODOS DE LUCHA QUÍMICA CONTRA LAS PLAGAS EN LA ESTACIÓN Aunque la lucha biológica ocupara una parte importante de la actividad desarrollada en la Estación de Patología Vegetal de Burjassot, y tal vez sea el aspecto más llamativo de su labor, no se puede olvidar sin embargo que en ese mismo centro se ensayaron y pusieron a punto diversos métodos químicos de control de plagas. Fueron muchas, de hecho, las sustancias ensayadas contra las más diversas plagas durante los primeros años de existencia de la Estación. Se probaron tanto productos comerciales como productos de fabricación propia, y el éxito conseguido fue variable en cada caso. Toda esta actividad se desarrolló fundamentalmente desde el laboratorio de terapéutica de la Estación, tal y como queda reflejado en las memorias de actividad publicadas en el Boletín de Patología Vegetal y Entomología Agrícola. Ahora bien, la lucha química también se incluiría en otra de las actividades principales de la Estación, la docencia. Esta docencia se centraría concretamente en la enseñanza del principal método de lucha química, el de las fumigaciones cianhídricas. Sólo un análisis pormenorizado de la documentación de archivo podrá dar luz sobre la iniciativa en las pruebas sobre productos químicos, las posibles relaciones con casas comerciales, etc. No obstante, las memorias impresas ofrecen una primera información sobre la cuestión. Como se describirá a continuación con cierto detalle -aun a costa de caer en lo farragoso-, fueron muy numerosos y variados los productos ensayados, y diversas también las marcas y presentaciones, lo que prueba la capacidad de la Estación de Burjassot en ofrecer información contrastada sobre la oferta en lucha química contra las plagas. Por otro lado, aunque la atención a las plagas del naranjo seguía siendo muy notable, el espectro de cultivos en los que se ensayaba la lucha química era sensiblemente mayor a los del control biológico, e incluía otros cultivos de regadío, especialmente hortícolas, y también de secano, como la vid, en trance de recuperación en el territorio valenciano tras la crisis filoxérica. Entre los primeros productos químicos que se ensayaron durante el período estudiado encontramos el Cyanogas (cianuro de calcio), producido por la Sociedad de Fumigadores Químicos de Valencia. Éste se utilizó en 1926 en ensayos de lucha contra la serpeta (Lepidosaphes pinnaeformis y L. gloveri) y el poll roig, plagas de los cítricos, y contra la caparreta negra (Saissetia oleae), de cítricos y olivos, todos ellos homópteros coccidoideos. Los ensayos tuvieron lugar en los terrenos de la Granja Agrícola de Burjassot y en fincas de Burjassot y de Castellón 72. Dos años más tarde volverían a realizarse expe-----riencias con Cyanogas. En esta ocasión se seguiría probando sobre diversos coccidoideos del naranjo y los ensayos tendrían lugar en un mayor número de municipios. En concreto se realizarían experiencias en fincas de los municipios de Almassora y Vila-real, en la provincia de Castellón, y Xirivella y Gavarda, en la de Valencia, además de la propia Granja Agrícola de Burjassot 73. El cianuro de calcio fue, aparentemente, muy utilizado en aquella época, como muestra el hecho de que durante los años 1930 y 1931, volvieran a realizarse experiencias con dicha sustancia, aunque en esta ocasión bajo el nombre comercial de Calcid 74. Por otro lado, en 1927, se detectaron en varios campos de alfalfa unos microlepidópteros (palomillas), que resultaron corresponder -tras ser consultado un especialista húngaro, A. Schmidt-a las especies Phlyctaenodes sticticalis y Nothris lotella; también se halló el coleóptero Vesperus xatarti, cuya larva, la castanyeta, ataca las raíces de diversos árboles y arbustos, entre otros, las vides. Desde esa fecha, se desarrollaron dos líneas paralelas en la Estación para hacer frente a las palomillas citadas. Por un lado, en el laboratorio de entomología se investigaron las principales características biológicas de las especies; por su parte, en el laboratorio de terapéutica se ensayarían diversos métodos de lucha química. En este último sentido, si bien en 1927 ya se llevaban a cabo ensayos con compuestos arsenicales líquidos y en polvo (Esturmit), en 1931 se ensayaban muy diversos compuestos pulverizados en dosis diferentes. Entre los productos utilizados encontramos arseniato de calcio, polisulfuro de calcio con sulfato de nicotina, cloruro de bario con melaza, criolita con azúcar de caña, Fumiloil con arseniato de plomo, y arseniato de calcio con sulfato de nicotina. Por otro lado, en 1931, continuarían los ensayos con el arseniato de calcio comercializado bajo el nombre de Esturmit. En este último caso los resultados serían claramente superiores a aquellos obtenidos con el resto de compuestos probados 75. Otro producto insecticida que se ensayó durante el final de la década de los veinte fue el Sabinol. En los resúmenes de actividad de la Estación encontramos constancia de ensayos con este producto. En concreto, parece que fue ---- utilizado para pulverizar árboles atacados por el poll roig y la serpeta. Los resultados obtenidos, sin embargo, no fueron demasiado buenos 76. En 1929 se realizaron en el laboratorio de terapéutica un gran número de experiencias diferentes. Así, por ejemplo, se probaron varias fórmulas, preparadas a base de productos nicotinados, para combatir los pulgones. Contra algunos coccidoideos del naranjo se ensayó el aceite mineral Volck. Por su parte, para combatir Shoeroteca pannosa de los rosales se probó, con muy buenos resultados, un preparado de azufre coloidal que recibía el nombre de Sulfarol. También se ensayaron aquel año toda una serie de productos que no resultaron a la postre demasiado efectivos. El Campoplaguicida se ensayaría para intentar acabar con el ortóptero Gryllotalpa gryllotalpa y otros insectos subterráneos, mientras que se aplicarían fórmulas a base de polisulfuros de cal y aceites minerales, o de sulfato de cobre y polisulfuros, para tratar de combatir los coccidoideos 77. El 1930 continuaron las experiencias con insecticidas. En aquel año el personal de la Estación se dedicó con especial interés a probar productos insecticidas comercializados. Se hicieron experiencias muy positivas con Sinafit para combatir los pulgones. También se probaron Sirandon, Jocor, polisulfuro de calcio y SYS sobre cultivos infectados por poll roig. De estos últimos, Jocor resultaría el más efectivo. Gold fue otro de los productos comerciales probados en el laboratorio de terapéutica aquel mismo año. Éste daría buenos resultados sobre el poll roig, de hecho aún mejores que Jocor. Sin embargo, cuando se probó sobre la serpeta fina, los resultados fueron peores que los que anteriormente se había obtenido con Volck. Otro producto comercial con el que se trabajó fue Agro, que dio buenos resultados con los insectos de tegumentos blandos. Con los insectos de tegumentos duros los resultados serían mucho más deficientes. Finalmente, en 1930 también se realizaron experiencias con productos nicotinados, pelitre, cuasia, Lysol, Zotal y varias fórmulas preparadas por el laboratorio de terapéutica de la Estación 78. El año siguiente, el laboratorio de terapéutica continuó llevando a cabo experiencias con insecticidas. En los resúmenes de actividad de la Estación aparecen enumerados toda una serie de productos comerciales que fueron probados sobre la cochinilla de los agrios. Se probaron Volck, Emulso, Ami----- Como ya hemos avanzado, uno de los métodos químicos principales para acabar con las plagas, en aquella época, fue la fumigación cianhídrica. Desde el laboratorio de terapéutica de la Estación se llevó a cabo una intensa actividad con la finalidad de poner la técnica a punto y perfeccionarla en la medida de lo posible. En el resumen de actividad publicado en el primer número del Boletín de la Estación de Patología Vegetal, en 1926, ya se da noticia de que durante ese año continuaban las experiencias para probar nuevas fórmulas de aplicación del ácido cianhídrico, de lo cual se deduce que venían llevándose a cabo desde hacía tiempo80. En los sucesivos años continuaría la investigación con la finalidad de perfeccionar la técnica. Así, por ejemplo, en 1929 se estudiaban atentamente los problemas que planteaba la fumigación cianhídrica sobre árboles del genero Citrus. Y ese mismo año, se practicaba la fumigación con horario diurno81. En 1931 aparecen descritas otras experiencias destinadas a perfeccionar varios aspectos del método de fumigación, con las cuales se trató de averiguar las proporciones más convenientes de cianuro sódico, ácido sulfúrico y agua que había que utilizar en la fumigación en verano y en invierno. Las proporciones deseadas tenían que generar una reacción enérgica, con desprendimiento rápido del gas. Y al mismo tiempo debían evitar, en lo posible, la presencia de residuos, signo evidente de una reacción incompleta. Por otro lado, las experiencias realizadas pretendían determinar la velocidad de desprendimiento más conveniente del gas cianhídrico, a la vez que se consideraba el proceso de difusión del gas bajo la lona82. Así se iría perfeccionando este popular método para combatir las plagas del campo. Al margen de las plagas producidas por insectos, la Estación se ocupó también, en su laboratorio de criptogamia y bacteriología, de diversas enfermedades ocasionadas por hongos y otros agentes no animales. Fueron muy ----notables las experiencias sobre la blanqueta del pimiento, iniciadas en 1930, y llevadas adelante fundamentalmente por el ingeniero Silverio Planes. Esta enfermedad planteaba graves problemas de diagnóstico, pues resultaba muy difícil reproducirla en medios de cultivo de laboratorio y, al mismo tiempo, los análisis criptogámicos mostraban la concurrencia de hongos de muy diversos géneros en las plantas afectadas. Al mismo tiempo que se trataba de identificar el agente causal, se ensayaban métodos de desinfección de semillas, también sin resultados 83. En 1933 se realizaron ensayos sobre una posible influencia edáfica, los cuales mostraron que el desarrollo de la enfermedad era enteramente independiente del pH del suelo. Sí que parecía haber una cierta vinculación con la carencia de determinados elementos químicos, y en esta línea continuaron las investigaciones, especialmente centradas en la influencia del magnesio. Ahora bien, para entonces ya se estaba empezando a sospechar que el agente que causaba la enfermedad podría ser un virus, y no un hongo 84. En 1934, de hecho, se describían las dos manifestaciones diferentes que presentaba la afección tomando como modelo el mosaico de la patata en sus formas «leve» y «rugosa». Por cuanto el volumen de datos recogidos ya era importante, Planes preparó una memoria que se remitió al Instituto de Investigaciones Agronómicas y que no llegó a aparecer impresa 85. LA ESTACIÓN COMO CENTRO DIVULGADOR Y DOCENTE La Estación de Patología Vegetal de Valencia desarrolló una importante tarea docente y divulgativa tanto entre el personal que trabajaba en el campo como entre los investigadores agrónomos. A los cursos dirigidos a peritos agrícolas se sumaban diferentes iniciativas de divulgación, como la edición de panfletos informativos, carteles, etc. También se participaba en la publicación de diversas revistas periódicas, se impartían conferencias y se respondía a tantas consultas agronómicas como llegaban a la Estación 86. De este modo ---- 86 La base de la rentabilidad de las explotaciones agrarias valencianas, especialmente las de regadío, estaba en la explotación de parcelas de pequeño tamaño, como ha señalado, entre otros, GARRABOU (1985), p. La atención rápida a las consultas de los numerosos propietarios -o, en su caso, arrendatarios-era clave, pues, en la efectiva resolución de los problemas fitosanitarios. tenía lugar una intensa actividad que sólo sería posible como consecuencia de la notable apuesta que se hizo por desarrollar este tipo de actividades. El volumen de actos organizados y de publicaciones promovidas por la Estación durante el período que estamos estudiando demuestra que no fueron pocos ni los esfuerzos ni las inversiones económicas que en ella se dieron. La divulgación más especializada se dio en publicaciones como el Boletín de Patología Vegetal y Entomología Agrícola y, desde 1932, Plagas de Campo, en las que participó asiduamente el personal de la Estación y especialmente su director, Federico Gómez Clemente. La finalidad del Boletín queda reflejada en su primer volumen. En él se afirma que pretende ser el órgano de relación entre la Estación Central de Patología Vegetal y los agricultores, que busca dar a conocer los trabajos realizados por las estaciones de patología vegetal y, a la vez, desea divulgar los descubrimientos recientes sobre enfermedades y plagas de plantas cultivadas. El Boletín, por lo tanto, quería hacer una apuesta por la divulgación entre personas poco o nada formadas académicamente. Algo que se logró, a nuestro entender, en los primeros volúmenes, fundamentalmente en secciones como la de «Notas Prácticas», donde se comentaba de forma sencilla cómo combatir diferentes plagas. El Boletín, además, contaba con secciones claramente dirigidas a investigadores, como era el caso de los «Artículos Originales», la sección principal de la revista. En ella colaboraron muchos de los investigadores de la estación de Burjassot, como es el caso de los ingenieros Federico Gómez Clemente, Silverio Planes y Cirilo Cánovas, o del entomólogo Modesto Quilis. La actividad divulgativa se daría también por otras vías, a través de las cuales se prestaría más atención a las necesidades de los agricultores y profesionales agrícolas de baja formación académica. Tenemos, en primera instancia, los folletos que pretendían divulgar los nuevos métodos de control de plagas desarrollados por la Estación para que pudieran llevarse realmente a la práctica. Los más antiguos de que tenemos constancia son los publicados en 1928. En este año apareció uno sobre los trabajos de aclimatación de Cryptolaemus montrouzieri, y se anunciaba la inminente publicación de otro folleto dedicado, en esta ocasión, a tratar el uso de Rodolia cardinalis 87. La publicación de folletos y hojas divulgativas continuó desde entonces y durante el resto del período estudiado sin interrupción, y en volumen creciente 88. En algunos casos, también se publicaron carteles de gran tamaño, de mucha calidad en cuanto a técnicas de impresión y papel empleado. En el Departamento de Protección Vegetal del IVIA hemos podido ----ver uno de 1931 dedicado a divulgar los medios de lucha -especialmente, los mosqueros de vidrio-contra la mosca de las frutas 89, y otro posterior, de 1934, que se ocupaba del gusano de las manzanas y las peras (Cydia pomonella) 90. El personal de la Estación de Burjassot también divulgó las experiencias que se acometían en ella y los nuevos conocimientos agronómicos mediante conferencias dictadas en los pueblos, en colaboración con la Cátedra Agrícola Ambulante 91. Así, durante 1928 se impartieron diversas charlas en Alberic, Carcaixent, Benavites, Carlet, Cofrentes, Massalavés, Sagunt y Tavernes de la Valldigna, localidades todas de la provincia de Valencia. En ellas se trataron temas como la biología y tratamiento de la mosca de las frutas, las plagas de la alfalfa -en especial la cuca o cuc negre (Colaspidema atrum)-, y el tratamiento por medios químicos y biológicos de las enfermedades del naranjo y del melocotonero 92. Por otro lado, hay que tener en cuenta que la comunicación entre la Estación y los trabajadores agrícolas no fue unidireccional. Junto a los mecanismos de divulgación que acabamos de comentar, hay que destacar el servicio de consultas agronómicas que se estableció en el seno de la Estación. Este servicio funcionó a lo largo de todos los años que hemos estudiado, resolviendo innumerables cuestiones a todo aquel que se dirigía a la Estación. Así se deduce tanto de los datos existentes sobre el número de consultas realizadas cada año, como de la gran cantidad de correspondencia (relacionada con las consultas) que aún se conserva en el archivo del centro y que espera un estudio detallado. El servicio aceptaba tanto dudas concretas relacionadas con las plagas y enfermedades agrícolas como muestras de plantas afectadas por alguna plaga o enfermedad. La Estación respondía a las cuestiones que se le hubiesen planteado y analizaba las muestras enviadas para averiguar la causa del mal estado de los cultivos. Así, trataba de aconsejar sobre el mejor tratamiento conocido que se podía aplicar. El servicio ya funcionaba en la Granja Escuela de Valencia. Como hemos avanzado, el número anual de consultas sería bastante alto e iría aumentando con el tiempo. Sólo en el primer trimestre de 1926 se res-----89 Las dimensiones del cartel son 1005×700 mm. El autor de la pintura original era M. Diago y la litografía corrió a cargo de S. Durá, de Valencia. 90 Las dimensiones, en este caso, eran de 1000×700 mm. El autor del original y el litógrafo eran los mismos que los del cartel de la mosca de las frutas. 11, se trataba de una iniciativa que imitaba un modelo italiano que había alcanzado mucho éxito. Por último, hay que destacar que, como ya hemos avanzado, junto a la actividad divulgativa se desarrolló una actividad docente más que considerable. A través de ella, la Estación preparaba a los agricultores valencianos para que así mejorara la producción agrícola de la zona. Los cursos impartidos eran sobre todo los de capataces fumigadores. En ellos el labrador aprendía a llevar a cabo fumigaciones, generalmente con ácido cianhídrico, el producto insecticida de uso más habitual, de forma correcta y segura. Estos cursos ya se habían impartido por la Granja Escuela de Valencia99. Éste sería, por tanto, otro de los legados que asumió la Estación. En el Boletín de Patología Vegetal y Entomología Agrícola se publicaban noticias de los cursos impartidos. Así, se puede leer, por ejemplo, en el tercer número, correspondiente al tercer trimestre de 1926, que «el pasado mes de julio [de 1926] se impartió un curso teórico-práctico de fumigación cianhídrica para capataces, y se practicaron diversos métodos de fumigación (cianuro sódico, cianhídrico líquido, cianuro de calcio y Zyklon)»100. Desde entonces, cada año se llevaron a cabo diversos cursos. Generalmente se impartían dos, uno en junio y otro en noviembre. En cada curso participaban alrededor de sesenta personas, variando este número ligeramente de una edición a otra. ----CONCLUSIONES La fundación de la Estación de Patología Vegetal de Burjassot (Valencia) en 1924, a raíz de los cambios legislativos promovidos en aquel año en la organización de los servicios fitopatólogicos, supuso la consolidación institucional de la investigación formal del control de plagas en Valencia. Un rasgo diferencial del caso valenciano fue el énfasis en los métodos de control biológico, de los que el centro aquí estudiado fue adelantado en su aplicación en campo abierto en todo el Estado, como resultado de haber asumido la responsabilidad del control de la plaga de la cochinilla acanalada, llegada a España poco antes de la fundación de la Estación. La expansión citrícola por aquellos años ayudó a la consolidación institucional de la Estación, que recibió fondos importantes para la ampliación y mejora de instalaciones y líneas de investigación centradas en las plagas del naranjo. Al mismo tiempo, los éxitos logrados por la actividad de la Estación ayudaron posiblemente al reforzamiento de la citada expansión, al mejorar sustancialmente el estado fitosanitario de las plantaciones valencianas de cítricos. Aun siendo éste su principal campo de actividad, la Estación también dedicó esfuerzos a otros cultivos, en los que obtuvo asimismo éxitos razonables, sobre todo a través del control por medios químicos. En este aspecto, la Estación fue un centro activo y cualificado en los estudios sobre la eficacia de productos comerciales para el control químico de plagas. La eficacia de cualquier tratamiento, fuera biológico o químico, descansaba tanto en la labor de los técnicos de la Estación como en la pericia de los agricultores en la administración de controladores y productos. Por ello, la Estación promovió diversas líneas de divulgación de las novedades al respecto, entre los trabajadores agrícolas sin formación académica. Éstas consistieron tanto en la habitual distribución de hojas y folletos informativos, como en la celebración de conferencias y de cursos de capacitación, especialmente en el uso de la fumigación cianhídrica. A la postre, la actividad investigadora y divulgativa de la Estación de Patología Vegetal de Burjassot es una muestra de la situación de desarrollo de la agricultura valenciana en las primera décadas del siglo XX; una agricultura que por su especialización, productividad y capacidad de generación de mercados interiores y exteriores, especialmente gracias a la expansión citrícola, exigía una aportación racional reglamentada y cotidiana por parte de los expertos y de la propia Administración. Durante el período de la Segunda República, la Estación continuó con las líneas de investigación y de prestación de servicios que se han descrito en este trabajo. Además, intensificó sus relaciones con el extranjero. Así, el ingeniero Cirilo Cánovas visitó varios establecimientos de investigación agronómica en los Estados Unidos 101. Los contactos establecidos permitieron mejorar algunos aspectos de las iniciativas de control de plagas ya emprendidas con anterioridad, además de facilitar nuevos ensayos, como el de la lucha biológica contra Cydia pomonella, un lepidóptero que causaba daños en manzanas y peras, mediante los himenópteros Trichogramma minutum y Ascogaster carpocapsae. La plaga en cuestión estaba causando por entonces graves daños en los frutales de la comarca interior del Rincón de Ademuz 102. Por su parte, Modesto Quilis trabó contacto con investigadores italianos, del Reale Istituto Superiore Agrario de Bolonia, y checoslovacos, de la Fytopathologicka Secke de Brno, que le proporcionaron excelentes materiales de estudio a partir de los cuales definió nuevos táxones de microhimenópteros 103. La Guerra Civil ocasionó la interrupción de todas las investigaciones que tenían lugar en la Estación de Burjassot. Justo por entonces se iniciaban los trabajos en campo abierto con T. minutum, que sólo pudieron ser continuados, con gran éxito eso sí, tras el fin de la contienda. También se retomaron en torno a 1940 las multiplicaciones de Rhodolia cardinalis y Cryptolaemus montrouzieri. La Estación siguió dirigida hasta su muerte, en 1952, por Federico Gómez Clemente 104, mientras que otros ingenieros, como Cánovas, fueron destinados a otros puestos. Quien no pudo continuar con sus labores fue Modesto Quilis, pues falleció en plena guerra, en 1938, por causas naturales 105. La Estación continuó prestando durante el franquismo importantes servicios de control de plagas, aunque le costó retomar el nivel de investigación que había alcanzado antes de la guerra.
HISTORIA DEL COLEGIO DE MÉDICOS DE MADRID La pérdida de Agustín Albarracín fue, para la historia de la medicina y para quienes lo conocimos y aprendimos de él, profundamente dolorosa. Digo profundamente porque, como él mismo, sencillo y directo, fue algo íntimo, sin manifestaciones externas, sin aparentemente notarlo. Agustín fue un maestro y un excelente escritor, un gran investigador y una excelente persona. No se puede decir más. Poco antes de su muerte se presentó en el Colegio de Médicos de Madrid un extenso e interesante estudio sobre ese mismo Colegio, que realizó, como siempre, con seriedad y precisión, con un exhaustivo estudio de la documentación y que desarrolló con sus buenas cualidades de escritor. Me pidió que hiciera una reseña de su libro y así lo hice. Presento ahora esa lectura como un homenaje a su autor, con todo mi aprecio y mi cariño. La historia del Colegio Médico de Madrid, una institución que, a lo largo de, esencialmente, el siglo XX, intentó agrupar a uno de los colectivos más significativos de la sociedad española, debe tenerse en cuenta si queremos profundizar y comprender mejor la historia socio-política de nuestro país. Y digo que los médicos fueron un grupo o «clase» como ellos mismos -debería decir nosotros mismos-se han llamado, muy importante, no sólo en nuestro país, sino en todas las sociedades, con distinto significado según la cosmovisión de cada cultura. Pero además, a lo largo de los siglos XIX y XX, en los países occidentales se produjo un fenómeno de desarrollo socioeconómico que produjo, además de enriquecimiento y grandes cambios tecnológicos como el ferrocarril, el coche, el cine, etc. etc., también procesos de proletarización y pauperización, una huída del campo hacia la ciudad que llevó al hacinamiento en las ciudades, a la falta de higiene y a la mala alimentación, a epidemias y fenómenos como el alcoholismo, la expansión de la sífilis y de la tuberculosis. El siglo XIX fue el siglo de la novela naturalista, de la novela de quienes se conmovían ante la realidad social, de la novela de escritores como Emilio Zola y Víctor Hugo, Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós, o de Charles Dickens. Fue la época del «Fin de Siglo» de Max Nordau, y del auge del concepto de «degeneración» lanzado por Morel y con amplia difusión a lo largo y ancho de Europa. El problema se prolongó durante la primera mitad del siglo XX y se buscó la «regeneración» desde muchos ámbitos de la vida nacional. Pero, indudablemente, en el centro del problema estaban los médicos, una profesión en alza a lo largo de ambos siglos. Una profesión, en general, de individuos pertenecientes a las llamadas clases medias, una profesión con creciente poder social e influencia política, pero también con grandes problemas para conseguir obtener el reconocimiento que consideraban se les debía y que continuamente tuvieron que luchar, incluso para conseguir una remuneración digna. Toda la complejidad de este desarrollo de la profesión puede vislumbrarse en el estudio de la historia del Colegio Oficial de Médicos de Madrid. Es interesante comprender, a través de este minucioso relato que nos presenta el Profesor Albarracín, las complejidades de la creación y desarrollo de una corporación que intenta constituirse para organizar, regular y reglamentar a los médicos, por un lado, para defender sus intereses, por otro, pero también para ejercer un control político de tan importante estamento social, como puede verse en las diferentes circunstancias políticas en que vivió. Se puede comprobar, gracias a la cuidadosa reconstrucción que realiza el autor por medio de actas, otros documentos y periódicos, las luchas de diversos puntos de vista frente a problemas comunes, e, incluso, la existencia de intereses diferentes, quizás por concepciones distintas de los fines del Colegio. Podemos contemplar, en estas páginas, la variedad de problemas con los que debió enfrentarse el Colegio, desde la situación económica y social del médico, y su poder frente a esa sociedad, hasta las cuestiones de la propia economía, el local donde residir, el personal administrativo y el conserje, etc., pasando por los problemas de los médicos, el pago de patentes, el transporte, el Seguro Médico, el de establecer un Asilo de Huérfanos de Médicos, etc. El libro se compone de 39 capítulos y un epílogo. Comienza con un capítulo de antecedentes, algo obligado cuando uno quiere comprender adecuadamente un proceso de institucionalización. Dedica dos capítulos a los últimos años del siglo XIX, desde la fundación del Colegio y su definitivo establecimiento por Real Decreto de 12 de abril de 1898. Sobre las luchas inmediatas en torno a los estatutos y la cacicada del Dr. Calleja, transcribe las cartas y documentos de los críticos y pone en evidencia la lucha por el poder en una institución que se preveía de singular importancia. Hubo algunos problemas clave que fueron surgiendo repetidamente a lo largo del tiempo. Debemos decir que sorprende constatar que todos tardaron años en resolverse. Uno de los primeros y más acuciantes era decidir si la colegiación debía ser voluntaria u obligatoria. Pensemos que el Colegio era una iniciativa privada. En un principio el propio Colegio -con el poderoso y longevo Dr. José María Cortezo a la cabeza-defendía la colegiación voluntaria. Pero había que luchar contra el intrusismo, realmente una plaga difícil de extinguir mientras no hubiera una medicina popular del Estado, correctamente pagada y reglamentada pero asequible a las grandes masas de pobres. Había, pues, que controlar a los médicos en su titulación, su pago de impuestos, sus derechos a cobrar dignamente, a vivienda, transporte, Seguro de Enfermedad, cuidado de sus huérfanos. Por otra parte, había que enfrentar múltiples problemas de la organización en sí para recaudar dinero y para prestar los servicios que se fueran considerando necesarios. Las frecuentes y a veces interminables luchas por el Reglamento implicaban muchas cosas: poder imponer sanciones si no se cumplía con ciertos requisitos, controlar la actividad profesional en las variadas instituciones existentes, religiosas, privadas -las famosas y denostadas sociedades médicas de todo tipo-, las igualas, etc. Había que regular derechos y competencias, intervenir entre médicos en pugna, establecer relaciones con la administración. Por otra parte, la cuestión de poder encontrar, y, fundamentalmente, financiar y mantener un local adecuado fue una preocupación constante desde el comienzo de la fundación del Colegio Médico. Hubo momentos de casi delirio, queriendo organizar un «Palacio de la salud». Pero las finanzas, casi siempre en mala situación, del Colegio, no permitían esas alegrías. El Colegio pasó por la Gran Vía, por la calle Esparteros, donde se asentó durante bastantes años, y por fin, la situación que parece ideal y definitiva, la antigua Facultad de San Carlos, a la que llegó en años relativamente recientes. Otros puntos de interés que se intentaron desarrollar casi desde el comienzo fueron la Biblioteca -cuya dirección asumió en un comienzo el Dr. César Juarros-y el Boletín, que se quería órgano informativo del Colegio. Siempre funcionó, como dice Albarracín, a «trancas y barrancas», con muchos amigos pero también enemigos, por ejemplo los médicos editores de otros medios médicos de prensa. El Colegio quiso acoger, y acogió, a muchas de las Sociedades Médicas, de Higiene, Ginecología, etc., y en algún momento comenzó, además, a organizar cursos y conferencias. Es necesario insistir que en el Colegio se tuvo que debatir importantes Estatutos y Reglamentos, con una situación de la profesión médica caótica, con, en principio dos grandes grupos de profesionales, rurales y urbanos. Esto ya marcaba una enorme diferencia, pues los rurales estaban a merced del pago -o no pago-de los Ayuntamientos y, generalmente, en manos de los caudillos de turno, situación que se prolongó, posiblemente, hasta los años sesenta. Por otra parte, como decíamos más arriba, los médicos podían trabajar en multiplicidad de instituciones dependientes del Estado, de la Beneficencia general, provincial, municipal, privada, en instituciones religiosas varias y en las llamadas Sociedades Benéficas. Consideradas una verdadera lacra, no solo explotaban a los médicos, sino que ofrecían una pésima medicina. Agustín Albarracín nos hace vivir todas las etapas históricas transcurridas desde la fundación del Colegio y cómo las circunstancias sociales y políticas influyeron en esa marcha. Hubo, evidentemente, en la historia de España y en la del colegio momentos especialmente críticos. Las crisis internas y los problemas de desarrollo del Colegio hasta 1917, por ejemplo, fueron las típicas de establecer una organización de estas características, de lucha económica y de lucha por el poder, en general entre grupos más tradicionales y conservadores, tanto en política como en ideas con respecto a la profesión, y un grupo de gente más jóven, dinámica y moderna que podríamos representar en personajes como Sanchís Banús, Marañón o Juarros. Uno de los temas candentes fue el de la colegiación, que se convistió en obligatoria por una Real Orden en que se regulaba la situación del Colegio, haciéndolo oficial, dictada en 1918. Como dice Albarracín, «Y la Colegiación se hace así, cuando nadie lo esperaba, obligatoria. Los Colegios entran entonces dentro de la Sanidad del Estado. Es indudable que el poder político estaba interesado en el Colegio médico y, posiblemente, alguna de las poderosas figuras de la medicina, Cortezo, Pulido o algún otro, empleaban su influencia en legalizar y poner al servicio de la Sanidad del Estado al Colegio». Como la situación general del país fue, a partir de 1917, muy caótica, con huelgas y movimientos varios de rebelión, muchos integrantes de las clases medias y de los sectores profesionales e intelectuales pensaron que la Dictadura de Primo de Rivera, establecida en 1923, sería útil y abrigaron la esperanza de que se impusiera algo de orden y de que ellos intervinieran en ese orden y, también, en desarrollar, bajo su amparo, las ideas de la modernidad, de la ciencia y el conocimiento. Pero la Dictadura, aunque período rico en ideas y de continuas agitaciones y movimientos de los sectores, justamente, estudiantiles, profesionales e intelectuales, no satisfizo a nadie. En el Colegio médico se aprecian luchas internas, pero también el surgimiento de nuevas organizaciones que quieren escapar a su poder, ahora grande, y defender interses que médicos como los titulares -rurales-sienten que no son realmente preocupación del Colegio. Surgen así las Federaciones provinciales, los Sindicatos, etc., si bien esas organizaciones no tienen verdadero poder. Pero ante el caos y la instransigencia de los poderosos se buscan defensas. Los médicos rurales se asocian en las Federaciones Sanitarias. La de la provincia de Madrid tuvo su periódico, Federación Sanitaria y una entusiasta actividad. Blanc Fortacín, Martín Cirajas -figuras siempre ligadas al Colegio de Médicos de Madrid como presidente y como miembro de la directiva respectivamente-y José Alberto Palanca, -Inspector provincial de Sanidad de Madrid en esos años, después Director General de Sanidad-fueron algunas de sus figuras importantes. Esta creación de otras organizaciones demuestra, posiblemente, la incapacidad del Colegio para luchar por los intereses de ciertos colectivos, en este caso el rural, que realmente tenía un durísima problemática, económica, de medios, de puesta al día, de transporte, que se ha mantenido hasta tiempos muy recientes. Seguía vigente el problema de las múltiples sociedades médicas. Para su control se establece durante la Dictadura la Comisaría Sanitaria que pretende fijar en un Reglamento los servicios que deben prestar las sociedades y el material sanitario para servirlo, la cuota mínima que deben cobrar, los honorarios mínimos de los médicos y el número máximo de familias asignables a cada uno. En estos años el colegio consigue, por fin, un local que parece responder a las necesidades del momento, en la calle de Esparteros. Pero la situación de la práctica de la medicina era realmente confusa. El Siglo Médico llama la atención sobre la heterogénea y múltiple procedencia de los elementos profesionales médicos, representados por Claustros, Cuerpos de Beneficencia General, provincial y municipal, Academias y Sociedades Benéficas, además de la masa libre de la clase médica, las más de las veces ahogada, en las votaciones, por los intereses particulares de los Cuerpos de diferente significación, que acuden a ella con más disciplina y calor que los demás, a constituir la representación única de los Colegios. A finales de la Dictadura de Primo se intenta, con unos nuevos Estatutos, ordenar un poco el caos y organizar la colegiación, determinando un procedimiento que permita a los Colegios imponer «algunas sanciones disciplinarias precisas para mantener entre algunos profesionales el tono moral conveniente a los altos prestigios de la profesión médica». Los Estatutos aprobados en 27 de enero de 1930 (Gaceta de Madrid, 7 de febrero) se mantendrán, a pesar de los cambios políticos, hasta 1945. Al día siguiente de la aprobación de los Estatutos dimite Primo de Rivera, queda el General Berenguer encargado de formar nuevo gobierno. Con el advenimiento de la República observamos algunos cambios que intentan mejorar la organización de los múltiples sectores dedicados a la práctica de la medicina. Se hace una nueva y revolucionaria estructuración de los médicos de Madrid por zonas o sectores para las elecciones, lo que nos da idea de la enorme cantidad de formas de ejercer la medicina que existían. Se admitieron, para estar reperesentados en el Colegio doce sectores: Por otra parte, nos señala el autor que comienzan a realizarse cambios, ya iniciados durante la Dictadura de Primo, para proveer cargos de una forma más justa, por medio de concursos y oposiciones. Hubo muchas destituciones de altos cargos que sentaron muy mal a gran parte de la clase médica. Caso muy típico fue el del Patronato de la Lucha Antituberculosa, regido desde siempre por aristócratas y médicos afines, que fue disuelto ante grandes protestas. Pero un médico, Valdés Lambea, importante tisiólogo apoyó la acción diciendo, justamente, que era ineficaz por estar lleno de aristócratas intrigantes y profesionales ineptos. Otras destituciones sonadas fueron las de Goyanes como Director del Instituto del Cáncer, Enrique Súñer (tan significado siempre políticamente) como Director del Instituto de Puericultura, etc. Se trataba de eliminar del poder a un sector de médicos que formaban parte de las claves dominantes y más conservadoras, y de abrir el camino a quienes más jóvenes y progresistas, no sólo política sino científicamente, querían cambiar muchas cosas en el ámbito médico, que se comenzaron a esbozar en la Dictadura y a poner en práctica durante la República. Pero esta duró muy poco, y las posiciones políticas lo invadieron todo. Las posiciones se polarizaron y durante la guerra hubo una organización oficial, ya no Colegio Médico, por un lado, del lado legal de la República, y un comienzo o continuidad del antiguo Colegio del lado de los rebeldes nacionales. Finalizada la guerra nos relata el autor los pasos que siguió la reconstrucción del Colegio y sus actividaes, las acciones de depuración de colegiados, con una buena parte de ellos favorablemente depurados -aunque sus antecedentes constaban en su expediente-y algunos severamente juzgados. En enero de 1940, nos dice el autor, el gobernador civil nombra el consejo Directivo del colegio oficial de Médicos de Madrid. Se compone de hombres que han trabajado en la guerra por la victoria de España: «regida por los hombres que, como subraya Mayalde, por encima de todo se amparan en la Guerra, la Victoria, en la Paz, en la Patria y en la voluntad del Caudillo» (p. 435) durante la Dictadura de Franco el Colegio seguirá su vida enfrentando los problemas podríamos decir de siempre y los que surgen de la nueva complejidad de la vida moderna. Finanzas, local, médicos rurales, relaciones con el Seguro de Enfermedad, etc., etc. De tanto en tanto, y hasta los años sesenta seguirá habiendo depuraciones, no sólo de médicos, sino también de matronas. Señala también Albarracín el elevado grado de Nacional-Catolicismo del Colegio de Médicos de Madrid, algo lógico, indudablemente. En los años sesenta, como en todo el país, comienzan a llegar aires de apertura. aunque todavía hay secuelas de las heridas producidas por la guerra. Un colegiado solicita ser nombrado miembro honorífico por haber cumplido la edad reglamentaria. La Junta lo deniega «en atención a los informes político sociales que le facilita la dirección General de Seguridad». Hasta 1963 no se eliminará la apostilla de «previa depuración provisional». A partir de 1964 el Colegio parece conseguir una situación estable en su funcionamiento y en sus finanzas, y el eterno problema del local comienza a solucionarse cuando se solicita el edificio de la antigua Facultad de Medicina de San Carlos, clausurada a comienzos de 1965. Pasarán todavía muchos años antes de poder disfrutar de tan magnífico sitio, pero indudablemente mereció el esfuerzo hecho. Para terminar, diré que el libro tiene una presentación de lujo por su papel e impresión, el único inconveniente es que el peso de tan enorme volumen, de más de seiscientas páginas hace difícil su manipulación. Pero lo más importante es, que, como hemos señalado, su contenido está creado por un historiador de la medicina serio, y con experiencia, escrito como sólo él sabe hacerlo, con belle-za, sin retórica, con fluidez, una de las personas que saben utilizar nuestra lengua de forma elegante, muchas veces con su punto de ironía. Como hemos dicho al comienzo, los avatares del Colegio de Médicos, gracias al buen hacer de historiador de Agustín Albarracín, reflejan magníficamente tanto el proceso, complicado y lleno de altibajos, de la formación, establecimiento y organización de la profesión médica española, como la vida política del país a lo largo de los cien años transcurridos. Hay que hacer hincapié en las abundantes y excelentes notas, muy útiles para un historiador de la medicina, y que muestran un intenso trabajo de archivo, un material gráfico excelente, y unos índices temático, onomástico y fotográfico que dan un valor especial a la obra. Este libro puede leerse, además, con gran placer -si obviamos su peso-, y es una obra de consulta inestimable para cualquier historiador de la medicina que trabaje en el siglo XX. Los índices la convierten en un libro imprescindible.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS A lo largo de la historia unos determinados grupos han sido sistemáticamente excluidos de la sociedad por su condición de menor rango debido a su género, raza, etnia, clase social, religión u orientación sexual. El presente libro da voz no sólo a la historia de la medicina, ámbito al que se ha prestado muy poca atención por parte de la historiografía, sino también a las mujeres, colectivo que ha representado y representa el cincuenta por ciento de la humanidad y al que se ha invisibilizado continuamente. La autora, Montserrat Jiménez Sureda, es doctora en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona (1998), donde actualmente es profesora, y ha ejercido como docente en la Universidad Internacional de Venecia. La autora señala la relevancia de la medicina en la vida cotidiana de las personas desde los inicios de la humanidad: los humanos se han preocupado más por conservar la vida que no por otras cosas. Se podría considerar que las mujeres en el mundo de la medicina representan una subalternidad dentro de otra subalternidad. Las mujeres, juntamente con los colectivos antes citados, además de ser sistemáticamente silenciadas, son sobre las cuales ha recaído lo que la autora califica como «inquina popular»: en el caso de que la terapéutica que aplicaban no tuviera los resultados esperados, estos colectivos eran duramente reprimidos. Concretamente en el caso de las mujeres, muchas eran consideradas brujas. La ciencia que conocían no era la reglamentada por las instituciones de las diferentes épocas, sino que se trataba de una medicina no oficial. Se ha caracterizado a las mujeres, entre otras cosas, como capaces de curar e higienizar a los enfermos o de cuidar a los bebés. Este rol específico se ha rela-cionado siempre con lo femenino que, a su vez, se ha caracterizado por permanecer en la esfera privada, en el ámbito doméstico. Hay que tener en cuenta, pero, que estas actividades, juntamente con otras que se han considerado propias del género femenino, como la limpieza, la costura o la educación de los hijos, nunca han sido remuneradas. El hogar, el espacio considerado propio de las mujeres, era donde realizaban su doble jornada. Esta implicaba cuidar de los hijos y de la familia. El hecho de representar las mujeres como emocionalmente sensibles ha llevado a que se las considerase dependientes de la figura masculina (padre, hermano o hijo), sin ningún tipo de autonomía. La autora dedica algunos capítulos al relevante papel que jugó en muchas épocas la comadrona. Se trataba de una condición que se heredaba empíricamente de generación en generación y el conocimiento de la profesión se adquiría a través de la práctica. A pesar de su antigüedad, esta profesión no ha dejado muchas pistas para seguir su rastro a lo largo de la historia. Esto se debe a que la mayoría de comadronas eran analfabetas. Además, existe una gran diferencia respecto al papel de la comadrona entre el pasado y el presente: antes era vista como una adversaria del médico profesional y cualificado y, hoy en día, una figura complementaria de la otra. La autora no solo analiza la época contemporánea, sino que hace un recorrido histórico desde las primeras civilizaciones hasta nuestros días. Muestra como a lo largo de la historia de la humanidad, las mujeres han sido desplazadas o consideradas secundarias en el mundo sanitario. Muchas de estas ocupaban posiciones "no oficiales", como era el caso de las curanderas. Estas tenían un gran conocimiento de los remedios tradicionales, pero eran vistas como una competencia por parte de los médicos y, en muchas ocasiones, eran acusadas de brujería. En el libro se habla también de la fisiología femenina. La menstruación, aún todavía hoy, se considera símbolo de la impureza femenina. La autora critica duramente este mantra, ya que a lo largo de los siglos y en la actualidad, se asimila una cosa positiva e indicadora de buena salud, como es la menstruación, con un hecho negativo, vergonzoso y aún tabú en la sociedad. No es baladí que en la publicidad actual aparezca la menstruación representada en las toallas sanitarias de color azul y no de color rojo. La organización de la monografía sigue un modelo poco usual en el campo de la historiografía: el libro se divide en cuarenta y un capítulos diferentes, de una media de dos páginas cada uno. Aunque pueda parecer que el número de temas abordados es excesivo, la redacción de capítulos breves permite intercalar temas de gran calado con otros casos individuales, dando a la lectura una agilidad a agradecer. No se trata de una evolución cronológica del papel de la mujer en el campo sanitario, sino que se intercala pasado y presente para crear una lectura más amena y visibilizar su evolución, similitudes y diferencias. La medicina ha sido uno de los principales órganos responsables de elaborar una teoría científica que ha dado cobertura a la discriminación de la mujer, otorgándole la categoría de sexo débil y, por lo tanto, limi-tando y condicionando a las mujeres en muchas de las actividades humanas. A través de la monografía se observa esta afirmación no sólo desde el ámbito propio de la medicina con la exposición de tres enfermedades consideradas propias del género femenino como fueron la clorosis, la neurastenia y la histeria sino también desde el ámbito universitario, lugar desde donde los médicos rechazaban el ingreso de las mujeres a los estudios de medicina, o la prostitución, condición femenina que pasó de ser una válvula de escape para los hombres, un «mal necesario» tal y como lo denomina la autora, a considerase un mal que se debía exterminar porque las prostitutas eran acusadas de ser transmisoras de enfermedades venéreas, unos seres pervertidores del hombre, el cual era representado como una figura inocente. La monografía constituye, pues, un excelente compendio que, además de ofrecer un recorrido por la historia del papel que jugaron las mujeres en el ámbito sanitario hasta nuestros días, da visibilidad a un colectivo hasta ahora ocultado, no por su poca relevancia, sino por ignorar completamente todo lo relacionado con su género, a la vez que muestra su situación en la actualidad y se hace patente como todavía hoy queda mucho camino para conseguir la equiparación entre hombres y mujeres.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS La profesora Cristina Teresa Morales realiza una fabulosa labor recopilatoria de documentos que le permiten describir los cuidados aplicados en el Hôtel Dieu de París entre los siglos XII-XVI. Su obra aporta una novedad a las veintiuna investigaciones ya publicadas en formato de libros y artículos sobre los aspectos sociales, políticos, religiosos, económicos y arquitectónicos de esta institución francesa. Su contribución está centrada en los cuidados, la evolución de los mismos y en las cuidadoras que los administraban, sin dejar de atender aquellos elementos de la gestión y administración que determinaron los mismos. A través de una metodología histórica-cualitativa, basada en la observación y el análisis documental se ha sumergido en los archivos de la Asistencia Pública Hospitalaria de París y en los de la Biblioteca Nacional Francesa, para explorar diversas fuentes contenidas en los fondos documentales del propio centro, de la Catedral de Notre-Dame y en los fondos de sentencias de la Corte y el Parlamento francés. El acceso a estas fuentes se ha completado con la revisión de documentos originales en latín y francés y la búsqueda de publicaciones más recientes relativas al centro en diferentes bases de datos y catálogos universitarios. En el primer capítulo de resultados, segundo del libro, la autora descubre los fundamentos originarios del Hôtel Dieu de París remontándose al siglo IV, etapa de mayor pujanza del cristianismo en el mundo occidental. Bajo dos de los valores fundamentales del cristianismo, la Caridad y la Misericordia, surgen las instituciones dedicadas al cuidado de enfermos y pobres, entre los que se encuentran los hospitales monacales y episcopales de aparición en la Alta Edad Media. El Hôtel Dieu de París es un ejemplo de hospital episco-pal fundado por Saint Landry y Erquinoaldo, cuyo origen no muy preciso, la profesora Teresa Morales sitúa entre los años 651 y 660 bajo la denominación inicial de Hospital de San Cristóbal. Los cuidados basados en la asistencia espiritual fue prestada en un primer momento por un grupo de viudas y/o solteras, que en el año 690 constituían la congregación de las Hijas de San Cristóbal. La gestión de esta institución estuvo a cargo del Obispo de París y el Capítulo Catedralicio de Notre-Dame hasta el s. XI. motivos económicos, de cesiones y donaciones provocaron el paso de esa función por completo al Capítulo de Notre-Dame hasta 1217, fecha en la que se establece el primer Estatuto del Hôtel-Dieu. El análisis del Estatuto de 1217 es el objeto del tercer capítulo. Basado en la regla de San Agustín, en él se describen las exigencias y obligaciones de la vida diaria de la congregación, aspectos relativos a la administración del centro, en los que la profesora Cristina Teresa Morales se detiene en la descripción de las funciones de los diferentes estamentos religiosos y laicos: provisores, magister, religiosos, magistrae, religiosas, sirvientes, médicos, cirujanos y barberos. En cinco artículos de este Estatuto se recogen las orientaciones para la atención a los enfermos. El capítulo cuatro está centrado en la evolución de la gestión, administración y financiación entre los s. XV y XVI del Hôtel-Dieu de París, marcados por dos hechos históricos: la escasez de donaciones caritativas en general durante la Guerra de los Cien Años, y la época denominada de los mil escándalos por motivos de simonía y nicolaísmo que obligó a la iglesia a iniciar movimientos reformistas. La autora describe la estructura funcional progresiva que se sucede, como consecuencia de los conflictos internos y los vaivenes administrativos, afectando a la relación de personal asignado a cada servicio del hospital. Este proceso derivará en la desaparición de la parte masculina en los asuntos del cuidado, quedando relegados a los aspectos religiosos ya en el siglo XVII. Igualmente interesante e ilustrativo es el planteamiento del desarrollo de la estructura física que la autora recrea en el capítulo cinco. Nos va descubriendo el proceso de construcción y ampliación de las instalaciones y edificios que conformaron el Hôtel-Dieu de París hasta constituirse en el mayor hospital medieval. Las deficiencias en seguridad del edificio motivaron diversos incendios que provocaron importantes daños, origen del traslado de su ubicación original y la ordenanza de su demolición en 1773. Finalmente, la Profesora Teresa Morales aterriza en el capítulo más amplio centrado en la descripción de los cuidados aplicados al gran ingente de personas que eran recibidas y atendidas en el Hôtel-Dieu: enfermos, pobres, huérfanos, necesitados, viajeros y peregrinos, ancianos... y que el más que probable desbordamiento e incapacidad de atención motivara la restricción de la prestación de cuidados a enfermos y lesionados parisinos a partir del siglo XVIII. El capítulo nos ofrece un retrato de los cuidados relativos a tres áreas: el cuidado del entorno, recreándonos muy bien las medidas adoptadas en materia de iluminación, acceso al agua, limpieza y salubridad, temperatura; el cuidado de la persona, sobre la higiene personal, la eliminación, la alimentación e hidratación, el aspecto mejor cuidado, y el descanso y el sueño; y en tercer lugar, los cuidados en la enfermedad. Un apartado de este capítulo, queda reservado a las cuidadoras, admiradas por la autora por su capacidad de registro de las diversas tareas realizadas. También son recogidos otros servicios ofertados por el hospital, como el de maternidad, la atención a los huérfanos, la atención de médicos, cirujanos y barberos y el servicio de botica. En conclusión, podemos disfrutar de forma amena a través de una prosa cercana y fluida de las curiosidades de este episodio de la historia de la enfermería, que describen perfectamente una época oscura en las condiciones de salud de la población. Francisca Ma García Padilla Facultad de Enfermería Universidad de Huelva (UHU) [EMAIL]
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS ¿Cómo acabar con la pobreza? Ha sido una de las mayores y más constantes interrogantes de la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial (1945). Sin lugar a dudas, la respuesta no resulta nada sencilla. Pero para los años sesenta, en medio de las tensiones de la Guerra Fría y de las aspiraciones -o esperanzaspor alcanzar el desarrollo en América Latina, a través de programas como la Alianza para el Progreso y el apoyo estadounidense a la región, esas metas de reducir la pobreza parecieron, aunque fuere temporalmente, alcanzables. La cuestión era: ¿Qué hacer con los pobres? ¿Se podría evitar su crecimiento? ¿Podían utilizarse otros métodos para reducir la pobreza? Estos son algunos de los problemas que explora el libro Guerra en el vientre: Control de natalidad, Malthusianismo y Guerra Fría en Chile. como médicos chilenos, estudios demográficos (en la Universidad Católica), fundaciones privadas estadounidenses (Pathfinder Foundation), organismos especializados (la International Planned Parenthood Federation, IPPF) y administraciones tanto de John Kennedy y Lyndon Johnson en Estados Unidos como de Jorge Alessandri y Eduardo Frei en Chile, colaboraron activamente en articular los planes y políticas de control de natalidad en el país austral, materializadas a través del anillo de Zipper -desarrollado por el médico chileno Jaime Zipper en 1959-, el uso de la píldora anticonceptiva, el anillo de Zipper, o las prácticas en el SERMENA (Servicio Médico Nacional de Empleados). Finalmente, en el cuarto capítulo "Establecimiento del maltusianismo en Chile: modernidad, desarrollo y revolución, 1964-1970", el autor profundiza en la "alianza público-privada" por el control de la natalidad durante el gobierno democratacristiana de Frei (1964de Frei ( -1970)), así como en la importancia de la celebración de la Conferencia de la IPPF en Chile, en abril de 1967, con destacada presencia internacional. Dentro de este escenario, Castro expone las distintas corrientes en torno al debate anticoncepcional: los malthusianos, los natalistas y los comunistas. Además, de las miradas de Radomiro Tomic, embajador chileno en Washington, la posición latinoamericana y las acciones contronatalatistas de Estados Unidos. Por otro lado, Castro realiza una extensa interlocución entre las ideas de desarrollismo económico y social de los años sesenta, en torno al combate a la pobreza, y las estrategias control de la natalidad. En particular, la preocupación estadounidense por evitar una expansión demográfica en regiones en vías de desarrollo, como América Latina y el sudoeste asiático, que pudiesen ser escenario de la Guerra Fría en términos ideológicos, económicos y poblacionales. De este modo, Castro demuestra el diálogo entre la historia de las ideas y los procesos globales, cuyas implicaciones trascienden los estrictamente concreto. Asimismo, el libro de Castro sale a luz en medio de uno de los debates más polémicos a la luz de la dirigencia política chilena; la discusión del proyecto de ley de la interrupción voluntaria del embarazo bajo tres supuestos (suscitado entre 2016 y 2017). Un asunto que pertenece al pasado en la mayor parte de los países occidentales, resulta todavía uno de los más controvertidos en el Chile del siglo XXI. En este sentido, la obra de Castro demuestra como los historiadores pueden -y en muchos casos deben-contribuir al debate de los temas de políticas públicas, con explicaciones sustentadas, con experiencias del pasado reciente y con panorama amplio documentalmente. Los temas abiertos por Javier Castro Arcos constituyen en sí mismos proyectos de investigación para la historiografía latinoamericana en general, y chilena en particular, que deberán desarrollarse en los próximos años. Mientras que, por su parte, Guerra en el vientre es ya una literatura de merecida consulta para los estudios y trabajos sobre control de la natalidad, otras miradas de la Guerra Fría, historia de la ciencia e historia de las ideas. Por último, no se trata de una obra que agota un problema o una visión, sino todo lo contrario, abre espacios para otras indagaciones futuras. Universidad de los Andes, Chile [EMAIL]
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS La pasión esclava es un libro organizado y claro. En él, Nuria Godón hace un análisis detallado de la novela de Leopoldo Alas, Clarín, ofreciendo una interpretación completa de la trama a través del reconocimiento del poder redentor del masoquismo. Frente a la literatura crítica más importante relacionada con este tema y las interpretaciones que se han hecho hasta ahora de La Regenta, el análisis de Godón se diferencia por su reconocimiento de la potencialidad didáctica del dolor en la relación masoquista. Por eso, la autora argumenta que este tipo de relación otorga igualdad a la protagonista y la habilita para superar las constricciones impuestas por la sociedad burguesa y el catolicismo. Tres son las líneas expositivas que se siguen. La primera se centra en una revisión del masoquismo en relación con La Regenta, lo que permite hacer una relectura positiva de este concepto y aplicarlo a la novela. Aquí, el dolor, en lugar de ser un poder destructor del individuo, se transforma en un maestro que permite indagar en la individualidad de la protagonista y desarrollar una fuerza encaminada hacia su liberación. En segundo lugar, se hace una análisis comparativo y contextualizador de la novela clariniana que posibilita entender la obra en un contexto cultural más amplio y valorarla por sus cualidades únicas. Por último, frente a la historiografía que analiza el acceso al placer o la imposición sobre la mujer de un masoquismo social, Godón lo interpreta como un arma femenina de "reestructuración del yo" y una "estrategia de liberación de subyugaciones genéricas" (12). De esta forma, este estudio también atiende a los conflictos de género consustanciales al modelo social burgués y resalta el rol de la mujer en la sociedad. La obra está compuesta de seis secciones. En el capítulo introductorio, Nuria Godón plantea la tesis de su estudio y la sustenta en una revisión de la literatura existente sobre el masoquismo. Esta revisión se basa, principalmente, en el contexto cultural de Clarín y literatura crítica actual de, entre otros, Lou Charnon-Deutsch, Noël Valis o Jo Labanyi. La parte literaria, que también sirve de punto de comparación con la obra de Clarín, la conforman las novellas de Leopold von Sacher-Masoch: La venus de las pieles (1870) y El amor de Platón (1870). Además de la revisión del concepto de masoquismo y su uso, la introducción sirve de brújula para orientar a los lectores, pues, tras la presentación de la tesis principal del estudio, se traza un somero recorrido de los temas que se van a discutir. En el primer capítulo, "Reconsiderando el masoquismo", se reexamina el concepto de masoquismo: desde la formulación clínica de Richard von Krafft-Ebing, pasando por el decadentismo de Max Nordau y el psicoanálisis de Sigmund Freud. La propuesta de esta sección estriba en que estos autores, y la literatura posterior, entienden el masoquismo desde la perspectiva negativa del sometimiento, mientras que, en La Regenta, el sufrimiento dota de agencia a la masoquista. Por eso, siguiendo, entre otras, las teorías de Simone de Beauvoir, Godón defiende que en dicha novela se supera la pasividad masoquista al hacer coincidir masoquista con fetiche. Así, la protagonista puede explorar posibilidades personales que trascienden su realidad. El capítulo segundo, "Yo tu esclava y tú mi amo", se centra en el poder liberador que tiene el contrato masoquista de La Regenta. En especial, la autora hace ver cómo la obra ataca a la institución del matrimo-nio tal como está concebida en la ideología burguesa sustentada en España por la Iglesia Católica y el Krausismo. Desde este punto de vista, el matrimonio aparece como una institución de dominación de la mujer, donde, a través de la hipocresía de la igualdad social y espiritual, se la somete al servicio del hombre. El contrato masoquista, por el contrario, ofrece igualdad fuera del control de los poderes eclesiásticos y culturales, y más allá de los roles de género. El carácter subversivo de dicho contrato es el centro del capítulo tres: "La pasión extraviada". Frente a las opiniones que destacan la sumisión del masoquista, Godón muestra en detalle cómo también hay espacio para la agencia de la persona sometida. Este punto se demuestra a través del análisis de la carta de Ana Ozores, la cual se transforma en un fetiche del poder abusivo del Magistral sobre ella. Sin embargo, el castigo corporal que este le impone, al tiempo que la denigra, la eleva por encima de la sociedad. La Regenta, al exponer su dolor públicamente, utiliza conscientemente las normas morales del pueblo que la condena para mostrarse superior a él. En el cuarto y último capítulo, "El imperio masoquista en la madre Iglesia", se analiza el fracaso final de la fantasía masoquista. Frente a los contratantes masoquistas, Nuria Godón destaca como triunfadora a la madre de Fermín de Pas, a quien denomina Imperatrix. Godón define este término como "la madre no-erotizada... [que] gobierna soberanamente hasta el final de la novela", y lo utiliza para resaltar el poder que existe en la cultura católica española que anula la voluntad de los individuos, al tiempo que ilustra la crisis finisecular de la masculinidad (132). Aunque a nivel global se mantiene el status quo en la novela, el análisis hace visible la utilidad del masoquismo como herramienta de exploración y afirmación personal al mostrar que Ana trasciende la institución matrimonial. Finalmente, y tras una breve conclusión en la que se resumen las propuestas principales del estudio, se incluyen dos apéndices con los contratos masoquistas del propio Sacher-Masoch, en el primero, y de sus protagonistas en La Venus de las pieles, en el segundo. Metodológicamente, esta obra tiene varias cualidades. La primera, ya mencionada, es la claridad que se establece desde la introducción, donde se anticipa el itinerario a seguir y la literatura que sustenta su argumentación. Junto a esto, el texto es coherente con su tesis desde la primera a la última página, y la revisión de la literatura crítica justifica y sostiene la necesidad del estudio. La interpretación textual se basa en la lectura atenta, o close reading, del texto clariniano. Este análisis se compagina en determinados momentos con un ejercicio comparativo entre La Regenta y los textos de Lepold von Sacher-Masoch. De esta manera, se contextualiza histórica y culturalmente la novela, a la vez que se demuestra que explora posibilidades vitales más allá del erotismo del austríaco. En suma, el estudio de la profesora Nuria Godón supone un giro en los estudios clarinianos y una obra fundamental para sus investigadores. Igualmente, al ofrecer un análisis completo y coherente de La Regenta desde la perspectiva de género, puede ser de interés para aquellas personas interesadas en los estudios culturales.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS Acaba de ser publicada la traducción al castellano de la obra de Richard Cleminson y Francisco Vázquez García Sex, identity and hermaphrodites in Iberia, 1500Iberia, -1800Iberia, (2013)). Esta obra es una ampliación de la investigación realizada en Hermafroditas: medicina e identidad sexual en España (1850España ( -1960)), publicada en 2012 por la editorial Comares Historia, por lo que podemos considerar ambos trabajos como un estudio completo acerca del fenómeno del hermafroditismo en España. El primer trabajo se centró en las polémicas suscitadas bajo el modelo médico y biopolítico característico de los siglos XIX y XX, mientras que, el presente volumen amplía el marco del análisis hasta el 1500, lo que nos permite establecer una amplia perspectiva de los avatares en la clasificación sexual en la península ibérica. Esta obra es el resultado de un estudio comparativo entre dos épocas claramente diferenciables en el tratamiento de la sexualidad; por un lado el modelo biomédico característico de la época contemporánea, donde el discurso científico hegemonizó toda posibilidad de hablar sobre sexualidad, y por otro, el del Antiguo Régimen Sexual (ARS en adelante), acotado por los autores desde el 1500 hasta bien avanzado el siglo XVIII. La ampliación del marco histórico en la consideración del hermafroditismo español es uno de los aspectos más destacables de la obra ya que, como se observa, ha supuesto un esfuerzo metodológico considerable. La motivación que subyace a estos trabajos no es tanto la de desarrollar un estilo de análisis determinado por algunas de las influencias teóricas explicitadas en la presente obra (Focault, Laqueur, Febvre, etc.), sino otra más compleja que supone la puesta en valor de las mismas, para tratar así de superar algunos errores funestos que podrían dificultar el trabajo riguroso de las ciencias históricas en torno a la sexualidad. Desde la posición defendida por los autores en la introducción de la obra, se advierten como decimos en los estudios históricos, miradas que pueden enturbiar la labor de los investigadores con "tonos excesivamente amables de las formas pretéritas de la diferenciación sexual". El "anacronismo psicológico", siguiendo a Lucien Febvre, se descubre como uno de los peores errores del investigador en ciencias de la historia. Hecha esta aclaración introductoria podemos pasar a analizar varios interrogantes que los autores han resuelto gracias al tratamiento exhaustivo de documentos de diversa índole: desde obras o ensayos filosóficos, hasta compendios de teología, medicina, leyes, etc. Gracias a este análisis se destaca acertadamente el marco de comprensión del ARS, contexto en el que la tradición religiosa, la filosófica o la médica (de influencias hipocrático-galénicas) desarrollaron diversas teorías sobre el origen del hermafrodita, teorías que se mantendrán en liza durante muchos siglos. A partir del Quinientos la comprensión del sexo que predominó fue la de la versión galénica, que defendió una interpretación monosexual y teleológica del cuerpo humano. A pesar de las críticas que surgieron en torno a esta concepción ya desde el siglo XVII, la idea de un sexo único, el sexo "perfecto" (el masculino), fue comprendida como clave de la evolución de la naturaleza. A esta idea se acercó también la interpretación religiosa, justificada por el concepto de omnipotencia divina, que le permitió establecer una línea de interpretación completamente vertical y jerárquica "pues representa a la mujer como un varón mutilado, accidental". Por otra parte, la representación del sexo único se comprende desde la categoría del "rango so-cial", que marcó la naturaleza sexual de los individuos alejándola de características biológicas y asociándola a cuestiones de "hábito", a la definición de un "estado" social o civil. Sin embargo la categoría del hermafrodita planteó una de las preguntas más importantes y que no varió a lo largo de estos siglos: ¿es posible la conversión de un sexo en otro distinto, es posible la transformación sexual? Esta pregunta propició la clasificación de una larga serie de posibilidades en las transformaciones sexuales (los casos de las virágines, mujeres hombrunas, machos menstruantes, etc.), las cuales fueron expuestas a través de diferentes fórmulas, utilizadas para su explicación y asimilación. Las tradiciones más importantes de la época están recogidas bajo tres ejes temáticos: los Mirabilia, lo Magicus y lo Miraculus. Gracias a estos ejes, el hermafrodita y la transformación sexual -siempre que esta sea "perfecta" en el sentido teleológico aristotélico, esto es, la transformación de mujer a hombre-, aparecieron a partir del Quinientos como algo divino, y en consecuencia milagroso y positivo, como en los casos comentados por Antonio de Torquemada (1570). Esta posibilidad convivió sin embargo con una lectura funesta, símbolo de mal augurio y, aunque solo queda apuntado en la obra, posible predecesora del monstruo de la naturaleza característico del régimen biológico y de su paradigma de lo anormal. La preocupación por la transformación sexual y la de la existencia del hermafrodita verdadero fueron dinamitando este paradigma monosexual galénico, poco a poco y desde dentro a partir del siglo XVII. Como suele ocurrir, la insuficiencia explicativa de un paradigma va abriendo el discurso a nuevas posibilidades, y estas se plantean como soluciones a las aporías de las primeras propuestas. En la península ibérica, la recepción de las teorías del médico francés De Laurens, permitió cierto cambio en la consideración de los dos sexos como las desarrolladas por Martín del río, Pedro García Carrero, Alonso Carranza o Gaspar Bravo Sobremonte. A esta generación de estudiosos sobre la sexualidad, el modelo monosexual les resultó insuficiente, aunque esto no quiere decir que estas primeras críticas a las postulaciones galénicas dominantes tuvieran un impacto significativo en la mentalidad de los siglo XVII-XVIII. Esta transformación produjo paulatinamente la crisis del modelo galénico-hipocrático gracias a la aparición de "nuevas singularidades" como lo recoge en su publicación Defensa de las mujeres (1726) el monje Benito Feijoo, o en el caso de la defensa de la igualdad de sexos de Jovellanos. El dimorfismo biológico apuntaló las características de esta nueva etapa aún bajo el dominio del ARS que supo resistir a lo largo de muchos años. El modelo monosexual conservó sin embargo su supremacía, ya que su resistencia fue sólida hasta la época liberal, y no será hasta 1795 en que la moderna teratología de Saint-Hilare acabó por imponerse como modelo explicativo generalizado en el mundo ibérico. Este intenso debate queda expuesto gracias a la muestra seleccionada de los casos de hermafroditismo documentados en la época, casos como los de Elena de Céspedes o Catalina de Erauso. En estos conviven todavía los diagnósticos de "mejora del sexo", así como lecturas religiosas y literarias, junto a la simbología demoníaca, síntoma de mal augurio. El análisis que ofrecen los autores de cómo estos ejes de interpretación (de características más o menos religiosas) se van desgastando por la irrupción del nuevo paradigma dimórfico, junto con la proliferación de las ciencias y el desarrollo de la tradición biologicista de la medicina, está hilada con mucho cuidado. La eliminación de las explicaciones diabólicas, como en el caso de Feijoo, y la "expulsión de lo maravilloso" de la doxología del XVIII, fue agotando el ARS. Con esta obra, el hispanista Richard Cleminson aplica una perspectiva sexual en sus estudios políticos, tanto en el trabajo conjunto con Vázquez García (en obras como Los invisibles, por ejemplo, también publicada en University of Wales Press en el año 2007), así como en solitario, con textos tan interesantes como Anarquismo y sexualidad (2008). El análisis de la sexualidad se añade a sus estudios en biopolítica, especialmente los centrados en el racismo, eugenismo y las relaciones de poder derivadas de las diferentes estrategias políticas de los siglos XIX y XX. Francisco Vázquez García amplía una galería de personajes infames a los que ha consagrado parte de su trayectoria profesional, personajes invisibles a los ojos de la historia hasta las primeras publicaciones de obras como las de Foucault, Goffman o Castel. Este dominio de la historia de los personajes infames permite hacernos una idea del contexto español en el tratamiento de la sexualidad. Todos estos personajes cumplen una función explicativa, ofrecen una perspectiva clara del complejo sistema desarrollado para el tratamiento de las poblaciones y sus peligros más abominables, quedan configurados como fronteras de este dominio personajes como el loco, el hermafrodita, el homosexual, la prostituta, la madre eugénica o el anormal. La tarea del científico social consiste en disponer de un buen método de auto evaluación, donde lo aportado por el historiador pueda ser corroborado en todo momento ante cualquier tentativa de esencialismo: "las afirmaciones de la ciencia social acerca del cuerpo aparecen siempre e inevitablemente indexadas en marcos espaciotemporales precisos. Los intentos -muy habituales en la historia de las ciencias biológicas-de abordar las fuentes del pasado como si se refirieran a un cuerpo intemporal, susceptible de ser subsumido en las aserciones legaliformes y en el léxico de la ciencia experimental en curso". Esta crítica no debe hacernos caer, sin embargo, en un "empirismo difuso, alérgico al diseño de modelos y de tipos ideales que permitan llevar el análisis más allá de la mera descripción de lo dicho en los documentos". Universidad de Cádiz [EMAIL]
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). RESEÑAS / BOOK REVIEWS Una de estas mañanas, Twitter me hizo su regalo bibliográfico: la noticia de la publicación de Desmesura. Sigo en esa red a algunos grupos de personas etiquetadas por la (bio)Psiquiatría reciente con algún "título" (esquizofrenia, transtorno obsesivo-compulsivo o el cada día más diagnosticado TLP -Trastorno límite de la personalidad). Como sujetos individuales ( ) o colectivos (, @ orgullboig, ) comparten dos ejes comunes: de una parte, su activismo "en primera persona", es decir, no a través de familiares, que suele ser el formato asociativo más cooptado por el sistema médicofarmacéutico. Por otra, su práctica política de ayuda mutua. No es un movimiento radicalmente contra los psicofármacos, pues busca la autonomía en el manejo y la información veraz respecto a sus efectos. Este activismo en primera persona guarda continuidad con los valores que la antipsiquiatría planteó en las décadas de los sesenta y setenta, buscando devolver agencia y dignidad a las personas con mentes complejas. Como alertaba Ronald David Laing en la introducción a El yo dividido (1960), no podemos dejar de validar la experiencia íntima de cada cual pues "La experiencia de uno mismo y de los otros en cuanto personas es primaria y se da validez a sí misma. Existe con anterioridad a los problemas científicos o filosóficos que presenta el estudiar cómo es posible tal experiencia o cómo se podrá explicar". El modelo manicomial y todas la aberraciones terapéuticas de las décadas previas, habían conseguido hacer de la persona loca un "otro" despreciable y temible al que había que aniquilar mentalmente, tal y como cuenta la poetisa Janet Frame en su autobiográfica Un ángel en mi mesa. En muchos lugares, nada quedaba a mitad del siglo XX de las ideas del Philippe Pinel (1745-1826) reformador (el que nos gusta recordar) que algunos médicos españoles ilustrados admiraron 1, y los manicomios se parecían más al Corral de Locos que pintó Goya en 1794 que a espacios de convivencia en la dificultad y en el bienestar que los modernos años setenta parecían poder traer. Como nos recuerda el psiquiatra argentino Raúl A. Camino (1940Camino ( -2018)), en el documental Comunidad de locos (Ana Cutuli, 2005), cuando llegó al Hospital Colonia de Federal (Argentina), del que fue director entre 1969 y 1976, las personas internadas comían sobre tablas, sin platos ni cubiertos, y no tenían siquiera espejos para recordarse en el reflejo que eran personas. Incluso algunas de las mujeres internadas fueron sexualmente comercializadas por responsables de la institución. Esta situación similar a la del Corral de locos era lo que estos psiquiatras argentinos inspirados en los grupos terapéuticos de Maxwell Jones (1907-1990) -modelo difundido en su obra clásica Psiquiatría Social: Un estudio sobre las Comunidades Terapéuticas (1952)--querían combatir. Las dictaduras de Chile y Argentina prohibieron estos proyectos "revolucionarios"; revolucionarios porque las personas ingresadas se autogobernaban, se organizaban en ocupaciones para el autoabastecimiento o disfrutaban en sus fiestas y bailes. En las comunidades las decisiones clínicas eran autogestionadas y comunitarias, porque la "comunidad de locos" sabía ser responsable y conocedora del grado de desestabilización de cada cual y ese conocimiento de grupo se ponía en práctica. Las asambleas, como herramienta terapéutica, dejaban al descubierto que algunos "delirios" eran estratagemas humanas de amor o de rivalidad. "Tácticas del débil" como nos han enseñado Michel de Certeau y John Scott. Lo que dejaba claro el grupo o comunidad de locos es que la exclusividad del saber había que expropiársela a los psiquiatras, porque los grupos eran una fuente de sabiduría sobre salud mental, como mostraron los resultados terapéuticos en esas experiencias latinoamericanas. Desde entonces, al menos en algunos países, se ha ido desmantelando el dispositivo manicomial o, quizá, simplemente se ha reducido a unas unidades de agudos que aún siguen siendo muy contestadas por los propios colectivos. Así lo recoge la denuncia de Manuela Jesús Martínez Gutiérrez, ante el alcalde de Cádiz del partido político Podemos, José María González, Kichi, 2 porque "la contención y el aislamiento no son terapia". El personal sanitario utiliza estrategias defensivas en instituciones que siguen más preocupadas por la vigilancia y el castigo que por prácticas más humanas que proscriban las correas. Los correajes que exponen en fotos los compañeros de Manuela Jesús Martínez durante su denuncia, son prácticamente idénticos a los que se ven en el aguafuerte que muestra a William Norris atado en su ingreso de 1800 en el Bethlem Hospital, aunque esa era una época donde las "contenciones" duraban décadas. Esta iconografía del horror ha visto la luz en exposiciones recientes en el Wellcome de Londres. También pueden contemplarse los espantos de la Salpêtrière en otro texto reciente (Revelations: Iconography of the Salpêtrière, Paris 1875-1918). La historia de la voz de los pacientes sigue oyéndose, en parte por el acceso a archivos, a cartas (Cartas desde el manicomio, Catarata, 2018), a restos enterrados de la cultura material de los centros que salen a la luz en museos (Museum of mental Health, Oregon Hospital) 3 o gracias a la aparición de maletas con materiales personales de personas que estuvieron encerradas y que afloran con el cierre institucional como ocurrió en el Willard Psychiatric Center de Nueva York 4. Algunos colectivos de profesionales de la salud, siguiendo políticas de la memoria más comprometidas que las que acontecen por nuestros lares, han elevado un mea culpa por su contribución a las maquinarias de vigilancia mental. Me ha sorprendido, en este sentido, la memoria publicada de algunas enfermeras de los servicios psiquiátricos ingleses que han confesado públicamente que simulaban citas con pacientes varones homosexuales para "confirmar" que habían dejado de serlo tras electroshocks, comas inducidos con insulina y torturas similares. Estas confesiones dan voz indirecta a las formas más sutiles de sufrimiento causadas por la punitiva vigilancia psiquiátrica de la diversidad sexual. 5 No olvidemos que la historia es un cante de ida y vuelta y que las terapias contra la homosexualidad aún se practican en connivencia con ciertas religiones en lugares como Moscú 6 si no es que se practican en entornos más cer-canos. Y no creo que las causas de estas formas contemporáneas de la psiquiatría de la "desviación" sean, como señalaba Anton Chejov en Pabellón No. 6 (1892), la lejanía respecto a los grandes y modernos centros ("A los alienados no se les echa ahora agua en la cabeza ni se les ponen camisas de fuerza; se les da un trato humano, y según escriben los periódicos, hasta se organizan para ellos espectáculos y bailes. Andrei Efímich no ignora que, con el criterio y la moral actuales, una infamia como la del pabellón número seis sólo es posible a 200 kilómetros largos del ferrocarril, en un villorrio donde el alcalde y todos los concejales son pequeños burgueses semianalfabetos, que tienen al médico por un sacerdote en el que hay que confiar a pie juntillas, aunque ordene echarle a uno estaño ardiente en la boca; en cualquier otro lugar, el público y los periódicos hubieran derruido y deshecho esta pequeña Bastilla.") En la última década, protagonizada por personas que la medicina etiqueta de locas, una nueva revolución de abajo arriba está en marcha y, creo, tendrá un largo recorrido histórico. Me refiero, al movimiento de "escuchadoras de voces". Este movimiento, es una explosión de saber subalterno, en el sentido que la teoría postcolonial propone, 7 es decir, producido por quien experimenta la enfermedad porque sitúa en el centro las voces de quien padece y no tanto los lenguajes "expertos" de la Psiquiatría. Desmesura, Una historia cotidiana de locura en la ciudad, precisamente, nos habla de esto. Del tránsito de una persona que recibe diversas etiquetas clínicas, desde la farmacologización psíquica a la escucha de las voces que han sido nombradas, por los saberes considerados "expertos", como alucinaciones. La novela gráfica está aportando un repositorio extraordinario de voces de pacientes. Ya lo vimos en Majareta (Ediciones La Cúpula, 2014), una memoria personal de Ellen Forney, una artista dibujante y psicóloga que es etiquetada de "trastorno bipolar" y cuenta su lucha para que la medicación no destruya su propia vitalidad y personalidad artística. Ellen Forney dibuja y pone en movimiento la narración con un trazo trepidante, como una novela de acción, y consigue meternos en su propio estado mental acelerado. Majareta aporta una visión de la enfermedad en positivo, pues quien conoce algún estado "maniaco", por leve que sea, sabe del bienestar y exaltación que genera y que tan bien relató Emily Martin en su Bipolar Expeditions (2009). Desmesura narra en otras claves. Combina la experiencia contada por Fernando Balius en primera persona, con el apoyo gráfico de las ilustraciones de Mario Pellejer. En muchos momentos dibuja casi un icono de ciertas situaciones clínicas donde nos reconocemos tanto..., como la viñeta donde el paciente queda infantilizado y pequeñito ante el veredicto médico (p.47). Pero la novedad de Desmesura es aportar el relato antropológico de la vida de alguien que oye voces. The International Hearing Voices Network ha surgido con fuerza a escala internacional para mostrar que la experiencia de oír voces no debe ser estigmatizante. 8 De hecho, la asociación reclama que las voces son "reales y significativas", proponiendo una interpretación de la subjetividad, como un conglomerado de voces incorporadas, procedentes de la experiencia cultural y biográfica y no siempre en convivencia armónica o coherente, pero cuyos mensajes son relevantes. Esta vivencia humana de oír voces tiene especificidad y diversidad cultural como recientemente ha mostrado la antropóloga Tanya Marie Luhrmann en Our Most Troubling Madness: Case Studies in Schizophrenia across Cultures (Ethnographic Studies in Subjectivity) (2016). La propuesta de los colectivos de personas escuchadoras de voces guarda parecido con la idea de subjetividad como incorporación de opresiones que desarrolló, en el Brasil dictatorial de los años sesenta, Auguto Boal (1931-2009) con su Teatro de los Oprimidos que buscaba la liberación personal (y colectiva), mediante la autonomía y responsabilidad, adquiridas con mediación comunitaria dramatizada (Teatro Foro). Esta continuidad histórica de saberes y prácticas del movimiento de personas que escuchan voces es más nítida en relación a esta tradición de teatro popular, que al inconsciente freudiano representado casi como anatomía interiorizada, 9 y la curación un acto individual en el diván de la "boutique psicoanalítica". Es voluntad del autor de Desmesura difundir en su libro la experiencia de un joven procedente de la clase media, perdido en una experiencia que le alejaba de la gente y a la que darle sentido era imposible en un proceso de aislamiento, silencio familiar y farmacologización. He apreciado, a través de los ritmos que despliega, los agujeros narrativos subjetivos y los hilos tenues que hilvanan los fragmentos que autor y dibujante intentan que tengan unidad pero que, en realidad, funcionan como un guiño a quienes, por experiencia, conocemos la dificultad de lograr darnos coherencia diariamente. Aquí la novela gráfica, con su formato visual y escrito, hace un mari-daje perfecto para armonizar y sintonizar experiencias con nosotras, las personas que les leemos. Desmesura puede entenderse, también, como un libro de autoayuda, pero me inclino a definirlo "de ayuda mutua" pues no pone el énfasis en la persona individual sino en la fuerza curativa y política del colectivo. Muchas ideas sobre cómo no despertar alarmas en los demás cuando hablamos con nuestras voces extras, o como suministrarnos autocuidados específicos, pueden ser tácticas de estabilización mental que apoyen a las prácticas colectivas de escucha, y permitan un horizonte libre de fármacos, pero lo esencial es recibir acogimiento del ecosistema afectivo y no juicios negativos y censuras. Desmesura, también. es una novela gráfica que juega con los recursos de su género para sumirnos en ese estado mental del protagonista-autor cargado de silencios y voces. Igualmente explora una presencia del cuerpo que rara vez encontramos en otros textos y que devuelven realidad material al padecimiento psíquico. Su lectura provoca experiencias, hueles, sientes y visitas paisajes en azul o verde, y a veces en negro, que incitan a comprender el sufrimiento o a vislumbrar la liberación. Incluso esa mente "otra" de la que surgen las voces acaba siendo a ratos, para quien lee, un peludo y entrañable alter ego. Desmesura contiene un mensaje de gran fuerza humana y transformadora: del sufrimiento extremo se sale, y la vulnerabilidad encuentra sostenimiento en lo colectivo y el afecto, no en el encierro y la ocultación. Este no es un relato de "pensamiento positivo", es, más bien, un acto político de carácter asambleario. Las novelas gráficas serán, en el futuro, un archivo subalterno y emocional de procesos mentales, de sabidurías humanas sobre el "cuidado del sí" --como diría Foucault--, que desdibujan la frontera tenue entre lo normal y lo patológico 10, y testifican sobre la relevancia de los procesos comunitarios de ayuda mutua y los autocuidados en la salud mental. Si como indica la OMS, una de cada cuatro personas tenemos probabilidad de pasar por momentos graves de sufrimiento mental 11, Desmesura es una lectura imprescindible para prepararnos con humor y honestidad e ir creando nuestro grupo de escuchadoras de voces que nos ayuden a descodificar los crípticos mensajes de nuestras mentes-cuerpos-mundos-ecologías para poder, así, darnos algo de sentido. Novella, E. J. (2012), "Locura, opinión pública y medicina mental en los orígenes de la España contemporánea", Medicina e Historia. Revista de Estudios Históricos de Las Ciencias de La Salud, (1), 3-18. Puede verse en https://www.youtube.com/watch?v=6zQOb-K6mvQ
RESUMEN: La guerra del Peloponeso comenzó en el año 431 a.C. En el verano del segundo año los peloponesios invadieron el Ática, sus habitantes buscaron refugio dentro de las murallas de la ciudad y días después se desató una plaga en Atenas de mortalidad sin precedentes, que siguió activa ese año y el siguiente y volvió a irrumpir en 427 y 426 a.C. Durante cinco años, sucesivas oleadas de una epidemia aniquilaron aproximadamente un tercio de la población de la ciudad. La única fuente que nos relata la enfermedad es la obra de Tucídides, historiador ateniense coetáneo a los hechos, que describió la extensión y el impacto de la plaga en el segundo libro de su Historia de la Guerra del Peloponeso (47-52). El presente trabajo tiene como objetivo una revisión sobre las distintas teorías médicas propuestas como causa de esta epidemia, con la cautela metodológica que requiere el abordaje de una enfermedad que ocurrió hace más de 2500 años. La guerra del Peloponeso comenzó en el año 431 a.C. y enfrentó a las dos grandes potencias griegas del momento, Atenas y Esparta 1. En el verano del segundo año los peloponesios invadieron el Ática, sus habitantes buscaron refugio dentro de las murallas de la ciudad y días después se desató una plaga en Atenas de mortalidad sin precedentes, que siguió activa ese año y el siguiente y volvió a irrumpir en 427 y 426 a.C. (Th.1,1) Durante cinco años, sucesivas oleadas de una epidemia aniquilaron aproximadamente a un tercio de la población ateniense (Th.2,52). La única fuente contemporánea a los hechos que nos relata la enfermedad es la obra del historiador ateniense Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso. Sobre todo, echamos de menos alguna referencia a la peste en los escritos hipocráticos, aunque somos conscientes de que pudo existir y quizá se perdiera. Tucídides realizó una descripción cuidadosa y detallada de los signos y síntomas de la enfermedad, muy poco habitual en la época salvo en los citados escritos hipocráticos. Sin embargo, hay que recordar que en la Antigüedad no estaban separadas las disciplinas como hoy en día, por lo que encontramos temas médicos en escritos de estudiosos de disciplinas alejadas de la medicina como Heródoto, Platón o Aristóteles 2. De hecho, como afirma Nutton (2004, p.73), en la Antigüedad ni siquiera se podía establecer una división clara entre médicos y filósofos en términos de nivel de abstracción de sus teorías, pues todos prestaban mucha atención a los fenómenos naturales. El relato de Tucídides sobre la peste describe al mismo tiempo la enfermedad física y la enfermedad moral de la ciudad, pues enfatiza el impacto de la guerra y el colapso moral que ésta ocasionó en la población de Atenas 3. Lo anterior queda acentuado por la colocación de la descripción de la peste casi inmediatamente después del discurso fúnebre en el que Pericles realiza una loa a la democracia ateniense. Así, frente al orden y la armonía de la Atenas democrática, se alzó el caos y la desintegración de la polis durante la epidemia. 243), el relato de la peste no se trata de un pasaje aislado con información médica, sino que está ligado de una manera orgánica con el resto de la composición sobre la guerra del Peloponeso. Para este autor, la enfermedad física de la población presagia el declive del poder ateniense, que podría entenderse como la enfermedad de un organismo político. Tucídides describe el proceso por el cual la violencia social y política socava la razón, con la peste como catalizador que aceleró el proceso. Debido al contagio, la peste fue asunto de toda la población, y no sólo de unos pocos, por lo que la destrucción del orden abarcó todas las facetas de la vida en la polis, de tal forma que podría hablarse del colapso de una sociedad como consecuencia del proceso de infección. Tucídides utiliza el motivo de la violencia aniquiladora de la enfermedad para conectar la epidemia con su tema político principal, la guerra. Quiero justificar el empleo del sustantivo "peste" en el título y el desarrollo del trabajo a pesar de su incorrección desde el punto de vista médico 4. Según el diccionario de la RAE el término peste puede aludir a cualquier enfermedad que cause gran mortandad 5 y éste es el sentido en que se utilizó durante toda la Antigüedad. Por otra parte, el término peste también puede aludir a una corrupción en las costumbres 6, lo que va muy en consonancia con una interpretación metafórica del relato de Tucídides sobre la epidemia 7. Ambas interpretaciones, real y metafórica, pueden coexistir. De hecho, aunque una lectura metafórica no invalide una interpretación científica de los hechos, muchos autores 8 se han basado en ella para afirmar que la peste de Atenas nunca existió y que cuando el historiógrafo ateniense describe los signos y síntomas de la epidemia, en realidad se estaba refiriendo a la enfermedad moral que asoló Atenas en los primeros años de la guerra del Peloponeso. Sin embargo, con el descubrimiento de una fosa común en el Cerámico de Atenas en la que los cuerpos estaban colocados sin ningún orden y las ofrendas eran muy escasas como si hubiera habido que enterrar muchos cuerpos en poco tiempo, la plausibilidad de una epidemia ateniense ha cobrado fuerza, sobre todo al datar estos restos óseos en 429-427 a.C. (Baziotopoulou-Valavani, 2002). A lo largo del tiempo, el relato del historiador ateniense sobre la epidemia de Atenas ha supuesto un modelo de referencia fundamental para todo el que ha querido describir el horror de la peste. La doble vertiente física y social de su descripción de la enfermedad ha sido fuente de inspiración para numerosas obras de autores tanto de la Antigüedad 9, como del Medievo 10, y modernos 11. Sí es verdad que en los primeros la peste solía constituir una enfermedad física que afectaba a una población, mientras que en los últimos la peste se utilizaba más bien en su sentido metafórico de descomposición social. JUSTIFICACIÓN DEL TRABAJO Y MÉTODO El presente trabajo tiene como objetivo profundizar en la epidemia ateniense a partir de la descripción que Tucídides hace de ella. He realizado un abordaje médico de dicha "peste", en el cual he sistematizado las distintas teorías sobre su posible etiología desde un enfoque clínico y desde un enfoque epidemiológico. Soy consciente de la controversia que existe sobre la pertinencia de los diagnósticos retrospectivos, por lo que no pretendo deshacer el nudo gordiano, ni cortarlo dándole un enfoque diferente como hace Cunningham (2002, p. 13), y acertar con el diagnóstico microbiológico de una epidemia que ocurrió hace 2500 años. Pretendo un abordaje historiográfico para examinar las distintas tesis que se han defendido en distintas épocas y la pertinencia de éstas a la luz de los nuevos conocimientos. A la hora de tratar de identificar una enfermedad del pasado nos encontramos antes dos desafíos distintos, aunque estrechamente relacionados. Por un lado, el ontológico, que nos hace dudar sobre la persistencia de una enfermedad a lo largo del tiempo y, por otro, el epistémico que habla sobre la imposibilidad de acceder a la verificación científica de un diagnóstico del pasado (Muramoto, 2014, p. 13) en la duda ontológica sobre la plausibilidad de la identificación de las enfermedades del pasado. La cuestión que no comparto con el citado autor británico es que nuestro concepto microbiólogico de la infección y, por tanto, la diferente visión que tenemos sobre la enfermedad, impida el acercamiento a las infecciones de la era premicrobiológica. En mi opinión, sí podemos acercarnos a ellas, siendo conscientes de la complejidad conceptual y metodológica que ello implica y siempre que tengamos presente que existen dos conceptos diferentes: por un lado, la taxonomía de las enfermedades y por otro, el acto de diagnosticar a un paciente. En cuanto al segundo, no olvidemos que las categorías diagnósticas son una construcción humana y no una entidad biológica. 17), el concepto de enfermedad no existe independiente del acto del diagnóstico, el cual no deja de ser una práctica social cambiante con el tiempo y el lugar. 6), el diagnóstico médico no es un juicio apodíctico sino probabilístico. Dado que la epidemia de Atenas fue una enfermedad infecciosa, nunca podremos afirmar que se trataba de una enfermedad concreta, es decir, emitir un diagnóstico preciso, pues nos falta la herramienta fundamental, el laboratorio 12. Sin embargo, sí podremos hacer un juicio clínico sindrómico a partir de los signos y síntomas descritos por Tucídides, como se hace muy habitualmente en la práctica clínica 13. 8) en que los diagnósticos retrospectivos deben ser siempre sindrómicos, plausibles y coherentes con el contexto descrito en la fuente de información. Sobre la pertinencia de que un historiador utilice construcciones modernas para analizar el pasado hay mucha literatura, pero ningún principio universalmente aceptado. No considero una práctica criticable mirar al pasado desde nuestro presente para intentar entenderlo mejor, no lo supongo un anacronismo sino una construcción artificial para mejorar nuestra comprensión del mundo de ayer. Por tanto, no considero erróneo examinar las tesis emitidas sobre si los signos y síntomas que describe Tucídides podrían corresponder a alguna entidad nosológica infecciosa actual sin el ánimo de emitir afirmaciones categóricas sobre la etiología de dicha epidemia. Cunningham afirma (2002, p.15) que los estudiosos suelen asumir la continuidad de las enfermedades del pasado con las actuales y que, sin embargo, la vivencia de la enfermedad es distinta en cada época y en cada lugar pues se trata de un fenómeno social. 57) y con Wilson (2000, p.273), en que la enfermedad no es sólo una realidad biológica sino, sobre todo, una construcción humana inserta en un contexto histórico y con unas condiciones socioculturales determinadas. Sin embargo, no creo que lo anterior invalide todo diagnóstico retrospectivo, incluso aquél en el que se asuma el manejo cauto de los conceptos y la complejidad metodológica. Si no aceptáramos tal premisa, algunas disciplinas, como por ejemplo la paleopatología, carecerían de sentido. Arrizabalaga (1999, p.258) aboga por lo estudios interdisciplinares que aporten riqueza a la investigación, en los que las ciencias modernas contribuyan con un enfoque complementario a los estudios de humanidades. DESCRIPCIÓN DE LA EPIDEMIA Según Tucídides (2.48), la plaga se originó en Etiopía, desde donde se expandió a Egipto, Libia y parte del imperio persa. Atacó la isla de Lemnos y otros lugares antes de penetrar por el puerto del Pireo, y desde allí se extendió por toda la ciudad. Tucídides (2.17.1-2) en su relato no especula sobre la causa de la enfermedad, pero en ningún momento la supone efecto de deidades ofendidas 14. Se transmitía de persona a persona y los médicos y los cuidadores eran víctimas habituales de la enfermedad (2.47.4) 15. La perspicacia del historiador va más allá pues, en otro párrafo (2.51.6), señala que los enfermos que sobrevivían no volvían a enfermar, con lo cual, sin saberlo (ya que sólo lo observó y no entendió la fisiología), enunció las bases de la inmunidad adquirida 16. Tucídides (2.52.1) también señaló con acierto en su descripción de la epidemia que la sobrepoblación de la ciudad fue un factor que contribuyó a su virulencia. Existen otras dos fuentes antiguas 17, si bien mucho más tardías que Tucídides que, en su relato de la peste de Atenas también defendieron el hacinamiento como causa y factor agravante de la plaga. De hecho, el historiador ateniense señaló (2.52.2) que los individuos que llegaban a la ciudad eran los que sufrían especialmente los efectos de la plaga, sobre todo por las pésimas condiciones de vida que sufrían. Kosak (2000, p.50) apunta que quizá su relato contribuyera a que desde finales del siglo V a.C. los atenienses comenzaran a percibir la ciudad física como un lugar potencialmente peligroso y ya no un lugar de refugio y protección como hasta entonces, como se aprecia en algunos pasajes de Tucídides (por ejemplo, en Th.2,61). La descripción que realiza Tucídides de los signos y síntomas de la enfermedad es muy cuidadosa. En ella se comprueba que el historiador ha adaptado los principios y métodos de la medicina pragmática a su interpretación de la historia y su relato sobre la peste. Las historias clínicas hipocráticas muestran una gran pulcritud en la observación así como una rigurosa ordenación cronológica de los síntomas 18. En ellas no se encuentra un diagnóstico en la forma en que hoy día se concibe, ya que para Hipócrates diagnosticar consistía en saber ordenar los procesos morbosos individuales en la regularidad general de la naturaleza y no en adscribir el caso clínico observado a la entidad nosológica a la que pertenece, como se hace hoy en día 19 (Laín Entralgo, 1949, p.31). Según Laín Entralgo (1949, p.32), para los médicos hipocráticos diagnosticar consistía en entender científicamente al enfermo y no en saber catalogarlo según su modo de enfermar. Lo cual no implica que el interés de Hipócrates dirigido hacia el conocimiento de la individualidad del enfermo excluyese toda consideración tipificadora del enfermar de sus pacientes 20. Por otra parte, era característico de los médicos hipocráticos incidir en el pronóstico de las enfermedades, en el curso natural de éstas. Conocer técnicamente un caso clínico, es decir diagnosticar, consistía entre otras cosas, en saber con mayor o menor certeza cuál iba a ser la suerte del enfermo 21 (Laín Entralgo, 1970, p.238). Horstmanshoff (1990, p.180) afirma acertadamente que era el establecimiento del pronóstico lo que distinguía el saber médico del mero empirismo 22. El pronóstico informaba al paciente del curso clínico de su enfermedad, de la situación presente y de lo que le ocurriría en el futuro. Era esta habilidad de los médicos la que los acercaba a la retórica y a la ciencia y los alejaba de la artesanía. Así, siguiendo el planteamiento médico, Tucídides comenzó describiendo brevemente las condiciones generales que precedieron al brote epidémico. Después, detalló los signos y síntomas observados sin hacer comentario alguno sobre éstos ni sobre eventuales terapias. A continuación, señaló los días en los que era previsible que la enfermedad hiciera "crisis": el séptimo y el noveno, y concluyó con una relación de las complicaciones que ocurrían a los enfermos que sobrevivían. Se distinguen así cuatro periodos en la descripción del historiador: un primer periodo que corresponde con el periodo de incubación, que fue muy corto, con un comienzo súbito; una segunda fase de siete o nueve días en la que el enfermo desarrollaba los principales signos clínicos, y que puede dividirse a su vez en dos secciones: la primera que refleja el orden en el que aparecieron los principales signos y síntomas (calor en la cabeza, inflamación de los ojos, hiperemia de faringe y lengua, halitosis, estornudos y ronquera, tos, dolor en el pecho, vómitos y convulsiones) y la segunda que relata los fenómenos que aparecieron en este periodo (eritema en piel, vesículas y úlceras, sensación de calor, sed intensa, insomnio y decaimiento); un tercer periodo tras el noveno día, en el que los pacientes que sobrevivían sufrían problemas intestinales, diarrea y debilidad que terminaba en ocasiones con la muerte; y por último, una fase de complicaciones tardías, entre las que se describen gangrena de las zonas acras, pérdida de visión y amnesia 23. Un apunte tucidídeo (2.52.1) que demuestra sus dotes de observación es la frase en la que refiere que no coexistieron otras enfermedades durante la epidemia 24. Tan de cerca pudo estudiar la enfermedad que el propio historiador la padeció (2.48) y sobrevivió a ella. Que el propio Tucídides padeciera la dolencia, según Longrigg (1980, p.209), debió introducir un sesgo de subjetividad en su relato, pues pudo dar más importancia a sus síntomas, que quizá no eran los de la mayoría. Por otra parte, que él sobreviviera, aparentemente sin secuelas, pudiera indicar que su enfermedad no era el prototipo de infección padecida por las víctimas de la epidemia. Existen tres posibilidades a la hora de intentar diagnosticar la enfermedad que describió Tucídides: un abordaje clínico, uno epidemiológico y uno paleopatológico. El más objetivo pero también el más complicado de realizar es el último. Sin embargo, el hallazgo, ya comentado, en 1994-95 de una fosa común en la zona del Cerámico de Atenas que contenía restos óseos procedentes de unos ciento cincuenta cuerpos, permitió al equipo de Papagrigorakis realizar un análisis de la pulpa dentaria 25 de varias piezas dentales para buscar material genético de algún microorganismo. El estudio permitió identificar secuencias de ADN muy similares a las de Salmonella enterica serotipo Typhi en la pulpa de tres piezas dentales. Ello les llevó a concluir que la fiebre tifoidea, causada por dicha bacteria, pudo estar implicada en la epidemia ateniense. Varios de los signos y síntomas de la fiebre tifoidea coinciden con los descritos por Tucídides, especialmente la fiebre y la clínica gastrointestinal, sin embargo, muchos otros no lo hacen, lo que Papagriorakis, Yapijakis et al (2006, p.213) explican como posiblemente debido a variaciones genómicas entre las bacterias que podrían explicar las diferencias en la sintomatología, aunque no descartan que la epidemia pudiera deberse a varias infecciones concurrentes. POSIBLES ETIOLOGÍAS DE LA PESTE SEGÚN LOS SIGNOS Y SÍNTOMAS CLÍNICOS Es importante conocer que la percepción antigua y las descripciones sobre enfermedades, así como su clasificación, son muchas veces imposibles de correlacionar con las enfermedades registradas en un texto médico moderno (Nutton, 2004, p.22). Como ya he comentado, los médicos hipocráticos daban nombre a pocas entidades nosológicas y preferían describirlas por sus signos y síntomas. Como afirman Hope y Marshall (2000, p.24), dado el desarrollo de la teoría médica de la época, uno esperaría encontrar algún grado de correspondencia entre la realidad médica y la imagen médica. Sin embargo, no es así y la imaginería médica antigua era completamente distinta a la moderna. En el último siglo se han realizado más de doscientos estudios sobre la posible etiología de la enfermedad descrita por Tucídides. Estos estudios han sido abordados por filólogos clásicos, historiadores y médicos. Los primeros están limitados por su falta de conocimientos médicos y los últimos por su desconocimiento del griego clásico, por lo que, en muchas ocasiones, las traducciones no concuerdan con ningún signo clínico. Por fin, los tres tipos de estudiosos están limitados porque trabajan sobre términos y conceptos de salud y enfermedad de hace más de dos milenios. Otro factor que añade dificultades al intento de tipificación de la enfermedad tucidídea es el hecho de que los signos clínicos suelen ser muy parecidos en los primeros estadios de muchas enfermedades infecciosas. En realidad, los signos y síntomas descritos por Tucídides no concuerdan totalmente con ninguna entidad nosológica que exista actualmente. De hecho, él mismo (2.47.4) apunta al inicio de la descripción que nunca se había visto una enfermedad parecida a la que él describe. Con todas las limitaciones apuntadas, Durack, Littman et al (2000, p.393) desarrollan un esquema en el que apuntan seis posibilidades diagnósticas para la epidemia descrita por Tucídides: una enfermedad infecciosa conocida (ántrax, peste bubónica, cólera, dengue, virus Ébola, erisipela, muermo, fiebre Lassa, malaria, sarampión, meningitis, fiebre del valle del Rift, escarlatina, viruela, síndrome del shock tóxico, tularemia, fiebre tifoidea o tifus epidémico); una enfermedad infecciosa conocida pero que hubiera sido más virulenta por haber afectado a una población virgen; una enfermedad conocida no infecciosa (ergotismo, aleukia tóxica alimentaria o escorbuto); dos enfermedades simultáneas (gripe complicada con síndrome de Guillain-Barré, gripe complicada con síndrome del shock tóxico, tifus epidémico y peste bubónica, tifus epidémico y disentería, tifus epidémi-co y fiebre amarilla o tifus epidémico y escorbuto); una enfermedad que haya cambiado su curso clínico y sea irreconocible para nosotros; y, por último, una enfermedad que no exista en la actualidad. A continuación, quería apuntar brevemente las razones a favor y en contra de cada una de las posibilidades anteriores. En primer lugar, voy a referirme a las enfermedades no infecciosas, entre las que encontramos el ergotismo. Esta es una enfermedad que resulta de la ingesta de centeno u otros cereales contaminados por el hongo Claviceps purpurea. Aunque el centeno no era un cereal que se consumiera habitualmente en Atenas, quizá la situación bélica propició que se importara éste desde Tracia por la extrema necesidad que existía en el Ática tras la invasión peloponesia 26 (Longrigg, 1980, p.217). Sin embargo, también se importaban cereales de Rusia, Egipto y Sicilia, por lo que es poco probable que enfermara un porcentaje tan alto de la población, así como que se afectaran por igual ricos y pobres. Otro factor que no concuerda con el ergotismo es que las tropas de Potidea no se vieran afectadas hasta la llegada de los refuerzos provenientes de Atenas (Th., 2.57.2). Por otra parte, que Etiopía, Egipto, Libia y parte del imperio persa se vieran afectados por la enfermedad concuerda más con que la dolencia fuera infecciosa 27. La misma razón se puede dar para considerar poco probable la aleukia tóxica alimentaria, de patogenia similar. El escorbuto, otra enfermedad no infecciosa, es la dolencia resultante de la deficiencia de vitamina C por la escasa ingesta de frutas y verduras frescas. Era frecuente que apareciera durante épocas de hambruna, en largos viajes transatlánticos o tras duros inviernos septentrionales. No sería extraño que se hubieran producido deficiencias de distintas vitaminas durante el asedio de la ciudad, y que el escorbuto pudiera haber empeorado los síntomas de la enfermedad que causó la epidemia fuera ésta la que fuere. Así, las razones aducidas en el párrafo anterior permiten excluir el escorbuto como causa primera de la enfermedad, aunque no como factor agravante de la misma. Así pues, parece claro que debió ser una enfermedad infecciosa. Pudo tratarse de una infección no especialmente virulenta que se agravara por afectar a una población nunca expuesta al agente microbiano. Otra posibilidad apuntada por Durack, Littman et al es la de que no podamos identificar la infección responsable de la epidemia de Atenas porque el microorganismo causante de la infección haya perdido virulencia con el paso del tiempo 29 y se haya convertido en un agente causante de una patología más benigna. Otra opción es que la enfermedad ya no exista porque se haya erradicado sin que el hombre tomara ninguna medida 30. Y por último, es posible que la epidemia ateniense estuviera causada por dos enfermedades que actuaran simultáneamente o bien una como complicación de la otra 31. Esta última posibilidad tiene poco sentido desde el punto de vista médico. Es cierto que un paciente puede complicarse por la coexistencia de varias enfermedades, pero resulta una opción poco plausible para toda una ciudad. Tras desechar las opciones anteriores, coincido con Durack, Littman et al (2000, p.394) en que lo más útil para realizar el diagnóstico diferencial de la enfermedad que nos describe Tucídides es focalizar nuestra atención sólo en la información que conocemos con certeza y arrinconar de momento los hallazgos cuestionables. Así, nuestras certezas sobre la epidemia ateniense son: que existió un brote de una enfermedad infecciosa en una situación de guerra, hambre y hacinamiento; que la epidemia se prolongó durante varios años, con una incidencia fluctuante a lo largo de ellos; que los pacientes presentaron un exantema (sobre este tema volveré más adelante); que algunos pacientes desarrollaron síntomas respiratorios y gastrointestinales; que la tasa de mortalidad de dicha infección fue de alrededor del 25%; que la muerte ocurría habitualmente al séptimo o noveno día de evolución; y que algunos de los pacientes que sobrevivieron desarrollaron complicaciones extrañas, como gangrena periférica, ceguera o amnesia. Con el esquema anterior en mente, podemos desechar algunas de las etiologías que se han barajado como posible causa de la enfermedad ateniense, en primer lugar, la peste bubónica. Además de que el cuadro clínico de la infección por Yersinia pestis difiere en muchos aspectos del descrito por Tucídides, existe un signo patognomónico de ésta, los bubones, que no aparece en la descripción tucidídea. Algunos autores han argumentado que quizás el historiador olvidó mencionar los bubones, pero parece un olvido demasiado importante como para obviarlo. Por otra parte, desconocemos si la rata era endémica de Atenas 32. Uno de los puntos clave del relato tucidídeo es el del exantema. Las manifestaciones cutáneas que describe Tucídides 33 pueden traducirse como pequeñas flictenas y úlceras (Romilly, 1991, p.36). Durack, Littman et al (2000, 392) opinan que la traducción vesículas y pápulas sería más correcta y aportaría un matiz diferente. No opino como Durack, Littman et al pues, aunque el primer término se podría traducir efectivamente por vesículas, tenemos una traducción más directa y exacta, "flictenas". En cuanto al segundo término, creo que en ningún caso podría traducirse por pápulas, sino efectivamente por "úlceras". En este caso concreto, la exactitud en la traducción resulta fundamental pues que la erupción cutánea fuera maculosa, papulosa, vesicular, pustulosa o hemorrágica resultaría en diagnósticos completamente distintos. Un exantema maculo concordaría con una fiebre tifoidea 34, uno papuloso concordaría con un sarampión 35, uno vesículo-pustuloso con la viruela y uno hemorrágico con la infección por virus Ébola 36. Por otra parte, apunta Littman (1969, p.268) que se echa de menos más rigor clínico en la descripción del exantema. Tucídides no nos informa sobre su duración, sobre sus estadios evolutivos, ni sobre cómo se resolvió. Entre las enfermedades infecciosas, una de las primeras que nos viene a la mente es la infección por el virus Influenza, que frecuentemente cursa en brotes y que ha causado una gran mortalidad a lo largo de la historia. Es una infección con una tasa de contagio altísima, con un curso clínico parecido al que narra Tucídides (aunque no exacto), pero que tiene una tasa de mortalidad mucho menor que la de la infección ateniense 37. Otro dato que va en contra del virus de la gripe, que desarrollaré más extensamente en el apartado siguiente, es que las epidemias de gripe afectan muy rápidamente a zonas muy extensas pero se extinguen igual de rápido en unas pocas semanas, al contrario que la epidemia ateniense que cursó de manera ininterrumpida o en largos brotes recurrentes a lo largo de cinco años 38 (Morens, Littman, 1992, p.276). En cuanto al virus de la viruela, es un agente con el que muchos autores están de acuerdo que pudo ser el causante de la epidemia, especialmente por el ya mencionado asunto del exantema. Tucídides (2.49.2) describe la piel de los afectados como "enrojecida y lívida" y con vesículas y úlceras, lo que se corresponde con la típica erupción varioliforme (Littman, 1969, p.268). El mismo autor asegura que la distribución de las lesiones cutáneas también coincide, así como que la viruela podía causar ceguera 39 como complicación tardía. Sin embargo, Tucídides no describe la postración, la cefalea y la lumbalgia, que son tan características de la viruela. Por otra parte, existe un dato clave de la viruela que falta en el relato tucidídeo: las marcas indelebles que quedaban en toda la superficie cutánea y especialmente en la cara. No parece posible que se debiera a un "olvido" del historiador, pues si él mismo padeció la enfermedad, las cicatrices debieron desfigurarle el rostro 40. Littman (1969, p.271) sugiere la posibilidad de que lo anterior no se debiera a un olvido sino a una omisión deliberada y que, siguiendo la metodología de los textos hipocráticos, el historiador quisiera establecer el pronóstico de la enfermedad, señalando los estadios clínicos de ésta. Así, señaló el exantema pero no las cicatrices que éste dejó en la piel de los afectados. Longrigg (1980, p.221) por su parte, señala que el apunte de Littman no le convence, pues el ánimo de Tucídides al describir la enfermedad (2.48.3) fue que si volvía a aparecer pudiera ser reconocida con facilidad. Otra posibilidad infecciosa como causante de la epidemia de Atenas es el tifus epidémico, causado por la bacteria intracelular Rickettsia prowazekii, de la que el ser humano se considera el único o principal reservorio. La enfermedad es más frecuentemente en invierno y en primavera. Los vectores de la enfermedad son los piojos, por lo que esta enfermedad se ha asociado tradicionalmente con situaciones de pobreza, hambruna, guerra y hacinamiento que favorecen su proliferación 41. El piojo corporal humano se infecta al alimentarse de la sangre de las personas enfermas. Las rickettsias ingeridas por el piojo infectan las células epiteliales del intestino del piojo, éste las excreta por las heces y así pueden introducirse en huéspedes humanos susceptibles a través de pequeñas heridas o escoriaciones de la piel, o incluso por vía respiratoria por la aerosolización de las heces secas del piojo (Kliegman, Behrman et al 2009, p.1297). Las manifestaciones clínicas del tifus epidémico 42 coinciden en muchos aspectos con las descritas por Tucídides, así como las complicaciones. En lo que no coinciden exactamente ambas afecciones es en el exantema. El del tifus comienza siendo maculoso y evanescente para evolucionar hacia petequial y purpúrico, pero nunca vesiculoso (Kliegman, Behrman et al, 2009, p.1298). Otros datos que no concuerdan son las manifestaciones gastrointestinales, habitualmente ausentes en el tifus, así como que la duración clínica de esta infección suele ser bastante más larga que la de la enfermedad tucidídea 43. UNA APROXIMACIÓN MÁS ACERTADA: POSIBLE ETIOLOGÍA DE LA PESTE SEGÚN DATOS EPIDEMIOLÓGICOS Existen varios datos epidemiológicos que pueden extraerse del relato de Tucídides que merece la pena reseñar por su importancia a la hora de intentar establecer un diagnóstico. En primer lugar, Tucídides (2.54.1) nos relata que las tropas enemigas que asediaban la ciudad no se vieron afectadas por la enfermedad y que ésta quedó circunscrita a las murallas. La enfermedad afectaba a los que llegaban para refugiarse dentro de su perímetro y se extendió por fuera de éste cuando las tropas atenienses fueron a reforzar el asedio de Potidea 44. Atacó principalmente a los que cuidaban de los enfermos, sin diferenciar a ricos o a pobres, y lo hizo en todas las estaciones del año, pues si bien la primera oleada ocurrió en verano, continuaron existiendo casos en un nivel endémico en los dos años siguientes y volvió a producirse un nuevo brote en 426 a.C. (Th. El verano en el que comenzó la epidemia, la ciudad de Atenas albergó a una cantidad inmensa de refugiados que acudían de toda el área del Ática invadida por el ejército peloponesio. Distintas estimaciones realizadas a partir de los datos demográficos de que disponemos sugieren una cifra de población que varía entre 250.000 hasta 400.000 que se hacinó en Atenas en aproximadamente 5.2 km 2. Esta densidad de población es altísima 45 y debió favorecer la proliferación de roedores e insectos. Sí es cierto que, en los años siguientes en los que la enfermedad continuó vigente, la densidad de población de la ciudad debió ser mucho menor, pues muchos de los campesinos volvieron a sus tierras. Otro detalle epidemiológico importante es que los perros y los pájaros de presa enfermaban tras alimentarse de los cadáveres (Th. La posible transmisión de la enfermedad a animales de presa sugiere una zoonosis, aunque algunos autores consideran que la referencia que hace Tucídides a ello es tan vaga que no permite extraer conclusiones firmes (Retief, Cilliers, 1998, p.52). Es más, Littman (1969, p.267) apunta que Tucídides no dice exactamente que la enfermedad se propagara a los animales, sino que éstos y las aves carroñeras evitaban los cadáveres diseminados por la ciudad y que los que se alimentaban de ellos, morían. Con la densidad de población anteriormente estimada, la tasa de ataque 46 de la enfermedad fue de 25-100% y la tasa de mortalidad 47 de aproximadamente un 25%. En este caso, el historiador sólo menciona la muerte de los soldados, pero podemos estimar que la de los ciudadanos debió ser similar. Más adelante, el historiador apunta (3.87.3) que no existió nada que debilitara las fuerzas atenienses como la peste, ya que entre los hoplitas alistados "murieron no menos de cuatro mil cuatrocientos hombres y trescientos jinetes, a más de un número incalculable de otras bajas". Diodoro de Sicilia (XII, 58, 4), siglos después, apuntó que en la peste de Atenas murió un tercio de su población. Para intentar afinar el diagnóstico, Morens y Littman (1992, p.283) comparan en su estudio tres posibles modos de transmisión de la epidemia ateniense: a partir de una fuente común, de persona a persona o asociada a un reservorio. En primer lugar, comentan la posibilidad de que los atenienses adquirieran la enfermedad a partir de una fuente común, ya fuera el agua, ya algún alimento. En cuanto al agua, la epidemia comenzó en el Pireo, un puerto cuyas cisternas no estaban conectadas con otras fuentes de agua ni con las conducciones de aguas residuales, por lo que no pudo infectarse toda el agua de la ciudad. Por su parte, en el apartado anterior ya hemos comentado que los datos epidemiológicos no concuerdan con una contaminación por un hongo de los cereales ni con una deficiencia vitamínica 48. En segundo lugar, Morens y Littman (1992, p.285) analizan la posibilidad de que se tratara de una infección transmitida persona a persona. Tres son los mecanismos por los que pude diseminarse así una enfermedad: entérica (es decir, transmisión fecal--oral), por inoculación o por vía respiratoria. En cuanto a la primera forma de transmisión, los autores la desechan pues no resulta factible que se infecten de este modo miles de personas en unas pocas semanas, como nos relata Tucídides. Por su parte, la transmi-sión por inoculación también puede descartarse por la misma razón que la anterior, es decir, tanto si el contagio fue por vía sexual como si lo fue por una zoonosis (es decir, transmitida a partir de animales infectados), no es esperable una tasa de ataque tan alta como la que existió. Dentro de la vía de transmisión de persona a persona, Morens y Littman (1992, p.285) analizaron la posibilidad de que se transmitiese por vía respiratoria, que concordaría mucho mejor con ese brote explosivo relatado por Tucídides. Las infecciones así transmitidas tienen una tasa de ataque y de contagiosidad altísima, no distinguen clases sociales, sexos ni edades y se asocian a situaciones de hacinamiento. Todo lo anterior concuerda con la ciudad de Atenas, lo que no lo hace es (como ya he comentado a propósito de la gripe) que las infecciones de transmisión respiratoria se extinguen con rapidez en poblaciones cerradas pues pronto dejan de existir personas susceptibles. Por el contrario, la enfermedad ateniense se prolongó durante años de manera ininterrumpida o en sucesivos brotes. Otro dato que no concuerda es, como comenta Tucídides (2.54.1), que el ejército espartano no se vio afectado a pesar de que los contactos entre ambos bandos fueron frecuentes. Morens y Littman (1992, p.287) utilizan en su estudio un modelo matemático para determinar el tiempo en el que podría desarrollarse una infección hasta extinguirse, a partir de datos como el periodo de incubación de ésta, la cantidad de población expuesta, la densidad de población y la susceptibilidad. Así, los autores aseguran que una epidemia por el virus de la gripe se habría extinguido en nueve semanas y una epidemia por el virus del sarampión o por el virus de la viruela en unos pocos meses. Los autores (Morens y Littman, 1992, p.249) concluyen así, que una infección transmitida por vía respiratoria, que cursa de manera explosiva y se extingue con rapidez, no se adecúa a la epidemia de Atenas. Sin embargo, Littman (2009, p.462) apunta que este modo de transmisión podría cuadrar si se asociara la posibilidad de que el microorganismo perviviera en algún lugar que actuara como reservorio 49. En cuanto a la tercera posibilidad, esto es, la transmisión asociada a un reservorio insecto o animal, sí podría casar con la epidemia que estudiamos, pues este tipo de infecciones se asocia a una persistencia muy larga, así como a la posibilidad de brotes recurrentes 50 (Morens, Littman, 1992, p.292). Entre ellas podemos destacar la malaria, la peste bubónica (ya descartada anteriormente por la ausencia de su signo característico), algunas enfermedades producidas por arbovirus (como el dengue, la fiebre amarilla o la fiebre del valle del Rift) y el tifus epidémico. De todas las anteriores la única que concuerda en su curso clínico con la enfermedad ateniense es el tifus epidémico. Esta es una enfermedad típica de situaciones de guerra y hacinamiento y puede persistir en poblaciones numerosas durante periodos muy prolongados. Por otra parte, pueden aparecer recurrencias de los signos y síntomas en las personas infectadas (enfermedad de Brill-Zinsser), durante las cuales vuelven a ser infecciosas. Como he comentado en el apartado anterior, el dato clínico que no cuadra es el tipo de exantema que describe Tucídides aunque quizá pueda deberse a una descripción inexacta del mismo o a que la bacteria pueda haber cambiado a lo largo de los siglos y con ella alguna manifestación del cuadro clínico subsiguiente (Littman, 2009, p.462). Como conclusión, son dos enfermedades las más firmes candidatas a ser la causa de la epidemia ateniense: la viruela asociada a la pervivencia del virus en algún reservorio y el tifus epidémico 51, aunque ninguna de las dos case completamente con la descripción tucidídea. Para Longrigg (1992, p.32) en toda la obra de Tucídides se aprecia la convicción profunda de que existe un elemento impredecible que es inherente a los asuntos humanos y que puede trastocar todo lo construido. La plaga fue ese factor imprevisto que socavó la política de Pericles 52. Una plaga ha sido el factor imprevisto que ha trastocado muchas grandes empresas. 6) asegura que las lanzas, espadas, flechas, pistolas e incluso la tecnología moderna han tenido mucho menos impacto en el destino de la humanidad que el piojo que transmite el tifus, la pulga de la peste o el mosquito de la fiebre amarilla. El mismo autor afirma en otro párrafo de su famoso libro que el tifus, junto con sus hermanos la peste, el cólera, la fiebre tifoidea y la disentería, han decidido más campañas militares que Julio César, Aníbal, Napoleón y todos los grandes generales de la historia. De hecho, fueron las infecciones las que allanaron el camino a los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo, las que frenaron a los europeos en su conquista de los tró-picos africanos durante siglos o las que impidieron que Napoleón avanzara por Rusia. Podemos afirmar también que la epidemia que sufrió la ciudad de Atenas en el inicio de la larga guerra del Peloponeso contribuyó a la derrota de los atenienses. Desde la concepción microbiológica de la enfermedad enunciada por Pasteur y los formulados de Koch, ambos a finales del siglo XIX, cambió la mentalidad humana y ya sólo somos capaces de entender la infección en términos microbiológicos. Ello ha provocado que hayan sido múltiples los intentos de los estudiosos por tipificar la epidemia ateniense y podemos comprobar cómo han ido variando las posibilidades diagnósticas en función de las enfermedades más prevalentes del momento. Así, las enfermedades exantemáticas virales eran la primera opción cuando la vacunación sistemática de la población aún no había conseguido reducirlas a la pequeña cifra actual, mientras que el virus Ébola no fue barajado como posibilidad hasta el año 2015 pues hasta entonces no había supuesto una amenaza para la salud humana o, mejor dicho, no había tenido repercusión mundial. Así, volvemos al concepto de enfermedad y de diagnóstico como construcciones humanas fundamentalmente sociales, y vemos cómo también en épocas modernas es más habitual pensar en las entidades nosológicas más prevalentes de cada época. Podemos hacer, por tanto, una aproximación a la posible etiología de la epidemia tucidídea aunque nunca un diagnóstico preciso. Lo cual, a mi parecer, no resta interés a una revisión sobre las entidades más plausiblemente asociadas a la enfermedad ateniense como una parte del estudio sobre el elocuente relato de Tucídides. Lo que resulta innegable es que la descripción que realizó el historiógrafo ateniense sobre la peste de Atenas es uno de los textos antiguos que se ha analizado más minuciosamente desde varias ópticas: la filología, la historia, la arqueología, la paleopatología y la medicina. Su narración ha apasionado e inspirado a muchos estudiosos a lo largo de siglos y es esperable que siga haciéndolo en generaciones venideras. 1 La causa de dicha guerra era clara para Tucídides: el crecimiento del poder ateniense. En el libro 1 (89-117) el historiador habla del periodo de cincuenta años que abarca desde las Guerras Médicas (479 a.C.) hasta el inicio de la Guerra del Peloponeso (431 a.C.). Este periodo, llamado Pentecontecia por un escoliasta (en 89.1) se caracterizó por un aumento progresivo del poder ateniense y un recelo paralelo por parte de Esparta (Hornblower, 1991, p. Tras las Guerras Médicas, la victoria contra los persas exigía una continuidad de la ofensiva mantenida por la flota que controlaba el Egeo para evitar nuevas invasiones persas en las ciudades jonias. Éstas confiaron en Atenas para esta vigilancia y en el año 477 a.C. se creó en la isla de Delos una liga liderada por los atenienses. El final de las hostilidades con el imperio persa privó de sentido a la Liga de Delos, pero Atenas no quiso renunciar a ella pues la había convertido en un auténtico imperio al servicio de la democracia. Aunque son varios los sucesos que se consideran desencadenantes últimos de la Guerra, la causa determinante para la ruptura de las hostilidades fue el miedo por parte de los aliados peloponesios del desmedido poder hegemónico ateniense y su política exterior expansiva. 2 Jouanna (2005, p.3) afirma que existían puntos de contacto entre la historia y la medicina en la época clásica. Los médicos no eran ajenos al modo de pensar de los historiadores, de hecho, los médicos hipocráticos se podían considerar "historiadores de la enfermedad". Por su parte, los historiadores tenían que lidiar con enfermedades en el curso de sus relatos históricos y también utilizaban la medicina metafóricamente como un modelo para los asuntos políticos. Así, el político se presentaba como un médico que iba a restaurar la "salud" de la ciudad en los momentos de crisis. Esta metáfora ha seguido vigente hasta la actualidad (recordemos al "cirujano de hierro" por el que clamaba en 1902 el regeneracionista Joaquín Costa para "extirpar" los males de España tras la Crisis del 98). 7 Son muy interesantes los trabajos de Pino Campos y Hernández González (2008a y 2008b) sobre el significado original del vocablo griego epidemía (επιδημíα) como "visita" o "llegada a un lugar" y que en el ámbito de la medicina se refería a la visita del médico al paciente y viceversa (por ejemplo, los tratados hipocráticos llamados Epidemias se refieren a las visitas de unos médicos a sus pacientes y recogen una serie de casos clínicos, en ningún modo epi-démicos según la acepción actual). Entre los médicos επιδημíα se relacionaba con enfermedad porque era algo que venía desde fuera hacia dentro, que llegaba a una población. Ya en los textos hipocráticos, las enfermedades se clasificaban según su origen en dos tipos: "naturales" (enfermedades por causa natural) y "epidémicas" (enfermedades por causa de una llegada, irrupción o visita a un pueblo). Así, desde los tratados hipocráticos ya se consideraba que las enfermedades colectivas eran epidémicas porque se debían a algo extraordinario que "visitaba" a la población. En latín, la traducción literal de επιδημíα era visitatio, y así se aplicó desde las primeras traducciones latinas de los textos hipocráticos. El término "peste" deriva del latín pestis, sin embargo, en griego antiguo existía una palabra específica para designar esa enfermedad inesperada, contagiosa y grave que traducimos por "peste": λοιμóς. La confusión entre los términos "epidemia" y "peste" se produjo seguramente por un fenómeno lingüístico (ver 2008a, p.217). Debido a una interpretación nosocéntrica, la palabra griega επιδημíα ha pasado a las lenguas modernas en la acepción médica actual de enfermedad grave, extendida y transmisible como la peste. 28) afirma que "las enfermedades infecciosas son necesaria y exclusivamente definidas por el laboratorio". 13 En los informes clínicos son habituales diagnósticos como "Sepsis clínica no confirmada microbiológicamente", que se trata con antibióticos igual que si hubiera habido un resultado positivo en el laboratorio. Podemos afirmar que la clínica del paciente "manda" sobre las pruebas de laboratorio. 14 Jouanna (2006, p.208) anota que Tucídides no muestra el mismo rigor científico cuando en el libro I (1.23) asocia la crueldad de la guerra con la violencia de desastres naturales como terremotos, eclipses, sequías, hambruna y la "enfermedad pestilente". 317), es como si existieran dos Tucídides, de forma que el que asocia la guerra con hechos portentosos es muy distinto del que describe la peste de una forma sobria y científica. 15 Para él, la enfermedad era "contagiosa" en el sentido moderno de la palabra, aunque ese vocablo ni siquiera existiera en el mundo griego (Conrad y Wujastyk, 2000, XI). No olvidemos que la medicina anterior a Hipócrates tenía una doble vertiente, positiva y sacra. Aceptaba un origen material de la enfermedad siempre que éste fuese cognoscible; en el resto de los casos, la causa de la enfermedad se atribuía a los dioses. Para Hipócrates las enfermedades eran divinas porque tenían una naturaleza (φúσις), es decir, un patrón regular de origen y evolución (Laín Entralgo, 1970, p.57), pero no lo eran en el sentido de haber sido enviadas por un dios airado. Así, Hipócrates y sus seguidores, desecharon la magia y la superstición como posibles tratamientos de los padecimientos físicos de sus pacientes ( Van der Eijk, 1991, p.168). Tucídides, por su parte, también intentó dar una explicación lógica a una de las hasta entonces llamadas "enfermedades divinas", fruto de la corriente novedosa del clasicismo que buscaba una explicación terrenal a los fenómenos desconcertantes. 16 Una percepción similar a la noción de contagio de Tucídides la encontramos en un discurso de defensa de un acusado por parte del orador Isócrates (Aegineticus 390, 29), pronunciado unos años antes ante un jurado en la isla de Egina. El orador defendía que en sus últimos días Trasíloco enfermo de tisis no tenía más cuidadores que un esclavo y el acusado. Los pocos amigos que se atrevieron a acercarse al enfermo temían por la vida del acusado y le instaron a irse, pues "muchos de los que tratan esa enfermedad mueren ellos mismos". Vemos que ya se conocía la posibilidad de la transmisión de una enfermedad de persona a persona. Sin embargo, los escritos hipocráticos que han llegado hasta nosotros no la mencionan, sino que consideran que las enfermedades colectivas tenían el origen en un "miasma" o exhalación insana engendrada bajo condiciones atmosféricas insalubres y que se transmitía por la respiración (Demont, 2013, p. 17 Diodoro Sículo (12.45.2) y Plutarco (Pericles 34) coinciden con Tucídides en su planteamiento del contagio. Podemos pensar que lo hicieron porque Tucídides era su fuente de conocimiento de la epidemia, pero no podemos asegurar que no tuvieran acceso a otras fuentes, hoy perdidas para nosotros. 18 Véase por ejemplo Epidemias I y III. 54) afirma que en el pasado la identidad de las enfermedades estaba constituida por sus síntomas (mientras que en el presente la identidad de las enfermedades está constituida por su agente causal). 20 De hecho, una lectura atenta de las Epidemias permite descubrir que los médicos hipocráticos otorgaron tres nombres a las regularidades en el parecido entre sí de las enfermedades individuales: εîδεια (εíδος es el hábito biológico del enfermo, aquello en lo que se asemeja su constitución a la de muchos otros), τρóποι (τρóποι son los modos típicos en la presentación o realización concreta de las εíδεια) y καταστάσεις (la catástasis de un modo de enfermar es la descripción de los síntomas que lo constituyen, es decir, su cuadro sintomático). Así, los εíδεια de las enfermedades son las especies morbosas, los τρóποι las formas clínicas o variedades típicas de las especies morbosas y las καταστάσεις, los cuadros sintomáticos de cada uno de los procesos morbosos individuales (Laín Entralgo, 1970, p. 21 Hp, Prog.1: "Que el médico se ejercite en la previsión me parece excelente. Pues si conoce de antemano y predice ante los enfermos sus padecimientos presentes, los pasa-dos y los futuros, y si les relata por completo incluso los síntomas que los pacientes omiten contar, logrará una mayor confianza en que conoce las dolencias de los pacientes, de manera que las personas se decidirán a encomendarse a sí mismas al médico. Y así dispondrá del mejor modo el tratamiento, al haber previsto lo que va a ocurrir a partir de la situación actual". selección y es cierto que muchos de ellos han perdido vi-rulencia con el paso del tiempo (Poole, Holladay, 1979, p.284). También es cierto que otros microorganismos han evolucionado hacia una mayor infectividad o se han vuelto más difíciles de tratar por el desarrollo de resistencias a los antimicrobianos (Kliegman, Behrman et al, 2009, p.1111 32 La rata es el principal reservorio de la bacteria, que se transmite al hombre mediante las pulgas. Es habitual la creencia de que la rata no apareció en Europa hasta el siglo XII, cuando fue traída accidentalmente por los cruzados en su vuelta al hogar. No existía un término específico para rata en griego, aunque sí para roedor. Lo que resulta curioso es que la rata sí existiera en esa época en Egipto, que era la principal fuente de abastecimiento de grano para Grecia (Longrigg, 1980, p.213). 34 También concuerdan la diarrea y las complicaciones intestinales, aunque no el resto de los datos, como hemos visto en el apartado anterior a propósito del hallazgo de ADN de la bacteria Salmonella enteritidis, causante de la fiebre tifoidea, en la pulpa dentaria de piezas halladas en la fosa común excavada en el Cerámico. 35 Sin embargo, la tasa de mortalidad del sarampión no es tan alta como la de la enfermedad tucidídea. 36 El artículo de Kazanjian (2015, p.963) defiende la posibilidad de que el causante de la epidemia fuera el virus Ébola. En contra de lo anterior podemos apuntar que Tucídides no se refiere en ningún momento a un exantema hemorrágico ni a hemorragias en las mucosas, así como que la primera infección por el virus Ébola se describió en 1976. El autor apunta que quizá la infección fuera prevalente en la Antigüedad, después pasara siglos sin dar manifestaciones y volviera a presentarse a finales del siglo pasado, pero resulta poco plausible. 37 La epidemia de gripe de 1918, aunque causó millones de muertos en todo el mundo, tenía una tasa de mortalidad inferior al 1%. Los fallecimientos fueron tan numerosos porque la prevalencia de la infección fue altísima (Durack, Littman et al 2000, p.392). 38 "Al invierno siguiente, la peste atacó a Atenas por segunda vez pues, aunque no había cesado del todo en ningún momento, sí que había habido una mitigación. Esta segunda epidemia duró no menos de un año, mientras que la primera fueron dos" (Th 3.87) 39 La viruela tenía una tasa de mortalidad del 30%. De los enfermos que sobrevivían, a su vez el 30% quedaba ciego por las cicatrices que quedaban en la córnea. 40 Sí es cierto que existían dos tipos de viruela, maior y minor (que correspondían a dos virus distintos). La primera tenía una mortalidad y un porcentaje de complicaciones mucho mayores que la segunda. La epidemia ateniense pudo tratarse de una viruela minor que hubiese dejado pocas señales cutáneas en los supervivientes, sin embargo, lo anterior no concuerda con la virulencia de la enfermedad descrita por Tucídides. 41 Conocemos con seguridad que existían piojos en Grecia pues Aristófanes bromea sobre ellos en la Paz (739). 42 Las manifestaciones clínicas típicas del tifus epidémico son fiebre, cefalea intensa, dolor abdominal y exantema. Menos frecuentemente aparecen escalofríos, mialgias, artralgias, anorexia, tos, mareo, náuseas, vómitos y diarrea, así como manifestaciones del sistema nervioso central como delirio, coma y convulsiones. Como complicaciones tardías pueden aparecer amnesia, ceguera y gangrena periférica (Kliegman, Behrman et al, 2009, p.1297). 43 La fiebre en el tifus epidémico suele durar unos 10-14 días y durante la segunda semana de la enfermedad los pacientes suelen estar estuporosos, delirantes o incluso en coma (Kliegman, Behrman et al, 2009, 1298). Los enfermos atenienses, por su parte, tenían insomnio y les costaba trabajo descansar (Th 2.49.3). 44 La epidemia también afectó a otras ciudades griegas, así como a otras zonas del Mediterráneo oriental. "En el Ática comenzó a aparecer por primera vez la famosa peste, de la que se decía que había atacado con anterioridad en muchos otros lugares, como en Lemnos y en otros parajes" (Th 2.47). No obstante, podemos preguntarnos si podemos estar seguros de que se trate de la misma epidemia. No sería raro que en un contexto de guerra diversas enfermedades causaran estragos en distintos puntos del Mediterráneo. 45 Esta densidad de población tan alta es comparable a la de la actual ciudad de Nueva York. Pero si pensamos que en Atenas no existían edificaciones en altura, la densidad es aún mayor, para Morens y Littman (1994, p.623), comparable a la de un campo de concentración. 46 La tasa de ataque de una enfermedad se calcula dividiendo el número de personas que han desarrollado la enfermedad entre el número de personas expuestas en un determinado periodo de tiempo y multiplicando el resultado por cien. 47 La tasa de mortalidad de una enfermedad se calcula dividiendo el número de personas que han muerto por una enfermedad entre el número de personas que han enfermado y multiplicando el resultado por cien. 48 Al desechar la infección a partir de una fuente común, Morens y Littman (1992, p.284) consideran que pueden descartarse algunas de las enfermedades propuestas por otros autores como cólera, disentería, shigelosis, fiebre tifoidea, ergotismo o escorbuto. 49 Por ejemplo, el virus de la viruela puede sobrevivir durante meses en las secreciones secas de los enfermos que hayan quedado en ropas, sábanas o incluso en fardos de algodón. Otra posibilidad es que el virus de la viruela fuera transportado a campo abierto por alguna persona enferma y que persistiera una cadena de transmisión de persona a persona muy lenta, a causa de la baja densidad de población de las zonas rurales (Littman, 2009, p.462).
Este trabajo estudia los diferentes espacios en que aparece registrada la locura en el Gran Ducado de Toscana durante el siglo XVIII. A partir de la revisión de expedientes de interdicción por incapacidad mental, archivos de justicia criminal, archivos de policía y registros hospitalarios, propone una aproximación a la historia de la locura basada en el análisis comprensivo de las vinculaciones entre las distintas instancias en que se debatió sobre sus características, se evaluaron sus consecuencias y se elaboraron estrategias para hacerle frente. Este enfoque revela que las alternativas existentes para sobrellevar la enfermedad mental funcionaban como respuestas temporales y flexibles que constituían una red de instancias que podían ser recorridas de distintas maneras. Sugiere que el estudio de estos itinerarios, sus actores y lenguajes resulta fundamental para comprender en toda su magnitud la forma en que fueron concebidas y enfrentadas las perturbaciones mentales en el siglo XVIII. En particular, sostiene que su funcionamiento dio pie a un debate social sobre los indicadores y significados de la locura que serviría de insumo para la sistematización del conocimiento psiquiátrico. Durante el siglo XVIII, el encierro no era la única medida disponible para manejar la enfermedad mental y controlar sus consecuencias, y la gran mayoría de quienes eran identificados como afectos a algún tipo de perturbación mental vivían insertos en la vida social. Para los períodos en que el comportamiento de estos individuos se volvía conflictivo, las familias contaban con opciones como recluirlos en su propio hogar, el hogar de un tercero o un hospital, prisión o convento; podían pedir la ayuda de terceros y la asesoría de eclesiásticos para intentar manejar la situación sin que fuera necesario recurrir a las autoridades; o bien tomar medidas como solicitar amonestaciones policiales o la incapacitación legal. De carácter y objetivos distintos, se trataba de soluciones temporales y flexibles cuyo curso era el producto de un trabajo coordinado entre los familiares, su entorno social y las autoridades. Aunque estas opciones formaban parte del aparato administrativo del Estado, entraban en funcionamiento mayoritariamente por petición expresa de los familiares cercanos, quienes en conjunto con las autoridades debatían para encontrar una fórmula que controlara el problema, ayudara al enfermo y la familia, y asegurara la protección tanto de ellos como de la comunidad. Dado que las tipologías y posibles formas de manejar la locura no se discutían solo en los manicomios, este trabajo propone que centrarse en un solo espacio no permite comprender en toda su complejidad el fenómeno. El estudio de la locura requiere de un enfoque que abarque la multiplicidad de espacios en que se debatió, la red de estrategias para hacerle frente y las dinámicas de los itinerarios seguidos por los enfermos mentales. La indagación de la historia de la locura ha estado ligada al problema de la reclusión y el hospital, marcada por la publicación en 1961 de Folie et Déraison. Si bien sus propuestas y perspectivas analíticas siguen suscitando animados debates (Roudinesco, et al, 1996), la historiografía sobre la locura durante los últimos 30 años ha demostrado que el Gran Encierro no tuvo ni el alcance ni las características que Foucault propusiera. En cambio, se ha establecido que en Europa occidental durante la época moderna gran parte de la vida de los enfermos mentales transcurrió fuera de los muros del hospital y que, por tanto, el encierro era solo uno de los caminos posibles a seguir dentro de la variedad de estrategias utilizadas. Respecto de las nacientes instituciones asilares en particular, se ha consistentemente puesto en duda la práctica del internamiento indiscriminado, relevando que era un recurso utilizado de manera infrecuente cuya aplicación dependía de procedimientos específicos para corroborar la gravedad de la enfermedad denunciada (Porter, 1990, Bartlett y Wright, 1999, Suzuki, 1998, Suzuki, 2006, Houston, 2000, Mellyn, 2014). Todavía durante el siglo XVIII e incluso durante el siglo XIX, la locura continuó siendo una experiencia mayoritariamente doméstica. Esta historiografía ha permitido ampliar el espectro de las formas de entender la locura en la época moderna y poner de relieve que el lenguaje para identificar y explicar las enfermedades mentales se encontraba principalmente ligado a experiencias cotidianas y saberes sociales. Se han puesto también en duda teorías respecto del abandono y trato inhumano de que supuestamente habrían sido objeto los enfermos mentales antes del mítico gesto de Philippe Pinel de liberar a los enfermos mentales de sus cadenas en el hospital de Bicêtre. Sin embargo, se han estudiado menos las conexiones entre las distintas posibilidades con que contaban las familias para enfrentar las consecuencias de la locura. De manera similar, la fascinación por el asilo aún se hace notar en publicaciones que privilegian su estudio como espacio de la locura y de la formación del pensamiento psiquiátrico por antonomasia 1. En lo que a la península itálica se refiere, Lisa Roscioni (2003 y 2011) sostiene que las primeras instituciones asilares, como Santa Maria della Pietà de Roma o Santa Dorotea de Florencia, no eran exclusivamente lugares de reclusión. Desde un principio tuvieron un propósito curativo y, por tanto, no perseguían únicamente fines de segregación, como sugirieran, entre otros, Magherini y Biotti (1992). Según Roscioni, los manicomios italianos de los siglos XVII y XVIII deben ser entendidos no solo como espacios de encierro y exclusión, sino también de cura y tratamiento de la locura, y en esa medida, como espacios formativos sustanciales para el desarrollo del alienismo desde su fundación. Esto permite datar lo que Roscioni denomina la "protoprofesionalización" del alienismo al menos dos siglos antes de la periodización tradicional, que generalmente sitúa su surgimiento a fines del siglo XVIII. Para sustentar esta readecuación de la cronología del surgimiento del alienismo, el estudio de Roscioni posiciona su foco de estudio exclusivamente en las instituciones hospitalarias, destinando particular atención a la Pia Casa di Santa Dorotea dei Pazzerelli, fundada en Florencia en 1643. Examina con detención la evolución de los hospitales, la formulación del saber médico sobre la locura, el desarrollo de estrategias terapéuticas, las tipologías y significados sociales de la locura que se desprenden de los registros hospitalarios y las razones que podían llevar a que una familia solicitara la internación de un pariente. A este respecto, la historiadora establece que se recurría a la internación como último recurso y solo eran admitidas personas que desarrollaban cuadros severos que constituyeran un peligro para la sociedad o para sí mismos. Con todo, su estudio privilegia el análisis de registros hospitalarios sin profundizar en otros espacios de aparición de las enfermedades mentales, aunque ella misma es enfática en afirmar que el internamiento era solo una de las medidas tomadas por las familias para hacerles frente. Impulsada por el interés por conocer las formas en que la sociedad Toscana se hizo cargo de la locura antes de la fundación de Santa Dorotea, Elizabeth Mellyn (2014) ha examinado el funcionamiento de estrategias para encarar las enfermedades mentales en la Toscana entre los siglos XIV y XVII. Su investigación propone que durante ese período la respuesta a la locura fue el resultado de un esfuerzo colaborativo entre las familias y oficiales de gobierno. Este orden de cosas, según la historiadora, habría encontrado su fin con la fundación de Santa Dorotea, cuya aparición generó un punto de inflexión al ofrecer una solución definitiva al problema del destino de los enfermos mentales. Esta cronología, y el lugar predominante que se le otorga a Santa Dorotea, desconoce que el manejo de la enfermedad mental no se reduce a su institucionalización y que el modelo colaborativo durante todo el siglo XVIII continuó siendo la tónica que primó como respuesta. Por un lado, no obstante reconocer que la profesión médica no ejerció el predominio en las formas de entender y actuar frente a la locura entre los siglos XIV y XVII, al asumir que la fundación de Santa Dorotea resolvió el problema del destino de los enfermos mentales, esta historiografía sigue atribuyéndole un rol preponderante a la institucionalización y la medicina (Magherini y Biotti,1998, Roscioni, 2003, Mellyn, 2014, Conti 2015). Por otro lado, centrarse en el manicomio no permite abarcar la dimensión extrahospitalaria y la riqueza de saberes no médicos existentes sobre la locura. Cuando se amplía el marco de análisis fuera de la práctica y la discusión médica, la configuración del conocimiento alienista se perfila como la culminación de una larga discusión social respecto de sus características, sintomatología y tratamiento. En atención a esto, este trabajo ofrece una aproximación a la historia de la locura que examina las lógicas y estrategias tras las diferentes respuestas a la locura de manera conjunta e interrelacionada. A través del estudio de expedientes de interdicción por incapacidad mental, archivos de policía, archivos de justicia criminal y registros hospitalarios del Gran Ducado de Toscana en el siglo XVIII, revisados en mi tesis doctoral (Labarca, 2015), planteo que abordar las concepciones y respuestas a la enfermedad mental desde este enfoque posibilita observar aspectos que de otra manera permanecerían ocultos. En particular, revela que la enfermedad mental se entendió como un fenómeno del cual la comunidad en su conjunto era responsable, y que la red de alternativas y los itinerarios seguidos por quienes supuestamente sufrían la enfermedad dieron pie a un debate entre los actores sobre los indicadores y significados de la locura que serviría de insumo para la sistematización del conocimiento médico y legal 2. A este respecto, propongo que las diferentes alternativas disponibles para ayudar a las familias a enfrentar las consecuencias económicas, familiares, emocionales y sociales de la locura funcionaban como una red interconectada, no eran ni excluyentes ni correlativas y conformaban una trama que se articulaba en base a cada historia personal y a las condiciones familiares concretas en que la enfermedad hiciera su aparición. Para dar cuenta de esto, examino las distintas instancias de reclusión, las dinámicas de internación en Santa Dorotea y su impacto en el funcionamiento del entramado de respuestas, y el funcionamiento de los procesos de interdicción, para luego reflexionar sobre la configuración de los itinerarios de la locura y sus potencialidades para el estudio de las enfermedades mentales en el pasado. Dentro del abanico de alternativas disponibles para enfrentar los problemas ocasionados por la enfermedad mental durante la época moderna, el mecanismo que sin duda más ha concentrado la atención de la historiografía es el encierro, y específicamente, la internación en manicomios o casas de locos. Sin embargo, la historia del cuidado y manejo de la locura en la Toscana moderna no se reduce a la labor de Santa Dorotea. Por ejemplo, las familias podían solicitar el encierro temporal en una prisión o una fortaleza, como Le Stinche y la Fortezza da Basso, ambas ubicadas en Florencia. Asimismo, se podía solicitar el confinamiento en la isla de Giglio, en Volterra o en cualquiera de los territorios usualmente utilizados por el sistema judicial para la pena de confinamiento. Estas peticiones de encierro eran centralizadas por los tribunales criminales, organismos estatales encargados del orden público y la policía, que las cursaban muchas veces recurriendo al ejercicio de su poder ejecutivo 3. Esta dinámica llevaría a los primeros estudiosos de la locura en la Toscana moderna a aseverar que a partir del siglo XVI la cárcel y la galera se convirtieron en un recurso frecuente utilizado por las autoridades para solucionar los problemas ocasionados por criminales, pobres y locos en forma indiscriminada (Magherini y Biotti, 1992 y 1998, Biotti, 2002). Aunque reconocen que los principales promotores del encierro eran las familias, Magherini y Biotti sostienen que durante este siglo el poder de las familias se vio progresivamente mermado por el creciente poder estatal. Sin embargo, estudios recientes han revisado los alcances del recurso del encierro para encarar el problema de la locura en la Toscana moderna. En esta línea, Mellyn (2014) argumenta que el proceso de centralización y fortalecimiento del Estado emprendido por la administración de los Medici (siglos XVI-XVII) no significó una época negra para la enfermedad mental, toda vez que no se tradujo en un aumento del número de encarcelados ni significó un recrudecimiento de medidas coercitivas. Frente a este panorama, la historiadora asevera que durante estos dos siglos las instituciones públicas ejercieron un rol limitado en la gestión de la enfermedad mental y que el destino principal del enfermo mental durante el período fue el espacio doméstico. Ahora bien, los archivos de policía y de justicia civil y criminal que he podido revisar (Labarca, 2015) ponen de manifiesto que este estado de cosas continuó siendo la norma luego de la fundación de Santa Dorotea y que durante el siglo XVIII el destino de los enfermos mentales continuaría sujeto a las posibilidades de las familias y su red de apoyo. Las personas recurrían a la intervención del engranaje administrativo del Estado granducal solo cuando esta red fallaba, siendo generalmente un recurso de última instancia. Las peticiones de intervención ocurrían una vez que los intentos domésticos por controlar los efectos per-niciosos de la conducta disruptiva habían resultado en vano. Se recurría primero a la vecindad y a los párrocos, y luego a las autoridades, solicitando en primera instancia que convencieran, amonestaran o amenazaran a la persona para que cambiara o controlara su conducta, y solo después a medidas más drásticas como la reclusión o la interdicción. La documentación que he examinado sugiere que el encierro no era el ideal ni para las familias ni para las autoridades, pues significaba un gasto que era preferible evitar de no ser estrictamente necesario, especialmente para las familias más pobres, dado que todo recluso debía financiar su mantención. Para las familias más privilegiadas, recluirlos en residencias separadas, preferentemente lejos de la familia, o pagar a terceros para que los recibieran en las suyas eran alternativas preferibles. El confinamiento en territorios apartados, en cambio, se erigía como una alternativa mejor para las familias desposeídas, toda vez que el sustento del confinado dependía de su propio trabajo 4. Los casos que llegaban a manos de la administración, ya fuera por solicitud de familiares o porque habían sido derivados por la justicia criminal, daban inicio a una verdadera negociación entre familiares y autoridades. Esta negociación, más que establecer si se justificaba el encierro, se focalizaba en definir sobre quién recaía la responsabilidad del cuidado, qué implicaba, y cómo se podía salvaguardar el orden público y a la vez proteger el honor y patrimonio de las familias. Así, el destino de los criminales considerados inimputables por causa de una afección mental, o la decisión de qué hacer ante las solicitudes de intervención para controlar el desorden ocasionado por quienes eran percibidos como irracionales o enfermos mentales, se resolvía de manera casuística. En este contexto, son numerosos los casos en que las autoridades se veían enfrentadas al dilema de una familia que no contaba con los recursos para sostener a un pariente que exigía cuidados especiales o que dada su supuesta peligrosidad constituía un peligro para la sociedad. Una alternativa distinta a la prisión y el confinamiento era embarcar a la persona como tripulante de navíos de cualquier nacionalidad y rubro. Esta opción era utilizada exclusivamente con hombres jóvenes cuyo comportamiento, descrito de forma muy similar a como era descrita la perturbación mental en otros espacios, escapaba a los márgenes de lo aceptable. Como se observa en numerosos comenta-rios de los oficiales de gobierno encargados de tramitar estas peticiones, se pensaba que enrolar a estos jóvenes "díscolos" como tripulantes podía ejercer un efecto reformador que aquietara el "cerebro extravagante", "carácter irregular" y "ánimo difícil, perturbado e inquieto" que los gobernaba 5. Por último, dentro de las opciones de encierro existentes, las familias más pudientes podían destinar a quienes sufrían de una afección mental que les resultaba problemática a una vida conventual. El convento podía resultar una alternativa útil para proveer de los cuidados necesarios a una viuda anciana que presentara problemas de salud física y mental cuyos hijos rehusaban asumir 6. Es posible encontrar también registros de mujeres catalogadas como víctimas de algún tipo de perturbación mental que habían sido enviadas a monasterios, a veces como medida transitoria para alejarlas de un pretendiente no deseado por el resto de la familia o para ocultar algún desorden de comportamiento 7. De manera similar, los registros documentan que el convento era una alternativa para hombres de bien luego que una serie de encarcelamientos y arrestos domiciliarios habían probado ser inútiles para poner freno a las consecuencias de sus continuas "frenesías" y "demencia" 8. Ahora bien, aunque es difícil establecer hasta qué punto las familias recurrían al monasterio, existen indicios que matizan su alcance. Se pueden encontrar numerosos registros de personas enviadas desde un monasterio a Santa Dorotea o bien de vuelta a sus familias porque su perturbación mental interrumpía el desarrollo de la vida monástica 9. Las fuentes también sugieren que se consideraba que el monasterio en sí podía desencadenar alteración anímica y perturbación mental con cuadros de delirio melancólico, de comportamiento suicida o accesos de furia 10. LA FUNDACIÓN DE SANTA DOROTEA Fundado en 1643, el hospital de Santa Dorotea abrió sus puertas por primera vez en 1647, definiéndose como una institución dedicada exclusivamente al cuidado de "quienes no fueran de mente sana, llamados vulgarmente locos [pazzi]" 11. Desde su inauguración los internos estuvieron bajo el cuidado de un cirujano residente y un médico de visita encargado del tratamiento y cura de los enfermos 12, y a partir de 1756 el hospital contó con médico permanente y dos médicos de consulta 13. El hecho que los pacientes de Santa Dorotea se encontraran bajo el cuidado mé-dico desde un principio, aunque contara con médico permanente solo desde mediados del siglo XVIII, permite sostener que la institución desde sus inicios concibió la locura como una enfermedad que podía ser tratada y curada (Roscioni, 2003). Desde su fundación el hospital Santa Dorotea enfrentó problemas de financiamiento que se tradujeron en periódicas crisis económicas que, sumadas a desastres naturales como los provocados por las salidas de cauce del Arno, pusieron en repetidas ocasiones en peligro la continuidad del establecimiento. La dificultad de encontrar suficientes donaciones explica por qué sus estatutos establecieron que solo podían ser recibidos aquellos enfermos que pudieran financiar su estadía. Además de pagar la cuota requerida por la congregación, cada paciente debía además encargarse de su alimentación y de proveerse de enseres básicos como cama, ropa y sábanas 14. Todo el resto del funcionamiento del hospital dependía de la caridad, la que no fue suficiente para financiar el gasto que implicaba mantener el edificio, pagar el personal, el cirujano residente, el médico de visita y los servicios básicos de cada enfermo. Para albergar al segmento de población excluido de Santa Dorotea, en 1688 se creó una sección especial para enfermos mentales dentro del hospital general del Gran Ducado de Toscana, Santa María Nuova, pero el pequeño tamaño de esta pazzeria no resultó suficiente para solucionar el problema de los enfermos desposeídos. Esto explica que en 1720 el director del Hospital Santa María Nuova declarara que Santa Dorotea debía ser cerrado para evitar que continuara consumiendo los escasos recursos públicos existentes, argumentando que la institución albergaba solamente a los enfermos que podían pagar su mantención, es decir, justamente aquellos que poseían los medios para ser cuidados en sus casas y que no necesitaban de la caridad. En cambio, señalaba el funcionario, los enfermos mentales "más necesitados" eran rechazados y en algunos casos obligados a vagar sin ningún cuidado, constituyendo un peligro para ellos y la sociedad (Roscioni, 2003, p. Santa Dorotea continuaría funcionando de la misma manera hasta que en 1750 la Regencia promulgó una reforma que lo transformó en Hospital Gran Ducal para "curar todas las enfermedades comprendidas en la manía y para custodiar a aquellas que son incurables" 16. La reforma también estableció la gratuidad para todos aquellos locos furiosos (pazzi furiosi) cuya pobreza fuera demostrable, lo que permitió que la media de internos por año subiera considerablemente, llegando a albergar un promedio de 65 enfermos al año entre 1750 y 1788, con una clara progresión que va desde 16 pacientes por año en 1751 a 134 en 1785. Las estadías eran cortas y los reingresos no eran raros: del total de 2411 ingresos del período, 446 (18,5%) corresponden a pacientes que fueron internados repetidas veces y alrededor de la mitad estuvieron menos de tres meses internados (Roscioni, 2003, pp. 138-139). A pesar de estos números, existen varios indicios que permiten matizar el alcance de la fundación de esta institución, tanto en términos de su impacto en el destino de los enfermos mentales, como en términos de su representatividad respecto de cómo era entendida y manejada la locura en el siglo XVIII. Aunque se observa un notorio aumento en las cifras de ingreso, el contraste con la documentación que he podido revisar proveniente de otras instancias judiciales y privadas donde quedó registrada la locura sugiere que el hospital no reemplazó a las anteriores formas de manejar la enfermedad mental (Labarca, 2015). En primer lugar, me parece fundamental tener presente que la internación duraba generalmente un período breve, siendo en escasísimas ocasiones de por vida. En segundo lugar, cualquier análisis sobre el impacto y alcance reales de esta institución debe tener en cuenta que las instituciones asilares solo admitían cuadros agudos, por lo que no constituyen una muestra representativa de las tipologías de enfermedad mental concebidas en la época, ni abarcan todo el abanico de síntomas y signos que la componían. La pazzia furiosa era considerada un estadio puntual dentro del curso de una enfermedad mental que podía mitigarse, sanar, o bien manifestarse episódicamente, como sugiere la corta duración tanto de las internaciones como de la incapacitación legal (interdicciones). Por lo demás, al examinar otros espacios en que la enfermedad mental fue discutida queda de manifiesto que tanto médicos como familiares y autoridades concebían y distinguían distintos tipos de enfermedad mental según síntomas, grado de compromiso cognitivo y anímico e impacto en la vida de los enfermos y de su entorno. Por ejemplo, en 1756 una mujer fue internada a petición del marido como pazza furiosa, lo que a juicio de las autoridades quedaba probado porque había intentado defenestrar a sus hijos y luego había interrumpido una misa casi desnuda con gran escándalo de los feligreses 17. Ahora bien, esta caracterización no puede ser tomada como modelo de cómo era representada la locura ni como la única forma bajo la cual los contemporáneos pensaban que esta se manifestaba. Si bien síntomas típicos de la internación como la conducta suicida, el comportamiento "frenético", la manía, las fijaciones de mente o el delirio melancólico aparecen también en caracterizaciones de la locura fuera del contexto de Santa Dorotea, no son los más frecuentes. En cambio, para el contexto hospitalario constituían síntomas imprescindibles para justificar el ingreso. Santa Dorotea solo admitía enfermos diagnosticados con locura furiosa (pazzia furiosa), definida como aquella que constituía un peligro para la propia vida, su entorno familiar y la comunidad 18. Esto en la práctica comprendía a quienes cometían intentos de suicidio, amenazaban la vida de sus más cercanos, o alteraban el orden público y la moral. A esto se suma que hasta 1750 la internación debía ser financiada por los familiares, por lo que los pacientes tendían a provenir exclusivamente de sectores privilegiados. Si bien a partir de 1750 se establecieron mecanismos de financiación pública, estos estaban estrictamente limitados a casos probadamente peligrosos de enfermos cuyas familias carecían de redes o medios para poder cuidarlos, como fuera el caso de la mujer arriba citada. Dado que la internación por cargo público constituía un peso para la comunidad, la evolución de estos casos era constantemente revisada para decretar su egreso lo antes posible. Para este efecto, el médico de cabecera del hospital se encontraba en permanente comunicación con las autoridades florentinas para informar sobre el estado de los pacientes e identificar quiénes podían salir del hospital. Cuando no se podían encontrar familiares que se responsabilizaran del paciente una vez reintegrado en sociedad, se hacía necesario encontrar soluciones alternativas que suponían una negociación entre el jefe de policía y las autoridades locales. Esta negociación resulta interesante, pues demuestra que el hecho que el hospital solo admitiera enfermos por períodos breves no significa que estos no contaran con el apoyo de la comunidad. La internación durante todo el siglo siguió siendo utilizada por las familias como último recurso, incluso luego que se estableciera la gratuidad para los que no pudieran financiar el cobro exigido por el hospital. En consecuencia, la enfermedad mental aparece en los archivos solo por circunstancias excepcionales que no pueden ser tomadas como las circunstancias "normales" de la "anormalidad", sino solo como las contingencias que explican su registro. Éstas, como ha señalado Robert Allan Houston en su estudio sobre la locura en la Escocia del siglo XVIII, no estaban necesariamente vinculadas ni condicionadas a un cambio en el curso de la enfermedad mental denunciada, y en muchos casos incluso no tenían ninguna relación (Houston, 2000, p. Por ejemplo, son comunes las peticiones de internación que señalaban que la persona sufría del cuadro de pazzia furiosa desde hacía años, o que tenía una tendencia, sin especificar si era reciente o no, a manifestar la conducta propia de ese tipo de enfermedad. LA INTERDICCIÓN Y EL ROL DEL MAGISTRATO DEI PUPILLI ET ADULTI Una institución que resulta fundamental para estudiar las concepciones y el manejo de las enfermedades mentales a lo largo de toda la época moderna en el Gran Ducado de Toscana es el Magistrato dei Pupilli et Adulti (Labarca, 2015). Esta magistratura, fundada a fines del siglo XIV y disuelta en 1808, fue creada para hacerse cargo de la tutela de menores, pero a partir de 1473 empezó a ocuparse de la curatela de adultos "mentecatos [mentecapti] o fuera del natural sentimiento [fuori del naturale sentimento]", lo que comprendía tanto a quienes no se encontraban en posesión de sus facultades mentales como a sordomudos 19. En 1718 el Magistrato dei Pupilli adquirió jurisdicción exclusiva sobre la curatela de adultos, que ahora podía decretarse para "mudos y sordos de nacimiento, furiosos, mentecatos, dementes, pródigos, dilapidadores u otros a los cuales es conveniente que les sea interdicta la administración de sus haberes y facultades" 20. Según los estatutos, la interdicción se podía solicitar por cualquiera de las causales antes citadas, pero en la práctica, las categorías que se utilizaron fueron la sordomudez, la demencia y la prodigalidad. Estas dos últimas no se encontraban realmente diferenciadas, funcionando como categorías intercambiables. La demencia era una denominación genérica utilizada para categorizar a todos los tipos de enfermedad mental, desde los congénitos a todo el espectro de perturbaciones mentales, independientemente del compromi-so de las facultades cognitivas. Por su parte, la prodigalidad hacía referencia en principio a la disipación desmedida del patrimonio, pero como el comportamiento de quien la realizaba era considerado en la Toscana como un tipo de incapacidad que debía atribuirse a una perturbación mental, terminaba entremezclándose con la demencia hasta resultar, en la práctica, equivalentes (Labarca, 2015). Las interdicciones se iniciaban con el envío de una súplica suscrita por familiares cercanos donde debían fundamentar por qué consideraban necesaria la medida y probar sus declaraciones con al menos dos testimonios. Los testigos eran en su mayoría miembros del clero, conocidos, vecinos o notables de la localidad, y en menor medida, médicos o cirujanos -en solo 50 de un total de 600 interdicciones que he podido contabilizar entre 1700 y 1775 se recurrió a la opinión médica para certificar la demencia. A partir de estas peticiones, los magistrados iniciaban una investigación solicitando información a las autoridades de la localidad de origen del demandado, o corroborando a través de visitas directas a su domicilio. Estas diligencias buscaban establecer si la denuncia tenía fundamentos, qué consecuencias acarreaba para la persona y su entorno, cuál era la situación económica de la familia y cómo era la relación entre sus miembros. Por ello, las peticiones sumaban a la denuncia de demencia o prodigalidad una serie de descriptores para dar cuenta de la tipología de la supuesta incapacidad y sus consecuencias económicas y relacionales. Todas estas consideraciones eran tomadas en cuenta para decretar la interdicción, que privaba a la persona de su derecho a administrar sus bienes y la dejaba bajo la curaduría de la magistratura, que nombraba a un "actor" para administrar el patrimonio y representar a la persona interdicta ante la ley. Dado que el universo de desórdenes mentales que podían caber dentro de las categorías de demencia y prodigalidad eran amplísimos -justamente porque eran categorías inespecíficas-, los expedientes de interdicción entregan un amplio registro de lo que se entendía por enfermedad mental en el siglo XVIII. En la medida que la petición de interdicción no requería convencer a las autoridades de que la enfermedad identificada en la persona justificaba una internación -es decir, que su conducta constituía un peligro para sí o para la sociedad-, las denuncias y posteriores investigaciones daban cabida para retratar distintos grados de compromiso cognitivo y trastorno afectivo. Aunque el paso inicial de un proceso de interdicción era la constatación de que el desorden mental denunciado efectivamente incapacitaba a la persona para administrar sus bienes, en muchos casos la denuncia operaba como una puerta de entrada para discutir los signos de la enfermedad mental más allá del comportamiento financiero o de su peligrosidad. Familiares, autoridades y testigos sopesaban, por ejemplo, las características y significados de indicadores como la inquietud, la inestabilidad anímica, el actuar extravagante, la angustia, la sensación de opresión, la irascibilidad, la venta o el gasto compulsivos, la impulsividad, el desgano y la renuencia al trabajo. Otra característica específica de la labor del Magistrato dei Pupilli et Adulti es que supervisaba la curatela mientras durara la interdicción, fiscalizando no solo la correcta administración del patrimonio del interdicto, sino realizando también un riguroso seguimiento de todos los asuntos privados que lo involucraran para resguardar sus intereses y los de su familia, que no siempre coincidían. Como consecuencia, para el siglo XVIII contamos no solo con los expedientes de los procesos de interdicción, sino también con una serie de documentos anexos que permiten realizar un seguimiento de estas familias durante los años de la curatela 21. Más aún, dado que este procedimiento podía solicitarse y revocarse cuantas veces los parientes y las autoridades lo consideraran necesario, es posible reconstruir distintas facetas de la locura en todas sus expresiones, en muchos casos durante toda la vida adulta de una persona. Por ejemplo, he podido seguir el derrotero de Ranieri Navarretti, que aparece en 1717 internado en Santa Dorotea y reaparece en los registros del Magistrato dei Pupilli interdicto en 1727 como demente, donde continúa apareciendo sin interrupciones hasta su muerte en 1757, todavía bajo curatela. Algo similar ocurre con el caso de Angiolo Barchesi, interdicto 5 veces entre 1735 y 1754 e internado repetidas veces en la pazzeria de Santa María Nuova, siempre por períodos breves 22. Por ello, la documentación del Magistrato dei Pupilli constituye una fuente ineludible para el estudio de la locura en el Gran Ducado de Toscana que, al complementarse con la red de alternativas para hacer frente a sus consecuencias, complejiza la visión que se obtiene al estudiar los registros hospitalarios por sí solos. En particular porque la documentación de las nacientes instituciones asilares, a diferencia de los expedientes de interdicción y curatela, solo registran la enfermedad en un momento dado. Estas descripciones no incorporan el devenir de la enfermedad, pues siendo fotografías del momento de la internación, no permiten saber sobre el contexto del enfermo, ni del curso anterior o posterior de la enfermedad. Los archivos de Santa Dorotea no cuentan, por lo demás, con registros del tratamiento ni de la evolución de la enfermedad durante la internación, y la documentación de los ingresos y egresos es en general muy escueta, y no da cuenta de las concepciones de quienes denunciaban o dirimían cada caso. Por último, resulta particularmente relevante notar que la mayoría de los interdictos no eran internados ni antes, ni durante, ni después de la interdicción -solo 14 de las 600 interdicciones registran una conexión con Santa Dorotea o la pazzeria de Santa María Nuova-. Este hecho demuestra que en el siglo XVIII el hospital no constituía un destino obligado de los enfermos mentales y que las estrategias para ayudarlos, lidiar con ellos y con las consecuencias de su enfermedad eran variadas. En un principio el espacio de intervención del Magistrato dei Pupilli estaba reducido predominantemente a familias que poseyeran un patrimonio suficiente como para poder solventar el gasto que significaba declarar incapaz a un familiar, lo que lo hacía un recurso casi exclusivo para las familias más ricas. Sin embargo, a partir de 1767 se garantizó el acceso a la interdicción de manera gratuita para "miserables y pobres" que no pudieran financiar los costos del proceso ni la tarifa cobrada por la magistratura por la supervisión de la curatela y la administración del patrimonio. Este cambio produjo un notable incremento en el número de interdicciones, ampliando considerablemente la muestra de tipologías de enfermedad mental a la que podemos acceder. Según los registros examinados por Mellyn (2014), entre el siglo XIV y mediados del XVII las curatelas constituyen algo más de la mitad de los 300 casos de locura que logró identificar en los archivos de justicia criminal y civil toscanos. Estas cifras contrastan con el alto número de interdicciones decretadas durante el siglo XVIII. Como se puede observar en la figura 1, el número de interdicciones creció de manera constante a lo largo del período, incremento que demuestra que las familias recurrieron con creciente frecuencia a las instituciones públicas para negociar estrategias y respuestas a los problemas de la locura. Frente al abanico de alternativas disponibles para manejar la locura en el siglo XVIII, la interdicción aparecía como un camino que podía ser tomado paralelamente a los otros y que involucraba además una dimensión familiar fundamental. Mientras opciones como el encierro o la amonestación policial perseguían propósitos curativos o coercitivos, respectivamente, la interdicción tenía una doble función. En primer lugar, permitía evitar o minimizar las consecuencias económicas de la enfermedad mental y, en segundo lugar, introducía un árbitro para dirimir conflictos entre el interdicto y sus familiares y para elaborar caminos de salida que conciliaran los intereses de cada una de las partes involucradas. Por ejemplo, dentro de las facultades de los oficiales de la magistratura encontramos determinar dónde debía vivir el interdicto, quién debía hacerse cargo de su cuidado, cuánto dinero debía destinarse a su manutención y la de su familia, autorizar uniones matrimoniales o bien determinar si ameritaba decretar la separación temporal de un matrimonio cuando la perturbación de uno de los cónyuges hacía imposible que la convivencia se pudiera llevar de manera pacífica. Intervenían también para defender los intereses de enfermos mentales que según su propia denuncia o según testigos no eran bien tratados por sus familiares o bien eran víctimas de sus estrategias malintencionadas con miras a usurpar sus bienes aprovechándose de su estado de debilidad. EL ENTRAMADO DE RESPUESTAS A LA ENFERMEDAD MENTAL Para el caso de la Toscana, ello se observa en primera instancia en el incremento de registros de la locura en distintas instituciones públicas: aumentan los ingresos en las instituciones asilares, los procesos judiciales en que se debate la responsabilidad criminal del enfermo mental y las peticiones de interdicción. También se hacen más frecuentes las peticiones de familiares que solicitaban reclusión, mediación o amonestación de personas que eran definidas como víctimas de una perturbación, y los casos manejados por la policía. Más que sugerir un incremento en la prevalencia de enfermedades mentales, el hecho que la locura aparezca registrada en diversos espacios institucionales con mayor frecuencia que en los siglos anteriores revela, a mi juicio, que las familias toscanas recurrieron a las instancias públicas con mayor frecuencia que en los siglos anteriores para encarar el impacto que esta enfermedad infligía en la vida familiar y en la gestión patrimonial. Así, el modelo colaborativo observado para los siglos anteriores (Mellyn, 2014) se puede aplicar también para el siglo XVIII, con la diferencia que las familias recurrían a las autoridades con mayor frecuencia que en los siglos anteriores. A la vez, esta dinámica sugiere que la enfermedad mental no se concebía como un asunto privado sino social, que requería de soluciones colectivas para garantizar la tranquilidad de todos y asegurar el bienestar del enfermo. Aunque coordinadas por los oficiales de gobierno, las estrategias eran diseñadas con la activa participación de la sociedad. Como se expresó más arriba, las peticiones en muchos casos no solo buscaban la interdicción o el encierro, sino que apuntaban sobre todo a resolver conflictos, buscar medios de combatir la enfermedad, distribuir responsabilidades y proponer alternativas cuando ninguno de los miembros de la familia estaba dispuesto a cohabitar con el enfermo o cuando por razones económicas no podían hacerlo. Se ha hablado de los abusos y estado de indefensión en que se encontraban los enfermos mentales en el pasado (Stagnaro, 2015), pero se ha discutido menos sobre las instancias de protección que se evidencian en las fuentes que he examinado acá. El ejemplo de la interdicción es sintomático en este sentido: funcionaba como una instancia para garantizar el cuidado de estos enfermos que, aunque significaba revocar su personalidad jurídica, permitía a la vez defender otros derechos fundamentales. Más aún, cuando se combinan estos registros con la documentación dejada por los otros espacios de la locura, las formas en que era comprendida y manejada cobran nuevos sentidos, complejizando la visión tradicional sobre la estigmatización e indefensión de los enfermos mentales. Por un lado, la interdicción suponía todo lo contrario al ocultamiento de la condición mental del familiar, en la medida que se trataba de un proceso que no solo involucraba a testigos y autoridades, sino que también conllevaba de por sí la publicidad de la condición denunciada. Todo decreto de interdicción debía ser informado públicamente a la comunidad para notificar que la persona había quedado judicialmente incapacitada de participar en actividades económicas -despojar a una persona de su capacidad jurídica su-ponía que cualquier contrato u obligación contraída luego de la interdicción era automáticamente inválida-. Así, el alto número de interdicciones que se registran en el período sugiere que las familias, en especial las acomodadas, no buscaban esconder los desórdenes mentales. Por otro lado, aproximarse a los espacios entendiéndolos como una red interconectada de recursos para enfrentar los desafíos y dificultades que ocasionaban quienes eran definidos como víctimas de enfermedad mental permite observar la variedad de visiones y respuestas que había sobre el problema. Si bien es posible encontrar referencias a enfermos que permanecían recluidos en residencias familiares, a veces encerrados en una habitación, la mayoría de las veces quienes eran objeto de una interdicción o eran internados en un hospital llevaban una vida inserta en la sociedad: eran casados, tenían hijos, manejaban sus asuntos financieros de manera activa y desempeñaban actividades laborales regulares. De manera similar, prácticamente no es posible encontrar indicios del trato inhumano de que supuestamente habrían sido objeto los enfermos mentales antes del surgimiento del trato humanizado propugnado por médicos como Vincenzo Chiarugi, Philippe Pinel o William Tuke. No solamente las referencias a enfermos encadenados en los manicomios o en sus casas son extremadamente escasas, sino que también se registran abundantes expresiones de empatía, afecto y cuidado por parte tanto de los familiares como de las autoridades. Todas las medidas disponibles para manejar las enfermedades mentales en el Gran Ducado de Toscana deben ser entendidas como una red interconectada de alternativas a las que recurrir para hacer frente a los problemas que generaba la locura. Dada su diversidad, la elección de una u otra dependía en gran medida de la forma en que la conducta disruptiva incidiera en la vida social y familiar. Por ejemplo, si la preocupación se fundaba en la peligrosidad del enfermo, lo más lógico era recurrir al hospital o a la ayuda de terceros que se pudieran hacer cargo. Sin embargo, esta necesidad podía ser frenada por impedimentos como la política de admisión del hospital, la capacidad de la familia para solventar el gasto que una u otra alternativa significaba, la composición del grupo familiar y sus conflictos, y las características del desorden mental denunciado. Como se dijo arriba, Santa Dorotea solo recibía enfermos cuyo estado mental supusiera un peligro para ellos o para la sociedad. Si no se probaba la conducta suicida o peligrosa para la integridad de otros, si sus brotes maníacos eran esporádicos sin constituir un patrón o un estado permanente, o si, en suma, se determinaba que la necesidad de enviarlos al hospital surgía no de la imposibilidad de controlarlos y protegerlos, sino de la dificultad de cuidarlos (porque no se querían hacer cargo de esa responsabilidad, porque no contaban con los medios o la infraestructura, porque no tenían quién lo hiciera), el hospital no era una opción. Más aún, dado que duraba en la mayoría de los casos entre uno y tres meses, la internación no resolvía el conflicto. En otras ocasiones la preocupación podía ser su conducta desafiante, escandalosa y atentatoria contra el honor y decoro de la familia, en cuyo caso la opción de una admonición del jefe de policía o la prisión como correctivos eran los más utilizados. Finalmente, cuando el objetivo de recurrir a la justicia era frenar la disipación del patrimonio, la interdicción aparecía como la mejor opción. Solicitar un curador servía, además, para manejar los conflictos relacionales propios de la convivencia con las alteraciones anímicas de la perturbación mental. Las alternativas existentes para sobrellevar la enfermedad mental funcionaban de manera paralela, se encontraban desvinculadas entre sí, eran temporales y flexibles. En este entramado, la labor ejercida por el Auditore Fiscale en su calidad de jefe de policía y miembro del Consejo de Regencia funcionaba como vértice articulador. Más aún, es la única autoridad que aparece registrada en todos los espacios institucionales y legales ocupados del manejo de la locura: coordinaba los ingresos en Santa Dorotea, se encargaba de arrestos y/o amonestaciones a petición de familiares para llamar al orden a los individuos problemáticos, corroboraba decisiones de jueces respecto de casos de locura en la justicia criminal. Por último, colaboraba también con la labor del Magistrato dei Pupilli interviniendo cuando se decretaban reclusiones domiciliarias o cuando se requería lograr acuerdos relativos a alojamiento, visitas domiciliarias para supervisar situaciones de vida o intervención in situ en conflictos familiares. Su intervención podía ser solicitada directamente por las familias, como es el caso de una mujer que pidió sucesivas medidas para hacer frente a la violencia y maltratos de que era víctima por parte de su marido interdicto por incapacidad mental: primero reclusión en una villa rural lejos de la vivienda principal en Pescia, luego una orden de alejamiento y por último su reclusión en una Fortezza 23. El Auditore Fiscale hablaba con los familiares y con los supuestos enfermos mentales, intercedía entre ellos, pesquisaba opiniones en la comunidad, se comunicaba con las autoridades locales y vecinales, miembros del clero, profesionales médicos si es que los había o si es que estaban involucrados, y con oficiales de otras magistraturas. LOS ITINERARIOS DE LA LOCURA COMO HERRAMIENTA METODOLÓGICA Los espacios de la locura en la Toscana del siglo XVIII constituían una red de instancias que podían ser recorridas de distintas maneras, trazando caminos que dependían de las circunstancias particulares que rodearan a cada caso y el tipo de perturbación identificada. Los itinerarios seguidos por quienes eran identificados como enfermos mentales confluían en la labor del Magistrato dei Pupilli y del Auditore Fiscale, que funcionaron como coordinadores de sus dinámicas. Medidas como recurrir a la ayuda de terceros, solicitar la intervención de autoridades, encerrar en prisiones, confinar o embarcar, enviar a un convento, internar en un hospital o solicitar la interdicción eran opciones que se podían tomar de manera sucesiva, paralela o aislada. Su puesta en práctica supuso la negociación y requirió de la colaboración entre autoridades, jueces, familiares y, en menor medida, médicos, para generar nuevas respuestas al problema de la locura y encontrar un equilibrio entre los intereses públicos y los intereses privados. Examinar desde un enfoque comprensivo los diversos registros de la locura invita a considerar el rol que le cupo a la preocupación social respecto de la mente enferma en la sistematización del pensamiento alienista. Evidencia que la medicina y, sobre todo, las instituciones asilares no lograron rivalizar con el protagonismo social en el manejo de las enfermedades mentales y en la discusión respecto de sus características y signos. La delimitación de estrategias para enfrentar sus consecuencias continuó desarrollándose, como ocurriera desde la constitución de la República florentina, sin que fuera necesaria la intervención del conocimiento o acción médicas. Ello no implica que la locura no fuera considerada una enfermedad, o que se considerara que la medicina no poseía el poder de curarla. Por un lado, el hospital de Santa Dorotea fue concebido como un espacio de curación y formación médica donde se exploraron una serie de alternativas terapéuticas que resultarían vitales para el desarrollo del pensamiento psiquiátrico posterior, sistematizado por figuras como Vincenzo Chiarugi (Boccadoro y Zandri, 1989, Conti, 2015, Huertas y del Cura, 2004). Por otro lado, tanto los escritos de médicos florentinos como Antonio Cocchi (1685-1758) o Giovanni Targioni Tozzetti (1712-1783) como los registros de Santa Dorotea atestiguan el creciente interés de la comunidad médica Toscana por el problema de la enfermedad mental 24. He propuesto aquí un enfoque metodológico que aborda los espacios de la locura interconectando sus distintos objetivos, lenguajes y actores mediante una labor de seguimiento e interconexión de fuentes de distinta naturaleza que, al ser contrastadas entre sí, dan cuenta de aspectos que de otra manera no resultarían accesibles. Aproximarse al estudio de la locura teniendo en consideración las vinculaciones que existían entre las distintas instancias en que se debatió sobre sus características, se evaluaron sus consecuencias y se elaboraron estrategias para hacerle frente entrega una imagen más rica y completa sobre la forma en que fueron concebidas y enfrentadas las perturbaciones mentales en el siglo XVIII. Permite dar cuenta de los recursos con que contaba la sociedad toscana del período, la forma en que eran utilizados, el rol de autoridades, familiares, cercanos o vecinos y las formas en que interactuaban. Pone de manifiesto, también, que el entramado de respuestas se conformaba en base a un diálogo entre intereses públicos y privados que da cuenta de que la locura fue entendida como un problema de responsabilidad social y no solo privada. Por último, al operar con una escala temporal amplia, revela que una misma persona podía pasar por distintas instancias mientras sus parientes probaban diversas opciones para lidiar con las manifestaciones de su enfermedad conforme esta evolucionara, pero que en general se trata de personas que en el largo plazo pudieron permanecer insertas en la vida social, conformar su propia familia y tener un desempeño laboral y social dentro de los márgenes de lo considerado normal. La escritura de este artículo ha sido posible gracias al Fondo Posdoctoral del Programa de Apoyo a la Investigación de la Universidad Adolfo Ibáñez, 2017.
La medicina legal en Chile estuvo estrechamente relacionada con la Morgue de Santiago, fundada aproximadamente en 1879. En ese lugar se desempeñó el médico de ciudad Eduardo Lira Errázuriz. Por medio de las autopsias que practicó, entre los años 1893 y 1905, es posible observar la profesionalización de la medicina legal que, en parte, respondió a la institucionalización y el reconocimiento del Estado como auxiliar de la aplicación de Justicia en el marco de un proceso de modernización y secularización de la sociedad. El ejercicio profesional del doctor Lira nos permite revisar sus prácticas en el contexto de una cultura católica, donde vida y muerte formaban parte de hechos trascendentes, pero que ahora se abren a categorías científicas, reconociendo en ellas los elementos fundamentales para la organización y el orden social, dentro de un Estado confesional. El 8 de julio de 1883 un grupo de católicos convocó en Santiago a un meeting-protesta contra la ley de cementerios laicos que, según ellos, atentaba contra la religión y el derecho a que la tumba estuviera "a la sombra de la cruz". La protesta formó parte de la lucha política y cultural que libró el elemento más conservador de la oligarquía chilena por mantener el predominio de los valores católicos como eje articulador del orden social. La muerte y el cementerio eran espacios sagrados. El difunto, intocable en su descanso eterno. Diez años después de esta convocatoria, en el invierno de 1893, el doctor Eduardo Lira Errázuriz, médico de ciudad (empleado del Estado), católico observante y uno de los promotores de la protesta 1, requerido por la justicia criminal de Santiago para practicar una autopsia, se trasladó al Cementerio Parroquial de Colina 2, literalmente un camposanto bajo administración eclesial, donde estaba sepultado Alfonso Mor, cuya muerte por "asfixia" no había sido comprobada por médico sino que por dos testigos 3. Al llegar al lugar, solicitó la presencia del cura párroco, el sacristán y el cuidador del cementerio para identificar el sitio de inhumación realizada hacía diez días. Frente a la solicitud del doctor Lira no hubo cuestionamientos ni reparos. Junto al señor cura todos obedecieron. No parecía un sacrilegio desenterrar a un muerto. "Abierta la fosa se encontró envuelto en una piel de animal vacuno el cuerpo de un hombre como de unos treinta y ocho años de edad" 4. Cura, sacristán y cuidador, que habían participado del entierro, lo reconocieron. Entonces, el doctor Lira procedió a la autopsia. El cadáver estaba descompuesto y le faltaba "un pedazo de cuero cabelludo en el vértice de la cabeza y de todo el pabellon de la oreja izquierda, que tenian los caracteres de haber sido roidos" 5. Enseguida abrió las cavidades orgánicas: pulmones, corazón, estómago, intestinos, cerebro. Todo bajo su ojo experto y su olfato, que fue capaz de detectar la ausencia de licor. Para el católico doctor Lira, el que concebía un sacrilegio mezclar difuntos de distinto credo, Alfonso Mor había fallecido a consecuencia de una afección cardiaca que le produjo una congestión cerebral. Luego de eso, fue devuelto a la fosa. El procedimiento anterior sugiere que entre el catolicismo y la ciencia hace siglos que se había superado el conflicto acerca de la sacralidad del cuerpo, por lo tanto, para el doctor Lira, no existía contradicción entre su fe y su saber. Examinar y manipular el cadáver de Alfonso Mor no tenía relación con el difunto y los deudos, ni con el rito fúnebre y sus simbolismos sacros. El universo de la profanación desaparecía porque su intervención se incardinaba en un plano distinto. Y no era solo la ciencia. Era la Justicia que lo ordenaba, el Estado que mandataba, ese mismo que vivía un proceso de secularización resistido por la Iglesia. El médico, especie de chamán moderno (Latour, 1983), encarnación del ritual científico que analizaba y ponderaba con fines nobles, al igual que la religión, portaba un relato que representaba una esperanza, una revelación, una verdad. En un análisis casuístico, el doctor Lira representa el terreno de legitimidad ganado por la ciencia forense, cuyo saber avanzaba en una sociedad aun principalmente rural, de raigambre tradicional-católica y definida constitucionalmente como parte de un Estado confesional. En este trabajo nos enfocaremos en el desarrollo de la medicina legal en Chile a partir de la revisión de un conjunto de autopsias realizadas por el médico de ciudad asignado a la Morgue de Santiago, Eduardo Lira Errázuriz, entre 1893 y 1905. Los informes de estas autopsias permiten observar el desarrollo de esta especialidad, los que oscilaron entre simples y breves reconocimientos a pericias con campos de pruebas minuciosos y detallados. Esto respondió a un fenómeno de profesionalización organizado por el Estado desde fines del siglo XIX. El arco temporal establecido (1893-1905) responde a los libros copiadores de autopsias (ordenadas de oficio por la justicia criminal de los juzgados 1° al 4° de Santiago) existentes en el archivo del Instituto Dr. Carlos Ybar, dependiente del Servicio Médico Legal de Chile. ANTECEDENTES DE LAS AUTOPSIAS JUDICIALES EN CHILE Algunos recopiladores de la historia médica chilena han planteado que la primera autopsia practicada en el marco de una investigación judicial fue realizada en Concepción, en 1783, buscando los cirujanos del real ejército establecer la causa de muerte de Francisco Rioba, para lo cual abrieron el cráneo (Ferrer, 1904, p.135; Laval, 1951, pp. 98-99). También se ha señalado que hacia finales del periodo Colonial (1807) la Real Audiencia de Santiago ordenó al médico cirujano Bartolomé Díaz Coronillas, en reconocimiento a su "suficiencia", que estableciera las heridas de los cadáveres encontrados en la ciudad y extendiera "la correspondiente certificación e informe con arreglo a la práctica que enseña la Cirugía Forense de don Domingo Vidal, [...]" Ya consolidado el proceso de emancipación política y en el contexto de la construcción del Estado chileno, observamos la participación de la medicina legal en un suceso de alta connotación pública. El 6 de junio de 1837 fue ajusticiado Diego Portales, Ministro de Guerra y Marina e ideólogo del Estado autoritario chileno. Al día siguiente y frente al revuelo provocado, el cadáver de Portales fue examinado "por el cirujano francés [...] Emilio Cazentre" quien describió e informó al Gobernador de Valparaíso pormenorizadamente las heridas y daños orgánicos" (Cruz-Coke, 1995, p. Pero este fue un caso excepcional. Usualmente, durante la primera mitad del siglo XIX, las "disecciones", "anatomías" o "inspecciones" fueron clínicas, realizadas principalmente en contextos académicos o de epidemias como la viruela, la disentería, el tifus exantemático u otras enfermedades. Así lo demuestran los informes de Francisco Lafargue, médico francés que se desempeñó en Chile durante la década de 1840, ocupando la cátedra de Anatomía, Fisiología e Higiene en la Universidad de Chile, de quien se señala que "todas las semanas abre tres cadáveres, término medio, para sus demostraciones anatómicas [...]" 6. Diversos facultativos describen haber practicado innumerables autopsias en los hospitales 7, situación que permite explicar que en la Escuela de Medicina, entre 1860 y 1880, la autopsia clínica adquiriera regularidad (Cruz-Coke, 1995, p. Otros tantos documentos médicos reportan la importancia de este tipo de procedimientos para el desarrollo de esta ciencia 8. Sin embargo, las autopsias judiciales tenían un carácter y un propósito distinto porque se hacían en el marco de la soberanía de un tribunal. El objetivo era establecer la causa precisa y necesaria de la muerte de un sujeto para probar o descartar la participación directa o indirecta de terceros. Con las evidencias aportadas por el médico, el juez debía dictar la resolución o sentencia respectiva. Pero la Justicia solo desde 1854 contó con médicos de ciudad y provincia como parte de la burocracia estatal y recién en 1887 se dictó el reglamento que determinó que, entre otras cosas, debían "Informar a la autoridad judicial sobre todo asunto médico-legal en que se les pida su dictamen, debiendo practicar los reconocimientos i autopsias que fueren necesarios" 9. El médico de ciudad no era especialista y debía atender diversas materias, pero entre aquellos que cumplieron turnos en la Morgue de Santiago surgieron los primeros forenses. Esto explica que, dentro de la trayectoria médicolegal del doctor Lira, lo encontremos confeccionando informes en causas criminales por "error profesional", "sevicia [crueldad] contra niños", "violación y estrangulación", "presunción de envenenamiento", incluso algunos de alta connotación pública como la muerte de Sara Bell (1896) a manos de un sujeto educado y de clase alta que habría utilizado cianuro (Puga Borne, 1896, p. De acuerdo a las evidencias que hemos encontrado en diversos expedientes judiciales, desde la segunda mitad del siglo XIX y progresivamente, los jueces comenzaron a solicitar la revisión del cadáver por parte de un médico 10. La formalización y consolidación del rol médicolegal provino con la dictación del Código de Procedimiento Penal de 1906, que en el artículo 142 estableció que cuando se sospeche que la muerte de una persona sea el resultado de un delito, se iniciará la acción pública decretada por un juez, quien se encargará de nombrar al facultativo médico que "procederá [...] a practicar el reconocimiento i autopsia del cadáver i a identificar la persona del difunto". Además, el procedimiento precisaba que: "Esta autopsia consiste en la apertura del cadáver en las rejiones en que sea necesario para el efecto de descubrir la verdadera causa de la muerte" 11. Estas disposiciones separaron la tradicional intervención médica centrada en los aspectos anatómicos y la redireccionaron hacia el ámbito legal. Establecer la causa precisa y necesaria de muerte trascendía lo orgánico y se situaba en un hecho socio-político, de interés público. El espíritu de las luces, vehiculizado a través de la ciencia médica era incorporado por la política de Estado en virtud de la organización social que lo requería en asuntos sanitarios 12 y legales 13. Hacer justicia y ordenar la sociedad en base a un canon derivado en teoría de un contrato social, obligaba a integrar al médico a la institucionalidad y al relato estatal de la "gubernamentalidad" (Millones, 2015). La medicina legal chilena adquirió un desarrollo hacia fines del siglo XIX, sobre todo con la implementación de una Morgue fuera del Cementerio General y con médicos de ciudad comisionados para prestar servicio en ella, adquiriendo como en el caso del doctor Lira una identidad profesional gestada en el ejercicio. El problema es que la formación médico-legal no fue un curso independiente en la Escuela de Medicina hasta 1901(Cruz-Coke, 1995). LA FORMACIÓN MÉDICO-LEGAL EN CHILE En 1860, el curso apareció en el sexto año a cargo del doctor Vicente Padín. La formación mejoró a partir de 1878 cuando el curso comenzó a ser impartido por un profesor exclusivo, el doctor Pablo Zorrilla, aunque siguió excluido del currículum médico obligatorio. En 1889 entró en vigencia un nuevo currículum y Medicina Legal quedó en el sexto año a cargo de Federico Puga Borne, el facultativo chileno más importante en el desarrollo de esta especialidad. Puga Borne, ferviente defensor de la importancia de las luces del médico en esta materia, se vio en la obligación de reconocer el atraso de esta disciplina en Chile, tanto en la operatoria sobre los cadáveres como en la reglamentación a la que debía ceñirse el perito. Tomando como referentes a los médicos franceses Tourdes y Devergie, explicó cómo debía realizarse técnicamente el procedimiento de autopsia en sus distintas fases: examen externo, de arriba hacia abajo, en un orden topográfico, poniendo especial cuidado en lugares aparentemente irrelevantes como "el fondo de la boca, la pared superior de las fosas nasales, el ano y la vulva"; examen interno; cavidad del cráneo; cavidad del tórax; cavidad del abdomen; para luego discutir y concluir sobre lo indagado (Puga Borne, 1896, pp. 54 y 263). Puga Borne, señalaba que en el país no existía claridad respecto a cuándo y cómo practicar una autopsia, por lo que sus reglas fueron las que se aplicaron durante el tiempo en que ejerció el doctor Lira. En 1901, la cátedra de Medicina Legal pasó a ser obligatoria y estuvo a cargo de un profesor titular, Carlos Ybar, tarea que se vio fortalecida en 1908 con la contratación del médico alemán Max Westenhöfer, quien asumió la cátedra de Anatomía Patológica en la Universidad de Chile, hasta 1911. Sobre el estado y condición de la medicina legal en Chile, Westenhöfer realizó un crudo diagnóstico, definiéndolo como deplorable y vergonzoso. Según él, se obtenían conclusiones judiciales de las que dependía la vida o muerte de un acusado, en circunstancias que "[...] el único que practica autopsias legales en la Morgue es el mozo. Los médicos legistas emiten su fallo en base a lo que el mozo les muestra en la autopsia y rara vez le entregan a la justicia algo más que un sencillo diagnóstico sin protocolo científico alguno" (Westenhöfer, 1959, p. Para Westenhöfer esto también afectaba la docencia, debido a que la enseñanza médico-legal prácticamente no existía "porque ninguno de los jóvenes estudiantes aprende a practicar una autopsia médico-legal [...]" Para el médico alemán lo observado en Chile contrastaba con la realidad de su país natal. De todos modos, los avances institucionales en la medina legal mostraban algunas evidencias concretas, ya que desde el año 1915 la dirección de la Morgue de Santiago quedó a cargo del profesor de Medicina Legal, Carlos Ybar, lo que unificó la administración del recinto con la enseñanza universitaria (Contreras, 2014, p. En el campo del Derecho, sólo en 1902 la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas de Universidad de Chile incorporó la formación médico-legal a los abogados. De esto se desprende que el ejercicio judicial, recién entrado el siglo XX, comenzó a sistematizar la colaboración con el perito médico. Algunos juristas de la época planteaban la necesidad de complementar los saberes judiciales-jurídicos con los médicos, los cuales mantenían grados de separación y aislamiento, sin la necesaria integración (Ramírez, 1905, pp. 341-342). LA MORGUE DE SANTIAGO: DE DEPÓSITO DE CADÁVERES A TERRITORIO CIENTÍFICO Sobre la fecha de origen de la Morgue no existe precisión. Los antecedentes señalan que a fines de la Colonia (1807) el doctor Bartolomé Díaz estuvo encargado de las autopsias de los cadáveres que eran llevados al "portal de la cárcel", primitiva morgue (Ferrer, 1904, p. Luego, durante gran parte del siglo XIX, funcionó un depósito de cadáveres dentro del Cementerio General, donde se dispuso de una sala para su identificación y la realización de autopsias (León, 1997, p. Sobre la existencia de esta Morgue entrega luces el Reglamento del Cementerio de Santiago, del 7 de junio de 1845, que en el artículo 6° indica que los "facultativos en cirujía i medicina" podrán realizar disecciones de los cadáveres en el Cementerio, "siempre que lo crean necesario i lo permitan los deudos" 14. Se presume que la primera Morgue establecida fuera del Cementerio General data del año 1879 y se ubicó a un costado del Cuartel Central de Policía, en la calle Amunátegui (Peumo) con Mapocho, hasta el año 1891 (Guerrero Lira, 2007, pp. 195-196). La fecha y lugar indicados coinciden con otra fuente que señala que en todo Chile existe un solo lugar para la exposición de cadáveres llamado "La Morgue", ubicado "en el cuartel de policía de Santiago" y que según él "data de ocho años á la fecha á mas tardar [1882]" (Vera, 1890, s/p). En 1891 fue trasladada a los corrales de la Policía de Santiago en la calle Mapocho y en 1898, reubicada en un edificio propio anexo a la Cárcel de Santiago, en la calle Teatinos, gracias a las gestiones de los médicos de ciudad, Eduardo Lira Errázuriz y Eduardo Donoso Grille (Guerrero Lira, 2007, pp. 196 y198; Didier, 2015, p. Esto coincide con el hecho de que el 12 de febrero de 1896 se dictó la ley N°334 que reformó el funcionamiento de la Policía, dividiéndola en dos Secciones, la de Orden y la de Seguridad (Anguita, 1912, p. 356) y el decreto presidencial 3.776 del mismo año que estableció que en lo sucesivo la Morgue quedará a cargo de la Prefectura de Seguridad 15. Esta dependencia administrativa demostró la voluntad del Gobierno por ordenar los procedimientos efectuados en la Morgue de Santiago. Sobre su funcionamiento, se ha señalado que para la década de 1890 se recibían aproximadamente cuatrocientos cadáveres al año, "de todos los sexos y condiciones sociales", y que el procedimiento empleado a su llegada era asearlos "por medio de lluvia de agua" para luego retratarlos y practicarles la autopsia legal (Guerrero Lira, 2007, p. A fines del siglo XIX, tenemos a la Morgue en una instalación precaria, pero propia, y bajo la administración de la Policía, lo que muestra la relación del lugar con los diversos hechos de violencia que acontecían en la ciudad. Aún no surgía la relación administrativa directa con la medicina. Esta se inició con la promulgación del Código de Procedimiento Penal en 1906, el cual entregó a los médicos la tuición de la práctica de la medicina legal y determinó que el profesor de dicha cátedra en la Universidad de Chile debía ocupar la jefatura del Servicio de Medicina Legal del país, creado en 1909 con los departamentos de Toxicología, Autopsias y Psiquiatría (Cruz-Coke, 1995, p. Desde el año 1910 el doctor Carlos Ybar fue comisionado para que estudiara en el extranjero la implementación del servicio médico-legal "a fin de poder organizar en el país el mismo servicio" 16. El año 1915 fue crucial en este proceso debido a que el Gobierno dictó el decreto-ley N°1.851 que colocó la Morgue bajo la dependencia de los Tribunales de Justicia, quedando la dirección a cargo del doctor Ybar. Y, el año 1925, mediante el decreto-ley N° 646, la Morgue pasó a llamarse Instituto Médico Legal, inaugurándose al año siguiente sus nuevas instalaciones en Avenida La Paz 1012, lugar donde se encuentran hasta el día de hoy (Contreras, 2014, pp. 71-72). EN TORNO A UNA "MIRADA", UNA "TÉCNICA", UNA "AUTORIDAD": LOS PERITAJES FORENSES "Desde que se pone la vista en el cadáver se siente el alma penetrada de horror por el aspecto de la más horrible laceración [...]". Con estas palabras comenzaba el doctor Emilio Cazentre, en 1837, el informe de autopsia del Ministro Diego Portales (Ferrer, 1904, p. Cazentre daba cuenta de lo que era una autopsia, es decir, literalmente "ver por uno mismo", principio que respondía a la revolución empirista de la ciencia y a la que suscribía la medicina. Y es que de manera sistemática, al menos desde el siglo XIV, el cuerpo fue transformado en un repositorio, en resto, en una "máquina de huesos y carne" (Fortanet, 2015, p. 102), en un territorio explorable, cartografiable. El ojo médico debía posarse sobre el cadáver "haciendo abstracción de la sangre y bilis, contemplando cuantitativamente los órganos, humores, líquidos y conductos" (Fortanet, 2015, p. Así, la ciencia daba un paso importante en lo que alguna vez fue una intensa, personal y aterradora relación con la muerte, que mezclaba lo monstruoso y sinies-tro con lo religioso (Noël, 2011, p. 352), para fundar una nueva relación con el cuerpo, ahora convertido en anatomía. Realizada esta transformación cualitativa, el cuerpo se convirtió en documento, en "portador de un rastro" (Noël, 2011, p. La ciencia lo secularizó y anatomizó, separándolo de la visión que lo suponía encarnación de lo sagrado (Morán, 1997, p. Y en rigor, para convertirlo en organismo, en materialidad, en objeto, debió profanarlo, disolviendo el misterio de la muerte y desinstalando la idea del peligro que implicaba cruzar ese umbral. Realizada la disociación y el desplazamiento por parte del ojo clínico que poseía una "mirada", una "técnica", una "autoridad" (Millones, 2015, p. 252), fue posible visibilizarlo en la semiótica de huellas, signos y señales. En cierta forma, esta transformación produjo que el cuerpo pasara a ser propiedad de la ciencia, expresión de un fenómeno de colonización (Leyton y Díaz, 2007) que se consolidó el siglo XIX en Occidente y con algunos rezagos, también en Chile, sobre todo a partir de los procesos modernizadores y sus discursos racionalizadores-cientificistas que lo representaron como un "fenómeno a ser controlado, regulado y funcionalizado" (Kottow, 2016, p. De allí, también, que la práctica médico-legal del doctor Lira no chocara con sus creencias. En cuanto al ejercicio médico puesto al servicio del tribunal, el cuerpo como espacio-dispositivo interpretable y traducible judicialmente, requería de un lenguaje y una técnica que necesitaba unir la anatomía patológica con la medicina legal. La premisa era: donde hay muerte hay un cuerpo para contenerla, constituyendo su "forma corpórea de visibilización" (Millones, 2015, p. En este mismo periodo, el sistema judicial no contaba con un formato para las autopsias que permitiera coordinar las necesidades del tribunal con el lenguaje médico. Los procedimientos, a partir de los cuales el perito redactó su informe, siguieron a la escuela francesa de Lutaud y Vibert, y las orientaciones metodológicas de Tardieu (Puga Borne, 1896, p. PERICIAS I: IDEAS IMPLÍCITAS Y SOPORTES CIENTÍFICOS El 26 de septiembre de 1898, el doctor Eduardo Lira practicó en la Morgue la autopsia de Juan Bautista Salas. Según la información de la Policía, se había suicidado disparándose un tiro de escopeta en la frente. En el breve informe que redactó describió que los perdigones de la escopeta de caza entraron por el medio de la frente y salieron por el vértice de la cabeza. En las conclusiones incorporó un comentario con el que pretendió explicar lo sucedido, probablemente con datos proporcionados por la familia: "Devo de advertir a Ud. [refiriéndose al juez] que Salas se encontraba sufriendo de mania de persecusion desde hace mas de dos años" 17. El antecedente de monomanía que manejaba el doctor Lira le resultó útil para inferir que Salas no fue asesinado y que padecía una forma de trastorno mental vinculante con el suicidio. Pero nada de eso se podía probar orgánicamente. Años más tarde, enfrentado a una situación similar, se trasladó al domicilio de Arturo Bruna, muerto por un balazo de escopeta en la cabeza. El procedimiento pareció más un reconocimiento que una autopsia. En la parte final del escrito, indicó que los familiares del señor Bruna le señalaron que este "sufria de alucinaciones sensoriales, insomnios [y] oia voces i silbidos estraños, se habia puesto mui impresionable, etc., lo que hace presumir que se encontraba con sus facultades mentales perturbadas, estado bajo el cual se ha suicidado" 18. La verificación de muertes por suicidio era un terreno incierto. Como lo indican una serie de archivos revisados 19, los médicos no cuestionaron mayormente los antecedentes proporcionados por la familia o los testigos, por lo que tendían a orientar el peritaje respondiendo a la conducta que se asumía perpetrada por el sujeto. Otros dos médicos de la Morgue, Eduardo Donoso y Francisco Landa, en épocas distintas (1898 y 1913) arribaron a conclusiones similares a las de Lira en casos de suicidio, sobre todo en cuanto a juicios subjetivos por ausencia de evidencias objetivables 20. Más bien eran conjeturas elaboradas desde los discursos testimoniales, desde las historias de vida narradas por cercanos a las "víctimas" y oídas por el médico. En los dos casos descritos en que intervino el doctor Lira, el suicidio lo entendió consecutivo a la locura. Hubo oportunidades en que el juez que investigó de oficio, no sabemos si por la posición social del sujeto o por dudas razonables acerca de la muerte, demandó del médico exámenes más detallados. En 1905, el doctor Lira exhumó el cuerpo descompuesto de Pedro Nolasco Valenzuela y le practicó la autopsia. La orden incluía obtener muestras de sangre y vísceras para ser enviadas a examen toxicológico al Instituto de Higiene, existente desde 1892 21. El cuerpo que llevaba quince días enterrado fue reconocido por la familia. Lira encontró en el cadáver una herida de bala en el pecho que le perforó el corazón, estableciendo que le provocó la muerte "al cabo de algunos segundos, menos de un minuto". Determinó que por la trayectoria horizontal del proyectil, el disparo lo recibió de frente a una distancia de por lo menos un metro, estando "de pié o sentado". Luego, concluyó: "Que no ha habido suicidio ni intencional ni casual [...] Que se trata de un homicidio" 22. Lira tuvo que hacer uso de elementos externos, propios del sitio del suceso para reconstruir la situación. Sostuvo la hipótesis de que Valenzuela intentó esquivar el disparo, causando que el proyectil desviara su trayectoria y saliera por la espalda al nivel de la tercera costilla. Es decir, Lira no solo examinó un cuerpo, sino que también una escena del crimen. Tampoco tuvo en frente a un espécimen, sino que a un sujeto muerto con una historia de vida que reconstruyó en sus últimos momentos, breves, pero decidores, relevantes 23. En otras pericias, y precisamente porque sus resultados debían ser traducidos en términos legales, el ejercicio forense del doctor Lira usó diversos soportes. Por ejemplo, encontramos que en dos informes, del año 1896 y 1898, utilizó láminas para graficar con mayor precisión las heridas de los autopsiados. En el primer caso consignado como homicidio, Lira describió una "herida a cuchillo que penetró hasta el corazón, rompiendo el ventrículo izquierdo", indicando en la lámina con una línea punteada que salía del pecho el punto exacto de la herida 24. En el segundo caso, una banda de asaltantes fue repelida a balazos por la Policía, resultando uno de ellos muerto. Lira identificó una herida a bala que ingresó por el hombro derecho, atravesando el brazo y penetrando en la cavidad torácica rompiendo los pulmones y provocando una hemorragia "eminentemente mortal". Utilizó el mismo tipo de lámina para indicar el punto de penetración del proyectil y su trayectoria 25. El cuerpo dibujado es estándar, de cabeza pequeña, levemente sexuado y aséptico, algo alejado del biotipo del chileno promedio de la época. Corresponde al modelo caucásico de la obra de anatomía de Vesalio a decir por la disposición de las extremidades inferiores y superiores. Lámina utilizada por el doctor Lira en su informe pericial dirigido al juez del crimen, (ANHCh, Fondo Judicial de Santiago, Muerte de José María Briones, 1° de noviembre de 1898, Caja 1201, Expediente 44, f. 4), fotografía M. Fabregat. Como señalamos, el legista debía sumar al conocimiento anatómico, la lectura del entorno y el uso de todos sus sentidos, al igual que en los albores de la anatomía con el "programa sensorial" (Mandressi, 2008). Sobre esto último, la inspección forense debía incluir oler el cadáver. Pero, ¿cómo se interpretan esos olores? En 1898, el doctor Lira examinó a un sujeto que había muerto envenenado con ácido fénico, caratulado como suicidio, descubriendo además que en el estómago "existía un fuerte olor alcohólico". Esta constatación lo llevó a señalar en la conclusión que sospechaba "[...] que estuviera ebrio el citado Artigas" 26. Presencia de alcohol implicaba consumo, lo que remitía a una conducta y a un determinado estado de conciencia al momento de la muerte. La alteración de la conciencia podía condicionar atributos importantes, como la volición. Inhibida o exacerbada podía explicar lo sucedido si es que se trataba, por ejemplo, de un accidente o un suicidio. Y, viceversa, la ausencia de alcohol podía discutir la hipótesis sobre la causa de muerte. Como lo que ocurrió cinco años antes de la autopsia de Artigas, donde el doctor Lira precisó al juez que en el estómago del sujeto autopsiado "[...] no habia nisiquiera ni indicios de licor" 27. Sonaba como una suerte de exculpación que certificaba una conducta no riesgosa y desvinculada del suicidio. El doctor Lira procedía conforme al ethos institucional que tensionaba el misterio de una muerte con el registro preciso de la certeza (Burney, 2000a, p. 52), adecuación formal que debía convertir el desorden de rastros y huellas de un cuerpo en realidades posibles de un movimiento, gatillando así la pregunta por la causa. La muerte como la sospechosa principal no podía ser evaluada por el médico del hospital (que tantas autopsias legales practicaron en esos recintos en el período en estudio) y que, muchas veces, parecían estar auscultando a un enfermo en vez de periciar un cadáver (Fabregat, 2015). PERICIAS II: GENITALES, LARVAS Y OTRAS CONSIDERACIONES Las reglas del examen pericial que enseñó Puga Borne, como profesor de Medicina Legal e Higiene de la Universidad de Chile y como autor del más importante compendio de medicina legal chileno de la época, apuntaban a escudriñar topográficamente todos los "rincones" del cuerpo. Dentro de esta secuencia exploratoria observamos que el examen de los genitales fue relativamente frecuente en mujeres y excepcional en hombres, encontrando un solo caso de los que hemos revisado. Corresponde a la autopsia de un sujeto encontrado ahorcado en su pieza. El doctor Lira constató la "asfixia por estrangulación" y en la garganta, tráquea y pulmones todos los signos "de esa clase de muerte violenta". También describió que "el miembro viril se encontraba en semi erección y habia liquido espermático en la estremidad del meato" 28. Esta observación-constatación permitía articular en su informe la hipótesis de la asfixia por estrangulación, ya que consecutivamente podía producir este efecto. Puga Borne la describía como "turjescencia del pene" aunque no necesariamente seguida de eyaculación (Puga Borne, 1896, p. El perito forense debía ser capaz de advertir en el cuerpo sus posibilidades de despliegue. De algún modo este cuerpo era creado y recreado, devuelto a la vida en una suerte de "resurrección simbólica" (Noël, 2011, p. 378) para luego matarlo científicamente explicando sus causas (Martínez y Morales, 2015). El informe forense debía ser tallado considerando las posibles interacciones del sujeto con el medio, procurando ser persuasivo para poder contestar diversas preguntas que resolvieran la inicial: ¿cuál es la causa de muerte? Responderla implicaba, entre otras cosas, saber cuándo y dónde había ocurrido, para avanzar al cómo y eventualmente al por qué. Respecto a la data de muerte, a veces escurridiza, al doctor Lira le correspondió establecerla en un cadáver que llegó a la Morgue en completo estado de putrefacción después de ser encontrado por la Policía en un sitio baldío. Observó que en el pecho y cavidades bucal, nasal y oculares "habia una gran cantidad de larvas de moscas que roian los tejidos putrefactos" y estimó que de acuerdo a la manera en que evolucionan estos insectos habían depositado sus huevecillos "hace mas ó menos ocho dias" 29. No estableció la causa de muerte, pero concluyó que no hubo intervención de terceros. Estas larvas que comían la carne, que hacían del muerto un "vivo" o un "medio-muerto" (Agamben, 2007, pp. 122 y126), fueron el vehículo que le permitieron viajar en el tiempo y aproximarse al momento mismo del deceso. También sirvió para este objetivo contemplar las condiciones atmosféricas. Recién concluido el verano de 1898, el doctor Lira se dirigió al Cementerio General para inspeccionar el cadáver de Glafira Cruzat, asesinada a puñaladas. Una vez abierto el ataúd, realizó un interesante análisis de las condiciones ambientales para establecer el momento del deceso: "[...] la muerte habia sobrevenido como cinco o seis dias antes, tomando en cuenta la temperatura media del dia en esta última quincena, que no ha sido mayor de 32° ni menos de 10° (media 21°) el estado higrométrico del aire que ha fluctuado entre 70 i 72 i la presion barometrica factores todos que apresuran o retardan la putrefaccion" 30. Finalmente, concluyó que la muerte le sobrevino aproximadamente diez minutos después de recibida la herida penetrante en el pulmón izquierdo. Para el legista todos los antecedentes aportados sobre el cadáver eran valiosos. El medioambiente, la procedencia, el parte policial, las declaraciones de testigos, la indumentaria, los objetos recogidos en el sitio del suceso. Y es que en la interfaz vida-muerte el legista reinstala una diacronía ubicando al sujeto muerto en la continuidad social. La ciencia forense se vio exigida en los casos en que los sujetos habían fallecido aparentemente por envenenamiento, aquella muerte que no dejaba huellas físicas "en su superficie" y que, en la eventualidad de una acción criminal, permitía al asesino operar "bajo el umbral de la percepción", sin quedar "empapado de sangre", convirtiéndose en un ejercicio moderno, sofisticado y metódico para matar (Burney, 2006b, p. Desentrañar esta maquinaria requería mayor acuciosidad. En la autopsia practicada en la Morgue a Maria Luisa Sardin aparece un protocolo interesante de destacar porque convocó a un equipo de médicos. El juez sospechaba envenenamiento. El peritaje fue practicado por dos médicos de la Morgue, Eduardo Lira y Eduardo Donoso, pero se realizó en presencia de otros tres, identificados como Puga, Amaral y Avalos "que solicitaron asistir a ella". Los facultativos comenzaron la redacción del informe anotando lo siguiente: "Despues de arreglar el cadaver en las condiciones que requeria un caso como el actual hemos procedido de común acuerdo en el orden siguiente, en nuestra investigación médicolegal" 31. Se referían al examen externo y luego interno. En los pulmones encontraron manchas equimóticas conocidas como "manchas de Tardieu" y después de un largo procedimiento, concluyeron que la muerte se debió a una lesión "entero-gástrica" por una sustancia que no lograron identificar -"líquido blanquizco"-enviando muestras orgánicas al Instituto de Higiene para su análisis. El equipo de cinco médicos denotó la relevancia para los peritos y el tribunal de un posible nuevo método para matar. Días antes de este procedimiento, Lira y Donoso se trasladaron al Cementerio General para examinar el cuerpo de Germán Lacoste bajo la sospecha de envenenamiento. Encontraron "picadura de agujas" en el abdomen y en el estómago un contenido con "olor a éter". Sugirieron que cuando se enviaran las muestras obtenidas de vísceras y líquidos orgánicos para análisis, se adjuntaran "las recetas que se le prescribieron al Sr. Lacoste". Esta parte del informe es un buen ejemplo de la función médico-legal, pues cuando diseccionaron órganos y obtuvieron muestras para el laboratorio, todo eso tuvo sentido en la medida que esas partes fueron restituidas al cuerpo de "ese" sujeto. De hecho, inicialmente el informe contradice la hipótesis judicial, señalando que en el hígado, bazo y riñones no se encontraron lesiones que indiquen "un envenenamiento como Ud. lo insinua en el citado decreto [...]" 32. Es decir, la presunción judicial podía ser desestimada por la intervención médica, abriendo una nueva arista en el ejercicio pericial: la negociación de saberes con el mundo judicial. La participación del doctor Lira en los peritajes mandatados por la Justicia fue posible en el marco de la transformación del cuerpo en un documento que pudo ser leído y resignificado con las artes de la ciencia legal. Pero, como señala Latour, los hechos científicos como los trenes, no funcionan fuera de las vías. En este sentido, la sociedad chilena como parte de la Occidental vivió un proceso de secularización que instaló nuevos criterios de verdad. Esto permitió que la Justicia depositara en el médico -el perito-la posibilidad de resolver un problema: la causa de muerte de un sujeto y la potencial responsabilidad penal de otro. La anatomización del cuerpo, evidencia de la desacralización que permitió, según Porter, el arribo de las categorías médicas (Cueto, 2002), permitió su examen, inspección, disección y toma de muestras para su análisis. La intervención médica debía ser la luz en la oscuridad de los hechos. En los procedimientos y autopsias realizadas por el doctor Lira, podemos observar una evolución que da cuenta de ciertos cambios. En primer lugar, encontramos que en los primeros peritajes se observa un evidente cruce entre juicios subjetivos y los resultados de las pericias, sobre todo en los casos de suicidio donde era muy difícil encontrar señales anatómicas de enfermedad mental. La correlación era construida a partir de los testimonios. En segundo lugar, identificamos que el doctor Lira utilizó soportes iconográficos -figuras-para explicarle al juez la naturaleza de las heridas encontradas en el cuerpo de algunos autopsiados. Esto da cuenta de la voluntad de traducir a términos legales las heridas corporales. En tercer lugar, se observa que el doctor Lira utilizó diversas evidencias para arribar a las causas de muerte: características atmosféricas, presencia de insectos, trayectoria del proyectil, extracción de muestras orgánicas, etc., con el objetivo de responder al requerimiento judicial. Y como la ciencia representaba un imperativo ético en sí mismo, las autopsias y todo el tratamiento médico forense dado al cadáver no estaban reñidos con los valores católicos del doctor Lira ni con los del Estado chileno, que aún se mantenía unido a la Iglesia Católica. La organización social entendía que requería de un servicio médico legal profesional que fuera útil a la política pública y finalmente a la ley. Fue en ese contexto donde se desarrollaron las pericias del doctor Lira. Esta investigación fue posible gracias al acceso al material de archivo del Instituto Dr. Carlos Ybar, dependiente del Servicio Médico Legal de Chile. Este Instituto es dirigido por la doctora Gianna Gatti, Secretaria Ejecutiva, la cual permitió y facilitó el trabajo de este investigador. Aparece firmando en apoyo al meeting (8 de julio de 1883) para rechazar la ley de cementerios. "Gran Meeting-Protesta" (1884), Las Reformas Teolójicas de 1883 ante el País i la Historia, Santiago, Imprenta "Victoria", pp. 3-7, p.
BREVE APROXIMACIÓN A UNA REALIDAD PERSONAL HERMOSA Con gozo y cierta pena participo en este homenaje escrito, en honor de nuestro querido Agustín. Plumas muy competentes nos harán conocer en este dossier múltiples facetas de su muy singular persona. Nuestra amistad estuvo entretejida de entrañables pequeñas y grandes cotidianidades que formaron un perdurable engrama, presente en mi vida y, en menor escala, también en la de mi familia. Como prueba de su magnanimidad, me parece oportuno recordar su intervención en el tribunal que juzgó la memoria doctoral de mi hija Mirian, licenciada por la Facultad de Farmacia de Salamanca. Transcribo sus palabras: «Gracias a la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid por haberme permitido participar en este acto siempre gratificante de defensa del máximo grado académico. Permítanme, privilegio de la edad, que antes de ocuparme del comentario de esta tesis, haga unas reflexiones personales en torno a ella. Leo la dedicatoria y me encuentro el nombre de Mariano Rupérez: de inmediato revivo los años cuarenta, cuando en el Campamento de la Milicia Universitaria de La Granja, compartí con él los rigores y los buenos momentos de la 5a Compañía de Infantería. ¡Más de cincuenta años en la vida que entonces comenzábamos como estudiantes universitarios! Sigo leyendo los agradecimientos: A mi madre, la Dra. Ma Gloria García del Carrizo. Y otra vez mi vida se retrotrae a los años cincuenta, cuando la conocí y compartimos los trabajos en la Cátedra del Profesor Laín Entralgo primero, en las actividades de los laboratorios de Productos Químicos Schering después, en la Directiva de la Sociedad Española de Historia de la Medicina y en la de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas más recientemente. En la portadilla de la Tesis el nombre de Alfonso Velasco Martín, su Director. Y vuelvo a los años setenta, cuando en el Aula 5 del Hospital Clínico de San Carlos, un joven y serio estudiante de Doctorado acudía con extraordinaria asiduidad a nuestro curso, mostrando con frecuencia su enorme interés por lo que allí se decía. No acaban aquí las vivencias. En las páginas 11 y 12 de la Tesis veo reproducidas las portadas del primero y el último número de la Revista Farmacoterapia Actual, dirigida por el Profesor Benigno Lorenzo Velázquez. Y en su volumen no 33, correspondiente al mes de abril de 1947, aparece bajo el epígrafe «Exposición didáctica» mi trabajo «Historia de la melancolía y su terapéutica», un trabajillo histórico realizado por un estudiante de Farmacología en el curso 1943-1944, y que el Dr. Velázquez tuvo a bien publicar en su revista, sin que yo lo supiese, decidiendo así, sin él saberlo, mi hasta entonces irresoluta vocación médica. Por el Prof. Velázquez y a él se lo dije muchas veces, soy yo historiador de la medicina. Muchos de ustedes pensarán, tras lo expuesto, que a la hora de juzgar la tesis de Mirian Rupérez, me inclinaré por el lema: Amica veritas, sed magis amicus plato; pero no: seré amigo de la doctoranda pero también de la verdad, con ecuanimidad de juicio. Por vocación, mis trabajos de investigación histórica han tenido siempre como fundamento la intención de reflexionar sobre el pasado, tratando de esclarecer su sentido; por tanto, he huido tanto de la investigación de archivo -tan brillantemente desarrollada en la Cátedra de Valladolid, como del estudio bibliométrico-del que ha sido pionera la escuela valenciana. Por tanto, a la hora de enjuiciar esta Tesis, carezco de autoridad para juzgarla en su detalle. Creo que es exhaustiva, rigurosa, modélica y que viene a constituir un eslabón más en el actual empeño del Prof. Velasco de promover colectivamente el vaciado de las fuentes bibliográficas de su especialidad. Con lo cuál, la Tesis de la futura Doctora viene a unirse ejemplarmente a los trabajos de investigación que yo denomino incitans y fundans, esto es, que sirven de espuela para incitar a otros y de fundamento para el conocimiento de las materias objeto de su investigación. Sin que nunca se deba olvidar su objetivo esclarecedor: así la Doctoranda, con mucho juicio, nos aclara el porqué de la mayor publicación de trabajos cardiológicos, el porqué de la abundancia de trabajos firmados por varios autores, el porqué de la carencia de trabajos toxicológicos. Este es mi campo, y en él la felicito y felicito a su Director de Tesis incitándole a seguir fundamentando así la promoción de nuevas investigaciones...» El mismo clima entrañable recreó en la lectura y posterior ágape de la tesis del marido de mi hija, el médico Rafael Ramos Galea, de los que también tomó parte. Se sentía feliz durmiendo entre los históricos muros del pinciano Colegio Mayor de Santa Cruz. Incluso me manifestó su deseo de participar en la lectura de futuras tesis de otros hijos. Aunque sin su presencia física, seguiremos en adelante teniendo presente su humanidad y su magisterio. Recuerdo agradecida el amigable y cordial trato que Agustín me brindó, su asiduo consejo en mi hacer profesional y también el haberme pedido determinadas ayudas en ciertas ocasiones, hecho que me llenaba de satisfacción. Siempre recordaré sus bromas efusivas y continuada ironía. Así mismo las «puestas al día» sobre sus afanes, trabajos en curso y «D. Pedro» principalmente, que tenía la generosidad de hacerme en nuestras largas conferencias telefónicas de los últimos años. Ma Gloria GARCÍA DEL CARRIZO SANMILLÁN Valladolid, diciembre 2002
RESUMEN: Debido a su condición geoestratégica de retaguardia durante la Guerra Civil española, el País Valenciano se convirtió en una de las zonas republicanas que acogieron mayor número de refugiados, entre ellos muchos niños. El Estado republicano se mostró del todo incapaz de afrontar los retos derivados de esta crisis demográfica y sanitaria e hizo un llamamiento en busca de ayuda. Una de las primeras agencias humanitarias transnacionales en responder fue la Religious Society of Friends del Reino Unido, más conocidos como el Friends Service Committee o simplemente los Quakers, una comunidad religiosa disidente fundada en Inglaterra en el siglo XVII. Durante la Guerra Civil, los cuáqueros impulsaron numerosas iniciativas de carácter humanitario en los dos bandos enfrentados, habilitando colonias agrícolas, talleres, cantinas y hospitales. Este trabajo analiza en profundidad el hospital infantil que los Quakers habilitaron en Alicante en septiembre de 1937 y que posteriormente fue trasladado al municipio de Polop de la Marina. Nos centraremos en aspectos tales como la ubicación y administración del centro sanitario, el tipo de pacientes que allí se atendieron, el personal sanitario que allí trabajó, la evolución del hospital a lo largo de la guerra y su recorrido tras la victoria franquista, así como la motivación que impulsó a los voluntarios británicos a promover ese proyecto y a llevarlo a cabo. Asimismo, reconstruiremos la figura y la trayectoria de Manuel Blanc Rodríguez (1899-1971), un pediatra desconocido por la historiografía, que asumió la dirección de ese hospital británico. En el caso de la Guerra Civil española, a la carestía padecida por la población civil se sumó el bombardeo aéreo y naval de las ciudades republicanas. Ante esta situación, el Gobierno republicano optó por trasladar a los refugiados a ciudades de retaguardia, como Valencia o Barcelona, siendo el contingente de niños el más numeroso 2. Esta medida con frecuencia supuso la dispersión del núcleo familiar y, en paralelo, la necesidad de dar acogida institucional a la infancia refugiada para satisfacer sus necesidades, a saber, educación, asistencia sanitaria y alimentación, además de alojamiento en condiciones adecuadas. La problemática de los niños refugiados en la guerra de España adquirió una gran proporción debido a la evolución militar y política de la contienda. Efectivamente, con cada victoria franquista el territorio de la República iba reduciéndose y, paradójicamente, iba recibiendo mayor número de refugiados. Las sucesivas derrotas sufridas por el ejército republicano hicieron que el Gobierno se viera desbordado por un problema cuya magnitud se acrecentaba de día en día (Fernández Soria, 1987, p. Con el fin de suplir las insuficiencias de los organismos oficiales, numerosas organizaciones humanitarias tomaron la iniciativa de socorrer a la población civil más necesitada. La ayuda que se destinó a la España republicana provenía de países democráticos -Francia, Reino Unido, EUA-cuyos gobiernos habían suscrito el Pacto de No Intervención (Alted Vigil, 2003, p. También se canalizó ayuda humanitaria, procedente de dichos países, hacia la España franquista, que respondía estrictamente a principios de independencia e imparcialidad: entre otras agencias, Save the Children International Union, el American Friends Service Committee (cuáqueros norteamericanos) y el Comité Internacional de la Cruz Roja (Pretus, 2015). Cabe apuntar que la zona nacional, además, recibió ayuda de voluntarios extranjeros, entre ellos rusos blancos, rumanos de la Guardia de Hierro y católicos ingleses e irlandeses, que se sentían plenamente identificados con la causa de los sublevados (Keene, 2001). En cualquier caso, la Guerra de España constituye, entre las dos guerras mundiales, un excelente laboratorio para estudiar la eclosión, el desarrollo y la actuación de numerosas organizaciones privadas dedicadas al socorro de las poblaciones civiles, en especial de los niños, víctimas de un conflicto que movilizó personal y recursos de numerosos países (Farré, 2014, pp. 87-119). Una de las primeras organizaciones en responder a la crisis humanitaria derivada del estallido de la guerra fue la Religious Society of Friends del Reino Unido, más conocidos como el Friends Service Committee o simplemente los Quakers. La historiografía sobre la ayuda humanitaria dispensada por los British Quakers durante la contienda española se ha incrementado notablemente en los últimos años. Al trabajo ya clásico de Jim Fyrth (Fyrth, 1986), hay que sumar aportaciones más recientes y centradas en diferentes ámbitos, como el caso concreto de Cataluña (Serra Sala, 2006), la colaboración de los cuáqueros con otros agentes humanitarios (Kershner, 2011; Palfreeman, 2014) o el fundamento religioso de sus iniciativas solidarias (Mendlesohn, 2002). Finalmente, en fecha muy reciente, han sido publicadas dos monografías que contienen abundante información sobre la ayuda humanitaria de los cuáqueros británicos durante la Guerra de España (Derby, 2015; Pretus, 2015). Sin embargo, la historiografía revisada comparte dos carencias que justifican nuestra aportación. Desde el punto de vista metodológico, tan solo una de ellas analiza fuentes depositadas en los archivos de las localidades españolas donde se establecieron los British Quakers; en segundo lugar, la bibliografía secundaria señalada se centra en la actuación de los voluntarios británicos en Cataluña, Almería y Murcia. Las razones son obvias: para el caso catalán, la cercanía de la frontera y la relativa tranquilidad durante gran parte de la guerra posibilitaron la implantación de numerosos mecanismos de protección a la infancia; para los casos de Almería y Murcia, la llegada masiva de miles refugiados tras la caída de Málaga en febrero de 1937. Sin embargo, la bibliografía crítica consultada trata con menor intensidad los pormenores del trabajo de los cuáqueros británicos en Alicante, una zona -al igual que las anteriores-situada en la retaguardia republicana durante la totalidad del conflicto y, por tanto, altamente receptiva a acoger toda suerte de iniciativas de carácter humanitario para acoger a la población refugiada. Efectivamente, Alicante absorbió en un segundo tiempo gran parte del aluvión de los refugiados malagueños, tras pasar estos por Almería y Murcia, así como grandes contingentes de población infantil evacuada de zonas de conflicto, muy especialmente de Madrid. El objetivo principal de nuestro trabajo es analizar la acción humanitaria -muy especialmente la vertien-te sanitaria-desarrollada por los cuáqueros británicos en Alicante; en concreto, abordaremos en profundidad el Hospital Infantil de Polop de la Marina. Asimismo, analizaremos la identidad y la trayectoria, así como el contexto en el que Manuel Blanc Rodríguez desarrolló su labor como director médico del hospital infantil. La metodología utilizada para alcanzar los objetivos propuestos se basa en el análisis y cotejo de documentos custodiados en la Friends House Library (Londres) y en la Marx Memorial Library (Londres), aunque también hemos consultado de manera tangencial documentos depositados en el archivo de la familia Young (Londres) y en la National Library of New Zealand (Wellington, Nueva Zelanda). Asimismo, se han realizado búsquedas en los archivos municipales de las localidades de la provincia de Alicante donde se tiene constancia de la presencia de los cuáqueros británicos y sus colaboradores durante la guerra (Crevillent, Benidorm, Elx y Alicante ciudad). Por otra parte, utilizaremos fuentes orales para intentar localizar el edificio que albergó el hospital en Polop de la Marina, así como para determinar si en el municipio persiste algún recuerdo del paso de las voluntarias británicas. Por otra parte, expondremos material fotográfico perteneciente al archivo personal de Mary Elmes, una voluntaria irlandesa que durante la Guerra Civil española trabajó en varias iniciativas humanitarias impulsadas por los cuáqueros británicos y que, como se verá posteriormente, dirigió el Hospital de Polop de la Marina. Se trata de las fotografías correspondientes -seis en total-a este centro contenidas en un álbum familiar (ver imagen 1), propiedad de sus hijos Patrick y Caroline Danjou-Elmes. No pretendemos aquí analizar dichas fotografías, ni contextualizarlas en la cultura visual del movimiento humanitario durante la Guerra Civil; se pretende más bien acercar al lector a algunos de los escenarios descritos y mostrar el aspecto de las protagonistas de los hechos que se narran a continuación. UNA APROXIMACIÓN A LA AYUDA SANITARIA TRANSNACIONAL A LA ESPAÑA REPUBLICANA DURANTE LA GUERRA CIVIL Cuando la Guerra Civil estalló, se hizo necesaria la reorganización de los servicios sanitarios, tanto en los frentes de guerra como en la retaguardia. Ante la incapacidad del gobierno de la República para acometer en solitario este reto, el 26 de julio de 1936, hizo una llamada mundial para recibir ayuda. Una de las primeras agencias humanitarias en responder fue el Friends Service Council del Reino Unido, más conocidos como Quakers (cuáqueros en castellano). Como es conocido, el cuaquerismo es una doctrina religiosa disidente de la Iglesia anglicana fundada por George Fox (1624-1691). Entre la trayectoria histórica de los Quakers cabe destacar el antiesclavismo, el antibelicismo, la objeción de conciencia y la asistencia sanitaria en conflictos bélicos, tanto en primera línea como en la retaguardia (Van Etten, 1938, pp. 11-12; Kershner, 2011, pp. 7-15). Desde 1931 existía un proyecto del Friends Service Council (a partir de ahora Imagen 1. El álbum de Mary Elmes contiene numerosas fotografías que reflejan la labor humanitaria de los cuáqueros en la España republicana (izquierda). El apartado dedicado al Hospital de Polop de la Marina es especialmente amplio (derecha). FSC), de crear en España un centro cuáquero internacional. Con esta intención y al amparo de la libertad de culto que ofrecía la Constitución republicana, en 1936 el matrimonio integrado por los cuáqueros británicos Alfred y Norma Jacob se trasladaron a España 3. El golpe militar de julio alteró profundamente el proyecto inicial, priorizando la ayuda humanitaria. En un primer momento la labor del FSC se centró en Catalunya, un territorio alejado de los frentes de guerra y que empezaba a recibir grandes contingentes de población refugiada. Además de en Cataluña, el FSC centró sus esfuerzos en Almería, Murcia y Alicante habilitando y gestionando varios hospitales infantiles. El FSC intentaba así dar una respuesta asistencial a la crisis demográfica y humanitaria que se produjo tras la entrada en Málaga de las tropas italianas el 8 de febrero de 1937. Efectivamente, la caída de Malága provocó uno de los mayores éxodos y crímenes contra la población civil de la Guerra Civil española (Bethune, 1937; Bethune, 2012; Majada Neila, 2014). Menos conocido que el éxodo que supuso la Retirada y que el crimen cometido en Gernika 4, la estampida humana a lo largo de la carretera Málaga-Almería afectó a unas 100.000 personas, de las que más de la mitad eran mujeres y niños y entre las que se encontraban 40.000 soldados republicanos en retirada. Muchos refugiados malagueños continuaron su exilio hasta Valencia, Barcelona y llegaron a la frontera francesa. Así, sabemos que de los 600 refugiados que había en 1937 en Puigcerdà y su comarca (La Cerdanya, Girona) 264 procedían de Málaga y su provincia 5. Durante el éxodo muchas familias malagueñas habían sufrido la dispersión de su miembros, por lo que en Puigcerdà se articularon mecanismos para su reagrupamiento, como las noticias en publicaciones periódicas 6. Los campos del sur de Francia fueron el destino final de muchos refugiados malagueños 7. La primera respuesta de carácter humanitario vino de la mano de Sir George Young (1872-1952), aristócrata, diplomático y filántropo británico. Con una capacidad para 25 niños, abrió sus puertas el 21 de febrero de 1937, tan solo unos días después de la caída de Málaga. En un primer momento, la financiación del hospital de Almería corrió a cargo de Young y de los cuáqueros británicos, cuyos recursos, sin embargo, eran limitados. Por ello a finales de 1937, los cuáqueros norteamericanos (American Friends Service Committe o AFSC) asumieron la gestión del hospital a través de la trabajadora social Esther Farquhar 8. En abril de 1937, la colaboradora del FSC Francesca Wilson llegó a Murcia 9. Como consecuencia de la caída de Málaga dos meses antes y saturada Almería, la ciudad del Segura acogía a miles de refugiados en varios refugios en condiciones infrahumanas (hacinamiento, falta de alimentos y de higiene...). Muchos de ellos eran niños que necesitaban asistencia sanitaria, pero el Hospital Provincial de Murcia estaba colapsado por la masiva afluencia de soldados heridos. En este contexto, Wilson propuso a Sir George Young la habilitación de un hospital infantil, que finalmente quedó instalado en una villa cercana a la universidad. La cuáquera norteamericana Emily Parker 10 consideraba que el Hospital Infantil de Murcia había servido para proporcionar, incluso al personal médico local, un concepto nuevo de la atención pediátrica. Las enfermedades más frecuentes tratadas en este hospital fueron sarampión, fiebre tifoidea, meningitis y difteria, aunque las medidas preventivas y terapéuticas instauradas se mostraron eficaces y no hubo ningún caso de contagio nosocomial (Palfreeman, 2014, pp. 176-190; Derby, 2015, pp. 58-92). También se dieron casos de tuberculosis y de tos ferina 11. Cuando las tropas de Franco entraron en Murcia en abril de 1939, el personal del hospital hizo saber que su intención era permanecer allí y seguir asistiendo niños bajo el nuevo Régimen, lo que no fue permitido. La nueva dirección (en manos de una falangista) pronto insistió en la clausura del centro, lo que tuvo lugar el 20 de mayo de 1939 12. Los niños -la mayoría muy enfermos-fueron enviados a sus casas; unos pocos de ellos fueron remitidos al colapsado Hospital Provincial, donde fueron atendidos por monjas. Al finalizar la contienda, los cuidados de enfermería en los hospitales, en su mayoría, fueron asumidos de nuevo por las órdenes religiosas tal y como había sido habitual en España (López Vallecillo, 2016, pp. 368-369, 435-436). Además de los hospitales infantiles de Almería, Murcia y Alicante, la ayuda humanitaria habilitó en la zona republicana una serie de hospitales militares. Así, entre abril y octubre de 1937 se instaló en el edificio de la Escuela Industrial de Alcoi (Alicante) un hospital militar que fue financiado íntegramente gracias a la ayuda desinteresada de miles de ciudadanos suecos y noruegos. El llamado «Hospital Sueco-Noruego» llegó a tener 700 camas y estuvo gestionado por una treintenta de voluntarios escandinavos (Beneito Lloris, 2016). El hospital de Alcoi tuvo una estrecha relación con el Hospital Militar Internacional instalado en la vecina localidad de Ontinyent (Valencia). Efectivamente, durante la Guerra Civil funcionó un hospital militar que se habilitó en las dependencias del colegio de La Concepción, que los padres Franciscanos habían regentado en Ontinyent. La elección del emplazamiento no fue casual, dado que Ontinyent estaba situado en la retaguarda republicana y, más importante, estaba bien comunicada gracias a la vía férrea Valencia-Xàtiva-Alcoi. La habilitación del hospital respondió a una iniciativa del Partido Obrero Belga (de tendencia socialista), que contaba con el apoyo de la Internacional Socialista Obrera. Allí trabajaron médicos y enfermeras de diferentes nacionalidades, la mayor parte de las cuales eran judías de origen centroeuropeo que residían en Bélgica. Sorprendentemente, uno de los objetivos de este establecimiento era continuar como hospital civil tras la guerra. Sin embargo, al finalizar el conflicto el hospital acogió a prisioneros heridos y, a finales de 1939, el edificio fue recuperado por los Franciscanos y se volvió a transformar en escuela religiosa (Torró Martínez, 2016, pp. 327-344). Por otra parte, desde Estados Unidos, el Medical Bureau to Aid the Spanish Democracy impulsó la habilitación y gestión de tres hospitales en la retaguardia de Madrid, donde trabajaron cirujanos como Edward H. Barsky y Parker Goland. En estos hospitales se atendieron gran cantidad de heridos con fracturas craneales 13. En la primavera de 1937 el Medical Bureau estableció una unidad neuroquirúrgica integrada por tres médicos y cuatro enfermeras en el hospital de las Brigadas Internacionales de Benicàssim, Castellón (Casañ, 2006, pp. 161-198), pero en agosto se trasladó a Valencia y se instaló en el Hospital Militar Base (Coni, 2008, pp. 130-131), habilitado en el edificio de la nueva Facultad de Medicina (García Ferrandis, 2015, pp. 277-278). Finalmente, los británicos contribuyeron a la habilitación de una red de hospitales en la retaguardia republicana, entre los que conviene destacar los denominados «hospitales británicos» de Huete (Cuenca), Uclés (Cuenca) y Valdeganga (Albacete). Habilitados geoestratégicamente, disponían de acceso directo a la vía férrea Madrid-Cuenca y a la carretera Madrid-Valencia, por lo que cubrían la retaguardia de los frentes de Extremadura, Guadalajara y Madrid (Palfreeman, 2016, pp. 305-326). EL HOSPITAL INFANTIL DE POLOP DE LA MARINA Y LA DESCONOCIDA FIGURA DE MANUEL BLANC RODRÍGUEZ (1899-1971) Conviene recordar que tras la ocupación militar de Málaga el 8 de febrero de 1937 se produjo un gran éxodo de población civil hacia las provincias vecinas de Almería y Murcia. El número de refugiados fue tan elevado que gran cantidad de ellos siguieron desplazándose hacia el norte hasta llegar a la provincia de Alicante. Así describía la situación la prensa de la época: Cuando el éxodo que siguió a la toma de Málaga trajo hasta Alicante a muchos millares de mujeres y niños, la provincia acogió a los refugiados con los mismos brazos abiertos y cordiales con que había ya recibido a los evacuados de Madrid y de otras poblaciones 14. En efecto, entre la documentación consultada hemos encontrado numerosas evidencias de la llegada de los refugiados a diferentes localidades alicantinas, que tuvieron que dar acogida a los desplazados. En Crevillent el ayuntamiento habilitó varias colonias y cantinas escolares para los niños refugiados 15. Asimismo, Francesca Wilson estableció una colonia agrícola en el paraje de «Los molinos» con el fin de acoger a los hijos de los combatientes del Norte. El ayuntamiento se comprometió a acondicionar los accesos a la colonia 16, que tenía capacidad para 500 niños (Mendlesohn, 2002, p. En Elx también se habilitó una colonia infantil de gestión municipal que, en abril de 1937, acogía a 102 niños 17. En Benidorm funcionaron al menos dos colonias escolares, una fundada por el ayuntamiento 18 y otra fundada por Wilson en agosto de 1937 (Mendlesohn, 2002, p. Es en este contexto de una provincia de Alicante sometida a una intensa presión demográfica en el que conviene enmarcar la habilitación de un hospital infantil. Efectivamente, los cuáqueros, además de haber fundado los hospitales infantiles de Almería y Murcia, instalaron otro hospital de esas características en la ciudad de Alicante, que abrió sus puertas el 1 de septiembre de 1937 20. La idea inicial era poder atender las necesidades asistenciales de los miles de niños refugiados que había en Alicante tras los acontecimientos de Málaga; sin embargo, dado que la ciudad no disponía de un hospital infantil, la intención del FSC era que este centro sanitario continuara funcionando al finalizar la guerra 21. Sabemos que el centro quedó instalado en una clínica privada de Alicante perfectamente equipada que había sido inaugurada poco antes de la guerra, aunque desconocemos con exactitud dónde se instaló. Siguiendo los antecedentes de Almería y Murcia, los cuáqueros debieron presentar su proyecto de hospital infantil a las autoridades republicanas locales quienes, tras el visto bueno, proporcionaron a los británicos un edificio donde instalar el centro sanitario y destinaron allí a un médico español. En el caso de Alicante, la subsecretaria de Sanidad nombró médico director del «Hospital Inglés de Niños» al «especialista en enfermedades de la infancia» Manuel Blanc Rodríguez 22. Por motivos que desconocemos -quizá el simple hecho de estar de vacaciones-, el estallido de la Guerra Civil sorprendió a Manuel Blanc en Alicante. En fecha tan temprana como el 22 de julio su hermano Gabriel fue asesinado. Este hecho, junto con sus conocidos antecedentes derechistas y católicos, hizo que buscara y encontrara refugio en una finca propiedad del Dr. Tapia. Manuel Tapia Martínez (nacido en 1895) era doctor en Medicina por la Univeridad de Madrid (1918) Posteriormente, Manuel Blanc trabajó en el Hospital de la Cruz Roja de Alicante bajo la tutela del Dr. Ruzafa, pero en mayo de 1937 fue expulsado cursándose contra él una orden de detención. Junto con un sacerdote, fue alojado -seguramente escondido-en casa de su benefactor, el Dr. Ruzafa. Asistió al hijo de Jesús Monzón (1910-1973), gobernador civil de Alicante por el PCE, «y aprovechó esta circunstancia para interceder por personas perseguidas por los rojos» 26. Nuestra hipótesis es que Blanc «aprovechó esta circunstancia» en favor de su propia seguridad, ya que Monzón, en agradecimiento, habría intercedido ante las autoridades sanitarias republicanas para que Blanc fuera nombrado médico director del «hospital inglés de niños» de Alicante y para que el establecimiento fuera convenientemente abastecido (Martorell, 2000, p. Según esta hipótesis, trabajar para los niños de la República se habría convertido en el seguro de vida de Blanc, lo que, por otra parte, no impidió la incautación de su domicilio y su clínica particular en diciembre de 1937, según consta en su expediente custodiado en el Colegio Oficial de Médicos de Alicante. Asimismo, Blanc fue durante la guerra el responsable de la Gota de Leche de Alicante 28, que había sido trasladada temporalmente a San Juan y recibía el apoyo financiero del National Joint Committee británico 29. Elmes había nacido en Cork (República de Irlanda) y había estudiado literatura moderna española y francesa en el Trinity College de Dublín, y relaciones internacionales en la London School of Economics. Por tanto, Elmes «estaba extremadamente capacitada y hablaba español a la perfección pero no era enfermera» 30. El conocimiento del castellano y sus habilidades de gestión y organización le hicieron viajar a España de la mano de Sir George Young, aunque como trabajadora contratada por el FSC (Finn, 2017, pp. 37-78). Después de trabajar en el Hospital Infantil de Almería, pasó al de Murcia, posteriormente al de Alicante y finalmente al de Polop de la Marina (a partir de ahora Polop). Tras acabar la guerra de España, pasó al sur de Francia donde gestionó la ayuda humanitaria destinada a los niños españoles y judíos internados en los campos de refugiados del sur de Francia. En 2013, su figura fue reconocida oficialmente por el Yad Vashem, en Israel, con el título de "Justa entre las Naciones" 31. A finales de 1937 el Hospital Infantil de Alicante acogía a unos 30 niños enfermos de fiebre tifoidea, de sarna, de tiña y de tuberculosis; asimismo, todos ellos estaban malnutridos (Mendlesohn, 2002, p. Además de Elmes, el personal del hospital estaba integrado por dos enfermeras británicas. La documentación prueba que una de ellas era Ann Hathaway 32. Tras los intensos bombardeos que sufrió Alicante durante la primavera de 1938, los cuáqueros se dieron cuenta de la necesidad de trasladar el hospital desde Alicante a un emplazamiento más seguro, lo que finalmente tuvo lugar el 11 de junio de 1938 33. El centro sanitario quedó instalado de manera provisional en el Hotel Mediterráneo de San Juan, un pequeño pueblo marinero situado a 10 km de Alicante. Por aquel entonces el hotel funcionaba como colonia para niños sanos, lo que resultaba incompatible con la acogida de niños enfermos. Otras dificultades añadidas fueron la mala calidad del agua potable y la necesidad de lavar la ropa con agua del mar. Después de barajar distintos emplazamientos, los cuáqueros optaron por trasladar definitivamente el hospital a Polop, un pequeño y tranquilo pueblo rodeado de montañas situado a unos 50 km de Alicante 34. Así lo explica Dorothy Morris, enfermera neozelandesa destacada en el Hospital Infantil de Murcia: «ellos [los cuáqueros] habían habilitado un magnífico hospital en Alicante pero los bombardeos les obligaron a trasladarlo a un pueblo del interior montañoso, remoto pero muy bello» 35. El traslado tuvo lugar el 18 de julio de 1938 36 y el hospital quedó instalado en una finca de veraneo que había sido abandonada por su propietario al comienzo de la guerra 37, un comerciante de pescado que «había huído a un lugar más apropiado para ricos» 38. A nuestro juicio, estas palabras de la enfermera británica Dorothy Litten bien pudieran responder a la hipótesis de que muchos cuáqueros británicos y sus colaboradores se sentían a título personal más cerca de la causa republicana pese a la neutralidad oficial de la agencia humanitaria (Mendlesohn, 2002). En el marco de nuestra investigación hemos localizado el edificio que albergó el hospital durante la guerra, gracias a las fotografías del archivo personal de Mary Elmes que reconocieron algunos vecinos del pueblo (ver imagen 3). Actualmente, el edificio pertenece a una familia de Madrid que lo utiliza ocasionalmente como segunda residencia 39. Según el testimonio de unos ellos, en dicho edificio vivían «unas mujeres extranjeras vestidas con una larga bata blanca» 40. Instalado en Polop, el hospital siguió bajo la administración de Mary Elmes y bajo la dirección médica de Manuel Blanc Rodríguez 41. Pese a la situación personal del pediatra, todo apunta a que desarrolló su labor médica con gran profesionalidad y dedicación. Las siguientes palabras de Mary Elmes así parecen confirmarlo: Querida Rose, ¿Te he hablado alguna vez de Palmira? Era una encantadora niña de 21 meses de edad que fue herida en el bombardeo del mercado de Alicante en 1938 (...). La criatura sufrió una gravísima lesión en una pierna, de tal manera que el pie quedó colgando únicamente sostenido por unas tiras de piel. El cirujano que la atendió en primer momento optó por la amputación del pie. Afortunadamente, el médico de nuestro hospital -que era pediatra-se opuso y trasladó a la niña a nuestro hospital. Allí convaleció con la pierna inmovilizada durante tres meses. Tras este período fue capaz de levantarse y empezar a dar pequeños pasos con normalidad. Fue un triunfo del Doctor Blanc y de las enfermeras inglesas, quienes deberían recibir un reconocimiento por su dedicación y paciencia (...) 42. En su carta Mary Elmes se refiere al brutal bombardeo que sufrió el mercado central de Alicante el 25 de mayo de 1938 y que ocasionó más de 300 muertos, la mayoría mujeres y niños. En el archivo personal de Mary Elmes existe una fotografía donde se observa a Palmira con su pierna derecha vendada, una vez evacuada al Hospital Infantil de Polop. La fotografía (ver imagen 4) está fechada el mismo día del ataque, lo que reforzaría la idea un diligente y resolutivo Manuel Blanc. Blanc recogía a determinados niños procedentes de los distintos refugios de la costa de Alicante y los llevaba él mismo en coche al hospital de Polop dos veces a la semana. El resto de días o en caso de urgencia existía la posibilidad de llamar al médico titular de la localidad 43. En general, los niños trasladados a Polop estaban muy pálidos y, día a día, mejoraban gracias al sol y al aire puro de las montañas. Todos ellos estaban demacrados y envejecidos a causa de la malnutrición. Edificio en Polop de la Marina en el que se instaló el hospital infantil: aspecto durante la guerra y en la actualidad. Fuente: archivo de Mary Elmes (izquierda) y archivo de Bernard Wilson (derecha). Aunque algunos niños llegaban en unas condiciones médicas de extrema gravedad y morían, la mayoría simplemente necesitaban una buena alimentación y un estilo de vida de acuerdo a su edad. El tipo de paciente que Blanc trasladaba a Polop era reflejo de las penurias que se sufrían en la retaguardia: dos de los niños habían sido víctimas de los bombardeos de Alicante de final de mayo. Otros estaban afectados por enfermedades carenciales (ver imagen 5). En un caso se trataba de un niño llamado Rafaelito que había sido encontrado vagando solo por las calles de Alicante. Era tan pequeño que no sabía ni su nombre y llegó al hospital en muy malas condiciones: afectado de escorbuto, presentaba una malnutrición tan extrema que le impedía si quiera mantenerse de pie. Cuando mejoró, pasó a comer en la mesa con el resto de niños pero, en una clara evidencia de falta de hábitos de alimentación, no sabía utilizar la cuchara. Los casos de niños deambulando solos por las carreteras y las calles, que Dorothy Litten asociaba a la huida desesperada y precipitada de grandes masas de población 44, eran frecuentes. Estos casos se dieron en la trágica huida de Málaga, en la Retirada (Kershner, 2011, pp. 88-89) y en la evacuación de las colonias infantiles de Puigcerdà a Francia (Finestres, 2012, p. Otro tipo de enfermos cuyo manejo resultaba especialmente díficil eran aquellos afectados por enfermedades infecciosas. En una ocasión Manuel Blanc ordenó el ingreso de un niño llamado Ángel. Ante un posible diagnóstico de difteria, los respon-Imagen 4. Mary Elmes sosteniendo en brazos a la pequeña Palmira herida. Niños acogidos en el hospital de Polop de la Marina. sables tomaron medidas para evitar el contagio de unos 30 niños, por lo que Ángel y los dos niños que dormían a su lado fueron aislados en una pequeña habitación. El aislamiento no fue suficiente y se declararon otros casos, aunque finalmente la infección fue controlada gracias a la aplicación de suero antidiftérico. En cuanto al personal español, además del médico, el hospital contaba con seis auxiliares de enfermería, un portero, un cocinero y una o dos personas encargadas de la limpieza 45. Por su parte, el personal de enfermería británico durante el tiempo que el hospital estuvo en Polop estuvo integrado por Rachel Marshall, Dorothy Litten, Marjorie Kent e Irene Callon 46. En realidad no eran cuáqueras, sino personal sanitario cualificado contratado por el FSC para trabajar en los hospitales de Almería, Murcia y Alicante (Mendlesohn, 2002, p. Cabe señalar que no todas las enfermeras coincidieron en el tiempo, ya que el FSC tenía establecido un sistema de rotación y uno de descanso en forma de vacaciones pagadas. Así, el personal del hospital de Polop fue destinado eventualmente a los hospitales infantiles de Murcia y Almería, y viceversa. El sistema de rotación no descartaba, incluso, el cambio de bando en conflicto. Por ejemplo, en mayo de 1938 el cuáquero californiano Clyde Roberts, que había trabajado en la administración del hospital de Murcia, sustituyó a su compañero Earl Smith, quien venía desempeñando su función en la España franquista 47. Las enfermeras contratadas por el FSC recibían un salario que normalmente se pagaba cuando las trabajadoras regresaban al Reino Unido. El salario consistía en 10 chelines a la semana durante los primeros tres meses y una libra semanal posteriormente 48. Además, estaba estipulado que cada trabajador destacado por su labor en España tuviera un mes de vacaciones por cada seis de meses de trabajo, remunerado con tres libras semanales 49. Por ejemplo, en noviembre de 1938 Mary Elmes se encontraba de vacaciones, período que aprovechó para desplazarse a Madrid al objeto de comprobar la situación de la población civil. En aquellos momentos Irene Callon asumió la administración del hospital de Polop mientras que Rachel Marshall desempeñó la labor enfermera, teniendo a su cargo a «33 o 34 niños, un número record en Polop» 50. Las enfermeras que durante su período vacacional no regresaban al Reino Unido tenían derecho a solicitar un permiso cuando, final-mente, regresaban a casa. Los responsables cuáqueros pensaban que «la razón de que dispongan de permisos vacacionales es permitirles descansar y recuperarse de la presión del trabajo en España» 51. El hecho de tener un salario y poder disfrutar de vacaciones pagadas no debería de hacernos dudar de la auténtica vocación, dedicación y profesionalidad del personal, convirtiéndolas en una suerte de «mercenarias del humanitarismo». Así, por ejemplo, Mary Elmes disfrutó de un permiso vacacional mucho más corto del que le correspondía y, además, pagó de su bolsillo los gastos que se derivaron 52. Conviene tener en cuenta, además, que el trabajo se desarrollaba en unas condiciones muy duras, tanto físicas (exceso de horas de trabajo, hambre) como psicológicas (bombardeos, gran responsabilidad, impotencia y rabia al ver morir a niños inocentes). Precisamente el objetivo del sistema de rotación y de vacaciones pagadas ideado por los dirigintes cuáqueros era minimizar el impacto psicológico en sus trabajadores. Nos consta que este procedimiento fue efectivo con alguna excepción, como el caso de Ann Hathaway. Hathaway empezó a trabajar como enfermera en el Hospital Infantil de Alicante nada más inaugurarse (septiembre de 1937) y renunció a sus vacaciones pese a la insistencia de los responsables cuáqueros. En marzo de 1938 presentaba un estado de agotamiento tal que fue considerada «no apta para el trabajo, tanto desde el punto de vista físico como emocional». Por este motivo, le obligaron a descansar unas semanas en un pueblo de Murcia, pero al cabo de poco tiempo manifestó su deseo de reincorporarse. Fue entonces cuando se decidió trasladarla al hospital de Almería; sin embargo, los responsables cuáqueros consideraron finalmente que Hathway «no disponía en absoluto de las habilidades emocionales que exige un trabajo de estas características» 53. Finalmente, Ann Hathaway fue repatriada al Reino Unido. La enfermera británica Dorothy Litten 54 había trabajado anteriormente como matrona en los hospitales que los cuáqueros tenían destacados en el Líbano y en Siria. En su camino hacia Polop, Litten aterrizó en el aeropuerto de Barcelona en medio de un bombardeo y pudo observar una columna de polvo y piedras que se elevaban hacia el cielo: era el verano de 1938 (Jackson, 2010, p. Dorothy Litten llegó a Alicante dos días antes del traslado del hospital a Polop. A su llegada al aeropuerto de Alicante, describe un «calor abrasador» y un control de aduanas «muy estricto». Al pasar por la ciudad camino de Polop, Litten se dio cuenta de que Alicante había sido bombardeada aquella misma mañana, viendo un barco medio hundido en el puerto y varios edificios en llamas. En el momento de la llegada de Dorothy Litten a Polop, el hospital acogía a 23 niños y la capacidad total del hospital rondaba las 40 camas 55. Litten llegó a Polop para relevar a Marjorie Kent, que se encontraba de vacaciones, haciéndose cargo de la dirección de enfermería. Durante su labor en el hospital, estuvo auxiliada por seis mujeres españolas, todas ellas refugiadas y sin una formación básica en enfermería. Esto obligó a Litten a supervisarlas constantemente, pese a la dificultad añadida de la diferencia de idioma. Determinados casos clínicos llamaban especialmente la atención de Dorothy Litten: El último ingreso se trata de un niño que sufre escorbuto y que tiene una enorme necesidad de afecto. Cada vez que me acerco a él, señala con sus brazos el lugar donde quiere que le traslade. La impresión que tengo es que está buscando algo, seguramente acaba de perder su familia (...). No le gusta estar en el interior del hospital, por lo que hemos instalado su cuna en el jardín para que no se queje 56. Efectivamente, el suave clima mediterráneo permitía colocar ocasionalmente las cunas y las camas en las terrazas exteriores del hospital (ver imágenes 6 y 7). La determinación y la entrega de Litten con los niños que atendía se hace patente al afirmar «son niños adorables, mucho más encantandores y menos tímidos que los niños ingleses o los sirios». Dorothy Litten redactó su informe una calurosa noche de agosto de 1938 cuando los niños dormían tranquilamente alejados de las bombas: «Estamos profundamente agradecidas por este oasis de paz. Este es el refugio que los Friends han hecho posible para niños que han perdido la seguridad de su propio hogar» 57. Pese a la tranquilidad del lugar, las enfermeras nunca olvidaron la guerra, ya que desde Polop cuando soplaba viento de levante se oían los bombardeos de las ciudades costeras; incluso en alguna ocasión divisaron los aviones de regreso a su base en Mallorca. Tras dos meses de trabajo en Polop, Dorothy Litten fue destinada al Hospital Infantil de Murcia y fue sustituida por Rachael Marshall. Polop también acogía gran número de mujeres y niños que habían sido evacuados de Madrid 58. Los muchachos más mayores ayudaban en las tareas del jardín y del campo plantando hortalizas y regando, ya que la finca donde estaba instalado el hospital disponía de dos balsas de riego. Cuando estaban llenas servían para lavar a los niños que estaban bien de salud antes de irse a dormir. Las tierras de la finca se habían dividido entre cinco agricultores que las cultivaban para ellos mismos 59, aunque recibían la ayuda de los niños más mayores. Dado que muchos niños mejoraban simplemente con una buena alimentación, se hizo necesaria la educación de los pequeños. Así, sabemos que los niños recibían, además de asistencia médica, ropa y juguetes, una instrucción elemental a cargo de dos maestros españoles (Mendlesohn, 2002, p. 57), como se puede apreciar en la imagen 8. Al igual que el resto de la retaguardia republicana, el hospital de Polop padeció la carestía de alimentos. En agosto de 1938 el hospital presentaba serios problemas de abastecimiento: varias toneladas de trigo enviadas desde América se habían extraviado y los suministros médicos solicitados en mayo todavía no habían llegado 60. Una mañana Dorothy Litten fue al mercado de Polop con Juan, un niño refugiado de Málaga. Llevaban un burro cuyas alforjas pretendían llenar con alimentos para los niños del hospital. Sin embargo, cuando llegaron al mercado tan solo había dos puestos que vendían unas pocas frutas y verduras. Cuando regresaron a la semana siguiente, ya no había nada disponible porque el Gobierno había fijado los precios tan bajos que nadie quería vender nada. Cuando Litten abandonó España en enero de 1939 en el mercado de Polop solo quedaban espinacas y, de vez en cuando, unas pocas naranjas 61. Esta situación de desabastecimiento de la población civil también fue descrita por Dorothy Morris: «estamos sufriendo un bloqueo y nos morimos de hambre; nosotros (los cuáqueros) somos los únicos que disponemos de leche y comestibles (...)» 62. Finalmente, el Hospital Infantil de Polop fue clausurado el 5 de mayo de 1939 63 en un contexto general de animadversión del nuevo Régimen hacia los cuáqueros y sus colaboradores. Tal y como recuerda Dorothy Morris, jefa de Enfermería del Hospital Infantil de Murcia: «Los nacionalistas (Franco) se han incau-tado de toda la comida y los suministros (a pesar de las promesas de hacer lo contrario) y han cerrado las cantinas y los hospitales de Murcia y Alicante» 64. Morris, amiga de Mary Elmes, con quien trabajaría posteriormente en los campos del sur de Francia, había visitado en varias ocasiones el hospital de Polop (Derby, 2015 pp. 74, 85, 86). El testimonio de Morris coincide con Jim Fyrth: «En junio de 1939 el FSC comunicó que toda evidencia del trabajo realizado por los cuáqueros en España había desaparecido prácticamente de la noche a la mañana» (citado en Palfreeman, 2014, p. Respecto de la suerte de los niños que se encontraban ingresados, sabemos por un oficio del alcalde de Alicante, dirigido al de la localidad murciana de Cieza, que: Sin embargo, los planes de Sir George Young para los hospitales infantiles de Murcia y Polop eran bien diferentes. Tras el final de la guerra, la vuelta a casa de los refugiados malagueños desde Murcia y Alicante, y la recuperación por parte de sus propietarios de los edificios que habían albergado los centros sanitarios, hizo que el diplomático británico ofreciera a los cuáqueros británicos su mansión en Torremolinos para acoger los equipos y los pacientes de ambos hospitales, asumiendo asimismo los gastos que se derivaran 66. Tanto la motivación del Friends Service Council para habilitar un hospital infantil como su ubicación no fueron casuales, más bien respondieron a criterios geoestratégicos. En primer lugar, fue instalado en la ciudad de Alicante como respuesta sanitaria a la crisis humanitaria que se produjo tras la entrada de las tropas italianas en Málaga en febrero de 1937, que provocó un éxodo masivo y dramático de la población civil, fundamentalmente ancianos, mujeres y niños. La inestabilidad del frente de Motril (Granada) -que parecía anunciar la inminente caída de Almería-y el insistente acoso bélico por mar y aire sobre esta población hizo que muchos refugiados andaluces continuaran huyendo, en primer lugar a Murcia y, posteriormente, a Alicante. Los bombardeos a que se vió sometida esta ciudad a partir de la primavera de 1938 obligó a los responsables del hospital a trasladarlo a un lugar más seguro, siendo Polop de la Marina el lugar adecuado. Los niños ingresados en el Hospital Infantil de Polop fueron fiel reflejo de las penurias por la que atravesó la zona republicana una vez se consolidó y se prolongó un escenario de guerra civil: traumatismos por los bombardeos, enfermedades carenciales debido a la malnutrición y enfermedades infecciosas como la difteria. Generalmente, tras un tratamiento adecuado y una alimentación saludable los pacientes se recuperaban rápidamente y pasaban el día jugando por los campos de la finca, e incluso tuvieron la posibilidad de recibir una instrucción básica tal y como evidencian algunas fotografías del archivo personal de Mary Elmes. Así pues, se puede apreciar como en este hospital infantil se conjugaron las tres facetas fundamentales del humanitarismo en tiempos de guerra: la asistencia médica, la provisión de alimentos y la educación. El Hospital Infantil de Polop compartió una peculiaridad con otros centros sanitarios habilitados por la ayuda transnacional (como el de Murcia y el de Ontinyent): su rápida clausura al terminar la guerra pese a la intención de sus responsables de su continuidad al finalizar la guerra. A nuestro juicio, convendría buscar motivos de carácter político y religioso, es decir, argumentos ideológicos a la hora de determinar su cierre; para el caso concreto del Hospital Infantil de Polop, conviene destacar que se había fundado y gestionado en una zona republicana de la mano de una organización extranjera protestante que, además, procedía de un país con una trayectoria democrática claramente consolidada. En un contexto de reconversión obligatoria de la población al catolicismo, la actividad pública de una confesión no católica como los cuáqueros resultaba inadmisible para un régimen que pretendía implantar una sola fe religiosa, con el fin de promover el pensamiento único sobre la base de eliminar cualquier discrepancia política o ideológica. Asimismo, existen indicios que permitirían entrever una cierta inclinación -en el contexto de la neutralidad oficial-de muchos cuáqueros y sus trabajadores hacia la causa republicana y las ideas socialistas. Por todo ello, las autoridades franquistas cerraron los hospitales de los cuáqueros a medida que las tropas iban entrando en las diferentes ciudades porque consideraban que los niños que allí se atendían eran "rojos". En los primeros compases del nuevo Régimen, la asistencia sanitaria infantil fue utilizada como correa de transmisión de los valores del nacionalcatolicismo, para lo que contaron con la complicidad de Falange (Auxilio Social) y de la Iglesia católica. Así, los hospitales infantiles habilitados por la ayuda transnacional fueron progresivamente clausurados, y los niños que allí se encontraban ingresados fueron remitidos a los viejos hospitales preexistentes antes de la guerra, bajo la tutela de la monjas, con el objetivo de adoctrinarlos a la vez que convalecían. Por tanto, todo parece indicar que la asistencia social (distribución de alimentos y de ropa) y la asistencia sanitaria infantil formaban parte de una estrategia para la legitimación del nuevo Régimen y que ambas se pusieron al servicio del nuevo Estado. La estrategia de consolidación del Régimen mediante la asistencia sanitaria continuaría tras la guerra, siendo el tifus exantemático paradigma de esta realidad (Jiménez Lucena, 1994, p. Por lo que respecta al director médico del Hospital Infantil de Polop, nuestra investigación ha rescatado la identidad, figura y trayectoria de Manuel Blanc Rodríguez. Pediatra domiciliado en Madrid, el estallido de la guerra le sorprendió en Alicante. Debido a sus antecedentes políticos y religiosos corrió toda suerte de infortunios que le debieron hacer temer por su vida. En un primer momento contó con la ayuda de su colega Manuel Tapia Martínez, uno de los salubristas más prestigiosos de los años 20 y 30. Posteriormente, su amistad con Jesús Monzón -miembro del PCE y gobernador civil de Alicante-impulsó su nombramiento como director del «hospital inglés de niños», cargo que le alejó de la escena política y, eventualmente, le puso a salvo. No hemos evidenciado, así pues, una motivación humanitaria en la decisión de Blanc, lo que no entraría en contradicción con su profesionalidad, entrega y dedicación a sus pequeños pacientes. Este trabajo se enmarca en el proyecto de investigación financiado por la Generalitat Valenciana "Ayuda sanitaria internacional durante la Guerra Civil española (1936-1939): el caso de los cuáqueros británicos" (GV/2015/013), y en el proyecto financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad (MINECO) "Acciones de socorro y tecnologías médicas en emergencias humanitarias (1850-1950): agencias, agendas, espacios y representaciones" (HAR2015-67723-P). Asimismo agradecemos a las siguientes personas la ayuda prestada para la elaboración de este trabajo: a Caroline y Patrick, hijos de Mary Elmes, por permitirnos el acceso y la reproducción del archivo fotográfico de su madre; a Bernard Wilson, por facilitarnos documentos custodiados en la Friends House Library de Londres; a Linda Palfreeman, por propor-cionarnos el manuscrito Six months in Southern Spain y documentos del archivo de la familia Young (Londres); a Mack Morum, por facilitarnos documentación custodiada en la National Library of New Zealand; al Colegio Oficial de Médicos de Alicante; y a los vecinos de Polop de la Marina, que nos han ofrecido sus testimonios personales. Una primera versión fue presentada en Ginebra el día 28 octubre de 2016 en el simposio internacional Warriors without weapons. Humanitarian action in the Spanish Civil War and the Republican exile, organizado con ocasión del 80° aniversario del comienzo de la contienda. En el XVII Congreso de la Sociedad Española de Historia de la Medicina celebrado en Sant Feliu de Guíxols (Girona) los días 15-18 de junio de 2017, los autores presentaron una comunicación que planteaba las dificultades metodológicas para abordar el hospital objeto de este estudio desde una perspectiva de género. La traducción de las citas literales del inglés al castellano ha corrido a cargo de Xavier García Ferrandis. Para conocer en profundidad la figura de Alfred Jacob y la labor del FSC en Barcelona, consúltese Mendlesohn, 2002, pp. 23-46. Según las diferentes fuentes consultadas el bombardeo de Gernika ocasiónó entre 120 y 300 víctimas mortales. Para saber más sobre la asistencia a los refugiados infantiles en Puigcerdà impulsada por la ayuda humanitaria transnacional, consúltese Finestres, 2012.
Con él se iniciaron diversos proyectos de colaboración con la misma. Empleando como principal fuente documentación procedente de los archivos de la OMS, me planteo cómo se desarrollaron dichas relaciones y cuáles fueron sus efectos sobre las dinámicas científica y profesional hispanas durante ese primer sexenio, teniendo en cuenta que el objetivo primario de la incorporación española fue de orden político. Ello no obstante, la colaboración con la OMS era conveniente para integrarse en las redes internacionales de producción e intercambio científico-médico, aunque en los primeros seis años sus efectos internos fueron escasos. La conciencia contemporánea acerca de la dimensión internacional de la salud, que ha tomado cuerpo en el concepto de salud global, nos exige que en la reconstrucción de las políticas científicas y sanitarias del franquismo haya que tomar en cuenta el peso que dichas relaciones tuvieron en la situación de España, algo que estaba ausente de la mas reciente monografía (Rodríguez-Ocaña y Martínez Navarro, 2008). La historia de la OMS fue, desde sus inicios, un foco de interés prioritario para la propia institución que ha ido publicando una serie informal recopilatoria de las actividades desarrolladas por decenios (OMS, 1958; OMS, 1968; Litsios, 2009Litsios, y 2012) ) o bien con motivo del cincuentenario de la misma (Hussein, 1998a; Hussein, 1998b). Este criterio cronológico responde también a los cambios en orientaciones, contenidos y programas del organismo internacional por lo que se ha mantenido en la historiografía (Roemer, 1993; Brown, Cueto y Fee, 2006; Brown, Cueto, 2011; Cueto, Brown, Fee, 2011). No existe en la bibliografía mundial, hasta donde hemos encontrado, ningún estudio sistemático sobre la relación de un determinado país miembro (no colonizado) con la OMS. ¿Qué implicaciones tiene la pertenencia a dicha organización internacional? La OMS ha sido considerada de forma genérica como una mas de las organizaciones tecnocráticas descritas por politólogos y sociólogos (Barnett y Finnemore 1999), a la vez que como una institución basada en la producción y diseminación de conocimiento, muy relacionada con el concepto de "comunidad epistémica" desarrollado por la sociología del conocimiento (Haas, 1992). Como tal, genera normas y estándares científicos y, a la vez, crea saber social, pues las normas incorporan, representan y dirigen tanto el orden natural como el orden social (Jasanoff, 2004). Así la OMS define, siguiendo la terminología de Barnett y Finnemore, tareas compartidas internacionalmente (como''salud"), crea y define nuevas categorías de actores, crea nuevos intereses para los actores (como "pro-moción de la salud") y sirve para transferir modelos de organización sanitaria de unas partes del mundo a otras. Sin embargo, pese a su importancia como una de las grandes agencias de las Naciones Unidas, que reúne hoy prácticamente a todos los países del mundo, son pocos los abordajes históricos que se le han dedicado y menos aún los que plantean la vertiente regional europea de la misma. Una reciente excepción es el proyecto de Steve Sturdy, Richard Freeman y Jennifer Smith (2013) sobre salud mental en la región europea de la OMS que matiza la dominante visión tecnocrática al plantear, desde un estudio empírico de caso, la importancia de la autonomía de los interlocutores frente al dirigismo tecnocrático de la OMS y concluyen, sin pretender universalizar sus hallazgos, que es necesario observar el modo concreto como se forma y trabaja la particular comunidad epistémica que proporciona, en cada caso, los nuevos conocimientos. La historia de la relaciones internacionales de España en el periodo contemporáneo cuenta ya con una estimable tradición que arranca de la década de los años 1960, cuando se amplió el horizonte desde una historia diplomática enaltecedora hasta los enfoques de un internacionalismo historiográfico con una estrategia intelectual más abierta al exterior (Quintana Navarro, 1996). Precisamente uno de los periodos que han concitado un mayor grado de interés es el correspondiente a la dictadura franquista (Pereira Castañares, Cervantes Conejo, 1990; Tusell, 1993; Sánchez González, 2015) 1, si bien en ningún caso se ha contemplado el estudio o análisis de la implicación de España en la OMS, salvo en la muy reciente aportación de Rosa Ballester (2016). Por esta razón, dentro de un equipo con miembros de las Universidades de Granada, Castilla-La Mancha, Alicante y Valencia hemos planteado el abordaje sistemático de la internacionalización de la sanidad española en la segunda mitad del siglo XX y la participación española en las comunidades epistémicas generadoras de conocimiento en el entorno de dicho organismo internacional 2. Empleando los resultados parciales que se van dando a conocer de este proyecto me propongo ofrecer una valoración provisional del primer periodo de colaboración entre España y la OMS. José Alberto Palanca fue el Director General de Sanidad del periodo mas duro del franquismo, quien lidió con la excepcionalidad epidémica de posguerra y quien estructuró administrativamente la sanidad pública en España a partir de la Ley de Bases de Sanidad Nacional de 1944 en medio de las estrecheces económicas de la autarquía. Fue también quien dirigió el acceso a la Organización Mundial de la Salud y el establecimiento de protocolos de colaboración con la misma. En lo que sigue, luego de una muy sucinta biografía del personaje, pasaré a contestar las siguientes preguntas: ¿Qué buscaba España al ingresar en la OMS? ¿Cómo se desarrollaron las relaciones entre la OMS y España?¿Qué efecto tuvieron sobre la dinámica profesional y científica de la medicina española? PALANCA, MILITAR, CONSERVADOR Y SANITARIO La guerra había acabado con una Jefatura de Sanidad civil en el bando vencedor, que sería renombrada como Dirección General al finalizar la contienda y que estaba ocupada por un militar médico de carrera, José Alberto Palanca Martínez-Fortún (1888-1973). Licenciado por la Facultad de Medicina de Granada, hizo carrera militar en el Ejército de África, ingresó en 1921 en el cuerpo de inspectores provinciales de Sanidad y, ya comandante médico, entró en la Universidad como catedrático de Higiene de Sevilla en 1923. De Sevilla fue trasladado a Madrid como Inspector provincial, mientras seguía ocupando puestos de responsabilidad en Sanidad militar, merced a un oportuno cambio en la legislación que permitió la movilidad forzosa de dichos puestos, por voluntad ministerial, en 1926 (Molero Mesa y Jiménez Lucena, 2000). Después de una estancia de seis meses en Estados Unidos e Italia, becado por la Fundación Rockefeller en razón a su peso político, como amigo del Dictador y futurible Director general de Sanidadpese a que en opinión del representante de la Fundación "no sabía prácticamente nada de salud pública moderna" 3 -llegó efectivamente a ocupar dicho puesto en el Gabinete Berenguer. Pero no mejoró un ápice su valoración ante la Rockefeller: "Bajo ninguna circunstancia [consideraríamos] financiar nada que estuviera dirigido por Palanca, porque sería tirar el dinero" 4. No está de más recordar que el siguiente enviado de la misma Fundación alabó como "centrista" a Palanca dentro del gobierno de Franco y negoció con él a partir de 1939 la reanudación de los acuerdos a través de sendos programas de colaboración sobre tifus y sobre alimentación (Rodríguez-Ocaña, 2014). Al producirse el alzamiento militar, Palanca se puso a las órdenes del General Mola, actuando como Jefe de Sanidad y Director General de Sanidad hasta julio de 1957 y presidente casi vitalicio de la Real Academia Nacional de Medicina (1953Medicina ( -1970Medicina (: falleció en 1973)). En el esquema administrativo franquista, su presencia simbolizó el control por el ala militar-católica de la parcela Sanidad, enfrentada a la falangista que dirigió Trabajo y Previsión. La confrontación fue notoria en cuestiones como el frustrado seguro contra la tuberculosis (Molero, 2001) y la gestión de la medicina del trabajo 5 y soterrada en cuanto concierne al seguro de enfermedad, mientras mantuvo su puesto político (Marset, Sáez y Martínez Navarro, 1995, p. Su sustitución conllevó la expresión pública del desbarajuste sanitario que vivía España a partir de la creación del Seguro Obligatorio de Enfermedad, si bien su figura resulta característica del político franquista. En palabras de Camilo Alonso Vega, el Ministro de la Gobernación que lo mandó sustituir, se distinguió por su "buena mano derecha y mejor mano izquierda... [atento a resolver rápidamente todos los problemas que] si no eran legales, eran morales, y si no tenían solución, se buscaba el aplazamiento adecuado" 6. LOS OBJETIVOS DE LA ESPAÑA DE FRANCO DE CARA A LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD Como ha explicado Rosa Ballester (2016), en línea con la historiografía contemporánea, el ingreso en la OMS era un paso necesario en la estrategia política del franquismo para conseguir superar su exclusión del concierto internacional acaecida con la derrota alemana en la II GM. Pero fue la situación política internacional, subrayada por la Guerra de Corea (1950)(1951)(1952), la que determinó la admisión de España en el sistema de Naciones Unidas, lo que no se produjo en un solo acto (Sánchez González, 2015; Rodríguez Martín, 2009). La Declaración política del Departamento de Estado sobre España de 26 de julio de 1948, donde se proclamó la voluntad de EEUU de incluir paulatinamente a España dentro del concierto económico y militar de los países occidentales abrió el camino 7. Luego que la Asamblea General en 4 de noviembre de 1950 acordara la retirada de las sanciones dispuestas desde 1946 y recomendara a sus diferentes ramas que aceptaran la entrada de España, comenzó un proceso de adscripción que duró hasta diciembre de 1955, cuando ingresó de pleno derecho en la ONU. La OMS solicitó la unión de España, que se culminó el 28 de mayo de 1951 con la ratificación por el Estado español de la Constitución de aquella, lo que significó su ingreso como 77o estado miembro en el organismo internacional 8 (OMS, 1951, p. Como explicó Palanca en el curso de la IV Asamblea Mundial de la Salud que aprobó su ingreso, España había mantenido una actitud de simpatía hacia la nueva Organización e incluso de cooperación en materia de información desde sus inicios (Ballester Añón, 2016, p. Este movimiento coincidió con la retirada de la OMS de los países del bloque socialista soviético (1949)(1950), que no se resolvería hasta 1955-1957, por lo que la admisión de España no dejaba de ser un movimiento de peones en el gran tablero de ajedrez de la Guerra Fría (Rodríguez-Ocaña y Porras Gallo, 2017). Muestra del significado político de dicho proceso la encontramos al analizar las intervenciones de Palanca ante las sucesivas Asambleas Mundiales de la Salud, el plenario legislativo de la OMS, o las de Gerardo Clavero ante el Comité regional europeo: prácticamente en su totalidad, cuando no se trataba de fórmulas de cortesía, eran mociones, reclamaciones o propuestas en relación con la situación colonial, en particular sobre el Protectorado español del norte de Marruecos. Por ejemplo, en la Segunda sesión del Comité regional (Lisboa, 1952) se reclamó contra la posible concesión de estatus de miembro a la zona internacional de Tánger, por ser perteneciente al territorio amparado por España. Y ante la VII Asamblea (1954) al hablarse sobre Marruecos, la delegación española insistió siempre en que se incluyera la mención entre paréntesis "protectorado francés" o español, en su caso, oponiéndose a que se empleara el nombre del país sin su subrayado colonial 9. Hemos de considerar que, al establecerse la distribución regional dentro de la OMS, Francia colocó a su colina marroquí en Europa, mientras que España decidió que su protectorado se ubicara en la región africana, ambos bajo el paraguas ad hoc para las colonias de "miembros asociados". La única intervención del delegado español en los comités regionales europeos después de la de 1952 fue en 1954, para proponer Madrid como sede de la reunión de 1956, cuando ya se habían presentado con la antelación y formalidad debidas las de Marruecos -zona francesa y Protecto-rado español. En 1956, precisamente, coincidió la muerte del primer director regional, Norman Begg 10 con la admisión de Marruecos, recién independizado, como miembro de pleno derecho de la Región Europea y la Comisión regional se reunió en Ginebra sin presencia española por primera vez desde su ingreso. Como imperativo de la propia idiosincrasia del Régimen que exaltaba la España Grande ("una, grande y libre" era la divisa de la España franquista), era preciso situar a España en buena posición en la carrera por el progreso tecnológico y científico mientras que de cara al interior "las tecnologías médicas [podríamos decir la medicina a secas] se convirtieron en uno de los recursos esenciales para vincular el régimen a los ideales de modernización y progreso" (Menéndez Navarro 2007, p. La necesidad del intercambio científico como vía de progreso en el campo médico había quedado establecida en nuestro país a lo largo de los primeros decenios del siglo XX gracias a la labor de la JAE, por lo que se refiere en particular al fomento de la investigación básica en las universidades, sustituida a partir de 1940 por un nuevo Consejo Superior de Investigaciones Científicas, mientras que en el terreno aplicado lo fue mas la actividad de la Comisión de Investigaciones Sanitarias republicana (CIS) y la voluntad de científicos como Gustavo Pittaluga (1876-1956), de quien hay que recordar, junto con su altura intelectual y su activo currículo como gestor de organizaciones sanitarias y periodismo científico, su papel de hombre-puente con la Junta de Sanidad Internacional (IHB) de la Fundación Rockefeller y la Organización de Higiene de la Sociedad de Naciones (Rodríguez-Ocaña, 2010 y 2013). La situación de España en el entramado científico mundial se había deteriorado sustancialmente tras las dos guerras, la interior y la mundial; a partir de 1942, una vez que abandonó España la Fundación Rockefeller a finales del año anterior, no tenía otros interlocutores que los que conformaban "el internacionalismo del Eje" (Brydan, 2016), si bien durante la segunda mitad de la década de 1940 las conveniencias británica y norteamericana mantuvieron vías de comunicación a través de actuaciones de la propia Fundación Rockefeller -cuyo director visitó España en febrero de 1946 11 -o el British Council. A partir del enunciado de la doctrina Truman que oficializó la guerra fría, estas se aceleraron y se acompañaron de la reinstauración de un sistema de becas al exterior por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores. Recuperar una situación de normalidad en los intercam-bios científico-técnicos con el mundo occidental fue, pues, otro de los objetivos implícitos en la entrada en la OMS. Los acuerdos de Ayuda Económica y Defensa Mutua firmados con EEUU en 1953 no sólo garantizaban la permanencia del régimen franquista, sino que incluían un apartado de colaboración en materia científica y técnica. Por otra parte, de cara al exterior se buscaba contribuir a la construcción de lo que ahora se llama "marca España", esto es ayudar a difundir una determinada imagen agradable de la España de Franco: como país pacífico, acogedor, culto, científico, moderno, imagen que contrarrestara la carga negativa que a los ojos del público de las democracias liberales guardaba un gobierno dictatorial. En esa línea hay que incluir la promoción de la celebración de eventos científicos internacionales, seminarios y congresos, en España, acometida con fruición por el franquismo. Una revisión catalográfica en REBIUN, completada con algunos hallazgos en otros fondos bibliotecarios pone de manifiesto que, entre 1945 y 1949, se celebró sólo una reunión internacional, hispano-portuguesa, de tema médico, número que ascendió a nueve entre 1950 y 1954, y a doce en el quinquenio siguiente 12. En conjunto, los Congresos de tema médico o veterinario supusieron el 16% (1/6), 47% (9/19) y 44% (12/27), respectivamente, de los celebrados en los tres quinquenios indicados y desde luego fueron la enorme mayoría de los de tipo científico. Pues bien, el despegue tecnocientífico era impensable sin conexiones internacionales, sin que España se integrara en las redes de producción e intercambio de conocimientos, instrumentos, normas y personas que resumía la existencia de la OMS. ¿CÓMO SE DESARROLLARON LAS RELACIONES ENTRE LA OMS Y ESPAÑA? Es habitual dividir en dos tipos las actuaciones emprendidas por la Organización sanitaria mundial para cumplir sus objetivos, acciones normativas y cooperación técnica. Las primeras tienen ámbito regional o universal mientras que las segundas implican a gobiernos o países concretos (Lee y Fang, 2013, p. La dimensión normativa incluye el estímulo a la formación especializada, mediante cursos en centros de excelencia, y la promoción de la cooperación interprofesional internacional, favoreciendo la celebración de congresos, coloquios y viajes de estudio, para los que se dotan becas, así como reuniones de expertos bajo diversos formatos cuyas conclusiones sirven de vademécum doctrinal. Las intervenciones técnicas exigen la petición de los gobiernos y se concretan en proyectos específicos. En lenguaje OMS "proyecto" era la unidad técnica administrativa de cierta prestación de servicios establecida a petición de un gobierno, compuesta de cuatro momentos estructurantes: la encuesta inicial, el examen epidemiológico, la ejecución y el análisis final (OMS, 1958, p. El primer paso consistía en el establecimiento de un Acuerdo de Cooperación, que recogía las responsabilidades de cada parte en el contrato y cuyo texto era sustancialmente el mismo para todos los países 14. Conversaciones, que todavía no conocemos en detalle, si es que conseguimos conocerlas alguna vez, celebradas a lo largo de 1951 entre la directiva regional de la OMS y el gobierno español, produjeron un Acuerdo de Bases de Asistencia Técnica, firmado en Madrid y Ginebra a finales de enero de 1952 (Ballester Añón, 2016) 15. A continuación se establecían acuerdos supletorios mediante la aprobación consensuada de sucesivos Planes de operaciones, donde se detallaban las fases y contenidos del proyecto concreto. Los dos primeros acuerdos supletorios fueron sobre enfermedades endemo-epidémicas, en particular, leptospirosis (Rodríguez-Ocaña 2017), brucelosis (González Hernández et al., 2018) y rabia (Báguena Cervellera y Mariño Gutiérrez, 2017) y sobre venéreas, en relación con la salud materno-infantil (Castejón Bolea y Rodríguez-Ocaña, 2017). Pero antes de la existencia de acuerdo formal alguno, España ingresó en el Programa de vigilancia mundial sobre Gripe, asignándose al laboratorio de virus de la Escuela Nacional de Sanidad el carácter de Centro Nacional asociado a dicho Programa (Ramírez Ortega y Porras Gallo, 2014). La Oficina Regional europea de la OMS encargaba a un experto o grupo de expertos, de su plantilla o consultores ad hoc, el asesoramiento a las autoridades locales, siempre decisivas, con actuaciones que incluían demostraciones técnicas o de laboratorio, clínicas y sobre el terreno, la celebración de reuniones con expertos nacionales y la realización de cursos. Los recursos materiales -financiación, mano de obra, locales -corrían a cargo de los gobiernos, si bien los de tipo más técnico eran completados por otra agencia asociada dentro del sistema de Naciones Unidas, como UNICEF, Asclepio. En general la existencia de un Proyecto implicaba alguna ausencia, teórica o material, en el funcionamiento diario de los servicios nacionales, que era reconocida como problemática por ambas partes, la local y la instancia internacional. Dicha ausencia era definida en términos normalizados por los cuadros y comités de expertos encuadrados dentro de la OMS, suministradores de una dirección técnica, que era la que presidía la transferencia científico-tecnológica. Por ello, la solicitud de ayuda representaba un arma de dos filos de cara a la imagen del gobierno, lo que nos lleva a pensar que sólo se realizaba cuando en el interior de la administración sanitaria existía una tendencia significativamente favorable; es decir, que existía alguna personalidad, grupo o institución influyente que viera su posición favorecida con y tras las aportaciones internacionales. Los consultores de la OMS enviaban periódicamente informes de la actividad en ejecución, tanto a los gobiernos locales como a su Organización, y estos constituyen las fuentes más importantes de que gozamos para su estudio, cuando disponemos de ellos. El gobierno español, en tiempos de Palanca, no hizo público ninguno. Las conversaciones para el establecimiento del acuerdo general sin duda incluyeron detalles y especificaciones sobre las áreas consideradas problemáticas. Entre 1951 y 1952 se produjeron las visitas de al menos cuatro enviados de la OMS, el director regional interino y tres consultores, un paludólogo, un experto en rabia y otro en venéreas, acompañados con el envío de un "lote importante" de fumigadoras para emplear con insecticida HCH, alternativa nacional al DDT, de procedencia igualmente suiza (Rodríguez-Ocaña, Perdiguero, y Ballester, 2003), envío de bibliografía actualizada a la Escuela Nacional de Sanidad y asignación de cuatro becas (OMS, 1952, p. En realidad, el proceso de negociación consistía en un acercamiento entre las partes para detectar los nodos significativos en el sistema, que eran las personas clave, capaces de garantizar el cumplimiento de los acuerdos, o al menos generar confianza en que harían lo posible por hacerlo. La importancia de los vínculos personales y complicidades amistosas con personas significadas de la administración sanitaria del país en cuestión es algo que se observa en la correspondencia del primer decenio de actividades de la OMS, pero que no he encontrado en la que se refiere a España, salvo en referencias a la exquisita cortesía y amabilidad de la recepción. Si se advierte, en cambio, la escasa coordinación que mostró la parte española, donde los diplomáticos del servicio exterior y los sanitarios de la Dirección General de Sanidad no parecían tener una comunicación fluida. De hecho, tanto en 1955 como en 1957, al poco de la sustitución de Palanca, personalidades responsables dentro de Exteriores solicitaron al cuartel general de la OMS una copia de todos los documentos enviados a España 17. Es significativa esta relación, tanto por lo que dice -la estrategia pronatalista parece ser la que rige-como por lo que falta en ella, pues se dejan fuera algunos de los mas importantes problemas de salud, por ejemplo el paludismo (bien que es cierto que se concedió alguna beca para viajes al extranjero y cursos) y la tuberculosis. Esta última fue descartada tras la visita del consultor Hood en 1952; el jefe de la sección correspondiente, J. McDougall 20, indicó en su momento que lo hacían por consenso entre las partes, no porque no fuera necesario sino a cambio de intervenir en zonas mas urgentes. Adviértase que tanto la lucha antipalúdica como la antituberculosa era ámbitos sensibles dentro de la Sanidad española del momento: una estaba personalmente encargada a Gerardo Clavero del Campo, el Director de la Escuela Nacional de Sanidad y máximo responsable de la investigación en salud pública, mientras que la otra, regida por su propio Patronato, gozaba, por su dimensión y presupuesto, de su propia autonomía. En el curso de su realización se producirían reiteradas visitas de consultores a España, el suministro de ciertos materiales y la dotación de becas para formación, asistencia a cursos, conferencias y coloquios. De forma paralela, se incorporó España al circuito de consultas de cara a las conferencias regionales (por ejemplo, en 1952 dos expertos en enfermería y educación sanitaria, respectivamente, vinieron para preparar próximas reuniones europeas) (OMS, 1953, p. 121), como tam-bién lo hizo, paulatinamente, al circuito formativo, de tal manera que centros nacionales recibirían cierto número de becarios OMS procedentes de terceros países a partir de 1955 (un becario italiano para estudiar la población de anófeles en Valencia, en 1955; sendos becarios de los territorios belgas y portugueses africanos para estudiar lepra; otro portugués para asistir a curso de venereología, en 1956; un becario de Marruecos en administración sanitaria y otro portugués para estadística sanitaria en 1957) y entró a formar parte de las sedes elegibles para la celebración de conferencias y coloquios: lo más significativo en este terreno fue la celebración del Seminario -la prensa lo denominó "Congreso"-sobre "Aspectos de las enfermedades producidas por virus y por rickettsias que interesan a los laboratorios de Salud Pública" que se reunió en Madrid en abril de 1956 a lo largo de diez días con participación de profesionales de 35 países 22. Por último, la OMS incorporó a un número de profesionales españoles a sus listas de expertos; entre los primeros estuvieron Eugenio Sellés Martí (1904-1997), Benigno Lorenzo Velázquez (1901-1985), José Gay Prieto (1905-1979), todos ellos catedráticos en Madrid a partir de 1940, o Gerardo Clavero del Campo (1895-1972), el director de la Escuela Nacional de Sanidad desde 1941, incorporando las funciones del Instituto homónimo que existía con anterioridad, como institución central para la investigación sanitaria. EFECTOS SOBRE LA DINÁMICA PROFESIONAL Y CIENTÍFICA DE LA MEDICINA ESPAÑOLA Estos apenas seis primeros años de relaciones con la OMS tuvieron un efecto limitado y localizado en las dinámicas profesionales y científicas sanitarias, porque se plantearon desde una perspectiva sanitarista muy concreta y por su extremado centralismo. En efecto, se trató sobre todo de reforzar la vertiente de laboratorio a través de dispositivos oficiales preexistentes, casos de la lucha antivenérea o la Escuela Nacional de Sanidad, donde ese fortalecimiento se logró andando el tiempo, con destacada participación y liderazgo de Florencio Pérez Gallardo (1917-2006) (Báguena Cervellera, y Mariño Gutiérrez, 2017; Porras Gallo y Ramírez, 2017; Báguena Cervellera y Mariño, 2016; Báguena, Porras y Caballero, 2014; Ramírez Ortega y Porras Gallo, 2014). En el terreno de la rehabilitación, la influencia exterior resultó un acicate fundamental para la implantación de alguna especia-lidad. Por otro lado, hay que consignar que sus primeros y principales beneficiarios fueron grupos, personas e instalaciones situadas en Madrid. Se consiguió el propósito de superar el aislamiento internacional, en el plano formal, con la entrada en la OMS, si bien España se incorporó con lentitud a la norma europea en cuanto a promotora y sede de reuniones internacionales. Las becas fueron concedidas en su mayoría a personas de los cuerpos de Sanidad Nacional, por lo que tendrían valor igualmente como premio al desempeño habitual. Esa condición de premio parece tener, igualmente, el acudir anualmente a la reunión del Consejo regional (Regional Committee, RC) europeo, pues en todos esos años no repitió nadie (Clavero RC2, Pastor Krauel RC3, Manzanares RC4, Pérez Gallardo RC5, nadie en RC6). Se hizo posible la circulación de las publicaciones de la OMS, como prueban las colecciones de la serie de Informes técnicos que se localizan en las bibliotecas universitarias españolas (Madrid, Barcelona, Valencia, etc.), lo que permitió un acceso a información doctrinal actualizada. El proyecto de lucha contra la sífilis congénita garantizó el funcionamiento de la escuela de especialidad en Dermatología y Venereología vinculada a la Facultad de Medicina de Madrid, creada sobre el papel en 1945. Los viajes a Europa, los cursos y la consulta regular de publicaciones fueron elementos necesarios para garantizar la incorporación española a los circuitos internacionales de comunicación y transferencia científicas, que no sólo se produjeron en el contexto de la vinculación con la OMS, sino también en el de los Acuerdos hispano-norteamericanos y en la gestión personal de muchos investigadores ambiciosos en el terreno profesional, con o sin aval oficial. El general Palanca, africanista, vino a ser destituido de la DGS justo después de la independencia de Marruecos y en los inicios de la guerra de Ifni. Su mano derecha en materias de investigación, Clavero, sin embargo, le sobrevivió en el puesto hasta 1965. Por lo que se refiere a las contribuciones españolas, no hay constancia de que nuestras más altas autoridades sanitarias desempeñaran rol alguno en el diseño o modificación de recomendaciones y políticas sanitarias de la OMS. No se les recuerda ninguna intervención en tal sentido. En cambio, existieron algunas contribuciones expertas, notablemente eficaces, las de Gay Prieto y Pérez Gallardo, que suscitaron reconocimiento: por ejemplo, cuando Gay Prieto abandonó, por jubilación, el panel de expertos en treponematosis, fue incorporado como consultor por el secretariado de la OMS. Las relaciones con la OMS se reforzaron notablemente en las dos décadas siguientes. En ellas, los mecanismos de comunicación iniciados durante este primer sexenio se perfeccionaron y ampliaron y varios de los proyectos iniciados alcanzaron sus mejores frutos, que confiamos seguir estudiando en próximos trabajos. Una versión preliminar de este trabajo se presentó en la Mesa redonda "La apertura internacional del régimen franquista: ¿obligación u oportunidad para la modernización del país?" celebrada en Ciudad Real el 15 de noviembre de 2017. 19 Ballester, Rosa y Rodríguez-Ocaña, Esteban, «"Nacidos demasiado pronto". La prematuridad en la agenda de la Salud Materno-Infantil de la OMS y el Plan de Operaciones para España (1954España ( -1964))», Simposio "Salud, Enfermedad y Fran-
A lo largo del Franquismo la discapacidad apareció inmersa en un complejo discurso en el que confluían, entre otras cosas, las ideas científicas, la sensibilidad hacia las personas portadoras de "deficiencias", el interés económico, y el adoctrinamiento político. El objetivo de este trabajo es analizar el componente "educativo" de este discurso y poner de manifiesto cómo dicho ingrediente no estuvo únicamente dirigido a mejorar las condiciones de vida de las personas catalogadas de "inválidas", sino que pretendió también obtener el compromiso, la colaboración y la complicidad del conjunto de la ciudadanía para establecer medidas destinadas a reducir el impacto negativo que, según se sostenía, provocaba la discapacidad. Así mismo, mostraremos cómo dicho discurso, que en ocasiones adquirió tintes propagandísticos, contribuyó a que en la España franquista creciese una forma de contemplar la discapacidad que no siempre fue favorable a los intereses de las personas con discapacidad. El cambio de régimen político operado tras el desenlace de la Guerra Civil española (1936)(1937)(1938)(1939) supuso la implantación en España de una dictadura que, como es sabido, además de generar un aparato burocrático destinado a promoverse y legitimarse, hizo de la defensa de la tradición y del catolicismo sus principales referentes. En el contexto de este "Nacionalcatolicismo" (Oltra y De Miguel, 1978, p. 53) el discurso sobre la discapacidad adquirió un carácter complejo (Martínez-Pérez y Del Cura, 2015). Sin duda, la propia estructura multifacética del fenómeno -en cuya composición intervienen como poco ingredientes sociales, culturales, económicos y científicos-contribuyó a que confluyeran en dicho discurso un flujo importante de ideas e intereses procedentes de distintos ámbitos. Políticos, economistas, médicos, juristas, religiosos, pedagogos, personas portadoras de "deficiencias" y familiares de estas últimas, participaron en la elaboración de una visión de la discapacidad, de lo que representaba y del modo de paliar sus efectos sobre la sociedad y los individuos, en la que ocupó un lugar destacado -tanto en el terreno teórico como en el de las ejecuciones prácticas-el deseo por "educar", por inculcar a la ciudadanía una cierta forma de interpretar la discapacidad y de reaccionar ante ella. El objetivo de este trabajo es analizar el componente "pedagógico" de este discurso, especialmente el emanado de las ideas y prácticas que los médicos y los poderes públicos sostuvieron acerca del fenómeno de la discapacidad. Pretendemos poner de manifiesto cómo esa labor "educativa" no estuvo únicamente dirigida a mejorar las condiciones de vida de las personas catalogadas de "inválidas", sino que persiguió también obtener el compromiso, la colaboración y la complicidad del conjunto de la ciudadanía a la hora de establecer medidas destinadas a reducir el impacto negativo que, según se sostenía, provocaba la discapacidad sobre la prosperidad de determinadas personas, de sus familias y de la colectividad. Así mismo, intentaremos mostrar cómo dicho discurso, que en ocasiones adquirió tintes claramente propagandísticos, contribuyó a que en la España franquista creciese una forma de contemplar la discapacidad que afectaba a la imagen social de las personas portadoras de lo que se consideraban como "deficiencias" físicas, sensoriales o intelectuales, y que contenía ingredientes no siempre claramente favorables a sus intereses. Al objeto de exponer lo que acabamos de plantear como objetivos fundamentales de este artículo, nos ocuparemos en primer lugar de examinar cómo la discapacidad encajó en el programa político del régimen franquista. A continuación, pondremos de manifiesto cómo las nuevas ideas que estaban promoviendo los expertos acerca del significado de la discapacidad, y el modo de gestionar los problemas que se consideraba que este fenómeno llevaba aparejado, e mpezaron a ser incorporadas a la acción desarrollada por el gobierno franquista, especialmente en el ámbito de la discapacidad física. En tercer lugar, exploraremos el modo en que estas ideas fueron trasladadas a la población mediante una acción de "educación sanitaria". Finalmente mostraremos cómo esta última contenía mensajes que, potencialmente al menos, podían perjudicar a las personas clasificadas como "incapaces". EL TRABAJO COMO VALOR Y LA DISCAPACIDAD COMO PROBLEMA EN EL "NUEVO ESTADO" Uno de los aspectos de la organización social a los que más relevancia otorgó el régimen franquista fue el del trabajo. En plena Guerra Civil, la actividad laboral fue ya objeto de regulación por parte del bando rebelde en una de las "leyes fundamentales" sobre las que se deseaba construir el "Nuevo Estado". El Fuero del Trabajo, centro propulsor del que irradió la política social del franquismo (González Sánchez, 1997, p. 117), concebía la actividad laboral como "la participación del hombre en la producción" al objeto de contribuir a su mantenimiento y desenvolvimiento como ciudadano y "al mejor desarrollo de la economía nacional" (Declaración I.1.) 1. Dicha participación se presentaba como "un deber impuesto al hombre por Dios" para el "cumplimiento de sus fines individuales y la prosperidad y grandeza de la Patria" (Declaración I.3.), y como un "deber social" que había de ser "exigido inexcusablemente" a "todos los españoles no impedidos" (Declaración I.5.). La importancia otorgada al trabajo, reconocido también como un derecho de los españoles, era además reforzada con la concesión de una importante ventaja para quien lo realizaba: el trabajo se consideró un "título suficiente para exigir la asistencia y tutela del Estado" (Declaración I.8. y I.6). En consecuencia, el nuevo régimen se comprometía a amparar al trabajador en el caso de que una desgracia le im-pidiera desarrollar su actividad laboral (Declaración II.1.;Declaración X.1.). Para cumplir con este compromiso el régimen aseguraba, lo que es muy relevante para nuestros objetivos, que se incrementarían, entre otros, los seguros sociales de vejez, accidentes de trabajo y enfermedades profesionales e invalidez (Declaración X.2.) La preocupación del gobierno totalitario por responder a esto último, se expresó tempranamente en el ámbito legislativo en relación con uno de los principales orígenes de la discapacidad: la siniestralidad laboral. En 1940, en el marco del Reglamento general de Seguridad e Higiene en el Trabajo 2, las nuevas autoridades mantuvieron vigente casi en su totalidad el contenido del texto refundido de la legislación de accidentes de trabajo que se había decretado en 1932 3. Esto último es relevante porque esta ley contemplaba algunas medidas significativas para el devenir de los trabajadores que, a causa de un accidente laboral, se convertían en personas con discapacidad. Además de establecer que, en caso de incapacidad permanente de la víctima, las indemnizaciones habían de ser abonadas en forma de renta (Cap. 21), la ley contemplaba su "readaptación funcional" (Cap. Esto representaba conservar un planteamiento que, especialmente durante el período de la dictadura de Primo de Rivera, había favorecido el desarrollo en España de actuaciones destacadas en relación con la recuperación de personas víctimas de accidentes laborales (Martínez-Pérez 2001, 2006b, 2009; Martínez-Pérez y Porras, 2006; Martínez-Pérez y Del Cura, 2013), y que implicaba aceptar que era posible transformar a una persona considerada como "inválida" para el trabajo en alguien apto para la actividad laboral. Con la ayuda de las nuevas técnicas procedentes de la medicina -quirúrgicas y rehabilitadoras, principalmente-era posible devolver o aproximar el cuerpo alterado por el accidente a la "normalidad" anatómica y facilitar así que, tras un proceso que incorporaba en ocasiones el aprendizaje de un nuevo oficio ajustado a su condición física, una persona pudiera convertirse otra vez en un trabajador, en aquello que ahora el franquismo prefería denominar "productor" (Ruiz Carnicer, 2004, p. No obstante, en los primeros años de la dictadura, este programa no se desarrolló en la práctica. La readaptación funcional se centró sobre todo en la fase de actuación médica, sin que encontrara clara continuidad en la etapa destinada a las actuaciones educativas. Este hecho se debió, en gran medida, a las dificultades que hubo tras la guerra para poner en marcha adecuadamente las instituciones en las que ese tipo de actuaciones se llevaban a cabo, pero también estuvo determinado por un cierto desaliento, presente ya durante la etapa republicana, acerca de la utilidad de esa fase en el proceso de reinserción de una víctima de la siniestralidad laboral en la tarea productiva. Una muestra significativa de ello es el hecho de que la institución que había representado de una manera más destacada esa orientación reeducadora dentro de nuestras fronteras -el Instituto de Reeducación Profesional (Bachiller Baeza, 1985)-, concedió entre 1940 y 1945 una posición dominante a la "sección médica" frente a las secciones a las que les estaba atribuida la parte destinada a reeducar y procurar la reinserción de las personas a la vida laboral: la "técnica" y la "administrativa" (Palacios, 1990; Martínez-Pérez, 2006a). El resto de medidas legislativas que se aprobaron estos primeros años, y que contemplaban intervenciones dirigidas hacia la discapacidad, no hicieron hincapié en el componente educativo (Martínez-Pérez y Del Cura, 2015, pp. 809-811). Ni siquiera la Lucha Sanitaria Nacional contra la Invalidez, aprobada en 1949 4, sirvió para impulsar de manera determinante en la práctica una forma de abordaje de la discapacidad en la que el componente reeducador ocupara un lugar relevante. Aunque en su preámbulo se reconocía que era "muy elevado" el número de "inválidos en la infancia y la juventud que con un tratamiento inmediato y vigilancia constante podrían ser recuperados, con gran ventaja para los intereses económicos de la nación y personal de los enfermos y familiares", y se hablara de la necesidad de "orientar y organizar la asistencia de inválidos en centros especializados", estos ciudadanos continuaron siendo un colectivo deficitariamente atendido y con escasa posibilidad de unirse a la población activa. La preocupación del gobierno por la discapacidad se centró fundamentalmente en la resolución de las anomalías corporales y el mantenimiento de un sistema de ayuda social expresado significativamente en el caso de las víctimas de la siniestralidad laboral (Martínez-Pérez, 2017). Hubo que esperar hasta la década de los 50 para que el régimen de Franco diera muestras de recuperar una concepción de la intervención sobre la discapacidad en la que la labor encaminada a capacitar a los individuos "inválidos" para aprender un nuevo oficio en función de sus deficiencias corporales se incorporara con fuerza al discurso que estamos analizando. En ella, nuevas técnicas, como la rehabi-litación o la fisioterapia, iban a encontrar cabida e iban a verse impulsadas 5. LA EMERGENCIA DE LA REEDUCACIÓN EN LA DÉCADA DE LOS CINCUENTA A finales de los cincuenta se consideró que la Lucha Sanitaria contra la Invalidez no estaba siendo eficaz (Piga, 1959, p. Por ello, con el aliento favorable que suponían los informes de las comisiones de organismos internacionales -especialmente de la Organización Mundial de la Salud-acerca de la rehabilitación (Brègain, 2018, pp. 114-163), y con las recomendaciones que algunos de los expertos que las componían hicieron tras visitar España (Aguila Maturana, 2000, p. En 1957 se publicó el decreto de creación del Patronato Nacional de Rehabilitación y Reeducación de Inválidos 6, en cuya denominación se dejaba ya constancia de la voluntad por incorporar elementos "educativos" al proceso de recuperación de las personas consideradas discapacitadas. Ya no se pretendía únicamente tratarlas clínicamente para dotarlas de "normalidad" corporal, sino que, como los términos "rehabilitación" y "reeducación" dejaban claro, se aspiraba a su "recuperación social y laboral" (Art.3). Este clima de cambio se expresó también de manera conspicua en el I Symposium Médico-Social dedicado a debatir sobre "Rehabilitación social del presunto inválido y Seguridad Social", que se celebró en Madrid entre los días 27 y 28 de marzo de 1958 organizado por el Instituto Nacional de Previsión 7. En esta reunión de trabajo, en la que participaron buena parte de los expertos que en ese momento tenían algún tipo de responsabilidad o relación con la asistencia a las personas con discapacidades, se pretendía buscar nuevas realizaciones que la mejoraran, introduciendo acciones "pre y postcurativas" que la complementaran. En ese sentido, se planteaba que la consecución de la rehabilitación y reeducación de las personas con discapacidad representaba un objetivo a alcanzar para las "nuevas y prometedoras etapas de la Seguridad Social Española" (Lamas, 1959, p. El nuevo modo de gestionar la discapacidad que trataba de introducirse en España se hizo patente du-rante el Symposium en el modo en que se emplearon los términos rehabilitación, reeducación y readaptación. Dichas palabras se utilizaron como sinónimos para hacer alusión al conjunto de actuaciones que debían permitir "reducir al mínimo las alteraciones que sufren las personas físicamente disminuidas y lograr el máximo de aptitudes físicas y mentales y su integración a la función social" (Bravo, 1959, p. La rehabilitación pretendía, por tanto, ir más allá de la mera curación de las lesiones. También buscaba su prevención y restituir las funciones corporales con el ánimo de poder llevar a cabo una reeducación profesional que facilitara la inclusión social. Se trataba de conseguir también restablecer en los individuos "inválidos" la voluntad de trabajo y probabilidad de ganar un salario (López Fernández y Bataller Sallé, 1959, p. 305), logrando de este modo que "el futuro de la vida profesional y social del incapacitado" pudiera desarrollarse "huyendo de soluciones caritativas y simplistas del sistema de subvenciones, pensiones, etcétera" (López Fernández y Bataller Sallé, 1959, p. En ese sentido la consecución del "reempleo", de la inserción completa en la actividad laboral de personas con deficiencias, debía ser considerada el "colofón" de la rehabilitación terapéutico-médica (Vega Díaz, 1959, p. MODIFICANDO COMPORTAMIENTOS Y ACTITUDES: EDUCACIÓN SANITARIA Y DISCAPACIDAD La reeducación de los "inválidos" emergía así en la España franquista como un componente relevante de la solución a los problemas que la discapacidad planteaba a la sociedad española, especialmente a los relacionados con la producción. Por eso iba a tratar de crearse "un clima de interés hacia la rehabilitación" (Sanchis-Olmos, 1959, p. Se consideraba que era creciente "la necesidad de educar al público, tanto profano como profesional (...) con el fin de que adopten una actitud conveniente en relación con la invalidez física y comprendan lo que significa la readaptación"; así como hacerle comprender que "si se actúa correctamente, una persona física disminuida puede volver a ser un miembro útil de la colectividad por poco que se le ayude a utilizar de forma completa las aptitudes que le restan y que se le dé el estímulo necesario en su trabajo" (Bosch Marín, 1959, p. Por ello, en España, donde "la concepción moderna de la rehabilitación" era todavía poco conocida, "la educación del público, en lo que concierne a dere-chos, responsabilidades y posibilidades de los inválidos, constituye una tarea extremadamente importante" (Bosch Marín, 1959, p. Se trataba, por tanto, en gran medida de llevar a cabo una labor propagandística sobre la rehabilitación similar a la que se realizaba con el ánimo de convencer a la población sobre las bondades del nuevo régimen y de persuadirla para colaborar en la tarea de mantenerlo y desarrollarlo 8. Era necesario, en efecto, no sólo dar a conocer las nuevas ideas sobre la discapacidad y las posibilidades existentes para controlar sus efectos indeseables, sino también, como veremos, procurar transformar los comportamientos y las actitudes de los españoles respecto a ella y buscar su colaboración para poder alcanzar sus metas. Según lo expresaba un participante en el simposio, era necesario realizar Extensas Campañas de Educación Sanitaria Popular en materia de Rehabilitación, que lleguen a todos los confines del país y alcancen a todos los estratos de la sociedad; (...) que estimulen la colaboración de las autoridades, empresas, sindicatos, entidades y aun particulares en la tarea común de la Rehabilitación, considerada como un deber de todo ciudadano en beneficio de sus semejantes más necesitados de ayuda" (Bravo, 1959, p. De este modo, bajo el término de "educación sanitaria popular" 9, los médicos planteaban la necesidad de realizar una labor de divulgación para inculcar en la población las novedades médicas y comprometerla en la realización de las prácticas relacionadas con ellas 10. Es preciso indicar que la valoración durante el franquismo de la vulgarización de los conocimientos médicos como forma de transformar comportamientos sanitarios no parece haber sido homogénea. Se ha apreciado cómo la desconfianza inicial ante su eficacia fue transformándose paulatinamente en una percepción más favorable (Perdiguero-Gil, 2015). 309-311)-, afirmaba que la validez de la "propaganda o divulgación sanitaria" era reconocida "por todo el mundo" a la hora de "difundir entre el pueblo conceptos y conocimientos difíciles de comprender de no ser puestos a su alcance de manera sencilla, gráfica y llamativa" (Bravo, 1951, pp. 4-5). No debe de extrañar que esta confianza en el papel que la propaganda poseía para transmitir información sobre una cuestión, y para generar comportamientos y actitudes en relación con ella, se utilizara para tratar de establecer en España una atmósfera favorable respecto a los nuevos planteamientos que se estaban formulando sobre el fenómeno de la discapacidad. Divulgación a través de la palabra impresa Julio Bravo había llamado la atención en 1951 sobre la relevancia que poseían los folletos entre los medios de propaganda que clasificaba como de "palabra impresa". En este sentido, destacaba cómo la Dirección General de Sanidad los estaba utilizando para realizar una "alta divulgación" dirigida a los médicos "al objeto de ponerles al tanto de los problemas sanitarios de más interés o actualidad en cada momento" (Bravo, 1951, pp. 19-20) 11. En uno de ellos, publicado en 1963, el doctor Manuel Oñorbe Garbayo -Jefe de los Servicios de Rehabilitación Sanitaria de la Dirección General de Sanidad y Secretario General del Patronato de Rehabilitación y Recuperación de Inválidos 12 -se iba a ocupar de lo que consideraba "un tema que en los momentos actuales apasiona". Se refería al "problema de la invalidez y la posible rehabilitación y recuperación física, familiar, social y laboral de los deficitarios físicos o psíquicos" (Oñorbe Garbayo, 1963, p. Según indicaba, el "alarmante incremento del número" de "incapacitados" habría hecho surgir lo que se había dado en llamar la "tercera fase de la Medicina", esa que, como complemento de la Medicina preventiva y de la curativa o terapéutica, vendría representada por "la Medicina rehabilitadora". Ello habría sido posible por la coincidencia de dos hechos mutuamente influyentes: "el mejoramiento de los métodos inicialmente empleados en la rehabilitación, y la iniciación entre las autoridades públicas y los particulares de una nueva actitud positiva frente a los problemas de los inválidos e incapacitados parciales" (Oñorbe Garbayo, 1963, p. La rehabilitación era presentada como el resultado de un trabajo en equipo orientado básicamente a "reintegrar al individuo, hasta donde sea posible, su capacidad física, mental, vocacional, laboral, familiar, social y económica, dentro del límite de su incapacidad". Representaba una tarea que se dirigía tanto a los "disminuidos que antes de llegar a tal situación fueron seres sanos y normales", como a los que "no fueron nunca normales" (Oñorbe Garbayo, 1963, p. Junto a la divulgación de la idea de que la readaptación se dirigía a la "reintegración" social de todas las personas con deficiencias, Oñorbe pasaba a resaltar que la rehabilitación era capaz de devolver a los "disminuidos físicos", y siempre que "se les faciliten los medios apropiados para ello", al estatus de "elementos activos de la vida económica del país, en vez de constituir una carga para su familia, para la sociedad y para el Estado" (Oñorbe Garbayo, 1963, pp. 7-8). De este modo, una idea de alcance se transmitía a la sociedad. La discapacidad no era un fenómeno estable. La intervención médica podía modificar la condición de "inválido" de un ciudadano y, con ello, aliviar uno de los componentes de la discapacidad que, como vimos arriba, formaba parte de la visión que el franquismo tenía de ella: la de ser un lastre para el desarrollo de la Patria. En efecto, además de sostener que las personas con deficiencias debían ser objeto de atención en una sociedad en la que destacaba "el sentido cristiano de la vida" y el "valor espiritual de los hombres ante los ojos de Dios", Oñorbe señalaba que la rehabilitación podía contribuir al "saneamiento de la sociedad, disminuyendo el número de elementos inactivos y parásitos, cuya influencia moral es verdaderamente nefasta" (Oñorbe Garbayo, 1963, pp. 8-9). En ese sentido, ponía de manifiesto que el reintegro del incapacitado a su antiguo puesto de trabajo, situación ideal si ello es posible, o al nuevo que sus condiciones físicas le permiten desempeñar, una vez orientado y preparado científicamente, no sólo beneficia al recuperado física y mentalmente, al verse reintegrado a la vida ordinaria como hombre útil a la sociedad y para su familia, sino que al mismo tiempo coopera, conjuntamente con los demás recuperados, a mejorar la productividad de la nación, ya que ha quedado demostrado en repetidas encuestas que los inválidos recuperados y preparados para ello dan en su nuevo puesto de trabajo, si es el adecuado a sus posibilidades, un rendimiento similar al de un hombre totalmente normal." De este modo, la rehabilitación era presentada como una herramienta fundamental para el desarrollo económico del país. Su implementación representaba una forma, no ya de cumplir con los principios morales que el Nacionalcatolicismo señalaba como guía para la configuración del "Nuevo Estado", sino también, de aliviar las arcas públicas y de incrementar la tasa productiva. La capacidad que tenía la rehabilitación para situar en condiciones de trabajar a personas que se podía pensar que no eran capaces de hacerlo hizo que emergiera de manera explícita una exigencia hacia las personas clasificadas como "inválidas": la de tener "el deber, en relación con la sociedad, de contribuir a la prosperidad económica de su país en cuanto les permita su readaptación y su formación profesional." Ahora que era posible cambiar de estatus a las personas tenidas por "inválidas", una nueva obligación les iba a ser impuesta: la de someterse al proceso de rehabilitación si su situación era susceptible de ello y el Estado les ofrecía los medios para realizarlo. En este sentido, el Decreto de 13 de abril de 1961, por el que se organizaba "el aseguramiento de las enfermedades profesionales y la Obra de Grandes Inválidos y Huérfanos de fallecidos por accidentes de trabajo o enfermedad profesional", estableció una medida coercitiva. En su artículo 28.2 se consignaba que el trabajador accidentado o enfermo profesional que se negara a "someterse a rehabilitación", así como el que no cumpliera "fielmente las prescripciones médicas", podía "ser suspendido en la percepción económica que viniere disfrutando en concepto de indemnización por incapacidad temporal o permanente, o sancionado con la disminución de ésta" 14. La vulgarización servía así para trasladar a los españoles una consecuencia de la rehabilitación muy significativa: la posibilidad de aplicar medidas económicas sancionadoras a aquellas personas con discapacidad que no estuviesen dispuestas a someterse a las actuaciones rehabilitadoras. La necesidad de transmitir la idea de que las personas "inválidas" podían dejar de serlo afectó también al modo en que se recomendaba referirse a ellas. Una de las vías de divulgación escrita -la prensa general-era aprovechada por Oñorbe para darlo a conocer a la sociedad. En una entrevista concedida con motivo de la celebración en Sevilla de una reunión científica sobre rehabilitación, Oñorbe corregía al periodista que le interrogaba sobre el papel de la rehabilitación sobre los "inválidos", y le indicaba que esa palabra debía sustituirse por la de "incapacitados", reservando la primera para aquel para el que "no hay posibilidad de recuperarlo para la vida activa" 15. Planteamientos similares a los que estamos poniendo de manifiesto se realizaban también en uno de los folletos elaborados por el Patronato de Rehabilitación de Inválidos 16. En él la discapacidad se presentaba como un fenómeno frecuente, del que nadie estaba libre, cuya aparición estaba habitualmente relacionada con la poliomielitis, el reumatismo, los accidentes, las hemiplejías y las enfermedades congénitas. Se llamaba la atención asimismo sobre el hecho de que gran parte de los "incapacitados" podían ser adaptados para la convivencia social, o recuperados para el trabajo, mediante un adecuado tratamiento. Éste implicaba, en un gran número de casos, recurrir a la cirugía y la ortopedia, pero se indicaba también que había otros tratamientos de utilidad, como la terapia ocupacional. Se advertía luego de que si una persona rehabilitada quedaba imposibilitada para volver a su anterior ocupación había que adaptarla a una nueva profesión ajustada a su condición física y a su vocación, para lo que debía recibir instrucción en centros de formación profesional o en talleres normales. Se hacía asimismo hincapié en la necesidad de procurar la incorporación al mercado laboral del trabajador rehabilitado. El folleto concluía llamando la atención sobre la inversión que suponía dedicar dinero a la recuperación de los "inválidos", al representar un ahorro en pensiones y ayudas, aunque también advertía que la labor de rehabilitación debía emprenderse como una manifestación de derecho humano y solidaridad cristiana más que como un negocio o deber social. El ideario del régimen impregnaba así la propaganda sobre la rehabilitación. Llamar la atención sobre las posibilidades de corregir las deficiencias anatómicas y funcionales de las personas inválidas conectaba con la consideración del trabajo como un deber y un derecho, y con los referentes católicos del "Nuevo Estado". Las personas discapacitadas adquirían así una dimensión política al convertirse en objeto de unas actuaciones que se incardinaban con los principios fundamentales del régimen. Su posición era ahora, por tanto, muy delicada. El Estado afirmaba su capacidad para rehabilitarlos y ellos se veían obligados a hacer lo posible para convertirse en ciudadanos válidos para la actividad laboral. En cierto modo, al ponerse de relieve que podían ser "educados" para participar en la tarea de incrementar la riqueza de la Patria, habían pasado a simbolizar la idea de que ningún ciudadano tenía excusas para eludir su compromiso con esa labor, que nadie podía negarse a cumplir la obligación de llegar a ser un "productor". Pero el discurso que se estaba generando en torno a la discapacidad contenía también otros ingredientes destacados que la "educación sanitaria" contribuiría a divulgar. Como Oñorbe ponía de manifiesto, la Medicina preventiva se consideraba, la "primera etapa de la rehabilitación", puesto que al "evitar las enfermedades y accidentes suprimimos las invalideces que unas y otras dejan" (Oñorbe Garbayo, 1963, p. Esto iba a determinar que, ya con anterioridad al es-tallido de la Guerra Civil, existiese, como apuntamos arriba, una relevante actividad de propaganda dirigida a promover entre la población comportamientos encaminados a la prevención. Muestra de ello es la labor desarrollada para intentar reducir las tasas de una de las principales fuentes de discapacidad: la siniestralidad laboral. El valor de la imagen: divulgar mediante carteles Desde los años 20 las estrategias de prevención de los accidentes del trabajo cobraron auge dentro de nuestras fronteras, y en ellas la propaganda fue un ingrediente destacado. Uniéndose a la tendencia en boga en ese periodo, la prevención de la siniestralidad laboral hizo de los carteles uno de sus principales recursos. Convertidos desde comienzos del siglo XX en una de las vías por las que España se conducía hacia la modernidad, los carteles se constituyeron pronto en una fuerza poderosa para modelar la opinión pública. No debe extrañar que, habiéndose contrastado su utilidad para la publicidad comercial o para la difusión de las ideas políticas, a partir de 1917 se considerara que el cartel podía ser un procedimiento útil para procurar mejorar la salud y el potencial de la población. El cartel pasó a representar un componente significativo de las campañas de educación que las instituciones sanitarias concibieron para difundir los conocimientos científico-técnicos, influir en las actitudes, e intentar modificar los comportamientos de la población española (Perdiguero-Gil y Castejón Bolea, 2012, p. Por lo que respecta a los carteles relacionados con la prevención de la siniestralidad laboral ese triple objetivo incorporaba desde el principio un componente que nos interesa destacar: el mensaje de que el obrero podía tener una responsabilidad en el accidente. Ya en las primeras propuestas de carteles diseñados en el Instituto de Reeducación Profesional de Madrid en la década de los años 20 y 30 se aprecia este rasgo que tenía que ver con el modo en que se analizaban las causas de la siniestralidad laboral y se destacaba la relevancia en ellas del "factor humano" (Martínez-Pérez, 1994y 2001). El accidente, y por ello la muerte o la "invalidez" del obrero, podían ser debidos a distracciones o a un exceso de confianza al desempeñar sus tareas (Imágenes 1, 2, 3). De este modo, se lanzaba a la sociedad española un mensaje que convertía a las víctimas de los accidentes del tra-bajo en responsables, al menos en parte, de su desgracia (Martínez-Pérez, 1997, pp. 134-135). Este rasgo, que fue común en Europa a lo largo del período que abarca este trabajo (Menéndez-Navarro, 2015, p. 22), estuvo también muy presente en la España franquista. La preocupación por la prevención de los accidentes del trabajo se expresó muy tempranamente con la promulgación en 1940 del Reglamento general de Seguridad e Higiene en el Trabajo 17. En su preámbulo se afirmaba que, habiéndose resuelto la reparación económica del daño causado, lo que correspondía ahora era disminuir el número y la gravedad de los accidentes mediante una intensa labor preventiva. Para tratar de mejorarla, y respondiendo a una de las conclusiones del Primer Congreso Nacional de Medicina y Seguridad del Trabajo celebrado en Bilbao en agosto de 1943 18, se creó en 1944 el Instituto Nacional de Medicina, Higiene y Seguridad del Trabajo. El nuevo centro nacía con el objetivo de servir como un lugar de investigación que proporcionara "el conocimiento necesario para inspirar una legislación eficaz y una propaganda efectiva, especialmente en materia de prevención de accidentes del trabajo". Se esperaba que el Instituto contribuyera a "llenar una importante misión en la esfera laboral" para lograr "una efectiva elevación en la producción nacional" y "un mejoramiento de vida de los trabajadores" 19. Con ese objetivo, el Instituto se ponía al "servicio de las empresas y del obrero", ya que, según expresaban sus miembros en la revista que editaba la propia institución, no constituía "un mero organismo sanitario" sino que era también un organismo "económico y social". Competía por ello al Instituto "la progresiva educación de los obreros en cuanto a una eficaz colaboración de la salud y de la enfermedad", para lo que ofrecía sus recursos a empresas y trabajadores poniéndolos al servicio de una acción "educativa y difusora de los más modernos métodos preventivos" 20. Un papel significativo, en ese sentido, le correspondía a su sección de divulgación, que incluía entre sus programas los de "información general sobre las medidas higiénicas y de seguridad" y de "educación preventiva y educación sanitaria". A través de ellos se trataba de vencer "la apatía, la indisciplina, la incomprensión del capital, las actitudes obreras que impidan el desarrollo de una vida operante en la industria, la falta de educación social y el escepticismo". Asimismo, se pretendía obtener el respeto a las medidas preventivas, médicas y de seguridad, la disminución de los accidentes, un mayor rendimiento productivo y un mejor nivel en la actitud física del obrero 21. Se trataba, por tanto, de inculcar en los productores la idea de la necesidad y la conveniencia de evitar los accidentes, y de persuadirlos para, al tiempo que se reducía su conflictividad laboral, mejorar la producción y reducir los costes de la discapacidad. A través de ello, se intentaba también realizar ese control social que la in-tervención gubernamental sobre la discapacidad ayudaba a conseguir (Martínez-Pérez, 2017). El cartel se presentaba así como un buen soporte para conseguir esos objetivos. José Vidaurreta, que dirigió la sección de archivo y biblioteca del Instituto 22, indicaba en 1947 que, al objeto de prevenir la siniestralidad laboral, se había superado la fase de protección mecánica de la maquinaria. Era preciso por tanto pasar a adoptar "dos órdenes de medidas que, dirigidas al factor humano, deben ser consideradas como de la más elevada importancia". Se refería "a la orientación, selección y formación profesionales y a la educación preventiva" (Vidaurreta, 1947, p.49). Respecto a esto último, consideraba al cartel como "un excelente medio de acción educativa y propaganda", creando una "personalidad consciente del peligro" que "lleva al individuo a ser prudente y a actuar oportunamente" (Vidaurreta, 1947, p.50). No debe extrañar que esta relevancia concedida al cartel como medio para modificar comportamientos, impulsara la convocatoria de concursos con el obje-Imagen 3. Cartel del Instituto de Reeducación Profesional de Madrid. Fuente: Colección personal del Doctor Luis Nájera Angulo. Cartel premiado (primer premio) en el concurso convocado durante el III Congreso Nacional de Medicina y Seguridad en el Trabajo. Dibujado por el obrero Ramón Urdillo García, de la empresa Standard Eléctrica S.A. tivo de confeccionar carteles para distribuir en los lugares de trabajo las oportunas consignas. Ejemplo de ello son los que convocaron el Instituto y el III Congreso Nacional de Medicina y Seguridad en el Trabajo 23. En este último, se hizo una doble convocatoria: para artistas profesionales y para obreros. Dos de los cuatro carteles que fueron premiados en esta última categoría sirven de testimonio de cómo los obreros habían interiorizado la idea de que el trabajador, con sus distracciones y su falta de cumplimiento de las normas de seguridad, tenía responsabilidad en la producción de accidentes (Imágenes 4, 5) 24. Difusión radiofónica: dando la palabra a los afectados Un último contenido de la "educación sanitaria" que se realizó en el período analizado que nos interesa poner de relieve es el relacionado con la contribución que los propios afectados podían hacer a esa tarea. Una muestra es el compromiso que la Asociación Nacional de Inválidos Civiles, creada en 1958, 25, iba a adquirir con la labor divulgativa de los nuevos planteamientos del gobierno y de los técnicos en relación con la discapacidad. De hecho, su participación estaba vinculada a una demanda que puede ser considerada una temprana expresión de uno de los lemas más relevantes -"nothing about us without us" 26 que, desde la década de los años 90 se han sostenido en el marco del activismo por los derechos civiles de las personas con discapacidades. Tal como defendía Fernando Tamés Seminario 27, presidente de la asociación, "todos los planes que se tracen, y todas las soluciones que se pretendan poner en práctica, darán mucho mejor resultado si se cuenta con los propios inválidos" (Tamés Seminario, 1963, p. Una muestra de la aportación de las propias personas con discapacidad la encontramos en el marco de una serie de intervenciones radiofónicas que Radio Nacional dedicó en 1963 "al problema de los disminuidos físicos y su rehabilitación". En una de ellas, Fernando Tamés transmitía la idea de que "los llamados inválidos son personas como las demás, en quienes la Providencia ha permitido que se den determinadas limitaciones que, en principio, les dificulta el desenvolvimiento de las actividades normales de la vida ordinaria". Se trasladaba así a la sociedad una imagen de las personas portadoras de deficiencias en la que se ponía el acento en la necesidad de considerarlas como individuos que, a pesar de poseer unas características determinadas, no debían ser considerados "seres distintos" ni tratados "como meros objetos de conmiseración o de una caridad limosnera". Era por ello legítimo reivindicar que les fueran facilitados "la máxima recuperación, tanto física y psíquica, como profesional" y "un puesto adecuado, en el conjunto social, con todos los derechos y deberes" (Tamés Seminario, 1963, p. De este modo, aunque se realizaba una demanda de actuaciones encaminadas a la rehabilitación de las personas discapacitadas, se hacía hincapié en la necesidad de que éstas unieran, a los derechos que se les reconocía, un compromiso con los deberes que también se estimaba que tenían con respecto a la sociedad. En este sentido, aunque en la tarea encaminada a acomodar las actitudes de los españoles ante la discapacidad se incorporaba de un modo significativo a los afectados, el modo en que expresaban sus reivindicaciones se ajustaba a la valoración que el régimen franquista realizaba de la discapacidad. En efecto, Tamés, en una lectura próxima a lo expresado en el Fuero del Trabajo, no dejaba de resaltar que la labor que se Imagen 5. Cartel premiado (segundo premio) en el concurso convocado durante el III Congreso Nacional de Medicina y Seguridad en el Trabajo. Dibujado por el obrero Fernando Sáinz Grajeda, de Forjas Alcalá de Henares. proponía para facilitar la recuperación de los "incapacitados" debía llevarse a cabo porque suponía "una obra de justicia, impuesta por la moral y postulados cristianos" y porque era "económicamente beneficiosa" para el Estado (Tamés Seminario, 1963, p. Hay que tener presente que la creación de la asociación había sido impulsa por el gobierno y que, aunque en teoría era un organismo autónomo, en realidad estaba sometida al control de las autoridades franquistas. De hecho, el nombramiento de su presidente nacional recaía en el Ministerio de la Gobernación. Este control se hacía patente también en la composición de su Junta nacional donde, junto a los Presidentes y los representantes del Consejo, estaban incluidos agentes del Régimen: dos asesores nacionales (eclesiástico y sindical) y representantes de la Dirección General de Empleo, de la Dirección General de Beneficencia y Obras Sociales, del Patronato de Rehabilitación y Recuperación de Inválidos, y del Patronato de Educación Especial 28. Cabe destacar, no obstante, que Tamés incorporaba en su discurso divulgador un argumento escasamente utilizado en el discurso "oficial". En un cierto tono de advertencia se dirigía a los radioyentes "capacitados" señalando que la rehabilitación debía ser apoyada, aunque fuera de una manera "inteligentemente egoísta", por todos ellos. Su argumento era contundente y amenazador: "fácilmente se comprende que cualquier persona puede convertirse en inválido en el minuto más impensado" (Tamés Seminario, 1963, p. En el marco de la educación sanitaria, España contó así con un antecedente de la forma con que los modernos activistas por los derechos de las personas discapacitadas han tratado de llamar la atención de la sociedad hacia su situación, y de concienciar acerca de ella a quienes se consideran como "normales". Para ello, de un modo no carente de ironía, se han dirigido a estos últimos denominándolos bajo el apelativo de "personas temporalmente capacitadas" 29. EPÍLOGO: LOS LÍMITES DE LA "EDUCACIÓN SANITARIA", O CUANDO LA REHABILITACIÓN NO ES POSIBLE O ES INSUFICIENTE El régimen franquista consideró la discapacidad como un fenómeno portador de elementos negativos para el desarrollo del "Nuevo Estado". Las personas con deficiencias fueron contempladas como una oportunidad para aplicar esa caridad cristiana tan cara al Nacionalcatolicismo, pero también como un lastre para el desa-rrollo económico de la nación. La rehabilitación fue percibida en ese contexto como una vía para tratar de resolver el problema que la discapacidad representaba y, por ello, sus planteamientos fueron valorados favorablemente por las autoridades franquistas. Parecía oportuno apoyar la puesta en marcha de actuaciones como las que, con los médicos a la cabeza, se realizaban desde esa disciplina para convertir a personas discapacitadas en productores. Además de mejorar la riqueza, dichas medidas servían para contribuir a ejercer el control social (Martínez-Pérez y Del Cura, 2015; Martínez-Pérez, 2017). Ello pasaba por persuadir a la población de sus beneficios y de ganar su compromiso con las actuaciones que los técnicos encargados de llevar a cabo el programa rehabilitador -médicos, fisioterapeutas, maestros, terapeutas ocupacionales, psicólogos...-proponían. Con sus recursos y sus medios -prensa, folletos, charlas en la radio...-se trasladó a la población un conjunto de ideas que proporcionaban una imagen nueva de las personas discapacitadas. La más relevante de ellas fue la de que la rehabilitación poseía la capacidad de aproximar a las personas portadoras de deficiencias a la "normalidad" corporal y de conseguir su reeducación para posibilitar que pudieran desempeñar un trabajo ajustado a sus condiciones físicas y mentales. Se ponía así de relieve que personas consideradas como "inválidas" podían convertirse en personas productivas siempre y cuando, eso sí, siguieran las consignas de los expertos encargados de llevar a cabo su rehabilitación. Puede decirse que la propaganda y la educación sanitaria formaron parte de lo que se ha denominado "dispositivo de la discapacidad"; es decir de la presencia en la España franquista de una red de instituciones, espacios físicos, decisiones reglamentarias o legislativas, medidas administrativas, enunciados científicos, propuestas filosóficas y morales constituidas alrededor del concepto de discapacidad, (Cayuela, 2017, pp. 129-135), cuyo principal objetivo sería regular y tornar en espacio de actividad productiva, social y de conocimiento este fenómeno (Cayuela y Martínez-Pérez, 2018). Una consecuencia de lo anterior, que los divulgadores de la rehabilitación se encargaron de poner de manifiesto, era que, dada esa capacidad de la disciplina para transformar a las personas consideradas "inválidas" en productores, era su deber someterse al proceso de rehabilitación y seguir adecuadamente las prescripciones que les indicaran los expertos. Este hecho conllevaba dos consecuencias negativas para las personas discapacitadas que no cumplieran con esa obligación. De un lado, en el plano económico, existía la posibilidad de que vieran recortada o reti-rada incluso la prestación que en forma de pensión les era concedida para ayudarles en su manutención. De otro, en el plano de su imagen social, su rechazo a seguir las intervenciones destinadas a su reeducación podía interpretarse como un signo de que se negaban a tratar de participar en la actividad productiva y, por tanto, se negaban a cumplir con ese deber superior que para el régimen franquista representaba el trabajo. Junto a ello, la educación sanitaria en torno a la rehabilitación incorporaba otra consigna cuyo alcance iba más allá de las propias personas consideradas "incapacitadas" y cuya amenaza se extendía a todos los ciudadanos. La propaganda hacía hincapié en que la discapacidad se podía prevenir, especialmente en el caso de la siniestralidad laboral. El "factor humano", el trabajador, con su comportamiento negligente e irresponsable frente a la adopción de las medidas de seguridad, era considerado en muchos casos como el origen de los accidentes que acababan transformándolo en "inválido". De este modo, se trasladaba a la sociedad una idea poco positiva de las personas que quedaban con secuelas físicas y mentales tras un episodio de siniestralidad laboral: la de que podían ser responsables de su nueva situación por haber fracasado en su obligación de cumplir con las medidas preventivas. Por otra parte, la educación sanitaria iba a facilitar el desarrollo dentro de nuestras fronteras de dos elementos que pueden ser interpretados favorablemente para las personas discapacitadas. A través de sus actuaciones se empezó a trasladar una idea más positiva de sus posibilidades de integración social. Se hizo un esfuerzo por modificar la terminología referida a ellas, planteando la conveniencia de sustituir la palabra "inválido" por "incapacitado", y se demandó una mayor y más decidida intervención legislativa e inversión económica del Estado para conseguir incrementar las posibilidades de mejorar la readaptación. Por otra parte, a través de la labor educativa se puso de manifiesto la incipiente participación que las propias personas afectadas demandaban en el proceso de toma de decisiones acerca de los asuntos que les concernían. Conviene indicar que el alcance de esta labor divulgativa se hallaba muy afectado por las posibilidades reales que existían de llevar a cabo el programa que las autoridades trataban de impulsar. Oñorbe parecía consciente de ello cuando en 1963 afirmaba que se estaba "iniciando la organización de la asistencia sanitaria de la rehabilitación", pues se contaba con una red institucional "muy incompleta y concen-trada en limitado número de poblaciones" y se carecía de personal especializado (Oñorbe Garbayo, 1963, pp. 22-23). Aunque reconocía que se estaban dando pasos encaminados a superar la insensibilidad e indiferencia que "la gran masa de la población" mantenía hacia la rehabilitación, confiaba en que esa "momentánea incomprensión" supusiera sólo un pequeño retraso en la solución del problema de la discapacidad y que los resultados de la rehabilitación se observaran en un plazo de tiempo no muy lejano (Oñorbe Garbayo, 1963, p. 27) La esperanza manifestada por Oñorbe, y compartida por otros impulsores de la rehabilitación, se iba a ver, no obstante, un tanto defraudada. A pesar de actuaciones importantes, como la que representó el Plan de operaciones para la rehabilitación ESPAÑA-23 -creado para mejorar la asistencia a los niños discapacitados mediante un acuerdo de colaboración firmado a finales de 1960 y principios de 1961 entre el Gobierno Español, la OMS y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia-, el alcance de las medidas fue muy limitado (Toledo Marhuenda y Ballester Añón, 2015). Factores como el retraso de los hospitales en adecuar espacios, la escasa capacidad para formar personal y para implantar puestos de trabajo en el sistema sanitario y los insuficientes recursos económicos destinados a la compra de material se han señalado como efectos principales de la escasa capacidad organizativa del gobierno y la incompetencia de sus dirigentes políticos para hacer efectivas las reformas propuestas. Como hemos señalado en otro lugar (Martínez-Pérez y Del Cura, 2015, pp. 818-822), en la década de los 60 se alzaron voces que ponían de manifiesto las dificultades para llevar a cabo la tarea rehabilitadora. Se denunciaba cómo el esfuerzo que se realizaba en las instituciones por parte del personal asistencial y de las personas acogidas para ser "rehabilitadas", no encontraba la recompensa, a veces simplemente por los prejuicios existentes hacia ellos, del acceso al trabajo. La España de esos años no estaba aún preparada para acometer el programa integrador que se transmitía a través de la educación sanitaria y hubo que esperar hasta la década de los 70 para superar esta coyuntura. Este trabajo ha sido realizado en el marco del proyecto HAR2015-64150-C2-2-P, subvencionado por el Ministerio de Economía y Competitividad. ción de Inválidos-Ministerio de la Gobernación-Dirección General de Sanidad, pp. 41-48. Toledo Marhuenda, José Vicente (2013), La poliomielitis en España (1880España ( -1970) ) y su impacto sobre el desarrollo de las técnicas en fisioterapia: un acercamiento a la historia de las discapacidades físicas y a su tratamiento, Elche, Universidad Miguel Hernández de Elche.
El trabajo analiza el antecedente histórico de los huertos y las granjas escolares que promovió el Servicio de Extensión Agraria en sus actividades formativas y divulgativas en la década de 1950; así como la continuidad que tuvieron como unidades educativas desarrolladas en el Programa de Educación en Alimentación y Nutrición (Edalnu) que se puso en marcha en 1961. Como principales fuentes de estudio se han utilizado el Boletín Informativo de Extensión Agraria, con posterioridad Revista de Extensión Agraria así como las publicaciones y documentos que generó el Programa Edalnu y que estaban relacionados con los huertos y las granjas escolares. La implantación de los huertos y granjas ayudó a fomentar la producción local de alimentos protectores, además de mejorar los hábitos alimentarios a nivel escolar y familiar. La aplicación de la metodología de "aprender haciendo" fomentó tanto el aprendizaje por descubrimiento, como el basado en problemas y el aprendizaje servicio. En línea con la corriente historiográfica del tiempo presente y los usos del pasado, la visión integradora del Programa Edalnu, en el que la escuela, el entorno y la familia estaban interconectados, puede servir de ejemplo para las actuales estrategias de educación en alimentación y nutrición. El interés pedagógico de los huertos escolares ha adquirido una renovada actualidad con el desarrollo de la llamada agroecología escolar, un campo educativo que contempla la transformación de todos los ámbitos del llamado sistema alimentario escolar (Espinet Blanch y Llerena del Castillo, 2016, p. Al mismo tiempo se siguen reivindicando el papel del huerto escolar, particularmente con predominio del ecológico, y de la granja escolar (Angulo Armada, 2016, p. 23-26) como recursos de aprendizaje, fomento del consumo responsable y espacios para la mejora de la convivencia o la adquisición de habilidades, sin olvidar cuestiones más socio-ambientales como la calidad alimentaria y la salud, la agricultura de proximidad, el consumo de temporada o el mercado justo (Cuello Gijón, 2016, p. En el caso español, sin olvidar antecedentes como los que representaron los proyectos de educación medioambiental impulsados por la Institución Libre de enseñanza (Cantón Mayo, 1991, p. 113-124; Martín Ruano, 2003), el interés pedagógico de los huertos y las granjas escolares ya fue puesto de relieve en las políticas e iniciativas de educación en alimentación y nutrición impulsadas en las décadas de 1950 y 1960 que tenían como objetivo superar los problemas de malnutrición que presentaba la población (Trescastro-López, Bernabeu-Mestre y Galiana-Sánchez, 2013; Trescastro-López, Galiana-Sánchez, Pereyra-Zamora et al 2014; Trescastro-López, Galiana-Sánchez y Bernabeu-Mestre 2016). Entre aquellas iniciativas destaca el Programa de Educación en Alimentación y Nutrición (Edalnu) que se inició en 1961 en el marco de los acuerdos del Gobierno Español con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). El Programa buscaba mejorar el nivel nutricional de la familia española, a través de la educación en nuevos y mejores hábitos alimentarios, incluyendo regímenes dietéticos que beneficiasen a colectivos diana como los niños y las madres, además de estimular la producción y el consumo local de alimentos protectores. Aunque fue en el ámbito escolar donde se concentraron la mayor parte de las actividades, en el desarrollo del Programa Edalnu se involucraron diversas instancias ministeriales. Se contó con la colaboración y asistencia de organismos e instituciones como el Servicio Escolar de Alimentación y Nutrición (SEAN), dependiente de la Dirección General de Enseñanza Primaria, la Dirección General de Sanidad, la Dirección General de Capacitación Agraria, a través del Servicio de Extensión Agraria, la Sección Femenina de Falange y Auxilio Social y los Centros de Cultura Popular y Promoción Femenina de Acción Católica y Cáritas (Trescastro-López, Galiana-Sánchez y Bernabeu-Mestre, 2012). Así mismo, para poder desarrollar los objetivos del Programa, con el fin de capacitar, informar y divulgar a todos los niveles en cuestiones alimentarias y nutricionales, tanto en el ámbito escolar, familiar como comunitario, se creó una red de formadores, los conocidos como diplomados e iniciados en educación en alimentación y nutrición (Tormo-Santamaría, Trescastro-López, Pereyra-Zamora, Galiana-Sánchez, y Bernabeu-Mestre, 2017). Los cursos de Diplomados Edalnu estaban orientados a personas que estuviesen al menos en posesión de un título de formación profesional de grado medio o universitario de primer grado, como ocurría con los maestros, asistentes sociales, ayudantes técnicos sanitarios e instructoras de sanidad, peritos agrícolas, diplomados de economía doméstica rural, etc. En el caso de los cursos de iniciados Edalnu, tenían que estar al menos en posesión del graduado escolar, el bachillerato elemental o un título de formación profesional o equivalente. Los diplomados Edalnu que recibían un curso de tres meses de duración, eran los encargados de formar a los iniciados, cuya formación se reducía a quince días. Los organismos que participaban o colaboraban con el Programa Edalnu que se han mencionado con anterioridad, proponían a las candidatas y candidatos a cursar ambos cursos. El primer curso de Diplomados Edalnu se celebró en Madrid en 1962 y participaron en calidad de alumnos, quince profesoras enfermeras puericultoras, diez miembros del Servicio de Extensión Agraria, once instructoras de Sección Femenina, y cincuenta y seis educadores (Tormo-Santamaría, Trescastro-López, Pereyra-Zamora, Galiana-Sánchez, y Bernabeu-Mestre, 2017). En el ámbito escolar, de acuerdo con las propuestas educativas de la Unesco que empezaban a ser incorporadas por la administración española (Hidalgo, 2015, p. 137-138) el sistema pedagógico desarrollado por el Programa Edalnu estaba basado en tres principios básicos que conformaban la idea de la educación integral que manejaron sus impulsores y su relación con tradiciones pedagógicas innovadores (Agulló-Díaz y Payá-Rico, 2018): adquisición de cono-cimientos (la etapa informativa), creación de hábitos (la etapa formativa) y desarrollo y comunicación de actitudes (la etapa conformativa). Su aplicación se tradujo en la preparación de seis unidades educativas relacionadas con la enseñanza de la alimentación, el fomento de un complemento alimenticio como el que representaba la leche, y la promoción de comedores, huertos, granjas y clubs escolares. El entramado pedagógico que comportaban las seis unidades y que buscaba promover la educación en alimentación y nutrición, debía ser implantado por las maestras y maestros en primer lugar, para que a continuación fueran los propios escolares quienes las llevaran a cabo bajo su dirección y con la cooperación de los padres y las familias (Trescastro-López y Trescastro-López, 2013). El presente trabajo analiza cómo se desarrolló en el marco del Programa Edalnu la unidad educativa del huerto y la granja escolar, así como los antecedentes más inmediatos, tal como ocurría con los cotos escolares y otras iniciativas que fueron impulsadas por el Ministerio de Educación en las décadas de 1940de, 1950de (Lacruz, 2000, p. 22-25), a las que se sumaron las desarrolladas por el Servicio de Extensión Agraria a partir de 1955 y que tuvieron continuidad en dicho Programa. Además de conocer las características, los objetivos y el alcance que tuvieron los huertos y las granjas escolares que impulsó el Programa Edalnu, en línea con los usos del pasado, la investigación puede aportar elementos de reflexión que ayuden a implementar propuestas de innovación educativa como la que encierra la agroecología escolar. Como principales recursos heurísticos se han utilizado, además del Boletín Informativo de Extensión Agraria, publicado entre 1957 y 1961, la Revista de Extensión Agraria que se publicó a partir de 1961, así como publicaciones y documentos del Programa Edalnu relacionados con los huertos y las granjas escolares. El periodo objeto de estudio, 1958-1972, ha estado determinado por la disponibilidad de las fuentes. "APRENDER HACIENDO": EL ANTECEDENTE DE LAS ACTIVIDADES EDUCATIVAS DEL SERVICIO DE EXTENSIÓN AGRARIA El Servicio de Extensión Agrícola, con posterioridad denominado Servicio de Extensión Agraria (SEA), fue creado por Orden Ministerial del 15 de septiembre de 1955 siendo incluido en la Dirección General de Coordinación, Crédito y Capacitación Agraria (Sánchez de Puerta, 1996; Gómez Benito y Luque Pulgar, 2007). Su principal objetivo era el aumento de la productividad agraria con el objeto de mejorar el nivel medio de vida de las familias campesinas por medio de la adopción de nuevas ideas y prácticas más eficientes. El instrumento básico que empleó el SEA para desarrollar sus actividades fue la red de agencias comarcales que cubría todo el territorio nacional (Lozano y García-Suelto, 1958, p. De hecho, este tipo de actividades formaban parte de las propuestas de políticas que se recogían en el informe resumen de la "Encuesta estudio de la alimentación de la población rural española en relación con sus ingresos, en municipios de menos de 2000 habitantes" y donde se indicaba que para paliar los déficits alimentarios que mostraba la población rural española, era necesario fomentar un mayor consumo de alimentos de carácter protector como la leche, las frutas o las verduras (Tormo-Santamaría, Trescastro-López, Galiana-Sánchez, Pascual-Artiaga y Bernabeu-Mestre, 2018, p.85). Como se recogía en un artículo publicado en 1958 en el Boletín Informativo del Servicio de Extensión Agrícola, las actividades de carácter educativo del SEA las llevaban a cabo el personal de dichas agencias y entre ellas destacaban las destinadas a la formación y orientación a los agricultores mediante charlas, conferencias, reuniones grupales, coloquios, artículos publicados en la prensa local e intervenciones en los programas de radio (Lozano y García-Suelto, 1958, p. La metodología educativa desarrollada se basaba en el concepto de "aprender haciendo" y en la impartición de cursos a grupos reducidos al establecer un límite de 25 alumnos (Editorial, 1960, p. Se trataba de iniciativas que estaban en línea con la difusión de discursos técnicos, metodologías activas e individualizaciones didácticas propias del modelo de desarrollo comunitario que impulsaba la Unesco para proyectos educativos en las zonas rurales (Lacruz, 2000, p. 137) Junto a las clases teóricas, las actividades de carácter práctico eran las que adquirían un mayor protagonismo, siendo desarrolladas en las fincas de los alumnos, de colaboradores de las agencias o en los campos experimentales de las estaciones o granjas del SEA (Salvador Chico, 1962, p. Tal como indicaban sus responsables, se trataba de recuperar el espíritu de las cátedras ambulantes pero a diferencia de éstas, las actividades desarrolladas por las agencias comarcales se caracterizaban por mantener un contacto continuo con los asistentes a los cursos formativos (Editorial, 1958a, p. 1-2) y en consonancia con la promoción sociocultural que encerraba el programa de desarrollo comunitario que daba cobertura a todas estas iniciativas (Hidalgo, 2015, p. Entre los colectivos diana que fueron objeto de atención del SEA, destacaron las "juventudes rurales y las mujeres campesinas" contando con la colaboración para ello del Frente de Juventudes y la Sección Femenina de Falange (Editorial, 1958b, p. En el marco de dicha colaboración, en 1960 tenía lugar el primer curso de ayudantes de economía doméstica del SEA dirigido a Instructoras Diplomadas Rurales de Sección Femenina (Ramos Zamora y Rabazas Romero, 2007; Real Apolo, 2013; Hidalgo, 2015), con la finalidad de dotar a las agencias de aquella figura (Editorial, 1959, p. Entre las funciones de las ayudantes de economía doméstica se encontraba la promoción y creación de huertos familiares utilizando las mismas estrategias de aprender haciendo que venía desarrollando el SEA (Hernanz, 1963, p. Las ayudantes de economía doméstica también se ocuparon de la formación de equipos juveniles compuestos por niñas de entre ocho y diez años, realizando actividades en las escuelas con la colaboración de las maestras. La FAO, reconocía en aquellos años la labor que podían desarrollar estas agrupaciones juveniles para resolver los problemas de alimentación. En el caso español, las organizaciones juveniles ligadas a Falange se utilizaron como un instrumento para impulsar la participación de la juventud rural (Hidalgo, 2015, p. Fue en este ambiente donde se establecieron las bases de una colaboración entre los agentes del Servicio de Extensión Agraria, maestras y maestros a través del Servicio de Alimentación Escolar y ayudantes de economía doméstica con el fin de desarrollar un adecuado programa de alimentación y nutrición que permitiese impulsar a su vez la creación de huertos escolares (Anónimo, 1962, p. Dichos huertos contaban con el antecedente de las mutualidades y cotos escolares de previsión en la modalidad de forestales y agrícolas que venían funcionando desde las décadas de 1940(Rueda Martín, 1958, p. Pero como han señalado otros autores, sería en 1955 con la implantación del SEA cuando "los cotos empezaron a tener verdadera entidad en el campo de la formación profesional agraria" (Lacruz, 2000, p.20). Las actividades educativas realizadas en dichos cotos se centraban en reuniones y demostraciones de diversa índole, de acuerdo con la modalidad de los mismos. También se organizaron grupos juveniles constituidos por adolescentes (muchachos) que habían superado la edad escolar. Como se indicaba en un artículo recogido en la Revista de Extensión Agraria "los cotos escolares ejercían un efecto altamente saludable en los niños y jóvenes del campo, a quienes desde la edad más temprana se les inculcaban sentimientos de camaradería y cooperación y se usaron como base para instruir a futuros labradores" (Mateos Tejedor, 1959, p. 135-137) se trataba de mejorar la vida en el campo y ayudar a los jóvenes a permanecer en su medio, aportándoles los recursos para desarrollar un trabajo gratificante y en línea con la iniciativa de la Unesco de promover clubes juveniles que operasen en la educación extraescolar, en el trabajo de extensión rural y en la difusión de técnicas agrícolas. Se trata en cualquier caso de cuestiones que cabe situar en el marco de la polémica que acompaña el carácter modernizador que algunos autores han otorgado a las políticas agrícolas de los regímenes fascistas (Fernández-Prieto, Pan-Montojo y Cabo, 2014) LOS HUERTOS Y LAS GRANJAS ESCOLARES DEL PROGRAMA EDALNU Las actividades educativas que venía desarrollando el SEA y en particular las relacionadas con los huertos y las granjas escolares estaban en sintonía con los objetivos del Programa Edalnu, que como se ha indicado en el apartado introductorio, se puso en marcha en España en 1961 y también con los cambios discretos y progresivos que se estaban produciendo en las políticas educativas como consecuencia de la incorporación de España a los organismos internacionales (Hidalgo, 2015, p. Dicho Programa fue diseñado "por un equipo mixto de pedagogos, nutrólogos y agrónomos españoles y expertos de la Unesco, OMS y FAO" (Bosch-Marín, 1972, p. Como señalaba Justo Pintado Robles, Jefe Central del Servicio Escolar de Alimentación y Nutrición, la educación en materia de alimentación y nutrición, no podía limitarse a la transmisión "de unos principios o normas de la ciencia de la nutrición en su aspecto sanitario" sino que debía comprender todo el proceso de la alimentación: "la producción de alimentos, su aspecto sanitario, los alimentos como portadores de sustancias nutritivas, su industrialización, su comercialización, su aspecto económico, etc." Para Pintado Robles, no podían crearse hábitos si no se preveían los medios para lograrlo. Los niños debían acostumbrarse a producir alimentos con el objeto de completar las dietas que se suministraban en los comedores escolares, pero también pensando en su futuro, "cuando los niños de hoy sean agricultores o ganaderos, o los rectores de agricultura y ganadería de España". En opinión de los responsables del Programa Edalnu esa era una de las finalidades de las granjas y huertos escolares y aunque la implantación de los mismos debía llevarse a cabo en el ámbito escolar, en su desarrollo y orientación técnica debía contarse con el SEA y con la experiencia que sus agentes y educadores tenían en dicha materia (Pintado Robles, 1962, p. En consonancia con el concepto de educación integral que caracterizó al sistema pedagógico desarrollado por el Programa Edalnu y con el alcance que estaba adquiriendo el concepto de desarrollo comunitario en las políticas educativas (Hidalgo, 2015, p. 137), los huertos y granjas escolares, al igual que ocurre en la actualidad, permitieron educar el medio, educar sobre el medio y educar a favor del medio (Botella-Nicolás, Hurtado-Soler y Cantó-Doménech, 2017, p. LA EXPERIENCIA DE LOS HUERTOS ESCOLARES La limitación de las fuentes consultadas no ha permitido conocer la extensión geográfica que alcanzaron los huertos escolares. En el año 1960, antes de la puesta en marcha de Programa Edalnu, los huertos escolares habían sido desarrollados al menos en 83 escuelas asturianas y las granjas en 23 escuelas de la provincia de Huesca (Pintado Robles, 1962, p. La experiencia asturiana fue recogida en una monografía que publicó el Programa Edalnu en 1966, con el título "Cómo hacer un huerto escolar". En la misma, se indicaba como principal objetivo de dichos huertos el fomento de la producción local de alimentos protectores, así como la mejora de los hábitos alimentarios a nivel escolar y familiar. Al mismo tiempo que se subrayaba su excelencia como recurso didáctico, se exponían las líneas de orientación y planificación del trabajo llevado a cabo para su implantación en las escuelas asturianas y una exposición de los resultados obtenidos, indicando los éxitos y los principales problemas que hubo que superar para ponerlos en marcha (Medina Rubio, 1966). El contenido del texto tenía carácter generalista, pues como señalaba el autor de la monografía, la diversidad cultural y social de las comunidades y el distinto nivel pedagógico de los centros docentes donde se tenían que implantar los huertos escolares, aconsejaban enfocar el trabajo desde la generalidad y abordar de forma monográfica las características específicas que debían reunir en función de dicha diversidad. En 1963 el Servicio Escolar de Alimentación y Nutrición había editado una publicación sobre los cultivos que debían conformar los huertos escolares de la zona mediterránea, pues como señalaba en el prólogo a dicho folleto Justo Pintado Robles, Jefe Central del SEAN: "si la idea del huerto escolar debe ser común en toda España, en sus cultivos ha de ser diversa, conforme a la misma variedad geográfica y espiritual de nuestra patria" (Pintado Robles, 1963, p. La creación de los huertos escolares, conllevaba actividades previas de sensibilización dirigidas tanto a la comunidad educativa como al resto de la población y en particular a las familias. A través de las mismas se conseguía involucrar a muchos actores y superar algunas dificultades como las relacionadas con la adquisición de los terrenos: [...] es verdad que el vecindario, inicialmente [...] no facilita ni siquiera a título de usufructo el terreno que se le pide; argumenta que no ve la necesidad de fomentar la producción de unos alimentos que por tradición muchas veces no consume, o muy escasamente; si se le habla de aspectos de eficiencia agraria cree que la teoría escolar poco puede hacer para solucionar sus problemas del campo [...] a veces, se nos han opuesto porque estimaban que esos mismos resultados intelectuales que la escuela consigue, infravalorados por esa falta de proyección práctica para la vida, podían además perderse al restar horas y entusiasmo a niños y maestros al trabajo escolar o al romperse el equilibrio tradicional de las clases formalizadas [...] el mismo dirigismo estatal y municipal no es el clima más propicio para que estos vecinos [...] se sientan artífices y responsables de su propio progreso. En la superación de estas "creencias contrarias a todo cambio de actitud o innovación de instituciones escolares, que han sido recogidas en otros trabajos que se han ocupado de la educación rural en la España de las décadas de 1950 y 1960 ( Hidalgo, 2015, p.136), " jugó un papel fundamental la posición social de las maestras y maestros y su entusiasmo y capacidad para trasladar "la visión futura de la escuela y su importancia en el porvenir de los pueblos" (Groves, 2011). Junto a sus esfuerzos, en el caso asturiano resultó fundamental la colaboración de otras instituciones como los servicios agropecuarios dependientes de la Diputación, quienes facilitaron la adquisición de terrenos y promovieron "entre las autoridades locales y vecinos influyentes la idea de experimentar en plan piloto una faceta educativa nueva en la escuela así como la introducción de hábitos de producción de alimentos protectores mediante el trabajo convenientemente orientado y desarrollado por los propios niños": [...] se celebraron reuniones con todos los vecinos, previamente convocados por el maestro, a horas compatibles con su trabajo (ordinariamente al anochecer); en estos contactos realizados muchas veces por la presencia del alcalde y siempre con la participación entusiasta de algún técnico de los servicios agropecuarios, se suscitaba el coloquio sobre problemas del círculo general de sus preocupaciones que, asesoradas por el maestro, más podrían fomentar el interés y la participación del mayor número de vecinos: orientaciones para la agricultura, ganadería, cuestiones de vida municipal, asistencia escolar, becas, etc., y al final se les pedía algo para sus hijos: un terreno para el huerto, en la forma precaria que determinasen, haciendo hincapié en aquellos razonamientos de los vecinos o padres reacios a su funcionamiento. Una vez obtenido el terreno, para conseguir instalar el huerto como unidad escolar y que adquiriese el valor didáctico y pedagógico adecuado, se planificaban las tareas a realizar y las labores que debían desarrollar niños y maestros. Para evitar los problemas que suponía el cese de actividades escolares durante el periodo estival, se buscaba organizar ciclos cortos de cultivo que comportasen tareas fáciles de ejecutar pero que resultasen útiles "para la educación y la enseñanza" (Medina Rubio, 1966, p. El tamaño del huerto era habitualmente de unos 200 metros cuadrados y formato rectangular con 10 metros de ancho y 20 de largo, ya que de ese modo se facilitaba el arado accionado por caballería o por un pequeño motocultor. También se buscaba que el lado norte del huerto estuviese protegido del viento mediante paredes, fachadas o arbustos. La superficie se distribuía tal como aparece en el Gráfico 1: Se dispondría de una pequeña porción, señalada con S, de dimensiones 10,00 por 2,00 metros; esta parcelita podría dedicarse a la instalación de semilleros, a pequeños cultivos escalonados, tales como rábanos, remolacha de mesa, lechuga, etc., y a plantas de jardín. Una acequia que conduciría el agua de riego, podría separar la parcelita que hemos descrito del resto de la parcela que ocuparía 160 metros cuadrados. Grafico I. Esquema de la parcela. Fuente: Elaboración propia a partir de los datos recogidos en el texto de Juan Cornejo Aizperrutia (Cornejo, 1963, p.9) De acuerdo con los objetivos del huerto escolar, para explotar aquellas parcelas, los 160 metros cuadrados se dividían en 4 sub-parcelas de 40 metros cuadrados cada una, de dimensiones 2,5 metros de ancho y 16,00 metros de longitud, orientada en el sentido en el que transcurrían las aguas de riego. De esta forma se favorecía la rotación de las cosechas y permitía una amplia variedad de cultivos con una disposición alternativa de los mismos en las diferentes hojas o secciones del huerto. La alternancia se establecía, a través de plantas de ciclo similar: patatas por trigo, maíz por cacahuetes, plantas forrajeras por yeros, cebolla temprana por judías verdes, habas por guisantes, tomate por pimientos o berenjenas, melón por sandía y cebolla tardía por judías para grano. Pero como se insistía en las fuentes consultadas, se trataban de recomendaciones a título de orientación, pues como se ha indi-cado con anterioridad, los huertos escolares debían adaptarse a las circunstancias climatológicas y de terreno que predominasen en cada caso (Cornejo Aizperrutia, 1963, p. En las fuentes consultadas, también se mencionaba la posibilidad de contemplar un "huerto frutal" con por ejemplo perales, ciruelos, manzanos o melocotoneros, a parte del "huerto de hortalizas" con parcelas destinadas a los productos como los que se han mencionado en los párrafos previos, como guisantes, patatas, cebollas, ajos, zanahorias, lechugas, tomates, remolachas, judías verdes y fresas (Pintado Robles y Noriega, 1963, p. En la programación de las actividades, con las ya citadas variaciones aconsejables para cada localidad, participaban los maestros, los técnicos agrarios y el SEAN, ya que para conseguir el desarrollo eficaz de la unidad educativa que representaba el huerto escolar, además de la preparación pedagógica básica, se requería otra más específica que desbordaba en ocasiones a los educadores. Muchas cuestiones podían ser orientadas y resueltas por los maestros, pero otras exigían la participación de técnicos especializados para poder ejecutar una programación que incluía desde el análisis de las condiciones físico-químicas del terreno de la escuela donde se iba a desarrollar el huerto, a la ejecución de los planos donde ubicar las parcelas para sembrar, los caminos o senderos, los semilleros y el "aviverado". El calendario de siembra se buscaba que fuese el más adecuado a la comarca o zona donde se ubicaba el centro escolar y en consonancia "con las necesidades hortícolas alimentarias" y las minutas que contemplaba el plan de comedores escolares indicando fechas, especies vegetales, aplicación de abonos, etc. Se trataba de ofrecer a los escolares la posibilidad de incorporarse a la producción de diversas especies vegetales. De forma complementaria a todas las actividades que comportaba el huerto escolar, también se contemplaba informar periódicamente a los padres de dichas actividades y fomentar su participación en todo el proceso a través del llamado consejo local asesor de padres (Medina Rubio, 1966, p. La experiencia asturiana también contempló iniciativas encaminadas a estimular la creación de nuevos huertos escolares y la optimización de la calidad de los existentes, a través de los concursos de huertos escolares y enseñanzas sobre producción de alimentos. De hecho, entre los criterios que manejaban los jurados de los mismos, se valoraba el entusiasmo desplegado por los niños y maestros en la instalación y funcionamiento de los huertos y el nivel alcanzado por los alumnos en las enseñanzas agrícolas y en la producción de alimentos (Medina Rubio, 1966, p. Así mismo, a través de la idea "el mensaje del niño incorpora a todos" la experiencia asturiana también sirvió para estimular la creación de huertos familiares: [...] el huerto escolar ha sido el mejor estímulo para la creación e impulso de los huertos familiares. Los padres, con los trabajo más duros (labores de siembra, estercoladuras, minado y volteado, etc.), ven compartir, en el mundo de sus experiencias, su ilusión con la de los niños, reforzada con una previsión que acaso escape a estos, cual es la resolución de muchos problemas de orden económico, social y alimentario en el seno del hogar. A través de los huertos escolares se acabó creando una conciencia entre los escolares, los educadores y las familias acerca de la importancia básica de una buena alimentación y de reorientar la política de producción de alimentos: [...] con semillas y plantas de los viveros del huerto escolar se ha hecho una amplia difusión de todos estos aprovechamientos, que hoy están generalizados en las fincas de los cultivadores locales. En el orden del embellecimiento de la vida hogareña, los mismos escolares han llevado a sus casas estas mismas plantas, dando una nueva nota de relieve a sus hogares. Por ello, en forma oficial, varios consejos económicos sindicales comarcales han acordado solicitar del Gobierno el fomento de los huertos escolares; señalando el Consejo Económico Sindical de Asturias que la política de educación habrá de ir dirigida hacia la modernización de las escuelas actuales, dotándolas de campos de experiencias agrícolas, huertos y pequeñas granjas escolares. La evaluación y valoración global de la experiencia educativa que habían representado los huertos escolares de Asturias (Medina Rubio, 1966, p. 33-36), ponía de manifiesto que se habían alcanzado los principales objetivos al desarrollar fórmulas y recursos pedagógicos próximos a lo que en la actualidad se define como aprendizaje por descubrimiento, aprendizaje basado en problemas y aprendizaje servicio (Barrón Ruíz y Muñoz Rodríguez, 2015, p. Desde la perspectiva de la educación alimentaria el huerto permitía crear y desarrollar en los niños, pero también en la comunidad, mejores hábitos alimentarios mediante la producción de alimentos a nivel local, al fomentar entre los escolares y sus familias una utilización de los medios más próximos para mejorar su nivel nutricional. Además, promocionaban el consumo de alimentos protectores como hortalizas y frutas e iniciaba a los escolares en las prácticas de conservación y transformación de muchos de estos alimentos. Desde la perspectiva de la educación agraria, además de estimular el nacimiento de vocaciones para el trabajo agrícola, se aportaba una capacitación agraria básica. A través del huerto como unidad de producción económica se habituaba al escolar a investigar, explicar y conocer las condiciones económicas y de trabajo que otorgase mayor rentabilidad a la actividad agrícola y "convertir al campesino en agricultor". En el ámbito de la educación social, los huertos escolares, a través del trabajo en equipo permitían fomentar la ayuda mutua, la comprensión y cooperación, el sentido de responsabilidad, disciplina y confianza entre otras cuestiones. Por último, se destacaba el valor de los huertos escolares como un medio de enseñanza activa (véase Imagen 1), ya que muchos aspectos de las ciencias naturales, de la geografía, etc., encontraban en el huerto escolar "una comprensión más viva e interesante que la meramente libresca", despertando el sentido de la observación y haciendo "que las ideas se fijen mediante la propia experiencia". LA EXPERIENCIA DE LAS GRANJAS ESCOLARES Junto a los huertos, las granjas escolares también alcanzaron un importante desarrollo, aunque no disponemos para su análisis de la misma cantidad y calidad de fuentes que se han utilizado para el análisis de los huertos. En el desarrollo que alcanzaron las granjas escolares pudo haber jugado un papel fundamental la experiencia previa que habían representado las granjas escuelas de las Sección Femenina que se establecieron, sobre todo a partir de 1950, tras el acuerdo de cooperación entre la Dirección IMAGEN I. Clase práctica. Labores de mantenimiento de hortalizas Fuente: Actividades del SEA (1964), "Labores de mantenimiento en Hermigua" (Santa Cruz de Tenerife). Autor de la fotografía: Sr. Gómez. Madrid: Mediateca del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, Clave/referencia 6013 (Grupo Juvenil). General de Colonización del Ministerio de Agricultura y la Delegación Nacional de la Sección Femenina (Hidalgo, 2015, p.132-133). Las granjas escolares tenían por finalidad la educación infantil y la producción de alimentos de origen animal, siendo recomendable la utilización de animales cuya cría no resultase muy gravosa y tuviera altos rendimientos. Al igual que en el caso del huerto escolar, tenía la consideración de clase práctica, para el estudio y producción de animales, y un medio de desarrollo de iniciativas y responsabilidades de los escolares, así como un instrumento ideal para la orientación profesional ganadera (véase Imagen 2). Las más aceptadas eran las de modalidad avícola, cunícola y apícola, pero sin descartar la posibilidad de los tipos vacuno, cerda, lanar, piscícola, etc. Dentro de la modalidad avícola se sugería la posibilidad de instalar granjas de aves de puesta en jaulas individuales acoplables en batería. Dichas jaulas se podían considerar propiedad de cada niño o niña, y en época de vacaciones se las podían llevar a sus domicilios, pasando de la granja escolar a la infantil y familiar (Servicio Escolar de Alimentación y Nutrición, 1964, p. LA INTEGRACIÓN DE HUERTOS Y GRANJAS EN EL SISTEMA PEDAGÓGICO DEL PROGRAMA EDALNU De acuerdo con la filosofía desarrollada por el Programa Edalnu que se ha explicado con anterioridad, para cada una de las seis unidades educativas que conformaban el sistema pedagógico que lo guiaba (Véase Gráfico 2), se debía formar un equipo integrado por cinco o siete escolares de diferentes edades. Era a través de los mismos como se gestionaban los huertos y las granjas escolares, ya que el resto de equipos se ocupaban de las tareas del comedor escolar, de repartir el complemento alimenticio o de preparar los materiales para la enseñanza. Los jefes de cada equipo conformaban la junta directiva de los IMAGEN II. Clase práctica en granja escuela Fuente: Actividades del SEA (1965), Formación, Extensión e investigación (especies menores) en Santa Bárbara (Santa Cruz de Tenerife). Autor de la fotografía: R. Ayerra. Madrid: Mediateca del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, Clave/referencia 6019 (Club Juvenil). llamados clubes escolares y elegían al presidente o presidenta de entre ellos. También se contemplaba la creación de redes de clubs escolares a nivel municipal, comarcal, provincial, regional y nacional. Los clubes escolares estaban orientados al desarrollo y comunicación de actitudes y recibían la denominación de Club Escolar 3C. Club indicaba espontaneidad al crearlo, dinamismo en la actividad y recreo del espíritu. Escolar por estar dirigido a niños y niñas que se educaban conforme a un sistema donde la escuela debía adquirir la condición de comunidad. Y las 3C, significaban Comunión de ideas, a través de un ideal, una aspiración, un impulso que les unía a realizar una empresa común; la Comunidad de vida, por el apoyo mutuo, la ayuda recíproca y el auxilio eficaz que encerraba su puesta en marcha; y Comunicación de bienes por los beneficios y las satisfacciones comunes que se generaban. Como han indicado otros autores (Hidalgo, 2015, p. 129-131) los atisbos de renovación pedagógica que apuntan algunos de los resultados que se acaban de exponer, en las imágenes que acompañan muchas de las fuentes únicamente muestran a niños (varones) en los huertos y las granjas escolares (Véanse imágenes 1 y 2), mientras las niñas aparecen en otros ámbitos como el comedor escolar (Véase imagen 3). Se trata de una realidad que muestra la diferenciación de los roles de género que seguían persistiendo y que se continuaban potenciando desde el ámbito escolar, a pesar de los intentos de cambio (Hidalgo, 2015, p.126; Sonlleva-Velasco y Torrego-Egido, 2018). Como ya han hecho otros autores a partir del análisis de las imágenes que aparecían en los libros de textos durante la etapa franquista (Martín-Requero, 2000), en futuras investigaciones habrá que profundizar en estas y otras cuestiones. Entre las actividades que debía desarrollar el equipo del huerto escolar figuraban la de intervenir en la organización y marcha del huerto, determinar los equipos de trabajo y parcelas a su cargo, plantar, abonar, regar, conservar las herramientas y útiles, colaborar en el análisis de los terrenos, encargarse del almacén de semillas y abonos, formalizar los pedidos necesarios, cuidar del semillero, llevar el libro de ren- dimiento por parcelas, así como atender a las plantas ornamentales que pudieran existir en la escuela y preparar franelogramas, dibujos y cartelógrafos sobre horticultura y aquellas otras actividades que fueran descubriendo con el desarrollo del huerto escolar (Pintado Robles y Sanz Pérez, 1964, p. Las 6 unidades educativas En el caso de las granjas escolares, las actividades que debían desarrollar los equipos, se resumían en el estudio de la modalidad de granja que debía establecerse en la escuela (avícola, cunícula, cerda, vacuno, piscícola, apícola, etc.), atender a la cría y cuidado de los animales, tener al día las fichas de cada animal y sus rendimientos y llevar los libros de gastos y de ingresos (Pintado Robles y Sanz Pérez, 1964, p. Todas estas actividades se sumaban como ya se ha indicado a las que se realizaban en las unidades del complemento alimenticio y el comedor escolar y estaban dirigidas a la creación de hábitos y a la promo-ción de una dieta variada y equilibrada, además de fomentar el consumo de alimentos protectores (Trescastro-López y Trescastro-López, 2013, p. Como ocurre en la actualidad con los llamados huertos escolares ecológicos, el recurso didáctico que representan huertos y granjas como las que impulsó el Programa EDALNU, permite trabajar diversas cuestiones medioambientales y entre ellas las relacionadas con el consumo y la alimentación y por tanto con los hábitos alimentarios (Suárez Carrillo, 2011). Como se acaba de comprobar con el ejemplo de los huertos y las granjas escolares, el Programa Edalnu había alcanzado en los primeros años de la década de 1970 un importante desarrollo y llegó a involucrar a diversas instancias ministeriales y varios organismos e instituciones. Fue tutelado hasta 1973 por el Ministerio de Educación, pasando a depender, a partir de dicha fecha, de la Dirección General de Sanidad y en 1989 del Departamento responsable de Educación para la Salud del Ministerio de Sanidad y Consumo. Su progresiva desactivación, que coincidió con la emergencia de la epidemia de obesidad y sobrepeso en España (Trescastro-López, Galiana-Sánchez y Bernabeu-Mestre, 2016; Aranceta-Bartrina, Pérez-Rodrigo, Alberdi-Aresti, et al. 2016), se vio favorecida por la transferencia a las Comunidades Autónomas de las competencias relacionadas con la nutrición comunitaria y las actividades de educación en alimentación y nutrición. Habría que esperar a la puesta en marcha, en 2005, de la Estrategia NAOS (Nutrición, Actividad Física y Prevención de la Obesidad), para poder contar con una política de educación alimentaria de ámbito estatal como la que representó el Programa Edalnu, sin duda la iniciativa más importante de educación en alimentación y nutrición desarrollada en España hasta esta fecha. La recuperación y puesta en valor de sus actividades educativas, tal como se ha intentado con el presente trabajo, puede ayudar en el diseño y aplicación de los instrumentos de educación en alimentación y nutrición que permitan hacer frente a retos como el sobrepeso y la obesidad o complementar y ayudar a complementar iniciativas como las del Programa de Alimentación y Nutrición y Gastronomía para la educación infantil (PANGEI) coordinado por el centro nacional de innovación e investigación educativa del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (Anchón Tuñón, Alonso Aperte, Ansón Oliart, et al,2012). La recuperación de la experiencia educativa de las actividades desarrolladas por Extensión Agraria y el Programa Edalnu en torno a los huertos y granjas escolares, aportan elementos de reflexión que pueden ayudar en el desarrollo de los objetivos que tiene planteados en la actualidad la agroecología escolar y los retos de la educación en alimentación y nutrición. La visión integradora del Programa Edalnu, en el que la escuela, el entorno y la familia estaban interconectados, puede servir de ejemplo para las actuales estrategias de educación en alimentación y nutrición. El huerto y la granja escolar estaban considerados como un incentivo práctico para el estudio y produc-ción de alimentos y la divulgación entre los escolares de los conocimientos agrarios elementales de cultivo y cría, así como un instrumento para la orientación profesional agrícola. Su implantación permitió fomentar la producción local de alimentos protectores, contribuyendo a introducir entre otras ventajas, nuevos y mejores hábitos alimentarios a nivel escolar y familiar. El objetivo era conseguir una producción escalonada y diversa, acorde con la variedad geográfica y climática del Estado español y con los hábitos nutricionales recomendados en el Programa Edalnu. Los escolares tenían que realizar las operaciones necesarias para mantener los huertos y las granjas con su propio esfuerzo, de acuerdo con su edad y desarrollo físico. A través de la metodología "aprender haciendo", se desarrollaron fórmulas y recursos pedagógicos cercanos al aprendizaje por descubrimiento, el aprendizaje basado en problemas o el aprendizaje servicio. La consideración del huerto y la granja como unidad de producción económica, permitía al escolar investigar, explicar y conocer las circunstancias que aportaban mayor rentabilidad a la actividad agrícola. El trabajo en equipo fomentaba la ayuda mutua y el sentido de la responsabilidad. El uso de los huertos y granjas escolares como un instrumento de enseñanza activa, despertaba el sentido de la observación y ayudaba a fijar conceptos e ideas desarrolladas en las diferentes disciplinas curriculares mediante la propia experiencia. Los resultados obtenidos, en consonancia con la idea de educación integral que guio el sistema pedagógico desarrollado por el Programa Edalnu, muestran la triple dimensión que adquirió la práctica educativa de los huertos y las granjas escolares al permitir educar el medio, educar sobre el medio y educar a favor del medio, tal como ocurrió con las actividades de sensibilización dirigidas a la comunidad educativa pero también al conjunto de la población y en particular a las familias. Al plantear la educación alimentaria desde la globalidad del proceso de la alimentación y el análisis de los diferentes eslabones de la cadena alimentaria, se implicó, a través de su participación en las actividades educativas, tanto a las familias como a profesionales y agentes sociales externos a la comunidad escolar.
atención ha prestado a una de las sombras arrojadas por tales narrativas modernizadoras: la incontestable pervivencia de una sofisticada cultura manuscrita entre los practicantes del saber en tiempos de la llamada "cultura impresa". Prestaremos aquí atención a algunas prácticas amanuenses en el trabajo de la historia natural, utilizando para ello los ricos fondos del Muséum national d'histoire naturelle en París. Nos centraremos en artefactos manuscritos (diarios, excerptas, catálogos de fichas) e híbridos (herbarios), atendiendo a su función en cuatro gestos clave de la labor del naturalista: observar, leer, clasificar, archivar. Lejos de constituir una práctica secundaria, la creación y manipulación de registros manuscritos se situaba en el corazón de la vasta empresa del conocimiento de la naturaleza entre 1660 y 1830. INTRODUCCIÓN: LA ALARGADA SOMBRA DE GUTENBERG EN LA HISTORIA DE LA CIENCIA A finales de junio de 1840, una procesión festiva pero estrictamente jerarquizada marchó por las calles de Estrasburgo para congregarse en una céntrica plaza: allí se desveló una estatua en bronce de Johannes Gutenberg (1400-1468), considerado entonces como hoy el inventor de la imprenta de tipos móviles a mediados del siglo XV. Tañeron las campanas de la ciudad, se disparó una salva militar, se decretaron tres días de festejos y se rebautizó la plaza, en aquel momento y lugar, con el nombre que aún hoy la identifica: Place Gutenberg. Varios notables se sucedieron en el estrado para pronunciar discursos sobre la radical modernidad de Gutenberg y su invención. Un tal Lichtenberger, abogado y "orador de palabra impactante y fogosa", recordó que "cuatro siglos atrás reinaba la ignorancia, que produce y sufre la esclavitud", que "en vano y con raro coraje luchaban unas pocas mentes de élite contra las embestidas de la barbarie", pero que "un gran, vasto genio apareció entonces, y su creación sublime cambió la faz del mundo. ¡Atrás la superstición y el despotismo! ¡Aquí llega la era de las luces y la libertad!". Apenas hubo bajado de la tribuna en un mar de aplausos, un coro entonó la música compuesta para la ocasión por el célebre Sigismond von Neukomm: ¡Imprenta, motor del mundo, oh palanca de Arquímedes! / Tú, concebida entre nuestros muros por Gutenberg exiliado, / hija del viejo Estrasburgo, fuerza ante la que todo cede, / ¡Salud! ¡Salud en el día de tu santo jubileo! 1 La estatua representa a un barbado Gutenberg que exhibe solemne una página con las palabras impresas et la lumière fut, "y se hizo la luz". Cuatro bajorrelieves decoran el pedestal, cada uno representando las bendiciones traídas por la imprenta a los cuatro antiguos continentes: en África, los esclavos rompen sus cadenas gracias a la instrucción libresca traída por los europeos; en Asia, oficiales británicos y franceses ofrecen volúmenes impresos a brahmanes indios y mandarines chinos a cambio de valiosos manuscritos; en América, Benjamin Franklin sostiene una copia recién impresa de la Declaración de Independencia; en Europa, las lumbreras del pensamiento occidental se congregan en torno a una prensa, de Erasmo a Cervantes, pasando por los gigantes de la Ciencia: Bacon, Copérnico, Galileo, Newton, Linneo, Buffon. A la escala local, el evento conmemora no sólo el 400 aniversario de la invención, sino también la orgullosa reivindicación de que Estrasburgo, y no Maguncia, fue el escenario de tan trascendental creación. El episodio figura también al genio creativo, individual, solitario y masculino, sin duda una de las marcas del Romanticismo. Es un buen ejemplo de que nuestras concepciones actuales sobre el pasado se forjaron en parte en los períodos intermedios. Pero la escultura a Gutenberg y su festiva erección encarnaban y promovían sobre todo el mito de la modernidad occidental. En la retórica confiada y positivista que nutría los acontecimientos de 1840, la cultura impresa se erigía como luz de la civilización, nacida en el corazón de Europa y, de allí, exportada a todos los rincones del mundo para beneficio de la humanidad. Los bajorrelieves de la base, y en particular el de Europa, nos hablan además de la ecuación forjada entonces entre "Ciencia" -con C mayúscula y en singular -y cultura impresa, vínculo sin duda fundacional de la narrativa modernizante occidental e indispensable para la pretendida preeminencia cultural -y por ende política y económica -de Europa sobre el resto del mundo. La idea de que existe una "ciencia moderna" y de que su surgimiento reposó en gran medida sobre la difusión de una nueva "cultura impresa" sobrevivió largo tiempo a la fanfarria de los festejos estrasburgueses de 1840. Una de las últimas y sin duda de las más sofisticadas articulaciones de ambos fenómenos es la que ofreció Elizabeth L. Eisenstein en La revolución de la imprenta en la Edad moderna europea de 1979. Para la historiadora, la cosa estaba clara: la invención de Gutenberg fue el verdadero catalizador tecnológico del nacimiento del mundo moderno y el crisol en el que se forjaron las nuevas formas del saber. Al posibilitar la circulación a gran escala de copias idénticas de textos científicos, nos decía Eisenstein, la imprenta permitió que sabios de toda Europa pudiesen corregir, complementar y desarrollar las contribuciones de sus congéneres de un modo exacto y acumulativo que no habría sido posible en la "era de los amanuenses" (Eisenstein, 1994). En las tres últimas décadas, los historiadores han estado ocupados desmontando mitos modernizadores, incluidos los de las revoluciones científica y de la imprenta. El célebre bibliógrafo D. F. McKenzie, por ejemplo, en su memorable estudio sobre el Tratado de Waitangi (1840), ya dio cuenta de la retórica modernizadora y de la carga civilizadora y colonialista que acompañó la llegada de la imprenta a Nueva Zelanda de la mano del Imperio británico (McKenzie, 2005, pp. 92-140). Adrian Johns, por otro lado, en un estudio imponente, argumentó que los efectos y propiedades de la imprenta no son intrínsecos a la nueva tecnología, sino el trabajoso producto de inciertas negociaciones y frágiles convenciones sociales que acompañaron a su difusión (Johns, 1998). El debate entre Eisenstein y Johns ha estimulado estudios fascinantes sobre las relaciones históricas entre ciencia y cultura impresa. Y sin embargo poco sabemos aún sobre una de las muchas sombras proyectadas por la categoría de modernidad encarnada en la estatua de Gutenberg: la incontestable pervivencia de las prácticas manuscritas en el trabajo científico. Contrariamente a lo que sugería Eisenstein, historiadores como Harold Love, Peter Beal y Fernando Bouza han puesto de manifiesto que la imprenta no llegó a acabar con la "cultura de los amanuenses" y que la circulación de textos manuscritos alcanzó dimensiones considerables durante los siglos XVI, XVII y XVIII en géneros tan diversos como la poesía, las noticias o los libelos políticos (Love, 1998; Beal, 1998; Bouza, 2002). En lugar de postular una oposición binaria entre cultura impresa y manuscrita, la reciente historiografía presta atención a las múltiples formas de interacción entre ambos soportes, de formularios a libros anotados (Chartier, 2015, pp. 21-44). Pese a este acervo de estudios, sin embargo, poca atención se ha prestado a la vigencia de las prácticas manuscritas en la historia de la ciencia. Las cosas parecen haber empezado a cambiar en los últimos años gracias sobre todo a investigaciones en historia del libro y de la erudición. Es el caso, por ejemplo, de recientes trabajos sobre prácticas de lectura docta como la toma y gestión de notas o la compilación de libros de lugares comunes (Décultot, 2001; Cevollini, 2006; Blair, 2010; Nakládalová, 2013). En historia de la ciencia, Anke te Heesen acuñó la expresión "tecnologías de papel" para designar las formas materiales de inscripción y manipulación documental sobre las que reposaba la fábrica de los saberes científicos antes de la era digital (te Heesen, 2005). Los estudios sobre la historia de la gestión de la información se han convertido en una manera de dar perspectiva histórica a las acuciantes preocupaciones sociales de nuestro tiempo sobre los efectos de la tecnología digital en nuestros modos de procesar datos a gran escala -los llamados "macrodatos" o Big Data. La historia de la ciencia es uno de los laboratorios privilegiados para esta reflexión, con importantes estudios sobre el uso de técnicas memo-riales en los campos científicos del pasado (Bowker, 2005; Daston, 2012; Daston, 2017). En los últimos años, además, hemos visto al fin aparecer importantes análisis sobre las prácticas manuscritas en la producción de los saberes naturales (Yale, 2016; Bourguet, 2017). El presente trabajo se enraíza en estas variadas tradiciones historiográficas para intentar mesurar la fuerza y la pervivencia de las prácticas manuscritas en la producción de conocimientos científicos durante la baja Edad Moderna. De un modo u otro, astrónomos, filósofos naturales, médicos y naturalistas nunca dejaron de ser sabios amanuenses: obsesivos en tomar notas de sus observaciones y lecturas; profusos en las anotaciones y marginalia con los que atiborraban los libros impresos; pacientes en acopiar archivos destinados la mayoría de las veces, no a ser publicados y, en ocasiones, ni tan siquiera comunicados, sino a sustentar sus doctas indagaciones en el ámbito privado. El mayor desafío al que se enfrentaron los naturalistas de la Edad Moderna es uno que provoca frecuentes quejas en nuestra sociedad digital del siglo XXI: la sobrecarga de información (information overload). Como los investigadores en la era de internet, los naturalistas modernos eran sabios abrumados. La consolidación de las redes europeas de tipo comercial y militar a escala global, la creciente producción impresa y nuevas actitudes culturales favorables a la "lujuria informativa" (infolust) hicieron que, a partir del Renacimiento, los estudiosos del mundo natural se vieran apabullados por el aparentemente imparable flujo de información sobre plantas, animales, minerales y fósiles. Angustiados por la percepción de un exceso de información, los naturalistas desarrollaron herramientas de papel para la gestión de "macrodatos". Una serie de límites definen esta investigación. Para empezar, nos centraremos en un campo científico y un período específicos: la historia natural entre mediados del siglo XVII y principios del XIX. Prestaremos atención a una comunidad concreta: la de los naturalistas relacionados, de uno u otro modo, con el Jardin du roi de París, rebautizado tras la Revolución francesa como Muséum national d'histoire naturelle. El Jardin/Muséum de París se erigió a lo largo del siglo XVIII como un vasto archivo de las naturalezas del mundo. Utilizaremos, pues, como fuentes históricas artefactos manuscritos destinados a gestionar la información naturalista en el ámbito privado del sabio; es decir, pequeñas herramientas del saber como listas, catálogos, índices, diarios de observación, cuadernos de excerpta, fichas de papel, etc. (Becker y Clark, 2001). Haremos uso sobre todo de las colecciones naturalistas y documentales conservadas en el Muséum de París, fondos apasionantes y de una gran riqueza pero aún hoy poco explotados en lo que a la Edad Moderna se refiere. La evidencia histórica que hemos reunido aquí puede estructurarse en torno a cuatro gestos epistémicos fundamentales en el trabajo naturalista moderno: observar, leer, clasificar y archivar 2. Observar es sin duda el gesto epistémico definitorio del campo de la historia natural tal y como esta se formó entre los siglos XV y XVI. Durante el Renacimiento, los conocimientos que los europeos tenían sobre la flora y la fauna de las Indias occidentales y orientales se incrementó de manera radical, al tiempo que el flujo de materiales impresos facilitó el acceso a los textos de los antiguos hacia los que se adoptó un ojo cada vez más crítico. Con todo, los estudiosos del mundo natural empezaron a poner un énfasis decisivo en la observación de primera mano por un autor identificado. No por casualidad la consolidación de la historia natural como campo del saber coincide cronológicamente con lo que se ha dado en llamar "el imperio de la observación", el período en que la inspección ocular se convirtió en una categoría epistémica propia y esencial para un buen número de artes y ciencias (Daston y Lunbeck, 2011, pp. 45-103). Más importante aquí es el hecho de que con la transición a una historia natural fitográfica (esto es, una basada en la llana descripción de plantas y animales), las técnicas para reforzar la memoria docta, como la toma y almacenaje de notas, pasaran a ser esenciales en la empresa del naturalista, especialmente cuando se trataba de observaciones a distancia cuyo crédito había que asegurar por medio de convenciones. Un buen ejemplo de la estrecha articulación entre observación naturalista y la toma de notas (tanto textuales como gráficas) en el trabajo del naturalista moderno se encuentra en los trabajos del grupo de anatomistas de la Académie royale des sciences de París poco después de su fundación en 1666. Los académicos emprendieron un vasto proyecto para estudiar la anatomía animal, sobre todo la de bestias exóticas -de leones a camaleones. Uno de los lujosos volúmenes que resultaron del proyecto, publicado en 1671, incluye una viñeta que ilustra una escena idílica de trabajo colaborativo en la Académie. La imagen muestra a una veintena de sabios gentilhombres reunidos en una sala repleta de especímenes anatómicos. Dos de las figuras nos interesan aquí especialmente: la primera es la del académico que disecciona el torso de un zorro; la otra es la de un secretario, con ropas de abate, que toma notas a un extremo de la mesa de disección 3. De manera similar llevaron a cabo los académicos la disección de un elefante africano en Versalles frente a un público de cortesanos que incluía al rey Luis XIV. El informe publicado de la disección del elefante da cuenta del interés mundano que existía por la anatomía en la Francia del XVII (una moda que Molière satirizó en El enfermo imaginario), pero también de la centralidad de los registros manuscritos: "M. du Verney llevaba a cabo la disección; M. Perrault, la descripción de sus principales partes; & M. de la Hire, los dibujos" 4. La observación anatómica consistía no sólo en cortar y despedazar, sino también en registrar exactamente aquello que el escalpelo mostraba a la vista. La fuerza epistémica de los anatomistas de la Académie de París se basaba en que era todo un colectivo de respetables sabios el que daba fe de lo que se observaba (lo que se ha dado por llamar "empirismo colectivo"), pero la cosa estaba menos clara en el caso de las naturalezas extra-europeas, sondeadas generalmente por observadores solitarios. La toma de notas y el dibujo se convirtieron en útiles recursos para establecer convenciones que permitiesen asegurar el crédito de las observaciones realizadas en lugares remotos 5. Uno de los mejores fondos para estudiar el papel de la toma de notas, tanto gráfica como textual, en el trabajo de campo naturalista durante el siglo XVII probablemente sea el del naturalista, fraile y consumado dibujante Charles Plumier (1646-1704). Plumier pasó siete años, en tres distintos viajes, peregrinando por las islas del mar Caribe a cargo de las reales arcas de Louis XIV. Plumier reunió un inmenso archivo de la naturaleza caribeña que hoy suma más de cuarenta volúmenes y unas ocho mil páginas, de las cuales al menos tres mil son dibujos. Uno de los raros documentos en el fondo de Plumier que describe de manera narrativa sus andanzas isleñas toma la forma de hojas sueltas. Entre esbozos de pájaros y plantas y perfiles costeros trazados desde el barco, se intercalan entradas fechadas, los restos de lo que debió de ser uno de los varios diarios que el fraile parece haber compuesto en folios sin encuadernar -no por casualidad conservamos hoy apenas un puñado de páginas del diario-. Plumier registraba en ellas hechos extremadamente variados, pero ordenados por días: a las narraciones de las travesías ("la mañana del 31 avistamos tierra de la Martinica") y encuentros en las islas ("el tercer día visité a Monsieur de Gimosac") se añadían largas descripciones en latín de plantas y algún animal. En la Europa moderna, llevar un diario de observaciones de campo o un cuaderno de experimentos en el laboratorio emergió como práctica al mismo tiempo que otras dos categorías textuales con los que comparte no sólo cronología (siglos XVI y XVII) sino también parentesco de forma (entradas fechadas). Uno es el diario íntimo y el otro es el cuaderno de bitácora. Plumier, al fin y al cabo, indicaba en sus diarios no sólo sus vivencias, sino también la latitud o la fuerza y dirección de los vientos. Si la escritura introspectiva constituía, como el cuaderno de observaciones, una forma de disciplinar la experiencia (Daston, 1994, p. 23), los barcos "fueron una de las principales escuelas para el desarrollo de la toma de notas" (Blair y Stallybrass, 2010, p. La particularidad de los cuadernos de campo del naturalista, sin embargo, es que servían para materializar el acto mismo de observación. Un buen ejemplo lo encontramos en la relación entre texto e imágenes en el diario de hojas sueltas de Plumier: pequeñas referencias como letras del alfabeto sobre los dibujos a los que se anclaban notas marginales ("dibujé [la costa de Martinica] como en la figura AB [...]. Habiendo avanzado 6 leguas o 20 millas la dibujé viéndola como en la segunda figura") 6. Pero el ejemplo más espectacular entre los papeles de Plumier de esta materialización de la observación seguramente sean sus dibujos anatómicos de animales. En una veintena de imágenes hechas a mano, por ejemplo, Plumier capturó el proceso evanescente de la disección de un cocodrilo desde una imagen del animal entero a una del esqueleto de la bestia, pasando por los diferentes estratos anatómicos progresivamente desvelados y unos cuantos estudios de partes específicas (ojo, mandíbula, huesos de las extremidades). Como en el diario, copiosas notas marginales, referenciadas a ciertas partes de los dibujos por medio de anclas como letras del alfabeto, registraban la fecha y lugar de la disección ("Lago Miragoâne, en la Española, el 15 de enero de 1697"), las medidas del animal, las partes figuradas ("segunda vértebra", "tar-so"), así como otras formas de la experiencia de la disección anatómica ("grisáceo", "huele a musgo", "se ve un agujero profundo") 7. Con todo, las notas de observaciones de campo dan cuenta de la emergencia, respecto a la figura social y epistémica del naturalista, de una suerte de ethos anotador: el sabio, como lo expresaron los anatomistas de la Académie, sabe "ver bien", a diferencia de otros viajeros como "Mercaderes & Soldados" a los que les faltaba "el esprit de la Filosofía" 8. Lo que sugerimos aquí es que la toma de notas, textuales o gráficas, permitían pasar de un simple "ver" a un "ver bien" digno del naturalista. La toma de notas no sólo disciplinaba el proceso de observación, sino que también llevaba a la práctica una serie de convenciones (diarios fechados, dibujos anatómicos compuestos, referencias y notas marginales) con las que se aumentaba la fiabilidad de las observaciones realizadas en tierras remotas. Si algo tenía claro el secretario perpetuo de la Académie des sciences, Bernard Le Bovier de Fontenelle (1657-1757), era que el suyo era un tiempo definitivamente moderno en lo que a los saberes naturalistas se refería. En su "Elogio a Tournefort", leído en la Académie a la muerte del naturalista, Fontenelle ensalzó la radical novedad de la botánica tal y como la practicó en vida Joseph Pitton de Tournefort (1656-1708): La Botánica no es una ciencia sedentaria & perezosa que pueda adquirirse en el reposo & la sombra de un Gabinete, como la Geometría & la Historia, o que, a lo sumo, como la Química, la Anatomía, & la Astronomía, requiera operaciones de poco movimiento. [La botánica] exige que uno recorra Montañas & Bosques, que escale Peñascos escarpados, que se exponga en los bordes de Precipicios. Los solos libros que pueden instruirnos a fondo en esta materia han sido esparcidos al azar sobre toda la faz de la Tierra, & uno debe determinarse a la fatiga & al peligro de buscarlos & recolectarlos (Fontenelle, 1708, p. La metáfora de la Naturaleza como única biblioteca del nuevo estudioso de la flora y de la fauna alimentaba la convicción de los naturalistas de finales de siglo XVII de que ellos representaban una generación radicalmente nueva de practicantes de los saberes naturales. Para un autor contemporáneo, el naturalista del Renacimiento "no aspiraba más que a escuchar a los Antiguos para echar mano de sus luces, durante tanto tiempo sepultadas, los Botánicos no buscaban Plantas más que en los libros de los Griegos & los Latinos", hasta que "al fin la razón vino al mundo con las Ciencias" y "nos lanzamos a estudiar la Naturaleza tanto como los Libros" 9. La retórica de la autopsia o la observación directa en los saberes naturales constituye un lugar común de la Edad Moderna 10. Sin embargo, cuando tomamos como fuentes históricas los materiales producidos por los sabios en su trabajo cotidiano, en lugar de sus discursos publicados, resulta evidente que el procesamiento de información libresca era una parte vital del proyecto de la historia natural. Los lectores dejan huella, y aquí consideraremos dos formas de apropiación lectora que arrojan luz sobre la función de prácticas amanuenses en la gestión de la información. La primera y más evidente es la manipulación material de volúmenes impresos por medio de anotaciones marginales o signos de referencia. Es el caso, por ejemplo, de una copia de uno de los libros publicados por Plumier, su Nova genera Americanarum plantarum (1703), en el que el naturalista inventarió hasta un centenar de nuevos géneros botánicos americanos hasta entonces desconocidos. Setenta años después, la flora caribeña descrita por Plumier seguía sin ser del todo bien conocida por los botánicos europeos. La copia que mencionamos fue la que el naturalista Antoine-Laurent de Jussieu (1748-1836), profesor en el Jardin du roi en tiempos de la Revolución francesa, anotó paciente y copiosamente a mano, estableciendo correspondencias entre las plantas descritas por Plumier, de un lado, y las nuevas nomenclaturas y el herbario del Jardin, de otro. Jussieu leyó a Plumier "pluma en mano" para actualizar una fuente aún valiosa, aunque algo desfasada, y convertirla en un instrumento de trabajo personalizado 11. La segunda forma de apropiación lectora es la toma de notas. Un caso revelador lo encontramos en los papeles del naturalista Philibert de Commerson (1727-1773). Commerson es hoy bien conocido por su participación en la célebre expedición de circunnavegación capitaneada por Louis-Antoine de Bougainville en la década de 1760. Durante el viaje, Commerson reunió pacientemente una inmensa colección de especímenes y manuscritos sobre la flora y fauna australes. Sin embargo, una considerable proporción del archivo no consiste en registros de observaciones al vivo, sino en sofisticadas notas de lectura. Tómense como ejemplo la docena de pequeños cuadernos compuestos de cuartillas de papel y ordenados en una carpeta de piel con el título de "Notas & Extractos de algunos libros raros de historia natural". Creados probablemente durante un período de varios años, los cuadernos compilan excerpta o fragmentos de lectura de lo que podríamos llamar el "canon" naturalista del Setecientos (Carolus Clusius, Caspar y Johann Bauhin, Mathias de l'Obel, etc.). Commerson compiló en sus cuadernos excerpta de alrededor de un centenar de libros, para cada uno de los cuales ofrecía elementos tan diversos como información bibliográfica (autor, título, lugar y año de impresión), las partes que lo componían, estimaciones de la copia consultada que nos hacen pensar que los libros compilados no siempre le pertenecían ("como el mío pero en mal estado", "bien encuadernado"), copias manuscritas de algunas imágenes y, finalmente, las excerpta propiamente dichas (citationes), en su mayoría listas de las especies vegetales que más le interesaban, con equivalencias de nomenclatura ("se trata de la Corona imperiali") y referencias al lugar de la obra en la que se encontraban descritas ("Clus. El caso de Plumier, unas décadas antes, resulta también ilustrativo. Podemos utilizar dos ejemplos. En el primero, Plumier recortó (o adquirió en pliegos sueltos) los 480 grabados incluidos en los abultados volúmenes de Élémens de botanique (1694), la obra en que su amigo Tournefort, influyente profesor del Jardin du roi y académico, había propuesto su célebre sistema de clasificación natural. Lo que interesaba a Plumier eran sobre todo las imágenes, puesto que el sistema de Tournefort se basaba en la forma de las plantas. El sabio utilizó el dorso y los espacios libres de los grabados para compilar concisas excerpta de las largas descripciones que ofrecía Tournefort en su libro. Le quedaron a Plumier bastantes espacios libres, así que compiló otros dos juegos de excerpta: uno compendiando un diccionario de términos botánicos, también de Tournefort, y otro resumiendo un manual de anatomía bastante difundido en la época 13. No es el único ejemplo de cuadernos de excerpta entre los papeles de Plumier, ni el más interesante. Otro códice, titulado "Synopsis botanica", hace honor a su nombre: reunía en su mayoría vertiginosas listas e índices de equivalencias de nomenclatura botánica en varias lenguas (diferentes nombres dados a una misma especie). Su materialidad es importante: era un manuscrito particularmente cuidado que imitaba la estética de los libros impresos, desde el elegante frontispicio coloreado hasta el complejo índice final. Uno de los documentos de la "Synopsis botanica" consistía, de nuevo, en un cuaderno de excerptas de Tournefort. Esta vez, sin embargo, Plumier no utilizaba los grabados originales sino que había copiado algunas de las imágenes a mano (pero no otras), las había reordenado y en ocasiones corregido. Se trataba, por así decir, de un cuaderno de excerpta gráficas 14. Los cuadernos de excerpta de los naturalistas son un excelente ejemplo de cómo, durante la Edad Moderna, los sabios leían "pluma en mano": copiando, extrayendo y compilando pasajes conforme avanzaban a través de un texto. La toma y gestión de notas manuscritas constituía un modo de digerir el creciente número de libros disponibles. Artefactos como los de Commerson y Plumier pueden relacionarse con la práctica renacentista de la composición de libros de lugares comunes (loci communes), extendida a gran parte de Europa gracias al sistema educativo humanista adoptado por los colegios jesuitas. La práctica de los loci communes (cuyos principios fueron articulados por autores como Erasmo o Vives), consistía en la compilación de fragmentos dignos de interés e imitación, copiados de textos y autores variados, y su organización bajo epígrafes tópicos ordenados de manera alfabética o bien temática, en cuyo caso se incluían índices para facilitar la recuperación de la información (Blair, 1992). Los libros de lugares comunes representaban una suerte de instrumento mnemónico, destinado a aliviar las abrumadas memorias de los sabios y facilitar sus propias composiciones textuales. En el caso de nuestros naturalistas, los cuadernos de excerpta no son libros de lugares comunes propiamente dichos (no están organizados en epígrafes tópicos), pero participaban de prácticas de lectura "pluma en mano" y de gestión de la información escrita (y gráfica, en el caso de Plumier) que hunden sus raíces en aquella tradición humanista. Como los libros de lugares comunes, los cuadernos de Plumier y Commerson eran entendidos como instrumentos de memoria; a diferencia de ellos, sin embargo, su uso estaba frecuentemente orientado al trabajo de campo. Por ejemplo, uno de los cuadernos de Commerson, titulado "Herborizaciones de l 'Espérou" colecta información botánica de libros impresos y archivos manuscritos de varios naturalistas (Tournefort, Boissier de Sauvages) sobre la flora de una región concreta de las montañas de Occitania 15. Además de copiar los fragmentos que consideró más importantes y de resaltar los más vitales con manicula (pequeñas manos que se dibujaban en los márgenes de los libros para resaltar ciertos pasajes), Commerson remató el pequeño volumen con un elaborado índice alfabético de las especies mencionadas. Una nota nos indica que aquello era un "catálogo y notas para servir a las herborizaciones en diversas partes de Francia", es decir un documento que pudiese emplear en sus indagaciones empíricas de campo. Encontramos una explicación similar en la Synopsis botanica de Plumier, en cuyo prefacio manuscrito el naturalista anotó que "este pequeño trabajo [...] lo concebí como un enquiridión, o al menos para que me sirviese como manual" (hoc opusculum ceu enchiridion, aut mihi manual, confeci) 16. La palabra enquiridión -del griego ἐγχειρίδιον ("que cabe en la mano") y frecuentemente usada en los títulos de epítomes y compilacionesrecalca el uso privado de este tipo de artefactos, una suerte de instrumentos personalizados de trabajo en el que los sabios digerían y ordenaban información extraída de fuentes impresas para su uso en la observación naturalista o la escritura. Los cuadernos de lectura de los naturalistas ponen en cuestión la imagen tradicional de un cambio de rumbo radical en el siglo XVII de una historia natural como saber libresco a otra basada en la sola autopsia. Para naturalistas como Plumier y Commerson, el trabajo de campo no era tanto una oportunidad para la pura observación, expedita de todo influjo erudito, cuanto un espacio de comparación, correspondencia y verificación de la tradición libresca con la realidad natural. La práctica de la toma de notas sugiere la medida en que observación y lectura iban de la mano en el estudio de la naturaleza durante la Edad Moderna y hasta bien entrado el siglo XIX cuando menos. Un buen ejemplo de la pervivencia de las prácticas eruditas de lectura en la historia natural más tardía nos lo ofrece uno de los grandes héroes intelectuales del Muséum de París: el barón Georges Cuvier (1769-1832). Fundador y adalid de la anatomía comparada, Cuvier dio a la historia natural un giro decididamente empírico arraigado en la crítica documental de los anticuarios (Cuvier se definía a sí mismo como una "nueva especie de anticuario [natural]") (Rudwick, 2005, p. La historia natural de Cuvier se basaba en el estudio y comparación de esqueletos y fósiles, un método en el que él obviamente sobresalía gracias a su inigualado acceso a las colecciones zoológicas del Muséum, a la sazón unas de las más ricas del planeta gracias en parte a los expolios revolucionarios de los años 1790. Pese a la orientación decididamente empírica de su disciplina, Cuvier se zambullía a diario en un mar de papel, moviéndose con soltura tanto entre libros impresos como archivos manuscritos. En su historia comparada de los cocodrilos, por ejemplo, Cuvier examinó cuidadosamente los dibujos inéditos de Plumier sobre la anatomía del cocodrilo americano cuando estos tenían ya siglo y medio. Otro buen ejemplo entre los papeles de Cuvier lo encontramos en una pila de más de cuatrocientas cuartillas sueltas que compilaban extractos de la obra naturalista con mayor circulación de la Europa moderna: la colosal Historia natural de Plinio el Viejo (23-79 d. La Historia natural era en sí misma el producto de la espectacular y obsesiva erudición compiladora de Plinio, quien se enorgullecía de haber reunido las descripciones de nada menos que 20.000 objetos naturales extraídas de 2.000 volúmenes escritos por un centenar de autores distintos. Para los humanistas del Renacimiento, Plinio constituía el modelo supremo de gestión de información docta; para Cuvier, su obra perduraba como uno de los cimientos de toda indagación naturalista. Las cuatrocientas cuartillas de Cuvier compilaban excerpta de los libros octavo, noveno y décimo de la Historia natural, aquellos que trataban sobre animales vertebrados. Cada cuartilla estaba dedicada a una de las especies animales descritas por Plinio, con indicaciones del libro, capítulo y página. Lo interesante es que las abundantes notas fueron escritas en distintos tiempos y probablemente a varias manos. Algunas de las cuartillas, por ejemplo, aparecen firmadas por un cierto Doé, mientras que otras incluyen anotaciones para orientar a Cuvier en su lectura de las excerpta ("M. el Baron de Cuvier tendrá a bien observar que he adoptado [aquí] la lección duo cubita &c.") 17. No hemos podido identificar al tal Doé, aunque su nombre aparece en la lista de eruditos, incluido Cuvier, cuyos comentarios a la Historia natural de Plinio fueron incorporados a una nueva traducción publicada en 1830 18. Pero parece plausible argumentar que los extractos de Plinio fueron realizados por colaboradores de Cuvier para Cuvier, probablemente por asistentes que "leían para" el sabio, digiriendo información libresca por él y tomando notas de lectura. El caso pone de manifiesto una cuestión fundamental y fascinante: la presencia de colaboradores en gran parte "invisibles" (ayudantes, sirvientes, esclavos, familiares como esposas e hijos) en la producción del saber naturalista, especialmente en tareas consideradas "mecánicas" como la composición y gestión de archivos. UN INTERLUDIO SOCIAL: COLABORADORES "INVISIBLES" EN LOS SABERES NATURALISTAS Hace ya unas décadas, el historiador Steven Shapin publicó un artículo en que se preguntaba por el papel, en gran medida olvidado, que habían jugado los asistentes en la producción del saber científico (Shapin, 1989). Basándose en sus trabajos sobre la obra del filósofo experimental Robert Boyle (1627-1691) en el seno de la Royal Society de Londres, Shapin partía de la constatación de una contradicción: pese a los muchos llamamientos de Boyle y los suyos a practicar la ciencia experimental con sus propias manos, la mayor parte de sus experimentos eran realizados "por manos de otros" (by others' hands). Boyle era, después de todo, un gentleman: sus asistentes, en su mayoría sirvientes instruidos, se encargaban en principio de las tareas consideradas "mecánicas" (como el manejo de instrumentos) y en la práctica, a menudo, de las más intelectuales también (como interpretar los resultados de los experimentos). Se trataba, sin embargo, de ayudantes doblemente "invisibles". Invisibles a nuestros ojos, puesto que los rastros de su presencia han tendido a desaparecer del registro histórico (excepto cuando Boyle necesitaba echarles la culpa de yerros en sus experimentos o, más raramente, cuando los asistentes acababan por desarrollar una carrera científica propia). Pero invisibles también a ojos de sus contemporáneos, de modo similar al de los sirvientes domésticos: la iconografía de la época, que tanta importancia daba a figurar al experimentalista y a su audiencia como una forma de conferir crédito a la representación del experimento, evitaba retratar a los asistentes, llegando a sustituirlos por putti rollizos y alados que manipulaban el instrumental. En el campo de la historia de libro, Ann Blair ha destacado el papel de las "manos ocultas" de la gestión textual, es decir, los amanuenses que escribían por, y leían para, los eruditos -una figura común entre los estudiosos de la Edad Moderna, de Erasmo a Newton- (Blair, 2014). Los trabajos de Shapin y Blair sobre los asistentes del saber incitan una pregunta crucial en nuestro estudio: ¿en qué medida la producción y gestión de registros manuscritos dependía de ayudantes cuya labor, mecánica o no, ha tendido a obliterarse de las fuentes históricas? No podremos aquí responderla adecuadamente, pero vale la pena avanzarla e ilustrarla aunque sea toscamente con algunos de los casos ya tratados. El primero es el de Cuvier, que en efecto hizo uso habitual de ayudantes en sus labores intelectuales cotidianas. La más fascinante descripción de los métodos y ambiente de trabajo de Cuvier nos la ofrece el escocés Charles Lyell (1797-1875) en una carta a su hermana. Con apenas treinta años de edad y habiendo abandonado su carrera como abogado para dedicarse enteramente al estudio de la geología, Lyell se embarcó en un viaje por Europa para estudiar los minerales del continente. A su paso por París en 1829, Lyell no pudo resistirse a visitar el Muséum y a Cuvier, consagrado ya como una estelar celebridad científica a nivel internacional. El joven Lyell estaba intrigado por el sorprendente rendimiento de Cuvier, que por entonces publicaba a un ritmo de un volumen cada tres meses. La razón de tamaña productividad, decía Lyell a su hermana, ha de buscarse en los métodos de trabajo del venerable sabio: Entré ayer en el sanctum santorum de Cuvier y es realmente característico del hombre. En cada parte se aprecia el extraordinario poder de metodización que es el gran secreto de los prodigiosos logros que realiza cada año sin aparentar la menor dificultad. Pero, antes de presentarte su estudio, he de decirte que frente a su casa se encuentra el museo de historia natural, que él mismo ha organizado de manera admirable, y también el museo de anatomía, comunicado con su vivienda. En éste se encuentra una biblioteca dispuesta en una serie de habitaciones, cada una de las cuales contiene trabajos sobre un tema. Hay una en dónde se encuentran todos los libros de ornitología, en otra habitación todos los de ictiología, en otra osteología, en otra ¡libros de derecho! &c. &c. Cuando está ocupado en trabajos que requieren la continua consulta de una variedad de autores, manda instalar una estufa en una de estas habitaciones, en las que todo lo concerniente a ese tema se encuentra organizado de manera sistemática, de manera que para escribir un mismo trabajo a menudo deambula por varias habitaciones. Pero el estudio ordinario no contiene estanterías. Es una habitación bastante alargada, amueblada confortablemente, iluminada desde arriba y equipada con once escritorios de pie y dos mesas bajas, como los empleados de oficinas públicas. Pero todo es para un solo hombre, que se multiplica como autor y, sin admitir a nadie en esta habitación, se mueve como cree necesario o le inclina su capricho, de una a otra ocupación. Cada escritorio está amueblado de un equipo completo de tintero, plumas, &c., alfileres para sujetar manuscritos juntos, los trabajos que ha de leer y su manuscrito. Hay una campanilla distinta para cada escritorio. Las tablas bajas son para sentarse cuando se siente cansado. Los colaboradores no son numerosos, pero siempre bien elegidos. Le ahorran toda labor mecánica, encuentran referencias, &c., son raramente admitidos en su estudio, reciben órdenes, y no hablan 19. La clave del testimonio de Lyell sobre los silenciosos y obedientes sirvientes científicos de Cuvier se encuentra en la referencia a su función esencial de ahorrar "toda labor mecánica" al amo. Ann Blair ha estudiado cómo, a partir del siglo XVII, varios autores identificaron ciertas tareas eruditas (copiar y ordenar notas, por ejemplo) como suficientemente "mecánicas" como para ser delegadas (Blair, 2010, p. Al menos uno de los colaboradores de Cuvier dejó una sólida traza documental, que encontramos entre los inmensos manuscritos preparativos a la publicación de Recherches sur les ossements fossiles. Publicado en la década de 1810 en cuatro sustanciosos volúmenes, Recherches fue el magnum opus de Cuvier, en el que el naturalista sentó las bases metodológicas de la anatomía comparada. Como el libro, los borradores consisten en gran medida en imágenes de huesos fósiles. Los dibujos servían como una suerte de "tecnología de papel" que sustentaba el método mismo de la anatomía comparada. La disciplina consistía en recomponer organismos animales a partir de restos fósiles a menudo aislados y comparar estos organismos los unos con los otros, así como con los de animales conocidos 20. Se trataba, en otras palabras, de una suerte de rompecabezas morfológico de reconstitución y comparación. Ese mismo era el objetivo de los dibujos preparativos de Cuvier: los restos fósiles se dibujaban a mano sobre hojas de papel y se recortaban para luego ordenarse, ya fuera en organismos enteros o en grupos compuestos por las mismas partes anatómicas de distintas especies animales 21. La segunda característica importante de los borradores gráficos de Cuvier es que muy probablemente fueron dibujados y recortados (tal vez incluso ordenados) por asistentes. Algunos de estos dibujos están firmados por uno de los pocos ayudantes de Cuvier que conocemos, Charles-Léopold Laurillard ("Laurillard del.[ineavit]") 22. Laurillard (1783-1853) había entrado en el círculo de Cuvier cuando contaba con veinte años (seguramente porque había nacido, como él, en la ciudad Montbéliard) y le serviría como ayudante hasta la muerte del profesor. A diferencia de otros asistentes de Cuvier, conocemos a Laurillard porque acabó siendo algo más que un simple "técnico invisible". No sólo aparece mencionado en varios textos de Cuvier, sino que también se convertiría en conservador de las colecciones anatómicas del Muséum, publicaría un catálogo de la colección de preparaciones anatómicas del maestro a la muerte de éste y desarrollaría, en definitiva, una carrera científica propia como zoólogo y paleontólogo 23. Ya en el siglo XVIII, los "técnicos invisibles" jugaban un papel fundamental en la producción y gestión de los registros manuscritos de los naturalistas. Un caso revelador (y algo insólito) es de nuevo el de Commerson. En su viaje alrededor del mundo, Commerson se hizo acompañar por un sirviente, un tal Jean Baret, que le asistía en la composición de su inmenso archivo sobre la naturaleza austral. La historia de este Baret acabo siendo popularísima ya en el siglo XVIII, pero no por sus doctas actividades, sino porque el sirviente resultó ser una mujer, con toda probabilidad la amante del sabio, que se travistió con tal de poder acompañar al naturalista en su aventura. En su Voyage autour du monde (1771), Bougainville nos cuenta cómo él y su tripulación averiguaron la verdadera identidad del falso sirviente cuando la expedición andaba ya por las Grandes Cícladas (hoy Vanuatu, en el océano Pacífico): Desde hacía algún tiempo, corría el rumor por los dos navíos de que el sirviente de M. de Commerson, llamado Baré, era una mujer. Su estructura, el tono de su voz, su mentón sin barba, su atención escrupulosa a nunca cambiarse de ropa o hacer sus necesidades frente a nadie, y otros varios indicios habían hecho nacer & acreditaban la sospecha. Sin embargo, ¿cómo reconocer a una mujer en aquel infatigable Baré, botánico harto experimentado al que habíamos visto acompañar a su amo en todas sus herborizaciones, en medio de nieves & sobre los montes helados del estrecho de Magallanes, & acarrear incluso en esas penosas marchas provisiones de víveres, armas & cuadernos de plantas con un coraje & una fuerza que la habían merecido por parte del Naturalista el sobrenombre de bestia de carga? Pero se requirió la escena que tuvo lugar en Tahití para que la sospecha se troncase en certitud. M. de Commerson descendía para herborizar; a penas Baré, que lo seguía con los cuadernos bajo el brazo, puso pie en tierra, los Tahitianos la rodearon, gritaron que se trataba de una mujer & intentaron presentarle los honores típicos de la isla (Bougainville, 1771, pp. 253-254). La historia de Jeanne Baret (1740-1807) es tan célebre hoy como lo fue en la época -ha dado lugar al menos a un ensayo histórico de dudosa exactitud y una azucarada novela romántica-. Y es posible que sea precisamente gracias a ello que hoy conservemos los pocos indicios que nos dan cuenta del trabajo científico con el que, "cuadernos bajo el brazo", la mujer intervino en los trabajos botánicos por lo general asociados al nombre de Commerson -una colaboración que Bougainville habría seguramente pasado por alto en su relato si el caso de Baret no hubiese acabado siendo tan llamativo-. Otra pista nos la ofrece el testamento de Commerson, que estudia-remos más adelante, en el que el sabio delegaba en Baret la crucial tarea de ordenar los fondos antes de que pasasen a sus herederos. Ya fuera o no su amante, Baret es una buena ilustración de la medida en que el espacio doméstico constituía un lugar clave aunque olvidado de la producción del saber; familiares como esposas e hijos participaban frecuentemente en tareas doctas pero consideradas como suficientemente mecánicas como para ser delegadas. Salvo excepciones, notables por una u otra razón, esta realidad ha dejado pocos rastros en el registro histórico (Cooper, 2006). Podemos remontarnos aún más en el tiempo y considerar de nuevo el caso de Charles Plumier en busca de un último ejemplo del trabajo de asistentes en la producción del saber naturalista. Plumier, viajero infatigable pero de complexión enfermiza, llevó a cabo sus peregrinaciones caribeñas con la ayuda de un asistente cuya identidad ha desaparecido de las fuentes casi por completo. El único indicio que hemos encontrado de esta colaboración es una carta de 1696 en la que el naturalista solicitó al gobernador general de las Islas de América una autorización escrita para viajar en los barcos de la armada francesa con "un joven negro que he tomado para que me ayude en mi trabajo" 24. No sabemos si el "joven negro" era un esclavo o un sirviente, ni conocemos su grado de implicación en el trabajo docto de Plumier-resultaría inhabitual que supiese leer, por ejemplo. Pero es indicio suficiente de que personajes en gran medida "invisibles", tanto hoy como entonces, jugaron un cierto papel en la historia de los archivos manuscritos de la historia natural. La necesidad de contar con asistentes, invisibles o no, parece poco sorprendente cuando consideramos la colosal empresa intelectual en que consistía la historia natural entre los siglos XVII y XIX. Hacia finales del XVII primaba la percepción abrumada de una creciente variedad del mundo natural. El número de especies vegetales se creía constante desde los tiempos de la Creación hasta el final de los días, pero el de plantas conocidas se había incrementado velozmente en tan sólo dos siglos. A principios del XVI, por ejemplo, el botánico Matthias de l'Obel había descrito unas 500 especies vegetales; unas décadas más tarde, Hieronymus Boch enumeraba unas 800 y, a finales de siglo, el francés Jacques Dalechamps andaba ya por las 2 000; en los años 1640, el suizo Gaspard Bauhin contaba al menos 6 000 especies, mientras que, en 1700, Tournefort proponía un sistema taxonómico apoyándose en 10 000 especies y John Ray, otro en base a 18 500. A ello había que añadir el considerable incremento de libros impresos que trataban sobre la flora y fauna de casi todo el globo terrestre, más de los que con seguridad podían leerse en el lapso de una sola vida. Debido en parte a esta doble sobrecarga de información, la cultura del coleccionismo naturalista adoptó formas específicas hacia mediados del XVII, con prácticas de acumulación cada vez más especializadas y en relación con la idea de un inventario exhaustivo de la flora y la fauna. Componer y gestionar registros manuscritos se convirtió en una tarea central: seguramente fueron éstos los instrumentos privilegiados con los que los sabios intentaron controlar el aparentemente imparable diluvio de nueva información natural que llegaba a Europa. Algunas de estas "tecnologías de papel" resultan sorprendentes, como la que se conserva entre los papeles de Commerson: una caja de 2 386 naipes que servían como una suerte de catálogo de fichas. Commerson utilizó el dorso de los naipes como soporte de escritura para componer un diccionario etimológico e histórico de nombres que pudiese emplear para bautizar nuevos géneros botánicos; cada naipe representaba una entrada del diccionario, con el nombre en cuestión y notas sobre su origen. La maleabilidad del sistema de naipes, en principio extensible al infinito, permitía manipular confortablemente el catálogo: añadir nuevas entradas, eliminar otras, modificar el orden a voluntad. Debió de parecer un artefacto particularmente útil para el manejo de la confusa variedad del mundo vegetal porque, tras consultar detenidamente el original sistema de Commerson, Antoine-Laurent de Jussieu creó unos años más tarde un diccionario de botánica con fichas-naipes que, si bien nunca completó, llegó a alcanzar las 2.227 entradas 25. Ni el uso de fichas para la gestión de la información ni el de naipes como soporte de escritura fueron inhabituales en los mundos doctos de la Edad Moderna. Antes de su producción industrial en el siglo XIX, el papel era caro y los soportes se reutilizaban constantemente, lo que explica en parte la baja supervivencia de las notas de trabajo en los archivos. Los naipes, además, eran de papel rígido y de tamaño estándar 26. Pero el mayor beneficio de los naipes para la gestión de la información era que permitían componer fácilmente catálogos de fichas y "bases de datos", algo en lo que los naturalistas tampoco fueron innovadores. El intendente de las galeras de Luis XIV ya propuso utilizar naipes para crear un nuevo registro de los convictos y, a mediados del XVII, el administrador de la Biblioteca Mazarina completó un catálogo de los fondos utilizando naipes, lo que probablemente fuera uno de los primeros catálogos de fichas de una biblioteca (Bustarret, 2014). Tecnologías de papel como los catálogos de fichas deben situarse en el contexto de la historia natural de finales del siglo XVII y del siglo XVIII, cuando el mayor desafío de los botánicos era establecer sistemas de clasificación taxonómica eficaces que permitiesen aligerar sus abrumadas memorias. Sistemas como el del suizo Caspar Bauhin o el del francés Tournefort, así como la clasificación sexual y la nomenclatura binomial de Linneo que acabaría por imponerse, aspiraban a identificar claramente las especies vegetales existentes y a organizarlas en géneros y éstos a su vez en conjuntos mayores. De ahí que la historia natural moderna fuese un arte del manejo de "macrodatos". A partir de finales del XVII, una "tecnología de papel" en particular resultó central en la práctica de la botánica: el herbario, colecciones de plantas secas adheridas sobre hojas de papel. El herbario u hortus siccus ("jardín seco") se desarrolló en relación con el voraz apetito renacentista por lo curioso y la acumulación; en el XVII, sin embargo, y a diferencia de otras colecciones, los herbarios acabaron por ser no tanto un fin en sí mismo como una herramienta del saber naturalista esencial para lidiar con el caos vegetal (Ogilvie, 2006, pp. 42-43, 165-174). Como los libros impresos abundantemente anotados, los herbarios constituían una suerte de artefacto híbrido, a medio camino entre espécimen y manuscrito. Tómese como ejemplo uno de los volúmenes más tempranos en la carrera de Commerson, "Cuadernos de botánica", que aquél compuso a la tierna edad de dieciséis años. El volumen suma unos 150 folios en los que el joven naturalista había fijado plantas secas de su región, alrededor de los cuales habían compilado copiosas notas extraídas de sus lecturas bajo los epígrafes "lugares" ("crece en lugares húmedos"), "nombres" (los muchos que diversos autores habían dado a la misma planta), "etimologías" ("del griego 'sanar'") y "virtu-des" ("buena para fortificar el cerebro") 27. Los "Cuadernos de botánica" de Commerson ilustran a la perfección de qué trataba la historia natural de los siglos XVII y XVIII: para ser un buen naturalista, había que convertirse en un excelente maestro en el manejo de información, tanto escrita como natural. No siempre los herbarios tomaban la forma de códices como el de Commerson: a menudo consistían en hojas sueltas, sobre todo en el caso de herbarios complejos. El herbario de Tournefort, por ejemplo, ilustra bien el grado de sofisticación que podía alcanzar esta tecnología de papel, así como la medida en la que problemas abstractos como el orden de la naturaleza se reducían a prácticas materiales de manipulación de registros escritos. Tournefort, profesor en el Jardin du roi e intrépido viajero, acabó amasando una cuidada colección naturalista que llegó a ser conocida más allá de la reducida comunidad de practicantes. Una famosa guía de París dirigida a una élite internacional de curiosos indicaba que bien valía la pena visitar al profesor en el Jardin, pues poseía "un muy curioso gabinete, lleno de todo lo que pudo reunir en sus largos viajes". Particularmente interesante era su "Jardín seco [...] compuesto de más de 7 000 plantas secas de diferentes lugares, fijadas cuidadosamente sobre hojas de papel con sus nombres e historias en la parte inferior" (Brice, 1698, p. El testimonio da cuenta de que, en la sociedad francesa del XVIII, la autoridad intelectual se cimentaba en una comunidad mayor que la de los pares, que incluía a curiosos y amateurs (Guichard, 2008). Sugiere también la importante plaza que en la construcción del crédito científico ocupaban, no sólo las publicaciones, sino también las colecciones de especímenes e incluso los archivos. Pero lo que nos interesa aquí es sobre todo la materialidad perdida del herbario de Tournefort. Hoy en día es la base del mayor herbario del mundo, el Herbario nacional francés, y las hojas sueltas en que consistía se conservan en los modernos depósitos del Muséum con humedad y temperatura controladas. El problema para el historiador, sin embargo, es que se ha perdido su materialidad original, cuya única descripción nos la ofrecen los notarios a cargo de su inventario post-mortem: cuatro armarios "llenos de plantas secas sobre hojas de papel gris" 28. Cabe resaltar la organización del herbario en armarios (probablemente construidos especialmente para ese uso) porque, como los catálogos de fichas, permitían la manipulación de los fondos para gestionar y ordenar un amplio conjunto de datos: ya dijo un contemporáneo del profesor que lo más interesante de su herbario era que "estaba organizado en un hermoso orden" (Fontenelle, 1708, p. El herbario en armarios de Tournefort debió de ser un buen sistema para lidiar con el orden de la naturaleza, puesto que Linneo usó uno similar décadas después, dividido en 22 secciones correspondientes al número de clases de su sistema taxonómico (Müller-Wille, 2006). Ambos pueden compararse con artilugios similares para la gestión de la información, como el armario para organizar notas de lectura de Vincent Placcius o el "arca de estudios" de Thomas Harrison, también de finales del XVII (Décultot, 2001, pp. 43-62). Todos son buenos ejemplos de las posibilidades que ofrece una perspectiva material a las prácticas cotidianas de la ciencia. LOS CODICIADOS ARCHIVOS DE LA NATURALEZA Tal y como nos ha recordado Lorraine Daston recientemente, las ciencias naturales han dependido de registros memoriales y archivos a lo largo de su historia tanto como las humanidades y la historia: "el empirismo consiste tanto en incursiones en los archivos disciplinares como en experimentos de laboratorio, vigilias de observación o expediciones científicas [...]. Y sin embargo, a diferencia de laboratorios, observatorios o el aún más amorfo espacio del campo, los archivos son mayoritariamente invisibles en los estudios sobre los lugares y prácticas de la ciencia" (Daston, 2017, p. A estas alturas de nuestra investigación, una pregunta surge con fuerza: si los naturalistas consagraban tanto tiempo y esfuerzo a la composición y gestión de registros manuscritos como los aquí estudiados, ¿qué valor tenían sus archivos? ¿Qué atractivo tenían los fondos de un sabio para la comunidad de practicantes? Uno de los mejores ejemplos de lo descaradamente codiciosos que algunos naturalistas podían ser con respecto a los manuscritos de sus correligionarios, y por ende del valor que los archivos científicos podían alcanzar, lo encontramos en el frenético destino póstumo de los papeles de Commerson. El naturalista nunca llegó a poner el pie de nuevo en la Francia metropolitana tras su viaje alrededor del mundo: el sabio abandonó la expedición, junto con Jeanne Ba-ret, en Isla de Francia (hoy Mauricio), una de las perlas más preciadas del imperio colonial francés en el siglo XVIII. Commerson falleció en la isla en 1773, y entonces una controversia se desató en la metrópolis sobre el destino de sus colecciones de especímenes y registros manuscritos. Commerson había dejado un testamento escrito poco antes de embarcarse en su aventura austral. El documento provocó tal curiosidad en su momento que llegó a publicarse apenas un año tras la muerte del naturalista (en él dotaba a perpetuidad un premio "a la virtud" y donaba su cuerpo a la más cercana escuela de medicina para ser anatomizado públicamente en beneficio de la instrucción colectiva) 29. En su testamento, Commerson dividía sus colecciones de especímenes y registros manuscritos entre tres beneficiarios. A su albacea testamentario y amigo, un tal doctor Vachier, el sabio legaba su biblioteca. A la Biblioteca Real en París, Commerson dejaba sus colecciones botánicas, que ascendían a 200 volúmenes en folio de plantas secas reunidas por él mismo, pero que incluían también partes de los herbarios de otros naturalistas (como Tournefort) que pudo procurarse de un modo u otro algunos años antes. Por último, Commerson legaba a su único hijo, Archambault, cualquier compensación que el rey considerase oportuna por las colecciones cedidas a la Biblioteca Real, así como todos sus manuscritos. Commerson no olvidó a Jeanne Baret, "mi ama de llaves", a la que legaba sus muebles; mucho más importante, el naturalista dejaba en manos de Baret una tarea fundamental: la de poner orden a todas sus colecciones de especímenes y manuscritos antes de que estas pasasen a sus nuevos dueños. La cláusula es fundamental, primero, porque dejaba a Baret el control efectivo de todas sus colecciones antes de que estas fuesen a manos de los herederos y, segundo, porque nos ofrece una nueva pista sobre el grado de implicación de Baret en la composición y gestión del archivo. El testamento sugiere que se trataba de una colaboradora suficientemente cercana como para ser la única capaz de manipularlo y organizarlo tras la muerte de Commerson. El testamento de Commerson no podía ser más claro, pero había sido escrito con anterioridad a que el sabio se embarcase en la expedición de Bougainville. En el momento de su muerte, once años más tarde, el valor de sus colecciones había cambiado radicalmente una vez enriquecidas con especímenes e información únicos sobre naturalezas aún tan poco conocidas como la índica y la pacífica, ambas regiones de importantes ambiciones transimperiales en las últimas décadas del siglo XVIII. Por aquel entonces, la corona francesa estaba lo suficientemente interesada por la historia natural de aquellas partes del globo como para reaccionar a la muerte de Commerson con pasmosa celeridad. Apenas unos pocos meses tras su defunción, el gobernador de la Isla de Francia, Jacques Maillard, mandó incautar las colecciones del domicilio de Commerson y enviarlas al ministro de la Marina, Bourgeois de Boynes, en su residencia de la ciudad portuaria de Lorient en la Bretaña francesa, uno de los epicentros comerciales del imperio francés. Vachier, el albacea del naturalista, estaba furioso: escribió al ministro reclamando las colecciones para Archambault Commerson, tal y como mandaba el testamento, o como mínimo que se vendiesen y se reservasen los beneficios para el hijo. Vachier se cuidó de señalar que los herbarios y manuscritos no habían sido compuestos bajo las órdenes del rey o a cargo del erario real, por lo que constituían propiedad privada del naturalista 30. Vachier y Archambault, sin embargo, no fueron los únicos reclamantes. Otro naturalista, Louis-Guillaume Le Monnier (1717-1799), médico real y profesor en el Jardin du roi, había ya escrito al ministro argumentando que Commerson, en una supuesta carta perdida, le había encomendado poco antes de su muerte la revisión de todos sus manuscritos con vistas a publicarlos y que por lo tanto los archivos le correspondían, al menos durante un cierto tiempo. Pero tanto unos como otros llegaban tarde. Otro personaje mucho más influyente se cruzó en sus caminos: Georges Louis Leclerc, conde de Buffon (1707-1788) e intendente del Jardin, se había hecho ya con los fondos de Commerson para el Cabinet du roi, la colección de historia natural albergada en el Jardin. No conocemos la reacción de Vachier y Archambault, pero sabemos que a Le Monnier, curiosamente, la noticia no pareció agradarle. Furioso con que los ambicionados papeles de su difunto colega acabasen depositados en la institución en la que él mismo enseñaba en lugar de en sus manos, el profesor del Jardin tomó medidas: escribió a una poderosa dama de la corte (posiblemente la delfina de Francia, esposa del primogénito del rey), a la que rogó su mediación con el ministro de Boynes para que se le entregasen los herbarios y los manuscritos de Commerson, dejando con esplendidez "el resto", que no era mucho, al Cabinet du roi 31. Queda claro que Le Monnier, si jamás llegó a enviar su misiva a la delfina, tuvo poco éxito. Pero la trucu-lenta historia de los archivos naturalistas de Commerson no terminó ahí. Irónicamente, gracias a que Buffon consiguió depositar los papeles y herbarios en el Jardin, éstos acabaron convirtiéndose de nuevo en la propiedad privada de un particular, otro de los más influyentes naturalistas franceses de finales del siglo XVIII. Antoine-Laurent de Jussieu, vástago de una poderosa dinastía de intelectuales franceses, era profesor de botánica en el Jardin, tal y como lo habían sido sus tíos Bernard y Antoine y como lo sería su hijo Adrien-Henri. Antoine-Laurent andaba por aquel entonces ocupado en la elaboración de un sistema natural de clasificación que acabaría presentando en su importante Genera plantarum de 1788-1789 (Stevens, 1994). Jussieu necesitaba pues información botánica fidedigna, especialmente de regiones cuyas floras seguían sin conocerse del todo bien, como las de las regiones des los océanos Pacífico e Índico descritas en los archivos de Commerson. Uno tras otro a lo largo de los años, Jussieu pidió prestados al Cabinet du roi un buen número de los disputados manuscritos y la totalidad de los herbarios (que ascendían a nada menos que 25 cajas y 45 legajos). A Jussieu se le prestaron, pero nunca fueron devueltos. A la muerte de su hijo, medio siglo más tarde, la biblioteca de la dinastía Jussieu se vendió en subasta pública: la colección incluía los manuscritos de Commerson prestados a Antoine-Laurent. El Muséum tuvo que pagar por ellos cuando adquirió la colección de los Jussieu, y lo que queda hoy de las colecciones de plantas secas de Commerson puede hoy consultarse en el Muséum como parte del herbario Jussieu 32. La erección de la estatua de Gutenberg en 1840 encarnaba una narrativa modernizadora que por aquel entonces se había consolidado ya en el pensamiento europeo. En sus cimientos se encontraba la idea de una feliz conjunción, la de dos eventos históricos mayores en el seno de la civilización occidental: de un lado, una revolución cultural, social e incluso política espoleada por una innovación tecnológica (la imprenta de tipos móviles); de otro, el nacimiento de una ciencia propiamente "moderna", resultado en parte de aquella otra. Nacida y criada en esta narrativa modernizadora, la historia de la ciencia ha desarrollado en las últimas tres décadas una sofisticada crítica de aquélla que ha dado lugar a ricos estudios sobre los vínculos entre las culturas del saber y la producción y uso de materiales impresos, del otro. Pero poco sabemos aún hoy sobre la incontestable pervivencia de una refinada cultura manuscrita entre los practicantes científicos -una cultura manuscrita que iba mucho más allá de la correspondencia epistolar y de los borradores de las publicaciones-. La importancia de esta cuestión concierne la naturaleza misma de las fuentes históricas utilizadas. A diferencia de la correspondencia y los libros impresos, los productos de esta cultura amanuense (vertiginosas listas, tediosas descripciones, catálogos) en su mayoría no hablan por sí mismos -son, en su mayoría, fuentes no-narrativas-, pero nos permiten dar cuenta de las prácticas cotidianas del trabajo de los estudiosos del mundo natural. La creciente literatura sobre la gestión de la información docta y sobre las "tecnologías de papel" constituye una valiosa lente para analizar este tipo de materiales. La historia natural entre mediados del XVII y principios del XIX, además, nos ofrece un excelente campo para estudiar la función que aquellas herramientas, hechas de papel y tinta, jugaron en el almacenaje, clasificación y recuperación de información científica. Por último, los fondos naturalistas y documentales del Muséum national d'histoire naturelle de París constituyen un buen ejemplo de la abundancia y variedad de los artefactos manuscritos con los que los naturalistas llevaban a cabo su trabajo. Por medio de casos como los de Charles Plumier a finales del XVII, Philibert de Commerson a mediados del XVIII y Georges Cuvier a principios del XIX, hemos tratado aquí de analizar el papel que la toma de notas y dibujos jugaba a la hora de mediar, e incluso disciplinar, el gesto de la observación naturalista; el papel crucial que la gestión de información libresca desempeñaba en el trabajo del estudioso del mundo natural; las maneras en las que el orden de la naturaleza se pensaba por medio de catálogos y artefactos manuscritos; y el valor intelectual e incluso político que podían llegar a tener los archivos científicos. Las prácticas amanuenses nos brindan además un pequeño resquicio por el que observar un aspecto olvidado: el papel que jugaron colaboradores diversos (sirvientes, familiares, esclavos) -y, tanto hoy como entonces, en gran medida "invisibles"-en la historia de la ciencia. Prestar atención a la rica cultura amanuense de la ciencia moderna no sólo arroja luz sobre los hábitos de trabajo de ciertos doctos, si no también nos ofrece una sólida base para llegar a conclusiones generales sobre las prácticas cotidianas que sustentaban la producción y recepción del saber en la Edad Moderna. Este trabajo presenta los primeros resultados de un proyecto inicialmente desarrollado en la primavera de 2017, durante una estancia en el Max-Planck-Institut für Wissenschaftsgeschichte en Berlín que fue generosamente financiada por el Abteilung II. Estoy en gran deuda, además, con los dos evaluadores anónimos por sus pertinentes sugerencias, además de con Sergio Vaquero y Miquel de la Rosa por sus cuidadosas correcciones lingüísticas y estilísticas, que fueron muchas y muy acertadas.
Este trabajo, inscripto en la historia de las ciencias, recorre cómo, en el reconocimiento científico del bosque andino patagónico argentino, se introducen valoraciones que ubican al mismo como parte de la salud social, que redunda en la jerarquización asimétrica de la población. Se revisan los escritos de los primeros naturalistas que, desde fines del siglo XIX, observan el espacio, y se avanza tomando estudios hasta entrada la década del'30. El recorte temporal se extiende hasta el establecimiento de políticas de conservación, a partir de la creación del Parque Nacional Nahuel Huapi, en 1934. La mirada sobre la ciencia indaga en las tradiciones de estudio de los diferentes grupos de especialistas que escriben sobre el espacio, y el modo en que estas investigaciones dialogan con políticas concretas de apropiación e intervención, que no se circunscriben a las prácticas internas de la biología de estos años, sino que se encuentran atravesadas por las concepciones organicistas desde las cuales se diseña la salud social. A lo largo de estas páginas se caracterizan las tradiciones de investigación en biología y se encuentra que las políticas trasladan, desde la mirada sobre la salud, los principios de conservación y uso social del bosque. En este escrito indagamos el reconocimiento científico de la flora andina patagónica para de allí trazar cómo, en la manera en que se la define, se introduce una compleja matriz valorativa que va a redundar en la legitimación de determinados órdenes sociales, que se interpretan como parte de esa "naturaleza", que es tomada como fija. El reconocimiento de este paradójico interjuego lleva a revisar los fundamentos de las descripciones científicas relativas a la región andina de la Patagonia argentina, elaboradas desde la apropiación territorial de la misma, a fines del siglo XIX, hasta la efectiva instalación de los Parques Nacionales como políticas nacionales 1. En este proceso se evidencian como intervienen las perspectivas organicistas que atraviesan la política social del período (Vallejo y Miranda, 2014). La relevancia del tema descansa en el carácter paradojal del reconocimiento de lo natural. Pues vista en el tiempo, esa "naturaleza" fija, que opera como una suerte de "autoridad moral" para marcar los estándares de lo que resulta correcto (Daston y Vidal, 2004), es interpretada de forma cambiante. Dentro del análisis sobre el sentido del bosque andino patagónico argentino, una extensa bibliografía ha dado cuenta de su rol como frontera (Nouaeillez, 1999; Bessera, 2008; Klubock, 2014), a ello se agregan justificaciones a disciplinamientos clasistas (Méndez y Podlubne, 2008), e incluso de derechos obreros (Núñez, 2015) o redes comerciales (Méndez y Muñoz, 2013). En todos los casos se remite a referencias que inscriben, en el paisaje, la fijeza de cada una de esas definiciones mencionando el porqué ese paisaje debe cuidarse, en una retórica que ligó los bosques a valoraciones nacionalistas, que en la "belleza primigenia" encontraban fundamento para el orden político establecido (Sanz Lafuente, 2003). El discurso científico sobre la Patagonia ha sido revisado por Navarro Floria (2004Floria (, 2007) ) evidenciando un conocimiento que, junto a las observaciones, suponía al orden estatal y al utilitarismo como parte del paisaje. Similarmente, en Brasil, Horta Duarte (2014) encuentra, entre las décadas del '30 y' 40, que la construcción de conocimiento biológico se liga a la emergencia del nacionalismo. Diegues (2005) evidenció la necesidad de los Estados latinoamericanos por establecer espacios prístinos como referencia patriótica, lo cual lleva a que la pregunta por el sentido de la foresta cobre una particular complejidad en este continente. Esta reflexión dialoga con la pregunta por el bosque como referencia moral (Nouaeillez, 1999; Sanz Lafuente, 2003; Daston y Vidal, 2004), que desde numerosos estudios indica la relevancia de vincular la caracterización del bosque desde la botánica y la ciencia forestal, con el ordenamiento social que se delinea como natural para el territorio (Fritz-Vietta, 2016; Werry, 2008) y que en el caso que nos ocupa ha sido escasamente analizado. La apropiación científica de la Patagonia Los relatos científicos sobre la Patagonia están cruzados por su integración territorial tardía, resuelta a fines del siglo XIX, cuando las formas institucionales del país estaban definidas configurando discursos que ubicaron esta región en un sitio de subalternidad (Navarro Floria, 2004Floria,, 2007;;Bandieri, 2015). Este proceso de incorporación ha sido estudiado desde perspectivas que permiten reconocer que la integración efectiva de la región al Estado argentino se logró aproximadamente en la década del'30, a través de la creación de instituciones específicas (Iuorno y Crespo, 2008), pues en períodos previos la articulación se resolvía en buena medida a través de los lazos sociales que ligaban el sur argentino con el chileno (Carrizo, 2007; Coronato, 2010; Méndez y Muñoz, 2013). Esta particularidad dio lugar a consideraciones específicas sobre la población en este espacio que dialogaron con la mirada científica sobre el territorio. Si bien la apropiación estatal de la Patagonia suele describirse como militar, además fue fuertemente académica. De hecho, es en una publicación de carácter científico donde se configura la pertenencia de la Patagonia a la República Argentina. Allí aparece además uno de los primeros discursos naturalistas específicamente relacionado a la comprensión del bosque que se revisará. El texto de Napp "La República Argentina", editado en 1876 2, es la primera obra técnica que refiere a la Patagonia como espacio de conocimiento. Esta obra tenía como objetivo presentar la Argentina al mundo. La Patagonia se dibuja como parte del país, aún cuando en el mismo texto se reconozca el desconocimiento total sobre el territorio. La discusión sobre la pertenencia nacional de la Patagonia es un argumento central del texto, no tanto por la efectiva apropiación, que de hecho se explicita como no resuelta, sino por la herencia colonial a la que se refiere como argumento del conflicto de límites que comienza a plantearse con Chile, en relación a los valles cordilleranos 3. Esta obra introduce el mapa de la Patagonia en línea con lo que Lois (2006) define como "deseo territorial". Esto es, una descripción que apela a lo físico como fundamento de una política que busca establecerse. Inscribe la materialidad, que no se ha llegado a observar, como evidencia de un desarrollo planificado como natural. En el texto de Napp, la Patagonia se presenta en el capítulo XXIII, como parte de un compendio titulado "Indios y Fronteras" 4. En este apartado se distingue a los "Indios de la Patagonia" y a los "Indios del Gran Chaco", además de una sección titulada "Explicaciones sobre el mapa de la Pampa que acompaña este libro", donde la Patagonia se describe como inexplorada en términos de datos confiables. Si observamos la Figura 1, notamos que, además de la delimitación patagónica, como resuelta a pesar del conflicto con Chile, los límites del norte son difusos. La representación cartográfica de un territorio presentado como desconocido lleva a la pregunta por la producción de conocimiento sobre el mismo. Transformado el deseo territorial en representación espacial, y alistadas las fuerzas estatales a concretar el proyecto, una comisión científica acompañó la avanzada militar como forma de anclar la apropiación en la ciencia. La misma estuvo conformada por los botánicos Lorentz y Niederlein y los zoólogos y geólogos Döring y Schulz. Durante tres meses de 1879 se dedicaron a acompañaron a las tropas del General Julio Argentino Roca, recogiendo, identificando y categorizando todo tipo de plantas, animales y minerales. En la obra el territorio a incorporar se presenta como un desierto transformable, donde se encuentran el peligro de un orden imposible para el desarrollo, junto al futuro promisorio, pues los recursos patagónicos serían la base para la grandeza del país. Una de las principales obras de promoción de esa conquista fue el texto de Zeballos 5 de 1878 6, que es particularmente elocuente en relación a zona andina. Y ello es relevante por el enorme impacto de este escrito en su época, que casi se agota al momento de su publicación, además de la relevancia de su autor en el armado de la red científica en Argentina. En relación a los Andes patagónicos indica "El Dr. Lorentz, que ha publicado obras importantes sobre la Flora Argentina... dice que el pie de las cordilleras y el de sus ramificaciones orientales está rodeado en una extensión de varias leguas por una zona rica y espléndida. Aquel escritor encuentra allí el Edén de la República Argentina, porque la suavidad y majestad de la naturaleza se hermanan a una feracidad admirable, que ha sorprendido a los amantes de la botánica, ofreciéndoles un nuevo e inagotable teatro de investigación científica" (Zeballos, 1878, p. Zeballos cita como literal el texto que Lorentz escribe dentro del libro que Napp compiló 7, pero omite decir que esta descripción refiere a las exploraciones del norte del territorio argentino, donde la vegetación es descripta como "formación subtropical" (Lorentz, 1876, p. 79), dos palabras que Zeballos se ocupa de borrar. Para Lorentz, la Patagonia es casi desconocida en 1876. Lorentz, de hecho dedica algunas páginas a la "formación del bosque antártico" (pp. 82-83) y "formación patagónica" (pp. 83-85), donde el bosque se circunscribe al primer título, y donde la caracterización de las especies se da desde lo observado en la falda occidental de la cordillera, en Chile. Sobre la falda oriental solo hay observaciones parciales y supuestos que terminan con la siguiente reflexión"... á la pregunta de si los bosques de Hayas de las faldas patagónicas é internas de las Cordilleras no podrían ser explotadas por una población enérgica y laboriosa, no sería posible responder negativamente, tanto menos cuanto que en las riberas del alto Rio Negro se encuentran -según se dice -bosques de pinos y de manzanos silvestres, que constituyen, tanto aquí como en las faldas chilenas, el paraíso de los Indios...No conozco descripción alguna buena y detallada de estas comarcas...Mientras el Patagón salvaje lleve una vida errante en las llanuras de su pátria, no entrará la civilización en aquellos bosques primitivos" (p. La ciencia natural legitimaba la mirada estatal que argumentaba a favor de un cambio poblacional, era parte de la retórica central para el cambio de la sociedad (Horta Duarte, 2010). La descripción botánica refiere a un resultado que proyecta la organización del territorio, antes que el detalle de la flora. Las plantas se exponen desde su uso deseado. El saber científico describe un territorio no tanto desde sus características físicas, sino desde sus adscripciones económico-políticas, pues se habla de un espacio que es argentino, que no saldrá de un estado primitivo si no se cambia la población y que representa al país como promesa de progreso. La argentinización, en esta clave racista y capitalista, resulta previa y marca el conocimiento de la región 8. El desconocido territorio patagónico cordillerano es especialmente marcado. Tanto en el citado libro de Napp (1876) como en Moreno (1902) 9 donde se presentan los argumentos argentinos frente a la Comisión Arbitral convocada por ambos países para dirimir este litigio. Los mapas trazan con particular detalle el espacio patagónico, pero el territorio del norte queda en un sitio ambiguo, sin que ello signifique, de hecho, un contrapunto internacional de la dimensión del ordenamiento patagónico pues en el norte del país, los límites están resueltos para la fecha del segundo. No se inscribe en el papel la negociación ya resuelta, mientras que en el sur se cartografía como resuelto el límite, justo allí donde el espacio tiene un conflicto abierto. La descripción científica de la Patagonia La década de 1870 parecería ser la de la pregunta por la Patagonia. Las primeras observaciones científicas reconocidas, realizadas por Moreno desde 1873, se sintetizan en su "Viaje a la Patagonia Austral", editado en 1879 10. En el prólogo del texto, haciendo alusión al conflicto de los límites patagónicos con Chile, señala "Discutimos hace tiempo las tierras australes sin conocerlas" (Moreno, 1879, p. Moreno apela a que la incorporación del territorio pasa por el conocimiento del mismo, "En estos últimos años el interés particular ha esparcido noticias llenas de contradicciones, que abogan unas por la fertilidad y las inmensas riquezas que encierran... y otras en que se pinta con los colores más sombríos, como para hacer abandonar toda idea de utilizarlos. Hácese, pues, necesario que sepamos con seguridad, con qué elementos puede contribuir Patagonia á la prosperidad de la República y esto sólo se puede conseguir conociendo su geografía y sus condiciones naturales" (p. Sin conocer el territorio, se plantea un conocimiento al servicio del armado económico del país, ya propuesto en clave agroexportadora (Coronato, 2010). Es un lugar común de la historiografía patagónica reconocer que el discurso científico sobre el espacio apeló a una retórica utilitaria (Navarro Floria, 2004). Esto lleva a interpelar los puentes concretos que permiten de la ciencia a la política y viceversa. La ciencia vincula "territorio" y "población", en una mirada cargada del racismo propio del auge decimonónico de la antropología física Vallejo y Miranda (2004) inscriben la formación de las naciones americanas dentro de un marco organicista estructural. Señalan que el pensamiento argentino, de fines del siglo XIX, estuvo atravesado por una variante lamarckiana del darwinismo social, donde el ambiente aparece como determinante de las características de los habitantes. Por ello la idea de la naturaleza salvaje como imagen de la población incorrecta no se reduce a la población originaria. Esa idea se re-proyecta en la población migrante. La irracionalidad y barbarie reconocida en la aridez continuó siendo, a los ojos del Estado nacional, un límite para el ejercicio de la ciudadanía completa, negando a los pobladores del desierto como actores económicos racionales. Se observa una inestabilidad estructural que lleva al diseño de formas específicas de control 12. Por otro lado, mientras las áreas de intervención productiva se ven cambiantes, el bosque, y los sistemas considerados naturales, se presumen estables. Ello se consolida como programa de investigación ya entrado el siglo XX, cuando se planteó la existencia de un clímax que no se modifica, ni en millones de años, a menos que se cruce con una catástrofe, El darwinismo da cuenta de los procesos evolutivos que llegan hasta la materialización de ese orden natural, en donde el cambio se detiene (Deléage, 1993). El ideólogo de la "teoría del Clímax" fue Clements 13, uno de los botánicos y ecólogos más relevantes de su época, quien sostenía que cada región tiene sólo una comunidad clímax, hacia la cual las diferentes comunidades se desarrollan. Esta propuesta buscaba responder interrogantes que salen de la descripción de los organismos para instalarse en el de las relaciones y dinamismos. Sin embargo, apelaba a una explicación con arraigos teleológicos, pues, se apoyaba en elementos esencialistas como modo de discutir hacia nuevas perspectivas, y como forma de integrar las teorías que estaban tensionando la biología. Pero hay algo más en relación a que sea Clements quien propone el primer dinamismo general en relación al ordenamiento de especies. En estos años el orden botánico se presupone determinante sobre todo el resto de los órdenes (Martínez Alier, 1993; Deléage, 1993; Sanz Lafuente, 2003), de allí que como se interprete la flora se interpreta "lo natural", pues la flora se presume síntesis de lo que es el territorio, y entonces marca lo que debe existir. Así el reconocimiento del bosque tiene, por la propia lógica del conocimiento biológico del período, relevancia de verdad. EL CAMBIO Y LA SALUD SOCIAL EN ARGENTINA Como "lo natural" no cambia, el control por llegar a lo natural se enmarca en las ideas biológicas que dan cuenta del cambio, que son las agrícolas, pero sobre todo, las de la salud si pensamos en términos de cambios poblacionales. Es en estas últimas donde se inscribe la dinámica para que algo devenga en su propia naturaleza, y no en lo agrícola, donde el cambio es un fin en sí mismo. El modo de pensar la salud, y la forma en que el Estado adopta una perspectiva organicista, son centrales para entender el cambio sin cambios, como en el bosque o la población. Vallejo (2004) historiza el organicismo argentino desde las diferentes formas que va adoptando la eugenesia. Así marca un cambio en la concepción de salud social a partir de la biotipología desarrollada por Pende 14 como mecanismo reconocido en la década del'20, e instalado en la del'30, que operó como control médico de la población, y que permite inferir dinámicas sobre cómo el reconocimiento de la población -humana-se trasladan al espacio y al paisaje. Vallejo (2004) señala que la biotipología tuvo particular impacto en Argentina "... que tenía su fundamento en la detección de anormalidades físicas, psíquicas y morales no visibles que anticipen la comisión de actos perturbadores el orden público... con la biotipología toda la población debía quedar bajo la atenta mirada de una ciencia concebida para identificar y aislar aquello que en última instancia podía poner en riesgo la gobernabilidad" (pp. 221-222). 3) describen este proceso como "fatalismo ambiental positivo", donde la mirada sobre el bosque refiere en forma directa al "ambiente sano" propiciado desde esta línea de pensamiento. Desde el tema que nos ocupa esto inscribe la creación de los Parques Nacionales en el sostenimiento de paisajes educadores y sanadores de la población (Fortunato, 2005; Diegues, 2005) en una política que ha sido reconocida en el mundo (Werry, 2008; Travers et al., 2015; Fritz-Vietta, 2016) y que en América La-tina ha dado lugar a modalidades alternativas, con particularidades en países que toman a la explotación forestal como eje de producción (Boyer, 2015; Diegues, 2005), pero sin perder de vista la carga nacionalista del particular reconocimiento estatal dado a la naturaleza monumental y a su rol "naturalizador" de dinámicas de concentración. A decir de Boyer (2015) para México, esto "interviene el complejo y mutable panorama rural, transformando el bosque en un paisaje politizado que ha dañado el ecosistema y ha acentuado la injusticia social" (p. XIV), en una reflexión que contiene aspectos asimilables a otros espacios del continente y que retornan la pregunta por la salud social que se promueve desde el bosque inscripto en esta trama de valores. La biotipología que se consolida en Argentina, y que entendemos como articulada a la visión del bosque del sur y la política desarrollada en consecuencia, se presenta como una superación del pensamiento lombrosiano, que se apoyaba en lo estrictamente observable, para pasar de "la antropología física a la antropología endócrina... nacida para detectar alteraciones individuales de tipo hormonal y moral capaces de transmitirse a la esfera social". Si revisamos los modos en que se describe la Patagonia, encontramos la anormalidad como descriptor, en el sentido de ser y contener a la barbarie, por ser desierto. En la Patagonia, la transformación se presentó como una necesidad, una suerte de "cura" del mal de la barbarie que afectaba espacio y población. En línea con Schiebinger (2004) encontramos un racismo ambiental, que en su anclaje a identidades locales establecidas desde la particular construcción de naturaleza, transforma en nacional lo extranjero y lo nativo en foráneo. Ahora bien, llama la atención el criterio de autoridad, y la representación de lo sano, porque además de las referencias agrícolas, que homologan todos los espacios argentinos a los escenarios de la pampa, el bosque es la particularidad patagónica que aparece como muestra y referencia de la posibilidad y necesidad de transformación. Como toda referencia anclada en lo recortado como "naturaleza", la autoridad que se reconoce en el bosque opera de una forma "oscura y paradójica" (Daston y Vidal, 2004). El bosque patagónico se explicita como ejemplo de los recursos "dormidos" de esa Patagonia que necesitaba desarrollarse, y paisaje emblemático de la argentinidad deseable, que se desarrollaba en las ciudades pero se sanaba en las montañas (Diegues, 2005). El bosque no es sólo recurso de un orden eco-nómico que se naturaliza, es referencia estética de un orden social. En esta interpretación se alimenta la deshumanización y patologización de aquellos presentados como pobladores problemáticos. LAS TRADICIONES BIOLOGICISTAS EN LA CIENCIA LOCAL Hay dos tradiciones presentes en la producción de conocimiento biológico en los años que nos ocupan, la anglosajona (británica-norteamericana) y la germana. La tradición anglosajona, explícitamente utilitarista, tiene argumentos que no refieren a un orden moral propio del comportamiento privado, sino al derecho de modificar el entorno en función de la obtención de ganancia, asumiendo al capitalismo como motor y objetivo de todas las iniciativas. Zusman (2012) ha recorrido la influencia panamericanista en Argentina en la institucionalización del espacio como Territorios Nacionales, y en las ideas de conservación de los Parques Nacionales, detallando como esta mirada deviene en política pública. Como síntesis del pensamiento científico del período sobre este espacio, Anasagasti et al., en 1926 15, refieren directamente al modelo norteamericano en el diseño del primer Parque que se intenta establecer en la región del lago Nahuel Huapi en 1922, el Parque Nacional del Sud, existente en los papeles pero no en el financiamiento (Núñez y Núñez, 2012). Los autores marcan que se dio más importancia a sostener el turismo antes que la preservación, pues ubican en los ojos de los extranjeros ilustrados la capacidad de valorar el paisaje. De esa tradición anglosajona, una de las obras que más impactó en el imaginario regional fue la de Willis "El norte de la Patagonia", publicada en 1914 16. Este libro fue el resultado de un plan de desarrollo solicitado por el Ministerio de Obras Públicas. Su Ministro, Ramos Mexía, entendía que esta región sureña sería el corazón de la industrialización argentina a partir de la energía hidroeléctrica producida por los ríos del lugar (Ruffini, 2008). Willis (1914) equiparó el potencial del desarrollo patagónico con el de Estados Unidos. En relación a los bosques nativos de la zona cordillerana, indica: "El problema de la conservación de la foresta andina abarca tres cuestiones, a saber: cómo impedir los incendios, cómo desmontar la vegetación natural con mayor ventaja y sin destruir su eficacia en la regula-ción de aguas, y como reemplazarla por especies de mayor valor" (pp. 11-12). Reconoce que las industrias de la Patagonia son las ganaderas y llama la atención por la destrucción de las pasturas, culpando a las prácticas de trashumancia y reclamando la intervención estatal al asumir como problema la ignorancia de las poblaciones establecidas allí y no a la estructura productiva existente. Willis buscó dar cuenta del potencial de la región para un desarrollo industrial, pero su mirada debió enfrentar las tensiones internas de los modelos de desarrollo estatales, en una muestra que en la jerarquía de conocimiento y construcción territorial no se forjan discursos monolíticos ni únicos, pues desde el gobierno se desestimó el modelo de desarrollo que estos intelectuales buscaron llevar adelante. El plan de Ramos Mexía y Willis desafiaba al orden económico territorial establecido en dos puntos. Por un lado, la adopción de la integración con Chile como crecimiento natural, que tensionaba discursos nacionalistas en crecimiento. Por otro, tomaba como centro del desarrollo industrial a un espacio situado en la Patagonia, en detrimento del centro histórico del país, Buenos Aires. Así, planteaba la creación de un centro económico alternativo, en un sitio remoto, que además, consideraba una fuerte articulación con el sur chileno en detrimento del vínculo con Buenos Aires. En el abierto desafío al orden establecido, el proyecto fue abandonado por el Estado argentino. Pero más allá de esta disputa interna al país, el texto de Willis también refiere a un ordenamiento social inferido de la interpretación del paisaje. El ordenamiento viene dado de un orden económico presupuesto como preexistente. Ese orden, que es el capitalista, presenta matices en la tradición científica germana. Carreras (2011) recorre en detalle el imaginario de la Sociedad Científica Alemana instalada en Argentina, de la cual provienen la mayor parte de los naturalistas que describen la Patagonia, pues no sólo acompañaron el proceso de conquista, sino que se instituyeron en la referencia central del conocimiento geográfico nacional, en la Sociedad Argentina de Estudios Geográficos GAEA que, desde la década del'20, reunió a los más encumbrados naturalistas y antropólogos. La autora señala que, antes que el rédito económico, en la escala de valores de estos científicos, predominaba el prestigio social. "Sus integrantes eran mayoritariamente protestantes y constituían una élite cultural en la medida en que ocupaban posiciones y profesiones en instituciones capaces de transportar modelos burgueses imponiéndolos como dominantes" (Carreras, 2011, p.18). Pero no sólo se trataba que el modelo de vida burgués estaba por encima de las dinámicas de concentración de riqueza, Carreras reconoce formas diferentes de pensar la producción de conocimiento. Si bien la ciencia se entiende en general como una forma específica de conocimiento sistemático y organizado, la tradición empirista (británica), generó definiciones relacionadas a la observación, razonamiento o erudición. Pero el hacer ciencia en Alemania tenía otras connotaciones. Es la actividad de investigación, que no es mera observación, la que produce los conocimientos. "En ese sentido, lejos de presentarse como una naturaleza contemplativa, el hombre de ciencia alemán aparece como un hombre de acción" (Carreras, 2011, p. Cabe destacar que en todos los escritos, sea cual sea el origen, la actividad científica sobre Patagonia se describe como una gesta heroica. Nadie, simplemente observa, es más, John Hatcher, en una expedición publicada en 1903 desde la Universidad de Princeton, Estados Unidos 17, llega a plantear que simplemente mirar la naturaleza en Patagonia limita la capacidad de raciocinio. El norteamericano señala que la mente se ve desafiada en la medida en que el razonamiento y la acción se sumen a la observación. Los pobladores nativos, o los científicos que sólo observan, devienen en sujetos de la barbarie o del desierto, en una reflexión que trae reminiscencias lamarckianas. Carreras marca diferencias en las aproximaciones de las dos tradiciones, señalando que la identificación de la palabra "ciencia" con las disciplinas exactas y naturales es mucho más fuerte en español e inglés que en alemán, idioma en que las Humanidades son incluidas en el campo semántico de la ciencia a partir de su mismo nombre. Un ejemplo de la particular mirada alemana, extremada en cuanto la acercamos al reconocimiento del bosque, se encuentra en el escrito del botánico Max Tepp, originalmente elaborado en alemán y traducida y prologada por el Secretario General de GAEA, Edmundo Wernicke, titulada "Árboles y arbustos de la Cordillera Patagónica", publicado en 1936 18. Este libro apela al fortalecimiento del sentir nacional como objetivo de la obra. Así se indica "Lástima que el lento crecimiento de los árboles indígenas los coloca en una posición inferior a los importados. Todo progreso general es cruel para el individuo. Esta reflexión volvió a mi mente al leer unos artículos del señor Máximo Tepp... la lectura... me sugirió que tam-bién nuestros árboles serranos probablemente desconocidos a la mayoría del público argentino, estarían condenados a... desaparición... Por buenaventura contamos con la existencia y proyectos de parques nacionales para salvación de flora y fauna. Así manifesté al autor que a mi juicio de antiguo poblador, sus artículos poseían el innegable mérito de dejar memoria justiciera de estas arboledas amenazadas a su vez. El me propuso que yo amoldara su trabajo al ambiente nacional. Por considerarlo un deber con nuestra arboleda indígena, acepté gustoso tan patriótico ofrecimiento." Esta reflexión asume una jerarquía arbórea relacionada con la velocidad de crecimiento. Esto explicita un marco economista de referencia, que se fortalece en la consideración que la única posibilidad de crecimiento económico es a partir de la destrucción de lo nativo. Los bosques, a los ojos de Wernicke, como los pueblos originarios a los ojos de tantos, están condenados a desaparecer por la propia dinámica del desarrollo natural. Sanz Lafuente (2003) reconoce este debate en el manejo forestal alemán de la segunda mitad del siglo XIX, donde la valoración moral nacionalista del bosque deviene en el argumento central para la conservación. Estos elementos reaparecen, ya en la década del'30, en el texto de Tepp. La obra presume la ignorancia local, que aparece incapaz de valorar la flora nativa. Un aspecto que los expertos extranjeros tienen la sensibilidad de reconocer, y a la cual Wernicke refiere presentándose a sí mismo como "antiguo poblador", cruzando el nivel emotivo con la valoración científica inicial que reconoce en la obra. Así es un deber patriótico traducir una mirada alemana sobre la flora autóctona, por la incapacidad local de generar este afecto y/o conocimiento. Ya dentro del texto de Tepp, el modo de construir lo afectivo se resolvió incorporando una adjetivación valorada por la cultura alemana, como parte de las propiedades de las plantas que se presentan. Así se indica, entre otros, "Ciprés-el triunfador", "Alerce-el majestuoso", "Palomita-la soñadora", "El maitén-el buen compañero" o "Canelo-el sacerdotal". El título del presente artículo "Ciprés, el triunfador" es ejemplo de los textos citados como "memoria justiciera". Inmediatamente debajo del título indica "Libocedurs chilensis -Pinácea", y comienza "Escasas gentes llegan a querer la cordillera en la forma entrañable como aman el terruño do nacieron... Más no falta quien ama la cordillera con todas sus fibras, aún donde ella se tornó ríspida y esquiva: El ciprés. Hasta allí donde no aparece ni pizca de humus, sobre las desnudas rocas isleñas del Nahuel Huapi y del Mascardi, y los roquizos declives del Traful y Limay, el ciprés no abandona el terruño, cual si dijera -¡no parto de aquí salvo que Dios me ordene!" (p. Sigue, dando características de la personalidad del ciprés y acciones como "cuando al planear los cóndores alrededor de la copa, el viento pasa silbando entre las alas de estas aves gigantescas, el ciprés solitario escucha cual si percibiera la música más sublime" (p. 8), humanizando todo el paisaje, en oraciones tales "como le agrada al sol reposar sobre el follaje cipresino y sentirse mimado entre sus ramas" (p. En el texto, en cada una de las denominaciones dadas a las plantas, se presenta el nombre científico de la misma y una breve descripción. En la descripción se explica el adjetivo en dos modalidades. Una, relacionada a un estereotipo de persona y la correspondiente explicación de porqué provoca simpatía, como en el caso citado del ciprés; otra, por la utilidad misma frente a la población, como aromático o dulcificante. Así, por ejemplo, respecto de "Maqui -el dulcificante", se indica "Aristotelia maqui -Eleocarpácea". "En el calafate y el maqui posee la cordillera dos frutos silvestres cuyas frutas son apetecidas en primera línea por los niños lugareños" (p. 25), y sigue una descripción sin la carga de humanidad vista en el ciprés, en línea con la mirada utilitarista "las frutitas ya pintonas, de un tinte azul obscuro, atraen a las golosas avecillas, en franca competencia con los niños aficionados a su dulce sabor. También las amas de casa aprecian el fruto del maqui, pues preparan con él una mermelada exquisita o componen un jarabe de propiedad febrífuga" (p. Es interesante que en la descripción de las plantas humanizadas se apele a modelos de personas "universales", omitiendo en el relato la larga tradición oral de los pueblos originarios, que tienen sus propias mitologías para afianzar la empatía con el entorno, e incluso relatos propios para humanizar lo vegetal. Tepp desconoce esto, Wernicke tampoco lo introduce, a pesar de citar explícitamente en términos genéricos a las poblaciones nativas en el relato, como si la universalidad de la mirada germana también los cubriera. Recordemos que en GAEA estaban los más importantes naturalistas y antropólogos, como Carlos Ameghino, Francisco de Aparicio o Lehmann Nitsche, entre otros, así que no se trata de un desconocimiento sobre los pueblos originarios patagónicos, sino de reubicarlos en jerarquías ancladas en las políticas hegemónicas. En el texto el nivel de invisibilidad de las poblaciones locales es tal que las imágenes que se eligen para ilustrar las plantas nativas de la Patagonia, remiten a pueblos reconocidos en otras latitudes, como los incas, diaguitas, etc. (Figura 2) El carácter científico de la obra está en la referencia a GAEA al principio, la introducción del nombre científico de las especies y las imágenes del final, con el dibujo erudito de cada una de las mismas, asociadas a fotos tomadas por el propio Tepp. Así, desde un discurso explícitamente anclado en órdenes morales y éticos, se introduce la mirada científica naturalista mediada por la tecnología, dando la ilusión de homogeneidad entre ambos discursos en este solapamiento. En el citado texto de Anasagasti et.al (1926) se alude al modelo norteamericano, pero se recuperan los estudios de los alemanes en cuanto a la geología, flora y fauna. La mirada de los científicos alemanes es humanista, y de allí invisten al bosque con valores humanos desde los cuales la sociedad es juzgada, ocultada y ordenada en la clave utilitarista y la ciencia aparece como auxiliar del aparato económico que se desliza al lugar de naturaleza. Si de aquí pensamos la huma-nidad desde la forma de considerar la salud ya vista tenemos dos elementos para sopesar. Primero, la vinculación entre salud y enfermedad, y segundo, la forma de considerar la salud de esa humanidad, ligada a la gobernabilidad. DE LA NATURALEZA IDEAL A LA SALUD SOCIAL Cardona Rodas (2005) ubica en un escenario latinoamericano la reflexión sobre salud y enfermedad. El autor señala que enfermedad y salud no son opuestas, pues con las correctas intervenciones lo insalubre puede tornarse saludable. Esta noción, aplicada a la apropiación y conocimiento del bosque resulta iluminadora para la comprensión de las ideas biológicas que se despliegan y su conexión con las políticas públicas que se definen. El bosque patagónico es presentado como sanador de una sociedad enferma. Debemos recordar que la relevancia de este espacio no es menor, apelar al orden del bosque es, en estos años, apelar al orden universal. En el texto de Anasagasti et.al. (1926) los límites del Parque Nacional del Sud se reconocen referidos "...a la delimitación natural de una entidad botánica que abarca... todos los elementos fitogeográficos de importancia" (p. Y continúa "Hay pocos lugares en el mundo que reúnan, en un área relativamente reducida como la de este parque, una diversidad tan grande de plantas, y raras veces el botánico encontrará como campo de estudio una región de tanta belleza como la del lago Nahuel Huapi..." (p. Si a esto sumamos el organicismo como base del pensamiento político del período, observamos un punto de inflexión en el momento de armado y definición de los Parques Nacionales, donde la pregunta por lo estético es la pregunta por la intervención, y entonces volvemos a los ejes desde donde se piensa la salud social. Vallejo (2004) señala que Pende "... sumó a los cuatro biotipos la teoría de las cuatro armonías biológicas que debían perseguirse para alcanzar la eugénica perfección humana: la belleza que era la armonía de las formas; la salud que era la armonía de las funciones; la bondad que era la armonía de los sentimientos; y la sabiduría que era la armonía del intelecto". Es una metodología basada en lógicas estéticas, un punto central para reflexionar sobre las tramas discursivas que subyacen en la presentación del bosque, sobre todo, en relación a la salvedad que hace Vallejo FIGURA 2: Imagen de "Árboles y arbustos de la Cordillera Patagónica" Tepp, 1936Tepp,, p. (2004)), al indicar que de este organicismo derivaba la fundamentación de las desigualdades sociales, un aspecto largamente recorrido en relación a la organización social de las poblaciones cordilleranas patagónicas (Núñez, 2014; Méndez y Podlubne, 2008). Vallejo (2004), citando a Pende, menciona "Del mismo modo que en la colectividad de los tejidos y de las células de un organismo existen, para la gran ley de la división del trabajo, clases celulares energéticamente diferenciadas que trabajan en armonía unas con otras en el recíproco interés, que es el interés colectivo, del mismo modo igualmente en el organismo nacional las clases de ciudadanos serán ahora antes las clases biológicas, las clases energéticamente diferenciadas de los trabajadores y productores". (p. En esta estructura de ideas, los Parques Nacionales pueden ser vistos como parte constructora de la salud social. Fortunato (2005), reconoce la institucionalización en el mismo proceso de concreción de la preservación, presentando los Parques Nacionales como invenciones políticas antes que innovaciones ecológicas. Llama la atención sobre la adjetivación "nacional", en tanto refiere a un orden político preexistente a la valoración del paisaje que se reconoce como sublime. Porque no son parques naturales o salvajes, son nacionales. Bustillo, primer director de la Dirección de Parques Nacionales creada en 1934 y principal gestor de una estructura concreta de conservación que toma como foco de actividades el recientemente creado Parque Nacional Nahuel Huapi, apela a elementos trascendentales que confunden lo patriótico con la conservación. Así, en 1946 19 reconocía en la frontera patagónica, la amenaza de la invasión, y en el bosque la estética de la esencia nacional desde la que se consolidaban la conciencia ciudadana, indicando "... para mantener despierto y alerta el espíritu argentino, para eso y nada más que para eso, Dios ha colocado entre los peligros de la frontera las grandes bellezas de nuestra tierra" (p. En las décadas del '20 y' 30 la preservación planteaba equilibrios fijos en lo intocado, de modo que la planificación para promocionar cambios involucraba la sociedad antes que el entorno, y allí la pregunta por la salud cobra relevancia. Pues pensar que la política de la preservación se liga al imaginario de "salud social" propia del período nos lleva directamente a los supuestos (racistas y sexistas) ligados a la salud ambiental descripta desde la teoría de Pende, que se reconocen en Argentina (Vallejo, 2004). De aquí, en función de los modos de conocer, y a partir de las consideraciones sobre la salud social, podemos armar un cuadro de doble entrada que sintetice los representantes y las políticas y perspectivas de las décadas del '20 y' 30. Cuadro 1: Sistema de creencias proyectadas en el bosque y población patagónicos Es interesante que los científicos se reconozcan en una de las tradiciones -la germana-y los gestores, técnicos y políticos en la otra -anglosajona, pero que sin embargo en sus escritos encontremos cruces permanentes que muestran cómo ambas perspectivas resultan funcionales en el particular control y significado que se busca establecer en la región. Uno de los elementos a destacar es que el reconocer tradiciones diferentes no significa que encontremos perspectivas antagónicas o alternativas, sino que, por lo que vemos, se alimentan mutuamente en el diálogo que permite ocultar el origen último del argumento disciplinador. Una naturaleza, que es argumento económico y moral, permite pensar que esos órdenes se inscriben tan fijos como la naturaleza que se presupone. Lo global, en sentido de orden hegemónico del mundo, deviene en lo más profundamente local, como la mirada del ciprés sobre sí mismo, concebible desde el romanticismo naturalista alemán, pero presentado como parte del argumento patriótico-capitalista que hace al pueblo entender como argentino y valioso a estos especímenes. En este proceso se eclipsa la inscripción global-local de la comprensión del entorno y de las poblaciones del mismo. Es difícil encontrar una obra que explicite tanto esta operación como "Árboles y arbustos de la cordillera patagónica", desde la misma no sólo el utilitarismo, que en sí es notable en cuanto estudio científico tomemos, sino el comportamiento moral privado deviene en resultante de la producción de conocimiento. La salud pública, inscripta en el eugenismo latinoamericano, encuentra en el bosque un reflejo y un medio para consolidar la sanidad social. El conocimiento de lo biológico fluctúa entre el conocimiento del paisaje y el de la salud. A lo largo de esta exposición buscamos mostrar cómo el reconocimiento del bosque pasó por convertirlo, en las décadas del '20 y' 30 en sujeto -y no objeto-político. Es decir, en reconocerle agencia, intención, sentido y utilidad en una escala mayor a sí mismo. Esto, que parecería superar la dicotomía sociedad naturaleza, en tanto un objeto de la naturaleza deviene en sujeto de derecho (preservación), no es así. En la llamativa construcción de conocimiento se puede observar como esto, antes que superar, profundiza la dicotomía sociedad-naturaleza, en tanto esa naturaleza humanizada en clave de desigualdad social es referencia de jerarquía social, silenciando las voces subalternizadas desde la apropiación militar del espacio, deshumanizando la humanidad y estereotipando un paisaje permanentemente ajeno a la sociedad inmediata. Agradecemos los comentarios de los revisores anónimos, cuyos aportes mejoraron la propuesta original. Este artículo es parte de los proyectos DIULA N12/16 "Acceso restringido: Paisaje, poder y política en los Andes Norpatagónicos" ULagos, Osorno.
El artículo analiza la incorporación y el reconocimiento de la variable étnica y cultural en la perspectiva conceptual sobre el abordaje de la salud en pueblos amerindios, circunstancia promovida desde instituciones como la OMS y su sede americana OPS. El concepto de persona o el uso diverso de la pertenencia étnica deben ser considerados con suficiente flexibilidad y perspicacia crítica para no caer en criterios monolíticos esencializadores que desvirtúen las posibilidades y los beneficios que dicha perspectiva intercultural puede propiciar en el acceso a la salud de los pueblos amerindios. Hace más de medio siglo que Gonzalo Aguirre Beltrán (1955) publicara su conocida monografía "Programas de Salud en la Situación Intercultural". Desde aquel entonces los programas de postgrado en salud intercultural desarrollados en América Latina han propiciado una masa crítica entre los profesionales de la salud que no siempre han priorizado las necesidades prácticas de las poblaciones que más precisan de sus atenciones, por las falencias claras en las inequidades que sufren en materia de salud, caso de los grupos amerindios y afrodescendientes. La aprobación por parte de la Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS) en Septiembre de 2017 de la inclusión de la variable cultural y étnica en los proyectos de salud de Naciones Unidas 1 supone un verdadero hito en el reconocimiento de las modalidades locales de definición de aflicciones y terapias. "CUANDO NO ESTÉ EL MÉDICO VENGO" Las diferentes iniciativas que en materia de salud intercultural se llevan realizando en América Latina, a lo largo de los años setenta, ochenta y muy especialmente desde los 90 del pasado siglo e inicios de los 2000, con resultados, al menos, discutibles o no tan exitosos como los esperados, obliga a que cualquier nueva iniciativa que se considere, debe ser analizada con la prudencia necesaria. En este sentido el respaldo institucional que la OPS /OMS ha propiciado para el reconocimiento de la variable étnica y cultural en los proyectos de salud, supone una nueva oportunidad para avanzar en la reflexión de las posibilidades que la salud intercultural puede propiciar en la aplicación de dichos proyectos desde la perspectiva de quienes deben ser sus beneficiarios: los pueblos amerindios y afrodescendientes. Definir una conceptualización de la salud intercultural desde la perspectiva de las poblaciones indígenas no es tarea fácil y debemos huir de cualquier tentativa simplista en términos de definición reduccionista. Cuando tenemos en cuenta la incidencia que los hábitos culturales y su ambiente pueden generar en las formas de considerar la salud y la enfermedad en términos indígenas, tenemos que tener en cuenta una diversidad de perfiles y modalidades. Dentro de un mismo grupo étnico indígena, podemos encontrar diferentes sensibilidades y criterios formales a la hora de considerar la salud y la enfermedad por parte de sus miembros. Dichas diferencias pueden deberse a distintas variables que afecten a los implicados tales como la edad, el género, el ámbito rural o urbano de su socialización, el acceso y la familiaridad o no con los servicios médicos convencionales, su implicación con los modelos tradicionales de salud o no, o los planteamientos híbridos (medicina convencional y etnomedicina) en sus prácticas de "autoatención" médica. Seguramente no coincidirán en sus planteamientos de salud y sus conceptualizaciones médicas tanto un médico originario (habitualmente denominado, injustamente porque no se reconocen en el término, "curandero") como una joven madre de familia, o un chófer de colectivo, por mucho que pertenezcan a la misma comunidad. Y todos ellos son igualmente indígenas. Si dentro de un mismo grupo indígena podemos encontrar diferentes formas y matices distintos sobre la concepción de la salud y de la enfermedad, la cuestión se complica más si abrimos el análisis a la diversidad de grupos amerindios. No podemos plantear ninguna aproximación a una formulación correcta en criterios interculturales en salud, si sólo valoramos la perspectiva indígena y no tenemos en cuenta a los otros actores que intervienen en el proceso. No podemos analizar en exclusividad la perspectiva de los "especialistas rituales" o los médicos originarios, debemos igualmente valorar todos los ámbitos y protagonistas vinculados con el ejercicio de la salud en contextos indígenas, entre ellos, los propios médicos y profesionales de la salud. El concepto de cultura, cuyo proceloso análisis prosigue en las Ciencias Sociales y muy especialmente en el dominio de la Antropología Social y Cultural, es dinámico, no esencializador, no es homogéneo ni monolítico y adolece de cambios significativos a lo largo del tiempo. Los grupos culturales vivos, y por supuesto los pueblos amerindios, están sometidos a esos cambios significativos que en muchos ámbitos emanan de los procesos de globalización que los afecta. No podemos cosificar las expresiones culturales como si fueran objeto de inerme curiosidad museística. Por su parte, la biomedicina tampoco ofrece una interpretación rígida ni homogénea entre los pueblos amerindios siendo una realidad el grado de penetración que ha conseguido efectuar en los últimos decenios. De hecho forma parte de las respuestas incorporadas en los modelos de auto atención de los pueblos indígenas, de tal forma que incluso se solicita el envío de determinadas marcas de fármacos cuando se someten al proceso migratorio ( Meñaca 2006). Dada la disparidad heterogénea de formas de vida, contextos, sistemas de producción, espacios de adap-tación, creencias y configuración de redes de parentesco que caracterizan la vida de los pueblos indígenas americanos en la actualidad (Chase Smith 2000) ¿podemos establecer algún criterio compartido en relación a la salud intercultural y su perspectiva desde los pueblos indígenas? Si esto es así, debemos pre-guntarnos....¿podemos intentar algún formato exitoso en nuestro deseo de extraer alguna conclusión válida, alguna aplicación de la incidencia que algunas de estas manifestaciones culturales en la construcción social de la salud y de la enfermedad y en el proceso de salud/enfermedad/atención-prevención definido por Menéndez (2016), presentan para la concepción indígena de la salud desde una perspectiva intercultural? Si ubicamos en el centro de nuestros intereses al ciudadano [indígena o no indígena], como prioridad de nuestras reflexiones interculturales, creo que merece la pena intentarlo. "Cuando no esté el médico vengo" De esta forma espetó una mujer aymara que acudió a la posta sanitaria de Qurpa (Provincia Ingavi del Departamento de La Paz, Bolivia) atendida por el entonces Equipo de Salud Altiplano en las pampas de Jesús de Machaqa, ante las recomendaciones por parte de las auxiliares de que el médico estaba disponible y que podía atenderla sin dificultad. "Cuando no esté el médico vengo" aquella rotunda respuesta provocaba incredulidad, asombro y profunda inquietud en el grupo de auxiliares sanitarios que desarrollaban su labor en la posta, en especial en Cleo Alaru, enfermera de dilatada presencia en la zona. La incredulidad no ocultaba cierto enfado relativo por parte de ellas, acostumbradas a bregar con situaciones similares de desconfianza por parte de los lugareños aymaras con respecto al papel y los procedimientos terapéuticos desarrollados en la pequeña unidad de salud. "Cuando no esté el médico vengo", aquella certeza que no hubo posibilidad de reconducir, aquella contundencia en la descalificación simbólica y efectiva de la medicina convencional bajo la figura del médico, supuso en aquel caso una ruptura irresoluble. La mujer buscaba en las auxiliares aymaras de la posta, familiarizadas con los conceptos indígenas sobre salud y enfermedad, la verdadera respuesta a sus aflicciones quedando el médico convencional ilegitimado para su tratamiento, de hecho el propio médico quedó al margen del conflicto, excluido, desconocedor del drama intercultural que en materia de salud se vivía a diario no sólo en la posta sino en todo el área de competencia del equipo. Según supe luego, el problema radicaba en la forma arrogante y prepotente en que dicho médico ejercía su labor en la posta, con una fuerte predisposición racista y ofensiva en su manera de tratar a los enfermos aymaras. Obviamente, no todos los profesionales de la salud actúan de esa forma inadecuada en la relación con los enfermos indígenas, ni todos los perfiles profesionales implicados en la posta eran contemplados con la misma visión negativa por parte de los comunarios. De hecho, la mujer aymara, auxiliar y enfermera, al ser igualmente sobrina de uno de los yatiris 2 de la comunidad encarnaba, en sí misma, el paradigma de una salud intercultural realista y eficaz. Los ejemplos, en la ya dilatada etnografía sobre pueblos amerindios, del rechazo sistemático a ciertos procedimientos, técnicas e infraestructuras de los servicios médicos convencionales, la crítica o el menosprecio a la llamada biomedicina o medicina científica que se refleja en los bajos rendimientos y escaso acceso a las unidades hospitalarias desplegadas en contextos indígenas, allí donde existen, nos obliga a plantearnos las razones de estos comportamientos y actitudes que están en el fondo de una sentida incomprensión sobre los modelos amerindios de concebir la salud y la enfermedad y los planteamientos interculturales que resulten más propios y adecuados. ¿Cuantas veces expresan las comunidades amerindias, independientemente del grupo étnico al que pertenezcan, que los hospitales y centros de salud de nuestras estructuras sanitarias, (allí donde existen), no son los espacios apropiados para el cuidado de sus problemas sanitarios o que el médico simplemente carece de competencia para curarles, porque "no entiende" sus verdaderos padecimientos?. Suele haber un cierto reconocimiento de las competencias del médico y de la medicina científica en lo que tiene que ver con el cuerpo humano, pero no en el cuidado de buena parte de las dolencias y aflicciones indígenas que precisan de otro tipo de diagnóstico y que son consecuencia directa de las concepciones indígenas sobre la salud y la enfermedad; uno y otro son por tanto verdaderos campos de significación que no podemos reducir a un único concepto o a una única versión. Hace unos años me comentaba desconsolado un yatiri, especialista ritual aymara, originario de la cuenca del Lago Titicaca sus valoraciones sobre la enfermedad y las actuaciones de los médicos de las unidades hospitalarias, (he respetado escrupulosamente en la cita, el uso que hace del castellano): Cuando yo curo...ya sana pues. Una noche no más yo curo. No, no, yo no curo nada, ni dos noches ni tres noches, ¡nada! Cuando yo curar ya comienzo a las ocho de la noche 3 y hasta doce, hasta la una. Después, los enfermos, los que están mal, las gentes, cuando yo curo, tienen que dormir, una horita, dos horitas y cuando levantan, ya yo pregunto: "¿Cómo estás señora? Si... ¿estás mal? ¡ya!, "estoy sana" 4. Los médicos no hacen nada. Seguramente los médicos ya no curan, pero claro que sí, algunos con su "corpos" ( cuerpos) claro que seguramente malogrados, ese cura ya, los malogrados, ese no más curan los médicos 6. Sólo que de saxras, saxras se llaman los "maliños" (malignos) saxra, ñanqha 7, pero...usted sabe ¿no ve? Esas clases, saxra, diablo ¡claro!, algunos dicen Satanás; de saxra siempre agarran pues sus ajayus, sus animus, su espiritu, siempre 8.Eso no más, pero cuando los saxras entran los cuerpos, aquí, el corazón, el corazón entra ya, todas, todas partes le entra 9. Cuando algunos yatiris, cuando también...¡igual!, pero no saben captar nada. Para sí están curando (en vano), están frotando todas partes 10....¡ya! No, no sana, no sana, así es. La información de Manuel Chura es reveladora; manifiesta entre otras cosas una disociación importante, desde la perspectiva aymara, entre las capacidades del médico convencional y las suyas que como "médico originario" sabe discernir lo que son las "verdaderas enfermedades", las consideradas letales y que mayores aflicciones producen en la gente que trata, frente a las preocupaciones del médico. Como dice, el médico tiene competencias en curar el "cuerpo", casi lo expresa con cierta conmiseración justificando la escasa importancia que le otorga, frente al conocimiento de las "otras enfermedades" de las que el médico no sabe. La descripción que hace sobre la patología del "susto" en términos aymaras, en la que entran en juego como causantes las entidades tutelares del Altiplano y su localización anatómica en el corazón 11, resulta conocido en la etnografía local. Obviamente se trata de la conceptualización de un "experto" habituado a vérselas con los conceptos aymaras de salud y enfermedad en su versión más precisa de la Cuenca del Lago Titicaca. No todos los pobladores aymaras de la zona conocen o podrían expresar de igual forma dichas contradicciones entre los modelos médi-cos aymaras y los de la medicina convencional; precisamente su mayor familiaridad con los problemas médicos y las lógicas terapéuticas validan la utilidad y calidad de su testimonio. ¿Cómo acercarnos entonces a un modelo conceptual que clarifique el "concepto" o "conceptos" de salud de los pueblos amerindios desde una perspectiva intercultural?. Para ello, como nos ha adelantado el yatiri Manuel Chura en su expresivo relato, donde vincula órganos anatómicos con entidades anímicas y seres excepcionales del Altiplano, debemos acercarnos en primer lugar a la evaluación del concepto de "persona" o "ser humano" sin cuyo conocimiento pormenorizado, cualquier aproximación a los ámbitos de la salud y de la enfermedad en los pueblos amerindios resulta imposible. Ya lo explicó hace tiempo James Clifford, uno de los representantes de la llamada Antropologia Postmoderna: Decir que el individuo está culturalmente constituido se ha convertido en un axioma. Estamos acostumbrados a oir que la persona en Bali o entre los hopi o en una sociedad medieval es diferente de los individuos de la Europa burguesa o de la Norteamérica moderna (esto es que tiene diferentes experiencias de tiempo, espacio, parentesco, identidad corporal). Presuponemos, casi sin discusión, que un sujeto pertenece a un mundo cultural específico tanto como que habla un lenguaje nativo: un sujeto, una cultura, un lenguaje. [...] la idea de que la individualidad se articula dentro de mundos de significación que son colectivos y limitados no está en tela de juicio (Clifford 1995, p.119). Si deseamos aproximarnos a una concepción intercultural en salud por parte de los pueblos amerindios es incuestionable, por su utilidad médica y metodológica, analizar el concepto de persona, no sólo por sus alusiones a las representaciones corporales sino al ámbito de la naturaleza de las propias dolencias y aflicciones que en clave cultual se vinculan estrechamente con la salud y la enfermedad de los individuos. EL CONCEPTO DE "PERSONA" O "SER HUMANO" EN LAS POBLACIONES AMERINDIAS Los sistemas o modelos de representación amerindios del cuerpo y de la persona constituyen un ejemplo más de la imposibilidad de considerarlos meros avatares nuestros, como si los pueblos ameri-canos se vieran igualmente constreñidos en las maneras de su comprensión y representación por nuestros propios sentidos 12. Es precisamente en esos modelos de representación donde tienen cabida las soluciones amerindias sobre la aflicción y la enfermedad de sus gentes: Cuerpos descuartizados, cenizas de una hoguera encendida con sus pedazos, avatares celestes de sus órganos, huesos molidos y amasados, pechos convertidos en perros, orificios obstruidos, sangre que tiñe el arcoíris, penes extensos, vulvas voraces, vísceras flotantes en el agua de los ríos, son imágenes que impregnan los mitos amerindios y forman una espiral de muerte y vida que nos succiona y traslada a los tiempos fundacionales del mundo, cuando el universo se formó de fragmentos del cuerpo humano y cada una de las partes de éste remitía a una montaña o a una constelación, o a un árbol o a un pájaro. En aquellos tiempos, que hoy son los de cada día para el chamán todo era cuerpo y el cuerpo no era nada, o casi nada. Los mitos muestran la continuidad entre las partes del cuerpo y los seres naturales. Entre las dos series, la anatómica y la cósmica, hay sugestivas analogías formales e imprevisibles continuidades narrativas. Por ejemplo la semejanza postulada por los chorote entre los intestinos del gigante Kiswet y cierta clase de lianas o en la conversión de dos pechos femeninos en un par de perros. Es la exploración sistemática de los puntos de contacto o fricción entre la serie formada por las partes y los órganos del cuerpo y la totalidad de los seres del mundo lo que permite al chamán curar las aflicciones de las almas y los cuerpos indios (Gutiérrez Estévez 2010, p.16). Los relatos míticos, las prácticas ceremoniales, las estrategias rituales, los códigos simbólicos asociados a las terapias, son todos ellos criterios de representación y proyecciones corporales muy frecuentes en las tradiciones amerindias. La sorpresa que nos produce en nuestras categorías cartesianas resulta completa dificultando la comprensión de los modelos indígenas que interactúan en la configuración de un concepto razonable sobre salud en criterios interculturales. Quizá nuestra sorpresa se acentúe todavía más si tenemos en cuenta el criterio de los mayas tzeltales de las serranías centrales de Chiapas quienes consideran el cuerpo de una manera singular como nos muestran los destacados informes etnográficos de Pedro Pitarch (1995;2010): Los indígenas tzeltales-como los mayas de manera más general-tienen no un cuerpo, sino dos. Llegué a esta conclusión de manera relativamente fortuita. Mientras trabajaba con cantos chamánicos de curación. En estos se emplean dos términos -bak ́etal y winkilellos cuales traduje durante bastante tiempo por "cuerpo", hasta que caí en la cuenta de que tienen significados diferentes. Después las conversaciones con mis informantes indígenas me confirmaron y aclararon esas diferencias. En general, la radical distinción entre lo que podríamos llamar un cuerpo carnal-un objeto físico inerte-y un cuerpo fenoménico-un medio para relacionarse con otros seres humanos-nos exige repensar las ideas indígenas sobre la corporalidad. Pero también nos obliga a recomponer un poco el concepto indígena de persona (Pitarch 2010, p. Si ya no se habla de "un cuerpo", sino de "dos" cómo en el caso tzeltal....¿dónde proyectar las habilidades y competencias de la biomedicina académica? ¿dónde cristalizar y cómo explicar los conocimientos terapéuticos adquiridos sobre una anatomía científica que parece no encajar con el pensamiento médico indígena? Probablemente la incidencia corporal de la medicina científica supone un rasgo no compartido por diferentes expresiones médicas amerindias, lo que constituye sin duda un serio reto a nuestro marco ideológico terapéutico. La vinculación de las representaciones corporales amerindias con expresiones de naturaleza mítica, ceremonial de corte simbólico es una constante, al tiempo que las alusiones a la naturaleza endógena o exógena de las enfermedades y sus causas. En el caso aymara el término jaqi equivale a persona, "ser humano" en su completa expresión. Se aplica a los que han demostrado madurez personal y responsabilidad comunitaria y es considerado como un camino, taqui. Las personas somos, desde la perspectiva aymara, el resultado de un equilibrio configurado por un cuerpo físico y un conjunto de entidades anímicas que poseen diferentes características cuyo correcto acomodo implica el bienestar de la persona. Cuando ese equilibrio es roto, generalmente por el extravío de alguna de esas entidades anímicas, surge la enfermedad o la aflicción en diferentes grados de importancia que exigen la actuación de un médico originario para restituir la salud del enfermo. La expresión de estas enfermedades prevalentes en zonas amerindias y directamente ligadas a los modelos del llamado proceso de "salud/enfermedad/atención", son sentidas en toda su rotundidad como tales por parte de la gente, aunque a veces la literatura médica y antropológica las camufle y en cierto sentido menosprecie, en la expresión "síndromes de filiación cultural" 13. Si queremos acercarnos al conocimiento de un modelo conceptual sobre la salud en términos amerin-dios debemos tener muy en cuenta cual es la concepción de persona en el área cultural que se trate y cómo afecta a su consideración estas enfermedades cuyas lógicas no responden al modelo biomédico y de cuyas expresiones terapéuticas y cuidados podemos obtener conclusiones y valoraciones muy útiles en términos de la propia medicina convencional. En la cuenca del Lago Titicaca tres son las entidades anímicas que poseen los jaqi aymaras, según relatan los pobladores; de adentro hacia fuera y de mayor a menor importancia se denominan respectivamente ajayu, animu y kuraji. Los seres humanos del Altiplano aymara, están constituidos por tanto, por un cuerpo carnal y sus tres "sombras". Son denominadas kimsa ch ́iwi, las tres "sombras" 14 gemelas, (entre sí y con respecto a su propietario, por cuanto constituyen su "doble" animado 15 ), que de hecho se ven afectadas con su pérdida provocando aflicciones y enfermedades a la persona que lo sufre. La solución terapéutica suele acompañarse por la intervención del yatiri (especialista ritual) en la recuperación de estas "sombras" que se extravían y que hay que reintegrar, reincorporar a la unidad corporal y anímica del enfermo, por cuanto lo que sucede a estas entidades anímicas extraviadas influye directamente en la mecánica del cuerpo de su dueño, alterando sus funciones y ocasionando diferentes enfermedades. El proceso terapéutico de restitución de la salud en estos casos está lejos del modelo médico occidental y sus estrategias. Son procedimientos de tipo simbólico y ceremonial que responden a las lógicas propias de los conceptos amerindios, en este caso aymaras, sobre la salud con expresiones fundadas de la llamada eficacia simbólica (Lévi Strauss 1987[1949], p. Lo que hay que tener presente es que no se trata de "remedos folklóricos" si no de verdaderas estrategias terapéuticas y que así son entendidas no sólo por el médico indígena originario, sino por el propio enfermo y sus familiares. No podemos caer en el prejuicio etnocéntrico de descalificación de estos procedimientos, simplemente porque no los comprendemos o porque colisionan con la lógica del proceso de inferencia característico del modelo biomédico. Si queremos definir y comprender, o al menos acercarnos, a un modelo conceptual amerindio sobre la salud y la enfermedad en clave intercultural, debemos habituarnos a este tipo de intervenciones y propuestas terapéuticas donde funcionan criterios de eficacia simbólica, en las diferentes áreas culturales de América Latina. El modelo es similar, en el fondo, al existente en otras realidades culturales amerindias con especial énfasis en los pueblos indígenas de Mesoamérica (Pitarch 1995; Martínez González 2007, 2011) y que no sólo son compatibles con la dolencia conocida como "susto" 16. De hecho, buena parte de las actuaciones terapéuticas de los médicos originarios, en el caso aymara, implican procedimientos de reforzamiento de estas entidades anímicas para que estén sólidamente vinculadas al doliente, de cuyo armazón conjunto, depende el bienestar de la persona. Lógicamente, todo lo que afecte a la estabilidad y dinámicas de relación de estas entidades anímicas supondrá diferentes grados de aflicción en la persona, que pueden redundar en patologías graves, (en términos amerindios), según las entidades afectadas, las causas de origen de la dolencia y el tiempo de demora en su restitución. Nos sorprenderá quizá conocer que las unidades hospitalarias convencionales son causa frecuente de "susto" entre quienes acuden a las consultas, precisamente por las características habituales de actuación y los procedimientos terapéuticos que tienen lugar en dichos centros, como veremos más adelante. Una de las enseñanzas a tener en cuenta es que el concepto de persona o ser humano en las poblaciones amerindias guarda una relación de estilo con respecto a las patologías y los conceptos de salud y enfermedad definidos por el propio grupo étnico, con sus caracteres específicos (Gutiérrez Estévez 2003, p. SALUD INTERCULTURAL EN POBLACIONES AMERINDIAS. Estar sano o enfermo en las sociedades humanas, no depende sólo de la estructura celular y de los componentes orgánicos del cuerpo sino que cada cultura decide dar sentido a lo que entiende por salud y enfermedad así como a las estrategias curativas correspondientes. En las poblaciones amerindias existe un complejo conjunto de formulaciones culturales sobre enfermedades, los llamados "síndromes de filiación culturales" que hemos visto, que recogen aspectos diferenciados de su realidad cultural. Así las cosas, determinadas patologías o aflicciones son resueltas mediante la consideración que se hace del ser humano y sus expectativas funcionales. No tiene sentido la parcelación orgánica, mirar "adentro" del cuer-po o preocuparse por un órgano específico. Los rituales terapéuticos empleados por diferentes grupos étnicos americanos hacen alusión a modelos simbólicos de percepción y concepción del cuerpo y del ser humano en situación de eficacia social, junto con su estructura social y de parentesco, así como las diferentes cosmovisiones que, según cada caso, se ven afectadas. Es por eso que buena parte de los procedimientos terapéuticos son de carácter ritual y simbólico de forma paralela al conocimiento prolijo de especies naturales que emplean en su abundante herbolaria y farmacopea. Cualquier propuesta reduccionista de definición sobre un concepto indígena de salud con perspectiva intercultural, dada la gran diversidad "intra" e "intercultural" que podemos encontrar al respecto en los diferentes contextos señalados resultaría abiertamente incompleta e insatisfactoria, pero, algún resquicio nos queda para poder plantear (siempre con prudencia y aceptando las diferentes versiones y matices), alguna característica útil no sólo para pensar en los modelos indígenas de salud, sino para tenerlo en cuenta en las aplicaciones de las políticas interculturales en salud en pueblos indígenas. El ejemplo etnográfico de los aymaras del Altiplano boliviano que hemos analizado en el artículo nos ofrece un adecuado marco de reflexión para poner a prueba nuestra capacidad analítica en la caracterización de un modelo de salud intercultural que emane de sus peculiaridades y que a la vez pueda servirnos como referente en otros casos. Destaquemos varios aspectos significativos. Los conceptos de persona o "ser humano" resultan claves en la definición de la salud en términos indígenas puesto que nos habitúan a los sistemas de representación corporales y de las entidades anímicas que incorporan, que son los referentes implicados en la mayor parte de las enfermedades, dolencias y aflicciones de los pueblos amerindios. Muestran su vinculación con las enfermedades prevalentes definidas culturalmente (los síndromes de filiación cultural) ofreciendo consideraciones de estilo coherentes con la significación social de la enfermedad, la etiología de las dolencias así como con los sistemas terapéuticos. Las enfermedades prevalentes en clave cultural refuerzan la consideración de estilo específica del "concepto de persona", con diferencia de detalles descriptivos y matices, pero con un acuerdo razonable sobre tipología de enfermedades, diagnósticos, etiologías y tratamientos. La salud de los pueblos amerin-dios está implicada con el entorno en el que viven y su respeto, (a veces reforzado desde una perspectiva simbólica y ceremonial), de forma que cualquier alteración del mismo implica respuestas de aflicción y dolencia, del mismo modo que la alteración de alguna de las pautas de índole moral con que se dotan en el funcionamiento de sus comunidades. La salud se trata y restituye en casa y en la comunidad. No existe, en la mayor parte de los pueblos amerindios y en su concepción de salud, un espacio específico de curación exógeno a la comunidad como es el hospital con todo el bagaje simbólico y cognitivo que supone. La importante penetración de la biomedicina de los últimos decenios entre los pueblos amerindios todavía no ha resuelto de forma significativa este débito, de tal forma que la integración de las unidades hospitalarias en la vivencia cotidiana de las comunidades indígenas, sigue siendo más una excepción que la regla. Este aspecto amplía las inequidades de los pueblos indígenas en el acceso a los servicios de salud y constituye un estigma importante en lo que supone de exclusión y pobreza. Junto a este dato, el "edificio cognitivo" del hospital, allí donde existe (tal y como hemos visto en el documento), configura distintas expresiones de inseguridad, miedo, o violencia que hace que los servicios hospitalarios estén infravalorados, en ocasiones, por los grupos amerindios, quienes a veces hacen clara ostentación de no utilizarlos o necesitarlos. La salud en términos indígenas, resultado de esa relación de equilibrio corporal, doméstico y comunitario, se desempeña sin las condiciones propias de la burocracia hospitalaria. El mejor modelo de expresión de la salud en términos indígenas es la unidad doméstica y residencial, la casa y la familia, donde se realizan las curaciones precisas del enfermo al amparo del hogar, con la implicación de todo el ámbito doméstico, con el ejercicio de los especialistas locales, médicos originarios que se desplazan a la casa del enfermo y los modelos de autoatención en los que pueden aparecer diferentes signos propios de la biomedicina ( fármacos residuales, antibióticos...etc.) junto a la herbolaria local y los procedimientos rituales; con el amparo eficaz de los bagajes culturales propios en las definiciones locales del modelo de "salud, enfermedad, atención". La salud se recupera de forma individualizada y personalizada en lo que respecta a la atención del enfermo, pero con una dinámica social en la que participa y decide toda la familia e incluso la comunidad. En la lengua originaria, sin premuras de tiempo, con dedicación exclusiva cuando se precisa de la atención de un especialista local y respetando las pautas de repre-sentación corporal y del ser humano, así como el papel otorgado a la familia en la toma de decisiones. Los modelos de salud indígenas dudan de las aperturas corporales y se expresan, habitualmente, sin abrir el cuerpo, sin abrir la comunidad, sin abrir la casa, sin abrir el entorno. Todos estos modelos cognitivos son expresión simbólica de la enfermedad que se introduce en cada uno de los ámbitos que engloban el resto (cuerpo, familia, aldea, comunidad, entorno) y que adolecen un carácter externo, foráneo, extracorpóreo o extracomunitario. Habrá que ver en cada caso la presencia o no de grupos étnicos más o menos proclives a las aperturas corporales y culturales en cada caso como suele suceder entre los amazónicos. La salud en términos indígenas es multifactorial y obliga a la consideración de terapias así mismo multifactoriales en la resolución de las crisis y aflicciones que presentan expresiones rituales signadas por la eficacia simbólica. Las lenguas originarias se constituyen, en sí mismas, en vehículos de expresión de la salud a través del relato vivencial de la dolencia: el relato narrado del acontecimiento que resulta en aflicción es esencial para la recuperación del enfermo. Lo foráneo es causa de sospecha y origen de enfermedades ya sea en las expresiones lingüísticas, hábitos culturales, alimentación...etc. Lo extraño debilita la comunidad, el entorno doméstico y el criterio integrador de la persona mediante las aflicciones que genera. Como nos han indicado (y a veces reprochado) los profesionales de la salud que trabajan en contextos indígenas es imposible contribuir desde su perspectiva a restituir la salud de los enfermos indígenas si no se cuenta con medios apropiados, es decir que la llamada "salud intercultural" no puede constituir un burladero para evitar la inversión económica en parámetros de calidad de vida de los pueblos indígenas anclados en una situación lamentable de pobreza sistémica en la mayoría de los casos. Tampoco puede servirnos de excusa para justificar una atención sanitaria de mala calidad bajo su atractivo escaparate. Cualquier iniciativa en salud intercultural debe ser sugerida, refrendada y auspiciada por las comunidades indígenas y no sólo por intelectuales o políticos al uso, si queremos que tenga impacto en la resolución de sus conflictos de salud. En la reunión que mantuvimos con el Viceministro de Medicina Tradicional e Interculturalidad de Bolivia en 2009, el representante de salud originaria del Departamento de La Paz, líder aymara, expresaba ofuscado que ellos no sabían qué era eso de la salud intercultural, que nadie se lo había explicado a ellos y lo sentían como una amenaza por parte del Estado quien, consideraban, iba a dedicarse a certificar a los médicos originarios. Tampoco entendían las razones de los médicos SAFCI 17 que decían aparecían con sus "todoterreno" por las comunidades y desaparecían sin más, de hecho aquel representante de la salud indígena exigió ante el Viceministro que se desplazaran a los comunidades "médicos de verdad", es decir de los de "mandil blanco". Me sentí consternado después de aquello...pensando en el escaso suelo social que por aquel entonces una salud intercultural indígena impulsada por decreto, "desde arriba", había conseguido en los que debieran ser sus principales beneficiarios. La salud intercultural ha de contribuir, junto a otros parámetros sociales, económicos y políticos a mejorar los estándares de vida de los pueblos amerindios y afrodescendientes porque, si no es así, estaremos contribuyendo como cómplices insospechados de su exclusión sistemática bajo el halo políticamente atractivo que proyecta su imagen; pero para ello es imprescindible no sólo adquirir competencia intercultural, algo así como un curso acelerado en antropología médica o folclore médico, sino saber percibir la diferencia que esgrimen en concepciones, modelos, terapias y aflicciones que no podemos traducir si quiera al plano biomédico sin conocer sus propias reglas de significación. Especialista ritual aymara, diestro en la consulta de hojas de coca, en la elaboración de ofrendas ceremoniales y en la atención de aflicciones de marcado sentido cultural (Fernández Juárez 2004a). 3 Los yatiris en su mayoría curan y realizan sus preparaciones rituales por la noche, según el horario que establece la consulta de la hoja de coca que constituye su principal sistema de diagnóstico. 4 En este relato vemos que el empoderamiento sobre la enfermedad corresponde al enfermo que es quien manifiesta al especialista si está bien o está mal y no al revés como sucede en la medicina convencional que es el médico quien nos dice si estamos ya sanos o no, hasta el punto de tener que certificarnos un "alta" médica para poder abandonar el recinto hospitalario. 5 Es preciso confirmar la etiología de la enfermedad así como la eficacia de la terapia empleada mediante una consulta postrera a la hoja de coca. 6 Los médicos muestran su eficacia en el tratamiento del "cuerpo", no así respecto a las aflicciones que habitualmente afectan a las entidades anímicas de las personas. 7 Entidades malignas de la cuenca del Lago Titicaca a las que se responsabiliza de ser causa de aflicciones, dolencias y enfermedades entre los pobladores del Altiplano lacustre. 8 Los seres humanos, los jaqi del Altiplano, poseen diferentes entidades anímicas (ajayu, animu, kuraji) susceptibles de sufrir acontecimientos o sucesos que afectan la salud de las personas. Estas entidades anímicas son apresadas y retenidas por los seres maléficos del Altiplano que las devoran paulatinamente agudizando el cuadro clínico del doliente afectado. Esa es la afectación grave que revela el yatiri Manuel Chura en su testimonio. 9 Las enfermedades provocadas por la pérdida de las entidades anímicas de los aymaras no son accesibles a la medicina académica. El corazón constituye el centro anatómico del ser humano. El valor otorgado al "centro", taypi en las diversas concepciones espaciales, religiosas y sociales aymara, le atribuyen un poder aglutinante y estabilizador (Rivière 1982), lo que ilustra otro aspecto sustancial a tener en cuenta en la conceptualización indígena sobre la salud, como es el valor social de las enfermedades y aflicciones. La pérdida de este "centro" o "corazón" supone una seria amenaza, tanto para el orden comunitario como para la salud del individuo (Bastien 1996). El centro, el equilibrio y la sabiduría son caracteres asociados a la gente "con corazón", chuymani, es decir, los ancianos. 10 Los procedimientos de higiene simbólica o "limpia" son frecuentes en la terapia aymara. Las "limpias" ceremoniales pretenden, a través de los frotamientos, eliminar la contaminación que produce la enfermedad; así se consigue alejar el "daño", la desgracia, la pena, el infortunio o la envidia que ocasionan la aflicción del doliente. 11 Es conocida en las tradiciones amerindias la importancia que se otorga, tanto en los relatos míticos como en los relatos médicos sobre las enfermedades, a ciertos órganos concretos y fluidos, "corazón", "hígado", "pulmón", "pulso", "sangre", que parecen poseer cierta autonomía, más que a una idea específicamente "corporal" (Gutiérrez Estévez 2010, p.14-15). Así sucede entre los chayahuita de lengua Cahuapana en el sector nororiental de la Amazonía peruana (González Saavedra 2010, p. 248); como dice Pedro Pitarch, "de hecho la principal dificultad para encontrar una correspondencia entre las vísceras indígenas y las europeas reside en que las primeras no desempeñan funciones. Los cuerpos no se enferman porque algo no funcione correctamente sino porque algo ha sido sacado o movido. Entre los muchos miedos que provoca una operación quirúrgica está la certeza de que una vez que se ha hurgado dentro del cuerpo, este ya no volverá a ser el mismo" (Pitarch 2010, p.199). Las vísceras que representan las dolencias o los usos sociales sobre la enfermedad en el caso indígena no presentan un sentido fragmentario sino que contemplan una corporalidad completa en el caso tzeltal lo que contrasta con la idea del cuerpo como "organismo" indivisible del mundo occidental (Pitarch 2010, p.200). El "cuerpo", en su sentido genérico como unidad orgánica, por el contrario, es el dominio de actuación de los conocimientos parcelados y especializados del médico occidental. 12 No es casual que la machi mapuche se cubra los ojos en plena sesión chamánica junto a los ritmos de su tambor de mano, kultrún para "ver" las causas de las enfermedades; el ch ́amakani aymara busca en la oscuridad de la noche el diagnóstico más acertado que confirme lo que ha visto en las hojas de coca. Por su parte los curanderos del Norte del Perú emplean el San Pedro (Trichocereus Pachanoi) para ver "en visión" los fundamentos de las enfermedades de sus clientes; de forma similar emplean la ayahuasca (Banisteriopsis kaapi) numerosos grupos amazónicos. Recursos todos ellos que muestran la distancia significativa del uso de los sentidos en las medicinas amerindias, frente a la medicina occidental. 9): "El pensar en cuerpos de culturas lejanas está acompañado de continuos desafíos al sentido común, a la forma común de sentir. Los sentidos de quienes pertenecen a otras culturas parecen proveerles de un tipo de percepciones que para nosotros son desconocidas, incomprensibles o insensatas. Como si los límites de sus sentidos no estuvieran sujetos a las mismas constricciones biológicas que los nuestros y sus posibilidades perceptivas fueran diferentes. El cuerpo es el objeto primero de nuestras percepciones y las convenciones sobre su naturaleza, su uso y significación constituyen el núcleo del sentido común. Pensar en otros cuerpos no sólo nos hace perder el sentido común, sino, además, la percepción razonable de nuestro cuerpo". El recorrido del argumento no afecta sólo a los cuerpos amerindios sino igualmente a la consideración de las enfermedades que afectan a dichas representaciones corporales e igualmente a las soluciones terapéuticas planteadas por los pueblos amerindios, distantes de nuestras consideraciones al uso, como distantes son nuestras propias representaciones sobre el cuerpo, la persona y las aflicciones humanas. 13 Tenemos diversos ejemplos en el ámbito indígena americano de este tipo de síndromes tales como mancharisqa, ja-p ́iqa, katxyata, (versiones quechuas y aymara sobre el "susto"), la enfermedad de la "vergüenza" entre los choles mexicanos, el "empacho" etc) (Campos Navarro (Comp.)2009; Imberton 2006; Bernand 1986; Holland 1963). 14 Así la define Berg, en su Diccionario Religioso Aymara: "Ch íwi: "sombra". La sombra es considerada como una especie de alma que le sigue al hombre" (Berg 1985, p. Por su parte el jesuita Bertonio recoge en su vocabulario aymara del Siglo XVII: "Cchiuu: Sombra de la cosas" (Bertonio 1984(Bertonio [1612] ] II, p. 15 Los niños recién nacidos en el Altiplano reciben sus correspondientes ch ́iwis ejemplificados en la placenta, denominada ch ́iwacha, "sombra", al ser expulsada (Arnold, Yapita y Tito 1999, p. En las alturas de Huancabamba en el Norte de Perú nos dice Polia (1989, p. 201): "En la persona, la "sombra" es un principio inmaterial netamente distinto del cuerpo físico: puede alejarse del cuerpo manteniendo conciencia e identidad autónoma y conservando los rasgos característicos de la persona hasta el punto que al detectar la "sombra" se puede identificar la persona a la que pertenece". 16 El caso concreto del "susto" tan extendido en toda América Latina debemos destacar la implicación que tienen las emociones y sus expresiones formales extremas: "las situaciones que producen las reacciones emocionales repentinas son consideradas por lo general como sustos, y muy asociadas a las dolencias por pérdida de espíritu" (Gutiérrez Estévez y Surrallés 2015, p. Sobre la casuística específica del "susto", ver entre otros (Rubel 1986; Rubel et al 1995; Fernández Juárez 2004b; Neila Boyer 2006) 17 Médicos de la especialidad de Salud Familiar Comunitaria Intercultural que constituyeron en el 2005 una de las iniciativas pioneras en refrendar de forma práctica otra forma de ejercer la medicina en comunidades indígenas, pretendidamente sin la "contaminación" simbólica de la estructura hospitalaria y sus relaciones de poder. Otra cosa parece ser los resultados obtenidos. Alguna de las críticas de los propios médicos indicaban la falta de previsión en consolidar plazas (ítems) de este perfil por parte del Ministerio, una vez realizado el período de residencia. Como vemos en el testimonio del representante aymara de los médicos tradicionales de La Paz parece que tampoco se documentó su sentido y proceder en las comunidades de actuación y así mismo entre los compañeros de profesión quienes acostumbraban a zaherir a sus compañeros formados en competencia intercultural como "médicos-yatiris", o "médicos-brujos", lo que nos habla a las claras de la inadecuada comprensión de perspectivas ajenas al monopolio de los colegios médicos convencionales en la Bolivia de entonces.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) Se publica de nuevo, ahora en traducción castellana, el libro de Wolf Lepenies sobre melancolía, su tesis doctoral, incluida en la serie "negra" de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Esta colección ha supuesto una importante aportación a la historia de la psiquiatría, en ella durante muchos años han tenido un papel principal Fernando Colina y Mauricio Jalón. Ahora bajo la dirección de Enric Novella -traductor con María Luisa Vea Soriano del volumen e introductor de sus páginas-se prosigue con este libro de enorme interés. Esta colección contiene los grandes tratados sobre melancolía, así los de Marsilio Ficino y Robert Burton, los príncipes del negro humor. Se trata de una selección de textos de primera importancia para la historia médica, pero también para la historia cultural. Ha contado con magníficos traductores, así entre otros muchos con Marciano Villanueva Salas y Julián Mateo Ballorca. La historia cultural de la melancolía reconoce dos tradiciones, la que se inicia con el escrito Problemata del círculo aristotélico y la que comienza con el Corpus Hipocrático. En la primera se nos dice que todos los personajes distinguidos son melancólicos, así héroes, sabios y poetas. Desde luego Hércules o Sócrates son citados con veneración. Aquí mismo se hace mención de las teorías de los humores hipocráticos, las de ese viejo y eterno Corpus de escritos médicos, que señalan esta enfermedad como marcada por la bilis negra, de ahí el nombre de este padecer. Pero en esta segunda tradición hipocrática también se hace referencia a la otra corriente, así en una falsa carta de Hipócrates, en que se narra una visita al filósofo Demócrito, acusado de locura por su conducta extraña. Sentencia el médico que el sabio no está enfermo, sino que su sabiduría, como se afirma en el escrito aristotélico, hace que su forma de ser sea distinta. Preguntada por la felicidad Maria Callas, afirmaba que el artista nunca puede ser por entero feliz. Como Lepenies nos dice, en este libro se trataba en primera instancia de hacer un análisis de la personalidad del escritor y rebelde noble François de La Rochefoucauld, que fue ampliado con otros casos y consideraciones. Así se convierte la obra en un escrito amplio, difícil y abierto, pues muchas derivaciones del núcleo principal permiten sugerencias más o menos finalizadas, pero felices. No es extraño, que cercanos los años setenta del pasado siglo, se comience la obra con dos personajes entonces fundamentales, el sociólogo norteamericano Robert K. Merton y el europeo Norbert Elias, recién redescubierto. Sirven de puerta de entrada -algo estrecha, parece al principio-al libro que comento, señalando esa orientación sociológica de este trabajo doctoral, pues el interés del autor se basa en el espacio y el tiempo. Sin embargo, no renunciará al uso de la historia y la literatura, incluso la cultura popular, enriqueciendo así mucho estas páginas. En el siglo XVII se producen hechos notables en la historia de Francia y de Europa, la revuelta de los frondistas contra Luis XIV y sus gobernantes. Se trata la Fronda de una protesta de la vieja y alta nobleza que está siendo arrinconada, su derrota supuso un destierro interior de esa aristocracia en la corte o en los salones. Así había sucedido desde siempre en las peleas entre corona y nobleza, los nobles que perdían el favor o temían al monarca se retiraban a sus po-sesiones. Muchos otros ejemplos hubieran sido posibles. En la corte se aburrirán los gentilhombres, su poder decreciente no permite la toma de decisiones, se vive una pérdida, un duelo por el mando perdido. Chateaubriand dirá mucho después que la nobleza que ganó con su sangre títulos, derechos y riquezas, se irá limitando a defenderlos o a simbolizarlos con su comportamiento. En efecto, siguiendo a Norbert Elias, el autor muestra cómo esas cortes imponen una etiqueta que sirve con sus rígidos símbolos para valorizar y entretener a esos altos nobles ya inútiles, sustituidos por una nobleza de toga. Esa etiqueta que impone la dinastía Borbón -también aquí desde Felipe V-, pasará además por las danzas o las coreografías de Lully y los artistas cortesanos, las estrellas en la corte de Luis XIV, el rey Sol. Allí en la corte no se admite la melancolía, manifiesto del duelo por lo perdido, denuncia por tanto del poder absoluto del monarca; este tan solo puede ser melancólico, heredero de esos grandes personajes que Aristóteles (o su escuela) consideraron melancólicos, los grandes héroes, pensadores o poetas. Esos tiranos que Philippe Pinel consideró despóticos melancólicos, entre ellos algún emperador romano, algún monarca francés también. Para evitar esa tristeza en el soberano -o en los vasallos-aparece el personaje del bufón, destacado en la historia de la literatura. La Real Academia Española en su diccionario acepta para este la denominación coloquial gentilhombre de placer. Son pues personajes distinguidos, como plasmó Velázquez. Podemos recordar como bufones a Sancho en la corte de los duques, o bien a Rigoletto en la del duque de Mantova, travestimento este del anterior personaje de Víctor Hugo, quien se refería a la corte del rey francés Francisco I y vio su obra prohibida. Verdi sufrió asimismo de limitaciones, ante el poder austriaco, trasladando con su libretista la acción a un cercano pero ya antiguo ducado. Se trata el bufón, este inteligente y gracioso actor, de un heredero de los protagonistas de las fiestas de los locos, de carnaval también, en que personajes marginados, perturbados, mujeres o niños ocupan el poder como en un espejo que invierte la realidad social. El mismo Quasimodo de V. Hugo fue proclamado y coronado rey de locos. Pueden expresarse -como Rigoletto muestra bien-de forma atrevida, ante unos poderes (la corona, la iglesia, la nobleza) que son poco permisivos en el día a día. Costumbre de libertad que hoy se niega en nuestras tierras. La vuelta a la normalidad, tras esos desahogos, al despojarse de los gorros de locos o bufones, sirve para solidificar lo establecido. El bufón será sustituido en el siglo XVIII por los escritores de corte y los cortesanos, propone Lepenies, que entretienen e ilustran al monarca. De ello el círculo que rodeó a Federico II de Prusia es magnífico ejemplo. Además de la corte, están los salones, más o menos cercanos, así los nobiliarios como aquellos a los que asistía el duque François de La Rochefoucauld. En ellos caben las tristezas, las melancolías, que esos personajes atribuyen tanto a su temperamento (herencia hipocrática), como a otras causas (fracaso de la Fronda), así al duelo por el perdido poder. La alta nobleza se ha visto despojada de su capacidad de acción, ya no se manda en las guerras, ni en los consejos o tribunales, tampoco en las arcas reales, debiendo así dedicarse a la sangrienta caza, a la enrevesada etiqueta y, no olvidemos, al galanteo y al cortejo. Se sublima la pérdida de aquella vida poderosa de los nobles de sangre, que ahora encuentran su camino en otras formas de expresión, como la literatura, que puede revestir las más diversas formas, las de retratos, diarios, máximas o sátiras. Se trata de ocio, de aburrimiento procesado. De resignación ante la falta de acción y, desde luego, de trabajo. El duque escritor compondrá sus famosas máximas y sus memorias. Pero luego aparecerá el salón burgués, en el que florecen las emociones y los llantos, la poesía y el retiro a la naturaleza, también la amistad y la correspondencia. La burguesía se encuentra en esos salones en espera de su llegada al poder, que sucederá en Francia en 1789, a diferencia de Alemania en donde la nobleza seguirá dominando, gracias a sus ricos terra tenientes, importantes consejeros y hombres políticos como Otto von Bismarck. Señala con acierto el autor las desemejanzas entre las evoluciones políticas de ambos países. En efecto, Alemania seguirá lo que se denominó la vía prusiana de la revolución burguesa, bien distinta de la que se hizo por Robespierre y compañía. Así los burgueses alemanes se vieron atrapados entre una nobleza que siguió en el poder y el proletariado que a él aspiraba. Dedicada a amasar dinero, se volcó en las arenas movedizas de la cultura. Es la historia final de Hanno, muchacho con aspiraciones musicales, el último vástago de Los Buddenbrook, la obra maestra de Thomas Mann. Marcó en el libro de familia una raya final, que concluía la historia de esta rica familia, en ese postrer pacto con el peligroso arte que el dinero permitía pero condenaba. Porque si estas burguesías oponen el rendimiento a los comportamientos de la nobleza, al ocio y al aburrimiento (a esa etiqueta), el éxito económico les permitió liberarse, consiguiendo así ese mismo tedio evitándose el trabajo alienado, muchas veces procurando unirse e imitar a la nobleza, recordemos El Gatopardo de G. T. di Lampedusa. También refugiándose en un escapismo burgués (diferente del nobiliario), buscando la interioridad, la privacidad, también la soledad de la naturaleza, retrayéndose porque no llegan al poder. Fue una cultura de emociones que llevaba al ánimo enfermizo de Werther, el personaje goethiano, es la escritura, el arte, la decadencia. Es el mal del siglo, que entonces y hoy parece repetirse, en los suicidios juveniles. También se produce una concentración en el pensamiento, en la reflexión, dando lugar a una filosofía de escuela, que supuestamente se aleja de la vida. Se afirma tras Lukács, que la filosofía alemana, el notable racionalismo que dominó el mundo de la cultura europea, era una filosofía de la inacción, de la inhibición, del aburrimiento. Será incluso elitista, pesimista y amarga en Schopenhauer y el danés Kierkegaard, adoptando así formas nobiliarias en el romanticismo. Pero sin embargo, el autor dedica excelentes páginas a Immanuel Kant, al que libera de estas etiquetas. Sin duda, este filósofo es magnífico ejemplo de este retiro a su ciudad, sus libros y sus ensimismamientos. Pero su pensamiento supone según Lepenies un replanteamiento del mundo, que se revertiría en futuras acciones. Así salva a la gran figura de Königsberg, al filósofo Kant, quien incluso se ocupó de melancolías y enfermedades del cerebro. Para este el retiro a la reflexión no supone inacción, sino preparación para pensar y llegar al mundo. No olvidemos el curioso papel que en España tuvo un émulo de Kant y Hegel, el filósofo Krause, tan denostado aquí por los conservadores. Sus seguidores pasaron de una acción íntima, luego privada, a la posterior pública, siendo protagonistas principales de la que se ha denominado Edad de plata de la cultura española. Wolf Lepenies hace derivar -de forma atractiva, pero atrevida-muchos personajes de esos espacios, corte y salones. Así, por ejemplo, a los consejeros de los monarcas posteriores, o bien a los escritores -y artistas-que cimentaban los tronos. La corte era el mundo, en el que se encuentran la caza y las batallas, también las ciencias y las artes. Pensemos otra vez en la que dominaba Federico II de Prusia, en la que circulaban Voltaire y Maupertuis, junto a su favorito conde Algarotti. También pueden derivar el dandy como Brummel, los excéntricos como Baudelaire (quien poetizó el spleen), los flâneurs como Benjamin... e incluso lo camp. Todos estos personajes y estilos son frutos de la sociedad burguesa, a la que critican, atacan, pero refuerzan. Y desde luego derivan los hombres de genio, que serán adorados en el romanticismo, patologizados en el positivismo. Recurre el autor, como he dicho entusiasta de la historia y la literatura, a la biografía para explicar muchos de estos retiros. Por un lado, al místico judío Shabbetay Tsebí, quien tal vez aquejado de psicosis maníaco-depresiva, pasa de considerarse el mesías en Esmirna a aceptar la religión mahometana en Estambul. Está de acuerdo en considerar su biografía y sus padeceres, como formas de legitimación. Nos muestra ejemplos muy brillantes, personajes encarcelados, como fray Luis o los presos españoles, recordemos a Cervantes pariendo el Quijote. También para la mostración de esos espacios, de esas habitaciones interiores, recurre al hombre interno de Maine de Biran, a la construcción de un universo literario propio en Marcel Proust, a bien a la constatación de un mundo arbitrario en Paul Valéry. Señala así cómo la melancolía puede venir de un exceso o un defecto de orden social. Por citar un ejemplo muy nuestro, recordemos a Manuel Azaña cuando casi perdida la guerra se dedica a escribir, dejando testimonio literario del padecer melancólico que la fuerza y el caos de la guerra produjeron en un alma sensible. Se plantea por tanto Lepenies la posibilidad de una doble causalidad, pues habría una melancolía del orden y otra del desorden. Entra por tanto en la consideración del funcionamiento de los sistemas sociales, mostrando cómo los dos extremos llegan al mismo camino. Tanto el exceso como el defecto de orden, tanto la determinación, como la arbitrariedad son motivos de melancolía. De ahí se derivan consecuencias notables para la medicina, pues si como Merton señala -y otros muchos, el mismo Freud con la renuncia al mundo y el encierro en el yo-la inhibición es central en el proceso melancólico, es necesario el estudio del mundo que el melancólico se construye en sustitución del perdido. Y también averiguar -como Marcuse, Foucault o Dörner-cómo la sociedad influye en la consideración y en la situación del enfermo melancólico. Llama la atención y extraña al abrir este libro, esta propuesta hecha desde la sociología en el análisis de emociones, pero la relación entre el individuo y la sociedad, los equilibrios biológico, psíquico y social son necesarios. Posiblemente, tanto la melancolía como la manía pueden ser considerados sistemas regulatorios de la personalidad, o bien expresiones de profundos péndulos equilibradores. Melancólica es toda persona, que es por tanto un homo melancholicus, como se siente desde Nietzsche a Judith Butler. Pero esa extrañeza es comparable a la que nos produjeron también hace tiempo las propuestas sociológicas para el arte y la literatura, la pintura, la poesía y sus emociones, así por autores como Lukács o Hauser, muchas veces con influencia del marxismo. Estamos más acostumbrados al análisis que de la melancolía se ha hecho desde el mundo del arte por Klibanski, Panofski y Saxl, o bien las aproximaciones literarias y filosóficas de Pigeaud o de Starobinski. Pero el control de las emociones es un problema político, religioso y social, podemos recordar algunas actuaciones en la corte, ante el emperador Carlos V, las de Bartolomé de las Casas o Martín Lutero -quienes también conocían las tristezas y melancolías-, en las que se combinan política y religión; o bien, venir a nuestros días y rememorar el papel de la música y la imagen en el manejo de las pasiones, asimismo por el cine y el deporte desde El nacimiento de una nación (Griffith) o El triunfo de la voluntad y Olimpia (Riefenstahl). Si el autor hace hincapié en aspectos sociológicos como los roles y la acción, la inhibición y el espacio, no olvida tampoco los psiquiátricos, sobre todo a partir del escrito Duelo y melancolía de Sigmund Freud. Se insiste en la pérdida del objeto, del mundo, en la regresión al yo, en el miedo a la acción para evitar la frustración. Para Kraepelin la melancolía asociaría tristeza e inhibición. Así pues es esta aburrimiento y reflexión, en busca de reestructuración de la perdida sociedad. Recordemos con estas páginas a Marcel Proust y esa construcción de un mundo literario, un mundo propio. Por eso ante esa restricción del espacio que lleva a la inhibición y a la reflexión, se deben estudiar esos mundos internos, que no dejan de tener relación con el exterior, como señala también Lepenies con base en Norman Cameron. Hay que estudiar la relación del desorden individual con el social, afirma siguiendo a Marcuse; también la valoración y las condiciones sociales del melancólico, escribe según Michel Foucault y Klaus Dörner. Se comienza la obra con referencias a dos grandes personajes, como señalé, uno clave en sociología, como es Merton, otro en la historia de la melancolía, como es Burton. Desde ellos se considera que la melancolía supone una falta de orden social -anomia se dice a veces-que lleva al segundo a escribir su magna obra Anatomía de la melancolía. En Merton se trata el pesimismo como un retraimiento del espacio social, cambios y pérdidas de roles y adaptaciones, inhibición y ritualismo que se evidencian como nostalgia y apatía. Por este encierro se llegaría a la reducción antropológica según Arnold Gehlen y conduciría a la regulación social a través de las instituciones. Así en el análisis de la obra de Burton se hace hincapié en la introducción y su carácter de utopía. Se supone que el colegial de Oxford -además de escribir para no caer en la tristeza-, lucha contra los males de su tiempo, en esa sociedad que la enfermedad ha puesto en peligro. Si escribe para alejar la tristeza, lo hace además para evitar la ociosidad, quitando la melancolía y el aburrimiento, llevando a la acción. Es el mismo camino eclesiástico que va de Hildegarda de Bingen a Teresa de Ávila. Será subrayado también por Michael Heyd quien mostrará la influencia de la escritura sobre la melancolía en el pensamiento y en la religiosidad del Barroco. Esa utopía en R. Burton quiere ordenar el mundo, evitando la melancolía del cuerpo social, del estado melancólico. Está cercano Cromwell, quien desde la propia melancolía renovó Gran Bretaña. La prohibición de la tristeza llegará a 1984 de Orwell. Se trataría por tanto de una enfermedad de la voluntad, del fracaso en la acción; tras esa distinción entre melancolía nobiliaria y burguesa parece Lepenies apoyarse en la idea del homo faber, en contra de la melancolía conservadora, que apoya al poder y se consuela en el fracaso de la acción y en la muerte. Se alivia y refuerza esta en la contemplación del dolor que supone el cráneo, la muerte en Et in Arcadia ego, tan presente en los melancólicos compases de Liszt, en las trágicas óperas de Wagner. Sigue el autor a Ribot al calificar este malestar como una enfermedad de la voluntad, contra la que tantos lucharon, como Santiago Ramón y Cajal al escribir sobre los tónicos que podían evitarla. Por ello se muestra Lepenies sin duda partidario de ese Goethe que en Fausto reclamaba la acción como primer principio, como sinónimo de progreso. De ese Fausto que supone una lucha entre arte y progreso, entre música y acción, como La Fura dels Baus ha puesto en evidencia en su reciente montaje de la ópera de Gounod en el Teatro Real. Sin duda, tras leer este texto se pueden revisar de forma distinta muchas obras literarias. Por ejemplo El jardín de los Finzi Contini de Giorgio Bassani. Así también Anton Chejov con sus claustrofóbicos espacios, ese jardín de los cerezos que es vivido como herencia de otras generaciones, o esa finca en que Vania sufre de melancolía, resignación y aburrimiento. Sacrificio que sirve para una supuesta obra literaria del soberbio y vano escritor encarnado en uno de sus personajes. Y siempre la distancia del campo a la ciudad, esa lejanía y cercanía de la ciudad de Moscú, que supone el fin de tantos siglos de señorío rural. Álex Rigola lo mostró muy bien en el cerrado espacio en que confinó a los personajes de Vania, como antes había abierto la sociedad de Santa Juana de los mataderos (Brecht), o cerrado la estancia de El largo viaje hacia la noche (O'Neill). Sin duda, el teatro siempre habla de espacio, de administración del espacio, por eso está tan ligado a las emociones, cultivadas en sus tablas hoy por miles de aficionados. Añade Lepenies algunos comentarios a la reedición de la obra, situándola en su posterior interés por la disputa de las dos culturas, que Snow puso de moda. También con la Ilustración, que siempre le interesó. Señala que el principio de la desconfianza moderna ante la ciencia está en ese período histórico, así en la reacción de Voltaire ante el terremoto de Lisboa. Además se puede añadir el relato de von Kleist en su cuento sobre otro temblor de tierra americano. Asi-mismo incluye el autor a Malthus y la desconfianza ante el futuro y la acción humana. Yo pienso que el comienzo de las peleas sobre la ciencia está en la disputa de Voltaire y Maupertuis ante la Academia y el trono de Federico II. Muestra Lepenies la tradición de la disputa de los hombres (intelectuales) de buena conciencia y los de la queja, surgida en la Ilustración. Así, en el actual cambio de siglo, estos parecen ganar terreno, al menos entre las gentes de letras, formando un contingente de intelectuales melancólicos de la Vieja Europa, que fue tan sabia pero con frecuencia tan cruel. Nos habla de la crisis de la conciencia europea, que duda entre valiosos hallazgos intelectuales y científicos y peligrosas acciones económicas y políticas. La melancolía ante el Brexit hoy se incrementa. Reclama Wolf Lepenies una nueva Ilustración, una nueva cultura europea. Sin duda, es necesaria la intelección entre las dos culturas, entre el saber y el sentir, la razón y la emoción. Tal vez Fausto, el sentimental y científico personaje, se movía en ese terreno. También Alonso Quijano, cabalgando con su fiel criado entre el creer y el saber, la corte y la fantasía. No menos entre la acción y el diálogo, entre Goethe y Freud, viendo caminos en alegres conversaciones o en osadas aventuras para posibles alivios de resecadas seseras.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) He aquí un libro ampliamente informado y denso de contenido. Sin ser muy extenso, es de los que obliga a una lectura lenta y pormenorizada, siempre con un lápiz en la mano y unos folios cerca. Como es habitual en Enric Novella, también esta obra de psicopatología tiene su asiento en la historia de la clínica. Ahora bien, en este nuevo ensayo, el autor desdobla la mirada, duplica su análisis y con esos dos cabos teje paulatinamente el cuerpo de sus argumentos. Por una parte, centra su indagación en la construcción misma de la psicopatología, a la que considera uno de los ámbitos más emblemáticos de la modernidad. Por otra, a partir del mirador que ésta ofrece, se adentra en la subjetividad del loco con vistas a mostrar lo que considera sus elementos genuinos en el mundo moderno, en especial la individualidad, la reflexibilidad y la identidad. La obra consta de dos partes articuladas, cada una de las cuales se despliega en tres capítulos. La primera trata de la locura, la ciencia y la modernidad; la segunda se ocupa de las heridas del sujeto. Conforme a este esquema, a lo largo de las poco más de las ciento cincuenta páginas que dan hechura al libro, Novella estudia el discurso de la psicopatología. Muestra, en primer lugar, la constitución del campo de la psicología patológica como resultado de lo que la modernidad ha hecho de la locura. Después, describe y cataloga algunas experiencias que sirvieron de fundamento a la psicopatología como saber. Por último, con estos elementos desplegados sobre la mesa, discute algunos conceptos representativos, como el suicidio y las alucinaciones, de manera que las propuestas anteriores se esclarecen progresivamente. A la primera parte le sigue una segunda dedicada a las heridas del sujeto. Se trata, en este caso, de un estudio destinado a desvelar tres modos de enfermar característicos. Dichos modos constituyen, a su vez, tres trastornos mentales concretos, asentados en tres dimensiones de la subjetividad moderna: la individualidad (melancolía), la reflexibilidad (esquizofrenia) e la identidad (estados fronterizos). Comoquiera que hoy día la psicopatología se he desvirtuado hasta resultar irreconocible, resulta obligado especificar qué entiende por tal el autor. Según Novella, esta disciplina centrada en el pathos engloba tres ámbitos enlazados: la subjetividad, el malestar anímico y la locura, y lo social y cultural. Por tanto, conforme a visión del autor, la psicopatología es un producto cultural destinado al estudio de la subjetividad; un quehacer dedicado a escudriñar el psiquismo del loco; y una herramienta de análisis histórico, cultural y social. Aunque parezcan variados, estos tres escenarios están iluminados por una única luz, la de la historia. Y es ella la que aporta a Enric Novella el principal recurso de su análisis y el más sólido apoyo de sus argumentos y reflexiones. A partir de este esquema vemos desfilar ideas, autores y citas muy bien elegidas, trazos, en definitiva, que van dibujando los contornos de la primera psicopatología y perfilando los rudimentos de una clínica de la subjetividad. Todos estos bocetos se conjugan, de pronto, en algunos capítulos brillantes, como el tercero. Dedicado a la mirada psicopatológica, el autor examina ahí con especial esmero las alucinaciones y el suicidio. Siguiendo la antorcha de los principales tratadistas, en especial la de Alexandre Brierre de Boismont, Novella saca a colación las preguntas complejas que suscitaron las teorías explicativas del fenómeno alucinatorio y de la propensión al suicidio. De todas ellas, la fundamental y la más discutida, sin duda, es la tocante a si se trata de aspectos patológicos o de experiencias no necesariamente enfermizas. ¿La alucinación es de por sí una vivencia patológica? ¿Podría hablarse de unas alucinaciones fisiológicas y de otras patológicas? ¿El suicidio es siempre un hecho enfermizo, el signo inequívoco de una locura subyacente? Aunque se formulen con otros términos, estas preguntas y otras parecidas son tan clásicas como actuales. Porque, en el fondo, se trata de una indagación que trasciende los límites de la aséptica ciencia, en la medida en que es el psicopatólogo quien decide dónde trazar la raya divisoria. Claro está que en esta decisión de establecer las enfermedades mentales y sus límites, sea a título propio o resultado de un consenso, intervienen más variables que las meramente clínicas. Cuando Alexandre Brierre de Boismont considera que los fenómenos alucinatorios son compatibles con la recta razón o cuando Jules Baillarger enfatiza tajantemente que las alucinaciones se sitúan siempre en el terreno de la anormalidad, el estudioso de la psicopatología verá ahí algo más que una disputa de opiniones derivadas de la observación clínica. La investigación de la psicología patológica no es compatible con la pasión por la ignorancia y el gusto por la ingenuidad. Al contrario, la sospecha sobre el retorcimiento característico de la condición humana y la necesidad epistemológica de distinguir lo aparente de lo esencial, invitan a leer también desde esa perspectiva la propia historia de la clínica, entre otras cosas porque son los clínicos quienes la protagonizan y escriben, a veces en la cercanía de los pacientes y otras al dictado de las escuelas. Aunque Enric Novella no entra en detalles sobre los ideales de los alienistas y las luchas de escuelas, sí expone con claridad meridiana la trama social en la que se asientan estas observaciones clínicas y sus teorías explicativas. Ahí reside, en mi opinión, el principal valor de esta obra y de sus estudios anteriores. Se trata en este caso de poner de relieve tanto lo que los pioneros de la psicopatología fueron capaces de decir sobre la locura, la alucinación o el suicidio, como el lugar que la sociedad acordó al alienismo. Y seguramente se puede establecer una correlación entre ambos ámbitos, esto es, entre la mirada sobre la locura y el lugar que se concede socialmente a ese nuevo saber. Conforme a esta articulación, según se destaca al final de la primera parte, las aportaciones de los psicopatólogos y los debates suscitados en el estudio de los fenómenos de la locura deben entenderse en el contexto de los problemas epistemológicos derivados de la imposibilidad de establecer una frontera estable entre razón y sinrazón. Pero, además del problema de los límites y las fronteras, Novella insiste en que debe prestarse especial atención sobre todo a "los conflictos de fondo que acompañaron el despliegue de la nueva mirada encarnada por los conceptos y categorías de la medicina mental. En su caso, no obstante, el importante lugar que la nueva sociedad burguesa debía conceder al alienismo [...]" (p. Como sabemos de sobra, este hecho no estaba exento de paradojas. A no ser que se ame la ingenuidad, el investigador está al corriente de que, fuera al preciso que fuera, en ningún caso el discurso psicopatológico debería desplazar la preeminencia de las creencias y los dogmas cristianos acerca de la divinidad, la espiritualidad del alma o el libre albedrío. Pero, además y a la vez, el mismo discurso psicopatológico debía prestarse a diagnosticar y reconducir adecuadamente la profunda crisis moral a la que se enfrentaba la sociedad con la llegada de la modernidad. Estas páginas nos devuelven de golpe a tierra y nos quitan muchas tonterías de la cabeza. Por nuestro oficio, no hay que olvidarlo, aspiramos a liberar a los locos y los desgraciados, pero nosotros somos un elemento esencial de una correa de transmisión de los ideales sociales, de los que abjuramos a voces pero a los que servimos más de lo que nos gustaría. Como ya se dijo, una vez expuestas las condiciones de posibilidad del discurso de la psicopatología, la segunda parte del libro detalla tres modos de enfermar en el marco de la modernidad. El capítulo dedicado a la melancolía, titulado "Individualidad", aporta un amplio repaso al problema de la tristeza en los últimos siglos y se hace eco de los múltiples enfoques que se le han dado: desde el hombre elevado y genial merced a su condición de melancólico -tal como enfatizaron algunos humanistas renacentistas, como Marsilio Ficino-, pasando por el rechazo de la tristeza de la que hizo gala Montaigne, hasta la patologización de la tristeza y su conversión en enfermedad depresiva. Un recorrido en el que la tristeza se relaciona con la soledad, la actividad, la reflexión, la depresión y la melancolía, la creación y la aflicción, un itinerario tortuoso que se sintetiza en la memorable en la frase de Susan Sontag: "La depresión es la melancolía sin sus encantos" (La enfermedad y sus metáforas). A quién no le tiembla el pulso cuando se anima a decir algo de la melancolía o de la tristeza, puesto que la primera es un pilar esencial de nuestra cultura y la tristeza constituye un ingrediente básico del alma. Da la impresión de que Novella arrostra en estas páginas con cierta inquietud, dado que se trata de un asunto peliagudo, tanto por su amplitud como por haber motivado ubérrimos estudios. Ahora bien, lo resuelve echando mano de múltiples referencias, bien escogidas y sustanciales, y le aporta su propia mirada, la de la individualidad. En su opinión, la presencia la melancolía en el mundo de hoy es proteica y mantiene una afinidad esencial con aspectos esenciales de nuestra subjetividad, en especial "con nuestra (singular) forma de vernos, sentirnos y actuar con respecto a nosotros mismos [...] Desde este punto de vista, la depresión no sería sino una profundización, radicalización y generalización de una cultura de la individualidad y la interioridad [...]" (p. En lo tocante a la esquizofrenia, tratada en el capítulo "Reflexividad", el autor recupera el texto -magnífico, por cierto-"El síndrome de Kraepelin-Bleuler-Schneider y la conciencia moderna: Una aproximación a la historia de la esquizofrenia", escrito con Rafael Huertas. Al examen detenido de las obras de los pioneros, como Kraepelin, Bleuler, Schneider y Minkowski, se suman sobre todo las hipótesis de Louis A. Sass (psicólogo clínico y profesor de la Universidad de Rutgers) relativas a la esquizofrenia como un trastorno de la conciencia del yo o la autoconciencia prerreflexiva (ipseidad) y de las dos distorsiones básicas que introduce: la hiperreflexividad y la disminución de la autoafectación. Estos aspectos dan pie a Novella (y Huertas en la sombra) a profundizar en la sugerente hipótesis de la esquizofrenia como una enfermedad de la modernidad, de la que se han hecho eco con especial acierto, además de Sass, Giovanni Stanghellini, Marino Pérez Álvarez, incluso Colina y quien esto escribe. Si en lo tocante a la esquizofrenia Novella observa una relación constitutiva con la exigencia moderna de instituirse como un sujeto que se objetiva a sí mismo, atiende sus propias operaciones y fragmenta su conciencia, el último capítulo, dedicado a los trastornos fronterizos, se adentra en la experiencia moderna de la identidad. Además de dar algunas pince-ladas históricas y de enfatizar la inestabilidad actual de las identidades y sus manifestaciones clínicas, el autor conduce su reflexión -siguiendo en esto a Giddens y a Beck-hacia algunas paradojas de hoy día. Entre ellas destaca la tendencia a poner nuestro malestar en manos de una legión de expertos y a la vez sentirnos menos atados a la tradición. También enfatiza el colapso de las comunidades tradicionales y también la apertura a nuevos espacios de encuentro y sociabilidad. Algo de esto se entrevé a diario en el hombre de hoy y en nuestro mundo, siempre oscilante -como destaca el autor-entre la omnipotencia y la insuficiencia, la abundancia y el vacío. Como sugería al principio, El discurso psicopatológico de la modernidad es una obra exigente. Antes de escribir algo sobre él, tuve que leerlo dos veces de tapa a tapa y hacer resúmenes parciales. También anoté muchas de las citas que contiene y añadí algunos comentarios. Llené de epígrafes y subepígrafes el texto, para orientarme. Durante estos meses pensaba si esta obra prometía más de lo que daba o daba lo que prometía. Ahora, al final de estos comentarios con los que animo a su lectura y felicito a su autor, me quedo con la solidez del suelo en la que enraízan los desarrollos y explicaciones y admiro su sobria visión histórica, bien fundamentada y apuntalada en referencias seleccionadas y valiosas. Las pesquisas que sigue y las hipótesis que desarrolla no se consuman del todo, como no podía ser de otro modo. La preguntas que suscita la construcción del saber psicopatológico, la melancolía, la esquizofrenia y los estados límites conviene mantenerlas abiertas, en carne viva. Pero también deben tenerse en cuenta las aportaciones que Enric Novella dibuja -a veces con firmeza y trazo grueso y otras más trémulas-con respecto a la individualidad, la reflexibilidad y la identidad. En este caso, los temas indagados son tan profundos y oscuros que no conviene perderles la cara, aunque eso suponga desasosiego. Pero suele ser el desasosiego lo que anima a la reflexión y mantiene viva la curiosidad. Enric Novella es lo suficientemente joven y curioso como para seguir indagando en esta materia, cosa de la todos nos alegraremos.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) En el mes de julio del año 1996 Juan Carlos Stagnaro pronuncio una conferencia en la ciudad de Córdoba (Argentina) en la cual analizo la crisis que atravesaba la psiquiatría, tomando como referente académico a las teorizaciones acerca de los paradigmas formuladas por Georges Lanteri-Laura: ("...el paradigma dominante que nos contenía hasta hace pocos años, el de las grandes estructuras psicopatológicas ha sufrido una desagregación tal que bien podemos catalogar nuestra situación como de crisis paradigmática en el sentido que la emplea Thomas Kuhn"). En esa presentación Stagnaro profundizo en referencia a la globalización, la exclusión social, la influencia de la industria farmacéutica y la equiparación de la enfermedad mental con enfermedad cerebral, definiendo un panorama exacto de las vicisitudes de la especialidad a fines del siglo pasado; el corazón del trabajo es una crítica certera al Neo Kraepelinismo cinco años antes que Bracken y Thomas escribieran su trabajo "Postpsychiatry: a new direction for mental health", publicado en el British Journal of Psychiatry. Si bien esta comunicación jamás llego a ver la luz, ya que las actas de la jornada en la que se presentó nunca se publicaron, su influencia es innegable en trabajos elaborados con posterioridad por el grupo de Historia y Epistemología de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA) en presentaciones en Congresos y en los trabajos publicados en el libro "Epistemología y psiquiatria: relaciones peligrosas" (Polemos, 2013). Con un estatus de "trabajo fantasma" (muchos creían que no existía) fue discutido y problematizado en repetidas ocasiones y en diversas reuniones científicas a lo largo de los años; es en el fragor de esas discusiones es donde germino la semilla que años más tarde dio lugar a "La psiquiatría en la encrucijada", texto que funciona a la vez como homenaje y continuación de la obra de Stagnaro, escrito por uno de sus discípulos dilectos, Santiago Levin. La afirmación de Vila Matas acerca de que "una obra nueva solo tiene sentido si forma parte de una tradición, pero solo tiene valor en esa tradición si ofrece algo nuevo" se ratifica ampliamente en este caso, no solo a través del trabajo y las citas a Stagnaro sino también en el prólogo de Norberto Conti, en los aportes de Rafael Huertas desde Madrid, en las citas de Juan Carlos Fantin y en varias de las referencias que van jalonando la obra. Creemos no exagerar si decimos que Levin trasciende a su maestro ofreciendo una reflexión profunda y polémica acerca del estado del arte en la especialidad, que desde el comienzo deja sentada claramente su posición: "...critico a la psiquiatría bioreduccionista porque pretendo una psiquiatría antropológica, humanística, flexible y eficaz a la vez, que se interese por la biología, el cuerpo, la subjetividad, la historia y la mente humana, en sus aspectos conscientes e inconscientes, por los vínculos, por el grupo". Esta declaración de principios se despliega a lo largo de todo el texto, hecho capturado con agudeza por Norberto Conti en el prólogo cuando plantea que Levin "...ha ido amalgamando una tarea de constante reflexión en torno a nuestra profesión, su pasado, su presente y su futuro, sus luces y sus sombras, sus fortalezas y sus debilidades, sus intrincadas relaciones con las ciencias naturales y las ciencia sociales, con la medicina, con la política y la economía, en definitiva su pertinencia social en cuanto construcción colectiva históricamente situada". Este prologo es clave ya que no solo funciona como precuela del texto, sino que también deja una definición del campo que conviene no pasar por alto debido a que funciona como instantánea de una especialidad médica compleja como casi ninguna otra, particular mezcla de oficio y profesión. En la misma línea Levin sostiene que "uno de los estímulos que llevan al psiquiatra actual a adentrarse en el terreno histórico es la búsqueda de respuestas en medio de un contexto de crisis de su paradigma científico"; la búsqueda de respuestas implica considerar la especialidad como un fenómeno cultural que trasciende ampliamente la medicina, que esta atravesado por la historia y abarca la filosofía, la antropología y a ciertos autores difíciles de clasificar (Fisher, Reynolds, Chul Han, Berardi entre otros), menos conocidos como referentes teóricos pero muy agudos a la hora de aportar argumentos que permitan descifrar el escenario actual. La gran pregunta es la pregunta acerca de la identidad del psiquiatra: como construirla, analizarla y pensarla en contextos de crisis; Paul Valery llamaba "profesiones delirantes" a aquellas que presentan un gran contraste entre la preparación, la entrega que requieren y las recompensas que ofrecen, nacen de una vocación muy poderosa, exigen muchos años de estudio y entrenamiento además de ser extremadamente inciertas, ya que quienes se dedican a ellas no saben si el resultado estará a la altura de sus ambiciones. Hablamos aquí de una identidad abierta a los contextos políticos, culturales, económicos y sociales, una identidad que antepone la ética a la tecnología y que se replantea permanentemente los caminos para acompañar a las personas enfermas que sufren. Estos problemas son enfrentados en el texto con gran honestidad epistemológica: "quien se apresure a creer, haciendo una lectura superficial o leyendo simplemente en la tapa el título de este libro, que una crítica al reduccionismo biológico en psiquiatria implica un rechazo a la psiquiatria en general se equivocara por completo. Muy por el contrario, la intención es colaborar, aunque sea muy modestamente, con la construcción de una alternativa superadora, desde dentro mismo de la especialidad". La reflexión acerca del sentido de la práctica psiquiátrica inevitablemente conduce a un final abierto, con más interrogantes que respuestas "...la tarea es colectiva, y el éxito dependerá enteramente de nuestra capacidad para cooperar generosamente y con honestidad, comprendiendo que es indispensable una lectura política seria y valiente de los inevitables obstáculos que se erigirán en el camino. La tarea es intelectual, es clínica, y, sobre todo, política". Donde termina Santiago Levin comienzan Alberto Ortiz Lobo y Rafael Huertas con "Criticas y alternativas en psiquiatria", texto colectivo que ambos coordinan, en tensión y discusión con el anterior, respondiendo algunas cuestiones pero a su vez abriendo nuevos caminos para el análisis de la práctica: "El presente libro pretende ser una aportación a la critica actual de la conceptualización y la práctica psiquiátricas realizada desde dentro, por profesionales con una trayectoria de experiencia asistencial e investigadora. La historia reciente del pensamiento crítico en psiquiatria, el análisis de la gestación y los fracasos de la reforma comunitaria de la salud mental, la deconstrucción del autoritarismo psiquiátrico y la reconstrucción de una práctica clínica mas horizontal, y el activismo profesional son las cuatro líneas de trabajo que hemos escogido". Volviendo a la cuestión de la identidad del psiquiatra leemos que los autores de ambos libros hacen sus aportaciones "desde dentro" de la psiquiatria, pero sin que eso signifique aceptar las proposiciones de la psiquiatria hegemónica que empobrece o directamente hace desaparecer la clínica en su uniformidad o queda prisionera de la industria farmacéutica y sus vericuetos; muy por el contrario, la "necesidad de alternativas a la atención y cuidados desde perspectivas criticas y emancipatorias" es central en ambas propuestas. Mientras que Levin plantea que "nuestra tarea, en pleno Siglo XXI, requiere de al menos cuatro frentes: la clínica (la base de nuestro trabajo), la filosofía (en particular, la epistemología), la docencia (con la que formamos a nuestros sucesores) y la política (desde nuestras asociaciones, en la sociedad civil). Sin esta ultima las decisiones serán tomadas en otro lugar", Ortiz Lobo y Huertas sostienen que "...esto exige nuevas elaboraciones que, a su vez, den respuesta a los retos que en la actualidad plantea la salud mental: la psiquiatria critica (Ortiz, 2013), la post psiquiatria (Vispe y Valdecasas, 2018), la transpsiquiatria (Climent y Carmona coords., 2018), el subjetivismo critico de ciertas formas de entender la psicopatología (Martin y Colina, 2018) o la salud mental colectiva (Desviat, 2016), son algunas de las novedades que, en este momento, recogen y actualizan discursos alternativos a la psiquiatria hegemónica". En ambos libros el eje esta puesto en los movimientos sociales (ya sea "la política" o "las nuevas elaboraciones") que vayan más allá de la práctica psiquiátrica para poder generar modos de atención alternos, lo que plantea una cuestión singular dentro de la medicina, ya que suena totalmente inverosímil la existencia de grupos de "traumatólogos críticos" o de "antiurologos" mientras que en cambio la salud mental y la psiquiatria, muy por el contrario, solo pueden tener vigencia si las consideramos dentro de la circunstancia social en la que son llevadas adelante. En este aspecto "Criticas y alternativas en psiquiatria" es muy claro desde la potencia del prologo cuando advierte "...las falacias culturales del sistema: el individualismo, la competencia, la inmediatez, la fragilidad de las relaciones humanas, etc.; y a insistir una y otra vez en las consecuencias demostradas de la crisis económica, de la pobreza y la precariedad, en la salud en general y en la salud mental en particular". Retomando y complementando este párrafo introduciremos aquí una brevísima semblanza de la obra de Mark Fisher que creemos aplica perfectamente a los textos comentados y cuya prematura muerte por suicidio nos ha privado de una de las mentes más lúcidas de estos tiempos 1; partiendo de la crítica musical ha terminado escribiendo acerca de teoría cultural en casi todas sus formas; tanto en la serie de ensayos titulada "Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos" como en "Realismo capitalista" desarrolla sus ideas acerca de las circunstancias que caracterizan a la psiquiatría actual, haciendo pasar su análisis por una lectura política que pone el énfasis en la depresión. Su lectura insiste en no tratar a la Salud Mental como un hecho natural, como si estuviéramos hablando por ejemplo de las condiciones climáticas; afirma de manera enfática que es necesario volver a discutir el problema creciente del estrés y la ansiedad en las sociedades capitalistas de la actualidad: ̈...la plaga de la enfermedad mental en las sociedades capitalistas sugiere que, más que ser el único sistema social que funciona, el capitalismo es inherentemente disfuncional, y que el costo que pagamos para que parezca funcionar bien es en efecto alto ̈. 1 Matusevich D., Realismo capitalista ¿No hay alternativa? En memoria de Mark Fisher VERTEX Revista Argentina de Psiquiatria, No137 -Volumen XXIX Enero/febrero 2018. Nuestro autor propone pensar el stress que pueden experimentar las personas como producto de las condiciones de trabajo deterioradas, corriendo el foco de las características de la química cerebral o de la historia personal ( ̈...el término que he utilizado para describir este campo de batalla ideológico es realismo capitalista y la privatización del estrés ha desempeñado un rol central en su emergencia ̈). El mundo actual en el que se desarrollan las enfermedades mentales está definido por la globalización, el desplazamiento de las manufacturas por la computarización, la precarización del trabajo y la intensificación de la cultura de consumo. La música de fondo de este panorama está constituida por el despliegue de la competencia individualista que está absolutamente naturalizada y que los jóvenes asumen como parte natural de su formación. Las enfermedades más bien podían ser entendidas a través de marcos políticos y sociales más que mediante explicaciones de tipo individual; Fisher saca de foco lo biológico/químico y el contexto familiar como causantes de la depresión y los sentimientos de inferioridad, y pone el centro en las asimetrías de clase. Ciertamente estas son una causa de presión y depresión sobre todo en miembros de la clase trabajadora o de la clase media empobrecida e inestable. Las modernas tecnologías no cuentan con un espacio externo en el que uno pueda descansar de ellas y recuperarse; el concepto de espacio de trabajo se vuelve obsoleto, ya que en un mundo donde se espera que un email sea respondido a cualquier hora, los límites de lugar y horario desaparecen. El complemento de este estado de cosas esta dado por las industrias farmacéuticas, quienes son las encargadas de sintetizar y vender drogas para hacer sentir mejor a aquellos trabajadores que el capital enfermo. La infelicidad, el individualismo competitivo y la desigualdad en la distribución de los ingresos son dejados de lado mientras se pone el eje en la deficiencia de serotonina como factor principal. Todas las trabas son internas, la falta de éxito solo se debe al hecho de no realizar el trabajo necesario para reconstruirse, las terapias comportamentales pavimentan el camino hacia el ̈voluntarismo mágico ̈: la noción que con la ayuda experta ̈puedes cambiar el mundo, porque el mundo es cosa tuya en última instancia, para que ya no te provoque estrés ̈. Revisando las cuatro líneas de trabajo propuestas por los autores de "Criticas y alternativas..." nos parece que las mismas guardan un equilibrio difícil de encontrar en una producción colectiva, destacando especialmente los trabajos acerca de la antipsiquiatria y la postpsiquiatria2. Rafael Huertas plantea una actualización en torno a la primera y sus ramificaciones en la actualidad; Villa 21, Kingsley Hall, Soteria, Gorizia y Dialogo Abierto son explicadas en detalle y con una bibliografia que podemos catalogar como definitiva. Cada experiencia es contextualizada y problematizada, lo que nos permite entender la relevancia y el sentido de estas en la actualidad, como por ejemplo la semblanza de Thomas Szasz y sus contradicciones que, por ejemplo, le permiten cuestionar la dimensión colectiva de los problemas de salud debido a que sustenta una posición esencialmente individualista. Huertas opone al abolicionismo antipsiquiatrico otras opciones entre las que destaca la "psiquiatria critica", introduciendo de esa manera el capitulo escrito por su compañero Lobo Ortiz. Vale la pena reproducir aquí un largo fragmento que hace las veces de manifiesto con su absoluta claridad de conceptos: "La psiquiatria critica o la postpsiquiatria comparten con las posturas mas radicales la necesidad de combatir el estigma, la cosificación y la medicación de la paciente mental; son críticos con el imperialismo farmacológico, coinciden con la critica de cualquier violencia, incluida la del diagnóstico, y otorgan mucha importancia al apoyo mutuo, a la ayuda por iguales, que implica la participación en el cuidado de una persona en crisis de otras que, habiendo tenido una experiencia similar, son capaces de entenderla y acompañarla. Sin embargo, aun abogando por un modelo no medicalizado y no coercitivo, no se renuncia a un sistema publico y colectivo, equitativo y participativo". Esto es ampliado, desarrollado y explicado por Lobo Ortiz en un capitulo que a su vez hace las veces de introducción y de resumen a su libro "Hacia una psiquiatria critica" publicado en Editorial 5 en el año 2013; la idea central es que "en los últimos decenios se ha desarrollado un autoritarismo psiquiátrico fundamentado en la idea renovada de los problemas mentales como enfermedades del cerebro que condiciona la práctica diagnóstica y terapéutica de las profesionales". Siguiendo esta lógica el autor ensaya una suerte de critica a las narrativas psiquiátricas modernas (biológicas, psicoanalíticas y otras) que pretenden revelar la incertidumbre sobre los problemas mentales mientras la postpsiquiatria y la psiquiatria critica parten de una pregunta diferente: "si lo que se denomina enfermedad mental es una entidad natural y sustantiva o puede ser comprendida también desde otras perspectivas". En la continuidad de la lectura encontramos varios hallazgos en la sección dedicada a psicofármacos: "narrativa neuroquímica", "encubridores de biografías traumáticas", "cosificación y desresponsabilizacion de las experiencias humanas", "subterfugio de las redes neuronales como determinantes de las experiencias humanas" son una mezcla de ironía y gran sensibilidad a la hora de categorizar un fenómeno tan complejo como el de la medicalización. El autor también pone la lupa sobre las psicoterapias: "los factores no específicos dan cuenta de la mayor parte de los cambios", "al igual que los psicofármacos, las psicoterapias tienen efectos secundarios y pueden provocar mas daños que beneficios", "tampoco existe un único modelo psicoterapéutico que dé una respuesta incontestable a las causas y conceptualizaciones de los problemas mentales" citando a Vispe y Valdecasas para redondear la cuestión "la fe en las narrativas modernas ha propiciado una medicalización y una psicologización de los problemas de la vida que ha desembocado en una dependencia extraordinaria de los profesionales "psi" y la expansión sin limites en la prescripción de psicofármacos y de psicoterapias de todo tipo". "Críticas y alternativas en psiquiatria" y "La psiquiatria en la encrucijada" proponen renunciar a la omnipotencia y abrirse a otros relatos que den importancia a los contextos (políticos, culturales, económicos y sociales) anteponiendo una orientación ética a una tecnológica. El psiquiatra está en una encrucijada: en las últimas décadas el paradigma tecnológico devino hegemónico, marcando el desarrollo de la actividad clínica y de investigación asi como la formación de los nuevos profesionales; otra psiquiatria puede ser posible y, sin duda, es necesaria.
FRAGMENTO AISLADO DE OTRO CONSTANTE RECUERDO: AGUSTÍN ALBARRACÍN La graforrea que vengo utilizando como ergoterapia desde que me jubilé por mi oscilante estado de salud se paraliza de manera brusca cuando debo escribir con motivo de la muerte de personas cuya desaparición no admite mi inconsciente. Me pasó al morir Luis García Ballester, dos años después de una laudatio por sorpresa, expresión desmesurada de nuestra fraternidad personal e historicomédica, que llegó a publicar a su costa junto a una paternal carta de don Pedro Laín. Casi un mes de insomnios gasté en la redacción de «Fragmentos del constante recuerdo de Luis García Ballester. I. Los comienzos en los años sesenta». No he podido acabar la segunda parte, quizá afectado por el estilo agresivo con el que me enviaron el número los «gerentes» de Dynamis, más propio de una multinacional que de una revista fundada por Luis, a pesar de la presencia de Jon Arrizabalaga en la dirección. Con Agustín y con Luis siempre comentábamos que el fallecimiento de Laín iba a ser un golpe equiparable a la muerte de nuestros padres. Nunca pensé que Luis se iba a librar de esta conmoción. El 6 de julio de 2001 llegué con un taxi al entierro de don Pedro en un estado lamentable y, como era de esperar, me acogió Agustín. He contado mil veces que me impidió ver el cadáver de nuestro maestro, porque ya habíamos tenido bastante con sufrir su declinación. No sabía entonces que era la última vez que lo vería a él. Solamente volvimos a coincidir en el papel, concretamente en el número 8 de Eidon, la revista dirigida por Javier Puerto, que contiene en páginas seguidas su artículo necrológico «La salud, la enfermedad y la muerte en la obra de Pedro Laín Entralgo» y una entrevista que vinieron a hacerme en Valencia Javier y Alfonso de Egaña, con su habitual y desmadrada generosidad. Una vez más, nuestra coincidencia fue absoluta, aunque desde distintos ángulos, como se refleja en las frases de la entrevista que destacó Javier: «Soy todo lo contrario de un autodidacta», «La influencia de Laín es mundial», «En los últimos años, los historiadores de la medicina no hemos estado a la altura del gigante del que venimos, que es don Pedro». En el centro de la portada aparece uno de los últimos retratos de nuestro maestro entre otro de Agustín y otro mío. Soy incapaz de mirarla con un mínimo de serenidad. No quiero abusar de la ocasión que José Luis Peset me ofrece de despedirme de la revista fundacional española de nuestra disciplina, en la que he publicado los más heterogéneos materiales desde hace casi medio siglo. Voy a limitarme a destacar algo evidente para cualquiera no sesgado por intereses espurios: Agustín es (no soporto decir «era») el discípulo más brillante y fiel de don Pedro desde todos los puntos de vista. Bastará recordar cuatro ejemplos. El primero es La medicina en el teatro de Lope de Vega (1954), libro citado como «ya clásico estudio» en el capítulo «La literatura de creación como fuente histórico-médica» de la excelente monografía Medicina y enfermedad en las novelas de Emilio Pardo Bazán (2000), de Asunción Doménech. Fue un proyecto de investigación de Agustín que intentó ser descalificado por los mandarines de la época seguidores de la esquizofrenia de las «dos culturas», hecho que hoy procuran ocultar los oportunistas que se apoyan en el mediocre planteamiento de John Snow. Sin embargo, sirvió de punto de partida a toda una línea de la escuela de Laín que ha tenido aportaciones rigurosas, desde La medicina experimental y el naturalismo literario (1957) de Luis Alberti y la amplia serie encabezada en Salamanca por Luis S. Granjel, hasta las de Luis Montiel, Rafael Huertas, Lluís Cerveró y la misma Asunción Doménech. El segundo ejemplo corresponde a Homero y la medicina (1970). Junto a Galeno (1972) de García Ballester, La medicina popular en el mundo clásico (1969) de Luis Gil y, sobre todo, La medicina hipocrática (1970) del propio Laín, situó a nuestra escuela en la vanguardia de los estudios sobre la Antigüedad clásica. Es otra de las escasas líneas cuya importancia pervive en la actualidad, por encima del retroceso que se inició cuando un ministro franquista dijo «menos latín y más deporte». Desde entonces, en lo único que parecen estar de acuerdo los proyectos que los políticos españoles llaman «modernización didáctica» es en que las lenguas clásicas «no sirven para nada». Con un mercantilismo desenfrenado, consideran este campo el prototipo de investigación «no rentable» y ni siquiera tienen en cuenta la repercusión negativa en la enseñanza de la terminología médica, mientras se utilizan versiones pintorescas del Juramento hipocrático como erudición postiza de los catecismos neoliberales de la bioética. Agustín presentó en el III Congreso organizado por la hoy moribunda Sociedad Española de Historia de la Medicina la comunicación titulada La pervivencia de una institución: el Instituto Médico Valenciano (1969). Cuatro años después publicó los artículos La profesión médica ante la sociedad española del siglo XIX y La titulación médica en España durante el siglo XIX. Este último tiene más de cincuenta páginas, pero se trataba de meros adelantos de un extenso volumen basado en un detenido análisis de las fuentes. No llegó a publicarlo, a pesar de mi continua insistencia de que no dejara inédita una aportación indispensable para seguir trabajando sobre el tema. Mi pesa-dez acertó, por desgracia, ya que continúa siendo el único fundamento serio, asociado a las investigaciones que acerca de la enseñanza médica realizaron al mismo tiempo José Luis y Mariano Peset: La enseñanza de la medicina en España durante el siglo XIX (1968-70) y los capítulos médicos de La Universidad Española. El cuarto ejemplo se refiere a su labor en los siete volúmenes del tratado internacional Historia Universal de la Medicina (1972-75) que dirigió nuestro maestro, hito de relieve equiparable al Handbuch der Geschichte der Medizin (1902Medizin ( -1905) ) dirigido por Max Neuburger y Julius Pagel. Que no se haya publicado otra gran obra de consulta y el ridículo contenido de las actuales síntesis en inglés son señales inequívocas del estancamiento de la investigación historicomédica rigurosa, siempre incómoda para las ideologías e impertinente para el consumismo. Aunque llegamos a figurar cuatro en el comité de redacción, sólo el tremendo esfuerzo de Agustín consiguió hacerlo realidad y superar las graves limitaciones de la empresa editora, que no supo estar a la altura que la obra exigía. Todos lo teníamos muy claro y, en consecuencia, intenté que la fiesta que se celebró con motivo de la conclusión fuera un homenaje en su honor. Fracasé, más que por la actitud de los «perros del hortelano» a causa del gran defecto del Prof. Albarracín Teulón: la excesiva modestia de su talante. Para terminar, tengo especial interés en destacar un aspecto: toda su intensa y continuada actividad historicomédica la efectuó durante muchos años sin cargo ni compensación económica, tras duras jornadas al servicio de una multinacional farmacéutica. Su único recurso era un entusiasta voluntarismo, en el polo opuesto de tantos profesores de historia de la medicina que utilizan el cargo para cualquier objetivo ajeno a nuestra especialidad. Sólo tardíamente consiguió don Pedro incorporarlo al Instituto Arnaldo de Vilanova, que en cualquier otro país, como repito oportuna o inoportunamente, se llamaría «Instituto Laín Entralgo de Historia de la Medicina y de la Ciencia», aunque sólo fuera para aprovecharse de la excepcional talla de su fundador. Trabajo hace bastante tiempo en un extenso libro acerca de la obra historicomédica de nuestro maestro, sobre la que vengo publicando acercamientos previos desde 1966. En la actualidad, lo estoy ampliando con una detallada exposición de las aportaciones de Luis García Ballester y de Agustín. Es una forma de compensar la parálisis que ha sufrido mi graforrea al escribir con motivo de la muerte de personas cuya desaparición no admite mi inconsciente. José María LÓPEZ PIÑERO
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) Aquellos interesados en la historia -sobre todo cultural y social-del pensamiento psiquiátrico y psicológico polacos que se adentren por primera vez en la materia, pueden quedar sorprendidos por la escasez de trabajos que existen sobre el tema. Este fue también mi caso cuando decidí aproximare a su estudio, pero una de las agradables excepciones con las que puede uno encontrarse en su búsqueda es precisamente Historia de la locura polaca, de Mira Marcinów, doctora en psicología y filósofa. Con el subtítulo El sol entre el cielo negro. Estudio sobre la melancolía, se nos presenta como el imponente primer tomosupera las 550 páginas, incluyendo la extensa bibliografía y el álbum final-de una trilogía por venir que, además de la melancolía, tratará la historia del entendimiento polaco sobre la histeria y la psicosis. Esta obra de carácter histórico-filosófico está dedicada a la reconstrucción, análisis y discusión de las principales derivas y problemas psicológicos que aparecieron en la literatura psiquiátrica y psicopatológica polaca durante el siglo XIX. Su objetivo principal es estudiar cuándo y de qué manera la idea de los trastornos psíquicos nace en el pensamiento psicológico polaco, así como rastrear las formas que toma durante su desarrollo. Se centra para ello en la categoría de melancolía, al considerarla lo más cercano a la categoría general de enfermedad psíquica y el concepto fundamental para entender la psiquiatría del siglo XIX. El libro está dividido en cuatro partes que pueden leerse de manera independiente, según la propia autora afirma. Podría decirse que la parte central de la obra es la segunda, en la que se realiza el estudio sobre la melancolía propiamente dicho. La primera está dedicada principalmente a cuestiones metodológicas, mientras que la tercera y la cuarta son antologías: en el primer caso, de los textos que la autora analiza para elaborar su estudio, en el segundo, de imágenes de tipología variada -fotografías, cuadros, litografías...-que tratan el tema de la locura y la melancolía. Éstas no corresponden exclusivamente al s. XIX -se incluyen piezas que van desde la Nave de los locos de Hieronim Bosch de comienzos del s. XVI, hasta un fotograma de la película El dinero o la vida... empieza mañana (original polaco: Pieniądze albo życie...zaczyna się jutro, de R. Dziadkiewicz y B. Śmiałek) del 2017-aunque gran parte de la colección pertenezca a ese periodo. La primera parte, Homo psychologycus, está dedicada a poner de manifiesto la necesidad e importancia del proyecto, la explicitación de los objetivos y una detallada justificación metodológica. El cuidado que se refleja, sobre todo respecto a esta última cuestión, es digno de destacar, ya que se presta atención a todo tipo de sutilezas que diferencian este enfoque de otros acercamientos similares. La propia autora se adelanta a las posibles objeciones que se puedan hacer a su innovador método -por ello mismo más vulnerable a equivocaciones y limitaciones-dentro del pensamiento historiográfico de la psiquiatría polaca. Por ejemplo, el presentismo del que se acusa a menudo a la "historia de las ideas", o la dificultad que supone estudiar el pensamiento psicológico en Polonia en una época en la que ni la psicología constituía una disciplina científica autónoma, ni Polonia una nación independiente. En este sentido aclara, en primer lugar, que su rastreo del pensamiento psico-lógico en los textos lo realiza de una forma indirecta, centrándose en el concepto de "enfermedad mental", dado el acercamiento naturalista-cientificista de los comienzos de la psiquiatría polaca. En segundo lugar, pese a la falta de un Estado Polaco, en el s. XIX se crearon muchas instituciones que permitieron el desarrollo del pensamiento psicopatológico nacional: publicaciones especializadas en polaco, manuales, cátedras académicas, hospitales psiquiátricos, y especialistas prácticos que anunciaban sus trabajos por escrito, además de organizaciones y asociaciones dedicadas a la enfermedad mental, congresos científicos, y proyectos para el cuidado de las personas que abandonaban los hospitales psiquiátricos, aunque estos últimos fenómenos tenían un carácter más bien marginal. Habiendo establecido la diferenciación entre historiadores "revisionistas" y "clásicos", opta por una tercera vía en la que enmarca su estudio: la problematización. Esta solución subraya sobre todo que las categorías relacionadas con la psiquiatría son un terreno peligroso y problemático, donde no encontramos respuestas sino preguntas que se multiplican, y lo único que nos podemos permitir es trastocar la narración referente al progreso del conocimiento sobre el tema. Y es exactamente lo que logra con su libro. Siguiendo al historiador y filósofo estadounidense Arthur O. Lovejoy 1, realiza una historiografía de las ideas -concretamente, de la idea de enfermedad mental-entendida en sentido amplio, de manera que engloba también la historia intelectual. Basa su análisis en textos variados -trabajos científicos, divulgativos, prensa, manuscritos, manuales, monografías, revistas médicas, ensayos filosóficos-que han sido tratados como de 2a clase, en su convencimiento de que se corresponden en un grado mayor que las grandes obras con la carga de ideas presentes en una época determinada y reflejan mejor las ideas sobre la norma de las mentalidades cotidianas que los textos destacados, a menudo adelantados a su época. Se hace necesario un conocimiento mínimo del contexto sobre el pensamiento psicopatológico euro- peo para que el lector pueda entender y situar el ensayo. Por ello, hacia el final de esta primera parte se realiza una breve revisión de su desarrollo, para concluir con un apunte de los hitos fundamentales de la psicopatología polaca. Quizá podría haberse añadido a este mismo apartado el repaso que realiza al comienzo de la parte II -Estudio sobre la melancolía. Historia del s. XIX en Poloniapor la historia cultural de occidente en referencia al término melancolía, o directamente crear un apartado de contextualización histórica separado del resto, que recogiera estas secciones. La segunda parte está dedicada íntegramente a la problemática de la melancolía. Seguir el desarrollo de las características psicológicas de la enfermedad mental en la psiquiatría polaca del XIX parece corresponderse con los hitos del pensamiento discursivo sobre este constructo. Se argumenta, además, que los autores polacos rara vez teorizaban sobre la enfermedad mental en general, sino sobre temas concretos, como la melancolía o la histeria. Tras dedicar unas páginas al análisis de la terminología utilizada en la época para referir a la melancolía, ya que nos topamos con un vocabulario particularmente abundante, el siguiente paso que se sigue para la reconstrucción es poner ejemplos concretos de cómo se presentaban los trastornos melancólicos, las características de las personas que los padecían y las manifestaciones de la enfermedad. Los alienistas polacos del XIX se preguntaban también, además de por la sintomatología, por el origen de la melancolía. Aunque no tan extensamente como en las descripciones de casos, sí que respondían a esta cuestión, formando las primeras concepciones etiológicas de las enfermedades mentales en Polonia, temática que se aborda en el cuarto apartado de esta sección. Por último, el quinto apartado -algo breve en comparación con los demás-trata la visión de la medicalización de la melancolía, con especial atención a los aspectos terapéuticos referidos a remedios psicológicos -concepciones de una actuación directa sobre la mente del paciente. Es esta idea de que la melancolía debía ser curada la que muestra que hemos tratado con una patologización de la melancolía, aunque a su vez la constatación de que los médicos recomendaban sobre todo terapias morales para devolver la salud al melancólico podría indicar una subestimación de la afección y un cuestionamiento de su realidad como enfermedad -sobre todo si nos fijamos en la segunda mitad del siglo, cuando los tratamientos so-máticos comienzan a ganar terreno a las terapias morales en otros ámbitos. Como cierre de esta segunda parte, la autora plantea las posibles objeciones que pueden hacerse a la misma una vez concluida su lectura. Es discutible hablar de la melancolía polaca en el siglo XIX cuando sólo se han revisado materiales de unas cuantas instituciones psiquiátricas, ubicadas a veces fuera de la frontera de la Polonia pre-particiones. Para dejar claro qué áreas comprende el estudio, incluye un mapa en el que localiza las principales ciudades de las que provienen sus fuentes. Se muestra así también la tendencia a acumular datos de zonas urbanas. Por último, las conclusiones generales derivadas a partir de textos fragmentados e incomprensibles en ciertos puntos pueden despertar dudas. Para despejarlas, nada mejor que echar un vistazo a la tercera parte, Fuentes para el estudio de la historia de la locura del siglo XIX en Polonia, y confrontar las interpretaciones que sobre los textos originales puede hacer el propio lector con las que se presentan en el libro. Cabe destacar el empleo de recursos visuales, como las tablas recopilatorias o el mapa, a lo largo del ensayo, que constituyen un complemento ideal a la narración textual. Esto demuestra la falta de prejuicios metodológicos de la autora, que no duda en recurrir a otro tipo de estrategias, incluso de carácter cuantitativo como las tablas estadísticas, en los momentos en que pueden serle de utilidad para ilustrar su proceso interpretativo. Más que falta de coherencia, denota amplitud de miras. La antología de imágenes final, que constituye la cuarta parte del libro, no la incluyo dentro de los "complementos", ya que más bien constituye una narración paralela, cuya importancia podría situarse al mismo nivel que la antología textual. Es el lector, una vez más, quien tiene en su mano establecer los vínculos y sacar sus propias conclusiones. Como anteriormente apuntamos, los textos científicos sobre enfermedad mental no son las únicas fuentes que se utilizan, incluyéndose también el análisis de manifestaciones artísticas, en especial literatura y pintura, donde la melancolía ostenta un estatus especial como lugar común en las obras de los artistas polacos. Las comprensiones diferentes a la psiquiátrica permiten una visión más amplia de esta afección en la época tratada, además de rastrear la fuerza de la influencia del pensamiento psiquiátrico en las obras. Se presenta un breve repaso cronológicamente ordenado, en el que se concluye que la melancolía como idea influyente de aquella época no parece tener, sin embargo, muchos rasgos en común en su concepción médica y artística. Hecho que permite reafirmar la teoría sobre la doble vertiente histórica de la melancolía: una elevada y otra rebajada, una arqueológica y otra patológica2, una como alas y otra como piedras3,4. Es una lástima que no se dedique más espacio -probablemente, porque el libro ya es suficientemente extenso-al análisis del "arte melancólico", que en comparación con el análisis de textos científicos queda algo escueto, aunque no por ello menos sugerente. Para compensar, cada parte del estudio aparece encabezada por fragmentos de poesías nacionales, en un intento de confrontar la visión artística con la médica en su lucha por el territorio de la melancolía. Para concluir esta reseña no se puede pasar por alto la cuestión de género, que cruza transversalmente la obra. A lo largo del ensayo se van planteando una serie de problemáticas, como la visión negativa de la melancolía en las mujeres, muy vinculada a la histeria, frente a la visión positiva de la melancolía en los hombres, asociada a menudo a ideas de genialidad, sensibilidad y espíritu artístico. Pese a que no se desarrollan en profundidad, se dejan apuntadas como señuelos para posibles investigaciones futuras. Es necesario recalcar una vez más que ésta es una obra cuya aportación principal es todo un nuevo abanico de preguntas a partir de sus análisis, más que respuestas concretas, haciendo honor a la perspectiva "problematizadora" que adopta la autora. El estatus jurídico del melancólico, la vinculación de melancolía e histeria o su relación con el crimen son solo algunas de ellas. Sin duda, se trata de un libro que nos permite entender mejor el pensamiento actual sobre la enfermedad psíquica, y una apuesta metodológicamente innovadora que abre muchas puertas a los investigadores atraídos por la problemática psiquiátrico-psicológica del pensamiento del siglo XIX en Polonia, y por el pensamiento psiquiátrico-psicológico en general. De momento, el libro sólo está en polaco, lo que constituye un problema para su difusión internacional. Pese a ello, es interesante que su contenido sea dado a conocer, al menos parcialmente, más allá de sus fronteras natales, para completar una de las la-gunas en cuanto a la historia del pensamiento psiquiátrico europeo.
Proveniente del desierto egipcio la figura de San Antonio Abad se convierte en objeto de estudio por parte de Mariangela Rapetti, 1 quien ha publicado con esta monografía su madurado proyecto de tesis doctoral, 2 un ensayo entre la archivística, la historia de la Iglesia y la sanidad. El objetivo de la autora ha sido el análisis de la difusión de la orden hospitalaria de San Antonio desde el sur de Francia por buena parte del Mediterráneo y Europa. Si bien es cierto, ha puesto énfasis en el contexto que mejor conoce, la isla de Cerdeña. 8); que, sin duda, ha servido para conocer la expansión de la comunidad por el territorio sardo y para desmitificar determinados aspectos historiográficos. El principal interés de este trabajo reside en la difícil recopilación de ese corpus documental, debido a la destrucción de los archivos de la orden de San Antonio. Por tanto, ante esta adversidad, las herramientas de trabajo utilizadas por Rapetti provienen de archivos y bibliotecas de diferentes países, en un intento de recuperar la trayectoria de la orden usando la clave de historia comparada y la perspectiva de la larga duración. Dicha monografía se compone de siete capítulos principales a los que precede un prefacio de Cecilia Tasca (pp. 7-10). En realidad, la disposición del libro podría dividirse en tres partes, que son: en primer lugar, los capítulos 1, 2, y 3 que funcionan como introducción, estado de la cuestión y comentario de las fuentes utilizadas; en segundo lugar, los capítulos 4, 5 y 6 tratan la expansión de los antonianos por Cerdeña, su actividad económica y su labor asistencial; y finalmente, los tres apartados que sirven como herramientas instrumentales para el lector, y que son el capítulo 7 (pp. 117-237) con la trascripción y edición de la documentación -59 documentos, en su mayoría inéditos y datados entre 1286 y 1571-, los índices (pp. 239-255) y la bibliografía (pp. 257-286). 3 Una correcta disposición en donde únicamente se echa en falta unas pocas páginas que resumieran todo el ensayo, las principales conclusiones y las posibles vías de investigación que han quedado abiertas en opinión de la autora. El capítulo 1 (L'ordine di S. Antonio di Vienne tra fonti scritte e legenda, pp. 11-30) pone de manifiesto la convulsa evolución histórica de la orden, desde su fundación en el siglo XII hasta su desintegración en 1776, así como la progresiva difusión del culto a San Antonio. Supone un primer acercamiento para el lector hacia una de las órdenes religiosas hospitalarias más extendidas por Europa, pero cuyos orígenes se confunden debido a leyendas, falsificaciones documentales y destrucción de sus archivos. Lo que comenzó como una asociación de laicos en el Delfinado 3 Una bibliografía sabiamente estructurada en fuentes editadas, instrumentos de trabajo, estudios sobre la orden, medicina e historia hospitalaria e investigaciones sobre Cerdeña y el Mediterráneo. con devoción por el santo eremita, cuyos restos fueron transportados por un caballero francés desde Oriente, acabó convirtiéndose en una orden monástica cuyas sedes subalternas se expandían desde el río Elba hasta el Guadalquivir y desde las islas británicas hasta Sicilia. La Casa Madre, fundada en La Motte Saint-Didier, pronto contó con establecimientos para el apoyo del pobre y el cuidado del enfermo, cuya fama se extendía por Europa gracias al valor taumatúrgico de las reliquias de San Antonio que aliviaban la enfermedad del doliente. A continuación, el lector se encuentra con dos capítulos complementarios que ponen la base de toda investigación histórica. Esto es, un balance historiográfico sobre los historiadores antonianos y sobre el conocimiento de la comunidad en Cerdeña (capítulo 2: L'ordine di S. Antonio di Vienne in Sardegna: Status quaestionis, pp. 31-46) y la descripción de la materia prima utilizada para la elaboración del ensayo (capítulo 3: Fonti per la storia antoniana di Sardegna, pp. 47-65). Aquí radica la originalidad y la laboriosidad de la investigación de Rapetti pues la recopilación de su corpus documental proviene de múltiples y diversos fondos archivísticos: de Francia, Italia, España y el Estado Vaticano. 4 La riqueza e internacionalidad del estudio, que queda reflejado en el buen uso de la historiografía italiana y francesa y la multitud de archivos europeos visitados, podría haberse complementado con una valoración más profunda de la labor de los antonianos en el contexto hispánico, teniendo en cuenta el buen conocimiento de Rapetti de los espacios que conformaron la antigua Corona de Aragón. En lo tocante a bibliografía sobre la cuestión hospitalaria y sanitaria las monografías de Ferragud Domingo (2005) La siguiente parte de la obra incide en aspectos más concretos y relaciona lo sucedido en la isla de Cerdeña con el Delfinado y otras sedes antonianas. En el capítulo 4 (Gli insediamenti antoniani in Sardegna, pp. 67-89) Rapetti profundiza en la expansión de la orden de San Antonio por la isla, a partir de su primera mención conocida en Cerdeña en 1286. También ahonda en las noticias de las diferentes sedes y sus relaciones con la Casa Madre. La presencia antoniana en territorio sardo se limitó a los principales núcleos en el oeste y sur de la isla: Oristano, Sassari, Cagliari e Iglesias. Son los capítulos 5 y 6 los que requieren un mayor esfuerzo interpretativo y que, en cierta medida, ayudan a romper uno de los cimientos historiográficos de la orden. Tradicionalmente se ha considerado que la expansión y el declive de la orden antoniana respondían a la propagación y posterior reducción de la enfermedad del «fuego de San Antonio» o «ignis sacer». En este sentido, el capítulo 5 (Le attività dei canonici antoniani: l'economia, pp. 91-98) se centra en la economía de la orden y sus sedes mayores y menores, sustentada en la recolección sistemática de limosnas y la administración de bienes raíces, así como en la cría de cerdos para su consumo cárnico. En cuanto al capítulo 6 (Le attività dei canonici antoniani: l'assistenza, pp. 99-116), Rapetti examina las noticias de los hospitales de la orden en Cerdeña dentro del propio contexto sanitario de los antonianos, quienes contaron con extraordinaria fama y tradición en la ayuda hospitalaria a los miserables y la curación de enfermedades gangrenosas, principalmente, el ergotismo. La reforma de la hermandad antoniana en 1478 sirve para radiografiar lo que fue un auténtico modelo hospitalario expandido desde la abadía de La Motte Saint-Didier. La Casa Madre contó en la segunda mitad del siglo XV con múltiples edificios asistenciales (hospitales para pobres, para leprosos, para mujeres y para enfermos del «ignis sacer») y suficiente diversidad laboral en el plano sanitario. Rapetti pone punto y final a su libro con el apéndice documental y los índices mencionados. Sin duda, se trata de una obra de consulta obligada para futuros trabajos, tanto para el conocimiento de la orden y el culto de San Antonio, como para el discernimiento de las estructuras hospitalarias y sanitarias en el Medievo y la Modernidad. Un ejercicio que por lo que se refiere a metodología e historia comparada debería ser imitado por investigadores en otros contextos europeos, y cuyo esfuerzo en lo que concierne a la edición de fuentes agradece la comunidad científica.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) En el mismo texto, el autor portugués afirma "Los ojos no son más que unas lentes, como un objetivo, es el cerebro quien realmente ve" (Saramago, 2010, p. 152) y aprovechando la retórica cabe decir, también, que es el cerebro al final quien termina definiendo lo que es visible, diferenciándolo de lo invisible. En el plano físico, un conjunto de objetos extraños se puede mirar, y a partir de procesos fisiológicos, la persona puede distinguir visualmente formas y colores, luces, sombras o texturas sólo con el uso de los ojos; mientras en lo metafísico, la visión significativa del ser humano, aquella con la que se interpreta y se dota de sentido al mundo material, sólo ejercerá sobre lo que reconoce, sobre lo que conoce. Lo que en ese plano es visible será sólo lo que pertenezca al mundo del conocimiento, mientras que lo invisible será siempre lo que se ignora; porque ¿cómo ver; cómo distinguir; cómo significar y cómo apropiarse de algo que no se sabe que existe? El libro que hoy me toca presentar aquí, justamente trata dilemas asociados al conocimiento y la ignorancia, lo visible y lo invisible de la ciencia y la cultura médica en las orillas trasatlánticas y algunas islas intermedias, entre los siglos XVI y XVII. Este volumen, que como sus coordinadores nos cuentan en la introducción, surgió como resultado del simposio internacional "De la circulación del conocimiento a la inducción de la ignorancia. Historia de las plantas medicinales (siglos XVI-XVII)", 1 plantea como principal línea de reflexión el concepto Agnotology o inducción cultural de la ignorancia, propuesto por Robert Proctor y Londa Schiebinger (2008) para cues- tionar por qué determinados conocimientos desaparecen y otros permanecen vigentes en las narrativas de la historia; reconociendo que, así como hay agentes que propician el desarrollo del conocimiento, también los hay en los caminos que fomentan la aparición del olvido y la ignorancia. Conocimiento e ignorancia se pueden entender y mirar en esta propuesta como el equivalente a lo que en las artes visuales son fondo y figura; positivo y negativo; luz y sombra; de nuevo, visible e invisible. Binomios que normalmente aprendemos o interpretamos con claves maniqueas, polarizadas y opuestas que obstruyen el intento de una percepción neutral y nos impiden ver que, más que las dos caras de una misma moneda, son conceptos que permanentemente se tocan y coexisten al mismo tiempo y sobre un mismo plano. Por lo que la diferencia entre unos y otros, como todo en este mundo, dependerá siempre de la subjetividad de quien los ve. La idea de construcción o inducción de la ignorancia que proponen Proctor y Schiebinger, y que retoman todos los autores del volumen que aquí se presenta, es complementaria y no opuesta, a la reflexión que en su momento hizo Karin Knorr-Cetina (1999) sobre las "Culturas Epistémicas"; pues si la autora propuso reflexionar a profundidad en las sociedades de conocimiento, las culturas asociadas por el conocimiento y las maquinarias epistémicas para mirar y pensar las transformaciones que éstas han tenido dentro de la cultura occidental, Proctor y Schiebinger piden con la agnotología que sólo que cambiemos el foco y que, con el mismo objetivo, miremos el fondo -la ignorancia-en lugar de la figura -el conocimiento-. El volumen coordinado por Angélica Morales Sarabia, 2 José Pardo Tomás 3 y Mauricio Sánchez Menchero 4 se inserta en la misma línea de textos que apuestan por el cuestionamiento y la recuperación de lo soslayado, lo invisibilizado y lo olvidado en el mundo de las ciencias occidentales; temas que comienzan a ser una constante historiográfica y que han sido tratados ya por autores como Steven Shapin (1994) en su reflexión sobre los "Técnicos Invisibles", Donna Haraway (2004) y su crítica a los llamados "Testigos Modestos" de la ciencia o Chandra Mukerji (2008) y el conocimiento de las mujeres sobre las prácticas de ingeniería en los Pirineos, por citar sólo a algunos y sin mencionar aquí todo lo que con este mismo objetivo se ha hecho igualmente en los estudios poscoloniales y de género que inciden en las problemáticas de la ciencia. También, los autores de los capítulos que conforman este libro siguen una segunda línea en la que buscan expandir la mirada para ubicar, observar y analizar no sólo fuentes primarias de origen diverso, sino lugares distintos o alternativos en las prácticas médicas de los siglos XVI y XVII; "nuevos espacios de intersección", como ellos los llaman citando a David Gentilcore (Morales y Pardo, 2017, p.2), en los que los saberes híbridos y los llamados por Susan Leigh-Starr (1989) "boundary objects" nacían, se formaban, transitaban y coexistían en el contexto Ibérico e Iberoamericano. Espacios privados y públicos, definidos en su momento por David Livingstone (2003) como "arenas" físicas y discursivas, en las que varios actores podían compartir las primeras y muy pocos las segundas, pues el "abismo epistemológico" definía, precisamente, quiénes podían participar de las prácticas y rituales a partir del conocimiento y la ignorancia, o de la validez y autoridad que otorgaba el primero y restaba la segunda. Y si bien el libro discurre sobre la inducción y la construcción cultural de la ignorancia, también lo hace sobre la circulación, que en algunos casos quizá fue más bien un tránsito, de conocimientos asociados a la materia médica y el arte de la sanación en España, Nueva España y las Islas Canarias; reivindicando la existencia de lo que José Pardo ha llamado "medicina de la conversión" (Pardo, 2014) y mostrando con distintos casos lo que en la introducción al volumen se ha nombrado "cultura medica novohispana" (Morales y Pardo, 2017, p. Como cualquier otro constructo humano, la práctica médica, incluso la novohispana, ha producido desde siempre una cultura material que resulta del proceso de hacer tangible aquello que pertenece al mundo de las ideas científicas y, como tal, es un elemento indispensable al momento de hablar de tránsito, circulación, apropiación, imbricación y transformación del saber -o de la ignorancia, en su caso-. Por consiguiente, la polifonía que prometen desde el inicio los coordinadores del volumen no implica so-lamente a los actores humanos y protagonistas de las historias, a saber, religiosos, médicos, indígenas informantes, chamanes, curanderos, boticarios, mujeres, pintores, mercaderes, tratadistas y cronistas; sino a una variedad de entes que también adquieren y reivindican su voz en los procesos epistémicos al ser no sólo objetos, sino instrumentos de estudio; móviles mutables e inmutables que transitan el tiempo y el espacio conteniendo capas de información objetiva y simbólica que se desvela respondiendo a los intereses de los sujetos que los manipulan. Así, los objetos de la cultura médica novohispana aparecen, en las narrativas de cada uno de los nueve capítulos que conforman el volumen, en forma de libros y manuscritos, representaciones visuales de corte religioso y etnográfico, piedras bezares, plantas y árboles, sahumerios y pipas, recetarios, documentos legales, obras pictóricas y literarias, sucedáneos, animales, estrellas y planetas que conforman un corpus material y documental propio de la práctica médica novohispana e ibérica. En los capítulos, las reflexiones van sobre una pluralidad de temas tan grande como la cantidad de autores que el volumen contiene y se da forma a un cuerpo de conocimiento -o de ignorancia-de aristas múltiples en el que surgen también multiplicidad de preguntas que pueden partir de los temas leídos en forma independiente o de la conexión que se pueda establecer entre un texto y otro; pues siempre es posible encontrar conexiones entre las piedras bezares, Francisco Hernández y la medicina astrológica; entre el tabaco, la locura y las representaciones religiosas de una Virgen posada sobre un árbol canario; o bien entre los armadillos, la teriaca y el uso de las purgas como estrategias curativas. Temas, objetos y personajes que se insertan en las narrativas de los autores del volumen que se presentan con el siguiente orden: José Pardo Tomás comienza la primera sección con una cita al Tratado breve de medicina de Fray Agustín Farfán que hace referencia a las propiedades curativas de los armadillos y pone en la mesa una de las grandes discusiones historiográficas contemporáneas: la incorporación del "arsenal terapéutico indígena" a los saberes médicos occidentales (Pardo, 2017, p. Edith Llamas, por su parte, se decanta por observar la obra escrita de los jesuitas José de Acosta, Bernabé Cobo, Eusebio Kino y Andrés Pérez de Ribas, detonando la reflexión con el uso médico de las tan buscadas y preciadas en su día, piedras bezares. Emma Sallent, cierra la primera sección, dedicada al saber y la ignorancia generados por las órdenes religiosas, hablando de las crónicas realizadas por los agustinos Juan de Grijalva y Esteban García, quienes contribuyeron a la medicina de la conversión retratando escenas de enfermedad y muerte asociadas a conceptos religiosos como la voluntad divina y los poderes diabólicos. Tomando un camino paralelo, Peter Mason recupera las imágenes religiosas para hablar del tránsito de saberes botánicos entre las Islas Canarias y el resto del mundo ibérico. Mason inicia su relato con un pasaje que vincula a Hernán Cortés con Francisco Hernández y los ahuehuetes, con la finalidad de conducirnos al análisis de algunas imágenes dedicadas a distintas advocaciones de la Virgen en las que aparecen árboles y aguas milagrosas, haciendo hincapié en los fenómenos de apropiación, transformación y reinterpretación de los elementos visuales que las conforman. Mauricio Sánchez Menchero nos habla sobre el Tabaco y los procesos de circulación y apropiación de los que formó parte, buscando la polifonía en diversas fuentes que tocaron el tema de la aceptación y/o prohibición del tabaco como droga adictiva, mirando sus representaciones textuales, tanto como visuales, para rescatar sus distintos usos y hábitos de consumo. José Ricardo Sánchez se detiene a mirar la teriaca, un antídoto contra todo veneno constituido por ingredientes de tipo animal, vegetal y mineral entre los que podía encontrarse el opio y la carne de víbora, para mostrar una de las principales prácticas científicas: los debates por la validación del conocimiento. Aquí sus protagonistas, que no antagónicos, son los médicos Bartolomeo Maranta y Ferrante Imperato, quienes trabajaron arduamente en demostrar la ineficacia de la sustancia. Jesús María Galech, por su parte, nos saca de esta esfera para mirar al cielo y reflexionar sobre la medicina astrológica novohispana, haciendo uso de distintas obras de literatura astrológica que, además de ser útiles a la medicina, servían a la navegación, la meteorología y las fechas religiosas. Con ellas nos muestra la relevancia de esta ciencia en un contexto médico que con el tiempo la desechó y la desterró de los cánones científicos. Los dos últimos capítulos del volumen pertenecen a Teresa Ordorika y Angélica Morales. En el primero, Ordorika rescata las voces femeninas y trae a colación el caso de María Ruiz, habitante de La Palma, en las Islas Canarias, enferma de locura y sujeto de dos procesos judiciales en su contra por herejía. El capítulo analiza "las distintas nociones médicas de la locura esgrimidas por el fiscal, el defensor y los testigos que aparecen en el proceso de la justicia real" (Ordorika, 2017, p. Por otro lado, el texto de Morales nos habla de prácticas de lectura, que igualmente son científicas, situadas alrededor de piezas literarias de historia natural. Así viaja hasta los países bajos con Joannes de Laet, para observar el tránsito del conocimiento de la naturaleza americana más allá de la península hispana, reivindicando así la producción de conocimientos en la ciencia ibérica y su impacto en el resto de Europa, pero también mostrando las incidencias en la forma de producir saberes cuando se materializan a través de primeras y segundas manos. El volumen, finalmente, dibuja con palabras no sólo una, sino distintas geografías del saber y la ignorancia; muestra con claridad los distintos aspectos y elementos que configuran las sociedades vinculadas por el conocimiento; y traza con precisión rutas y redes de tránsito alternas que contienen pistas susceptibles de seguirse con otras preguntas y otras miradas, lo cual es en sí una aportación considerable a la historiografía de la ciencia que busca seguir desvelando los entresijos de las culturas y las maquinarias epistémicas no eurocéntricas, para abonar a una historia con narrativas renovadas y cada vez más reflexivas e incluyentes; porque sólo así disminuirá esa ceguera de la que hablaba Saramago y de la que todos quisiéramos escapar.
El libro que comentamos se basa en la recopilación de fuentes primarias, aportando una compilación de textos que Andrés Bello publicó entre 1823 y 1843, coincidiendo con su estadía en Londres y Santiago. Técnicamente, esta sería la tercera publicación de estos mismos trabajos que se presenta, luego de las ediciones que hizo en vida el caraqueño, y la segunda publicación que se dio en las Obras Completas publicadas en Chile (1891-1893) y Venezuela. Los textos a que hace alusión este libro se denominaron en dichos compendios como "Opúsculos científicos", para el caso chileno, y "Cosmografía" para el venezolano. Aquí, los compiladores toman la denominación chilena. Que la casa editora se haya atrevido a publicar este libro no es casual, pues junto con rescatar la persona del primer rector de la Universidad de Chile, figura señera para la editorial y la misma universidad que auspicia la obra, el libro busca inscribirse en una actual corriente sobre publicaciones de trabajos similares donde se rescatan fuentes primarias por un lado y estudios monográficos de variados autores por el otro. Mientras que para el segundo está A companion to the history of science (2016), editado por Bernard Lightman, o la reciente compilación de estudios editada por Lorraine Daston, titulada Science in the archives: pasts, presents, futures (2017). Estos libros de reciente aparición están abordando sus temáticas a partir de una corriente historiográfica llamada "Historia cultural de las ciencias", que tiene por objetivo desplazar la clá-sica visión que la Historia de las ciencias se construyen en base a los descubrimientos, inventos o biografías de grandes prohombres, sino por complejos tejidos que componen procesos históricos considerando: agentes, instituciones y difusión de discursos y conocimientos (Jardine, Secord & Spary, 1996). Para la edición que nos ocupa, Latorre y Medel optaron por agrupar los citados opúsculos en capítulos que responden a áreas del conocimiento en lugar de una ordenación cronológica de aparición. Dicha organización representa algo más profundo: los compiladores demostraron que no necesariamente un texto publicado en un determinado año sugiere que se elaboró en un tiempo cercano, evidenciando cómo más de una vez Bello postergó documentos con la finalidad de mejorarlos, como sucedió con su traducción del poema La luz (1809) de Jacques Delille, que si bien hay antecedentes que lo tradujo en 1827, aun hacia 1850 todavía realizaba modificaciones (pp. 32-33). El libro está constituido por cinco capítulos que son antecedidos por dos estudios introductorios por parte de cada uno de los compiladores. Si bien los estudios son interesantes en cuanto clarifican el objetivo de la obra y, de paso, despejan la duda de por qué una tercera publicación de los textos; al mismo tiempo, dan la sensación de ser trabajos algo incompletos y poco complementarios entre sí. Hubiese sido adecuado una sola presentación que concentrara y densificara las ideas, para seguir la máxima que, a veces, menos es más. El primer capítulo titulado "Concepciones generales" tiene por eje tres estudios sobre la vida animal y vegetal. Mientras uno estudia la vida desde la célula a organismos complejos; se pasa a otro dedicado a la teoría de los cuerpos, como es el trabajo titulado "Historia de la doctrina de los elementos de los cuerpos", extracto de Éléments cuyo autor es M. de Montegre y que Bello publicó en el Repertorio Americano de Londres en 1826. Claramente en este capítulo hay un interés personal por parte de Bello que se inscribe dentro de un plano mayor, como es el desarrollo del pensamiento humboldtiano del que Bello fue especial receptor, cuando tuvo la oportunidad de conocerlo en Caracas entre 1799 y 1800. El segundo capítulo, llamado "Ciencias Naturales", reúne cinco estudios de distinto grado de extensión donde Andrés Bello da rienda suelta a su interés por traducir, resumir y difundir trabajos de distintas épocas revalorizando los elementos y especies naturales que se encuentran dentro del territorio de las jóvenes naciones americanas. Ejemplo de ello es el estudio "Avestruz de América", donde describe y analiza las características morfológicas del Ñandú suramericano, reconociendo sus formas de vida, reproducción y relación entre los animales de su misma especie. Aquí, vemos la necesidad de Bello por difundir en Europa y demás países americanos que las Américas también posee animales exóticos -como los existentes en África-reconociendo que en el Nuevo Mundo viven aves tan singulares como en aquel continente. ¿Sería la necesidad de llamar la atención a los científicos europeos para mostrarles que América también es un campo lleno de posibilidades de ser explorado, observado e investigado como el lejano Oriente y las profundidades del África negra? ¿O tal vez volver sobre las viejas disputas del Nuevo Mundo, enalteciendo la naturaleza de América? El tercer capítulo, "Geología y Geografía", está compuesto por cinco trabajos. Dos de ellos son los que tienen por temática los estragos del terremoto acaecido en Chile en 1835. Andrés Bello expone un recuento de las consecuencias causadas por dicho movimiento telúrico en las ciudades del centro sur de Chile como Chillán y Talcahuano. Formalmente, no hay un estudio sismológico por parte del venezolano, remitiéndose su trabajo exclusivamente a ordenar coherentemente un relato en base a los informes gubernamentales de los destrozos. Aquí, más que un Bello científico, se da la visión de un Bello divulgador. El cuarto apartado, denominado "Astronomía", también está compuesto por cinco capítulos en don-de el caraqueño expone su conocimiento y comprensión sobre la naturaleza y comportamiento de los cuerpos celestes en el firmamento. Un aspecto que queremos resaltar del capítulo es la coherencia dada por los compiladores para presentar los documentos de este apartado, buscando un orden de observación desde la Tierra al espacio, al considerar inicialmente la noticia de la creación de un telescopio de última tecnología por parte de Mr. Tully (p. 189), para luego pasar a un complejo trabajo sobre las estrellas y rematar finalmente sobre la observación del cometa Halley y su paso por el hemisferio austral. El libro cierra con el quinto capítulo, titulado "Ingenería (transportes)", en donde se recogen dos estudios de vanguardia: la experiencia del transporte a vapor transoceánico y la ascensión de globos aerostáticos en Europa. Ambos textos se inscriben en lo que denominaríamos "documentos misceláneos de la ciencia" en lugar de documentos propiamente científicos. Esta publicación tiene por objetivo demostrar que más allá del clásico reconocimiento histórico como jurista y educador que se le asigna a Andrés Bello, su aporte fue más lejos, siendo la ciencia uno de los aspectos que también cultivó. Sin embargo, esta aseveración esconde un problema de forma y fondo: el cuestionamiento por parte de los compiladores sobre la trascendencia de la labor científica de Bello, en la medida que reconocen que sus escritos sobre ciencia no fueron el resultado de un trabajo de investigación original, sino de la recopilación de otros trabajos. De ahí que los compiladores propongan que Bello fue preferentemente un "divulgador del conocimiento científico", cuya obra se caracterizó fundamentalmente más que por apropiarse del conocimiento que divulgaba, por ser sólo un reproductor de conocimiento (p. Al finalizar la lectura, es posible llegar a algunas conclusiones. La primera de ellas, es que Andrés Bello, en su afán por difundir las últimas investigaciones del conocimiento científico desarrollado en Europa y Estados Unidos, llega a mimetizarse con uno de sus objetos de estudio, pues se convierte en un verdadero cometa que cruza distintas órbitas del conocimiento científico, pasando desde la Historia Natural a la Cosmografía, Biología celular, Geografía e Ingeniería, demostrando inquietudes intelectuales que generalmente no son reconocidas cuando se estudia su figura y legado. En este sentido, podemos decir que Andrés Bello, cual poeta, fue un hombre sensible a las ideas. Cartas enviadas desde Londres a Santiago por José Irisarri, Francisco Antonio Pinto y Mariano Egaña, demuestran coincidencia en señalar que el caraqueño era un hombre de amplia cultura. No sólo dominaba diversos idiomas, entre ellos griego y latín, sino también poseía destrezas avanzadas en Matemáticas, Gramática castellana y facilidad para entender y apropiarse de contenidos como Astronomía y Cosmografía, a lo que se agregaba una no despreciable dosis de discreción y humildad, características no menores a la hora de haberlo invitado a trabajar a Santiago de Chile. La segunda, es que Andrés Bello fue un sujeto ecléctico. Al analizar su legado e intereses, podríamos catalogarlo como un "hombre bisagra" de un mundo en pleno proceso de transición y apropiación del conocimiento: si entre los siglos XVII y primera mitad del XIX los sujetos pasan de dominar un saber holístico, que se denominó en términos generales como "polímata", en donde la elite tenía una consistente formación en distintas áreas del saber; aproximadamente desde la segunda mitad del XIX se pasa a una etapa en que progresivamente el saber se constituía y validaba como tal, en la medida que fuese especializado y acotado, cuyo resultado se dio paralelamente por la profesionalización del sistema universitario y por un creciente mercado laboral que exigía saberes y destrezas particulares. En la figura de Bello, ya sea a través de sus iniciativas laborales o por sus publicaciones, podemos darnos cuenta de cómo se reúne el caso de un hombre que transita constantemente entre estas dos temporalidades del conocimiento. Sus trabajos sobre la ciencia son prueba más que suficiente de nuestra aseveración, en la medida que se generan paralelamente con documentos de orden jurídico, educacional e incluso artístico. Martín Lara Programa de Doctorado en Historia Universidad Autónoma de Chile [EMAIL]
La publicación de la obra, objeto de la presente reseña, culmina una titánica empresa iniciada por sus autores hace bastante más de una década. Empresa que solo podía llevarse a cabo si los autores, como es el caso, eran perfectos conocedores de todo el devenir por el que pasó la industria farmacéutica en España hasta la llegada de la democracia. El resultado, como el título refleja perfectamente, es un censo-guía de los laboratorios farmacéuticos, señalando a sus propietarios y técnicos, que desarrollaron su actividad en España durante el Franquismo (1936Franquismo ( -1975)). Dos fueron las principales vías de actuación que se marcaron los profesores González Bueno y Rodríguez Nozal para la elaboración de este Censo-guía. De un lado, el vaciado sistemático de toda la información que podían proporcionar los archivos de la administración y, de manera fundamental, el Archivo del Sindicato Vertical de Industrias Químicas (Archivo General de la Administración, Alcalá de Henares); de otro, la extracción pormenorizada de cuanta información, sobre el tema, pudieran contener los anuarios y guías comerciales sobre el medicamento publicados en España en esos años. Anuarios y guías que proporcionan una información riquísima sobre la historia de los laboratorios, pero que, por su carácter provisional, resultan dificilísimos de localizar en muchas ocasiones. Lógicamente, en la obra tienen que hablar en muchas ocasiones de laboratorios que habían iniciado su andadura antes de la Guerra Civil, o que resultaron de la fusión de laboratorios que habían existido antes de la contienda. De ahí que, para conocer los medi-camentos que se habían comercializado en España con anterioridad a 1936, los autores recurran con profusión al Índice alfabético de especialidades farmacéuticas publicado por el Ministerio de Trabajo, Justicia y Sanidad en 1936. Ya para el periodo, objeto del Censo-guía, hacen lo propio con el Diccionario Español de Especialidades Farmacéuticas, el popularmente conocido como el DEDEF, que se editó en San Sebastián entre los años 1949 y 1972, y con las sucesivas ediciones del Catálogo de especialidades farmacéuticas que el Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos comenzó a publicar en 1970. El resultado es abrumador. Nos encontramos con un libro de más de ochocientas páginas, en el que aparecen relacionados alfabéticamente 2.532 laboratorios farmacéuticos. En cada uno de ellos se señala el nombre bajo el cual comercializó los medicamentos; sus propietarios y sus directores técnicos; los años en que mantuvo su actividad; la ubicación geográfica de las instalaciones y una pequeña historia de cada una de estas empresas farmacéuticas. Eso sí, la única ilustración de la obra la encontramos en lo que correspondería a la cubierta de la obra. En ella figura un dibujo de Carlos Sáenz de Tejada en el que se muestran las instalaciones de la empresa farmacéutica Alter en Madrid, a finales de la década de los cincuenta. Luego de la introducción, y en algo menos de cuarenta páginas, los autores presentan un análisis del funcionamiento y logros de la industria farmacéutica en España entre 1936 y 1975. Comienzan apuntando los pilares legislativos de la política industrial espa-ñola durante el primer franquismo. A continuación, señalan cómo se organizó la industria farmacéutica durante el Franquismo. Más adelante explican cómo se llevó a cabo la regulación de medicamentos en esos momentos. Luego dedican apartados a los laboratorios farmacéuticos durante el Franquismo y a la fabricación nacional de materias primas de uso farmacéutico. Antes de acabar estas cuarenta páginas de análisis, se preguntan los autores si se trató de ¿una industria farmacéutica eficaz y autosuficiente? Pasan revista, entonces, a los juicios vertidos por diversos protagonistas e historiadores, hasta detenerse, finalmente, en la idea expuesta por el médico Antonio Gallego Fernández, en 1959, de que la industria farmacéutica española no estaba técnicamente capacitada -en esos años-y que esa fue una de las razones por las que se limitó a copiar lo que proponían en el extranjero y a abrir laboratorios de acabado. Según Gallego, que fue responsable técnico de CEPA durante bastante tiempo, el porvenir de la industria estaba en producir con carácter original. Planteamiento que, según los autores del Censo-guía, aún tiene valor en nuestros días. El Censo-guía de los laboratorios farmacéuticos, en sí, ocupa desde la página 49 a la 742. Como resulta lógico, no dedican el mismo espacio a unos que otros, sino que el tratamiento que recibe cada empresa está en consonancia con la actividad industrial que desarrollaron en el período 1936 a 1975. Hay algunos laboratorios a los que, por su gran actividad en el mercado farmacéutico, se les dedica más de dos páginas, casos de Behring, del Centro Farmacéutico Nacional, de la Compañía Española de Penicilina y Antibióticos (CEPA), del Instituto de Biología y Sueroterapia (IBYS) y del Laboratorio Juan Martín, entre otros. A bastantes, alrededor de una página, entre ellos a Alter, Andreu, Andrómaco, Antibióticos, Besoy, Callol, Curiel, ERN y la Fábrica Española de Productos Químicos y Farmacéuticos (FAES). Pero la actividad de la gran mayoría de los laboratorios se expone, de manera sintética, en diez-doce renglones. Tanto para la información más amplia que proporcionan de unos laboratorios, como para la más breve que proporcionan de otros, además de extraer todos los datos posibles de las fuentes primarias que ya señalamos hace unos párrafos, utilizan una completísima bibliografía que permite, en la mayoría de las ocasiones, completar aspectos históricos que no podían encontrarse en aquellas fuentes. La bibliografía empleada, por los autores, ocupa catorce páginas en el libro y se acerca a las trescientas referencias bibliográficas. En las últimas páginas del libro figura un apéndice, en el que se han ordenado los laboratorios farmacéuticos activos durante el Franquismo por su ubicación geográfica. El primer patrón de ordenación que emplean es el de Comunidad Autónoma. Dentro de cada una de las Comunidades, se relacionan por las diferentes provincias (si bien se echan en falta dos provincias, Ávila y Teruel, donde no han localizado laboratorio farmacéutico activo en el periodo) y, en cada provincia, por el orden alfabético de las diferentes localidades donde estuvieron ubicados los distintos laboratorios. La consulta al contenido de la obra es realmente sencilla, pues el formato electrónico permite buscar cualquier término con sólo escribir, el que nos interesa, en el buscador. Esto redunda en la gran utilidad que este libro tiene, no sólo para los historiadores de la farmacia, historiadores de la ciencia e historiadores generales, sino para todo aquel que desee consultar sobre un laboratorio, una especialidad farmacéutica, un lugar o una persona. Obra, por tanto, muy útil por todos los conceptos. Universidad de Alcalá [EMAIL]
uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) Este sugerente libro colectivo, editado por Lino Camprubí, Xavier Roqué y Francisco Sáez de Adana, gira en torno a la hegemonía militar y económica estadounidense y su influencia en las formas de investigación científica en la segunda mitad del siglo XX. Para abordar esta problemática, el volumen cuenta con un importante elenco de autores -diversos en género, edad, procedencia, estatus y líneas de investigación-que abarcan una región geográfica e intelectual muy amplia, toda vez que el foco principal (que no exclusivo) se centra en el papel que jugó España en ese nuevo orden científico mundial. Por ello, no es de extrañar que los espacios a los que muchos de sus capítulos nos remitan sea a simposios, conferencias, comités, comisiones o cumbres internacionales; sin embargo, y a la luz de esa "nueva historia internacional" que involucra elementos novedosos susceptibles de aportar claves explicativas al complejo proceso de tejer relaciones internacionales, en este libro encontraremos también otros espacios -sólidos y líquidos-en interacción con actores humanos y no-humanos, cuya agencia se busca ahora integrar para comprender la naturaleza híbrida de estos procesos. Entre los trabajos de corte más clásico, que atendien a la "diplomacia científica" por cauces convencionales, cabe destacar el capítulo de Simone Turchetti, quien documenta la formación y ruptura de alianzas efímeras en el seno de la OTAN como ente político. A través de la historia del Comité de Ciencia -grupo consultivo para la política científica de la Alianza-, Turchetti analiza los virajes del programa científico de la OTAN, yendo "de la defensa en la década de 1960 a la sostenibilidad medioambiental, el crecimiento económico en la década de los setenta y la estabilidad política en los ochenta" (pp. 41-42). Todo ello descrito al calor de sinergias y desencuentros personales que reflejan, sin embargo, las complejidades propias de cada época. Negociaciones, tensiones y contradicciones muy presentes, también, en la segunda cumbre de Punta del Este (Uruguay, 1967) donde Michael A. Falcone estudia cómo las élites políticas se apropiaron de lo que el autor llama la "ideología" del internacionalismo científico con fines meramente retóricos, es decir, sin calado real. Del mismo modo, consejeros, funcionarios, cancilleres, embajadores y jefes de Estado acapararán el protagonismo de estas páginas donde se narran los pormenores que llevaron a la firma de la nueva carta de Punta del Este. En esa "burbuja diplomática" parece adentrarse también Xavier Roqué, quien regresa al CERN con nuevo material de archivo para repensar la salida y el posterior reingreso de España en la organización. Si en 1969 la retirada española visibilizó sus dificultades como país para "adoptar la cultura investigadora propia de un gran organismo internacional" (p. 219), más de una década después esos escollos parecen ya superados, contando ahora, además, con el apoyo de los agentes políticos: a ellos, pero también a la "ofensiva mediática" desplegada en España atiende el autor, resaltando así la importancia que, en estos y en otros temas, tiene el contar con una opinión pública favorable. A ese proceso de creación de estados de opinión pública dedicará su capítulo Clara Florensa; su atractivo título invitaba a situarlo, como está, abriendo este volumen y ofreciendo al lector otra mirada sobre el manido episodio del accidente de Palomares. Mediante el análisis de la campaña mediática orquestada alrededor del caso Palomares, la autora muestra cómo la prensa española construyo, haciendo uso del imaginario hollywoodiense, un relato edulcorado que invisibilizó el riesgo de contaminación radiocativa. Una campaña exitosa no exenta, sin embargo, de contestación vecinal: una respuesta de carácter local, antiamericana, desplegada de formas diversas, que deja al descubierto cómo los procesos de construcción de hegemonía no son nunca homogéneos. Quizá por ello, frente otro flagrante proceso de invisibilización se posiciona enérgicamente Francisco Sáez de Adana al denunciar, en la introducción de su capítulo, la falta de personal y el lamentable estado en el que se encuentran algunas instituciones científicas españolas en la actualidad. Por lo demás, el autor realiza un sugerente trabajo sobre la introducción del radar en España confrontando para ellomediante documentación de los archivos nacionales del Reino Unido-la política internacional con las presiones de la industria; o lo que es lo mismo, las tensiones entre el mercado y la política analizadas a través de la exportación de material y la importancia clave, en todo ello, de cómo se clasifique su naturalez (si de uso civil o de uso militar). De aquellas disquisiones clasificatorias en torno a los usos del radar devendrán unas restricciones comerciales que tendrán, a su vez, consecuencias en las características propias de los equipos desarrollados en España. Sin duda, un buen ejemplo de lo imbricado de los usos y el lenguaje, pero también del aprovechamiento propagandístico, por parte del Régimen, de una coyuntura adversa. Aprovechamiento propagandístico por parte de Estados Unidos y España, en este caso de la donación a la Junta de Energía Nuclear (JEN) de una biblioteca "pequeña, pero como el átomo potente" (p.75), al que dedica su capítulo Ana Romero de Pablos. La autora atiende para ello a la escenografía, a los protagonistas y a la cobertura mediática del acto de entrega de la biblioteca que, durante un tiempo, estuvo expuesta en el edificio central del CSIC. Pero no sólo, también realiza una cata tangencial sobre los contenidos de la misma, aventurando hipótesis en torno a la coproducción de la hegemonía estadounidense o al inglés como lingua franca en el contexto científico internacional que son dignas de mención por parte de quienes, como la autora, nos hemos interesado por las potencialidades de la cultura impresa en el ámbito científico1. Porque no sólo a través de acuerdos, programas y reuniones se entablaron aquellas precarias relaciones científico-técnicas de caracter trasnacional; también mediante la circulación de conocimientos y productos impresos: vehículos privilegiados del conocimiento científico como fueron aquellas revistas sobre energía nuclear que regalase, en 1946, el agregado naval norteamericano en España a la biblioteca del Laboratorio y Taller de Investigación del Alto Estado Mayor de la Aramada (LYTIEMA) que dirigía José María Otero Navascués. Revistas que, según parece, despertaron el interés por la investigación nuclear años antes de la fundación de la Junta de Investigaciones Atómicas (JIA) (p. A estos y a otros detalles atienden María del Mar Rubio-Varas y Joseba de la Torre en su capítulo, donde tratan de aportar luz al proceso de aprendizaje internacional de los ingenieros y empresarios españoles que dieron el paso de trasladar la investigación nuclear del laboratorio al mercado. Junto al conocido goteo (que pasó a ser flujo modesto) de estancias en el extranjero y acuerdos de colaboración internacional, los autores profundizan en los intercambios entre ingenieros industriales españoles y estadounidenses principalmente a partir de 1953. Un grupo selecto de ingenieros, bien conectados con el mercado norteamericano y con el Gobierno, que acabarán conformando el lobby atómico español dentro de un país, España, que llegaría a ser el septimo mayor productor nuclear de Occidente. Por su parte, Lorenzo Delgado y Francisco Rodríguez-Jiménez ahondan en los intercambios educativos con Estados Unidos como medio para pagar deudas y proyectar los valores norteramericanos en suelo español. Buenos conocedores de las múltiples formas en que los norteamericanos utilizaron la cultura con fines propagandísticos, en esta ocasión los autores centran su análisis en los programas de intercambio (Foreign Leader Program, Educational Exchange Program, Technical Exchange Program, Military Assitance Training Program, Fulbright Program) entendidos aquí como armas de persuasión y atracción de élites españolas hacia la órbita estadounidense. Una estrategia ligada a los intereses geopolíticos de Estados Unidos que se fue modulando con el paso del tiempo; siempre en función de los vaivenes de un régimen, el franquista, con el que Estados Unidos trató de evitar contraer compromisos incómodos. Intereses geopolíticos pero también tecnológicos y ambientales se imbrican en el capítulo de Giulia Rispoli, quien recupera la figura del climatólogo ucraniano Vladimir V. Aleksandrov -el que fuera portavoz soviético de la teoría del invierno nuclear-para constatar cómo la colaboración entre científicos soviéticos y estadounidenses estuvo mediada por intereses políticos: desconfianzas y preocupaciones sobre circulación de información clasificada parecen estar detrás de la enigmática desparición de Aleksandrov, cuyas últimas investigaciones se alejaban de la línea marcada por Estados Unidos. Por su parte, Gabriela Soto Laveaga saca del olvido a Pandurang Khankhoje, un agrónomo indio "autoproclamado "precursor de la Revolución Verde" (p.129), cuyos esfuerzos en el desarrollo de cultivos y mejora de la agricultura mexicana, considera la autora, no han sido suficientemente valorados -llegando a especular, incluso, que han podido ser conscientemente desacreditados por estar "estrechamente alineados con los valores socialistas" (p. Ideas que Soto Laveaga desarrolla en un sorprendente y algo apresurado recorrido por la biografía de este personaje con el que, acertadamente, nos invita a cuestionar ideas preconcebidas sobre la figura del "experto". El capitulo del autor -pero también editor del volumen, corrector y traductor de alguno de los capítulos-Lino Camprubí avanza, en cambio, pausada y meticulósamente hasta adentrarnos en las profundidades marinas del Estrecho de Gibraltar. Ocupado como está en comprender el proceso de globalización del océano a través de la intervención militar y científica, Camprubí explora en este capítulo la implicación de Estados Unidos en el desarrollo de las ciencias oceanográficas como respuesta a la amenaza submarina en tiempos de Guerra Fría. Una hegemonía estadounidense en el campo de la oceanografía que, según el autor, continuará una vez finalizada la Guerra Fría -pasando, de nuevo, de objetivos militares a medioambientales-y que tendrá consecuencias directas en la nueva ordenación del espacio marítimo. Así, entre diplomáticos y semillas, científicos y lobistas, bibliotecas y prototipos de radar, pasando por la organización espacial de los mares y océanos, el discurso del rey y una botella vacía de Coca-Cola, discurren los capítulos de este volumen que hemos manejado aquí procediendo analíticamente en vez de secuencialmente. Esa es, quizá, una de las ventajas que tienen los libros colectivos y éste, en particular, cuenta además con la virtud de ser algo más que una colección de ensayos inconexos: el diálogo entre los capítulos -más fluido en unos casos que en otros-y el aunar a autores diversos compartiendo herramientas de análisis ("coproducción de hegemonía" (John Krige)) y problemáticas comunes, se muestran de nuevo pautas de trabajo adecuadas a la hora de proponer un enfoque pluridisciplinar, solvente y moderno -aunque Nous n'avons jamais été modernes.
Los antecedentes del Congreso de París de 1798 se remontan a 1790, con la propuesta efectuada a la Asamblea Nacional Constituyente francesa por Talleyrand, obispo de Autun, para fijar un sistema de medidas basa das en la naturaleza y en la escala decimal, que tomase como unidad de longitud la del péndulo de segundos en la latitud 45 o. La fecha de 1790 no es arbitraria pues aunque han sido muchos los intentos por establecer esta uniformidad en los sistemas métricos en todas las épocas, lo que sin duda diferencia al proyecto de Talleyrand de los anteriores y lo hace singular, es el carácter de instrumento revolucionario contra el Antiguo Régimen. Es te intento de unificación culminó en la reunión de 1798, a la cual asistie ron Gabriel Ciscar y Agustín de Pedrayes en representación• del Gobierno español. Desde el momento en el que se planteó la posibilidad de modificar el sistema de pesas y medidas, los poderes franceses fueron conscientes de que sería imposible que la' reforma en ciernes tuviese éxito, si rto se cum plía, como mínimo, una verdadera universalidad en el uso de las unida des. Ello requería que no •estuviesen ligadas al sistema usado por país al- guno, lo que implicaba asimismo la necesidad de inventar nuevos nom bres para las unidades, que las hiciesen más fácilmente aceptables. Para buscar esta universalidad, Talleyrand propuso que se invitase a Inglaterra a fijar las nuevas unidades, mediante la creación de una comi sión formada equitativamente por miembros de la Royal Society de Lon dres y de la Academie des Sciences de París ( 1). Era sin duda un momento propicio, pues a principios del mismo año, Sir John Riggs Miller había presentado un proyecto en la Cámara de los Comunes británica• con el que pretendía establecer en toda Gran Bretaña un único sistema de medidas y pesas basado, al igual que el proyecto de Talleyrand, en la longitud del péndulo de segundos. No eran Francia y Gran Bretaña los únicos paises donde se planteaba en aquel entonces la uniformidad en las pesas y medidas, pues también Jefferson -a la sazón Secretario de Estado de los Estados Unidos-pro puso por estas fechas la adopción de la longitud del péndulo de segundos en la latitud de 38 o como unidad de longitud para su país. Posteriormente modificó su propuesta y fijó el paralelo 45 o como referencia para la longi tud del péndulo, elección similar a la francesa (2). Gracias a los esfuerzos de Talleyrand, asesorado por Condorcet, La Harpe, Lagrange, Laplace, Lavoisier, Monge y Vicq d'Azyr (3), el 8 de ma yo de 1 790 la Asamblea Nacional francesa aprobó un decreto ( 4) que esta blecía un nuevo sistema de pesos y medidas, basado en la longitud del péndulo de segundos, aunque sin fijar expresamente la latitud en la que dicha longitud debía ser medida. Este decreto recogía la invitación a Gran Bretaña, y establecía en seis meses el plazo para la entrada en vigor del nuevo sistema. Los intentos de unificación franceses encontraron tres tipos de dificul tades: políticas, comerciales y científicas (5). Las primeras venían motiva das por la lícita asociación que se hacía, sobre todo en Inglaterra, entre Revolución e intentos de unificación metrológica, pues éstos venían pro movidos por aquélla, y la identificación se hacía inevitable. Por otro lado, desde•un punto de vista comercial, la unificación traería dificultades in mediatas. y era de dudosa justificación, ya que las antiguas medidas, naci das del pueblo, estaban plenamente aceptadas y su utilización se veía co mo algo natural por cada uno de sus usuarios. También es cierto que el moderno estado burgués necesitaba de un comercio fuerte, el cual siem pre se vería favorecido a largo plazo por la uniformidad de las medidas. Pero, aun cuando la multiplicidad de éstas constituyese una dificultad en el comercio entre diferentes regiones o países, la unificación sería, en principio, difícilmente comprensible para la sociedad. Aunque los científi cos estaban también a favor de la unificación, no existía unanimidad en la forma en.que ésta debía llevarse a cabo. Así, la oposición a que el nuevo sistema estuviese basado en una unidad de longitud relacionada con el péndulo de segundos• estaba presente en la propia Francia. La alternativa propuesta por los científicos críticos consistía en establecer una medida convencional, exacta e invariable. Como ejemplo de esta postura podemos citar el caso del prestigioso astrónomo Lalande, que fue siempre contrario a las grandes mediciones de arcos de meridiano, pues no creía en la posi bilidad de buscar la unidad de longitud en la naturaleza. El 16 de febrero de 1791 la Academia de Ciencias de París nombró una comisión formada por Borda, Condorcet, Lagrange. Laplace y Monge, que debía proponer la nueva unidad de longitud. Las posibilidades de elección que se presentaban eran las siguientes: a) longitud del péndulo de segun dos, b) longitud de una cierta fracción del círculo del ecuador terrestre y c) longitud de una fracción de meridiano terrestre. Las dificultades que presentaba la elección del péndulo que bate segundos como unidad de longitud provenían del hecho de que la variación de la gravedac;l con la la titud y la altura hacen que dicha longitud sea una cantidad variable, de pendiente del lugar que se considere. A ello habría que añadir su relación con la unidad de tiempo, por lo que la longitud del péndulo de segundos no podía aceptarse como unidad para esta magnitud. En cuanto a la elec ción de un arco de paralelo, era una posibilidad que ya se había planteado años atrás. Durante la expedición hispano-francesa a Perú, Godin estuvo decidido durante cierto tiempo a medir una fracción del Ecuador (6). La principal dificultad consistía en hallar la longitud geográfica de los dos ex tremos del arco con la suficiente exactitud, pues en la primera mitad del siglo XVIII, los mejores métodos de resolución de este problema aún pre sentaban errores superiores a los cinco segundos de tiempo, equivalentes a unos 2.300 metros en el Ecuador, lo que los hacía inaplicables a la deter minación de los puntos extremos de los arcos terrestres. Aunque a finales de siglo los métodos astronómicos se acercaban al grado de precisión exigido por las operaciones geodésicas de la época, la Comisión decidió finalmente que la nueva unidad de longitud fuese una fracción de un arco de meridiano terrestre, en concreto, la diezmillonési ma parte del cuadrante de meridiano entre el Polo y el Ecuador, con lo que se modificaba el acuerdo tomado en mayo de 1790. El 19 de marzo de 1791 la Comisión presentó su informe, que fue aprobado por la Asamblea el 26 de marzo y sancionado por Luis XVI el 30 del mismo mes. • El siguiente paso, una vez elegida la unidad de longitud, consistía en efectuar'la medición de un arco lo suficientemente grande para poder de ducir de él la longitud de todo el cuadrante de meridiano. La elección re cayó en la fracción de.meridiano comprendidá entre Dunquerque y Barce lona. Para este. trabajo y los que complementarían el establecimiento del nuevo sistema, se formaron cinco subcomisiones con! os siguientes objeti vos y miembros (7): l.a Comisión: Triangulación y determinación de longitudes, integrada por Cassini IV, Legendre y Méchain. 2. a Comisión: Medición de las bases de triangulación, formada por Meusnier y Monge. • 3.a Comisión: Determinación de la longitud del péndulo de segundos, a cargo de Borda y Coulomb. 4.a Comisión: Determinación del peso de un volumen determinado de agua, por Haüy y Lavoisier: 5.a Comisión: Comparación de las medidas de cada departamento con las de París. Esta comisión estaba formada por Brisson, Tillet y Vander monde. <Asimismo se creó una comisión supervisora de todos los trabajos, inte grada por Borda, Condorcet, Lagrange y Lavoisier. Las dos primeras comisiones quedaron reducidas, por diversos moti vos, a Méchain y Delambre, mientras que eri la tercera los trabajos fueron efectuados en realidad por Cassini (8). Las experiencias realizadas por La voisier y Haüy se perdieron tras la muerte del primero, y sólo quedaron al gunos resultados publicados en el tomo VI de sus Oeuvres y en un artículo de Haüy (9). Tampoco las conciusiones de la quinta comisión llegaron nunca a hacerse públicas (10). El decreto de la Convención Nacional, fechado el 1 de agosto de 1793 y basado en un informe de la Academia de 29 de mayo del mismo año (11), fi jó provisionalmente la equivalencia entre las nuevas y las anti gu as medidas, en tanto concluyesen-los trabajos de las comisiones. El metro quedó estable.: cido de acuerdo con la medición del arco de meridiano efectuada por Lacai lle en 1740, fijándose su relación con la toesa de Perú, tras• los trabajos de comparación realizados por Lenoir, en 3 pies y 11,442 líneas (12). También se fijó el kilogramo y se estableció la escala decimal como la apropiada pa ra el nuevo sistema, así como para la medida de ángulos y tiempo. Tras la supresión el 8 de agosto de 1793 de la Academia de Ciencias, los trabajos continuaron en la Comisión Temporal de Pesas y Medidas, sustituida a su vez en 1795 por una Agencia temporal (Legendre, C. E. Cocquebert y Frarn; ois Gattey), y en 1796 por el Bureau des Poids et Mesu res (13). La triangulación del meridiano entre Dunquerque y Barcelona fue en cargada finalmente a Delambre y Méchain. La me-: dición de las bases, de c1:1ya exactitud dependía en buena medida el éxito de las operaciones, fu� reali?:ada entre Mel�.m y Lieusaint para la base del norte, y entre Vemet y Salces, muy cerca de Perpiñán, la del sur. Estas operaciones culminaron en la unión geodésica de las Baleares con• el continente, y la consiguiente prolonga ción del arco de meridiano medido hasta Formentera, punto simétrico con Dunquerque respecto al paraleio 45 o; co_ n lo que. diclio • arco alcanzó una extensión de casi 13 o (14). Convocatoria del Congreso y nombramiento de Ciscar En 1798 las operaciones encaminadas a las determinaciones del metro y el kilogramo estaban a punto de concluir, por lo que el Instituto de Fran cia, continuador de las actividades de la Academia de Ciencias, acordó proponer, en su reunión de 20 de enero de 1798, que se invitase oficial mente a científicos extranjeros para asistir y cooperar en los trabajos fina les, conducentes a fijar las unidades y construir los patrones del nuevo sistema de medidas: Poco después de la propuesta de la Academia de Ciencias, Talleyrand, por entónces ministro de Asuntos Exteriores, cursó invitaciones a los paí-Asclepio-Vol. XL VI-1-1994 ses europeos neutrales o aliados de Francia, convocándoles para los últi mos días de septiembre. Aunque las operaciones geodésicas todavía no habían concluido, las reuniones no debían comenzar más tarde del 5 de octubre (16 ). También el Gobierno español fue invitado al Congreso, por lo que Juan de Lángara, director general de la Armada, dirigió una carta el 11 de julio de 1798 al secretario del Departamento Universal de Marina, en la que le hacía ver la conveniencia de enviar a París un representante del Gobierno: «Excmo. Sr.: En la Gaceta de Madrid de 29 del pasado Uunio], en el ar ticulo de París de 12 del mismo, he visto el acuerdo del Instituto de Fran cia, por el cual propone a los Gobiernos de las potencias aliadas o neutra les, envíen a París sabios que conferencien y traten con los sujetos que comisione el Instituto, a fin de fijar la unidad fundamental de los nuevos pesos y medidas, advirtiendo que todas las operaciones [geodésicas] se habrán concluido el día 6 de octubre a más tardar. Yo no dudo que será para el Rey de suma complacencia concurran a un Congreso tan respetable Sabios Españoles, que al mismo tiempo que contribuyan con sus luces al adelantamiento de las ciencias, hagan honor a su Nación y regresen en estado de contribuir a su felicidad por medio de sus propios conocimientos» (17). Lángara proponía a continuación a. Ciscar para esta comisión, refle jando así la opinión que se tenía de éste en la Armada. No en vano, la pu blicación de la nueva edición del Examen Marítimo de Jorge Juan, y la la bor como director de la Academia de Guardias Marinas de Cartagena y encargado del curso de estudios mayores, habían contribuido a cimentar su prestigio. «Tampoco me cabe duda de que el Rey oirá con gusto que tiene en el Cuerpo de la Armada sujetos capaces de hacer este servicio, y de sostener la reputación nacional, que tan sólidamente establecieron los oficiales de la misma Armada Don Jorge Juan y Don Antonio de Ulloa, comisionados en ocasión semejante para cooperar con Sabios Extranjeros a la averigua ción de la verdadera figura de la tierra. Con estas seguridades propongo a S.M. para comisión tan honrosa al Capitán de navío Don Gabriel de Cis car. La superioridad de conocimientos de Ciscar es tan generalmente re conocida que aun sus mismos émulos no pueden negarle que es el primer hombre de la Nación considerado por su saber matemático. Estoy cierto de que este oficial honrará a la Nación y al Cuerpo de la Armada y como jefe de ésta lo manifiesto así a V.E. para noticia del Rey y las resoluciones que fuesen de su soberano agrado. El Rey se mostró de acuerdo con la propuesta de Lángara, y el 21 de julio de 1798 encomendó al ministro de Estado Francisco de Saavedra que tomase las disposiciones necesarias para el nombramiento de Ciscar, en tre ellas la de comunicarlo al embajador en París, así como encargar a Lángara la preparación del viaje. En el momento en que se le notificó la comisión ocupaba Cisca:i;-el car go de Comisario Provincial de Artillería de Marina de Cartagena, pero no era intención de sus superiores relevarle de este puesto, por lo que fue nombrado para sustituirle interinamente el capitán de navío Andrés Pérez Meca. A finales de julio conocía Ciscar su nombramiento, aunque ignora ba los detalles de la comisión, como pone de relieve en una carta dirigida a su hermano fechada el 7 de agosto: «(... ) todavía no ha venido el oficio de mi destino a París, y en la incer tidumbre de si ocurrirá algún tropiezo, no puedo dedicarme a lo relativo a dicha comisión, por lo mucho que me ocupan las cosas del Cuerpo, ni puedo hacer en esta algunas alteraciones que no pueden llevarse a debido efecto en pocos días» (19). Finalmente, Ciscar fue designado para asistir al Congreso por R.O. de 30 de agosto de 1798. La invitación de Talleyrand convocaba a los asis tentes a finales de septiembre, por lo que Ciscar inició el viaje inmediata mente. Salió de Cartagena el 5 de septiembre, llegó a Madrid el lJ del mismo mes, y dos días después se presentó ante el Rey en San Ildefonso� el 19 retornó a Madrid, desde donde emprendió el viaje a Francia. El 1 de octubre llegó a Burdeos, donde se entretuvo dos días; de allí salió el día 3 hacia París, adonde llegó cuatro días más tarde, tras un accidentado viaje en el que su carruaje sufrió un vuelco, del que afortunadamente Ciscar salió ileso (20). La idea de Lángara era que Ciscar aprovechase la comisión para obte ner cuanta información pudiese ser interesante para la artiÜerfa de mari na. Así lo comunicó al capitán general del Departamento de Cartagena Francisco de Borja, quien no pudo advertir a Ciscar, «por que �e puso en camino• para esa Corte luego qué I_-ecibió la primera orden de su comisión» (21)...... La asignación adjudicada a Ciscar fue de 24.000 reales anuales para manutención y otros tantos para el viaje, a pagar en una o dos veces, can tidades que debían proveerse de los fondos de la Armada. Además, la mu jer de Ciscar debía seguir percibiendo el sueldo íntegro de su marido du rante su ausencia. Bien pronto se percató Ciscar de lo escasas que resultaban estas cantidades. Así lo hizo saber a Lángara en una carta don de explicaba los motivos por los que se hacía necesario incrementar su asignación: «El extremo. desaseo de las calles, y la excesiva distancia de las mora das de los sujetos con quienes tengo que tratar, hacen indispensable el uso de coche con frecuencia. La necesidad de valerme de un escribiente hábil y aún traductor, para cualquier papel que se me ofrezca presentar a la Junta de Comisionados extranjeros (a que asistiré desde mañana) es otro motivo de gasto extraor dinario» (22). Por ello, Ciscar solicitó el incremento de su asignación hasta un total de 4.000 reales mensuales. Esta petición provocó una intensa correspon dencia; tras preguntar Lángara al ministro Saavedra por las asignaciones que se pagaban a otros oficiales en comisiones similares, y exponerle los motivos aducidos por Ciscar (23), Martín Fernández de Navarrete respon dió diciendo que José Mendoza Ríos percibía el 28 de septiembre de 1792 una asignación de 100 doblones mensuales además de su sueldo, pero que aún así le resultaba insuficiente. Así mismo, José Comide había tenido du rante una comisión en Lisboa una asignación de 60.000 reales al año (24). El Rey decidió el 28 de noviembre de 1798 no conceder a Ciscar el au mento solicitado, pero éste, metido de lleno en el Congreso, y no dispuesto a perder las oportunidades que su presencia en París le ofrecía, reiteró su petición en los siguientes términos: 10 «(... )me es muy sensible el verme precisado á no poderme manejar en los términos que corresponde, ni poder sacar durante mi permanencia aquí el fruto de conocimientos que esperaba, por la extrema economía a que me obliga lo escaso de mi asignación» (25). Para apoyar su petición mencionaba las inminentes experiencias a las que sin duda iba a ser invitado: «La remidición [sic] de la base de Melun que se trata de hacer luego que cesen los rigores del Ynvierno, y las experiencias del péndulo, que han pedido algunos que se executen á los 45 o de latitud, son operaciones á que se nos convidará, y á que sería vergonzoso el no asistir para evitar el aumento de gastos que ocasionarán necesariamente la traslación á dichos sitios» (26). Finalmente, el Rey accedió a los deseos de Ciscar, y le concedió una asignación de «al menos» 40.000 reales anuales desde el día de su llegada a París (27). La difícil relación de Ciscar y Pedrayes Antes de plantearse la cuestión económica que acabamos de comentar, tuvo lugar un significativo hecho que no debemos omitir. Tras la audien cia con el Rey en San Ildefonso, marchó Ciscar a Madrid para emprender viaje hacia Francia, pero antes de su partida recibió la visita del matemáti co Agustín de Pedrayes. No son bien conocidas la vida y la obra de Pedrayes (28). Nacido en Lastres (Asturias) el 28 de agosto de 1744, cursó estudios en la Universi dad de Santiago, donde logró los títulos de bachiller en teología y leyes, y realizó estudios de matemáticas. En 1769 fue nombrado maestro de mate máticas de los pajes del Rey. Más tarde publicó Nuevo y universal méthodo de quadraturas determinadas (Madrid, 1777). En 1786 pasó, también eón la categoría de maestro de matemáticas, al Seminario de Nobles, al fusio narse éste con la Real Casa de Caballeros Pajes del Rey. Abandonó este puesto en 1790, por motivos de salud. Tras intervenir• junto a Jovellanos en el inicio de la clase de matemáticas del Instituto de Gijón, volvió en 1 796 a Madrid, donde publicó un folleto titulado• Programa y problema (Madrid, 1797), en el que planteaba la resolución de una ecuación diferen cial de 16 términos. El problema fue estudiado en las Acadymias de Cien cias de Berlín, San Petersburgo y en el Instituto Nacional de Francia, pero no se presentaron soluciones satisfactorias, que pudiesen aspirar a los premios que tanto el Gobierno español como la Academia de Berlín ha bían convocado. Durante su estancia en París inmediatamente posterior al Congreso, publicó posiblemente un Tratado de mathemáticas (París, 1799). A su re greso a Madrid en 1800, consiguió el puesto de ministro del Tribunal de la Contadu_rí� Mayor, y pudo continuar sus investigaciones gracias a una ayuda mensual de mil reales que le había asignado el Servicio de Correos. Años más tarde publicó su Opúsculo l.o (Madrid, 1805), donde indicaba la forma de resolver el problema propuesto en 1797 y prometía publicar en breve los cálculos completos. Durante la invasión francesa de 1808, José Bonaparte proyectó crear una Academia de Ciencias, en la que pensó incluir a Pedrayes, pero el as turiano, después de negarse a colaborar con los franceses, logró alcanzar • Cádiz. Vuelto a Madrid, no pudo continuar sus trabajos por su precaria salud y por haberse perdido durante la guerra buena parte de sus escritos, que tenía preparados para la anunciada continuación del Opúsculo 1. o de 1805. Pedrayes donó en 1813 al Colegio de Artillería de Segovia sus libros y manuscritos, pero desaparecieron en el incendio del Alcázar de 1862, por lo que apenas quedan materiales que nos permitan profundizar en sus trabajos. Además de las obras citadas, se le atribuye también la d_ e José María Llera, Nuevo sistema legal de pésas y medidas. Tratado completo de aritmética decimal. Monedas nacionales y extran jeras (Madrid, 1823). Posiblemente, Llera tuvo conocimiento de los pape les de Pedrayes a la muerte de éste, acaecida en Madrid el 26 de febrero de 1815 (29). En su visita a Ciscar, Pedrayes le propuso viajar juntos a París, ya que él también había sido designado para representar al Gobierno español en el Congreso. Esto sorprendió a Ciscar pues creía que el Rey sólo le había nombrado oficialmente a él para asistir a las reuniones, y al llegar a la Corte nadie le había comunicado la designación de Pedrayes. En realidad, Mariano Luis de Urquijo, que sustituía interinamente a Saavedra en la se cretaría de Estado, había nombrado el 12 de septiembre al matemático as turiano para que asistiese junto con Ciscar al.Congreso de París. Esta situacjón desagradó profundamente a Ciscar, por lo que el 20 de septiembre escribió a Lángara con el propósito de que éste solucionase lo que para él se había convertido en una cuestión de honor: «Atendidas las expresiones de mi nombramiento, hecho ya público, y la publicación del de Pedrayes después de mi presentación (aunque con fecha anticipada) creo que la nominación de dicho colega tan fuera de tiempo me hace poco honor y es capaz de desacreditarme en el concepto de muchos. Todavía da más peso a estos fundados recelos la considera ción de que siendo Pedrayes elegido por el Ministerio de estado, que es el que se entiende directamente con los embajadores, puede muy bien aspi rar a una precedencia, a que sería indecoroso que yo me sujetase» (30). Como argumento final -no olvidemos que dirigía la carta al máximo responsable de la Armada-apelaba al honor propio y del cuerpo al que pertenecía, quizá en un intento de revocar el nombramiento de Pedrayes: «Dejo este asunto enteramente en manos de V E. como á tan interesa do en sostener mi honor y el del cuérpo, para que teniendo presente mi graduación y demás circunstancias, tome V.E. las medidas que juzgue conducentes para uno y otro(... )» (31). Sin esperar la contestación, Ciscar inició el viaje a Pa�ís, y allí recibió una carta escrita por Lángara el 25 de septiembre de 1798. en la que le in formaba del nombramiento de Pedrayes y de que era necesario que se pu siesen de acuerdo en todo lo referente a la comisión. A esta carta respon dió Ciscar dándose por enterado, aunque. reiteraba los argumentos que con anterioridad había expuesto a Lángara, y manifestaba su deseo de que Pedrayes y él pudiesen «proceder acordes en cuanto sea dable» (32). No sabemos cuál fue la relación que mantuvieron en París, pero quizá sea su ficientemente expresivo el hecho de que en los escritos que Ciscar enviaba periódicamente a Lángara para informarle sobre los trabajos del Congre so, el nombre de Pedrayes tan sólo aparece en una ocasión, sin hacer nin guna referencia'a sus actividades. Como hemos indicado, Ciscar llegó a París el 7 de octubre. Aunque las invitaciones de Talleyrand convocaban a los comisionados para finales de septiembre, las reuniones se demoraron algún tiempo, como señalaba Cis car en una carta familiar de mediados de octubre: «todavía no hay nada Los delegados extranjeros presentes en el inicio de las sesiones fueron los siguientes: Balbó, por Cerdeña (34); Bugge, por Dinamarca; Ciscar y Pedrayes, por España; Van Swinden y Aeneae, por la República Bataviana (Holanda); Mascheroni, pór la República Cisalpina (Milán, Bolonia); Tra lles, por la República Helvética (Suiza); Multedo, por la República de Li guria (Génova); Franchini, po� la República Romana; y Fabbroni, por la República Toscana. Por parte francesa integraban la comisión Borda, Brisson, Coulomb, Darcet, Delambre, Haüy, Lagrange, Laplace, Lefevre-Gineau, Legendre, Méchain y Prony (35). Darcet y Lefevre-Gineau habían sustituido a Monge y Berthollet, que se encontraban con Napoleón en la campaña de Egipto. A principios de noviembre comenzó Ciscar a tener una idea más apro ximada del motivo para el cual habían sido convocados. Así se lo comuni caba a su hermano Fernando en carta fechada el día 3: «Creo que los sabios del Instituto quieren que presenciemos la remedi ción o verificación de la base, a que se ha de arreglar la longitud del "Me tro" o medida universal, que tendrá unas tres pulgadas más que la vara valenciana» (36). persuadidos que los Académicos eran unos Mágicos, y sus observaciones. sortilegios (37). » El 20 de octubre c6menzaron las reuniones entre ios deleg�dos extran jeros; para dar.tiempo a que Delambre y Méchain terminasen las triangu laciones y se incorporasen a la conferencia. El propio Ciscar señaló a Lán gara en carta de 12 de marzo que algunos «accidentes imprevistos» y «la poca salud de Méchain» habían retrasado las operaciones que se debían realizar en Perpiñán, en cuyas proximidades se encontraba la base meri dional de la triangulación (38). Los comisionados extranjeros se reunían una. vez por s�mana, ge�eralmente en casa del conde Balbo, para tratar sobre los temas que se suponían que serían.debatidos en las sesiones de la Comisión (39). Por fin, a las 11 de la mañana del 28 de noviembre de 1798, tuvo lugar la primera reunión en el Archivo de la Marina (Dépot des Cartes), a Ja que asistieron todos los extranjeros y los franceses, a excepción de Brisson, Coulomb, Darcet y Haüy. Tras una serie de reuniones introductorias, cele bradas los días 1, 5, 11, 22, 28 de diciembre y 3 de enero, en las que se comprobó el estado y funcionamiento de los instrumentos empleados en las operaciones previas -,-reglas utilizadas en la medida de las bases de triangulación, círculo y péndulo de Borda, cilindro para el kilogramo, etc.-, se procedió a determinar la longitud de París «escrupulosamente». En la reunión de 5 de enero de 1799 se propuso el nombramiento de una comisión especial que volviese a calcular el arco de meridiano desde Dun querque hasta Barcelona, a la vista de las observaciones de Delambre y Méchain, a lo que algunos asistentes se opusieron; entre ellos el danés Bugge (40). Finalmente se constituyeron tres comisiones, que se repartie ron el trabajo de la siguiente forma: 1.a Comisión, compuesta por Borda, Bugge, Delambre, Laplace, Le gendre, Méchain, Tralles y Van Swinden. El objetivo de esta comisión era establecer la longitud del metro, según la longitud atribuida al cuadrante de meridiano terrestre. 2.a Comisión, compuesta por Coulomb, Mascheroni, Méchain; Multe do y Vassalli. Esta comisión s• e encargó de comparar los diferentes tipos de toesa entre sí y con las reglas utilizadas en la medición de las bases de triangulación. 3.a Comisión, compuesta por Coulomb, Mascheroni, Van Swinden, Tralles y Vassalli. Esta comisión se ocupó de determinar la unidad de pe so, aunque finalmente los trabajos fueron realizados por Lefevre-Gineau y Fabbroni. Como podemos comprobar, sólo trece de los asistentes al Congreso, entre los que se encontraba. Ciscar, formaron parte de alguna de las tres comisiones. Determinación de la unidad de longit11,d En el escrito remitido por Ciscar en marzo, en el que informaba sobre el estado de los trabajos (42), indicaba que tras la determinación de la lon gitud de París se había llegado al acuerdo de que franceses y extranjeros formasen un sólo cuerpo, pero que también se había decidido nombrar una comisión de cinco miembros, elegida por votación, cuya misión con sistiría en revisar las observaciones astronómicas efectuadas anteriormen te, con objeto de determinar cuáles de ellas serían utilizadas en el Congre so. Según el testimonio de Bugge, Ciscar le reemplazó tras su salida hacia Dinamarca, que se produjo a mediados de febrero de 1799. Sin embargo, según el propio Ciscar su inclusión en la comisión que debía fijar el metro se produjo a raíz de la muerte de Borda. Probablemente los dos estuviesen en lo cierto, ya que Borda murió el 19 de febrero, pocos días después de la marcha de Bugge. Es comprensible que los restantes miembros de la co misión, que acababa de perder a dos de sus miembros -aunque por moti vos bien diferentes, puesto que Bugge había sido reclamado por su Go bierno-, decidiesen incluir a uno de los científicos extranjeros. En cualquier caso, cuando Ciscar se incorporó a los trabajos ya se habían examinado las observaciones de Delambre. Posteriormente se hizo lo pro pio con las de Méchain, y comenzaron los cálculos de la extensión del cua drante del meridiano. Para ello se concretaron los ángulos de la triangulación y las observa ciones de acimut, imprescindibles estas últimas para orientar correcta, mente los triángulos. Este trabajo fue realizado separadamente y con mé todos distintos por Delambre, Legendre, Tralles y Van Swinden, los cuales hicieron una posterior puesta en común de resultados, que condu jo al establecimiento definitivo de los triángulos a considerar en la deter minación de la longitud del arco de meridiano. Asimismo se determina-ron las latitudes de Dunquerque, París (Panteón), Evaux, Carcasona y Montjuic (43). La longitud medida en la base de Perpiñán resultó ser superior en 0,160 toesas (11,52 pulgadas francesas, es decir, aproximadamente 31,2 cm) a la calculada a partir de la longitud medida en la base de Melun (44). Se pensó entonces considerar disminuida en 0,08 toesas la longitud asig nada a la base de Melun y aumentar la de Perpiñán en la misma cantidad, pero finalmente se dieron por buenos los valores medidos en las bases. La corrección de esta disparidad se consiguió de la siguiente forma: l.o Se empleó la base de Melun para los cálculos de Dunquerque a Evaux, sin establecer corrección alguna sobre los triángulos ni la base. 2.o La base de Perpiñán se utilizó con el resto de los triángulos, pero tras efectuarles la siguiente modificación: hasta el triángulo n.o 53 se aumentó en O" 1 el ángulo opuesto al lado sur de cada triángulo y se disminuyeron en 0"05 los otros dos ángulos; del ángulo 53 al 58 las correcciones fueron aún menores y a partir del 58 no se efec tuó modificación alguna, con lo que se restableció la igualdad en tre las longitudes calculada y medida de la base de Perpiñán ( 45). La causa de estas diferencias se encontraba, como después reconoce ría el mismo Delambre, en una defectuosa triangulación en la zona de Bourges. A continuación se pasó a calcular la extensión del arco de meridiano y se discutió «el método que ha de seguirse para prefijar la razón en que ha de estar el metro con la regla n.o 1, que ha servido para la medida de la ba se» (46). Esta regla había sido empleada por Borda en sus trabajos sobre las oscilaciones del péndulo efectuados en París. Precis<;1mente, al plan tearse la posibilidad de realizar la comparación del metro con la longitud del péndulo en diferentes latitudes, se acordó posponer esta decisión para más adelante. Naturalmente, para conocer la extensión del arco de meridiano en su integridad era necesario determinar el aplanamiento de la Tierra. Los miembros de la comisión comprobaron que si manejaban en sus cálculos únicamente los resultados de la triangulación entre Dunquerque y Barce lona, este aplanamiento resultaba ser de 1/150 (47). Ante la diferencia existente entre este valor y el deducido de las observaciones llevadas a ca-Asclepio-Vol. XL VI-1-1994 bo en Laponia y Perú, se decidió tener en cuenta también• éste último ar -: co, adoptándose finalmente un aplanamiento de 1/3, 34 ( 48): «La Comisión de quatro Miembros, Cllyo.objeto_ �s el dirigir la c9ns trucción del Metro, en la razón en que deberá estar.con la regla antedicha [la regla n.o Ü la ha cot�ja: do c• on.la to. es. a q�e sirvió para la medida de la has� del Perú;' á fin de comparar de nuevo' el grado de Fr_ ancia con el del Equador; determinado con tant� exactitud• por' los Académicos franceses y los sabios ma: rinos españoles Juan y Ulloá. De esta comparación se hará uso para verificar la cantidad del aplana miento de la tierra que ha de emplearse en la Exacta deducción del Grado. medio decimal, cuya cienmilésima parte es la extensión que •se ha de dar al Metro ó vara nueva» (49). Del último párrafo se deduce que fue intención de los presentes dividir los círculos meridianos terrestres en 400 o en lugar de 360 o: De ahí el comen tario de Ciscar, que establece la proporción entre metro y grado decimal co mo 1 a 100.000. Recordemos que el 11 de agosto de 1793 la Convención Na cional francesa había aprobado la decimálización, incluso de las unidades angulares y de tiempo. En el Congreso se siguió esta recomendación (SO), como indica el informe de Ciscar; en el que también se da cuenta• de la pre sencia de Lagrange en esta Comisión (a la que no pertenecía), precisamente para tratar la forma de determinar la extensión del grado decimal:. «La Comisión de que soy Miembro, tuvo hayer una sesión, á que asis tió como agregado el célebre Geómetra La Grange. Se trató del método que debía adoptarse para la más exacta determinación del grado medio: Esto es, del grado que multiplicado por ciento debe dar la extensión del quadrante de Meridiano» (S 1). Poco después, el día 25 de abril, se acordó utilizar tanto los resultados de la medición del arco Dunquerque-Barcelona como los obtenidos años atrás en Perú: 18 «En la sesión particular del 25 de abril se acordó, que para la determi nación p.el Metro parecía lo más acertado el hacer uso de todo el arco de meridiano comprehendido entre Dunquerque y Barcelona: deduciendo la extensión del quadrante del valor de dicho arco comparado con'el del Pe rú. En otra junta particular, que tuvimos en la mañana del 30, presentó cada Miembro los resultados de dicha determinación, que se hallaron es trictamente acordes» (52). Una vez terminados los trahájos de la comisión era necesario que los resultados fuesen aprobados por todos los asistentes al Congreso. Fue el holandés•Van Swinden él encargado de redactar el informe, aprobado también el 30 de ahril (53). Seg(m señala Ciscar: «En la sesión general del mismo día se adoptó unánimemente dicho método, y firmaron todos los Comisarios el papel que contenía la pro puesta de la Comisión especial, y el resultado de su trabajo, que es el valor del Metro en partes decimales del módulo de platina ó regla de compara ción. Para concluir el informe a Lángara que hemos citado, incluye Ciscar la proporción entre él metro y la toesa de Perú, que había sido declarada unidad legal de las medidas francesas en 1_766. Esta proporción era un da to interesante, pues desde mediados del siglo XVIII se había considerado •que la relación entre la vara •de Burgos o castellana y la toesa de Perú era de 3 a 7, de donde _se podía deducir la proporción •entre metro y va�a caste llana, dato imprescindible para la implantación en España de las nuevas l:].nidades: «Según el informe de la Junta nombrada para el objetó, resulta la ex presada regla estrictamente igual al duplo de la toesa que sirvió para la medida de lá base del Perú; y de consiguiente, si se quisiera expresar la extensión del metro en partes de dicha toesa; á la citada: temperatura [13 o Reaumur], se diría que es igual a 3 pi es... oopu.L ___ 11,295l i n._ Esto es, cerca de dos puntos más pequeño que el Metro que• se había adoptado proviso riamente» (5. La dimensión que Ciscar asigna al metro está expresada en unidades francesas. Determinación de la unidad de masa En cuanto a la determinación de la unidad de masa, parecía evidente que debía estar relacionada de alguna forma con la de longitud, pues sólo esta última unidad iba a estar directamente basada en la naturaleza. Se decidió por tanto confirmar el acuerdo tomado por la Academia en 1791, que establecía como unidad de masa el peso en el vacío de un decímetro cúbico de agua destilada a la temperatura de O o C. La determinación de este volumen resultaba extremadamente compleja, por la dificultad de co nocer con la exactitud requerida el volumen interior de cualquier reci piente donde se colocase el liquido, y P<?r consiguiente la cantidad pesada de agua. Y a hemos comentado que Lavoisier y Haüy habían sido los encargados en 1791 por la Academia de Ciencias de establecer la unidad de peso, pero que sus trabajos desaparecieron -,-no así los resultados-y no pudieron ser utilizados en el Congreso que nos ocupa. El artesano Fortin había construido para estos trabajos iniciales tres cilindros, un comparador de su invención y unas balanzas, según las indicaciones de Lavoisier (56). Dumas y Machabey (57) han apuntado tres posibles causas por las que se habría decidido no tener en cuenta los resultados de Lavoisier y Haüy, e iniciar de nuevo la determinación de la unidad de peso: l.a El kilogramo de Lavoisier y Haüy había sido calculado de acuerdo con las dimensiones del metro provisional, pero a la vista de que la difere�da entre éste y el metro definitivo era de 0,144 lineas, se ha cía necesario repetir los cálculos (58). 2.a Las razones de proporcionalidad entre el modelo propuesto por Lavoisier y los guardados hasta entonces en la Casa de la Moneda eran ambiguas. 3.a La determinación de Lavoisier y Haüy fue realizada a la tempera tura de O o C. El hecho de que la densidad del agua sea máxima a 4 o C obligó a repetir la determinación. De estas tres posibilidades, nos parecen parcialmente correctas las dos últimas. En efecto, si en un principio la Academia había decidido que la temperatura de la definición fuese la de fusión del hielo, más tarde se pen-só que dicha temperatura debía ser aquella a la cual la densidad del agua destilada se hace máxima. Lo cierto es que Lefevre-Gineau inició los tra bajos con la idea de definir el kilogramo a O o C, pero comprobó que la má xima densidad del agua se encuentra a 4 o C, propiedad que ya había sido estudiada por Lavoisier y Haüy (59). Pero la primera de las causas señala das por Dumas y Machabey no puede ser cierta pues, como hemos dicho anteriormente, el 30 de abril quedó aprobada por la comisión en pleno la propuesta del nuevo valor del metro, mientras que Lefevre-Gineau y Fab broni ya venían trabajando desde tiempo atrás, como lo demuestra el si guiente fragmento del informe de Ciscar a Lángara fechado el 21 de abril: «La Comisión de dos Miembros, encar g ados de las ex p eriencias relati vas á la determinación de las unidades de p eso, ha hallado, en p iezas mu y subdivididas de metal, el del a g ua destilada ( p uesta á la tem p eratura del hielo) desocu p ada p or el cilindro de latón, cu y as dimensiones están es cru p ulosamente com p aradas con la re g la número l.o, q ue sirvió p ara la medida de la base» (60). Por lo tanto, la diferencia existente entre el metro provisional y el defi nitivo no fue el motivo principal para que se efectuasen las nuevas deter minaciones, sino que su necesidad debió ser evidente desde el principio del Congreso. A pesar de ello -como era previsible-, la determinación definitiva de la unidad de masa no pudo realizarse hasta que el nuevo me tro quedó establecido. Así lo demuestra la siguiente afirmación de Ciscar: «Este dato [el p eso del a g ua destilada contenida en el cilindro de di mensiones conocidas res p ecto a la re g la n.o 1] servirá p ara la determina ción del Kilograma [sic], q ue debe ser i g ual al p eso del decímetro cúbico de dicha a g ua, y viene a corres p onder á dos libras castellanas y una onza. El decímetro, es un décimo de la nueva vara, q ue constará de cerca de cin co p almos de la de Bur g os» (61). Tras la meticulosa determinación de las dimensiones del cilindro, lle vada a cabo por Lefevre-Gineau, se llegó a la conclusión de que el cilindro no era tal, pues aunque sus dos bases eran círculos paralelos, no tenían exactamente el mismo diámetro, por lo que en realidad su figura era la de un tronco de cono. Se aceptó que el cilindro empleado tenía una capacidad de 11,339 dm 3 • Fue pesado en el aire 53 veces, y el valor obtenido era el mismo que el que hubiese resultado en el vacío, ya que tanto las pesas como el cilindro de la tón tenían el mismo volumen. Este cilindro tenía, además, un pequeño agujero por el que se comunicaba con el aire exterior. Con estas dos con -' diciones se aseguraba que el empuje ejercido por el aire fuese el mismo en ambos brazos de la balanza, por lo que su efecto sobre el peso atribuido al cilindro sería nulo, y el resultado obtenido resultaba independiente del fluido en cuyo seno se realizaba la pesada. Con esta operación quedaba calculado el peso del cilindro en el vacío. Así mismo se sumergió el cilindro en agua destilada, y se calculó el pe so del volumen de agua desalojado mediante la diferencia de empuje entre el cilindro y las pesas del otro lado de la balanza. Fue entonces cuando Lefevre-Gineau comprobó, con la ayuda de Fabbroni y Trallés, que el agua no alcanzaba su densidad máxima a O oC, sino a 4 oC, lo que obligó a mo dificar la definición de kilogramo, en el sentido de que la temperatura de referencia fuese precisamente 4 oC. Aunque en sus escritos Ciscar habla siempre de peso, lo que en reali dad se quería definir era la unidad de masa. Varios hechos nos lo demues tran. Si la unidad.hubiese s_ ido de pesó, hubiese sido necesario fijar la gra vedad a la que debería _ estar sometido el dm 3 de agua destilada. Este dato no aparece en los trabajos de la Comisión. Por otra parte, el hecho de que se hable de «peso... en el vacío» se debe a que sería la única forma de cons truir y comprobar masas patrones que no fuesen de agua, pues al imponer el cálculo en el vacío se evitaba el diferente empuje que sobre las rriasas ejercería el aire o fluido en el que se hiciese la experiencia, consecuencia de que los cuerpos en equilibrio• ocuparían diferente volumen por su dis tinta densidad. Construcción de los patrones e inf armes finales Los prototipos de platino habían sido encargados a una comisión for mada el 11 de marzo de!799, que los debía concluir a finales de mayo del mismo año, plazo que no pudo cumplirse a causa de las difiéultades surgidas durante fa construcción. • • La i�tención de Bordá: al iniciarse el Congreso era realizar los modelos definitivos con el mismo sistema utilizado en la construcción del provisio- La Comi. sión quería que la precisión en el patrón del metro fuese de una milésima de línea (aproximadamente 0,002 mm), lo que obligó a Le noir -encargado por la comisión de construir el prototipo-a incorporar en su comparador un desmultiplicador para facilitar la apreciación de tan pequeñas longitudes (62). También Pedrayes diseñó un aparato comparador durante su estancia en París, el cual fue mostrado por su inventor al rey Carlos IV, según esta blecía una R.O. de 21 de enero de 1801 (63). El fundamento era uria alida da que multiplicaba por 33 la longitud medida. Esta alidada tenía acopla do un nonio, mediante el cual se podía apreciar hasta un milésimo de línea, que era la precisión requerida por la Comisión para la determina ción del metro. Parece ser que situando la alidada y el nonio en la posición cero, a la temperatura•de 56,75 oC, se obtenía la longitud del metro. Se construyeron doce metros de hierro y dos de platino. Tras una com pleja serie de operaciones se eligió como más exacto el n.o 2 de hierro, por lo que se decidió utilizarlo para la construcción del metro definitivo de platino, aunque los demás se consideraron lo suficientemente precisos co mo para ser repartidos entre los miembros de la Comisión. Aunque era preferible que el metro fuese la distancia• comprendida entre dos marcas situadas en una pieza de mayor tamaño, se optó por construir un patrón que midiese exactamente un metro. La intención de los comisionados era que al volver a sus respectivos países pudiesen llevar con ellos un ejemplar de cada patrón. En el caso del metro se pensó realizar copias en hierro del ejemplar de platino, mientras que los kilogramos -cuya construcción se encargó a Nicolás Fortin-ha brían de ser todos de latón, excepto uno que sería fabricado• en platino. Todos estos modelos fueron certificados por la Comisión: «Se están rematando los Metros de hierro y Kilogramos de latón, que deben ser verificados por la comisión, y de los quales se entregará uno á cada una de las potencias que han enviado diputados» (64). El platino y el hierro tienen distintos coeficientes de dilatación, hecho que no podía pasar inadvertido a los miembros de la Comisión. Por ello, antes de concluir la fabricación de los modelos, cuando sólo restaba esta fase del Congreso para poder presentar el informe final, indicaba Ciscar: XL VI-1-1994 «(... ) se ha juzgado conveniente el hacer algunos experimentos compa rativos sobre las dilatabilidades de la platina y del hierro, á fin de dar á al gunos patrones que se harán del último metal el exceso de longitud nece sario para que á la temperatura del hielo queden reducidos á la exacta extensión del Metro» (65). Concluidos los patrones, en la reunión general de la Comisión celebra da el 20 de mayo de 1799 se aprobaron tres informes: el redactado por Tralles, referido a los trabajos y resultados definitivos en la determinación del kilogramo, que sería finalmente «menor que el. provisorio en cosa de un milésimo» (66); el correspondiente al metro, escrito por Van Swinden, y el informe de Méchain acerca de la comparación efectuada entre las di ferentes reglas empleadas en la medición de las bases de triangulación, y otras reglas usadas por Bouguer, Maupertuis, Mairan y Lenoir. Los tres informes fueron ratificados posteriormente por la asamblea de la sección de física y matemáticas del Instituto Nacional, y se decidió que Van Swin den los incluyese en un único documento que fue aprobado por el pleno del Instituto el 18 de junio. El 22 de junio de 1799 los patrones fueron presentados a las dos Cá maras legislativas: Consejo de Ancianos y Consejo de los Quinientos. En dichos actos, Laplace, que sustituyó a Bouganville por enfermedad de és te, leyó sendos discursos idénticos (67). En ellos, tras hablar de la conveniencia de la reforma y de la dificultad para llevarla a cabo, se dijo que ningún país lograría imponer a otros sus unidades, las cuales, para ser universales deberían estar basadas en la na turaleza. A continuación se explicó que la Academia, al escoger como uni dad de longitud la de la diezmillonésima parte del cuadrante de meridiano terrestre, había mandado construir un metro provisional. Después se co mentaron los trabajos de la triangulación Dunquerque-Barcelona, de la construcción del metro y kilogramo definitivos y se resaltó la participa ción de Méchain, Delambre y Lefevre-Gineau. Seguidamente se leyó la re lación de todos los participantes en el Congreso y se destacó la contribu ción extranjera. Finalmente, para probar que las medidas eran realmente «naturales», se explicó que más adelante se efectuarían los trabajos enca minados a hallar la proporción respecto al metro de la longitud del péndu lo de segundos en la latitud 45 o, al nivel del mar y a una determinada tem peratura, con lo que se garantizaría para siempre la disponibilidad del metro, -sin necesidad de volver a medir el arco de meridiano, en caso de perderse o inutilizarse los patrones. Este discurso fue contestado protocolariamente por M. Génissieu, pre sidente del Consejo de los Quinientos, y por P.C.L. Baudin en el Consejo de Ancianos y seguidamente «se depositaron [los prototipos] en el Archivo Nacional, firmando el papel de entrega todos los Comisarios Franceses y extranjeros indistintamente» (68). También firmaron los artesanos Lenoir y Fortin. La Comisión se disolvió tras un acto público del Instituto Nacio nal, celebrado el 3 de julio de 1799, en el que Van Swinden leyó un resu men de los informes aprobados con anterioridad. Al finalizar los trabajos del Congreso, el Instituto Nacional acordó en tregar a cada comisionado extranjero un ejemplar de sus Memorias, co menzando con los tres volúmenes publicados hasta ese momento, y se comprometió a seguir enviándolos conforme fuesen editados. Al principio del primer tomo de las Memorias se incluyó una copia autentificada del decreto de instauración del nuevo sistema de medidas. Asimismo, los asis tentes fueron obsequiados por el Gobierno francés con un ejemplar del. Virgilio de Didot, «obra maestra de la tipografía francesa, por el estilo de nuestro Salústio de Ybarra», en opinión de Ciscar. Así concluyó el Congreso que fijó las unidades del Sistema Métrico De cimal. Pero antes de comentar los siguientes trabajos de Ciscar, hagamos algunas consideraciones generales sobre el desarrollo de las reuniones. Participación de los científicos extranjeros Cabe preguntarse por el papel realizado por los doce extranjeros invi tados, habida cuenta de la categoría científica de varios de los anfitriones franceses. La presencia de Borda, Laplace, Lagrange, Legendre, etc., po dría hacemos pensar que a los extranjeros se les adjudicó el papel de sim ples comparsas, aunque su presencia fuese necesaria para la definición de un sistema de unidades con pretensión de universalidad. Difícilmente las nuevas medidas alcanzarían el reconocimiento internacional si en su defi nición estaban ausentes científicos no franceses, puesto que, como ya co mentamos, la etiqueta de «francesas» o «revolucionarias» las acompaña ría en muchos países, dificultando su implantación. De todas formas, la presencia extranjera tampoco garantizaba el éxito del nuevo sistema, pues la inercia opuesta a todo cambio de esta naturaleza, habría de ser un obs táculo en todos los países, incluida Francia. A pesar del interés demostrado por los organizadores del Congreso pa ra que asistiesen a las reuniones científicos de diferentes nacionalidades, Este hecho había sido ya intuido por otros autores. Nosotros aportare mos el testimonio de-Ciscar, hasta.ahora desconocido, que avalará esta opinión, pero antes es necesario hacer unos comentarios sobre el aspecto político del Congreso. La situación internacional influyó decisivamente desde el mismo mo mento en que se gestó la_ idea del Congreso. Así lo demuestra el hecho de que sólo fueran invitados a las reunjones los representantes de gobiernos aliados o neutrales, lo que dejó fuera de los trabajos a países y científicos que hubiesen podido aportar. conocimientos y experiencias interesantes en el transcurso de las reuniones, tal es el caso de Gran Bretaña. Si el sis tema métrico _ decimal tuvo grandes dificultades para implantarse en la mayoría de los países que intervinieron en el _Congreso, difícilmente se po día esperar que los países Iio concurrentes lo aceptasen. Además, el matiz incluido por los promotores franceses de las nuevas unidades, de presentarlas como instrumento de oposición al Antiguo Ré gimen, era totalmente incompatible con el afán de universalidad que se les pretendía dar, especialmente en unos años en los que la República France sa proseguía su política de agresividad hacia el resto de Europa, que cul minaría con las campañas de Napoleón. A la vista de los discursos pro nunciados por los representantes de las Cámaras, especialmente por Génissieu en el Consejo de los Quinientos, los miembros del Instituto eran más conscientes de este hecho que los representantes del pueblo, los cua les presentaron oficialmente los resultados del, Congreso como un triunfo de la Francia revolucionaria, dando así la razón a los que esgrimían este argumento en contra del nuevo sistema (69). Crosland ha señalado la posibilidad de que algunos de los participan tes se hubiesen sentido intimidados en el aspecto científico o en el políti co, aunque no ha encontrado evidencias de ello (70). Por nuestra parte po demos aportar el testimonio de Ciscar a este respecto, que es bastante claro, como se pone de manifiesto en una carta dirigida a Lángara: No hay que olvidar que en las tres subcomisiones formadas para llevar a cabo los trabajos se incluyeron delegados extranjeros: el milanés Mas cheroni, el genovés Multedo y el sardo Vasalli en la comisión encargada de comparar las toesas con las reglas empleadas en la medición de las bases de triangulación; el toscano Fabbroni compartió con Lefevre-Gineau los trabajos de determinación de la unidad de peso; Ciscar, el danés Bugge, el suizo Tralles y el holandés Van Swinden, formaron parte de la comisión que verificó las observaciones astronómicas y geodésicas y defüi�ó la lon gitud del metro. Además, Tralles y Van Swinden escribieron el informe final presenta do a las Cámaras, encargándose el primero de todo lo referente a la uni dad de peso, mientras que Van Swinden se centró en la medición del arco de meridiano y los trabajos de determinación del metro. En el discurso pronunciado por Laplace ante las Cámaras se habló también de la relación entre los científicos franceses y extranjeros: Tras el acto protocolario, al depositar los modelos en el Archivo Nacio nal, firmaron la entrega «todos los Comisarios Franceses y extranjeros in distintamente» (74). Todos estos testimonios permiten concluir que las contribuciones a los trabajos por parte de los diferentes delegados se de bieron más a la capacidad científica de cada cual, que a su nacionalidad, aunque es evidente que tanto la organización del Congreso, como las ini ciativas tomadas en él corrieron casi siempre a cargo de los franceses. Ciscar no volvió inmediatamente a España al término del Congreso. Su primera intención fue la de construir y traer aquí réplicas de los nue vos patrones, pues tenía la clara intuición de que el nuevo sistema de uni dades tendría un uso generalizado: «Ygualmente creo que sería interesante el que existiesen en el Depósi to náutico, uno o más modelos de los nuevos pesos y medidas, que proba blemente se harán universales, y que podrían servir para reducir a térmi no s cons tantes y generalmente conocidos, los resultados de las experiencias que se hiciesen sobre las resistencias de los fluidos, y sobre otros puntos interesantes de la hidráulica» (75). Ciscar incluye en su Memoria elemental la descripción de los patrones construidos por la Comisión: «La vara decimal de la comisión es toda de hierro, no está dividida, y lleva en sus extremos dos pedazos de latón en forma de esquadra, que cu.bren la mitad de sus cabezas. Dichas piezas están sujetas con un tornillo, y sólo deben quitarse para verificaciones sumamente delicadas. La libra o Kiliograma de la comisión es de latón sin dorar, y su figura es cilíndrica, con un pomo en su parte superior» (78). Tras explicar que el kilogramo de la Comisión adjudicado a España te nía algo de óxido alrededor del pomo, por haber entrado humedad en el cajón donde fue transportado, a causa de un vuelco y otros accidentes du rante el viaje de regreso, prosigue Ciscar con la descripción de las copias: orden de V.E. para emprender mi viaje de vuelta á esa corte, desde luego ó á la expresada época» (81). Lángara se mostró de acuerdo con la propuesta, y así se lo hizo saber al Rey en carta de 6 de julio de 1 799, donde le indicaba que su opinión al proponer a Ciscar fue que éste no cesase en el cargo de Comisario Provin cial de Artillería de Marina, y que además «(... ) dirigiese su aplicación en el curso de su viage al estudio de la mecánica y de las ciencias naturales que forman las bases para la perfección de la Artillería» (82). También pensó el Director General de la Armada que sería interesante que Ciscar se aplicase a conocimientos de utilidad más inmediata: «Con este mismo objeto podría acaso visitar algunas Fundiciones y Fá bricas para proponer oportunamente las mejoras que concibiese útiles en las nuestras de la Cabada y otras. (... ) Convendría también ahora que el Jefe del Depósito [Hidrográfico] aprovechando la oportunidad del regreso de Ciscar le pidiese quantas no{icias creyese convenientes para el progre so de la Hidrografía y de los trabajos en que se ocupa el Depósito» (83). No hay que olvidar que,-como recordaba Lángara al Rey en otro escri to, al concluirse en 1793 la publicación del primer volumen de la segunda edición del Examen Marítimo de Jorge Juan, preparada por Ciscar, se ha bía pensado enviar a éste a un viaje que recorrería varios países europeos, especialmente Holanda. Esta comisión habría tenido por objeto adquirir nuevos conocimientos y «examinar los diques y obras hidráulicas y poder hacer útiles aplicaciones de estos conocimientos en el Tratado de los Flui dos del mismo D. Jorge» (84) en el que Ciscar pensaba seguir trabajando. La guerra con Francia impidió finalmente que este plan se llevase a la práctica. No sabemos si Ciscar tuvo ocasión de efectuar la misión que propuso, aunque casi con toda certeza pensamos que no se llevó a cabo, según indi can las fechas de sus posteriores trabajos. En todo caso, tras finalizar la construcción de los cuatro juegos de metros y kilogramos y los péndulos, Ciscar inició el viaje de regreso a Madrid el 30 de octubre de 1799. Llevaba consigo los patrones construidos bajo su supervisión y los que la Comi sión de Pesos y Medidas les había entregado a él y a su compañero Pedra yes, quien se quedó durante algún tiempo en _París. Se gún Dumas y Machabey, la diferencia fue de 0,735 gramos.
La ciencia española vive en el siglo XVII un momento de oscuridad•, que ha sido interpretado como un párérttesis • en medio del •esplendor co'" nocido durante los siglos XVI y XVIII, en los 1 qúe la ciencia y'la técnica son fuertemente impulsadas por la corona::• Félipe II én el XVJ. y • Felipe V, Fernando VI y especialmente Carlüs Illeri el XVIII •, •,'•.' Por el contrario, en el siglo XVII no• hay ningún tipo •de'-apoyo •oficial al desarrollo científico y técnico; se cierran •las fronteras a las nuevas ideas y se produce un aislamiento de España• frente al nuevo -rt.úrtbo que orienta el pensamiento den tífico.: • •'.; • •,:.:, • �. La labor científica en este siglo se caractériza: por la -indiv1cl ualidad,• que explica la gran repercusión alcanzada por los estudiosos en algtmós campos de la ciencia y la técnica. Son ejemplo de ello en: la metalurgia Alvaro N.,•.:•.: (*) Trabajo realizado dentro del Proyecto PB91-0068 de la DGICYT. Barba con su obra Arte de los metales; en las matemáticas Juan Caramuel, José de Zaragoza y Hugo de Orenique. Pero es en los campos de la medicina y la botánica, en los que un grupo de figuras, los «novatores», preparan con sus estudios el éxito que alcanzan estas materias un siglo después. En este contexto es en el que debe estudiarse la figura de Bernardo de Cienfuegos. Su obra, La historia de las plantas -compendio de todos los conocimientos botánicos de su tiempo-sintetiza el auge y el espíritu in novador • de la botánica del siglo XVI. Se puede considerar como punto de partida la importante traducción al español de la. obra de Dioscóridesanotada y comentada por el segoviano Andrés Laguna (1510-1559) y pu blicada en 1555. Al parecer, Felipe II estableció en Aranjuez, a instancias de Laguna, el primer Jardín Botánico de España, aunque más tarde, Cienfuegos se queja del estado de abandono en que Felipe IV mantiene este jardín. Francisco Hernández (1517-1587), médico de Felipe II y•natural de la Puebla de Montalbán (Toledo), estudió durante algún tiempo en el Mo nasterio de Guadalupe, entonces hospital y provisto de un pequeñojardín botánico. Entre 1571 y 1577 viajó por Méjico; fruto de este viaje fue una voluminosa obra -17 tomos en folio� en la q�e • recopila el saber acer�a de la utilidad de las plantas, especialmente de su aplicación medicinal. El manuscrito original, que se custodiaba en el monasterio de El Escorial, desapareció en el incendio de 16 71. Afortunadamente, otro médico de Fe lipe II, Leonardo Antonio Recchi, había redactado un extracto de la obra, que según palabras del mismo Cavanilles ( 1) «llenó a la Europa de admi ración, a pesar de hallarse corrupto y lleno de defectos». En el siglo XVIII s�• descubrieron dnco tomos de la obra de Hernández en la biblioteca del Colegio Imperial en Madrid. Por otra: parte,•Nicolás Monardes (1507-1588), médico sevillano, tam bién contribuyó a la difusión de la plantas del Nuevo Mundo en Europa con su obra La historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras In dias Occidentales (1574), que gozó de gran popularidad en Europa y de la que se hicieron numerosas ediciones. • A suyez, el leonés Bernardino de Sahagún (1500-1590), recopila gran cantidad de datos en el libro XI de su Historia general de las cosas de Nue va España. El vallisoletano José Acosta (1540-1600) recoge numerosos datos sobre historia natural en los cuatro primeros tomos de su obra His toria Natural y Moral de las Indias. Pero también hubo estudiosos de las plantas peninsulares, como el bo ticario toledano Lorenzo Pérez, que escribió con el fin de poner orden, da-do el estado de corrupción en que se encontraba la nomenclatura• botáni ca: « los había corrompido el ignorante vulgo y prevalecía la• barbarie en las boticas». Se trataba de un índice dé nombres publicado al parecer por Serrano en 1590. Pero su obra más importante fue Theriaca -'-399 páginas más índices, publicada en •1575 en Toledo y escrita en castellano-, que además de caracterizar con claridad todo tipo de plantas, raíces y frutos, y de enseñar el método de cogerlas y secarlas, hablaba de sus propiedades. Otro cirujano de Felipe II, Juan Fragoso; estaba persuadido de que las excursiones botánicas eran la mejor forma de conocer las• plantas. Reco-. rrió el reino de Sevilla en compañía de Francisco Hernáridez y descubrió muchas especies. Reflejó sus conocimientos en las obras Discurso de las cosas aromáticas, arboles o frutales, y de otras muchas medicinas simples que se traen de la-India Oriental y sirven al uso de la medicina (1572) y De succedaneis medicamento (1575). Pedro Jaime Esteve, natural de San Mateo (Castellón), hijo de médi co, conoció las escuelas de Montpellier y París. Escribió una Historia de vegetales ilustrada con los caracteres de hojas y flores. De la existencia de ésta sólo conocemos la referencia de Escolano en su Historia de Valencia -parte I, columna 687�, a la que califica de «vocabulario de las plantas del Reino de Valencia». Jesuita y viajero, se embarcó para América eri 1596. Recorrió Santo Do mingo, Nueva• España y América del Sur. Escribió una obra monumental -43 libros-motivado al comprobar a cada paso que las noticias que se publicaban en Europa acerca de América resultaban exageradas. Esta obra, desaparecida, fue recuperada en parte por Muñoz en la biblioteca pública de Sa� Acasio en Sevilla. Sus volúmenes 4 o, 5 ° y 6 ° tratan de los vegetales -hierbas, arbustos y árboles-a la vez que contienen precisas y extensas descripciones de estos, con la singularidad de dar la primera noticia conocida sobre la quina. En Cataluña, la familia Salvador se dedicó al estudio de las plantas. Siendo boticario, se trasladó a Barcelona e inició la relación con bo tánicos extranjeros, espec. ialmente Barrelier. Otro miembro de la familia, Jaime Salvador (1649-1740) consiguió una sólida formación botánica y acrecentó el herbario y la biblioteca iniciada por su padre. Fue gran ami go y compañero de viaje de Tournefort. Los viajes que hicieron a la Península Ibérica algunos naturalistas ex tranjeros acrecentaron el interés_por la botánica en ésta, dado que apare-c, ían. -continuam�11te-nμeyas: plant�s, El primer.o de. ellos foe el célebre Carlos.de l'Ech, ise.(Clusio), qμe: entre 15_ 63 y 1565 -r�eorrió gran parte de España_p?:ra>recol�ctar pla, ntas..A lo largo d� este v-ia.je.mantuvo contacto con los: más-afamp.dos, médicos y botánicos españoles, entre ellos Rodrigo Z_ amorano; Jμa: 1;1, Castañ,e, da., Benito Arias Montano y Nicolás Monardes en Sevilla... <:on_oció. al-médico Simón de Tovar que cultivaba plantas en el huertq:d,�. su,,9asa se�ill�na,. publicaba anualmente un catálogo de exis tencias e jntercambjaba,.prip_ �ipalmente plantas exóticas. También visitó al médico Juan-:Plaza, -catedrático de «Simples y Botá_nica Médica» en la Universidad-d. eValeQcia;-provista desde 1560 de un jardín botánico. Al fi nalizar su viaje,:Clu: sio-escribió la obra Rariorum aliquot stirpium per His panias obser.vatarum his(oria que se publicó en Arriberes en 1576. Otro botánjcq extranjeroque herborizó en España, así como en el sur de Francia e Italia, fue el parisino Barrelier (1606Barrelier ( -1673)). Los resultados de sus trabajos foer<:mpμblica.dos más tarde por A. Jussieu (1714) Plantae per Galliam Hispaniarrz et Italiam observatae. Bernardo de Ci_ enfuegos fue uno de los botánicos más relevantes de nuestro olvidado siglo XVll_(2),:au, tor de La Historia de las Plantas, obra igualmente•olvidada,.que,.de haberse dado a la imprenta, hubiera alcan zado, sin lugar a niI1guna d_ uda, la misma difusión que la Materia médica de Dioscorides de_ Andrés LagμIJ.a:. Muy pocos sonJos.da.tos que se conocen sobre la vida•de este botáni co, al igual que sof f p_ ocos, lo_ s autores que han dedicado estudios a su vida y su obra (3), siendo: el d,e.Celso.Arévalo el más extenso y el que ha servi do de referencia • a la.s. br:e, ve� _noticias que posteriormente se han publica do, si bien su obra no ha quedado totalmente ignorada (4). Hasta ahora,-: dicha obr.a_es la única fuente de información sobre su vi da y los avatares p0rJos-que_ transcurrió su actividad científica, sin que por el momento se conozcan. otros documentos. Sabemos que: nac:-ió en Tarazona (Zaragoza).. aproximadamente entre 1580 y 1589 (5).-A finales de siglo leía: humanidades en la Universidad de Alcalá de Henares,.dond,e parece que.estudió medicina, además de ejer cer algún tipo de actividad docente Jquiz�. enseñaba latín). A principios del sjglo XVII dejó la universidad y se dedicó a viajar por toda España. De muchas de sus regiones, como Aragón (6), ambas Casti-llas, l\.'.lu�cia, Va°Ienda 'y' Cataluña, demÜestr: á uri profuiidb Ó:>no�imiento. Después se instaló en Ma, drid, dond�; nwrió hacia ú,40 (7)'. «Si mi. pa, re_ c�i;. y. ser¡._ tim1el)�o, Jengo, de, cl�c_ ir, ); Q,.no,��aré\ c; le ninguna manera P<?� p9c�:det ql: vc1.n, afa, p9r,\<;l, S. r. a:z: O11-�s qu�, �. �,p�\f:11?, y_por lo que, puedo _ dec; ir de experje11cic;1, qu� e, s l9, siguí�r,t, f::,U, n, cqbal. l. �i:;o 9� mi patria. que se )lam:¡tv� -� 9, an_f}?;r�e�:de 1os,:f axm¡;00.�. bre: pH"i9s,R y gr'fn. de investi gador de cosas naturales habiendo llegado a, sus manos un libro manus crito que tenia por titulo Magia Naturalis', el cual ��• h�ll¿ ��• ��a librería antiquísima que tenían los obispos de Tarazona, la cual vino a manos de los; Padres d' e: Ja: Compañfa i. Halhnclo_;ün capit; Ul0 de, alvahaca; •:c;l daríte de mi puso,,en, una. re. doma 1 un0. s • tallos mojados:.con: álg1.má •agua y, la, metió. •en1 estiérco\,alg1.,1n9?. df�s.c; qrpp _rp.anq�b<,l:�l Ji QI79;•:Y �e/pud1; ió, eJ:1i_zq gu �_ a; nos muy pequeños, después puesta al sol en los Caniculares se formó un gusano grueso como uno que hay en el estiércol que llaman los hortelanos.. ceb? llei;-o,: el p]l:)-� 1 p911iencl R!e, e_ l pje: e1:1;c�i;i}a,:hi?'.P J¡intq, r.y,i. �?-como la veji ga • que. se ��c;: a. d _ e, μ n, b �r?9,. g nn1,9. e.. E11 _ e � J� e ¡:ppp: e ri,,qμ� fS ta bA en V alen cia, había un hombre viciosísimo. de buenos. olores.c' asi todo, el año como en tierra calie�t� c�n •��ch� • c�idádo �;i, ab� aÍ��h;�� y.-si���;� la estaba Las cpntinuas reflexiones que introduce en su obra, de las que en oca siones se suele excusar, dejan entrever un carácter muy crítico con la so ciedad de su época y especialmente hacia algunos personajes: «cultos, políticos, mirlones, filósofos de clausulas decoradas, bediju dos pedantes, Gramaticon. es meros, pretizantes todos,..., censores de li bros que no entienden... » y con especial saña hacia los boticarios y herbolarios: «Dicho tiempo en el cual los Reyes se preciaban de buscar plantas e in vestigar su conocimiento y no ahora que está reducido su conoéimiento a una gente borrachona, hedionda, andrajosa, que no saben leer y escribir y como perdidos andan por los montes buscando las plantas para traérselas a los boticarios, que como saben mucho menos que ellos los creen por su simple palabra y en diciendo esta es tal hierba la meten en sus botes y les dan dos cuartos para vino: esto al comprarla, pero al venderla a peso de oro. Algunos extrangeros Franceses, Flamencos e Italianos gente perdidí sima que en todo son enemigos de Españoles no ejecuten su malicia, a lo menos yo les temo mucho en una planta que se gasta mucho que es el He leboro negro, por el cuai imagino que traen raíces de Ranunculus ponzo ñoso... » Tampoco la monarquía, el gobierno o las costumbres relajadas esca pan a su mordaz pluma. En otras ocasiones la fina ironía y el ingenio acompañan a la des_ cripción de propiedades curativas de alguna planta: 42 «(Jacinto de los Trigos): siempre que algún enervado e impotente casa do con mujer moza y deseosa de herederos, no contento con las gallinas y capones guisados picantes llenos de especies aromáticas y apetitos luxu riosos, para sus castigo les habituen los médicos a comer estas cebollas... » así dice de• las propiedades de la azucena (Mss. Cap: 23: 74 y sig.): «... el agua de sus flores es admirable aceite para hermosear las muje res y desarrugarles la tez, conservandola blanquísima y dellas mismas con aceites de almendras amargas i •cera hace un aceite para desarrugar el cuero, blanquear y lucir el rostro. Su raíz cocida con ajos y machacada con basuras o heces de vino tinto que revuelve a su color el rostro de las mujeres, que por el parto han quedado descoloridas, la poniendole por la noche, y labandose a la mañana con agua de cebada; aunque dice que este aceite no le admiran las cortesanas que quieren siempre oler a rosas, alga lia y almizgle, sino las villanas que les saben bien el ajo» (id.} concluyendo con un dicho popular: «A las quales responde co11 las palabras de Marcial: No huele bien, quien siempre anda entre buenos olores» (id.). Pese a que nuestro autor alude continuamente a los mitos populares de las plantas -a veces incluso de forma poética-, no debió de ser una persona muy supersticiosa, ya que también hace de esto objeto de burla en alguna ocasión. «Rosa Junonis se llama porque habiendo Jupiter engendrado al niño Hércules en Alemena y dandole a mamar Juno, el después de dormido y harto vomito la leche, de la que cayo en el cielo'. Fingen los Poetas que se hizo la vía Láctea que el vulgo llamo Camino de Santiago: de la que cayo en tierra nació el lirio blanco o azuzena que por esta razón llamó Rosa de Juno» (id.). O aludir a aspectos heráldicos: «Los autores Franceses celebran mucho la flór de lirio blanco o azuze na, por ser las armas de su Rey. Antiguamente los Reyes de Francia tenían por armas a tres abominables sapos: y en la coronación de Clodoueo, se les mostraron tres lirios de oro en el cielo, los quales, después-acá tréii.én por armas en su escudo. Autor ay que afirma que en cierto territorio de o relatar fábulas, como éstas sobre el tomillo: «No solamente nace en la tierra, sino que fabulosamente cuentan algu nos de la otra parte del estrecho de Gilhraltar nace de la mar y si se arran ca y saca a la orilla queda en su figura convertido en piedra pómez. Teo frasto si se ha de dar crédito dice que e• n Hevoo a donde bajan los Egipcios hay dentro del agua una suerte de Tomillo que parece la parte al ta de� verd�, si se saca del agua o no lo toca está hecha piedra. Otra fabula como esta nos han venido algunos españoles que han pa sado• a Ind1as, los cuales afirman que dentro del agua que baña a la Pro vincia de Venez)-lela que por otro nombre llaman Caracas, costa de tierra firme navegando al oeste la costa en la mano diez y'nueve leguas mas aba jo del puerto de la Guayra esta una: bahía que se llama Turiano que corre la entrada della Norte Sur con un farallón como entramos a mano dere cha yendo al final del Puerto, se ven matas y arboles y flores con sus hojas y colores: aunque he platicado mucho con los que navegando aquellos mares solo ha sido de oídas, y ninguno me ha mostrado una flor como. nos muestran el coral y otras plantas marítimas» (Mss. Su actitud crítica hacia una sociedad cerrada como era la española en el siglo XVII debió de acarrearle un sinfín de enemistades e incomprensio nes, como él mismo comenta, no sin cierta pasión: La Historia de las Plantas La única obra de Bernardo de Cienfuegos sobr� b�tánica (9) que se co noce es el manuscrito en siete tomos que lleva por título «La Historia de las Plantas». Esta obra pertenece a la Biblioteca Nacional, sin que se tenga noticia alguna de cómo y cuándo se incluyó en su catálogo. Es muy proba ble que ya desde su fundación, en el siglo XVIII, pertenezca a esta institu ción. La división actual de la obra en siete tomos corresponde a la que el au tor debió de hacer (10). La ordenación actual de los volúmenes no sabe mos si corresponde a la que hiciera el autor, si es que hizo alguna. Por la signatura antigua sabemos que guarda la misma ordenación del siglo XVIII; sin embargo Ignacio de Asso no es de esa opinión (11). Tampoco parece claro que la obra que ha llegado hasta nuestros días sea la que el autor proyectó realmente. Celso Arévalo considera que la obra era mucho más extensa, ya que hay lagunas en las descripciones de los árboles y otras hierbas conocidas en su época. Bernardo de Cienfuegos nos advierte en la introducción del segundo tomo que la enfermedad le obligó a interrumpir su labor; «Advirtiendo que el apretarme muchísimo la enfermedad me obligo a dejarlo todo medio confusso sin dividir clases, ó, diferencias como an he.cho otros. Algunos pedazos van de segundo, ó tercer borrón, otros del pri mero,... » Anteriormente, al inicio de la introducción, ya nos advierte del carácter incompleto de la obra: «Hallandome á caso con estos borradores y fragmentos de la historia de plantas mutilados y faltos de índices, y en orden confusa. Puse como mejor pude en este tomo algunas plantas,... » (id.). Bernardo de Cienfuegos pretende realizar una verdadera síntesis del saber botánico hasta su época, como el mismo nos indica: «Porque mi intento es no dejar ninguna de las qhallare descritas, o pin tadas, o tubiere noticia, é puesto muchas descripciones duplicadas: porque Asclepio-Vol. XL Vl-1-1994 aunq vnas mismas, dan luz mayor para su conocimiento, con diferentes circunstancias q cada autor pone como vera quien las leyere atentamente. Cito todos los autores en libro y capítulo y aun a vezes en folio: por que quiero mas errar con autoridad agená que dudar con la mía propia: y por que en sus obras se hallen con mas finalidad los dibujos y descripciones q hazen dellas. Noé dibujado en• estos borradores sino es aquellas plantas q ninguno otro a pintado: bien pudiera tribuirme la invención de muchas plantas como an hechos otros, sino hubiera temido el de fraudar a cada autor de su trabajo como lo an hecho muchos» (id.). Escribe en su lengua vulgar, el castellano, como «lo hicieron los anti guos, Apuleyo, Teofrasto, Dioscorides y Plinio que escriben en el lenguaje latino q entonzes era vulgar», a pesar de reconocer que «mas fácil me hu biera sido tomar las descripciones enteras de los autores latinos q andar buscando terminos y periphrasis para ponerlas en español». Se sirve de unas. palabras de Lucio Apulecio Platonico como dedicato ria, de modo espec;:ial «para los que mal sintieren <leste trabajo» «De muchas yervas que ay, é escrito las virtudes de algunas para la cu racion del cuerpo humano, y las é publicado con la mayor verdad que e, podido, y con la brevedad posible huyendo de la podida y verbosa igno rancia y ceguera de los professores de la Facultad.-... Propondre pues al gunos títulos de remedios los que me parecieren más a proposito confor me al tiempo, para que mis ciudaddanos, compañeros y preregrinos que enfermasen, se puedan aiudar de nuestra sciencia doctrina y trabajo aun ca con una b después del número de este si corresponde a la parte poste rior del citado folio. Para indicar subcapítulos no se ha dejado espacio en blanco. El índice de dibujos se coloca después del de los textos. Los dibu jos se han numerado con numeración independiente en cada tomo. Se se ñalan con [bn] si son en blanco y negro. Contenido de cada una de las descripciones de plantas l. Nombre en otras lenguas. Autores que han descrito o dan alguna noticia sobre esa planta: traduce las descripciones que considera más acertadas.• -establece diferencias entre las descripciones daqas por los auto res. Calidades, cualidades y temperamentos. Aportación personal de Bernardo de Cienfuegos: referencias mitológicas o históricas. anécdotas o noticias sobre su experiencia propia y particular. referencias populares y de otros autores coetáneos. datos biográficos del autor. datos sobre la historia de la botánica y de la farmacia. localidades españolas y portuguesas donde se hallan. Siempre indica su origen. Si es copiado de alguna obra, da la referencia completa. Otros son realizados por el autor. Valoración botánica de la obra Considerada en su conjunto, la obra tiene un gran interés histórico y botánico. Muy bien documentada y estructurada para la época, diferencia correctamente, en la mayoría de los casos, la información bibliográfica y la aportación propia. Presenta buenos índices, que hacen bastante fácil la búsqueda de información concreta y un útil resumen al margen de cada párrafo. El contenido del texto es de calidad desigual; a veces su lectura resulta farragosa desde una perspectiva actual. La calidad científica se manifiesta en Cienfuegos por la tendencia en general a no considerar hechos no demostrados, preguntándose frecuen temente el por qué de las cosas, siguiendo un método científico de causa efecto. Destacan dos apartados preferentes en la información contenida en la obra: el relativo a la identificación de las plantas y su hábitat, y el relativo a los usos y aplicaciones. Es la identificación de las plantas una de las principales preotupacio nes del autor. Para ello indica muchos nombres, así como descripciones-e ilustraciones. La gran profusión de nombres latinos de plantas de anteriores autores (en el apéndice 1 se recogen todos los que cita en su obrá) resulta exhaus tiva, al igual que los nombres no latinos recopilados, en griego, árabe, he breo, portugués, valenciano, catalán, francés, alemán, inglés, flamenco, polaco, bohemio e incluso tudesco. En cuanto a los nombres en castellano, algunos son claras traduccio-. nes o castellanizaciones, y otros están recogidos por él mismo; muchos de ellos tienen vigencia hoy día, cuatro siglos después, como por ejemplo «torbisco» o «matapoll» (Daphne), espantalobos (Colutea), gamones (Asphodelus). A las fresas las llama también moras terreras o mayetas, nombres todavía en uso. Dice que «preguntando a gente plática de las montañas de Burgos... llaman a la• fresa yerba mayeta y al fruto mayue ta». Es frecuente la explicación de su etimología, como por ejemplo, en el poleo, nombre que hace derivar, según Plinio, de pulegio, porque «con solo el humo se mata las pulgas», o la matricaria derivado de «mal de ma dre». Desde el punto de vista de la sistemática utilizada, no hay que olvi dar que nos encontramos en el período prelinneano. Para Cienfuegos, las especies son «diferencias». No obstante, también utiliza algunas ve ces las categorías equivalentes a las de género y especie actuales (Mss. La idea de familia botánica se deja entrever en la ordena ción general de los tomos: gramíneas, labiadas, leguminosas, crucífe ras, etc.; o en bloques comunes de capítulos, como por ejemplo «De las Lunarias en comun... plantas cuios frutos o hojas tienen forma de luna llena o media luna», se estudia junto a las leguminosas porque tienen frutos en silicua, parecido al de éstas. De todas formas, los criterios ar tificiales de clasificación pre, dominan, como por ejemplo los basados en el número de folíolos de las hojas: Unifolios, bifolios, trifolios, quinque folios, eneáfilos. Las descripciones de las plantas son largas y tediosas, comparando y anotando las descripciones de muchos autores anteriores, desde Diosco criterios, sobre todo de plantas que él conoce bien, de-las que incluye des cripciones precisas y minuciosas. Como ejemplo, citemos la descripción del Alisso de Galeno o yerba de Santa Quiteria (Mss. 3359: 94), que sin duda se refiere _a Marrubium alysson, o la planta llamada Sferra caballo (Hippocrepis), de la que comenta existen cuatro «diferencias», pero el piensa que en realidad hay dos, la anual y la perenne. Muy valiosas para identificar las plantas son las aproximadamente 1000 láminas coloreadas y en blanco y negro [señaladas con bn en el apéndice 2 o ]. Desde. un punto de vista botánico son sencillas pero sufi c: ientemente ilustrativas, identificándose en un buen número de ellas cla ramente la especie o al menos el género. Destaca con claridad los caracte res diferenciales. La mayoría de las ilustraciones están copiadas o basadas en obras an teriores, por ejemplo de Gaspar Bahujn, como él mismo comenta al tra tar del sen o yerba sena (Mss. Algunos dibujos son originales: En los apartados referentes al uso de las plantas, se encuentra la apor tación más importante, extensa y curiosa de la obra; el interés prioritario por la botánica de su tiempo. Es una valiosa fuente de datos etnobotáni cos que sirven para estudios de etnobotánica histórica. Por una parte hace una recopilación de "los usos en otros autores y por otra aporta su propia experiencia, que resulta.ser lo más interesante para el lector. Los usos curativos son los más frecuentes, pero también incluye plan tas de utilización exclusivamente alimenticia (batatas, Mss. En los aspectos curativos y medicinales, sigue la tendencia de la épo ca, de la medicina hipocrática de los humores. Así nos habla de plantas de temperamento caliente, frio, templado y seco en distintos grados. Sin embargo, muestra un profundo sentido crítico en relación con los abun dantes usos supersticiosos y mágicos de la época. De la citada sferra ca ballo (Hippocrepis sp.), dice que es planta inconfundible, porque su le gumbre imita las herraduras de los caballos, y que el vulgo piensa que «hollando esta planta las bestias se les caen las herraduras», pero él no lo cree y lo ha probado-experimentalmente. Otras veces duda o se inclina por lo inexplicable, • como en el caso de la alba�aca que ya citábamos en el apartado biográfico. Dice que «engendra escorpiones gusanos puesta al sol, piojos, da locura, las ca bras no la comen». En frecuentes ocasiones aprecia la medicina popular, criticando la medicina culta de la•época (Mss. 3362: 198): 52 «Algunas mugercillas curanderas principalmente en la Sierra... [la uti lizan]... para las tercianas y cuartanas maliciosas. Dan en vino el peso de una drachma de sus polvos de la semilla cuando vienen los rigores del frío, curan felizmente aunque pero causa delirio y frenesí, que duró 12 horas. Pasado este tiempo hizo dos copiosos vómitos de humores gruesos y melancólicos» para después pasar a criticar la medicina culta en latín. Otro interesante texto referido al meliloto nos muestra el interés etno botánico global de la obra (Mss. 3362: 197): «... en España se usa la yerva seca para poner entre la ropa, de la mis ma hacen para enfermedades frias y males de madre. Destilan sus flores y hojas cuando verdes para sacar agua de olor, con la cual los guanteros perfuman y rocían sus guantes, aderezan cordovanes y otras pieles, for man pastillas: de su simiente seca y puesta con su agua menstrua la putre faccion, sacan un agua mucho más subida de olor y tan caliente que to cando con la lengua levanta vexigas. De la semilla por expression de vapor se obtiene aceite para perfumes y cazoletas de olor y para dar pie a los guantes que han de ser de ambar... » En el apartado de las plantas introducidas del Nuevo Mundo, trata gran número de ellas y su lectura es básica para conocer el grado de uso de éstas a principios del siglo XVII. Parece que algunas ya estaban profu samente difundidas. En el apartado de las batatas dice textualmente: «Estan ya tan introducidas en España y aun casi en toda Europa mu chas plantas de la India principalmente las que se comen o sirven con su picante a los guisados para despertar el apetito y gula, que ya no se pue den llamar estrangeras, sino naturales por criarse con mucha abundancia en España. Una dellas son las batatas... » Así, entre las plantas de origen americano objeto de estudio se en cuentran las siguientes: maíz o trigo de Indias (Mss. Asimismo trata de plantas del Viejo Mundo introducidas muchos si glos antes, como el azafrán (Mss. Se puede concluir repitiendo que esta obra, de haberse publicado; hu biera sido una de las más importantes dentro de las obras botánicas de su tiempo. Sirva este breve estudio para darla a conocer, esperando que al gún día salga a la luz y sea estudiada en profundidad. (1) A. J. CAVANILLES (1804), Sobre algunos botánicos españoles del siglo XVI. Anales de Ciencias Naturales 7( 20), Madrid, p. (2) Los estudios de la ciencia y la técnica española del siglo XVII son muy escasos. Desde la aparición del volumen correspondiente a las conferencias del curso organizado por la Asociación Nacional de Historiadores de la Ciencia Española, Estudios sobre la ciencia española del siglo XVII, pronunciadas en Madrid en el año 1934, únicamente J. M. López Piñero (1979) ha dedicado un extenso análisis en su libro Ciencia y Técnica en la sociedad espaifola de los siglos XVI y XVII, Labor, Barcelona. Sobre este tema, además, se puede encontrar una selección bibliográfica en Anthropos. Recientemente han aparecido dos libros que atienden aspectos parciales: J. PARDO TOMÁS ( 1991 10) La encuadernación actual es del siglo XVIII. Tapas rígidas de cartón, nervios, cabezadas en cabeza y pie del lomo, cubierta de cuero liso teñido de ro j o, con decoración de dorados en nervio y entrenervio. Guardas blancas; en la de la contratapa, en el vértice superior izquierdo, tiene una pequeña etiqueta con la signatura actual (al igual que en el pie del lomo ). Junto a ésta y a tinta se encuentra la antigua signatura. Asso hace una ordenación diferente; la correspondencia con la de la Bibliote ca Nacional es la siguiente: I de B.N. a V de Asso; II de B.N. a I de Asso; III de B.N. a III de Asso; IV de B.N. a II de Asso; V de B.N. a VII de Asso; VI de B.N. a VI de Asso; VII de B.N. a IV de Asso. XXV TABLA DE NOMBRES ITALIANOS De la Olyra que es una especie de Escaña y del Centeno que segun algun s es lo mismo. De la otra especie de Cipero q' dize Dioscorides que viene de la India, q' llaman. vulgarmente Curaima o Gengibre de dorar.
El estudio de las actitudes políticas de los cultivadores de la ciencia españoles durante el siglo XIX constituye un tema de gran interés para conocer las condiciones en las que se desarrolló la actividad científica en la sociedad española de este período. Uria de las razones que habitual mente suele proponerse para explicar el «período de catástrofe» de la ciencia española del primer tercio del siglo XIX es la represión sobre afrancesados y liberales por parte del gobierno de Fernando VII. Como ejemplos de esta represión se suele señalar los problemas que sufrieron algunos autor; es científicos españoles con una importante producción im presa, tales como Juan Manuel de Aréjula o Antonio de Gimbernat, cuyas biografías son bastante conocidas. Sin embargo, cuando se trata de pro fundizar en este tema, ampliando el número de biografías consideradas, rápidamente se comprende que nuestros conocimientos son todavía muy limitados debido, en parte, a varias dificultades propias de este tipo de investigación. En primer lugar, es necesario reconocer el escaso conoci miento que tenemos sobre muchos de los cultivadores de la ciencia espa ñoles del siglo XIX, especialmente aquéllos cuya producción impresa es poco importante o aquéllos que no ocuparon cargos dentro de las institu ciones científicas. Además, muchos de los datos que conocemos proce den de trabajos con un marcado carácter hagiográfico, tales como discur sos pronunciados en instituciones académicas o notas necrológicas en Como se puede comprobar fácilmente, en este tipo de escritos se suele evitar la narración de algunas características del biogra fiado que son consideradas como «deshonrosas» por el autor del escrito, por ejemplo, la colaboración con el gobierno de José l. Finalmente, tam bién cabe señalar una última dificultad, la inherente al estudio de las ac titudes políticas de un conjunto heterogéneo de individuos, los cultivado res de la ciencia, de los que suele estudiarse, con mayor detalle, sus aportaciones científicas. Como es lógico, en la mayor parte de los casos resulta muy difícil conocer la actitud política de estos individuos a través de las fuentes habitualmente más utilizadas por los historiadores de la ciencia como las publicaciones científicas, los archivos de instituciones científicas, etc. El objetivo perseguido es efectuar una aproximación a la ac titud política de este grupo de individuos respecto al gobierno de José I, dentro de una investigación más amplia sobre la actividad científica espa ñola de este período (1). En primer lugar, expondremos los materiales y métodos empleados para, a continuación, presentar los principales resul tados de este trabajo. El uso de la prosopografía en los estudios históricos sobre la ciencia ha permitido contestar adecuadamente muchas cuestiones planteadas por la investigación histórico-social (2). Se trata de una técnica utilizada en numerosas investigaciones sobre la historia de la medicina y la historia de la ciencia española dentro del Instituto de Estudios Documentales e Histó ricos sobre la Ciencia de Valencia (3). De. modo breve, describiremos las características particulares de nuestro• análisis prosopográfico comenzan do por los criterios utilizados para confeccionar la nómina de «cultivado res de la ciencia» sobre la que hemos basádo nuestro estudio. Los estudios sobre las profesiones y ocupaciones científicas muestran que durante el período que estamos analizando se produjo un importante cambio en algunos países europeos en el rol del científico dentro de la so ciedad, especialmente tras los procesos revolucionarios de Francia. Al margen de las discusiones sobre el nivel de institucionalización de la acti-126 Asclepio-Vol. XL VI-1-1994 vidad científica en la España de la época, resulta necesario tener en cuen ta que la actividad cien. tífica no •constituía una profesión, al menos en el sentido que se le ha dado habitualmente a este término en los estudios his tórico-sociales sobre la ciencia (4). En general, la situación varía según el área científica cons-iderada, siendo bastante diferente en áreas como la medicina y la farmacia, cuya actividad se encontraba mucho más regula da, frente a otras como la química o la agronomía, mucho menos institu cionalizadas. Por todo ello, al habiar-de actividad científica nos estamos refiriendo a un grupo heterogéneo de tareas realizadas por individuos con distintas profesiones y ocupaciones, a �os que no parece adecuado agrupar bajo términos como «científicos» o «comunidad científica». En estas circunstancias, ha sido necesario establecer un criterio gene ral para incluir o excluir a un individuó de la época dentro del grupo que hemos co�siderado como «cultivadores de la ciencia». Este criterio ha si do 1a publicación-de al menos un impreso referente a cualquiera de las ciencias de la naturaleza, incluyendo la medicina, cirugía y farmacia (5). De acuerdo con Solla Price, consideramos que el acto de la publicación constituye un producto esencial de la actividad científica contemporánea, mediante el cual una idea puede ser evaluada, aceptada o corregida por el resto de los cultivadores d� la ciencia en un período determinado (6). No obstante, hemos incluido en nuestra lista de cultivadores de la ciencia un reducido número de individuos de los que no conocemos publicación al guna, pero que hemos considerado necesaria•su inclusión de acuerdo con otros criterios, tales como su importante producción manuscrita, sus car gos institucionales, o sus aportaciones técnicas. En cualquier caso, este último grupo representa una porción muy reducida del total por• lo que nos referiremos indistintamente ál conjunto como «cultivadores de la ciencia» o «autores científicos». Aclarado este primer aspecto, debemos señalar los límites temporales y geográficos dentro de los cuales• hemos realizado nuestra selección de autores científicos. Hemos considerado todos aquellos autores que, naci dos antes de la última década del siglo XVIII, continuaban vivos durante los años de la Guerra de la Independencia ( 1808-1814) y aparecen citados en alguno de los repertorios bibliográficos y biobibliográficos utilizados. En aquellos casos en los que sólo disponemos de una referencia aislada hemos incluido a aquéllos en que esta referencia se situaba dentro de un intervalo de 1 O años alrededor de la guerra. Entendemos como «autor es pañol» a todos aquellos autores que, o bien nacieron en los territorios de la. corona española de f: Se momento, o bien se. formaron científicamente y desarrollaron la mayor parte de su actividad científica en España. Los repertorios bibliográficos y biográficos utilizados han sido los que indicamos en la bibliografía final. En general, podemos clasificar estos trabajos en dos grupos: Repertorios bibliográficos y biobibliográficos de autores científicos españoles: estos repertorios los hemos revisado completos dentro de nues tros límites temporales. También hemos consultado dos importantes archivos perso nales que se encuentran en el museo historicomédico del Instituto de Es tudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia: el archivo de Rodrigo de Pertegás (7) que contiene abundante información sobre los médicos va lencianos y el inédito diccionario biográfico médico y quirúrgico de Sán chez Quintanar (8). Repertorios biobibliográficos regionales y diccionarios biográficos, generales de historia de España: con las listas de autores científicos ela'."' horadas en el apartado anterior hemos efectuado entradas en los reperto rios biobibliográficos regionales como el de Torres Amat (1836 Hemos completado la información existente con estudios biográficos particulares sobre cultivadores de la ciencia y trabajos dedicados a institu ciones científicas españolas de principios del siglo XIX (9). Junto con todo este material bibliográfico, hemos analizado las refe rencias a los cultivadores de la ciencia que aparecen entre la documenta cion del gobierno afrancesado que hemos estudiado (10). Además de la producción legislativa impresa (11), hemos consultado los números dé la Gaceta de Madrid que, durante estos años, se publicó diariamente. Tam bién hemos consultado diversos• documentos que se encuentran en varios archivos españoles y franceses que corresponden, principalmente, a varios expedientes tramitados por el Ministerio del Interior y el Consejo de Esta do de José I los cuales contienen numerosos datos sobre la actividad cien tífica española de esos años (12}. Estos documentos se encuentran princi palmente en el Archivo del Palacio Real (13), Archivo Histórico Nacional (14), Archivo General de Simancas (15), Archivo de la Universidad de Ma drid ( 16) y Archivos Nacionales de Francia (17). También hemos analiza do varios libros de registros de expedientes del Ministerio del Interior que contienen numerosas referencias a expedientes perdidos o no localizados referentes a la gestión de varias instituciones científicas (18). Finalmente, no podemos acabar esta larga enumeración de fuentes sin citar la conoci da nómina de intelectuales afrancesados que reprodujo Danvila y Collado en su obra Del poder civil en España ( 19). Toda esta información ha sido analizada con el objetivo obtener un perfil biográfico colectivo de los cultivadores de la ciencia españoles de este período. Hemos centrado nuestra atención sobre su lugar de residen cia durante la guerra, su formación científica, las materias científicas cultivadas y su ocupación o profesión. Finalmente, en el último apartado, analizamos la actitud de estos autores científicos frente al gobierno afrancesado. Edad de los cultivadores de la ciencia Con el objetivo de analizar las características de las 483 biografías de cultivadores de la ciencia que hemos estudiado, vamos a establecer en pri mer lugar una distribución por grupos, de acuerdo con la edad que tenían durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) (20). Un primer grupo está formado por los supervivientes del período de la Ilustración, todos ellos con más de 40 años durante la guerra, que habían realizado la mayor parte de su pr�ducción científica antes de 1808:y, en muchos casos, ocu paban diversos puestos en instituciones científicas y docentes. Este grupo constituye alrededor de un tercio (30,4%) de nuestro conjunto de biogra fías. Una parte importante de ellos se h_ abía formado en las nuevas ins tituciones científicas. de la Ilustración, dentro de las cuales se habían inte grado en algunos casos. Muchos de los cultivadores de la ciencia de este grupo habían publicado algunas obras antes de 1808 y continuaron publi cando durante y después de la guerra. Por último, el grupo de los más jó venes: está constituido por aquéllos que nacieron después de 1785, los cua les aún no habían completado su formación al comienzo. de la guerra y no comenzaron su producción científica hasta después de 1808. Dentro de nuestra nómina constituye un grupo mucho más reducido a los anteriores (13,3%), debido, principalmente, a las condiciones que hemos establecido, esto es, al menos una obra impresa en los años de la guerra o en los años inmediatamente anteriores o posteriores'. Finalmente, nos queda un grupo de 127 cultivadores de la ciencia (26,31%) de los que no tenemos suficientes datos para incluirlos en uno de los tres anteriores grupos. Residencia de los cultivadores de la ciencia En la tabla I hemos tratado de establecer el lugar de residencia de los cultivadores de la ciencia españoles durante el perío. do de 1808 a 1814. Dejando de lado los 89 casos en los que desconocemos el lugar de residen cia durante esta época, hemos obtenido un total de 407 referencias a 106 ciudades y pueblos en los que residieron estos autores científicos a lo lar go de estos años. Un grupo reducido a cuatro ciudades completa casi la mitad (47%) del total de residenci�s contabilizadas. En el lado opuesto, un grupo de casi tres cuartas partes del total de las ciudades y pueblos sólo suman un 19% Setenta y cuatro poblaciones 74 100,00 del total de referencias. Por lo tanto, podemos afirmar que los cultivado res de la ciencia durante este período se concentraron alrededor de un nú mero reducido de ciudades, destacando entre ellas Madrid, Cádiz, Valen cia y Barcelona. La ciudad más importante en cuanto a número de residencias es Ma drid'que reúne la cuarta parte de las mismas, seguida por Cádiz con un número mucho menor (10% ). Se trata de las dos ciudades donde residie-ron los dos gobiernos civiles de la España de este período, esto es, el go bierno de José I, en Madrid, y el de la Regencia del Reino, en Cádiz. Por su parte, Valencia fue una ciudad que permaneció durante bastante tiempo fuera del dominio francés hasta que, en enero de 1812, el mariscal Suchet tomó la ciudad manteniendo allí su poder hasta 1813. Además, a finales de 1812, el gobierno de José I y su séquito se trasladaron a Valencia hu yendo de las tropas inglesas y españolas que habían conquistado Madrid. Un caso muy diferente es el de Barcelona, que se mantuvo bajo un mando militar francés durante toda la guerra, llegando a formar parte del impe rio napoleónico en los últimos años de la contienda bélica (21). Del resto de ciudades, merece destacarse Palma de Mallorca que sirvió de refugio a muchos de los que huían de las tropas francesas, entre ellos varios cultivadores de la ciencia como Francisco Carbonell y Bravo, Pedro Castelló o José Mariano Vallejo. También destaca el caso del pueblo cata lán de Vich, donde se reunieron diversos médicos y cirujanos militares, por ser una sede del Cuartel General del Ejército Español que luchaba contra las tropas francesas. El número de residencias que corresponde a las colonias españolas es de 45 (11 %). Por lo general, se trata de cultivadores de la ciencia que vivie ron la mayor parte de su vida en estos territorios y, por ello, la situación política del momento les afectó de un modo muy diferente que a los resi dentes en la metrópolis. En menor medida, también se puede encontrar entre estos autores científicos algunos que se hallaban provisionalmente en estas colonias, realizando una misión científica o militar, y que, poste riormente, regresaron a la península. Las referencias a residencias en otros países son muy escasas suman do en total 22 (5%). El país más importante es Francia con siete residen cias, una parte de los cuales son algunos pensionados españoles en París como José María San Cristóbal, Mateo Orfila o José Radón. En la penín sula italiana (seis residencias) encontramos a los supervivientes de los je suitas expulsados durante el reinado de Carlos 111 que se habían estableci do en diferentes ciudades de la península itálica, especialmente en Roma. Por el contrario, en Inglaterra (cinco residencias) residieron algunos auto res científicos comisionados por el gobierno de Cádiz, sobre todo con mi siones relacionadas con la astronomía y la náutica, aprovechando las bue nas relaciones con el gobierno aliado inglés. El resto de los países tienen escaso peso en esta estadística y su aparición en estatabla responde, más bien, a biografías muy particulares como la de Ferrer y Cafranga (EE.UU.) o Agustín de Betancourt (Rusia). Finalmente, nos interesa destacar una característica común a muchos de los cultivadores de la ciencia que estamos estudiando: el desplazamien,. to de su lugar de residencia habitual. Al menos 97 de los estudiados resi dieron en varias ciudades y pueblos durante la guerra, trasladándose de un lugar a otro según determinadas circunstancias. En muchos casos, se trataba de miembros del ejército que se vieron obligados a desplazarse de acuerdo con las exigencias militares de cada momento. En otros casos, al gunos de estos autores científicos abandonaron su residencia debido a la ocupación de las tropas francesas o para evitar prestar juramento a José I, que fue exigido a todos los empleados públicos, entre ellos algunos miem bros de las instituciones científicas de Madrid (22). A todo este grupo, hay que añadir los partidarios de José I que tuvieron que seguir al ejército francés en retirada y, en algunos casos, se vieron obligados a exilarse en Francia durante varios años. Formación científica de los cultivadores de la ciencia� Debido al deficiente conocimiento disponible sobre las biografías de muchos de los cultivadores de la ciencia de nuestro período, no dispone mos de suficiente información sobre los establecimientos educativos en los que se formaron. A pesar de ello, ofreceremos los resultados que he mos obtenido esperando que nuevas investigaciones puedan ampliar el conocimiento de este aspecto. Del total de los cultivadores de la ciencia de nuestra nómina, existen 244 sobre los que no tenemos datos respecto al establecimiento en el que recibieron su formación científica. Los restantes 239 estudiaron en los establecimientos que hemos señalado en la tabla II, la cual debe interpretarse teniendo en cuenta que un mismo individuo puede haber sido contabilizado en varias instituciones docentes donde se formó. El análisis de la tabla II muestra que la mayor parte de los cultivadores de la ciencia de los que tenemos información tenían una formación uni versitaria que habían adquirido en un total de 30 universidades diferentes, las cuales aparecen detalladas en la tabla III. Destacan tres universidades de la Corona de Aragón (Valencia, Cervera y Huesca) que abarcan casi la mitad ( 4 7%) de las referencias a estudios universitarios. Aunque la mayor parte de las referencias corresponden a universidades españolas, destaca el gran número de estudios en universidades francesas ( 17) que suponen la décima parte del total de estudios universitarios (11,87%). Esta situa- ción viene motivada por el importante papel de la Universidad de Montpe llier, donde estudiaron varios cultivadores de la ciencia españoles, espe cialmente médicos. Tanto las universidades de las colonias españolas co mo las de otros países europeos (Inglaterra e Italia), tuvieron poca importancia en la formación de los cultivadores de la ciencia españoles. El siguiente grupo en cuanto a importancia en la educación de los cul tivadores de la ciencia españoles son los Colegios de Cirugía creados du rante el siglo XVIII. Las 38 referencias se reparten, a.partes casi iguales, entre los Colegios de Barcelona (17), Cádiz (11) y Madrid (11), mientras que en el de Mallorca sólo estudió uno de los autores científicos de nues- tra lista. Mucha menor importancia tienen los Colegios de Farmacia de Madrid (6) y Barcelona (2) que fueron creados con posterioridad a los de Cirugía. También hemos recogido referencias a las Escuelas de Medicina Práctica establecidas en Madrid (7) y Barcelona (0 donde, durante algún tiempo, fue obligatorio realizar dos años de práctica antes de poder ejer cer la medicina. Instituciones en las que se formaron los cultivadores de la ciencia españoles Otro grupo importante lo constituyen las Academias Militares con un total de 28 referencias. Las principales Escuelas Militares, sin contar los Colegios de Cirugía de la armada, son las de Guardamarinas de Cádiz ( 6), Cartagena (3) y el Ferrol (2), así como la.de Artillería de Segovia ( 5), entre otras. En estas instituciones, se formaron principalmente militares que realizaron aportaciones a las matemáticas, la náutica y la astronomía, co mo principales áreas. El último grupo lo constituyen un conjunto de diferentes instituciones creadas en su mayor parte en las décadas finales del siglo XVIII y que es taban destinadas, entre otras cosas, a ofrecer docencia en diversas áreas científicas como la botánica, la química, la mineralogía, la veterinaria o la ingeniería civil. Destaca también la labor desarrollada por la Junta de Co mercio de Barcelona con sus cátedras de náutica y de química. Otro aspecto que resulta muy interesante analizar son los estudios rea lizados en el extranjero por los cultivadores de la ciencia españoles. Como es sabido, a lo largo del siglo XVIII el gobierno español y otras institucio nes subvencionaron el viaje de varios jóvenes cultivadores de la ciencia para que completaran su formación científi C; a en el extranjero, en muchas ocasiones al lado de importantes autores científicos. En otros casos, un autor de obras científicas ya consagrado fue enviado a diversos países con el objetivo de realizar alguna misión científica determinada. Lamentable mente, no disponemos de un estudio global sobre las características de es tos viajes científicos que han sido considerados como una de las bases de la política científica ilustrada. Veamos, a continuación, los datos de que disponemos obtenidos de las biografías que estamos estudiando. Al menos 74 cultivadores de la ciencia de nuestra lista realizaron viajes científicos al extranjerp, bien como pensionados, bien con alguna misión científica concreta. Lá mayor parte de los viajes se realizaron a Francia (61,05%) y, en menor niedida, a Inglaterra (22,11%). Aunque los datos de que disponemos no nos permiten obtener conclusiones precisas, es intere sante señalar que existen algunas diferencias entre las materias científicas cultivadas por los pensionados en Francia y los pensionados en Inglaterra. La mayor parte de los que viajaron a Francia eran cultivadores de la medi cina y la química, aunque también podemos encontrar a cultivadores de otras áreas como la historia natural o las matemáticas, principalmente. Por el contrario, entre los pensionados en Inglaterra destaca el grupo de los cultivadores de la historia natural, seguidos por los cultivadores de la medicina y la química. En un nivel de importancia mucho menor se colo can los actuales territorios centroeuropeos de Alemania (8,42%) y Hun gría (3,16%) que fueron los principales lugares de destino para los estu diosos de la mineralogía y minería, principalmente en la Escuela de Minas http://asclepio.revistas.csic.es de Freiberg. El resto de los países, con la excepción de Italia (3,16%), care cen de importancia real como receptores de este tipo de viajes científicos. Utilizando la clasificación por materias científicas que hemos comen tado en el apartado de «material y métodos», hemos estudiado las áreas científicas cultivadas prioritariamente por los autores científicos que esta mos estudiando. Para realizar este estudio, nos hemos basado en los datos aportados por los repertorios biobibliográficos utilizados y, en su defecto, por el título de los libros publicados por nuestros autores. Los resultados están reflejados en la tabla IV, que debe ser analizada teniendo en cuenta que un autor científico pudo cultivar más de un á�ea científica. Estos resultados son muy semejante a la distribución por materias de las publicaciones científicas españolas durante la Guerra de la Indepen dencia que hemos estudiado en otro trabajo (23). Como es habitual en este tipo de estudios, la medicina fue la materia científica cultivada por un ma yor número de individuos de nuestra lista, puesto que un 41,51 % de los mismos realizaron alguna producción científica médica. También destaca el importante número de cultivadores de la química (11,93%) y la historia natural (8,74%), bastante superior a los porcentajes de estas materias que aparecen en nuestro estudio sobre la producción cien.tífica española entre 1808 y 1814 (24). TABLA IV Materias cultivadas por los autores científicos Profesiones y ocupaciones de los cultivadores de la ciencia Como hemos comentado anteriormente, nuestra hipótesis de partida ha sido considerar que los cultivadores de la ciencia españoles de princi pios del XIX desarrollaron su producción científica desde diversas profe siones y ocupaciones, no existiendo la profesión de «científico», tal y como la entendemos en la actualidad. En la tabla V hemos tratado de resumir la información disponible sobre las profesiones y ocupaciones de los cultiva dores de la ciencia estudiados. Como se puede comprobar, una buena parte de ellos estaban dedica dos a las diversas ocupaciones y profesiones sanitarias, destacando aqué llos que ejercían la profesión médica que son los más numerosos. Hemos diferenciado un reducido subconjunto bajo el epígrafe «Cargos adminis tración sanitaria» para recoger a todos aquellos empleados en el Protome dicato y las diferentes Juntas Gubernativas de Medicina, Cirugía y Farma cia. El siguiente grupo más numeroso lo constituyen aquellos cultivadores de la ciencia que impartían clases de diversas materias en los diferentes niveles de la educación, desde los profesores de primeras letras hasta los catedráticos de universidad y profesores de instituciones científicas. Me rece señalarse el pequeño papel reservado a las Universidades (19 biogra fías), entre las que sólo destaca la Universidad de Valencia donde impar tieron clases cinco de los individuos estudiados. Mucho más importante es el peso de diversas instituciones científicas creadas durante la Ilustra ción española y que impartían docencia en diversas materias como la ci- TABLA V Ocupaciones y profesion�s de los cultivadores de la ciencia Ocupaciones y profesiones sanitarias Médicos ( 81) Boticarios ( 20) Cirujanos ( 20) Cargos ad rr:-i inistración sanitaria ( 16 100 rugía, la botánica, la farmacia, la veterinaria, la mineralogía, etc. Entre to das ellas, destacan los Colegios de Cirugía (24 biografías), especialmente los, de Cádiz ( 7), Madrid ( 7) y Barcelona (6). También encontramos culti vadores de la ciencia de nuestra lista en la Escuela Veterinaria de Madrid ( 7), el Jardín Botánico ( 4), los Colegios de Farmacia ( 4), la Escuela de Mi nas de Almadén ( 4), el Real Estudio de Mineralogía (3); así como en las di ferentes Escuelas de diversas ciencias creadas por la Junta de Comercio de Barcelona ( 5), entre otros centros docentes no universitarios de ense ñanza superior. Dentro del apartado «otros establecimientos educativos», hemos agrupado diversos establecimientos de enseñanza elemental, tales como el Colegio de Sordomudos de Madrid, la Casa de Caballeros Pajes, el Seminario de Nobles de Madrid, el Instituto Asturiano, colegios de prime-ras letras y liceos. Entre todos ellos, destacan los Reales Estudios de San Isidro de Madrid, donde trabajaron seis de los cultivadores de la ciencia estudiados. Los miembros del Ejército constituyen otro grupo importante, dentro de los cultivadores de la ciencia españoles de nuestro período, tal vez co mo manifestación de la «militarización de la ciencia» española del siglo XVIII, de la que han hablado diversos autores ( 25)� Además de los 56 indi viduos de este grupo, también debemos tener en cuenta los numerosos médicos, cirujanos y boticarios militares así como los profesores de Cole gios de Cirugía dependientes del ejército que hemos contabilizado en los apartados anteriores. Centrando nuestra atención en el grupo de militares no médicos, hemos de destacar el importante peso de los militares de la Armada que constituyen más del 50% del total. Los cultivadores de la ciencia que pertenecían al clero constituyen un grupo muy reducido dentro del conjunto total, lo cual contrasta con la po sición privilegiada que la Iglesia tuvo en otros momentos en la actividad científica. El resto de los grupos tienen una importancia mucho menor, y tan sólo merece destacarse el grupo de juristas, empleados en diversas au diencias, cancillerías, etc. El último grupo incluye un elevado número de profesiones y ocupaciones a las que corresponden menos de dos cultiva dores de la ciencia de nuestra lista. Entre ellas destacan los empleados en diversas instituciones científicas ( 13) como colectores de minerales, bi bliotecarios, delineantes, grabadores, etc. así como los empleados en diversos puestos de la administración pública (7). Resulta muy interesante estudiar las principales áreas científicas culti vadas por cada uno de estos grupos de profesiones y ocupaciones que he mos visto anteriormente. Hemos tratado de resumir esta información en la tabla VI. Como puede comprobarse, existen áreas científicas como la medicina, cirugía y farmacia, que eran cultivadas mayoritariamente por individuos cuya dedicación profesional estaba muy relacionada con el área científica cultivada. Así, del total de 179 cultivadores de esta área cu ya profesión u ocupación conocemos, la mayor parte (124) de ellos esta ban dedicados a una profesión u ocupación relacionada con la sanidad, tanto civil como militar, y el otro grupo importante (53) se dedicaba a la docencia de esta materias, bien en los Colegios de Cirugía y Farmacia o en las Universidades. Algo semejante ocurre con las áreas de ingeniería mili tar, cultivada, como es lógico, por militares, y la veterinaria, que fue culti vada por albéitares y profesores de la Escuela de Veterinaria en su mayo ría. Del mismo modo, prácticamente la totalidad de los cultivadores de la Fuente: BERTOMEU SANCHEZ (1993). náutica son militares, en su mayoría de la Armada. También en la produc ción de obras matemáticas tienen un papel importante los militares que, junto con los maestros de los primeros niveles de la enseñanza, reúnen la mayor parte de estos cultivadores de la ciencia (27). Otras áreas científicas como la química y sus aplicaciones eran culti vadas por individuos con muy diversas_ profesiones y ocupaciones, desta cando entre éstas las de profesor de diversas instituciones relacionadas con la minería o mineralogía (Estudio de Mineralogía, Colegio de Minas de México, Escuela de Minas de Almadén), los Colegios de Cirugía y Far macia, así como diversos individuos que hemos incluido en el grupo de profesiones y ocupaciones sanitarias, especialmente boticarios. También encontramos cultivadores de la química entre diversos empleados públi cos (dirección de minas, director de la Casa de la Moneda, director fábri-cas salitre) y miembros de instituciones científicas no dedicados a la do cencia (colectores, ayudantes de laboratorio). Por su parte, la historia natural fue cultivada por un número impor tante de boticarios y clérigos, así como por los profesores del Jardín Botá nico de Madrid. La agronomía fue cultivada también por autores con muy diversas ocupaciones y profesiones, desde profesores y empleados de Jar dines Botánicos hasta juristas, militares y clérigos. Los cultivadores de la geografía y la astronomía, aunque mayoritariamente militares, incluyen también a profesores de diversos niveles, juristas y clérigos. En definitiva, el análisis de estos datos confirma nuestra hipótesis ini cial que hemos adelantado en el apartado «material y métodos». La activi dad científica en la sociedad española de principios del siglo XIX fue desa rrollada por un grupo muy diverso de individuos dedicados a distintas profesiones y ocupaciones, las cuales tenían más o menos relación con el área científica cultivada. Por lo tanto, resulta conveniente tener en cuenta que, al estudiar a los cultivadores de la ciencia de estos años, no estamos realizando un estudio de una comunidad profesional, con instituciones dedicadas a su formación en un área del saber determinada y con un con junto de. roles definidos dentro de la sociedad. En realidad, al hablar de «cultivadores de la ciencia» nos estamos refiriendo a un grupo muy hete rogéneo de individuos cuya característica común fue la publicación de, al menos, una obra científica durante el período estudiado. Por ello, al estu diar sus actitudes políticas en el siguiente apartado, es necesario conside rar la gran diversidad de situaciones en las que se encontraron los cultiva dores de la ciencia durante la Guerra de la Independencia, lo cual hace sumamente difícil su estudio comparado. hemos precisar el significado que otorgamos en este trabajo al término «afrancesado». • -• Como es sabido, el término «¡�francesado» fue utilizado durante los años de la Guerra de la Independenciá para hacer referencia a un grupo muy amplio de individuos, desde aquéllos que colaboraron con el gobier no de José I, hasta los partidarios de las Cortes de Cádiz, acusados de es tar influidos por las ideas revolucionarias de Francia (26). Ya en 1817, Fé lix Reinoso, que se encontraba exilado en Francia, criticó el uso de este término polisémico por parte de determinados grupos políticos para criti car al grupo de ideas contrarias. Es interesante reproducir sus palabras: «Todos los partidos, que se han suscitado en nuestra revolución, han procurado desacreditarse mutuamente por afrancesados. Los insurgentesde América han tratado al gobierno y á los patriotas europeos, como agentes de los Franceses... Los Europeos de su parte dicen que las turbu lencias de América se han agitado por los Franceses... Los liberales, glo--riándose de su patriotismo incorruptible... colocan en sus periódicos los nombres de afrancesados, juramentados y serviles baxo el mismo predica mento... [Por su parte, el partido servil] ha mirado siempre á los liberales como una facción francesa; porque adoptan los principios de su revolu ción, porque predican las ideas de sus escritores, porque han promovido muchas determinaciones seme j antes a los decretos del rey intruso, por que desfavorecen los establecimientos de piedad. Los periódicos serviles están llenos de recriminaciones, y hay uno, que es el Filósofo de antaño, dedicado solamente á manifestar que los. liberales son francmasones y afrancesados. ¿Qué sima es esta, donde todos los Españoles han caído? Qualesquiera que sean sus opiniones, qualquiera que el clima: de su mora� da; americanos y europeos, leales é indiferentes, liberales y serviles; todos son, todos se apellidan afrancesados» (27). Posteriormente, los estudios históricos sobre esta época han utilizado el término > con diversos sentidos, desde la simpatía por las ideas francesas hasta• la colaboración con el gobierno de José I, lo cual ha generado cierta confusión que ha sido criticada por diversos estudiosos del tema. En concreto, la confusión entre afrancesamiento político (cola boración con el gobierno de José I) y afrancesamiento cultural ha resulta do especialmente desorientadora para los estudios sobre la actitud políti ca de los autores científicos. En muchas ocasiones, se ha tratado de explicar la colaboración de numerosos áutores científicos con el gobierno de José I por el poderoso influjo que ejerció el pensamiento científico francés del momento sobre muchos de ellos. Al margen de la validez de es te tipo de afirmaciones, es necesario señalar que el contacto cultural con Francia y la colaboración con el gobierno de José I son dos fenómenos di ferentes, que no se pueden poner en relación sin realizar las oportunas in vestigaciones (28). Nosotros utilizaremos el término «afrancesado» como sinónimo de co laboracionista o partidario del gobierno de José I, entendida esta colabo ración en sentido amplio, desde los c9laboradores directos del gobierno de José I, pasando por los de la administración central, hasta los diversos funcionarios de los pueblos y ciudades que tuvieron que prestar el jura mento de fidelidad al nuevo rey (29). Por lo tanto, incluimos dentro de es te grupo toda una serie de actitudes políticas frente al gobierno de José I, desde los que colaboraron libremente con el gobierno afrancesado, plena mente convencidos de que se trataba de la mejor opción, hasta aquéllos que, por diversos motivos, fueron obligados a prestar juramento al gobier no afrancesado y colaborar con él. En el bando opuesto, colocamos a to dos aquéllos que se opusieron al gobierno de José I, desde los que partici paron activamente en la lucha contra los franceses hasta los que residieron o se trasladaron a las zonas no controladas por el gobierno afrancesado, incluyendo tanto a los partidarios del gobierno absolutista de Femando VII como a los de la Constitución de 1812. La distinción entre estos dos grupos, partidarios y detractores del go bierno de José I, no resulta sencilla al aplicarla a los cultivadores de la ciencia. Nuestro primer problema ha sido el escaso conocimiento de las biografías de muchos de estos individuos, especialmente de aquéllos cuya obra científica ha sido considerada menos importante. En segundo lugar, muchos de estos datos biográficos proceden de trabajos con un marcado carácter hagiográfico, como elogios académicos o discursos conmemora tivos que, en algunos casos, han intentado evitar informar sobre la colabo ración del individuo ensalzado con el gobierno afrancesado, por conside rar esta colaboración como un acto inmoral o antipatriótico. Por ello, ha resultado muy valioso para esta investigación _ el uso de la documentación del Ministerio del Interior afrancesado, donde aparecen muchas de las re ferencias a estos cultivadores de la ciencia, entre ellas los juramentos de fidelidad de los miembros de diversas instituciones científicas. Con todo este material hemos conseguido obtener información sobre la actitud política de 284 cultivadores de la ciencia quedando un grupo de 199 que no hemos podido clasificar. Los resultados aparecen en la tabla VII. Además de los grupos donde incluimos por separado a partidarios y contrarios del gobierno de José I, hemos establecidos dos grupos más, «no clasificables» y «dudosos». Dentro del grupo de «no clasificables» hemos incluido a todos aquellos autores científicos que no se encontraban en la península durante la guerra y que no tuvieron que pronunciarse sobre su colaboración con el gobierno afrancesado. La mayor parte de ellos -36corresponde a autores que residían en las colonias españolas y que, por lo tanto, se encontraban en una situación política bastante diferente, relacio nada con los movimientos de independencia de estos territorios. En el grupo de dudosos hemos incluido once autores cuyos datos biográficos son contradictorios y no permiten su clasificación en uno de los anteriores grupos. Los datos de la tabla VII muestran que el número de cultivadores de la ciencia que se opusieron al gobierno afrancesado fue mucho mayor (apro ximadamente el doble) que el de sus partidarios. Resulta interesante estu diar estas actitudes políticas de acuerdo con la edad de los cultivadores de la ciencia durante este período, tal y como aparecen reflejadas en la tabla VIII. Los datos que hemos podido reunir indican que la relación entre el número de autores científicos partidarios y el de contrarios al gobierno TABLA VII Actitud política de los cultivadores de la ciencia En los dos primeros grupos, todos los mayores de 25 años, el número de opositores al gobierno afrancesado es algo menos del doble que el núme ro de los partidarios, mientras que en el grupo de los cultivadores de la ciencia más jóvenes, el porcentaje de opositores es mucho mayor suman do algo más de cuatro veces el número de cultivadores de la ciencia afrancesados en este grupo de edad. Las causas de esta relación pueden explicarse teniendo en cuenta las características generales de estos gru pos de edad y las características del grupo que hemos denominado «afrancesados». En primer lugar, es necesario considerar que• numerosos jóvenes universitarios formaron batallones patrióticos para combatir a los franceses o se inscribieron en el ejército trabajando como ayudantes de farmacia, médicos, cirujanos, ingenieros, etc. Este reclutamiento sólo se produjo en el bando que luchaba contra las tropas francesas, puesto que el gobierno de José I no llegó a disponer de un ejército nacional im portante (30). Por otra parte, los autores científicos más jóvenes no ha bían accedido, en la mayor parte de los casos, a cargos institucionales que dependían del gobierno. Por ello, al contrar�o que los otros grupos de edad, los más jóvenes no fueron obligados a prestar juramento de fideli dad para permanecer en sus cargos. Otra característica que diferenda a los cultivadores de la ciencia parti darios y contrarios del gobierno de José I es el lugar donde residieron du rante la guerra. Más de tres cuartas partes de los cultivadores de la ciencia «afrancesados» residieron durante la guerra en Madrid (77%). El resto de este grupo se reparten entre trece ciudades y pueblos más, de los que úni camente destaca Valencia con tres residencias. Los opositores del gobier no afrancesado estaban más dispersos por la geografía peninsular (más de cincuenta ciudades y pueblos diferentes), puesto que muchos de ellos se vieron obligados a desplazarse de un lugar a otro, huyendo de las tropas francesas. Como es lógico, la ciudad con mayor número de residencias de este grupo es Cádiz que recoge algo más de la quinta parte de las mismas (21%). Las restantes cuatro quintas partes se reparten entre más de cin cuenta ciudades y pueblos entre las que destacan Madrid (7%), Valencia y Sevilla (6%). Podemos afirmar, por lo tanto, que los cultivadores de la ciencia que hemos denominado «afrancesados» se agruparon mayoritaria mente alrededor de una sola ciudad, Madrid, mientras que los opositores al régimen de José I se dispersaron por un elevado número de ciudades, de entre las que destaca Cádiz. También podemos encontrar diferencias entre las áreas científicas cul tivadas por los partidarios del gobierno afrancesado y los opositores al mismo, tal y como se puede comprobar en la tabla IX. En ambos casos, las materias científicas mayoritariamente cultivadas son la medicina, cirugía y farmacia y la química, aunque en el bando afrancesado el porcentaje de cultivadores de la medicina es bastante más bajo que la media total. En otras materias, la diferencia entre ambos gru pos es mucho mayor. Así, entre los afrancesados apenas encontramos cul tivadores de la náutica o de la ingeniería militar, siendo mucho menor el po.rcentaje decultivadores de la astronomía que la. media. Sfn embargo, materias como la historia natural y la agronomía y zootecnia tienen un pqrcentaje.de cultivadores mayor que la media. Como es fácil suponer, en el bando contrario a José I, la situación es, aproximadamente, la imagen especular de la del bando afrancesado. El porcentaje de cultivadores de la ingeniería militar, las matemáticas y la a�tronomía es mayor qu� el de la media total mientras que es ligeramente inferior el porcentaje de cultiva dores de la histori� natural y botánica y la agronomía y zootecnia. Las causas para esta distribución deben buscarse en la diversas ocupaciones y
Recordar es volver a otros tiempos. Pero nunca como ahora se me ha hecho patente esa sensación de retroceso a un tiempo que fue y que ha dejado de ser. No se entienda esa palabra que se ha deslizado tan temprano, «retroceso», de modo peyorativo, sino tan sólo en su sentido de dirección, liberado de todo valor; aunque de mi consideración no esté ausente un juicio de valor, complejo desde luego, nada unilateral. Si me ha venido a las mientes un tópico no ha sido, desde luego: «¡qué tiempos aquellos!», sino el que figura en el título, mucho más neutral, casi perogrullesco de puro obvio. Reconozco, en parte para mí mismo, un hecho que, aparentemente, no necesita ser reconocido; pero sólo aparentemente. Pues, ¿no es tarea del historiador reflexionar acerca de «otros tiempos», aun cuando esta reflexión -y sobre todo en ese casoesté al servicio del presente? He huido deliberadamente de la nostalgia, representada por la frase citada entre admiraciones, aunque algo de nostalgia guarda, latente, la frase elegida. Pero en su enunciado predomina más bien la melancolía, estado de ánimo menos preciso, que no implica de forma tan decisiva un «echar de menos», y sí la aceptación de lo que hoy es. En este sentido no cabe, como advertía al principio, hablar de retroceso en un sentido negativo. «Cualquier tiempo pasado fue mejor» no es una declaración que pueda resignarse a aceptar quien se propone trabajar por el día de hoy y, si a tanto llegan las fuerzas, por el de mañana. Tampoco Albarracín era un nostálgico en el sentido enfermizo del término. No obstante, nada es más cierto que esto: eran otros tiempos. Siendo él un hombre de su tiempo, el tiempo que compartí con Agustín Albarracín se me presenta inevitablemente como «otro» tiempo en comparación con el presente, incluso con algunos -bastantes-de los años en los que manteníamos nuestra amistad en la distancia. En las siguientes líneas trataré de dar cuenta de esta diferencia; de recordar al doctor Albarracín, uno de mis maestros, en esa perspectiva que se me presenta espontáneamente y en primer lugar, la de la diferencia entre un estilo de vida -y de vida profesional-que fue y el que ahora impera. Para ello no se me ocurre nada mejor que comenzar recordando mi encuentro con él; un encuentro que fue decisivo para mi futuro, es decir, también para el presente desde el que escribo estas páginas. Epoca de cambio para nuestro país, iba a serlo también, sin que yo aún lo supiera, para mí, que amaba la medicina práctica y aspiraba a ser médico al modo usual, si así puede decirse. Las clases tenían lugar en horario de tarde, lo que constituía una excepción. Esto, así como la singularidad de la materia, hacía que la asistencia fuera deprimentemente exigua. Aunque hay que reconocer que ninguno de los dos profesores que la impartían en el Hospital Clínico de san Carlos, Agustín Albarracín y Pedro Laín, parecían en modo alguno deprimidos por este hecho. Muy al contrario, transmitían con apasionamiento lo que, a todas luces, era para ellos parte esencial de sus vidas. Yo era uno de los pocos testigos, creo poder decir sin presunción que el más sensible, de este admirable ejercicio de profesionalidad, de voluntad, de convicción. Aquellas dos horas eran para mí las mejores de la semana, excepción hecha de las numerosas que pasaba en las salas de enfermos -pues debo reconocer paladinamente que acudía lo menos posible al resto de las clases, salvo en los contados casos de profesores que me transmitían una sensación comparable a la que me suscitaban aquellos dos maestros-, aunque, de momento, no se me ocurría pensar en la Historia de la medicina como una forma particular, y particularmente valiosa, de ser médico. Aquí es donde entra en escena, en mi escena, Agustín Albarracín. Aproximadamente por las mismas fechas en que moría Francisco Franco y tantas cosas empezaban a cambiar comenzaba a fraguarse un cambio también en mi vida. El doctor Albarracín, el profesor que explicaba la historia de la patología de cuatro a cinco de la tarde, lanzaba un día, supongo que más por sentido de la responsabilidad que por convicción en la eficacia de su acción, la propuesta de realizar un trabajo para un concurso promocionado por esa institución tan cordialmente vinculada a la investigación historicomédica en España: el laboratorio Uriach. Me dejé tentar, y pasé de oyente mudo a tímido interlocutor de mi profesor. Encontré a Albarracín en el despacho que entonces ocupaba en el pabellón V de la Facultad de Medicina. Aprovecho para levantar acta de otro encuentro y para dar el correspondiente testimonio de afecto y de gratitud: me recibieron y dirigieron hacia él, no recuerdo por qué orden, María del Carmen Chanes y Pilar García Santamaría, capaces de dar, como ahora se dice, «rostro humano» -y más que humano: cordial-desde los primeros compases a una cátedra universitaria de las de «aquellos tiempos». Pronto supe que no eran ellas las únicas que hacían de aquel pequeño reducto algo que se parecía muy poco a los santuarios o fortalezas de otros profesores. Albarracín me atendió con una delicadeza exquisita que conocen todos cuantos le han tratado alguna vez. Más tarde supe que tenía exactamente la misma edad de mi padre, y sólo mucho más tarde pude evaluar que en su relación conmigo tuvo, en ocasio-nes, que adaptarse a ingenuidades -pretender que leyera cien páginas manuscritas; dicho sea en mi descargo que en 1976 yo no disponía de máquina de escribir-, o a desencuentros de corte adolescente, desde una lúcida conciencia de tal diferencia de edad y de experiencia. El hecho es que, como gustaba decir, en privado o ante terceros, en jerga deportiva, «él fue quien me fichó». Lo cual, por otra parte, en el contexto en que se producía tal manifestación, debía entenderse como un juicio favorable que nunca dejé -ni ahora dejo-de agradecerle. Hasta tal punto le soy deudor en lo profesional, lo que, en este caso más que en muchos, y en un sentido más profundo, equivale a decir en lo personal. Pero, además, tengo otra deuda con él que me place reconocer: un estilo de vida y de trabajo que ha guardado no poco de «otros tiempos»; que, en más de un sentido, es intempestivo. En primer lugar, fruto de aquel encuentro fue y sigue siendo mi dedicación al estudio de textos literarios; algo que él mismo había hecho aunque no con igual dedicación y no siempre con similar enfoque. Para explicarlo rápidamente recordaré al lector que el estudio de la medicina en el epos homérico o en el teatro de Lope de Vega no apunta al mismo objetivo que el que dedicó al sufrimiento humano en El pabellón del cáncer de A. Solzhenytsin. Interés, simpatía y respeto generoso por lo que podía hacer marcaron la actitud de mi profesor y maestro en aquellos tiempos de balbuceos. Si esto es, como pienso, lo que él sentía, a cambio experimentaba yo una excitante sensación de libertad, así como de la correspondiente responsabilidad: tendrás -pensaba-que justificar esta confianza. Y esa experiencia ha sido decisiva; a partir de tales inicios sólo muy pocas veces, y sólo a contrapelo, me he resignado a trabajar sobre algo que, juzgado importante por otros, no me importara a mí mismo. Excluyo de la declaración anterior la colaboración en empresas de compañeros queridos y respetados, pues en tal caso siempre existía un motivo para el interés: la amistad, el afecto, la voluntad de compartir sus gustos, sus propios intereses (cosa que también aprecié a menudo en mi perdido amigo). No sé si ese rasgo de mi personalidad es una virtud o un signo de mala crianza. En caso de que se piense esto último, no se eche sobre el doctor Albarracín responsabilidad alguna, pues ya tenía yo edad para malcriarme solo y para hacer malo lo que en su ánimo era bueno y generoso. Pero también aprendí de él... ¿cómo decirlo? De las múltiples fórmulas empleadas -el rigor metodológico; la disciplina en el trabajo; la precisión, etc. etc....-ninguna me parece aplicable a mi imagen del doctor Albarracín, sin que pueda decirse que algo de esto le faltaba. A falta de algo mejor me quedaré con la noción que mejor cuadra a mi recuerdo de Agustín Albarracín en esta importante parcela de su vida: la artesanía. Su relación con la obra -con su obra-era en todos los casos amorosa. Tanto si confeccionaba una ficha a mano -sobre todo al comienzo de nuestra relación-como si escribía un texto al ordenador, sus gestos tenían el mimo y la elegancia de los viejos artesanos que se relacionaban con la obra de sus manos «descosificándola», si se me permite el uso de este neologismo, pedestre pero explícito. Si Albarracín hubiera sido carpintero habría puesto en el mundo más de un Pinocho. También en esto los tiempos de Albarracín, los tiempos que compartí con él, eran otros tiempos; pero, con razón o sin ella, no me resigno a darlos por idos para siempe. Sólo él, el hombre, el maestro, el amigo, se ha ido para siempre, y no caeré en el tópico de atribuirle una supervivencia idealizada en las vidas de sus discípulos. Lo hemos perdido, y no hay modo de hacer más llevadera esa pérdida. Hay lugar, empero, para la fidelidad a lo que de él aprendimos; en mi caso, a esto que de él aprendí. Hay lugar para esta ceremonia tan necesaria, para este proceso tan imprescindible de asimilación de la pérdida. Para algo que, en el fondo, no se puede explicar, pues lo radicalmente humano se esconde de los conceptos, pero que se siente; y este sentimiento es compartido, como manifiestan a veces los gestos, los silencios, las iniciativas siempre torpes e insuficientes, pero bienintencionadas, cálidamente humanas, como ésta de la que formo parte... Eran otros tiempos, que también caben en éste.
La historia de España de las seis décadas que median entre las tran sacciones constitucionales de 1876 y las subversiones de 1936 muestra un progreso continuo en la modernización de nuestro país. En este proceso histórico representó un papel decisivo la Junta para Ampliación de Estu dios e Investigaciones Científicas (J.A.E.), creada en 1907, pieza clave y eje de actuación de la Institución Libre de Enseñanza (1). La actividad desa rrollada por la J.A.E. supuso el definitivo encuentro de España con Euro pa. Es precisamente esta orientación europeísta la que caracterizará a la llamada «generación del 14», a la que pertenecieron, entre otros, Ortega, Marañón, Azaña y Negrín (2). Ciertamente, pocas figuras españolas presentan una trayectoria bio gráfica tan singular e interesante como la de Juan Negrín López, cuyo des tino histórico ha eclipsado, injustamente, su faceta universitaria: su labor como investigador y catalizador de grandes hombres de Ciencia -verda dero «maestro de maestros» y organizador de una Universidad moderna introduciendo y fomentando en ella las ciencias experimentales. plicó, lógicamente, su vinculación a la J.A.E., organismo que le encomen dó la dirección del Laboratorio de Fisiología General en la Residencia de Estudiantes (1916). Aquí desarrolló Negrín una de sus facetas universita rias más importantes: la creación de una moderna ((escuela» de fisiólogos experimentales (3), inducida desde su Cátedra de la Universidad Central. Este trabajo pretende, de esta manera, analizar la trayectoria científica del Dr. Negrín (4), así como destacar los aspectos más significativos de su actividad universitaria que resultaron trascendentales para el proceso mo dernizador de nuestro país del primer tercio del s. XX. El período vital de Negrín que comprende desde su nacimiento (1892) hasta el comienzo de la Guerra Civil (1936), acontecimiento que determi na, de forma dramática e inexorable, su completa dedicación a la activi dad polftica, nos permite distinguir cuatro etapas claramente diferencia das en el tiempo: 1. a etapa, hasta 1916, de formación científica, que transcurre en Alemania; 2.aetapa, de 1916 a 1922, en la que Negrín se hace cargo de la Dirección del Laboratorio de Fisiología General de la J.A.E. si tuado en la Residencia de Estudiantes, con una labor claramente docente; 3. a etapa de 1922 a 1931, marcada por el acceso de Negrín a la Cátedra de Fisiología de la Universidad Central, lo que determinará la orientación in vestigadora del Laboratorio de la Junta, y limitada por su elección como Diputado a las Cortes republicanas; por último, 4.a etapa, de 1931 a 1936, periodo de claro predominio político, pero decisivo en tanto que Negrín fue nombrado Secretario de la Junta Constructor-a de la Ciudad Universi taria hasta el desencadenamiento de la Guerra Civil. l. Alemania: ciencia y socialismo Juan Negrín López nació en Las•Palmas de Gran Canaria el 13 de fe brero de 1892, en el seno de una familia marcadamente clerical pertene ciente a la oligarquía comercial isleña. Tras realizar, precozmente, los es tudios del grado de Bachiller en el Instituto de la Laguna (5), en 1906 marchó a Alemania con objeto de estudiar Medicina (6). De este modo, Negrín emprendía la trayectoria educativa propia de su clase social cana ria; si bien, sus aspiraciones se encaminaban hacia la investigación cientí fica. Iniciando sus estudios médicos en la Universidad de Kiel, al año, y por su interés desarrol1ado en la Fisiología, se traslada a la de Leipzig donde obtiene el doctorado en 1912 (7). Los estudios de Medicina realizados por Juan Negrín en las Universi dades alemanas abarcaban doce cursos semestrales y comprendían, entre otras, las siguientes asignaturas: Física experimental para médicos -dos cursos-, Química orgánica e inorgánica, Anatomía Comparada y Zoolo gía, Anatomía y Fisiología de las plantas, Fisiología -tres cursos-, Quí mica fisiológica, «Deba. tes de Fisiología», Prácticas de Fisiología y de Quí mica fisiológica, etc. (8). Después de obtener el titulo de Doctor, continuó Negrín trabajando en la Universidad de Leipzig, obteniendo el cargo de asistente y ejerciendo funciones docentes durante más de dos años en el Instituto de Fisiología de dicha ciudad -la célebre Neue Phisiologische Anstalt, fundada en 1869 por C. Ludwig y dirigida entonces por E. He ring-: «tomando parte en las prácticas seis veces por semana (por ser do bles los cursos prácticos en Leipzig); preparando la parte experimental de las clases en colaboración con los otros asistentes y expliéándolas cuando el Catedrático estaba imposibilitado y el primero y segundo asistentes au sentes (como sucedió algunas veces durante la Guerra), y habiendo inter venido más o menos directamente en cuantos trabajos de investigación sa lieron del Instituto durante su estancia en él corno asistente numerario, según era costumbre en el mencionado Instituto» (9). Allí se forma Negrín junto a Th. v. Además de los• estudios médicos, Negrín cursó en Alemania la carrera de Química, «faltándole únicamente para terminarla las dos terceras par tes del curso dedicado a la obtención de preparados orgánicos» ( 1 O). Dedi có asimismo una parte de su tiempo de estudio a las «Ciencias Económi cas» (11 ). Durante esta etapa alemana de formación e incorporación a la investi gación inicia Negrín su obra científica. Sus primeros trabajos tratan de la actividad de las glándulas suprarrenales y su relación con el sistema ner vioso central, intentando determinar si existía un control neurológico di recto sobre los niveles de glucemia o si este control se efectuaba indirecta mente por medio de la adrenalina. Investigaciones realizadas por Negrín sobre el mecanismo fisiológico de la glucosuria producida por la punción del IV ventrículo -la piqüre gli cogénique (C. Bernard, 1855) ( 12)-le permitieron constatar la función re guladora del centro glucosúrico, situado en el IV ventrículo, sobre la se creción interna de las glándulas suprarrenales a través del sistema nervioso simpático (13). De esta forma, Negrín consiguió demostrar que la acción recíproca sistema nervioso-sistema endocrino era realizada no _Asc/eJJin-Vol. XLVl-1-1994 sólo a través de las partes periféricas del sistema nervioso, sino también en la parte vegetativa central. Probó también experimentalmente, por mé todos de vivisección, las relaciones entre adrenalina y glucosuria. Así, Ne grín percibió detrás del simple hecho de la secreción de adrenalina, las implicaciones evolucionistas de su investigación. Dándose cuenta de que el protoplasma era muy sensible a variaciones químicas insignificantes de su alrededor, afirmó que es de presumir que los cambios del ambiente hu moral, originados por los productos del recambio celular, pueden conside rarse como la expresión más sencilla de una función endocrina y, posible mente, como uno de los primeros pasos en la evolución filogenética de las secreciones internas (14). Al mismo tiempo, Negrín dirigió gran párte de sus investigaciones a estudiar experimentalmente las variaciones del contenido cromófilo de las cápsulas suprarrenales, realizando aportaciones de relieve en colabora ción con von Brücke (15). Asimismo, estudió el sistema nervioso simpáti co como inervador tónico de la musculatura (16), aportando, por otra par te, un procedimiento rápido de microanálisis para la determinación cuantitativa de la glucosa en la sangre. Entre sus contribuciones es preci so destacar también la traducción que realizó del francés al alemán de la obra de Ch. Richet titulada L' Anaphylaxie, con dos folletos y adiciones ex presamente hechos por Negrín para la edición alemana (17). Sin embargo, durante su estancia en Leipzig, Negrín estuvo en contac to con la investigación experimental española, en concreto con el grupo fi siológico catalán (la «escuela» creada por August Pi Suñer); de hecho, sus trabajos aparecieron publicados en los Treballs de la Societat Catalana de Biología ( 18). Las relaciones de Negrín con la J.A.E. se remontan a 1911. En este año solicitó una pensión, «con el fin de continuar sus estudios» (19), que le se ría finalmente denegada, pero consiguió la concesión de la «consideración de pensionado» (20). Aquella Alemania prebélica en la que se forma Negrín (1906Negrín ( -1914)), y donde coincide con los becarios de la J.A.E. -Julián Besteiro, entre otros-, era, al mismo tiempo, la vanguardia del socialismo europeo don de, en ámbitos universitarios, abundaban los llamados «socialistas de cá tedra» (21). De este modo, la germanización intelectual de los jóvenes es pañoles solía tener como culminación su adhesión al socialismo: ser socialista (sin filiación partidista) era una forma de ser plenamente euro peos. Puede decirse así que Juan Negrín fue -en su generación española de 1914-uno de los jóvenes más plenamente europeos. Esto significó su regreso a España (Las Palmas), a finales de 1915. Posteriormente, el 22 de febrero de 1916, Negrín cursó una solicitud de pensión a la Junta con el objeto de « trabajar en el laboratorio de Fisiología que dirige el profesor Meltzer en el Rockefeller Institute far Medica! Research y en el laboratorio que dirige el profesor Graham Lusk en la Cornwell University y estudiar con este último la glucosuria originada por la fluoricina. Perfeccionar la técnica quirúrgico-fisiológica en el Rockefeller lnstitute. Si a los seis u ocho meses puede estimarse ultimada la labor en New York, pasar previa consulta y autorización de la Junta a la Harvard University cerca de Bos ton, a trabajar con Cannon y Porter y conocer prácticamente los métodos originalísimos, que según un folleto de Porter, se siguen allí para el estu dio de la Fisiología... » (sic) (22). No existen pruebas fehacientes sobre la realización de este proyecto, pero la fundación ese mismo año del Labora torio de Fisiología General y la elección de Negrín como Director del mis mo, nos hacen suponer que, finalmente, no se llevó a cabo. El laboratorio de Fisiología General de la J.A.E. (1916)(1917)(1918)(1919)(1920)(1921)(1922) Efectivamente, a comienzos del curso 1916/17 -octubre-se inaugu ra en la Residencia de Estudiantes -por falta de un local adecuado-y a propuesta de Cajal, el Laboratorio de Fisiología General de la J.A.E., que dando encomendada su dirección al Dr. Juan Negrín (23), «que ha pasado varios a' ños dirigiendo prácticas de Fisiología en la Universidad de Leip zig» (24). El perfil biográfico de Negrín encajaba perfectamente dentro del pro yecto pedagógico europeizante de la J.A.E. Su incorporación venía a satis facer, en cierta medida, los intentos de ésta de traer profesores extranjeros que introdujeran en España las técnicas educativas y los métodos de in vestigación habituales en otros países. De esta manera, Negrín iniciaba en Madrid -A. Pi Suñer lo hacía en Barcelona-para la Fisiología experimental, una gran obra de renovación y actualización científica, encomendada principalmente al sistema de pensionado establecido por la propia Junta (25). El Laboratorio de Fisiología se presenta desde un primer momento con una función marcadamente investigadora, aunque como subraya la Memoria que recoge su actividad durante el primer bienio de funciona miento: «el programa de este Laboratorio -ha sido el estudio experimental de aquellos capítulos de la Fisiología susceptibles de ser tratados en un curso de índole general, si bien, el Sr. Negrín ha sabido sacar partido de los escasos medios puestos a su disposición y durante el verano ha conse guido hacer trabajos de investigación personal» (26). Esta doble vertiente, docente e investigadora, continuará en los años siguientes, durante los cuales, aunque se imparten en él cursos prácticos demostrativos (27), el Laboratorio dedica ya una especial atención a la es pecialización e investigación; si allí se inició en «la investigación fisiológi ca un crecido número de residentes, efectuando numerosos trabajos que fueron publicados», en los primeros tiempos.el Laboratorio procuró tam-• bién un aprendizaje más elemental, «con explicaciones teóricas referentes a los detalles técnicos del experimento» (28). En el Laboratorio, Negrín continuó y completó sus trabajos iniciados en Alemania, constituyendo, en definitiva, algunas de las líneas de investi� gación de su «escuela» (29). Estrechamente relacionadas con las investi gaciones citadas anteriormente, realizó estudios sobre las substancias re ceptivas (30), la fisiología y farmacodinamia de las terminaciones simpáticas, la fisiología de las suprarrenales y, especialmente, sobre la re gulación de la glucemia (31). Así, Marañón al analizar en 1922 el Estado actual de la doctrina de las secreciones internas, señala como las investiga ciones de Negrín y su escuela determinaron «que la excitación del centro glucosúrico del cuarto ventrículo actúa, a lo_ largo del sistema simpático, sobre la secreción interna de las suprarrenales y mediante la hipersecre:. ción de adrenalina que sigue a esta actuación determina la clásica gluco suria bulbar (32). En torno a la figura de Negrín se constituyó una auténtica «escuela» de • importantes fisiólogos, formados extensamente, a través d� la política de pensiones de la J.A.E., en los más importantes centros de investigación del momento (33). Esto permitió el establecimiento de estrechas relaciones con los principales organismos científicos de Europa y América. Durante esta primera etapa del Laboratorio, d núcleo principal de in vestigadores asociado al Dr. Negrín estaba constituido por: José Domingo Hernández Guerra (1897-1932) (34) y José M.a de Corral García (1889-1971) (35) -sucesor de Negrín en la Cátedra de Fisiología tras la Guerra Civil-, como colaboradores más inmediatos. Otros científicos relaciona dos en un principio, en mayor o menor medida, con el Laboratorio fue ron: José Sopeña Boncompte (1891-1961) (36) y José Miguel Sacristán Gutiérrez (1887-1956) (37), ambos vinculados en momentos muy puntua les de su carrera. Negrín y sus colaboradores presentaron sus trabajos ante la comuni dad científica internacional en el Congreso de Fisiología celebrado en París (La Sorbona) en julio de 1920 (38). Gonzalo R. Lafora lo relata así en su crónica del diario El Sol: «... las comunicaciones de este investiga_ dor espa ñol (Negrín) sobre el contenido en adrenalina de las cápsulas suprarrena les después de la célebre piqure de Claudia Bernard, y acerca de, la acción de ésta sobre la presión arterial, despertaron considerable interés y fueron seguidas de la intervención de numerosos fisiólogos _ extranjeros» (39). Por otra parte, en la misma crónica se daba cuenta de otras aportaciones cien tíficas relevantes del Dr. Negrín, como eran sus originales diseños del ins trumental del Laboratorio de Fisiología de la Junta: «... Igualmente, Ne grín, con sus colaboradores y discípulos" hizo una gran impresión de investigador a la moderna, y su aparato el estalagmómetro, ideado para re coger gráficamente el número de gotas de los líquidos que pasan a través de los vasos sanguíneos en las experiencias de Trendelenbur:g, para deter minar la acción constrictora o dilatadora de diferentes sustancias, tuvo gran éxito; tanto que muchos de los fisiólogos eminentes que asistieron han pedido a Madrid este ingeniosos aparato fisiológico» ( 40). Por su par te, Puche describe así el instrumental utilizado en las investigaciones del Laboratorio: «... Había algunas innovaciones en el equipo instrumental, parte del cual era de procedencia distinta a la de los abastecedores habi tuales... Tratábase de aparatos de precisión de factμra española. Diseña dos por Negrín, eran cons. truidos por el Sr. Costa en los cercanos Labora torios de Torres Quevedo... » ( 41). Por otra parte, y al mismo tiempo, tras su definitiva instalación en Ma drid, Negrín solicitó el 2 de julio de 1917 la «incorporación de sus estudios realizados en Alemania, a fin de obtener el título de Licenciado y Doctor en Medicina» (42). Por Real Orden del 4 de abril de 1918 se le concedió «examen de reválida o de conjunto para conferirle el grado de Licenciado» (43). Los ejercicios correspondientes los realizó Negr,ín el 24 de septiem bre de 1919, obteniendo la calificación de Sobresaliente { 44 ). Este mismo curso -en septiembre-realizó las asignaturas de los estudios de Docto rado: Historia de la Medicina, Parasitología, Psicología Experimental en las• que obtuvo Notable de calificación-, y Análisis Químico,-con Sobre saliente-( 46 ). Finalmente, el 26 de junio de 1920, Negrín obtuvo el Grado de Doctor con una tesis sobre El tono vascular y el mecanismo de la acción vasotónica del esplácnico (47). El tribunal que juzgó el trabajo estaba formado por los doctores R. Jiménez, T. Remando, D. Herrero, A. Medina y, como secreta rio, Mayoral; el ejercicio obtuvo la calificación de Sobresaliente ( 48). Ello le sirvió a Negrín para convalidar el titulo de Doctor obtenido en Leipzig y tener posibilidad de acceso a la docencia universitaria. Sin embargo, esta actividad docente ya la inició Negrín durante el curso 1917-1918 cuando fue nombrado, el 29 de octubre de 1917, Auxiliar Interino de la Cátedra de Fisiología de la Facultad de Medicina de Madrid -siendo titular de la misma José Gómez Ocaña ( 1860-1919)-«para atender las urgentes nece sidades de la enseñanza en esa Facultad. El cargo será desempeñado gra tuitamente y los servicios que en él se preste se considerarán de mérito pa ra su carrera, debiendo cesar en el mismo tan pronto como desaparezca la necesidad que motiva este nombramiento y en todo caso la terminación del presente curso» ( 49). De este modo, Juan Negrín ya se iba perfilando como el candidato idó neo para la Cátedra de Fisiología Humana de Madrid, de la que sería bri llante titular en 1922. De la Cátedra de Fisiología a las Cortes Republicanas El Tribunal encargado de juzgar las Oposiciones fue publicado en la Gaceta del 20 de Abril de 1921 y estaba constituido por: S. Recaséns -de cano de la Facultad-, como Presidente; M. Márquez, T. Hernando, T. Maestre y J. M." Bellido -como Secretario- (52). Firmaron como opo sitores: Juan Negrín, Alfonso Medina, Carlos Jiménez Díaz, M. Bañuelos García, Celestino Lorenzo Torremocha, José M.a de Corral García y Esta nislao del Campo. Sin embargo, finalmente, sólo se presentaron Negrín, Torremocha y del Campo. Juan Negrín López fue propuesto por unanimi dad, siendo nombrado el 4 de marzo de 1922, Catedrático numerario de Fisiología Humana de la Universidad Central, «con el sueldo anual de 6.000 ptas., más l. 000 ptas. por conceptos de residencia y demás ventajas de la Ley» (54 ). El acontecimiento fue recogido por Lafora en su crónica de El Sol: «... La organización de los estudios médicos está entrando en España en una nueva fase de mejoramiento. Nos referimos a la selección de los nuevos profesores... En estos últimos días han sido elegidos dos hombres de positivo valer: uno, el Dr. Negrín, para la Cátedra de Fisiolo gía de la Facultad de Medicina, y otro, el Dr. Gallego, para la de Histología de la Facultad de Veterinaria. Ambos son dos investigadores que han pro bado sobradamente su capacidad con numerosas publicaciones de traba jos originales... » (55). El acceso de Negrín a la Cátedra permite organizar en la Facultad las prácticas de demostración bajo la dirección de Hernández Guerra. Como consecuencia de ello, el Laboratorio de Fisiología de la Residencia de Es tudiantes puede dedicarse más claramente a la investigación (56). En este período se vinculan al Laboratorio jóvenes estudiantes; en un principio lo hacen Severo Ochoa y José M.a Garcia-Valdecasas, ambos en 1925 (57). Posteriormente se incorporarían Ramón Pérez-Cirera, Blas Cabrera Sán chez (58), Rafael Méndez Martínez (59), Francisco Grande Covián (60), José M. Rodríguez Delgado (61), etc., entre los más significativos. Como Laboratorio dependiente de _la J.A.E., muchos de ellos obtuvieron pensio nes en Europa, completando sus estudios en los mejores Laboratorios del momento (62). Estos eran propuestos y seleccionados por el propio Ne grín, quien incitaba a sus discípulos a salir al extranjero. La mayoría de los becarios acudieron, lógicamente, a Alemania (63). La obra científica de Negrín en esta etapa no es muy extensa. Conti nuó, en un_primer momento, con sus estudios sobre la piqure y la glucosu ria, contribuyendo personalmente en el Libro-Homenaje a Don Santiago Ramón y Cajal (1922), con un trabajo sobre: «El papel de los adrenes en las glucosurias de origen bulbar» (64). Asimismo, perfeccionó en el Labo ratorio los aparatos de medición diseñados por él mismo: un miógrafo di recto no amplifzcador de inscripción frontal rectilínea (65), y un nuevo mo delo de estalagmógrafo (66). Se observa, al mismo tiempo, de forma evidente, una clara orientación bioquímica en las actividades del Laboratorio de Fisiología. En esta déca da se pasó, lenta, pero inexorablemente, de una investigación de carácter puramente fisiológico (p. ej., los trabajos de Negrín sobre la glucosuria adrenalínica, o los de Hernández Guerra sobre la fatiga muscular) a otra más inclinada a temas bioquímicos (p. ej., los estudios sobre la creatina, realizados por Ochoa y Valdecasas y las investigaciones del propio Negrín Asclepio-Vol. XLVI-1-1994 sobre la calcemia, el metabolismo fundamental normal en España y los bioelementos) (67). Sobre el carácter bioquímico que imprimió Negrín a sus trabajos, nos refiere Ortíz Picón el siguiente testimonio: «... El profesor Negrín, bastante exigente, confería en sus lecciones especial relieve e importan cia a los aspectos bioquímicos de la Fisiología, produciendo la impre sión de que ésta nos era -en su sentido clásico-escamoteada: las di sertaciones teóricas de -�egrín eran prolijas en fórmulas de aminoácidos y proteínas; por consiguiente poco didácticas para estudiantes ayunos de preparación bioquímica. La proporción de «suspensos» solía ser considerable... » (68). Poco tiempo después de obtener la Cátedra, el Dr. Negrín fue elegido Secretario de la Facultad de. Las posteriores declaraciones efectuadas por el Dr: Pittaluga a la Junta de Facultad explican claramente este hecho: «... había votado al Sr. Negrín por entender que este cargo de be •ser ocupado por un Catedrático moderno y persona joven, dada la ín dole del trabajo que sobre él habrá de pesar en el futuro... » (70). Del mis mo modo se pronunció el decano, Sebastián Recaséns: «... el non:.ibramiento del Sr. •Negrín marca una nueva orientación en el porvenir de la Facultad... » (71). En este cargo, Negrín demostró una gran capacidad organizativa, y su actuación se dejó notar rápidamente. Desde entonces, imprimió una nue va modalidad a la enseñanza, no sólo en su Cátedra, sino también promo viendo en diversas áreas üna nueva pedagogía en la Facultad, estimulando en el estudiante una inquietud superpuesta a•la rutina. Así; en el curso 1925-1926, en la Junta de Facultad celebrada el 10 de julio de 1926, Negrín propone, por primera vez, el desglose de la asignatu ra de Fisiología en dos cursos: «el primero, que podía abarcar Fisiología General y Celular, Bioquímica descriptiva y Química Física Biológica y denominarse Fisiología General y Química Fisiológica; el segundo, Fisiolo gía de los aparatos circulatorio, respiratorio, digestivo, la Fisiología de la nutrición en el recambio y secreciones del sistema nervioso y sus sentidos, y de la reproducción, y denominarse Fisiología Especial» (sic) (72). Poste riormente, el Plan de Estudios de 1928 ordenaría que la enseñanza de la Fisiología se impartiera en dos cursos: Fisiología General y Química Fisio lógica, en el segundo año de carrera, y Fisiología Especial y Descriptiva en el tercero. La primera, de clase alterna y la segunda, diaria (73). Finalmen te, el Nuevo Plan sería aprobado, unánimemente, por la Facultad de Medi-. cina de Madrid el 14 de junio de 192. Por otra parte, como actividades extra-universitarias, Negrín inaugu-_ ró, poco después de conseguir la Cátedra, un Laboratorio de Análisis Clí nicos -con el fin de incrementar sus ingresos económicos-, si bien no ejerció nunca la profesión médica. Fundó asimismo, junto con Julio Alva rez del Vayo y Luis -Araquistáin, la editorial Espáña, que sé caracterizó por publicar traducciones al español de obras consideradas de izquier das (75). Al mismo tiempo, Juan Negrín fue madurando poco a poco, des de los órganos ejecutivos de la Universidad, su entrada en política. Las causas que le atrajeron al socialismo, quedaron reflejadas en una confe rencia que pronunció el propio Negrín en la Casa del Pueblo en diciem bre de ese mismo año: «... Fui republicano desde que tuve sensibilidad política. Esta fue una razón decisiva para mí... El Partido Socialista Es pañol es eminente, exclusÍvamente rep�blicano, tanto que yo creo qu_ e es el único partido realmente republicano que existe en España..: En resu men, yo soy socialista, amigos míos, por ser re_ publicano, porque deseo justicia y porque quiero para todos la libertad económica, sin la cual la li bertad política no sirve de nada... » (77). Igualmente, en 1929, publicó Ne grín un artículo en El Socialista -el único escrito suyo sin carácter cien tífico (antes de 1936)___.:. sobre «La Democratización de la Universidad» en el que hablaba de «facilitar el ingreso en la Univ�rsidad de la masa prole taria» (78). Esto, al fin y al cabo, no era más que ei"resultado lógi�o del proceso de renovación pedagógica y cultural que los hombres de la Insti tución Libre de Enseñanza y la Junta para Ampliación de Estudios busca ban. Es preciso señalar que en 1929 eran muy numerosos los intelectuales españoles que eran abiertamente republicanos, pues consideraban el Go bierno autoritario del general Primo de Rivera como un anacronismo que separaba a España del resto de Europa. Para Negrín (como para un gran número de espafl_ oles en 1929), la forma de gobierno republicana era la vía más adecuada para que España llegara a ser un país enteramente euro peo. Y, justamente, el PSOE era el camino más eficaz para cons: eguir la anhelada modernización de España (79). En 1931, Negrín es elegido Diputado a las Cortes Constituyentes de la Segunda República por su: tierra natal -Las Palmas-, lo que supuso su entrada oficial en la actividad política nacional, como sucedería igual mente con otros integrantes de la generación del« 14». Secretario ejecutivo de la Junta de la Ciudad Universitaria y comienzo de la actividad política ( 19 31-19 3 6) La modernización de su Patria llevó a Negrín a implicarse progresiva mente en la actividad política española, siendo elegido Diputado a Cortes en las legislaturas republicanas de 1931, 1933 y 1936. Ello marcó definiti vamente su trayectoria biográfica. Lógicamente, en esta etapa -clara mente determinada por los diversos cargos desempeñados en órganos eje cutivos-, su actividad científica decreció de modo considerable. Con una, finalmente definida, orientación bioquímica, continuó, y en cierta medida completó, sus estudios sobre metabolismo fundamental y bioelementos iniciados en el periodo anterior (80); realizó, asimismo, tímidas investiga ciones sobre «la química de los líquidos biológicos y tumores», «la fun ción cutánea» y« el problema de la alime. ntación parenteral» (81). Sin embargo, en esta etapa continuó Negrín su excepcional labor ad ministrativa al frente de lá Secretaría de la Facultad de Medicina. Desde aquí, promovió en 1932, la creación de la Escuela de Profesores de Educa ción Física, en el marco de la Cátedra de Fisiología (82). Otra iniciativa, no menos importante, destacable del Negrín universitario dio uno de los pri meros ejemplos de colaboración de la Universidad con la industria en Es paña. El conocimiento de las técnicas bioquímicas de determinación de la vitamina A llevó a Negrín a estudiar su concentración en los hígados de los atunes, unas diez veces superior a la encontrada en el aceite de hígado de bacalao, cuyo aceite se empleaba ampliamente en clínica por aquella época, llegando a un acuerdo con el Consorcio Almadrabero para su ex plotación industrial, mediante un proceso que permitía obtener el insapo nificable del hígado de atún con un contenido en vitamina A del orden de 300.000 u/ml (83). • Pero donde más claramente se puso de manifiesto la gran capacidad ejecutiva de Negrín fue en la Secretaria ejecutiva de la Junta de la Ciudad Universitaria, en cuya obra vislumbraba la cristalización de sus ilusiones y a la que se dedicó de forma eficaz y entusiasta. Con la proclamación de la República en 193 l, por Ley del 22 de octu bre, se reestructuró la Junta de la Ciudad Universitaria (84), pasando a ser Presidente de la misma Niceto Alcalá-Zamora y Secretario ejecutivo Juan Negrín López (85), figurando como vocales, entre otros, varios Catedráti cos de la Facultad de Medicina: Cardenal, Hernando, Pittaluga, Cajal y Marañón (86). Las extraordinarias dotes administrativas y ejecutivas de Negrín se re flejan en las Actas de la Junta y rápidamente dieron sus resultados (87). Por iniciativa suya, se crearon «Becas» para estudiantes, pagadas con fon dos de la Ciudad Universitaria (88). Negrín fue asimismo el impulsor de la tesis, llevada a la práctica, de que las diversas edificaciones de la Ciudad Universitaria se podrían finalizar en etapas sucesivas,'aunque se utiliza ran parcialmente durante un cierto tiempo (89). Esto permitió inaugurar la Facultad de Filosofía y Letras el 15 de enero de 1933 y concluir los edifi cios de la Facultad de Medicina y de la Escuela de Odontología en octubre de 1934 (90), esperando poder inaugurar la Facultad de Medicina en el curso 1935-36. En este curso, se trasladaron a la Ciudad Universitaria el Laboratorio de Fisiología de la J.A.E. -Instituto de Fisiología-así como los de las Cátedras de Jiménez Díaz y Pittaluga. El Laboratorio de la Resi dencia de Estudiantes se instaló en los que son hoy los bajos del IV Pabe llón de la Facultad de Medicina. También, por iniciativa de Negrín, la Junta de la Ciudad Universitaria tomó el acuerdo de construir viviendas de régimen cooperativo para cate dráticos, profesores y empleados de la Universidad (91). Fue un proyecto de construcción de 1.000 viviendas en 8 cooperativas, que no llegó a ini ciarse (92). Negrín ejerció funciones administrativas en la Junta de la Ciudad Uni versitaria hasta el desencadenamiento de la Guerra Civil en 1936; si bien en 1934 presentó su dimisión como Secretario ejecutivo (93), siendo susti tuido en el cargo por José Ferrandis Torres -catedrático y representante de la Junta de la Facultad de Filosofía y Letras-. Sin embargo, las dotes de organizador, el dominio de idiomas, la serie dad en el trabajo y, en definitiva, su enorme talla intelectual, llevaron fi nalmente a Negrín a ser cada vez más imprescindible en el gobierno de la nación, lo que supuso la renuncia definitiva de su vocación científica. Así, cuando Negrín, científico e intelectual de acción, asume su responsabili dad histórica, su misión ya estaba realizada. Había sentado las bases para la creación de una moderna «escuela» de Fisiología en España, reformado los estudios de Medicina y contribuido eficazmente a la construcción de la Ciudad Universitaria. La cruel guillotina de la Historia impidió que Jua� Negrín López ocupara el lugar de honor que se merece en el pasado histó rico-científico español. Nuestro objetivo ha sido intentar restablecer la verdad más allá de la hagiografía, con que cuentan la mayoría de sus coe táneos, y recuperar a un científico prominente e indiscutido. (13) Negrín estudió el mecanismo de la glucosuria por picadura del IV ventrículo: partiendo del hecho descubierto por Mayer, de que en los animales a los que se han extir pado las cápsulas suprarrenales, la picadura diabética no va acompañada de glucosuria•, y fundándose en la acción de la adrenalina, algunos autores intentaron demostrar que la glucosuria, efecto de esta picadura, era debida a un simple proceso de hiperadrenaline mia. Negrín, empleando métodos fisiológicos sensibilísimos, demostró que la cantidad de adrenalina en la sangre era la misma antes i después de la «picadura diabética» del bul bo. NEGRÍN LóPEZ, J. (1911), «Sobre el mecanismo de la diabetes experimental producida por la punción del IV ventrículo». Boletín de la Sociedad Española de Biología, l. año I, pp. 147-149; y (1912), «Zur Frage nach der genese der Piqure-Glykosurié». (17) En este aspecto, es preciso señalar los enormes conocimientos lingüísticos que poseía Juan Negrín. En un «curriculum» elaborado por él mismo, para solicitar a la J.A.E. una pensión, fechado el 22 de febrero de 1916, alega, entre ótros méritos,. conocer perfec tamente los idiomas alemán, francés, inglés, italiano y ruso. (18) Existe un claro paralelismo entre la «escuela fisiológica madrileña» de Negrín y la catalana de August Pi Suñer. De hecho, la actividad de promoción científica desarrolla da en Madrid por la J.A.E., tuvo su homólogo en Barcelona con la Societat Catalana de Biología, presidida por Pi Suñer. (19) Dicha solicitud, con fecha 20 de febrero de 1911, figura en el ya citado Expe diente personal de Juan Negrín del AJAE-CSIC. (20) Título que la Junta otorgaba a quienes, por tener medios económicos suficien tes, no podían recibir becas o pensiones y que equivalía al reconocimiento oficial de su ampliación de estudios en el extranjero. Esta consideración y la posterior convalidación del titulo de Doctor, permitieron a Negrín concμrsar y, finalmente, acceder a la Cátedra de Fisiología de la Universidad de Madrid.
La figura de José Severo López es una de las más importantes, y tam bién de la que menos datos disponemos, de esa enorme cantidad de médi cos y cirujanos a caballo entre los siglos XVIII y XIX que intentaron revi talizar la maltrecha medicina española del período. Ya hemos hablado en otro lugar de este autor (1), pero vamos a recopi lar una serie de datos acerca de las enseñanzas que impartió en el Estudio Real de Medicina Práctica. Para ello, empezaremos con mios datos bio gráficos del autor, continuaremos analizando algunos aspectos del perso nal docente del Estudio Real de Medicina Práctica, para pasar a continua ción a la docencia impartida en esta institución docente. No vamos a profundizar en la mayoría de los aspectos que vamos a tratar puesto que ya lo hicimos en los escritos que hemos mencionado an teriormente, además de que no disponemos del espacio suficiente para ello. Tampoco vamos a tratar las conexiones de Severo López con el vita lismo escocés, ya que lo hemos visto ampliamente en otra parte, pero si vamos a recopilar aquellos datos más importantes sobre la labor docente de este autor. Breves datos biográficos de don Josef Severo y López Poco se sabe de la vida de uno de los más importantes representántes del Estudio Real de Medicina Práctica de Madrid. Estudió Humani dades y Filosofía en la Universidad Complutense. Después la carrera de Medicina;.Fue médico de �ámara de Carlos IV y profeso:r de Sala en el. En 1786 nombrádo médico del Hospital de San Patricio de los Irlandeses. Publicó μn Compendio anatómico y un libro sobre las fiebres nerviosas. Falleció �n 1817, el 12 de diciembre, siendo enterrado• en el cementerio del Norte, recién inaugurado» (2). La fecha de su muerte, según Alvarez Sierra, no concuerda con la que nos da José María López Piñero': que es la de 1807, ni tampoco coinciden en la opinión de las obras escritas ya que López Piñero comenta que «... no llegó a publicar ninguna obra, por lo que sus ideas tienen que estudiarse en sus manuscritos y a través de las publicaciones de sus discípulos» (3). Tampoco coinciden en el lugar donde Severo López cursó sus estudios ya que según Peset Reig fue en el Hospital General de Madrid obteniendo el Grado de Licenciado en Cirugía en el año 1778 ( 4). Con posterioridad ini ció sus estudios de Medicina, obteniendo la Licenciatura en el año de 1788, siempre según Peset Reig (5). Un dato de interés del paralelismo de sus ideas con las de Cullen; es que Severo López f ue suscriptor.de la Obra delautor escocés (6). Este he cho hablaría en favor de la asunción por parte de Severo del vitalismo neuropatológico del autor escocés. Pero a Severo López se le. han achaca do otras mentalidades. Según Luis Blasco Martínez: achacó -a Severo fuese debido a que nadie había escrito nada aún acerca del vitalismo y pudo haberlo.confundido con la teoría de Brown que esta ba penetrando por Valencia en esa misma época. De cualquier forma, ambos sistemas tenían como base las leyes de la vitalidad que es, precisamente, lo que se estudiaba en el Estudio Real de Medicina Práctica de Madrid, como ya veremos, y que el traductor de la obra de Lafon nos recuerda: «Las explicaciones que se hacen en el Real Estudio de Medicina Practi ca de esta Corte no tiene otro objeto que las leyes de la vitalidad» (8). También se achacó a Severo López un cierto neohipocratismo en sus enseñanzas según su propio discípulo García Suelto (9), y ya veremos que efectivamente en algunas explicaciones recurría a los autores clásicos pa ra explicar algún tema a sus alumnos. Otra mentalidad que se le achacó a Severo fue la anatomopatológica, influenciada según López Piñero por las amistades que hizo Severo ya en plena madurez: «... en sus años maduros la relación personal con Cabanis, Portal, Fontana y Mascagni, le hizo interesarse de modo particular por la anatomía patológica>> (10).. De ahí se infiere el que de vez en cuando Severo se apoye en la autop sia como manera de demostrar la enfermedad del paciente y que veremos en alguna ocasión al analizar los apuntes de sus clases, y que también re fiere Peset•Reig (11), pero que en ambos casos no-llega a ser suficiente para demostrar si Severo llegó a realizar las autopsias que refiere en sus clases. • Toda esta constelación de teorías nos refuerza en la opinión de que Se vero fue un ecléctico que al no encontrar un sistema ideal para llevar a ca bo su docencia, tuvo que contentarse con realizar una minuciosa selec ción de todas aquellas partes de la Medicina que fuesen útiles en sus explicaciones, no perdiendo el• horizonte de la observación y experiencia como metodología de trabajo para conseguir el adelantamiento.de nuestra ciencia, tal y como dejó bien claro Sims en las siguientes palabras: Antes de llegar a la Cátedra de Clínica del Estudio Real de Medicina Práctica opositó sin éxito a las de Obstetricia y a la de Afectos Quirúrgi cos. De la primera sólo tenemos la noticia reseñada por Peset Reig (13). De la segunda y de las polémicas que desató, hablaremos más adelante. Personal docente y asistencial. en el Estudio Real de Medicina Práctica Los encargados de poner en marcha este proyecto, desde la perspectiva docente, fueron Don José Iberti y Don José Severo López. El claustro go bernante del Real Estudio: lo formaron Don Mariano Martínez Galinzoga como Director y Don José Iberti y Don José Severo López como Catedráti cos, «... en atención á su acreditada y cabal instrucción y zelo; (... )» (14). Pero acerca de Severo López tenemos información previa, como hemos mencionado con anterioridad, relativa a que se había presentado a una oposición en el Real Colegio de Cirugía de San Carlos, debido a que Gim bemat pasó a ser médico de cámara, por lo que su cátedra en el Real Cole gio fue ocupada por Josef Queraltó, quedando vacante la de éste último y por lo tanto salió a concurso siendo uno de los firmantes Severo López: «... ha recibido la Junta el memorial incluso del Licenciado Don Josef Severo López, uno de los opositores, en que solicita se señale día de em pezar los exercicios, por el detrimento que de diferirlos se le siguen» (15). El tribunal examinador lo formaron Antonio Fernández Solano, Josef Queraltó, Juan de Nabas y los dos directores del Real Colegio, Gimbemat y Rybas (16). Esta oposición a la Cátedra de Afectos Quirúrgicos comenzó el 17 de julio de 1789 y no la ganó Severo, sino que fue Ribes el que la ob tuvo (17). De todos es sabido lo polémica que fue esta oposición y que la causa última, a mi entender, de que la perdiese Severo López fue el que se expresase en castellano en el turno de las réplicas (18). La primera Cátedra que se creó fue la de Iberti, siendo algo posterior la erección de la de Severo López: Correrá a cargo de los presupuestos generales del Hospital General de Madrid el sufragar los gastos que se produzcan en esta nueva empresa, co mo eran el mantenimiento de la Sala o Salas que se les concediesen para la enseñanza, el gasto de las medicinas que necesitasen para atender a los enfermos de estas salas, así como el instrumental necesario no sólo para la asistencia médica.a los pacientes sino también el dedicado a la enseñan za. También sufragará los gastos que ocasionen «... todos los libros, y auxi lios de toda clase» en el cometido a que se encaminaba dicho centro. Además se debían habilitar para los Catedráticos «.•. havitaciones có modas, capaces, y correspondientes, a fin de que puedan asistir con toda exactitud al desempeño de su Cátedra, y disfrutar de la tranquilidad que necesiten para su travajo y estudio» (20). El 21 de marzo de 1796 se comunica a la Junta que Josef Iberti había fallecido el 2 del corriente por lo que «... el sueldo de los dos días que le co rresponden recivir se entregase a su compañero Don Josef Severo López que se halla encargado de darle el destino correspondiente» (21). El 3 de abril de 1796 Severo López propone comprar la librería de Ti moteo de O'Scanlam para la Biblioteca del centro, por un valor de 12.547 reales de vellón. No se lleva a efecto esta transacción� por estar «... sin cau dales para satisfacer dicha suma». Lo de Librería se refiere a la biblioteca de libros que tenía el citado Señor «... Medico que fue en esta Corte». Ante la caótica situación económica del Hospital, al final se les conce de un crédito de 600.000 reales de vellón quedando como deudor el Estu dio Real. Se nombra una comisión para que haga balance de todo lo gasta do en la erección del centro antes de darles el dinero. Podríamos decir que fue una auditoría de cuentas como diríamos hoy. Esta comisión la forma ban: era Joaquín Serrano, evalúen los gastos ocasionados por «...los enfermos de la Clínica en los años de 1797, 98 y hasta abril de 99, (... )» para añadirlo a los 200.000 reales de vellón que ya debían a la Real Junta de Facultad Reunida (23). La primera noticia oficial.que tenemos acerca de la existencia de una enfermería, Sala de Santa Gertrudis, data del 25 de febrero de 1799, cuan do se lee una Real Orden del Exmo. Don Mariano Luis de Urquijo fechada a 17 del corriente y comunicada al Colegio • de San Carlos por me dio de un Oficio del 18 enviado por la Junta Superior Gubernativa, Oficio en el que se avisa que el Rey ha resuelto que la Cátedra de Medicina Prác tica de Madrid esté en lo sucesivo bajo la dirección de la Junta Gubernati va y Escolástica de los Reales Colegios de Cirugía del Reino (24). • Esta medida dio lugar por lo tanto a la unión de la Medicina y Cirugía (R.O. del 12 de marzo de 1799) y la supresión de 1a Audiencia de Cirugía del Tribunal del Protomedicato (25). • Esta unión de la Medicina y la Cirugía tuvo un sinfín de problemas que acabaron con ella, aunque como ya sabemos el camino andado fue irreversible. Así la primera cuestión burocrática ocasionada por la unión fue delimitar quién debía expedir las Certificaciones de asistencia de los revalidados de Medicina al Protomedicato. De los Colegiales de San Car los se encargaba el Secretario del Colegio, pero con la unión no estaba cla ro que fuera competencia suya el realizar esta misión. En los días siguientes se entregaron los inventarios de muebles y libros disponibles en el Real Estudio y se nombró como tercer depositario a uno de los catedráticos de Medicina. El cargo recae en la persona de Severo López. Más escasas son sin embargo las referencias que hemos encontrado con respecto al profesorado de las Salas, Santa Gertrudis, San Judas Ta deo, etc., en los fondos históricos analizados. El 1 de abril de 1799 se cele bró una Junta extraordinaria en el Colegio de San Carlos para recibir a los dos nuevos catedráticos del recientemente fusionado Real Estudio de Me di�ina Práctica, los Señores Don José Severo López y Don Francisco Ney ra, que ocuparon sus respectivos lugares en el claustro del Colegio. Se es tableció que estos profesores diesen sus clases en horario de 8 a 9 por la mañana y de 15 a 16 por la tarde, aunque no se les permitió que las expo siciones tuviesen lugar en la sala destinada para ello en el Colegio. • Como Severo López tuvo que ausentarse por una temporada no pu diendo desempeñar su cargo en el Estudio Real, fue nombrado por el Rey para sustituirle.Don Eugenio de la Peña, al que•se.le encargó la dirección interina del Estudio Real y la enseñanza de la medicina práctica por lo que el Colegio decidió concederle, como diríamos hoy, la excedencia en sus funciones relativas al Colegio, encargándose de la Cátedra de Fisiolo gía que tenía en posesión en San Carlos a Joseph Abades mientras durase esta situación. Pero esta situación no se podí� maI1tener durante mucho tiempo, por el excesivo trabajo que suponía para Eugenio de la Peña por lo que en la Junta celebrada el 1 de octubre de 1801 expone que no puede asistir ni a las juntas, ni a los exámenes ni a ningún otro acto celebrado en el Colegio: «... en atención a estar empleado interinamente por S.M. en el Real Es tudio de medicina práctica, y de ense�ar po_ r la tarde la clase por comodi dad de esta.escuela» (26 ). Con esto terminamos estas breves referencias a Severo López con la intención de que sirvan para conocer un poco más a nuestro autor. Docencia impartida en el Real Estudio Sólo analizaremos esta cuestión desde la legislación vigente: para este centro, pues el análisis de la.materias o asignatura propiamente dicha lo haremos de forma más extensa y detallada en el siguiente epígrafe;• El Capítulo IV de las Ordenanzas hace referencia a la enseñanza que es lo que más nos interesa por el momento. La apertura del curso se reali zaba el día primero de octubre de cada año, con una disertación en latín o en castellano sobre el tema que mejor le parezca al que debía hablar. El acto tenía lugar en el Anfiteatro que además servía para las disecciones, lecciones diarias y ejercicios públicos. El orador debía ser uno de los dos catedráticos permutando cada año en este cometido. La finalización del curso era sobre el 30 de junio de cada año. Esto es, más o menos, lo que viene a decir los artículos 1 y 2 de las Ordenanzas. Como ya hemos dicho el Real Estudio viene a suplantar los dos años de prácticas que debían realizar los médicos recién'-salidos de nuestras También recogen las Ordenanzas que se seguirán las obras de los auto res más famosos. Como en esos momentos el autor de moda era Boerhaa ve, las mismas Ordenanzas lo recomiendan: «... manifestarán los Catedráticos lo que es apreciable en este Autor, lo que le falta en materias de práctica, ó lo que deba moderarse; pero siem pre con el decoró que merece la memoria de este ilustre reformador» (28). Vemos que se impone la obra del holandés aunque no de una manera dogmática; hay que aprovechar de él lo mejor para la enseñanza. Si faltase algo para cubrir todo el marco docente se suplirá con explicaciones por parte de los catedráticos por otros autores, ya que ellos mismos eran capa ces de ver que los adelantamientos de la Medicina se producen �iariamente. Esto es el artículo S. Y a hemos dicho anteriormente que los autores a estudiar serán los me jores del momento, como Boerhaave, pero: V. Enseñanzas de Severo y López (30) Antes de empezar vamos a ver cuales son los libros que Severo reco mienda a los médicos, libros que abarcan una temática no solamente médi ca, y que son un fiel reflejo de ese espíritu enciclopedista de la Ilustración que buscaba un mayor grado de culturización en nuestros profesionales, ya que un médico no debe saber solamente Medicina, aunque es lo más im portante de su bagaje intelectual, sino que debe tener amplios conocimien tos en varias ramas del saber pues, como bien refleja en la última frase de la cita que vamos a ver a continuación, hay que aprender lo que se ignora y no olvidar los conocimientos que ya se poseen. Además, este listado nos puede dar una idea de las apetencias de nuestro autor. Por lo tanto, según las propias palabras de Severo López: «Los médicos además de su Ciencia deben saver algo de Política, y muy bien la Moral, Tener erudicion para tratar como corresponde a los hombres, darles a cada uno el trato que pida su educacion, estado, & y po der hablar de qualquier asunto con alguna nacion aliada: <leve tambien estar enterado de los ramos auxiliares a la Medicina. Por tanto <leve tener libros de todos estos conocimientos con quien consultar sus dudas, pues su estudio <leve ser doble, es decir aprender lo que ignora, y no olvidar lo que save» (31). Es muy típico del enciclopedismo ilustrado, como hemos mencionado en mas de una ocasión, estar informado de los temas más variados para desarrollar mucho mejor la tarea profesional que cada uno tenemos enco mendada (32). Acaba su relación de libros con las siguientes paiabras, bastante elocuentes de lo que hemos dicho anteriormente: «Estos son los libros sin que nadie puede estar» (33). La lista, como vemos, es bastante amplia y progresista a la vez, está puesta al día con los libros de texto más modernos para la época en la que vivía, es decir, los nuevos libros de Medicina, los nuevos textos que se es tán escribiendo fuera de nuestras fronteras sobre todo, además de la expe riencia, entendiendo como tal la operación encaminada a descubrir una verdad general o a demostrar un hecho científico, pues a cada instante nos encontramos la frase ya mítica en el contexto histórico en que nos movemos, que no es otra que la siguiente: «Queda pues probado con he chos, que en la Medicina equivalen a experimentos, (... )» (34), es decir la Asclepio-Vol. XL VI-1-1994 experiencia es la herramienta básica en.el quehacer diario de los médicos del Setecientos. Creo que ha sido importante haber empezado por aquí para intentar comprender lo que vamos a ver de ahora en adelante. Antes de pasar al estudio de la división de las enfermedades dedica tin tema a lo que él llama Corolarios de toda la doctrina dada hasta aquí, en donde -da una serie de definiciones, explica de qué tratan y pa: ra •qué sirven algunas asignaturas de la •carrera, habla de la vitalidad y define de nuevo ¿qué es la vida? y ¿qué es la Naturaleza?: «... el conjunto de accio nes de las leyes que gobiernan el universo» (35). Por este motivo, la Me dicina al estudiar un gran número de leyes sobre la Naturaleza Humana es la única ciencia que más se aproxima a la misma siendo necesario,• se gún Severo López, el estudio de otras materias para llegar a entender la naturaleza humana, estudio que además justifica como• vamos a com probar: Conocido el cuerpo en general dentro del entramado natural, hay que estudiar el cuerpo en particular, yendo de lo general a lo particμlar, des componiendo el cuerpo en sus partes más simples, es decir, tratando de aplicar el método analítico de Condillac, para conocer el cuerpo vivo, la vitalidad, es decir, las leyes por las cuales el cuerpo humano ejerce sus funciones en el estado de salud, para acabar viendo esto mismo en el esta do de enfermedad y, para conseguir estas metas es necesario integrar una serie de conocimientos sin los cuales no se pueden resolver los problemas de la práctica diaria. Estos saberes que recomienda Severo López son, en tre otros: Se puede ver que la metodología pedagógica de Severo es muy simple y se basa en el método analítico de ir de lo general a lo particular, como acabamos de decir, al igual que hace Condillac que para analizar cual quier objeto lo descompone en sus partes más elementales y a continua ción lo vuelve a componer, es decir: «... si yo quiero conocer una máquina, la desarmaré para estudiar sepa radamente cada una de sus partes. Cuando ya tenga de cada una de ellas una idea exacta y pueda volverlas a colocar en el mismo orden en que es taban, entonces habré conocido perfectamente esta máquina, puesto que la habré desarmado y vuelto a armar» ( 3 7). Si queda alguna duda de que el método que propone Severo es el analí tico en sus explicaciones docentes, léase el siguiente párrafo: «.•• da principio por lo mas simple para proceder después a lo mas compuesto» (38). Vamos a pasar ahora a una c;l e las partes m�s interesantes del tratado que es el de los diferentes sistemas de Medicina (39), comenzando el tema de la siguiente manera: «... el método de Boherave no es suficiente para explicar todas las en fermedades, pues muchas fiebres, anelaciones, vesanias, &,no pueden en trar en ninguna de las clases hechas, (... ) » ( 40). Se puede observar un cierto inconformismo por parte de Severo López a aceptar, como había ocurrido hasta este período, sin más las teorías de Boérhaave, pues en este caso Severo dice que su clasificación no es ópti ma ya que no da cabida a otras enfermedades en su clasificación, enfer medades que por otra parte existen y entran eri la sistemática boerhaavia na. Critica casi todas las clasificaciones: a las que se hacen por orden alfa bético, a las que se hacen por la duración de la enfermedad, a las que se hacen por las causas de la enfermedad, enfín, a todas pues «... no explican la esencia de los males» (41). Pero tampoco nos da Severo López una cla sificación y lo único que hace es seguir el modelo histórico natural toman do de cada una de ellas lo más acertado según su parecer, o lo que está más acorde con la razón y la experiencia. Esta postura intermedia consti tuye un deseo muy laudable a la vez que una pretensión muy atrevida, pe ro al menos Severo López siempre justifica esta elección suya de discernir lo mejor entre tantas doctrinas existentes. No se deja llevar por ninguna ideología sistemática aunque en algún momento de su discurso se decanta por las teorías del escocés Cullen. En el fondo, Severo López se guía de su gusto particular y, así, ese hipotético eclecticismo de nuestro autor rehuye las discusiones de principios por parecer, a todas luces, perjudiciales al ejercicio profesional y al progreso de la ciencia. Por el método que emplea, por la bibliografía que recomienda y por otra serie de cuestiones, podemos decir que nuestro hombre admite pu ra y simplemente los hechos estudiados y comparados con esmero has ta el extremo de parecer un excelente práctico en detrimento del valor teórico que puede representar su ideología a través de estos apuntes de clase. De todos modos, al contar solamente con las enfermedades agudas, pues las enfermedades crónicas las impartía Eugenio de la Peña, no sabe mos si Severo López siguió el mismo modelo a la hora de ordenar las en fermedades que el otro autor, pero al menos nos sirve para comprobar que en el Real Estudio de Medicina Práctica se explican las enfermedades agu das y las crónicas tal como las había dividido Sydenham, aunque mucho antes la nosología hipocrática las tenía así caracterizadas (42). Ese empirismo sistematizador entró en nuestras instituciones docen tes arrinconando a los saberes tradicionales e incentivando en los profe sionales de la medicina ese gusto por la comprobación de lo que leen an tes de llevarlo a la práctica, aunque probablemente no fue así siempre o en todos los casos. Aprovechando las críticas contra las clasificaciones, que ya hemos vis to que no eran de su agrado, alza una voz contra la separación de los estu dios de medicina y cirugía porque da lugar a que no estuviera institucio nalizada ni legislada la enseñanza de la última de ellas hasta tiempos muy recientes a nuestros autores: 188 «...la división de Medicina y Cirujia tan perjudicial a la humanidad, y que nadie la hace por institución ni ley» (43). En este último punto, el pensamiento de Severo es claro. A pesar de que estamos en el año de 1802, fecha en que se separan de nuevo la Medi cina de la Cirugía, nadie respetaba moralmente esta decisión y, así, los médicos explicaban nociones elementales de cirugía y los cirujanos hacían lo propio con la medicina, siendo el caso más típico de esto el de Joseph Ribes como hemos tenido ocasión de comprobar en otra parte, pe ro no era el único. Concluidas las críticas hacia las clasificaciones continúa explicando que es la Nosología ( del griego nósos y que se empleaba para nombrar las clasificaciones de las enfermedades), análisis o método como también la llamaba, que no era otra cosa según sus propias palabras que el «... orden en dividir y dar nombre a las enfermedades» (44). Es decir, se trata de una parte de la medicina que se utiliza para hacer clasificaciones de las enfermedades. De esta definición que nos da Severo López se infiere que la Nosología comprende dos partes bastante bien di ferenciadas. Por un lado la nomenclatura que consiste en dar «... a las en fermedades un nombre y un apellido para distinguirlas y conocerlas» (45), y de otra parte estaría la metodología. El método para elaborarla no es otro que el método analítico puesto que «-••• todas las ciencias, artes, fun ciones de la vida, se enseñan, aprenden y hacen guardando un cierto or den en presentar o examinar primero una cosa, después otra, luego otra, &., &. » (46). Es por lo tanto una clara alusión a la lógica de Condillac en el sentido de que este autor decía que «..• analizar no es mas que observar en un orden sucesivo las cualidades de un objeto, a fin.de darle en el alma el orden simultáneo en el que existe» (47). Quizás pueda ser más reveladora la cita que sigue a este párrafo y en la que se puede ver aún más la analogía ideológica con Condillac, ya que este autor nacido en Grenoble en el año 1715, es el que lanzó la idea de que era la propia Naturaleza la que nos enseñaba el análisis y con este método se pueden explicar un número ilimitado de fenómenos. Dice Severo López a este respecto: «Si los Medicos huviesen desde luego seguido a la Naturaleza en la di visión y descripcion de las enfermedades, no estaría hoy tan incompleto el modo de clasificar» (48). Una vez concluida la introducción, inicia el estudio de las enfermeda des agudas precisamente por el tema de.las calenturas y cabe preguntarse en este momento por qué Severo empieza sus explicaciones por este tema, es decir,_ por las calenturas. El mismo nos da la respuesta: «Casi todos los Autores Medicos y los que enseñan Medicina Practica lo hacen dando principio por las calenturas» (49). Aunque esta no e� la única ra. zón. También lo hace porque es «...la en fermedad mas común» ya que es «... enfermedad de la vitalidad». La res puesta es bastante simplona, pero ya hemos dicho en un apartado anterior que las fiebres eran las enfermedades más comunes y de peores conse cuencias de todas las que pudieran haberse dado durante el Setecientos. Severo nos define las calenturas del siguiente modo: «..• enfermedad esencial, principal, y acompaña también a muchos males agudos y cróni cos» (SO). Unas líneas más abajo, después de haber analizado lo que otros auto res han dicho acerca de este mismo tema parece que se contradice en aquello del carácter esencial de las fiebres pues nos dice que la calentura: «... es una modificación de la vida la qual no es esencial, y si accidental de esta» (51): Mientras que en la primera de las dos citas podríamos entender el tér mino esencial en su acepción de lo má_ s importante, con lo cual vendría a decir que la calentura es la enfermedad más importante de todas y, así, haría cierta la afirmación de que las fiebres fueron la enfermedad típica del siglo XVIII (52). Por el contrario, en la segunda cita la acepción válida dentro del contexto de la frase sería lo no específico o propio, es decir, se trataría de una modificación inespecífica o impropia de la vida, por lo tan to la fiebre sería una variación accidental de la vida. De este modo obvia mos el problema de la posible contradicción de Severo López con respecto a la esencia de las fiebres. • • Cuando explica los diferentes órdenes de las calenturas, dice que el primero de ellos es el de las calenturas continuas que son aquellas que «... excitada sigue un orden hasta acabarse» (53). El otro orden de las ca lenturas para Severo López es el de las calenturas intermitentes con lo que Comienza el estudio de las fiebres continuas por la calentura efímera que es aquell� que dura más o menos un día, para pasar después a anali zar el sinocus o fiebre pútrida y todas las demás. Acompaña la explicación de las diferentes clases de fiebres con una definición de las mismas, la si nonimia que hay de cada una de ellas, de las causas que las producen en-. tre las que destacan con nombre propio las causas predisponentes. Llega incluso a realizar, en algunas enfermedades, una pequeña historia de la misma como en el caso de la «efemera Británica, sudor Anglicus, hydropi reton, efímera maligna sudatoria» que: «Se presento por primera vez el año de 1485, y después por otras veces en años distintos. Salio alguna vez de Inglaterra, paso a Francia, Zelan dia, Bravante, y volvió a su país» (54). Por otra parte esta actitud era muy típica. Siempre que podía, o si lo sabían, introducían sus explicaciones cori una pequeña reseña histórica de la enfermedad en cuestión o daban a conocer los datos de actualidad, co mo en el caso que narra de una epidemia acaecída en Madrid: «En esta Corte huvo por los_ �ños 1786, y 1787 una epidemia de calen turas pútridas que se explico mas bien en un Regimiento de Si.tizos» (SS); o en esta otra cita: «Desde Hipócrates hasta los Ingleses que han empezado a observar con atención las fiebres no han vuelto los Medicos a nombrar la voz tifus. Sauvages quiere llamar a la enfermedad de que tratamos calentura ner viosa por que dice ataca mas frecuentemente el sistema nervioso que nin gún otro» (56). Era práctica habitual comentar este tipo de anécdotas como cuando lo que cita es a un autor cuyo pensamiento o teoría es lo que está exponiendo a sus alumnos (ya vimos un listado de los autores más citados), para in tentar explicar o demostrar que las clasificaciones, tratamientos, o lo que sea del autor del que estuviera hablando, en la mayoría de los casos según su opinión, estaban equivocados e intentaba a su vez demostrar en que se habían equivocado. Así, cuando explica cualquier tema en el que esté im plicado el sistema nervioso, hace referencia exclusivamente a los tratadis tas ingleses, como ya hemos dicho acerca de la neuropatología de Cullen y lo podemos comprobar nuevamente en el siguiente párrafo: «Luego que los Ingleses han empezado a observar bien los nervios, sus funciones, e influxo en la economía, sus modos de transtornarse, los estí mulos que eran capaces de esto, & (... ), tienen razón;(... )» (57). Es decir, en aquellas cuestiones en las que hubiese alguien con sufi ciente valía académica y profesional, no dudaba en mostrárselo a sus alumnos prescindiendo del resto de los autores. Volviendo a las pequeñas incursiones que hace en la historia de las en fermedades, veamos ahora que dice de la fiebre amarilla: «Al principio fue sólo endémico en Filadelfia; luego ya corrió toda la América, y parece que se nos va viniendo a Europa; se ha presentado algu na vez en Túnez, Marruecos, y en nuestra Andalucía ha sido el tifus icte rodes, o fiebre amarilla el que tanto nos ha afligido, y ha costado tantas victimas» (58). Estas pequeñas narraciones de lo ocurrido en tiempos pasados salpi can continuamente las páginas de estos apuntes y parecen algo indispen sable para aquilatar el valor de la experiencia, ya que si no se tiene el co nocimiento suficiente del desarrollo de estas enfermedades en el tiempo,
Es bien sabido que la política científica ilustrada se basó en tres pilares: apertura de centros de nuevo cuño dedicados a la enseñanza de la ciencia moderna, envío de becarios al extranjero y contratación de profesores forá neos (1). Es bien conocido también, cómo a los iniciales deseos renovado res de los reinados de Felipe V, Femando VI y, sobre todo Carlos III, les si guieron unos sentimientos de progresiva desconfianza hacia la ciencia, durante el reinado de Carlos IV, a partir de los sucesos revolucionarios de 1789 en Francia (2). lenciana se implantó una cátedra de Química a cargo de Tomás Villanova Muñoz (1788), en la cual se nombró en 1791 a Agustín Alcón como demos trador químico (6). En Madrid, en el Real Gabinete de Historia Natural, durante un corto período de tiempo, después de 1752 y antes de 1766, se contrató como químico a Agustín de la Planche; en 1786 se nombraba como profesor de Química a Francisco Angulo y en 1787 se comunicaba al Conde de Flori dablanca la intención de fundar estudios de Ciencias Naturales. A partir de ese momento, el laboratorio fue sufragado por el Ministerio de Estado. a instancias del Intendente del Real Jardín Botánico, J. Pérez Caballero, quien así pretendía dar cumplimiento a la Real Cédula de 1780, por la cual se dividía el Protomedicato en tres Audiencias y de la docencia de los farmacéuticos se encargaba el jardín madrileño, en lo referente a Botáni ca, el laboratorio de Química y una prevista cátedra de Farmacia, que no se inauguró hasta que en 1805 se erigieron los Colegios de Farmacia. Este laboratorio se institucionalizó fuertemente y en 1799, a su desaparición, trabajaban en él Jerónimo de la Torre, Subdirector dependiente del Inten dente del Jardín; Pedro Gutiérrez Bueno como catedrático primero; Higi nio Llorente, profesor de Química aplicada a la Medicina; un profesor de colores; dos analizadores de plantas; un afinador de metales; un burócrata y un cirujano para atender al personal. Se instaló en la antigua botica del Convento de los Carmelitas Descalzos, con entrada por la calle Alcalá. Es te Real Laboratorio de Química estuvo hasta 1799 atendido por Pedro Gu tiérrez Bueno, cuyo valor científico fue discutido en su momento, y en la actualidad, pero que tuvo una grandísima influencia en la ciencia españo la y, sobre todo, en el desarrollo de la enseñanza farmacéutica (7). En la capital funcionaron otros centros relacionados con la Química: la cátedra de Mineralogía de Indias regentada por Chavaneau desde 1787 y la cáte dra de Química aplicada a las artes subvencionada por el Ministerio de Hacienda y ocupada por Domingo García Fernández desde el mismo año. La primera se inauguró en un edificio de la calle Hortaleza y la segunda en la calle del Turco. En 1791 García Fernández dejó la cátedra para po der dedicarse mejor a su oficio de ensayador de moneda y se hizo cargo de la misma Chavaneau, trasladándose al antiguo almacén de cristales y vi drio de la calle del Turco, desde el primitivo emplazamiento. En 1796 ce dió a su discípulo Joaquín Cabezas el «laboreo de la Platina», uno de los objetos principales de la creación de la cátedra de Mineralogía por la Se cretaría de Indias y el 12 de mayo del año siguiente marchó a Francia con 198 Asclepio-Vol. XL VI-1-1994 licencia, quedándose al cargo del laboratorio Joaquín Cabezas, nombrado sustituto suyo en la docencia (8). Además, los boticarios aprendieron Química en el Hospital General de Madrid, al menos entre 1782 y 1788 (9). Bajo el mandato de Casimiro Gó mez Ortega (1792-1797), se comenzaron las obras del laboratorio de Quí mica del Colegio de Boticarios de Madrid, con planos de Tadeo López y la ayuda de Pedro Gutiérrez Bueno, y se inició la Biblioteca colegial con re galos suyos, de Brihuega y de García Fernández (10). Los farmacéuticos madrileños estudiarían preferentemente en el Real Laboratorio de Química y sus conocimientos se ceñirían a los del Curso de Química teórica v práctica para la enseñanza del Real Laboratorio -de esta Corte. Madrid 1788; texto en el que, como señala Gago, se produce la con tradicción de aceptar la nomenclatura moderna, traducida por el propio Gutiérrez Bueno en el Método de la nueva nomenclatura Química (Madrid 1788), pero sin revisar las viejas concepciones teóricas del flogisto, arras tradas en el manual por ser una adaptación al español de los Eléments de Chimie (Dijon 1777-1778) de Guyton de Morveau, L. B. Maret y H. Duran de. Tenían a su alcance, y probablemente conocieron, los Elementos de Farmacia, teórica y práctica. (Madrid 1973) de Beaumé, tanto por el conte nido del libro como por la relevancia alcanzada por el autor en la vida científica española y en la corporativa farmacéutica. Conocerían también los Elementos de Química de J. A. Chaptal, traducidos al castellano por H.A. Lorente (Madrid 1793-1794) y a los cuales Chavaneau limitaba su do cencia, pero seguramente con una indiferencia teórica total y con el único interés de facilitar la composición de los medicamentos compuestos. La indefinición teórica se produce también en el campo de la Botánica (re cordemos que Gómez Ortega al tiempo que impone la sistemática linnea na traduce las instituciones de Tournefort). Se debe a una visión excesiva mente utilitaria de la ciencia; a la ausencia de escuelas y centros de investigación y a una tendencia marcada desde principios de siglo, según la cual les correspondía a los médicos el estudio de la química teórica y a los boticarios el de la práctica (11). Tras los inicios barrocos de los novato res Fray Esteban Villa o Juan de Cabriada y la instalación del laboratorio iatroquímico en la Real Botica (12), se introdujo la Química en España gracias a la labor del boticario Félix Palacios, apoyado por el médico Ma teo Zapata. El mismo libro lo editó en Zaragoza en 1707 y 171 O J oseph Assín y Palacios de Ongoz, junto a un Florilegio Theo rico-Práctico. Segundo Curso Chymico, editado también por separado en 1712. Ambos boticarios se muestran científicamente eclécticos, pero cu riosamente, al referirse a la acción de los medicamentos y a la fisiología, prefieren las explicaciones iatromecánicas a las iatroquímicas. Félix Pala cios adaptó las enseñanzas iatroquímicas de Lemery a la práctica farma céutica en su famosa Palestra Pharmaceutica Chymico-Galenica, reeditada desde 1706 a 1792, en nueve ocasiones. Las fechas nos dan idea de que la práctica iatroquímica era seguida por los boticarios y la Palestra, obligato ria en las boticas, todavía cuatro años después de la traducción de la Nue va Nomenclatura; esto puede explicarse p0t la gran popularidad del texto de Palacios, pero es más difícil de entender la aceptación de las «cartillas» utilizadas en la educación de los mancebos de botica, probablemente más en el resto de España que en Madrid. Me refiero a la Cartilla Pharmaceuti co-chimico-galénica (Pamplona 1729 y 1778) de Pedro Viñaburu, un texto de evidente inspiración galenista tradicional, y al Examen Pharmaceutico Galeno-Chymico-Teorico-Practico (Madrid 1761, 1776 y 1796) de Francisco Brihuega, en donde cuando se hace alguna consideración teórica se cita como fuente de autoridad a flogistas como P. J. Macquer o H. Boerhaave o alquimistas como H.F. Teichmeyer e incluso, en la edición de 1796, ocho años después de la publicación de la Nueva Nomenclatura y dos años des pués de la edición de la traducción del Tratado de Química de Lavoisier a cargo de Munárriz, publica un índice con la explicación de los símbolos alquímicos. En definitiva puede pensarse en un pequeño grupo de botica rios ilustrados, formados en el entorno de la Real Botica, de los laborato rios de la Corte, de la Academia médica de Sevilla, de los laboratorios de Vergara o de la Escuela de la Lonja barcelonesa, generalmente eclécticos desde el punto de vista científico, tanto por indiferencia metodológica co mo por ocuparse preferentemente en temas de índole práctica, y el resto de los boticarios practicones sumidos en la ignorancia de la que hacen ga la las «cartillas» (13). El 21 de enero de 1799 el ministro de Estado solicitó de José Clavija, a la sazón Director del Real Gabinete de Historia Natural, un informe sobre los establecimientos químicos españoles. El resultado del mismo -califi cado de «francamente indignante» por Portela-fue la fusión en el mismo año de los laboratorios madrileños en uno dirigido por Proust. El profesor francés se instaló en el local de la calle del Turco desde 1779 hasta 1807, año en que, por presuntas razones familiares, hubo de desplazarse a An gers (Francia) de donde no regresó. Las vicisitudes en la construcción del nuevo laboratorio son conocidas. Es sabido también el gasto de una consi derable cantidad de dinero y el entorpecimiento burocrático a la finaliza- «recibió del Rey en propiedad un laboratorio magnífico, montado con extraordinario lujo», y atribuye su destrucción y pillaje al pueblo español en un acto de irracio nal venganza ante la invasión francesa. Estos dos falsos argumentos, reproducidos, al parecer, por otros histo riadores alemanes, produjeron la respuesta tajante de Bonet, reforzada posteriormente por Carracido, en donde demostraban documentalmente que la propiedad del laboratorio era del Estado español y se insinuaba que el expolio fue producido por las tropas de ocupación. Al tiempo, las ansias de reivindicación nacionalista crearon un sentimiento xenofóbico en estos autores, reforzado posteriormente por Fagés, que dio origen al tópico de que la docencia de Proust fue ineficaz, a pesar de dotársele de todas las fa cilidades posibles, tanto materiales como espirituales o psicológicas, acu sándole de haberlas empleado en beneficio propio antes que en la forma ción de alumnos, puesto que nadie se atrevía a poner en duda su calidad científica. Desde los conocimientos historiográficos que hoy se poseen, queda fuera de dudas que Proust fue un profesor magníficamente pagado y al que se le prestó singular protección; se le dieron grandes facilidades para el traslado desde Segovia a Madrid y se intentó dotarle magníficamente bien el laboratorio pues, según testimonio de Fourcroy, los aparatos más costosos fabricados en París se enviaban a España. Parte de la leyenda de riqueza está basada también en la gran cantidad. de objetos de platino uti lizados, aunque hay que tener en cuenta que en su época no poseían una valoración extraordinaria y que al frente de la fundición de platina conti nuó Joaquín Cabezas. En lo referente a facilidades de otra índole, debe recordarse el proceso inquisitorial que se le inició en 1780, a raíz de la denuncia efectuada por un estudiante de Vergara, seg(m la cual Proust poseía y leía libros prohibi-. dos. Suspendido el proceso, se reanuda con nuevos bríos tras la Revolu ción Francesa, acumulándose.acusaciones variopintas,_ desde profesar ideas similares a las de los revolucionarios, hasta no ayunar, no rezar el rosario o no ir a misa, pasando por la conocida de leer libros prohibidos o la nueva de trabajar en domingo en el laboratorio, junto con algunas tan peregrinas como la higiene de una prima que vivía con él y se lavaba todas las noches, con gran escándalo de los secretos acusadores. El proceso cul minó el 10 de diciembre de 1800, con la petición fiscal de prisión para Proust y de que pasara la causa a definitiva. No conozco el final del asun to; tal vez sería parado por alguno de sus altos protectores; acaso tendría que ver con su precipitada marcha a Francia siete años después. De cual quier manera nadie puede mantener la idoneidad del ambiente intelectual para el estudio de las ciencias. El proceso se inició durante el reinado de Carlos III y no fue a más, pero ante la Revolución Francesa, el giro de la Ilustración española es total y la Inquisición vuelve a defender la ortodo xia política y religiosa por encargo de Floridablanca. El encarcelamiento de Casiano del Prado en las mazmorras secretas de la Inquisición, en 1817, acusado también de_ la lectura de libros prohibidos, atestigua que el peligr_o no era desdeñable ( 17). Ante estos datos puede concluirse que Proust estuvo bien pagado, pero las condiciones sociológicas y psicológi cas en que se desenvolvió _ su tarea no fueron, ni mucho menos, óptimas; desde el punto de vista material, ya Moles en 1934 ofreció una nueva in terpretación de la documentación estudiada por Bonet y llegaba a la con clusión de que las dilaciones en la construcción del laboratorio madrileño no eran atribuibles al catedrático, sino achacables, en buena medida, a las insoportables trabas burocráticas que tan añejo y destacado papel han ju gado y juegan en la vida de nuestras instituciones culturales y científicas públicas. El otro tópico, que debe revisarse, es el de que no creó escuela. Parte de una-:frase del desdichado informe Cevallos en la que critica el «gasto en pro- fesores forasteros que no enseñan» y se refuerza con otra de una carta en viada por Orfila en 1815 al mismo protagonista, a raíz de la primera inten.:. tona que se hizo para traerle como catedrático de Química; en ella, luego de defender la docencia de Proust, afirma que «no ha formado ni un solo discí pulo». Apoyándose en estos testimonios, sacado el segundo de su contexto, sus críticos le reprochan el que no editara un sencillo manual, cuando se gún su ayudante, González Azaola, poseía una biblioteca para uso de los alumnos con más de 2.000 volúmenes, en donde se encontraban las más destacadas publicaciones españolas, francesas, alemanas e italianas, sin mencionar su labor en los Anales del Real Laboratorio de Química (T. I Sego via, 1791; T. II Segovia, 1795) y la colaboración desde 1799 en la creación de los Anales de Historia Natural junto al químico Domingo García Femández, el botánico Joseph Cavanilles y el mineralogista Cristiano Herrgen. Se ha repetido machaconamente que su único discípulo fue el capitán de artillería Juan Manuel Munárriz, traductor del Tratado de Química de Lavoisier ( 1794) y del Suplemento a la traducción castellana de los elemen tos químicos de lean Antaine Chaptal (Madrid, 1801). Sin embargo, sabe mos que Francisco Carbonell y Bravo trabajó con él durante dos años. Carbonell es autor del libro Pharmacia elementa Chimiae recentoris funda mentis inixa (Barcelona, 1796 ); el único texto original escrito de acuerdo a las nuevas teorías químicas por este farmacéutico y médico, formado en España y Francia y profesor, luego, en la escuela de Química de la Lonja de Barcelona. Por Real Orden de 16 de enero de 1802 la Junta Superior Gubernativa de Farmacia, pensionó a cuatro farmacéuticos: Andrés Alcón, Fernández Taboada, Tellez y Antonio María Luceño, para estudiar con Proust. Del primero se harán posteriormente referencias más extensas; Fernández Taboada fue catedrático de Química Farmacéutica en el Colegio de Far macia de Santiago de Compostela. Otro catedrático del Colegio de Far macia de San Femando de Madrid, Antonio de la Cruz, asistió también a sus clases y, según.testimonio de Rodríguez Mourelo, José Duro y Garcés, catedrático de Química docimástica y Mineralogía de la Dirección Gene ral de Minas (1828-1833) fue uno de sus mejores discípulos. En cuanto a la calidad de su docencia tenemos el testimonio de un manuscrito con servado en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, muy posi blemente de Rojas Clemente, quien va apuntando sus muy críticas impre siones a la docencia de Botánica de Casimiro Gómez Ortega y de Miguel Barnades; cuando Proust les imparte una clase apunta: «¡Quanto dixo y quan bueno!» (18). A la vista de estos datos, puede seguir manteniéndose la ausencia de discípulos del francés, pero alumnos suyos fueron la mayo ría de los catedráticos de Química que profesaron en la España del XIX y, desde luego, los de mayor calidad. Rodríguez Carracido califica de «equcación de estufa» al proyecto ilus trado, por el recurso diseñado de importar la ciencia a través de la contrata ción de profesores extranjeros. La frase, literariamente afortunada, requiere varias precisiones. El proyecto ilustrado, desde el punto de vista científico, no fue, ni mucho menos, uniforme. Las bases al mismo se pusieron durante los reinados de Felipe Vy Femando VI y maduró en tiempos de Carlos III, pero durante el reinado de Carlos•IV, y a partir de 1789, se dio un viraje to tal al mismo. Volvió la reticencia hacia la enseñanza y la discusión científi ca, el miedo a las luces; en la inveterada polémica entre antiguos y moder nos en España, volvieron a ganar los conservadores. El efecto estufa del proyecto ilustrado estuvo en la incapacidad de crear clases medias interesa das no sólo intelectualmente, sino también económicamente, en el estudio de la ciencia y de sus aplicaciones tecnológicas. El esquema de importación de la ciencia fue similar al seguido por otros países con un bajo nivel de de sarrollo científico; lo que falló no fue el diseño científico, sino el proyecto político-social que no hizo, como en Francia o en Inglaterra, necesaria la ciencia para el desarrollo económico de una sociedad moderna. «Acontecimientos inevitables de la guerra, y trastornos del Gobier no destruyeron e hicieron desaparecer enteramente este tesoro cientí fico» (19). Vamos a intentar analizar a continuación el carácter de unos y otros: las noches del 3, 4 y 5 de diciembre de 1808, todos los vecinos inmediatos al Prado sufrieron un horrible saqueo y, según Aiaola, «sobre todo mi casa y establecimiento, por la golosina del almacén de vestuario que de Real Orden me habían depositado en los salones. » Una incógnita queda despejada. Hubo saqueo, tanto del laboratorio como de la casa de Proust, ahora ocupada por Azaola, con lo que tanto uno como otro perdieron gran cantidad de dinero; el profesor español ci fra en cinco mil duros el valor de las ropas, dinero, alhajas, pinturas y en seres perdidos, y no da una cifra para los efectos que Proust le mandó ven der. El pillaje, sin embargo, no fue cometido por el pueblo español, como afirmaba Dumas, sino por las tropas francesas. La causa de la acción no hay que buscarla en un acto vandálico premeditado dirigido contra un centro de enseñanza español,-de los que menudearon durante las hostili dades, a cargo tanto de los enemigos franceses, como de los aliados ingle ses, con el fin de hundir más la economía española y hacer aún más difi cultosa la recuperación postbélica y la posible competencia con sus propios productos industriales. La causa, a juicio de los protagonistas, fue la instalación de un almacén de vestuario en el caserón de la calle del Tur co, aunque luego, «pasaron los bárbaros a destrozar cuanto hallaron en el resto de la• ca sa del modo más insensato, rompiendo a culatazos y bayonetazos, máqui nas, vasijas de cristal, instrumentos, pinturas, estampas, muebles... » (20). Este testimonio, ofrecido tras la guerra, seguramente magnificó los daños personales e institucionales; algunos aparatos se rompieron, otros quedaron inservibles, pues los soldados destornillaron piezas de varias máquinas que, al estar bien doradas al fuego, las creyeron de oro. XL VI-1-1994 mo Azaola recuperó tres en «El Rastro» por 7 r.v. y las volvió a colocar en su.lugar. En cualquier caso no fue éste el único atentado sufrido por la casa de Proust. Según el testimonio no excesivamente explícito de Azaola, el 19 de marzo del mismo año, es decir durante el levantamiento popular conocido como el motín de Aranjuez, la casa fue saqueada y sus efectos quemados junto a los de Domingo García Fernández. Seguramente de aquí surgió toda la leyenda francesa, aunque las iras, del pueblo madrileño no se sabe si iban contra el químico francés o contra el español acusado de afrance sado (21). Tras el saqueo del ejército galo, Gonz�lez Azaola sé encaminó a Sevi lla, a donde llegó en noviembre de 1809. Se presentó a Francisco Saave dra con la pretensión de establecer la enseñanza provisional de la Quími ca, auxiliándose con los libros y utensilios transportados por él en distintos cajones desde Madrid. La lista de utensilios no es muy de fiar porque se efectuó de memoria, pero en ella se recogen un total de 20 efec tos inventariados y más de mil objetos, entre los que se encuentra desde la balanza de ensayo construida por Megnie, que quedó ilesa tras el sa queo, una máquina neumática, un telescopio gregoriano, un electróforo con su botellita de Leyden, higrómetros, probeta de pólvora de Regnier, barómetro, aerómetro, objetos de cristal, campanas grandes de cristal graduadas para experiencias con gases, sifones, tubos... hasta más de mil muestras de productos químicos de los tres reinos de la naturaleza. La Junta Central le envió al establecimiento que la Marina tenía en la isla del León, en donde se instaló en diciembre del mismo año; posteriormente se le colocó bajo la casa de pósito y pólvora del ejército del Duque de Albur querque, pero ante lo peligroso de la ubicación se ordenó que los instru mentos se enviasen al Real Colegio de San Carlos y los libros a la Biblio teca de las Cortes. Ya tenemos el primer destino de parte de los utensilios y libros del laboratorio madrileño, puesto que en Cádiz continuaron. La biblioteca inicial de Proust contaba con unos 2.000 ejemplares, según la memoria de su segundo;.algunos perecieron en el saqueo de las tropas francesas, empleados como envoltorio de objetos y ropas; el ministro So ler autorizó a García 22). En cuanto a los objetos del laboratorio de platina, au sente su Director, Joaquín Cabezas, suponemos que opuesto al régimen impuesto, el nuevo encargado, Diego Sánchez Molero, confeccionó un de talladísimo inventario el 29 de septiembre de 1809 en el que se demuestra la ausencia de pérdidas durante el saqueo de 1808, pues pormenoriza utensilios que no estaban inventariados unos, y que pertenecían a Cabezas otros. Desconocemos lo que sucedió con la abundantísima platina allí existente. Se carece de constancia documental sobre si se almacenó en al guno de los dos depósitos mencionados, con lo que se ignora si permane cía o no en España a la marcha de los franceses. Los utensilios de la fundi ción y una pequeña cantidad de platino ( una cucharita y cinco botes de vidrio llenos) fueron trasladados al Real Jardín Botánico de Madrid, don de es de suponer que fueron almacenados hasta después de la guerra. La parte de la biblioteca que permaneció en Madrid se almacenó tam bién en el Palacio de Buena Vista. Inmediatamente de producirse la vuelta al Antiguo Régime:r:i comienza a funcionar el Gabinete de Física y Química de Palacio, hasta 1816 con fi nes principalmente recreativos de la familia real y desde ese año hasta 1820, simultaneándolo con clases públicas. El presidente del centro era el Duque de Hijar y el catedrático de Física y Química, Juan Mieg (1770-1859), natural de Basilea (Suiza), que era profesor de esa materia en Blois; se le contrató en Valarn; ay y entró en España con la familia real. Por sus servicios se le con cedió un salario de 24.000 r.v. y el uso de uniforme de Boticario Honora rio de Cámara. Al parecer, el infante D. Antonio llegó a conceder algunos títulos a quienes seguían los cursos (23). El hecho de encontrar el Gabine- Pese a la iniciativa del infante, la necesidad del restablecimiento de las enseñanzas públicas de Química se hacía patente a los responsables de la política científica. Lo primero que se les ocurrió fue ofrecer una cátedra, ligada al Real Gabinete de Historia Natural, al mahonés Mateo Orfila. Es conocida la contestación del científico y la falta de tacto de Cevallos, Pri mer Secretario de Despacho y Estado de Fernando VII, quien, lejos de contestar a.sus exigencias científicas, se apresuró a publicar el 30 de octu bre de 1815 (Gaceta del 3-1) su nombramiento como profesor (25). En 1816 la Junta de Protección del Museo de Ciencias Naturales pide la construcción de un laboratorio, por si viniera Orfila, y urge a Cevallos para que, en caso contrario, saque la cátedra a oposición, «pues acaso, de todas las ciencias naturales, la que presta mayores uti lidades y más inmediatas, es la Química; pues V.E. conoce muy bien que a ella deben las naciones extranjeras parte de la ventaja que nos llevan en la preparación de mil sustancias simples y compuestas... hemos visto perfec cionarse la industria francesa a causa de multitud de jóvenes químicos que se han esparcido por todas las fábricas de aquél reino» (26). Ante las dudas del Secretario de Estado sobre la venida de Orfila, la Junta propone sacar a oposición la plaza de vice-profesor, para economi zar parte del salario y emplear estos caudales en la construcción del labo ratorio. Todavía en 1818 se realizan nuevos esfuerzos para traer al maho nés; se le ofrece un salario de 24.000 r.v., casa e igual cantidad para establecer el laboratorio. Orfila se niega y se convocan definitivamente las oposiciones, aunque manteniendo la plaza en la categoría de vice-pro fesor (27). A las mismas se presentó José Antonio Oñez, boticario establecido en Madrid en la calle de Hortaleza n.o 9, que fue excluido, como lo había sido de otras a Boticario de Cámara, entre otras cosas, por tener «un genio dís colo, novador y osado» (28) y Andrés Alcón, quien desde 1815 era catedrá tico de Física y Química en el Colegio de Farmacia de San Fernando; lo hi zo con la única condición de poder seguir usando el título de Profesor, aunque sus emolumentos se reducían a la mitad. Entre marzo y junio de 1818 se efectuaron los trámites para nombrar tribunal. La Junta Protecto ra del Museo propuso a Juan Mieg, catedrático de Física y Química de Pa lacio, Gregario González Azaola, el antiguo ayudante de Proust, Esteban Brunete, Director de la Real Fábrica de Cristal de San Ildefonso, luego de haber pasado una época como pensionado en Francia para estudiar Quí mica y Domingo García Fernández, ex director de las fábricas de salitre. A este último se le defendía alegando la ausencia de cargos durante el go bierno francés, pues sólo había seguido desempeñando el que ya tenía y que si había emigrado a Francia había sido «más por miedo que por opi nión» y había regresado tan pronto como le fue posible. La inclusión de García Fernández hizo que fuese denegada la propues ta. Se quedaron fuera del tribunal él y Azaola; en su lugar se nombró a Hi ginio Antonio Llorente y Manuel Hernández de Gregario. Curiosamente se comisionó a Oñez, el candidato expulsado, para orga nizar un pequeño laboratorio en donde celebrar la oposición y tuvo lugar en los salones del Real Museo del Prado, desde el 28 de junio de 1818 a las cinco de la tarde, hasta el 8 de agosto del mismo año. El temario de la oposición tenía un enfoque claramente historicista, sin preocuparse en cuestiones de índole metodológica e iba encaminado a demostrar la capa cidad de aplicar los conocimientos químicos a campos tecnológicos con cretos, como la tintorería, la metalurgia o el análisis de alimentos. Los utensilios empleados, luego de pagados a precio exorbitante, según el pa recer de M. Bonet, fueron almacenados en un pasillo del Museo de Cien cias Naturales (29). Una vez obtenido el puesto de vice-profesor, Alcón consume los prime ros meses de 1819 en la búsqueda de un lugar en donde impartir clases. Se piensa primero en la «casa del Nuevo Rezado» sita en la calle del León y perteneciente a los padres Gerónimos; luego en el Gabinete de Física y Química de Palacio, pero ambas propuestas se rechazan. Alcón se impa cienta; el tiempo pasa y cada vez están más lejanas las perspectivas de conseguir, a corto plazo, un laboratorio o unos alumnos. El 15 de agosto de 1818 obtiene permiso de la Junta Protectora del Museo para acudir du-rante seis meses a París y el 25 de septiembre se le concede otra pensión a José María San Cristobal, agregado del Museo, para instruirse•en tintore ría, «e introducir en España, por medio de un curso público, las perfeccio. nadas maniobras de este arte importante, y difundir los principios científicos en que se fundan» (30). Es decir; que los responsables del Museo, inaccesibles. al desaliento, planeaban establecer una cátedra de Química aplicada, pese a las dificul tades insalvables para hacer operativa la de Química general. Alcón permanece en París algo más del tiempo inicialmente previsto; • desde finales de agosto o primeros de septiembre de 1819, hasta septiem bre de 1820. A través de la correspondencia con Antonio Gutiérrez y con el Marqués de Santa Cruz, podemos hacernos idea de sus actividades. La primera circunstancia destacable es que, a juzgar por el contenido de la carta del 1 de enero de 1820, a pesar de haber profesado la Química en el Colegio de Farmacia, y de haber ganado la oposición del Museo de Ciencias, no tenía idea clara de la organización de un laboratorio, ni de la docencia, hasta que entró en contacto con. químicos destacados en París. Los medios indispensables que solicita de Santa Cruz son: un laboratorio; un profesor; un preparador instruido que disponga los experimentos y un mozo. Indica que para la exposición, «debe adoptarse el método riguroso de proceder de lo conocido a lo desconocido, de los simple a lo compuesto, y de reunir en un mismo gru po o sección las sustancias naturales y productos semejantes, observando su acción en particular y en común sobre los cuerpos anteriormente estu diados». La segunda circunstancia llamativa es que la suya fue considerada mi sión de estado y el embajador en París, Duque de Fernán-Nuñez, intervino a fin de que le permitieran seguir lecciones en la Escuela Politécnica. Por último, llama poderosamente la atención la febril actividad desple gada por el pensionado. Además de los cursos de la Politécnica, sigue otros en la Facultad de Ciencias, en la Escuela de Medicina y en el Colegio de Francia, con Vauquelin, Thenard, Gay Lussac, Biot, Lefevre-Gineau y Dulong, de manera tal que su esfuerzo parece el afán por confeccio narse un aparatoso «curriculum», que el costoso trabajo de aprendizaje de un científico, en lo que sigue la huella marcada por otros pensionados ilustrados como Casimiro Górhez Ortega. Todavía le quedó tiempo para entrevistarse con Sureda e invertir los 60.000 r.v. que le habían concedido en utensilios y materiales químicos. José María San Cristobal, mientras tanto, no se había quedado atrás� Durante tres meses visitó las fábricas de aguardiente, azúcar, ácido sulfú rico y vitriolo verde de Burdeos; porcelana en Limoges; azúcar, vinagre y curtidos en Orleans; ácido oxálico, tartárico, vitriolo verde y azul de sosa en Rouen; paños y tintorerías de azul y verde en Louviers; tenía previsto visitar otras tintorerías en diversas localidades, la tapicería Gobelin en Pa rís y Je había quedado tiempo para traducir el Manual del tintorero de hilo y algodón hilado del profesor de Química Vitalis (31). La cátedra de Química durante el Trienio Constitucional A los pocos meses de establecida la nueva situación política, Alcón • vuelve a España. Las perspectivas parecen buenas: el profesor ha adquiri do experiencia y materiales para el establecimiento del laboratorio y por R.O. de 27 de septiembre de 1820 se urgía a la Junta Protectora del Museo para que activara la puesta en funcionamiento de las cátedras de Física y Química. El otoño lo emplea en recorrer edificios en donde instalarse; vi sita el monasterio de San Basilio en las calles de Desengaño y Barco, el de San Martín, el convento de San Juan de Dios, de San Felipe el Real, de la Victoria, la Trinidad, la Merced y la casa de la Misericordia, pero todas las gestiones resultan infructuosas. En 15 de marzo escribe al ministerio de la Gobernación y afirma: «el estudio de la Química se debe fomentar en España por política, y por las incalculables utilidades que de él pueden esperarse», por lo. que le ruega la recuperación de los restos del antiguo laboratorio, depositados en el Palacio de Buena Vista, que luego pasaron al cuarto del infante Don Antonio, y un local para instalarlo (32). Entretanto, el liberalismo está gestando un nuevo plan de estudios, presentado a las Cortes en la legislatura de J 820 y concretado en el Regla mento General de Instrucción Pública de 29 •de junio de 1821 (33). En la discusión suscitada por la presentación del proyecto, Mariano Lagasca to mó una postura claramente favorable a la modernización docente y reba tió los ataques a la misma desde posturas exaltadamente nacionalistas. Con respecto a la Química recuerda la existencia de laboratorios en Valen cia, Zaragoza, Barcelona, Granada, Cádiz, Sevilla y Santiago, pero no menciona el del Colegio de Farmacia de Madrid, ni mucho menos el Gabi nete de Palacio. En cuanto a la ausencia de profesores, recuerda la gesta del pueblo español en su enfrentamiento con los franceses y exclama: Llama al derre dor de ti a tus hijos instruidos, y cierra la boca de los que todavía te quie ren pintar impotente e ignorante»; reconoce la existencia de «teólogos ignorantes, jurisconsultos ramplones y rancios, médicos, ci rujanos y farmacéuticos que fuera mejor que hubieran aprendido otro ofi cio», pero entre ellos señala la existencia de muchos bien instruidos y afirma que «hay muchos en la nación que cultivaron con esmero la Física, la Quí mica... » y sólo les impide el enseñarlas la carencia de medios y de instalaciones. Acaba proponiendo la apertura de una Escuela Normal para formar profe sores de Mecánica, Física experimental, Química, Mineralogía, Botánica, Agricultura práctica, Economía rural y Zoología (34). El optimismo nacionalista de Lagasca no se vio plasmado en la reali.:. dad, tanto por el poco tiempo de desarrollo del Reglamento citado, como por la dificultad de improvisar unos estudios que requerían de costosas inversiones en infraestructura material y en formación de personal cientí fico. Como la reforma de estudios preveía la implantación en la Universi dad Central de dos cátedras de Química y los Colegios de Farmacia habían de incluirse en las Escuelas Especiales de Medicina, Cirugía y Farmacia, en cuyo plan de estudios desaparecía la Química, aunque debía conservar se un laboratorio para impartir las prácticas de Farmacia Experimental, Andrés Alcón tomó posesión del laboratorio de Química del Colegio de Farmacéuticos de Madrid (calle del Barco) y se le nombró catedrático de la facultad de Filosofía de la Universidad Central. Como era de esperar, Alcón fue muy mal recibido en el Colegio de Farmacia, cuyo claustro, del que había sido miembro, le acusaba de querer destruir el establecimiento, pues se anexionó también los objetos científicos de la cátedra de Historia Natural y del Jardín de plantas y, al parecer, no les dejaba espacio para impartir las prácticas (35). El 28 de octubre de 1821 el rey dona su Gabi nete de Física al Museo de Ciencias Naturales y nombra catedrático al que lo era en Palacio: Juan Mieg (36). El 1 de abril de 1823 el laboratorio de Química es trasladado desde la calle del Barco al convento de San Juan de Dios; por fin tenía local propio, con un instrumental compuesto por el procedente del Colegio de Farma cia, de Palacio y de las compras de Alcón en París. Los restos del laborato rio de Proust servían para restablecer de nuevo la enseñanza en Madrid; sin embargo ese mismo mes entraron en España los 100.000 hijos de San Luis y acaban con el experimento liberal. Alcón se ve forzado a exiliarse; el plan de estudios sufre una contra reforma y se retrotrae a como estaba a los inicios del Trienio Liberal. La Junta Superior de Farmacia se hace car go del laboratorio procedente del Colegio de Farmacia en 1826 y, según testimonio de Mieg, de los utensilios provenientes de Palacio y por tanto de Proust; algún instrumento y varios muebles son devueltos al Museo de Historia Natural y la Junta Protectora, al carecer de sitio en las buhardi llas, los hizo almacenar en los sótanos del Museo del Prado (37). El final del rastro de Proust Los utensilios de Química, utilizados por Proust, que tantas vueltas habían dado por instituciones diversas, quedaron en el Colegio de San Fernando. Permanecerían allí cuando el Colegio de Farmacia se transfor mó en Facultad (1845); probablemente los utensilios que resistieron fue ron recogidos por Rafael F olch, a partir de 1915, y pasarían a formar parte Asclepio-Vol. XL VI-1-1994 del Museo de Farmacia Hispana, inaugurado en el nuevo emplazamiento de la Facultad, en la Ciudad Universitaria de Madrid, en 1951. En cuanto al laboratorio de Química del Museo, exiliado Alcón, solici tan su plaza José Domenech y José Casaseca, sus antiguos ayudantes. Sin embargo se la conceden a Juan Mieg, quien al darse cuenta de la inexis tencia de laboratorio, renuncia al nombramiento. Ante las inacabables in cidencias, el 31 de octubre de 182 5 se convoca a oposición la plaza de vi ce-profesor de Química; pero no llegó a celebrarse (38). Siguen peticiones e iniciativas de una u otra índole que no ponen la docencia en marcha, hasta que en 1830 se permite regresar a Alcón, con el salario reducido a 12.000 r.v. hasta que encontrase laboratorio (39). Durante los dos últimos años del período absolutista y los dos primeros de la Regencia de María Cristina, siguen las peripecias para conseguir laboratorio; las gestiones se multiplican; los informes proliferan, pero la solución real sigue brillando por su ausencia. A Alcón le urge cada vez más encontrar local, pues por R.O. le disminuyen el salario a 6.000 r.v. hasta que no empiece la docen cia. De nuevo entra en contacto con el Real Colegio de Farmacia, situado ya en la calle de San Juan -actualmente de la Farmacia-pero se encuen tra con que no están dispuestos en absoluto a cederle espacio ( 40). La vo luntad colegial se quiebra por R.O. de 30 de septiembre • de 1835 y de nue vo surgen los estudios de Química ligados a los de Farmacia. Alcón no se dedicó excesivamente a la enseñanza y en 1844 fue separado temporal mente de la misma por sanción disciplinaria, pero cuando, en 1845, la do cencia del Museo de Ciencias Naturales se agregó a la de la Facultad de Fi losofía de la Universidad Central, las enseñanzas de Química seguían impartiéndose en el laboratorio del Colegio de Farmacia que ahora pasa ba a ser Facultad de Farmacia de la Universidad Central (41). El despotismo ilustrado, durante el reinado de Carlos III, trazó un plan científico, extraordinariamente ambicioso y versátil. La ciencia era parte sustancial de la política del Estado y de ella se esperaban mejoras tanto espirituales como materiales. El principal problema es que no se su po buscar el nexo entre ciencia y utilidad; se quedó todo en manifestacio nes verbales pero ni el Estado, ni ninguna de las clases en que se estructu raba la sociedad española, encontraron en la ciencia el aliado imprescindible para su avance económico. Durante el absolutismo se va produciendo un distanciamiento cada vez mayor respecto a la ciencia. Du rante el reinado de Carlos IV siguen los proyectos de su predecesor, pero la ciencia se ha marginado ya de los grandes proyectos de Estado y los científicos pasan a ser sospechosos de alentar las ideas revolucionarias que han acabado con los Borbones en Francia. Durante el reinado de Fer nando VII y los primeros años de la Regencia, la ciencia pasa a ser un en tretenimiento palaciego completamente marginado de los planes estatales y sólo se conserva entre aquellos grupos profesionales que verdaderamen te precisan de ella en su quehacer cotidiano. De esta manera, los botica rios vuelven a convertirse en el foco de resistencia y profesionalización de la Química, como en el XVIII lo habían sido de la Botánica y, en esta mis ma dinámica de acontecimientos, antes de implantarse la cátedra: de Quí mica general en la Universidad Central, se inauguran la del Conservatorio de Artes en 1824, en el mismo local donde estuvo el laboratorio madrileño de Proust, o la de Química docimástica, en 1828, en la Escuela Especial de Ingenieros de Minas. (14) La cita de PORTELA, E. en la biografía de Proust mencionada en la nota 3. Las vicisitudes de los laboratorios las narra BONET, M. ( 1885), Discurso leído en la Universidad Central en la inauguración del curso académico 1885-1886, Madrid y (1885), «Los laboratorios de Mr. Proust. El trabajo lo redactó basándose en do cumentos de los archivos de Palacio, Simancas y Alcalá. Proust heredó la totalidad del utillaje científico instalado en los laboratorios de la ca lle del Turco, excepto lo empleado por Joaquín Cabezas en la fundición de la Platina. Del de Segovia se ordenó la entrega de la mitad del instrumental y de la biblioteca, pero ante la dificultad que planteaba el reparto, por la inexistencia de un inventario, se autorizó a Proust a que se llevase lo que tuviera por conveniente. (15) Los trabajos y autores a que hacemos referencia, no citados hasta el momento, son: RODRÍGUEZ CARRACIDO, J. (1897), «D. Luis Proust en España», en Estudios histórico críticos de la Ciencia Española, Madrid; 2.a ed. 1917; MOLES, E. (1934), El momento cientí fico español. Discurso leído ante la Real Academia de Ciencias Exactas, Físi cas y Naturales en su recepción pública. ESPINOSA, E. y ESTEVA DE SAGRERA, J. (1982), «El proceso inquisitorial de Proust y el protagonismo cultural de Feijoo en el pa norama científico de la Ilustración española», B.S.E.H.F., 129, 77-92 y (1980), «El proceso de Proust por la Inquisicion española» en Publicaciones de la cátedra de Historia de la Far macia n. V en homenaje a José Luis Gómez Caamaño, Barcelona, pp. 69-82.
El interés en el estudio de la especie humana no es ajeno a los científi cos e ilustrados cubanos del siglo XIX, cuyo nivel de información y con tacto con los centros generadores del pensamiento más avanzado de la época eran más que frecuentes. De esto es testigo el constante flujo, adqui sición y emisión de datos y de experiencias, en aquel entonces. El concepto de Antropología, en la holgada acepción al uso, dio pie a la curiosidad de algunas de las más conspicuas personalidades del país, o residentes en él, facilitando la integración del naturalista, del filólogo, del geógrafo, entre otros. Así esta ciencia abarcó ciertos campos, que hoy en día están marginados o se entienden tangenciales a ella; movida por su es píritu humanístico. Cabe destacar entre estos hombres de ciencia a Miguel Rodríguez Fe rrer y a Felipe PoeyAlloy, español y geógrafo el primero, cubano y natura lista el segundo, quienes con su capacidad y cultura excluían el diletantis mo científico, entonces tan arriesgado como hoy día. Miguel Rodríguez Ferrer (1815-1899) visita Cuba en calidad de comi sionado «para reconocerla y estudiarla» (1), con fines de acopiar datos pa- Almagro ingresó•en el año de 1862 en el ejército, en el Cuerpo de Sani dad Militar, como segundo ayudante médico, y poco después pasó a pres tar servicio en la guarnición de Cuba. Esto le valió el nombramiento de �ncargado de los estudios etnográficos y antropológicos en la Comisión Científica del Pacífico. Por su vinculación. con la Sociedad de Antropología de París, de la que fue socio corresponsal, recibió instrucciones generales antropológicas (Bulletins, 1862), que agregó a las obtenidas ya desde España. Tenía como miembro de la Comisión, el encargo de adquirir una co lección de cráneos de las diferentes razas indígenas, instrumentos de la bor y domésticos, mensaje cultural e ídolos religiosos... «de un gran inte rés para completar las colecciones histórico etnográficas» (3). Su participación en la agitada expedición al Pacífico lo llevó a recorrer Brasil, Uruguay, Argentina, Chile y Perú. Desde Ecuador pasó a la región Amazónica y de ahí al Atlántico, de donde regresó a Europa. Hizo observaciones en comunidades indígenas, en monumentos in dios; colectó objetos, artefactos, 37 momias con sus ofrendas, 40 cráneos. Con posterioridad a su trabajo en la comisión fue destinado a Cuba (1866) y licenciado del Ejército en 1868. A pesar de ser Almagro el primer antropólogo cubano de profesión y el primero en participar en una expedición de tal magnitud, como la del Pa cífico, su labor no incide directamente en el origen y desarrollo de la insti tucionalización de los estudios antropológicos en Cuba. A) La Real Academia de Ciencias de La Habana (RAC) Cumplimentando una R.O. de 1861 se fundó la Real Academia de Ciencias de La Habana, que casi durante una centuria aunaría las volunta des científicas de la Isla y promovería la controversia, el conocimiento y la difusión de las principales materias que sus miembros cultivaron, ya fuese Medicina, Física o Historia natural. Aquí tendrían cabida los intereses vin culados a la Antropología, sobre todo a partir de 1875, cuando entre los médicos tales estudios comienzan a cobrar fuerza y las observaciones he chas por éstos a ser vinculadas con las problemáticas, que entonces se de batían en esa esfera de estudio. La principal publicación de la entidad, los Anales de la Real Academia, devinieron el medio más expedito para difun-Asclepio-Vol. XL VI-1-1994 dir las disertaciones, respuesta$ o resultados que se tuvieran a bien hacer notar a la comunidad científica. En su seno, la creación de una Sección de Antropología fue el centro de difusión temática a tales fines, entre 1861 y 1876, y una de las más importantes luego, pues propició el estudio de esta disciplina en la corporación. El interés de poseer una Sociedad que aunaría los esfuerzos de los sec tores ilustrados del país, en lo que al campo científico se refiere, encuen tra en la última década del siglo XVIII un espacio ciertamente estimulante para materializarse. El espíritu del Iluminismo entonces se difunde entre los hombres preparados y sensibles. Progreso económico y liberalismo en las ideas, favorecen el surgimiento en Cuba de instituciones como la So ciedad Económica de Amigos del País (1793) o el Real Consulado de Agri cultura y Comercio (1795) donde se aunan inteligencias e impulsos. Es en la primera donde el desarrollo científico encuentra cabida y donde pueden estar los prímigenios proyectos de una asociación científica. Débese a la SEAP el fomento de estudios naturales, filosóficos y otras disciplinas en caminadas a su difusión y a su aplicación en las condiciones insulares. La química, la física'experimental, las matemáticas o la economía son prote gidas por la institución. A su vera se fomenta tanto la creación de una co--l�cción y jardín botánico como una Academia de Bellas Artes. Tres lustros después ( 1841) otro intento por constituir una Academia científica en La Habana encontró la indiferencia, cuando no la negativadel poder, que ya había vetado otros intentos cubanos de crear centros de pensamiento no comprometidos con las circunstancias, tal como la pro yectada Academia de Literatura Cubana, vetada en 1834. La solicitud científica, menos sonada, sig�ió el mis_ mo destino. No mejor resultado obtuvo una nueva petición de 1852, que fue desoí da y sólo quedó el trámite cursado a la Capitanía General. Probablemente, algo más serenada la sociedad cubana, tras una déca da convulsa, la gradual estabilización contribuyó a que la solicitud para fundar una Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales en la capi tal de Cuba, tuviese mejor recepción en los representantes de la Corona. Los prestigiosos científicos cubanos encontraron eco eri un capitán gene ral ilustrado que hizo llegar a Madrid tal interés (1856). Ctiatro años des pués, en 1860, un Real Decreto de Isabel 11, •autorizaba instituir en La Ha bana una Academia de Ciencias. Para entonces existía en el país una comunidad científica respetable, principalmente en la Medicina, con una sólida formación y un estimulan te campo de estudios. Prestigio profesional, que ahora cobraba carácter institucional y modelaba el vehículo para hacer más efectivos los progre sos y las soluciones a los múltiples problemas que se encaraban con los brotes de epidemias como la fiebre amarilla y el cólera. La problemática de la higiene en los núcleos de población urbana y en las localidades rura les, la atención a las dotaciones de los ingenios y la observación de los in migrantes, la colaboración con el poder judicial en casos médico-legales, fueron de las tantas ocupaciones de los académicos. Como se ha afirma do, tales presupuestos «... deben haber convencido a las autoridades espa ñolas en la Isla de que necesitaba una institución para asesoría y consulta sobre tan acuciantes dificultades» (4). Entre los más notables empeños de la Real Academia estuvo el crear una colección de especímenes convenientes a su esfera de interés, tal co mo se estableció en el artículo 28 de sus estatutos. «La Academia considerará como un servicio muy importante de sus individuos, el que ofrezcan objetos naturales del país o exóticos, clasifica dos o sin clasificar, pero con una relación más o menos exacta de sus usos y propiedades, o bien monstruos o piezas interesantes de Anatomía pato lógica, con cuyos materiales pueda la corporación formar un Gabinete de Medicina e Historia Natural» (5). A trece años de su fundación, se crea el denominado Museo Indígena de Historia Natural de la Real Academia, donde los materiales colectados desde la creación de la RAC serían conservados para su estudio y exposi ción. Este museo se nutrió de donativos procedentes de antiguas colec ciones o de materiales adquiridos por los académicos, como es el de aquellas colecciones que formaron parte del extinto Museo de la SEAP, que dirigió Felipe Poey entre 1838 y 1849, quien al disolverse dicho mu seo, envió gran parte de sus exponentes a la Universidad de La Habana. Materiales de Historia Natural''<, fueron donados por el mismo Poey, y por J. Gondlach; piezas aborígenes cubanas, por Francisco Ximeno, amé.n de los materiales arqueológicos y antropológicos que Carlos de la Torre. y Luis Montané acopiaron en sus excursiones científicas de finales de la centuria. B) La Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba (SAIC) Auspiciada primero por la creación en La Habana de una sección de la Sociedad Antropológica Española (26 de julio de 1876), e integrada por miembros de esta última, residentes en La Habana y la SAIC se fundó en 1877 ocupándose específicamente del estudio del hombre, teniendo por homóloga principal a la de Madrid. Fue creada con el criterio de proyec tarse hacia las corrientes más avanzadas de la época, en especial aquellas generadas por la Sociedad Antropológica de París, centro irradiador del pensamiento antropológico, con el cual más de un fundador poseía estre cha conexión profesional. Sustentada en proyecciones verdaderamente modernas, entre sus pos tulados estuvo interpretar los problemas de la estructura humana de la Is la, tan heterogénea, tan dinámica que constituía un constante desafío in vestigador a los miembros fundadores, muchos de ellos, por demás, también socios de la RAC, vínculo interinstituciónal altamente provecho so tanto en lo profesional como para afrontar el sostenimiento de publica ciones y prácticas de improbable subsidio por parte de las autoridades co loniales. En sus estatutos está subrayada su posición en el campo de las ideas: el liberalismo científico, la adopción de las hipótesis más audaces y la ca pacidad de aceptar toda.contribución y concurso, independientemente de su procedencia o afiliación a una u otra escuela, siempre que desearan «... secundar nuestros esfuerzos e ilustrarnos con sus luces... ». Se explica así el interés por establecer intercambio con todas las instituciones afines, en el país y fuera de este, donde quiera que existiese un centro de saber, especialmente en lo antropológico «... pues esta es una de las condiciones esenciales del progreso de la ciencia» (6). La creación de una adecuada base de información para uso de los miembros se percibe desde las primeras reuniones organizativas. El 20 de agosto de 1877 ya se solicitaba autorización al Obispado para colectar ma teriales de interés en cementerios urbanos y de ingenios, «... necesitado pa ra formar las debidas colecciones, huesos normales y muy particularmen te toda clase de cráneos... » (7). La idea de poseer una serie de materiales, se evidencia aquí, como también la intención de acceder a una visión his tórica de la dinámica poblacional al solicitar el acceso a los registros pa rroquiales. Ambas fueron aceptadas y aprobadas por la jerarquía eclesiás tica, y son las primeras referencias a la conformación de una colección antropológica. La temprana preocupación por crear y conservar una colección, se tras luce en los estatutos de agosto de 1877, en los cuales se delinean las condi ciones de ordenamiento y canje de materiales. En el Reglamento es eviden te esta inquietud; al formular las características del puesto de conservador del Mu�eo, expresa que le.corresponde organizar y custodiar al inmueble y los objeto allí depositados, llevando registro apropiado, del que daría cuen ta anual, similar tarea a la de los responsables de Biblioteca y Archivo (Arts. En el mismo campo de instrucciones a cumplir, la Sociedad asumía, como una de las prioridades de inversión, el «conocimiento de la Biblioteca y Museo» (Art. Ambos poseían reglamentos especiales para «buen orden y fomento» (Art. Una importante disposición reglamentaria es aquella concernient� a la conservación íntegra de todos los fondos documentales y las coleccio nes de la institución, prevista por sus fundadores, quienes formularon un concepto que excluía equívocos en perspectiva: de declinar un ofrecimiento de participación en la Exposición Universal de París, pues «la institución carece de un Museo todavía así como de lo cal propio para instalarlo.. � » (8). Entre.los más importantes donativos se reportaron aquellos especíme nes teratológicos como el aportado por el doctor Montané en 1878; o las importantes muestras arqueológicas procedentes de Norteamérica, cedi das a la institución por el mismo socio en 1880, amén de cráneos y otros restos óseos adquiridos por los miembros en excursiones o por donativos que acrecentaron gradualmente las existencias del Museo, lo que llevó al Dr. Bachiller y Morales a exhortar la creación de una colección puramente arqueológica, en una exposición hecha en 1883. No obstante las crecientes dificultades financieras de la SAIC, sensi blemente evidenciadas en la errática publicación de su Boletín, que se hi cieron más agudas hacia 1887, los contactos para adquirir especímenes por vía de comisiones, compras o donativos, no se interrumpieron, de lo que es muestra todo el material procurado en Sacti Spiritos en 1888 y que fue incorporado al Museo un año después o la importante aportación de antigüedades aborígenes antillanas que el entonces conservador, Dr. la Torre donó a los fondos de la SAIC a raíz de su fructífera excursión cientí fica a Puerto Rico, República Dominicana y la región más oriental de la provincia de Santiago de Cuba, realizada en 1890. Una intención primaria de la Sociedad, desde sus primeras exposicio nes públicas, fue proyectarse en el ámbito científico de la sociedad cubana y de los centros de pensamiento del extranjero. Su afiliación con la Socie dad Antropológica de Madrid le garantizaba una relación con sus colegas peninsulares, acceso inicial a las cátedras europeas. No obstante, muy pronto los miembros de la SAIC establecieron relaciones directas con los focos antropológicos, ya fuese en Europa, donde se poseían corresponsa les en Alemania (Munich, Nuremberg); Francia (París St. Valery, Loine); Italia (Florencia, Turín); Estados Unidos (Nueva York, Washington); Ru sia (San Petersburgo, Moscú); C. México, Brasil (Río de Janeiro); Suiza (Basilea) y Austria (Gand). Así se hacía honor al postulado de su artículo 2 o: «Promoverá con todas las de su clase el cambio de objetos y publica ciones que puedan contribuir a su fomento y progreso» (9). Dentro de la Isla, no sólo en La Habana, donde se concentró el grueso de los miembros, proyectó su incidencia la SAIC. En Sancti Spiritus, Mo rón, Baracoa, Guantánamo o Consolación del Sur, existieron socios co rresponsales; incluso en localidades tan alejadas como Jauco, Gran Tierra, en el remoto extremo oriental de la Isla, hizo sentir su presencia aquella corporación científica (10). Principales Temáticas A) La Real Academia de Ciencias El potencial profesional de la institución, la diversidad de campos de investigación en que se proyectó su acción científica, las llevó a incursio nar en materias tan diversas como la arqueología, numismática, ciencias biológicas, antropología, antropogeografía, evolución, bacteriología, far macia y aún, de partes, tal como se percibe al revisar los 96 volúmenes de que constan sus Anales. Constreñidos al período histórico de nuestro interés, apenas poco más de un cuarto de siglo, figuras descollantes como Felipe Poey, J. Gundlach, Sebastián A. Morales, abordaron problemas concernientes a la zoología o la botánica en general; P. Salterain o M. Fernández de Castro, discutieron acerca de geología, paleontología y mineralogía. Andrés Poey descolló en estudios meteorológicos, tanto como Marcos J. Melero. Problemas de in geniería fueron expuestos por Joaquín de Albear, mientras que los debates médicos fueron escenificados por figuras como Nicolás J. Gutiérrez, Anto nio Mestre, Santos Fernández, entre otros. La antropología y la arqueolo gía, encontraron seguidores importantes en Luis Montané y Carlos de la Torre. Dentro de la particular esfera de interés en la que se centra este trabajo es destacable la discusión de numerosísimos casos de medicina legal, don de la interpretación antropológica de los casos devino en auxiliar indis pensable del poder judicial, ya no sólo en los propiamente acaecidos en la capital sino en puntos cercanos del interior, sobre todo a partir de fines de la década de 1870. Notables fueron los estudios realizados acerca de la existencia de gran des mamíferos fósiles en la Isla de Cuba y la precisión de la edad geológica del archipiélago (1864), o discusiones acerca de un pretendido enlace geo lógico muy antiguo de Cuba con el continente y su influencia sobre la po blación animal y vegetal (1884). De interés es la discusión acerca de las «Instrucciones para las investi gaciones antropológicas» (1875) que ponía a los académicos en contacto con lo más avanzado del pensamiento científico existente en Francia y Asclepio-Vol. XLVI-1-1994 propor: cionaba.u:q.a metodología a; lbs que la: practicaban.•en el país o, el no menos importante tema de las «Consideraciones sobre la importancia de la antropología en el caso del reconocimiento de la raza (1876)»; ambos son de lo más temprano que sobre estos temas se comentó; no obstante vale destacar que desde 1861, dada la notable composición médica de sus socios, la antropología fue línea prioritaria en la Real Academia. Como resultado de las comisiones antropológicas de 1888-1891, varios trabajos fueron presentados a debate en las sesiones de la institución: ta les son los casos.de «El hombre de Sancti Spiritos» (1904-5), «La gruta del Purial» ( 1907).o• el;�<Informe sobre el estado de las ciencias antropológicas en Cuba»•(l: 909)-por, Luis Montané, a los que se agregan los presentados por Carlos de la.Torre: «Conferencia científica acerca de un viaje a la par te oriental de Cuba» (1890); «Excursión científica a Viñales» (1909), «So bre el indio del Caney» (1909). Espíritus ilustrados,. con dominio de las problemáticas de su época y entorno, los miembr.os de• esta corporación, en sus• frecuentes sesiones académicas abordaron, las más, disímiles vertientes de la antropología, en tendida en su más. plena.acepción,: tal como fue definida tempranamente por uno de los fundadores: «La antropología, que es la historia natural del hombre, pero enrique cida cori, datós d�:6tfo•�fden, tornados de la historia, arqueología, lingüís tica; fija'los -grupos • en •que puede dividirse y son: la antropología general, la etnografü{'y fa' etnología; y establece sus •diferencias, así corno las que existen• entre'lós; pueblos y las razas, a cuyo estudio precede el del género humano,, refiriéndose cada una de estas divisiones a una de las ciencias indicadas» (11)..,• �. �..'. Poey,,, presidente de.la Sociedad, hizo una de las primeras refe rencias a la importancia de asumir el estudio con fines de observación y aplicación directa, al expresar la potencialidad de Cuba «esperando que sean cultivados más que, ninguno,• los.hechos que se relacionan en las va rias y diferentes razas-de.este país»::A.este espíritu se adhirió el joven doc tor Montané al disertar en aquella ocasión acerca del papel de los estudios antropológicos para el conocimiento de la realidad de la Isl"a:, y lo necesa rio de hacerlo científicamente (12). En tales términos se pronunció, en otra oportunidad, Enrique J. Varona, a propósito de las implic;:adones de la vertiente social de los estudios del hombre: «el gran fin a que estaban llam. ád�s ias sociecl �de� �ntropoiógicas de aunar esfuerzos dispersos de la observación y metodizar sus conclusio nes, podía ser realizado por la de Cuba con una facilidad relativa por el gran campo de investigación que le ofrecían la coexistehcii' én' un •rrúsmo territorio y el cruzamiento de diversas razas, haciendo•así fructífera para la ciencia un hecho tan lamentable en la esfera social» (13}_:' • • Otro tema general abordado fue la vinculación de los•estudios an tropológicos con la política de colonización. La necesidad de una eva luación cuidadosa y científica antes de emprender cualquier'empresa•al respecto «tiene base en que debe de causar el conocimiento positivo; es la ciencia que estudia las manifestaciones de la vida colectiva.•del hom bre y busca sus leyes». La importancia del conocimiento de la• influen cia de la emigración a ambiente nuevos y los factores humanos del prO'.,. blema colonial, proporcionarían elementos para la interpretación de los proyectos de inmigración blanca que en Cuba se habían manejado des de inicios de siglo; esto, se acentuaba, debía ser materia de reflexión en la institución (14). Incitados al respecto, se trajo a colación la cuestión de la aclimata.,. ción y la inmigración europea, uno de los puntos sensibles en la polémi ca sobre el aumento de población blanca de la isla. Esto, se afirmaba, es de la máxima «trascendencia local», •dada la diversidad de criterios, y donde «está la cuestión política al lad0 del problema étnico, que más nos interesa». El estudio de los• patrones de colonización anglosajón e ibérico, el gra do de adaptación temporal, son los elementos ineludibles en las conside.:. raciones, se expresaba, tal como su manifestación en la política española en Cuba desde los tiempos iniciales y su incidencia en la mezcla étnica in sular, aunque había que singularizar las concepciones generales y precisar más el conocimiento ya existente sobre las características cubanas, donde se imponía un estudio más apropiado del• gr:üpo hispano, tanto como de los restantes, a fin de contar con'una visión cierta de las poblaciones cuba.;. nas (1 S). Las Sociedades Antropológicas; se expuso, «Tienen el deber de consagrarse a estudios prácticos o investigaciones especiales, aprovechando las ventajas de su posición geográfica, de su contacto con diferentes pueblos o nacionalidades; estudiando las condi ciones de aclimatación de los pueblos emigrantes, las desviaciones que se notan en sus descendientes, los caracteres físicos e intelectuales de los mestizos, la fecundidad de los cruzamientos, las diferencias que impri men al mismo tipo las diversas localidades» ( 16). Acercarse a la realidad étnica insular proporcionó a los miembros de la SAIC uno de los puntos más controvertidos de las sesiones de debate allí efectuadas, aquel concerniente a la valoración de las razas y su in fluencia en las comunidades humanas. En especial el asunto del mestizaje ocupó la atención tempranamente, ya fuese para discutir las razas ibéri cas, su conformación y el legado que aportaron al aclimatarse en Cuba, y el grado de pureza de los habitantes de origen peninsular, una vez aserita dos y mezclados con otros grupos étnicos. La nomenclatura empleada al valorar a los naturales de la Isla, ostensiblemente del factor negro, provo có más de una impugnación o defensa, siempre pródigas en argumentos (17). En otros casos se trajo a colación la cuestión de la terminología y sus equívocos, como en el caso de los pueblos ibéricos, cuya supuesta raza blanca pura, se evidenció históricamente difícil de sostener. Allí se criticó el concepto «estrecho» de cubano, pues «geográficamente tan cubano es un negro criollo como un blanco o un mulato»; la diferenciación antropo lógica no debía manejarse en términos de inferiorizar grupos humanos, aunque en términos de estudio «a cada cual corresponde un lugar distinto en cualquiera clasificación» ( 18). En el seno de la SAIC se hicieron trabajos de divulgación acerca de las características de la raza negra, sus peculiaridades anatómicas, resisten cia a las enfermedades, capacidad reproductiva y creencias religiosas, así como los grados de inteligencia según sus orígenes. Ese último aspecto fue de interés, al debatirse las capacidades intelectuales de negros criollos y africanos, según el medio en que se desarrollen, pues la capacidad cra neana no siempre es indicio de inteligencia o degradación mental. Esto da pie a consideraciones sobre los efectos de la condición del negro y su fe cundidad, las implicaciones de la servidumbre en los hábitos de aparea miento cuando se expresan opiniones como esta: «Las condiciones de la esclavitud son más que suficientes para explicarlas; y una de las causas más frecuentes de esa corrupción, es la proporción de sexo en las fincas». Es la condición, la falta de elemental entorno humano, uno de los princi-pales factores que inciden en la escasa procreación, amén del desbalance sexual por razones económicas, al priorizar la entrada de hombres africa nos {19). Influencia del clima y adaptación racial constituyen otro de los aspec tos a considerar y acerca del cual las opiniones más disímiles se emitie ron, desde aquellas que consideraban la zona tórrida, y por tanto Cuba, poco propicia a un asentamiéntolaboral de emigrantes europeos, expli cando el porqué de la recurrencia al negro, hasta criterios muy audaces que ridiculizaban tales asertos, ejemplificando con casos evidentes que descartan el rol decisivo de las circunstancias climáticas en las aptitudes psíquicas o morales, y aunque aceptan cambios fisiológicos, sostienen que en milenios, «la influencia del clima no ha alterado los caracteres de esas razas» (20). En todo el devenir de la actividad académica es palpable este interés acerca de las razas, en especial la negra y sus peculiaridades de adapta ción física y cultural, algo que para la Cuba de la época constituía una obligada reflexión en el plano social y moral, nada ajena a una disciplina como la que nos ocupa. Los debates sobre la pureza de las razas, la degra dación o no de los pueblos con un activo y amplio cruzamiento étnico, las implicaciones de la consanguinidad en los grupos humanos, la capacidad de adaptación y la inteligencia, el clima y la humanidad, los atavismos y la degeneración en grupos no dominantes en ciertas circunstancias históri cas, llenan decenas de folios plenos de interesantes intercambios, y satis face encontrar en aquellos socios de la SAIC, a despecho de opiniones axiomáticas de su época, un espíritu nada refractario al abordarlos, un saldo muy favorable, especialmente al comprender y explicar con datos muy sopesados, las particularidades de una sociedad, como la cubana, confluencia de pueblos y suerte de laboratorio racial, con un espíritu ilus trado, desechando conceptos excluyentes. Merece referencia particular cómo se abordó la cuestión entonces de nominada de «Antigüedades Indias», es decir las evidencias culturales de los pobladores aborígenes cubanos y antillanos. Asunto que está muy rela cionado con la adquisición de piezas para la colección arqueológica del Museo de la Sociedad, y que motivó, como en el caso anteriormente refe rido, no pocos encontronazos académicos en los salones de la Real Acade mia, donde celebraban sus sesiones los miembros de la SAIC. Pueden defi nirse las principales líneas de aproximación: una, el estudio de piezas halladas o remitidas a la Sociedad, precisando los elementos c:;:oncernien tes.a su autenticidad y pertenencia a los aborígenes insulares; otra, de pro-yección.más conceptual, que consideraba el grado de civilización alcanza do por los cubanos más antiguos, y si merecían considerarse como parte de una cultura digna de estudiarse, un tanto integrante de un legado histó rico y susceptible de promover la discusión científica. Estos debates, que han transcendido secularmente a aquellos ilustra dos, giraron alrededor de casos como el de un cráneo deformado presen tado a la SAIC, a raíz de su hallazgo en el litoral habanero, evidenciando trazos de deformación artificial «sometido a una presión violenta y calcu lada», argumentándose históricamente el examen al recordarse que «en tiempos del descubrimiento los indígenas de Cuba aplastaban a la vez el frontal y el occipital�>. Al respecto, se expresaron consideraciones basadas en similares ejemplares hallados en México, Perú y Norteamérica, aventu rándose la hipótesis de la difusión de un grupo humano matriz, tal y co mo, se afirmaba, «las pruebas históricas y antropológicas parecen incli narse» (21 ). Las consideraciones sobre el denominado «período prehistórico cuba no», evaluado partiendo de las teorías imperantes en Europa, en especial el evolucionismo social, fueron hechas públicas en la Sociedad, con ideas tan interesantes como el considerar que el hombre primi�ivo cazador de grandes mamíferos no llegó a asentarse en la Isla, basándose en las prue bas geológicas, y que para ubicar cronológicamente el material prehistóri-, co <�poca utilidad prestaba a la ciencia el hallazgo aislado de los instru mentos rudimentarios de la humana industria,,que es necesario vengan acompañados de comprobantes que pueden justifi�iha época y lugar de su yacimiento para hacer las deducciones que de su estudio se despren dan». El concepto, ya centenario, es de una _apabullante contemporanei dad ( 22). Tal proposición llevó a considerar la autenticidad de las hachas pé treas abundantes en muchas regiones rurales de la Isla, que algunos erudi tos consideraban de origen natural, cuando ya no dudoso, como fue el ca so de José Ignacio de Armas, rebatido por Bachiller y Morales quien, afirmó, son el legado «de una costumbre de los indios de Cuba, pues cuan do esta Isla fue descubierta sus habitantes estaban en la edad de piedra pulimentada». Junto con su argumento daba inicio a una polémica acerca de la significación cultural del estudio de los aborígenes insulares, que ha bría de reflejarse agudamente en el campo científico. Por demás, en el es píritu de la ocasión quedó impuesto que, a menos se divulgasen tales he chos; se perderían muchas evidencias por hallar, y «sería por tanto, de gran utilidad que invitase al público a que allegase, materiales para diluci� dar tan importante cuestión» (23)..':,...: •,• La presentación de un estadio sobre instrumentaUítico;:específica mente hachas de piedra, escindió opiniones acer.ca, de,la, capacidad-del aborigen antillano, a fines del año 1883. Según Bachiller, el ejemplar po día considerarse «perteneciente a la época neolítica e indica la posibilidad de que sea un especímen del interesante período de transición que debió preceder a la edad de Bronce»; no obs�ante• erarirrcierto; especμlar acerca de su factura insular o procedencia; de ti�rras vecinas,. c_ oi; no _ ta, rpb_ ién pr:e cisar la técnica de fabricación. Qasos simil�re_ s. �xpresos _«se 4. �. n,l}al_ l�do en Puerto Rico y las Islas Turcas», además que las crónicas. confirmaban tales útiles, y el «aprecio que hacían lo� -�il�Qf).t:;y�s. flf,Í, � t si�: ��»:;_ \� 1,c, 9, 1��pr:o,7 bación seria no permitía hasta el momento ubicar «a los indios de Améri ca, ni aún a los más adelantados, fuera de la edad de piedra». Dentro de esa condicionante Bachilkr situó las.cultu, ras antillanas., y-éi; uxiliado. por la observación de supervivencias simil�rés' é' n'{�' díge�-��-de.,Ías Gu�yan�s, aceptó que el qacha. que motivó el e_ studi9, d���qitiva111ent�: � (_ 24\. _•, •, -�..' �: • _ • �.•. •. �; ••.. _,_-;: i•<;.,,:_i: i; i-•,.:, l;;•;::. � _••.',... •,.; �,'':; •'. •:;•::' • 1!, �..,,. � [ Esos criterios•valorativo• s -fueron •: enfreritádos'mediánt�••hipotes' Ís'•tód a: trapuestas po' r deArinas, qué efrd6s' se' sioi1eS 'Oel' afié>'-1 884 1 prodig• o: akt 'o' s que esperaba dieran validez a su criterio sobre el estado de: salvajisino de las Antillas. La existencia hipotética• de• lds• Cacibes• 1 sirvió:�para;l' an: zar un claro ataque y no admitir trazas, cultur' ales•erÚ: re los • indios cHbanos: 1 a•los cuales negaba la capacidad del uso de la piedra pulida: ni 'otrds'' similares, atribuyéndoles el desconocimiento: de la alfarería. y.organizaci6n: social; desestimando las relaciones acerca: de -sus •mitos-;. Refuerzái Ar.más, susi. po� siciones, en otra exposición, donde rechazó cualquier evidencia de prácti ca o culto entre los antillanos de los tiempos del descubrimiento. Sus ar gumentos, manejados con galanura y fuentes, no obstante, recibieron va rias y severas objeciones, por el deficiente uso de sus datos y lo absoluto de las apreciaciones (25). En este campo, el de los estudios aborígenes, siguió proyectándose el interés de la Sociedad, especialmente el de adquirir piezas originales, ex puesto en el nombramiento de comisiones, que en 1888 y 1891, respecti vamente, cumplieron misiones de exploración y adquisición de materiales antropológicos y arqueológicos con destino a los fondos de la SAIC, tanto como para enriquecer a la Sección de Antropología de la RAC, donde al ternaban los miembros de la primera. El afán de procurar materiales arqueológicos y antropológicos, de pre cisar zonas potencialmente prometedoras mediante la prospección en el lugar -presente en la Sociedad desde muy temprano-cristalizó a fines de la década de los ochenta, y eón el valioso subsidio de la RAC se pudo poner en práctica el envío de tres comisiones investigadoras cuyos resulta dos resultaron trascendentes en su momento. La primera comisión se organizó en junio de 1888, para proceder al es tudio de materiales colectados por corresponsales en la provincia de San ta Clara cuatro años antes, y que a tenor de los acuerdos de las sesiones del 29 de enero de 1888, quedó constituida e integrada por los miembros Drs. Luis Montané, Benjamín Céspedes, José R. Montalvo y A Mestre. De ellos, Montané fue el que viajó al centro de la Isla, donde colectó intere santes materiales osteológicos y evidencias materiales en una gruta de asentamiento muy antiguo. En su informe a la SAIC, expresó que «he teni do la fortuna de encontrar objetos de grandísimo interés para la Ciencia del hombre en general, y muy particularmente para la historia antropoló gica de este país» (26). Los materiales aquí hallados suscitaron años más tarde numerosas y controvertidas opiniones sobre la presunta antigüedad de un hombre fósil en las Antillas, originario de Cuba, siguiendo las teorías acerca del origen del hombre autóctono del indio americano que hacia finales del siglo XIX estaban difundidas en los ámbitos científicos del continente americano, y que se basaban en hipótesis del investigador argentino Florentino Ameg hino. Las piezas entonces colectadas, excepto los cráneos que se enviaron a la Sociedad Antropológica de París, pasaron, en 1889, a los fondos del Mu seo que se instituyó en la SAIC, por un donativo del Dr. Montané, a lo que se agregó en la misma oportunidad un envío de piezas aborígenes proce dentes de Baracoa, presente del Dr. de la Torre. Con tales donativos que dó, este año, formado el denominado «Armario arqueológico antropológi co» en el Museo de Historia Natural de la Real Academia (27). Lo halagüeño de los hallazgos referidos, y el incentivo de poseer ya una colección instituida, estimuló a la Junta de gobierno de la Real Acade mia a financiar una nueva comisión científica a la región Este de la Isla, con expresa instrucción de encontrar «objetos que sirvan de base a estu dios antropológicos sobre la raza primitiva; y a la vez, observar el estado en que se encuentra la plaga que destruye los cocoteros» (28). La designa ción recayó en el doctor Carlos de la Torre, entonces también conservador del Museo de la SAIC, para el año 1890-1891. Este debía visitar Santiago de Cuba y Baracoa, en tránsito a Puerto Rico. En desempeño de su misión, el doctor la Torre recorrió el litoral bara coano inspeccionando el estado de los cocales afectados, a la vez que ha cía abundantes colectas malacológicas. Pero la parte más interesante del viaje es sin lugar a dudas la que em prendió hacia Maisí, extremo más oriental, donde hizo reconocimiento en varias grutas sepulcrales, acopió cráneos deformados, vasijas de cerámica aborigen y adquirió varias piezas líticas de singular factura, que luego en grosaron los fondos antropológicos de la RAC. En esta oportunidad, tam bién visitó la República Dominicana y Puerto Rico, observando coleccio nes, comparando datos y donde «observó el hecho significativo de que los restos indios encontrados en dichas Islas tienen una extraordinaria seme janza con los de la parte oriental de Cuba» (29). Todo el material arqueo lógico acopiado en las tres regiones visitadas, fue puesto a disposición de la Academia para enriquecer la colección aborigen que en menos de una década había aumentado sensiblemente sus existencias. Siguiendo el empeño de la Torre, y a raíz de los valiosos materiales co lectados en la ocasión, en el verano de 1891 el Dr. Luis Montané viajó a Baracoa, conduciendo otra expedición científica promovida por la sección de Antropología de la RAC, y que con el auxilio de personalidades locales recorrió todo el extremo oriental de la Isla, desde la citada ciudad hasta la de Guantánamo. En el transcurso se hizo una detallada exploración de los puntos donde se habían reportado hallazgos, reconociéndose varfas dece nas de grutas conteniendo material aborigen, colectando cráneos, utensi lios de diversa factura y empleo propios de los grupos agricultores que los cronistas ubicaron en la región. Por vez primera, desde 184 7, se exploró y excavó una construcción térrea aborigen, los denominados «terraplenes o muros de Pueblo Viejo», que aportó abundante material afín a la tradición histórica de sus constructores autóctonos:•este fue, probablemente, el más señalado de los resultados arqueológicos de esta comisión científica. Del acopio y estudio de los cráneos allí colectados o adquiridos en el trayecto de la expedición, se enriquecieron tanto las colecciones de la Real Academia de Ciencias como los argumentos que permitieron al Dr. Mon tané considerar, ya entonces, la existencia de grupos humanos distingui bles a partir de la presencia o no de la deformación craneana. Una opinión, del cronista del viaje lo corrobora: «Los abundantei ejemplos de huesos adquiridos por el Dr. Montané le permitirán resolver más de un importan�e problema antropológico, entre otros, la existencia de dos razas: una la raza india de Cuba, y otra extraña a la Isla» (30). Significativo, entre lo que aportó esta exploración, fue el estudio de los • descendientes de aborígenes que habitaban el extremo oriental de la Isla, de los cuales, en aquel entonces, se estudiaron sujetos residentes en las cercanías de Baracoa y Guantánamo. El interés por los remanentes arva cos en la población cubana había sido expuesto en la SAIC como una in vestigación factible de arrojar ciertos resultados (31), ya que la pretendida desaparición total del componente indígena en esas regiones no parecía ser una opinión muy sostenible, a partir de los datos recogidos en Oriente poda expedición Montané (32). Escasamente vinculada a los estudios antropológicos como institución en el tercio final del siglo XIX -excepto por la condición docente de mu •chas de las personalidades que abrazaron tales conocimientos-, la Uni versidad de La Habana asumirá; en los días de la reorganización de cáte dras y planes de estudios que se llevó a cabo durante el período de El contenido de sus explicaciones, determinó la creación de dos cur sos, uno de Antropología Jurídica y otro de Antropología General, con campos delimitados. Ambos fueron propuestos por la Facultad de Letras y Ciencias -de la cual fue decano por un corto período el citado Dr. Monta né, en 1902-a la suprema autoridad universitaria y a la Secretaría de Instrucción Pública, siendo aprobados por un decreto gubernamental de 1907. Asociado al surgimiento de la cátedra, menos de un lustro después se A lo anterior agregaba una bien dotada biblioteca especializada y un cuerpo de profesionales, quienes bajo la dirección del Dr. Montané, su di rector desde 1903 (hasta su retiro dieciséis años después) y el auxilio de otros catedráticos-investigadores, lo convirtieron en un respetado centro de conocimientos, ya no sólo en el ámbito regional o continental, sino también por sus similares del Viejo Mundo, especialmente en.París, con cuyos colegas se mantuvo intensa y frecuente comunicación, provechosa en ambas direcciones y cuyos lazos databan de los primeros tiempos de la RAC y la extinta SAIC. No es ocioso reproducida opinión del arqueólogo Mark R. Harrington quien, tras visitarlo en la segunda década del presente siglo, escribió que «la mayor y más completa. colección arqueológica en Cuba es por todos los conceptos, la del Museo Montané -el Museo de la Universidad Nacional de La Habana�, pues contiene una colección gene ral ilustrativa de la cultura Taína y una serie •de objetos ciboneyes, junto con un número de colecciones especiales de valor, que comprenden el ha llazgo de. osamentas humanas» (33).
Fernando de Castro (1896Castro ( -1967)), uno de los más jóvenes discípulos de Santiago Ramón y Cajal, diferenció en el conjunto de la labor científica de su maestro tres etapas, en las que el objeto de investigación y los métodos eran básicamente distintos (1). En la primera etapa, utilizan do la impregnación arg�ntica desarrollada por Camilo Golgi ( 1843Golgi ( -1926)), Cajal se ocupó del estudio de la anatomía fina del tejido nervioso, estable ciendo la independencia de las células nerviosas y las consecuencias fisio lógicas derivadas de ella (2).. En alguna ocasión Cajal se refirió a la retina como uno de sus prime ros y más continuados amores de laboratorio. Entre 1888 y 1893 realizó diversos trabajos sobre la retina de diversos grupos animales, utilizando la técnica de Golgi mejorada por él en España. Finalmente, en 1893 Ramón y Cajal publicó en la revista belga La Cellule, con el título «La rétine des Vertébrés» (3), uno de los trabajos de mayor trascendencia de los realiza dos en esta primera etapa de su labor-científica. En él se condensan algu--. nas de las más signitivativas influencias recibidas por el histólogo español y algunos de sus hallazgos más elaborados y de largo alcance: su defensa del neuronismo, su exhaustivo estudio sobre la textura de los centros ner viosos, la capacidad para extraer conclusiones fisiológicas a la luz de las obsenraciones histológicas, el interés en aspectos neuro-embriológicos,... etc. Primeros trabajos de Santiago Ranzón y Caja! sobre la retina La estructura histológica de la retina.fue estudiada a lo largo del siglo XIX por diversos investigadores; uno de los más significativos, entre los predecesores de Ramón y Cajal, fue Max Schultze (1825Schultze ( -1874)), quién des cribió, siguiendo la clasificé\CÍÓn previa de Johannes Müller (1801-1858), la existencia de diez capas en la retina y estudió la aparición y distribu ción de los fotoreceptores, la estructura de los conos de la fovea y otros detalles morfológicos. Fue Schultze, también, el primero en sugerir la di versidad funcional de los dos tipos de células fotoreceptoras, en virtud de la cual los bastones serían los responsables de la percepción lumínica y los conos de la percepción cromática ( 4 ). Investigaciones contemporáneas a las de Cajal fueron realizadas por Ferruccio Tartuferi y Alexander Dogiel, utilizando las técnicas de impreg nación argéntica de Golgi y la del azul de metileno de Ehrlich, respectiva mente (5). Pero a pesar de las descripciones morfológicas de estos autores, acertadas en ocasiones, su interpretación general de la retina (y por exten sión del Sistema Nervioso) era errónea ya• que ambos eran partidarios de la teoría reticularista ( 6). Ramón y Cajal se había ocupado de la retina, especialmente de la de las aves, desde sus primeros trabajos neurohistológicos. En 1888 publicó dos artículos titulados «Morfología y conexiones de los elementos de la re tina de las aves» y «Estructura de la retina de las aves» (7). En estos traba jos describió, siguiendo a autores precedentes, las diversas capas celulares de la retina y estudió la morfología de los diversos tipos celulares retinia nos, mostrándose partidario de la independencia de las células nerviosas: 244 «Puede aceptarse desde luego que algunas de las fibras que penetran en la zona reticular se continúan con los espongioblastos y células subre ticulares; pero, ¿existe continuidad entre aquéllas y los pies de las bipola res? Nosotros no la negamos, pero ello es que jamás hemos logrado sor-prenderla, a pesar de haber observado cuidadosamente innumerables co1• tes regularmente impregnados»(S). Estos artículos publicados en-español, en revistas de muy corta tirada, fueron refundidos en un artículo en francés, «Sur la morphologie et les co nexions des éléments de la rétine des oiseaux», aparecido en la publica ción alemana Anatonúscher Anzeiger (9). En éste artículo, además de rea firmarse en la independencia de las células nerviosas de la retina, introducía Ramón y Cajal observaciones importantes sobre la conexión entre las células nerviosas y la marcha de la corriente nerviosa en ellas: Aparecía aquí, por tanto, la formulación de una cierta direccionalidad en la transmisión del impulso nervioso para las células retinianas, que Ca jal sistematizaría y elevaría al rango de ley en 1891, al formular la «ley de polarización dinámica de las neuronas» (11). En un segundo momento, a partir de 1891, fue extendiendo sistemáti camente sus observaciones sobre la retina a otros ordenes de los Vertebra dos; en el artículo «Pequeñas contribuciones al conocimiento del sistema nervioso», trabajó sobre la retina de los Reptiles y Batracios. En otro ar tículo, leído ante la Sociedad Española de Historia Natural en 1892, se ocupó de la retina de los Teleósteos y otros Vertebrados superiores (12). De esta nueva serie de trabajos concluyó Cajal la unidad estructural de la retina en el conjunto de los Vertebrados (13). Finalmente, el trabajo publicado en La Cellule suponía una revisión sistemática de sus trabajos previos. Podríamos distinguir en él tres aspec tos: El estudio de los tipos celulares y la estratificación de la retina. La formulación de una interpretación funcional de la retina acorde con el conocimiento histológico y las concepciones fisiológicas so bre la visión dominantes en la época. La elaboración de una hipótesis coherente con los datos histológi cos que permitía explicar el crecimiento y desarrollo de las células nerviosas: la hipótesis neurotrópica. Estructura histológica de la retina Sin duda es esta faceta de su trabajo de 1893 en la que Cajal se mues tra más claramente deudor de sus trabajos anteriores. Cajal recogió aquí las observaciones previas para presentar un estudio sistemático de los ti pos celulares de la retina en los distintos órdenes de los Vertebrados. Siguiendo a Schwalbe y Ranvier, distinguió tres grandes zonas en la retina -los fotoreceptores (conos y bastones), las células bipolares y las células ganglionares-que originaban diez estratos o capas diferencia das, ordenados, siguiendo a Müller, según la marcha del estímulo lumi noso. La estratificación diseñada por Cajal sufrió diversas modificacio nes de menor importancia por parte de Greeff y Polyak (14), y las capas por él definidas tienen su equivalencia en las establecidas por autores posteriores (15). Cajal describió exhaustivamente en su trabajo todos los tipos cel, ulares observados en la retina. Especialmente interesantes fueron las descripcio nes de las designadas por él células horizontales y células amacrinas. Entre las células horizontales distinguió dos tipos, externas e internas, según la capa en la que se encuentran, y relacionó directamente su núme ro y tamaño con el de bastones, afirmando que las células horizontales po drían servir para poner en contacto ciertos grupos de bastones con otros tipos celulares más o menos alejados. Las células horizontales tendrían una función amplificadora, permitirían la transmisión del estímulo ner vioso a largas distancias, pero no intervendrían en la distribución de la ex citación nenriosa a otros tipos celulares (16). La interpretación cajaliana de las células horizontales como elementos de amplificación del estímulo nervioso no parece totalmente incompatible con la función que las moder nas investigaciones histo-fisiológicas les atribuyen, el mantenimiento de potenciales eléctricos sostenidos en caso de iluminación (17). Las células amacrinas se caracterizan por la falta de axón, aspecto este fundamental reflejado por Cajal al escoger la etimología griega de la pala bra: a(sin) macr(largo) ines(fibra). Distinguió, después, tres tipos morfoló gicos de amacrinas, en función de la forma de su ramificación terminal, que se conectaban en diversos plexos con las células bipolares y las gan glionares; a pesar del exhaustivo análisis morfológico, no fue capaz de es tablecer la función fisiológica de las arnacrinas, pero formuló una hipóte sis sobre su posible significado funcional: Actualmente la clasificación morfológica de las células amacrinas propues ta por Cajal ha sido sustituida por otra realizada según criterios neuro-quími cos, pero su significado funcional sigue sin estar totalmente aclarado (19). Otro tipo celular retiniano estudiado fueron las células bipolares; frente a Dogiel, que sólo reconocía la existencia de una variedad de célula bipolar, Cajal reconoció dos tipo� distintos, asociado uno a los bastones y otro a los conos. Esta división, de considerables implicaciones fisiológicas como ve remos más adelante, permaneció inalterada hasta los primeros años de la década de los cuarenta, cuando Stephen Polyak, aplicando la técnica de Golgi sobre la retina de primates, describió un tipo de célula bipolar nuevo (denominada por él Midget Bipolar) que se asociaba a los conos (20). Autores recientes han señalado que si Cajal. fue incapaz de identificar este tercer tipo de célula bipolar se debió a lo inadecuado de su técnica, la impregnación argéntica de Golgi, sobre la retina de mamíferos adultos y a la utilización de animales poco frecuentes en estudios histológicos, como perros y bueyes, frente a los estudios posteriores realizados sobre prima tes superiores (21 ). La utilización de animales exóticos o de pequeño porte es fácilmente comprensible teniendo en cuenta las dificultades económi cas y de infraestructura investigadora que Cajal sufrió en una primera eta pa de su labor científica cuando su trabajo se realizaba en un pequeño la boratorio doméstico. El último tipo celular retiniano estudiado por Cajal fueron las células ganglionares. En ellas, considerando la diversa morfología de las arbori-zaciones terminales, distinguió cuatro variedades: células monoestratifi cadas pequeñas y grandes, células poliestratificadas y células difusas. Las células ganglionares, con un amplia área de ramificación en contacto con las células bipolares, constituían el elemento celular en el que confluían los estímulos lumínicos de las capas más externas. Pero en opinión de Ca jal, cada célula ganglionar recibiría exclusivamente el estímulo de bipola res de conos o de bastones, pero no de una mezcla de ambas: En conjunto, el estudio sobre la estructura histológica de la retina y las conexiones sinápticas de las neuronas retinianas realizado por Cajal fue tan completo que Stephen Polyak, a pesar de las modificaciones introdu cidas por él mismo en el esquema general cajaliano, afirmaba: Incluso un estudio reciente sigue considerando el trabajo de Cajal co rno el punto de partida para cualquier estudio anatómico sobre la retina, a pesar del considerable cúmulo de nuevos datos, técnicas e instrumentos desarrollados a lo largo de este siglo ( 24). Interpretación funcional de la retina según Ramón y Cajal El estudio histológico de la retina realizado por Cajal tenía una impor tante dimensión fisiológica. Como ya vimos, en sus primeros trabajos so bre la retina había apuntado lo que podríamos llamar una pre-formula ción del principio de polaridad; posteriormente, en 1893, tras un análisis en profundidad de las conexiones de las células retinianas, encontró nue vos hechos coherentes con el principio de polarización dinámica: Pour rendre cette théorie appliquable a la retine, il faut que nous con sidérions la fibre clescenclante des cellules bipolaires comme un véritable cylindre-axe, et les fibres du panache supérieur comme des prolonge ments protoplasmiques, ce qui, d'apres les propriétés rnorphologiques de ces élérnents, semble tout naturel. Otra implicación del análisis histológico de la retina efectuado por Ca jal fue su adscripción a la hipótesis planteada por Schultze y Parinaud de la retina duplex. La noción de la retina duplex consideraba que la percep ción visual se realizaba en los bastones y conos, percibiendo los primeros la sensación luminosa y los segundos la cromática (26). La descripción por parte de Cajal de dos tipos de células bipolares, vinculadas exclusiva mente a cada tipo de célula fotoreceptora y su conjetura sobre la existen cia de células ganglionares específicas, que conducirían los dos estímulos por separado hasta los centros nerviosos, suministraba una base anatómi ca coherente con la interpretación fisiológica en boga. Esta visión relegaba a la 1•etina a un mero papel de fotoreceptor y con ductor (27), que fue rectificado en los años treinta cuando con técnicas neurofisiológicas inaccesibles a los fisiólogos e histólogos de finales del si glo XIX y principios del XX se definieron nuevos conceptos en la percep ción retiniana que modificaron profundamente nuestro conocimiento de su fisiología (28). sistemáticamente la técnica del cromato argéntico de Golgi sobre éstos. En enero de 1889 publicó un artículo titulado «Coloración por �l método de Golgi de los centros nerviosos de los embriones de pollo», en el que además de describir la técnica para la impregnación argéntica para em briones, se confirmaban y ampliaban las observaciones de autores ante riores sobre el desarrollo de las expansiones y fibras neuronales (29). Pos teriormente, en marzo de ese mismo año, Cajal definió lo que denominó «método ontogénico» en un artículo titulado «Estructura del lóbulo óptico de las aves y origen de los nervios ópticos». En él describía por vez prime ra la utilización de esta estrategia investigadora, afirmando: «haremos observar que el examen de los órganos nerviosos embriona rios por el método de Golgi, tiene una importancia decisiva como medio de averiguación de la textura de los órganos adultos. Todo lo que en estos hay se observa ya en ellos (se entiende en embriones tempranos), pero con la ventaja de que el mayor espesor de los cilindroejes, la mayor facili dad de su impregnación aún en extensísimos proyectos a causa quizás de la no existencia de la mielina, y la cortedad de las distancias dan a las pre paraciones obtenidas el carácter de verdaderos esquemas» (30). Vemos, por tanto, cómo la utilización de embriones responde a una es trategia para obtener óptimas preparaciones e imágenes simplificadas de los elementos celulares nerviosos. más que a un consciente planteamiento experimental de corte haeckeliano. Esta estrategia, que rindió buenos re sultados en el lóbulo óptico, fue sistemáticamente aplicada a otras regio nes nerviosas: «Los buenos resultados obtenidos por el método de Golgi en el estudio del lóbulo óptico embrionario, donde/... / aparece la e�tructura fundamen tal de la substancia gris con una claridad y una simplicidad que facilitan singularmente el análisis, nos impulsaron a utilizar este mismo recurso en la médula joven de los mamíferos y en la de los embriones de pollo de los últimos días de incubación» (31 ). Cajal estudió, por tanto, utilizando el método ontogénico, diversas re giones nerviosas (especialmente la médula y el cerebelo) (32) y describió los procesos de desarrollo celular en estos centros. Hay que tener en cuenta, además, que uno de los principales valedores de la teoría neuronal era el histólogo y embriólogo alemán Wilhelm His, quien había formulado su interpretación neuronal del Siste ma Nervioso estudiando la médula espinal de embriones humanos (33). Cajal, que conocía el trabajo de His sobre los neuroblastos medulares, se planteó su trabajo sobre la médula de embriones de diversos Vertebrados como la aplicación sistemática de la técnica de Golgi para confirmar los trabajos de His (34). En este trabajo sobre la médula embrionaria Cajal identificó. el «cono de crecimiento», la estructura responsable del desarrollo de la fibra ner •viosa: «La porción anterior el cuerpo celular se prolonga en largo cono que se va paulatinamente adelgazando, hasta convertirse en fibra nerviosa. Esta fibra dirígese de atrás adelante, constituyendo con sus compañeras un haz anteroposterior divergente, y se termina en diversos planos del as ta anterior, comisura y cordón anterior, por un engrosamiento ya simple mente redondeado y poco aparente, ya representado por un grumo cónico de base periférica. Este grumo terminal, que llamaremos cono de creci miento, presenta, a veces, finas expansiones cortas, espinosas y divergen tes, que el cromato de plata tiñe en amarillo de canela; otras ofrece pro longaciones triangulares, laminosas, que parecen insinuarse entre los demás elementos, fraguándose a viva fuerza un camino por el cemento in tersticial» (35). Hasta aquí el trabajo neuroembriológico es puramente descriptivo y no pretende presentar ninguna explicación al proceso de desarrollo de las fibras nerviosas. Pero en su artículo sobre la retina de 1893 Cajal planteó una explicación hipotética para el crecimiento de las prolongaciones ner viosas: «Sans nier l' importance des influences mecániques, surtout dans le phénomene de la pénétration le long du pédicule optique des fibres ner-. veuses qui proviennent tant du cen 1 eau qui de la rétine, nous croyons que l'on pourrait aussi admettre des conditions analogues a celles qui entrant Tras la formulación de lo que en adelante llamaría hipótesis neurotró pica, Cajal pasa a considerar distintos fenómenos coherentes con la expli caclón propuesta (la migración de los cuerpos celulares, crecimiento de los cilindroejes, crecimiento recíproco de las celulas nenriosas asociadas, crecimiento en distintas direcciones de las prolongaciones nerviosas y protoplásmicas), pero termina reconociendo las dificultades y limitacio nes para un conocimiento más profundo del crecimiento de las fibras ner viosas: Algunos autores han señalado ia influencia que sobre la concepción de la hipótesis neurotrópica tuvieron los trabajos de Wilhelm Pfeffer (1845-1920) sobre quimiotaxis (movimientos sobre elementos celulares induci dos por sustancias químicas) (38). Pero esta afirmación precisa una pe queña matización. Cajal, corno hemos visto, citaba a Pfeffer pero también a Elie Metchnikoff (1845Metchnikoff ( -1916)), que había trabajado sobre la inflamación y estudiado los movimientos leucocitarias en respuesta a procesos infec ciosos (39). Si tenernos en cuenta la ambigua referencia bibliográfica de Caja] a Pfeffer, (por otra parte igual de confusa a la realizada por Metchni koff) y el interés de Cajal por los procesos inflamatorios como respuesta a fenómenos infecciosos (uno de sus primeros trabajos científicos versaba sobre este tema) (40), parece razonable deducir que la influencia directa sobre la concepción neurotrópica proviene de Metchnikoff, y sólo secun dariamente de Pfeffer. En años posteriores, una vez propuesta la hipótesis neurotrópica, Ca ja] no diseñó planteamientos experimentales encaminados a demostrar la 252 Asclepio-Vol. XLVT-1-1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es veracidad de su hipótesis. La magna obra que representa la culminación de esta primera etapa, la monumental Textura del Sistema Nervioso del hombre y los Vertebrados, incluye algunas consideraciones novedosas so bre la hipótesis neurotrópica, pero no pruebas experimentales (41). Sería en una segunda etapa de su labor científica, a partir de 1905, cuando, tras empezar a trabajar sobre la regeneración de nervios seccionados, Cajal iniciase un amplio programa de investigación experimental para contras tar la veracidad de su hipótesis culminado con la publicación de Estudios sobre la Regeneración y Degeneración del Sistema Nervioso ( 42). Apuntes sobre la influencia del pensamiento evolucionista en la obra de Ramón y Caja! En su obra posterior, entre los años 1888 y 1891, las referencias a Haeckel en sus estudios histológicos son prácticamente nulas. Cajal no hacía referencia al evolucionista alemán al justificar sus estudios sobre la médula embrionaria o al plantear el método ontogénico. La infl uencia de la «ley biogenética fundamental» de Haeckel en estos años estaría, en pa labras de Laín Entralgo, en el recuerdo ( 44 ). En l 89 l Cajal publicó en la revista La Cellule un trabajo sobre la es tructura histológica de la corteza cerebral. En él se manifestaba en favor de la existencia de un plan estructural común a la corteza cerebral de los Vertebrados, pero establecía la existencia en la de los inferiores de un me nor número de las células, siendo éstas más pequeñas y con menor núme ro de colaterales axónicas que las existentes en la corteza cerebral huma na. Simultáneamente establecía la existencia de un paralelismo entre la menor longitud de las colaterales y el menor desarrollo ontogenético, fe nómeno que observaba también a medida que se descendía en la escala animal, afirmando, finalmente, que la superioridad funcional del cerebro humano descansaba en la riqueza de las conexiones intercelulares (45). No hay, por tanto, una referencia al principio biogenético de Haeckel, y tampoco la hubo en 1893 en el trabajo sobre la retina, donde como vimos la idea de la unidad estructural a lo largo de la escala animal estaba tam bién presente (46). El argumento de la progresiva complejidad desarrollada en las células piramidales a lo largo de escala natural fue más explícitamente usado en la Croonian Lecture, la disertación ante la Royal Society londinense en la que Cajal resumió lo más notable de su investigación neurohistológica hasta el momento (47), pero tampoco hay en ella referencias expresas a Haeckel. Donde la influencia haeckeliana se hace evidente es en la comunica ción para el Congreso Médico de 1894 celebrado en Roma, en la que Cajal afirma que: «En la escala animal la célula nen 1 iosa representa una serie de térmi nos evolutivos correspondientes a las fases que el neuroblasto de His re corre en la ontogenia de los mamíferos. Aquí, como en otros tejidos orgá nicos, la ontogenia resulta un resumen con algunas variantes de la filogenia» (48). No obstante, Cajal reconoce que algunos elementos y centros nervio sos no han sufrido la paralela evolución filogénica y su reflejo ontogénico, y que es en la porción encefálica del Sistema Nervioso donde se evidencia este paralelismo a lo largo de la escala animal ( 49). Por tanto, parece que Cajal utilizó la recapitulación onto-filogénica haeckeliana como argumento a posteriori para explicar la progresiva dife renciación celular a lo largo de la escala animal. Como ha afirmado Alfre do Carrato «las ideas de Haeckel reforzaron más que promoviero� o• pinio nes en un principio intuitivas de Cajal» (SO). En su comunicación al Congreso romano, centrándose en la evolución cerebral, Cajal insiste en la diferenciación y aumento de las expansiones neuronales que se produce al ascender en la escala animal, definiendo co mo progreso biológico el consiguiente aumento de las conexiones interce lulares (51). Posteriormente el pensamiento de Cajal incidiría más claramente en los planteamientos teleológicos presentes en su comunicación de 1894 (52). En 1897, en un artículo titulado: «Leyes de la morfología y dinamismo de las células nerviosas», en el cual introdujo modificaciones sustanciales sobre la polarización dinámica, con referencias a Herbert Spencer ( 1820-1903) y a su obra El progreso, su ley y su causa, formuló la existencia de cuatro normas que regirían la forma y significado funcional de las expansiones neuronales (ahorro de materia, ahorro de tiempo, ahorro de espacio y po-larización axípeia del •protoplasm' a), cuya acción combinada explicaría la tendencia hacia la monopolaridad de las neuronas y el proceso de concen tración transversal y longitudinal que se observa a lo largo de toda la esca la animal. Las cuatro normas citadas -o leyes, en la terminología cajalia na-serían «factores teleológicos» dirigidos hacia el aumento de las conexiones interneuronales, objetivo último de la evolución del Sistema Nervioso (53). La explícita influencia de Herbert Spencer sobre la obra de Ramón y Cajal (54) se•enmarca en el cünsiderable predicamento alcanzado por el fi lósofo británico en España y las discusiones sobre su pensamiento plan teadas en los debates del Ateneo madrileño del que Cajal fue miembro ac tivo (SS). El trabajo La retina des Vertébrés de Santiago Ramón y Cajal, publica do en 1893, recoge algunas de las más notables influencias y logros de su primera etapa investigadora. Es también un perfecto ejemplo del exhaustivo análisis que Cajal reali zó de los centros nerviosos, poniendo de manifiesto su capacidad para identificar los diversos tipos celulares y las conexiones entre ellos. Supu so, además, una nueva corroboración de su concepto de la polarización dinámica y aportó una sólida base histológica a las interpretaciones fisio lógicas de la retina en boga a finales de siglo. Supuso, asimismo, una cul minación de los trabajos de carácter neuroembriológicos desarrollados en los años previos, al plantear en él una hipótesis (la hipótesis neurotrópica) que permitía explicar el crecimiento de las expansiones neuronales.
conserva la correspondencia que con el escritor canario sostuvo Concep ción Morell (1864Morell ( -1906)), mujer singular, que mantuvo una relación perso nal e íntima con D. Benito Pérez Galdós. Junto a este epistolario, hay un texto inédito, escrito por ella y enviado al novelista durante sus relaciones y que él conservó. La historia narrada en este pequeño escrito se reduce a las reflexiones hechas por dos amigos que paseando un día por un lugar imaginario -Villaoscura-, hacen comentarios sobre lo que les rodea y al hablar de la locura, uno de los amigos propone al otro ir a ver, para pasar un rato, a una loca que vive en su misma casa. Los amigos, a través de la visión que les permite un tragaluz, irán dando cuenta de los desatinos de la mujer, que presenta claros rasgos histéricos; una vez finalizada su ob servación abandonarán el lugar. Este texto plantea varios puntos de interés. Por un lado se trata de una narración escrita por una mujer sobre un tema de gran trascendencia en el siglo pasado por su repercusión en la sociedad, en la vida cotidiana y en la literatura: la histeria; por otra parte este relato, y otros similares, son un testimonio femenino directo, es decir, no son una interpretación de lo que siente, piensa, desea, quiere o busca ese ser indefinible, a pesar de tantas de la que quieren liberarse más o menos conscientemente, a través de la ficción, escribiendo estos relatos, aunque la finalidad de los mismos sea diferente para ambas. El cuento de C. Morell es un escrito impulsivo y pa rece tratarse de un entretenimiento literario, cargado de ironía, y dedica do al hombre que ama. A pesar de ello se convierte en una manifestación inconsciente, de su propia situación. El de C. Perkins Gilman se trata de una introspección que analiza cuál puede ser el camino que desciende ha cia la locura, y está escrito con un fin determinado, como protesta contra el tratamiento clínico al que había sido sometida; a la vez se convierte en una: clara manifestación de repulsa ante la situación en que vive, y en una reacción ante lo que la rodea, que en definitiva -al igual que su protago nista-no es el mundo que desea, aunque aparentemente éste sea perfec to. Ambos cuentos, a pesar de sus diferencias, son la expresión de las vivencias de sus respectivas autoras, ante una situación personal no desea da, sentida y vivida por unas mujeres, que pertenecen a clases sociales • dis tintas y a comunidades diferentes. En la actualidad, y como señalaba al principio, estas narraciones, tie nen para nosotros, entre otros muchos atractivos, el interés de permitir acercarnos, a través del tiempo, a documentos originales que reflejan una realidad y que recogen unas voces, generalmente apagadas y casi siempre perdidas. Ú1 ciencia y la mujer. Ú1 histeria como enfermedad femenina. La mayoría de los estudios consultados sobre la medicina y la mujer en el siglo XIX inciden en señalar cómo esta ciencia es utilizada para mante ner el orden tradicional y jerárquico adjudicado a los papeles masculino y femenino en la sociedad. La mujer tenía asignado un determinado lugar, en función de la clase a la que pertenecía; la medicina y otras ciencias, in sistirán en mantener este espacio tópicamente femenino y a la vez tratarán de evitar la participación de las mujeres en los diversos ámbitos que éstas comienzan a reclamar. A lo largo de toda la centuria se insistirá en el ca rácter pasivo de la mujer, en su emotividad, en su menor capacidad física e intelectual, y en todas aquellas características que fortalecían un determi nado prototipo de mujer. Con la ayuda de gran número de teorías científi cas se conseguirá que el estereotipo del rol femenino que defendía la bur guesía decimonónica se eleve a categoría de ley natural. Ante los fuertes cambios y transformaciones que sufre la sociedad en el siglo pasado será la ciencia quien sustituya a la Iglesia como autoridad y forma de control de aquello.que se consideraba diferente y será reitera damente utilizada, desde puntos de vista diversos, para intentar explicar, comprender y manejar, entre otros, a la mujer que por entonces iniciaba su participación e integración activa en diferentes espacios de la sociedad, buscando un nuevo lugar para sí misma y la aceptación de su propia iden tidad. La religión, a través de sus instituciones, de su gran implantación y de su poder ideológico, había ejercido, durante largo tiempo una presión considerable sobre las formas de •vida y de comportamiento de las muje res. Su posición predominante en la sociedad y el poder de convicción que ejercía desde el púlpito y el confesionario, le había permitido._propugnar, desde las Sagradas Escrituras, la sumisión y la resignación,, as{ como con trolar y asegurar la virtud, convirtiendo a la mujer en un ser pasivo y su miso. Este dominio del comportamiento y la mentalidad femenina, supo nía no sólo un fuerte ascendiente sobre la mujer y su entorno, sino que también implicaba un férreo control de la sociedad, que comenzaba a res quebrajarse en frentes muy distintos, lo cual era inadmisible para el grupo dominante que representaba la burguesía liberal del momento, que para mantener las formas de vida tradicionales y fidaptar a la mujer al papel que se le asignaba y que se deseaba para • ella, sustituirá la preponderancia de la Iglesia por la de la ciencia. La historia de la creación del Génesis fue sustituída por la Teoría de la Evolución que según Geraldine Scanlon «proporcionó nuevos argumentos a•la causa del antifeminismo. Los pre juicios tradicionales encontraron nuevo apoyo en el campo de la medici na, la psicología y la biología... » (2). Carmen Simón Palmer señala que los «españoles nunca fueron partida rios, salvo excepciones rarísimas, de la emancipación femenina, y en con secuencia, atacaron duramente todas aquellas asociaciones que en el exte rior perseguían la incorporación de la mujer a la sociedad tildándolas de entidades semiandróginas» (3). Para rebatir al incipiente movimiento feme nino, que comenzaba a aparecer y que alegaba que la inferioridad de la mujer era el resultado de la educación o las presiones sociales, se recurrirá a la nuevas teorías científicas, aunque «por lo general, la cosa consistía en repetir las nociones tradicionales pero desde una postura científica» (4). Las novedades proporcionadas por. la ciencia no sólo ponían en duda la capacidad intelectual de las mujeres, sino que también pretendían evitar su incorporación a determinadas parcelas de la sociedad que algunas de 264 Asclepio-Vol. La utilización de la ciencia para demostrar la inferioridad femenina, tenía la ventaja añadida de estar principalmente dirigida a unos sectores de población que carecían de la formación preci sa en relación con estos temas, lo que permitía que estas teorías resulta ran muy convincentes e incluso fueran aceptadas con mucha mayor faci lidad. Algunos de los argumentos para confirmar la inferioridad femenina fueron aportados por la frenología, «el estudio de la conformación externa del cráneo como índice de desarrollo y posición de los órganos pertene cientes a las diversas facultades mentales» (5). Las diversas teorías de los científicos europeos fueron recogidas en España y tuvieron gran difusión a través de diferentes revistas, como por ejemplo las ideas de Franz Jo seph Gall (1758-1828), que fueron ampliamente divulgadas en su momen to y que fueron contestadas en nuestro país por Concepción Arenal. Asi mismo fueron bastante conocidos los estudios del anatomista y fisiólogo Bischoff, que incidía en el tema del menor peso del cerebro femenino para a través de esta premisa, y basándose en una serie de presupuestos, pre sentar la hipótesis de que el desarrollo intelectual de la mujer se interrum pía en una edad temprana. Bischoff fue muy citado por Moebius, profesor de neuropatología y psiquiatría de Leizpig, en su obra La inferioridad men tal de la mujer (Valencia, s/f.), que fue traducida al español por Carmen de Burgos Seguí. Moebius en sus teorías insistía en que la inferioridad inte lectual de la mujer se debía a la naturaleza y no a la educación. La inferioridad de la constitución física también fue objeto de estudio y la investigación científica, de campos diversos, proporcionó abundante• material «Quételet, Weisberger, Andral y Scharling determinaron que en hombres y mujeres del mismo tamaño, la capacidad pulmonar de las mu jeres era menor que la de los hombres; estudios del esqueleto, prognatis mo, fonación, etc., se combinaban para presentar una imagen impresio nante de la inferioridad física de la mujer, y, naturalmente, se daba el salto de la inferioridad física a la mental con relativa facilidad» (6). El conjunto de estos y otros muchos argumentos intentaría mantener a la mujer en una posición de inferioridad y posibilitó que una de las ideas más extendidas durante el siglo XIX sea la de verla como una enferma crónica, a merced, sobre todo, de sus órganos sexuales y de los procesos fisiológicos normales que éstos producían como la menstruación, el em barazo y el parto. Se generalizará a partir de estos presupuestos que el sis tema reproductor femenino determinaba completamente tanto su vida fí sica, como la mental y la moral, llegándose a afirmar reiteradamente que la vida de la mujer se guiaba por su útero. La idea estaba tan extendida que en una obra publicada en Zaragoza en 1882, titulada La mujer, de A. Jimeno, se dice lo siguiente hablando del aparato genésico femenino <<De tal-manera influye, de tal manera manda; de tal manera impera ese delica dísimo centro, siempre y a todas horas sin tregua ni descanso, en la mujer, que no hemos vacilado en declararlo, permítasenos la licencia, su segundo cerebro» (7). Ante esta visión de la mujer como un ser permanentemente enfermo hay que señalar la curiosa contradicción que se plantea: se considera en ferma e incapacitada para determinados quehaceres a la mujer de clase media y acomodada, pero no se consideraba igual a las mujeres de las cla ses populares, tanto urbanas como rurales. Se aceptaba de forma general que estas mujeres eran más fuertes y resistentes y que nunca se ponían en fermas, aunque la realidad era opuesta a esta teoría, y se demostraba en que su mortalidad era mucho mayor. Por otra parte estas mujeres eran ig noradas como ejemplo y referencia por aquéllos que propugnaban que el trabajo afectaba a la capacidad mental e intelectual de las mujeres, y que esta labor incidía negativamente en su fertilidad e incluso en la capacidad de los hijos que pudieran tener. Hemos mencionado algunas de las ideas divulgadas en España duran te el siglo XIX, que servían para demostrar la incapacidad de la mujer pa ra variar el papel que hasta entonces había ejercido, pero sería imposible recoger aquí todas las hipótesis evolucionistas, científicas, médicas, bioló gicas, anatómicas, psicológicas, sociológicas, etc. utilizadas a lo largo de la centuria pasada. Muchas de ellas se mantuvieron durante largo tiempo, provocando en algunos casos airadas controversias y siempre un condi cionamiento más o menos consciente que influiría tanto en los hombres como en las mujeres que vivieron entonces. Un ejemplo de cómo estas manifestaciones incidían en la mentalidad de la época y se mantiene� a lo largo del tiempo lo tenemos en algunas ob servaciones que aparecen en el discurso pronunciado en 1904 por Concep ción Morell, en un mitin republicano federal en el que participó. Hay en él una interesante referencia al concepto que sobre la capacidad intelectual femenina se tenía; al mismo tiempo se trasluce el conocimiento, por parte de la autora, de aquellos razonamientos expuestos • por los científicos que, como se ha indicado, consideraban inferior a la mujer en razón al tamaño de su cerebro. Asimismo en este texto, ella, de una forma indirecta, acusa a las religiones de la situación de incultura y de falta de preparación con que se enfrentaban las mujeres. «La mujer considerada intelectualmente, es inferior al hombre salvo rarísimas excepciones eri que es igual y aún su perior a él. Esta inferioridad no sé yo, ni me importa saberlo, si consiste en que nuestro encéfalo es menor, o en que es de calidad inferior nuestra sustancia gris. Unicamente sé que por esta inferioridad intelectual, así co mo a los salvajes se les embauca con cuentas de vidrio, a las mujeres se las obliga a ser instrumentos inconscientes de los confeccionadores de religio nes, embaucándolas con cuentas de rosario, con medallas y estampitas y con leyendas fantásticas de ángeles y demonios» (8). Una de las enfermedades que podemos considerar representativa de la época, por su importancia y por su trascendencia, es la histeria, que desde la antigüedad estaba considerada como una dolencia de la mujer. Este mal estaba íntimamente relacionado con la sexualidad femenina ya que se pensaba que el desajuste nervioso se producía por un disfuncionamiento de sus órganos reproductores. La relación de esta enfermedad y la mujer está definida en la propia etimología-de la palabra, histeria viene de la pa labra griega hystero: útero; por tanto la histeria es considerada como típi camente femenina y se utilizará, durante.gran parte del siglo. pasado, co mo una forma más de definición y de control de la mujer. En los estudios feministas, la histeria ocupa una parte importante, coino un capítulo más de la utilización de la ciencia médica, como sistema coercitivo sobre las mujeres, sobre todo, como se ha indicado, de aquéllas que pertenecían a una determinada clase social. Sería fácil constatar cómo la medicina estableció un conjunto de propuestas que le permitieron someter a la mujer a la esclavitud de sus órganos reproductores y que se considerase a éstos responsables desde un dolor de cabeza o-de espalda hasta un desequilibrio psicológico o una enfermedad mental; este hecho permitiría a su vez que los médicos controlasen todas las actividades femeninas. Para algunos investigado res: «Con la histeria, el culto a la invalidez femenina llegaba a su con clusión lógica. La sociedad había asignado a las mujeres acomodadas una vida limitada e inactiva, y la medicina había justificado esa atribu ción definiendo a las mujeres cono enfermas innatas. En la epidemia de histeria, las mujeres aceptaban su enfermedad intrínseca y, al mismo tiempo, encontraban una forma de rebelarse contra una función social intolerable» (9). La histeria como enfermedad se generalizará tanto en EE. UU. como en Europa, y los médicos utilizarán diversos métodos para intentar domi narla, como el miedo, la amenaza, el ridículo e incluso el castigo p, erso nal. «Cuanto más histéricas se volvían las mujeres, más dureza emplea-ban los médicos con la enfermedad; y, al mismo tiempo, empezaron a verla.por todas partes, hasta que acabaron por diagnosticar cualquier ac to de emancipación femenina, especialmente los relacionados con los de rechos de la mujer, como histéricos» (10). Ya he indicado que durante ca si todo un siglo, el mal es presentado por la ciencia como-específico del sexo femenino, y los médicos que plantean lo contrario no son escucha dos. Hasta los últimos años de la centuria no comenzará a abrirse paso la teoría de la histeria masculina. La primera fotografía de un hombre con esta enfermedad que figura en La Salpetriere es de 1888. Freud en su Au tobiografía cuenta que en 1886, al regresar de París y Berlín, e informar a la Sociedad Médica de Viena de lo que había conocido y aprendido en la clínica de Charcot, sus comunicaciones no fueron aceptadas por sus cole gas. Uno de los médicos le dijo: «Pero ¿cómo puede usted sostener tales disparates? Hysterón (sic) quiere decir útero. ¿Cómo, pues, puede un hombre ser histérico?» (11). Fuera del hospital, Freud encontrará un caso de hemiastenia histérica, que presentará en la Sociedad de Médicos, que no tuvo más remedio que admitirlo, pero se desinteresaron rápidamente de la cuestión. A pesar de la relación de la patología histérica con el sistema genital femenino, a partir de mediados de siglo comienzan a plantearse algunas teorías que tienden a dar una mayor importancia a la acción del cerebro. En 1859 Briquet, en Francia, «interpreta la histeria como una neurosis del encéfalo. El giro es de importancia. En este caso la enfermedad se halla li gada a las cualidades mismas que hacen a la mujer; ésta sucumbe a la his teria porque se halla dotada de una fina sensibilidad, porque es accesible a las emociones y a los sentimientos nobles. La mujer propende a este mal específico en virtud de todo su ser; le paga un pesado tributo a la enferme dad a causa de sus mismas cualidades, que son las que la hacen ser buena esposa y buena madre» (12). Los escritos de Charcot (1825-1893) tuvieron gran difusión y son seguidos y estudiados, así como sus experiencias en La Salpetriere. «Atribuye ésta a la herencia mórbida desperta da por el choque nervioso, agente provocador que desencadena las mani festaciones del delirio. Si el mal no deja huellas orgánicas, ello se debe a que afecta únicamente a la corteza cerebral» (14). Posteriormente Freud alejará esta enfermedad del campo de la ginecología, variando los trata mientos que hasta entonces se habían empleado con las mujeres. Para algunos historiadores, sobre todo aquellos relacionados con el es tudio de la vida privada y el espacio interior, la importancia de la histeria en el siglo pasado radica en la omnipresencia de la enfermedad en la esce na doméstica, como una llamada de atención de la mujer, sobre todo en lo referente a la falta de expresión que padecía.• «Para quien estudie la vida privada, lo esencial sigue siendo la omnipresencia de esta enfermedad en la escena doméstica. La mujer de esta época, cuando no se siente empuja da al delirio o al grito para hacerse escuchar, utiliza todo tipo de enferme dades y trastornos a fin de llamar la atención de su entorno sobre su ínti mo sufrimiento. Los historiadores comienzan precisamente a prestar atención a este rodeo del uso de la palabra» (15). La mujer histérica es una figura que destaca con fuerza en todos los ámbitos del vivir: «obsesio na en el ámbito imaginario, rige las relaciones sexuales y ordena sorda mente la vida cotidiana» (16). La histeria y la mujer histérica pasarán de los textos médicos y del en torno de la vida cotidiana a formar parte de la literatura, y los escritores reflejarán su visión de este hecho, utilizando esta enfermedad y sus dife rentes manifestaciones e interpretaciones en algunas de sus protagonistas. En esta representación interpretaba el personaje de Clotilde y las críticas a su interpretación.en la prensa de la época son variadas. Poste riormente fue contratada por Antonio Vico y durante unos meses, de abril a julio de 1892, trabajó en su Compañía en la gira que ésta realizó por ciu dades gallegas en la primavera-verano de ese mismo año. En 1894 colabo ra en el Teatro Español, de nuevo con la corppañía de A. Vico, e interviene en Gerona, tercer estreno de Galdós que no tuvo éxito. Después de este tra bajo en el Esp�ñol, aban_ donará el teatro. En 1897, volvemos a tener noticias sobre la persona de Concepción Morell al convertirse al judaísl)].o en Bayona, aunque desconozcamos las auténticas razones que la llevan a tomar esa controvertida decisión. En su conversión tomará el nombre de Ruth. De 1897 a 1899 se conserva la co rrespondencia que mantiene con el novelista;-en estas cartas hay datos que permiten conocer su estado físico y anímico y algunas referencias per sonales en relación con su vida privada, así como sus opiniones sobre los Episodios de la Tercera Serie, que Galdós estaba escribiendo en ese mo mento. Hay noticias de que por esos años, la Comu_ nidad Judía, al conocer su auténticarelación con el escritor, y para evitar el escándalo, la propuso casarse con un judío acomodado de Bayona, lo que ella no aceptó. En 1900 Galdós rompe su relación con ella, aunque sus nombres aparecerán unidos en la prensa dos años más tarde, siendo_ utilizado este asunto por los sectores más reaccionarios del país para criticar la intimidad del au tor, y a través de ella, sulabor literaria. En 1904, y de nuevo por la prensa, conocemos varios_ aconte�imientos de la exi�tencia de Concepción Ruth Morell: sale en defensa del naturalista santanderino Augusto González Li nares, atacado por los conservadores al haber muerto sin confesión, y co labora eri la prensa de los �epublicanos federales de Santander. Son tam bién dos periódicos de esta ciudad, El Cantábrico y La Voz Montañesa, los que publican la noticia de su presencia activa en un mitin organizado por el grupo político con el que se relacionaba, así como del texto leido y pre parado por ella para esta ocasión. En e�� año de 1904 publica, en esa ciudad, un cuento corto, que se conserva en.la Biblioteca Nacional (17). A grandes rasgos estos son los incidentes más significativos de la historia de-esta mujer, de personalidad compleja y contradictoria. Al hacer un resumen apresurado de su biografía (18), tenemos que mencionar todos aquellos hechos que la convierten -en un ser peculiar y con características diferenciales de la generalidad de las mujeres de su época; pero a la vez Concepción Morell es una mujer representativa del momento histórico que vivió y de la sociedad del siglo XIX, a la que per tenecía. Era una mujer, sin duda inteligente pero de carácter débil; edu cada dentro del mundo burgués, cuya mentalidad la incapacitaba para, entre otras cosas, desarrollar un trabajo que tan necesario era para su subsistencia; y su rebeldía interior y sobre todo emocional, resultó la mayoría de las veces estéril, tal vez como le sucedió a otras m' uchas mu jeres desconocidas que vivieron aquel momento histórico. Esta fuerte contradicción de personaje diferente y representativo a un tiempo, que en principio parece irreconciliable, no lo es, y tal vez sea la que explique la •complejidad de este ser humano y sus múltiples contradicciones vita les que se manifiestan en su comportamiento, en sus actos y en sus es critos. Concha R. Morell no tiene una voluntad fuerte que le permita tomar decisiones definitivas para cumplir sus deseos o sus sueños, que por mul titud de razones siempre se quedan en eso, en deseos incumplidos, en sue ños a alcanzar, lo que la lleva a una constante frustración. Hecho que, por otra parte, no debe sorprendernos; mujeres con una personalidad más fuerte y definida, con gran capacidad intelectual y con un sentido artístico ele mayor categoría también se vierol). frustradas y enfrentadas al desequi librio psíquico por su falta de adaptación al medio y a la sociedad en la que se desenvolvían (19). La mejor y más acertada definición de la personalidad de Concha Mo rell y de sus contradicciones, la da ella misma en la narración aquí presen tada, aunque sea puesta en boca de.uno de sus personajes masculinos, que en un momento de su paseo comenta «soy un hombre que piensa y siente como cada quisquie. Mi cabeza es co mo una madeja enredada. Si por acaso me ocurre alguna idea cojo el hilo y [si] se rompe esto consiste tal vez en que mis ideas son débiles y escasa mi paciencia. No tengo facultades de expresión, y mientras más devano, más enredo el ovillo de mi imaginación y me confundo» (20). A pesar de esta observación, Concepción Moréll es una mujer con ta lento y con una preparación cultural superior a la generalidad de las mu jeres de su época; pero esto lo que hace es agudizar sus frustraciones, ya que es consciente de las limitacidnes propias y de las que le impone la so ciedad en la que vive•. En una de sus cartas escribe: «Quisiera ser como otras mujeres que no piensan ni sienten, lo [que] yo pienso y siento a toda hora, hacen bien. Mejor es no pensarlo... » (21). Su complejidad como ser humano queda patente en el epistolario en viado al escritor. En estas cartas hay varias referencias a sus pequeñas y grandes enfermedades, a sus estados nerviosos e incluso a la neurosis, de la que dice «Calla hombre[... ] no digas nada. Si acaso di conmigo ¡Maldi ta sea la neurosis! Dichosa enfermedad y cuántos nombres tiene... y cuán tos anhelos, cuántos desmayos, cuántas alegrías falsas y cuántos pesares trae consigo. Creo que antiguamente a los que padecían este mal les lla maban endemoniados, y si no me engaño digo que tenían razón, porque si esto no es obra del diablo que venga Dios y lo vea» (22). Asimismo se manifiesta en su correspondencia su interés por encon trar un trabajo que le permita utilizar su energía en algo positivo, y a la vez se convierta en una forma de vida que le permita ser independiente, convirtiéndose este tema en una fuente de decepción, angustia y temor, y por tanto de nervios e inseguridad. «Cada instante que pasa comprendo más y más que necesito hacer algo en la vida, algo que baste a distraerme, y en que pueda gastar este capitalazo de vitalidad nerviosa que me hace tan feliz y tan desgraciada. Este algo es, debe ser el teatro. Allí, imitando risas y llantos, fingiendo pasiones o sintiéndolas quizás en el momento, daré un empleo conveniente a mi capital. Derrocharé, y si consigo arrui narme, tal vez consiga ser en la vida real una mujer sesuda y discreta. Como sabemos por los detalles de su biografía, tam poco fue el teatro el que la proporcionó esa forma de vida, y a la vez de in dependencia, que ella anhelaba y que buscó constantemente. En el mitin pronunciado en 1904 en Santander, aún sigue insistiendo en esa búsqueda incesante de un fin con el que dar sentido a su existencia. En el inicio de su discurso la oradora comienza pidiendo a sus compañe ros que le tracen un camino, porque<¡ ••• yo quiero, y debo, y necesito, afi liarme, adherirme a un grupo. En este mundo, todo y todos servimos para algo, y como es muy difícil conocerse a sí mismo, necesito saber a ciencia cierta, dónde puedo ser útil» (24). En su epistolario también se encuentran reiteradas referencias a la lo cura, que c�nllevan una cierta aceptación de la misma, quizá como expre sión de una diferencia. «Tantas veces me han dicho que estoy loca que no lo dudo ya». En otra de sus epístolas dice a Galdós: «te he prometido ha -: cer imposibles, ¡q11é extraña es mi locura! ¡hacer imposibles cuando ni Dios puede hacer lo que deseo!, lo que necesito para ser feliz» (25). En otra de sus cartas escribe: «Algunos instantes siento en la cabeza una cosa especial, parece que se me abre y que me sale algo de muy adentro, debe ser la razón que se me escapa. Imposible dudar que estoy loca, pero me quejo con razón. Una vez más te pido por el amor de Dios, que no dejes de Hay que señalar, que algunas de las declaraciones o afirmaciones que leemos en las cartas hay que encuadrarlas dentro del lenguaje propio de un texto privado, y de las licencias que el mismo permite al estar escrito para una persona muy concreta cuya intimidad conocemos y que, a su vez, nos conoce. «Siento no saber expresarme, pero hasta cierto punto va le más que no me entiendas. No quiero que entiendas más que una cosa, que te quiero y que me consuelo escribiéndote así, con el alma. Pero cuan do estamos juntos y me hablas o quieres que te hable de cosas tristes, me sabe mal. Cada cosa para su cosa, juntos todo es-y debe ser alegría, ausen tes qué puede ser sino tristeza? Así pues no te enfades si me pongo pesadi ta con mis lamentaciones» (27). A pesar de su privacidad estos escritos nos dan la oportunidad de acercarnos a una fuente real de conocimiento, a un ser humano concreto con contradicciones, sentimientos y compleji dades de ser vivo que en cierta medida se aleja de las heroínas literarias, que en tantas ocasiones nos sirven de referentes para interpretar el pasa do. Otro escrito de interés para enmarcar la complejidad de esta mujer y para conocer algunas de sus ideas sobre diversos temas, como la época que vivió, la situación femenina o ella misma, nos los proporciona el dis curso ya citado, que pronunció el 22 de Junio de 1904 en Santander, y que fue publicado por La Voz Montañesa, unos días más tarde. En este texto, mezcladas con las manifestaciones ideológicas de sus compañeros políti cos, aparecen muchas de las ideas que Concha Morell había ido manifes tando a lo largo de su vida, como son la búsqueda incesante de un fin, su necesidad de saber dónde ser útil o su manía de pensar, que no es otra co sa que una forma de ser; igualmente expone en esa alocución sus críticas a la sociedad en que vive, a la Iglesia, a la religión, cuyo dominio opone a la necesidad de la enseñanza, sobre todo para la población femenina y en el que se confiesa anarquista por su rebeldía «y su aversión al principio de autoridad». nes. El manuscrito consta de 43 hojas numeradas, de tamaño un poco ma yor que una cuartilla, y escritas en tinta sepia y por una sola cara. El cuen to está firmado Ego sum. La história se inicia con la conversación y co mentarios de dos conocidos, Caborico y Vulgaris, que pasean un día por la Calle Real de Villaoscura. Estos dos amigos, en• su paseo inicial hablan de lo que les rodea y al derivar su charla hacia el tema de la locura y los lo cos, uno de ellos propone al otro visitar• a una loquita que vive en el piso tercero de su.casa:, y a la que observarán, con la • complicidad de su criada, desde la escalera y a través de la rendija de un tragaluz. Desde su lugar de observación, irán dando cuenta de los desatinos de la mujer, que presenta, y a la vez resume, los rasgos de•una histérica: ríe, llora, coge un libro, lo ti ra, grita, baila, brinca, se suelta el pelo.... Cuando ella comienza a cantar los dos amigos abandonan su rincón y filoso{ ando se despiden, yéndose cada uno a su casa. La del tercero: Una narración femenina que cuenta la histeria Esta narración, de estilo descuidado y no excesivamente trabajado al estar escrita rápidamente, sin rectificación posterior, o con escasos reto ques, recoge una serie de ideas curiosas y tiene interés, como comenté al inicio, por ser uno de los primeros textos conocidos, escritos por una mu jer, en el que se describe la sintomatología de la histeria. El cuento creo que plantea sugestivas expectativas al presentar los actos y las manifesta ciones de una persona que padece este mal, que es contemplada y analiza da por unos personajes masculinos que expresan ideas de la autora: una mujer. El conjunto está expuesto con una enorme teatralidad; la forma dialo gada del texto acentúa, aún más, la sensación de estar asistiendo a una representación dramática y en el transcurso de la acción la protagonista femenina es descrita y adopta poses absolutamente teatrales. La teatrali dad del conjunto de la obra es realmente importante, ya que según hacía constar la literatura médica del siglo pasado, las histéricas nunca sufrían sus ataques cuando estaban solas, necesitaban unos espectadores, a los que, según unas interpretaciones, poder tiranizar y según otras, poder mostrar esa explosión de rabia, desesperación o energía que era el ataque histérico, y que de una u otra forma significaba una manera de reclamar la atención del entorno sobre su identidad y sus problemas íntimos. En definitiva la histeria, para materializarse, necesitaba un público, ya que la propia razón de su existencia radicaba en que fuera presenciada. Las actitudes teatrales de la protagonista, obviando el hecho de que la autora había trabajado como actriz, también se pueden relacionar con la visión que en la época se tenía de la histeria y de las histéricas, por las represen- El texto es intemporal, aunque hay una referencia al año 1864 cuando una mujer envejecida y vanidosa era joven, alusión que le sirve a la autora para señalar indirectamente que sus protagonistas masculinos no son jó venes, ya que ellos habían conocido en sus buenos tiempos a esa vieja que se resiste a aceptar el paso del tiempo. A pesar de la intemporalidad de la narración, y de que se desconoce, por el momento, en que año fue escrita, ésta refleja su época en pequeños detalles como que Caborico canturrea un tango americano o que la mujer enajenada en uno de los momentos de su ataque baile el cam-cam. La acción se desarrolla en un lugar imagina rio y simbólico, Villaoscura, que sus protagonistas definirán como un po blanchón aburrido; de este pueblo significativamente oscuro, conocemos por la narración dos parajes, la calle Real, por donde pasean cuando se inicia la obra y la plazuela de Neciamira, cuyo nombre tiene un doble sig nificado, que explicaré más adelante. El cuento no está divido eri capítulos, pero se diferencian claramente tres partes, que la autora ha separado tan sólo por una raya trazada entre ellas, y que marcan momentos distintos. La que podríamos considerar pri� mera parte comprende la presentación de los dos amigos, el señor de Ca borico y D. Pedro Vulgaris, que conversan mientras pasean, dando a su charla un tono pseudofilosófico. Los dos amigos inician su conversación comentando la variabilidad de las situaciones humanas, tanto las del mundo íntimo, como las del externo, a continuación Caborico como ejem plo de que todo se trasmuta, en oposición a lo estático de un refrán citado por su-amigo, pone a una vieja gruesa, envuelta en encajes y afeites, que en su juventud fue la admiración de jóvenes y viejos; Vulgaris no responde y dice, hablando consigo mismo, que los planes humanos se deshacen con facilidad, incluso puede derribarlos un abanico, que puede hacer más es tragos que un ciclón. Esta metáfora del abanico que arrasa, da a entender que la mujer supone un peligro para la mentalidad masculina. La charla continúa y en la discusión de los dos amigos se plantea, con ironía, la opo sición arte/ciencia y la divinización de ésta, por parte de uno de ellos, idea ante la cual el otro tiene una postura más escéptica. Asimismo la autora, y de nuevo con ironía y con un fuerte matiz negativo, presenta la unión de poesía y locura como una misma cosa (28). Al hablar de la locura, uno.de los personajes propone al otro ir a su casa, para ver y escuchar a una loca que vive allí. El segundo apartado, que es el más largo, es en el que aparece la mujer enajenada y en el que asistimos a la representación de sus manifestacio nes histéricas. Por el diálogo de los hombres sabemos cómo se colocan pa ra poder ver a la mujer y también que a ella «no le gusta que la observen». Vulgaris confiesa que es muy curioso y que por esto se ha hecho amigo de la criada para poder fisgonear en las habitaciones de ambas. Este recurso literario perμiite que haya unos espectadores-narradores que ven y cuen tan lo que hace y dice la histérica, pero igualmente le sirve a la autora pa ra indicarnos cómo uno de sus personajes masculinos, mientras solicita la comprensiór;i y complicidad del otro, señala que la criada tiene un cuerpo precioso, -a este respecto nada dirán de la mujer enajenada-; con estas indicaciones, es fácil deducir que Pedro Vulgaris, no sólo curiosea para enterarse de lo que ocurre en la casa y matar el tiempo, sino que fisgonea, atraído por el cuerpo femenino, en la intimidad física de ambas mujeres, lo cual las convierte en objeto de deseo erótico. Algo después, y en relación con las criadas, Concepción Morell inserta unos comentarios, puestos en boca masculina, s_ obre la sirvienta, que nos indican cuál era el concepto general que tenía sobre ellas. Sus opiniones son negativas al poner en duda la fidelidad de la doncella, porque permite a unos desconocidos curiosear en el interior de su domicilio; posterior mente encontramos una nueva crítica, cuando uno de los hombres dice que «es imposible que una criada deje de engañar a su ama». De la protagonista femenina no sabemos su nombre, ni hay ninguna descripción física, ni caracteriológica, salvo su inicial inestabilidad que es apuntada en su primera aparición, en la que ya adopta una pose teatral mientras recita «reclinada en un sofá cubierto con funda blanca. A partir de aquí en el diálogo de los dos amigos, y a intervalos, se inserta la voz de la mujer que manifiesta amor a un desconocido, miedo a la soledad, falta de comprensión en los que la rodean, e incluso su pro pia vanidad, que califica de pueril, cuando se mira en un espejo. Los espectadores/narradores irán contando las actitudes inestables de la mujer que se irán agudizando: recita, tira el libro, canta en voz baja, se arrodilla, se •da golpes de pecho, habla con un lenguaje impropio de una dama, corre por la habitación, grita, se calma, vuelve a recitar y de nuevo se enfurece. En este trozo aparecen muchos de los síntomas más popula res de la enfermedad, algunos de ellos recogidos de casos de histeria co lectiva, que permiten su descripción: «... dan alaridos, se contorsionan, blasfeman e injurian a los adultos que tratan de calmarlas... » (29). En el cuento aquí presentado leemos: «Ahora se arrodilla y se da golpes de pe cho. -Tendrá también la manía de la beatitud. -Si acaso le dura poco, ya se ha levantado y echa cada venablo por su boquita preciosa. [... ] Está co rriendo por la habitación como si alguno la persiguiera (grita). -No quie ro, no puedo, digo que no.[... ] Coge el libro otra vez y golpeando la pasta con el índice vuelve a recitar[... ] De nuevo se enfure ce, suéltase el pelo, quitase el corpiño, lo arroja (grita más fuerte). No, no, mil veces no. Soy pájaro. Soy ángel, soy mujer, no quiero, no puedo. No me da la gana de ser eso». Sin explicar que es eso (30), y llegados a este punto, uno de los perso najes masculinos hace unos curiosos e irónicos comentarios, al respecto de que un hombre pierde los estribos si le mira una mujer, aunque ésta sea una loca. Las opiniones en alta voz de la mujer enajenada, hace pensar a los mirones que sus palabras se dirigen a ellos. En ese momento la mu jer está enojada y es descrita hablando sola con desentono y oyendo a un interlocutor inexistente, llora sentada en el suelo, habla quedo. Todo ello produce lástima a sus observadores. Los rasgos de inestabilidad de la mujer continúan, y los hombres-es pectadores siguen narrando los síntomas que ella presenta ante su ojos: saca un relicario del pecho, lo besa, lo rompe, arroja los pedazos, y casi a un tiempo reza, llora y canta. Toma un pedazo de pan, que parece duro y lo muerde. Se quita las faldas, baila el cam-cam. Se contempla en el espejo con cierta coquetería, lo que hace exclamar a los que la contemplan: «al fin mujer»; después, mientras tiembla ella se envuelve en una manta de la cama y se acurruca en un rincón; se levanta y enciende una vela, se enca rama en una mesilla de noche y adopta una postura teatral; gimiendo ha ce una confesión de admiración, amor y deseo, dirigida a alguien descono cido para los espectadores de la escena, pero que no lo es para el lector, a quien iba dirigida la narración. «-No puedo, no puedo llegar a ti. Y tu eres el amor de mi vida.[... ] Te admiro, te adoro, te necesito, te deseo. Quiero ir contigo, tengo alas y puedo, vaya si puedo llegar a ti» (31 ). Después de unas piruetas cae en la cama, chilla, patalea y comenta: «No te veo ¿dónde estás? ¿no te siento? (se incorpora) ¿me dejarás tú tam bién?». En esta caída sobre el lecho, en pleno ataque, encontramos otro de los rasgos típicos recogidos por la literatura médica de la época que obser va que las «histéricas nunca sufrían sus ataques[... ] cuando no tenían al go blando sobre lo que caer» (32). Tras su caída sobre la suavidad de la ca ma, se levanta de nuevo y comienza a saltar, brincar por el cuarto, Asclepio-Vol. XL VI-1-1994 mientras ríe, pero los narradores comentan: «qué risa Dios mí_ o; me da pe na, se tira del cabello, qué manera de moverse, le da una convulsión, se va a morir.... Gracias a Dios, ya llora». Según algunas descripciones de la época la víctima de• la histeria podía «desmayarse o sufrir convulsiones incontroladas. Su espalda podía ar quearse, su cuerpo ponerse rígido, o empezaba a golpearse el pecho, tirar se de los cabellos o intentar morderse a sí misma y a los que la rodeaban. Junto a los ataques y los desmayos, la enfermedad adoptaba varias for mas: pérdida de voz, de apetito, toses y estornudos y, por supuesto, gritos, risas histéricas, llantos» (33). Todos estos síntomas, como podemos com probar, están incluidos y descritos en el texto. Cuando el paroxismo del ataque histérico está en su cénit, las voces de los personajes se confunden en el relato, y no solo es difícil delimitar quien de los dos observadores es el narrador, sino que es casi imposible saber cuando dejan de hablar ellos y comienza a expresarse la mujer, porque no hay separaciones en el texto. Hay una ruptura en el esquema dialogal que se había seguido hasta aquí, que causa que las voces de los tres personajes se mezclen, lo que contribuye a aumentar la confusión de la situación. En las últimas manifestaciones de la mujer, ésta insulta a los seres imaginarios que la rodean que, evidentemente, nada tienen que ver con los que la están oyendo sin su consentimiento, ni su conocimiento. Des pués ella dice que siempre, desde niña, ha tenido ideas hermosas que no. cuenta, porque los otros no las pueden comprender, y si lo hacen se las plagian. Una vez adulta no expresa, ni ha expresado esas ideas, porque aún siendo suyas, otros las han dicho en sus obras y podía pensarse que las imitaba, que las robaba. Busca una idea única no pensada, ni expresa da por nadie, cree encontrarla y entonces se dirige a la mesa y escribe pe ro «tira el tintero, la pluma, rompe el papel». Después vuelve la histeria, ríe, llora, canta, esto último espanta a los mirones. En la breve escena final, los narradores-espectadores se marchan ahu yentados por la ineptitud para el canto de la mujer. Ella no ha expresado en voz alta su idea, la ha escrito en un papel que ha roto, por tanto los hombres que la observan y aquellos que leemos el relato nos quedamos sin saber la idea que la mujer intentaba atrapar. Tal vez la autora no nos permita conocerla porque esa idea perdida en la mente de una loca histé rica, esa idea original y única, sea el ideal, aquello tanto tiempo buscado, y que posiblemente nunca encontró. En la última parte, y tras dejar a la mujer en su mundo de realidad/irrea lidad, los amigos vuelven a filoso{ ar, sobre las diferencias entre locura y ton- tería. La ironía final es que Caborico, en el colmo de su propia locura/tonte ría abre la puerta de su cuarto con una llave inglesa, Vulgaris se va a su casa por la plazuela de Neciamira, nombre simbólico que define el-absurdo de su pasatiempo. Con ese significativo nombre la autora no sólo se burla de sus personajes, sino de sí misma por esa necia mirada que ha efectuado sobre una parte de su realidad externa y a la vez sobre su ser profundo e incons ciente y se marcha a donde el benévolo lector la envíe, antes de autoafirmarse en el ego sum final con que firma. Hay que señalar un dato curioso que me parece interesante. En un mo mento de la narración, mientras los dos amigos, situados en su punto de observación comentan lo que están viendo, uno de ellos hace varios inten tos de marcharse, de abandonar este extraño pasatiempo y devolver a la joven la intimidad de su habitación; el otro, por el contrario, insiste en quedarse. Esta dualidad ante su ejercicio de voyeurismo: Vulgaris desea quedarse y Caborico marcharse, implica a su vez que los dos personajes adoptan posturas diferentes en el relato: uno es el elemento activo y narra la acción, el otro es el pasivo y la escucha. Las contradicciones señaladas en el comportamiento de cada uno de los personajes masculinos, se unen y se hacen patentes en la mujer, cuyo ataque nos es narrado. En el trans curso de la pequeña historia que se desarrolla ante nosotros la mujer nos hace partícipes de su indefinición, afirmándose y negándose en varios mo mentos, como por ejemplo cuando mirándose en el espejo se ve hermosa, aunque segundos más tarde se encoja de hombros y diga «con desdén -No, hermosa no» o en uno de sus momentos más teatrales en los que dice al hombre que ama que puede llegar a él porque tiene alas, para terminar por reconocer que no es pájaro, que es murciélago, «menos aún, porque no tengo alas, es mentira». Este trozo del texto está lleno de sugerencias, desde esa frustración latente del ideal roto, el deseo de libertad que supo ne ese querer ser pájaro o esa mujer que ya sólo puede arrastrarse, hasta las simples evocaciones de la perniquebrada Tristana. Respecto a la mujer que se arrastra quiero hacer un inciso para seña lar que esta imagen se repite en algunos textos femeninos. Esta figura tie ne gran importancia en el cuento de Charlotte Perkins Gilman, ya que su protagonista, en su proceso de enloquecimiento, encuentra una mujer que se arrastra dentro del papel de la pared, para finalizar, cuando ya ha en trado en la locura, fundiéndose en esa mujer de la pared, hasta convertirse en ella y arrastrarse sobre el marido desmayado, que es la última metáfora con la que finaliza el relato. Pero esta imagen de la mujer que se arrastra, la incorpora C. P. Gilman, al contar el estado mental en que se encontraba tras seguir los consejos de su doctor después de su cura de reposo «... estu ve peligrosamente cerca de perder la razón. La agonía mental se hizo tan insoportable que me sentaba con la mirada vacía, moviendo mi cabeza de un lado a otro...'Me arrastraba hacia armarios escondidos y bajo las ca mas para ocultarme de la atenazante presión de esa congoja» (34). Tam bién Alice James, hermana del escritor Henry James, escribió en su diario, a los cuarenta y dos.años, hablando de su estado de postración«... me ele vo un poco, arrastrándome tristemente como una serpiente, para poder caer de nuevo... » (35). Volviendo al relato de Concepción Morell, y resumiendo, este texto en su conjunto permite el acercamiento a una realidad muy concreta: la de una histérica de finales del siglo pasado. Hay en él una serie de recur sos literarios, que sirven a la autora para incidir con más fuerza en la ca racterización de los rasgos histéricos, como el hecho de los observadores masculinos que son los que ven y cuentan a la protagonista. Como ya he señalado, estos dos hombres son el auditorio o el público que la histéri ca necesita para manifestarse, adoptando ésta una expresión teatral o te atralizada de ella misma. Los dos amigos también le sirven para trans mitir lo que tiene que decir, aunque sea a través de ideas indefinidas, o para expresar sus deseos amorosos, y que unas y otros sean oídos y a la vez contados. Aquí hay un sugestivo juego por parte de la autora, que per, mite expresar determinadas ideas a su personaje femenino que son aquéllas que ella misma quiere decir a quien envía su narración. Por otro lado pone en boca de los personajes masculinos comentarios y con ceptos, que no son los considerados como manifestaciones típicamente femeninos. Es decir, las ideas pseudofilosóficas, los comentarios sobre la sociedad, etc. las cuentan los hombres, las expresiones de amor las di ce la mujer. En resumen, Concepción Morell habla a través de los observadores masculinos y de la mujer enajenada, pero todos los personajes y las con versaciones están envueltos en la burla y la ironía. Hay burla irónica en to do el texto hacia los hombres observadores de una situación, que sólo sa ben filosofar, exponer ideas cuya significación desconocen, sólo miran, aún más, uno narra y el otro escucha, y su objeto de observación y de en tretenimiento es una mujer enajenada, que pasa el tiempo en una habita ción corriendo, saltando, riendo y llorando, todo casi al mismo tiempo. Pero' la mayor ironía de la autora se centra en su personaje femenino, no por su estado, sino porque aunque ésta, en oposición a los hombres, siem pre actúa, lo hace incorrectamente, tiene un tono declamatorio, la voz chi-llana, y canta mal. Para colmo esto es lo que espanta a los mirones y no sus actos desatinados o sus expresiones desabridas. Ante las múltiples contradicciones de los personajes, sólo hay una au toafirmación final, que como última ironía no define a ninguno de ellos si no a la autora del texto. En esta narración es como si la mujer observada y los observadores lucharan en la conciencia de la autora. Dualidad y con tradicción que ésta plantea: me voy/me quedo; me expreso/me observo; en resumen, la creadora de esta historia se ridiculiza en su propio análisis, puesto que ella es y no es a un tiempo. En definitiva la autora es la autén tica protagonista de la historia y forma parte tanto de la mujer/actriz ena jenada como de los narradores/espectadores filosóficos. [por Concepción Morell Nicolau] Puede cambiar el rumbo de las ideas, los sentimientos, el carácter, y hasta el destino de las personas; la cosa mas sencilla una palabra, un ges to, una mirada. Esto decía el señor de Caborico a su amigo D. Pedro Vulgaris. Caminaban despacio por la calle real de Villaoscura. Despues de breve pausa dijo D. Pedro: -V. ya sabe aquel refrán que dice condición y figura hasta la sepultura. Amigo mío -respondió el otro-Con permiso de V. (y del gran Cervantes) no creo que en todos los casos han de ser los refranes sentencias breves. No diré que las personas cambien de condición como de camisas pero en el mundo todo cambia. Ejemplo patentísimo que desmiente el refrán que V. ha citado es la facha que va por a_ llí -dijo señalando la acera de en frente. Chucha de Horpasada V.• la ha conocido como yo en sus buenos tiempos. Dígame si esa vieja que parece un tonel lleno de afeites guarnecido de moños y de encages, re cuerda la figura de la hermosa mujer que allá por el 64 fue admirada y perseguida de cuantos viejos verdes y amarillentos jovenes la vieron. D. Pedro no contestó y ambos siguieron paseando (37) ensimismados, silenciosos ó por mejor decir (para no pecar de inesaxtitud) Caborico se puso a canturrear un tango americano. Vulgaris sin mirar a la dama ni es. cuchar á su amigo exclamó hablando solo:--Si bien se mira, los planes mejor trazados y cuanto el hombre forja vemos' que viene abajo y no siempre lo tumba el huracán. Aunque parezca absurdo, el aire de un abanico puede hacer mas estragos que un ciclón. Nadie sabe lo que ha de suceder, ni como, ni porque ocurren las cosas. -¿Decía V.? -preguntó Caborico. -Nada, que me gustaría saber el porque de todo lo que (38) pasa. Quisiera abarcar de una mirada el mundo entero. Conocer la suprema razón de cuanto existe.... -Pues no es V. poco curioso que digamos. -Sí en nuestro limitado entendimiento (siguió diciendo, sin oír á su acompañante) penetra un rayo de la luz divina, no basta a iluminar nues tras tinieblas. Hombre de Dios, si tiene cataratas no diga V. por eso que no hay luz en el mundo. Si V. no alcanza a ver los resplandores, el brillo, el portentoso y admirable poder, y brillo, sí señor, brillo, de la ciencia ¿Se atrev[er]á a negar que la ciencia es luz, si señor luz divina.. Como he de negar yo..., ni mucho menos... Me guar daré muy bien de hablar de lo que no entiendo por eso nada digo ni en pro ni en contra de la ciencia, yo que sé... -Vamos, V. es artist;:1 hasta la médula. -Tampoco nada de eso, soy un hombre que piensa y siente como cada quisquie (39). Mi cabeza es como una madeja enrredada. Si por acaso me ocurre alguna idea cojo el hilo y se rompe esto consiste tal vez en que mis ideas son debiles y escasa mi pa ciencia. No tengo facultades de expresión, y mientras mas devano, mas enrredo el ovillo de mi imaginación y me confundo. La idea de lo.infinito (dijo de pronto con pedantería) -que es mas bien un sentimiento-me parece un vientecillo sutil que se introduce por las rendijas aun en el alma de las personas de mas cerrada inteligencia. -¿Pero las personas de cerrada inteligencia tienen alma? Yo digo que el alma es Dios, y alma la inteligencia, sino ¿que es el alma entonces? ¿donde está? -Sí es Dios como V. dice estara en todas partes. Tambien, aunque muy pocas veces, Yo me permito aconsejar a V. que no se dé a pensar en cosas tan sutilis, dejese de vientecillos y huracanes, no sea que le vaya a dar una pulmonía sutil espiritual y lo veamos convertido en un poeta melenudo ó en un loco de remate. -Dios me libre de la poesía y de la locura si no es que viene a ser la misma cosa. Pero en algo hay que pensar para entretener el tiempo en este poblanchón tan aburrido. -A propósito de locos si quiere conocer a una loquita que vive (40) en el piso 3.o de mi casa, vengase V. conmigo. Desde la ventana de la escalera podemos pasar un rato viendola y escuchandola. Silencio, chis!! mucho cuidado, pues si nos oye se pondrá furiosa. No le gusta que la observen. -¿Y por donde hemos de observarla? No ve V. que está cerrada la ven tana? -Ponga V. un pie en el descansillo, apoyese en el pasamano. ¿La ve V. ahora? -No por cie r to. ¡Ah! si, ya la veo por un estremo de la cortinilla que está doblado acia arriba. Yo soy, como V. sabe, muy curioso y me he hecho amigo de la doncella con el doble objeto de poder fisgonear cuando me plazca en las respectivas habitaciones de la criada y la señora. La criadita tiene un cuer po precioso ¿Comprende V.? -Perfectamente: -Está reclinada en un sofá cubierto con funda blanca. -¿Que dice? -Parece que recita sin apartar la mirada (41) del techo. No cura si la fama canta con voz su nombre pregonara. -Tira el libro con rabia. Calle V. está cantando en voz baja. -Entonces, caro amigo, marchemonos corriendo. Esa infeliz mujer tiene la pretensión de que su voz es mejor que la de la Pati (43), pero cuan do se pone filarmónica no hay quien la aguante. Vamonos, vamonos de aquí antes que nos aturda con su canto infernal, insoportable. Ahora se arrodilla y se da golpes de pecho. -Tendrá también la manía de la beatitud. -Si acaso le dura poco, porque ya se ha levantado y echa cada venablo por su boquita preciosa. Está corriendo por la habitación como si alguno la persiguiera (grita) -No quiero, no puedo, digo que no. Dolito, infamia, crimen. Coge el libro otra vez y golpeando la pasta con el índice vuelve á recitar « Mas precia el ruiseñor su pobre nido de pluma y leves pajas» De nuevo se enfurece, sueltase el pelo (44), quitase el corpiño, lo arroja (grita mas fuerte. No, nq, mil veces no. Soy pájaro. Soy angel, soy mujer, no quiero, no puedo. No quiero, no me da la gana de ser eso. -¿ Que será eso? -Ahora se acerca a la ventana. -¿Nos verá? -No si permanecemos aquí, la infeliz no puede vernos aunque se acerque. Siempre mira hacia arriba pero no es facil que repare en que está levantado el visillo. Como no sea que la sirvienta le haya dicho... Imposible que la persona de cabal juicio descubra sus se cretos sin mas ni mas, y porque si, nada menos que a un loco. -Es verdad, por ese lado no hay peligro. Sin duda la compensación de la inferioridad es el placer de engañar ( ó creer que engaña) el inferior al superior. Pues la loquita amigo Caborico, nos ha visto, sí, me está mirando, me sonríe, ¿Que hago? -¿Que quiere V. hacer pedazo de.,. mentecato. Ja, ja, ja, no puedo me nos de reírme al ver que un hombre por juicioso que sea, pierde siempre los estribos cuando cree que lo mira una mujer aunque esta sea una loca. -Si me está haciendo señas • -Sea enhorabuena Y me habla. ¡Cuanto te quiero! eres hermoso, bue no, inteligente (ahora vuelve la cara con enojo, que fea se pone). ¿Que has hecho en el mundo? (grita). -Nada seguramente (con desentono), nada grande llevas demasiado bien puesta la corbata florecita en el ojal ¿Que? (como si alguien le habla se). Vete, ya no te quiero. No eres el alma de mi vida ¡Superficial! ¡muñeco! ¡botarate! -¿Todo eso se lo dice a V.? Ya Ahora se sienta en el suelo esta llorando. Ya viene otra vez (me busca me llama). ¿Donde estás? (dice abriendo los brazos). -Ven por Dios, no me dejes solita ¿Que será de mi sin tu amparo? Llé vame contigo, estoy muy mal aquí ¿No ves que me persiguen? Tampoco me entiendes tu, pero tu eres muy bueno. Ven, estos son malos, rio me quieren ni yo puedo quererlos. ¿Porqué no te habré dicho la verdad? Ya es tarde ya no puedes oírme ni ve nir en mi ausilio ¿Porque te has muerto? ¿Porque vivo? -Pobre mujer se ha sentado en el suelo.sigue llorando (46), habla que.:. do ¡qué lastima me da! ¿Que dice? -No_ la entiendo. Saca del pecho un relicario, lo besa. Arroja los pedazos y casi á un tiempo mismo reza, maldice, llora y canta. -Vamonos del cabello que manera de moverse! le da una convulsión, se va a morir.... Gracias á Dios, ya llora. ¡Cuantas veces el llanto salva a las pobres muje res! Se planta de un brinco en medio de la alcoba. Da vueltas como una fiera enjaulada estiende con ademan comicamente digno el brazo dere�ho y dice con voz chillona Tal vez tengais razon. Siempre he creído que lo de cis por burlaros de mi. Sería gracioso que tuviera yo salero para burlarme de vosotros ( con desprecio) lo que haceis, bien puedo hacerlo yo. ¡Que diriaís si supierais que muchas ideas hermosas que vosotros no podeis comprender ( ó si llegáis a comprenderlas sois tan des vergonzados que las plagia[i]s bien o mal como podeis) se me han ocurri do á mi cuando era niña. Ya mujer no he querido espresarlas de ninguna manera, porque aun siendo mías, despues de haberlas visto espresadas en obras de los grandes maestros, á mi misma me hubiera parecido que las robaba y no quiero, no quiero imitar á nadie. Espero que se me ocurra una cosa que no haya pensado otra persona, grande ni pequeña. Libros, vengan libros, buenos y malos, antiguos y mo dernos, nacionales y extrangeros, ¿A ver quien ha pensado lo que yo pien so?. Aquí está ya mi idea (golpeandose la frente) no te escapes eres mia, no es posible que hayas pasado por ningun cerebro, por lo menos nadie lo ha dicho y lo voy á decir yo, yo sola. ¡Borricos! no os ríais. Se dirige á la mesa escribe con rapidez. Tira el tintero, la pluma, rom pe el papel. Otra vez le entró la pataleta, la risa histerica. Pobre mujer, cuanta compasión me inspira! Vamos (SO) vuelve á llorar mas vale así. ¡Uy!! maldita, ahora canta. Decía V. bien amigo mío no se la puede oir. Dejémosla con su endiablada musica y vamonos á otra parte. Bajaron la escalera tapandose los oídos... y ya en el piso bajo Caborico dijo -Pues señor, nos hemos quedado con la gana de conocer la idea de la loquita. • No puede ser más que una tontería. (18) Sobre la vida de Concepción Morell y su relación con Benito Pérez Galdós, hay varios trabajos publicados.
En marzo de 1557 se publica el primer libro español dedicado ínte gramente a la odontología: El Coloquio breve y compendioso sobre la ma teria de la dentadura y maravillosa obra de la boca, cuyo autor es Francis co Martínez, nacido en Castrillo de Onielo (Palencia) hacia 1520 y fallecido en Alameda del Valle en 1585. Francisco Martínez fue dentista de Felipe II y dedicó el libro al prínci pe Carlos. Primero Bachiller y luego Licenciado, reeditó su obra en 1570. Actualmente se conservan pocos ejemplares originales pero existe una ediciónfacsímil promovida por D. Pedro García Gras en 1975. Francisco Martínez se valió para construir sus discursos del diálogo. Valerio, caballero de buena familia, conversa ton Ramiro, un antiguo criado afligido por la enfermedad de su hijo que sirve para desgranar lo relativo a la primera dentición. Entre las fuentes que utiliza el autor hay que incluir autores contem poráneos como Montaña de Montserrat y Laguna y autores clásicos, ci tando Martínez entre otros a Aristóteles, Galeno, Cicerón, Platón, etc. pe ro todo esto queda superado por las propias experiencias personales que el autor aporta, algo propio del Renacimiento en cuya mentalidad lo que prima no es una actitud de ruptura con el pasado, sino la de lograr un mejor conocimiento de los clásicos a los que se venera. Lo que ocurre es que debido a la fiebre de experiencia personal, que también es propia de la época renacentista, surge muchas veces la evidencia de que la realidad difiere de las ideas que los clásicos legaron. Paradójicamente la venera ción por la antigüedad clásica conduce a la ruptura con la ciencia antigua y a la instauración de una ciencia moderna. Francisco Martínez escribió este libro porque c; onsideraba que los te mas bucales no e�an tratados con el rigor y consideración que merecían en comparación con otras partes del ser humano, y lo dirigió al gran pú blico pues la obra es fundamentalmente de divulgación; lo que no excluye que algunos profesionales, fundamentalmente los barberos, pudieran en contrar en ella una gran utilidad. El libro toca fundamentalmente temas de encía y dientes, excluyendo otros temas estomatológicos frecuentes en la época como las úlceras o la ránula. El libro fue plagiado por un barbero napolitano: Juan Bautista Xama rro, quien copió íntegramente la obra de Martínez, si bien esta copia nunca llegó a publicarse, aunque puede encontrarse el manuscrito en la Biblioteca Nacional de Madrid. Analizamos a continuación las ideas que sobre odontopediatría se vierten en este tratado. Las primeras nociones sobre odontopediatría del coloquio aparecen para justificar la existencia de dos denticiones, -algo que hacen otros au tores de la época como el anatomista Montaña de Montserrat (1) en fun ción de. que los primeros dientes• son muy tiernos y de que en la primera edad se comen cosas mtiyduras, por.lo que es necesario el recambio den tario. Francisco Martínez. coincide con los anteriores autores, pero aporta además otras razones que ya enlazan más con lo que es -la práctica esto matológica. Así, up.a de las razones por las que •hay dos denticiones es porque como en la infancia las fracturas dentarias son muy frecuentes, con el recambio se-evita que •la secuela de estas fracturas sea duradera. Por otra parte; si los dientes de leche fueran muy. fuertes, el recambio se ría más difícil, con lo que_ tanto las.maloclusiones por mal posición denta ria, como las lesiones yatrogénicas que se producen en la extracción, se rían más frecuentes. Por otro lado, si los niños nacieran con.dientes, la lactancia-sería más difícil, pues dañarían el pecho de su madre. Pese a su clara visión prácti-ca de las cosas (no podemos olvidar que la indicación actual de extraer un diente neonatal es precisamente esa lesión que puede provocarse en el pecho materno, ni que las fracturas dentarias son evidentemente más fre cuentes en los niños), hay un error importante en ese diagnóstico, cuan do afirma que los dientes de leche no tiene raíces, lo que.indica que no debió extraer ninguna pieza temporal, si no fue ya muy cerca del momen to de su exfoliación. «Lo primero porq al principio como todo el mantenimiento es la leche de la madre necessariamente la materia de los dientes auia de ser tierna y muy delicada y por consiguiete porque la madibula esta muy delgada y tierna, no se podía alli bien formar ni conseuar rayz y aun por tercera que no me dexa de quadrar, y es que los niños desde q se comienc; an a saltar hasta la edad de siete u ocho años, q es quando comienc; an a mudar dan muchos golpes y caydas, y si acertase a quebrarsele algun • diente, qdaua sin remedio; d aquella edad adelante tiene mas fuerc;a para tenerse y no caer, y mas sentido para mirar por si» (2). «Forma naturaleza la boca del hombre al principio y nascimiento sin dientes hasta cierta edad,.no sin causa y razon. Porque tener los niños re cien nascidos detadura no les conuenia porq no tienen fuerc;a en la boca para vsar dellos, ni calor en el estomago para digerir lo que co ellos exer citasen, antes dañarian a sus madres y lastimarian los pechos, y ansi mis mos se estouarian para el vso del paladear. Ya q los niños van cresciedo y tomado calor en el estomago, para po der digerir algunos majares,• y fuerc;a en la boca para poder exercitar los dietes, les proueyo de vnos dietecillos tiernos y sin rayces, tiernos segu sus fuerzas y calor del estomago sin rayces porque han de mudarlos y troca llos muy psto por otros. Y si estos_ primeros nascieran con rayces vuiera tres inconuenietes. El primero que no se mouieran tan facilmente quando viniera los otros imeuos. El segundo que los q vinieran hallaran los vasos occupados y salieran tuertos, como acontesce aora muchas vezes por no tener especial cuydado de sacarselos co tiempo. El tercero la difficultad que vuiara de sacarselos, que por estar tierna la mandíbula se rasgara co mo aora algunas vezes acotese sacando muela o diente que tenga rayz y en tal caso nunca el diente q viniera fuera muy firme ni duradero, por la falta y flaqueza de la madibula» (3). En este período los conocimientos sobre el recambio dentario e inclu so sobre el número de denticiones parecen estar muy confusos. Evidente mente se conoce la caída de los dientes, pero pocos autores hablan de la Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 dentición temporal, ni sobre el orden del recambio, si exceptuamos a Francisco Martínez que parece tener muy claro cuando se completa la erupción de los temporales y cuando se produce su exfoliación: «Desde los dos años o dos y medio que nasce hasta los siete u ocho que se mudan» (4). «La edad de siete u ocho años es quando comiern; an a mudar» (5). Pero en realidad, no se conoce aún el momento ni el orden de erup ción de cada pieza, qué piezas necesitan que para erupcionar caiga un diente deciduo y cuáles no, en definitiva, se puede concluir que durante los siglos xv y XVI, el recambio dentario no es un tema bien conocido, pues incluso Francisco Martínez no habla expresamente de esos temas y en un texto en el que muestra su espíritu científico, deja abierta la duda: «Me ha certificado.y certifica, q ay hombre q cada vn año muda la deta dura, c_ realo quie quisiere o no lo crea, que yo no lo osara affirmar, ni aun dezir.sino viniera ta approposito. Y assi hare de todo lo de mas que no vea, y sepa de cierta sciencia, au[lq pueda acontescer naturalmente» ( 6). Aunque el hecho de que sea el autor que más relación práctica tuvo con el arte dental le permitió observar fenómenos que otros autores ni imaginaron, como por ejemplo, el hecho de que un molar temporal no se exfolie y dure muchos años, llegando en su perspicacia a intuir la agene sia. Curiosamente en este caso, sí afirma que elmolartemporal tenía raí ces, pero lo ve como' un hecho excepcional, justificado precisamente por la agenesia: http://asclepio.revistas.csic.es lo que despues ha d faltar, como allí no auia denacer otra, proueyo de darla aquella rayz. Mas esto ha lugar y acontesce solamente en las muelas por estar mas gruesa y acha la mandíbula, que no en los dietes, y ansi en la parte de los dientes nunca se haze, y si acaso acontesce dos cosas te po dre dezir: La primera, que vna golondrina no haze verano. La seguda, que estos tales dietes y aun las muelas q no se mudan no son perfectos ni du rables y hasta en el color son differentes de los otros» (7). En los textos de esta época surge frecuentemente la idea de que el proceso eruptivo es contínuo a lo largo de toda la vida. Esta idea, defen dida por Juan Valverde de Hamusco (8) y Dionisia Daza (9), tiene su ori gen en Galeno y siguió siendo defendida por Vesalio (10). Sin embargo, Francisco Martínez mantiene la opinión contraria: los dientes erupcionan hasta un determinado momento y a partir de ahí, ya no hay más erupción: «Despues de mudados los dietes y muelas crecen hasta cierto tiempo y no mas y de aquí viene el engaño d algunos que dizen que los dientes dis minuye harto contrario de otros que dize que crecen toda la vida. Los dientes en tiniendo el tamaño que han de tener se les acaba la virtud que llama los medicos formatiua y dexan de crecer. De aquí nas ce el principio de vn engaño que como los dientes crescen todo lo que han de crecer mucho antes que todos los miebros parescen grandes, por ser el cuerpo donde estan pequeño y despues como todos los otros miebros crecen y los dietes no, proporcionanse los dientes con el cuer po y con todas las partes del, y assi quado era pequeño parescian gra des, por razo que vno esta en proporcion de lo otro, pero no por esto di rilinuyeron» (11). Las dos opiniones están bastante cercanas a las ideas actuales sobre erupción. Es cierto, como defiende la mayoría de los autores, que el po tencial eruptivo no se agota con la edad, y si no se manifiesta es porque los factores que determinan el equilibrio estomatognático permiten que se mantenga una posición estable. Pero no es menos cierto, y ahí enlazan mejor• las ideas de Francisco Martínez, que, antes de llegar a este equili brio, hay una fase de erupción activa que ocurre en la fase puberal entre los trece y los dieciocho años, y en la que el desarrollo facial condiciona una adaptación •dentaria que los dientes consiguen con una erupción ac-tiva de dos o tres milímetros. Cuando se acaba el crecimiento facial (18 ó 20 años) • se alcanza uh.nuevo equilibrio eruptivo y las piezas dentarias al canzan su destino • final ( 12). No estoy afirmai: idó que Francisco Ma: rtínez conociera hasta este pun to los mecanismos de erupción, pero es evidente• que estas ideas vienen inmediatamente a la mente cuando uno lee •sus textos. Francisco Martípez apen,;1s si toca en su libro los temas que en el mo mento eran estudiados por.médicos o cirujanos, intentando limitarse a las afecciones dentales. En esa línea no habla pa; ra nada en. su.obra de te�as éomo la� aftas, las fisuras labiales, la ránula, o los frenillos, citando de forma somera la patología que la erupción de las pienzas dentarias ocasionaba, tema am pliamente estudiado en la obra de otros autores contemporáneos suyos. Se limita a recomendar que no se usen en la infancia medicinas violentas y sugiere que se laven las encías con vino blanco si el humor responsable es frío y con agua de Llanten o agua de cabezas de rosas si es caliente (13). • El tema de la extracción d�nta�ia es posiblemente el qu� más directa mente se relaciona con la prác�ka odontológica de la época; ésa es la ra zón por la que Francisco Martínez es el autor que realmente trata el te ma, pues sus textos son, junto con una breve cita de Dionisia Daza en la que recomienda que se extraiga el diente temporal si el definitivo erup ciona en _mala posición, los únicos que hablan de este tema refiriéndose a los niños. Francisco Martínez, en los diversos avisos que da para lo que él llama la segunda disposición de los dientes y que comprende el período que va desde la erupción de los temporales hasta • su caída ( 14)� cubre "el• diagnós tico; el instrumental necesario,:las indicaciones y las complicaciones de las extracciones en la dentición temporal. Hay que destacar que cuando habla de extraer piezas temporales, re salta que es bueno hacerlo «si no tienen cura» y es que esa frase ya deja clara una mentalidad conservadora respecto a las piezas temporales, que ni siquiera han tenido muchos odontólogos de siglos posteriores, inclui do tristemente el siglo xx. Pues bien, cuando estas piezas -ya son incura bles, Francisco Martínez piensa que es mejor extraerlas para evhar el do lor que se produce cuando se afecta la pulpa, para evitar la extensión del proceso careoso a otras piezas y para evitar la halitosis. El desconocimiento que sobre erupción se tiene en la época, le hace alabar el que el resto de dientes se junten, cerrando el hueco del diente perdido. Es claro qué con esta mentalidad, muchas piezas definitivas quedarían incluidas en los maxilares� «Si no tiene cura se ha de sacar antes q se acabe dé comer, porq se eui tan tres daños y se hazen yno de los proueéhos. El primer daño es el dolor q tiene o ha de terier fon; osamente llegando la corrupcion al neruezillo o venas del diente. El segundo que estoruaran q no se pegue a las otras sus vecinas. El tercero que no abra el mal olor en la boca que de tener aquel raygon o muela podrida se ha de feguir. El vno.de los bienes sera, o que no nacera oti:-o donde se sacare aquella, si la virtud formatiua no es acaua da como acostece muchas vezes en esta edad o, ya que esto no • sea vernase a juntar tato las unas con las otras que casi no echara de ver su falta.. Ta bie como la mandibulá todavia en esta edad crezca y resciua virtud dé nueuo, viene a apretarse en si tanto con el diente o dientes que queda, que los dexa rezios y fuertes» (15). Cuando intenta ver en qué muela está el problema, utiliza como me dio diagnóstico la percusión y el escarbar en la caries para ver cual es más profunda. Aporta además dos posibles métodos diagnósticos cuando la caries es interptoximal: «El nono auiso es, que muela se ha d sacar estando en duda qual due le. Porque acontesce muchas vezes sacar la buena y dexar la• mala, y que haze el dolor, Lo primero que se ha de mirar: si ay alguna dañada o no. Si no esta dañada ninguna, han de tomar vn hierro que tenga vna cabe<;ita como este q esta aqui pintado, y dar en las muelas de que se tiene sospe cha, y en la que mas se sintiere el dolor esta el mal y se ha de sacar, y si ay alguna'corropida mirar si es solo vna o mas, si no ay mas de vna manifies to es que esta alli el daño; y que aquella se deue sacar. Si estan dañadas mas que vna, han de tomar un hierro que tega una puta a manera de lan cilla como aqui va pintado y d la otra parte una buelta como garauatillo http://asclepio.revistas.csic.es para las r: riuelas que se comen por <letras y co el escauar en lo podrido y despues de quitado lo malo en la q doliere mucho llegando el hierro esta el daño y causa del dolor, y es la que se ha •d sacar. Esto esta claro porque si aqlla siete. el hierro mas que las otras, es porq esta ma,,s comida, y mas descubierto el neruezillo y mas flaca, y como a tal se haze mas a ella que a las otras el corrimiento de reumas. Y porque • muchas vezces acontesce estar el daño etre muela y muela, q no se puede ver, en tal caso ha de hazer la prueua del hierro que tiene la cabe<;ita dado en cada vna de las muelas que se tiene sospecha, y lo <lemas como tengo dicho; Tambie se puede apartar la una de la otra y hazer la experiecia del hie rro de la puta. Pero todo esto quiere gra cuydado subtileza y experiencia. Ase de apartar la muela con vn hierro a manera de escoplito muy afilado, y con vn martillico, porque se haze mas facil y delicadamente, y mas sin pesadumbre que con lima aunque podria_acontescer alguna vez que vuies se necessidad de limar algo para que se cortase mejor>> (16). En cuanto al instrumental, marca claramente que es lo que debe usar se según la situación particular de la pieza a extraer, explicando clara mente cuando deben usarse los instrumentos cori los que Paré había enri quecido el armamentario odontológico: El gatillo y el pelícano (17). Porque acontesce muchas vezes, qbrar la muela por no lo faber. Quando la muela no esta corrompida o esta poco comida que pueda sufrir alguna fuer�a sin quebrarse, ase d facar con gati llo, porque se saca mas facil y presto, y sin pesadumbre de la•otra.denta dura que queda. P, ero si la muela se tiene alguna sospecha q•se ha de que brar, hase de sacar con polican: Porque si le sabe bien exercitar aseguran la muela, aunque este mas podrida que no se descabe<;e. Quando hay al gún pedacito de muela o raygon que se ande hase de quitar co una destas dos herramientas que tengan por la parte que asen vna raytas menudas y hodillas como estas. Quando en las muelas postreras acontesciere tener algunas puntillas q den pesadumbre o gasten sus opuestas han se de cor tar co vn hierro como este muy afilado, y co el martillico» (18). Aparte de la caries muy profunda, la otra indicaci_6_ILque-da--Para la extracción de las piezas temporales, es permitir -elbuen alineamiento de las piezas perman�ntes, lo cual se consigue según él, extrayendo antes de su erupción las piezas deciduas. «El qrto de q se deue tener gra cueta es en sacarlos con tiepo especial si son dientes porque los nueuos que vienen salgan bien, y no hallen ocu pados los vasos y lugares por donde han de salir con los viejos» (19).. «Ha de tenerse la cueta de sacarlos co tiepo antes que los otros salgan. En las muelas no es tanto inconueniente, porq como son mas anchas y gruesas que los dietes, siempre la que viene toma a la vieja por medio y la leuanta derecho, y sale ella bie lo q no hazen los dietes. Porque corno son angostos los que estan y puntiagudos los que vienen facilmente se pueden torcer a una y otra parte y de aquí es que en las muelas no hay otro inco nueniente sino que podrían pegar a las otras que viene el neguijon» (20). Dos ideas están latentes en estos textos: por un lado, la posibilidad de que un diente temporal careado afecte a su sucesor y aunque, evidente mente, el autor no habla de las hipoplasias dé esmalte, que en los dientes permanentes pueden producirse por focos infecciosos largamente mante nidos en procesos careosos de los temporales, parece que de alguna ma nera lo intuye. Por otro lado, el tema del espacio libre, o sea, la diferencia de tamaño entre los dientes primarios y sus sucesores permanentes, que en el sector anterior es negativo y en el sector posterior positivo (21), lo que causa que el apiñamiento sea más frecuente en el sector anterior. Es tá claro que Francisco Martínez observa este fenómeno, aunque lógica mente, su intento de explicarlo en función de la diferente morfología en tre dientes y muelas, no sea exacto. Tiene claro en cualquier caso, que esta extracción con fines de alinea miento dentario, sólo debe hacerse cuando ya la exfoliación es inminen te, destacando de nuevo la importancia de que las piezas temporales se mantengan hasta ese momento. Esta idea suya puede justificar su error de considerar que los molares temporales no tienen raíces: Su espíritu conservador lo llevó a desconocer esa faceta de la anatomía dentaria; así, cuando se le plantea el tema de extraer pronto las piezas temporales, responde: «No tampoco, porque la mucha diligencia suele dañar, ellos dan luego señal, quando vienen los otros en que se andan y si mirays en ello, mas lastima es que le falten presto, quanto mas que como los dientes antes que se muden no tienen rayces, no es nada el dolor, ni difficultoso sacarlos y puedese vsar desta cautela: Quado se comiern;a a andar el diete atarle un hilo antenoche, diziendo que es para otra cosa, y quando durme tirar dl, saldra que apenas le despierten» (22). Entre los problemas que pueden aparecer al extraer las piezas a los niños, uno de ellos es puramente yatrogénico: confundir la pieza tempo ral con la pieza permanente. En• estos casos, además de alertar para que • se eviten errores, explica como debe hacerse la extracción, en función de hacia donde se coloque el temporal. «El septimo es para los barberos y maestros de sacar muelas que tega vigilancia y cueta en vna cosa que mucha va y la miran poco. Acontesce nacer vn diete y quedarse el viejo tambie; y como el vno dellos se ha de sa car por fuer9a, por superfluo o ser feo e tal caso los q viene a sacar algun diete de aquellos no miran mas de al buen parescer y assi facan el mas tuerto: Esto es muy gran error porq si aciertan a sacar el hueuo y dexar el viejo, quedaran muy presto sin el vno y sin el otro: Porque aquel tal que dexan no tiene rayces, y assi cae y peresce muy presto. De manera que ha de sacar el viejo y despues sus padres se le llegaran poco a poco. a su lu-, gar, e coprimiendole hazia donde ha de estar, que como esta ternezillala mandíbula se poma muy facilmete en su lugar, esto se ha de hazer muy despacio, cada dia quatro o cinco vezes hasta que este en su as$ieto y bueri orden con los otros y todo esto se escusara con tener cuenta de sacallos con tiempo antes que salga el nueuo torcido... Estos dentecillos se ha d sacar con vn botador como este. Si e1 diete es ta de parte de fuera, co la buelta del hierro, y si de parte de •dentro con la punta derecha. Pero si acotesciere salir'algu diete muy deritro de la boca hanle de sacar con vn botador como este y co esta buelta: Porque si la ma no se demandare con la buelta se detenga•afirmando en los dietes y no lastime en la garganta o en otra parte alguna de la boca» (23). Notamos en este texto cómo el autor. es consciente de qt: ie una vez que el diente en su proceso eruptivo e• merge en la cav1dad bucal, puede ser movido por estructÚras anatómicas (labio, carrillo, lengua) o por objetos extraños que se lleven a 1� boca, como los dedos de.los padres;• es el inicio de un movimiento ortodóncico algo rudimentario. El segundo problema es la hemorragia post-extracción para la cual recomienda que en los niños sólo se use vitriolo si es grave, pero si no, se use esponja quemada o pelos de liebre. «El octauo auiso es, que quando por sacar alguna muela vuiere fluxo de sangre, como muchas vezes acontesce: En tal caso ha de tomar vitriolo romano molido, y si quisiere quemado, y hazer vnas pelotié: as de hilas a http://asclepio.revistas.csic.es manera de garban�os pequeños y cargallas de aquellos poluos y ponellas en el vaso por donde sale la sangre, lauandola primero co vn poco de vino cozido con alumbre, encieso y mirra, y vn poco de romero, y espicanardi, y si el fluxo es poco podra teplar el vitriolo co mezclar con ello vn poco de bolarmenico. Este remedio del vitriolo no se deue vsar en la primera y se gunda edad, por ser caustico y medicina fuerte, sino fuesse en caso de mucha necessidad. En lugar de vitriolo podran poner poluos desponja qmada; o pelos de liebre, y cosas ansi,. lauandolo primero con el vino que tengo dicho» (24). La hemorragia post-extracción era curiosamente defendida por Paré, con el fin de que pudieran eliminarse los humores mórbidos. Paré la con trolaba más tarde entre otras cosas, con la presión. Esta defensa de la he morragia post-extracción, que enlaza claramente con la medicina humo ralista, muestra la influencia qué sobre Paré ejerció Galeno, autor a quien Paré leyó e incluyo tradujo (25). Al entrar en la odontología conservadora hay que definir lo que para los autore' s de la época es el neguijón, que en realidad es lo que hoy lla mamos caries. El neguijón se considera. una alteración humoral que pudre y enne grece el diente, si bien aún quedan autores que atribuyen la etiología del proceso a los gusanos.... _ _.. • Es lógico que la etiología d� la caries se oriente desde una doble ver tiente humoral y vermicular, porque todayía no se habían observado gér menes en las lesiones y por tanto aún no había comenzado a pensarse en los gérmenes como agentes causales de la caries. E. n cuanto al neguijón infantil, parece • ser frecuente si atendemos a los textos de Francisco Martínez. • «En esta edad y dispusicio dos cosas son las mas ordinarias: Apostemar. se la enzias y. •corromperse los dietes que es el neguijo que llaman» (26). Este autor, cqn gran intuición, otorga al factor hereditario un papel en la causa de la enfermedad:., «A su padre paresce en vna cosa, que me pesa dello. En' la dentadura ya se le comien�an a corroper los dietes» (27). Concede gran importancia a la afectación de los dientes de leche, y así, en su libro, escrito en forma de coloquio, cuando Cristolo comenta que no es gran inconveniente que los dientes se corrompan antes de'mu darse, Valerio le contesta que sí lo es y muy importante, si no se remedia (28). La importancia que le otorga está eh función de que pueden afectar a sus sucesores, que pueden afectar a las estructuras óseas que les sirven de soporte, y de que, al no ver cua: ri_ do se mueven y no extraerlos con tiempo, pueden ocasionar malposiciones dentarias. Hace así refere• ncia a las grandes pérdidas de espacio que se producen por las grandes caries en dientes temporales y que originan malposiciones dentarias, aunque él lo achaque a no haber hecho la extracción a tiempo: 16 «Si se corrompe los dientezillos, han de procurar de atajar que no passe adelante la corrupcion, porque de comerse de neguijon antes que se mude ay dos inconuenientes. El primero q quado esta comidos y que no hay mas que las rayzes no se echa de ver quando se andan y es tiem po de sacallos. El segundo porque son peores de sacar, y destos dos in conuenientes nacen tres daños. El vno que estos q estan por mudar y co midos de neguijon lo podrian pegar a los que vienen porque con su corrupcio estragan y corropen la complexion substancia y manteni miento de la mandibula y partes circunstantes. El otro que de no sacar se los viejos co tiempo los nueuos que ha de venir, como halla ocupados los vasillos por donde han de salir, vienen a nacer tuertos y d mala ma nera como saldria y sale vna heruecilla en el �apo si topa con alguna piedra, o otro impedimento que no la dexa brotar por derecho y <leste daño de no salir bien los dientes nacen otros grades. El primero, el mal parescer q no es pequeña. fealdad tener mala postura de dientes. El se gundo, q no son duraderos: Porque vnos con otros se vienen a mover y echar fuera por tocarse de cuesta y no de puta: Como vemos en vn ma dero, que si esta hincado en tierra y bien puesto aploma por mucha car ga q tenga ni golpes que le den encima, no se mueue a vna ni otra parte: Pero si esta mal puesto o trastornado ni súbstenta lo vno ni sufre lo otro. Assi hazen los dietes por esta razo qualquier cosa que se haga de fuer�a en ellos les haze detrimeto» (29). En cuanto al tratamiento, Francisco Martínez es partidario de tratar el neguijón cuanto antes, y esto, en función de que se da.cuenta que de bido a la estructura dental, la enfermedad progresa lentamente al princi pio y más rapidamente después. Aunque él no sea consciente, está ya adelantando uno de los factores que diferencia al esmalte de la dentina: la dureza. «La razon es esta, que el diente ni muela no son de vna misma materia ni condicion por la parte exterior que por la interior, porque no ay azero mas duro y rezio q es la primera camisa de la dentadura, ni madera mas blanda q ellos estan de dentro y ansi aquella primera camisa tarda mucho e corromperse pero pasada aqlla vase por la posta, como no halla resis tencia la corrupcion de alli adelante y por esto se cura co facilidad al prin cipio lo que no haze quado esta muy corrompido» (30).. En cuanto a la técnica, considera que dentro de la dentición tempo ral, son más fáciles de tratar los dientes que las muelas y nos describe co mo deben realizarse los tratamientos: «El tercer auiso mirar si se corrompen los dentezillos en el punto que se les hagan vnas manchitas qui tallas con vna herramienta muy afilada, que tega a la vna parte vna puta como la�uela y a la otra llanita como es coplito. Ase de vsar de cada parte <leste hierro como fuere menester segun que fuere lo corrompido y despues co vn palillo mojado en un poco de vi no cozido con vn poco de alumbre y sal comun darle en aquellas manchi tas donde se quito lo podrido y si esto se haze con tiepo se remediara fa cilmente. En las muelas es mas difficultoso el remedio pero menos el peligro» (31). Dentro de las divisiones que él establece según el proceso evolutivo de la boca, hay dos que caen de lleno en el campo de la odontopediatria: la primera es la que va desde los dos o dos años y medio que nacen los dientes, hasta los siete u ocho, en que se caen; y la segunda, la que va des de que se mudan hasta los diecisiete o dieciocho años en que dejan de crecer (32), si bien ésta sólo en parte. Y es que, aunque él pueda analizar los períodos de dentición temporal y de dentición permanente, no anda tan fino cuando se refiere al período de dentición mixta. En cualquier caso, queda claro que el remedio que propone para con servar las piezas temporales es el que anteriormente hemos descrito y que en el período de denÜción•temporal se opone •a medidas más agresi vas, por los perjuicios que puedencausar.. «Es.menester vn auiso necessario que ni que las enzias se aposteme ni los dietes se corrompan antes que se muden, no se ha de curar con medi cinas violetas ni rezias ni cauterios de fuego, ni causticos, ni cosas desta manera: Porque sin comparado seria mas el daño q el beneficio por estar la• madibula tierna qualquier cosa le impediria que no rescibiesse virtud y quedara blaca y los d1etes seran de•poca dura» (33). Sin embargo en la segunda disposición, es decir a partir de los siete años o período de dentición mixta, aunque también se muestra partidario de usar remedios suaves, acepta que se tomen medidas más agresivas si las piezas están muy afectadas: 18 «Se ha d mirar en esta segunda edad, si el diente se corrope, que se ha de curar tambien facilmente: PorqU:e tapoco se sufre aqui medicinas muy rezias a causa que aunque la madibula y dietes tengan • mas fuerc;a, aun no tienen toda la virtud que ha de tener y podria ser enflaqueséerse. Ansi que en esta edad tabien se han de vsar medicinas liuianas mas ase de tener auiso, q si el inal va adelante, y no se. puede sustentar con medicinas leues, que se vsen de las violetas y neces�arias por dos razones: La vna porq ya e esta edad y seguda dispusicio ei diete q se pierde pocas vezes se cobra, la otra es porq al principio remediados los males curase facilmete especialmete el neguijo q es muy leue de curar al principio y difficultoso si vna vez se apodera» (34). Si buenamete se puede pasar en esta seguda edad y dispusicio co me dicinas leues que se escusen las mas fuertes por las razones dichas: Pero si se espera peligro que se usen violentas causticos y cauterios y todo lo <lemas necessario: Que mas vale q qde vn poco flaca la detadura que no que se pierda» (35). Y más adelante recalca esta idea: Toca también Francisco Martínez, el tema de los flemones, para lo que • da varios remedios induyendo la apertura quirúrgica: «El segudo tnirar si se haze algun flemon ponerle un higo paso, para que se madure y abra, y si la materia fuere muy caliete poner vn poco de ac; ucar rosada y si el fiemo o apostema fuere tal que no baste esto, haran el cozimiento siguiente. Tomar passas sin granos, datiles sin cuescos, hi gos pasos ac; ufayfas y ceuada, todo esto cozido en seys escudillas de agua, o de caldo de cabec; as de carnero q es mejor, o sino del mismo carnero. Ha él.e cozer hasta q gaste las dos escudillas y a este tiempo echar dentro violetas y oregano, yco esto tome a heruir vn poco, y despues colallo y es primillo mucho, y ex.aguarse co ello, y este muy caliete quanto se pueda sufrir y tenerlo buen rato en la boca. Y si fuere niño han de lauar con• vn hisopico: Esto se haga muchas vezes hasta q se acabe el agua, o se abra el apostema y aun despues de abierto tabie aprouecha algunos dias, porq limpia mucho, pero quado vaya sanando podralo lauar co lo siguiete: Co zer vn poco de ceuada tostada y vn grano de alumbre e agua y colallo y echar vn poco de miel rosada y enxaguárse o lauarse con ello. Pero si con todo lo q he dicho, el flemon no se abriere sino q sea necessidad abrille con laceta u otro instrumeto qualquiera hase de tener cuenta de rasgar y abrirle bien. Porque �i esto no se haze no se puede lauar ni limpiar bien y podrase venir a hazer sistola porla psencia del mal humor y carne podri da que ahoda y come la enzia y porque muchas vezes se hazen vnos fle mocillos pequeños,_ y no ha menester tanto negocio como hemos dicho, puede hazer el cozimiento siguiete: Ceuada, rosas, violet�s, pasas, higos, en la quatidad que les paresciere para media ac; umbre de agua o tres quartillos, ha d cozer que gaste la terzia parte y con esto caliete, quanto se puede sufrir enxuagarse o lauarse» (36). Si bien el párrafo anterior se refería a la «primera disposición» (desde los dos años y medio hasta los siete u ocho) el tratamiento que propone para.la «segunda disposición» (desde-los siete u ocho años hasta los die cisiete) es el mismo: «El segudo que se ha de mirar si se haze algu flemoncillo. en esto me remito a lo pasado porque lo que cerca dllo dixe en la primera edad, se ha de entender para todas las <lemas» (37), Francisco Martínez habla ya de prevenir el neguijón y a este fin pro pone una serie de medidas dietéticas y métodos de higiene, pero estas medidas no van referidas específicamente a los niños. En cuanto a la prevención de problemas periodontales, Francisco Martínez hace ya referencia a esto desde la primera edad ( entre dos y sie te años), cuando recomienda que los niños coman con los dos lados, por que en el lado con que no se come se crían tovas que corrompen las en cías (38). De la misma forma se refiere a la segunda edad ( entre siete y diecisie te años), aconsejando quitar la tova con mondadientes de tea o lentisco si es blanda y si es más dura de plata, oro o hierro. Los daños que según el autor provoca la tova son cinco: Gasta las encías, las enflaquece, aunque se quite ya es fácil que vuelva a aparecer, favorece que se corrompan los dientes y provoca halitosis (39). La tova se corresponde con lo que hoy llamamos sarro. Julio Gonzá lez Iglesias nos explica el origen de estas dos palabras y como se relacio nan en función de una antigua creencia sobre su formación: «El nombre de toba proviene de una variedad de la caliza (cal carbona tada romboédrica) que junto con las pisolitas y trabertinos, tiene el mis mo origen que las estalactitas y las estalagmitas, esto es disuelta en el agua se va depositando poco a poco por sedimentación. Nótese como ese mismo origen tiene la palabra tártaro; también sinónimo de sarro, sal que se deposita en los toneles de vino. Ambos demuestran la antigua creencia de que el sarro se formaba por cierto depósito de sustancias disueltas en la sal: fva sobre la superficie de los dientes» (40). En definitiva, este texto es no sólo el primer libro odontológico espa ñol, sino que supone también el primer texto-que se preocupa de la denti ción temporal, a la que da una gran importancia, explicando con detalle http://asclepio.revistas.csic.es los tratamientos que en ella pueden realizarse. Podríamos pues conside rar este libro como la cuna de la odontopediatría española, en un mo mento en que no sólo no existen las especialidades odontológicas, sino en que ni siquiera la odontología tiene entidad propia. Escrito de una forma popular, mediante el diálogo, este texto debió ayudar a muchos barberos de la época a tratar un poco mejor a los niños. Destacar estos hechos ha sido el objetivo de este trabajo y en definiti va su razón de ser. La redacción de la Revista ha cambiado la grafía ori ginal de la letra f por la actual de s, con objeto de facilitar la lectura del texto: ser en lugar de fer, etc.
Entre las celebridades médicas que han ejercido su profesión en el si glo XVII cabe destacar a quien nos ocupa en este trabajo: el Dr. Francisco Pérez Cas_ cales de Guadalajara, un clásko de la pediatría española que forma parte de la brillante promoción pediátrica de nuestro Renacimien to a la cual, y a cada uno de sus miembros.en particular, se.han consagra do estudios minuciosos que analizan sus respectivas obras y su influencia en promociones médicas posteriores. Nos interesa abordar la reconstrucción de la vida y parte de la obra escrita de• Pérez Cascales. Lo primero, porque junto •a datos biográficos fidedignos se han ido añadiendo otros que perpetúan errores que a estas alturas de ninguna manera pueden ser admitidos. La aportación de nues tras investigaciones pondrá luz, definitivamente, a tanta. imprecisión, permitiendo seguir el discurrir biográfico del médico. En cuanto a su obra, la dificultad que representa su traducción al latín hace que, salvo el trabajo de López Piñero y Bujosa Homar, no-se hayan contemplado los De los de Licenciado y Doctor sí deja constancia este autor, fechándo los en 30 de diciembre de 1579 y4 de marzo del año siguiente, respectiva mente, citándole como Francisco Pérez y su naturaleza Guadalajara (8). En la universidad cisneriana fue alumno del célebre Juan Gómez de Sa nabria -médico de Felipe 111�, <::orno advierte en la página 66 del tratado, impregnando el paso por estas aulas su actividad profesional a tenor de lo que se trasluce de la lectura de sus páginas. López Piñero y Bujosa Homar (16) indican muy acertadamente cómo Pérez Cascales, por sus estudios en esta universidad, estaba especialmente influido por el Hamado «galenismo hipocratista» que habían encabezado Francisco Valles y Cristóbal de Vega y que, a principi0s del XVII, mantenía Pedro García Carrero, a quien nues tro autor pretendería suceder en la cátedra. de vísperas como sé verá des pués. Esta tendencia se caracterizaba por asumir el galenismo, concedien do gran importancia a la observación clínica, de la que Hipócrates se consideraba modelo, y a los datos anatómicos procedentes de la disección de cadáveres humanos, que se utilizaban para fundamentar o rectificar las teorías tradicionales sobre la patogenia y la ubicación de las enfermedades. Aspiró, como apuntábamos, a sustituir a Pedro García Carrero, titular hasta 1586 de la cátedra de Vísperas, a la que concurrieron también los doctores Diego Hernández y Garzón. Este impugnó la op. osición denun ciando un pacto entre Pérez Cascales y Hernández que echaran a suertes quién habría de llevarse la cátedra, abandonando el perdedor. Tras un largo expediente (9) se concedió a Hernández -ganador del ilegal sor teo-que negó el pacto llegandoincluso a acusar a Cascales de haber ani mado a Garzón a presentar la denuncia. El acto de toma de posesión de la cátedra viene a resumir completamente el proceso (10). Desairado por el fracaso, abandonó, de momento, el mundo universitario, pues más adelante obtendría cátedra en la Facultad médica de Sigüenza. Gómez-Menor (11) aporta una referencia en la que dice cómo Pérez Cascales «desempeñaba el puesto de médico titular de Yepes desde 1587, por escri tura pública suscrita en esta villa el 28 de febrero de dicho año. En este con cierto con el concejo de Yepes se establece que el contrato durará cuatro Asclepio-Vol. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es años, y el médico ha de recibir 40.000 maravedíes y 36 fanegas de trigo en grano, cada año». Debió serle renovada la escritura yá que en 28 de diciembre de 1591 -transcurridos, pues, los cuatro años concertados-hizo testamento en contrándose muy grave, disponiendo incluso se le enterrara en la•iglesia parroquial del lugar. En el documento nombra por herederos a sus hijos Francisco Pérez de Rivera que ingresaría en la carrera eclesiástica-, Rafaela y Sebastiana de Rivera, Luis yEufrasia. Su mujer era María de Robledo (11). No obstari. te nuestro médico •superó la enfermedad y vuelve a dar noti cias de su biografía en 3 de febrero de 1595 en que su hija Rafaela ingresa en el convento yepesino de la Madre de Dios. Ahora Pérez Cascales dice ser vecino de la villa de Torrijas (12). Seguramente, cumplida la segunda escritura por otros cuatro años, pasara a servir a este lugar pues Gómez-Menor (11) cita a'i Dr. Pedro González como médico titular de Yepes en 1599. ¿Residiría Pérez Casca les en Torrijas al servicio del Duque de Maqueda que le nombró su médi co por haber salvado la vida de un hijo suyo, afectado acaso por la epide..: mia de garrotillo que se desató en aquellos años? Sabemos cómo era reclamado de otros lugares pues cuenta el episo dio en que se vio obligado a intervenir, en Getafe, el 23 de agosto de 1582, por la tenia que expulsó un niño de este lugar (13). Volvería a Y epes en fecha que desconocemos ( desdé luego en 1603 se encontraba allí, pues el cabildo catedralicio seguntino contacta con él) completando así los quince años que declara haber sido médico de la villa en la página 10 de su obra. La etapa seguntina: 1607-1615 (14) El 10 de octubre de 1607, en el cabildo catedralicio de Sigüenza, reu nido en pleno, se trataba de la sucesión del Dr. Guevara que; atento a la poca salud de su mujer, había aceptado una oferta de la ciudad de Bur gos. Reunidas sus mercedes y http://asclepio.revistas.csic.es ron por medico desta sancta iglesia al dho Doctor guadalaiara en caso q quiera -venir con el salario de quinientos ducados q tenia el Doctor Guebara cada año, y el nombrar persona que vaya por f!,l-dho Medico y darle instruccion de lo q aya de ha9er cerca del Concilio que se a de tomar con el dho medico... Claro es que debió aceptar pues el 22 de mayo siguiente la corpora ción le concede licencia por diez días para yr a Yepes a un negocio que le importaua (16). Sus obligaciones serían la asistencia médica de los miem bros capitulares y sus familiares, así como de los empleados del cabildo. También se encargaría de la atención de los enfermos de los Hospitales de N.a S.a de los Remedios y de San Mateo, ambos bajo el patronazgo del cabildo (17). El primer contrato debió ser de duración de seis años ya que el 9 de febrero de 1613 el Doctor guadaiaxara pidió ser oydo, y estando congregadas como lo han de uso y costumbre entro en el dho cabildo y refirio domo eltiempo de su officio •de Medico se le yba acauando, q suplicaua a sus mds que aten diendo a sus letras y cuidado con q a seruido a todos en gnal y a cada uno en particular se siruiesen de prorrogar el termino por el tiempo q fuesen seruidos (... ) salio votado por la mayor parte como se deue y acostumbra ha9er q se quede por tal medico por otros dos años más despues de auer cumplido los primeros en q se con9erto con las condi9iones de la primera es critura (18). Este nuevo períÓdo no se cumpliría en su totalidad, como se verá mas adelante. La etapa seguntina fue brillante para Pérez Cascales pues al mismo tiempo que servía a los intereses de la corporación, obtenía la cátedra de la Facultad de Medicina del Colegio.: Universidad de San Antonio de Por taceli (19). Estando vacante, el 20 de noviembre de 1607 se convocaba oposición a la misma compareciendo nuestro médico que quedaba admitido como opositor. -suplicaba al dho Sor Ror q como a tal unico opositor le mandase dar la poseson de la dha catedra y el dho Sr. Ror auiendo vistO ser lo suso dho ansi con parecer de los consiliarios me mando a mi el infra escrito secretario• 1e diese la poseson de la dha Catedra (20). La poseería durante el siguiente bienio, al término del cual se convo caría de nuevo. Mientras se realizaba la oposición, quedó el mismo Pérez Cascales como sustituto, presentándose otra vez y volviéndola a ganaren 23 de diciembre de 1609-ya que fueron todos de pare�er q no auia inconueniente y q así se le diese la di cha posesion al suso dho Dr Guadalaxara por ser hombre tan bene merito y de tantas vds (21). Que era hombre «benemérito» y de «tantas virtudes» no hay duda como lo demuestra el hecho de que siendo vecino de Sigüenza se dio la circunstancia de producirse en dos ocasiones sede vacante por falleci miento de los prelados Fray Mateo de Burgos y Antonio de Venegas y Figueroa (22) y en ambas resultó elegido Alcalde Mayor de la ciudad (23). No obstante sus buenas cualidades personales y profesionales, el ca bildo no pudo aumentar su saJario por-lo que Pérez Cascales decidió abandonar el cargo, sin duda teniendo alguna oferta mejor. Así se da cuenta en cabildo de 31 de marzo de 1615 reunido a tal efecto: estando ansi juntos el señor dean propuso como en el cabildo proxime pasado eldoctor Guadalaxara entro en el y pidio y supco. a sus mdes. fue sen seruidos de buscar para El día de Sant pedro primero venidero medico q les sirva q aunq estaua obligado de seruirles hasta nouiembre venidero re cibía particular mrd y f auor que no fuesse obligado sino hasta el dho _día de sant Pedro y que por su pobreza y atendiendo a la voluntad con que les a se ruido_ a sus mds les suplicaua le mandasen pagar por entero hasta el dho día digo mes de nouiembre su salario, y auiendose entendido la dha propo sicion y conferido todas sus mds nemine discrepante dieron su consenti miento para yr el dho Dr guadalaxara pasado el dho dia de sant pedro y mandaron se le pague su salario enteramente hasta el dho mes de nouiem bre primero venidero {24). ¿Cuál fue su �uevo destino? A la edad de 65 años bien pudo ser el de finitivo, en que encontrara también su lugar de retirada y descanso, posi blemente cerca de los pueblos donde debutó si bien el dato no puede ser, de momento, confirmado. Consta de casi trescientas páginas, en octavo, y en los preliminares se reflejan la suma del privilegio al autor, la tasa, errata, aprobación del or dinario (Sigüenza, 28 de septiembre de 1610), censura del Dr. Alfonso Valencia de Olivera,•médico de Felipe III y del Duque•de Lerma, y la dedi catoria al obispo de Sigüenza D. Antonio Venegas y Figueroa•-suyas son las armas que luce en la portada-, y al Deán y Cabildo catedralicio se guntino. A continuación, el índice de capítulos, una nómina de autores citados y una canción latina en loor del autor por D. Gómez de Arce. To: do lo anterior precede al texto que se remata con un colofón. El fundamento del libro lo constituyen los cincuenta capítulos dedi cados a las enfermedades de los niños que quedan estructurados orde nándose de la cabeza a los pies (25), no incluyendo nociones de pueri cultura ni de patología general infantil. El esquema coincide con los de Bagellardo • y Rhazes aunque el contenido es diferente, respondiendo a un equilibrio entre teoría -hace gala de una gran formación libresca pues la lista previa de autoridades la componen 62 nombres, entre ellos varios del siglo XVI, contemporáneos sobre todo complutenses_:_ y prác tica: He estado dedicado a la profesión médica durante 34 años y,: con el auxi lio de Dios omnipotente, he asistido y devuelto a su primitiva salud un nú mero casi incontable de lactantes y de niños que padecián gravísimas y di versas enfermedades (26). Añádense cuatro apéndices: In tractatu de Garrotillo haec quae sequu tur capita continentur, monografía que ha pas3: do a ser considerada como un clásico del garrotillo o angina diftérica sofocante; Quaestio, vtrúm nu lieres vtero, gerentes ob priuationem alicuius cibi ardentes, appetiti, & de negati possint abortum f acere; Quaestio, Vtrúm sanguine miss o ex vena, abortiat mulier vtero gerens, cuestiones éstas sobre el ayuno y las sangrías como posibles causas de aborto y In• quaestione de f ascinatione quaere quae sequuntur, sobre la fascinación o mal de ojo como causante de las enfermedades infantiles, literatura que era muy frecuente en la época. En el título del presente trabajo queda clara nUestra intención de de dicarnos al análisis del capítulo odontológico de su obra escrita y no es por capricho ni por ia encomiable tarea de aportar la traducción de algu nas interesantes páginas del texto. Elpropósito es la búsqueda de los sa beres odontológicos que en la centuria se esconden en los tratados gene rales de medic; ina y particulc, trmente de cirugía, escaseando de forma alar:n; ia�te.los textos consagrados a la• especialidad. Tan sólo los «intentos docentes» de Alonso Muñoz y Diego Pérez de Busto�, autores de los res pectivos Instrucción de los: barberos fiebotomianos (Valencia, 1621) y Tra tado breve, de Flobotomía (Madrid; 1630) aportan algún conocimiento, in suficiente, conscientemente dirigido a la formación de los futuros prácticos d� la especialidad:. los sangradores, de quienes son ambos «Examinadore. s Mayores».. Pérez Cascales aborda la patologí� de 1� mucosa bucal en el concreto apartado de las aftas, enfermedad •que con más frecuencia afecta a los ni ños así que nacen, de acuerdo a los clásicos Hipócrates, Galeno, Avicena, Celso,• Aecio, Pablo de Egiiia, Guido de Chauliac, Trincabelo y Gordonio, quienes afirman de manera unánime que las Aftas son ulceraciones dé la boca que participan de calor ígneo. Dos serán las causas que motivan su aparición, de un lado fa leche vi ciada de la nodriza y de otro la •mala• cocción •en el vientre del nin.o, pu diendo ser otras varias cas'a de presentarse en el adulto. Cuál sea la res ponsable, se comprueba según el estado de la una y del otro. Si la no' driza se encuentra bien y el niño padece el mal hay que poner manos en el niño y no en la nodriza. Su diagnóstico, por el tacto y.la vista, no ofrece muchas dudas pues además el color de las Aftas es una señal.del humor que produce la leche que las origina; conclusión a la que llegan otros tratadistas de la época aunque la coincidencia en las fuentes bibliográficas desmerece la posible Por último, el tratamiento, una vez precisado su color, se abordará en varios frentes: la pérdida del humor en exceso mediante la realización de sangrías -en puntos bien concretos según qué humor sea responsable-, régimen alimenticio, jarabes que ayuden a la evacuación del humor y la vado de las lesiones con muy elaboradas preparaciones al uso. Ahora bien, si el fallo está en el vientrecillo del niño, además del régimen dieté tico y las pincelaciones en la herida habrá que frotarle aquél con los ele mentos caloríficos y corroborantes de sus fuerzas que se detallan. He aquí la transcripción original del texto. Las aftas, o úlceras en la boca de los lactantes (27) Siendo muchas las afecciones o enfermedades que suelen atacar a los niños en su primera etapa, en este tratado mencionaré únicamente las más comunes, y trataré de compendiar en unos cuantos capítulos (como manual de principiantes) lo que he encontrado sumamente disperso en las obras de varones de gran autoridad. Comienzo por aquella enferme dad que con más frecuencia afecta a los niñós así que nacen. Hip., Gal., Avicen., Paulo y. otros doctísimos autores lá llaman Aftas. Aftas son (se gún Gal., lib. 6, de comp. med. per loca, ca'.p. sobre las Aftas) úlceras que aparecen en la superficie de la boca y tienen calor ígneo. Parece confir marlo Hip. en el lib. 2 de las enfermedades, cuando dice: La fístula de pulmón presenta una úlcera ardiente, que se llama Afta, y en 3 Apho. 24, los niños pequeños y de poco tiempo sufren úlceras en la boca que se de nominan Aftas. 3, cap: 23 afirma: Alcola es una úlcera que se produce en la piel de la boca y de la lengua con expansión y dilata ción. Alcola es una palabra árab_e que vale lo mismo que Afta. Cels. en el lib. 2, cap. 1 establece: a infantes y niños pequeños afectan unas -úlceras serpenteantes en la boca, que los griegos denominan Aftas. Al mismo mal se refirió Aedo en Tretra. 39, expresándo se así: Las ulceraciones que aparecen en la superficie de la boca son lla madas por los griegos Aftas, y presentan un cierto calor ígneo. Paulo en el lib. 1, cap. 1 O también parece aludir a lo mismo, cuando dice: La úlcera de la boca, de nombre Afta, se produce en los niños de poco tiempo. Gui do, primera figura de la cirugía, aporta una definición o descripción de 32 Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es las Aftas prácticamente igual: Se llaman aftas las ulceraciones que se ori ginan en la boca sin pasar de la superficie. Lo mismo Gordonio y todos los demás modernos, como Trincabelo, quien en el lib. 5 de las curas, cap. 6 y 8 afirma: las úlceras interiores de la boca, llamadas por los grie gos Aftas y en árabe Alcola, a las que son propensos sobre todo los infan tes, participan de un cierto calor ígneo, por lo que son denominadas Af tas. Este vocablo significa quemadura. Así pues, todos cuantos tratan de esta afección, afirman de una manera unánime que las Aftas son ulcera ciones de la boca que participan de calor ígneo. Los signos por los que se puede diagnosticar este mal son tan claros y evidentes que no necesitan explicación: se aprecian por el tacto y la vista. En cuanto a su causa, Gal. en el lib. de comp. med. facul. per locos, cap. sobre las Aftas, parece establecer dos: una, la leche viciada de la nodriza; otra la leche misma no bien cocida en el vientre del niño. Aquí sólo hace mos me" nción de las causas de las aftas en niños de poco tiempo: En los adultos y mayores existen otras muchas causas, de las cuales ahora no tratamos. Se originan las Aftas, dice Gal. en el lugar citado, ordinaria mente en los niños lactantes, o bien por estar viciada la leche de la nodri za, o bien porque el niño no la cuece adecuadamente. Lo mismo repite Aedo 2, tract. Por lo demás, no siendo una sola la causa de las Aftas, no existe un remedio único, sino diversos según el origen. En primer lugar, pues, para Gal., pasaje citado 6 de comp. med. per genera, la leche viciada de la nodriza es causa de la aparición de tales úl ceras en la boca de los lactantes, úlceras a veces persistentes, difícilmente curables y que con el paso del tiempo adquieren un carácter putrescente. En segundo lugar se contrae esta afección por corrupción o mala cocción de la leche en el vientrecillo del niño. Pasemos ya a considerar cuándo se corrompe la leche en los pechos de la nodriza y cuándo en el vientre del niño, para poder actuar metódi camente en la curación. Y con el objeto de que se conozca esto y se com prenda con exactitud, pienso que no es cantar «extra chorum», como sue le decirse, exponer aquí brevemente qué es la leche y cómo se produce. La leche, según Gal., 5 Apho. com. 39, no es otra cosa que una especie de sobrante del alimento de la zona que la produce, semejante a esa zona en su naturaleza. Se origina del modo siguiente. Las mamas, dice Gal., tienen unas glándulas que poseen la capacidad de alterar el alimento que les llega lo convierten en leche; ésta proporciona alimentación y creci miento al lactante; según la nodriza padezca insalubridad o debilidad, así Asclepio-Vol. Igual que lo que crece en la tierra se alimenta de la tierra, y según sea la tierra así recibe, como afirma Hipp. lib. sobre fa naturaleza del ni ño, lo mismo se puede asegurar sobre la leche. Ahora veamos cómo se corrompe la leche, hasta el punto de convertir se en un pésimo alimento para los lactantes e incluso en causa de Aftas. Que la leche tiene su origen en la sangre nadie debe dudarlo. Dice Galen., 5 de simpli. med. faculta., cap. 21: la leche•está entre la pituita y la sangre por lo que a calor se refiere, aunque no a la misma distancia de ambas; dista más de la pituita, y se acerca más a la sangre. Por consiguiente, cuando afluya a los pechos en merior cantidad de la conveniente, y se de see aumentar esta, hay que tener en cuenta la sangre, pues o es la sangre más escasa de lo que debía, o de peor calidad; cuando es más escasa de lo que debía, exige una dieta húmeda y calórica; cuando es de calidad defi ciente, si es biliosa necesita una purificación, si es pituit. osa requiere me dicamentos calóricos. Con estas palabras claramente nos enseña que el origen de la leche está en la sangre. Por tanto, si la sangre que nutre y alimenta a la nodriza, es excelente y no particípa de ninguna cualidad maligna, producirá en las mamas una leche excelente; si es bi liosa, pituitosa o melancólica, la leche producida por ella indudablemen te estará viciada. La leche biliosa• se torna agria y ardiente; por su parte, la que es más fría de lo normal y la.melancólica causan en los niños en fermedades afines a la leche que maman. Lo deduciremos inmediatamen te por el color de las Aftas. 4, cap 19, las Aftas rojas denotan dominio de la sangre; las amarillentas, de la bilis; las blanquecinas de la pituita; las lívidas y oscuras, dominio de la bilis negra. Así pues, el color de las Aftas es una buena señal del humor que produce la leche que las origina. Pueden también originarse las Aftas por un deterioro de. la leche pro ducido en el vientre del mismo niño, según aseguran Gal., Avic., Celso y otros• gravísimos varones. Y consideramos dignó de la máxima atención saber distinguir cuándo las ulceraciones tienen su causa en la leche estro peada o en la enferma de la nodriza, y cuándo en el vientre del niño que la cuece mal. Si el médico no es capaz de diferenciar esto, tampoco podrá llevar a cabo la curación ni prescribir las •medicinas rectamente, pues ocurre con muchísima frecuencia que el niño se encuentra afectado • y la nodriza goza de excelente salud, o por el contrario, que el sano es el niño, mientras la h1ctante destila humores morbosos. Si la nodriza tiene buen color, está pronta, ágil y suelta para realizar todas sus actividades tanto animales como naturales, no le duele la cabe-za u otras partes del cuerpo, no siente sed o sabor predominante de algu na cualidad, duerme bien, sin desasosiego ni pesadillas, y no percibe do lor, hinchazón o exceso de alguna cualidad en los pechos, si la nodriza se encuentra así y el niño padece úlceras en la boca, hay que poner manos en el niño y no en la nodriza. Aunque, en mi opinión, también a esta ha brá que vigilarla; no porque necesite de suyo cura, sino para evitar que sus mamas sufran ulceración por contagio del infante. Muchas veces los pezones de las lactantes son atacados y ulcerados por el niño tocado de Aftas. T�les. ulceraciones son denominadas «no mae» o devoradoras y serpeantes por Galeno, 6 de comp. pharm. per lo cos, en el cap. sobre las Aftas, y por Aecio, tratra. Por todo esto, aun cuando la nodriza no padezca enfermedad alguna, su co mida y bebida habrán de ser muy cuidadas. Si la nodriza se encuentra co mo arriba dije, y el lactante al vomitar expulsa leche maloliente, no cabe duda de que es el niño y no la nodriza la causa de las Aftas. Conocida •ya la naturaleza, señales y causas de las Aftas, pasemos a tratar de su curación; en primer lugar, de las que se deben a deterioro de la leche de la nodriza. Y, ante todo, el médico ha de considerar el hu mor que deteriora la leche.. Lo constatará fácilmente si tiene en cuenta las enseñanzas antes citadas de Gal., Paulo y Aecio acerca de los colores de las Aftas. Estos Doctores.enseñan expresamente que si son amari llentas es ex�esivo en el cuerpo de la nodriza el humor bilioso; si son blanquecinas, la pituita; si lívidas o negras, la melancolía; si rojas, la sangre. • Capítulo H. Las Aftas rojas La cura de la's Aftas o úlceras rojas: las cuales denot�n �n exceso de sangre en el cuerpo de la nodriza, ha de consistir, ante todo, en una pér dida de sangre. Ahora bien, de qué parte se ha de extraer, no es fácil de terminarlo. Unos establec�n q9e de los talones, o_ tros, que de los brazos, yo no desapruebo ni lo uno ni lo otro. Pero, para decidirlo, hemos de ave riguar primero si tras el parto la nodriza ha te�ido a su ti�mpo la mens truación o l_ e ha faltado por completo. Si la ha tenido en el tiempo, modo y cantidad debidos, la sangre se sacará de los brazos; si no la ha tenido, o no en la cantidad y orden naturales, la sangre será extraída del talón, en la medida-que la enfermedad y la,s fuerzas la aconsejen; se prescrjbirán alimentos fríos y húmedos, como lechuga, escarola; la nodriza tomará, de Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 35 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es car:p.e, pollo, cordero y cabrito. Beberá agua de condrila, de achicoria o de cebada; luego usará jarabe de violetas, de achicoria, de condrila, de membrillos; finalmente se le administrará cañafístula disuelta en agua de leche, de cebada o de condrila. Al mismo tiempo las heridas de la boca del niño se lavarán asiduamente con agua de cebada, de llantén o de ver dolaga y un poco de jarabe de rosas, o con una cocción de rosas de acacia y de balaustrias. Si las úlceras de la boca son amarillentas, parecen reclamar casi el mismo tipo de medicamentos que las rojas, pero más fríos. Y hay que prestar mucha atención a todo el cuerpo de la nodriza: si esta se ve afec tada por cacoquimia biliosa, necesita una purgación electuaria. Dicha ca coquimia puede darse juntamente con una exhuberancia; entonces la ra zón _ dicta que primero se saque sangre; de qué vena ya se ha indicado anteriormente, cuando h�mos hecho referencia a la menstruación. En cuanto a comidas y bebidas guárdese la misma norma que en las úlceras rojas; no obstante, es preferible consumir alimentos más fríos. Tras la ex tracción de sangre suficiente, si es necesaria, tomará la nodriza los si guientes jarabes durante cinco o seis días, más o menos según exija la purgación del humor, y después, la bebida siguiente, para evacuar el hu mor nocivo. Toma dos onzas de achicoria, verdolaga,. endibia, violetas o condrila; tres onzas de agua de endibias; mezcla. Toma cuatro escrúpulos de ruibarbo, mantenlos una noche en una cocción de tamarindos ( esto si la nodriza no padece de histeria; si pade ce, en lugar de tamarindos la infusión se hará en una cocción de achico ria o condrila, o de ambas); cuela y exprime; añade cuatro onzas de solu ción de rosas, de solución de violetas o de solución de rey; se prepara la bebida. Otra: toma cuatro dracmas de rosas disuelve en agua de achico ria, y añade tres onzas de solución de rosas o de rey; se prepara la bebida. Otra: toma seis dracmas de diaéatolicon, disuelve en una cocción de flo res cordiales y añade tres onzas de solución de rey, de rosas o de violetas; se prepara la bebida. Si la nodriza rehúsa las bebidas, adminístrensele las píldoras siguientes: se toma una dracma de píldoras agregativas, se for man cinco, se doran. Las úlceras o Aftas del niño se lavan con la cocción siguiente: cueces en agua agallas machacadas, con esta cocción, una vez colada, mezclas un poco de miel, cueces de nuevo hasta lograr una traba zón de miel, y aplicas el medicamento con el dedo frotando las úlceras; el procedimiento es de Aecio en el lugar citado. 6 de comp.. med. em plea otro, que es como sigue: toma dos dracmas de cardenillo, cuatro dracmas de alumbre seco, un dracma de agallas reducidas a polvo, cier-nes todo con un lienzo, y con ello frotas las heridas. Muéhos otros medi camentos aporta Gal., pero basten estos por lo que se refiere a la cura ción de las Aftas amarillas. Las Aftas blanquecinas provienen de una leche excesivamente pituito sa, y esta, a su vez, de una: sangre pituitosa. Se les ha de poner remedio con alimentos y medicamentos cálidos y secos, según enseñan Gal., 6 de comp. med. ph. per locos, y Avi., Fen. Si la nodriza se encuen tra en un estado saludable, se le administrarán los jarabes siguientes. To ma una onza de jarabe de borraja y otra de miel rosada y cuatro onzas de agua de hinojo, o una onza de culantrillos y otra de cortezas de cidra y cuatro onzas de agua escabiosa. Se emplean estos de acuerdo con la ne cesidad de quien los toma, y la cacoquimia pituitosa se purga como si gue. Toma una dracma de trociscos de agárico, mantenlos una noche en una cocción de mejorana o de hinojo o de pentaph; una vez colado, di suelve en ello tres dracmas de diafeno, dos onzas de jarabe resolutivo de rosas; se prepara la bebida. Si la nodriza prefiere píldoras, adminístren sele las siguientes. Toma una dracma de píldoras de agárico, se forman cinco, se doran; o bien, toma una dracma de píldoras indias. Si esto no parece bastante,. el cuerpo afectado de cacoquimia se purgará de nuevo como sigue. Toma cuatro dracmas de electuario «indimino» dos dracmas de diacártamo, disuelve en una cocción escabiosa, y añade dos onzas.de jarabe solutivo de rosas; se prepara la bebida. Simultáneamente las úlce ras del niño se ungen con los medicamentos siguientes. Toma cuatro on zas de agallas cocidas, dos onzas de miel; la adición de hiel de tortuga es de gran.eficada, particularmente en niños, según dice Avic. en el lugar antes citado. Y si las úlceras son extraordinariamente corrosivas, hágase el lavado con una cocción de agallas y cadernillo o de agallas y balaus trias, por partes iguales, y una dracma de alumbre. Las agallas cocidas en vinagre son de una excepcional eficacia en toda úlcera corrosiva. Las Aftas lívidas• y negras requieren un método de curación distinto y no menos difícil que el de las otras, puesto que tienen peor origen. La no driza presenta un exceso de humor melancólico; por ello produce una le che asimismo melancólica. Se nutrirá de alimentos cálidos y húmedos; puede comer, entre las hortalizas, buglosa, borraja, alcaparras, y estas hortalizas pueden cocerse con carne de cordero, gallina; deberá abstener se de toda carne salada y de liebre; no tome café, leche, lacticinio alguno; sí perdiz, gallina, cabrito; de beber, agua de cinamomo, o de zarzaparri lla, o agua cocida con flor de borraja, de buglosa, o de lúpulos. Se le ha de extraer sangre, si el cuerpo se ve gravado por la exhuberancia de la nodri-Asclepio-Vol. XL Vl-2-1994 za; la vena que hay que abrir es la interna de ambos brazos (respetando el orden señalado en la curación de las Aftas rojas: de los brazos si la mens truación ocurre a su tiempo y no falta; de los talones, en caso contrario, como allí se indicó); pero ábrase la vena perfectamente•, para que salga la sangre más gruesa; y si la que sale es demasiado fina, se interru�pe la ex tracción, no sea que, eliminada ésta, permanezca la gruesa y sea causa de un mal mayor. Extraída la sangre d. e fo_rma adecÚada, empleará la nodri za jarabes frecuentes. Toma una onza de jarabe de borraja y otra de fu maria y tres onias de lúpulos, o dos onzas de jarabe de rey y tres onzas de agua de borraja. Una vez controlado el humor convenientemente, se pur ga con la bebida que sigue. Toma cuatro dracmas del preparado m�dica mentoso hamech 5, tres onzas• de jarabe solutivo de sen, en una cocción de sen; se prepara la bebida. O bien: toma cuatro dracmas de diasén, tres onzas de jarabe solutivo de rey, en una cocción de sen, epítimo y polipo dio; se prepar_ a la bebida. Si rechaza la bebida, tome las píldoras siguien tes: Toma una dracma de píldoras de fumaria, se forman cinco y se do ran. O bien: toina media dracma de píldoras agregativas, un escrúpulo de píldoras de «lapis labulis» se forman seis y se doran. Si tampoco puede tragar las píldoras, tome una hora antes de comer este medicamento. To ma tres onzas de conserva de rosas de Al�jandría, un escrúpulo de polvo de sen, una gota de diagridio, mezcla;• o que tome, ocho o diez días, en ayunas, cinco onzas de suero caprino en el que por la noche se tenga en infusión un escrúpulo de hojas de sen y a la mañana se cuele; adminístre sele con un poco de azúcar.. • • En cuanto a las úlceras del niño, se lavan con el medicamento si guiente. T. Se prepara una m'ezcla de ambos alumbres, sal, agallas, cáli ces •de bellota, nuez moscada, salvia y huesos de dátil con vinagre y miel, y se hace un linimento; y si se presentan Aftas negras, úsese con ba_ stante frecuencia este medicamento, o el que sigue. T. Se tritura!?-uvas pasas desgranadas y anís,: se mezcla con miel, y se prepara un linimento. Aftas causadas por fallo del vientre del lactante Hasta ahora hemos tratado de las Aftas que sobrevienen a los niños lactantes por causa de la nodriza. Podemos ya considera• r qué tipo de cu ra se ha de seguir cuando la enfermedad procede del fallo del niño, cuan do éste no elabora bien la leche, o porque su vientrecillo es demasiado débil, o porque succiona más cantidad de la que el vientreéillo puede lle-var. Entonces la leche se corrompe, adquiere por la corrupción acrimo nia, y los vapores expulsados por el vientrecillo, dado que este cuece mal, suelen degenerar en fetidez y corrupción; estos vapores acres y mordaces, al llegar a la boca y paladar, producen ulceraciones o Aftas. Hay que cu rarlas no sin establecer distinciones, según enseñan Gal., 6, de comp. med. per locos, y Aecio en Tret. En efecto, lactantes y no lactantes pueden tomar alimentos o no tomarlos. Para los que toman ali mentos son convenientes los medicamentos que les suelen propinar las mujeres en la comida, como es lenteja ton un poco de pan, médula de ciervo o de ternera, y conviene mezclar con.la comida algo de manzanas amargas, petas, nísperos; hay que añadir a veces algo de lechuga, achico ria y verdolaga, sobre todo cuando se trate de una ulceración infla. macl a. Pero, si el niño no•toma más alimento que la leche de la nodriza, Gal. es tablece que es la nodriza misma la que ha de recibir la cura; además la boca del niño será lavada con lo� remedios procedentes de los que más arriba hablamos; sin embargo, la cura no se ha de dirigir exclusivamente a la nodriza, sino que hay que• corregir más bien el vientrecillo del niño, causa de las Afias. Frótese éste con elementos caloríficos y corroborantes de sus fuerzas, tales como aceite nardino, ajenjo, aceite de Mathiolo, y rocíesele con polvo de ajenjo o• de nuez moscada o rosa aromática tome el niño, lamiendo, jarabe de corteza de cidra o un poco de triaca o de mitrí dato; póngasele supositorios para expulsar las heces; y si lo vemos pro penso al vómito, provóquesele, aunque Aecio parece establecer lo contra rio, tratra. 75, donde prescribe que no se provoque el vómito a los niños. Si el lactante se encuentra afectado sin que la nodriza padez ca mal corporal alguno, Hip., 6, Epid., sect. 34, aconseja que se purgue a la nodriza, sea ésta o el niño la causa de las Aftas; suministran do el medicamento a la nodriza, lo suministra al niño; así dice: si la mu jer ó la cabra comen elaterio o cohombro silvestre, purga para el hijo. En ese paso exhorta Hip. a los médicos que cuidan un niño enfermo. a admi nistrar el medicamento a sus madres.
11, puede ya afirmarse con fundamento que las «ciencias», entendidas en el sentido moderno ya aceptado en el si glo XIX, no se cursaron de forma continua en la universidad. Es verdad que ya en el siglo XVIII los planes de estudio ilustrados contemplaban la enseñanza de las ciencias, e incluso en algún caso como en la Universi dad de Valencia, estas enseñanzas se llegaron a impartir realmente (1). No obstante los graves acontécimientos políticos en los que se vio envuel to nuestro país privaron a estas cátedras de una continuidad temporal que permitiera hablar de tradición científica en la Universidad Española. La• sociedad del siglo XIX ya no demandaba los mismos estudios que en siglos anteriores se le había pedido a la universidad. Lejos quedaban de las necesidades del país los estudios de cánones y teología, por eso siempre que el gobierno estuvo en manos de reformadores se intentó es tablecer cátedras de ciencias. Dejando aparte los proyectos ilustrados, las cátedras de química de la Universidad de Madrid tienen su origen, por una parte en las primeras cátedras de segunda enseñanza que se crean con el definitivo traslado de la Universidad de Alcalá a Madrid en 1836, y por otra, en las cátedras de física y química existentes en los Reales Estudios de San Isidro. En los dos intentos liberales del reinado de Fernando VII por crear una Univer sidad Central, las cátedras de los Reales Estudios de San Isidro y el Mu seo de Ciencias se agregaron a la nueva universidad. Durante el trienio li beral, el trasladó se hizo efectivo pero con una exigua duración. Andrés Alcón fue nombrado catedrático por regentar la cátedra de química del Museo de Ciencias Naturales (2). Alcón había estudiado en la Universi dad de Valencia, desempeño una cátedra en el colegio de Farmacia de Madrid y posteriormente, en 1818, fue nombrado por oposición catedrá tico de química del museo de ciencias naturales (3). Fracasados los intentos liberales por crear una Universidad Central con sede en Madrid, fuertemente controlada por el gobierno y donde las ciencias tendrían amplía cabida, hubo que esperar a la muerte de Fer nando VII para promocionar la enseñanza de las ciencias. En la regencia de María Cristina los graves problemas políticos, entre ellos las guerras carlistas, relegaron a un segundo plano los problemas educativos. No obstante se crearon algunas instituciones científicos con un espíritu emi nentemente práctico, como la Escuela de Ingenieros de Caminos o el Co legio científico ( 4), centro destinado a proporcionar la base teórica que los aspirantes a ingenieros necesitaban. Cuando se trasladó, en 1836, la Universidad de Alcalá a Madrid se cre aron cuatro cátedras de ciencias que constituirían el germen de la sec ción de ciencias de la facultad de filosofía primero, y después de la facul tad de ciencias de la Universidad de Madrid, única de toda España donde se cursaban los estudios con todos sus grados (5). De estas primeras cáte dras tres eran de matemáticas y una de física y química. Las nuevas cáte dras pertenecerían a los estudios de segunda enseñanza, no estaban dota das de ningún tipo de instrumentos científicos ni otros medios materiales, pero aunque posteriormente cambiaron de nombre y amplia ron sus contenidos estas cátedras ya no dejarían de estar presentes en la Universidad Española. En 1836, ni los estudios de San Isidro ni el museo de ciencias natura les se incorporaron a la Universidad de Madrid. La cátedra de química del Museo de Ciencias Naturales junto con la de astronomía se traslada ron a los reales estudios de San Isidro (6). Por-otra parte se crearon en los mismos estudios dos cátedras más de matemáticas a cargo-de Miguel Doltz y Francisco Travesedo y otra de física y química a cargo de Venan cio González Valledor (7). Todas estas cátedras se incorporarían a la fa-cultad de filosofía de la Universidad de Madrid en 1845 (8), después de un intento fallido en 1843 (9). Por otra parte las cátedras de ciencias de la facultad de filosofía de 1836, como ya hemos dicho, estuvieron mal dotadas y además en los pri meros años no debió de ser muy importante la afluencia de cursantes. Aunque están referidas a una de las cátedras de matemáticas, son esclarecedoras las palabras de su catedrático, Alberto Lista: «... dos únicos alumnos capaces en toda la clase de entender las materias del segundo año de matemáticas... De los demás nin guno sabía geometría y muy pocos álgebra. Fue necesario pues continuar lo poco que sabían enseñándoles geometría, sin la cual era inútil que se les pusiese a estudiar el segundo curso. A Vicente Santiago Masarnau le fue encargada la cátedra de física y química. Masarnau había estudiado en el Real Seminario de Vergara con el objeto de ingresar en la escuela de ingenieros de caminos, canales y puertos, que no pudo efectuar por suprimirse la escuela en 1823; se dedi có al estudio de la farmacia y fue discípulo en el Museo de Ciencias Natu rales del catedrático Antonio Gutiérrez. El 12 de mayo de 1831 obtuvo el grado de doctor en farmacia y posteriormente estuvo al cargo de la direc ción científica de las minas de Río Tinto hasta que fue nombrado cate drático de materia farmacéutica en el Colegio de San F. ernando. El año anterior a su nombramiento de catedrático de química de la Universidad de Madrid sustituyó a Andrés Alcón en la cátedra de química del Museo de Ciencias Naturales (11). Santiago de Masarnau se vio obligado a empezar las enseñanzas sin ningún tipo de material científico para realizar experiencias. La real or den que creaba estas cátedras en la universidad, es bastante explícita «Debiendo los establecimientos públicos de San Isidro, Cole gio de Farmacia y Dirección de Minas franquear al referido cate drático los instrumentos que necesite para sus explicaciones y que la Universidad cuidará de devolver a donde corresponda» (12). Para poder impartir las clases se debía recurrir a pedir prestado el material científico a otras instituciones mejor dotadas para ofrecer una enseñanza experimental. El primer material científico con que contó la cátedra de Santiago de Masarnau procedía de un gabinete de química que había pertenecido al infante don Sebastián, cuya cesión consiguió Masarnau déspués _de engorrosos trámites burocráticos. Poco más. tarde en 1838, esta exigua dotación aumentó con algunos libros y productos químicos que en los años inmediatamente anteriores se habían destinado a la formación del laboratorio del colegio científico y que había prepara do el propio Masarnau ( 13 ). De los contenidos explicados en la cátedra podemos tener una idea bastante exacta a través de una lista de cien preguntas que una R. O. obli gaba a los catedráticos a hacer públicas antes de los exámenes (14). No recogen las innovaciones científicas que caracterizan la ciencia de la pri mera mitad del siglo XIX, pero cumplen el importante cometido de divul gar la ciencüi normal del momento. Hay que tener en cuenta al analizar estos hechos que evidenciaban el profundo retraso. científico en que se encontraba España, la circunstancia de ser estas unas clases de. «ense ñanza media», y que por tanto su fin primordial era proporcionar conoci mientos útiles para unos estudiantes que, en general, se iban a dedicar a otras actividades. Según el nuevo decreto, en los estudios de filosofía continuaba la cá tedra de Masarnau de física experimental con nociones de química y en los estudios. de ampliación se creaba una nueva cátedra de química orgá nica que debía regentar Andrés Alcón. No obstante este último catedráti co solicitó se le cambiara esta cátedra por otra •de química inorgánica pues como él mismo reconoc�, esta materia hasta entonces formaba en España un corto. número de lecciones de los cursos de química y era to talmente des�onocida en nuestro país (16). Una vez más la inest<1bilidad política impedía una renovación necesa ria para la enseñanza de las ciencias. El fin de la regencia de Espartero paralizó la aplicación de los nuevos decretos que fueron revocados al mes siguiente de su publicación. Ni la nueva organización de la facultad se llegó a establec• er, ni el nombramiento de los catedráticos fue efectivo. El 23 de julio, llegaban a.Madrid los generales Serrano y Prim acabando con la regencia del duque de la Victoria, que había abandonado la corte días antes en dirección a Cádiz desde donde embarco rumbo a Inglaterra. Joa quín María López ocupó otra vez la presidencia y Fermín Caballero el Ministerio de Gobernación. Los progresistas ocuparon los cargos civiles y los moderados los cargos militares. La enseñanza de la filosofía, tanto en las universidades como en los restantes establecimientos públicos, quedó regulada por lo establecido en el arreglo provisional de 29 de octubre de 1836. Mientras tanto quedaba abierta una polémica acerca de la mejor organización con que habría que dotar a la facultad de filosofía (17). La solución vino con el plan general de enseñanza publicado en 1845 y cono cido como Plan Pidal y que tuvo a Antonio Gil de Zárate entre sus princi pales promotores. Este plan, en cuanto a sus objetivos, quizá sea uno. de los más modestos de toda la historia de la educación española, pero en cúanto a sus consecuencias no cabe duda de que es uno de los más im portantes. Las cátedras de química en el Plan Pidal La enseñanza de la química quedaría definitivamente implantada en la Universidad Española durante la década moderada, es decir en los años comprendidos entre la publicación del Plan Pidal, 1845, y la apari ción de la Ley General de Enseñanza de 1857. El plan Pida} concedió a la enseñanza de las ciencias un• a importancia no excesiva pero acorde con las posibilidades de la sociedad española de Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 su tiempo y aunque todavía siguió la universidad con escaso material cieritífico par� la enseñanza, estos crecieron de forma inimaginable en los tiempos inmediatamente anteriores. La enseñanza de la facultad de filosofía quedaba dividida en estudios elementales que se podían cursar tanto en universidades como en institu tos de segunda enseñanza y los• estudios de ampliación que sólo se podían estudiar en las universidades además del grado de doctor que estaba res tringido a la Universidad de Madrid (18). Los estudios de segunda enseñanza de filosofía y en menor grado los de ampliación estaban destinados a ser preparatorios o propedéuticos para el estudio de otras carreras como ingeniería y fundamentalmente los de medicina y farmacia. La enseñanza de la química general quedaba establecida en los estu dios elementales, es decir en los estudios de segunda enseñanza, en los estudios superiores quedaban las cátedras de ampliación de química y análisis. química. Junto con estas disposiciones se puso especial cuidado por parte de los responsables de la instrucción públicá de proveer las cátedras de quí mica con laboratorios bien dotados de material y con suficientes produc tos químicos. El mismo Gil de Zárate viajó a París en compañía de Juan Chavarri, catedrático de ciencias de la Facultad de Filosofía de Madrid, para contratar instrumentos y material científico para dotar los laborato rios y gabinetes-científicos de las cátedras de universidades e institutos de enseñanza media. En las modificaciones posteriores que. sufrió el plan se especificaron más detalladamente la distribución de asignaturas, así al año siguiente quedaba establecido por el plan de Nicomedes Pastor Díaz (19), una cáte.:. dra de química en la licenciatura de la sección-de ciencias fisioquímicas y la cátedra de análisis química para el grado de doctor en la misma sec ción. En 1851 la enseñanza de la química elemental quedaba establecida en el grado de bachiller. En la licenciatura quedaban las cátedras de amplia ción de la química, parte inorgánica, y análisis química (20). Poco tiempo después, al grado de licenciado, le señalaron tres cátedras una de quími ca general, otra de química inorgánica y otra de química orgánica. La cá tedra de análisis química quedaba reservada al grado de doctor (21 ). Con la entrada en vigor de estas últimas cátedras podemos dar por finalizado el período de implantación institucional de la enseñanza de la química en la Universidad de Madrid y, por la importancia que tenía esta universi-dad frente a las demás, en toda la Universidad Española. De hecho la dis tribución de la enseñanza de la química en estas cátedras se mantuvo in tacta bastantes años después de la publicación de la Ley Moyano. otra de las leyes que definieron el sistema educativo español. Parece pues intere sante ir más allá de las disposiciones oficiales y detenerse un poco más en la génesis de las nuevas cátedras y en los obstáculos que hubo que sal var para su efectiva implantación. Las nuevas cátedras y la f ormac, ión de catedráticos El aumento extraordinario de las cátedras que supuso el plan Pidal, hizo necesario formar profesores de ciencias a la vez que se formaban alumnos. En 1846 se creó una escuela normal de profesores de ciencias destinada a formar catedráticos de institutos de segunda enseñanza. El primer año de funcionamiento se sacaron a oposición seis plazas de pro fesores de química que en la mayoría acabarían desempeñando cátedras en la universidad (22). El establecimiento de nuevas cátedras estuvo motivado por las necesi dades de otros estudios prácticos como medicina y farmacia entre los es tudios universitarios y por otra parte también estuvo limitado por la dis ponibilidad de profesores. Tras la publicación del Plan Pidal, mejoró, como hemos apuntado, la posición de la Facultad de Filosofía respecto del resto de las facultades universitarias. Pero el, mismo carácter de los estudios científicos, nece sarios para el estudio de otras carreras, hizo que muchas veces se redu jeran a meros auxiliares de estudios considerados más importantes. Una de las medidas que contribuyó a agravar esta situación fue la llamada «simultaneidad de estudios». Los alumnos de medicina y farmacia podí an cursar durante el mismo año académico asignaturas de su facultad y asignaturas de ciencias de la facultad de filosofía (23). No fue esta la única dificultad con que se encontró el desarrollo de las ciencias en la Universidad Española. Los estudios de ciencias solamente existían com pletos en la Universidad de Madrid, e incluso allí en condiciones de gran precariedad. Las cátedras y laboratorios estaban instalados en locales provisionales, poco acondicionados y distantes unos de otros. Fue una aspiración constante de los-catedráticos de ciencias, contar con un edifi cio dotado de los medios apropiados tanto para la enseñanza como para la investigación, edificio que a pesar de las continuas reivindicaciones Asclepio-Vol. XL VI-2-1994 de todos los profesionales relacionados con la ciencia y establecer su existencia las leyes de ensefümza, todavía se seguiría reclamando a principios del siglo XX. Ya al mes siguiente de la publicación del Plan Pidal, empezaron los problemas para la cátedra de química general que estaba a cargo de San tiago Masarnau. Esta cátedra se había de impartir en la facultad de medi cina, por ser a estos a los estudiantes que estaba destinada. El propio Ma sarnau apoyado por el Decano de la Facultad de Filosofía se opuso a esta medida, entre otras razones, porque la cátedra debía estar en la facultad a la que pertenecía y además según sus palabras «no es prudente mendi gar, auxilios de otras facultades». Masarnau solicitó al Rector le permi tiera explicar en el local que había sido convento de Las Salesas, donde estaba situada la cátedra de física experimental y todavía existían pro ductos químicos del proyectado colegio científico. La premura del tiempo que imponía el inmediato inicio del curso, hi zo que los acontecimientos se sucedieran con mayor rapidez de la habi tual. Al rector le pareció aceptable la propuesta y dos días después, me diando un informe del decano de la facultad de medicina, le comunicó a Masarnau y al ministro de gobernación la continuidad de las enseñanzas de química general «en la misma clase en que los años anteriores la ha te nido en el edificio de Las Salesas de la calle ancha de San Bernardo... -27-10-1845» (24). Tres días después, el ministro del ramo, disconforme con lo dispuesto por el rector, mandó que la cátedra de química general siguiera en la fa cultad.de medicina (25). No obstante la facultad de filosofía siguió esfor zándose para que la citada cátedra se ubicara en sus propias dependen cias. Con motivo de una petición de los alumnos de medicina, para que variase el horario de la clase de química por coincidir con otras asignatu ras médicas, el decano de la facultad expuso al Rector que: 50 «Las tres cátedras designádas en el plan están establecidas por Real Orden, la de química ge�eral en el local q.e la facultad médica las otras dos en el de farmacia: los tres profesores• carecen de máquinas y demás aparatos para la enseñanza, y esta de local propio para la facultad de fi losofía, los gastos tienen que ser mayores a consecuencia de esta disemi nación, y no es prudente mendigar auxilios a las otras facultades, aunque todas formen un cuerpo único. Om:Íto otras reflexiones porque todas so bran para la superior ilustración de V: E: M¡adrid 24 de noviembre de 1845. El Decano de Filosofía al Rector» (26). El decano de la facultad de medicina también manifestaba la falta de espacio físico en su facultad para impartir la cátedra de química, pero no estaba dispuesto a que ésta se trasladará argumentando que los alumnos de• medicina tendrían que recorrer entonces grandes distancias para asis tir a la clase de química. Por otra parte, los estudiantes de medicina, al no modificarse el horario como habían pedido, solicitaron no se les exi giese la asignatura de química ge• neral, ya que en los estudios propiamen te de medicina compartían �na cátedra de química inorgánica con la fa cultad de farmacia ( 2 7). Para acabar de una vez con estos problemas y no herir la susceptibili dad de ninguna de las facultades, se optó por desdoblar la cátedra de quí mica en dos. Una quedaría en la facultad de medicina y la otra en filoso fía. La dirección general de instrucción pública propuso además la desaparición de la cátedra de ampliación de química regentaC: fa por An drés Alcón y la creación de dos nuevas cátedras, una de química orgánica y otra de análisis químicos. Pero dejemos hablar a la propia dirección ge néral, más concretamente a Antonio Gil de Zárate, su director: «La química, esa ciencia que tanta influencia tiene en la industria, merece por parte del gobierno una especial protección, persuadido, co mo debe estarlo, de que cuantos esfuerzos haga para promover su estu dio en España serán otros tantos bienes dispensados a las artes, y nuevos pasos que se dan en el camino de la prosperidad nacional. Las nuevas cá tedras erigidas en la universidad, y los abundantes medios materiales con que se han dotado no solo para que los profesores den sus lecciones, sino también para que se dediquen a trabajos científicos,.darán a esta ciencia una importancia que no ha tenido hasta ahora entre nosotros; pe ro hay un ramo de la misma ciencia que de unos años a esta parte ha ad quirido una importancia y tina extensión inmensa, que no se cultiva to davía en España, ni se enseña a no ser en la Facultad de Farmacia donde el nuevo plan la ha introducido, aunque de un modo restringido y con una aplicación especial. Conviene, pues, acudir a llenar esta vacío de nuestra enseñanza científica; existiendo además no pocas personas an siosas de alcanzar estos conocimientás. La dirección por lo tanto se atre ve a proponer a V. E. se establezca en los estudios superiores de la Uni versidad de Madrid una cátedra especial de química orgánica y análisis comprendiéndola, como corresponde al número de los de escala. Siendo esta enseñanza nueva en España y no existiendo motivo para que puedan presentarse a concurso personas adornadas con todos los conocimientos necesarios, se estaría tal vez en el caso de prescindir de los establecido en el plan de estudios respecto de las oposiciones, mas a pesar de esto, y de que la Dirección podría proponer sujeto que ha estudiado este ramo con grande aprovechamiento en Inglaterra y Francia, no se atreve a propo nerlo, dejando a la ilustración de V. E. el decidir este punto Madrid 1-10-1847» ( 28 ). Se aprobó al fin la creación de la cátedra, pero al contrario de lo pro puesto por la dirección general se ordenó se sacasen a oposición (29). Concluidos los ejercicios, el tribunal encargado de juzgarlos propuso una terna de tres aspirantes, pero se recomendaba la suspensión provi sional de 1a cátedra por no reunir ninguno las condicione• s requeridas. Por el momento, por tanto, el número de cátedras de química seguía co mo estaba. Gil de Zárate volvía a insistir en la importancia de las nuevas cátedras y recogiendo una propuesta del tribunal de la oposición mani festaba la conveniencia de que se becaran a los opositores rhás brillantes para que estudiaran en Francia y Alemania la química orgánica y el análi sis y de paso también a otro profesor para el estudio de la geología. Es in teresante al respecto el memorial que Gil de Zárate dirigió al ministro de la gobernación que transcribimos in extenso: Sacada a oposición la Cátedra que se acordó establecer por el anterior decreto, resultó que, si bien el tribunal propuso la correspondiente tema, ninguno de los opositores reunía todos los conocimientos que tan impor tante enseñanza requiere, que mandó suspender la provisión de la cátedra. Este poco feliz resultado no debe, sin embargo, infundir desmayo, y ante bien es conveniente buscar los medios de hallar la que nos falta y tanto se necesita. En Madrid existen dos cátedras de química, la general y la de amplia ción. Esta división no satisface las necesidades de la enseñanza: la de ampliación debe dividirse en dos: química inorgánica y química orgáni ca, así como la general ha de comprender sólo los elementos que sirvan para preparar el estudio de estas dos y los necesarios para se g uir con fru to los estudios de las carreras de medicina y farmacia. Hay además que en el día sólo se explica en realidad la química gene ral, pues la de ampliación por lo indeterminado de su objeto o la exten sión de las materias que habría que abrazar, arreci a al profesor, que an ciano ya, y poco al corriente de los nuevos descubrimientos, no puede en realidad tomar a su cargo tan vasta y difícil enseñanza, dejándola aban donada. De aquí resulta que la química inorgánica se enseña con gran per j uicio de los que quieren dedicarse a tan interesante ciencia. La dirección entiende pues, que conviene suspender la cátedra de am pliación de los estudios superiores en la• Universidad de Madrid, jubilán dose a su anciano profesor que por sus años de servicios y por la catego ría que se le ha dado, tendrá, como jubilado mayor sueldo que nunca ha disfrutado como profesor antes del nuevo plan de estudios. En lugar de la química de ampliación, deberán establecerse dos cáte dras; una de química inorgánica y otra de orgánica. La primera puede encontrar desde luego quien la desempeñe digna mente. Don Vicente Santiago Masarnau que actualmente ocupa la de química general, profesor que goza de gran crédito, podrá ser nombrado para ella con provecho de la enseñanza y se utilizarán mejor en este puesto sus conocimientos. La de química general pudiera darse a uno de los buenos profesores que existen en las universidades de provincia, concediéndole de esta suerte un justo ascenso. El que goza de mayor reputación y la merece, es Don Antonio Casares, catedrático de la Universidad de Santiago. La vacante de éste o de 9tro que se eligiere, puede proveerse en un jo ven a quien no faltan títulos para obtener este nombramiento. Don Mariano Echevarría, agregado a la sección de ciencias fisicoma temáticas en la facultad de filosofía de la Universidad de Madrid, ha he cho ya varias oposiciones, siendo propuesto en ellas, y últimamente creo que en primer lugar en la que se celebro para la cátedra de química orgá nica, teniendo por contrincantes a profesores de la universidad. Si bien se decidió que tanto él como los demás opositores no poseían todos los conocimientos indispensables para cátedra tan sublime, dio prueba de tenerlos extensos en química general y en el último año escolar ha de sempeñado un curso de esta asignatura, enseñando a los que por estar exentos del curso preparatorio, han tenido sin embargo que simultanear sela con el primero de carrera. El plan de estudios vigente le da derecho a obtener una cátedra sin necesidad de nueva oposición. Pudiera por lo tanto ser nombrado para la vacante que deje el profesor que se traiga a Madrid. La cátedra de química orgánica no puede ser provista inmediatamen te, y es preciso adoptar un medio extraordinario para llegar a obtener un profesor aventajado, en concepto de la Dirección el único es abrid un concurso como para la cátedra de química general, y al que obtenga la mejor censura mandarle pensionado a París por dos o tres años para que se dedique expresamente a esta parte de la ciencia y venga luego después a enseñarla en esta universidad en el lugar que le corresponda. Otra combinación tal vez mejor, sería mandar pensionado a Echeva rría, que ya obtuvo el primer lugar para esta cátedra, y sacar la vacante del profesor que venga a Madrid a público concurso. Otra ciencia existe que aurique está compredida entre los estudios su periores de la universidad de Madrid, no se enseña todavía por falta de profesor, siendo no obstante de la mayor importancia sobre todo en Es paña. Esa ciencia es la geología. La dirección entknde que es proveer en este punto como la química orgáni�a, es decir, mandar un pensionado a París y luego a Freiberg en Sajonia para el estudio de la Geología también puede servir para esto un joven de buenas disposiciones. Don Juan de Vilanova agregado primero a fa sección de ciencias natu rales de esta universidad, que últimamente ha sido propuesto en primer lugar en las oposiciones que se hicieron para la cátedra de historia natu ral de Oviedo. Su modestia y deseo de aprender le hizo renunciar al pues to que en virtud de ese concurso le correspondía, manifestando que sólo había •hecho la oposición para dar al Gobierno una prueba de que no era indigno de sus favores; pero que creía que antes de aceptar un puesto más alto necesitaba adquirir mayores conocimientos. Este -joven merece en concepto de la Dirección que se le agracie con esta plaza de pensionado. No propone la Dirección que los dos pensionados sean declarados desde luego catedráticos para las dos asignaturas que van a aprender, porque este sería chocante, y por que la seguridad de su recompensa pu diera entibiar su. celo por el estudio. Básteles, y es conveniente, que sólo vean en esperanza este premio de sus afanes, y el Gobierno no queda li gado si por acaso no correspondiesen a la que se espera que ocurra; pero como el estudio que van hacer exige gastos y la compra de muchos li bros, parece que la pensión que se les señale no deberá bajar de 14.000 reales. Estas pensiones no ocasionarán gasto alguno. Vilanova tiene ya un sueldo de 9.000 reales; Echevarría de 4.000; y la jubilación del cate drático de química de ampliación alivia el presupuesto de la universidad de un sueldo de 30.000 reales. En vista de estas consideraciones, V: E: resolverá. Tanto por el carácter novedoso de esta cátedra, como por la trayectoria posterior de los oposi_ tores que concurrieron podemos afirmar sin ser de masiado aventurados que estos ejercicios de oposición fueron fundamenta les para la introducción de los progresos más recientes de la química euro pea en nuestro país. Además de los ya citados, entre los aspirantes se encontraban: Montells y Nadal, que tuvo una diiatada carrera docente co mo catedrático de química en la Universidad de Granada y que entre otras obras de interés publicó un manual para la enseñanza de la química ele mental. Magín Bonet y Bonfill, catedrático de química en'la Universidad de Oviedo primero, después en el Real Instituto Industrial y posteriormente en la facultad de ciencias de Madrid. Magín Bonet, después de concurrir a la oposición de la cátedra de química orgánica estuvo dos años en Francia y Alemania estudiando fundamentalmente la química analítica, son impor tantes sus obras sobre los progresos de la industria química (31). La cátedra de ampliación de química quedó vacante por la muerte de Andrés Alcón, circunstancia que fue aprovechada para extinguir la cáte dra y reorganizar los estudios superiores de química. Veamos el oficio de Gil de Zárate al respecto: «Asistiendo un solo discípulo a la clase de ampliación de química que desempeñaba hasta su fallecimiento el Dr. Don Andrés Alcón y creyendo que un solo alumno no merece que por él se ocupe un agregado que sería difícil de asignar por la escasez actual de los que disfrutan sueldo ni se originen diariamente los gastos consiguientes a una cátedra que son ne cesarios experimentos costosos, he determinado agregar el discípulo de la indicada asignatura de ampliación de química a la clase que regenta Don Vicente Santiago Masarnau y he dado conocimiento de su determi nación al ministerio indicando la conveniencia de que se suprima la ex presada clase de ampliación 15 de enero de 1850 (32)». La Dirección General solicitó se suprimiera esta enseñanza y en su lu gar se establecieran dos cátedras, una de inorgánica y otra de orgánica. La de inorgánica la desempeñó Santiago de Masarnau. De la de Química General se dice «se le de a un buen catedrático de provincias». Para las cátedras de• orgánica y análisis química se optó por nombrar pensionadas a Mariano Echevarría y Ramón Torres Muñoz de Luna, cátedráticos de química en la Universidad de Madrid (33). Estuvieron en París y Alema nia estudiando entre otros con Dumas y Liebig. Nada más regresar a Es paña sobrevino la muerte a Mariano Echevarría. Al quedar la cátedra de química orgánica otra vez vacante,• se hizo necesario un nuevo concurso para pensionar un profesor en el extranjero y en febrero de 1852 se nom bró_ a Manuel Sáenz Díez, con el encargo de pasar a Francia y Alemania donde permaneció dos años con los mismos químicos que antes habían estado Echevarría y Torres Muñoz (34 ). Al finalizar este proceso la sección de ciencias físico-químicas de la facultad de filosofía contaba con una cátedra de química general, una de http://asclepio.revistas.csic.es química inorgánica, otra de orgánica y una de análisis químico que gene ralmente. estuvo en el doctorado. Lamentablemente la ley Moyana no su puso mejoras para estos estudios, ni se crearon mejores laboratorios ni se dotó de los instrumentos que requería una ciencia que se encontraba en un proceso de rápida expansión. En estas condiciones la enseñanza de la química quedó relegada a la exposición teórica vacía de contenidos prác ticos (35), pero el desarrollo de las cátedras de química que se crearon en la década moderada sobrepasa los objetivos de este trabajo. Será el obje to de un estudio posterior que complemente lo aquí expuesto.
A 30 de putubro, Madalena Fernandes de Castro, moradora no Porto, te ve autoriza9ao para «curar <lestes males de boubas e de curymentos e chaguas» (23). Todas estas mulheres (25) foram examinadas por Mestre Gil.
La última vez que vi a Agustín Albarracín fue en el funeral de nuestro común maestro, don Pedro Laín Entralgo. Con cierta antelación sobre la hora prevista -pues quería concretar mi papel en la concelebración-, llegué a la iglesia de San Francisco de Borja; y, al poco rato, apareció él por allí. Nos saludamos efusivamente, pero no pudimos mantener una larga conversación: no era cosa de charlar dentro del templo y no se podía parar en el atrio, recalentado por el sol implacable de aquel tres de julio madrileño. Agustín se adelantó al primer banco de la nave y yo me quedé en el último, para poder saludar a los amigos que irían viniendo. De haber sabido que aquel encuentro iba a ser el último que tendríamos, los dos habríamos afrontado con gusto el rigor de una tarde estival. Lo encontré entonces en plena salud, con vigor y buen ánimo. No podría imaginarme que, a los cuatro meses de aquel funeral, en el que ambos participábamos, iba a encontrarme yo oficiando en el suyo. La muerte de Albarracín habría de acaecer de modo súbito e inesperado. Es verdad que, según los parámetros de la existencia humana, tan doloroso acaecimiento no podría ser calificado de prematuro, ya que venía a cerrar una vida larga y fecunda. Agustín frisaba en los ochenta años. Había gozado de un matrimonio feliz -¡gran mujer era Pilar!-, fruto del cual eran tres hijos que ya habían alcanzado su madurez humana y profesional y que empezaban a proporcionarle ese rebrote de la paternidad que son los nietos. Había desplegado brillantemente sus dotes intelectuales en el cultivo de unos saberes a los que se vio vocacionalmente impulsado y que cuajarían en una buena pila de libros y de otras publicaciones. Había ejercido su magisterio a lo largo de muchos cursos universitarios en Madrid y en otros cursos y conferencias en tantos lugares de España y de Hispanoamérica. Había disfrutado de una amistad singular con Laín y del cordial afecto de tantos colegas, discípulos y amigos. Bien había logrado aquel paradigma del varón cumplido: «engendrar un hijo, escribir un libro, plantar un árbol». Además, acababa de llevar a término su misión de solícito cuidador de dos seres bien queridos: su esposa y su maestro. Pilar había muerto el día 20 de febrero de 1998, al cabo de una larga y penosa enfermedad, vivida día a día por Agustín, hasta el final. La dilatada existencia de Don Pedro había concluido el 5 de junio de 2001, siempre atendido por su fiel discípulo: «Se me han muerto 53 años de mi vida», escribiría él al día siguiente. Todo parecía ya realizado en el curso vital de Agustín Albarracín; y, sin embargo, su muerte ha caído como un hachazo que brusca-mente talaba un tronco ya añoso, pero lleno aún de savia fresca. Y justamente ahora, cuando las pasadas solicitudes se trocaban en amables recuerdos; cuando -orlado por un aura de prestigio y de afecto, inmerso entre sus libros y sus papeles-se disponía a entrar en un luminoso y dilatado ocaso vital, una enfermedad insólita y destructiva, que no concedía treguas ni remisiones, se lo ha llevado rápidamente, el 26 de octubre de 2001. Con dolor redacto en memoria suya este texto que me ha pedido la revista decana de la historia de la medicina española; aquella en cuyo alumbramiento participé en 1949, como secretario de redacción; cargo que un día ocuparía Albarracín, antes de ser director de Asclepio. No voy a hacer aquí una relación del quehacer científico de Agustín ni un elenco de sus aportaciones, lo que sin duda aparecerá en otras páginas de este volumen. Voy a limitarme a evocar algunos recuerdos de su amistad: los que brotan de mi memoria y los que afloran de la correspondencia con él mantenida que aún conservo. En un buen tramo de nuestras vidas, la de Agustín siguió a la mía, a dos años de distancia: yo había nacido en 1920, él en 1922; concluí la carrera de medicina en 1945, él obtuvo la licenciatura en 1947; nuestros encuentros formales con el profesor Laín Entralgo -aquellos que iban a determinar en uno y otro cambios decisivos en la trayectoria profesional-acaecieron en los años 1946 y 1948, respectivamente. Sólo en el trance de la muerte, Agustín se me ha adelantado. No sé si llegué a conocer a Albarracín antes de mi partida a Valencia, donde pasé los años de 1949 a 1953. Pienso que él no llegó a participar en aquellas gratas tertulias en el domicilio de Laín en Lista 11. Sí que lo veo a mi regreso a Madrid, formando parte del grupo de doce a catorce personas que semanalmente nos reuníamos en la cuarta planta de Medicinaceli 4, donde el Instituto de Historia de la Medicina, del CSIC, daba sus primeros pasos. Pronto nos haríamos buenos amigos. Mas de una vez pude gozar del ambiente de su hogar, en Monte Esquinza 46, que la finura de Pilar hacía tan acogedor. Junto con Silverio Palafox, él y yo apechamos con la organización del XV Congreso Internacional de Historia de la Medicina, celebrado en Madrid, en el otoño de 1956, en el que Agustín hacía de tesorero y de cronista. Tras el paréntesis de un curso que pasé en París, volvimos a mantener un estrecho contacto en los años 1957-1959. Ambos acudíamos a las nuevas aulas de la Facultad de Medicina en la Ciudad Universitaria, para seguir los cursos académicos que dictaba Laín Entralgo, o a los viejos locales del Colegio de Médicos, donde iniciaba Laín ese empeño que mantendría toda su vida por extender sus saberes hacia los profesionales de la medicina y a más amplios ámbitos. Y, cuando en el verano de 1959 me trasladé a Pamplona, para enseñar nuestra disciplina en la incipiente Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, nuestra amistad se mantuvo firme, alimentada por las cartas que nos cruzábamos -el teléfono se usaba entonces con parsimoniay por nuestras conversaciones mantenidas en mis frecuentes viajes a la capital. La primera carta que de Agustín conservo es respuesta a mi petición de que no demorara la entrega de las voces que le había encomendado para la Enciclopedia de la Cultura Española. «Ya sabes que me gusta cumplir -aunque ello redunde en que la mucosa de mi estómago cada día vaya peor, acusando el constante estado de tensión que el tal cumplimiento produce-y que estoy a tu disposición para cualquier otra biografía que quieras encargarme». Y así lo haría fielmente con todos sus compromisos, en medio de un quehacer agobiante. Vivamente expresa su fatiga en la despedida de su carta del 2 de febrero de 1972: «Un cordial saludo de tu -desbordado por el trabajo y al borde de la hecatombe-amigo, Agustín». También sabía exigir la entrega de las colaboraciones comprometidas. Así en los volúmenes jubilares de Laín (1967 y 1978) y de Granjel (1973); en la serie de artículos sobre la Historia de la Enfermedad, por él promovidos en una revista profesional, y, sobre todo, en la gran Historia Universal de la Medicina, en cuya difícil gestación tuvo Albarracín parte tan activa. Pero lo hacía suaviter et fortiter, moderando la exigencia con una comprensión que sabía acoger las dificultades que encontraran los redactores. Así me decía el 3 de marzo de 1979, con respecto a mi trabajo prometido para el tomo IV: «Cuenta con el tiempo que precises, hasta el próximo otoño: se trataba únicamente de un recordatorio». Pero aún había de otorgarme dos dilaciones más hasta que pudiera anunciarle el envío de mi original, «en el último día del último plazo», el 29 de enero de 1971. Ahora lamento el haber puesto a prueba la bondad de Albarracín en aquella coyuntura. En mi correspondencia con Agustín se advierte nuestra mutua confianza para tratar cuestiones profesionales: nuestra Sociedad de Historia de la Medicina y la Internacional, el desarrollo institucional de nuestra disciplina con la convocatoria de sucesivas oposiciones, etc. Yo le consultaba muchas cosas y él me respondía con franqueza y buen criterio. Pero aún brilla más nuestra estrecha amistad en la comunicación de acontecimientos familiares: el fallecimiento de su padre, el de mi madre, la salud de su mujer, el progreso académico de cada uno de sus tres hijos en el que tanto se complacía. No es cosa de sacar a relucir en una publicación impresa tantos aspectos que deben quedar celados en las hojas manuscritas que ya amarillean. Pero me decido a estampar aquí un detalle evocado por uno de esos papeles, porque es indicador de la delicadeza del espíritu de Agustín. Parece ser -así lo dice-que en conversación con otros colegas, al concluir en Madrid el V Congreso Español de Historia de la Medicina, habló de mí en unos términos que luego le parecieron improcedentes. E, inmediatamente, el 8 de Octubre de 1977, me escribiría lo que sigue: «Creo que la noche final del Congreso, cuando nos marchábamos, sabrías comprender que mis bromas sólo trataban de incorporar plenamente tu doble condición personal y sacerdotal al grupo de amigos reunidos. Si, de todos modos, te resultó molesta la conversación, perdóname en aras de la buena intención que en ello puse». De mi inmediata respuesta sólo conservo la anotación que la sintetiza y que puse al pie de la carta suya: «Su delicadeza. Y la verdad es que no consigo recordar aquel incidente: bien poca cosa sería. Por lo demás, su estima por mi sacerdocio -a cuya recepción él había asistido, el 25 de agosto de 1968-la expresa en varias de sus cartas. Basta con citar lo que me decía el 21 de abril de 1988: celebraba mi jubilación en la docencia universitaria, porque esperaba que ello -me dice-«te permita consagrar más tiempo a tu actividad esencial». Sin mengua de su personal aportación científica -la medicina en la obra de Lope de Vega y en el epos homérico, la vida y obra de Cajal, la historia de la teoría celular, etc. -Agustín Albarracín fue -como el propio don Pedro diría-el «espléndido alter ego intelectual» de Laín Entralgo. Siempre recordaría éste el momento en el que aquel se decidiría a dedicarse plenamente al cultivo de la Historia de la Medicina; en el que iniciaría también una solícita atención al vivir cotidiano del maestro, supliendo con su sentido práctico la falta de aptitudes para las cosas materiales y concretas característico del teorético y «caviloso» Laín. No sé en que momento se inició esta dedicación plena. De las cartas de Agustín que conservo se deduce que en 1961 aún compartía su trabajo en esta línea con el empleo que tenía en la casa Squibb, de productos farmacéuticos; mientras que en la misiva fechada el 23 de febrero de 1968, escribe así: «...tras de mi total y exclusiva dedicación a la historia de la medicina»; lo cual suena a hecho aun reciente. En el volumen que, bajo el título Studia Arnaldiana (Barcelona 1994), recoge pasados trabajos míos, puse una «Presentación» que describe el panorama de la Historia de la Medicina en España tal como se iba ofreciendo a mis ojos. Algún tiempo después de su publicación, en uno de mis viajes a Madrid, hube de visitar a Albarracín en su domicilio del que no salía entonces por hallarse convaleciente de una grave afección. Y refiriéndose al mencionado relato, me dijo Agustín: «¡Pero si en ese texto hablas más de mi que de ti!» Afirmación, claro está, desmesurada, pero que algo de verdad tenía, pues él fue directo promotor de diversos proyectos que trataban de conjugar de algún modo nuestras actividades dispersas; ya fuera por su iniciativa propia, ya materializando ideas de Laín. No voy a repetir aquí lo que en esas páginas dejé con-signado y que demuestran esa centralidad que tuvo Albarracín por el hecho de hallarse en la capital de España y estar al lado del maestro de todos los cultivadores españoles de esta disciplina. Solamente quiero exhumar una circular por él firmada, en el mes de marzo de 1966, en la que propone la celebración de una sesión científica de nuestra Sociedad, «dedicada exclusivamente a la participación de socios de provincias» -dice en expresión que hoy se tendría como políticamente incorrecta-. Por mi parte he de añadir que siempre que he pasado por Madrid he tenido una conversación larga y cordial con Agustín Albarracín; que muchas veces fue prólogo continuación de las más ceñidas y breves -aunque también cordiales-mantenidas con don Pedro. En la referida «Presentación» se refleja mi gratitud por la ayuda que me prestó Albarracín en mis intentos de obtener una plaza de profesor agregado. Añado aquí lo que copio de una carta suya del 13 de noviembre de 1975, una carta llena de afecto, en la que expresaba «la seguridad -me dice-de mi comunión espiritual en estos momentos en que una gran contrariedad -siquiera, bien sopesada, de menor cuantía en tu vida-parecer hundir todo momentáneamente». Él no quiso nunca meterse en semejante berenjenal. Y más tarde alcanzaría la de Profesor de Investigación del CSIC, con cuya base pudo ejercer la docencia con plena responsabilidad en los cursos de la Licenciatura en Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid. Antes de enseñar en la Autónoma, Agustín Albarracín había dado clases en la Complutense. Y, por cierto, con una iniciación muy temprana, la cual fue exigida, por una coyuntura acaecida en la tarea del profesor Laín Entralgo, según me había relatado el propio Agustín, en carta suya del 29 de noviembre de 1960: «En esta primera parte del curso, don Pedro se encuentra agobiado con los plazos de la entrega de su trabajo a la Fundación March -sería, creo yo, La relación médico-enfermoy no va por la Facultad. Se han encargado Palafox y Albertí de las clases de la Universitaria y yo estoy dando el curso de doctorado. Estoy terminando la historia de la anatomía, y quizá en enero siga colaborando, alternando con la historia de la fisiología, con la de la patología que dará Laín». Y cuando ha de jubilarse, a sus 65 años, buscará la manera de que esa posibilidad docente continúe de algún modo. Es lo que él mismo me diría el 21 de abril de 1988: «Desde el pasado mes de noviembre estoy jubilado, aunque mantengo la docencia en la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma -como siempre gratis et amore-, con un nombramiento especial. También en el Consejo sigo conservando mi situación a la espera de recibir pronto un nombramiento de «doctor vinculado». Y, superando de un modo u otro las trabas legales, enseñando llegaría al final de su existencia. En paralelo con su magisterio oral, es lo que le ocurriría con el escrito: desde la edición de su tesis doctoral, en 1954, hasta el año mismo de su muerte. Aún tuve ocasión de hojear a su lado el espléndido volumen por él preparado, para el Centenario del Colegio de Médicos de Madrid, en el año 2000. Pero es ahora cuando llega a mis manos un pequeño y bello libro suyo que no sé si habría llegado a las suyas; pues allí consta el mes de septiembre de 2001 como fecha de su edición. Viene a ser así una publicación casi póstuma, pero que parece un texto juvenil; pues en él Agustín dibuja la figura de William Harvey, con los trazos firmes del historiador y la gracia atractiva del literato. En su introducción, Albarracín declara: «yo no concibo la existencia humana sin la posibilidad de vivirla permanentemente a través de nuevos retos; y, para el que libre y voluntariamente ha aceptado la vocación de investigador y docente como camino y meta de su vida..., uno de los actos fundamentales es el de expresar por escrito, ofreciéndolo a la comunidad el resultado de sus lecturas, indagaciones y reflexiones». También yo procuro hacerlo así, aunque no sea con la originalidad que Agustín manifiesta en esta obra escrita a una edad tan avanzada. Tal vez sea por esa barrera de los ochenta años que él no llegó a tocar y que yo he sobrepasado ya en un bienio largo. Desde que soy octogenario y por lo que se refiere al campo de la Historia de la Medicina-dejando aparte aquella otra faceta de mi actividad que Agustín había calificado de esencial-, me limito a dos quehaceres que siempre han sido propios del hombre anciano: el de dar consejo -fruto de la experiencia-y el de recordar -poso sedimentado por el tiempo-. Todavía se me presentan ocasiones de sugerir ideas, encauzar investigaciones y corregir escritos de quienes comienzan a recorrer este camino profesional en cuyo final me encuentro. Y se me piden semblanzas de aquellos colegas que lo recorrieron gloriosamente y que ya lo culminaron. Me doy cuenta de que en estos primeros años del nuevo siglo, ya he publicado tres: la de Luis García Ballester, la de Pedro Laín Entralgo y ésta de Agustín Albarracín Teulón. Ya veo -y verán los lectores-que tales semblanzas son sólo expresión, mal hilvanada, de retazos de las vidas de cada uno de ellos, en cuanto que fueron compartidas por mí en constantes relaciones de colaboración y de amistad. Juan A. PANIAGUA Profesor Honorario de Historia de la Medicina en la Universidad de Navarra.
El carácter infeccioso de la lepra es ya conocido a principios de siglo: fue en 1873 cuando Hansen descubrió el bacilo productor de la enferme dad; sin embargo tardó en aceptarse masivamente que el único causante de la lepra fuese el bacilo de Hansen. Con el paso de los años esta concep ción de enfermedad infectocontagiosa se fue generalizando y de ahí que el aislamiento fuese la principal medida preventiva. La lucha contra la lepra en España en la primera mitad del presente siglo tuvo por tanto como medida fundamental el aislamiento, si bien se perciben diferentes formas de practicarlo a lo largo de los años. Los des cubrimientos científicos permitieron enfocar el problema desde otras perspectivas y añadir al aislamiento, como única medida efectiva, otras fórmulas para combatir la enfermedad. Tuvo también gran influencia la respuesta social frente a la enferme dad de Hansen. La postura adoptada por la sociedad frente a los enfer- mas leprosos fue en general de rechazo, aunque con los grandes avances conseguidos en el tratamiento en los últimos años de la década de los cuarenta se planteaba necesariamente el regreso del enfermo desde su lu gar de aislamiento (leprosería) al seno de su grupo social. El propio en fermo veía con esperanza la posibilidad de curarse con los avances conse guidos en todos estos años y decidió en muchos casos acudir al medico para pedir ayuda, cuando antes ocultaba su enfermedad con las dificulta des que esto suponía para el control de la lepra. Las autoridades sanitarias fueron igualmente influyentes en la lucha contra la enfermedad pues fueron ellas las rectoras de las medidas de lu cha a tomar. Los profesionales de la medicina recomendaron unas u otras acciones, pero sólo cuando las autoridades tomaron la iniciativa pudieron ser eficaces. Se requería una labor de conjunto para luchar con tra esta enfermedad, no medidas aisladas que sólo podían resolver el pro blema focalmente. En este sentido se percibe claramente una voluntad política de lucha contra la enfermedad -como bien señala Granjel-(1) Las luchas sanitarias en la España de los últimos lustros del XIX y prime ras décadas del XX se centraron especialmente en enfermedades endémi cas con gran repercusión social; la lepra es un prototipo de estas enfer medades y, si cabe, la de mayor repercusión social, además con el agravante de ser España uno de los pocos paises europeos donde aún existían focos endémicos. Es lógico que preocupe a las autoridades sani tarias, pero no tanto como para que tomen medidas efectivas hasta bien avanzado el período que estamos estudiando. Los profesionales de la medicina -dermatólogos y leprólogos, sobre todo-de gran altura científica, son los que continuamente llaman la aten ción para que se actúe contra la lepra. Las respuestas publicas son de poca importancia durante las primeras décadas del siglo, quizás, porque el nú mero de enfermos es mucho menor que en el caso de otras enfermedades de características similares. Sin embargo, cada vez son más las voces que piden atención al problema e incluso habrá que enfrentarse a un enjuicia miento internacional en el VI Congreso Internacional de Leprología que se celebraría en Madrid en 1953. El gobierno no tendrá más remedio que in tervenir. • El objetivo de este trabajo es analizar las medidas de lucha contra la lepra en España en la primera mitad del siglo•:xx y su evolución a lo largo de este período. Las fuentes utilizadas son fundamentalmente coleccio nes de revistas, folletos, tratados y congresos o reuniones de dermatolo gía y leprología. Me didas fundamentales de lucha contra la lepra y su evolución en estos años Esquemáticamente podemos distinguir los siguientes apartados en las medidas de lucha recomendadas: l. Declaración obligatoria de la enfermedad con objeto de estable cer estadísticas fiables sobre la lepra en España. Aislamiento domiciliario: profilaxis individual. Aislamiento sanatorial: profilaxis social. Casi todos los autores de más prestigio y foros nacionales e interna cionales recomiendan tener en cuenta cada uno de estos puntos, si bien con diferentes matices. En cuanto a la evolución a lo largo de este período podemos conside rar la existencia de tres etapas en la lucha contra la lepra. Precisamente cara a este Congreso el Esta do Español se preparó para ofrecer una buena imagen a los leprólogos in ternacionales, y, como las autoridades sanitarias tomaron parte más acti va, se consiguieron niveles eficaces de lucha contra la enfermedad, probablemente los más altos de todo el período estudiado. Entre la primera y la segunda etapa las diferencias son, quizá, un po co artificiosas, y vienen dadas por los avances científicos fundamental mente como ya hemos dicho. En la primera etapa la profilaxis y la lucha contra la enfermedad van encaminadas a tomar medidas contra el hom bre ya leproso; en la segunda se empieza a ver la importancia que tiene en la lucha el control de las personas que han tenido contacto con el en.: fermo, es decir, los convivientes. Los antecedentes más inmediatos e importantes en lo que a medidas de lucha y legislación se refiere se remontan a una normativa de 1878, en que por Real Orden de 7 de enero se dictan unas disposiciones del Go bierno Español para atajar la propagación de la lepra, se conoce también como ley de Rom�ro Robledo. Esta ley contenía las principales medidas de lucha contra la lepra: Declaración obligatoria, aislamiento sanatorial, aislamiento domiciliario y otras medidas relacionadas con las diferentes concepciones patogénicas vigentes, por ejemplo la recomendación de no consumir determinadas carnes o pescados. Se trataba de una ley, calificada por la mayoría de los autores españo les más prestigiosos de modélica, pues abarcaba• todas las medidas que en ese momento sé podían tomar para atajar la • enfermedad. De haberse cumplido es muy probable que la lepra hubiese disminuido en su extensión o casi desaparecido de nuestro país. La declaración obligatoria era reconocida de forma unánime como una medida necesaria y de la que debía partir la lucha. A pesar de estar vigente, las estadísticas de leprosos en España no eran exactas y estaban muy lejos de la realidad. Como ejemplo un censo oficial de 1914 daba la cifra de 898 enfermos, mientras que las estadísticas particulares aporta das por leprólogos de la época hablan de entre 1.500 a 2.000 enfermos de lepra (2). En cuanto al aislamiento; la mayoría de los autores distinguen las dos modalidades: aislamiento sanatorial o profilaxis social y aislamiento do miciliario o profilaxis individual. En las primeras décadas del siglo la elección entre uno u otro se basaba preferentemente en la condición so cial del individuo enf�rmo ehidiendo la forma clínica o estadio evolutivo de la enfermedad. González Castellano (1905), importante estudioso de la lepra en la comarca de La Marina de Alicante, es claro al respecto: aisla miento en hospitales para los pobres y vigilancia del aislamiento indivi dual para las clases acomodadas (3). Esta recomendación se basaba en varios condicionantes: la profilaxis domiciliaria sólo se podía llevar a ca bo observando el l�proso un régimen higiénico severo (ropas y utensilios de uso exclusivo, habitación individual, junto a una limpieza exhaustiva) que dificilmente podían practicar los mendigos y leprósos pobres; en mu cho-s casos sin un hogar donde cobijarse. Pérez Dagnino describe clara mente esta situación: 82 «Los pobres; los verdaderamente necesitados habitan en cuevas, zahurdas, cubiles,• privados de todo trato y en el más absoluto abando no; alimentándose con el producto de las escasas limosnas y rodeados de un ambiente de suciedad y porquería que se hace incompatible con la vida». Descripciones semejantes encontramos en publicaciones de diversos autores de la época (4). En 1909 se celebró la II Conferencia Internacional contra la lepra en Bergen (Noruega}, J. F. Tello representante español expone la situación de nuestro país: «El inc: remento de la lepra puesto de manifiesto por la última estadís tica, ha decidido a obrar el Gobierno Espafíol y sólo aguarda la celebra ción de ia Conferencia, para tomar y hacer ejecutar las medidas oportu nas después de oir la voz de tantos sabios aquí reunidos» (5). La medida fundamental que se siguió recomendando en esta confe rencia.fue el aislamiento y como novedad aconsejaban: «Revisar todas las teorfas sobre la etiología y el modo de propagación de la lepra», encami nado a buscar el modo de combatir la enfermedad. En España, a pesar de la buena disposición, no se ponen en práctica ni estas medidas ni las es tablecidas con anterioridad. Los estudiosos de la lepra reclaman una y otra vez atención al proble ma pero sólo se detectan medidas aisladas en algunos focos coincidiendo con la presencia de algún profesional decidido a combatir el mal. Como medida de profilaxis social o aislamiento sanatorial destaca la fundación del Sanatorio Leprosería de Fontilles en Alicante (1909), de iniciativa pri vada y coincidiendo con un foco endémico en esa zona; los años demos traron la eficacia de esta institución para atajar la lepra en el foco levanti no. En el resto del Estado solamente estaban aislados en leproserías u hospitales 170 enfermos, según los datos oficiales de 1914 (6), los demás leprosos estaban fuera de todo control. En años posteriores la situación sigue siendo similar, las medidas re comendadas para combatir la enfermedad son básicamente las mismas, como novedad destaca el estudio que realiza el dermatólogo Sánchez Covisa en el que clasifica los enfermos en tres •categorías y según a la que pertenezcan se adoptarán unas u otras medidas de aislamiento: l.o Le prosos incipientes: se podrán tratar en su domicilio, pero es obligatorio el tratamiento y que cumplan unos preceptos higiénicos. 0 Leprosos es terilizados bacteriológicamente, con lesiones cerradas, o no peligrosos. También se podrán tratar en sus domicilios siguiendo las indicaciones de las autoridades sanitarias. Si no cumpliesen estas normas serán for zosamente recluidos. 3.o Enfermos peligrosos, con lesiones abiertas, que eliminan bacilos por sus secrecciones y por sus heridas: serán forzosa mente recluidos por el peligro que suponen para las personas que le ro dean (7). Es interesante destacar la innovación que supuso el tomar en conside ración de manera primordial la forma clínica sobre la base de los conoci mientos que se iban adquiriendo, antes de adoptar otro tipo de medidas, en relación con situaciones anteriores en que prevalecía la condición so cial del enfermo. Como hemos dicho anteriormente, e• ste período, no claramente dife renciado del anterior, ofrece una novedad en la lucha contra la lepra. Es algo que ya había sido apuntado por autores anteriores y en Congresos Internacionales, pero es en esos años cuando adquiere interés primor dial. Se trata de la vigilancia de las personas que han estado en contacto con los leprosos, es decir, de los convivientes. Ademas, progresivamente, el aislamiento sanatorial va perdiendo importancia en favor de otras me didas como son: el aislamiento individual, el diagnóstico precoz, etc... Los avances científicos permiten afrontar el problema de la lepra desde otras perspectivas; diagnosticar precozmente la enfermedad permite to mar otro tipo de medidas más eficaces. Las autoridades sanitarias estableciero_ n importantes medidas de lu cha en un período en el que destacaron dos hechos de gran transcenden cia: el establecimiento de la II República y la Guerra Civil. En la primera se implantaron las bases para una lucha que prometía ser eficaz y que no llegaron a cuajar por el estallido de la Guerra Civil. A nivel internacional destacaron las conclusiones de la Conferencia Internacional de la lepra celebrada en Bangkok en 1930 y las propuestas de la Comisión de la lepra de la Sociedad de las Naciones reunida en abril de 1931. En ambas, básicamente, se recomendaron las mismas. medidas de las cuales destaca el hecho de que recomienden el aislamiento sólo pa ra los casos contagiosos, el considerar necesario que en cada país exista un centro de referencia sobre las investigaciones y conocimientos sobre la lepra, control de los sospechosos, etc... Se considera la lucha cóntra la lepra como un todo integrado por medidas médicas, legislativas y socia les, no como algo aislado. La parte preventiva tiene gran importancia, así como el control de los sospechosos a que antes hemos aludido. Otro dermatólogo, Bejarano (1929), además de insistir en lo que veía mos en el período anterior sobre el diferente comportamiento según la forma clínica de que se tratase, recomendaba las medidas que proponen los grandes leprólogos internacionales Rogers y Muir; son semejantes a las aconsejadas por la Conferencia Internacional de 1930, si bien con al gunos puntos más concretos, como el hecho de recomendar que exista una comisión medica que realice el reconocimiento de los.casos denun ciados, esta comisión estará formada por leprólogos con adecuada capa cidad científica. Otro punto que recomienda Bejarano es el examen periódico cada tres o seis meses y durante tres años de los convivientes con leprosos (8). Se insistía una vez más en medidas ya conocidas y se daba gran im portancia al control de los convivientes con leprosos. Para completar este abanico de normas y medidas en nuestro país, por orden ministerial de 2 de septiembre de 1933 el Gobierno decretó una legislación sobre lepra. En ese momento era Director General de Sa nidad el eminente dermatólogo Bejarano, anteriormente citado: no duda mos de que su influencia fue decisiva para poner estas bases administra tivas de lucha contra la lepra. Para el Gobierno era importante dictar una nueva ley para coordinar las medidas desde todos los ámbitos, tal y como se recomendó en la reunión de la Comisión de la Lepra de la Sociedad de las Naciones; las intenciones de esta ley así lo evidenciaban: «La necesidad de intensificar la lucha contra la lepra y de coordinar los esfu�rzos, hoy dispersos, encaminados a tal fin, obligan a dictar nor mas en consonancia con los conocimientos científicos actuales y con los medios hoy disponibles (9)». Constaba esta ley de 26 artículos, de los. que los más importantes re sumidamente serían: l.o Se refiere a la Declaración Obligatoria por parte de los médicos. Los inspectores provinciales de Sanidad velarán porque se cumpla esta norma y facilitarán el material necesario para un diagnóstico exacto. 0 La Inspección Provincial de Sanidad delegará en los médicos de la Organización Nacional Antivenérea para que se encarguen de contro lar a los enfermos no hospitalizados; los pobres recibirán tratamiento gratuito. 0 A efectos de aislamiento los enfermos se clasifican en dos grupos: a) formas cerradas que no eliminan bacilos por lesiones ni por moco na sal: podrán permanecer en su domicilio sometidos a vigilancia periódica•. b) Formas abiertas con eliminación de bacilos: serán aislados en leprose rías; sólo si "el aislamiento domiciliario puede hacerse eficazmente se le permitirá, pero habrá de ser vigilado de cerca por el servicio antivenéreo más próximo. (... ) 6.o Los enfermos aislados en su domicilio no podrán ejercer profesio nes que-supongan peligro.para los demás. 7. o Las condiciones de aislamiento domiciliario serán: dormitorio uso exclusivo, utensilios y ropas de uso exclusivo que serán Conveniente mente desinfectadas y lavadas separadamente. 8.o Los enfermos pobres serán aislados en locales apropiados en la provincia donde sean vecinos, siendo responsable de ellos la Diputación Provincial. 9.o En los hospitales habrá estancias exclusivas para leprosos con le siones avanzadas. 10.o Si hay colonias leproserías serán enviados ahí preferentemente. En nuestra opinión los puntos que trataba esta ley habían sido ya re comendados a nivel internacional y por leprólogos o dermatólogos nacio nales. Como novedad destaca el hecho de que se responsabilizase a la Junta Central Antivenérea y a los Dispensarios Antivenéreos del control y asesoramiento en la lucha contra la lepra. En realidad, pretendían apro vechar los dispensarios antivenéreos, que existían distribuidos por-toda la geografía española, para detectar y seguir los casos de lepra. La condi ción social del leproso pasaba a un plano secundario aunque no se podía obviar el contingente de leprosos indigentes, sin hogar, a los que la ley amparaba recomendando su aislamiento y recogida. Esta ley, así como otras recomendaciones para luchar contra la lepra, permanecían incumplidas. Los autores más destacados del momento re comendaban unas u otras acciones que venían a reiterar lo dicho hasta ahora: el problema era que no se llevaban a la práctica. Montañés, direc tor de la leprosería de Fontilles, planteaba la importancia de realizar un censo de sospechosos o de convivientes (10), medida de indudable valor para controlar a• los convivientes pero carente de sentido cuando no se contaba ni siquiera con un censo fiable de los enfermos. En este período las estadísticas oficiales no recogían todos los casos de lepra, reflejaban sólo una pequeña parte. De los leprosos censados una minoría estaban aislados en sanatorios y el aislamiento individual o domiciliario no esta ba controlado en absoluto. Vinuesa_ Alvarez (1936), Inspector Provincial. de Sanidad en Tarrago na, o Molinero Manrique destacaban la importancia de los dispensarios antivenéreos en la lucha antileprosa, considerando además que se debía partir de un plan conjunto nacional con una organización. centralizada; los esfuerzos locales no podían combatir la lepra extendida prácticamen te por todo el territorio nacional (11). En 1942 destaca la creación del Instituto Leprológico Nacional de Tri llo, que pretendía ser el centrQ coordinador de investigaciones leprológi cas en España, ademas de su labor de asistencia y aislamiento del lepro so. Era de iniciativa pública y como su nombre indica tenia altas pretensiones: centralizar las medidas de lucha y las investigaciones tal y como se había recomendado repetidamente. En este mismo año se creó también el Consejo Nacional de Sanidad, dependiente de la Dirección Ge neral de Sanidad y constituido por once secciones: la sección I era la de Lepra y Enfermedades Sexuales. De nuevo se ligaban la lepra y las enfer medades venéreas, ambas pertenecientes al campo de la dermatología. Es esta una etapa interesante en la lucha contra la lepra en España; varias razones podríamos aducir: de orden administrativo, avances de or den científico, avances terapéuticos, etc... Ya hablamos sobre la impor tancia tan decisiva que iba a tener la organización del VI Congreso Inter nacional de Leprología en Madrid en 1953. Cara a este congreso, los años anteriores se ded�caron a planificar una eficaz campaña contra la lepra. Las autoridades sanitarias tomaron por fin una parte más activa en este problema: José Antonio Palanca, Director General de Sanidad, fue uno de sus artífices. Antonio Cordero Soroa fue puesto al f rente de la lucha contra la lepra en diciembre de 194 7: es el representante de la lucha oficial pero es bien acogido por la mayoría de los leprólogos y dermatólogos. Los avances que se consiguieron fueron muchos, uno de ellos el gran impulso que se dio al censo de enfermos y convivientes. El número oficial de enfermos se incrementaba asombrosamente cada año, pero era por-Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 que se iban censando los casos que anteriormente permanecían ocultos. Se empezó a contar también con censos de convivientes (12). En una de las parcelas donde los descubrimientos fueron decisivo_ s, fue en el tratamiento de la enfermedad. Por primera vez en la historia de la lepra se disponía de fármacos realmente eficaces, capaces de controlar la enfermedad en períodos de tiempo relativamente cortos y de esterilizar a los enfermos bacilíferos. Las sulfonas se introdujeron como arma tera péutica en España a partir de 1945 (13). Las perspectivas de lucha cambiaron de manera importante, el poder controlar la enfermedad en un corto período de tiempo hizo que la reclu sión no fuese.ya la medida primordial y como.consecuencia de ello, los sanatorios o leproserías tampoco iban a ser ya pilar fundamental en el control de la enfermedad. Desde una perspectiva social, un punto de interés que trajo consigo el nuevo tratamiento fue que sacó, de forma indirecta, a la luz a muchos en fermos. Estos, para poder beneficiarse de la terapéutica salen de sus «es condrijos». Si antes se ocultaban para evitar ser recluidos o para evitar el rechazo social, ahora les interesa darse a conocer, con ello facilitan mu cho la realización del censo, profilaxis y tratamiento (14). Las bases legislativas que surgen en España durante estos años son entre otras: la Ley de Sanidad de 1944 que dedica su base n.o 12 a la «Or ganización contra la lepra y dermatosis», y que en conjunto insistía en los mismos puntos que la legislación anterior (1933). En 1949 a propuesta de la Comisión Permanente de la Sección de Lepra del Consejo Nacional de Sanidad se publicaron las Normas generales que rigen la profilaxis de la le pra en España; tiene 12 capítulos en los que se incluían las medidas si guientes: 88 l. Impedir la inmigración de nuevos casos. Descubrimientos de casos autóctonos. Formación del censo de enfermos y del censo de convivientes. Estudio epidemiológico de todos los casos censados. Clasificación de los enfermos. Aislamiento obligatorio de todos los lepromatosos, de los indi gentes y de aquellos otros que por su profesión o genero de vida resulten peligrosos para los demás. Separación obligatoria de los menores de los focos de contagio. Tratamiento obligatorio de todos los enfermos de lepra, gratui to para los que no tengan medios de fortuna. Vigilancia sanitaria de todos los enfermos, de sus convivientes y de los casos dudosos. X. Asistencia social a todos los enfermos y familiares, preferente mente a los niños. Educación sanitaria de los enfermos lazarinos, de sus convi vientes y de cuantos rodean al enfermo. Preparación del personal técnico, organizando debidamente la propaganda y procurando lograr un perfeccionamiento de los médicos y auxiliares sanitarios (15). Con estas disposiciones legales, unidas a los organismos oficiales de lucha, se tenían las bases para realizar la campaña antileprosa. Los sani tarios que la dirigen son los de la lucha antivenérea, dermatólogos oficia les del Estado. Esta campaña se 4izo efectiva en la práctica en 194 7-48, cuando ya se sabía que España iba a ser sede del VI Congreso Internacio nal de Leprología en 1953. En diciembre de 194 7, cuando Cordero Soroa se puso al frente de la campaña, lo primero que se propuso fue confeccionar un censo de enfer mos y otro de convivientes (16 ). Otra cuestión primordial fue la organiza ción de los Equipos Móviles, con un leprólogo al frente; su objetivo era revisar a los enfermos ya conocidos y descubrir nuevos casos entre los convivientes de las zonas de más _alta endemia. Donde no había equipos móviles actuaban los Dispensarios Dermatológicos y de Higiene Social. Según Cordero Soroa, es en ese momento cuando la lucha contra la lepra en España adquiere un auge importante; las razones que da él son: 1. 0 La labor de los especialistas haciendo campaña en pro • de la lucha contra la lepra. 0 El nuevo Estado que de verdad se ha enfrentado al problema de la lepra. 0 El hecho de que en el V Congreso Internacional de Leprología celebrado en Cuba se determinase que el siguiente sería en Madrid: «Lo que nos obliga a preparar una organización y perfeccionamiento de los servicios que nos permita presentarnos con el prestigio y decoro que la importancia del problema exige así como la valía de nuestros visi tantes» (17). La lucha contra la lepra en España no había hecho más que comenzar. La campaña antileprosa promovida por U na vez realizado este breve análisis podemos afirmar que la lepra• fue una enfermedad de gran transcendencia en España en la primera mi tad del siglo XX y como consecuencia de ello se tomaron medidas para combatirla; estas medidas fueron evolucionando acordes a los avances científicos. Las autoridades sanitarias tomaron parte activa en el proble ma de forma más o menos eficaz a lo largo de los años, y en todo caso hu bo que vencer las barreras sociales que imponía el ser leproso.
En el mismo siglo XVI se creó otra asig natura más, la de Vísperas de Medicina y en el siguiente siglo se confor mó también con las de Metodo Medendi, Anatomía y Cirugía y por último con la de Astrología y Matemáticas. Antes de comentar cómo se creó la cátedra de Astrología y Matemáti cas y su contenido, es conveniente mencionar que el estudiante que aspi raba a estudiar medicina ya tenía una base científica en virtud de que era requisito cursar las materias del trivium y del cuadrivium; es decir, la gramática, la retórica y la dialéctica dentro del trivium y la aritmética, geometría, astrología y física por otra parte, enmarcadas dentro del cua drivium. El 22 de febrero de 1637, en claustro pleno de la Universidad, se reu nieron los conciliarios con el objeto de estudiar lo referente a una nueva cátedra, la de Astrología y Matemáticas. A través del documento que re sultó de aquella sesión se puede apreciar que dicha materia se creó por iniciativa de su primer profesor, fray Diego Rodríguez, pero también por petición de los alumnos. El acta de la sesión dice: Y efectivamente fray Diego Rodríguez era un serio estudioso de las matemáticas. Fue autor de diversos escritos, entre ellos Geometría espe culativa, De la naturaleza, generación y propiedades de los números cubos y sus compuestos, hasta hoy nunca tratados por autor alguno, De aritmética, Tratado de ecuaciones, con tratado algeb�aica discursiva,• su uso y su f or mación y por último Discu�so etheorológico sobre el cometa aparecido en México en 1652. Asimismo fray Diego Rodríguez fue un.académico inte resado en ampliar sus conocimientos y en establecer correspondencia con sus colegas europeos. Fray Diego Rodríguez pudo empezar a leer la cátedra de Astrología y Matemáticas bajo ciertas condiciones: tenía precisa obligación de asistir a todas las lecturas de la materia y no ausentarse sin licencia; la lección se impartiría de 1 O a 11 de la mañana; su nombramiento como profesor no tendría limitación de tiempo, y testimonio de esto es que Rodríguez permaneció en el cargo hasta el momento de su muerte, en 1668. Se le se ñalaban 100 pesos de salario por cada año. Asimismo, la aprobación con cedida por el claustro respecto a la nueva cátedra debía ser ratificada por el virrey marqués de Cadereita, en su calidad de patrón de la Universidad y como representante de su majestad. La autorización del virrey fue fe chada el 23 de marzo de 1637 y 3 días más tarde el catedrático tomó po sesión de su cargo. A lo largo del periodo virreinal esta cátedra contó con muchos maes tros sobresalientes. Además del propio fray Diego Rodríguez, figuraron también don Carlos de Sigüenza y Góngora, Joaquín Velázquez de León y José Ignacio Bartolache. La creación de esta cátedra ell' la Nueva España fue resultado de las teorías dominantes en el viejo mundo donde se creía que la posición de los astros influía sobre los fenómenos fisiológicos. A diferencia de las otras asignaturas que integraban la carrera de me dicina, la de Astrología y Matemáticas fue impartida en lengua romance. Se dictaba en castellano con el objeto de que fuera de provecho no sólo para los médicos sino también para los que quisieran ser arquitectos, agrimensores o calendaristas y cuyas carreras no exigieran saber la len gua latina. Estos cuatro profesionales debían cursar la materia para sa ber la mecánica, la hidráulica, óptica, aerometría, aritmética y geome tría. Sin embargo, para los estudiantes de medicina la materia cobró el carácter de obligatoria. Un hecho que causó mucha controversia en el virreinato fue el decidir a quien correspondía impartir la cátedra. En la Recopilación de leyes de los Reynos de las Indias (2) publicadas por el rey don Carlos II en 1681, se mencionaba que la cátedra de Matemáticas la debía enseñar un cosmó grafo. Para el siguiente siglo, el 3 de julio de 1757 se dio una real cédula en Aranjuez mandando que a partir de esa fecha el profesor de la cátedra de Astrología y Matemáticas tendría que tener el título de doctor en me dicina, es decir, el grado más alto que otorgaba la Universidad, pues cabe recordar que los estudiantes de medicina podían obtener los títulos de bachiller, licenciado o doctor. El título de maestría sí lo otorgaba la Uni versidad pero en otras carreras. Sin embargo, en marzo de 1773, a peti-ción del doctor José Ignacio Bartolache, el claustro universitario declaró que las matemáticas debían ser impartidas por una persona especializa da y no simplemente por cualquier médico, en virtud de que era materia fundamental de muchas disciplinas. La cátedra de Astrología y Matemáticas no figuró en los estatutos uni versitarios elaborados por don Juan de Palafox y Mendoza en 1688, pero sobre la base de las constituciones de la Universidad de Salamanca se puede conocer su plan de estudios. Dicha asignatura comprendía temas como la condensación y rarificación de los cuerpos, los cuerpos tenso compresos y extensos y su fuerza elástica, los elementos botánicos, la físi ca mecánica, la geometría, astronomía, cosmografía, matemáticas, far macología, química y geografía (3). Sobre las lecturas se ordenaba en la Recopilación de leyes de los Rey nos de las Indias lo siguiente: Para el primer año se leería la Esfera de Juan Sacrobosco, las cuatro reglas de aritmética, regla de tres, raíz cuadrada y cúbica, algunas reglas de quebrados; las teorías acerca del sol de Purbaquio y las tablas astronó micas del señor rey Alfonso el Sabio. Para el segundo año se leerían los seis primeros libros de los Elemen tos de geometría de Euclides; los arcos y cuerdas, senos rectos, tangentes y secantes; el libro cuarto de los Triángulos esferales de Juan de Montere gio y el Almagesto de Ptolomeo. En el tercer año se debía leer sobre cosmografía y navegación, sobre el uso del astrolabio y del planisferio, sobre cómo hacer observaciones de los movimientos del sol, la luna y los planetas; el uso del radioglobo y al gunos otros instrumentos matemáticos. Por las constituciones salmantinas se sabe que también eran leídas la Sphaerica de Theodosio y los libros• de Copérnico titulados Sobre las revo luciones de los cuerpos celestes. Por el programa de lecturas se puede ver que el estudiante de la asig natura que comentamos adquiría una amplia visión del tema, haciendo un estudio diacrónico de los científicos, partiendo de la antigüedad, don de destaca Euclides, cuyos principios sirvieron de base a la geometría moderna, pasando posteriormente por Ptolomeo, con quien culminó la astronomía, la matemática y la geografía de la antigüedad, hasta llegar a los autores que realmente tenían un espíritu científico, como Copérnico, iniciador de la cosmografía científica en sentido riguroso. Por si las lecturas anteriores no eran suficientes, las Leyes de los Rey nos de las Indias decían: «En los meses de vacaciones podrá leer materias de reloxes, y mecáni cas, con algunas máquinas, y dar á entender en que consiste la fuerza de llas... » Otros libros que podían servir de complemento para los cursantes de medicina eran la Verdadera medicina, cirugía y astrología del doctor Juan de Barrios, El sitio y naturaleza de la ciudad de México del doctor Diego Cisneros y el Repertorio de los tiempos de Enrico Martínez, todos escritos en la Nueva España en el siglo XVII. En el siguiente siglo Bartolache escri bió sus Lécciones de matemáticas. Con el correr del tiempo, en ocasiones la cátedra de Astrología y Ma temáticas fue considerada como materia exclusiva para los estudiantes de medicina y otr�s veces se vio como cultura general, contando entonces con una mayor asistencia. La creación de la cátedra de Astrología y Matemáticas en la Universi dad de México obedeció a que desde la antigüedad �lásica se desarrolló la idea de relacionar el universo o macrocosmos con el cuerpo humano o microcosmos. Parece ser que el término microcosmos procede de Demó crito, quien habla de que el hombre es un mundo en pequeño. Esto lo ra tificaban al ver que cuando había pérdida de la cosecha por el mal tiem po, como consecuencia también había hambre y pestes, es decir, existía una relación de causa-efecto. El hombre, entendido como el microcos mos, era gobernado por el macrocosmos, es decir, por los movimientos de los planetas y la disposición de las estrellas en el universo. De• acuerdo con esta relación de macrocosmos y microcosmos, los médicos hablaban de una naturaleza del universo y una naturaleza humana, donde había una proporcionalidad de elementos. La composición del cuerpo humano constaba, de acuerdo con la mentalidad de la época, de cuatro cualidades correspondientes a los cuatro elementos, es decir, aire, fuego, agua y tie rra. Dichas cualidades �e denominaban humores y su equilibrio daba lu gar a la salud del individuo. Los cuatro humores que integraban el cuer po humano eran la sangre, la bilis amarilla o cólera, la flema o pituita y la melancolía o bilis negra. En la Nuev� España del siglo XVII se creía que había en algunos hom bres ciertas propiedades e inclinaciones que no podían provenir sólo del temperamento del cuerpo; algunas propiedades no dependían sólo del frío, calor, humedad o sequedad, que eran cualidades particulares de Íos humores, sino de una oculta influencia celeste, es decir, había una estre- http://asclepio.revistas.csic.es cha relación entre la astrología y la medicina, debido a la vigencia que se guían teniendo las obras de la antigüedad. La concepción microcósmica del hombre adquirió en la Grecia dásica una significación cósmico-fisio lógica, más que cósmico-religiosa. Un escrito del Corpus hippocraticum en el que se pone de manifiesto el pensamiento microcósmico es el que se titula Sobre la dieta: Aquí el cuerpo del hombre es «copia del todo», imitación del universo. Se decía que• el firmamento correspondía a la piel, el mar al vientre y la tierra al estómago y al pulmón, es decir, la doctrina del microcosmos se fisiologi zó. «Lo esencial del paralelismo entre el mundo y el hombre estaría en los circuitos de sus respectivos movimi�ntos diarios, semanales, men suales y anuales; en sus respectivos «ritmos», como ahora es costumbre decir. Ritmos a cuya estructura pertenecería, tanto en el mundo como en el hombre, una armonía susceptible de reducción a proporción numérica» (4). Lo que sucede en el cosmos sirve para entender lo que acontece en el hombre y viceversa. Hay una correlación entre los períodos• del año, las estaciones, la dinámica de los humores y la producción de las enfermeda des. Por tanto, cabe concluir que el pensamiento médico de la antigüedad clásica estaba traspasado por la concepción microcósmica de la naturale za humana y estos mismos concept�s son los que se enseñaban en la uni versidad novohispana, agregando, claro está, dentro de la cátedra de As trología y Matemáticas las teorías modernas de la cosmografía. La medicina, desde sus más remotos tiempos, ha basado sus conoci mientos y experiencias en el a{imento y disminución del dolor, en el cjclo mayor y menor de las horas y en el ritmo del tiempo a fin de percatarse de los momentos clave en las crisis. Dado que la enseñanza que se impartía en la Universidad novohispa na estaba basada en los autores de la antigüedad clásica: y medievales, es válido recurrir a ellos para saber en qué consistía d contenido de las ma terias. Para la de Astrología y Matemáticas, Casiodoro, en sus Institucio nes, decía: «la aritmética es una enseñanza tan grandiosa como provechosa para nuestra vida, pues mediante su ayuda nos percatamos de la existencia de nuestro propio yo, permitiéndonos además calcular la medida de lo pa sado al ser capaces de calcular de un modo. equilibrado» (5). Lo anterior se aplicaba tanto a los días sanos como a los de enfer medad. La aritmética era.algo más que el simple arte de calcular. Tenía mu cho que ver con el ritmo de nuestra existencia. San Isidoro sostenía que el médico tenía que aprender aritmética para contar las horas en que se desarrolla una enfermedad y para conocer el ritmo de los días decreto rios. Los días decretorios o días judicatorios o de crisis se llamaban así porque era cuando se juzgaba si la enfermedad declinaría a bien o a mal. En esos días de crisis había una lucha entre la virtud natural del enfermo y el humor causador de la enfermedad. Enrico Martínez ( 6), famoso cos mógrafo de la Nueva España, definía a la enfermedad siguiendo la tradi ción hipocrática, como la descomposición o desequilibrio de alguno de los humores. Por su parte, la geometría fue entendida como ciencia de la medida. Mide y describe la tierra, observa las correlaciones del clima y la influen cia que tiene cada grado de altura. El médico debía valerse de la geome tría con el objeto de llegar a conocer las peculiaridades cualitativas de las diferentes partes de la tierra y la situación de cada región. De igual mane ra la medicina era una disciplina del ambiente, ya que éste influía en el organismo sano y en el enfermo. El pensador latino Boecio, en su tratado titulado Sobre la geometría, sostiene que esta disciplina tiene diversas utilidades, como por ejemplo, en la arquitectura. Al médico le era necesaria para la observación del cuer po en los días sanos y en los de enfermedad. A través de la geometría el médico podía llegar a compenetrarse cada vez más con el orden cósmico. En el siglo xri el médico Pedro Alfonso sostenía en su escrito denomi nado Carta sobre el estudio que la aritmética permitía a la medicina esco ger los principios, con sus nexos, clases y estadios, los pesos de los medi camentos y determinar las enfermedades, los días y semanas, los grados de fiebre y otras cosas de importancia. Además de la aritmética y de la geometría, la medicina sólo podría ser dominada con ayuda de la astronomía. Si el médico tenia conocimientos astronómicos podía determinar más fácilmente una terapia que evitara las enfermedades o que las curara de manera más rápida. Asimismo po dría regular la toma de medicamentos y establecer el día y hora en el ci clo de la fiebre. Enrico Martínez diferenciaba bien la Astronomía de la Astrología, ambas de mucha utilidad para el médico. Recurrimos a Martínez porque, aunque no fue oriundo de la Nueva España, sí se desenvolvió como cien tífico en estas tierras, y precisamente en el siglo XVII, cuando se creó la cátedra de Astrología y matemáticas en la Universidad. Dicho autor sostenía que la astronomía «trata de los movimientos de los cielos y planetas, de sus varias conjunciones, oposiciones y concursos»; en cambio la astrología «enseña a saber los efectos que los movimientos, conjunciones y aspectos de los cuerpos celestes causan en estas cosas infe riores» (7), pues era generalizada la idea.de que el organismo humano cambiaba de acuerdo con la posición de las estrellas. Nuestra salud depen día en parte de las leyes del universo. El médico estaba muy relacionado con el firmamento o sistema natural por lo que se le llamó physicus o filó sofo de la naturaleza. Esto se explica porque el ser humano, como ya se co mentó, es en todo igual al mundo espacial, a las cosas del universo, como por ejemplo, los vasos sanguíneos se asemejaban a los ríos. La astrología era necesaria_ al médico dado que la influencia celeste causaba efectos en el cuerpo humano. Los humores que integraban el or ganismo se descomponían por dos causas: por los excesos que cometía el hombre y por la poca precaución que tenía, como_ por ejemplo, un abuso en los alimentos, y por influencias celestes, pues la posición de los astros tenía una acción sobre la fisiología humana. Por ejemplo, los enfermos de bubas y los que padecían dolores en las junturas del cuerpo recibían alivio con la luz del día y con la presencia del sol, mientras que con su au sencia se agravaba el mal. El sol recreaba a la naturaleza humana. Martínez sostenía que era deber del astrólogo dar consejos al médico para ayudarlo en su profesión. Tenía que saber que no'. todos los días eran apropiados para aplicar remedios. como las purgas y sangrías, algunos eran peligrosos. En el tratado de Galeno que lleva el título de Días críticos se habla de la influencia de la luna sobre los seres humanos. Estas mismas ideas se guían vigentes en la Nueva España. Ejemplo de ello es que Enrico Martí nez sostenía que el origen y cuenta de los días decretorios procede del curso y movimiento de la luna, la cU: al, según Galeno, en el tercero de los días decretorios causa efectos muy evidentes en estas cosas inferiores, en especial en los cuerpos humanos; y no sólo sienten sus operaciones los enfermos, mas también ios sanos, ya que el hombre es «un �undo abre viado que participa de todo y conviene que la parte siga al todo como el efecto a su causa». Si una cierta calidad e influencia celeste no hacía igual efecto en todos los hombres, era por la diversidad de las complexio nes de ellos. Enrico Martínez sostenía que no era supersticioso aprovecharse de la astrología en la medicina, sino útil y necesario. Esto se comprobaba por la constitución que el papa Sixto V había dado en Roma el 5 de enero de 1586, en la cual prohibía todas las sectas judiciarias, excepto la astrología que trata, según afirma, acerca de la agricultura, la navegación y sobre cosas de medicina. Es decir, esto prueba que era aceptado que la medid na recurriera a la astrología. Dadas las causas de las enfermedades, el paciente contaba con dos vías para remediar su mal: una por medio de la influencia celeste y la segunda por medio del arte de la medicina. Cuando se unían estas opciones, ambas con la ayuda de las matemáticas, solían hacer aventajado efecto. La cátedra de Astrología y Matemáticas fue de gran trascendencia en la evolución de la educación universitaria de la Nueva España debido a que dio a conocer los últimos avances del pensamiento científico euro peo, como por eje:i; nplo la obra de Copérnico. En principio, el título de la cátedra que venimos comentando podría hacer pensar que se trataba de una materia de carácter supersticioso, pe ro si nos trasladamos a la mentalidad de la época, se ve que no fue así. La Facultad de Medicina fue el recinto donde se manifestó el interés por adoptar las ideas modernas del viejo mundo, y la cátedra de Astrolo gía y Matemáticas marcó una diferencia con las otras asignaturas del programa académico de medicina. Estableció la transición a la renova ción de los estudios universitarios, en virtud de que contaba con lecturas de autores renacentistas, además de los de la Antigüedad y de la Edad Media, claro está. En las otras materias del plan de estudios no se leían a autores modernos, eran totalmente tradicionalistas. La relación astrología-medicina parece más común que la relación matemáticas-medicina, pues suele vincularse, aún hoy en día, con la práctica de la medicina popular. Sin embargo, en la historia de la medici na universal, la astrología ha tenido mucho que ver con la denominada medicina científica, cuyo origen data de la Grecia antigua, y precisamen te por el vínculo que existía entre la medicina y la astrología, era necesa rio recurrir al estudio de las• matemáticas. Recuérdese que inicialmente la cátedra la tenía que impartir un cosmógrafo, quien cubría los dos aspec tos de la materia. Las matemáticas fueron indispensables para conocer la estructura del universo y para hacer cálculos astrológicos, Aunque hoy en día parezca curioso y absurdo, profesar la astrología era cosa común y respetada, al grado que se enseñaba en la universidad. En la �poca que nos ocupa hu-bo una matematización del saber. Conocer el cosmos era medirlo y mate matizarlo, ya que el universo estaba constituido por cuerpos materiales variables en su forma y contenido y, para entender esa apariencia, era preciso concebirla reduciéndola metódicamente a una combinación de fi guras geométricas, figuras de _ las que la mente humana podía dar.razón. Por tanto, las matemáticas le sirvieron al médico para conocerel cosmos y, desde luego, para apreciar mejor el estado clínico del paciente, los días decretorios y el ritmo de las fiebres. La creación de la cátedra de Astrología y Matemáticas en la universi dad novohispana obedeció a la regla que aquí existía de adoptar las ideas y costumbres de la Metrópoli, en caso los planes de estudio, que por años se venían enseñando eh las universidades españolas, donde estaba arraigada la relación de la medicina con las matemáticas y la astrología. La cátedra que hemos comentado se enseñó prácticamente durante doscientos años; llegó a su fin en 1833, fecha en que el poder ejecutivo hi zo modificaciones de la enseñanza pública en todos sus ramos. Cerró la Facultad de Medicina y en su lugar creó el Establecimiento de Ciencias Médicas, el cual contó con un nuevo plan de estudios, actualizado a las necesidades de la época.
La personalidad de Maimónides (Córdoba, España, 1138; Fustat, Egipto, 1204) es considerada un paradigma de las cíencias y humanida des del mundo árabe medieval pues en su figura se conjugaron la filoso fía, la ciencia y la teología de su época. Sus escritos médicos reconocen diversas influencias: la herencia de la Antigüedad clásica grecorromana, la medicina árabe medieval y las fuen tes hebreas bíblicas y postbíblicas. El interés en el estudie;> de los escritos médicos de Maimónides ( en adelante: MM) es creciente pues, a través de ellos, es posible trazar un panorama de la formación científica en el mundo de lengua árabe de la segunda mitad del siglo XII, período en el cual la importancia de la medi cina islámica comienza a declinar. En el curso de los últimos cuarenta años se ha incrementado la canti dad de estudios sobre MM y su abundante producción escrita, revelando un interés creciente en sus textos y en los textos de su época. período se han publicado ediciones críticas de ocho de las diez obras mé dicas del cordobés, de lo cual ha resultado que gran parte de esta nueva bibliografía se refiere a los aspectos médicos de su obra. Sin embargo, restan aspectos de su producción escrita que no han sido suficientemente estudiados aún. Uno de ellos consiste en la relación entre la adhesión de MM a las tradiciones médicas que le precedieron y la cuota de originali dad científica que le tocó a él aportar. Esta relación puede ser estudiada sólo si se compara la posición de MM sobre un aspecto científico puntual con las posiciones de tradiciones científicas anteriores sobre el mismo aspecto. De esta forma es posible estudiar los fenómenos de tradición y cambio en el desarrolio de la historia de la ciencia desde la Antigüedad hasta la Edad Media. En el presente trabajo se estudiarán los fenómenos de tradición y cambio relativos a la influencia del aire ambiental y del viento en los pro cesos de salud y enfermedad de los seres humanos, realizando un análisis comparativo de textos maimonitas, grecorromanos, bíblicos y talmúdi cos. Los textos de Maimónides En el cuarto capítulo del Régimen de Salud aparece el siguiente párrafo: 104 «Primero es necesario cuidarse de mejorar el aire, luego de mejorar el agua y luego los alimentos'. Esto es a, sí porque lo que los médicos lla man pneumas son vapores ligeros que se encuentran en el cuerpo de los seres vivientes... Su origen y sustancia fundamental deriva del aire inha lado del exterior... El vapor que se encuentra en la sangre del éorazón y los vasos pulsátiles se llama espíritu vital; y el vapor que se encuentra en las cámaras del cerebro y que desde allí se disemina, a través de las oquedades de los nervios, se llama espíritu psíquico. La fuente de todos ellos y el grueso de su substancia deriva del aire que es inhalado desde el exterior. Y si este aire es rando, pútrido o turbio, todos los espíritus se alteran y sus características se transforman en lo opuesto de lo que deberían ser. Galeno dijo: se debe prestar atención a la calidad del aire que se inha la al interior del cuerpo para que el cuerpo esté perfectamente balancea do y libre de todo lo que pueda contaminarlo. El autordice: cuanto más delicado es el pneuma, más susceptible es a los cambios del aire. El espíritu natural es más espeso que el vital, y el vi-tal es más espeso que el espíritu psíquico. Con un pequeño cambio en el aire aparece un cambio reconocible en 1� condición psíquica. Por ello existen muchas personas cuyas actividades psíquicas declinan por la contaminación del aire; desarrollan confusión del pensamiento, debili dad de comprensión y pérdida de memoria, aún cuando sus actividades vitales y naturales no experimentan ningún cambio notorio. Comparar el aire de las ciudades con el aire del desierto y los bosques es como comparar las aguas espesas y turbias con las puras y claras. Esto es porque las ciudades, por la altura de sus edificios, la estrechez de sus calles, la basura proveniente de sus habitantes, sus residuos, sus muer tos, las deyecciones de sus animales y la putrefacción de sus •alimentos todo ello hace que el aire sea estancado, turbio, vaporoso y espeso. El pneuma también se transforma en forma acorde pero la persona no per cibe lo que ha ocurrido con él. Si no se tiene posibilidades de elegir en es te aspecto -porque se ha crecido en áreas urbanas y uno se ha acostum brado a ellas-se debe elegir, de entre las ciudades, aquella que tenga amplios horizontes, preferentemente orientados hacia el norte y el este, y que esté alta en las montañas, donde los bosques son ralos, con pocos ár boles y poca agua. Y si aún así uno no puede elegir, o sea, no puede mu darse de la ciudad, por lo menos trate de morar en los suburbios orienta dos hacia el norte y el este. Los cuartos deben estar localizados en un edificio alto con amplio patio para que el viento del norte y el sol puedan atravesarlos; porque el sol disuelve la putrefacción del aire, lo fluidifica y lo purifica. Debe ponerse atención en ubicar los baños tan lejos de los cuartos como sea posible; y también se debe tratar de mejorar el aire y secarlo con perfumes y fumigantes, en forma apropiada y de acuerdo con los cambios en el aire. Esto es fundamental para comenzar un régimen de cuidados de la salud del cuerpo y del alma. » ( 1). Un pasaje que trata del mismo tema aparece también en el capítulo decimotercero del Tratado del Asma: «Dice el autor: cuanto más delicado es el pneuma, más afectable es por el aire circundante. Así el espíritu natural es más denso que el vital, y éste es, a su vez, más denso que el animal. Cada cambio en el aire circun dante produce una alteración en el espíritu animal. Por ello, algunas per sonas, enfrentadas a un cambio climático repentino, experimentan una disminución en sus funciones animales, una forma de estupor, la pérdida de la capacidad de razonar o de la memoria, mientras que los espíritu_ s natural y vital no se alteran. La relación entre el aire de la ciudad y sus calles (por un lado) y el (aire) que se puede hallar en un sitio abierto puede ser comparada con la relación entre el agua sucia y groseramente contaminada y su contraparte clara y límpida. El aire de la ciudad es es tancado, turbio y denso, resultado natural de s. us edificios altos, calles es trechas, los desechos de sus habitantes, los cadáveres y esqueletos de sus animales, alimentos en mal estado y cosas similares. Los vientos llevan sigilosamente este aire hacia adentro de las casas y muchos hombres se enferman sin darse. cuenta de ello. Sin embargo, si parece imposible es caparse (de la ciudad) por haber crecido en una urbe y estar acostum-. brado a sus caminos, uno debe, al menos, elegir residencia ubicada en un sitio abierto, que mire hacia. el nordeste, preferentemente sobre la ladera de una montaña escarpada y boscosa, y le jos de charcas y pantanos. Si fuera imposible mudarse a otra ciudad, lo que seguiría (en orden decre ciente de importancia) es residir en un suburbio, al sur o al norte. Las salas de estar están mejor localizadas en el cuarto superior, mirando ha cia una calle ancha expuesta al viento del norte y al brillo del sol, ya que la luz solar barre el aire malo y lo transforma en aire claro y límpido. Los baños deben situarse tan lejos de las salas de estar como sea posible. El aire debe ser mantenido siempre seco con esencias dulces, fumigación y agentes desecantes. El mantenimiento del aire fresco es la regla más im portante para la preservación de la salud del cuerpo» (2). Ambos textos son casi idénticos en sus ideas, por lo que se puede pre sumir que uno fue copiado del otro (3). La única diferencia es que el pa saje que figura en el Tratado finaliza con una sentencia que no se registra en• el Régimen: « El mantenimiento del aire fresco es la regla más importante para la preservación de la salud del cuerpo. » En otro pasaje del mismo Tratado se apunta que: «Es bien sabido que el aire limpio y puro, libre de de toda contamina ción, es aconsejable para todas las personas, ya sea sanas o enfermas» ( 4). La� alteraciones en la composición del aire •pueden ser causa de gra ves trastornos de la salud, sostiene MM. Esto sucede por dos mecanismos diferentes. El primero de ellos es la alteración de los pneumata. De acuer-do con la fisiología de la época, en el cuerpo de los.seres vivos existirían vapores denominados pneumata o spiritus (5). Existirían tres clases de pneumata, a saber: * El pneuma natural. * El pneuma vital. * El pneuma psíquico. Como todos ellos se crearían a partir del aire exterior, las modifica ciones en la calidad del aire alterarían la calidad de los pneumata. Cuan do más delicado es el pneuma, más sensible es a los cambios del aire; si el aire exterior es rancio, pútrido o turbio, los pneumata se alteran y el indi viduo puede enfermar. Maimónides recoge en sus Aforismos Médicos de Moisés la siguiente sentencia que hace suya: «Se debe tratar de normalizar en forma temprana el espíritu de estos tres órganos. Para (mejorar) la calidad del espíritu físico, se debe mejo rar el aire externo, o abrir los poros de la piel, o purificar las vías respira torias de secreciones espesas y viscosas... (Para mejorar) el espíritu na tural, se debe consumir alimentos y bebidas que sean nutritivos, beneficiosos y poco perjudiciales» (6). El segundo mecanismo por el cual las modificaciones en el aire inha lado producirían trastornos de la salud consistiría en las alteraciones del calor corporal, innato o natural. Este concepto fue uno de los cuatro pila res de la fisiología de Galeno y de los galenistas medievales, tal como lo apuntara Laín Entralgo (7). Véase el siguiente párrafo: «Si el cuerpo se torna anormal porque se llena de secreciones, alimen tos o bebidas, y no existe un cuarto para que el aire inhalado encuentre su camino, se produce estrangulamiento del calor innato... El calor inna to fluye muy lentamente y se extingue y, como resultado, aparece rápida mente la muerte... Las causas que afectan al calor innato desde el exte rior son seis... la quinta es resultado del deterioro de su sustancia... Esto sucede de dos formas. Primero, por la inspiración de aire frío mezclado con gases perjudiciales y con mal olor, como en el caso de los gases que emanan de cadáveres y los gases emitidos por cloacas y pozos ciegos, en MM sostenía también que el viento influye sobre los procesos de sa lud y enfermedad. En sus aforismos recoge y hace suyas las siguientes re flexiones: «El peor (clima) de cada país es el cercano a los vientos del este, y donde prevalecen los vientos desapacibles y fríos» (9). «El mejor viento es el que sopla desde el litoral. El siguiente es el que sopla desde las montañas. El peor de estos (vientos) es el que viene de los ríos, de lagos o de campos. El intermedio entre éstos es el que viene de otras (direcciones)» (10). A continuación se examinarán las opiniones de los médicos grecorro manos sobre el mismo tema. El tratado Aires, Aguas, Lugares es, de los textos del Corpus Hippocra ticum, el que mayor c_ antidad de material aporta para el presente estudio. Este texto es, en realidad, un manual práctico destinado a dar consejos útiles a los griegos que se asentaban en nuevas colonias en sitios desco nocidos de la cuenca del Mediterráneo (11). Como se sabe, la ciencia hipocrática aceptaba la existencia de cuatro humores corporales ( chymoi), llamados bilis blanca o flema, bilis negra, bilis amarilla y bilis roja o sangre. Estos humores no eran concebidos co mo intrínsecamente patógenos ep. tanto se mantuvieran en las proporcio nes adecuadas (eukrasia); sin embargo, el desequilibrio en la concentra-. ción de uno de ellos (diskrasia),sería causante de enfermedad. Estas ideas se aplicaban a todas las áreas de la medicina y también a la clima tología médica. Se pensaba que cada humor era afectado por una condi ción climática diferente en forma casi exclusiva: « Y ésta es la condición de las ciudades en situación opuesta, que reci ben vientos fríos... ellos (los habitantes) deben ser más biliosos que fle máticos... (13) Estos dos fragmentos ejemplifican una de las características de la me dicina hipocrática: una visión bastante esquematizada del medio ambien te que refleja la predilección de los griegos clásicos por l, a categorización neta. En el mundo hipocrático, las enfermedades que se observan en un clima gobernado por vientos cálidos no aparecen en regiones de vientos fríos. Sería muy raro encontrar una enfermedad que se manifestara en regiones de climas opuestos. Las ciudades cuyos vientos fueran tibios --ni muy cálidos ni muy fríos-eran consideradas más saludables debido a la variedad climática experimentada. «Las ciudades orientadas hacia el nacimiento del sol (14) son proba blemente más saludables que las que miran hacia el riorte y que las que están expuestas a vientos cálidos... » (15). «Las ciudades orientadas hacia el ocaso del sol ( 16) y barridas por los vientos del este... estas ciudades son poco saludables» (17). Se sabe también que la escuela médica de los neumáticos, fundada al rededor del año 50 d.C. puso especial énfasis en la acción del aire en el cuidado de la salud. Para ello, estos médicos estudiaron el aire de los va lles, los pantanos y la orilla del mar, y su efecto sobre las enfermedades (18). Es Galeno,-sin embargo, quien elevó a la categoría de dogma las crea ciones de la medicina hipocrática. En el área de la climatología médica, Galeno se limitó a reforzar las opiniones que le precedieron sin producir innovaciones de valor, aunque desarrolló algunos corolarios a base de las ideas de Aguas, Aires, Lugares. Galeno es más específico cuando habla de la relación entre el aire y la construcción de ciudades: http://asclepio.revistas.csic.es viene de... grandes ciudades y de áreas densamente pobladas; y el que está contaminado por putrefacción de animales, vegetales, aceites o es tiércol... y el que, en un valle rodeado por montañas, no recibe brisa. Es te aire es. sofocante y viciado, como el de algunas casas cerradas, donde se conjugan la putrefacción y la falta de ventilación. Este aire es perjudi cial para (personas de) toda edad; mientras que el aire absolutamente puro es beneficioso para todas las edades>; _ (19). Los textos bíblicos y talmúdi_ cos Una de las claves para entender los pronunciamientos de la antigüe dad hebrea con respecto al mundo de la naturaleza radica en el precepto bíblico del bal tashjit, «no destruirás en vano». La fuente bíblica de este mandato es Deuteronomio 20: 19, donde la divinidad prohibe la destruc ción innecesaria de árboles en tiempos bélicos. Este principio fue invoca do frecuentemente por los rabinos del Talmud para aplicarlo a la utiliza ción instrumental del aire, del agua y de la tierra. La polución de estos tres elementos naturales por parte de los hombres es vista como la viola ción del mandato divino del bal tashjit y, por lo tanto, no es considerado sólo un acto de insensatez, sino también de sacrilegio. Los rabinos emitieron ordenanzas bastante estrictas con respecto al aire de los países extranjeros. Antes de la destrucción del Segundo Tem plo de Jerusalén (70 d.C.) se emitió un decreto por el cual se consideraba ritualmente impuro el aire de los territorios ubicados fuera de la tierra de Israel. Se han sugerido varias razones para esta ordenanza. Es posible que los rabinos hayan pensado que la impureza se debería a los cuerpos insepultos de los ahogádos en el Diluvio (20). Quizá los haya motivado el hecho que, en dicha época, la mayor parte de los judío� moría fuera de la tierra de Israel. También es posible que. esta declaración de impureza ri tual no se haya debido a motivos religiosos sino económicos y sociales, en un deseo de los líderes de. la época en pro de desalentar la emigración masiva de judíos desde Israel en un período en el cual la situación gene ral del país era muy difícil. El aspecto más notable de las enseñanzas rabínicas en relación con los efectos del aire sobre la salud es _la creación de la. noción de mazikin (21). La Mishná (22) relata su.creación: El shamir (23). El texto de las Tablas (de la ley). Las Tablas (de la ley). El cordero de Abraham nuestro patriarca (que sustituyó a 1 Isaac en el sacrificio). � -Las primeras tenazas que se utilizaron para forjar otras. » (24) Los mazikin eran una suerte de espíritus o demonios capaces de cau sar enfermedades y diseminarlas a través de sus desplazamientos por aire y agua. se• pensaba que a mediados del verano estos espíritus se volvían más activos por efecto del aire cálido; por lo tanto este período era visto como particularmente insalubre. La ciudad de Jerusalén ocupaba una posición destacada en los ojos de los judíos piadosos; por ello los rabinos se preocuparon por mantener y fomentar la pureza del aire de la ciudad. Se quemaban leños de árboles de canela para lograr un aroma placentero del aire: «Rahabah dijo en nombre de Rabí Judá: los -leños que se quemaban en Jerusalén eran del árbol de canela. Y cuando eran encendidos, sufra gancia cubría toda la tierra de Israel» (26). El aire de otras ciudades también fue protegido mediante ordenanzas rabínicas. Una ordenanza de la Mishná prescribe la obligación de mante ner a una distancia de cincuenta cúbitos de cada ciudad las tumbas, los animales carroñeros y las curtiembres, en razón de los olores nauseabun dos y potencialmente peligrosos que despiden (27). La Mishná ÜB) se ocupó también de las máquin�s de trillar grano: -� «Las trilladoras deben ser colocadas a una distancia de cincuenta cú bitos de la ciudad. Ninguna persona puede colocar una trilladora en su domicilio a menos que haya alrededor un espacio libre de cincuenta cú bitos» (29). Sobre esta fuenta la Guemará (30) se interroga y responde: «¿Por qμé debe mantenerse la trilladora a cincuenta cúbitos de la ciu dad? Para impedir que ocasione daño. Podría esparcirla paja a través del aire» (31). Análisis de los documentos En el pensamiento de MM existen tres cosas que deben vigilarse para asegurar el correcto cuidado de la salud. En orden de importancia, de mayor a menor, ellas son: el aire, el agua y los alimentos. La vigilancia de http://asclepio.revistas.csic.es las condiciones del aire es, en consecuencia,. una de la principales tareas de promoción de la salud. Las alteraciones en la composición del aire pueden ser causa de gra ves trastornos. Esto sucede por dos mecanismos diferentes: la alteración de los pneumata y la alteración del calor natural. Los pneumata son, en la fisiología general galénica, uno de los cuatro conceptos fundamentales, junto con el alma (psykhé), la potencia o fa cultad (dynamis), y el calor natural (émphyton thermón) (32). Los pneu mata son sustancias materiales sutiles y delicadas, por las cuales las po tencias de las partes orgánicas pasan a ser la acción y el acto de ellas; es decir, son los instrumentos agentes del movimiento vital. La medicina galénica sostendrá la existencia de tres tipos de pneumata: el físico (o natural), el vital y el psíquico. Temkin ha demostrado que en los escritos de Galeno la división no es tan tajante y clara; esta división parece ser obra de los galenistas posteriores (33). El hígado es el sitio• del pneuma natural, el órgano que crea la sangre, y el responsable de alimentar y nu trir a todo el cuerpo incluyendo al lado derecho del corazón. El corazón es el sitio del pneuma vital, creado a partir del pneuma traído traído des de los pulmones hasta el lado izquierdo del corazón; de allí se disemina por todo el cuerpo a través de los vasos pulsátiles (arterias). El pneuma psíquico se localiza en los ventrículos cerebrales, siendo el cerebro el asiento del alma y el órgano que controla las funciones vitales corpora les. MM sostuvo qu_ e, de los tres pneumata, el psíquico sería el más deli cado y el más susceptible de modificaciones; en consecuencia, el más in fluenciable por cambios en el aire inspirado. Al teraciones imperceptibles del aire exterio_r serían capaces de crear trastornos en el pneuma psíquico, incluso sin afectar las funciones naturales y vitales. Es aquí donde deben insertarse las prevenciones sobre la impureza, estan camiento y turbidez del aire que MM formuló en el Régimen de Salud y en el Tratado del Asma. Existe otro mecanismo por el cual una persona puede ser dañada co mo consecuencia de la alteración del aire ambiental. Se trata de un cam bio en las condiciones del calor natural, innato o corporal. Como fue di cho más arriba, fue uno de los cuatro conceptos fundamentales de la fisiología galénica. No se conoce aún el origen primigenio de este con cepto. Laín Entralgo ha sostenido que se trata de una vieja doctrina per viviente en Galeno (34); de lo cual se desprendería que es muy anterior al médico de Pérgamo. García Ballester ha sostenido que el calor innato fue un concepto diferente de los pneumata (35); Müntner, en cambio, http://asclepio.revistas.csic.es sostenía que el calor natural era concebido como parte del pneuma vital (36). MM sostiene -basándose en Galeno.......: que el aire ambiental co rrupto deterioraría el sustrato de la respiración y podría causar el sín cope o colapso. Adjudica este fenómeno al deterioro en el calor innato o natural. También sostiene que el inspirar aire frío mezclado con ga ses y malos olores -como los que emanan de residuos biológicos-de teriora la sustancia del calor natural y la persona, en consecuencia, se enferma. MM aportó una vivida descripción de las ciudades egipcias -de su tiempo, y estableció relaciones entre la situación urbanistica y el cuidado de la salud. Los poblados se caracterizaban por tener un aire espesó y turbio debido a la altura de los edificios, la estrechez de sus calles y los residuos provenientes de los pobladores: basura de diversa especie, cadá veres de animales, deyecciones y alimentos putrefactos. Por este motivo el autor sugirió morar en los suburbios de la ciudad orientados hacia el norte y el este; ubicar los cuartos para dormir en un edificio alto, con am plio patio, para que el viento del norte y el sol puedan atravesarlos; ubi car las letrinas lejos de los cuartos, y mejorar el aire con esencias y fra gancias. En la opinión de MM, el lugar ideal para vivir sería una ciudad con amplios horizontes hacia el norte y el este, localizada en lo alto de una montaña, pues el aire puro y límpido de ese sitio sería el más aconse jable para las per.sonas. Las ideas maimonitas sobre la relación del aire ambiental con la sa lud se originan en la medicina grecorromana y en las fuentes rabínicas. El escrito hipocrático Aires, aguas, lugares estaba dedicado al estudio de la influencia del clima sobre la salud, en su primera parte, y del clima sobre la inteligencia, en la segunda. Las ideas hipocráticas sobre clima tología médica influyeron notablemente en el mundo antiguo. Aires, aguas, lugares es, en realidad, un manual de medicina que trata sobre el afrontar situaciones médicas desconocida�, y está dirigido a los médicos de las colonias griegas de la Hélade. En los textos hipocráticos los hu mores son afectados por el ambiente en general, y cada uno de ellos por otra condición particular del tiempo. Las sectas médicas que surgieron a partir de la escuela hipocrática recogieron esta doctrina de climatología médica junto con la doctrina de los humores. Una de las sectas más tem pranas, los empíricos, estaba muy interesada en la conservación del am biente y sostenía que el tratamiento •médico debe ser hábitat-específico, es decir, con particularidades para cada ambiente; y que por lo tanto el médico debía tener un acabado conocimiento de las condiciones locales al prescribir un régimen al paciente. La escuela neumática, con Ateneo de Atalia (c. 50 d.C.) y Areteo de Capadocia (S. I y II d.C.) enfatizó la acción del aire sobre el pneuma, y estudió el efecto de diversos tipos de aire sobre la salud. Galeno (s. 11 d.C.), por su parte, elevó la teoría am biental hipocrática y la doctrina de los humores a la categoría de verdad absoluta. La medicina hipocrática mostró dos características relevantes en lo que a su visión del ambiente se refiere. En primer lugar, tuvo una visión holística en la que el agua, el aire y el lugar estaban íntimamente conec tados con la salud. Segundo, tenía una visión esquematizadora del am biente que reflejaba la predilección griega por la categorización neta y ro tunda: las enfermedades que se observan en los lugares con vientos calientes no se observan en lugares donde soplan vientos fríos y vicever sa; las ciudades con vientos templados son más sanas por la variedad del clima. El cuidado del aire ambiental también está desarrollado extensa mente en las fuentes talmúdicas, aunque no tan bien ordenado y siste matizado como• en las grecorromanas. El Talmud se apoya eri una cita bíblica (3 7) para elaborar la doctrina del bal tashjit, por la cual se prohibe la destrucción innécesaria de recursos naturales en tiempos de guerra. Elevado a la categoría de una prescripción religiosa, el poluir el aire, el agua o la tierra es visto como una violación del precepto bal tashjit y, por lo tanto, como un acto sacrílego además de necio. Los ra binos del Talmud invocaron este principio y lo relacionaron con el uso del aire, del agua' y de la tierra para el bienestar y la preservación del mundo. El aire era concebido como poseedor de influencia directa sobre la s• a lud. En las notas a su edición hebrea del Régimen de Salud, S. Müntner apuntó veintitrés referencias de la literatura talmúdica y postalmúdica sobre este tema (38). Como se ha visto, en el Talmud aparece la noción de mazikin, espíritus causantes de enfermedad que viajan por el aire. Tam bién aparece en el Talmud la idea que sostiene que los sitios elevados son más saludables que los llanos y deprimidos en razón de la calida4 de su aire. Aparece aquí una notable coincidencia entre las fuentes talmúdicas y los escritos de Galeno. MM suscribe la opinión de Hipócrates en relación a los vientos. Para la escuela hipocrática los vientos se clasificaban en tres grupos: 1. o Los mejores: provenientes del litoral. 2. o Los intermedios: provenientes de las montañas. 3.o Los peores: provenientes de ríos, campos o lagos. Empero, no cabe duda que debe haber tenido en cuenta también cier tos pasajes del Talmud donde el viento del norte es considerado una suer te de purificador del cielo (39) y necesario para la existencia del mundo (40). MM insistirá sobre los vientos y su relación con la salud al indicar hacia donde deben estar orientadas las viviendas para ser consideradas saludables, como ya se ha visto (41). En un brillante trabajo Newmyer ha detallado la íntima relación en tre la climatología de los escritos médicos griegos clásicos y la climato logía médica del Talmud (42) En ambas escuelas se exigía al médico co nocer las condiciones climáticas del lugar donde iba a trabajar antes de hacerlo. El texto Aires, aguas, lugares es un manual que brinda al médico consejo sobre cómo afrontar situaciones desconocidas. Los judíos del período talmúdico conocieron y valoraron estos escritos ya que les fue ron útiles para hacer frente a situaciones desconocidas en la diáspora. Los maestros del Talmud aconsejaban a los médicos adelantarse a cono cer el clima local si eran llamados a atender enfermos en ciudades extra ñas (43). No es raro, entonces, que MM haya incluido en su Mishné Torá la indicación de hacerse atender siempre por médicos residentes en el lugar. El médico cordobés se ocupó también de la eliminación y descarte de residuos biológicos. Basado en otro versículo bíblico ( 44) codificó la prohibición de defecar en el campamento ( 45). En las concentraciones militares debían designarse lugares especiales, fuera de los límites habi tados, para defecar. Además, cada soldado debía llevar una estaca en su mochila; al sentir deseos defecatorios debía cavar un pozo y luego cubrir con tierra las heces, evitando que éstas quedasen expuestas a la intempe rie. Los cadáveres de las reses y las tubas debían estar fuera de los límites del área poblada. Las curtiembres debían instalarse sólo en el lado este de la ciudad para evitar que el viente dispersase los olores nauseabundos que emanan de ellas. Las trilladoras debían ser alejadas de la ciudad para evitar que el viento esparciera la paja y dañara a los habitantes. Y si la tri lladora fuera instalada dentro de un domicilio particular, debía verificar se que hubiera una distancia de terreno no menor a cincuenta cúbitos a la redonda para evitar la dispersión de la paja por el viento y la consi guiente molestia o daño a los vecinos. Del análisis de los textos precedentes surge que los conocimientos que MM tenía sobre climatología médica provenían de la medicina clásica grecorromana y de las fuentes bíblicas y talmúdicas. No existen eviden cias suficientes para sostener que MM haya innovado en este campo, es decir, producido conocimientos nuevos y originales sobre este tema; an tes bien, aparece como un buen organizador-clasificador-sistematizador del conocimiento médico preexistente. En los escritos de MM se conjugan los enfoques diferentes de la medi cina grecorromana clásica y de la medicina hebrea clásica. La primera luchó por separar la ciencia de la magia y de la religión; de esta forma, los procesos de salud y enfermedad podían ser estudiados racionalmente sin asumir ninguna clase de intervención divina. El hombre, en tanto ser racional, puede dominar el an: ibiente. En los escritos hebreos -las cuestio nes médicas en general -y las cuestiones ambientales tratadas aquí en particular-son vistas como inseparables de consideraciones religiosas y morales; entre ellas, la idea de una misión del hombre sobre la tierra y su condición de agente responsable del mantenimiento de la vida en el mun do que comparte con otras criaturas. Ambos enfoques revelan un agudo sentido de respeto por la naturaleza, al cual llegan por motivaciones dife rentes. MM compartió ambas visiones y, sin innovar en ninguna de ellas, supo organizar las opiniones de ambas escuelas y armar-un cuerpo único de climatología médica completo, útil y racional.
Los miomas uterinos fueron una de las afecciones más polémicas pa ra la extensión del uso terapéutico de las radiaciones. La abundante lite ratura médica que generó en la prensa española, sin parangón con ningu na otra enfermedad benigna en las que se ensayó la radioterapia, es buena muestra de ello. Al tratarse de una enfermedad benigna, tradicionalmente en manos de los cirujanos, la justificación de un remedio nuevo con escasa funda mentación científica hacía más difícil la negociación entre radioterapeu tas y ginecólogos a los que se les disputaba el monopolio terapéutico. Aquí la oferta de una nueva mercancía terapéutica no podía ampararse en el carácter mortal de la enfermedad ni en su papel adjuvante a la ciru gía, argumentos que habían justificado la introducción de la radioterapia en el caso del cáncer ( 1). El estudio de este tipo de controversias presenta el interés de exponer el carácter no privilegiado del conocimiento científico, pues en su elabo ración intervienen conflictos intraprofesionales y procedimientos retóri cos de negociación (2) (persuasión y consenso) tanto como factores inter nos. Durante la primera década del presente siglo el tratamiento de los miomas fue, básicamente, quirúrgico (3). Desde que en 1876 practicara Winckel ( 183 7-1912) el primer raspado para detener una metritis hemo rrágica, numerosos procedimientos paliativos fueron sucediéndose en la práctica de los cirujanos: la castración ovárica, abandonada por la morta lidad ocasionada; las ligaduras extraperitoneales de las arterias uterinas; la opoterapia mamaria, etc. Con posterioridad, y a pesar del cuestiona miento sobre la gravedad de la enfermedad,-otros procedimientos con in tención curativa gozaron del beneplácito de los cirujanos, la extirpación de miomas vaginales, 1a miomectomía vaginal o abdominal, la enuclea ción y, finalmente, la histerectomía total o subtotal (4).. En su proceso de constitución, la radioterapia fue eitendiendo sus in dicaciones a diversas patologías en las que la intervención quirúrgica es taba contraindicada. De esta forma se dio el primer paso para el ensayo terapéutico de las radiaciones en los miomas inoperables (5). Los porta voces del nuevo remedio hacían una lectura triunfal del hecho, tributo al empeño investigador que había conducido la roentgenterapia profunda «a las cumbres más altas de la terapéutica ginecológica» (aún recono ciendo el beneficio de la ineficacia quirúrgica). Los primeros casos fueron publicados por Deutch y Morton ( 1845-1920) en 1902, que obtuvieron una reducción tumoral marcada y una transformación de las menorragias en menstruaciones normales (6). En España las primeras experiencias fueron presentadas, en -1915, por Reca séns (7), al Congreso de Valladolid de la Asociación Española para el Pro greso de las Ciencias, y Calatayud Costa (8),.al VII Congreso Internacio nal de Electrología y Radiología, celebrado en Lyón (9). En 1917el ginecólogo Fargas Raymat (1893-1925) concluía su tesis de doctorado con la aseveración «La roentgenterapia profunda es una medicación utilí sima en el tratamiento de los fibromas.uterinos» (10) por su valor curati vo, paliativo o auxiliar a los métodos cruentos, y la consideraba exclusi vamente indicada en las pacientes con más de cuarenta años. Aún sin sentar los criterios que determinaran el grupo específico de pacientes'que pudieran beneficiarse, el nuevo remedio generó un gran entusiasmo, has ta el punto «quizá una exageración» (11) de substituir del todo el bisturí por los rayos X en el tratamiento de los miomas. En efecto, el limite de la edad, defendido inicialmente, fue sometido a discusión «no sólo por la mayor acometividad del ginecólogo, sino tam bién. por las exigencias de las enfermas que en gran mayoría prefieren re currir a este medio antes de la operación». Las contraindicaciones queda- han limitadas, según algunos autores (12), para aquellos casos asociados a fenómenos agudos -infecciones o retención de orina-, miomas sub mucosos, pediculados, esfacelados o asociados a carcinoma. Incluso se aceptaba su uso en mujeres muy anémicas con grandes hemorragias. Pa ra otros, incluido el propio Fargas hijo, «La única duda entre la terapia profunda o la intervención quirúrgica, salvo en casos muy especiales, sólo es admisible tratándose de mujeres de más de cuarenta años. » Para Fargas el inconveniente mayor de la terapéutica radiante residía en su.alto coste económico, «cuestión de escasa importancia entre la clientela privada», pero no así entre las pacientes de la beneficencia aten didas en dependencias hospitalarias con escasa dotación. La prolonga ción del tratamiento durante meses no parecía un inconveniente dado que otras afecciones también requerían tratamientos prolongados y no dificultaba el normal desarrollo de la actividad de las enfermas. Los detractores del procedimiento argumentaban la similitud de la castración radiológica con la quirúrgica, abandonada desde hacía tiem po. Sus defensores, por contra, señalaban las bases realmente científicas y la inocuidad de la terapéutica. El mecanismo de acción de los rayos X se explicaba por su efecto sobre la cortical ovárica -el objetivo era obte ner la esterilización _;._ y la acción directa sobre los. elementos tumorales demostrada por la efectividad del tratamiento en mujeres menopáusicas. Pero el carácter diferenciado de los miomas contradecía la escala de Bergonié (1857-1925)-Tribondeau (1872-1918) que auguraba una acción más efectiva de los rayos X sobre células escasamente diferenciadas (13). Por tanto, la explicación de la efectividad había que buscarla en 1a acción sobre células perivasculares embrionarias y sobre el epitelio de las glándulas uterinas. La diferencia en las respuestas obtenidas se espe culaba que estuviera relacionada con las tres fases de la acción radioac tiva señaladas por Schultz (1872Schultz ( -1913)): irritación, parálisis y destruc ción celular. De esta forma, las hemorragias observadas al inicio del tratamiento radiante serían una consecuencia de los efectos irritativos, las curaciones aparentes por tratamiento corto o poco intenso se deberían a una acción limitada a la parálisis y la curación definitiva sólo se pro duciría alcanzada la destrucción celular; El tratamiento solía ocasionar fenómenos climatéricos, involución vaginal, «borrachera roentgeniana» Asclepio-Vol. Pero estos efectos secundarios eran despreciables, según sus defensores, comparados con los riesgos quirúrgicos ( 14). Las mejoras en la dosificación, acaecidas durante la segunda década, especialmente la filtración y la irradiación convergente (1 S), facilitó el trueque de las indicaciones al reducirse los efectos secundarios. Con todo seguían siendo tributarios de cirugía aquellos casos de mioma cuyo trata miento radioterápico estaba contraindicado ( 16). Sin embargo, la indica ción no estaba definitivamente perfilada. En 1921 calculaba Conill (17) que, de cada tres casos, uno se intervenía quirúrgicamente (18), a lo que se daba una explicación positiva, en términos de la necesaria ayuda o co laboración entre procedimientos curativos, que «nunca [debieran] con trarrestarse». Pese a esta lectura, parece claro que se dirimía un enfrenta miento de responsabilidades profesionales, como muestra el siguiente comentario del radiólogo Pinós ( 19) en la conferencia impartida en el curso de cirugía abdominal organizado por Corachán en el Hospital de la Santa Cruz y San Pablo (1927): «¿Cuándo debe irradiarse y cuándo debe operarse un mioma uterino? He aquí una cuestión que aunque parece resuelta dista mucho de ello. La lucha entre cirujanos y radiólogos está todavía en el período álgido y si unos reclaman para sí la casi'totalidad de los casos, los otros pretenden curar con métodos incruentos y por consiguiente menos peligrosos la in mensa mayoría de ellos» (20). El límite de edad a los cuarenta años aún no estaba consensuado. Pa ra la escuela alemana, representada por los «cirujanos ya radiólogos» Seitz (1871-1'961) y Wintz (1887Wintz ( -1947)), la edad no significaba ningún im pedimento, limitándose las contraindicaciones de la radioterapia a mio mas poliposos pediculados, casos de diagnóstico dudoso o cuando la in tervención estaba indicada por otras patologías asociadas. Pinós consideraba que frente a los casos claramente quirúrgicos (21) o radioló gicos ( 22) existían otros intermedios en los que «solamente el-médico en cargado del tratamiento podrá resolver en último término ya que la inter pretación de la indicación a seguir es muy elástica». Una vez adoptado el criterio de irradiar, las técnicas empleadas se habían diferenciado en dos métodos defendidos por distintas escuelas y basados en la defensa de dos mecanismos distintos de acción de los ra-124 Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es yos X. A saber, el método alemán, preconizado por Kronig (1863-), Seitz y Wintz, que defendía el efecto de castración radiológica como único responsable de la regresión del mioma y, en consecuencia, la técnica de irradiación adoptada consistía en una dosis única sobre los ovarios (23). El llamado método francés, por su parte, preconizado por Béclere ( 1859-. Las pacientes eran tratadas en catorce o dieciséis sesiones semanales, mediante campos que abarcaban el tamaño tumoral y una dosis de 4000 ó 5000 roentgens. Pinós había adoptado un método mixto que intentaba obviar los inconvenientes de cada una de las téc:μ.icas anteriores. De una parte los largos tratamientos de la pauta francesa y por otra, las dificul tades de determinar una dosis segura para la obtención de la menopau sia. La falta de una justificación científica suficiente para establecer la dosis de castración se subsanaba con los prejuicios que sobre los cuer pos de las mujeres caracterizaron los conocimientos ginecológicos del momento «hemos notado que en las mujeres con marcados caracteres masculi nos la castración es más difícil de obtener que en las que tienen un tempe ramento linfoide» (25) Su técnica consistía en la aplicación de campos que abarcasen el tu mor y los ovarios -cuatro o seis campos convergentes-, en dos fases de seis sesiones cada una con un intervalo de mes y medio. Entrada la década de los treinta, la idea de algunos radiólogos sobre el tratamiento roentgenterápico era triunfalista. Así quedaba reflejado en el texto publicado en 1934 por Riera Vaquer (26) «Exitos de la roentgen terapia: los miomas del.útero, fibromas y fibromiomas de la matriz y las hemorragias uterinas», donde la defensa de la roentgenterapia estaba sustentada por su experiencia en el Instituto Fisioterápico, la insuficien cia de la farmacoterapia, el elevado riesgo quirúrgico y razones de orden científico técnico -dosimetría, sensibilidad celular a los rayos Roentgen, empleo de tubos adecuados- (27). Pinós reeditó en 1934 su trabajo (28) publicado en el año veintisiete,. que reiteraba los criterios de entonces, y concluía defe0: diendo la capacidad de resolución curativa de los radiólo gos en todos los casos, salvo los claramente quirúrgicos. No aceptaban los cirujanos la pérdida del monopolio terapéutico so bre los miomas. Ponjoan, del Servicio de Ginecología del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo, trazaba un panorama bien diferente: «Aunque parezca que las indicaciones y tratamiento de los miomas uterinos es un tema agotado, creo más que interesante, indispensable que los ginecólogos lo retomemos abordando el asunto con valentía, haciendo una llamada de alarma contra la innecesaria, contra la elevada cifra de miomatosas castradas por la roentgenterapia que además de haber perdi do los atributos de su sexu. alidad, en un espacio más o menos dilatado, han tenido que correr al ginecólogo para librarse de las complicaciones del mioma que ha continuado su evolución(... ) es necesario que los que a diario, por razón de nuestra especialidad, tenemos ocasión de controlar sus efectos lejanos, llamemos la atención de los internistas mal informa dos por estadísticas incompletas o amañadas y tendenciosas, asegurando y demostrando que si los rayos X ocupan un lugar en el tratamiento de los miomas este es de excepción y no de elección» (29). El cirujano restringía el uso de los rayos Roentgen a los miomas in tersticiales no muy voluminosos y en edades próximas a la menopausia. Sin embargo, esta restricción era privativa de la roéntgenterapia, no así del radium, cuya manipulación por los ginecólogos se defendía. Las razo nes argumentadas para apoyar la preferencia eran la facilidad en el ma nejo, la seguridad en la dosificación, porque su aplicación -sondaje, his terometría y dilatación-•garantizaban la exactitud del diagnóstico, por el menor peligro de lesionar órganos próximos, por carecer de la fase ini cial congestiva de la roentgenterapia, por su acción directa sobre la mu cosa sangrante y, por último, «Porque el radium es más ginecológico, con esta definición queremos significar que siendo el especialista, por su dominio de la técnica de.ex ploradón genital, el que posee los elementos de juicio necesarios para va lorar los caracteres anatomo-patológicos referentes a situación, conexio nes y complicaciones del mioma y concomitancia eón otras lesiones genitales, datos que constituyen la guía y norma de elección del trata miento en cada caso particular, •la facilidad de manipulación del radiurri da al ginecólogo el control de la dirección técnica del tratamiento fisiote rápico de los miomas, prescindiendo de los conocimientos electro-físicos Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es indispensables para el manejo escrupuloso de la terapéutica Roentgen» (30). Como el propio Ponjoan reconocía era el control de la dirección técni ca del tratamiento el que decantaba la balanza a favor del radium. No eran necesarias, en est• a ocasión, mayores argumentaciones científicas sobre el mecanismo de acción. de las radiaciones. (1) Una discusión más amplia• sobre el desarrollo de la Radioterapia española enten dida como el desarrollo de un monopolio profesional puede consultarse en MEDINA DOMÉ NECH, R.M. (1993), Estrategias profesionalizadoras en el origen de una especialidad médica. El caso de la Radioterapia española. (3) RosELLÓ GóMEZ, A. ( 1904 En 1918 obtuvo la primera cátedra del doctorado de Electrología y Radiología en la Fa cultad de Madrid. (9) En ambas comunicaciones afirmaban haber obtenido con las radiaciones la re ducción del tumor en más del 50% de los casos. ( Barcelona,,tl 9) Tomás Angel Pinós Marsell participó en los comités editores de la Revista de Diagnóstico y Tratamiento Físicos ( 1930) y Medicina Física y fue vicepresidente de la So ciedad de Radiología y Electrología de Cataluña (1933). (20) PINós MARSELL, T. A. (1927), «Cuándo debe operarse y cuándo debe irradiarse un mioma uterino», Anales del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo, 1, 305-8, p. (21) Miomas degenerados, asociados a patologías en sí mismas quirúrgicas, pedicu lados, subserosos o submucosos y los escafelados. (22) Las enfermas muy anémicas, con énfermedades orgánicas o infección externa. (23) La dosis se estimaba en un 30% de la dosis eritema y los campos de irradición tenían una gran variabilidad. (24) Aunque inicialmente ideado por el alemán Albert Schoenberg. Sobre la contribución del discurso médico español del primer ter cio del siglo a la definición de la naturaleza femenina puede consultarse ÜRTIZ, T. (1993), «El discurso médico español sobre las mujeres en la España del primer tercio del siglo veinte», in: LóPEZ BELTRÁN, M. T. (ed.), Las mujeres en Andalucía. Actas del 2. o Encuentro intedisciplinar de estudios de la mujer en Andalucía, Málaga, pp. 107-138. (26) Desde su doctorado en 1920, obtenido con un trabajo sobre la ionización en electro-medicina, Joan Riera Vaquer orientó su práctica a la Electrología y Radiología
Uno de los problemas básicos que tuvieron que abordar los teóricos del anarquismo internacional es el de cómo habría de organizarse una sociedad futura sin Estado y sin sistema legal, y que a su vez hiciese posi ble el máximo de libertad posible ¿ Cómo podría garantizar una sociedad tal que no se produjeran conductas dañinas tanto para los individuos co mo para su conjunto? La sustitución del gobierno y la ley, por el poder «real» de la comunidad de «censurar» la conducta de los individuos se constituyó en una de las soluciones más frecuentes (1). Ciertamente, la «censura» -que puede ir desde el intento de con vencimiento por argumentos razonados a la reprobación (2)-constitu ye un elemento claramente coactivo que limita la libertad de los indivi duos (3). La estrategia de la mayoría de los teóricos se basaba, bien en negar rotundamente que la influencia social de la opinión coartase en ninguna fornia la libertad individual (4), bien en tratar de demostrar que, aunque la censura pública suponga un límite a la libertad, lo hace menos que cualquier otra alternativa que tome como base el sistema le gal (5). En ambos casos, la «internalización» de la «buena conducta» juega un papel de primer orden (6). Esta implica, como vemos, desde el primer momento, un moldeamiento de la naturaleza humana por el me dio social. En este trabajo nos vamos a acercar a cómo afrontó esta gran cues tión Ricardo Mella (1861Mella ( -1925)), sin duda alguna el teórico anarquista español más brillante de su época (7). Ya en el importante Segundo Cer tamen Socialista (1889) dibujó en su trabajo «La nueva utopía» un cua dro de lo que debía ser la sociedad futura, aunque sin entrar de lleno en la cuesti6n de cómo se iba a organizar una sociedad sin gobierno ni le yes (8). Aborda este problema central de manera clara en su folleto de 1901 La coacción moral (9). En él se afirma que «en una sociedad libre, basada en la igualdad de condiciones, bastará la coacción moral para mantener la armonía y la paz entre los hombres» (10). Como vemos Me lla no tiene reparos en utilizar la palabra coacción. Pero también en el anarquista gallego la «internalización» ocupa un lugar primordial a la hora de hacer compatibles la paz social con el máximo posible de liber tad. La idea de Mella es la de un proceso evolutivo en el que• «la coacción social, identificándose poco a poco con la conciencia del individuo y con la Naturaleza, se torna a la postre en coacción moral interna, de tal ma nera que el hombre llega a guiarse únicamente por sus juicios, sobrepo niéndose a todo motivo de temor y al temor mismo (11)». Lo que nos in. teresa aquí de la aproximación de Mella a este proceso evolutivo de «internalización» de la buena conducta, es la influencia decisiva que ejercen Spencer (12), y, de manera bastante más secundaria, Darwin (13), a la hora de justificarlo «científicamente» desde un punto de vista netamente evolucionista. Antes de entrar en la parte central de la cuestión conviene que nos de tengamos un momento en lo que entiende elautor por «coacción moral». Para Mella no es otra cosa que «lo que suele llamarse espíritu público porque resume las costumbres, sentimientos o ideas aceptadas universal mente en un momento dado... » (14). Ese espíritu público no obra bajo mecanismos indirectos, ni supone la imposición necesaria del mayor nú mero sobre las voluntades individuales: «... se reduce al simple cambio no reglamentado, de influencias personales y colectivas entre todos los ele mentos que componen la sociedad» (15). Este intercambio de influen cias, que, -como vemos, no está confinado y se ejerce por todos, es recí proco, y acaba por modificar los sentimientos individuales y colectivos. Aunque indiscutiblemente supone una «presión», la coacción moral des cansa, en última instancia, en el acatamiento voluntario (16). Se introduce, finalmente, una cuestión terminológica. Admite que en realidad está hablando de una «coacción social», pero como se la suele identificar con la «hegemonía de un todo orgánico sobre sus partes», pre fiere hablar de «coacción moral» o «libre cambio de influencias recípro cas» (17). Como vemos, Ricardo Mella rechaza la idea de la sociedad-or ganismo (18), lo cual, parece constituir una significativa discrepancia con Spencer (19). Sin embargo, el apoyo «científico» del filósofo inglés se hace impres cindible a la hora de articular su particular concepto evolutivo dé «inter nalización», y sobre todo, cuando se intenta dulcificar la componente re presiva que implica toda autocoacción. Según esta concepción, en una primer fase histórica, «según lo demuestra Spencer», los hombres «se guían principalmente por el temor al jefe, a la divinidad, al poder del Es tado o de la ley, y finalmente de la opinión pública» (20). En la segunda fase, sé produce 1� «internalización» -la identificación consciente o in consciente con las influencias ambientales-. El hombre, finalmente, ac túa de manera autó-noma, es decir, se obliga a si mismo independiente mente de cualquier elemento de temor u otro motivo derivado de la presión externa, sin otra guía que el elemento del deber. Aquí, es donde la cita a Darwin se hace pertinente: Para aclarar el sentido de la cita del naturalista inglés tenemos que re:. mitirnos obligatoriamente a su contexto. Esto es, a la explicación que de sarrolla Darwin sobre el origen del sentido moral o «conciencia» en el ca pítulo IV de El origen del. hombre (22). Según ella, la moral reposa sobre los instintos sociales que son «seleccionados» a lo largo de la evolución. Ellos están ligados de una manera general a la, «simpatía», es decir, a la capacidad de experimentar de alguna forma en carne propia los sufri-Asclepio-Vol. Dicha capacidad está al principio poco desarrollada, con una extensión limita da (la tribu por ejemplo) e incluye comportamientos que nosotros juzga ríamos inmorales. Con el desarrollo evolutivo de las facultades intelec tuales, el efecto de la acción de la opinión de los demás y del hábito, y, en general, de la cultura, se extiende el radio de acción de la «simpatía» que se abre a un horizonte cada vez más universal. Sin embargo, esto, por si solo, no da cuenta de la apariencia de tras cendencia de la razón práctica: el origen del sentido del deber, su carác ter por definición prescriptivo, parecen escapar a toda explicación «natu ral». No es casual, en este sentido, que el capítulo IV del Origen del hombre comience por la siguiente cita de Kant: Maravilloso pensamiento que no obras por insirJ, uación, por li sonja ni por ninguna suerte de amenaza, mas tan sólo manifestándote al alma en su desnuda austeridad, imponiendo el respeto, cuando no siempre la obediencia; ante tu vista enmudecen los apetitos todos, por tenaces que sean; en secreto, dime, ¿donde, donde tienes tu origen? (24)». El desafío de Darwin es, precisamente, el de dar una respuesta a esta pre gunta a través de una explicación inmanente, y al contrario que Kant, sin te ner que acudir a ningún recurso más allá de lo empírico-fenoménico (25). Desde este nuevo punto de vista, el sentido del deber no es más que la conciencia de un instinto social fuerte y persistente -«sancionado» posi tivamente por selección natural-, que en ocasiones se ve vencido por otros deseos o impulsos menos duraderos -por ejemplo, el hambre-, pe ro más poderosos en el momento en que se determina la acción. Es aquí donde el considerable desarrollo de la memoria y la reflexión en el ser hu mano ocupa un papel central. La memoria y la reflexión le permiten com parar, aquilatar y juzgar las acciones pasadas, presentes, y futuras; se constituyen en conditio sine qua non del ente moral (26 ). Por su parte, el instinto social o «simpático», al ser de naturaleza más duradera que otros impulsos o instintos, funciona, a la hora de fundam_ entar un juicio sobre los propios actos, como guía de • conducta, como criterio permanente que per: rp.ite distinguir lo bueno de lo malo (27). Se trata, en definitiva, de una «voz interior» en toda análoga al sentimiento del deber (28). Así pues, la ley moral no es entonces otra cosa sino una regla instintiva que ignora su propio origen. Una «sensación», un sentimiento «comple-jo», en cuya génesis la cultura juega cierto papel, pero plenamente expli cable desde un-plano empírico (29). Sin embargo, hablar de «regla instin tiva» no nos debe llevar a.la idea de un hombre como «autómata moral», es decir, a la anulación por definición de la moral. Por el contrario, la imagen del hombre se vuelve conflictiva. En él luchan impulsos e instin tos contrapuestos. El instinto social empuja vagamente al hombre a soco rrer a los semejantes, pero no en el caso de éste no toma la forma de un «instinto especial» que determine ni que lo vaya a hacer, ni la manera en que en ese posible socorro se lleva a cabo (30). Además, el desarrollo de la «simpatía» hace que cada vez aprecie en mayor grado la opinión de sus semejantes, lo cual genera nuevos móviles que pueden empujar sus actos en un sentido u otro (31). Es a partir de aquí donde podemos determinar con más claridad el sentido del texto de Darwin citado por Mella. Como vemos, todos los de sarrollos anteriores implican una ampliación progresiva del radio de elección del ser humano. Si a esto añadimos la creciente capacidad de «ejercer imperio sobre si mismo», la conclusión es que Darwin no solo in tenta fundamentar empíricamente el origen del sentimiento del deber, si no lo que Kant llamaba «único principio de todas las leyes morales y los principios que les convienen» (32): la autonomía de la voluntad, la plena capacidad de determinar la propia conducta en un sentido determinado «prescindiendo de la pena o el placer que sienta al hacerlo». La autono mía, en su trascendencia, aparece, de manera paradójica, como un hecho de evolución, o dicho de otra forma, de heteronomía (33). Ciertamente la afirmación de la autonomía y de la libertad como valo res superiores, es algo a lo que siempre han estado dispuestos los teóricos anarquistas, y Mella no iba a ser una excepción. Pero, aunque para apo yar esta afirmación se acuda a Darwin, esto no significa que se siga su lí nea de argumentación (34), ni que el anarquista gallego sea plenamente consecuente. Si en el naturalista británico, la evolución biológico-cultu ral produce las condiciones de la libertad moral, en Ricardo Mella, pro duce la armonía entre sociedad e individuo, pero al precio de reducir al mínimo la autonomía real del último. Esta cuestión es la que vamos a de sarrollar a continuación. Como hemos visto, en el proceso de internalización -«identificación consciente o inconsciente con las influencias ambientales»-se llega a un punto en que el individuo actúa de «acuerdo consigo mismo», es decir, sin que la conducta este determinada por ningún tipo de coacción exter na: se llega a la autocoacción. Sin embargo, este estadio todavía, desde el punto de vista de un intento teórico que• busque la eliminación de todo elemento coactivo en la relación grupo social-individuo, es bastante im perfecto, ya que •el sentido del deber no es sino el «eco» interiorizado de la compulsión ejercida por el grupo social tanto en el presente como en el pasado. Es entonces cuando el elemento clave de la utopía moral spence riana entra en juego en el esquema de Mella: «... Spencer llega(... ) a la conclusión "de que el sentimiento del deber o la obligación moral es transitorio y debe disminuir a medida que la moralidad aumente"» (35). ¿Como justifica Spencer -y con él Mella-esta• afirmación? Median te dos proposiciones coordinadas. En primer lugar, mediante la idea, de que el cambio de condiciones (tanto el medio físico como el social) pro duce cambios concomitantes en las unidades sociales (naturalezas de los individuos). Lo importante aquí es que los sentimientos de los individuos también son susceptibles de modificaciones correlacionadas con la evo lución. Según Spencer el sentido del deber no es más que un sentimiento complejo (36), y, por tanto, susceptible de cambio o incluso de de�apari ción. En segundo lugar, existe una relación entre «estados de conciencia agradables y actividades útiles a la conservación de la vida» y «sentimien tos desagradables o habitualmente evitados» y «actividades directa o in directamente destructoras de la vida» (37). Como consecuencia, los pla ceres y dolores son relativos a fas transformaciones orgánicas y morales del ser humano. Esto es de tal manera que, la naturaleza humana al transformarse hace agradables, al acomodarse a las exigencias de la vida social, las acciones necesarias a dichas exigencias y desagradables las opuestas a éstas (38). Mella resume sucintamente la forma en que se co ordinan estos dos mecanismos: 136 «Esta bien probado que el cambio sucesivo de las condiciones modifi ca las costumbres, las ideas y los sentimientos de tal modo que, a medida que desaparecen las condiciones que hacían desagradables ciertos actos, se desenvuelven otros que los tornan agradables, y recíprocamente» (39). Finalmente a medida que se desarrolle la verdadera moral, que tiene por «sujeto propio la forma que adquiere la conducta universal en las úl timas etapas de la evolución» (40), la idea y el sentimiento de obligación irán desapareciendo. La verdadera conducta moral será la apropiada al estadio social perfecto. En él se producirá un ajuste total entre las natu ralezas de los individuos y los requerimientos de la vida social, entre el bien de los individuos y el bien sociat.' En él, el elemento coactivo presen te en la idea de obligación se desvanecerá, ya que no será necesario como determinante de la conducta apropiada a las necesidades de la vida so cial, al estar plenamente adaptados los placeres y dolores a dichos reque rimientos (41): «Así "las cosas hoy ejecutadas con disgustó -Spencer-y sólo me diante la idea del deber, se ejecutarán con placer inmediato, y aquellas que hoy nos abstenemos por deber, serán abandonadas porque repugna rán". Conforme a esta teoría, bórrase al fin todo elemento coercitivo, to da la idea de obligación, y los actos se ejecutan "sin tener conciencia de hallarse obligado a su cumplimiento". De este modo, es evidente que el grado de dolor que supone la noción de deber es sustituido por cierto grado de placer que contiene implícitamente la ejecución espontánea de los actos, sin subordinarse a ningún motivo coercitivo» (42). Mella matiza que «la idealidad moral, como toda idealidad, es irreali zable en sus caracteres absolutos» (43). Parece que limita, en principio el alcance de la: evolución moral. El uso de la palabra «autocoacción», pare ce implicar que en la sociedad futura, el sentimiep.to de obligación no de saparecerá completamente: «Y "como es necesario -según las mismas palabras de Spencer-que exista cierta armonía entre la conducta de cada uno de los miembros de la sociedad y la conducta de los otros" podemos establecer, sin abando narnos a las lisonjas y las bellezas de la teoría, que en la identificación moral externa (coacción social) y la coacción moral interna (autocoac ción), se resuelve el problema de la acción libre de los individuos, sin mezcla ni intervención de elementos coercitivos» (44). ¿Es cierto que se «resuelve el problema de la acción libre de los indi viduos»? Desde el punto de vista.de una concepción de la libertad negati va, la respuesta puede parecer afirmativa. La evolución social «libera» al individuo de todas las formas de coerción externa. Los obstáculos a la li bre voluntad de los individuos desaparecen. Pero, esto se hace al precio de reducir su capacidad de elección, su auto-nomía, al mínimo. En pri mer lugar, aunque Mella no se pronuncie explícitamente al respecto, la visión spenceriana de 1a evolución moral en _ la que se apoya, tiene como presupuesto biológico que la naturaleza del individuo se vea determinada por la acción combinada del medio y la herencia de los caracteres adqui ridos (45). En segundo lugar, el modelo de «internalización» escogido im plica no sólo la aparición de disposiciones nuevas adaptadas al nuevo es tado social, sino también la desaparición de los impulsos y deseos que no se conforman a la armonía prescrita entre individuo y comunidad (46). En el proceso aparece un nuevo tipo de individuo incapaz de ser «inmo ral» -es decir, de generar conductas asociales-, con lo que la condición misma de la moral -la: posibilidad de la inmoralidad-, desaparece (47 ). Por otro fado RicardO Mella, al igual que Herbert Spencer, se expuso a las ambigüedades que generaba la aplicación de la herencia de los ca racteres adquiridos al análisis de las relaciones humanas. La velocidad y carácter del cambio social variaban-de manera drástica si se subrayaba la maleabilidad del ser humano ante la acción ambiental, o si se destacaba la acción persistente del pasado a través de la herencia fisiológica. En es te aspecto, el anarquista español y el positivista inglés diferirán radical mente. En un primer momento, el radicalismo optimista de Spehcer e j em plificado por su obra Social Statics (1851), estaba fundamentado en una teoría de la maleabilidad humana. Con el tiempo, este optimismo cede rá, haciéndose especialmente visible en los años ochenta en su libro• The Man Versus the State (1884). El potencial pesimista del mecanismo la marckiano se desarrolla entonces plenamente. El hombre heredaría cier tas características que no sólo llegarían a desafiar la modificación por medios políticos, sino que podrían moldear la misma sociedad (48). Esta última idea se deriva de la concepción que tiene Spencer de la interac ción entre los individuos y el agregado social. Según esta, la sociedad tiende a conformar los sentimientos, ideas y necesidades de los prime ros. A su vez, las modificadas «naturalezas» de los individuos hacen que la sociedad cambie en congruencia con ellas mismas ( 49). El Herbert Spencer pesimista de las últimas décadas del XIX pondrá el énfasis en la influencia del carácter de los individuos sobre las instituciones (SO), y la inutilidad de todo cambio político que no lo tenga en cuenta. El nuevo caballo de batalla será el socialismo. Así se refleja en un fragmento del Individuo contra el Estado, citado -y criticado-en la revista libertaria Acracia (1886): «Los socialistas (... ), se imaginan que los defectos humanos pueden ser corregidos a fuerza de habilidad por buenas instituciones. Cualquiera que sea la estructura social, la naturaleza defectuosa de los ciu dadanos ha de manifestarse necesariamente en actos perniciosos. No hay alquimia política bastante poderosa para transformar instintos de plomo en conducta de oro» (51). El recurso a la herencia fisiológica, por su parte, le sirve a Mella para justificar la perversión «actual» del espíritu público, del instrumento pri vilegiado a través del cual se ejerce la coacción moral (52). Según Ricar do Mella, la observable persistencia de falsos prejuicios sobre moral y ho nor, que informan en multitud de ocasiones la conducta del pueblo, se explica por la acción de una herencia fisiológica que tiende a perpetuar costumbres ya obsoletas. Sin' embargo, también es patente, según el anarquista gallego, la tendencia a emanciparse de los «errores tradiciona les». Pero el Estado, enemigo del progreso, fomenta los efectos perversos de la transmisión hereditaria (53). De esta manera, se transfiere el peso del «mal» a lo externo, a las instituciones coercitivas, a la vez que se dilu ye la potencialidad regresiva de la herencia en los individuos. Como consecuencia, para «sanear» el espíritu público hay que empe zar por la eliminación de todos los poderes coactivos. Con la desapari ción de éstos, se producirán «nuevos efectos derivados-de causas nue vas», es decir. «de una vida armónica, fraternal, solidaria en los intereses, resultaría necesariamente el amor, la amistad, la abnegación» (54). Ve mos, pues, que un cambio en las condiciones sociales (ambientales) re sulta en un cambio positivo en las disposiciones de los individuos (natu ralezas). A su vez -y en esto se sigue también la lógica spenceriana-si «en una sociedad libre los hombres se modificarían» es coherente pensar que «la coacción moral (... ) se modificaría también ennobleciéndose... » (55). Dicho de otra forma, una vez iniciada la adecuada intervención am biental se establece una interacción positiva entre individuo y círculo so cial inmediato, que progresivamente irá mejorando a ambos. Queda claro, pues, que hay que empezar por la modificación de unas condiciones que «invierten» el sentido de la coacción moral. En esto se separa explícitamente de Spencer. La Revolución pasa a ser la llave maes tra, la necesaria y perentoria alteración de aquellas condiciones. N' o cabe esperar a la modificación previa de la naturaleza de las unidades sociales: «¿Pero es posible realmente empezar por la modificación de las cos tumbres para obtener la modificación de las condiciones? (... ) El proceso de adaptación se opera bajo el punto de vista ideal, no real. El progreso es una serie de adaptaciones en el dominio del pensamiento, no en el de los hechos. Por eso, no obstante todas las pruebas aducidas por Spencer, quiebran en la práctica ciertas afirmaciones del positivismo(... ) si en ge neral, ciertas modificaciones de las costumbres permiten afirmar el em brión de un camino más o menos próximo, favorable a un estado social mejor, como hemos indicado repetidamente, nada nos lleva a la rotunda afirmación de que "nuevos progresos de la simpatía, desenvolviendo aquella manera de ser, le darán carácter general. (... ) Cierto que las cos tumbres pueden progresar(... ), pero sin que de ningún modo salven la barrera del egoísmo, sostenido por la propiedad privada y por el privile gio del poder. Es un progreso potencial que se desenvolverá de golpe por la supresión o el arrollamiento de todas las barreras. (... ) Es, pues, nece sario empezar por la modificación de las condiciones... » (56). (1) Los estudios sobre las diversas teorías anarquistas han advertido como éstas con ceden al papel de la «censura» un lugar central en la sociedad futura. Uno de estos traba jos, el de Alan Ritter, ofrece un breve pero significativo resumen de lo que afirmaban al respecto algunas de las figuras más conocidas en la historia del pensamiento libertario: «En la anarquía de Godwin "el examen de cada hombre sobre la conducta de sus veci nos... constituiría una censura de la naturaleza más irresistible", a la que "ningún indivi duo sería lo suficientemente temerario de desafiar". Proudhon confía en la censura en el estado de anarquía de tal manera que "actúe sobre la voluntad como una fuerza y la haga elegir el buen camino". Bakunin sigue a Proudhon al ver "el espíritu colectivo y público" de una sociedad anarquista como "la única gran y todopoderosa autoridad... que podemos respetar". Y Kropotkin es perfectamente cándido al explicar lo que hacer "cuando vemos un acto antisocial cometido" en estado de anarquía. Nosotros debemos "tener el coraje de decir alto en presencia de todo el mundo lo que pensamos de tales actos"». (2) La censura, de hecho, no excluye en ocasiones elementos claramente represivos. Jean Grave, figura central en la historia del anarquismo en Francia, da buen ejemplo de ello: «Apretando la solidaridad todos los lazos sociales y no formándose estos sino en vir tud de las afinidades, todo individuo que tratase de causar perjuicio a un miembro de la sociedad se vería inmediatamente reprobado por el medio en el cual viviese, pues cada persona comprendería que si dejaba cometerse un acto de injusticia sin descubrirlo, sería dejar la puerta abierta para otros que más tarde pudieran cometerse contra él. El agresor expulsado de todas partes, al rehuir todas sus relaciones el trato con él, comprendiendo que la vida la sería imposible, corregiríase mejor que aprisionándole... ». GRAVE, J. (s.f), La sociedad futura, Valencia, Tomoll, (3) Ritter señala que él descrédito del anarquismo en la teoría política se debe a la supuesta contradicción existente entre postular, por un lado, la libertad ilimitada, y re currir, por el otro, a la censura pública para controlar el comportamiento. La tesis que sostiene el mismo autor es que la libertad no es el principal valor político -y por tanto absoluto-entre los anarquistas, sino que su objetivo era el de buscar una sociedad que combine la mayor libertad individual con la mayor unidad dentro de la comunidad [RIT TER (1980), pp. 2-3]. Sin embargo, a nuestro juicio, la libertad no siempre aparecía como un valor subordinado. Las afirmación de la libertad absoluta no era rara, no sólo entre los individualistas stirnerianos, que al fin al cabo constituyeron una corriente minorita ria y marginal dentro del anarquismo mundial, sino, por ejemplo, en el propio Bakunin. El anarquista ruso llegó a «admitir que el individuo se adhiera a grupos cuyos fines sean corromper y destruir la libertad individual o pública», antes de aceptar el limitar el dere cho a una libertad absoluta y completa. GUÉRIN, D. (1968), El anarquismo, Buenos Aires, p. (4) Intentando hacer ver, por ejemplo, que la censura de la opinión pública es tan inevitable como lo es una ley natural, y, por tanto, los límites que impone a la libertad son de la misma clase que los que impondría algo que no puede ser evitado (un caso claro es la muerte). En el caso de Bakunin, la influencia de la opinión pública cae bajo la esfera de las leyes sociales. Sobre éstas afirma: «El hombre nunca podrá ser libre respecto de las le yes naturales y sociales. Estas leyes, que por conveniencia de la ciencia se dividen en dos categorías, pertenecen en realidad a una sola, porque son todas leyes igualmente natura les... ». De esta forma «la influencia natural que ejercen unos hombres sobre los otros, es también una de esas condiciones que no puede subvertirse». BAKUNIN, M. (1978), Escritos de filosofía política, Madrid, p. (5) Según Ritter el gobierno legal es «un método de control señalado por las siguien tes características: es aplicado por un pequeño número de agentes, quienes establecen re glas generales y permanentes para todos los miembros de la sociedad y que hacen cumplir estas reglas mediante penas fijadas para cada tipo de delito». La censura, según los anar quistas es comparativamente mejor porque: a) al ser el número de agentes del gobierno poco numeroso, la información que tienen de los individuos es escasa, con lo que son tra tados como un grupo indiferenciado, mientras que la «censura» al descansar en cada uno de los individuos de la comunidad, permite ajustar las directivas y sanciones a las circuns tancias de cada uno; b) la ley exige -dada su generalidad-a toda una clase de indivi duos comportarse de la misma manera en una variedad grande de circunstancias, mien tras que la censura opera mediante imperativos singulares que se prescriben, no de acuerdo a máximas previamente escritas, sino en función de cada caso particular; c) las ( 6) Irving L. Horowitz dice al respecto que «la anarquía como afirmación; significa (... ), la internalización de las normas de conducta en grado tan elevado que elimina por completo la necesidad de la coacción externa». J. La teoría, Madrid, p. Se trata de operar la conversión de lo externo-coactivo en in manente-no represivo. (7) La figura de Ricardo Mella como teórico ha llamado la atención de los historia dores del movimiento obrero. Hobsbawm afirma que a excepción de él «no hay teórico anarquista ibérico importante». HOBSBAWM; E.J.. (1983) (9) Ricardo.Mella dice lo siguiente sobre el proceso de elaboración del folleto: «Hace algunos años escribí este pequeño trabajo que amigos muy queridos intentaron publicar en forma de folleto. A pesar de sus buenos deseos, no podrá ver la luz sino en periódicos de Norte América y Cuba, y aún esto de manera incompleta. Puede, pues, decirse que son estas páginas casi desconocidas en España. Y respondiendo a excitaciones de otros ami gos no menos queridos, he revisado y corregido las antiguas cuartillas». Sobre lo afirmado por Mella, tenemos conocimiento de que aparecieron partes de La coacción moral, Madrid, en El Despertar de Nueva York en 1893. Lo interesante de este hecho, desde el punto de vista de la trayectoria intelectual del autor, es que parece que las ideas fundamentales sobre las que descansa el texto parece que han madurado años antes de 1901. Esto explicaría la discrepancia existente entre esta obra -que se apoya de manera muy importante en la ética spenceriana-y el folleto apa recido en 1900, Del amor. Modo de acción y finalidad social, donde se revisan de manera muy crítica parte de los fundamentos sobre los que descansaba el evolucionismo de Spen cer. (12) La influencia de Herbert Spencer en Mella es grande. Es algo que el mismo reco noce, (véase MELLA, R. (1926), Ideario, Tomo I de las Obras Completas, Gijón, p. 5) y que la: bibliografía más reciente ha señalado [FERNÁNDEZ ALVAREZ (1990), p. En el caso concreto de La coacción moral es notable la impronta de las obras de éti ca de Herbert Spencer. De entre ellas, sin duda, la que ejerce más influencia es The data of Ethics, publicada por primera vez en 1879. Existe una traducción española (S. García del Mazo) de 1881 aparecida en Madrid bajo el nombre Fundamentos de la moral.No se pue de descartar que Mella leyera la obra directamente en inglés (de la misma manera que leía -NETTLAU, M. ( 1969 (18) Mella quiere advertir, fundamentalmente, que la coacción a la que el se refiere es una coacción «real» -es decir la que se extiende en círculos concéntricos desde la fa milia hasta el resto de los hombres-, no una cierta «coacción nebulosa derivada de un ente metafísico y ejercida casi misteriosamente, según pretenden todos los que, hablándo nos de derecho social, de sentimiento colectivo, de salud pública, etc., colocan en el piná culo de su rara teología una sociedad sui-generis, distinta de sus componentes, superiores a ellos, y más santa y más venerada que ellos mismos; una entidad todopoderosa que ha bla, no por las bocas de los que la constituyen, sino por medios providenciales, y piensa y siente y actúa por propios y-particulares impulsos, como si tuviera cuerpo real y órganos adecuados de expresión, a semejanza de lo que hacen los creyentes con su dios antropo mórfico». (19) Según Leszek Kolakowski, Spencer observa «una analogía real y profunda entre los caracteres estructurales y funcionales de una sociedad, por una parte, y las cualidades de los organismos vivos por otra». KoLAKOWSKI, L. (1979), La filosofía del positivismo, Ma drid, p. Hay motivos políticos para apoyarse en el organicismo: «... a la recusación constante de un intervencionismo estatal que sobrepone sus normas a la espontaneidad de los individuos libres, corresponde la representación del desarrollo de un organismo por autorregulación; el orden político y el orden biológico(... ) se unifican en la simbiosis de un auto-dinamismo» CONRY, Y. (1987), Da, win en perspective, París, p. Sin embar go, desde el punto de vista de una filosofía ultraindividualista, la equivalencia sociedad organismo no deja de ser problemática: Spencer abraza claramente la equivalencia entre sociedad y organismo en los Principies of Sociology (1876), mientras que The Man versus the State (1884), afirma que la sociedad no es nada en si misma, sino una limitación de mutuas actividades, un sistema de equilibrio entre las fuerzas individuales (DE Vos, p. Para Spencer, los tres «controles» (político, religioso, so cial), aunque no generaban el «control» propiamente moral, preparaban su desarrollo. Según el positivista británico la evolución de la conciencia moral, es prácticamente idén tica a la subordinación de los sentimientos más simples a los más complejos. Los más complejos son aquellos que subordinan las satisfacciones próximas a las lejanas y vicever sa. Precisamente, es con medios de coacción desarrollados cuando se pueden dar las ex periencias suficientes que hagan familiares los beneficios de la subordinación de los sen timientos simples a los complejos. De hecho la aparición de los sentimientos propiamente morales -y los frenos correlativos-se da en una época tardía de la evolución humana, al no darse anteriormente las condiciones de su desarrollo. SPENCER, H. ( 1880 http://asclepio.revistas.csic.es con algún deseo súbito, violento(... ) como el hambre, como una pasión, como el odio: son vencidos. Pero una vez saciada el hambre o el rencor satisfecho, el placer nacido de esta satisfacción se disipa: los instintos sociales quedan persistentes y vivos: tienen por si todo el pasado, todas las tendencias, todos los hábitos acumulados lentamente por la herencia; no tienen contra si más que un momento de placer, ya desaparecido y lejano. Cuando en tonces la inteligencia recogiendo con la reflexión el acto realizado, lo compara a las exi gencias del instinto social, siempre vivo y presente, no puede no tomar horror a este acto; en estas condiciones el recuerdo de la derrota sufrida por el instinto social, toma necesa riamente la forma de un remordimiento. Lo mismo, la previsión de una victoria consegui da por este mismo instinto tomo par necesidad la forma de un deber». GUYAU, J.M. (s.f.), La moral inglesa contemporánea. Moral de la utilidad y de la evolución, Madrid, Hay que aclarar que lo que Darwin intenta explicar con el recurso a la persisten cia del instinto social, es el carácter prescriptivo, «obligatorio» del sentido del deber, no de establecer un «contenido» para la ética. De hecho, el contenido de lo que se deba o no se deba hacer, lo que sea «bueno» o «malo», depende en gran medida de las circunstan cias ambientales y la historia evolutiva particular de cada especie. El ejemplo que utiliza el propio Darwin es bastante explícito: «Bueno será que, ante todo, advierta que no es mi intento sostener que Un animal rigurosamente sociable deba adquirir en todo el mismo sentido moral que nosotros, suponiendo que sus facultades morales llegaran a tanta acti vidad y desarrollo como el hombre(... ). Así, para usar un ejemplo extremo, si se reprodu jeran los hombres precisamente en las mismas condiciones que las abejas, no cabe la me nor duda que las abejas trabajadoras, las hembras no casadas, tendrían por deber sagrado matar a sus hermanos, y que las madres procurarían destruir a sus hijas fecundas, sin que nadie pensase en intervenir. Sin embargo, en esta suposición, la abeja o cualquier otro animal social alcanzaría, según creemos, algún sentimiento de lo bueno o lo malo, es de cir, una conciencia». El texto citado nos puede llevar a la conclu sión de un profundo relativismo moral y a la idea de que la cita kantiana encierra un gra do importante de inconsecuencia [HOWARD, J. (1987), Darwin, Madrid, pp. 106-110]. En nuestra opinión, sin embargo, aunque el horizonte de universalidad se restringe dramáti camente (no existe un «bueno» o «malo» absolutos para cualquier ente racional), lo im portante, y lo que hace pertinente la referencia a Kant, es que si existe una única referen cia moral -«nuestro» particular instinto social-para todos los seres humanos. (30) La razón y la experiencia sustituyen progresivamente la acción del instinto a la hora de establecer el modo de auxiliar al prójimo: «Aunque el hombre, como acabamos de notar, no posee instintos especiales que le enseñen cómo debe ayudar a sus prójimos, sin embargo, existe en él ese natural impulso; y con sus altas facultades intelectuales, natural mente se deja guiar en esto por la razón y la experiencia». (31) «La simpatía instintiva que posee le hace apreciar vivamente la aprobación de sus semejantes; porque como Bain ha demostrado, el amor a la alabanza, el sentimiento vehemente de la gloria y el horror aún más grande al desprecio y a la infamia "son debi dos a los efectos de la, simpatía". Por consiguiente, ejercen influencia muy grande en el hombre y su conducta los deseos, la apreciación o la censura de sus semejantes(... ). De este modo, pues, los instintos sociales que el hombre debió adquirir cuando se hallaba en una época grosera de su vida, probablemente por sus progenitores de forma símica, dan (34) El aspecto dé Darwin que interesó más a Mella es el relacionado con el «auto matismo de las acciones» [MELLA (1901), p. 9] y el de la posible «fijación por herencia» de los hábitos morales: «"Al pensar -afirma Darwin-en las generaciones futuras, no hay ningún motivo para temer que en ellas se debiliten los instintos sociales, y podemos admi tir que los hábitos de virtud adquirirían mayor fuerza fijándose por la herencia». Como vemos, Ricardo Mella estaba más in teresado en apuntalar «científicamente»• la idea de la «no posibilidad» en la sociedad futu ra de conductas dañinas para la comunidad, que en fundamentar un concepto positivo, y no meramente negativo de la libertad; ( (36) Un sentimiento que según la crítica de Spencer a Kant es una «inclinación» de naturaleza nada suprasensible y que tiene su origen eri el proceso evolutivo. El sentimien to de deber tiene dos componentes fundamentales. Por una parte, la experiencia acumula da ha generado la conciencia de que la dirección a la conducta dada por los sentimientos que se conectan con resultados lejanos y generales, contribuyen ordinariamente mejor al bienestar que la dirección dada por los sentimientos que dirigen a la satisfacción inme diata. La idea de que existe un «valor» diferencial en función de la utilidad en la dirección de la conducta, constituye un elemento del sentimiento de obligación. Por la otra, la coer ción exterior interiorizada (ambiental y hereditariamente) produce la incitación a la ac ción que encierra la conciencia de obli g ación [SPENCER (1880), p. Sobre la idea del sentido del deber como «inclinación» véase SPENCER, H. (1894), Problemes de Morale et de Sociologie, París, pp. 39-40. En estas páginas del prólogo del li bro, Salvador•Sanpere i Miquel director de la Revista de Ciencias Históricas, discute las consecuencias filosóficas y éticas de la relatividad de los placeres y dolores. Sobre esto hay que decir que el papel del placer y el dolor era central en la concepción que tenía Spencer de la dirección de la conducta. La idea del psicólogo Alexander Bain en tomo al fundamento de la acción voluntaria -el incremento de la frecuencia de un movimiento se produce cuando este ha ido seguido de un acontecimiento placentero-fue aceptado por Spencer que redefinió el placer como un estado de conciencia que se trata de prolongar, y el dolor como un sentimiento que se trata de sacar de la conciencia (BOAKES, R.A. (1989), Historia de la psicología animal. De Darwin al conductismo, Madrid,. Así, http://asclepio.revistas.csic.es para Spencer, el mero conocimiento de algo, no mueve a la acción, sino el sentimiento asociado a este: «Si al andar me clavo una espina, o si por inadvertencia meto mi mano en el agua hirviendo, me estremezco: la sensación fuerte produce el movimiento sin inter vención del pensamiento. Al revés, la proposición que me enseña que un alfiler pica y que el agua escalda, me deja indiferente». A esta estadio de la evolución corresponde la verdadera conciencia moral. La conciencia moral se caracteriza por considerar las efectos «intrínse cos» de las acciones. Trata de determinar las condiciones que contribuyan por si mismas a la mayor felicidad del individuo y la sociedad, y no considera los actos en función de su conformidad con las sanciones sociales (cr�terio «extrínseco») SPENCER (s.f), pp. 27-28. (41) Mella cita páginas más adelante una contundente cita de Spencer al respecto: «Los placeres y dolores (Spencer) que tienen su origen en el sentimiento moral, llegarán a ser, como los placeres y dolores físicos, causas de acción o abstención, tan bien adaptadas en fuerza a las necesidades que la conducta moral será la conducta natural»: MELLA (1901), p. 113].Dada la velocidad en el cambio de las condiciones sociales, resulta un desajuste parcial de las sensaciones o deseos, placeres y dolores y el nuevo estadio social. Spencer constata que, «durante la evolución social, las ideas y los sentimientos apropiados a las actividades militantes desa rrolladas por una cooperación impuesta son cambiadas por ideas y sentimientos apropia dos a las actividades industriales.. ». Sin embargo, «existe todavía en el seno de cada socie dad, un conflicto entre las naturalezas morales adaptadas a estos dos géneros de vida diferentes». Por tanto es necesaria «la readaptación de la constitución a las condiciones» que «implica un nuevo ajuste de los placeres y penas como guías morales». La cuestión, en cualquier caso, no queda clara. Páginas más adelante, Mella parece no renunciar al horizonte utópico de la desaparición total del sentimiento de obligación. La posibilidad de tal desaparición vie ne propiciada por el cambio de condiciones generado por la revolución social: «Transfor mar en placer el cumplimiento de los deberes llegar a esta identificación de la conducta moral y de la conducta natural, será la obra del desenvolvimiento futuro de una revolu ción social que produzca la verdadera libertad y la igualdad social...». (45) La contradicción en Spencer entre afirmación de la libre voluntad y moldea miento de la naturaleza humana por la acción combinada del medio y la herencia de los caracteres adquiridos es señalado por WILTSHIRE, D. (1978), The social and political thought of Herbert Spencer, Oxford, p. La aplicación de la herencia de los caracteres adquiridos a este dominio, hace que no puede existir auténtica «autodeterminación». Gu yau, al comentar la obra de Spencer lo se da cuenta de ello: «... no soy yo mismo quien me obligo(... ) mi obligación y mi voluntad no tienen ese poder por si solas; la necesidad mo ral no es sino la manifestación de una potencia, que me es anterior y superior: la potencia del pasado». Ricardo Mella, por su parte, defiende pocas páginas des pués un determinismo matizado en el tema de la libertad del individuo. Existen tanto el «fatalismo ambiente» como el «fatalismo orgáni�o», pero existe una tendencia hacia la emancipación. Esta tendencia es signo de la existencia de un «elemento más» (razón, con-Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 147 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es ciencia), evidenciado al existir deliberación, lucha, a la hora de tratar de impulsar la ac ción en un sentido u otro. Sin embargo, apenas «se puede decir que somos capaces de re frenar nuestros impulsos». (47) Como vemos, en el planteamiento de Mella y Spencer la identidad «final» entre moralidad y conducta apropiada desde el punto de vista social es total. Filósofos france ses de la época, como Guyau, criticaban la identificación excesiva de moralidad e «instin to social» [sobre en los filósofos ingleses (Spencer y Darwin)]. Para el francés, existen es fuerzos que podrían caracterizarse de «morales» que se ejecutan independientemente de los instintos sociales de la raza. Guyau elaboró una fundamentación alternativa para la ética de enorme influencia, especialmente intensa en determinados sectores libertarios. Frente a la idea de una evolución biológica y social que determina la aparición -más o menos tardía y adventicia-de los instintos sociales y «morales», Guyau prefiere hablar de una «fecundidad moral» derivada de la tendencia de la vida misma a expandirse, y por tanto, a comunicarse. Los placeres y dolores no son ya los resortes conscientes o incons cientes de la conducta: la vida se desarrolla y se ejerce «porque es la vida» con indepen dencia de aquellos. El principio de la vida «expansiva», le permite, finalmente, dar cuenta del origen del sentimiento de obligación. La conciencia de la obligación es la conciencia del «poder»: sentir interiormente lo que uno es capaz de hacer es el deber hacer (FOUILLÉE, A. (1902), La moral, el arte y la religión según Guyau, Madrid pp. 118, 120-1 y 147; GuYAu (s.f), pp. 597-598). Es importante destacar que esta concepción de Guyau tuvo bastante influencia en La moral anarquista, obra de Pedro Kropotkin, uno de los más influ yentes libertarios europeos. Para el anarquista ruso, el filósofo francés había encontrado el «verdadero camino», allá «donde las filosofías kantianas, positivista y evolucionista se habían estrellado». También WOODCOCK, G. y AVAKUMOVIC, l. Sobre el contraste entre el optimismo liberal del Spencer de los años cincuenta, congruente con una economía en expansión, y el pesimis mo de los ochenta, derivado en parte, por la creciente intervención del Estado británico en los años 1870-1884, vid. BECQUEMONT, D. (1992)), «Aspects du darwinisme social anglo saxon» en ToRT (ed.), 137-167; pp. 142 a 146 y 152 a 155. (49) «Tan pronto como una combinación social adquiere alguna permanencia, prin cipian las acciones y reacciones entre la sociedad considerada en su masa y cada uno de sus miembros en particular, de modo que cada miembro afecta la naturaleza del otro. La influencia del agregado sobre sus unidades, tiende sin cesar a conformar sus maneras de obrar, sus sentimientos y sus ideas a las necesidades sociales; y estas actividades, senti mientos e ideas, en tanto cuanto están modificadas por el cambio de las circunstancias, tienden a remoldear de nuevo la sociedad en congruencia con ellas mismas». Los comentadores de la sociología spenceriana han señalado la clara inconsecuencia de este viraje: «Spencer olvida su propia afirmación de que hay una relación recíproca entre la organización social y la naturaleza humana y de que la naturaleza humana, cualquiera que sea, es susceptible de cambios». RuMNEY, J. (52) Afronta aquí la evidente ambivalencia del poder de la opinión pública, comenta do ya por Bakunin: «... ese poder de la sociedad puede ser lo mismo perjudicial que prove choso. Es provechoso cuando tiende al desarrollo de la ciencia, de la prosperidad mate rial, de la libertad, de la igualdad y de la solidaridad fraternal de los hombres; es perjudicial cuando ofrece tendencias contrarias».
Durante mucho tiempo la personalidad de Abü 1-'Ala' Zuhr ha sido eclipsada por el peso que la tradición latina renacentista otorgó a su hijo Avenzoar. Esta situación fue alimentada por una serie de circunstancias que, de alguna manera, se confabularon contra nuestro autor a lo largo de la historia y bibliografía médicas. La más importante -sin duda-fue la confusión e identificación del Kitab al-Jawil��,o «Libro de las propieda des», con el Kitab al-Muyarrabat o «Libro de las experiencias médicas» (1). Dicho de otro modo, el hecho que más ha favorecido el desconoci miento de Abü 1-'Ala' Zuhr ha sido que, hasta hace pocos años, apenas se ha estudiado el resto de su producción médico-literaria, de forma que só lo ha sido «juzgado» como autor de aquel Kitab al-Jawil��-Esta obra, también titulada Kitab Muyarrabat al-jawa�� y Yam'al-fa wa'id al-muntajaba min al-jawil�� al-muyarraba, levantó un muro de pre juicios en contra de la faceta científica de este autor, sobre todo a partir de un breve estudio que tomó carta de autoridad entre los investigadores europeos (2). En los últimos años, la obra que nos ocupa ha visto la luz de forma fragmentaria a lo largo de varias publicaciones que, desafortunadamen te, enmarcan la obra y al propio Abül-'Ala' Zuhr dentro del curanderis mo, favoreciendo incluso, una visión errónea de lo que fue la medicina islámica (3). Es preciso señalar que tanto el planteamiento de esta obra como los tratamientos que en ella se incluyen responden al de nominado «galenismo arabizado», es decir, la adopción del sistema hipo crático-galénico por los árabes, eje de la formación y ejercicio médicos de este autor y característica común de todos sus escritos científicos. Además de este Yiimi e asriir al-tibb, hoy también podemos estudiar el K. Nuff? al-nuyf? de Abü 1-'Ala', obra que será editada y traducida a corto plazo por el equipo de investigación que dirige la Dra. El interés de esta obra presenta varios e importantes aspectos. En primer lugar recoge al menos una parte destacable del Kitiib al-Nuy'1 de Ibn Masawayh (m. Este hecho convierte a nuestro autor en un eslabón dé transmisión nada despreciable. En segundo lugar, y como en el caso del Yiimi e, se tra ta de un escrito fundamentalmente farmacológico, ampliando en este sentido la obra de Ibn Masawayh con sus propias experiencias. En tercer lugar, las recetas que con frecuencia afirma haber inventado y experi mentado se caracterizan por la aplicación racional y metodológica de la farmacopea conocida en la época, en la linea de cualquier otro manual cienÜfico. Zakariyyii' al-Riizf, título abreviado por Ibn Abf U�aybi ca como Kitiib lfall sukuk al-Razf ala kutub Yiilfnüs ( «Libro de la resolución de las dudas de Al-Razf sobre los libros de Galeno») (12). El manuscrito que he podido examinar se encuentra en un lamentable estado de conservación, pero ello no impi de ver la sistemática estructuración de la obra que, como la anterior, tam bién reproduce el texto a comentar que le sirve de base, seguido de sus propias opiniones. Cabe señalar que seguramente aplicó este mismo sistema en otros tres escritos suyos, hoy perdidos, dedicados a las obras de Al-Kindf (ca 256/870), Ibn Sfna (428/1037) e Ibn Riqwan•(m. Isl? iiq al-Kindf ff tarkfb al-adwiya (Comentari0 a la epístola de Al-Kindi sobre la composición de los medicamentos), Maqiila ff l-radd'ala Abf cA. lf Ibn Sfnii min kitiibi-hi ff l-adwiya al-mufrada (Tratado sobre la refutación del «Libro de los medi camentos simples» de Ibn Sina) y K. al-lq.ii'1 bi-sawiihid al-iftiq.ii'1 ff l-radd'ala Ibn Riq.wiin ffmii radda-hu'ala lfunayn b. Isl? iiq (Esclarecimiento por los testimonios de la difamación sobre la refutación de Ibn Riq wan a J: Iunayn b. Bajo la dirección de la Dra. Kuhne Brabant tuve el privilegio de edi tar, traducir y estudiar el Kitab al-Muyarrabat de Abü. 1-cAla' Zuhr como tema de mi tesis doctoral. Esta investigación fue la clave que desveló la auténtica personalidad del autor que nos ocupa y el tipo de medicina que realmente practicaba. Si el Kitab al-Jawii�� es uno de los mejores y más importantes expo nentes de lo que, para entendernos ahora, vamos. a llamar «literatura de medicina mágica», el Kitiib al-Muyarrabat constituye igualmente una de las muestras más representativas de un género médico-literario mal com prendido hasta hoy: aquel que refleja la auténtica medicina práctica• den tro de la cultura islámica, y en este caso, de la andalusí. Es decir, que lejos de las prácticas no racionales-que el autor recopiló en la primera obra, es tas Muyarrabiit son las experiencias médicas del propio Abü.-1-cAla' reuni das después de su muerte en el año 525/1131. A lo largo de las recetas y prescripciones que recoge son frecuentes las afirmaciones del autor sobre la experimentación de los medicamentos que consigna y los buenos resul tados que obtuvo con ellos. Además de los fármacos inventados por él, también incluye fórmulas tomadas de otros autores sobre las que dió su opinión. Un dato curioso a señalar es que nunca aparece el té�mino muyarrab («comprobado»), que tradicionalmente ha sido cargado con un matiz erróneo, confiriendo un carácter mágico a aquello con lo que era asociado. Sin embargo, la nota más destacada consiste -como ya he dicho-en que refleja la práctica diaria de su profesión médica. Los tratamientos no se limitan a fórmulas de interés farmacológico, sino que incluyen otras muchas •medidas terapéuticas, ya sean concomitantes (aplicación de un remedio de uso interno y otro externo, por ejemplo) o alternativas, prin cipalmente las de tipo dietético. Todo ello confiere a esta obra un innega ble carácter práctico, en el que la terapéutica se ajusta a las-necesidades de una afección concreta. De hecho, un elevado porcentaje de su conteni do refiere, precisamente, casos clínicos tratados por Abü. Así, de todo lo expuesto hasta ahora a propósito del papel de Abü. 1-cAla' Zuhr en la historia de la medicina andalusí podemos sintetizar tres aspec tos fundamentales: 154 l.o El abismal distanciamiento que presenta el Kitiib al-Jawii�� del resto de la producción médico-literaria del autor. 2. o Su marcada formación médica en la más pura linea académica de su tiempo, destacando el estudio pormenorizado de importantes obras de medicina islámica. 0 La clara inclinación de Abu 1-<Ala' Zuhr hacia las prácticas farma cológicas y la farmacia experimental dentro de los límites científi cos, gusto que sin duda transmitió a su hijo Avenzoar (13). Aproximación al género literario de la literatura de Jawii�� Como ocurre con la literatura de Muyarrabat, apenas existe bibliogra fía específica sobre este tipo de materiales ( 14). Aunque por razones de extensión no podemos exponer aquí un estudio pormenorizado, sí es ne cesario comentar los aspectos más destacados y controvertidos de este género aún mal conocido. Si bien algunas obras aparecen bajo títulos menos genéricos, como Fawa'id al-fibbiyya ( «utilidades médicas»), en primer lugar debemos aclarar el empleo del término jawii�� con el que se suele designar este tipo de escritos, pues al igual que muyarrab ha sido cargado con un matiz que no le corresponde. Dicha palabra puede traducirse como «propiedades específicas» o «particularidades terapéuticas», pero generalmente se interp�eta asocia da a un carácter mágico y supersticioso. Sin embargo, el género que tra tamos abarca una amplia variedad de contenidos y no todos responden a ese concepto. En este sentido, baste mencionar el Kitab JawiiH al-Agdiya de Ibn Masawayh, en el que el autor enumera los efectos característicos de dife rentes productos dietéticos: la disposición de la obra en ocho capítulos temáticos (cereales, verduras, frutas, etc... ) y su contenido responden a un estricto enfoque médico (15). Asimismo, este planteamiento es el que se percibe también en una recopilación anónima sobre las propiedades de los minerales, titulada K. yar (16). Como punto de referencia y más significativo que las obras mencio nadas debemos citar a Ibn Sfna, quien dedica en su Qanün una mención especial a los jawii�� de los medicamentos simples ( 17). En este apartado, tras la descripción taxonómica de cada uno, algún comentario sobre su variedad más selecta y la explicación de su naturaleza, Ibn Sf na aporta la información concerniente a sus virtudes o forma de actuar en el organis mo (como resolutivo, madurativo, cicatrizante, etc... ) y sus aplicaciones más específicas. Aclarado este punto, en este breve estudio nos centraremos, por razo nes obvias, en lo que podemos denominar subgénero «acientífico» de la literatura de jawa��-De forma genérica, una parte de los escritos que nos ocupan son co lecciones de lo que hoy llamamos «sabiduría popular», de conocimientos que normalmente sólo concebimos dentro del ámbito mágico y supersti cioso, o de creencias que funcionan generalmente por el sistema de ana logías y simpatías primitivas, más que por la comprobación real de sus efectos. Estas obras recogen un legado griego, que enriquecido con elementos orientales va ampliándose poco a poco con el folklore medieval autócto no de quien las redacta. La finalidad de estas recopilaciones parece ser la de conservar, más que difundir, los conocimientos de prácticas arcaicas. ¿Qué objeto tendría, si no, mencionar las facultades de un ingrediente que no existe en la esfera geográfica de la obra o que difícilmente podría conseguirse en esa época? Pueden ser bien monográficas, es decir, centradas en uno de los tres reinos de la naturaleza, en elementos de tipo religioso o propios del cha manismo, bien de carácter más heterogéneo. De esta manera podemos encontrar lapidarios como el Kitab [Yaqütat al-asrar] ff jawa�� al-alJ-yar de Mul).ammad al-Fasf (18), obras centradas en las aplicaciones de miembros y secreciones de animales como el K. manafi' al-lf ayawan de Ibn Durayhim al-Maw�ilí (19), y recopilaciones menos homogéneas co mo el opúsculo atribuído a cAbd Allah Ibn Salam (20) o el K. al-Jawa�� de Abü 1-(Ala' Zuhr. No debemos olvidar que esta clase de consideraciones aparecen tam bién en obras médicas, farmacológicas y botánicas de carácter general, como el K.'Amal man {abba li-man Jyibba de Ibn al-Jaμb (21), el capítulo cuarenta y nueve del K. al-Aqrabiid.fn, o las numerosas prácticas dispersas a lo largo del K. al-Ya.mi e li-mufradat al-adwiya wa-l-agd.iya. No es fácil, por tanto, determinar su clasificación dentro de la lite ratura islámica. Algunos investigadores han incluído las obras que tra tamos dentro del género de adab, antecesor de las actuales enciclope dias, cuya finalidad era tanto la de instruir como la de deleitar y entretener (24). Aunque esta opción puede ser válida, lo cierto es que el hilo conduc tor de las obras que tratamos se centra, por lo general, en las propieda des supuestamente terapéuticas de diversos elementos orgánicos o inor-gánicos, en aplicaciones de tipo higienista o en medidas de carácter preventivo. Es más, en la bibliografía siempre se las asocia con la medi cina, de manera que parece más adecuado considerarlas como escritos médicos. Partiendo de este criterio, también debe señalarse que las denomina ciones genéricas con las que pretendemos definir su contenido limitan considerablemente la diversificación de fórmulas y prácticas que pode mos hallar en estos tratados. No todo son amuletos, aplicaciones de pro ductos cruentos y «exóticos» -por calificarlos de algún modo-, ni trans ferencias de carácter analógico. Tampoco se reducen a describir los efectos de las propiedades ocultas y misteriosas que encierran determina das materias, ni fenómenos de asimilación, por así decir, espiritual de un ser a otro. De la misma manera, tampoco agrupan prácticas pura o exclu sivamente empíricas, entendidas como observación objetiva de unos he chos que, posteriormente, no se pueden encuadrar en el sistema de una medicina técnica o racional y como prácticas de las que no puedan for mularse principios universales o extraerse consecuencias. Así, las calificaciones usuales de medicina mágica, analógica, simpá tica o empírica -en el sentido mencionado-no reflejan con exactitud la variedad de procedimientos que podemos encontrar en estos escritos, ya que atendiendo a un concepto estricto o preestablecido para cada una de ellas, generalmente aparecen mezcladas en mayor o menor proporcion. Por el contrario, la característica emblemática del contenido de estas obras radica en el factor creencia!. Dado que esta palabra puede englo bar las tres primeras denominaciones y que el elemento subyacente en todos estos tratados es el empirismo, cabría designar al género propia mente con la expresión «medicina empírico-creencia!» utilizada por F. Girón (25) o simplemente «medicina creencia!». Cabe añadir que tampoco podemos denominar este género como «cu randerismo» propiamente dicho, porque no se trata de una intrusión en el ejercicio de la medicina a manos de charlatanes. Por una parte, como he mencionado, el caracter de estas obras estriba en la conservación de un legado perteneciente al chamanismo primitivo, o si se quiere, de una memoria colectiva ligada a la teurgia ancestral. Por otra, este tipo de prácticas, inherentes a la necesidad del ser humano de curar sus enfer medades a falta de otros recursos, contó con un campo abonado en el medioevo europeo, donde el peso del cristianismo y la elementalidad del saber médico favorecieron la inclinación hacia las supersticiones pseudo rreligiosas y las creencias fantásticas (26). •Por el contrario, la medicina islámica, heredera, conservadora y transmisora de la ciencia griega, optó en la práctica médica por una linea básicamente técnica y racional. El Kitab al-Iawa�� de Abu l-'Ala' Zuhr Como contrapunto al resto de su producción escrita, esta obra perte nece al subgénero acientífico del que se ha hablado en el apartado ante rior. Sin embargo, se trata de una recopilación de carácter erudito y, aun que desconocemos los motivos que llevaron a Abü 1-<Ala' a reunir esos materiales en un tratado monográfico, él sólo participó como mero com pilador y transmisor de los mismos. En otras palabras, no -fue el interés médico sobre la utilidad y credibi lidad de esos conocimientos lo que indujo a nuestro autor a componer el Kitab al-Iawa��-De hecho, en el resto de sus obras conservadas, difícil mente pueden encontrarse pruebas de que alguna vez los pusiera en prác tica. Por el contrario, esta obra recoge materiales de carácter empírico creencial atribuídos a una amplia variedad de autores que escribieron en griego, desde la antigüedad clásica hasta la época alejandrina, enriqueci da con datos tomados de otros autores islámicos. Precisamente, el contenido del Kitab al-Jawa�� está precedido por una concisa introducción en la que se explica el sistema de abreviaturas em pleado por Abü VAla'. Esta meticulosa y original metodología es lo que más llama la atención y, cuando menos, refleja el rigor científico de su «redactor-compilador». Cabe señalar que, posiblemente, el párrafo introductorio es ajeno al autor, ya que se expresa en tercera persona y varía de un manuscrito a otro, o incluso, no se menciona (27). Por su parte, la lista de fuentes de las que Abü 1-<Ala' ha tomado datos -la mayoría de difícil identificación-es bastante larga, sin tener en cuenta que en cada copia se omiten algunas que se mencionan en otros ejemplares y/o que aparecen posteriormente a largo de la obra, a veces acompañadas de un título-concreto. Debe destacarse: igualmente que apenas se constatan intervenciones del autor que, en cualquier caso, cabría comprobar si realmente lo son (28). Asimismo, no menciona el término muyarrab (comprobado), dato que corrobora el escepticismo de Abü VAla' frente a estos materiales y que los recopiló por mera curiosidad o afición. La gran difusión de esta obra se debe, seguramente, al hecho de que constituye una de las compilaciones más extensas y completas del géne ro, cuya particularidad más relevante es que abarca los tres reinos de la naturaleza (animal, vegetal y mineral). La docena larga de ejemplares lo calizados actualmente, en su mayoría de factura oriental, es un indicio fiable del interés que despertó y, al mismo tiempo es otra de las causas que generaron 1� desvir. tuada fama, tradicionalmente aceptada, del autor. Para este estudio se han empleado copias en microfilm de los manus critos n.o 2068 de la B. Topkapi Sarai y n.o 2954 de la B. Nationale de Pa rís. También he tenido ocasión de examinar superficialmente las caracte rísticas del ms. n.o 520 Marsh de la B. Bodleiana de Oxford y el ms. n. o 1340 de Ley den. En general, son copias bastante completas y bien conservadas, aunque presentan variantes significativas en el contenido de algunos epígrafes, dificultades en la puntuación diacrítica del texto y una variable distribución del mismo (número de folios y líneas de cada uno). A excepción de las copias magrebíes, las características de estos materiales pueden servir de muestra para el resto de los manuscritos con servados (29). Según M. Ullmann, los distintos títulos consignados en algunos códi ces pueden deberse a la existencia de varias recensiones, opinión que también explicaría la diferente extensión de los datos contenidos en algu nos epígrafes. El contenido de la obra está estructurado en orden alfabético, aunque dentro de cada letra, los epígrafes no siguen una disposición estricta. Ca si siempre comienza por los elementos más conocidos o exóticos, gene ralmente del reino animal. La extensión de cada uno de ellos es variable. Sin embargo, las informaciones más amplias están dedicadas a los ani males, mientras. que las referencias a vegetales suelen ser breves, y en ocasiones son despachadas en una linea. Podemos destacar sobre estos últimos, que si bien genéricamente predomina el valor sobrenatural, al gunos de los usos mencionados no son totalmente creenciales. De igual forma, incluye dos elementos naturales (el aire y la luna), comentarios. sobre incompatibilidades entre ciertos animales y someré!-S descripciones en el caso de determinados minerales. Cabe mencionar también que una misma cosa es tratada en ocasiones bajo entradas sinónimas y, asimismo, algún epígrafe, bien aparece en dos letras distintas (como el lapislázuli dentro del apartado del lam y del waw), bien en un apartado que no le co rresponde (caso del escinco, incluido en la sfn en lugar de estar en la le tra sfn y del nabo, que aparece con la grafía salyam en vez de salyam). Otros, como el elefante, el ratón o la garrapata carecen de epígrafe explí cito en estos manuscritos. Esperando poder ofrecer en un futuro próximo una edición crítica de la obra completa, con una identificación rigurosa de las fuentes y de los términos mencionados, presento a continuación la traducción del prólo go del ms. n.o 2068 de la B. Topkapi Sarai, un fragmento del primer epí grafe a modo de ejemplo y la lista de elementos recogidos en la obra, se guidos de su correspondiente transcripción (30). Por último, se incluye el texto árabe corresp0ndiente. Compendio de las utilidades seleccionadas de entre las propie dades específicas comprobadas que reunió el visir, el excelso, el noble, el sabio Abü 1-<Ala' Zuhr -que Dios le perdone-. Señaló en él los nombres de los doctos, los filósofos y los sabios ante poniendo, bien una• letra de su nombre, bien dos, para evitar alargarlo -bastándonos Dios y la gracia de su representante-de la manera si guiente: http://asclepio.revistas.csic.es diente que duele, calma el dolor; y si se pone bajo la cabeza de quien duerme, prolonga su sueño. La sangre [extraída con] ventosas o la de una hemorragia nasal se pone sobre barro pegajoso, [dejándolo] veinte días [para que] capte algún insecto, el cual se pondrá en harina de cebada sie te días [o] en arrope, adminístraselo a quien quieras que te ame intensa mente. La leche de mujer, si se bebe con leche fresca, deshace los cálcu los. Quien cuelga pelo humano en el cuello de un murciélago, le impedirá dormir o morirá. Si se disuelve el pelo y se alcohola uno con él, es benefi cioso contra el resto de las enfermedades que afectan a las capas [ocula res]. Si se mezcla seso humano con orina humana y se da a comer, produ ce un efecto maravilloso en el amor y en la creatividad. Si se pone sobre ello sangre de mono, será un veneno mortal... El león (asad)..., La liebre (arnab)...., El ciervo (ayyil)..., La víbora (afa)..., La oca (iwaz)..., La comadreja (ibn'ars)..., El chacal"(ibn awf)..., El ajenjo (afsantf n)..., El asara (asarün)..., La caléndula (ad_ariyün)..., El opio (afiyün)..., La asafétida (anyudan)..., La sabina (abhal)..., El epítimo (afftimün)..., La cerusa (isffdayal-ra! fii,�)..., El plomo (asrab)... LETRA BA': La vaca (baqara)..., El mulo (bagl)..., El halcón (ba'z)..., El ruiseñor (bulbul) •..., El buho (büm)..., Las cochinillas (banat wardan)..., La avellana (bunduq)..., El beleño (bany)..., La verdolaga (baqlat al-lJamqa')..., La albahaca [URL]..., El incienso (bujür Maryam)..., La bellota (ballüt)..., El balsamera (balasan)..., El anacardo [URL]..., El culantrillo (barsiiwusan)..., El mújol (bürf)..., La turquesa (biyadf)..., Al-barhad (?)..., lfayar al-barqf (?)..., El cristal (billawr)... LETRA TA': La serpiente marina (tinnf n süs)..., El cocodrilo (timsalJ, )..., El faisán (tadrüy)..., El higo (tfn)..., La manzana (tuf{aJJ,)..., La mora (tüt)..., El altramuz (turmus)..., La atutía (tütiya)... LETRA IA': El zorro (ta 1ab)..., El ajo (tawm)..., El hiel � (taly)... LETRA YIM: El camello (yamal)..., El búfalo (yamüs)..., El saltamontes (yarad)..., La genciana (yantiyana)..., La avellana (yUlawz)...., La zanahoria (yazar)..., La oruga (yiryfr)..., El opopónaco (yawusir)..., El ónice (yaz')..., La nuez (yawz)..., La amatista (yamast)..., lfayar al yu darf... «Hacia una revisión de la bibliografía de Abü 1-'Ala' Zuhr», Al-Qantara XIII, fase. •(2) Me refiero al fragmento dedicad. o por un investigador alemán de reconocido prestigio a la literatura médica de muyarrabat. «El capítulo del Dal en el "Kitab Muyarrabat al Jawa��» de Abü 1-'Ala' Zuhr", Anales del Colegio Universitario de Almería, Vol. VIII, 7-29. -(1991) "El capítulo del Ja' en el «Kitab Muyarrabat al-Jawa�ef' de Abü 1-'Ala' Zuhr», Home naje al Prof Bosch Vilá. Granada, Dpto. de Estudios Semíticos, pp. 1097-1114.-(1991) «Las propiedades terapéuticas del lobo y sus curiosidades médicas en el "Libro de los He chos de la Experiencia" de Abü 1-'Ala' Zuhr», Homenaje al Prof Pascual Recuero en M.E.A.H. XXXII-XXXIII (fase. (1992) «Las propiedades de la comadre ja, la abeja y la hormiga según Abü 1-'Ala», Homenaje a la Profesora Elena de Pezzi. (4) Sobre las obras y manuscritos conservados de Abü 1-'Ala' Zuhr remito a mi ar tículo «Actualización del.corpus médico-literario de los Banü Zuhr», que aparecerá en Al Qantara, XVI (1995), fase l.o. (5) Para los estudios más actualizados sobre la biografía de Abü 1-'Ala' Zuhr, véase BENCHERI FA, M. (1990), «Banü Zuhr: Na�rat fi ta 'ñj usrat andalusiyya», Dirasat IV, 9-27 ( 11-13 ); ABO L-'ALA' ZUHR ( 1994) Kitab al-Muyarrabiit. Edición, traducción y estudio de C. Alvarez Millán, Madrid (Colección «Fuentes Arábico-Hispanas», en prensa). ( 6 (14) Sólo podemos remitir a la obra de ULLMANN, M. (1972), Die Natur-und Geheim wissenschaften im Islam, Leiden, en especial al capítulo sobre obras zoológicas y al apar tado que dedica a las propiedades simpatéticas, (pp. 5-61 y 393-426 respectivamente). Ha de señalarse, sin embargo,•que a pesar de constituir un trabajo de primer orden, su conte nido está estructurado de una forma arbitraria y algunas afirmaciones deben ser revisa das. Tambien son aplicables al género que tratamos, las observaciones que el mismo in vestigador ofrece a propósito de la literatura de muyarrabiit en Die Medizin im Islam, (28) En este sentido, durante la revisión de esta obra sólo he visto en dos ocasiones la expresión «entre lo que han experimentado los sabios antiguos» y una vez «encontré en el Kitab al-fabf'ryat al-rümiyya». Sería necesaria una lectura más detenida del contexto y un cotejo de fuentes para determinar si son palabras de Abü 1-'Ala' ó si responden a una transcripción literal del autor original. (29) Los ejemplares de Rabat son una reelaboración resumida de la recensión origi nal y en ellos, la inf ormación se ordena por utilidades (para facilitar el parto, para impedir la concepción,... )... "-. (30) Cuando no se ha podido identificar un término, éste se transcribe en cursiva tal como aparece en el manuscrito. Dado que la copia de microfilm no siempre es del todo le gible, se ha empleado el signo de interrogación junto a las lecturas o entradas dudosas. Este signo también acompaña a las identificaciones inciertas o provisionales. En la tra ducción del prólogo, las palabras que aparecen entre corchetes son añadidos para facilitar la compresión del texto. (31) En relación con las variantes gráficas de algunos nombres y las posibles diferen cias de' fuentes en cada manuscrito, cf. G.
El Catálogo de los Moluscos terrestres y de agua dulce observados en Es paña, y descripción y notas de algunas especies nuevas ó poco conocidas del mismo país _ (en adelante, Catálogo), realizado por Mariano d� la Paz Graells y al que se le asigna la fecha de 1846, posee un triple interés. Por una parte es la primera (¡y única todavía!) síntesis sobre el tema que abarca el conjunto de la España peninsular y de las Islas Baleares. En se gundo lugar, constituye el primer trabajo malacológico realizado por un autor español. POr último, aunque en algunos aspectos es lo más impor tante, se describen en él varias especies nuevas, algunas de las cuales han sido incluídas en la sínonimia de especies más antiguas o han cambiado de nombre, mientras que otras conservan validez plena (véase apéndice). aspectos del dibujo de éstas. Mienis indica que el texto y tamaño de las restantes páginas de los dos ejemplares son idénticos y plantea el proble ma de cuál de las dos láminas es la original. La existencia de estas dos láminas en ejemplares del Catálogo de Gra ells fue puesta ya de manifiesto por Azpeitia. Además, este autor cita una segunda edición de• esta obra, sin fecha ni pie de imprenta, en la que se incluye la más pequeña de las dos láminas y que contiene además algunas modificaciones respecto al texto de la primera edición. Por últi mo, comenta que «He visto algún ejemplar con el texto de la primera edi ción y la lámina de la segunda», lo que concuerda con lo observado por Mienis (o. c.) y resuelve, al menos aparentemente, el tema de la priori dad: la lámina original sería la de mayor tamaño ( 18x26 cm) y la más pe queña (12xl 9,2 cm) se realizaría para acompañar a la segunda edición, adicionándose a algunos ejemplares del texto de la primera edición, que aparentemente carecerían de la lámina original. Robles (1975) aclara la fecha de esta segunda edición, que en realidad se publicó como un apéndice, con paginación independiente, de la segun da edición corregida del Tratado completo de Historia Natural (en adelan te, Tratado), obra original del autor francés Apollinaire Bouchardat, tra ducida por Luis Sánchez Toca e impresa en Madrid en la imprenta de Hilario Martínez en 1848. Esto explica que la segunda edición del Catálo go carezca de fecha y de pie de imprenta, que ya figuran en la portada del Tratado de Bouchardat, así como justifica la escasez.de ejemplares de di cha segunda edición del Catálogo, que ha pasado desapercibida hasta el extremo de que Azpeitia (o. c.) señala que «esta segunda edición es muy poco conocida y resulta una verdadera, rareza entre los bibliófilos, hasta tal punto, que no la he encontrado en ninguna de las Bibliotecas que he consultado y no conozco más ejemplar que el que yo poseo, debiéndoselo a la amabilidad de la familia del autor». Sin embargo este desconoci miento no deja de ser paradójico, ya que el Tratado. de Bouchardat, del que constituía un apéndice como hemos indicado, fue uno de los prime ros textos de Ciencias Naturales de uso en la Segunda Enseñanza españo la (Sos, 1988) y dehió de tener una gran diftisión, como lo demuestra el que se realizasen dos ediciones en años consecutivos (1847 y 1848). En realidad los ejemplares de esta segunda edición del Catálogo no eran tan raros, ya que figura en la bibliografía de Haas (1929) (aunque con fecha errónea: 1846) y, según el propio Azpeitia (o. c.), es citada por Kennard y Woodward (1926). Aclarado pues el tema de las dos láminas distintas y de la existencia, al menos, de dos ediciones de la obra de Graells, se plantea, no obstante, un segundo problema, relacionado con la fecha de impresión de su pri mera edición, que se sitúa generalmente en 1846. La traducción castellana del Tratado de Bouchardat se publicó por primera vez en 184 7 e incluía, como adición, la primera edición del Catá logo de Graells (Gomis et al., 1988; Josa, 1992). Este apéndice carece de fecha y pie de imprenta ya que, como en el caso de la segunda edición, que hemos comentado, estos datos figUran en la portada general del volú men al que se adiciona el Catálogo. Por otra parte, existen ejemplares de la obra de Graells, encuadernados independientemente del Catálogo, que sólo se diferencian por la adición en la portada de una fecha, 1846, y de la indicación de los puntos de venta (Madrid: Librería de los Señores Viu da e Hijos de Don Antonio Calleja y Lima. Casa de los Señores Calleja, Ojea y Compañía). En la página opuesta, detrás de la anteportada, figura la imprenta de H. Martínez, donde se imprimió el libro. Con estas salve dades, el texto y la lámina desplegable de ambas publicaciones son idén ticos. No es posible aclarar, con los datos que poseemos, si Graells escribió y editó su Catálogo independientemente de la traducción y edición del Tratado de Bouchardat y posteriormente se adicionó como un apéndice a esta obra, o si bien fue un encargo del editor de la traducción del Tratado, destinado ya inicialmente a figurar como un apéndice, junto con la Me moria sobre el modo de hacer las herborizaciones y los herbarios de Miguel Colmeiro, que le acompaña. En el segundo caso, los ejemplares sueltos, con portada propia y fecha de 1846, corresponderían a tiradas aparte, �n cargadas por Graells, de su apéndice al Tratado de Bouchardat. En cual quier caso, estas separatas fueron adicionadas con una portada en la que figura la fecha de 1846, lo que les asigna prioridad, desde el punto de vis ta del Código Internacional de Nomenclatura Zoológica, sobre el apéndi ce al Tratado, que no fue puesto a la venta hasta 184 7, según consta en el pie de imprenta de la primera edición. Dado que el manuscrito de Graells fue acabado, según reza en su prólogo, el 24 de enero de 1846 y que el apéndice al Tratado lleva una paginación independiente de éste, no sería de extrañar que se acabase de imprimir durante 1846 mientras que el Tra tado, mucho más voluminoso, no se finalizase hasta el año siguiente. Mientras tanto, y a la espera de que saliera a la venta•el Tratado, Graells pudo encargar una tirada restringida de su Catálogo, fecharla en 1846 y distribuirla entre sus corresponsales, costumbre frecuente en la época. XLVI-2� 1994 favor.de esta interpretación podemos aducir dos argumentos. En primer lugar, el formato y tipografía del Catálogo son idénticos a los del Tratado, por lo que parece que fueron concebidos para editarse conjuntamente. En •segundo lugar, y como argumento de mayor peso, hay que señalar que en la portada de la edición corregida del Catálogo, adicionada a la segun da edición del Tratado de Bouchardat (1848) figura, debajo del nombre del autor, la indicación de «segunda edición», mientras que el apéndice a la primera edición de la traducción del Tratado (Bouchardat,.1847) no presenta ninguna.indicación en este sentido, lo que hace suponer que Graells la consideraba como la primera edición de su obra. En cualquier.caso, y como conclusión, podemos considerar,.a efectos de prioridad en la no�enclatura, la existencia de las siguientes ediciones del Catálogo de Graells: Primera edición: 1846. Corresponden a ella los ejemplares sueltos con portada propia y fecha 1846, dotados de lámina grande plegada. Existen ejemplares, al menos, en la Biblioteca del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid (C.S.I.C.) y en la Biblioteca de la Colección de Moluscos de la Universidad Hebrea de Jerusalén (Israel) (Mienis, 1992). Corresponde a los ejem plares del catálogo adicionado a la primera edición de la traducción cas tellana del Tratado completo de Historia Natural, de A. Bouchardat. Corresponde a los ejemplares adi cionados a la segunda edición de dicho Tratado y en su portada figura la indicación «segunda edición». Existen además ejemplares de la primera edición que incorporan la lámina de la segunda edición (Azpeitia, 1929; Mienis, 1992)
España poseía a fines de la Edad Media una de las ciencias médicas más avanzadas de Europa merced a un aperturismo que creó las condi ciones necesarias para ello. En 1488 el propio rey Fernando el Católico autorizó la disección de cadáveres reconociendo en esta práctica una for ma de avanzar en la.curación de las enfermedades (1). Toda la tradición médica pasó al Nuevo Mundo desde los primeros viajes colombinos, pues sabemos que ya Colón en su primera travesía atlántica llevó dos físicos a bordo: el maestre Alonso y el maestre Juan (2). En cuanto a las instituciones hospitalarias, podemos decir que se de sarrollaron aún más en las Antillas que en la propia Península Ibérica ya que, desde el primer momento, se tuvo conciencia de la función de estas islas como antesala del continente americano. En este sentido, escribió la Audiencia de Santo Domingo, en 1540, a Su Majestad pidiendo un médi co letrado y dotación para el hospital de Santo Domingo alegando que allí concurrían muchas personas enfermas que iban de paso a la Nueva España (3). En Castilla se conocía sobradamente esta circunstancia, pues, no en vano, pocos años después, se ordenó a los oficiales de la isla Española que proporcionaran medicinas y médicos adecuados a los cua- renta frailes que iban al continente a cargo de Tomás Casillas «porque es seguro que enfermarán al llegar» (4). Además, se desarrolló en las Antillas toda una política de higiene pú blica que se legislaba a través de las ordenanzas municipales, de la mis ma forma que ocurría en Castilla. En el caso de la ciudad de Santo Do mingo existían, al menos en 1539, almotacenes que se encargaban tanto de la limpieza de las calles como de velar por el cumplimiento de las or denan. zas en todo lo concerniente a higiene pública (5). La capital caribe ña contaba, pues, con un servicio de limpieza del que carecían tanto el resto de las localidades de las Antillas como otras muchas dudades de la propia Castilla (6). En las ordenanzas de Nueva Cádiz de Cubagua se es tableció que nadie pudiese arrojar basuras más que en lugar señalado «con palos» por el cabildo, lo cual contituía una norma seguida en la ma yoría de las villas y ciudades de las Antillas (7). Existía, de la misma forma, una medicina preventiva contra las epide mias, pues los gobernadores ponían especial c; uidado en que no entrasen personas infestadas. Ya en 1513 la Audiencia• de Santo Domingo ordenó una revisión de todos los cargamentos de inmigrantes que arribaran a la isla poniendo en práctica, pues, lo que Archilla ha denominado «una inci piente sanidad marítima» (8). Hacia 1519, igualmente, escribió el tenien te de gobernador de la isla Fernandina Diego Velázquez a Su Majestad afirmando «que como se supo que en La Española había la dicha enfermedad (vi ruelas) se puso mucha. guarda y recaudo en esta isla para que en ella no entrase persona que_ de tal mal estuviese daíiado» (9). Médicos y curanderos en las Antillas Desde los primeros momentos se procuró llevar a las Indias tanto per sonal sanitario como un instrumental adecuado. Como es de sobra cono cido, en todos los viajes colombinos, salvó en el tercero, fueron médicos, algunos •de ellos de una notable brillantez como es el caso del doctor Chanca. En la flota del Comendador Mayor frey Nicolás de Ovando, a principios del siglo XVI, llevaba ya abundante instrumental médico, así como distintos productos para fabricar medicinas (10). Sin embargo, todos los esfuerzos resultaron insuficientes para la cre ciente demanda del Nuevo Mundo, de manera que tan solo Santo Domin go contó de manera reguhir con médicos mínimamente acreditados. En esta ciudad se centralizaron todos los medios sanitarios de la isla. Así, ex plicaba el contador Alvaro Caballero al Rey, en 1541,•la necesidad que te nía Santo Domingo de que hubiese permanentemente un médico.. «asípara que c1-1: re los enfermos que en ella hubiere c�mp a los de toda la isla, porque como los lugares de ella son pequeños no tienen médico y concurren cada día a esadudad a se cu � ar... » (fl). A diferencia de lo que ocurría en Castllla donde los sanitarios recibían una retribución fija costeada por los vecinos. de cada lugar (12), en las Antillas, dada.la imposibilidad económica de sus habitantes, fue la Coro na quien corría con los gastos de salario de los médicos. En 1506 figuraba en Santo Domingo un físico, el licenciado Reman do Becerra, que percibía nada menos que 60.000 maravedíes anuales (13), sueldo que se veía completado con 150 indios,. en el cacique Ortiz, que el gobernador Ovando le repartió por su oficio (14). A partir de 1511 se nombró como cirujano de la ci. udad a Gonzalo de Vellosa «acatando su suficiencia y habilidad» otorgándosele un salario de 50.000 maravedíes (15). Hacia 1514 o 1515 se le dejó de pagar el sueldo al físico porque usaba el oficio con negligencia, circunstancia que fue apro vechada por los procuradores de la ciudad para solicitar, en 1517, que se le abonasen al licenciado Barrera «que es médico y tiene intención de quedarse en la isla» (16). Al licenciado Barrera se le dieron en este año los 50.000 maravedíes porque hiciese las veces de médico, sin embargo, tras una interrupción en el cargo por varios años, se le volvió a nombrar para tal efecto en 1526 aunque con un salario reducido a 30.000 marave díes (17). Estos vaivenes y acortamiento de, los salarios dan idea de la di ficultad sanitaria en estas islas ya que hasta la capital del Caribe tenía di ficultades para que la Corona le mantuviese un médico asalariado. Hacia 1520 había afincados en Santo Domingo varios médicos y boti carios: entre los primeros estaba Remando de Nebreda, el ya menciona do licenciado Barrera, Pero López y el licenciado Pero Burgos y, entre los segundos, Pedro de Madrid y Juan de Vergara. En 1525, se asentó en Santo Domingo el cirujano Antón de Angulo (18), que junto al licenciado Barrera hicieron de esta ciudad antillana el más importante centro sanitario de toda la América hasta entonces cono cida. A fines de la década de los veinte se sumaron otros médicos o docto res como Hernando de Sepúlveda o el propio Juan Camacho del que dijo Oviedo que era un «óptimo cirujano» (19). Estos médicos no sólo trataban las enfermedades más comunes, co mo eran las almorranas, las calenturas y el restañamiento de heridas (20), sino que también había lugar a la investigación. Efectivamente, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo se hizo eco de un acontecimiento, ocurrido en 1533, en el cual nació una niña con dos cabezas y dos troncos pero con tan solo dos piernas. El acontecimiento debió causar admira ción entre los médicos de La Española que establecieron un equipo for mado por el bachiller Juan Camacho «en presencia de los doctores en medicina Hernando de Sepúlveda e Rodrigo Navarro... » para llevar a ca bo un examen y disección del extraño feto (21). En los últimos años de la década de los treinta la ciudad estuvo sin médico oficial, hasta que nuevamente, en 1541, se le asignó la corta can tidad de 15.000 maravedíes anualmente -y por un período de cinco años-a un médico llamado Juan de Ybar (22). Pese a todo lo dicho estos médicos de Santo Domingo llegaban a las Indias siempre por muy variado tipo de problemas. En este sentido son muy significativas las palabras que escribió Oviedo en 1544: «Que a esta ciudad ( de Santo Domingo) han venido muchos médicos y ciru janos a curar públicamente pero casi todos se olvidan títulos y exami naciones ei::i, España o por q ue nunca los tuvieran... » (23). Es cierto como afirma Riquelme Solar, que salvo el doctor Chanca ningún físico de los que fueron a América poseía un «historial brillan te» (24 ). Desde el primer momento, se dio lugar al paso de médicos y botica rios sin cualificar y se legalizó de manera más o menos tácita la práctica de la curandería en las islas antillanas. Ya, en la temprana fecha de 1505 se le ordenó a Nicolás de Ovando que dejase entrar en La Española a cualquier boticario que viniese de Castilla, sin requerirle título ni otra co sa alguna (25). Estas circunstancias de libertad dieron lugar al paso de sanitarios sin titulación, que encontraban dificultades para ejercer en Es paña, así como a moriscos y a judíos que iban a las Indias buscando una libertad que no encontraban en la Península (26 ). En el resto de la isla Española actuaban principalmente barberos que dentro de la legalidad realizaban sangrías a cualquier persona sin requerir para ello consejo médico alguno (27). El protomedicato en La Española tuvo que pro�eerse teniendo en cuenta la realidad del momento. Y a en la época de Ovando se nombró a Pero López por protomédico, cargo que ostentó hasta 1519 (28). Poste riormente, quedó vacante el cargo, hasta 1528, en que se proveyó en el doctor Sepúlveda. Entré las competencias del cargo figuraba poner penas a los que sin licencia vendían medicinas, salvo a los especieros. Sin embargo, se con sentía la curandería a nivel particular siempre •y cuando no se utilizara el oficio como negocio: « Y porque en esa isla hay muchas estancias y lugares apartados a don de no hay médicos, cirujanos, ni barberos y los demás estancieros san gran y hacen ungüentos y curan llagas de los indios y esclavos que por es to no caigan en pena al gu na ni se la lleve el dicho protomédico pero que en caso que el tal estanciero o dueño de los dichos negros curare a otras personas más de a los suyos el dicho protomédico le pueda penar confor me a las leyes y pragmáticas de nuestros reinos y que si los tales estancie ros con sus curas dañaren a sus indios o esclavos• el dicho protomedicato les puedan poner penas para que no lo hagan... » (29). Hasta 1535, el Rey no prohibió ejercer la medicina a todo aquel que no fuese <<doctor, maestro o bachiller examinado y graduado en Universi dad aprobada... » (30). En cuanto a las medicinas, podemos decir que llegaban muy escasa mente a las Antillas y a muy elevados precios. De for�a que, en 1527, el licenciado Sepúlveda, médico de Santo Domingo, solicitó que se hiciese una botica del cabildo porque «como las cosas de medicina y botica son en esa isla muy caras por ser pobres no pueden ser curados como convenía... Por lo cual las dichas en fermedades se alargan y ellos padecen y mueren... » (31). A esta circunstancia había que unir la falta de profesionalidad de es tos primeros farmacéuticos que negligentemente creyeron extraer de las Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 nuevas plantas americanas licores y elixires mágicos. Se comercializaron en los primeros tiempos muchísimos productos, como el palo del Guaya cán, el Bálsamo, la cañafístola, etc., de los cuales muy pocos resultaron ser beneficiosos para la salud. En la isla de Cubagua se encontró, en 1532, un brote superficial, posi blemente de petróleo, y se tomó durante varios años como un elixir de unas propiedades curativas excepcionales (32). A veces, los boticarios co..: mercializaban medicinas falsas, lucrándose con ellas y marchándose a otros territorios del' extenso continente américano antes de observarse los resultados del fármaco. Así, un boticario llamado Herrera fue encarcela do en La Española, en 1531,-al demostrase que inventó medicinas falsas con el único fin de enriquecerse (33). En el caso de la isla de Puerto Rico la situación era muchísimo más deficiente que en La Española. Sin embargo, pensamos que al fi nal no llegó a ir el físico sino un barbero llamado maestre Juan junto al boticario Francisco de Torres los cuales ejercían sus oficios en Puerto Ri co en 1519 (34). Hasta tal punto eran tan pocos los sanitarios de la isla de San Juan que el contador Antonio de Gama escribió a Su Majestad, en nombre de la isla, afirmando tución del protomedicato aunque se tomaron medidas para que todos los que llegaban sin título a San Juan se pudiesen examinar en Santo Domin go y no en Castilla. De manera que Gregario Navarro un boticario de Puerto Rico fue facultado para tal oficio por un tribunal formado por va rios médicos «los más hábiles de la ciudad (Santo Domingo)» (38). En la isla de Cuba la situación no era mejor que en San Juan ya que los pocos médicos que había, concentrados en la ciudad de Santiago, no estaban desde luego suficientemente acreditados. Además, la asistencia a los vecinos no era pública ya que cuando, en 1529, Gonzalo de Guzmán solicitó un médico asalariado para toda la isla,• la Corona lo denegó ale gando precariedad económica (39). De entre los pocos facultativos que hemos podido localizar en la isla, figura un cirujano de origen valenciano, llamado Domingo de Alpartil que llegó a ser incluso protomédico de la isla (40). Tras la muerte de Al partil, en 1525, el protomedicato debió quedar vacante durante el resto del siglo, de ahí que historiadores como Emeterio Santovenia hayan afir mado erróneamente que esta institución no apareció en Cuba hasta el si glo XVII (41). En España existía una larga tradición hospitalaria que tenía sus orí genes inmediatos en la Baja Edad Media y que nació íntimamente ligada a la caridad cristiana y a la iglesia ( 42). Igualmente, en América, los hospitales nacieron iigados a la caridad cristiana, pues no en vano el primer hospital de Santo Domingo, el de San Nicolás de Bari, tuvo su origen en la caridad de una mujer de color que acogía a los necesitados para curarlos (43). Hasta tal punto estaba la filantropía detrás de todo hospital que cuando las localidades eran dema siado pequeñas para sostenerlo se desarrollaba un tipo de solidaridad co lectiva. Así, por ejemplo en la villa de la Trinidad (Cuba), que no había hospital,.los vecinos se veían en la obligación moral de ofrecer comida y asistencia a los desvalidos y a los viejos (44).. Estos primeros hospitales americanos se caracterizaban por ser gene rales y por funcionar, según hemos ya afirmado, más como centros de ayuda humanitaria o filantrópica que como sanatorios (45). En los principales núcleos poblacionales antillanos solía habe:r;-mio o varios hospitales de la iglesia junto a otro dependiente del cabildo. En es -:- Asclepio-Vol. XLVI-2-1994 te sentido, es sabido que en prácticamente todos los cenobios existía una enfermería en la que eran atendidos tanto los propios religiosos como los necesitados. A este respecto, podemos decir que fueron los propios fran ciscanos de Santo Domingo los que solicitaron al Rey la creación de un hospital en la isla ya que se veían desbordados por las múltiples personas que buscaban amparo en su casa religiosa (46 ). Estos sanatorios se financiaban de manera diferente si dependían del Obispo o del Cabildo. Los primeros, se financiaban de los diezmos exclu sivamente, por lo que debido al escaso montante de este impuesto en es tos primeros años de la colonización y a otros problemas estos centros estuvieron sumamente desabastecidos. De manera que, en 1533, se queja ban los vecinos de Santiago (Isla de Cuba) que por lo corto de la renta del Obispo éste no acudía con la parte correspondiente al hospital como esta ba mandado en la erección «y los pobres del dicho hospital reciben daños y no son tan bien cura dos como convenía... » (47). Igualmente, el Obispo de Puerto Rico informaba, en 1544, al Rey que mientras el sanatorio que dotaron en esa isla los conquistadores está bien proveido, el de la igles1a «está yermo así por no haber pobres como porque lo que la erección le da de los diezmos del presente es poco y se gasta en la obra de. la igle sia... » (48). La pobreza de estos centros era tal que los clérigos y el mayordomos del hospital catedralicio de Santo Domingo solicitaron que se les eximie ra de su trabajo porque no se podían sustentar ( 49). Los hospitales «civiles» tenían unas fuentes de ingreso mucho más diversas que les proporcionaban una mayor estabilidad. En primer lu gar, se le solían entregar indios de repartimientos de los cuales bien se servían para las obras, o bien, los arrendaban a los vecinos. Ya en el re partimiento de Diego Colón recibieron un importante número de aborí genes los hospitales de Santo Domingo y Concepción de la Vega• en La Española (SO). Posteriormente, en el repartimiento que se hizo en 1514 en la isla Es pañola nada menos que cuatro hospitales recibieron indios. aunque, en esta ocasión, en cantidades bastante bajas (51). No obstante, en las Anti llas debido a la rápida extinción de los aborígenes no constituyeron éstos la principal fuente de ingresos de los sanatorios a diferencia de lo que ocurrió en el Continente (52). En segundo lugar estaban los ingresos por limosnas y mandas pías de los vecinos. Ya en 1508 se solicitó é;l los embajadores en Roma que pidie sen indulgencias al Papa para los hospitales de la Concepción y de la Buenaventura en La Española porque así serían mejor dotados por los vecinos (53). Los españoles solían acordarse de las obras de �isericordia al final de sus días formalizando en sus testamentos mandas a favor de estos hospi tales. En este sentido, sabemos que el alcaide Francisco de Tapia dejó en su testamento, fechado en 1538, 3.000 arrobas de azúcar al hospital de San Nicolás de Bari (54). Igualmente Tomás Castellón, casualmente tam bién alcaide de fortaleza,. dejó al hospital de Puerto Rico seis pesos de oro, y diez más si en un plazo de dos años se comenzaba la fábrica del nuevo edificio (55). En tercer lugar, el Rey solía otorgar" limosnas de gran cuantía, como ocurrió en 1508, que le concedió a los hospitales de la Concepción y de la Buenaventura 200 pesos de oro a cada uno (56). Igualmente, en 1528, tras ser solicitado por los vecinos reiteradamente, el Rey concedió a los hospitales de La Española la renta de la escobilla y relavés de las minas, aunque por desgracia la merced llegó cuando la economía del oro estaba en franco declive y esta renta tenía ya poco valor (57). Otras veces, el Rey otorgaba las penas de Cámara como hizo, en 1538, al hospital de San Cristóbal de La Habana, con la condición de que em pleara dicha renta en sustituir el viejo recinto pajizo por una construc. ción pétrea (58)� Los primeros hospitales de La Española Desde las instrucciones dadas a frey Nicolás de Ovando, en 1503, se ordenó la construcción de hospitales en La Española donde «se acojan y curen los pobres así cristianos como de los indios... » (59). El nuevo go bernador de la isla haciendo buen uso de la disposición regia comenzó la fundación del hospital de San Nicolás de Bari el 22 de noviembre de ese http://asclepio.revistas.csic.es mismo año. Al principio la fundación fue totalmente pajiza hasta que, en 1519, fue edificado de piedra aunque con una capacidad tan sólo de seis camas (60). Hacia 1508 se fundaron los hospitales de La Buenaventura y Concep ción de Ía Vega, completándos� la red de hospitale� con los de Lares de Guahaba, Santiago y Puerto Real que se levantaron en los años sucesivos. Finalmente, en 1512, se fundó el hospital de San Andrés, en Santo Do mingo, que a decir de fray Cipriano de Utrera, estaba vinculado a la Cate dral aunque lo sufragaba �l cabildo (61). Este hospital eclesiástico tuvo a lo largo de toda la primera mitad del siglo XVI muy escasa actividad, de bido a su penuria económica y a su pobre dotación (62). En definitiva, podemos decir que en 1514 funcionaban en.La Españo la al menos seis hospitales aunque en unas condiciones, según hemos podido observar, extremadamente precarias. • • • Los hospitales.en Puerto Rico Desde los primeros años de la llegada de los españoles a esta isla cari beña se obraron dos ho�pitales en la ciudad de Puerto Rico que estuvie ron en activo, con más o menos medios, al menos a lo largo de toda la primera mitad del siglo XVI. Por un lado, estaba un hospital dotado muy. po�iblemente en tiempos de Juan Ponce de León, pues, sabemos que en 1514 el repartidor Sancho Velázquez quitó a este hospital los indios que tenía otorgados desde el p�imer repartimiento de la isla (63). Este hospital fue bautizado bajo la advocación y cofradía de Nuestra Señora de la Concepción• ( 64). El hospital no fue más que una construcción pajiza con unas cuantas camas, hasta que entre 1527 y 1529 se edificó de piedra y mampuesto (65). Sin embargo, la fábrica no debió ser demasiado afortunada ya que en una tormenta que azotó la isla en 1530 lo derrumbó parcialmente dejándolo inservible (67); • El hospital de.Nuestra Señora de la Concepción se debió reconstruir pronto y acaso, fue ampliado en los años sucesivos ya que, en 1544, se decia de él que era «bastante para recoger los pobrés» que había en la ciuqad (68). Por otro lado estaba el hospital catedralico que se financiaba de los diezmos.y que en la tardía fecha de 1544, era aún un inmueble de paja y madera que estaba sin actividad alguna (69). El Obispo alegaba que con ayuda de Su Majestad, cuando acabase de edificar la Catedral, comenza ría las obras del hospital, cosa que ignoramos si llegó a realizar antes de mediar la centuria. Los hospitales en Cuba El primer hospital cubano se fundó en 1522 o en 1523 en la ciudad de Santiago, no constituyendo, en sus orígenes, más que «un barracón con techo de guano» como lo eran entonces todos los edidicios de la isla salvo la casa del teniente de gobernador Diego Velázquez (70); La situadón de este hospicio no debió mejorar en lós años sucesivos ya que en una información, hecha en 1532, el hospital seguía siendo «una pequeña cása de paja donde la gente no cabe de pies muchas veces... » (71). En cuanto al• hospital de La Habana tenemos que decir que es muy controvertida la cuestión de su fundación, oscilando las versiones de los historiadores desde el ano 1538 que proponía A. Moll hasta fechas más tardías, como 1545, que han apo y ado otros autores (72). A nosotros no nos cabe duda de que la fundación debió realizarse en las primeros años de la década de los treinta pues, en 1538, se quejaban los procuradores de la villa de la precariedad en que se encontraba el hos pital que era de paja y no había medicinas «ni recaudo para curar a los vecinos» (73). Parece evidente, que si los vecinos se quejaban, en ese año, del mal estado en que había caído el sanatorio era porque estaba en acti vo desde algún tiempo antes. En ese mismo año de 1538 se le con. cedieron al hospital las penas de Camara, por un plazo de• diez años, con la condición de que el edificio se hici�se de_cant�ría (74).. Precísamente lo que ha llevado a confundir a algunos historiadores es un documento del gobernador Juanes Dávila, fechado en 1545, en que afirmaba haber hecho el hospital de La Habana (75). En realidad, lo que se terminó en 1545 fue el hospital pétreo pero como queda de manifiesto por lo expuesto anteriormente el primer recinto existía desde mucho an tes. Finalmente este hospital de buena cantería fue destruído el 1 O de ju lio de 1555 por el corsario francés Jacques de Sorés (76). En la isla de Jamaica funcionaba un hospital desde principios de la década de los veinte, pues ya, en 1524, se decía de él que acogía a «mu chos pobres enfermos espafíoles e indios nuevamente convertidos» (77). En 1524, Carlos V concedió al mencionado hospital la cantidad de 100.000 maravedíes, a pagar en diez años de las penas de Cámara, para ayudar así a la compra de ropa y de alimentos para los enfermos (78). Sin embargo, dos años después, es decir. en 1526, el hospital ya no funciona ba y los pocos pobres que había en la capital jamaicana eran atendidos por los vecinos en sus casas (79). También en la pequeña isla'de Cuba gua, conocemos la existencia de un hospital,.situado en Nueva Cádiz, ca pital de esta• isla de las perlas. La única referencia que tenemos de este sa natorio es que, en 1533, el cabildo de Nueva Cádiz solicitó 200 pesos de oro para aplicarlo al hospital que estaba muy necesitado y los pobres que en él había muy mal atendidos (80). Desconocemos tanto si se produjo la concesión del dinero como cualquier otra informaci6n que pueda ilus trarnos en el devenir de este hospicio. ( 1 O) En el inventario de los navíos que llevó Ovando, había un epígrafe en el que ve nía todo lo relacionado con la enfermería: ocho libras de cañafístola, ruibarbo, gerapliga, agarico, acíbar, azafrán, canela, clavo, pimienta y gengibre, almendras, uvas, pasas, ins trumentos para sacar muelas, cuatro colchones, una jeringa de cobre, dos cazos, una sar tén, una balanza, un almirel y botes, y unas navajas para la barbería. Citado en ORTEGA, fray Angel O:F.M. (1925): La Rábida. Historia documental crítica, T. II. Sevilla, Imprenta y editorial de S. Antonio, p. (12) Sirva de ejemplo representativo del procedimiento de Castilla el caso de la villa de Sari Cebrian que, en 1514, tomó un físico «para que viniese y morase en la dicha villa y curase a todos los vecinos de ella: por dos años primeros siguientes por 15.000 maravedíes de salario en cada un año por los cuales ha de curar a todos los vecinos de la dicha villa de balde sin llevarles dineros ni otra cosa alguna por ello. Y así mismo tomaron y salariaron a un boticario para que tenga botica en la dicha villa por 3.500 maravedíes de salario en cada año... ». Carta de Alonso Romero, vecino de San Cebrían a Su Majestad, para que dé autorización, San Cebrían h. AGS, Consejo y Juntas de Hacienda 2. También en Archivo Ducal de Alba, Carpeta 68, doc 83. (58) Real Cédula a las justicias y regidores de la villa de San Cristóbal de La Habana,
En el año l867, una institución educativa de Estados Unidos, el Wi lliams College del Estado de Massachusetts, envió una expedición a Sur América dirigida por el científico norteamericano James Orton: La expe dición tuvo dos destinos: uno, con Orton a la cabeza, se dirigió a Ecuador y el Valle del Amazonas: el otro, a cargo de Henry M. Myers, vin,o a Vene zuela a seguir la misma ruta que Humboldt y Bonpland habían recorrido al final del siglo XVIII. La información disponible indica que ésta fue la primera expedición con fines científicos proveniente de ese país. Myers y su pequeña comitiva no púdieron haber escogido peor mo mento para venir a Vep.ezuela, cuando por segunda vez en el siglo, el país salía de una larga y cruenta guerra que dejó una marca de desolación casi tan patética como la de la guerra contra España. El Estado venezolano se encontraba en franca bancarrota, sin fondos suficientes ni para cancelar los sueldos de sus funcionarios; la situación política, sin claras perspectivas de arreglo, y sin que se visualizara aún con claridad quién o qué grupo social podía tomar las riendas para sacar al país de la debacle en que se encontraba; indefinición así percibida por caudillos y montoneras que aprovecharon para continuar con su obra de soladora en todo el territorio. Mientras el Presidente Mariscal Falcón viajaba de una punta a la otra del extenso territorio tratando de sofocar los constantes alzamientos que se producían,. otro hombre de armas -el General Antonio Guzmán Blan co-preparaba el terren9 para su ascenso al poder. Para comenzar, nos interesa tratar de explicar cómo era mirado el país desde el exterior, en especial desde Estados Unidos, para tratar de entender -o al menos de ubicar en su contexto:-. por qué en esos mo mentos miembros de un college de Estados Unidos decidieron venir a ex plorar el territorio venezolano, viaje que, además, contó con apoyo de una institución del gobierno federal -el Smithsonian Institution-. Por varias razones que explicaremos seguidamente, durante el siglo XIX, Venezuela podía ser considerado práctica�ente invisible para Esta dos Unidos: no exportaba ningún producto que pudiera ser considerado clave para esa economía. Sus principales productos de exportación desde el período colonial no eran, en todo caso, productos de consumo masivo; estaban reservados a los pocos habitantes que podían pagar sus altos pre cios. Pero, además, como país despoblado y de bajo nivel de ingresos tam poco resultaba Venezuela interesante como mercado para los productos norteamericanos. Sin embargo, aun cuando no reuniera ninguna de las condiciones que lo hicieran atractivo, Venezuela era un país especialmen te dotado por la naturaleza que debió despertar el interés de los círculos intelectuales de ese país. Hasta que Venezuela no se transformó en un país estratégico por su r_ iqueza petrolera, Estados Unidos mostró escaso inte rés en conocerlo. Constatación que abona la idea de que la racionalidad científica no se mueve por caμces diferentes y necesita otras motivacio nes, sean éstas económicas o políticas,• para despertar su acuciosidad. Esa falta de'interés en conocer científicamente un territorio de gran des riquezas naturales como Venezuela se remonta a la época de las gran des expediciones botánicas enviadas por el rey Carlos III a finales del pe ríodo colonial. Entonces,.España en un despertar al conocimiento científico motivado por la profunda repercusión que tuvo en esas tierras el movimiento de la Ilustración, envió varias expediciones científicas a recorrer algunas de sus colonias en un intento �tardío-de recuperar el dominio de sus terrjtorios de ultramar (1). Esta «reconquista» científica donde se entrelazaban variados y diver sos intereses,• estuvo centrada en aquellas colonias que producían bienes «más interesantes» para la economía de la Corona: el oro y la plata de los virreinatós. Pero además, estos virreinatos, sobre todo el de Perú y Nueva España, contaban en su acervo con una tradición_ cultural h�redada del período precolombino, el cual les daba mejores posibilidades para ofre cer a España apoyo para sus empresas de exploración. Pero la Capitanía General de Venezuela no reunía ninguna de las dos condiciones: no tenía minas, eso al menos se pensaba, ni contaba con ca paddades suficientes para ofrecer a España el apoyo local necesario. Re cordemos cómo Humboldt, probablemente con asombro, escribió a su paso por Caracas: «Las ciencias exactas, el dibujo y la pintura, no poseen aquí esos grandes establecimientos que México y Santa Fe deben a la mu nificencia del gobierno español y al patriótico celo de los nacionales. En medio de una naturaleza tan maravillosa y rica en producciones, nadie en estas playas se ocupaba del estudio de las plantas y los animales» (2). Un círculo vicioso difícil de romper, -o que en todo caso, hubiera requeri do de España un esfuerzo que estaba inás allá de sus posibilidades e inte reses. Venezuela hubiera probablemente permanecido invisible a los ojos de la comunidad científica europea a no ser por el • viaje de Humboldt y Bon pland. A partir de entonces y cuando la situación interna del país así lo permitió, un buen número de viajeros naturalistas alemanes y británicos principalmente, vinieron a explorar el país. Pero el viaje de Humboldt sir ve para apoyar más que negar la idea de la invisibilidad de Venezuela a los ojos de los círculos científicos europeos� porque la intención de los viaje ros era apenas tocar tierra por una corta estancia antes de proseguir viaje a Cuba y México: «Sin la enfermedad que reinaba a bordo del Pizarra, nunca habríamos penetrado en el Orinoco y el Casiquiare hasta los límites de las posesiones portuguesas del Río Negro» escribió Humboldt (3). Si bien el impacto de la obra de Humboldt fue el punto de partida pa ra que se iniciara una actividad exploratoria más o menos continua a par tir de la constitución de la república, todavía en 18�7 cuando Myers y su pequeña comitiva vinieron a recorrer el territorio, su obra seguía siendo la mejor referencia sobre el país para un viaje con fines científicos. En efecto•, la obra contiene un conjunto de observaciones astronómicas, magnéticas y barométricas, así como contribuciones que abarcaban los campos de la botánica, la zoología; la geología y etnología de las regiones del país recorridas por estos viajeros. La otra obra que proporcionaba un cuadro general de la geografía tísica del territorio era la dé Codazzi, pero en muchos aspectos, en especial aquellos que se refieren a la historia na tural, era deudora de la obra de HumboldL Si bien la obra de estos viajeros era la mejor guía para iniciarse en el estudio de la historia natural del país, no significa que no se hubieran he cho otras contribuciones al estudio del territorio venezolano, pero éstas no abarcaron, como la obra de Humboldt, el amplio espectro de discipli-nas científicas mencionadas ni se refirieron a una extensión tan grande. Además, la bibliografía existente, se hallaba muy dispersa en numerosas revistas y libros en varios países e idiomas, de difícil acceso, lo cual limi taba su acceso. Igualmente, las colecciones de historia natural se halla ban repartidas entre los varios museos de historia natural que auspicia ron los viajes de exploración. Un ejemplo que conviene resaltar es el de la boÚnica, ciencia que pro bablemente fue la que dio las mayores contribuciones al conocimiento del territorio durante el siglo XIX, sin embargo, especialistas en ese cam po consideraban que los aportes eran escasos y fragmentarios. Un compatriota de Myers, John Robert Johnston, quien vino a Vene zuela apenas iniciado el presente siglo, opinó que, comparado con otros países de la región, el estado de los conocimientos de la flora del país era incompleto: «La variedad de condiciones existentes en este país, lo lleva a uno a esperar un mayor interés botánico. Debe haber no sólo una varie dad extraordinaria de plantas sino también muchas adaptaciones de las plantas a su medio ambiente. Se han hecho algunas colecciones pero no tantas como las condiciones existentes lo ameritan y, <;lesafortunadamen te, los informes hechos sobre estas colecciones están dispersos e incom pletos. Brasil tiene el elaborado trabajo de Martius; las Guayanas los de Schomburgk y Pulle; Colombia los de Karsten, así como las recientes co lecciones de Smith y Pittier. Las Indias Occidentales en conjunto tienen la conocida Flora de Grisebach y la reciente Symbolae Antillanae del Pro fesor Urban. Pero en Venezuela, abandonada entre esas tierras, no se ha hecho ningún trabajo botánico completo» (4). En el mismo sentido opinaba Henry Pittier, botánico norteamericano que dominó el escenario de los estudios botánicos del país en la primera mitad del presente siglo. Todavía en 1926, en su clásica obra Manual de plantas usuales de Venezuela, Pittier observaba que: « Una pequeña parte del país solamente ha.sido explorada y esto muy superficialmente, ya que aun en las localidades más accesibles y más visitadas por los colectores, se encuentran diariamente especies nuevas o que todavía no se habían se ñalado para el país» (5). Una perspectiva más amplia que tome en cuenta las condiciones socia les, políticas y físicas del país durante el siglo XIX, agrega otras razones para explicar el escaso y fragmentario conocimiento científico que habla sobre el país. Venezuela no reunía condiciones que garantizaran la seguri dad personal de quienes se aventuraran a explorar el país. Los alzamien tos, guerras o revoluciones, cualquiera que sea el nombre que se de a las continuas alteraciones violentas del orden, fueron característica del siglo diecinueve venezolano. Agréguese a esta situación el estado de despobla miento del país, la falta de vías de comunicación, las plagas y enfermeda des que azotaban a la población, aunado a una dieta pobre y monótona que contrastaba con las alusiones de los viajeros sobre lá generosidad de la naturaleza tropical. Otro aspecto que debe ser señalado para entender la falta de visibili dad de Venezuela debe vincularse a la débil demanda planteada desde el país para atraer a miembros de la comunidad científica, incluyendo, para emplear una acepción más amplia del término «comunidad científica», a exploradores o viajeros naturalistas en un momento en qué un gran nú mero de ellos se dedicaba a recorrer distintas partes del globo en búsque da de datos y colecciones de historia natural. Esta debilidad debe aso ciarse al escaso desarrollo que tuvo Venezuela en el campo de las ciencias naturales. Los intentos de crear o reformar instituciones que mejoraran el precario panorama científico del país se llevaron a cabo en forma par cial o dentro de márgenes muy estrechos porque la inestabilidad política y la estrechez económica impidieron que alcanzaran el desarrollo que sus promotores deseaban. Las expediciones de Estados Unidos a Centro y Sur América ¿Qué papel jugó Estados Unidos en la exploración de territorio vene zolano con fines científicos durante el siglo XIX? Como adelantáramos arriba, su participación fue entonces marginal y habrá que esperar hasta los inicios del siglo XX, cuando comienza la era-petrolera, para que ocu pe un lugar significativo. Entonces, Estados Unidos dio inicios a una nueva etapa y una nueva forma de exploración caracterizada por la parti cipación de grandes instituciones que planificaban las expediciones de acuerdo a objetivos muy precisos y con gran apoyo logístico ( 6 ). Si bien, como veremos, Venezuela no estuvo en la mira de las aspira ciones expansionistas que, desde mediados del siglo XIX, impulsó a Esta dos Unidos a desarrollar actividades exploratorias fuera de sus fronteras, otras naciones del continente americano sí fueron objeto del interés de ese país. En sus comienzos, las actividades exploratorias de Estados Unidos realizada fuera de sus fronteras se dirigió a los países limítrofes o aque llos ubicados en su área de influencia más cercana: Canadá, México, América Central y las Antillas; luego, paulatiname. nte, su interés se fue exte• ndiendo hasta abarcar a •otros países en el continente sur. • En.efecto, entre el final de la guerra con México y el inicio de la Gue rra Civil, el gobierno federal apoyó el envío de varias expediciones orga núadas • por la marina y que al menos én apariencia respondía� a intere ses de tipo científico. En todo caso, es conveniente aclarar que la connotación del término «científico» en el contexto norteamericano de esa época' era eminenteme'nte utilitario. Como observa Daniels: «Antes [de la guerra civil] la ciencia se "vendía" al público en términos de sus contribuciones a importantes valores americanos -utilitaria, igualitaria, religiosa-o incluso como un medio • de control, según como fuera la apreciación que el vocero hiciera de su audiencia. Pero eri 1870, por pri-. mera vez•, gran número de.voceros de la ciencia comenzaron a resentir esta dependencia de valores extraños a la ciencia» (7). Esta concepción sobre la ciencia en ese periodo en parte responde a quienes consideraban que los objetivos perseguidos por Estados Unidos en relación con las expediciones era. el avance de la ciencia y que no te nían conexión con el espíritu del Destino Manifiesto que tuvo tanto peso en la política de la época. Pero como señala Harrison «El estudio de• la promoción de las expediciones y los intereses de aquellos que ayudaron a planearlas y a ejecutarlas, sugiere, sin embargo, que estaban también im plicados en diversos grados intereses científicos, comerciales e incluso colonizadores» (8). Uno de los objetivos• «subyacentes» en la necesidad de detener a la Gran Bretaña en vista de que el gran imperio europeo tenía el control del comercio y la navegación de vastas zonas de América latina: cémtrólaba el comercio de Río de la Plata que iba desde Argentina hasta Paraguay; era la únka potencia extranjera que tenía el control de la navegación del Río Amazonas gracias a una concesión otorgada por Brasil; además estaba planteada la rivalidad por el control de la zona ístmica de Cehtro América, lo cual motivó incluso que Gran Bretaña ocupara la Costa Mosquitos e is las de la costa de_ Nicaragua en un intento de impedir el monopolio que Estados Unidos creía tener sobre la zona (9). En total, la marina de los Estados Unidos envió siete expediciones a Cen tro y Sur América, enviadas a Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Pa raguay y Perú. De estas apenas mencionaremos dos de ellas que en cierta for ma representan los objetivos extremos a los cuales éstas respondían. La.primera de ellas fue a Chile dirigida por el Teniente Melville Gilliss en 1849-52. De todas las expediciones fue la que más respondía a objeti-vos científicos, debido a los intereses que animaban a su organizador. Después de muchos esfuerzos Gilliss logró obtener apoyo del gobierno fe deral, de sociedades y personalidades ligadas al mundo científico, así co mo del Smithsonian Institution. El propósito de la expedición era medir eh forma más precisa la distancia del sol a la tierra. Si bien la expedición fue un fracaso desde el punto• de vista estrictamente científico_ debido a que no se hicieron las mediciones correspondientes en el hemisferio nor te fue, sin embargo, positiva desde el punto de vista de sus contribucio nes a Chile. Gilliss ayudó en muchas formas, entrenando gente, donando equipos y libros y por mucho tiempo mantuvo contacto con el venezola no Andrés Bello, rector de la Universidad Nacional de Chile. Según Harri son: «Puede decirse con toda honestidad que si bien Gilliss era muy críti co de muchos aspectos de la vida chilena, sus informes comerciales no le causaron conflicto con la economía local y la expedición no interfirió ni disturbó el escenario político chileno» (10). Conflictivos y siniestros fueron en cambio los objetivos de la expedi ción para explorar el valle del Amazonas en 1851-1852. Detrás de la fa chada de contribuir a engrandecer el conocimiento humano, se escon dían las intenciones de Matthew F. Maury, un oceanógrafo autodidacta, principal promotor del proyecto, de buscar información para establecer colonias de negros esclavos de los Estados Unidos en el valle del Amazo nas y tratar de obtener concesiones de tierras para los latifundistas de la región sureña (11). El botánico norteamericano Asa Gray no veía con buenos ojos el ex pansionismo de la época. En relación con una consulta hecha por Sir Wi lliam Hooker, del Real Jardín Botánico de Kew, quien estaba interesado en explorar botánicamente las Islas Bahamas, Gray le escribió que: «Ud. p�ede obtener información de allí •más rápido que nosotros -hasta que las anexemos, junto con el resto de la creación, y para el momento en que esa cantidad de anexiones esté completa yo estaré. feliz de ir a_ vivir a Kew» (12). Cualesquiera que hayan sido los objetivos perseguidos en las expedi ciones realizadas durante el periodo previo a la guerra civil,. tanto dentro como fuera de territorio norteamericano, es importante llamar la aten ción sobre el efecto que los resultados que éstas arrojaron tuvieron sobre el desarrollo de la ciencia en Estados Unidos. En efecto, estas expedicio nes acumularon un enorme número•de colecciones e informaciones so bre la historia natural de los territorios recorridos, las cuales a menudo se perdieron precisamente por falta de una percepción clara de su interés científico y porque saturaron la capacidad científica de que disponía el país. Pero la urgencia de disponer y aprovechar la enorme acumulación de información significó una _presión sobre el gobierno federal para que decidiera sobre la forma de organizarse para preservar y difundir los re sultados. Así, tanto la expedición de Wilkes a la Antártida, antecesora de las enviadas a América Latina, con sus 160.000 especímenes recolecta dos, y las otras que se organizaron en ese período, jugaron un papel deci sivo en moldear la organización y estructura de la ciencia en Estados Unidos (13). La creación de un museo nacional, como el Smithsonian Institution, que se convirtió en foco de atención de la ciencia en ese país y de los científicos en busca de apoyo federal, fue en parte producto de los resul tados alcanzados en las numerosas ex• pediciones realizadas en ese perio do. La visión que comehzaron a tener los científicos sobre el Smithsonian dio a Joseph Henry -director de la institución-y a su sucesor Spencer F. Baird, un mayor control sobre la ciencia en Estados Unidos y jugó un papel significativo en el proceso de institucionalización y en el estableci miento de objetivos y estándares que fueron definidos primero por la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia y luego por la Acade mia Nacional de Ciencias (14). En ese contexto, no es pues de extrañar que los organizadores de la expedición de Myers y su grupo a Venezuela solicitaran apoyo del Smithsonian Institution. La expedición del Williams College Dentro de esta panorámica muy general descrita sobre grandes expe diciones científicas que respondían a tan estratégicos intereses, la del Wi lliams College, si bien confirma la idea asomada arriba de la percepción que.tenía la comunidad científica sobre el papel del Smithsonian Institu tion como institución promotora de empresas científicas, puede conside rarse más bien un hecho aislado. Sus objetivos eran científicos y más bien puede asociarse a las-pocas expediciones de carácter individual que salieron de ese país _durante el siglo XIX, descritas por Pennel en una re visión histórica sobre el tema (15). En la historiografía norteamericana hay muy pocas referencias a la expedición de Myers a Venezuela. Apenas encontramos alguna que otra, muy de pasada, sobre el mismo. La mayor parte de la informaci_ ón que poseemos es material de archivo que se encuentra depositado en el Las referencias, muy de pasada, que hay sobre la expedición de Myers están siempre ligadas a la figura del científico norteamericano James Or ton y su viaje a la zona ecuatorial y amazónica. Orton era el jefe de la ex pedición del Williams College a Suramérica, cuyo destino único desde que se inició su organización era Ecuador y el Amazonas. Como veremos, a "última hora, Orton decidió dividir la expedición en dos grupos, uno de los cuales -en el que participó Henry Myers-vino a Venezuela; Orton, sin embargo, siguió manteniendo la jefatura de los dos grupos. James Orton (1830-1877) había sido ministro protestante y dejó su carrera religiosa para transformarse en naturalista de campo y profesor de ciencias naturales de la Universidad de Rochester y más tarde de Vas sar College donde se ocupó de la actividad docente hasta su muerte.• A comienzos del año 1867, Orton fue invitado por el Williams College, de donde era egresado, a dirigir una expedición a Sur América, en vista de que el Prof. Albert Hopkins, destacado profesor de esa institución, ha bía desistido a última hora. La expedición que nos ocupa fue la primera de tres que Orton hizo a la región ecuatorial y amazónica; los resultados de estos viajes contribuyeron a un mejor conocimiento de la geología y de fa geografía física del valle del Amazonas y de la costa oeste de Sur Arné rica, las cuales dio a conoGer a través de artículos publicados en revistas europeas y norteamericanas. También dejó Orton un libro descriptivo de estos viajes en The Andes and the Amazan, del cual se hicieron tres edicio nes (16). En algunos aspectos Orton representa al científico norteamericano tí pico de la época (17). Orton era nacido en la costa del este medio (Nueva York) que, junto con Nueva Inglaterra, constituía el lugar de nacimiento del 70 por ciento de los científicos norteamericanos de la época, lo cual puede explicarse en parte por haber sido (Nueva Inglaterra) el lugar de los primeros trasplantes de cultura europea. Su campo de actividadciencias de la tierra y ciencias naturales-que representaba un 50 por ciento aproximado de la actividad científica de Estados Unidos, tendía más hacia la acumulación, descripción y medición que hacia la construc ción de teorías, lo cual respondía a la orientación utilitarista de ese país joven con una gran compulsión por conocer y tasar su entorno físico. Co mo el grueso de los científicos norteamericanos, Orton obtenía su princi pal fuente de ingreso de su carrera como profesor de un «college» o universidad. El cambio de Orton de una carrera religiosa a una científica consti tuía una decisión normal en el contexto de esta época previa a la teoría de la evolución. Como observa Guralnick: «_ Hasta bien entrado el siglo [XIX] un número significativo de científicos venía del grupo de jóvenes brillantes que se habían estado prepárando para una carrera•religiosa [... ] En efecto, el movimiento desde el púlpito hacia el de profesor de ciencias era natural -no porque la dencia estuviera sumida en la magia o la me tafísica, sino porque por siglos el protestantismo había estimulado la in vestigación científica de acuerdo a la teoría de que la familiaridad.con los trabajos de Dios promovía el an: ior a Su Palabra» (18). Hay dos a• spectos, sin embargo, que distinguen a Orton del típico científico norteamericano de la época. En efecto, en una de sus obras, un libro de texto de zoología que tuvo gran éxito en su momento, con trece ediciones: Comparative Zoology, Structural and Systematics (1876), Orton mostró estar más avanzado que muchos de sus contemporáneos al enfati zar la función y la estructura, en momentos en que la mayoría de los tex tos de zoología se ocupaban de los aspectos anatómicos y taxonómicos (19). Otro aspecto que distingue a Orton de sus colegas compatriotas fue su experiencia de trabajo de campo, en particular fuera de territorio nor teamericano. Williams College, institución que _auspició la expedición a Suramérica estaba (y aún está).situado en la ciudad de Williamstown en el Estado de Massachusetts, asiento de muchos colleges de la época.• Era una institu ción educativa que había mostrado particular inclinación hacia el cultivo de las ciencias. Tenía un Lyceum de Historia Natural, especie de. asocia ción donde participaban estudiaptes bajo la g1:1ía de profesores para lle var a cabo actividades relacionadas con la ciencias naturales. Fue además en Williams College donde se insta�ó uno de los primeros observatorios astronómicos de Estados Unidos que tuv• o un carácter permanente, gra cias a la iniciativa de Albert Hopkins, quien en un principio debía dirigir la expedición a Suramérica. También se distinguió por ser la primera ins -: titución educativa en auspiciar la realización• de expediciones• de carácter científico fuera del territorio norteamericano (20). Henry Morris Myers, quien estuvo a cargo de la expedición a Vene� zuela, y su hermano Philip van Ness, quien acompañó a Orton, eran tam bién de Massachusetts, hijos de un médico y ambos eran estudiantes de Williams College; eran miembros del Lyceum de Historia Natural que es tuvo vinculado a la expedición a Sur América. Sobre fondo que al parecer no pudo utilizarse con ese fin, pues los estudiantes que participaron en la expedición debieron sufragar sus gastos. En una minuta de febrero del año siguiente se da lectura a una carta de Orton aceptando dirigir.la expedición a Ecuador. En ningún momento se hace referencia a Venezuela como posible destino. La decisión de quienes de bían ir a la expedición fue por votación, realizada en marzo en una reu nión del Lyceum. Fueron electos 12 estudiantes de los cuales sólo viaja ron cinco (24). Orton comenzó en marzo a buscar apoyo del Smithsonian Institu tion. En una carta del 16 de marzo a J oseph Henry, Secretario• de la ins titución, le escribe: « Un grupo de caballeros científicos (scientific gen tlemen) están preparando una expedición a Ecuador, Sur América. Nuestro principal objetivo es hacer un examen profundo de la región volcánica alrededor de Quito -uno de los campos de investigación más interesantes que existen en el mundo... [ilegible], terra incógnita para la ciencia. La expedición_ será estricta y puramente científica, y abarcará los campos de la Geografía Física, la Geología (incluyendo Paleontolo gía), Mineralogía, Protozoos y Radiados, Moluscos, Articulados, Peces, Aves, Mamíferos, Etnología y Antigüedades, Astronomía y Botánica. In tentaremos hacer tantas colecciones y observaciones como nuestros medios nos permitan. Luego de nuestro estudio de los volcanes de Quito_ nos proponemos visitar Los Andes y Perú y luego descender al Amazonas hasta Pará. Ud. notará que esta expedición será un complemento de la última expedición del Prof. Agassiz» (25). La.carta continua con solicitudes de ayuda de aparatos e instrumentos científicos a cambio de colecciones que serían enviadas al Smithsonian. Aparte de resaltar la enorme distancia que pensaban recorrer, prácti camente atravesar el continente sur y el extenso campo de las ciencias naturales sobre las cuales harían colecciones y observaciones, muy pro pio del carácter que tenían las expediciones con fines científicos del siglo XIX, queremos -hacer una digresión para comentar la referencia -al gran zoólogo norteamericano, de origen suizo, Luis Agassiz. La expedición de Agassiz a Brasil realizada en 1865-66, aludida por Orton, tenía como propósito rebatir la teoría de la evolución de Darwin y buscar evidencias que apoyaran su teoría catastrófica, para lo cual quería recoger evidencia directa de actividad glacial en Brasil y los Andes, ade más de realizar colecciones de historia natural. Pero ürton en su viaje en contró conchas terciarias de origen marino, las primeras encontradas en el valle del Amazonas, hecho que en cierta forma planteaba dudas sobré la teoría glacial de Agassiz (26). La decisión de dividir la expedición en dos grupos está escasamente do cumentada. Sólo podemos decir al respecto que en toda la correspondencia que Orton y Myers cruzaron con funcionarios del Smithsonian se alude a la división ya cuando estaba a punto de iniciarse, y las razones argumenta das no parecen muy convincentes. En efecto, en una carta que Orton envió a Spencer Baird, asistente del Secreta., rio-General del Smithsonian, le dice: «Nuestro grupo se compone de diez personas, demasiado grande para ir a una sola región. He propuesto que se divida, una parte iría a Caracas y el resto a Quito, y por este último lugar hay algunos que se inclinan de mane ra inflexible» ( 27): Aunque no convenza totalmente, quizás la respuesta al por qué se dividió sea sencillamente el tamaño demasiado grande del gru po, aunque al final sólo viajaron 8 de los 10 aludidos; pero por otra parte, las últimas palabras de Orton denotan• cierta crítica a la posición de algu nos del grupo, a la vez que una preferencia por Venezuela. Esto último ten dría sentido si a Orton se le hubiera impuesto la escogencia del destino de la expedición, pero este no parece haber sido el caso. Una semana más tarde, en otra carta, Orton explica que dos de sus «mejores hombres» -Henry Myers y Forbes-se ofrecieron como volun tarios para ir a Venezuela, y agrega: «La división del grupo fue un asunto delicado, pero•yo estaba ansioso de que algunos fueran a Venezuela y lle varan mi punto de vista» (28). En todo caso, los dos grupos quedaron compuestos de la siguiente ma nera: A Ecuador y Amazonas: James Orton, Philip Myers, F.S; Williams y el Coronel Phineas Staunton, Vice-Canciller dela Universidad de Ingham, quien murió en Ecuador; a Venezuela: Henry Morris, R.H. Forbes y W. Gilbert, este último abandonó a mitad de camino aquejado de una fiebre. El. otro aspecto que queda aún por resolver es la razón por la cual es cogieron venir a Venezuela. El único antecedente a la expedición de Myers encontrado que podría ayudar� explicar por qué se tomó esa deci sión se relaciona con el viajero August Fendler, alemán radicado en Esta dos U nidos y quien, todo parece indicar, fue el único explorador prove niente de ese país que antecedió a Myers., Es probable que las colecciones de plantas de Venezuela que formó Fendler fueran las primeras registra das en ese país; fueron hechas princip�lmente de la zona de la Colonia Tovar, en la región central, donde Fendler adquirió una pequeña propie dad en su primer viaje a Venezuela realizado en 1854; también hizo allí observaciones meteorológicas que fueron publicadas en el Smithsonian Report de 1857 (29). Fendler vino a Venezuela a instancias del gran botánico norteameri cano Asa Gray, quien estudió sus colecciones de plantas junto con J ohn Torrey, Asa Gray constituye la figura más descollante de la botánica nor teamericana del siglo XIX y ambos fueron responsables de estudiar las colecciones botánicas de la expedición del Williams College. La relación entre Gray y Fendler en torno a las colecciones botánicas de Venezuela podría arrojar cierta luz sobre la decisión tomada por el Wi lliams College de enviar una expedición a Venezuela. Es posible suponer que. esas colecciones hayan despertado en Gray curiosidad por conocer más sobre una flora prácticamente desconocida y dado su gran prestigio y su amistad con el director del Smithsonian Institution, Gray pudo in fluir para que la expedición viniera a Venezuela a recoger más muestras botánicas, sin embargo, hasta ahora no hemos encontrado información que permita corroborar esta hipótesis. En cualquier caso, pensamos que el viaje que Humboldt y Bonpland realizaron a Venezuela debe haber sido una de las razones por las cuales se tomó la decisión.-Recordemos que la obra de estos viajeros constituía una excelente guía sobre el país, pero más interesante para los conocedo res de la obra, estaba el hecho de que; excepto por algunos trechos, nadie parece haber seguido la ruta completa de Humboldt y Bonpland por te rritorio venezolano. Además, de los países americanos que visitaran estos viajeros, Venezuela era sobre el que había menos conocimiento. Estos he- Las referencias a la obra de Humboldt y Bonpland en el relato de Myers son constantes; era en la práctica su guía de viaje. La obra de.Co dazzi Resumen de la geografía de Venezuela es apenas mencionada. Sobre una zona específica del país como los Llanos, hay referencias a la obra de Ramón Páez, hijo del General Páez, quien, en 1846, junto con su padre, realizó una expedición por la regi9n llanera de Venezuela desde Maracay hasta orillas del río Arauca (30). Menos citadas son las obras de los britá nicos Charles Waterton Wandering in South America (London, 1839), Ed ward Eastwick Venezuela... En estas páginas finales, queremos destacar algunos aspectos de inte rés sobre Venezuela q: ue son mencionados por Myers en su relato de via je, así como apuntar algunos de los cambios ocurridos en el país entre los viajes de Humboldt y Myers. La llegada de los viajeros a Venezuela no pasó totalmente desapercibi da, gracias al encuentro que tuvieron en Caracas con los naturalistas ale manes Adolfo Ernst y Anton Goring,. los únicos intelectuales con quienes hicieron contacto. Sobre estos dos personajes, Myers tuvo palabras de agradecimiento, debido a las informaciones Y.sugerencias que hicieron para el viaje tierra adentro. Anton Goring (1836-1905) era taxidermista y vino a Venezuela gracias al apoyo que recibió del Museo Británico, a cambio del envío de coleccio nes de aves y plantas del país. Goring vivió en Venezuela por ocho años, principalmente en la región de Los Andes (31). Justamente unos pocos días después del encuentro con Myers y sus compañeros, Goering dio el discurso inaugural de la Sociedad. de Ciencias Físicas y Naturales de Ca racas, cuyo presidente era Adolfo Ernst. Para el mo mento de la llegada de Myers, Ernst apenas iniciaba una larga y fructífe ra carrera en la cual descolló por las innumerables contribuciones que hi zo en el campo de las ciencias naturales y su papel de organizador y promotor de varias empresas científicas, educativas y de divulgación, las cuales tuvieron su principal escenario en las administraciones del Gene ral Antonio Guzmán Blanco, a partir de 1870. En relación a Ernst, Myers alude a sus actividades botánicas realiza das en los alrededores de Caracas y al herbario de más de 3.000 muestras que había logrado reunir sobre esa región. En efecto, Ernst inició en esos años un herbario que con el tiempo llegó a abarcar también otras zonas del país (32). El año anterior a la llegada de Myers y su pequeña comitiva, Ernst y un grupo de personas había log. rado, pese a la difícil situación que vivía el país por efectos de la guerra civil, reunirse en una asociación científica que se oficializaría justamente una semana después de la llegada de los viajeros: La Sociedad de Ciencias Físicas y Naturales de Caracas. Esta corporación fue sumamente activa durante los 11 años que estuvo sesio.:. nando, llegando a 243 reuniones registradas eri actas que eran publicadas en dos periódicos de Caracas. En una de las actas del año 1873, se comenta «...la interesantísima obra que el Profesor Orton de Poughkoopsie, Estado de Nueva York, ha publicado bajo el título "The Andes and the Amazon" (Nueva York, 1871) sic. El autor y sus compañeros cruzaron el continente suramericano des de Guayaquil hasta Pará, pasando por Quito, el río Napa y el Amazonas. En la misma época (1868-1869) sic, visitaron los señores Myers y Forbes, Venezuela y continuaron su viaje desde Caracas a Valencia, Calabozo, San Fernando de Apure, San Fernando de Atabapo, Portazgo de Pichi mín, Río Negro, y Amazonas; encontrándose con Orton en Pará. La des cripción de este último viaje no está publicada aún, pero el señor Myers se ocupa de este trabajo» (33)'. Excepto por la fecha del viaje y la de la edición del libro las informaciones del acta son correctas.. La información sobre Orton y Myers pudo ser obtenida por la socie dad por contacto epistolar con los autores, pero es más probable que ha ya sido través de las publicaciones que llegaban desde Estados Unidos, enviadas principalmente por el Smithsonian Institution. En efecto, la sociedad recibía en forma más o menos regular publica ciones tanto de ese país como de Europa, en particular de Alemania, Francia y Gran Bretaña. Pero, además, el propio Ernst tenía en su biblio teca privada, especializada en botánica, varias publicaciones científicas de ese país, entre las cuales se encontraban algunas de Gray (34). Por otra parte, lo que podemos considerar como la biblioteca nacional de Ve nezuela de esos años contenía en su catálogo literatura científica de Esta dos Unidos. Pero la guerra también se hizo sentir en esa institución, pues desde los inicios de la guerra civil, no aparecen registradas más obras provenientes de ese país (35). En estos años, y en forma má_ s acelerada durante las administraciones de Guzmán Blanco; gracias en bu�na medida a las actividades desplegadas por Ernst, Venezuela comenzó a vivir un movimiento cultural sin prece dentes al concretarse muchas de las ideas que se venían proponiendo desde la fundación de la república. A través de la Sociedad de Ciencias Físicas y Naturales de Caracas, la Cátedra de Historia Natural y el Museo Nacional, Ernst logró abrir un espacio para que se iniciara cierta actividad científica, y donde él mismo hizo contribuciones en el campo de la botánica, princi palmente. Sin embargo, los principales interlocutores de Erhst en ese cam po no fueron los viajeros-naturalistas que, como Myers, ocasionalmente pasaban por Caracas, sino especialistas europeos que nunca visitaron Ve nezuela, pero que tenían conocimientos de algunos aspectos de la flora a través de muestras botánicas remitidas desde aquí. De modo que, puede decirse que Venezuela permaneció al margen, aunque no ignorante, de la actividad exploratoria realizada por extranjeros en el país. Por último, queremos destacar los cambios ocurridos en Venezuela durante los casi setenta años que transcurrieron entre lo'-' s viajes de Hum boldt y Myers. Como veremos, durante esas largas décadas, los cambios en las condiciones• físicas y demográficas del país no garantizaban una mayor visibilidad del país a los ojos del mundo. En relación a la población de Caracas, Myers señala en su libro que tenía unos 50.000 habitantes; ligeramente por encima de estimaciones más o menos confiables de la época. En 1873, a los cinco años de la visita de Myers, Caracas alcanzó por primera vez la•población que tenía.para el año de 1812. Humboldt, por su parte, había estimado la población en 45.000 habitantes. Si consideramos que en 1830, cuando Venezuela se inicia como república independiente, la población de Caracas se calculó en 29.320 habitantes, hubo en las últimas décadas un aumento notable (36). El descenso producido a partir de 1812, son atribuibles al terremoto de ese año y a la guerra de independencia y sus secuelas de hambre, mi graciones y epidemias. Respecto a la población general del país, según Myers de millón y me dio, confirma algunas estimaciones hechas sobre ese período: 1.560.000. También con un aumento marcado desde 1830, cuando se estimó en aproximadamente 830.000 habitantes, y que datos censales hechos antes de la guerra de la Federación calcularon, para 1857, en 1.788;159 habi tantes, lo cual muestra como la situación de guerra imperante desde unos años antes de la llegada de Myers también cobró una alta cuota de vidas humanas. Donde se hizo más patente para Myers y su grupo el despoblamiento del país fue cuando se adentraron en la zona de los Llanos en ruta hacia el sur hasta una región aún más despoblada, el Alto• Río Negro. Datos censales de 1873 dan para la región llanera una población de 434.296 ha bitantes, lo que representa un 24,3 por 100 de la población total del país; más dramáticas resultan esas cifras si consideramos la densidad de po blación que para el conjunto de la región apenas alcanzaba 2,29 hab./Km. cuadrado. La exigua y dispersa población de los territorios del Alto Ori noco y Amazonas venez" olanos apenas alcanzaba para el mismo año, 23.048 habitantes. Unos pocos años después del viaje de Humboldt, la po blación llanera fue estimada en 212.000 habitantes y sobre el Alto Orino co no existen datos para ese período, pero basta leer la obra de Humboldt para percibir la enorme soledad de ese territorio. Es fácil imaginar que este escaso poblamiento en territorio que lucía inmenso, apenas podía tener un impacto transformador del paisaje, más aún, podríamos suponer que debido a las guerras que asolaron al país en tre la llegada de Humboldt y la de Myers y los efectos destructivos del te rremoto de 1812, el impacto sobre ese paisaje haya sido incluso negativo en algunas zonas del país, de modo que la «guía de viaje» que dejó Hum boldt en su recorrido por tierras venezolanas, con seguridad que seguía siendo una referencia valiosa 67 años más tarde, cuando Myers vino a Ve nezuela. Otros aspectos de la vida del país, también hablan de la escasa trans formación del paisaje durante esas largas décadas. Así, por ejemplo, ex ceptuando las carreteras que se construyeron para servir a los principales puertos exportadores del país, y la carretera de Caracas a Valencia con cluida el año antes de la llegada de Myers, el sistema de comunicaciones terrestre del país no había variado mucho desde que Humboldt vino a Ve nezuela a comienzos del siglo (37). Por otra parte, durante ese periodo in termedio, las enfermedades siguieron cobrando un alto costo en vidas. El paludismo, la fiebre amarilla, el cólera morbo, se asentaron en varias re giones del país en forma permanente y no fue sino a partir de la adminis tración de Guzmán Blanco en 1870 que las condiciones sanitarias de al gunas de las ciudades más pobladas del país comenzaron a mostrar cierta mejoría. Una dieta pobre creaba además condiciones aun más pro picias para que las epidemias causaran estragos, agregándose, para ma yores males, algunas enfermedades carenciales, ocasionadas tanto por escasez de alimentos como por su escaso valor nutritivo (38). La falta de vías terrestres de comunicación, las epidemias, los estra gos de las guerras, el terremoto de 1812, a lo cual se agregan el duro cli ma del trópico y el continuo batallar contra los insectos, son temas cons-tantemente tocados tanto por Humboldt como por Myers a lo largo de sus relatos de viaje. • Un último aspecto qúe interesa tocar, dada su relación con los viajes exploratorios con • fines científicos, es el deterioro y destrucción del am biente así como el agotamiento de especies de la flora y fauna del país que se comienzan a ser patentes a medida que transcurre el siglo • XIX y que en algunos aspectos quedan plasmados.en la obra de Myers. Esta avanzada destructiva de los recursos naturales del país hace que cobre aún más importancia este tipo de actividad exploratoria en la cual la for mación de colecciones de historia natural para su posterior estudio cien tífico y las descripciones del paisaje natural pueden llegar a ser el único registro de especies y variedades en extinción, así como del paisaje. Una lectura cuidadosa de Humboldt y Myers permite tener una idea de las diversas prácticas de explotación del suelo y de los recursos de la flora y fauna que eran comunes en ambos períodos y del deterioro del ambiente que estas ocasionaron a lo largo del siglo XIX. Así, por ejemplo, la agricultura comercial y de conucos fue empujando en forma creciente los límites naturales de las selvas, lo cual se hizo más evidente en las zo nas circundantes a las principales ciudades. Una de las zonas del país que mostraban mayor deterioro ambiental, comentando tanto por Humboldt como por Myers, así como por muchos otros viajeros, era el de la Cuenca del Lago de Valencia, producido por el incremento de la población y la roturación de tierras en las terrazas lacustres y fluviales y en las laderas próximas (39). También comien. zan a hacerse evidentes el agotamiento y escasez de especies de la flora y fauna locales debido a las prácticas irra cionales en la recolección y tala, así como en la cacería y pesca en vastas regiones del territorio. Como toda excepción que confirma la regla, la expedición de Myers a Venezuela confirma más que niega la invisibilidad de Venezuela para los círculos intelectuales norteamericanos durante el siglo XIX. Dentro del conjunto de la región, el país tampoco llegó a alcanzar el grado de visibi lidad que otras• naciones americanas tuvieron para la ciencia europea. Si bien la obra de Humboldt sirvió para sacar al país del anonimato en que se encontraba, el impacto de ésta no llegó a estar a la altura de las condiciones naturales que el país ofrecía. Aún hoy en algunos aspectos, Venezuela siguió siendo-terra incógnita desde el punto de vista del conoci miento científico de sus riquezas naturales. Atraídos por la riqueza petrolera y una vez que el país comenzó a su perar las difíciles condiciones físicas y políticas que lo caracterizaron, Estados Unidos dirigió sus ojos escudriñadores hacia el territorio. La co munidad científica local, formada.tardíamente, comenzó también a lle nar los enormes vacíos de información y de estudio existentes en.las di versas ramas de las ciencias naturales. Como la mayor parte de la literatura extranjera que se produjo sobre el siglo XIX venezolano referida a su historia natural, la obra de Myers tampoco se tradujo ni se publicó localmente entonces, y es sólo en las úl timas décadas que se ha despertado el interés legado por los extranjeros sobre el país ( 40). Tampoco las colecciones de historia natural," tanto de Myers como de los otros viajeros-naturalistas, así como las formadas so brevivieron al nuevo siglo. Las condiciones vividas por el país durante el siglo diecinueve difícil mente podían garantizar la permanencia de las-obras realizadas, sólo los proyectos tuvieron continuidad. Al Smithsonian Institution Archives, en particular a Pamela Henson, por el generoso apoyo brindado; al Williams College por cederme mate riales de su archivo; a la Fundación Polar de Venezuela por su c• olabora ción y a la Biblioteca Nacional de Venezuela por el apoyo dado a la investigación que sirvió de base para este artículo. (1) Eduardo ESTRELLA (1988), «Expediciones botánicas» en Manuel SELLÉS et. al., edts., Carlos III y la ciencia de la Ilustración. (2) Alexander VON HUMBOLDT (1983), •Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Con tinente. ( 5 ) Henri PITTIER (1926), Manual de las plantas usuales de Venezuela.
En el capítulo segundo de LAS EDADES DE GAi� (1) James Lovelock se pregunta ¿qué es la Tierra? Si aplicamos la doctrina del premio Nobel Ilya Prigogine (2) la respuesta es: tiempo. No el factor subjetivo que ocu pa y preocupa a los físicos, sino la historia biológica del tiempo. Sobre la vida terrestre podemos construir un tiempo global considerándola como una unidad de acción, es decir, ni diferenciamos las formas vivas ni los fenómenos temporales de cada especie, sino que atendemos a la cualidad orgánica como idea genérica, con independencia de su historia particu lar. El resultado es una cronología lineal desde la génesis de las primeras moléculas orgánicas hasta las seres vivos que hoy habitan el planeta. Jun to a este tiempo infinito de los individuos existe la finitud de la especie, a cuya historia pertenece la dissertatiá de Fabio Colonna que nos ocupa. Comenzando el siglo XVIII, Robert Hooke (3) se preguntaba por los fósiles pertenecientes a espécies desaparecidas, planteaba el problema de los grupos animales cuyo tiempo vital había concluido. Interpelaba así a naturalistas como J. Ray que, situando estos especímenes en territorios desconocidos, acudían a la ignorancia general para remediar la propia. Con Hooke, otro eslabón, el taxonómico, comienza a objetivarse. La espe cie no será más una simple unidad cuantificadora, poseerá característi cas peculiares, entre ellas su propio tiempo, independientes de las que atañen a los individuos de cúya agrupación resulta. decimonónico el tiempo propiciará otro cambio biológico. Las especies sufren modificaciones graduales por selección natural de una determina da morfología; es cuestión de tiempo. Tal interpretación será posible gra cias a una doctrina que abandona la diferenciación morfológica en favor de una sistemática definida por la fisiología, por la relación entre el órga no y la función, que da sentido al binomio individuo-medio. El paleontó logo francés Cuvier tuvo bastante culpa. Hoy día es posible recuperar en algunos restos fósiles moléculas orgánicas como el ADN, y la ciencia se enfrenta al principio de irreversibilidad con la tentación de recuperar el pasado. El tiempo entonces dejará de ser unidireccional y el sueño de Camelio Agrippa de convertir al hombre en Dios, una realidad (4). En esta síntesis conceptual ¿dónde situamos De glossopetris disser tatio? La disertación de Colonna forma parte de la historia biológica, conforma los albores de una paleontología que interpreta la naturaleza como un sistema cerrado, ordenado y reglado por un códice natural per fecto. El tiempo no tiene un significado biológico,. determina la cronolo gía de un sistema que se repite desde la creación. Es un tiempo astronó mico. El opúsculo escrito por Fabio Colonna en 1616 aporta -diferentes claves, así sobre las ciencias naturales en el Nápoles del seiscientos como en el devenir paleontológico. En el marco general de la ciencia parteno pea la obra da testimonio de una forma colectiva de entender el saber, de avanzar en el estudio de la naturaleza. El clima intelectual napolitano que caracteriza el tránsito del siglo XVI al XVII confluye en la institucio nalización de la ciencia. Son centros privados donde se acomete la tarea colectiva de interpretar la naturaleza. El museo de historia natural regen tado por Ferrante Imperator, la academia y jardín botánico de G. B. della Porta; que también protagonizará la colonia Lincea que la academia ro mana estableció en Nápoles hacia 1612, son los ejes de esta manera de entender y practicar la ciencia. Colonna pertenece a este movimiento científico que se anticipaba a las consignas de Marin Mersenne en sus Quaestiones celeherrimae in Genesim, 1623. En el ámbito paleontológico el texto de Colonna, su identificación de las glosopiedras como dientes de escualo rechazando su naturaleza pé trea, une a la cualidad primigenia del aserto connotaciones metodológi cas. La tesis se gesta alrededor de un discurso filosófico determinista, donde es el ser vivo y no su anatomía quien tiene significado, el que parti cipa de la realidad. Las unidades que forman el organismo son simples componentes que alcanzan su valor y razón de ser en el colectivo y nunca aisladamente; por ello su génesis independiente atentaría contra el orden natural de las cosas. La disertación es una reflexión sobre el ser vivo en un espacio y un tiempo todavía aristotélico, es decir, como lugar y como número; Junto al ideario la resolución práctica del problema aboga por un saber empírico. El estudio químico de la muestra diferencia la natura leza ósea de la materia inorgánica que lo acompaña. Es la ciencia de los hechos y Iio de las palabras la que se predica en la tribuna científica na politana. El ideario de Colonna (5) se anticipa en varias décadas al Prodromus de Nicola Sténon (6), y tuvo continuidad en la obra de Agostino Scilla, La vana speculazione disingannata dal senso, Napoli,• 1670, cuya repercu sión científica alcanzó el siglo XVIII gracias al testimonio de Benoit de Maillet (Telliamed, 1748), y Leibniz (Protogaea, 1749); editándose en latín en 1752 con el título De corporihus marinis lapidescentihus, jun to al De glossopetris disertatio de Colonna. Para la presente traducción hemos utilizado la reedición de 1752, mo dificando la puntuación al objeto de agilizar el texto (7). Una edición fac símil del original en latín se recoge, junto a la traducción italiana, en la obra de Nicoletta Morello La nascita della paleontología nel seicento. También se reproduce en esta obra la edición italiana de La Vana speculazione, publicada en 1670. DISERTACION DE FABIO COLONNA «LYNCEO» SOBRE LAS GLOSO PIEDRAS. Donde se demuestra que las lenguas serpentinas, que también se llaman glosopiedras, no son piedras, como algunos dicen, sino huesos; son dientes de escualo, lamias, canes de mar, y especies semejantes, cubiertos por el -flu jo y re-flujo del mar con tierra blanda y fangosa. Además se aducen y. expo nen muchas cosas sobre las figuras de las piedras, la generación de los hue sos, los restos de gigantes, los cambios del mar y de la tierra, las conchas insertas en las rocas. Se descubre la naturaleza de los hongos de piedra y se propone una nueva especie. Algunos se empeñan, poniendo de relieve los arcanos de la naturaleza y excluyendo toda respuesta, que las lenguas serpentinas o glosopiedras, así las llaman los más modernos dado que dicen se encuentran no sólo en lugares próximos al mar e islas, sino también -y en abundancia-en re-giones más lejanas, han sido engendradas por la naturaleza -formadora y que son de piedra, o bien que no son dientes de carchariae, lamiae, malthae, o semejantes géneros de cetáceos, sino que han surgido espon táneamente y que la naturaleza se limitó a producirlos en un lugar que, por razón de la materia, era apto para recibir aquella forma. Parece que dudan en razón de si alguna vez hubo mar en aquellos lugares, cosa que afirman los más afamados filósofos e historiadores de la antigüedad. No sotros decimos que este tipo de formaciones no es de piedra apoyándo nos en el aspecto, en la figura y en la substancia que la compone. Pensa mos que nadie es, por naturaleza, tan torpe de mente que a la primera mirada no afirme que los dientes son de hueso y no de piedra. Pero, de jando a un lado �l aspecto, todas las cosas de naturaleza l�ñosa, ósea y carnosa, cuando se queman se convierten primero en-carbón y después en cal y • ceniza. En cambio las sustancias de naturaleza tobosa o rocosa no se convierten en carbón sino en cal, a no ser que se licuen. mediante una mezcla vítrea o metálica. Ahora bien, dado que estos dientes cuando se queman se reducen rápidamente a carbón y la toba unida a ellos no, resulta claro que son de hueso y no de piedra. Añádase que la contextura interna es fibrosa y porosa, que el pulimento exterior varía según la ma teria interna, y que la forma de la raíz es exacta a los dientes de.los lamiá ceos, todo lo cual declara su naturaleza ósea. Realmente no hay piedra o g�ma, que conozcamos, con la superficie pulimentada y configurada naturalmente, salvo los cristales y concrecio nes semejantes, que lo hacen al• modo del nitro o de la sal y cuyo casual aspecto anguloso procede de la naturaleza del jugo interno, sin tender a repetir su figura como acontece en estos dientes, donde se observa el in tento de la naturaleza por lograr la misma forma. No se puede decir de estos dientes lo que se afirma para los cuerpos cristalinos y nítricos: que la superficie angul�r se pro.dujo por la cont:i; acdón del jugo y que, desde el principio, fueron generados con el tamaño que tenían al desenterrar los. Me parece que debemos d�cir, que el crecimiento de estos dientes se produjo paulatinamente a partir de la raíz misma, no por coagulación del jugo en cuerpo sólido si1;10 por su emisión hacia fuera y. progresivo endu recimiento, como sucede en los dientes, cuernos y uñas de los animales, que por secreción crecen desde la raíz durante un largo período de tiem po. Sin embargo, en las piedras, cristales y sustancias nitrosas, ocurre de otra manera;. en ellos el tamaño y la figura resultan de la concreción mis ma. Según esto, que los dientes se digan iguales a ellos (y no restos de maxilas fracturadas de lamiáceos, como verdaderamente son), es algo que expresamente negamos. Tampoco se observó nunca que, subterrá neo,•entre los fósiles, algún individuo de especie ósea tuviera actividad al guna,-un vigor espontáneo, salvo los pertenedentes a cadáveres, como es tos dientes, huesos de testáceos y similares, que sepultados casualmente se descubren tras un tiempo inmemorial, durante el cuál han estado ocul tos, de suerte que algunos, rodeados por la tierra, se han convertido en piedras. Es totalmente falso que los huesos se engendren en la tierra, como di ce Plinio apoyándose en Teofrasto. Pues, conforme al axioma común en tre los filósofos: la naturaleza no hace nada en vano, estos dientes serían en vano ya que no tendrían uso, •ni los fragmentos de conchas cubrirían nada, ni los huesos servirían para dar apoyo a ningún animal. La natura leza, actuando en el medio de cada uno, nunca hizo dientes sin maxila res, conchas sin animal, huesos separados, sino todo unido al animal y, por eso, ¿cómo vamos a creer que pudo hacerlo y lo hizo en un elemento ajeno? La experiencia y la naturaleza nos enseñan que tanto en el hombre como en otros animales que tienen sangre y comienzan a existir a partir del semen, y también en algunos otros, los huesos nacen junto con el ani mal, del mismo poder expansivo seminal. ¿ Cómo puede afirmarse que es te semen se encuentra entre la tierra? ¿Qué experiencias lo prueban? Si así ocurriera, se habría observado que el hombre y otros animales, como el buey, el caballo y otros semejantes, nacerían espontáneamente. Pero es evidente hasta qué punto esto no se puede ni decir, y es contrario a la ob servación de la naturaleza; como la realizada por Goropio sobre unos huesos enormes, �e especie humana, hallados bajo tierra, que el ingenio vano de los hombres creyó de gigantes. Por nuestra parte añadimos que, en tiempo de nuestra abuela Caterina Pellegrina, en la comarca de Avelli no, de la que era dueña, se descubrió un sepulcro de ladrillo que contenía el esqueleto de un hombre muy grande, cuyas tibias tenían cuatro pies; guardó durante mucho tiempo una, cómo cosa enorme y llamativa que, siendo aúil'nosotros niños y sin educación, la mostró a propios y extra ños. Scipione Mazzella, en un libro sobre la antigüedad de. Pozzuoli, es crito en italiano, dice haber visto no pocos huesos de gigantes en Pozzuo li, e incluye los poemas que sobre ellos escribió Pomponio Leto, junto con muchas otras cosas que los antiguos dijeron-de los gigantes. Omiti mos fo que cuentan Plinio y otros, pero queremos añadir que en Sicilia se hallan muchísimos huesos de gigantes, como si aquellos hombres• anti guos fueran habitantes de la isla, especialmente cie Palermo, como lo atestigua el famoso D. Mariano Valguarnera en su libro sobre el origen y antigüedad de Palermo, impreso en dicha ciudad en 1614, donde diserta muy doctamente sobre la edad, estatura o tamaño de aqúeÍlos habitantes. ¿ Qué habría que decir del descomunal gigante referido por Giovanni Boccaccio• en el capítulo 68 de la Genealogiae deorum gen_ tilium, cuyos dientes, que se conservan en la iglesia de la Annunziata de Trapani, en Si cilia, pesan 100 onzas y, cosa que apenas se puede creer, cuya gigantesca estatura era de 200 codos? Por todo lo cual pienso que los huesos que se encuentran parecidos a los humanos, o de otro animal, no se han producido espontáneamente, sino que fueron sepultados en otro tiempo y posteriormente, junto con la misma tierra que los rodeaba, adquirieron la naturaleza rocosa, u otra de la misma índole, propia del lugar. Pero, volviendo a los dientes, se niega la aptitud de las rocas o tobas para formar la materia que los componen, porque son lugares, especial mente las tobas, muy áridos, siendo así que la materia de los dientes, que sale al exterior y tiene virtudes nutritivas, debe proceder de algún animal viviente y no de la tierra, como dijimos antes, y por eso, al faltar la mate ria adecuada para un cierto animal, de cuyos dientes, huesos o caparazón se trata, hay que deducir que no pueden producirse ni huesos ni dientes ni conchas. Sin embargo, incluso concediendo la generación, espontánea, hay que preguntarse si estos dientes fueron engendrados así desde el principio o el tamaño fue creciendo poco a poco entre las tobas, como acontece con los dientes de los animales a los que imitan. Si se afirma que fueron engendrados así, insisto, ¿la toba de donde fueron extraídos estaba presente antes o después de la formación de los dientes? Si la toba fue engendrada con anterioridad, cabe preguntarse, ¿había en la toba un hueco con la figura y el tamaño del diente o él mismo se hizo un lugar? Si la toba estaba solidificada con anterioridad y sin cavidad, la• fuerza del diente que brotaba no pudo abrir un espacio en una toba dura y sólida; y si tuviera tal fuerza tendría" que partir la toba. Si la cavidad estaba pre sente en la toba, respondo que la toba, por su naturaleza y a partir de una cavidad precedente, dio forma al diente sin que la figura fuese excavada durante su crecimiento. Pero si se dice que creció paulatinamente y se ex pandió lo niego por la razón ya dicha, a saber, que la dureza de la toba no habría cedido a la fuerza viva recibiendo la señal del diente sin romperse. Más bien, la toba actuaría como portadora del útero del diente, el humor óseo, penetrando por los poros, llenaría la cavidad uterina y por coagula ción recibiría la figura del diente; tal y como se observa en las piedras que nacen de un fluido. Niego que ambas sustancias vegetasen, por que la base o.raíz de todos los dientes que hemos visto está rota con fractura no uniforme, distinta en cada caso. Éste es un argumento de importancia pues confirma que no existió un4 fuerza vegetativa, como se ha observa do en otros fósiles dotados de figura que jamás se hallan mutilados; pare cería que aquí la naturaleza formadora habría fallado pues los demás fó siles suelen representar.siempre géneros y especies uniformes, íntegras y no rotas. No hay que creer la idea de que entre las tobas, fortuitamente, se produjeron raíces y dientes rotos, más bien hay que afirmar que se rompieron al caer desprendiéndose de los maxilares, de forma que se ha bían engendrado integras y luego sufrieron mutilación. También se niega que estos dientes pudieran formarse entre la toba por condensación, por las razones expuestas y porque la naturaleza inútilmente los habría he cho con un aspecto tan elegante, cortados, nítidos, agudos como los dien tes de los lamiáceos, pero no aptos para su uso porque, conforme a la opinión de otros autores, se considera que quien verdaderamente tiene vida es el individuo; los dientes son, más bien, parte e instrumento del in dividuo animal, dotado de sensibilidad. y vida, engendrados para satisfa cer su voracidad. Para afirmar esto aducimos otra observación. Hubieran sido elaboradas en vano por la naturaleza si no fuesen verdaderos dien tes, y no piedras, parte de un animal muerto. La naturaleza ha hecho una múltiple elección de humores, uno en la raíz, otro en el interior y otro en la superficie del diente, y una.variedad de formas, cualidades y aptitudes, pues otros dientes sacados de la toba son grandes y más anchos, casi triangulares, otros estrechos y pequeños, otros muy pequeños piramida les, otros rectos, unos inclinados hacia abajo, otros hacia arriba, otros hacia la derecha, unos están serrados en dientes pequeñitos, otros con grandes crestas� en unos se observan triángulos menores e interiores, en otros no. Todas las observaciones realizadas por los autores sobre los dientes estrechos y piramidales de los lamia han sido corroboradas por pescadores y patrones de barcas. Los dientes de la primera fila salen de la boca inclinados hacia delante; los de la segunda son rectos, especialmen te los que están a• ambos lados, donde los hay triangulares y más anchos. Las filas restantes están inclinadas hacia el interior de la boca. Quien ha ya observado todo esto -lo que•es fácil si se ven muchos dientes-, dirá que es verdad lo que acabamos de afirmar, y también dirá que los dientes fueron engendrados en el maxilar y que no nacieron espontáneamente entre la toba. Cualquiera que los compare con dientes recientes de lamia, sacándolos y partiéndolos, hallará que las partes internas son de la mis"" ma substancia, materia y grado de compactación. Y si no lo puede hacer que vaya al museo de nuestro Imperato donde podrá realizar la compara ción. Que en otro tiempo el mar estuvo sobre todos los montes o, por lo me nos, sobre aquellos habitados por los hombres de entonces lo afirma no sólo la Escritura cristiana, sino que bastaría con que lo atestigüen, entre otros, Aristóteles y otros filósofos, historiadores y demás escritores, particularmente los poetas. Entre estos últimos Ovidio, que dice: Yo vi, que lo que f�era en otro.tiempo tierra solidísi�a emmar, vi las tierras emerger del mar. y lejos del océano yacían conchas man.nas y en los montes' más altos se encontró una vieja ancla. Es evidente que el ancla no pudo nacer ni era útil para nada en lo alto de un monte sin mar. Esto no sólo aconteció en tiempos del diluvio uni versal, sino que en otros siglos y en otros sitios• el mar y la tierra cambia ron alternándose entre sí; lo sabemos por Plinio; capítulo 85 �l 92 del se gundo libro, y por otros. Nosotros somos testigos oculares de que en la ciudad llamada vulgarmente Torre della Nunziata, junto a las ruinas de Stabia, que.en otro tiempo se cree perteneció a Pompeya, en un terreno baldío llamado Taxum, muy.sólido, junto al mar, como de 40 pies de al to, empleado para construir molinos, se han encontrado carbones y frag mentos de ladrillo, y es preciso creer su abundancia con anterioridad a la acumulación de aquel terreno; que tal vez se produjo en tiempos del in cendio del Vesubio en el que mtirió-Plinio, cuando la zona estaba en la orilla del mar. De modo parecido, el llamado monte n\levo de Pozzuoli se considera como una deyección d�l monte, provocada por el depósito de material sulfuroso originado por el fuego; no hay duda de que el lugar ha cambiado, que muchas cos_ as, que en modo alguno pueden tener vida, se hallan sepultadas testimoniando la acumulación producida en tiempos muy antiguos. Se objeta, finalmenfe, una absurda afirmación, que no se debe creer que tantos miles de dientes; que han sido desenterrados -y puedan de senterrarse-en muchos sitios, sean restos de cetáceos muertos, porque parecen ser más numerosos que los que, desde el origen del mundo, pu dieran proceder de los maxilares de todos los cetáceos. Como si la natu raleza procrease más fácilmente cada diente en montes áridos, entre pe ñas, que eq el mar -su propio elemento, padre o madre de todas las cosas-, a lo largo del tiempo 200 dientes en los maxilares de innumera bles congéneres cetáceos, y que desde el comienzo del mundo hasta el tiempo del diluvio fueron transportados por el mar a diferentes parajes, donde el lodo los cubrió ya muertos y, como otros objetos marinos• y te rrestres amontonados y luego abandonados en tierra séca al retirase las aguas, adquirieron, con el mismo limo, naturaleza pétrea según las apti tudes del lugar y la especie del limo y del liquido. En otros lugar. es se con servan sin cambios al estar cubiertos por una sustancia más seca y areno sa, como las tobas y lugares arenosos de Puglia, Malta, y otros parajes marinos observados por nosotros. Lo cual es ciertamente evidente. En las tobas de Malta se ven junto a los dientes llamados lenguas, conchas, cara colas y fragmentos de las mismas, llenas• de materia tobosa, e igual suce de con las huellas que han dejado. Por todo lo anterior, quien lo haya observado se verá obligado a dar.: nos la razón. Cualquiera puede percatarse de ello si se procura Un trozo no muy pequeño de toba,-ya sea de Malta o de un lugar parecido, que ten ga adherida alguna de estas cosas, y no dirá, sin tener en cuenta la verdad -como hacen algunos autores actuales contra los más famosos escrho res y maestros de la filosofía-, que tales dientes y variedades de conchas nacen espontáneamente entre las rocas, a no ser que el mar hubiese cu..: bie: rto ese lugar durante un tiempo proporcionándole su naturaleza ac tual, de manera que los animales pudieron nacer y crecer allí; como suce de con las plantas acuáticas conseguidas en lugares acuosos artificiales, o casuales, que nacen tanto en esos lugares como en las charcas naturales. Ni lo que ha nacido y así. ha sido alimentado podrá imprimir su figura en la roca o en la toba, lo misfI1:0 que sucede con aquellas que se encuentran sepultadas, como no lo imprime, ni puede hacerlo, la concha -de la que se habla en el razonamiento-que nace entre las cavidades de las rocas, de otras cosas o del mismo caparazón _ (lo vimos en la parte exterior de los caparazones de las espóndilas, dentro de cierta cavidad que apenas se po día ver a través de un pequeño agujero), y de modo. espontáneo en el mar y en las rocas marinas donde azotan las olas. Es el caso de-la que, según Goropio, se llama capa larga y vulgarmente dáctilo por los pescadores, porque lleva la figura y volumen de los dedos. Otros las llaman pholas porque nacen y. viven ocultamente en las cavidades y crecen mientras puedan abrirse allí dentro. Nunca se ha observado que en la roca donde ha vivido y muerto haya dejado señal de su figura, ni estría ni línea algu na; lo cual no podría suceder porque el caparazón, que crece por el extre mo que se abre, es más blando que en los demás animales que tienen ca.: parazón, y no puede ejercer presión para dejar su impresión sobre la seca roca sin dañarse así mismo. Tampoco se ha encontrado en esas pequeñas cavernas medio caparazón, o una parte del mismo, o un simple fragmen to, que hubiera nacido naturalmente, y tampoco un caparazón entero que hubiera sufrido, por presión de la roca, una hendidura o el signo de una fractura, como sucede con casi todos los localizados en los montes y en otros lugares, donde apenas si se encuentra alguno entero. Nosotros pensamos que no sólo es ignorante de las rocas naturales, sino que está loco quien dijera que un pedacito, medio caparazón o uno completo, ha ya nacido naturalmente con ese mismo tamaño, o de otro modo, entre las rocas, y se encuentre tan adherido a ellas como lo está habitualmente, que apenas se puede sacar de allí, y no del todo, y si se saca deja una im presión de sí misma, como su sello. Pues la naturaleza no habría dejado de producirlas, incluso en nuestros tiempos, si produjo las primeras. Re sulta evidente para los pescadores, y no digamos para los naturalistas, que incluso en el mar los caparazones de los animales muertos se meten en las artes de pesca, y nunca se ha observado que crecieran sino.que, al contrario, se rompen por los movimientos del mar., Finalmente es sumarp.ente demencial decir que estuvieran vivas las piedras que llevan la figura completa, o media figura o una parte de la concha, porque no tenemos.duda alguna que todas esas figuras proceden de cadáveres de seres vivos o bien de cosas destruidas. Pero todo aquel que viera, no sólo lo que tengo yo, sin:o lo que guarda lmperator en su Museo, todos aquellos géneros de caparazones convertidos en piedras o rellenos de una variedad de concreciones de piedra, no tememos que deje de aprobar, por experiencia, la opinión de los antiguos.. Ahora bien, las piedras que, por su propia naturaleza, nacen con una figura determinada, no tienen comunidad alguna ni con los animales ni coh sus partes, sino que están dotadas de figura propia y no se encuen tran tan exactas ni se corresponden con los del •mismo género, como acontece en los objetos que reciben la imagen a partir de cadáveres. Así, los llamados hongos marinos de piedra, qUe proceden no de cadáveres de hongos sino por propia vegetación, tienen estrías en la parte superior, no en la inferior, como los terrestres, y también se encuentran algunos dota dos de_ un pedículo en la parte más delgada, como lo pintó el sapientísi mo Clusius; o pueden vegetar como las especies porosas de coral llama das madréporas por Ferrante Imperator. Difieren porque no tienen ramificaciones e inmediatamente se expanden por los lados. Clusius ase guró que en el Nilo nacen algunos que tiene peciolo. Nosotros presenta-mos algunos ejemplares de la especie porosa de coral con forma de caja, cuya figura ofrecemos. Se dice que la naturaleza de estos dientes, y de otras cosas que se ha llan en las tobas de Malta, es la misma que la tierra de Malta, que los Em píricos llevan al vulgo y llaman tierra de San Pablo. Plinio dice que los dientes del can marino unidos suprimen los miedos repentinos. Cuenta Rondelet que las mujeres cuelgan del cuello de sus hijos dientes llamados de serpiente, engarzados con plata por los orfebres, pues creen que ayu dan a la dentición y apartan los pavores infantiles. Con ellos también se fabrican dentífricos, porque una vez quemados mantienen la dureza y, por su aspereza, blanquean los dientes al limpiarlos. Y dice Bellon: los que capturan cetáceos suelen sacar gran provecho de sus dientes y maxila res, porque dicen que son buenos contra los venenos, por lo que el pueblo los guarda en oro y plata. (1988), El nacimiento del tiempo, Tusquets, Barcelona. PRIG0GINE, l. & STENGERS, I. (1983), La nueva alianza, Alianza Editorial, Madrid. También HooKE, R. (1978), Le, ctures and discourses of earthquakes, and subterraneous eruptions, Amo Press, New York. (5) Fabio Colonna nace en Nápoles hacia 1567, su formación jurídica no impidió su interés por las ciencias naturales dirigido por el saber de Hipócrates, Galeno, Dioscórides y Plinio. En 1592 publica en Nápoles un tratado botánico titulado Phytobasanos, argu mento que repite en 1606 en Ekphrasis, aunque una y otra incluyen referencias al reino animal, particularmente formas marinas. Colonna formó parte de la colonia lincea que en 1612 se constituyó en Nápoles dirigida por G. B. della Porta. La reedición en 1616 de Ekphrasis incluirá dos nuevos textos Opusculum de pu�ura y De glossopetris dissertatio, donde emerge su preocupación por los fósiles. En la década de los años 20 su actividad científica confluye en la academia lincea, colaborando en la realización de una monogra fía sobre las abejas, L'apiario o Melissographie, publicada en 1625, cuya novedad reside en el uso del microscopio para el estudio anatómico. También participó en la elabora ción del Tesoro mexicano, publicado en 1628. Para su biografía, junto al citado texto de N. Morello, véase G. Gabrieli, C¿ntributi alla storia de lla accademia dei Lincei, Accademia Nazionale dei Unce, Roma, 1989, t.
AGUSTÍN ALBARRACÍN Y EL ESTUDIO DE LAS PROFESIONES SANITARIAS Y EL PLURALISMO ASISTENCIAL EN EL SIGLO XIX Para los que comenzamos a formarnos como historiadores de la medicina en la segunda mitad de los años ochenta del siglo pasado la relación con las personas que habían llevado a cabo la institucionalización de la disciplina en España ha sido, en general, y a no ser que se coincidiese por razones geográficas, mucho más lejana que la que tuvieron los que habían iniciado su formación treinta o veinte años antes. Nuestro contacto con ellos se ha producido, por tanto, fundamentalmente a través de sus obras. No creo, por tanto, que esté incurriendo en ninguna injusticia si señalo que, como a muchos, en un primer momento, la enormidad de la obra y de la figura de Laín, oscurecieron en mi apreciación la significación de la tarea de alguien que siempre estaba a su lado, Agustín Albarracín. A los que vivimos fuera de Madrid la vida aún nos regaló la oportunidad de coincidir en algunas ocasiones con Laín, al que en sucesivos eventos de la Sociedad Española de Historia de la Medicina tuvimos ocasión de rendirle homenaje. Albarracín se dejaba ver menos y fueron contadas las ocasiones en la que los noveles en la disciplina de todo el país tuvimos el placer de convivir con él. Por mis intereses de investigación, centrados en los primeros años de mi andadura, y aun ahora, en la popularización de la medicina y en el estudio de las diferentes alternativas asistenciales a las que recurre la población para solucionar sus problemas de salud, aprendí, sin embargo, a acercarme a la parte de la obra de Agustín Albarracín -mucho más amplia-que tenía que ver con estos aspectos y a apreciarla enormemente. Sus trabajos de finales de los años sesenta e inicios del los años setenta del pasado siglo centrados en el siglo XIX en los que se ocupa de de las asociaciones médicas (Cuadernos de Historia de la Medicina Española, 1971, X: 119-186), de la asistencia médica extracientífica -utilizando su propia expresión-, (Asclepio 1972, XXIV: 323-366), de la titulación médica (Cuadernos de Historia de la Medicina Española 1973, XII: 15-80), de la practica médica rural (Cuadernos de Historia de la Medicina Española, 1974; XIII: 133-204), y también los publicados ya en los ochenta, en los que se ocupó de la homeopatía, así como los que inspiró en este ámbito (varias tesis y tesinas), siguen siendo hoy referencia ineludible para todos los que nos acercamos, de un modo u otro, tanto a la realidad de la práctica médica en sentido estricto como al terreno más amplio de los diversos modos de enfrentar la enfermedad y la muerte que utilizó la población del siglo XIX. En todos ellos, además de dar a conocer realidades que no estaban siendo tratadas, sino marginalmente, por otros autores mostró la conveniencia de utilizar la prensa médica como fuente histórica y las enormes posibilidades de tal acercamiento. El modo de mirar algunas realidades, por ejemplo, la insistencia en no deconstruir el concepto de 'clase médica'; o el modo de mirar el pluralismo asistencial -'profunda lacra' llama al intrusismo y charlatanería-, no es el vigente hoy día en la historiografía médica. Pero ello no resta interés a los trabajos, al contrario. Además de la gran riqueza documental que muestran, su profundo interés por conocer más de cerca la percepción de los propios profesionales médicos sobre su tarea, es de gran importancia y sus acercamientos sugirieron otros puntos de vista. El mismo Albarracín era bien consciente de esta tarea de fijar la atención en temas que no habían sido suficientemente considerados, y con su habitual precisión y elegancia no dejaba de afirmarlo en el frontispicio de sus escritos. La significación del trabajo de Agustín Albarracín en relación con las profesiones sanitarias, la asistencia rural y el pluralismo asistencial trasciende el ámbito de la Historia de la Medicina y resulta de gran interés para otras áreas académicas con las que los historiadores de la medicina compartimos intereses como la Antropología de la Medicina o la Sociología de la Medicina. No es necesario repetir aquí con detalle el papel central que en la configuración de las mismas tuvieron a nivel internacional historiadores de la medicina como Ackerknecht o Sigerist. En nuestro suelo también ocurrió algo parecido y Albarracín tiene un lugar de privilegio en esta configuración junto a otros autores. En una revisión en curso de publicación sobre el devenir de la Antropología de la Medicina en España he tenido ocasión de comprobar el enorme aprecio que por los trabajos de Luis García Ballester y Agustín Albarracín profesan los antropólogos de la medicina. No quiere ello decir, por supuesto, como ya hemos señalado que los presupuestos que informaban el acercamiento de Agustín Albarracín al pluralismo asistencial o a la práctica médica fuesen los que inspiran hoy el estudio del fenómeno por parte de la Antropología de la Medicina. Recuerdo bien que la única ocasión en la que tuve el placer de comentarle a Albarracín mis intereses y de pedirle consejo y orientación bibliográfica en relación con el pluralismo asistencial me alertó sobre el peligro de unir en un mismo esquema realidades tan diversas como el curanderismo y la homeopatía: «A los homeópatas no les gustará que los mezcles con esa gente». Tuve oportunidad de aclararle el malentendido y señalar con mis rudos planteamientos de novicio que, no obstante, creía que podía ser adecuado plantearse conjuntamente el estudio de todas las alternativas asistenciales a las que puede recurrir la población cuando tiene un problema de salud, aun separando las diferentes opciones, sus diversas procedencias y sus diversos contextos. No sé si quedó muy convencido de mi explicación, más llena de la fe del neófito que de experiencia académica. Pero su generosidad para conmigo y sus orientaciones bibliográficas me ayudaron y me enseñaron a matizar mis esquemáticos planteamientos de novel. He vuelto con insistencia a sus escritos. Sin su artículo «Intrusos, charlatanes, secretistas y curanderos...» no hubiera surgido en mí el interés por el pluralismo asistencial y la magia popular en el siglo XIX. Sin Albarracín yo no entendería bien parte de mi trabajo, como me consta que ocurre con el de otros. Pública gratitud, por tanto, a la maestría que ejerció Agustín Albarracín, a su cálido trato y a su generosidad. Enrique PERDIGUERO Universidad Miguel Hernández
Hace exactamente treinta años publiqué mi primer estudio sobre el li bro del médico valenciano Juan de Cabriada, Carta filosófica, medico-chy mica (1687) (1). Se aceptaba entonces de modo casi general la tesis de Gregorio Marañón según la cual Benito Jerónimo Feijoo había sido el principal responsable de la introducción en España de la medicina y la ciencia modernas, a lo largo del segundo cuarto del siglo XVIII (2). Sin embargo, los trabajos de Quiroz, Ceñal y Mindán desde la historia de la filosofía y, sobre todo, las investigaciones histórico-médicas de Granjel y sus colaboradores y las de Peset Llorca estaban ya poniendo de relieve que Feijoo había sido solamente un gran divulgador, el atractivo e influ yente propagador de una renovación que en su nivel propiamente cientí fico había tenido protagonistas anteriores y coetáneos del célebre cister ciense (3). En el ambiente de los escasos cultivadores de la historia de la ciencia existentes entonces en nuestro país, empezaba a disponerse de in formación rigurosa acerca del movimiento innovador durante las prime ras décadas de la centuria dieciochesca, así como de su promoción desde. él poder por la nueva• dinastía • p9rbónica.• iPero ¿ qué raíces había tenido tal •movimiento •en la España del último tercio. del• siglo--XVII? La imagen tóp1ca entonces vigente del reinado de Carlos II lo consideraba un período de máxima decadencia cultural y científica. Algunos de los autores citados, principalmente. Ceñal y Peset Llorca, fueron los primeros que demostra ron que dicha imagen necesitaba ser revisada (4) Por otra parte, desde la historiografía úiierál -�9m�p�ili� á.:.'. plé:i�ieai:-�é • μ�_ a �x: igeμc; ia paralela en lo xefere. nte __ a la política, la e_ cop. wnía y_la soci�dad de_la,J;,spaña _de la épo ca:(5}.. _ -� • -.,.. •: _.:. •:.. J,a persp�ctjva de�de, la, qu_ e.n. os_i, nteresábamos por la)ntmduccióI1 en Illl��tro país de•lári: iedibna y la ci�ne::iá: -modema' s difJ o na'por•c�rri: pléto de la que había,:-• sidó_hebitt1aJ n ast�•,eJ;?,toμces, -La. §upeq1�Jón > y la vigencia • de los• presupuestos de •la •«historia to tal» habían conducido al estudio de la ciencia como un aspecto integrado en el conjunto de actividades desarrolladas en situaciones sociales deter minadas. Resultaba ya insostenible la imagen que interpretaba el naci miento de la ciencia moderna a merced exclusiva de la capacidad creado ra de un grupo escogido de genios. La: iri�estig�ción -�• speti�li�ida-había pasado a centrarse en el complejo proceso que, durante varios siglos, con dujo a la ruptura con la ciencia tradicional y a la constitución de la mo derna. En el caso concreto de España, las nuevas orientacio11.. �-�significa ron que cobrasen interés inédito «épocas deslucidas», antes ignoradas por carecer de figuras creadoras y que entonces se situaron en primer plano coino períodos crucial'es paraaclarar• las éircurtstancia:s• ert las qudi activi' daddentífic�se: habfa integrado'en.nuestra sociedad:: -•:_::1' • •., -' •.,::�Eri' es• te: contéxtó; mi• estudio: sobre el libro de Cabriádá fue el jJimto. de: particla dei uná •serie• de trabajás monogr' áficos' qué -�dediqué:a los• médicos-y obra de Cabri 'a' da tthrierün üna excepcional influc" ncia, ocupando üna p<. r sición central en esta vertiente del movimientü nóvator.' El presente •ar tículo intenta of r ecer un estudio •sobre ambos hechos basado en la infor mación que en torno al tema he podido reunir a -lo largo de todos estos años, incluyendo materiales inéditos junto a los ya publicados. en estudios propfos y ajenos. Comprende tres partes: la primera está dedicada a situar históricamente el movimiento novator, •. la segunda•se ocupa de " la trayecto:.. ria biográfica de Cabriada-y del contenido de su Carta, y la tercera expone la repercusión inmediata del libro, así como la influencia de su. autor • en los enfrentamientos posteriores entre nova/Ores y partidarios del. galenis mo tradicional... �'. El,:novimiento novator -2. l. Los tres grandes periodos de la actividad científica española del siglo XVII. Desde el purito.de vist_ � de sus r�ela�iones con. Íμre¡10vación, ia adi�i dad científica • e. spaflola " del siglo XVII pu�de dividir�e en tres períodos. _Durante el ¡:>ri�ero, que•c�)r: respónde ap' roxiniada�ente al tertio " ír{icial de la centuria, dicha actividad fue una •mera prok>ngación • de • la dcsarrc�-llada en _ el siglo ant� " rior, prácÜc�mente a espaldas de la� no\-• eq�des. El segun do períodc>, que comprende a •grandes rasgos los cuái•cnta afios •centrales dd siglo; •se caracterizó pc. >r ki i: ntroducción •de algunos eiementos moder nos de _ forma fragmentaria y aislada;• que flier�on accpúidós comómcr�s re_ ct " ificacioncs de detalle de Jas dóctrinas tradicionales, o •simplemente re chazados. Solarnente en e] último •:terdo del siglo se produjo un r�1�vi i' niento de ruptura con el s�ber t�adicional:y • sus• prcs�1puestos que; como hemos adelantado, plantéó un prog. rama de asimilación sistemátic" a de la den. cia moderna'en sus.distintas • vertientes. • • • En las primeras décadas •de] Seiscientos," el nivel de la • actividúd cientí fica española fue todavía cónsiderable". Se real. izaron algunas contribucio nes originales de relieve y, por otro lado, él • prestigio y la "influencia de lós científicos españoles se maritu, 1 0 aún en los demás países ei1r peos,' espe cialmente •en áreas como el• arte de navegar, el beneficio de los minerales, vas corrientes. que empezaban a imponerse en Europa e incluso sin cone.:. xión con los enfoques renovadores que había mantenido un notable nú mero de científicos españoles del siglo XVI. La actitud general ante las novedades fue desconocerlas, bien por falta de información, bien porque no interesaba enfrentarse con ellas. Natural mente hubo excepciones, que ejemplificaremos en tres casos significati vos: la postura ante el paracelsismo de Francisco de Quevedo y Antonio Porree de Santa Cruz y la de Benito Daza Valdés ante las observaciones as tronómicas de Galileo. Francisco de Quevedo se ocupó de Paracelso en varias de sus obras. En Los sueños, la más célebre de sus producciones satíricas, aparece en «El sueño del infierno» (1608) como uno de los condenados en la sala in fernal destinada a los alquimistas y a la «trulla de astrólogos y supersticio sos» (9). Quevedo se burla sangrientamente de los alquimistas, pero es al go más moderado con Paracelso: «Teofrasto Paracelso estaba quejándose del tiempo que había gastado en la alquimia, pero contento de haber es crito medicina y mágica, que nadie las entendía, y haber llenado las im prentas de pullas a vueltas de muy agudas cosas» (10). La prueba de que respetaba algo la vertiente médica de la obra de Paracelso es que lo cita como autoridad en una cuestión de medicina en la introducción del Ana creón castellano (1609) (11). No obstante,. en España defendida y los tiem pos de ahora, escrita asimismo en 1609, celebra que en España no exista un movimiento paracelsista e insulta ferozmente al _ propio Paracelso: «¿Tiene acá secuaces la perdida ignorancia del infame hechicero y fabufa dor Teofrasto Paracelso, que • se atrevió a la_ medicina de Hipócrates y Ga leno, fundado en pullas y cuentos de viejas y en supersticiones aprendidas de mujercillas y pícaros vagamundos?» (12). Más terminante y negativa fue la opinión sobre Paracelso de Antonio Ponce de Santa Cruz, catedrático de medicina en la Universidad de Valla dolid y una de las más influyentes cabezas del galenismo escolástico en la España de este período. En sus Opuscula medica et philosophica (1622) lo cita al ocuparse de la antropogénesis, informando de sus ideas con cierto detalle. A continuación, sin embargo, se apresura a quitarle toda autori dad: «Pero este autor deliró continuamente ¿Cuántos absurdos soñó par tiendo de este-torpe error?» (13). El sevillano Benito Daza Valdés fue autor de un libro titulado Uso de los antojos (1623), importante clásico de la historia de la oftalmología por ser el primer tratado sobre las.lentes destinadas a corregir los defectos de la visión. Aparte de «enseñar a conocer los grados» que a cada uno le fal-tan de su vista y los que tiene•cualquier antojo» (14), se ocupa también de otros aspectos de fa óptica, principalmente en los «diálogos» que integran el «Libro tercero» de la obra. Víctor Navarro ha hecho notar el interés del «Diálogo IV», que trata «de los antojos visorios o cañones con que se al canza a ver distancia de muchas leguas» (15). En él describe la cámara os cura de Porta, citando a este autor expresamente, ofrece unas breves no.,. ciones de óptica geométrica, da noticia de la construcción de anteojos astronómicos en la Sevilla de estos años y demuestra conocer bien el Side reus Nuncius (1610) de Galileo, del que reproduce algunos fragmentos (16). Conviene recordar que Galileo había estado en relación con las auto ridades españoles en 1612 y 1619, tratando en la primera fecha de explo tar las aplicaciones del anteojo y en la segunda, como aspirante al gran premio destinado al que resolviera el problema de la determinación de las longitudes en el mar (17). En el segundo de los períodos citados, las circunstancias cambiaron radicalmente. Los científicos españoles no podían ya desconocer las nue vas ideas y mucho menos realizar al margen de ellas contribuciones de re lieve. Se vieron, en suma, obligados a enfrentarse con la naciente ciencia moderna. Como antes hemos dicho, algunos aceptaron las novedades que parecían innegables, pero como meras rectificaciones de detalle que no afectaban la validez general de las doctrinas tradicionales. Otros, por el contrario, prefirieron negar incluso lo innegable antes de comprometer en algo la coherencia de estas últimas. «Moderados» e «intransigentes» coin cidían, no obstante, en su firme adhesión a los principios clásicos. En medicina, la figura más representativa del tradicionalismo «mode rado» fue Gaspar Bravo de Sobremonte, catedrático de la Universidad de Valladolid y médico de cámara de Felipe IV y de Carlos 11. Dedicó a la cir culación de la sangre un escrito monográfico titulado De sanguinis circu latione et de arte sphygmica, que fue impreso por vez primera en 1662 (18). En él defiende la doctrina de Harvey y también la «circulación» de la linfa. Incluso rebate con los mejores datos anatómicos y fisiológicos de su tiem po las objeciones que a la •teoría circulatoria habían planteado el británico James Primerose y el italiano Emilio Parisano. Llega •a afirmar que Galeno y los demás autores antiguos no pudieron, por ejemplo, conocer los vasos quilíferos «porque hacían anatomía solamente en los cadáveres, en los que estos vasos no aparecen, sino que sólo lo hacen en los animales vivos después de seis horas de ingerido el alimento» (19). Conoce perfectamente y elogia, no sólo la obra de Harvey, sino las de Aselli, Pecquet, Highmoor y demás autores modernos. Sin embargo, todo ello no obsta para que, tras ):ig b � r. _ r ect. 9)q s � rr o res _ de 1� aD,g�(?lqgífi�ga}énica, rnant�ng a, �μ t qc; a4a el _:?'�y},, a u to r; _: 9. tro.t�p.tq.: ha,y q1:1e._ 4ecir el e s1;1 act�Juμ_ frepte: aJ p�race!s�smq._De, flaP! inacepr�ible: s_ 1:1 ip.tf�d1:1, q�i,é>_ n yP, l_ as. En)as publicadas por _. el_ burgalés Es. teban d� NU!a es posil; Jle, por �j��p l ��: i�gyir i� é�_; _ 9h�� i ◊. � de:: s μ: int �r:é;,_ p� r )� -q_ � st _ i,l a � ión! )g s_ ��-4�. c �, en cuyas obras; basadas todavía en las doctrinas •escolásticas tradicionales, aparecen elementos• de las nuevas •corrientes, comó el a • tomisino, la lógica inductivista •de Bacon, las observaciones astronómicas y-noticias aisladas• de. la mecánica gali leana (31): •-El principal-aspecto positivo de • los tradicionalistas científicos «mode rados>> de todas las épocas es que saben inclinarse, a pe• sar de todo, ante la evidencia. Su inás grave limitación; que aceptan unos hechos o plantea _;_ mientos nuevos • y niegan sus•corolá.rios.inmediatos: Esta inconsecuencia fue advertida por otros científicos españoles de estos mismos decenios centrales del siglo XVII. Sin embargO", • el resultado de " acabar con ella fue muy distinto según se estuviera decido• o ho a romper con las doctrinas tradicionales. -Lo" s que se deddieron por tal ruptura fueron precisamente los• novatores, de• los que más-tarde nos ocuparemos. Los que se aferraron alas ideas clásicas; por el contrario, prefirieron negar inclúso lo innegable antes de comprometerlas con rectificaciones• de detalle que, con toda ra= zón, consideraban gravemente peligrosas desde • su punto dé vista: Es inne cesario decir que -los seguidores de esta segunda postura fueron. los más numerosos durante este período, pero conviene no distorsionar la realidad histórica, -creyendo que solamente la adoptaron autores carentes de rigu rosidad y ajenos• al cultivo de cualquier método científico objetivo. Por el contrario, hubo notables •casos que reunieron las dos características cita-Asdepió-Vol.XL V-1-199 3 das y que, a pesar de ello, consagraron su vida y su obra a la más intransi gente. defensa de las doctrinas tradicionales. La polémica en torno a la teoría de la circulación de la sangre; una de las principales cuestiones {!n tomo.alas cuales se produjo el choque entre «antiguos» y «modernos», ofrece ejemplos muy expresivos de.la variedad de tipos de los tradicionalistas intransigentes (32}. Por supuesto, esta teo ría mereció los ataques abiertos de gálenistas de mentalidad tan cerrada como Juan de la Torre y Valcárcel, quien en su monografía De sanguinis officina, motu ac usu (1666) pretendió oponerse al «escándalo causado por Harvey» con argumentos pertenecientes al peor escolasticismo (33). Muy distinta fue la crítica de Matías García, el representante más destaca do del galenismo: reaccionario y al mismo tiempo el caso que mejor permi te descubrir su significado histórico: Matías García ocupó la cátedra de anatomía de la Universidad. de Va lencia desde 1663 hasta su jubilación en 1687, el mismo año en el que se publicó la Carta de Cabriada (34). Conviene recordar que la escuela anató mica valenciana, encabezada a mediados del siglo anterior•por Pedro Ji meno y Luis Collado, ha}?ía sido uno de los núcleos europeos más tempra nos de la nueva morfología vesaliana y había influído decisivamente en su difusión en el resto de las instituciones médicas españolas (35). Durante los años de magisterio de Matías García no decayó la práctica de la disec ción, ya que, por el contrario, se amplió el anfiteatro anatómico universi tario y se hizo más exigente la reglamentación de las autopsias obligato rias. El principal objetivo que se planteó fue la refutación de la teoría de la circulación de la sangre, a la que dedicó la obra titulada De motu cordis. De motu sanguinis, que incluyó en sus Disputationes medicinae selectae (1677) (36). Expuso en ella la evolución de su postura frente a la teoría circulatoria en los siguientes términos: «Debido a los abundantes y rigurosos experimentos (de Harvey) permanecí largo tiempo admirado e irresoluto, sobre todo porque Bravo de Sobremonte, el más célebre de los médicos de nuestro tiempo, defendía esta doctrina en sus obras» (37). Más tarde, sin embargo, llegó al convencimiento del «inmen so daño»• que podía significar para el sistema galénico, llegando a compa rarla con un. veneno casi • contagioso que «podía pervertir muchos precep tos médicos verdaderos» (38). En consecuencia, se consagró a su impugnación, pero criticando a los seguidores de la fisiología moderna en su mismo terreno: «Para manifestar mi opinión en una cuestión tan difí cil, realicé numerosas investigaciones anatómicas en anguilas, ranas, pa lomas y otros animales... La forma en la que expongo la impugnación me ha costado gran trabajo, porque si Harvey se basa principalmente en expe riencias anatómicas, yo prometo hacer lo mismo, de modo que sus segui dores no puedan lamentar que su doctrina ha sido rechazada por detalles sin importancia.o con razonamientos filosóficos, sino con argumentos ba sados en vivisecciones» (39). No cabe duda de que el máximo representan te del galenismo intransigente español. había asimilado inadvertidamente buena parte de la mentalidad metódica de sus contrincantes. Resulta paté tico que una figura de su capacidad, que confiesa el gran trabajo, los dis gustos y hasta el dinero que le costó su empeño, se situara en una posición tan a contracorriente de la trayectoria de la medicina de su tiempo. La ruptura con las ideas tradicionales y la asimilación sistemática de la ciencia moderna aparecen ya en la producción de algunos cultivadores de los saberes fisicomatemáticos del período central del siglo, como Juan Caramuel, Vicente Mut y José de Zaragoza (40). Sin embargo, no pueden ser consideradas en sentido estricto cabezas del movimiento novator, en tre otras razones, por la diferente resistencia que la renovación, como lue go veremos, encontró en este terreno y en el de la medicina y los saberes químicos y biológicos relacionados con ella. Como fenómeno histórico de conjunto, el movimiento novator, que partió de la conciencia explícita de que. España había permanecido al margen del proceso de constitución de la ciencia moderna, no se manifestó abiertamente hasta el tercero de los períodos en que esquemáticamente hemos dividido la actividad científica española del siglo XVII. El marco histórico del movimiento novator Según lo que venimos diciendo, en los novatores del reinado de Car los II hay que situar los orígenes de la actividad científica española duran te la Ilustración. De acuerdo con los estudios históricos sobre la sociedad, la economía y la política que han superado la imagen tópica anterior, la España en la que vivieron fue también, desde muchos puntos de vista, la raíz de lo que luego sería el país en la centuria dieciochesca. La ruptura de unas estructuras que se habían mantenido a lo largo de casi dos siglo� es evidente en casi todos los• terrenos. En el demográfico es incuestionable la nueva distribución de la población española de forma cada vez más favo rable a la periferia, frente al terminante predominio del centro existente durante el siglo XVI. Todavía más acusado es el fenómeno en el campo eco pó111ico!,�n¡prjme:r l.ug� r,. l_; i_ d�pr�siÓil _e,q::>né>mic::a.; de,),6QS,:-; ��rn ha. bía: af_ �• ct'. �.4_. UJi).a-J.g: 11t�-d�:Comerc�o.se apμntó _ e,l; nqt�ble, éxj_ �p de lc1. supresió._ n ele-los_ peajes. int�riores.: � -n (;a_ tal,μñc1�--taJP.b��g_ en, to rn9 �-1.6, SQ, _ otro gDipo_ e,:μc::a_l;>ez�clo pQ:r;•: • Na1;c.ís:f elitLde, J� P,_ ep.ya: jμs_ i�_ tü? tgual; -, ment� enla ne, ces,i�a,d ¡ d_ e promover.e} trabajo. y: elc()men;d()._Un p _c. 1684,-_que:r�a, cc;_ i<m�ba.contra.la-, « deshpnr.a: }e -: ga1». del ira�ajo,; �x-pr.es� m1,1y bi, en: el; tqí; ri,�itq a-_ u_ na• n1.1e_ va �spélí)q�-_l)e acuerdo: c.:on, eHa,:119• se perdía-la -�onqición de n9ql�.pcrr,d he_ cho de po�eer fábricas. o i,1].q. ustria/); cqn, ta.1 que. lqs tüμlares _ 1)9. trabaja�e11:�qn • sus propias manos.,.,. i En la vida política se produjeron también cambios en el mismo senti do. Basta citar el «neoforalismo» que tan certeramente fue estudiado por Reglá. Resulta esp�cialmente interesante desde nuestro punto de vista que la personalidad que rb �ncab�zó 1 fuera p�edsahlente' •:ru' ari.'1 osé' de Austria, ya que el hijo bastardo de Felipe IV fue, como vamos a ver, un ejemplo típ_ icq d� la: nobleza p_;r�il_ μ�trada intere�élda_ c,1ct_ ivarμenJe, en la ci. �. n�ia,-la medi�i11áy J<;1; Jé_ cnica mod�;rnas, q�e. ac;:_ tμó 9-e meqenas.:d;e los nQ1j(ltores (41)._. _._; •.'":,:.. • _' Elpanorf! mé:l, de,la�'i_ μstituc -ion�s. r�lacioμa<:f�s. c<m-la,;actividéi d cie�_ tjfi ca _ durante estqs_ años:e. ra básicame_ nte_unresto en; ipoqreddÓy anqμi}o�a.: cl o del exjstente eJl el siglo, XVI, <I.as tmiye:r: sidades seguíaμ m_; ip.Jen.��nqq en el -papel las_ misi; na� cátedras.:�i_ entffi,c, as;:es p�ci,r,-las d� medicin,a por: μn Jad�. y, _pqr 9tro, las, d, e astronomía�:r_n�temé:Íticas y f.i.J9sofí, a n_ atural_. μ�. las.facultades de artes. No obstante;-.es indudable la decadencia en.sq. con- junto.-_ de_ la enseñanza c; ientífica l_lniversjtár; ia,_-e�pec; ialmente en: discipli -: nas_._ com la-_cirugía, las matemática,�_yJa_ as_ tronomía, in�lu,. i�as_ en. l�s. ll sus; estudiantes (42f Con uf r profeso rado: inayoritariámente: opuesto a f as:, novedades, constüuyeron: uno: de• los bastiones de--la.postura'intransigente.-:Algo-parecido cabe• decir' de: lá.U ni-• versidad de • Sevilla que, aunque ocupó durante el reinado-dé Carlos•ffun lugar más destacado-que. los o colegios-universidades existentes en la ciu:,: dad durante Ja. -centuria: anterior, debe• su relieve históricb' a la dura oposi..: ción-que mantuvo f rente• al importante'grupo•de novatores sevillanos.,En la Corona: de Aragón�• el panorama universitario er-a. en parte diferente. En primer lugar; la Dniversida:d •deValencfa,• a pe•sar de •ser•el reducto de un extremado tradicionalismo durante casi todo el -siglo, conservó un digno nivel en la•enseñanza práctica de disciplinas. como la anatomía.y la botá: nica y, a' finales• de: la centu: ria;:incorpor6 algunos elementos innovado..:_ res:(4J).-Por otra parte;.las• -universidades de Zaragoza y: Barcelona, que habían tenido una azarosa existencia y, muy• escaso relieve durante el Re� nacimiento; llegaron-.a contar en�Ja, segunda-mitad del Seiscientos• con: f a cultades de medicina de relativa 1 importanciá dentro.del empobrecidO pa norama español.. Ello se • explica• por el apoyo de los municipios respectivos ---'-qúe• •: permitió,,por ejemplo, la instalación de'huenos anfiteatros. anató micos __::,_;_ y por la.labor de, algunos profesores; Entre estos últiinos •destacan Matías•de Lera en Zaragoza•y Jacint Andreuen Barcdona, ambos galenis..: tas ortodoxos•pero excelentes observadores•clínicos (44): Resulta.muy sig..: nificativo •que los dos fueran médicos de cámara de Juan José de Austria; en una: época anterior a la relación de este príncipe con Juan Bautista: Jua nini y otros destacados• novatores.-• • •: También es innegable la decadencia'de otras •instituciones que habían pesadó' considerablemente • en 1a vida deritífica • española del siglo XVI. U na de ellas fue• la: • Casa de la Contratación,• de Sevilla;-• cuya actividad en tomó a lartáutica, • Ja astronomía ylas matemáticas• degener6 hasta prácti camente •:sucumbir en; la'parte central dtda centuria• (45). • Más profundo todavía f oe• el colapso del cultivo. de la ciencia en los centros de ingeniería militar y en los -hospitales que habían• figurado en la vanguardia científica renacentista. Entre estos últimos solamente continuaron teniendo alguna importancia el de Guadalupe, aunque desde un galenismo cerrado a las novedades ( 46), y el de Nuestra Señora de Gracia, de Zaragoza, más abier to a las nue'(as corrientes por su relación con los galenistas moderados y los novatores que trabajaban en la ciudad (47). Por otro lado, el desarrollo alcanzado por Madrid a consecuencia de residir allí la Corte explica que su Hospital General iniciara a finales del siglo XVII el notable papel que desempeñaría durante la Ilustración. La única institución docente de relieve fundada en la España d� la pri mera mitad del siglo XVII había sido el Colegio Imperial, de Madrid. Su creación en 1625 fue una importante victoria para • 1a Compélñía de Jesús, acogida con hostilidad tanto por las universidades como por algunos am bientes científicos y técnicos. Significó la desaparición de la Academia de Matemáticas, de Madrid, cuyos medios e instalaciones pasaron a ser pro piedad del nuevo centro. Destinado principalmente a la educación de los primogénitos de la nobleza, entre sus enseñanzas se encontraban la histo ria natural, la filosofía natural y las matemáticas. La de la primera tuvo escasa continuidad, quedando. en la práctica reducida a la actividad de Juan Eusebio de Nieremberg, autor de una Historia naturae maxime pere grinae (1635), que contribuyó a la difusión de los materiales procedentes de la gran expedición científica a Nueva España que Francisco Hemández había dirigido en.los años setenta de la centuria anterior, y de_ otras obras en las que demostró estar relativamente bien informado. de los nuevos co nocimientos astronómicos y físicos. La d� filosofía natural tampoco tuvo especial relieve, a pesar de que la dieron profesores de cierta independen cia y de que entre los residentes en el Colegio figuró el antes citado Sebas tián Izquierdo. La única cátedra de alguna impórtancia desde nuestro punto de vista fue la de matemáticas, regentada en primer lugar por el fla menco Jean Charles de La Faille ___:�raído a España por su discípulo Juan José de Austria-y luego por otros extranjeros hasta que, en 1670, se hizo cargo de ella José de Zaragoza, el importante astrónomo y matemático -de mentalidad renovadora a quien ya hemos aludido (48). Al no tener prácticamente cabida en las instituciones existentes, los novatores tuvieron que depender de la protección de nobles y clérigos de mentalidad preilustrada, y agruparse en «tertulias» independientes o en torno a sus mecenas. Entre estos últimos destaca, por su importancia y también por su prioridad cronológica, el varias veces cita�o Juan José de Austria. Si se tiene en cuenta _su papel en la historia política española, re sulta muy significativo su interés por la ciencia moderna. Seguía con aten-ción las publicaciones astronómicas y físicas, manejaba con destreza los instr_ umentos de observación astronómica, asistía con frecuencia a de mostraciones químicas, experimentos fisiológicos y disecciones anatómi cas, y era un gran aficionado a la mecánica, hasta el punto de que llegó a construir personalmente varios aparatos. Su postura acerca de la aplica ción de los nuevos conocimientos-y técnicas para resolver problemas prác ticos se refleja en dos expresivas dedicatorias a su persona: la del Discurso político, y phisico (1679) de Juan Bautista Juanini, primer texto español en el que se utilizan los saberes médicos y químicos «modernos» para enfren tarse con un problema de higiene pública, y la de la Arquitectura civil, rec ta y oblicua (1678) de Juan Caramuel, fundamentación matemática al día de las técnicas. de la construcción. Por otra parte, no cabe duda de que su apoyo es una de las claves explicativas de la pujanza del grupo de novato res y tradicionalistas moderados de Zaragoza (49). Más conocidos como mecenas son los nobles.en torno a los cuales se reunían las «tertulias» que sirvieron de núcleos a la difusión de las ideas científicas modernas en Madrid: el marqués de Villena, el marqués de Mondéjar, el duque de Montellano, etc. Estas «tertulias» o «academias» no eran nuevas, pero hasta entonces habían sido casi exclusivamente de carácter literario y artístico. El paso a primer plano de la ciencia en algu nas de ellas es un signo claro de la incipiente mentalidad que acabaría conduciendo a la Ilustración. Al año 1687 -fecha de publicación de -la Carta de Cabriada-se-refiere un testimonio del médico Diego Mateo Za pata relativo a estas «tertulias» madrileñas: «Puedo asegurar que, d�sde el año de 87 que entré en. la Corte, había en ella las públicas y célebres tertulias que ilustraban y adornaban los hombres de más dignidad, repre sentación y letras que se conocían, como eran el excelentísimo marqués de Mondéjar, el señor don Nicolás Antonio, cuya sabiduría, erudición e inteligencia parece que llegó más allá de lo posible, como lo acredita su Bibliotheca Hispana; el doctor don Antonio de Ron; el abad. don Francis co Barbará; el doctísimo y nobilísimo don Francisco Ansaldo, caballero s.;trdo; los cuales como de todas las ciencias trataban de la filosofía mo derna» (SO). En Valencia, otro de los focos de la renovación, las «tertu lias�> han sido muy bien estudiadas por Sebastián García Martínez, que ha podido comprobar asimismo la transición desde las de tipo literario hasta las que se ocupaban también de temas científicos y técnicos -como las reunidas en torno al conde de Alcudia y el marqués de Villa torcas� y a las exclusivamente científicas (51). Estas últimas, más que tertulias alrededor de un mecenas, fueron reuniones independientes de los propios científi-t�s. •-La más iinpoitaiite• füe li: Cqüe a partir de •1687 •�rtótese: btra vez •esta fo' cha..:.::.. se-celebraba-en ia>tasa • ael rriátemático•Baltasár de Iñigo-para •tra tarde cuestiones físicas�: ástroríómica• s• y matemáticas• y p• ara realiza: t " expe:. riendas dé balístka:-, construir y utilizar telescopios-y: mictose::ópfos•, etc. A •ella: as' istían Tomás Vicente Tosca-y Juan Bautista Cofachán,'dos persórta:. lida: des_: de.primera::fila: de-la ren6vaciórt científica española ( 52 El movimiento de renovación no se • man. ifestó de modo uniforme todos los campos' Científicos (57). Su configuración estuvo condicionada por la conjunción de dos factores: él desarrollo que eri la Es paña de la época tenía el cultivo de las• diferentes disciplinas y el tipo resistencia que la sociedad opusó en cada una de ellas. Conviene que no se limitó a las llamadas ciencias de la naturaleza y: sus aplicacio nes, sino que• en otras• áreas del saber aparecieron también durante años finales del siglo XVII corrientes innovadoras semejantes. Se entonces en nuestro país la crítica-histórica moderna gradas a los jos•de Nicolás Antonio, el rriarqtiés de Mondéjar y otros autores; se consti tuyó la bibliografía como disciplina rigurosa principalmente por obra propio Nicolás Antonio, d derecho mercantil fue renovado por Veitia Li-na.ge y José de la Vega-y la-historiografía jurídica por Juai1Lucas Cortés, y varios escritores sobre, tema:s-• econ(>micos,•,entre •ellos. Ossorio -Centani, Dormer • y•Feliu•de la-Penya;•esbozarori los planteamientos • •propios de la centuria siguiente (58).: -•..:.:' -._,, En. las: ciencias-de la naturaleza••comenzó a •perder vigencia la división en áreas procedente del siglo XVI. Aunque todavía no había.cristalizado una estructura•claramente moderna;-existían ya dos campos bien delimi tados: el. de las ciencias matemáticas•, astronómicas, •f ísicas y sus •aplica: ciones; y el de la medicina con 1�'iatroquímica y los saberes: biológicos afü nes. Entre ambos se repartía fa mayor parte• de los cultivadores españoles de.la ciencia. Por lo tanto, la introducción de las-ideas mode:r:-nas hay que referirla a estos dos.grandes. grupos y. a las • circunstándas de sil integra.,. tión social. Desde éste• último punto de vista. interesa especialmente seña lar el diferente tipo de resistencia que la sociedad opuso a la renovación en unoyotro campo.' •. •.;',:Las. novedades médicas; químicas y biológicas encontraron -una •barre ra que dependía• casi exclusivamente. de un proceso de i�erda social.• Las doctrinas tradicionales disponían del refugio casi inexpugnable de unas instituciones anquilosadas, que-permanecían cerradas. tanto en lo que res: pecta a la información de las aportaciones que se estaban realizando ert el re. sto de Europa� como en lo relativo • a la selección de los hombres que las regían. Los intereses creados de •estos últimos y también los de. los profe sionales• cuya formación se reducía afescolasticismo desfasado ofrecido por dichos centros se oponían a una renovación. que.-unos y otros, conside raban con razón perjudicial para su instalación-soci_ oeconómica-. Ceder ante las novedades les hubiera significado Uli esfuerzo. de, asimilación que difícilmente podían realizar desde su situación y su ambiente,-o verse des plazados de.sus cargos y sus puestos por los miembros de una nueva gene, ración que' había sabido ponerse -al día. Por ello,. la lucha en torno a las nuevas ideas, la• polémica entre «antiguos» y «modernos», fue en buena parte un choque entre generaciones. Como ejemplo paradigmático de este choque veremos después que Juan de Cabriada, que tenía menos de trein ta años cuando publicó su-Carta, era hijo del mejor amigo de Matías Gar: cía, el máximo representante del galenismo intransigente de la generación anterior, de quién ya nos hemos ocupado. Juventud e inexperiencia fue;.. ron acusaciones que • lanzaron a menudo contra, Cabriada y sus correligio narios sus oponentes maduros: En•el terreno ideológico, por•el contrario, el tradicionalismo médico, químico y biológico carecía del apoyo de una coacción• social que lo defendiera explícitamente; Aunque la estrecha co-nexión del galenismo con los esquemas• del aristotelismo escolástico cris talizados en torno a los dogmas religiosos favoreció innegablemente su defensa, ésta.nunca se expresó en forma de persecución abierta de los par tidarios de las nuevas ideas. Dicha realidad puede quedar-enmascarada por hechos como los encarcelamientos que por parte de la Inquisición su frieron, ya en las. primeras décadas del siglo XVIII, algunas cabezas de la renovación médica de tanto relieve como Diego Mateo Zapata y Juan Mu ñoz•y Peralta, primer presidente de la Regia Sociedad de Medicina y otras Ciencias, de Sevilla. No obstante, estas fi gu ras no fueron perseguidas por el temi_ do tribunal a causa de sus ideas, sino debido a su origen judío. MerckLuengo ha publicado la documentación relativa a la detención por parte de la Inquisición murciana de la familia de Zapata, compuesta de «conversos» de origen portugués como buena parte de los que sufrieron procesos como «judaizantes» en la segunda mitad del siglo XVII. Su padre sufrió larga prisión y confiscación de bienes y a su madre.le aplicaron tor turas •que llegaron a ser consideradas excesivas por la Suprema. Cuando Diego Mateo Zapata terminó sus estudios de medicina no pudo ser exami nado y aprobado porel Protomedicato, no a causa de sus ideas -que eran entonces cerradamente galenistas-, sino debido a que no podía disponer del certificado de «limpieza de sangre>> (59). Muy distinta era la situación de los novatores pertenecientes al grupo de los cultivadores de las matemáticas, la astronomía y la física. La reno-• vación se encontró a: quí con una barrera de otro tipo, puesto que sobre un elemento fundamental de la misma -la teoría heliocéntrica _:_ pesaba una prohibición expresa sostenida por todas las• fuerzas coactivas oficia les. En contraste con la libertad que a •este respecto había existido en Es paña durante el siglo XVI, a partir de la condena de 1633 se mantuvo con especial energía la.prohibición del heliocentrismo, incluso hasta fechas ya claramente «ilustradas». Todavía en 1748, al. publicar sus Observacio nes astronómicas, Jorge Juan tuvo por este motivo dificuJtades con la censura inquisitorial que, como puso-de relieve Peset Llorca, motivaron la intervención amistosa de Mayáns (60). En los años del, reinado de Car los II, la prohibición pesaba, como es lógico, con mayor fuerza. Ninguno de los novatores se atrevió a defender la teoría •heliocéntrica abiertamen te, ya qué ello hubiera significado la completa seguridad de ser persegui do por la• Inquisición. Recurrieron por ello a subterfugios de distinto ca rácter, principalmente a considerar condenada «su actual realidad... pero no su posibilidad» (61). Quizá la única excepción, el.franciscano' siciliano Buenaventura Angel Angeleres, que incluyó el heliocentrismo en su pin-toresco sistema especulativo, sufrió una persecución que contrasta con la completa impunidad que tenían los demás clérigos de la época metidos a sanadores desde ideas seudomodernas, siendo finalmente desterrado del país (62). Los renovadores de este grupo encontraron, por otra parte, el mismo género de resistencias que tenían los médicos. Algunas de ellas es taban notablemente reforzadas por el hecho de que la nueva física tenía que enfrentarse con la aristotélica, elemento central de la cosmovisión tradicional que permanecía íntimamente ligada a la metafísica y, a través de ella, a las doctrinas teológicas. La filosofía natural no gozaba, además, del grado de autonomía que otras disciplinas, como las matemáticas y la medicina, habían ya adquirido desde hacía tiempo. tradicionalistas moderados e intransigentes. La subcultura científica extraac�démica y las novedades En la España del último tercio del siglo XVII, la tendencia dominante en la ciencia académica continuaba siendo la aferrada a las ideas tradicio nales en las dos vertientes que ya hemos visto en el período anterior: la in transigente y la moderada. La primera se hizo más intolerante y cerrada que nunca, negándose o desconociéndose incluso los hechos más eviden tes que había aportado la nueva ciencia. Un ejemplo de los extremos a los que se llegó fue la oposición de algunos médicos de esta mentalidad a uti lizar la corteza de quina, cuya introducción en la materia médica europea se debía a los mismos galenistas españoles. Bastó la dificultad de interpre tar sus efectos de acuerdo-con los esquemas tradicionales para que recha zaran tan importante remedio. José Colmenero, catedrático de Salaman-: ca, llegó a publicar un libro titulado Reprobación del pernicioso abuso de los polvos de la corteza de el Quarango o China-china ( 1697) del que des pués nos ocuparemos (63). Muchos tradicionalistas intransigentes no du daron en dirigir viejos ataques a las nuevas corrientes científicas. Un caso típico es la Vindicta de la verdad (1700) del catedrático sevillano Pedro Os sorio, donde se utilizan contra la iatroquímica los insultos que siglo y me dio antes había dirigido Erastus a Paracelso, aparte del obligado recurso de presentar a éste como un hereje y blasfemo. Ossorio habla así de la ia troquímica como de «una doctrina cuya cabeza es Paracelso, hombre tan impío (y por tal lo tiene Nuestra Santa Madre Iglesia condenado) que dice que el médico no ha de aprender en las universidades y teatros literarios tódoJo; que puedeydebe-saber,-�ino:;. •. de -Jas viejas, de los zigeunos (enga:-: ñadores supersticiosos, del: cáucaso),:nigromante�, l erri bus teros• y. viejos tústiéos-.:.' que defiende que� sin -padr.e �ni.madre, se.. H_ e analizado en, de.talle, algunos de esto:s manuscritos,,que estuvjero_ na-lo largo delsiglo en•:poclér de diferentes alquimista_ s.q{i�Jos fueron e.nr¡quecie_ n. do -con' nuevos-tex; tos., Uno, que.contiene, ehtre otros materiales, versiones castellanas de dos libros de Paracelso realizadas du rante la primera nlitad de la centuria, estuvo -a fi:μ ales de ésta: en manos •de un _.tal _ Jacinto Bertrá,n-, que le añadió �umerosas anotaciones., El. titulado Paracelsirza adrnirab_ l� (ca. _.1658), que incluye la 1.traducción de -un tratado De lapidephilqsophicd atribuido, alautor alemán, fue� parar a la bibliote� ca de.Luis Amigó y Beltrán, figura de la-q_ úe a.' continuación. nos ocupare�:i; nos. Funcionó;-de.�sta, forma, una transmisión sub_ terránea de-textos-e ide.as, parcialmente acogido_ s al prestigio de las-novedades; que llegó-hasta las _ úJtimas décadas.del_ siglo (68).. -: Las �on. diciones en las que_ -se inició el movimiento de renov€lción cien'.'" tíficaxt::sultaron muy favorables para que la-alquimia superase su habitual comunic: ación a tra_ vés de manuscritos, manifestándose en un amplio nú� mero. de: libros y follet _ os irnpre�os. _ Este aflorami�nto de: la subcultura ex traacadémica se. sumó a-la lucha contra-.las doc_ trinas clásicas;_Los auténti-: cos•novatQres,. • aunque, pertenecientes a un� línea.crítica•completamente distinta;.$e aline�u: on en numerosas, ocasiones j: unto-a la_ spintorescas _figu: ras que -encabezaron tal corriente,_ bien-porque las circunstancias les obli- La primera de las figuras de la subcultura científica extraacadémica que entró públicamente en colisión con las doctrinas tradicionales fue el sacerdote zaragozano Juan d� Vidós y Miró, autor de un libro pomposa mente titulado Medicina y cirugía racional y espagírica (1674), uno de cu yos prologuistas fue el novator José Lucas Casalete. Vidós atacó muy du ramente la autoridad de los clásicos, pero no era en realidad más que un curandero que ofrecía remedios «extraordinarios», que no justifican el ad jetivo «espagírica» (química) que lleva el título de su obra, que utilizó sin duda por el prestigio social que implicaba (69). De mucho mayor relieve fue la actividad de Luis Aldrete de Soto, per sonaje que corresponde plenamente al mundo de la alquimia de su época. Ocupaba los elevados cargos de regidor perpetuo de la-dúdad de Málaga y de alguacil mayor de la Inquisición, y había viajado por Italia y otros paí ses europeos, donde se había relacionado con alquimistas y también con iatroquímicos. Su sistema consiste en una combinación de las ideas alquí micas con interpretaciones especulativas del Apocalipsis basadas en la as trología. La aparición de los cometas de 1680 y 1682 la consideró como complemento de las proféticas revelaciones de San Juan, presumiendo ha ber descubierto con sus composiciones la medicina universal, que llamó «agua de la vida» (70). Las obras de Aldrete, publicadas entre 1681 y 1682, contenían furibun dos ataques contra los autores clásicos y motivaron una de las polémicas más agrias de la época. Lo atacaron galenistas moderados como Juan Guerrero y Andrés Gámez, que pusieron de relieve los errores de sus cál culos astronómicos y la falta de solidez• de sus conocimientos químicos. Lo criticó también, desde el tradicionalismo intransigente, Andrés Dávila y Heredia (71). Lo defendieron autores de su misma orientación, entre los que destaca el abogado de los Reales Consejos -Luis Amigó y Beltrán, que ya hemos citado cómo poseedor del manuscrito que incluye la traducción castellana del De lapide philosophico atribuido a Paracelso. La Apología •(1682) que escribió Amigó a favor del «agua de la vida» de Aldrete es un texto de tanta importancia dentro de la alquimia española de la época co mo. las obras de éste. Inmersos ambos en una tendencia acusadamen_ te alegórica y ocultística, se apoyan más. que en Paracelso en los escritos de esta corriente atribuidos a éL De esta forma, Amigó no duda en identificar el «agua de la vida» de Aldrete con la «piedra bendita de Paracelso» (72). Algo parecido puede decirse de otros personajes de menor relieve que asi mismo defendieron panaceas alquímicas, como Matías Beinza ( 1680) y Juan Martínez de Zalduendo (1690) (73). Mención aparte merece Buenaventura Angel Angeleres, a quien ya he mos aludido. Siciliano de nacimiento, vino a España como comisario ge neral de la orden franciscana, cargo que aprovechó para practicar en Ma drid como curandero entre los enfermos de mayor categoría social. Publicó un par de obras, una de las cuales, titulada Real Filosofía, vida de la salud temporal (1692), fue prologada por Cabriada.-En ellas defendió sus «arcanos sanativos» con argumentos en los que mezclaba la astrología y la fisiognómica con noticias aisladas de la ciencia moderna, entre ellas, el sistema heliocéntrico, como antes hemos dicho (74). Sus ideas fueron impugnadas por tradicionalistas moderados de diversos matices, entre ellos, Andrés Gámez y Pedro de Aquenza, y también por el joven Zapata, que entonces era todavía un galenista intransigente (75). Ya sabemos que en 1693 fue el principal promotor, junto a Cristóbal de León, de la funda ción de una «academia química» en Madrid y también que sus oponentes acabaron por conseguir que fuera desterrado. Un grupo menor dentro del panorama científico español de esta época fue el formado por autores que criticaron las_ doctrinas tradicionales des de posturas asistemáticas de base empírica. Un ejemplo típico fue al ata que que dirigieron algunos médicos contra la práctica de la sangría, méto do de gran importancia en la terapéutica tradicional del que se llegó a abusar exageradamente. La crítica no era nueva, pero Gonzalo Bustos de Olmedilla (1669).y Juan Nieto de Valcárcel (1685) la formularon de modo particularmente agresivo, como se refleja en el título del libro de Bustos, que llama a Galeno «monstrno horrible de la Grecia, mortal inimico del hombre». No obstante, su ataque no estaba basado en criterios científicos modernos, sino en una opinión contraria a las normas habituales, extraí da de la experiencia personal (76). Los tradicionalistas intransigentes, co mo Dávila y Heredia, incluyeron a Bustos y Nieto en sus impugnaciones, al lado de _alquimistas como Aldrete y de novatores como Cabriada (77). El punto de partida del movimiento novator de la medicina Para situar el punto de partida del movimiento novator en el campo de la medicina y los saberes químicos y biológicos relacionados con ella pue-Asclepio-Vol. •de:•séñálatse-el añó; l687 • óó" m.0 la fedia-en; lá-'que se manifos. tó pública •m' tfhte �tirüi trayectoria • anterior a-h1vel privado:, de -la qué difícilmente -'po demos rastrear algunas noticias.-La d" e' cción•se 'justifica printipa1mehte por tre' s ácohtedrhierifo� Es--indudable qúe•existió: entre aínbü's una estre cha relación á.mistós�:, El-médico Íllilanés • dedicó al príncipe sú' Discurso, como ya hemos dicho, y maíituvo: púhliéamente fidelidad a sú memoria hasta qtie falle• do• ert Madrid-eh 169L Enuno de sus libros posteriores in cluyó un fervoroso-elogio de JÚari José de Austria como inecenas-científi� ccYy• en-otro; el informe• de la aútopsia 'qué le' había hecho"al erribaJsamárlo (79).: -• •.• El Discurso'¡ioÍítico; y phísico es/ante todo; tin detenido estudio' de• la «fermentación>> aplicada-especialmente a-un problema de higiene pública: la contaminación del aire de, Madrid -como-•consecuencia de las «éxhala• ciones-de exc: re: mentos y cadáveres ahimalés». Lás 1deas químicas• de• Jua -i: üni 'revelan' un •conocimiento muy riguroso de lás últimas• novedades eu rópeas-Eii su Clásica Histbire de ld'chiniie, Hoefet señaló ya que el médico hispano,;,_ italiano •había sidcf una de los• primeros autores europeos que asi miló la teoría del • «espíritu nitro-aéreo»• de Jóhn MayoW, imp' ortante: hito en•e1: de' sarróllo de la químicá y•pasó previo para-el descubrimiento del oxígeno y dé sti papel ert-los procesos orgánicos (80}: La aplicación de es tos saberes a un problema de salud pública es otro aspecto de vanguardia de la obra, incluso desde-una perspectiva europea. No resulta extraño que fuera pub\icé:l, da.una traclucciónfranceséJ. Aparte del tema central, el Discurso incluye numerosas referencias a autopsias y a experimentos químicos y fisiológicos, la mayor parte de los cuales habían sido realizados • por su autor en presencia de Juan José de -. Fran-: cisco; San, Ju_ an y Campos, que -0�1:1pó la cátedra.de anatomía �n J6_ $Q; in-. troq -ujo_ en-Ja en�eñanz� la, teor-ía _ de Ía, circulación, sanguínea:. Un testimonio• contemporáne_ o • del médico italiano.Federico. Bottoni • resulta: a est:e: respecto indispensable:.;,:. <; Eri ia• cé1e bre -Un1versid. ád de Todo ello no debe hacer olvidar que San Juan y Campos era solamente un galenista moderado de amplio criterio. Lo mismo hay que decir de To más de Longás y de Nicolás Francisco San Juan y Domingo. Longás, pro"" tomédico del Reino y otro de los médicos de cámara de Juan José de Aus tria, era también un decidido defensor de la teoría de la circulación de la sangre e incluso introdujo la práctica de inyecciones endovenosas (85). San Juan y Domingo fue autor del libro De morbis endemiis Caesar Augus tae (1686), una de las primeras «topografías médicas» españolas inspira das en el ambientalismo de origen hipocrático, así como partidario de la teoría circulatoria, de otras novedades fisiológicas y del uso de medicamentos químicos (86 ). La condición de galenistas moderados de estos autores explica que se opusieran a José Lucas Casalete, otro catedrático 4e medicina de la mis ma Universidad, cuando él y algunos de sus discípulos propugnaron una ruptura radical con las doctrinas tradicionales. Casalete se enfrentó con el galenismo tanto en el terreno teórico como en el práctico, proponiendo un «nuevo método curativo» de las fiebres que suponía un fuerte ataque al abuso de la sangría, de forma parecida a lo que, como después vere mos, hizo Cabriada. En la polémica promovida con este motivo «censura ron» a Casalete la totalidad de los claustros médicos de siete universida des. A pesar de ello, el catedrático zaragozano y su discípulo Francisco Elcarte extendieron la discusión a temas de mayor profundidad en la obra del primero Duae controversiae y en el libro del segundo Statera me dicinae selectae, publicados conjuntamente en 1687. Defendieron en ellos una base doctrinal radicalmente moderna, consistente principalmente en una combinación de la iatroquímica con el salidismo patológico de Pros pero Alpino (87). Casalete, que había ya demostrado su actitud inconfor mista prologando en 1674 un libro del curandero Juan de Vidós y Miró, mantuvo relaciones amistosas con otros novatores médicos españoles, entre ellos Juanini y Cabriada, para cuyas obras escribió elogiosos prefa cios (88). En julio de 1687 llegó a París el grabador y anatomista Crisóstomo Martínez que, como hemos adelantado, se trasladó a la capital francesa con una ayuda económica promovida por los catedráticos de medicina de la Universidad de Valencia para que terminara allí el Atlas anatómico en el que había empezado a trabajar a finales de la década anterior. Martínez grabó espléndidas láminas de anatomía microscópica que reflejan el inte rés por lo funcional característico de la época, pero la parte más impor tante de �u obra corresponde a la indagación microscópica. Perteneciente a la primera generación de micrógrafos europeos, dedicó sus investigacio nes a la estructura de los huesos y, en especial, a un detenido análisis de su más fina vascularización y de la formación y disposición de la grasa en la médula ósea. Formuló una teoría acerca de este último tema opuesta frontalmente a la del galenismo tradicional, basándose en las doctrinas ia troquímicas_y en la circulación d_ e la sangre. La muerte le impidió termi nar su gran atlas, que quedó limitado a diversos textos explicativos y a die cinueve láminas, dos de las cuales fueron publicadas en varias ocasiones en Francia y Alemania (89). Juan de Cabriada y su Carta filosofica, medico-chymica Juan de Cabriada nació en Valencia hacia 1660 (90), siendo bautizado, según el testimonio contemporáneo del bibliógrafo José Rodríguez, «en la parroquia de San Juan del Mercado>> (91). Era hijo de un médico, llamado también Juan de Cabriada, procedente de la localidad soriana de Agreda, que estudió medicina en la Universidad de Valencia, a cuya cátedra de «herbes» opositó infructuosam�nte en 1655. Un año más tarde volvió a opositar, esta vez con éxito, a la tercera cátedra médica «de curso», de la que fue titular durante dos años, ya que a mediados de 1658 abandonó Va lencia (92). José Rodríguez afirma que pasó a residir en Madrid (93),' pero en el edicto para cubrir la cátedra que había dejado vacante consta que «Lo doctor Juan de Cabriacia se-n és anat a la vila de Agreda, sa patria, ab tota sa casa, muller y familia a viure y habitar en aquella de asiento, despedintse de tots sos amichs y a dexat de relicta la cathedra de Curs de medicina que tenia en la Universitat de la present ciutat» (94). Su sucesor fue precisamente Matías García, principal cabeza, como sabemos, del galenismo intransigente en Valencia, que había nacido tam bién en Agreda. Juan de Cabriada padre continuaba viviendo en dicha lo calidad el 10 julio de 1676, día en el que fechó su «censura» del libro de García Disputationes medicinae selectae (1677), en el que figura, como he mos dicho, su refutación de la teoría de la circulación de la sangre (95). La «censura» de Cabriada, que le llama «generosus amicus, autoris magíster, et eius corripatriensis», es muy elogiosa, asegurando que «nadie puede du dar de la utilidad de su doctrina» (96). -4, �; ��f�i��:� �• �¡� fr�P,�i{9:.':, -•:. _:...' _. • _,:•, -•,::,.:,; l' • ••:•. f�::;. •<<Es 'la' memoria, ¡oh Filiattb!,' quien, atiende,a: lo pasado'yla.pluma: • co mo otro sentido de los ausentes. Con aquella •miro mis oqligaciones y cqn. ésta:I�s h, ablq._ Gu_ st�s pqn�_ rme en emp�ño. q.e respon<l, er a: t4 _ car:�a,,noti ciáp. dote de la e�fermedad de nuestro arpo-y dueño (no especifi_ co suno! fl bri • por las. razones _ qu: e tú sab�s): Te debo ohediéri da • por_ mi arn, ig6, aten �ión pór cortesan.' 6 y respetó porque én toda i facultades,• y e'. IÍ la ciencia -: médica pÍihcipalment�, te" reccrnoc{íri�ést: rb» (101)..... Al constituirse, en junio de 1700, la Regia Sociedad de Medicina y otras Ciencias, de Sevilla, Cabriada ingresó como socio de la misma. Aun que los auténticos fundadores habían sido los novatores sevillanos encabe zados por Juan Muñoz y Peralta, se le concedió la categoría de «socio fun dador» (110) junto a otras personalidades que no residían en la ciudad, entre ellas, Diego Mateo Zapata y Marcelino Boix Moliner, ambos destaca das figuras de la renovación médica española• durante las primeras déca das del siglo XVIII. Cabriada era muy respetado por los novatores sevilla nos y el propio Muñoz y Peralta le había llamado en 1699 «varón doctísimo y conocido por uno de los primeros que en España dieron moti vo al adelantamiento de la medicina con lo moderno» (111). En conse cuencia, no resulta extraño que escribiera la «aprobación» de la Antipolo gia medica (1705), de Salvador Leonardo de Flores (112), otro de los más destacados fundadores �e la Regia Sociedad que, como luego veremos, había publicado ocho años antes un libro de •contenido y orientació� muy semejantes a los de la Carta del valenciano ( 113). A partir de entonces se oscurece la figura de Cabriada. La úl�ima noti cia que tenemos de él procede de una obra del médico, también valencia no,-Francisco Llorety Martí, en.cuyo prólogo informa que en Bilbao, «lla mado con partido ventajoso y perdurable a su voluntad... y asegurado así, tienen... a mi amigo Don Juan de Cabriada, que de otra forma tampoco hubiera ido>> (114). La Carta de Cabriada es un volumen en cuarto de cerca de trescientas páginas. Tiene dos portadas, la primera de las cuales, fechada en 1686, in cluye el siguiente título: De los tiempos y experiencias el mejor remedio al mal. Por la nova-antigua medicina. Carta Philosophica Medica Chymica es cripta por el Dtor. D. Juan de Cabriada a Fileatro. Sobre?a enfermedad de un grande desta Corte. En la segunda es título es algo distinto: Carta filosofica, medico-chymica en que se demuestra, que de los tiempos, y experiencias se han apre_ ndido los Mejores Remedios contra las Enfermedades. Por la Nova Antigua Medicina. La «licencia», las «aprobaciones» y_el «privilegio» están fechados en diciembre de 1686, la corrección de erratas, en marzo de 1687 y en la página final se dice: • • • Tras la dedicatoria al conde de Monterrey, figuran tres «aprobacio nes». La primera es del presbítero Antonio de Ron quien, como sabemos, era una personalidad destacada de las «tertulias» de la Corte de orienta ción innovadora. Se refleja en ella su condición de seguidor.del empirismo inductivista de Bacon, «el Gran Canciller de Inglaterra» (116). La •segun da, redactada en latín, la firma José Lucas Casalete, cabeza del movimien to médico renovador en Zaragoza, y se limita a defender brevemente el contenido moderno de la obra (117). El autor de la tercera, mucho más amplia,• es Dionisia de Cardona, médico napolitano que había estudiado en la Universidad de Salema, en la que fue discípulo de Leonardo de Ca pua. Residió en Madrid, donde llegó a ser médico de cámara de la familia real, desde 1680 hasta 1695, «por haber optado por otra gracia que le fue concedida para el reino de Nápoles». Participó activamente en el movi miento novator, sobresaliendo en especial un memorial suyo de 1694 que sirvió de base para la fundación del laboratorio químico de la Corte como institución independiente de la Real Botica. Su «aprobación», aparte de ofrecer las noticias sobre la trayectoria de la mentalidad de Cabriada que ya hemos recogido, está dedicada a defender la libertad «en el filosofar y medicar» sobre la única base de la experiencia, y a poner de relieve la ne cesidad de conocer los hallazgos anatómicos, fisiológicos y químicos mo dernos como fundamentos de una nueva medicina. Cardona se adhiere también de modo terminante a la idea de progreso científico: «Los científicos médicos... gastan todavía el calor de sus entendimien-. tos sólo en defender doctrinas apolillada� de los primeros maestros de la Antigüedad, los cuales se deben alabar y respetar, pero. en perjuicio de la verdad no se han de idolatrar, pues ignoraron mucho de lo que se ha des cubierto después. Los venideros se admirarán de nuestra ignorancia.... que si en este siglo se sab�n muchas cosas muchísimas más se sabrán en el ve nidero» ( 118): La causa inmediata de la publicación de la Carta fue el desacuerdo acerca del tratamiento de una fiebre terciana que padecía «un Grande des ta Corte» -el conde de Monterrey, como antes hemos dicho-entre el jo ven e innovador Cabriada y una «junta» de tres maduros galenistas. Ca briada describe detalladamente el curso de la enfermedad a lo largo de dieciséis días e informa que -el desacuerdo se produjo a causa de su oposi ción al abusivo uso de la sangría y •por su int�rpretación de la dolencia contraria a las doctrinas galénicas (119). Al defenderse en esta disensión, Asclepio-Vol. XLV-1-199 3 r: ebasa •ampliamente el tema de.su. dictain�n y �X: porte s_ u� ideas acGrca de la fundamentación_rndical�ente:«modema» dela.medicina;. -De forma reiterád_ a,y abierta, Cabriada refuta la autoridad deJos an_ ti-: guos: y1�efiende..la. �xperi�nc_ ia_como único. criterio «enJas, co�as. _natura: ks>?�-:ELcapitulo; que •. de_dica a_. def�I). der.�sta nu��a base comien. za ccm, uii pácrafo.-terni.inante:.:,.,, se ha de adtnitir J >ot• verdad en:�lla, ni: en el conocimiento de fas cosas na:.: -;-•., • turales,: si no•es aquello que hamostí:-ado ser cierto la experiencia, irfedian::..,. •...te los se:n, tid � exteri_ m:: e• s. Asimi�mo:�s ct�rto, que _el m�dico ha de_ est mo son:.•,e:; i-_.a��tÓII).iC_ �;,_pr�cfic s, iq�ii; ni_ c��>?�(120)_'.:....,_:�•:•. •..,. }_ �.,... •, >En nurrierosóslugare$ de la obra.hay una.apasionada:.defensa. de este modo: de•: entender la-medicina y:él cortocimiento: científico,; asociada.a una excelenté iriforniációrn de fas • novedades. E>estaca: en primer término la importanda�para la medicina•. de descubrimientos, anatómi�os:y fisiológi"• cos comoJa circulación: de la: sangre, el «fermentó» del jugo gástrico; •el ju go panc: reático,,el «sucus•rierveus» como vehículo dela: conducción, de los impulsos nerviosos� así como el hallazgo de los -vasos quilíferos; los linfáti,. cos, el conducto torácico y. la _ cisterna de Pecquet como base de una•.nueva teoría de la «sanguificación». Insiste especialmente en la doctrina de la drcul s 9:e. consider�rl�. 11;1:1a. rec, tifiGación de de t_ alle c. orn9.-hacían -los galenistas: inogeradqs, es.,lla, mada,r: ep�tidas veces «nuevo Sol. q.e.la medicina>? porq: u�,-«medianteJa iluminación: que espar ce. >>, se destruyen «muchas• -niebJas antiguas que nos impedían dilatar la vista por • el espacioso iampo • de la naturaleza •. y poder llegarnos más de cerca 'ál' conocii: niento •de la -verdad>> • (l 21). •. Después • de-destacar la necesi dad de los «experimentos prácticos», expresión con la que sé: réfiere a la experiencia clínica y terapéutica (122), se detiene en una larga defensa de la; químka como _ <<arte de a, natorniza-da na.turaleza» y «fun. dam.ento de toda buena.medicinad12Jk.. r•, ---.' Cabriada consagra: otro capítμlo a argumentar 5<que -las causas: de la,�_ enferrnedades•no so' n las:p:r;-irperas CtJt;1lidades».;:es d�dr, a d. e�ment. ir-la. e. tiología galénka,,que. consi' stfg priqcipalment,e e;n, «la_ destémphmza. o: la ma.la-composidón».de; los _dqs par. es.de-c;:μalidade� prjmarias opli��ta,s:(q, l-. liente,�frío. y húmedo:-sec:o}, resμltap_tes-de las aJt, eraciones.cua.ntitμtj,.va�. o. c;:ualita.tivas de. los cμat: ro_.hü_ mpre�• orgánicos. 3 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es pituita, cólera o bilis amarilla y melancolía o bilis negra. Frente a ella, re sume las teorías «más plausibles y las que hoy están más bien recibidas en la Europa», comenzando con las de Paracelso y los paracelsistas para lle gara las iatroquímicas (124). Cabriada, en efecto, fue un seguidor de la ia troquímica, sistema cuya posición histórica interesa situar con precisión para entender adecuadamente su obra. La iatroquímica de la segunda mitad del siglo XVII fue el primer movi miento que aspiró a construir un sistema médico «moderno», integrador de todas las novedades que a lo largo de más de un siglo habían ido des mintiendo aspectos concretos del galenismo tradicional. Esta es la carac terística más importante que la diferencia del paracelsismo y del eclecti cismo o galenismo Los iatroquímicos fueron en buena parte continuadores �e los paracelsistas, especialmente de Van Helmont y tam bién de Glauber. No obstante, eran al mismo tiempo seguidores del nuevo método inductivo formulado por Bacon, del atomismo y de numerosos elementos del pensamiento de Descartes. Por otra parte, asimilaron los avances de la anatomía y la fisiología, así como los resultados de las ob servaciones clínicas y anatomopatológicas. En el nuevo contexto, la que miatría experimentó transformaciones radicales. Los fundamentos cos mogónicos de carácter semimítico o metafísico fueron desplazados por explicaciones que aspiraban a limitarse a la ciencia inductiva y el panvita lismo, sustituido por un acentuado mecanicismo (125). De los dos grandes formuladores del sistema iatroquímico, Cabriada fue influído principalmente por el holandés Franz de le Boe (Sylvius), aunque también asimiló diversos aspectos de las ideas del inglés Thomas Willis. Como la mayoría de los iatroquímicos, concedió gran importancia a las «sales», que nombró a veces en masculino, como productos resultan tes de la «fermentación» o disolución por vía química, y asimismo a la di cotomía ácido-base. En consecuencia, Cabriada refuta la doctrina galénica según la cual las tercianas, y en general las fiebres intermitentes, eran causadas por la bilis amarilla o cólera, por «destemplanza caliente originada de putrefac ción». Afirma, por el contrario, que su causa «consiste en alguna sustancia que se mezcla con la sangre, por cuya mixtión la sangre adquiere eferves cencia preternatural y el intenso calor que se experimenta tener en los cre cimientos (febriles)» (126). Precisa después que dicha sustancia procedía de «crudezas y humores viscosos» que, «detenidos y estancados en los duetos y vías» de la zona precordial o de la parte superior del abdomen, fermentan y «adquieren un vicio ácido» (127). La «efervescencia preterna-tural» productora del intenso calor febril la explica por «ser este vicio áci do extraño a la naturaleza de la sangre», que es «álcali» (128). En esta al teración química, asociada a la circulación de la sangre, se basa para afir mar luego que el mecanismo de producción de los síntomas de las tercianas es «una agitación extraordinaria y preternatural de la masa san guinaria, que daña las acciones y operacionés de nuestro cuerpo (¿ cónio las pudiera dañar si no pendiera de una causa universal como es la circu lación?)» (129). Cabtj.ada refuta también la interpretación galenista de la acción febrí fuga de la corteza de quina (que llama, como otros autores de estos años, «quinaquina»). En primer término, pone de relieve que resulta incompati ble con el principio Contraria contrariis curantur: «¿Cómo había de curar la calentura un remedio que no es contrario al calor sino su semejante?)» (130). En segundo, demuestra la inconsistencia de pretender que «destru ye la calentura porque, siendo como es caliente y seca, se oporie a la putre facción» (131). Tras encomiarla «como el �ás poderoso febrífugo que hasta ahora conocemos», ofrece una explicación iatroquímica de su ac ción, consistente en su riqueza tanto de <<partes salinas» como «térreas»•. Por las primeras, «destruye el ácido fermenta!, •en parte precipitándolo y én parte fijándolo»; por las segundas, «vigora y fortalece las partes de nuestro cuerpo, para que puedan expeler con más valentía la causa morbí fica» (132). Apenas hace falta decir que Cabriada se apoya en una clara idea del progreso científico. En varios lugares de su libro pone de relieve la igno rancia de Galeno y �tros autores clásicos en numerosas �uestiones que después se han ido aclarando_: «¿No vemos que todas las artes y ciencias se han adelantado desde sus primeros inventores? ¿Por qué, pregunto, se ha de negar esto a la medici na, cuando su aumento pende de los experimentos?» (133). No se trata de despreciar a los antiguos, sino de colocarlos en su ver dadero lugar. Recurriendo a una célebré: imagen,.afirma:• 34 «Yo considero a los escritores modernos como a un muchacho puesto sobre los hombros de un gigante que, aunque de poca edad, vería todo lo que el gigante y algo más» (134). Cabriada tenía también una clara conciencia del atraso científico es pañol. U no de los aspectos más interesantes de su Carta es la denuncia que hace del mismo: «Que es lastimosa y aun vergonzosa cosa que, como si fuéramos indios, hayamos de ser los últimos en recibir las noticias y luces públicas que ya están esparcidas por Europa. Y asimismo que hombres a quienes tocaba saber esto se ofendan con la advertencia y se enconen con el desengaño. ¡Oh, y qué cierto es que ei intentar apartar el dictamen de una opinión an ticuada es de lo más difícil que se pretende en los hombres!» (136). También se plantea las razones de dicho atraso, aunque rehuye entrar en su análisis: « Y es muy de notar que, siendo innato a nuestra naturaleza el deseo de vivir y conservar la vida y que siendo los ingenios españoles los más viva� ces y profundos que tiene el mundo, no hayan de haber adelantado en la medicina de cuarenta años a esta parte, cuando en este tiempo se ha exor nado de las nuevas cuanto verdaderas noticias físicas, anatómicas y quími� cas, por los ingenios del Norte e Italia. Qué sea la causa, yo no la sé, ni la quiero averiguar» (137). La actitud de Cabriada, sin embargo, no es derrotista, ya que se preo cupa de recomendar los medios para superar dicha situación. Como he mos adelantado, fue el primero que propuso la fundación en España de academias y laboratorios en los que fueran llamados a colaborar destaca dos científicos extranjeros: «¿Por qué, pues, no se adelantará y se promoverá este género de estu dio? ¿Por qué, para poderlo conseguir, no se fundará en la Corte del Rey de España una Academia Real, como la hay en la del Rey de Francia, en la del • de Inglaterra y en la del Señor Emperador? ¿Por qué para un fin tan santo, útil y provechoso, como adelantar en el conocimiento de las cosas natura- 4. La influencia de Cabriada y de su Carta en el movimiento novator Resulta lógico que una postura tan vigorosa e inequívoca como la de Cabriada provocara.la inmediata reacción de los galenistas. Durante el de cenio comprendido entre la publicación de su libro y la fundación de la «tertulia» o «academia» que en 1700 se convirtió en la «Regia Sociedad de Medicina y otras Ciencias», de Sevilla, los partidarios de las doctrinas tra dicionales y los novatores se enfrentaron de modo continuado en fuertes polémicas. Como hemos adelantado, Cabriada y su obra ocuparon una posición central en dicho enfrentamiento. Los ataques contra la Carta de Cabriada los inició un folleto que lleva ba el expresivo título de Respuesta que la medicina dogmática da al libro que ha publicado el Dr. D. Juan de Cabriada (139). Lo firmaba «El Aduane ro», seudónimo sin duda de Andrés Dávila y Heredia, tradicionalista in transigente al que ya hemos aludido. Era un ingen�ero militar cuya prime ra publicación polémica había sido una agria crítica de las obras Geometria magnae in minimis (1674) y Fábrica y uso de varios instrumen tos matemáticos (1675), del matemático y astrónomo innovador José de Zaragoza (140). A Dávila le irritaba especialmente que un científico se ocupara de problemas relacionados con la técnica que, en su opinión, «quieren más práctica que especulativa». En consecuencia, se esfuerza, por ejemplo, en demostrar que en las minas de Almadén, sobre las que Za ragoza había redactado un brillante y renovador informe técnico, «gastó a Su Majestad mucho dinero y no hizo nada» (141). Su imagen de la técnica como una tarea de base fundamentalmente empírica chocaba con la nue va concepción de «ciencia aplicada» defendida por autores de mentalidad moderna como José de Zaragoza. Dávila dedicó asimismo varios opúscu los a polemizar con los que criticaban las doctrinas médicas tradicionales http://asclepio.revistas.csic.es desde distintas posturas. En tres de ellos, aparecidos en 1685 y 1686, ata có a Gonzalo Bustos de Olmedilla y Juan Nieto y Valcárcel, autores que, como sabemos, se habían opuesto a la práctica abusiva de la sangría des de una perspectiva asistemática de base empírica (142). En 1687, después de su Respuesta dirigida contra Cabriada, publicó otro destinado a desca lificar conjuntamente al novator valenciano, a Bustos y Nieto, y a Luis Al drete, el alquimista que, como ya hemos dicho, pretendía haber descu bierto una medicina universal llamada «agua de la vida» (143). La agrupación en un frente común de todos los críticos del galenismo tradicional no fue un mero recurso polémico utilizado por los tradiciona listas, aunque no cabe duda de que resultaba muy favorable desde su pun to de vista reunir sin distinción a médicos críticos e innovadores, alqui mistas y charlatanes. Parece más bien que la precaria instalación de los innovadores, sin descartar algunas afinidades ideológicas, obligó efectiva mente a los auténticos novatores a tal alianza. Así se explica que José Lu cas Casalete escribiese una de las «aprobaciones» del libro del curandero zaragozano Juan de Vidós y Miró (1674), Antonio de Ron otra muy exten sa y elogiosa del Crisol de la verdad (1683), de Luis Aldrete, y que el propio Cabriada prologase una de las obras en las que el franciscano Buenaven tura Angel Angeleres expuso sus «arcanos sanativos» (144). Incluso no fueron excepcionales opúsculos como el anónimo Coloquio entre Diogenes y Pero Grullo (1687), que defendió simultáneamente a Bustos, Nieto, Al drete y Cabriada (145). La posición en este enfrentamiento de los galenistas moderados de mentalidad más abierta fue, por lo general, ambigua y a veces contradic toria, dependiendo de la variable trayectoria personal de cada uno de ellos. Puede ejemplificarse en la de Andrés Gámez, quien primero fue ca tedrático en las Universidades de Granada y Cagliari, luego pasó a Nápo les como catedrático y protomédico, y finalmente residió en Madrid, don de fue uno de los médicos de cámara de la familia real. En 1683 publicó una extensa crítica de las obras de Aldrete en la que demostró los errores de sus cálculos en torno al cometa de 1682 y contrapuso a sus especula ciones alquímicas «la verdadera química», que consideraba un poderoso auxiliar de la medicina. Sin embargo, continuaba teniendo como uno de sus objetivos «la defensa de la medicina dogmática», es decir, del sistema galénico, desde el cual criticó acerbamente, no sólo a Aldrete y a su pro loguista Antonio de Ron, sino también a Girolamo Cardano y a Leonardo de Capua, maestro, como sabemos, de Dionisia de Cardona (146). Diez años después, Gámez dedicó un folleto a desautorizar con un enfoque s�-Asclepio-Vol. Su relación con los médicos: novatores no debía ser precisa mente cordial, como lo demue�tra su imagen en la numerosa serie de fo lletos anónimos a favor y en contra de la Carta de Cabriada, que• no tardó en convertirse en un mero cruce de insultos personales. La única de dichas publicaciones anónimas que tuvo un tono científi co fue el libro titulado Verdad triunfante, respuesta apologética escrita... en defensa de la carta filosófica Medico-Chymica del Doctor Juan de Cabriada (1687) (148). Contestó a la crítica de «El Aduanero», reiterando con gran energía, pero de forma rigurosa, las ideas expuestas en la Carta. Su autor fue muy probablemente el propio Cabriada, como lo indica una anota ción manuscrita de la época que figura en el ejemplar existente en la Biblioteca Nacional de Madrid, y sugieren su estilo y su contenido (149). A este libro respondió un folleto titulado Advertencias que haze un amigo del Aduanero, que se limitó a acumular insultos contra Cabriada y a descali ficarlo por su juventud (150). La-réplica al mismo en favor del novator va lenciano fue otro opúsculo mordaz que consideraba que su autor había sido Gámez: Los advertidos cortesanos eruditos al amigo del Aduanero (por otro nombre el bachiller Gamez) salud y gracia sepades (151). Este no fue el único caso en el qu_ e los partidarios de la renovación adjudicaron a Gá mez un opúsculo destinado a atacar a Cabriada, ya que también pensa ron que era obra suya el titulado.Diogenes medico (152), aparecido, como los anteriores, en 1687. Siete años después, Gámez y Dionisio de Cardona fueron nombrados directores del laboratorio químico que, como sabe mos, se fundó en la Corte (153) y, en 1698, Gámez figuró entre los miem bros del Protomedicato que por unanimidad calificaron elogiosamente una obra de Juan del Bayle, el «espagírico mayor» que, como antes he mos dicho, trabajó en dicho laboratorio en colaboración con Cabriada (154). En esta ultima fecha redactó asimismo la «aprobación» del libro que, como luego veremos, publicó el novator Tomás Fernández en defen sa del uso terapéutico de la quina. En ella aparece ya como un partidario convencido, aunque cauteloso, de las ideas modernas, que comienza elo giando al galenismo en términos muy ambiguos, para defender después claramente la nueva patología iatroquímica que tres lustros. antes había considerado inaceptable (155). También Cristóbal Tixedas, médico nacido en Perpiñán y residente en Barcelona, era un galenista moderado, pero de mentalidad mucho más ce rrada que la de Gámez. Como hemos adelantado, Tixedas publicó en 1688 el libro Verdad defendida, y respuesta de Fileatro (156), el ataque más exten-so y sistemático que recibió la Carta de Cabriada. En su introducción «al benévolo lector» expuso claramente el objetivo de su obra: «Prometo que no dudarás de mi buena intención, que no es otra que de manifestar la verdad e impedir que en nuestra España (siempre enemiga de sectas y amiga de seguir la única que es verdadera)•se vayan introdu ciendo novedades perniciosas y nocivas a la salud de sus moradores... No' te espanten los• experimentos que pregonan, pues en los pocos que traigo les verás desvanecidos... No admires lo acre que hallares en mi respuesta, pues, si lo comparas con lo penetrante y mordaz de la lengua de Cabriada, dirás que en ese género de armas somos muy desiguales y me dejo ganar infinito» (157). Tixedas resume punto por punto el contenido de la Carta y, a lo largo de más de cuatrocientas cincuenta páginas, los va refutando de manera sistemática. En la primera parte o «cuestión» de su libro, se ocupa de la necesidad propugnada por Cabriada de que el médico tenga preparación práctica, anatómica y química; en ia segunda, «de la esencia de la calentu ra, particularmente de la terciana intermitente»; y en la tercera, «de la ter ciana que padecía Su Excelencia». Sus concesiones a las corrientes mo dernas las reduce escrupulosamente a rectificaciones de detalle que no comprometen la validez del sistema galénico. Por ejemplo, asegura que los galenistas conocen las novedades anatomofisiológicas que pretende descubrirles Cabriada: «Excusemos a Cabriada, pues cuando asentó su conclusión estaba con el ánimo inquieto y alterado contra los viejos, porque éstos, según dice, no quieren saber y oir de la boca de un mozo la nueva anatomía. Pero engañó se en esto, porque aquellos viejos quieren saber y saben ya dicha anatomía nueva... Todos hemos visto de médicos de Madrid que hacen mención de la circulación de la sangre, de las venas lácteas y de lo que se había descu bierto hasta aquella hora. Conque, vuesa merced, señor Cabriada, puede sosegar su ánimo y creer que los médicos de Madrid son anatómicos como un buen médico debe serlo, sin que necesiten de la enseñanza de vuesa merced» (158). Sin embargo, a continuación se preocupa de asegurar que las noveda des anatómicas no modifican las doctrinas galénicas. En la misma línea que había seguido Bravo de Sobremonte, considera intocada la esfigmolo gía tradicional, a pesar de la teoría de la circulación de la sangre,• «la cual Asclepio-Vol. XLV-1-1993 admitimos con la mayor parte de los médicos, no.sólo químicos, sino tam bién galénicos ( que también los galénicos admiten novedades que se ense ñan con fundamento) no obstante que tiene muchas dificultades» (159). En otros casos, Tixedas no admite las innovaciones, como sucede con «el fermento del estómago... que lo tiene por inventado sin fundamento y so lamente para decir algo nuevo» (160). Frente a la química sus concesiones son mínimas, ya que rechaza fyontalmente su aplicación a la fisiología y la patología, admitiendo únicamente «aquellos remedios químicos que son hijos de benignos y que no son purgantes ni sospechosos de cualidad dele térea» (161). Las contradicciones de fondo de los galenistas moderados como Tixedas se reflejan expresivamente en una frase suya en la que, tras manifestar su agresividad a los anatomistas y fisiólogos modernos, defien de a su manera el carácter ilimitado del progreso científico: «Ni fue buen médico Asellio, que halló las venas lácteas, ni Pequeto, que halló las torácicas, ni Bartholino, que conoció los vasos linfáticos, ni Harvey, que halló la circulación de la sangre, ni Willis, que halló el suco nervoso, ni otros que han hallado el suco pancreático, glándulas salivales y otras novedades son buenos médicos, porque • aún hay mucho que descu brir de nuevo en la fábrica humana; y nunca habrá buenos médicos, por que en todo tiempo se i" gnorará aquello que faltará por hallar, pues nunca se sabrá todo lo que hay que saber» (162). Aparte de motivar esta reacción inmediata, la obra de Cabriada conti nuó ocupando un lugar central en dos importantes polémicas entre inno vadores y tradicionalistas• que se produjeron en los años siguientes: la pro tagonizada por el veronés Giuseppe Gazola y el joven Diego Mateo Zapata -todavía galenista-y la que en torno a la quina enfrentó a José Colme nero con Tomás Fernández y Juan Muñoz y Peralta. Gazola era un médico veronés que residió tres años en Madrid, acom pañando al embajador de Venecia. Es sobre todo conocido por su obra póstuma, Il mondo ingannato da falsi medici (1716), que, traducida al cas tellano, tuvo una amplia difusión en la España del siglo XVIII (163). Lo que aquí nos interesa, sin embargo, es que durante su estancia en nuestro país publicó otro en castellano, titulado Entusiasmos médicos, políticos y astronómicos, que fue impreso en Madrid en 1690, tres años por tanto des pués de la Carta de Cabriada (164). El año siguiente apareció, también en Madrid, una obra de Diego Mateo Zapata dedicada a criticarla duramente: Verdadera apología en defensa de la medicina racional (165). Zapata, que poco más tarde se convertiría en el más destacado de los médicos innova dores españoles de orientación iatroquímica, era todavía un seguidor del galenismo tradicional, desde el que rebatió e insultó al veronés. Con este motivo atacó también a Cabriada, de quien afirmó había copiado Gazola: «Toda esta cláusula tomó al pie de la letra don José Gazola veronense del Doctor Cabriada, fol. 22 de su Carta, a donde trata del nuevo invento anatómico, el fermento del estómago» {166). Esta acusación de plagio no está justificada, aunque es cierto que Ga zola elogia abiertamente a Cabriada-y a su obra: «Esto y cuanto importe a la libertad en el filosofar para el acierto en las cosas médicas, bien os lo dice vuestro agudo naturalista el Doctor D. Juan de Cabriada, en su Carta Philosophica, digna obra de consideración de los doctos» {167). También al defender en varios lugares la importancia de la teoría de la circulación de la sangre, Gazola remite al libro del novator valenciano. Za pata, por el contrario, de acuerdo con su postura de joven reaccionario tu telado por los catedráticos de la Universidad de Alcalá, dice con desprecio: -Como hemos adelantado, Tomás Fernández y Juan Muñoz y Peralta replicaron a Colmenero en defensa del empleo de la quina. El primero, formado en la• Universidad de Alcalá y médico de cámara de. la familia real, era un novator relacionado con el grupo sevillano fundador de la Re gia Sociedad y con Diego Mateo Zapata, cuand0 éste se convirtió en una de las_ cabezas de la renovación, a principios del siglo XVIII. En su Defensa de la, china-china (1698), fernández cita y recomienda de modo especial la Carta de Cabriada. Al ocuparse de la patogenia de la fiebre, afirma, por ejemplo: «Esta sentencia... con erudición tocada por D. Juan de Cabriada en su docto libro intitulado De l os tiempos y experiencias l os mejores reme d ios d e l ma l, donde demuestra con evidencia todo lo propuesto, como lo podrá ver el curioso» (172). La influencia de Cabriada se refleja también en la forma en la que de fiende el progreso científico y la «libertad en el discurrir»: «El tiempo es esfera que manifiesta a cada paso una nueva medicina que descubrir, pues aunque Galenc;, merece ser venerado por sus escritos, no �bstante no hemos de discurrir.son infalibles verdades las suyas... Esta libertad en el discurrir es la que ha hecho adelantar tanto la medicina por todo el Norte» (173). También Muñoz y Peralta destaca la obra de Cabriada en su Escrutinio Phisico medico (1699) en favor de la quina, «motivado de un libro que es crivia D. Joseph Colmenero». Ya hemos citado antes el elogio que le dedi ca: «No puedo dejar de introducir �quí lo que el Doctor Colmenero trae contra el Doctor Cabriada, varón doctísimo y conocido por uno de los pri meros que en España dieron motivo al adelantamiento de la medicina con lo moderno» (174).. También hemos aludido al libro de Salvador Leonardo de Flores, otro de los fundadores de la Regia Sociedad sevillana, Desempeño al método ra cional en la curación de las calenturas tercianas (1697), cuyo contenido es tan coincidente con el de la Carta de Cabriada, que ya Morejón señaló la semejanza entre ambas obras (175). Hablando del «arte espagírica, a quien comúnmente llaman química», Flores afirma ya que «hoy en nues tra España fa saben muchos, que no es poco, donde la suma oposición del ingenio español a las operaciones que piden más prolijidad que trabajo... se han sujetad9 a estudiar y elaborar muchas de sus composiciones» (176). No cita explícitamente al novator valenciano en este libro, pero cuando ocho años más tarde replicó a la crítica que le había dirigido des de el galenismo el catedrático de la Universidad de Sevilla Alonso López Cornejo, su nueva obra apareció encabezada por una «aprobación» de Ca briada (177). La Carta filosófica, medico-chymica y su autor influyeron, en suma, de modo decisivo en el movimiento novator de la medicina de finales del si glo XVII. Cabriada llegó incluso a colaborar directamente, como hemos visto, con el laboratorio químico de la Corte y la Regia Sociedad sevillana, dos instituciones acordes con las propuestas que había hecho para supe rar el atraso español. Desconocemos, por el contrario, cuáles fueron las vi� cisitudes de su vida cuando dejó de figurar en primer plano de la actividad médica española, durante el cuarto de siglo anterior a la última noticia que tenemos de él: que ocupaba un puesto profesional «ventajoso y perdu rable» en Bilbao en 1730, fecha en la que tenía ya en torno a. setenta años (178). (150) Advertencias que haze un amigo del Aduanero a los Cortesanos eruditos combi nados a la leccion de un papel mazamorra por el bachiller Filiatro, su autor... en defensa de la carta filosofica Medico-Chymica del Doctor Juan de Cabriada... (Madrid) (163) Guillermo Olagüe prepara en la actualidad un estudio sobre Gazola y la in fluencia de su obra en España, tema que hasta ahora no había sido analizado de forma adecuada. (164) G. GAZ0LA (1690), Enthusiasmos medicas, políticos y astrologicos, del grande Ar chisoplon De las Estrellas, Calculado al Meridiano des ta Real Corte..., Madrid, s.i. (165) D.M. ZAPATA (1691), Verdadera apología en defensa de la medicina racional phi losophica, y devida respuesta a los Enthusiasmos medicas que publico en esta Corte D. Jo XLV-1�1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es • «Merecerá con los hombres cristiano_ s y sabios el nombre de cuerdo y... ci o�t�i el do�to� d' on i�a� ci� C�briada•,. si P-��.s�,dó�il ent�ndimiento, a per-
el de las relació-. nes que entre sí mantuvieron algunos médicos pertenecientes a cualquiera de los tres grupos sociales religiosos (cristianos, judíos, musulmanes), que durante ese siglo convivieron en el sur de la Europa cristiana. Nos referi mos a aquellos médicos que hicieron de la medicina, no sólo una práctica más o menos empírica, sino que la consideraron, además, como una acti vidad fundada en la filosofía natural. Una de las vías a través de las cuales se estableció dicha relación, fue la de las traducciones (latín-hebreo) de obras médicas producidas por maestros universitarios de la escolástica médica cristiana. El presente artículo pretende abordar di_ cho problema a través del caso concreto de la actividad traductora del médico racionalista judío Abraham Abigdor. En especial, de su traducción de las Medicationis parabole del médico cristiano Arriau de Vilanova, fallecido unos cincuenta años antes ( en 1311) de. que Abigdor iniciara su actividad intelectual en el sur de la actual Francia. La versión hebrea de las Medicationis parabole, junto con las palabras del propio Abigdor, que preceden a su traducción y donde, entre otras co sas, nos ofrece su explicación de su presencia en Montpellier en los años anteriores a 1379 (sin posibilidad de mayores precisiones), nos plantea la conveniencia de contestar, al menos, a las siguientes preguntas: ¿por qué algunos miembros de la intelectualidad judía -entre ellos, Abraham Abig dor-se sintieron obligados a entrar en contacto con la medicina univer sitaria (actividad monopolizada por los cristianos)?, ¿por qué iniciaron to do un programa de traducciones al hebreo de obras médicas latinas escritas todas ellas por médicos cristianos, profesores de la facultad de Medicina de Montpellier?, ¿ cuáles fueron los criterios utilizados por los médicos judíos traductores de obras médicas latinas al hebreo, durante el siglo XIV?, ¿cómo respondió la lengua hebrea a la traducción de obras médicas escritas en latín, especialmente ésta, redactada en un género co mo el aforístico, donde el tecnicismo médico plantea una serie de dificul tades derivadas de su propia concisión en la expresión literaria? 1. Nota biográfica de Abraham Abigdor y fecha de la traducción La versión hebrea de las Medicationis parabole de Arnau de Vilanova, fue hecha por el médico judío Abraham ben Mesulam ben Solomon Abig dor, llamado Bonet (ca. El mismo le dio el título hebreo de Pirqé (= Aforismos de) Arnaut de Vilanova. En el manuscrito de Munich (cod. hebr. 286), se recoge el breve prólogo que Abigdor escribió como presentación de su versión de las Parabole de Arnau. Su traducción caste llana es la siguiente: 56 Dice Abraham ben Mesulam Abigdor: Cuando fui a la Montaña (= Montpellier) para oir la ciencia de la medicina de labios de sabios y eruditos cristianos en la honorable academia (yeshiva) que existe en la ciudad de Montpellier -ya que es allí donde residen de antiguo los sabios y donde aquella ciencia es apreciada _:_, no ahorré esfuerzos hasta que en contré, entre otros libros, uno que trata de lo universal y de lo particular, pequeño en cantidad, grande en calidad y de mucho provecho para todo aquel que quiera estudiar esa ciencia. Escribiolo el sabio eminente Maes-tro Arnaut de Vilanova y yo l o traduje el año 108 del sexto milenio de la Creación (2). Se trata claramente de un error del copista, pues en ese año probablemente todavía no había nacido Abraham Abigdor (3). Este año estaría más de acuerdo con la cro nología que nos ha llegado sobre las traducciones médicas hechas del la tín por Abraham Abigdor. No hemos tenido ocasión de manejar este ma nuscrito y, por tanto, no podemos sacar conclusiones propias. No fue esta la única obra que Abigdor tradujo del latín al hebreo. Se gún él mismo nos confiesa en el prólogo a su traducción de la obra de Ber nardo Alberti (jl., Introductorium in practicam pro provectis (5), uno de sus objetivos era traducir algunos de los libros y comentarios que al parecer adquirió durante su estancia en Montpellier (6). Algunos de es tos prólogos van datados, si bien no están exentos de pequeñas contradic ciones. Pese a ello, y de acuerdo con los datos proporcionados por Steinschneider (7), Gross (8) y Shatzmiller (9), podemos establecer una cronología de las traducciones médicas de Abigdor. En cualquier caso, nos permiten centrar los años en que llevó a cabo su labor traductora de obras médicas. Parece que la primera obra médica que tradujo fue el mencionado In troductorium in practicam pro provectis de Bernardo Alberti con el título hebreo de Mavó ba-melakhá (Introducción al Arte). La traduciría, según él mismo confiesa en el prólogo, «a instancias de algunos de mis amigos y colegas» (10). Se trata de una colección de recetas para remedio de las dis tintas fiebres, basadas en el primer fen del libro IV del Canon de Avicena, todo él dedicado a las fiebres (11). La traducción hebrea no está datada, si bien Steinschneider y Gross (12) se inclinan a creer que es un trabajo de juventud o, al menos, la primera de sus traducciones. Así parece insinuar lo, por una parte, las palabras del prólogo a esta obra, que luego comenta remos, donde habla de su estancia en Montpellier en pasado y, por otra, su propósito de traducir más obras médicas del latín (13). En 1379 tradujo el Libellus de febribus de Gerardo de Solo (fl. Esta traducción contiene un prólogo del traductor casi literalmente idéntico al que precede en las Para bole, con cuya traducción castellana hemos iniciado este artículo. Steinschneider (15) explica que a continuación existe otro «prólogo del autor» (que no existe en el texto latino de Gerardo de Solo) en el que que el autor dice que ha querido redactar un compendio sobre las fiebres y que lo ha llamado Mavó ha-Ne'arim (= Introductorium iuvenum). Steinschneider opina que Abraham Abigdor no puede haberse «inven tado» este prólogo atribuido a Gerardo de Solo, pero tampoco encuentra explicación alguna al hecho de que el médico cristiano diera, según la tra ducción hebrea de su escrito, el mismo título (Introductorium iuvenum) a dos obras de Gerardo. El Introductorium iuvenum de Gerardo de Solo, obra inspirada en la Ysagoge de Johannicius (16), no fue traducido por Abigdor, sino por Lean Y osef, con el título hebrero de Guía de Principian tes (17). En 1381; tradujo en Montpellier (si bien el Ms París hebr. 1054, dice que en Arlés) la obra Digestiva et purgantia atribuida a Arnau de Vilanova (18). Se trata de una relación de medicamentos simples y compuestos con• efectos digestivos y purgantes, que no hemos conseguido identificar con ninguna de las obras conocidas de Amau (19). Más adelante, probablemente en 1395 (20), traduciría («y retocaría», añade Gross) (21) otra de las obras de Gerardo de Solo, Practica super no no Almansoris, que es un comentario a la entonces popular obra de Razés. Esta obra había sido traducida un año antes (1394) al hebreo por el tam bién médico judío León Y osef de Carcasona. En el prólogo que éste escri bió a su traducción hizo el elogio de la obra de Gerardo de Solo, «breve en longitud pero grande en calidad, y más sólida que una roca» (22). Steinschneidernos da la noticia, basada en siete manuscritos, de la co laboración de Abraham Abigdor en la traducción hebrea de De iudiciis as tronomiae o Capitula astrologiae, obra de astrología médica atribuida a Ar nau de Vilanova. La traducción la hizo en 1393 con su hijo de quince años, Saloman Abigdor, quizás en Montpellier (23). Ninguna de las obras y/o traducciones sobre filosofía natural de Abra ham Abigdor ha sido editada, así como tampoco ninguna de sus traduc ciones de obras médicas, excepto la correspondiente a las Medicationis pa rabole. Ello hace que, en ocasiones, nos movamos en el terreno de la conjetura. Pocos son los datos biográficos que poseemos de este médico proven zal, probablemente nacido' en Arlés en 1351' (24). Sabemos de su interés por la filosofía natural y por la medicina. Todo parece indicar que se ini ció primero en filosofía natural, llegando a escribir varias obras sobre dis tintas materias de esta gran área intelectual (lógica, física, metafísica), donde muestra su familiaridad con los escritos de Isaac Israeli, Ibn Ha nah, Maimónides, Leví ben Gerson, Al-Farabi, Algazel, Moisés ben Judá Nagah y Averroes (25). En un momento no determinado de su biografía, tradujo parcialmente las Summule logicales de Petrus Hispanus (26). Su interés por la medicina abarcó dos aspectos de ésta propios del • mundo medieval: como ejercicio práctico y como parte de la filosofía na tural. No hemos de olvidar que esta última extendía el ámbito de su cu riosidad intelectual también a los problemas relacionados con la salud y la enfermedad (27). El mismo, en el Prólogo a la mencionada obra de Bernardo Alberti, nos proporciona la clave intelectual y personal que le _llevó a plantearse con cierta. exigencia su propia posición antela medici na y pasar de ver en ésta sólo una práctica más o menos rutinaria, me diante la que se podía conseguir prestigio social e ingresos más o menos saneados, a descubrir en ella incluso un instrumento intelectual y opera tivo mediante el que alcanzar una forma de conocimiento (28). Las pala bras con que nos expone esta confidencia son muy críticas consigo mis mo y también con los médicos judíos de su entorno, a los que acusa de ver en la práctica médica sólo. un medio de enriquecerse, «lo que es habi tual hoy en día entre quienes practican este arte (el de la medicina), espe cialmente entre aquellos de nuestro pueblo» (29). Se suma con ello a las críticas que desde el lado judío haría el catalán Maimón Gallipapa (jl. El interés de sus palabras, aparte de la crítica social que hemos apun tado, radica en que él mismo vinculó su deseo de considerar la medicina como forma de conocimiento (es decir, como parte de la filosofía natural y, por tanto, como medio para obtener «el conocimiento de la verdad») (33) con su decisión de marchar al Studium Generale de Montpellier, a su facultad de medicina, «para aprender la ciencia de la medicina (hokhmat ha-refu'ah) -es decir, la medicina basada en la filosofía natural-de bo ca de los médicos e intelectuales cristianos» (34). Esto mismo lo repite en el Prólogo a las Parabole, que hemos reproducido al inicio de este aparta do. Con ello, Abraham Abigdor nos plantea, utilizando su propia biogra fía, una realidad histórica que se produjo a lo largo del siglo XIV en algu nos lugares de la Europa latina meridional: la del contacto intelectual entre algunos médicos judíos y la escolástica médica cristiana. Ello tuvo algunas consecuencias intelectuales. La más objetivable, sin duda,.fue la traducción al hebreo de una serie de obras médicas, productos genuinos de esa escolástica: una de ellas, las Medicationis parabole de Arnau de Vi lanova (m. en 1311), antiguo profesor en el Studium de Montpellier. Los médicos racionalistas judíos y la escolástica médica latina En cualquiera de las tres grandes culturas mediterráneas (musulmana, cristiana, judía) vigentes en la sociedad medieval, los factores socio-reli giosos • estuvieron siempre presentes y mediatizaron el proceso intelectual que estamos considerando. El racionalismo aristotélico (con su compo nente platónico, no importa que se rechazaran o discutieran algunos pun tos doctrinales concretos) posibilitó la construcción de un sólido cañama zo doctrinal, que entró en claro conflicto con quienes -en las tres culturas-se consideraban depositarios e intérpretes únicos. de la doctri na revelada por Dios, o sencillamente con quienes propugnaban otro mo delo de razonamiento y otro esquema intelectual sobre el que establecer las relaciones entre los hombres y con la divinidad (35). Podemos resumir a tres las áreas de actividad intelectual en el seno de las comunidades judías de aquella época. Por una parte, los rabinos, cuyo principal interés se dirigía a los problemas de la exégesis talmúdica; por otra, los cabalis tas, cuya preocupación era lo que podríamos denominar especulación teo sófica; por último, el grupo de los filósofos, interesados en la filosofía natural, cuyo campo intelectual se centró en el conocimiento de la natura leza (36). El mundo universitario cristiano consiguió, a lo largo del siglo XIII y no sin serios conflictos, armonizar la fe cristiana con el racionalismo aris totélico (37); algo que, a finales del siglo XII, llevó a cabo Maimónides en el seno del judaísmo, y mucho antes se había ya logrado en la cultura islá mica (38). La medicina universitaria contó en su haber con la transformación de la actividad empírica de curar en una auténtica scientia, respetable inte lectual y socialmente. La respetabilidad intelectual la logró al conseguir fundamentar la relación médico-enfermo y el propio fenómeno empírico de la enfermedad, sobre los libri naturales aristotélicos y el • contenido doc trinal de los escritos gelénicos, asimilados plenamente en la Europa latina durante el último tercio del siglo XIII; lo segundo -la respetabilidad so cial-, la consiguió al saber ir-dando sus profesionales (los médicos y/o ci rujanos con titulación universitaria) respuesta satisfactoria a los concre-tos y cotidianos retos que significaron las enfermedades, mediante la construcción de un complejo sistema asistencial y sanitario que parece que funcionó. Al menos, los grupos sociales dirigentes, desde la realeza y la nobleza hasta las cada vez más poderosas burguesías, apostaron por esa nueva scientia medica y por quienes la encarnaron. Algo que no hará sino robustecerse conforme nos vayamos introduciendo en los siglos XV y XVI (39). Los médicos judíos se integraron perfectamente en esta red asisten cial. Sin que olvidemos por ello las duras críticas a que se vieron someti dos, algunas de las cuales hemos ya. mencionado. La integración de los médicos judíos en la mencionada red asistencial se hizo -al igual que los médicos cristianos-en forma de contratos con los consejos municipales. El empeño de la Iglesia por marginar a los sanadores judíos de esta red asistencial, no tuvo excesivo éxito. Prueba de ello fueron no sólo los mu chos contratos existentes en los archivos notariales, a lo largo del siglo XIV, entre médicos judíos y docenas de pequeños y grandes municipios repartidos por todo el territorio cristiano (40), sino la repetición de conde nas de la Iglesia excomulgando a los cristianos que acudieran a médicos judíos para curarse las enfermedades ( 41). Como es sabido, a la minoría judía (como a la islámica), pese a vivir en el seno de la población cristiana, le fue vedado el acceso a los Estudios Ge nerales o Universidades y, por tanto, la obtención de grados universita rios, concretamente el de médico (bachallarius, licenciatus, o magister in medicina) (42). Ellos nos plantea una pregunta, ¿cómo se formaba el sana dor (médico, cirujano) judío? No pretendemos responder ahora a todos los aspectos que este problema plantea; solamente introducir unas preci siones en torno a la existencia de dos sistemas de transmisión-adquisición de conocimientos en el seno de la sociedad europea mediterránea, y que afectó a la comunidad judía, así como a las minorías islámicas que vivían en el seno de la comunidad cristiana. Me refiero a lo que hemos llamado sistema abierto versus sistema institucional escolar (43). Según el modelo abierto, transmitía o impartía saber médico quien lo poseía, de acuerdo con un criterio personal y sin estar al abrigo de institu ción alguna. La actividad docente en el sistema abierto reflejaba el interés y las posibilidades del maestro. A él aludirá claramente, y de forma muy crítica, el médico judío León Yosef de Carcasona (m. en 1417-18) (44). No pretendemos ahora discutir el contenido que pudo tener esta enseñanza en los más de cien años entre finales del siglo XIII y los primeros años del siglo XV. La validación social de la práctica médica venía impuesta por el binomio éxito-fracaso en la relación médico-enfermo. En la práctica eran estos últimos -los enfeI, TI1os-quienes confirmaban o no la condición de médico del sanador. Especialmente si tenemos en cuenta el carácter bási camente itinerante de los profesionales médicos y/o drujanos durante el siglo XIV (fueran judíos o cristianos), y la temporalidad (entre uno y cinco años, con excepciones) de sus contratos de asistencia médica a la pobla ción con los consejos municipales (45). Junto a este sistema (y también, frente a él) existía el de las facultades de medicina en el seno de la institución universitaria escolástica •(Studia generalia). La institución universitaria cristiana vio reforzado su papel social, cuando al monopolio de enseñanza (sólo se podía enseñar medici na en ellas), se intentó unir el monopolio de ejercicio (sólo podría ejercer la práctica médica quien hubiera aprendido en ellas los conocimientos médicos). Estas ideas intentaron llevarse a la práctica en los años inicia les del siglo XIV. Para ello, la sociedad cristiana fue introduciendo una serie de medidas directamente dirigidas al control de quienes ejercían la profesión médica. Pero, de hecho, no pasaron de ser más un programa incitador que una realidad social. Entre otros motivos, porque la institu ción universitaria cristiana se mostró incapaz de aportar el número de profesionales suficientes para las crecientes demandas de profesionales sanitarios que la sociedad del momento exigía. De hecho existió una gran desconexión entre las demandas reales de la sociedad ( comunidades cris tiana, judía e islámica) y el mundo médico universitario. Ello hizo, entre otras cosas, que las necesidades asistenciales concretas y cotidianas fue ran cubiertas por un conjunto de profesionales sanitarios formados al margen de la institución universitaria, además de por los universitarios, que fueron una minoría; sin contar con la medicina popular y sus sanadores (46). En el seno de las comunidades judías (como entre las islámicas), de los dos sistemas de formación profesional expuestos, el abierto fue el úni co modelo posible. Apenas se nos ha conservado documentación que nos permita describir el funcionamiento del sistema abierto en el seno de las comunidades judías del Mediterráneo occidental, durante el siglo XIV (47). Lo que decimos no fue óbice para que la minoría intelectual judía sintiera una admiración por el modelo institucional cristiano,..latino. No sólo porque eran los cristianos quienes ejercían el poder y el control pro fesional, sino también por la evidente eficacia demostrada por las facul tades de medicina (al menos en la cantidad y calidad. de saber generado en ellas) y por el prestigio de concretos médicos universitarios: Bernardo de Gordon, Armengol Blasi o Arnau de Vilanova («sabio eminente», le lla-ma Abigdor en el Prólogo que hemos reproducido), en los años iniciales del siglo XIV, u otros maestros de la segunda mitad, como Juari de Tor namira (-fl. El mencionado León Yosef, hablando de este último, profesor en Montpellier con quien pudo tener trato personal también Abraham Abigdor, dijo: En su tiempo, figuró a la cabeza de los sabios de Montpellier... Le vi con mis propios ojos y hablé con él. Su •comportamiento no era como el de otros intelectuales (cristianos) de su generación, que despreciaban a los judíos que practica ban la medicina; al contrario, les guió en la medicina que le fue posible... En su obra (Clarificatorium super Nono Almansoris) (48) habla de los miembros y de sus facultades, así como de las enfermedades que en ellos acaecen. Pregunta y responde, explica y clarifica. Er�seña como un padre a su hijo, con palabras adecuadas y verdaderas, que son gratas y agrada-. bles para todo aquél que las escucha (49). Abrahani Abigdor hará parecidos elogios al Introductorium in practi cam pro provectis del también profesor de Montpellier Bernardo Alberti -sin el componente de relación personal con él-, cuya obra «expli_ ca con gran claridad todos los problemas que aborda» (SO). La relación con el saber médico cristiano, venía facilitada por el he cho de que todos los que en el mundo medieval accedían al saber médico (sea a través de un modelo abierto o más institucionalizado), lo hacían al galenismo, común a la cultura islámica, judía o cristiana. Lo que provocó la admiración de estos médicos judíos y despertó en ellos el deseo de es tudiar en las instituciones cristianas, no fue tanto el acceder a unos con tenidos: médicos, como el iniciarse en el procedimiento mediante el cual las universidades habían llegado a un desarrollo sistemático de la meto dología y filosofía natural aristotélicas aplicadas a la medicina. En su opinión, los logros de los cristianos se basaban, entre otras causas, en el conocimiento y uso del método escolástico de análisis (quaestiones-dispu tationes) (51). Los miembros de la minoría intelectual judía, que a finales del siglo XIV se sentían continuadores de Mainiónides ( entre los que se contaba Abraham Abigdor), mantenían la misma actitud que el también provenzal Samuel ben Judah de Marsella en los años 20-40 de ese mismo siglo. Se consideraban miembros del «grupo de los filósofos (naturales), buscado res de un acuerdo entre el conocimiento y las cosas del mundo real»; es decir, gente «interesada en• la especulación racional, la (auténtica) congre gación de los creyentes». Hicieron de la filosofía natural un modo de vida y consideraron a los filósofos como «príncipes de Dios» y como «profetas» (nebi'im). Así calificó Samuel ben Judá a Alejandro de Afrodisía y a Jabir ibn Aflá de Sevilla (52). También los cristianos calificaban a Arnau de Vi lanova de «profeta» según atestigua Israel ben Josef Caslari (53). No escatimaron elogios para la filosofía natural, «el campo... más ex celso de las ciencias». El provenzal León Yosef nos confiesa que, puso los ojos en el estudio y la búsqueda de las ciencias profanas, que son tantas... como los días de la semana (i.e. las siete artes liberales), y ca da una tiene sus propios límites... Los méritos de estas ciencias estaban a mis ojos por encima de toda alabanza. De ahí mi deseo y afán de... cono cerlas (54). Para ello era necesario introducirse en un studium cristiano. Cuando Abraham Abigdor, tras años de práctica médica, quiso responder a las cuestiones últimas de la medicina, no encontró otro camino que el de diri girse a Montpellier «para oir la ciencia de la medicina» (SS), es decir, la medicina escolástica fundada en la filosofía natural. Es obvio que el ins trumento intelectual necesario para penetrar en este mundo era el de las artes liberales. Sin él era imposible alcanzar el conocimiento, que en la es colástica iba íntimamente unido al entramado formal del silogismo, la de finición, la distinción, la analogía (56). Todos estos recursos intelectuales formaron el meollo de la pedagogía médica en la universidad medieval, que giró en tomo a la lectura (lectio) de los textos médicos de los maestros griegos e islámicos, y en torno al análisis individualizado de problemas médicos en forma de quaestiones. La questio se convertirá en el instrumento más útil y eficaz que permi tirá a los maestros escolásticos aislar problemas, tratarlos en profundidad y defender posiciones de cuya novedad eran conscientes. Hasta tal punto que, en la actualidad, podemos conocer el mundo de preocupaciones inte lectuales de los médicos escolásticos del siglo XIV, con sólo seguir el rosa rio de quaestiones diseminadas en el cuerpo de sus comentarios, o bien aisladas y expuestas en listas, o bien anotadas en los márgenes de los ma nuscritos. Las quaestiones, pues, nos permiten comprobar que los proble mas aparentemente más especulativos de la patología médica (por ejem plo, la naturaleza de la fiebre y los mecanismos de su producción), no eran temas propios de círculos cerrados, sino temas vivos expuestos y dis-cutidos ante los estudiantes que, de este modo, participaban en tales dis cusiones o, al menos, no les eran ajenas. La quaestio fue, en la facultad de medicina de Montpellier (y también en las otras facultades médicas), des de mediados del siglo XIII y a todo lo largo del siglo XIV, a la vez instru mento de análisis, método de comunicación científica y procedimiento de cohesión académica entre profesores y alumnos. Recordemos, además, la fuerte tradición que había en medicina y filosofía natural a analizar la rea lidad en forma de quaestiones, dubia o problemata (57). No cabe duda, que este aspecto metodológico de la filosofía natural atrajo, como ya hemos visto, a Abraham Abigdor. No resulta, pues, nada extraño que, cuando este método se aplicó de forma sistemática a la medicina (la escolástica médica cristiana), desper• tara el entusiasmo de médicos intelectuales judíos como Abraham Abig dor, entre otros. Su marcha a Montpellier «para oir la ciencia de la medi cina de boca de doctos y sabios cristianos» (58) estaba plenamente justificada. Precisamente uno de los motivos por los que León Y osef quiso traducir al hebreo sendas obras de Gerardo de Solo y de Juan de Tomami ra, fue por lo que, en su opinión, tienen de perfecto entramado de quaes tiones. Hasta tal punto se sintió seducido por este género literario, que en riqueció su traducción de la Practica super Nono Almansoris de Gerardo de Solo, • añadiéndole en algunos capítulos preguntas y respuestas, siguiendo las disputas (quaestiones, disputationes) que he encontrado escritas, dise minadas por aquí y allá, unas atribuidas al sabio autor (Gerardo de Solo) o a algún otro sabio eminente y autorizado; las otras, elaboradas por mí, cuando no encontré a nadie que hubiera discutido la quaestio planteada en un capítulo (59). Es perfectamente coherente, pues, que Abraham Abigdor nos confiese su propósito de «traducir (al hebreo) algunos... de los numerosos libros y comentarios útiles sobre los principios fundamentales de la ciencia médi ca» (60). En los años finales del siglo XIV (1394), León Yosef hará uno de los más bellos elogios que nunca se ha hecho del método escolástico: El estudio (de las artes liberales), me fue muy beneficioso, porque la mayoría de las discusiones en estas ciencias (la física, el derecho, la medi cina) no se desvían de lo que hay que estudiar; nada dejan de lado (los cristianos) al debatir la verdad o falsedad de una cosa; son muy rigurosos Asclepio-Vol. XLV-1-1993 en las preguntas y respuestas (quaestiones et responsiones) de la disputa (disputatio) encaminadas a hacer salir la verdad mediante el análisis de las cosas desde los dos opuestos,'como lirio.entre espinas'_ (Ct 2:2) (61). 3; El latín como vía de acceso al conocimiento médico Tanto Abraham Abigdor como León Y osef se cuidaron de decir que el conocimiento del latín les permitía acceder a la scientia médica (hokhmat ha-refu'ah); fue el instrumento que les permitió introducirse en el círculo del árabe se fue desvaneciendo entre los judíos europeos a lo largo del si glo XIV, mientras que el conocimiento del latín fue creciendo» (66). Este fenómeno -el de las traducciones de obras médicas, productos de la es colástica latina, al hebreo-apenas ha merecido atención por parte de los estudiosos. Forma parte de un amplio movimiento (teología, filosofía natural, medicina), que hemos llamado «reflujo de la escolástica» (67). Entendemos por esta expresión, la inversión que, a partir del último ter cio del siglo XIII, se fue produciendo en el flujo de la comunicación cien tífica entre las culturas islámica y judía con la cristiana. La dirección de ese flujo impuso, primero, la traducción del árabe al latín y al hebreo. A partir de esas fechas, hay un auténtico reflujo, a favor del cual el produc to cristiano en latín o en romance se tradujo al hebreo. Incluso obras que sólo circulaban en árabe o en hebreo entre los médicos judíos, comenza ron a ser usadas por éstos en su versión latina. Fueron obras -por ejem plo, los libros del canon de Avicena «escritos en latín cristiano» (in latino cristianico scripti), como se dice en el inventario de obras pertenecientes a la biblioteca de un médico judío de Monzón (1381) (68)-, que volvie ron a las aljamas de la Corona de Aragón de la mano de la escolástica cristiana, que ejerció una indudable seducción en la minoría científica judía. En la segunda mitad del siglo XIV el árabe había sido olvidado por la minoría intelectual judía -al menos la provenzal y catalana-aragonesa-, hasta el plinto de que un hombre como Hasday Crescas (ca. 1411), que vivió en Barcelona y Zaragoza, ya no leyó a Aristóteles en árabe sino a través de las versiones hebreas de los comentarios de Averroes (69). Abraham Abigdor no entendía el árabe (70). Debió aprender latín en Montj)ellier (71). Ya hemos visto, que no dudó en marchar a esta ciudad (ca. 1379) «para estudiar la ciencia de la medicina (hokhmat ha-refu'ah) de boca de los doctos y sabios cristianos». Será allí donde traducirá más tarde del latín ( «la lengua cristiana») al hebreo ( «la lengua de nuestro pueblo») (72), los escritos médicos ya mencionados. Años más tarde, León Yosef de Carcasone (fl. 1394-1418), hizo del conocimiento del latín uno de los instrumentos imprescindibles para el acceso a esa ciencia mé dica (73). Una vez más,.entre la minoría intelectual judía, se insistía en la nece sidad del dominio de la lengua que garantizase el acceso al saber médi co. Esta lengua era, ahora, el latín. Estos hombres abandonaron la órbi ta de la tradición árabe, a favor de la latina. Cinco circunstancias, al menos, impusieron la necesidad de conocer el latín: en primer lugar, el Asclepio-Vol. XL V-1-199 3 desconocimiento del árabe; en segundo lugar, la existencia de buenas traducciones (al menos, inteligibles) latinas, bien contrastadas, de las autoridades médicas tanto griegas como islámicas; en tercer lugar, la de ficiencia de algunas versiones hebreas de textos médicos considerados como fundamentales; en cuarto lugar, la puesta en circulación por parte de la escolástica latina de una cantidad importante de literatura médica propia de apreciable calidad. En quinto lugar, la mencionada margina ción de los judíos de la universidad cristiana. A ello habría que añadir, al menos entre las comunidades provenzales o del Languedoc a finales del siglo XIV, la escasez de buenos libros en hebreo sobre medicina, según nos informan Abraham Abigdor y su hijo en el prólogo de su traducción de De judiciis astronomiae, obra atribuida a Arnau de Vilanova (74). De todos modos, sólo una minoría de entre los médicos judíos debió cono cer bien el latín. Esta fue la razón que indujo a León Y osef a traducir la Practica super Nono Almansoris de Gerardo de Solo: «para la gente de mi pueblo, los que hoy viven conmig9-Y los que vendrán después de mí, que no conocen ni pizca de la lengua de los cristianos» (75). De forma no tan explícita, así lo dejó entender también Abraham Abigdor en el Prólogo que escribió a su traducción de la ya citada obra de Bernardo Alberti: «La traduzco de la lengua cristiana a la de nuestro pueblo, a instancias de algunos de mis amigos y colegas» (76). Ante el desconocimiento del árabe y del latín, sólo le quedaba al médi co judío el romance (por ejemplo, el catalán) como única vía de acceso a las fuentes médicas (entre ellas las cristianas) que no estuvieran en he breo (77). No debe sorprendernos lo que acabamos de afirmar. Una de las peculiaridades de las lenguas peninsulares ( tanto del castellano como del catalán), fue su precocidad para servir de vehículos de obras médicas y de filosofía natural (por ejemplo, astronomía-astrología). El catalán pare ce que fue especialmente sensible a obras médicas, hasta el punto de que en fecha tan temprana como 1305 ya circulaban manuscritos catalanes por Valencia, Mallorca y Cataluña de gruesas y complejas obras de ciru gía escritas en latín en el norte de Italia pocos años antes (78). El uso de las versiones romances para traducir desde ellas obras médicas original mente escritas en latín, fue criticado por León Yosef. En efecto, el cami no indirecto de traducir al hebreo una fuente latina a partir de la versión romance, daba pie a versiones «muy defectuosas». «Pues (un tratado que) ha. sido traducido de ese modo... lo único que consigue es aumentar su oscuridad y dificultad» (79). Tal fue el caso de las versiones hebreas del Lilium medicine (Shoshan ha-refu'ah), del Tractatus de prognosticis (de crisi) (Haqdamat ha-yedi'ah) y del escrito Sobre la flebotomía (ha-ma'amar ba-haqazah) de Bernardo de Gordon, hechas desde el romance: así como el de una de las versiones del Regimen sanitatis de Arnau de Vilanova, he cha probablemente en la comunidad judía de Castelló d'Empúries (80). El traductor judío de la obra Sobre la fiebotomía no tuvo inconveniente en admitir que su ignorancia del latín le había impedido verificar las refe rencias de Galeno, con lo que su traducción fuera posiblemente menos valiosa (81). No obstante, el vigor de las lenguas romances, manifiesto en la preco cidad de traducciones de textos médicos complejos y ambiciosos, hemos de tenerlo en cuenta como un elemento positivo en la formación intelec tual del médico judío (y también del cristiano formado en el modelo abier to) de los territorios donde se hablaba el provenzal, el catalán, o el caste llano; si bien las traducciones castellanas de textos médicos que conocemos son todas ellas del siglo XV en adelante (82). Que estas obras fueron manejadas por los médicos judíos, nos lo prueba, entre otros he chos, los densos marginales en hebreo que llenan algunos capítulos de la versión catalana del grueso tratado de cirugía de Teodorico Borgognoni, hecha en Mallorca en 1305 (83). Los criterios de los traductores médicos judíos La dependencia de la minoría judía de las traducciones, les hizo ser ex tremadamente críticos acerca de las condiciones que debían cumplir quie nes realizaran esa tarea. Los intelectuales judíos elaboraron, a lo largo del período que estamos analizando, todo un código de normas que debía cumplir el buen traductor. El punto de partida de.todos ellos fueron los consejos que Maimónides dio, en 1199, a Samuel ibn Tibón cuando éste empezó a traducir al hebreo, en Arlés, la Guía de perplejos (84). Quien, deseando traducir de una lengua a otra -aconsejó Maimóni des-, pretenda hacerlo vertiendo palabra por palabra y manteniendo el mismo orden de la expresión y de las cosas expresadas, tropezará con mu chas dificultades y lo único que logrará es una traducción incomprensible y sumamente defectuosa. No es esto lo que hay •que hacer. El que vaya a traducir de una lengua a otra deberá entender primero el significado ( de las palabras) y luego expresar con toda claridad lo que haya entendido en aquella lengua. Pero esto no es posible sin alterar el orden o sin exponer con muchas palabras lo dicho en el original con una, o al revés; es decir, quitando o añadiendo vocablos hasta que la cosa esté bien concertada y perfectamente clara y comprensible en la lengua a la que se traduce. Esto es lo qu� hizo Hunain ben Isaac con las obras de Galeno y lo• que hizo también su hijo Isaac con las de Aristóteles (85). Esos consejos, pues, los podemos reducir a los siguientes: (1) no tradu cir palabra por palabra; (2) total dominio de las dos lenguas: (3) pleno co nocimiento de la materia que se está traduciendo; ( 4) ordenación sintácti ca perfectamente comprensible en la lengua a la que se traduce. Los casi doscientos años transcurridos entre estos consejos, estrictamente técni cos, y el siglo XIVen el que nos movemos, así como el distinto medio y circunstancias en que vivieron los traductores posteriores, hizo que apare cieran nuevos requisitos a los ya expuestos por el maestro: Samuel ben Ju dá (fl. 1320-40), el primer traductor de la Ética a Nicómaco, añadió tres condiciones más: En primer lugar, la posesión de un original libre de erro res y de absoluta garantía. Tan importante es este requisito que el traduc tor no debe cejar hasta encontrar la copia idónea, esté donde esté (86). El mismo marchó en 1324 del sur de Provenza a Murcia con este objetivo. En • segundo lugar, el traductor debía estar versado en todas las ciencias y no sólo en la materia que traducía. La razón era el carácter interrelaciona! de todas las disciplinas entre sí; algo que un filósofo natural del primer tercio del siglo XIV, con estrechas relaciones con el mundo escolástico latino, te nía ya muy claro. Ello exigía que la labor del traductor fuera algo más que una tarea solitaria; debía extender las• consultas a otras obras y a otros científicos; tanto judíos como cristianos (87). En tercer lugar, la necesidad de paz y de sosiego para poder llevar a cabo el trabajo intelectual que es la traducción. Cincuenta años más tarde, el intelectual y médico judío castellano Meir Alguadez, volvió a insistir en este tercer requisito (88). Las duras condiciones que periódicamente tenían que soportar los judíos entre los cristianos son continuamente recordadas por miembros de la minoría ra cionalista judía como un factor que limitaba el desarrollo intelectual (89). El siglo XIV se inició cori la expulsión de los judíos de parte del sur del ac tual territorio francés (1306), que fue precedida de fuertes enfrentamien tos socio-doctrinales (a favor o en contra de ciertas doctrinas de Maimóni des) en el seno de las comunidades judías, cuya minoría intelectual contaba ya con un importante co rp us doctrinal de filosofía natural en he breo (90). Las distintas adversidades que periódicamente fueron acaecien-do a dichas comunidades judías durante este siglo. (recordemos los suce sos de 1391 en los territorios hispánicos, o la nueva expulsión de fas tie rras de la Corona francesa en 1394), hizo que muchos de sus miembros hi cieran del sobresalto casi una forma de vida. No cabe duda que estas circunstancias sociales afectaron también a la vida intelectual, como nos recuerdan los traductores judíos del latín al hebreo, Estorí ben Mossé ha Parhí (jl. No obstante, el exilio permitió a alguno de los intelectuales judíos en trar en contacto con• medios sociales, o grupos, intelectualmente estimu lantes. Tal fue el caso del mencionado Estorí ben Mossé ha-Parhí, que tras su expulsión de la corona francesa en 1306, tuvo una positiva acogida en la comunidad judía de Barcelona, e incluso •-parece-entre los. cristia nos. Fruto de ello, sería su traducción al hebreo de unas «tablas de medi camentos» (Tabula antidotarii), «libro... más precioso que el oro fino, el nacar y el onix..., del cual es autor el sabio cristiano llamado Ermengau Bladi (= Blasi) de Moritpellier (94)», sobrino de Arnau de Vilanova, y que ese año estaba residiendo también en Barcelona como médico de Jaime II (95} Probablemente el mencionado viaje a Murcia de Samuel ben Judá buscando manuscritos árabes de Aristóteles, tuvo que ver con el e 4 ilio a que se vieron obligados de nuevo los judíos de Francia, Borgoña y Langue doc en 1322 (96). A finales del siglo XIV, fueron añadidos otros dos requisitos que debía cumplir el traductor e intelectual judío. Fueron formulados por León Y o sef de Carcasona, que fue expulsado de Francia en 1394. Tras su expul sión, se estableció en Perpiñan (territorio entonces de la Corona de Ara gón) donde practicó la medicina hasta su muerte en 1418. Como algunos de sus correligionarios, se convirtió al cristianismo en 1414 adoptando en el bautismo el nombre de Leonardus Benedictus (97). La introducción que escribió a su traducción de una obra médica de Gerardo de Solo (Practica super Nono Almansoris), es el testimonio personal más impresionante y claro sobre la difícil situación en que se encontraron estos médicos racio nalistas judíos en el doble frente de su propia comunidad y de la cristiana, precisamente por su condición de filósofos naturales. El primero de esos requisitos fue la necesidad de conocer el método escolástico, basado en dos técnicas del trabajo intelectual elaboradas por la comunidad universi taria -la quaestio y la disputatio-, que garantizaban la consecución de la verdad mediante el método dialéctico de los opuestos (98). El segundo, es de carácter socio-cultural más que técnico: la exigencia de una libertad de discusión. en el seno de las propias comunidades judías, que acabase con la auténtica tiranía de los estudiosos de la Torá... que con la fuerza de sus manos y la multitud de sus ardides..., hacen creer al común del pueblo... que estas ciencias (la filosofía natural o la medicina especulativa), y quienes de ellas se ocupan, se separan de la comunidad de los que poseen la Torá {99). Esa falta de libertad intelectual, en opinión del traductor León Y osef, obligaba a la minoría racionalista a investigar «en secreto y de incógnito, entre las hendiduras de las rocas y los escondrijos» (Cantar 2,14) (100), condiciones nada favorables para el trabajo intelectual. Pese a lo retórico de la frase, no deja de ser significativa (101). S. La traducción hebrea de las «Medicationis parabole» Todo parece indicar que Abraham Abigdor cumplió con los criterios técnicos que la tradición intelectual judía había ido definiendo desde Maimónides. No tenemos datos suficientes para responder afirmativa mente a si la presencia de Abigdor en el Studium de Montpéllier y su rela ción con los profesores de su facultad de medicina, tuvo un carácter for mal -es decir, estuvo matriculado (algo bastante improbable)-, o si se trató de una relación personal con concretos médicos universitarios y du rante un suficiente espacio de tiempo que le permitiera adquirir la fami liaridad necesaria con el método y la terminología de la medicina esco lástica. La realidad fue que, a juzgar por la versión que hizo de las Parabole de Amau, su conocimiento, tanto del latín como de los tecnicis mos y contenidos del galenismo expresado en latín, fue el adecuado para no incurrir en las duras críticas que León Y osef hizo de algunas versiones hebreas del Canon de Avicena (102). No obstante, se observan algunas di ferencias entre el texto latino establecido y la versión hebrea. En este apartado, comentaremos algunas de estas diferencias, cuyo texto comple to hemos recogido en el apartado siguiente, en forma de listado, ordena do según el original latino ( doctrinas -números romanos-y aforismos -en arábigos-) de la reciente edición crítica del texto, acompañada de la traducción hebrea. Todas las menciones que se hacen a continuación, se refieren a este listado (103). En efecto, Abraham Abigdor no se limitó sólo a una traducción estric ta y mecánica del contenido latino. Aunque podemos detectar omisiones de algunas palabras en ciertos aforismos (podemos citar IV, 19, 104, V 45, 56, 96), éstas no parecen afectar al contenido global del aforismo en cues tión. Las características de muchas de sus aclaraciones a términos o ex presiones latinos, incluso la mayor explicitud dada a algunos de los aforis mos, no parecen derivar de paráfrasis exigidas por limitación de la lengua hebrea frente a la latina, sino de una intención didáctica del propio Abig dor ante el público de médicos judíos a los que iba destinada la traducción de un texto, que estaba dirigido al médico práctico. El mismo género afo rístico exigía una concisión difícil de compaginar, en ocasiones, con una deseada mayor claridad. Pese a estas circunstancias (destino eminente mente práctico de la obra, concisión del género literario empleado), Amau no por ello renunció a dotar de contenido doctrinal a bastantes de sus afo rismos. De ahí que Abigdor señalara en su Prólogo que las Parabole «tra tan de lo universal y de lo particular», y que sirven para «todo aquel que quiera estudiar esta ciencia (la medicina)». El contenido del texto es total mente comprensible para el médico judío suficientemente versado en me dicina al que va destinado, porque, como ya hemos dicho, tanto Amau co mo estos médicos judíos se mueven •en el mismo paradigma del galenismo. Abigdor, de acuerdo con esa intención didáctica, se permitió añadir a su traducción, en ocasiones, algunas aclaraciones fruto, sin duda, de su propia experiencia como médico práctico. Otras veces, su tra ducción explicita o concreta, siempre dentro del tono didáctico, caracte rísticas o circunstancias sin duda útiles para el médico práctico, como en 11 39, 111 8, 13, especialmente notorias en VIII 4 y 7. Ello le lleva a intro ducir explicaciones que, en ocasiones, van más allá de lo expresado por el texto de Arnau: podemos citar, como ejemplo, la segunda parte del aforis mo V 34 ( virulentas cavernulas intus gignens), que el traductor vierte por el equivalente hebreo a «produce siempre en el interior recovecos y es condrijos llenos de humores malos y virulentos». Estas aclaraciones son especialmente explícitas en el caso de utilización por parte de Arnau de tecnicismos que pueden escapar a la comprensión de un médico práctico judío ajeno totalmente a la terminología excesivamente técnica pero usual entre médicos familiarizados con la jerga latina de la flebotomía. Un ejemplo muy ilustrativo es cuando Abigdor, en lugar de transliterar «apoferesis», tecnicismo de difícil comprensión para un no iniciado, ex-plica lo que esta maniobra era, es decir, controlar el flujo de sangre man teniendo el dedo del sangrador sobre la incisión abierta en la vena (IV 28). Lo mismo podríamos decir de IV 68 (serum por «suero de la-leche de cabra»), o IV 71 (absque mixtura limphe, por «sin mezcla acuosa y sin ninguna adición»), o V 11 (plumaceolis, por «almohadilla o alguna cosa blanda»), o V 42 (ptisana tertie conctionis, por «agua de cebada cuando ya ha cocido y se han consumido dos partes»). El médico práctico quedaría agradecido a Abigdor con la versión-explicación que éste hace alusiva al vino aromatizado, remedio muy usual (V 70). Igual que por añadir a su traducción de fomentis oleorum subtilium • «que penetran hasta el fondo del nervio» (V 103). La evidente experiencia clínica de Abigdor y su preo cupación por hacer comprensible el texto de Arnau a sus colegas médi cos, queda también de manifiesto en su preocupación por introducir una mayor precisión y exactitud, si cabe, en determinados términos o pasajes. Por ejemplo, en II 33 precisa más los signos clínicos y añade la finalidad de los mismos; en IV 104 especifica los dos tipos de aguas termales; en V 60 traduce anus por «intestino último», ya que el ano no puede prolap sarse, a no ser que Arnau se esté refiriendo a las hemorroides, cosa poco probable. Cabe señalar también la curiosa interpretación que Abigdor ha ce de la palabra scarpellum en los dos aforismos en los que ésta aparece, pues la entiende como nombre de una acción: «excoriación», «elimina ción de piel», en el uno (V 101) y por «eliminación de carne», en el"otro (V 111), y no como nombre propio• de un instrumento concreto. Diríase que ve en scarpellum una palabra compuesta de excarpere + pellis y que por e1lo traduce en hebreo esta acción (mediante un verbo o con una pa ráfrasis y no el nombre del instrumento utilizado para ello, el escalpelo). En otra ocasión, en que Arnau menciona un instrumento quirúrgico (V 111: el trepanum), Abigdor describe la acción del instrumento quirúrgico ( «instrumento que dilate el orificio»), no mencionándolo con un nombre técnico propio. La misma limitación lingüística encontramos cuando tie ne que traducir dura mater (V 112), término que mantiene transliterado eri latín, añadiendo la explicación de que se trata de una membrana.' Detalles eruditos, propios de un medio académico, son eliminados por innecesarios: tal es el caso, probablemente, de IV 19. Su conocimiento de los libros naturales aristotélicos, la pone de manifiesto, al introducir expli caciones al texto arnaldiano, sin que por ello éste pierda claridad. Tal es el caso de IV 40 donde las palabras de Arnau, «por-la misma razón: se pue den distinguir las principales edades en los seres vivos... », son traducidas al hebreo por, <<por la misma •razón que en los seres vivos se dividen los años en cuatro grupos... ». Aunque Arnau describe las cuatro edades en el aforismo siguiente (IV 41), es muy posible que Abigdor tuviera presente el texto aristotélico de los Parva naturalia en que se habla del tema. Giros la tinos más o menos elegantes empleados por Arnau, son vertidos a formas más directas •Y llanas. Tal es el caso del aforismo IV 75 en que perturbant medicatum et medicantem, es traducido por «causan al médico una gran confusión». Expresiones un tanto equívocas del texto arnaldiano, son in terpretadas de forma más precisa y con un sentido muy clínico por parte de Abigdor, como en V 97 donde ulcera deambulativa es traducido por «las úlceras hormigueantes e inflamadas». En otras ocasiones, la divergencia entre la traducción y el texto latino revela una probable utilización de un manuscrito o manuscritos diferen tes de los elegidos en la edición crítica. Quizás el caso más claro es el del aforismo V 18, donde el original latino medicina aperitiva meatuum oc cultorum ( «la medicina que abre las vías ocultas»), es traducido al hebreo por el equivalente al castellano, «la medicina que abre las vías de los ojos», traduciendo oculorum en vez de occultorum. En efecto, de entre los 34 textos utilizados para la edición crítica, hay seis que ponen oculo rum (104). Otras veces, en cambio, la variante latina elegida por Abigdor • coincide con la lectio difficilior elegida por el editor de la versión latina. Los casos más significativos son los de IV 17 (cornu)-y VII 9 (pervietas). Otra opción dudosa de V 56 (humiditatem) no queda, en cambio, aclara da por la traducción hebrea; si bien ésta podría basarse en el.término ha bilitatem, que ha sido rechazado por J. A. Paniagua, editor del texto lati no. El origen provenzal de Abigdor y el hecho de dirigir su traducción a médicos prácticos de su entorno, le llevó al uso de palabras de la lengua románica vulgar para explicar el propio término hebreo utilizado. El ejemplo más claro es V 39, donde el propio Abigdor añade la palabra ro mánica «verrugas» para explicitar la hebrea yabbalot utilizada para tradu cir verrucarum. Especial interés tiene el aforismo VI 4. En él utiliza Abigdor un tecni' cismo árabe (damamil, plural de duma[) para traducir otro tecnicismo, fiuruncis, esta vez latino. No cabe duda de que.éste carece de vigencia en tre los médicos prácticos judíos a los que dirige Abigdor su traducción. Por el contrario, determinada terminología en árabe seguía manteniendo su presencia entre ellos. También hace servir palabras árabes para tradu cir nitrosus, tyriacalis y eruginosus. El mantenimiento de tecnicismos ára bes entre los médicos bajomedievales no fue privativo de los médicos judí-Asclepio-Vol. Lo mismo ocurría entre los cristianos� El propio Amau utilizaba habi tualmente syfac (= sifaq, actualmente «peritoneo)y zirbum (= tarbum, ac tualmente «epiplón u omento») para designar estructuras del aparato di gestivo (1 OS). Terminología de uso corriente entre los ambientes médicos latinos y hebreos bajomedievales-y que nos hablan del prestigio y penetra ción del árabe como lengua del argot médico. Amau empleaba esos térmi nos en sus clases ante los alumnos, como lo prueba el uso que de ellos ha ce en su comentario escolar al De malicia complexionis diverse de Galeno (106). La formación en filosofía natural (astrología) de Abigdor -recorde mos su colaboración en la traducción de una obra de astrología médica ( 107)-se pone de manifiesto en su traducción del aforismo IV 41 en el que Amau establece la relación entre las cuatro edades del ser vivo con las cuatro fases lunares. El original latino es parco, un tanto impreciso en cuanto a la terminología astrológica, y no guarda hasta el final el parale lismo «ser vivo-luna», llegando a no mencionarlo para la tercera y cuarta de las edades. Todas estas limitaciones las obvia la traducción hebrea, ofreciendo al lector un texto más completo y técnicamente más preciso (véase ellugar correspondiente en el siguiente apartado). No hay duda de que, pese al carácter aparentemente neutro desde el punto de vista ideológico cristiano, de los contenidos médicos del galenis mo utilizado por los médicos universitarios, la condición de cristianos de éstos no dejaba de estar presente (108).. En el caso de las Parabole, algunos de los aforismos debieron serle incómodos a Abigdor. Concretamente los dos últimos: Ap 3 y 4. El traductor judío no recurrió a lo más fácil -la su presión-, sino que adaptó su traducción para hacerla compatible con su fe judía. Es un ejemplo interesante de solución concreta al problema de la relación intelectual entre dos culturas dominadas por sus propias ortodo xias, que no renunciaron a mantener el contacto sin perder sus señas de identidad. Igualmente es interesante el problema que plantea las diferencias exis tentes entre los contenidos del aforismo I 16 y su traducción hebrea. En este aforismo, Arnau resumió los modos de obtención de conocimiento útiles para el médico en su relación con el enfermo, en los tres siguientes: mediante razonamiento o silogismo (ratio vel sillogismus), mediante reve lación (revelatio ), y mediante la experiencia personal (experimentum). La traducción de Abigdor ignora la revelatio como forma de conocimiento, quedando el aforismo traducido en hebreo del siguiente modo: «Cuando no se logra conocer la naturaleza propia [ de cada individuo] ni por razo-namiento ni por experiencia, se ignora entonces la cualidad... ». Hay dos posibles explicaciones de la diferencia entre el texto hebreo y el texto lati no de la edición crítica. La primera, es que el traductor judío utilizara un manuscrito latino donde sólo figurasen dos vías de obtención de conoci miento médico: el obtenido.mediante la razón y el conseguido mediante la experiencia personal del médico. En efecto, en tres de los _manuscritos va ticanos se da esta circunstancia (109). Es posible, pues, que Abigdor tra dujera de uno de éstos o de al gu no vinculado a esta familia. La otra posi bilidad es una pura conjetura sin apoyo documental alguno, por sugerente que parezca: la revelatio como vía de conocimiento para el médico habría sido eliminada por Abigdor, médico judío racionalista, que se sentiría in cómodo por introducir en la scientia médica un concepto con una conno tación de posible relación con Dios. Afortunadamente fue el mismo Arnau quien al comentar años más tar de algunos aforismos de las Parabole, se encargó de dejar bien claro su pensamiento. Su opinión al respecto la confirmaría igualmente en su co mentario al primero de los aforismos hipocráticos (Vita brevis), escrito unos pocos años después de que redactara las Parabole. En efecto, Arnau distin gu ió en su comentario a este aforismo de las Parabole (I 16), dos ti pos. de revelación: la hecha por Dios a unos pocos hombres (revelatio a Deo con cessa), y la que se produce de hombre a hombre (revelatio humana). Esta última es básica en la relación médico-enfermo, pues a su través el médico obtiene información, clínica y biográfica, del propio en fermo y de quienes le rodean o han tenido trato con él. Esta información es necesaria para el adecuado establecimiento de la indicación terapéutica (110). Arnau, en su comentario al primero de los aforismos hipocráticos (Vita brevis ), vuelve a insistir en el tema de la triple fuente de conocimien to para el médico (razón, revelación y experiencia), subrayando la impor tancia que tiene para la relación médico-enfermo la información (revelatio) que el primero puede obtener de quienes rodean al enfermo o de quienes han tenido relación con él, sean o no letrados (111). Es claro, pues, que Arnau dejó de lado en la relación médico-enfermo, todo elemen to relacionado con la revelación divina. Aunque probablemente su doble insistencia en, por una parte, distinguir ambos tipos de revelación y, por otra, en vincular la relación médico-enfermo al estricto campo del conoci miento humano, fuera su respuesta a una posible confusión favorecida por la propia exposición de su aforismo I 16. En cualquier caso, es poco probable que Abigdor -que dio pruebas a lo largo de su traducción de es tar bien informado de la problemática médica de los médicos cristianos-ignorara estas precisiones de.Amau. Lo más probable, es que utilizara un manuscrito donde no figurase la revelatio como segunda vía de conoci miento médico. H-114: «De la misma manera que la primera parte de los años [del hombre] es aquella en que el ser viviente empieza a crecer y continua creciendo hasta que adquiere la estatura prevista, así la luna en su primer cuadrante empieza a aumentar hasta la mitad de su circunferencia visi ble. Y de la misma manera que la segunda parte es aquella que sigue has ta que el crecimiento se detiene, así la luna en su segundo cuadrante llega a su término y completa su circunferencia. Y de la misma manera que la tercera parte es aquella en que la fuerza disminuye ocultamente y sólo al final se manifiesta la disminución, así la luna en su tercer cuadrante em pieza a menguar ocultamente. Y de la misma manera que la cuarta parte • es aquella en que la disminución y la falta de fuerza se revela visiblemente a los sentidos, así la luna en su cuarto cuadrante disminuye manifiesta y visiblemente hasta que deja de verse por complejo». (67) L. GARCÍA BALLESTER (1976), Historia social de la medicina en la España de los si� glas XIII al XIV, Madrid, pp. 9-10. Llamamos la atención sobre la circunstancia de que en la célebre biblioteca del médico de Mallorca, de origen serbio, León Mosconi (1328-1377), no figure ni una sola obra médica de autor latino medieval. Todos los libros de medicina pertenecen a la tradición greco-árabe. 787), dond� había una importante comunidad judía con hon das preocupaciones intelectuaJes, como se m;;inifiesta en los testamentos e inventarios de bienes (con bien nutridas bibliotecas) de• algunos de sus miembros. Dicho material está todavía por estudiar desde la historia intelectual judía, y forma parte de nuestro actual trabajo._ • (82) Para una lista no exhaustiva de las obras médicas traducidas al provenzal, cfr. Recordemos que en la primera década del siglo XIV son traducidos al catalán el extenso tratado quirúrgico de Teodorico Borgognoni (c. María Teresa Herrera (Universidad de Salamanca) encabeza un grupo de trabajo que se propone editar, y analizar desde la lexi cografía, todos los escritos médicos traducidos al castellano en el período que estamos considerando. Todos los títulos de los capítu los fueron traducidos al hebreo, con un resumen en hebreo en el fol. 25v. (84) Recientemente se ha publicado una versión castellana por M. J: CANO y L. FERRE (1988); Cinco epístolas de Maimónides, Barcelona, pp. 111-124. La edición critica del original latino, acompañada de la traducción hebrea de Abra ham Abigdor, en AVOMO (1990)
Desde que las monarquías ilustradas de la segunda mitad del siglo XVIII comenzaron a considerar la salud de sus súbditos como una «ra zón de Estado» ( 1), hasta que las modernas constituciones han contem plado, de manera casi unánime, el derecho a la salud de los ciudadanos, sancionando, como en el caso español, que «compete a los poderes públi cos organizar y tutelar la salud pública a través de medidas preventivas y de las prestaciones y servicios necesarios» (2), un largo proceso de inter vención estatal en materia de salud ha ido configurando -con distintos Trabajo realizado en el marco del Proyecto de Investigación n.o H045/91, subvenciona grados de desarrolló según el país que consideremos-una compleja es tructura administrativa con fines higiénicos, médico-sociales y asisten ciales. Históricamente, esta plasmación institucional de la Higiene Pública puede considerarse, en general, como la respuesta de los poderes públi cos a dos tipos de problemas. En primer lugar, la amenaza de enfermeda des castastróficas, epidémicas, proceden�es de otros lugares, obligaron a los gobiernos a instaurar férreos controles de Sanidad, tanto exterior co mo interior, que redundaron en la organización sanitaria de todo el Esta do; un claro ejemplo de ello fue la creación, por el poder barbón español, de la Junta Suprema de Sanidad, ante el peligro de la peste de Marsella de 1720 (3). En segundo lugar, las crisis económicas del último tercio del siglo XIX motivaron un agravamiento de las ya de por sí penosas condiciones de vi da del proletariado, con el aumento de la morbimortalidad de numerosas enfermedades infecciosas y carenciales que se denominaron «sociales» (4) y que motivaron no solo una serie importante de teorizaciones sobre el «círculo vicioso» enfermedad-pobreza (5), sino que obligaron al poder burgués a promover medidas de higiene individual y colectiva tendentes a garantizar una fuerza de trabajo sana, capaz de hacer frente a las crisis, y a detener el avance del movimiento obrero reivindicador de mejoras enlas condiciones de vida y de trabajo (6). En España, una de las consecuencias del escaso desarrollo socioeco nómico que caracterizó los años del cambio de siglo fue, sin duda, la muy precaria situación sanitaria del país. La elevada morbimortalidad por en fermedades infecciosas fue denunciada en repetidas ocasiones por nues tros higienistas más ilustres (7), al mismo tiempo que se clamaba por una decidida intervención del gobierno para atajar y mejorar dicha situación de subdesarrollo sanitario (8). En 1913, Manuel Martín Salazar argumen taba que 90 «Basta reflexionar un poco sobre estas cifras tan enormes de nuestra mortalidad anual, para formar idea de la importancia del problema sanita rio en España y del deber ineludible que tienen los Gobiernos de acometer co:U la mayor prontitud la empresa de nuestra regeneración sanitaria. No es de creer que cua: Udo a los hombres públicos que rige:0 los destinos del país se les plantee esta cuestión en estos términos escuetos, abrumadores, mostrándoles las cifras de nuestra mortalidad por infecciones, y se les con venza de que ese número de vidas que desaparecen cada año son pérdidas debidas en su mayor parte al atraso de nuestra administración sanitaria, resistan el impulso humanitario de poner manos a la obra y aprobar presto en el parlamento una legislación de Sanidad que ponga término a este gra ve estado de cosas» (9). Esta preocupación por el mal funcionamiento de la administración sa nitaria y por la enorme mortalidad debida a enfermedades infecciosas, lle.:. vó a M. Martín Salazar a elaborar en los años veinte, siendo Inspector Ge neral de Sanidad, un Proyecto de Ley de Profilaxis de enfermedades evitables que, pese a su escasa ambición transformadora, no llegó a ser aprobado (10). Otros autores, sin embargo, llegaron mucho más lejos en sus propuestas y no se conformaron con leyes o normativas más o menos paliativas y, desde luego, difíciles de cumplir sin una infraestructura sani taria que intentara cubrir las necesidades sanitarias de la población. La creación de un Ministerio de Sanidad, como máximo órgano rector y co ordinador de la Sanidad Pública española, fue reivindicada con cierta fre cuencia, y de manera más o menos explícita, a lo largo del primer tercio del siglo XX. El objeto de las páginas que siguen es analizar los contenidos de dichas propuestas y valorar el papel jugado por médicos y políticos en el debate sobre la presencia o no de un Ministerio de Sanidad en el diseño de la estructura sanitaria española. Casi con toda seguridad, la primera referencia que puede encontrarse en la literatura española sobre la necesidad de un Ministerio de Salud Pu blica es la aparecida en un difundido articulo de Philip Hauser titulado «El siglo XIX bajo el punto de vista médko-sodal» y publicado en la Re vista de España en 1884 (11 ). Se trata de un documentado texto en el que, tras exponer las novedades que en los modos de enfermar tuvieron lugar en Europa como consecuencia del proceso de industrialización y de los cambios sociológicos acaecidos en la segunda mitad del siglo XIX (12), concluye en que «La sociedad, presentando cada día ejemplos nuevos que demuestran lo defectuoso de su organización y la insuficiencia de los medios de que dispone para mitigar los efectos del movimiento vertiginoso del progreso, • e impulsada, por otro lado, por el instinto de su propia conservación, ha comprendido la imperiosa necesidad de llamar en su socorro a todos los hombres de ciencia y a los más inteligentes de aquellos ramos que intervie nen en los asuntos de la salubridad pública y privada, para que se reúnan y estudien la solución de este problema social tan complejo» (13). Resalta Hauser las iniciativas que, en este sentido, se estaban desarro llando, en el plano internacional, en tomo a los Congresos de•Higiene, en especial el celebrado en París en 1878, donde nada: menos que E. Chad wick defendió por primera vez la necesidad de que todos los servicios refe rentes a la salubridad pública estuvieran centralizados y regidos por una institución gubernamental del más alto rango administrativo. Como es sa bido, Edwin Chadwick, al frente de una «Comisión real» encargada de in vestigar las funciones y el grado de ejecución de la legislación sobre asis tencia pública en la Inglaterra de 1832, fue el principal impulsor de la Rew Poor Law, aprobada por el Parlamento británico dos años más tarde. Des de el punto de vista de la organización administrativa, la principal nove dad que introducía la Ley era, como ha señalado G. Rosen, «la tendencia a la centralización, la unificación y la eficacia» (14). En lo referente a la Sa lud Pública, su principal aportación fue el Report (... ) on an inquiry into the Sanitary Condition of the Labouring Population of Great Britain, publi cado en 1842, que facilitó un cambio de orientación de la Sanidad Públi ca, otorgando un mayor protagonismo a los aspectos técnicos -de inge niería e infraestructuras sanitarias-, aunque sin olvidar los estrictamente médicos. Ya entonces, y desde esta perspectiva, el autor inglés planteaba la necesidad de un órgano administrativo que llevase a la práctica un pro grama preventivo que garantizara de forma eficaz y consecuente la aplica ción de los saberes técnicos (15). Comparando las funciones de un posible Ministerio de Sanidad con el incuestionable Ministerio de la Guerra, el político británico argumentaba que «el combate para [el] que tendría que prepararse el Ministerio de Sa lud Pública es de todos los momentos, pues el enemigo que tiene que com batir es un invasor perenne que siempre está dispuesto a dar y ganar bata llas, que causa numerosas víctimas y muchas veces grandes desastres para la nación» (16). El enorme auge de la bacteriología a finales del siglo XIX, y de lo que Pedro Laín ha denominado «mentalidad etiopatológica» (17), explica la utilización simbólica del discurso bélico en el enfoque sanitario general. El descubrimiento de la acción patógena de numerosos agentes microbia nos contribuyó a que las enfermedades infecciosas se consideraran sim ples «entidades morbosas» que podían evitarse con remedios médicosvacunas, antibióticos, etc.-, perdiendo así gran parte de su tradicional componente social (18). Todo un ejército microscópico, cuya amenaza era preciso combatir con barreras defensivas -la citada infraestructura de saneamiento (evacuación de excretas, recogida de basuras, control de al gunos productos, etc.)-y con todo un arsenal científico de terapias pre ventivas o curativas que precisaban, para su adecuada coordinación, un Estado Mayor Sanitario. Defender a la nación, precisaba, en el sentir de Hauser, una medicina pública, entendida como «el apoyo y la ayuda material de los poderes pú blicos» a los esfuerzos de los científicos. Apoyo que habría que traducirse en «una legislación sabia y previsora trazada por personas experimentadas y con la colaboración de todos los hombres competentes del ramo, y con fiar su ejecución a un Ministerio especial, llamado de Salud Pública» (19). La vocación legislativa es, como se sabe, una de las características de finitorias tanto de la vieja Policía Médica como de la Salud Pública. La ne cesidad de intervenir sobre lo colectivo a través de leyes y normas sanita rias está presente en la obra de prácticamente todos los salubristas modernos y contemporáneos, desde Seckendorff, para el que «la función que corresponde al Estado es la de dictar disposiciones que garanticen el bienestar del país y del pueblo» (20), hasta las propuestas políticas de Vir chow o Neumann en el seno del movimiento de Reforma Médica surgido eri plena revolución de 1848 (21). La tendencia de la Higiene Publica, des de su propia formulación como disciplina científica, es la de ir afianzán dose, cada vez más, como parte integrante del aparato político del Estado. Por eso, en un primer momento, y durante mucho tiempo, la sanidad de penderá de secciones administrativas con mentalidad policial (Goberna ción, Interior, etc.). La propuesta de Hauser para España, como la de Chadvick en Ingla terra, no parecen responder; a mi modo de ver, a una novedad significati va de estos planteamientos; se insiste, en efecto, en la necesidad de que el Estado asuma la custodia de la salubridad pública pero la reivindicación de un Ministerio propio va más encaminada a centralizar las labores hi giénicas y a conseguir una mayor eficacia de la acción sanitaria que a despojar a la misma del halo de paternalismo autoritario que siempre ha bía tenido. De hecho, al final de la disertación, se suaviza mucho la de fensa de una cartera específica si de otra manera -a través de una sec-ción especial con legislación propia -'-se puede obtener el poder y la au toridad necesarios para «imponer a los municipios todas las mejoras de saneamiento y de higiene urbana que estime conveniente en beneficio de los administrados» (22). Crisis sanitaria y poder médico Aunque' la idea de crear un Ministerio de Sanidad volvió a plantearse, de manera aislada, en el Congreso Internacional español de la tuberculo sis celebrado en Barcelona en 1910 (23), habrá que esperar a la segunda década de este siglo para encontrar nuevamente en la literatura médica elaboraciones al respecto y, en definitiva, la cristalización de todo un dis curso encaminado a desarrollar la administración sanitaria• española. La epidemia de gripe de 1918-19 supuso un enorme agravamiento de la situa ción sanitaria del país (24), el aumento de la mortalidad general y de la in fantil y el recrudecimiento de ciertas endemias como la temida tuberculo sis, supusieron un importante revulsivo para la opinión pública (25) y sanitaria a la hora de reclamar soluciones. Los informes antes citados de Pulido, Martín Salazar o Murillo, advirtiendo y criticando el estado de la sanidad pública en España, quedaron cortos ante la magnitud de una en fermedad catastrófica cuya aparición coincidió con una crisis política y económica sin precedentes (26). La creación de un Ministerio de Sanidad, como eje central de una ne cesaria reforma sanitatja, fue objeto del interés de una buena parte del co lectivo profesional que no dudó en vertir sus opiniones en órganos de ex p res i ó n especializados o a través de prestigiosas y combativas instituciones. Las páginas de La Medicina Social Española (27) hicieron repetidas alu siones a la urgente necesidad de una reforma administrativo-sanitaria pro funda (28), pero fue La Medicina Ibera, la que en octubre de 1918, tras la constatación del «fracaso absoluto de nuestra organización sanitaria» (29), lanza una campaña de información y concienciación entre la profesión mé,.. dica española de la necesidad de crear el Ministerio de Sanidad. Femando Coca, director de la publicación, explicaba así el proyecto editorial: http://asclepio.revistas.csic.es dos a mantener el �ormal estado sanitario de la patria. Por eso La Medici na Ibera considera preciso, absolutamente preciso, emprender una enérgi ca campaña en pro de la creación de una entidad autónoma, de un Minis terio, que además de la iniciativa tenga la responsabilidad de cuanto con la sanidad esté relacionado, constituyendo un todo orgánico que comprenda desde la más prestigiosa personalidad técnica al último médico rural» (30). Así, a lo largo del otoño de 1918, la mencionada revista publicó el re sultado de una encuesta dirigida a distintas personalidades de la Medicina y de la Sanidad sobre la conveniencia o no de crear el consabido Ministe rio. José Valenzuela y Esteban Rodríguez Ocaña, en un breve pero ajusta do estudio de dicha encuesta, llegan a la conclusión de que «En 1918 pare ce existir una opinión mayoritariamente favorable a la instauración de un Ministerio de Sanidad, entre un destacado segmento de profesionales ilus tres, políticos, catedráticos y directores de prensa médica». La creación del mismo se justificaba, en opinión de estos autores, «por la situación de desajuste administrativo, por la elevada mortalidad habitual y por las rei vindicaciones de los médicos titulares» (31). Ahora bien, esta «opinión mayoritariamente favorable»•queda, a veces; un tanto desdibujada por la desconfianza de los profesionales hacia la enorme inestabilidad política del país. El propio F. Coca, resume así, e: ri términos muy duros, él resultado de la encuesta: «Todos consideran como vitalmente preciso la creación del Ministerio de Sanidad, y aquellos que exponen algunos reparos, hacen la objeción só lo a título de esa desconfianza que en todo español han logrado despertar las repetidas farsas• de nuestros políticos, más atentos al lucro y al benefi cio personal que al bien colectivo de la patria. Temen los que ponen en en tredicho los beneficios del Ministerio de Sanidad, que esta nueva organiza ción venga a constituir, dentro de nuestra política podrida, un nuevo cacicazgo, otro departamento en donde los que de la política hicieron pro fesión, puedan bucear con fines bastardos, dificultando todavía más la mi sión altamente humanitaria, que debe estar encomendada a quienes velen por la salud de sus compatriotas» (32). No es de extrañar: el descrédito de los múltiples gobiernos que se van sucediendo al frente de la Nación, así como la. coμipleja y agitada situa ción socio-económica, motivaron una crisis de hegemonía y de autoridad que explica la desconfianza de un amplio sector del colectivo médico ha cia el poder político. El propio Ramón y Cajal, con cuyo indiscutido pres-tigio científico se abre la serie de encuestas realizadas por La Medicina Ibera «sobre la creación de un Ministerio de Sanidad», opina que, dicha empresa «me parece de perlas y sumamente oportuno en las actuales circuns tancias. Pero, francamente, paréceme que nuestras eminencias políticas no accederán a la creación de un nuevo Ministerio. En las altas esferas se siente poco la higiene... » (33). Con mayor o menor grado de matización, la idea es repetida por mu chos facultativos, bien de manera general: «En España estamos en un abandono sanitario; los _políticos no se han ocupado con la debida aten ción de las cuestiones sanitarias» (34); bien, argumentando la necesaria independencia política de un Ministerio que, entienden, debe ser eminen temente técnico, ya que éstos -los técnicos-habitualmente fracasan en sus propuestas y «pierden un tiempo fabuloso para convencer a sus exce lentísimos de la necesidad de tal o cual medida» (35). En esta misma línea de pensamiento cabe ubicar las opiniones de los directores de la revista Espq,ña Oftalmológica, al condicionar la creación del Ministerio a que su titularidad «fuese ejercida por técnicos profesionales que hayan luchado contra las lacras y miserias que destrozan a los españoles, por médicos, en fin, u otras clases sanitarias... », mostrándose, sin embargo, contrarios al mismo si «hubiese de crearse para ser desempeñado por políticos puros y ayunos de todo conocimiento médico» (36). Por eso se argumenta con insistencia que «El Ministerio de Sanidad habría de gozar de cierta autonomía e independencia, permaneciendo completamente ajeno a los cambios de la política; yendo a él no los que contasen con el apoyo de los jefes de partido, sino los técnicos capacitados que contaran con la confianza de la clase» (37). Otros llegan mucho más lejos; Ruiz Maya -director del Ideal Médico-no sólo se muestra de acuerdo con que «Este ministerio_no estará sometido a los cambios políti cos del gobierno», sino que, llevando su desconfianza política a un límite extremo, acaba proponiendo drásticamente que «no podrá ser titular de• este Ministerio ninguna persona que haya actuado en la política de estos últimos treinta años» (38). Es ésta una idea, asumida de manera prácticamente unánime, que vie ne a explicitar, en mi opinión, no tanto un supuesto enfrentamiento entre «clase política» y «clase médica», sino el interés de los médicos en ser te nidos en cuenta por las instancias del poder, o, dicho de otro modo, en in-tervenir, como he indicado con anterioridad, en las decisiones políticas. Tal aspiración, sin embargo, es formulada de maneras muy diversas: des de la cauta reflexión de que «no sólo debemos pedir ministerio sino minis tros» (39), hasta su utilización como argumento para negarse, al menos por el momento, a la creación del Ministerio, porque «un Ministerio de Sanidad sería eso, un Ministro, ante todo un hombre político afiliado a és ta o a la otra mesnada» (40). Desconfianza hacia los políticos y búsqueda de un papel de mayor protagonismo social y político que, en el fondo, no abriga sino el deseo de que la medicina sea finalmente aceptada como «el gobierno de los pue blos en nombre de la salud» (41). La ambigua elocuencia del catedrático de Higiene de la Universidad Central, Rafael Forns, es significativa en es:.. te sentido; tras manifestarse abiertamente contrario.a un Ministerio de Sanidad, por entender que «vendría al mundo con vicio hereditario de padre y madre, porque no gozan de lozana salud física ni moral, tanto la política como el protomedicato», aventura su propia definición de «medi cina política» como «el arte de gobernar a los pueblos según conviene a la naturaleza humana, con objeto de hacer larga, próspera y feliz la vida in dividual y colectiva. O, en otros términos, es la aplicación de la Medicina a la política, a la gobernación de los pueblos y al perfeccionamientp de las razas» ( 42). Se trata, en efecto, de un discurso equívoco y, desde luego, poco realis ta. La defensa a ultranza de la total autonomía médica frente a cualquier otra instancia• administrativa está, por definición, condenada al fracaso. La medicina, y más si era entendida como la gran ciencia regeneradora de hombres y naciones, debía basarse obligatoriamente en «la transfor mación completa de nuestra política sanitaria, una remoción de los ac tuales organismos administrativos, la creación de órganos adecuados para la suprema función de garantizar la salud pública, primer deber de los estados modernos y el más sagrado deber individual que ha de consa grarse en las futuras constituciones políticas». A ello aspira el Instituto de Medicina Social, fundado en Madrid en 1918 (43), con el objetivo ex preso de contribuir a la regeneración sanitaria, la educación de la pobla ción y la motivación de las autoridades políticas hacia los asuntos rela cionados con la sanidad, así como el estudio y la investigación de aquellos problemas sociales que la Medicina Social podría contribuir a solucionar (44). Ahora bien, tras el análisis de la cuestión social en relación con la medicina, el pragmatismo del Instituto le lleva a propugnar la acción po-lítica y la propaganda para que «con el tiempo, tomen estado parlamen tario estas cuestiones y sean parte esencial del programa de los gobiernos» (45). La vocación política del Instituto de Medicina Social queda patente. La constitución de un «poder médico» suficientemente reconocido en las esferas de la alta política resulta imprescindible, en opinión de los diri gentes del Instituto, para conseguir llevar adelante su proyecto regenera dor. La independencia de ese poder sanitario es apuntada como elemento necesario para la continuidad de sus propuestas, pero de ninguna mane ra es utilizada como bandera reivindicativa que dificulte el entendimien to con los poderes legislativo y ejecutivo. Así, los Estatutos del Instituto especifican que uno de los fines del mismo es «ejercer la necesaria acción política hasta conseguir del Estado el reconocimiento y la independencia del poder sanitario y la creación de órganos oficiales encargados de sos tenerle» (46). En este sentido, resulta explicable la presencia como socio fundador del Instituto, y junto a médicos e higienistas de gran prestigio (47), de Manuel Burgos Mazo, ministro de Gobernación durante el efímero go bierno de Sánchez Toca -de junio a diciembre de 1919-. Tampoco pa rece una casualidad que, precisamente durante su gestión, las activida des del Instituto obtuvieran un cierto eco y apoyo oficial (48). Apoyo qüe hubiera sido imprescindible para conseguir la creación de un Ministerio de Sanidad, considerado, como fácilmente puede deducirse de los textos citados, uno de los objetivos concretos más claros del Instituto. En un pedagógico folleto, editado por el propio Instituto, se explicaba así la importancia de la Medicina Social y la necesidad de «la transforma ción completa de nuestra política sanitaria» ( 49): 98 « Un sujeto, obligado a residir en una población de aguas sospechosas las filtra cuidadosamente antes de beberlas. Esto es Higiene individual. Otro sujeto, más ignorante o más desaprensivo, olvida estas precaucio nes y enferma. Esto es Medicina individual. El Municipio, en vista de la repetición de casos, dispone la esteriliza ción de las aguas. para destruir los gérmenes patógenos. Esto es Higiene Pública. Pero un Ministerio de Sanidad impone a todos los Ayuntamientos de un país la obligación de abastecer de aguas potables a las poblaciones en un plazo determinado, facilitándole la ayuda económica y técnica necesa ria. Esto es Medicina Social» (SO). Es este poder ejecutivo, esta autoridad para imponer normativas y ac tuaciones sanitarias, incluso a los poderes locales, uno de los aspectos que vinculan más claramente el siempre abstracto «poder médico» con la rei vindicación concreta de un órgano sanitario máximo perteneciente a la Administración central del Estado. Se trata de una línea de pensamiento enormemente extendida entre los profesionales con vocación política. Francisco Rico Belestá, en sus co lumnas sobre «Política e higiene» publicadas en El Siglo Médico como sección fija, denuncia, una vez más, el descuido de los gobiernos, aboga por una política higiénica «de la que nacerán diputados higienistas que serán los verdaderos defensores de la Patria y guardadores celosos de la Higiene Pública» (51) y termina ubicando el eje central de las reformas y de las nuevas leyes y reglamentos sanitarios en un Ministerio de Sanidad. «El día que llegue a triunfar -escribe-la nueva política higiénica el elector o pueblo quedará convencido, y entonces vendrá la verdadera de puración de responsabilidades de los que han creado una España degene rada y una excesiva mortalidad por nadie superada, hecatómbica y horrorosa» (52). Soberanía absoluta,. derecho de ejecución, jurisdicción sin apelación. Todo eso se pide para un Ministerio convertido en brazo armado de un poder médico llamado a convertirse en salvador de la Patria. No es una ca sualidad, a mi entender, que mientras se gestaba el fin de la Restauración, y su sustitución por el Directorio militar de Primo de Rivera, en las pági nas de las publicaciones sanitarias encontraran espacio opiniones que, re tomando elviejo símil castrense, demandaban la creación de un «ejército sanitario para defender la vida nacional» o, simple y llanamente, «una dic tadura sanitaria», llegándose, incluso, a insistir en que «no podría reali zarse con garantía de éxito esa revolución sanitaria sin antes llevar a cabo la del sistema de gobernarse» (53). Los prolegómenos de la dictadura de Primo llegaron a establecer un entramado ideológico del que, sin duda, era muy difícil prescindir. Una propuesta parlamentaria: la Ley de Bases para la creación del Ministerio de Sanidad Social Con el telón de fondo de la dramática situación sanitaria del país y, en parte, como respuesta a la insistencia del colectivo médico, constituido como grupo de presión más o m�nos organizado, no podemos dejar de considerar algunas iniciativas políticas presentadas en las Cortes Genera les antes de su disolución en 1923. El hecho de que no fueran.aprobadas, y apenas discutidas, por el poder legislativo no invalidan su interés sino que, al contrario, nos ofrecen, a mi juicio, una valiosa información sobre la e�istencia de propuestas y elaboraciones políticas en materia sanitaria que, al margen de sus contenidos y/o. de su rigor metodológico desde el punto de vista de la ciencia sanitaria, fueron ignoradas sistemáticamente por diputados y senadores (54). Me refiero a la ya mencionada «Proposi ción de Ley de Profilaxis de enfermedades evitables» y a la «Proposición de Ley de Bases para la creación del Ministerio de Sanidad Social», pre sentada por el diputado por Las Palmas de Gran Canaria, Van-Baumberg hen (SS). Esta última Proposición aparece por dos veces en el Diario de las Sesio nes de las Cortes. En ambas ocasiones el texto se repite íntegramente, cambiando tan sólo el en cabezamiento ya que el hipotético Ministerio de «Sanidad Social» pasa a denominarse de «Sanidad Civil». Es lógico suponer que las continuas crisis ministeriales obligaran a presentar la misma proposición más de una vez y que, en muchas ocasiones, ni siquiera llegara a discutirse (56). Con todo, en mi opinión, el interés de dicha Proposición de Ley es do ble; por un lado, es la primera iniciativa política -parlamentaria-que plantea la creación de un Ministerio de Sanidad en nuestro país, lo cual ya de por si tiene un valor histórico intrínseco. Pero, por otro lado, el acerca miento metodológico del análisis y de la propuesta no parte de los presu puestos médicos y sanitarios ya comentados, sino que se basa en el inten to de adecuar la salud pública y los servicios asistenciales a objetivos tendentes a garantizar la fuerza de trabajo, más que a «sanear» el país. Aunque, como no podía ser de otro modo, Van-Baumberghen hace alusión a la penosa situación sanitaria del país, los datos demográficos que aporta -natalidad, mortalidad general, mortalidad infantil, mortali dad por enfermedades infecciosas-tienen como finalidad demostrar no tanto el estado de salud de la población española y su evolución a través de las dos primeras décadas del siglo, sino a argumentar la necesidad de medidas que, disminuyendo la mortalidad y aumentando la natalidad, ga ranticen el crecimiento de la población, al considerar éste como elemento clave en la «producción y conservación de los organismos generadores del esfuerzo». El trabajo, entendido como la base de la estructura social, constituye, en efecto, el punto de partida del diputado canario, para el que el cumpli miento de este deber/derecho de todo ciudadano está sujeto a una serie compleja de factores, circunstancias y necesidades que se especifican en la exposición de motivos de la Proposición; detallado texto en el que se re laciona cada problema laboral con su correspondiente en el orden sanita rio, siempre desde el convencimiento de que «cuantas cuestiones puedan plantearse en relación con el trabajo sólo pueden ser resueltas moviéndo se dentro de los lindes de los conocimientos sanitarios» (57). Como puede verse en la tabla I, donde se recogen las mencionadas co rrespondencias, la preocupación por la reproducción de la fuerza de tra bajo es la que acaba modulando la identificación de problemas y de prio ridades sanitarias. Temas frecuentes en la literatura medico-social vuelven a aparecer aquí perfectamente ubicados en relación con las nece sidades planteadas en el orden laboral y económico de conseguir una ma no de obra sana y abundante. Desde una concepción muy mecanicista que reduce al hombre -al trabajador-a una simple máquina productiva, se asumen los principios fundamentales del Estado interventor encaminados a dirigir desde los poderes públicos la política económica y social, para lo cual era preciso garantizar, entre otras cosas, la protección de los trabajadores tanto des de el punto de vista biológico como social. Se contemplan así distintas in tervenciones, que pueden resumirse en tres tipos de medidas fundamen tales: Medidas encaminadas a garantizar la renovación generacional de la clase obrera: aspectos eugénicos -como el control de los matrimo nios-( 58), de protección a la mujer embarazada y/o lactante (59), de paidocultura, etc. 2. Medidas higiénicas tendentes a procurar al trabajador un ambiente suficientemente «saneado» tanto en su puesto de trabajo (60), co mo en sus hábitos y modo de vida (61). Medidas reparadoras para los trabajadores que, por distintos moti vos (enfermedad común, accidente laboral, paro o vejez), dejan de ser aptos -temporal o definitivamente-para trabajar (62). Se trata, sin duda, de un ambicioso plan de regeneración de las clases trabajadoras, siempre sospechosas de peligrosidad social (63), a la vez que se incorporan algunos de los postulados que los teóricos de la Higiene in-dustrial venían planteando desde hacía tiempo. El proyecto reformista y «regenerador» presente en la Proposición de Ley que nos ocupa toma de la Medicina -entendida como «gran ciencia social»-argumentos en los que fundamentar la iniciativa política. No en vano, comQ ha indicado re cientemente Esteban Rodríguez Ocaña, «Desde la Medicina(... ) se ofre cían soluciones a las lacras de la sociedad industrial que, si bien no cues tionaban los marcos económicos ni políticos del problema, por lo que convenían a su legitimación, al mismo tiempo coincidían en la denuncia de unas condiciones de vida y trabajo mejorables en gran medida median te la asunción de sus propuestas» (64). De esta manera, la medicina social comienza a jugar un papel tenden te a la conciliación entre las clases sociales y, en definitiva, al intento de intervenir sobre la llamada «cuestión social». Así lo expresa el diputado canario cuando indica que «a la lucha de clases sucede el odio de clases, y como chispazos de un porvenir cercano y sin sanción posible, sobreviene la violencia personal, preludio de mayores violencias, y con claudicacio nes unas veces ante el fuerte, por imposiciones otras al que se estima dé bil, el poder público no ve otra salida que el legislar y legislar constante (... ) legislación en suma que nada remedia, que hace más patente la injus ticia» (65). Preocupación por el orden público, desconfianza hacia los «gobiernos partidistas» ante la que el Parlamento se muestra impotente,... pero sobre todo intento de superar el conflicto social mediante políticas sociales que suavicen la agresividad del viejo liberalismo económico. Recuérdese cómo el propio Lord Beveridge, en esta misma línea aunque algunos años más tarde, inicia su informe sobre el Pleno Empleo en una Sociedad Libre con la afirmación: «El sufrimiento engendra odio» (66). Tampoco es de extrañar, en este sentido, que desde el reformismo y desde la medicina social se acuse al capitalismo de su afán de explotación y de sus consecuencias sobre el proceso de trabajo: 102 «A que el estado social presente se modifique, se opone el régimen capi talista actual, y dentro de él, no la capitalización justa del trabajo, sino la supercapitalización del mismo, o sea el incremento del capital no ganado por el trabajo propio, que, por una parte origina la transacción obligada del esfuerzo, legitimando la compraventa del mismo, produciendo y fo mentando con ello la actual lucha de clases, y por otra da lugar al parasi tismo social, fórmula odiosa de injusticia por la que se soslaya el cumpli míento del trabajo obligatorio» (67). No conviene engañarse,• sin embargo, sobre el alcance real de tales argumentos. El llamado Estado interventor no hizo sino modificar su propio aparato propiciando un aumento de las funciones tutelares en re lación con la clase trabajadora. La intervención estatal en materia de sa lud -como en materia de trabajo-no cuestiona para nada la axiomáti ca capitalista, sino que la refuerza en la medida en que supone una estrategia, como ya he indicado, para garantizar la paz social y frenar el avance del movimiento obrero; pero también, y sobre todo, para garanti zar la reproducción de la fuerza de trabajo y hacer así frente a las crisis económicas (68). Así, ante la imposibilidad de que se obligue «al Estado, anémico, em pobrecido, exhausto de recursos económicos, a proveer y asistir a todas las necesidades sociales, mientras que los capitalistas aumentan sus enor mes beneficios a costa del trabajo ajeno y de la misma debilidad del poder público» (69), no se duda en promover medidas extraordinarias para la fi nanciación de un cierto Estado Social, como las nacionalizaciones (70) o la creación de nuevos impuestos (71). Sin embargo, a pesar de las descon fianzas hacia los políticos y las críticas hacia los dueños de los medios de producción; y a pesar de la propuesta de medidas sociales encaminadas a la redistribución de la riqueza, no se llega a cuestionar nunca el modelo de estructura socioeconómica imperante. Las palabras de nuestro bieninten cionado diputado no dejan lugar a dudas: «en último extremo y en suma, el ideal de la defensa de nuestra civilización, de su progreso y del bienes tar, que es su consecuencia, no consiste, ni en _ el empleo de la fuerza, sos tenida por los que poseen para contener los legítimos anhelos de los nece sitados (teoría liberal de los individualistas), ni en no tener nada nadie; para que nadie nada t<:1-mpoco apetezca (socialización total de la riqueza), está en que todos tengan algo que perder, en la seguridad de que nadie querrá perderlo (difusión de la riqueza por cese de la supercapitaliza ción)» (72). En definitiva, tras una larga y prolija exposición de motivos, se acaba proponiendo al Congreso de los Diputados un conjunto de diez Bases para la creación del Ministerio de Sanidad Social. La novedad organizativa más notable es, sin duda, la pretensión de englobar las competencias de sanidad, trabajo y previsión social en una misma cartera, contemplando la creación de tres Consejos Superiores: El Consejo Superior de Trabajo, donde queda ría acoplado el Instituto de Reformas Sociales, el Consejo Superior de Sani dad y el Consejo Superior de Previsión y Asistencia, donde quedarían en cuadrados •tanto la Beneficencia como el Instituto Nacional de Previsión. Se comienza así a apuntar la necesidad de una íntima colaboración en tre la Sanidad Nacional y-los Seguros Sociales. En lo concerniente a la Sa lud Pública propiamente dicha, la Proposición de Ley contempla, en su Ba se séptima, la profilaxis de las enfermedades infecciosas, haciendo especial hincapié en la declaración obligatoria, en la obligatoriedad de la vacuna ción antivariólica antes de los seis meses de edad y en la lucha antileprosa y antivenérea. Tales tareas, a las que hay que añadir el cuidado y vigilancia de los alienados -tradicionalmente a cargo de la Beneficencia del Esta do--, se complementaría con la creación de seguros como el de accidentes, enfermedades en general, tuberculosis, invalidez, maternidad, etc. (73) Asimismo, al establecerse la relación de los organismos sanitarios con los de trabajo, se prevé la creación de Jefaturas de Sanidad y de Trabajo region�les, provinciales y de distrito, que funcionarán con «entera inde pendencia de toda otra autoriq.ad gubernamental, en locales y con perso nal y material propio» (74). Con ello, y con la mención expresa de que «Todos los inspectores de Sanidad y del Trabajo serán remunerados direc tamente por el Estado» (75), se responde a una de las más viejas aspiracio nes de los médicos titulares, su conversión en un Cuerpo de funcionarios del Estado (con sueldo fijo y asegurado, montepíos de jubilación e invali dez, etc.) independientes del poder local de los alcaldes y los caciques de la España rural (76). A modo de reflexión final, no creo que sea demasiado arriesgado en cuadrar esta propuesta de creación de un Ministerio de Sanidad, a pesar de la época en que es formulada, en una línea de pensamiento próxima al Es tado Social de Derecho. Un modelo de Estado cuya formulación teórica se va fraguando desde los años de transición del siglo XIX al XX y que culmi nará, ya en la segunda post-guerra mundial, en el Estado del Bienestar pro pio de los países europeos capitalistas industrializados (77). Elementos co mo la participación directa del Estado en la financiación, administración y gestión de los servicios públicos, así como la regulación de las actividades empresariales privadas o la política de nacionalizaciones son aspectos que aparecen en la Propuesta de creación del Ministerio de Sanidad en nuestro país y que recuerdan, en parte al menos, al ideal fabiano de una sociedad en la que desaparezca el totalitarismo, el sufrimiento y la miseria (78). Jun to a ello, resulta imprescindible, en el sentir de los teóricos del «bienestar», garantizar la producción, así como una cierta redistribución de la riqueza, que permita, poco a poco, la superación de las diferencias adquisitivas y, en definitiva, la conciliación entre las clases en lucha (79). No deja de resultar llamativo que en la España subdesarrollada, desin dustrializada y en permanente crisis política pudieran llegar a.plantearse propuestas tan audaces como inviables, aunque fuesen aisladas, de tal en vergadura. Salvo el Reglamento de Sanidad Municipal, promulgado en febrero de 1925, la dictadura de Primo de Rivera no introdujo cambios significativos en la administración sanitaria civil (80), siendo ya durante la República cuando parece retomarse de nuevo la preocupación por el Ministerio de Sanidad. El debate se va a desarrollar, a partir de entonces, en dos niveles de discusión diferentes: uno más político, la oportunidad o no de crear el nuevo Ministerio, y otro más técnico sobre la manera de encajar adminis trativa y organizativamente las competencias de Sanidad. Analicemos a continuación las dos cuestiones, aunque no por separado puesto que, co mo no podía ser de otro modo, aspectos políticos -de modelo-y organi zativos se entremezclan con frecuencia en las distintas propuestas o pos turas sobre el tema. El debate en torno a la unificación de los servicios de sanidad y asis tencia en un solo organismo gubernamental y, en definitiva, la propuesta de creación de un Ministerio de Sanidad es uno de los elementos organi zativos básicos propugnados por la Unión General de Trabajadores al co mienzo de la II República. La Ponencia oficial que sobre «Política Sanita ria» presentó Sadi de Buen al XVII Congreso de dicho sindicato, celebrado en 1932, comenzaba diciendo: «Todos los servicios de sanidad y asistencia deben quedar vinculados en una única organización de categoría administrativa suficientemente elevada (ministerio) para permitir la mayor autonomía posible» (81). Durante el primer bienio republicano, sin embargo, con ministros socia listas en el gobierno, no se llegaron a introducir cambios en este sentido, permaneciendo la sanidad dentro de las competencias de Gobernación. An tonio Mazuecos ha achacado esta actitud remisa, por un lado, a un propósi to de simplificación burocrática y, • por otro, a una fundada desconfianza ha cia los médicos españoles y hacia la «proyección político-social de la labor médica», creyéndose necesaria, desde las filas socialistas, una «intensa la-bor de concienciación para dar a la clase sanitaria española una dimensión política, que por si misma exigiera la creación del Ministerio» (82). No deja de resultar interesante la diferencia de criterios entre el PSOE y la UGT, pero lo es más la constatación de que esta vez son los políticos los que muestran su desconfianza hacia los médicos y hacia sus posibilidades de colaboración en el plano político-sanitario. Hemos visto con anterioridad la postura de determinados médicos sobre las relaciones entre medicina y política y su vocación legislativa, normativizadora y «regeneradora»; no po demos olvidar, sin. embargo, que salvo los higienistas -encargados de diri gir y coordinar la Sanidad Nacional y acostumbrados por tanto a pensar en términos de Salud Pública-y los médicos titulares -obligados a compagi nar tareas de inspección sanitaria y de asistencia benéfica sin demasiados alicientes económicos ni profesionales-, la gran mayoría �el colectivo mé dico, agrupado en tomo a Colegios profesionales y asociaciones corporati vas, defendió a ultranza el ejercicio liberal de l. a profesión, contrario siem pre a instituciones como el Seguro de Enfermedad o a organismos estatales centralizadores o controladores de su actividad (83). No será hasta 1933, con Alejandro Lerroux como presidente del Conse,. jo de Ministros, cuando se produzca un intento de «racionalización» de la organización sanitaria haciendo depender las competencias de Sanidad y Beneficencia del Ministerio de Trabajo. Se retomaba, así, una vieja polé mica sobre la ubicación administrativa de. la Sanidad Nacional, lo cual implicaba, en si misma, la discusió1� sobre el modelo de sistema de salud adoptado por el Estado. La adscripción de la Dirección General de Sani dad a. Gobernación contenía innegables reminiscencias del papel policial y represivo achacado a veces a la Salud Pública. Pero, aunque la propuesta de un Ministerio de Sanidad autónomo era defendida por muchos, no fal taron quienes consideraron más pertinente agrupar competencias y abor dar de manera conjunta problemas relacionados entre sí. El prestigioso e influyente J.M. Corteza había defendido en 1918 la inclusión de Sanidad en Fomento por entender que• «los probiemas de este ministerio son pro blemas relacionados con el Comercio, la Navegación, la Industria, la Ar quitectura y la Agricultura, problemas que se hallan todos ellos en íntima relación con las cuestiones sanitarias» (84). Con todo, es la adscripción al Ministerio de Trabajo la que, como he mos visto, se plantea con mayor insistencia. Como ha indicado Mercedes Samaniego, las imposiciones presupuestarias de índole global obligaron al gobierno de la República a disminuir el número de Departamentos mi nisteriales, unificando gestiones en tomo a una sola cartera (85); sin eín-106 Asclepio-Vol. XLV-1-1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es bargo, no parece que los motivos íntimos de este trasvase de. competencias desde Gobernación a Trabajo se debieran exclusivamente a razones de ajuste presupuestario, toda vez que rriás que supresión de unidades admi nistrativas, lo que se produjo fue una transformación de la Subsecretaria de Sanidad y Beneficencia -perteneciente al Ministerio de Goberna ción-en otra que, con el mismo rango de subsecretaría, se denominó de Sanidad y Previsión y pasó a depender, como ya he indicado, de un reno vado Ministerio de Trabajo, Sanidad y Previsión (86). El trasfondo ideológico del nuevo planteamiento parece claro: por un lado, ante la inminente implantación del Seguro Obligatorio de Enferme dad, asimilar el concepto de Salud al de Previsión; por otro, hacer depen der del Ministerio de Trabajo unas competencias y unas reformas cuyo principal beneficiario habría de•ser la clase trabajadora. Se mantiene así, con más o meno" s matizaciones, la filosofía de Van-Baumberghen de la in tima relación entre problemas laborales y sanitarios, así como la supedita ción de estos últimos a la reproducción de la fuerza de trabajo. Un decreto del 25 de diciembre de 1933, siendo ministro de Trabajo José Estadella, establece definitivamente la adscripción de Sanidad a la cartera qe Trabajo (87). Dicho decreto fue convalidado por Ley del 16 de marzo de 1934 tras una larga y acalorada discusión en las Cortes cuyo se guimiento puede ofrecemos claves interesantes para valorar el modelo de política sanitaria defendida por las distintas fuerzas con representación parlamentaria (88). La encendida defensa que el propio Estadella reaHzó ante el Pleno del Congreso de los Diputados nos ilustra suficientemente sobre el talante de las propuestas de los radicales. Se lamenta el Ministro de la situación sa nitaria del país, cuyos pueblos «sólo recibieron de la ciudad el alcoholis mo, la lúes, la tuberculosis, etc., por conducto de los mozos que volvían del cuartel o de las muchachas que retomaban del servicio doméstico; en fermedades que han llegado allí, y que por no haber encontrado un solo muro de contención se han extendido a voluntad. Y bien, yo digo a la Cá mara que en esos pueblos se fragua el desgaste, la ruina física y moral de la raza nuestra, y que es necesario, absolutamente necesario, correr a ellos en auxilio de tantos males» (89). Resulta interesante constatar la referencia concreta a las tres plagas blancas -la tuberculosis, la sífilis y el alcoholismo-, las tres enfermeda des sociales por excelencia, asociadas tradicionalmente a la pobreza y uti lizadas frecuentemente como símbolos de decadencia orgánica y social. La preocupación por la degeneración de la raza es habitual en el reformis-mo burgués del finales del XIX y primeras décadas del XX, que aspirará, mediante programas de reformas sociales, a «regenerar» al país y paliar los problemas derivados de la llamada «cuestión social» (90); En este afán de reforma, y como parte de sus argumentos para acome terla, Estadella critica duramente la Beneficencia como un sistema asis tencial obsoleto y totalmente ineficaz. «Ahí están �manifiesta-esas colas infinitas, dolorosas, de enfermos que esperan a la puerta de hospitales y sanatorios tumo para ingresar en ellos, y mueren antes de que el tumo les haya llegado; ahí están esas falan ges de mujeres semihambrientas, enfermas, desconociéndolo ellas mismas, con las entrañas fecundas (... ) donde florece una ciudadanía que forzosa mente ha de ser morbosa; ahí están esos manicomios pestilentes, hacina dos, verdad�ros depósitos de carne enferma en donde la inteligencia desvia da no recibe el apoyo respetuoso y caritativo que el Estado le debe» (91). Se hace, pues, necesaria una remodelación tanto de la Sanidad Nacio nal como de la asistencia pública. Las razones fundamentales por las que, según el gobierno, debe ser el Ministerio de Trabajo el encargado de lle varla a cabo quedan resumidas en las palabras de su responsable, cuando indica que en su Departamento «la preocupación ha consistido, en cosas de salarios, y, en general, de bases de trabajo; pero el Ministerio de Traba jo, hasta aquí, se ha preocupado muy poco de las cuestiones que hacen re ferencia al ambiente de trabajo mismo, al ambiente donde el trabajo se desarrolla y tiene lugar. No se ha estudiado al obrero como un ente bioló gico de la producción; apenas si se ha tocado lo referente a enfermedades profesionales; no se ha estudiado nada sobre la potencialidad, sobre la ca pacidad de trabajo de la mujer y del niño; no se ha estudiado nada en or den a la alimentación del obrero ni en orden a la vivienda del obrero. Y to-. do esto entra de lleno en el área de las cosas sanitarias y de la asistencia pública, y le parece al gobierno, y me parece a mí, que no es ningún disla te situar las cosas de.la sanidad y de la asistencia pública(... ) en el Minis terio de Trabajo» (92). Un proceso político se había puesto en marcha; no se pued� olvidar • que el INP fue el organismo encargado de elaborar y poner en funciona miento todos los seguros sociales en España; el de paro, el de vejez, el de invalidez, etc., pero también el de enfermedad, y es lógico suponer que los técnicos del Instituto no se resignaran a perder el control de uno de los se guros más esperados sobre el que forzosamente habrían de recaer cargos, partidas presupuestarias, etc., existiendo el riesgo, más que en ningún otro seguro, de una derivación hacia instancias ajenas a Trabajo. «La uni dad teórica del servicio sanitario -se argumentará_:_ no debe destruir la unidad de la institución del seguro de enfermedad ni la unidad del conjun to de los seguros sociales» (93). Razón de peso para que sus responsables pretendan hacerse cargo de Sanidad y para que se asimile tan insistente mente Sanidad con Previsión. El resto de las minorías parlamentarias mostraron su desacuerdo con la iniciativa gubernamental. Dichas minorías, desde la republicana-con servadora, representada por Martínez Arenas, hasta la socialista, cuya portavoz en el debate fue Margarita Nelken, se manifestaron partidarios de la creación de un Ministerio de Sanidad, pronunciándose, práctica mente, en el mismo sentido, con intervenciones del siguiente tenor: «no parece lógico que ante una posibilidad de creación del Ministerio de Sani dad, sea hoy tan preciso y tan necesario el traspaso de los servicios de Be neficencia y Sanidad, de Gobernación a Trabajo» (94 ). El ejecutivo, en un intentQ conciliador, asumió la necesidad de crear «cuanto antes un Ministerio de Sanidad y Asistencia Pública», si bien jus tificó su postura insistiendo en que «el gobierno ha querido que antes de esta empresa magna le precediera un período de preparación para recoger todas las disciplinas sanitarias que andan dispersas en los otros Departa mentos ministeriales y conectarlas, ordenarlas, verlas de cerca, condu ciéndolas de tal suerte que rindan una mayor eficacia dentro de la mejor compañía posible» (95). Justificación que no solo resultaba difícil aceptar sino que motivó la contundente contestación de la oposición: « ••• vayamos ahora a la creación de ese ministerio (el de Sanidad); más lo que no debemos hacer es traspasar en este momento.esos servicios de Gober nación a Trabajo, para después sacarlos de ese ministerio y llevarlos al que se cree de Sanidad. Esto nos parece_inconveniente, caro y entorpecedor» (96). Intento de control, desde el INP, de las necesidades sanitarias del país frente a la pretensión de crear un ministerio nuevo con autonomía propia. Este es, sin duda, el elemento central del debate, aun cuando Margarita Nelken se perdiera en tecnicismos sobre los defectos de forma a la hora de gestionar en la Comisión parlamentaria correspondiente el proyecto del gobierno, o llegara a manifestar que «si con algún organismo tenían nexo indisoluble los servicios de Sanidad es con Gobernación, porque si se trata de algo tan sencillo como obligar a vacunarse a una población refractaria, como de medidas que hay que tomar en caso de epidemia, no será Traba jo, sino el Ministerio de Gobernación con sus autoridades subalternas, el que podrá adoptar esas determinaciones» (97). De esta manera, la portavoz socialista introduce en el debate uno de los aspectos más complejos en la discusión sobre las funciones de la Salud Pública: el papel de control social que, a través de medidas coercitivas lle vadas a cabo por los aparatos del Estado, puede desempeñar no ya sobre determinados grupos de riesgo sino sobre la población en general (98). No deja de resultar esclarecedor que las palabras de la diputada estuvieran inspiradas, como ella misma reconoce, en los argumentos expresados ante la Comisión «por un miembro de la minoría conservadora». No es de ex trañar tampoco que el gobierno se limitara a replicar que «el Ministerio de Gobernación ofrecía a la Sanidad y a la Asistencia Pública un ambiente saturado de preocupación por el orden público, con muchos fusiles, tri cornios y ametralladoras y con una complicada pirámide de expedientes de administración local» (99). Se trata, no cabe duda, de una cuestión polémica sobre la que aún hoy día se sigue discutiendo. No puedo dejar de constatar, sin embargo, la a mi juicio dudosa oportunidad de su plánteamiento por parte de una dipu tada socialista, no solo por motivos ideológicos -ya que las razones de or den público han sido tradicionalmente esgrimidas por la derecha-, sino porque tales argumentos se contradicen directamente con las ideas bási cas de la Ponencia de «Política Sanitaria» aprobada en el Congreso de la UGT del año 32. En dicho texto, aunque se reconoce que ante «grandes epidemias y enfermedades pestilenciales las autoridades sanitarias deben contar con una legislación de excepción», se pone especial énfasis en la necesidad de «evitar los métodos coercitivos, sentando la actuación sani taria sobre la educación, la propaganda, las visitas domiciliarias y por cuantos métodos sean útiles para acostumbrar a los ciudadanos a la tutela sanitaria y a seguir los consejos de ella derivados» (100). Si a esto añadi mos, según hemos visto anteriormente, la apuesta decidida del sindicato socialista por la creación de un Ministerio de Sanidad, parece evidente que la postura defendida por la Sra. Nelken puede calificarse, cuando me nos, de arriesgada si tenemos en cuenta los objetivos concretos del debate parlamentario y el discurso sanitario que la izquierda estaba empezando a mantener ( 1 O 1 ). En cualquier caso, a través de mecanismos más o menos adecuados, se prepara en España una sanidad para la clase trabajadora. Con evidente retraso, se comenzaban a dar las condiciones -sociales y políticas -:-pa-110 Asclepio-Vol. XLV-1-1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es ra la implantación no solo de los seguros sociales sino para la superación del viejo modelo liberal de asistencia médica __: medicina privada y asis tencia a los pobres a cargo de la Beneficiencia del Estado, sin olvidar los primeros esbozos de atención médica «colectivizada» a cargo de Socieda des de Socorros Mutuos (102)-y su sustitución por lo que podríamos denominar modelo de Seguridad Social ( 103), inspirado en la fórmula bismarckiana de las Cajas de Seguro y, consecuentemente, en una con cepción eminentemente curativa de la asistencia, destinada a la repro ducción de la fuerza de trabajo •y, por tanto, a la población cotizante y a sus familias. Como se sabe, otra característica del mencionado modelo es la ausen cia de coordinación entre los diferentes niveles de atención. De hecho, tras la implantación definitiva del Seguro Obligatorio de Enfermedad en el año 44, y durante muchos años, pervivió una clara s�paración entre las ta reas preventivas, a cargo de la Dirección General de Sanjdad, concebidas desde Gobernación como una responsabilidad de la «seguridad del Esta do», y las prestaciones asistenciales a los trabajadores dirigidas y organi zadas por el INP. Aunque la situación socio-política del país era muy diferente, los in tentos o, al menos, las teorizaciones sobre la necesaria coordinación en tre Sanidad Nacional y el Seguro de Enfermedad que se producen en la 11 República no responden, en mi opinión, a la voluntad política de esta blecer un nuevo modelo en el que la atención curativa y las medidas pro filácticas -individuales y colectivas-estuvieran integradas, una unifi cación de servicios sanitarios y de asistencia que muy bien pudiera haber encontrado en un Ministerio de Sanidad el adecuado soporte ad ministrativo-burocrático (104). Por el contrario, ante la inminente crea� ción del Seguro de Enfermedad, éste se encontraba con una ausencia ca si absoluta de infraestructura en la que apoyarse, dada la precariedad de los obsoletos hospitales de la Beneficencia y la ausencia de redes asis tenciales privadas que poder contratar -sistema seguido por el Seguro en otros países-. Sanidad Nacional era el único organismo que contaba con una cierta infraestructura, desde dispensarios antituberculosos has ta Centros de Higiene Rural, que sí hubieran podido ser utilizados por el Seguro; otra importante razón para que la Salud Pública fuera asumida por el Ministerio de Trabajo: los servicios quedaban teóricamente coor dinados, sin modificar el modelo de sistema sanitario imperante en el grupo de los paises capitalistas desarrollados en el que la España• repu blicana aspiraba a pertenecer. Creación del mayor número _posible de los organismos necesarios. Cultivo y desarrollo de los mismos. Aumento progresivo de la población. Puericultura y protección al adolescente sano, anormal y desvalido. Escuelas médico psíquicas de orientación profesional. Vigilancia para obligar a que la Higiene y seguridad en el trabajo. ejecución del esfuerzo se realice en las condiciones debidas. Máximo de horas de trabajo. beneficiando los años de duración del organismo productor. Reparación de los principios activos consumidos por el esfuerzo. Dar tiempo a la reparación del desgaste celular por el descanso. Alejamiento o supresión de causas posibles o ciertas de inneces�rio desgaste. Complementar el trabajo manual con el desarrollo psíquico y el intelecual con el ejercicio físico. Conjunción armónica y reproductiva de organismos útiles. Alimentación sana y nutritiva, aportada por salario mínimo. Agua en• condiciones de potabilidad. Casa higiénica, urbes• saneadas. Alcoholismo, abusos venéreos, exceso del capital y de la herencia (sic. ). Bibliotecas y escuelas de adultos, círculos obreros, campos deportivos. Matrimonios en condiciones de reproducción física. Igualmente, en el artículo 41, se establece que.«los poderes públicos mantendrán un régi men público de Seguridad Social para todos los ciudadanos que garantice la asistencia y las prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad». Como es conocido, la última crisis económica y las políticas neoliberales puestas en marcha a partir de la déca da de los setenta, dificultan en extremo el cumplimiento del mandato constitucional; so bre la evidente contradicción que supone el desarrollo de un sistema sanitario publico en el marco de una política económica de corte liberal, hemos reflexionado en MAESTRO, A. (3) Sobre la creación de la Junta Suprema de Sanidad, desgajada del Consejo de Cas tilla, y su participación de las medidas tomadas bajo el reinado de Felipe V para hacer Asclepio-Vol. XLV-1-1993 113 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es frente a la amenaza bubónica procedente de Francia, véase PESET, M. y J.L. (1972): Muerte en España (política y sociedad entre la peste y el cólera), Madrid, Seminarios y Ediciones, pp. 30 y ss. Sobre las distintas posturas de absolutistas y liberales ante las medidas de sa nidad publica en casos de enfermedades epidémicas, resulta de gran interés PESET, J.L. (1972): «Epidemias y sociedad en la España del Antiguo Régimen». • • ( 4) De acuerdo con Esteban Rodríguez Ocaña, entiendo por enfermedad social «aquella cuya causa tiene su origen.en la propia organización de la comunidad y, más concretamente, puesto que así se desprende de.su gestación histórica, de la desigualdad social» [RODRÍ GUEZ ÜCAÑA, E. (1987): «El concepto social de enfermedad» En ALBARRACÍN, A. (coord.): Historia de la Enfermedad, Madrid, Saned, pp. 341-349, p. Aunque el tér mino surge en el siglo XIX y se relaciona tradicionalmente con la aparición del proceso de industrialización y con una cultura eminentemente urbana, lo cierto es que la relación en tre enfermedad y desigualdad social sigue constituyendo el núcleo central de la problem' á tica. salubrista, incluso a pesar de los cambios epidemiológicos acaecidos en la llamada sociedad post-industrial. Sobre este aspecto hemos reflexionado en HUERTAS, R. y MAES TRO, A. (5)' Como nos ha hecho notar Erwin H. Ackerknecht, aunque las relaciones entre mortalidad elevada y baja posición social habían sido claramente demostradas, no falta ron quienes, en _ una sobreestimación de la medicina invirtieron los hechos reales y afir maron que la enfermedad era la causa de la pobreza y del pauperismo, lo que favoreció la conversión de la asistencia de los enfermos pobres en la clave de la cuestión social. (6) El reformismo médico ejerció, en este sentido, un importante papel de «media ción» entre los individuos y las nuevas realidades y necesidades sociales que, desconoci das hasta el momento, fueron surgiendo tras los distintos-avatares del desarrollo capita lista. A. Labisch ha establecido, elevándolo a categorí• a de análisis, la existencia de un horno hygienicus, habitante de una sociedad «saludable», que ha tenido una definición ex plícita de clase al ser ideado y, en buena medida, ejecutado por los mismos sectores socia les que controlaron el proceso de modernización industrial que coincidió con la instaura� ción del modo de producción capitalista. Resulta evidente que el desarrollo de un objetivo social claro como el de la salud hubiera resultado imposible sin la aceptación y reproduc ción por parte de los individuos de una necesaria serie de cambios comportamentales, pa ra lo que fue preciso la tarea prolongada y persuasiva tanto de médicos como de otros (87) Dicho decreto tiene, a mi juicio, un gran interés histórico por ser el primer texto legislativo en el que las competencias de Sanidad -junto a las de Trabajo y Previsión pasan a ocupar un espacio administrativo y político del más alto nivel, dentro del diseño de la política general española. Por este motivo me parece oportuno reproducirlo en su to talidad: «A propuesta del presidente del Consejo de ministros y por acuerdo de éste, Vengo a decretar lo si gu iente: Articulo l.o. Los servicios, cargos y deberes que dependen en la actualidad de la sub secretaria de Sanidad y Beneficencia, adscrita al ministerio de Gobernación, pasarán a depender, desde la publicación de este decreto, del ministerio de Trabajo, en el que en el próximo presupuesto se denominará: Ministerio de Trabajo, Sanidad y Previsión. El ministerio de Trabajo, Sanidad y Previsión tendrá dos subsecretarías: la de Trabajo y Acción Social, y la de Sanidad y Previsión. La primera con dos direcciones generales, denominadas, respectivamente, de Trabajo y Acción Social. La segunda tendrá bajo su dependencía otras dos direcciones generales: la de Sanidad y la de Asistencia pú blica y Previsión Social. Para el acopl�miento de los diferentes servicios dictará el ministro de Trabajo, Sani dad y Previsión las normas oportunas. En tanto aprueben las Cortes los nuevos presupuestos, el Ministerio de Hacienda dictará o propondrá las medidas que estime pertinentes. Hasta fin del corriente ejercicio, los créditos comprendidos en la subsección 2.a de la sección 6.a de los vigentes presupuestos generales del Estado continuarán fi gu rando en di cha sección; pero las órdenes de pago serán expedidas por el ministro de Trabajo y Previ sión.
Los intentos de fundar un estudio general en la ciudad de Valencia, tras su reconquista por el monarca Jaime I, no fructificaron a pesar de haber conseguido la aprobación papal de Inocencio IV en 1245. Las razones es tán todavía por aclarar pero la magnitud de la empresa, la situación políti ca del reino recién conquistado y la falta de una demanda estudiantil satis fecha con enseñanzas tradicionales de origen judeo-árabe, impidieron que la iniciativa prosperara. Tendrán que pasar dos siglos para que vuelva a plantearse la necesidad de crear una universidad en la ciudad de Valencia. En este segundo intento ya no será el rey, sino el municipio quien propon ga su creación, alegando, como razón fundamental, los desplazamientos que los alumnos valencianos debían realizar a otras universidades foráne as. El municipio, firme en su decisión, aprueba en 1499 las primeras cons tituciones del estudio general y, un año más tarde, pone en funcionamiento la universidad sin esperar la preceptiva aprobación papal y real. Las bulas de Alejandro VI, el papa Borja, se conceden el 23 de enero de 1501 y la san ción real de Femando el Católico el 16 de febrero del año siguiente. El decidido peso del municipio en su aprobación, los antecedentes de • otras universidades catalo-aragonesas con fuerte vinculación municipal, y el financiamiento de sus gastos con rentas municipales -salvo la renta de Orihuela y las pavordías que recaerán sobre ingresos eclesiásticos-moti varon que en la organización y dirección del estudio general valenciano tuvieran una acentuada intervención los poderes locales. Así, la ciudad nombrará al rector cada tres años, designará a los profesore_ s anualmente, etc. La importancia del municipio en la organización universitaria vino a contrarrestarse, de hecho, cuando el papa Sixto V mediante una bula de 30 de octubre de 1585 concedió a la universidad una parte de las rentas de la catedral de Valencia sobre diezmos en Gandía y Javea -la llamada pavor día de febrero-para crear dieciocho cátedras con dignidad de pavorde. Esta concesión no fue gratuita. A cambio de ella, el papa exigió que el rec tor fuera nombrado entre algún canónigo de la catedral,• además de acen tuar la presencia religiosa en el Claustro Mayor, verdadero director de la vi da universitaria y órgano a quien correspondía elaborar las constituciones de la universidad. A partir de entonces, este claustro estaría formado por los representantes de la ciudad -jurados, racional, síndico, abogados y es criban<r--y miembros del estamento eclesiástico -canciller, rector y dos canónigos de la Seo-. El canciller era por derecho propio el arzobispo de Valencia, participaba en la aprobación de las constituciones, así como en la concesión de grados y admisión de graduandos de otras universidades. Por su parte, el rector regulaba, entre otras, las conclusiones que debían ce lebrarse los sábados, el comedor de estudiantes y, juntamente con los pro fesores, fijaba las materias y libros que tenían que explicarse durante el curso (1). En esta organización universitaria, los claustros de la facultad de medicina quedaron oscurecidos. Apenas teníamos noticias de su existen cia, si bien, ahora comienzan a aparecer sus actas. La Facultad de Medicina Durante el siglo XVI la facultad de medicina se consagró como una de las facultades más sobresalientes de la Universidad de Valencia y de toda la geografía española (2). El protagonismo que adquirió se hizo patente por varias circunstancias. En primer lugar, destaca el elevado número de estudiantes graduados, en contraposición con el resto de facultades que 124 Asclepio-Vol. XLV-1-1993 integran el estudio general valenciano; muchos de ellos son forasteros, prueba del influjo de su fama.-Así, durante 1534 a 1561 frente a los 44 ba chilleres de teología, los 8 de leyes, o los 6 de cánones, encontramos gra duados 107 bachilleres en medicina. En segundo lugar, la masiva afluencia de estudiantes fue compensada con la dotación de un número mayor de cátedras, ocho en total. Las cons tituciones de 1611 reglamentaron su número y el contenido de las asigna turas. En el primer curso se leía el libro de Hipócrates De natura hominis y los tratados de Galeno De temperamentis y De f acultatibus naturalibus; el catedrático del segundo curso debía explicar el libro De morbo et sympto mate de Galeno, mientras que en el tercero los tratados De pulsibus, De urinis y De differentiis febrium, igualmente de Galeno. Al profesor de ana tomía se le obligaba explicar la historia de tates les parts de nostre cos, co menzando por los huesos, pasando por las tres cavidades, los músculos, nervios, venas y arterias; las enfermedades sobre estas materias se comen tarían por el profesor de prácticas. En la cátedra de hierbas o simples se leía el Methodo universal, y los libros cuarto y quinto De simplicium medi camentorum f acultatibus, así como los llamados simples de la botiga; del mismo modo, se obligaba al catedrático a realizar salidas periódicas para que los alumnos vejen y coneguen ocularment los diferentes tipos de hier bas. En la asignatura de Hipócrates se leen los aforismos, los pronósticos y la obra De victus ratione. En la de práctica, se explicaba la causa de las enfermedades, sus indicaciones y curación. Para la cátedra de cirugía se reglamentaba la lectura de materias relativas a heridas y úlceras ( 4 ). En tercer y último lugar, se manifiesta la importancia de la facultad de medicina al tener concedido privilegio para celebrar claustro separado de las demás facultades; punto que va a ser objeto de desarrollo en el epígrafe siguiente. riales que conocemos se centran en sus estatutos y constituciones, sus li bros de matrícula, nombramientos de profesores, determinados aspectos de su financiación etc., que nos proporcionan, con algunas excepciones, una visión universitaria, netamente institucional. Este artículo reúne y presenta una serie de claustros universitarios de la facultad de medicina de Valencia de finales del siglo XVII, los cuales, aunque en una universi dad municipal tienen escasa importancia por lo que respecta al juego de poderes universitarios, nos permiten una visión más íntima o-cercana de la vida universitaria. Al estudiar procesos del tribunal de la Gobernación de Valencia, en contré una demanda interpuesta por el Claustro de medicina en la que so licitaba autorización para imponer una derrama a sus miembros, aportan do, como documentación, el acta de un claustro celebrado en 1704. Me sorprendió este descubrimiento pues los claustros que se conservaban en el Archivo de la Universidad de Valencia eran más tardíos (5). En la reco pilación de las leyes y demás normas del Protomedicato valenciano encon tré la justificación a este hallazgo: la facultad de medicina por costumbre inveterada celebraba claustro separado del resto de las facultades que inte graban la Universidad (6). Este privilegio se confirmó por sentencia de la Real Audiencia de Valencia de 17 de noviembre de 1677 (7). Con los datos que pude obtener de ambos documentos, busqué otras actas en los proto colos notariales de la ciudad de Valencia, trabajo que, hasta el presente, ha deparado los siguientes resultados: La existencia de una serie de claustros generales de la facultad de medicina y otros particulares de sus electos -elets-, que en estas páginas voy a editar. La recopilación de varios Claustros generales de catedráticos de la Universidad, que en un futuro publicaré. Las• actas que resumen los exámenes realizados por las comadro nas ante unos examinadores reales o protomédic_ os, designados por la au toridad municipal, pero fuertemente vinculados con el claustro y el cole gio de cirujanos, al ser elegidos entre sus miembros. Estos examinadores reales han sido estudiados para el siglo XVI por M.a L López Terrada y J. Pardo (8), pero poco sabemos de ellos, de sus atribuciones concretas, y de sus relaciones y dependencia efectiva frente a cada uno de estos pode res -real, foral y gremial o claustral-. Los exámenes de parteras son nu merosos en el año 1690 (9) y provocan conflictos en dos frentes, aunque en ambos con un claro trasfondo económico: la percepción de los dere chos de examen. El primero de estos pleitos se plantea • entre la facultad 126 Asclepio-Vol. XLV-1-1993 de medicina y el colegio de cirujanos, sobre la competencia privativa o compartida de dichos exámen_ es; el segundo, entre los examinadores de la facultad de medicina y el propio claustro, por las cantidades que aquéllos debían ingresar en sus arcas (VIII). El contenido de estos claustros médicos que edito no es tan rico como los celebrados en las universidades castellanas durante estas mismas fe chas; pero, sin dtida, como el investigador iniciado en temas universita rios observará, nos aportan datos de indudable valor: permiten conocer la población médica, los problemas que el ejercicio médico plantea en la Valencia del siglo XVII, las relaciones entre la universidad y la actividad profesional, etc. Dos tipos de claustros he encontrado: unos generales, en los que se reúnen todos los médicos de la ciudad de Valencia, y otros par ticulares o de elets -elegidos-por aquéllos que, aunque propiamente no se denominan claustros, aprueban sus acuerdos como órgano colegiado. Tanto en unos como en otros, su contenido básico gira alrededor de cues tiones económicas: administraciones de cuentas, obtención de ingresos etc. Intentar una sistematización de los mismos, es ahora mi intención. El Claustro general de medicina se forma entre los doctores en medici na residentes en la ciudad de Valencia: afermant ésser la machar part dels doctors en medesina habitants en la present Ciutat, según las actas de sus Claustros generales, a excepción de un supuesto concreto. En este último caso, el claustro es celebrado entre los doctores de la ciudad y sus alrede dores o particular contribución: tots doctors en Medecina, de la present ciu tat y sa contribució particular, dice el documento (IX). El Claustro simboliza la unión, perdida en la época liberal, entre la universidad y la actividad profesional. Su vinculación con el mundo uni versitario se muestra, entre otros indicios, por presidir sus deliberaciones el rector (I, II, III, entre otros), o en su caso, el vicerrector (IX, XI, XII); por desarrollarse sus sesiones en. la Capella de nostra Señora de la Sapien cia de la universidad, por pertenecer a él los profesores universitarios, y por tratar materias que afectan a la vida universitaria: distribución de los ingresos por la obtención de grados (X), por la administración del hort de herves medicinals (XIV) etc. La relación del Claustro general de medicina con el mundo profesional es aún más patente. Actúa propiamente como colegio profesional, adop tando, en su estructura interna y funcionamiento, el mismo esquema que los gremios de la ciudad: síndico, procurador (10), depositario (III, X), nombramiento de elets (I, IV, IX, XVI, XX), jueces contadores (XVII) etc. http://asclepio.revistas.csic.es mientras que, como advirtió Granjel, en los otros reinos sería ejercido por gremios y cofradías (11). Esta actividad se desdobla en dos campos: uno, externo y otro, interno. En el primero, defiende los derechos de sus miem bros, entendidos como cuerpo, frente a cualquier injerencia, v. gr. de médi cos extranjeros (VI), o del colegio de cirujanos (VII). Y en este aspecto son de indudable importancia los dos examinadores que anualmente nombra ba el Consell de la ciudad entre los miembros del Claustro de medicina, y cuya misión principal era autorizar el ejercicio de médicos foráneos en la ciudad de Valencia (12). En el segundo, su actividad se dirige a reglamen tar el ejercicio práctico de la actividad médica, resolviendo los problemas y las necesidades que en un momento concreto puedan surgir. Así, el claus tro de 5 septiembre de 1683 (II) prohibía que los médicos constituyeran igualas con germandats, confraries, officis, vicinitats, gremis y congrega cions, hecho que García Martínez denominó un intento de seguro médico (13). Las razones que daba el Claustro para prohibir que los médicos se conduixquen, como así llaman esta práctica, serían, a grandes rasgos, las siguientes: el elevado número de personas que formaban las congregacio nes y que debían ser atendidas por un único médico, lo que provocaba una asistencia deficiente e impedía que estos médicos, habitualmente los más inexpertos, carecieran de tiempo para profundizar en el estudio de las en fermedades; en segundo lugar, las igualas dejarían a la mayoría de médicos sin trabajo al cabo de pocos años porque la totalidad de la población valen ciana pertenecería a ellas. Por otra parte, en el claustro de 3 de agosto de 1693 (XI, XII) se discutía la posibilidad de que los doctores, no catedráti cos, tuvieran médicos en prácticas, y de que estos practicantes fueran ad mitidos a los grados de bachiller y doctor de la facultad de medicina de Va lencia, cobrando sus maestros por ello, las propinas que les correspondieran. Esta propuesta atentaba contra el monopolio que en este campo ejercían los catedráticos de la facultad, y que pronto se reflejaría en el voto particular y protesta que este colectivo haría en ambos claustros. A todas estas funciones Ortí añadiría las de castigar a quien contraviniera los estatutos o aprobar los medicamentos que se introducían en la ciudad. El claustro asumiría las funciones que en Castilla adoptó el protomedicato El Claustro general necesita ingresos para cumplir todas estas atribu ciones, en especial los frecuentes procesos entablados en la Real Audiencia -v. gr., contra el doctor Agustí Abaas sobre si éste por ser extranjero podía concurrir al cargo de examinador real de la facultad de medicina (III, VI); o contra la ciudad de Valencia sobre insaculación (III). Las tres principales fuentes de su financiación corren a cargo de: derramas, letras de cambio o cambis y participación en las propinas por obtención de grados. l.o Las derramas o tachas suponen el reparto de un gasto, calculado previamente, entre tots los particulars de dit Jllustre Claustro, que al present vihuen y habiten en la present Ciutat (V), autorizada por el Tribunal del ge neral Gobernador (14). La cuota que se impone no es igualitaria, sino pro porcional, dividiéndose en tres escalones impositivos o mans, bien de seis, cuatro y dos libras (V), bien de tres, dos y una libra (XXI). Esta fuente de ingresos tiene interés porque permite conocer la población médica exis tente en 1a ciudad -55 doctores en 1690 y 45 en 1704-y, en su caso, su situación económica. 2.o La letra de cambio es otro medio al que acude el Claustro de medi cina cuando no hia efectes promptes alguns per a poder subministrar los gastos que se oferiran (XIV), siendo las cantidades prestadas variables se gún las necesidades -50 libras (XIV) y 100 libras (III)-. 0 Por último, las propinas por la obtención de grados revierten en el Claustro general de medicina por dos caminos. El primero por medio de la participación en las cantidades que por este concepto reciben los cate dráticos -cuatro reales, de los cuales dos eran para el Claustro-, así co mo las entregadas a los graduados que acuden a la lectura de las conclu siones -los cuales reciben dos reales, reservándose el Claustro, uno-(X). El segundo, directamente en las propinas que entregan los graduandos y doctorandos, esto es, que els que de huy en avant es graduaran de bachiller, hachen de pagar una lliura de tacha cascú y altra lliura cascú que es gra duara d t! doctor (X) (15). Cantidades ambas que pasan a ser depositadas en manos del Prior del Claustró. La administración de sus cuentas se encarga al depositario, nombrado en algunas ocasiones por el Claustro general (III) y en otras por el claustre de elets (X), el cual al finalizar su cargo presenta la contabilidad •estructu rada en dos apartados, uno de ingresos y otro de gastos, o lo que es lo mis mo, de cargos -carrechs-y descargos -descarrechs-(XIII, XV, XIX). La inspección de la misma corresponde a los jueces contadores nombra dos, a su vez, por el Claustro general (XVII). Además de ingresos, el Claustro general de medicina necesita unos órganos ejecutivos que pongan en práctica sus acuerdos, son los llama dos electos �lets-. Designados por aquél mediante mayoría simple (puede verse en todos los claustros, pero en especial XVII y XVIII), lo representan, y en su nombre, ejecutan sus acuerdos. Los elets pueden ser designados para formar un órgano colegiado (I, IV, IX, XX), o bien con carácter particular para ejecutar determinadas decisiones, como por ejemplo la elaboración de unas nuevas constituciones (XV); todo dependerá del poder que en el acto de su nombramiento, o en una adi ción posterior, se les conceda. Las cláusulas de concesión son muy mi nuciosas (I). Los electos que forman el órgano colegiado varían entre siete (IX, XX) y nueve miembros (I). La indeterminación de su número, no sé exacta mente a que responde, quizá la explicación se encuentre en si se compu tan o no, los elets designados para funciones concretas. Si bien, Ortí y Fi guerola señala que eran nueve, graduados todos en la misma Facultad y algunos de ellos catedráticos. La abolición de fueros y el claustro de medicina El decreto de 29 de junio de 1707 dictado meses después de la batalla de Almansa, abolía los fueros y privilegios que habían gozado los valencia nos durante casi quinientos años; sometiendo el Reino de Valencia a las leyes de Castilla. Sus consecuencias para el claustro de medicina fueron decisivas, pero no tanto para sus prerrogativas dentro de la organización universitaria, que eran escasas y parece que quedaron inalteradas. Prueba de ello es el importante memorial que el Claustro de medicina presentó en 1721 a la ciudad de Valencia para la renovación de los estudios médicos universitarios, y que se plasmaría en el capítulo XII, apartado � de las Constituciones de 1733 (16). Norma que rompía la rigidez de los textos que debían explicarse en las aulas, y permitía introducir los nuevos avan ces que se habían producido en el campo de la medicina. Sin embargo, el efectivo control del ejercicio médico por el Claustro de medicina sí que quedó gravemente modificado. La Nueva Planta, al menos teóricamente, había dejado al Claustro de medicina sin una base normati va. Sus privilegios quedaron derogados junto al resto del sistema normati vo foral y en este momento debió replantearse sus competencias frente a un órgano castellano extraño para los médicos valencianos como era el protomedicato, cuya implantación en el Reino de Valencia no sería auto mática. Durante los años posteriores a la abolición parece que el claustro de medicina continuó celebrando juntas, como constatan algunas anota ciones existentes en el libro de priorato de medicina ( 1 7), pero desconozco su contenido, ni si las funciones del claustro respondían a las que había de sempeñado en época foral, pues no he logrado localizarlos por el momen to. A pesar de ello, las competencias del claustro de medicina como órgano http://asclepio.revistas.csic.es de control del ejercicio médico desaparecerán efectivamente hacia 1736. Esta fecha marca un largo proceso de altibajos en el que el Claustro de me dicina intentó volver a la situación existente antes de la abolición. Parece que una de las primeras actuaciones del claustro médico fue recordar me diante un memorial de 27 de julio de 1716 al cabildo municipal, las compe tencias que en el nombramiento de examinadores reales había ejercido la ciudad «desde los principios de la éenturia de 1400 hasta el año después del de las turbaciones <leste Reyno». Ante este memorial, la ciudad solicita ba informe a sus abogados, visto el cual se aprobaba el regreso al sistema foral, y así, se disponía que los examinadores de médicos y cirujanos -se eli gieran «el día veinte y dos de deziembre del año próximo venidero de mil setezientos y diez y siete en adelante, por guardar y observar el método y posesión antiquada»; mientras que para los cuatros meses que quedan pa ra finalizar el año, pues esta resolución se aprueba en agosto, son elegidos como examinadores médicos los doctores Tomás Longás y Matías Morales (18). La normativa foral no sé exactamente cuanto tiempo se mantuvo en vigor, pues en el año 1735 el claustro de medicina presentaba al Rey una provisión en la que solicitaba el reconocimiento de sus antiguos privilegios (19), en especial, los concedidos por Felipe IV en las cortes de 1626, relati vos a la prohibición de ejercer la medicina en el Reino de Valencia a perso na que no fuera graduada en la Universidad de Valencia, salvo los que se aprobaran como hábiles por los examinadores de la facultad de medicina • (20); privilegio que durante los siglos XVII y XVIII será fruto de continuos enfrentamientos con la Universidad de Gandía (21). Como se ve, el Claus tro de medicina pretendía conservar el control y monopolio sobre la clase médica del Reino de Valencia que las nuevas leyes habían puesto en entre dicho, y evitar, de este modo, todo intrusismo foráneo. Ante tal demanda, el rey pide a la Audiencia de Valencia que le infor me. No he encontrado contestación expresa al Claustro de medicina pero, al año siguiente, el monarca implanta de forma efectiva el protomedicato castellano en el Reino de Valencia. Mediante una carta orden de 7 de no viembre de 1736 dirigida a los cirujanos, médicos y boticarios se estable cían las líneas generales de su actuación: l.o Se distinguía si el médico quería ejercer dentro o fuera de la ciudad de Valencia. En el primer caso, después de haber cursado sus estudios, «<leven acudir precisamente al protomedicato de esta corte para pedir y sacar comisión a efecto de examinarse por los oficiales y examinadores de el Colegi_ o a los cuales necesariamente se ha de cometer, y estando ejecu tados por ellos los exámenes y aprobación de el pretendiente, recurrirá y volverá éste al protomedicato por el título que se despachará en la forma acostumbrada sin más gasto ni costa que a los demás y con la expresión de que es para ser colegiado de la ciudad de Valencia». Para los que qui sieran ejercer en las demás poblaciones del Reino se ordenaba que se practique lo que «antes de la abolición de los fueros y privilegios de la Co rona de Aragón se ejecutava, en los reinos en que había protomédicos». 2.o Debían remitir sus ordenanzas al Consejo de Castilla «a fin de exa minar y aprobar las que fuesen útiles a su gobierno y corregir las excesivas en punto de derechos de caja y de examinadores, regulándolos a lo justo con consideración del gasto que• los. colegiados han de tener en el proto medicato por medio de la presente providencia». 3.o La disposición más importante suprimía las prerrogativas del claustro en la resolución de quejas y recursos de los aspirantes, pues «en lo directivo y gubernativo han de quedar el colegio y sus individuos ente ramente sujetos y subordinados al Real protomedicato desta Corte». 4.o En último lugar, disponía que como «en el Reino de Valencia no hay protomédico particular, vengo en que el protomedicato de esta Corte dispute y envíe de dos en dos años un profesor para la visita de títulos, tiendas y boticas, y reforma de excesos que pudieran introducir, y es de su obligación cautelar como la ejecuten los demás protomédicos en los Rei nos donde los hay particulares» (22). Las protestas parece que no se hicieron esperar pues al mes siguiente se dictaba otra carta orden encabezada con estas expresivas palabras: «Fati gada la Real atención del Rey con los impertinentes, continuados recursos de los médicos, cirujanos y boticarios de ese Reyno a fin de vivir indepen dientes y sin la debida subordinación a este Real protomedicato», pasaba a reiterar la superioridad del protomedicato castellano, la prohibición de no admitirse más recursos y la • amenaza de un severo castigo para aquél que no cumpliera las di�posiciones hasta entonces aprobadas (23). Essent presents per testimonis a dites cosses Andreu Martinez; estudiant, y Jasinto Sanchis, alguasil de dita Universitat, habitadors de Valencia. Juan Joseph Viñau, Felix Rodriguez, Juan Batiste Gil de Cas telldases, Berthomeu Selma, Vicent Estruch, Francisco Vidal, Basilio Delfí, Joan Batiste Caudí, Mathias Domingo, Esteve Falcó, Francisco Urba, Gaudencio Senach, Miquel Ho guera, Jaume Boix, Miquel Ferrer, Luys Chiva y Palerrn, Francisco Estellés, Juseph Nebot, Thomas Micó, Joseph Antoni Gil, Thomas Vicent Ballester, Pere Traver, Antoni Uson, Jo an Albert, Francisco Jaume, Gaspar Galindo, Joseph Calbo, y Miquel Lunbier, tots doc tors en medecina de la present Ciutat y de esta habitadors, en presencia y asistencia de don Thomas Ratto, prebere, arcediano de Molvedre, rector de la Universitat de dita y pre sent Ciutat. XLV-1-1993 137 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es ra, aserent y afinnant, medio juramento ad Dominum Deum etc. ser nosatros la machor part de tots los•doctors en medicina, que componen lo present Claustro, tots unanimes y concordes y ningú discrepant, sclenter etc. Cum praesenti etc. delliheram y determinam les coses immediatamentes •següents. Testes fient Hyacintus Sanchis, alguacinius universitatis, et Hyacintus Acensi, stu dens, Valentía vicini. Juan Batiste Gil de Castelldases, Berthomeu Selma, Vicent Estruch, Martí' Xalo, Gaudencio Senach y Gaspar Galindo, tots doctors en medicina y elets del U.lustre Claustro de medecina de la present ciutat. Deliberación de electos del Claustro de medicina en la que se nombra su depositario y normas relativas a la distribución de propinas por exámenes. Además se obliga a que los nuevamente graduados paguen las tachas aprobadas con anterioridad. XII Claustro general en el que se aprueba que las cantidades gastadas en los pleitos seguidos sobre la posesión que tienen los médicos no catedráticos de tener practicantes, se tomen de los fondos de dicho claustro. Deliberación de los electos de medicina en la que se aprueban las cuentas presentadas por el depositario del claustro. Juan Batiste Ferris, Esteve Falcó, Gaspar Felix Galindo, Pere Vicent Traver, Antoni Usson, y Felip Carreres, tots doctors en medecina, habitadors de la present ciutat de Valencia, elets del Claustro de la medecina de dita y present Ciutat, ajus tats, y congregats en la Capella de nostra Señora de la Sapiencia, construida dins la Uni versitat de dita ciutat, aserent y afirmant ser la major part deis elets de dit Claustro, tenint poder de este por a lo infraescrit, pasaren a demanar compte al Doctor Berthomeu Selma, depositari que ha estat de dit Claustro de les pecunies que aurien entrat en son poder y en continent es pasa a fermar lo carrech y descarrech en lo modo y forma seguent. Tates les quals partirl es de carrech acumularl es p�enen summa universal de dos-centes huitanta huit lliures y dihuit sous. Primo. dona en descarrech que paga.al <lit doctor Gaspar Felix Ga lindo, síndich del Claustro pera gastos de plasa ah albara de la sua ma de vin de juliol mil sis-cents noranta y tres, de quatre liures......... 11 Claustro general de medicina en el que se prohibe que los médic s constituyan igualas con gremios, cofradías etc. XV Aprobación por los electos de medicina de las cuentas presentadas por el depositario del claustro. XVI Claustro general de medicina en el que se nombran tres nuevos electos con poder para elaborar unas nuevas constituciones.
Las relaciones de la medicina con otras ciencias Los médicos de este período permanecerán preocupados por estable cer el estatuto científico de la medicina y definir sus relaciones con otras ciencias; en esta tarea destacarán de forma evidente tanto los médicos de Montpellier, desde Sauvages hasta Dumas, como los de París, desde Vicq d'Azyr hasta Cabanis. Todos ellos pretenderán hacer salir a la medicina de la situación de crisis en que se encontraba haciendo de ella una verdadera ciencia. En ello influirá la idea ilustrada de la unidad de las ciencias y, muy especialmente, la consideración de la medicina como rama de las ciencias naturales, con las que se suponía estrechamente relacionada. Es ta idea se encontraba especialmente arraigada en los ambientes científi cos y médicos parisinos ajenos a la Facultad de medicina, sobre todo en el Jardin du Roi (1635), en la Société Royale de Médecine (1778) y posterior mente en la Société médicale d'émulation (1796). En el tránsito del siglo XVIII al XIX los distinto• s autores se plantearán el tema de las relaciones de la medicina con otras ciencias de diversas ma neras: unos insistirán en la necesidad de que la medicina recurra a otras ciencias para tomarlas como modelo; otros cre• erán que la medicina debe tomar préstamos de otras ciencias; préstamos que le ayuden a adquirir un conocimiento científico. del hombre en estado de salud y enfermedad, pe ro insistirán en que, apoyándose en estos préstamos, debe construir su propio camino científico, camino que•para algunos será más especulativo -la obra de Barthez-y para otros de• carácter más empírico -la obra de Bichat-, pero en todo caso debe• recorrerse recurriendo a un método: el método analítico. Para un tercer grupo la medicina jamás podrá ser una «ciencia natural» exclusivamente, por lo que pretenderá, apoyándose en ciencias humanas y sociales, elaborar una «ciencia del hombre» (1). La utilización de otras ciencias• comó modelo 2; l. Para algunos médicos, la botánica podía ser un buen modelo a imitar, tal como había señalado Sydenham. El máximo representante de los lla mádos nosógrafos clasificadores, de quienes imitaron el ejemplo de los botánicos, fue Boissier de Sauvages (1706-1767), titular de.la cátedra de Botánica en Montpellier y posteriormente de la de Patología y Nosología. Sauvages equipara la especie morbosa sydenhamiana con las especies bo tánicas y zoológicas, afirmando su realidad•ontológica. Siguiendo el méto do histórico-natural elaboró una compleja clasificación de las, enfermeda des, a imitación de las que se efectuaban en botánica, que alcanzó su manifestación más acabada en su Nosología Methodica aparecida en 1765. Bajo este título, suficiéntemente claro y explícito, Sauvages ordenaba las enfermedades en 1 O clases que comprendían 44 órdenes, que a su vez reunían 295 géneros que englobaban 2.400 especies, elabo�adas a partir de casos individuales {2). Para llevar a cabo su obra utilizó la infor mación de las colecciones de casos clínicos publicadas durante los siglos XVII y XVIII, llegando a aceptar en ocasiones• los casos clínicos en ellas expuestos como especies morbosas (3). Sauvages considera que el método a seguir en el ordenamiento de las enfermedades es el sistemático, consis tente en reunir conjuntos de enfermedades semejante�:y separarlas de aquellas de las que son diferentes. Para• ello hay que reducir las enferme-dades individuales a sus especies, las especies a stis géneros, los géneros a sus rangos y éstos a un pequeño número de clases (4). Postulará que había que imitar a los botánicos en la descripción notativa de las enfermedades, en la ordénadón en cuadros.clasificatorios y también en el método de co municación.que existe entre ellos; por ello afirmará:. Si hubiese entre los médicos observadores, como entre los botánicos, intercambios contínuos, si ellos se comunicasen mutuamente sus descu brimientos, la Nosología llegaría pronto al mismo grado de perfección al que la botánica se puede vanagloriar de haber llegado en la actualidad (5). Aseveración en la que manifiesta tanto su apreciación de la botánica como modelo a imitar por los niédic�s, como a_su vez la necesidad de ha cer más útil las aportaciones de los médicos que recurrían a la observa ción ateniéndose al conocimiento notativo de las enfermedades, tal como recomendara •Sydenham; Este método les llevó a definir enfermedades hasta entonces mal conocidas, siendo las aportaciones de los llamados «nosógrafos no clasificadores» las que, para este autor, harán más necesa ria todavía la ordenación de estas nuevas especies morbosas en cuadros •clasificatorios. La literatura histórico-médica sobre este tema es abundante y corro bora la importancia que muchos médicos de este período concedieron a la botánica como modelo a: imitar en su intento por convertir a la medicina en• un saber científico cierto y rig. uroso (6). Para otros muchos médicos el modelo a imitar debía ser el de las mate máticas. Tal como es bien conocido, para Condillac (1715-1780) el álgebra era el lenguaje universal, para él la matemática tenía un funcionamiento lingüístico y el álgebra, paradigma de lengua analógica, podía servir para todas las ciencias, incluso para la filo�ofía. Todavía en 1815 persistía la idea de Condillac, mantenida por Laromiguiere, de que la exactitud podía ser transferida desde las matemáticas a otros dominios (7). En el terreno de la medicina se había recurrido a la matemática en otros momentos. Du rante el siglo XVIII se utilizará la matemática como modelo teórico y se re-Asclepio-Vol. XLV-1-1993 currirá a la aplicación del cálculo de probabilidades para dotar de fiabili dad a la práctica médica ( 8); Para Sauvages «no existe otra ciencia en la que se caiga más frecuente mente en el error que la medicina» y para evitarlo aconsejará, respecto de la medicina teórica, seguir el ejemplo de.los matemáticos, recurriendo al mismo procedimiento que ellos utilizan en la resolución de las cuestiones teóricas: Pero los matemáticos emplean tan felizmente, en los cálculos, térmi nos desconocidos, incluso imaginarios, como x, y, y descubren gracias a ellos verdades inaccesibles a los otros filósofos (9).. También servirá la matemática coin� modelo en los aspectos prácticos de la medicina, tal como él mismo afirma: curso al método numérico (13). Para Murphy, que ha estudiado detenida mente este tema: la popularidad del cálculo de •probabilidades, consecuencia tanto del esfuerzo de Condorcet por aplicarlo a las cuestiones cívicas como del tra. bajo de Laplace, tuvo efectos positivos en la comunidad médica en la que los médicos especulaban sobre su utilidad para estimar la veracidad de los juicios médicos ( 14). El valor de la experiencia era indiscutible en las últimas décadas del siglo XVIII, pero para muchos no bastaba, ya que cada autor sacará con secuencias diferentes a partir de ella; solo si la experiencia se repetía en gran número de caso" s, en gran número de enfermos, se podían extraer re..: glas generales, mantendrá Pinel (15). Para muchos médicos del tránsito del siglo XVIII al XIX el conocimiento no tendrá certeza sino en propor ción del número de casos sobre los cuales se base su experiencia. Esta certeza «será total si s• e extrae de una masa de probabilidad suficiente»; si. no es así, el saber médico «permanece-en el orden de las conjeturas y•de las semejanzas» (16). Durante esos años, «la certeza médica -afirma Foucault-no se constituye a partir de fa individualidad completamente observada, sino de una multiplicidad enteramente recorrida de hechos individuales» (17). El recurso a la matemática, tanto en el desarrollo del método a seguir como en la resolución de las cuestiones prácticas, pare cía pata muchos incuestionable. Los éxitos •logrados por la física durante la centuria anterior van a ha cer que ésta juegue un papel paradigmático en las décadas finales del siglo XVIII. Tanto los esquemas mecanicistas como los vitalistas se refieren a las ciencias físicas con frecuencia, utilizándolas como modelo, recurrien do a su mismo lenguaje e intentando sus defensores emular la obra de Newton (18). Así ocurrirá ya en la obra de Sauvages en la que se evidencia la admira ción de este médico de Montpellier por la obra del célebre físico inglés (19). Entre los escritos de los autores vitalistas, en los que tradicionalmente se destaca sus reparos a la utilización de las ciencias naturales en el estudio de los seres vivos, aparecen abundantes referencias al modelo de la física. De ello es buen ejemplo la obra del máximo teórico del vitalismo de Mont pellier, Barthez (1734-1806), en la que la referencia a Newton es constante; esto, junto a la terminología que utiliza -:--«principio vital», «fuerzas vita les»-y a sus frecuentes comparaciones con la física, demuestra daramen te la importancia que tuvo en su pensamiento el modelo de esa ciencia, y especialmente el ejemplo del físico inglés y su formulación del principio y la ley de la gravedad. Es pensando en ese principio •como cree él mismo haber llegado a la formulación del «principio vital». Si Newton había lla mado «principio» a la causa primera de una serie de fenómenos sin pre guntarse por su esencia, y ello había permitido grandes avances a la física celeste, creerá Barthez que nada le i; mpide a él considerar el «principio de la vida» como la causa experime: q. tal más, general y de orden má_ s elevado que nos presentan los' fenómenos de fa salud y las enfermedades (20). El «principio vital» era indemostrable como también lo era el «principio de la gravedad» formulado por Newton. La consideración de este «principio vital» podía ser útil en el estado en que se encontraba la ciencia delhom bre para lograr verdadeq)s progresos en esa ciencia, pqr lo que Bérard creerá que con la formulación de este «principio» de forma tan indetermi naqa como-Barthez: lo hizo, dejaba abierta la posibilidad de completar es te vacío con los «progresos de la observación y de la experiencia» (21 ). Es indudable que al formular su «principio vital» pretendía Barthez estable cer en los seres vivos un principio semejante -al de la gravitación. Desde entonces en los escritos de los vitalistas se menciona frecuentemente a Newton y se mani:q.esta claramente el deseo de emularle, de tal forma, que se puede decir con Canguilhem, que los vitalistas del siglo XVIII fueron newtonianos (22); es decir, pretendieron incorporar la metodología y el lenguaje de las ciencias físicas al conocimiento del ser vivo, intentando así dotar a la medicina de rigor científico, aunque todos ellos coincidiesen en mantener que las leyes que regían los fenómenos vitales eran diferentes a las que regían el resto de los fenómenos de la naturaleza y en que la utili zación exclusiva de estos recursos, no permitía alcanzar un conocimiento cabal de lo que es la vida. Años más tarde, Magendie sostendrá que pre tendía hacer con la fisiología la misma revolución que se había efectuado con las ciencias físicas, que para, él consistiría en reducirla enteramente a la experiencia (23). Por su parte los grandes avances logrados por la química durante las últimas décadas del siglo XVIII harán que muchos viesen en ella el mode lo a imitar. A ello se unirá el hecho de que la química había sido terreno de aplicación preferente del método analítico, merced a la obra de Lavoi sier, Bertholet, Chaptal o Fourcroy (24). Para los médicos idéologues, para aquellos que propugnaron el conocimiento sensorial y la aplicación del método analítico a la medicina, será fundamentalmente la química la que se utilice como modelo. Esto es lo que hará que incluso los médicos vita listas, para los que las leyes de la naturaleza diferían de las que rigen a los seres vivos, aceptasen la química como recurso y hasta como modelo; por ello encontraremos entre ellos declaraciones entusiastás como la de Baumes, para quien la química d�bía ser «la verdadera base de la ciencia médica» (25), y actitudes contradictorias como la de Bichat que, aun cuando estuviese decidido a rechazar su utilización, efectuará su obra es tableciendo analogías con la química, ló que le llevará a afirmar que los «tejidos simples» son d'Azyr va a jugar un importante papel en la lucha-por lograr una revolu ción de la medicina. Su obra de anatomía desarrollada en.el.Jardín du Roí. se encuentra estrechamente relacionada con el-estado de las ciencias na turalés por entonces (27). Vicq d'Azyr se preocupará desde temprano de • las relaciones entre las ciencias y la medicina y mantendrá que:...la física; la historia natural, la anatomía, la química y la observación química, son las bases sobre las que debe apoyarse• el edificio de la institu ción médica, considerada en su con j untó (28). _ Mucho más contundente se manifestará Fourcroy, químico y médico, sobre esta cuestión, tal como p• ondrá de manifiesto en todas sus iniciativas: el Instítut Natíonal (1795) era en opinión de Picavet una «enciclopedia vi viente», y el periódico por él creado, La médecíne éclaírée par les scíences physíques (1791) pretendía ocuparse de 16 campos diferentes (29). Frente a esta actitud mantenida por Fourcroy prevalecerá la postura.de los médicos que creen necesario el apoyo de otras ciencias, pero siempre jugando un papel secundario en la formación del futuro médico. En su Nosografía filo-. sófica insistía Pinel en la necesidad de aplicar a la medicina los progresos de las demás «ciencias accesorias»: química, botánica, física y filosofía mo ral, pero también «juicio sólido para precaverse de la ilusión de las noveda des, y abstenerse de admitirlas antes de que se hayan comprobado bien». Cree que aun cuando la medicina necesita de estos auxilios debe ocupar un lugar distinguido.entre las ciencias,• ya que • su objeto de estudio es el hom bre, el ser más perfecto de la naturaleza (30). • La mayoría d� los médicos consultados insisten en poner de manifiesto que, pese a que sea necesario el recurso a otras ciencias, jamás habrá que olvidar las diferencias que existen entre la medicina y aquellas ciencias; as_ í se pronunciarán principalmente los médicqs vitalistas, abogando por la de fensa de la medicina como ciencia autónoma aunque no aislada (31). Bichat, como el resto de los médicos formados en el vitalismo, man tendrá que las fuerzas vitales, debido a su variabilidad, son diferentes a las fuerzas físicas. Está convencido como ellos, de que la ciencia de los cuer pos orgánicos debe ser tratada de manera diferente a la de los cuerpos inorgánicos, pero llegará más lejos que el resto de los vitalistas al decir que ni siquiera la terminología ni la nomenclatura son trasplanta bles. Así lo manifiesta en sus Recherches physíologíques sur la. víe et la mort, y así lo repite en su Anatomíe.Générale, a la cual pertenecen estas palabras: http://asclepio.revistas.csic.es «... el hombre de talento considera... que de aquí en adelante debe ser... todo diferente en los libros de Fisiología y de Física. Es necesario por decirlo así, un lenguaj� diferente, porque la mayoría de las voces que trasl�damos de los segundos a los primeros, nos recuerdan constante mente ideas que no tienen conexión con los fenómenos de que éstos tra tan (3i). Sus opiniones acerca de la utilización de las ciencias físicas y de la química son, pues, bien claras. Ni siquiera cree que deba recurrirse a la utilización de la misma nomenclatura, sino que hay que crear una nueva terminología propia de la fisiología. Por ello dejará de hablar de «fuerzas vitales» y hablará de <<propiedades vitales»; por ello creerá que la llamada «química animal». no es mas que la anatomía cadavérica de los fluidos y no verdadera «química fisiológica»; por ello cuando, en su Anatomía gene ral aplicada a la Fisiología y a la Medicina, pretenda estudiar «los sistemas simples, que por sus varias combinaciones fonilan nuestros órganos», ya no querrá ocuparse de los «elementos químicos» ni de las «fuerzas físicas» que rigen sus combinaciones, y sólo se ocupará de los «sistemas simples» o «tejidos». Pese a su esfuerzo sigue no obstante utilizando la física y la química como recursos instrumentales, y estableciendo analogías con la química tal como ya hemos señalado (33). Pero Bichat estaba abogando por la búsqueda de un camino propio para que la medicina lograse su es tatuto entre las ciencias. Es bien conocido que para Bichat el camino pa saba por la disección del cadáver, por el recurso al experimento como mé todo, la utilización del concepto de tejido, y el esclarecimiento de las propiedades vitales; apoyándose en ello habría que construir la nueva me dicina, aquella que tuviese el rigor y la credibilidad suficientes para con vertirla en una más entre las distintas ciencias (34). En la obra de Bichat tendrá sU punto de arranque una nueva fisiología y el método anatomoclí nico, ambos consecuencia de su actitud de buscar un camino propio para que la medicina fuese una más entre las ciencias (35). La medicina, algo más que una «ciencia natural» La medicina necesitaba de las otras ciencias para ser ella misma «cien tífica», pero no podía perder su propia identidad ni diluirse en manos de aquéllas. La medicina tenía su propio objeto de estudio -el hombre sano y enfermo-y debía recurrir al mismo método que utilizaban las demás ciencias:• el método analítico. Es la aplicación de este método, ligado por otra parte a la propia tradición médica, la que le proporcionará la riguro sidad y certeza buscada (36). La medicina ten,ía sus propias peculiarida des y los médicos no podían reducirse a. aplicar a la resolución de sus pro blemas modelos y teorías procedentes de otras ciencias. Contundente se manifestará Cabanis al respecto cuando en 1804 ataque la... falsa aplicación que los médicos han hecho a menudo a su arte de las teorías generales, o de puntos de vista particulares propios de otras• cien cias. Para él debí� comenzarse... por separar lá n:i.edicina de las ciencias extrañas. Es necesario que sus dOgmas se extraigan únicamente de los hechos que le son propios, es decir de las observaci�nes y de las experiencias hechqs sobre el cuerpo vi vo, sano y enfermo (37). Cabanis ap�la, para avalar la suya, a la opinión de Bacon, la de Bagli vi y sobre todo a la de Barthez. Llamará objets accessoires a las ciencias sobre las que debe apoyarse la medicina, y entre ellas menciona la histo ria natural, la física, las ciencias matemáticas, los métodos filosóficos, fi losofía moral, letras y artes y lenguas antiguas y modernas (38), amplian do el espectro de las ciencias con las que la medicina debía relacionarse. Los miembros de la Société médicale d'éinulation desempeñaron tam bién un importante papel en esta tarea de definición del terreno dé com petencia de la medicina y de sus relaciones con otras ciencias. Siguiendo muy de cerca las opiniones de Cabanis, apelarán por la vinculación de la medicina y la filosofía. Entre ellos su secretario, Alibert,. fue autor de un Discours.sur les rapports de la médecine avec les sciences physiques et mora les (1799) en el que defendía que la medicina poseía principios y verdades propios, por lo que no se la debía considerar como conjunto de otras cien cias. No obstante reconocía sus relaciones con todas eÜas, con las distin tas ramas de las ciencias físicas: la meteorología, la geología, la electrici dad, el magnetismo, el galvanismo, la óptica, la hidrodinámica, la química, la mecánica, la geometría; con la historia natural: mineralogía, botánica, y zoología; y con la metafísica, la moral y la jurisprudencia. Tal como s� ñaló Moravia se trataba de una larga batalla por conseguir que la medici na lograse su propia función autónoma, pero no aislada (39), todavía más, sé trataba de demostrar el importante protagonismo que la medicina esta ba llamada a desempeñar tanto para las ciencias naturales como para las ciencias sociales y morales (40). Hacia una ciencia del hombre Tal como hem_ os dicho algunos médicos pretendían hacer una verda dera «ciencia• del hombre», en la que se contemplase tanto los aspectos fí sicos y sus relaciones con las cienci;;i.s físicas y naturales, como los aspec tos morales y su relación con las ciencias sociales y morales. Postulaban que debía lograrse un estudio antropológico pleno, pretendiendo una comprensión integrada de los aspectos físicos y morales, considerando aquellos aspectos como determinantes o condicionantes de estos últimos. Esta convicción hará _ que numerosas obras médicas de este período se ocupen de las relaciones entre lo físico y_lo moral. Para Alibert la metafísi ca permitía al médico desvelar la historia de las sensaciones; las ideas, las pasiones y otros fenómenos morales, y proporcionaba luz para dirigir los tratamientos de los procesos psiquiátricos, pero este autor creía.igualmen te que los metafísicos debían basar sus investigaciones sobre las sensacio nes y las ideas en los avances de la medicina ( 41). Indudablemente había que hacer de la medicina-un saber riguroso y cierto, había que hacer de ella una verdadera ciencia, una ciencia del hombre sano y en estado de enfermedad, pero una ciencia del hombre en su doble dimensión física y moral. Serán los médicos de Montpellier quie nes más vivamente defiendan la consideración antropológica de la medici na. Así se pone de manifiesto en la obra de Sauvages para quien el médico, amén de los medicamentos, instrumentos y otros socorros del arte, debe tener «un conocimiento histórico y moral de la máquina humana», y que define al hombre como «un compuesto de alma que tiene vida y movi miento, y de una máquina hidráulica» (42). Como es bien sabido Sauvages introdujo en Montpellier el animismo de Stahl que aunado con el hipocra tismo dio lugar al vitalismo de Montpellier. Los médicos de esta escuela, Bordeu y Barthez en lugar destacado, desarrollarán la consideración an-Asclepio-Vol. XL V-1-1993 183 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es tropológica de la medicina y el deseo de conocer al hombre como ser vivo; de manera integra y no reduccionista, tal como los mecanicistas habían hecho. El conocimiento del hombre físico y moral parece ser la meta a la que deben dirigirse todos nuestros esfuerzos y todos los estudios de una medi cina filosófica (43), dirá Bordeu, otro de los grandes maestros de Montpellier; Barthez comen zará sus Nouveaux Éléments de la Science de l'homme (1778) diciendo que «la ciencia del hombre es la primera de las ciencias». Barthez identificó «ciencia del hombre» con fisiología; no obstante muchos otros médicos del período continuarán preocupándose por esclarecer las• interrelaciones cuerpo-mente, o como en Francia se dirá «les rapports entre le physique et le moral», tema que dará título a una de las más importantes obras de Ca banis y a una amplia bibliografía. Una posición seméjante podemos encontrar en Cabanis que seguirá las huellas de los maestros de Montpellier, y que mantendrá que el conoci miento intelectual y afectivo del hombre no estará completo sin el adecua do conocimiento•físico (44). A este estudio conjunto es a lo que llama «ciencia del hombre» o utilizando la expresión usada por los alemanes, «antropología» ( 45). La Fisiología, a cuyo nacimiento como disciplina se estaba asistiendo en Europa, debía ser la ciencia que pe�itiese conocer física y moralmente al hombre, conocimiento que debería estar en la base de cualquier otra aproximación que se pretendiese hacer sobre este objeto de estudio (46). La fisiología serviría para fundar sobre ella una nueva fi losofía antropológica, por lo que afirmará:... resulta claramente que la fisiología, el análisis de las ideas y la morai no son más que tres ramas de una sola e idéntica ciencia, que puede lla marse con justo título, la ciencia dél hombre (47). La medicina no quería seguir siendo mera empeiria, quería alcanzar el rigor y la certidumbre propia de las ciencias «exactas» y eso lo debía lo grar sin perder su propia identidad, su propia autonomía, buscando• su propio camino. Pero la medicina no podía ser solo una ciencia «exacta», y ello tanto por el carácter práctico de la clínica'-aspecto que en esta oca sión no hemos desarrollado-como por la complejidad de su objeto de es tudio: el hombre. Por ello no sólo se debía mantener la situación de equili brio entre la� ciencias básicas y clínicas, sino que también se debía adoptar una postura integradora entre todas las disciplinas que permitie sen un mejor conocimiento del hombre en su doble dimensión física y inoral, y a su vez la• medicina debía convertirse en la base necesaria para todas aquellas ciencias que tuviesen al hombre como objeto de estudio, reivin�icándose para ella un especial protagonismo (48). (1) Este tema lo he desarrollado con mayor amplitud en AR0UI0LA, E. y MoNTIEL, L. (4) SAUVAGES, F.B. de (1770): Nosologie Methodique, París, 2 vols. Por su desconoci miento del método anatómico Sauvages prefiere renunciar a él, lo cual nos confirma que para muchos médicos seguía habiendo un distanciamiento evidente respecto de la disec ción de los cadáveres, fundamentalmente para un médico que como Sauvages había ad quirido una formación botánica y se acercaba al estudio de la enfermedades como los bo tánicos lo hacían al de las plantas. Tampoco le parece correcta a nuestro médico la ordenación de las enfermedades según las causas que las producen u ordenación etiológica, puesto que cree que resulta enormemente hipotética; opta por seguir el criterio de or denación sintomático, que pretende atenerse a los caracteres de las enfermedades, a sus fenómenos constantes y a sus síntomas evidentes, tal como había recomendado Syden
Superadas en España las etapas decimonónicas de la medicina• racio nalista, después más vitalista e impregnada de espiritualismo, y conserva dora durante el reinado de Isabel 11, se entra en la propiamente positivista y orgánico-materialista que se prolongará desde aproximadamente el últi mo cuarto del siglo XIX hasta final de la Guerra Civil. Coexistían, sin em bargo, en mayor o menor grado, como en el resto de Eu; opa y América, las mentalidades anatomoclínica, fisiopatológica y etiopatogénica. La re cuperación de nuestra medicina del empobrecimiento que le había repre sentado el absolutismo será consecuencia de los logros conseguidos du rante la que se ha llamado «etapa intermedia» surgida durante el período isabelino (1834-1868) y, de esa manera, al inicio del presente siglo, en ple na.vigencia de la «medicina de laboratorio», estarán constituidos-ya.los fundamentos para la cristalización, consolidación y proyección exterior de la ciencia médica, enmarcada en un tiempo nuevo de cierta tranquili dad política y liberalización ideológica. Aquel saber médico tomará su impulso definitivo en torno a la cono cida en Cataluña como «generación médica del 88», que se había ido ges tando tras la revolución democrática del año 1868, en el seno del movi miento -lingüístico y cultural que caracterizó el renacer de algunas culturas regionales, llamado allí «Renaixen9a». La Institución Libre de Enseñan. za (1876) se encontraba revitalizada, fomentando activamente un reformismo educativo con importante influencia en la evolución ideo lógica de la España contemporánea. En psiquiatría, J. M.a Esquerdo, J. Giné, A. Galcerán y A. Rodríguez Morini se hallan entre las personalidades más destacadas en el origen de esté nuevo período científico, enmarcado en una época de desa rrollo nacional acelerado en los aspectos económico, industrial y cultu ral, más evidente desde el régimen estabilizador de la Restauración alfon sina (1875) con las salvedades de las crisis de 1898 y la de la etapa 1917-1923. Durante la Restauración pues, en plena reanimación: de la cultura. científica española, decantada más hacia el realismo ( como el resto de los movimientos culturales generales que siguieron a las posiciones eclécti cas mantenidas durante las décadas de mediados de siglo), se fueron con solidando otras disciplinas médicas como la dermatología, otología, of talmología y pediatría, las tres primeras con enseñanzas propias en las facultades de medicina. El 16 de septiembre de 1886 se hizo público un nuevo Plan de Estudios para la enseñanza de la medicina, réplica del plan frustrado de dos años antes. Otros Reales decretos posteriores esta blecieron normas sobre la validez académica de los estudios realizados por medio de la enseñanza libre, al margen de las facultades, y crearon las asignaturas de otorrinolaringología y sifilografía. Pero el desarrollo legislativo posterior enmarañará tales estudios, cuyo panorama no pare ce clarificarse suficientemente hasta la creación del Ministe:r:-io de Ins trucción Pública en 1900. La trayectoria histórica del firme progreso que siguió la medicina en Espafia y en particular la psiquiatría, que asimilaba ya el espíritu objetivo característico del pensamiento científico-natural kraepeliniano (culminación de la escuela clínica y de la • aprehensión neu rofisológica de las enfermedades mentales), sólo conseguirá por fin la atención administrativa necesaria por parte de la Il República, tras ha bérsela negado la Monarquía. La continuidad de sus logros, empero, se verá interru• mpida cori la guerra de 1936 y el régimen totalitario instaura do después. En cuanto a la asistencia psiquiátrica en nuestro país, la mejora estric tamente humanitaria de las condiciones de custodia y cuidado de los de mentes se inició, como es sabido, en el siglo XVIII y continuó con ciertos progresos eri d XIX, tiempo en que se modificó el régimen manicorilial. Se había roto ya, sin embargo, la vieja tradición asistencial española, de samparada por los poderes públicos, con la pasiva complicidad de mu chos profesionales y nuestra psiquiatría, y con ella la asistencia, perdía así su oportunidad de sumarse a. la vanguardia que se lograba en otros luga res gracias a su incorporación a las universidades (1) (2). El predominio conservador de la vida política española durante casi todo el siglo XIX, só lo brevemente interrumpido por paréntesis liberales, contribuyó al defini tivo hundimiento de las instituciones asilares al impedir la sintonización con la realidad europea que despegaba entonces hacia posiciones de reno vación. En un clima de falta de una definición clara del papel sociomédico de la psiquiatría manicomial, las tendencias asistenciales innovadoras en España sólo comenzarán a producirse a partir del primer tercio del siglo XX conservando, no obstante, un considerable atraso con respecto a mu chas de las demás naciones europeas. En efecto, las primeras instituciones psiquiátricas diferenciadas que se crearon en el continente lo hicieron al amparo de la universidad en países como Alemania, que contaba a principios de siglo con una veintena de•clí nicas universitarias dedicadas a enfermedades mentales; en Italia que te nía diez; Suiza cinco; Francia cuatro; y también Austria, Reino Unido y otros. Todas ellas coexistieron con los tradicionales manicomios, más re servados para los enfermos crónicos, y con otras instituciones especiales próximas a éstos como las colonias agrícolas y familiares.. Este fenómeno de la incorporación de la psiquiatría a la enseñanza universitaria no se dio en España hasta mucho más tarde, a pesar de la evidencia de su necesidad urgente (3), largamente reclamada desde finales del siglo pasado. Mien tras tanto, la desidia general sobre la necesaria renovación de los estable cimientos manicomiales que continuó hasta la tercera década de este siglo fue denunciada como «mal crónico» del país (4), como «vergüenza nacio nal» (5) y otros calificativos parecidos por parte de grupos de médicos sensibilizados. La pervivencia exagerada de estas instituciones había sido sintónica con el auténtico problema socio-económico (en particular con la disociación progresiva y generalizada de las clases sociales) y político (con la ineficacia de la administración estatal) que caracterizó la España de en tresiglos. Antecedentes y evolución del marco legislativo general El siglo pasado fue la centuria codificadora por excelencia, en contra posición a épocas anteriores con mayor espíritu compilador. En el inicio del siglo XIX tiene lugar la transformación política decisiva en España que pasa del Antiguo Régimen absolutista a las formas del estado liberal. Ya como marco global, las Cortes extraordinarias de 27 de diciembre de 1821 acordaron por vez primera una ley� llamada también decreto de las Cortes, que fue sancionada el 27 de enero y 6 de febrero de 1822 du rante el llamado «trienio liberal». Pero la ley «nació muerta y fueron inúti les las tentativas hechas para resucitarla» como dirá Rodríguez Méndez ( 6) en una extensa y lúcida crítica. Establecía como exclusiva competencia del Estado la asistencia a los alienados que pasaban a depender de la di rección y vigilancia de las Juntas municipales de Beneficencia y contem plaba la promulgación futura de un Reglamt: nto especial que regulase la admisión d. e los enajenados en los manicomios, que no llegó-a redactarse. No será. más que a partir.del año 1846, en pleno liberalismo conservador durante el reinado personal de Isabel 11, cuando las Diputaciones Provin ciales se encarguen oficialmente de esa asistencia en todo el territorio es pañol. La Ley de Beneficencia de 1849, de 20 de junio, y el reglamento pa ra su ejecución • de 1852, de 14 de mayo, respectivamente instauran la beneficencia pública y definen y normalizan las funciones de los estableci mientos públicos generales (también los había provinciales y municipales) a los que pertenecerían los establecimientos de locos, sordomudos, impe didos• y decrépitos, consagrando el carácter subsidiario del Estado• en este asunto y, por tanto, legitimando en la práctica la privatización de la asis tencia psiquiátrica. Las Diputaciones tienen entonces que hacerse cargo de sus enfermos mentales lo que dará lugar a la creación de nuevos manicomios provincia les. Una circular de la Dirección General de Beneficencia y Sanidad de 5 de julio de 1864 recomienda la ampliación y mejora de las instalaciones de tales asilos de dementes. En 1870 el gobierno transfiere provisional mente su responsabilidad en la asistencia de los alienados a las Diputacio nes por la orden circular de la Regencia de 27 de julio. Más tarde; el Real http://asclepio.revistas.csic.es decreto de 27 de abril de 1875 regula de nuevo la inspección de los esta blecimientos benéficos, tarea que hasta entonces estaba encomendada a los gobernadores de las provincias, pero que resultó tan poco operativa como la antigua. Ni durante el liberalismo revolucionario ni durante el conservador se habían propiciado por parte del Estado verdaderos avances en la asisten cia psiquiátrica del país. Después, a partir.del régimen estabilizador de 1874, tampoco. El desarrollo de la renovación y actualización científicas que caracterizó al período de la Restauración no aportó realmente mayor sensibilidad política y social a este respecto, relegado en la práctica al os tracismo. El estudio de las enfermedades mentales no dejaba de ser una rama de la medicina emergente, en busca de su identidad, que despertaba curiosidad pero que todavía necesitaba imponerse como actividad cientí fica. El desarrollo legislativo será congruente con este clima, mantenién dose distanciado de los requerimientos de los especialistas y más preocu pado por las cuestiones de forma que de fondo. Así, la fostrucción de 2 7 de enero de 1885 confirmaba como asilo modelo la Casa Santa Isabel, de Leganés, cuyo programa se había publicado en ]a Gaceta de Madrid ya en 1859. El Real decreto de 19 de mayo de 1885, aclarado por Real orden de 20 de junio de ese año y ampliado por la también Real orden de 28 de ene ro de 1887 y Real decretó de 30 de abril de 1895, establecía nuevas normas legales sobre el internamiento de dementes y acerca de dichos estableci mientos, por lo demás controvertidas e incluso poco convenientes por ser complicadas, meramente «defensivas,» frente a posibles internamientos ilegales y nada o casi nada innovadoras en lo demás (6) (7) (8), y que aún se vieron más burocratizadas con el Real decreto de 26 de noviembre de 1903 (9). En efecto, el citado Real decreto de 1885 (y todas las sucesivas disposi ciones legales complementarias) recibió continua� y virulentas críticas por parte de los psiquiatras durante toda su vigencia y llegó a ser tildado de funesto, anticientífico y antihumanitario, símbolo del atraso español en materia de asistencia -psiquiátrica (1 O (11) (12) y representativo del de sinterés de los gobiernos en el asunto•. Tampoco habían supuesto mejora alguna otras Reales órdenes más anteriores, además de las ya comenta das, que trataron tan sólo cuestiones de pequeño detalle, o posteriores co mo la de 1 de junio de 1908 destinada al cumplimieμto de lo preceptuado en el artículo sexto del citado Real decreto de mayo de 1885 sobre la for mación de los expedientes de reclusión definitiva. Por la Real orden de 28 de julio de 1925 se nombraba una comisión oficial para que propusiese la reforma de la legislación manicomial en un plazo máximo de tres meses, que no se cumplió. El 18 de diciembre de 1929 se presentó al 111 Congreso de la Liga española de Higiene Mental.un anteproyecto de legislación psiquiátrica que fue discutido y reformado (13) (14). Habrá que esperar hasta el decreto del Ministerio de la Goberna ción de la República de 3 de julio de 19 31 y a la creación del Consejo Su perior Psiquiátrico el 12 de noviembre de ese año para que se instaure un nuevo y más avanzado marco legal de los ingresos psiquiátricos, superán dose 46 años-de vigencia del decreto de mayo de 188�, y para que los ma nicomios adquieran un sentido más similar al resto de los hospitales (15). Más tarde se declarará a extinguir el Cuerpo de los Subdelegados de Medi cina y Farmacia, en 1933, y se reglamentará por primera vez el acceso a los puestos de médicos de los establecimientos psiquiátricos. La inspec ción de estos últimos dependerá en adelante de los miembros del Consejo designados al efecto. En otros países próximos, como Francia, el internamiento en los ma nicomios estaba regulado básicamente por la «ley de locos» de 30 de ju nio de 1838, completada por el Real decreto de 18 de diciembre de 1839 y varias instrucciones y reglamentos posteriores. Las diferencias entre todas estas legislaciones eran sustanciales res pecto a los requisitos exigibles al ingreso pero, como norma, éstos resulta ban mucho menos laboriosos que • en nuestro país. A comienzos del siglo XX existía ya en el Reino Unido una comisión mixta de médicos especia listas y abogados encargada de la revisión de los expedientes •de reclusión y era potestativo de los médicos directores de los manicomios escoceses decretar salidas temporales de los internados dé hasta 28 días, que se po - dían alargar por la Junta Central hasta un año. En nuestro país se exigía al ingreso, por contra, el refrendo de los Subdelegados de Medicina, precep to que no•reunía, lógicamente, la menor garantía científica (18), y tampo co se autorizaban las salidas temporales, en consonancia con una• visión tanto más rígida cuanto menos pragmática de la asistencia por más que tuviera sus defensores (19). Se exigía asimismo un período de observación de los recluidos bastante amplio, que oscilaba de tres a seis meses a partir del decreto de 1885 y de un año desde la Real orden de 1887, pero se reser vaba a los familiares la obligatoriedad de incoar el preceptivo expediente judicial, lo que a menudo se incumplía.-Como resultado, un número inde terminado de enfermos permanecía largas temporadas ingresado sin ex pediente de reclusión definitiva, situación que se intentó paliar con la Real orden de 1908. Los sistemas manicomiales y sus derivados En sintonía con el marco de involución general que caracterizó la his toria española de las últimas déc�das del siglo XVIII, funcionaban a prin cipios del siglo XIX el Departamento de Enajenados del Hospital General de Valencia (el manicomio había sido fundado por el mercedario Fray Gi labert Jofré en 1408); el Hospital General de la Virgen de Gracia, de Zara goza, en el que se admitían dementes (el manicomio, que databa de 1425, había recibido el famoso elogio de Ph. Pinel) (20); la casa de «Los Inocen tes» de Sevilla (1430); el también hospital de «Los Inocentes» o de la «Visi tación», más conocido popularmente por «El Nuncio», en Toledo (1483), reedificado en 1793; el de Valladolid, de finales del siglo XV, que perduró hasta su destrucción en 1898; y había hospicios para enajenados y mani comios adscritos a hospitales generales en otras ciudades. El Reglamento de 1852 relativo a la ley de organización de la Beneficencia de 1849 esta blecería en seis el número de casas de dementes en todo el Estado. Pero la manifiesta incapacidad de los asilos públicos (por sus propios condicio nantes físicos y de eficacia terapéutica) y las condiciones propias de las crecientes desigualdades sociales, abrieron la posibilidad de que surgiesen los promovidos por la iniciativa privada. Hasta mediados del siglo pasado se contaban 17 establecimientos en--tre públicos y particulares que albergaban a más de dos mil enajenados, y hada finales del segundo tercio no habría más de 19. En la Cataluña de las primeras décadas del siglo XIX la mayor parte de la asistencia a los alienados se daba en la «sala de dementes» del Hospital de la Santa Cruz (1401). La primera institución privada asilar fue la Torre Lunática (1844), de Lloret de Mar. Pero se fundaron también, la mayoría con cierta inten-ción renovadora, los manicomios privados de San Baudilio, en Llobregat, inaugurado en 1854, ampliado después (1892 y 1904) y vendido ala Orden Hospitalaria; Nueva Belén, en Gracia, torrente de la Olla (1857), reedifica do en el año 1873 en San Gervasio de Cassolas y que será prácticamente el núcleo de la moderna psiquiatría catalana y que luego sería comprado por el Hospital de la Santa Cruz a comienzos del presente siglo; el Instituto Frenopático, en Las Corts de Sarriá (1868-1874); el nuevo manicomio de la Santa Cruz construido entre los años 1886-1915 como entidad semipri vada y que se inauguró en 1890. Con todas estas construcciones del que bien podría considerarse renacimiento psiquiátrico catalán, Barcelona se convertirá en el motor de la alternativa privada en la asistencia psiquiátri ca en España y, mientras tanto, en Madrid se abría el manicomio privado de J.M.a Esquerdo en Carabanchel Alto (1877) quien, con inequívoca voca ción asistencial, fundaría otro más reducido en su ciudad natal de Villajo yosa (Alicante) llamado «El Paraíso».. Además, otros manicomios creados después de la Ley de Beneficencia de 1849 fueron el Hospital de Dementes de Salamanca, la «Casa del Cor dón» en Valladolid, «Nuestra Señora del Carmen» en Mérida, las «Cinco Llagas» o «de la Sangre» en Sevilla y más tarde los provinciales de Grana da y Zaragoza, aunque todos ellos no supusieron en realidad ningún avan ce sustancial en la asistencia. En 1892 se inauguró aún el manicomio de Salt, en Gerona, como institución pública financiada por la Excma. Dipu tación provincial y, antes, el Instituto Municipal de Psiquiatría en 1870.en Barcelona. Por otra parte, los manicomios creados por la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, dentro de ese relativo clima reformista propiciado por la ley de 1849, fueron: el de Santa Isabel, de Leganés (1851); San José, de Ciempozuelos, Madrid (1876), que comienza su labor asistencial en la parte de mujeres en mayo de 1881 y que luego contaría con numerosos pabellones especializados como los de San Andrés, para enfermos epilép ticos, San Isidro, para los «trabajadores», San Anselmo, para los «tran quilos», San Camilo, para los agitados, San Rafael; para dementes e idio tas, y una Clínica Psiquiátrica militar (21) (22). También fueron de la Orden los manicomios de Carabanchel Alto (1899), de Madrid, para en fermos epilépticos; el de Santa Agueda, en Mondragón, Guipúzcoa (1898); y los de San Juan de Dios, en Palencia (1889). Estos últimos tenían sus raíces, podría decirse, en el antiguo hospital de San Blas, fun dado en el año 1560 y entregado a la congregación de los hermanos de la Orden en 1594. Pasó después a ser propiedad de la Diputación como Hos-pital Provincial hasta que en 1889 comenzaron a instalarse en él los alie nados, que hasta entonces los tenían en Valladolid, encargándose de ellos la Orden. De la-asistencia impartida en la mayoría de los• manicomios privados españoles son suficientemente conocidos los orígenes filantrópicos de casi todos ellos y su posterior degradación progresiva hacia' el custodialismo. Este estará ligado principalmente tanto a las penurias económicas deriva das de la creciente aceptación de enfermos que dependían de las Diputa ciones Provinciales, en general cicateras, como a la decadencia y fracaso del modelo del tratamiento moral y sus excesos. Los públicos no dejaron, en realidad, de practicar siempre una asistencia custodia!, cerrada. Por otro lado, a partir del año 1885 comenzaron a abrirse «Departamentos de Observación de Dementes» como el del Hospital Provincial de Madrid y de otros hospitales provinciales y municipales en todo el país, como ya se ha bía regulado desde bastante antes por la Real orden de 27 de julio de 1870. Y durante el primer tercio del siglo XX se inauguró, además del Instituto Pedro Mata, conocido más popularmente como manicomio de Reus y construido entre los años 1900-1904, la Clínica Mental de Santa Coloma de Gramanet, de la Diputación de Barcelona (1930), aprovechando la transferencia de la asistencia-psiquiátrica a las Diputaciones con la pro mulgación del Estatuto Provincial. En la•medicina europea y del mundo occidental de principios de si glo la tendencia general hospitalaria y de dispensarios o preventorios era el sistema de especialización bien por orden a la causa de enfermedad (infecciosos o contagiosos), por el aparato corporal dañado (ojos, oídos, etc.), o según consideraciones más sociales como era el caso de los pa cientes sifilíticos o de las parturientas. Respecto a los manicomios las primeras diferenciaciones habían sido internas o arquitectónicas, pero sin que solventasen con eficacia problemas básicos como la higiene y otros, como eran tener un mínimo orden en la disposición de los inter nados según enfermedades, técnicas terapéuticas a emplear, o la vigilan cia requerida, dado el hacinamiento caótico habitual en estos estableci mientos (23). Los primeros ordenamientos internos más modernos basados en la especialización se implantaron en el manic6mio de San Baudilio y en el de Reus (24) (25) (26), adoptando el axioma de que a ca da grupo o tipo de alienados correspondía asimismo un tipo de asilo dis tinto, lo que -se traducía en pabellones autónomos para cada categoría de enfermos. Se tendía, por tanto, a abandonar el viejo modelo hospita lario europeo de las construcciones monumentales típicas del Renaci-miento y la Ilustración. Pero el mismo concepto y validez del sistema ba sado en la especialización a ultranza fue también criticado por reduccio nista si no se acompañaban los planteamientos apoyados tan sólo en las distinciones nosológicas al uso de otros orientados a la educabilidad y exigencias terapéuticas y sociales, lo que resultaba especialmente evi dente en el caso de los deficientes (27). Se proponían así otras ordena ciones internas según fuesen enfermos de psicosis agudas, crónicos lúci dos, tranquilos no lúcidos, agitados y sucios (28) (29), pero que con el tiempo mostraron también su insuficiencia. A principios de este siglo estaban vigentes en Francia distintas dispo siciones legales que obligaban a los manicomios públicos a tener pab�llo nes especiales de aislamiento para los alienados tuberculoso-s (3of--Para los toxicómanos se preconizaban, también.en España como en otros paí ses, sanatorios especiales que contemplasen desde el tratamiento de de sintoxicación gradual hasta la rehabilitación. Existían asociaciones que organizaron «cruzadas» contra lo que se entendía, ya entonces, una plaga social y, a falta de centros adecuados específicos, se sugería la posible in clusión en los manicomios ya constituidos, de departamentos especiales para los toxicómanos indigentes (31) (32) (33). Los alienados criminales o, según algunos, mejor llamados «locos pro cesados o delincuentes», no contaban en todos los países con asilos espe ciales. De hecho en cada cual se resolvía la cuestión de su internamiento mediante diversas consideraciones económicas, legislativas, administrati vas y otras. En Francia Kéraval lideraba una corriente de opinión en favor de la eliminación de esos asilos especiales y contribuyó finalmente a la de saparición del de Gaillon (34) (35). Por el contrario en Cuba se considera ban necesarios ante las pésimas condiciones que reunía el local de presun tos enajenados de la cárcel de la Habana y del Presidio y el hacinamiento y mezcolanza con que se encontraban en el manicomio de Mazorra (36). En Irlanda, un Real decreto de 1845 establecía la creación de un Asilo Central para locos delincuentes. En Bélgica, bajo la cobertura del decreto de 30 de mayo de 1920, se creó una red de laboratorios penitenciarios para el estu dio de la población penal. Aquella estaba dirigida por Luis Vervaeck, quien pretendía la organización antropológica de la prisión ( 3 7). La refor ma penitenciaria en este país, que comenzó por modificar el régimen car celario, se orientaba a la selección de los penados y a la individualización de la pena y, en ese sentido, se proyectó la construcción de distintas casas penitenciarias para alcohólicos, toxicómanos, epilépticos, neurópatas y otros (38). En España se•había dispuesto por Real decreto de 1885 la creación en el interior de los manicomios de un departamento separado para el inter namiento de los enfermos mentales declarados irresponsables por los tri bunales de justicia. Por Real decreto de 13 de diciembre de 1886 se deci dió la creación en Madrid de un manicomio penal, que quedó sin efecto. Por Real decreto de 7 de febrero de 1928, de acuerdo a lo dispuesto en el de 1 de septiembre del año 1887, se daba carácter ejecutivo y urgente a las órdenes de la Dirección General de Prisiones para el ingreso en los mani comios provinciales. En abril de 1894 se había presentado a las Cortes un proyecto de ley que disponía y reglamentaba la creación de manicomios de seguridad y observación dependientes del Ministerio de Gracia y Justi cia y hubo otras disposiciones legales en sentido parecido que tampoco llegaron a plasmarse en la realidad. Lo cierto es que en opinión de muchos psiquiatras y juristas (39) su creación era una clara necesidad social pero, a falta de un ordenamiento legislativo adecuado en los códigos civil y penal (40) (41), incluso del nue vo código penal de 1928 en opinión de algunos (42), no se construyó nin gún centro especial para estos enfermos, ni tampoco los había habido an tes. Los alienados delincuentes recibían asistencia como los demás en manicomios generales, tanto como indigentes en los de beneficencia pro vincial o como pensionistas en los privados, aunque seguramente había más en las prisiones que en los manicomios. En 1906, en el manicomio de San Baudilio los ingresados como delincuentes eran el 3,62% del total y, según Rodríguez Morini (43) (44) (45), médico director del centro, no ha bía razón alguna para imponerles el estigma infamante de los asilos espe ciales y su régimen también especial. Del mismo parecer sería después Gayarre (46) entre otros (47), modificándose así los criterios opuestos de fendidos a principios de siglo (48). La alternativa que se proponía era la construcción de un pequeño pabellón anejo al penal en donde poder estu diar a los presuntos alienados y, en caso de confirmarse la alienación, de berían trasladarse a un manicomio ordinario. Asimismo se reclamaba pa ra el conjunto de los criminales, junto a la reclusión y rehabilitación, el tratamiento médico, para lo cual las propias prisiones deberían cumplir un papel de sanidad social (49) (SO) (51). Como telón de fondo de la insen sibilidad del Estado en estos asuntos, incapaz de dar la respuesta adminis trativa esperada,. habría que recordar la ancestral desconfianza de los po deres legislativo y judicial respecto de los criterios defendidos por los médicos psiquiatras. Así pues, y en un plano ya general, tras las primeras instituciones espe ciales creadas para los epilépticos se fundaron otras para alcohólicos y V. Sistema libre en establecimientos de hidroterapia -en casa de enfermeros ----,---en casas de campo -viajes Como ya se ha comentado, el sistema estrictamente manicomial o clá sico, con ser necesario en ciertos casos (SS), se había mostrado insuficien te e ineficaz para muchos internados y eso a pesar de las nuevas tenden cias hacia su dispersión en pabellones que pretendían humanizar la reclusión. De este modo surgieron las llamadas colonias agrícolas que eran, podría decirse también, la última novedad asistencial en vigor y que en España se habían iniciado ya en 1877 por A. Pujadas, pero sin mayor continuidad posterior. Existían establecimientos manicómicos de este ti po tanto en el resto de Europa (especialmente en Alemania, de donde se habían «exportado» a otros países, y Reino Unido, pero también en Italia, Rusia, Austria, Holanda, Suecia, Francia y Noruega) y América (EE.UU. y Argentina). Se pretendía con ellos el tratamiento agrícola como agente moral y gimnástico de algunos enfermos mentales (56). Todo el sistema colonial se basaba en la proximidad del asilo, formado por varios pabello- http://asclepio.revistas.csic.es nes, respecto de la colonia libre en la que se practicaba una asistencia de «puertas abiertas». Por su parte, las colonias familiares o «sistema belga» tienen su ori gen en el siglo XVII en la legendaria de Gheel y que, desde el año 1852 en que adquirió el carácter de institución de beneficencia dependiente del Ministerio de Justicia, disponía de una enfermería central dotada de per sonal médico en la que permanecían en observación los nuevos ingresa dos hasta su redistribución definitiva. A partir del año 1882 estaba regida por una• «comisión superior» compuesta por el gobernador de la provin-0 cia, el fiscal del tribunal de Thurnhant, el juez municipal, un médico de signado por el gobierno y el alcalde de la propia localidad de Gheel. Ha bía otra «comisión permanente» de inspección y vigilancia. La finalidad de esta colonia y de las que de ella se derivaron tanto en Bélgica (la de Lierneux) como en otros países europeos (Dun-sur-Auron y Aynay-le Chateau en Francia), era el cuidado de los enfermos crónicos inofensivos y convalecientes, y se caracterizaban por el énfasis puesto en la vida en familia y el trabajo en el campo (el aspecto terapéutico del trabajo ya ha bía sido enfatizado antes por Pinel y conservaba todavía vigencia en muchos lugares) (57). Las colonias no pretendían por tanto suplir al manico mio como tal sino complementarlo y, de hecho, se nutrían de los pacientes exhospitalizados. De su éxito da prueba la existencia de más de 2. Si el secreto del éxito innegable de Gheel era debido en buena parte a la selección cuida dosa de enfermos y familias, no podía decirse lo mismo de otras colonias creadas a su semejanza pero en las que las familias carecían de la prepa ración y motivación necesarias y en las que la vigilancia médica era defi ciente. Otras alternativas de asistencia familiar colectiva eran las que se da ban en el propio domicilio del enfermo o en otro ajeno al mismo y esta ban destinadas preferentemente a los débiles no educables y los demen tes. En ambos casos el Estado subvencionaba a fondo perdido a las familias. En lugares como Escocia y después en Inglaterra, Alemania y también en América, los alienados eran albergados en diversas familias aunque sin formar entre ellas un sistema colonial. Era el llamado private dwellings system y estaba orientado a los enfermos más inofensivos o cró nicos. Este sistema se controlaba en Escocia, que es donde mayor <lesa..; rrollo alcanzó, mediante un consejo general •llamado General Board of De otra parte, el «sistema mixto» e, stablecía que las viviendas familia"" res estuvieran en zonas anexas a los manicomios para• beneficiarse de lo mejor de las dos posibilidades. Era el que se podría llamar «sistema italia no» en el que la colonia se regía y dependía directamente del manicomio. Un tipo particular de sistema mixto era el «sistema escalonado», iniciado en Wittenauer (Berlín), que consistía en una serie de pabellones, general mente con régimen abierto, externos al propio hospital psiquiátrico y des tinados a psicópatas jóvenes, toxicómanos y otros. El llamado «sistema li bre» pretendía, en cambio, proporcionar al enfermo mental necesitado de cuidados una alternativa menos institucionalizada y estigmatizante como eran los balnearios o casas de campo, pero estaba más reservado a ciertos melancóHcos, paralíticos generales o neurasténicos que a los locos en sen tido estricto. Por último, los viajes o excursiones utilizados como medios de aislamiento debían reservarse a casos muy concretos. Dispositivos alternativos de asistencia, En 1900 se celebró en París un congreso internacional de asistencia y beneficencia privada de donde surgió la idea de celebrar al siguiente año en la misma ciudad otro especial para la asistencia familiar de los aliena dos. Estos sirvieron de precursores al «Congreso de asistencia a los aliena dos» celebrado en Milán en 1906 en el que se decidió crear un Instituto In ternacional, en la práctica europeo, para la investigación de las causas y de la profilaxis de las enfermedades mentales. La comisión nacional espa ñola estaría presidida por J.M.,Esquerdo y la.secretaría se convino fijarla en la misma sede barcelonesa donde se redactaba la Revista Frenopática Española. En el congreso del año siguiente en Amsterdam se propuso un reglamento. En el de Viena de 1908 se elaboraron planes operativos con cretos y se aprobó un proyecto de estatuto. Luego vendría el congreso de Berlín de 191 O y distintas conferencias internacionales hasta el congreso de Londres de 1913. Pero habían fracasado los esfuerzos encaminados a unificar la terminología y la enseñanza de la psiquiatría, así como el resto de los objetivos propuestos inicialmente, en gran parte debido a los afanes nacionalistas de sus participante (61). Mientras tanto, C.W. Beers ejercía una enorme influencia en EE.UU. a través de su obra A Mind that Found Itself y el 6 de mayo de 1908 se fundó la Sociedad de Higiene Mental, de Conneticut, y en 1909 se creaba en Nueva York el National Committee for Mental Hygiene que tuvo una inten sa actividad refrendada después por la publicación de la revista trimestral Mental Hygiene desde 191 7. Su labor sirvió como modelo. para la creación de ligas de higiene mental en otras naciones, especialmente a partir de la tercera década de este siglo, que tanto influjo ejercieron en la renovación de la asistencia psiquiátrica. • La que podríamos llamar remedicalización de los manicomios, influida sin duda por la íntima relación entre la neuro logía y la psiquiatría, con la consiguiente revitalización del modelo médi co-terapéutico enfrentado al custodia!, necesitaba cada vez más proyec;. tarse en labores de higiene y preventivas, en una suerte de mixtura entre biologismo y acción social. La «reforma» en el modelo asistencial de la infancia comenzó, por su parte, con la creación de organizaciones educativas de distinto tipo como escuelas especiales o reformatorios y después albergues hospitalarios para los niños locos, recogiéndose de. esa manera las aspiraciones que se expre saban desde mucho antes por parte de la pedagogía (62) y, en el asunto de la educación de los anormales, desde la ortofrenia del francés Hard. En España, en junio de 1908 se terminará de construir un amplio pabellón en el manicomio de San Baudilio que será convertido después en ortofreno comio para los niños agenésicos (63). También fueron apareciendo sucesi vamente distintos tipos de instituciones desligadas de los manicomios propiamente dichos, como la Escuela Municipal de Deficientes de Vilajua na en Barcelona, desde el año 1919, o el asilo Toribio Durán, después Es cuela de Reforma Toribio Durán. Sucedía parecido en otros países, como muestra la creación del Instituto Pedagógico-Forense de Milán, las escue las especiales, los asilos-escuelas y los reformatorios belgas, italianos, ale manes, suizos y americanos orientados todos a la infancia anormal, aban-donada o criminal, que tenían.sus indicaciones en numerosos casos. En • congruencia con los nuevos dispositivos se dinamizó la misma función asistencial y, así, en Bélgica se aplicará especialmente el método de la lla mada «observación pedagógica», de Rouvroy, para el enderezamiento y reforma de los niños deficientes o anormales. No había, empero, en España, una estructura organizada entre institu ciones para coordinar aspectos tan interdisciplinares en relación a los ni ños. Aunque se había promulgado la Ley de Protección de la IIifancia en 1904 y se regulaba la asistencia de los menores por el Reglamento de 1908, los deficientes y los niños psicóticos seguían recogidos casi exclusi vamente en estancias especiales de los manicomios. Hubo aisladamente otras iniciativas privadas diferenciadas, como el Instituto Médico-Pedagó..: gico (1915), pero hasta la tercera década del siglo no comienzan a consta tarse ciertas mejoras debidas principalmente al influjo de la Obra de Pro tección de la Infancia. Se funda entonces la clínica privada «Instituto Torremar», en 1928•en Vilassar de Dalt, para los niños mentalmente-anor males. En la siguiente década existirá ya en Cataluña una cierta comple mentariedad asistencial entre.el Instituto Psicotécnico de la Generalitat, el servicio de Medicina de la Infancia del Hospital de la Santa Cruz y San Pa blo y la cátedra de psiquiatría de la facultad de medicina de Barcelona, que perduró hasta la Guerra Civil. El mayor salto asistencial cualitativo general, dentro del modelo de una práctica médica moderna asumida plenamente para el tratamiento de la enfermedad mental, se dio, en cambio, con la creación de clínicas• psi quiátricas autónomas y los hospitales urbanos, que pretendían superar las limitaciones de los manicomios especializados de planta diseminada y de.los asilo-colonias. La enseñanza ofi cial de la psiquiatría era-obligatoria, además de en Alemania, en Italia, Gran Bretaña, Austria, Hungría, Rusia y Suecia, y voluntaria pero organi zada por el Estado en Bélgica, Francia, Dinamarca y Rumania, mientras que estaba carente de cualquier organización en España, Portugal, Norue ga y Turquía (64). Se preconizaba también que estas clínicas universita rias se complementaran con los.hospitales especiales, que describíamos bajo d epígrafe anterior, para el tratamiento de las psicosis agudas, sana torios para psiconeurópatas, sistemas de hospitalización para los, enfer mos crónicos, asilos para epilépticos, establecimientos para idiotas, asilos http://asclepio.revistas.csic.es para los_bebedores y los habituados, y para los alienados criminales, reser vándose los manicomios para casos muy particulares (65). Entre los esta blecimientos para epilépticos destacaba sobremanera el hospital del esta do de Ohio en EE.UU., inaugurado el 30 de noviembre de 1893 y en el que se hallaban ingresados más de 2.000 pacientes, ocupando una extensión superior al kilómetro cuadrado (66).. Para nuestro país los novedosos sistemas descritos, distintos del mani.,. camio tradicional, no dejaban de ser en general la ilusión y afán de unos pocos, mientras se seguían proponiendo proyectos de nuevos sanatorios que sólo recogían las últimas tendencias arquitectónicas y de distribución interior, pero alejados de cualquier otra alternativa (67). Tras el «Proyecto Médico Razonado... » de Pí i Molist (68) (surgido en un tiempo de total au sencia de manicomios. modernos en España) y la primera iniciativa de modificación radical de la legislación• y asistencia a los enfermos mentales que supuso el Certamen Frenopático Español de 1883, el papel pionero, en tanto que organización, que significó la Sociedad de Psiquiatría y.Neu rología para promover las necesarias reformas asistenciales y también en los órdenes legislativo y docente, es indiscutible (69) (70).( 71) (72) (73) pe ro, en buena medida, no se tradujeron en hechos concretos por parte de la Administración (74) (75). El asunto fue retomado luego por la Asociación Española de Neuropsiquiatras y la Liga de Higiene Mental ( en cuya géne sis tanta influencia ejercieron las páginas de la Revista Médica de Barcelo na) (7 6 ), con el apoyo de la Sociedad española de Higiene y de la Acade mia Nacional de Medicina, entre otras instituciones. En• Cataluña, la disolución de la Mancomunitat por la dictadura mili tar ert 1924 supondrá un freno al nuevo modelo asistencial público en vías de gestación. Ypara el conjunto del Estado, aunque se habían modificado en cierta parte los defectos del régimen interior de los antiguos manico mios entendidos antes como meros almacenes o casas de locos, la falta so cial de cultura psiquiátrica por un lado (77) (78) (79) y la precariedad de los.recursos disponibles y de manera particular los económicos y de la for mación y provisión de personal (80) (81), por otro, limitó los avances lo grados en el campo de la terapéutica (82) (83). Por último, la ausencia de decisiones políticas claras, es decir, la inhibición mayor o menor de los poderes públicos (84), constante durante toda la Restauración, determinó que en este asunto España fuera de los países más atrasados de toda Euro pa (85) y que, aún después del decreto de 1931, siguieran formulándose parecidas intenciones sobre la que todavía seguía siendo una renovación pendiente y necesaria (86) (87). Es un hecho a destacar que la ampliación de los servicios asistenciales sacó a la luz a un número cada vez mayor de alienados en todos los países. En este último territorio se registrará un incremento del 197% de la población vesánica internada desde 1858 hasta 1906, en consonancia con la construcción de nuevos manicomios, mientrás que la población ge neral sólo aumentó el 56%. En todos estos.países parecía seguirse una ten dencia alcista en la morbilidad psiquiátrica asistida (88) (89). Se calculaba que en algunas provincias alemanas había un in greso manicomial por cada 300-400 sujetos sanos. En la Suiza de 1910-1911 el número registrado de alienados equivalía al. 1 % de la población ge neral, aunque se daba por supuesto que los reales serían más y se creía necesaria una cama por cada 220 habitantes, pero sólo había un recluido por cada 400. En España la situación era muy variable, según provincias, en fun ción de la oferta pública de camas psiquiátricas por lo que, generalmente, a mejor Administración había mayor número de internamientos. En.la España de finales de la tercera década de siglo se estimaba una morbilidad psiquiátrica de 2,5 por cada 1.000 habi tantes. Existía acondicionamiento en los manicomios públicos provincia les y nacionales para aproximadamente 15.000 enfermos, pero se calcula ban en mucho más del doble los alienados. pobres necesitados de hospitalización (93). La mayor demanda de servicios psiquiátricos por una parte, y la la bor instigadora pragmático-moralista de las ligas: de higiene mental, por otra, propiciarán la aparición de los •primeros dispensarios psiquiátricos en el mundo (la terminología había sido tomada de los tisiólogos) por http://asclepio.revistas.csic.es parte de la iniciativa privada y luego también pública. Estos surgieron, por tanto, en el tiempo en que predominaba una actitud regeneracionis ta incentivadora de la reforma de la sociedad, a través de la educación en general y de la enseñanza directa, que fue constante durante las pri meras décadas del siglo, también en España y que tuvo buena expresión en la considerable difusión que lograron por doquier las ideas eugenési cas. En efecto, el primer dispensario psiquiátrico abierto surgió en EE.UU. en 1910. Se trataba del Psychopatic Ward de Nueva York, en el que podía haber internamientos breves de Iio más de tres días y disponía de varias salas de consulta, laboratorio y servicios sociales anexos. Pre tendía ser un centro' de consultas externas y, en su caso, de distribución delos enfermos hacia los hospitales psiquiátricos estatales. La experien cia, que desarrollaba en cierto modo la idea de Kraepelin del Psychiatris ches Institut, de Munich, se plasmaría más tarde en otros muchos paí ses, y en el nuestro se comenzó algún tiempo después a promover la toma de conciencia de la necesidad de este tipo de centros (94) (95) (96), alcanzando mayor impulso al amparo del ideario de• la Liga española de Higiene Mental (97) (98) [*]. El complemento de esos dispensarios eran los patronatos dedicados a los individuos dados de alta de los manicomios y hospitales psicopáticos, con el objetivo de su protección tanto moral como económica encamina da a la reinserción social. En países como EE.UU. todos estos dispositi vos se organizaban a través de un organismo central, el Comité Nacional para •la Higiene Mental. También en países de nuestro entorno co mo Francia se fundaron patronatos para el apoyo médico y social de los convalecientes de internamientos manicomiales (99). En ese país la Liga de Higiene Mental se creó en diciembre de 1920 y pronto desarrolló una intensa labor divulgadora, de prevención y tratamiento de los alienados, y desde 1921 funcionaba el Servicio de Profilaxis Mental del Sena, depen diente del hospital Santa Ana de París. Ya en 1904 se había inaugurado en esa capital el primer dispensario antialcohólico, fundado.por Berillon. Pretendía-el tratamiento moral y sugestivo y la reeducación de los bebe dores.. La liga antialcohólica del país vecino venía desarrollando desde tiempo antes su labor moralizadora y se habían creado varios «restauran tes de temperancia» (100). Un servicio de esas características debería de constar de un dispens'ario, servició social, servicio de visitas a domicilio, un servicio abierto de hospitalización y otro de observación y diversos la boratorios. En elReino Unido se creará el-National Council far Lunacy Reform; en Bélgica la Liga de Higiene Mental, patrocinada por la Sociedad de Medi cina Mental del país; en Finlandia se fundará la Obra para la Higiene Mental; y habría instituciones similares en Suiza, Noruega, Baviera y otras naciones. En nuestro país se venía proclamando desde la Sociedad de Psiquiatría y Neurología la acuciante necesidad de crear patronatos para anormales o niños y jóvenes mentalmente deficientes, para jóvenes y adultos abandonados o vagos y para los alienados pobres (106), reivin dicación que luego hizo suya la Liga española de Higiene Mental reco mendando se encargasen de su organización las Diputaciones (107). Por fin, con un retraso de décadas y constituido ya el Consejo Superior Psi quiátrico, se creará en España, en la Dehesa de la Villa, el primer dispen sario de higiene mental, con servicio abierto de hospitalizaciones breves y ambulatorio (108) [**]. en los manicomios, y en esa dialéctica se favorecieron cambios en la es tructura física y funcional de aquellos centros, llamados entonces hospi tales psiquiátricos. Mas tales cambios fueron, por sí solos, claramente in suficientes. En nuestro país era escasa la ascendencia profesional y social del re ducido número de psiquiatras que se tenían por tales y la falta_ de oficiali zación de la enseñanza de la -�specialidad en la universidad contribuyó a su pobre capacidad de influencia sobre la Administración, de quien de pendía en última instancia la renovación de la asistencia que venía recla mando la «nueva psiquiatría científica». Además del <<Sistema de especiali zación» pocas novedades registró la práctica insti.tucional de la psiquiatría española en el período de «entresiglos» y la reforma del modelo asilar fue lenta y desigual a pesar de la mayor demanda de servicios psiquiátricos y de la labor instigadora pragmático-moralista que desarrollarán la Liga de Higiene Mental y otras sociedades e instituciones científicas. Finalmente, con un retraso lamentable, constituido ya el Consejo Superior Psiquiátri co, se creará el primer dispensario de higiene mental con servicio abierto de hospitalizaciones breves y ambulatorio.
Bosques y aprovechamientos forestales El descubrimiento de las Indias por el Almirante Colón en el año 1492 al servicio de la. corona de Castilla, puso a disposición de los Reyes Católi cos y de sus sucesores en el trono de España unos territorios tan extensos y variados que tardaron muchas décadas los conquistadores castellanos en apreciar su inmensidad y diversidad. El bosque tropic�l, el manglar, las selvas equinocciales, el estepario altiplano se presentaron a los españoles en el esplendor de su primitiva belleza, que ya el gran Almirante se asom bra al bordear las costas de la gran Cubanacan (1). La diversidad biológica de la pluriselva tropical (2) fue una fuente ina gotable de curiosidad científica a lo largo de todo el siglo XVIII. La fragili dad• de los ecosistemas tropicales unida al aprovechamiento o mejor a la explotación desordenada de los bosques y selvas a lo largo de la conquista y poblamiento; redujo de muy diversa forma su superficie con mermas cuantitativas y cualitatiyas de.aquellas especies arbóreas (3) de mayor in terés económico. Las Leyes de Indias, desde su desarrollo inicial, contemplaron la rique za forestal en el uso y disfrute del conquistador y del indígena como lo muestran los «Cortes del Rey» en la Isla Juana (Cuba), así como las Orde nanzas para los bosques de la Habana (1620). La Marina Real tomó bajo su dirección los bosques y montes indianos, principalmente los antillanos, en aplicación de las Ordenanzas de Marina de 1748. De esa manera y du rante el siglo XVIII la Marina Real controlaba los bosques situados en la costa norte de la isla de Cuba a lo largo de 33 kilómetros, hasta una exten sión de 220 kilómetros contados desde La Habana (4). El bosque cubano fue el mudo rehén disputado por los propietarios de los ingenios azucareros representados en el Real Consulado y la intenden cia de Marina representada en la Junta de Maderas. Unos y otros, los industriales azucareros y los astilleros y arsenales de La Habana y Real Sitio de la Tenaza, abatieron cedros, guayacanes, cao bo' s y pinos, para su uso como fuente de energía y para la construcción ci vil y naval. El bosque tropical de frondas impenetrables y monzónico, de vegeta ción perennifolia siempre verde, y el también bosque• de coníferas caían talados bajo el hacha de un progreso y una nueva cultura y tecnología. Las maderas de roble, de ácauca, quiebrahacha, capá y ceiba fueron destina das a los arsenales americanos para dar origen a una gran flota ultramari na. El granadillo, catey, palonazareno, • dieron lugar.. a hermosos �uebles que adornaron los palacios de virreyes y capitanes generales. Los industriales azucareros talaron los bosques en busca de combusti ble para sus ingenios y roturaron tierras y efectuaron rompimientos a cos ta de los territorios forestales, para así extender la superficie de las planta ciones de caña. Por su parte, la Marina se proveyó de maderas suficientes para cons truir en el período que va de 1734 a 1781 sesenta y siete navíos de línea. En el año 1789 se promulgó la Real Cédula de once de diciembre sob: re el uso de maderas en la plaza de Cuba, y en 1803 la creación en la isla de los astilleros de Mariel, Matanzas, Jagua y Nipe. Años más tarde, en 1812, se libera a los propietarios de los montes, mediante la Real Cédula de Montes y Plantíos, del yugo de la jurisdicción de la Marina. Por último en el año• 1815 quedan derogados en América los privilegios sobre los montes que tenía la Marina Real. La gran riqueza de los montes ultramarinos en maderas, por entonces de un gran valor estratégico, dio lugar a que las autoridades españolas dic taran una serie de normas que regulaban la extracción de las mismas a partir del siglo XVI (5). La riqueza forestal de la Isla de Cuba era proverbial y así hablan de ella Herrera en sus Décadas y el Padre Las Casas• ( 6), y sus maderas precio sas de teca y caoba fueron llevadas en navíos con destino a la construcción de El Escorial y del Palacio Real de Madrid. Para el suministro de maderas al Real Astillero de La Habana se esta blecieron los ya mencionados Cortes del Rey (7). Durante el siglo XVIII, y como hay constancia en el Archivo General de Simancas (A.S.), tanto en los legajos correspondientes a Secretaria de Marina como de Hacienda, se dictan disposiciones sobre la manera y for ma de establecer las cortas y clases de madera y cantidades necesarias pa ra la fabricación de bajeles, así como de noticias de envíos de maderas a la península ( 8). Las visitas de los subdelegados de Marina fueron práctica continuada para valorar la riqueza maderera de los bosques americanos, con el fi r:t de abastecer a los arsenales y astilleros tanto indianos como peninsulares (9). Toda esa aplicación de maderas a la tecnología de la arquitectura na val hizo necesario que se desarrollara una incipiente selvicultura, con cri terios tecnológicos de máximo rendimiento dentro de la gestión de las ma sas forestales explotadas, en la que quedaron por las Ordenanzas más perfectamente determinados los criterios de selección en la corta, buscan do en el á:r; bol en pie la pieza o ligazón más conveniente para el uso naval, en razón del diseño del navío según su porte. Esta clase de selección de ti po dendromórfico pie a pie es de una forma particular de entresaca no re gularizada de corte atípico (10). La falta de una planificación en la gestión del bosque, unida a la carencia de una técnica apropiada en la corta y transporte de la madera a los centros de consumo, incrementada por el desconocimiento del comportamiento de las mismas, originó elevadas pérdidas de producto. Fueron varios los métodos empleados por los agricultores en las cortas de maderas, dentro del sistema de aprovechamientos, como el método de «a tumba y deja» en que mediante una previa limpieza de maleza en la zo na de la corta se talaban los árboles con destino en general para combusti ble, y el método «a tumba y limpia» en que con maleza y con los árboles se -hacía una gigantesca hoguera quedando el suelo listo para efectuar una plantación agrícola (11). Los bosques y selvas filipinas dependientes administrativamente del virreinato de Nueva España fueron regulados desde la conquista hasta muy entrados en el sigloXIX por las Leyes de Indias (Ley 14, título 17, li bro 4 de 1594), sobre los derechos del indígena a cortar madera•para su uso en los montes de la Corona. Posteriormente, una Real Orden de 1797 limitó esos derechos a los terrenos unidos o inmediatos a los pueblos. Los marinos Jorge Juan y Antonio de Ulloa (12) nos hablan de las ex celencias de las maderas de los montes de Guayaquil y de los bosques si tuados entre Chiloé y Acapulco, haciendo descripciones sobre las cualida des de distintas maderas como el guachapeli, roble amarillo, maría, canelo, manglé, bálsamo y laurel en: su aplicación a la construcción de buques. Otros autores como Nicolás Monardes en su Primera, Segunda y Terce ra partes de la Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras In dias Occidentales que sirven en medicina (1565) nos hacen descripciones de las excelencias de la jalapa, sasafrás y la cebadilla, de las nuevas pro piedades • del tabaco, canela, guayacán y de los árboles del bálsamo y otras propiedades del maíz, piña, cacahuete, batata, zarzaparrilla y ricino. Res pecto de la madera de guayacán (Guayacum offi.ccinale), Francisco Delica do (1529), clérigo de Martos (Córdoba), publica El modo de apoderarse el legno de India Occidentale que describe la forma de preparar con madera de guayacán el leño de Indias, un remedio útil en el tratamiento de la sífi lis. Ruiz Díaz de la Isla (1539) en• un Tratado sobre el fruto de Todos los Santos contra el mal serpentino venido de la Isla Española reconoce las pro piedades-curativas del guayacán, alegando la procedencia americana de la sífilis. La decocción de la raspadura• de la madera del guayacán seguirá utilizándose hasta muy entrado el siglo XVIII, apreciándose en ella pro piedades de tónico-amargo, diurético y sudorífero eficaz. Plantas como el palo de campeche ( 13) y el añil, también salieron de los bosques• y selvas de América. La construcción naval en las Indias El mayor y más importante astillero de América, e incluso de todo el imperio español, durante la primera mitad del siglo XVIII fue el Real Ar senal y Astillero de La Habana en la isla de Cuba. Este astillero fue funda do en el• año 1 725 cuando España controlaba solo el 5% del comercio de América. Las naves construidas en La Habana tuvieron siempre fama de extra ordinaria calidad. Cuando el Marqués de la Ensenada planeó dotar a la armada real con 15 nuevas unidades, los 10 barcos de mayor tonelaje fueron construidos en La Habana y únicamente en El Ferrol las 5 embar caciones menores (14). Y a en el año 1717 existía el proyecto de creación de un astillero en la Gran Antilla para construir, apostar la flota, reparar y carenar buques. Su fundación fue a iniciativa de J. Campillo. Siguiendo el método Gaztañeta se construyeron muchos buques entre l 726� 1739 mediante asientos con la • compañía de La Habana, continuando la construcción durante los años 1741-1749. Diez años más tarde de la fundación del AstiHero de La Habana, en el 1735 fue creado el Real Astillero del Sitio de la Tenaza también en la isla de Cuba, siendo remodelado en 1739 según el Plan de Ampliación y Mo dernización de la Armada a impulso del Marqués de la Ensenada. Se crea para ello ex-profeso un asiento con la Marina y la.Real Compañía de Co mercio de San Cristobal de La Habana, por lo que en el período que va de 1741-17 49 se contrató la fabricación de 1 O navíos de línea. Se abastécía de maderas el astillero de la Tenaza de la zona de Chihuaua, Matanzas, Camarioca, Sagua y Bahía Honda. Otro importante astillero a�ericano fue el de Guayaquil, en el cual en el año 1752 se efectuó la construcción del navío San José El Peruano, que resultó un fracaso completo por utilizar un diseño inconveniente. Años más tarde, el rey D. Carlos 111, en 1768, relanzó el astillero y para ello en el año 1783 se solicitó al gobernador de la región que recogiese muestras de distintos géneros de maderas ( 16) que se producían en dicha jurisdicción. En el año 1 790 el navío Santiago El Fuerte partía para la península con 24 trozos de cada una de las maderas seleccionadas: guayacán, negra, caña, fístola, tinto, algarrobo, mangle caballero, mangle colorado, canelo, matasarna, cacol, coquito, amarillo y colorado, para que los técnicos y carpinteros de los astilleros experimentaran y conocieran las excelencias de las maderas guayaquilenses. En las inmediaciones de Guayaquil se llegaron a contar 30.000 árboles de edad y tamaño capaces para servir en la construcción de navíos de 70 cañones. Para este tipo-de embarcaciones de alto porte se seleccionaron las maderas de roble, canelo, guachapeli, moral, caña, fístola, amarillo, colorado y bálsamo (17). Otro astillero fue el de Realejo, en el golfo de Fonseca, aprovechando la bondad de las maderas de sus alrededores para su empleo. y uso en la arquitectura naval (18). El Real Astillero de Coatzacoalcos tuvo una efímera vida de quince años (19) y lo poco que allí se construyó resultó a unos costos muy eleva dos. La construcción de un navío en el astillero se describe así-: Se comienza con el armazón del casco, formá�dose para ello una e • m palizada de postes fuertemente clavados en el suelo; sobre una base de ta blones se coloca la QUILLA y se levanta el codaste, el pie de roda y la ro da, a continuación se colocan las cuadernas, baos, etc. dando forma estructural al navío. Poco a poco y a medida que son visibles las líneas del casco y que se sube hacia arriba es necesario montar poleas y polipastos para la elevación de los materiales. El mástil (palo mayor), así como el trinquete, mesana y bauprés, como los palos de gavias, se mueven y se preparan con ayuda de un molinete'. El tablazón para el casco y puentes se prepara sobre grandes « borri quetas». La mecha cuadrada o rectangular del palo encaja en la carlinga sobre la quilla. Una vez terminada la estructura y puestos los forros se bota el navío y se le tumba de quilla, es decir acostado sobre una banda para que la mi tad del casco por debajo de la línea de flotación quede al descubierto. Un equipo de operarios se ocupa de calafatear los tablones y juntas median te una mezcla de alquitrán y estopa que después se flamea para que se adhiera fuertemente a la madera, y así conseguir una protección de la misma y el casco pueda conservarse contra las tarazas, moluscos y bro ma. Mientras las bombas, con su largos canalones, achican el agua del navío (20). Esta sencilla descripción muestras las tareas más significativas que se precisaban para botar una embarcación. María de Chimilapa se hicieron talas ingentes de árboles pa ra el• suministro de arboladuras a los astilleros de las costas antillanas (21). Desde el diseño Gastañeta al de Jorge Juan, llamado el «método in glés», pasando por el Gautier, y Romero Fernández de Landa todos tuvie ron su aplicación en el astillero de La Habana y navío como el Santísima Trinidad salió de sus diques (22). Felipe II mandó que se pusie' ra en servicio el astillero de Bahía de los Sacrificios, en Veracruz del virreinato de Nueva España, pero el Marqués de la Ensenada lo • suprimió en el año 1747. Durante los siglos XVI y XVII gran parte de las embarcaciones de la flota mercante española fue construida en los astilleros de las Indias. Un ejemplo de ello es que de los 239 buques utilizados en los viajes de las Flotas de Indias en el período comprendido entre 1669 y 1700, 47 em barcaciones, es decir, una quinta parte, fueron construidas en los astille ros criollos. Por entonces, los astilleros y arsenaies de La Habana, Guaya quil y Cavite eran famosos (23). Del astillero de La Habana salió en 1723 el navío de 2 puentes y 80 ca ñones denominado «Rayo», que más tarde se transformó en uno de 3 puentes y 100 cañones y que fue hundido por los ingleses en 1762. En el período comprendido entre 1786 a 1794 fueron construidos el «Mexica no», «Salvador del Mundo», «Real Carlos», «San Hermenegildo» y «Prín cipe de Asturias» de 3 puentes y 112 cañones. Es de resaltar por su larga duración el navío «San Carlos», de diseño Jorge Juan construido en La Habana en 1765 de 2 puentes y 80 cañones, y carenado en 1801 en Cartagena siendo transformado en un buque de 3 puentes y 112 cañones. Del sistema de Romero Femández de Landa (1782), sin duda el diseño más conseguido de navío español de línea del siglo XVIII, salieron de La Habana, el «Mejicano» (1786), el «Real Carlos»(l 787), el «San Herrnene gildo» (1789) y el «Príncipe de Asturias» (1794). En el estado naval de 1774, en los apostaderos ultramarinos había las siguientes unidades de la marina de guerra: de un total de 132 buques incluida la reserva naval ( de ellos 59 navíos de línea, es decir, más de 50 cañones). En esa mitad del S. XVIII la flota de guerra destinada en las Indias su puso de un 30%-40% del total de los efectivos, aunque en navíos de gran porte el porcentaje era mucho menor, cifrándose en un orden del 3% al 4%. Gran parte de la flota del siglo XVIII, que ocupaba en el ranking mun dial la 3 a plaza, muy pareja a la francesa y alejada de la inglesa, había sido construida en los astilleros americanos, con maderas americanas y con tecnología europea. Una gran empresa pública se creó en América para • nevar a cabo tan importante tarea como fue la construcción naval en las Indias, sobre todo en el siglo XVIII y en fas astilleros caribeños principal mente. Tecnología Naval de las Maderas Las maderas de los bosques de las Indias, dada las inmejorables carac terísticas técnicas que determinadas especies tenían para su uso en la ar quitectura naval durante los siglos XVI al XIX, fueron motivo de búsque da y valoración por la Corona Española. Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en su manuscrito Noticias Secretas de América (24 ) nos hablan de las excelencias y calidades de las maderas de los bosques de Guayaquil y de la abundancia de las mismas. De ambos marinos recibimos esta información: « ••. hay maderas, cuya abundancia y calidades no se encuentran, no solo en ningún otro país de la nación espa ñola, ni de los dependientes de otros monarcas... »; continúan diciendo: «... es tanta la abundancia de las maderas, que la mayor parte del país, que corresponde a la Jurisdicción de Guayaquil, se compone de espesos bos ques donde el mayor costo es el que ocasiona en pagar los peones que las cortan y desbastan para ba j �rlos a Guayaquil». Al tratar la calidad de las maderas de aquellos bosques describen las principales especies que sirven allí para la construcción de los navíos como: guachapelí, roble amarillo, maría, canelo, mangle, bálsamo y laurel, aclarando que «... todas estas maderas que son distintas entre sí por sus cualidades, se emplean en la fá brica de los navíos, aprovechando cada especie en aquellos fines que para mí más a propósito.... » A continuación describen aquellas maderas de los montes de Guaya quil que presentan las más altas calidades para la construcción de navíos. «Él Guachapeli es la madera mas admirable que se ha descubierto hasta el presente, porque es muy sólida y fibrosa con variedad de exten siones; tiene muy pocos nudos, es muy suave al corte, casi incorruptible, y tan xugosa que al tocarla con el hacha después de sesenta o más años de servicio, parece que está acabada de labrar. Esta madera se destina' para los planes, piques, estemenaras y demás posturajes, curvas y moto nería. Tiene el defecto, aunque corregible, de que toda la parte blanca se pudre con grande facilidad. Su color propio es entre colorado y amari llo, pero inmediato a la corteza suele tener algunos pedazos blancos su perficiales, que son aquellas partes que todavía no se han perfeccionado bien; y como. esto no profundiza mucho, si se tiene el cuidado de cortar las al tiempo de labrar la madera, hasta que descubra por todas partes su lexítimo color, no hay peligro de que se corrompa; y los navíos que se fabrican con ella, son de una duración nunca oída en Europa como se experimenta allí; pues dexando aparte los navíos que hay en aquella mar • con cincuenta o más años de servicio, todavía alcanzamos uno á quien llaman El Christo viejo, cuyo nombre le habían puesto por ser tal su an tigüedad, que se había perdido la memoria del tiempo, y constructor que lo fabricó; siendo así que la hay de los constructores que se han co nocido en Guayaquil de ochenta ó más. años a esta parte, entre los qua les ninguno lo había fabricado, y era anterior á todos. Este navío se per dió al fin, y sin este accidente navegaría todavía, pues después de tantos años, tenía todas sus maderas tan sanas como si acabara de salir del as tillero(... ) El Roble de Guayaquil no es la misma calidad que el de Europa, pero aunque tiene menos fortaleza que el nuestro, no está dispuesto á rajarse con tanta facilidad, porqt,1e siendo muy trabada su fibrazón, y dispuesta en distintos, órdenes, forma un cuerpo bien entretexido por todas partes: además de esto, es dócil para trabajarse, y siendo esta circunstancia tan ventajosa se aplica á la tablazón, la qual dura mucho en los navios: por que sobre sus buenas calidades tiene la de no estar sugeta á la broma, y aunque esta no es comun en las costas de Chile ni del Perú, se halla desde la costa de Panamá acia• Acapulco. • • El Palo Amarillo, cuyo nombre muestra su color, es madera fuerté, compacta y de mucha duración, y por esto se aplica para palos, latas, dur mientes, palmejares, y otras cosas donde se requiere que sea de esta natu raleza. Las arboladuras se hacen de la madera María, muy diferente de la que se conoce con el mismo nombre en la costa de Cartagena, en la Habana y otras partes de la América acia el Mar del Norte, porque la María de Gua yaquil es mucho_mas ligera y mas flexible quela de otros paises, aunque no lo es tanto como el pino de Europa, al qual excede en la fortaleza. Es tan propia para arboladuras que no se oyen exemplares de desarbolos en aquella mar, sino los que la ocasión ha hecho necesarios para salvar los navíos, siendo así que experimentan temporales de bastante fuerza. Esta es la única de todas las maderas que producen los montes de Guayaquil que reconoce dueño; no porque lexitimamente lo tenga el sitio que la pro duce, sino porque algunos vecinos de Guayaquil of; recieron dar una corta • suma á la Real Hacienda, con tal de que en nombre de Su Magestad se les concediese el privilegio de ser los únicos que pudiesen cortar arboladuras allí, obligandose asimismo dar al Rey, por el costo del corte y conduccion, la que. hubiesen menester los navios de su armada; y por est� todos los dueños particulares de embarcaciones necesitan tomarla de estos sugetos que pueden solamente cortarla, habiendo en lo dilatado de aquellos mon tes un paraje deterrp.inado en dpnde se crian las Marias, y son mas comu nes que en todos los <lemas.. El Canelo, que es de madera muy dura y pesada, se emplea en quillas para las embarcaciones, y {;!n otras piezas que requieren fortaleza. Taro bien se hacen quillas de Mangle, porque siendo madera incorruptible en el agua, concurre en ella, ademas de esta circunstancia, la de haber palos, cuyo largo pasa de cuarenta varas, y gruesos á proporcion. El Bálsamo, cuya madera es sólida, firme y muy pesada, se emplea en. bombas; y del laurel, aunque pesado y poco•flexible, se hacen remos, por no haber otra mas adecuada para el intento. A las particularidades que se han expresado en abono de estas made ras, se agrega la de que empezando á trabajarlas desde que se' acaban de cortar en el monte, y conducirlas al astillero aun estando enteramente verdes, no por esto es de menor duración el barco que se construye con ellas que el que se hiciera con maderas secás y curadas, porque nunca llega el caso de dañarse ó corromperse: circunstancia digna de ser nota da. Pero no solo las maderas son productos que se extraen de los bosques americanos, sino las breas, alquitranes, cañamos, y estopas son tambien sacados de los mismos. La brea y el alquitran se llevan de la costa de Nueva España, ambos son de buena calidad, y en sus precios no hay fixeza, siguiendo la mayor ó menor abundancia. Se ha dicho que este alquitran quema las xarcias, lo cual sucede con otra especie llamada cope que se saca en la misma.juris dicción de Guayaquil en el partido de la Punta de Santa Elena, y en las cercanías de A.motape, jurisdicción de Piura, del qual se sirven los parti culares para su baxo precio, mezclandolo con el bueno, y de este modo no causa tan mal efecto. La jarcia que hay en el astillero de Guayaquil es la que se fabrica en Chile, c: londe se cria el cáñamo cuya calidad es superior al del Norte de Europa, excediendole tambien a lo largo, pero aquellas gentes no saben rastrillado y limpiarlo bien. Tambien se hace cordaje de pita en la juris dicción de Guayaquil, del qual solo usan las embarcaciones pequeñas, y las destinadas al tráfico de aquella costa, sin extenderse mas que hasta Panamá. La estopa que se emplea en todas aquellas embarcaciones es de dos es pecies; una que es la de coco para las costuras que están debaxo del agua, y la otra que es la regular de cáñamo para las que quedan afuera. La esto pa de coco es tan propia para las costuras debaxo del agua, que no reco noce corrupción, y una vez puesta dura tanto como la tablazon: se endu rece, y uniendose con las maderas que la comprimen, forma un cuerpo con ellas, y por esta razón todas las carenas que se dan á los navios en aquella mar se reducen á apretar las que se afloxan, limpiar los fondos, reclavar las tablas, y poner algun rumbo quando lo necesitan; de suerte que los clavos fallan, y la madera permanece, no siendo esto de admirar porque se sabe que el agua disuelve el hierro, y que hay muchas maderas cuya naturaleza pide el estar dentro del agua para conservarse exentas de corrupcion. ta estopa de coco es de la misma calidad, y así no será facil hallar otra materia tan propia para llenar los vacíos que dexan las tablas y que dura al igu. al que ellas. Además de la incorruptibilidad de esta estopa debaxo del agua se observa en ella que despues de oprimirse en seco todo quanto es posible, como se hace al tiempo de meterla, luego que se moja se hincha y aprieta tanto en las costuras que no es facil concebirlo. Esta misma humedad y la grande opresion en que se halla, la hace unirse mas fuertemente á la madera de las tablas, y que forme con ellas un cuerpo tan sólido, como si no fuera más de uno todo el conjunto. No sucede lo mis mo quando se pone esta estopa fuera del agua, secandose, se adelgazan sus fibras, y se afloxa la que está en las costuras, por cuya razon no es adequada para estos parages, y se usa en ellos la de cáñamo que no está sugeta al mismo inconveniente. Esta estopa se hace de la corteza que tienen los cocos al rededor de si, cubriendolos tan fuertemente que para sacarlos de ella es necesario in dustria y fuerza. El modo de hacerla es bastante sencillo, pues solo con siste en machacar bien esta cáscara, hasta que ias fibras se separen y que den libres de la carnosidad que las une, la qual se separa de forma aserrin. No parece que en los astilleros de la Habana se haya probado hasta el pre sente esta especie de estopa, pues si lo hubieran hecho se hallarian con ella tan ventajosamente como en la mar del Sur, y no se servirian de otra para los fondos de todas las embarcaciones que se fabrican y carenan en aquel puerto y otros de las costas inmediatas. No solamente convendria que se estopasen• los fondos de todos los na vios en la Habana con esta estopa de cocos, sino tambien que en aquel puerto y en todos los <lemas de las costas de Cartageria y Vera Cruz, á donde suelen ir navios de guerra, y donde hay abundancia de esta fruta (cuya cáscara se desperdicia) se dispusiese, que convertida esta en estopa, se traxese á España en lugar de venir vacíos; con lo cual se excusarian grandes sumas en los arsenales, porque allá costaria muy poco, y acá du raria muchos, sucediendo todo lo contrario con la estopa de cáñamo, pues cuesta mucho y dura poco estando debaxo del agua. El sebo que se consume en aquel astillero, es el de las rezes que se ma tan en el mismo país y el que se lleva de Chile. Las lorias que todas son de algodon, se fabrican en Caxamarca, Chachapoyas, y otras provincias de Perú. » Estas maderas no solo fueron destinadas a uso de la • Marina, sino que fueron utilizadas para las fábricas de innumerables casas de El Callao y Lima. Igual empleo tuvieron las maderas procedentes de Chiloé, Valdivia y Concepción, aunque como dicen Jorge Juan y Antonio de Ulloa (25) «... son totalmente diversas a las de Guayaquil y niuy sujetas a corrupción, por cuya razón duran muy poco los barcos que se construyen allí, razón esta por lo que �o se han fo�entado estos astilleros... ». No obstante de aquellos bosques hay que resaltar el avellano de Valdivia, de gran flexibili dad, por lo que sin emplear ningún artificio «toman toda la vuelta», el alerce de Chiloé que es bueno para pañoles, mamparas y obras de esa cali-dad con el peligro de que se raja con facilidad y se tuerce. En el Astillero de Realejo d� Nueva España se construyeron muchos navíos de guerra de madera de cedro, pese a la corta duración de los mismos, ocurriend, o lo mismo con los navíos fabricados en el astillero de La Habana con igual madera. En Chincha, al sur del puerto de El Callao, se fabricaron pequeñas em barcaciones con la madera de espino que presenta características como que es pesada, dura y muy fuerte y cerrada de poros que permite una mag nífica sujección a la clavazón. Hay que hacer resaltar la gran duración de los navíos construidos con maderas americanas, así como su mayor resistencia a la broma (26), he cho este que ocasionó que desde las Indias se enviara mucha madera a Es paña (27). Esta calidad encontrada en las maderas de los bosques cubanos, pe ruanos y del istmo hizo que todos los diseños de arquitectura naval fueran aplicados en los astilleros americanos (28) con unos consumos de gran importancia (29). • El reconocimiento mediante expediciones ex-profeso para determinar la riqueza forestal en maderas de los inmensos territorios americanos, lo encontramos en las relaciones inventariales levantadas en Guayaquil, Is las Trinidad, Costa de Paria, Río Orinoco, Guayana, Panamá, Darien del Sur, Chiloé, etc... La bondad tecnológica de las maderas americanas, unida a la belleza de muchas de ellas, hizo que llegara a ser normal en España durante el si glo XVIII que ciertas piezas de los buques como motonería y timones s• e • construyeran con caobas de Cuba y de La Española así como de sabicú o guayacán, por no hablar de la utilización masiva de las mismas• en edifi caciones mobiliarias de lujo, caso del Palacio de Oriente de Madrid (1839), levantado sobre las ruinas del incendio del antiguo alcázar de los Austrias en donde se perdieron numerosas obras de arte de la pintura es pañola. La extracción masiva de madera para la construcción naval se hace en las Indias principalmente en las áreas caribeñas y antillanas (31), sin olvi dar otras noticias como que en Valparaíso se conocían las maderas de no gal, ciprés, canelo, roble bellota y laurel y en Coquimbo el sauce y el alga rrobo (32). En Acapulco (Nueva España) se obtenían de sus pinares la brea nece saria para el calafateado de las embarcaciones y en San Blas hay descrip ciones del cedro, manglé y guayacán para embarcaciones (33). Hacia 1515 se intentó la fabricación de embarcaciones de pino y caoba por los padres jerónimos gobernadores de La Española, así como obtener gomas del copey para calafateado de cascos de buques contra el ataque de la-broma (Teredo navalis, L.). Estado general de maderas marcadas en las bocas y caños del Orinoco La construcción naval de las Indias tuvo u�a gran importancia, sobre todo en el sigio XVIII y en el Real Astillero de L<:1, Habana. De este último tenemos datos mas o menos exactos de los Estados de construcción que nos pueden dar por aproximaciones los consumos de madera que se pro dujeron. Durante el período que va desde 1715 a 1759 en el astillero de La Habana se construyeron 33 navíos de 50 cañones o más que pueden arro jar un consumo de maderas superior a los 100.000 m 3 y su costo próximo a los cien millones de reales de vellón. En el Estado de construcción que abarca el período de 1724 a 1794 en el gran astillero antillano se constru yeron 125 buques de diversos portes de los cuales 53 eran navíos de línea y 14 fragatas, que pueden supo_ ner 190,000 m 3 de madera en pie por un im porte de 180 millones de reales. ( Casals Costa, V. da que para la construc ción de una fragata se utilizaban 14.000 m 3 de madera en rollo, cifra que parece del todo excesiva). Los costes de constructión individualizados fueron muy diferentes se gún el lugár de ubicación del bosque y del astillero, la cantidad y calidad de la mano. de obra y la dificultap o facilidad de la extracción, y así en el astillero de Coatzacoalcos-en 1734 la construcción del único navío que sa lió en sus dársenas, el «Nueva España», de 60 cañones, alcanzó la cifra as tronómica de 4.969.870 reales (34). Las oscilación de los precios forestales, estudiados por Hamilton (35), pueden servir de referencia a un estudio más concienzudo de los caudales públicos gastados en la construcéión naval de los astilleros de La Habana, Guayaquil, Veracruz, Coatzalcoalcos, Chiloé, La Tenaza, etc... y al otro la do del océano en el Real Astillero de Cavite. Pero ello nos llevaría a unas cifras frías que no darían una respuesta al gran esfuerzo constructivo que se realizó en los astilleros americanos y que permitió abastecer • con el pro ducto de sus bosques y el trabajo de sus gradas a la flota de las Iridias que durante más de 300 años fue el nexo de unión entre la península y la gran colonia de América (36). Pero no solo la -industria naval fue la consumidora de las maderas de los bosques indianos; sino que los ingenios azucareros durante el siglo XVIII, eri la Isla de Cuba, tenían unas exigencias de maderas y leña de 500 caballerías equivalente a 6. Entrados en el siglo XIX estas cifras se duplicaron (37). Los consumos de madera referidos a la construcción naval por los asti lleros de la gran Antilla no deben de sorprender por su magnitud;-el Plan de Fomento de la Marina del Reino de Francia de 1689 requirió una canti dad próxima a los 370.000 m 3 de madera en pie, la gran mayoría de roble. Más tarde el Plan galo de 1786 necesitó de 11,3 millones de pies cúbicos que traducido a unidades métricas • suponen un volumen de madera próxi mo a los 600.000 m 3, cifra próxima a la producción total de los robledales de Francia por entonces (38). http://asclepio.revistas.csic.es de los bosques que distaban hasta 220 kilómetros de la capital, a lo largo de la costa norte, en una franja de 33 kilómetros. Ala población de La Habana se le concedieron 8 haciendas de bosques, donde se podía proveer de madera de construcción. (5) Ordenanza provisional para el arreglo, aumento y conservación de los montes de Guayaquil. Reproducida por M. L. LAVIANA CUETOS (1989) en Ciencia, Vida y Espacio en Iberoamérica. En dicha ordenanza se reglamentan las cortas y la exportación de maderas, estable ciéndose una guardería para los bosques y se dictan providencias para la repoblación forestal. El gobierno colonial y el cabildo establecieron una pugna para controlar las explotaciones forestales en Guayaquil. M.L. Laviana). ( 6) MARRE.Ro LEví (1970): Geografía de Cuba. Naturaleza y Civilización de la grandiosa isla de Cuba. (8) Archivo de Simancas. Secretaria de Marina, legajo 552, 1720 En la clase de arsenales de este año, se halla copia del Despacho del Consejo de Indias expedido el 28 de junio de 1699 sobre la libertad de cortar maderas en La Habana a los fabricantes de naves. 1734 Se prohíbe la corta de madera a los montes de La Habana. Ello indica que las ta las que se han hecho en los montes eran de mucha consideración. 1737 D. Josef Antonio Fallapiedra recibe permiso para construir un navío en la isla de Cuba, en cualquier lugar de su elección, a excepción de La Habana. 1741 D._Francisco de_ Va:i; as de Cádiz, solicita u _ rgentemente madera de Indias a saber: cedro y caoba para los astilleros de Cádiz y E� Feri:-ol. 1777 �e informa desqe La Habana sobre géneros de material recibidos, entregados y consumidos en el astiller� de, este puerto, correspondiente al més de septiembre de 1776. Se trata de considerables cantidades de madera entre otros: madera du ra para navío, madera dura. para fragata, madera dura para goleta y piragua, madera de cedro para navío, madera de cedro para fragata, madera de cedro pa ra goleta, piragua, gangil y lancha; toras de caoba; toras y tirantes de cedro; ta blonería de cedro, palos de pino de Nueva Orleans. 1747 El gobernador de La Habana da.Providencias para la conservación de los mon tes y construcción de baxeles en el Real Astille�o de La Habana. Decisión de conservar los montes de Guayaquil, pues allí hay un astillero, te niendo entendido el desorden que se procedía en los cortes y extracciones de los montes de Guayaquil. S. Oficial de Marina, D. Félix Estrada, hace• una visita en la isla de Cuba en los montes de la Hacienda, en la Bahía del Ja gu ar. Encuentra las si gu ientes da� ses de madera: Cedros para navíos, cedros para fragatas, savinies, tavay, cahovay. En•las visitas a los montes realizadas por los subde legados de la Marina se buscaban también los árboles adecuados para el transporte a los astilleros de España. Se calculaba su peso por codos cúbicos, y su calidad respecto a dura ción, etc., determinando para qué tipos de barco se podía usar la madera, la posición del bosque y las posibilidades de tala y transporte a la costa, etc. La visita de montes en la par te oriental de Cuba fue verificada por el capitán e ingeniero jefe De la Puente, entre 1790 y 1796. Como prueba se talaron 20 troncos y se mandaron a España. Simultáneamente el ingeniero y alférez de Marina Le coq hacía la visita de montes en la parte occidental de la isla, _ y con tal �xactitud, que des cribía hasta el color y el grado de humedad del suelo, el terreno y el número de las especies de árboles existentes en cada bosque. Por talas de ensayo constaba que solamente la mitad de los árboles elegidos servían verdaderamente para la Marina, teniendo el resto más o me nos grandes defectos. Los oficiales de Marina en Cuba verificaban también el reconocimiento de montes pa ra examinar las peticiones de rozas de los hacendistas. En el año 1794, por ejemplo, siete labradores solicitaron la destrucdón de sus bosques. El capitán dé fragata encargado de hacer el reconocimiento hizo constar que solamente en tres casos se podía dar la licencia. Es sorprendente esta decisión, pues en la península se permitían excesivamente las rozas de bosques, como lo demuestran las actas de Simancas. BAUER, E. http://asclepio.revistas.csic.es de realengo y de propios de los pueblos, se desprenden los siguientes parámetros que confi guran el modelo: -Estructura de la masa forestal: De forma• irregular con todas las edades de los pies representadas en el rodal o en él cantón con.todos los pisos y estratos de vegeta ción. Criterio de selección en la corta: De características tecnológicas, buscando en el ár bol en pie la pieza o ligazón más conveniente para el uso naval en razón al diseño del navío según su porte. De tipo dendromórfico pie a pie en una forma particular de entresaca no regularizada de corte atípico. -Turno de la corta: Se busca la mayor lozanía en el árbol, a partir de la segunda cen turia de su vida, aproximadamente a los 150 años. El mantener lá masa arbórea una estructura irregular no está clara la noción de turno. De carácter monoespecífico por las excelentes• características marineras de la madera de roble.. -Método de ordenación: Al no existir un criterio selvícola en la gestación del bosque, así como una metodología para la consecución de una renta al vuelo y al suelo manteniendo la persistencia del robledal; no se puede hablar de la obtención de un monte ordenado bajo la óptica de la planificación, por la Marina del siglo XVIII y por tanto no existe la tendencia a un monte normal según Judeich. -Posibilidad: Al ser la selección de los árboles para madera independiente y ajena a la renta del bosque de roble en razón a los crecimientos anulares periódicos, así co mo, por falta de una desametría desarrollada y, por tanto, de inventarios de exis tencias de biomasa, en estructuras regulares no es posible determinar una posibili dad o renta ejecutiva. -Gestión del bosque: No se encuentra en los aprovechamientos de los montes y bos ques de la Jurisdicción de Marina una gestión selvícola, cosa a la vez común en to da la Europa del siglo XVIII. -Trabajos culturales: Como trabajos selvícolas sólo se conocen la guía de árboles de tipo morfológico y las podas de formación. -Apoyo a la generación: Se promovieron con tibieza campañas de siembras y plantíos más en razón de la escasez de maderas y leñas que por criterios estratégi cos de conservación. Siempre las labores de restauración estuvieron por debajo del capital maderero extraído del bosque. El ecosistema robledal: Los montes y bosques de la cornisa cantábrica fueron tanto por su situación geográfica como por la calidad de sus maderas, los más gestiona dos por la Marina ilustrada. Las costas encaminadas a la extracción de pies de ro bles, eliminaron aquellas especies situadas en las más altas posiciones de las series regresivas de vegetación. La asociación vegetal clímax se perdió la mayoría de las veces sin posibilidad de recuperación. Como consecuencia de todo ello el ecosiste ma primigenio desapareció, modificando la configuración de aquellos montes y bosques costeros. http://asclepio.revistas.csic.es bosques ni el olor balsámico de las fl�res silvestres. En fin, donde se aniquilen los árboles, una escena de soledad y muerte se sustituirá el risueño espectáculo de los afanes de la in dustria bien dirigida». Los Cortes del Rey antes mencionados habían sido reglamentados por las leyes 13 y 15, título 17, del libro 4 de la Recopilación de Indias, dados en los años 1622 y 1625, que re gu laban las cortas de caobas, cedros y robles, permitidas sólo «para el servicio real o fábri ca de navíos»; a lo largo del siglo XVIII diversos decretos reafirmarían el monopolio de la Marina sobre amplias zonas de los bosques de la isla. Sin embargo, ya en 1779 hubo que constituir en La Habana una Junta de Maderas que intentará conciliar en conflictos surgi dos entre la Marina y los hacendados; en 1789 se estableció un reglamento que estipulaba el modo de proceder en los cortes y en 1796 una Real Orden reafirmaba los derechos exclu sivos de' la Corona entoda la franja costera de la isla. Esta Real Orden encontró la abierta oposición de los hacendados, a resultas de1os cual «El Consulado de La Habana representó en 22 y 31 de mayo de 1798, sobre los perjui cios que tales providencias causaban a la agricultura y a los derechos de propiedad, pues los dueños de los terr�nos no podían disponer de ellos, establecer los cultivos, ni impedir que cualquiera cortase madera de sus bosques. ». Tal representación �arc6 el inicio de la • privatización total de los bosques cubanos. La Corona pidió diversos.informes, enfre ellos a los ex-gobernadores Conde de Espeleta y Luis de las• Casas. -Este último, impulsor de la creación de la Sociedad Económica de La Haba na, se expresó en términos ii: iequívocamente liberales, ligando el progreso de las «socieda des.civi�izadas». En cuanto a los bosques, su visión era abiertamente optimista: • «En el actual sistema-dirá-en que sólo puede.haber el interés de talar y no de reno var el monte talado, sería preciso que pasasen siglos antes de qUe se agotasen los bosques más conocidos de la isla.» • • Por Real Orden de 14 de feb; ero de 1800, se estableció una Junta «que acordase las re glas que podía adoptarse para sa�isfacer las necesidades de la Marina, sin perjuicio de los particulares», la cual concluyó que los montes son parte de las tierras y que por tanto «Las Leyes recopiladas como otras muchas determinaciones soberanas, no dejan la n; ienor duda de que los poseedores de las tierras, con justo título son dueños de ellas, sin reserva al gu na en f�vor de la Corona.>; Las Cort�s de 1812 abolieron toda la legi�lación de montes anterior y aunque Feman do VII restituyó ésta en parte, en lo que respecta a Cuba y Real Cédula de Montes y Plantíos, de 30.de agosto de 1815, consagró definitivamente la propiedad privada sobre los bosques. Como señala Marrero, tal Real Cédula posibilitó la expansión sin trabas legales de la caña y la despreocupación casi total respecto a las funciones sociales de los montes.. Au:r; ique el triunfo de las ideas del liberalismo económico acarreó la progresiva des� trucción del bosque cubano durante el ochocientos, en al gu nos sectores ilustrados de la is la se habían manifestado en fechas tempranas diversas opiniones sobre los peligros que comportaba el desmonte indiscriminado. Los dos trabajos probablemente más importan tes fueron los debidos al Conde de Mopox y Jaruco y José Ricardo O'Farril. Ambos señalan los peligros que comporta la desforestación, resultado «del uso común de lo que ha produ cido espontáneamente la Naturaleza» (Mopox) y del hecho que el «estado poco adelantado de nuestra cultura suple con la extensión del terreno la falta de un buen cultivo» (O'Farril). http://asclepio.revistas.csic.es tes de pensar en enriquecimiento «se trata de vivir, y según las relaciones que tienen las co sas con nuestra existencia, así graduamos su preferencia». «Asentado esto, y que no puede haber quien niegue las relaciones que tienen los mon tes con nuestra vida y sus comodidades, ¿cómo vivimos tan poco solícitos con su con servación y aumento? ¿Cómo no prevenimos las consecuencias que pueden sobrevenir a esta población de su exterminio?. ¿Acaso será por tener a la vista•pueblos numerosos y ricos que subsisten sin ellos? ¿No conocemos que estos mismos pueblos acreditan su importancia, viviendo en cierto modo de la dependencia de aquellos que lo poseen? O'Farril propondrá una serie de medidas para superar tal estado de cosas, entre ellas la prohibición de quema de montes, el destinar en todos los pueblos terrenos para la cría de árboles y premios a los vecinos que•se distingan en el cultivo arbóreo. Asimismo, propo ne que la Sociedad Económica establezca escuelas de agricultura en todas las cabezas de partido. Poca debió ser la repercusión de estás escritos en su momento. Medio siglo después, a mediados del XIX, cuando la desforestación de la isla había alcanzado características ame na�ado�as incluso para la propia• industria del azúca:�, la. Sociedad Económica los: desem polvará y los publicará junto con otros trabajos más reci�ntes. Ya a principios del siglo • XIX el técnico azucarero José Ignacio Echegoyen había señalado: «Espanta la necesidad de leña de un ingenio. ¿Y dónde hay montes que basten?» La polémica entablada �ntre ha cendados y marinos en torno a la libre disposición de los montes por los propietarios fue un debate, tal como señala Ramón de la Sagra, en d que nunca se trató sobre la explota ción racional del bosque. «La cuestión discutida -señala éste-se redu�í<¡t a saber quié�, la marina o los particulares, tenía el derecho de talar y destruir la vegetación forestal», con siderada por todos como extremadamente abundante. Abundancia que con el tiemp� trocó en escasez: en el momento de la llegada de Colón se calcula que lqs bosques de Cuba ocu paban el 60% de su territorio; en 1852 ocupaban el 40% y en 1923 representaba solamente el 16% de la superficie de la isla. El azúcar se había comido el bosque». Noticias secretas de América. Londres: Imp. de R. Taylor. ( 13) El Palo de Campeche. Carlos 111 concedió a los ingleses licencia de corte del palo de campeche. Felipe V suprimió esa autorización, aunque los ingleses siguieron cortándolo de forma clandestina con la colaboración• de los indios miskitos a través de las costas hon dureñas. Años más tarde, sobre.el 1752, reinando Fernando VI, las intrigas del embajador inglés ante la Corona Española Benjamin Keene hicieron que se desbaratara el plan del marqués de la Ensenada de fomento de la Marina•Española, impidiendo la fortificación de esa zona de América Central, quedando casi indefinidamente una parte de tan• alto valor estratégico en poder de los ingleses. (14) Astillero de La Habana. «Las naves construidas en La Habana tenían fama de extraordinaria calidad. Cuando el Ministro Ensenada planeó dotar a la Armada coil' 15 nuevas unidades, los 10 barcos de ma yor tonelaje fueron construidos en La Habana. y únicamente en El Ferrol» las 5 embarca ciones menores. Basándanos en las Tablas de Producción de robles de Jesús Ugarte Laiseca podemos establecer que el cubica je medio de un roble de 150 años puede estar alrededor de los 2 m 3 • Operand.o se obtiene que la cantidad de madera de r�ble necesaria para la construc ción de un navío de medio porte en el siglo XVIII está alrededor de 4:000 m 3 de madera en pie. Esta cifra en principio, y sólo para madera de roble parece exagerada, y está más en consonancia como cantidad total de madera, que en un navío de 70 cañones de diseño Gaztañeda se puede estimar en algo más de 20.000 codos cúbicos que suponen aproxima damente los 4.000 m 3 antes mencionados. De Artiñano tenemos dos referencias, la primera es la cantidad de madera de roble ne cesaria para la construcción de un navío de 70 cañones que cifra en unos 10.000 codos cú bicos de madera labrada. Haciendo la corr: espondiente conversión a unidades métricas re sultan casi 2.000 m 3 de madera de roble labrada. La estimación de madera en rollo y en pie a partir de la madera labrada es difícil de determinar, tanto por la forma en que se realiza ban las extracciones en el monte tanto en el apeo como en el desembosque. Además, el sis- http://asclepio.revistas.csic.es tema dendromórfico ad hoc para la Marina ocasionaba elevadas pérdidas en residuos del producto. En base a valores obtenidos de tablas de reconversión se puede estimar la rela ción madera labrada a madera en pie de 0, 65. • Aplicando el citado coeficiente resultan unos 3.000 m 3 de madera de roble en pie para la construcción de un navío de tres puentes, que consume en su construcción algo más de 180.000 pies cúbicos de madera. Como la madera de roble es aproximadamente el 54% de la madera total empleada según se deduce de los estados de construcción de navíos en el si glo XVIII podemos estimar en algo más de 1.800 m 3 la cantidad de madera de roble nece saria ya labrada, que pasada a madera en pie se cifra también en casi 3.000 m 3 • Por tanto todas las fuentes nos conducen a Una cifra media próxima a los 3.000 m 3 pa ra navío de porte medio. Hay que hacer la consideración de la variabilidad del consumo de madera según porte y diseño de arquitectura naval. GERVASIO DE (17 20); La arquitectura naval española. Haciendo referencia a Vi godet muestra la situación de la armada española frente a la inglesa sobre el año 1751. Arquitectura naval Referente al plan de Jorge Juan de crear un diseño copiado del inglés. Los jefes constructores ingleses fueron Rooth en El Ferrol, Howel en Guamizo, Bryant en Cartagena y Mullan en La Habana. Método, regla y proporciones para la construcción de bajeles. «Distribución y caracteristicas de las masas forestales españolas». La proximidad a las costas y vías naturales de comunicación actúá en contra de la con servación de las vegetaciones terrestres. La política naval afectó sobre todo a los montes de roble agotados en muchos casos, y a los mejores pinares, conservados gracias a sus ordenaciones. La producción de fibras, http://asclepio.revistas.csic.es muchas de ellas de uso en la industria naval, habrá contribuido a fijar paisajes tan entendi dos de antiguo como el atochar y el arbaldinal. Respecto a las cortas rasas: En las ordenanzas austriacas de 1786 ya se reconocían las cortas a hecho, seguido de repoblación, como un método general de regeneración de montes. En Alemania E. Cota en 1811 siste matizó las-cortas rasas progresivas con reproducción deseminatoria lateral (cortas a hecho por fajas). En general fue en siglo XVIII cuando en Europa se practicaron las cortes rasas seguidas de repoblación. Esta práctica proliferó en Francia con masas de robles así como en Checoslovaquia y Suiza. Valores modulares medios del
La crisis del galenismo, dilatada como una lenta agonía, no sólo dejó al pensamiento médico occidental huérfano de una doctrina general de la en fermedad -si exceptuamos los efímeros conatos mecanicistas de corte ato místico y los iatroquímicos-, sino también herido de una gran desconfian za hacia cualquier reflexión teórica sobre la enfermedad con pretensiones globalizadoras. A este respecto la enorme aceptación del programa syden hamiano constituye una prueba palpable. No obstante, la modernidad, con su querencia por una racionalidad formalmente antropocéntrica que se po ne de manifiesto -no sólo, pero si de forma eximia-en el famoso texto kantiano Beantwortung der Frage: was ist Aufkli: irung?, se verá obligada a formularse la pregunta por una teoría general de la enfermedad.• Sin necesi dad de plantearse la critica al programa empirista de reforma de la medici na; sin que se niegue la conveniencia, la utilidad incluso, de las Nosologías -aunque reconociendo la última insuficiencia y arbitrariedad de las mis mas-, la mayor parte de los autores que alcanzan su madurez en el período ilustrado -y no digamos nada de los más jóvenes-se plantean, desde posi ciones diferentes según su pertenencia a un ámbito cultural, a una teoría del conocimiento o a una filosofía de la ciencia, la necesidad de formular, de una vez por todas, una teoría que se vea puntualmente refrendada por los hechos de observación, aunque a veces renuncien a hacerlo. Este fenómeno, conocido por los historiadores de la medicina y sobre el que el lector puede encontrar abundante información ( 1), alcanzará su máxima expresión en la Alemania romántica, donde surgirá con pujanza el término que sólo más tarde se hará frecuente en la literatura médica francesa-de allgemeine Pathologie, Patología General. No quiere esto decir que al otro lado del Rhin el tema no sea objeto de interés: Elvira Arquiola ha demostrado lo que esta disciplina médica debe a la «Escuela de Montpellier» (2); pero lo cierto es que la idea de una «Patología General» como tal surge primero en suelo ale mán. El ejemplo más temprano, ejemplo ambicioso, ademas, lo constituye el Esbozo de una Patología General de Johann Christian Reil (1759-1813), publicado póstumamente (1815-16) (3), aunque esta primera «Patología Ge neral» con nombre propio viene precedida al menos por dos obras de An-. dreas Roschlaub (1768-1835) de tema análogo: las Investigaciones sobre Pa togenia o Introducción a la Teoría Médica (1788-1800) y el Primer esbozo de un texto sobre latría General y su propedéutica (1804) (4); sin contar los nu merosos artículos consagrados al tema por estos y otros autores en los últi mos años del siglo XVIII (5). El más viejo, Reil, llega a ella desde la filosofía critica de Kant (7). Roschlaub domina ésta y la de Fichte, pero durante algunos años se convertirá en el más importante de los colaboradores del filósofo de Leonberg, con el que, a la postre, enta blará •una fuerte polémica precisamente en torno a la fundamentación teórica de la medicina (8). En cuanto a Kieser, probablemente sea el más «filosoficonatural» de los tres, lo que no impedirá que su respeto por la práctica y la observación sean superiores a lo que habitualmente se con cede a los autores del período (9). Comenzaré por el que más temprano se ocupa del tema -objeto de nuestra atención. Roschlaub se sabe portador de una herencia que le fa culta para asumir la tarea encomendada a su tiempo y que, además, le obliga a ello: El g ran Brown no nos le g ó [una teoría de la Medicina]; ni tan si q uie ra se lo p ro p uso, sino q ue nos dio solamente unos Elementos de Medici na(... ) Pero a nosotros y a los q ue nos si g an nos está reservado p roducir todavía al g o'más, lo q ue p �demos llamar una ve�dadera y acabada teoría (10). Es preciso señalar que el interés de Roschlaub por la doctrina brow niana no es sólo, ni tal vez fundamentalmente, de carácter epistemológi co, sino también pragmático. El médico alemán aprecia en la medicina browniana la vocación terapéutica, ausente de otros sistemas (11), lo que contradice la tan extendida opinión que sostiene que estos autores eran meros especuladores de gabinete desvinculados de la realidad. Aún más: Roschlaub sostiene que una de las principales novedades aportadas• por Brown es la idea de que la medicina práctica no tiene por qué nacer de una medicina teórica sino que, a la inversa, es aquella la que puede hacer surgir nuevos conocimientos teóricos mediante la observación de los re sultados de la aplicación de las reglas prácticas en que, en esencia, con siste el sistema del médico escocés ( 12). Desde un punto de vista amplio esto no difiere en exceso de lo que propone el sensualismo, lo que puede atribuirse al prestigio alcanzado en toda•Europa por la aplicación del mé todo inductivo en Medicina. Podría decirse que la mayoría de los médi cos de la época intenta, en la medida de lo posible, atenerse al caso, al da to de observación. La diferencia existente entre, por ejemplo, el método anatomoclínico francés y austríaco y el que tratan de poner a punto los autores alemanes a que me refiero radica en que éstos pretenden, por en-cima de todo, hacer una ciencia apodíctica de la medicina, que se veaeso sí-convalidada por el estudio de los casos (13). En el proceso de construcción de esta nueva ciencia médica desempe ña un papel fundamental el definitivo rechazo de la doctrina de la «con tranaturalidad» de la enfermedad, larvadamente presente en toda teoría médica que no asocie de manera formal Fisiología y Patología, tal como ya empieza a ocurrir en la Alemania postkantiana (14). No ha de extra-. ñar, pues, que ya• en su Dissertation de 1795, titulada De febri fragmentum, Roschlaub sostenga que la Patología es una parte de la Fi siología. Esta afirmación es juzgada por el tribunal como absolutamente novedosa (15). Y, lo que es más importante, no caerá en el vacío. lgnaz Dollinger (1770-1841), miembro de aquel tribunal, escribirá diez años después lo que puede considerarse como el acta de nacimiento de la nue va mentalidad: La fundamentación de la teoría médica debe, según esto, plantearse desde el coO: ocimiento de la naturaleza del organismo. Sólo desde seme jante ciencia general de la naturaleza del organismo humano podrá de terminarse lo que son sus enfermedades, cómo actúan las causas, qué re lación guardan los medicamentos con determinados estados morbosos y cómo, según esto, deben ser tratadas las enfermedades (16). También Reil y Kieser parten de la necesidad de elaborar una teoría general de la Medicina. El primero de estos autores reflexiona sobre el método aplicalJle a este empeño en el capitulo de su Entwurf dedicado al problema de la clasificación de las enfermedades o, dicho de otro modo, de la configuración de las especies morbosas, que ha terminado por apro� piarse el nombre de «Nosología». Distingue Reil lo _que en la elección del método tiene carácter táctico o pragmático, y lo que, aunque como desi deratum, resulta cientificamente más apropiado. Desde un punto de vista táctico resulta imprescindible referirse continuamente al nivel de lo sin gular, de lo concreto, de lo observable. Cuando los autores de Nosologías proceden mediante la generalización lo hacen, por así decirlo, obligados; pero no debe olvidarse que 252...los•conceptos (... ) son totalmente generales, por ejemplo elpropio concepto de enfermedad, o menos generales, por ejemplo los de enferme dades hidrogénicas u oxigénicas, o particulares, como los conceptos de Asclepio-Vol. Pero las enfermedades no se manifiestan con estos _ grados de generalidad, sino en su singularidad más alta, como enfermedades individuales ( 17 ). Esto, tan evidente, daría pie a la suposición de que el método más exacto para establecer especies morbosas• -y, a la larga, para racionali zar el estud• i� de la Medicina-sería aquel que procede por inducción; pero la experiencia acumulada por los autores precedentes -sostiene Reil-ha refutado esta creencia, encontrándose el médico en presencia de una compleja nomenclatura que denomina síntomas o conjuntos sin tomáticos «sin llegar a saber qué parte [del organismo] sufre ni cómo su fre» (18). Recopilaciones de lo semejante no es, tal vez, la traducción más ade cuada para el giro -Zusammenstellungen des Ahnlichen __:_ utilizado por Kieser; tal vez pueda traducirse el primero de estos términos por «clasifi caciones». Kieser se siente heredero discrepante de una «ciencia del or den" (21), que no le basta si no es capaz de dar razón de ese orden obser vable, de esa comprobable semejanza, a través de un «principio interno». Reconoce el mérito de los Jntentos más recientes «pór configurar un sis tema de la Medicina a partir de tesis más elevadas, filosóficas», aunque resulten todavía• insuficientes. Lo que él mismo se propone es construir un sistema basado en la filosofía, entendida como... ley fundamental de la vida en general, así como de sus manifesta ciones -también de la enfermedad-persiguiendo con rigor inalterable hasta lo particular las manifestaciones morbosas individuales dadas por la experiencia (22). Aún más explícito resulta lo que dirá páginas más lejos: Medizinische Theorie -Teoría Médica- (24), cuyas distintas ramas preci sará a lo largo de trabajos ulteriores. Reil utilizará el término, para noso tros tan familiar, de Allgemeine Pathologie, Patología General. Por fin, Kieser acometerá la ambiciosa tarea, que quedará inconclusa, de escribir un System der Medizin cuyo segundo volumen, último de los publicados, lleva por título Allgemeine Pathologie, si bien el primero, Allgemeine Phy siologie der Krankheit -Fisiología General de la enfermedad-constitu ye, desde nuestra perspectiva, la parte introductoria de una Patología Ge neral, y no algo diferente de aquella, de modo que lo publicado por Kieser terminó siendo una vasta Allgemeine Pathologie. Debemos ver, a continuación, cuál es el objeto de estudio de esta par te de la Medicina sobre cuya denominación los autores no se muestran acorde. s, con el fin de saber si en este p1-1; nto la coincidencia es mayor, lo que permitirá suponer que al menos el plan de trabajo está trazado sobre unas pautas a las que se da por válidas. Para Roschlaub, la Medizinische Theorie constituye una parte esencial de la Medicina (Heilkunde), enten dida ésta como... el conjunto de aquellos conocimientos que nos permiten eliminar las enfermedades y devolver la salud. El.significado del término Heil kunst se refiere más bien a la aplicación de estos conocimientos (25). La praxis médica, o Heilkunst, es el objetivo del médico; pero no po drá realizarse con las debidas garantías si no se dispone de un fundamen to teórico adecuado, que Roschlaub orienta en dos vertientes: Del mismo modo que la Medicina (Heilkunde) está dividida en dos partes, existen dos teorías, a saber:. a) Teoría de la Medicina Teórica (Theorie der theoretischen [Heilkun de]) y b) Teoría de la Medicina Práctica (Theorie der praktischen Heilkunde) (26). Esto es: debe existir un cuerpo de doctrina que se ocupe tanto de los conceptos generales, como de la racionalización de la práctica clínica; y ese cuerpo de doctrina es la Theoretische Medizin. En su monografía so bre este autor; N. Tsouyopoulos ha mostrado de forma esquemática la definitiva estructuración del campo de saberes y prácticas en que, a jui cio del mismo, consiste la Medicina ( 27 Exploración Diagnóstico Pronóstico Plan terapéutico En el esquema anterior figuran algunos neologismos cuyo sigriificado es el siguiente: Iatrik equivale a Medicina en sentido estricto (ciencia que se ocupa del conocimiento y curación de las enfermedades), excluida la Higiene; Jatreusiologie significa «Teoría del proceso de curación»; Iama tologie, «Doctrina de los medicamentos»; y, por fin, Jaterie significa «Te rapéutica» (28). No debe perderse de vista que incluso en la sección prác tica de este esquema debe distinguirse un costado teórico; según su autora (29), lo que Roschlaub llamará Jatrotechnik puede traducirse por «Teoría de la Clínica Médica», que estudia las reglas que han de aplicarse a la cabecera del enfermo, de modo que solamente la puesta en ejecución de la exploración, el diagnóstico, el pronóstico y la terapéutica corres ponden, en el citado esquema, a lo puramente práctico. Mucho más formalizada -al menos desde nuestra perspectiva-la. obra de Reil sobre Patología General ofrece respuestas concretas a cada una de nuestras preguntas; su tercer capítulo, «Sobre el objeto de la Pato logía», recoge los conceptos fundamentales, comenzando por el más ge neral: La Patología trata de los estados morbosos de la organización. A tales estados morbosos pertenecen tanto la enfermedad, como sus• causas y sus efectos. Disponemos de nombres concretos para cada una de las dis tintas partes de la doctrina de la enfermedad (Krankheitslehre): Nosolo gía, • Etiología y Sintomatología, pero ninguno para aquello que los englo ba a todos, si no aceptamos el término Patología (30). La Patología, nos dice más lejos, puede ser general o especial; la pri mera se ocupa... de la formulación del concepto de Patología, de su división, del concepto de enfermedad, su condicionamiento por influencias externas, las modificaciones generales de tales influencias, y de los posibles modos de desviación del proceso vital a partir de su forma pura a causa de di chas influencias; de las diferencias esenciales y casuales entre las enfer medades, y de sus causas y efectos (Wirkungen) desde un punto de vista general (31). De modo que a la Patología General le corresponde, según Reil, una tarea epistemológica• ( decir qué es Patología y en qué diferentes líneas se concretará su estudio) y otra directamente científica, que arranca de la definición de enfermedad -para llegar a la cual, lo adelanto, habrá que definir primero la salud-, continúa con el estudio de una etiología y una fisiopatología generales, se ocupa luego del criterio a seguir para distin guir especies morbosas y -a través del poco afortunado término: « Wir kungen »,conque termina la cita-, desemboca en el estudio dinámico, fi siológico diríamos, de los síntomas (los «efectos» producidos en la dinámica del proceso vital por las «causas» -Ursachen-del desorden). Esta interpretación no es gratuita: pocas páginas más lejos procede nues tro autor a nombrar y definir cada una de estas actividades en que se des compone la Patología General: Habitualmente se divide la Patología en tres partes principales: Noso logía, Etiología y Sintomatología (... ) A) Nosología es la doctrina sobre el statu vitae abnorrni, que es caμsa do por algo y que a su vez produce fenómenos. B) Etiología es la doctrina de las causas dispositivas y qμe dan oca sión a la enfermedad(.. Por otra parte, en una nota al pie que completa fo dicho sobre las competencias de la Patología General y la Especial, Reil suministra una interesante puntualización de carácter teórico; interesante sobre todo desde el punto de vista de la radical tensión existente en la comunidad médica, y aun en el ánimo de cada uno de sus miembros, entre teoría y observación, deducción e inducción, y que resulta crucial para la com prensión del empeño de estos autores. A su juicio, sólo la Patología Gene ral es capaz de ofrecer una estructura científica a la Medicina, y por ello debe hacerlo; pues la Patología Especial, que estudia las enfermedades concretas, es por su propia esencia «histórica» (33). El significado de este calificativo es todavía, en el momento en que Reil lo utiliza, muy diferen te del que podría darle irreflexivamente el lector actual; en este caso deri va del concepto de «historia» que está en la base de la disciplina denomi nada hasta entonces Hi storia Natural, comprendida como «denominación de lo visible» (34). La «historia», para el naturalista del Barroco y la Ilustración, es el conocimiento de lo sensorialmente apre hensible. Nada más inequívoco al respecto que la división del conoci miento a que procede Sauvages: Existen tres tipos de conocimientos humanos,� saber, el histórico, el filosófico y el matemático. El histórico es la ciencia de los hechos: así la historia nos enseña que la fiebre, el asma, la tos y el dolor en el pecho acompañan a la pleuresía. El filosófico es el conocimiento de las causas y de los principios... Si la Patología Especial es, por su propia esencia, «histórica», juzgue el lector acerca del extraordinario interés que la Patología General tendrá no sólo para Reil, sino también para todos aquellos médicos que, sea cual sea el nombre que le diesen, pugnabaII. por otorgar a la Medicina un marco ri gurosamente científico. La observación de la realidad queda a salvo: la Pa-tología Especial tiene su lugar propio en la ciencia de la medicina, el del es tudio y tratamiento de la enfermedad concreta; pero este estudio y este tra tamiento dejarán de ser empíricos solamente cuando se complemente su proceder «histórico» con el «científico» de la Patología General; cuando lo observado en la clínica pueda integrarse en un sistema de relaciones invisi bles, que tienen lugar en el interior del organismo sano y enfermo. En su afán por construir un System der Medicin, Kieser es, de los au tores estudiados, quien de forma más sistemática estructura el campo de saberes objeto de nq. estro interés. Tal estructuración alcanza su más aca bada expresióO: en el capitulo XV del primer volumen del Syste_ m, que lle va el significativo titulo de «Organismo de la Medicina como ciencia y' co mo arte (Enciclopedia de la Medicina)» (36). No es un azar que aparezca en él el concepto fundamental de la ciencia natural romántica. Dentro de la magna unidad de la naturaleza, también la Medicina ha de constituir un todo orgánico; y ello, comenzando por la superación del dualismo ciencia (o filosofía)-arte (o técnica, o práctica). Según Kieser, ciencia (Wissenschaft) es... solamente el saber (Wissen) sobre la vida y sus leyes (... ) Existen tantas ramas (de la ciencia) como formas particulares de la vida (37). Arte (Kunst) es la representación (objetivación, Darstellung) de la ciencia en la vida misma, y equivale a un «actuar» (Handeln). Medicina como arte es la proyección de la ciencia de la Medicina en el actuar(... ) Consiste en corregir, mediante una actividad reglada, basada en las leyes suministradas por la ciencia de la Medicina, las rela ciones [URL] anormales del cuerpo humano, que de modo gene ral se denomin�n patología (38). Ciencia y arte son, para Kieser, dos aspectos polares de la actividad del alma humana. Como tales, son inseparables, formando un organismo. La ciencia de la medicina (medicina teórica) se encontraría en el dominio del polo positivo, aquel que corresponde a las operaciones del alma, y tendría un carácter subjetivo en cuanto que puede alcanzar su fin en el propio co nocimiento. A cambio, la medicina como arte (medicina práctica) tiene, necesariamente, su fin fuera de sí, y pertenece más bien al dominio del cuerpo, del polo negativo (39). Esa estructura polar, en la que cada polo necesita del otro para ser, podría resumirse según el siguiente esquema: ---------7 Pathogenia Iatreusiogenia ---------1 ---� -----J L ________ l __________ J Pathologia Therapia En este esquema, obra del propio Kieser, resulta obligado -como-ya ocurriera con Roschlaub-explicar el significado de-los términos utiliza dos por su autor para nombrar las disciplinas componentes de esta «cien cia médica». Pathogenia designa la «historia del origen (Entstehung) de la enfermedad»; Iatreusiogenia, la del proceso de curación; Symptomatologia, el estudio de los signos (en sentido amplio, Zeichen) que permiten recono cer la enfermedad, y, más exactamente, de las vías por las que se producen; Nosazología estudia el origen de 1a enfermedad propiamente dicho (cómo se llega a ser enfermo, aegrotum reddo ); Prognostica enseña a identificar los signos que denotan que el organismo ha iniciado el proceso de curación; Iamatología es «la doctrina de los objetos que producen la curación» (Gene sungsmittellehre). El correlato de cada una de estas disciplinas, tal como aparece en el esquema, se caracterizaría por su objetivo, por la perspectiva desde la que se elabora la teoría. Tal perspectiva no sería ya la de la enfer medad que se desea conocer, sino la de la enfermedad que hay que curar. Así, Pathologia equivale a Krankheitslehre, entendida como el estudio de la enfermedad encaminado a su curación; Therapia es la teoría del actuar del médico en la curación; Semiotik se ocupa del descubrimiento y la identifi cación de los signos; Anamnese, de la identificación del «momento causal» (ursachliche Moment); Iatreusiología es la doctrina de la indicación tera péutica y, por fin, Iatrotechnica estudia la aplicación del remedio. El resul tado de la coordinación de todas estas disciplinas configura «las cuatro partes orgánicas de la teoría de la medicina como ciencia y como arte»: Diagnóstico, Etiología, Indicación y Cura (42). No quiero pasar por alto, aunque sólo me ocuparé de ello brevemente, lo referente al que podríamos llamar «polo práctico» o negativo de este «organismo». Entendida la praxis como aquello que encuentra su fin fue ra de sí mismo, no debe sorprender que la práctica de la Medicina se oriente según dos líneas fundamentales: la difusión de los conocimientos científicos y la docencia de la Medicina, por un lado, y la Policía Médica ( Medicinalpolicey), tanto general como especial, en su doble vertiente de medicina prev�ntiva y moral médica, que a su vez incluye las obligaciones para con el Estadq (medicina forense) y la deontología profesional (43). Nuevos contenidos para los conceptos de salud y enfermedad Planteada así la disciplina científica que, desde nuestra perspectiva, podemos denominar «Patología General», estamos en condiciones de apreciar lo que constituye el núcleo fundamental del empeño de estos au tores: la conversión de la Patología en una rama de la Fisiología. Puesto que los objetos de los conocimientos teóricos en Medicina son fenómenos que podemos observar en los organismos vivos, la teoría de la medicina (teórica) pertenece a la disciplina de la ciencia natural de los cuerpos orgánicos vivientes (Fisiología) (... ) La teoría de la Medicina es solamente una parte de la Fisiología (44). Así se pronuncia Roschlaub en sus Untersuchungen über Pathogenie. Más tarde, en el «recordatorio previo» (Vorerinnerungen) a la Iatreusiolo gía General que sirve de base a su Allgemeine Jaterie dará por descontado que tal afirmación es ya del dominio público: «Dado que la Iatreusiología es solamente una rama� un fragmento de la Fisiología..;» (45). Reil no es menos explícito: Como la• Fisiología, es la Patología una doctrina sobre la naturaleza de la vida, pero una doctrina sobre la naturaleza de la vida enferma. No podrá ser racional si no se construye desde un punto de vista fisiológico. La vida enferma es tan sólo una modalidad de la vida en general, y tiene los mismos factores que la sana ( 46). La propia estructura de la proyectada obra magna de Kieser hace in necesario insistir en este punto; la unidad de F�siología y Patologí� es un hecho en la medicina alemana de los primeros años del pasado siglo. Só lo mediante la afirmación de esta unidad es posible, a juicio de los auto res que estudiamos, «hacer racional» la Patología, esto es, empezar a cumplir la misión legada por la medicina tardoilustrada, así como por• los epistemólogos contemporáneos. Para dar cabo a esta tarea, los médicos alemanes estructurarán su teoría de la Medicina en tomo a un concepto fundamental: el de «proceso vital» (Le. bensprocess), del que, según la nue va perspectiva, el proceso morboso (Krankheitsprocess) no sería sino una modalidad. Esto se observa sobre todo en las obras de Reil y Kieser, por más que tal idea subyace también a la Erregungstheorie de Roschlaub. En aras de la sencillez, me ceñiré a aquellos textos donde el tema se formule de manera más explícita. Para Reil, No carece de interés observar cómo Reil acude a una comparación de tipo químico para explicar el proceso vital, pues ello nos permite reiterar la vocación naturalista del presunto talante especulativo de este partida rio de la Naturphilosophie, así como tocar, por más que de pasada, otro tema de interés, como el de la vinculación de la Medicina con las Cien cias Naturales, y en particular con la Física y la Química. El tema ya ha bía sido planteado por Roschl�ub, quien consideraba necesario para el médico el conocimiento de ambas disciplinas (48); pero advierte que no debe incurrirse en el error de convertir la ciencia de la Medicina en una rama de la Física, pues... la Teoría de la Medicina, rama de la ciencia natural de los organis mos vivos, tiene un objetivo particular: la curación (49). Dicho lo cual podemos volver al asunto que nos ocupaba: la «vida» se ha convertido, desde-el punto de vista científico, en «proceso vital». Esta interpretación, que será asumida en adelante por la práctica totalidad de los autores, se verá enriquecida por la introducción de una doble pers pectiva, presente ya en la obra de Reil pero más acabada en la de Kieser: junto a la estrictamente temporal, en la que la antigua «vida» se transfor ma en Lebensprocess, la espacial, que contempla a esta misma vida como «organización» u «organismo» (Organismus), enlazando así los dos con ceptos fundamentales de la filosofía biológica de la época (SO). A continuación es preciso definir, desde esta concepción dinámica y orgánica de la vida, lo que son la salud y la enfermedad. Para ello, el pen samiento teórico necesita en primer lugar establecer un marco de refe rencia adecuado. En un tema como éste, difícilmente el marco puede de jar de ser axiológico, como muestra la historia: Roschlaub se ve, todavía, obligado a polemizar con los conceptos galénicos de «natural» y «contra natural», que parecen mantener algo de su prestigio (51). Por su parte, Reil intenta establecer, sin apartarse del patrón axiológico, un criterio tan racional como sea posible, para lo cual formula los conceptos de «normal» e «ideal» en la esfera biológica: Sin estos conceptos generales que el intelecto extrae de las represen taciones sensoriales, y que la razón eleva hasta la más alta generalidad (... ) sería imposible-la unidad de nuestro conocimiento de la naturaleza (52). El concepto de normalidad -prosigue-«es la regla para la especie», de manera que A diferencia de lo anterior -que acabamos de ver enunciado con una terminología de evidente raigambre kantiana-, lo ideal hace referencia a lo absoluto; y esto tiene utilidad sobre todo cuando se intenta reflexionar sobre la especie, y no sobre el individuo. Así pues, desde el punto de vista del médico resulta conveniente prestar atención especial al concepto de normalidad, que puede considerarse desde los dos puntos de vista antes mencionados: el de la forma y el de la «cualidad, o sea la mezcla de las materias animales en general y de sus• partes en particular»•. Desde esta doble perspectiva,... enfermedades son(... ) desviaciones de la normalidad en la mezcla y en la figura (54 ). Kieser, desarrollando esta tesis, afirmará que las enfermedades son, desde el punto de vista dinámico (la vida como proceso vital), «procesos vitales inferiores, o retrógrados» (SS); y desde el punto de vista de la for ma, «seudoorganismos» (Afterorganisationen) (56). Pese a que estas defi niciones desembocarán en auténticos callejones sin salida cuando tanto Kieser como algunos autores de la Naturhistorische Schule, traten de apli carlas a la práctica, a la comprensión de la Patología Especial, en el do minio teórico Kieser és consciente de la problematicidad y la imprecisión de semejantes términos: tanto la «inferioridad» del proceso morboso co mo su carácter de seudoorganización son relativos, y dependen del crite rio de normalidad adoptado: La enfermedad(... ) es siempre.un proceso vital cerrado y completo en sí, y solamente desde el punto de vista de la normalidad de la vida(... ) es algo fallido, incompleto (57). Como es sabido, durante algunos años la medicina alemana explora rá, generalmente en vano, estos• caminos sin retorno abiertos por Kieser, lo que le valdrá una triste celebridad entre los historiadores. No debería olvidarse que tanto él como Reil, Roschlaub y algunos de sus contempo ráneos, intentaron fundar «un sistema científico de la Medicina» que sólo sería posible merced al «conocimiento. de las leyes de la dinámica de la enfermedad» (58); y que, ademas, reinstauraron, desde una nueva pers pectiva, la clásica doctrina de la acción mutua entre �l individuo y el en torno•. Roschlaub, en cuyas palabras resuena, distinta,. la voz de Brown afirma: Ya• que el principio de la vida rechaza la imperfección del individuo orgánico(... ), que es lo que.llamamos enfermedad, y por el contrario, la naturaleza exterior intenta producirla, resulta que aquel produce el man tenimiento de la unidad, identidad e indiferencia de la forma de vida en su conjunto en la multiplicidad y diferencia de las acciones vitales parti culares, y la enfermedad consiste en un trastorno de dichas unidad, identidad e indiferencia (59). Y Kieser sólo puede lamentarse de las limita, ciones con que tropieza al intentar establecer científicamente tal correlación: Así como la particular afinidad de los órganos entre sí, a falta de una explicación fisiológica, sólo ha podido ser científicamente demostrada de forma muy incompleta, y sólo se conocen las líneas generales de esta afi nidad a través de la experiencia, igual ocurre con la particular afinidad de los órganos con las potencias del mundo exterior, las cuales en su ma yor parte sólo se descubren a través de la experiencia (60). Para que esta experiencia sobrepase los límites del empirismo será preciso que los laboratorios de Física y Química alcancen un grado de de sarrollo muy superior al que poseen en estas primeras décadas de la cen turia. No pretendo, con ello, afirmar que sean sólo razones técnicas las
La participación decisiva de un espejo ustorio, diseñado y construido por Arquímedes, en la destrucción de la flota romana del general Marcelo durante •el asedio de Siracusa (214-212 a.C.) se convirtió en el núcleo de una leyenda que• ha incentivado las investigaciones sobre la posibilidad teórica y técnica de un espejo con tal virtud prácticamente hasta nuestros días. El interés por el mito cobró fuerza a finales del. s. XVI, y en el s. XVIII dicho interés se conservó dada la utilidad de las lentes y espejos us torios cómo instrumentos científicos en los gabinetes científicos. El obje tivo de este artículo es analizar y contextualizar una de las reconstruccio nes del espejo de Arquímedes, el espejo c�mpuesto del célebre naturalista Buffon, a la luz de los conocimientos científicos y tecnológicos del mo mento.. Aparte de las variopintas piruetas intelectuales que plantearon la historicidad y las limitaciones de un espejo de tal potencia, las lentes y los espejos ustorios funcionaron como instrumentos científicos al servicio del análisis químico en los gabinetes del s. XVIII. Por ello, creemos que el es pejo compuesto de Buffon no debe ser entendido solamente bajo la pers pectiva de la tradición apologética del mito de Arquímedes sino también como instrumento científico y técnico. Introducción: el mito del espejo de Siracusa La plausibilidad del espejo de Arquímedes es aún hoy una cuestión abierta y no pretendemos ser definitivos en el problema, ni siquiera apor tar algo realmente novedoso. Tan sólo indicar que la construcción de un espejo parabólico -paraboloide de revolución-habría exigido unos co nocimientos teóricos, y una cierta pericia técnica. En cuanto a la teoría hubiera bastado conocer la propiedad focal de la parábola ( 1) -los rayos luminosos que inciden paralelos, entre• sí y al eje del espejo, sobre la su perficie interior de un paraboloide de revolución convergen, tras reflejar se, en un foco puntual (véase la ilustración 1)-y que se puede obtener una aproximación aceptable a la curvatura parabólica utilizando un nú mero relativamente amplio de espejos planos. Es probable que Arquíme des conociera las propiedades focales de la parábola. Su coetáneo Apolo nio de Perga (262-190 a.C) escribió las Cónicas, y un tratado Sobre los espejos ustorios donde señalaba a qué puntos eran reflejados los rayos que inciden sobre la superficie interior de un espejo semiesférico. La propie dad era conocida, según G.J. Toomer, por Doritheus, correspondiente de Arquímedes, aunque la prioridad en cuanto a su demostración formal co rrespondería a Diocles que vivió en el siglo II a.C. (2). Si Arquímedes co nocía el sistema de exhausciones para inscribir un círculo en un polígono tampoco tiene nada de particular que aproximara la figura parabólica me diante un número considerablemente grande de espejos planos. En -lo re lativo a la pericia técnica baste decir que los griegos fabricaron espejos cóncavos de bronce cubiertos de plata y plomo, pero no de vidrio colado,y estañado, y no tenemos noticia de la existencia de espejos parabólicos. A esta interrogante hay que añadir los resultados de las investigaciones mo dernas sobre la combustibilidad de materiales: el flujo de irradiación críti co para poner en ignición la madera de los barc_ os, y mantener la combus tión no puede ser proporcionado por un espejo (3). Arquímedes, por otra parte, no poseía ningún método para determinar la distancia a la que se encontraban las galeras romanas, y éstas se movían sobre la superficie'del mar, problema que ya fue señalado por Mantuda (4). Para hacer frente a esta dificultad el sabio de Siracusa habría necesitado un sistema dinámico que cambiara la posición del foco del espejo medio grado por cada 30 me tros recorridos por las naves. La impredictibilidad meteorológica y el cambio de posición del sol con respecto al espejo hacen aún menos verosí mil el mito. En cualquier caso no se. puede ser concluyente, todavía hoy existen defensores de la plausibilidad de la leyenda (5). Las primeras fuentes históricas que documentan la existencia del es pejo• ustorio de Arquímedes son relativamente tardías pues los historia dores romanos (Polibio, Tito Livio o Plutarco) sólo hablan de máquinas balísticas y• de elevadores de poleas en la defensa de Siracusa. La fuente más antigua que da noticia de la existencia de un artilugio óptico para quemar la flota romana es el Hippias (2, 19) de Luciano de Samosata en el s.II, y el prim• ero que menciona la intervención de un espejo en el asedio de Siracusa es Galeno en el De Temperamentis (III, I, 23) (6)� Según D.L. Simms la conformación de la leyenda procede de Anthemius de Tralles en el s. VI (7), pero J; Baltrusaitis va más lejos datando el origen del mito en fuentes• del s. XII • ( 8); en concreto en las• Crónicas de Zonaras ( 1118), y en las Quiliadas (s. XII) de Tzetzes. Zonaras habla de un espejo bien puli do aunque•no da más detalles (9), pero Tzetzes pretende que Arquímedes construyó un espejo hexagonal alrededor del. cual montó otros más pe queños y cuadrados, móviles mediante bisagras (10). Baltrusaitis ha ig norado la existencia de una fuente más antigua, y sobre todo más precisa: los escritos del árabe Ibn Al-Haytam, Alhacén para los cristianos, quien entre finales del s. X y principios del s. XI escribió un breve Tratado sobre los espejos ustorios en el que la legendaria herramienta de Arquímedes es tá constituida por un gran número de espejos planos dispuestos de forma que el rayo luminoso es reflejado por cada uno de ellos hacia un lugar co mún. La alternativa a este dispositivo que el propio Al-Haytam presenta es disponer un gran número de espejos esféricos con el fin de que reflejen sus rayos hacia un punto único. El científico árabe atribuye a Arquíme des el conocimiento de la propiedad focal de la parábola -los rayos lu minosos que inciden paralelamente sobre la superficie interior de un pa raboloide de revolución se -reflejan convergiendo en un punto único pero no su demostración formal de la que él mismo pretende ser el descu bridor (11). El Tratado sobre los espejos us_torios de Ibn Al-Haytam se con vierte así en la primera fuente documental conocida que ofrece como po sible solución a la construcción de un espejo parabólico, una aproximación mediante un conjunto considerablemente grande de espe jos planos elementales que inscribirían la superficie del paraboloide. A finales del s. XVI resurge con fuerza la leyenda a menudo con ins trumentos ópticos fantásticos sin apoyo empírico', y que•conceden a los rayos luminosos la virtud de propagarse hasta el infinito sin ser debilita dos por las sucesivas reflexiones ni por la acción del aire. En la Magia Naturalis (1589), G.B. della Porta pretendió que el espejo de Arquíme des, siendo cóncavo y semiesférico, y aunque pase por una aproxima ción mediante espejos planos elementales, no quemó más allá de una distancia de 30. pasos ya que sería imposible •construir un espejo de•un diámetro mayor (12). La historicidad de la Íeyenda se salva poda exis tencia de un enigmático y fantástico.. segmento el e paraboloide truncado y abierto por los dos lados, del que Porta no revela detalle, que recoge los rayos convergentes y los reenvía paralelos hasta el infinito prendien do todo lo que encuentran a su paso. El foco se sitúa en el interior del cono truncado,, y constituye la fantástica linea ustoria que proyecta los rayos paralelos hasta el infinito. B.Cavalieri en Lo specchio ustorio (1632), cuya credibilidad fue defendida en los Dialoghi de Galileo (13), introduce una modificación añadiendo al espejo cónico truncado de de lla Porta un pequeño espejo cónico, compacto y convexo que refleja pa ralelamente los rayos que han sido.concentrados por la primera pieza formando la verga ustoria que ya no es•un conjunto de rayos paralelos si no un cilindro sólido que se propaga, como la línea ustoria, hasta el infi nito (14) (véase la ilustración 2). •. Descartes rompió con esta tradición al negar la posibilidad del espejo de Arquímedes. La primera rderencia se encuentra en una carta a Mer: senne de enero de 1630. Un espejo cóncavo tendría que poseer un diáme tro enorme para poder concentrar los rayos en un foco común, ya que los rayos del Sol no son todos paralelos. Si no tuviese al menos seis toesas ( unos 12 metros) de diámetro no tendría fuerza para quemar más allá de una legua de distancia O 5). Con más detalle el filósofo francés vuelve sobre el tema en la Dióptrica ( 163 7) relacionando el diámetro de la lente con la distancia a la que debe concentrar los rayos. Los rayos no inciden todos paralelos, y la fuerza del calor se mide por la relación entre el tamaño del vidrio o el espejo, y el es pacio en el que se reúnen los rayos: «una lente, cuyo diámetro no tuviese una dimensión aproximada a la equivalente a la centésima parte de la distancia que existiera entre ella y el lugar en que debería concentrar. los rayos del sol, es decir, un espe jo que no guardase la misma p roporción con tal distancia que la que guarda el diámetro del sol con la distancia existente entre él y nosotros, aunque fue se pulido por la mano de un ángel, no puede causar que los rayos que con centra produzcan. más calor sobre el punto en el que los reúne que aque llos que provienen directa ni ente del sol. Lo cual debe ser igualmente • entendido de los vidrios comburentes. Por tanto, puede afirmarse que los que no entienden de Óptica son fácilmente persuadidos de afirmaciones, • que son imposibles. Así, esos vidrios de los que se cuenta sirvieron a Arquí medes para incendiar a distancia los navíos, o bien eran de inmensas pro porciones o más bien una fábula» (16). W.E.K. Middleton y D.L. Simms han indicado que el escepticismo de Descartes motivó la pérdida de credibilidad en el mito (17), pero las inves tigaciones no se paralizaron. En Ars magna lucis et umbrae (1646), A. Kir cher afirma haber viajado hasta Siracusa para estudiar el problema. La to pografía del lugar, y la capacidad de un espejo cóncavo factible por la industria humana habrían hecho necesario que las galeras romanas no se encontraran situadas más allá de los 30 pasos del espejo (18). Resulta mu cho más eficiente utilizar un número elevado de espejos planos. El propio Kircher pretende haber realizado en Roma una experiencia que muestra la bondad, y la eficacia de este dispositivo: sobre un muro curvo, y a inter valos regulares, se • dispusieron cinco espejos que produjeron fuego a 100 pies (32,4 m). Incrementando el número de espejos se podría aumentar la distancia de ignición. Esta será precisamente la piedra angular del espejo compuesto de Buffon con la diferencia que las experiencias del sabio fran cés, fundadas no sólo en razones geométricas sino también físicas, ofre cen mayor credibilidad que la de los Porta, Cavalieri, y Kircher. Le.ntes y espejos ustorios como instrumentos de análisis químico en la Academia de Ciencias de París duraizte el s. XVIII Los aspectos puramente geométricos en el diseño y. construcción de espejos y lentes ustorios se mezclan en la ciencia del s. XVIII con investi gaciones físicas sobre la naturaleza del flujo luminoso y la estructura de los metales que constituyen el espejo. Así, por ejemplo, Musschenbroek piensa que los espejos metálicos reflejan mejor la luz cuando están fríos que cuando están calientes, y por ello queman mejor en invierno que en verano. La razón reside en que los poros del metal caliente son más gran des que los del metal frío, y la materia del fuego penetra con mayor facili dad los poros cuanto más abiertos están. Además los corpúsculos del me tal caliente son menos elásticos, y reflejan peor los corpúsculos luminosos que las partes elementales del metal frío (19). Este tipo de consideraciones son tenidas en cuenta en las experien cias realizadas con espejos en el s. XVIII y establecen un límite a su poder quemante. Los espejos y• las lentes ustorios funcionaron en los gabinetes químicos del s. XVIII como instrumentos científicos claves para el análi sis químico de las diversas sustancias, especialmente de los metales y el diamante en la medida en que los hornos no proporcionaban el suficiente calor para fundir, •y volatilizar todas las sustancias conocidas. Estas he rramientas ópticas permitieron, por ejemplo, demostrar que ningún me tal es «fijo», es decir, ninguno resiste la acción del fuego solar sin volatili zarse (20). Los instrumentos utilizados a este fin fueron diseñados conforme al modelo de lente ustoria de Ehrenfried Walther Tschirnhaus, científico autodidacta y miembro de la Academia de Ciencias de París desde 1682. Su diseño llegó a la Academia en 1699, y consiste básicamen te en un sistema integrado por dos lentes biconvexas de diferente tamaño dispuestas paralelamente (21). La distancia focal de la primera lente es de 12 pies (3,88 m), y el diámetro del foco es de 1,5 pulgadas (4 cm). El añadido de una segunda lente permite disminuir la distancia focal del conjunto, y el diámetro del foco a 8 líneas (1,8 cm). El fuego solar debe incidir perpendicularmente a ambas lentes, lo cual se conocerá cuando la imagen del Sol proporcionada por el instrumento sea perfectamente re donda. Las lentes deben situarse sobre un pie que permita el giro en to dos los sentidos para poder cambiar la orientación delas lentes en fun ción de los cambios en la posición del disco solar. En este sistema óptico la concentración de los rayos en el foco no -es ni puntual ni homogénea: aumenta con la proximidad al eje de la lente (22)� Este tipo de lente es el que utili:z;ó Wilhelm Homberg en su análisis químico de los metales, dados los problemas que presentaban los espejos cóncavos. El principal inconveniente de los espejos cóncavos-con respecto de las lentes biconvexas en cuanto instrumentos ustorios radica en que, a diferencia de éstas, exigen que la muestra que se desea analizar deba ser -suspendida en el aire a una cierta altura sin poder ser sostenida por nin gún recipiente. La razón es que los rayos deben incidir paralelos al eje del espejo lo que obliga a orientarlo según la dirección que conduce hacia el disco solar. Esto dificulta naturalmente su observación. Las lentes son más • cómodas pues los rayos refractados se proyectan de arriba hacia aba jo, lo que permite situar la muestra analizada sobre un soporte o en un re cipiente fácil de observar (23). •El oro y la plata emplazados.en el foco de la lente se funden hasta vitrificarse. Los metales nobles que en los hornos ordinarios no consiguen ser fundidos, humean y se vitrifican bajo la ac ción de los rayos solares concéntrados por la lente. Homberg no atribuye esta diferencia a las bondades del artilugio de Tschimhaus sino a las dife rencias entre el fuego solar y el fuego ordinario (24): el fuego solar se com pone de partículas más.sutiles, de menor grosor que penetran con mayor facilidad los poros del oro y de la plata que el fuego de los hornos conta minado por las impurezas del aceite de la madera. Experiencias paralelas serán realizadas con el hierro (25), resultando en todos los casos una sus tancia vitrosa y «fija» --'-no susceptible de análisis ulterior mediante el aire y el fuego--que será identificada como derivada del elemento tierra de la tradición aristotélica. El metal se compone •de mercurio, sustancia carac terística del estado metálico, que se volatiliza durante la exposición de la muestra a la acción de la lente, y de una •materia terrosa más ligera (26). Etienne Fran9ois Geoffroy repetirá en 1709 experiencias similares con los cuatro metales imperfectos -hierro, cobre, estaño y plomo-concluyen do algo parecido: los metales se componen de una sustancia oleosa o mer curial, común a los cuatro metales imperfectos, y causa de su brillo, y ma leabilidad. Es la materia vitrificable la que es característica y distintiva de cada metal (27). El modelo de lente ustoria -de Tschimhaus será también utilizado en las experiencias de volatilización. del diamante de Lavoisier en 1772: el diamante se volatiliza, con menor calor que el requerido para volatilizar el carbón, y produciendo un gas similar al de las efervescencias metálicas (28). En 1774 Trudaine introduce una modificación buscando un instru mento de mayor potencia que funda el platino. Corta sendas fracciones de una esfera de cristal hueca de 16 pies (5,2 m) con un cristal de 8 líneas (1,8 cm) de espesor (29) (véase la ilustración 3) con el fin de fabricar una lente biconvexa (A) de 52 pulgadas ( 1,4 m) de diámetro que se rellena con «espíritu de vino» -alcohol-de mayor índice de refracción que el aire. Las dos fracciones rellenas de «espíritu de vino» son unidas por un bisel, y abrazadas por círculos de cobre� La segunda lente (B) de vidrio sólido posee un diámetro de 8,5 pulgadas (21,6 cm), y se sitúa a 8 pies y 7 pulga das (278,1 cm) de la primera. El foco formado en el portaobjetos orienta-,,,l-r,1,1•-t",1•,. También fueron utilizados un espejo y una lente ustorios por J. Pries tley en sus trabajos sobre la calcinación del óxido de mercurio para obte ner «aire•flogisticado' » -oxíge110-, en el que se facilitaba la combustión. Al igual que Homberg, Priestley señala que la lente es preferible al espejo en la medida en que rio es necesario suspender la muestra en el aire (30). En sus primeras experiencias utilizó un espejo pero luego consiguió una lente de 12 pulgadas de diámetro (32,4 cm) y 20 pulgadas (54 cm) de dis tancia focal. El espejo compuesto de Buffon El interés instrumental de los espejos ustorios para la ciencia pudo plantear la-necesidad de optimizar su uso. En 1726 Charles-Fran9ois de Cistemai Dufay comunicaba a la Academia los resultados de sus investi gaciones al respecto retomándolas donde las habían dejado Cavalieri y otros, pero esta vez consciente de que la Física puede traicionar los razo namientos geométricos (31): la luz pierde fuerza con la reflexión, la re fracción o por acción del humo; no se propaga sin debilitarse hasta el in finito como habían supuesto los magos italfanos. Inicialmente construyó espejos de yeso parabólicos, dorados y bruñidos pero posteriormente ob servó que los espejos semiesféricos son más fáciles de construir. La única diferencia, en cuanto� lo qU:e al poder ustorio se refiere, es que mientras que los espejos parabólicos poseen un foco puntual, los semiesféricos po seen como foco una superficie cáustica (32). Esto no resta poder ustorio al foco del espejo semiesférico siempre que el foco cáustico sea menor que la muestra. El primer ensayo de Dufay intenta dar solución al principal problema que planteaban los espejos cóncavos como herramientas ustorias: si se utiliza luz solar el espejo debe ser orientado hacia el Sol, y por ello, la muestra debe situarse en alto -entre el espejo y el Sol-lo que complica su observación. Por esta razón, Dufay emplea un dispositivo compuesto por dos espejos semiesféricos que aprovecha el calor del fuego (véase la ilustración 4): coloca dos espejos esféricos de 20 y 17 pulgadas de diáme tro respectivamente (54 y 46 cm) frente a frente a una distancia de 50 pies • (unos 16 m), y sitúa•en, el foco de uno de ellos un carbón encendido aviva do por un fuelle. Los rayos que, procedentes del fuego, son proyectados sobre uno de los espejos son reflejados paralelamente hacia el segundo in cidiendo en su foco donde se encuentra la muestra que entra en combus tión. Con espejos parabólicos. de dimensiones similares se consigue el mis mo efecto a 18 pies (unos 6 m), lo que avala la mayor efectividad de los espejos semiesféricos (33). Dufay estudia el efecto de: -la interposición de una lámina de cristal: disminuye la acción usto ria, de 18 a 8 pies (2,6-m). Esto se debe a que los rayos del fuego or dinario son en extremo groseros. el viento no influye sobre la acción ustoria. el humo de la paja quemada disminuye también la acción ustoria. Con un cierto escepticismo-repite la.experiencia de Cavalieri en busca de la verga ustoria tanto con un sistema compuesto por un espejo parabó lico que refleja •sus rayos sobre un espejo convexo y sólido (véase la ilus tración 2), cómo con otro integrado por un espejo parabólico, y otro para bólico truncado. En el primer caso la experiencia fracasa: •el pequeño espejo convexo se calienta demasiado, y daña a la vista; con el segundo sistema, este inconveniente se supera en la medida en: que los rayos sola res que inciden paralelos sobre un espejo cóncavo se concentran en el es pacio vacío contenido en el espejo parabólico truncado para ser luego re flejados paralelamente' en su superficie 1.nterior. No se consigue un calor considerable más allá de los 10 pies (3,2 m). Lo más significativo de estas experiencias es que Dufay no utiliza directamente la luz del sol, sino que previamente la refleja sobre un espejo" plano reparando en la gran distan cia a la que la imagen del sol puede ser'reenviada. La imagen del sol reen viada por un espejo plano a otro cóncavo de 17 pulgadas (46 cm) de diá metro permite que éste queme incluso cuando la distancia entre ambos espejos sea de 600 pies (194 m). La fuerza de los rayos solares es poco dis minuida por la reflexión en un espejo plano. No obstante, la distancia real a la que los espejos cóncavos queman hace fabulosa la leyenda de Arquí medes. Dufay sólo utiliza espejos planos para reflejar la luz sobre un espe jo cóncavo pero conocía los trabajos de Kircher quemando con un conjun to de espejos planos (34). El empleo de espejos planos para reflejar la luz solar sobre espejos cóncavos facilita el uso de éstos como herramientas científicas. El siguiente paso será prescindir de los espejos cóncavos para construir un espejo compuesto solamente de espejos planos, mérito del historiador natural Buffon. No cabe duda que cuando Buffon hizo público en la Academia de Ciencias su modelo de espejo compuesto conocía los trabajos de Kircher, y de Dufay, en contra de lo que pensó Montucla (35). El naturalista fran cés sabía que no se puede quemar con espejos cóncavos factibles por la in dustria humana más allá de 15 ó 20 pies (4,8 ó 6,5 m) (36). Comprueba que el cristal estañado refleja mejor la luz solar que el metal por bien puli do que esté, y algo que Dufay ya había constatado: la imagen solar conser va su fuerza a una distancia de hasta 300 pies (97 m) sin perder fuerza por el espesor del aire que atraviesa. Pero el principal argumento de Buffon en contra de la utilidad de los espejos cóncavos es que el disco solar ocupa una apertura angular finita de 32', es d�cir, los rayos procedentes del bor de superior e inferior d�l sol al reflejarse formaran un_ ángulo de 32' que provocará que la imagen solar aumente de tamaño con la distancia. XLV-1-1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es bilitamiento de la luz con la distancia no se debe a la pérdida de fuerza de los rayos al atravesar el aire sino a esta apertura angular. El diám• etro del foco de un espejo cóncavo no puede ser menor que la cuerda del arco co rrespondiente al ángulo de 32' y no se gana nada con respecto a un espejo plano, siendo éstos de factura más sencilla. La solución, la que adoptaría Arquímedes, está en la composición de espejos planos. Puesto que los an tiguos ignoraban el arte de colar el vidrio, indica Buffon, de ser cierta la leyenda de Arquímedes, éste tuvo que utilizar un conjunto amplio de espe jos planos de metal pulido. La segunda asunción teórica básica en la construcción del espt; jo es que para una misma intensidad luminosa los focos grandes queman más y mejor que los focos pequeños. Descartes asumió erróneamente que la intensidad del foco es independiente de la talla del espejo (37), es decir, si dos espejos poseen la misma curvatura poseerán un foco del mismo. diá metro, pero la intensidad será distinta. Esta asunción es verificada por la experiencia. La intensidad de los rayos concentrados es la misma con ambos espejos, pero el primero fun de el cobre y el segundo no. La razón aducida por Buffon es que el calor se dispersa y se extiende por el volumen del metal. En el caso de un foco pequeño hay menos puntos irradiando, y se pierde más calor que en un• foco grande donde hay más puntos difundiendo calor. Este argumento revela que no. es del todo cierta la tesis de Middleton de que nadie en el si glo XVIII pensaba en términos de calor radiante (38). El calor no es debi litado por su propagación en el aire, pero sí hay una pérdida cuando se difunde en un metal. Estos son los supuestos teóricos sobre los cuales Buffon se apoyó en su proyecto de espejo compuesto. El modelo inicial se componía de 168 espe jos planos de cristal estañado de 6 por 8 pulgadas (16,2 por 21,6 cm) aleja dos unos de otros alrededor de 4 líneas (0,9 cm) para que pudieran mover se en todos los sentidos e independientemente, y permitan al operario ver el lugar al que deben ser conducidas las imágenes para poder quemar a di ferentes distancias; Es necesaria media hora para disponer todos los espe jos unidad haciendo coincidir todas las imágenes en el mismo punto. Las experiencias con este espejo serían realizadas en el Jardin du Roí sobre un terreno horizontal razón por la cual los espejos unidad son rectangulares y no cuadrados, para que al inclinarlos las imágenes del sol reflejadas sean redondas y no oblongas. En las experiencias realizadas se fue incremen tando el número de espejos unidad intervinientes, y sus resultados se re cogen en la tabla siguiente: Buffon no proporciona demasiados detalles de la forma y evolución de la combustión de las diferentes muestras, lo que no ha sido obstáculo para que alguna de sus experiencias haya intentado ser reconstruida (39). Aun que el número de ensayos no fue demasiado amplio, Buffon creyó poder concluir que la capacidad ustoria del espejo era múltiplo del número de espejos unidad. No obstante, supone un límite establecido por las capaci dades de la industria humana. XLV-1-1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es 900 pies (260 ó 290 cm), ya que para.quemar a una legua (unos 4 Km) se ría necesario un espejo 2.000 veces mayor que el -de Buffon. Fundándose en el testimonio de Tzetzes, y en sus propias experiencias, Buffon piensa que Arquímedes pudo quemar con un espejo hexagonal combinado con un conjunto de pequeños espejos planos movibles mediante pequeñas chamelas que dirigirían sus imágenes hacia el foco del espejo hexagonal. El año siguiente Buffon hizó pública otra memoria en la que daba con tinuidad a sus investigaciones sobre los espejos. Esta vez amplía el núme ro de los espejos unidad hasta 360 (véase la ilustración 5), pero los hace cuadrados, y no rectangulares, violando la suposición que había avanzado. ILUSTRACIÓN 5 Espejo compuesto de Buffon sobre chasis de hierro (BuFFON, Histoire naturelle. en las investigaciones del año anterior (40). En esta memoria presenta otros modelos, por ejemplo, una lente hueca rellena de agua, que quizás pudo inspirar a Trudaine ( véase la ilustración 3), a partir de dos cristales de 37 pulgadas (1 m) de diámetro, con un orificio-en su zenit para que en caso de que el agua se caliente demasiado y se vaporice no provoque el es tallido de la lente. También propone la construcción de lentes «a eche lons», es decir, lentes talladas rebajando su anchura a modo de escalones, de forma que disminuye su espesor sin disminuir su diámetro ni alargar su foco. En 177 4 Buffon expone sus investigaciones sobre los espejos ustorios de forma sistemática en el primer volumen del Suplemento a la Historia natural indicando que tras la comunicación de sus trabajos a la Academia en 17 4 7, Bouguer y otros objetaron contra su espejo remitiéndose a la doctrina cartesiana de la Dióptrica ( 41 ). Descartes rechazó la posibilidad del espejo de Arquímedes ya que la violencia del calor producido en el fo co debe ser estimada por la relación de tamaño entre el cuerpo que reúne los rayos luminosos y el espacio en el que convergen tras su reflexión. Ar químedes tendría que haber construido un espejo de dimensiones fabulo sas para quemar la flota romana, y por ello la línea ustoria de Porta y Ca valieri, propagada hasta el infinito, es una quimera:. Buffon le contesta defendiendo algo que en 174 7 había rechazado: se puede quemar a una distancia indefinida en la práctica, e infinita en la teoría añadiendo un nú mero cada vez mayor de espejos planos. La línea ustoria es posible. Buf fon introduce en la polémica un aspecto ausente en las memorias de 174 7 y 1748: la perfección de las lentes no sólo depende de su diametro, y de su curvatura, sino también de los diámetros de los objetos, y de su intensidad luminosa, de forma que deberían ser empleadas lentes diferentes para rea lizar observaciones en los distintos planetas. Añade sin justificar, y como pretendido resultado experimental, que los espejos y las lentes poseen el mismo efecto ustorio sea cual sea su distancia al Sol. De esta forma un es pejo ardiente quemaría madera igual en Saturno que en la Tierra aunque la distancia de ambos planetas al Sol sea diferente, y en Saturno el calor del Sol sea 100 veces menor. • La principal virtud de su espejo no es, como han malinterpretado los cartesianos, inscribir un conjunto de planos en una superficie esférica, si no en que resulta igual, a una cierta distancia, quemar con espejos planos que quemar con espejos cóncavos, ya _ que en ambos casos la imagen del Sol no puede ser reducida a la cuerda del arco que subtiende el disco solar (32'), y la imagen aumenta de tamaño con la distancia. Las aplicaciones del espejo compuesto de 1;3uffon El espejo• compuesto de Buffon no• deb� ser contemplado únicamente bajo la óptica de la tradición que investigó y discutió la posibil_ idad teórica y la factibilidad técnica del espejo de la leyenda del asedio de Siracusa. El naturalista preveía que su invención podría tener gran interés como• ins trumento científico y útil tecnológico. Sus posibles aplicac; iones ya_ fueron avanzadas en 17 4 7, pero en la Historia natural se encue / fan recogid�s de una forma más detallada (42): a) El calor del foco podrí_ a utilizarse en la evaporación de aguas sala das para obtener sales destinadas bien a la alimentación, bien a la indus tria. Bastaría.para ello disponer un espejo de cuatro pies (1,3 m) de ancho por tres pies (1 m) de largo integrado por 12 espejos planos de un pie cua drado (32,4 cm x 32,4 cm) con una distancia focal de 16 pies (5 m). Para optimizar la evaporación haoría que disminuir el espesor de la_ capa de agua en la medida de lo posible. b) Los espejos podrían emplearse para calcinar yesos u otras piedras calcáreas. c) Los espejos podrían convertirse en arma bélica quemando las velas de los barcos e incluso madera embreada a más de 150 pies ( 48 m). d) Pero quizás la aplicación qu� Buffon considera más prometedora es la de una escala termométrica. El espejo compu�sto proporciona una medida exacta y objetiva del calor, pues el calor que se procura en el fo co es múltiplo del número de imáge_ nes solares proyectadas, es decir, del número de espejos unidad.' Tomando como punto de referencia la tem peratura de congelación del agua, la primera graduación se establece co locando el_ bulbo del termómetro en el foco del •espejo. Con.el calor que proporciona un solo espejo unidad se.marca en el capilar del termóme tro la primera división de la escala principé: tl.. Proyectando en el foco las imágenes de dos espejos unidad la segunda, y así sucesivamente. Si se emplea como líquido termométrico el mercurio no es conveniente exten der las divisiones más allá de 9 ó 12, pues añadiendo más espejos el mer curio se volatiliza. Tampoco es aconsejable llenar el termómetro con es píritu de vino coloreado porque se descompone al cabo de cierto tiempo. Es más adecuado el aceite de lino. Buffon pretende que su método de construcción de termómetros susti tuya• al de su rival R.F. de Réaumur que hizo público en 1730 (43). Réau mur fabricaba también sus termómetros tomando como punto de referen cia un único punto fundamental -el de congelación-y el grado unidad era definido volumétricamente en función de la dilatabilidad del alcohol. Tras determinar como unidad un cierto volumen de alcohol añadía mil unidades volumétric. as al _ bulbo sumergido en un cubo de agua helada. Trazaba entonces la muesca correspondiente a O o. Al final de esta opera ción sellaba el tubo. El principal inconveniente de esta escala es que dife rentes alcoholes o disoluciones alcohólicas poseen dHerentes coeficientes de dilatación, y por lo tanto se hacía necesario definir una disolución es tándar. Réaumur sugiere, por ello, que se utilice alcohol que se dilata 80 grados -80 unidades volumétricas-entre la temperatura del hielo, y aquella a la que el alcohol comienza a hervir. e) El espejo permitirá también volatilizar el oro, la plata y otros meta les o minerales, y para recoger las fracciones volátiles a fin de que sean analizadas. • No hay noticia de que el espejo compuesto fuera efectivamente utiliza do para estos fines, pero no cabe duda que Buffon, al diseñarlo, no sólo pensó en la leyenda de Siracusa sino también en su virtual potencialidad científica, y tecnológica. El espejo compuesto no es sólo producto de la ubícua curiosidad del célebre naturalista francés, sino también del espíri tu empírico, cuantificador y tecnológico de: la ciencia de la Ilustración,• au sente en las fantasías de los magos italianos del s. XVI. Buffon no sólo construyó su espejo para discutir, fundándose en la experiencia, la plausi bilidad de la leyenda de Siracusa sino también previendo las aplicaciones de un nuevo instrumento científico eri el análisis químico de los metales, y en calorimetría conectando de esta fonila con la tradición instrumental de la Academia de Ciencias francesa del s. XVIII. ( 1) Dada la ecuación de una parábola y 2 = 2px el foco es el punto F cuya abcisa es p/2 (véase la fi gu ra). Es fácilmente deducible que los rayos que incidiendo paralelos al eje de abcisas se reflejan en un elemento de la parábola convergen en su foco. Si diferenciamos la ecuación de la parábola resulta: