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Como le sucede a Alicia, nuestra vida es un imaginario ir y venir de uno a otro lado del espejo.
Caminamos por este mundo de realidades y sueños hasta que el azogado cristal nos atrapa irremisiblemente convirtiendo la dualidad física en unidad etérea.
Un 26 de octubre Agustín Albarracín comenzó a soñar eternamente.
Nos unía el mar Mediterráneo, la ironía, la informática, y una amistad cómplice cimentada en la colaboración y el respeto.
Me gusta recordarlo feliz, corriendo junto a la reina de corazones gritando que no le corten la cabeza a Asclepio.
La realidad es otra, Asclepio está capitidisminuido y ahora nadie me reprocha que llego tarde porque quiere marcharse pronto.
Procedente de la facultad de biológicas, en la década de los 80 recalo en el desaparecido instituto Arnau de Vilanova, situado en pabellón quinto de la Complutense facultad de medicina, auspiciado por José Luis Peset que, generosamente, acepta dirigir mi investigación sobre la expedición Malaspina.
Aquí conocí a Agustín Albarracín.
Yo era un insignificante aspirante a doctor y nuestra relación no tomará cuerpo hasta que los designios de Dios y el CSIC reincorporan el instituto al obsoleto Palacio del Hielo y del Automóvil situado en la madrileña calle de Duque de Medinaceli, convirtiéndose en el actual departamento de historia de la ciencia tras algunos devaneos con nominaciones más exóticas.
De esta primera etapa no olvido el café en la trastienda del Arnau, y los bocadillos de caballa que, el hoy catedrático, y mejor amigo, Manuel Sellés nos obligaba a consumir en el bar de estomatología a la hora del almuerzo.
Frente a la opulencia espacial que actualmente disfruto, en aquella época cuatro personas compartíamos mesa y máquina de escribir, improvisada almohada después de cada opípara celebración.
A consecuencia del traslado dejamos en la facultad entrañables compañeros: Elvira Arquiola, prematuramente desaparecida, Luis Montiel, Ángel González, y Pepe Martínez, y hacemos nuevos amigos al incorporarse al departamento María Dolores Olagüe y José María Artola procedentes de filosofía.
Agustín formó parte del tribunal que juzgó mi tesis doctoral y para entonces nuestra relación había traspasado la frialdad con la que se defendía del mundo, se afianzaba silenciosa, imperceptiblemente, caminaba de puntillas, tal y como le gustaba que ocurriesen las cosas.
De todas las experiencias compartidas jamás olvidaré la tarde que, armados de grandes dosis de paciencia y resignación, José Luis, yo, y las chicas, Pili y Mari Carmen, emprendimos la imposible tarea de comprar el regalo para su jubilación.
Cualquiera que nos conozca mínimamente se imagina las jocosas vicisitudes padecidas por el cuarteto hasta la adquisición de un magnífico reloj de pie.
Lógicamente, el aparato no funcionó el día del homenaje con la consiguiente chanza de Agustín por nuestra ineptitud mercantil.
Faltó como presente la socorrida mantita invernal, continuamente aludía por su precaria situación jubilar.
Más tarde, internet y la revista Asclepio ahondaron nuestra relación.
Durante mi primera etapa como miembro del consejo de redacción me encargué de la sección de libros, viéndome obligado a corregir pruebas bajo su supervisión.
Muchas veces he sentido vergüenza por los errores cometidos, a cambio aprendí rigurosidad y gusto por el trabajo y la palabra.
El 24 de octubre de 1989 el doctor Albarracín cruzaba el portón de la Real Academia de Medicina para ingresar como académico.
La vida humana en el teatro de Lope de Vega tituló el discurso de ingreso, y, como ocurre en el imaginario escenario lopediano, también su vida transcurrió en dos actos contiguos, «del hombre sano al hombre enfermo», y un epílogo, la muerte: «Entendida de uno u otro modo, la muerte se aproxima.
Ansias, bascas y congojas la preceden.
Mudo, desnudo, flaco, oprimido y casi sin aliento, el moribundo llega a su fin.
Cesan las angustias preliminares y aparece la muerte en toda su terrible majestad.
El cuerpo se torna un hielo, desaparece el aliento, cesan el pulso y el movimiento».
He tenido la fortuna de aprender el oficio de historiador de la mano de José Luis, la complicidad de Raquel y la compañía de Agustín, su ausencia supone un gran vacío, crea una barrera invisible que, como él describiese con motivo de otro aciago día, es «una inmensa pared de cristal impenetrable, en principio totalmente transparente, dejando pasar desde el otro lado imágenes y vivencias bajo formas de recuerdos: no podemos hablar pero, al menos, podemos revivir el pasado y así, en cierto modo, revivir al ausente».
El tiempo emborrona la imagen, silencia el sentimiento, contrarreloj nos preguntamos ¿quién nos recordará cuando estemos muertos? |
Hasta mediados del siglo XVIII, únicamente la cuarta parte del género humano no contraía las viruelas en su vida.
Las otras tres cuartas partes estaban condenadas a padecerlas.
Eran el primer factor de mortalidad.
Al tamente contagiosa, aquella dolencia segaba a familias enteras, se encar nizaba en la población infantil y reaparecía pérfida o repentinamente acá o acullá, sembrando siempre el terror...
En Europa; poblada entonces por 150 millones de habitantes, habían perecido en un cuarto de siglo 15 millones de personas de viruelas.
Aque lla enfermedad implacable se reputaba inevitable: era un tributo cruel im puesto a la humanidad indefensa.
«El Herodes de los niños», «Neroniano destructor», «Angel exterminador», «plaga mortífera», «veneno pestilen te», «hidra voraz», tales eran unos de los epítetos con que el vulgo la defi nía.
En las grandes urbes europeas, la viruela producía un promedio anual de-400.000 defunciones.
Desde épocas remotísimas, aquel azote endémico que revestía for mas de epidemias o pandemias, causaba horrendos estragos en Asia y Africa.
Según ciertos expertos, la cabeza momificada de Ramsés V, falle cido hacia el año 1160 antes de J.C., presenta lesiones características de la enfei:-medad.
Los griegos y los romanos no dejaron constancia de ella, pero es curioso que los romanos no la hayan conocido por la comunica ción que tenían con Egipto.
Gardanne, médico francés del siglo XVIII, es de parecer que los antiguos se enfrentaron con ella y afirma que existen indicios de ella en las obras de Hipócrates.
Puede que la peste de Atenas que asoló el mundo griego en el año 430 antes de J.C. fuese una pande mia de viruelas atípicas.
Tucidides aludirá más tarde a aquel trágico epi sodio e informará que a partir de aquella fecha, se instauró en Atenas el culto a Asclepio.
El Dr. Rulliere, en su Compendio de la historia de la me dicina (1), proporciona unos datos reveladores de la antigüedad del azo te: año 49 después de J.C., epidemia en China; año 312: epidemia en el imperio romano; año 325: tratado chino de Ko Kong en el que describe las viruelas; año 581: epidemia en Francia relatada por Gregario de Tours; año 608: Ahron (Al-Quis), monje y poeta sirio, evoca las viruelas en su Pandee tas.
A fines del siglo VII, la enfermedad embistió a los árabes y éstos, la propagaron por España en gran escala.
Luego, la pestilencia ganó toda Europa, diseminada también por el terreno propicio que ofrecían las Cru zadas en Tierra Santa.
Los primeros que describieron con nitidez las viruelas fueron dos mé dicos árabes del siglo X, Rhazes y Avicena.
Afirmaron, como más tarde sus colegas Avenzoar y Averroes, que nadie estaba exento de pasar las vi ruelas en el transcurso de una vida de duración normal.
Esta actitud de aceptación y fatalismo frente a las embestidas de la plaga mortífera perduró a lo largo de los siglos.
La opinión común -has ta compartida por médicos famosos-era que existía en cada individuo, desde su nacimiento, una semilla variolosa invisible, imputable a la im pureza de la sangre menstrual de la madre, detenida en el útero durante la preñez.
Dicha semilla quedaba dormida y oculta en el organismo hasta que, en un momento indeterminado se animaba e invadía el cuerpo ente ro.
Unos pensaban que aquel germen nefasto tenía su sede en la sangre contenida en el cordón umbilical y por eso, recomendaban exprimirla cuidadosamente antes de hacer la ligadura.
Otros, localizaban el virus en la médula espinal o en las cápsulas atrabilirias...
Para la mayoría de la gente, las viruelas eran una mancha fisiológica que traían en sí todos los 4
XLV-2-1993 seres humanos, así como en lo espiritual, llevaban la mancha del pecado original.
Boerhaave desterró aquellas falsas, arbitrarias y ridículas opiniones y asentó que las viruelas eran una enfermedad, a menudo mortal, causada por un agente externo y contagiosa como la peste o el gálico.
Confiaba en que un día se descubriría un remedio capaz de contrarrestar sus furiosos ataques y él mismo se afanó en buscar un antídoto eficaz a base de mercu rio y antimonio.
Los médicos españoles del siglo XVIII distinguían trece especies de vi ruelas.
Las más frecuentemente señaladas eran: las confluentes, infinitas en número, malignas, muy pequeñas y casi planas, las discretas (vulgo lo cas), también peligrosas, mayores de cuerpo, pocas en número y espacia das, las bastardas o espúreas que revestían formas anómalas, las benignas y la viruela volante (confundida con la varicela).
Las confluentes, particularmente temibles, provocaban un trastorno general de la economía del organismo, se acompañaban de alta calentura, horripilaciones, petequias, espasmos, cursos, vómitos, hemorragias y en unos días, podían convertir un cuerpo sano en una total putrefacción.
En el principio de la dolencia, recomendaban los médicos para sus pa cientes las bebidas refrescantes, el agua emetizada, el agua de saúco con espíritu de nitro dulce o ácido sulfúrico y en caso de sobrevenir convulsio nes, los narcóticos.
El alcanfor se reputaba provechoso para frenar la de generación pútrida y aumentar la transpiración.
Cuando se manifestaba una tendencia a la gangrena, se recurría a la quina, a la serpentaria (2), a los vejigatorios y sinapismos.
La ipecacuana (3) en dosis nauseabunda también resultaba muy útil en toda la carrera del mal.
Para evitar o paliar la deformidad que las viruelas solían ocasionar en el rostro, los médicos intentaban desviar la materia variolosa hacia otras partes del cuerpo, me diante sangrías, baños, ventosas, irritaciones mecánicas y sinapismos en la planta de los pies.
Era un tratamiento muy pesado para el enfermo.
Du rante el tercer período de la dolencia, convenía impedir que se rascase el virolento y le metían los brazos en cilindros de cartón, aliviando el escozor de la cara con un manejo suave de plumas.
El mejor modo de evitar los hoyos que dejaban las postillas de gran supuración era abrirlas cuando es taban maduras.
Muy pocos virolentos sanaban.
Los que lograban salvarse de aquella mortífera pestilencia conservaban horribles estigmas: cara picada, párpa dos vueltos, labios monstruosos, nariz medio roída, pérdida de la lengua a veces...
Unos se quedaban ciegos o tuertos, otros sordos, otros muchos pa-ralíticos, mutilados e inútiles para el resto de su vida, hasta dementes.
La juventud veía destruidas definitivamente sus gracias y belleza, perdidas sus esperanzas de colocación, en medio de familias consternadas por el drama (4).
El bien nombrado siglo de las Luces• vino a echar rayos de esperanza en aquel panorama desolador, con el descubrimiento en Europa de un procedimiento muy antiguamente difundido en Oriente: la variolización o inoculación, plantación, inserción de las viruelas (5).
Recordemos some ramente unas fechas, por cierto conocidas, 1715: dos italianos, Emanuelle Timoni, médico del sultán de Constantinopla y Giacomo Pilarini, médico y cónsul veneciano en Esmirna, publican sendas obras en favor de la ino culación y dan parte a la Real Sociedad de Londres de sus observaciones y de sus primeros ensayos.
La obra de Timoni, Historia variolarum quae per insitionem excitantur, publicada en Constantinopla en 1713, es un vibran te •alegato en pro de la inoculación que practican las mujeres circasianas, a menudo elegidas en los harenes, para conservar su hermosura.
Pilarini en su Nova et tuta variolas excitandi per transplantationem methodus, pu blicada en Venecia en 1715, relata que variolizó a tres niños en 1701 con éxito.
Ambos médicos italianos son los primeros en llamar la atención de los médicos europeos sobre esta nueva profilaxis.
Pero nadie les hace ca so.
1 721: la verdadera introductora del procedimiento fue la esposa del embajador inglés en Constantinopla, lady María Worthley Montague.
Tras haber hecho inocular en 1718 a su hijo por una mujer turca que se vana gloriaba de haber inoculado a 40.000 niños, dio a conocer su método en Inglaterra.
El médico Maitlarid efectuó las primeras experiencias en unos niños y seis reos condenados a muerte.
A partir de aquella fecha, Inglaterra se coloca en primera fila, dando a Europa la señal de un cambio radical de defensa frente al enemigo co mún.
Urge neutralizar los horribles estragos de las viruelas que arrebatan tantas vid�s humanas y arruinan las naciones.
000 perso nas y cuatro años después, otra embestida del azote, mata, según Voltaire, a 20.000 más.
La novedad traída por Lady Montague despierta gran interés en In glaterra y su aplicación progresa rápidamente.
Ya en 1723, unos niños de la Casa Real y de familias aristocráticas han sido inoculados así co mo unos 400 niños de las cercanías de Londres, desgraciándose 9 de ellos.
En 1728, se inicia una campaña de variolización en la población londinense.
La inoculación de las viruelas y sus métodos
Antes de analizar cómo se adoptó y se difundió la variolización en Es paña, veamos en qué condiciones se practicaba.
Esta medida preventiva destinada a evitar el contagio de las viruelas naturales, consistía en provocar viruelas artificiales en una persona sana.
Se recogía una gota de linfa variólica de un enfermo y se la aplicaba me diante ligeras picaduras en el brazo o pierna de la persona sana.
Se desa rrollaba el proceso de la enfermedad, pero en forma atenuada y no peli grosa� En Grecia y Turquía, la operación se practicaba con una aguja trian gular y se ataba una cáscara de nuez encima de la parte dañada.
El méto. do chino era distinto: se introducían en las fosas nasales hilas impregna das en costras variolosas recogidas el año anterior y conservadas con hierbas medicinales y almizcle en cajas de porcelana selladas con cera (5).
Los georgianos rascaban levemente varios puntos de la piel con agujas y las frotaban con hilas preparadas en un pus viejo de un año.
Los brahmi nes de la India humedecían las hilas en el agua del Ganges antes de aplicarlas.
En Europa, se usaba la lanceta mojada en la materia que rezumaba de las postillas y se hacía una ligera incisión en el.brazo.
Ciertos inoculado res, queriendo impresionar a los que presenciaban la operación, hacían en brazos y muslos verdaderas sajaduras que a menudo degeneraban en lla gas y úlceras.
Los ingleses preferían hacer la picadura en la mano para evitar estas complicaciones y otros, como el célebre inoculador itali�no Gatti (6), rechazaban la lanceta y sólo usaban una aguja con que practica ban un rasguño entre el dedo pulgar y el índice.
Kirpatrick en su Tratado de la inoculación decía que bastaba frotar la llaguita con un lienzo impreg nado del virus variólico para lograr el resultado esperado.
Inocular con una aguja era un método más sencillo y ventajoso, porque, para manejar la lanceta, la presencia de un cirujano era imprescindible, mientras que bastaba la presencia de la madre del niño o de un pariente cuando se usa ba la aguja.
Hasta podía la propia madre inocular a su hijo, raspando su mano con la aguja, so pretexto de escribirle en la palma una letra o un guarismo y sin asustarle._ Existían aún métodos más elementales: un alfiler, un mondadientes cargados de pus o la uña podían suplir la lanceta para escarificar levemen te la epidermis.
Resultaba pues tina operación sumamente fácil.
La gente del campo, las amas de cría y hasta las personas más torpes la podían eje cutar en todos tiempos y lugares.
Lo importante era la elección del niño de quien se tomaban las virue las naturales.
Había de estar exento de sarna, escorbuto, tiña, sarpullido, costras, lamparones y «otros vicios de la masa de los humores».
Se reco mendaba no inocular a las mujeres embarazadas por razones obvias ni los mamones, ni tampoco los niños en tiempos de dentición (de siete meses a los tres años) o atacados de lúes venérea.
Unos inoculadores eran partidarios de una preparación anterior a la transplantación, otros la juzgaban inútil.
La mayoría de los inoculandos eran niños y niñas de diversa edad.
Para los de mala salud, ciertas medi das precautorias se recomendaban.
A los que tenían lombrices, prescri bían los médicos por tres días consecutivos una píldora que mezclaba mercurio dulce, ojos de cangrejos y polvos de jalapa, todo incorporado en suficiente cantidad de conserva de rosas y encima, una taza de agua azu carada.
Los pletóricos con propensión a echar sangre por la nariz y pade cer dolores de cabeza, habían de sangrarse.
Los que tenían el estómago cargado se purgaban con agua de ruibarbo y observaban una dieta vegetal a base de verduras, farináceos y frutas maduras.
A los que padecían erup ciones cutáneas benignas (granos, picazón... ), se les daba suero a todo pasto y agua de cebada mezclada con la mitad de leche y dos veces al día tomaban baños tibios.
Ya inoculadas, las viruelas artificiales se manifestaban al onceno día, la fiebre acompañada de cierto malestar al séptimo u octavo día.
Salía un número muy corto de granos (no pasaban de ochenta y se daban casos en que los inoculados no tenían más de dos o tres).
Durante la enfermedad que terminaba en doce días por lo regular, el régimen alimenticio de los inoculados era el siguiente: sopas ligeras, peras asadas, uvas, almíbares de guindas y cerezas, chocolate delgado, agua fría con algo de vino.
Podían no guardar cama y andar al aire libre.
Cuando ya estaban secas las virue las, la cura se completaba con unos purgantes acomodados a la edad, fuerzas y temperamento de cada paciente.
En resumidas cuentas, las viruelas artificiales producían pocas posti llas y sin ninguna mala resulta.
Menos en casos excepcionales, inmuniza ban definitivamente de las viruelas naturales.
Las estaciones más propi-cías para la variolización eran la primavera y el otoño, períodos temibles en que reinaban las epidemias.
Menos en Inglaterra y en ciertos puntos aislados, la novedad de la va� riolización no despertó en Europa el entusiasmo esperado.
Suscitó por cierto curiosidad, pero también muchos reparos.
Chocó con varios obstá culos mayores que frenaron considerablemente su aplicación.
¿Era lícita la operación? fue la primera cuestión que levantó las pasiones.
Unos teó logos y médicos clamaron inmediatamente su indignación.
Para ellos, usar de ciertos medios para protegerse de las viruelas era oponerse a las leyes y designios del Creador.
El médico Rowley calificaba de pecaminoso el intento de contrarrestar los efectos de la viruela, pues equivalía a resis tir las disposiciones divinas.
La inoculación, sentenciaba el Dr. De Haen, de-la célebre Escuela de Viena y médico de la Emperatriz Reina de Aus tria, era un fraude, contravenía a los derechos de la providencia divina y los seres humanos debían «pagar el tributo».
Hubo unos ec�esiásticos que, amenazando de denuncia a los partidarios de la inoculación e insinuando que eran indignos de la absolución los que la fomentaban, procuraron con estúpidos vaticinios atemorizar a las poblaciones crédulas e impedir el de sarrollo de las campañas de variolización.
Los argumentos de muchos mé dicos opuestos a la práctica eran más sensatos y dignos de grave reflexión.
Según ellos, transmitir voluntariamente una enfermedad a un cuerpo sa no, era un absurdo.
Contradecía la deontología médica definida por Hipó crates: un médico tenía la misión de curar.
Violentar la naturaleza cuando nada dolía, introducir en un organismo en perfecta salud un enemigo cruel, cuando a lo mejor hubiera escapado del peligro que le amenazaba, era un proceder chocante y censurable.
Pretender que era lícito hacer un mal para lograr un bien, tampoco era defendible, ya que se trataba de un mal dudoso e incierto que no acometía a todos.
Además, muchos médicos no estaban convencidos de la completa eficacia de la variolización, si no, decían, se hubiera adoptado en todas partes desde hacía siglos.
En efecto, en los primeros años de su aplicación, hubo que lamentar algunas defun ciones entre los inoculados.
Todas estas cuestiones teológicas y éticas dividieron las opiniones has ta mediados del siglo XVIII.
Por su parte, los pueblos manifestaban mu cha aprensión y repulsa ante la novedad.
Por espíritu rutinario y fatalismo primero.
En sus tribulaciones se encomendaban a Dios y le dejaban deter minar su propio destino, así como lo habían hecho sus padres y antepasa dos.
Estaban acostumbrados a encararse con la muerte.
Pero, por otra parte, dejar infligir a sus retoños el germen de una enfermedad tan ho rrenda y asquerosa, les parecía inaceptable y conservaban siempre viva en los corazones la esperanza de que sus hijos fuesen de los privilegiados o elegidos que saliesen indemnes de las embestidas del azote, como los ha bía en efecto alrededor suyo en familias amigas o vecinas.
Además, la no vedad inspiraba poca confianza por proceder de Oriente y muchos la juz gaban arriesgada.
En medio de tantas vacilaciones y dudas, las viruelas proseguían su marcha fatal, sembrando por doquier terror y desolación.
Los años 1767-68 marcan un viraje importante en la historia de la ino culación de las viruelas en Europa.
Después de años de letargo, de opera ciones esporádicas acá y acullá, de tanteos y trabas, de vicisitudes (no ol videmos la guerra que Inglaterra declaró a España y Francia en 1760 y que trajo preocupaciones aún más imperiosas), avanzan las campañas de variolización por todas-partes.
Varios factores pueden explicar aquel cam bio: de actitud: drainas ocurridos por culpa de la odiosa enfermedad en las familias reales de varios Estados que provocan una reacción de autodefen sa, toma de conciencia de la utilidad de esta medida precautoria ante epi demias particularmente devastadoras, influencia decisiva de los defenso res y promotores de la inoculación por sus escritos y sus numerosas experiencias coronadas de éxito.
En aquellas fechas, han conseguido una primera victoria los adeptos de la variolización.
Gran Bretaña conserva su liderazgo e inicia sus campañas unos'diez años antes que sus vecinas.
La fama de sus inoculadores trascien de a las demás naciones europeas que adoptan sus métodos o para mayor se guridad, los atraen a sus dominios.
A lo largo del siglo, los antiinoculadores no dejarán de luchar y de denunciar -no sin razón-los nuevos peligros y perjuicios derivados del uso, a menudo incoherente, de aquella profilaxis.
Panorama de los progresos de la variolización en España
Este panorama dista mucho de ser exhaustivo.
Sólo presenta, ordena das cronológicamente, las informaciones que he podido reunir, sea en ar chivos o en la prensa, sea en obras de distintos autores para entender có mo España reaccionó al anuncio de la novedad venida de Oriente y en qué medida adoptó aquel tipo de profilaxis.
Este estudio se dividirá en tres partes que corresponden a tres épocas de la variolización en la península.
En su estudio La inoculación y la vacunación antivariólica en España (7), Ru meu de Armas señala que se conocían las viruelas en Galicia, bajo el nombre de Boa.
En cuanto a la inoculación, el Padre Sarmiento, fraile benedictino asesor y consejero del Padre Feijoo, afirmó que desde tiempo inmemorial, la usaban los al deanos de Lugo, aprendida de los celtas, godos o galos.
Según fuentes históricas, el precursor de la inoculación de las viruelas, fue D. Mariano Victoria, cirujano de Riaza (Segovia) que ya la instauró en 1728, ayudado por su alumno Miguel Herranz.
Este probó el método primero en su hijo, luego en 180 personas.
También consta que en Jadraque ( Guadalajara) el cirujano del pueblo, D. José Sánchez de Caseda, empezó a ponerla en práctica por los años 1730-1733 (8).
A raíz de aquellos primeros ensayos, se abre un bache gran de de unos treinta años antes de que se vuelva a hablar de semejantes experiencias en España.
Desde un principio, manifestaron su oposición radical a la «novedad» dos médicos de Carlos III, D. Antonio Pérez de Escobar y D. Joseph Amar.
1733 En su Teatro Crítico (Discurso 11, párrafo 74), Feijoo (que copia la informa ción de las Memorias de Trévoux), alude a la variolización en el sur de la provincia de Gales.
«Comprar las viruelas» era la locución usada, porque se pagaba algo al doliente que «vendía» sus postillas.
1763 Publicación en Cádiz de la Disertación erudita sobre la seguridad de la prácti ca de la inoculación por el Dr. Juan Spallarosa, médico del Real Hospital de Cádiz.
• Vique y pueblos vecinos.
El Dr. Antonio Capdevila instaura la inocula ción.
El Infante D. Felipe, duque de Parma, muere de viruelas, aco metido por segunda vez, en Alejandría.
Era el hijo primogénito de Felipe V e Isabel Farnesio y el padre de María Luisa,.Princesa de Asturias.
Grave epidemia de viruelas.
El Dr. Roque Lagorda, mé dico titular de la villa, promueve la inoculación y la ejecuta primero en dos hijos suyos para persuadir y animar a los habitantes.
Sólo falleció un niño al cuarto día, en quien coincidieron las viruelas naturales con la inoculación.
Cundiendo la epide mia, se hicieron inocular más de 500 personas de todas edades que acudie- ron de los contornos.
En julio del mismo año, hizo la operación en 72 veci nos de Río Frío, muchos de ellos adultos.
1768 Publicación en Madrid de la Disertación physico-médica en la que, con la ra zón, autoridad y experiencia, se demuestra la utilidad y seguridad de la inocu lación de las viruelas y sus ventajas, del Dr. Juan Spallarosa, compuesta en toscano y traducida al castellano (Imprenta Manuel Martín).
• Majadelrayo anejo del lugar de Campillo de Ranas (Guadalajara).
El Dr. Manuel Serrano y varios practicantes inoculan en espacio de tres días a 1.004 personas.
En Campillo de Ranas, el azote reviste extraor dinaria violencia (80 defunciones) (9).
1769 Publicación en Madrid de dos escritos del Dr. Francisco Rubio, médico de Familia de S.M.: Disertación sobre la inoculación de las viruelas y Disertación curiosa para fomentar el remedio de la inoculación.
En virtud de la cual, se empezó a adoptar el mismo año en la sierra de Buitrago.
Allí, se inocularon 249 criaturas sin que se desgraciase ninguna.
En el espacio de dos años, el Dr. Serrano inoculó a más de 3.000 niños.
• Callosa de Ensarria (reino de Valencia).
Transplantación de las viruelas en seis niños y niñas por los cirujanos de la villa, D. Joseph Botella y D. Juan Plana.
El médico de la villa, D. Joseph Luzuriaga, re dacta una Memoria que relata lo acaecido y la dedica a la Real Sociedad Bascongada.
Define las viruelas como un animal rabioso que circula de pro vincia en provincia, embistiendo a casi todos sus naturales, difundiendo su veneno por todas partes y dando muerte inevitable por lo menos a una octa va parte de los que se inficionan.
Todas las medidas de Policía y medicina resultan, dice, inútiles.
«El sólo antídoto descubierto es la inoculación, pre servativo seguro, permitido y aún autorizado por la religión (10)» Por encargo de la Sociedad Bascongada, hace unos primeros ensayos en Vizcaya, Guipúzcoa y Alava.
Juntas generales de la Real Sociedad Bascongada.
Se lee un discurso sobre la inoculación de viruelas según el método de Gatti y el Diario de lo observado por J. Luzuriaga, socio Profesor.
• Lequeitio es la primera villa del señorío de Vizcaya en que va progresando la inoculación.
1771 Carta del Dr. Luzuriaga a un corresponsal desconocido, fechada en 6 de fe brero.
Alude a los 3.000 niños inoculados en la sierra de Buitrago sin haber se desgraciado siquiera uno y prosigue: «...
Los médicos como Vd quiere son pocos»...
Censura a ciertos médicos «de mucha campanilla y bien barniza dos de doctores... cuyo saber se reduce a prosopopeya y fachendería con la que ocultan su ignorancia a los topos, que éstos son infinitos en la Corte» (11).
Los cirujanos hermanos Juan y Ramón Za bala practican la inoculación.
Juntas generales anuas de la Real Sociedad Bascongada.
Lectura de una colección de observaciones sobre la inoculación de las virue las según el método de Gatti en las tres provincias, desde el mes de agosto.
Sólo falleció un niño (hijo del Dr. Luzuriaga) a quien se le hizo la inserción cuando le salían los dientes, por miedo a la epidemia maligna que corría entonces.
el terror pánico contra este remedio.
Las Indias aún sufren mayor estrago de las viruelas y con todo, vivimos indolentes a la vista de un daño tan repetido y que con facilidad podemos atajar...
Las viruelas es un mal de que pocos se libran, la inoculación está•• experimentada de todos tiempos en la China y ha probado en Europa, en Chile, Caracas y aún en España a quantos la han usado.
¿Qué disculpa podemos tener para no dar a la población tan impor tante auxilio?... ».
• Publicación en Madrid (Ibarra) de la Instrucción curativa de las viruelas por el Dr. Joseph Amar, protomédico y médico de Cámara de S.M. Dedicada a la Serenísima Princesa de Asturias, con un aditamento sobre el sarampión.
El autor es enemigo de la inoculación.
• Publicación en Madrid de la Carta histórica-médica en favor de. la inocula ción, compuesta por D. Manuel Rubín de Celis y dirigida a un amigo suyo.
Utiel (provincia de Cuenca).
Violenta epidemia de viruelas confluentes.
Mu chos niños y muchachos fallecen.
Epidemia mortífera en, junio.
El Dr. Roque Lagorda sigue inoculando y merced a su loable celo, la variolización se va extendiendo en el centro de Castilla.
En junio, practicó la operación en más de 300 párvulos de su lugar, amen de 50 en Encinas y 10 en Sepúlveda.
Tres cirujanos del partido, D. Bernardo Cabia, D. Manuel Sanz y D. Gregario García, émulos del expresa do Profesor, inocularon en sus pueblos respectivos a 70, 74 y 100 adultos y muchachos.
Todos sanaron, mientras que las viruelas naturales causaban lamentables estragos.
• Varios facultativos difunden la varioÍización en varias partes del reino, entre ellos el Dr. Miguel Gormán, médico del regimiento de Hibernia, quien la aprendió con el famoso inoculador Sutton.
• Vergara (15 de septiembre).
Asamblea general de la Real Sociedad Bascon gada.
Lectura del socio D. Antonio de Santo Domingo, vicario de Arcos de Navarra, sobre la inoculación de viruelas experimentada en un rebaño de 1.200 carneros sin haber peligrado una sola res.
Publicación en Barcelona del tratado La inoculación presentada a los sa bios (14), por el Dr. Francisco Salvá y Campillo (15) uno de los primeros inoculadores barceloneses y más tardé, defensor de la vacuna.
Rebatió con valentía y sensatez las objeciones del insigne Haen, de la célebre escuela de Viena, médico de S.M. Imperial en «Respuesta a la primera pieza que publicó contra la inoculación Antonio de Haen» (Barcelona, Francisco Ri vas, 1777, 4.
Los ciru j anos D. Juan y D. Ramón Zabala practi can la variolización.
El Dr. Francisco Planzón relata en una carta fechada en 20 de julio de 1784 a un amigo médico que le inte rroga sobre la inoculación, que hasta la epidemia de 1777, se había quedado perplejo sobré la eficacia de aquel preservativo, pero ante la crueldad del azote, decidió aplicarlo.
Inoculó primero a un niño suyo con éxito.
Las ma dres entonces se animaron y pudo inocular a 67 criaturas.
En total, se inocularon •más de cien niños, unos por cirujanos, otros por sus propios padres que perdieron miedo a la operación (16).
Fuerte epidemia que embiste a más de 368 personas provocando la muerte de 86 de ellas; Tres que habían tomado la precaución de inocularse, se han salido con facilidad.
• Montenegro de Cameros (arzobispado de Burgos).
Fuerte epidemia que se declara en septiembre.
D. Bernardo Isla y D. Pascual García, médico y ci rujano titulares de la villa, inoculan a más de 170 individuos desde niños de pecho hasta la edad de 46 años.
Hacen otro tanto con 150 en el pueblo de Villoslada.
Todas las viruelas artificiales revistieron un carácter be nigno.
Lectura en la Real Academia médica del discurso del Dr. Ti moteo O'Scanlan sobre la utilidad, seguridad y suavidad de la inoculación.
• Salvatierra (provincia de Alava).
El Dr. Alejandro de Lora, ciruja no de Amarita, inocula a 53 personas y otras más en ocho lugares de la pro vincia.
1780 La Princesa, de Asturias tiene viruelas declaradas el 11 de septiembre.
Son viruelas legítimas, discretas y benignas.
La Infanta doña Carlota Joaquina se contagia a su vez.
Sus viruelas salen benignas como las de su madre.
D. Manuel Maderuela, cirujano de la villa de Cardoso, inocula a 96 personas sin que ninguna se malogre.
En marzo, en el lugar de Braojos, hace la operación en 81 vecinos de todas cla ses y edades.
En abril, la repite en otros 70 en el lugar de la Serna.
Todos se reponen perfectamente, menos dos criaturas que fallecen por haberles dado vino, contraviniendo a lo que tenía mandado (17).
Nuevo brote de epidemia.
Se inocularon muchas criaturas (en Munquía, fueron 161).
D. Manuel de la Plaza, cirujano titular de la villa de Peralveche inocula a 36 párvulos, empezando por dos hijos suyos para desvanecer el miedo y la preocupación de ciertos vecinos.
Cuatro adultos, sin.el menor método ni arte, se inoculan entre sí, cisurándose con un alfiler en fa parte anterior de la muñeca,.
En todos los inoculados, sale una erup-ción leve.
Ninguno guarda cama ni se protege del frío.
Todos salen ilesos y nada desfigurados ( 18). • Puebla de Alcázar (Extremadura).
Epidemia de viruelas confluyentes y ma lignas.
D. Manuel García Carrasco, cirujano titular de la villa, practica los primeros ensayos de variolización en cuatro hijos suyos para desterrar el te rror pánico del vulgo y en el espacio de unos meses, inocula a 200 niños des de la edad de dos_meses hasta la de 12 años, sin la menor desgracia.
Impidió así los progresos de la epidemia que cesó al cabo de tres meses, en abril.
Usó el método O'Scanlan (21).
• Montenegro de Cameros (mayo).
Grave epidemia en los lugares de Lumbre ras, El Royo y Santa Inés.
En poco más de veinte días, los doctores Isla y García inoculan las viruelas a 170 personas con pus traído de los lugares in ficionados.
Todas las pasaron felizmente, sin hacer cama ni conservar lesión alguna.
Practican una ligera incisión en la pierna donde aplican las hilas preparadas (22).
D. Alfonso de Vergástegui, médico numerario de los Reales Ejérci tos, titular de Orán, pero residente en aquel año en Madrid, desde marzo de 1785 hasta fines de junio, ha inoculado a 40 niños y niñas, desde la edad de 3 meses hasta la de 12 años, incluyendo a dos hijas suyas.
Salieron viruelas discretas (unos 100 granos sólo) sin el más mínimo síntoma de cuidado.
Un niño se desgració porque no le sacaron al aire libre y le arroparon demasia do en un cuarto cerrado.
Este Profesor usó de la materia de los inoculados hasta la quinta generación de las viruelas artificiales.
Sólo inoculó a tres con pus de las viruelas naturales.
Quiere comprobar hasta cuántas generaciones es capaz dicho virus de conservar su virtud y eficacia (23).
• Irún y Fuenterrabía Uunio).
D. Josef de Ostolaza, médico titular de Irún y su hospital y D. Marcos de Alzate, cirujano de la misma, d;m principio a la inoculación, cada uno con una hija suya.
Se asocian unos vecinos para desterrar las aprensiones del público.
Todos los inoculados sa len indemnes.
Entonces, nace el entusiasmo y las madres inoculan por sí mismas a sus retoños.
En el transcurso de tres meses, 361 personas se ino culan desde la edad de 4 meses hasta la de 25 años.
Ni siquiera uno se des gració.
Se usó el método de Sutton (24).
• Urida, Cartagena, San Sebastián y otras partes del reino.
Embestidas de vi ruelas, pero no se usa la inoculación.
En muchos sitios, se sigue aplicando la receta de Masdevall (mixtura antimonial, quina y opiata antifebril), para vencer la enfermedad.
Los partidarios de la fórmula aseguran que «hace mil maravillas» y que sólo fallecieron aquellos que no quisieron tomar quina.
• Publicación en Manresa (Abada!, 4.
• Publicación en Santiago (Ignacio Aguayo) por O'Scanlan de La inoculación vindicata contra Gorraíz y Menós.
• Publicación en Sevilla de las Memorias físicas y médicas sobre las viruelas, calenturas eruptivas y tercianas, seguidas a las inundaciones de 1784 y 1785 y solución al problema de la inoculación por D. Sebastián Miguel Guerrero, médico de Sevilla y su socio patriótico.
• Publicación de una carta anónima con el título de D. Gil Blas a D. Gil Blas sobre la memoria de Jayme Menós de Llena, probando lo errado que anduvo en ella.
• Publicación por el Licenciado D. Vicente Ferrer, Historiador del Real Gabi nete de Historia Natural de la Composición, uso y virtudes del agua balsámi ca, vulgo de brea, propuesta por el obispo de Cloyne, Jorge Berkeley, para precaver y curar las viruelas y otras muchas enfermedades.
La Real Sociedad Patriótica ofrece dos premios de 100 reales a los facultativos que hayan curado en 1786 mayor número de párvulos preser vándolos de la malignidad de las viruelas por medio de la inoculación.
Grave epidemia de viruelas confluentes empieza a últimos de febrero y durará más de un año.
Christóbal Thomás y Rosés usó sólo el emplasto de ranas mercurial de efica cia indubitable, según sus afirmaciones.
Con dos adarmes de este emplasto terciado con suficiente cantidad de aceite de camomila, preparaba un lini mento que aplicaba en los párpados y nariz antes de la erupción.
Declaraba que jamás sus enfermos tuvieron un sólo grano en aquellas partes y por lo tanto no quedaron afeados.
Sugería que se podría aplicar a la cara una más cara o tarántula de su emplasto para protegerla.
Epidemia de viruela maligna mortífera.
Epidemia maligna que se llevó el tercio de los que la padecie ron y muchos de los restantes quedaron lisiados, tuertos, ciegos o con otros accidentes.
• Tamarite de Litera (Aragón).
El médico titular de la villa, Dr. Jorge Dumas, en vista de que en la ciudad de Lérida tan inmediata, duraba una cruel epi demia y habiendo advertido los felices efectos de la variolización en muchas poblaciones de Rivagorza, Montaña, Somontano y partido de Sobrarbe del mismo reino, comenzó la inoculación, primero en tres niños suyos, y tres ni ñas de dos colegas.
En los meses siguientes, acudieron a inocularse hasta 308 niños y adultos naturales de Tamarite, más otros nueve de la aldea de Altorricón y de la villa de Monzón.
No hubo la menor desgracia.
Al contra rio, mejoró la constitución de muchos niños enclenques.
De las 538 criatu ras acometidas de viruelas naturales, fallecieron 44 y muchas quedaron con lesiones o desfiguradas (31).
El Dr. O'Scanlan inocula las viruelas a 63 criaturas, niños y adultos (desde los tres meses de edad hasta los 22 años), hijos la mayor parte de Consejeros y personas visibles.
Todas las • pasaron benignas y en contacto con virolentos, no se contagiaron de nuevo.
Algunos caquécticos, pálidos y endebles, de resultas de la operación, quedaron fuertes y robustos.
Además de los 1.155 inoculados por el Dr. N. Abad, ha continua do extendiéndose la práctica de la variolización con otros 278 párvulos o adultos en los pueblos siguientes: Castejón de Puente (76 inoculados), Real Monasterio de San Victorián y lugares inmediatos (24 inoculados por Fr.
Antonio Rubiola, maestro cirujano del monasterio), Castilla-Suelo (108), Sa las Bajas, Salas Altas, Burcent (178 en total en estos cuatro últimos pueblos, inoculados por el Dr. Joseph Monclus).
Sólo fue de lamentar la pérdida de un niño de pecho que falleció a consecuencia de una diarrea colicuativa du rante la canícula (32).
Por certificaciones recibidas por el Dr. Abad, autorizadas por párrocos, al caldes, escribanos, médicos y cirujanos, consta que hubo 376 inoculados más en los pueblos siguientes, bajo la dirección del Dr. Joseph Otón, médico titular de la villa de Berbegal: Monesma de San Juan (a persuasión de su cu ra D. Joachín Gombat), Berbegal (70), Fornillos, Permisan, Morilla, Penas que y sus alrededores (162).
Total general: 3.062 personas (párvulos y adultos).
• El 6 de noviembre, Menós de Llena, por la vía de la primera Secretaría del Estado, dirigió una representación a Carlos IV acompañada de un ejemplar de su Memoria contra la inoculación a fin de prohibirse la variolización en España.
Entre otros argumentos, recuerda Menós de Llena que «el magná nimo Carlos III, por su sabiduría, prudencia, humanidad, clemencia y amor a la Real Prole, no permitió entrar la inoculación en el Real de su Palacio».
Dentro de pocos meses más de 4.000 per sonas fallecen, sin incluir los que mueren en los hospitales.
Casi todas las víctimas se hubieran salvado con la inoculación.
• Cercedilla (provincia de Guadalajara).
El médico de la villa, D. Juan Vicente Saldias y el cirujano Tomás Martínez, previendo la epidemia que amenaza ba, inocularon a sus seis hijos (picadura en ambos brazos).
Ya en 1779 habían inoculado a otros seis hijos suyos con los mismos resultados-satis factorios.
Entonces, convencido de la utilidad del preservativo, el vecindario trajo a sus hijos.
En tres días seguidos, ambos facultativos inocularon a 250 individuos (desde la edad de un mes y medio hasta los 26 años).
No hubo la más leve desgracia (33).
Desde octubre de 1792 hasta mediados de enero de 1793, el Dr. D. Juan de Dios Ortiz inoculó en este pueblo a 304 personas de todas edades ( desde los tres meses hasta los 24 años), sin pre paración alguna, a pesar del frío rigurosísimo que reinaba.
La fiebre erupti va se manifestó con gran variedad de tiempo (del segundo día al caso ex cepcional del décimosexto).
Se aplicó el método O'Scanlan.
Todos curados perfectamente (34).
• Orcajo (partido de Ocaña).
D. Roque Pico, médico titular, viendo los estra gos de la epidemia que se manifestó en marzo (de los 27 primeros atacados, http://asclepio.revistas.csic.es perecieron 7 y de los que se salvaron, uno quedó ciego; dos tuertos y los de más desfigurados), decidió poner en práctica la inoculación.
Empezó con tres hijos suyos y el acierto fue total.
El más joven, de un año, sufría desde la edad de tres meses una úlcera herposa en la parte posterior del cuello que, a raíz de la inoculación, se curó perfectamente.
No se le interrumpió el proce so de la dentición y le salieron dos dientes y 4 molares durante la erupción.
Inoculó a 25 individuos más (desde la edad de un año hasta los 18) sin el menor percance.
Los muchachos salieron divirtiéndose en las calles y los mayores ocupándose en las faenas del campo.
De los 544 que padecieron las viruelas naturales en los meses siguientes hasta agosto, sucumbieron 74 (la séptima parte), quedando dos ciegos y cinco tuertos (35).
• Alcubierre (reino de Aragón).
D. Joaquín Laflor, médico titular de la villa, inocula en los meses de mayo y junio en que reina una epidemia de mala ín dole, a más de 140 personas (desde los tres meses de edad hasta los 13 años).
Da el ejemplo con su propio hijo único para vencer la timidez y los prejuicios de los vecinos.
• Correo literario de Murcia; Carta al Dr. D. Jayme Menós de Llena, firmada por Juan de Alegre.
El supuesto autor evoca la «erudita mollera» de Menós y se burla de él, que sigue siendo enemigo acérrimo de la inoculación.
Refiere que escribió al Rey de Prusia para disuadirle de inocular a sus hijos, pero to do había pasado ya con toda felicidad.
«En medio de estas andanzas, prosi gue el autor irónico, estaba yo practicando la inoculación con éxito superior a mis esperanzas.
También la practiqué en Murcia con la misma felicidad que siempre».
Y completa su mofa con estos versos:
Viva el bendito de Llena Muera la Inoculación Con razón o sin razón Sea buena o sea mala.
Así el gran Menós lo ordena Con crítica juiciosa Y aunque sea provechosa A todo el género humano Si es del País Georgiano Ha de ser maldita cosa (37).
En los tres últimos meses del año 1793, O'Scanlan inocula a 34 ni ños, muchos de ellos hijos de Consejeros, oficiales de la Secretaría de Esta do y de otros personajes condecorados de la Corte, así como de algunos mé dicos y cirujanos.
Todos salieron del todo curados, incluso dos hermanas de edad muy tierna con el cuerpo cubierto de la erupción cutánea llamada usa gre (38).
• Vinefar (Reino de Aragón).
Desde principios de 1793 hasta marzo de 1794, bajo la dirección del Dr. Joseph Chic, médico titular de la villa, se han inocu-
No guardaron cama, sino sólo una dieta regular y atemperante.
Mu chos salieron a la calle, a pesar de lluvias y nieblas, y los adultos siguieron con sus labores en los campos (39).
El médico de esta villa, D. Valero Garcés, decide instaurar la inoculación en el lugar de Asered.
Empieza por • sus hijos para quitar todo temor a los padres.
A pesar de la resistencia del vecindario opuesto por ignorancia a la operación, logra inocular a 63 párvu los y niños y a 5 de los lugares inmediatos (desde la edad de tres meses hasta la de 13 años).
Ninguno se desgració ni quedó deforme o lisiado.
Tuvieron pocas viruelas y las pasaron en la calle.
De 100 que padecieron las naturales, fa}lecieron 14 y 5 quedaron con lesión.
D. Joaquín Ballestero, maestro ciru jano titular, durante los meses de mayo y junio de 1794, inoculó a 106 perso nas (desde la edad de dos meses hasta la de 18 años) con una sola incisión.
Primero, inoculó a dos hijos suyos para vencer las aprensiones de los veci nos.
Salieron todos felizmente, incluso 4 que padecían sarna, de que se que daron radicalmente curados ( 40).
• Garganta la Olla (obispado de Plasencia).
D. Xavier Fernández, cirujano ti tular de la villa, ejecutó en ella desde mediados de noviembre de 1794 hasta fin de enero de 1795, la inoculación en 75 niños y niñas (desde la edad de tres meses hasta la de 10 años).
Todos salieron felizmente, aunque algunos se hallaban con otras enfermedades (dentición, sarna, lombrices, cuarta nas, postillas o costras serosas).
Fallecieron 22 de viruelas naturales.
No obstante los muchos fríos, no se impidió a los inoculados saliesen de sus casas (41).
El cirujano D. Gerónimo Ramos de la Plata ha inoculado desde el año 1772 hasta febrero de 1794 a más de 880 criaturas de todas edades (al gunas de un mes).
No se deploró ninguna desgracia (método O'Scanlan).
O'Scanlan en los meses de septiembre y octubre, inocula a 21 niños y muchachos (desde seis meses de edad hasta 12 años) sin que perezca nin guno.
Eran hijos de aristócratas, consejeros, fiscales, cirujanos, etc. Entre ellos, el hijo del peluquero de la duquesa de Alba.
Tres no contrajeron las vi ruelas (2 las habían tenido y el tercero ya había sido inoculado).
Prueba de que no suelen repetir.
La infanta Doña María Teresa padeció por el mes de noviembre de 1793 viruelas confluentes muy perniciosas de cuyo cruel mal estuvo a la muerte.
Quedó con imperfecta parálisis de estómago e intestino.
Posterior mente, se le fijó tan vehemente fluxión en los ojos que los perdió ambos, acompañando a este duro mal una suma extenuación que le quitó la vida el 2 de noviembre de 1794.
D. Mariano Luxán, cirujano de esta villa ha ejecutado la inoculación durante la epidemia que acaba de cesar en 59 niños de distintas edades. adopte generalmente y disminuyan los desastres que tan comúnmente causa esta calamidad en sus dominios.
Las viruelas se manifestaron a prin cipios de enero.
D. Isidro Millán y Lucas, cirujano titular, deseoso de preca ver estragos, quiso introducir la inoculación.
Empezó con un hijo suyo re cién nacido de 36 días y dos sobrinos de 3 años.
Consiguió un buen éxito y varias personas le solicitaron para que inoculase a sus hijos.
En enero y fe brero, ejecutó la operación en 106 niños y niñas, desde la más tierna edad hasta los 16 años.
Cuatro de ellos que estaban débiles y caquécticos, adqui rieron una mejor constitución.
A un niño de dos meses, no produjo efecto la inoculación.
Se la repitió al cabo de 20 días sin el menor resultado.
Lo cual prueba la ninguna disposición de aquella naturaleza a padecer viruelas y también (en sentir de dicho facultativo) que este contagio no se comunica natural ni artificialmente sin dicha disposición (45).
Una fuerte epidemia se declara en septiembre.
El cirujano de la villa y del Real Sitio de Villamejor, D. Felipe Llorente, inocula a su hija de cinco años y a la del Dr. Manuel Thomás, médico de la misma villa, conti nuando con párvulos y niños de varias edades (desde un mes hasta los 12 años) y un adulto de 26 años.
Todos pasaron las viruelas artificiales con la mayor benignidad.
Hizo otro tanto con 54 en la villa de Illescas, 24 en la de Azaña y 5 en la de Borox.
De los 350 que fueron acometidos de las naturales sólo en Afiover, fallecieron 50, entre ellos 4 de 5 hermanos.
Los que salvaron la vida sufrieron penosas consecuencias de la enfermedad (46).
El Dr. N. Abad tuvo que luchar desde un principio contra la fuerte oposición de otro médico para instaurar la inoculación en aquella ciudad.
Pero hubo tantas campañas coronadas de éxito en todo el reino que el pueblo se dejó convencer.
La inoculación se extendió en Bar bastro y sus inmediaciones a modo de inundación.
En Ponzano distante dos leguas de Barbastro, bajo la persuasión del párroco, se inocularon más de cien vecinos.
Desde mediados de noviembre, una epidemia de viruelas malignas causa gran mortandad en algunos pueblos de la provincia.
D. Joachín Apoli nario Fernández, médico revalidado por el Real Protomedicato y titular de la villa, exhorta a sus vecinos a la práctica de la inoculación todavía inusada.
La ejecuta primero en hijos de las personas principales y a su ejemplo, se ex tendió en términos de que en dos meses (diciembre-enero de 1798) se inocu laron 51, todos con el mayor éxito, según el método Sutoniano adoptado por O'Scanlan.
En Toboso se inocularon 85 niños que siguieron su convalecen cia al aire libre.
La variolización se ejecutó en una estación muy fría, con http://asclepio.revistas.csic.es criaturas de cuatro meses y mozos de 17 años, estando algunos de aquéllos cuajando o echando dientes y otros con tiña u otras erupciones cutáneas.
Para probar que no recidivan en quien las haya pasado, un hombre de 46 años quiso inocularse (las había tenido en su infancia).
No tuvo ni siquiera señal en las incisiones.
En otros pueblos de la comarca, murió la séptima y en algunos la tercera parte de los que padecieron las viruelas naturales (47).
• Lavio (Obispado de Oviedo).
El cura de la villa, D. Lope Caunedo y Cuenllas, fomentó la inoculación en su feligresía.
Los inoculados fueron 35 de distinta edad y todos salieron felizmente.
• Villanueva de los In f antes (Obispado de Orense).
D, Francisco Macías, cirujano, inocula a 64 niños con todo acierto.
1798 San Sebastián del Valle (provincia de Avila).
Al cabo de l7 años de quietud, surge una nueva acometida de viruelas.
El Dr. Vicente Caña, médico titular, se propone extinguirla como lo había hecho en 1791 en la población de Ro bledo de Chavela (había convencido a la justicia y a los vecinos principales que se libertarían de tan cruel azote con sólo sacar al primer virolento a bas tante distancia del pueblo, lo que se verificó).
Lo propio hubiera hecho en San Sebastián del Valle si hubiera encontrado iguales disposiciones en el ve cindario.
Pero no siendo así, piensa en la inoculación y la propone para dis minuir los estragos.
Inocula primero a sU:s hijas, pero en la mayor parte del pueblo encuentra una pertinaz resistencia y sólo 21 individuos siguen su ejemplo.
Visto por todos que la operación se saldaba por síntomas muy be nignos, clamaron entonces por la inoculación.
En sólo cuatro días, vinieron a inocularse 300 vecinos, sin que se haya desgraciado uno.
De 70 que tuvie ron viruelas naturales, sucumbieron 21, contándose algunos padres que se quedaron sin familia ( 48).
• La Almedina (campo de Montiel).
Brote de epide mia en la primavera.
D. Juan Joachín de Frías, capitán retirado y Regidor perpetuo de la villa, llama en mayo al cirujano de Toboso D. Francisco Raya, para que inocule a sus hijos (un niño de siete años y una niña de ocho me ses).
Cinco niños más se dejan inocular.
Viendo el éxito de la operación, se presentan y se inoculan 76 más, algunos de ellos criaturas de cinco sema nas, con igual suerte.
Se hubiesen animado todos los del pueblo, a no ser al gunas personas poco instruidas que denigraron el método.
El capitán Frías, para demostrar la sencillez de la operación, inoculó por su mano a 8 perso nas.
De 74 enfermos de viruelas naturales, perecieron 8 y uno quedó demen te (49).
Epidemia de viruelas malignas en julio.
Allí no se practica la inocula ción, por culpa de la Memoria de Menós de Llena. • Alfés, pueblo rodeado del terrible contagio.
El médico, D. N. Morlans, con apoyo del párroco D.N. Baldellón, inició la variolización en dos hijos suyos.
Causó tanta novedad a la mayor parte de la gente que tomaban al niño ino culado que andaba por las calles, le desnudaban el brazo, haciendo mofa y graduando de demencia la inoculación.
Pero el buen éxito de la operación los desengañó y se inocularon unos 40 en dos o tres días.
Todos se libertaron sin la menor deformidad (SO).
Grave epidemia que se manifiesta en verano.
D. Diego Antonio Ló pez de Hozal, cirujano que fue de la Real Familia con destino en el cuartel del Real Palacio y primer ayudante honorario de cirujano en los Reales Ejércitos, viendo sus fatales consecuencias, persuade a los vecinos a que se inoculen.
Desde el 24 de agosto hasta fines de abril de 1799, inocula a 603 individuos de todas edades (de 8 meses hasta 36 años) y sigue desarrollan do su campaña.
En la villa de Albayda (distante tres leguas de Sevilla) cunde la epidemia de viruelas malignas.
D. Miguel Herrero, cura párroco de dicha villa, exhorta y estimula a la inoculación y todos los días acuden las madres con sus hijos clamando por ella (51).
• Alberite (corregimiento de Logroño).
En septiembre, se manifiesta una epi demia de viruelas en la villa de Villamediana, cerca de Alberite.
D. Felipe Sicilia, vecino de Alberite, recelan do que se comunique el contagio por la poca distancia entre los dos pueblos, con acuerdo del médico D. Tiburcio Susaeta y del cirujano D. Thomás Zor zano, determina que se ponga en práctica la inoculación.
Los médicos predi can con el ejemplo, inoculando a sus hijos ( dos niñas y dos niños) y la reac ción de los vecinos es inmediatamente favorable: se inoculan hasta 1 72 niños y jóvenes (desde la edad de 20 días hasta la de 21 años).
En la villa de Ribaflecha, hubo también 186 criaturas inoculadas (52).
• Puebla de Almoradier (Priorato de la orden de Santiago de Uclés).
Viruelas malignas en las aldeas inmediatas (de 13 niños enfermos en noviembre de 1798, fallecieron 4 y los demás estuvieron para morir, o quedaron feos y disformes).
Compadecido de tantos dramas y recelando el contagio, el mé dico titular de Puebla de Almoradier exhortó a los padres a la variolización.
Unos se animaron y el éxito de estas primeras experiencias hizo que otros la aceptaron a su vez y así se venció la general repugnancia hacia esta ope ración que nunca habían visto.
Se inocularon hasta 415 niños y mozos de distintas edades (de 8 días hasta los 20 años), sin malas resultas a pesar de un tiempo inconstante y frío y de niños enfermos con la dentición, diarreas o erupciones cutáneas.
No precedió preparación alguna.
Sólo observaron los inoculandos una dieta regular y un régimen atemperante y no guarda- • Vizmanos (Jurisdicción de Yanguas).
Epidemia de viruelas confluentes en diciembre de 1798.
Hasta la fecha, no se había usado la inoculación.
D. Juan López, médico titular del partido de Bretún, exhortó a los vecinos a que se inoculasen.
Los más sensatos aceptaron, pero subsistía una fuerte oposición en los demás del pueblo.
Inició la variolización con 24 individuos de todas edades que se restablecieron sin guardar cama.
Entonces los rebeldes depu sieron su resistencia y pusilanimidad y el número de nuevos inoculados lle gó a 90.
Prosiguió las inoculaciones en Bretún con dos hijos suyos y 38 per sonas, en el lugar de Berguizas con 50 y en Ledrado con 20.
Aplicó para los inoculandos el régimen atemperante y la dieta vegetal preconizados por el Barón Dimsdale (56).
Epidemia en la que perecían muchos de los que la padecían.
D. Francisco Mateo de Ortega, médico de número de los Reales Ejércitos y titular de la villa, inoculó a 8 niños (de la edad de 10 me ses hasta la de S años).
Muchos padres manifestaban recelo y hasta repug nancia.
Pero al fin quedaron convencidos de la seguridad y ventaja de la ino culación (57).
Las provincias insulares fueron, dice Antonio Rumeu de Armas, de las primeras en practicar la inoculación.
Cita en las islas Canarias al En las provincias de América y particularmente en Popayán del Nuevo Reino de Nueva Granada, se puso en uso la 1.noculación desde 1746 por lo menos.
A falta de médicos, la difundió D. Joseph Hidalgo, que, a pesar de no ser facultativo, se dedicó a ella por afición y con el mayor éxito.
En una carta dirigida al Semanario de Agricultura y Artes (58) D. Joseph Celestino Mutis, residente en Santa Fe de Bogotá, confirma que tan importantísima práctica se ha hecho general en el nuevo Reino de Granada.
Los redacto res del Semanario comentan en estos términos la información: «...
Parece que hasta los Indios se saben aprovechar de las luces del siglo, mejor que muchos europeos tímidos, preocupados e ignorantes que aunque los ma ten, no harán jamás lo que no hicieron sus padres».
Y afianzando su pro pia adhesión, se declaran «convencidos de la necesidad de la inoculación como que el sol alumbra al mediodía».
Otra carta de gran interés mandada a J ovellanos desde Durango (Méji co) por D. Bernardo Bonavía, gobernador intendente, y fechada en 10 de septiembre de 1798, expone todas las providencias que adoptó para cortar la terrible epidemia que se había introducido en aquel reino.
Sólo había dos médicos, uno en Durango y otro en Chihuahua, ciudades distantes 160 leguas la una de la otra.
La inoculación hasta la fecha no se había puesto en práctica.
El Gobernador, respaldado por el Ayuntamiento y el Cabildo eclesiástico, decidió emprenderla.
Destinó un regidor a cada cuar tel de la ciudad, encargado de formar un padrón de los enfermos y de los que deseaban inocularse.
Fundó dos hospitales para los virolentos y los inoculandos, a expensas ambos del Ayuntamiento.
El Cabildo y el obispo pusieron otro centro de inoculación y un vecino hizo otro tanto en el pue blo indio de Analco, en un arrabal de Durango.
Más tarde, se reservó un edificio para la convalecencia de los inoculandos.
Los que querían inocularse eran 1.303, número tan crecido que no se podía pensar en separarlos del vecindario.
Empezó pues la campaña de variolización en las familias principales con todos sus miembros y criados y luego se extendió a todo el caserío con resultados excelentes.
El único fa cultativo y el Rdo.
Prior del Hospital de San Juan de Dios llevaron a cabo aquella magna empresa.
Otro médico del Colegio de Cirujanos de Barcelo na, D. Cayetano Muns, intervino también en la campaña.
Así, en breve es pacio, se inocularon 3.824 personas.
«Lo practicado en esta ciudad, dice el Comandante Gobernador, es la mayor prueba que se ha hecho jamás de la bondad de la inoculación».
Se repartieron limosnas a los pobres para que inoculasen a sus hijos.
El conde del Valle de Suchil, a pesar de no ser veci no de la ciudad, dio cuantiosas cantidades de dinero y su hermana costeó la mayor parte del hospital de convalecencia.
Las buenas voluntades y los esfuerzos aunados de los individuos del Ayuntamiento, del clero, de los re gidores y de varios particulares facilitaron el éxito de aquel vasto progra ma de variolización.
Durante la epidemia, hubo 476 personas atacadas de viruelas natura les, de las cuales fallecieron 63.
Entre los inoculados que ya padecían vi ruelas, murieron 39.
Una fiesta solemne se celebró en la iglesia catedral para dar gracias a Dios por haber librado a la ciudad del cruel azote (59).
Los ejemplos concretos de la adopción de la inoculación que quedan referidos, demuestran que España después de vacilar varios decenios, no desechó ni prohibió la inoculación en sus territorios y dejó que se difun diese en casi todas las provincias.
No anduvo en Europa más rezagada que Francia, Italia o Prusia en su aplicación y un gran número de médicos mo destos o cirujanos la fomentaron sin encontrar trabas ni ser amenazados de castigo por parte del gobierno.
La inoculación siempre chocó con oposiciones a lo largo del XVIII.
Sus partidarios anhelaban verla generalizada porque la razón les decía que era el único medio conocido de precaver o detener las epidemias, pero a finales de la centuria, el método seguía inaplicado en muchos puntos de la península y hasta en ciudades importantes y su penetración resultaba pues muy imperfecta.
La resistencia del pueblo, rutinario, fatalista, pusilánime y receloso con la «novedad» venida de Oriente, explica sólo en parte aquel semifraca so.
Es verdad que los inoculadores tuvieron a menudo que predicar con el ejemplo y hacer los primeros ensayos de la operacióri con sus propios hi jos para vencer prejuicios y falsas creencias.
El público seguía con suma atención y desconfianza los resultados conseguidos, pero reaccionaba fa vorablemente tras el éxito comprobado.
A veces, eran avalanchas de niños y personas mayores las que se ofrecían a la experiencia en los días inme diatos.
El papel de los médicos y cirujanos fue determinante en muchísi mas ciudades, villas y pueblos, y dado el número considerable de inocula dos, los accidentes ocurridos fueron contadísimos, por no decir inexistentes (uno de 3.000 inoculados).
Verdad es también que cada vez que había que lamentar una defunción o una recaída, clamaban los de tractores, se amilanaba el público y sufrían un severo frenazo las campa ñas de variolización.
Así, a trompicones, progresó la inoculación de las viruelas en España y allí, como en los demás países de Europa, no fue nunca generalizada.
¿Por qué, si era un hallazgo precioso en favor de la humanidad?
La resistencia del pueblo era fácil de contrarrestar y cedía ante los resultados benéficos del experimento.
Pero, vencer la resistencia y has ta oposición de muchas lumbreras médicas del tiempo y del Estado, resul tó más laborioso.
Paul Guinard en sus Notas sobre la inoculación de las viruelas (60), refiere varios episodios reveladores del estado de ánimo que reinaba en las altas esferas.
En 1757, la traducción por Rafael Osario de la célebre Memoria de La Condamine se vio rechazada por el Censor y el Protome dicato y se prohibió su publicación «por tener la práctica de este reme dio por perjudicial a la salud pública».
En 1768, la Disertación sobre la inoculación de las viruelas del Dr. Francisco Rubio chocó con los mis mos obstáculos.
La obra no recibió el visto bueno del Consejo ni del Pro tomedicato que sentenciaron no hallar motivo ni razón que pudiese me recer su aprobación.
Reconociendo sin embargo el protomedicato que se trataba de un asunto grave que concernía a toda Europa y podía contri buir a la conservación de «prodigioso número de individuos», justificó su rechazo alegando que para autorizar tal práctica, habría que rodearse de mil precauciones y cautelas, determinar lugares específicos para la operación, exigir del operador juicio y pericia, todo un conjunto de re glas que no señalaba el escrito.
Imprimirlo equivalía pues, a correr el riesgo de ver toda clase de personas ignorantes atreverse a inocular, por lo sencillo que parecía.
Rubio no se desanimó, insistió en su súplica, presentando una información judicial que atestiguaba que en la serranía de Buitrago, 240 inoculados se habían librado del contagio de viruelas malignas con aquel procedimiento y recalcando que había compuesto su disertación «para beneficio del público».
El Consejo de Castilla examinó de nuevo el escrito y uno de los fiscales abogó en favor de la impresión, subrayando las numerosas experiencias coronadas de éxito ya practica das en Europa.
La misma actitud de resistencia manifestó el Protomedicato con la Historia de la inoculación de las viruelas de Manuel Santos Rubín de Ce lis, dirigida en una carta a un amigo _ suyo.
El primer informe de 1772 se Ya en un informe fechado en 24 de julio de 1757, el Dr. Andrés Pique!', a nombre del Tribunal del Protomedicato y por encargo del Consejo Su premo de Castilla, había dado su parecer sobre el uso de la inoculación.
Su opinión resume perfectamente la de los más eminentes médicos: miti gada, vacilante y prudente, pero no opuesta del todo.
Su argumentación va dividida en varias resoluciones.
Considera que la inoculación como re medio preservativo generalizado, no conviene que se ejecute.
La inocula ción, dice, produce un daño cierto y el mal que pretende precaver es in cierto, dudoso.
No ofrece una seguridad absoluta y por eso tiene muchos detractores.
Es una novedad que procede del extranjero y hay que estar a la mira y observar sus éxitos repetidos para resolverse a tenerla por segu ra.
En casos de filosofía y medicina, la prudencia y la tardanza son muy útiles y la sobrada precipitación muy peligrosa.
Pero, la inoculación de vi ruelas en tiempo de epidemia maligna y pestilente puede ser un remedio precautorio de mucha utilidad.
En epidemias de semejante índole, mue ren casi todos los enfermos y si unos se salvan es porque las tuvieron be nignas o discretas.
La experiencia demuestra que la inoculación produce benignidad de viruelas y puede salvar muchas vidas en tiempo de epide mia, ya que la medicina no alcanza otro preservativo en aquella cruel do lencia.
En conclusión, recomienda Piquer no desechar el uso de la inocu lación en circunstancias determinadas, si no, se abandonarán millares de enfermos que perecerán irremisiblemente ( 61).
Con el transcurso de los años, la inoculación se reveló ser arma de do ble filo.
Por cierto, el inoculado, excepto casos contadísimos, se salvaba y decenas de millares de individuos, niños y adultos, se aprovecharon en España de aquella profilaxis.
Pero las viruelas artificiales eran contagio sas y a veces funestas para aquellos a quienes se pegaban.
No todos los países, ni siquiera los inoculadores entendieron desde un principio que un inoculado en libertad era un nuevo foco de pestilencia que podía con taminar a cuantos se le rozaban.
Ciertas naciones europeas se percataron rápidamente del gran riesgo al que exponían al pueblo y adoptaron las medidas que neutralizaban aquellas malas consecuencias, creando cen tros de inoculación de donde salían los inoculados curados y no conta giosos para dejar sitio a otros inoculandos.
Pero no todas actuaron así.
En España, como en otros sitios, se cometieron errores y fallos.
Los ino culadores recomendaban no guardar cama, salir al aire libre y fresco que por su acción tónica, aumentaría la acción vital.
Los inoculados, hom-bres, mujeres o niños seguían con sus faenas, quehaceres o juegos, pasea ban por las calles y los campos, llevaban una vida normal y sembraban por doquier el germen de la dolencia.
El error garrafal fue dejarlos ir y venir a su antojo en vez de confinarlos en un lugar determinado hasta su completa curación, lejos de las ciudades y pueblos.
Avenzoar preconizaba ya el aislamiento de los virolentos.
D. Francisco Gil, cirujano del Real Si tio de San Lorenzo y de la Real Familia opinaba que convenía tratar a los virolentos con las mismas cautelas que los apestados, por la secuestra ción y la más severa incomunicación.
Recordaba que la lepra sólo se pu do combatir eficazmente multiplicando los lazaretos que acogían a los infectados.
Por esta falta de precaución elemental, se burlaron los justos y benéfi cos designios de la inoculación.
Las viruelas crecieron en proporciones alarmantes, triste resultado de los esfuerzos emprendidos para erradicar las.
Los antiinoculadores clamaban contra la recrudescencia de las epide mias que se hacían cada vez más habituales, diseminadas por los inocula dos.
Y tenían toda la razón.
D. Antonio Pérez de Escobar en su Historia de todos los contagios acusa a los inoculadores de haber difundido y maligna do el contagio.
Efectos de bumerang hubo en todas partes.
Habiendo he cho inocular la Emperatriz de Austria a muchos niños en su palacio de Viena, se propagó la enfermedad en un arrabal de la ciudad.
En 1 777 en Aubonne (cantón de Berne), la inoculación multiplicó las viruelas hasta tal punto que los magistrados publicaron un reglamento de policía que prohibía practicar ninguna inoculación de viruelas, sarampión u otras en fermedades semejantes e imponía el aislamiento total del enfermo.
El Pro fesor Gardanne (62) vitupera en Francia contra la falta de cuidados para evitar el contagio que esparcen en torno suyo los inoculados.
Sugiere que las autoridades municipales formen reglamentos rigurosos para luchar contra horribles abusos, prohibiendo que se paseen por lugares públicos niños todavía cubiertos de postillas o que se admitan en las pensiones o colegios.
Quiere que se limpie aparte la ropa de los virolentos, inoculados o no, y se «perfume» con ginebra, salvia o vinagre.
El Barón Dimsdale reconoce que desde que se halla difundida la ino culación, ha crecido notablemente el número de virolentos naturales y se ha aumentado el número de muertos.
En vez de uno a ocho, la propor ción ahora es de uno a seis.
Recomienda guardar la debida separación entre inoculados y sanos, prohibir a los inoculados salir por las calles o usar de coches de alquiler y quiere que se purifiquen ropa y muebles del enfermo, después de pasada la indisposición.
Es -preciso, añade, que sólo inoculen los Profesores autorizados por el gobierno en lugares especiales a cuantos no hayan pasado las viruelas naturales y de una sola vez.
Cuenta que él mismo con la ayuda de sus dos hijos y otro médico, hizo la operación en un solo día a todo el vecindario de un pueblo y esperó tres semanas antes de soltar a los inoculados entre los demás.
Afirma que este método se practicó con todo acierto en Hertford, ciudad bastante grande y poblada (63).
Un sondeo efectuado en los libros de Juntas de la Academia médica matritense de 1792 a 1799 revela también la proliferación de la enfer medad y su presencia constante en la capital a •lo largo de los años, al mismo tiempo que se puntualiza que «funciona la inoculación con buen éxito».
De todos estos efectos contraproducentes, no tenía la culpa la inocula ción de comprobada eficacia para salvar millones de vidas, sino las vacila ciones culpables y la carencia de decisión de los gobiernos que no supie ron evitar por disposiciones drásticas nuevas hecatombes.
Hasta en las naciones que practicaban desde hacía siglos la variolización y eran focos predilectos de la pestilencia, la inoculación no logró erradicar el azote.
En la India, una pandemia provoca en 1770 la muerte de tres millones de in dividuos.
En 1785, se cuentan más de cien mil víctimas en la ciudad de Constantinopla y sus arrabales.
Al año siguiente, el contagio gana el serra llo y sucumbe casi toda la descendencia del sultán.
En 1791, en Esmirna, una tremenda epidemia de viruelas malignas arrebata en poco tiempo a 20.000 criaturas de distintas naciones.
Por todas las razones señaladas, siguieron las viruelas asolando las na ciones y la inoculación no dio los resultados esperados.
Otras dos razones explican por qué no se generalizó la variolización en España ni tampoco en los demás países europeos.
El edificante ejem plo de Durango no podía repetirse a escala nacional.
Faltaban las infra estructuras necesarias: hospitales o casas especializadas para toda la po blación, personal médico suficiente para llevar las campañas hasta las más humildes aldeas.
Hubiera sido preciso formar estados de los enfer mos y de los que no habían pasado las viruelas en cada época de epide mias, ejercer una vigilancia permanente y estricta.
Semejante sistemati zación resultaba imposible.
Ademá s, y tal vez sea ésta la razón primordial, la inoculación era una operación extremadamente fácil y sencilla.
La podía efectuar cualquier persona, hasta la más torpe e igno rante, clandestinamente, en todas partes, en todo momento.
Y no olvide mos el papel nefasto de charlatanes entrometidos a inoculadores que por su impericia, contribuyeron a la propagación del contagio.
¿ Cómo entonces controlarlo todo?
Aunque destronada por la vacuna de J enner ( que fue primero inocula dor y por esta vía, descubrió el cow pox la inoculación contó siempre con partidarios inquebrantables.
En Inglaterra, se usaba todavía en 1841, año en que un decreto del Parlamento la proscribió terminantemente.
El Dr. Trousseau en su Clínica médica del Hotel Dieu de París (64) cuenta que él mismo, en situaciones excepcionales, recurrió a aquel preservativo en los hospitales Necker y Hotel Dieu, cuando «faltando la vacuna, corrían gran riesgo de contagio unos cien niños».
La inoculación de las viruelas no trajo ningún progreso comparable con el descubrimiento de Jenner.
Entre 1800 y 1805, período en que se di fundió la vacuna, la mortalidad variólica bajó de forma extraordinaria y espectacular en Europa.
A su vez, la inoculación del cow pox al hombre tuvo sus impugnado res, los vacunófobos, que contestaron sus ventajas.
También hubo vio lentas reacciones de oposición por parte de celebridades médicas que juzgaban criminal la introducción en el organismo humano de un pro ducto procedente de animales, porque podía provocar una «animaliza ción o brutalización» del hombre creado por Dios como su obra más perfecta.
La victoria de la vacuna no se alcanzó rápida ni uniformemen te.
Cuando empezó la erradicación sistemática, las viruelas provocaban aún muchos estragos en el mundo.
Se ha estimado que durante el sólo año de 1867, diez millones de personas sufrieron sus embestidas, dos millones de las cuales fallecieron.
En unos combates de retaguardia de consecuencias desastrosas, perecieron 23.500 solda dos franceses, mientras que las tropas prusianas quedaron inmunes en su gran mayoría.
Sólo a finales del siglo XIX, se logró dominar y vencer el azote.
Hoy, el espectro de la viruela ha desaparecido.
El 8 de mayo de 1980, la Organización Mundial de la Salud proclamó la erradicación total de la en fermedad.
Pero, actualmente, subsisten unos focos de pestilencia en nues tro planeta y por las comunicaciones fácilmente establecidas de un país a otro, a veces sin las precauciones sanitarias debidas, aquellos focos podrí an desencadenar nuevos ataques de la «hidra voraz». |
Es difícil en pocas páginas intentar dar razón del proceso de somatiza ción que la enfermedad mental conoce a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX.
Lo es más si se tiene en cuenta la diversidad del pensamiento psiquiátrico en cada uno de los países europeos.
Sin embargo, no creemos carente de valor procurar explicar este proceso, enmarcándolo en nues tras propias investigaciones, así como en la más actual bibliografía apare cida (1).
Habitualmente se barajan dos tipos de explicaciones para este proceso, unas de carácter profesional e institucional y otras de carácter científico y técnico.
Las primeras pueden enraizarse en un excelente tra bajo del investigador francés G. Lanteri-Laura, quien en 1974 se plantea las causas del fracaso manicomial en su país en la segunda mitad del siglo XIX y las consecuencias médicas a que llevó (2).
* Este trabajo fue presentado en el 17.o Congreso Internacional de Ciencias Históricas celebrado en Madrid en 1990.
Asilos y enfennedad mental
A partir de mediados de siglo, se produce un cambio en las condicio nes de observación clínica, que determinan consecuencias en la conside ración etiopatogénica y en sus resultados en el pronóstico y la terapéutica de la enfermedad mental.
Los hospitales para alienados que se construyen en la Europa del XIX, son, sin duda, tardíos, edificados por una sociedad burguesa conservadora, que poco tiene que ver con quienes los proyecta ron.
En consecuencia, el espacio manicomial lleva hacia la cronificación, dados factores tales como el aumento de edad de la población, la insisten cia en el control social, la conveniencia para la pervivencia de la misma institución, el desarraigo social, laboral y familiar de los internados, etc. Todo esto lleva hacia una nueva formulación teórica y observacional de procesos y cuadros morbosos, insistiendo el autor que comentamos en la consideración privilegiada del delirio crónico y la demencia, y a un forta lecimiento y pervivencia extremos de la teoría de la degeneración (3).
Es evidente que esta búsqueda clínica y teórica también encierra cierta espe ranza en la posibilidad de prevención y curación de la enfermedad somáti ca, oscilando por tanto el psiquiatra de fin de siglo entre el pesimismo de la «defensa social» (4) y el optimismo del «remedio específico» y de la «eu genesia» (5).
Todas estas novedades se acompañan de un intento por parte de los médicos por conseguir la administración del enfermo mental.
Datos tales como la participación de Esquirol en la ley de alienados de 1838, tras el juicio de Pierre Riviere en 1835, con una brillante pléyade de alienistas a su favor, y la actuación de Lacassagne contra el asesino del presidente_ Carnot en 1894, marcan las etapas principales de esta hi�toria, en la que el psiquiatra iba ganando peso ante los poderes ejecutivos, legislativo y judi cial, primero en violencia enemiga y más tarde como un cuarto o quinto poder, aliado con aquéllos que la sociedad burguesa iba poniendo en pie (6).
En todas estas actuaciones públicas de los médicos, las aportaciones políticas de los profesionales eran semejantes, ofrecer saberes técnicos adecuados al poder central a cambio de su mejora social, legal e institucional.
Este mismo proceso se contempla a lo largo del siglo XIX en Inglate rra: el desarrollo de un sistema asilar caracterizado por la implantación progresiva del non-restraint (7) -incluyendo aquí tanto las formas de control del enfermo agitado, como el tratamiento moral-, la extensión de una cadena de asilos condales, y la regulación legal de organismos y autoridades de dirección e inspección de los establecimientos públicos y privados dedicados al cuidado y tratamiento de los insanos.
En este ca mino, la extensión del non-restraint, y de las primeras inspecciones y puestas al día de la situación de los alienados en Inglaterra, llenan la pri mera parte del siglo, mientras la segunda' se caracteriza por ese desarro llo del número de instituciones de que hablábamos, y por el estableci miento de una legislación cada vez más compleja, que regulaba tanto el internamiento, como el trato y el alta de los insanos, �sí como la forma de dirección de los asilos.
Es importante señalar que todo este proceso, en el que participaban médicos, pero fundamentalmente legisladores, políticos y juristas, se da también en Inglaterra en momentos en que la profesión médica luchaba por conseguir un valor social significativo, comparable al• de los juristas (8), pugnando por hacer valer su derecho a tratar, controlar e intervenir en el proceso de reforma asilar en todos sus aspectos.
Y es significativo que la profesionalización y sobre todo la especialización del alienista, no se produce en principio por medio de unos estudios o preparación deter minada, sino a través del acceso a puestos de superintendente o director de un establecimiento, o de funcionario relacionado con el sistema asilar.
Asociaciones y publicaciones tienen, en un principio, nombres que se re fieren a esta situación, modificados más tarde con una orientación más especializada: la Asylum Officer's Association cambiará su nombre en 1865 para convertirse en la Medico-Psychological Association.
En 1838 -fecha también importante para Francia-se produce un importante enfrentamiento entre médicos y legistas, cuando el Select Committee on the Poor Law Amendment Act -y seguramente Chadwick quiere poner el sistema de los Count y As y lums bajo el control de la Poor Law.
La única forma de defensa de los asilos como sitio de internamiento de insanos, ineptos, disminuidos y pobres, mucho más caros para el erario público que las workhouses, era insistir en que aquéllos eran un lugar de tratamiento.
Tratamiento que suponía «curabilidad», por lo menos en un buen porcentaje.
A mediados de siglo todo el mundo, incluso las propias autoridades, aceptaban el éxito del non-restraint, a pesar de algunas voces discordantes (9).
Se confía en el tratamiento asilar y en la reinserción gra cias al trabajo que allí se realiza.
De todas formas, el tratamiento moral, base fundamental de la asistencia, no hacía olvidar por entero el trata miento médico, si bien sus posibilidades eran por entonces limitadas.
Y tampoco dejaba de haber miedos a la reclusión asilar por parte del públi co, tanto pobre como burgués, cuidando los legisladores de salvaguardar la libertad individual y familiar, ante el recelo de los médicos que querían más poder y tratamiento temprano (10).
El panorama cambia, como en Francia, en la segunda mitad del siglo, tal como se re f leja en el excelente informe de 1877 de M. Granville, The Care and Cure of the Insane (11).
Se señala allí cómo, tras un período de gran actividad, en el que se habían remediado los peores abusos del siste ma de manicomios, los asilos se habían estancado y, en algunos casos, in cluso se había producido una regresión.
También en Hanwell, indica Granville, el trabajo de Conolly, el campeón del non-restraint, había lan guidecido.
Señala como posibles causas de esta situación la falta de dine ro -quizá en relación con la crisis de 1875-y también la carencia de contacto personal que existe en los establecimientos.
Y expresa la necesi dad de un cambio radical de actitud ante el insano.
Y a no son suficientes las primeras medidas del non-restraint.
De forma paralela se esbozan nuevas formas de ejercicio de la medici na, en lo que a la profesión y al tratamiento de los enfermos mentales se refiere.
Debemos recordar que los años ochenta son también los años de los albores de la lucha por la higiene mental, y que además se señala insis tentemente la necesidad, no sólo del «especialista» médico, de la enseñan za específica -que debe asentarse tanto en el estudio clínico, como en la exploración del sistema nervioso-del médico alienista, sino también del attendant, quien trata continuamente con el enfermo.
Y junto a la progre siva pérdida de prestigio del asilo, se comienzan a proponer nuevas for mas de atención al paciente: tratamientos en cottages, en la propia resi dencia del médico, sistema de «puertas abiertas», etc. Y se considera -ya se había iniciado esta actitud en 1844-la posibilidad de separar los en fermos curables de los incurables.
En efecto, la disminución del optimismo acerca de la curación del en fermo mental acompaña al pesimismo ante los hospitales, surgiendo la idea de que las instituciones victorianas están atestadas de enfermos cró nicos (12).
Muchos establecimientos mantenían una especie de comuni dad en que los internos se dedicaban a diversas tareas, agrícolas y artesa nales, que adquiría tintes de situación establecida.
Sin embargo_Ray (13) demuestra en sus estudios de los libros -case-notesde los asilos, lleva dos religiosamente desde las leyes de 1845, que esta situación de interna miento prolongado no era tan frecuente, sino que lo era más el ingreso y alta -por diversas razones, incluso traslados-al menos antes de diez años, pero en general dentro de los dos primeros años de internamiento.
Afirma que el turnover de enfermos era muy intenso y que así se mantuvo http://asclepio.revistas.csic.es hasta los años noventa.
Pero el propio Ray señala cómo la imagen del in sano crónico se hace prominente en la teoría psiquiátrica y también en su práctica.
La insania, dice Ray, deja de ser una etapa en la vida de alguien, una «enfermedad», para convertirse en una «incapacidad» permanente.
Si ya en 1844 y de nuevo en 1867 se estableció el principio de la sepa ración de curables e incurables, en 1881 la Medico-Psychological Associa tion seguía, sin embargo, detrás de esta separación.
En términos genera les, esta denominación de incurables se refería a epilépticos, idiotas y otros deficientes mentales, aunque también podían incluirse insanos ino fensivos.
Posteriormente se planteará la necesidad de la separación para abaratar costes de mantenimiento de estas personas, pues se propone un régimen como el de las workhouses, mucho más barato, para los crónicos o incurables, puesto que los asilos, aunque los internos trabajen, no consi guen autofinanciarse.
Muchos médicos están, además, a favor de la sepa ración, por las ventajas que podría traer para el tratamiento, e incluso porque ello permitiría una mayor diversificación de la forma y sitio del tratamiento.
Eran nuevas formas, fuera del asilo masificado tradicional.
Para España Josep María Comelles ha desarrollado esta tesis, mejo rándola desde el punto de vista de la historia profesional, insistiendo en el papel que el manicomio juega como instrumento del psiquiatra.
Es evi dente que el médico alienista colocó el manicomio como instrumento esencial de su prestigio profesional.
Y también lo es que la simbiosis entre profesional e institución llevó a la lárga al desprestigio del médico alienis ta.
Si bien el manicomio surge para el empleo del «aislamiento» (dentro del «tratamiento moral») para la curación de las enfermedades; no hay duda de que al aislar al enfermo buscaban varios objetivos.
Por un lado, un intento de tranquilizar al paciente, a sus familiares y a la sociedad; por otro, el romper los lazos con el medio habitual, considerado nosógeno con frecuencia.
En tercer lugar, reconstruir su vida, rehaciendo sus lazos refe renciales, de tipo familiar en primer término.
La somatización de la locura
Resulta fundamental insistir en que el tratamiento moral tiene razón de ser en tanto se considere al loco un sujeto recuperable.
Esta concepción «psicologista» de la locura, justificadora de las más duras medidas «morales» intimidatorias que pudiesen sacar al loco de su «error»; es el soporte del tratamiento moral.
Esta forma de terapia, con la que la psiquiatría se despega de las actuaciones propias de la medicina ge neral, es la consecuencia de una concepción «moral» de la enfermedad mental que es predominantemente psicogenética y social, pero sin aban donar jamás, como ya dijimos, la base fisiológica ni los remedios médicos, que permitían actuar en el frágil nexo entre fisiología y moral.
En cual quier caso, el que la locura estuviera presa en un mundo moral implicaba una postura conservadora, que tuvo su contrapartida en las corrientes so maticistas que a partir de la segunda mitad del siglo comenzaron a apare cer cada vez con más fuerza.
Por ello es necesario valorar en su justa medida estas corrientes, por que la mayoría de los psiquiatras organicistas fueron� en un principio, mé dicos progresistas que, comprometidos políticamente con la revolución del 48, plantearon las primeras críticas al manicomio y al tratamiento mo ral, siendo en muchas ocasiones reformadores profundos de las institucio nes.
Es éste un buen ejemplo de cómo a lo largo de la historia las posturas «psicologistas» y «somaticistas».han jugado papeles ideológicos diferentes (15).
Paradojas de la ciencia, como la que nos muestra a ese movimiento somaticista esperanzador al principio, cuando quiso evitar la tortura y la intimidación, pero reaccionario a la larga, pues al colocar al loco en el ab soluto determinismo que la ciencia positiva predicaba, hizo que el pesi mismo antropológico y el fantasma de la incurabilidad planearan sobre los manicomios, sumiéndolos en el más lamentable abandono.
Se dejó de torturar e intimidar sistemáticamente a los pacientes, a cambio de consi derar a una gran mayoría de ellos como irrecuperables y, por tanto, sus ceptibles de encierro permanente.
El tratamiento moral había fracasado, pero el manicomio como ins titución total ( 16) se mantuvo con una muy devaluada vocación tera péutica y con el claro reforzamiento de su papel de control y defensa so cial.
Por ello es evidente, como señala Comelles para España, que el manicomio se convirtió en una anticuada explotación agrícola o artesa nal, con enfermos crónicos cada vez más envejecidos y en donde el cus todialismo fue el elemento fundamental.
Paralelamente se produjo.el proceso de• somatización de la enfermedad mental (17), pues el fracaso manicomial se enlazó con la consideración somática de la enfermedad mental, que se manifestó en diversas formas.
Hay una orientación clíni ca! fácil de observar, que fue la orientación neurológica que la psiquia tría de la época vivió.
La neurología, ciencia de moda a fines del XIX y principios del XX, permitió una clínica muy objetiva, con pruebas explo ratorias muy rigurosas y unos diagnósticos que presentaban una gran convicción.
Aparte, esta aproximación a la neurología permitió también el acceso de los alienistas a otros espacios, sea el gabinete especializado, sea el laboratorio,• sea la sala de autopsias.
El manicomio dejaba de ser el peligroso amigo incondicional, que había sido por muchos años para el psiquiatra (18).
Es evidente que otros aliados se aproximaban, así los mármoles de las salas de disección, en donde se buscaban y localizaban causas somáticas de enfermedad, casi con exclusividad en el sistema nervioso.
Es evidente que había una larga tradición observacional que unía la psiquiatría con la alteración del sistema nervioso, que se muestra ya en las dudas de Philippe Pinel• por interpretar o no la enfermedad mental como consecuencia de una lesión neurológica.
Al llegar las alturas del ochocien tos una muy abultada colección de hallazgos necrópsicos avalaban una in telección somática de la enfermedad mental.
Pero todavía, en el cambio de siglo, el Pinel del Traité y el Esquirol del Des passions (19) dudaban de la asignación de última causa a las lesiones morfológicas.
Pero a partir de la publicación en 1838 de los dos volúmenes del tratado Des maladies mentales de este último autor, las cosas han cambiado.
Con ello, cori la pauta de Sydenham, se basaron en la observación y ordenación de la sin tomatología de cientos de enfermos (23)-, en la segunda mitad del XIX esta semiología fue dando paso a una insistente búsqueda de la etiología de las enfermedades mentales.
Así, el degéneracionismo intentará encon trar las causas del inusitado aumento de la morbilidad psiquiátrica y de la masificación de los asilos que tiene lugar en los años centrales del si glo.
Pormenorizadas listas de causas degeneratrices, entre las que desta can la herencia y la acción sobre el organismo de determinados agentes tóxicos, como el alcohol, empiezan a ser postuladas con insistencia como factores etiológicos de la locura en un discurso psiquiátrico, que preten dió y consiguió afianzar la concepción somática de la enfermedad men tal.
Patología constitucional y hereditaria, causas físicas, localización cere bral, etc. eran también formas de �oslayar, bajo pretendidas razones científicas, los evidentes motivos sociopolíticos y económicos que intervi nieron directamente en la génesis del alcoholismo, la criminalidad y no pocas formas de enfermedad mental a lo largo de la segunda mitad del si glo XIX.
No cabe duda de que la teoría de la degeneración responde a la inquie tud de los psiquiatras positivistas por encontrar las causas de la alienación mental, por contar con una explicación etiológica de la locura.
Como apunta Robert Castel, en un primer momento, cierto número de alienistas se esforzaron por escapar de los dilemas entre causas morales y causas or gánicas, entre descripción de los síntomas y búsqueda de la radicación, para llegar al conocimiento de la enfermedad en función de su evolución y no de sus manifestaciones clínicas.
De este modo, Lasegue aisla el delirio de persecución en 1852.
Falret y Baillarger describen simultaneamente lo que uno llama «locura circular» y el otro «locura de doble forma».
Estos autores no se contentan con describir un síntoma o un conjunto de sínto mas sino que, en un intento de aislar entidades nosográficas, hacen de ca da síntoma un signo que, junto a otros, permiten un mejor conocimiento de los procesos patológicos mentales.
Se pasa así de una sintomatología como simple proceso descriptivo, a una semiología por la cual la enferme dad adquiere a la vez un sentido subyacente en sus manifestaciones exter nas y un potencial evolutivo (25).
Con la teoría de la degeneración se da un paso más, de la semiología a la etiología, lo cual trae consigo una consecuencia inmediata: si se saben o se intuyen las causas de la locura o, lo que es más trascendental, si se pueden diagnosticar alienaciones en potencia -mediante la identifica ción de las causas degeneratrices (herencia, intoxicaciones, enfermeda des congénitas o adquiridas... )-, los médicos, y la sociedad, podrán po ner los medios adecuados para evitarla o prevenirla.
Por otro lado, la frenología predica también el progresivo abandono del estudio de la mente a través de la metafísica y sus técnicas introspectivas, y el paso ha cia el estudio del cerebro y su fisiología como asiento de las «facultades», después «funciones» mentales (26).
El problema teórico se centraba, fun damentalmente, en las relaciones mente-cuerpo, que buscaba determinar hasta qué punto podía progresarse en el conocimiento del ser humano, y de su comportamiento normal o anormal, utilizando una u otras formas de aproximación.
Las ideas de Gall prendieron con rapidez en todo el continente e incluso en Inglaterra.
Así la importancia de la fisiología del sistema nervioso como base del funcionamiento de la mente fue en au mento a lo largo del siglo, y puede decirse que en su segunda mitad había una aceptación generalizada de esta base orgánica, así como de la impor tancia de las alteraciones del cerebro en relación con las causas de la en fermedad mental (27).
Tal como escribe Jacyna (28), en los años cuarenta y cincuenta se pro dujeron grandes cambios en la neurociencia inglesa, con la extensión de la actividad refleja, ya comprobada a nivel de médula espinal, al sistema ner vioso central.
Estudiosos venidos en muchos casos de la filosofía, como Alexander Bain, integraron las nuevas corrientes del pensamiento -posi tivismo, asociacionismo-con los nuevos conocimientos fisiológicos (29), corriente seguida por alguno de los alienistas ingleses de renombre, como Henry Maudsley.
Si no todos apoyaban esta concepción unitaria (30), sí fue general la aceptación de una ineludible relación entre la mente y el ce rebro, reforzada por esos conocimientos en expansión sobre el funciona miento reflejo del cerebro y sobre la localización de las funciones (31).
El evolucionismo spenceriano, así como el darwinismo, influyeron grande mente en cuanto a la importancia de la relación entre el organismo y el medio, el estudio de los• diversos niveles de organización y la aceptación de la experimentación animal como significativa para el conocimiento del sistema nervioso humano.
En su discurso a la Medico-Psychological Association, en 1881, afirma ba D. H. Tuke que en los últimos cuarenta años se había producido un gran cambio en el reconocimiento de la enfermedad mental como parte integral de los desórdenes del sistema nervioso, y que la.psicología médica era considerada cada vez menos como un fragmento desgajado del domi nio general de la medicina (32).
En España se produjo un avance semejante, con importante• repercu sión en la psiquiatría, pero las novedades vinieron más de la histología que de la fisiología.
La «escuela histológica española» encabezó el movi miento de renovación científica de la segunda mitad del siglo XIX, cen trando pronto su atención en la morfología normal y patológica.
De todas formas, Cajal estuvo siempre obsesionado por el funcionamiento de la mente, el origen del pensamiento humano fue tema que siempre le ocupó, si bien al principio fueron las armas empleadas en este estudio la psicolo gía experimental y el hipnotismo, pronto el contacto con Luis Simarro le llevó al conocimiento de la escuela de Bernard y a los más modernos mé todos histológicos (34).
No es por tanto extraño que estableciera todo un programa de investigación anatomopatológica pata hallar las causas de la alteración del funcionamiento de la mente en las lesiones cerebrales.
Sus palabras son muy claras: «No existe alteración funcional sin lesión anatómica, como no hay lesión sin causa exterior perturbadora, conocida o desconocida.
Suponer la existencia de enfermedades sin lesión, es tanto como afirmar que las manifestaciones fisiológicas pueden cambiar capri chosamente, escapando a todo determinismo científico.
Los autores que, por no haber hallado perturbaciones anatómicas en la autopsia, describen enfermedades sin lesión, olvidan que, bajo la máscara de una normalidad exterior, pueden ocultar los tejidos graves alteraciones microscópicas, las cuales no son siempre reveladas con nuestros recursos analíticos, porque distamos mucho de haber descubierto todos los delicadísimos resortes de la estructura celular y todas sus posibles desviaciones.
A medida que nues tros medios de observación se perfeccionan, más se va reduciendo el nú mero de enfermedades sin localización, pudiendo afirmarse que cada pro ceso notable en la técnica se traduce por la reducción a perturbaciones anatómicas concretas de algún proceso reputado irreductible.
Y aún supo niendo que nuestros recursos amplificantes nos permitieran agotar el or den morfológico, quedaría aún, con todas sus oscurísimas incógnitas, el orden químico normal y perturbado ( 3 5) ».
Si bien el programa de investi gación no era nuevo, pues continuaba una antigua tradición, tal como he mos afirmado, sí resultó de gran interés porque se aplica al sistema ner vioso.• Las mejoras técnicas y el estudio de algunas patologías -como las placas seniles cerebrales-permitieron a Cajal encabezar una notable «es cuela española» que en anatómía patológica del sistema nervioso consi guió muy notables aportaciones, así al estudio de la rabia, la epilepsia o la demencia senil.
Autores como Achúrraco, Río-Hortega y Rodríguez Lafo ra llevaron adelante en el primer tercio del siglo XX los programas anato mopatológicos de la escuela.
Paralelamente, este interés en hallar causas somáticas a la enfermedad mental, entró pujante en psiquiatría, sin duda por influencia del degenera cionismo francés.
Superado el primer «psicologismo» de Pi i Molist, la es cuela psiquiátrica catalana -de clara influencia francesa y de orientación positivista y organicista-tiene, primero en Giné i Partagás, y más tarde en su discípulo Galcerán, sus más destacados representantes.
La obra de este último supone, sin duda, la culminación de la corriente somaticista.
«La naturaleza de la locura -escribe-queda determinada por la de la ra zón.
Ambas sori modos de funcionar del cerebro y la vida de éste es un fe nómeno químico-mecánico (36)».
La enfermedad mental entendida como «cerebropatía» está presente en el pensamiento anatomoclínico de este autor, quien se muestra esperanzado en que la anatomía patológica consi ga tarde o temprano, dar respuesta a los interrogantes que las causas de la locura seguían planteando (37).
Pero todavía hay otra razón importante para el proceso de somatiza ción que la enfermedad mental conoce en la últimas décadas del siglo psiquiatras eran llamados desde tiempo atrás a los tribunales.
Su poten ciación mutua, hizo que los profesionales que acudían al manicomio y al foro se habituaran a unir campos científicos y semánticos de peligrosa ve cindad.
El médico y su público se acostumbraron a unir delito, enferme dad y lesión anatómica.
Y si de esta unión resultó prestigio e influencia para la clase médica, también supuso un avance en el camino hacia la cro nicidad y la somatización de la enfermedad mental.
Si bien en un princi pio se pensaba que de esta unión iba a resultar una mejora para el delin cuente enfermo, a la larga supuso un peligro que condujo hacia la «defensa social» y el «lombrosismo».
Era un camino de larga tradición, que se heredaba de viejos contactos de la medicina con el mundo del peca do y la brujería.
Ahora, con la secularización de la sociedad, al pecado lo sustituye el delito, pero con cierta carga negativa tal como la enfermedad mental siempre ha tenido.
Carga que irá hacia la somatización, así cuando Morel hace derivar la degeneración del pecado original (38).
Se trata de la vieja relación entre psiquiatría y medicina legal, pues las mismas cátedras explicaban en algunos países las dos disciplinas y los
No es extraño, por tanto, que el italiano CesareLombroso recoja la tra dición médico-legista, la anatomopatológica y las teorías de la degenera ción.
Para él el delincuente -que identifica al enfermo.mental-es un sal vaje que ha quedado en una sociedad avanzada.
Las razones de esta alteración puede explicarlas desde el degeneracionismo, o bien desde el evolucionismo, como sucederá a lo largo de su obra.
Pero es evidente que pondrá al servicio de la «defensa social» tanto estas sabias teorías, como un detallado estudio del cuerpo humano, que permitieran la identifica ción de sujetos considerados peligrosos.
Con ello la medicina legal y la psiquiatría conseguían un perfecto hermanamiento con la sociología y la jurisprudencia -gracias a su colaboración con Ferri y Garófalo-y la en fermedad, el delito y la lesión se confundían.
Así contribuían de forma po derosa a ese proceso de somatización de la enfermedad mental, con olvido grave de otras consideraciones de tipo sociológico (39).
El «lombrosismo» fue un pensamiento de gran difusión, pues llegó tanto a Europa como a América, influyendo en áreas tan distintas como la literatura, la medicina, el derecho o la sociología.
Sin embargo, en cada país y en cada disciplina penetra con peculiaridades propias.
Esta diversi ficación -por otro lado, normal en la difusión de las ideas-se acentúa por el hecho de que el mismo Lombroso -y su escuela-conoció una cla ra evolución en su pensamiento.
Tras una primera etapa, en que se centra en la idea del criminal nato, como individuo retrasado respecto a la evolu ción de la sociedad, las críticas fueron enormes.
Se reconocía esta idea co mo sugerente -se añadía a las novedades darwinianas-pero sin explica- http://asclepio.revistas.csic.es ción causal ni fisiológica.
El italiano se ve obligado a explicar por diversas teorías médicas la aparición de este «salvaje» en la sociedad civilizada y las buscó en las ideas de moda.
Por un lado, tomó prestada la decadencia degeneracionista, por otro la debida a diversas enfermedades o agentes nosógenos, en especial la epilepsia.
Por su lado, el sociólogo Ferri insistió en los aspectos sociológicos y el jurista Garófalo en los penales.
En Francia se difundió ampliamente el pensamiento de Lombroso, si bien siempre desde el punto de vista crítico.
Era lógico que desde la patria del degeneracionismo se viera como cosa propia las ideas de este autor, si bien con autoridad suficiente para modificarlas.
Muchos comentaristas subrayaron, quizá de forma especial en el campo psiquiátrico, el papel de la degeneración en la formulación del concepto de criminal nato.
Así, en contra de la explicación atávica del crimen, propia del lombrosismo tem prano, que el filósofo Tarde había criticado, la escuela francesa se pronun ció en repetidas ocasiones.
De esta misma opi nión será Magnan, quien tras reconocer el gran mérito de la escuela italia na al haber considerado la criminalidad en el campo antropológico y de acometer el estudio biológico del delincuente, revisa críticamente los pun tos fundamentales del lombrosismo, para concluir afirmando que «le cri minel né n' existe pas, ou, s'il existe, c'est un dégénéré (41)».
Mas fiel al maestro italiano, al que llama «mon ami M. Lombroso», y cuya clasificación retoma con fidelidad, es el médico-legista A. Lacassag ne.
Quizá su dedicación forense lo justifica, quizá se deba a su aceptación de las explicaciones tardías de Lombroso, sea el degeneracionismo, la epi lepsia, o una mala evolución (42).
También se produjo en Inglaterra la entrada de las ideas lombrosianas -así como en América-, que encajaban muy bien con las ideas evolucio nistas de la época.
Pero no menos se tiene en cuenta a la escuela degenera cionista, cuyo influjo en todo el continente era decisivo como apoyo al psi quiatra italiano.
Por ello, en Inglaterra el lombrosismo, que apoyan personalidades de la calidad de Henry Maudsey, se basará en el degenera cionismo moreliano tanto como en el evolucionismo darwiniano (43).
También el interés en algunas enfermedades, como la epilepsia, permite dar apoyo a las nuevas doctrinas criminalísticas.
Al igual que en todo el mundo, el proceso de somatización de la locura fue un punto de apoyo importante para que los médicos defendieran la participación de la profe sión en los juicios criminales.
Esta intervención aumentó durante el siglo XIX, aunque parece no haber sido muyefectiva en cuanto a la defensa del acusado, pues el veredicto final solía ser de responsabilidad y culpabili dad.
La rígida moral victoriana tendía a considerar a todos los hombres responsables de sus propios actos, aunque hubiera manifestaciones de enajenación parcial (44).
En España, los psiquiatras fueron sensibles a 1as novedades lombro sianas.
Entre los ya mencionados, hay que recordar la actividad forense y la_ orientación somaticista de Arturo Galcerán Granés, cuya orientación fuertemente determinista lo emparenta con los nuevos movimientos.
También hay cierta cercanía a la escuela lombrosiana en José María Escu der, quien en su análisis del cura Galeote _:_magnicida cuyo crimen fue fundamental como el de Carnot para los cambios en actitudes y legisla ción ante el crimen-afirmaba en 1866: «La desproporción de su cráneo y de su cara enseña a todo hombre observador que nos hallamos frente a un degenerado; se dan en él los estigmas de la herencia, y entre ellos no es menor la fealdad que imprime su fisonomía, el prognatismo de la mandí bula inferior, que 1a asemeja a las razas más bajas de la escala humana...
De todas formas, al parecer el mismo Escuder desconfía de la im portancia de los estigmas y, en general, la medicina española hizo evolu cionar el lombrosismo hacia la antropología y la sociología.
La obra de Rafael Salillas es múy importante en este sentido y, aunque su libro La vi da penal en España (1888) fue muy elogiado por Lombroso, pronto se diri gió hacia un análisis antropológico y sociológico de la marginación.
De to das formas, su labor médico-legista, así como la de Olóriz, son deudoras de la escuela italiana (46).
Conclusión: Cuerpos y almas
Es evidente que al llegar a la segunda mitad del XIX el manejo del en fermo mental iniciado en la Ilustración tocaba a su fin.
Hasta mediar el si glo que nos ocupa siguieron rigiendo normas de protección asilar y trata miento moral.
Era importante la salvaguardia de la libertad del enfermo, su reincorporación al mercado de trabajo y un trato apoyado en la nueva ética burguesa.
El enfermo se había favorecido, en su adaptación a la nue va sociedad, de una consideración más benéfica y de un esfuerzo por adaptarlo al mercado de trabajo y al orden social ( 4 7).
Pero el hacina-miento y cronificación de enfermos mentales en muchos hospitales euro peos llevó poco a poco a perder la confianza que en ellos se tenía.
Si a lo largo de todo el siglo las dudas fueron en aumento, será a principios del siglo XX cuando posiciones claras y enfrentadas al sistema asilar dieron paso a las nuevas corrientes críticas.
En este sentido, es muy significativa la publicación en París en 1903 por Paul Sérieux de su Rapport sur l'assis tance des aliénés en France, en Allemagne, en Italie et en Suisse (48).
La psiquiatría europea finisecular, dominada aún por el degeneracio nismo, favoreció un nihilismo terapéutico que trajo dos consecuencias de largo alcance.
En primer término, la degradación sistemática y progresiva de los asilos ya que, al colocar al loco en el más rígido de los biologismos y asumirse sin dificultad su incurabilidad, los establecimientos a ellos desti nados se convirtieron en «depósitos» de individuos «irrecuperables», abandonados desde el punto de vista médico y administrativo y, condena dos, en la mayoría de las ocasiones, al encierro permanente.
En segundo lugar, la aparición de especialistas no alienistas que aportaron un saber, para ellos suficiente, para intentar el tratamiento de un buen número de enfermos a los que la medicina mental había desahuciado.
Nos referimos, por un lado a los neurólogos, que empezaban a ejercer su nueva y pujante especialidad en hospitales generales y universitarios, o en consultas priva das alejadas del asilo, al que_ no dudaron en lanzar sus más duras críticas (49); por otro, a cirujanos y ginecólogos quienes, en general, llegaron a proponer agresivas y mutilantes intervenciones para tratar desarreglos mentales diversos (SO).
Eran, sin duda, dos buenos motivos para que cundiese la inquietud en el seno del movimiento alienista amenazado de perder sus tradicionales competencias y con una deplorable imagen ante la opinión pública.
La búsqueda de alternativas asistenciales será, a partir de entonces, una constante.
Por un lado, se intentarán reformas en las políticas sanitarias, como los servicios de puertas abiertas (51), destinadas a superar el mani comio cerrado.
Por otro, muchos alienistas se encaminaron hacia una orientación neurológica de su especialidad, a la que los nuevos descubri mientos de la fisiología y la patología del sistema nervioso invitaba.
Se ofrecía una nueva vía ante el fracaso del non-restraint que no era capaz de curar muchos casos en los que la causa moral era grave, o bien había que localizar causas orgánicas.
Por otro lado, el origen orgánico de la lesión no implicaba de forma contundente la incurabilidad de la enfermedad mental, ni siquiera cronicidad obligada, aunque sí más probable, como• afirmó explícitamente Maudsley.
Es evidente que el tratamiento médico progresaba y que los médicos, al compás de su acercamiento al somaticismo, siguieron esta esperanza dora vía.
El citado Maudsley, si bien dudando de la eficacia de muchas drogas, recomienda el tratamiento precoz y el estudio físico y familiar del paciente.
Era una vía más hacia el futuro, que se combinaba con el recha zo al encierro asilar.
El «quitar las cadenas» y dar mejor trato a los alienados, se fue convirtiendo en una nueva forma de tratamiento, y se fue extendiendo en Inglaterra hasta ser aceptado como, prácticamente, la actitud terapéutica básica, que, por otra parte, debía aplicarse en los asilos o instituciones de internamiento.
Con respecto al tratamiento moral y su significación sociológica, es interesante el ar tículo de Andrew T. ScuLL (1979), «Moral treatment reconsidered: sorne sociological com ments on an episode in the history of Bristish Psychiatry», Psychological Medicine 9, pp. 421-428.
(8) El registro oficial de médicos no se establecerá hasta 1858.
(9) En 1884 se produce -un importante informe de los Metropolitan Commissioners sobre las condiciones en los asilos (County Asylums, Public Lunatic Hospitals, Licensed Madhouses e incluso Workhouses ).
Se establece en el informe la naturaleza de la insania y su clasificación, así como la opinión que inspira el non-restraint y otros puntos.
El infor me dará lugar a las leyes de 1845, en que se instituyen, en lugar de los Metropolitan Com missioners, los Lunacy Commissioners, cinco políticos, tres legistas y tres médicos.
Para evaluar el éxito pensemos que se clasificaban como insanos personas con des viaciones laborales o sexuales y que la curación se consideraba producida con la reincor poración al trabajo.
Sin embargo, Conolly en Indications of Insanity ya indica la necesi dad de distinguir bien unos y otros procesos y no creer que todo comportamiento extraño implica insania.
Tomado de K. JoNES (1972) (15) En los últimos tiempos, la consideración de la enfermedad mental ligada exclu sivamente a un sustrato orgánico justificador de dosis mantenidas de psicofármacos, elec trochoques o choques insulínicos, ha quedado radicalmente enfrentada a concepciones psicologistas, de corte dinámico, consideradas más avanzadas.
No deja de resultar escla recedor, sin embargo, el hecho de que el tratamiento moral propuesto por F. LAURET, con sus intentos intimidatorios, pueda considerarse un antecedente histórico de los descondi cionamientos agresivos y de las terapias comportamentales que el conductismo viene pro poniendo hace tiempo. |
Hasta 1a aparición de la obra de Joseph Hyrtl sobre el árabe y el hebreo en la Anatomía (1) ningún historiador de la medicina o filólogo, se hacía un problema con la etimología de estos dos términos anatómicos.
Parecía evidente que eran simples transcripciones de los griegos KE<paAtKÍl <pAÉ:\¡t y �amAtKÍl <pAÉ:\lf.
La aparición de la citada obra vino a cambiar radicalmente tales éti mos.
Para el maestro vienés era indudable que tales adjetivos provenían de los árabes al-qffál y al-básliq.
El fundamento de su afirmación era la com probación de que los adjetivos latinos cephalica y basilica, no aparecían en escrito alguno hasta después del siglo IX, en el cual empezaron a aparecer los términos árabes citados, primero en la traducción de Hunain (Johanni tius) a las obras galénicas.
De Anatomicis Administrationibus y De Usu Par tium y a continuación en las obras de Razés, Haly Abbas, Avicena, Albuca sis, en una palabra, en todos los escritores árabes de medicina.
La conclusión de Hyrtl era lógica: los términos latinos no eran sino translite raciones de los árabes, cuyas traducciones señorearon la Baja Edad Media.
La tesis del anatómico fue aceptada por todos los historiadores de la medicina que se ocuparon del tema, como Simon (2), al que siguieron Sin ger y Rabin (3).
En cambio, los filólogos han sido muy reticentes para aceptar esta hi pótesis.
bía consultado sobre la posiblidad de que tales términos fuesen de origen persa, me contestaba en carta de 20.11.87:
«por lo que se refiere a al-qífál y al-bás(i)liq no puedo pensar otra cosa sino que son formas arabizadas del griego kefalikós y basilikós.
La q elimi na un origen persa y aparece usada regularmente por la kappa griega».
«Sobre "cephalic" y "basilic" no estamos de acuerdo.
Cualquier cosa que parezca sugerir la historia de la anatomía, no puedo creer en un gra do tan acentuado de coincidencia accidental que dé en árabe nombres que suenan lo mismo que los griegos, pero de diferente origen etimológi co».
El primero que se manifestó en contra de la tesis de Hyrtl fue, que yo sepa, A. Macalister, quien,• veinte años más tarde de aquél, en su trabajo «Archaeologia anatomica III.
The veins of the forearm» Joumal of Anatomy and Physiology, 1899, señaló que los términos al-qífal y al-basiliq carecen de significado en árabe y demás lenguas semíticas.
Por otra parte, se ha seña lado ( 4) que tampoco corresponden a la estructura triliteral de los términos árabes, y que, por lo tanto, no son palabras genuinamente árabes, sino ara bizadas.
Sin embargo, tales objeciones son irrelevantes frente al problema que nos ocupa.
No es éste primariamente filológico, como ya he señalado en un trabajo anterior (5).
Hyrtl no pretendió en ningún momento que los térmi nos que nos ocupan fuesen genuinamente árabes.
Arabes o persas, o inclu so griegos arabizados, lo interesante es el fijar si fueron utilizados por vez primera por los árabes para designar a las venas del brazo que hoy llevan ese nombre, o si, precedentemente, habían sido ya empleados por escrito res que utilizaron otra lengua, la griega, como se suponía tradicionalmen te.
El problema era, pues, esencialmente histórico.
Y se trataba de encon trar un precedente escrito del uso de tales palabras y con ese fin.
Y, como era natural, es hacia los griegos hacia donde se dirigieron las pesquisas.
A exponer los resultados, vamos, pues.
Pero comenzaremos separando am bos términos, ya que el hecho de que designen venas próximas no nos auto riza a pensar que su historia sea paralela, como no lo es la de la vena me diana del codo, a pesar de su vecindad.
Por lo que respecta a la vena al-qffal, que se traduce habitual y errónea mente, como luego veremos por vena cefálica, mucho antes del trabajo de Macalister, antes mencionado, se había señalado por Greenhill ( 6) la exis tencia del adjetivo KE<pcú, tKfi en el libro De Febribus, atribuido a Synesios y en I-úvm¡1ts'Ciis ia: tptlciis de Leo.
El primer testimonio es irrelevante ya que no se conoce con fundamento si la obra fue escrita primeramente en griego o en árabe.
Pero Leo, sí escribió en griego y fue contemporáneo del empe rador Teófilo, el cual vivió entre 829 y 842.
En el libro II,c. l de la obra cita da se lee (7): ú:μvov-ms Tfiv KE<paAtKfiv Kaí roμtaíav AEyoμÉvnv <pAÉpa. ( «inci diendo la vena llamada cefálica y humeral»).
Después de transcribir este párrafo concluye De Konink: «En el siglo noveno no se traducen todavía al griego los libros árabes de medicina, sino que, por el contrario, es éste el de la edad de oro de las traducciones de los libros científicos del griego al ára be, y solamente después se empiezan a traducir al latín los libros científi cos árabes.
El nombre al-qffal es pues, evidentemente, de origen griego».
Veremos si tiene que ser así.
La presencia del término KE<paAtlcrl antes del siglo IX ha sido señalado en muchos casos, p. ej. por Temkin (8).
En algunos tal adjetivo se refiere a la arteria o la vena occipitales, como ocurre, en su transliteración latina, en los manuscritos Codex 3701-15 de la Bibliotheque Royale de Bélgica y el codex Sloane 475 del British Museum (9).
Así, en el primero, en el capítulo que trata de la sangría, fo.
Sin embargo hay otros ejemplos, como el ya mencionado de Leo, en los que se habla de la vena humeral o cefálica, y no cabe por tanto duda de que es a ésta a la que también se da el apelativo de KE<pCXAtKfi.
En cambio, es harto dudoso de que tal adjetivo sea el que, en los textos árabes aparece bajo la forma de al-qffal como pretenden De Konink, y, en general, todos los filólogos.
Efectivamente, en la obra de Albucasis «La ci rugía y los instrumentos«, que constituye la última parte de su Tashrif, lee mos, en el libro segundo capítulo 95, en el que se trata de la sangría, y al mencionar los vasos utilizados para la misma: «al-qifal, wa hwa min al ya nibi al-wahsiy wa tusammihi al�ama �irq al-ras».
O sea: «la vena al-qifal que está en el lado externo y se llama vulgarmente vena de la cabeza».
Hay aquí varias cosas interesantes.
En primer lugar tenemos que recor dar que la vena al-qffál aparece por vez primera en un escrito árabe, en la traducción de Hunain-ben Ishak de la obra galénica De Anatomicis Admi-nistrationibus.
Allí, en el texto árabe reproducido por Simon (1 O) se puede leer: «iaqal lahu al-c; irq al-katifiy wa c; wa al-qifal», «llamada la vena hume ral, que es la vena al-qifal».
Ni Hunain ni Albucasis hablan de una vena al-qifaliq, que sería la transli teración propia de KE μtaía, que es el nombre que leyó en Galeno y que él traduce literalmente por «vena del hombro» podía no ser reconocida bajo ese nombre, al dar un sinó nimo más conocido, si éste fuese el de «vena de la cabeza» es evidente que debiera haber empleado el nombre árabe «.i:r:-q al-ras» y no una translitera ción del nombre griego.
Al preferir al-qifal demuestra que tal nombre no es la transliteración de KE<paA.tKÍl, sino otro diferente y ya conocido de sus lectores.
Lectores del siglo IX, para quienes no era familiar el nombre griego.
De lo contrario no se explica la aclaración, que no pretende ser un rasgo de erudi ción, evidentemente, y lo propio ocurre con Albucasis, en el siglo XI.
En resumen, entiendo que en la baja Edad Media aparece la palabra KE<paA.tKÍl para designar a la vena humeral y que ya en el siglo IX encontra mos para calificar a la misma vena el nombre árabe al-qifal.
El parecido es curioso y dio lugar a equívocos, aunque no es tan grande como lo encuen tra el Prof. MacKenzie, quien sin duda pensaba sobre todo en el término pamA.tKf,.
Por lo demás, y de igual modo que en zoología nos encontramos con el fenómeno de la convergencia que hace que lleguen a parecerse espe cies procedentes de phylla muy distintos, como el delfín y ciertos peces, también llegan a formarse palabras idénticas de muy diferente étimo.
Sin salir del castellano encontramos p. ej. asa, del latín ansa parte saliente de una vasija y asa, del persa aze, jugo que fluye de ciertas plantas umbilíferas; avería, de avis, casa o lugar donde se guardan las aves y avería, del árabe al wariyya, daño o perjuicio de las mercancías; badal, del latín badallum, bo zal para las bestias, y badal, del árabe badila, carne de la espalda y costillas.
Los ejemplos podrían multiplicarse al infinito.
El adjetivo cephalica, uno de los que recibió la vena hume ral desde que se empezó a escribir en latín, ¿procede del KE<paA.tKÍl del bajo Medio Evo o es una transliteración poco afortunada del al-qifal árabe?
Y o entiendo que lo segundo.
Y me fundo para ello en que tal adjetivo es em pleado por todos los traductores latinos de los grandes médicos árabes, en una época en la que los manuscritos en que el término griego aparece eran desconocidos.
Así lo vemos en las traducciones de Esteban de Antioquía (11) Nos queda la última pregunta antes de dar por terminado nuestra glo sa de al-qffál ¿Qué significa tal término?
Los filólogos tienen la palabra.
La idea de que es una corrupción de KE<p<XAllcrl les ha impedido hasta aho ra el ocuparse del tema.
Si lograse llevar una sombra de duda a su mente, sin duda encontrarían la solución.
Entre tanto, y con las reservas que me impone mi propia incompetencia, ya he apuntado en el trabajo antes mencionado la posibilidad de que proceda de qff, pronunciado qaif, que tiene el significado de «investigación, prueba».
Ello casaría perfectamen te con el hecho de que sea esa la vena la que los médicos árabes han seña lado como la más apta de las del brazo para la sangría, oponiéndose así a la basílica considerada como la más peligrosa, por la vecindad del nervio mediano.
Pero tal vez existan razones filológicas que hagan la hipótesis inaceptable.
Pasemos ahora a la vena basílica.
Para fundamentar su refutación de la tesis de Hyrtl, aduce Oesterle, en la obra ya citada, pg.
386, la presencia de ese nombre en el escrito pseudo atanásico IIEpÍ cxbμmos Kaí 'lfVX' Í1, que al parecer y por razones lingüísticas hay que datar no más tarde del siglo VI.
Se dice allí (prescindo del texto griego): «Habita el alma en el corazón, en la parte posterior de la cabeza, llamada kótylon y en las venas basílicas».
Con buen criterio estima que no puede tratarse de las venas del brazo sino, tal vez, de los grandes vasos, quizás de la aorta.
Pero si en la eliminación del brazo hay que darle la razón, no ocurre lo mismo con su alusión a los grandes vasos.
En ningún escrito griego se ha dicho jamás que los tales pudieran haber sido el asiento del alma.
En cam bio, sí se atribuyó un especial papel en la transformación del pneuma, o al ma natural en alma o pneuma animal a la llamada rete mirabile, formada, como es sabido, por las ramificaciones de la carótida interna en la base del cráneo.
Y asimismo, Galeno (15) atribuye un especial papel en la relación con el alma, a los plexos corioides, al de�ir: «É� oú 1:á KaAoÚμEva xopotofi 1tAÉ')'lla1:a...
EÍvm w npéowv aú1:ó'Cf)s,¡ruxfls» «en los llamados plexos corioi des se encuentra el primer instrumento del alma» A tales vasos hay que atribuir, por lo tanto, ese nombre de PamAtKa•is cpA.tpms.
Naturalmente, tal constatación tiene escasa relevancia en nuestro tema.
El hecho de que unas venas del cerebro reciban el apelativo de basílicas no tiene nada que ver con la atribución de tal nombre a una vena del brazo.
Serviría, simplemente, para dar f e de la existencia de tal adjetivo en el siglo VI, pero, por supuesto, eso no lo ha negado nadie, puesto que se trata de un término que encontramos ya en el griego clásico para designar lo relacio nado con el rey.
Cita también Oesterle la traducción de Synesios de un libro de dietética atribuido al árabe Abu Ga<;far.
Pero se trata de un escrito de fin del siglo X por lo menos, y ya sabemos que desde el IX hay abundantes ejemplos de la aparición en obras árabes del término que nos ocupa.
Por su parte Temkin cita el codex Parisinus 2224, en el que se habla de una vena μml] que algunos llaman Ka00At1cr¡ y otros pamAtKf¡.
La aparición de tales nombres atestigua la existencia de tales adjetivos en griego, lo cual no puede dudarse.
Pero al propio tiempo señalan su aplicación a una vena diferente de la basilica actual, que es, probablemente, la que los árabes lla maron al-báslíq al-madiyan -no al basiliq-.
Y digo probablemente porque señalaron en la misma parte interna del brazo dos venas al-baslfq, la ya mencionada y otra, la llamada al-báslfq-al-fbtiy, es decir, la basliq axilar, que corresponde a la que Galeno (16) llamó füá 'tfis μacrxáA' J1S, y que fue tra ducida frecuentemente como vena ascellaris a lo largo de la Edad Media.
Por otra parte, el llamar Ka0oAtlcrl a la vena media, no es solamente una curiosidad, como parece creer Temkin, sino una total desconexión con los clásicos, que la llamaron Kotvft <pAÉ'lf.
El sustituir el adjetivo galénico por Ka0oAtlcrl ha dado lugar a que aparezca, en el latín medieval el adjetivo uni versalis, en lugar de communis, que es el que se empleó para traducir co rrectamente Kotvfi.
Con ello se desvirtúa totalmente el sentido del nombre y, en lugar de una denominación oportuna resulta un absurdo.
La vena se llamaba común porque es el resultado de la unión de la cefá lica y la basílica.
No hay la menor razón para llamarla universalis.
Y uno se pregunta cómo puede aparecer ese nuevo nombre griego.
Puede conside rarse en algún sentido un sinónimo de Kotvfi, en cuanto que este adjetivo puede significar, además de común, general, de donde la expresión de Polybios xa0oAtlcrl Kaí Kotvf¡ fowp{a (17).
Pero lo que me interesa subrayar no es el desacierto en la elección del adjetivo sino la improbabilidad de que nadie que cónociese directamente las obras en que se llamaba Kotvf¡ a la ve na que nos ocupa, podía pensar en cambiárselo.
Por ello lo probable es que el autor del manuscrito mencionado haya traducido esa expresión, bien del árabe, bien de otra lengua en la que el adjetivo que haya traducido el griego haya podido inducir al error al creador del término Ka0oAtlcrl <pAÉ\¡,.
Y en to do caso, su ignorancia del tema da escaso valor a esa afirmación de que al gunos llaman a la vena �am11,1Kfi.
Los anatómicos árabes han utilizado nombres que estimaban científi cos y, cuando mencionaban otros vulgares, no dejaban de señalar esa cir cunstancia.
Así, Albucasis, en el párrafo que hemos citado al principio de este trabajo, procedente del capítulo del Tashrif en que habla de la sangría, nos dice que la vena qifal se llama vulgarmente «vena del vientre».
Nadie pretenderá que el nombre de basílica aplicado a la vena es un nombre científico pues no lo encontramos en un solo autor conocido.
Se trataría, en todo caso, de un nombre utilizado por los sangradores, de más puro origen popular.
Y ni uno de los médicos árabes, que usan unánime mente el nombre de 9irq al-báslíq, señalan su carácter vulgar, ni tampoco el de al-qífál.
Se habrá observado que, al referimos al nombre árabe de la vena basíli ca hemos utilizado el término al-báslfq y no el de al-básilfq, como suele es cribirse.
Desde luego, en los manuscritos sin signos diacríticos puede leer se de una u otra manera.
Para optar por basliq me he fundado en las traducciones hebreas del QanCm de Avicena (18), del libro de Razés «A Al manzor» (19), del Colliget de Averroes (20) y del Tashrif de Albucasis (21).
En todos ellos aparece j;''? cJQ.
Sólo en Azriel encontramos ¡;,,1;,,i:l.10 (22) pero ello se débe probablemente a la contaminación por los textos latinos en los que desde Gerardo de Cremona aparece el nombre de vena basílica.
Pero ello no es solamente la excepción que confirma la regla, sino que podría servirnos como indicio de cómo habrían escrito el término los otros tra ductores si hubiesen pensado que la palabra era transliteración del griego �am11,1Kfi.
Sin duda esto mismo ha hecho que Simon, en la obra citada haya transliterado básilfq.
Es verdad que uno de los manuscritos que ha utiliza do, y que yo compulsé, el n.o 23.406 del British Museum da la forma básilfq.
Pero se trata de un hecho totalmente excepcional.
No ocurre en el otro manuscrito que estudió el mismo autor, el Marsch 158 de la Bodleian Library, ni en ninguna de las ediciones del Qanún de Avicena ni en los 4 manuscritos del mismo que he compulsado (23, 24, 25 y 26).
Y no he hallado, en toda mi pesquisa un solo caso en que aparezca basi liqi, como debería ocurir si se tratase de una transliteración del nombre griego, porque, de ser así, se trataría, no de un término pasado al árabe en un tiempo lejano, y que luego hubiese quedado en una forma estereotipa da, sino de una expresión viva en el lenguaje popular, que cada autor trata ría de transliterar en la forma que hubiese creido más conveniente.
Los partidarios de la helenigenia de los términos que comentamos deberían tratar de explicar la ausencia de las formas qífáliq y básiliqí.
En cuanto al origen de báslíq en el trabajo ya mencionado apuntaba la idea de que pueda proceder del verbo basala, que significa prohibir y da basl(un)', prohibido, y que concordaría con la idea, que ya he señalado, de la peligrosidad de la sangría de esta vena.
De él procedería báslíq.
Pero, na turalmente, los filólogos tienen la palabra.
Ultimamente creo haber encontrado un buen argumento en apoyo de mi tesis en un párrafo de la obra persa Tashrih i-Mansuri gen son dos venas: una, la humeral, llamada "qifal" y que en un principio fue llamada "gifal" (29) y que fue arabizada (con aquel nombre), y que fue llamada con nombre de un rey de la India y que algunos dicen que es el nombre de un río, y es el que mejor le cuadra y algunos dicen que la "basliq" es de la misma clase.
Y otra (vena) es laHamada axilar.»
Hay en este párrafo varias cosas de sumo interés.
En primer lugar nos habla de un origen persa -así lo indica la $ del nombre qíf ál lo que res pondería a la objección del Prof. McKenzie al rechazar el origen persa de la palabra por la presencia de la J, que sería la transliteración de aquélla.
Por otra parte el adjetivo de «real» que se da a esta vena podría ser muy bien el origen del �CXcrtAtlÓl griego, que habría coexistido con báslíq, sin que su semejanza suponga comunidad de étimo y de significado.
Y no deja de ser curioso el que señale al término un origen indio.
Sin atribuir a Mansur: una autoridad filológica que tal vez no poseía, ho podemos olvidar que se encontraba en la encrucijada entre Oriente y Occidente y estaba por ello en buenas condiciones para opinar sobre el origen de términos anatómicos fo ráneos.
Aunque al principio del párrafo transcrito habla de dos venas, luego aparecen tres: qffal, baslfq e fbtf.
Entiendo que ello es debido a que la bas lliq se divide para los anatómicos persas ---,-Avicena, Razes-en una vena blaslfq madiyan y una basliiq fbtf, -la ascellaris, de los autores latinos, como ya hemos señalado más arriba. |
ti pos de profesionales sanitarios y su evolución a través del tiempo repre senta un paso obligado para hacer una aproximación al conocimiento del estado de salud de la población y aporta información sobre la situación económica, política y jurídica de la sociedad, puesto que los distintos acontecimientos de este orden que la sociedad experimenta en el período de tiempo que estudiemos, deben tener su reflejo en este indicador.
Un repaso por la bibliografía sobre el tema que tratamos no nos mues tra muchos ejemplos de estudios similares.
Conocemos los trabajos de Co nejo Ramilo (1,2,3) sobre el personal sanitario en Archidona, los de Fer nández Dueñas y colaboradores (4,5) sobre los sanitarios en Córdoba.
Orientados exclusivamente hacia la normativa y legislación del ejercicio profesional están los trabajos de Menéndez de la Puente (6), Muñoz Garri do (7,8) y otros, pero resulta un enfoque totalmente distinto al que hace mos en este trabajo.
En Murcia se han realizado muy escasos estudios sobre el tema.
El tra bajo de Chazarra (9) se limita a algunos apuntes biográficos, y nuestro trabajo anterior (10) es un estudio sobre legislación y normativa del con trol y ejercicio de los sanitarios.
Hemos aplicado, con pocas variaciones, el mismo modelo que en dos estudios previos de nuestro equipo (11,12), si bien los datos que ahora presentamos nos permiten obtener conclusiones que no eran posibles en los trabajos anteriores.
En nuestro caso, el estudio abarca dos municipios muy distintos entre sí, los de Murcia y Cartagena, a lo largo de todo el siglo XVIII.
La población conjunta de ambos es, según el Censo de Floridablanca, prácticamente el 40% de la población del ámbi to geográfico de la actual Región de Murcia, por lo que pensamos que los datos extraídos son suficientemente representativos de la misma.
Nuestra intención es comprobar cómo los cambios demográficos, so ciales, económicos y políticos que se producen en España durante el siglo XVIII repercuten sobre los profesionales sanitarios.
El reforzamiento del Estado, la sustitución de la tradicional relación señor/vasallo por la liber tad de circulación y de contrato, la expansión demográfica consecuente a la mayor eficacia del sistema productivo, la interpretación de la población como fuente de riqueza, son factores a tener en cuenta al explicar la evolu ción del número y distribución de los profesionales de la sanidad.
En el terreno sanitario, comienza a existir una preocupación real por el bienestar de la población ( «La miseria del pueblo madre de las enferme dades»); se inician medidas preventivas concretas (variolización, más tar de la vacunación); con la obra de Johann Peter Frank se culmina al final del período esta concepción del papel de los médicos y la medicina en la transformación de la realidad social.
La confianza en el propio esfuerzo de la ideología burguesa dominante implica también el recurso sistemático a la experiencia, el razonamiento y la experimentación para conocer la realidad.
La medicina no será extraña a este proceso: el empirismo clínico, las contribuciones nosográficas y se miográficas, en definitiva la visión somaticista de la enfermedad que se impone son buena muestra de ello.
La extensión de estas ideas y del uso de la técnica provocarán una revalorización del papel de los que antes eran simples técnicos de segunda fila: la cirugía y el cirujano ascienden al primer plano de la sanidad y la ciencia médica (Academie Royal de Chirur gie, Company of Surgeons, Colegios de Cirugía).
La llegada de los Barbones a España y la implantación de un sistema administrativo centralizado en la sanidad suponen una ruptura del mode lo gremial que afecta de lleno a los boticarios, a quienes se plantean pro-blemas educativos y administrativos (13), y consiguen afianzar su papel profesional.
Murcia y Cartagena presentan además, como ya hemos señalado, ca racterísticas diferenciadas que deben imprimir su sello sobre los profesio nales.
Murcia, con una economía eminentemente agraria, es la cabeza ad ministrativa del Reino, pero carece de instituciones científicas y centros de formación; los intentos de crearlas, iniciativa de los propios profesio nales, fracasan (14).
Cartagena, ciudad portuaria, con mayor peso delco mercio, sede de una parte de la marina de guerra española, asistirá a par tir de la segunda mitad del siglo a la creación de instituciones como el Jardín Botánico y a múltiples obras de carácter militar que dinamizan las relaciones sociales y económicas.
Para llevar a cabo esta investigación hemos vaciado personalmente las inscripciones de sanitarios que se registran en el municipio de Murcia en tre 1700 y 1759; el resto y los datos sobre Cartagena fueron recogidas en su momento por estudiantes del seminario de Historia de la Medicina.
Se han utilizado como fuentes los Libros Capitulares de ambos ayuntamientos.
Además del nombre y lugar de nacimiento o residencia habitual, he mos recogido la fecha de inscripción en el Ayuntamiento y la categoría profesional del sanitario.
Dado el escaso número registrado y que todos ellos presentan en realidad una doble titulación, en todos los casos se con sidera a los cirujanos sangradores entre los cirujanos.
Evolución numérica de las inscripciones
En los cien años que comprende el período estudiado hemos localiza do un total de 486 inscripciones de sanitarios para ejercer en el municipio de Murcia.
La media de inscripciones por año es de 4,8, corres pondiendo la proporción más alta a los sangradores con 1,6 inscripcio nes/año, seguidos por cirujanos ( 1,2 inscripciones/año), médicos ( 1, 1 ins cripciones/ año), boticarios (0, 8 inscripciones/año) y otros (0,08 inscripciones/año).
La evolución por decenios (Tabla 1) presenta una imagen escasamente dinámica, con un descenso entre 1700 y 1720 (pasando de 4,5 inscripcio nes/año en el primer decenio a 2,6 en el segundo), una recuperación hasta 1740 (5,5 inscripciones/año), y un sostenimiento hasta el final de siglo en tomo a las 5,4 inscripciones/año.
A partir de este momento el volumen de inscripciones se mantiene constante (véase la evolución de las medias móviles en gráfica 2).
Si desglosamos la evolución de los registros para los distintos tipos profesionales comprobamos importantes diferencias (tabla 1, gráficas 3 a 6), que son estadísticamente muy significativas (x2=51,69, p<0,0005).
Las inscripciones de cirujanos presentan una tendencia clara (véanse medias móviles en gráfica 3) a mantenerse constantes (entre 0,8 y 1,4 ins cripciones por año).
Algo similar ocurre con los boticarios (gráfica 4) que, tras registrar unas cifras anormalmente altas en la primera mitad del pe ríodo, descienden y se mantienen constantes en la segunda (pasando de 0,9 a 0,7 inscripciones/año).
Los sangradores, en cambio (gráfica 5), manifiestan una tendencia al aumento tras un período de estancamiento en el primer tercio de siglo, durante el cual registramos tan solo entre 0,6 y 0,8 inscripciones por año, que progresan hasta las 2,9 que se producen como media los últimos 20 años.
Una evolución distinta al resto la presentan los médicos (gráfica 6), cu yo número, después de un período en el que, como media, se producen 0,5 registros por áño, aumenta de forma rápida desde 1720 hasta 1739, llega a alcanzar las 3,2 inscripciones/año, y desciende de nuevo a partir de esta fecha.
En un análisis comparativo se observa cómo mientras el número de médicos asciende, el de cirujanos desciende, de forma que su suma, salvo en determinadas épocas, se mantiene constante y en torno al 50% de los sanitarios.
El crecimiento del total de inscripciones tiene lugar principal mente por parte de los sangradores.
Si profundizamos en esta comparación a través del análisis de resi duos destaca aún más esta desigual distribución de los profesionales a lo largo del tiempo: entre 1700 y 1719 existe un exceso de inscripciones de cirujanos y boticarios, mientras que las de médicos y sangradores están significativamente por debajo del número teórico; entre 1720 y 1739, de nuevo los sangradores están por debajo de lo esperado, mientras que los médicos crecen muy por encima; entre 1740 y 1759 destaca un gran exce so de médicos y un defecto de cirujanos; entre 1760 y 1779 se invierte la distribución que encontrábamos en el período 1720-39, pues se produce --------------------- ------------------- un gran número de inscripciones de sangradores, mientras retroceden las de médicos; por último, entre 1780 y 1799, persiste el exceso de sangrado res y se observa un retroceso de las inscripciones de boticarios.• Los datos que poseemos sobre los profesionales que solicitan permiso para ejercer en Cartagena (15) son más incompletos, pero nos permiten trazar la evolución cronológica de los registros, con lagunas temporales que no impiden la interpretación global.
El análisis, exclusivamente en Carta- gena, de los distintos tipos profesionales nos muestra una tendencia al crecimiento (véase también gráfica 7) en especial a partir de los años cen trales del siglo.
Resulta estadísticamente significativo (x2(36 )= 79,23, p<0,0005) un exceso de inscripciones de médicos en 1735-39 en detrimen to de los sangradores; también a costa de éstos se produce un crecimiento excesivo de boticarios en el período 17 45-49, que vuelven a encontrarse en mayor número que les corresponde en la distribución teórica, pero esta vez a costa de los médicos, en 1755-59; sólo encontraremos un defecto de boticarios en 1795-99.
Los sangradores de nuevo presentan un bajo nivel de registros en el período 1790-94 y tan solo los encontramos en exceso, a costa de los cirujanos, en 1765-69; estos últimos recuperan el ritmo de ins cripciones y llegan a encontrarse en exceso entre 1780 y 1789.
No observamos diferencias en la proporción de los distintos grupos profesionales entre Murcia y Cartagena (x2(3)= 2,08859, p<0,6).
Sin em bargo, la evolución en el tiempo del conjunto de profesionales sí muestra diferencias muy significativas entre las dos localidades (x2(12)=38,38, p<0,0005), de modo que al comienzo del período el ritmo de incorpora ción es mucho mayor en Murcia que en Cartagena, pero a partir de los años centrales del siglo la tendencia se invierte.
Si observamos la evolución de cada grupo profesional individualmen te, las diferencias son menos evidentes pero también significativas (excep to para los sangradores) y muestran la misma tendencia.
Inscripciones de profesionales en el conjunto de la población
La evolución de las inscripciones en valor absoluto, a falta de los datos mínimos para elaborar t_asas, es importante, aunque solo ofrece una ima gen aproximada de la asistencia que recibe la población.
Al contrarío de lo que sería lógico esperar en una época, como es el si glo XVIII, de expansión demográfica, el número de personas dedicadas a cuidar la salud de la población en el municipio de Murcia no aumenta de forma proporcional a aquella, sino más bien al contrario. de un modo claro un crecimiento de las inscripciones en valor absoluto excepto en los años comprendidos entre 1724 y 1734, momento a partir del cual el número de nuevos sanitarios se mantiene.
La población mur ciana, en cambio, se multiplica por dos entre 1713 (Vecindario de Campo florido, 30.255 habitantes) y 1787 (Censo de Floridablanca, 63.893 habi tantes), lo que proporcionalmente equivale a una regresión de las tasas de profesionales.
Esta regresión se manifiesta además en números absolutos en médicos y boticarios, mientras que los cirujanos se mantienen y los sangradores, tras un descenso inicial, aumentan de forma constante.
La explicación que podemos invocar tiene un carácter socioeconómico: a pe sar del crecimiento demográfico y el indudable crecimiento económico, la evolución de ambas variables no es paralela, con lo que el mercado está saturado y las demandas de asistencia sanitaria cubiertas para todos los tipos profesionales, con la única excepción de los sangradores.
Aunque la población crece, el aumento de demanda no afecta a todos, sino solo a aquellos que clásicamente atienden al sector de población que experimen ta mayor incremento, es decir, los sangradores que cuidan la salud de las clases más desfavorecidas.
Como hemos visto, el caso de Cartagena es distinto al de Murcia: el crecimiento es franco a lo largo del período que podemos seguir y compa rando las tendencias de las inscripciones, las diferencias son evidentes pa ra todos los grupos profesionales en conjunto e individualmente (excepto para los sangradores), de modo que de no haberse producido una infle xión en los registros en Cartagena a partir de los años centrales del siglo, su número hubiera sido significativamente menor que en Murcia, fenóme no este último que no se da.
La explicación se presenta bastante clara: el período de esplendor de Cartagena es, precisamente, la segunda mitad del siglo.
No solo desde el punto de vista demográfico es este un período de «alza sostenida» ( 16), que por sí mismo podría explicar la afluencia de profesionales sanitarios, sino que es también un período de gran dinamismo social y económico al coincidir con diversas obras militares (arsenal, fortificaciones, parque de artillería... ), la construcción del Jardín Botánico y el Hospital Real, etc.
Cartagena ofrece además la oportunidad de hacer una aproximación no solo al momento en que los profesionales inician su ejercicio, sino tam bién de la duración de este.
El Ayuntamiento de Cartagena cursa, en los años 1755-56 una orden que exige a los profesionales en activo la presen tación de sus títulos (17).
El resultado es una relación de distintos sanita rios en la que se indica la fecha de obtención de sus títulos, dato a partir 1756) del cual podemos hacer un cálculo del tiempo medio de ejercicio de los profesionales en activo.
Somos conscientes del riesgo de intentar conclusiones generales de da tos que se refieren a un momento muy concreto ( el año 17 56) y un lugar también muy concreto (la ciudad de Cartagena), pero puede ser muy útil como aproximación.
La distribución por años de obtención del título para cada tipo profesional es la que se muestra en la tabla 4, en la que indica mos la media y la mediana de los años en activo.
El primer indicador se ofrece solamente a título informativo, pues la mediana, al verse menos in fluida por los valores extremos, nos parece mejor medida de tendencia central en este caso.
Este análisis muestra, para el conjunto de los profesionales, una vida media activa de 13,5 años, cifra en torno a la cual se sitúan los médicos (11 años) y los sangradores (15 años).
En los extremos se encuentran los cirujanos con una vida media de 5 años y los boticarios con 23.
Aunque no podamos generalizar los datos concretos, sí cabe extraer conclusiones: el carácter comercial, además de científico, de la actividad del farmacéutico hace que estos se asienten de manera prácticamente definitiva en el lugar que escogen para ejercer su profesión, en tanto que el cirujano se nos muestra casi como un profesional ambulante.
Este último fenómeno pue de tener su explicación en el hecho de que sea Cartagena una ciudad por tuaria, sede de una parte de la flota española, y por ello los cirujanos que trabajan para el ejército se ven sometidos a la necesidad de desplazarse a los destinos que les son adjudicados.
En el término medio se sitúan los médicos, que al trabajar en menor número para la marina no se ven some tidos a traslados, pero que sí se desplazan (menos que los cirujanos), qui zás buscando lugares donde la promoción profesional y científica sea más fácil.
Los sangradores se encuentran también al nivel de los médicos, lo que podría explicarse por el hecho de que algunos consiguen encontrar una clientela que les permite asentarse de forma definitiva, en tanto que otros necesitan desplazarse para buscar su sustento.
Procedencia geográfica de los sanitarios
Para estudiar la procedencia geográfica de los profesionales hemos de limitarnos a los datos obtenidos en Murcia (tabla 5).
Evidentemente Murcia no se manifiesta como foco de atracción para los profesionales de fuera de sus limites, más aún si consideramos que, a juzgar por la estructura profesional de los sanitarios de origen desconocido y los de Murcia capital (tabla 6), es muy probable que los primeros procedan en su inmensa mayoría de la capital murciana (compárense también las gráficas 8 y 9).
Es de destacar (tabla 6, gráficas 8 a 13) que a excepción de estos dos grupos de composición muy similar, la estructura es distinta de forma es tadísticamente significativa según su origen (x 2 (15)=26,69, p<0,03), espe cialmente el grupo de sangradores, entre los que se observa una muy alta proporción de profesionales procedentes de las pedanías de Murcia y del resto del reino, mientras que están en defecto entre los originarios de la capital.
También se encuentran en menor número que les corresponde en la distribución teórica los boticarios procedentes de pedanías y los médi cos del resto de Murcia.
Los profesionales procedentes de Murcia capital (gráfica 9) se repar ten casi a partes iguales entre médicos, cirujanos y sangradores, los boti carios representan poco más del 18%; este es el grupo en el que los sanita rios de mayor cualificación (médicos y cirujanos) se encuentran también en mayor número; Totalmente distinta es la estructura profesional de los procedentes de las pedanías de Murcia (gráfica 10), donde el volumen de médicos desciende desde casi el 27% de la capital al 21 %, igual que el de cirujanos, al tiempo que desaparecen los boticarios, y los sangradores pa san a representar más del 58%.
En el resto de Murcia (gráfica 11) la estructura es, en cierto modo, in termedia entre los dos, si bien el número de médicos desciende aún más (hasta casi un 15%) en favor de los boticarios que pasan a representar el 12%, mientras que los cirujanos ascienden ligeramente y los sangradores descienden hasta el 50%.
La estructura de los procedentes del reino de Valencia (gráfica 12) es completamente distinta a la del resto de los grupos: médicos y sangrado res representan el 30% cada uno de ellos, y cirujanos y boticarios se repar ten a partes iguales el 40% restante.
La composición de los profesionales de otras procedencias (gráfica 13), muy similar a la de los murcianos, es la siguiente: el 19,5% son médicos, el 21,7% cirujanos, el 37% sangradores y el 21, 7% boticarios.
Esta diferente estructura de cada uno de los grupos es fácilmente atri buible a la distinta distribución espacial de la clases sociales: la capital, donde residen las clases más altas, suministran el mayor número de profe sionales cualificados (cirujanos y sobre todo médicos), mientras que el resto de las zonas proporcionan los sanitarios de menor cualificación
Del estudio realizado se desprende que el número de inscripciones de sanitarios en su conjunto Sf ve afectado por factores de diverso orden y parece ser, en cambio, totalmente independiente del volumen de pobla ción.
Especialmente en el rnJunicipio de Murcia, a pesar de su crecimiento 1 continuo, el número de sanitarios inscritos se mantiene en descenso ya a partir de los primeros veintJ años del siglo, fenómeno opuesto al observa do en Cartagena, donde intiden, además del crecimiento demográfico, otros fenómenos sociales y Jconómicos que hemos apuntado.
En el total de inscripcioilies en Murcia, los sanitarios de menor cualifi cación (sangradores) van dcisplazando a los más cualificados (cirujanos y médicos), lo que hemos attibuido a la saturación del mercado para los profesionales cuyos servicio 1 s resultan más caros.
Es lógico que, a pesar de una situación económica nb desfavorable, el crecimiento de la población se produzca a costa de las cl�ses populares, con menos disponibilidad económica para atender su salud.
También en Cartagena este fenómeno es opuesto: aunque se mantiebe la superioridad numérica de los sangrado res, su ritmo de incorporacibn se enlentece significativamente en los años finales del siglo, y son en cainbio los cirujanos los que ocupan su lugar.
La distinta dinámica social qu� se establece en Cartagena de nuevo nos puede explicar estas diferencias. / La vida media de los profesionales en activo es distinta para cada cate goría profesional.
Los boticlrios que ejercen una profesión de carácter co mercial son los que perman'ecen activos más tiempo, frente a la escasa vi da media de los cirujands que se manifiestan como profesionales ambulantes (posiblemente Jor su empleo en la marina), ocupando un tér mino medio los médicos y Jangradores.
La corta vida media activa de los cirujanos puede explicar dmbién la diferencia de inscripciones con res pecto a la distribución teói¡ica, pues para cubrir las vacantes producidas deben incorporarse nuevos profesionales.
La mayor parte de los Sanitarios inscritos en Murcia proceden de la propia capital, por lo que pbdemos concluir que Murcia no se manifiesta como un foco importante de atracción para ellos.• La estructura profesio nal de cada uno de los grupos de sanitarios distribuidos en función de su origen geográfico es muy distinta, manifestando claramente la diferente distribución espacial de las clases sociales.
La capital proporciona los sa nitarios de mayor cualificación, mientras que el resto de los lugares abas tecen al municipio de los menos cualificados.
En definitiva, Murcia y Cartagena ofrecen un ejemplo de la dinámica de los distintos grupos profesionales en dos ciudades bien distintas, y en conjunto nos dan una imagen de este fenómeno en el ámbito geográfico de la actual Región de Murcia, permitiéndonos analizar las distintas varia bles que pueden modificar en cada momento la oferta de servicios sanita rios.
El estudio debe ser completado con otros aspectos de la actividad profesional que hemos abordado en trabajos anteriores (18,19).
Asimis mo, estudios similares en otras ciudades españolas, junto a los ya existen tes, podrán proporcionar en el futuro una imagen de conjunto de lo que ha sido la actividad profesional de los sanitarios en el siglo XVIII.
INSCRIPCIONES DE PROFESIONALES SANITARIOS EN MURCIA (S. XVIII) |
La guerra de Independencia o Emancipación que se lleva a cabo en Ve nezuela entre la segunda y tercera década del siglo XIX, produce profun dos y marcados cambios en el paisaje de una gran parte del territorio.
Es tos efectos se hacen sentir en el proceso demográfico que registra variaciones importantes en sus índices de crecimiento, se modifican o al teran los usos de la tierra de cultivo y de cría, la propiedad de la tierra cambia violentamente de propietarios por efectos de la política de secues tros y confiscación de bienes adelantados por los ejércitos en pugna, los ti pos de poblamiento también se modifican por la incorporación voluntaria y violenta de hombres a las tropas, la movilización forzada por la presen cia de los ejércitos que castigaban a las personas acusadas o sospechosas de ser simpatizantes o colaboradores de los adversarios y enemigos, las ví as de comunicación caminera se ven alteradas por el paso de las tropas y de los grupos de antiguos esclavos liberados o escapados de sus amos, la aplicación de quemas, daños a los cultivos y saqueos de propiedades, de jan sentir sus huellas destructoras sobre los escenarios rurales y urbanos.
La economía, basada fundamentalmente en los cultivos y comercializa ción de productos como café, cacao, añil, algodón, tabaco, maíz, frijol, tri-
go y otros rubros menores, así como la cría y venta de ganado vacuno, ca ballar y mular y en menor escala económica, caprino, bovino y también aves (gallinas), se verá afectada por el desarrollo de la guerra y la aplica ción de acciones destructivas.
También la extracción voluntaria y muchas veces forzada de los productos destinados originalmente al comercio y al autoconsumo, los cuales se utilizan para alimentar a las tropas cada vez más numerosas que mueven los ejércitos en guerra, así como el uso de al gunos de estos rubros para intercambiarlos o venderlos para adquirir per trechos de guerra.
Estos procesos de cambios en el paisaje durante estos años de la gue rra de Emancipación de Venezuela, se desarrollan sobre el espacio de la Capitanía General de Venezuela, en el marco de la cual se han venido es tructurando desde los años de la conquista y colonización del territorio, un conjunto de regiones que trascienden las clasificaciones político-ad ministrativas y responden a una dinámica espacial y humana vinculada a la interrelación de subregiones y microrregiones, que funcionan en estre cha relación económica y fundamentalmente poblacional con alguna re gión que sirve de núcleo de esta estructuración que se mantiene durante estos años iniciales del siglo XX.
Sobre una parte importante de estos te rritorios se ejecutan las acciones bélicas de los dos grupos que se dispu tan la posibilidad de preservar o de acceder al dominio del espacio de la Capitanía General.
La lucha sobre estos espacios adquirirá en algunos momentos dimensiones agudas y crueles en la medida en que la confron tación por controlar los territorios más importantes desde la perspectiva militar, política y económica se haga más intensa.
La Territorialidad de Venezuela se fundamenta inicialmente en lo que era la Capitanía General para el año de 1810.
Inicialmente, en la Constitución Federal de 1811 no estarán presentes los territorios de Guayana, Coro y Maracaibo, por su actitud adversa al intento independentista dirigido por los propietarios criollos; luego cuando la guerra se resuelva a favor de estos independen tistas o patriotas, serán integradas a la República de Colombia y final mente a la República de Venezuela en 1830.
Las tendencias de crecimiento negativo de la población venezolana durante los años de la guerra Emancipadora
La presencia humana se hizo más marcada en las zonas orientales, occidentales y centrales cercanas al mar Caribe, y también se desarrollaron importantes núcleos de poblamiento en las zonas cer canas a las cordilleras de la costa y de los Andes.
El poblamiento de principios de siglo XIX, que viene estructurándose en el territorio desde siglos anteriores, se compone en los primeros años del siglo por la pre sencia de españoles, criollos, negros, indígenas reducidos y varios tipos de mestizaje.
Este poblamiento que se establece en forma diferenciada en distintos espacios de Venezuela, sufrirá las duras consecuencias de la guerra de Emancipación que enfrenta a los ejércitos realistas e inde pendentistas, dejando una marcada huella de muerte, heridos, destruc ción y finalmente una reducción de su componente demográfico.
La Ve nezuela del periodo se nos presenta estructurada geohistóricamente en nueve regiones que trascienden las distribuciones y caracterizaciones de carácter político-administrativo.
Será allí, en estos escenarios, donde se manifiesten diferenciadamente los efectos de la guerra.
Las regiones más pobladas y en consecuencia con mayor actividad económica cons tituyen las áreas más golpeadas por la guerra, mientras que los espacios vacíos o casi vacíos representan objetivos menos atractivos para los ejércitos.
La evolución de la población en el período de la guerra
El espacio geográfico donde se encuentra la población venezolana, es el constituído por la Capitanía General de Venezuela, que limita al orien te con el Océano Atlántico, al sureste con la Guayana Holandesa, al sur con el Amazonas y la Guayana Portuguesa, al occidente con el reino de Nueva Granada, y al norte con el mar Caribe.
La forman las provincias de Venezuela, Maracaibo, Barinas, Cumaná, Guayana y la isla de Margarita.
Cada provincia tiene su respectiva capital, siendo Caracas de la provincia de Venezuela y de toda la Capitanía General; Barinas es capital de Bari nas; Currianá de Cumaná; Maracaibo de Maracaibo; Santo Tomás de An gostura de Guayana y La Asunción de la Isla de Margarita (2).
En rela ción al numero de la población total o aproximada que habitaba este territorio, existen diversas cifras al respecto.
Depons afirma que a co mienzos del siglo XIX existían alrededor de 728.000 en la Capitanía (3), mientras que Alejandro de Humboldt ofrece una cifra aproximada a los 800.000 habitantes: «Las siete provincias que reunidas formaban antes la Capitanía Gene ral de Caracas, tenían, al comienzo del_ siglo diez y nueve en el momento en que la revolución estalló, según datos que he recogido, cerca de 800.000 habitantes»...
Para los franceses Poudenx y Mayer que escribieron su memoria dedi cada a la Capitanía General desde la abdicación de Carlos IV hasta el año 1814, la población aproximada de la Capitanía para el año de 1807, esta ba por los 900.000 habitantes, fundamentando esta afirmación en los da tos de censo que ellos consideraban inexactos (S).
Asimismo tenemos la información suministrada por la Gaceta de Caracas en 181 7, donde se se ñala que en base a los padrones eclesiásticos, la Provincia de Caracas tie ne una población para 1809 de 243.301, siendo esta cifra la tercera parte de la población total de Venezuela (6).
Otros investigadores actuales ubican la cifra de la población para 1811 en un total de 997.000 habitantes que se encontraban distribuidos en forma muy diferenciada en nueve regiones, que conformarían geohis tóricamente la Venezuela de estos años, cuando se inicia la lucha entre los ejércitos emancipadores y realistas por lograr el control de esta terri torialidad (7).
Este mismo autor, suministra un ilustrativo cuadro de la distribución poblaciOnal que se desarrollaba sobre estos espacios, dividi dos sugerentemente en nueve regiones, cuyas afinidades y elementos que la definen como tales, se fundamentan en aspectos geohistóricos relacio nados con el poblamiento, los elementos étnicos, las similitudes en el am biente que caracteriza cada región, las subrregiones y las microrregiones que la conforman.
Allí puede observarse la acentuada concentración de población en algunos espacios, mientras que otros aparecen casi o total mente despoblados, situación ésta que tiene relación importante con las posibilidades del uso de la tierra, fertilidad, acceso caminero, condicio nes geofísicas como montañas infranqueables, fragilidad de la tierra, le janía con los centros de comercialización y en particular los puertos.
Y también es importante considerar elementos de afinidad cultural y regio nal, que apuntan hacia la conformación de identidades regionales que se manifestarán a lo largo de la guerra de Independencia y después de cul minada la fase bélica e iniciada la estructuración de la República.
Por considerarlo de interés y con fuerza ilustrativa sobre el número de habi tantes que existían en Venezuela, y la forma como se distribuían en las distintas regiones, copiamos el cuadro suministrado por Pedro Esta presencia poblacional de Venezuela se verá severamente afecta da por las acciones y desarrollo de la guerra, la cual cada vez se hace más intensa, extensa y cruel en la medida en que los ejércitos consolidan sus aspiraciones y amplían el número de sus efectivos de tropas.
Según la misma Gaceta de Caracas que citamos anteriormente (9), la provincia de Caracas tenía para el año 1810 un total de 250.278 habitantes, mientras que para el año de 1816, esta cifra se ha reducido a un monto de 201.
922 habitantes, por los efectos destructores y terroríficos de la guerra, que asesina pobladores, hace huir a otros e incorpora voluntaria y forzada mente a hombres a uno y otro ejército.
Los dos grupos que se enfrentan, en la lucha por mantener el control del territorio dominado desde hacía varios siglos unos, y los otros por acceder subversivamente a éste, reper cuten notablemente en el número de componentes de la población; en el número de nacidos, la composición de la población por edad y sexo, debi do a las migraciones forzadas o preventivas, los hombres incorporados en uno y otro ejército, la inestabilidad laboral y emocional ante la presen cia de grupos armados que tomaban represalias contra algunos poblados y diversos pobladores junto con el deterioro paisajístico que se produce cuando se afectan los cultivos y el ganado, generando situaciones de hambruna que intensificaban la morbilidad y la mortalidad por carencias alimentarias y por enfermedades endemo-epidémicas como las fiebres palúdicas y amarilla, la viruela, el sarampión, tifoidea y otras que desde años antes de la guerra afectan a la población y ahora adquieren mayor severidad.
El número de habitantes que: Humboldt ubica en los Departamentos de Orinoco, Venezuela y Zulia, pertenecientes a la República de Colom bia en el año de 1822 y que constituyen la territorialidad de la antigua Capitanía General de Venezuela para 181 O y la correspondiente a la Re pública de Venezuela al desmembrarse este proyecto republicano en 1830, nos permite totalizar una población de 766.100 habitantes para 1822, distribuida de la siguiente manera: Es indudable que en este cuadro puede apreciarse los efectos negati vos que sobre el crecimiento de la población ha tenido la guerra de Inde- http://asclepio.revistas.csic.es pendencia, al compararlos con las cifras registradas anteriormente y refe ridas a los primeros años del proceso y del siglo XIX.
Estos datos llevan a reflexiones como la desarrollada por Federico Brito Figueroa, quien se ñala. que:...
«La población del Valle de Aragua, por ejemplo, en 1810 se presenta ba como una pirámide clásica de edades, es decir, amplia en su base y an gosta hacia la cúspide, y con predominio de los grupos de edades inferio res a los veinticinco años; en cambio, en 1822, aparecía con un descenso en este mismo grupo de edades.
El fenómeno no era aislado; la población de Cumaná, que en 181 O presentaba iguales características, hacia 1822 acusaba un evidente descenso de los grupos de edades que oscilaban entre los quince y veinticinco años» (11).
Más adelante continúa señalando este investigador, que las transfor maciones de carácter cualitativo que ocurren entre la población de Vene zuela por los efectos de la guerra de Independencia pueden observarse en su estructura....
«El 61 por ciento de ella estaba constituído por personas que osci laban entre treinta y más de sesenta años; el 15 por ciento correspondía a niños con edades inferiores a cinco años, y preferentemente menores de dos años.
En cambio, las generaciones que oscilaban entre cinco y veintinueve años apenas totalizaban el 24 por ciento, observándose que el 5 por ciento correspondía a edades que oscilaban entre quince y dieci nueve años, restos de la generación diezmada por la guerra.
En todas las edades predominaban cuantitativamente las mujeres sobre los hom bres» (12).
Allí puede observarse con claridad los efectos generales que sobre el proceso demográfico tiene la guerra, con sus respectivas consecuencias de destrucción de vidas y recursos materiales.
Para el año de 1827 se cal cula la población venezolana en un total de 659.633 (13), lo cual hace más dramática la situación expuesta anteriormente, debido a que en es tos años ya ha culminado el proceso bélico de la lucha de Independencia con el resultado favorable para los patriotas.
Sin embargo, también es oportuno se-ñalar que para estos años que corresponden al periodo de conformación de la República de Colombia, a la cual estaba adscrita Venezuela como püdimos observar con anterioridad, se registra un proceso inicial de re cuperación demográfica, al cesar las confrontaciones bélicas en gran es cala y los movimientos permanentes de tropas con todas sus consecuen cias de inestabilidad poblacional y de daños severos de los paisajes de cultivo, cría, tráfico y urbanos, donde se concentra el mayor número de población.
Estructuración de regiones como centros de asentamiento poblacional
En un amplio y agudo trabajo referido al proceso de poblamiento en Venezuela durant� el siglo XIX, Pedro Cunill Grau propone una perspec tiva metodológica de acercamiento geohistórico al espacio venezolano en este contexto (15).
Se trata de un intento de abordar el estudio de la terri torialidad y el paisaje desde una óptica donde los factores poblacionales, étnicos, ambientales y de intercomunicación económica y cultural, se unan a los elementos propiamente geofísicos para lograr una identifición de estructuraciones regionales que logren trascender aprehensivamente las clasificaciones político-administrativas.
De allí que se estudie el territorio venezolano por medio de la for mación de nueve regiones que logran conformar sus áreas de influencia con un conjunto de subregiones y microrregiones, en un proceso forma tivo que viene desarrollándose desde muchos años anteriores al siglo XIX.
Por una parte tenemos la Región de los Andes venezolanos, confor mado por las subregiones de Mérida, Trujillo, La Grita y San Cristóbal.
Allí se desarrollan asentamientos poblacionales implantados, que apro vechan para estructurar sus espacios de hábitat. el proceso iniciado por las culturas indígenas establecidas originalmente en estos escenarios.
Los asentamientos se ven favorecidos demográficamente por las mejores condiciones de salubridad que caracteriza la región, en relación con las tierras más bajas del llano por ejemplo.
Se compone de'una población variada de blancos, mestizos e indígenas, los cuales habitan en las ciuda des, villas y pueblos que forman la región.
La falta de caminos amplios y extensos mantienen a la mayoría de las microrregiones aisladas unas de otras, siendo el centro de la actividad irradiadora Mérida, La Grita y San Cristóbal.
Otra región de gran importancia política, económica, demo gráfica y centro de los objetivos militares de las tropas realistas y eman cipadoras que se enfrentan por el control territorial en la segunda y ter cera década del siglo XIX, es la Región Metropolitana de Caracas y sus áreas de influencia.
En la ciudad de Caracas confluyen la expresión de los poderes administrativos, militares, eclesiástico, económico, social y cultural, que le viene por su condición de capitalidad asignada desde fi nales del siglo XVI y disfrutada hasta los comienzos del siglo XIX, cuan do por los efectos de la guerra de Emancipación y por las aspiraciones de otras ciudades y provincias vea discutida y modificada su condición de capital de todo el territorio al cual pertenece (Capitanía-Confedera ción-República de Venezuela, República de Colombia y República de Ve nezuela).
El área de influencia de Caracas la conforman La Victoria, San Mateo, Haciendas de los Valles del Tuy, y las haciendas cacaoteras de Barlovento, además de pueblos y zonas suburbanas como La Vega, Anti mano, Macarao, El Valle, Los Teques, San Antonio, San Diego, San Pe dro, Paracotos, La Guaira, reuniendo para el año de 1811, una población aproximada de 120.000 en toda esta región (16).
También se encuentran en su zona de influencia regional Chacao, Petare, Guarenas, Guatire y los poblados costeros que van desde Chuspa hasta Chirimena-Aricagua.
En todos estos espacios se siembra café, caña de azúcar, cacao y buscan desplazar sus intereses económicos hacia zonas del Alto Llano con la in tención de comercializar y criar ganado.
Otra importante Región la for man Valencia y los Valles de Aragua, donde se concentra una inmensa población durante el siglo XIX y representa un área de gran interés eco nómica para Venezuela.
Esta zona se convierte en un centro de atrac ción de inmigrantes por sus ricos suelos que llaman la atención de los canarios y vascos, así como población interna venida desde las tierras occidentales y llaneras.
También confluyen en los periodos de cosecha de algodón, añil, tabaco, caña de azúcar, cacao, café y otros frutales, gran número de peones que representan una mano de obra libre flotante que se desplaza temporalmente hacia los sitios de recolección de cose chas.
Allí se encuentran las ciudades de Valencia, Maracay, Turmero y las villas y poblados que se ubican en la cuenca del Lago de Valencia y los Valles de Aragua.
Puerto Cabello, Ocumare de la Costa y Choroni constituyen las vías de comercialización para la exportación de la varia da y numerosa lista de productos que allí se cultivan.
Una región de importancia en estos años la constituyen las tierras ári das de Coro y Barquisimeto y la transición Yaracuyana.
Importantes cen-tros poblacionales se ubican alrededor de Coro, Barquisimeto y San Feli pe, los cuales se complementan con la alta densidad de población que re gistran centros urbanos como El Tocuyo y Carora.
Hacia el Caribe tene mos la Región Insular Margariteña con una superficie de 920 km 2 y formada por La Asunción como principal centro poblado y comercial, acompañado de Pampatar, Pueblo de La Mar, El Valle del Espíritu Santo, Pueblo del Norte, Santa Ana del Norte, Juan Griego, Isla de Coche, Cuba..: gua; Blanquilla, Testigos y Orchila.
La mayoría de la población la compo nen criollos y mestizos ubicados mayoritariamente en la zona oriental y una población indígena de alrededor de 2.000 guaiqueríes y 900 esclavos (17).
La Región Maracaibo forma otra de las regiones planteadas en su es tudio del poblamiento por Cunill Grau, constituida por la Cuenca.del Lago de Maracaibo, la cual tiene una dinámica actividad comercial en estos años de comienzo de siglo.
Conjuntamente con la población criolla se mantiene una alta población indígena y un número importante de pobla ción negra relacionada eón la actividad del cacao ( 18).
La Región Oriente está formada por una extensión de 84.000 km 2 que se extiende por Cuma ná, Barcelona, Cariaco, Carúpano, Rio Caribe, Cumanacoa.
Los centros poblacionales más importantes lo conforman las ciudades de Barcelona y Cumaná.
Finalmente tenemos las dos últimas regiones estudiadas como tales por el citado autor; formadas por la Región Llanera, que tiene una terri torialidad bastante uniforme y con •difíciles condiciones para garantizar el asentamiento poblacionál llegado de otras regiones,• segúnlo afirma ba Humboldt (19).
Su extensión de territorio representa alrededor de 175.000 km2, donde el poblamiento es muy heterogéneo en su ubica ción y formando pocas ciudades y villas donde destacan Chaguaramas, Tinaco, Calabozo y centros de actividad portuaria como El Bául y Toru nos.
«Las diversas comarcas que c_ onforman este conjunto regional de Los _ Llanos están bastantes aisladas entre si.
Los caminos son malos y se inte rrumpen en la ten; iporáda de las lluvias, más precisamente son picas en las sabanas(... ).
Los llaneros no se cuidan de mejorarlas, esta situación se mantiene invariablemente desde 1800 hasta 1830»...
Esta afirmación elaborada por Pedro Cunill y fundamentada en am plia consulta de fuentes primarias, brinda una perspectiva parcial y de gran significación en cuanto a las posibilidades de poblamiento intenso en los Llanos, además de limitaciones geofísicas y sanitarias derivadas de las inundaciones de esteros y caminos.
Por último tenemos la Región Guayana, conformada por una extensa territorialidad de más de 454.000 km 2, ubicando sus limites desde el Norte del Orinoco, que sirve de frontera con el oriente y los llanos; hacia el Noroeste limita con el Océano Atlántico; por el Oeste hace fronteras con los llanos de Apure, Meta, Vichada, Guaviare y áreas selváticas; ha cia el Este con los territorios de la Guayana Inglesa al Oriente del río Esequibo; y por último el Sur limita con las posesiones Portuguesas en Brasil (22).
El contraste en la ocupación del espacio
Estas regiones que hemos descrito en forma breve y rápida en la parte anterior de nuestro trabajo, se encontraban ocupadas poblacionalmente en términos muy desiguales.
La mayoría de la población se concentraba en las zonas costeras y montañosas, debido a las condiciones de accesibi lidad a los territorios, fertilidad del suelo, abundante presencia de agua, posibilidades de trasladar los productos por las vías marítimas, fluviales, lacustres y camineras que existían en estos años de comienzo de siglo XIX.
Señala un autor que hemos citado con anterioridad que Estos datos, tomados de la obra de Humboldt, confirman definitiva mente la afirmación de Pedro Cunill sobre la distribución y localización di ferenciada del poblamiento venezolano desde comienzos del siglo XIX.
La composición étnica de estos habitantes que ocupaban algunos espacios del territorio de la Capitanía General, estaba distribuida entre un 52% de «Cas tas mixtas» (mulatos, zambos y mestizos), 25% de españoles-americanos (blancos criollos), 15% de indios, 8% de negros y 1 % de europeos (25).
Pue de observarse la presencia mayoritaria de pardos y de blancos criollos con respecto al resto de los grupos étnicos existentes.
Las provincias de Marga rita, Guayana, Coro, Barcelona y Cumaná aparecen con bajas densidades de población localizados en algunas ciudades, pueblos y villas mientras que el resto de sus territorios se caracterizan por bajísimas densidades de habitantes.Y aún en las provincias que presentan mayor número de pobla dores se perciben desbalances entre espacios internos del mismo.
Podemos realizar un muestreo comparativo entre dos espacios terri torial y ambientalmente distintos, con la intención de observar las mar-cadas diferencias de ocupación de los espacios que se desarrollan desde periodos anteriores al siglo XIX, los cuales se mantienen en las primeras décadas de esta centuria.
Es el caso de la ciudad de El Tocuyo y sus áreas de influencia, que conforman una microrregión perteneciente adminis trativamente a la provincia de Caracas y geohistóricamente a la Región que forman Barquisimeto, Coro y la transición Yaracuyana, donde se puede verificar o registrar una importante densidad poblacional, que to taliza para comienzos del siglo 31.140 habitantes distribuidos entre El Tocuyo (9.239), Quibor (7.103), Sanare (3.152), Humocaro Alto (2.042), Humocaro Bajo (2.042), Guárico (2.030), Chubasquén (2.076), Curarigua del Leal (1.132), Cubiro (759) y Barbacoas (609), Para el año de 1816 esta población se va a mantener todavía con muy pocas tendencias regresivas -aunque sí de estancamiento-por los efectos de la guerra (26).
Esta ocupación importante del espacio -en su densidad-contrasta en forma evidente con el inmenso territorio de la provincia y Región de Guayana, donde el total de la población para 1811 no sobrepasa los 40.000 habitan tes que representan tan sólo el 4, 7% del poblamiento criollo establecido...
«La mayor parte de estos territorios corresponden a paisajes de selva y sabana sólo incorporados jurídicamente pero sin poblamiento español, mestizo, negro o indígena reducido.
Sólo se distinguen Angostura y otras pocas ciudades y villas y varios pueblos misionales, bastante autárquicos y muy aislados, distanciados entre si por varios centenares de kilómetros.
La penetración sólo es posible por el sistema del río Orinoco»...
En los contrastes tan marcados de asentamiento poblacional entre una y otra región y microrregión, desempeñan un importante factor de desa rrollo o limitación del mismo, las condiciones del suelo, las vías de acce so, la implantación del proceso de colonización de tierras adelantados por los españoles y la cercanía o distanciamiento con los puertos fluviales o marítimos donde se realizan las actividades agroexportadoras y comer ciales.
Para el año de 1822, según cifras que tomamos de Alejandro de Hum boldt, la población establecida en los territorios de los Departamentos de Oririoco, Venezuela y Zulia, en los cuales se ha subdividido la República de Venezuela -antigua Capitanía para formar parte de la República de Colombia, totalizan 7 66.100 habitantes distribuidos de la manera si guiente: Se mantiene el poblamiento desigual de la territorialidad venezolana con marcadas diferencias en su ocupación y se observa el efecto de las consecuencias de la guerra.
La transformación paisajística y su importancia en el estudio histórico venezalano en la época de la lucha por la Emancipación
El proceso bélico por medio del cual se desarrolla la lucha de la Emancipación venezolana, adquirió en determinados momentos expre siones de crueldad y exterminio humano, así como intensos actos de des trucción de los paisajes donde se escenificaba la lucha por el control del territorio en disputa.
Es evidente que la guerra fue más aguda en algunas ciudades, villas, pueblos y campos que en otras, trayendo graves y defini tivas consecuencias sobre los espacios más disputados.
Allí se manifesta ron los efectos de la destrucción, el abandono de las haciendas, pérdidas de cosechas y del total de las sementeras o plantaciones, dañosa la gana dería y decrecimiento agudo de los animales y por último un descenso muy marcado de la población por efectos de la mortalidad bélica, la cual se unía a la ya existente como producto de las enfermedades endémicas y epidémicas como el paludismo (fiebre, calentura intermitente), la fiebre amarilla (vómito negro, vómito prieto) y otras que diezmaban a la pobla-ción venezolana; Los dos ejércitos efectúan acciones de represalias con tra sus enemigos, pero también contra las poblaciones que se mantenían neutrales o pasivas en la lucha, las consecuencias demográficas de estas acciones, unidas a calamidades tan desastrosas como el terremoto de 1812, causan daños considerables sobre el paisaje y en particular sobre los efectivos de la población venezolana de estos años de comienzo de si glo..1.
La modificación de los paisajes por efecto de la guerra
Tanto los ejércitos que luchan por mantener el poder del Rey de Es paña, como aquellos que se plantean la edificación de un nuevo Estado Republicano e Independiente de la Metrópoli, adelantan acciones puni tivas y de terror sobre los pobladores, sus propiedades urbanas y rurales que traen consecuencias sobre el paisaje de gran alcance.
A este elemen to se une la presencia de sectores como los esclavos que al ser incorpora dos por el ejército español y luego por los independentistas a sus tropas, dejan en libertad sus odios sociales y la posibilidad de vengar largos años de explotación extrema a que los sometía el sistema de la esclavi tud. marzo de 1814, referida a los daños ocasionados en estas tierras por el ejército del realista Rosete: «Es imposible que pueda V. formarse una idea de la devastación y horro res que cometió el bárbaro ROSETE en tan pocos días, en estos Valles que en todos tiempos han sido gragero (sic) de la Provincia, yo apenas conocía los mismos lugares que había frecuentado tantas veces; por todas partes he encontrado cadáveres; pero los alrededores del Pueblo se me hacían inso portables por la fetidez que exhalaba una atmósfera pestilente»...
Además se informa que allí había abundante café, añil y azúcar, y aunque quedan productos que la población escondió, una parte impor tante fue botada al campo y al río por las tropas comandadas por este jefe español.
En el Manifiesto que Bolívar envía a las Naciones del Mundo el 24 de febrero de 1814, justificando y fundamentando el Decreto de Guerra a Muerte, señala que la agricultura, la industria... «y el movimiento del comercio no se percibían más, en un país muerto bajo la esclavitud.
Las máquinas eran inutilizadas, los almacenes pillados; quedaban sólo vestigios de la antigua grandeza: en las ciudades casi desiertas, no se veían más que algunos brutos pastando(... ).
La virtud, los talentos, la población, las riquezas, el mismo bello sexo, es condenado o padece.»...
También se expresa en este texto que las poblaciones de Mérida, Bari nas y Caracas han sufrido en casi todos sus poblados los efectos destructi vos de los ejércitos realistas.
Luego se señala que las ciudades de Barinas, Guanare, Bobare, Barquisimeto, Cojedes, Tinaquillo, Nirgua, Guayos, San Joaquín, Villa de Cura, Vallés de Barlovento, han sido consumidas por las llamas y otras se encuentran sin población (33).
Es evidente que estas in formaciones debemos tomarlas con cuidado por ser la expresión de uno de los bandos en pugna, que además busca fundamentar ideológicamente su decisión de hacer una guerra feroz y de exterminio, que ejerza sobre la población un efecto de terror y de adscripción forzada a la causa indepen dentista.
La intensidad del proceso bélico incidirá en la conducta de los ejércitos y los llevará a cometer actos de gran crueldad sobre las poblacio nes y también sobre las propiedades.
De allí que consideremos pertinente exponer la opinión del otro bando en guerra, quienes a través de un Plan para el gobierno y operaciones de la Junta y Tribunal Superior de Secues tros establecida en Caracas en 1815, expresan que: «El Real Erario depredado y robado en cinco años de la más escanda losa revolución y de consiguiente exhausto eri las criticas circunstancias de atender á necesidades graves, urgentes é imperiosas, por una parte; y por otra, el fomento de la agricultura en que casi exclusivamente consiste la prosperidad del mismo Erario, y de estas provincias, destruidas en tal fatal época, y abandonada últimamente junto con los demás bienes que forman las riquezas y delicias de la vida por una desastrada emigración, que provocaron en julio de 1814, ó los remordimientos de la propia con ciencia, ó el terror de las armas victoriosas del Soberano»... ( 34).
Por otra parte los dos ejércitos adelantan acciones de extracción de productos alimenticios y de comercialización para dar comida a sus tro pas, como también para venderlos o intercambiarlos por pertrechos de guerra y por último con la intención de dejar sin suministros a los enemi gos (35).
En los años finales de la guerra y posterior a ésta, se hace sentir con intensidad los daños paisajísticos que el proceso bélico dejó en una parte importante del territorio de Venezuela; por ello tanto José Antonio Páez en su condición de Jefe Superior, Civil y Militar de Venezuela como Simón Bolívar como Libertador Presidente de la República de Colombia, sancionan reglamentos y decretos en agosto de 1828 y febrero de 1829 respectivamente, que entre otras cosas prohiben la quema de sabanas y montes en este territorio (36 ).
En 1828, en carta que el Coronel Pedro Briceño Méndez envía al Libertador Simón Bolívar, le comunica la grave situación de miseria que afecta a Venezuela, que está a punto de llevarla a que el hambre se convierta en peste, agravados estos hechos por la agi tación que manifiestan «todas las clases» (37).
Las calamidades y la insalubridad como actores del deterioro paisajístico y poblacional
Las calamidades naturales como terremotos (sismos), lluvias prolon gadas y abundantes, sequías extremas, presencia de insectos como la lan-Asclepio-Vol.
XLV-2-1993 gosta, desbordamientos de ríos y quebradas constituyen factores deterio rantes de los paisajes naturales y humanizados, que acarrean severas consecuencias en las áreas de residencia y trabajo agropecuario de los pobladores venezolanos de comienzos de siglo XIX.
Uno de estos fenóme nos que mayor daño ocasionó sobre distintas regiones, ciudades y micro rregiones del país, lo constituye el terremoto de 1812, cuando la guerra de Emancipación adquiría intensidad y. extensión territorial.
Los distin tos comentarios de coetáneos y estudiosos del periodo, coinciden en se ñalar el alto número de muertos ocasionados por el sismo y también los efectos tan severos sobre el paisaje urbano que permanecerán hasta bien entrado el siglo XIX.
En las Memorias de Poudenx y Mayer, se afirma que el jueves santo (26 de marzo) de 1812, a las 4 y 5 minutos de la tarde, un espantoso terremoto convirtió en un montón de ruinas a la ciudad de Ca racas, hasta entonces -según ellos _:_ bella y floreciente....
«La población estaba orando en las iglesias y las tropas independen tistas están en los cuarteles (... ).
En veinticinco segundos, todo se vino abajo; y la flor de la generación de esta ciudad quedó sepultada bajo los escombros.
Alrededor de ocho mil almas perecieron en Caracas, y en La Guaira sufrieron la misma suerte unas dos mil quinientas.
Los edificios de esta última quedaron destruidos en su totalidad(... )
Mérida y Barquisi meto sufrieron daños de mucha consideración.
San Felipe quedó tan des truido, que costaba trabajo conocer las huellas de su existencia; en fin, to das las ciudades y aldeas de la Capitanía General experimentaron en mayor o menor grado los efectos de esta convulsión de la naturaleza.
Se presume que unas veinte mil almas perdieron la vida en esta catás trofe» (38).
El Regente Heredia en sus Memorias, describe también los daños y el desarrollo de este sismo de tan amplia proyección destructiva.
Difiere su versión por unos minutos de la suministrada por los franceses, cuando ubica la hora del terremoto a las 4 y 7 minutos de la tarde del 26 de mar zo de 1812.
Considera este coetáneo de los sucesos que entre La Guaira y Caracas perecieron alrededor de diez mil «almas», y aproximadamente cuatro mil en el resto de las poblaciones afectadas (39).
En la Relación documentada de Francisco Javier Y áñez, se afirma que el daño que pro dujo este terremoto aún cuando sus estragos físicos son muy fuertes, en lo político y moral es más grave.
El movimiento... «fue compuesto, es de cir, en todas direcciones, y se sintió a las cuatro y siete minutos de la tar- http://asclepio.revistas.csic.es de, y su duración fue de un minuto y cincuenta segundos.
La ciudad de Caracas quedó casi destruida y del todo La Guaira, San Felipe, Barquisi meto y Mérida, calculándose las personas que murieron como en quince mil»...
Definitivamente este movimiento sísmico que sacudió a im portantes y amplias regiones de Venezuela, causó severos daños en el paisaje y particularmente en los urbanos, además de ser utilizado po, r las tropas enemigas para penetrar en las ciudades destruídas y aterroriza das por el terremoto y por las prédicas de algunos sacerdotes que apro vecharon la ocasión para responsabilizar a los independentistas, ya que la lucha contra los poderes del Rey implicaban un desafío al poder de Dios.
También las lluvias se convierten en un elemento de deterioro am biental y paisajístico que desencadena consecuencias económicas y so ciales, las cuales inciden en las condiciones de vida de la población afec tada ya por los efectos de la guerra librada desde la segunda década del siglo XIX.
Muestra de esta situación, es la comunicación que el encarga do de la Jefatura General de Policía de la Provincia de Caracas, envía al Secretario del Despacho de Interior y Justicia el 21 de agosto de 1830, donde expone en forma dramática la grave escasez de productos alimen ticios como el maíz, arroz, carotas, frijoles y carne, lo que ha llevado a un encarecimiento excesivo de los precios de estos.
Por ello solicita la conce sión de franquicias que permitan traer estos rubros que se han visto afec tados por las copiosas lluvias que han caído sobre la región (41).
A estas calamidades naturales qu� producen mayor zozobra en la po blación y en los paisajes, se une otro elemento destructivo del componen te demográfico de la Capitanía General donde. se busca erigir una Repú blica Independiente del poder español.
Se trata de las distintas enfermedades que en forma de endemias y epidemias afectaban la vida y la tranquilidad de los habitantes de diversas regiones de Venezuela, las cuales vienen ocasionando daños desde la colonia y que ahora, por el des plazamiento de grandes cantidades de hombres en los ejércitos y trasla dados de lugares de origen hacia otros espacios, se convierten en deposi tarios y vectores de patogenias como las fiebres palúdicas, la fiebre amarilla, la tifoidea, viruela, sarampión y otras que se hacen presente en estos escenarios bélicos.
Las consecuencias demográficas y económicas se hacen sentir antes y después de la guerra de Emancipación, En los años de 1804, 1808, 1809, 1825 y 1826, la región de los Valles de Aragua con una importante actividad agrícola exportadora y donde se cultivan café, cacao, añil, algodón, caña de azúcar, tabaco y otros productos, se verá duramente afectada por la presencia epidémica de fiebres palúdicas que llevan a las autoridades coloniales y republicanas en distintos mo mentos, a tomar medidas drásticas en cuanto al cultivo de la zona.
En al gunos momentos se habla de 6.000 y 8.000 muertos ocasionados por un proceso epidémico, sin considerar los distintos momentos en que se pre senta la enfermedad en forma de epidemia ( 42).
Las tropas de ambos ejércitos sufren las consecuencias de los desplazamientos hacia zonas in salubres, donde su sistema inmunológico no tiene mecanismos de defen sa frente a ciertas enfermedades.
En carta que Simón Bolívar envía al Ge neral Francisco de Paula Santander en junio de 1820, le manifiesta los altos números de muertos entre las tropas traídas desde otras regiones hacia el Bajo Apure.
Tan grave es la situación que de 6.000 hombres que fueron traídos de otras localidades, sólo quedan 1.000 como consecuen cia de las fiebres palúdicas que abundan en los llanos ( 43).
Los efectos demográficos de la Guerra de Emancipación
Según Federico Brito Figueroa, los daños demográficos que deja la guerra de independencia son bastante importantes en el componente po blacional venezolano, ya que no sólo implica los muertos en las acciones de guerra, epidemias, hambrunas y otras calamidades como el terremoto de 1812, sino además tiene efectos muy negativos sobre los nacimientos no producidos y concebidos.
Esto conside rando que la población hubiera continuado con el mismo ritmo de au mento que había mantenido hasta 1810.
En síntesis, incluyendo las trece mil victimas del terremoto de 1812, la población nacional, en cuatro años de guerra, sufrió un descenso real de 241.748 personas, cifra equivalente al 30 por ciento del total de habitan.tes_ del país.
Estas afirmaciones se ven confirmadas y ampliadas cuando se revisan fuentes vinculadas con los dos ejércitos que se disputan el territorio.
Bo lívar cuando lanza su decreto de guerra y los distintos manifiestos o pro clamas que fundamentan esta medida extrema, amenaza con acabar físi- http://asclepio.revistas.csic.es camente con los enemigos, aplicándoles una guerra a muerte basada en el odio implacable (45).
La descripción que José Francisco Heredia hace de la aplicación de este decreto político�militar, confirma la intensidad y profundidad que ha adquirido la guerra en estos primeros años.
Cuando las tropas al mando de Bolívar llegan a Caracas en 1813, señala este fun cionario del gobierno español que se encontraba en la ciudad y tuvo que huir, que es:... «preciso haber visto los hi j os abandonará sus padres, los padres á sus hijos, los maridos á sus mujeres, y todos sus intereses y fortunas, para huir de la muerte que les aguardaba permaneciendo en la capital»...
Según Heredia, los europeos y canarios que no apoyaran la invasión dirigida por D. Manuel Castillo y Simón Bolívar en 1813, debían perder la vida y sus bienes.
Del otro bando de los españoles también se actuaba con extrema crueldad contra los enemigos y pobladores inocentes de las regiones y localidades conquistadas.
El jefe realista Rasete entra en Ocu mare en febrero de 1814 y procede a matar a todos cuantos se encontra ban en las calles y casas, dejando alrededor de trescientos muertos y pri vando de víveres a la población, de acuerdo con el relato de Francisco Javier Yáñez (47).
También en este mes de febrero de 1814, y en el marco de endurecimiento de la guerra de cada u°'o de los ejércitos en disputa, el Coronel Juan Bautista Arismendi en su condición de Gobernador Militar Interino de Caracas, ordenó la ejecución de alrededor de mil españoles y canarios que se encontraban presos y también libres en Caracas y La Guaira (48).
Por medio de una comunicación que Andrés Level de Goda envía al Rey de España en 1815, informa que Venezuela se encuentra de vastada y que el General Morillo encontró casi todo el territorio bajo con trol español, debido a que las tropas de Boves y Morales han matado a to dos los enemigos y también a los criollos inocentes ( 49).
Todas estas acciones de exterminio y persecución contra los adversa rios y enemigos, y también contra los habitantes inocentes de muchos poblados donde se desataban los actos de saqueo, destrucción y robo des pués de los asaltos militares y guerrilleros, serán agravados por los proce sos de emigración masiva, migraciones internas masivas y de menos cuantía, que a la larga significaban la desincorporación definitiva o par-. cial de muchos efectivos del territorio, los cuales huían para lograr salvar sus vidas ante las arremetidas de las tropas de ambos bandos.
Es evidente que la guerra de Emancipación afectó severamente el componente demográfico de Venezuela, por vía de la mortalidad y tam bién por la movilización de personas como consecuencia directa de la guerra y sus repercusiones, así como el freno que significaba para la na talidad. |
Inquisición conocer un ensalmo supersticioso sobre cuya aplicación y supuestas cualidades curativas no ofrece mayores datos el legajo inquisitorial del que se ha extraído:
Por la rosa curo, • e por la vexigosa, e por la torondosa, et por albar que Dios abata e haga mal.
-Dí, rosa maldita, ¿cómo fuiste aquí venida?
Dí, rrosa malhadada, ¿cómo fuiste aquí llegada? -Con agua y con viento vine aquí por cierto.
Con viento e con agua fui aquí llegada.
-Mas dame teryero día de playo
En ten; ero día de pla�o el cuerpo sea peleado, en ter�ero día de quando el cuerpo sea guarido.
Mas gana, vete de cachas, prendas te tomaré y la raya te cortaré, donde ni gallo canta, ni buey ni vaca brama.
Fuye, mal, allende el mar, que Fulano no te pueda•sofrir, ni parar ni sofrir.
Y a donde yo pongo mis manos, Dios e Sancta María pongan las suyas, e dé salud e mede�ina (1).
Este conjuro de la rosa estuvo bastante difundido, y en numerosas va riantes, en los siglos XVI y XVII, tal y como ha quedado reflejado en los implacables archivos de la Inquisición.
La siguiente es una versión mur ciana que recitaba la curandera Ana Barcelona, alias «La Púa», famosa antiguamente en toda la región levantina por su «gracia» para curar «los males de pierna».
Esa denominación general englobaba distintas enferme dades, entre las que debía encontrarse, como más adelante podremos comprobar -por los datos que dan otros testimonios. y porque suele afec tar a las piernas o a la cara-, la-erisipela: 128 Mi señor Jesu Christo por el monte Olivete andava.
Encontró un cavallero que a cavallo andava.
Díxole:-Cavallero que de vermejo vistes y de vermejo cal�as y de vermejo cavallo cavalgas.
Díxole:� Y o soi la rrosa enpon�oñosa, en dolorosa malina malvada, que entro dentro del cuerpo del hombre, le comio la carne, le bevio la sangre, le rrasgo los huesos.
-Pues tú eres la rrosa enpon9oñosa, en benenosa, malina, malvada, que en más dentro del cuerpo del hombre le comes la carne, le beves la sangre, le rroes los guesos, vete a donde no cante gallo ni gallina, ni muger aya prenada ni parida.
Mira que te echaré en lenguas de fuego que te quemen y te abrasen.
-No me eches, que yo me iré donde no cante gallo ni gallina ni aya muger preñada ni parida (2).
También en los siglos XVII y XVIII era conocido un conjuro relaciona do con éste en Cataluña.
Resulta curioso que en este tipo de versiones ca talanas la referencia a la «rosa» se haya convertido en la de una «dona ro ja».
La antigua versión catalana que a continuación reproduzco of rece el interés para nosotros de que asocia explícitamente la práctica del conjuro con la «curació de la decipela», lo que sugiere que también a los dos con juros reproducidos anteriormente se les debió dar este uso: Conocemos también documentación portuguesa antigua que asocia el conjuro de la rosa a la curación de la erisipela.
En un proceso instruido en 1626 contra el hechicero Luis de la Penha, natural de Evora, se le acusa, en tre otras cosas, de conocer las siguientes «palavras para curar iriszipola»:
Rosa malditta em conoza i em belicosa (sic) vaite dai que de agoa e de vento fuiste emgendrada, com que la secaria com el dul <; e nombre de la virgem Maria, com que lo sequara com el dul <; e nombre de la virgem sa grada rogo e pido por mer <; e a la gloriosa virgem nuestra senhora que ella sane esta rosa de foam, emconosa i embelicosa i la eche per domde no abitem animales nim cousa adomde agua (sic) danho, em nome del pa dre, i del hygo e del ispiritu santo amem, fim (4).
La erisipela, para cuya curación parece que se aplicaban estos conju ros, es una enfermedad bacteriana infecciosa que fue endémica en España y en todo el mundo hasta la generalización de la penicilina.
Se manifiesta eri forma de erupción febril de la piel y del tejido subcutáneo que provoca, sobre todo en las piernas o en la cara, una tumefacción de color rosáceo o rojizo, lo que posiblemente daría lugar a su asociación supersticiosa a «ro sas» como las que se citan en estos conjuros o como las que más adelante veremos usadas para tratar la enfermedad en algunos lugares.
En defensa de• esta interpretación de que analogías de color, forma y sintomatología podrían ser la causa de la asociación de las rosas a esta enfermedad, se pueden aducir las palabras de Ignacio María de Barriola, quien acerca del nombre (arosa) y de la relación con las rosas de esta enfermedad en el do minio vasco -que más adelante analizaremos-, afirma que la erisipela se caracteriza por «la exfoliación de la epidermis, o caída de escamitas, que quizá hayan hecho recordar el deshojarse de las rosas, de donde pudiera proceder el nombre» (S).
Además, del ámbito gallego explica Victor Lis Quibén que «el vulgo da el nombre de erisipela a casi todas las enfermeda des de la piel», especialmente a las que tienen «como síntoma dominante la rubicundez» (6).
Efectivamente, no sólo la erisipela, sino también otras enfermedades cutáneas que provocan inflamaciones de color rosáceo o ro jizo han debido asociarse a rosas y a conjuros de la rosa; y no sólo hoy, si no también en los siglos XVI y XVII: «una enfermedad que en estos siglos http://asclepio.revistas.csic.es debía ser un verdadero azote social era la denominada rosa ponzoñosa, que acaso sea la erisipela, aunque en documentos se da este nombre a otro tipo de enfermedades; a ella se dedican varios conjuros diferentes» (7).
Del arraigo y trasfondo confusamente supersticioso de tales conjuros, de los que precisamente el más famoso debía ser el que estamos llamando de la rosa, dan idea las constantes advertencias eclesiásticas que advierten contra «algunas personas que usen de hechizos, encantaciones, agueros e sortílegos.
O que saben y usan ligar o fazer maleficios, encantamientos, conjuros, ensalmos, santiguando de mal de ojo, e cortando el ba�o, secan do la rosa o mal de culebrilla... » (8).
Puede parecer sorprendente que un conjuro ligado a creencias mágicas y supersticiosas de este tipo pueda permanecer vivo y continuar siendo utilizado en la actualidad.
Pues bien, su supervivencia y su uso actual aplicado a la curación de la erisipela y de otras afecciones cutáneas, aunque se encuentra lógicamente en franca eta pa de retroceso, se puede documentar aún en áreas muy diferentes de la geografía y de la tradición hispánica.
Su examen puede ayudarnos a com pletar los datos que nos ofrecen los documentos antiguos y nos permitirá calibrar los procesos evolutivos del conjuro y de la percepción y creencias en torno a la enfermedad a lo largo de cinco siglos.
Comencemos por un conjuro «per guarir!'erisipela» que recogió Joan Amades en Balaguer (Lérida) en 1929 y que muestra apreciables coinci dencias con los antiguos, aunque en él no se aluda ni a la «rosa» ni a la «dona roja», sino a un maligno «vent roig» que obra los mismos efectos nocivos que aquéllas:
Pero puede que sea en el área valenciana donde se documentan las ver siones modernas aparentemente más conservadoras del conjuro.
Francis co G. Seijo Alonso ha editado tres extraordinarios textos de la provincia de Valencia que ilustran su supervivencia y el arraigo, h. asta hoy, de las creencias supersticiosas acerca de la enfermedad.
Así, para curar la erisi pela en el pueblo de Canals «es necesario proveerse de algunos botes de "dalt", de alfalfa vera-de la buena, "de la que se riega siete u ocho años; la otra, la de caña vacía, no sirve"-y tenerlos a mano, juntamente con unas tijeras, un vaso conteniendo un poco de agua y sal...
Se hacen tres cruces sobre la parte afectada por el mal y se dice el conjuro:
La rosa punxoñosa por el mundo andaba, y mi Señor Jesucristo, por allí pasaba.
Y le dijo: -Tú, mujer, ¿quién eres, que tan colorada vas y tan colorada vistes el caballar que tú andas? -Pues soy la rosa punxoñosa, que me pincho las manos y me desharé como la sal en el agua.
-¿Quién te corta? -¡La maldita!
En este instante, al pro�unciar «¡La maldita!» se cortan tres trozos de alfalfa y se depositan en el vaso, con una cucharada de sal.
Así es como el mal se corta y se deshace, "como la sal en el agua".
Acto seguido se pasa la mano por la piel enferma y se repite el conjuro y todo lo demás otras dos veces» (10).
En otro pueblo valenciano, Villalgordo del Cabriel, recogió Seijo Alon so recientemente otra versión del conjuro tan hermosa como es ésta: Conozcamos ahora la última versión valenciana moderna del conjuro de la rosa editada por Seijo Alonso.
Fue recogida en el pueblo de Nava rrés:
Cuando Jesucristo por el mundo andaba una mujer encontró y dijo:-¿Quién eres? -Soy la rosa venenosa, ponzoñosa, que me chupo la sangre y quebranto los huesos.
-Pues si eres la rosa venenosa, ponzoñosa, que chupas la sangre y quebrantas los huesos, yo, con mi manú derecha, haré tres cruces, para que todo este mal se deshaga como la sal en el agua (12).
Como suele suceder en relación con otras parcelas de la tradición fol clórica, son las áreas periféricas de la Península las que se muestran más conservadoras del repertorio de oraciones y conjuros antiguos.
No conoz co versiones modernas del conjuro de la rosa recogidas en Castilla ni en el área central de la Península, aunque sí en Galicia y en Portugal.
«En Puen- te Caldelas (Pontevedra), conocen a la Erisipela con el nombre de Rosa y, para curarla, queman en un cacharro de barro o en una teja, un pedazo de palma y otro de oliva juntos, pero tienen que haber sido bendecidos en Domingo de Ramos, y obligan al enfermo a aspirar todos los humos, hasta que se quemen por completo los pedazos de palma y oliva; en aquel mo mento la curandera recita el siguiente ensalmo:
Colorada te vistes, colorada te calzas, colorado sea el caballo donde tú andas.
-¿Dime quién eres? -Yo soy Rosa venenosa, pezoñosa, chucho la sangre y quebranto los huesos.
-Entonces te voy a quemar con fuego de Cristo.
Hacen esta ceremonia una vez al día, antes de nacer el sol, y durante nueve seguidos, pero si se efectúa en un domingo, antes de la misa parro quial, vale por tres» ( 13).
Y en Asturias se da el curioso fenómeno de la conservación de una for ma muy parecida a la del viejo conjuro, pero asociada a una enfermedad del ganado vacuno llamada mastitis -popularmente conocida allí como mal de monte o ramo-.
Tras varias operaciones previas, a la res enferma se le colgaban «al cuello nueve flores de la hierba de/obispo» (¿parecidas o relacionadas con las rosas?) y se le recitaba el conjuro que tiene por prota gonista a una maligna «Rosa María» a la que luego se le da el sugerente nombre de «Mermejo» (¿corrupción de bermejo?):...
Rosa María por el mundo marchou, con Jesucristo encontrou.
¿Qué comes, Mermejo? -Como carne y chupo sangre y acabalgo criaturas.
-Pues según eso, voy a buscar lumbre al cielo para quemarte... -No, señor, no, hágame usted una cruz con los dos dedos de la mano derecha; Jesús de aquí, Jesús de allí.
El sería y se derretiría como el sal en agua fría; veite a orillas del mar que allí hay carne que chupar y osos [huesos] que quebrantar (16).
En la tradición oral de Canarias se conocen testimonios de un conjuro que aunque no tiene muchas coincidencias textuales con el viejo, sigue lla mando rosa a la enfermedad.
Veamos un documento canario de un «santi guado para la «irisipela», «mal de costado», heridas, etc.» que dice:
Rosa silvestre, ¿quién te puso aquí, donde esta criatura no puede resistir?
No te corto con puñal ni te corto con tijeras: te corto con las palabras de la San tí sima Trinidad que son las verdaderas (17).
Esta es otra versión canaria moderna de un conjuro para curar la erisi pela:
«Sipela» en las piernas, rosa malvada, quien te puso en esta criatura, no te vuelva a hacer más mal...
La erisipela es una enfermedad muy extendida también, obviamente, en América.
Sin embargo, no he podido encontrar, fuera de en Cuba, testi monios del conjuro y del tratamiento mágico de la enfermedad similares a los que se documentan en España.
Cuba parece, de todas formas, una re serva privilegiada de ellos, con textos y contextos tan interesantes para no sotros como los siguientes: «La erisipela es una roseta colorada que si no se cura a tiempo se extiende y se extiende y se coge la pierna completa ( o el brazo completo), produciendo mucho malestar general, mucha fiebre, inflamación y, en algunos casos, hasta náuseas y vómitos.
La cura la pue de hacer aquel a quien Dios ha dotado con una gracia especial para hacer la, diciendo una oración.
Mi madre tenía la gracia y desde que yo era niña la veía hacer la cura, aunque nunca pude aprenderme la oración porque ella la decía en voz baja, y porque decía que si me la enseñaba perdía la gracia ella.
Cuando ya estuvo vieja, me llamó un día y me dijo que yo tam bién tenía la gracia, que ella me iba a enseñar la oración y que, una vez http://asclepio.revistas.csic.es que me la supiera, no podía negarme a hacerle la cura a nadie que viniera a solicitármela, porque Dios me castigaría....
Cuando se me presentó el pri mer caso, yo hice todo lo que ella me había enseñado y la enferma se curó.
Lo que yo hago es coger una pluma cualquiera de ave, preferiblemente de gallina, mojarle la punta en tintura de yodo y hacer cruces por toda la par te enrojecida, al paso que voy diciendo la oración de San Bartolomé:
San Bartolomé se levantó, sus pies y manos lavó, su bastón de oro cogió, por su camino tomó y una viejita encontró, que de colorado viste y de colorado calza, y enseguida preguntó: -¿De dónde tú vienes?
La viejita respondió: -¡Soy la rosa ponzoñosa de puro rojo morado, y vengo del fondo del mar.
-Y o enviaré del cielo un rayo que te ha de quemar.
¡Que te queme, que te abrase! -¡No, no, que ya yo me voy!
¡No, no, que regreso al mar!
¡No, no, que voy de regreso a donde hube de zarpar!
¿ Cómo y cuándo llegaría el conjuro de la rosa desde España hasta América?
Evidentemente, en cualquier momento posterior a 1492, y pro cedente de cualquier región de España, en cuya tradición antigua debió estar difundido de forma mucho más arraigada y uniforme que ahora.
Sin embargo, pese a la dificultad de discernir el área exacta de procedencia del conjuro, no quiero dejar de aventurar la posibilidad de que acaso los ejemplos cubanos puedan derivar de las tradiciones canaria o gallega, con las que la sociedad y cultura cubana han mantenido vínculos muy especia les y bien conocidos.
La influencia canaria en Cuba y en los demás países ribereños del Caribe se ha manifestado incluso en el terreno de la hechice ría popular, tan relacionada con la órbita de nuestro conjuro (20).
Mien-tras que los contactos -de ida y vuelta-con la medicina popular gallega han sido tan relevantes que se ha llegado a afirmar que muchos ensalmos «se van desfigurando, no sólo porque se pierden o se olvidan, sino tam bién por la acción de los curanderos que regresan de América y, después de aprenderlos, los van mixtificando, dándoles formas diferentes, para po der achacarse su paternidad» (21).
Con este ejemplo cubano queda mucho mejor representada la geogra fía tradicional moderna del viejo conjuro de la i:-osa.
Sin embargo, hay una tradición, la vasca, a la que apenas hemos aten. dido hasta ahora porque no ofrece correspondencias textuales de nuestro conjuro, pero que sí nos puede ilustrar de manera muy significativa acerca de sus raíces mágicas y etnográficas.
Efectivamente, en el dominio vasco, la curación de la erisi pela y de diversas enfermedades cutáneas está ligada al culto a las rosas y a los rosales.
La razón parece deberse -y nos confirma las reflexiones propias y ajenas sobre la cuestión-a la magia simpática que relaciona el color y forma de las rosas con el de las erupciones cutáneas que produce la enfermedad, y que apoya la creencia de que actuando sobre rosas u ob jetos de color rosa se puede actuar también sobre el mal.
Resurrección M.a de Azkúe ha escrito páginas de gran valor etnográfi co sobre los métodos de curación mágica de la enfermedad.
Según él, en Olaeta «se cuece la rosa de cien hojas [¿?] y con su agua se cura la erisipe la (22)>>.
Además, no sólo la erisipela, sino también la caspa y otras enfer medades cutáneas tenían relación con las rosas.
Entre los nombres vascos de la caspa están los de afosa, afosien, efosa, erasen, efosien, sanafosa, sa nefosen y efosa-sarna (23), y entre los métodos curativos se practican, en Mondragón, el de poner «en la cabeza una corona de rosas, que luego se seca en la chimenea»; en Markina, el de llevar a los niños afectados «a la ermita llamada de Santa Rosa»; en Dima, el de llevarlos «la noche de San Juan a un rosal y allí dar tres vueltas con el niño en brazos alrededor del arbusto»; en Amezketa, el de llevarlos a la iglesia de Santa Rosa;... y en Olaeta, el de guardar «siete rosas de una rama, y cociéndolas entre ceniza y leche sin jabón con unos trapos», ponerlos «en la cabeza» (24).
José Mi guel de Barandiarán ofrece datos adicionales sobre este tipo de cultos su persticiosos: «Hace pocos años todavía existía en Bermeo la costumbre de llevar a los niños que padecían la erupción cutánea que.llaman afosa a vi sitar a la "Virgen de la Rosa" que se venera en la iglesia parroquial de San ta Eufemia de aquel pueblo...
Un informe de Andoain dice que quien sufre esta enfermedad ha de dar diariamente una vuelta alrededor de un rosal, en nueve días consecutivos, diciendo al mismo tiempo esta fórmula: Afosa http://asclepio.revistas.csic.es afosakin ( «la rosa con las rosas»).
El noveno día ha de rodear nueve veces el mismo rosal» (25).
Barriola, por su parte, señala que «sea cual fuere el origen de su nombre [afosa= "mal de la rosa"], es el caso que a rosas y ro sales se recurre para su curación mágica, y así en su acepción de caspa, se coloca sobre la cabeza una corona de estas flores que se secan luego en la chimenea, o bien se recogen siete rosas de una rama que se cuecen con ce niza en leche, sin jabón, y se ponen en la cabeza con un trapo...
No faltan las fórmulas mágicas en el tratamiento de la afosa.
Mientras se dan vuel tas alrededor de un rosal, en la noche de San Juan o en otra cualquiera, debe decirse: Afosa afosakin ("la rosa con las rosas").
En Goizueta recogi mos esta variante: al filo de mediodía se colocarán tres personas con el ni ño enfermo alrededor de un rosal, y empezando con la primera campana da, mientras suenan las doce, se pasarán el niño por tres veces de uno a otro, recitando: Afosa afosakin, afosa afosangana, ama Santa Rosak era man dezala beregana ("La rosa con las rosas, la rosa a las rosas, la madre Santa Rosa la lleve consigo")>> (26).
Es evidente el carácter arcaico de estos ritos, algunos apenas cristiani zados -ligados a sugerentes cultos a Santa Rosa, a Vírgenes de la Rosa y a San Juan-y otros vivos en estado de pura magia credencial.
Su conser vación en la tradición popular vasca nos permite hallar un vínculo entre una serie de ritos ancestrales que vinculan rosas y enfermedades cutáneas y nuestro conjuro de la rosa documentado a partir del siglo XVI pero, a te nor de lo que estamos viendo, conectado con creencias mágicas de raíz más arcaica.
Cosa que confirma el hecho de que la asociación de los nombres de rosa, afosa, etc. a la erisipela en los documentos españoles anti guos o en los dominios gallego y vasco tenga paralelos en otras lenguas, como en alemán, donde también se llama «rose» a la erisipela (27), lo que nos permite pensar en una antigua y amplia difusión europea de este tipo de creencias.
Fuera de los conjuros de la rosa que estamos estudiando, desconozco, en la actual tradición hispánica no vasca, creencias y ritos mágicos que asocien rosas y enfermedades cutáneas.
Sin embargo, algún indicio tenemos de que, hace siglos, debieron ser conocidos y practicados ese tipo de ritos hoy relegados al área vasca.
A este respecto, J. Blázquez Miguel recuerda que «muy temida y extendida era la enferm�dad conoci da como "mal de la rosa", que es en realidad la pelagra [sic], estudiada en el siglo XVIII por Gaspar Casal, que difundió ese nombre.
Sanadores espe cialistas en esta enfermedad abundaban en la zona de Astorga (León) en el siglo XVII, para lo cual arrancaban una rosa y en el hueco dejado por la raíz echaban queso, pan y vino, cubriéndolo después con tierra en la que se hincaba una vela y se rezaba un Credo; seguidamente con un puñado de esa tierra se restregaba al enfermo» (28).
La rosa de nuestro conjuro no es, pues, una simple figura poética que contribuye a dar a la plegaria que hemos estudiado parte de su dramática belleza, sino una reminiscencia de pura y antigua magia que puede servir para ilustrarnos acerca del trasfondo arcaico de algunas de las creencias mágico-populares y del patrimonio oral que se han mantenido vivos en el mundo hispánico hasta la actualidad.
/ que de vermejo vistes/ y de vermejo cal<;as / y de vermejo cavallo cavalgas» de una de las versiones antiguas del conjuro, porque existen en Cataluña oraciones para otras enferme dades que identifican el «cavaller roig» con el «vent roig».
Así, entre los pastores catalanes se creía todavía en 1928 que el ganado lanar podía sufrir una enfermedad contagiosa lla mada «vent roig», producida por un viento rojo que atacaba a tantas cabezas de ganado como bramidos se escuchasen al viento. |
Con la elaboración del presente trabajo pretendemos realizar un acer camiento a una de las revistas francesas de terapéutica que ejercieron mayor influencia en la medicina española del siglo XIX (1): ellournal de Thérapeutique (2).
A pesar de que tuvo una pervivencia relativamente cor ta, desde 1874 a 1883, se publicó durante una de las etapas más impor tantes de la historia de la terapéutica y farmacología europeas, que se ca racterizó por acercar a la realidad clínica los nuevos y revolucionarios avances de la farmacología experimental que había iniciado Fran�ois Magendie con gran éxito.
El alma de la publicación fue Adolphe Gubler, eminente clínico que influyó mucho sobre los principales cultivadores del arte de curar españoles del último cuarto del siglo XIX, del que trata remos también de mostrar su mentalidad científica.
Para ello abordare mos en primer lugar las bases que dirigieron el pensamiento de Gubler y que pueden aplicarse asimismo a lo que constituyó la linea editorial de la revista, para pasar después a una descripción de los aspectos formales de la misma y de su sección principal dedicada a los trabajos originales, de los que ofrecemos un repertorio.
Las ideas sobre terapéutica de Adolphe Gubler
Adolphe Gubler (3) nació en Metz en abril de 1821, ciudad donde rea lizó sus estudios primarios y secundarios.
Se trasladó a París para cursar
la carrera de medicina.
Fue alumno del gran clínico Armand Trousseau, de quién hered la espontaneidad, originalidad, entusiasmo y la capacidad para familiarizarse con las nove dades.
También estuvo muy influido por Pierre Fran9ois Rayer (4), de quién aprendió el espíritu de la curiosidad científica, la tendencia a in vestigar fenómenos nuevos y a realizar estudios comparados, así como la capacidad para ponderar y valorar detenidamente los nuevos hallazgos.
Fue médico de varios hospitales civiles de París y obtuvo en 1853 la agregación con la tesis Théorie la plus rationelle de la cirrhose.
Fue profe sor de la Facultad de Medicina de París desde 1858 y sustituyó a Germain Sée (5) en la cátedra de materia médica y terapéutica en 1868 cuando és te pasó a ocupar la de clínica médica.
Víctima de una enfermedad crónica se trasladó a la ribera mediterrá nea donde estudió la geología de las islas Lerin así como su fitología.
A lo largo de su vida recibió numerosos premios y condecoraciones y desempeñó importantes cargos.
Fue premiado por la Académie des Scien ces en 1852 y 1875, y de la Société de Biologie (6) recibió el premio Go dard.
Fue elegido miembro de la Académie de médeci ne en la sección de terapéutica e histori, a natural en 1865.
Publicó más de medio centenar de trabajos en forma de libros, folle tos y artículos relativos a muchos temas: anatomía, fisiología, patología, química aplicada a la patología, botánica médica y, especialmente, sobre terapéutica y farmacología.
Murió a consecuencia de un cáncer de estómago en Lamalgue, cerca de Toulon, el 20 de abril de 1879.
El funeral se celebró el 26 del mismo mes en la Eglise Saint Roch y al mismo asistieron personalidades tan des tacadas como los profesores Vulpian (decano de la Facultad de Medici na), Richet (presidente de la Académie de médecine), Broca, Bergeron, Bouley, etc. Su prematuro e inesperado fallecimiento tuvo una gran re percusión en el mundo científico dando lugar a la publicación de nume rosas necrológicas en varias revistas médicas como Union Médicale, Tri bune Médicale, Archives génerales de médecine, Gazette hebdomadaire, Lyon médicale, etc.
Hasta el siglo XIX el punto más débil de la medicina había sido la te rapéutica.
Sin embargo, la centuria comenzó con novedades importantes.
Philippe Pinel adoptó en este campo una posición clara que ejerció en su tiempo una influencia decisiva.• Se mostró contrario a la polifarmacia, puso de manifiesto el peligro de ciertas «medicaciones heroicas», y fue un escéptico convencido sin inclinarse a favor o en contra del empirismo o del racionalismo, practicando la abstención o expectación terapéutica.
Recomendó el uso de la psicoterapia, la higiene y la medicina preventiva.
Su discípulo Marie Frarn; ois Xavier Bichat, conocido por sus aportacio nes en otros campos de la medicina, puede decirse que fue extremada mente cauteloso en lo que nos ocupa.
Se percató de que, mientras las teo rías iban cambiando, los medicamentos que usaban los partidarios de unas o de otras doctrinas, eran los mismos� Dicho de otra forma, que los efectos eran independientes de las ideas médicas:
Ils continuerent a etre appliqués et a agir de la me me fac; on, ce qui prouve que leurs effets sont indépendendants des idées des médecins et ne doivent etre étudiés que par l 'observation»(7) Según Bichat era necesario investigar los efectos tanto generales co mo locales de los distintos productos que integraban el arsenal terapéuti co. Estableció dos tipos: los que actuaban sobre los líquidos y los que lo hacían sobre los sólidos, clasificación que difiere de la que dio en su Ana tomie Générale (8).
La muerte le sorprendió cuando en su servicio del Hó •rel Dieu estudiaba junto con sus colaboradores los efectos de diversas sustancias.
Las ideas de Bichat se pueden percibir también en las obras de Jean Louis Alibert y en las primeras de Je an Baptiste Barbier d'Amiens, que se tradujeron al castellano.
Esta línea de «escepticismo terapéutico» se vio afectada bruscamente por la revolución brusista que en este terreno alcanzó unos resultados ca tastróficos con• dietas debilitantes y sangrías (9).
En opinión de Ackerk necht «hizo saltar en pedazos el universo patológico y terapéutico here dado de Pinel» (10).
Sin embargo, en cierta manera fue fiel a su maestro Pinel al prescribir muy pocos medicamentos en la clínica diaria.
A pesar de esto recordemos el gran éxito que tuvo Broussais entre los estudiantes, seducidos por sus ideales republicanos, y entre los médicos de su época, fascinados por la simplicidad de sus ideas sobre etiología y sobre el trata miento.
Las ideas de Broussais empezaron a decaer en la década de los treinta.
Entre los que colaboraron a ello merece la pena recordar la labor de Pierre Charles Louis (11), escéptico y empírico radical, que introdujo la estadística en la investigación a la que luego J. Gavarret dio mejor fun damento en su libro Príncipes généraux de statistique médicale (1840).
En tre _otras cosas, ésta sirvió de base para rechazar o admitir todos los me dicamentos que venían utilizándose.
Después de los abusos cometidos parece ser que la tónica imperante volvió a ser, de nuevo, el escepticismo más o menos coherente.
En el último cuarto de siglo algunos pusieron de manifiesto la peligrosidad de esta actitud.
Charles Bouchard (12) señala ba, por ejemplo, que esto había llevado a que los alumnos de la Facultad estuvieran sólo interesados en buscar las lesiones y los signos de enfer medad, despreciando lo que hacía referencia al tratamiento y que los mé dicos dedicaran todos sus esfuerzos a formular un diagnóstico correcto mientras se veían obligados por el público a establecer las pautas tera péuticas en las que no manifestaban gran entusiasmo.
Los descubrimientos químicos encontraron una rápida aplicación a la medicina y trajeron un interés nuevo y una renovada confianza en el tra tamiento.
Dio comienzo así una joven, fresca y fértil época en la historia de la terapéutica.
La parte experimental de la patología de Bichat fue continuada de modo distinto y fructífero por uno de los médicos más es cépticos que se movía dentro de los límites del sobrio positivismo fran cés: Fran�ois Magendie.
Su Formulaire pour la préparation et l'utilisation de divers médicaments nouveaux (13) (1821) se reeditó numerosas veces y fue el modelo para las obras de materia médica que se publicaron desde entonces.
Hay que tener en cuenta que tanto Magendie como otros, Ma teo B. Orfila entre ellos, advirtieron del peligro de los nuevos fármacos que pronto inundaron la práctica médica y desplazaron las sustancias tradicionales de origen vegetal o mineral que venían utilizándose con ma yor o menor éxito.
La labor de Magendie fue continuada en Francia por Claude Bemard.
El apasionamiento por las disciplinas de laboratorio le llevó a hacer con frecuencia afirmaciones tales como que la sala del hospital -por tanto de la experiencia clínica-, no pasaba de ser el atrio de la ciencia médica, por que donde ésta tenía su verdadero santuario era en el laboratorio de inves tigación.
Pronto surgieron aquellos que trataron de moderar tal radicalis mo, como Adolphe Gubler.
Muy expresivas son sus palabras al respecto: 146 «Empeñada para lo sucesivo en la fecunda vía de la experimentación, hacia la cual guía todas las ciencias biológicas la poderosa mano de Clau-Asclepio-Vol.
XLV-2-1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es de Bemard, la terapéutica actual no puede, so pena de aniquilarse, recha zar la herencia del pasado.
Las nociones empíricas y racionales, laborio samente adquiridas a través de los siglos pQr la observación médica, serán por largo tiempo todavía sus riquezas principales, y el trabajo del porve nir consistirá menos aún en descubrir nuevos hechos que en sistematizar los antiguos y ponerles de acuerdo con las leyes positivas de una fisiología rigurosamente exacta.
Para no exponerse a equivocar el camino, es me nester que la ciencia de mañana no sea más que una evolución lógica de la de hoy».
Pedro Laín utiliza con frecuencia una frase de Gubler, que sacó a su vez de Berard, para recordar al médico actual su función como terapeuta: guerir quelquefois, soulager souvent, consoler toujours.
Nada mejor que esto ejemplifica las'ideas• del afamado clínico francés.
También es muy actual en nuestros días su frase de que «no hay enfermedades, solamente hay enfermos».Vuelve a aparecer aquí notablemente matizada una de las bases de la terapéutica-galénica: la indicación.
Recordemos que Galeno la edificó sobre la base de cuatro principios: 1) el diagnóstico «científico» debe ser la guía para establecer el tratamiento que curará al enfermo; 2) la indicación varía según la naturaleza del órgano en el que asienta la en fermedad; 3) estará también en función de la constitución biológica del enfermo; y, 4) dependerá asimismo de las acciones o agentes exteriores nocivos, es decir, de los agentes procatárticos (agentes que actuando so bre la naturaleza del enfermo desencadenan el proceso morboso).
Las in dicaciones de un tratamiento debían deducirse ahora de las causas de en ferme dad, de los síntomas y de las lesiones, y finalmente de las particularidades que ofrecen el enfermo y el medio en que se encuentra (14).
Para Adolphe Gubler la enfermedad se componía de la noción de sus causas -que podían ser externas al organismo-, y de sus síntomas; por'tanto, rio puede ser considerada como un ente aparte, sino como una manera de ser.
Así pi les, las especies nosológicas no serían más que con vencionalismos.
Esto le permitió negar la existencia de específicos y le permitió hablar de especialidad de acción, o conjunto de efectos fisiológi cos producidos sobre un órgano o sobre un tejido determinado.
Los fenó menos fisiológicos, los patológicos y los terapéuticos pertenecían a la misma esfera y el mecanismo de la curación se efectuaba por procedi mientos análogos y por vías semejantes que el proceso morboso, o dicho de otra forma: el estado de enfermedad se rige por las mismas leyes que el estado de salud; si se conoce bien la acción que ejerce un medicamento en el hombre sano, podrá predecirse su eficacia cuando se lo emplee en una enfermedad.
En palabras del propio Gubler:
«En definitiva, las entidades nosológicas son ficciones; los específicos, añagarzas, y las fórmulas inflexibles, armas ciegas de doble filo; como asi mismo es preciso renunciar en absoluto a esa medicina que pudiéramos llamar cajón, es decir, a esa medicina por medio de la cual, dada una en fermedad, basta combatirla con una fórmula indicada de antemano y uni formemente aplicada» (15).
En otra de sus obras ( 16) Gubler explica que hay que diferenciar bien los conceptos de «acción fisiológica» y «efectos terapéuticos».
Esto resu me para él toda una doctrina terapéutica:
«Los medicamentos son meros modificadores de los órganos y de las funciones, y de ninguna manera antagonistas de entidades morbosas, y por otra parte obran lo mismo en el • estado de salud que en el de enferme dad... ».
«No existen en rigor ni propiedades ni virtudes terapéuticas: el alivio y la curación de un mal no son el resultado de una lucha empeñada contra este por un agente capaz de combatirle y neutralizarle directamente, co mo haría un ácido con una base.
Este beneficio es la consecuencia de los cambios introducidos en la composición química, la estructura y los actos orgánicos del individuo por un modificador cósmico; cambios a favor de los cuales la economía recobra por fin su equilibrio perdido, siempre que haya integridad en los actos nutritivos y plásticos, o más bien del poder regenerador, atributo esencial de los seres vivos» (17).
A pesar de que en pocos años se introduciría tímidamente la teoría ce lular para explicar los procesos farmacológicos, se vislumbra �n las expli caciones que acabamos de ver la idea de que los fármacos no originan mecanismos o reacciones desconocidas, sino que se limitan a estimular o a inhibir procesos fisiológicos.
Un año más tarde _(18) Gubler hacía una serie de matizaciones a lo di cho más arriba.
Le obligaba a ello el surgimiento de la mentalidad etiopa tológica.
Había una serie de enfermedades de las que se conocía ya la causa.
No obstante, opinaba que, a pesar de eso, las alteraciones que se producían en los sólidos y los humores del organismo tendían a ser pare cidas.
Había que aceptar también medicamentos con cierta especificidad 148 Asclepio-Vol.
XLV-2-1993 como los antisépticos y antiparasitarios, pero también observó que la for ma de obrar no era para todos la misma; es decir, algunos antiparasita rios, por ejemplo, actúan como fenómeno químico que consume el oxíge no que necesitan los parásitos para vivir, otras actúan modificando el medio en el que viven, etc. Opina también que la «vacuna», igual que ha ría la viruela, no hace más que modificar el organismo impidiendo evolu cionar dos veces en un mismo terreno el «fermento varioloso».
Algunos de sus contemporáneos como J. Grasset o L. Lereboullet cri ticaron, quizás de forma exagerada, esta base.
En su opinión la acción te rapéutica de un medicamento no podía deducirse de su acción fisiológi ca.
Por ejemplo Lereboullet decía que si administrábamos a un sujeto sano opio, mercurio o sulfato de quinina notaríamos una serie de efectos que no dirían nada al clínico sobre su uso contra el dolor,. contra la sífilis y contra la fiebre intermitente.
Sin embargo, la clínica nos enseñaría a utilizar distintos tipos de analgésicos contra distintos tipos de dolores.
Sería la especificidad empíricamente reconocida del remedio la que per mitiría hacer un tratamiento eficaz; la noción clínica, la que dictaría la medicación adecuada.
Por ejemplo, el propio Claude Bernard se quejaba de que algunos de sus seguidores aplicaban mal la fisiología a diversas ramas de la medicina (19).
No fue precisamente Gubler el que escatimó elogios a la clínica.
Igual que otros contemporáneos suyos decía que nada se podía hacer en terapéutica si no se sometía todo al criterio clínico; por tanto, los servi cios que prestaban la física, la química y la fisiología no podían dar sus frutos si no se situaban por encima de las exageraciones de «quienes to do quieren explicarlo en esta etapa de transición» forzando demasiado los hallazgos del laboratorio.
Esto no nos puede llevar a pensar que el in terés de Gubler por la clínica se situaba en el mismo plano que el de otros autores como Armand Trousseau (20) y cuyas diferencias deberían estudiarse en profundidad.
Para estos no importaba cómo obraran los medicamentos mientras curasen, y para Gubler era necesario someterlos a un estudio farmacoterápico (del laboratorio y junto a la cama del en fermo).
Esta actitud, que también se difundió por España gracias a Amalio Gimeno (21) y Vicente Peset, entre otros, fue una de las características de la medicina francesa debido quizás a la tradición de la clínica y a la es tructura institucional de su medicina.
En Alemania la nueva farmacolo gía se desarrolló en el seno de una estructura de institutos; recordemos que el primero que se dedicó al cultivo de la farmacología experimental fue fundado a mediados de siglo en Dorpart por Rudolf Buchheim.
Pron to apareció el de Marburg, que fundó Karl Philipp Falk en 1867, el de Bonn, por Karl Binz en 1869, y el de Estrasburgo, donde trabajó Oswald Schmiedeberg, que se formó en Dorpart, y que fue uno de los centros más activos de la época.
Buchheim, por ejemplo, contrariamente a lo que su cedió en Francia, postuló desde el principio la emancipación de la farma cología respecto de la tradicional terapéutica.
Si observamos las fechas de publicación de los trabajos de estos autores y de sus colaboradores, que aclararon la acción farmacodinámica y el destino intraorgánico de multitud de fármacos, veremos que se corresponden con las de los traba jos de los autores franceses a los que nos venimos refiriendo o son poste riores.
Para que los alemanes hicieran eso hacía falta que las técnicas químicas, las de registro y las experimentales estuvieran lo suficiente mente avanzadas (22).
Gubler, Rabuteau, Lereboullet, • o Amalio Gimeno y Vicente Peset en España, eran conscientes de la etapa de fuerte cambio que vivía la medi cina de aquella época.
Sus textos contienen información acerca de la re lación de la terapéutica con las ciencias básicas: historia natural, física, química, matemáticas, etc. A veces les resultaba difícil ensamblar todos los avances y conocimientos en un solo cuerpo doctrinal.
Georges Hayem (23), que ocupó la cátedra de terapéutica de París desde 1879, señalaba en 1880 que sería del todo deseable poder reproducir por experimenta ción en animales, las condiciones múltiples y complejas sobre las que la enfermedad se produce en los seres• vivos y realizar el estudio de los me dicamentos en cada una de estas condiciones.
En el gran proyecto de Claude Bernard ya estaba explícito: «... primeramente habría que exponer el tema médico, de acuerdo con la observación• de la enfermedad y luego intentar una explicación fisioló gica analizando experimentalmente los fenómenos patológicos.
Pero en este análisis, la observación médica no debe perderse de vista jamás; tiene que permanecer como base constante o terreno común de todos nuestros estudios y explicaciones» (24).
Volviendo al terreno del tratamiento, como médicos que ejercían la profesión no podían hacer tabla rasa en un momento de incesantes cam bios y dejar de utilizar de repente todos los productos que eran eficaces pero cuya acción desconocían.
Manteniendo su actitud de escepticismo y siendo conscientes de su poder y de los abusos que podían cometer, in tentaron ser realistas y cautos con los viejos productos y c• on los que se incorporaban día a día: «... el terapéuta tiene un gran poder, pero un poder, sin embargo, limi tado.
Si se trata de alteraciones funcionales o de lesiones recientes y poco profundas, este poder es inmenso, siendo capaz de detener o al menos en torpecer y a menudo borrar por completo los progresos de la enfermedad.
Pero si, por el contrario, las alteraciones son profundas y la nutrición se dificulta, la intervendón del médico no es más que paliativa... » (25).
En el terreno práctico se convirtieron en nuevos empíricos y raciona listas, lo que en España se llamó «empírico-racionales» (26).
Usaban me dicamentos tradicionales cuya utilidad se demostraba por la experimen tación clínica o la estadística.
Por otra parte, teniendo en cuenta las nociones de la patología, las indicaciones y los nuevos conocimientos que ya proporcionaba la farmacodinamia de las distintas sustancias, estable cían qué remedios podían dar solución a los problemas patológicos.Una revisión rápida a la historia de la terapéutica, salvando las distancias y ciertos criterios de tiempo, nos lleva a preguntarnos si esta actitud no es taba ya presente en la medicina occidental del siglo XVI cuando se incor poraron los productos curativos procedentes de América (27) y de lo que entonces se denominaba «Indias Orientales», y también en la medicina actual, a pesar de los avances que se han producido durante la presente centuria (28).
Tampoco podemos esperar de los médicos de este periodo una cohe rencia absoluta entre la teoría general que exponen en sus manuales, y la aplicación de la misma en lo que podemos llamar farmacoterapia espe cial.
Una hojeada rápida a los distintos capítulos del Codex Medicamenta rius de Gubler nos pone de manifiesto lo que acabamos de decir.
Por el mismo motivo podemos afirmar que este autor no sólo practicó la farma cología clínica sino que también se dedicó a la farmacología experimen tal.
Es necesario seguir investigando en el terreno casi virgen que es el de la terapéutica de este periodo, y nos atrevemos a decir que será obligato rio estudiar con detenimiento los artículos de revista para conocer dónde están las bases que fueron cambiando las ideas generales sobre el trata miento con fármacos y cómo se traducían éstas en la práctica diaria.
Apoyándonos en las palabras de Claude Bernard «los grandes hombres han sido comparados a gigantes sobre cuyos hombros subenJos pigmeos, que siempre ven más allá que ellos» (29), es necesario revisar la labor po co brillante a primera vista, así como de resultados aparentemente po bres, de los autores de segunda fila que hicieron estudios de aspectos par ciales sobre distintos fármacos; un buen ejemplo son la mayor parte de los 150 firmantes de los trabajos que se publicaron en el Journal de Théra peutique.
Por último, es necesario que nos refiramos escuetamente a los con ceptos sobre terapéutica empleados por Gubler (30).
Para él la terapéuti ca es el arte de curar.
Los medios de que se vale para lograr sus objetivos son de dos tipos: los que pertenecen al área de la higiene y los que pueden agruparse con el nombre de remedios.
Estos últimos son de varias clases: tan pronto son operaciones quirúrgicas o aplicación de apósitos, como «fluidos imponderables» como la luz, el calor o la electricidad.
Muchas veces estos remedios son medicamentos y su conjunto constituye lo que llama «farmacoterapia».
En cuanto a la clasificación de éstos, aparte de dar noticias de las que emplean otros autores, se inclina por la que ya en su día propusiera Bichat notablemente modificada por otros, entre ellos, Trousseau y Pidoux.
Esta idea global de la terapéutica se plasmó también en los planes de estudio españoles de medicina del siglo pasado y co mienzos del actual, y en los manuales de la disciplina que se emplearon (31).
Adolphe Gubler, por tanto, es un excelente representante del grupo que inició lo que hoy llamamos «farmacología terapéutica».
Por una par te, la farmacología clínica, que analiza las propiedades y el comporta miento de los fármacos cuando son aplicados a un ser humano concreto, sano o enfermo; por otra, la terapéutica, que establece las pautas del tra tamiento racional que han de ser seguidas en los diversos procesos pato lógicos.
Una vez esbozada la b_ iografía y las ideas de Adolphe Gubler podemos pasar al estudio de la revista que fue -o al menos pretendió serlo-ex presión práctica de todos estos principios.
El Journal de Thérapeutique fue fundado por Gubler en 1874, quien figuraba como editor de la mis ma. Tenía como colaboradores a Arthur Bordier (32) y a Ernest Labbée.
Bordier nació en S. Calais en 1841, fue interno de varios hospitales de Pa- http://asclepio.revistas.csic.es rís y jefe clínico en la Faculté de médecine, ocupando desde 1878 hasta 1895 la cátedra de geografía médica.
Fue elegido presidente de la Societé d 'Anthropologie en 1892 y fundó en Grenoble la Societé dauphinoise d' eth nologie (33).
El primer número lleva fecha del 10 de enero de ese año y comienza con una declaración programática escrita por el propio Gubler.
En ella Gubler distingue la enseñanza oral y la escrita.
Esta últimaseñala-, se plasma en forma de «manual», que recoge el pasado o enu mera el presente, y la «revista» es reflejo de la actualidad cambiante de día en día, de la diversidad de opiniones, y motor y escaparate de ideas nuevas.
Lejos de imitar el ejemplo de las publicaciones vecinas pretendió, como dice (34): «.. j 'ai formé le projet de réconcilier la morgue hautaine de la science pure avec le bon sens quelque peu sceptique et frondeur de la pratique ex clusive» (35).
Gubler señala más adelante que no hay terreno más favorable que el de la terapéutica para el cultivo de una ciencia y de un arte que exigen al mismo tiempo sagacidad, discernimiento y sana razón y donde deben re pudiarse más las fantasías doctrinales y el espíritu de sistema que los errores que se traduzcan en la práctica por equivocaciones enojosas.
Así, la línea editorial de la revista trató de no seguir ni a los conservadores in móviles ni a los renovadores agitados; es decir, trató de mantenerse aleja da de aquéllos que no cesaban de inventar novedades «fetichistas» que mostraban a los ojos de un público estupefacto y, en menor grado, de aquéllos que guardaban tranquilamente viejas reliquias respetables.
Se gún Gubler estos últimos eran, al menos, inofensivos, mientras que los otros dejaban trás de sí «errores más grandes que pequeñas verdades».
Repasa después brevemente los logros de la terapéutica en los últimos tiempos: el comienzo del estudio químico de las drogas que ya se había iniciado a finales del siglo XVIII; el descubrimiento progresivo del secre to de su acción; las ideas terapéuticas de Pinel, Scwilgué y otros; las expe riencias llevadas a cabo en animales; finalmente, la labor desarrollada por Trousseau y Pidoux.
Todo ello ha conducido según dice-, a estable cer dos métodos: la observación espontánea y la de hechos que se provo can en el laboratorio (experimentación).
Destaca la importancia de la ob servació. n clínica que abre toda una serie numerosa y variada de fenómenos subjetivos que son desconocidos para los vivesectores.
Las primeras fases de las acciones farmacodinámicas se escapan a menudo de los experimentadores y estos confunden de vez en cuando ciertos fenó menos.
Según su opinión, la clínica debe elevarse a la categoría de «labo ratorio de experiencias».
Como vemos están presentes en esta introduc ción las ideas que hemos revisado antes.
Por una parte se sitúan, según Gubler, los experimentalistas o fisiolo gistas que tienden a generalizar utilizando los rigurosos métodos de las ciencias puras, y por otra los clínicos, que tratan de analizar los fenóme nos particulares.
La terapéutica, por tanto, para este grupo, no sólo es la ciencia de las indicaciones, no sólo se ocupa de lo que ocurre entre los remedios y el organismo sano o enfermo, sino que descie: ri.de de las altu ras de la ciencia pura al devenir del arte de curar sin despreciar los pro cedimientos más vulgares y los más pequeños detalles o medios.
Nos en seña tanto la oportunidad de abstenerse como la de actuar, y en este caso, cómo y en qué medida puede y debe ejercerse este poder.
Una vez decididos los objetivos y conocida la acción, es menester elegir los me dios.
Los efectos pueden obtenerse por diversos procedimientos que pa sa a enumerar a continuación: la materia médica o farmacoterapia (la mayor parte de las veces) o los medios que nos proporciona la higiene, la cirugía u otras ramas de la medicina.
Esto explica que la revista diera cabida a trabajos originales relacionados con las experiencias del labo ratorio, los resultados de las investigaciones llevadas a cabo en el hospi tal o en la clínica privada, todos ellos relativos a la farmacoterapia, a la terapéutica quirúrgica y a la higiénica o a aquélla que emplea «remedios imponderables».
En relación con esta clasificación propuesta por Gu bler, el número de trabajos publicados en el Joúrnal de Thérdpeutique que pueden agruparse bajo el rótulo de farmacoterapia asciende a 172 (un 63 por cien del total); los relacionados con la terapéutica física as cienden a 37 (un 13 por cien); los que pertenecen al grupo de la terapéu-tica quirúrgica, 16 (un 5,9 por cien).
Hemos contabilizado 46 artículos ( un 16 por cien) que hacen referencia a var: fos t�mas distintos de los_ an teriormente citados: prevención inmunológica, pruebas diagnósticas, descripciones clínicas, etc (37).
Dentro del primer grupo encontramos trabajos que se ocupan de los siguientes aspectos: revisiones conceptua les sobre terapéutica, farmacognosia, farmacodinamia, farmacotoxia, administración de medicamentos, adulteración y falsificación de medi camentos, etc. Una buena parte de los artículos pertenecientes a esta ca tegoría son el resultado y la evaluación del empleo de ciertos fármacos en determinadas enfermedades, buen ejemplo de los objetivos que pre tendió alcanzar la publicación.
En el apéndice n.o 2 ofrecemos un índice temático de los mismos.
Respecto de _ la estructura de la revista comenzó siendo la siguiente: La tabla n.o 2 nos ofrece información acerca de los autores -un total de 150-y el número de trabajos que publicaron.
El propio Adolphe Gu bler fue el de mayor productividad -un total de 18 trabajos-, seguido por A. Coignard, con 12, Louis Reuss con 11 y Adolphe Dumas con 8.
Los editores nos recuerdan en la nota de despedida que la revista ha bía nacido para suscitar nuevos trabajos e ideas, para hacer retomar el gusto por la terapéutica racional y científica, combatir la creencia en los específicos y luchar contra el empirismo y la rutina.
Aparte de señalar la mala operación financiera que supone la edición de una publicación pe riódica, confiesan su desilusión de no poder continuar con la tarea que se emprendió diez años antes, apuntando como principal motivo la desapa rición prematura e inesperada de quién le dio vida: Adolphe Gubler.
Las últimas palabras son muy expresivas: El Journal de Thérapeutique es un fiel ejemplo del estado de la tera péutica en la segunda mitad del siglo XIX.
Utilizando palabras de Amalio Gimeno podemos decir que durante este periodo, como en otros, hubo una tendencia a explicar la totalidad de los fenómenos relacionados con el tratamiento; un exagerado entusiasmo por los entonces recientes ade lantos de la farmacología experimental; el exclusivismo y arrogancia de ciertos científicos que radicalizaron aspectos parciales de determinadas doctrinas; y, finalmente, una necesidad de agrupar los conocimientos ad quiridos alrededor de una idea para darles cohesión.
Esta situación des barata en buen grado la tendencia a ofrecer esquemas explicativos sim plistas de la evolución de la terapéutica que se complica extraordinariamente desde el siglo XIX.
Somos conscientes de que este terreno está necesitado de estudios amplios y minuciosos así como de las dificultades que conlleva esta labor.
Una de las más importantes deriva del hecho de que la terapéutica está muy próxima a la realidad de la prác tica médica, que hace que la mayor parte de los médicos no sea:o. cohe rentes con sus propios principios teóricos a la hora de establecer los tra tamientos de los enfermos.
En este trabajo hemos pretendido ofrecer una muestra de lo dicho aparte de realizar modestamente un primer acerca miento a una de las figuras más destacadas de la terapéutica de la segun da mitad del siglo XIX: Adolphe Gubler.
(1) fRESQUET fEBRER, J.L. (1985) (2) Nos parece de gran interés el estudio descriptivo y pormenorizado de las publi caciones periódicas del siglo XIX para conocer de cerca la evolución de la ciencia y la práctica médicas.
Este tipo de trabajos vienen realizándose de forma regular en el De partamento de Historia de la Ciencia, de Valencia, desde hace varios años.
Puede considerarse como el más destacado estudioso de las enfermedades renales en la escuela de París.
(5) Sucedió a Trousseau como profesor de clínica médica.
Sus principales aporta ciones tuvieron lugar en el terreno de la patología cardíaca y pulmonar.
(6) La Société de Biologie fue una institución central para las disciplinas básicas du rante la segunda mitad del siglo XIX.
Fue fundada en 1848 por un grupo que deseaba promover la investigación microscópica, química y experimental aplicada a la medicina.
(8) En esta obra BrcHAT dice: «Es sin duda sumamente difícil aún clasificar los me dicamentos según su modo de obrar; pero es ciertamente incontestable que el objeto de todos es restituir las fuerzas vitales al orden natural de que se habían separado en las en fermedades; y supuesto que todos los fenómenos morbosos se reducen en su último aná lisis a las varias alteraciones de estas fuerzas, la acción de los remedios debe evidente mente reducirse también a restablecer estas alteraciones a su orden natural.
Según esto, cada una de estas propiedades tiene su clase de remedios propios».
Se refiere a continua ción a diversos tipos de medicamentos: los que aumentan, disminuyen o alteran la con tractibilidad insensible, la contractibilidad sensible, etc. Más adelante añade: «No es mi ánimo,... dar un plan nuevo de materia médica.
Los medicamentos son muy complicados en su acción para acomodarse, sin otras reflexiones (que yo confieso no haber hecho en número suficiente todavía), a una nueva distribución.
Por otra parte no evitaríamos el inconveniente que es común a toda clasificación; pues el mismo medicamento obra de ordinario sobre muchas propiedades vitales...
Mi único fin es manifestar que en la ac ción de las substancias aplicadas al cuerpo con la mira de curarle, igual que en los fenó menos del cuerpo enfermo, todo se refiere a las propiedades vitales, y que su aumento, su disminución o su alteración son en último análisis el objeto invariable de nuestros métodos curativos» (p.
Véase (14) Por ejemplo, la definición de Peset Cervera: «Juicio o relación que el médico es tablece entre la enfermedad, el enfermo y las circunstancias que rodean a este, por una parte, y por otra el método que deberá seguir y los agentes que habrá de utilizar en la te rapéutica de un caso clínico».
Puede considerarse como uno de los creadores de la moderna hematología. |
La idea que flotaba en el aire durante el siglo XVII era la de ser toda ciencia sospechosa y arriesgada, sobre todo por ser cualquier ocupación intelectual menester propio de judíos.
En otros países europeos hubo choques entre la ciencia y la ortodoxia (Galileo.
Y, sin embargo, la cultura intelectual no se paralizó, y ala postre se produjo un acuerdo entre el pensar y el creer.
El pasado de la odontología española, lejos de lo que ha ocurrido con la medicina, no ha tenido, sorprendentemente, un tratamiento profundo y riguroso de los diferentes aspectos historiográficos de que es susceptible.
Si bien algunos trabajos abarcan períodos definitivos para la evolución de la ciencia odontológica (1), quedan importantes lagunas pendientes de estudio tanto en el ámbito general como en el específico.
Una de ellas es, sin duda, la revisión histórica de la odontología en el siglo XVII, probablemente por lo nada atractivo que resulta su abordaje al carecer la centuria, de forma alarmante, de textos propios de esta especialidad, hallándose dispersos sus saberes en los tratados médicos y quirúrgicos.
No es, pues, propósito menor el del presente trabajo, antes bien representa todo un acercamiento a la visión global y particular tanto del modo de enfermar de nuestros antepasados del seiscientos como de la respuesta por parte de los protagonistas de la sanidad española en este siglo y en esta faceta.
En España, la regulación profesional de la odontología no tuvo efecto hasta finales del siglo XIX merced a los esfuerzos de Cayetano Triviño que culminarán con la definitiva labor de Florestán Aguilar quien conseguirá que la profesión tenga, desde principios del XX, rango universitario siendo por tanto obligatoria la titulación correspondiente para desempeñarla.
En la que probablemente sea la disposición legal más antigua del Protobarberato, la pragmática promulgada por los Reyes Católicos en Segovia el 9 de abril de 1500, se delimita quién podrá ocuparse de estos afectos y no son otros que aquellos que hubieran sido examinados por los Barberos Mayores:.
«Mandamos que los Barberos i Examinadores Mayores de aquí adelante no consientan ni den lugar que ningún Barbero ni otra persona alguna pueda poner tienda para saxar, ni sangrar ni echar sanguijuelas, ni ventosas, ni sacar dientes, ni muelas, sin ser examinado primeramente por los dichos nuestros Barberos Mayores, personalmente» (2).
Ello no viene sino a confirmar que durante ese larguísimo período, salvo el «milagro» de Francisco Martínez y algún que otro intento notable a últimos del XVIII (3), la atención odontológica se dejó en manos de prácticos poco cualificados, en el mejor de los casos portadores de algún conocimiento de cirugía, considerándose estos menesteres indignos de los médicos y cirujanos salidos de las aulas universitarias quienes se limitarán a tratar de pasada los padecimientos del territorio bucal, mencionando en sus obras los más corrientes dentro del más puro academicismo, aportando bien poco en cuanto a técnicas quirúrgicas específicas se refiere.
Los afectos menores serán objeto de los barberos y así lo recuerda más de un autor en el discurso de su obra.
López de León comenta: A los barberos toca el saber limpiar la dentadura co instrumètos acomodados (4) y Sorapán Rieros, hablando del tratamiento de la caries advierte cómo hay que extirpar-al momento lo que estuuiere manchado con un hierrezuelo que para esto tienen los barberos (5).
Algo que ya habíamos advertido en la Cirugía Universal de Juan Fragoso, quien en su edición de 1666 reserva estos cometidos al barbero cuando disertando sobre la odontalgia expone: pero si el dolor procede por corrimiento sin corrupción, sería locura sa-car el diente, y en tal caso couiene que vn Barbero curioso mire, y tiente si está dañada la muela, y la saque, donde no, que se quede en su lugar (6).
Más claro lo deja Alonso Muñoz cuando describe entre los cometidos de los «barberos flobotomianos» el de la práctica de la extracción dentaria: Consisíe el arte del Barbero Flobotomiano, y es su oficio, sangrar, sajar, echar ventosas, y sanguijuelas, y sacar dientes y muelas: para lo qual conuiene q el Barbero Flobotomiano tèga muy buena herramièta, y lo demás necessario como es (...) herramienta de muelas (...)
Ansi mismo el barbero ha de ser limpio, liberal, de buena vista, y callado, y finalmente de mucha confianza (1).
Este mismo autor y Diego Pérez de Bustos (8) en sus respectivos libros dirigidos a la formación de sangradores dedican los capítulos más amplios de tema propiamente odontológico que se escribieron en la centuria.
Así pues, los «dentistas» de este tiempo: sangradores, barberos, curanderos, sacamuelas, empíricos en definitiva, formarían ese colectivo que de forma permanente o ambulante se instalaba en los lugares más dispares con el fin de dar solución mediante sus rudimentarios conocimientos a los problemas buco-dentales que la población les planteaba, las más de las veces bajo un mismo síntoma común: el dolor.
La declaración de la condesa D'Aulnoy que viajó por España en 1679 es bien elocuente: aquí -refiriéndose a Madridno hay quien desempeñe tal oficio; cuando es necesario arrancar una muela lo hace el cirujano, según su leal saber y entender y su poca o mucha práctica (9), y aún tuvo suerte ella o quien sus ojos vieron ser tratado por cirujano.
La singular asistencia prestada por tan variopinto grupo no pasó desapercibida a los observadores de la vida social de la época que lo plasmaron en sus pinturas o en sus escritos.
Tirso de Molina pone en boca del personaje Santillana el siguiente retrato burlesco del «barbero-sangrador» que, entre otros negocios, se dedica a sacar muelas (10):
Ha estudiado cirugía; no hay hombre más afamado; agora im.prim.e un tratado todo defíosomonía.
Suele andar en un machuelo, que en vez de caminar vuela; sin parar saca una muela; más almas tiene en el cielo que un Herodes y un Nerón; conócenle en cada casa: por donde quiera que pasa le llaman la Extrema Unción.
P o r su parte, el insigne Quevedo en su «Visita de los chistes» arremete c o n t r a este gremio, llegándole a calificar como «el oficio m á s maldito del m u n d o », de la siguiente manera: «En tanto vinieron unos demonios con unas cadenas de muelas y dientes haciendo bragueros; y en esto conocí que eran sacamuelas, el oficio más maldito del mundo, pues no sirven sino de despoblar bocas y adelantar la vejez.
Estos, con las muelas ajenas y no ver dientes que no quieran ver antes en su collar que en las quijadas, desconfían a las gentes de Santa Polonia, levantan testimonios a las encías y desempiedran las bocas.
No he tenido peor rato que tuve en ver sus gatillos andar tras los dientes como si fueran ratones, y pedir dineros por sacar una muela como si la pusieran» (11).
¿Qué otro elogio p o d í a n recibir aquellos «malditos oficiales» en semej a n t e arcaísmo de conocimientos y medios?
Con la sola observación del cuadro de T. R o m b o u t s «El sacamuelas», q u e se conserva en el Museo del Prado (12) -véase fig. 1-, bien puede o b t e n e r s e u n a idea de cuanto realizaban los dentistas del XVII: El protagonista se dispone a extraer u n a pieza inferior de su desgraciado paciente sujetándole el b r a z o izquierdo a fin de que no entorpezca sus maniobras; de su cuello pende u n collar de dientes y muelas, excelente aval de sus habilidades.
Sobre la mesa algunos tarros, u n bote de u n g ü e n t o, instrumentos destinados a la extracción -única práctica realizada-, varias cartas que guardarán los permisos necesarios para el ejercicio y algunas muelas que alargarán el collar.
A su alrededor, próximos pacientes esperan el desenlace de la intervención p a r a ocupar el asiento.
Los dentistas célebres del siglo XVII
E n el ambiente que queda retratado en el apartad o anterior se desenvolvieron la inmensa mayoría de los prácticos dentales durante la presente centuria.
Ya se intuye que bien pocos brillaron en este cometido pues su legado científico es escasísimo.
Por nuestra parte, d a m o s noticia de los cuatro que conocemos, acaso los mejores, todos ellos al servicio de la ¡f'^'S 'x'.
XLV-2-1993 Casa Real: los Protobarberos Alonso Muñoz y Diego Pérez de Bustosmás adelante analizaremos sus obras-, y los hasta ahora desconocidos, Miguel Martín de Mendiburu y Félix de Bozarraiz.
Los dos primeros se ocuparían de la atención buco-dental de Felipe III y de Felipe IV (y de sus Reales Familias), acaeciendo bajo su regencia la muerte de ambos.
Mendiburu haría lo propio al servicio de Carlos II al igual que Bozarraiz, siendo muy probable que éste atendiera al primer Borbón, Felipe V, pues en tiempos de su reinado permanecía en nómina.
En el frontis de su obra se nombra «Sangrador de Su Majestad, Protobarbero y Examinador general de los barberos flebotomianos del Reino», cargos que desempeñó al tiempo que Pérez de Bustos.
No sabemos cuándo debutó en la Real Casa aunque en 1621 fue renovado en el puesto: En dos de Jullio de 1621 juro Alonso Muñoz por Sangrador de Su Magd. en manos del conde de los Arcos Su Maym. ° y en mi presencia, con 100 ds.° de Gajes y vna Ración como lo tenia en la cassa de Su Magd. que aya gloria y hansele de hacer buenos desde prim. ° de mayo de este año (13).
Diego Pérez de Bustos
Al igual que Muñoz, Diego Pérez de Bustos fue renovado en su empleo el 2 de julio de 1621, jurando el cargo con salario de cient ds. ° de Gaje que gozaba en la casa de Su Magestad que este en gloria, y a partir de 1624 con 250 ducados anuales (14).
No era ésta la única dotación pues en el documento, en el que bajo el epígrafe de «Sangradores» aparecen otros documentos, se indica cómo tienen además «Ración ordinaria, casa de aposento, médico y botica».
En la portada de su obra aparece como «Sangrador de Cámara de Su Magestad, y su Prothobarbero, Alcalde, y Examinador Mayor de todos los Barberos Flobotomiános destos Reynos», datos que corrobora su hijo Diego en instancia dirigida al Rey cuando refiriéndose a él relata: sangrador q fue de Cámara de V Md. su Protobarbero examinador.
También sabemos por su testimonio que su padre sirbio mas de veinte y quatro años continuos asta q murió en su real servicio, y cómo había marchado a París con la Infanta de Hespaña, Reina de Francia (15).
Miguel Martín de Mendiburu
Ë1 1 de noviembre de 1693 juró el cargo con que había sido distinguido por el Rey: hazer rrird à Miguel Martín de Mendiburu de la Plaza de Zirujano en la facultad de Pasiones de orina que oy esta bacante, en atenzion à lo mucho que à trauajado en este éjerzizio y hauerlo executado con toda aprobazion (16).
El texto por sí dice bien poco de su cometido como dentista y es merced al nombramiento de su yerno Félix de Bozarraiz en La Plaça q ocupaba Miguel Martín de Ziruxano hemista y de cuidar de la limpieça y conserbacion de la Dentura del Rey nro.
Sr. q Dios gde (17) como conocemos su actividad.
La última fecha en que le encontramos es la del año de 1699.
Pudiera ser de naturaleza portuguesa pues su hija D. ^ Thomasa Mendiburu natural de Villa Vienza en Portugal sí que lo era (18).
Casado en primeras nupcias con una hija de Miguel Martín de Mendiburu, antes desempeñó el cargo de mozo guardajoyas en la Corte, jurando el empleo el 18 de junio de 1695 (19).
Fue nombrado a propuesta del Protomedicato para suceder en el puesto a su suegro una vez examinada la terna compuesta por Manuel Román, Lorenzo Neruchi y el propio Bozarraiz.
Dicho tribunal representó cómo había examinado A los tres sugetos mencionados y ha reconocido; que debe poner en primer lugar à el dho Phelix de Boçarrayz Yerno del dho Miguel Martin por hauerlo exercido muchos años y Sangrar theorico y Practico (20).
No sería ésta su única habilidad -probablemente aprendida de Mendiburu-ya que Neruchi no resultó elegido, a pesar de que para efecto de poner bragueros y ligaduras es hombre muy esperto y de mucha abilidad por que en quanta ha hemista y limpiar dientes No sabe Cossa Alguna (21).
La progresiva decadencia científica del XVTI en que se hallaba inmersa la medicina, se hizo más patente en el campo de la cirugía (23).
Aún con honrosas excepciones, la obra de los cirujanos del presente siglo nada tiene que ver con la brillante de sus colegas de la segunda mitad del anterior, manteniéndose los saberes, en buena medida, gracias a reediciones de obras escritas por éstos.
No obstante, gracias a una serie de cirujanos de formación universitaria que con su producción desplazaron la sistematización bajornedieval del saber y la práctica quirúrgicos, integrando en sus tratados la experiencia personal y la preparación teórica, a ló que se vino a añadir las numerosas aportaciones de detalle, es como ca, mbió, positivamente, el panorama de la cirugía española en la segunda mitad del siglo (24).
Algo parecido -no podía ser de otra manera-sucedería con la odontología.
El reiterado hito de Francisco Martínez cuyo libro es merecedor de una segunda edición en 1570 -ahora en forma de tratado-, no tiene, ni de lejos, continuación a pesar de haber iniciado un camino científico brillante con varias posibilidades concretas en el campo preventivo, farmacológico, restaurador, etc., e incluso tendido la mano a la cooperación médica: «Yo no sé que enemistad hallan -refiriéndose a los médicosentre la medicina y la boca: más que de los otros miembros, siendo el puerto, y la puerta más principal pa la prouission y alimèto dellos o porque la quiere desterrar de los términos y limites della» (25).
Los saberes odontológicos permanecieron escondidos en los textos médicos y quirúrgicos, como se verá, carentes del enfoque necesario puesto que sus autores desconocían, al tiempo que minusvaloraban, la ejecución práctica de los procedimientos terapéuticos y en todo momento remitían a los habituales clásicos que, con mayor o menor amplitud, se ocuparon del tema, limitándose a ratificar todas aquellas exposiciones ancladas en la medicina y la cirugía, y aún la farmacología, de varios siglos atrás.
Las autoridades médicas se sacudieron de encima esta tarea asistencial aunque, no pudiendo ignorar su obligada presencia en cualquier ex-posición, máxime de clasificación nosológica orgánica, se vieron irremediablemente abocados a dejar constancia cuando menos mediante algún comentario, si bien carentes de la atracción que les producían asuntos médicos de mayor fuste.
Esta actitud hizo que, dentro del escaso interés que les despertó la odontología en estos años, los textos médicos carezcan de aportaciones de mérito, quedando en un nivel inferior en amplitud y rigor expositivo a los quirúrgicos.
Pocas celebridades se detuvieron en esta especialidad, pasando de puntillas por la misma.
El prolífico Cristóbal Pérez de Herrera, en su Compendium totius...
(26) se ocupa, siempre bajo el influjo galénico, de las «parótidas», las aftas y la odontalgia.
Pedro García Carrero, autoridad médica principal en la Universidad de Alcalá a comienzos del siglo, aborda en su obra Disputationes m.edicae...
(27) las afecciones linguales y dentales, precedidas de un estudio anatomo-fisiológico dental para lo cual revisa más de una veintena de autores, dentro de su línea de retorno al escolasticismo impuesto por la Contrarreforma aunque con criterio propio ante los clásicos.
Entre los contemporáneos merecen su atención Valles, Vega y Alcázar.
Francisco Henríquez de Villacorta, catedrático de Prima en la misma universidad y su principal figura médica durante el último cuarto de siglo, trata también dicha afección glandular en dos capítulos, resaltando su naturaleza, causas, signos, pronóstico y tratamiento, de acuerdo con las teorías de Hipócrates, Galeno, Pablo de Egina y Valles (28).
Conviene no olvidar que Villacorta se opuso al movimiento «novator» que impulsaron, entre otros.
Cabriada, Juanini o Casalete, y aún Martín Martínez le recuerda como un ingenio nacido para corromper el entendimiento de la juventud médica.
Cipriano de Maroja, catedrático vallisoletano y médico de Felipe IV, comenzó a publicar su obra en 1641, reimprimiéndose en 1674 como Opera omnia medica en la que expuso varios padecimientos como úlceras malignas de fauces y garganta, odontalgia, aftas y afecciones parotídeas.
Félix Julián Rodríguez y de Gibau, catedrático en Valencia, entre los fieles a la tradición grecoárabe junto con Torre y Valcárcel, se ocupa en su Praxis Medica Valentina (29) de la odontalgia, movilidad dental y aftas.
El presbítero y medico de Carlos II, Juan de la Torre y Valcárcel, en su divulgador texto Espejo de la philosophia y compendio de toda la medicina theorica y practica (Amberes, 1668) sé ocupa de la anatomía de la región y de proporcionar algunos remedios terapéuticos buco-dentales.
En otro nivel, Juan Sorapán Rieros, médico de la Real Chancillería de Granada y de la Inquisición, en su Medicina Española...
(30), síntesis de A5c/epio-Vol.XLV-2-1993 refi-anes tratada con perspectiva médica, hace, en el número XXXVIII, precedida de unas nociones de fisiología dental, una detenida exposición de las enfermedades buco-dentales más frecuentes: neguijón, corrupción de encías, tova y movimiento de la dentadura, a las cuales aplica el trata^ miento oportuno.
Debe ser considerada esta disertación, pese a todo, como una de las más intencionadamente dirigidas a la formación médica en este terreno.
Toda clase de remedios, empíricos los más de ellos, se recogen en los textos de «medicina popular» de Felipe Borbón y del sacerdote Juan de Vidós y Miró, los cuales clasificamos en este apartado.
El primero, en su Medicina y cirugía doméstica (31) dedica un capítulo' al «dolor de dientes» y en la polémica obra de Vidós (32) se analizan éste y otros padecimientos para los que el autor ofrece un buen número de soluciones en su mayoría de índole botánica y mineral, si bien adelanta la obturación de dientes y muelas «abujereadas» previa cauterización del nervio afectado por el proceso cariogénico.
Evidentemente, por las bibliotecas de médicos y cirujanos de este tiempo circularon ediciones de textos anteriores que en buena medida contribuyeron a su formación y han sido motivo de estudio en otros trabajos.
El hecho de ceñirnos a la producción científica del XVII hace que los pasemos de largo aunque, lógicamente, no deben caer en el olvido.
La obra escrita de Gerónimo Soriano, Pérez Cáscales y Gallego Benítez de la Serna, debe ser incluida en el contexto de la brillante promoción pediátrica del renacimiento español, con la emisión de libros especializados en patología infantil, lo cual hace que encontremos también una respuesta a los padecimientos buco-dentales en esta edad.
El Methodo y Orden de cvrar las enfermedades de los niños (33) de Soriano, vio la luz en el primer año del siglo en Zaragoza y en él habla de varias enfermedades bucales como «las enzias entumezidas y vlceradas», las «llaguillas y vexiguillas», «las quebracillas y grietas de los labios» y «la ránula», acompañadas del respectivo tratamiento en que el autor aporta su propia experiencia.
En el Liber de Affectionihus Pverorvm (34) del catedrático de la Universidad de Sigüenza y médico de su cabildo catedralicio, Francisco Pé-lez Cáscales, se aborda en los tres primeros capítulos el asunto de las aftas bucales, con gran impregnación de la teoría galénica debido, sin duda, a su paso por la universidad cisneriana.
La obra más posterior.
(35) de Juan Gallego Benítez de la Serna, se ocupa, en lo que a nuestro territorio se refiere, del origen y desarrollo de la dentición, siguiendo también los postulados galénicos.
La parte odontológica del saber médico-quirúrgico fue tratada preferentemente en las obras de cirugía en el presente siglo, como quedó dicho.
Ello tuvo lugar de muy diversas maneras, tantas como diferentes perspectivas tuvieron sus autores quienes organizaron los textos conforme a la idea de lo que querían transmitir o al público a quien iban destinadas, de ahí que no encontrando uniformidad en el planteamiento general de las mismas, no podamos buscarla en nuestra parcela.
Aún así, sí hallamos exposiciones comunes a varios de ellos.
Por ejemplo, es frecuente una breve disertación anatómica de sobre la boca y sus estructuras en aquéllos que tratan esta materia; también en los que hablan de álgebra o traumatología se encuentran referencias a la dislocación y fractura mandibulares; en casi todos se comentan los procesos específicos como párulis, epulis, o úlceras y en los demás se deja constancia de preparaciones farmacológicas -de composición botánica generalmente-destinadas al tratamiento de todas estas dolencias.
Las primeras décadas de la centuria contaron con tratadistas en quienes aún perduraba la brillante tradición quirúrgica renacentista, tal es el caso de López de León, Alonso Romano de Córdoba o el algebrista Andrés Tamayo que escribieron obras todavía bajo la influencia de los supuestos bajomedievales que recibieron en sus universidades mientras que los de la promoción del último término formada, entre otros, por Ayala, Martín Arredondo, Ramírez de Arellano, Juan del Castillo, Fray Matías de Quintanilla o Diego Antonio de Robledo, muy lejos en el espíritu, que no en el tiempo, del movimiento «novator», que recibieron en las aulas las teorías del galenismo humanista y la nueva anatomía vesaliana, publicaron obras de carácter más diversificado.
En cuanto a sus saberes, vehículo de algunas aportaciones en el tema odontológico fue el Thesoro de la verdadera cirvgiay via particular contra la Común (36) del célebre, ya fallecido, Bartolomé Hidalgo de Agüero, principalmente en el capítulo traumatológico.
Su discípulo Pedro López de León, cirujano después en Cartagena de Indias, publica en 1628 uno de los mejores libros quirúrgicos del XVII que será objeto de cinco reimpresiones -la última en 1697-: Pratica y teórica de los apostemas en general y particular (37) en que expone los procesos siguientes: párulis, epulis, ránula, úlceras en la boca y heridas de la lengua, facilitando además composiciones de gargarismos a usar en diversas afecciones buco-dentales.
Romano de Córdoba además de dar su parecer sobre la dislocación de la mandíbula define qué es párulis y epulis, incluyendo en una amplia lista de instrumentos que deberá poseer el cirujano, el «Speculum oris» (38).
El Tratado tercero de fracturas y dislocaciones del médico y cirujano Andrés Tamayo se añadió al libro de Juan Calvo (39) y en él, al igual que en el de su colega Pedro Terrer Moreno Flor de Anothomia, dislocaciones y fractvras del cverpo hvmano (40) se abordará la patología mandibular de esta índole con su correspondiente tratamiento.
Gerónimo de Ayala también creyó conveniente instruir a los principiantes cirujanos sobre el particular.y para ello en sus Principios de Cirvgiavtiles y provechosos...
(41) alecciona sobre los procesos ya mencionados.
Martín Arredondo se detendrá con mayor interés en la anatomía de la región y dará varios remedios para emplear en llagas, odontalgia, etc., en su obra Verdadero Examen de Cirvgia...
(42), mientras que Fray Matías de Quintanilla, cirujano que fue del Hospital de Antón Martín, disertará con concisión sobre estos padecimientos en su didáctica obra (43).
También aparecen conceptos de materia odontológica en el libro del cirujano Juan del Castillo Tractatvs...
(44), probablemente el mejor en su género del último tercio, y de Diego Antonio de Robledo Compendio cirurgico, vtil, y provechoso a sus professores (45).
Mientras que éste es del tenor de los demás, el de Castillo tiene la originalidad de explicar el origen, la sintomatología y la resolución terapéutica del cáncer de boca.
A cofia de Luis U Marca..
Con licencia.Por Jtian Chry/ólt'omoCdf ciaJ Junto J.1 molino ¿e R, ouelU. i6i I.
Pérez de Bustos Alonso Muñoz
Portada de las obras de los sangradores P érez de Bustos y Muñoz.
XLV-2-1993 respectivas obras no asciende al mínimo para que alguna de ellas pueda ser considerada de vocación odontológica.
Si bien en el desarrollo de cada uno de los capítulos allí expresados trasluce una formación de mayor nivel, sintomática del paso por la universidad, es necesario hacer un alto en dos tratados escritos por sangradores, aunque entre los mejores, cuyo fin no era otro que formativo.
Alonso Muñoz y Diego Pérez de Bustos, autores respectivos de Instrucción de los barberos flebotomianos y Tratado breve de flebotomía (46) publicaron sus obras en el breve espacio de nueve años, no viendo la luz otro de similares-características hasta 1717 en que se edita la Doctrina moderna para los sangradores del francés Ricardo Le Preux.
Ambos -ya se vio-fueron Sangradores de Cámara, Protobarberos y Alcaldes Mayores Examinadores, así que ocuparon el más alto rango de quienes tomaron contacto con la dentistería en la época.
Bien cierto es que por su condición de «Examinadores Mayores», fueron testigos privilegiados de los escasos conocimientos que poseían los aspirantes a sangradores a quienes les vendría grande, si es que podían tener acceso a él, el tratado de Francisco Martínez, de forma que el común propósito que les animó a escribir fue el de elaborar un «prontuario» cuyo aprendizaje les facultara para dar salida a aquellas situaciones teóricarriente menos comprometidas, o sea, la práctica de la extracción de la pieza dentaria enferma que, origen de dolores insoportables, era la causa más frecuente de petición de auxilio en este apartado.
Valga el testimonio de Alonso Muñoz en el prólogo de su tratado: he querido, como Protobarbero, y examinador general, hazer este breue tratado para dar luz a muchas ignorancias que en los que se han examinado he hallado (...) (47).
Además de lo que nos viene interesando, dichos libros dedicaron un buen número de sus páginas a la práctica de la realización de sangrías, aplicación de sanguijuelas y otras tareas propias de su rango.
Ambos comienzan con unas nociones sobre la anatomía dentaria, menos acertadas en el libro de Muñoz que en cuanto a su número afirma: aunque algunos dizen, que son treynta dos, sólo hallo veynte y ocho, catorze arriba, y catorze abaxo (48) como si estuviera por ver el primer cordal en su vida.
La mayor parte de las hojas odontológicas constituyen una explicación de los procedimientos más acertados para la extracción dentaria, con la explicación del funcionamiento del instrumental diseñado a tal fin.
No obstante, Muñoz comenta el tratamiento conservador mediante cauterización del nervio.
Salvo esta interesante aportación, los dos trata-dos no alcanzan el nivel del Coloquio de Francisco Martínez, más ambicioso en otros temas y con una mentalidad abierta al tratamiento preventivo y conservador, lejos del exclusivamente mutilante de éstos.
Todos los conceptos odontológicos esparcidos en los anteriores libros, coincidentes las más de las veces, pues sus autores respectivos corresponden a la misma época y convicción, no caracterizada precisamente por la revisión científica y sí conformes con los saberes heredados de la antigüedad clásica -salvo los últimos años del siglo y primeros del siguiente con el mencionado movimiento «novator»-, tienen un mismo denominador común: el influjo del galenismo que, además, había sido de obligado aprendizaje en las aulas universitarias.
La teoría humoral es traída a colación una y otra vez para explicar las causas de la enfermedad pero también bajo el influjo galénico, en una concepción más dinámica y fisiológica.
A la boca llegan los humores que se encuentran en exceso y por irritación de ellos o de sus vapores originan las diferentes afecciones.
Puede quedar bien sintetizado en la disertación de Diego Antonio de Robledo al hablar de las causas de las úlceras de la boca y fauces.
Las causas son antecedentes,, y conjuntas, las antecedentes, son los humores acres, corrosivos, pútridos, ó sórdidos, ó los vapores que de ellos se elevan, como sucede en los que padecen fiebres malignas, y en los que tienen intemperie, calidad del hígado, ó de otra parte; y también son la causa los vapores elevados del mantenimiento corrupto del estomago (...) y también suceden en los niños estas vlceras, por los vapores que se elevan de la leche corrompida en el estomago, según Hypocrates, y Galeno; los humores que son causa de estas vlceras son, según Riberio, qualquiera de los quatro que llegue a adquirir mala qualidad, y preternaturalizarse; y muchas veces sucede ser el atrabilis, y causar vlceras terribles...
Además del fuerte influjo del médico pergameno, otras autoridades son citadas repetidamente para ratificación de lo que el autor expone, tal es el caso de Hipócrates principalmente, Avicena, Celso, Pablo de Egina, Senerto, Riberio, o los modernos españoles Pedro Miguel de Heredia, Alcázar, Valles, Daza, entre otros.
El apartado traumatológico, presente en la mayoría de los libros quirúrgicos, no ofrece gran dificultad y en todo momento las técnicas de reducción tanto de la luxación como de la fractura mandibulares son correctas.
No debiéramos pasar por alto una loa de Agustín de Rojas en El viaje entretenido (50) que aunque, evidentemente, no es texto científico ni por asomo, expone una serie de conocimientos odontológicos en cuanto a la anatomía, fisiología, patología, profilaxis y terapéutica, dignos de tener en cuenta -máxime en un siglo de alarmante sequía en este tema-llegándonos a sorprender la extraordinaria síntesis que hace de ellos, revalorizada por su docta pluma, por lo que sería más grave la ignorancia u omisión que su inclusión en un trabajo de estas características.
Alrededor de una docena de padecimientos diferentes se recogen en los textos revisados.
Nuestro objetivo es seleccionar aquellos párrafos que mejor expresan el significado de la enfermedad, sus causas y expresión clínica así como el enfoque terapéutico, dejando hablar a sus protagonistas si bien recomendamos la interesante lectura del texto íntegro al tiempo que pedimos perdón por la probable incorrección en el estilo de algunos fragmentos traducidos del latín pues varias son las obras que se editaron en esa lengua, el todavía idioma científico por excelencia.
Para Sorapán, la caries (neguijón) es la primera enfermedad de los dientes: que es corrupción de muela, ó diente, por ser solución de continuydad se sigue de dolor (51).
Alonso Muñoz explica la enfermedad así: Estas muelas, y dientes se dañan por los mantenimientos que llegan a ellos calientes, y frió s: assi mismo por los corrimientos que a ellos acude, y lo mas cierto es, que da en ellos neguijón (52), y habla también de las caries interproximales: Ansi mismo el neguijón es tan malo, que si la muela que está dañada está cerca de la sana, también la podrece, que se pega, y lo mismo en los dientes quando vno está dañado del neguijón, es bueno, y mucho limallo, porque no dañe al que está junto, y si entrambos lo están, limallos a entrambos, y cauterízanos con lo que he dicho (53).
Pérez de Bustos, después de hablar de la anatomía de los dientes ratifica también la teoría humoralista en la aparición del mal: Estos por algunos corrimientos suele venirse comer de neguijo, ya dar tato dolor, que obliguen à sacarlos (54).
Directamente relacionado con el proceso anterior -bien lo dice Pérez de Bustos-, es uno de los asuntos más estudiados por ser, sin duda, el síntoma predominante en las afecciones dentales.
Pérez de Herrera no ve el origen propiamente en la caries y sí en el exceso humoral (55).
Alonso Muñoz sabe que es la profundidad de la caries la que producirá el dolor, tanto más cuanto se acerque a la cámara pulpar: poco a poco la va pudriendo, y entrando vn poco en lo viuo, duele, y da tanta pena, y dolor como se sabe {56).
Para Rodríguez de Gilbau existen diferencias en cuanto a la intensidad: unas veces aparece dolor fuerte y otras tenue, en cuanto al tiempo: por lo que uno es reciente, otro es antiguo; en cuanto a la forma: en el sentido de que los dientes padecen por su propio mal o por repercusión de otras partes, especialmente de la cabeza; por «las consecuencias» pues puede aparecer a veces con fiebre y a veces sin ella; y por las causas, bien sean internas o externas (57).
Cree también que la odontalgia puede ser provocada por la presencia de gusanos, según la ancestral teoría vermicular que les hace responsables de la corrosión dental: Algunas veces sucede que los dientes duelen por causa de los gusanos que si son extraídos por el cirujano docto no duelen más; pero si no pueden extraerse entonces debemos emplear medicamentos amargos y ácidos de la siguientes forma: Toma un manojo de ajenjo, doce altramuces machacados, acíbar y añade una onza de mirra en ligadura.
Cuezase todo en suficiente cantidad de agua según arte y de la coladura toma una libra a la que añadirás rodomiel y de jarabe de ajenjo añade dos onzas.
Mézclese y háganse gargarism.os, con lo que se hace limpieza de la boca y mueren los gusanos (58).
Al igual que Bustos, Felipe Borbón cree que puede producirse de causa fria o bien provenir" de causa caliente, en cuyo caso se recurrirá a la terapia específica; caso de que fuese por efecto de la corrupción del Diente el tratamiento analgésico se hará colocando vn grano, ó dos de opio, según la capacidad de la parte, después castigarás la caries, con el espíritu Vitriolo aplicado con vn alqodon, o azeyte de Enebro, ù de Tabaco, y sino cede a estos remedios, administrarás el Cauterio actual, d sacarás el Diente (59).
En la misma línea se expresa Cipriano de Maroja, quien expone secuencialmente todos los procedimientos terapéuticos: sangría en el brazo del lado afecto, purgas, fricciones, ligaduras, baños, instilación de diversas soluciones en el oído, cauterización del nervio bien con hierro, bien con aceite de vitriolo; todo ello antes de llegar a la última solución: la extracción, que en no pocos casos será muy eficaz.
Ahora bien, si la causa fuera el exceso de humores fríos, aparte de la fricción dental con Teriaca Magna o la instilación auricular con aceite de ruda o de ajenjo templados, podrán emplearse las siguientes pastillas:
Mastix, pelitre y alumbre, de cada uno dos dracmas.
Cera y trementina en cantidad suficiente y háganse pastillas de las cuales se coloque una en la parte doliente (60).
Los sangradores Alonso Muñoz y Diego Pérez de Bustos darán su opinión.
Aquél cree bueno el tratamiento a base de incienso, romero, leche de mujer u hollejo de culebra, que se aplicará en la zona dolorida; éste preconiza el siguiente:^we tome vnos granos de almasciga en.la boca, y que los traiga àzia la parte que le duele, porque aquel corrimiento descargue con algunas flemas; o cozer vn poco de agua, y vinagre co piedra alumbre, y que lo tome en la boca àzia la parte que le duele, y que se pongan en las venas sieneticas vnos pegadillos de incièso molido, y leche de muger, y otros en los parotides, q son detras de las orejas, o que en la muela que mas sospecha tuuiere que le duele, la vnte con vnas hilitas mojadas en la quinta essencia de clauos, que ordinariamente la tienen los destiladores, que luego al punto se le quitará el dolor, y con eso se quedara con la muela (61).
El cauterio recomienda Robledo, tanto en la cavidad: el fin que llevan es abrasar el nervio, que viene a las rayzes, para que privándole de sentido no sea de instrumerito de el dolor, como en la vena que viene ramificada por medio de la oreja, y asseguro, que duele menos que vna sangría y raro es el que aviendose cauterízado estas venas, ha buelto a padecer el dolor de muelas (62).
Torre y Valcárcel se decanta por la instilación en el oído del opuesto al del dolor, de la siguiente preparación: la corteza del plátano, cocido cd vinagre: las lombrices de tierra, cocidas cà azeite, è instilado el azeite en el oído contrario: el cocimiento de las rai-zes de espárragos, el de la simiente de alcaparra, el de assensios, y el de peregil, cocidos CO vinagre de maluauisco, de la vetonica, con vino, y del cohombro silvestre (63)..
Otros muchos remedios son expuestos por los diferentes autores.
Hasta veinticuatro diferentes recopila Vidós, desde los muy simples a los mas complejos.
Accidentes durante la erupción
Este frecuente trastorno, motivo de malestar en los niños, es abordado por Soriano: Qvando auieren dentarlos niños, acaece que se les hincha, y entumecen las enzias, y se les vlceran en derredor de las vertebras de las quixadas.
En tal ocasión es muy vtil y provechoso, que sus madres, à nodriças les freguen con los dedos, blanda, y amorosamente las enziitas.
Después con vnto de gallina, ó con celebro, si quier meollo de liebre, à con azeite de manganilla, ó con trementina mezclada con miel, vntarselas muchas vezes, junto con esto echarles sobre la mollera, que cayga de dos palmos, en alto vn poco de cozimiento de eneldo, y de manganilla (64).
De su propia cosecha, aconseja que en el momento en que comienza la erupción, el niño solamente lacte, si bien se le puede dar yema de huevo o leche de cabra, oveja o almendras; para ayudarla cubrirán las cervices del niño, y las mexillas, y cabega, con lana limpia, y cardada para que el ambiente, y ayre exterior no impida la dentición (65).
Rodríguez y de Gilbau recuerda esta afección que puede complicarse: por causa del descuido surgen muchas enfermedades como son fiebres, colitis, convulsiones, epilepsias y otras.
Para reducir la inflamación gingival y facilitar la erupción aconseja ungir las encias con la siguiente mixtura:
Polvo de cerebro de liebre 2 dracmas.
Lo necesario de aceite de almendras dulces.
Mézclese y hágase en forma de pasta (66).
«Corrupción de las enzias»
Dentro de las enfermedades periodontales podemos clasificar esta enfermedad descrita por Sorapán, quien aconseja una vez estar euaguado el cuero con sangrias, y purgas, si el medico las vuiere ordenado, este cocimiento: Tomen de agua de palo santo dos onzas, aguardiente vna onza, vinagre esquilitico media onza, miel rossada vna quarta, de alumbre quemado vna dragma: mézclese todo, y con vn yssopillo se lauen quatro vezes al dia, las dos antes de comer, y las otras dos vn poco antes de cenar (67), que es el mismo que Martín Arredondo utiliza para tratar las llagas de boca y garganta (68).
La tercera enfermedad en la clasificación de Sorapán también puede ser incluida en este apartado pues suele ser causa de la afección gingival: la tova o sarro.
Su eliminación se hará conforme al título del refrán: O con oro, ó con plata, ó con viznaga, ó con nonada (69).
Si la enfermedad periodontal llega en su grado más avanzado a producir movilidad dental por destrucción de los tejidos de soporte, este remedio combinado de enjuagues y sangrías propuesto por Torre y Valcárcel, «Para afirmar los dientes quando se andan», puede mitigarla: Es a propósito el vino solo blanco caliente al fuego, y azeite solo, a falta; y las hojas de orobal, que se llama alquequengi en las Boticas; el cocimiento de lentisco, el azeite de la oliua silvestre, la leche de asna, ó burra; el pollo seco y tostado, reducido en polvos; el alumbre, la sal tostada, y el cato: y hacer fuentecillas detrás de las orejas, y con vino blanco enjuagarse después de comer, y a menudo (70).
De igual denominación que en la actualidad, bajo este nombre se recogen aquellas lesiones epiteliales localizadas que sufre la m u c o s a oral, aunque algunos autores prefieren una denominación menos técnica en su enunciado, probablemente no queriendo comprometer un erróneo diagnóstico.
Para Pérez Cáscales es la enfermedad que con más frecuencia afecta a los niños así que nacen (71 ).
En los extensos tres primeros capítulos de su tratado, de la mano de los clásicos antiguos más Gordonio y Trincabelo, expone la etiopatogenia de la enfermedad que se contrae por dos causas principalmente: por estar viciada la leche de la nodriza o por mala cocción de la misma en el vientre del niño.
Su aspecto dependerá del humor que en el cuerpo de aquella se encuentre en exceso: Como dice Aecio, tretra.
4 cap 19, las Aftas rojas denotan dominio de la sangre; las amarillentas, de la bilis; las blanquecinas, de la pituita; las lívidas y oscuras, dominio de la bilis negra (72), recordando que para Avicena, el color de las mismas es señal del humor que produce la leche que las origina.
En el caso de que él vientrecillo del niño sea demasiado débil o el aporte de leche excesivo, ésta se corromperá y los vapores expulsados, acres y mordaces, producirán las lesiones.
En sintonía con este médico se muestra Rodríguez y de Gilbau para quien las aftas son más frecuentes en los niños, aunque pueden aparecer también en los adultos, bien por causas externas (algunos alimentos y medicamentos) o internas (humores en exceso).^En uno y otro caso se impondrá un régimen dietético y la eliminación de los humores en exceso mediante purga o sangría, cambiando la nodriza en el caso del infante pues pudiera ser la responsable de la enfermedad (73).
«De las llaguillas, y vexiguillas que se les haze en la boca» es el título del capítulo VII del libro de Soriano en cuya presentación intuye la agresión que produce la leche y se muestra en la línea de su colega Cáscales al reconocer las teorías clásicas, principalmente las hipocráticas.
Según el aspecto, la gravedad: las que son verdes, y negra, por la mayor parte son mortales: las que tiran a color blanco, à amarillo son menos peligrosas (74) y su tratamiento incluye una serie de preparaciones para pincelar las ulcerillas más algunos consejos que la nodriza debe cumplir a fin de generar buena sangre y, por tanto, mejor leche.
Diego Antonio de Robledo dedica un capítulo de su obra para hablar «De las vlceras de la boca, y fauces», que pueden asentar en cualquiera de las partes que componen la boca y serán superficiales a las quales vulgarmente llaman los Autores apthas, o profundas, a veces con caries de hueso, presentándose en los niños de teta, y otras en personas grandes de edad, siendo las de aquellos más difíciles de curar.
Sus causas, una vez más, son los humores acres y corrosivos o los vapores que de ellos se elevan.
Su diagnóstico, de visu, no es complejo revelando su color la causa que las produce.
Para su tratamiento se seguirán las quatro intenciones, que son el orden de la vida, evacuar la causa antecedente, curar la vlcera y corregir los accidentes (75).
En la cura de la úlcera se extiende, al igual que López de León, en un rosario de preparaciones que, por transmitir el espíritu de la época en este apartado, no debemos pasar por alto: se empegará desde luego vsando de enjuagatorios, ó gargarismos compuestos de aguas de llantén, madreselva; y cabeguelas de rosas, añadiendo en ellas vn poco de xarave de rosas secas, y de arrope de moras, o se harán de cozimientos de hojas de llantén, centidonia, valaustrias, y sándalos rubios, con di-chos xaraves; y si huviere inflamación, se podrá añadir à los enjuagatorios zumo de solano, siempre verde, y verdolagas, desatando en ellos vn poquito de salprunela, y si juntamente con la inflamación fueren las vlceras dolorosas, se vusara de enjuagatorios de leche; y en defecto della, se administrarán emulsiones de las simientes frias, o muzilagos de zaracatona, y pepitas de membrillos, sacadas con agua rosada, y de liante; y si el dolor no se mitigare con estos remedios, podremos passar à mezclar en dichos cozimientos algunos narcóticos; y lo mejor es desatar en ellos dos, o tres granos de laudano opiado, si el dolor, y la inflamación cessaren, à las vlceras carecieren destos sinthomas, y las vlceras fuere sórdidas, y pútridas, se vsará de enjuagatorios de cozimiento de cebada, con miel rosada; si fuere en niños se vsará de leche acerada, después se passarà à medicamentos mas fuertes, empezando à mùdificar las vlceras con miel rosada, en la qual se echarán vnas gotas devitriolo, hasta que slaga lo azedo en la miel rosada; y si esto no bastare, se vsará del agua de Lanfranco, o de el vnguento Egypciaco, desatado en vn poquito de los cozimientos, à aguas referidas; y si esto no bastare, V s aremos del agua de piedra lipis, la qual para estos casos alaba mucho Zacuto, cuya composición es en la forma siguiente (...) (76), verdadero alarde de sabiduría botánica.
Finalmente, Juan del Castillo trata el tema en la línea de Robledo, advirtierido que los humores en exceso colorearán los ojos de una u otra tonalidad: la dañina cualidad de este mal se manifiesta por los ojos.
Si se ponen rojos, proviene de la sangre; si se ponen amarillos, de la bilis; si tienden al blanco, de la pituita; si se ponen morados, está generado el humor por la atrábilis {11).
Bajo este epígrafe se incluyen todos aquellos aumentos de tamaño de la glándula del mismo nombre, que en la actualidad admiten una amplia clasificación niientras que por la mente de aquellos tratadistas pasaba solamente un proceso, fácilmente diagnosticable según López de León; no hay barbero por ignorante que sea, que no las conozca'(18).
La tumefacción glandular queda sobriamente definida por Fray Matías de Quintanilla de esta manera: Es vn tumor que se haze detrás de las orejas; cuya causa proviene de todos los quatro humores juntos, ó de cada vno de por si (79).
Gerónimo de Ayala, en la misma línea, no aporta cosa nueva, al igual que López de León.
Robledo, por su parte, reconoce que el humor también puede acudir al lugar si ha sufrido un golpe previamente y dedica el capítulo más extenso al tratamiento, con algunos emplastos recetados por Pedro Miguel de Heredia, si bien antes habrá que ordenar la vida y practicar las sangrías y purgas que jFuesen necesarias.
Acorde con la teoría humoralista se declara Henriquez de Villacorta que aborda el tema en dos capítulos siguiendo a los consabidos clásicos y Valles.
Esta denominación persiste en la actualidad aunque tiende a ser sustituida por la denominación genérica de «quiste mucoide del suelo bucal» que es de lo que se trata.
Su aspecto no pasó desapercibido a los cirujanos y de ella recogen su opinión los respectivos libros.
Para Quintanilla Es un tumor, que se haze debaxo de la lengua, semeante a la cabeça de la rana; la qual, si se haze de flema es blanca, y si de melancolia negra, aunque su naturaleza también puede ser cancrosa y, por tanto, incurable (80).
El tratamiento quirúrgico con cauterio o lanceta, abierta la ránula e introduciendo miel rosada y polvos de Juan de Vigo con una mechita, es recomendado por Romano de Córdoba si no han surtido efecto los medicamentos desecantes, emolientes o cáusticos.
Este autor, igualmente, confirma la teoría humoral.
Otro tanto opina Ayala que cree posible una localización en lo alto de la boca a la que tratará de igual manera, llegando a dar vna, ú dos lancetadas longitudinalmente, y poner sal, y vitriolo, y fregaremos también con vinagre, y vino tinto, y orégano (81) con tal que el tumor no sea canceroso.
De los humores, sólo el flemático suele originarla según Robledo, y si creciera tanto que impidiera los movimientos de la lengua, cuando hablara el paciente su voz se asimilará à la voz de la rana (82).
Observadas las medicaciones previas puede que haya que llegar al tratamiento quirúrgico mediante incisión para que drene y pueda ser instilado un cocimiento mundificativo.
Soriano la cree posible en los niños y su disertación ocupa el capítulo terapéutico tomando como modelo a Guillermo Placentino.
Más interesante es el relato que sobre un caso por él tratado-buen resumen de todo lo anterior-hace López de León:
En la ciudad de Cartagena curé dos esclavos de dos ránulas muy grandes, que tenían como dos lenguas; y otra cure en Santa Marta el año 1613 (...) de camino curé un encomendero, de una ránula grande, xaropeló, y purgúelo, y sángrele de los bracos, luego le abri la ránula con un cauterio de fuego, salió de alU un humor albugino.
Passados quatro dias le curé siempre con polvos de luanes metidos con lechinos, y sus defensivos por de fuera de claras de huevos, y azeité rosado; con todas estas prevenciones se inflamo dé manera, que me obligó de nuevo a sangrarle dos de la cep-. halica, y sacalle bien sangre, y hechalle cristeles agudos, y hazerle fuertes fricaciones, y hechandole ventosas con sajas y sin ellas.
Rosas, cevada, linaza cozido en agua, lib. f. xarave acetoso, y miel rosada colada, an. une. ij. alumbre, dragm. j. y un poco de vino todo mezclado, luego le ordené un dessecante de vino estiptico, con el qual quedo sano del todo, desta manera los he curado (83).
Trasladado a la nosografía de hoy es toda t u m o r a c i ó n que asiente a ese nivel.
Fácil de observar, no p a s ó desapercibida a n u e s t r o s autores.
E n sus definiciones tan bien sintetizadas dice Quintanilla: es vna carne crecida, que se halla en las encías; la qual proviene, por auer sacado alguna muela (84) y su curación, supuestas las evacuaciones y o r d e n de vida, se h a r á siguiendo tres intenciones: extirpar aquella carne, mundificar y cicatrizar (85).
Robledo cree que es u n proceso inflamatorio que crece sobre el cordal y debe ser extirpado con punta de tixerq dicha cameçuela y luego curar la llaga con enjuagatorio de cocimiento de cebada, y llantén (86), m i s m o rem e d i o que propugna R o m a n o de Córdoba par a esta carne crecida entre los diètes (87).
Apostema considera este último autor tal lesión, de difícil separación del anterior («junto a la encia») y cree se haga en las enzias por alguna muela, o diente gastado (88).
Sin indicar su causa, Quintanilla lo ubica t a m b i é n en las encías e indica que tiende a supurar.
De idéntico modo piensa Robledo aunque su causa, es los humores que fluyen de la cabeça a dichas partes, y en ellas causa el tumorcillo (89) de forma que, una vez supurado, deba abrirse con una lanceta, procedirríiento que apoya López de León quien las denomina «parulidas».
Solamente Juan del Castillo se ocupa del cáncer ulcerado de boca.
En la sección quinta de la tercera parte de su tratado aborda en dos capítulos este asunto: La úlcera cancerosa en la boca se produce porque estas partes son en exceso porosas y laxas; pero en su mayoría en las mujeres tiene su origen en el útero, especialmente en aquellas a quienes han faltado los menstruos y en las que son de constitución fogosa o enjuta en demasía y tienen la sangre adusta y transformada a rriodo de atrábilis por causa de adustión.
Igualmente afectan a la boca en los hombres principalmente en quienes cesan las habituales evacuaciones y en los que producen una sangre atrabiliaria, pues aquellos humores adustos y transformados a modo de atrábilis por causa de adustión que solían evacuarse por los lugares habituales, confluyen hacia la boca, y se forma un cáncer (90).
Lógico será que se evacúen los humores al tiempo que haya que abstenerse de toda intención de aplicar medicamentos cáusticos ni cauterios ya que Galeno adoctrina, por experiencia, que aquellos hombres no tratados por estos medios sobrevivieron más y mejor.
Dispone Castillo de algún colirio que tiene comprobado alivia el dolor e impide su crecimiento: Tómese escrofularia, sándalo, cinoglosa, mirobalano de cítricos y betónica.
Todos estos elementos mézclense con media rana de agua y clara de huevo y dos dracmas de ceniza de cangrejo quemado y media onza de semilla de membrillo.
Tritúrese todo ello y añádase agua de rosas, eufrasia, sólo una libra.
Después destílese todo en un alambiaque de plomo (91).
Heridas de la lengua y los labios
La única exposición de las heridas de la lengua la encontramos en López de León que tras la oportuna descripción anatómica del órgano indicará el tratamiento a ejecutar, patrimonio, ahora sí, del cirujano: La len-gua se suele cortar atravessada, o a lo largo; si a lo largo, no ha menester costura.
Si atravessada, no se escusa y ansi tomara vn ministro la lengua con vn paño, y sacalla a fuera todo lo que pudiere, y el Cirujano dará los puntos profundos, todos los que fueren menester, cortando el hilo junto al ñudo, porque no estorve al hablar, y porque no se embarace entre los dientes, vsarà de lavatorios estípticos, y aglutinàtes.
Yo suelo vsar este q se sigue.
Vino lib. j. arrayhan, agallas de ciprés, caude equina terrestre, centaura menor, an. drag ij. cueza según arte, y colado se añada sangre de draqo encienso, almasciga, ana. drag. j. xarave rosado, vnc. ij. todo mezclado es admirable, porque en quatro dias conglutina, y cierra la herida (92).
En el libro de su maestro, Hidalgo de Agüero, se comentará el tratamiento de la herida de los labios en el mismo tono, llegando a suturar la mucosa si la herida llegó a la mucosa yugal.
Además Vsarán de medicinas desecantes y astringentes, como es el azeyte Benedicto en hilas por defuera y clara de hueuo mixta con poluora rubra, y por de dentro con vino estíptico tibio; y el mantenimiento ha de ser tenue, como es caldo de pollo, y almèdras y maniar Maco (93).
Traumatología: Dislocación y fractura mandibulares
Nada menos que seis dé los cirujanos se detienen en estos capítulos, variando bien poco su exposición.
En cuanto a la luxación de la mandíbula inferior (no olvidemos que se considera mandíbula superior al maxilar y el conjunto de huesos que con él articulan) (94) obedece por lo común a una misma causa, la exagerada apertura de la boca que generalmente ocurre durante el bostezo, si bien Robledo no duda en recurrir otra vez a la teoría humoralista, en caso que afecte a los niños, por humores que laxan el cartílago (95) o por algún golpe o caída.
Su diagnóstico no ofrece dificultad ya que, según sea anterior o posterior, la boca permanecerá abierta con el maxilar retrasado o adelantado.
Para Terrer, puede ser además uni o bilateral.
Salvo Hidalgo de Agüero que no considera el tratamiento, el objetivo es común a los demás: la reducción.
Baste con exponer el comentario de Terrer Moreno que sintetiza el procedimiento muy acertadamente: Poniendo los dedos pulgares dentro de la boca encima de las muelas, y lo demásAe la mano a la barba,, y puestas desta manera, hará el primer movimiento y extension azia abaxo, el segundo adentro, y el tercero azia arriba, con lo qual se reduzira a su natural encage (96).
Este autor apuesta por la inmovilización posterior mediante una venda que sujete la barbilla, anudándola en el cráneo.
La fractura de esté hueso puede producirse por cualquier agente traumático que incida sobre él, así que podrá localizarse en cualquier porción pudiendo ser uni o bilateral.
Se reconocerá por la desigualdad entre los dientes superiores e inferiores y su reducción intentará lograr una oclusión lo más correcta posible.
De nuevo Terrer sugiere que pueda sumarse una luxación, lo cual habrá que tener en cuenta.
Una vez reducida, los dientes deberán ligarse con hilos de oro, plata, seda, lino, etc. a fín de lograr un anclaje intermaxilar que perdure el tiempo que suele tardar en soldar: tres semanas según todos los autores.
Sea como fuere, estando reducida, aconseja Robledo: Reducidas las extremidades del huesso a su sitio, se cuydarà de la conservación de los dientes vecinos a la fractura y si quedaren mobiles, o desencaxados, se reducirán a sus luares, y se afirmarán en ellos, atándolos con vn hilo de oro, de plata, o de seda encerado, a los dientes firmes vecinos; y luego se le aplicará à la parte de afuera vn paño doblado, o planchuela de sedeñas, mojadas en la cathaplasma común de las fracturas de las claras de huevo, y polvos; y sobre la planchuela se acomodara vna tablilla suave, del largo de la mandibula, la qual debe ser de madera delgada, de cuero crudo, o de suela, para que sirva de detener los huessos quebrados en su sitio; y puesto vn sobrepaño sobre ella, se liaara con la liagdura conveniente (97).
Valga el ejemplo para expresar el común sentir de estos cirujanos y algebristas.
Cabe incluir en este apartado la traumatología propiamente dentaria que Sorapán clasifica como la cuarta de las pasiones: quando por algún golpe, o cayda se mueue la dentadura; en tal caso considere, si el daño está en las enzias: y entonces se tome vino blanco, y miel rossada, con la qual se lauaran quatro, o cinco vezcs al dia la boca (98).
Ahora bien, si existiera avulsion dentaria, el diente ha de reimplantarse; por el contrario, si no es más que mouerse la dentadura, se colocará una tirilla de lienzo por fuera y otra por dentro empapadas en uno de tantos emplastos de acción «antiinflamatoria» intentando también que sirvan de férula.
La terapéutica médica y quirúrgica de las enfermedades bucales expuestas ya ha sido comentada en su momento para mayor agilidad del texto.
Comprobado queda también que los procedimientos terapéuticos de alguna importancia ha de realizarlos el cirujano, ya sea la sutura de las heridas de la lengua, la incisión y drenaje de la ránula, la extirpación del epulis o la reducción de la luxación y fractura mandibulares -aquí en igualdad de condiciones con el algebrista-.
¿Qué le queda entonces al «dentista», a quien parecen estar reservadas las propiamente dentales?
Dejó claro López de León cómo A los barberos toca el saber limpiar la dentadura co instrumètos acomodados, como son buriles de muchas maneras; bien cortantes para quitar la tova (99).
Sorapán, hablando del sarro o «tova» dice: para este mal ningún remedio ai mejor, que traerla limpia, teniendo en casa, vn mondadientes de plata, ó de oro, para que el barbero quahdo venga a hazer la barba mire muy atentamente la boca, y quite con el dicho mondadientes lo superfluo que se vuiere criado (100).
El uso de cada uno de estos materiales se hará de acuerdo a la dureza del sarro o su dificultad para quitarlo: porque si la toua estuuiere muy tierna, y blanda, en tal caso bastará el palillo de viznaga (...)
Pero si la toua enemiga de los dientes estuuiere pegada a ellos, de suerte que no baste para despegarla la blandura de la uiznaga, auemos de ayudamos de mondadiente de oro, el qual entre, todos los metales se lleua la gala (...)
Mas si la toua, o otra qualquier sustancia, enemiga a los dientes, se hallare en ellos, y no quisiere obedecer a la blandura de la viznaga, ni del oro; en tal caso, hará el prudente mondadientes de plata que es metal mas duro que el oro, y no tanto como el hierro (101) Cualquier comentario sobra, la tartrectomía será objeto del «barbero.»
No son escasas las fórmulas dentífricas que aparecen esparcidas en los diferentes escritos, cada una mejorada con la adición de algún nuevo componente que viene a sumar sus propiedades «en beneficio» de la afección a tratar.
Independientemente, se presentan también algunas composiciones para el uso cotidiano, como vamos a comprobar.
Curiosamente, Sorapán preconiza abstenerse de frotar dientes y encías cuando la boca esté de continuo sana, limitándose a enjuagarla con agua y vino aguado: Quien tuuiere buena disposición de enzias, y dentadura: quanto mas hiziere tanto mas yerra.
Por lo qual conuendra para conse-ruarse en su bondad, solo enxaguarse por las mañanas con aguafria, y con vino aguado, después de comer, y cenar, y limpiar los dientes con tantica sal, muy passico, y sacarles lo que se vuiere metido entre ellos con mondadiente de oro, à de plata, ó con viznaga, à con no nada:.si no vuiere que sacar, que esso es lo que nos amonesta este Refrán, diziendo que la boca sana, solo con oro, o con plata se ha de conseruar, sacando lo que se vuiere entrado entre los dientes, y muelas, y si no vuire que sacar, que no lleguen a ellos: lo qual se entiende por la palabra: No nada (102).
P o r si acaso, el m i s m o autor, p r o p o ne la siguiente fórmula:
PARA BLANQVEAR, Y CONSERUAR LOS DIENTES.
Tomen la quarta parte de vna onza de triaca de Andromaco, y mézclenla con vino blanco, y zumo de hinojo yguales partes, y dándole vn heruor se guarde para labar la boca con ello (103).
T a m b i é n p a r a b l a n q u e a r los dientes, r e c o m i e n d a Gilbau recurrir a medicamentos llamados dentífricos, proponiendo dos fórmulas de las que t r a e m o s la m á s sencilla: Toma nitro, cabeza de sepia y mirra, de cada cosa un dracma.
Muélase todo y mézclese, y hágase polvo, y con un paño de lino se frotan los dientes (104).
M a r t í n Arredondo en su a p a r t a d o «Experiencias para la dentadura, pelo, y aguas para el rostro» -ya trasluce el propósito estético-, cita estas dos:
Polvos para los dientes.
Polvos restrictiuos, mirra, sangre de drago, sándalos rubios, de cada cosa dos dragmas, polvos de porcelana de la India, pedra pómez, alabastro, de cada cosa media dragma, polvos de raiz de incusa media dragma, de alumbre, clavos, y de arrayán, de marfil, de rasuras de vino tinto, de piedra de esmeralda media onça, vsense, y restreguense la dentadura.
Polvos de piedra pómez, de cuerno de ciervo quemado, de cada cosa dos onças, coral rubio, y cristal, de cada cosa media onca, canela, y clauos, polvos de rosas, de cada cosa vn escrúpulo, mézclense (105).
Añadiendo también un Agua admirable para lauar los dientes, y encías, compuesta de Aristoloquia virilis, çumo de limon, de cada cosa tres oncas, vinagre fuerte, y miel virgen, de cada cosa quatro oncas, espuma de mar, coral rubio, huesso de sepia, pis tese, destílese, y lauese, es único (106).
Entre las muchas preparaciones recopiladas por Vidós, creemos muy representativa ^p o r lo agresiva-ésta:
Tomanse Rasuras de Vino blanco, Sal Amoniaco, Ladrillo muy bien cocido, huessos de Sepia, Alum, quemado, Piedra Pomex, de cada vno media onza, todo ha de estar muy bien polvorizado, è incorporado, y se amassarán con Vinagre fuerte à modo de vna Salsa muy espesa, y se dexaràn secar, y después de muy secos, se bolveràn à hazer polvos y se guardarán con curiosidad, y vsaràn de ellos para emblanquecer los dientes, y muelas, por la mañana, después de aver comido, y después de cenar (107).
Otras fórmulas son recetadas con fines terapéuticos dependiendo de cada uno de los procesos patológicos que afecten a dientes y encías.
López de León recomienda esta Opiata para los diètes descarnados.
Huessos de xibia, alumbre, sal quemada, an. vnc. j. cristal, bellotas, mirra, encienso, an. escrup, ij. cortezas de granadas, maclas, canela, an. escrup. j. sea hecho polvos: los guales mezclareis con la aoma tragaganti, y fórmese madaleon, y dexallo secar, se refrieguen, y antes que se sequen, se pongan tirillas sobre ellos, y las encías (108), padecimiento para el cual tiene remedio Arredondo: Polvos de alumbre, almaciga, incienso vna onça, sangre de drago media onça, canela dos oncas, ermes, y de doradilla, de cada cosa vna onça, mirra dos dragmas, vino tinto cinco oncas, miel pura tres oncas, échese en vaso de vidrio en infusion, y vsese (109).
También para el dolor de dientes se podrán aplicar estos preparados: Vino blanco fuerte quatro oncas, vidrio molido, passado por tamis dos dragmas, hierua según Arte, y labese (110) -de Arredondo-, o este emplasto de Hidalgo de Agüero: R. Azeyte de almendras dulces violado y rosado, de cada vno vna onça, vna enjundia de gallina, y media onça de emplasto Zacharias, y cera la que bastare.
Este se poma por defuera, y por dedentro lauaran con cozimiento de vna rayz de maluauisco y maluas, y vn puño de rosas.
Y vltimamente (después de mitigado el dolor) lauaran la boca con lauatorio tibio, hecho de vna ragita pequeña de alarguez deshecha en agua de llantén, y de cabecuelas de rosas.
Y si huuiere llagas exulceradas, vntaran las enzias con este linimento hecho de miel común, y vn poquito de poluo de alumbre quemado, o con vnguento eqypciaco desecho en agua de ca-beçuelas de rosas, media onça en diez de agua, presupuestas las euacuaciones en ama y niño, conforme a la edad y virtud.
Esto se entiende, guando vn niño tiene la boca llagada (111).
Hasta aquí reseñamos las que, a nuestro juicio, son las preparaciones más significativas en cualquiera de los dos apartados que al principio señalábamos: las de uso común y las destinadas a procesos morbosos específicos.
La curiosidad por conocer el resto puede satisfacerse acudiendo a cada uno de los tratados que se vienen mencionando donde se comprobará cuan abundante es la literatura médica en este aspecto.
Otro tanto ocurrirá en las farmacopeas de la época que, intencionadamente, hemos dejado fuera del presente trabajo por no ser fruto directo de la práctica habitual de esta profesión, aunque a buen seguro a ellas acudirían boticarios de la época para fabricarlas y recomendarlas a sus parroquianos.
El reconocimiento de la conservación de la pieza cariada por los procedimientos que pasamos a describir constituye, desde luego, un paso adelante en tan anquilosada odontología.
De una forma más precaria, Sorapán opta por remover el tejido cariado con vn hierrezuelo que para esto tienen los barberos {112).
Juan de Vidós hace suyas las palabras de Juan Estoquerio y cree imprescindible la cauterización de la pulpa dentaria procurando no lastimar las estructuras vecinas, antes de rellenar la cavidad con amalgama: Hazese vn cañutillo de Oro, à Plata, y por dentro de el con vn hie-. rro como punzón, que en la punta tenga soldado vn botoncillo, à puta de Oro, que estèpuesto al fuego, hasta que esté muy bien encendido, se dará cauterio de fuego por dentro del cañutillo, hasta que la raiz de diente, o muela esté mortificada y cauterizada, y después el ahugero, à caberna se llenará de Amalgama, hecha con Vitriolo, y Mercurio, la Amalgama se haze del modo siguiente.
Tomase Vitriolo, y se disuelve con Vinagre fuerte en vna escudilla, y se añade el Mercurio que quisieren (el Mercurio es Azogue) y se mueve hasta que le incorpore, después se cocerá todo, y se bolverá el Mercurio en Amalgama,-y de esta massa se pondrá en el ahuge-ro del diente, o muela, y se endurecerá como vna piedra, y conservará el dicho diente, o muela (113).
Alonso Muñoz es del mismio sentir aunque reconoce que el tratamiento final suele ser la extracción: Algunas muelas por no sacallas, se suelen en lo dañado dar algunos cauterios de fuego con oro, y vn poco de balsamo blanco, y aprouechado, aunque al fin vienen a sacarse: yo suelo poner vn plomico muy ajustado a la parte, que no pueda entrar agua, y se remedia mucho, y esta años sin dolor, y sin sacalla (114), opinión que comparte Borbón: el arrancarlo tiene por mas seguro ya que En la Caries de.los Dientes, los Cauterios apenas son seguros, por el exquisito sentido que tienen, por razón de los nervios de qué puede ofenderse el Celebro {115).
Este será el cometido que con más frecuencia practicará el «dentista», de ahí que sea tildado con el rotundo calificativo de «sacamuelas».
Antes que nada conviene asegurarse de que la pieza a extraer sea la responsable de los males del paciente.
Aunque las más de las veces será evidente, puede presentar alguna dificultad su identificación, máxime si se trata de una caries interna.
Para ello, Muñoz y Pérez de Bustos proceden de igual forma.
El primero aconseja mirar bien la que es, y tentarla con el cabo del gatillo dos o tres vezes, y enterado de la que es, la descame muy bien y la saque con el gatillo (116).
Pérez de Bustos sentará al paciente en un asiento y con el cabo del gatillo le ire tentando de vna en otra, y la que mas doliere y mas podrida estuuiere, essa le sacare (117).
Los utensilios a emplear, muy similares, aparecen grabados en el libro de Pérez de Bustos y son siete instrumentos de hierros que son, descamador, gatillo, y gatilla, pulican, dentuza, botador y alicates (118).
Los mismos que debe tener todo barbero flobotomiano -no nombra la dentuza-según Alonso Muñoz.
El gatillo se emplea para extraer las muelas grandes, y que no estén muy podridas, y que no aya sospecha de que se quiebren.
Si están «muy podridas» se usarán el botador y el pulican, instrumento éste complicado: Del pulican haciendo la presa por la parte de adentro: y luego traer el rodetillo a los dientes para armallo, y luego tirar para afuera, no haziendo fuerça sobre los dientes, porque si la haziesse, se hundirla adentro (119), que mere-ce la confianza de Muñoz: es vna herramienta muy segura, con la quai se haze la presa, y la trastornan a vn lado, y se saca muy bien (120).
El botador lo utiliza Pérez de Bustos de esta manera: con el botador rebolverè un pañito al dedo index de la mano contraria, y le sentaré en el suelo, como para sacalle la muela, y que abra la boca, y al hazer la fuerça sufriré en el dedo el golpe, para que no haga daño en otra parte (121).
Misma técnica que propugna Muñoz, para quien este instrumento está destinado solamente a la extracción de raíces (122).
Con la gatilla se extraerán las muelas pequeñas, y no muy podridas, como es a los niños y mugeres, y a los colmillos descamándolos primero con el descamador, y sentándolos en el suelo para hazerlo mejor (123).
Con la dentuza se quitan los dientes de adelante, y colmillos, haziendo la presa por de dentro, y cargare la mano para echarla fuera.
Por último, los alicates servirán Para sacar las raizes que no están asidas mas de en las enzias, y para los dientes que están fuera de la quijada, y se andan mucho, aunque pudiera bastar con hilo doblado como a los niños quandornu-dan{\2A).
Realizada la extracción, ambos prácticos hacen hemostasia apretando el vaso con los dedos y recomendando enjuagarse con vino tinto al que Muñoz añade un poco de sal molida, y suele bastar esto.
Si, por el contrario no bastare, ya que este autor cree pueda sobrevenir hemorragia por tener tres raizes, o por tenerlas grandes, y porque demás de auer adonde están encaxadas vnas venillas: también está cabe en ellas vna vena arteria, y suélese romper con las raizes de la muela, en tal caso hazer enxaguar al paciente con vino, y hazer vna pelotica de hilas, y mojada en vna clara de hueuo con vnos poluos restitiuos de encienso, aziuar, y pelos de liebre, ponérsela alli muy apretada, y luego vna tirica mojada en lo mismo encima, y que tenga el dedo apretado alli encima, no se cayga, y sino hazer vn corchico ajustado a la parte, y ponérselo alli, y que con las muelas que corresonden alli apriete (125).
Bustos propone tres remedios sucesivos según la importancia de la hemorragia: Tomare vna clara de hueuo, y batirela incorporada con vnos polvos restrictiuos de la sangre, y hare vna pelotilla de hilos, y mojada en ello se la pondre.
No surtiendo efecto, fabricará una pelotilla de yema de huevo cocida en vinagre y sal que colocará en el alveolo y sobre ella otra de algodón encendida en una vela.
En último término: Pondre los poluos de caparrosa quemada con vna pelotilla de hilas (126).
Como quiera que suele seguirse de dolor toda extracción, Alonso Muñoz proponía el siguiente tratamiento analgésico de acción local: Ansi mismo de donde se saca algo desto, suele quedar dolor, y es bueno tomar, y cozer vn hueüo duro en vinagre, y vn poco de aquella yema puesto en la parte, es bueno, que mitiga el dolor, o vino cozido con vn poco de romero, y hollejo de culebra (127).
Este es el panorama de la terapéutica dental del XVII español, abrumadoramente mutilante.
Ni siquiera en los libros «cuasi especializados» hay destellos de confección de prótesis alguna.
No debe extrañarnos, a la luz de lo expuesto, que muchos de los personajes que pueblan la pintura del siglo, o aparecen con la boca cerrada o son, definitivamente, desdentados sin remedio.
Archivo (12) Tuvo su repercusión lo que en el cuadro se representa pues existen dos réplicas del mismo, una con firma falsa de Valentín en el Museo de Gante, de mayor altura y en la que se omite una de las figuras centrales y dos del lateral derecho.
La segunda, la firma Roelands y se conserva en el Museo de Praga.
Existen además varias copias en el Museo de Sant Omer, colección Manura, Universidad de Bruselas y colección privada de Estados Unidos, esta última según la versión de Gante.
Se conoce también un grabado realizado por Carmona y una litografía de Gauchard.
Hacemos esta observación para evitar equívocos.
La Escuela Flamenca del siglo XVIL Madrid.
(Colección «Todo El Prado»).
(13) Archivo del Palacio Real (A.P.R).
3. ( 14) Este aumento obedece a que, a partir de esa fecha, Pérez de Bustos había sangrado, a persona real, como comprobamos en el informe que en julio de 1665 se pasó al Duque de Alba: En la Casa Rl. de El Rev nr.° Sr; ay dos géneros de sangradores, el Vno es de Cien ducs, de gajes y Vna ración ordinaria q se da comunmente a los Sangrs. que no an llegado a sangrar a persona real, y el otro goce es de 250 ds. de sala.°y ración doble que importa mas que dos de las ordinarias, que es lo que se da a los que an llegado a sangrar a peraona real...
( «El siglo XVn, época de decadencia de la cirugía española».
La trepanación en España, Madrid,.
LÓPEZ PINERO, J. M. (1966) «Los comienzos de la medicina y de la ciencia moderna en España en el último tercio del siglo XVII».
SILVA DOMÍNGUEZ, A. J. (1963) «Cirugía española del siglo XVII», Cuadernos de Historia de la Medicina Española, Salamanca, p.
Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII.
Coloquio breve y côpèdioso.
Sobre la materia d la dètadura, y marauillosa obra d la boca.
Co muchos remedios y auisos necessarios.
Y la ordè de curar y adrecar los dientes, Valladolid, p.
La segunda edición de este libro (Madrid, 1570) se titulo Tractado breve y compendioso sobre la marauillosa obra de la boca y dentadura.
( (29) Esta obra, publicada en Valencia en el año de 1677 y reeditada en la misma ciudad en 1681 y 1697, fue utilizada como libro de texto durante más de medio siglo dentro del galenismo ortodoxo con descripciones clínicas muy correctas.
Primera Parte de medicina y cirvgia racional, y espargirica, sin obra manual, ni fuego pvrificada con el de la Caridad, en el Crisol de la Razón, y Experiencia, para alivio de los Enfermos, Zaragoza.
Methodo y orden de cvrar las enfermedades de los niños, Zaragoza.
( (94) VALVERDE DE HAMUSCO lo deja claro en su Historia de la composición del cuerpo humano (Roma, 1551) y dedica precisamente un capítulo para hablar «De los huesos de la quijada de arriba» expresándose así: Llamase quijada de arriba toda la cara desde las cejas a la boca, y tiene doce huesos, seis a cada lado, diferentes no menos en grandeza que en figura...
Instrumental odontológico en la obra de Pérez de Bustos.
La odontología preventiva en la obra del Dr. Sorapán de Rieros.
Comunicación preseiitada al II Congreso Ibérico de Salud Oral, XVI Congreso Nacional y V Internacional de la Sociedad Española de Odonto-Estomatología Preventiva y Comunitaria. |
publicados en España o por autores españoles.
Las referencias se presen tan ordenadas alfabéticamente por el apellido del autor y siguiendo las normas bibliográficas habituales.
El índice de materias se ha confeccio nado ordenando alfabéticamente las palabras clave extraídas de cada una de las publicaciones y las entradas remiten, mediante el número asigna do en el repertorio, a los diferentes trabajos.
Como en anteriores ocasiones, queremos agradecer sinceramente la colaboración que nos han ofrecido numerosos investigadores, suminis trándonos información sobre sus publicaciones.
En esta ocasión, nuestro
que comenzaron a elaborarla en 1988, se sumó posteriormente Amparo Soler Sáiz.
Desde el año pasado, José Ramón Bertomeu y Antonio García Belmar participan a su vez en el proyecto, de modo cada vez más intensi vo.
En este quinto año, por su parte, se han sumado a la tarea M. José Bá guena Cervellera,y Carla P. Aguirre Marco.
Así pues, a partir de ahora y por decisión de las ocho personas que la confeccionamos, la Bibliografía aparecerá firmada por la Unidad de Historia de la Ciencia del Instituto en donde todos nosotros trabajamos y con cuyos medios materiales podemos llevar a cabo nuestro trabajo. |
Habiendo leído con detenimiento el artículo «La recepción del lysenkismo en México» escrito por Arturo Argueta Villamar, Ricardo Noguera y Rosaura Ruiz Gutiérrez 1, aparecen reiteradas referencias a la tesis doctoral que defendí en 1999 2 y que alejándose del tema central del artículo -la recepción del lysenkismo-pareciera que se encaminan a refutar algunos de los planeamientos sostenidos en mi trabajo.
Por ello considero prudente en beneficio de los lectores de Asclepio, de la comunidad académica dedicada a la historia de la ciencias y a los interesados en la historia de la biología en México, dar respuesta a tales consideraciones de los autores.
El aspecto central que merece aclararse es que, al parecer, la intención principal de su artículo es refutar una tesis que no es, en realidad, la que se sostiene en mi trabajo.
Ellos argumentan que no existe inconmensurabilidad alguna entre Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena, cuando la idea que sostengo es la existencia de otra forma de ella, una inconmensurabilidad socioprofesional, que no es lo mismo que la inconmensurabilidad lingüística u ontológica propuesta por T. S. Kuhn.
Los autores del artículo en cuestión 3, parten de una lectura de esa tesis, que pasa de lado del postulado central, pues, no se dan cuenta de que no se habla de inconmensurabilidad en lo conceptual o en referencia a la evolución, sino de otra forma de ella, derivada de la propuesta por Mario
No se trata de la inconmensurabilidad lingüística de Kuhn, sino de una inconmensurabilidad discursiva y socioprofesional, que se propone como una nueva categoría analítica, que involucra adicionalmente ideas derivadas de la conceptualización del discurso y de las formaciones discursivas de Michel Foucault 5.
Las comunidades científicas son comunidades lingüísticas, sin embargo, la inconmensurabilidad discursiva va más allá de la inconmensurabilidad lingüística y cubre otras dimensiones.
Para Foucault, el discurso es «una combinación de enunciados dependientes del mismo sistema de formación, por lo que puede hacerse mención de un discurso clínico, un discurso económico, un discurso de la historia natural o un discurso psiquíatrico...» 6, pero el discurso no forma una unidad retórica o formal indefinible, repetida y cuya aparición o utilización en la historia puede ser apuntada (y explicada si surgiera el caso); está compuesto de un limitado número de enunciados por medio de los cuales pueden definirse un conjunto de condiciones de existencia 7.
De esta manera, aquellos que están involucrados en diferentes discursos no hablan de las mismas cosas, sus enunciaciones son diferentes, se dirigen a diferentes audiencias in diferentes condiciones 8.
Por ello una formación discursiva es un sistema que involucra los objetos, los tipos de enunciación, los conceptos, las elecciones temáticas e involucra una red articulada de nociones y prejuicios que definen la actuación de los individuos en lo personal y como miembros de una comunidad.
Cuando Foucault trata las formaciones discursivas en La historia de la sexualidad, propone la categoría de dispositivo, entendido como una red que implica discursos, disposiciones, instituciones, reglamentos, leyes, enunciados científicos, proposiciones filosóficas y morales.
Es una noción que abarca todo.
Siendo fundamental los vínculos que surgen entre estos elementos heterogéneos y las formas de control social para dar respuesta a una situación de crisis 9.
En términos de Foucault -como resalta Lenoir-, existe una zona de solapamiento de los discursos que recibe el nombre de concomitancia y en contraparte lo que se propone que correlativamente existe una no concomitancia -a manera de un conjunto vacio-que sería la inconmensurabilidad discursiva, que incluye a la inconmensurabilidad socioprofesional.
De esta forma, se trata de una categoría que tiene su inspiración en la obra de Kuhn, pero que se transforma al incorporar elementos derivados de las obras de Foucault 10, Lenoir 11 y Biagioli.
Para Biagioli 12 «casos históricos de cambio científico indican que la ruptura de comunicación no necesita ser directamente causada por las diferentes estructuras lingüísticas de las teorías o ----paradigmas en competición.
Más bien, ello está con frecuencia asociado a un análisis de las estrategias retóricas de no-diálogo adoptadas por las partes oponentes en caso de disputas interdisciplinarias» 13; esta «diferencia en identidades socioprofesionales determina la instancias posibles de tránsito profesional, de los límites disciplinarios y de la violación de jerarquías socioprofesionales» 14.
Adicionalmente, existe evidencia de «la importancia de las identidades socioprofesionales en la regulación de la comunicación entre científicos practicantes que vienen de la comunicación a la emergencia de la inconmensurabilidad» 15.
Por otra parte, cuando los autores del artículo que nos ocupa, se preocupan por desvanecer las diferencias entre Herrera y Ochoterena, para sostener que no existe inconmensurabilidad alguna, realizan afirmaciones que pueden ser cuestionadas, así, cuando sostienen que: «...aunque hay algunas pequeñas diferencias entre las visiones evolucionistas de Herrera y Ochoterena, es claro que comparten ideas similares, por ejemplo la fuerte convicción por los supuestos de la herencia de caracteres adquiridos..» 16, puede argumentarse que aunque Ochoterena, al igual que Herrera, acepte la herencia de caracteres adquiridos, eso no significa en sentido estricto una coincidencia entre ambos, dado que para esa época era una idea aún muy generalizada.
Era parte de la teoría darwiniana -como ellos mismos lo señalan a continuación-y así era asumido por la mayoría de los que la conocían.
Por otra parte, independientemente del conocimiento que Ochoterena pudiera tener de la obra de Herrera, las fuentes que utiliza para la redacción de sus Lecciones de Biología (1922), asumen esa misma posición de aceptación de la herencia de caracteres adquiridos.
Las tesis que Herrera sostiene en Nociones de Biología (1904) y en Biología y Plasmogenia (1924) tienen una pretensión de originalidad, con tomas de posición propias de Herrera, en cambio la manera como Ochoterena aborda estos temas en Lecciones de Biología (1922) tiene una clara orientación didáctica.
Si el texto acerca de De Vries se ubica en el conjunto de la obra de Ochoterena es algo mas bien excepcional, que debe entenderse en función de su relación con Herrera en la DEB e incluso como una forma de acercamiento con él, cosa que es evidente desde las publicaciones en el Boletín de la Alianza Científica Universal en Durango, en las dedicatorias de sus artículos 17 y es previa a su alianza con Fernando Ocaranza y Eliseo Ramírez.
Ahora bien, como he sostenido, el alejamiento del evolucionismo por parte de Ocaranza y Ochoterena no obedece a una posición teórica, sino a la determinación socioprofesional de excluir a Herrera.
Una cosa es el tratamiento sucinto y confuso del darwinismo en sus textos y otra cosa es ---- 13 Ibidem, p.
«Ochoterena: el hombre, la ciencia y las instituciones científicas» en Ledesma-Mateos I. y Lazcano-Araujo, A. (eds.) (2000), Obra completa de Isaac Ochoterena, Vol.
I. Obra científica, México, El Colegio Nacional.
Alfonso L. Herrera que en verdad sostengan una posición evolucionista y es por ello que, hasta 1950, Ochoterena mantiene la misma concepción de la evolución que tenía en 1917.
Para 1946 Isacc Ochoterena se encuentra en el umbral de su ocaso institucional, y el periodo que transcurre hasta su muerte en 1950, tendrá como actividad principal su participación en El Colegio Nacional, debiendo destacarse su obra acerca de la ochocercosis y sus Lecciones acerca de los órganos de los sentidos.
No es de extrañarse que un personaje que se presenta como la máxima autoridad en el campo del saber biológico opine sobre un tema polémico como es el referente al lysenkismo e incluso se sienta atraído por esas ideas, sobre todo si consideramos que su presencia en El Colegio Nacional lo pone en contacto con artistas e intelectuales de diversas orientaciones ideológicas, como Diego Rivera quien pintó su cuadro y que fue un hombre de izquierda miembro del Partido Comunista Mexicano de 1910 a 1930 y de 1954 hasta su muerte.
Especular acerca de la intencionalidad de personajes que ya no es posible entrevistar no es algo conveniente.
La frase en la que se da «el beneficio de la duda» a Isaac Ochoterena en lo que toca a los funestos alcances del lysenkismo 18 puede tomarse como una concesión retórica, igual que afirmar que era «alguien bien enterado».
Aquí no debe dejar de tomarse en cuenta la carga ideológica que conlleva el lysenkismo y para alguien que participó en el proceso de exclusión institucional de Herrera no tendría por qué afectarle que Lysenko se hubiera impuesto por la fuerza a Vavilov.
El contacto de Vavilov con Maximino Martínez del Instituto de Biología no tendría que ser una elemento de peso para rechazar a Lysenko, toda vez que Maximino Martinez fue un personaje cercano a Herrera.
Sostener que el conflicto ente Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena es un problema personal que derivó en académico es una simplificación extrema.
De ahí la importancia de enfocarlo en términos de discursos inconmensurables entre sí.
En la Dirección de Estudios Biológicos se practicaba la Historia Natural, pero también se desarrolló una Biología con orientación evolucionista a causa de la visión particular de Alfonso L. Herrera, mientras que los «biólogos profesionales» del Instituto de Biología no se interesaron por temas centrales de la biología general, debido a la orientación institucional dada por Isaac Ochoterena.
Cuando Ochoterena se hace cargo del nuevo Instituto de Biología, asume además el control de la enseñanza de la enseñanza profesional de disciplina, que se impartía en la Facultad de Filosofía y Letras y posteriormente en la Facultad de Ciencias, de igual forma, era el jefe de la materia en la Escuela Nacional Preparatoria, todo ello en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Ejerciendo el control sobre planes y programas de estudio y sobre los profesores, mayoría de ellos sus discípulos.
La evolución y el estudio del origen de la vida fueron dejados de lado a favor de la morfología, la histología, la parasitología, la botánica y la zoología taxonómicas.
Basta analizar la lista de temas de las primeras tesis de Licenciatura, Maestría y Doctorado en Biología de la Facultad de Filosofía y Letras y luego de la nueva Facultad de Ciencias para darse cuenta de la dirección tomada por los estudios biológicos.
Tomando en cuenta los primeros años durante los cuales se otorgo el grado de Maestría en Biología -antes de que existiera la licenciatura-, de 1931 a 1943, el 39,28% de las tesis realizadas se enfocaron a la zoología descriptiva, incluyendo trabajos histológicos; 32,14% a la botánica sistemática e histología vegetal y 14,28% a temas de carácter médico (farmacología, hematología y bioestadística).
Posteriormente, cuando el programa de Maestría se transformó el licenciatura, durante los primeros cinco años de graduación (entre 1947 y 1951), el 35,7% de las tesis fueron acerca de tópicos médicos (hematología, química clínica, farmacología y etnozoología médica); 28,57% fueron de bacteriología, micología y parasitología, con implicación médica y veterinaria; 17, 85% sobre morfología; 10,71% sobre sistemática y 7,14% sobre aspectos de biología experimental (bioquímica, fisiología de la metamorfosis) 19.
Si se revisan los títulos de cana una de ellas, uno puede percibir el peso de la orientación dada a la biología por Ochoterena.
Paralelamente Ochoterena editó la más importante publicación periódica en el campo de la investigación biológica mexicana, durante el periodo estudiado: los Anales del Instituto de Biología, donde la mayoría de los artículos son de sus alumnos y colaboradores.
Muchos fueron versiones de los trabajos de tesis y tuvieron por tanto las mismas orientaciones mencionadas 20.
Como hemos señalado en otro trabajo, la institucionalización de la biología en México fue un proceso complejo estrechamente relacionado con el establecimiento de una comunidad de biólogos y el inicio de esta disciplina en México y esto implicó la formación de un discurso específico.
Este proceso se vio influenciado por el ambiente político posterior a la Revolución Mexicana (1910-1917) y con el proceso llamado de «institucionalización de la Revolución» (1929) y la emergencia de la nueva cultura política que dará origen al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y sus prácticas, lo que motivó a grupos académicos a aprovechar esa coyuntura y tomar el control de los espacios para el desarrollo de sus actividades.
El pensamiento orientado a mejorar la agricultura fue desplazado, en un mundo cada vez más urbano, por el pensamiento médico, lo que permitió el control de la biología al servicio de una visión medicinal y su dependencia con respecto a una comunidad -la médica-previamente consolidada y con gran fuerza.
Así, fue imposible pensar en una biología autónoma y unificada, que escapara del control médico.
La tradición del Instituto Médico Nacional tenía un gran peso, y su desaparición para transformarse en la Dirección de Estudios Biológicos (1915) encabezada por Alfonso L. Herrera, era una afrenta para la comunidad médica, que tenían que resarcir.
Con la transformación de la Dirección de Estudios Biológicos en el nuevo Instituto de Biología (1929) que pasaba a depender de la UNAM, se consideró que el Instituto Médico Nacional «recuperaba sus glorias».
El nuevo Instituto de Biología tuvo un programa de trabajo definido en estrecha vinculación con la comunidad médica21, y asumiendo también la sólida tradición de la historia natural descriptiva.
El conflicto entre Herrera y Ochoterena, no se debió únicamente a la existencia de dos diferentes concepciones de la biología, como ciencia y como práctica, sino al hecho que Herrera y Ochoterena poseen diferentes discursos inconmensurables entre si y que representan estamentos socioprofesionales también inconmensurables.
Grupos con diferente mentalidad, educación, intereses políticos y gremiales.
----Mientras Ochoterena privilegió su contacto con la comunidad médica, Herrera estuvo más interesado en mantener contacto con la comunidad científica internacional, buscando difundir su teoría del origen de la vida -la Plasmogenia-.
Sin embargo Herrera cayó en un relativo aislamiento y ese fue un factor que favoreció su exclusión y su desplazamiento por el discurso de Ochoterena 22.
En conclusión, la tesis referente a la Inconmensurabilidad socioprofesional entre Herrera y Ochoterena no puede calificarse como insostenible, toda vez que la categoría que utilicé es diferente a la elaborada por Kuhn y utilizada también por Feyerabend.
A partir de la obras de estos autores, el término inconmensurabilidad ha sufrido modificaciones y diversos usos, de ahí que en la tesis citada se aclare que se trata de una categoría diferente que pretende constituirse una aportación de nuestro trabajo.
Se trata de marcos conceptuales diferentes.
A este respecto quiero finalizar utilizando una cita de Lévi-Leblond:
«Es asombroso comprobar a este respecto la diferencia entre la política lingüística de la ciencia del siglo pasado y la de hoy en día.
Nuestros predecesores del siglo XIX eran grandes creadores de palabras; no dudaban asociando la razón a la imaginación, en inventar palabras nuevas para designar ideas nuevas a fin de subrayar su especificidad y prevenir contra una caída demasiado ingenua en el sentido común.
Términos como «entropía» y «electrónica», que pasaron a la lengua común dan prueba de ese trabajo...No cabe ninguna duda de que una práctica lingüística más determinada y al mismo tiempo más inventiva reduciría considerablemente los riesgos de deriva conceptual» 23. |
El autor realiza un breve reconido por la historia colonial de las Indias durante el siglo XVIII, considerando el aspecto de los aprovechamientos forestales con desti no a la industria de construcción naval.
Describe los árboles y maderas destinados a la construcción de barcos y la im portancia que los astilleros indianos tuvieron durante ese siglo.
Por último, hace referencias a los consumos en maderas necesarios para la cons trucción de un navío y alusiones a una incipiente práctica selvícola de carácter tec nológico.
ARANDA Y ANTÓN, G.: «The woods of the Indias».
ARQÚIOLA, E.: «La medicina francesa en el tránsito del siglo XVIII al XIX: a la búsqueda de su puesto entre las ciencias».
La.medicina francesa del tránsito del siglo XVIII al XIX vivió plenamente cons ciente de su carácter conjetural, pretendiendo por diversos caminos alcanzar el ri gor y la certidumbre alcanzados por otras ciencias.
Mientras que para algunos me dios esa meta se lograría siguiendo el modelo de esas ciencias otros mantendrán que la medicina, apoyándose en los recursos de las demás ciencias, debía buscar su propio camino.
No fueron pocos los que siguieron insistiendo en que la medicina
era algomás que una «ciencia natural», pretendiendo elaborar una «ciencia de_ l hombre».
BERTOLÍN, 1.M.: «Dispositivos de asistencia psquiátrica en la España con temporánea del período de "entresiglos" ».
Las tendencias innovadoras de la asistencia psiquiátrica en España, diferenciadas o complementarias de la tradicional centrada en el manicomio, sólo comienzan a ma nifestarse al final del primer tercio de nuestro siglo, pero con un notable atraso respec to de lo que acaecía en otros países de Europa y América.
El desarrollo legislativo deci monónico, fiel reflejo de la -insensibilidad social y política de la época, no había sabido sintonizar con las verdaderas necesidades en este asunto.
La relativa tranquilidad polí tica y liberalización ideológica que caracterizó la etapa de la Restauración alfonsina abrió un nuevo período científico en el que la psiquiatría conseguirá un desarrollo no table, pero no así la asistencia, que siguió virtualmente relegada al ostracismo por par te del Estado.
Más allá del «sistema de especialización» pocas novedades registró la práctica institucional de la psquiatría española en el período de «éntresiglos» y la re forma del modelo asilar fue lenta y desigual a pesar de la mayor demanda de servicios psquiátricos y de la labor instigadora que desarrollarán la Liga de Higiene Mental y otras sociedades e instituciones científicas.
Finalmente, con un largo retraso, consti tuido ya el Consejo Superior Psiquiátrico, se creará el primer dispensario de higiene mental eón servicio abierto de hospitalizaciones breves y ambulatorio.
CARRAMOLINO DEL VALLE, D: «El esp�jo ustorio de Buffon: entre la leyenda de • siracusa y la tradición del análisis químico».
La participación de un espejo ustorio, diseñado y construido por Arquímedes, en la destrucción de la flota romana del general Marcelo durante el asedio de Siracusa (214-212 a.C.) se convirtió en el núcleo de una leyenda que entre la magia y la cien cia ha sobrevivido hasta la actualidad.
En la ciencia francesa del s. XVIII el interés por la leyenda se funde con el papel instrumental de los espejos y las lentes ustorios en los gabinetes científicos de la época.
Especialmente significativo fue su empleo en el análisis químico de los metales, y en los trabajos de Lavoisier de volatilización del diamante.
El espejo compuesto de Buffon, una de las reconstrucciones del espejo de Arquímedes, part1cipa de dos tradiciones: la, que discute la plausibilidad de la leyen da del espejo de Siracusa, y la que contempla los espejos ustorios como. herramien tas de innegable interés para la ciencia.
9 3 Los historiadores de la medicina• apenas han tenido en cuenta el estudio de las re laciones intelectuales entre los rtiédicos pertenecientes a los tres grupos religiosos (cristianos, judíos, musulmanes), qtie durante los siglos bajomedievales convivieron en el sur de la Europa cristiana occidental.
Nos referimos a los médicos que hicieron de la medicina, no sólo una práctica más o menos empírica, sino que la consideraron, además, una actividad fundada en la filosofía natural.
Una de las vías utilizadas para dicha relación, fue la de las traducciones (latín-hebreo, o con el intermedio de una lengua romance) de obras médicas escritas por médicos universitarios cristianos.
El presente artículo aborda dicho problema a través del estudio del caso concreto de la actividad traductora del médico racionalista jtidíoAbraham Abigdor (ca.
1351-1402), concretamente de su traducción (latín-hebreo) de las Medz.cationis parabole de Amau de Vilanova, realizada en los años ochenta del siglo XIV en el sur de la actual Francia.
HUERTAS, R.: «El debate soqre la creación del Ministerio de Sanidad en la
• España del primer tercio del siglo XX.
Discurso ideológico e Íniciativas _ políticas».
• • Ante la dramática situación sanitaria que caracterizó a la España de la Restaura ción, y en el marco de una propuesta generalizada de reforma y modernización de la administración sanitaria, los debates sobre la creación de un Ministerio de Sanidad tuvieron significativa presencia en la literatura médica del primer tercio del siglo XX.
El presente estudio pretende dar cuenta de las propuestas de creación de dicho Ministerio desde que comienzan a tener lugar, en los últimos años del siglo XIX, hasta la II República, haciendo hincapié tanto en el análisis de las razones puramen te sanitarias o de Higiene Pública, como las que consideraron la íntima relación en tre el sistema sanitario y la reproducción de la fuerza de trabajo.
LÓPEZ PIÑERO, J.M.: «Juan de Cabriada y el movimiento novator de finales del siglo XIW.
Reconsideradón después de treinta años».
Hace treinta años, el autor del presente artículo publicó el primer estudio sobre Juan de Cabriada, en el que se ponía ya de relieve que su Carta filosófica, medico-chy mica (1687) fue el manifiesto del movimiento novator que introdujo en España la medicina moderna y los saberes biológicos y químicos relacionados con ella.
El •ar tículo intenta ofrecer-un análisis en tomo al tema basado en la información reunida a lo largo de tres décadas, incluyendo materiales inéditos junto a los publicados en estudios propios y ajenos.
«Patología General», comenzó a ser elaborada preferentemente por médicos con una estimable formación filosófica, y particularmente por los más directamente re lacionados con la Naturphilosophie de Schelling.
Los temas objeto de análisis en el mismo son: concepto, objetivos y método de una Patología General, su campo de trabajo y su construcción como rama de la Fisiología, desembocando en los conceptos -funda mentales para la disciplina-de salud y enfermedad.
Igualmente se señala cómo el talante especulativo que habitualmente se atribuye a esta medicina se debe, en el ca so de estos autores, al menos en parte a las limitaciones técnicas con que contaban para desarrollar y verificar en la práctica su pensamiento teórico. |
La retina fue uno de los objetos de estudio preferentes en la primera etapa de la obra científica de Ramón y Cajal. • Como culminación de sus trabajos previos, Cajal publicó en 1893 en La Cellule un artículo titulado «La rétine des Vertébrés», en el que se aprecian las influencias más significativas que pesaron sobre su obra.
Este trabajo sobre la retina ilustra perfectamente su capacidad para el estudio sistemático de los tipos celulares de los centros nerviosos, su descripción morfológi ca y los contactos intercelulares, así como para formular interpretaciones fisiológi cas coherentes con las observaciones e hipótesis plausibles sobre el desarrollo de las expansiones neuronales.
Finalmente, se realizan algunos comentarios sobre la influencia del pensamien to evolucionista de Haeckel y Herbert Spencer sobre la obra de Ramón y Cajal.'
BARATAS DÍAZ, L.A.: «Historical meanings of Santiago Ramón y Cajal' s Rétine des vertébrés.
BERTOMEU SANCHEZ, J.R.: «Los cultivadores de la ciencia españoles y el gobierno de José I (1808-1813).
Un estudio prosopográfico» El trabajo tiene como objetivo realizar una aproximación al estudio de las acti tudes políticas de los autores científicos españoles de principios del siglo XIX.
ofrece el resultado de un estudio prosopográficos de 483 biografías de cultivadores de la ciencia españoles de ese período basado en los datos que ofrecen varios reper torios bibliográficos y diversos expedientes procedentes, principalmente, de la docu mentación del Ministerio del Interior de José l.
A través de esta documentación, se ha analizado el lugar de residencia de los autores científicos, los centros donde se formaron, las materias científicas cultivadas, su ocupación o profesión, y su actitud política frente al gobierno afrancesado.
COSTA CARBALLO, C.M. da: «La transmisión de saberes en el Antiguo Régi men: las enseñanzas de Josef Severo y López»
El �utor lleva a' cabo una revisión de la tarea docente del médico Josef Severo y López, uno de los más importantes representantes del Estudio Real de Medicina Práctica de Madrid, cuya figura ha sido hasta ahora poco estudiada, al no disponer de demasiados datos de su vida y obra.
En una serie de apartados se revisa el personal docente y asistencial dé dicho Es tudio, la docencia en él impartida y, sobre todo, las enseñanzas de Severo y López y las principales obrns médicas de estudio y consulta por él recomendadas.
HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, P. y MASIQUES SÁNCHEZ, E.: «La institucionaliza ción de los estudios antropológicos en Cuba (1875-1903)»
El trabajo se centra en una desáipción de los principales temas que atrajeron la atención de los miembros de la Real Academia de Ciencias de Cuba y de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba.
A esto se agregan datos referidos a la constitución de las primeras colecciones arqueológicas y a la fundación de museos, así como a la realización de expediciones científicas para reconocer áreas de interés arqueológico y colectar materiales para dichos museos. _ Este trabajo forma parte de un proyecto acerca de los estudios antropológicos en Cuba -en particular de la figura de Luis Montané Dardé-durante el pasado si glo.
HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, P. y MASIQUES SÁNCHEZ, E.:.
En este artículo se estudian las causas que motivaron la convocatoria del Con greso, y se reconstruyen los trabaj9s de las distintas comisiones, a partir de los infor mes que Ciscar enviaba periódicamente a sus superiores de la Armada.
Así mismo se resalta su propia contribución a los trabajos; ya que formó parte • de la Comisión que definió la longitud del metro patrón.
Concluidas las reuniones, Ciscar dirigió la construcción de cuatro juegos de metros y kilogramos, los primeros patrones deci males españoles, que en 1851 servirian para comparar las antiguas unidades utiliza das en España con las del nuevo sistema métrico recién implantado.
PUERTO SARMIENTO, F. J.: «La huella de Proust: el laboratorio de Química' del Museo de.
Historia Natural» • •
Los resultados de la docencia de Luis José Proust (1754.:1826) en España, han estado sometidos durante casi un siglo a una fuerte polémica, enmarañada con la de la Ciencia española y con las distintas valoraciones efectuadas por ideologías diver sas de la Ilustración española.
En este trabajo se reflexiona sobre el estado actual de la cuestión, se estudia la influencia de Proust en la Química española del s. XIX y la continuidad material dé su laboratorio en "diversos centros de ensefianza, hasta fun darse la Cátedra de Química de la Universidad Central.
RODRÍGUEZ QUIROGA, A.: «Juan Negrín López.,;Su obra cientí fica y universitaria (1892-1936)»
La controvertida actividad política de Juan Negrín López (1892-1956) durante y después de la Guerra Civil, ha eclipsado, injustamente, sus valiosas aportaciones co mo organizador y renovador de las instituciones científicas de su tiempo.
La vincu lación de Negrín con la Junta para Ampliación de Estudios •e Investigaciones Cientí ficas (J.A.E.), como Director del Lab_ oratorio de Fisiología General de la Residencia de Estudiantes en 1916, le permitió realizar una gran obra de renovación y actuali zación científica.
En tomo a su figura se creó una moderna «escuela» de fisiólogos experimentales, inducida desde la Cátedra de Fisiología de la Universidad Central, de la que fue titular en 1922.
Al mismo tiempo, el acceso de Negrín a cargos ejecutivos (Secretario de la Fa cultad de Medicina y de la Junta de la Ciudad• Uni; ersitaria), en los que promovió iniciativas muy acertadas, le llevaron a implicarse progresivamente en la vida políti ca española.
Ello supuso el definitivo abandono de su prometedora carrera científica....
RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, A.: «La del tercero: Aproximación a la histeria de un cuento escrito por una mujer» Presentación, estudio y publicación de un relato inédito, escrito a finales de siglo pasado por Concepción Morell (1864-1906) mujer•compleja y contradictoria, conoci da por nosotros debido a su relación personal con D. Benito Pérez Galdós.
La narra ción, que ella entregó o envió al novelista, es un manuscrito que consta de 43 ho jas numeradas, y escritas por una sola cara.
El cuento de Concepción Morell está expuesto con bastante teatralidad y plantea sugestivas expectativas al presentar las manifestaciones y la sintomatología de tina mujer histérica que es contemplada y analizada por personajes masculinos, aunque tanto la protagonista enajenada• como los espectadores/narradores expresan las con tradicciones y las vivencias de la autora.
Este texto también tiene interés porque es uno de los primeros escritos femeni nos que podemos conocer sobre la histeria a finales del siglo XIX y en el que, entre otros muchos elementos, se plasman algunos de los síntomas de esta enfermedad, que eran más conocidos en aquellos años.
A su vez nos indica la trascendencia social de este mal, cuyo reflejo se manifiesta tanto en la vida cotidiana como en la literatu ra.
SÁNCHEZ MORENO, P.M.; BLANCO CASTRO, E.; MORALES VALVERDE, R.: «Ber nardo de Cienfuegos y su aportación a la botánica en el siglo XVII» El siglo XVII fue un paréntesis en el desarrollo científico en España a nivel insti tucional, pero el saber se transmitió a través de personajes aislados.
Bernardo de Cienfuegos, médico y botánico, escribió su obra en la primera mitad del siglo XVII.
Esta consta de siete tomos manuscritos encuadernados, que se encuentran en la Bi blioteca Nacional.
Contiene unos 1.000 dibujos de plantas, la mayoría de ellos a co lor.
Se trata de una obra monumental de recopilación y con gran cantidad de datos propios sobre las plantas y sus usos, sobre todo en medicina. |
, autor de importantes obras médicas de carácter científico y recopilador de Un extenso escrito sobre prácticas de tipo creenci�l que nunca llegó a ejecutar, pero que ha marcado injustamente•hasta ahora s� personalidad.
Junto a un estudio preliminar acerca del género en el que se inscribe la obra, presentamos las características globales del Kitab al-Jawass y un listado de los epígrafes que confor�an su contenido total...' by a perfect, natural codex.
BORTZ, J.E. y SEDLINSKY, Claudia E.: «Ideas sobre la salud y el aire ambien tal.
Un estudio comparativo entre textos médicos antiguos y medievales..
El presente trabajo está destinado a entender el desarrollo de los fenómenos de tradi ción y cambio en la transmisión del conocimi�nto científico desde la Antigüedad clásica hasta la Edad Media.
Para eHo se estudian las ideas que poseía la medicina grecorro�ana clásica y la medici na hebrea clásica acerca de la influencia del aire ambiental y del viento sobre la salud de las personas; y se comparan estas ideas con las que tenía Maimónides sobre. el mismo tema.
Del análisis de textos se concluye que Maimónides conocía aca p adamente las obras de ambas escuelas; que fue capaz de sistematizar y organizar los conocimientos que, en su época, existían sobre este tema; y que no produjo innovaciones de importancia sobre el mismo.
GIRÓN SIERRA, A.: «Anarquismo y evolucionismo: Ricardo Mella, la coac ción del grupo social y la creación "sodobiológica" del hombre nuevo».
Uno de los problemas básicos que enfrentaron l�s t�óricos anarquistas fue el de la or ganización de una sociedad futura sin Estado y sin sistema legal.
La solución solía pasar por la internalización por parte de los individuos de lo que podríamos llamar buena con ducta.
En el caso español el anarquista gallego Ricardo Mella afrontó la cuestión apoyán- http://asclepio.revistas.csic.es dose en la ética evolucionista de Herbert Spencer.
En su caso, 1a creación del «hombre nuevo» -requerido por la sociedad futura-es• una creación «socio biológica» posibilita da por la aplicación del mecanismo lamarckiano al universo social.
GoZALO, R. y ROBLES, F.: «Datos para la historia de la Malacología española: las ediciones del Catálogo de Graells.
The Editions of Graells' Catalogue» Graells's contribution to the history of Malacology, bis Catálogo de los Moluscos terrestes y de agua dulce observados en España y descripción y notas de algunas espe cies nuevas o poco conocidas del mismo país, is the first synthesis by a Spanish aut hor on the subject dealing with the whole of continental Spain and the Balearic Is lands.
Una controversia profesional entre cirujanos y radiólogos».
A lo largo del proceso de constitución de la radioterapia como especialidad médica diversas polémicas fueron enfrentando a dermatólogos, ginecólogos, otorrinos y radiote rapéutas por el monopolio del tratamiento con radiaciones.
En el presente trabajo abardamos un aspecto de la negociación que fue confi gu rando la conducta terapéutica frente a los miomas del útero.
En el presente artículo se indaga sobre la medicina en las Antillas a lo largo de los primeros años de la colonización de América, analizando la íntima relación que vivieron médicos y curanderos en estas islas caribeñas.
Asimismo sé aportan datos concretos referidos a la institución del protomedicato, que se estableció en la isla Es pañola y en Cuba.
También se tratan cuestiones generales sobre los hospitales antillanos, tales co mo su.financiación y su carácter filantrópico, y la fundación de los principales sanatorios de las islas.
MOYA CÁRCEL, T.: «La enseñanza de la Química en la Universidad Española del siglo XIX».
El comienzo efectivo de la enseñanza de la Química en la Universidad española, si ex ceptuamo, s algunos primeros intentos sin continuidad, hay que asociarlo al estableci miento de la Universidad de Madrid en 1836.
En el marco de ésta, las p; imeras cátedras se ubicaron dentro de los estudios de filosofía y estaban destinadas a proporcionar cono cimientos útiles. a otras carreras consideradas de mayor envergadura.
La implantación de la química,• con sección específica dentro de la Facultad de Filo sofía, arranca de la puesta en práctica del plan de enseñanza conocido como «Plan Pidal».
Este artículo estudia las circunstancias de dicha implantación hasta su conversión en sec ción de la Facultad de Ciencias creada por la ley Moyana de 1857.
RODRÍGUEZ, M.E.: «La cátedra de Astrología y Matemática en la Real y
Pontificia Universidad de México».
El artículo se refiere a la creación de la cátedra de «Astrología y Matemáticas» en la Facultad de Medicina de la Universidad de México, en marzo de 1637.
Se habla del conte nido de la materia y las lecturas que se hacían.
Del por qué de su creación.
La cátedra fue resultado de las teorías dominantes en el viejo mundo, donde se creía que la posición de los astros influye sobre los fenómenos fisiológicos.
Desde la antigüedad se relacionó el universo o macrocosmos con el cuerpo humano o microcosmos.
Se comenta por qué el médico tenía que estudiar la astrología, la aritmética y la geometría, disciplinas indispensables para el buen ejercicio de su profesión.
ROMERO MAROTO, M.: «La odontopediatría en la obra de Francisco Martí nez».
En 1557 se publica el primer libro español dedicado a la Odontología: El «Coloquio breve y compendioso sobre la materia de la dentadura y maravillosa obra de la boca», cu yo autor es Francisco Martínez.
En este texto aparecen por primera vez en la literatura médica española recomenda ciones dirigidas a cuidar la boca de los niños.
Se analizan en este artículo las ideas que sobre anatomía dentaria, extracciones, odontología preventiva y odontología conservadora aparecen en el texto en referencia a los niños.
SÁNCHEZ GARCÍA, R.: «La lucha contra la lepra en la España de la primera mitad del siglo XX.
Evolución de las estrategias preventivas basada en los avances científicos, sanitarios y sociales».
En el presente trabajo se estudian las medidas de lucha contra la lepra en España en la priinera mitad del siglo XX.
La medida fundamental para combatir esta enfermedad in fectocontagiosa fue la de aislar a los enfermos, sin embargo dados los importantes cono cimientos que se iban adquiriendo sobre la enfermedad evolucionaron las medidas pre ventivas a lo largo del periodo.
Tuvieron tambien influencia decisiva en la manera de combatir la lepra la intervencion de las autoridades sanitarias en los distintos momentos históricos, y, la respuesta social frente a este mal.
Su biografía y el capítulo odontológico de su obra».
Carente el siglo XVII de textos odontológicos tanto como de brillantez, esta rama de la cirugía, buscamos los saberes en los textos médicos, quhúrgicos y pediátricos de la cen turia, donde aparecen dispersos y con diferente amplitud, deteniéndonos en esta ocasión en el texto del notable «pediatra» renacentista Francisco Pérez Cascales que en su «Líber de affectionibus puerorum» aborda, de acuerdo con los clásicos griegos y romanos, un único padecimiento buco-dental: las aftas, refiriéndose a su etiología, clínica, diagnóstico y tratamiento.
Asimismo; reconstruimos la biografía del autor pues existen múltiples la gunas y errores que corregimos con la correspondiente aportación de documentos y refe rencias.
SANZ, J.: «Doctor Francisco Pérez Cascales.
TEXERA ARNAL, Y.: «El descubrimiento del trópico.
La expedición del Wi lliam 's College a Venezuela en 1867».
La expedición de Myers a Venezuela pasa inadvertida para los círculos intelec tuales norteamericanos durante el siglo XIX.
La obra de Humboldt sirvió para sacar al país del anonimato, pese a ello, en algunos aspectos, Venezuela continúa hoy sien- do terra incognita desde el punto de vista del conocimiento científico de sus riquezas naturales.
Las condiciones políticas y económicas vividas por el país durante el siglo XIX, impidieron la publicación de la producción literaria extranjera referida a su historia natural.
En las últimas décadas del siglo XX, se ha despertado el interés por estudiar y traducir el legado dejado por los extranjeros sobre el país. |
las personali dades más atrayentes del siglo XVI español y co�o un genuino hombre del Renacimiento.
Sus actividades abarcaron desde la historia a la astrología, pasando por la geografía, la astronomía, la cartografía, la ingeniería e, in cluso, por la ética y la econ�mía; materias todas sobre las que escribió n�.:. merosas obras aunque, desgraciadamente, la mayoría no haya llegado has ta nosotros.
El hecho, cuyos motivos más tarde analizaremos, de que sólo uno (1) de sus trabajos se editara en vida propició que sus contribuciones, en cada uno de'los campos aludidos, sean desigualmente conocidas y estudiadas: así, mientras que sus principales manuscritos sobre temas históricos, car tográficos y geográficos han podido ser localizados, analizados y publica dos, principalmente en el último siglo, por prestigiosos historiadores, la mayor parte de los que se ocupaban de las otras ramas del saber antes cita-
das, como)a cosmografía, la economía o la astronomía, se han considera.:. do perdidos,.aunquesí se admite su realización por.las referencias que • a ellos se hacen en diversos documentos.
Esta diferente información sobre los trabajos de Santa Cruz ha deter minado que su figura sea valorada de manera distinta según se consideren unos aspec�os de su áctividad u otros.
De esta forma, hay unanimidad en cuanto á reconocerle.una categorí� desta. cadísima como cronista, como cartógrafo y como geógrafq_. __ En cainbio sé cuestiona• su nivel como astró nomo y se duda de sus cono�imientos matemáticos, en co�creto los geo métricos•, postura a9optada por Rey Pastot.
(2), quien, tras estudiar(?)"el manuscrito del Libro de las longitudines, • negó al cosmógrafo sevillano un lugar de honor entre los matemáticos de su tiempo:
"los conocimientos•geométric()S de nuestro geógrafo son menos defi cientes que los aritméticos.
En lugar•:dél inaes_ tro. encoriframo• s un inedió _ cre discípulo.. ".
Afirmación que a nuestro parecer result�, cuan, to•me:μos, arriesgag.a, ya que la emitió desconociendo el contenido de l�s trabajos astfonómicos y geométricos de Santa Cruz -que, repetimos, se encontraban perdidos-a pesar de que, confiamos, sí debía estar informado de su existencia.
De todas las obras astronómicas de Santa Cruz, de las que se tiene noti cias, destaca su gran tratado de astronomía.
La historiografía admite su existencia apoyándose no sólo en las diversas alusiones que el propio Alon s_ o de Santa Cruz hizo de él, sino, especialmente, en que el citado texto, de dicado a • Felipe H, está reseñado en el inventario (3) que de sus •escritos e instruinentos se reafrzó• en 1572, cinco •a"fios d: espués de su fallecimiento, para •su entrega al president'e del Consejo de Indias, inventario sobre el • que volveremos más adelanté y • en cuyo número' 49 se lee:. logar o en propiedad priyada" y hace voto� para que.se recupere, deseando que sea la gran obra cientí�ca que espera.de Santa Cruz, en bien el e nues tra historia y en beneficio del prestigio de su.autor,.sentimientos que mani fiesta en términos casi dramáticos:
"Plegue a los altos. cielos que algún día nos_ sea devuelto. su tratacl o as-. tronómico; y qu• e valga para exaltar su memoria":...
El Astronómicq Real, MS-2.
622, de la Biblio(eca Universitaria de Salamanca.
Dentro de la linea de investigación que los firmantes de este trabajo lle� van realizando en los últimos cinco años está el objetivo de buscar y.locali zar, para su posterior análisis, los manuscritos científicos espapoles produ cidos desde los inicios dei _ siglo XVI hasta. el primer tercio de la centuria siguiente, t�rea que ya ha •dado como fruto la recuperación de más de cien te. xtos, de muy diversa magnitud, la mayoría de ellos considerados.pérdi -: dos o de cuya existencia no.se tenía noticia (5): Uno de los aspectos en qué centramos nuestro interés e• s el de la actividad de los cosmógrafos del Con sejo de Indias - (6).
La búsqueda de los trabajos inéditos de lino de estos científicos, el burgalés Andrés García de Céspedes, cosmógrafo Mayor, del Consejo de Indias desde 1596 y Catedrático de la Academia de Matemáti.:, cas_desde 1607.,..--cesó. en aITibos oficios-por jubilación en 1611 ----:-nos llevó a la Biblioteca del Palacio Real de Madrid, en cuyo catálo' go de m, anuscri. tos hallamos la siguiente referencia: Pero el citado texto no se encontraba en Palacio sino en la Biblioteca de Hi Universidad de Salamanca bajo la signatura Ms-2622.
L. á' explicación hay que buscarla en la devolución que en 1954 se• hizo de lós manuscritos. de• tos Colegios� Mayores sa1mantirios que habían sido trasladados a la Bi� blioteéa del, Palacio madrileño, tras la extinción de aquéllos, a finales del si glo XVIII, inventariándose previamente, 1799-1801, por el obispo Antonio Tavira (7).
En el folio 157 del citado inventario aparece el Astronómico Real aludido bajo la referencia "Colegio Cuenca, 102", que revela que el manus crito había pertenecido al salmantino Colegio.Mayor Cuenca.
En Madrid permaneció hasta 1954 en que, con ocasión del octavó centenario de la fundación de la Universidad castellana, se ordenó (8) la devolución a Sala manca, en concreto a la Biblioteca Universitaria, de • todos los manuscritos que habían salido de los fondos colegiales un siglo y medio antes.
La descripción del manuscrito realizada por el personal (9) _ de la citada Biblioteca dice así: "Ms. 2622.
Nos encontramos, pues, con un volumen de 256 folios, es decir, 512 pá ginas, de 33,5 por 24 cms., encuadernado en pasfa forrada de cuero ma rrón -n9 es la encuadernación original, sino la que se hizo en el Palacio Real al recibir los manuscritos salmantinps-escrito •con letra muy cuida da y clara, de fácil lectura, y profusame�te ilustrado �on ciento cincuenta figuras, la mayoría iluminadas en cuatro o cinco colores.
Es, ante todo, un texto bellísimo sin comparación posible con cuantos manuscritos de carác. ter científi co conocemos (1 O).
En el folio lr comienza una Dedicatoria, que finaliza en el 3r, encabezada de la forma siguiente:
Príncipe Don Phelipe segundo <leste nombre, Rey de Spa ña y de Ynglaterra y Francia, de Sicilia, Nápoles e Yndias Occidentales.
Al (tachado) ndrés garcía Céspedes, cosmógrapho! llior. de su Mag. sobre el Astronómico Real Se inicia el texto con Ú: ri recorrido histórico de los príncipes que desde Alejandro el Magno favorecieron y apoyaron el cultivo de las ciencia� hasta llegar a los tiempos de los primeros Archiduques de la Casa de Austria, de teniéndose en el rey Alberto de �ohemia y Hungría como protector de Pur bachio y Monte Regio, entre•otros matemáticos y filósofos.
Más adelante cita al emperador Carlos y su relación con...
Pedro Apiano Alemán varón por cierto de mucha Doctrina y muy Docto Mathemático, como lo han mostrado muchas obras que tiene es criptas en Astronomía y principalmente el libro llamado Astronómico _Ce sareo (11), dicho así por avello dedicado al Emperador Don Carlos, Vues tro tan Cathólico y Bi enaventurado Padre, y al Serenísimo Rey de Romanos su hermano,...
Seguidamente, el autor del manuscrito se refi�re al motivo, a la finalidad y al contenido del texto.
Explica a Felipe II que su padre, el emperador, le mandó traducir el libro de Apiano al castellano para comprender mejor la astrología y la cosmografía, peto debido a su complejidad matemática Carlos V no consi guió tampoco entenderlo y encargó al autor que escribiese otro con demostra ciones más sencillas.
Para facilitar el estudio del monarca, el autor del manus crito añadió, como materias previas, unas traducciones comentadas y glosadas por él mismo del Tratado de la esfera de Sacrobosco y de Las teóricas de los pla netas de Purbachio:... el qual (el Astronóm. ico de Apiano) su Magestad me mandó trasladar_ de latín en nuestro común hablar • castellano para mejor poder entender lo que contenía acerca del Movimiento de los Cielos y Planetas, con otras co sas muy c_ uriosas en las sciencias de Astrología y Cosmographía, e yo hize lo que por su Magestad me fue mandado, pero no obstante mi traducción, como su doctrina se demostrase por ruedas y demostraciones, presupo niendo para la práctica dellas muchas quentas y números, fue todo causa para no poder Su Magestad entender el dicho libro con aquella facilidad que deseava, lo qual, como yo entendiese y conociese de Su Magestad de sear saber y entender las dichas sciencias, dete:i; miné de hazer otro libro, por el qual se pudiese entender lo mismo que Apiano <lava a entender por el suyo, aunque con otras demostraciones y ruedas más claras y fáciles, por las quales también se diesen a entender todos los Movimientos de los cielos y Planetas, y otras muchas cosas muy deleytosas y provechosas, y dignas de ser sabidas.
Y después de hecho, porque para mejor entendi miento de todas ellas se requería saber primero de Theórica de los Plane tas, determiné de la poner antes del dicho libro, con una glosa mía y de mostraciones muy claras, para se poder entender con facilidad; y después de aver compuesto entrambos libros, pareciéndome que ni el uno ni el otro se podían bien entender no teniendo. la práctica del Sphera Material, por contenerse en ella todos los términos y principios de las dichas scien cias de Astrología, Astronomía, procuré asimismo describir también de lla,, haziéndole una glosa no poco curiosa y docta para.se poder bien entender... • De esta forma el volumen, puntualiza, consta de tres paáes: en las dos primeras, los dos tratados • citados y en la última, una versión castellana, comentada y glos�da del Astronómico Cé -? áreo •de Apiano.... por manera que se dividirá el presente librQ en tres partes: en la prime ra se tractará de la Sphera y de otras cosas de mucho primor que sobre ella se pueden entender.
En la segunda de la Theórica de los Planetas, con sus declaraciories y demostraciones muy claras y fáciles, y enla tercera.los Mo vünientos de los cielos y Planetas (como dicho tengo)y con. los a• catamien tos que se pueden.tener los unos a los. otros, y la manera que se deva de ha zer para el saber de los eclipses y de sus qualidades y duraciones, con todas las cosas necesarias que se procur�n saber en qualquier Repertorio de tiem,J?
OS, t9do por_ ruedas y �emostra, ciones muy primorosamente hechas.
La:última parte de la obra, como se ve, corresponde a un "Repertorio de tiempos", es decir, a un tratado de astrología como aplicación, y última finalidad, de los saberes astronómicos que le preceden en el manuscrito.
D� parti�ular interés resultan las sigμiente_ s líneas, pues en ellas se indi c;a en.qμé fecha �on; ienzó a escribirse esta magna obra: 1543, dato de tras cendental importancia para obtener la verdadera ideqtidad de su autor:
Pónerise también las conjunciones, oposiciones y eclipses del sol y de la luna, •haziendo p' rincipió desde'el año de 1543 en que se comenzó a hazer el presente.libro, hasta eJ. •año de 1632, y se püdieran haz. er pronósticos • muchos más años si su Magestad no r: he lo mandase a• cabar con tanta bre-. vedad; Asimismo se •ponen en él otros cosas muy curiosas y provechosas y dignas de ser sabidas en Astrología, todas en ruedas y demostraciones (co:. mo dicho tengo) muy agradables a la vista y entendimiento....
Antes de entrar en la dedicatoria, propiamente dicha, al rey, recal¿a que. en el volumen no sólo recoge los saberes conocidos más importantes de Astronomía, sino también. otros aspectos nuevos y originales frutos del que escribe:-... así por yr dedicado a la Magestad Real de tan valeroso y bien afortu:.. nado Rey, como por contener las cosas más reales e ynsignes que en Astro nomía hasta agora están scriptas y sacadas a la luz, con otras nuevamente por mi ynventadas, de mucha su! ilqa y prim.or y, hasta oy, nunca vistas, to-. do lo qual verá Vuestra Magestad se_ r así-si en algunos ratos fuese servido de lo ver y entender, desocupándose de sus rriuy arduas e ymportantes, ocu pátiones, y a Vuestra Magestad hum: ildeme�te suplico tenga por bien de recibir este libro con aquella voluntad que suele hazer aquellas cosas que le dan mucho plazer y contentamiento, porque siendo así tengo por cierto que de todos verná a ser muy tenido y �stimado.
Nue�tro Señor, Su muy poderosa y Cathólica Magestad guarde y prospere con acrecentamiento de • muchos más Reynos y señoríos corrió sus criad?s deseamos.
El tema centr�l sobre el que versa el Proemio e, s la. astrologta.
El autor narra el origen y el desarrollo de esta ciencia desde los asirios, pasando por los caldeos y los egipcios.
A continuación cita como renombrados astrólo gos a Moisés, Abraham, Isaías y otros personajes bíblicos.
Relata luego las distintas •hipótesis griegas sobre e("inventor" de la astrología y acompaña 4na larga lista con los nombres de los principales astrólogos helénicos, en tre los que coloca a los científicos y filósofos más conocidos, copi. o Anaxá goras, Aristarco, D�:i:i:i ó�rito, Eud? xio, Empédocles, Pitágoras, Platón, Aris tóteles, Proclo, Hiparco y otros.
Pasa después.a los romanos de los que da más de una docena q.e nombres: Teodosio, Vitruvio, Marco Verrón, Mani lio, Cicerón, Julio César..; Recorre los astrólogos que llama "modernos" con Alberto Magno y Santo Tomás a la cabeza, a los que siguen otros vein ticinco nombres, entre ellos: Sacrobosco, Monte Regio, Purbachio, Campa no, Gerardo de Cremona, Scotb, Nicolás de Cusa, Beda, Estoflerino, etc..
No se olvida de los astrólogos árabes y judíos, de los que cita casi una vein tena (Mesalla, Albumansa, Thebit, Geber, Joan Hispalense, Zacuto... ).
Por último recuerda a los españoles que desde los tiempos antiguos destacaron en el cultivo de la astrología (Séneca, Lucano, Quintiliano, Pomponio Me la, Marcial, San Isidoro, Averroes y Avicena, entre otros) y culpa alas inva siones bárbaras.del decaimiento de los estudios en todas las artes y cien cias.
Reflexiona también el autor sobre el desinterés existente en su siglo por el cultivo de los saberes y acusa a sus contemporáneos de no querer sa lir de su ignorancia -viviendo de espaldas tanto a los conocimientos anti guos como a los nuevos que nacen-:-y.no desear más que las riquezas y el poder:
En el folio 4r y hasta el6váparece un Proemio al... pero el día de oy todo lo vemos al contrario, porque no se piensa ser otra cosa más suave que el tener y valer y ser honrado de todos, y el saber y virtud no sólo lo menosprecian, más aún tienen en poco a los que a ella se dan.
Por manera que ha venido el siglo_ a tan estrema miseria que no sólo no querarrios deprender las Artes que cada el día de nuevo se descubren, más antes y es lo peor (como dize Plinio en el segundo libro) que las que otros tiempos fueron halladas con m�cho travajo y curiosidad de los hom bres, y para provecho dellos, por necedad y simpleza las menospreciemos y tengamos puestas en olvido, y esta es la causa como tan pocos sean doc tos en esta nuestra hedad, y como estén tan echados los estudios de las buenas Artes, que ya de sepultadas no puedan resucitar.
A continuación justifica el carácter científico y la veracidad de la astro logía arguyendo que todas sus aseveraciones se prueban utilizando concep tos y resultados matemáticos ciertos y rigurosos: 10 Bolviendo a nuestro propósito, pues avernos dicho de los ynventores de la Astrología y de muchas personas que fueron señaladas en ella, será bien dezir de su certidumbre y provechos que della se siguen y quanto a lo pri mero parece ser cierta pues toda se prueva por demostraciones muy firmes de Arisméthica y Geometría que contienen el primer grado de certidum bre, y en lo que toca a sus provechos es cosa muy clara ser muchos, y muy Asclepio-1-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es señalados, y cosa muy neccesaria a los que presumieren de ser doctos en qualquier sciencia y facultad...
Acaba este párrafo del Proemio, como hemos visto, alabando la utilidad de la astrología, cuyos conocimientos considera necesarios para todo aquel que pretenda ser experto en cualquier arte o dencia.
Seguidamente concre ta el autor del manuscrito esa idea general, justificándola para los practi cantes y estudiosos de diversos saberes.
Así, explica que los filósofos preci san la astrología para poder entender-a Aristóteles y a Alberto Magno; los teólogos, para mej, or comprender las Sagradas Escrituras; los eclesiásticos, para interpretar correctamente el calendario y las fiestas móviles; los médi cos, por la influencia que los cuerpos celestiales tienen sobre todos los se res, en especial el hombre, y para conocer los días "créticos" e indicativos de las enfermedades con el fin de prevenirlas y mejor curarlas.
• Para concluir, vuelve a aconsejar el cultivo de las ciencias astrológicas a "todo hombre de m 'ediano entendimiento" por las muchas utilidades que ello reporta y -recordando que desde antiguo los reyes y príncipes favore cían y, aún, practicaban la astrología-pide a Felipe II que él también la favorezca, y lo que es más, proteja a los astrólogos doctos para que así al cance inmortal fama:
En el folio 7r comienza el texto objeto del manuscrito.
Se encabeza con un título en caracteres mayores:
PRIMERA PARTE DEL ÁSTRONOMICO'-:REAL:___:_ tras el cual hay una pequeña introducción, en dOnde se hace un breve resu men del contenído:
En esta primera parte dei Astronómico Imperial procuraremos tractar (sacra Magestad) de la forma del mundo y de la del cielo y la manera de su movimiento y no menos de la tierra y de la forma, quantidad y figüra della; tractaremos assí mismo de la composición de la sphera y de los círculos de que está compuesta y del nacimiento y postura de los sinos; assí según • los poet�s como según los astrófogos, y de la diversidad de los días y no ches,• assí en la sphera derecha como en la torcida, y las diferencias de sombras y posturas del sol en los que habitan en diversas partes de la tie rra; diremos assí mismo de las zonas y división de los climas sobre la Tie rra, do se conoce la diferencia de los mayores y menores días, y finalμiente hablaremos en breve de los círculos y movimientos de los planetas y eclip ses del sol y de la luna.
Señala el autor cuál es la fuente que utiliza: el Tratado de la• Esfera de Sacrobosco, aunque con comentarios y añadidos propios para mejor com prender su contenido, explicando previamente ciertos conceptos, que se utilizarán posteriormente pero que se introducen en este momento para no romper la unidad Bel texto:...
Las quales cosas pone Joanes de Sacro Busto en el libro que compuso de la sphera, el qual procuramos de comentar aquí, agnadiendo sobre lo que él dize y para mejor yntelligencia dello muchas cosas deleytosas y curiosas y dignas de ser sabidas en esta sciencia, pero porque en el pro ceder dé las dichas materias• se trompec; arán en algunos términos obscu ros en que aya necesidad de la declaración dellos, los quales si allí los quisiésemos declarar sería entre romper a cada paso el estilo y manera que llevamos de pro�eder; por tanto determinamos de los declarar aquí al principio para que con más facilidad se pueda para en lo de adelante • • pasar por ellos... • l 0.•de la declara�ión de alg�nos términos que se requieren p�rá 1� • yntelligencía de algunas cosas que adelante en este libro. se dírán.
• define conc�ptos geométricos básicos, cinco -páginas con las ��rres_ pon dientes figuras en el margen izquierdo, y en el segundo trata de" la forma del mundo
2 °. do se declara que sea la forma del Mundo, y después de añadir uri "Scholio o brevé declaración sobre el texto", des cribe el mundo y sus partes en los folios 1 Or-al 1 Sv, con várias figuras de la esfera terrestre y de la celeste: En los capítulos siguientes, hasta el 31, va estudiando diversos aspectos {la regió:i;-i. • celestial, los movimientos del cie lo, la posición de la tierra y sus formas, los diferentes círculos de la esfera material y de la celestial, etc) e incluye diversas tablas, como las de la de clinación del sol, fol. 30r a 32r, y la de•quantidad y longura del maior día del estío para las principales ciudades y lugares de España, fol. 35v a 40r, cons truida partiendo de las poblaciones andaluzas y subiendo hasta el sur de Francia.
Esta primera parte del Astronómico, que corresponde al Tratado de la Esfera, concluye en el folio 77r, ocupando, por tanto, 140 páginas del manuscrito ilustradas con 44 figuras, la mayoría de las cuales están dibu jadas en papel y recortadas, y después pegadas completamente a la página correspondiente o simplemente unidas por su centro, en el caso de las "ruedas", para permitir su giro.
Además, las distintas ru�das de una mis ma figura van coloreadas en azul, rojo, verde, amarillo, etc., para facilitar su visualización y manejo..
En el texto, por otro lado, existen quince hue cos preparados para otros tantos dibujos que no se llegaron a unir al ma nuscrito.
La segunda parte, la que cOrresponde a las Teóricas de. los planetas de Jorge Purbachio, se abre en.el folio 78r y finaliza en el i38r, es decir, 120 páginas, con 43 figuras,: realizadas del modo indicado arriba, con igual ri gor y precisión, que ilustran tanto al texto traducido como a los abundan tes escolios y explicaciones originales del autor del manuscrito.
En sus 33 capítulos se e' studian los movimientos y posiciones de los "planetas", comenzando con el sol, al que se dedican los cuatro primeros capítulos, siguiendo con la "teórica" de la luna, capítulos 5 a 11, y con las A partir del folio 138r, y hasta el final del manuscrito, se encuentra lo más interesante y original.
Se inicia con un título general y una introduc ción en donde se hace un breve resumen de todo el contenido:
-: COMIENZA LA TERCERA PARTE DEL ASTRONOMICO REAL:-Después de aver tractad� de las Theóricas de Planetas y de los cielos, para poder bien entender• lo que las tablas hablan acerca de los movimien tos dellos, tractaremos e� esta tercera parte de algunas demostraciones y figuras, para se poder entender con más facilidad lo que avernos dicho en las dichas Theóricas, poniéndolas todas en práctica, para que la vista pue da gozar de lo que el entendimiento ha hecho hablando dellas.
Todo lo qual tengo por cierto será muy.gustoso y agradable y no menos neccesario para los_que se quisieren dar al estudio del Astronómico, porque allende de • tractar largo _ de las dichas demostraciones y fi gu ras, se dan a entender juntamente con ellas otras cosas muy provechosas y curiosas en las dichas scienóas, porque en la primera parte.se da a entender el movimiento de los cielos y Auges y estrellas fixas y de las quarenta yrtiágenes celestiales compuestas dellas y de los grados en que están en el zodiaco del primer móvil con las mansiones de la luna.
Y allende desto se ponen las demostra-. dones para entendimiento de la Theórica de los siete planetas con sus aca tamientos y la manera que se a de tener para obrar con el astrolabio en lla no. Muéstranse asimismo las partes, cosa necesaria en Astrología, y se declaran más las cosas que se ponen en cualquier calendario principal� merite la celebración de la Pascua y fiestas movibles.
Y el equinoccio y la anticipación dél.
En la segunda parte se tractan de los días créticos, cosa muy necesaria a los médicos, y finalmente se ponen en tablas y demostra ciones todas las conjunciones y oposiciones del sol y de la luna y los eclipc ses de los dichos planetas que acontecerán casi en cien años primeros si guientes, con otras cosas muy provechosas y dignas de ser sabidas.
Por manera que el principio que haremos será comen9ar en la manera que hasta agora se a tenido en el comen9ar de los años, como se verá en el ca pítulo siguiente.
Se avisa pues, en este párrafo, que la tercera parte del manuscrito está dividida en otras dos: en la primera se enseñan los métodos prácticos para calcular la posición de los planetas, utilizando ciertos instrumentos, en particular el astrolabio, con la ayuda de las tablas que se•acompañan.
Asi-Asclepio-l-1992 mismo, se e. studia el calendario y la determ. inación de la Pascua y de las fiestas móviles.
La segunda parte se centra en la determinación y cálculo de los días créticos y de los días en que se producirán conjunciones, oposi ciones y eclipses de Sol y de Luna, acontecimientos éstos de gran trascen dencia astrológica.
El -contenido de esta "tercera parte" coincide en lo fundamental con el del Astronómicum Caésareum de Pedro Apiano, pero presenta algunas dife rencias notables: en primer lugar, el manuscrito no recoge algún tema que sí es tratado por Apiano, como el del análisis y exposi�ión del Torquetum; eri segurido lugar, no guarda el texto castellano, en general, el orden de ma terias y capítulos exis. tente en el original del matemático alerrián; y por últi mo, es más amplia la versión del manuscrito -120 folios, por60 del impre so-, contiene un.mayor número de figuras, se detiene más en los aspectos astrológicos y, sobre todo, incide más en ejemplos y suptJ-estcis prácticos.
En el folio.139_ r se inicia la primera parte en que, c�mo dijimos, ha sub dividido el autor la tercera sección del volm: nen.
Consta de 64 capítulos y ocupa exactamente 200 páginas, concluye en el folio 239v, en las que pue �en verse 47, figuras de dibujo exquisito y extremadamente preciso y cuida-• do.
En el capítulo primero, en el que se presenta la historia de cómo midie ron el tiempo diversos pueblos, se añade una tabla con fechas notables, entre ellas las del nacim1ento o muerte de matemáticos, como Purbachio o Morite Regio, y de reyes, como Carlos V o Felipe II.
En los •capítulos si guient_ e�. se. explica_ la manera de calcular diversos. sucesos astronómicos, corno posiciones de planetas, eclipses, conjunciones, etc. En el capítulo 39, folio 204v, se expHca la con. strucción y el manejo del astrolabio, mientras que en-el40 se enseña cómo utilizarle para obtener muchas cosas muy curiosa y provecho�as así en Astrología como en..
Astronómía.... entre ellas, la determinación de la "hora de los planetas" en cualquier día y en cualquier lugar de Espáña.
El autor escoge como ejemplo para este cál culo, fol. 205r, el del nacimiento de Felipe II, se presentan dos ejemplos muy interesantes: después de explicar el funda mento de este problema, el autor precisa el momento en que fue engen drado Carlos V (1 de abril de 1499, a las 7 horas después del _mediodía) y. lo mismo para Felipe II (12 de agosto de 1526, 7 horas antes del mediodía).
En los restantes capítulos se estudian los diversos méto�os de dividir y medir el tiempo, estableciendo relaciones entre las distintas unidades tem porales existentes en la época y en la antiguedad.
• En el folio 240r se inicia la última parte del libro• y la más breve -sólo ocupa 18 folios, es decir, 36_ páginas-que contiene únicamente 11 figuras, tan bellas y preds�s•como todas las del vol�men:.:_: SEGUNDA PARTE DESTA 3 a DEL ASTRONOMICO REAL:-Capítulo 1 o.
De los •días créticos o judiciales necesarios a los médicos para en el curar de las enfermedades, fos quales se muestran sin trabajo de quenta por el ynstrumento siguiente.
Comienza con una serie de reflexiones astrologicas sobre los planetas, la cabeza y cola del dragón y los signos del Zodiaco, y su influencia sobre las enfermedades; se acompaña, folio 244v, una tabla del "señorío que acci dentalmente tienen los planetas" sobre los miembros del cuerpo humano.
A continuación se en�eña cómo debe disponerse el instrumento para deter minar los días créticos.
De las conjunciones y oposiciones y eclipses que acontecerán hasta el año de 1632.
Asclepio-1-1992 con unos párrafos que tienen una particular importancia, pues su conteni do _resulta muy revelador de la identidad del autor del manuscrito e infor ma de ciertas circunstancias de gran relieve para nuestra historia de la ciencia.
Aunque dejaremos su comentario para más adelante, ofrecemos ahora su transcripción:
Estando en Toledo (12) los años pasados de 1578 por mand�do de Su Magestad, acabando muchas y diversas descripciones y cartas de Geographía del Mundo, y un libro llamado Yslario General de todas las yslas del mundo, procuré hazer también en el dicho tiempo un otro libro a manera de calendario rorpano, como Beda y Estopherino �vían hecho los suyos, pqniendo en el mío muchas particularidades más que ellos en los suyos avían hecho, añadiendo todas las oposiciones y conjunciones y eclipses del sol y de la luna hastq el año de 1640, el qual libro me pareció aver tenido en mucho Su Mag.
Tuve pensamiento de lo hazer ymprimir luego juntamente con el Y slario General, pero como Su Mag. me dexase mandado al tiempo de su partida que travajase en hazer la descripción • general de la Geographia de España y otras muchas cosas ymportantes a su servicio me descuydé de la ympresión de los dichos libros, y también lo he hecho hasta agóra porque algunas personas se an adelantado en es te tiempo a ymprimir cie: rtos Reportorios (13) que hizieron.
Pero como al presente yo viniese a estar ocupado en este libro llamado Astronómico Imperial que Su Mag. me mandó hazer, parecióme que hera coyuntura para poder escrivir en él algunas cosas de las que en el calendario tenía puestas, juntamente con las conjunciones y oposiciones y eclipses del sol y de la luna, aunque no de la manera que allí tractava de todo ello, sino puestas en ruedas y demostraciones de ynstrumentos para mejor se po der entender.
Poniendo en los eclipses solamente los puntos de los oscu recimientos dellos, y todo el tiempo de su duración, desde el.principio hasta el fin.
Por último, el autor explica cómo calcular las fechas de los eclipses de sol y de luna que se producirán en sucesivos períodos de diez afios de dura ción -de 1543 a 1552, de 1553 a 1562, y así hasta el de 1623 a 1632-me diante las correspondientes "ruedas", represe. ntadas en otras tantas magní ficas figuras, la última de las cuales puede verse en el folio 258r que cierra el volumen, aunque la rúbrica ilegible del autor o del copista, aparece en el folio anterior.
Cruz, el Autor Su p lantado
El Astronómico Real, analizado en el apartado que precede, no es anó nimo.
Como ya hemos indicado, tanto en la Dedicatoria como en el Proe mio aparece el nombre d� Andrés García Céspedes como autor, escrito en letra distinta, irregular y "corrida",-encajado forzadamente en un espacio en el han sido raspadas o borradas algunas palabras, aunque permane cen de la escritura anterior las dos primeras letras (Al) en la Dedicatoria, y sólo la primera (A) en el Proemio.
• • Parece pues, que en-ambos enc;:abezamientos hubo otro nombré inicial mente, y después fue sustituido por d del •matemático burgalés, aunque no en la forma habitual, pues siempre hacía figurar sus apellidos con la inclu sión de la preposición "de", es decir: García de Céspedes.
Lo primero que vamos a intentar aclarar es que éste •ni fue ni pudo ser quien redactó el ma nuscrito.
Para ello vamos a determinar la fecha de su elaboración.
En la Dedicatoria, concretamente en el folio 2v,•se dice:.... desde el año de 1543 en que se comenzó a hacer el presente libro...
Esta fecha vuelve a repetirse, en el mismo sentido, en las últimas páginas de la tercera parte del volumen, la que contiene la versión de la obra de Apiano.
En el folio 14r, que corres ponde a la traducción del Tratado de la Es f era, se dice que en ese momento han pasado 302 años desde el año de 1251, fecha en que el Rey don Alonso mandó elaborar las tablas astronómicas, es decir, el autor está escribiendo en 1553.
Por otro lado, recordemos, tanto en la citada Dedicatoria como en el Proemio, se dirige el texto al... príncipe don Phelipe, segundo deste nom bre, R�y de Spaña y de Ynglaterra.:..
Si se tiene en cuenta que Felipe II fue 20 Asclepio-l-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es monarca de España d�sde 155q. y que fue. rey de Inglaterra, por SU' matri-. monio con la reina María, desde 1554 hasta 1558, sólo simultaneó ambas coronas escasamente dos años, desde 1556 hasta 1558.
Por consiguiénte,-la Dedicatoria y el Proemio fueron escritos dentro de ese período de dos años.
Si recordamos, por otro lado, qlle en citada Dedicatoria, el autor indica que primero escribió-el Astronómico, después Las Teóricas, y finalmente La Esfera -aunque fueron encuadernadas en orden totalmente inverso-po demos concluir que su particular versión castellana del Astronómico Cesá reo la comenzó.en 1543 y la finalizó-no ant. es de 1549; y que la Esfera la es taba redac{ando en 1553.
El Proemio y la Dedicatoria, lo último que se elaboró, lógicamente, se hicieron después de 1556 y anies de 1558.
En con clusión, el manuscrito se inició en.
Basta ahora, que nos detengamos en la fecha de nacimiento de García de Céspedes ( 14): nunca anterior a 1545, muy po siblemente 1550.
Lo cual obliga �-rechazar al castella�o como autor y bus car entre "los cosmógrafos reales" (tal es el título con que el autor aparece, • con la misma letra que el resto del manuscrito, en los dos en, cabezamientos tan citados) que en esas fechas tuvieran edad suficiente y su nombre co menzara por las dos letras "Al".
Enseguida se encuentra a alguien que cumple los tres requisitos: Alonso de Santa"Cruz, quien en 1543 tenía 38 años; con anterioridad a 1556_, y hasta su muerte en 156_ 7, poseyó el nom bramiento de Cosmógrafo del rey, como veremos, y su nombre se inicia con "Al".
En apoyo de que este cosmógrafo sevillano es el autor s�plantado, está el que ya fue víctima -como se sabe-de otro fraude idéntico protagoni zado por el mismo García de Céspedes: su.manuscrito conteniendo el Isla rio General padeció análogos manejos (15), también se raspó su nombre y se sustituyó por "Andrés Garc;ía Céspedes".
Y lo que es más significativo, la letra de esta• corrección es idéntica a la que introduce este mismo nombre en el Astronómico Real.
Otra prueba más de la autÓría de Santa Cruz la proporciona la compa ración de la letra del manuscrito con la que aparece en otras obras suyas: sin ningún tipo. de dudas, podemos afirmar que el copista que "pasó a lim pio" el Astronómico Real, el Libro de las longitudines, el Islario General y el Abecedario virtuoso (16), los cuatro trabajos cuyos manuscritos hemos podido consultar, es el mismo;
Por si no bastara todo lo anterior para asegurar que Santa Cruz es. quien buscamos, síes suficiente para que su autorí 4 pueda adoptarse como hipótesis de partida, e ir comprobando dicha teoría con nuevos datos (17).
Alonso de Santa Cruz f ue desde la primavera de 1537 hasta finales de 1539 maestro de Carlos V en Filosofía; Astrología y Cosmografía, expli cándole en privado estas materias y el uso y fundamento de diversos.ins trumentos (astronómicos, de navegación y relojés), muchos traídos por el emperador a su regreso a España, eh los primeros meses de 1537, y otros para él por-el propio Santa Cruz.
Las lecturas, por tanto, co menzaron tan pronto como Carlos V llegó a su corte de Valladolid y finali zaron dos años y medio después, al tener que partir el rey para Alemania y Flandes.
Cuando Santa Cruz fue elegido para tal tarea era ya "Cosmógrafo de hacer cartas e instrumentos para la navegación" en la Casa de la Con tratación de Sevilla (18) con un salario de,30.000 mrs anuales.
Carlos V, con el fin de ayudar• a su maestro, le nombró pronto, 21 de diciembre de 1537, "contino" de la Casa Real con otros 35.000 mrs. anuales; y con el fin de posibilitar las clases le otorgó sucesivas dispensas para que no tuviese que residir en Sevilla -a lo que estaba obligado por su oficio en la Casa de la Contratación-y viviese en la corte, primero Valladolid y; a partir de 1539, Toledo.
Ciudad en la que permaneció Santa Cruz tras la marcha del emperador, pues éste le encargó (19) diversas tareas de carácter científico, entre ellas la de construir un instrumento para determinar la longitud (20), pero también para elaborar una• Geografía del Mundo y de España, así como cartas, el Islario General y un libro de Astrología (21).
En el folio 248r del manüscrito -reproducido en páginas anteriores-se hace men ción a estos mandatos reales en los mismos términos (22) que aparecen en las •cartas de Carlos V citadas en las notas 1_ 9 y 21 que anteceden.
Otra prueba más de que Alonso de Sarita Cruz es el autor que buscamos.
Hasta 1545 residió el cosmógrafo en la ciudad imperial, y en enero de ese año se trasladó a Portugal �on el fin de conseguir que los• portugueses le comunicaran su conocimientos y resultados sobre el comportamiento' de la aguja en las Indias Orientales.
Y alcanzó su propósito pues como es bien sabido el cosmógrafo Joao. de.Castro le entregó copias de sus manuscritos con las infor: maciones que buscaba.
En la primavera de 1545 volvió a España, pero fijó su residencia en su ciudad natal, en las casas de su propiedad de la calle de la Sierpe, en donde se enclaustró auténticamente (�3)_para concluir todas las obras que tenía iniciadas.
El 1 O de noviembre de 1551 remitió una carta (24) al emperador en donde le cuenta sus progresos en los encargos que el monarca le hizo diez años a_ ntes, justifi.cando los retrasos en su i: nala salud, tanto física co mo mental No obstante, y a pesar de todos esos inconvenientes, señala que desde el año anterior, es decir 1550, tenía acabadas la Crónica de los Reyes Católi cos y la Crónica de Carlos V, unas cartas grandes de España y de princi pales países europeos (Francia, Inglaterra, Escocia, Italia, Alemania... ) y un monumental mapa de Europa.
Pero, y lo que es de mayor interés para nosotros, había finalizado, aunque... no pasado a limpio, el libro de Astrología, como el de Pedro Apiano, con sus ruedas y demostraciones, para que muy fácilmente entienda Vra.
Mg. por él lo que por el otro con tanto gran trabajo....
Vemos, pues, que Alonso de Santa Cruz dice haber redactado un libro de astrología como el de Apiano -aunque no lo tenía " en lirripio" -en 1550, que coincide con lo que hemos indicado sobre la fecha de realización de la parte tercera, a falta de añadir los últimos folios sobre las cronolo gías, del manuscrito de Sal_ amanca, objeto de este artículo.
El 7 de ag�sto de 1554 doña Juana, reina viuda de Portugal y regente de España en esas fechas, ordenó a Santa Cruz que se presentase en la corte, entonces en Valladolid, para una reunión de cosmógrafos (los otros participantes fueron Esquive!, Aguilera, Rodrigo de Corcuera, Jerónimo de Chaves, Ruiz de Villegas y Pedro de Medina) con el fin de examinar unos instrumentos de metal, para calcular la longitud, ideados por Pedro Apiano.
El cosmógrafo llegó a la ciudad castellana casi de.inmediato y en ella se quedó siete años, los dos primeros esperando el regreso de Carlos V para presentarle todos los libros que había hecho por su encargo 15 años antes.
A finales de 1556 el emperador llegó a Valladolid, y durante los días que permaneció en la corte recibió frecuentemente a Santa Cruz, tal como lo cuenta el propio cosmógrafo (25) a Felipe II: ".... y se holgó 7?1ucho con migo preguntándome m!:'-chas cosas que deseaba saber... ".
Pero a pesar de la afectuosa acogida, el emperador no necesitaba ya de los servicios de su astrólogo pues había perdido su afición por la astrología y lo único que deseaba era.retirarse a Yuste, lo que se expresa en la misma carta tan grá ficamente:... todo aquello aborrece agora, que antes le clava mucho plazer...
Santa Cruz, entonces, solicitó.entrar al servicio de Felipe II como Cos mógrafo de Indias en la corte -o mejor en la Casa de la• Contratación para poder residir ensu ciudad natal-en un Memorial (26) que desde Vallado lid manda al rey de fecha 28 de febrero de en donde enumera s�s mé ritos y conocimientos, entre los que destacan los referentes a ia astrología y a la cosmografía:
•' "... he s�rvido al Emper�dor don Carlós ce; ca de 20 �ño. s, así en pre sencia como en ausencia, dándole a entender muchos libros de �strolo gía y de cosmographia, haciéndole muchos libros en las dichas scien cias... y muchos instrumentos _de metal y plata para saber las horas y la longitud y latitud...
Cuando Santa Cruz, desanimado por el silencio del monarca, preparaba • sus: cosas para volverse a Sevilla, recibió la carta de Felipe II en la que éste le comunicaba que le tomaba a su servicio, aunque sin especificar para qué tareas ni con qué nombramiento, y que le esperase en la c¿rte. La contesta ción alborozada del cosmógrafo no se hizo esperar, el día 3 de agosto de 1557 escribe (27) al rey agradeciéndole la merced... "por la qual beso mil ve,. zes pies y manos de Vra.
Mg.... " y avisándole de• que a trqvés del Conde de Melito le envía el mapa de Toledo y''... otras cosas que me pidió de astrología, como homb. re curioso de saber las cosas venideras... ".
De estas palabr�s se de duce que, para sorpresa de Santa Cruz, el monarca le empleaba no sólo co,. mo geógrafo sino también, a semejanza de su padre, como astrólogo.
La esta:μci_ a en la ciudad castellana no_ debía serle grata a Santa Cruz, quien en diversas ocasione� pidió al monarca que le concediera determina dos oficios en Sevilla, especialn; iente el de_ teniente de alcalde de los Alcáza res, o en su defecto el de obrero mayor (28) de dicho sitio real.
Estas súpli cas • n�.fueron oídas por el Rey a pesar de que fü-eron varias veces reiteradas (29), y el cosmógrafo debió permanecer, al menos, hasta 1561 en Vallado lid.
Estos siete años de estancia vallisóletana los aprovechó para escribir su Libro de las longitudines y para pasar "a limpio" algunas de sus obras ante riores, al conseguir que un copista de la corte, siempre el mismo, realizara un espléndido trabajo con sus borradores.
Noticias de estas actividades nos las proporciona el mismo Santa Cruz en las cartas al rey citadas en.la nota anterior.
En la primera de las referidas misivas, y también en la segunda, pidió al monarca la concesión de la "licencia" o "privilegio" para publicar sus libros, con el fin de obtener de esta forma una rentabilidad a su trabajo y, por otro lado y evitar que alguien pudiera hacerlo sin su permiso:... y no menos lo merec; eré yo, pues los que tengo hechos van todos dedi cados a Vra.
Estas palabras tienen para nosotrns un especial significado, pues nos dan un dato que buscábamos: en 1558 -año en que se escribieron las car tas querecogen esta frase-sus obras, entre la� que se e_ ncuen{ra su Astro nómico, ya están dedicadas a Felipe II, confirmando nuestra hipótesis.
El monarca contestó a esta petición remitiéndola a la princesa regen te, con la instrucción de que fueran examinados por el Consejo los librós de •santa Cruz,• y s¡" eran como decí� el cosmógrafo se le conc�diera la licencia (30).
Pero en noviembre de 1563, el monarca expresaba (31) su preocupa ción sobre la publicación de esas obras en los siguientes términos:.... podría traer mucho iI�conve�liente en que k: is dichos libros s� impri� miesen por la noticia y claridad que p_ or ellos_ hafü ¡. rían �strangeros y otras personas que no fuesen súbditos ni vasallos nuestros, de la� dichas Indias, que es punto de consideración y por esto os encargo lo mireis y trateis y me aviseis de vuestro parecer-..'
No hemos podido saber si el privilegio se concedió, pero sí es seguro que el Cosmógrafo Mayor de 1a Casa de la Contratación (32) no llegó a ver publicados sus -libros, bien fuera porque no llegó el permiso real, bien por que no encontró un mecerias que hiciera fren�e a los grandes costos de su e': Hción.
El hecho es q1:1-e sus temores se cumplieron: García de Céspedesquien recibió en 1595 todas las obras, papeles e instrumentos de los Cos mógrafos Mayores del Consejo-de Indias que le precedieron en este ofi cio-vio como llegaban a sus manos todos los trabajos manuscritos de Asclepio-I-1992 (7) El inventario se encuentra en la Biblioteca Nacional bajo la signatura MS-44044.
(8) El De"cteto con la orden es de-fecha 5 de mayo de 1954 publicado en el Boletín Oficial del Estado del día 8 del mes y año.
• (9) Personal al que expresamos nuestro reconocimiento por las facilidades y orien taciones dadas.
Especialmente agradecemos a la Directora, D.a Margarita Becedas, las informaciones sobre los referidos traslados del manuscrito, así como su diligencia para que se realizara y-se nos remitiese una copia microfilmada del texto, sin la cual hubiera -sido imposible este trabajo que aquí se publica.
(10) Tan sólo la Descripciónde1' Universo del también cosmógrafo Juan Bautista La baña, portugués pero al servicio de los monarcas españoles, puede ofrecer un aspecto igual de atrayente.
Es mucho más reducido, sólo consta de 34 folios, magníficamente ilu minados, y recoge los conceptos y conocimientos esenciales sobre cosmografía (geogra fía y astronomía) que debía poseer el príncipe Felipe, después IV de ese nombre, a quien iba dirigido el libro, a modo de cartilla, por su maestro en aquel año de 1613.
(11) Pedro Apiano (1495-1552) escribió e imprimió en 1540 en Ingolstadt, su Astro nomicum Caesareum a expensas de Carlos V y de su hermano Fernando I de Hungría, a quienes dedicó la obra.
Por tal motivo recibió el nombramiento de "Caballero del Impe rio" y una alta recompensa ecoriómica.
(12) Esta fecha aparece raspada y enmendada en sus cifras finales.
Más adelante ofreceremos la explicación de esta alteración del manus crito.
(13) Se refiere, sin duda, a la obra de Jerónimo de Chaves, Chronographia o Reper� torio de los tiempos..., que se imprimió en Sevilla en 1548, y que vio diversas ediciones en la década de los cincuenta y otras más tarde.
Esta referencia en el texto sirve para obtener la información de que esta última parte del manuscrito fue redactada •después de 1548.
24.dedicatoria ��mtinó� c�μla_ relación ele lós cien�íficos �uyas obras el autor ha utilizado p�ra elaborar su _ trabajo: 8
grafo y el de contino, residiendo en Sevilla o en la Corte cuando a�í lo mandase.
El 11 de noviembre de ese mismo año, Carlos V le envía una cart;a en donde le•eI_lcarga expresa mente la confección del Islario General y la elaboración de un de astrología.
A esta misiva real hace mención Santa Cruz en su respu�sta de 16 de marzo del año siguiente, que luego tendremos ocasión que citar.... • (20) Era reconocida su experiencia en estos tem�s: en.1535 fue. llamado a participar en una Junta de cosmógrafos (Palero, Remando Colón, Sebastián.
Ca boto, Santa• Cruz-y otros) par� examinar.upes instrumentos de navegación proyectados por Gaspar Rebelo.
Unos meses después, en noviembre de ese año, el propio Santa Cruz pidió que los exper-. tos de Sevilla_ estudiasen las cartas y los instrumentos que, decía, había inventado para facilitar la navegación a Indias, |
El fenómeno contemporáneo de especialización én medicina puede considerarse un proceso de cambio social, abordable desde una investiga ción histórica que contemple, por tanto, los agentes de dicho cambio y las dinámicas subyacentes.
Los enfoques, por término general internalistas, han ido dirigidos al desarrollo de los conocimientos científicos, a las bio grafías de grandes figuras o a meras descripciones de los logros de las di versas sociedades científicas (1).
La historia del especialismo _médico es un punto de confluencia de la historia y la sociología contemporánea_ s, las cuáles.han abierto dos puntos básicos de discusión: el papel de la economía de mercado, y el de los facto-
res de desarrollo científico y técnico en los orígenes y posterior consolida ción de las especialidades médicas (2).
• El clásico estudio de Rosen (1944) ya avanzó una postura de síntesis (3). • sin olvidarse de los elementos• sociomédicos, Rosen enfatizó las bases cien tífico-técnicas, no el acúmulo de datos especializados.
La nueva concepción localicista de la enfermedad di pie a nuevos enfoques' diagnóstie: os y tera-. péuticos para, a partir de aquí, organizarse en un patrón 1.nstítucional.
Pero para que un'avance técnico ej�rza. su• influencia se precisarán diversos facto res: viabilidad, mejoría continua de instrumentos y métodos, así como transmisiqn y. d1fusión de los colj.ocini.ientos que_ se van adquiriendo y que van precisando la definición de las enfermedades.
Halpem (1_ 989) ha ejem plificado, de forma exhaustiva, la μtilidad delos abordajes sincréticos (4).
En efecto, en el pr:' Ocesp de especialización! os.factores internos -:-innova ciones científi�as y técnicas-actuarían en estrecha simbiosfs con los.facto res ofertados por el mercado laboral y la organización institucional (Tabla 1).
La misma autora plantea la inexistencia de estadios universales e inevi tables en la evolución de los segmentos médicos especializados.
Las peculia ridades que dicho proceso puede llegar a adquirir en una parcela muy con creta, han quedado demostradas en un extenso trabajo de Mur: phy.
(198_ 6) sobre el complejo desarrollo de 1 � Radioterapia en Inglaterra (5).
El estudio prosopográfico de Glick ( 197 6), del g�po de endocrinólogos españoles que se formaron en torno a Gregorio Marañón, plantea una idea, aún sin contrastar en otras especialidades• médicas, pero verosímil para el contexto español: la importancia del líder carismático en países científicamente dependientes del exterior (6).. _ En este artículo pretendemos analizar el papel que las aplicaciones terapéuticas de los rayos X desempeñaron en el surgimiento de una nueva especialidad, la radioterapia, en el ambiente médico granadino de las pri meras décadas de este. siglo.
La peculiar manera como la radioterapi� se engarzó en el ámbito hospitalario local de �se momento,• cuya.co. ncreción fue el Gabinete Electro-Radiológico de la Fac;:ultad de Medicina, puede aportar datos de interés para un análisis más amplio de dicha especialidad en el contexto español.
Señalábamo • s también la tardía aceptación por los médicos granadinos del nuevo descubrimiento, de tál manera que hasta 1901 no contó esta ciudad con un g�biI1eté •radiológico privado con fines diagnósticos y terapéuticos (7)...
El reconocimiento institucional-por• el mundq médico del descubri miento de Roentgen fue aún más tardío y no tendría lugar en Granada has ta 1907.
En una Junta de la Facultad _ de Medicip. a presidida por su Decano, Antonio Velázquez de Castro F ossati (1840-1914), catedrático de Patología Médica, y celebrnda en abril_ de.ese a/ío, Gregario Fidel _ Fernández Osuna (1853-1933) �profesor de Pat? logía Médica-y José del Paso y Fernández Calvo (1853-1911), secretario de la Facultad y.catedrático de Higiene Priva da y Pública, solicitaron: Dos meses más tarde,. el ocho de junio, siendo ya Decano Gregario Fi del Femánd_ ez Osuna, se logró un amplio respaldo para el proyecto� en ba se a que el propio trabajo clínico demandaba «técnicas especiales, como la electroterapia y la radiografía».
Así pues, se le concedió autorización al Decano
• «pa• ra repartir los serviciÓs entre los señores•auxiliares y alumnos inter nos».
El quince de junio se ratificaba el anterior acuerdo.
«La necesidad urgente de obras para, entre otras cosas, tener una sala para Hidroterapia y Electricidad Médica» (9).
Como vemos, pues, en sus comienzos el Gabinete conectó diversas téc nicas diagnósticas y terapéuticas poco consolidadas, pero que para algunas de ellas la Facultad ya disponía_ de algún instrumental: la hidroterapia, la electrología y la nueva radiol9gía (10).
Estos orígenes comu_ nes determina rán en mucho sentidos el devenir de la radioterapia y serán causa de di ver.,. sos conflicto� al irse• perfilando los límites de_ la especialidad..
Sin embargo, durante este largo período sólo se aplicaron las radiaciones •con fines diag nósticos (11), según el testimonio de Antonio HeÍnández Ortiz,•uno de los protagonistas de estos primeros años_:..
«De r<¡1dioterapi� no se hablaba en aquel tiempo (1907)(1908)(1909)(1910), sólo des perdigado en algún periódico llegó a nuestras manos el tratamiento de ál gún epitelioma irradiado en Suecia, Alemania o Francia, y nuestra igno rancia, unida a nuestro miedo, nos libró de cometer algún desaguisado y tal vez de hacer alguna curación casual, que nos chocase a nosotros mis mos y que de ninguna manera hubiésemos podido explicarnos» (12).
Por otro lado, tal actit4d parec;e ser que era compartida por algunos de los profesores del claustro de la Facultad.
En efecto, con motivo de la cele bración en Granada del tercer Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias (20 a 25 de jun'.io de 1911), José Pareja Garrido (1856-1935) -catedrático de Patología Qliirúrgica -'--pronunció el discurso de apertura de la sección de ciendas médicas, en el que se trató de la «orientación actual de la medicina».
En el mismo valoró muy positivamen te la radioscopia y la radiografía como. técnicas certeras• al servicio del diagnóstico clínico, pero no citó la radioterapia entre las modernas armas terapéuticas (13).
Pero a partir de 1914 el Gabinete Radiológico cayó en el olvido, y se de jó de utilizar el material radiológico de apoyo diagnóstico que por entonces se poseía.
En dicha reunión Olóriz se cuestionó cómo «existiendo en la Facultad una instalación de Radiografía, ésta no fun ciona, teniendo' entendido que su falta de funcionamiento es debida a los gastos que ocasiona, y siendo necesidad su aplicación para multitud de casos clínicos, suplica al Claustro el medio de poder utilizarla.
El Sr. De cano, Antonio Amor y Rico, hace constar que cuando empezó la guerra (1914) dejó de funcionar el Gabinete Radiológico por la dificultad de ad quirir el material necesario, como tubos(... ).
Que hace unos días se infor mó que podrían traerse y que para estos casos de necesidad, existe un li bro de vales para pedir lo absolutamente necesario, estando dispuesto, con la subvención concedida a las Clínicas, a sufragar gastos dentro de los • límites en que lo permitan los fondos, pero que creía conveniente para los señores catedráticos que tienen clínicas, cedan alguna cantidad para el ci tado Gabinete Radiológico, por ser ellos quienes preferentemente la utili zan» (14).
Las declaraciones del por aquel entonces auxiliar encargado del Depar tamento de rayos X José Sequera, corroboraron que. este servicio permane cía inactivo desde 1914 por falta de instrumental (15).
El ofrecimiento rea lizado por F ernández Osuna y Martín Barrales, pocos meses después, de destinar parte del presupuesto de la Facultad al Gabinete, no pudo ser más oportuno.
Con fecha 15 de enero de 1918 se adquirió el material necesario a la casa comercial alemana Metzer, según la lista suministrada por el titu lar•del departamento, utilizando para ello una parte de los fondos de prác ticas de las asig11: aturas clínicas (16).
A pesar de las mejoras materiales -dos tubos Roentgen, un interruptor de turbina y un condensador-, José Sequera todavía se quejaba de que só lo podía realizar radioscopias por carecer de elementos apropiados para Asclepio-1-1992 radiografía y radioterapia.
Con tal m(?tivo,. el Decano realizó una nueva no. ta• de.pedido.
Pero dadas las dificultades económicas que existían, Olóriz, temiendo que hubieran causas distintas de: las indicadas, inició.una investigación sobre la situación del gabinete.; Así, el 18 de abril de 1918, Olóriz Ortega mandó un escrito al Decano Antonio Amor y Rico (t J 928) en el que se ofrecía para reorganizar y dirigir el Departamento de Radiografía y Radioterapia, y averiguar si las sospechas que tenía acerca • de la situación del departamento, eran o rro ciertas (-17).
Los resultados de 1a pesquisa fueron concluyentes: antes del último pe dido. existían cuatro tubos Roentgen, uno sin estrerjar; un interruptor elec trolítico que sólo necesitaba limpieza para su uso; un radiocronómetro de Benoist y un miliamperímetro como sistemas de medida para Radiotera pia, y un filtro de aluminio para Radioterapia profunda:
«En resumen -concluía Federico Olóriz-que al-presente (abril de 1918) se pueden realizar en el.departamento de mi nuevo cargo aplicacio nes de corriente galvánica, aplicaciones de corriente farádica y de electrici dad estática, radioscopias, radiografías;• radioterapia superficial y profun da (... ) sin necesidad de ningún pedido de instrumental.
Desconocemos con.exactitud los motivos por los que José.
Sequera no consiguió consolidar el trabajo del gabinete, pero su dimisión, el 27 de abril,. nueve: días después de que Olóriz Ort_ ega empezara a investigar y cua:.. tro antes de que éste expusiera a la Junta el resultado de sus indagaciones, fue muy significativa:
«Teniendo necesidad de ausentarme de esta capital para prácticas de ampliación de estudios, presento a �(E. la dimisión del cargo de auxiliar honorario de est � facultad» (1_9).
Siendo todayía titular del servicio,• Olóriz Ortega solicitó -«en vista de la ampliacióny perfeccionamiento del Gabinete Radiológico dt:; esta Facul tad, y la importancia de este medio terapéutico y exploratorio»-que su próximo responsable tuviera un reconocimie_ nto oficial al igual que sucedía en otros lugares (23).
También solicitó mejorar la superficie del departa mento y «la consignación de presupuestos suficientes_ para el sostenimien to de la misma».• Para la ampliación espacial del gabinete se reclamaron a la Diputación unas dependencias del hospital de San Juan de Dios ante riormente cedidas por la Universidad y causa de litigio entre• a11; bas institu ciones (24).
Los hech. os hasta aquí analizados -:-el estado de abandono. del gabine �e, el i_ nforme de Olóriz Ortega y la renuncia de Sequera • como auxiliar y di rector del gabinete radiológico-nos obligan a cuestionarnos el porqué de la aparente precariedad de ese servicio clínico en los años inici�l�s d� su desarrollo, Y su cierre en 1914.
No deja de ser paradójico que hasta la ini ciativa de Olóriz Ortega ninguno de los profesores de la Facultad de Medi cina intervino activamente en este asunto.
El bajo nivel de desarrollo de la radiología granadina en relación al resto del estado,• pudo fomentar la de sinformación e infravaloración de las posibilidades diagnósticas y/o tera péuticas de las radiaciones y, por tanto, el desinterés en solucionar los p�e suntos problemas del gabinete (25).
Por otro lado, para la utilización de los primitivos dispositivos de rayos X eran precisos muchos conocimientos de Física aplicada, de medicina in terna y una gran dedicación (26).
La precariedad técnica y las dificultades señaladas no supusieron un estímulo vocacional suficiente entre los primeros encargados del servicio.
En efecto, Rafael Martínez Oppelt lo abandonó hacia 1?10 para luego diri gir una consulta particular de Oftalmología (27).
Simancas Señán, tras dos. años de labor electrorradiológica, se volcó a la Otorrinolaringología.
Olóriz • Ortega, primer encargado del departamento tras la crisis de abandono del servicio de 1914 a 191 7, renunció a su dirección tras un año de puesta en marcha, y siguió dedicándose a la Otorrinolaringología; el mismo Hemán dez Ortiz, que se paría cargo del servicio a partir. de 1919 -varios años después de haber trabajado como alumno interno-, vio frustrado su inte rés por la Oftalmología a causa de una afección ocular que le impidió prac ticar dicha especialidad en condiciones óptimas.
Esta situación y el hecho de que fuera ya profesor auxiliar •en la Facultad, fueron decisivos para que se le propusiera la dirección del departamento de rayos X, plaza que, al pa recer, nadie quería ocupar.
De su escasa vocación inicial hacia esta inci piente especialidad• médica es prueba evidente el hecho de que el mismo año en que se hizo cargo del servicio radiológico (curso 1919-1920) marchó a Madrid para tomar parte en la oposición a la cátedra de Técnica Anató mica de Sevilla, si bien no obtuvo un resultado favorable {28).
Las condiciones económicas tampoco fueron las más adecuadas para estimular la dedicación a tan novedosa y poco prestigiada especialidad.
Hasta la creación de la plaza de rad�ólogo por el Ministerio de Instrucción Pública -20 de julio de 1920 (29)-los encargados del gabinete lo eran a título gratuito, o bien como dedicación añadida a la plaza de profesores au xiliares (30), si acaso percibiendo el 25% de lo recaudado a los pacientes (31).
Por otro lado, la utilización del radium, que en otras zonas del país había _impulsado la nueva terapéutica con radiaciones, no se dio al menos inicialmente en Granada (32).
Tras la renuncia de Olóriz, pues, Antonio Hernández Ortiz se convirtió en el en�argado del Departamento de Rayos X a partir de julio-septiembre de 1919 (33).
Al año siguiente, 1920, el Ministerio de Instrucción Pública dotó una plaza de Médico Radiólogo para el «Gabinete Electroterápico», con la re muneración de dos mil pesetas.
En un claustro celebrado el 15 de mayo, se propuso a Antonio Hernández Ortiz y el Decano, Francisco Mesa Moles, solicitó la aprobación del Rector y del Ministro de Instrucción Pública.
De las primeras gestiones de Hernández Ortiz en el Departamento de rayos X tenemos noticia de su uso regular: 38 «Trabajé lo que pude y como pude y se hizo radiodiagnóstico y radiote rapia superficial, con señalados éxitos en muchas ocasiones» (35).
De las cuestiones técnicas que limitaron el funcionamiento del Gabine. te en estos momentos, una de las más acuciantes fue,•sin duda, el problema del suministro eléctrico, dificultad que como luego veremos perduró hasta 1935.
• 2.1; Las instalaciones y los sistemas de protección En 1921, Manuel López dela Cámara, destacada personalidad de la vi da local, hizo donación a la Facultad de Medicina de un gabinete radiológi co de excepción (36).
El legado de López de la Cámara (véase lámina 1) abrirá una nueva etapa en la historia de la Radiología granadina y, obvia mente, en la de la Facultad de Medicina.
En palabras de Hernández Ortiz, a partir de 1921 Granada contó con la más potente y completa de las insta laciones de este tipo existentes en las Facultades de Medicina españolas de su tiempo (3 7).
Los orígenes de este obsequio sorÍ los siguientes.
En una visita de López de la Cámara a la clínica de Fernando Escobar Manzano, Catedrático de Patología Médica, «tuvo ocasión de notar las dificultades con que se tropezaba para los trabajos radiológicos.»
Y ofreció regalar una instalación de rayos X: «de uso universal, adquirida en Alemania, de la Casa Koch y Sterzel, elegida en Dresden por el Dr. Otero, que en aquella ocasión ampliaba estu� dios en Alemania.»
El cuatro de abril de 1921, el Decano comunicó al claustro la valiosa dádiva y propuso una serie de actos para agradecer a López de la Cámara su generosidad (38).
Por su parte, la Junta de Clínicas -en sesión 12 de mayo de 1921-expresó su gratitud a López de la Cámara y acordó cele brar un banquete de homenaje el día de la inauguración oficial del Gabine-Asclepio-1-1992 te de Radioterapia.
Finalmente, se ac; ordó solic_ itar del Gobierno la Gran Cruz de Isabel la Católica para el.mecenas (39).
Días más tarde, el 22 de mayo, se inauguraba la instalación con la asis tencia de todas las autoridades granadinas.
López de la Cámara envió una carta al entonces Decano de la Facultad, Francisco Mesa Moles, en la que hacía constar la donación de la instalación Radiosilex y las condiciones que establecía para su uso.
Se procedió a su lectura en sesión de 19 de septiembre y a petición del donatario, a su transcripción literal en el Libro de Actas, para e_ vitar la intervención de un notario.
El texto de la carta dis ponía claramente las líneas maestras que debían regir el funcionamiento de la nueva instalación: se cedía a la clínica de Escobar, aunque el resto de la Facultad y el público en general podían utilizarla según criterio del reci pendiario; se consideraba Director Jefe del Gabinete Rádiológico • al citado Escobar Manzáno y para la sección de Ginecología a Alejandro Otero Fer nández.
En h epístola se indicaban también las tarifas de aplicación pú blica• de dicho aparato y la constitución de un patronato administrativo.
Los honorarios se abonarían en función de la posición económica del en fermo o de• la entidad a que perteneciera, siendo gratis para los pobres.• El reparto de los ingresos recaudados se haría entre un fondo para manteni miento de la instalación, el radiólogo y el médico a cuyo cuidado estuviera el paciente.
Para la fijación y distribución de honorarios se creaba un Pa tronato formado por el Decano, Escobar y Otero (40).
La carta finalizaba con el deseo de que el radiólogo de la instalación fuera Antonio Hernán dez Ortíz, dejando el nombramiento de personal subalterno a la decisión del Patronato (41).
Contando la Facultad con esta nueva instalación, el Decano consiguió.:_de acuerdo con el Claustro-una ubicación suficiente para permitir el desenvolvimiento normal de las actividades, siéndole cedida la Cátedra de Anatomía Topográfica y el Laboratorio de Fisiología; además, los nuevos locales permitían que 40 ó 50 alumnos pudieran presenciar la práctica de aplicaciones (42).
La'instalación, de Radiosilex con tubos Lilienfeld de uso universal, constaba de una sala•para el motor generador, de 7,5 kw., que moviendo un alternador producía una corriente de 240 volt. elevada a 120.000 volt. por los tres transformadores; una cabina o salita de gobierno, con el cua dro de arranque del motor-alternador,, voltímetro, amperímetro, reloj-inte rruptor automático y control de la bomba de refrigeración del tubo; y una sala de radiografía y radioterapia -con el tubo Lilienfeld, una mesa co mún, localizadores, filtros, aparatos de medida y protectores (Tabla 2).
Sólo deja pasar corriente en un sentido
El tubo Lilienfeld presentaba varias ventajas: era autoselector, por tan to, permitía utilizar corrientes alternas, producía rayos X de energías ho mogéneas, se había perfeccionado con un sistema de refrigeración que evi taba el deterioro del tubo, y tenía mayor rendimiento, obteniéndose más energía por centímetro de superficie irradiada con menor tiempo de expo sición para el paciente y mayor capacidad de trabajo para la máquina_.
El tubo se utilizaba tanto para diagnóstico como terapia; en este caso se usa ban los filtros de aluminio, de diferente grosor, que interpuestos entre el foco y la piel. permitían irradiar la superficie cutánea o elevar la dosis en profundidad (43).
Para I_"adioscopia se disponía, también, de un aparato eón 8 m.A. y un voltaje graduable.
La instalación de Radiosilex, aunque no disponía de un tubo Coolidge perfeccionado y resultaba complicada de ma nejo para conseguir óptimos resultados, siguió funcionando durante los años treinta destinada: a radioterapia semi profunda ( 44 ).
En ese mismo año de 1921, el Gabinete Radiológico, por conducto de Escobar Manzano, recibió un segundo donativo monetario, en este •caso de la firma-comercial «Olmedo Hermanos y García, S. en C.», fabricantes de tejidos (14 de noviembre) (45).
A partir de esta fecha la instalación se fue mejorando con la adquisición de diversos materiales: en 1923 un v�riostato para corriente alterna.
Dos años después, la Facultad emitió un informe, a requerimiento de la Diputa ción, sobre la necesidad de adquirir 100 mg. de radium y material para ra dioterapia por valor de 100.000 ptas. Sin embargo; sólo tenemos noticia de la adquisición de un «modesto aparatito» para radiodiagnóstico.
En 1929 se mejoró de nuevo la instalación de radioterapia profunda comprándose un Stabilivolts de la casa Siemens.
El incremento de la dosis suministrada en profundidad fue un impulso decisivo para el desarrollo de la radioterapia ginecológica.
Este nuevo aparato necesitaba una tensión• de corriente recti ficada constante (46).
La ubicación de los nuevos materiales requirió reali zar obras de ampliación.
El problema, más que de medios técnicos iba a ser de suministro eléctrico.
Desde 1919 existe constancia en Granada del in cumplimiento del compromiso adquirido por la compañía eléctrica de su ministrar fluido eléctrico con regularidad, con la consiguiente suspensión de las actividades clínicas.
En 1920 se habían fusionado las tres compañías eléctricas granadinas, pero la falta de voltaje impedía el normal funciona miento de las instalaciones.
Durante 1932 se enviaron diversos escritos a la Compañía General y al Rector, solicitando la acometida de una línea de alta tensión y un transformador.
En septiembre de 1935 y a pesar de la interven ción de la Jefatura de Industria, la situación no cambió, por lo que se sus pendieron todos los servicios, hasta que en el mes de octubre se instaló un transformador en la calle lindante con la Facultad, con lo que parece ser que se solucionó el problema ( 4 7).
Pero estas deficiencias de suministro no fueron exclusivas de Granada.
En 1921 los radiólogos madrileños acudieron al Gobierno Civil en protesta por los fallos de energía eléctrica en sus clíni..: cas_particulares.
El crecimiento en la demanda de trabajos de diagnóstico procedente de la Beneficiéncia Provincial (48) y de informes a Juzgados, hi zo necesaria la compra de un nuevo aparato, el Poliphos, por 37.500 ptas. ( 49).
En 1932 el Ministerio de Instrucción.Pública solicitó de la Facultad una relación del material radi�lógico que poseía.
Pero no parece que el Mi nisterio subvencionara ninguna ampliación, pues en escrito de 8 de enero de 1934, la Facultad de Medicina le pedía que completara, al mismo nivel que la de Madrid, la instalación de su Gabinete radiológico (SO).
Aunque hasta el uno de mayo de 1934 no se legislan en España las me didas de seguridad a las que habrían de atenerse las instalaciones radioló gicas (51), hacia 1915 ya se conocían las graves lesiones causadas por los rayos X entre algunos pioneros de la radiología española (52).
Hemández Ortiz, en el gabinete granadino, dispuso un blindaje con planchas de plo mo y cristales protectores de espesor calculado con exceso.
Las medidas de protección se extendieron al propio personal encargado, aprobándose en la Junta de Clínicas de 21 de mayo de 1921 hacer un seguro al profesor titular del servicio, para caso de muerte o inutilidad, por una cantidad no menor de cien mil pesetas (53).
Labor docente y difusión de conocimientos
La estabilidad laboral y ampliación técnka parece ser que fueron facto: res decisivos en la proyección exterior del gabinete.
A partir de 1921 �e orga nizaron una serie de cursos y conferencias que dieron difusión de las nue vas técnicas tanto en círculos profesionales como entre el públi�o (Tabla 3).
El primero, realizado durante el curso 1919-1920; fue una colaboración entre Antonio Her-nández y Alejandro Otero, que como veremos más ade lante, no será infrecuente.
Durante el año 1921, a raíz de la puesta en mar cha del nuevo material, se desplegó una gran actividad docente.
Entre el 4 y el 12 de octubre, a iniciativa de Mesa Moles -Decano de la Facultad-, Alejandro Otero, Alonso Calatayud -Decano de la Benefidencia Munici pal-y Fidel Fernández Martí�ez (1890-1942), se celebró un Curso práctico. _de Radioterapia.
El organizador del mismo fue Alejandro Otero, lo que se reflejó_en un mayor énfasis en los temas ginecológicos (54).
La Facultad duplicó su presupuesto para la financiación del curso, y aunque •en los: ac tos participaron médicos de la Beneficencia y el propio Presidente de la Di putación, Manuel Hitos, todo indica que los gastos del mismo corrieron ex clusivamente a cargo de la Facultad (SS).
Las lecciones fueron_irrwartidas por los profesores alemanes Friedrich (Friburgo), Chaoul (Munich) y War-. nekros (Berlín) y la conferen_ cia inaugural la. pronunció� Recaséns, por aquel _ entonces uno delos rriáximos exponentes de la Ginecología española • e introductor del radium en nuestro país.
Se hizo hincapié en las aplicacio nes radioterápicas pero también se realizaron algunas demostraciones so bre el uso diagnóstico de los rayos X (56).
A las conferencias acudieron mé dicos granadinos, de la Facultad y de la Beneficencia, así como otros procedentes de diversas provincias españolas.
La Facultad no permitió que se tomaran notas, resevándose las primi cias de la publicación del curso •para un tomo que, según parece, se_ prepa ró, aunque no nos ha quedado constancia • de su publicación (57).
En 1925 el Colegio Oficial de Médicos de Granada organizó un ciclo de conferencias públicas «con el fin de intensificar la lucha contra el cánc�r y la tuberculosis» (Tabla 4).
Aunque carecemos de estudios históricos que hayan analizado las campañas de la lucha contra el•cáncer en nuestro país, no es aventurado afirmar, al menos por -lo que se refiere a estas charlas, que en su gran mayoría fueron actos propagandísticos, más dirigidos a los propios médicos que al público.
La disertación de Antonio Hernández Or tiz en este ciclo merece, sin emb, argo; un análisis detenido (58).
En primer lugar, Hernández hizo un breve resumen sobre la historia de la Radiotera-• pia, y aún-reconociendo qu_ e «... el agente terapéutico que hoy ocupa mi atención, es tan desconocido como el cáncer», dejó por sentado qu� exis tían unas bases científicas sobre las que • ésta se fundaba:...'
Hern{mdez dejó entrever, incluso, �lgunos. de los prejuicios• de los cien� tíficos de la época: «Las razas, el sexo, la edad... �stablecen... diferencias en el tielJlpo de irradiación».
En sus conclusiones expuso un punto clave en el proceso• de negociación con los cirujanos para el asentamiento de la espe cialidad y esbozó la radioterapia como una técnica al servicio de la cirugía.
En efecto, la radioterapia«... hace posible al cirujano la intervención en ca-. sos inoperables [y]... termina lo.que el cirujano no pudo concluir».
Para Hernández, pues, la radioterapia era una posibilidad terapéutica alentado ra, pues: «cura total y definitivam: ente el cáncer, pero no es la panacea... • detiene transitoriamente, el desarrollo de los tumores... prolongando la vida de los enfermos cancerosos... mitiga o suprime lo dolores [y] no modifica en manera alguna el estado local ni general».
La disertación de clausura de este cid6.corrió a cargo de José Goyanes Capdevila • -director del Instituto Nacional de Cáncer-y tuvo lugar en el Teatro Cervantes, con asistencia de numeroso público.
El cronista de Actualidad Médica resumía la plática de Goyaries con estas palabras: «... el Dr. Goyanes, desarrolló en forma admirable su conferencia, ilus trándola con numerosas proyecciones de casos clínicos y de los estudios experimentales sobre inoculación del cáncer que actualmente se están lle vando a cabo e_n el Instituto del Príncipe de Asturias» (59).
Las disert�ciones de este ciclo pusieron de manifiesto la deficiente si tuación española en la lucha contra el cáncer.
Otero planteó la necesidad de la incorporación de España al movirpiento mundial, y el • Rector de l_ a Universidad y Presidente del Colegió' de Médicos, Fermín Garrido Quinta na (1868-1936), hizo un llamamiento a' «las autoridades y pudientes grana-• dinos» para que contribuyeran a que los hospitales pudieran disponer de la cantidad de radium necesaria para el tratamiento de los pobres..
Con la progresiva integración d� los rayos X en la práctica clínica se fue evidenciando la necesidad de •ampliar la enseñanza de la Terapéutica con las nuevas técnicas �adioactivas.
A dicha demapda iio fueron ajenos los médicos de esta localidad.
Yé.l en 1910 la Gaceta Médica del Sur publi caba dos artículos en defensa de la incorporación de la asignatura al curri culum de Medicina (60).
Nueve años después, en una Junta de Facultad de 2 9 de mayo de 1919, -el claustro granadino proponía al Ministerio de Ins trucción Pública la agregación en el plan de estudios de la Terapéutica Clí nica, que incluirla la Radiología y'la Radioterapia.
No era éste un caso ais lado en el contexto español, pues desde diversas instituciones se pedía la inclusión oficial de la Radiología eri la enseñanza.
Por fin, se creaba la• pri mera Cáte • dra de _Electrología /R�diología Médicas en la Universidad Central en 1920, aunque la asignatura sólo se impartiría en el período del doctorado (61).
Anato�ía patológica del cáncer Biología del cáncer Diagnóstico precoz de los carcinomas del aparato digestivo Diagnóstico precoz de los carcinomas quirúrgicos Diagnóstico precoz de l [! s carcinomas del aparato genital femenino (*) Resultados que pueden obtenerse con la cirugía del cáncer Resultados que pueden obt�nerse con la radioterapia de los c_ ánceres Tratamientos del cáncer incurable Tratamiento del cáncer dé útero El problema del cáncer; aspectos so ciales y clínicos
(*) En una crónica que se püblicó después, en las pp. 251-252 del mismo volumen de la revista, señaló que disertó sobre los resÚltados obtenidos en el tratamiento del cáncer de útero.
En 1928, la Ley Calleja de reforma de las enseñanzas universitarias, si bien no consideró entre las asignaturas obligatorias a la radioterapia ni a la física médica, permitió la presencia en el curriculum de •disciplinas com plementarias de carácter voluntario (62).
En el programa ofertado por la Facultad de Medicina de Granada se contemplaron 16 cursos, de los que 3 incluían las radiaciones entre sus enseñanzas (63).
Hernández Ortiz pre sentó un programa para un curso B de Electricidad Médica, que abarcaba electricidad, radioterapia y_ radiodiagnóstico.
Los motivos aducidos por el proponente para justificar la necesidad de la asignatura merecen cierto de tenimiento.
Algunas de sus razones eran de orden general: medio eficaz diagnóstico y terapéutico, no presencia en las enseñanzas obligatorias, etc. Pero otras tenían un significádo muy claro:
«El mismo público juzga la capacidad profesional del médico por las instalaciones que presenta en su gabinete de consulta, y a ello se debe el que los • profesionales se entreguen en cuerpo y alma a los llamados viajan-. tes técnicos que los industriales y fabricantes de aparatos electro-médicos ponen hoy a la disposición del que quiera adquirir una instalación; el ad quirente se entera del funcionamiento mecánico del aparato adquirido, pe� ro falto de estudio teórico y práctico que le enseñe propiedades fisiológicas y terapéuticas, técnicas y aplicaciones, etc., comete toda clase de errores en sus primeros actos, con perjuicio del doliente que acude buscando re medio a sus males».
El texto de Hernández es clarificador en dos sentidos, pues ponía de manifiesto la importancia del material técnico en la valoración del status profesional del médico y denunciaba la falta de preparación científico-técnica y clínica de sus propietarios.
Otros dos cursos se pergeñaron en el programa, uno C de «Radiotera pia en Ginecología» presentado por Alejandro Otero, y otro B de Dermato logfa, de Francisco.Garrido Quintana, profesor auxiliar de la Facultad de Medicina.
Otero abogó por la necesidad de enseñanzas de este tipo dada la situa ción de inferioridad de nuestro país, tanto en la docencia de la Radiología como en la adquisición estatal de sustancias radioactivas.
El programa constaba de 21 lecciones, 12 dedicadas a los fundamentos físicos y biológi cos de las radiaciones, 2 a las aplicaciones del radium, 5 a las de la roent genterapia -carcinomas, fibromiomas, metropatías, procesos inflamato-Asclepio-l-1992 rios anexiales y aborto-y.2 a tratamientos combinados.
Además, Otero ofertaba su propio material clínico para las prácticas: «... porque la Facultad apenas dispone de otro instrumentai que un ya anticuado aparato de R. X.; [por ello] ofrezco a mi Facultad y sus discípu--• los mis modestos conocimientos -fruto de ca�orce años de estudio asiduo y diez de labor práctica� así como mi instrumental Roentgen y mi sufi ci�nte provisión de Raqio, para, desarrollar en el próximo año acaqémico de 1928-1929 un curso sobre «Radioterapia en 9ínecológía».
Por último, en las lecciones del curso B de Dermatología preparado por F; ancisco Garrido Quintana, se incluía tanto la descripción de_ dermatosis orig. inadas por el uso de radiaciones como la aplicación terapéutica de las mismas ( 64).. _ Durante el sexenio inmediatamente anterior al estallido de la Guerra Civil se incrementó sustancialmente el número de actividades lectivas so-. bre estas materias.
En el año escolar 1930-31,. de:0: tro de los cursos del doc torado, se incluyó la a�ignatura de Electrología Médica.
En 1932, a iniciati va. de-los alumnos• de. sexto curso, Hernández.
Ortiz dio un ciclo de Radiología y Radiodiagnóstico «dada la importancia adquirida», Ese mis mo año el Claustro incluyó entre• las enseñanzas voluntarias un cursillo de Radiología y Radiodiagnóstico,.consistente en unas conferencias teórico prácticas a cargo de un profesor, nacional o extranjero,, y cuyo presupuesto ascendió a 10.000 ptas. Pero no tenemos noticia de que el mismo Uegara a realizarse.
Hasta 1936 sólo tendrán lugar dos cursos más, impartidos por profesores l¿cales (65).
Hasta 1925, en que se firmó _ un acuerdo con la Diputación provincial, el gabinete recibía financiación de los presupuestos de la-Facultad y de sus Cátedras (72).
Los diversos intentos por conseguir una subvención especial del Ministerio de Instrucción Pública no tuvieron ningún éxito.
Tras la re modelación de 1918 se hizo la primer:a solicitud al Subsecretario del Minis terio, «para enjugar el déficit existente» (73).
En abril de 1923. la Facultad reclamó uha ayuda económka en base al interés de la disciplina -«un re curso terapéutico de sumo valor en afecciones muy frecuentes entre los po bres acogidos en las clínicas» (74)-y a la importancia sanitaria del gabi nete, «un concurrido centro radioterápico de incalculables beneficios p• ara la zona meridional de España».
Se manifestaba que los gastos generados en los 20' meses transcurridos, por ampliaciones y mantenimiento de-la ins� taláción donada p�r López de la Cámara, ascendían a 30.000 ptas•.
La soli citud no era novedosa•, pues el gabinete dé la Facultad de Medicina de Ma dri_ d recibía una aportación de 10.000 ptas. anuales, como así se hacía constar en la instancia, aunque en la capital existían otros centros públicos con gabinetes radiológicos.
A pesar de los intentos por disminuir gastos (75), la situación de penu ria debía de ser grave, pues en el escrito se informaba de la posibilidad del cierre del gabinete: «Ahora bien, por: muy beneficioso y humanitario que este ce: qtro radio lógico sea para los pobres desheredados, _que aquí ven explorar, aliviar y curar maravillosamente muchas de sus más terribles enfermedades; por muy palpable y demostrada que esté con hechos la inmediata utilidad de esta disciplina científica en la enseñanza de los futuros médicos; por muy hermoso y alentador que se nos ofrezca el horizonte de esta rama de la me dici�a actual, cuyas aplicaciones se perfeccionan y amplían a diario, en breve se verá obligada la Facultad a cerrar el honroso pero demasiado.one roso departamento» (76).
El Ministerio de Instrucción Pública denegó la solicitud por no estar consignada -la asignación en el presupuesto vigente (77).
No•parece que la actitud política cambió en los años siguientes: en 19 31 • el dinero dedicado a reparación y ampliación de laboratorios -incluido el de radiología-, que ascendía a 49.917 ptas., no se pudo librar por falta de crédito (78).
Dos años más tarde la situación no había variado, ya que los presupuestos in cluyeron la financiación pero no se giraron las cantidades asignadas (79).
Como consecuencia de la reorganizadón de los servicios de la Beneficen cia Provincial, se elaboró en 1924 un nuevo Reglamento, en cuya redacción partició Federico Olóriz Ortega en representación de la Facultad de Medici na (80).
En su capítulo VII, artículo 99, se decía lo siguiente en lo tocante a Sewicios radiográficos, radioscópicos, radioterápicos y electroterápicos:
«No existiendo en la Beneficiencia provincial gabinete para los servicios que se enumeran y cuyas aplicaciones son notoriamente útiles y necesarias y teniéndolos debidamente instalados la Facultad de Medicina,. se deberá de interesar de ella la prestación de los servicios de referencia, con abono a di cha.Facultad de la cantidad consignada en presupuesto a tal objeto» (81).
En 1925 la Diputación sancionó un estatuto provincial que intentó or ganizar los diversos servicios de la Beneficiencia, con arreglo.al reglamento aprobado el año anterior.
A requerimiento de la Diputación, la Facultad emitió un informe sobre los departamentos necesarios para dicha reorga nización.
Respecto a las Instalaciones Radiográficas y Radioterápicas el Es tatuto establecía de forma: grandilocuente y poco acorde con la realidad económica que:
«De tres partes, cuanto menos, debe constar una instalación dedicada al diagnóstico y tratamiento del cáncer, si ha de responder a lo preceptuado en el nuevo estatuto provincial, a saber: consultorios y clínicas donde observar y acoger a los cancerosos; laboratorios para estudios microscópicos, quími cos y experimentales y departamento radiológico y radiumterápic�» (82).
La Facultad ofreció sus servicios «para el debido cumplimiento del es tatuto» a cambio de subvenciones: 50 «Bastaría con un desembolso inicial de 100.000 ptas., repartidas en lá compra de 100 mg. de Radium y la adquisición de los complementos radio terápicos.
Además, será preciso aumentar el personal con una plaza de prac-Asclepio-1-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es ticante, que quizá pudiera ser uno de la actual plantilla del Hospital de San Juan de Dios; subvencionar con 1.000 ptas. anuales al director del Departa mento y abonar_S.000 ptas. todos los años en concepto de renovaciones y de terioro de aparatos, consumo de energía, placas, reactivos y otros gastos».
Parece ser que se alcanzó un acuerdo entre ambas corporaciones, púes los servicios de la Facultad se extendieron a los Hospitales de la Diputación (83).
La Beneficiencia particular contribuyó en algunas ocasiones al escaso presupuesto del gabinete (84).
Las estadísticas que poseemos nos permiten una aproximación a la activi dad clínica realizada por el Gabinete en las décadas de los 20 y 30 (Tabla-5).
El resto de enfermedades no son comparables en ambos períodos, puesto que las in� dicaciones de las radiaciones se fueron modificando.
En 1921-23 se irradiaron los si� guientes enfermos: 4 con esplenomegalia; 1 con úlcera trófica, 3 con eczemas, 1 con lepra y otro no identificado.
En el período 1930-31 el número de sesiones práctica das, según su distribución por enfermedades, fue: 3 poliomielitis infantil, 6 siringo mielias, 3 micosis pulmonares, 2 hemofilias, 5 eczemas, 1 sicosis y 28 coqueluche.
En total se recogen 18 meses.
( El gran crecimiento de las tareas diagnósticas frente a las aplicaciones terapéuticas -las radiografías y radioscopias se multiplicaron por 15, mientras que las sesiones de radioterapia descendieron a.la mitad (85) nos permite afirmar que en la consolidación del gabinete radiológico gra:.. nadino tuvo mayor peso el uso diagnóstico de las radiaciones que el tera.,. péutico.
El acuerdo conla Beneficencia de 1925 -que incrementó notable mente el número de pacientes y la extensión en el uso diagnóstico de los Rayos X-parece perfilarse como factor explicativo (86).
Sin embargo, a la luz de los datos, el descenso en la actividad terapéutica es difíc; il de expli car.
La comparación en ambos períodos de las diversas patologías tratadas se hace imposible, dada la forma de presentación ---:n.o de pacientes y se siones-.
No obstante se observa que en los dos momentos se trataron el mismo tipo de enfermedades, destacando el grupo de afecciones tuberculo sas.
Del bienio 1921-1923 el responsable del Departamerito hizo u• na valora ción optimista de los resultados terapéuticos obtenidos, sin ningún criterio científico:
«De estos enfermos se han curado casi todos los que padecían afeccio nes tuberculosas, y por término medio el 30o/o de los que pa _ decían otras enfermedades.
Para los cancerosos no curados, la radioterapia fue el bálsa mo que curó sus dolores, haciéndoles la vida tolerable mientras se agotaba lentamente su existencia (87). »
La terapia con Y(Jdium
Como es sabido, apenas dos años después d�l descubrimiento del ra dium por los Curie (1898), ya se conocían de forma empírica los efectos biológicos y algunas de sus posibilidades terapéuticas.
Hacia 1915 ya ha:. bían aparecido publicadas a riivel internacional ocho monografías sobre esta sustancia.
Su aplicación terapéutica en diversos procesos crónicos en sombreció hacia la segunda década de nuestro siglo a los.rayos Roentgen, y tuvo un papel básic6 en el desarrollo de la especialidad (88).
En 1908 José Velasco Pajares inició en nuestro país la radiumtera-. pia,_ como él mismo indicaba en una extensa monografía publicada en Asclepio- 1917 (89).
Dos hechos parecen importantes en la introducción del ra dium en nuestro país: la figura de Sebastián Recaséns (1869-1933) como defensor del uso del radium a pesar de las conclusiones alcanzadas en el XV Congreso de la Sociedad Alemana de Obstetricia y Ginecología, y la presencia de Marie Curie en el Primer Congreso Nacional de Medicina •celebrado en Madrid en 1919 (90).
Sin embargo, hacia.1928, la difusión de conocimientos sobre radium no se veía reflejada en las instalaciones radiológicas estatales.
De esta guisa comentaba Alejandro Otero en 1928 la situación española:
En los círculos médicos granadinos el conocimiento sobre las propie dades terapéuticas del radio era conocido desde hacía -yarios años.
En 1906 Gregorio Fidel Fernández Osuna, E!n el discurso de apertura del cur so académico 1906-1907, • pronunció una conferencia defendiendo la supe rioridad terapéutica del radium frente a los métodos Roentgen y Finsen.
Sós años después, en 1912, Salvador Velázquez de Castro y Pérez (1869-1921), catedrático de Terapéutica de la Facultad de Granada, divul gó un folleto sobre la obtención, propiedades y acción terapéutica del ra dium, en el que se señalaba que el nuevo remedio se encontraba al alcance de muy pocos especialistas, por la multitud de combinaciones posibles en su técnica de aplicación, el instrumental requerido y su elevado precio (92).
En los años siguientes dos artículos más aparecidos en la prensa mé dica granadina apoyaron la superioridad del radium frente a los rayos X en algunas afecciones ginecológicas (93).
La diseminación de los.conocimientos sobre las posibilidades terapéu ticas del radium no fue reflejo de la actividad clínica institucional.
El mis mo año en que comenzó a estabilizarse la actividad terapéutica del gabi nete se tomó �a decisión de crear una Comisión Pro-Radium, presidida por el Decano e _ integrada por Garrido, Otero y Martín •Barrales, con el objeto de recabar fondos para la compra del radium (94); Por otro lado, en ese año (1921)-varios médicos granadinos viajaron a Alemania para realizar estudios sobre las nuevas terapias radiactivas.
Francisco Martín Lagos Durante el ciclo de conferencias organizado por el Colegio de Médicos en 1925, Martín Barrales instó a Otero a que solicitara a la Facultad la compra de 100 mg de radium (96).
Sin embargo, tal merca no se formali zó hasta 1935 (97), en que se adquirieron 173,33 mg. a través de la Com pañía Ibérica de Construcciones Eléctricas (S.l.C.E.), agentes exclusivos del_Radium Beige (98).
El impacto que la compra de este radium tuvo en la actividad clínica puede valorarse en la Tabla 5, antes comentada.
En la clínica de Otero se siguió la pauta clínica defendida por Reca-séns, que consistía en Roentgen y Radiumterapia (100) en los casos de carcinoma de cérvix ( 1 O 1), vulva o vagina, y un tratamiento quirúrgico en las lesiones de cuerpo uterino y ovario (Tabla 6).
Otero había incorporado en 1920 la terapéutica con rayos X, a pesar de que hasta 1929, con la com pra del aparato Stabilivolts, el gabinete no poseía instrumentos adecuados para la radioterapia profunda (102).
El radium se aplicaba a las pacientes en la clínica ginecológica y se irradiaban en el gabinete radiológico.
El nuevo remedio, al menos en Granada, fue aplicado por ginecólogos.
Pero el uso terapéutico.de los rayos X siguió en manos de radiólogos, que actuaron como comodines o articuladores entre. ambas terapéuticas ra dioactivas, al recibir y aplicar un tratamiento a pacientes que previamente eran diagnosticados y tratados en la clínica ginecológica.
A lo 1argo de éste artículo hemos podido objetivar que fueron los facto res de orden técnico -las mejoras en las instalaciones permitieron que más pacientes las utilizaran-y no los resultados terapéuticos obtenidos, los que pqsibilitaron el establecimiento de una terapia con radiaciones en el gabinete radiológico de la Facultad de Medicina de Granada.
No hemos hallado noticia alguna sobre seguimiento o valoración clínica de resulta dos, que surr: iinistrara una base científica a las demandas de mejor_-a de la instalación (103).
Más bien fue la improvisación, que no una estudiada planificación clínica, apoyada en rigurosos estudios estadísticos, la que fue márcando la vida del gabinete.
Por otro lado, en la institucionaliza éión del • servicio granadino parece ser que jugó un peso determinante el interés o la experiencia previa demostrada por al gu nos profesores de la fa cultad.
El protagonismo de Olóriz Ortega estuvo fuertemente mediatizado por su conocimiento en el campo de la radiología anatómica, al igual que el de Garrido Quintana.
El interés de Fernández Osul).a se centró en el te-• ma de la terapéutica eón radium, y sólo-desde su posición de decano de la Facultad de Medicina, pudo apoyar al naciente servicio.
Alejandro Otero, desde las• necesidades planteadas en s� clínica ginecológica, supo com prender claramente la importancia de la radioterapia.
En cualquier caso, la hipótesis de Glick sobre el protagonismo de las «gra�dés figuras» en el desartollo de una especialidad médica, encuentra confirmación en una comunidad científica -como la granadina-de fuerte dependencia exter..: na.
El mecenazgo de.Manuel López de la Cámara hizo que la• Facultad de Granada se dotara de un espléndido servicio en 1921, pero a cambio de un estricto control sobre la organización del mismo.
La ausencia de presu puestos oficiales obligó al gabinete a llevar una vida lánguida durante mu� chos años.
El acuerdo con la Beneficencia Provincial de 1925 permitió al mismo contar con dotaciones económicas regulares y estables.
• carentes de una historia de los hospitales en España, pa1: ece detectarse en nuestro artículo que la forma de financiación del gabinete, fuertemente dependiente de los presupuestos corrientes de la Facultad de Medicina, fue más bien lesiva para su devenir.
Compárese esta situación con la del Hospital Civil de Basurto, que contó con dotaciones propias de la Diputa ción, además de los ingresos económicos generados por la asistencia mé dica y por donaciones de particulares (104).
Señalemos, finalmente, que la estabilidad de funcionamiento del servicio estuv" o fuertemente condicio-. nada a la del personal laboral, siempre bajo control del médico..
(8) Libro de Actas de la Junta de Facultad.
130 (Ms.,.Archivo de la Facul tad de Medicina de Granada) (citado en adelante comO L.A.J.F. ).
Femández O�una fue de cano de la Facultad de Medicina desde junio de 1907, tras la dimisión de Velázquez de Cas tro, a febrero de 1908 en que fue sustituido por Pareja Garrido.
En opinión de Hemández Ortiz, uno de los primeros directores del gabinete radiológico, fue un personaje central en el proceso de creación del mismo (HERNÁNDEZ ORTIZ, A., (1932).
«Historia del gabinete ra diológico de _ la Facultad de Medicina de Granada».
Dela atención prestada por Femández Osuna a los problemas radiológico y radioterapéutico es buena prueba la gran cantidad de publicaciones que dedicó a estos te mas en la revista Gaceta Médica de Granada en 1906, en la Gaceta Médica del Sur en 1907, o bien el discurso inaugural del curso académico 1906-1907 en esta Universidad.
Federico Olóriz Ortega (Granada, 15 de agosto de 1879-1947) era Catedrático por oposición de Otorrinolaringología y de Embriología Anatomía desde el 28 de junio de 1904, si bien fue propuesto únicamente para la primera Cátedra al año siguiente [RAMALLO ORTIZ, J. A. (1976).
Granada, Imprenta Román, p.
«La Facultad de Medicina de Granada a través de los tiempos».
En: Facultad de Medicina de Granada {La).
En esta Cátedra. continuó el resto de su vida académica.
Su interés por la radiología se remon taba a los últimos cursos de la carrera en la Facultad de Medicina de Madrid, pues cooperó a la instalacion provisional del gabinete radiográfico de esa Facultad, adquiriendo en él al guna práctica al servicio de las clínicas [GUIRAO GEA, M. ( 1950), op. cit. en esta misma nota, pág. 37].
Entre sus publicaciones, además de la propias de su especialidad, realizó u� in forme acerca del Material Clínico de las Facultades de Medicina en España y la Memoria presentada para el Doctorado en Medicina de 1903: lnvesttgaciones Radiográficas sobre el desarrollo del esqueleto de la mano.
Madrid, Imp. y litografía de Nicolás Moya, 95 pp. Las radiografías que; irvieron de base a esta memoria -leída en Madrid el 15 de junio de 1902, con Julián Calleja como presidente del tribunal-, fueron hechas en el Gabinete dé la Fa cultad de Medicina de Madrid; en ella, Olóriz expuso de forma breve los materiales utiliza dos y algunas nociones de interpretación de imágenes radiográficas.
Tenía a su cargo la direcció� def gabinete electrote rapéutico desde 1912.
Con anterioridad a José Sequera. tuvieron responsabilidad en la ges-• tión del gabinete otros dos médicos.
Primeramente, Rafael Martínez Oppelt, profesor auxi liar interino gratuito de la Facultad, que gobernó este servicio desde el 16 de julio de 1907 hasta ca.
Martínez Oppelt fue, pues, el prim�r Director del gabinete.
Por su parte, Juan de Dios •simancas Señán (n.
Simancas Señán se doctoró en Madrid en 1913 con.una Memoria sobre Heridas producidas por armas cortas de fuego [Granada, Tip.
Paulina Ven tura Traveset, 13 pp. (1913)], en la que abogó por la necesidad de la radiografía en el estu� •. dio de toda herida por tales instrumentos.
En esa fecha, Simancas era director del Consul torio Municipal de enfermedades de oído, nariz y garganta.
(16) Tal operación significó un importante gravamen económico para la Facultad, que arrastró un fuerte déficit económico que no subvencionó el Ministerio de Instrucción Pública.
La sensibilidad de ambos por los temas oncológicos se manifiesta, entre otras cir cunstancias, por el hecho de que fueron colaboradores del Boletín de Cancerología de Bar celona, que comenzó a publicarse a mediados de 1931 [PIQUER JoVER, J. J. ( 1950 (24) L.A.J.F., 1919-1939, p.
Está por hacer una historia del Hospital Universitario de Granada, y muy especialmente las.relaciones de la Universidad con la 1;3eneficencia Pro vincial.
Desde el Decreto.de 184 7 y sucesivos, el aparato sanita�io propio de las Diputacio nes Provinciales se puso' ai' servicio de la docencia en aquellas ciudades con Facultad de Medicina.
De esta forma, los hospitales provinciales se convirtieron en Clínicos Universita rios.
En Granada, ias relaci�nes entre ambas instituciones fueron mas bien tensas, debido a las exigencias de los catedráticos de clínica de. la Facultad.
La con. strucción y.puesta en marcha del Hospital Clínico «San Cecilia» en la década de los cincuenta, no vino a mejorar las relaciones entre ambas instituciones...
(25) Buen� part� del profesorado superponía, por n�rma, el diagnóstico.clínico al ra diológico (Testimonio p�rsonai de Ignacio Ga�cía-Valdecasas Guerrero, futu�o responsable del gabin�te de la Facultad de Medicina de Granada)..
(32) Entre las razones de orden geri " eral GLICK (1976), op. cit. en nota (6), analizando la escuela• de Endocri�ología organizada alrededor de Marañón, ha planteado una hipóte sis -aún por contrastar en otras áreas niédicas-verosímil para el contexto español: que el proceso de consolidación de una nueva especialidad en un país científicamente depen diente del exterior, como podría considerarse el nuestro, dependería en gran medida de la existencia de pioneros que actuaran como introductores y avales d_ e los nuevos paradigmas importados, generando a su alrededor una escuela qué permitiera dicha consolidación.
Auri°que dicho estudio adolece de un análisis de las razones de orden político y•sanitario fa vorecedores de dicha dependencia del exterior -'---máxime en un período histórico de agita ción social, quiebra económica y con gobiernos poco proclives a dar un apoyo continuado http://asclepio.revistas.csic.es a la organización sanitaria-apunta una idea que parece confirmarse en el caso aquí estuiliado.
• • (33) Antonio Hernández Ortiz (Guadix, 11 de abril de 1884-Granada, 22 de noviembre de 1961), había sido en 1907 colaborador de Martínez Oppelt en el primer gabinete de la Facultad en calidad de alumno-interno, En ese año marchó a Guadix para ejercer como médico general q.urante dos o tres años.
En 1913 estableció en la granadina calle de San Matías, número i9, un consultorio de internista que contaba con aparatos de uso oftalmo lógico.
Su actividad en la Facultad, desde que en 1914 consiguiera la plaza de Auxiliar In terno y Gratuito junto a Sequera, fue a modo de comodín en la docencia del centro.
Expli có desde Quirúrgica hasta Medicina Legal pasando por Histología, ocupación al parecer habitual de estos auxiliares.
En 1919 abrió en su vivienda, calle San Matías, 24-26, un gabi nete radiológico privado, del cual tenemos noticia por un anuncio aparecido en el periódi co La Publicidad.
Todo el material de este gabinete fue donado por el hijo de Hernández Ortiz -Antonio Hernández Hemández-al Dr, Carlos Gil y Gil, y se conserva en la Facul tad de Medicina de.Madrid.
El 24 de mayo de 1919, Hernández Ortiz obtuvo la plaza de. profesor auxiliar temporal, adscrito a la clínica de Patología General.
En noviembre de 1917, el Claustro de la Facultad de Medicina había agregado a esa clínica el Gabinete de Radiología, asignándole a éste el 5% de los ingresos de prácticas.
Se le nominó para el ser vicio de radiología (64) Francisco Garrido es autor de un folleto: Investigaciones anatomo-radiográficas de vasos y pelvis de riñón, que se publicó en fecha indeterminada en Granada en la-Impren ta de Francisco Román (30 pp.).
(66) J. J. DALY y E. WILLIS (1989) (op. cit. en nota 2), al analizar el impacto de los ra yos X en la organización del trabajo hospitalario, han planteado que la clase médica con tribuyó a las relaciones de dominio respecto a otras profesiones asociadas, argumentando que el trabajo realizado por los médicos desarrollaba aspectos indeterminados, es decir, no codificables.
En Inglaterra fue el establecimiento del monopolio médico sobre el trata miento con radiaciones el que determinó las bases de la Radiología como especialidad mé dica (no extra médica), pues la realización e interpretación de la placa radiográfica se veía como una cuestión de habilidad técnica más que una cuestión de diagnóstico clínico y, por tanto, susceptible de recaer en manos de otros profesionales no médicos (vid. (72) Hacia 1920 el gabinete dejó de percibir el 5% de los ingresos procedentes de las clases prácticas (L.A.J.F., 1919-1930, 12/11/1920).
En los presupuestos para 1922-1923 de la Diputación Provincial, en el capítulo de Gastos se contempló dedicar « 10.000 pesetas» para «la compra y adquisición de aparatos y material radiográfico y radioterápico» Sin em bargo, inmediatamente debajo de ese concepto se dice textualmente: «Para la prestación de servicios radiográficos y radioterápicos en el caso que no se adquiera el material necesa rio y para completar la adquisición de éste en caso preciso...
(74) Anexo a la-solicitud de subvención se adjuntaba una estadística de los trabajos realizados por el departamento radiológico y que hemos incluido en la Tabla 5.
(75) Días después de su apertura -7 de junio de 1921-, el Decano había solicitado a la Compañía de Electricidad un descuento, por el mayor uso de fluido que las nuevas insta laciones generaban y por no contar la Facultad con mayores consignaciones para atender Asclepio-1-1992 re a radiumterapia: 188, y 582 de radioterapia en 1929 [vid.: GRANJEL, L.S.; GoTI ITURRIAGA, J. L. (1983) (1928).
«Programa para un curso de Radioterapia en Gine cología».
En: Programas de las enseñanzas de carácter voluntario.
Granada, Libería López de Guevara (Facultad de Medicina), p.
El mismo OTERO poseía radium en su clínica par ticular desde 1925 [BARRANCO, E. (1987), op. cit. en nota anterior, p.
Por su parte, Fe derico Olóriz Ortega, en la apertura del curso académico 1927-1928 de la Universidad de Granada, leyó un discurso sobre la situación de la enseñanza de las disciplinas clínicas en las Facultades de Medicina españolas que merece nuestra atención, dado su interés.
La te sis defendida por Olóriz era que el incumplimiento del decreto de Organización de las Ense ñanzas Clínicas de septiembre de 1902 por parte de las diputaciones provinciales, era causa de su poca observancia por las Facultades de Medicina que dependían asistencialmente de las Diputaciones.
Para sustentar su denuncia, Olóriz repasaba muy minuciosamente la si tuación de los servicios de clínicas en los centros docentes del país.
En lo tocante a «me dios físicos» el resultado de la encuesta llevada a cabo por Olóriz era como sigue: Barcelo na estaba bien provista, «con cinco aparatos para radioterapia profunda...
Posee además aparatos de diatermia y de electroterapia ordinaria y 378,71 miligramos de radió-elemen to, en forma de sulfato de radio, distribuidos en 53 aparatos de aplicación (agujas, tubos y placas)».
En Granada («por donativo particuiar»), Santiago, Valencia y Zaragoza («recién instalados»), «existen buenos aparatos para radiografía y radioterapia.
En Salamanca y Valladolid sólo hay instalaciones explorativas, y en Cádiz, Madrid y Sevilla, están en reins talación o reforma importante.
En ninguno de estos hospitales existe radio» [OLORIZ ORTE GA, F. (1927).
Sobre el Radio, radioactividad y radioterapia.
Dis curso leído en la solemne apertura del curso aéadémico de 1906 a 1907 en la Universidad de Granada.
Indalecio Ventura, 73 pp.; VELÁZQUEZ DE CASTRO Y PÉREZ, S. |
Coincidiendo con el centenario de la muerte del Dr. Federico Rubio y Galí (1827-1902), se reedita en edición facsímil esta obra de juventud del ilustre cirujano.
Compuesto cuando Rubio aún era alumno en la Facultad de Medicina de Cádiz, el Manual de Clínica Quirúrgica constituye una verdadera rareza bibliográfica, ya que hasta la fecha sólo se han localizado tres ejemplares de la edición original.
El primero de ellos, procedente de la biblioteca personal del profesor Orozco Acuaviva, ha servido para confeccionar esta edición facsímil.
Los otros dos han podido ser hallados después de larga pesquisa en la Real Academia
Después de fundar en Sevilla la Sociedad de Medicina Operatoria y la Escuela Libre de Medicina y Cirugía -germen de lo que hoy es la Facultad de Medicina-su compromiso político le llevó probablemente más lejos de lo que él mismo hubiera deseado.
Tras la Revolución de 1868, fue diputado electo por Sevilla a las Cortes Constituyentes y más tarde senador y embajador de España en Londres.
Bajo el reinado de Alfonso XII, instalado ya definitivamente en Madrid, Federico Rubio abandonó toda actividad política para dedicarse por entero a la práctica hospitalaria.
Su fama estaba ya tan asentada que, incluso a sabiendas de sus firmes convicciones republicanas, el propio rey acude a él esperanzado ante la enfermedad que consumía irremediablemente a la reina Mercedes.
Crea por entonces su obra más recordada: el Instituto de Terapéutica Operatoria, en cuyo seno fundaría también la Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría, pionera en nuestro país.
Primero como dependencia del Hospital de la Princesa y luego como edificio propio, el Instituto Rubio constituye un referente obligado en la historia de española de las especialidades, un lugar donde fue posible aunar la formación médica de vanguardia, la preocupación social y la labor asistencial más actualizada.
Aparte de una rareza bibliográfica, el Manual de Clínica Quirúrgica de Rubio es un libro doblemente enigmático.
En primer lugar porque todos los ejemplares encontrados nos muestran una obra incompleta, que se interrumpe inexplicablemente en la página 244, en mitad de una palabra, quedando aún por abordar toda la tercera parte del proyecto anunciado.
Y en segundo lugar porque, de modo también inexplicable, Federico Rubio eludirá mencionar esta obra de juventud en sus memorias.
Desde luego -y tal como apunta el profesor Carrillo en la introducción-para explicar su carácter de edición inconclusa, bruscamente interrumpida, parece razonable buscar la causa en el seno de la empresa editorial a la que fue asignada: la imprenta de José María Ruiz, muy próxima a la Facultad de Medicina.
En los fondos del Archivo Municipal de Cádiz he podido comprobar que el local de la imprenta Ruiz (Plaza de las Viudas, no 100) pasó a convertirse en una vivienda común en febrero de 1850.
Así pues, la actividad comercial de la imprenta Ruiz desaparecería bruscamente de la ciudad a comienzos de ese mismo año, cesando también por entonces la publicidad que regularmente figuraba en los medios escritos.
Los catálogos bibliográficos consultados no recogen tampoco obras de la imprenta Ruiz posteriores a esta fecha.
Parece entonces que el Manual de Clínica Quirúrgica de Federico Rubio sería el último (e inacabado) trabajo editorial de la empresa Ruiz.
En este supuesto, no resulta extraño que se advierta cierta premura en la confección de las páginas finales del libro, particularmente defectos de impresión, caída accidental de tipos, que el cajista recompone de modo apresurado e inexperto, cambios en el diseño y en la numeración de pliegos y páginas y en la subordinación de epígrafes y apartados.
Un trabajo, en fin, poco profesional que, a juzgar por la sucesión de varios patrones ortográficos (existen fenómenos intermitentes de ceceo y seseo muy llamativos), pudo quedar temporalmente en manos de personal subalterno poco cualificado y libre de la supervisión del jefe de taller o del propio autor que, sólo en ocasiones, se ocuparían de revisar la transcripción de los originales.
Aún más enigmático resulta el silencio de Rubio respecto al Manual, eludiendo cualquier mención a esta obra en el index operum de su cosecha.
¿Cuál podría ser la causa?
Personalmente, entiendo que Federico Rubio no se considerase a sí mismo como el autor estricto de esta obra, que es más bien un concierto de influencias, donde la voz de los autores consagrados y la de sus propios profesores tendrían un peso mucho más decisivo que la suya propia.
Si en otras obras de Rubio se advierte un sello de originalidad característico, en esta primera, salvo puntuales aportaciones, su trabajo es el de recopilador de las experiencias y los conocimientos de otros.
Dado que Federico Rubio era aún estudiante del último curso cuando confeccionaba este Manual, parece también muy probable que tuviera que sufrir las críticas de algunos compañeros, que lo tachasen de osado, de pretencioso y hasta de plagiario.
Ya desde el prólogo se apresura a atajar estas críticas con una vehemencia quizá desmedida, lo que pudiera indicar que este tipo de comentarios se produjeron realmente: «Si la envidia, enmascarada con el nombre de noble emulación, dijese que mi obra es un plagio, yo pediría que me citasen el tratado de clínica quirúrgica con cuyas plumas me engalano (...) no espero que exista un cerebro tan necio que me dirija el antedicho cargo» (p.
Desde mi punto de vista, las duras palabras de Federico Rubio tienen un claro destinatario.
Leyendo entre líneas se adivina que las acusaciones proceden de algún compañero de su mismo nivel académico en el que pudiera surgir «la envidia, enmascarada con el nombre de noble emulación».
La amistad de Federico Rubio con Imperial Iquino Caballero, hijo de un catedrático de la Facultad y compañero de su promoción, estuvo siempre teñida de cierta competitividad académica.
En Mis maestros y mi educación, deliciosa autobiografía de sus primeros años, puede seguirse estrechamente la evolución de la amistad entre Rubio e Iquino, que se inicia con la admiración mutua y se pierde luego en los laberintos de una rivalidad amarga y poco afortunada.
Imperial era probablemente el alumno más brillante de la promoción.
Ambos compiten en 1845 por el puesto de ayudante de disector, plaza que se concede inicialmente a Iquino, según sugiere Rubio por presiones de su padre desde la cátedra.
Dos días después, por mediación del director de trabajos anatómicos D. Vicente Domínguez -que conocía bien la habilidad disectora de Rubio-se revoca la decisión y se designa a Federico Rubio para ocupar dicho cargo.
Desde entonces ambos amigos se distancian seriamente.
A mi juicio, el incidente convierte a Imperial Iquino en sólido candidato para ser el autor airado de estas acusaciones de plagio que, veladas o manifiestas, debieron de haber mortificado bastante a Rubio.
En este sentido considero que resultan muy sugestivos algunos diálogos que el autor reconstruye en sus memorias: «¡Calla, calla! -repuso Iquino-.
Extrañaría que no salieses con alguno de tus plagios» (Mis maestros y mi educación p.
Este comentario, expresado con visos de literalidad, pero en realidad reconstruido muchos años después por Rubio, tiene aún más valor que si fuese escrupulosamente literal, pues muestra el modo en que Federico Rubio rememora su resentida relación con Imperial Iquino, destilando en un par de frases la esencia de las suspicacias de uno y un cierto rescoldo de rencor del otro.
Dejando a un lado sus aspectos más agrios, sin duda el Manual está lleno de elementos mucho más alentadores, que apuntan ya la futura personalidad de Rubio.
A pesar de su juventud (contaba escasamente 22 años al escribir esta obra), se advierten en él una rara habilidad pedagógica y una suerte de didactismo ameno que no sólo pueden atribuirse a la peculiaridad de su carácter, sino también al deseo consciente y cabal de hacerse entender por todos.
El humor, desde la fina ironía al chiste franco, es uno de estos recursos didácticos y está presente a lo largo de toda la obra.
El profesor Laín Entralgo hablaba del «gracejo» como tendencia de estilo de una época y desde luego Rubio no fue una excepción.
Por ejemplo, respecto a la dificultad que entraña la exploración de la trompa de Eustaquio escribe: «dicen los autores que, tapadas las narices y la boca del enfermo, se le ordene hacer una fuerte espiración (...); yo lo he dispuesto así algunas veces y sólo obtuve ver muy rojo al individuo que lo hizo» (p.
En este mismo tono humorístico, no exento a veces de fina sutileza, Rubio pondera el uso de la imaginación en la práctica clínica, pero tiene buen cuidado de recomendar encarecidamente a los principiantes en el ejercicio clínico que se abstengan de ella, de momento (cf. pp. 15-16).
Con socarrona indignación, critica el uso que algunos autores clásicos hacen del sentido del gusto como procedimiento diagnóstico.
Los médicos, dice en tono airado, «no deben hacer cosas que rebajen su dignidad, dando origen a que los llamen escatófagos.
Ni aun en la diabetes es preci-so gustar la orina, porque la química mostrará los materiales sacarinos mejor que la lengua más perita» (p.
Además de este recurso moderado al humor y la referencia a casos clínicos personales para mitigar una exposición que de otro modo podría tomar un cariz demasiado enciclopédico y farragoso, Rubio emplea otros recursos didácticos.
Son constantes las metáforas y ejemplos, no desdeña la pregunta retórica e incluso hace un uso decidido de las onomatopeyas («un run-run», «una especie de glu-glu», etc.)
En este mismo sentido, y como referencia clara de tamaño para las lesiones de piel y mucosas, utiliza las monedas habituales que por entonces se encontraban en circulación: un real de plata para las placas circulares del herpes, un realillo, que es el tamaño que pueden llegar a alcanzar las úlceras en la estomatitis aftosa, o medio duro para las placas del eritema centrífugo.
A pesar de tratarse de una obra que se nutre de numerosas fuentes, cabe señalar en el Manual algunas aportaciones originales del Dr. Rubio.
En este sentido el autor demuestra ya un conocimiento propio de lo que solemos llamar «psicología de cabecera».
Es decir, amén de su campechanía -de la que existen numerosos testimonios-se intuye en sus palabras una habilidad empática buscada y consciente en el trato con el enfermo, como medio para sacar el máximo partido de la anamnesis.
Nos llama igualmente la atención cómo Rubio sugiere ya la confección de un espéculo laríngeo «compuesto de varias facetas que reflejaran la imagen de la glotis a un punto donde pudiera ser vista» (p.
222), un antecedente del laringoscopio -cinco años antes de su invención por Manuel García-digno de ser valorado por los historiadores de la otorrinolaringología.
Del mismo modo, preconiza el uso de la aguja de acupuntura en la exploración de los tumores (p.
80) o refiere experimentos personales en el cadáver sobre la práctica de la percusión craneal para detectar posibles fracturas del cráneo y sugiere la extensión de esta técnica, habitual en el ámbito forense, también al sujeto vivo (p.
No obstante la sugerencia exploratoria más espectacular quizá sea el uso de un naipe de la baraja para detectar si existe lesión pulmonar en las heridas penetrantes del tórax (pp. 242-243), casi como quien describe un ejercicio de prestidigitación.
Refiere también, como recurso, algunos casos curiosos extraídos del anfiteatro o de su incipiente práctica clínica: un aneurisma del tronco braquiocefálico (pp. 240-241), un caso desproporcionado de parotiditis con muerte por asfixia (p.
216) y un raro caso de hipertrofia congénita del tarso palpebral (p.138).
Incluye asimismo la discusión de un caso autópsico de interés: una herida perforante craneal por disparo suicida que, contrariamente a las teorías de «Gall y sus secuaces» permitió durante unas horas conservar al paciente la vida y las funciones del habla (p.
Desde nuestra perspectiva actual, la crítica de Rubio no parece muy afortunada, pues lo único salvable de la frenología de Gall -junto a Spurzheim y otros «secuaces»-fue precisamente la localización aproximada del centro del habla, que Broca y Wernicke confirmarían luego y precisarían anatómicamente.
Los galicismos son muy abundantes a lo largo de todo el texto y demuestran la preeminencia de la bibliografía francesa no sólo en la documentación utilizada por Federico Rubio sino, en general, en la enseñanza de la cirugía en casi todo el siglo XIX.
Esta situación, valorada por Rubio como una «vergonzosa tutela que en las ciencias nos han impuesto los extranjeros» la esgrime como uno de los motivos que le han apremiado a publicar esta obra.
Entre los numerosos galicismos destacan algunos muy flagrantes: «garantidos» (del fr. garantis) por garantizados o respaldados, «rambersado» (del fr. renversé) por volcado, «aeriano» (del fr. aérien) por aéreo o «gotiera» (del fr. gouttière) en lugar de canal, entre otros muchos.
Probablemente el más curioso sea la expresión «báculo de la aorta» en vez de la más usual entre nosotros de «cayado de la aorta».
También en la bibliografía francesa se acostumbra a utilizar el término más pretencioso de «crosse» (báculo de obispo) en lugar del humilde «houlette» (cayado de pastor) para hacer metafórica referencia al arco aórtico.
Desconozco si el propio Rubio abordó la traducción de los textos (hay testimonios de su buen dominio del francés), pero me inclino a pensar que más bien haría uso de las numerosas traducciones que ya circulaban en nuestro país, probablemente poco rigurosas y que, plagadas de este tipo de galicismos, contaminarían también la obra de Rubio.
Por último, en el prólogo original, Rubio no deja lugar a dudas sobre sus dificultades económicas: «carezco de mesadas que me costeen la carrera; desde el segundo curso la he seguido con el fruto de mi humilde, pero honesto trabajo».
Su padre, don José Rubio y Lubet, había sido desterrado e inhabilitado como letrado por su excesiva simpatía con la causa liberal, lo que sumió a la familia Rubio en el naufragio económico.
La propia vocación médica de Federico Rubio fue más un dictado de la necesidad que un reflejo de sus inclinaciones personales: como resultaba muy gravoso para el presupuesto familiar de los Rubio enviar al hijo a Sevilla a estudiar Leyes, el joven Federico tuvo que optar por matricularse en el preparatorio de Medicina en la cercana ciudad de Cádiz.
A fin de lograr algún ingreso extra, Rubio alternó sus estudios, primero, con el cargo de profesor de esgrima, en el Colegio de San Felipe Neri, y, luego, trocando florete por bisturí, con la antedicha plaza de disector.
Probablemente la publicación de estas páginas hubiera garantizado al joven Rubio unos ingresos bastante esperanzadores en su maltrecha economía de estudiante.
Debemos pensar, por tanto, que Federico Rubio tenía motivos suficientes para dejar caer el peso del olvido sobre un proyecto frustrado que no puede contarse entre sus obras completas, precisamente por incompleta.
Un árbol seco en la fructífera cosecha de Federico Rubio.
El doctor Federico Rubio y Galí murió en Madrid el 31 de agosto de 1902, casi la misma noche de su cumpleaños.
Este azar de las fechas hace que hayan coincidido el 175 aniversario de su nacimiento y el centenario de su muerte.
Ojalá que esta conmemoración no se quede en el simple festejo de una efemérides más y llegue a dar tan hermosos frutos como la reedición, oportuna y entusiasta, de este curioso Manual de Clínica Quirúrgica que, cumpliendo la iniciativa del profesor Orozco, los profesores Carrillo y Cabrera ponen hoy felizmente en nuestras manos. |
En el siglo VII, durante la dominación visigoda en España, se regularon las conductas posibles de sanción de quienes tenían por oficio la curaCÍón de los enfermos, así como las multas y penas •correspondientes.
El Fuero Juzgo -posterior traducción al romance castellano de las Le-ges Wisighoto rum-indicaba, por ejemplo, en el Libro XI, Ley VI antigua, que los deu dos de la víctima de una sangría letal podían aplicar justicia por sus pro pias manos sobre y a expensas del que la había llevado a cabo: «Si algún físico sangrare algún orne libre, si enflaqueciere por sangría, debe pechar C e L sueldos.
E si muriere, metan al físico en poder de los pq, rie_ ntes que fagan del lo que quisieren.
E si el siervo enflaqueciere o muriere por sangría, en tregue otro tal siervo a su sennor» ( 1).
En el siglo XIII, el Fuero Real de Castilla en la Ley I del Título XVI del Li bro IV fijó los requisitos del ejercicio como físico o maestro de las llagas, a lo que se añadía que «... si matare o• lisiare home, o muger, el cuerpo, e lo que hubiere, sea a merced del Rey, si fijos no hubiere: e si fijos hubiere, he reden sus fijos el haber, y el cuerpo sea a merced del Rey».
Poco después, en Las Partidas -,-otro código medieval español-se iba a aludir en la Ley VI del Título VIII de la Séptima a los físicos y cirujanos que sin ser sufi-
cientemente «sabedores», obraban temerariamente, por lo cual «... mueren algunos enfermos o llagados por culpa dellos».
Por «yerros» como aserrar la cabeza, quemar los nervios o dar medicinas que produjeran el falleci miento del enfermo, la pena prevista era el destierro en una isla por cinco años.
Pero si, además, tales hechos eran cometidos a sabiendas y malicio samente «... <leven morir por ende» (2):
Estas citas -que suenan muy pintorescas, bordeando algunas lo maca bro-muestran que la responsabilidad de aquellos que se dedican a.tratar la enfermedad y restablecer la salud, ha sido materia de normas y legisla-• dones desde épocas lejanas.
En esta línea, procuraré en este artículo hacer un poco de historia.
Pero no tan pretérita.
Ni tampoco estrictamente la de las normas y las legislaciones en sí mismas, pese a que algunas de ellas van a ser tangencialmente señaladas.
Lo que intentaré, en cambio, es realizar un seguimiento, una reconstruc; ción cronológica, de las posturas, ideolo gías y propuestas que se han formulado en torno a la responsabilidad de los médicos, Esto es, desde mediados del siglo pasado hasta el ecuador del actual en España, ver la constitución y el desarrollo de la responsa�ilidad médica como problemática, como arena de preocupaciones que enmarcó la confrontación y la alternancia de puntos de vista enunciados a partir de distintos autores, mentalidades profesionales y coyunturas.
Mi objetivo es fundamentalmente rescatar las opiniones acerca de los que han sido (y son hasta hoy) los princjpales ítems conmctivos; el. �aber, quiénes legítimamen te pueden juzgar y _valorar a los médicos, qué tipo de actos son los que pue den enjuiciarse y valorarse, y cómo juzgarlos y valorarlos.
Las posturas médicas en el siglo XIX: la Academia y el Colegio
Don Dionisio Villanueva y Solís fue el socio de número que leyó el dis curso de la sesión inaugural de la Academia de Medicina y Cirugía �e Cas.,. tilla la Nueva en•el año 1850.
Su extensa alocución tenía como título «De la responsabilidad legal médica» (3).
Dado el ámbito y la oportunidad del dis curso, puede considerárselo como representativo de la posición de la profe sión.
O, si no se quiere generalizar tanto, de.la de las Academias.
O, en fin, al menos, de la de quienes las dirigían (4).
¿Por qué se dedica tan solemne ocasión a este tema?
Muy probablemen te, el interés de Villanueva y Salís por exponer ideas al respecto respondía a medidas formales tomadas algún tiempo antes, que le dan pie para gran parte de sus comentarios.
Una de esas medidas había sido la circular de la Junta Suprema de Sani dad de 17 de junio de 1846 (5).
Su primera regla decía que «los médicos, ci rujanos y los farmacéuticos están obligados a desempeñar los deberes que les imponen sus respectivos títulos, con la precisión, moralidad, exactitud y decoro que exige el sagrado objeto de su ministerio».
Mucho más significativa que la circular --:-que dejaba entrever un po tencial espíritu de control administrativo sobre el comportamiento e in cluso la idoneidad técnica de los profesionales sanitarios-, era la publica ción del nuevo Código Penal, ocurrida en 1848.
Villanueva y Solís lo analiza en detalle, observando que son fundamentalmente dos los artícu los que por extensión «... manifiestan el modo con que debe conducirse el • facultativo en•el ejercicio de su profesión, y la legislación vigente relativa a los.casos de responsabilidad» (6).
Esos artículos eran el 469, imprudencia temeraria y simple imprudencia o negligencia con infracción de regla mentos, y el 483 caso 7, simple imprudencia o negligencia sin infracción • de reglamentos (7).
Villanueva y Solís se felicita de una mejora histórica: «... al presente, la imprudencia temeraria del médico o su negligencia, son las dos únicas que pueden dar margen a. una acción civil, correccional o criminal ante los tri bunales.
En este concepto, se advierte la diferencia •que existe entre lo que ahora reclama de un profesor la ley, y lo que las antiguas condenaban.
Ya no es la impericia ni la falta de conocimientos científicos base legal de acu sación... » (8).
Más adelante, volvería a insistir sobre esto último.
Por una parte, indicando que «... el profesor no puede ser encausado por impericia: porque ¿quién será el juez que le arguya sobre esta falta?
Todos vemos bien de qué modo legal adquiere la prueba legal de su capacidad; mas, ¿a quién corresponde el destruirla?» (9).
Por otra, subrayando que «... somos parti darios de la irresponsabilidad por ignorancia del profesor en hechos de su práctica, atendiendo a que autorizado legalmente con su título, presenta a la sociedad todas las garantías que ella misma le ha exigido, y ha satisfecho cuantas obligaciones le ha impuesto... » (10).
Con todo, para el disertante el acotamiento de los factores de responsa bilidad, no era todavía suficiente y se mantenía a los médicos en la insegu ridad.
Al no ser limitativos el artículo 469 y el 483 caso 7, al poder aplicarse a todas las eventualidades que se estimaran pertinentes, vinculadas o no a la medicina -la «multitud de accidentes desgraciados de la vida ordina ria»-, debería haber semejanza o analogía de delito entre ellas para su Asclepio- aplicación: «Y ¿qué similitud se encontrará en todos los casos que puedan imaginarse, y el de un médico, que revestido de un carácter legal, y cum pliendo un deber sagrado, se engañe en el ejercicio de un arte y ciencia, que no siempre tiene reglas determinadas, que presenta multiplicadas ex cepciones, y que progresa incesantemente, pero por vías desconocidas a la mayor parte de• los hombres, y apenas descubiertas por la naturaleza a los adeptos de la ciencia?» (11).
Según Villanueva y Solís «la general e indefinida aplicación de la ley» acarrearía «fatales consecuencias», conllevando, entre otras cosas, la para lización del progreso científico.
Para demostrarlo, apela al pasado: «Si cali ficando de imprudencia o de arrojo temerario la administración del tártaro emético, en dosis altas y suficientes para comprometer la existencia de un hombre sano, no se hubiera dado por Rasori, Laennec y otros, como reme� dio eficaz contra las afecciones del pecho, ¿contaría la: medicina cori este• auxilio, cuya virtud se halla en la categoría de las más comprobadas?...
¡Cuántas operaciones no se practican con feliz éxito por los profesores con temporáneos, que hubiesen espantado a nuestros mayores, y que por ellas habrían fulminado contra la cabeza de tan atrevidos innovadores el anate ma de reprobación científica y legal!» (12).
Además, de cara al futuro, pro fetiza: «... apenas habrá operación alguna que llegue a ejecutarse, porque ningún cirujano, aun de los que tengan más renombre, se expondrá a que le suceda, lo que se llama un caso desgraciado... » (13):
Se podría pensar que Villanueva y Solís abogaba lisa y llanamente, sin salvedades, por la impunidad e inmunidad legales del médico en lo concer niente a su labor profesional.
Pero no era exactamente ése su planteamien to: «... reconocemos que sería una pretensión desmedida e inadmisible el sostener que únicamente el profesor, y sea la que quiera la pena que sobre él gravite, se halle en el caso de cubrirse bajo un manto de absoluta y com pleta inviolabilidad para su práctica... la irresponsabilidad omnímoda es una exageración; que repele a casi la totalidad de los mismos a quienes pu diera aprovechar... » (14).
Su propuesta, la normativa que a su entender era la deseable, implicaba dos aspectos.
El primero de ellos consistía en una suerte de re-tipificación específica, prolija y particularizada de los supuestos de acuerdo a los cua les la conducta de un médico podría merecer sanción.
Nada de supuestos generales, difusos, universales, funcionales para cualquiera: «... así como hemos combatido la responsabilidad por impericia del médico, si se quiere adoptar de un modo absoluto, para que sirva de base de inculpación, admi� tiéndola solamente para casos raros y excepcionales, de la misma manera tenemos que rechazar el principio de respon�abilidad ante la ley por im, prudencia o arrojo temerario, si no se hallan determinados los casos de su aplicación, y si se pretende hacer uso de él en todas circunstancias e indefi nidamente... » (15).
Villanueva y Solís se apoya en un autor francés, Trebuchet (16), acep tando la responsabilidad del médico «... siempre que se le compruebe algu na falta grave, alguna: negligencia culpable o contravención legal, fundada en hechos materiales y fáciles de apreciar» (17).
En otras palabras, funda da en lo que jurídicamente se conceptualiza como «culpa material» (18).
Los casos a los que debería limitarse la responsabilidad del facultativo, eran, por ejemplo, los siguientes: tratar u operar en estado de embriaguez; no acudir personalmente a contener una hemorragia sobrevenida después de practicar una operación, contentándose con indicar a personas legas el modo de reponer el apósito y sucumbiendo a resultas de ello el enfermo; cometer un error material al escribir una receta, _del cual derivara la muer te o la invalidez del paciente; preparar y dar por sí remedios de su composi ción; ejecutar operaciones arriesgadas e infructuosas «en las partes más necesarias del cuerpo para la vida», cuyos resultados pudieran ser dudosos ( extirpación total del útero en casos de cáncer, ligadura de la aorta ventral, resección de una parte de la masa encefálica, punción del corazón «y otras por el estilo»); negarse a prestar servicios en casos de pestes o epidemias; no acudir al socorro de accidentes, habiendo sido reclamado con urgencia, etc. (19).
El segundo núcleo del esquema de Villanueva y Salís -que de fructifi car representaría nada menos que «el triunfo de los médicos instrui dos»-entrañaba un radical planteamiento referido a lo jurisdiccional y surgía de su definición de quién tenía auténtica autoridad para enjuiciar a los médicos.
Su descripción cerraba el discurso: «No se nos oculta cuán difícil es determinar los casos en que hay faltas graves o negligencia pu nible, comprendemos todo lo que tiene de complicado y abstracto la solu ción de las numerosas �uestiones que de aquí nacen; en lo excepcional que es nuestra ciencia no tienen cabida los procedimientos judiciales co munes para la averiguación de los hechos, y por esta razón los tribunales se juzgan incompetentes y acuden a las luces con que los ilustran las es cuelas y las corporaciones científicas, como las Academias: compuestas de hombres sabios y de eminente nombradía, distinguidas con una eleva da reputación de honor y de moralidad, movidas por un sentimiento de interés general, y siempre atentas al rígido cumplimiento de sus deberes,
son verdaderamente _ el único tribunal idóneo para juzgar al médico en sus
Algunos años más tarde, el Decre to-Ley de Hnificación de Fueros, de 6 de diciembre de 1868, enterraría para siempre la anhelada victoria de «los médicos instruidos».
Este de creto sentó irreversiblemente el principio de unidad jurisdiccional en Es paña, dejando como fueros especiales únicamente al eclesiástico, al de guerra y al de marina (21).
Me he detenido largamente en-el examen de la alocución de Villanueva y• Solís, en las argumentaciones y la lógica que se perfilan, porque es enorme mente expresiva:.
Como ya dije, es un documento que por el contexto en que fue leído puede considerarse representativo de una cierta versión insti tucional acerca de lo que debía ser la responsabilidad médica.
Contiene y prefigura una serie de elementos que la profesión invocará durante mucho tiempo, y que -aún en la actualidad, con mayor o menor transparencia, de vez en cuando son esgrimidos: Uno de ellos es•el de que la medicina es una actividad tan aleatoria y cambiante, que es imposible su ajuste a comunes denominadores o parámetros estáticos, a partir de los cuales evaluar la co rrección técnica, operativa e instrumental de quienes la desempeñan.
Otro, el de que una vez que el profesional, merced a su esfuerzo y estudio, logra la autorización para ejercer -consecución que presupone haber adquirido los conocimientos y la habilidad mínimos necesarios-, queda liberado precisamente por este hecho de toda posibilidad de desautorización poste rior, debiendo caber esa prerrogativa exclusivamente a sus pares.
También se agrega, como contrapartida frente a la amenaza real o imaginaria de una creciente masa de recipiendarios de sus servicios prestos a exigir res ponsabilidad, que el avance científico peligrará y que los médicos abando narán las tareas más comprometedoras.
Y como corolario, dado el carácter hermético de los saberes en juego y la falta de certidumbres consagradas, se señala que sólo un órgano compuesto por médicos posee legitimidad y fiabilidad para impartir justicia eón acierto.
En suma, explicaciones todas que apuntan como meta a una justicia no convencional ni administrada. por agentes extra profesionales: reclamos de soberanía y auto-regulación sin cortapisas.
Cuatro décadas más tarde, otro portavoz de la profesión retomará mu chos de los argumentos de Villanueva y Solís, e irá sin rodeos todavía más allá.
El 22 de abril de 1894, en la inauguración del Colegio de Médicos de Madrid, su presidente, Julián Calleja, leerá un discurso de tintes progra máticos, que encarna un ideario general sobre el status de la medicina (22).
Calleja aborda el intrusismo, lá• cuestión tributaria, la organización de la sanidad, el ejercicio de los médicos extranjeros en España, las renci-Has internas que han asolado la vida profesional y corporativa, etc. Y tam bién, en párrafos sin desperdicios, el tema de la responsabilidad: « ••.la Me dicina, cuya sublimidad y trascendencia impone a sus legítimos intérpre� tes cualidades exquisitas, trabajosas y a todas luces excepcionales y extraordinarias, debe recabar y obtener de la sociedad y de • zas Gobiernos que la rigen, algunos derechos especiales, a cuyo amparo los médicos pue dan ejercer ordenada y sosegadamente sus funciones.
Para lograr esta na tural normalidad, es indispensable poseer el derecho a la irresponsabilidad absoluta por nuestros juicios científicos...
La naturaleza espontánea y refie xiva de las funciones propias del médico, én las que el pensamiento dicta co mo árbitro, sin otra autoridad superior a que apelar, como no sea al tribunal' de Dios y a la propia conciencia, no consiente que las Leyes escritas. exijan responsabilidad alguna por actos profesionales en que no sea posible demos trar claramente el fraude, d engañó, la falta o el delito realizados con inten ción de dañar.
Si por los errores que podemos cometer por negligencia, por preocupación de doctrina, por precipitación en el juicio, por confian za excesiva en el uso de los remedios, por omisiones nacidas en equivoca da prudencia, o por actos de atrevimiento, fundados en hechos pasados o en teorías acreditadas, hubiéramos d. e ser residenciados ante las autorida des o los Tribunales de justicia, sería del todo imposible el ejercicio de la Medicina.
Cuantos ensayos la historia refiere, habidos en diversos tiem pos y países, para este fin, han fracasado rotundamente; resultando que no existe ni puede•existir mejor modo y forma de que nuestra profesión rinda los frutos que debe a la humanidad, que respetar la inviolabilidad del médico por sus juicios técnicos, abandonando a su propia conciencia y a Dios la corrección y castigo de sus faltas, y a la opinión pública la censu ra de sus defectos» (23).
Pieza antológica, el discurso de Calleja. es una confesión abierta, cruda, casi catártica, que se ubica en el listón más alto de las reivindicaciones y de los privilegios profesionales a conquistar.
El presidente del Colegio de Ma drid pide derechos especiales.
Y ni siquiera como Villanueva y •salís pro pugna tribunales profesionales.
A lo sumo, Dios y la conciencia de cada cual.
La autonomía y la independencia del profesional, que deben ser libé rrimas para beneficio de propios y extraños y que cancelan la posibilidad de ser cuestionado incluso por negligencia, sólo pueden encontrar tope cuando el médico actúe dolosamente, con mala fe, como un delincuente común.
O sea, cuando deja de ser médico.
Las primeras décadas del siglo XX: los juristas, los médicos y el Código de 1928
Con el título La Responsabilidad Médica ante' los Tribunales de Justicia, en 1904 la Gaceta Médica Catalana edita un cuadernillo escrito por Ambro sio Tapia, presidente de la Sala Primera de lo Civil de la Audiencia Territo rial de Barcelona (24).
Es el-primer material, cronológicamente hablando, de este siglo que he hallado en el que el tema es tratado.
Una especie de manual, de guía destinada a informar a los-galenos.
Su •objeto era «Expo ner cuales sean las disposiciones del Código Penal vigente [el que se había sancionado en 1870, en sustitución del de 1848] que definen y castigan ac tos y omisiones de los facultativos, que pueden constituir ya delitos, ya fal tas, y las prescripciones de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que afectan a aquéllos, explicando su inteligencia y aplicación... » (25).
Pasada revista a los tipos dolosos que podían tener• que ver con médicos (la certificación falsa de enfermedad o lesión, el aborto, la cooperación en la suposición de partos, etc.), Tapia hace lo propio con las figuras culposas, que ilustra con •1a escasísima jurisprudencia acumulada hasta entonces.
Termina el apartado respectivo con una llamada de atención, que es asi mismo una toma de posición:•<<...interesa mucho a los individuos de la cla se médica ajustarse en el-ejercicio de su doble y humanitaria profesión, a las reglas de la más exquisita prudencia, no sólo porque así lo exige lo deli cado de sus funciones, sino para evitar que un modo de proceder debido a imprudencia temeraria o a simple imprudencia o negligencia con infrac ción de Reglamentos, produzca en las personas enfermas, males, muchas veces irreparables y constitμtivos de delito que tiene sanción penal adecuada en el Código» (26)..
La mirada de Tapia es la de un hombre que perten�ce a otro campo de conocimientos, a otra disciplina.
Es un signo de las di ferencias de enfoque -a menudo, más bien una pugna velada y sorda-, entre el Derecho y la Medicina.
El primero proclama su competencia en re lación a la Ley, significando eso desde la caída del Antiguo Régimen y la abolición de los fueros especiales, la capacidad de intervención; ordena ción y rectificación sobre los comportamientos de todos los ciudadanos, sin distinciones de ninguna naturaleza.
Mientras tanto, la segunda recu rrentemente hará hincapié en su condición de actividad singular, incompa rable, no homologable a nada.
Se establecerá así a veces un diálogo de sor dos, que opaca en realidad una lucha entre autonomías y poderes profesionales: cuando la Medicina se defienda diciendo que lo que se quie-re castigar son errores técnicamente opinables y accidentales y, por lo tan to, huidizos al juicio lapidario de los profanos, togados o no, el Derecho re plicará que no es eso lo.que está en el tapete, sino las conductas humanas -supeditables siempre al imperio de la Ley-que pueden haber suscitado tales errores.
Para Ataz López «... juristas y médicos son representantes de dos humanismos, y cuando entran en contacto no es extraña la existencia de un cierto recelo de unos hacia otros.
Los médicos consideran a los juris tas que se ocupan del tema como fiscalizadores de su actividad; los juristas tienden a mirar con cierta desconfianza a aquellos a los que se permite ac tuar sobre el cuerpo humano» (27).
Lo que ciertamente levantaría muchos recelos y polémicas es el Código Penal que se promulgó durante la dictadura del general Primo de Rivera.
El Código de 1928 «... es una muestra de la creciente preocupación exis tente entonces por la•responsabilidad pro: tesional, en especial la del médi co, preocupación que era un reflejo en los autores españoles del estado de opinión creado en algunos países europeos sobre el tema», sobre todo en Alemania y algo menos en Francia, Austria e Italia (28).
Introducía «la exi gencia de una diligencia mayor, de unos conocimientos teóricos o prácti cos mínimos o de la actuación conforme a la aptitud profesional, referido todo ello al ejercicio de la profesión» (29, 30).
Destacada caja de resonancia de sus repercusiones, fue El Siglo Médico, quizás el exponente más emblemático de la prensa profesionil entre me diados del siglo pasado y las primeras décadas del actual (31).
En el nú mero jubileo de su setenta y cinco aniversario, menos de uria semana des.,. pués de la entrada en vigor del Código, Ricardo Royo-Villanova y Morales escribe un artículo en el que, sin hablar explicitamente de la legislación recién puesta en funcionamientó, se decanta claramente a favor de la ple na responsabilidad jurídica de los galenos, asomando así dentro del con junto que he recopilado como la primera voz que desde la pertenencia a la profesión médica sostiene tal posición (32).
Royo-Villanova califica como «peregrina» a la teoría de que el médico no pueda ser inculpado judicial mente por sus actos profesionales y que solamente lo sea cuando obra con la -intención de causar daño, una pretensión que recuerda ya había procu rado forzar en 1834 la Academia de Medicina de París en el Código Civil francés.
Luego, va refutando los argumentos en los que más frecuente mente se escuda esa teoría.
Así, por ejemplo, versus «la suposición de ido neidad que implica el título»•y la consecuente inmunidad que éste. debería Asclepio-I-l 992 dar para poder practicar la •medicina sin control, objetará: «Sin duda, el médico ha obtenido un diploma que confiere un privilegio, pero tanto el monopolio como �l título, están especialmente establecidos para la salva guardia de la salud pública.
No son bulas de irresponsabilidad...
No limitan en nada los derechos de los particulares que se crean perjudicados por una falta del médico».
En contra de la afirmación de que «La Medicina es un arte conjetural y los médicos no pueden responder del resultado de sus tratamientos», matizará: «... pero ta:i; nbién hay hechos que pueden conside rarse como científica y definitivamente establecidos».
Frente a las invocadas dificultad de los tribunales y la imposibilidad de los magistrados para apreciar debidamente los errores cometidos por los médicos, apuntará que «En estos casos, los Tribunales pueden servirse de la prueba. pericial, encargando a hombres del'arte la misión de examinar los hechos... sobre las conclusiones del informe _ pericial pueden dictar sentencia con conoci miento de causa».
El artículo concluye admonitoriamente: «Si la función social del médico estuviera suj�ta a una fiscalización más seria y a una responsabilidad más grave, se remediarían muchas de las lacras que la en vilecen».(33).
Para captar las motivaciones de tan firme postura, debe tenerse en cuenta que la especialidad de Royo-Villanova era la Medicina Legal, de la que fue catedrático primero en Valladolid y luego en Madrid (donde ade-: más sería director de la Escuela de Medicina Legal) (34).
El legista -un galeno • cuya labor transcurre en gran medida entre jueces y abogados ___:_ es un, puente e• ntre la Medicina y el Derecho, una correa de transmisión de los conocimientos y los criterios recíprocamente útiles para ambas.
El mensa je de Royo-Villanova es el de un m�dico que a la vez representa y emite los principios y usos jurídicos en el seno de su profesión de origen.
Dos meses después de este artículo, aparece en El Siglo Médico una nota titulada «Responsabilidad quirúrgica», firmada con las iniciales A.C. En ella se comenta una sentencia dictada por un tribunalJrancés, que había tenido mucha difusión en la prensa europea.
La resolución judicial conde naba a un cirujano a indemnizar a una mujer a la que le había realizado defectuosamente una operación estética.
A.C. no ahorra críticas tanto ha cia el cirujano como hacia la paciente.
Hacia el primero por llevar a cabo una intervención de las «de complacencia», a las que caracteriza de frívola_ s e innecesarias.
A la segunda porque «... nos parece una enormidad que un ser humano y consciente(?) que respira perfectamente por su nariz antfes tética, se la mande reformar, o que una jamona decadente se haga estirar los pellejos de su cara para hacer la competencia a sus flamantes hijas».
En opinión del firmante, en esta situación al médico debía exigírsele responsa _ bilidad penal por practicar este género de operaciones y limitarle el libre ejercicio de sus actividades; pero lo que no podía exigírsele era responder civilmente de los riesgos de una intervención «caprichosa» ni obligarle a una elevada indemnización para «la víctima, que en estos casos es coauto ra del daño» (35).
La nota -'--que huelga aclararlo era una dura crítica contra la cirugía es tética, por aquel entonces considerada como ilegítima y no ética por la mo ral médica dominante-finalizaba convocando a los lectores de El Siglo Médico para que hicieran llegar sus opiniones al periódico_ acerca del tema de la responsabilidad médica.
Así lo hizo E. Fernández Sanz, en una carta en la que se quejaba de que «... existe en la actualidad universal tendencia a agravar la responsabilidad profesional... », y en la que se afligía porque «... el carácter altruista y abnegado siempre, y con frecuencia heroico de los servicios médicos, hubiera merecido una benévola, a la par que justa ex cepción en su favor».
La carta sugiere premonitoriamente un instrumento de cobertura que en la actualidad terminaría por generalizarse y cuya ex tensión y financiación aún se debaten: «Entretanto, creo que el único me-• dio de defensa para el médico consiste en el seguro de responsabilidad, pa gado por él mismo, cuando se trate del ejercicio libre o privado, y cubierto por las entidades patronales, Estado, Provincia, Municipio, Empresas par-; ticulares, etc., en el caso de los fa cultativos con destino en Hospitales, Ma nicomios, Asilos y demás Instituciones sanitarias» (36).
Otro médico que asumió la convocatoria del periódico fue José María de Villaverde, con un artículo que se publicó en tres entregas sucesivas a lo largo de mayo de 1929.
En la primera, de Vjllaverde constata que «... en general, entre los médicos, c�mo no podía menos de ocurrir, la responsa bilidad facultativa tal como el nuevo Código la exige, ha merecido co mentarios poco favorables».
Dado que «...la punibilidad "será apreciada por los Tribunales en cada caso concreto, se gún las medidas de previsión que hubiera adoptado el agente"... » (37), se pregunta: «¿Pero es que cualquier médico por poco que sepa, no adopta todo género de medidas de previsión?
¿Puede perjudicar en algo a la cla se médica que, aunque en un caso equívoco se pretenda condenar la ac tuación de un médko, se enteren los jueces y el público que el ejercicio profesional supone más competencia y alteza de miras que lo que gene ralmente se cree?».
Para de Villaverde el Código no hacía más que plas mar la opinión pública, y a ésta rriás que al legislador debía adjudicársele el cambio; cambio que era un desafío del que los médicos saldrían airo-Asclepio-1-1992 sos y fortalecidos: «Muchas cosas se dicen de nosotros porque no se nos conoce bien y por ello el legislador ha tenido que recoger esos anhelos_ tan •generalizados de que se nos exijan estrechas cuentas porque en• los hospitales y hasta en la clientela particular tomamos a los enfer_ mos por conejos y practicamos en •ellos• intervenciones más que discutibles.
Una inspección en este sentido -que a esto es a lo que, en cierta forma, puede conducir la nueva ley-no puede contribuir más que a deshacer la leyen da» (38).
La segunda entrega está abocada íntegramente a retomar el asunto de la opinión pública y su actitud ante los médicos.
El articulista se lamenta: «Es triste que las gentes crean que los médicos ganan el dinero a espuertas, que tenemos patente de corso para cometer cuantas imprudencias o equi vocaciones nos vengan en gana... que seamos, en suma, una clase privile giada... ».
Para Villaverde el hecho de que «todo el mundo» viera con bue nos ojos que a los médicos se les demandara responsabilidad legal, se originaba, entre otros motivos, en Un «equívoco» que siempre ha existido: «Los enfermos nos llaman para que los curemos y nosotros jamás podemos hacer esto en el grado que se nos exige... ¿qué de particular tiene que el pú blico, convencido poco menos que de nuestra omnipotencia, crea que no tenemos derecho a equivocarnos?».
Tal equívoco, a su entender, era muy difícil de remover y, por otra parte, no convenía hacerlo: en beneficio del público, era menester manejar «los resortes de la Medicina psicológica» para que el enfermo no se resignase a morir y siguiera creyendo en la efica cia del médico (39).
En la tercera entrega, de Villaverde vuelve a intentar quitarle hierro a la polémica sobre el espinoso Código y reitera que los facultativos deben estar tranquilos.
Al fin y al cabo, no tenían que perder de vista que, en última instancia y de modo indirecto, eran ellos mismos a través de los peritos médicos -a los cuales indefectiblemente recurrirían los magistrados-los que iban a enjuiciar y a absolver o a condenar a sus compañeros.
En su ba lance global, observa la inevitabilidad de las tendencias sociales y jurídicas en boga y aconseja esperar el desarrollo de los acontecimientos: «...la res ponsabilidad médica es natural que se exija, ya que el ejercicio profesional es cada día más complicado, y las equivocaciones tienen más transcenden cia desde puntos de vista completamente nuevos... ¿qué ocurrirá en la práctica?
Esto sólo el porvenir nos lo dirá... » (40).
Al que las cosas no le parecían nada naturales era a Antonio Vallejo Nájera, quien aporta unas contundentes líneas sobre el teII?-a en el núme ro siguiente del periódico.
Este conocido psiquiatra -catedrático luego en Madrid y posteriormente presidente de la Liga Española de Higiene Mental-, pensaba que en el articulado del Código se habían condensado «todos los prejuicios vulgares contra el médico como personalización de la enfermedad» y que se trataba a los facultativos «como mercaderes».
Sin nombrarlo, parece desplegar su artillería contra.Royo-Villanova y Morales, pudiéndose deducir que éste había participado o asesorado en la elaboración de la legislación: «Se nota que en la Comisión de Códigos estuvo ausente un médico que hubiera podido defender al compañero de profesión e ilustrar al legislador sobre los problemas médicos.
Un legista muy conocedor de la Ciencia del Derecho puede escribir con aires de su ficiencia que las cápsulas suprarrenales -fuente, a su juicio, de la. emoti vidad-están alojadas en la silla turca.
Si este legista interviene en la re dacción del Código abordará, mal orientado, todos los puntos que atañen a la Medicina» (41)..
El último artículo de El Siglo Médico que he localizado en relación• a las secuelas del Código de 1928, pertene�e a César Juarros.
Al igual que de Vi llaverde, invita a sus colegas a no inquietarse en demasía, pues los temores son infundados: «No existe Tribunal capaz de condenar a un médico por desaciertos trágicos, sin haber oído a sus compañeros...
¿Cómo aclarar en algunos sucesos si hubÓ o no desaprensión?
En los obscuros, que serán los menos, el criterio de jueces y peritos se inclinará siempre a la benevolen cia».
Enfatiza en la necesidad de evitar solidaridades mal entendidas, con «quien por impericia manifiesta, por afán de lucro o por ambición de noto riedad se lanza a empresas para las cuales no se encuentra preparado» o con el temerario que pinta las cosas «color de rosa» al paciente, le promete. inocuidad y obtiene mediante el engaño su anuencia para intervenir.
Jua rros recomienda a la profesión un giro estratégic. o, anticipatorio y basado en la auto-depuración: « Una campaña encaminada a solicitar que la res ponsabilidad de los galen_ os sea pequeña o no exista, resultaría fatalmente contraproducente.
El prestigio de la clase depende de que sepamos no de fender a los colegas sino cuando les asiste la razón.
La ruta opuesta de po nerse automáticamente a su lado, sólo por la identidad de título es recusa ble.
Las gentes no se resignan en estos tiempos a tolerar privilegios, lo que hace cómodo pronosticar el advenimiento de leyes cada vez más desfavora bles para ineptos y despreocupados. �ólo un camino existe para impedirlo: lanzarnos fervorosamente a la empresa de sanear por propia cuenta el am biente profesional» ( 42).
Esta revisión de la coyuntura abierta por el efímero Código Penal san cionado en la dictadura de Primo de Rivera, descubre dentro de un cierto Asclepio-I-1992 segmento del mundo médico el cruce y la discordancia de posiciones, que van desde la aceptación activa hasta el rechazo tajante de cara a la respon sabilidad jurídica de los facultativos, pasando por el eclecticismo y el opti mismo moderador.-También se vislumbra heterogeneidad respecto a los eventuales controles sobre la profesión y sus ejercientes.
Para algunos, es un punto que ni se toca, una osadía que ofende por su sola mención.
Para otros, los tiempos en que se vive y la justicia más elemental hacen lógica la ingerencia de los tribunales, un control externo mediatizado.
Y para algún otro, finalmente, hay que apostar por sincerar el control y la •disciplina en forma directa desde el seno de la profesión.
El Siglo Médico permite ver, en consecuencia, que a diferencia de las relativamente constantes y unáni mes refracción y fundamentalismo de los órganos institucionales y corpo rativos de la medicina frente a estos temas, en el nivel de las individualida des ha habido matices y fisuras.
Pero tampoco hay que sobredimensionar su importancia.
Una polémica intraprofesional como la de 1929 no se re petiría y, además, fue esencialmente abstracta, teórica, alrededor de espa cios simbólicos y virtualidades, ya que los procesos judiciales contra mé dicos eran, y seguirían siéndolo por muchísimo tiempo, una rara avis, la fantasía de un asedio.
Acabo este apartado, trayendo a colación el Código de Deontología Médica de Luis Alonso Muñoyerro, que se publicaría poco años después (43).
Dentro de ese campo o subdisciplina, fue una ineludible referencia durante muchas décadas.-De sesgo marcadamente confesional, refleja ba la identidad profesional de su autor, arzobispo y Vicario General Castrense.
La última parte versaba sobre la responsabilidad de los mé-. dicos.
Para Alonso Muñoyerro, ésta era, por un lado, moral -«la obli gación de responder de los actos libres ante el Tribunal de Dios, y, entre tanto, en el fuero interior de la conciencia»-( 44) y, por otro, legal.
Respecto a la segunda, calificaba de «injusto y peligroso» proclamar co mo un principio absoluto la irresponsabilidad médica en el ejercicio profesional, y • reconocía a «la jurisdicción ordinaria» como «el Tribunal competente para ver y fallar las demandas o denuncias contra médicos» ( 45).
Pero paradójicamente Muñoyerro no creía que fuera el medio más seguro para los pacientes.
Por el •contrario «Más que en la responsabili dad que del texto de las leyes se desprende, es en la responsabilidad mo ral y en la conciencia del médico donde está la mejor garantía de los de rechos • del enfermo y de los intereses de la sociedad, y en ella descansa, además, la reputación pe: rsorial y el honor del Cuerpo médico como en su mejor base» (46).
La impronta de Marañón
En la década de los cuarenta, van a ver la lU: z dos obras que son habi tualmente consideradas como las pioneras dentro de la bibliografia jurídi ca española volcada a la temática que estoy estudiando.
No son simples ar tículos, discursos o folletos, sino libros emprendidos con el ánimo intelectual de constituirse en hitos de consulta obligatoria.
Uno de ellos, La responsabilidad profesional del médico, era de Eduardo Benzo Cano, y su envergadura-más de 700 páginas-delata la exhaustivi dad de miras con que éste llevó a cabo el trabajo ( 4 7).
Haciendo gala de erudición, rastrea desde el pasado más remoto hasta las últimas corrientes doctrinales y los fenómenos que venían dándose en Europa y los Estados Unidos, y analiza cada una de las dimensiones de la responsabilidad (pe nal, civil, moral) y sus concreciones normativas, interpretativas e instru mentales en España.
Benzo indica que «en nuestros días» son tres las teorías sobre la res ponsabilidad médica: «la que admite la irresponsabilidad absoluta; la que sólo estima responsabilidad en caso de dolo o mala fe, y la que impone la responsabilidad derivada de toda acción en que intervenga negligencia, impericia o error».
Descarta completamente la primera y la segunda.
Y se manifiesta partidario de la tercer teoría cuando en los hechos enjuiciados hubiese culpa -falta de precaución y de previsión-por parte. del agente, y de la consagración legal que tenía en los Códigos Penal y Civil ( 48).
Ad vierte, sin embargo, que «... se encuentra en la práctica bastante restringi da por la imposibilidad en que se encuentran los Tribunales en inmiscuir se en las cuestiones científicas y de apreciar el valor de las distintas doctrinas... » ( 49).
Para enterarse de qué era lo que estaba saldado y lo que aún permanecía en la i�certidumbre científica y para comprender mejor cómo un médico se había conducido, los Tribunales podían contar con los peritos médicos.
Benzo los critica impiadosamente: «... sorprende a menudo la inanidad de sus informes: a las preguntas que se les dirigen, responden muchas veces con generalidades o vaguedades, con hipótesis o conjeturas, a menudo na da técnicas, que a cualquiera, sin ser médico, se le ocurrirían, y que a ellos se les ocurren, no precisamente por ser médicos, sino por ser individuos como los demás».
La «hostilidad», el «recelo» y la «divergencia» entre los Tribunales y los peritos eran un indicador de la rivalidad entre el Derecho y la Medicina: «... aplicaciones; en una esfera determinada y concreta, del di-vorcio constante que hay entre las ciencias del espíritu y las de• la naturale za, y entre los respectivos cultivadores de unas y otras» (SO).
Llamativamente, en la propia obra de Benzo podía hallarse un ejemplo elocuente de ese divorcio, patentizado en las palmarias contradicciones de enfoque entre el cuerpo de su texto y el prólogo redactado por Gregario Marañón ( 51).
El libro terminaría por ser tan o más recordado por esas pá ginas iniciales que por lo que Benzo había escrito.
La importancia de •ese prólogo reside, por una parte, en la figura misma de quien lo rubricaba, tal vez la de mayor pr�stigio y proyección pública de la medicina española durante varias décadas, hasta su fallecimiento en 1960. • Según Martín Moreno y de Miguel «un sumo sacerdote laico de la medicina humanística» (52).
Marañón alcanzó renombre internacional como endocrinólogo, y descolló además como prolífico eséritor en los gé neros más diversos: la política, la historia, la crítica literaria, etc. Asimis mo era un filósofo de la medicina.
Sus concepciones e ideología sobre ésta tenían amplio eco dentro y fuera de la profesión.
De allí también la tras cendencia de dicho prólogo en el que cristaliza una postura sobre el tema de la responsabilidad de• los facultativos, con argumentos que traducían y formaban parte del sentido común de gran parte del colectivo médico y que se emparentaban con los que Villanueva y Solís y Calleja ya habían utilizado.
_ Como en los países «mecanizados y juveniles» y «menos románticos», Marañón notaba que en España había comenzado a exigirse a.
Jos médicos responsabilidades «genuinamente profesionales».
Esta circunstancia la in terpretaba como expresión de la penetración de «la vida moderna» en la psicología y las costumbres hispánicas.
Hasta poco tiempo antes «... a nadie se le ocurría pedir cuentas al galeno porque su receta o su bisturí no hubie ran estado inspirados en el acierto».
Tales casos se venían repitiendo «no excesivamente», pero sí lo suficiente como para justificar la publicación de un libro como el de Benzo Cano.
Casos que tenían como promotores a «un tipo de españoles internacionalizados», que llamaban a su médico, «no con la f�miliar y noble confianza del que sabe que el médico hará cuanto pueda por.aliviarle, y que nadie puede pedirle nada más eficaz que esta buena vo luntad, sino con el papel sellado dispuesto para envolver al doctor en la red leguleya... », si fracasaba (53).
Tanto en el exterior como en España, «... sólo excepcionalmente han si do justos los Tribunales • que han accedido a la petición de responsabili dad».
En franca discrepancia con Benzo, consideraba improcedente la re clamación de responsabilidad profesional a los médicos por imprudencia o 86 Asclepio-I-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es negligencia, admitiéndola solamente cuando se ha obrado con mala fe en perjuicio del enfermo (54).
La razón fundamental de su rechazo estribaba en el tan trillado argu mento de que «la Medicina es una ciencia inexacta».
Y en que, aunque al gún día se conocieran las causas de las enfermedades y los medios específi cos para combatirlas, existiría siempre «el factor reaccional del individuo enfermo».
Un factor que convertía a todo tratamiento en «un azar», con márgenes probabilístkos de error que se podían disminuir pero nunca eli minar completamente: « Yo he visto, por ejemplo, en un sifilítico seguro, sometido a una dosis prudentísima de salvarsán, producirse una encefalitis tóxica que eliminó prácticamente de la vida activa y fecunda a un hombre lleno de juventud.
Y he visto producirse un coma hipoglucémico gravísimo, del que el paciente salió hemipléjico, en un joven diabético diagnosticado con toda corrección y tratado con la mayor cautela.
He visto producirse un síncope mortal después de la inyección de una dosis casi insignificante de vacuna a un hombre robusto, afecto de uretritis blenorrágica» (SS).
El segundo motivo que Marañón manejaba era bastante más original e implicaba nada menos que el desplazamiento de la responsabilidad del mé dico hacia el paciente: «... es excepcional el que el médico no sea elegido li bremente por el enfermo, lo cual supone un proceso psicológico de la ma yor importancia en• el problema de la responsabilidad.
Cuando somos llamados por un enfermo, cuando éste ha hecho viajes y gestiones e infor maciones previas para asistir a nuestro consultorio o para ingresar en nuestras salas del hospital, sabía -o creía saber: es igual para la responsa bilidad de sus decisiones-cuáles eran las aptitudes curativas del médico elegido y Jas de los demás que desechó.
Si el enfermo no es un mentecato -y hay menos mentecatos de los que se cree-este enfermo, al elegir a tal doctor, y no a cualquiera de los demás, aceptaba el margen de posible error que i. nÍ.plica el ejercicio de la Medicina, puesto que suponía en el médico elegido aptitudes para no errar superiores a las de los <lemas...
Si se elige, pues, al médico que se cree puede "acertar", se admite también, consciente o inconscientemente, la limitación de la ciencia, y, por lo tanto, la posibili dad, todo lo reducida que se quiera, pero en cierto modo legal, del error que el acierto empírico lleva siempre escondido en su seno» (56).
Apoyado en el supuesto de una medicina unívocamente ejercida en su modalidad li beral y en la posibilidad de libre elección del profesional por parte de todos los pacientes, la fragilidad de este razonamiento salta a la vista.
Un razona miento que Marañón desgranaba justamente en el mismo año en que em pezaba su andadura el Seguro Obligatorio de.
Enfermedad (S.O.E.) y, con Á.sclepio-I-l 992 esta innovación, la hegemonía del Estado sobre el mercado médico-sanita rio en España, a través de la Seguridad Social.
En el tercer motivo postulado por Marañón había otro desplazamiento de la responsabilidad y otros actores potencialmente imputables: «El enfer mo, si se da cuenta de• la insuficiencia profesional de su médico, está bien que recurra contra él.
Pero el juez• que ha de atender su reclamación come terá la más atroz injusticia si condena de plano al médico que ignora los diagnósticos y los tratamientos elementales, y no a los profesores que le dieron el título, capacitándole para ejercer, con tan exiguo caudal de cono cimientos...
De esto, el único responsable es el profesorado de la Universi dad» (57).
Marañón se preguntaba el porqué de la actitud de «alerta legalista» de los enfermos.
Volviendo a lo que había sostenido al principio, lo atribuye a • los perniciosos rumbos que estab. a tomando «la evolución de la vida so cial», que se había tornado materialista y «gangsterista», carente de escrú pulos.
En ese clima moral, el enfermo iba a hacer todo lo posible por no pagarle los honorarios al médico o en tratar de arrancarle una indemniza ción.
Empero «lá mayor culpa» era de los propios médicos, quienes «de unos decenios a esta parte» habían abdicado de cuanto tenía su «misión» de «sacerdotal» para convertirla en una profesión científica «exacta, como la del ingeniero, o la del arquitecto... ».
A ello se sumaba que los jóvenes es-. cogían la medicina como profesión, ya no por vocación verdadera, sino se-• <lucidos por las falsas expectativas de obtener pingües ganancias (58).
El segundo libro pionero desde el ámbito del Derecho publicado en esa década, es La responsabilidad civil del médico, de Manuel de la Quintana Ferguson, y como reza su título, se centraba específicamente en una de las facetas de la responsabilidad legal (59), Pronosticaba de la Quintana que «La progresiva socialización de la Me dicina en nuestra patria puede provocar el fenómeno, hasta ahora n' o ima ginado, de la afluencia a la jurisdicción ordinaria de numerosas demandas en r: eclamación de indemnización por impericia, ignorancia o negligencia médicas» (60), Es interesante. cotejar sus puntos de vista con la doctrina de Marañón «cuyo valor social es altísimo», pero «' ofrece reparos al jurista».
Para de la Quintana, Marañón confundía, mezclaba sin discriminar adecu3: damente, el error científicamente admitido con la c;:ulpa, y olvidaba que entre la in-. tendón siniestra ( dolo criminal) y la insuficiencia intrínseca del saber mé dico (error i:μimputable) «... queda una zona característica de la culpa civil que pertenece a la ignorancia inexcusable, la imprudencia y la negligen- para apuntalar el argumento de la inexactitud de la Medicina y el impredic tible factor reacciona!, se interroga: «... y si en vez de la dosis casi insignifi cante de vacuna, la prudentísima de salvarsán y la cautela del tratamiento insulínico, hubiera mostrado la prueba tratamientos de ataque intensos y arriesgados sin tanteos previos.
¿Habría que pensar en un albur científico o en un daño culpable?>> (61).
La libre elección-del médico por el enfermo como eximente de responsa bilidad, era drásticamente negada por de la Quintana.
En primer lugar, porque «cada día» disminuía el número de gente que accedía de esta mane ra a la atención sanitaria.
En segundo, porque, desde el ángulo jurídico, tal argumento era irrelevante: las preferencias por ciertos médicos «... no exi men a los elegidos ni a los postergados de saber lo que no pueden ignorar ni autorizan la imprudencia o el abandono» (62).
Contra el desplazamiento de responsabilidad que I{ada Marañón hacia el profesorado de la Universidad que concede el título al médico incapaz o ignorante, dice que la responsabilidad que cabría a ese profesorado sería puramente de carácter moral.
Y esboza cuáles serían sus consecuencias, que lindarían el ridículo: «En Derecho, tal criterio conduciría a la abolición de la noción de responsabilidad en todas las profesiones y habría que ad mitir, por ejemplo, que era lícito que se hundieran l¡s casas construidas por arquitectos de la promoción X porque tuvieron un profesorado exigl, lo, abandonado o incompetente, mientras serían responsables los de la pro moción Z, que contaron con mejores maestros» (63).
Culmina de la Quintana su lista de contra-argumentos con una aclara ción que resultaba básica para desmontar el malentendido de la medicina ante el tema de la responsabilidad: «... la ley no pide al médico que acierte siempre; lo que le exige, como a otro profesional cualquiera, es que emplee todos los medios a su alcance para no equivocarse con daño pa ra su cliente» (64).
Si Benzo Cano había tenido ex ante a Marañón, de la Qúintana Fergu son iba a tener ex post al doctor Blanco-Soler.
Después de casi una década desde su aparición sin haber dedicado una sola línea a la problemática de la responsabilidad, el Boletín del Consejo General de Colegios Médicos re produce un artículo donde el mencionado doctor comenta el libro d� «mi buen amigo» dela QUintana (65).
De nuevo, entre el autor comentado y su comentarista (o prologuista, como se vio más arriba) se dan profundos en frentamientos interpretativos y conceptuales, acompañados de protocolares elogios del segundo al primero.
Blanco-Soler extrema la reiteradísima letanía de la equiparación del médico con el sacerdote, y traspasa las metáforas para afirmar que son «una misma cosa».
Por ende, su lectura de la responsabilidad se desarro lla en una clave teológica y viaja por las sendas de lo etéreo y lo inconmen surable: «Médico y sacerdote no son, ni pueden ser, una "profesión", sino actitudes humanas ante los semejantes, y por tanto ajenas a artilugios le gales, fríos y limitados.
El médico y el sacerdote, como tales, se escapan de las fórmulas al uso porque especulan con algo que sale de las fronteras de la responsabilidad, tal y como la pueden concebir los hombres.
No son la medicina y la religión productos capaces de medirse, de pesarse, de dis' cutirse en el terreno "práctico"».
Manteniéndose firmemente en su discur so sacralizador, continuaba: «Hay entre médico y enfermo un nexo que ja más puede ser "contrato".
Es una comunidad espiritual; protección que el médico da sin que se la pidan; amor desinteresado y bendito.
El mé<:lico ante el enfermo se olvida de sí mismo y sólo tiene un deseo: devolver el bienestar al prójimo que sufre... ».
En virtud de ese excluyente deseo y siendo «la caridad» la piedra angular de la profesión médica, el articulista se horrorizaba ante las exigencias de responsabilidad, que podían «emple beyecerla» y «enfangarla»: «..;Apartemos de la Medicina cuanto la acerque a la tierra...
Apartemos de toda legislación.el que cualquiera pueda denun ciar a quienes las más de las veces ponen cuanto de noble tienen en el al ma para lograr su cometido con un desinterés que no respeta ni a la propia salud» (66).
El artículo de Blanco-Soler es el último material de los años cuarenta, período en el que, como se ha comprobado,•hay algunos trabajos cualita tivamente significativos,-ya sea por: su carácter jurídico liminar, por la personalidad de su firmante o por el lugar en que se-publicaron.
La preo cupación por el tema que denotan seguía careciendo de correlato empíri co en España, bastando consignar que des. de 1870 hasta fines de esta dé cada las Salas de lo Penal y lo Civil del Tribunal Supremo habían dictado apenas 4 y 1 sentencias, respectivamente, relacionadas.con casos de mala praxis médica.
Casos, por otra parte, muy viejos, los más próximos origi nados en hechos acaecidos más de 20 años antes.
Se trataba, en conse cue. ncia, de una problemática en cierto modo importada, estimulada por lo que sucedía en otros países, y en la que, al.margen de las impresiones ya catastróficas de los portavoces de la medicina, la controversia era to - davía sobre escenarios muy hipotéticos.
Sólo en nuestros. días, desde la mitad de los setenta en adelante, esos escenarios empezarían a cobrar alguna entidad.
(30) En el Código de 1928, uno de los aspectos que se tenían en cuenta para la existen cia de infracción penal, era la defensa de la sociedad.
Entre los artículos que más discusión produjeron, están los que a continuación transcribo: «Art.
Incurrirá asimismo en res ponsabilidad criminal el que, con ocasión de acciones u omisiones no penadas en la ley, causare por imprevisión, imprudencia o impericia, una lesión o daño •que, de ejecutarlo con intención, constituiría delito o falta.
La imprevisión, imprudencia o impericia se reputará grave:...
Si por el cargo, empleo, profesión u oficio estuviera el agente obli: gado a mayor previsión y diligencia.
S. Si el agente, por sus condiciones de inteligencia, vi gor físico o aptitud profesional, hubiere podido y debido fácilmente evitar el mal causado.
Si la preparación científica o la práctica profesional del agente fueren notorian; iente in suficientes para ejecutar los actos que produjeren el daño...
Son responsables civil mente en defecto de quienes lo sean criminalmente...
También alcanza la responsabili dad civil subsidiaria a los médicos o farmacéuticos por los daños en la salud y e�. la vida o en la integridad corporal causados por la impericia de sus ayudantes, enfermeros y depen dientes o que estén al servicio de los sanatorios, hospitales, casas de salud y es. tablecimien tos dirigidos por ellos».
(31) El Siglo Médico, que se presentaba como un «periódico dedicado a los intereses morales, científicos y profesionales de las clases médicas», había nacido en 1854 como producto de la fusión del Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia y la Gaceta Médica.
Entre sus fundadores constaron conocidos nombres de la historia profesional y política de la rrie dicina española como Mariano Delgrás y Francisco Méndez Alvaro.
Durante mucho tiem po, y dentro de éste el período que ahora examinaré, su director fue Carlos María Corteza, artífice de la Instrucción General de Sanidad de 1904,-que fue Director General de Sani dad, senador y consejero de Sanidad del Reino.
Véase ALBARRACÍN TEULÓN, A. (1971), «Las asociaciones médicas en España durante el siglo XIX», Cuadernos de Historia de la Medici na Española, año X; • 119-186, p. |
Durante el siglo XVIII español se produce una evidente, aunque difícil mente cuantificable,•expansión demográfica para cuya explicación pueden ser invocados el menor número de conflictos armados y la repa_ triación de las guarniciones militares de diversos puntos del Imperio, así como una disminución de la mortalidad epidémica.
Sin embargo, hemos de suponer que, al igual que ocurre en el resto. d� Europa, el mayor peso de este creci miento recae sobre la reducción •de la mortalidad ordinaria y especialmen te de la mortalidad infecciosa (McKeown, 1978).
Ello. es, sin duda, cap.secuencia de un cambio profundo de las relaciones sociales y de la consolidación del modelo de nación a lo largo del siglo XVIII, que permitiría una mayor coordinación y aprovechamiento de los recursos, mayor eficacia económica y u.na mejora sensible de la dieta alimenticia.
Este proceso causaría, en cambio, un desajuste entre un crecimiento económico relativamente lento y una rápida aceleración en el crecimiento de la población.
En consecuencia, se crearía una población flotante de "va-:
gos y mendigos" que el sistema productivo, todavía con carácter feudal, se ría incapaz de absorber hasta el inicio de la revolución industrial.
Los mendigos y vagabundos se estiman en el siglo XVII en unos 150.000 (Romero de Solís, 1973, págs. 40-41), aproximadamente un 2% de la pobla ción, si aceptamos que el volumen total de la misma en los años 50 se sitúa en tomo a los 7.300.000 habitantes, y su número debió seguir creciendo a lo largo del siglo XVIII dada la política de concentración de la tierra seguida por los Barbones.
Su aumento fue tan importante que Felipe V crea una se cretaría de levas, la cual se encarga de reclutar para el servicio de armas a los mendigos y vagabundos aptos, mientras el resto es encarcelado.
Las dimensiones del problema se multiplican si consideramos que la población española es en su inmensa mayoría rural, mientras que los mar ginados buscan su subsistencia en las ciudades, lo que provoca que su con,. centración en los núcleos urbanos sea en ocasiones alarmante.
Nos proponemos abordar el estudio de las soluciones que• se aplica-• ron en Murcia a este fenómeno, soluciones que, según pensamos, corres ponderán a un tipo de mentalidad en el que se debaten las incipientes ideas mercantilistas con las más tradicionales, y lejos todavía de las ide as salubristas que se desarrollan a partir de la segunda mitad del siglo.
La población en Murcia
• Como en todo el mundo occidental, lo que caracteriza a la población de Murcia es su crecimiento.
Entre 1650 y 1800, el volumen de la población murciana se multiplica por cuatro, pero hay que distinguir dos fases, una primera de recuperación, en la que se alcanzarán los niveles que ya existían a' finales del siglo XVI y que culmina alrededor de 1690-1700; la segunda es una fase, a partir de esa fecha, de crecimiento continuado.
La población calculada para la provincia y el Reino de • Murcia en cada uno de los censos nacionales es, según Lemeunier (1980, pág. 25), la siguiente:.
Se hace necesario explicar los factores que inciden en esta evolución de la población, aunque no serán muy distintos a los que inciden a nivel gene ral, puesto que resulta obvia una reducción de las tasas de mortalidad (Marset y cols., 1983, pág. 282; F. Chacón en Marset y cols., 1977, págs. 177-208) para la huerta de Murcia a falta de estudios más detallados por parroquias, con una desaparición más evidente aún de las crisis de mortali dad epidémica.
La explicación está en la economía: la agricultura se desa rrolla enormemente, llegando no sólo al autoabastecimiento, sino incluso permitiendo la exportación de • " ciertos productos; el comercio, aunque es todavía una actividad complementaria, experimenta un relanzamiento, y la artesanía puede desarrollarse gracias a la creciente demanda de sus pro ductos (Pérez Picazo, Lemeunier, 1984, págs. 132-153):
La peste ha desaparecido y los nuevos sistemas de relación social y económica: están haciendo sentir su efecto, lo que junto a una reducción de la emigración simultánea al incremento de la inmigración dan un saldo positivo de crecimiento, puesto que, como vimos, el.coste humano que su pone la Guerra de Sucesión es limitado.
Pobreza y asistencia social en Murcia
El conju, nto de circunstancias expuesto, hará que un problema coristan te en el municipio de Murcia lo represente la presencia de un número va riable, generalmente amplio y en aumento en estos momentos de expan sión económica; de• personas sin oficio ni medios de subsistencia que deambulan por sus calles procurando su sustento con la mendicid�d, el ro bo o la prostitución.
Si bien en los primeros años del siglo XVIII su número no parece repre sentar un problema, sí lo será o al menos se toma conciencia de él a partir del segundo cuarto del mismo.
La solución habría de venir de mano de la creación de una institución de acogida que, en un estricto régimen procu rará alimentos, cama, vestido e incluso en ocasiones trabajo a una parte de ellos.
Sin embargo, los propósitos•no _siempre consiguen llevarse a la prác tica y la constitución definitiva del centro se verá retrasada por problemas fundamentalmente económicos.
Los mendigos en Murcia.
Primeros inÚntos de {úndación de.un hospicio para pobres
España, como otros países en el siglo XVIII, tiene un auténtico proble ma por solucionar en el campo de la asistencia social a mendigos y desocu pados, a los "vagos" que con frecuencia son reclutados para el servicio de las armas.
El problema es similar al planteado en Inglaterra al surgir la ne cesidad de que la administración, desde. el nivel estatal al municipal, se en cargue de los pobres, y que da lügar a la Old poor law (Rosen, 1984, págs 53-80; Hollingsworth, 1986, págs. 15-19}.
Sin embargo, en.el primer cuarto del siglo XVIII, Murcia no parece haber tenido excesivos problemas con va gos y mendigos.
Los que no resultan aptos para las armas.pueden, de algu na,.•forma, subsistir gracias a la caridad o son recluidos en las cárceles.
Las levas de vagos y mend, igos siguen siendo un alivio al gran número de ellos �Jurante el resto del siglo.
Pérez Estévez cifra estas levas en el reino de Mur cia en las siguientes cantidades: A partir de 1725-26,-la-situación parece haber empeorado y el Ayunta miento va a intentar solucionarla con la fundación de una <' Casa de Recogi miento para pobres", lo que no se consigue hasta 1739 por la negativa del Consejo de Castilla a conceder los permisos necesarios, pues considera que previamente se han de asegurar unos recursos económicos que permitan su subsistencia.
Los primeros intentos, como acabamos de apuntar, fracasarán: en fe brero de 1726 se informa al cabildo que el Consejo de Castilla deniega el permiso (A. C. 26/2/26 ).
En consecuencia •se designarán comisarios que tra ten el tema con el Ob1spo y el cabildo eclesiástico con d fin de asignar estos fondos.
Aunque el regidor Juan Carrillo cederá para este fin una casa de su pro piedad en la Parroquia de Sta.
Capitulares del Ayunta miento de Murcia, 26/9/26: en lo sucesivo A.C.), las gestiones no progresan, nadie se decide a adelantar el dinero y Murcia recurr� al Cardenal Belluga.
La petición. que se le eleva es que se aplique a este fin las rentas del Mayo razgo de Alcantarilla, el ar�itrio de sosa y barrilla y cualquier otra disposi ción que el Cardenal considere adecuada (A. C. 11/1/27).
La petición no surte efecto y con el fin de e� febr�ro de 1727 se decide recordar al "Padre de Pobres y Huérfanos;, las obligaciones que tiene "desde tiempo inmemorial" y que, en lo que a • po bres y mendigos se refieren, consisten en:
"Lo primero permitir que en esta ciudad solo pidan limosna para su ali mento diario los hombres y mujeres naturales y vecinos de ella, constando de su naturaleza y vecindad, siendo ancianos o impedidos, no teniendo es tos cualquiera de ellos patrimonio �n hacienda de huerta, Campo, casas propias en su población, marido, mujer propia o padres que conforme a su obligación los deban alimentar y educar, porque a cualquiera •que tubiere este refugio, absolutamente se le ha de prohibir."
"Lo segundo no ha de permitir que los dichos hombres y mujeres natu rales y vecinos de esta Ciudad, capaces de poder emplearse sirviendo, con ningún motivo ni pretexto pidan limosna en ninguna manera, porque a_ n tes si por todos los medios posibles bajo las 9rdenes que en caso necesario se le dieren y auxiliacl o de la Real Justicia, ha de proceder con el mayor ri gor hasta obligarles, así hombres como a mujeres, a que sin ninguna dila ción, cada uno en la parte y modo que le toca precisamente, se ponga a ser vir d_ onde a expensas de su trabajo consiga las que necesita para sus alimentos, y si esta• providencia ya empleada no bastare para que donde entraren a serv�r tengan una vida regular y en ella quietud y permanencia, dará cuenta para ocurrir a:_ expelerlo del pueblo al que contraviniere esta disposición sin intermisión, por los graves inconvenientes que resultarán de lo contrario."
"Lo tercero, con especial aplicación y diligencia ha de inquirir diaria mente por cuantos medios fueren capaces de conseguirlo, qué pobres vian� dantes entran en esta ciudad forasteros, y considerándole a cada uno de ellos tres días; uno el de su entrada y'otro de descanso, en el tercero y últi mo los ha de obligar precisamente a que salgan de esta ciudad, sin permi tirles se detengan más tiemp• o en ella con ningún pretexto, y si alguno fo intentare dará cuenta para su remedió." "... forasteros de la Mancha y otros pueblos que se han introducido en esta población sin oficio ni ejerc�cio, de que resulta hallarse una cuarta parte de vecindario de gente forastera, aplicados a la limosna que el celo y caridad en lo general distribuye a los pobres... "
Es posible que la estimación del regidor resulte exagerada (j'un 25% de forasteros!), pero es al menos indicativa de que el problema está alcanzan do enormes proporciones y refleja el fenómeno apuntado en la introduc ción de la concentración de los más desfavorecidos en los núcleos urbanos y de los movimientos migratorios del centro a la periferia ya iniciado en el siglo anterior.
A pesar de las resoluciones del Consejo de Castilla y advertencias del Ayuntamiento, los mendigos no son recluidos en la cárcel pues alegan "la imposibilidad del trabajo".
Diego Zarzosa, propondrá de nuevo que no se. permita pedir limosna a los forasteros, y que a los naturales de Murcia se les ponga
En cuanto a la alimentación es obligado hacer unas consideraciones: aún suponiendo que la ración teórica (Cuadro 3) se cumpla; el aporte dia rio no llega a 2.000 calorías, cifra límite para todas las edades y sexos con una vida niedia�amente activa ( 2).
Los datos proceden del re�lamento de la Casa de Misericordia.
En cambio, el aporte proteico parece ser suficiente, puesto que se sitúa aln�dedor de los.
78 gr., lo que sorprende tratándose de la fuente de calorías más cara.
Pero como es lógico, la dieta se inclina hacia otra fuente de ener- http://asclepio.revistas.csic.es gía, más barata, los hidratos de carbono, que aportan un 16% más de las calorías que corresponden a una dieta equilibrada.
También las proteínas están proporcionalmente en exceso, mientras que las grasas aportan una cuarta parte menos de energía de lo que les corresponde en una dieta equi librada, como se muestra en el cuadro siguiente: Hemos comparado esta dieta con la que se administra en el Hospicio de Madrid, según Soubeyroux (1980, pág. 97), aunque el propio aμtor po ne en duda que esta ración teórica sea realmente distribuida.
Pero supo niendo que sus sospechas sean infundadas, observamos que las necesida des calóricas quedan cubiertas más ampliamente que en Murcia (se administran casi 2.600 calorías) y que la dieta es más equilibrada en prin cipios inmediatos.
De nuevo aquí llama la atención que, si alguno de ellos está en exceso, son las proteinas (aunque-ligeramente menos que en Mur-• cia), pero aún más extraño es que los hidratos de carbono aportan un 12% menos de lo que les corresponde en teoría.
El alcohol aporta en el Hospi cio de M<l: drid el 14% de las calorías, frente al 6% de lq Misericordia murciana..-La primera conclusión que se puede obtener es que, en la Casa de.Mise ricordia, si no se padece hambre se está muy cerca, y que los allí acogidos debían gastar prácticamente toda su asignación, producto del trabajo o de las limosnas, en complementar su pobre dieta, -más aún si consid�rarμos que la ración distribuida se ve recortada, según el reglamento, "las-cuares- http://asclepio.revistas.csic.es mas, viernes, sábados, vig1lias y días de abstinencia", es decir, un mínimo de 140 días, más de la tercera parte del año.
1/as la fundación del hospicio y elaboración del reglamento, a 24 de diciembre de 1739, la institución acoge ya a más de 200 pobres •(A. C. 24/12/39), y al parecer se ha conseguido separar "los que son verdaderos de los viandantes y vagábundos".
Para poder mantenerlos, el Ayunta miento acuerda el 19 de septiembre de 1739 aumentar el precio de la li bra de mujol de 24 a 32 mrs., así como la hueva de 8 a 1 O y aplicar l/4 del pr�ducto�a, la Casa de Miser�cordia.
También en la. misma fecha se adjudica a la Misericordia 1/4 del arrendamiento de la éncañizada (Leg.
• El 7 de noviembre del mismo año se acuerda no cobrar el impuesto de un real por cabeza de carne que consume el establecimiento, tanto la de ra falí como la de venta en carnicerías, y el 1 O de noviembre se le aplica el producto de las penas de ordenanza.
El 24 de diciembre se libran 200 duca dos de limosna, el 30 de enero de 1740 se libran 600 rs. a cuenta de lo que le corresponde-por el mujol y el 22 de marzo se le adjudican 6 rs. por cada balcóri de la Casa de Comedias que se ocupe durante la celebración de és tas (Leg.
Por escritura otorgada en Roma ante D. José Ignacio Romano en fe-. cha 18 de septiembre de 17 41, el Cardenal Belluga divide en cuarenta porci01; ies el total del producto de las Pías Fundaciones, asignando 1,5 partes •a la Casa de Misericordia (Martínez Hernáridez, 1983, pág. 254; Flores,• l 980a, pág. 8), a pesar de lo cual la fundación continúa teniendo problemas:
�'Teniendo presente la Ciudad_ la falta de medios para la manutención de los pobre� de la casa de misericordia, deseando subvenir a esta urgen cia, acuer: da que: por vía de aguin�lq.o, se despaéhe libramiento de un mil y quinientos reales de _ vellón... "
(A C. 22/12/42) En ji.ilio de 1743 siguen faltando' recursos, pues además, el producto de la encañizada que debía percibir la Misericordia se ha empleado en repara-. ciones de la propia encañizada (A. C..
30/7/43), y se libra una limosna de 1.000 rs., que se cargará sobre el arrendamiento de la venta de nieve y agua fría http://asclepio.revistas.csic.es "El Señor Corregidor hizo presente a la _ciudad el miserable• estado a que se halla reducido el hospicio y Casa de Misericordia, donde se acogen los pobres que lo son verdaderos, por haberse extinguido con esta provi dencia la numerosa multitud de vagantes, que infestaban el país, y áunque las celosas providencias de la junta formada para la perpetuidad de este es tablecimiento han sido las más eficace• s, no han bastado par. a facilitar lo necesario a la diaria manutención, hallándose en el empeño de más de ocho mil Rs., y con la imposibilidad de poderlos satisfacer, motivos qu_ e han constituido a la junta en el mayor dolor, y más sensible el de haberse de extinguir el hospicio por falta demedias... "
En consecuencia, el Ayuntamiento propone la asignación de 500 duca-: dos anuales sobre sus propios y rentas, solicitando para ello la aprobación del Consejo de Castilla, el cual no da respuesta, por lo que el cabildo insiste y solicita que la cantidad proceda del propio del matadero (A. C. 24/12/43).
Ya en marzo de 1744, y tras una reunión del obispo con los comisarios de los dos cabildos de la ciudad, se reconoce como poco probable que la asig nación sea autorizada, por lo que se hace una nueva propuesta en el senti do de que la misma cantidad se abone fraccionada en mensualidades, y que en caso de que esta alternaüva tampoco fuera aprobada, sea el cabildo eclesiástico el que libre el dinero, iniciándose los pagos con efectos desde el primero de marzo (A. C. 17/3/44).
En junio llega una orden de S. M. fe�hada en Madrid a 30 de mayo de 1744, en la que se pide uri informe sobre las cuentas del hospicio para deci dir sobre la asignación de 500 ducados.
El Ayuntamiento acuerda remitir el informe y suspender la asignación a partir del primer día de julio (A. C: 16/6/44).
En el mismo mes de julio, mientras se realiza el informe pedido por el rey, se celebra una reunión con el-cabildo eclesiástico (A. C. 28/7/44), que se niega a asignar una cantidad determinada, aunque se ofrece a dar una limosna todos los años, sin señalar su cuantía ni el momento en que s� haría efectiva (A. C. 29/12/44).
Ya en 1745, el Ayuntamiento insiste en la necesidad de determinar una cantidad por parte del cabildo eclesiástico.
A cambio se ofrece a asis:.. tir a la Casa de Misericordia con "igual cantidad a, la que se señalare por el referido cabildo y con la misma perpetuidad" (A. C. 28/7/44).
Ante.la falta de respuesta firme (A. C: 20/3/45), el Ayuntamiento fija una nueva asignación, esta vez de 600 ducados, previo permiso del Conséjo de Casti lla y siempre y cuando el cabildo eclesiástico-fije también su asignación (A. C. 6/4/45). �n el cabildo ordinario del martes 6 de abril de 1745, y fechado en fe brero del mismo año, se presentaf f las cuentas de los ingresos de la Miseri cordia desde su fundación hasta finales de enero de 1745, a lo que corres ponde el cuadro que• precede estas líneas.
En estas cuentas, las limosnas de pan se consignan en trigo, y el resto de limosnas en dinero, a excepción de las ropas de_ vestir.
El total asciende a 103.843 Rs. y 4.063 fanegas de trigo, destacando las aportaciones de los cabildos secular y eclesiástico, con el 18 y 16% de la aportación total respectivamente.
Tiene la institución una me dia de ingresos mensuales de 1.622,54 Rs y 63,49 fanegas de trigo, y unos gastos, en-función de la deuda acumulada hasta octubre de 1743, equiva lente a todos los ingresos más otros 167 Rs. mensuales.
La Casa de Miseri cordia precisa, por tanto, para subsistir manteniendo: los ingresos de trigo, unos 1.789 Rs: mensuales (1952 ducados anuales), con lo que la aportación propuesta por el Ayuntamiento, de 600 ducados anuales, resulta totalmen te insuficiente.
La Casa de Misericordia.
La consecuencia de todo lo señalado hasta el momento es obvia: la Casa de Miséricordia desaparece y no volve�os a tener noticias sobre ella hasta marzo de 1748 (A. C. 16/3/48), momento en que el Obispo consigue que el cabildo eclesiástico nombre cuatro comisarios para que reunidos con los del Ayuntamiento, intenten reinstaurar la institución, lo que no será posible hasta 1752, fecha en que se establece de forma definitiva, con la aparente resolución de sus problemas económicos a partir de diciembre de 1757; En• 1748 (A. C. 16/3/48), el cabildo municipal se compromete a aportar 500 ducados anuales "... y as,í mismo correrá el aumento de dos cuartos en libra de mujol del que se coja en el propio de la Cañizada, aplicado al beneficio de dicha casa, o señalará por'dicho aumento la cuarta parte del valor que tuviere por arrendamiento dicha Albufera[... ] con la condicióil'de que igualmen� te se ha de establecer renta o contribución fija por dicho Sr. Obispo y Ca bildo Eclesiástico [... ] y en caso de que en lo futuro por alguno se cese o retarde la consignación señalada, desde luego por parte de esta Ciudad se detendrá la suya o tomará aquellas providencias que le parezcan más con ducentes."
También en esta ocasión, las conversaciones terminan sin fruto alguno.
Habrá que esperar hasta marzo de 1752 (A. C. 4/3/52), fecha en que fallece Asclepio-I-l 992 él Canónigo de la Catedral Phelipe Mathias Munibe� que ha• dejado todos sus bienes "a beneficio de los verdaderos pobres", para poner de nuevo en marcha la institución, con la aportación del Ayuntamiento en concepto de limosna de la cuarta parte'.del producto del arrendamiento de la encañiza da, una vez descontados los gastos que produzcan en reparaciones y man tenimiento (A. C. 9/3/52), e incluso se nombrará, en el mes de julio, a un maestro de primeras letras para los niños acogidos en el hospicio, nombra miento que recae sobre Pedro Velasco.
Sin embargo, aún prosiguen las dificultades económicas y los adminis tradores solicitan que se les concedan unos despojos del matadero (A. C. 15/4/52), y el Ayuntamiento se ve comprometido a continuas ayudas, li brando asícasi 180.000 mrs. en tres años, hasta enero de.1756, como se aprecia en el cuadro precedente.
• "...la consignación sobre el propio de la encañizada; y un impuesto so bre la sosa y barrilla, todo para ayuda de la manutención de los pobres de la Casa de Misericordia... "
(A. C. •29/5/56). • Este último impuesto asciende a un real de vellón por quintal de sosa o barrilla producido ó comercializado en el reino de Murcia.
Ha de ser satis fecho por el comprador a excepción de aquellos núcleos de población en los que estos productos están cargados con otros impuestos.
El Ayunta miento acuerda, además, "tener intervención en el establecimiento de una obra pía de tanta importancia" (A. C. 1/6/56).
•• Parece que por fin se solucionan los problemas: las últimas ayudas• que libra el Ayuntamiento son 3.000 mrs: de limosna y 6.000 a cuenta de su asignadón, que a partir de diciembre de 1757 se librará regularmente.
Mención aparte merece el tema de la asistencia sanitaria en la institu ción.
Una constantE: en la actividad del concejo es intentar que los médicos de la Fundaci6n del Doctor Espejo carguen con todo lo relativo a la asisten cia a los pobres de Murcia, así cómo de los habitantes de la cárcel, la Casa de Misericordia y el Hospital, lo que sólo tiene éxito en parte al unir las pla zas de médico del hospital eón las de la Fundación, pero fracasa en lo que se refiere a la cárcel y Casa de Misericordia ( 4).
Los médicos de la Fundación del Dr. Espejo están en constante pleito con el Ayuntamiento por establecer unos límites a sus competencias.
Los estatutos de la Fundación les exige hacerse cargo de la asistencia "a los po bres enfermos de las parroquias"; los médicos interpretan esta frase como que tan sólo deben atender a los pobres que no están internados en institu� ción alguna y en base a ello se niegan a atender a los enfermos de la cárcel y, aunque de hecho ya se hacen cargo de la asistencia en el hospital, quie ren delimitar sus funciones como médicos del mismo y de la Fundación.
Estos problemas han llevado al Ayuntamiento a llamar continuamente a otros médicos para que atiendan a los reclusos, y éstos desean ahora regu larizar su situación.
Para ello elevan un memorial al cabildo en los siguien tes términos (A. C: 1/12/42): para la de los pobres de la casa de misericordia.
Y habiéndolo oído, tenien do presente el celo con que estas partes ofrecen continuar su asistencia a los pobres �nfermos, de que resulta beneficio común, desd• e luego les nom bra por• tales• médicos de ambas casas.
Y se acordó se les de testimonio de este acuerdo para que les sirva de título."
De esta forma, la institución contará a partir de �ste momento con <:1sis tencia médica, y aunque en el nombramiento que se otorga a los médicos se especifica que no obtendrán rernuner�ción, sí se les libra gratincaciones • cuya cuantía no. parece depender más que de 1a situación económica del Ayuntamiento en cada momento, puesto que si bien en 1739, dada la im portancia de la epidemia de tabardillos padecida este año y el trabajo desa rrollado por los médicos, la remuneración percibida es la más alta de todo el período (9.000 y 4.500 mrs respectivamente para cada uno de los médi cos), en la segunda epidemia en importancia, la de 1750, de carácter no de terminado, tan solo perciben 1.500 rnrs., la mitad de lo que es habitual que el Ayuntamiento decida corno justo para recompensar la labor de los facul tativos, y es además la cifra más baja registrada.
En el siguiente cuadro se pueden apredar los médicos que asis tieron a la cárcel y Casa de Misericordia durante todo el período que estu diamos.
Murcia, cuya población había ido en aumento durante todo-el siglo XVII, continúa sin interrupción el crecimiento durante el XVIII. _El objeto último de la política sanita; ia, la población, se va a ir convirtiendo, por tan to, en uh problema cada vez más evidente.
Problema, por otra parte, que se ve atenuado porque el crecimiento-del XVII es, en realidad, una recupera: ción de niveles anteriores y por tanto sus necesidades.pueden ser cubiertas, con mayor o menor eficacia, con la infraestructura y recursos ya existen tes; solo a partir de 1690-1700 se inicia un auténtico crecimiento que exige una nueva: inversión de recursos y plantea el problema de quién ha de ha' cerse cargo de aportar soluciones.
La asistencia a "vagos y mendigos" es totalmente inexistente al comen zar el siglo.
Los sanos se ven encaminados al ejército y los enfermos al hos pital, sin que el problema me" rezca mayor atención, puesto que, al parecer, no es excesivamente complicado Ror su número.
A partir de 1725-26, al tiempo que van cambiando las concepciones sobre salud pública, la situa ción parece empeorar y se buscan soluciones más racionales y acordes con el nuevo pensamiento.
• • Observe�os como, tal y como corresponde al pensamiento de la época,... no se aborda en ningún momento el de la poqreza y la mendicidad como un problem� público (salvo que cause molestias), sino privado (si se es ap to parn el trabajo, o si se puede ser mantenido por la familia, no hay justifi cación para la pobreza), y cómo si se aborda el problema desde instancias públicas es con una notable idea "caritativa" y con el fin de evitar los peca dos_ "públicos"; por lo tanto es absolutamente normal que se reclame la participación de la Iglesia, tanto a nivel institucional (Cabildo Eclesiástico) como particular (Cardenal Belluga).
Es evidente la convivencia entre la ideología cristiana y las incipientes ideas laicas y mercantilistas, que inten tan encontra"r una solución al problema de la sociedad (no al del margina do) obteniendo, si ello es posible, algún tipo de beneficio.
La solución más inmediata es establecer un tratamiento• "sintomático" a esta enfermedad social: si el síntoma es un excesivo número de mendigos, se buscará donde ai' ojarlos, lo que se plasmará en la práctica con el intento de creación de una "Casa de Recogimiento para Pobres", que en 1726 no consigue la auto rización del Consejo de Castilla para su puesta en funcionamiento al no ha berle sido adjudicados los suficientes recursos económicos y que sin em bargo, ante las dificultades que este requisito representa, sin asignación El alto volumen de acogidos y los problemas económicos terminan por hacer inviable la experiencia y en 1745 -la institución es clausurada, para ser•reinaugurada en 1752 gracias al legado testamentario del Canónigo D. Phelipe Mathias Munibe, que deja sus bienes "a beneficio de los verdaderos pobres".
Los problemas económicos de la institución se ven solucionados paulatinamente y • los tres últimos años que comprende nuestro estudio pa recen reflejar una relativatra: nquilidad en este sentido.
Sin embargo, Murcia está todavía en una fase en que la asistencia bené fico-sanitaria depende en buena parte de fundaciones particulares.
La asis tencia sanitaria a los pobres de la ciuc;l ad es dispensada por_ dos médicos asalariados por la Fundación del Dr. Espejo, la Casa de Misericordia se constituye efectiva y definitivamente gracias al legado del Canónigo Muni be, la Casa qe Expósitos -dependerá. de la asignación del Cardenal Belluga y buena parte d� los ingresos del hospital son aportaciones de distintos parti culares y entre ellas también las del omnipresente Belluga.
Si la cárcel y la Casa de Misericordia, por otra parte, •c�entan con asistencia sanitaria es porque •háy médicos dispuestos a trabajar gratuitamente a cambio de un nombramiento oficial y con-la sola rétoni.pensa del prestigio adquirido y los ingresos que puedan representar las voluntarias ayudas del A yu ntamiento.
A pesar de todo, se observa en este período una concienciación progre "' siva entre los administradores murcianos eri el sentido de que si bien nO pueden adoptar soluciones definitivas, sí se puede ad: uár intentando paliar el problema, lo que además está manifestando una dara conciencia de que los temas de salud pública y asistencia social no deben ser una responsabi lidad exclusiva de la Iglesia, proveedor habitual de estos servicios, sino que hay que dar paso a nμevos modelos de asistencia gestionados y organiza dos desde las administraciones públicas.
Es interesante coniprqbar este es tado de transición en el caso que estudiamos, en el que el A yu ntamiento in tenta p_ or todos los medios sacar adelante SU Casa de Misericordia, mientras es •patente el convencimiento de que la Iglesia debe participar, de • que toda institución d� esta-naturaleza debe ser mantenida y gestionada por la colaboración entre los estamentos civiles y eclesiásticos.
Volumen de las levas en Murcia |
Hybriden» donde recogía sus trabajos con Pisum sativum o guisante co mún durante siete años.
Mendel había cruzado variedades de guisantes que presentaban características claramente contrapuestas; por ejemplo, plantas de semilla amarilla con plantas de semilla verde.
En este cruce, las plantas de la primera generación sólo tenían semillas amarillas.
Las plan tas de la segunda generación, sin embargo, tenían semillas•amarillas y ver des en una proporción de 3:1.
En los cruzamientos en los que Mendel em pleó variedades con dos características diferentes, como plantas de semillas amarillas y redondas con plantas de semillas verdes y rugosas, en la primera generación sólo se obtenían semillas amarillas y redondas; en la segunda generación se obtenían todas las combinaciones posibles: semillas amarillas y redondas, verdes y redondas, amarillas y rugosas, y verdes y ru gosas en una proporción de 9:3:3:1.
En todos los cruzamientos que Mendel llevó a cabo atendiendo a diver sas características de los guisantes, siempre encontró las mismas propor ciones numéricas.
Por tanto, lo que Mendel descubrió fue la existencia de ciertos patrones de la herencia.
Su principal conclusión fue que los dos fac tores que influyen en la aparición de una determinada características en los guisantes se separan o segregan uno del otro en la formación de las cé-
Esta idea se conoce como la ley mendeliana de la segrega ción.
Aunque también se suele atribuir a Mendel la llamada ley de la distri bución independiente, según la cual los factores se segregan al azar, en el artículo de Mendel no se encuentra una precisa formulación de esta ley (1).
Como explicación de las razones numéricas encontradas, Mendel sugi rió la posible existencia de un mecanismo celular donde se encontrasen ciertos elemente que_ constituirían la base físiC;a r�sponsable de los efectos observados.
En Mendel, la idea de la existencía de una base física para esos elemente totalmente indetectables no pasaba de ser una presuposi ción teórica.
Tampoco en el período que siguió al redescubrimiento del trabajo de Mendel en 1990 se debatió la cuestión de la naturaleza de los elemente mendelianos, más tarde bautizados como genes.
Muchos factores contri buyeron a que las investigaciones se orientaran en otras direcciones.
En primer lugar, las preocupaciones fundamentales giraban en torno• a la vali dez de las llamadas leyes mendelianas.
Se iniciaron experimentos para fijar las razones numéricas de la distribución de características en otras plantas y establecer el ámbito de aplicación de estas leyes con el objeto de compro bar si su validez era universal.
El esquema mendeliano sólo presentaba un modelo matemático para los resultados obtenidos en una determinada planta.
Había, pues, que analizar si su aplicación era más general.
Además, el foco de interés se centraba en las controversias sobre la teoría de la se lección natural de Darwin, aunque ésta requería una teoría de la herencia• ya que la selección actúa en último término sobre el material genético.
En cualquier caso, las preocupaciones de los primeros méndelianos no iban por la vía de la búsqueda de las hipotéticas entidades postuladas por Men del (2).
Sin embargo, una vez comprobada la importancia de la ley mendeliana de la segregación, era necesario ver si el " esquema mendeliano se reducía a un modelo matemático para sistematizar'los resultados experimentales y para realizar predicciones o si realmente existía un mecanismo físico sub yacente a esta forma determinada de distribución de las características de los organismos.
U�a vez sugerida la existencia de los elementos heredita rios, el primer paso consistía én atribuirles una localización espacial.
Has ta ahora se había utilizado el gen como unidad de cálculo, pero había que ver si tenía un correlato físico en las células germinales.
Este artículo se centra en la descripción de los logros más importantes conseguidos hasta la aceptación de los genes como partículas materiales que configuran los cromosomas.
La teoría cromósómica de la herencia mendeliana
Muchos científicos posteriores se ocu paron de investigar más sobre las células, como Pierre Lóuis Moreau de Maupertuis (1698-1759), consideré;l do por algunos historiadores como un predecesor de Mendel(3), y Joseph Gottlieb Kolreuter (1733-1806).
Sin embargo, hubo que esperar hasta los trabajos de M. J. Schleiden y T. Sch wann (1810-1882) para encontrar la primera teoría de la célula como uni dad de vida.
En relación cori el problema de la herencia, y una vez comprobada la existencia de células germinales, había que especificar qué parte de la célu la era el elemento básico de la herencia.
Para entender el papel de las célu las y sus componentes había que conocer primero el funciona. miento de la división nuclear.Según E. Mayr, en los• 25 años anteriores a 1900, este pro ceso podía interpretarse de dos formas completamente diferentes según se estuviese interesado. en embriología o en genética de transmisión.
Para los interesados en embriología, la cuestión principal era la diferenci�ción fun cional: cómo podemos pasar de una célula huevo indiferenciada a un con junto de células diferentes que configuran _el tejido nervioso, el glandular, la epidermis, etc. Siguiendo la interpretación de Mayr, estos investigadores estaban principalmente interesados en encontrar causas próximas.
El em briólogo se preguntaba: «¿Cómo podemos, interpretar la división celular como un mecanismo que explique la diferenciación del fenotipo?» (4).
Por otro lado� para aquellos investigadores interesados en la forma en que las características se transmiten a la.descendencia, la cuestión a diluci dar era la manera en que se obtiene una perpetuación precisa del genotipo, esto es, el problema de la herencia.
Fueron ellos los que prepararon el te rreno que condujo a plantearse «¿Cuáles son los mecanismos que afectan la, división del material nuclear de tal forma que mitades exactamente igua les son enviadas a las célÚlas.hijas de una célula que se divide?»• (5).
En cualquier caso, la respuesta a ambas preguntas requería un mejor conocimiento de los procesos internos a la célula.
Aportaciones definitivas en este sentido iban a realizarse en los primeros años de 1900.
Alrededor de 1870 las investigaciones de A. Schneider, O. Bütschli, E. Strasburger y E: van Beneden habían mostrado la continuidad de los núcleos celulares; anteriormente, se consideraba que éstos se desintegraban en la división ce lular-y que se reorganizaban de nuevo al formarse células nuevas.
La divi sión celular fue denominada «mitosis» por W. Flemming, quien en 1878 mostró que este proceso consistía en la división longitudinal de las dos he bras que forman los cromosomas.
En 1883 van Beneden mostró que las cé lulas gaméticas contenían sólo la mitad del número total de cromosomas de las células somáticas.
El número completo se restablecía en la fecunda ción y, de esta forma, el cigoto poseía un conjunto complet� de cromoso mas como el res�o de las células• somáticas.
Para comprender los proceso? de la herencia era necesario entender el mecanismo de la división réducfo ra o meiosis.
Las observaciones de Th.
Boveri, O. Hertwig y E. van Bene den establecieron los puntos esenciales para su estudio (6).
Aunque se conocía la estructura básica• del proceso de división celular, no se conocía la función del mism_ o.:gn 1883, el zoólogo W. Roux (1850Roux ( -1924) ) publicó un artículo titulado «O!} the significance of nuclear.division figures.
Aquí �oux pre�entabala te�i� de que la meiosis es �n mecanismo para la partición precisa de las cualidades_nu cleares entre las células hijas.
Roux mantuvo que la importancia de la divi sión celular radica en el hecho de que los núcleos poseen estructuras en forma de cuentas de collar ( «strings.of bead-like structure») que se alinean y duplican, y catalogó estas estructuras como los cromosomas.
En su opi nión, los cromosomas contenían las unidades de la herencia.
Sin embargo, ésta.era una teoría para la que no se conocía ninguna evidencia empírica; por ello, la comunidad científica de la época la consideraba mera especula ción, al igual que haría con muchas de las ideas de A. Weismann.
A. Weismann (1834-1914) había postulado la necesidad de que existiera una reducción periódica en el número de cromosomas de los organismos sexuales.
El número completo se reestablecería al • combinarse los cromoso mas del huevo y del esperma durante la fecúndación._Según Weismann, es ta reducción era imprescindible p• ara mantener constante el número de cromosomas en aquellos orgahisrrios que se reproducen sexualmente, pues de lo contrario se produciría una m'ultiplicación del material hereditario: «Si la c�ntidad total" de{ plasma germinal presente en• cada _célula ha de mantenerse dentro c; lel límite preestablecido, cada uno de los dos_ plasmas germinales ancestrales, como podría llamarles ahora, debe ser representa do tan sólo por la mitad de las unidades q{ie estaban contenidas en la célu la germinal parental» ( 7 ).
Algunos citólogos habían comenzado a darse cuenta de la importancia del fenómeno de reducción d�rante la división celular.
Tres investigadores sobresalen entre aquéllos cuyas contribuciones revolucionaron el campo de la Citología: _ Th.
Boveri, W. Sutton y E. Wilson, quienes descubrie"ron y consolidaron lo que se denomina «teoría cromos6mica de la herencia men deliana>;.
Theodor Boveri ( 1862Boveri ( -1915) ) era profesor en Würzburg, Alemania, cuan do descubrió la naturaleza real de la división reductora.
En 1892 describió la meiosis y, en particular, la sinapsis.
Trabajando con huevos de erizos de mar se dio cuenta de que la distribución irregular de los cromosomas oca sionada por la división-multipolar producía un desarrollo anormal.
De aquí concluyó que cada cromosoma debía ser el portador de una cierta cualidad individual que se expresa en el desarrollo del organismo, esto es, descubrió la individ�alidad funcional de los cromosomas.
1916), en dos artículos publicados en 1902 y 1903, mostró el significado y la importancia de la división reductora y pro puso una teoría cromosómica • de la herencia mendeliana.
En la primavera de 1902, Sutton-le comunicó a E. B. Wilson que creía haber descubierto la razón «por la que el perro amarillo es amarillo».
A finales del mismo año, publicó un artículo titulado «On the morphology of the chromosome group in Brachystola magna», que concluía con las siguientes palabras:
Finalmente, deseo llamar la atención sobre la posibilidad de que la aso ciación en pares de los cromosomas maternos y paternos y su �eparación consiguiente durante la división reductora como se ha indicado anterior mente pueda constituir la base física de la ley mendeliana de 1� herencia..
Espero ocuparme de este tema en otro lugar (8).
Efectivamente, en abril de 1903 Sutton publicó uno de• los trabajos fun dacionales de la biología moderna: «The chromosomes in heredity».
En es te artículo corroboraba en primer lugar tres tesis que ya habían sido pre sentadas por sus predecesores: una, que el conjunto de los cromosomas se compone de dos subconjuntos, uno que procede del padre y el otro de la madre; dos, que el proceso de sinapsis consiste en el apareamiento de los cromosomas paternos y maternos homólogos; tres, que los cromosomas mantienen su individualidad morfológica y funcional a través del ciclo vi tal.
Sutton, además, argüía que la posición de los cromosomas bivalentes en el plano ecuatorial de la división reductora sólo depende del azar, esto es, que los pares de cromosomas se distribuyen en la división reductora de forma independiente.
Según Slitton, si se aceptase que las unidades de la herencia •están contenidas en.los cromosomas, el comportamiento de éstos en la divis. ión celular se entendería como el mecanismo físico que se en cuentra a la base de la ley mendeliana de la segregación.
Sutton no sólo formuló esta incipiente teoría cromosómica de la heren cia mendeliana, sino que anticipó también el rasgo central del ligamiento genético.
Según Sutton, si los genes son parte de los cromosomas, se sigue que todos los alelos representados en un mismo cromosoma tienen que he redarse juntos.
Pero antes de _pasar a analizar más detenidamente l;;:ts apqr taciones de esta nueva teoría, es necesario introducir la figura del que se convertiría en su principal popularizador y defensor en los años de su• in troducción y que contribuyó a su mejora con investigaciones propias en• los años subsiguientes.
E. B. Wilson (1856Wilson ( -1939) ) publicó en 1896,.The Cell in Development and Inheritance, obra que se toma como referencia clásica para marcar el naci miepto de la nueva ciencia de la citogenética.
Wilson presentó la teoría ero:. mosómica de la herencia bajo el nombre de la teoría de Sutton-Boveri, con el que todavía se la conoce.
Clarificó la idea de que las cromátidas visibles en los cromosomas eran con toda probabiliqad mucho más largas que las últimas unidades de división, unidades que debían ser capaces de asimila ción, crecimiento y división sin perder sus características específicas.
En realidad, el libro de Wilson no presentaba teorías o hechos nuevos. pero la clara organización de los hechos conocidos, la conciencia de su importan cia y las sugerencias sobre sus consecuencias en las líneas de investigación posteriores hicieron de su trabajo la obra fundacional del campo de la cito genética, pues en él se unificaron dos ramas hasta ahora separadas, la ge nética y la citología.
Como además realizó numerosos trabajos de gran im portancia en el recién inaugurado campo siendo su máximo exponente y guía durante varios años (recμérdese.la enorme influencia que ejerció so bre Margan, gran amigo personal suyo, y sobre su grupo, tres de cuyos. miembros -Sturtevant, Bridges y Muller-fueron estudiantes de Wilson antes de trabajar con Margan), pu�de que no sea exagerado considerarle uno de los padres de la genética.
La necesidad de buscar un correlato físico,.al modelo mendeliano fue el último -e inevitable-paso de un largo. proceso en el que la separación enfre los estudios estrictamente g�néticos_ y los _ es_ trictamente citológicos llev� al desconocimiento de los paralelismos existentes entre los resultados de ambos carppos.
La prueba citológica clave fue la demostración de la in dividualidad y la continuidad de los_ cromosomas.
Además, se conocía el hecho de que recibimos la mitad de los•cromosomas del padre y la otra mi tad de la madre.
El descubrimiento de que los cromosomas se sep3: raban y se distribuían de forma independient� unos de otro_ s ( tesis de Sutton) mos traba que su comportamiento era paralelo al descubierto por Mendel en su ley de la segregación o disyunción.
La conclusión que se seguía de estas premisas era prácticamente obvia: los genes están situados en los cromoso mas y cada cromosoma contiene un número_ concreto de genes.
La conclu "' sión, sin embargo, era totalmente teórica.
Ahora quedaba por ver si esta hi pótesis exphcaba los hechos observados en los estudios genéticos.
Las prti: ebas experimentales a su favor tuvieron que esperar varios años más hasta la elaboración de los mapas deligamento y la realizació: q_ de diversos descubrimientos por el grupo de Margan.
Se ha dicho en muchas ocasiones que de no haberse descubierto el tra bajo de Mendel, la citología habría llegado a las mismas conclusiones en esta época gracias a los estudios realizados sobre mitosis y meiosis.
Pienso que no era imposible elaborar una teoría de la herencia basada en la trans misión de partículas definidas, pero que era improbable por dos razones: _ en primer lugar, por las dificultades encontradas en los intentos de confec cionar teorías corpusculares de la herencia, cuyas entidades no eran reque ridas para explicar hechos observados, sino tan sólo para defender una teo ría concreta.. _..
El gen en la teoría cromosómica de la herencia mendeliana
El conjuntó de pensadores que aceptó el desafío y tomó en serio la pro puesta cromosómica para desárrollarla con mayor profundidad �stuvo congregado al comienzo de su empresa en torno a un hombre, T. H. Mar gan, y, quizás de forma más fiel, en tomo a un organismo, Drosophila mela� nogaster.
Sus teorías se formaron como conclusión de un trabajo conjunto y una discusión y comunicación de ideas permanente.
Por ello, es acertado considerarles como grupo al estudiar su obra.
Adoptaré el clásico rót{¡lo de «grupo de la Drosophila» al analizar sus contribuciones a la historia de la genética, aunque aquí-me centraré de forma más particular en las ideas de T. H.-Margan.
Llevaron a cabo sus investigaciones concentrándose exclusivamente en Drosophila, eri un laboratorio merecidamente conocido como «la habitación.de las moscas».
Sus ideas se desarrollaron de forma progresiva hasta alcanzar un estado.consolidado en 1915, año en que publicarón conjuntamente El me canismo de la herencia mendeliana.
El reconocimiento de su trabajo se ex presó en la concesión del premio Nobel de fisiología y medicina a T. H. Margan en el año 1933. _ Margan era embriólogo de formación y a principios de 1900 rechazaba tanto el mendelismo como la teoría cromosómica.
Este rechazo puede atri buirse a dos razones: una, su negativa inicial a separar la genética de• trans misión de la embriología, como se expresa en las siguientes palabras: «He mos llegado a considerar el problema de la herencia: idéntico al del desarrollo.
La palabra herencia represe" nta su expresión en el organismo que se está•desarrollando y el ya desarrollado» (10)..
Además, estaba su miedo a potenciar doctrinas preformistas con la de fensa dé una teoría atómica de la herencia.
Para Margan, las ideas de em briólogos como Weismann eran una nueva forma de preformismo.
Pensar que en los cromosomas residen los elementos responsables de las caracte rísticas del individuo era considerado por Margan como una simplifica ción de los complejos procesos de laherencia y desarrollo., En esta época, debido a la frecuente especulación sobre partículas responsables de la far-. mación• de los organismos, muchos biólogos como Margan manifestaban una fuerte adversión contra las ideas que no gozaban de amplio apoyo em pírico y experimental _ (11).
Sin embargo, Margan aceptaba 1a teoría mendeliana como modelo ma temático que ayudaba a la sistematización formal de datos sobre cruza mientos, como expresó al mantener que «... mientras no olvidemos la natu:.. raleza formal y• puramente arbitraria de nuestras fórmulas•, no se hará ningúri daño» (12).
Pero, en su opinión, la teoría mendeliana no podía con siderarse una explicación de los procesos de la herencia.
En 1903, una visita al laboratorio de Hugo de Vries en Holanda cambió la actitud de Margan respecto a la forma • de enfocar la investigación sobre la herencia.
Puede que, al ver el trabajo sobre mutaciones realizado por De Vries, Margan se diese cuenta de que a través de cruzamientos artificiales el problema de la herencia se podía abordar de forma experimental.
Allí pudo haberse dado cuenta de que el ataqué del problema de la herencia por la vía de la transmisión podría llevar a resultados fructíferos, resulta dos inalcanzables cuando se intentaba resolver desde la vía conjunta de la transmisión y la embriología.
O, más probablemente, puede• que Margan comenzase a trabajar con Drosophila para averiguar el origen de las muta ciones que aparecen en los organismos, esto es, para seguir investigandó en la línea iniciada por De Vries.
• • El • principal problema que Margan veía en la teoría cromosómica de la herencia • mendeliana era que, puesto que el número de cromosomas es me nor que• el rnimero de caracteres de un individuo, los caracteres no se dis tribuirían de forma independiente, sino que aquellos genes localizados en el mismo cromosoma tendrían que heredarse juntos.
Y, según Margan, los datos de la experimentación genética no apoyában tal conclusión:
Dado que el número de_ cromosomas es relativam�nte pequeño y los ca� racteies de un individuo son muy numerosos, se sigue desde esta teoría que muchos caracteres deben estar contenidos en el mismo• cromosoma.
• Por lo tanto,• muchos caracteres deben segregarse juntos.
¿Están los he chos de acuerdo con esté requisito cÍ � la hipótesis?
Sin embargo, en 1906 W. Bateson y R. C. Punnett habían dado a cono cer un caso de guisante dulce en el que los resultados• de los cruzamientos • experimentales no ofrecían las r: azones numéricas esperadas.
Cuando un guisante de flores violeta y granos de polen alargados se cruzaba con un guisante de flores rojas y granos de polen redondos, _ las dos características provinientes de un progenitor permanecían juntas en la progenie.
Bateson y Punnett llamaron a este fenómeno asociación del gameto (gametic cou-pling) • en contraposición a la pureza del gameto (gametic purity) que era el nombre que Bateson había dado á la ley mendeliana de la segregación.
Pronto se descubrieron otros -casos de ligamiento.
Como apunté en. la sec ción anterior, Sutton ya había sugerido que dado el supuesto de que los cromosomas _ eran los portadores de los genes, se seguía que varios genes debían estar situados en el m_ ismo-cromosoma• y, por tanto, se segregarían junto� en la meiosis.
El fenómeno del ligamiento se podía predecir desde la teoría cromosómica de la herencia.
Morgan comenzó su trabajo experimental con Drosophila y en 1910-1911 el de�cubrimiento de la existencia de un carácter que se presentaba li gado al cromosoma determinante del s_ exo ofre�ió la primera prueba de q�e la expedición iba por buen camino.
Si una mosca macho con ojos blan cos es cruzada con una hembra de tipo salvaje, esto es, con ojos rojos, las moscas de la primera generación todas tienen ojos rojos, pero en la segun da generación una de cada cuatro moscas es macho y tiene los ojos blan cos: Estas ob; ervaciones sólo se podían explicar si se asumía qut: el gen responsabie del color de los ojos estaba localizado en el cromosoma X._ Más tarde • se encontró que la posesión de ojos blancos y cuerpo amarillo parecía ir ligada, de la misma forma que las moscas con los ojos rojos poseen el tí pico cuerpo gris.
Sin embargo, aparecieron a�gunos casos en: que moscas con ojos rojos poseían un cuerpo amarillo y moscas grises desarrollaban ojos blancos.
Este hecho se explicó suponiendo la existencia de sobrecruza miento o recombinación entre los cromosomas homólogos durante la divi sión meiótica.
De esta forma, ligamient� para explicar el fe�ómeno de ca racteres transmitidos juntos y sobrecruzamiento para dar cuenta de los recombinantes encontrados, fueron los dos primeros e importantísimos pasos de cara a la demostración de que los fenómenos genéticos tenían un soporte físico en los citológicos.
Así, tenemos que los genes • que están en el mismo cromosoma se here dan juntos, a menos que se dé un proceso de interca:r: nbio entre los cromo somas por el que algunos trozos se.intercambian por sobrecruiamiento.
Estos descubrimientos llevaron a Morgan a manifestar: 124 Esta explicación da cuenta de todos los diversos fenómenos que he ob servado y explica también, en mi opinión, los otros casos descritos hasta la fecha.
Los resultados son un simple resultado mecánico de la localización de los materiales en los cromosomas, y del método de• la unión de cromo somas homólogos, y las proporciones que resultan no son tanto la expre sión de un sistema numérico como de la localización relativa de los facto res en los cromosomas.
En vez de segregación al azar en el sentido de Como base citológica de los fenómenos de recombinación Margan recu rrió a la teoría de los • quiasmas propuesta por F. A. Janssens, según la cual la rotura e intercambio• de fragmentos cromosómicos necesarios para ex plicar la recombinación genética ocurría entre las cromátidas de cromoso mas homólogos durante el proceso de división meiótica.
A partir de este punto, la historia del trabajo del grupo de Margan y, en general, de la teoría de la here.p.cia, iba a ser una continua interacción entre la citología y la genética.
El grupo de la Drosophila estudió todos aquellos fenómenos cromosómicos que tenían alguna relevancia para la herencia.
Con su análisis, ayudaron a consolidar la teoría cromosómica a la vez que ésta iba ofreciendo pruebas de los supuestos que ellos asumían a nivel ge nético. •Pronto se descubrió que grupos de ligamiento, sobrecruzamientos, intercambios, inversiones y, en general, todo tipo de «anormalidad» genéti ca, tenía una.base cromosómica.
Una lista muy simplificada de sus princi pal é: s descubrimientos podría ser la siguiente: Margan: Sturtevant: Bridges: Muller:
Caracteres ligados al sexo y sobrecruzamiento Mapas cromosómicos y efecto de posición No disyunción Análisis de los fenómenos que no se ajustaban en los esquemas conocidos; Mutación provocada Desde este sencillo esquema se puede ver, sin embargo, la relevancia de los trabajos de este grupo y el cambio de aproximación al fenómeno de la herencia que su enfoque metodológico supuso.
Con el grupo de la Dro sophila pasamos del mendelismo -como estudio de la universalidad de los • principios mendelianos, análisis de razones numéricas en experimentos de cruzamientos, etc.-a la búsqueda del mecanismo capaz de explicar la herencia mendeliana (15).
Aunque centrada en los problemas de transmisión, la genética de este período permite la contrastadón de los fenómenos genéticos por los fenó menos cromosómicos.
De esta forma el modelo mendeliano encuentra ex plicación dentro de un esquema citológico, el cual, a su vez, sólo es plena mente entendido cuando los genes entran a formar parte de él.
En general, los proce�os de recombinación y distribución independiente que ocurren, http://asclepio.revistas.csic.es respectivamente, en la última etapa de la profase y la primera de la metafa se durante -la meiosis sólo adquieren un significado pleno cuando conoce mos que los cromosomas son los portadores del material genético.
A su vez, estos procesos ofrecen un mecanismo plausible para entender la trans misión de los genes, y, en general, el mecanismo de la herencia.
Como M. A. Simon reconoce: «De este modo la teoría cromosómica ofreció una ex plicación de los patrones de la herencia paraJos, que, en principio, se había creado el modelo del gen.
La teoría cromosómica explicó por qué funciona el modelo del gen» ( 16).
En el prefacio a su libro de 1915, donde se presenta por primera vez la teoría cromosómica de la herencia mendelia; na•de forma completa y elabo rada, el grupo de la Drosophila reconoce que los experimentos de genética se pueden realizar sin asumir que los cromosomas sean los portadores de los genes: «no hemos asumido nada en lo referente a la herencia que no pueda ser asumido también de forma abstracta sin-tomar a los cromoso mas como portadores de los factores hereditarios postulados» (17).
Esto es, se afirma que la teoría mendeliana puede desarrollarse sin comprometerse con una•determinada base física para los genes.
Sin embargo, dada la existencia de creciente evidencia citológica a favor de la teoría cromosómica de la herencia mendeliana, el grupo cree que es lícito defender que el comportamiento de los cromosomas ofrece una expff cación plausible de la ley de segregación mendeliana: «¿Por qué, entonces, se nos pregunta a menudo, incorporáis los cromosomas?
Nuestra respues ta es que, dado-que los cromosomas proveen exactamente la dase de meca nismo que las leyes mendelianas demandan y, dado que hay un creciente cuerpo de información que señala claramente a los cromosomas como por tadores de los factores mendelianos; sería una locura cerrar los ojos ante una relación tan clara.
Es más, como biólogos, nosotros no estamos intere sados en la herencia primariamente como una formulación matemática, si no rriás bien como problema que concierne.a la célula, el huevo, y el esper ma» (18).
Margan también pensaba que el paralelismo entre el comportamiento de los cromosomas y de los factores tenía que ser más que uha mera coin cidencia.
Los resultados de su grupo de trabajo (herencia ligada al sexo, li gamiento, recombinación, ausencia de disyunción o segregación del cro mosoma X, e interferencia) se consideraban en 1915 como evidencia suficiente a favor de la conclusión de que «Los cromosomas no sólo pro veen una explicación mecanicista de la herencia mendeliana sino que, en el caso de la no-disyunción y en el caso de la correspondencia entre los gru-pos de ligamiento y los cromosomas, ofrecen una explicación verificable de los resultados.
En el caso de la recombinación y de 1a interferencia los cro mosomas nos ofrecen la única explicación objetiva de los resultados que se ha ofrecido hasta ahora» (19).
En 1916 comienza la publicación de la revista Genetics, cuyo primer ar tículo fo.e la tesjs doctoral de Bridges.
El trabajo de Bridges tuvo un papel muy importante en la aceptación de la, teoría cromosómica de la herencia mendeliana.
Su artículo presentando _ el descubrimiento de la ausencia de disyunción en la herencia del cromosoma sexual se titulaba «Direct proof through non-disjunction that the sex-linked genes of Drosophila are borne by the X-Chromosomes».
Según Bridges, el paralelismo encontrado entre las observaciones genéticas y las cromosómicas sólo podía explicarse si se asumía que los cromosomas X en realidad portan los genes para los carac teres ligados al sexo.
En la conclusión del artículo presenta sus resultados como incontrovertibles: «no puede existir duda alguna de que el completo paralelismo existente entre el singular comportamiento de los cromosomas y el comportamiento de los genes ligados al sexo en. este•caso significa que los genes ligados al sexo están localizados y son portados por los cromoso mas X» (20).
La ausencia de disyunción descubierta por Bridges fue ciertamente vista como la prueba más convincente de la teoría cromosómica de la herencia mendeliana.
Incluso un crítico acérrimo de esta teoría, W. Bateson, aceptó este resultado al reseñar el libro del grupo, The Mechanism of Mendelian In heritance: «Con esta publicación (la de Bridges) debe admitirse que-nos si tuamos en terreno sólido» (21).
El concepto de gen deducible de los experimentos de Mendel era, como Morgan reconoció, un concepto formal que se utilizaba para si_ stematizar y predecir resultados en cruzamientos experimentales.
Con la citogenética, sin embargo, se trabajaba ya con el gen e.orno entidad biológica.
¿Significa ba esto que los genes eran entidades físicas reales en las células germina les?
Margan se enfrentó a esta cuestión en una sección de su artículo «The Theory of the Gene»,,titulada: «Eviderice that Genes have a Real Basis in the Germ Plasm».
Margan sumariza la evidencia relevante en favor de esta tesis desde los experimentos de Boveri y concluye: Toda esta evidencia ha jugado" un papel en persuadimos de que los ge nes postulados para la herencia mendeliana tienen una base real y están si tuados en los cromosomas.
Finalmente, en Drosophila, que posee cuatro cromosomas, también hay cuatro grandes grupos de genes ligados.
Esta http://asclepio.revistas.csic.es coincidencia añade otro eslabón a la cadena de evidencia que nos conven ce a unos pocos de que el gen en la herencia mendeliana tiene una existencia real (22).
• El uso del concepto formal• de gen en genética podía llevar •a la realiza ción• de predicciones al nivel genético, pero la evidencia a favor de la exis tencia real de los genes se obtuvo cuando se hicieron predicciones entre campos hasta entonces. independientes: la genética y la citología.
Desde la genética se -realizaban predicciones acerca de los cromosomas que eran confirmadas por la citología.
Desde la citología se realizaban predicciones genéticas que se corroboraban a niveL experimental.
Estas predicciones cruzadas constituían una evidencia muy importante para la teoría cromo sómica de la herencia mendeliana.
La capacidad predictiva de esta teoría se había considerado desde el principio como una de sus principales virtudes.
C. D. Darlington lo expresó así:
La prueba más inequívoca de la teoría cromosómica, como de cual-. quier otra teoría, consiste �n la verificación de las predicciones.
Es posible basar las predicciones del comportamiento y forma de los cromosomas en observaciones realizadas por métodos genéticos, y vice versa, y esas predic ciones pueden comprobarse después (23).
Morgan había enfatizado la importancia del carácter predictivo de las inferencias realizadas en la co�strucción de la teoría cromosómica de la herencia mendeliana:
El éxito del método de interpretar los resultados genétiéos en términos del meéanismo de los cromosomas debe ser obvio para cualquiera que ha ya seguido la literatura en los• últimos años.
Esto no es sólo cierto de este mecanismo en lo que concierne a la ley mendeliana de la here• ncia, sino también respecto de muchas situaciones • nuevas que se presentan conti nuamente, donde se ha encontrado un paralelo estricto y en algunos casos incluso predecible enJre nuevos fenómenos genéticos y una alteración en el mecanismo de los. cromosomas (24).
Mediante la identific�ción de los genes como partes de los cromosomas, no sólo se. encontraron nuevos paralelismos, sino que éstos podían prede cirse.
La los: alización de los_genes como entidades físicas, por tanto, les hi..: zo perder su carácter hipotético.
Los genes todavía eran elementos de cál- La localización exacta de los genes en los cromosomas consigue mucho más que esto.
Nos dice que los genes son entidades físicas reales que obe decen leyes físicas.
Los genes tienden más y más a perder el carácter abs tracto que Mendel les dio y a convertirse en entidades reales...
Es dudoso si alguna vez veremos un gen, pero por su comportamiento parece ser una estructura de tal constancia •y que obedece leyes tan razonables que real mente no necesitamos verlo.
Por sus, obras le conocemos (25).
Los nuevos programas de investigación que •surgirían de esta forma de entender la herencia eran radicalmente diferentes de los programas de in vestigación que se llevaban a cabo en los primeros años de 1900.
Los genes ya no eran sólo instrumentos útiles para explicar las razones numéricas en contradas en los experimentos de cruzamiento; Los genes ahora eran enti dades sobre las que se empezaban a elaborar teorías para explicar su natu raleza, estructura y función.
De ser instrumentos necesarios para explicar otros fenómenos pasaron a ser entidades que requerían ser explicadas.
Aunque todavía podían ser utilizados como unidades de cálculo en un mo delo matemático, los genes progresivamente empezaron a tomarse como unidades físicas en programas de investigación de carácter cadá vez más fisiológico.
En esta empresa hacia el gen biológico y no puramente formal, las investigaciones del grupo de la Drbsophila tuvieron una importancia clave.
En la primera década de 1900 todavía no se disponía de evidencia expe rimental que permitiese identificar los factores mendelianos con genes «cromosómicos» pero, al menos, era innegable la plausibilidad de la teoría cromosómica de la herencia.
A finales de la segunda década de 1900, gra cias a los trabajos del grupo de Margan, se dio el paso que llevó de la teoría mendeliana como modelo matemático a la teoría cromosómica de la he rencia mendeliana.
En esta teoría cromosómica se acepta la existencia ma terial de los genes como partes de los cromosomas y se comienza a investi gar sus características y propiedades.
Los trabafos de Sturtevant, Bridges y, sobre todo, Muller, ya no pretendían tan sólo ofrecer pruebas a favor de la teoría cromosómica, sino analizar y estudiar las propiedades de los genes como tales.
Los estudios sobre el efecto de posición y las mutaciones ha bían empezado a preocuparse por delinear los contornos y las propiedades http://asclepio.revistas.csic.es de los genes.
El gen era ya la unidad central de la nueva ciencia de la gené tica (26).
(1) Existe una amplia literatura sobre qué exactamente descubrió Mendel.
Por ejem plo, no está claro que Mendel concibiese la existencia de pares de alelos para cada rasgo fe notípico. |
Cuando Pizarro fundó la ciudad de los Reyes junto al río Rimac, con gratulándose de haber encontrado tan hermosas riberas, no conocía. sin duda la penosidad del clima de la región, de una dureza que no •habría de pasar desapercibida a.quienes la habitaron, siquiera temporalmente.
La crónica de un viajero del siglo XVIII describe detalladamente sus caracte rísticas (1).
«Como es fácil de conocer, los días de Lima son durante el invierno tris tes y desagradables, ya por la continua obscuridad, ya porque hay muchos en que casi todos ellos se mantienen los vapores con una misma densidad y sin apartarse de la tierra... » (2).
«Nunca toman tanto cuerpo estas garúas que puedan servir de impedi mento para caminar, ni los viajeros se incomodan por ellas, porque es tan menudo aquel rocío que apenas alcanza a humedecer la ropa muy ligera al cabo del tiempo, pero como son continuas en el invierno y el sol no pue de orear la tierra,. son bastantes para penetrar en ella y fecundar lo más árido y estéril de su superficie.
Por la misma causa llegan a formar gran-
des lodos en la calle, haciendo ésta de aquel menudo estiércol cuyo polvo fastidia en el verano.
Los vientos son fríos... y en Lima ocasionaron consti paciones y fluxiones de que murió mucha gente de modo que parecía con tagio... » (3).
El narrador es aún más explícito cuando se refiere al verano, estación. que viene acompañada de las que él denomina «plagas y desgracias» que• azotan la ciudad de Lima:
«Una• de las molestias • que se padecen en Lima en el verano es la plaga de pulgas y chinches, a que no es bastante preservativo todo el aseo de aquellos. naturales para eximirse de su mortificación, contribuyendo a que abunden tanto estos insectos, por una parte aquel polvo de estiércol que nunca falta en las calles, y por otra la forma de los techados, que siendo lla nos, se detiene en ellos el polvo que levanta el viento, y así caen entre las junturas de las tablas continuamente pulgas y chinches, de que nunca se ven las casas libres.. • A estas dos molestias se agregan los mosquitos, aunque no son de tanta molestia como las antecedentes.
Y a las plagas de los insectos sigue el ries go de los terremotos, que nunca se suspenden por tanto tiempo que den lugar a que se tranquilice el ánimo».
No puede caber duda de que si, como decía D. Luis de Hoyos Sainz, «el hombre es un producto del geo-clima», el hombre de Lima era un ser so metido a un abanico patológico de enfermedades casi inexorables.
El mismo autor nos las describe con la fidelidad de un cronista: «Las enfermedades más' cómunes que allí molestan a los naturales son fiebres malignas, intermitentes y catarrales, pleuresías, constipaciones y otras de esa naturaleza, pero son tan frecuentes que continuamente está la ciudad infestada de ellas.
Las viruelas se padecen como en Quitó, que no son anuales, pero causan gran mortandad cuando reinan.
Los pasmos son muy comunes, y raros los que escapan con vida de ellos.
Divídese esta enfermedad en dos especies: pasmo común o parcial y pasmo maligno o de arco.
Una y otra sobrevienen indiferentemente en otras enfer medades.» (4).
El anónimo viajero presenta, a continuación, la compleja sintorrtatolo gía de ambas haciendo alarde de la capacidad de observación propia de un espíritu ilustrado:
«Consiste �l pasmo parcial en ponerse todos los músculos en una total inaccióri y restringirse los nervios de todo el cuerpo, empezando por los de la cabéza.
A esto se añade un humor punzante que se esparce por todas las membranas y causa en ellas dolores tan intensos que• hace intolerable su 136 Asclepio-1-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es martirio, y éste es más vivo siempre que le tocan para moverle de un lado a otro.
Las fauces se cierran de tal suerte que no es posible pasar substancia al guna, y las mandíbulas a veces se cierran tan fuertemente que no basta la fuerza para abrírselas.
De esta forma y sin ningún movimiento permanece el enfermo en continua inquietud, y así, rendida la naturaleza de batallar, cede luego que le faltan las fuerzas para resistir.
El pasmo maligno de arco tiene este nombre porque desde un principio es tanta su malignidad que empieza a doblarse todo el espinazo contra el orden natural, y obliga al cuerpo del paciente a formar un arco por la es palda, descoyuntándolo todo. » (5).
Tampoco las mujeres se hallaban libres de contraer graves dolencias; entre •ellas el autor destaca el llamado cam: ro de matriz, al parecer uno de los más dolorosos y de más fácil propagación. _ Sobre sus características, cuenta el viajero:.
«Es tan disimulada esta enfermedad que ni el semblante la indica, ni en el pulso se conoce mutación hasta que está en todo su auge.
Su contagio es tal, que se extiende a otras con sólo usar de los asientos o de la ropa de las enfermas, pero su comunicación no se ha experimentado que cause perjui cio en los hombres, pues padeciéndolo muchas _ casadas suelen no separar se de ellas los maridos, si no es cuando_se postran totalmente. » (6).
Tam bién eran comunes en el país las llamadas fiebres éticas, con un alto índice de contagios por las escasas precauciones de los pacientes con la ropa y, muebles.
Asimismo, el mal venéreo, tan cqmún como en cualquier otra parte de las Indias, por el no menor descuido que tienen en curarlo antes que tome cuerpo, según el cronista.
Pero no es ésta la única fuente de la época.
Hipólito Unanúe realizó una importante obra, Observaciones sobre el clima de Lima, en la que se expresa en los siguientes términos sobre las condiciones insalubres que caracteri zaron a la capital virreinal: «Las balsas y lodazales que forman las aguas que riegan las calles dañan a la salud del ciudadano inficionándolo no sólo las aguas que bebe, sino también el, aire que respira.
Los despojos de animales y vegetales que se pu dren en ellas despiden un tufo mortífero (semejantes tufos se componen de hidrógeno, azoe y áddo carbóni�o) de donde nacen las calenturas intermi tentes, las pútridas y la fre• cuencia de asmas y otras enfermedades del pul món. » (7).
Aunque con una discutible base científica, el autor sigue hablando de las influencias del clima en el hombre.
A pesar de ser evidentes para el lec-tor de hoy los perjuicios sobre los que basa sus argumentaciones, nos pare ce de gran interés la clasificación estacional de las enfermedades más co munes que azotaban a la población limeña.
Estas eran las siguientes:
«En •el tiempo de la lactación perecen muchos niños de convulsiones causadas por la indigestión de la leche.
Los insultos epilépticos y otros semejantes les son frecuentes cuando comienzan a usar alimentos comu nes.
Considero -dice Unanúe-, la debilidad estomacal como la fuente fe cunda de la asombrosa multitud de enfermedades convulsivas de Lima.
Existe disposición en la juventud a la tisis y a entablarse asmas o ahogos de los cuales la mayor parte tienen asiento en los órganos de la digestión.
Los tumores son frecuentes... pechos y úteros de las mujeres los padecen a me nudo.
La constipación o ca. tarro, enfermedad de la más general en Lima, origina o acompaña la mayor parte de las otras.
La primavera parece la estación destinada a dar nacimiento a las enfer medades del año.
En• ella aparecen no sólo las que le son peculiares y ter minan a su fin, sino que también alumbra las epidemias que le han de• se guir.
Son frecuentes los malpartos y la atrabilis movida excita vómitos y evacuaciones.
Los catarros son en general benignos, pero pueden conv�r tirse en neumonías con una especie de ansiedad y opresión sobre el pe cho que se sana a paso l�nto.
Cu�ndo la prima�era es muy-húmeda salen a la cutis paperas y mucha sarna.;. a veces la escarlata y, por lo general,' el sarampión, que forma una epidemia.
Si ha sido serena, sin humedad y con pocas variaciones, se goza en ella de buena salud, pero amenazan las viruelas.
En el solsticio de estío hay parálisis, insultos apopléticos y muertes re pentinas, sobre todo en los viajeros que se exponen con el cuerpo sudoso al viento del sur, que entonces es con viveza.
En la transmutación del estío al otoño, presto aparecen las evacuacio nes, que se hacen más tenaces continuando la humedad... nacen las di senterías, y sobreviniendo el frío aparecen fiebres de mala calidad: las hay malignas o lentas nerviosas, pero las fiebres periódicas han aminora do después que se introdujo el empedrado de las calles y limpieza de ellas.
Cuando al otoño húmedo sigue un solsticio vario, aparecen diversas erupciones miliares y erisipelas.
Los años secos, cálidos y serenos anun cian viruelas, tercianas y s�rampión.
Pero es preciso recordar dos enfermedades endémicas de estos países, el pasmo y las berrugas; ambas parecen tomar origen de la impresión del frío sobre el cuerpo acalorado.
Se acusa continuamente la cólera como el humor más pronto a pudrir se de cuantos encierra el cuerpo humano y como la más fecunda fuente de las tercianas y disenterías de mala calidad, que se experimentan en oto ño.» (8).
El relato, que p�dría parecer tremendista, cobra autenticidad por la propia sencillez y naturalidad con que el improvisado cronista nos narra el cuadro socio-sanitario de una etapa en la que el hombre aún carecía de los elementos higiénicos más adelantados que le hubieran permitido de fenderse de una climatología tan hostil a la salud como la de la regió. n li meña.
Medidas preventivas y remedios contra la enfermedad: el saber popular, la tradición prehispánica y la sanidad profesionalizada
Los medios al alc_ ance de la p�blación para curar y prevenir las enfer medades no eran muchos.
Para abordarlos, seguiremos básicamente la clasificación realizada por Daisy Rípodas Ardanaz en un interesante trabajo (9).
Agrupan un conjunto de elementos, fundamental mente el lugar de acogida, el instrumental, la medica�ión y 1a práctica en el tratamiento q. los paci. entes, basada más en proporcionarles un ambien te humanitario que en un conocimiento científico de los medios para sa narles.
Según la autora citada, el escenario suele ser un l9cal-hospital, enferme rfa o alcoba que se procura mantener limpio y donde los enfermos se ha llan arropados con sábanas y mudados cada vez que su estado lo requiere, atendidos por sus familiares o criados y médicos o enfermeros..
El instrumental no va más allá de una variedad• de lancetas, navajas, je ringas y ventosas, los cuales, junto a los remedios originarios de Indias co mo emplastos, ungüentos, enemas, píldoras y bebedizos, preparados a ve ces por las mismas manos de quien los administra, son prueba del escaso desarrollo de la práctica médica.
Infusiones de hierbas, purgas o sangrías sonlos tratamientos más frecuentemente aplicados, sea cual fuere el carác- Part1endo de la base de que, según asegura Fray Martín de Parres, «el que no come se muere», suele ponerse especial esmero en la calidad de los ingredientes y en la elaboración de la comida para los enfermos, aun entre personas que, estando sanas, se alimentan ya de por sí frugalmente.
Tales eran, a juicio de los contemporáneos, los cuidados necesarios para sortear con buen éxito las enfermedades de cierto riesgo.
Junto a la mejora so mática se encuentra, asimjsmo, la preocupáción por lo psicológico.
Junto a la curación del cuerpo hay que levantar el ánimo del enfermo, poniéndole siem pre buen semblante y procurando entretenerle con buenas palabras, música y flores.
El interés de los ilustrados por todo lo concerniente a la esfera personal del individuo se unirá a sus aspiraciones por humanizar sus condiciones de vida.
Basados frecuentemente en extrarias teorías sobre los perjuicios del aire o cierto efluvios ambientales o climáticos, co mo vimos anteriormente, lo cierto es que existieron ciertas medidas de pr:e caución frente al peligro de contagio de algunas enfermedades, a pesar de desconocerse los mecanismos exactos de propagación de las mismas.
Era bastante común desechar el menaje de los enfermos contagiosos y sus ro pas, impedir la presencia de niños sanos en los hospitales o, durante las epidemias, evitar beber agua cruda.
Asimismo, se aplicaron •aislamientos por cuarentena, traslado de ce menterios a zonas aisladas, saneamiento de viviendas pintando las facha das con alquitrán y medidas de estricta limpieza en cuarteles, hospitales, conventos y calles d� aglomeración de gente pobre.
Por lo menos desde el siglo XVIII aparece cOn claridad la idea de que un régimen de vida adecuado -dieta y -vestimenta incluidos-, ayuda a con servar la buena salud.
Rípodas ofrece dos testimonios importantes sobre las concepciones de la época en cuestión de prestación sanitaria y cuidado personal, respectiva-mente.
Según el jesuita Machoni, el superior «no ha de cuidar menos de que sus súbditos no pierdan la salud que de que la recobren después de per.dida», y así, los empleos, diversiones, comidas, ayunos, -penitencias, abrigo, etc., han de ser de acuerdo con la complexión de cada uno y, ade más, quienes tengan oficios trabajosos, deben alimentarse de tal suerte que puedan reparar sus fuerzas.
Según el franciscano Parras, los baños de niar y los hábitos de algodón, son imprescindibles para evitar las erupciones cutáneas en algunos lugares cálidos de América donde se transpira constantemente...
Junto a estas prácticas de una medicina tradicional bas• ada en la experi mentación y, en muchos casos, en viejos tratados médico-quirúrgicos, apa rece el recurso de la población al saber heredado de los antepasados, en cu yas manifestaciones lo meramente_ técnico se haila en consuno con lo espiritual.
Se trata de una asistencia extra-institucional que conjuga la ad ministración de preparados medicinales con ciertas ceremonias de carác ter mágico-religioso.
La diagnosis entre los curanderos se efectuaba por la imposición de manos y existía una relativa especialización en la trepanación de cráneos y en otras enferrnedades para las que había encontrado un específico.
So plar en la boca del paciente o aplicar los labios sobre el cuerpo enfermo para succionar la sustancia extraña que al parecer había sido causa de la dolencia son algunas de las prácticas curativas que emplean, muchas de las cuales quedaron ya reflejadas en las manifestaciones artísticas de pue blos prehispánicos como los mochicas, los chimús o los yuncas costeros, según se desprende de los estudios de Von Hagen sobre las culturas prein caicas (11 ).
No hay ninguna duda de qu� los yuncas costeros, como sus contempo ráneos andinos, poseían amplios conocimientos sobre plantas producto ras de drogas, muchas de las cuales han sido incluidas en nuestra farma copea, como la quinina, la coca, la ipecacuana, la belladona, el curare, etc.
Se trataba de un tipo de medicina higiénica y preventiva, más que cura tiva.
Por ello, los hechiceros eran quizá menos peligrosos que los «sangra dos» y «macrotones>> que según nos cuentan Le Sage y Moliere se adminis traban a los pacientes en época reciente.
Se aplicaron con frecuencia vomitivos, preparados que combinaban hojas y agua en una mixtura ver dusca que hervía permanentemente en el fuego: La bebida hacía que cual quiera que la tomase eliminara toda la comida que no había digerido du..:
La medicina se practicaba, pues, en una especie de primiti vo principio.hipocrático.• Estas prácticas, enraizadas en las realidades del viejo Perú, podrían.co nectarse con la denodada lucha contra la enfermedad y la muerte que de bían sostener los facultativos en la época virreinal, cuyas derrotas, tantas veces inevitables, habían llevado desde la «galeno-fobia» a un dima de fes tiva burla, como en las sinonimias que establece Caviedes en Lima:
La medicina profesionalizada: formación de los médicos y su posi�ión en la sociedad virreinal
Según las fuentes de la época «los galenos suel é: n hallarse bien ubica dos en el contexto social de la colonia: en sus visitas profesionales• salen con frecuencia• a recibirlos personas de autoridad: los pintores captan su porte decoroso y ellos mismos gastan, como signos inequívocos de su pre dicamento, buenos trajes, guantes, sortijón, reloj,• anteojos, mula y cria/ do... » (i3).
Pero ni estos signos externos ni su categoría social impedirán el hallarse sometidos a una crítica indiscriminada que no sabrá separar la negligencia de la impotencia ante unas enfermedades especialmente crueles y temible mente desconocidas.
La Corona se ocupó de este tema en Indias como lo había hecho en la Península.
Ricardo Zorraquín lo refiere detalladamente explicando la muy poco conocida institución del Protomedicato.
Esta institución surgió en Castilla ante la necesidad de reglamentar y vi gilar el ejercicio de la profesión médica:• dado que quienes la practicaban eran «dueños de la vida y la muerte de los enfermos que caen en sus ma nos», la facultad de curar las enfermedades no podía quedar librada a la iniciativa individual.
Para ejercer tal autoridad se organizó en el siglo XV el Protomedicato, cuyas facultades quedaron definidas a mediados de la siguiente centuria al declarar «que debería examinar, admitir o prohibir el ejercicio de su ar te a los físicos, cirujanos y boticarios, imponerles penas pecunarias en ca so de que violaran sus disposiciones, conocer de los crímenes, excesos y delitos que en tales oficios y en cada uno de ellos cometiesen y resolver los juicios criminales o civiles» (14).
Se trataba, por tanto, de un tribunal con jurisdicción privativa formado por médicos y cuyas resoluciones eran ina pelables.
Esta jurisdicción se extendió luego al Nuevo Mundo.
En 1535 se prohi bió el ejercicio de la profesión a los que no tuvieran título universitario.
En 1570, se nombró al primer protomédico dándole, además de las atribucio nes ya señaladas, el encargo de estudiar las plantas medicinales y escribir la historia natural de la región.
Los protomédicos destinados a las Indias debían residir en una ciudad donde hubiera Audiencia y sólo podían dictar sentencia acompañándose con uno de los oidores de la misma.
La jurisdicción del protomédico que actuaba en Lima se extendió natu ralmente al distrito de todo el virreinato.
En el territorio• de Buenos Aires -explica Zorraquín-, fue más nominal que efectiva.
Hubo allí desde el siglo XVII médicos que ejercieron su profesión en virtud de títulos expedi dos por universidades europeas, y cuando se planteó el problema de saber si podía admitirse a alguna persona como médico o cirujano, fue el Cabil d� el que actuó como tribunal, exigiendo la presentación del título, prohi biend� que continuaran en la profesión los que no lo poseían y aun some tiendo a un exam, en teórico a quienes pretendían seguir ejerciendo la profesión.
La creación del Virreinato del Río de la Plata y la escasez de médicos en esas provincias determinaron la fundación del Protomedicato de Buenos Aires.
El Hospital de Bellavista de Lima: su origen y funcionamiento interno.
Un ejemplo de la vida cotidiana a finales del siglo XVIII La preocupación por la salud pública era, y no podía ser de otra mane ra, objetivo primordial del gobierno peninsular y del virreinal.
Muchas serían las fuentes documentales en que po• dríamos encontrar explícita esta inquietud, pero hemos querido entresacar una de ellas, por que fue origen de la erección del Hospital de Bellavista y porque emanaba directamente de mano del virrey, quien teniendo que ocuparse de una can.:. • tidad ingente de problemas (pensemos que Lima acababa de sufrir un te rremoto), no por eso omitió cuidarse del aspecto sanitario, al mismo tiem po que lo hacía de la población y de la salud del alma.
Hemos extraído el párrafo de la interesantísima Relación que escribe el Conde de Superunda, Virrey del Perú, de los principales sucesos de su gobier no, de orden de Su Majestad comunicada por el excelentísimo señor Marqués de la Ensenada, su secretarj,o del despacho universal,• con fecha 23 de agosto de 1751: ria obra por falta de medios en una y otra religión, si no es que se alienten los vecinos a contribuir con limosnas suficientes» (16).
Aparte de una iglesia, continuadora de.la parroquia que había en El Ca llao, para cuya construcción se valieron de los auxilios resultantes de las • corridas de toros, no •se permitió el levantamiento de otros locales en la ciudadela de Bellavista que no fueran militares, salvo, por instancia del vi rrey aprobada por Real Cédula de 17 de marzo de 1756, un colegio de je suitas y un hospital de betlemitas.
Pero, así como los primeros tenían con qué sufragar su colegio o iglesia, dudaba el virrey Superunda que los her manos de San Juan de Dios pudieran recabar medios con que construir su hospital:
«Juzgo que no puede ponerse capaz de recibir enfermos por ahora, porque no tienen rentas ni fi.mosnas con que continuar su edificio, » (17)..
A buen seguro, y aunque no tengamos constancia documental de ello,. no le faltaron al nuevo hospit"al las limosnas de los particulares, porque es bien conocido el sentido de la caridad de los pueblos americanos y la costumbre cristiana de la época de celebrar cualquier. festividad religio sa no sólo con actos de culto, sino con contribución de limosnas a los centros y a los necesitados.
Conocemos también cómo se encauzaba la ayuda de la Iglesia, principal promotora de los hospitales y demás cen tros asistenciales a través de la participación de éstos en el reparto de los diezmos.
Alfredo Moreno ha explicado con detalle en su obra ya mencionada, la complicada y a veces casuística distribución anual de este producto.
Por regla general, se destinaba: « Un cuarto para el obispo,• otro para el deán, cabildo y demás ministros de la catedral, y los otros dos cuartos, divididos en nueve partes, dos novenos para el Rey en señal de superioridad y dere cho de patronato, y de las siete restantes, cuatro si se trata de la iglesia ca tedral para sus rector.es, y los tres restantes divididos en dos, uno aplicable a la fábrica de cualqU: ier lugar, a su� obras de restauración o construq::ión, y otro a los hospitales... » (18).
Este mantenimiento de hospitales y casas de huérfanos estrechamente vinculado a los reales novenos, ascendía en la Lima de Superunda a las si guientes cifras:
No figura el hospital de San Juan de Dios destinado a las gentes de mar.
Sobre el resto de hospitales conviene advertir que percibían el noveno de los diezmos, más lo que goza ban del tomín de hospital.» (19).
Por.analogía con otros institutos podemos inferir también el origen de otras aportaciones.
Así por ejemplo, las notas sobre el hospital del Amor de Dios en México en el siglo XVI, •nos han.permitido sabér que el Virrey Luis de Velasco y los oidores Villalobos, Orozco y Vasco de Puga, enviaron una carta firmada al monarca español en la cual se reconocía la gran labor que el hospital hacía en favor de «los enfermos de bubas y otros males conta giosos» (20).
El resultado de esta carta, reforzada por la petición del arzobispo mexi cano Fray Alonso de Montúfar, fue una Real Cédula dirigida a los oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla en la que se ordenaba dar mil pe sos de limosna para ayudar al cuidado de los enfermos, los cuales deberían pagarse con el producto de los bienes de difuntos que no tuviesen herede ros y quedasen depositados en la Casa de Contratación.
Aunque también es cierto que tres años después sigue constando el in cumplimiento de dicha disposición, se acabó pidiendo a Felipe II que tomase medidas drásticas, dando prioridad a esta limosna para que fuese pagada pronto y, de no haber.bienes de difuntos, se les diese una cantidad en trigo y maíz.
Pero es sobre todo un informe fechado en 1570 el que nos sirve parn co nocer el total de rentas que tuvo el hospital en el año 1569.
Salvando la dis tancia cronológica con la época• que nos interesa, el informe indica los dis tintos orígenes de las rentas y su producción:
-«Del noveno y medio que tienen los diezmos, 1.382 pesos y un tomín de oro de minas.
-De las capellanías que están fundadas en dicho hospital... en cada un año por la cera, vino y ornamentos, 128 pesos del dicho oro, y de censos que tiene el dicho hospital en cada año rentan 105 pesos del dicho oro, que todo junto es 2.644 pesos, dos tomines del dicho oro de minas, y de los cua les se pagan los salarios •siguientes: al •mayordomo 110 pesos de minas, al médico 30 pesos, al cirujano 70 pesos, al barbero 14 pesos y 4 tomines, al boticario por las medicinas que da al dicho hospital 250 pesos... y antes más que menos que suman estos salarios 4 7 4 pesos de minas, y lo demás se gasta con la sustentación de los pobres del dicho hospital, y esto es lo más que ha llegado a tener en un año después que lo tengo a cargo, porque a los primeros años tenía la mitad menos de renta.» (21).
Donde ya.volvemos a ericontrar fuentes originales que nos hablan del Hospital de Bellavista es en el concepto de empleados y sueldos del mismo.
Transcribimos de los asientos manuscritos (22):
En la •certificación manuscrita del contralor figura también el «reziví» y la firma de D. Fernando Medina, el mencionado mayordomo..
Tenemos asimismo otra de D. Antonio Junco, contralor propietario del referido Hospital de Bellavista, donde justifica la permanencia en los dis tintos cargos de las personas que se relacionan, a las que él mismo había hecho pagos.
Esta certificación• resulta aún más interesante porque no sólo reproduce los cargos ya conocidos (mayordomos, cirujanos, capellanes, etc.), sino que enumera otros cargos auxiliares, algunos explicados por• su propio nombre, como despenseros o cocineros, y otros más.insólitos, como puedan ser los llamados esclavos del Rey (cuyas funciones no hemos podi do aclarar) y los cabos de sala.
Precisamente este último cargo ha creado la duda de si se trataba de una figura con carácter militar, o simplemente de una expresión analógica para la disciplina interna.
La considerable y frecuente variación de los nombres del personal de servicio en un plazo de tiempo muy breve, de apenas dos meses, hos hacen pensar que, al menos los auxiliares o vigilantes de sala, servían temporal mente como militares en funciones, pero no pertenecían a la plantilla per manente del hospital.
De la instalación en sí m.isma sabemos que se hallaba dividida en cinco salas, en función no del carácter o gravedad de las enfermedades a tratar,. sino de la categoría social o graduación militar de los pacientes interna dos, existiendo una separación entre las de los oficiales de Marina y de Guerra y las de tropa, bajo la advocación, éstas, de San Cristóbal, San Juan, San Pablo y San José, que se encontraban al cuidado de los llamados «barchilones».
Resulta sumamente atractivo para el estudioso de hoy el que la minu ciosidad en el régimen interno del establecimiento nos haya permitido lle gar a conocer algo tan real, tan próximo a la sensibilidad, como las listas de enfermos, que parece estuvieran aún ocupando las salas del antiguo hospital (23):
148 El concienzudo contralor, D. Bruno Antonio de Junco, certifica también las altas y bajas de los enfermos, dejándonos constancia, de su puño y letra, de cómo entró «para medicinarse el cocinero de navío Joachin Morucho y en qué fecha fue hospitalizado, hasta el día en que lo fue y murió el mari nero de navío de permiso nombrado El Aguila» (24).
Y manuscritas han llegado hasta nosotros las certificaciones de baja de los militares y la relación de la dieta, raciones y su uso según el número de enfermos (25).
Se trata de una documentación que, aparentemente anecdótica, posee el gran interés de ofrecemos noticias sobre la vida co�idiana del Hospital de Bellavista y sobre aspectos sencillos que nos dan una nueva dimensión en el conocimiento de las condiciones sanitarias.imperantes.
Respecto al aprovisionamiento de víveres al centro hospitalario, se hallaba en manos de comerciantes particulares con los que se contrata ban «asientos» a precio determinado según las mercancías y bajo la su--pervisión, inspección y comprobación de la jerarquía, comandada por: el comisario de guerra y ministro de Real Hacienda del puerto de El Ca llao, D. Josef Manuel de Tagle Yzazaga, a la vez «principal» de la institu ción; el contralor de la misma, D. Bruno Antonio de Junco y el mayordo mo, D. Femando de Medina, a quien cabía la obligación de bonificar los importes.
Entre los productos de que se surtía'el hospital, se encontraban: pan francés fresco (a 24 onzas cada ración), cameros (a 2 pesos cada uno), ga llinas criollas «electas» (a 8 reales la pieza), pollos (a 4 reales cada uno), pichones, vacas, huevos, fideos, etc. (26).
• Podemos establecer, en función de estos datos, la base de la dieta ali mentaria de los enfermos que se hallaba compuesta, sistemáticamente, de hidratos de carbono, proteínas y grasas, no existiendo referencia al guna de lácteos, escasamente a verduras y legumbres y, más sorpren dente, dado que Bellavista era una población costera, a provisión de pescados.
Sobre este punto debemos recordar que el pescado era considerado «co mida de pobres» y, por tanto, poco adecuada para• alimentar a gentes que trataban de recuperar la salud y requerían •cuidados especiales.
No es ca sualidad que en las penitencias cuaresmales fuese la carne el alimento prohibido, pues era también el mejor.
A continuación transcribimos una relación de los alimentos que se su ministraban a los enfermos durante un día (27): El caldeamiento de las salas y la preparación de los alimentos se hacía por fuego, por _ lo que la provisión de leña de olivo resultaba un gasto añadi do a los generales del hospital.
Se encontraban, asimismo, los correspondientes a mantenimiento gene ral del establecimiento y sus actividades internas.
Existen listas detalladas de suministros como cordeles, pucheros, ollas, servilletas y paños de ma nos, tazas, platos, tarros y demás menaje, colchones, sábanas, mantas, ca misas, agujas y alfileres, hilas finas de España (vendas, apósitos), vidriado y «vasinicas» (28).
Junto a ello, velas de sebo para el alumbrado de las salas, cuerpo de guardia y demás dependencias, «ahujas» para coser los libros de cuentas, tinta y obleas para las oficinas y resmas de papel.
También palos y maderas para la construcción de barbacoas ( «caña bra ba») «que han de servir a las camas de los enfepnos que han de entrar a to mar unciones en este Real Hospital» (29) y «Vino para la celebración del Santo Sacrificio de la Missa».
Los oficios religiosos ocupaban una parte esencial en la vida cotidiana del Hospital de Bellavista de Lima, hecho explicable, más allá de las prácti cas religiosas de la época, por tratarse de un centro en el que la presencia -de la muerte acechaba... y se cobraba muchas veces sus víctimas (30)..
En contacto permanente con el hospital se hal�aban los oficiales reales de la Caja central de Lima, los cuales, por turno rotatorio, asistían en el puerto de El Callao las necesidades financieras de aquél, realizando los pa gos, contra recibo de certificaciones a los asentistas y atendiendo las tareas de contabilidad en libros de todo lo referente a la institución.
Probablemente, entre tantos esfuerzos como se hicieron para elevar la calidad de vida y �l nivel humario del Perú en el siglo-XVIII, pocas realida des prácticas fueron menos espectaculares y más realistas que las hospita larias y, concretamente, que el Hospital de Bellavista, que acabó merecien do la atención del extraordinario visitador General D. Jorge Escobedo_ y Alarcón, quien lo incluye entre los objetos de su preocupación-en el Oficio escrito al Excelentísimo Sr. D. José de Gálvez' en 1785: «El Hospital de Bella vista... oficina que más bien pertenece al ramo de guerra: debo decir que considerándolo también como de Real Hacienda, y reconociendo... todos los objetos de humanidad que la recomiendan..., he promovido expediente en que están corriendo las diligencias necesarias para el esclarecimiento que en alguna parte pende del manejo de Tempo ralidades... y procuré desde luego ocurrir a reglamento... » (31).
Esta rápida visión sobre un hospital de Lima en el siglo XVIII puede no representar más que un retazo•de la cotidianeidad de la época, pero es, a la vez, un testimonio de los esfuerzos del períod_ o de gobierno ilustrado por dar respuesta con racionalidad y eficacia a la lucha contra la enfermedad, un imperativo humano siempre viejo y siempre renovado.
La ciencia y la fe aunaron sus armas en una institución especializada en atender a los enfer mos de las embarcaciones y navíos de guerra del puerto de El Callao y a la tropa de los batallones de infantería que• guarnecían el Presidio del Real Fe lipe y Asamblea de Lima.
N o de raciones Raciones de una libra de carnero cozida 40 -Raciones de 8 g de carnero Y dem 9 Raciones 50 libras de garbanzos 9 Raciones de 1 libra de carnero asadas con 1 g de manteca 1 Raciones de media gallina cocidas
• 1 O Raciones de media gallina asada con manteca 4 Raciones de media gallina con 8 g de fideos 3 Raciones de media gallina con 8 g de fideos y 2 huevos por la mañana 1 Raciones de media gallina con 2 g de arroz 2 Raciones de un pollo asado con 1 g de manteca 1 Raciones de un pollo cocido 7 Ración de rriedio pollo Y dem 5 Ración de 1 libra de carnero con 8 g de fideos Sopas con 1 libra de carnero 2 Sopas con 1 libra de carnero con 4 huevos 1 Substancia con 4 huevos, 1 libra de.carne y 1/4 de gallina 2 Substancia con 4 vizcochos y 1 huevo a la madrugada Dietas de caldos con 1 libra de carne y 1/4 de gallina cada uno 15 Raciones de 1 libra de carnero, y dieta por la tarde con un cuarto de gallina idem
El gasto diario por enfermo internado en el hospital ascendía a 4 reales.. -1-Solicitudes de material sanitario y para la celebración de oficios religiosos al Contra lor del Hospital. |
reconocido cuidadosamente los datos loca.le' s de primer uso de vacuna, pero han prestado escasa atención a la llegada y d• istribución en Hispanoa mérica de las publicaciones sobre el método jenneriano.
En 1798 Edward Jenner publicó en Londres An Inquiry into the •causes and Effects of the Va riolae Vaccinae, describiendo cómo la inyección de líquido de pústulas de «cow-pox» protegía al sujeto contra la viruela.
Su descubrimiento se difun dió con sorprendente rapidez e' n Europa, a pesar• de las guerras napoleóni-. cas.
La obra de Jenner f oe publicada en España en él Semanario de Agricul tura y Artes del 21 de marzo de 1799, en versión algo abreviada, traducida• dé un periódico francés de agricultura, que a su vez lo copió de una revista mensual de Ginebra(l).
Veinte meses más tarde, el doctor Francisco Pigui..:. llem (en Puigcerdá), usando fluido-recibido de París, llevó a cabo-las pri meras vacunaciones en España, el 3 de diciembre de 1800 (2).
Independientemente, un secretario de lá embajada española. en París envió linfa de vacuna, sellada entre laminillas de cristal, a la corte en Aranjuez, donde se usó con éxito el 22 de abril de 1801.-De Aranjuez,•en mayo, se envió linfa al. doctor Ignacio Ruiz de Luzuriaga (en Madrid), quien la envió a quienes se la solicitaron en diversas partes de España.
Desde estos dos focos, Cataluña_
y Madrid, para fines de 1801 se había propagado vacuna por todo el país (3).
Poco más tarde, respondiendo a un "informe de epidemia de viruela en Bogotá, el rey Carlos IV ordenó que se organizara la Real Expedición Filan trópica de la Vacuna, para llevar este descubrimiento a sus dominios de América y Asia.
Bajo la dirección de Francisco Xavier de Balmis, el grupo partió el 30 de ri oviem_ br�-�e 1803 hacia las Canarias,• de allí• a Puerto Rico el 6 de ene:r:o de 1804, y entonces a Caracas, donde se dividió en dos.
En los dos años siguientes Balrriis llevó va�una• a Cuba, México, Filipinas y China, antes de regresar a España; su colaborador-Salvany llegó al Perú meridional en 1808, y murió en Cochabamba (BoliviÚ • en 181Ó (4).
En los recuentos históricos detallados de la Expedición Filantrópica, só lo se mencionan tres textos sobre vacuna circulando en las colonias espa ñolas: el artículo sobre vacuna en el Semanario en 1799, el Origen y descu brimiento de la vaccina, por Pedro Hernánqez, publicado en Madrid, en 1801, y el_ Tratado histórico y práctico de la vacuna, por Jacqúes Lóuis Ma rea u de la Sarthe, traducido por Balmis, publ�cado en Madrid en 1803 y transportado a América por la Expedición.
Del Castillo ( 1912) y Rumeu (1940b) mencionan los mismos tres textos; Cook (1942) y Díaz de Yraola (1948) no mencionan ni:r: iguno; Ruiz Moreno (194 7) menciona.sólo la tra ducc, ió� de B�lmis y;F e�ández del Castillo -( 1960) habla sólo de los libros de Balmis y Hernández: La l! lás reciente historia de la Exped�c�ón_ (Smith, 1974) �e refiere a estas tres obras, pero también e�pecifica que l�s «gacetas del nuevo mundo... reseñaron cuidadosarp.ente los progresos europeos en vacunación�>, y hace especial mención de la de Guatemala (5). �a Real Ex.:. pedición Filantrópica en_ contró que en muchos lugares de América ya se usaba la va. cuna de vi_ ruela, y en todas sus escalas se cono. cía bien el méto do.
En Puerto Rico, po:r:,ejemplo, el doctor Francisco Oller usó por primera vez vacun_ a (traída de la vecina isla danesa de Saint Thomas) dos mes�s an tes qe la llegada de la Real Expedición, premura que provocó la airada crí-. tica de Balmis.
Oller defendió la pureza de sus criterios en voluminosos memoriales.
Como él mismo escribió: «Las 4 obras que han sido el norte-de sus-experünentos e indagaciones, el oráculo en sus dudas, la J�ave maestra, o el punto óptico de la rectificación de sus juicios son la escrita en francés por el ciudadano Ranque, y adoptada por la Junta Central de París; la pu blicada en Madrid y.recomendada por el Tribunal de aquel Protomedicato; la dada a• luz en Tarragona por un incógnito; y la escrita en Pamplona por el médico Martínez» (6).
El deseo de identificar estos cuatro textos tan va gamente mencionados ha motivado la investigación que aquí se presenta.
A-la llegada de la Expedición de la vacuna a Puerto Rico, los otros ci rujanos y óficiales. de gobierno locales, además de Oller, tenían ya opinio nes formadas s_ obre vacunación, basadas, según su propio testimonio, en lo que habían leído•en, los <<papeles públicos• » (7).
El principal «papel pú blico» de Hispanoaméric::a era la Gaceta de Madrid; que salía dos veces en semana; y era el boletín extraoficial.del gobierno.
Anunciaba nombra mientos civiles, militares y eclesiásticos; ascensos, eventos de la corte, de cretos de_ Hacienda, batallas, tratados, y otras noticias nacionales e inter nacionales.
De 1800 a 1804 la Gaceta mencionó -un gran número de novedades sobre vacuna, ocurridas en España, el resto de Europa y Asia; y muchos anuncios de la venta de nuevos libros y panfletos-sobre el mis mo tema (8).
El 3 de enero de 1804 la G�ceta publicó la carta de• «una persona muy distinguida por sus circunstap.cias y destino en América», dando testimo nio de que la noticia del descubrimiE: nto de Jenner llegó allí en las páginas del Semanario de Agricultura (9).
Esta era una publicación s_ emanal auspi ciada por el gobierno, dirigida a los párrocos de España y sus dominios (10).
El Semanario mismo, y otras revistas como el Memorial literario y el Mercurio de España publicaron resúmenes de la literatura sobre vacuna ción contra viruela (11).
No sólo los periódicos de Madrid, sino también los de Indias jugaron un papel importante en la diseminación de información sobre vacuna.
Como aseguró Lanning «en la promoción de este logro médi co los guatemaltecos jugaron un papel más importante •que cualquier otro pueblo de América» (12).
De 1802 a 1804, la Gaceta_de Guatemala hizo re petidos llamados a que se trajera vacuna, y publicó noticias y textos sobre el método Jenneriano.
Los editores llegaron a escribir a sus colegas de un periódico habanero, pidiendo vacuna, pern, �n.
Dieciocho meses más tarde, en marzo de 1804, un artículo en esa publicación, La Aurora, anunció la llegada •de vacuna a Cuba, traída por una visitante de Puerto Rico (14).
Y de Cuba,,la vacuna fue enviada a Guatemala (15).
La vacuna llegó antes al Caribe inglés y danés que a las colonias españo las.
Ya en febrero de 1803 un periódico de Saint Thomas (Isla Virgen, en t�nces danesa, vecina a Puerto Rico) anunciaba vacunaciones públicas gra tuitas (16).
En Cartagena de Indias (Nueva Granada, ahora Colombia), la n: oücia • de que había vacuna en el • caribe llegó a manos del ilustrado co merciante José Ignacio de Pombo en.la Gaceta Real de Kingston (Jamaica).
El suplemento del número 21, del 21 de mayq de 1803, inclufauna carta e� que William Weston, en Saint Ann's Bay, indicaba haber personalmente Asclepio-1-1992 traído vacuna desde Londres; y haberla•pr.opagado con.éxito �n su distrito.
Pombo ya sabía «por las Gacetas de Madrid», que la va�una se hallaba ex tendida en los Estados Unidos de América� y por lo menos desde agosto trató•de mover a fas autotj.qades locales para «mandar a•buscarla>� a Jamai ca o Estados Unidos.
Pero la decisión se remitió al virrey• Amar,,qui_ en en enero de 1804 contestó que, teniendo noticia de la Real «disposición para transmitir la vacuna a todas las•Américas» (la expedición dirigida por Bal mis),•había que desistir «en todo intento de recurrir a colonias extranjeras, cosa prohibida y a•que ho se debe apelar sino en caso urgentísimo y abso_. lutamente inexcusable» (17).
Los libros sobre vacuna también cruzaron el Atlántico antes qU:e la Ex pedición Filantrópica.
Compilando las citas en los artículos históricos y di versos repertorios bibliográficos, resulta qúe los primeros libros y panfle tos sobre �acuna, escritos o traducidos por_ españoles, y publicados antes de la llegada de la Expedición a América (es decir, publicados•hasta 1804), son los siguientes (por año y en orden•alfabético de autor): Hen: iández, P_ edro.
Orige� y descubrimiento de l� vaccina.
Tr. del francés con arreglo a.las • últimas observaciones hechas hasta el mes de mayo del presente año, y en -:. riquecido con varias notas•.
Husson, Henri-Marie, traducido por Mazarredo, Lope Instrucciones prácticas para la inoculación de la vaccina.
Junta de Médicos establecida en París, Breve instrucción sobre la vacuna, medios de comunicarla y observac_io nes de sus efectos, publicádas por una lu11; ta de Médicos establecida en
Tratado de la vaccina o viruela vacuna transmitida al género humano pa ra preservarlo de la viruela natural o de los árabes, con observaciones relati vas a su origen, progreso y variedades notadas en España, por el Lic. en me:.. dicina y cirugía D. Diego de Bances, profesor honorario de la Real Armada, y titular de la villa de Puente la Reyna.
Respuesta á las objeciones que se hacen a la nueva inoculación de la va� cuna.
Casos de enfermedades ocurridos con motivo de la vacuna.
Tratado histórico-práctico de la vacuna.
Vilá, Ramón Relación del estado actual de la vacuna en la ciudad dé Vich, para satis facción y desengaño del público.
Que publica el Licenciado Ramón Vilá ci rugano (sic).
Vich: •Oficina de Juan Dorca Hay que considerar aparte otras: obras que •no cumplen los requisitó� de inclusión en esta lista.
Miró cita un texto cuya fecha de publicación no se conoce: Sobre. las ventajas de la vacuna o inoculación, traducido por Anto nio Bosch y Cardellach (nacido en 1758) (36).
De Balmis, se cita unalntro� ducción para la conservación y administración de la vacuna, y para el esta blecimiento de Juntas que cuiden de ellas, con evidente error de título ( «Introducción » por �<Instrucción» ) y fecha (1796,. previo al libro de Jen ner) (37).
Se-cita igualmente un libro del doctor Luigi Careno, pero no hay evidencia de que existiera tal obra en español (38).
También aparece. men cionado el Informe imparcial sobre la vacuna, preservativo de las viruelas, de Ruiz de Luzuriaga, pero no está claro• si quedó sólo como informe manus crito o si llegó a publicars� (39).
Por último hay libros que difundieron in formación sobre vacuna en esta época, pero• la mencionan sólo entre otros temas de salud pública, como por ejemplo las Cartas sobre la policía, deVa kntín de Foronda (Madrid, Imp. de Gano, 1801), y L as leyes ilustradas por las ciencias físicas, o tratado de medicina legal y de higiene•pública, por Francisco Manuel Foderé (traducido del francés por «J.D.R.Y.C.»
En éste, el traductor insert;ó un capítulo titulado «Dé 'la inoculación de la vacuna» en el séptimo volumen (40).
• Los textos publicados en España alcánzaron gran difusión en América.
El: de Pedro Hemández, Origen y descubrimiento el.e la vaccina, quizás por su claridad y brevedad, fue el• que más ediciones tuvo ( 41).
El Tratado de la vaccina, por Diego de Bances trajo información sobre vacuna a la Margari ta, expresamente ordenado-por el gobernador.de la isla, al enterarse del des. cubrimiento de Jenner ( 42).
La Gaceta de Guatemala acusó recibo, en juni� de 180�, de tres instrucciones sobre vacuna, entre ellas elPrimer in-. f arme... por la Comisión médica... en El Louvre.
En julio reimprimió la Bre ve instrucción sobre la vacuna por la Junta de médicos establecida en París.
Guatemala después recibieron de Nueva Orleans, vía Vera cruz, una obra en inglés, Jennerian discovery,.por Charles Aikin (reimpresá en Filadelfia en 1801) y rápidamente la tradujeron y.. publicaron, en •sep tiembre y_octubre-de 1802 (43).
El año siguiente también publicaron el tex.: to de Hernández, y la traducción de Piguillem del Essai sur l'inoculation de la vaccine de Franco is.
Colon ( 44). (todavía un grupo reducido; el analfabetismo popular en España estaba cerca del 90%, y en Puerto Rico, como un ejemplo de América, cálculos pa ra mediados del siglo dieciocho sugieren que el 67% de los «vecinos» -pa dres de familia-eran iletrados) (46).
En Puerto Rico, donde todavía no había imprenta en 1804, todas las publicaciones eran «importadas», y las comunicaciones inte; rnas, como la extensa «Instrucción al comisionado de llevar la vacuna a la.
Guadilla» (sic-Aguadilla), redactada por Oller, fu eron manuscritas (47).
Los memoriales-del doctor Oller mencionan muchos de. los autores ingleses, franceses, suizos y españoles en la literatura temprana de v�cuna, como por ejemplo, Jenner, Woodville, Odier, Carro y Husson, pero no ha sido posible determinar si leyó esos trabajos directamente, o los conoció a través de resúmenes publicados en revistas' (48).
De las obras que fueron «el norte de sus experimentos», la escrita en francés•por Rugues Fe lix, Ranque, adoptada por la Junta Ce�tral de París, podría ser el libro de 137 páginas publicado por ese médico en 1801, pero no he encontrado nin guna referencia a que fuera adqptado por la Junta Central de París, ni anunciado o copiado en ningún periódico que circulara en Puerto Rico (49)..
Es preciso recalcar•que,. a menos que Oller confundiera totalmente la referencia, ést" a de Ranque no equivale. al Primer informe por la Comisión médica en el Louvre.
El redactor.de ese informe fue el doctor Emmonot, y la Comisión fue un grupo diferente a la Junta Central de Vacuna de París (SO).
La obra «publicada en Madrid y recomendada por el Tribunal de aquel Protomedicato» parece.ser eUibro de Hernáridez..
No he encontrado evidencia del endoso en Madrid, pero �í'fue recomendada en su edición de 18_ 02 por el-Prntomedic. áto de la Habana (51).
La «dada a luz en Tarragon• a por un incógnito» es la de Smith, quien se identificó sólo por.las siglas.
Aunque puede haber otros textos tempranos de vacuna, y no he podido examinar todos los texto� mencionados en la época, sin embargo, los datos pres• e�tados son suficientes para justificar cierta� conclusiones.
Entre 1 799 • y 1804, la experiencia europea de vacunación,• presentada en publicaciones enLondres,-París y Ginebra, apareció traducida en Madrid, y circuló am plia y rápidamente por los _ dominios españoles.
La prensa en América y' Madrid jugó un papel principal en-la diseminación de información sobre vacuna, y la más reciente literatura sobre el tema.
La información fue rápi damente aprovechada.por los que hasta entonces habían usado la inocula-dón de viruela como preventivo de la enfermedad, pues poco. tenían que aprender para usar la nueva técnica.
Tal como había sido inoculador Jen ner, así también lo fueron Piguillem, Salvá y otros en España y América.
(por ejemplo, Oller) (52).
Un análisis detallado de la nacionalidad, año y fuente de publicación de los textos contemporáneos citados en documen tos locales podría• ofrecer importantes atisbos al clima intelectual •y los in tercambios internacionales de las sociedades hispanoamericanas justo an tes de su independencia.
Como resulta claro por lo ya expuesto, la mayoría de estos libros y en víos dé linfa se originaron en Francia.
Esta comunicación parece ahora na tural y sencilla, dada la importancia del descubrimiento y el respaldo del gobierno español a la difusión de vacuna.
Pero es necesario recalcar que en aquella época la comunicación con el exterior se percibió como peligrosa.
El propio Ruiz de Luzuriaga, en una_carta de 1801 se lo indica a un corres ponsal: «Acuérdese Vmd. que vivimos en un país donde la menor corres pondencia con Francia pone de mala fe, aun en asuntos literarios, a uno con el gobierno.
No me•comprometan Vmds en el extracto que hagan entre Vmds. y el Dr. Pinel, a quien saludo cordialmente» (53).
Ya se ha visto có mo habiendo vacuna en Jamaica, ésta no se trajo a Cuba ni a Cartagena de Indias, lo cual arroja una luz nueva sobre el atrevimiento de Oller y del go bernador de Puerto Rico en hacerla venir de Saint Thomas..
De 19 primeros textos, o «incunables» españoles de vacuna, ocho fueron 1.mpresos en Cataluña, cinco en Madrid (incluyendo el de Martínez, resi dente en Pamplona) y los otros son de Bilbao, Montpellier, Cádiz, Pamplo na y Zaragoza.
Seis de los diecinueve textos son traducciones del francés, y ocho fueron publicados el primer año, 1801.
He encontrado ocho citados o reimpresos en América.
Tanto el Primer informe por Emmonot, a la «Sacie-• té de Médécine de París», como las instrucciones sobre vacuna de la Junta de médicos de París tuvieron amplia distribución.
Sin embargo, el informe final del Comité central, definitivo y masivo, impreso en 1803, aparente mente no tuvo gran influencia en la Amériéa Hispana (54).
El breve libro de Pedro Hernández fue el texto más frecuentemente reimpreso, pero aun publicaciones provinciales de probablemente menor tirada, como la obra de Juan Smith, fueron cuidadosamente estudiadas en América.
Los papeles de Ruiz de Luzuriaga en la Real Academia de Medicina de Madrid, aunque frecuentemente citados, no han sido estudiados como me rece la riqueza de sus infqrmaciones.
Desde la lista de obras publicadas pa ra• 1801, a la documentación de la distribución de vacuna en la Península, con los nombres tanto de personajes célebres (Duquesa de Osuna, Condesa
Asclepio-1-1992 de Montijo, «Condesita» de Chinchón), como de madres en provincias, mé dicos y aficionados, esto� documentos claman por una investigación deta llada de su contenido y contexto.
Una intensa actividad de educación y documentación, encabezada y bien mantenida por publicaciones oficiales en España y las colonias, prece dió a la Expedición de Vacuna del gobierno español.
Su resultado más ob vio fue que hubiera en América un enorme interés y conocimiento sobre la vacuna a la llegada de Balmis.
Este empeño educativo fue acorde con la motivación principal de la Expedición (la prevención de epidemias de vi ruela en América), y añadió un nivel de sofisticación a las acciones del Go bierno que no ha sido apreciado hasta ahora, pues sus consecuencias fue ron vistas sólo a la luz de las decepciones y-altercados que tuvo Balmis en su recorrido. •
Como para probar que todavía en nuestra época la correspondencia en tre colegas sirve para transmitir noticias de vacuna, este artículo hubiera sido muy deficiente sin los datos bibliográficos suinihistrados •por las si� guientes personas: María del Carmen •Rodríguez Sarmiento (Barcelona),.
Francisco Guerra, María Luisa Martín-Merás, Enrique Gil, Pedro Rocha (Madrid) y Manuel•Riera Blanco (Tarragona).
Esta recensión del libro de Jenner indica que el texto proviene «del mejor periódi co de agricultura qμe se publica en Francia» ( «Feuille de -sic __:_ cul, tivateur» 7 nivoso año.
La recensión origin�l es una traducción casi integral de la lnquiry, por Loms ÜDIÉR (rióviembre y diciembre de 1798) «Recp.
(2) MIRÓ Y BoRRÁs, O. ( 1917): Bibliografía del Dr. D. Francisco Piguillém y Verdacer, in troductor y apóstol de la vacuna en España, y Bibliografía española de las inoculaciones pro filácticas de la viruela, Gerona, págs. 12-13. |
El tratamiento moderno de sus textos ha hecho de ellos un -venero• de sabiduría-y originalidad;
Nuestro episcopus ratisbonensis, que vivió bajo el cielo de-Ptolomeo e iluminó su universo con las luces de Dionisia elAreopagita,•aplicó la scien tia experimentalis, provocando una renovación creativa. del saber, de lo. que 182
Alberto de Bolstadt (1206-1280) (1),Ham'ado Magnus por su saber oceá nico, fue admirado aun po;r su crítico contempor�neo más severo, el fran ciscano de l'a esc1..
• Alberto M: agno asimiló el saber universal del siglo XIII, pudiendo tratar por ello los temas más diversos, desde los herméticos mis. terios de la teolo gía hasta las virtudes de las-plantas, Jos animales y las piedras..
El «tinte aristotélico de San Alberto Magno» (2) confundió a algunos tratadistas que llegaron a considerarlo tan sólo un singular compilator y no es aventurado• afirmar que ha sido: casi contemporáneamente cuando los especialistéls en el saber medieval hari visto en él un auctor de singular genialidad.. • • • • EJ abertinismo pantagruélico.consagrado por Etienne Gilson ha des pertadÓ una noble curiosidad acerca de la vida del Santo (3, 4, 5) dado que su obra supera por su extensión y profundidad las más extraordinarias po sibilidades humanas.
Una fuente excelente para el desciframiento del poderoso enigma de su existencia laboriosa y creativa es, sin duda, el ensayo de James A. Seishei. pel; de la Orden de los Predicadores, que ha ordenado informaciones bio gráficas dispersas en una síntesis diacrónica, dentro deJa obra compilada por Manfred Entrich, O. P., titulada adecuadamente Albertus Magnus, sein
Existen diversas percepciones de nuestro auctor, que surgen del análi sis inacabado de su obra de magnitud inigualada.
Dante, en Paradiso X, 97, lo ubica en el cielo del Sol, hermanado a San to Tomás de Aquino: Ambos son iluminados por la Quinta Luz (Paradiso, X, 109):
La presencia de Alberto Magno en el Paradiso de Dante Alighieri reco • ge una tradición muy difundida de su persona, la de heraldo de Tomás de Aquino, y piedra angular del pórtico de la escolástica..
Desde sus tiempos primeros •se dibujó, sin embargo, una imagen • esoté rica dél Santo, como mago y alquimista, autor de griinorios y profecías innumerables (6, 7; 8, 9).
• • Su omnisciencia hizo también que en el curso de los tiempos su obra apareciera fragmentariamente en los paradigmas más diversos de la histo ria del pensamiento (10, J l, • 12, 13).
A nadie, sin embargo, escapó su innovación trascendental consis' tente en la separación de la teología de la filosofía, haciendo de ésta una ciencia sensu stricto. •
• Podríamos.afirmar,• empero,. que: Alberto Magno es: todavía un pensa dor desconocido• en múltiples aspectos, como lo evidencia la renovación de su estudio luego de la prolija restauración de sus Opera Omnia que lleva a cabo actualmente la Orden de Predicadores•, a través del concilium de sa bios albertinianos realizado•por el Monasterium Westfalorum in Aedibus será un testimonio si l tratamiento de la melancolía, una verdadera Aufhe bung ( elevación y síntesis) a partir de los Problemaf a de Aristóteles y la es tequiología de Galeno ( 14)-.
Como introducción al tema de nuestro ensayo, se impone en la gnoseo logía alb�rtian� una breve discriminación de tres nociones, que no deben ser confunq. idas, sobre las que imperó, a veces, una insalvable confusión en los medievalistas; son ellas las de tristitia, acedia y melancolía.
• Ioannes Cassián trató en su obra De Institut_ is Ceonobiorum et de acto pri!'l, cipalium viti � rum remediis (Siglo y) ( 15 La fuente a, lbertiana de la melaricólía se halla constituida por los Pro blemata de Aristóteles (17,18,19). eil los • que es objeto de un trascendente 4isc�rso: Proble�ata, XXX, l.
Es interesante destacar que Aristóteles planteó a través de ellos un.po deroso interrogante, qtie a veces se difundió como si se tratara tan sólo de un dictum, tal corno figuró en la obra • de Cicer9n (20).
El texto inicial de Problema.ta XXX, 1,' dice así: • En este discurso é; Xpresa que antes de. determinar �a naturaleza y ge neración de los miembros o elementos que. se constituyen en los cuerpos animados, como la carne, la sangre, la leche y el esperma, es menester que derivemos a la doctrina general-de los seres húmedos.
El humor del cuerpo animal es un fluido líquido en el cual se conviér te el alimento nutritivo por medio de la segunda Esta es llama da así ya que es realizada en el hígado o én el órgano que lo reemplaza.
La primera digestión tiene lugar en el es�ómago.
El resultado de am bas digestiones es el humor, que puede ser bueno o malo.
• El humor bueno se divide y subdivide.
El primer grupo incluye la san gre, la pituita; la bilis roja y la bilis negra.
Trata • extensamente de• Alberto Magno los diversos entes que instituye en esta división y subdivisi6n, analizando con ejemplificadora claridad y conocimiento profundo los tipos de sangre, de la• pituita (phlegma) y de la bilis.
Al hablar de la bilis citrina -p.
237-, se refiere a la melancolía lla mada no natural o adusta (quemada, abrasada).
Esa adustión se realiza en lé!. misma bilis.
El comentario de la adustión de la bilis deja vislumbrar un conoci miento perfecto de la esteqμiología de Galeno, en un señalamiento claro y riguroso de los diversos tipos y efectos, así como los.caracteres que re visten.
La melancolía, que también es llamada Cho lera nigra o nigra bilis, es el último de los.humores naturales de que trata Alberto en su disgresión, ahondando con ello conceptos de Constantino Africano (21).• Constantino Africano, miembro del famoso Collegium Hippocraticum, llevó a su: máximo esplendor la Escuela: Salernitana, y en lo r • eferente a la melan2olía, trasmitió las tradiciones médicas helenísticas, bizantinas, árabes, latinas y he. breas.
El conocimiento de los tratados de la melancolía de Constantino Afri cano nos permite saber que Alberto Magno dispuso en su tiempo de la su- Pues alguna s� separa del humor viscoso sutil por adustión cenicien ta, y ésta es algo salada; tendiendo al sabor del mar, y no es muy mala:
La tercera empero, se separa de la sangre pot adustión y tiene sabor a mar, algo tendiente a la dulzura; tampoco ésta es muy nociva.
La cuarta se •separa de la melancolía, y esto ocurre de dos maneras..
Alguna vez por adustión ¿enicienta. se separa de la melancolía na_ turai su_ til, y• esta es negrc:!-, acre y avinagrada al bullir, y si cae sobre la tierra • derramada, _las moscas huyen de su sabor, y lo mismo otros animales que gustan de 1a humedad del estiércol, y ella es mortaLy provoca exco. riaciones, a menos que se acuda rápido y desde el comienzo, y además tiene la dificultad de no ceder fácilmente a la medicina.
A veces se la se para por adusÚón de la II1efancoiía gruesa, y ésta es menos acre, con po� co sabor a mar.
Daña más lentamente qq.e aquella de la cual.ya hemos hablando, pero presenta la dificultad-de que)ambién c�de más lenta mente a los medicamentos.
Estas son, pues, las clases de la melancolíá, y aquélla que es natural abunda en muchos animales, alpunto de que toda la sangre de ellos es melancólica, como los búfalos y los machos y los toros que entre nosotros son.llamados vuesent, e igualmente su�ede en otros animales..
En los hombres. rambién este humor forma parte de diversas mane ras:. porque si no hay gran abrasamiento, sjno que _ se produce una cierta adustión eón la melancolía natural que la altera sin incinerar\a, • de modo que co-mience a echar humo, entonces tendremos una melancolía con muchas fuerzas firmes y consolidadas, pues su pa�te cálida _ se mueve bien y la húmeda lo ha�e muy bien con la sustancia terre�tre no incinera da, por lo cu. al produce efectos y frutos tan firmes. y adecuados, siendo origen de las virtude� de los m�jores.
Por ello, dice Aristóteles en el libro de Problematibu• s que todos los mayores filósofos, como •Anaxágoras y Tales de Mileto, y todos aquellos que sobr. esalían •por sus. virtudes herói cas, como Héctor y Eneas, y Príam� y• otr�s, eran de. tal-�elancolía.
Di cen, pues, que tal melancolía tiene la_ naturnleza del vino rojo (o tinto)". que despide humo (es.. •espirituoso).
Y que.�ngendra espíritus afirmados y. est�bles.
Es esta una iluminación que permite dar úna respuesta cabal al inte rrogante de Problemata XXX, 1 que aún nos conmueve por su poderoso • enigma.. |
La masiva organización de nociones ya adquiridas desde la antigüedad clásica sobre los animales y vegetales y su incremento, determinado por la incesante �ultiplicación de nuevas especies que llegan a Europa gracias a los viajes (1) y a los descubrimientos en el Nuevo Mundo (2), mueve a los naturalistas del siglo XVI a intentar una profundización en las observacio nes relativas a grupos concretos de vegetales, pero sobre todo de animales.
Una corriente conservadora, que en un principio parte de una admiración acrítica de los textos de la antigüedad, pero sobre todo un deseo de difun dir las concepciones naturalistas de los antiguos, irá paulatinamente ce diendo terreno ante las posibilidades dinámicas de creación implícitas en (�') El presente estudio, que forma parte del proyecto investigádor;<Felipe U en el Es corial: Biblioteca y decoración palaciega», pudo realizarse gracias•a una beca concedida por el Patrimonio Nacional.
los nuevos descubrimientos dando lugar a las primeras tentativas de expli cación «positiva» de los fenómenos naturales.
En este empeño, el libro renacentista juega un papel importante: la ilustración del libro de historia natural (3), ayudada por las nuevas aporta ciones de la teoría de la perspectiva que dan sistema y medida a la• cons trucción de figuras en el plano y en el espacio (4), deja de cumplir una fun ción meramente ornamental para convertirse, sobre todo a partir del siglo XVI,;n la• explicació• � de un texto que se orienta: paulatinamente hacia la restitución fiel de la realidad, del mundo visible, convertido ahora en reali dad sensible. ponderable y mensurable; la naturaleza empieza a ser consi derada como un sistema (4) que, siendo armónicamente modulado por fuerzas divinas acordes a los ritmos de fa vida (S), puede ser analizado se gún métodos racionales en la observa_ ción y reflejo de la realidad.
Nace el pintor científico que ahora necesita de la colaboración y buen oficio del dibujante que sabe representar el mundo natural conjugando lo «necesario y lo bello» de acuerdo a un espíritu de investigación «bien tem perado»; las leyes de la perspectiva (6) se utilizan en efecto para una des cripción que se orienta hacia un �ierto realismo gráfico que, conforme al principio leonardesco de. que «la pj: ntura más digna de alabanza es la que más se asemeja a la cosa imitada», trata no sólo de reflejar nuevas formas aisladas, sino también de hacer un estudio comparado de estas formas pa ra integrarlas en complejos sistemas taxonómicos (7).
Por otra parte, la fijación que supone-lo escrito y multiplicado repetida mente a través de la imprenta sirve también a los nuevos ideales de una en señanza en la que el profesor debe mostrar de forma adecuada, fidedigna y sistemática a los estudiantes las estructuras biológicas mediante unas ilus traciones que tienen que funcionar como soporte del texto.
Y la publicidad y multiplicación de saberes que incorpora la Únprenta permite, además, que en las universidades se realicen unas lecturas que aseguran una mayor difusión de obras y polarización de teorías que redundará en un• progreso general de todas las ramas científicas.
Como ha dicho Hall: «la lógica del naturalismo, la de la escuela y la de la imprenta se combinaron para �rear un nuevo tipo de ciencia escrita basada en la observación» (8).
Y en este sentido, los intercambios entre impresores, dibujantes y profesores sirve a los fines de un nuevo lenguaje visual que. tiende a superar una ciencia aca démica aristotélica esclerotizada (9)..
Estos grandes avances de la imagen impresa se dejan sentir sensible mente en las obras de los grandes zoólogos del siglo XVI: en efecto, las re presentaciones animales de Gesner, Rondelet o Beion, aunque sumarias• y repletas de inexactitudes, son cada vez más fidedignas; y se van acercando hacia un realismo, incluso a cierto <<naturalismo» gráfico.
No obstante, ne cesidades clasificatorias imponen todavía representaciones gráficas bas tante ligadas a una iconografía tradicional: predomina sustancialrriente una cierta repetitividad (10).
Las necesidades clasificatorias imponen una imagen en las que se tiende a destacar las características más evidentes pa ra subsumirlas en catálogos tOdavía muy estilizados que, para hacer posi ble el reconocimiento• de la especie, desembocan en una especie de esque matismo, tipificación, rigidez y • estereotipo.
Vuelta a los clásicos, vuelta a la naturaleza
El punto de tensión máxima en la dialéctica tradición-modernidad se produce cuando las novedades naturalistas encontradas en el Nuevo Mun do no hallan su confirmación en la autoridad, todavía indiscutida, de Aris tóteles ( 11) o contradicen los testimonios de la Historia Natural de Plinio (12).
Entonces el naturalista intenta una «adaptación»: una modalidad ra dical de crítica humanística a los textos toma la forma de corrección (la fi nalidad es «adaptar» lo nuevo a lo clásico mediante la corrección o castiga tio); en otras ocasiones tiene lugar un mero «ajuste» de textos o testimonios discordantes a través de la glosa o el comentario; otras veces e1 autor renacentista se vuelca hacia la pedagogía de la explicación.
Difer: en tes medios de desigual eficacia e intensidad orientados a la finalidad, coin cidente de dar a la leyenda carta de naturaleza científica.
Y del mismo mo do que el humanismo filológico se propone desde Valla reencontrar los textos literarios en toda su pureza, hallar la pureza de un corpus, después de sus diferentes fuentes, Gesner, por ejemplo, utiliza en la historia natural la noción de castigatio: «Encontrarás en este volumen no solamente la historia de los ánimales, sino además una masa de comentarios apropiados con numerosas correc ciones aportadas por todos los naturalistas antiguos y modernos cuyas obras hemos podido leer, y particularmente los escritos de Aristóteles, Pli nio, Eliano, Alberto M_ agno y los agrónomos» (13).
Se trata, pues, de. un movimiento en doble sentido que pretende por un lado depurar, purificar:,de errores las fuentes antiguas y por otro acordar las novedades desconocidas a un saber preexistente cuando éste no puede explicarlas: de este modo el naturalista renacentista acc�de, mediante la crítica, a un nuevo saber sintético, que no sólo no hace tabla rasa de las fuentes. antiguas, sino que además las purifica de acuerdo a las• n_ uevas ne cesidades de la experi_ encia.
Nace así una nueva síntesis explicativa de la naturaleza que sabe conjugar los postulados renacentistas de «la vuelta a los clásicos» con una «vuelta a la naturaleza»..
Enciclopedias y monografías: Gesner, Rondelet, Belon,.
Por ello no debe �orprender que en las primeras «monografías» natura listas se incluyeran elementos q1:1e, desde una perspectiva modern�, • pue den parecer contradictorios: dan cabida por una parte al experimento, asu men por otra fa ley�nda..
Esta tensión. también se traslada a los diferentes modos de presentar y organizar el saber naturalista: A) El saber enciclopédico, mito de la cultura renacentista, alienta por una parte la compilación de mastodónticas enciclopedias que pretenden compendiar expositivamente • en una sola obra 1a concatenación universal, identi�ádes y jerarquización de los conocimientos acumulados desde la an tigüedad: es una refundación global del saber, pero también una conserva ción de un patrimonio de conocimientos en la que se privilegia la erudición y que implica un gran esfuerzo taxonómico, una clasificación y' también la afirmación• de una nueva función didáctica que necesita de un método (14).
No hace falta decir que aquí se da entrada a toda suerte de elementos literarios, alegorías zoológicas, jeroglíficos, proverbios...
Para Foucault: «Hasta mediados del siglo XVII la tarea del naturalista era establecer una gran recopilación de documentos y signos, de todo aquello que, a través de todo el mundo, podía f ormaruna marca» (15).
Los autores de estas obras son, pues, meros compiladpres que, siguien do el modelo pliniano y sus epígonos medievales, nO'se preocupan por pe netrar una posible lógica interna del reino animal, limitándose a exposicio nes de lo que podríamos llamar «datos adquiridos» (incluidas muchas leyendas-y errores) en un orden de, cómoda repertoriedad y con una fatigosa propensión a digresiones moralizantes (16).
Como ejemplo típico de enciclopedia (aparte de los ejemplos medieva les de Thomas de Cantimpré cuyo Liber•de natura rerum ve la luz en 1233, o de Vincenzo de Beauvais que terminó su Speculum naturale hacia 1250) se cita a la Historia Animalium (1551-1621) de Konrad Gesner: la obra, que mantienelas divisiones aristotélicas del saber, pretende recoger todos los animales citados por los escritores antiguos, todo posible conocimiento so bre el reino animal no sólo de carácter científico, sino también literario, histórico, simbólico sin menoscabo de antiguas supersticiones y leyendas.
La heterogeneidad del ingente mat�rial recogido no impide sin embargo la adopción de unos claros criterios taxonómicos.
B) Por otro lado, las monografías: al ser obras muy circunscritas y bas tante'profundasque tratan de argumentos espedfkos, permiten que la eru dición vaya cediendo terreno ante la experiencia y privilegian la observa ción puntual y la verificación empírica del detalle.
Entre las monografías del fondo naturalista de la biblioteca privada de Felipe II sobresale por su importancia gráfica la obra del médico y natura lista italiano Ippolito Salviani Aquatilium animalium Historiae (Roma, 1554-1558) (17).
Salviani conjuga la utilización de tablas de nombres griegos,• latinos e italianos con la de las denominaciones en lengua italiana de especies mari nas: unas enorrpes tablas s�ñalan qué naturaltstas antiguos (Aristóteles, Plinio... ) han identificado unas especies que, aunque todavía no se dispo nen. de forma metódica, ya se _agrupan por sus caracteres externos.
Salvian� dedica un capítulo a cada especie y lo divide en varias secciones:
-Jndagatio de la sinonimia.
Así pues, esta obra de Salviani es un ejemplo doride se compaginan' las enseñanzas de los autores antiguos con modernos criterios taxonómicos, onomásticos y de observación puntual.
-Las obras de Rondelet (1507-1566) Libri de Piscibus Marinis libri XVIII (Lyon, 1554) y Universae.Aquatilium Historiae (Lyon, 1555) se encuadran Asclepio-1-1992 también en la serie de monografías naturalistas, en esta categoría de libros documentales y técnicos cuya finalidad es dar una información visual, re flejo de una idea exacta de seres •de la naturaleza a través de la imagen.
La descripción verbal es concisa, minuciosa y exacta: la preocupación princi pal es hacer un inventario metódico.
Para ello, la imagen aquí funciona co mo un documento visual:
«Hacer el retrato lo más cercano del natural para trazar una historia to do 1o verdadera que le• ha sido posible» ( 19).
Rondelet describe 200 especies marinas y 500 peces de agua • dulce, con chas, moluscos, reptiles en 300 imágenes ejecutadas por Georgeseveid.
Realiza excelentes observaciones sobre animales acuáticos (diferencia en tre peces y cetáceos).
Los grabados, aunque estéticamente inferiores a los de.Salviani, muestran las peculiaridades morfológicas de muchas especies: aspecto de las escamas, espina:5...
A veces han sido realizados a partir de animales disecados.'
Otro naturalista ampliamente representado en el fondo de privado de Felipe II es Pierre Belon (1517-1564): citaremos el ejemplar de la Histoire de la Nature des Oiseaux (París, 1555) donde Belon des�ribe con gran cui dado a las especies ornitológicas que todavía clasifica según su tamaño, rasgos anatómicos, pero sobre todo por su habitat (aves que viven en el agua, que viven en tierra; en tierra y mar, pájaros pequeños que viven en setos) y de los que señala también su importancia gastronómica.
Se ha se ñalado (20) que Belon sienta en esta obra las base• s del método comparati vo y dibuja detalladamente la primera lámina que establece los paralelis mos entre el esqueleto humano y el de las aves: 196 «La extremidad del alón es como nuestros dedos: los huesos dados por patas a las aves corresponden a nuestro talón; así como nosotros tenemos. cuatro dedos menores en el pie, las aves tiene cuátro dedos».
«Toda esta precisión no puede ser otra cosa que anatomía comparada para quien la ve armado de los conocimientos del siglo XIX».
«La descripción de Belon no hace más que destacar la positividad que ha hecho posible su época» (21).
Las calcografías de la obra parecen completamente «naturales» y rea listas incluso cuando muestran formas que son imposibles y, correctas o no, estas ilustraciones -:-como en •el caso de Leonardo-constituyen uno de los primeros intentos de «fotografiar» estructuras biológicas y también de hacer un estudio comparado de formas -sobre todo de los esqueletos de las diferentes especies.
Una curiosidad y una gran preocupación por la exactitud llevan a Belon a realizar retratos, a recoger toda suerte de datos • sobre medicina, ciencias naturales, geografía, historia de las costumbres y de las religiones.
Ante todo son los descubrimientos lo que forma la materia de sus diferentes retratos o de sus observaciones.
Así Cavellat, editor de sus obras, no sólo pondera la cualidad retratística de las imágenes de Belon, si no también su cualidad de documento visual que se h�ce sensible por las • cualida�es uniformes de precisión, exactitud en el detalle, sobriedad, segu ridad de los contornos y finura de las sombras.
Y curiosamente este naturalismo descriptivo de las ilustraciones de los libros de Pierre Belon alcanza también al autorretrato del autor, quien apa rece con el atuendo de médico a la edad de 36 años, viejo prematuro con larga barba y rostro surcado por arrugas e incluso a las descripciones geo gráficas del capítulo que lleva el título de «Portrait de l' isle de Lemnos, du
En •definitiva, �l incipiente «empiris_mo» científico y el «naturalismo» iconográfico de estas primeras obras naturalistas son, pues, nociones que no dejan de plantear dificultades: junto a datos de descripción y represen taciones naturalistas (sobre todo visibles en las monografías), aún perviven elementos de la tradición legendaria, filosófica o literaria (presentes predo minantemente en las enciclopedias); junto a la observación minuciosa, la leyenda.
En los dos apartados siguientes se tratará de individualizar las fuentes y manifestaciones gráficas y literarias de estas dos corrientes que las más de. las veces se presentan orgánicamente formando parte de una unidad inescindible.
El horizante experimental L Fuentes
La corriente experimentadora en zoología arranca de los atomistas (distinción de Demócrito entre vertebrados e invertebrados), pero hay que esperar a Aristóteles para que empiece a hablarse de la zoología como dis ciplina_' de observación (observaciones morfológicas bastante exactas), si bien debe tenerse presente que la visió' n global de la• naturaleza del autor griego es básicamente teológica y no se asienta tanto sobre bases empíricas como en un estudio crítico• de la filosofía presocrática y platónica.
No obs tante, como arranque «científico» nos sirve.
Los e• stoicos sori responsables de una visión casi holística de la natura leza hasta el punto de ser considerados precursores de un estudio analíti co-empírico de carácter sistemático: así 16 demuestra la• importancia que atribuyeron al significado y etimología de las palabras, donde se hallan los primeros esbozos de los problemas de nomenclatura, onomásticos y terminológicos (22).
Durante los siglos XII-XIII aflora una producción de carácter técnico aplicativo que toca aspectos de la agricultura y la caza con interesantes in cursiones zoológicas•y que, por su misma naturaleza, se orientarán hacia la certeza en la observación (23).
Pero habrá que esperar a Alberto Magno (24) para que reviva.la orienta ción aristotélica cuyas fuentes usa con sentido crítico.
En. las Quaestiones (1258-1260) y en De Animalibus Alberto introduce consideraciones médi cas y veterinarias, describe exactamente no sólo la forma y las costumbres de muchos insectos, pájaros y mamíferos (descripciones tomadas parcial mente de Cantimpré), sino que además suministra noticias precisas sobre problemas biológicos generales tales como la ecología y la reproducción, realiza muchas observaciones personales (descripción del sistema nervioso ganglionar de los cangrejos y arañas) y agudas críticas que le llevan a con siderar como fantasías a muchos monstruos plinianos y, consecuentemen te, a excluir el origen diabólico de su monstruosidad, a riqiculizar la histo ria de la autocastración de Cástor, • de la incubación de los huevós del águila por parte dél sol, a retomar la sistemática aristotélica y a insistir en el concept6 de «Natura nqn fecit_ sa_ltus»... ideas que se impondrán gradual mente en la segunda:• mitad del siglo XVI y que sólo fuero� sistematizadas por Ulisse Aldrovandi a comienzos • del siglo XVII.
El De Animalibus es uno de los mejores eje-mplos de cómo el sistema de hechos y lás explicaciones naturales proporcionados por la traducción de Aristóteles• y de otros autores griegos estimularon a los filósofos de la natu raleza del siglo XII a hacer-observaciones semejantes por cuenta propia y a modificar las explicaciones a la luz de esas observaciones.
Los primeros dieciseis libros. de De Animalibus son en efecto un comentario que incluyen el texto de la tradticcióri de Miguel Scott de la Historia de los Animales, de Lds Partes de los Animales y Generación de los Animales de Aristóteles (25).
• Pero los ejemplos citados son casos aislados: en general, él hombre me dieval obtiene su vision del mundo de una doctrina de fa cual la experien cia empírica pUede ser, en el mejór de los casos, una confirmación� pero nouna verificación.
Contenido intelectual del libro:
Se consignan: A. Los nombres de los animales en.diversas lenguas; B. El área geográfica y habitat.
Elementos que sientan las bases de una zoología descriptiva.
Pero donde mejor se muestra la pujanza de la tendencia _ experimenta dora es en la representación gráfica: e�contramos ya en el primer1 período de la Edad Media representaciones realistas de plantas y animales en los mosaicos de muchas iglesias de Roma, Rávena y Venecia.
Durante el siglo XIII en pintores tales como Giotto• o Spinello Aretino.
Leonardo se refirió a la pintura como «verdadera ciencia, la hija legí tima de la naturaleza, porque ha nacido •de la naturaleza misma.o, por decirlo más correctamente, la nieta de la naturaleza, porque todas las co sas que llegan a nuestrps sentidos han nacido de la naturaleza y la •pintu ra ha nacido de e�tas cosas» (27).
Por eHo, el pintor que es capaz de regis-. trar la evidencia visl, lal no sólo colabora a un trabajo científico, sino que. también él mismo lo ha realizado, y por tanto, es científico (y tal es el ca so paradigmático de Leonardo).
El art�sta que, en el s�glo XVI; colabora en la ilustración de los libros de Cartografía, Botánica, Optica, Zoología •o Astronomía es también un cie°:tífico: ayuda a extender un corpus comple jo de conodmientos en el que también colaboran traductores, autores y editores (28): el conocimiento d� la naturaleza se alcanza a través de las artes liberales (la amplia esfera de la actividad científica) y no a través de las artes mecánicas (�sto es, las actividades necesarias para el experimen,.. to, disecciones, col_ ecdón de especies, construcción y uso de aparatos científicos).
Ahora bien, ¿cómo opera la interacción entre el artista y el material científico?
Para Ackermann (29) de tres modos: bles que afectan a la apariencia del objeto.
Estas variables externas para el artista -color, luz y oscuridad, atmósfera, diferencias espaciales-pueden controlarse mediante la eliminación de. los efectos de un habitat o evitando los escorzos.
Las variables internas -psicológicas o sociales-son restrin gidas mediante la elección de un objeto que genere un mínimo de «ruido», de elementos convencionales o emocionales (afecto, miedo, respeto o des precio).
No es posible trazar siquiera un esbozo sucinto de las fuentes mítico-le gendario que apuntalan una visión mágica en los libros de zoología rena centista (33): el arranqi.ie ideológico quizá se halle en los neoplatónicos y pitagóricos con _ su interés unos por la mística, otros por la magia de los nú meros (34).
Virgilio, en sus Geórgicas, transmite conocimientos falsos so bre la vida de las abejas.
Cicerón y Plutarco a menudo gustan de moralizar y comparan las pasiones del hombre con las virtudes, a veces ima'ginarias, de los animales.
Entre el siglo III y IV d. de C. se privilegia un tipo de ejercitación re tórica sobre los textos antes que la indagación sobre los hechos.
Se mul-tiplican los manuales escolares y aparecen algunas enciclopedias, como la Historia Natural de Plinio, quien se interesa más por los monstruos y portentos que en los fenómenos verificables y en las espeeies bien defi nidas.
Durante la Edad Media prevalece en líneas generales-una cultura reli giosa basada en el texto revelado, del cual se buscaba una interpretación, fuera ésta literal, mística o una gnosis esotérica (35).
Este corpus medieval es' enorme: incluye obras de cosmografía, trata dos didácticos como-los de Salino y San Isidoro: el Physiologus (siglo II al XV) que fue editado en un considerable número de lenguas en un sinfín de ediciones y que ilustra perfectamente el carácter mágico-simbólico que la civilización medieval otorgaba a los animales; esta obra suministra en efec to un amplio material para una interpretación alegórico-cristiana de los animales que perduró durante toda la Edad Media constituyendo una ins piración para toda suerte de bestiarios pintados o esculpidos (36).
Se di fundieron también summas enciclopédicas como las de San Alberto Mag no; Vincent de Beauvais, Thomas de Cantimpré o de Brabante, Robert Bacon, Bartholomeus Anglicus ( 3 7); summas teológicas corrio la de Santo Tomás y summas poéticas y filosóficas col)1o la Divina Comedia de Dan_ te, crónicas, libros de viajes (Libro de las Maravillas de Mandeville, Viajes de Marco Polo y Colón) (38). • • El Renacimiento resucita esa categoría equívoca de los mirabilia que comprende tanto las maravillas de la naturaleza, como las «causas secre tas» que presiden esta o aquella «singularidad» del mundo animal, como los verdaderos monstruos cuya descripción multiplican a su gusto los hu manistas: en el fondo de Felipe II de la biblioteca de El Escorial destaca en este aspecto el Libri Mirabilium septem de Frederici Nauseae donde se ilustran los llamados «portentos» de la naturaleza, los monstri portenti.
En las ilustraciones de Ambroise Paré o Sebastian Brant en la Narrens chif se hacen aparecer toda suerte de•diablos y animales emboscados: los monstruos de Brant, Jacob Rueff o Cornelius Gemma no son literarios como los de Schedel, Mennel, Lycosthenes o Wolf, sino que son «indivi duales» y tienen pretensiones de historicidad y para ellos se crea una ra ma de la, historia natural llamada teratología.
El'resultadose ha• obtenido a partir de la ordenación metódica: e interpretación arbitraria de un cú mulo de conocimientos provenientes• de fuentes clásicas'y• postclásicas que han sido tratados con los instrumentos que proporciona la incipiente investigación. anatómica y biológica renacentista.
La aproximación es tricta a los hechos queda oscurecida _por el indiscriminado tratamiento A esta sucinta enumeración cabe añadir la -influencia de la Cábala ju día, la Cábala cristiana, el biblismo intransigente del perisamiento protes tante en sus comienzos: el nombre hebreo de los seres vivos es el único nombre aut. éntico y su estructura filológica explica las -propiedades más singulares de la planta o el animal.
A ello se añadidan las aportaciones de los poetas del Renacimiento cuando se refieren al Gé, nesis y en concreto al relato de la Creación: el hombre, por delegación de Diqs, impone nombre a diversos animales.
Se trata de un lirismo que se pretende al mismo tiempo religioso y científico.
En definitiva, condiciones de alta metafísica y alta teología confluyen en este punto con preocupaciones filológicas para designar las• especies por parte de «esa extraña especie de historicismoque se dR entre los pioneros de la ciencia moderna que les lleva a profundizar en la tradición hermética hasta el punto de considerar su ciencia como un redes�ubrimiento de anti gua' s verdades qiie un día fueron claramente percibidas por los dotados e incorruptibles fundadores de la filosofía» (39).
Para concluir este apartado sólo queda apuntar que la admisión de lo fantástico�legendario en la literatura naturalista renacentista no sólo de riva de una sumfsión casi inconsciente a estas fuentes clásicas y �edieva les sino que además, en muchos otros casos, responde a la necesidad de los naturalistas de crear (esto es, de inventar como hipótesis de trabajo) nuevas variedades taxonómicas ante la imposibilidad de subsumir en las ya existentes las nuevas especies descubiertas en el Nuevo Mundo (en es te caso el elemento fantástico deja de ser un factor conservador para con vertirse en. un elemento empírico que espera ser verificado -ratificado o •corregido-con nuevas aportaciones);, otra,s veces, la imagen grotesca o fantástica se adopta de un modo ideológicamente más consciente: la ima gen fantástica es una reacción frente al estrecho control de lo. verosímil contrarreformista que, al haber reducido lo cierto a lo conocido y posi-
Contenido intelectuai del libro
A) Elementos literarios: Las aportaciones procedentes de las epopeyas clásicas de la antigüedad y de una amplia gama de novelas del género ani malesco como el Roman de Renard, el Roman de Fauvel (siglo XIV), de la mayoría de los bestiarios, la mitología, las novelas de caballerías, la poesía encuentran una acogida muy favorable (40).
B) Elementos _ religiosos: La consignación de cuestiones tales como la sepultura de los animales, qué animales son sagrados; las relaciones entre los dioses y los animales, los sacrificios de animales derivan de considera ciones religiosas heredadas del paganismo, del cristianismo y sob�e todo de la Biblia.
C):glementos mitológico-alegóricos: los griegos simbolizaban median te figuras de animales las edad�s del tiempo y divinizaban el día en doce horas_ colocadas cada una bajo el signo de un animal.
La astronomía crea un bestjario y ias constelaciones_ llevan nombres d� animales que están re lacionados con la mitología antigua.
La heráldica se sirvió del animal para sus emblemas, sobre todo de los seres mixtos: Una amplia literatura rena centista versa sobre proverbios �n los.que se habla de los animales que de sempeñan un papel simbólico: así _ en la abundante literatura emblemática -los Emblemata de Alciato ( 41 )-el rasgo naturalista de la especie cede su puesto• a una representación emblemática teñida de elementos literarios y filosóficos.
• -Resulta curioso observ�r cómo un número•reducido de modelos icono gráficos se repiten en diferentes libros para representar los m: ismos mons.:. truos: se trata dé represeritaciones teratológicas que se pretende «objeti vas», «médica�», que desean dar cuenta-no tanto de la existencia real de monstruos cómo hacer un inventario de monstruosidadés reales que pu-
• Aristóteles y la experiencia
Pero donde mejor se muestra, con todas sus contradicciones, la compli cada relación progreso-tradición en la ciencia zoológica del siglo XVI es en la actitud que los naturalistas adoptan frente al legado aristotélico: la cien cia procede de Aristóteles y Aristóteles la domina.
Los científicos trabajan en función de Aristóteles, trabajan porque Aristóteles ha trabajado ( 42) y quienes experimentan lo hacen también porque Aristóteles lo hizo.
Relación, pues, con el Aristóteles experimentador.
Sobre este punto es interesante observar la mentalidad que guía la in-• vestigación de Belon a la conquista de la flora y fauna, y cómo las va a re constituir.
No parte a la aventura a la búsqueda de animales y plantas.
No. Primero acude a la biblioteca, y allí confecciona una fauna y una flora �ompleta: sólo después irá a la superficie del globo para ver si el globo veri fica lo que dice Aristóteles, para confirmar que las cosas son como Aristó teles ha dicho que eran.
Actuando así es sincero, sinceramente observador y sinceramente aristotélico: estos dos elementos definen paradójicamente lo que llama «natural».
Cuando, por ejemplo, leemos la expresión «natural» en las palabras de Pierre Belon [«il n' y a description, ni portrait d'oiseaux... qui ne soit en na ture et que n 'ait esté devant les yeux des peintres» (42 bis)], Aristóteles for ma parte de esta naturaleza, de este «verdadero retrato» o incluso de esta «verdadera representación»: «Me propuse reunir riquezas de tierras extrañas y puesto que el conoci miento de estas últimas no era fácil, antes quisimos extraer la perspectiva de sus efigies de los libros de nuestros antepasados para imprimirlos en nuestra idea.
Y sólo entonces nos atrevimos a ir a buscarlos a los países ex-. tranjeros, no esperando otra recompensa para nuestras penas que la de verlos en vigor» (43).
Empleando la expresión de Claude Bernard, podemos concluir dicien-: do que en estos primeros naturalistas el testimonio de Aristóteles desempe ña el papel de «idea experimental».
La recompensa del viajero es encontrar a los animales tal y como los había descrito Aristóteles:
Durante el Renacimientg, en conclusión, la experimentación, ayudada por los progresos «naturalistas» de la xilografía, un Aristóteles depurado, convivirán con la leyenda, la filología, las imágenes simbólicas y el legado medieval creando una nueva síntesis naturalista punto de arranque de la ciencia naturalista moderna.
De modo que el significado epistemológico de esta ciencia natural sólo podrá entenderse desde una perspectiva holística, entendiendo a la zoología como una: Summa variopinta de saberes, de fac tores diversos que formaban parte la cultura de la época:
El ideal galileano de las ciencias basadas exclusivamente en la expe riencia y en las demostraciones matemáticas sólo irá afirmándo�e muy paulatinamente durante los si_ glos XVI y XVII NOTAS.
(1) Del fondo privado de Felipe II citamos a modo de ejemplo de libros de viajes, La Description de l'Afrique de J. LE0N (1556, Lyon) donde hay pormenorizadas descripciones geográficas y de animales «tanto �cuáticos como terrestre�» o La Cosmographie de Levant de F. André THEVET (1554) (Lyon, Jean de Tournes), donde, junto a escenas de caza e imá genes de género, las xilografías repre�entan diferentes especies animales.
(2) <;Los.ejemplos aportados nos demuestran que durante el siglo XVI ya se poseían informaciones correctas y de impresionante realismo sobre las formas de vida característi cas del Nuevo Mund9.
De ahí derivará una nueva visión de la naturaleza, distinta de una región a otra, en modo alguno un{forine y homogénea, planteándose en consecuencia nue vos y graves problemas relativos a la historia tradicional del Diluvio.
Es entonces cuando, partiendo de una visión transformada de la naturaleza, se comienza verdaderamente a es tudiar la d1stribución geográfica de las plantas y animales».
La science au sé zieme siecle, París.
Sobre la infl�encia de los descubrimientos geográficos en la historia natural europea es especialmente importante el estudio de A. W. (4)• Para la cÓncepción orgánica de la naturaleza, ésta es un ser vivo que tiene «alma» y lucha por un fin: es un estado de crecimiento orientado a una necesidad y sólo puede ser descrita mediante analogías, pues se concede gran importancia al mito y al misterio.
Para esta concepción la naturaleza es esencialmente algo•imposible de conocer, algo demasiado maravilloso con para ser captado por los mortales.
Quizá por ello el Renacimiento, que hi zo suya esta idea •orgánica de naturaleza, es• mucho más rico en símbolos y mitos que la época de la revolución científica (cuando se impone la concepción mecanicista).
(5) La naturaleza considerada como un todo en el que sería erróneo separar el estudio de la naturaleza orgánica de la inorgánica.
Los aristotélicos, los platónicos y los paracelsia nos del siglo XVI concebían al mundo como un ser vivo y no es raro leer descripciones teó-Asclepio-l�l 992 (15) M. FoucAULT: Las palabras y las cosas (1974) (México). ( 16) En este sentido es significativo el procedimiento de Gesner en su Hist9ri(l Anima-• lium: primero trata de la nomenclatura del animal �n todas las lenguas conocidas (inter pretación etimológica al modo medieval), después describe la apariencia exterior (forma), el habitat y comportamiento (victus y mores), su crianza e incubación.
Datos éstos que sólo. son prerrequisitos para las secciones que siguen que van más allá • de la descripción y 9bser vación: significados morales (moralia) provenientes de interpretaciones antiguas y medie vales; significados metafóricos, símiles, p�overbios, fábulas.
Consagra una sección autóno ma a otras aplicaciones (user allii): usos prácticos en C: Ocina y en medicina que ocupan un lugar secundario en relación a las lecciones morales.
En definitiva, el campo. de la precisa descripción verbal y gráfica de los hechos empíricameI?.te establecidos convive y se_ subor dina al reino de los significados generales y de los _potenciales significados naturqles.
Eri el protestante Gesner preexiste una preocupación religiosa: el estudio de las criaturas vivas conduce al hombre a la contemplación de su Creador y por eso las citas de Aristóteles con viven con las referencias a las Sagradas Escrituras•para justific�r el estudio de determinados aspectos de historia natural. • (17) SALVIANI está estrechamente vinculado al papado (médico personal de Julio II, Pablo IV y del Cardenal Cervini, quien sufragó los gastos de las obras).
Las bellas calcografías de Aquatilium Historiae, ejecutadas por Bernardo Aretini y so bre todo por el lorenés Nicolás Beatrizet, sorprenden por las gradaciones y rica matización de los ton.os cromáticos con que se representan las especies marinas.
Esta cita del prefacio del libro de RoNDELET puede compararse con las siguientes pala bras que escribe LEONHARD FUCHS en De Historia Stirpium (Basilea, 1542) refiriéndose•a las ilustraciones de su compilación botánica: «He evitado deliberadamente la deformación o las distorsiones de la forma nat�ral delas plantas huyendo de las sombras y de.otros pro cedimientos todavía menos necesarios mediante los cuales los dibujantes intentan a veces conquistar la gloria artística... »... ( 19) Y esta incipiente tendencia de la obra de RoNDELET a reflejar una realidad natural a través de métodos «empíricos» y representaciones «naturalistas» en el terreno concreto de las especies marinas es especialmente sorprendente en este campo de la zoología, a la sazón repleto durante la Edad Media de abundantes connotaciones religiosas y simbólicas derivadas sobre todo de una secular tradició� judaica originaria preponderamentemente de la exégesis de episodios del Nuevo Testamento tales como la pesca milagrosa, la multi plicación de los panes y los peces...
El pez era el símbolo cristiano por antonomasia y la alegoría del pez, a través de los testimonios de los Padres de la Iglesia, se convierte en un medio didáctico, moralizante y edificante dotado de una fuerte simbología, e incluso se transmite a autores tan «empiristas» como Alberto Magno (ver, por ejemplo, la descripción del pulpo en De Animalibus, XXI 40).
E incluso, si por una parte durante los siglos XII y XIII, se asiste a un rena. cimiento de los estudios anatómicos alentados por un deseo de dar a conocer ciertas particularidades perceptibles directamente, esto es, sin mediación litera-Asclepio-1-1992 209 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es ria o religiosa (por ejemplo, en las Quaestiones naturales de Adelardo de Bath), estas carac terísticas anatómicas eran vistas bajo un prisma funcional y reconducidas a una concep ción finalista que exaltaba el orden establecido por Dios (Natura ehim nihil facit otione no se cansa de repetir Alberto).
En la búsqueda de principios científicos naturalistas las res puestas que se daban a los problemas •etiológicos eran a menudo puramente imaginativos o construidas racionalmente sobre elementos fantásticos qtie tomaban como modelo las costumbres y el comportamiento delhombre. • De este modo, el mundo de los peces conti nuó siendo hasta el Renacimiento el ámbito cerrado (como el propio habitat acuático) que • había sido durante siglos y ofreciendo un espacio inagotable a las fantasías y prestándose a la construcción de un imp�nente edificio de•nociones y creencias heterogéneas en una te naz sédimentadón de conceptos que •conseguirá mantenerse sustancialmente estática.
Te niendo presente todo este vasto sedimento,•se apreciará adecuadamente el valor innovador de monografías como el Libri de Piscibus' de Rondelet (donde, por ejemplo, el autor francés señala las diferencias anatómicas entre los sistemas respiratorio, nutritivo, vascular y geni tal de los vertebrados acuáticos que respiran por branquias y pulmones, dibuja el delfín vi víparo y el tiburón ovovivíparo, intenta desc: ubrfr correspondencias morfológicas entre las partes de los • corazones de los: mamíferos y de los peces... ) o como el De Aquatilibus de Be lon quien, por ejemplo, gracias a " disecciones de tres tipos de cetáceos, pudo comparar su esqueleto y corazón con el del hombre, dibujó fidedignamente la marsopa unida por el cor dón umbilical a la placenta y al delfín con un recién nacido todavía envuelto en las mem branas fetales...
(32) ACKERMAN (op. cit.) piensa que esta tercera corriente sería la que, paradójicamen te, caracterizará en un primer'momento a la ilustración naturalista renacentista: como•los textos científicos piorieros publicados en las primeras décadas de la invención de la im-. prenta eran ediciones de autores antiguos y medievales, el artista no repre�enta el mundo como lo ve, sino que las xilografías se apoyan o imitan las iluminacion:e� de los manu�cri tos que han llegado a sus manos.
En sus comienzos la imprenta era considerada como una máquina para «fabricar» manuscritos y también los tipos imitan lo escrito.• Las primeras xilografías eran más decorativas que funcionales, pues los modelos medievales eran abs tractos o simbólicos (como el pensamie�, to medieval mismo), y como las ilustraciones de los'textos que sobrevivieron desde la antigüedad se fueron distorsionando a través de sus innumerables reproducciones, finalmente el resultado• no sirve a finalidades prácticas.
Pero quizá, en una segunda etapa, cu9-ndo el dibujante decide atender las demandas de exactitud por parte de los taxonomistas, progresa la mímesis y se desarrolla todo el po tencial revolucionario que implicaba la imprenta para el libro de ciencia: cada copia indivi dual duplicará una imagen que, esta vez sí, ha sido aprobada por el autor, y actuará no sólo como soporte plástico de la información autónoma dotada de valor intrínseco, e incluso, produciéndose una abrupta inversión de funciones, los textos llegarán a ser meros elemen tos auxiliares dedicados parcial o totalmente a explicar nominalmente y post facto la ima gen ci�ntífica.
G. LAPAGE (1961) (Art and Scientist, Bristol) piensa en cambio que natura naturans es el primer peldaño de una escala que también implica imágenes interpretativas y finalmen te representaciones imaginarias que ocasionalmente pueden cónsistir en una libre toma de postura del artista frente a la realidad visual.
Parece ser que en materia científica, para• acceder a los textos del pasado, se recurrió durante mucho más tiempo a los manuscritos que en otras ramas del conocimiento.
En es te sentido, L. FEBVRE-J.
MARTIN (1958) (35) Así, en la Edad Media, se cita repetidamente el Libro de Job para iluminar sobre un pretendido doble status de l�s monstruos: 1) La maravilla que es emanación de un po der creador inconcebible por la inteligencia humana y 2) las fuerzas maléficas de carácter devorador y terrorífico (Behemot, Leviatán, Satán).
(36) F. Me CULLOCH (1960) en su obra Mediaeval an Latin French Bestiares (The Uni versity of North Carolina), donde estudia las diferentes versiones del Physiologus y su re percusión en los bestiarios fantásticos de la Edad Media.
La• define como «una compila ción pseudocientífica y didáctica donde las descripciones fantásticas de animales reales o imaginarios, pája�os e incluso piedras se utilizaron para ilustrar puntos del dogma cristia no y moral».
Así la sección dedicada al pelícano comienza con una cita del Salmo 102:6.
La captura del unicornio se considera una representación alegórica de la Encarnación.
• Por otra parte, H. MooE (1980) (Animales fabulosos y demonios, México: FCE) cree que muchos seres mixtos, como el león hormiga, el endrop, provienen de esta fuente. |
El dispositivo asistencial desplegado a mediados del siglo XVIII por los responsables de las Minas de Almadén constituye, con toda certeza, un ca so difícilmente equiparable en el panorama laboral.de nuestro país.
La ex traordinaria insalubridad del proceso productivo del mercurio, junto a su papel clave en la política financiera colonial española, convirtieron al en clave minero de Almadén en un ejemplo excepcional del papel otorgado a la medicina en las relaciones laborales.
La falta de mano de obra, producto del-rápido deterioro orgánico que sufrían los operarios y de la incapacidad_ de la población de Almadén para suministrar un contingente laboral sufi ciente, se convirtió en uno de los factores limitantes de la producción de azogue y, por ende, de la obtención de plata en las minas americanas, prac ticada mayoritariamente por el proceso metalúrgico de la amalgamación.
Esta situación, agravada durante los decenios centrales del Setecientos an te las pretensiones de incrementar las sacas de azogue; impulsó a la Real Hacienda española, máxima responsable de la explotación, a adoptar un
conjunto de _medidas-de amplio espectro destinadas a garantizar la oferta de fuerza de trabajo.• El Establecimiento minero apostó por un modelo de producción social y biológicamente costoso.
La escasa o nula mejora exper_ imentada en las condiciones de trabajo, aun siendo asequibles a la tecnología minera de la. época, configuró �n proceso productivo basado en la incorporación de un elevado número de operarios expuestos a un alto grado de deterioro bioló gico.
Los dirigentes de las Minas optaron por pagar el «precio social» de es te modelo en forma de diversas transferencias al margen de la relación sa larial ( 1).
U na buena parte de estas transferencias se articularon en torno al • Real Hospital de Mineros, fundado en 175 2 ( 2).
El nosocomio, destinado específicamente al colectivo laboral de las Minas y sus familias, contri buyó de manera decisiva en el mantenimiento de ciertas cotas de pro ducción, facilitando la recuperación de los trabajadores durante los fre cuentes períodos de inactividad a que se veían expuestos p9r motivos de salud.
Junto a esta contribución asistencial, el Hospital de Mineros ins trumentó mecanismos para ampliar su radio de acción.
Entre estos cabe destacar la dotación de una botica, destinada no sólo a satisfacer las ne cesidades del nosocomio, sino las de una población que superaba los lí mites de la propia villa mirie;a.
La creación de una adecuada oferta de medicinas se reveló como •uno de los medios más eficaces p_ ara ampliar la cobertura asistencial, a la vez que suponía un abaratamiento de los costes sanitarios.
En el presente trabajo pretendemos analizar el papel jugado por la botica en la estrategia asistencial de las Minas durante el período de má ximo auge de la actividad.del Hospital de Mineros.
En esta época, que se extiende desde los años ochenta del siglo XVIII hasta el primer decenio del siglo XIX, los responsables del nosocomio adoptaron distintas medi.:. _ das para facilitar el acceso de los trabajadores a las medicinas en condi ciones ventajosas.
Para ello resulta imprescindible acudir a la documen tación generada por la propia botica y el hospital conservada en el Archivo Histórico Nacional de Madrid ( A.H.N. ) bajo la denominación de «Minas de Almadén».
Otro fondo• de interés para nuestro estudio se halla depositado en el Departamento de Historia Económica de la Universidad Complutense de Madrid, material que consignaremos con la abreviatura deA.D.H.E.
El suministro de medicinas a la población de Almadén.
La Botica del Real Hospital de Mineros
El Hospital de Mineros no contó con una botica propia para atender sus necesidades hasta el año 1782.
Con anterioridad a �sta fecha, el sumi nistro de medicamentos corrió a carga' de los boticarios instalado• s en 1� lo calidad, quienes mantenían un con�ierto con las Minas. para el ab�steci-• miento.
El boticario; que n9 percibía salario alguno de forma fija, estaba obligado a proveer los medicamentos necesarios para los forzados y escla �os •empleados en lostrabajos subterráneos que se hallaran enfermos, así como para las necesidades de las máximas autoridades administrativas de las Minas, la Superintendencia, la Contaduría y la Pagaduría.
El boticario recibía el importe de las recetas despachadas al precio tasad_ o por el médico del Establecimiento (3)..
Esta fórmula se mantuvo prácticamente _ inalterada hasta me. diados del siglo• XVIII.
En 1750, el concierto afectaba a las dos oficinas• de• farmacia existentes en la villa.• Ambas suministraban alternativamente los medica mentos a los forzados y esclavos.
Las medicinas se cobraban a la mitad del precio establecido en la Tarifa del Real Protomedicato y gratis para los ofi ciales de la Superintendencia, Contaduría, Pagac:l uría y sus familias.
Preci samente, f ue el incremento en el número de éstos el argumento que esgri mieron los boticarios para revisar las condiciones del contrato en 1756.
Los oficiales con derecho a «obención» de medicamentos, como se deno "" minaba esta exención, pasaron de cuatro, a mediados de la centuria, hasta diez, en 1757.-La nueva contrata, aprobada en enero de ese año,_ contem plaba el pago a los botkarios de las 2/3 partes del precio consignado en la citada tarifa, manteniéndose la gratuidad para los mismos empleados y sus familias ( 4).
El grueso de trabajadores libres y vecinos de Almadén accedían a las medicinas mediante las boticas de la localidad.
Un acceso difícil, si tene mos en cuenta los limitados ingresos de los mineros, reducidos aún más durante los períodos de inactividad laboral que conllevaba la enfermedad.
La gratuidad sólo estaba contemplada para los forzados y para un limitado grupo de dependientes, que gozaban, por otro lado, de unas a_mplias dota ciones económicas.
La única vía complementaria de que disponían los ope rarios para sufragar este capítulo eran las limosnas concedidas por las Mi nas, que incluían con frecuencia el pago de las medicinas consumidas en lá curación.
Esta fue la opción mayoritaria durante la construcción del nuevo hospital, que se prolongó entre 1755 y 1774.
Los recursos económicos-cap-tados para su fundación permitieron tanto la asistencia en el Hospital de la Caridad, un pequeño establecimiento dependiente del Cabildo Municipal, como la concesión de un elevado número de ayudas en metálico para los enfermos que permanecían en sus domicilios.
Un porcentaje importante de estos gastos, el 30% en Almadén y el 15% en Almadenejos, se invirtieron en el pago de las medicinas consumidas (5).
Tras la entrada en funcionamiento del Hospital de Mineros en 1774 y, principalmente,• •con el auge de su actividad asistencial en los años finales de esa década, este modelo de provisión resultó insuficiente.
Dos fueron los argumentos barajados para justificar la necesidad de dotar una farmacia propia.
En primer lugar, asegurarla calidad de las medicinas: «... observando• que en las tres Boticas establecidas en dicha Villa falta ban muchos medicamentos de lo_ s necesarios par� la curación de los enfer mos (no obstante de despacharse en ellas las recetas que los contenían) y que además, por no perder su valor, usaban los boticarios de los añejos y disipados que no podían surtir buen efecto en grave daño de la salud públi� ca,,.. » (6):
En segundo lugar, el sistema resultaba excesivamente oneroso a las ar cas del nosocomio ante el vohimen dé medicinas necesarias.
Los perjuicios económicos al hospital fueron el otro argumento de peso:
«en grave daño... de los intereses del HospitaL que había invertido en los años de 1779 y los dos siguientes 23.865 reales y 19 maravedíes de ve llón en sólo el pago de las medicinas suministradas por los referidos boti carios en dichos tres años, siendo así que en el mismo Hospital se laborea ba una gran parte de ellas por el ahorro,-que de esto resultaba;... » (7).
De. hecho, la propia crisis financiera que sufrió el nosocomio a finales de los setenta, producto de la duplicación de nivel de actividad en ausen cia de nuevos ingresos económicos, motivó la suspensión de las.obras de habilitación de la botica, iniciadas en esos años (8).
La propuesta definiti va corrió a cargo del Superintendente José Agustín Castaño en abril de 1782.
La R.O. de 24 de •mayo de ese año aprobó la petición, dotando las plazas de regente_y mancebo, entrando la botica en funcionamiento en el mes de agosto (9).
Las normas definitivas para su manejo aparecen recogidas en las orde nanzas del Real Hospital de 1 791.
En lo que respecta a la dotación de per-sonal, cabe destacar la inclusión de un rriozo para atender a las labores me nos• específicas y la exigencia expresa al regente de dedicación exclusiva:
«No ha de poder tener de' su cuenta• Botica pública en dicha-Villa, u otro cualquiera pueblo, ni mertos comerciar en géneros o útiles que corres� pondan a su facultad» (10).
Pero lo más sobresaliente es, siri duda, el protagonismo asignado a la nueva oficina.
Ensólo uno_ s años, la botica asumió el suministro de medici nas a la casi totalidad de las dependencias del Establecimiento y colectivos vinculados a las Minas, ampliando_ su cobertura más allá de la propia villa de Almadén.
El conjunto de funciones desempeñadas pueden agruparse bajo cinco epígrafes:..
C El abast�cimiento de la enfermería del Hospital dé Mineros de Al,,,;_a dén.
Era su • principal labor, y la que acaparó el mayor volu�en de recursos.
El regente de la botica y el mancebo mayor se incorporaron a fa dinámica asistencial del nosocomio participando en las visitas que practicaban dia riamente los facultatiyos a los enfermos, momento en el que se realizaban las prescripciones.
Otro centro asistencial abastecido directamente por es ta botica fue el pequeño hospital creado en el departamento de Almadene jos, una población surgida al hilo de nuevos descubrimientos de: mineral.
Esta situación se mantuvo hasta la dotación, en los primeros años del siglo XIX, de un botiquín en el nosocomio de este departamento.
El suministro a la enfermería d� la Real Cárcel de Forzados y a los «p. resos libres».
La• s Minas de Almadi Jl incorporaron mano de obra forzada como medio de garantizar la realización de las tareas i: nás insalubres.
E:l contingente_ de reclusos y esclavos varió considerablemente a lo largo del tiempo, pasando de los 30 eri 1566, fecha de su incorporación, hasta supe rar los 250 en los años centrales del Setecientos (11).
Desde 1568, los forza dos contaron con una enfermería instalada en los aledaños de la cárcel donde eran atendidos pür los • facultativos de las Minas.
El peso asistencial dé esta enfermería • disminuyó de forma importante tras la retirada de los reclusos de los trabajos deinterior en 1755, a raíz de ün incendio que para lizó la explotación del que fueron considerados responsables.
Este proceso culminó con el ingreso progresivo de los forzados enfermos a las sálas del hospital en los años ochenta y la supresión de la enfermería en 1793 (12).
Bajo la paradójica denominación de «presos libres» se• englobapa a un co lectivo de reclusos que ingresaban en la prisión de Almadén sin estar con-Asclepio-1-1992 denados a galeras.
Una parte de ellos, cuyos delitos eran considerados me nos graves, se ocupaban en las Minas a cambio de un jornal diario de cua tro reales (13).
La manutención de estos «presos libres» corría a cargo del Real• Hospital, principalmente durante la enfermedad, en que también se les suministraban gratuitamente las medicinas.
Despacho de medicinas para los dependientes con «obención de bo tica».
Como ya hemos menc; ionado, los oficiales de las principales depen dencias administrativas q.el Establécimiento gozaron tradicionalmente. de la exención del pago 9e las medicinas.
El grupo de beneficiarios de es ta prerrogativa se amplió en 1791 a •algunos de los dependientes del Hos pital de Mineros.
Los salarios del mayordomo, el oficial de libros y los dos capellanes con que contaba el nosocomio incluían el derecho a la «asisteI1cia de médico, cirujano y botica» de forma gratuita, derecho que se extendió, aunque no constase explícitamente en el reglamento, a los tres facultativos..
Suministro para las mulasy bueyes de la Real.Casa Factoría.
Esta actividad: fue la �enos relevante de.la botica y se r�alizaba mediante las re cetas de los albéitare� encargados del cuidado de los animales empleados al servicio de las Minas.
V. Despacho de medicinas al común.
La venta de preparados farmacéu ticos a los habitantes de la localidad y villas cercanas brindó a los respon s�bles del Establecimiento la posibilidad de incidir de nuevo sobre_ las con diciones de recuperación de los trabajadores.
La oferta de medicinas en condi�iones asequibles se reveló �o. sólo como un mecanism� que favore cía la restitución de la salud de los operarios sino como Una fórmula eficaz para evitar su ingreso al hospital.
• La Tabia 1 ofrece la evolución del gasto efectuado por la bo�ica del no� socomio desde su puesta en marcha, en agosto de 1782, hasta 1789.
El enorme incremento de las medicinas consumidas en las enfermerías -du rante los primeros cinco meses de funcionamiento el consumo fue casi equivalente al de los tres años anteriores juntos-es un claro indicador del creciente volumen de actividad asistencial desplegado por el hospital.
«El despacho de medicinas al común de dicha Villa o Lugares de su In mediacion al dinero contado o al fiado se practicará en virtud de recetas de médico o cirujano conocido, que también recogerá el regente cobrándo se su valor, a los vecin. os de Almadén y Lugares de su jurisdicción, descon tada la tercera parte deÍ que previene la Real Tarifa con respecto a la sin gular atención con que debe tratarse a los mineros y a que nó sólo se desea el bien público en la calidad de los medicamentos, sino en. su equitativo precio y, por su justo valor, las que se suministren para fuera de dicha Ju risdicción» (14).
Junto a la instauración de una tarifareducida, se permitió la compra de medicin• as al fiado.
La venta en ef�ctivo fue el medio habitual en los prime ros años de funcionamiento.
Esta tendencia se invirtió en los dos años siguientes, reduciéndose los ingresos en efectivo al 37% y 33% del total despachado, respectivamente (15).
La documentación consultada refleja dos aspectos que debieron ser consustanciales a la venta al fiado•: la frecuencia con que los vecinos no po dían hacer frente al pago de las deudas contraidas y las dificultades que en contraban en su tarea los encargados del cobro de las medicinas fiadas.
El reglamento de 1791 limitaba esta modalidad de despacho para los emplea dos de la administración de las Minas y los vecinos y «trabajadores conoci dos y de quienes pueda cobrarse», a la vez que señalaba el «tiempo del pa gamento de salarios y jornales devengados en las Minas» como el momento adecuado para ejecutar el reembolso de las cantidades fiadas.
A pesar de estas precauciones, la realidad debió ser bien distinta, pues desde los pri meros • años de funcionamiento• dé la botica se acumularon las listas de me dicamentos impagados.
Resulta difícil cuantificar las deudas contraidas, pero, en Almadén, rara vez bajaba del centenar el número de vecinos que mantenían débitos (16).
La renuncia, con cierta frecuencia, de• los comisionados encargados del cobro confirma las dificultades inherentes a esta tarea.
En 1789, dos de los comisionados presentaron su dimis. ión.
Andrés Moreno, ayudante del oficial de libros de la Real Casa Factoría, argumentaba el exceso de trabajo y <<lo penosa que es una cobranza de esta naturaleza».
Razones si milares esgrimió Mateo Azpeytia, oficial de libros del cerco de fundición, quien denunciaba el.trato denigrante al que se veía sometido por los deu dores (18).
La tendencia creciente a la adquisición de medicinas por este sistema motivó su suspensión en julio de 1787.
Esta medida explica la considera ble reducción que se observa en el volumen de medicinas despachadas al público desde ese año.
Otro reflejo de esta disposición podría encontrarse en el incremento que suf rieron las medicinas dispensadas de forma gratui ta a los enfermos que permanecían en sus domicilios.
La creación de una segunda botica
A pesar de las dificultades para recuperar el importe, la venta al fiado volvió a ponerse en práctica enjulio de 1788.
Facilitar la provisión de me dicinas a la población era la principal garantía de que los enfermos no acu dirían al hospital, donde su mantenimiento generaba mayores gastos.
Esta hipótesis se refuerza ante la decisión de los responsables del Estableci miento de dotar una botica en la localidad, dependiente de la del hospital, destinada exclusivamente a la venta al público, incluyendo el despacho de recetas para los individuos que gozaban de esta exen_ción.
La entrada en fu p. donamiento de esta _ nueva oficina, en mayo de 1791, estuvo precedida por la adquisición de las existencias de dos farmacias.
En marzo de ese año, el Hospital de Mineros compró los efectos pertenecientes a una de las boticas establecidas en la villa tras la muerte de su propietario.
En ese mis mo mes, hizo otro tanto con las medicinas y útiles existent_ es en la del con vento de San Franciscq Extramuros de Chillón (20).
El balance económico de su activid�d fue motivo de frecuentes contro versias que ilustran algunas de las fin�lidades que animarán' el proyecto.
Las referencias al «manejo irregular» de esta dependencia se suceden des de las primeras fechas.
En agosto de 1798, la Jl_mta de Superintendencia, órgano que sustituyó transitoriamente al Superintendente al frente del Es tablecimiento, se hacía eco de las quejas del vecindario sobre la mala cali dad y el elevado precio de las m�dicinas. dispensada�.
La Jur'ita encargó al médico y al cirujano de las Minas que propusieian • medidas para• mejorar su gestión «que_ repercute con grandes gastos para el hospital» (21).
El pri mer informe disponible sobre el coste económico data de mayo de 1800, del que se desprenden dos conclusiones.
El origen de la mala gestión estri baba en la falta de separación entre los artículos consumidos en la botica del hospital y la establecida en el pueblo, lo que. imposibilitaba el conoci-• miento exacto de sus rendimientos.
Además, en los dos años a que hace re ferencia el informe • sólo se cobró en efectivo 5.700 reales, mientras que la cantidad invertida en la adquisición de las sustancias necesarias para su elaboración fue cinco veces superior, -«.:.pues regularmente se consumen de 15.000 a 16.000 reales en cada año en este surtido,• por donde se nota_ la diferencia que, lejos de resultar ganancia, antes tiene que expender el Hospital intereses suyos para tener provista la Botica» (22).
Frente a los reducidos ingresos en metálico, las cuentas arrojaron una cantidad cercana a los 19.000 reales despachados en concepto de «oben cióri;>, perdonado por decretos del Superintendente y deudas de los veci nos.
Juntó a las pérdidas económicas, los responsables de las Minas se mostraron preocupados por los efectos del elevado importe de los medica mentos.
En enero de 1801, el Superintendente decretó que el precio de los • preparados no superase el consignado en la tarifa, argumentando el perjui cio económico derivado de esta situación: La actitud intervencionista de las Minas también contó con algunos de tractores.
En 1804, Clemente José de Ortuño; capellán de hospital, se IDOS -' traba contrario al mantenimiento de esta segunda botica.
OrtuñO, que in cluyó la prop{iesta entre un ámplio plan de reformas •de corte religioso, refutaba perjudicial para los intereses del Establecimiento la continuidad de esta dependencia que no solucionaba el problema del abastecimiento a los vecinos: http://asclepio.revistas.csic.es micas y diesen las Medicinas fiadas, puesto que hay la mejor proporción par� cobrar todos los meses al tiempo del pago_ de los sueldos y los jorna les, es de esperar que, teniendo los pobres jornaleros, especialmente, la asistencia de los Facultativos de la Villa, la medicina fiada y libres del pago de los derechos parroquiales, es de esperar según su carácter, que se retrai gan del Real Hospital, y que éste y la Real Hacienda tengan un ahorro muy considerable en cada año.
Los más se van al Hospital cuando ya no les queda absolutamente con qUé pagar la medicina y el entierro» (24).
La situación de la botica se hizo insostenible ante los problérrias finan cieros que acosaron a las Minas tras la Guerra de la Independencia.
La puesta en circulación de papel moneda para garantizar el pago de los sala -: rios y su aceptación en la botica del pueblo provocaron, en sólo unos meses, su total desabastecimiento.
En noviembre de 1811,-el interventor informaba del estado deplorable que atravesaba esta dependencia ante la escasez de efectivo para reponer las sustancias necesarias.
Entre otras medidas, propo nía la prohibición temporal de realizar el pago con papel moneda,, «... haciendo ver al público la precisa urgencia que lo motiva, hasta tan to que repuesta dicha botica de lo muy preciso, volviese a hacer el mismo favor que hasta ahora ha hecho de admitir el referidopapeh (25).
La prohibición se limitó a los forasteros y vecinos que no se ocupabán en las Minas; permhiendo a los operarios y empleados de la administra ción que continuaran adquiriendo medicinas mediante este sistema.
La supresión definitiva se decretó a finales el e 1812, trasladándose a la b�tica del hospital todos_ los �edicamentos y pertrechos (26).
El cierre pro vocó la reacción de las autoridades municipales preocupadas por el preca d.o abastecimiento de la población, ya que tras la supresión sólo contaba� con una botica en la localidad.
La corporación solicitó el restablecimiento de este servicio o, en su defecto, su venta a aÍgún particular.
El Contador de las Minas se m(?Stró tajante respecto a la primera eventualidad:
«El Establecimiento no puede volver a establecer botica en el pueblo por su_cuenta porque la experiencia tiene acreditadQ que es ruinoso a los •. fondos del hospital este manejo,... » (27).
• • -Mejor recibimiento tuvo la segunda, ya que, en opinión del Contador, la competencia obligaría a los boticarios a mejorada calidq.d de sus prepara� Asclepio-I-1992 dos y a abaratar los precios.
Las palabras del Contador no dejan lugar a du da sobre la trascendencia económica de un adecuado suministro a los veci nos:.
«Para combinar la utilidad pública y el alivio del mineraje en sus enfer medades (que tal vez, por no sujetarse a una sola botica, preferirán ir a cu rarse al hospital, donde causarán más gastos) con las reflexiones que van expuestas, para no gravar al Establecimiento con la provisión de medici nas, como lo estaba antes, el medio más conforme parece el que se venda la botica suprimida... » (28).
La enajenación se realizó en 1813, imponiendo al nuevo propietario lá obligación de mantei: ier la oficina en Almadén.
Las igualas de botica
Hasta ahora hemos descrito dos de los mecanismos de intervención de sarrollados por el Est�blecimiento para facilita� el c�:Ó.sumo de medicinas a la población, la aplicación de precios reducidos para los operarios de las Minas y la venta al fiado.
Ambas medidas, realizadas a través de la botica del Hospital de Mineros y, años más tarde, de la habilitada en la localidad, afectaron principalmente •a los habitantes de Almadén, Almadenejos y Chi llón.
La botica del hospital •extendió su radio de acción sobre otros pueblos sometidos a la jurisdicción de Almadén y suministradores tradicionales de mano de obra para las Minas.
El establecim_ iento de igualas con las pobla ciones cercanas de Alamillo; Saceruela y Gargantiel, iniciadas casi al 111: is mo tiempo qué comenzó a funcionar la botica del• hospital, posibilitó am� pliar la «cobertura» _ a un importante contingente de población.
Las igualas permitían el consumo de medicinas a cambio de una canti dad estipulada de trigo o, en su defecto, en metálico.
Los censos de iguala dos se realizaban a mediados -de agosto de cada año y en ellos se fijaba el montante total de granos a suministrar, cúya entrega se practicaba en igual mes del año siguiente: El trigo se destinaba: al Pósito de Almadén y su im porte, estipulado por el Superintendente, revertía a las •arcas del Hospital de Mineros.
Dos fueron las fórmulas seguidas para fijar la contribución fa miliar.
La primera• de ellas, ejecutada hasta i 787, establecía la contribu ción anual de cinco celemines de trigo por matrimonio y, por cada tres per-sonas miembros de la familia, aderp_ás de éste, un celemín; cantidad que se incrementaba proporcionalmente si el núcleo familiar superaba este tama ño (29).
Un año más tarde, entró en vigor el otro mecanismo que fijaba los siguientes cánones: por matrimonio, cinco celemines; por viudo o soltero; dos celemines y medio; igual cantidad para las viudas pudientes; por cada hijo mayo� de 10 años, un celemín;. quedando exentos de pagar los pobres de sole�nidad y los hijos menores (30).
La inclusión en los censos era voluntaria.
Los datos disponibles sobre la población de estas localidades, perte necientes a 1773, arrojan una cifra de 127 vecinos • para la prime' ra•y 30 pa ra fa segunda, 1� que confirmaría la amplia implantación de que gozó este sistema (32).
Los datos del censo practicado en agosto de 1784 mantienen la misma tendencia.
En general,' puede decirse que el sistema de igualas era favorable para la población.
La estimación del imp_ orte de la contribución anual resulta siempre inferior al montal).te de.las medicinas suministradas.
El censo de Alam"Hlo correspondiente al año 1784-1785 establecía una contribución de 57 fanegas y dos celemines de trigo que, a uri precio medio de 35 reaies la fanega, suponen 2;000 reales de vellón; cantidad ligeramente inferior a los 2.294 reales que impórtaba lo suministrado.
A este déficit para el Hospital de Mineros hay que unir las dificultades que acompañaban al cobro de las contribuciones.• Valga de ejemplo el caso de Saceruela.
De un total de 535 celemines de trigo, fijados en agosto de 1783, sólo fue posible recaudar 89 en el •plazo acordado.
Además, el Superintendente exoneraba del pago, con cierta frecuencia, a mineros imposibilitados o vecinos insolventes, por lo que las contribuciones rara vez se cobraban en su totalidad (34).
Por otro lado, la iguala permitía redistribuir entre los vecinos el pago de la contribución.
En 1807, la villa de Alamillo, que había suspendido la contrata con el Hospital de Mineros desde 1804, solicitó reincorporarse a este sistema.
La elevación del precio de las medicinas hacía aconsejable establecer un nuevo método para fijar el gravamen que no perjudicase exce sivamente• los fondos.del hospital.
La fórmula propuesta abunda en el ca rácter equitativo de la iguala, estableciendo la cuota en función de las posibilidades económicas de los vecinos.
El comisionado Miguel de Baste rra propuso la división del vecindario de Alamillo en tres clases:. «acomoda-Asclepio-l-1992 dos, de un regular pasar y de miserables», distinguiéndolas según el núme ro de yuntas que poseyeran.
En el grupo de los miserables, donde incluía a los que carecían de ellas y «sólo • se mantienen de su trabajo a jornal», esta ban comprendidos los vecinos que se empleaban en-las Minas.
Las nue': as c�otas elevaban•considerablemente el canon a las familias con medios, que pasaban a pagar 12 celemines por matrimonio,'4 por cada hijo mayor de siete años y otro tanto por cada criado.
El incremento también era mani fiesto para la segunda categoría de vednüs, obligados a entregar 8 celemi nes por matrimonio y uno y medio por cada hijo mayor de siete años.
Los viudos, viudas y. solteros con casa abierta, pagaban 4 celemines y dos y me dio por cada hijo o sirviente.
Sin embargo, las familias más desfavorecidas veían disminuir su cuota, reduciéndose de 5 a 4 los celemines que debían p• agar por. matrimonio, mientras que hijos, víudos y sólteros mantenían la misma contribución.
La medida producía una doble ventaja, ya que •<<acl e -: más de•.que redunda en beneficio de los pobres, no se gravan los citados fondos de aquella casa de caridad» (35).
Él r gran? procedente de las igualas, con las q.ifi�ultades de recaudación ya come � tadas, revertía entre los pobladores de Almadén, al aplicar:-se al Pósito de la Villa.
La contribución anual oscilaba en torno a las 120 fane gas de trigo, cantidad de. la que. podía obt�nerse algo �ás de 11.000 Hbras de pan bazo, o algunas menos de pan blanco, de mayor calidad; Es decir, la rnntribución de las igti' alas bastaría par� asegurar el consumo anual de pan. en el Hospita.Lde Mineros durante un año de actividad media, aún en el supuesto de adjudicar a cada estancia hospitalaria una libra de pan, can •tidad que se veía reducida en el caso de las medias raciones y dietas.
La modesta contribución de la� igualas no parece, por t. anto, despreciable, máxime si tenemos en cuenta los frecuentes problemas de desabasteci miento que afectaron a la villa minera durante los primeros decenios del si glo XIX.
S. El desmantelamiento asistencial
La quiebra financiera de la Hacienda Pública tras la Guerra dé la Inde pendencia y la sangría económica que vivió el país durante las campañas carlistas provocaron un retroceso considerable en los presupuestos del Es tablecimiento minero, nutridos directamente de las arcas del Estado.
La botica corrió la misma suerte que el resto-del hospital, limitándose consi.: derablemente su actividad.
En 1834, se suprimió la exención del pago de las medicinas que disfru taba un reducido número de dependientes de las Minas:
«No estando autorizado por artículo• alguno de orde: riariza ni real reso lución la costumbre de obención de botica del Superintendente, Contador; Tesorero y otros Empleados de estas oficinas, siguiéndose costosos abusos difíciles o imposibles de precaver por los mismos agraciados, he-resuelto cese desde hoy la mencionada costumbre y que l0s empleados que gusten surtirse• de la Botica del Hospital, lo veri_ fiquen �ufriendo en cada mes el descuento correspondiente según el valor de las re, cetas» (36).
La prohibición se reiteró en 1839 ante _la pretensión del cirujano del hospital de continuar con esta práctica.
La exención de botica ya había sido motivo de polémica.
El establecimiento de la botica en el pue blo pareció influir decisivamente en: el incremento de esta partida.
El ligero aumento se mantuvo en el bienio siguiente, para el que sólo co'ntamos con el montante de exen ciones excluidas las de los dependientes del hospital, y cuya media fue de 2.620 reales.
Además, desde la creación de la bo tica del pueblo, los.gastos derivados de esta prerrogativa corrieron por cuenta del hospital mientras que, en fechas anteriores, la Real Hacienda reintegraba su importe a las arcas del nosocomio.
En 1802, el Hospital de Mineros, que comenzaba a padecer algunos problemas financieros, solicitó la remuneración de las recetas despachadas a los empleados con exención no pertenecientes al propio hospital (38).,.•-Unos meses más tarde, el Superintendente ordenó a la Contaduría que indagase sobre los beneficiarios con dere_ cho a la exención de botica.
El in forme confirma que ningún documento, salvo las ordenanzas del hospital de 1791, señalaba este privilegio, producto, más bien, del trato de favor dis pensado por los boticarios a las máximas autorÍdades de la explotación.
In cluso pesaba una prohibición expresa de 1761 sobre la venta gratuita a las casas de Superintendencia, Contaduría y Pagaduría (39).
El informe con-Asclepio-I-1992 cluye con una relación d� los empleados con derecho a botica gratuita, 35 incluidos los del hospital y Almadenejos, sin que c, onste cual fue la decisión final del Superint�ndente, aunque todo apunta al mantenimiento de este privilegio.
Unos años más tarde, proba�le. mente en 1807, el colectivo de oficiales de mina solicitó la equiparación en «sueldos, obenciones y fran quicias», entre ellas la gratuidad de médico y botica, con los oficiales de la Conta<:luría,:pretensión que no fue concedida (40).
Por último, la documentación sobre exención de botica ofrece frecuen tes referencias a los abusos cometidos por los beneficiarios, que• obtenían por este medio alimentos incluidos•en la composición de varias medicinas.
Dos decretos del Superintendente y la Junta de Superintendencia, fechados en 1792 y 1799,• respectivamente, prohibían despachar leche, aguardiente, zumos y otros alimentos salvo que formaran parte de recetas comprendi das en las farmacopeas (.41).
Entre 1835 y 1838, los responsables de las Minas adoptaron un conjun-: to de disposiciones destinadas a desviar hacia el medio domiciliario, más barat9, la responsabilidad asistencial.
La restricción del acceso al nosoco mio se acompañó de la concesión de ayudas diarias a los denominados «mineros incurables», un col�ctivo formado por trabajadores absoluta� mente imposibilitadós para desarrollar cualquier tarea productiva.
A pesar de su bajo número, apenas superaban 1� decena, eran los responsables de estancias de larga duración en el hospital. ( 42).
El endurecimiento del acce so aprobado en 1838 �stimulaba a los facultativos a d. ecretar la curación a domicilio con cargo a los presupuestos del hospital en caso de enfermos le ves.
Esta descarga de responsabilidades se acompañó de una reducción del presupuesto cuyo resultado no se hizo esperar.
En noviembre de 1856, Sánchez Aparicio_, médico-cirujano del Establecimiento, denunciaba el la mentable estado del nosocomio: «Después de faltar hace muchos meses y de no repararse, a pesar de re petidas reclamaciones, muchos de los medicamentos más usuales para la curación de enfermos de este Hospital de mineros, así como algunos de los efecto. s_y utensilios preciso� para su �sistencia, ha llegado a tal grado la es casez de algunos de ellos que ep. mi juicio..sería po�o-honroso para el Establecimiento el que condnuasé en tai estado>� (43f Entre la relación de sustancias impresciI1dibles de-las que carecía la bo tica se encuentran la quina, el sulfato. de hierro, el bicarbonato de sosa «y hasta el alcohol».
En cualquier caso, el informe revela que la escasez no http://asclepio.revistas.csic.es afectaba exclusivamente a la botica.
También faltaban colchones, ropas, mantas, amén de haberse reducido a 30 el número de camas.
A pesar de las advertencias del facultativo sobre el «precio» de e_ sta desasistencia (prolon gación de las estancias, mayor número de inhabilitados) parece evidente que las modificaciones operadas en el mercado de trabajo durante las dé cadas centrales de la centuria cambiaron la actitud de los responsables de las Minas.
En efecto, la presencia• de un progresivo excedente' de mano de obra desde mediados del siglo XIX, unido a las dificultades financieras, permitió a los dirigentes del Establecimiento reducir su contribución en los mecanismos reproductivos articulados desde la centuria precedente.
El testimonio de los ingenieros Bernáldez y Rúa Figueroa, que visitaron el Establecimiento en 1856, confirma la dedicac: ión exclusiva de la botica al hospital, cesando por completo toda actividad de cara al público (44).
Es tas circunstancias se mantuvieron a lo largo de la segunda mitad de la cen turi_ a.,El reglame�to de 1904 señalaba la prohibición de dispensar medici nas a enfermos qu,e no estuviesen ingresados en el hospital, con excepción de las suministradas a los mineros• acogidos a la ley de-accidentes del tra bajo, en vigor desde 1900 (45).
Resulta evidente, pues, que la botica del hospital, al igual que el resto de recursos asistenciales instrumentados_ por las Minas, no permaneció al margen de las motivaciones utilitaristas que guiaron a los responsables de la explotación.
Desde 1782, fecha de su creación, hasta 1810, momento en que la crisis financiera del Estado afectó seriamente al Establecimiento de Almadén, la botica ejerció un efecto multiplicador de la actividad desarro llada por el Hospital de Mineros.
(1) El estudio de la relación salarial y mecanismos compensatorios vigentes en Alma dén durante los siglos XVIII y XIX ha sido ampliamente abordado en DoBADO GONZÁLEZ, R. |
por la psicología social o la sociolo gía• del mismo (KUHN 1984: 20-30), Y esto, según él, porque a la vista de nuevos estudios historiográficos sobre las ciencias, como los realizados por Alexandre Koyré, había quedado patente «la insuficiencia de las directrices metodológicas para dictar, por sí mismas, una conclusión substantiva úni ca a muchos tipos de preguntas científicas» (KUHN 1984: 24).
Este nuevo planteamiento de la teoría de la ciencia fue la respuesta a la puesta en cuestión de la neutralidad del « lenguaje observacional», postula da por los positivistas lógicos.
Kuhn sospechaba que no existen -como du rante tanto tiempo pensaron los neopositivistas-los.«hechos puros» u « observaciones teóricamente neutrales», sino que-toda observación es siempre interpretada desde supuestos teóricos previos; de manera que el significado de los términos y enunciados del lenguaje observacional está siempre determinado por algún lenguaje teórico.
Al renunciar a la posibili dad de la existencia de un lenguaje observacional común,.lo único que le Asclepio-I-l 992 243
queda por hacer al filósofo de la ciencia -según Kuhn-es atender a la cuestión de facto de por qué y cómo los científicos prefieren una teoría u otra; lo que sólo resulta dirimible en el ámbito de la historia de las ciencias, y no de la metodología.
Por lo demás, lo normal en dicha historia no son los conflictos entre teorías distintas, sino los períodos en que predomina una teoría fundamental ( <�parad1gm¡1»), respecto. a la cual se resuelven los conflictos intrateóricos ( «ciencia normal»); y sólo cuando la naturaleza viola las expectativas inducidas por un paradigma• «-o sea, cuando la pro fesión no puede pasar por alto ya las anomalías que subvierten la tradición existente de prácticas científicas-se inician las investigaciones extraqrdi narias que conducen por fin a la profesión a un nuevo conjunto de compro misos, una base nueva para la práctica de la ciencia» (KUHN 1984: 27).
Se. produce así lo que Kuhn denominó «revoluciones científicas»: «episodios de desarrollo no acumulativo de la historia de las ciencias en que un para digma es reemplazado, completamente o en parte; por otro nuevo e incom patible» (KUHN 1984: 149) (1).
En último término, -según Kuhn-las revo luciones científicas acarrean una nueva forma de ver o percibir el mundo, suponen cambios en el concepto de mundo de los científicos:
Pues bien, puede decirse que Kuhn vio con claridad fa necesidad de su perar el dua1ismo hechos/teorías, tratando de concebir a las ciencias como construcciones colectivas, pero fracasó en su intento de •explicar cómo y por cjué tienen lugar'las construcciones científicas, al reproducir la misma dualidad que trataba de eliminar eri el se1;10 de su concepto de paradigma, pensado, por μn lado, como un conjunto de acuerdos de grupo y, por otro, como un discurso sobre, la naturaleza o•función de conocimiento.
En efec-. to, lo que Kuhp no supo explicar es el hecho mismo de las anomalías que lá ciencia normal no puede resolver.
Cómo es que hay anomalías y por qué las hay es algo que no se puede explicar el). términos psico-sociológicos, si no que compete a la estructura lógica (materiaJ) de las teorías científicas.
Por tanto, las revoluciones científicas, en la medida en que estén relaciona das con la aparidón y solución de dichas. anomalías serán algo más que acuerdos consensuados por la comunidad de cjentíficos.
Es •muy estrecha. la representación de Kuhn del ardo inventionis como una mera fase del ar do doctrinae, como si este último fue�e simplemente la ciencia cristalizada� destinada a reproducirse monótonamente según su «paradigma» propio en la enseñanza (parte esencial de la «ciencia normal» de Kuhn) hasta que la invención de un nuevo paradigma por parte de la investigación verdadera mente cread• ora determine una nueva «revolución científica».
El concepto de «rev�ludón científica»;.así entendido, se mantien� en el plario de las apariencias y es, por ello, uri concepto acrítico.
Con el' presente trabajo pretendemos mostrar que las revoluciones científicas, contrariamente á lo que Kuhn ha señalado, no son sino la cui minación de un proceso de «ciencia normal» o, si se prefiere, la canse� • cuenda inherente al propio desarrolló histórico de las ciencias Y �nterior mente del saber artesano acumulado durante siglos.
Para ello; vamos a llevar a cabo un análisis histórico' dé una • de las revoluciones científicas que má? ha ocupado _la atención de los historiadores de la ciencia •en las • últimas décadas: la teoría de la evolución de Darwin; análisis histórico que pretende ser, además, gnoseológico, es decir, hacerse cargo efectiva-. �ente (no sólo intencionalmente, como Kuhn) del problema de la rela ción hechos/teorías, pará lo cual resulta ineludible la toma de posición frente a los argumentos ontológicos, que nos remiten desde las teorías científicas hasta la realidad material.
El problema dé la conexión entré es -' tos dos planos, hechos y teorías, no es algo previo o posterior a las cien cias, sino la realidad misma de ellas.
Estamos de acuerdó con Kuhn en que no hay hechos de grado•cero y que todo lenguaje observacional es siempre ya un lenguaje teórico, pero no con que la organización lógica que poseen los materiales con los que traba jan los científicos sea el resultado de un acuerdo de grupo o de cualesquie ra otros factores extragnoseológicos.
Las ciencias son efectivamente cons trucciones colectivas, mas es en el seno mismo de la construcdón -la cual es inseparable de los materiales con los que se efectúa-, y no fuera de ella, donde reside su propia racionalidad.'
Si los científicos pueden representarse la racionalidad científica, e incluso llegar a acu�rdos -como dice Kuhn-, e� porque dicha racionalidad se encuentra ejercitada en las prácticas que realizan, y no al revés.
Precisamente, los hechos de los que parten las cien cias se encuentran organizados a la escala de prácticas tecnológicas muy desarrolladas, como son los oficios artesanos que la división social del tra bajo fue engendrando en las ciudades hace más de veinticinco siglos.
No sólo no hay un corte epistemológico entre ciencias • como la mecánica clási ca y la cuánt, ica, sino que ni siquiera lo.hay entre el saber vulgar concreto y elsab�r científico esencial.
El saber artesano también contiene una esen cialidad ejercitada, aunque no representada.
Podemos, por ello,.hablar de la esep. cia que e� extraída del propio saber artesano acumulado, pero -por decido.con la célebre imagen de.
Bacon-«como licor sin fermentar pareci do al agua, que fluye naturalmente de las inteligencias humanas», y no «co mo-un licor expri:r: nido de uvas bien maduras y cogidas en sazón, elegidas con-_ cuidado, suficientemente pisadas, cla�ificado y purificado en adecuado recipiente», como el que se obtiene de las dencias (BACON 1875, I, 4)..
La tesis que va_mos a tratar de defender aquí es que sólo caben descu brimientos en el suelo de un campo ya trabajado y por•relaci(>n a ese cam po.
En términos de la literatura filosófica-científica contemporánea pode.,. mos �nunciar esta tesis de naturaleza histórico-:etiológica di�iendo que. el. contexto de d�scuprimiento de uria teoi;-ía científica es a la yez un contexto de justificación.
Lo que haremos será tratar de re-construir. desde dentro el proceso dialéctico que dio lugar a la teoría de la evolución por medio de la selección natural, con el fin de probar que no fue s_ ino una.prolqngación de los trabajos previos de criadores y hortelanos, quienes a través del princi pio de la sele�ción consiguen transformar (mejor�r) las• especies de anima les y cultivos -�n estado doméstico.
Veremos también que el Essay on the Principie of Population d• e Malthus, a pesar cie su ambigüedad, le propor cionó a Darwin una construcción precisa del concepto de lucha intraespe cífica por la existencia (presión poblacional) que, incorporado al principi9 de selección, le permitió segregar la intencionalidad que es inherente al ar te de la mejora del ganado y los cultivos, �onstruyendo así el mecanismo de la selección natural._... -
El principio de la «selección» en el arte de la mejora de animales y plantas en estado doméstico.
En la Autobiography. que Darwin escribió para sus hijos,. rememora los acontecimientos que contribuyeron d� manera decisiva a la elaboración de su teoría de.lá evolución de la siguiente manera_:
«Después de mi regreso a Inglaterra me pareció que, siguiendo el ejem plo de Lyell en geología y recogiendo todos los hechos que de alguna for ma estuvieran relacionados con la variación de los animales y las plantas en domesticación y en la naturaleza, se podría. quizás aclar�:r:-algo toda la cuestión.
Empecé mi primer cuaderno de notas en julio' de• 1837.
Trabajé sobre verdaderos principios baconianos y, sin ninguna teoría previa, em'pecé a recoger hechos en grandes cantidades, especialmente en relación con productos domesticados, a través de cuestionarios• impresos, de con versaciones con criadores y hortelanos expertos-y de abundantes lecturas.
Cuando veo la lista de libros de todas clases que leí-y resumí, incluyendo series completas de revistas y actas de sociedades, me sorprende milabo.,.
Pronto me di cuenta de que la selección era la piedra angular del éxito del hombre para conseguir razas útiles de animales y plantas.
Pero durante algún tiempo continuó siendo un misterio para mí la forma en que podía aplicarse la selección a organismos que vi en estado natural.
En octubre de 1838, esto es, quince meses después de haber empezado mi estudio sistemático, se me ocurrió leer por entrete: pimiento el Essay on Population de Malthus y, como estaba bien preparado para apreciar la lu cha por la existencia, que por doquier se deduce de una observación larga • y constante de los hábitos de los animales y las plantas, enseguida descubrí que en estas circunstancias las variaciones más favorables tenderían a pre servarse, y l�s desfavorables a ser destruidas.
El resultado de esto sería la formación de nuevas especies.
Aquí había conseguido por fin una teoría sobre la.que trabajar (DARWIN 1958: 119�120). • Los especialistas han discutido mucho esta descripción que Darwin dio de la génesis de su teoría casi al final de su vida, señalando numerosos de talles que, sin duda, Darwin olvidó mencionar en su Autobiography.
Claro está, que dicha omisión bien podría.haber sido deliberada, ya que ninguno de esos detalles posee la suficiente relevancia gnoseológica como para qu� Darwin los tuviera que mencionar.
Los principales documentos que • se han estudiado para llevar a cabo la reconstrucción de la primera elaboración de la teoría de la evolución de Darw�n son su Red Notebook, •sus Notebook on Transmutation of Species Uulio de 1873-julio de 1839) y los trabajos que leyó a partir de 1836, los cuales frecuentemente están llenos de •anotaciones.
Después de estudiar, precisamente, las anotaciones dejadas por Darwin en los márgenes de la quinta edición de los Principies of Geology de Lyell, Sydney Smith sostuvo en dos artículos (1959: 112; 1960: 398) (2) que Dar win debió de comprender los aspectos esenciales de su teoría ( «la existen cia de variaciones en la naturaleza; la selección de las variaciones más fa-. vor'eddas en un.habitat párticular; y la preservación de esas variaciones intactas para la transmisión hereditaria a sμ progenie sin que se borren mediante un proces� de herencia mezclada (blending • inheritance)») entre marzo y julio de 183 7.
Ahora bien, la datación de unas anotaciones de Dar win -por lo demás dudo�a (3)-no puede considerarse una prueba sufi ciente de la génesis de su teoría y, todavía menos, un sustituto de un autén tico argumento gnoseológico.
Darwin había pensado ya «intuitivamente» -según S. Smith-su teoría de la evolución completa?
Para poder hacer esta afirmación, este autor debe ría primero \haber explicado cómo pudo Darwin hacer esto.
Otros autores, principalmente George Grinnell y Howard E. Gruber, han estudiado y descrito lo que consideran que fueron las primeras teorías evolucionistas que Darwin «concibió» antes de «descubrir» la selección na tural (GRINNELL 1974; GRUBER 1984: 143-155, cap. 7 y 8).
La característica general de todas estas teorías es su marcado carácter especulativo, ya que la base material organizada lógicamente sobre la que • se apoyan no es sufi ciente: a saber, las taxonomí�s que diversos especialistas híci�ron de las colecciones que Darwin recogió durante su travesía a bordo del Beagle ( es pecialmente la. de fósiles de mamfferos sudamericanos y la de las aves del Archipiélago de las •Galápagos, que incluía además la distribución geográfi-. ca de algunas especies), y numerosos conocimie11tos geológicos que Dar win obtuvo principalmente también durante la travesía del Beagle.
Veamos algunos de los pasajes del primer Notebook on Transmutation of Species más representativos de lo que p:r: eferimos llamar simplemente primeras reflexiones de Darwin acerca de la evolución: 248 «Por qué es corta la vida, por qué tan.elevado objeto la generación.
Sabemos que el mundo está sujeto a uncido. de cambio, la temperatura y todas las circunstancias, los cuales influyen en los �eres vivos.
Vemos que las crías de los seres vivos cambian permanentemente o su jetas a variedad según la circunstancia, �las semillas de plantas esparci das en suelo rico; producen muchás.clases, aunque los nue• vos indiv1duos producidos por los. brotes sean constantes; por tanto vemos qu� la genera� •ción aquí•parece un medio par'.1 variar o par� la adaptación-.
De nuevo sabemos que en el curso de la generación incluso la mente y el instinto•son influidos (DARWIN 1960-67; I: 2-4). • Introduzcamos una pareja y dejemos que se rhultiplique lentamente, apartada de muchos enemigos, para que se produzcan con frecuencia cru ces entre la descendencia -quién podrá predecir el resultado-.
Según esto, animales en islas separadas deberían llegar a ser 9-iferentes si se mantienen. separados el tiempo svficiente, con circunstancias ligeramente diferentes. -Actualmente las tortugas de las G�lápagos, los sison tes, el zorro de las FaJkland (Malvinas), el zorro chileno. -La liebre ingle sa e irlandesa-.
Las regiones que llevan • más tiempo separadas -las mayores di�eren cias __;., si están separadas desde la era de la inmersión, posiblemente dos tipos distintos,• pero cada uno teniendo sus representantes.-como en Australia.
Esto presupone una época en que no existía ningún mamífero; Austra lia; los mamíferos fueron producidos por la propagación de un grupo d!s tinto como el resto del mundo.
Esto supone que en el •curso de las eras, y por lo tanto de los cambios, todo animal tiene tendencia a carribiar.
Esto difícil de probar con los gatos, etc. de Egipto ninguna respuesta, a causa del poco tiempo y de que no ha ocurrido ningún cambio importante.
Veo los dos avestruces como un sólido argumento de posibilidad de un cambio semejante; lo mismo que los vemos en el espacio, podrían ser vis..:. tos en el tiempo.
Como he dicho antes•, especies aisladas probablemente varían más rápi, • do, esp�cialmente con algún cambio.
Causas desconocidas del cambio.
Cada • especie cambia.
Con respecto a la extinción podemos ver fácilmente que la variedad de avestruz Petise puede no estar bien.adaptada, y así llegar a desaparecer o, por el contrario, ser favorable como la variedad Orpheus, se podrían pro ducir muchas.
Esto requiere el principio de que las variedades estables, producidas por• cruzamientos eri cautividad y cambiando las circunstan cias sean continuadas y producidas de a• cuerdo con la adaptación a tales circtihsfancias, y por ell¿ la muerte de las especies es una consecuencia de • la no-adaptación de las circunstancias ( contrariamente a lo que parecía desde América) (DARWIN, 1960-67, I: 37-39).
Especies formadas por J:i undimiento.
ElevaLy hundir mantienen disti!l, tOs, dos especies producidas; elevación y •. h � ndimiento formando especies continuamente.
No cabe duda de que desde el momento en que Darwin aceptó la trans mutación de Ia's• especies, en marzo de 1837, comenzó a trabajar con aque llas pruebas que habían provocado su cambio de actitud hacia el mundo de los seres orgánicos (el registro fósil•y las diferencias • específicas de algunos organismos, corho ciertas aves de los Galápagos), intentándolas poner en correlación con varios fenómenos geológicos como el mov1miento de los continentes contemplado de un modo actualista/uniformista, la emergen cia de islas volcánicas, o la fo qn ación geológica de puentes naturales y su destrucción mediante la elevación y hundimiento de áreas geográficas, res pectivamente.
Pero de ahí no se puede pasar a defender que Darwin tuviera ya en•mente teorías tan sumamente complejas como la de las monadas, que le atribuye Howard E. Gniber (1984:• 178-193) conducido, sin duda, por prejuicios psicologistas!,__como la búsqueda de las «etapas del creci miento intelectuah;(?).
Sea como fuere, •estos primeros escarceos de Darwin en el evolucionis mo no le llevaron muy lejos, abandonándolos a finales dé 1837 por una nueva preocupación: las causas de la variación.
Con la creencia e? la transmutación y en el agrupamiento geográfico se nos plantea la tarea de descubrir las causas de los cambios(... ).
Mi teoría conduciría a un examen minucioso de la hibridación, de qué cicunstancias favorecen el cruzamiento y cuáles lo previenen (DARWIN 1960-67, I, 227-228).
Fue así como Darwin se adentró en el mundo de los criadores• y hortela nos.
Con o sin «teoría» previa, lo cierto es. que a finales de 183 7 Da�in co menzó a interesarse por la crianza de animales y el cultivo de plantas debi do a que estas tecnologías. artesanales constituían un material propicio para observar la aparición de variaciones en organismos domésticos y los mecanismos de su producción, fenómenos ambos difíciles de observar en la naturaleza.
Sin embargo, no parece tan claro que Darwin iniciase al po co tiempo -como él mismo sügiere en su Autobiography-la búsqueda de un mecanismo selectivo natural semejante al que produce. en domestica ción razas nuevas, es decir, análogo a la selección que los criaao�es y horte lanos practican artificialmente.
La conclusión que se extrae de la lectura de estos folletos es que Darwin aprendió de ellos, más que las causas que producen lás cambios en los or ganismos, el modo mismo de producirlos en ciertas condiciones (la domes ticidad): el arte de la mejora.
Antes de interesarse por el tema, probablemente Darwin había partici pado de la creencia popular de que el éxito de los criadores residía -en el cruce de razas o en el control de ciertos factores como el clima, la alimen-: tacipl}. de los animales, etc.; y quizás por eso subrayó uno de los textos don de Sebright habla de ello:
L� calidad de la lana, como cualquier otra propiedad de los animales de todas las clases, puede mejorarse por la selección en la crianza(... ).
El cli ma, la alimentación y el terreno influyen naturalmente algo en la calidad de la lana, pero no tanto como se cree generalmente (SEBRIGHT 1809: 24-25.
Pero la lectura de los folletos de Sebright y Wilkinson le proporcionó una visión muy distinta del procedimiento que siguen los criadores para • mej _ orar sus razas:
Nadie puede contemplar una casta cualquiera en su estado más natural y más imperfecto sin que perciba una gran variedad en las formas de los individuos, en sus distintos grados de tendencia a alimentarse, o en otras ciertas propiedades destacables que pueden proporcionar a algunos una decidida superioridad sobre el resto.
Estos, por tanto, deben seleccionarse de toda la manada; y como usted mismo, Sir, ha señalado, los machos y las hembras deben emparejarse apropiildamente.
Cuando obtengamos su pro •genie, algunos individuos probablemente serán peores, otros iguales y otros incluso mejores que los mismos padres.
Los peores, indudablemente deben rechazarse, mientras que el resto, y especialmente los mejores de es tos, serán preservados cuidadosamente para el futuro linaje.
Deberemos continuar procediendo así, mediante una jμiciosa selección de los machos y Ías hembras y descartando todo lo que es rechazable.
Y mediante tal pro cedimiento se producirán finalmente animales tan distintos de la generali dad del linaje del que fueron originariamente tomados, que nadie que no esté familiarizado con estos asuntos podrá perisar que entre ellos existe la menor afinidad.
La distinción entre algunas especies y su propia variedad particular, claro está, apenas será menor que entre esa variedad-y la totali- A buen seguro, al leer este texto y otros similares Darwin tuvo que que dar profundamente impresionado por la naturaleza y el poder del mecanis mo que les permite a' los criadores mejorar las razas de animales, domésti cos, el principio de la selección, a cuya exposición dedicó el capítulo I del Origin of Species.
Se puede decir que los criadores-transforman y mejoran las razas de animales domésticos mediante un proceso que, con indep_ en dencia de su complejidad real, se reduce a las siguientes operaciones:
Discriminar las pequefiás variaciones que se dan ei i _los individuos de una misma especie.
Seleccio°'ar a los individuos de ambos sexos que manifiestan alguna variación que se considere útil, con el fin de que se apareen entre sí y tengan descendencia.
Repetir las dos primeras operaciones con las sucesivas generaciones qÚe se van produciendo.
Al ejecutar estas operaciones, los criadores no hacen sino ejercitar la propia racionalidad de la transmutación de las especies (a nivel tecnológi co), es decir, transforman efectivamente unas especies en «otras».
Esta ló gica material de la mejora de las especies domésticas es lo que Darwin ad virtió al leer los trabajos de Sebright y Wilkinson, y lo que le sirvió como punto de partida para construir su teoría de la evolución.
Ahora bien, la co nexión entre la selección artificial y la selección natur: al no es «inmediata» como algunos autores han señalado, sino problemática.
No sirve de mucho decir, como Michael Ruse o Silvan S. Schwebe:r; (RusE • 1975b: 226 y 228; SCHWEBER 1977: 259-260), que Darwin pasó de un tipo de selección a otra por analogía, ya que, a menos que se consídere a ésta como una mera tau tología (o identidad estructural), que no es el caso, esto no quiere decir na da.
De esta manera, lo que se está presuponiendo es el hécho mismo de la conexión, que es lo que se debe explicar.
La selección artificiar no es más que una tecnología que permite mejorar (transforrn�r) las especies domés ticas, y como tal requiere de un sujeto que ejecute una serie de operacio nes; mientras que en la selección natural la presencia del sujeto operatorio se encuentra neutralizada o eliminada.
La dificultad con que se encontró Darwin en este punto de su investigación fue el explicar cómo podía operar el principio de la selección en la naturaleza.
Durante algún tiempo trató de encontrar, sin éxito, una-alternativa al principio de la sdección, especulando con. la idea lamarckista de. que los organismos pued�n obtener variaciones heredables adaptativas mediante el uso o desuso de sus distintas estructuras anatómicas (DARWIN 1960-6 7, 11: 163, 171 y 199).
Por otro lado, durante el mes de agosto de 1838 incre mentó sus investigaciones sobre la selección artificial, hasta el punto de que su cuaderno de notas se convirtió ese verano en un catálogo de varia ciones recogidas en su voraz lectura de trabajos relacionados con la crian za y el cultivo, y dm;-ante sus conversaciones con todo tipo de expertos en estos temas.
Buen ejemplo de ello es el siguiente pasaje, •escrito el 23 de septiembre de 1838:
Sin embargo, en • 1909 la _ opinión de• su hijo Francis respecto al papel que jugó Malthus en la elaboración de la teoría de la evolución de su pa dre era muy distinta, y así lo expresó en la introducción a la edición con junta del Sketch de 1842 y el Essay de 1844 de Darwin:• «Apenas puedo dudar de que con su conocimiento de la interdependencia de los organis mos y la tiranía de las condiciones, su experiencia habría cristalizado en "una teoría sobre la que trabajar" incluso sin la ayuda de Malthus» (DAR-WIN, F. 1909: XVI)...
Cuando_ en 1960 Sir Gavin de Beer inició la publicación de los Darwin's
Notebooks on Transmutation of Species, pareció quedar confirmada la sos pecha _ del hijo de Darwin, según la cual Malthus no habría desempeñado ningún papel en fa formulación de su teoría.
En efecto, la primera alusión a Malthus, además de ser crítica, no aparecía hasta las primeras páginas del cuarto Notebook (DARWIN 1960-67, IV: 3-4), mientras que en la página 17 5 del tercero se podía leer ya la primera formulación clara de la nueva teoría:
Todo esto concuerda bien con mi concepción de esas formas ligera mente favorecidas que toman ventaja y forman especies (DARWIN 1960-67, III: 175).
• Por supúesto, se sabía que el texto de los Notebooks on Transmui: ation of Species estaba incompleto, debido a •que Darwin había arrancado en dos ocasiones todas lás páginas útiles (4).
Pero la publicáción en 1961 de algu nas páginas que se recuperaron no modificó la situación, puesto que en ninguna parte se mencionaba a Malthus.
Anteriormente otros autores, co mo Loren Eiseley (1961: 181-182) Entre las páginas recuperadas se hallaban las 134 y 135 del tercer Note book, que comprenden una formulación clara de la selección natural, así como una cita de la sexta edición del Essay de Malthus: 28 de septiembre.
No deberían' sorprendernos los cambios en numero sas especies, desde los pequeños cambios en la naturaleza de la localidad.
Incluso• el lenguaje enérgico de Decandolle no transmite la lucha abierta • entre las especies como se deduce de Malthus.
El aumento de los brutos debe impedirse únicamente mediante obstáculos positivos, salvo qu_ e el hambre pueda frenar • el deseo.
En la naturaleza la producción no aumenta, mientras no se impone ningún-obstáculo, excepto el obstáculo positivo del hambre y, por consiguiente, la muerte.
No dudo que todo el mu' ndo hasta que lo piensa profundamente supone que el aqmento de los. animales es exactamente proporcional al nómero de los q�e pueden vivir.
La población aumenta en proP, orción geométrica en MUCHO MENOS• de 25 años.
Sin embargo, hasta la afir_ mación de Malthus.( 5) nadie pt:!rci bió claramente el gran obstáculo entre los hombres.
Hay un salto; como el alimento usado para otros fines como el trigo para hacer brandy.
También unos pocos años de abundancia, hacen que aumente la pobla�ión humana y una cosecha normal producir una escasez.
Tómese Europa por regla ge neral cada especie debe tener el mismo número de muertos año tras año por los predadores, por el frío, etc. También la disminución en número de una especie predadora debe afectar instantáneamente a todo el resto.
La causa final de todo este ajuste (wedging), debe ser ordenar la propia estruc tura, y adaptarla a los cambios.
Hacer eso por forma, lo cual Malthus muestra que es el efecto final (por medio, sÚi embargo, de la voluntad) de este exceso de población sobre la energía del hombre.
Se pued� decir que hay una fuerza semejante a cien mil cuñas (wedges) intentando introducir por fuerza a toda clase de estructura adaptada en los huecos de la econo-. mía d� la naturaleza, mejor dicho, haciendo huecos al empujar. hacia afuera a las más débiles.
Estos documentos han dado pie a un torrente de interpretaciones que, sin perjuicio de sus diferentes matiées, podemos condensar en las tres si guientes:
A) Antes de leer a Malthus, Darwin ya estaba en posesióp. de los. princi pales elementos de su teoría, gracias a sus estudios de diversos fenómenos biogeográficos, y había establecido entre esos elementos sus relaciones más importantes, al cuestionar la concepción tradicional de la economía natural por medio de su refutación de la perfección de las adaptaciones.
Sin embargo, y a pesar de que el aporte de Malthus no fue, por tanto, nece sario para la teoría, la lectura del C) Cu' ando Darwin leyó a Malthus ya sabía por los trabajos de los cria dores y hortelano' s que la selección era e'i principio del cambio de las espe cies.
La i_ dea de que en la natu�aleza cada •cosa tiene su lugar, cada organis mo su sitio y una función precisa fue defendida en el siglo XVIII por nume rosos autores, entre ellos los de• la �scuela linneana.
La economía natural era concebida de una manera estática.
Por razones que provenían de la teo logía natural se impuso la idea de una adaptación perfecta de los organis mos al medio.
Según esta concepción del mundo orgánico, existían una se rie de reguladores naturales. encargados de mantener en la naturaleza el orden y la proporción entre•los organismos que la creación les fijó.
De es tos reguladores del equilibrio natural, el principal era lo que Lirineo deno minó politia naturae: las especies se agreden unas a otras, preservando así la proporción requerida sin que grupos enteros corran el peligro del ani quilamiento; el __ equ�librio está así asegurado por la guerra entre los seres vivos.
De este modo, la economía natural acabó cobrando la forma de una. cadena presa-predador con Tennyson.
Yni siquiera la aparición a princi pios del siglo XIX de fósiles pertenecientes a especies extinguidas sirvió pa ra dar al traste con esta idea de una lucha entre los seres vivos entendida, más_ que nada; como colaboración: si una especie hubiera desaparecido en otra edad geológica, de seguro otra nueva creacióll' habría. ocupado su lu: gar para seguir manteniendo lo que Herder llamó «el equilibrio de fuerzas qué trae paz a la creación».
Alphonse De Candolle fue uno de los primeros que señaló. qué esta gue rra entre las especies consistía no en una mera relación de predación, sino en una competencia real entre las. especies ( él menciona concretamente el caso•de las plantas) por el territorio o cualesquiera otros recursos necesa rios para la vida (DE CANDOLLE 1845: 248).
Más tarde Charles Lyell tomó la idea de una «war of organic beings» de De Candolle, asumiendo incluso, co mo no hiciera De Candolle, la más dramática de sus consecuencias: la ex tinción de las especies más débiles o inadaptadas.
No cabe duda de que Darwin conocía estas ideas, pues• se hizo eco de ellas en la primera edición de su Joumal of Researches (DARWIN 1839: 211).
Pero, sin embargo, no se puede afirmar -como ha hecho C. Limoges que Darwin consumó la ruptura con la concepción tradicional de la econo mía natural, iniciada por De Candolle; antes de leer a Malthus, porque la lucha por la existencia de la que hablan De Candólle y Lyell no es la misma señalada por Malthus.
La diferencia estriba en que para los primeros, la competencia se da entre distintas especies, mientras que para Malthus, la lucha por la existencia tiene lugar•principalmente entre los miembros de una misma•especie (6).
Darwin percibió perfectamente esta diferencia radi cal entre la lucha intraespecífica y la lucha interespecífica por la existencia, y por ello en la segunda edición de su Joumal of Researches sustituyó la pri mera por la segunda como causa de la extinción de las especies (DARWIN 1845: 158).
¿Quiere esto decir que la interpretación correcta de la •influencia que Malthus tuvo sobre Darwin es la B, cuyos defensores, basándose precisa mente en la distinción entre las dos formas de l_ ucha por la existencia, han creído ver en Malthus la clave que le permitió a Darwin elaborar su teoría?
Sólo parcialmente, pu�s si bien estos autores han visto claramente cuál fue la aportación de Malthus a la teoría de la evolución de Darwin, no han sabido, sin embargo, encajarla en el proceso de construcción efectivo de di cha teoría.
Su principal error ha sido• «pensar» que una ciencia es un con junto de elementos que al reunirlos nos dan una imagen de la realidad; al go así como un puzzle que hay que ensamblar para reconocer la imagen que se esconde en el montón de piezas desord'enadas.
En definitiya, dichos autores p�esuponen algún tipo de conexión o identidad entre la realidad y las teorías científicas, olvidándose de que es_pr�cisamente esta conexión lo que los científicos se encargan de construir.
Asclepio- Pese a que la mayor parte de los especialistas han optado por la inter pretación C, que es la que más se ajusta a una concepción gnoseológica constructivista de la ciencia, como la que intentamos defender, la mayoría se encuentran presos de una gnoseología descripcionista, que entiende los contenidos de una ciencia como una reproducción o reflejo de un material objetivo que se supone previamente dado.
Como ya hemos visto, Darwin aprendió de los criadores y hortelanos una técnica, la manera de producir cambios en las especies domésticas a través del principio de la selección.
El problema fundamental con el que se encontró para pasar de ese nivel tecnológico• al nivel de las explicaciones científicas fue el de la neutralización del «sujeto operatorio», que necesa riamente tenía que seleccionar los individuos-de una raza para poder mejo rarla (transformarla).
Pues bien, la respuesta a este dilema la encontró Darwin en Malthus: la lucha intraesp�cífica de los seres vivos por la existen cia; o, mejor dicho, una construcción precisa de este concepto•.
Veamos cómo construyó Malthus su concepto de lucha intraespecífica por la existencia en el capítulo I de su Essay on ihe Principie of Population:
Creo poder honradamente sentar los dos postulados siguientes: Primero: el alimento es necesario a la existencia del hombre.
Segundo.: la p;;isión entre los sexos • es necesaria y se mantenq.rá prácti camente en su estado actual (... )
Considerando aceptados mis dos postulados, afirmo que la capacidad de crecimiento de la población es infinitamente mayor que la capacidad de la tierra para producir alimentos para el hombre.
La población, si no encuentra obstáculos, aumenta• en p r ogresión geomé trica.
Los alimentos tan sólo aumentan en progresión aritmética(... )
Para que se cumpla la ley de nuestra naturaleza según la cual el alimen to es indispensable a la vida, los efectos de estas dos fuerzas tan desiguales deben ser mantenidos al mismo nivel.
Esto implica que la dificultad de la subsistencia ejerza sobre la fuerza de crecimiento de la población una fuerte y constante presión restrictiva.
Esta dificultad tendrá que manifestarse y hacerse cruelmente sentir en un amplio sector de la humanidad (... ).
Entre las plantas y los animales, sus efectos son el derroche de simientes, la enfermedad y la muerte prematu- Lo que Malthus nos ofrece en este texto es una ley objetiva• que señala que la presión poblacional (o luchaintraespecífica por la existencia) es di rectamente proporcional a la tasa de crecimiento de una población ( que auna las tasas de muerte, reproducción, expectativa de descendencia al na cer, etc.), e inversamente proporcional a la tasa de crecimiento de los re cursos alimenticios de dicha población.
Probablemente lo que más le im presionó a Darwin fue la descripción que Malthus dio al principio de su Essay de la forma en que esta ley actuaba en las sociedades primitivas (BowLER 1976;638-639), aunque en esa parte de la obra se aprecia cierta ambigüedad en las palabras de Malthus al referirse a la lucha por la exis tencia, unas veces como si se ejerciera en el seno mismo de la tribu (MAL THUS 1970: 70), y otras entre tribus semejantes (MALTHUS 1970: 73).
Sea como fuere, lo importante es que Darwin fue capaz de incorpor' ar el concepto de presión poblacional al principio de la selección, producien do así el mecanismo de la selección natural.
La fuerza a la que Darwin se refiere en el pasaje del 28 de septiembre en su tercer Notebook, que actúa como por cien mil cuñas para producir la ocupación de todo lugar dejado • vacante en la economía natural, eliminando a los organismos menos adap tados y reemplazándolos por los más favorecidos, es la lucha por la existen cia, que produce la selección natural entre las especies vivientes.
Para so brevivir, un determinado organismo tiene que tener alguna ventaja en su adaptación no sólo con respecto a los miembros de otras especies, sino también con respecto a los de su propia especie.
La adaptación no es nin gún fin ( causa final), sino que está en función de la lucha intraespecífica por la existencia.
El problema de si la expresión «la supervivencia del me jor adaptado» es una tautología o no, carece de sentido tal y como lo ha planteado, por ejemplo, MAYNARD SMITH (1979: 85-87), precisamente, por estar planteado en términos lógico-formales y no lógico-materiales.
Si la adaptabilidad de un organismo puede medirse como la probabilidad de su pervivencia y reproducción, es porque existe una presión poblacional.
En toda población de organismos hay una lucha intraespecífica por la existen cia que hace que las diferencias entre sus individuos jueguen un papel deci sivo en su supervivencia, al proporcionar ventajas (adaptativas) a unos so bre otros.
En realidad, como ha señalado Ernst Mayr, «todo el concepto de competición entre l9s individuos sería irrelevante, si todos estos individuos fueran tipológicamente idénticos -si todos ellos tuvieran la misma esen� http://asclepio.revistas.csic.es cia-.
La variabilidad no cob ra significado, en un sentido evolucioni'sta, hasta que se ha desarrollado un concepto que tiene• en cuenta las diferen cias entre los individuos de la misma población (MAYR 1977: 324-325).
De esta forma, a finales de noviembre de 1838 la revolución darwinista estaba ya consolidada.
Al leer a Malthus, Darwin se dio cuenta de que. el principio de selección que opera en la naturalez_ a no está movido por un sujeto operatorio, como en el caso de la selección artificial, sino por la pre-. sión interna que hay en toda población de organismos en la naturaleza, 1 producto de la desproporción entr� las tasas de crecimiento de sus recur sos alimenticios y de su número de individuos.
En su cuarto y último de los Notebooks on Transmutation of Species Darwin describiq los fundamentos de su teoría de la evolución natural (herencia, variabilidad y presión poblacional) de la siguiente. manera:
Tres principios darán cuenta de todo ( 1) Los nietos son como los abuelos (2) La tendencia a pequeños cambios, especialmente _con cambios físi cos (3) La gr�n fertilidad en proporción al s�stén de los padres (DARWIN 1960-67, IV: 58)...
Sin embargo, su teoría no podía considerarse. completamente• explica da, ya que los dos primeros principios sólo eran �<hechos» cuya naturaleza continuó siendo una incógnita hasta que años más tarde se llevó a cabo la segunda gran revolución en biología: la construcción de una teoría genética capaz de ase'n.tar la posibilidad de dotar de sentido a la selección natural. |
Es esta la primera edición completa en castellano, y en lengua no inglesa, que se presenta de la gran obra filosófico médica del siglo XVII, la Anatomía de la melancolía de Robert Burton.
La edición contiene todas las piezas introductorias de la obra, abundantes, como veremos, y el frontispicio gráfico con la imagen de Demócrito de Abdera en la parte superior y del autor -Demócrito el Joven-en la inferior, y las representaciones de los celos, la soledad, el enamorado, el hipocondríaco, el supersticioso y el maníaco, muestras de estados melancólicos, así como la imagen de dos plantas relacionadas con el tratamiento con drogas de esta enfermedad, la borraja y el eléboro, rodeando el título de la obra, conciso y claro.
Pero nos ofrece además la edición un valioso regalo, un prefacio de Jean Starobinski, pensador, filósofo y gran conocedor de la obra de Burton: «Habla Demócrito.
La utopía melancólica de Robert Burton».
Se añade, además, una pequeña nota sobre Robert Burton de los editores, Fernando Colina y Mauricio Jalón, que nos han demostrado a lo largo de los volúmenes de esta colección su dedicación en la búsqueda y publicación de obras poco difundidas pero muy interesantes para la psiquiatría.
Obras que, en ocasiones, se apartan de las lecturas más comunes, pero que suelen ser apasionantes y enriquecedoras.
En este caso se añade el gran interés que tiene una obra única del siglo XVII, que recoge prácticamente todo lo importante e interesante que se había dicho hasta el momento sobre ese «estado» tan difícil de definir, tan amplio y ambiguo, como todo proceso mental cargado de tonos afectivos y que posiblemente todos conocemos en algún grado: la melancolía.
Esa melancolía que puede ser un estado pasajero, un temperamento personal, una enfermedad llamada depresión.
Sobre ese estado, temperamento o enfermedad escribió ampliamente, largamente el clérigo y bibliotecario Robert Burton.
Recordemos, además, que esta obra tuvo un enorme éxito en el mundo anglosajón, con cinco reediciones sucesivas entre 1621 y 1651, año en que apareció una póstuma.
Sin embargo no fue traducida de forma completa a otros idiomas hasta muy tarde, hasta el siglo XX.
Y esta edición en castellano, que se basa en la primera edición crítica inglesa -también del siglo XX, Robert Burton, The Anatomy of Melancholy, ed. Thomas C. Faulkner, Nicolas K. Kisslong, Rhonda L. Blair, 1989-es la primera completa en otro idioma diferente al inglés, adelantándose a la francesa.
Hemos dicho antes que las piezas introductorias, antes de que comience realmente el texto del discurso de Burton sobre la melancolía, son muchas y extensas.
Además del poema sobre el argu-mento de la portada, está el que dedica Demócrito a su libro, un «Resumen de la melancolía por el autor», epigrama latino de diez versos que apostrofa, cada uno a su tiempo, al filósofo que llora -Heráclito-y al filósofo que ríe.
Y por fin el extenso escrito, de casi noventa páginas, de un nuevo y joven Demócrito -un filósofo que ríe-al lector.
Un prefacio satírico en la mejor tradición menipea.
Una justificación de Burton de su obra y su uso de una identidad usurpada aunque confesada.
Comienza, pues, diciendo: «Amable lector, supongo que sentirás gran curiosidad por saber qué bufón o actor enmascarado es el que se presenta tan insolentemente en este teatro del mundo, ante los ojos de todos, usurpando el nombre de otro».
Sólo después de esta larga reflexión comienza la primera parte de su extenso y enciclopédico trabajo.
Enciclopédico al estilo de las grandes recopilaciones renacentistas, pero al mismo tiempo ordenado perfectamente en Secciones, Miembros y Subsecciones que van tratando cada aspecto que Burton considera esencial en el estudio de la melancolía, siguiendo el modelo clásico de, por ejemplo, las causas naturales y las causas no naturales o preternaturales.
La primera parte de la obra se compone de tres «Miembros» que se dividen en cinco «Subsecciones».
Se trata de analizar las características del hombre con sus excelencias y sus debilidades y enfermedades, fundamentalmente las de la cabeza -desvarío, locura, frenesí, hidrofobia, licantropía, baile de San Vito, éxtasis-y la última Subsección sobre la Melancolía: «Melancolía en disposición, llamada así impropiamente».
Burton explica que las enfermedades mentales tienen su asiento en la cabeza, pero que varían mucho dependiendo de la división de la cabeza que afecten.
Las enfermedades externas no interesan en este caso, pero sí las internas -de las «pieles del cerebro», las meninges; y sobre todo las de los nervios, las de los «excrementos del cerebro» o «las que pertenecen a la sustancia del cerebro mismo, entre las que se conciben el frenesí, el letargo, la melancolía, la locura, la debilidad de memoria, el sopor o coma, la vigilia y el "coma de vigilia"», como explica en la página 139 del primer tomo.
Y dentro de ellas separa especialmente las que, dice, «Laurens llama enfermedades mentales», y Hildesheim, «enfermedades de la imaginación o de la razón dañada»», que son tres o cuatro: el frenesí, la locura, la melancolía, y el desvarío y sus tipos (hidrofobia, licantropía, baile de San Vito, posesión demoníaca) Burton cita a muchas autoridades de todo tiempo, es meticuloso en sus análisis y explicaciones pero es claro en sus explicaciones.
La edición, por otra parte, contiene abundantes notas que permiten identificar personajes y textos a los que corresponden las citas, o, incluso las relaciones de las expresiones de Burton con otros textos.
Se ha realizado en este sentido, una extraordinaria labor.
Burton considera que la melancolía, cuando se trata de una «disposición», «es una característica inherente al hecho de ser criaturas mortales», un estado al que nadie puede sustraerse, incluso el hombre que es feliz.
Pero el problema es cuando perdura, actúan las pasiones y se convierte en «hábito» hasta llegar a ser enfermedad.
Según las características de cada uno, su temperatura corporal o la resistencia de su alma racional podrá resistir más o menos y la afectación será mayor o menor.
Y de esa melancolía va a tratar a lo largo de sus apasionantes escritos: «La melancolía de la que vamos a tratar es un hábito, una enfermedad crónica o continua, un humor establecido, como la llaman Aureliano y otros, no errante, sino fija.
Y puesto que ha estado aumentando durante mucho tiempo, habiéndose así desarrollado ya como hábito -agradable o doloroso-será difícil de eliminar», como dice en la página 146.
Después de esta primera aproximación a lo que entiende por melancolía hace Burton una digresión para hablar de «anatomía».
Como dice Starobinski, «anatomizar» en el Renacimiento, quizás por la gran influencia de los nuevos libros y observaciones anatómicas del momento, el gran impacto de Vesalio y otros, era exponer las cosas abiertamente, al desnudo, a la luz, claramente.
La anatomía, dice Starobinski, descompone y expone.
Más tarde, en la Ilustración, se hablará de análisis.
Burton considera que no está de más, antes de entrar de lleno en la melancolía hablar de todo lo que con ella se relaciona, hablar de la anatomía del cuerpo y de las funciones del alma, de manera de tener una buena base para comprender lo que vendrá después.
Una vez hecho esto puede ya comenzar por definir la melancolía.
«El nombre se impone a partir del tema, y la enfermedad se denomina a partir de la causa material (...) de la cólera negra».
En realidad recoge las opiniones de quienes tienen o han tenido autoridad en la materia, sea Galeno o Fracastoro, y así la define como una serie de autores la definen, como «un tipo de locura sin fiebre, que tiene como compañeros comunes al temor y a la tristeza, sin ninguna razón aparente», aunque señala que hay estudiosos que no la aceptan.
La segunda Sección del libro se dedica al estudio de las causas de la melancolía a lo largo de más de doscientas páginas en las que encontraremos todas las posibilidades, desde Dios como causa, los brujos y magos, los astros, la edad, los padres y la situación de la reproducción.
Y siguiendo el esquema clásico, las causas naturales y no naturales, revisando desde la dieta hasta las tragedias personales.
La Tercera Sección trata de los síntomas o señales de la melancolía y por fin la Cuarta, del pronóstico de la enfermedad.
En su definición sintomática general Burton es fiel al aforismo 23° del libro VI de los Aforismos de Hipócrates: «Si la tristeza y el llanto duran largo tiempo, tal estado es melancólico».
Veamos un párrafo en que indica la variedad que pueden tener los síntomas de la melancolía, y en el que se ve claramente su forma de escribir y concebir su trabajo, cargado de citas, apoyándose siempre en las autoridades de todo tiempo.
Dice Burton: «Los síntomas son, por tanto, o universales o particulares a las personas y a las especies», dice Gordon (Lilio de medicina, cap. 19, part.
2); «algunas señales son secretas, otras manifiestas; algunas corporales, otras mentales, y varían de forma diversa, de acuerdo con las causas internas o externas» (Capivaccio); o proceden de las estrellas (de acuerdo con Giovanni Pontano), De rebus caelestis, libro 10, cap. 13), y de las influencias celestes o de los humores mezclados de formas diversas (Ficino, De sanitate tuenda, libro 1, cap. 4).
Dependiendo de si son calientes, fríos, naturales, no naturales, en aumento o en disminución, Aecio considera una variedad de signos melancólicos.
Laurens los adscribe a sus diversas temperaturas, deleites, naturalezas, inclinaciones, continuidad en el tiempo, según sean simples o mezclados con otras enfermedades; y, puesto que las causas son diversas, igualmente los signos deben ser también infinitos (Altomari, Ars médica, cap. 7).
Y del mismo modo que el vino produce efectos variados, o la hierba llamada «tortocollo» por Laurens, «que hace reír a algunos, a otros llorar, a algunos dormir, a otros bailar, a algunos cantar, a otros aullar, a algunos beber, etc.», así, este humor melancólico nuestro produce diferentes señales en distintos individuos», como dice en la página trescientos sesenta y siete del tomo primero.
En cuanto a «Los pronósticos, o señales de lo que está por venir, son buenos o malos.
Si esta enfermedad no es hereditaria y se coge al principio, hay buenas esperanzas de curación, dice Avicena (libro 3, fen.
4, cap. 18)», y eso dice y argumenta Burton en las páginas siguientes.
Este primer volumen es el corazón de la obra.
El segundo tomo está dedicado a la curación de la melancolía.
Su importancia esencial radica en los aspectos médicos, éticos y terapéuticos que se planteaban frente a la alteración de la bilis negra.
Paso a paso -«Miembro» a «Miembro»-se revisan todas las posibilidades de tratamiento, desde la apelación a los santos hasta las drogas.
Por su revisión pasan la dieta, el aire, el ejercicio, los amigos, la música y otros aspectos de la vida que se pueden corregir para mejorar el trastorno.
También analiza las situaciones especiales en que se puede dar la melancolía, como las minusvalías, la pobreza, la pérdida de libertad, el dolor por la muerte de los amigos y muchas otras.
Las cuarta y quinta secciones del libro tratan «De la medicina que cura con medicamentos» y de «Los simples apropiados para la melancolía» así como de otros métodos, como la sangría.
El tercer tomo culmina este discurso médico y filosófico sobre la melancolía dedicando sus páginas, fundamentalmente, a la melancolía amorosa.
Reflexiones amplias sobre el amor y sus distintas formas, sobre todo el «amor heroico» tal como se consideraba en el renacimiento y barroco, su sentido, sus matices y características, los celos y como se convierte o puede convertirse en causa de melancolía.
En la Subsección II, «De cómo el amor tiraniza a los hombres.
El amor o la melancolía heroica», apela Burton a Virgilio y comienza diciendo «Habéis oído ya cómo este amor tirano exalta a las bestias y a los espíritus.
Consideremos ahora las pasiones que provoca entre los hombres».
«Ímprobo amor, ¿a qué límites no fuerzas el corazón de los hombres?».
Las pasiones que se desatan pueden ser lógicamente clara causa de la melancolía.
Burton, a quien nada se le escapa, también analiza las soluciones posibles para esta «especie» de melancolía.
La última parte del libro está dedicada a otra, para él, de las posibles melancolías, depresiones especiales, pasionales, la melancolía religiosa.
En este caso, afirma, no hay modelos ni escritos médicos sobre el tema.
Todos, nos dice, se refieren a la melancolía religiosa como un síntoma, pero no como una «especie» melancólica.
Él lo hará, y, como siempre, se referirá a sus características, sus causas, sus síntomas, su pronóstico y la forma de curarla.
Pero hay una segunda parte que habla, curiosamente, de la «melancolía religiosa por defecto», la que sufren los «epicúreos, ateos, hipócritas, individuos seguros de sí, lascivos, todos los impíos y pecadores impenitentes, etc.».
En este caso, desgraciadamente, el pronóstico es muy malo.
En la mayoría de los casos, nos indica Burton, se produce un estado de desesperación que suele terminar con la muerte.
Nos encontramos, pues, con una enciclopedia de sorprendente erudición en que se abarca todo lo que se ha dicho y puede decirse de algo tan complejo y amplio como la melancolía, que comprende desde un humor, un estado de ánimo pasajero, hasta una profunda depresión que condiciona la vida entera en todos sus aspectos.
Presentada en una cuidada edición, la única en castellano, como ya hemos señalado, es una obra imprescindible para quien quiera conocer el origen y la importancia de la literatura médica y filosófica que se generó a los largo de los siglos en torno a la melancolía. |
Ilusión de E. M. Combrich, se hace referencia a la imagen que sobre el «ri""'. noceronte» grábara el-artista alemán A. Durero (año de 1515) (1).
Señala Gombrich cómo esta imagen se mantuvo vigente como modelo de identifi cación y reconocimiento de este animal'durante más de dos-siglos, cuandq bien entrado en el dieciocho, el naturalista inglés James Bruce publicó otra i:r�agen, tomada del «natural», con la que quería demostrar la falsedad del grabado de Durero.
Era la de Bruce una representación que apoyada en el valor del reconocimi�nto in situ (del «natural»), se convertía en la razón es grimida con mayor peso frente a la imagen anterior tomada solamente de referencias.
Gombrich relata en su libro cómo ese valor que Bruce atribuyó a su imagen y sirvió para desprestigiar la obra del artista alemán, no era realmente cierto:
«Porque la ilustración, presentada con tanto trompeteo, no está ni mu cho menos libre de "prejuicios preconcebidos" ni del obsesivo recuerdo del grabado de Durero.
No sabemos exactamente qué especie de rinoceronte vio el artista en Ras el Fil, y es pues posible que no sea del todo equitativa la comparación de su dibujo con una fotografía tomada en Africa.
dicen que ninguna especie conocida por los zoólogos corresponde al gra bado que se pretende tomado «al vif» (2).
Este ejemplo que he res�ñado sobre uno de los casos más conocidos de• representación zoológica «fraudulenta», me sirve, en este trabajo, para re ferirme sobre eI aspecto de las representa, ciones gráficas tomadas del «na tural» y sus incidencias y características en la ilustración científica d_ el Die ciocho.• Las representaci9nes gráficas tomadas del «n_ atural» se convirtieron, durante el Dieciocho, en un valor diferenciador entre una imagen identifi cada• como auténtica y_ una imagen falsa, con pretensiones de auxilio cien tífico.
Con la incorporación de artistas en los grandes viajes naturalistas realizados en el siglo, se vio garantizada la validez de las obras.
Extrañas y exóticas plantas fueron apareciendo en voluminosos álbumes sobre fa flora y la fauna de zonas como América, Africa, Australia, etc. Las imágenes recogidas por los artistas llegaron donde no lo podían hacer cientos de. her-. barios de especies recopiladas o docenas de esqueletos de curiosos anima les antes nunca vistos.
Las imágenes se convierten, gracias al valor «del natural», en vehículos indiscutibles del saber científico de la época reco rriendo las salas de las facultades dedicadas al estudio de la naturaleza o. pasando a engrosar-las magníficas bibliotecas de los más famosos Gabine tes Naturalistas de Europa.
En sus representaciones las imágenes científi cas abordan todo el complicado y sistemático entretelado de la_ ciencia em pirista, en sus cientos de descripciones y clas_ ifi.caciones; de. tal manera que las imágenes tomadas del «natural» se convirtieron por uso y definición en objetos científicos dé estudio, pertenecientes a una Ciencia profundamente iconista..
Ahora bien, cabe preguntarnos �l hilo de esta reflexió�, si estas circuns tancias situadas entre el uso y la superación de las representaciones enten� didas como arquetipos (caso de las imágenes aportadas por Durero y Bru ce) (3), y el carácter de suma validez con el que se• clasifi�an, pueden considerarse como generalidades extensibles a producciones creadas en si milarés circunstancias• o bien se puede afirmar que las representaciones • gráficas realizadas dentro de un proyecto con intenciones científicas res ponden a una validez incuestionable desde el punto de vista de la observa ción y el-estudio naturalista.
Es más, las imágenes naturalistas que sobre animales se realizaron durante el Dieciocho español, ¿son representacio nes que, aún siendo captadas del «natural» pueden verse influenciadas por «juicios preconcebidos»?
Son cuestiones como éstas las que me anim�n para desarrollar este es tudio.
Máxime cuando asistimos -en algunos casos como protagonistas y en otros como simples espectadores-al desarrollo-de un debate social e histórico en el que se cuestionan aspe_ ctos tan relevantes para la concep-• ción de Ciencia como la Modernidad, la Ilustración; el Racionalismo, etc.; fenómenos históricos, todos ellos, de una significación especial para la lla mada «cultura occidental».
Deseosos de que este debate se abra a conteni dos y posiciones entendidas como «no oficiales», pero, sin duda, deseosas de aportar consideraciones progresistas sobre el conocimiento de nuestra cultura y, en especial, al estudio de las relaciones arte-ciencia, brindo mi participación, en espera de que mis opiniones contribuyan, de alguna for ma, a su concreción.
El naturalismo y lo _ natural en fas representacü� mes sobre animales
Desde épocas remotas, las representaciones sobre animales siempre han tenido un interés destacado para la humanidad.
El animal ha sido para nosotros un fiel compañero de trabajo, un elemento incuestio' náble de su dieta alimenticia o un motivo de sus.intereses religiosos.
Las representacio nes gráficas sobre animales han recorrido una larga trayectoria histórica desde su aparición en las grutas y santuarios mágicos del neolítico, hasta las más.representativas imágenes de nuestra cultura actual.
Los animales han estado siempre presentes en las esferas-de nuestras relaciones huma nas y sociales.
Su papel ha ido emparejado a una cultura basada en un pre dominante homocentrismo, que ha dictaminado nuestras relaciones con la naturaleza y, muy especialmente, con los otros seres que la pueblan de acuerdo a las referencias que pudiéramos obtenerde su cond�cta, diferen ciando actitudes menos hostiles o en francá confrontación a nuestra pre sencia.
La humanidad, como ha hecho con la mayoría de los seres y obje tos sobre los que pretende extender su influencia, no sólo ha reconducido hábitos y costumbres en favor de su propio beneficio, sino que ha utilizado las imágenes de los animales como un medio d_ e referencia de un determi nado tipo de inariifestación cuitural entre otras de distinto carácter, consti tuyendo una muestra palpable de su creencia en la perd�rabilidad de la es pecie humana y u'n motivo ornamental y de gozo de sus necesidades estéticas a lo largo de la historia.
Ciertamente, el hombre le ha ido ponien do "el nombre a los animales» y ha �erminado por confeccionarles• una Asclepio-1-1992 imagen.
Imágenes y formas que han ido cambiando de acuerdo con las ne cesidades propuestas por un determinado grupo humano, por una deter minada clase social o por una determinada sociedad.
Alabó y alaba en es tas imágenes sus cualidades como seres voladores, la cons_ istencia de sus garras o la fiereza de su carácter, el beneficio de su compañía, la compleji dad de sus estructuras internas, la rareza y lo exótico de sus manifestacio nes.• Con todo ello fue confeccionando un inmenso album dispuesto a ser utilizado por artesanos, dibujantes, escultores, cazadores, naturalistas, anatomistas, escritores; en fin, todo aquél que pretendiera un modelo de representación o de estudio en el que apoyar sus actividades.
Tal vez fueron los llamados animales salvajes los primeros en ser «re tratados».
Más tarde llegarían los domésticos, los alejados y extraños, li gándolos, en algunos casos, a las leyendas y mitologías o asignándoles as pectos relativos a las pasiones humanas: la bondad, el terror, el pecado, el placer.
El hombre no sólo los dotó con categorías, «reflejo» de sus propias concepciones morales, sino que configuró arquetipos de su propia conduc ta en los que se ponían de manifiesto aquellos rasgos del animal fruto de su admiración: el hombre-lobo, el hombre-vampiro, el hombre-mosca, etc. En el caso-de algunos artistas del Dieciocho, como el del francés Charles Le Brun, las relaciones fisionómicas entre ciertos animales y rostros humanos son evidentes, en un intento por obtener una imagen que represente las pa siones del alma (4).
La idea de Le Brun tampoco era nueva.
Ya G. B. Della Porta, artista italiano del Renacimiento, se había adelantado a estos plan teamientos en su obra Humani Physiognomia (5), aportando los modelos de referencia a la obra del artista francés.
No sólo fueron las asociaciones humano-animal y animal-humano las que han preocupado a una cierta práctica artística.
Las mismas asociacio nes entre los distintos tipos de animales han sido tratadas configurando parte importante del lla:i; nado "Zoo de papel»: caballo con alas, perros con garras de ave, dragones, etc.; todos ellos en un intento por seguirasociando categorías previamente establecidas.
De todas estas representaciones -y muchas más que pudiéramos significar en voluminosos tratados sobre la ilustración con y sobre los animales-resaltamos la f uerza con la que el hombre se «ciñe» a las representaciones basándose en: formas y plantea mientos naturalistas.
Se puede ser más o menos esquemático, en mayor medida abundar e� detalles descriptivos, pero lo que resulta evidente, y no por ello menos interesante•, es el esfuerzo que ha realizado por presentar imágen_ es asumibles por los ambientes «oficiales» de la sociedad.
Asumi bles en aquellos rasgos y valores que suponen las alas de un ave insertadas en el cuerpo de un caballo o, por el contrario, la figura de una «rata volado ra» introducida en el decorado de un paisaje con una figura diseccionada en la parte superior (Fig. 1).
Entre ambas representaciones, fruto de dos concepciones distintas de lo que debe ser el papel a cumplir por las imáge nes sobre animales, aún podemos «rastrear» similitudes que se manifies tan en la forma y en la manera que son tratadas.
En la primera de las imá genes, la idea del «Pegaso» como caballo volador, se expresa descriptivamente como un caballo con alas.
En la segunda, se muestra el cuerpo de la rata y se realiza una •descripción interna y externa, resaltando las razones anatómicas que posibilitan que el animal pueda realizar una acción asociada con el «vuelo».
En ambas, la descripción -en una más de tallada que en la otra-se convierte en el instrumento; la forma naturalista, en la posibilidad de expresar una determinada concepción entre ambos ele mentos.
Para nada cuenta, en estos casos, que estemos ante dos imágenes • distintas: una, producto de una creencia mitológica y, la otra, producto de la observación empírica de la realidad.
Para los contenidos expresados en la forma naturalista las dos pueden ser asumibles.
Su aceptación social co mo imágenes representativas de una realidad, no está dada por el valor for mal de su representación, sino por las circunstancias en las que la f arma sólo actúa como un instrumento para explicar el mundo.
La imagen del «Pegaso» no necesita pasar la prueba de su existencia real, basta con que su representación sea verosímil.
Los aspectos por los cuales se establece la identificación, aquéllos que van más allá del reconocimiento naturalista convirtiéndose en elementos designativos, sólo se alcanzarán cuando la imagen deje de tener valor des criptivo y asuma el carácter de la idea que la sociedad pretende encontrar representada en la imagen...
No obstante, hay entre ambas imágenes un aspecto de especial signifi cación en cuanto a los elementos formales naturalistas que se manejan y que marcan una notable diferencia.
En el caso de la representación de la «rata voladora», no sólo hay un interés por la identificación y por hablar nos de lo que es, sino que hay un interés mayor por explicarnos cómo es; siendo esta circunstancia la que• posibilita la anterior. •Por su parte, la re presentación del «Pegaso» responde a la consecución visual de una idea que permite la comparación entre ésta y su imagen.
En el caso de la «rata voladora» el naturalismo.se propone como un procedimiento explicativo, una valoración de la realidad, pretendiendo su significación.no sólo como imagen que actúa en lugar de si no como realidad valorada.
Es decir, la cOmposición se articula gracias al lenguaje naturalista de las formas mane-Asclepio-1-1992• jadas, pero en ese afán por explicar la realidad, ésta se ve superada al ac tuar. la imagen no tanto como «reflejo» de lo que un «ojo capta», como al actuar de objeto de estudio y, por tanto, objeto de la realidad..
En este senti do, la imagen de la «rata voladora» se ve inmersa en un panorama de con cepciones e ideas que admiten los elementos valorativos de significación naturalista como principios dinamizadores del conocimiento científico.
Este planteamiento; presente a• lo largo del siglo XVIII, se aleja de las pro� puestas expresadas en la imagen del «Pegaso», donde el lenguaje naturalis: tá formal es sólo un medio eficaz de expresión, evitando ascender a plan teamientos valorativos de la realidad nátural.
La imagen científica de los animales en el siglo XVIII: antecedentes e infiuencias
El siglo XVIII puede considerarse un siglo espectacular en el desarrollo de la Historia Natural.
Muchos fueron los factores que contribuyeron al despegue experimentado por disciplinas como la botánica, la zoología, la mineralogía, la astronomía, etc. No es mi intención, en este artículo, reali zar una enumeración detallada de todos ellos.
No obstante, he de decir que las imágenes científicas son el resultado de indudables transformaciones en la manera de entender las Ciencias Naturales.
Durante años, incluso hoy, es frecuente leer juicios y análisis •superfi ciales �obre el papel que las imágenes artístico-científicas han desempeña do en el quehacer y desarrollo de las ciencias.
Las consideraciones más be� névolas no traspasan un falso prejuicio sobre su labor de «auxilio».
• Afortunadamente, estos aspectos c; ambia�, aunque sea muy lentamente y a fuerza de que la historia de los hechos actúa contra los «corsés» impuestos desde las plumas y tribunas más reaccionarias.
Es decir, planteamientos realizados desde una concepción de super-especialización del pensamiento tecnológico actual que traslada mecánicamente coordenadas y juicios críti cos propios de nuestro tiempo-a situaciones históricas en las que no tienen cabida.
En este sentido, los planteamientos por los que se movía la ciencia del Dieciocho constituyen ejemplos que auguran una desmitificación. de aquéllos que entienden las ciencias experimentales, como un «coto» propio de tecnólogos, aferrados a una verdad inalterable, inamovible y aséptica.
Fue el Dieciocho un siglo en el que se gestaron las bases de lo que hoy conocemos como imágenes científicas o • imágenes artístico-científicas ( 6).
Con. la aparición de la fotografía, a. finales del siglo XIX, las imágenes cien tíficas• basadas en el procedimiento gráfico fueron perdiendo la fuerza que les ofrecía saberse poseedoras•del <<monopolio de la comunicación».
Hoy en día, el dibujo, el grabado científico, no sólo ocupa un lugar importante frente a su «rival» más directo, la fotografía y los sistemas de reproducción fotográficos (el cine, el vídeo, las imágenes por ordenador, etc.), sino que es consciente de que ofrece un producto distinto.
Afianzado en principios y pretensiones que son el resultado de su desarrollo histórico.
El caso de las imágenes científicas sobre animales tiene sus claros pre cedentes en producciones anteriores, no de una manera lineal ni directa, ni tampoco de forma inalterable a nivel dé zonas geográficas distintas, sino como consecuencia de procesos intensamente ligados al desarrollo y las necesidades de la Ciencia, por un lado, y a la fluctuación sufrida por la de-. manda de unas determinadas formas y planteamientos de expresión estéti cos, gracias a procesos artísticos ligados a•los determinados países.
Es en este estado de cosas, en el que la aparición de los modelos gráfi cos de representación científica sobre los animales encuentran su concre ción.
Unos obteniendo -llamémoslo así-un mayor éxito social al instau rarse dentro de una «oficialidad» científica;:mientras que otros actúan de forma. «marginal»; aunque esta «marginalidad» capitaliza cierto valor his tórico al convertirse en mode los alternativos que pueden incidir en las transformaciones y modalidades propias de cada país.
• En España la situación f ue similar a la del resto de Europa, (aunque ca da caso requiere un estudio particular de las condiciones por las que atra viesan sus imágenes científicas)" bien porque España no tuvo un papel sig -: nificativo en este campo hasta que se inició en nuestro país un proceso renovador de las artes y las ciencias producto del ascenso al Estado de gru pos de orientación ilustrada; bien porque España siempre sufrió cierta de ficiencia en el campo del grabado y los procesos de reproducción gráficos.
Nuestro país desarrolló unas imágenes científicas sobre los animales que fue en progresión desde las más abiertas posturas decorativas y ornamen tales hasta el desarrollo de una temática individualizada y formalizada en la segunda mitad del siglo.
Anteriormente al Dieciocho, sólo tenemos cono cimiento de algunos ejemplos aislados, donde el naturalismo se atisba más como una realidad en formación que como un hecho consumado..
Esta situación está•presente en obras tan significativas del panorama español co mo: Acerca de la materia medicinal y de los venenos (1563), de Pedacio Dios corides Anazarbeo; Tr atado de las drogas y medicinas de las Indias Orientales (1587), de Cristobal Acostá; Conocimiento de las diez aves meno-Asclepio-1-1992 res de jaula, su canto, enfermedad, cura y cría (1604) del residente en Corte, Juan Bautista Xamarro.
Todas ellas se caracterizan por significar un cam bio en el tratamiento de las figuras de los animales, propiciando represen taciones más proclives a un naturalismo formal, más descriptivo y menos esquemático.
La obra de la grabadora M. a Eugenia de Beer
Entre 1640 y 1652, la artista flamenca afincada en España, María Euge nia De Beer, grabó para el Príncipe Baltasar Carlos veintitrés figuras de aves acompañadas de una dedicatoria en verso.
Fue la joven De Beer una de nuestras primeras grabadoras.
Hija del pintor grabador Cornelio De Beer, desarrolló desde muy joven sus amplias actitudes artísticas, apare: ciendo como grabadora en Madrid entre los años de 1640 al 1652, para de saparecer todo rastro conocido de sus actividades a partir de esta fecha; tal y como lo pone de relieve el investigador español Juan Carrete Parrando ( 7 ).
De su obra Aves para el Príncipe, agradable y divertida, preocupada por presentar un grabado «limpio» y de una gran técnica, Carrete Parrando destaca que ésta se encuentra en el mismo ámbito de intenciones que las que Juan Bautista Xamarro propone en su estudio sobre las diez aves me nores de jaula.
Pues tanto la obra de la flamenca como la del madrileño, pretenden «gustar y satisfacer», siendo similares a las que por esa época se podían realizar en Italia o en los Países Bajos (8).
Aun admitiendo esta afir mación de Carrete Parrando como acertada, las imágenes construidas por De Beer van más allá.
Ciertamente, su obra no puede ni debe entenderse como una obra de características científicas, y ni siquiera resistiría la com paración con otras obras europeas que sí tienen una clara intención en este sentido.
Pero esta situación no menosprecia nuestro interés, afirmando que De Beer recurre a planteamientos compositivos y formales muy pro-, pios de las imágenes científicas.
Incluso su mensaje, las características de su información, no se detienen en meros planteamientos ornamentales o de entretenimiento: su postura informativa encierra otro «principio mo tor» en su relación con el lector.
Un principio que entra de lleno dentro de la esfera de lo científico.
La obra de M.a Eugenia De Beer ilustra distintas aves bien conocidas de nuestro país (9).
Las representaciones se delimitan por la inclusión de un marco interior, elemento compositivo que también está presente en otro ti po de imágenes científicas como, por ejempló, las botánicas (10).
En el in terior de este marco se introducen elementos de ambientación definidos por el profesor Joaquín Maluquer, de la Sociedad Española de Ornitología (11), como elementos que acompañan y «amenizan» las composiciones: ra mas, plantas, insectos, trazados con cuidado y en detalle, propio de la pin tura flamenca del Diecisiete.
A este respecto quisiera puntualizar que estos elementos de ambientación son, a su vez, complementos informativos de marcada significación.
Su inserción• y elección están justificados en tanto en cuanto reafirman el carácter de verosimilitud espacial que persigue la artista, y colaboran en el sumini. stro de una información complementaria al reconocimiento del ave, planteándonos cuestiones referidas al tipo de habitat, alimentación y modos de apropiación de estos alimentos.
Hay, asi mismo -y en este sentido también realizan una valiosa aportación-, un decidido intento por evitar que las figuras adquieran un hieratiimo o rigi dez extrema.
Propician, desde una continuada insistencia en la forma na turalista, que la imagen alcance un grado de verosimilitud muy amplio y. todos los elementos representados se justifiquen desde esta actitud.
De este modo,.la ambientación, a la que hace referencia el profesor Maluquer,• se ve «provocada», propiciada, desde el recurso del lenguaje naturalista y sus in tenciones de verosimilitud.
Asimismo, la presencia de elementos como plantas, insectos, va más allá de esta actitud ambiental tal y como ya he se ñalado.
La escenificación de la caza de insectos por parte del Caponera, por ejemplo, redunda en el hecho de su condición de ave insectívora por exce lencia (Fig. 2).
De igual forma, la ubicación 9el Cardelillo posado en un car do, del que deriva su nombre, se convierte en un nuevo complemento de in formación; a la vez, que la artista utiliza el cardo como un elemento de apoyo y, por tanto, de verosimilitud naturalista (Fig. 3).
Como vemos, los ejemplos son significativos.
No obstante, encontra mos dentro de esta misma línea de actuación, dos grabados de dos especies de rapaces que me gustaría detenerme en el análisis de algunas de sus ca"'." racterísticas.
Rapaces ambas, pero de distinta costumbre cazadora: diurna el Xernicola (Falco Tinnuncu lus) y nocturna el Jlchiu ( Otus scops ).
Es exactamente esta característica la que De Beer pone en evidencia en sus dos grabados.
La lámina que repre senta a la figura del Xernicola, aparece acompañada de dos insectos: una li bélula y una pequeña mariposa diurna.
Una consulta especializada sobre el habitat y costumbres de esta rapaz, nos confirma sus actividades cazadoras diurnas y su alimentación basada en pequeños mamíferos, aves, y reptiles Asclepio-I-1992 e insectos diurnos.
Dejemos por el momento en suspenso la explicación de la imagen y pasemos al estudio del segundo grabado.
En el caso del Ilchiu, éste también aparece acompañado de la figura de un insecto•: una-mariposa nocturna.
Realizando, asimismo, una consulta especializada, comprobamos que su dieta alimenticia se.basa fundamental mente en el consumo de inv�rtebrados y sus actividades de caza son prefe rentemente nocturnas.
Ahora bien, a la vista de lo que aquí hemos expuesto podemos realizar nos las siguientes preguntas: ¿Cuál es el papel que juegan en estos dos ca sos los elementos complementarios de información?
¿De: qué manera, en qué sentido, estos elementos condicionan o complementan la lectura de las imágenes•?
La respuesta a la primera •de las preguntas nos da como resultado que se desarrolla una función similar a los casos• citados del Cardelillo y tam bién del Rosignolo:,se muestrail insectos que forman parte de su diet�• ali menticia.
Pero, asimismo, nos encontramos con un nuevo tipo de «mensa-. je.informativo» que ya no tiene referencia con el tipo de alimentación que tienen ambas rapaces, pero sí redunda en su condición de rapaz nocturna o diurna.
Los insectos, por su propia condición -de nocturnidad y carácter diurno y al establecerse una relación.compositiva {forman parte de una misma imagen), pro�ocan, a su'vez, pregunta,s y respuestas en relación con 1a conducta del ave: ¿ Si el ilchiu caza de día, entonces. cazará maripo sas diurnas?
¿Si el Xernicola •caza de noche, entonces cazará mariposas nocturnas?
Pero las interrogantes se pueden invertir: ¿Si aparece una ma riposa nocturna en la representación del Xernicola,• entonces es que caza mariposas nocturnas?
O, entonces, ¿es un ave que caza de noche, inde pendientemente que cace m�riposas o no?; que, aci emás, las caza.
En el caso del Ilchiu podríamos realizar el mismo tipo de pregunta.
Por tanto, y entramos de lleno en la contestación de la segunda interrogante que hacíamos al principio, la respuesta la podemos cifrar en dos ámbitos.
Un ámbito que parte de la definición de imágenes divulgativas, además de en tretenidas, con intenciones ciehtifistas.
Es decir, representaciones que partiendo del empleo de un léxico artístico de •carácter naturalista estable cen estructuras con calidades expresivas de carácter científico.
Y un se gundo ámbito, que se puede constatar en el-hecho de que estamos frente a representaciones artísticas posibilitadas • desde el plano y conocimiento de proce_ dimientos-artísticos, que provocan una lectura artística, en el senti do de un determinado tipo de conocimiento.
Ahora bien, dado que su con vocatoria viene en atención al grado de conocimiento específico que posea el lector, ambos ámbitos se, plantean al unísono, pero no pueden leersepor así decirlo-al mismo tiempo.
El ejercicio de una determinada posibi lidad de lectura omite o excluye a la otra.
El siglo XVIII y los modelos de representación científica
A mediados del siglo XVIII apareció en Francia la obra naturalista Historia Natural General y Particular del Conde Buffon (12) de marcada• significación y trascendencia en el estudio de las especies naturales.
En España la obra de Buffon fue traducida del francés por José Clavijo y Fa jardo para la imprenta madr-ileña! barra, entre los años!7.85 y.1805.
Obra profusamente ilustrada por artistas españoles (13), supuso, en este sentido, un espaldarazo defini tivo en la ilustración de animales para libros científicos.Las posturas pre científicas desarrollad�s en las obras de M.a Eugenia de Beer y Joaquín Xamarro vieron desarrollados sus postulados en las ilustraciones de este tipo de libros; teniendo su aparición un.tipo de diseño dispuesto a poner de relieve las formas anatómicas, mientras que, en otros casos, el desarro llo de las representaci�nes escenográficas• ( 14) también encontró cumplido afianzamiento.
En este siglo, además de la aparición de obras con un marcado carácter totalizador y enciclopédico (caso Buffon) encontramos otras específicas sobre aspectos determinados o sobre-distintos géneros de animales: aves, cuadrúpedos salvajes, marinos, etc. De tal manera que en este desarrollo imparable hacia la diversificación del estudio natural y con el de la múlti ple variedad de imágenes sobre la na_ turaleza, se propúgnó una fuerte espe cialización del lenguaje iconográfico científico.
Detectamos preferencias de uso en los «. roles» a jugar por los elementos de representación.
Por.ejem plo, en las ilustraciones sobre insectos, se aprecian, preferentemente; el uso de espacios neutros (l 5).
Un caso similar se observa en las representa ciones sobre peces, crustáceos o animales de la fauna marina y fluvial.
En definitiva, se comprueba cómo determinados tipos, manifestaciones del lenguaje visual empleado durante el Dieciocho, se «ligan» a determinadas maneras de transcribir la realidad natural y la de los seres que la habitan.
En las páginas siguientes realizaremos un breve • análisis de los modelos de representación científica más. frecuentes en el siglo XVIII.
Partiremos del Asclepio-1-1992 estudio de distintos tipos de especies que/ por otro lado, y como ya ha que dado señalado, adquieren una relevancia especial de preferencia a la hora de la creación de las imágenes.
Centramos nuestras observaciones en el ámbito español, advirtiendo las repercusiones que en éste han tenido las influencias europeas.
Es frecuente encontrar en el Dieciocho extensos tratados sobre este ti po de animales; sin duda, uno de los grupos que mayor interés ha desper tado en los estudios naturalistas de todas las épocas.
Los modelos de re preséntación iconográfica seleccionados durante este siglo, tienen sus mayores• diferencias en el tipo de ambientaciones espaciales; escogiendo, preferentemente, entre las de características escenográficas o las de espa cio neutro.
En obras europeas como L'Histoire naturelle aclairciée dans une de ses parties del inglés John Ray, con grabados de • Franc; ois Nicholas Mar tinet, las ilustraciones sobre rapaces (caso del «águila Real») son similares a las realizadas por M.a Eugenia de Beer en su obra para el Príncipe Balta sar Carlos: una escenografía limitada a los elementos de sustentación (ra ma� de árboles, troncos, etc.).
No obstante, las repr�sentaciones de Marti net responden con una mayor claridad a planteamientos de identificación y clasificación, asociando las figuras a textos escritos que completan e intensifican la información.
La presencia de estos textos fue nota frecuente en las láminas científicas del siglo.
Del mismo modo, el naturalismo for mal en el disegno de las.figuras se convirtió en una actitud predominante.
En algunas de las ilustraciones realizadas por Martinet, sobre todo aqué llas dedicadas a aves• como el buho o 1� lechuza, encontramos construccio nes espaciales especialmente dinámicas, en las que las figuras (se repre sentan varias en una composición) contribuyen a crear una ilusión. de perspectiva escalonada: la primera figura gira hacia la izquierda, la segun da fo hace a la derecha, la tercera se coloca de perfil actuando como• ele mento final o tope.
Por su parte, los elementos sustentantes actúan como elementos de ambientación del espacio y como ordenadores espaciales; ya que sin su presencia no es del todo posible captar la ilusión de la perspecti va escalonada.
En otras imágenes sobre aves rapaces incluidas en la obra de Moritz Borkhausen, Teutesche Ornitologie (1800-1811), dibujadas y grabadas por http://asclepio.revistas.csic.es J. C. Susemihl, encontramos soluciones similares a la labor encargada a los elementos sustentantes.
En todo caso, las intenciones son artísticas y los elementos y antecedentes históricos de referencia también lo son.
Por tan to, no podemos acceder plenamente a la información científica si antes no hemos tenido presente estas circunstancias como propuestas que respon-• den a intenciones artísticas presentes de la época.
Más que la verosimilitud naturalista de la escena, lo que se intenta es la creación del tipo; tal y como lo entiende el historiador italiano Giulo Carlo Argan (16).
En otras obras sobre aves, el planteamiento es bien distinto.
En el «Ardea Herodias» de la obra de Ed wards, se insiste en una escenografía que trasciende el «papel de decorado» convirtiéndose en parte importante del discurso científico.
En este grabado se aprecia al «Ardea Herodias» captado en el preciso momento en que se abalanza sobre su presa.
Es su habilidad para obtener el alimento la que elogia el artista y no su clasificación como un determinado tipo de ave.
Por su parte, en algunas ilustraciones de la obra de Mark Casteby, Natural His tory of Carolina, Florida...
La escenografía del «Ardea Herodias» está concebida para resaltar el hecho de la habilidad del animal; los elementos de ese «decorado» sólo tienen sentido en función del desarrollo de esta cualidad que se le presenta al lector como una acción temporal.
En el caso de los grabados de Casteby ( «Ceryle Alcyon») se nos proponen aspectos de carácter informático sobre sus costumbres alimenti cias y, por tanto, sobre características propias de su especie.
En España, las obras dedicadas a estos temas tuvieron claras relaciones con las imágenes que hemos analizado.
Una obra como la reedición de la Historia Natural (1790) del griego Plinio recogía modelos en los que las composiciones se concebían bajo los mismos planteamientos de la obra de Moritz Borkhausen (caso del «águila real»).
En otras imágenes como la del «Gallo y la Ga!
Jina» se aprecian posiciones cercanas a las ilustraciones de Martinet para la obra del Conde Buffon (Fig. 7).
Entre 1671 y 1688 aparece enEuropa la importante obra sobre anima les, Mémoire pour servir a l'histoire naturélle des animaux de CI.
Las ilustraciones fueron realizadas por el artista francés Sebastien Leclerc.
Las composiciones de este artista poseen un sello particular.
Este tipo de imágenes sobre animales, que hicieron de Leclerc un artista muy conocido en los medios naturalistas franceses del siglo XVII, tuvieron en España su parangón en los grabados anatómicos sobre el cuerpo • humano del artista valenciano Crisóstomo Martínez (17).
Tanto Leclerc como el español Mar tínez -salvando las • diferencias temáticas propias de sus trabajos-nos in troducen en composiciones con continuas referencias barrocas: los «juegos escenográficos» llenos•de-intenciones artísticas, los efectismos visuales, las composiciones construidas en dos niveles, etc.; en suma, un gran sentido de la.«teatralidad».
No obstante, y como cabría pensarse, estas característi cas no constituyen un impedimento para que las imágenes cumplan eficaz mente con su labor-científica.
Hay, por supuesto, una manifiesta inquietud estética que se pone de relevancia gracias a la puesta en marcha de un rico lenguaje artístico.
Las composiciones de Leclerc y Martínez «reclaman» para la claridad expositiva de la información científica, la riqueza del len guaje artístico predominante en la Europa del Setecientos, de una manera franca, sin titubeos y no ocultando; ni «camuflando» su oficio de artista.
Ponen de relieve dos aspectos fundamentales de las imágenes artístico científicas del siglo: el de las cosas vistas (parte inferior de las imágenes) y el de las cosas dibujadas (parte superior de las imágenes).
Lo que es lo mis mo: cosas vistas igual a objetos naturales de estudio; cosas dibujadas igual a objetos naturales estudiados.
De tal manera, que el conocimiento de la naturaleza pasa por su concreción en una• imagen (objetos estudiados) y, a su vez, se pone en evidencia que el estudio de la naturaleza puede ser pro ducto de una experiencia artística.
Las alabanzas a un disegno, a un dibujo que cumpla un papel superador -del primer contacto con la cosa natural, son aspectos que, llegado el Diecio cho, se magnifican aún más.
Las imágenes abandonan el juego «teatral» y efectista de las composiciones de Martínez y Leclerc, adquiriendo otros planteamientos constructivos en consonancia con su tiempo; pero lo que no se rechaza en este siglo, lo que no se abandona, sino que al contrario, se desarrolla, es el papel transcendente y de conocimiento que tiene la expe riencia artística.
Se «apuesta» por un dibujo, como el medio por excelencia e� la producción de unos instrumentos útiles en el estudio científico de la naturaleza.
En España, por su parte, se realizan publicaciones como la versión es pañola de la obra del Conde Buffon (18), herederas de esta tradición.
En lá minas como la del «Orangután>; o la del «Desmán», abundan detalles que 276 Asclepio-I-l 992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es reafirman las corrientes europeas en materia de ilustración científica.
En el caso del «Orangután», la escena es rica en la exposición de detalles sobre su habil idad trepadora.
La escenografía:, como en'el caso del «Ardea Hero dias», se construye en función de resaltar esta cualidad.
Contrariamente, en la imagen del «Pesmán», la «puesta en escena» no se concreta en estos aspectos.
Introduce la figura en una escenografía que «dice cosas de ella» al establecer una lectura asociativa entre.los distintos elementos represen tados: la cercanía de un elemento acuátic.o, la presencia de un bosque de coníferas, las _viviendas que se encuentran en sus orillas.
De tal manera, que la ambient ación que rodea a la figura del «Desmán».sirve, sobre todo, para reconocer aspectos del habitat del animal (son testimoniales) y para ampliar un proceso asociativo-informativo: el «desmán» vive en zonas cer canas a lagos o ríos, en zonas de bosques con vegetación de clima frío ( co níferas) y suele ser un animal que puede convivir con el hombre.
La com posición• adquiere dimensiones de generalidad;. se estudia el comportamiento del «Desmán» como especie, no como individuo.
En este sentido, la imagen adquiere rango de representación de un t ipo.
Para poder obtener un análisis preciso sobre las imágenes dentíficas de este tipo de animales en el siglo XVIII, debemos remontarnos al•estudio de los modelos de representación presentes en el siglo anterior.
Casos como la obra de la naturalista holandesa M.a Sibylla Merian, Hist oire desinsect es de l 'Europe des sinées d' ap res nat ure (1730) recogen todas las características de los estudios sobre Historia Natural que tanto interesaron a lo� científicos y artistas holandeses del Setecientos (19).
En el Pról ogo de su obra, Merian advierte de que sus observaciones fueron directas, así com9 su interés por no representar la figura aislada, sino dentro del entorno natural que las ve desarrollarse: larva hasta convertirse en adulto.
Para ello se contempla, en algunas imá genes, los distintos pasos de transformación en un mismo plano espacial y temporal.
Es decir: desde la Chenille, pasando por la oruga, hasta conver tirse en mariposa.
Descritos todos ellos en un mismo plano compositivo, en el que un elémento figurativo como el árbol actúa como el ordenador temporal en la secuencia del desarrollo del insecto.
La imagen proporciona una doble lectura.
Si contemplásemos una de esas láminas y nos pidiesen que diésemos una explicación de lo que observamos sin atender a las des cripciones escritas que la acompañan, seguramente nos decidiríamos por una relación del desarrollo del ciclo vital del insecto, entendiendo que esta mos ante una representación que muestra distintas fases de este-ciclo.
La imagen se plantea como una unidad temporal y espacial, sin la posibilidad de ejercer una lectura fraccionada a no ser aquélla que se establezca al de tenemos en determinado desarrollo del ciclo.
Se confirma un microcosmos que poco tiene que ver con lo que sucede en la realidad de la naturaleza, siendo esta realidad la que, por medio de la representación, se intenta in terpretar.
En este caso, el texto descriptivo, esa memoria de apoyo que acompaña a las imágenes y al que recurre el especialista, se convierte en la clase de significación científica; ya que en él residen las soluciones que ha cen superar las contradicciones en las que incurre la imagen.
A medida que transcurre el Dieciocho, este modelo pierde vigencia y las láminas sobre insectos y reptiles aparecen faltas de toda escenografía.
Se construyen dentro de lo que hemos denominado espacio neutro.
Entre 1740 y 1759, año de su muerte, August Johann Roesel Von Ro senhof realizó uno de los más insignes trabajos• en la ilustración sobre in sectos (21).
Anticipándose a su contemporáneo Buffon en la aparición de los tres primeros volúmenes de su Historia Natural (1749), Roesel realizó una obra con más de 300 grabados sobre distintas clases de insectos.
La mayoría de estos grabados se caracterizan por la utilización de fondos de espacio neutro, desarrollando las posibilidades de establecer generalidades sobre determinada especie, eliminando rasgos de individualidad.
E• n traba jos como los realizados por este naturalista alemán, las concepciones espa cial�s sólo tieneri valor en relación con el «sujeto» que las propicia.
Es de cir, en casos como los de las mariposas, lasfiguras n.o 4 y 5 contrastan con el espacio de la figura 2; mientras la figura 6 pude aceptar algunas varian tes: puede estar posada sobre una superficie indefinida, en vuelo y vista desde arriba.
En ese sentido, la obra de Roesel pertenece a una tradición artística en el diseño de animales ya presente en Europa en el siglo XVI y 278 Asclepio-1-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es que, muy concretamente, Gombrich recoge en uno de sus libros.
Me refiero a los trabajos de J. Hoefnagel, del Archetypa studiaque (1592), en los que el investigador austriaco encuentra especial interés: «(... ), con su decorativa reunión de plantas y animales, suplimos el fon do adecuado para cada figura: el lagarto está tendido en una pendiente, mientras ciertos insectos, que arrojan sombras, vienen imaginados sobre un fondo plano, y a otros se les ve volando.
Sin damos cuenta, hemos efec tuado una rápida sucesión de pruebas de coherencia, y hemos elegido las lecturas que ofrecen un sentido» ( 23).
Los trabajos de Roesel, incluso los de Hoefnagel más cercanos en el tiempo, rompen la unidad temporal que hemos visto en los trabajos de Me rian.
La imagen nos induce a una lectura «a saltos», en busca de esa cohe rencia a la que Gombrich hace referencia.
En este caso, las señales referen ciales que conectan la imagen con el texto se convierten en elementos claves, capaces de vehicular las distintas figuras, provocando una «lectura • ordenada» del texto.
El espacio ha dejado de ser considerado como un va lor artístico a priori en el proceso de estudio científico que se haga de la imagen.
El espacio neutro hace perder a la imagen verosimilitud naturalis--ta como una totalidad, y gana claridad expositiva en la transmisión de su información especializada; es decir, científica.
En España; por otra parte, la ilustración científica sobre insectos du:. rante. el siglo XVIII fue escasa.
Más adelante, en los inicios del Diecinueve, aparecen obras _ que son herederas de la tradición iconográfica descrita.
Me refiero a los trabajos de Ignacio-Bolívar Urrutia (24), que construye sus. imágenes sobre la base de espacios neutros, aunque con ciertas matizacio nes que lo alejan, definitivamente, de todo «condicionante» naturalista al modo de los observados en ias obras de Roesel y Hoefnagel.
El fondo se propone tan sólo como un soporte o una superficie de contraste de los di bujos.
Ju�n Bautista Brú se convirtió en una de las figuras más sobresalientes del disegno sobre peces en el Dieciocho español.
Brú de Ramón, «pintor y disecador» del afamado Real Gabinete de Historia Natural de Madrid des-Asclepio-1-1992 de el año• 1777 (año de su fu�dación) hasta 1799, desarrolló una intensa la bor en el campo de 1a ilustración científica, destacando en el campo de la • ilustración de animales y-muy especialmente-el dibujo de especies ma rinas que habitan (álgunas de ellas todavía lo hacen) nuestras •costas.
En trabajos como: Colección de los peces y demás producciones marítimas de España (1796), en la que aparecen 136 láminas dibujaci as y grabadas por este artista valenciano, Brú deja constancia de su habilidad y técnica depu rada en el manejo del grabado al «agua fuerte».
Un año antes de esta publi-. cación, ya Brú había dado muestras de su talento en 357 láminas realiza das para el Diccionario Histórico de las Artes de Pesca Nacional, obra en 5 volúmenes de.Antonio Sanz Reguart, Comisario de Guerra y Marina para.la época.
Los trabajos de este valenciano, meticuloso y delicado con el buril, se encuentran a un nivel muy alto respecto a las producciémes europeas sobre este tema.
Obras como las del alemáil Peter Simon Pallas, Spicilegia zoolo gica (1771), se hallan en la líne9-de las composiciones de Brú.
Planteamien-. tos formales y constructivos como los utilizados por aquél: espacio neutro, detalles anatómicos (boca), distintos_puntos de descripción y°.observación (desde arriba, desde abajo, lateral)., están presentes en los trabajos de Brú.
En algunos casos -especialmente en ios grabados de Pallas-las figuras aparecen numeradas, remitiéndonos a un texto que detalla la información• contenida en las lámihas.
Los detalles anatómicos son abμndantes.
Hay una fuerte insistencia enrepresentarnos despieces de aquellas; partes • del in terior y exterior del animal: aletas, -esqueleto, boca, membranas, et. e.; si guiendo, por otro ladq,; los planteamientos clasificatorios • del s' ueco Pehr Artedi estáblecidos en su Ichtyologia (1738).
Según Artedi, las descripcio: nes de las partes internás y externas de los peces servían para establecer. sus géneros, propuestos en número de 45; según el•número de radios.de los oídos, posiciones relativas de las aletas, su: número, partes de la boca y dientes, conformación de las escamas, partes internas: estómago y apéndi ce de ciego, etc.; sin duda, todos éstos elementos característicos de los di bujos de Brú.
Asimismo, este modelo iconográfico basado en los plantea mientos de Artedi se extendió a las producciones que en este ámbito se realizaron durante las expediciones científicas de españoles a América. http://asclepio.revistas.csic.es gue vigente.
Primero, por tratarse de un modelo muy útil y claro en sus ill-' tenciones; y segundo, porque una vez asentadas oficialmente las ideas y métodos clasificatorios de Linneo (la propuesta ictiológica de Artedi que es recogida íntegramente por éste y se introduce en España de manos de su discípulo Lofling) pasa a formar parte inseparable de los planteamientos científicos de los naturalistas españoles. �n resumen, hemos al? ordado a lo largo de este trabajo el desarrollo de ciertos tipos de imágen_es científicas sobre animales, habitantes de nuestro «Zoo • de papel» durante los siglos XVII y XVIII, preferentemente.
Nuestro estudio nos ha llevado a desarrollar aquellos aspectos y características que las significan: desde el uso de los elementos formales del lenguaje artístico hasta su concreción dentro de ámbitos def discurso científico.
Mis intenciones han quedado limitadas a las posibilidades que me ofre cía un artículo de revista.
Solamente han quedado apuntados aspectos que puedan abrir las puertas del conocimiento y el estudio de la historia de las • imágenes científicas; las puertas a esta maravilloso y.apasionante «Zoo de papel». |
La figura del Arzobispo Fonte es muy poco conocida en México, y lo mismo suced� en España, a pesar de que en l�s últimos años han ap�re�i� do aquí hasta cuatro artículos sobre esta atr�ctiva personalidad (1).
El int�rés que puede ofrecer a los• mexicanos el Arzobispo Fonte, el últi mo {\.r�obispo de nacionalidad española de la Archidiócesis mexicana, pro cede de• su intervención en la vida y en la política de México_ durapte los años 1815 y) 823, años decisivos en los que se está gestando y al fin se esta blece la independencia de esta nac_ ión..
Sin embargo, por lo. qu_ e lo traemos, aquí a colación es por haber sido en 1820 el introductor de la vacuna antivariólica en una vasta región de Méxi co,•contribuyendo así decisivamente al mejoramiento de la salud de sus ha bitantes, como se ha de ver: más adelante.
Pedro José Fonte Hernández nació el 13 de marzo de 1777.en Linares de Mora, bellísimo pueblo rodeado de montañas, a unos 80 kilómetros de Teruel, capitál de su diócesis.
El joven Fonte realizó sus estudios sacerdotales hasta 1801 en el Sémi nario de la Archidiócesis de Zaragoza, pero al mismo tiempo cursó con no�
table aprovechamiento en esta capital estudios de Filosofía Moral y de Eco nomía Civil y Política, doctorándose finalmente en Derecho Civil y en Dere cho Canónico en la Universidad zaragozana.
En ésta conoció y trabó amis tad con un paisano suyo, éste de Villel, localidad a 17 kilómetros de Teruel, Tadeo Calomarde, quien con el tiempo llegaría a ser todopoderoso Minis tro del rey Ferpando vn'.
Quiero resaltar sus estudios civiles, que nos muestran un espíritu inquieto y culto, que no se conformaba simplemente cori los estudios eclesiásticos, sino que los ampliaba y perfeccionaba formándose en disciplinas y materias políticas y sociales.
• • En 1801 Ponte•, ordenado de sacerdote y••habiendo obteni. do una plaza. de canónigo de la catedral de Teruel, se incorpora al cabildo catedralicio de su diócesis natal, regido por entonces por el obispo D. Francisco Javier Li zana y Beamont, riojano de Logroño y hombre de gran valía.
El obispo Lizana le acogió con gran cordialidad, asignándole varios cargos en el gobierno de la diócesis, que desempeñó Ponte con gran com petencia y lealtad hacia su obispo.
Tan buenas dotes mostró el joven canónigo, que cuando en 1802 fue nombrado Lizana para la silla metropolitana de México, se llevo con él a América al joven Ponte como familiar y le nombró provisor y vicario gene rai de la archidiócesis mexicana, es decir, _como un auténtico hombre de confianza.
Ponte se embarcó, pues, para Verncruz, a donde llegó el 16 de diciem bre de 1803 y a la capital mexicana a mediados de enero de 1804, tomando posesión de sus cargos el día 17 y empezando en esa fecha su andadura mexicana, que habíá de durar 19 años, hasta el 20 de febrero de 1823, fe cha en la que se hizo a la mar para su definitivo • regreso a España.
Durante los diez años de su permanencia junto al arzobispo Lizana y hasta el fallecimiento de éste el 12 de septiembre de 1812, se ocupó Ponte con diligencia en sus cargos eclesiásticos (entre los cuales, el de párroco de la Iglesia del Sagrario, de la capital mexicana), pero no por ello des cuidó sus actividades intelectuales, pues desempeñó (por cierto, sin' per cibir sueldo alguno) durante el curso 1805-1806, la cátedra de Disciplina Eclesiástica en la Universidad de México y, debido a sus méritos e inteli gencia, fue elegido académico de la Real Academia de San Carlos de Nu� va España.
A la muerte de Lizana, desaparecido su máximQ valedor en América, se aprestó Ponte para su regreso a España y, con el pretexto de visitar a su septuagenaria madre, solicitó de la Regencia de• España (2).y obtuvo de és ta a finales de 1813 una licencia de dos años para pasar a España, viaje que inició en octubre de 1814 incorporado a un convoy (3) protegido por el ejército, ya que en aquellas fechas� encendida ya la insurrección, el camin� de México a Veracruz era frecuentemente interceptado por los insurgentes.
En estas condiciones de inseguridad, no es de extrañar que él tuviera que detenerse por más de cuatro meses en Jalapa, donde, con varios cajones de correspop.dencia detenida en Veracruz, le llegó un pliego de España en el que el Ministro Universal de Indias le comunicaba que S.M. le había nom brado en 3 de marzo de 1815, arzobispo de México; El nombramiento •sorprendió sobremanera a Ponte, pues esta silla me tropolitana estaba ya ocupada por don Antonio Bergosa, obispo d� Oaxaca, que había sucedido a Lizana por decreto de la Regencia, y no faltaba ya pa ra su consagración más qu� se recibieran las correspondientes bulas papa les.
Pero es sabido que Fernando VII, al regreso de su cautiverio en Va len9ay, dictó el 4 de mayo de 1814 el «Manifiesto de-Valencia», por el que anulaba todas las disposiciones de la referida Regencia.
Una de ellas fue la referente al nombramiento de Bergosa, a quien se ordenaba restituirse a Oaxaca en el mismo documento en que se nombraba a Ponte para arzobis,;, po de México.
Algunos autores han querido ver en este nombramiento la mano de Calomarde, amigo de Ponte y con quien estaba en frecuente relación epis tolar ( 4), pero existen varios indicios que desmienten esta suposicióI?,: en las memodas del arzobispo (d� las que se ha_ blará luego más detallada mente) dice éste que por entonces (con el resto de la correspondencia lle gada a Jalapa) recibió una carta de Calomarde comunicándole la decisión de S.M. de nombrarle arzobispo de México y en la que le ofreció «la lison jera esperanza de que pronto regresar1a a Españ� a ocupar otra silla epis copal», lo que, evidentemente, era más del gustq de Ponte que continuar en una Nueva España tan revuelta por la insurrección independentista (5).
Además, se conoce y está publicada (6) una carta del Ministro Universal de las Indias, don Miguel de Lardiazábal, a Fernando VII en q�e dice ex plícitamente que Ponte estaba propuesto por la Cámara de Indias para obispo de Valladolid de Micoacan (hoy Morelia), y que él (Lardiazábal) había propuesto a S. M. que Ponte fuera nombrado arzobispo porque creía «ser el hombre que conviene en Méjico en las circunstancias actua les» y «por el juicio que yo tenía formado de él desde que fue Regente», y también que «de lo cual nada supo Calomarde hasta que yo bajé del des pacho y se encontró con Ponte, arzobispo de Méjico, cuando él lo espera ba Obispo de Valladolid».
Me he detenido un tanto en d relato de las peculiares circunstancias de su nombramiento para mostrar que no fue 1a ambición de honores o de po..: derlo que llevó a Fonte á una edad relativamente tan temprana (estaba a punto de cumplir los 38 años) a una tan alta posición en la Nueva España, sino sus indudables méritos.
De ellos, en efecto, hizo gala durante los ocho años siguientes, durante los que fue, bastante a su pesar, la segunda figura, después del-Virrey, entre las Autoridades de México y goberné> la archidiócesis más importante y ex tensa de l_ a.Nueva España, con nada menos que nueve diócesis sufragá neas, a saber; las de Puebla, Yucatán, Oaxaca, Michoacán, Chiapas, Duran go, Guadalajara, Nuevo León y Sonora.
No fueron, sin embárgo, unos años.placenteros los que le tocó vivir a Fonte al frente de la silla metropolitana.
A las ya de por sÍarduas y compli cadas tareas qU:e sup�nía la administración de tan extenso territorio, se añadía la peculia� situación h_ istórica, Desgarrada España por la inyasión napoléonica y por las actitud�s revolucionarias de muchos de los patriÓtas, y levantada en el Virreinato la insurrección independentiSté1., los aconteci mientos sacudieron a Fonte, que se halló frente a una situación cambiant� en la que las actitudes de unos y otros eran a veces imprevisibles.
Lo más importante para él era conservar la cabeza clara y salvar la fi�eza y lá dig nidad de su autoridad.
Fonte era profundamente españolis�a y muy respe tuoso y leal hacia España y hiéia'la dinastía borbónica, todo ello sin detri -: mento él � su• sentido religioso y'de su fidelidad a su rey y al Papa, y pued� suponerse la• preocupación con que veía a su rey cautivo y en el destierro, contempÍaba tambalearse la soberanía_ de España •eri América, percibía el aflorar de poderosás actitudes inticleric�les en la peníns:..ila y se percataba de la escisión ideológica de su cien:>, la mayoría del cual si�patizaba más o menos claramente con los que para• él erán simplemente unos insurgentes.
Ilustrativas de este estado de ánimo son sus relaciones con Itó.rbide en 1822, cuando los sucesos que lleva�on•a la•formal proclamación de la in dependencia mexicana y también a la salida de Fonte de México hacia España.
• El arzobispo nunca tuvo simpatía por ltúrbide, eritre otras cosas por que en 1818 tuvo que arbitrar, a requerimiento del entonces coronel, en.sus desavenencias conyugales, de las • que, al parecer, D.a Ramona, la es posa; era víctima de D. Agustín.
La postura disidente de Itúrbide a partir de febrero de 1821 aumentó los recelos del arzobispo, que le consideró un insu 'rgente hasta la firma del Tratado de Córdoba el 24 de agosto del' mismo año.
En cambio, Itúrbide intentó reiteradamente atraer a su caμsa a Fonte y servirse de él para sus designios políticos, a lo que se opuso firmemente el arzobispo.
Primeramente trató de que presidiera la Junta Suprema del Im perio prevista en el referido Tratado y luego intentó que le consagrara em perador.
Fonte, que había acatado la independencia del Imperio Mexicano porque había sido pactada por la Autoridad legal española, el Virrey O'Do nojú, no aceptó nunca a Itúrbide como emperador, dada la dudosa legali dad de su proclamación, se.despidió de él, dejó los asuntos eclesiásticos en manos de sus obispos sufragáneos y se vol: vió a España (7).
Para t�rminar este breve apunte biográfico diremos que el arzobispo Fonte fue un hombre muy ilustrado, que se esforzó, especialmente durante los años en que fue provisor de la Archidiócesis mexicana; en conocer bien el país y sus habitantes, lo que le permitió informar de muchos extremos al célebre Alexander von Humboldt cuando éste estuvo en México a princi pios de siglo, por lo que el alemán le citó muy elogiosamente en su Essai politique sur le royaume de la Nouvelle Espagne, publicado en 1825.
Su cul tura se refleja bien en la redacción de sus memorias (8), que están escritas en un estilo claro y conciso no exento de elegancia,• que nos indican que co., nacía los clásicos y muy bien la historia de la Iglesia y de sus instituciones, y que muestran claramente una preocupación por las necesidades espiri tuales de sus diocesanos, pero también por las materiales, ya que erigió pa� rroquias y fundó escuelas, administró sacramentos y repartió limosnas e incluso, como se verá más adelante, introdujo la vacuna en gran parte del extenso territorio de la archidiócesis.
Por último, hay también que referirse a su intervención en la política española.
Dada su fama de hombre afecto.a la Corona (y posiblemente también debido a su amistad con Calomarde), al pasar por Francia camino de España, en los días en que se estaba produciendo el restablecimiento del poder absoluto de Fernando VII por el ejército francés del Duque de Angu lema, parece que el Vizconde de Chateaubriand le quiso implicar en una colaboración política con el monarca absoluto, pero Fonte evadió el com promiso y al llegar a España, después de presentar protocolariamente sus respetos al rey, se retiró a un convento, no volviendo a intervenir en políti ca hasta que a la muerte del rey aceptó de la reina gobernadora María Cris tina, el nombramiento de presidente del Consejo de Regencia que ostentó el poder real durante la minoría de edad de Isabel 11, y se mostró siempre un decidido partidario de ésta contra el pretendiente carlista, cuya exclu sión del trono vetó como miembro del Estamento de Próceres en octubre de1834.
Senador en las Cortes de 183 7 y aún después Vicario General de los Ejércitos y de la Armada, D. Pedro José Ponte murió en Madrid.el 11 de ju nio de 1839.
Conocido es que. la situación sanitaria en América en lo que a la viruela • se refiere, era singularmente grave a principios del siglo XIX.
Esta enfermedad era por entonces endémica en todo el continente y atacaba singularmente a las poblaciones indígenas, que eran particular mente sensibles al virus varioloso, todo ello agravado por no haber llegado todavía a América ningún remedio preventivo, con la excepción de la me diocre práctica de la inoculación, consistente en la inducción de la enfer medad, que se suponía que debía adoptar un carácter benigno, mediante pústulas de enfermos de viruela de escasa gravedad.
De vez en cuando, terribles epidemias de viruela diezmaban las pobla ciones, especialmente eri América meridional, como sucedió con la epide mia de Lima que desde 1800 a 1803 asoló dicha capital.
Por entonces, sin embargo, se conocía ya la vacuna jenneriana y la práctica de la vacunación se había difundido por España, por lo que se ha bían realizado varios intentos de llevar el remedio a las posesiones españo las de América, intentos que fracasaron por la rápida inactivación del virus vacinal, que no podía resistir tan largo viaje cuando era transportado in vi tro.
La única posibilidad de llevar la vacuna a América era lograr conser� varla: «brazo a brazo» durante la larga travesía.
Las gentes cultas de la. metrópoli y de las colonias clamaban porque se hiciera posible el establecimiento en estas últimas del remedio profiláctico que con tan extraordinario éxito se estaba practicando en Europa y, preci samente, debido a las noticias que llegaron del Virreinato de Perú sobre el desarrollo de la última y terrible epidemia de.viruela de Lima, el Ministro de Gracia y Justicia de Carlos IV, don José Antonio Caballero, llegó al con vencimiento de la necesidad de emprender una expedición a este efecto, lo que propuso al rey en 1803.
Acordada por éste la organización de tal expedición, cuyos gastos su-. fragaria la Corona en su totalidad, se encomendó la redacción del proyecto y su realización al cirujano militar don Francisco Xavier Balmis y Beren guer, que unía a su larga experiencia médica la no pequeña ventaja de ha ber residido en el Nuevo Mundo durante once años, entre 1781 y 1792, ha biendo ejercido allí, entre otros cargos de las Antillas• y de Nueva España, A partir del nombramiento de B. almis se hicieron las cosas con tanta ra pidez y eficacia que; presentado el proyecto el 18 de junio de 1803, fue ip mediatamente aprobado, y el 20 de noviembre del mismo año la que se ha bía de llamar «Real Expedición Fila trópica», salió del puerto de La Coruña a bordo de la corbeta María Pita, bajo el mando de Balmis y con la ambi ciosa tarea de llevar la vacuna a toda la América española y a las posesio nes de la Corona española en Asia, la cual, había de tardar tres años en completar su humanitaria inisión.
La historia de esta famosa expedición es suficientemente conocida_y so bre ella hay bastante escrito; pero quizá la mejor relación sobre ella es la que publicó en 1912 don Julio del Castillo y Domper (9), de la que toma mos y resumimos los datos que se refieren a México.
Sin que por ello se menoscabe el mérito de la expedición de Balmis, es necesario hacer constar que este notorio esfuerzo para la propagación de la vacuna en las posesiones de ultramar había sido precedido por algunas ini ciativas particulares, como la del doctor don Francisco Oller, que introdujo con todo éxito la vacuna en Puerto Rico en Noviembre de 1803, con linfa procedente de la isla de Santo Tomás, en las vecinas Islas Vírgenes, por lo que cuando llegó la expedición de Balmis, con los niños inoculados que lle •vaban la vacuna « brazo a brazo» a través del Atlántico, hubieron de confor marse sus comp_ onentes con colaborar a una mayor y más rápida difusión de la vacuna por:-toda la isla.
�o mismo cabe decir de la isla de Cuba, donde, cuando el 26 de mayo d� 1804 llegó la expedición, la vacuna ya se había implantado, gracia� a la com petencia y a la actividad del doctor don Tomás Romay, quien después de ha ber intentado infructuosamente por varias veces la introducción de la vacuna en la isla, pudo al fin hacerlo con todo éxito a partir de la linfa proporcionada por un niño y dos muchachas procedentes de Puerto; Rico, que habían sido allí vacunados y que llegaron a La Habana el 10 de febrero de 1804.
También en México se habían realizado voluntariosos esfuerzos; unos con más-fortuna que otros, para introducir la vacuna, antes de la llegada de la expedición de Balmis.
El virrey don Joseph de lturrigaray, recién nombrado y al poner pie por primera vez en el territorio mexicano por el puerto de Veracruz, se propuso ya la introducción de la vacuna en su virreinato y a este efecto dispuso que le acompañara a la capital el médico de la Real Armada don Alexandro Gar cía Arboleya, llevando con él la vacuna. «en cristales», con la cual, inmedia- http://asclepio.revistas.csic.es tamente de su llegada a la misma -el 3 de marzo de• 1803, comenzó a practi car la vacunación; desgraciadamente, el virus estaba ya inactivado, por lo que el intento de difundir la beneficiosa práctica resultó fallido.
Vanos fue ron también los esfuerzos que por orden del virrey se hicieron para encon trar entre el ganado vacuno del país alguna res que padeciera• el cow-pox y que, por consiguiente, pudiera ser utilizada como fuente de nueva vacuna, pero al final no resultaron estériles los empeños de Arholeya.
En efecto, el año siguiente se organizó en La Habana una operación con la colaboración de la marina de guerra, destinada a llevar la vacuna desde Cuba al continen te y que se desarrolló en esta forma: el Licenciado don Marcos Sánchez Ru bio, médico de La Habana con gran experiencia en vacunación, entregó cierta cantidad de vacuna fresca al piloto segundo de la Armada don J oseph Angel de Zumarán, • el cual zarpó de Cuba el 3 de abril de 1804 en la fragata O, a bordo de la cual no sólo • custodió cuidadosamente la linfa, sino que procedió durante la travesía a vacunar con ella, con la colaboración del ci rujano-de la fragata don Joseph Pérez Carrillo, a dos marineros; al llegar a Veracruz el día 11, pudo obtenerse de éstos linfa de sus pústulas para que desde el mismo día procediera a vacunar a los veracruzanos el cirujano de esta ciudad, • don Florencia Pérez Comoto, comisionado para ello por el A yu ntamiento.
Es justo decir que el A yu ntamiento de Veracruz jugó un pa pel muy importante en esta operación y que se comportó con gran generosi dad e inteligencia.
Pues no solamente se vacunaron los habitantes de esta ciudad, sino que rápida y eficazmente se envió vacuná, con fodo éxito, pri mero in vitro a la capital, donde la recibió Arboleya •, que el 25 de abril empe zó a vacunar con buenos resultados; se repitió el envío de vacuna a la Capi tal, pero ya esta vez en el brazo de varios recién vacunados de Veracrui, que llegaron a México el día 30 y sirvieron para' seguir vacunando a más capitalinos; finalmente, a Campeche, a donde marchó desdeVeracruz y a expen sas de su A yu ntamiento, el cirujano de la Armada don Miguel'Joseph Mon zón, quien embarcó en él a cierto número de-jóvenes veracruzanos a los que vacunó durante la travesía para mantener el virus en actividad.
También desde Veracruz, y antes del arribo de Balmis, llegó el 21 de mayo a Chihuahua un lote de vacuna in vitro, solicitada por el brigadier don Nemesio Salcedo, comandante general de las Provincias Interiores de la Nueva España, el cual planeó y llevó a cabo con el personal médico mili tar a sus órdenes una operación de vacunación de gran eficacia _por toda la provincia de Nueva Vizcaya.
La expedición de Balmis abandonó la isla de Cuba el r8 de junio de 1804 y se dirigió a México, arribando al puerto de Sisal, en la península yu- Una vez establecida la vacuna en la capital, desde aquí la difundieron Balmis y _ sus colaboradores por las ciudades más importantes de Nueva Es paña, de donde irradiaba a las comarcas colindantes.
Así consta que llegó a Guadalajara el 17 de agosto y de allí a Guanajuato el 24; el 20 de septiem: bre, la expedición llegó a Puebla y de allí, seguidamente, a Cholula.
Aproxi madamente por las mismas fechas se estaba vacunando en Oaxaca y el 1 de diciembre Balmis comenzaba su campaña de Zacatecas, de donde se orga nizó una expedición para llevar. el virus• a.San Luis Potosí.
Por el mismo rumbo y algo después llegó la vacuna hasta las lejanas provincias de Sano:-: ra y Sinaloa.
• La (!tima etapa de la expedición fue Acapulco, de donde Balmis salió rumbo a Filipinas en la nao San Fernando de Magallanes el 7 de septiembre de 1805, para llegar a proseguir su extraordinaria labor no sólo en Filipinas sino hasta en la colonia portuguesa de Macao ( de donde la linf a traída por Balmis llegó a pasar a la China).
Digamos para terminar que, una vez reali zada su labor en Manila y en otros puntos del archipiélago filipino y en Ma cao, llegó Balmis.a Lisboa _ el 14 de agosto de.1806 y unos días despué� a Madrid, donde fue recibido por el rey el 7-de septiembre del mismo año.
No todas las autoridades de Nueva España colaboraron con Balmis con el ent�siasmo que la ejemplar empresa merecía, empezando por el virrey, que tanto interés había mostrado por la introducción de la vacuna cuando él se sintió protagonista; ahora, en cambio, no prestó demasiada colabora ción a Balmis e incluso puso tantos inconvenientes para facilitarle el buque que había de conducirlo a las Islas Filipinas que tuvo que ser amonestado por la Corona.
Pero también es cierto que otras muchas autoridades le ayu daron con todas sus fuerzas, como consta. del Gobernador de Mérida o de Asclepio-1-1992 los Obispos de Puebla y de Oaxaca, que recibieron a los expedicionarios con grandes fiestas y ceremonias y poniendo a su disposición toda clase de medi9s materiales y su poderosa influencia, como hizo especialmente el úl timo de los citados, que mandó a todos los curas de su diócesis que pres tasen la máxima colaboración a los vacunadores e incluso que ellos perso nalmente se instruyesen y actuasen• como tales� con la eficacia que se puede suponer.
En general, las gentes del pueblo no •fueron tan entusiastas y al fervor de los primeros días sucedió luego la. apatía, por lo que nó es de extrañar que al cabo de poco tiempo ya no se vacunaba-en México o se hacía muy poco.
Conocido por Balmis en la península que en México había' decaído mu cha la vacuna, se ofreció el 30 de noviembre de 1809 a la Junta Central Gu bernativa del Reino radicada en Sevilla ( que gobernaba en ausencia del rey) para volver a Nueva España para implantar de nuevo la vacunación, esta vez con el intento• añadido de realizar una investigación eri las vacas indígenas para hallar en ellas el cow:. pox, lo que garantizaría la obtención de vacuna fresca ton mayor facilidad.
Apesat de que España sufría las ca lamitosas consecuencias de la invasión napoléonica, obtuvo• Balmis la co rrespondiente autorización y a primeros de abril de 181 O desembarcó en Veracruz, marchando enseguida a la capital y de allf a reco�er las hacien das d_ e diversas comarcas en busca de reses �e las que obtener la vacuna.
Esta labor le llevó dos meses escasos, pues a fines de mayo se hallaba ya de regreso a la capital, no sólo sin haber obtenido la preciada linfa antivarióli ca de las vacas, sino también después de correr serios riesgos al recorrer un país dominado por los insurrectos, que le hicieron temer por su vida, espe cialmente en Michoacán.
Así que Balmis se dedicó a-reorganizar las Juntas de Vacunación y dar nuevo impulso en la capital y en las• grandes ciudades a la vacunación de las poblaciones, esta vez con la rriejor colaboración del virrey don Francis co Xavier de Venegas que, a pesar de sus preocupaciones políticas del mo mento, no escatimó su ayuda a Balmis.
Para dar una base legal a la opera ción vacunadora, redactó Balmis un Reglamento de Orden de S. M; para que se propague y perpetúe la Vacuna en Nueva España que aprobó Venegas y que se imprimió en México el 10 de octubre dé 1810, el cual consta de 18 artículos en los que se regulan muy cuidadosamente las circunstancias en que las vacunaciones deben practicarse.
A máyor abundamiento, el virrey Venegas presidió en persona acompañado de las demás autoridades el so lemne acto con que el 22 de diciembre del mismo año se vacunó a los pri- Si la situación de la vacuna no era muy satisfactoria en 1810 y había•si do necesario el segundo viaje de Balmis para dar nuevo impulso a la decaí da vacunación, podemos imaginar la situación sanitaria de México a este respecto cuando Ponte accedió al gobierno de la Archidiócesis en 1815, con la insur rección independentista enseñoreando el país y las autoridades es pañolas preocupadas más que nada por la situación política y social y poco por las enfermedades de sus habitantes.
La vacuna se había introducido en España el 3 de diciembre de 1800, día en que el• doctor don Francisco Piguillem vacunó a cuatro niños d� la localidad catalana de Puigcerdá, cerca de Francia, de cuya capital se había • importado el virus; el doctor Piguillem continuó propagando la vacuna en tre las personas de la comarca y pronto eltratarriiento se difundió por toda España, de modo qμe en abril de 1801 se vacunaba.ya en Aranjuez y en Ma:-. drid y poco después también en muchos lugares de la península (10).
Como Ponte se embarcó rumbo a México a últimos de 1803, lo más probable es que, como hombre culto que era, supiese ya de los beneficios de la vacuna y aún que estuviese ya vacunado en España.
Si no fue así, lo más seguro es que se hiciese vacunar en México en 1804, cuando llegó a la capital la expedición de Balrriis.
• Pero, sea como fuere, lo cierto es que a Ponte le preocupó el tema de la viruela y su prevención, pues en cuanto recayó sobre el la responsabilidad del Arzobispado se ocupó muy personalmente de este tema.
Nos cuenta el Arzobispo en sus memorias (11) que al hacerse cargo de la Archidiócesis tuvo «noticias •bastante tristes del desarreglo que habían Ocasionado las circunstancias políticas en el estado formal y material de las parroquias», lo que exigía en primer lugar que procediese a la provisión de los curatos vacantes y a la erección de las vicarías foráneas, y en segun do, su visita personal a la diócesis.
Llevado a cabo lo primero y puestos en orden los asuntos administrati vos y económicos de su Casa, se dispuso a realizar la tan necesaria visita pastoral.
Puesto a elegir entre las dos r-egiones más distantes de la capital para• su visita, a saber, «la costa del mar del Sur o la del seno mejicano», se decidió por esta última, la más lejana y abandonada, y optó «por visitar Asclepio-1-1992 primeramente la costa de Tampico y al mismo.tiempo la Huasteca Alta, Sierras de Metztitlán y Llanos de Pachuca».
La visita fue larga y muy fructífera desde varios puntos de vista.
El Ar-: zobispo salió de la capital el 15 de noviembre de 1819 y regresó el 23 de fe brero de 1820, habiendo recorrido «en varias direcciones más de 400 le guas: 28 por agua, SO eri coche y las restantes en mulas prácticas de.la Sierra y en caballo. por fo.s.Huastecas».
La sola mención de estos tiempos y •distancias nos puede dar una idea de las dificultades e incomodidades del -viaje, pero hay. que decir, además, que todos -los gastos de la visita,. que• fueron •muchos, corrieron a cargo de la silla metropolitana, y esto lo manifiesta Fonte con todá claridad. c.on las siguientes palabras: «Me.propuse no ser gravoso a los pueblos, Y para ello me previne de todos los artículos, cuya adquisición pudiera ocasionar de sembolso a los curas, al paso que les admití el obsequio de aves y carnes que tenían abundantes y baratas en sus propias casas.
No consentí que por ninguno de familia, ni a título de derechos, se-recibiese dinero alguno.
Yo señalé duplicado sueldo a todos mis familiares y _ criados que me acompa ñasen en la visita.
Y para que mis sucesores no se creyesen perjudicados,. mandé poner en los libros visitados esta expresión: sin derechos por esta vez».
Se hace patente en estas líneas la gen. erosidad del Arzobispo de la que quiso dar muestras de esta visita, a cuyo coste hay que añaqir, como se ve rá, los gastos ocasionados por la vacunación.
Fonte era un hombre que sentía por igual las necesidades espirituales y las materiales de sus diocesanos.
El mismo dice explícitamente que «mere cen ser detallados» los dos objetivos principales de la visita: « l.o.
El medio de proveer de ministro aquel país de la Sierra y la Huasteca, t,; m despobla do, distante y enfermizo.
2.o Remediar la calamidad con que eran afligidos algunas veces por la virμela _natural, no _ aprovechando el descubrimiento.de la vacuna que a tanta costa envió S.M. a Nueva España>>.
Pero el Arzobispo.menciona otros muchos resultados más de su visita; de los que con fundamento se siente orgulloso, y entre ellos entresaco unos cuantos: la confirmación de 32.811 personas, corregir la conducta. de algu nos ministros «sin estrépito ni escándalo», reconciliar a los que vivían ene mistados públicamente, remitir ornamentos a algunas iglesias pobres, fo mentar las.escuelas y, por último, «dejar alguna limosna en cada pueblo y no sacar dinero de ninguno»..
En las memorias de-Fonte no se detalla el itinerario seguido enla visita y sólo dice que ésta comenzó por Calnali y que luego estuvo en Huejutla y en Tampico, donde se embarcó por el río Moctezuma en una travesía de 25 horas en compañía del • obispo de Monterrey hasta Pánuco, y que luego vol vió por Pachuca a México, habiendo recorrido muy penosamente-«la Sierra grande, las Llanuras enfermizas y la Costa peligrosa».
El Arzobispo planeó con todo cuidado•la visita, pero especialmente la operación de difusión de. la vacuna.
Comenzó por informarse por <dos cu ras y otras personas celosas» de «los estragos causados por las viruelas y la necesidad de aprovechar la vacuna», y sus informadores le dieron cuen ta de «los obstáculos que habían hecho infructuosas las providencias dic tadas por el Gobierno» en la Sierra y en las Huastecas Alta y Baja.
«Con..: sistían éstas en repugnancia de los indios; en desavenencias de los subdelegados de la autoridad civil y los curas; en falta de fondos para al gunos precisos gastos, y en ignorancia• de los sujetos, que• hubiesen de practicar la operación, porque se debe suponer que en las 130 leguas que median entre Tampico y Méjico solamente en Tulancingo y Huejutla ha bía facultativos del arte de curar».
-El Arzobispo no se arredró ante este cúmulo de dificultades, siendo co mo era enérgico y voluntarioso y habiendo puesto tanta ilusión en la em presa, lo que se pone de manifiesto cuando afirma con cierto orgullo: «Me propuse vencer todos estos obstáculos y lo conseguí».
Para ello empezó por buscar unos colaboradores fieles que le auxiliasen en la labor y de ello encargó «a dos Vicarios foráneos, a algunos curas y a algunas personas de autoridad e influjo», comisionando para su coordina ción al Vicario foráneo de la Sierra doctor don Manuel Villaverde, el cual se hizo cargo de los fondos previstos para sufragar los gastos, todos ellos, como se ha dicho, a cargo del Arzobispo.
Después hizo venir de México «un joven facultativo que fuese inteligen te para conducir la vacuna desde la capital, transmitiéndola sucesivamente a niños de las parroquias del tránsito», asegurando así la Uegada de la va cuna «brazo a brazo»,hasta el interior de las Huastecas.
La operación se desarrolló con éxito, aunque no sin dificultades.
El Ar zobispo tuvo que proveer abundantes fondos para «premios a los padres y niños dóciles», y el facultativo, al que Fonte le abonó todos los gastos de viaje y una «mesada aventajada», es decir, unos lucidos emolumentos, y que se encargabá no sólo de practicar la vacunación, sino también de «ins truir a otras personas en el modo sencillo de practicar esta operación», no pudo' resistir la insalubridad del clima de aquellas regiones y a los dos me ses enfermó y murió de resultas de la enfermedad, como enfermaron cinco -de los seis misioneros que acompañaban' al Arzobispo y cuatro de los in dios de su séquito.
De resultas del fallecimiento del facultativo, tuvo •Fonte
•que contratar a otro que lo sustituyese y, además, señaló a la madre del fa llecido «una limosna mensual».
Es una lástima que no conozcamos las cifras de los vacunados en esta ambiciosa operación sanitaria, porque el Arzobispo se limita a decir en sus memorias que «se consiguió vacunar muchos miles de pers�mas en las Sie rras y Huasteca», aunque sabemos que todo lo anotó cuidadosamente y que las cifras se consignaron «en los certificados de los curas», que s� de positaron en la Secretaría del Arzobispo.
Con respecto a esto hay que decir que el Vicario foráneo señor Villaverde quería publicar los resultados y que esto no se hizo por expresa voluntad de: Ponte, que aduce para ello una ra-_ zón política que me parece interesante y curioso con�ignar.
aquellas fechas ( «habiendo libertad de imprenta», precisa el Arzo bispo) se publicó en el periódico de M;éxico El Noticiario un artículo firma do por un «anagrama anónimo» en el que se criticaba al gobierno de Méxi co por no.haber propagado la vacuna por)as Sierras.
Añade Ponte que «esto era una falsedad notoria, pues acababa de hacerse a mis expensas aquella expedición»; pudo saber el Arzobispo que el malévolo articulista • «era un cura a quien se habían pasado órdenes severas para que en su pa rroquia coadyuvase a los deseos de sus feligreses, que notaban frialdad de su parte, y de aquí resultó que no aparecían vacunados en tanto número como en otras parroquias menos dilatadas».
Sospechó, pues, el Arzobispo que el cura en cuestión quería provocarle para que lo desmintiera-y, con sagacidad y prudencia, para no verse envuelto en una. polémica periodísti ca («entrar en la palestra periódica», dice él), no sólo no contestó en la prensa sino ni siquiera publicó las cifras de su campaña.
Aparte de las penalidades del viaje y de los disgustos y contrariedades que inevitablemente tuvo que padecer, el Arzobispo Ponte obtuvo grandes satisfacciones del viaje.
No -fue la menor el conocimiento directo que hizo de los indios huastecas, a los que desde entonces mostró una simpatía sin límites que no se recató en mostrar ante los canónigos y el virrey que pasa ron por su casa a saludarle y felicitarle por su feliz regreso de la larga y la boriosa expedición; a los cuales, según afirma Ponte,_ «más le sorprendía el regocijo con que yo manifestaba mi aprecio de las ovejas de la Sierra y Huasteca y mis designios de mejorar su suerte».
Aquí se refiere el Arzobis po a todos los indios que poblaban la parte de su diócesis que acababa de visitar, pero que su mayor simpatía estaba por los huasteca� se muestra. en las siguientes líneas: «Por manera que la Sierra presenta un país donde la raza de indios se conserva más pura, y la Huasteca en su generalidad tam bién los conserva; pero aquellos son mejicanos_ y los de ésta huastecos, que nunca pudo someter el cetro de Moctezuma», palabras en las que se puede percibir que apunta, además del afecto, un tanto de admiración.
Fonte termina de escribir sus memorias el 8 de diciembre de 1829, casi di�z años después de esta larga y fructífera visita a sus diocesanos los más necesitados.
Sin embargo, persiste aun en su recuerdo la huell?-que dejaron en él estos huastecas, cuya lengua le interesó hasta el punto que a su paso por París cuando regresaba a España en 1823, llevaba en su equipaje una gramática huasteca que regaló a su amigo el Barón Alexander von Humboldt (12), gramática que sin duda había estudiado el Arzobispo, que en otro párrafo de sus memorias dice que «el idioma huasteco... no es difícil de aprender».
• (2) Es sabido que durante la permanencia de Fernando VII en Valern; ay, cautivo de Napoléon, se estableció eriEspaña en 1810 una Regencia compuesta de cinco miembros que asumió todas las competencias de la Corona, entre ellas las que aquélla poseía sobre la jerarquía eclesiástica.
(3) El convoy era muy númeroso y se componía, según nos cuenta el Arzobispo, de 60 mulas de carga, 62 coches, 400 pasajeros, tres'millonés de pesos y otros artículos; y estaba escoltado por 30 hombres.
Historia de Méjico qesde los primeros movimientos que prepa raron la independencia hasta la época presente.
Méjico, 5 volúmene• s. La alusión a Calomarde, a la sazón Oficial Mayor del Ministerio de Gracia y Justicia, aparece en el tomo IV, pág. 249. |
El punto de partida adoptado como motor de esta reflexión acerca de la psicopatologfa asume el estado actual de esta actividad teórico-práctica tal y como ha sido descrita por Glatzel ( 1) en el sentido de una restricción a un empirismo inoculado al proceso de formación de la psiquiatría, precisa mente en la época de su más alto florecimiento y cuyo marchamo de cali dad viene señalado por la palabra Heidelberg.
Esta posición que sitúa en el origen mismo de la actividad psicopatológica su extravío, resulta chocante al que se acerca a ella, al dejarle sin asidero ninguno frente a la presunta solidez discriminativa que ha venido identificándose y las pretensiones os tentadas por aquella teoría psicopatológica.
El empirismo dominante en psiquiatría, tanto entonces como ahora, se caracteriza de forma significati va por ser ciego_ para advertir ese extravío casi inaugural, entregado como está al uso de lenguajes observacionales y, paradógicamente, separado• de la experiencia, por más que se trate de definir a sí mismo como una ciencia de la experiencia (2).
El inicio de la psicopatología debe remitirse a aquella conformación dada entonces -finales del siglo XIX, principios del XX-, que heredaba inadvertidamente una cierta idea de la subjetividad, confor madora hasta el fondo de su desarrollo, cuyo origen se encuentra en el co-
mienzo de la modernidad y su exposición más atinada se debe a Kant.
La importancia y alcance de Kant para la psiquiatría sobrepasa con mucho, a pesar de ser pregnante y notoria, la influencia que se puede apreciar en la sistemática psiquiátrica (3), o bien, la interesante referencia a la locura en su Antropología ( 4 ).
Tomado como uno de los constructores del pensa miento en �l que vivimos y-á partir.delcual,.en-favor o. en contra, pensa mos, el intento reaÜzado para pensar a fondo qué signiffcaexperiencia, y cómo llega a ser ésta verdadero conócim�ento, ha contribuido• a déterminar • una idea de la subjetividad a la que es menester retroceder y seguir hasta su� últi: tp.as _consecuencias para ii: itentar. salir •de la: situación. en la que nos encontramos. _..
La perspectiva que adoptaremos para leer a Kant será «tendenciosa» y tiene por objeto servirse del desarrollo llevado a cabo hasta sus últimos días en el intento de salvaguardar y atenerse hasta el final a sus propios presupuestos establecidos desde 1871 en la KrV frente a las interpretacio nes y ataques que desvirtuaban el criticismo.
Esta etapa de trabajo desazo nador y atosigado, marca los años finales de., su producción, en lucha per manente contra sí mismo, discípulos, admiradores y detractores, exegetas de todo tipo y, en ocasiones, geniales sucesores.
Etapa de trabajo que se co noce como la Aetas kantiana, destinada a cerrar debidamente el edificio crítico y hacer valer los límites y espíritu de su obra (5).
• No es una: casualidad que las interpretaciones que tuvo la obra de Kant, ajenas a• ese espíritu y límites mencionados, hayan • dado lugar a •comienzo del �iglo XIX a corrientes de pensamiento científico-que, como la Naturphi losophie, a partir-de Schelling influyeron de forma decisiva •en-la psiquia tría alemana de la época y determinaron en cierta medida todo su desarro llo posterior ( 6).
• -• En efecto, el proceso por el que la filosofía del idealismo alemán piensa la naturaleza, es en términos de lo que podemos llamar divinización, meca nismo de reconquista de la naturaleza como organismo-en el que. disponer a priori de un lugar garantizado, hacer de ella.otra vez natura naturans frente a la naturá naturata de Kant (7).
Razón y naturaleza dejan de contraponerse como dos_polos para.aca bar siendo una y la misma cosa.
Por esta r: azón, sólo cuando este proceso por el que se equiparan.ambos términos se lleva a cabo, cuando una y la mismq legalidad para ambos pudo-ser �stablecida -al igual que Galileo y Newton habían articulado y emplazado el enigma de la naturaleza en len.: guaje matemático-, se hizo.posible planear el estudio del hombre desde una perspectiva natural.
El romanticismo idealista postkantiano servirá, contra sus propósitos, • a la formación del positivismo, a la definitiva sepa ración entre ciencia y filosofía en favor de la primera como guarda del sa ber.
Cuando la oposición razón/naturaleza desaparezca, quedará el camino abierto para que a través de un Fichte, un Herbart funde la psicología del yo; que en la década de los cuarenta del siglo XIX permita a Griesihger, de.:. cir que las enfermedades mentales son las enfermedades del cerebro; y que, más tarde, Freud cree el Psicoanálisis • (8).
Es un proceso semejante al lleva do a cabo en el desarrollo positivista de la sociología, con la que la psiquia tría mantiene indudables puntos de contacto (9) y que, en conjunto, ilustra adecuadamente el origen y desarrollo de la controversia entre ciencias na turales y del espíritu.
Todo este recorrido viene a cuento para retroceder sobre nuestros pa sos ante el cierre de posibilidades de pensar en psicopatología y psiquiatría y tratar de reiniciar el camino sobre lo históricamente acontecido.
Desde esta perspectiva, Kant es el baluarte a reconsiderar de forma perentoria, en la medida que ha determinado, indirecta pero decisivamente, a la práctica psiquiátrica.
Es necesario tratar de ver hasta dónde llegó el anciano 0 de, Ko nisberg; si estaban justificadas sus quejas por la desviación de su pensa miento; y si el esfuerzo frenético realizado hasta el final de sus días para cerrar el sistema significa que existen vías en el método transcendental que abren la posibilidad de otro reinicio para la psicopatología que tenga en cuenta más ajustadamente el suelo filosófico e histórico en el que crece to do pensar.
Antes hemos de considerar brevemente el otro asunto del que va a tra tar este trabajo: el método fendmenológico. • A través del análisis de la expe riencia fenomenológica intentaré mostrar _ la coincidencia con el resultado al que apuntan los últimos pensamientos de Karit, sobre todo en la teoría del fenómeno del fenómeno.
Ambos métodos apuntan a lo Mismo, y en nuestra interpretación se quiere lograr que eso Mismo quede en franquía y permita articular el discurso psicopatológico.
Este resultado viene a seña lar la necesidad de una experiencia antepredicativa, de una facticidad, y un a priori concreto inherente al carácter corporal del hombre.
Esta vía de pensamiento psiquiátrico -'-pensar desde la facticidad el va lor de la vivencia-, fue la adoptada por Binswanger y otros destacados au tores y ha resultado ser tan mal comprendida por la generalidad de los psi quiatras como fallida eri sus logros y pretensiones.
Sólo al tratar de retomar el hilo conductor del pensamiento psiquiátrico en la actualidad y pensar a Binswanger contextualizadamente, enfrentándolo a sus coetá neos, es decir •, a la escuela de Heidelberg y al Psicoanálisis, surge la necesi-Asclepio-I-1992 dad de dar ese paso atrás que nos conduce inexorablemente al • vínculo filo sófico de la psiquiatría.
Sólo así resulta relevante, desde una perspectiva histórica, tomarse en serio las _ afirmaciones. en torno a la situación actual de la psicopatología y el decisivo papel de la escuela de Heidelberg como principal responsable de ella.
Precisamente, en la_medida en que este he cho nos pone a la vista algo incon_ sciente, irreflexivo y, probablemente, no querido en sus consecuencias por los artífices del pensamiento psicopato lógico, en esa misma medida nos interpela la importancia crítica y herme néutica que cabe exigir al esfuerzo reflexivo por repensar ese punto de par tida.
Sólo• así, finalmente, tiene sentido que aquí y ahora se haga el esfuerzo por violentar los oídos aclimatados a cierto proceder dominante, llamado científico, al que los nombres deKant y.Husserl suena tan extraño como sospechoso en relación a la práctica médica y psiquiátrica.
l El método transcendental kantian_ o, sus desarrollos últimos en la exploración de la experiencia y el supuesto necesario del a priori concreto ( corporalidad y su. bjetividad)
Problema nuclear y permanente de la filosofía transcendental
Ál comienzo de la obra más importante _ de Kant, la (;rítzca de la razón pura (KrV) (10), se nos habla de una desconocida raíz común que vincula sensibilidad y entendimiento (A 15/B 29).
Que las cosas que se dan a los sentidos convengan a los conceptos del entendimiento, supone aceptar que la naturaleza se somete a la apercepción y esto lo hace en la medida que concebimos a la naturaleza como «unidad de la experiencia posible».
En efecto, esto sólo puede suceder en tanto la naturaleza quede restringida a la posible conformidad de que• es capaz el entendimiento.
Es, sin duda, algo extraño y misterioso que se produzca el �onocer de esta manera.
El mismo Kant se expresa de igual_ forma al respecto (A 114), pero la empiria muestra sin ningún género de dudas que existe conocimiento.
Aunque esto es un hecho, sin embargo, no existe razón de este hecho.
Se deduce de ello que existe una afinidad transcendental ( es decir, a priori) de la que la afinidad • empírica es una mera consecuencia.
Aquella es condición de posibilidad de ésta. ( «Todos los fenómenos están, sin excepción, li&ados• por leyes necesa-rias y se hallan, por.tanto, en una afinidad transcendental.
La afinidad empírica es sólo una consecuencia de ella», A 114).
El problema de la afinidad constituye, como se puede advertir por estas breves indicaciones, la cuestión más importante delcriticismo, o más espe cíficamente, la• cuestión capital sería la transición desde la afinidad trans cendental a la empírica.
La presuposición de la afiniclad es lo que posibili taría la formación de un sistema de experiencia ( 11).
La autoexigencia interna al kantismo de dar razón del hecho del co nocimiento, de todo conocimiento, realizado siempre desde uno y el. mismo sujeto por medio de una y la misma experiencia, en una palabra, la necesidad de completud y cierre del sistema, impulsó a Kant a ir re solviendo los problemas pendientes que iba dejando abiertos la primera Crítica.
Esta obra, en franco enfrentamiento c�m la metafísica leibnizia no-wolffiana, marcó muy definidamente cuáles eran los límites en los que tenía que desenvolverse la nueva filosofía.
Su referencia permanente a lo dado, a la finitud y receptividad del sujeto pór una parte {que puede resumirse perfectamente en la doctrina de la �dealidad del espacio como ámbito intersubjetiva de experiencia y lugar de aparición y mostración de lo real), y a la-capacidad de darse su propia legalidad tras ser encon trada por la •razón en el análisis del hecho del conocimiento, y así, cons• tn: 1ctivamente, delimitar la posibilidad de universalización de toda expe riencia y, por tanto, de toda racionalidad (que a su vez puede resumirse en la doctrina de la libertad),• ambos, espacio y libertad, pueden conside rarse los fundamentos propios del criticismo __:__bien que dejando al mar gen el problema del tiempo, hilo conductor del kantismo, pero no sólo del kantismo (12).
Espacio y libertad constituyen los límites en los que tiene que desenvol verse el negocio de•la filosofía transcendental.
Esto fuerza desde dentro mismo de la obra de Kant a mantener una posición muy delicada en todo momento y permite, salvaguardando su preeminencia constitutiva: en el edificio crítico; advertir la lucha entablada desde la obra inicial (KrV) has ta las páginas finales _publicadas sólo en �ste siglo en el Opus postumum (O.p.) en la intención de llevar hasta el final la pretensión de racionalidad, por tratar de dar cuenta de la experiencia, por poder pensarla y comunicar la.
Ni que.decir tiene que de este permanente esfuerzo de reflexión se deri van unas graves consecuencias para la subjetividad del sujeto, para el esta tuto del «Yo pienso».
Vamos a ver concisamente cómo se lleva a cabo este despliegue y esta lucha en las obras del período crítico }�.-asta conducirnos finalmente a la ne-Asclepio-1-1992 cesidad de presuponer, siempre ateniéndose a los prerrequisitos internos de la filosofía transcendental, la necesidad de unainserción previa del suje to.. -:-en favor de la experiencia y por mor de la teleología-cabe el mμndo, tal y como a mi entender se expresa en la doctrina del.fenómeno del fenó méno expuesta en la Transición de los principios metafísicos de la ciencia natural a la física, más conocida como Opus postumum (O.p.). cualquier empresa-que se tenga por ilustrada, consiste en demarcar un te rritorio.
El género humano alcanza la etapa de mayoría de edad, de la Ra zón, desde la que es narrada su génesis (14).
La Razón se cumple como ca mino y como resultado (15).
Esta autotransparencia permite situar al hombre en plena posesión de sí mis: mo y señala el ca�ino a realizar; el reino de Dios en la t, ierra.
Razón se entiende como uso universalizable de lo s_ ensible ( 16), es la.capacidad originariamente autolegisladora, en tanto que, al proponer la ley de universalización se autoconstituye.(17).
Desde esta� actitud se desarrolla un proceder de características formalizadoras, que lleva a plantear las condiciones de posibilidad (filosofía) del discurso válido (ser como validez) (18).
El discursó racional, válido, es aquel intersubjetivamente universaliza ble.
Desde este punto de-vista no hay ninguna separación entre el discurso cogno' scitivo y el discurso inoral; �mbos forman párte del proceder único de la Razón (19).
Es por esto por lo que.la filosofía trascendental no se ocu.: pa tarítO de los objetos corrio de nuestro modo d� conocerlos, haciendo ver que este modo es posible a priori •(B 25) (20); es �n-proceder crítico dirigido a las• condiciones subjetivas de pensar un concepto, «sin emprender la. ta re� de decidir algo sol:; m� su objeto»; trabaja y opera conforme a la ley del juicio reflexionante, no del peterminante (2�).
La garantía-de cumplimiento de este criterio de racionalidad asienta en una escisión radical entre lo a priori-y-lo a posteriori, violentando la empiria por la aplicación del formalismo.
Sensibilidad y entendimiento, intuición y concepto, receptividad y espontaneidad, conforman el cam.,. po de la experiencia quedando excluida cualquier consideración _ acerca de la materia y restringiéndose el trabajo crítico al proceso de su_ elabo ración (22).
Esta � scisión es la que se tratará de resolver tanto por parte de Kant has ta su muerte como por sus sucesores.
La colisión entre principios y expe rie_ n�ia determin�•un empobrecimiento de éstá que fuerza a la introducción de el_ ementos complementadores del sistema para poder enriquecerla, final mente sin resultado.
Como el problema del saber histórico, por ejemplo, que deberá ser fundamentado desde otra perspectiva puesto que resulta im posible satisfacerlo desde los principios de la filosofía transcendental, sien do necesario ir más allá de los mismos.
Para ello no se requiere completar la tabla de las categorías; se debe penetrar más profundamente y preguntar si la separació� entre sensibilidad y entendimiento es suficiente (23) Me interesa ahora destacar ante todo que la ap�esta que juega Kant y su filosofía transcendental tiene en todo momento como referencia última la experiencia concreta.
Así pues, será esta la que tenga la última palabra • a la hora de determinar el grado de cumplimiento que cabe atribuir al méto "' do trascendental, sobre todo en lo tocante al aspecto cognoscitivo.
La cues tión es específicamente: cómo se produce la afinidad empírica y en qué re-. ladón se encuentra con la afinidad transcendental.
De acuerdo al plan de la KrV, sobre todo en lo expuesto en la Analítica de los Principios, como _exposición de la ontología del ser sensible ex(raída del análisis del hecho de la imaginación, desde la perspectiva transcenden tal, fenómeno (intuición) y concepto (categoría) se vinculan por medio del esquematismo, a base • de la determinación trascendental del tiempo (A139/Bl 78).
No obstante, el esquematismo de la KrV se limitaba a presen tar los modos generales de esquematización, sin alcanzar a la experiencia concreta y, por lo tanto; sin ofrecer leyes particulares que diesen razón de ésta.
Por lo que se refiere a la físka, que había sido tomada como el ejemplo más sobresaliente de la genuina actividad científica, la validez d� la filoso fía kantiana• confrontada con el prerrequisito de sistematicidad, tal como había sido expuesto en la segunda parte de la KrV ____: en la Arquitectónica-, debía permitir hacer pasar el agregado a sistema, a la forma de un todo or gánico-que permitiese el progreso de las _investigaciones (24 ).
Es decir, las condiciones de posibilidad de la experiencia, estudiadas por la filosofía teórica, deberían compadecerse con el efectivo y empírico conocimiento natural ejemplificado perfectamente en la física.
De lo contra. río, quedaría, en entredicho la validez del discurso crítico.
La constitución de este si; tema debe poseer, pues, un lado físico y otro metafísico, de tal forma que se garantice pensar la totalidad de la experien cia. En la KrV el pasO de fundamentación de la afinidad empírica no está garantizado más que apelando a l:r armonía preestablecidá, lo que consti tuye un defecto, una'laguna del sistema� puesto que se altera el sentidq y al..: canee del proyecto crítico y se nos devuelve, una vez más, al territorio dog mático.
La experiencia concreta se escapa, no parece posible dar razón de ella.
La formalización impuesta a todo el sistema complica enormemente. el tránsito entre lo a priori y lo a posteriori.
La tarea de legaliz�r l? contingen-te es tratada tanto en la Primera Introducción a la Crítica del Juicio (EE) co mo en la misma Crítica del Juicio (KU).
Allí se aborda el problema desde la perspectiva de la teleología.
Dado que las leyes empíricas son susceptibles de una infinita variedad y heterogeneidad de formas de la naturaleza que pertenecen a la experiencia particular, concreta, un concepto de estas leyes (empíricas) no puede ser ofrecido por el ente.
ndimiento, ni mucho menos se puede pensar su necesidad referida a esta totalidad.
Pero la exp. eriencia concreta, particular, es coherente de hecho y de forma continuada con ciertos principios que conforman una legalidad postulada para la naturale za, que de acuerdo al entendimiento sería contingente.
Esta legalidad es una finalidad formal de la naturaleza.
El concepto obtenido sería el de na turaleza como arte (téjne), el concepto de una técnica para la naturaleza (25).
La finalidad se convierte en legalidad de 1o contingente como tal (26).
La manera de encontrar en la inmensa diversidad de las cosas la suficiente afinidad para colocarlas bajo conceptos, se realiza por el principio de la técnica de la naturaleza como una presuposición necesaria de nuestro pro ceder (27).
El juicio por el que se lleva a cabo este proceder es el juicio reflexionan te (facultad de encontrar lo general en lo particular), ya que e� juicio deter minante (subsunción de un caso bajo una ley) no se compadece con•la ex periencia particular puesto que, si bien.es preciso un principio de ordenación conforme a un fin de la naturaleza ert un sistema para orientar nos en el laberinto de las leyes particulares posibles, no es posible explicar la o determinarla ulteriormente ya que para ello sería necesario anticipar su existencia.
La aplicación del juicio reflexionante como supuesto de una técnica de la naturaleza posibilita aplicar la lógica a la naturaleza.
Esta aplicación actuaría como un símbolo, un análogo del esquema (28).
Con esto conseguimos un conocimiento del funcionamiento del juicio, no un conocimiento de hecho, ya que no se prescriben leyes a la naturale za.
La Critica del Juicio no cumplió con los propósitos adelantados en la Primera Introducción para dotarse de un sistema de leyes empíricas.
Kant no encuentra ninguna analogía para pensar la organización de la naturale za, sólo le quedaría la posibilidad de apelar a la intuición intelectual; o.bien a Dios.
Cualquiera de ambas soluciones nos retrotraería a la etapa precríti ca con un craso incumplimiento de los propósitos tanto de la Ilustración en general, como de la filosofía transcendental en particular.
Queda, pues, en suspenso la respuesta al problema de la afinidad em pírica.
Habremos de esperar a la aparición, en la primera mitad de este si-. glo, del Übergang, del Opus postumum, para poder vislumbrar siquiera la Asclepio-1-1992 resolución de esta decisiva-cuestión que afecta a: toda la filosofía transcen dental en su conjunto y que permite el cierre del" sistema y la clausura de la laguna.
El " cierre: la anticipación -ma"terial de _ l p, experiencia
Eti la medida que la respuesta al problema de la afinidad empírica, a la legalización de lo contingente, se tiene que mantener dentro de los lími tes y el proceder general de la filosofía trascendental; es decir, y por resu mir, en la problemática de la validez universalizadora, el tratamiento del problema escoge la vía propia del kantismo: la formalización.
Sólo que ahora simplemente queda un aspecto a considerar del que pende la delica:. da posición" kantiana: lo dado.
La tarea es, p • or consiguiente, apurar aún más el formalismo e intentar llevar a cabo una formalización de la mate ria del fenómeno (29).
Nos situamos ya en pleno Übergang, en medio de los problemas nucleares del Opus postumum, a' la búsqueda de otro tipo de esquematismo que permita salvar de una vez por todas la escisión entre lo aprieri y lo a posteriori.
Este proceso de formalización requiere de• con ceptos, intermediarios (Mittelbegriffe) que sean, a la vez, construidos por nosotros -es decir, a priori-•y expresión de caracteres generales de la materia (30).
No voy a entrar aquí en la forma eri que se lleva a cabo la ob tención de estos modos de experienciar la materia, sólo diré que la anticr pación material tiene un valor-meramente• problemático y no •es pensada como • constitutiva de la experiencia -caso de las categorías-, sino sólo en favor de la misma.
Seguimos en el ámbito • del esquematismo del juicio • reflexionan te a la búsqueda de la posibilitación material de la experiencia..
La materia no es algo simplemente dado ni constitutivo de la experiencia, más bien se pos tula como Idea reguládora,•teleológicamente, de acuerdo a la necesidad de poder pensar la experiencia como un todo y, por ello, tiene una validez me-• • ram: ente subjetiva.
De nada sirve poder pensar la materia sin una forma de poder experimentarla; la Idea para este propósito es el éter, Idea inventada en favor de la experiencia.:
La anticipación.materfal de.la experiencia se cumple por medio de una teoría de la-génesis de las sensaciones o, lo que es lo mismo, una teoría de. la autoafección que permite conectar con las intenciones y proyectos de la primera crítica, (31).
En la etapa crítica, el sujeto sólo podía afectarse en el tiempo a través del sentido interrw (B 155. y ss.), pero yo soy también, en cierta medida, fenómeno externo: me conozco justamente como ser. en �l mundo a través de mi cuerpo (32).
También existe un precedente en la KrV (A 784/B 812) que puede ser considerado un preludio de la doctrina de la corporalidad en el O.p.; dice así: «si me represento la fuerza de mi cuerpo en movimiento, tal representación es si_ mple y constituye una unidad abso -: luta para mí».
Es, sin_ embargo, en est� última obra -el O.p.-, dop.de se ofrece una doctrina coherente de-la corporalidad como transición entre el mundo y el yo.
En la KrV la problemática de la afinidad empíric<:1 no había sido atacada a fondo y no se.había co_ nsiderado el cuerpo como manifesta ción de fuerzas motrices.
Allí lo extenso y el pensamiento, lo físico y lo psi cológico en este caso, eran dos regiones escindidas por la necesidad inter na del formalismo y la conexión entre ambas esferas tenía una respuesta congruente en la suposición de una armonía preestablecida, ya que no se explicaba cómo se.ponían en contacto las representa�iones del sentido in terno con las modificaciones de nuestra sensibilidad externa.
La _ introduc-. ción de la corporalidad y su-tratamiento dentro de la filosofía transcenden tal y en continuidad con la primera crítica será la respuesta al problema de la afinidad -empírica, lo que, desde nuestro punto de vista; conlleva una modificación del probl�ma de la subjetividad, indicando cómo ésta arraiga en una estructura más profunda y mostrab_le como tal que sobrepasa la es cisión entre lo a priori y lo a.posteriori, o bien, entre espontaneidad y recep-. tividad.
La mencionada transición entre el mundo y el yo se hace por at�ibución al sujeto de la posibilidad de afectarse-a sí mismo «externamente», con lo que se cónsagra la total autonomía del sujeto como fundamento de su acti vidad teórica: el sujeto es constructor de la experiencia (33).
Para esta tarea se debe presuponer una proyección del esquema corporal (propuesto tele_ o lógicamente en favor de la experiencia) sobre cualquiér experiencia posible (34).
En este sentido, es menester admitir •que. la conciencia del yo no es únicamente autoconciencia -representación intelectual de la autoactivi dad del sujeto pensante (B 278)�, sino a una con ello conciencia de la es pontaneidad del «yo pienso» y de la espontaneidad del «yo me muevo» en cuanto opera en mi cuerpo entendido como mi órgano y por ello me sumi -:
Asclepio-1-1992 nistra sensaciones: El carácter de afectable de la conciencia está fundado en la espontaneidad del «yo rrie muevo»; el-movimiento y la fuerza móvil llegan a ser dispuestos como las condiciones apriorísticas de la posibilidad de la experiencia (35).
La construcción de la experienciá•y, •por tanto, •del sentir (36) se realiza previendo configuraciones posibles•, lo cual se lleva a efecto por medio del autoafectarse del sujetó -a través del cuerpo-, que va componiendo las percepciones: es una construcción del objeto.
La gradación del fenómeno es lo.que permite realizar este proceso de construcción, de forma tal que sea uno y el mismo sujeto el que realiza la experiencia y que todos los fenó menos correspondan a un mismo objeto.
Con esto se cumplirían los requi sitos internos del proyecto kantiano.
Esta gradación se compone, pues, • de fenómenos directos o inmediatos• en los que algo es dado a un sujeto y de fenómenos indir�cto' s o mediatos,' producto,_del •autoafectarse del sujeto e inventados en favor de_la experiencia (37).
Mi cuerpo es el ámbito de cons trucción del fenómeno del fenómeno, aquello en virtud • de ló cual lo subje tivo se hace objetivo por ser representado a priori (38).
El sujeto se afecta a sí mismo pOr medio de.las modificaciones y movi mientos de• su cuerpo, configurando un todo que precede y posibilita la constitución de la autoconciencia, haciéndose a sí mismo objeto en el fenó meno, en la composición de fuerzas motrices de la materia, en orden a la fundamentación de la experiencia como determinación de un objeto como cosa omnímodamente determinada (existente) (39).
Vemos• finalmente que la doctrina de la corporalidad ha condúcido a la ampliación del Apri[!ri (40), desde ella el hombre se capta como ser-en-el mundo configurando un nuevo concepto de razón en tanto el sujeto ya no es mero cognoscente, sino que actúa en el mundo: razón técnico-práctica.
A partir de ésta realizará la última transición �Übergar:z,g-a la ético-prác tica, del sujeto como ser natural al sujeto como persona (41).
Esta nueva subjetividad, fácticamente comprometida, cabe el mundo como un Apriori concreto podrá ulteriormente ser tomada como un ante cedente de la teoría del•mundo de la vida (Lebenswelt), y por ello como uh nuevo pÚnto de partida, diferente al adoptado por la psiquiatría de la es cuela. de: Heidelberg,' que al incorporar un concepto de subjetividad más abstracto posibilitó la errancia de la psicopatología y la psiquiatría en el sentido de un empirismo restringido al uso de lenguajes observacionales tal como mencionamos al comienzo.
Vamos a ver ahora las coincidencias con el concepto de subjetividad•supuesto por la experiencia fenomenoló gica.
Dejando de lado los indudables puntos• de. contacto existentes entre la filosofía transcendental kantiana y la filosofía fenomenológica, existe una diferencia fundamental entre �mbas que consiste en él problema de la constitución pasiva y la síntesis pasiva (42).
En este sentido va dirigido el reproche que Husserl dirige a Kant: «El propio Kant, sin embargo, quecomo bien se puede advertir-tiene como "obviamente"-válidos tantos pre supuestos que vienen incluidos, en el sentido de Hume, en este enigma del mundo, nunca se topó con él» (43).
En efecto, el mundo para Kant es la to talidad de los entes, en el sentido de una sucesión hasta completar esa tota lidad de la que el sujeto es responsable de constituir activamente, mientras que para•Husserl es el horizonte que posibilita que exista la conciencia de objetos singulares, es decir; de entes, como margen en última instancia del «yp puedo moverme» ( 44 )..
Teniendo en cuenta esta fundamental diferencia entre ambos, quiero tratar de señalar, a través del análisis de la experiencia y al hilo de lo hasta ahora expuesto, la concordancia.que existe en el resultado de las dos desde la perspectiva de la subjetividad: un Apriori• concreto mediado por la cor poralidad -aunque no sólo, también habría que tener en cuenta la histori cidad, por lo menos en el caso-de la fenomenología del-mundo de la vida que desfonda la subjetividad trascendental en tanto en cuanto esta se man tenga, como mera actividad del «yo piens• o».
Husserl se plantea la cuestión de la experiencia dentro de -la problemática general de la fenomenología que _en el trabajo sobre la Crisis de las Ciencias Europeas alcanza la exposi ción más acertada y que no es otra que el intento de restituir racionalidad a la experiencia de la cotidianeidad, dar carta de naturaleza al sujeto real frente al sujeto puro, a la experiencia de cada uno realizada desde su res.:. pectivo horizonte.
Por ello se esfuerza por enlazar con el significado origi nario de la palabra experiencia y perseguir su curso a lo largo de la historia del pensamiento para hacer ver que entre el más sofisticado y depurado empleo del término, realizado por ejemplo por un científico, y la más vul gar de las actividades llevadas a cabo en la cotidianeidad, existe una uni dad de fundamento y de sentido.
La pérdida de transparencia y el extraña miento que ha acompañado a la formación del mundo moderno son los responsables de la• «crisis» actual_en las ciencias y en el saber, en las que se ha perdido el contacto con el mundo de la vida que es, en definitiva, el que confiere sentido a todas y cada una de nuestras actividades, desde las más insignificantes a fas más abstractas y formalizadas.
El término experiencia, uno de los más importantes de Occidente y su filosofía, es ejeinplo de este extrañamiento.
Vamos a ver cómo es posible una reconciliación entre los muchos y variados usos en los que se emplea esta palabra.
La psicología de Brentano fue proyectada •como una ciencia descriptiva de la vida psíquica; a partir de ella Hussed fue estimulado a luchar contra el psicologismo.
Pues bien, esa psicología se fundamentaba en la «expe riencia de evidencia interior» (innere Erfahrungsevidenz) y es desde aquí desde donde Husserl retrocede-hasta Locke y Hume, aquél como fundador de la «experiencia interior» y éste como inspirador de la tesis general de la posición natural a través del análisis de la significación de la «belief».
Pero Locke y Hume son los antecedentes del psicologismo al que había que criti car.
Por este motivo, el reproche a Locke va dirigido, por una parte, a la fal ta de discriminación entre dentro y fuera, entre exterior e interior y, por otra, a que a una de las fuentes de nuestras Ideas, la reflexión -la otra es la sensación-no le ha conferido la amplitud de efectuaciones que contiene.
Por ello,•el concepto de experiencia que llega a la modernidad es el de una experiencia recortada al no incorporar al contenido, t�cnico, de la palabrá todos los sentidos de que-éstá dotádá en el lenguaje cotidiano.
A la distin ción de dentro y f u era debe la filosofía posterior sus equivocaciones, sobre todo por lo que respecta a la teoría del conocimiento (45).
Cuando hablamos de experiencia hablamos de experiencia sensible.
Así pues, la experiencia, toda nuestra •experiencia, está mediada de forma ori:.. ginaria a través de los sentidos.
En este contexto, evidencia es la experien.:. cia dada originariamente, es decir, a los sentidos.
La apelación a una últi ma-instancia de confirmación siempre tiene como último referente los sentidos; algo está o no está da: do..
Por esto, evidencia.;es conciencia de au toposesión {Selbsthabe) o áutoexistencia (Selbstdasein).
Dado que la con" ciencia es vida natural, presidida por la intencionalidad operativa, la expe riencia es para Husserl realidad efectivamente vivida y, por•lo tanto;• compromiso ontológico ( 46 ).
En este sentido, la evidencia se puede defender de las objeciones • que le reprochan la posibilidad de un engaño, de una equivocación de los sen tidos, por ejemplo, una confusión óptica.
Esto también vale para el famo so argumento del sueño expuesto por Descartes.
Hay que decir, sin em bargo, que tales equivocaciones tienen un mecanismo de corrección.
La evidencia de uria percepción sensible es tal que se produce en un contex.:. to más amplio; •en la Confirmación de la impresión que a través de los sentidos es captada.
Esta confirmación se obtiene sólo a través de la continuidad de la vi da lúcida.
Un falso efecto óptico puede ser corregido al ser tocada o cogi da la cosa del que procede, y un sueño se corrige a.través del despertar.
Ahora bien, la posibilidad de confirmación requiere• de otra estructura: la espera (Erwartung).
Sólo se puede confirmar-o rechazar sobre la base de la espera.
Esto permite advertir que la distinción entre dentro y fuera no es adecuada.
El empirismo partía del hecho falso de que las sensaciones son unida-. des últimas originarias vehiculadas como procesos que acontecen en los movimientos de nuestros miembros, en la cenestesia corporal.
El empiris mo atribuía la conexión de las ideas a la reflexión aplicando la idea de su cesión suministrada por nuestros sentidos.
Desde esta perspectiva no se puede explicar la corrección cuya mera existencia como procedimiento in herente a la experiencia viviente nos habla de un compromiso ontológico que desborda la distinci?n entre fuera y dentro establecida podos empiris tas.
Nosotros podemos confirmar una sensación actuando, moviéndonos en el espacio por medio de nuestro cuerpo y gracias a la espera (Erwar tung) -la. conciencia no es jamás una mera sucesión de ideas proveniente de la sensación o la reflexión-.
La espera-asienta en la estructura temporal de la protección y es el fundamento para el movimiento cenestésico.
Sólo así existe • conexión entre las sensaciones.
No, Por la reflexi<m.
Sin la espera protencional no existiría el fenómeno de la sorpre• sa, ya que ésta es lo ines perado.
Esto nos remite al enorme y enjundioso problema del cuerpo y la temporalidad que no puede ser tratado aquí pero que posee una importan cia decisiva para el problema de la. subjetividad ( 4 7).
No háy sensaciones aisladas, toda sénsación destaca•sobre un fondo en \ el que podemos entrar a través del_ correspondiente movimiento de nliestro cuerpo.
Toda sensación entra en un campo específico de sentido como su horizonte circunstancial y en el -campo de sentido son unificadas todas nuestras sensaciones en el presente viviente de una conciencia.
Por ello, to� da. experiencia es siempre experiencia de un horiz_ onte de posibilidades (Anzeigen van Moglichkeiten).
Así, pues, toda experiencia es siempre y sólo posible desde. la percepción �ensible pero, por otra parte, la percepción re quiere de la participación de un «yo puedo» que significa la completa dis posición sobre nuestros órganos sensoriales que no es posible sin •la expe riencia que �acemos a través de los movim�entos cenestésicos (�8).Todo esto remite en el sentido que vengo diciendo desde el. principio, a la corpo ralidad, lo que impide considerar la apercepción, el «yo pienso» que acom-paña a_ todas mjs representaciones como el último y único garante de la verdad del mundo.
De lo dicho se concluye que es menester tener en cuenta qué significa este Apriori concreto en toda la extensión de la palabra y con todas las-im plicaciones qtie conlleva para el pensamiento en general y la psiquiatría en particular.
Desde mi punto de vista, todo apunta a una psiquiatría del mundo de la vida sin que esto quiera decir asumir una respuesta ya dada a estos problemas, sino más bien una tare� a realizar partiendo, eso sí, de la tradic;:ión del pen�amiento que se ha aproximado en esta dirección. |
Medicina popular y medicina científica
A pesar del triunfo de la perspectiva científica, en Occidente.•siguen existiendo prácticas y creencias sobre la salud y la enfermedad que chocan frontalmente con los postulados de la ciencia médica.
Y no se trata, como piensan algunos, de simples «supervivencias» -en el sentido antropológi co que tuvo este término-sino que ponen de manifiesto la fisión que cada vez separa más tajantemente «la cultura científica» de la «cultura popular» en la sociedad Occidental.
Históricamente en nuestra cultura ( como en otras) ha habido una separación entre el sector que ha legitimado su cono -'
cimiento especializado erigiéndolo en «cultura oficial» -calificativo sobre el que volveremos-y el resto de la población.
De esta forma aquél ha sido entendido como el saber, o la cultura por antonomasia, y se ha descalifica..,• do -dándolo frecuentemente por inexistente, erroneo, vanal o imitativo el que circula en los ámbitos menos oficialistas.
Por supuesto que en culturas como las que reciben el nombre de «tradi cionaÍes» o <�primiti�as» -epíteto que no vamos a discutir a pesar de nues tra disconformidad con. el • sentido peyorativo que encierra-•la distancia entre el conocimiento de los especialistas médicos y el del resto de los inte:.. gran tes de su sociedad no es• comparable con la existente eri la historia de. la cultura occidental, sob�etodo, en la actualidad.
La diferencia fundamen tal estriba en quemientras que en l�s primeras los especialistas comparten, a grandes rasgos, con la �ayoría restante las premisas básicas sobre el te ma, no ocurre lo m1smo en la segunda• donde los médicos se erigen en de tentadores, monopolistas del saber médico que se considera legítimo.
En este sentido bien cabe hablar de dqs culturas, una «oficial» y otra «subal terna» o «popular», pero ya v9lvererpos sobre ello;
Lo dicho viene a recordarnos la clásica polémica durkheimnfana sobre la «solidaridad mecánica» y la «orgánica» [198.5-(1893)].
Según Durkheim las sociedades que llamamos primitivas son un ejemplo de integración cultural y normativa (solidaridad mecánica), pues todos sus miembros comparten valores y creencias que les permiten cooperar provechosamen te, en tanto que, a medida que avanza la «civilización» -cuyo ejemplo cumbre sería nuestra sociedad-, se produce la integración funcional, es decir, aquella que deviene de la�división del trab�jo, hecho económico y moral, que conlleva el deber de la cooperación de los especialistas (solidaridad orgánica).
Hoy por hoy, no hay duda de que la existencia de esta gran falla entre la cultura «popular» y•ja «académica» ---:-que parte. de y monopoliza• el sector oficial-plantea importantes problemas -frecuentemente mini mizados__:__ de integráción cultural en la misma sociedad occidental, pero éstos se dan: aún más én sociedades que se han visto abocadas al contacto uniformador e imperiálista de Occidente.
Este es el caso de América Lati na, donde fa conquista y colonización del Nuevo Mundo puso en desigual relación a culturas tan dispares como las • autóctonas yfa ibérica.
De esta singular relación surgió lo que denomina Foster (1962) «cultura de con quista», al tránsformarse la cultura indígena en otra que no es propia mente indígena (en cuanto al origen de muchos de sus aspectos -de tra dición hispana:-) pero que tampoco es propiamente española o portuguesa,.y, por tanto, representante de la cultura occidental.
La trans formación, ya se haya dado por via forzosa ( evangelización, reducción de pueblos de indios, etc.) o espóntanea (con el contacto cotidiano directo con los. colonizadores), ha originado una nueva y distinta modalidad de cultura «subalterna» -:-por cuanto desvalorizada y marginada-que en la actualidad no sólo repite en América el fenómeno de la disfunción cultu ral -de la que hablamos ___:;_ en Occidente sino que lo magnifica hasta el esperpento.
Pero antes de seguir creemos conveniente especificar rriás concreta mente lo que entendemos por cultura «popular» o «subalterna», y «ofi cial» O• «dominante», pues términos como éstos de tan frecuente utiliza ción, vienen a ser lugar común de confusión si no se determina el alcance y sentido que se les está dando.
Para ello seguiremos a Dolores Juliano (1986) (1) quien ha hecho un intento serio de acercarse al análisis de la cultura popular no cayendo en la fácil trampa del ruralismo ( donde cultu ra popul�. r � cultura rural), en la del folklorismo (que tiende a.fijarse• en aspectos o manifestaciones culturales concretos que con frecuencia se piensan exclusivamente como «supervivencias» (2) de épocas pasadas), o en la tendencia, también frecuente, de confundir «cultura de masas» (3) y cultura popular.
La cultura oficial o dominante es la que se-caracteriza �<por su capacidad para realizar elaboraciones de gran alcance (por ejem plo sistemas científicos o filosóficos) y su condición normativa.
Recibe y estructura aportes individuales (sabios, artistas).
Establece los patrones estéticos, legales; religiosos y económicos que. dirigen la •actividad de los derpás sectores.
Tiene poder de decisión y goza de prestigio»; La cultura' popular está,« basada en relaciones cara a cara, organiza áreas definidas de sus relaciones sociales y de sus intercambios con el medio.
Responde a especificaciones locales (o, al menos, de menor extensión que las de la cul tura dominante).
Es una cultura desvalorizada, propia de aquellos que no detentan el poder, de las clases subalternas.
Carece de poder de decisión para establecer normas fuera de su limitado ámbito, y aun dentro de éste sus elaboraciones sufren la confrontación (muchas veces desfavorable) con las que provienen de la cultura oficial.
Tiene cierto nivel de organiza ción propia (por eso puede ser considerada cultura), pero su funcionalis mo está constantemente expuesto a ser redefinido o manipulado según los. int_ ereses de la cultura mayor (por eso es «popular» o «subalterna»)» (Ju liano, 1986, 7).
En la historia de Occidente la cultura «popular» y la «oficial» han_esta: do constantemente interrelacionadas, i 1;-fluyéndose mutuamente, aunque siempre una desde el poder (=«centro») y la otra desde el «margen», y en tanto que ésta ha sido subordinada se ha visto obligada a aceptar -a muy grandes rasgos-los principios morales fundamentales de.la hegemónica, pero en América, con la conquista y colonización, se produce en este con tinente el contacto •entre las culturas autóctonas y la occidental en sus dos versiones: oficial y popular.
La aculturación a que la cultura occidental europea obliga a aquéllas las hace ---:-como ya hemos dicho-distintas de las que eran originalmente (periodo prehispánico), pero no ajenas a sí mismas, es decir, no ariula la originalidad de su alternativa cultural, y al mismo tiempo las convierte en subordinadas.
L�s culturas indígenas si guen siendo indígenas en cuanto que no han perdido la originalidad de su pensamiento sobre el mundo -aunque el devenir histórico las haya com pelido a una dolorosa adaptación-, pero se convierten en «cultura popu lar» desde el momento en que su existencia y evolución está marcada por el dirigismo de la cultura «oficial», que; desde que se implantó con la ad ministración colonial española, pasando por la emancipación y hasta la actualidad de las distintas nacionalidades latinoamericanas, tiene signo occidental.
Hablemos más concretamente ahora de las diferencias que se plantean en ambas culturas, la • «popular» y la «oficial», en el campo temático que nos interesa, el de la medicina.
Las. características que definen la medicina «científica», (que se consi dera, como vimos, exclusiva y forma parte de una estructura sociopolítica, socioeconómica, socioideológica y sociocientífica hegemónica) son -:-según E. L. M�néndez (1981-: 322)-«biologicismo, ahistoricidad, pragmatis mo eficaz, y mercantilismo».
Esta medicina se desarrolla en elmedio urba no, sobre todo a partir del XVIII en Occidente, es legitimada por el Estado y, como consecuencia, se convierte en un foco más de expansión de una ideología de corte mecanicista, evolucionista y positivista, característica de la «cultura oficial» de estos estados, especialmente de las ciencias natura les y lá. economía..
Por el contrario, la medicina. � <popular o tradicional» se caracterizaen términos generales y siguiendo al mismo autor-por «su socialidad, to talidad psicosomática, ahistoricidad y eficacia psicosocial» (idem: 322).
No tiene por qué circunscribirse al ámbito rural (4), aunque en este ámbito, por su lejanía de los focos urbanos donde predomina la medicina «oficial», tiene una inayor autonomía y, por tanto, se halla más presente en la menta lidad y vida social de la comunidad.
La medicina popular sufre la desvalo rización, marginación y subaltemidad que ya comentamos como propia de la «cultura popular», y ello le obliga a un cierto ocultamiento que, aun siendo producto de una «autoconciencia de atraso», no deja de ser una for ma de _ resistencia conservadora -por su tradicionalidad-y al mismo tiempo creadora �por la transformación ideológica que produce de las ideas y postulados de la medicina «oficial» (5)-•.
Pero a nuestro modo de ver, la diferencia más radical que separa a una y a otra, repercutiendo en todo lo demás, es su' distinta visión de la natura leza.-La medicina «oficial», siguiendo el parámetro científico, reconoce a la naturaleza como sujeta a reglas, conogscible a través de la razón, y, en tan to que conogscible, dominable (hasta donde alcance el progreso) con la so la ayuda de una ciencia de• corte experimental-mecanicista; asimismo, la considera autónoma del mundo sobrenatural (a diferencia del pensamien to griego-, principal instaurador_ de la visión de la: naturaleza como algo ra cional) (6), y donde cabe el «azar» de los científicos, concepto clave como veremos.
La medicina «popular» piensa a la naturaleza como receptáculo de nia nifest�ciones sobrenaturales, que no todos pueden conocer.
El total cono cimiento de la naturaleza no es algo posible con 1a sola razón, requiere una iniciación o experiencia de tipo místico que revele su dimensión mágica y las ocultas relaciones entre los «seres» (incluso los «�obrenaturales») y co sas que pueblan el universo (7), responsables y causantes de todo lo que no es accesible directamente por los sentidos o la razón.
Si todo tiene cau: sa, natural o•sobrenatural, nada se deja al azar.
Estamos ante lo que a partir de ahora llamaremos «pensamiento o mentalidad mágica», que no niega el conocimiento científico o experimental sino que lo concibe como una for ma de saber limitado.
Además, mientras que eI-pensamiento científico tiende a aislar su objeto de estudio, seccionando la realidad en su esfuerzo analítico, el «mágico» constantemente reflexiona sobre el todo, concibien do la.realidad desde una.perspectiva holística; mientras qué: aquél (el cien tífico) se basa en la demostración ei: npírica y detiene su discurso -de ahí su seccionamiento-cuando ésta no es posible, el «pensamiento mágic_o» opera siempre estableciendo una relación semántica entre todos los ele,. mentas que intervienen en él (y en su práctica), es decir, en él predomina un conocimi�nto que, sin prescindir de acciones técnicas, trata a éstas co mo si se tratara de un lenguaje simbólico donde se producen relaciones metonfrnkas (la magia «contagiosa» de Frazer) y metafóricas (la magia «simpática»), y donde el mago interpreta los indicadores como si fueran señales (8).
Pero ya volveremos sobre ello.
El «pensamiento mágico» está presente de forma más o menos solapa da en las sociedades «cient_ ifistas» (9) -es decir, aquellas donde se oficia liza una ideología que entiende la ciencia como modelo de conocimiento, por excelencia-y no se puede decir que los médicos o la medicina esté li bre de este tipo de pensamiento.
De hecho, históricamente e� Occidente y hasta finales del XVIII la ciencia se ha regido en gran medida por él, sin dejar por ello de considerars_e ciencia, lo que ocurre es que ahora más que • nunca el «modelo científico» no le deja cabida.
Pero no olvidemos que una cosa es. el modelo y otra los científicos, que han sido.socializados en una sociedad que, aunque «cientifista», no es científica, y donde el «pensa miento mágico» está más presente de lo que nuestro.consciente quiere re conocer.
Sería interesante estudiar hasta qué punto la importancia capital que se da al contagio por gérmenes y a la higiene en la última etapa de la m_ edi cina, no tiene nada que ver con los conceptos de pureza y contaminación que rigen de forma fundamental, sobre todo en un nivel inconsciente, la concepción no dentífica de la salud y la enfermedad -como estudios de diversos antropólogos proponen (1 O)-: el hecho de que los hospitales sean caldo de cultivo de gérmenes y que_ sea la i_ nfección la causa. más frecue: pte de.la muerte de muchos enfermos graves (en las UVI, etc.), aunque no siempre se diga, parece hacer del ejercicio obligado de la desinfección de médicos y auxiliares Iiiás -un ritual que un ejercicio científico.
También, en relación con este aspecto, algunos piensan que existe una carga ideológica subyaciendo en esta «política (del sector médico) que considera la enfer medad como culpa y al paciente... como un' pecador que, por ignorancia, culpable o premeditadamente_ ha transgredido las leyes modernas y sacro-sant�s de la profilaxis» (Márquez y Pérez, 1982: 165).
La medicina «científica» tampoco está al margen de éticas e ideologías predominantes.
Como manifiesta Durán, «en la práctica médica occiden tal, la ética judea-cristiana y su reverencia por la vida sobrevive junto a ac titudes utilitarias respecto al sufrimiento y al dolor...
De su fuerza relativa • (de estos principios éticos) depende la adopción de unas u otras medidas de política sanitaria y de tratamiento a los enfermos.
Por ejemplo, el man tenimiento del valor del individualismo potencia la importancia de las rela ciones entre paciente y médico: pero ese mismo valor del"individualismo lleva en sus consecuencias sociales a la exclusión de los cuidados médicos de grandes sectores de población que no pueden ofrecer, por sí mismos, unas ventajosas relaci�nes «individuales» de intercambio a los profesiona _ les de la medicina.
De ahí que en el seno de las grandes instituciones hospi-talarías o de 1a Seguridad Social coexistan los idearios de los reformadores socialistas y religiosos con los restos, aún reverdecientes, del liberalismo.utilitarista » (1983: 33-34).
Las llamadas «medicinas alternativas» o «paralelas», que están en gran auge actualmente, sobre todo en los medios urbanos, son conside radas con frecuencia como más cercanas a la medicina científica que a la popular-tradicional: a su localización urbana se viene a sumar la imi tación que hacen de algunos de los modos de funcionar de aquéila -so-. brecargándose como diría Granero Xiberta (1988: 20) de un simbolismo de origen médico y científico-, y su constante empeño.en llamarse cien cias.
Pero aun siguiendo valores propios de la medicina hegemónica no dejan de cumplir funciones arquetípicas de la medicina «popular».
Co mo aquélla (la hegemónica) presentan un corpus fuertemente sistemati zado, pero superan su carácter localista ---fa. enfermedad se' localiza en los órganos afectados-y su saber limitado, siguiendo la visión holística del ser que impera en la concepción «popular»;. y ello a pesar de su ten dencia a la especialización (iridiología, quiropráctica, reflexoterapia, etc) que, por otro lado, no es semejante a la de la medicina oficial dado que tratan cualquier enfermedad.
Particularmente creemos. que estos agentes terapéuticos, dado que mantienen concepciones y valores carac terísticos de la clientela ( entre ellos se encuentra con cierta frecuencia el de la creencia en su propio «carisma»), deben considerarse parte de la «medicina popular».
Dos de las corrientes de la «medicina alternativa» que más auge tuvie ron en el siglo XIX y que han influido en gran manera en el desarrollo de ésta son el espiritismo kardecista y el mesmerismo.
Eri ambas están en jue go elementos fundamentales de la tradición popular, como es 1a creencia en la aparición de los espíritus de los muertos y la consideración de la exis,.. tencia de una «fuerza» invisible y poderosa en el universo, que los mesme rianos consideran de naturaleza magnética.
Un aspecto fundamental que distingue a la medicina «científica» de la «popular» -que ya apuntamos-es la diferente forma que ambas tienen de explicar la enfermedad; mientras que aquélla es eminentemente empíri ca ésta es eminentemente racionalista, como nos hace �er Méndez Domín guez en su estudio sobre las teorías médicas en Guatemala.
Entendiéndose en este caso el racionalismo tan sólo como una forma de pensamiento lógi co sobre el proceso salud-enfermedad.
En el discurso popular sobre la en fermedad -en palabras de este autor-«los componentes de las cadenas causativas y los estados de salud con• frecuencia están relacionados a través de constantes. e •inversiones semánticas, fonnando asf paradigmas»;.por el contrario, en la medicina occidental «por eJemplo, se piensa que un com ponente de la cadena de curación funciona no debido a su relación semán-_ tica con los demás componentes de la cadena etiológica, sino debido a una relación empírica»..
Para ello el autor nos pone un ejemplo: de acuerdo a nuestra experiencia• advertimos que el agua apaga•el fuego, de ahí se pasa a considerar que el fuego y el agua son semánticamente opuestos, y la «gente puede empezar a: pensar que el agua extingue el fuego por necesidad lógica.
Cuando la experiencia se maneja en formas «semánticas» decimos que existe una perspectiva racionalista de la realidad» (Méndez Domínguez, 1986: 299-300).
Aun así, como nos recuerda este mismo a, utor -:-en consonancia �on lo que apUntamos al respecto de la idea de contaminación�, un análisis de la medicina occidental puede sorprender a tc\dos, incluidos los •médicos, por la abundancia de «argumentos racionalistas» (idem: 301).
Por otro la-• do, en la medicina popular también existe una importante proporción de visión empírica, pero en lo-que se refiere al discurso sobre la etiología. de la enfermedad (que es lo que más, interesa a-la medicina popular, y a par tir de. lo cual cobra sentido todo el.resto de los elementos que forman par te del proceso de la enfermedad y la curación) domina la perspectiva ra cionalista.
La• cultura occidental tiene un sistema médico, representado por sus es pecialistas, que siendo utilizado por la mayoría delos ciudadanos no cono ce muy profundamente, a veces ni siquiera superficialmente, el pensamien to que sobre su proceso de enfermedad tienen la mayoría de los pacientes; a ello se suma la imposibilidad de éstos para aprehender los términos mé dicos en los. que los especialistas se expresan -cuando lo hacen-, no sólo por su no aprendizaje científico, sino además -lo que es más grave-por la frecue_ nte prope�sión de éstos. al mutismo explicativo.
El proceso comu nicativo medico-paciente, •teniendo en cuenta estas frecuentes circunstan cias, no puede ser menos halagüeño.
Si este.problema se traslada a zonas indígenas la agudización del mis rrio es inevitable.
A ello se enfrentan con más o menos interés, con más o menos suerte, los gobiernos iberoam: er-icanos.
Los programas de salud es- pedales para estas áreas son una realidad desde hace tiempo en paú, es co mo México, pero la problemática no puede decirse que se haya resuelto to davía.
La respuesta, si la hay, se encuentra en el estudio del fenómeno de la integración cultural, entendiendo que el término integración no supone conceptos con los que frecuentemente es asociado como el de asimilación, y reconociendo que este estudio ha de partir del análisis de la conceptuali zación no «médica», es decir.no «científica», de la salud y la enfermedad, en el que se revela la: profunda: imbricación entre ésta y la cultura «popu lar» o «tradicional» en que se enmarca. • Muchos filósofos de la �ultUra, y otros tantos antropólógos, han pensa do que la integración cultural es un valor positivo al que toda cultura debe. tender, o; en todo caso, up tema a estudiar, pues como'iridican Parsons y Shils «la coherencia interna de un• conjunto de pautas culturales es siempre un problema crucial para el estudioso de la cultura» (1951: 21).
Aun así la integración • cultural ha sido •objeto de pocos análisis teóricos o estudios empíricos,y los que existen presentan multitud de interrogantes y desa cuerdos sobre el alcance del' problema.• Desde posturas._.como la de Ruth Benedict (1934), quien piensa fundamental para una cultura la existencia de un principio rector que rija la diversidad de los elemento • s cμlturales, hasta la de Ópler (1945), que considera que lo ápuntado•por ésta puede lle gar a ser socialmente patológico, o la de otros que opi I1 an que puede impe dir la creatividad, hay una gran variedad de posturas valorativas sobre el tema (11).
No está claro.el Ümite entre la integración cultural y la social, y además se l; iabla de diversos tipos de integración: normativa,• configuracional o te mática, funcional, comunicativa, lógica, conectiva, estilística, _etc..
Sorokin insistía en la distinción entre los sist�mas 1:μtegrados por la in terdependencia funcional y los integrados por la coherencia lógica y signi ficativa.
Parsons (1960) -autor de algunas de las obras más aclaratorias (12)-recuerda la teoría citada de Durkheim añadiendo que la solidaridad mecánica y la orgánica están conectadas en un n• ivel superior, pues ésta también necesita de unas normas de tipo económico (propiedad, contra tos, relaciones mercantiles) para que sea posible: por tanto es también una form� de solidaridad normativa, como la mecánica, pero no se encuentra subordinada a ella puesto que tienen el mismo_.nivel de institucionaliza ción.
Bajo el término de «solidaridad difusa» pretende este al:.ltor expresar la adhesión a valores comunes y dar nombre a la categoría superior en que estas dos solidaridades se hallan unidas.
Nosotros pensamos, de acuerdo con muchos científicos que han trata • do el tema, que la cultura es ante todo simbólica y que la integración cultu ral tiene que ver con las•relaciones entre eso_ s símbolos.
Como hemos mani festado, creemos que aunque haya una estrecha y constante interrelación entre la cultura «oficial» y la «popular» se trata de dos. culturas y, por tan to, de dos sistemas de símbolos, no siempre traducibles de una a otra, má xime si la cultura popular es la que denominamos como «indígena».
El do minio de la orientación racionalista -en el sentido positivista del término es muy desigual en una y otra; ni siquiera el catolicismo y el protestan tismo (de considerable influencia en Brasil), religiones «eruditas» e históri camente ligadas al pode_ r c_ entral y ofic�al, satisfacen esa necesidad de sen tido mágico-religioso que tiene la población «popular», dado que tienden «cada vez más a negar el sentido religioso de la enfermedad» ( 13), siguie:μ-• do las palabras de Giobellina (1986: 38) quien estudia el ca�o brasileño.
Lo yola, en un' estudio anterior en el �ismo país (1984: 88-�9), en consonancja con lo advertido, indicaba que la Iglesia católica en Brasil sólo ofrece as1s tencia médica ( «las hermanas») siguiendo los cánones de la medicina aca démica, a diferencia de otras agencias religios• a:s como Umbanda, Cai;¡dom blé, Pentecostales,• etc. Nos consta que esa tendencia «academicista» de la iglesia católica es general en todo su ámbito de acción, y/ por _tanto,.en lo� demás países.
Redfield (1941) en su estudio sobre •Yucatán, piensa que en las comuni dades donde se produce una i: náyor interconexión cultural se evita la sensa ción de angustia e inquietud que produce la falta de coherencia, en tanto que ésta • es una necesidad humana.
No _ obstante, ni siquiera está claro si to-• das las culturas o grupos humano_ s tienen el mismo concepto y vivencia de lo que es la coherencia.
• A pesar de todos.estos• estudiós aún no están respondidos, y a veces ni planteados, los principales problemas que plantea la relación entre la me dicina «popular» y la «científica».
Vamos a acercarnos a ellos con la ayuda de otros autores, teniendo cómo punto de mira preferente el ámbito ibero ameriéano.
En el caso de las poblaciones indígenas lo principal, creemos, es enten der que el médico, el hospital, representan para el indígena rural una de las encarnaciones de un estado -del que no termina de saber qué límites ni qué sentido tiene-, que está en manos del grupo social hegemónico al que el médico pertenece, con otra lengua, otro código de valores, otra cosmovi sión, y muy f recuentemente otra raza; grupo que, en general, siempre se cree superior -lo que es interiorizado por el propio indígena-y represen-336 Asclepio-1-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es tante de lo auténtico, y en manos del cual éste ( �l indígena) pone su salud sin compartir los mismos pensamientos sobre ella.
Ello plantea problemas de integración socio-cultural tan importantes que para muchos, aquéll�s que siguiendo la ideología nacional que. rige en América Latina entienden que la nación tiene su base en una misma cultura, son una revelación pa tente de la desintegración nacional que debe evitarse.
Dado este sentimiento de incompresión,. de humillación, de «otredad» que siente el indígena frente al sistema médico occidental, los problemas co� los que se han encontrado los programas estatales de salud en las áreas indígenas -con un alto porcentaje de morbilidad-han sido y son importantes.
Y han obligado a plantearse a los gobiernos afectados el problema dé la integr�ción cultural, pues -como manifiesta Levine (1975: 111)-«gobernantes y reformadores se han guiado por este con cepto en sus esfuerzos de encontrar las innovaciones y los modos de in troducir cambios que «encajen>> más adecuadamente en las culturas exis tentes».
Lo que se ha dado eri llamar «Antropología para la salud» ha centrado su interés en modificar: la. medicina popular desde los pár:áme tros que rigen los conceptos, clasificaciones y cadenas c_ ausativas de la. medicina occidental académica; ejemplo de ello son los trabajos. de Bates (1953), Adams (1955), Gordon (195 8), Francis (1959), Paul (1963) y Suchman (1968).
Por.el contrario, la «etnomedicina» ha intentado.acercarse aun.más al conocimiento de la cultuni autóctona a partir de las creencias y prácticas médicas que sus miembros tienen.
Con ello pretende dos fines relaciona dos y que son comunes a todo ejercicio antropoJógico: acercarse al conoci miento del fenómeno humano, como ser cultural y simbólico, y abo. gar por el respeto de lo diferente, pues sólo se respeta lo.que se conoce.
Indirecta mente puede conseguir que los médicos y personal sanitario se acerquen al paciente indígena con mayor comprensión, lo que aumenta su eficacia, e invita a reflexionar sobre los propios fallos de su disciplina.
• Entre estos fallos cabe mencionar sobre todo -y generalizando siem pre-la deficiente relación médico-paciente; veámos algunos de los pro blemas más frecuentes: en la meqicina �<científica» frecuentemente se im pide al enfermó la explicación o indagación de su enfermedad en relación con su biografía (en la que consciente o inconscientemente, en muchas ocasiones, piensa que están los factores que él considera desencadenan-. tes), lo que produce frustación dado que al enfermo lego lo que primero y más le importa es por qué tiene una enfermedad; no menos perjudicial es • • la angustia que• produce en el paciente el desconocimiento o incompresión del diagnóstico (o el desacuerdo con la forma localista de. entender la en fermedad), y el rechazo o desconfianza que le producen ciertos medica mentos:
Todo ello viene a señalar qu_ e,• teniendo paciente y médico dos c0ncep tualizaciones diferentes del problema, éste ignora la de aquél porque la desprecia y, con ello, aparte de hacer un ejercicio de soberbia (quizás in consciente) con un tema crucial como el de la enfermedad y la muerteejercicio totalmente contrario al espíritu científico (no olvidemos que las enfermedades. psicosomáticas vienen a respaldar al gu nas de las intuicio�es que tenía el conocimiento popular, y que la penicilina se ha utilizado tradi cionalmente en forma de moho sobre heridas, ant. es de su «descubrimien to»)-, dificulta una mejor y más rápida recuperación del enfermo: pues el miedo, la ansiedad, la deconfianza y la humillación no son los sentimientos más adecuados para recuperar la salud.
Precisarp.ente son dos médicos es pañoles, Barona Vilar y Valladolid López, los que en sus trabajos de antro pologfa médica (en el País Valenciano) advierten el origen del problema desde nuestra misma óptica: «La concepGión que el enfermo tiene de su en fermedad condiciona sustancialmente la relación terapeútica ante el médi co.La-relación.médico-enfermo se convierte, desde esta perspectiva, en el enfrentamiento real entre dos culturas » ( 1988: 49).
A este respecto se manifiesta F. Giobellina -en un estudio sobre la función terapeútica de Umbanda (cf. 1986: 35)-con las siguientes pala bras: «El rechazo por parte de la medicina de aquellos clientes que no se atienen a sus reglas de juego ( 14) es correlativo al que muchos de éstos tienen de la medicina cuan: do experimentan y tienen tantas oportunida des para ello, la falta de respeto y atención a «su caso».
Quien además se ñala -en consonancia con lo que indicabamos-que es «este corte entre dos órdenes simbólicos heterogéneos lo que subyace al enorme lugar ocupado por las agencias religiosas de cura en Brasil, las que no operan en un registro simbólico diferente al de sus clientes, y no tanto a causas «objetivas» como la falta _ de atención médica o el emperoramiento de las condiciones sanitarias...
«La medicina oficial -continúa este autor-a la que en la mayoría de los casos acude•el enfermo, dando así testimonio lógico de su reconocimiento, no exige a su cliente participación alguna en su propio universo simbólico.
Las prescripciones de todo tipo (alimen ticias,.higiénicas, medicaciones, etc.) que el médico puede dar al enfermo no implican complicidad ideológica alguna sino una acción del primero sobre el segundo en la que éste puede a veces operar como instrumento.
Si bien la confianza que el paciente puede sentir por la capacidad de la «agencia oficial» a veces llega a ser-un factor coad yu vante en la cura, las creencias de aquél no están realmente movilizadas en la técnica terapeú tica>> (idem: 37).
No obstante, no hay que olvidar, pensamos, que dicha confianza puede estar respaldada por la credibilidad y sobrevaloración del conocimiento letrado que comparten médicos y pacientes, aunque en el caso •de los segundos por interiorización del modelo de saber que pre senta la cultura oficial, y que aún así -como hemos visto-no deja de es tar contestado por este sector (de ahí la credibilidad en curanderos iletra dos).
Así pues, aunque es cierta la relación de interdependencia �en térmi., nos de complementariedad-entre los dos sistemas culturales médicos a través de la relación médico-paciente, y su mutua influencia -sobre todo la «científica» en la «popular» aunque teniendo en cuenta las limitacio nes que ya advertimos _;_, también lo es su relación de oposición.
«Las oposiciones entre las dqs medicinas -indica Loyola (cf. 1984: 194)-se traducen, por otro lado; en oposiciones de clase»; para esta autora lapo blación de Sta.
Rita (Ri� de Janeiro), al mismo tiempo que «reivindica el acceso a las ttrrapias ofrecidas por la medicina oficial...; puede -gracias a la existencia de esaJl! ernativa constituida por la medicina religiosa, más próxima a sus representaciones del -cuerpo y de su relación• con el mundo-sustraerse parcialmente a la imposición de la visión del mundo de las clases dominantes, vehiculizada por la medicina erudita, y contrá rrestar la relación de dominación y de posesión de sí misma que resulta de la práctica de la medicina oficial.
Ella puede, incluso, afirmar su pro pia identidad y reivindicar un saber propio sobre el cuerpo y la enferme dad que llega a contraponerse a las interpretaciones médicas dominan tes» (ídem: [194][195].
El médico mexicano Mario Humberto Ruz, en un artículo sobre esta problemática relación en dos comunidades Tojolabales (México), se lamen ta de que la mayoría de los estudios antropológicos sobre los grupos indí genas de América Latina «se ha limitado, por lo general, a descripciones minuciosas de la herbolaria o las practicas rituales», siendo muy pocos los que han «incidido en una de las facetas más dramáticas del enfrentamiento entre dos diversas concepciones cuhurales: la relación médico-paciente>> (1983: 145).
En sus primeras páginas este autor se explaya sobre los proble mas que rápidamente hemos indicado en la relación médico-paciente (15), así como sobre los prejuicios de los médicos a quienes acusa de cómplices de lo que domina «racismo sociocultural» que• practican l�s grupos domi nantes.
Refiriéndose a estos prejuicios reproduce una cita de A. Beltrán 1980: 256)'-médico mexicano también, y antropólogo:..._ que dice así:«... (el) aceptar la importada de la causalidad emotiva como motivación de en fermedad, libera al investigador, y a quienes con �l se asoman al paisaje apasionante de lo irracional, de prejuicios racionalistas que, con frecuen cia, conducen a menospreciar valiosas experencias y a calificar cómoda - mente como supersticiones complejos culturales a los que no hemos sido habituad. os» (Ruz,ídem: 146). • El autor insta en su epílogo a que el médico intente coriocer el pensa miento indígena sobre la salud y la enfermedad -de lo que su artículo es un ejemplo-y cambie• su relación autoritaria y etnocéntrica con los pacientes.
«El hecho de que un paciente esté incluso en un definido sis tema de creencias y valores culturales, d�terminados por su pertenencia a una comunidad, y que ésta se halle inserta en un modo de producción dominante y correspondiente formación socioeconómica se antoja, a priori, conceptos totalmente ajenos al saber y la práctica médicas. • No obstante, ignorar tal�s aspe�tos -indica este autor� es la causa más frecuente del fracaso en la acción terapeútica en el áre• a que nos ocupa» (idem: 190).
Estamos de acuerdo con Menéndez (1981: 394) en que se hace patente la «carencia de un análisis dinámico de las relaciones entre prácticas mé dicas científicas y prácticas alternativas», así como en que los estudios de Ánttopología social y cultural tienden a deshistorizar el objeto.
Lo cual puede originar estudios demasiado simplistas de una realidad más com pleja, que tiendan a la repetición de tópicos que pueden estar dejando de funcionar. • •, Para Holland (1978) _:_así como para la mayoría de los autores (Red field, Adams, etc.), y de acuerdo con lo que expusimos como característico de la cultura popular-la medicina científica con sus tratamientos ha pro ducido un desfase entre la práctica y la ideología médica pues con frecuen cia lo que ocurre es que la terapia es aceptada pero asimilada. a la concep tualización indígena.
Esta aceptación tan sólo pragmática de la medicina oficial es interpretada, por este autor, como la forma: que los indígenas tie nen de mantener un determinado nivel de integración y de control social que asegure su continuidad como grupo.
Integración que a nivel nacional -Y desde la perspectiva ya aludida ___.:. supone desintegración, y convierte, para algunos, a la medicina tradicional en un mecanismo de oposición ideo lógica a esa dominación.
Menéndez (cf. 1981: 380) tiene una forma.radicalmente distinta de ver el tema: lo que prima -según,él-es una postura de aceptación que tiene el subordinado de su propia subordinación, de su explotación.
En la di mensión salud-enfermedad la actitud del indígena es «frente al desarrollo de los procesos de morbilidad y mortalidad, la aceptación del desarrollo de la misma; la aceptación de la explotación económica de la enfermedad por parte de la medicina privada;•la aceptación del mal funcionamiento de los servicios; la aceptación del no funcionamiento de los programas; la acepta ción de la inclusión de la población en los mismos, sólo en términos recep tivos; la transformación de las prácticas• «tradicionales» y la pérdida de he gemonía de éstas».
Se aceptan, pues, las reglas de fuera sin la párticipación de los sectores subalternos, aunque dentro de «estos límites los estratos su balternos tratan de obtener eficacia a partir de su autoexplotación y de la apropiación subordinada de la producción "externa"».
La falta de trabajos más profundos sobre ello impide que podamos corroborar una u otra postura, pero nos inclinamos a pensar -por nues tro trabajo de campo en comunidades rurales extremeñas-que si bien la relación que se establece entre ambos polos es desigual, jerárquica, e implica subordinación, la aceptación de este tipo de relación tiene como contrapartida el empeño que tiene el sector «popular» en mantener ese margen de autonomía de pensamiento que le hace distinto y creador cul tural, y _que supone un. escape de lo que es la mera alienación.
De acuer-. do que esta resistencia a la total aculturación por parte de la cultura «oficial»• no es revolucionaria� es decir, no pretende cambiar el estado de las cosas, pero tampoco es una aceptación pasiva, y en el fondo siempre hay un cuestionamiento de esa cultura que se pretende exclusivamente auténtica y con vocación universal.
Además, mientras sea la ciencia la regidora de 1� medicina «oficial», será imposible que el colectivo huma n. o acepte, en general, la ausencia de sentido que conlleva el conocimien to científico, pues el «modelo científico» no parece satisfacer la necesi dad de explicación y trascendencia que, en muchos casos, tiene el ser humano: En términos semejantes se expresa Lombardi-Satrianini -como el mismo Menéndez nos recuerda (ídem: 409)-<<la resistencia cultural de las clases subalternas a la absorción por parte de la cultura hegemónica tiene el valor, a nuestro juicio, de alegar otros testimonios contrapuestos respec to a la autoproclamada universalidad de algunas formas de la clase en el poder».
Pero también se lamenta -este autor-de su paradójico destino: «debiendo cuestionar, en cuanto cultura distinta, la cultura hegemónica y la clase dominante que tal cultura mediata o inmediatamente produce, ter-mina por poner en práctica ella misma los intereses de la clase a la que de bería oponerse».
Otro italiano, de Martina, señala al pensamiento mágico yJa tendencja a la deshistorización como herramientas alternativas que tiene la cultura subalterna para controlar la dominación.De�historizando la realidadcomo lo hace el «pensamiento mágico»-se conjura el «riesgo», se detiene la historia y se obtiene seguridad aunque sea a cambio de explotación._ El «mundo mágico» es también un modo de protección.
Mientras estas con diciones no cambien no dejarán de exi_ stir shaman�s y. curanderos.
Solo la historización -según este autor-puede conducir a una alternativa, (ídem: 404A06).
(1) Esta autora, de la que partimos para definir los conceptos con los que operamos, • se basa en la obra de Octavio Paz (1972) «El uso y la contemplación.
La artesanía: frater nidad original del hombre».
(2) El •concepto de «supervivencias» fue fundamental en el discurso de los primeros antropólogos evolucionistas unilineales, y se aplicaba a_aquellos elementos culturales ar caicos que se mantenían en culturas cuya transformación evolutiva los hacía no funciona les.
Los funcionalistas pondrían el dedo en la llaga al cuestionar que se pudiera descubrir ninguna funcionalidad aislando estos elementos del contexto socio-cultural, y advirtieron que frecuentemente lo que ocurre es que adquieren una nueva funcionalidad.
(3) D. JULIANO (1986:7) reflexiona con las siguientes palabras sobre la «cult�ra de masas»: «�stá basada en.la producción y el consumo estandarizados.
Responde a pautas fijadas internacionalmente y se apoya en las relaciones impersonales.
Es un producto ge nerado por la «cultura oficial» en cierta etapa de su desenvolvimiento y destinad� a los sectores de población que no tienen acceso a los niveles más altos de la cultura dominan te.
La cultura de masas carece de existencia autónoma, así como de los niveles mí_ nimos de organización interior que permitirían catalogarla como cultura; es una seudocultura • (por su falta de autonomía y de organización, independientemente de sus contenidos)».
(4) MENÉNDEZ (1981:322) opina que «se caracteriza por su localización tanto estruc tural como ideológica en el medio rurai».
(5) BoLTANSKÍ, en: un estudio sobre esta temática en Francia (1968), lo expresará en los siguientes términos: «incapaces de producir un discurso μiédico que pueda traducir el facu, ltativo o incluso reproducirlo textualmente, los miembros de las clases populares construyen con el discurso del médico un discurso distinto en el cual expresan• mediante el �mpleo de reinterpretaciones, sus representaciones de la enfermedad» (idem•: 90); «... el paciente realiza por su cuenta una selección en el discurso autocensuradó del médico y retiene sólo los términos que reconoce... aunque ignore su.significación científica>> (idem: http://asclepio.revistas.csic.es 94 ).
De tal forma que éstos entran a formar parte de su propio discurso nosológico sin por ello tener el mismo significado y alcance que tienen para la medicina oficial.
(6) J. L. PESET, en un corto pero revelador artículo sobre causalidad y enfermedad (1980: 286); advierte cómo el concepto de naturaleza que se impone en el mundo clásico predomina en toda la medicina clásica hasta el siglo XVIII; en él «la naturaleza es un principio de vida, de actividad, un principio primigenio y todopoderoso, que rige la vida del mundo y la vida de los hombres.
Es un principio en cierto modo divino».
Y aún asícontinúa este autor-es cognoscible y dominable, porque es justa, armónica, ordenada, es decir -desde la perspectiva de otros y nuestra-, racional o razonable.
(7) Sobre ello, y haciendo un valioso recorrido histórico por la tradición europea, ha escrito J. CARO BARÓJA algunos trabajos interesantes•(l 967 y 1974).
(8) EDMUND LEACH (1985), que es quien propone esta explicación, la desarrolla a par tir de un ejemplo prototípico: «un hechicero adquiere una muestra del cabello de su pre tendida víctima X. El hechicero destruye el cabello mientras pronuncia los hechizos y ce lebra el ritual.
Predice que como consecuencia, la víctima X sufrirá daño» (idem:, 41).
Según LEACH «el hechicero comete un triple error.
En primer lugar confunde símbolo me tafórico (es decir, la designación verbal «este es el cabello de X») con signo metonímico.
Después pasa a tratar el signo imputado como si fuera un indicador natural, como una se ñal cap�z de desencadenar consecuencias automáticas a distancia» (idem: 42).
(9) LEVI-STRAUSS, en su «Introducción» a la obra de MARCEL MAuss (1971: 39), dirá: «Aparentemente estamos muy lejos del mana, y de hecho muy cerca, pues aunque la hu manidad haya tenido siempre un gran cúmulo de conocimientos positivos y las diferentes sociedades humanas hayan consagrado más o menos esfuerzo a conservado y desarrollar lo, sólo muy recientemente el pensamiento científico se ha erigido en rector, siendo tam bién muy reciente la aparición de formas de sociedad en que el ideal intelectual y moral y los fines prácticos perseguidos por el cuerpo social se hayan organizado en tomo al cono cimiento científico, elegido de forma oficial y pensado como centro de referencia.
La dife rencia es de grado más que de naturaleza, pero existe de todas maneras».
Esta autora, una de las que más vierte tinta sobre el asunto, en una alusión a lo que aquí estamos tratando hablará en los siguientes términos: «Nuestras prácticas está solidamente basadas en la higiene; las suyas, son simbólicas: nosostros matamos gérme nes, ellos se protegen de los espíritus... sin embargo, el parecido entre algunos de sus ritos simbólicos y nuestra higiene aparece a veces misteriosamente próximo» (1970: 51) (... ).
«La transmisión de las bacterias de la enfermedad fue un gran descubrimiento del siglo XIX.
Produjo la revolución más radical que haya tenido lugar en la historia de la medici na.
De tal manera ha transformado nuestras vidas que se hace difícil pensar en la sucie dad como no sea en el contexto de lo patógeno.
Sin embargo, nuestras ideas de la sucie dad no son a todas luces tan recientes»...
«Nuestras ideas de suciedad expresan igualmente sistemas simbólicos» (1970: 54).
( 11) «L� quiebra de la integración cultural se ha considerado como un. factor causal de la educación de fenómenos tales como el tedio, el suicidio, el crimen y la labilidad cul tural» (H. L. LEVINE, 1975, 101).
MALLINWOSKI pensaba que todas las culturas están perfec tamente integradas.
(12) PARSONS piensa sobre todos en la integración normativa, «que se logra cuando los elementos capitales del sistema cultural -los valores comunes de la sociedad-son |
Una ponencia reciente de José Luis Peset (1990) (1) que analiza el trán sito ideológico entre la psiquiatría hospitalaria del XIX a la psiquiatría de gabinete del XX, y cori cuyas tesis estoy sustancialmente de acuerdo, deja de lado, voluntariamente, el análisis del tránsito entre una práctica psi quiátrica que estuvo centrada hegemónicamente en el m• anicomio hasta la década de los cincuenta del siglo XX y la emergencia, desde finales del XIX, de un nuevo modelo de práctica basada en la atención a pacientes ambulatorios y que, con el córrer de los años,• se ha convertido en el eje de la atención • a las enfermedades psíquicas....
En este tránsit�, que tiene que • ver tanto o más con las prác�icas que_ con la teoría o doctrina psjquiátrica, no puede hablarse estrictamente de susti tución de un modelo de práctica por. otra, sino más bien de relaciones de cqmpÍem�ntari�ad • entre ellas, de hegemonía relativa de la• una en rela�ión a la otra.
Ambos aspect; os no parecen ser la consecuencia de la evolución de la propia disciplina sino de los ajustes his�óricos que.la psiquiatría y los
psiquiatras han llevado a cabo en contextos sociohistóricos y políticos dis tintos.
Mi propósito en este artículo es tratar •de analizar la emergencia de la práctica psiquiátrica ambulatoria o de gabinete, tras un período inicial en que ésta es. taba centrada mayoritariamente en.la hospitalización de los pacientes psíquicos, para señalar sus implicaciones ideológicas, corporati vas y profesion. ales y sus consecu�n�ias en el desarrollo de la teoría y la praxis de los psiquiatras.
Para mí, la emergencia de ese nuevo inodelo de •práctica no puede buscarse exclusivamente en la influencia de la'. neurolo gía o del psicoanálisis.
Implica considerar _ a ambas como instrumentos para legitimar uná modificación en la estrategia corporativa• de los psi quiatra� hasta entonces decantados exclusivamente en el control de redes institucionales particularmente sólidas.
Esa modificación tendría que ver con el fracaso de su opción institucional,"el_Ínanicomio moral, y su •aisla miento corporativo en relación a los médicos •que les impedía hacer frente a la, reconversión de las instituciones en un contexto de.evolución profun da de los propios hospitales generales.
Probablemente, en ese cambio hu-. bieron d� influir notablemente la pésima imagen que los psiquiatras de manicomi, o adquieren ante los sectores ilustrados y aun sobre los no ilustrados de la población (2). •
La atipicidad de la práctica psiquiátrica decimonónica 1.1.
P; iquiatría y Medi�iná en. iá constn1; cd6n; �el estado contemporáneo La intervención política de los. médico� durante la Ilustración y el trán sito del Antigqo Régimen al estado liberal capitalista se refirió, en lo ese11cial, a la. definición y puesta•en práctica de políticas higiénicas de carácter general y en la definición y propuesta de gestión de los colectiyos de pobla_ -: ción caracterizados como alienados.
Si la, primer3: resp�ndía'. a la� rtecesi� dades derivadas de la lucha contra la mqrtalidad (Foucault y otros,• Í979), la �-egunda debe percibirse vinculada al papel fundamentai' que juega el concepto' de alienación en el contexto de• la" construcdón jurídica de un es tado qúe se fundamenta en las nociones de igua: ldad y de racionalidad (3).
Lo pri.leba la urgencia con que se aborda el problema pese a: que el.número de alienados en los países occidentales era irrisoriq en relació. n ál conjunto de lé!-población_(4).
El papel de experto atribuido al médico (y por tanto al alienista) no álte ró su statu qua profesional.
El médico de finales del XVIII.y.del XIX conti núa teniendo como objetivo profesional la atención individualizada a los enfermos que constituían su modus vivendi (S).
El único. cambio progresi' vo se refería a una mayor presencia en el hospital que adquiere el. papel de espacio fundamental para la formacióny la reproducción de profesionales bajo criterios científicos ( 6 ).
Los médicos asumen la ciencia contemporánea, imponen.o negocian coU: fos distintos estados el monopolio jurídico-administrativo sobre la ges-• tión de la salud de los ciudadanos, pero no modifican su práctica sustan cialmente en relación a la que sostenían durante el Antiguo Régimen.
Al modelo de práctica que así se define lo llamaré • modelo médico clásico (7), y su• lógica se basa en trabajo no asalariado en hospitales en los que el médi co obtiene formación continuada, investiga especies morbosas, engendra nuevos_profesionales, legitima su tarea como colectivo y se p�estigia indivi dualmente; y práctica remunerada con pacientes privados en el domicilio de éstos y más tarde en sü gabinete (8).
Su q.esarrollo implicaba deslindar el objeto y los sujetos de la práctica_! flédica.-Hasta'entonces el objeto había sido una concepción positiva de1a enformedad.(aunque no necesariamente establecida según códigos científicos), y los sujetos.eran aquellos pacientes que podían pagar sus servicios, lo cualreducía dramáticamente su cliente la puesto que concurría con otros profesionales y ccm las prácticas de auto atención que eran hegemónicas.
La ampliación sólo podía proceder del monopolio legal sobre la aten ción en salud, en definitiva incorporar algunos profesionales (9), luchar contra los demás, caracterizados como intrusos (10), y desca�ificar la auto atenciói;i considerada desde entonces un conjunto de prácticas tenidas por irracionales y supersticiosas.
Para todo ello era necesario el• aval de la ad ministración, puesto que tal monopolio: era la consecuencia de la necesi,. dad del estado por legitimar racionalmente• su práctica, y la de la córpora-• ción médica por situarse en condiciones de cred.miento, desarrollo e influencia política.
Atribuye a los médicos el control. teórico de la salud de toda la población, y les sitúa en condiciones de ejercer s• in concurrencia co mo-peritos en todas aquellas conductas que los médicos caracterizan como enfermedades.
Aceptar la inclusión de trastornos de la conducta como enfermedades, significaba atribuirse la detección y gestión de-los comportamientos que pueden caracterizarse de• irracionales en una sociedad basada en la razón, y resolver, por añadidura, una contradicción fundamental de la nueva so-ciedad.
En efecto, e_ n una sociedad basada en l_ a razón y el ejercicio de la racionalidad, la irracionalidad debía ser regulada so pena de introducir in seguridad en el edificio jurídico-político.
Dicho de otra manera, un estado de la razón únicamente puede ponerse en pie con un dispositivo preciso y efectivo de categorización de la-sinrazón.
Son razones jurídico-políticas y no sanitarias las que implican la medicalización de la alienación: se trata de definir quiénes son los alienados, identificarlos y devolverlos a una ciudadanía completa (11)...
Asumido el carácter morboso de la irracionalidad y presumiendo su condición •de forma transitoria de suspensión de los derechos ciudada nos,.la gestión de la locura deviene un problema prioritario a pesar.de afectar a.un número muy limitado de personas.
Pero haciéndolo sitúa-a los alienistas en una posición-�xcéntrica en relación con el modelo médi co clásico.
En efecto, hemos visto como éste se estructura adecuando algup. os as pectos de su práctica formativa, pero sin una solución de continuidad en relación a la estructura de su relación con los pacientes y sus redes sociales (12).
Cambia algo la pos1ción del médico en el hospital, pero no como una ruptura; a ojos de -la población•, -:no cambia el significado del hospital (13), si no es: porque �e espedaliza progresivamente.( 14)...
Dentro_ de este proceso.de especialización, alienados, reclusos situados indiferenciadamente en hospitales, cárceles u hospicios, planteaban un problema distinto de gestión (15).
El gesto mítico de Pinel señala un corte revolucionario: el hospicio de locos debe ser una institución especializada, pero diseñada según criterios técnicos que pretenden precisamente quE! sea terapéutica (16) y que•es,.para el psiquiatra, el espacio natural de su prácti ca profesional ( 17).
El tránsito del loco y del psiquiatra al.manicomio mo ral es•una revolución en elmodelo hegemónico de práctica médica, • no sólo porque supone institucionalizar un hospital terapéutico; tambien porque supone el primer intento de jerarquización hospitalaria, un siglo antes que los hospitales generales (18).•• • Pero el gesto de _Pinel y, sobre todo, el diseño del tratamiento moral si túan a los psiquiatras ante una disyuntiva: aceptar la nueva forma de trata miento institucional significa no sólo rechazar la reclusión carcelaria sino afirmar la superioridad de la práctica institucional frente a la alternativa que supone la gestión familiar en la línea de Gheel ( 19), y separarse del mo delo de práctica hegemónica en.la medicina.de su tiempo (20).
A principios del XIX, los alienistas, como ha de�ostrado Rothman (1971 ), pudieron escoger entre ambas.
Eligien;m el manicomio porque éste representaba una ruptura rnás a fondo, se ajustaba mejor a la• necesidad ju rídica de asegurar la distancia entre la razón y la sinrazón y les•permitía un papel corporativo de _ mayor entidad al situarse al frente de unas institucio nes poderosas (21).
Inevitablemente, esta opción significa seguir con el ma nicomio moral y acentuar la disociación entre la ciencia especial. y la medi cina que se ratifica con un discurso. terapéutico autónomo respecto de ésta.
La legitimación social de la medicina y de la psiquiatría • En el modelo médico clásico, el locus de la práctica era la'---cabecera del enfermo.
El hospital era un teatro de observación con enfermos para ob servar y experimentar y cadáveres para disecar.
La clientela del médico en ambos lugares era distinta.
Hemos visto en otro lugar (Comelles 1989):có mo la legitimación de la práctica médica moderna obedecía a procesos complejos en los que adquiría una importancia fundamental la distancia que se establecía entre quienes se habían apropiado de fos saberes escritos y de quienes manejaban exclusivamente la palabra como base de su prácti ca.
Pero no habíamos destacado suficientemente cómo, junto al manejo de la escritura, el médico decimonónico va haciendo del hospital un espacio institucional que se confunde con él mismo y que emerge como una garan tía de su conocimiento.
Pero esa conversión es lenta y no empezará a defi nirse plenamente entre la población hasta fines del XIX, y sobre todo du rante la primera mitad del XX, cuando la transformación de la cirugía lo convierta en un espacio de curación (22)..
Paradójicamente,-mientras los médicos necesita!}-casi siglo y medio pa r-a ins_ trumentalizar plenamente el hospital en ese sentido, los alienistas disponen de él durante el primer • tercio del XIX: el espacio para: su práctica y para la producción de teoría se confunden en_ el manicomio (madhouse, o asylum) (23), hasta tal punto que no se concibe la práctica ni la formación fuera de él, y ello exige que sea un espacio abier_ to a todas las clases socia les (24); pero en el • que la legitimación del alienista como tal no sigue las pautas de la del.médico (25).
En el manicomio, el alieriistalegitima a partir, de su autoría en el diseño institucional.
[Pi i Molist (1859) insiste en que en el-manicomio la mente creadora es l_ a del médico y la ejecutora la del arqui tecto].
Y como el diseño de la institución representa la racionalización del proyecto terapéutico, alienista y• edificio se articulan simbióticamente y justifican su significado.
Por todo ello • el alienista y la alienación tienen uri Asclepio-I-1992 significado distinto al •de la medicina desde el punto de vista de la lógica política y administrativa, y se hallan más próximos al significado de la cri minología, de la pedagogía �special o de la antropología que a la medicina en general (26);
Desde un punto de vista corporativo, el psiquiatra se distancia fuerte mente del médico.
El modelo «moral» es un modelo sociológico, reformis ta y, al menos a priori, optimista en relación a la curación y reinserción, atrib�ye al psiquiatra un papel relativamente poco activo en el pro_ ceso asistencial.
Es su presencia in_ situ y su actuación sobre el enfermo la que interviene en la terapéutica y exige• que el alienista viva en el espacio de la alienación.
Como los manicomios, por razones de costos, suelen construir se alejados •de los centros urbanos, ello implica un cierto grado de ostracis mo para los médicos, y dio lugar a su precoz funciOnarización (27), a ser empleados formalmente o ser ellos mismos los propietarios• explotadores de los rendimientos de sus clínicas.
El poder de los psiquiatras en el maní:. camio era importante porque gestionaban patrimonios considerables y dis-: ponían de grandes masas de enferrrios para su tarea de formación (28),, pe ro a cambio, su alejamiento de los centros de poder les restaba influencia corporativa (29).
El fracaso del modelo moral
La crisis del modelo moral es compleja y tiene distintas lecturas.
Según Lantéri-Laura (197 4) una. de las razones era su anacronismo: sus funda mentos ideológicos• pu_ eden hallarse en el sensualismo.de Condillac, los proyectos teóricos se pueden.datar entre 1820 y 1850, pero su constn, icción masiva no se inicia hasta 1840..:50 y no. finaliza hasta pasada la Primera Guerra•Mundiá.l.
Este anacronismo es fundamental para entender cómo cuando se construyen, los• alienistas ya no creen en su potencialidad tera péutica (Pí i Molist 1859) (30).
Aceptar la continuidad de la construcción bajo un modelo obsoleto, significaba aceptar tasas eleyadas de incurabilidad y de cronicidad, que si no eran funcionales con el reformismo, si lo eran en la perspectiva del mantenimiento. económico de las instituciones (31 ).
El custodialismo, por tanto es funcional• con las necesidades formativas y de reproducción de los alienistas, que necesitan sujetos de observación a largo plazo, pe ro implican inevitablemente ce• der, •a medio plazo, el control a los admi-nistradores.
Ante el fracaso de la promesa terapéutica del tratamiento moral y aceptado el manicomio como un espacio de reclusión custodial, inevitablemente, las administraciones han de tomar la iniciativa de gestión (32).
El custodialismo habría tenido como consecuencia, a medió plazo, el cuestionamiento de la posición social de los psiquiatras al presentarles ante opinión pública y juristas como avaladores de las prácticas de repre.c sión y los horrores en. los m. anicomios decimonónicos (Scull 1979: 164-186; Comelles 1988:87-101).
Es una trampa de la que no pueden escapar.
Al haber construido un espacio específico para el tratamiento de una ca tegoría específica, la co. nstrucción de la disciplina, su formación y su re producción y su imagen social dependieron exclusivamente de esas insti tuciones, que a fines de siglo ya no controlaban y que se limitaban a legitimar con su presencia ya que no disponían de otra alternativa para llevar a cabo su proyecto profesional.
Como su imagen y la de las institu ciones se deterioraba, cualquier alternativa significaba reformar profun damente las instituciones recupera�do su hegemonía en las mismas, o li berarse de ellas.
A mediados del XIX, se produjeron intentos por romper ese círculo vi cioso.
Hatissmanri, que iniciara su carrera como administrador del mani comio de Auxerre (Yonn�), pensó en establecer un modelo jerárquico de instituciones psiquiátrica� que combinase centros para la.detección precoz mental, a fines de siglo elgrado de disociación de la práctica de la-medici na con la de la ciencia especial era importante, y su imagen social mala.
Romperla significaba tres cambios en su modelq de práctica:. resituarla en el. marco de la práctica médica convencional, desarrollar un espacio de práctica fuera de! manicomio y remedicalizar el r: nanicorp.io según este.mo delo.
El primero fue consecuencia de la neurnlogía, el segundo del.psicoa nálisis y de las políticas de descentralización en el tratamiento precoz de ciertas enfermedades somátic. as (la t_ uber�uJosis y las enfermedades de transmisión sexual), y lo último empezó a cón�eguirse con el shock insulí nico pero hubo de esperar el desarrollo de la psicofarmacología durante los años cincuenta..., •
Del modelo clásico al modelo hospitaiario
control social y la substitución de las formas duras, custodiales y centrali zadas por-técnicas blandas de intervención, no-custodiales y descentraliza das (36).
El personal sanitario se convierte en agente de detección e inter vención;' el aparato institucional se diseña pará intervenir sobre.amplias masas de población y da lugar a nuevas relaciones entre profesionales y profanos.
El nuevo modelo de práctica centra los procesos asistenciales en torno al hospital, limitando los itinerarios fuera de él, y modifica en ellos la posi ción de los profesionales.
La relación dialéctica entre médico, paciente y red social característica del modelo clásico, que daba lugar a negociación entre pacientes, profanos y profesionales, queda sustituida por una rela ción unidireccional y jerarquizada del pr�fesional sobre el paci�nte, que suele excluir a la red social.
El nuevo hospital oculta al paciente de su red, y consagra la apropiación por parte del médico de la gestión de salud y del proceso asistencial.
El modelo hospitalario recupera la simbiosis entre el alienista y su manicomio cuando ésta está, precisamente, cuestionada.
_La remedicalización de los psiqúiatras:
Si comparamos la estructura del modelo hospitalario con el modelo moral sostenido por los psiquiatras durante el XIX podemos llegar a la conclusión de qll:e los médicos adoptan de los psiquiatras los principios que estos empiezan a cuestionar. porque les alejan de ellos.
Distintos au tores, entre nosotros Cid, han puesto de manifiesto las evidentes influen-. cias de la arquitectura psiquiátrica sobre la hospitalaria, pero no se ha destacado suficientemente cómo lo que los médicos implantan en el hos pital general no es sino el viejo proyecto ilustrado del manicomio moral, con la única diferencia, pero fundamental, de que• si la teoría moral colo caba al psiquiatra en una posición de director-dios-rey absoluto con esca� sas precisiones sobre su papel; el •médico hospitalario se sitúa en la cúpu la a partir del control específico y monopolístico sobre un conjunto de técnicas y de saberes� Desde la perspectiva del Estado el modelo hospitalario no plantea una intervención de conjunto sobre la población, sino sólo de las crisis (37).
Se adecúa a procesos morbosos que impliquen intervenciones quirúrgi cas o a patologías agudas_ o subagudas que impliquen internamiento, pe ro es muy poco funcional sobre la patología leve y sobre las enfermeda-Asdepio-l-1992 des crónicas, sobre aquellos trastornos en los que no püede asumir una gestión continuada y.larga.
Sin.embargo, esas contradicciones pueden ser asumidas en la-medida.en que, en una etapa inicial, se revelan efica ces para la resoluc: ión de las demandas• sociales de gestión de la salud: es decir; de l. os accidente. s de trabajo, o las heridas de guerra en ejércitos de conscriptos, o la gestión de las enfermedades crónicas cuyo paradigma es la tubercul0sis.
En todos los casos, por tanto, enfermedades.que.son ges tionadas de modo individualizado, no mediante intervenciones preventi vas difusas y colectivas.
El des"cubrifiiiento de la Neurología
Los•cambios en la medicina tuvieron una influencia considerable en los alienistas.
El fundamental, o al μienos más aparenté, fue el desarrollo de la neurología que permitía a los psiquiatras alinearse con sus colegas desde distintas perspectivas: la primera de ellas ofreciendo a los psiquiatras un modelo de base biológica, y poi; tanto. «médico», a la racionalización de la incurabilidad y que permitía la • individualización de los casos.
El segundo, transformando el modelo de formación de los alienistas, permitiéndoles desarrollar nuevos espacios de formación y reproducción -el laboratorio, el hospital general-'-comunes a la medicina, e• introduciendo en una prác., tica hasta entonces basada en la mirada y la palabra, el corte histológico, el microscopio, la autopsia y la parafernalia correspondiente común asimis-. mo a.la formación de los médicos convencionales (38).
En tercer: lugar; ofreciéndo al psiquiatra la posibilidad de emplear 1o que es probablemente la quintaesencia de la for: rnación clínica: la exploración neurológica, un: au téntico arte desde el punto de vista de su ejercicio correcto y que exige, por: añadidura; una formación anatómica y fisiológica muy importante (39).
Finalmente, el instrumento neurológico permite trasladar la práctica del alienista, fuera-•del manicomio, al gabinete particular, a la clínica privada, al hospital.
Para mí, el principal es este último punto.
Para el alienista de finales -del XIX, el manicomio es üna institución que le recluye y con la que debe con vivir a pesar suyo.
El escepticismo terapéutico conducía a tratar de volver a legitimar alternativas basadas en.retrasar el ingreso o evitarlo, empleando para ello dos'instrumentos: el primero• la, noción de detección precoz me diante la aplicación de. procedimientos clínicos (no había otros) de indaga-ción; el segundo, volviendo la mirada hada opciones alternativas de ges tión como la familiar (40).
El modelo neurológico permite también desarrollar una práctica psi quiátrica dentro del modelo clásico y especializado y a partir de ella im plantar reformas prc:>nmdas en los manicomios, no tanto para mejorar las tasas de curabilidad de los internados o incrementar la rotación de camas, sino como un medio de recuperar la hegemonía en ellos, someter a las ad ministraciones (41}, y disponer de medios humanos y de sujetos �e' obser vación con los que participar en los avances científicos de su tiempo.
No debemos olvidar que la experimentación de laboratorio'se basaba en buena parte en necropsias, cuya mejor fuente eran manicomios con tasas dé mor "'" falidad altas (42).
CÓ' n la' remedicalización de•los mánicomios'hasta la Segunda Guerra Mundial no se modificaron los fundan: i' entos de custodialismo, pero el ma:. nicómio recuperó para sí ciertas prerrogativas que parecían ser patrimonio exclusivo•de los hospitales generales.
Me refiero a la• implantación d' e una serie de terapéuticas «técnicas>�, c'Ó�o fueron el shock cardiazólico, el shock insulínico y la piretoterapi�.
La importa. ncia de estas tres técnicas, y especialmente de la segunda, no reside en su eficacia, ni en sus fundamentos científicos, como mínimo discutibles, sino en • que introd�cían•e� el manicomio modelos de práctic• a hasta entonces priyativos de los hospita_ les generales (43).
El más signifi cativo fue, sin duda alguna, el _ shock insulínico que exigíá en la práctica instalar en las instituciones una esÚuctura técnica co:1.11.parable a la de un hospital general y que anticipa, guardando las distancias, lo que serán veinte años más tardé las U.V.I.S. Implicaba disponer de equipamiento so fisticado y sobre todo la organización de equipos profesionales.con un ni vel de adiestramiento mayor al que tenían tradicionalmente los, psiquiátri co� (44).
Desde el ptJnto de vista corporativo, el _ modelo neurológico y la medica lización de lo� psiquiátricos condujeron a una aproximaciór:i. de.los psi-: quia tras a los médicos y � μn bandazq teórico desde posiciones «so, ciológi: cas » en terapéutica a un mod, elo claramente biologicista que podía asentarse en la práctica interna hospitalaria.
Es en este contexto en, el que deben entenderse la esperanzas que se pondrían, tras la Segunda Guerra Mundial, en el empleo del ECT, de la neurocirugía y más tarde de los neu rolépticos y los antidepresivos (45).
Pero esta es otra historia, ya que simul táneamente al asentamiento institucional del modelo' biomédico en psi-.4: El descubrimiento de la práctica no institucional
El cambio más sustancial en la práctica psiquiátrica no vino empero de las modificaciones en el modelo institucional.
El custodialismo ha sido una constante en la práctica hospitalaria hasta fines del siglo XX, y los.intentos de reforma que se proponen en ella desde 1945 hasta laactualidad se basan en luchar contra él.
No es siquiera el modelo neurológico el eje de la trans formación de la práctica no institucional,_ ya que éste, hasta bien entrado el siglo XX, es un instrumento esencial; rnente diagnóstico y que en la mayor parte de los casos se limita a legitimar el custodialismo al aceptar implíci ta, o explícitamente, la irreversibilidad de los trastornos neurológicos._ Por tanto, la Neuroiogía permite desarrollar un aparato diag_ rióstico extrainsti tucional pero en los estrictos límites de unas patologías que no permiten ir más allá de categorías relativament_ e limitadas de la población, y en conse cuencia ni permiten una ampliación exponencial de la clientela potencial, ni siquiera permiten modificar la imagen pópular de un psiquiatra vincula dó a la demencia-locura, que efectúa diagnósticos por exclusión y que está fuertemente vinculado a un modelo de hospital que no sólo no mejora su imagen sino que en muchos aspectos la empeora (46).
El cambio cualitativo en la práctica psiquiátrica hubo de venir necesa riamente de otros ámbitos.
Si atendemos a la investigación disponible, fueron el psicoanálisis y, posteriormente, el desarrollo de formas de inter: vención ambulatoria que inducían una consideración distinta de la etiolo gía de los trastornos del comportamiento.
-La influencia del psicoanalisis tiene para mí como consecuencia funda mental el romper la coraza•categorial de la psiquiatría decimonónica.
Abrir las puertas a la idea según la cual el trastorno psíquico está en todos noso tros, y desinstitucionalizar su tratamiento, al menos en fo que se refiere a lo que algunos han llamado la «psiquiatría ligera».
En segundo lugar, el psicoanálisis define un modelo de práctica ritualizado y muy específico que rompe con la imagen de la práctica institucionalizada del•tratamiento moral, y con el modelo clínico característico de la práctica médica clásica.
No és que el psicoanálisis invente un modelo nuevo de práctica, sino que legitima de nuevo la «cura de hablar» que había caracterizado la práctica propia de curanderos y médicos antes del modelo clásico.
En esta ritualiza: ción el psicoanálisis introduce elementos que pueden conectar muy b_ ien con una nueva percepción de la imagen del psiquiatra: la semipenumbra de la sal�, el diván, la interpretación de los sueñós genéran un ambiente• �e referenci�s esotéricas en tanto son elementos estructurales de nO pocos ri tuales abreactivos en la cultura occidental; desde el ritual _ de la confesión en los países católicos, a los de las experiencias espiritistas/o simplemente a la larga tradición de_adivinación del futuro a tr_ a_ vés de los sueños.
A ello aún habría que• añadir la existencia de un.metaleríguaje con ribetes no me nos esotéricos.
Sin embargo, salvo en el caso de Francia (vg.
Castel 1971), los Estados Unidos (Castel y otros• 1979) y la República Argentina (\!ezzetti 1985,, 1989); no parece que en la mayor parte de países la práctica psicoanalítica y sus derivados hayan sido centrales en la estructuración corporativa y pro fesional de la psiquiatría (47).
No obstante, el psicoanálisis sí tiene impor tancia en el modelo de la imagen de la psiquiatría de gabinete, en la medi da en que los medios de comunicación social enfatizan ciertas dimensiones del mismo (48)..
Hasta la •Segunda Guerra Mundial, sin embargo, los cambios en el es pectro de los trastornos psiquiátricos parecen todavía dominados por la práctica institucional ( 49).
Pero esa tendencia decreciente es un proceso muy lento, que no se acelera más que hasta la desinstitucionalización de la postguerra y tiene que ver con la indefinición del papel de la psiquiatría institucional en el contexto sociopolítico de antes de la guerra (50).
Vale la pena destacar que en ese contexto, las experiencias que se instalan prefi gurando lo que' serán las• intervenciones comunitarias de postguerra son sobre todo experiencias piloto dérivadas por un lado de los éxitos en los modelos de gestión de la tuberculosis, y de la penetra�ión entre los psi� quiatr�s de id�as reformistas vinculadas a• la _ emergencia de las ideas so bre Higiene Mental ( 51)..
Antes de 1939, esas ideas vienen catalizadas por demandas derivadas de la gestión de problemas sociales vinculados a 1a criminología.
Explican la influencia de las ideas eugené�icas y la necesidad de avan�ar en la detec ción pr�coz de las conductas criminales o del.retraso mental.
En ambos ca sos, los instrumentos descentralizados de detección: el dispensario, el psi codiagnóstico. y la psicotécnka no implican una ruptura con la ideología biomédica dominante, sino aprovechar esta última para acrecentar la ima gen de •eficacia de la profesión.
_ Si �en�IT1os en cu�nta la evolución de_lq psiquiatría entre •1890 y 1940, este período _represent• a • una etapa de transición entre la psiquiatría moral del. �X y la psiquiatría comu!J.itaria que caracterizará el desarrollo del Es tado 1él Bie: néstar, tras_la Segunda Guerra M1:1ndial.
EJ?. ese períod9 se pro duce_' una _ transición aparentemente más infh; ida por• razones corporativas que científico-técnicas hacia la medicina, la cual creo que debe contem plarse como un fenómeno• complejo y contradictorio en ía medida en que parece como si los psiquiatras busquen cobijo incorporándose• a: un grupo de presión políticamente poderoso y muy conservador, y por otra parte ini cien.experiencias de desinstitucionalización que favorecen la naturaleza específica de 'la psiquiatría y contribuyen a recuperar en su estructura' ri tual modelos de práctica que la medicina clínica tendía a excluir.• Ef f otros •planos esas contradicciones son todavía más patentes: se pro pugnan políticas de •higiene• mental que-implican una recuperación de cri.:. terios sociológicos. en psiquiatría, y simultáneamente crece espectacular mente el número de internados crónicos y a perpetuidad por encima de las tasas del XIX.
Ese crecimiento sólo puede explicarse por la gestión externa de una serie de trastornos que_ en el XIX se internaban, y que. son sustitui dos en el XX por la divisió. n de la cli�ntela psiquiátrica en dos bloques• bien diferenciados, aquéllos que reciben la calificación de psiquiatría dura y �quéllos que quedan, definitivamente, como el pattjmonio de la gestión no institucional.
P�ra ter�inar, el caso de Espafí.a se sitúa en una posición particuiar-: rriente interesante, especialmente por la emergencia de un evidente dualis mo entré! la psiquiatría clínica que se practica •en Madriq y sus_.. zonas de in -: fluencia y el.i mportante desarroÜo de la dóctrina comunitaria en la Cataluña de preguerra; por mor _de las' necesidadésde replantear la prácti ca asistencial' en una zona en la que• la crisis del cu�todi?-lismo• era muy evidente.
Soy consciente que los ap'imtes. que aquí p. e propuesto disdm mucho de constituir un análisis pormenorizado • del problema y ello por• distintas ra zones, entre las cuales, yno la menor,-la de que penetrar el tema topa con obstáculos'importantes de carácter técnico y metodológko.
La experien cia• de Grob, trabájandó sobre• con:-espondencia • manuscrita, abre perspec tívas interesantes, pero•un análisis profundo de ese tránsito implica ir más allá; especialmente en• casos como el-de España en elzque se producen fe nómenos muy atípicos en relación a los desarrollos de otros países, y no es el menor el que la patología psiquiátrica leve o «ligera», siga siendo gestio nada en nuestro país en el ámbito de la atención primaria públiea o priva da o en base a para profesionales o profesionales situados al margen de� sistema.
( 1) Esta ponencia fue presentada en una sesión del Congreso Anual de la Sociedad Española de Neuropsiquiatría en 1990.
En aquel momento me pareció oportuno enfo car la problemática del tránsito desde la perspectiva de los cambios en las prácticas.
Aquel texto ha sufrido dos profundas revisiones: una, tras el congreso en el que se bene fició de no pocas sugerencias de José.Luis Peset, Rafael Huertas García Alejo.y Eduardo Balbo.
La segunda, durante 1991, a partir de las sugerencias propuestas por Agustín Al ba, rracín.
(2) Esta perspectiva ha sido en parte desarrollada por CASTEL (1971), en relación con el psicoa, nálisis en Francia, y por CASTEL y otros (1980) sobre el. psicoanálisis y el papel de la psiquiatría en Estados Unidos.
Sin embargo, el mejor análisis de ese tránsito, o mejor de sus fundamentos, es probabl�n; iente un reciente. �studio de GERALI) GROB (1985), basado en la correspondencia prf vada de una serie de prominentes psiquiatras norteamericanos entre 1890 y 1940.
En lo que ]:i. acer referenciaa España propuse una interpretación esquemática sobre este tránsito (COMELLES 1988: 103-110), pero falta todaví_ a u� estudio de conjunto que quizás debería hacerse siguiendo las pautas trazadas por Grob (op cit). ficaba un tal interés político si se tiene en cuenta que otras categorías de marginados re presentaban centenares de miles de personas.
(5) Vale la pena destacar que la presencia de médicos en hospitales había de ser remu nerada sistemáticamente y daba lugar a freéuentes conflictos con los ayuntáni. ienios y los p�tronatos de los que dependían.
En los hospitales locales era necesario a menudo que los ediles exigiesen la presencia de médicos y que estos se resistiesen.
A partir de finales del XVIII la situación comienza a cambiar en una medida en que los médicos se ven atribuir ciertas prerrogativas • relativas al control de las instituciones, antes en manos de los adini� nistradores (Cfr.
(6) FoucAULT y cols. ( 1979) han explorado muy certeramente la intervención de los médicos en el diseño y gestión hospitalarias.
Hay que destacar que lo hacen a partir de su condición de expertos en la gestión de las epidemias, enla medida en que el.hospital gene ral es percibido como un foco de miasmas y de mortalidad.
Esta. última no sólo interna si no también_ como. foco epidémico.
THALAMY (1979) precisa los términos de la medicaliza ción; con todo ésta no suponía realmente una medicalización del. cuidar sino sobre todo criterios para discernir los criterios de internamiento.
dico clásico es uno de los ideal types dentro de lo que MENÉNDEZ (1978) caracteriza co. mo modelo médico hegemónico y que se refiere fundamentalmente al modelo de práctica qU:e ajusta la gestión médica de la salud a la evolución del estado contemporáneo. ( 8) La instauración de este modelo no fue inmediata.
Es un proceso cuyas bases ini� dales se sitúan probablemente a mediados del siglo XVIII pero que• se configura progresi vamente durante el siglo XIX, en la medida en que los distintos estados pueden apoyar le gislativamente la implantación de su monopolio (Ver CoMELLES l 992).
(9) Me refiero, evidentemente, a los cirujanos ya los practicantes que; a lo largo del XIX, ven reconocerse un estatuto de profesionales de la sanidad.
(10) En España, ésta ya había sido una de las funciones del Protomedicato.
(11) Ver a ese respecto GAUCHET y SWAIN (1980). ( 12) De ahí que la historiografía médica:• pueda trazar una línea continua en la rela cion médico-enfermo desde la Grecia clásica (ver, por ejemphLAIN ENTRALGO 1984) y que ese modelo de práctica pueda sustentar, todavía a fines del siglo XX, la imagen ideal de tal práctica para muchos profesionales.
(13) Hay que distinguir entre un incipiente proceso• de medicalizadón que puede da tarse entre los • siglos XVII y XIX, y la franca medicalización del hospital, entendida como un período de hegemonía de los médicos que no puede datarse correctamente más que en el primer tercio del siglo XX y que culmina con l. a jerarquización hospitalaria realizada, en la mayoría de las sociedades occidentales, tras la Segunda Guerra Mundial.
Para una pers pectiva de conjunto de este tránsito en Estados Unidos puede verse LONG y GoLDEN (1989), para Francia STEUDLER Ú974), y para España resultan útiles SALMÓN, GARcí A BALLESTER y otros (1990) y COMELLES, DAURA, ARNAU y MARTÍN (1991).. ( 14) La creación de las Casas.de Misericordia durante el XVI había dado h.igár a un.. primer intento de especialización: S� papel durante las pestes del XVII lo reforzó, pero no es sino durante el XIX cuando los hospitales adquieren el carácter de 1.nstituciones de y para enfermos (Cfr.
• (15) Es cierto que desde el siglo XV se documentan departamentos especializados en dementes, pero su número es limitado.
Sólo durante el XVII-XVIII empiezan a construirse institucrones priv�das especializadas en dementes (PiμIB.Y-JONES 1972)..( 16) El hospital general terapéutico habrá de esperar, prácticamente, al desarrollo de las innovaciones quirúrgicas a finales del XIX (Ver LONG y GoLDEN 1989).
No hay una teo ría directamente terapéutica en la doctri:O.a hospitalaria del XVIII-XIX, si no es una mejora de-las condiciones de habitabilidad de las instituciones, y. las estrategias preventivas rela cionadas con el diseño institucionaL Si se considera que las únicas terapéuticas curativas hasta el XVIII son los milagrosrealizados en santuarios, la institución psiquiátrica es la primera institución en la historia, desde los hospitales bizantinos, en tener como objetivo la curación de la enfermedad.
(17) Lo cual justifica plenamente el que el psiquiatra de hospital sea un asalariado, funcion' ario o no, y que se le exija la residencia en la propia institución.
No tiene compara ción posible con la relación de_voluntariado que se establece entre el hospital general y el médico.
1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es (18) Esta jerarquizacíón está presente en la literatura sobre el tratamiento moral de -una m<1nera sistemática.
Por regla general me remitiré al estudio de éste que hiciera EMILI PI I MousT (1859).
Su Proyecto Médico-razonado es el mejor y el más detallado de los pro yectos de su género producidos en España.
(19) La peregrinación a Gheel fue constante en los psiquiatras del XIX.
Sobre la ges-• tión familiar puede verse ROTHMAN (1971:1-56) en donde se percibe el caso de una sociedad colonial con poca infraestructura institucional antes de la independencia y ALVAREZ-URíA (1984) para el caso de España, en el que se discute en un contexto con una larga y rica tra dición institucional que entonces se hallaba en crisis.
(20) Tanto los clásicos del XIX, como la mayor parte de los psiquiatras de antes de 1920 ejercían la medicina.
Según testimonios (VALENCIANO 1976), tal práctica a domicilio o en el despacho era muy poco psiquiátrica y muy médica.
Giné y Partagás era catedrático de Cirugía y atendía enfermos al margen de su papel de psiquiatra en la Nueva Belen (Ver RODRÍGUEZ MÉNDEZ (1903).
(22) Un intento de periodización de este proceso en España lo hemos realizado eri un estudio reciente de un hospital local en el cual pueden apreciarse con niayor detalle las ex pectativas que el hospital adquiere para los profesionales, para la población y para las ad ministraciones, en este caso la local ( CbMELLES y otros i 991).
(23) Los nombres �anicomio o frenopáticO se eligen como• apelativos de mode�id�d frente a otros nombres que retrotraen •al pasado, como son los de hospicio o el propio de• hospital.
(24) Precisamente esta apertura al conjunto de las clases sociales es la que mayores contradicciones • ofrece en los diseños de m; nicomios morales (Ver LAMARCHE-V ADEL y PRÉ LI 1978, COMELLES 1981, 1988).
Al manicomio va el pobre, el intelectual (SADE, GERARD DE NERVAL, ÜSCAR WI_ LDE, etc... ), y personas de clase media o alta (ver PERCEVAL 1978).
Pí i Mo list fue un encarnizado enemigo de la construcción de clínic. as para la clase alta, porque consideraba que fuera del manicomio moral no habfalugar para la curación (1859).
(25) • La mayor parte de los alienistas del XIX sostenfan independientem. ente de'su ta rea como psiquíatra� una práctica médica general: Giné i Partagás fue dermatólogo y ci rujano.
Desde el punto de vista económico y de influencia política era una situación más adecuada.
Giné fue Decano de la Facultad de Medicina de Barceiona, pero en tanto ciru jano.
Obsérvese que en torno a la asistencia psiquiá trica los estados legislan más precozmente (España 1822, Francia 1838) que en relación a la sanidad en general o a la educación.
La importancia de la psiquiatría en el edificio jurí dico la pone de manifiesto su papel en el peritaje médico-legal que se convierte en un cam po de controversia y de disputas sobre la hegemonía entre alienistas y juristas.
Sobre la controversia en España ver Co-MELLES (1988).
(27) En Francia se realizó relativamente pronto (CASTEL 1976) y-• en España se convir tió en la reivindicación profesional por excelencia hasta 1931 (CoMELLES 1988).
En los Es tados•Unidós la cuota de poder de los medica/ superintendents llegó a: ser-.notable (ROTHMAN 1971).
En cambio, durante este mismo período la hegemonía en los hospitales corresponde• a lo que se ha llamado modelo doméstico, es decir un modelo.de organización en el que los administradores dejan. el control de la institución al personal de cuidar: monjas o enferme ras laicas (Ver LONG y GoLDEN 1989, CoMELLES y otros 1991).
(28) Vale la pena destacar que un grado de in�titucionalización como el de los médi cos de los hospitales psiquiátricos no se alcanza si�o mucho más tarde en los hospitales ge nerales.
En gran medida la jerarqμ_ ización. de los hospit;:t les modernos viene prefigurada poi;-la organiz_ ación interna de los manicomios morales.
Ver por ejemplo la minuciosa re gulación. de las relaciones entre los. alienistas y el personal tal y como se establece en Pr r MousT ( 1859 el XIX se siguen hospitaiizando un número el�vado de crisis de agitación psicomotriz de carácter histérico o neurótic (no se olviden los casos de Charcot en 1� Salpetriere), y que progresivamente, en la medida en que c_ am bian sus perspectivas de gestión van siendo sustitu' idos por internados con trastornos neurológicos o psíquicos irreversibles que conducen a largos internamientos..
A señalar •que en España los Decretos de internamiento de 1885 consagran precozmente ese otro modelo como consecuencia de la inexistencia de una red efectiva pá.ralela•de derivación de esos enfermos.
(31) De nuevo hay una dis�repancia entre los datos de GROB (1985: 12 y ss) y •los euro peos, én donde hallamos clara casuística de retención de enfermos en las instituciones (LANT]?.
Entiendo que la ra zóri hay• que buscarla en el modelo de financiación de lá.s ii'Ístituciones basado en enfer mos/día, y eri la falta• de influ' encia en Europa de los grupos de presión de ca. rácter filantró pico.
A destacar cómo en los países anglosajones su influencia era importante para hacer frente a eventuales exce; os.' • • (32) En estas condiciones no es de extr!'lñar que los alienistas aparezcan ante los le gisladores como los legitimadores de las prácticas de exclusión; o c�mo simples títeres en manos de las administraciones.
Véase por'ejemplo eri España la polémica en rela ción a Sant Boi a fines del XIX (GALCERAN 1889).
(34) Es el papel que ejerce en el campo de la. formación.el Flexner Report norteameri cano, que fue muy bien acogido por los psiquiatras(GROB t985), o.el que ejerce Cajal en España.
(35) Yque supuso cambios fundamentales en la ecpnomía de las instituciones en la medida en que entra en crisis el.modelo caricativo-benéfico y se va transitando hacia un modelo de financiación basado en estancias/ día (Ver �O MELLES y. otros 1991).
(36) Un excelente análisis de. este tránsito está en CASTEL y otros (1979), y MuRARD y FURQUET (1975), en lo que ha. ce referencia a la. asistencia psiquiátrica.
La mayor parte de estudios sobre este tránsito han sido efectuados en torno a la problemática psiquiátrica o penitenciaria (MELOSSI Y PAVARINI 1981), quizás porque ambas reflejan con mayor.preci sión la crisis de los modelos custodiales. de atenció:p., y su sustitución por procedimientos más comprensivos.
La noc�ón de grupo de.riesgo tan de moda en la actualidad es una auténtica tradi ción sanitaria.
Piensen por ejempl, o en las i�tervencion�s sobre los focos. endémicos de ciertas enfermedades infecciosas, É.TS, lepra, tuberculosis: Durante el apogeo del Welfare State no resultaba id�ológicamente sostenible tal noción, y se maquillaba con un plantea-. miento más universal.
En la actualidad �l problema parece consistir en �ómo decir «donde dije digo, digo Diego».
En, España supuso cambios fundamentales en la for� mación.
Véase al respecto la serie de testimonios y estudios sobre los psiquiatras españoles de preguerra (VALENCIANO 1976, GONZÁLEZ CAJAL 19�9), o las.referencias de PESÉT (1990).
La distancia• entre la formación de.
PLi Molist o Giné i Partagás y la de Lafora o Achúcarró es enorme.
(39) En otro lugar (1989) he destacado la imp�rtancia del ritual en la anamnesis y.la exploración clíni�a, y del pronóstico.en, la génesis del status social del médico del modelo clásico.,Para mL el prestigio de la práctica médica en ese'modelo no se medía por. la ex pectativa terapéutica que ofrecía.como por su precisión diagnóstica y su capacidad pros nóstica (adivinatoria) respecto al desenlace de la enfermedad, o respecto a su ulterior evo lución.
( 40) A destacar como c:l esde principios. de siglo los alienistas catalanes, prisioneros de una, importante red de instituciones, prop(?nen procedimientos de descentralización y de teeción precoz.
De ahí el desarrollo del psicodiagnóstic;o en. los años 20 y de la comarcali zación en los treinta (COMELLES 1988).
(41) Me remito como ejemplo al plan de Osear Torras y F. J. Xercavii: is para reformar el Instit_ uto Mental de la Santa Cruz y sustituir el modE; lo moral.por un modelo medicaliza do.
La propuesta fundamental en ese proyecto es sustituir los movimientos de enfermos de pabellón a pabellón característicos del tratamiento moral, por un modelo de clasificación estático por grup9s nosológicos y categorías sociales (sexo, pensionistas, beneficencia, jurídicos).
(42) En el Instituto Mental, por ejemplo, existieron hasta hace poco colecciones de ce rebros guardados en formol carac. terísticos•de los distintos procesos degenerativos.
Este ti po de investigación prosiguió en la institución hasta los primeros cincuenta.
La mayor par- (45) Aun hoy, para muchos psiquiatras clínicos larefutación de las posturas psic_ odi riáinicas o comunitarias vienen precisamente de las alternativas «científicas» que ofrecen los psicofármacos o las técnicas de modific�ción de la: conducta, consideradas como «palabrería».
(46) GROB (1985:11 y ss) deja muy claro que la cima del custodialismo no se da en el XIX, sino eri. el XX.
Recuérdese que la cifra máxima de internados en Estados Unidos se al canza alrededor de 1945, y que es el temor a su crecimiento exponencial, con las inversio nes que acarrea en construcción y mantenimiento, lo que explica la búsqueda de alternati vas desinstitucfonalizadoras, diez años antes de la aparición de los psicofármacos.
En tomo a su aparición la población internada había disminuido.
En España el timing es dis tinto precisamente porque la ideología del estado franquista favorece una opción psiquiá: trica moriolíticame11te biologicista y que jamás se plantea la desinstitucionalización.
Las cifras de internados se mantienen en España relativamente estables entre 1945°50 y la dé cada de los•ochenta en que van disminuyendo (en parte por la sobrerriortalidad de una po blación de internados muy envejecida).
( 4 7) En España y pese al interés de los p• siquiatras de antes de la guerra, su peso ha _ si do rriínimo hasta muy recientemente.
Las razones• son complejas y han sido discutidas eri distintos lugares.
GROB (1985) señala que en la propia Norteamérica y hasta 1945, el psico análisis no fue un fenómeno masivo entre los psiquiatras clínicos, y qqe probablemente su impacto fue proporcionalmente mayor en la población.
(48) Y en ese sentido sería inuy interesante analizar la presentación de los psiquiatras en él cine clásico americano de los cuarenta y de los cincuenta.
Vale la pena apuntar que coexisten dos subgéneros en el mismo: uno que se refiere al manicomio con ribetes sinies tros, otro que plantea los intentos de modificación de la vida institucional, ambientado en general en clÚ1icas privadas, a partir de la implantación de modelos psicoanalíticos.
(SO) Esta indefinición nacería de las contradicciones entre el kraépelinismo dominan te y la necesidad de desarrollar modelos desinstitucionalizados amplios.
Esas contradiccio nes se ilustran muy bien en España en el conflicto entre Mira y los psiquiatras catalanes y la psiquiatría madrileña.
(SJ) Un caso ejemplar son los proyectos de comarcalización de la asistencia psiquiá-• trica en Cataluña, durante el período de hegemonía anarquista en Cataluña (1988:143-149).
Los primeros experi�entos•franceses se dieron tamb1én durante un contexto tan ex plosivo como la ocupación alemana de Francía. |
Treinta y siete años de una vida promete,. dora-, de una de esas vidas que los viejos tópicos de núestra forzada resig nación anuncian como predestinadas por los dioses para.. ser temprana mente recogidas,-como si no quisieran que pudieran ser gozadas por el resto de los mortales, por los amigos y-compañeros.
Como de otro predesti nado• -Nicolás Achúcarro-• escribiera un día Juan Ramón Jiménez, la muerte de José Sala Catalá nos ha dejado a todos los colaboradores del De partamento de Historia dela Ciencia y al cuadro de redactores-de Asclepio, de cuyo Consejo formaba parte desde.1987, "un secreto otoño prematu ro, resol de no sé qu' e fado triste del mundo".
Jósé•Salá. tuvo 1 una profesión y una vocación:• aquélla,
on the visual cortex... ", aparecido en.Brain R_ es. en•J979, en colaboración con A. Ruiz Marcos y R. Alvarez,• dédüid�me�te inició �u'iabor histopográ ficá en el Instituto Arna u de Vilanova como becario, • post-doctoral, incorpo rándose definitivamente a su seno, ya convertido en Departamento de His toria de la Ciencia del Centro de Estudios Históricos del CSIC, como Colaborador Científico por concurso-oposición, a partir de 1985.
Su primer tarea, en esta segunda efapa de su carrera investigadora, la consagró Sala a la reflexióri-hi�tórica sobre el • pasado de la biología espa ñola, en una serie de artículos publicados en Asclepio, en los que nos dejó buena muestra de su rigurosidad en el trabajo estudiando el evolucionis mo, la introducción de la genética, el paradigma ecológico y los cambios de la sociedad científica entre los biólogos españoles del período com prendido entre 1860 y.1922.
Más tarde ampliaría su estudio aJos proble mas •de la enseñanza y de la investigación biológicas en la Universidad de la Restauración.
Con Asclepio, fueron ahora también las páginas de Qui pu, Revista Latinoamericana de Historia de las Ciencias y de la Tecnología, así como las Actas de Congresos Nacionales en los que participó, testigos de su saber. y del buen métoqo de su investigación.
Dos libros completan esta etapa: Ideología y Ciencia Biológica en España entre 1860 y 1881: la di fusión de un paradigma, impreso p r elCSIC en 1987, y un año después, otro, este de colaboración, editado por Arquero-CSIC bajo la dirección de J. M. Sánchez Ron c;:on el título de-Ciencia y Sociedad en España:-de la Ilus tración a la Guerra Civil, en el que Sala desarrolló un importante capítulo consagrado a la ciencia biológic� y la polémica de la ciencia en la España de la Restauración..
Pero José Sala sintió también muy precozmente la llamada de Bispano américa, y a los países iberoamericanos consagró desde 1985 su lúcida. atención, hasta el punto de que la ancha tierra del otro lado del Océano lle. gó a convertirse en su segunda patria y.los científicos iberoamericanos en sus hermanos: Durante.temporadas no se le veía en su-despacho del Depar:.. tamentO, y al interesarnos por él siempre se decía que estaba en América.
Por ello, cuando tras algún período de cl; USencia de nuevo estaba desde muy temprano en su cuarto de trabajo, yo, también madrugador, me asomaba a su puerta y le preguntaba: "¿Vas o vienes?,,.
A cuya pregunta Jqsé, cuhiva:. dor como hombre inteligente de una-sana ironía y como hombre sabio pro tegido por una timidez a veces enmascarad ora de su valer, reía de buena gana y me contaba su quehacer allende los mares; México fue su prefe�ente centro de atención; la empresa misional de los primeros franciscanos, la lo calización de la capital de Nueva España como problema científico_ y tec-. nológico, la ciencia iberoamericana entre su historia y su filosofía, vida y muerte en la mipa de Huancaválica, crónicas de Indias e Ideología misio nal, ciencia y técnica en la metropolización de.Lima, ciencia y ciudad en el Brasil holandés, el agua en la problemática científica de la�_ primeras me trópolis coloniales hispanoamericanas,-ciencia colonial y valores profesio nales en la América Española del siglo XVIII... títulos y títulos de artículos que -soy testigo de-excepción-le iban granjeando el respeto y la amistad de los historiadores americanos; Y otro libro: Pensamiento utópico y profé tico hispanoamericano, en colaboración con J. Vilches Reyes y editado por la Universidad Autónoma de• México en 1990.
Pero además nos legó, casi como su testa�énto y afortunadamente concluso, otro libro todavía inédi to aunque pronto verá la luz, Ciencia y Técnica en la metropolización de América..
No podía faltar en este contexto su preocupación por las relaciones en tre Europa e HispanoamérÍca.
En este año de celebración del V Centenario ¡qué ale��ionadorresúlta ese sentimiento en la obra de Sala!
Production et repro duction des communautés scientifiques en Euro pe et en Amérique latine, di rigido por Xavier Palanca y editado en 1990 bajo el patrocinio de Editions La Decouverte, el Consejo de Europa y la UNESCO.
Y así también su parti cipación ilusionada en el proyecto para la Exposición Universal de Sevilla que trataba las relaciones científicas entre Europa y América, que presentó en el II Simposio Internacional "Sociedad y Humanismo" celebrado en Ma drid en el otoño de 1989.
En sus últim_ os tiempos también se ocupó José Sala de las expediciones científicas de límites hispanoportugueses (1777-1810) y del papel de la ciencia en la proyección internacional de las fronteras del siglo XVIII.
Más allá de la fácil retórica, del ditirambo o de la autoflagelación -las formas al uso de entender la fecha de 1492-José Sala se esforzó, junto a unos cuantos como él, por ofrecer un estudio minu cioso, serio, comprobado, de lo que a partir de tal fecha significó la historia de las relaciones científicas.que inexorablemente tenían que aflorar tras el descubrimiento.
Y no sólo con publicaciones; también en su vida mostró ese afán, participando en la fundación de la Sociedad Latinoamericana' de Historia de la Ciencia y la Tecnología y con su pertenencia al Comité Eje cutivo de la misma.
Fue asimismo Coordinador de Guías de fuentes Ma-Asclepio-I-1992 huscritas para ta Historia de la Ciencia de los Países Ibero-americanos, en el Ministerio de Cultura de• España.
Todo queda dicho y sin embargo nada queda ultimado en el marco del misterio de su_vida.
Decía Oliver Wendell Bolines, y gusta repetir Laín En tralgo, que en cada hombre hay tres personas distintas: la que él cree ser, la que los demás creen que es y la per: sona real que es y.sólo Dios conoce: José Sala Catalá fue biólogo, historiador de la ciencia y de. la técnica, Colabora dor Científico del CSIC; mas por enc_ i_ ma de.todo ello fue aquella persona trascenclente que soñó con utopías y redenci9nes humanas en lo más ínti mo de su ser y que a partir del 23 de diciembre de 199i habrá visto desvela,. da su última verdad ante Aquel que pudorosameni� trató de descubrir en su vida y con su obra.
--_ Sigue publicándose Asclepio. |
CoMELLES, J. M.a: «De médicos de locos a médicos de cuerdos.
El propósito dé este artículo es analizar la emergencia de la práctica psiquiátrica ambulatoria desde la crisis del modelo moral.
Se exploran las variables corporativas y la contextualización del fenómeno, así como la influencia de los paradigmas psico analítico y neurológico y la influencia de la. introducción de tecnología terapéutica el). las instituciones psiquiátricas.
Este artículo discute la validez del concepto de «revolución científica» de Kuhn para explicar la construcción de nuevas teorías científicas.
En concreto, critica la idea de salto o discontinuidad en el desarrollo de las teorías científicas implicada en el concepto kuhniano.
Se analiza la estructura de la «revolución darwinista» con el fin de mostrar larelacióri. que hay entre una riueva te9ría científica y el saber cientí fico previo -o en este caso, tecnológico-acumulado' durante siglos.
Se sostiene que el primer paso de Darwin en la construcción de su teoría de la evolución fue el descubrimiento del «principio de la selección» en los trabajos de criadores y hortela nos, y que fue el concepto de «lucha intraespecífica.por la existencia (presión pobla cional)» aplicado al principio de la selección lo que le permltió a Darwin construir el• concepto de «selección natural».
C. HECA CREMADES, J. L.: «Ciencia experimental y leyenda en los librós de. zoología del fondo de Felipe II en la Biblioteca de El Escorial: hacia una nueva síntesis».
Tomando como punto dé apoyo documental el bloque de libros de la Biblioteca Regia del Monasterio de San Lorenzo del Escorial pertenecientes al f ondo privado del rey Felipe II y agrupables bajo la materia de Historia Natural (y más concreta mente de zoología), en el presente artículo se estudia la conflictiva convivencia y re lación en estas obras entre elemeritos míticos e incipientemente empíricos que final mente darán lugar a una nueva síntesis científica explicativa de los fenómenos naturales.
ESTEBAN PIÑEIRO, M.; VICENTE MAROTO, V. y GóMEZ CRESPO, F.: «La recupe ración del gran tratado científico de Alonso de Santa Cruz: el Astronó mico Real».
El precioso manuscrito titulado Astronómico Real, realizado por el cosmógrafo Alonso de Santa Cruz, en cumplimiento de un encargo del emperador Carlos, y dedi-�ado a Felipe it se consideraba perdido.
Dentro de su línea de investigación, los au •tores de este trabajo han localizado y analizado el citado texto, en el que el nombre. del-cosmógrafo sevillano aparece borrado y sustituido por el de Andrés García de Céspedes, un cosmógrafo posterior.
Un estudio minucioso, que recurre tanto a datos biográficos ya conocidos tomo. a otros nuevos recogidos en diferentes cartas inédi tas• dirigidas por el cosmógrafo al emperndor y a su hijo, revela sin lugar a dudas que Santa Cruz es el aúténtico autor de esta obra de transcendental.importancia.
El manuscrito -256 folios a doble cara e ilustrado con magníficas f iguras, algu nas con ruedas móviles de diferentes colores-está dividido en tres partes: en la pri mera, un Tratado de la esfera; la segunda contiene una traducción comentada de las Teorías de los planetas de Purbachio y la tercera corresponde a una versión glosada y aum�ntada del Astronomicum Caesareum • de' Apiano, complementada con una Cró nología o Repertorio.
El texto pone de manifiesto los excelentes conocimientos astro nómicos (y astrológic9s) de su autor, el también cronista, cartógrafo y geógrafo Alonso de Santa Cruz.
ESTEBAN PIÑEIRO,• M.; VICENTE MAROTO, V. y GóMEZ CRESPO, F.: «The reco very of the great scientific treatise of Alonso de Santa Cruz: Astronómi co Real».
fERNÁNDÉZ ALONSO, S.: «Condiciones d� la sanidad pública en la época vi rreinal: notas sobre el hospital de Bellavista de Lima en el siglo XVIII».
A través de fuentes documentales del Archivo General de la Nación del Perú y de crónicas contemporáneas, el trabajo aborda el tema de la insalubridad urbana de Lima en el siglo XVIII, las medidas sanitarias• que, enraizadas en época prehis pánica, se hallaban en uso, y la creación del Hospital de Bellavista, institución eri-Asclepio-1-1992 gida para asistir a. soldados y marinos acuartelados o arribados al puerto de El �a� llao.
La documentación ha permitidoTealizar una reconstruc�ión de algunas activi dades cotidianas de aquel establecimiento: personal de servicio, suministro de víve� res y material, precios de los mismos, composición de la dieta: de los enfermos, etc., que ofrecen μna visión inédita de un centro hospitalario en el _que -se plasmó el üite'rés de la Corona española por mejorar las condiciones de vida en uno de los más im portantes.r�údeos urbanos de las Indias:
FERNÁNDEZ GALIANO, D.: «El.
Arzobispo Fonte y la introducción d� la vacuna en la Huásteca mexicana». • D. Pedro )os� Fon.te Hérnández (1777-1839), natural de Linares de-Mora (Te ruel), fue el último Arzobispo español de México, l).ombre de gran cultura, con una buena formación en Derecho, en Filosofía y en lenguas clásic: as y Académico de la Real Academia de San Carlos de Nueva España.
Intervino en la polítiqi. mexicana en • los azarosos años de la independencia de México y en 1823 regresó a España donde, más tarde, fue Presidente del Consejo de Regencia durante la minoría de edad de Isabel II.
Introducida en Nueva España la vacuna antivariólica en 1804,.al cabo de algunos años había decaído mucho su práctica, por lo que el Arzobispo, preocupado por la salud • espiritual y corporal-de sus diocesanos; aprovechó una larga visita pas toral a la parte nordeste de su archidiócesis (1819-1820) para extender esta práctica sanitaria a muchos miles de ellos.
A este efecto puso en marcha una bien.o: rgani? ada caÍnpañ;, con una previa fase de información y una ejecución con, personal-contra tado a. expensas del Arzobispo: Un Vicario foráneo coordinador, «algunos curas y personas de autoddad e influjo» y un «joven facμltativo» (que, por cierto, falleció durante la expedición), no faltando los premios a «padres y niños dóciles» para esti mular la difusión de la beneficiosa práctica.• FERNÁNDEZ GALIANO, D.: «Archbishop Fonte and the introduction �f vacci. nation in the mexican Huast�ca».
«Medicina-pop�lar y medicina científica: ¿dos discursos nosológicos y una traducción imposible?
Algunas reflexiones sobre el problema de la integración cultural en América latina desde esta pro blemática» _.
En este artículo la autora nos plantea la compleja: relación existente entre la me dicina popular y la científica, que viene a revelar la problemática de la integración cultural, y que tiene su más importante materialización en la relación médico-paciente.
�LOVET, J. J.: «Problemática e ideologías de fa responsabilidad médica en
En este artículo se recqnstruyen las posturas y propuestas formuladas, entre me diados del siglo pasado• y fines de los añós cuarenta,'en España, en.torno a la proble mática de la responsabilidad médica, en especial la de naturalezajurídicá.
Se exami na la confrontación y la alternancia de puntos de vista enunciados a partir de distintos autores, mentalidades profesionales y coyunturas, a propósito de ciertos aspectos conflictivos como la legitimidad de los órganos jurisdiccionales ordinarios para juzgar y valorar a los médicos, los tipos de actos que podían enJuiciarse y. valo rarse, y las modalidades más adecuadas para enjuiciarlos y valorarlos.
El trabajo describe los planteamientos de representantes institucionales y corporativÓs de la medicina -que reivindicaban desde fueros especiales hasta la prerrogativa de la irresponsabilidad legal por imprudencias y negligencias asitenciales-, las diferen cias de enfoque entre juristas y galenos, la polémica desatada por el Código Penal de 1928, y la doctrina de' cregorio Marañón a este respecto.
Recurriendo a una abundante información de archivo y a fuentes de la época, los autores de este trabajo analizan la historia del Gabinete Radiológico de la Facul tad de Medtcina de _Granada y la labor realizada por el mismo en el campo de la ra dioterapia entre 1907 y 1936.
El devenir de dicho gabinete estuvo fuertemente con dicionado por el interés de figuras concretas de la Facultad de Medicina y por el donativo rp.aterial, efectuado en 19.21 por el prócer Manuel López de la Cámara.
La ausencia de• presupuestos indepen. dientes a los de la propia Facultad, hizo que el servido de radiología•llevara una vida irregular.
La estabilidad laboral del personal adscrito al mismo fue, por otro lado, un factor determinanfe en su b_ uen f unciona miento.
MENÉNDEZ NAVARRO, A.:«La botica del Real Hospital de Mineros en la estra tegia asistencial del establecimiento de Almadén, siglos XVIII y XIX».
La escasez de trabajadores, producto de la extrema nocividad del proceso de obtención del azogue, constituyó uno de los factores limitantes de la producción de mercurio en Almadén durante la segunda mitad del Setecientos y primeros dece nios del siglo XIX.
La estrategia asistencial desplegada por la Real Hacienda espa ñola, responsable de las Minas, para hacer frente a esta situación estuvo articulada,, en buena medida, en tomo al Real Hospital de Mineros fundado en 1752.
La botica del nosocomio, creada: en 1782•,•junto con una segunda oficina de farmacia instala da años más tarde en la localidad, permitieron ampliar la cobertura asistencial más allá de las salas del hospital.
La aplicación de tarifas reducidas a los mineros, la venta al fiado o el establecimiento de igualas de botica con las poblaciones cercanas de Almadén, posibilitaron el acc�so de los trabajadores al suminis, tro de medicinas.
De esta forma la botica contribuyó a la recuperación de los operarios, descargando al hospital deI mantenimiento de los mineros• que, siri esa oferta de iriedica'mentos, hubieran optado por ingresar al nosocomio.
PAGÉS LARRAYÁ, F. y'PAGÉS G.: «L� melancolía �dusta en San Alberto _Magno»..
Los autores de este artículo han llevado a cabo un análisis �inu�ibso de. la obra de San Alberto Magno, que -les ha permitido advertir su original respuesta al pro ble: ma pseudoaristotélico de la melancolía form. ulado unos quinientos años a. e: Se han basado fundamentalmente en tres textos primordiales, ricos en nociones y comenta rios acerca del tema.
•se señala que e� spiritus generativu; dda adustión de la nigra bilis constituye una creación de absoluta• originalidad de San Alberto.
PEDRO, A. E. DE: <<El zoo de papel: un análisis de la imagen científica sobre los animales en el siglo XVIII».
Las representaciones gráficas tomadas del «natural» se convirtieron durante el siglo XVIII, eri un instrumento de autenticidad y signi.ficación del auxilio científico de las imágenes artísticas.
Con la incorporación de artistas en los grandes viajes naturalistas europeos a distintas partes desconocidas del mundo y el reconocimiento de las imágenes artísti co-científicas como instrumentos impÚlsadores del conocimiento botánico y zooló gico surge, de manera• sistemática y _organizada, un «nuevo retrato» de la.
Naturale za, pensado bajo el prisma de los. ideales del movimiento ilustrado..
Este artículo trata de manera parcial sobr� este intento racionalizador por dotar a la Historia Natural de los recur�os gráficos necesarios para su entendimiento y de sarrollo..
RÁMOS GoROSTIZA, P.: «Mé_ todo tr�scendéntal y método fenomenológico en
• p�icopatología: corporalidad y subjetividad».,
• La situación de la psicopatología se encuentra.en una fase terminal del proceso de abolición comenzado desde su momento-inaugural.
Este hecho, consecuencia: de una elección históricamente acontecida, asume la herencia inadvertida de la mo dernidad con el resultado de una práctica psicopatológica sometida a los dictados de un empirismo ramplón.
Partiendo de este hecho este trabajo se dirige a los auto res -Kant, y Husserl-que han intervenido decisivamente en la formación de la teoría psicopatológica con la intención de reorientar la interpretación que se ha ofrecido de ellos sobre la subjetividád del sujeto incorporando• la corporalidad con todas las efectuaciones que implica para aquélla.
Esto señala y deja en franquía un camino para un reinicio de la. psicopatología, la cual debe reconocer la realidad del sujeto real, fáctico y comprometido con el mundo, cuya inserción en el mismo rea-Asclepio-1-1992 liza primariamente a través del cuerpo, por.lo que se trata de pensarlo como a priori concreto.
RIGAU-PÉREZ, J. G.: «La difus_ ión en Hispanoamérica de las primen1s.publi-cacion�s españolas sobre vacuna (1799.,.1804)».
Este artículo identifica las primera fuentes de info. rmación sobre vacuna de vi ruela en Hispanoamérica, y su difusión, según.documentos locales dela época.
Des de 1 799 la prensa periódica en América y Madridjugó un papel principal en la dise minación amplia y rápida de información sobre el tema, con noticias de origen tanto europeo como americano.
De los diecinueve primeros libros y folletos sobre vacuna escritos o traducidos por españoles y publicados hasta 1804, ocho fueron impresos en Cataluña, Pamplon. a y Zaragoza.
Seis de los diecinueve textos son tra ducciones del francés, y ocho •fueron publicados el primer año, 180i.
Por lo menos ocho fueron citados o reimpresos en'América.
Esta intensa actividad de educación y documentación, encabezada por publicaciones oficiales en España y las colonias, precedió la Expedición de Vacuna del gobierno español y su resultado más obvio fue que a la llegada a América de ésta, hubiera allí un enorme interés y conocimien to sobre la vacuna. riodic�l press in Latín America and Madrid.played a major role in the wide and ra pid spreading of information on the subject publishing European as well as Ameri� can news.
SÁEZ GóMEZ, J. M. y MARSET CAMPOS, P.: «Pobreza y asistencia social en la España del s. XVIII: la Casa de Misericordia de Murcia (1700-1759)»..
Ei proceso de crecimiento de la población que se experimenta a lo largo del si glo XVIII provocó la aparición de un nó.mero considerable de «vagos y mendigos» que el sistema productivo todavía era incapaz de absorber.
Utilizando como fuente fundamental las Actas Capitulares del Ayuntamiento de Murcia se aborda aquí el estudio de las soluciones que se aplicaron a este f enómeno, que estarán todavía le jos de las ideas sobre salud pública que se. desarrollarán a partir de la segunda mi tad del siglo XVIIL La respuesta más notable • al problema es representada eri este momento por la creación de instituciones que, aún con una mentalidad claramente «caritativa», pro curan que los marginados• de' la sociedad causen las menores molestias posibles re cluyéndolos, pero también dotándoles de vestido, asistencia sanitaria e incluso en ocasiones, formación y trabajo. •• Como corresponde a un período de transición; las actuaciones serán comparti das entre la administración civil y la Iglesia, y serán manifiestas las ideas de tipo re ligioso que las impulsan, • en tanto que las incipientes ideas de carácter mercantilista se encuentran eclipsadas por aquellas.
La autora lleva a cabo un estudio minucioso de una epidemia de cólera surgida en Guadalupe en los años 1865-1866.
Muy en especial se ocupa del error diagnóstico que hace del cólera• una fiebre perniciosa, error mantenido por determinados médi cos investidos de autoridad sanitaria.
Se señql_ a _ especialmente el impacto político real de la medicina y el hecho de que las instancias médicas superiores de la coloniza ción francesa tienen conciencia de ser depositarias de un poder que no quieren em plear �orno contrapoder en e)complejo juego de interacciones de las fuerz'as coloniales..........
En 1865 G. Mendel descubrió la existencia de razones numéricas constantes en la herencia de los caract�res _ del guisante común.
Para explicar estas.observaciones sugirió la búsqueda de un mecanismo en las células germinales.
Los hipotéticos f ac tores que Mendelintrodujo, más tarde bautizados como genes, fueron considerados como meras unidades de cálculo en el período que siguió al redescúbrimiento. de su trabajo en 1900.
Sin embargo,. unos años más tarde, los citólogos W. Sutton y Th.
Boveri defendieron la hipótesis de que los cromosomas eran los portadores de las unidades de la herencia.
El desarrollo de estas ideas por. el grupo de T. H. Morgan llevó a -la consolidación de la teoría cromosómica de la herencia mendeliana.
Este trabajo analiza el proceso de localización de los genes en los cromosomas y de su In 1865 Mendel discovered the existence of constant numerical sequences in the heredity of characteristics in commom peas. |
Trabajo realizado en el proyecto de investigación: "El coleccionismo científico y las representaciones museográficas de la Naturaleza y de la Humanidad", financiado por la Agencia Estatal de Investigación del Gobierno de España y el Fondo Europeo de Desarrollo regional (HAR2016-75331-P.AEI/FEDER, UE). |
Un cuadro de un oso hormiguero conservado en el Museo Nacional de Ciencias Naturales es el retrato del animal enviado desde Argentina en 1776 para el Rey Carlos III.
El cuadro fue encargado a Antón Rafael Mengs y realizado en su círculo.
PALABRAS CLAVE: Cuadro, documentos, oso hormiguero (Myrmecophaga tridactyla) Rey Carlos III.
males, minerales, plantas y fósiles.
Tras su regreso a España en 1759, como Rey por el fallecimiento de su medio hermano Fernando VI, además de sus tareas de gobierno, siguió siendo un patrocinador del coleccionismo; si bien ha de resaltarse que favoreció el acceso de sus súbditos a gran parte de sus colecciones, fomentando así el enriquecimiento cultural de italianos y españoles.
Impulsor del Real Gabinete de Historia Natural fundado durante el reinado de Fernando VI, basado en un proyecto de Antonio de Ulloa, Carlos III mandó trasladar los fondos de esta institución desde la calle Magdalena al Palacio Goyeneche de la calle de Alcalá, sede que el Gabinete compartía con la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que aún permanece en ese lugar.
El Gabinete de Historia Natural fue abierto al público el 4 de noviembre de 1776, tras la visita que hicieron al mismo el Rey y los Infantes.
Las piezas que contenía eran reflejo del espíritu enciclopédico de la época, por lo que junto a animales vivientes y fósiles y colecciones de botánica y minerales, se exhibían también instrumentos científicos, pinturas y objetos decorativos relacionados con la naturaleza.
Uno de los conjuntos más importantes que ha llegado hasta nosotros, son, por ejemplo, los objetos del denominado «Tesoro del Delfín», en la actualidad expuestos en una cámara acorazada del Museo del Prado.
Aficionado a la caza de tal manera que ésta fue una de sus actividades cotidianas a la que dedicaba parte de la tarde tras finalizar sus obligaciones de gobierno, el Rey manifestó siempre gran interés por los animales raros o exóticos, conseguidos por obsequio o compra eran instalados en la Leonera del Palacio del Buen Retiro, construída en 1633 durante el reinado de Felipe IV, y en dependencias anexas al Palacio de Aranjuez.
La documentación acredita que el Rey Carlos III tuvo, entre otros, elefantes, avestruces, pelícanos, llamas, dromedarios, tigres y leones, a los que visitaba y observaba con frecuencia.
Este artículo resume la historia de un animal que causó el asombro del Rey y de la sociedad madrileña de su tiempo: el oso hormiguero.
Documentos que se conservan en el Archivo del Palacio Real (AGP) y en el Archivo del actual Museo Nacional de Ciencias Naturales (AMNCN), heredero directo del Real Gabinete, nos han permitido hacer un seguimiento desde la llegada del ejemplar a Madrid hasta su muerte y naturalización.
Paralelamente, la investigación sobre el posible autor de un retrato de este animal ha revelado datos que contribuyen al mejor conocimiento de la pintura española en el siglo XVIII.
En el AGP se conserva una carta1 (figura 1) fechada en Palacio el 4 de julio de 1776 y dirigida a D. Matías Martínez López cuyo contenido dice:
----«Han enviado al Rey desde buenos ayres un Oso ormiguero; y habiéndole visto S. M. en su mismo cuarto2, y viendo lo manso que es, ha mandado se lleve a ese Sitio para que se le ponga en algún quarto, ó otro parage conveniente, y se le trate en comida y en todo lo demás según el método que diga el conductor que ha ido á llevarle, cuyo nombre avisado a mí esta mañana don Eugenio de Llaguno.
A otro Conductor se le ha de dar alojamiento en ese Sitio por los días que ha de estar aquí, y durante ellos enseñará otro método.
El 7 de enero de 1777 hay una carta de D. Bernardo Iriarte3 (figura 2), dirigida a D. Pedro Franco Dávila, Director del Real Gabinete, que especifica lo siguiente:
Según mis noticias, el oso hormiguero vino de Buenos aires, y creo le envió el Administrador del Correo D. Manuel de Basavillazo.
Me parece le daban nombre Particular puesto en un Retrato que se sacó de orden de S. M. bajo la dirección de Mengs cuyo paradero ignoro».
En el Museo Nacional de Ciencias Naturales se conserva este cuadro, de grandes dimensiones (1.05 x 2.09 m.) y muy cuidada ejecución, que es, en efecto, un retrato de la asombrosa criatura (figura 3).
En primer plano, sobre el terreno, está el animal visto lateralmente, destacando su larga lengua y las garras de sus patas delanteras.
Cerca de él, tras su cola, hay una basa arquitectónica con la inscripción siguiente.
«Este animal se llama oso hormiguero porque en el campo se mantiene con hormigas.
Se ha copiado al natural por el que está en la Casa de Fieras del Retiro en julio de 1776.
Vino de Buenos Ayres donde se crían bastantes de su especie.
Tiene treinta meses, y crecerá hasta seis o siete años».
Como fondo, unos arbustos.
Delante de la basa, un oso hormiguero enrollado sobre sí mis-----mo en posición de reposo.
A lo lejos, puede verse una construcción cuadrangular y como fondo unas montañas.
No hay firma ni rasgo especial, ni en el anverso ni en el reverso, que identifique al autor de la pintura».
El animal retratado es lo que los indígenas denominaban «yurumí» (boca pequeña) perteneciente a la especie Myrmecophaga tridactyla, que llegan a medir 1.30 m de cuerpo y unos 78 cm de cola, y cuya lengua larga y viscosa, puede estirarse, como se ve en el cuadro, casi a medio metro para atrapar las hormigas de las que se alimenta.
La cabeza es gris-parda y el resto del cuerpo más oscuro, con una banda negra franqueada por dos rayas estrechas y paralelas de color gris pálido.
Como se ve perfectamente en la pintura, las patas anteriores tienen grandes garras vueltas hacia dentro, mientras que las patas posteriores son plantígradas.
Del impacto que causó el oso hormiguero en la comunidad científica de la época se conserva en el AMNCN otro testimonio: la lámina y descripción pormenorizada que forma parte del trabajo de Juan Bautista Brú de Ramón4 titulado «Colección de láminas que representan los animales y monstruos del Real Gabinete de Historia Natural de Madrid, con una descripción individual de cada uno» llevado a cabo entre 1784 y 1786.
La lámina LIII de este trabajo (figura 4) muestra al oso hormiguero del Rey, denominado por Brú «osa Palmera» 5.
El texto explicativo detalla:
Latín: Tamandua o Mirmecophaga Francés: Tamanoir o Mange-fourmis Myrmecophaga jubata «La cabeza de este animal es pequeñísima respecto al tamaño del cuerpo, pero su hocico es larguísimo.
Tiene el cuello corto, los ojos pequeños, las orejas chicas y casi redondas, y la lengua rolliza y larga, como corresponde al hocico.
Su cuerpo está cubierto de cerdas blancas, pardas y negras, mas cortas en la parte anterior del cuerpo que en la posterior.
Desde el pecho sale una lista toda negra que se extiende por los costados, terminando en el espinazo, cerca de los lomos.
Sus piernas, que rematan como las del oso, son casi del mismo color que el cuerpo, pero las manos, algo mas cortas que los ----piés, son de otro color mas claro.
Tiene cinco dedos en cada pié y dos en cada mano, éstos muy encorvados y con una mancha negra hacia el medio.
«La cola es negrusca y cubierta de unas cerdas larguísimas y chatas en su extremo.
La vuelve y revuelve a todos lados, de modo que le sirve de abrigo cuando llueve o cuando hace sol.
Las cerdas del pescuezo y de la cabeza parecen estar vueltas hacia delante.
Cuando le acosan, se pone sobre dos pies como un oso, amenazando con sus garras.
Si tiene hambre se va a donde ve hormigas y dexa arrastrar la lengua por tierra y, estando ya bien cargada, la recoge velozmente y se las traga.
Duerme todo el día, tapando la cabeza con las piernas delanteras.
Dícese que se sirve de la cola para colgarse de las ramas.
Camina con mucha lentitud, pero trepa con gran ligereza por los árboles.
Se halla en la América meridional y en el Brasil.
Su carne huele muy mal y sin embargo los salvajes la comen con gusto.
El que se conserva en el Real Gabinete le traxeron de América y vivió algún tiempo en el Buen Retiro.»
La descripción resalta el extraño aspecto del animal, y sus no menos raras costumbres.
¿Cómo era posible aquella larguísima lengua viscosa que atrapaba eficazmente las hormigas moviéndose en todas direcciones y sacándolas de sus escondrijos?
Un hocico semejante a un tubo, y unas patas terminadas en unas uñas tan largas y curvadas que parecían dificultar la marcha de aquella criatura tímida y mansa..., ¡si más que verdadero parecía un ser imposible!
El oso hormiguero de Su Majestad era el asombro no sólo de la familia real, sino de todos cuantos iban enterándose de su existencia.
Para dejar constancia de que aquella quimera existía, el mismo Rey ordenó pintar su retrato responsabilizándose del tema el propio Pintor de Cámara.
Pero no duró mucho tiempo el contento; en el AGP6 existe otra carta del 31 de enero de 1777 (figura 5) firmada por D. Matías Martínez López y dirigida al Marqués de Grimaldi, entonces Secretario de Estado, que dice: «Exmo.
Sr. Esta mañana se encontró muerto, en la Leonera de este sitio, el oso ormiguero que embiaron al Rey, por el mes de Julio del año anterior de la provincia de Buenos Ayres y que SM hizo retratar a D. Antonio Rafael Mengs.
Le hé hecho llevar inmdiatamente al Gavinete de Historia natural, y lo aviso a V. e. para su noticia».
De acuerdo con estos documentos, el oso hormiguero sólo vivió en El Retiro seis meses, de julio de 1776 a finales de enero de 1777.
Una hipótesis razonable es que durante los primeros meses fuese fácil recoger las hormigas ----suficientes para su sustento, alimento que desapareció durante el invierno.
Esto, posiblemente, motivó la muerte del animal.
En un último intento de conservarlo para la ciencia, el cadáver fue llevado urgentemente al Gabinete para su naturalización y exposición, de la que da fe el texto de la lámina de Brú.
En el Libro de Cuentas del Real Gabinete 7 se anota el 7 de enero de 1777 «un gasto de reales por traer un oso hormiguero que murió en el mismo Retiro».
El 13 de febrero «se pagaron a un mozo 2 reales por sacar al campo la carne del oso hormiguero».
Por último, el 25 de junio de 1777 se apunta «el pago de reales por unos colgaderos para colocar el oso hormiguero con su cuadro».
Apenas hemos encontrado referencias posteriores sobre el paradero de nuestro protagonista.
Sólo un libro de Talbot Dillon 8 publicado en 1780 tiene una lámina del oso hormiguero del Rey, posiblemente basada en el cuadro del Real Gabinete teniendo en cuenta las similitudes entre ambas imágenes.
Se dice en el texto que «...el animal, nombrado por los españoles Osa Palmera llegó a Madrid en 1776 y está ahora disecado y conservado en este gabinete».
En la actualidad, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales sólo hay naturalizado un Myrmecophaga de procedencia desconocida, que no parece ser el del Rey Carlos III, ya que la escala en pies que incluye con rigurosidad científica el dibujo de Brú 9, permite constatar que el ejemplar del Real Gabinete era de bastante mayor tamaño.
No podemos acercarnos ya al exótico animal que fascinó a la familia real y a la sociedad ilustrada del siglo XVIII, pero al menos hemos podido recrear, en base a la documentación existente, su corta historia.
Un segundo análisis aporta datos respecto a quién pudo ser el autor de este singular retrato.
La carta, ya mencionada, enviada por D. Bernardo Iriarte a D. Pedro Franco Dávila, fechada el 7 de enero de 1777 (figura 2) menciona textualmente «...un retrato que se sacó de orden de S. M. bajo la dirección de Mengs».
Sin embargo, en la carta del firmada por D. Matías Martínez el 31 de enero de 1777 y dirigida al Marqués de Grimaldi (figura 5) en la que se notifica la muerte del oso hormiguero, se dice «...que SM le hizo retratar a D. Antonio Rafael Mengs...» ----7 CALATAYUD ARINERO, M.A. (1987).
Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
9 BRÚ indica en el prólogo de su obra «que sus láminas no representan animales vivos sino disecados, habiéndose basado en los del Real Gabinete copiando fielmente del original los colores, la magnitud y dimensiones, que el lector podrá reconocer midiéndoles con el pitipié que lleva cada lámina».
¿Quién pintó entonces el retrato?
¿Fue Mengs, Pintor de Cámara del Rey, o algún otro pintor bajo la dirección de Mengs?
A instancias de la Reina María Amalia, que ya lo conocía por haber sido Pintor de Cámara de su padre, Augusto III, Príncipe Elector de Sajonia, Antonio Rafael Mengs estuvo primero en Nápoles al servicio de los reyes y más tarde, en 1761, vino a España para pintar los retratos de la familia real y decorar, junto con Tiépolo y Giaquinto, los frescos de los techos de algunas estancias del nuevo Palacio Real.
Como retratista, a él se deben, entre otros, el magnífico retrato de Carlos III que se conserva en el Museo del Prado, los dos de su hijo Fernando, coronado como Rey de Nápole pertenecientes uno al Museo de Nápoles y otro al Museo del Prado, el del futuro Carlos IV vestido de cazador, el del infante D. Gabriel, los de María Josefa y Carolina de Austria, sucesivas prometidas de Fernando IV de Nápoles, y varios más de distintos componentes de la familia real.
Se conocen también abundantes obras de temática religiosa.
(Datos exhaustivos sobre la obra de Mengs pueden consultarse en Sánchez Cantón 10 y Jordán de Urríes 11 ).
Nombrado Pintor de Cámara y Director honorario de la Academia, aunque el pintor gozó de reconocimiento por parte de muchos de sus contemporáneos y de la protección e incluso afecto del monarca, sus años en España están salpicados de dificultades, entre las que fue fuerte condicionante su delicada salud.
En 1769 el pintor pidió permiso y ayuda económica para reponerse en Italia, donde permaneció hasta 1775.
Este año y 1776 fueron de gran actividad, pero precisamente en 1776 se produjo una nueva solicitud, esta vez definitiva, de regreso a Roma para tratar de reponer su «quebrantada salud».
El 10 de septiembre Mengs da las gracias a Carlos III formalizando su despedida, y el 2 de enero de 1777 escribe al Rey una larga misiva 12 en la que le sugiere, entre otras acertadas proposiciones, la búsqueda de «un sujeto que fuese encargado de cuidar las pinturas, teniendo en los Palacios Reales para este efecto las facultades de Ayuda de Furriera; este debería ser persona la mas inteligente que se pudiera allar, y lo mejor sería fuera Facultatibo para poder cuydar y gobernar la gente que deben manejar las Pinturas, en el colgar, descolgar y transportarlas.
Así mismo deberá tener el encargo de enseñar las Pinturas de SM a los Señores Extrangeros de Rango que deseen berlas, siendo notorio en todas las Cortes de Europa que ademas de los Cuadros del Escorial SM tiene colezción de Pinturas en Madrid, con cuyo motibo todos los Ministros Extrangeros preguntan por ellas...» ----Sabemos por la propia leyenda del retrato del oso hormiguero, que el lienzo fue pintado en julio de 1776.
Este año, las cartas del pintor revelan un intenso trabajo y el deseo de concluir dignamente varias de las obras comenzadas antes de abandonar definitivamente España.
Por ello, a priori, julio no nos parecía la fecha más adecuada para que Mengs abordara la ejecución de una nueva obra, pero la voluntad real podría haber sido un factor decisivo para ello.
Un documento del AGP 13 (figura 6) responde a nuestras preguntas.
Se trata de una orden, sin firma, fechada en San Ildefonso el 17 de septiembre de 1776 y dirigida a D. Antonio de la Cuadra que dice: «Disponga V.S. que se entreguen á Dn Antonio Rafael Mengs primer Pintor de Cámara de S M. quince doblones de á sesenta r. que el Rey ha mandado se den á un Pintor que bajo su dirección ha copiado al natural el Oso palmero que está en Buen Retiro.
Dios guarde a usted» No sabemos, por el momento, quién fue ese pintor ni si hubo o no intervención de Mengs en esta pintura.
Era frecuente ya entonces que los grandes maestros sólo dieran las últimas pinceladas o retocaran las obras hechas en principio por otros pintores de su círculo.
Es, por ejemplo, un hecho constatado que Mengs retocó en 1767 el retrato de la Reina María Amalia realizado por José del Castillo.
No puede, pues, descartarse la intervención del maestro en el retrato del oso hormiguero, pero sólo un estudio de la pintura del Museo Nacional de Ciencias Naturales con investigadores especializados en la obra de Mengs podría proporcionar datos al respecto.
En cualquier caso, la calidad y la belleza de la obra son incuestionables, como lo es el interés de Carlos III por perpetuar la imagen y las costumbres del que fuera uno de sus animales favoritos.
El retrato al óleo llevado a cabo en 1776 por voluntad real continúa ejerciendo, tres siglos después, la función educativa y cultural que Don Carlos quiso que tuviera.
Agradecimientos: A Carmen Velasco, a Jan van der Made y a Antonio García-Valdecasas por su apoyo y sugerencias. |
A ninguno de nosotros se le escapa que la reconstrucción de nuestro pasado medieval y renacentista en relación con diversas áreas del saber tales como la medicina, la astronomía/astrología o la historia natural, por ejemplo, no podía estar completa hasta que la historia de la ciencia, demasiado ensimismada durante mucho tiempo en lo que se transmitió a través de las grandes lenguas clásicas, volviera sus ojos hacia un vasto patrimonio que prefirió la «simplicidad» de las lenguas vulgares para su difusión.
De ahí que sean tan de agradecer los trabajos que nos ayudan a ir desentrañando los entresijos de todo ese apasionante mundo, tan sólo muy parcialmente conocido, para el que la historiografía reserva el término de vernacularización de la ciencia.
Y, entre los que sólo vamos a destacar, los que ha impulsado William Crossgrove fuera de nuestras fronteras por su gran estusiasmo para promover el ocuparse en estos menesteres.
El libro que ahora nos ocupa es uno de esos trabajos; una obra que nos ofrece una visión panorámica del mundo relacionado con la ciencia en catalán, una de las lenguas vernáculas que más tempranamente accedió al estatus de lengua apta para la transmisión de contenidos especializados.
Para poderlo tener entre nuestras manos ha sido necesario que su autor realice durante años una minuciosa tarea de pesquisa en archivos y bibliotecas y un posterior análisis paciente y concienzudo del material encontrado.
Un cometido que Lluís Cifuentes inició hace ya una década durante su estancia formativa en París y del que nos había ido adelantando algunas informaciones en unos cuantos artículos.
Ahora, sin embargo, nos ofrece ya la necesaria visión de conjunto que permite que nos hagamos una idea bastante aproximada de cómo y por qué sucedieron las cosas.
Y lo hace con un estilo sencillo, comprensible -se puede apreciar fácilmente que es un libro muy bien escrito, aunque el catalán no sea la lengua materna del lector-, pero con la ponderación y la precisión que sólo tiene quien conoce muy bien de lo que está hablando.
Tras una introducción en la que se repasa la historiografía sobre el tema (pp. 9-24), el libro se estructura en dos grandes apartados.
En el primero de ellos (pp. 25-79), se analizan los fundamen-tos generales sobre los que se sustentó la vernacularización de la ciencia, así como la forma en que ésta sirvió como importante puente intelectual y social para personas pertenecientes a sectores extrauniversitarios que, a pesar de tal condición, valoraban y se sentían atraídos por los saberes emanados de la universidad.
Como decimos, en este gran bloque se pasa revista a los factores de todo tipo que permitieron y potenciaron el acceso de las lenguas vulgares a la transmisión científica: en qué contexto intelectual y social se produjo ésta, a qué necesidades respondía, qué fines cumplía, cuál era el público al que los distintos géneros iban destinados...
Al hacerlo, Cifuentes pone de manifiesto hasta qué punto fue complejo todo este proceso; pero, además, desvela datos importantes que van más allá de la historia de la ciencia y que deberían tener en cuenta los historiadores de la lengua y los de la traducción.
Éstos, no han solido contar para construir sus discursos más que con los textos literarios.
Sin embargo, con la incorporación a tales discursos de los escritos científicos, hay muchos detalles que se deben revisar, empezando por los de índole temporal: en el caso concreto del catalán, se habría ignorado toda una etapa de traducciones de textos científicos llevada a cabo entre las últimas décadas del siglo XIII y la primera mitad del siglo.
Del mismo modo, contar con tales textos, les permitirá conocer mucho mejor aspectos tales como los que se relacionan con el mecenazgo de la producción de obras, originales y traducidas, así como otros que tienen que ver con el oficio de traductor, su formación, su competencia lingüística o sobre la teoría de la traducción (p.
El segundo gran bloque del libro (pp. 81-316) constituye un extenso catálogo de las obras científicas que sabemos circularon en catalán durante la baja Edad Media y el primer Renacimiento, tanto de las que se conservan como de las que sólo tenemos pistas indirectas de su existencia procedentes de documentación de la época, excepcionalmente disponible en el caso del catalán.
La información que se ofrece se distribuye en dos gruesos capítulos.
El primero de ellos, dedicado por completo al mundo de la salud, nos ofrece una clasificación -muy útil para quienes quieran trabajar sobre estos temas en otros ámbitos lingüísticos-de los distintos tipos de géneros a los que pertenecen los textos médicos escritos en vulgar: regímenes de sanidad; tratados de peste; libros sobre enfermedades de los ojos o con contenidos de tipo obstétrico y ginecológico; antidotarios y recetarios; tratados de anatomía y de cirugía; y escritos sobre ética médica.
El capítulo se completa, además, con un apartado dedicado a la salud de los animales.
Por su parte, el segundo de los capítulos de esta segunda parte, agrupa bajo el título «El món que ens envolta», los textos pertenecientes a distintas áreas del saber -no incluidas propiamente en el ámbito de la salud-, como son la filosofía natural; la astronomía/astrología; la magia; la alquimia; libros de viajes, cartografía y navegación; la historia natural, la agronomía y la cocina; aritmética, monedas y otros conocimientos relacionados con el comercio; o los oficios y la técnica.
El texto, que va salpicado por varias tablas que nos ayudan a aprehender los contenidos, se completa con un índice onomástico imprescindible en una obra de este estilo y con una extensa bibliografía en la que destacan las propias contribuciones anteriores del autor, a este mismo tema.
Los cánones obligan a que, además de los gozos, pongamos también de manifiesto las sombras que pueda haber en la obra, lo que, en este caso, no nos resulta fácil, porque tales sombras no abundan, o nosotros no somos capaces de detectarlas.
Quizá una de ellas tenga que ver con el ligero desajuste que se produce entre el título, en el que aparece recogida la palabra «Renacimiento», sin ningún tipo de acotación, y el contenido real del libro, que se ocupa del periodo medieval y la primera parte del renacentista.
Para que nadie se confundiera, se podría haber aquilatado mejor en el título la época de la que se iba a tratar; algo, que por otra parte, queda plenamente establecido y justificado en la introducción de la obra.
Por otro lado, podría interpretarse como otra sombra la relativa disparidad que se encuentra entre lo que en este libro ocupa la medicina y lo que se dedica al resto de los saberes.
Al margen de que, como el propio autor adelanta en la introducción (p.
21), nadie domina todo, por tanto, nadie puede conocer con la misma profundidad unas áreas y otras de las muchas que se estudian en esta obra, el esfuerzo que Cifuentes ha realizado para tratarlas todas, no sólo ha sido extraordinario, sino que además, los resultados que de él se han derivado y que aquí nos presenta, son más que correctos.
Esto sin contar con que el desequilibrio a favor del ámbito de la salud es real en la producción científica en catalán en el periodo estudiado, dado que la medicina actuó como el motor impulsor del proceso de vernacularización en este territorio lingüístico, estrechamente relacionado con Montpellier y con Italia.
En cualquier caso, las puertas no están cerradas y La ciència en català puede resultar un magnífico acicate para que otros investigadores se adentren en el estudio de áreas, hasta ahora menos exploradas que la de la salud.
No son, como se ve, grandes objecciones las que hacemos.
Estamos, además, plenamente convencidos de que Lluís Cifuentes verá colmadas las esperanzas que manifiesta en el epílogo de su obra, pues ésta será útil para la historia de la lengua y de la cultura catalanas, como lo será, igualmente, para la historia de la ciencia que se ocupa específicamente de las zonas en que se habla esa lengua.
Sin embargo, esta utilidad no quedará restringida a ese estrecho marco, sino que se extenderá a otros dominios lingüísticos: porque el modelo explicativo que propone, con todas las matizaciones que sea necesario imprimirle, tiene una validez general y servirá, junto a las múltiples informaciones que en este libro se proporcionan, para la realización de futuros estudios comparativos.
Lo único que falta es que nos dejemos atrapar por la lectura estimulante de La ciència en català y emprendamos después, con los mismos métodos renovados y amplitud de miras con que aquí se ha hecho, el estudio serio y sistemático de otros fondos documentales que, hace siglos, nos están esperando.
Bertha Gutiérrez Rodilla JUAN PIMENTEL.
Ciencia, literatura y viajes en la Ilustración, Madrid, Marcial Pons, 2003, 344 pp. Cuando los críticos y algunos escritores envidiosos querían injuriar a Javier Marías, motejaban a sus novelas de anglosajonas.
El insulto se convertía, sin quererlo, en alabanza.
Frente al casticismo de muchos narradores españoles aparecía el europeísmo universalista del joven Marías.
Pues bien, en el mismo sentido, este ensayo parece anglosajón.
Los historiadores ingleses tienen especial cuidado con la redacción de sus textos, los dirigen al público en general, sin olvidarse de la crítica ni de sus colegas.
Muy a menudo se ocupan de problemas universales.
Aunque historiadores franceses, italianos o españoles parten de planteamientos parecidos, los ingleses destacan por el cuidado en la sintaxis.
El que la historia sea o no una ciencia está sometido a constantes y tediosas discusiones.
Su carácter de género literario no debería discutirse jamás.
En España son frecuentes los libros de pensamiento.
Son escasos los que utilizan argumentos históricos.
Más aún si se ciñen a la historia de la ciencia.
Francamente raros si tratan de entroncar la tradición científica nacional con la de los demás países de su entorno.
El libro que comento participa de todas estas características.
Para poderlo llevar a cabo, el autor ha recurrido a la gran eclosión de estudios eruditos sobre la Ilustración de estas últimas décadas, a sus propia experiencia investigadora y al amparo ofrecido por la tradición ensayística del grupo en donde realiza su trabajo.
A partir de un primer capítulo en donde parece aceptar los paradigmas impuestos por la historiografía post ilustrada y por los mejores historiadores de los últimos tiempos, con respecto a la ciencia y sus escenarios, en los siguientes se dedica a sugerir nuevas conexiones, nuevas interpretaciones, nuevos enfoques.
Para ello utiliza la literatura de viajes, algunos tratados científicos y la literatura sin más, observados con una mirada extraordinariamente original.
Si no he entendido mal, para el autor la brecha entre los estudios humanísticos y científicos estaría sólo en los manuales.
Los científicos, pese a sus intentos de ampararse en un lenguaje propio y riguroso, verían sus interpretaciones impregnadas por sus propias creencias y posturas intelectuales.
La ciencia describiría la naturaleza, pero lo haría impulsada por la formación preexistente de los científicos, con lo cual la carrera hacia la verdad se vería constantemente inconclusa.
Todas las ciencias estarían, permanentemente, en el estado precientífico que nuestros antecesores atribuían, por ejemplo, a la alquimia.
Si la ciencia es una inacabable búsqueda de la verdad, la literatura o la historia lo serían también, con lo cual el autor se coloca en un lugar antagónico al de cualquier positivismo.
Una insinuación tan atrevida, todavía ahora, hubiera sido imposible si el análisis se limitase al campo de la ciencia, de una disciplina científica o al de una sola cultura.
Al ampliarlo a diversas ramas de la historia natural, a la literatura, a la cultura española, inglesa, italiana y americana, los resultados son otros.
Para quien en este tipo de libros busca sólo información puede encontrarla en diversos lugares.
Especialmente sugerente resulta el capítulo dedicado a los gabinetes de maravillas.
Quien desea orientarse sobre la manera de construir una cultura europea, aquí puede toparse con un buen ramillete de argumentos.
Acaso a Paolo Rossi le interesaría observar el tratamiento otorgado a las prácticas científicas españolas y no sólo durante el Siglo de Oro.
En este aspecto, sin embargo, cabrían algunas mejoras.
Todos somos muy dados a las citas en idiomas diferentes al castellano.
Aquí las encontramos en inglés, francés, alemán, latín e italiano, acaso para subrayar el esfuerzo requerido en la construcción de una cultura europea.
Pese a lo dificultoso de las traducciones, tan relacionadas con las traiciones, los libros en castellano deberían escribirse en ese idioma en su totalidad y dejar las citas literales en otros idiomas para las notas.
Es evidente que un ensayo de estas características tendrá admiradores y detractores.
Es evidente, también, que uno se encuentra entre los primeros.
Javier Puerto PIERRE DUHEM, La teoría física, su objeto y su estructura, Barcelona, Herder, 2003, 442 pp. Aunque parezca sorprendente, hay que resaltar la novedad de la presencia de este libro de Duhem, aparecido en 1906, que fue ampliado con dos artículos más en su segunda edición, dos años antes de su muerte (edición vertida hoy al castellano).
Pues no ha tenido ningún éxito de traducción el autor de El sistema del mundo, ese trabajo inmenso, y en parte envejecido, que comenzó a publicarse en 1913 y se concluyó mucho después, en 1959, cuando el sistema europeo de ideas había cambiado decisivamente.
Con todo, este parisino, enseñante en provincias de física (sus Lecciones de electricidad lo delatan) y, desde 1894, profesor en Burdeos de física teórica, participó notablemente en las discusiones acerca de la ciencia que se dieron en el crucial paso del siglo XIX al XX.
No en vano La teoría física tiene como referentes próximos los hallazgos de Maxwell o de Hertz; y además su autor apela directamente a conceptos de Mach, enunciados hacia 1900, o dialoga con los argumentos de Poincaré de esos años (Principios de la mecánica; Ciencia e hipótesis), o más rápidamente con los de Hadamard y Abel Rey.
Lo que significa para nosotros, al mismo tiempo, tener presentes las ideas de Couturat y Russell, así como los debates lanzados por Boltzmann y formulados por el joven Cassirer en esos años.
Ahora bien, en realidad este curioso conjunto de artículos, aparecidos inicialmente en 1904 y 1905, ofrecen hoy una panorama desigual.
La segunda parte de La teoría física, que se refiere a la estructura de dicha teoría, supone una secuencia más esperable en este 'positivista'.
Pues hablar de cantidad y cualidad, del valor de las hipótesis, de la deducción matemática y sus problemas, de las relaciones entre leyes físicas y experimentación, todo ello, forma parte de una convencional presentación de quien -en efecto-tiene una idea ordenadora atemporal para la ciencia que se resume en: 1) el desciframiento de las leyes físicas y su cuantificación, 2) la construcción de hipótesis, 3) el despliegue matemático correspondiente y 4) la confrontación entre teoría y experiencia.
Lo que supone un plan demasiado esquemático para ser aceptable (la matemática hace siempre de formador del concepto), y sin embargo está desarrollado con una riqueza verbal que lo distingue de los esquemas y propuestas de cualquier neoempirista del presente.
De mayor provecho es la amplia primera mitad.
Ahí, partiendo de la idea de física como representación, habla Duhem críticamente de las explicaciones metafísicas (al igual que Mach o Boltzmann), con el interés añadido de ser un defensor de posiciones neoaristotélicas, y de haber revalorizado -no sin problemas-la física medieval.
Luego, expone su idea de clasificación natural, y analiza las relaciones de aquella noción representativa con la historia de la física; gira en torno a los problemas que suscitan las teorías más abstractas y los modelos mecánicos.
Pues bien su curioso 'cualitativismo', que parte de la termodinámica y que se niega al giro atomista, tiende a resaltar ese problema tan escurridizo de la representación como empuje fundamental de su disciplina física, vista ésta como una construcción que se dedica a resumir y a clasificar.
Por ello, Duhem da vueltas a la idea de Mach de la teoría como economía mental, y asimismo el francés habla de que si la teoría es representación económica de las leyes asimismo supone una especie de clasificación de dichas leyes, si bien no conviene cerrarse en ésta.
La noción de repertorio era básica en Mach, para quien la representación científica procura ofrecer un inventario total de hechos y leyes en cierto ámbito disciplinar; esto es, un inventario «preparado de un modo simple y manejable».
Pero la ciencia aparece convertida en una caja de instrumentos en cuanto el mundo se percibe como una colección de reglas.
En 1910, Cassirer escribirá un libro que tuvo resonancia en los medios científicos, Concepto de sustancia, concepto de función, donde polemizaba con Mach, recordando que un inventario es un esfuerzo insuficiente y que describir un suceso natural supone explicarlo en todos los sentidos.
Por supuesto que Duhem, mejor formado históricamente que el vienés, sabía que un planteamiento sensualista acaba recurriendo a las ideas que niega explícitamente; y de ahí que buscara superar su mirada.
Pues un positivismo como el suyo pretendía adelantarse a la experiencia (el núcleo verificador decisivo, insiste), e ir más allá de la mera clasificación.
Esta pretensión teórica imposible, dado su planteamiento inicial y sus dudosos criterios temporales, tiene un grato anverso.
La lectura de La teoría física nos permitirá ahora consultar, a la vez con menos precauciones y con más seguridad, El sistema del mundo o los -significativos en un cualitativista-Estudios sobre Leonardo de Vinci, que le ocuparon desde 1906 hasta 1913.
La extensa obra de Duhem para el historiador de la ciencia está plagada de noticias y de argumentos de sumo interés, si bien al mismo fue a menudo víctima de la mentalidad de un científico formado en el último tercio del siglo XIX y provisto con los resortes positivistas de entonces; precisamente de esos los que huyeron personas tan dispares como Husserl, Musil o Einstein.
La conmemoración del bicentenario de la muerte de Antoine-Laurent Lavoisier, acaecida de forma trágica el 8 de mayo de 1794, ha sido el germen de numerosos encuentros científicos y de la publicación de una inusual cantidad de trabajos en relación con la historia de la química en el paso del siglo XVIII al XIX, germen que no ha agotado aún sus frutos.
En este contexto, nace el libro que presenta la joven pero prestigiosa profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad de Bolonia, Raffaella Seligardi, continuadora de los trabajos ineludibles de Ferdinando Abbri (más centrados en la Toscana) y, hoy en día, autora de referencia sobre dicho tema.
Su Lavoisier in Italia (que aparece en la Biblioteca di Storia della Scienza, dirigida por Paolo Rossi y Walter Bernardi) es el fruto de numerosos años de investigación (considérese la fecha del bicentenario) y aporta un volumen de informaciones nada desdeñables si se quieren conocer las relaciones que los químicos italianos de finales del XVIII mantuvieron con sus colegas europeos y la consideración que de la nueva química hicieron.
En una primera parte, la autora estudia el panorama en distintos estados italianos: Venecia, Pavía, Turín y Bolonia.
Capítulo a capítulo analiza las circunstancias políticas de cada uno, la situación de sus instituciones, la existencia de iniciativas privadas unidas a intereses económicos determinados (farmacia, mineralogía, botánica, fisiología), la dotación de los laboratorios, los científicos que trabajaban en ellos, etc. Igualmente repasa la obra de dichos científicos y la relaciona con los nuevos descubrimientos, las nuevas teorías y la nueva nomenclatura (cuestión destacable y destacada), dibujando así un muy completo y complejo escenario.
El caso de Bolonia (que por aquel entonces pertenecía a los Estados Pontificios y presenta la actitud más reactiva a la nueva química) merece mención aparte, ya que hasta ahora solo había sido estudiado marginalmente.
Seligardi, muy documentada, confecciona un texto más que meritorio, pero que abarca todo el siglo XVIII y que desborda el planteamiento general del libro, lo que no desmerece su valor científico.
Por contra, la autora acierta colocando al final de cada capítulo unas conclusiones que resumen y esclarecen los contenidos.
Pero lo que más sorprende de este libro es el impresionante trabajo de documentación que requiere «La Comunità scientifica italiana», su segunda parte.
La profesora boloñesa se arroja a la ingrata tarea de rastrear y registrar de forma exhaustiva la presencia de comunicaciones italianas en las publicaciones científicas francesas (Journal de Physique y Annales de Chimie) y de comunicaciones nacionales y extranjeras en las publicaciones italianas (Opusculi Scelti, Biblioteca Fisica d'Europa, Annali di Chimica, etc).
De todo ello se deduce la existencia de una tradición química consolidada en los estados transalpinos, tradición impulsada por la mineralogía, el análisis de aguas minerales, la farmacia, la medicina y en menor medida la neumática.
El aislamiento intelectual italiano de las corrientes más fructíferas del pensamiento científico europeo (como defendió Pietro Redondi) y el atraso teórico de autores como Brugnatelli no parecen ahora sostenibles.
Más bien, quedan documentados los canales de comunicación con Francia, Alemania, Gran Bretaña, Países Bajos y, en menor medida, con España, Suecia (patria de Scheele y de Bergman), Hungría e incluso Estados Unidos.
«La cuestión del fósforo» suscitada por la difusión de las desconcertantes 59 experiencias de J.F.A. Göttling ocupa el tercer capítulo de esta segunda parte.
Igualmente se describe la interpretación de Brugnatelli, y la respuesta elaborada por Spallanzani, fruto de 500 experiencias, que merecieron la publicación en los Annales de Chimie parisinos, la más influyente publicación química de la época (fundada, por cierto, por Lavoisier en 1789).
En «el controvertido centelleo en el vacío» la autora completa los trabajos de Virgilio Giormani sobre esta querelle surgida en 1792 acerca de la posibilidad de producir chispas, bajo ciertas condiciones, en el interior de una máquina neumática.
La aparición de documentos inéditos conservados en la Universidad de Bolonia demuestra que las instituciones científicas boloñesas no permanecieron indiferentes a tales cuestiones.
En el último de los capítulos se examinan las figuras de Paolo Sangiorgio, Ermenegildo Pini y Nicola Andria, farmacéutico, naturalista y médico respectivamente, cuya relación con la química, como disciplina auxiliar, era inevitable.
Estos exámenes ponen de manifiesto que tales disciplinas fueron más permeables a las teorías contrarias al flogisto que la propia química de la época.
El viaje de ida y vuelta que Seligardi realiza entre Italia y el resto de Europa permite cumplir con sus objetivos declarados: conocer mejor el contexto de la realidad italiana en la que la obra de Lavoisier fue recibida, y profundizar en el significado de la revolución química que tuvo lugar en el último cuarto del Siglo de las Luces (y que la autora extiende a casi su totalidad).
Igualmente, proyecta en sus conclusiones una visión compleja del proceso de transformación de las ideas, negando simplificaciones que carecen hoy en día de vigencia.
Así nos presenta a profesores que defienden en sus escritos las teorías del químico francés mientras enseñan en sus clases la química del flogisto, químicos que aceptan la teoría pero no adoptan la nomenclatura muy arraigada por el uso, intentos de modificación de una y otra.
En fin, una variopinta gama de situaciones que cambian de una persona a otra e incluso de un momento a otro en un mismo científico.
No olvidemos la conciencia que se tenía de la química como ciencia por hacer y el hecho de que la nueva teoría no respondía satisfactoriamente a todas las cuestiones (acidez, calórico, imposibilidad experimental de aislamiento de hidrógeno y oxígeno).
De la lectura del libro puede extraerse una valiosísima información que no sólo se refiere al ámbito italiano, sino que permite conocer lateralmente las aportaciones de Priestley, Kirwan, Cavendish, Volta, Carburi y tantos otros dentro y fuera de Italia, con explicaciones accesibles para químicos con cierta cultura en esta disciplina y para historiadores de la ciencia con elementales conocimientos de química.
Para mejor comprender los textos podremos utilizar un glosario de términos químicos antiguos con sus correspondencias contemporáneas (y así sabremos que el ácido cretoso no es otro que el CO 2 ).
La abundantísima bibliografía que se aporta al final (con únicamente dos referencias españolas) será de utilidad para los historiadores de la química.
Sin embargo, tendrán algunas dificultades para localizar datos puntuales, ya que la obra carece de índices de nombres y de términos, imprescindibles en trabajos científicos de este tipo.
Tratados hipocráticos VIII (introducciones, traducciones y notas por Jesús de la Villa Polo, Ma.
Eugenia Rodríguez Blanco, Jorge Cano Cuenca e Ignacio Rodríguez Alfageme), Madrid, Gredos, 2003, 595 pp.
Termina de forma magnífica la traducción de los textos hipocráticos, hecha por Editorial Gredos.
Con el primer Juramento comenzaba el primer volumen y con el segundo termina el octavo, sin duda adecuada entrada y salida -con sus componentes sagrados-de estos veinte años de trabajo de edición y traducción de las obras hipocráticas.
Como señala Carlos García Gual: «Su valor científico actual puede acaso ser dudoso y limitado, pero es innegable su básica importancia en la fundación y la tradición del saber terapéutico a lo largo de muchos siglos».
Recuerda también el apoyo inicial dado por dos grandes helenistas, a los que es preciso rememorar, Pedro Laín y Antonio Tovar.
Nos señala la importancia de algunos de los textos, como por ejemplo Sobre la naturaleza del hombre, y la rareza de otros, como Juramento II.
En general, encontramos textos anatómicos, sobre las carnes y huesos, glándulas, corazón o visión, otros sobre la generación, parto o infancia... sin abandonar la patología, o la terapéutica.
Semanas, crisis, días críticos son analizados, como base de toda la medicina hipocrática.
Sin duda, estos escritos, algunos poco conocidos, muestran bien un panorama del pensamiento hipocrático, de un pensamiento clásico que siguió vigente en medicina al menos hasta superado el siglo XVIII.
Para los historiadores de la medicina es esencial tener a mano estas ediciones tan cuidadas; pero también para el médico actual muchas de las creencias clásicas siguen vigentes.
La consideración del ser humano como parte de la naturaleza, que debe ser respetada, no ha dejado nunca de ser esencial herencia de la cultura clásica.
Así lo muestran las repetidas ediciones hipocráticas, como la magnífica edición que han hecho José Martínez Pérez y Ma.
Teresa Santamaría Hernández de la primera Traducción de los Aforismos de Hipócrates y del Capítulo Áureo de Avicena por Alonso Manuel Sedeño de Mesa en 1699 (Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2002).
José Luis Peset SAMUEL-AUGUSTE TISSOT, El onanismo, Madrid, AEN, 2003, 187 pp. En los últimos años la presencia de Samuel-Auguste Tissot (1728-1797) en las discusiones científicas e históricas no ha dejado de crecer.
Ahora contamos con una excelente traducción castellana, precedida por una penetrante visión de conjunto acerca de lo que el médico suizo supuso (que parte de su reconocimiento foucaultiano, en verdad decisivo) y complementada, al final, por una densa anota-ción: pues las escasas ediciones francesas recientes se limitaban a reproducir el escrito original, bien la de 1760, bien otras más tardías como la de 1774, en la que Tissot atendía las sugerencias, al respecto, de Rousseau (fue un escrito ampliado progresivamente), dejando en consecuencia las erratas y no especificando (ni traduciendo) las decenas de fuentes de este curioso médico.
Como señalan los editores, no hay que olvidar que en Lausana hubo un Colloque Tissot en 1997, y a consecuencia de éste se publica un extenso libro: V. Barras, M. Louis-Courvoisier (comps.), La médecine des Lumières, tout autour de Tissot, Ginebra, Georg, 2001, que hoy es una referencia insoslayable.
Asimismo rinden homenaje a E. Perdiguero, que ha estudiado desde los ochenta y especialmente desde 1991 la difusión de esta obra en la España del siglo XIX.
Este texto que, pese a sus errores y su simplicidad, es además un buen repaso de las ideas de la medicina en la Ilustración tardía: síntomas (con un resumen del panfleto inglés, Onania), causas (donde destaca la importancia del líquido seminal y las causas del peligro de la masturbación), curación (basada en un naturalismo muy propio de la época) son los tres núcleos fundamentales de su argumentación.
Pues Tissot, además de ser principal defensor de las vacunas y de otras apreciaciones higiénicas, fue un gran traductor de Albrecht von Haller, un asiduo corresponsal de grandes figuras de la medicina y un adelantado hipocratista en ese siglo que se cerró con el discurso de Barthez: Sobre el genio de Hipócrates.
Pero asimismo estuvo en contacto con el movimiento ilustrado, el primero (Voltaire) y el que le correspondía ya por su edad (Rousseau), por lo que este libro singular debe ser apreciado dentro de un filantropismo general y unas ideas sobre el control sanitario muy propias de los partidarios de la felicidad doméstica.
Ahora se dispone ya, finalmente, de un libro necesario para comprender el arranque de la hipótesis sexual en psiquiatría, véase, por ejemplo, E.H. Hare, El origen de la enfermedades mentales, Madrid, Triacastela, 2002, cap. 8.
El fin de siglo y los primeros años de la nueva centuria han sido generosos con la memoria del entomólogo francés Jean-Henri Fabre.
Varios libros, un coloquio internacional celebrado en octubre de 2002 y la reciente exposición parisina De l'homme et des insectes, Jean-Henri Fabre,1823-1915, certifican 1 el protagonismo de un personaje merecedor de calificativos como Homero de los ----1 Yves Delange, Jean-Henri Fabre, l'homme qui aimait les insectes, naturaliste total et pédagogue du XIX e siècle, Arles, Actes Sud, 1999.
Maisons, chemin faisant, Saint-Cyr-sur-Loire, insectos y poeta de la ciencia, aclamado como modelo de naturalista literato, cuyos relatos zoológicos, particularmente Souvenirs entomologiques, se han traducido del francés a múltiples y variopintos idiomas.
Alemanes, chinos, coreanos, daneses, españoles, ingleses, israelíes, italianos, japoneses, polacos, rusos y suecos, comparten en su lengua las peripecias protagonizadas por el terco escarabajo pelotero para transformar la boñiga en una suculenta bola de estiércol y preservarla de los truhanes, prestos a birlarle el manjar al menor descuido, narradas en El escarabajo sagrado.
Su éxito literario fue, y es, consecuencia de abandonar «la forma académica, demasiado severa, y dejar correr un poco más libremente mi pluma, sin que la forma reste nada al rigor y la exactitud de los hechos», explicaba Fabre a Charles Darwin.
Internet ha deparado similar fortuna al naturalista galo, aquí la espléndida world wide web. e-fabre.com lo convierte en un científico legendario.
El libro de Patrick Tort emerge en este polimorfo movimiento cultural francés con la intención de abandonar el halago fácil sustituyéndolo por el análisis de la persona y la obra.
El hombre que amaba los insectos, según la nominación de Yves Delange, fue también físico y químico, matemático y botánico, profesor y pedagogo.
Su vasta producción literaria contiene manuales científicos de uso corriente en la enseñanza escolar, pero, sin duda, ganó merecida fama, que no fortuna, con la observación y descripción de la vida de los insectos interpretada en clave antropocéntrica -los Souvenirs entomologiques acumularon diez volúmenes entre 1879 y 1907-.
Como naturalista es deudor de la tradición entomológica representada por Réaumur, una versión moderna, y también la experiencia guía sus pasos para descifrar el libro de la naturaleza, algunos de cuyos capítulos llevan su firma.
Tort repasa con acierto unos y otros temas desembocando en el darwinismo, materia que conoce profusa y profundamente.
Quien revise el epistolario de Fabre con Darwin sospechará cierta comunión de intereses: «he preparado para el próximo mes de mayo los materiales para el experimento que usted me propuso sobre el asunto del retorno de los insectos a sus nidos», escribía Fabre el 18 de febrero del año 80 (carta reproducida en efabre.com), por ejemplo.
Complicidad investigadora no ideológica, coincidencia temática y disonancia histórico- biológica sobre la vida terrestre: evolución frente a creación.
Los vericuetos de esta fraternal relación de enemistad ideológica son analizados por Patrick Tort con la sabiduría que le confiere su prolífica investigación sobre la historia del darwinismo, conformando un estudio que, en nombre de Darwin y contra la hagiografía de Fabre, procede a la demolición de la leyenda.
Jean-Henri es un científico contradictorio, antitransformista, intérprete de la naturaleza según un creacionista sentido natural, compaginando ciencia y religión -en línea con el cristianismo pseudoevolutivo liderado posteriormente por Teilhard de Chardin-.
Fabre, le miroir aux insectes es una obra de obligada lectura para los historiadores de la evolución, así por el talento del autor, que no admite indiferencia, como por la resonancia del personaje, simultáneo dios y demonio, con dos temas sobresalientes: la relación evolucionismo-religión y la interpretación darwiniana del instinto, aspecto menos conocido de la teoría y el nudo que oprime la soga al cuello del entomólogo francés.
Además, el texto tiene un formato editorial notable que, mediante ilustraciones en color y apropiados anexos, complementa sobremanera el estudio.
Andrés Galera DANIEL PAUL SCHREBER, Sucesos memorables de un enfermo de los nervios, Madrid, AEN, 2003, 364 pp.
psiquiatría, Schreber es un hito histórico.
Su relato de las vejaciones manicomiales, la apelación memorable con la que logró el sobreseimiento de interdicción por enfermedad mental ante la Corte Real de Dresde, y el apéndice, también incluido en esta edición, donde cuestiona «¿bajo qué condiciones una persona juzgada alienada puede ser mantenida en un establecimiento hospitalario contra su voluntad expresa?», serán siempre puntos de referencia para todo interesado en la defensa de los derechos civiles del enfermo mental y en el reconocimiento del coraje y la voluntad de verdad que pueden enaltecer a un delirante.
El grueso de ellas en un breve plazo de ocho meses, de febrero a septiembre de 1900, tras siete años de evolución de su segundo episodio psicótico, en el momento de mayor madurez y éxito de su delirio.
En 1903 las publica, y certeramente anuncia que su «trabajo podría encontrarse entre las obras más interesantes que jamás hayan sido escritas por el hombre».
La enseñanza de Schreber nos alcanza a todos, ofreciéndonos primero sus síntomas y la organización lógica del delirio como objeto de estudio, pero también ayudándonos con su propia interpretación y sus propias sugerencias, con las que intenta sugerirnos las claves para su entendimiento.
Tan es así, que Freud se ve obligado a aceptar el magisterio del enfermo con una mezcla de admiración y de subordinación.
En una memorable carta que le escribe a Jung el 22 de abril de 1910, le confiesa lo siguiente: «...el maravilloso Schreber, al cual deberían haber nombrado profesor de psiquiatría y director de un centro psiquiátrico».
A lo que añadirá más tarde, en octubre de ese mismo año, que está dispuesto a incorporar en su vocabulario técnico algunas de las fórmulas del utillaje verbal schreberiano.
Freud llegó a sentirse avasallado por el nervio Schreber, sintiendo en peligro su originalidad al notarse anticipado teóricamente por el célebre demente.
Inquieto ante la «coincidencia singular» entre el delirio de Schreber y su teoría, decide recurrir a un testigo: «Pero uno de nuestros amigos, especialista en la materia, puede testimoniar que nuestra teoría de la paranoia es muy anterior a la lectura del libro de Schreber», se justifica en su estudio del caso.
Schreber confiesa que aspira a «un resultado y sólo uno: el de despertar en los médicos la duda y el de hacerles trabajar un poco la cabeza».
A lo que no queda otra opción que aceptar su triunfo, pues no sin motivo se ha convertido en el enfermo más citado y estudiado de la psiquiatría.
Él constituye el ejemplo enciclopédico donde todos los delirios deben ser cotejados a la hora de su interpretación, forjando un texto escrito para sabuesos de la sicopatología cuya influencia no tiene parangón.
Schreber tiene mil lecturas y en esta presentación insto a que cada cual no aplace por más tiempo la suya.
Este libro, que se inscribe dentro de un enfoque renovador de la historia de la medicina, en el sentido de desplazar el acento desde la historia intelectual o de las ideas científicas a los aspectos sociales con los que se relacionan la salud y la enfermedad, se centra en un periodo de la historia española particularmente adecuado para la puesta en práctica de este método de aproximación, el que va de 1833 a 1839, algo más de un siglo, y que abarca el primer gran impulso de moderniza-ción de la sociedad española, y más exactamente, por lo que se refiere a la transición demográfica y sanitaria, caracterizada, según el autor, «por un cambio en los patrones demográficos y epidemiológicos, en la evolución de la población y en los modelos de morbilidad y mortalidad, propios de sociedades de régimen demográfico tradicional».
El estudio de estos procesos de cambio y modernización se efectúa a partir del caso valenciano, para el que existe una investigación madura en lo relativo a higiene y enfermedad, llevada a cabo por el Departament d'Història de la Ciència y Documentació cuyos resultados en buena medida sirven de soporte a este estudio, que se beneficia asimismo de la localización y análisis por parte de Josep Lluis Barona de diversos informes sobre la situación sanitaria española en el primer tercio del siglo XX, como ocurre, por ejemplo, con el elaborado por Charles A. Bailey en 1926 para el International Health Board de la Fundación Rockefeller o con el informe sobre el sistema sanitario español publicado por el Dr.
El autor ha manejado asimismo otros informes sobre el periodo de la Guerra Civil.
Parte Barona de una detallada presentación de los indicadores epidemiológicos relativos a la ciudad de Valencia y su provincia para lo que se vale de las incompletas y desiguales fuentes disponibles, tanto en el plano estatal como, sobre todo, en el local, comenzando por el Dicccionario de Pascual Madoz, unas fuentes que afortunadamente van a mejorar desde finales del siglo XIX, con la publicación de las primeras estadísticas sanitarias elaboradas por el cuerpo de higiene y salubridad de Valencia, que posteriormente enlazarán con las aparecidas en el Boletín Sanitario Municipal, entre 1905Municipal, entre y 1913.
Dichos indicadores señalan, como por otra parte en el resto de España, que la transición demográfica se inició en el paso de los siglos XIX al XX, operándose una rápida disminución de la natalidad y mortalidad, que en el caso valenciano fue más acentuada que en otros puntos de España, y mayor en la ciudad que en el campo.
Una transición por lo que hace a la mortalidad que también se refiere a la progresiva sustitución de las grandes epidemias del XIX por nuevos problemas epidémicos, como la gripe, en tanto se mantenía una elevada prevalencia de las enfermedades infecto-contagiosas, especialmente las respiratorias y digestivas, aunque también en este apartado se registró una significativa tendencia al descenso en la primera mitad del siglo XX y se operó lo que califica una transición de riesgos, que supuso la implantación de un modelo de enfermar caracterizado por el desarrollo de enfermedades infecto-contagiosas crónicas y ligadas al medio urbano y a la industrialización, como la tuberculosis, además de las enfermedades degenerativas y los accidentes.
El autor dedica una especial atención a la mortalidad infantil, ya que estos problemas epidemiológicos se exacerbaban en el tramo de edad entre 0 y 5 años que aportaba, con diferencia, el mayor caudal de defunciones.
Los condicionantes sociales y culturales de la salud en una sociedad que experimentó un fuerte crecimiento demográfico desde la segunda mitad del siglo XIX y que vivió un marcado proceso de urbanización, de concentración de los recursos en manos de una oligarquía urbana de tinte burgués (el autor evoca la figura tan característica de José Campo), son también objeto de detenido análisis.
Unos recursos que en su mayor parte procedían de una próspera agricultura comercial, centrada en los cítricos, el arroz, la viticultura, y en menor medida de una industria que mantuvo una fuerte impronta artesanal, con sectores en decadencia, como el sedero pero que logró una progresiva penetración en la economía valenciana, lo que unido a las fuertes desigualdades sociales explica el desarrollo del movimiento obrero y de un nuevo tipo de conflictividad social que se agudizó con la crisis de la Restauración, en el sexenio 1917-1923.
El autor repasa también las condiciones de vida en una sociedad marcada por un fuerte proceso de diferenciación clasista, lo que espacialmente se iba a dejar notar en la concentración de la clase alta en algunos barrios de la ciudad, como Cavallers o Barques, en tanto que artesanos y jornaleros habitaban los más poblados e insalubres, como Velluters, El Carme o Quart.
Una sociedad, pues, en crecimiento, que iba a exigir la puesta en práctica de políticas para mejorar la salubridad general, máxime en un contexto azotado por recurrentes ataques epidémicos.
Así, cuestiones como la calidad de los alimentos, el suministro y potabilidad de las aguas, la eliminación de las aguas sucias y residuales, la higiene de los lavaderos públicos, los enterramientos, la eliminación de los despojos animales explican iniciativas como la construcción de un matadero general, en el paseo de la Pechina, los sucesivos proyectos para la traída de aguas, mejorando su cantidad y calidad, las actuaciones en el sistema de alcantarillado y en las acequias que atravesaban el centro de la ciudad, la erección de cementerios y muladares alejados de los núcleos de población, centraron la gestión los regidores municipales de Valencia y de otras poblaciones de la provincia, aunque el balance, al final del periodo estudiado presentaba aún grandes insuficiencias y beneficiaba globalmente a la burguesía, que hizo grandes negocios con estas obras de infraestructura.
El autor dedica también un breve pero interesante capítulo a los condicionantes culturales de la salud, por cuanto entiende que la cultura en torno a la salud y la enfermedad no puede menos de condicionar la mayor o menor penetración del sistema médico-científico o la eficacia de la política sanitaria.
Aquí entran cuestiones como la difusión del higienismo, la educación de las madres y la lactancia, los hábitos alimenticios o la diferenciación entre la burguesía y la clase obrera en cuanto a actitudes y prácticas relacionadas con la salud y la enfermedad.
Se ocupa también Barona de la organización asistencial, en un periodo en el que se estaba realizando la transición desde un modelo basado en la caridad a otro influido por criterios laicos y productivistas -la beneficencia pública-, llevado a cabo en establecimientos cerrados, aunque también se trato de impulsar la asistencia a domicilio.
Repasa así, basándose en buena medida en las investigaciones de Fernando Díez, las funciones benéficas desarrolladas en el Hospital General, la Casa de Beneficencia, el Asilo de Mendigos o, también la labor en este plano de las sociedades de socorros mutuos.
Quizá lo más interesante de esta parte de la obra sea la detallada atención que se presta a la labor realizada por los ayuntamientos, en especial el de Valencia, especialmente desde los últimos decenios del XIX, a la que no fue ajena la entrada del republicanismo blasquista en el consistorio: creación de casas de socorro, de los laboratorios químico y bacteriológico (dirigido este último por una figura clave en las políticas sanitarias en el plano local, José Pérez Fuster), que luego se refundirían, en 1911, en el Instituto Muncipal de Higiene, potenciación del cuerpo de sanidad municipal, publicación de memorias y boletines, fundación, ya en la II República, de centros primarios y secundarios de higiene.
Se pasa revista, en fin, a las actuaciones en el medio rural y a la creación de los llamados partidos médicos.
Las políticas de salud del Estado liberal, sustentadas en buena medida en una ideología higienista (aunque en la última parte del periodo estudiado tendió a adquirir cada vez mayor peso la microbiología) son también objeto de atención, máxime cuando su ejecución corría a cargo de las instituciones locales y provinciales -no sin conflictos entre ellas-, tal y como prescribía el abundante corpus legislativo sobre salud pública.
Durante largo tiempo, el núcleo fundamental de dichas políticas fue la lucha contra las epidemias, descuidando otros aspectos básicos, como la mortalidad infantil o las enfermedades endémicas, aunque desde la creación de servicios sanitarios municipales, como los ya detallados ganó en importancia la lucha contra las enfermedades infectocontagiosas, siguiéndose líneas de actuación específicas contra la rabia, el paludismo o la tuberculosis (creación, por ejemplo, de dispensarios tipo Calmette).
También la erradicación de las enfermedades venéreas, que dio lugar a diversos reglamentos e intentos de control municipal sobre la prostitución, la protección a la infancia o la supervisión de la sanidad marítima son otros temas que el autor estudia al enfocar las políticas de salud.
Uno de los capítulos en mi opinión más interesantes y originales de esta obra es el que se refiere al discurso médico sobre las enfermedades sociales y la salud pública, en un contexto que contempló una creciente implicación de los profesionales de la medicina respecto de los retos sanitarios surgidos de lacras sociales como la pobreza o la insalubridad, ligadas a la industrialización.
Una implicación que llevó a algunos de estos profesionales a asumir compromisos políticos, como va a ocurrir con el doctor Francisco Moliner.
El autor se explaya aquí sobre la ideología higienista, remitiéndose a una serie de textos clásicos, aunque muy divergentes entre sí, como son los de Pedro Felipe Monlau, Joaquín Salarich, o Juan Giné y Partagás, bien representativos de la medicina social del siglo XIX.
Dicha ideología, que impregnó durante mucho tiempo a los médicos valencianos, centró su interés en cuestiones como el medio ambiente o la salubridad urbana, pero retrasó, en cambio la entrada de enfoques y discursos nuevos como por ejemplo, la doctrina del contagio basada en la investigación microbiológica de laboratorio que trasformó de manera drástica las estrategias de lucha contra el fenómeno infeccioso y atenuó la conexión entre la enfermedad y sus raíces sociales, especialmente la pobreza.
Este capítulo es seguido de otro final acerca de la incidencia de la Guerra Civil en el panorama descrito y que fue objeto de diferentes rapports internacionales cuyo análisis y difusión en este libro constituye una de las aportaciones más interesantes del mismo.
Con el título Antonio Vallisneri.
L 'edizione del testo scientifico d' età moderna se presenta una selección de los trabajos expuestos en el seminario internacional de homónima nominación celebrado en el Centro de Estudios Lazzaro Spallanzani de Scandiano los días 12 y 13 de octubre de 2001.
El libro se completa con dos aportaciones fuera de concurso, firmadas por Mauro De Zan y Carlo Castellani, sumando un total de once artículos confabulados alrededor de una misma temática: la edición crítica del texto científico, teoría y práctica.
En este contexto, el escenario spallanzaniano tuvo como telón de fondo el vasto proyecto editorial correspondiente a la Edizione Nacionale de las obras de Vallisneri, comenzado el año 2000 y que, como es costumbre, ya tiene su dimensión internet [URL].
Los trabajos se agrupan en tres apartados relativos al objeto, Materiales de ricerca, las reglas, Tipologie del testo scientifico e criteri ecdotici, y las nuevas tecnologías, Edizioni e inventari elettronici.
En «Louis Bourguet et le modèle des corps organiques», François Duchesneau se ocupa del ideario vallisneriano en relación con el organicismo materialista, recomendable trabajo sobre historia de la ciencia pero fuera del tema; Dario Generali explica los objetivos y estado de la Edizione Nacionale; y Mauro De Zan ejemplifica esta propuesta analizando la edición realizada en 1996 del opúsculo Nuova idea del male contagioso de' buoi, suscrito por Cogrossi y Vallisneri, y publicado en 1714 en relación con la peste bovina que esquilmaba la cabaña ganadera italiana.
En la segunda parte Concetta Pennuto analiza el problema de editar un tratado médico de finales del siglo XVI, el De anatome, morsu et effectibus tarantulae de Giorgio Baglivi; Carlo Castellani relata su experiencia en el estudio y clasificación de los manuscritos spallanzanianos; Marc J. Ratcliff utiliza el diario de laboratorio perteneciente a Horace-Bénédict de Saussure para valorar la dualidad campo semántico-campo científico; y Gianmarco Gaspari plantea la duda ¿conservar u homologar un texto científico?, amparándose en recientes actuaciones editoriales.
La electrónica cierra el libro y abre las puertas del futuro.
Jean-Daniel Candaux describe su utópico inventario para salvarguardar una la república de las letras en peligro de extinción por el uso del teléfono, el fax y el e-mail; Antony McKenna y Annie Leroux exponen «L 'édition électronique de la correspondance de Pierre Bayle»; Hubert Steinke se ocupa del proyecto Haller realizado en el Institute for the History of Medicine de la Universidad de Berna [URL]; y Andrea Scotti explica el modelo Pinakes, aplicación desarrollada desde el Istituto e Museo di Storia della Scienza de Florencia como un nuevo modelo para clasificar el patrimonio científico construyendo una arqueología del saber [URL].
Por definición, este tipo de libro merece el calificativo de irregular.
La desigualdad proviene tanto del heterogéneo material que lo compone como de los potenciales lectores.
Los cibernautas historiadores de la ciencia encontrarán atractivo el capítulo final, no porque se termine el libro sino por la renovadora corriente que internet representa.
Los ortodoxos hallarán sosiego en una segunda parte gobernada por la imprenta; y el insuficiente capítulo inicial pasa desapercibido.
Andrés Galera F. PEREÑA, El hombre sin argumento.
En una época en la que el mundo occidental creyó con altivez que su superioridad emanaba de haber acordado que la democracia era el mejor instrumento de la política para regular la relación de los hombre entre sí, y cuando creíamos que el siglo XX nos había vacunado contra la barbarie, nuevos mesías han decidido salvar el mundo destruyéndolo.
Invocan un nuevo dios caníbal, que despreciando la ley y la vida humanas, sólo se satisface en la impunidad.
Recordamos las palabras de Freud en su texto El porqué de la guerra: «Cuando oímos hablar de los horrores de la Historia, nos parece que las motivaciones ideales sólo sirvieron de pretexto para los afanes destructivos... las actitudes psíquicas que nos han sido impuestas por el proceso de la cultura son negadas por la guerra en la más violenta forma y por eso nos alzamos contra ella, simplemente, no la soportamos más».
Hoy, más que nunca, estamos necesitados del rigor de un pensamiento sobre el sufrimiento humano.
Este es el caso de F. Pereña en su quehacer: un pensamiento fraguado en la clínica psicoanalítica.
Así, en su anterior libro titulado La pulsión y la culpa.
Para una clínica del vínculo social, se plantea a partir de una reflexión sobre la culpa y la responsabilidad, la siguiente pregunta: «¿hacer daño o padecerlo es lo que únicamente gobierna la vida del hombre?».
En el nuevo libro que reseñamos, su trabajo gira alrededor de otra pregunta: «¿Podría acaso el hombre vivir en la más estricta soledad de vida y de sin sentido?».
Las palabras de Paul Celan: «Herido de realidad, en busca de realidad» le acompañan en un recorrido, que parte del concepto de trauma, definido como pérdida irreparable de realidad.
El trauma se reproduce y se repite como fracaso permanente de la «identidad de percepción», donde se reúne para Freud el deseo con la experiencia de satisfacción.
El sujeto buscará entonces en la «identidad de pensamiento» la posibilidad de vivir, pero el único modo de procurársela es asegurarse del otro, crear un entramado de relación con el otro donde figure un modo de satisfacción supuestamente adecuado a esa relación.
A ese entramado se le llama en la clínica psicoanalítica fantasma.
El infans es primero un grito, una llamada al otro que parte del fracaso de la «identidad de percepción», como medio para la satisfacción de sus necesidades.
La falta de programa del instinto para su cuerpo, le deja en una situación tal de desamparo que necesita la demanda, donde debería estar simplemente la necesidad.
Las grandes necesidades fisiológicas (hambre, respiración y sexualidad) anudadas al otro desde el principio por lo que Freud llamó «asistencia ajena», se convierten en hambre del otro, y asfixia por la angustia ante la soledad del cuerpo y del sexo sin instrucciones.
¿Cuál es entonces la tesis analizada por Pereña que recorre minuciosamente la obra de Freud y que aparece fundamentada y enraizada en su trabajo clínico?
«El hombre está desde el origen orientado hacia el otro y extraviado de su cuerpo, careciendo, entonces, dicho cuerpo de la medida de certeza que le diera identidad.
El fantasma es el escenario en el que la vulnerabilidad del cuerpo y el desamparo del sujeto encuentran el argumento del poder.
Su anudamiento al otro toma así ese lazo insistente entre sexualidad y agresividad que ha adquirido, en esta época de impunidad, manifestaciones asombrosas.
Poder, sugestión, vencer, son términos muy cercanos al argumento fantasmático».
Vemos cómo el sujeto requiere de una escena que le procure si no una proporción, al menos un vínculo argumental, y por ello, también necesitará reclamar la presencia de un otro consistente, ya sea su presencia tiránica, religiosa, grupal, ya sea la ideología de masas, ya sea la ansiedad de una certeza del objeto de amor, ya sea la sugestión hipnótica.
Pero si algo ha revelado el psicoanálisis como clínica del síntoma, es que ese segundo intento de identidad también fracasa y, por lo tanto, es una clínica que no se corresponde con ninguna identidad discursiva en la que el sujeto se define por el modo en que trata dicho fracaso.
Y el autor es aquí contundente: «Si ese fracaso no es apertura a la vulnerabilidad del hombre, será entonces cierre a una violencia colectiva».
Una paradoja da cuenta del título del libro: el sujeto necesita un argumento para vivir, pero argumento sólo hay uno, «el de la unidad de pensamiento cuyo cimiento es esa escena en la que el sexo está argumentado con el poder» (experiencia libidinal con el otro del que depende nuestra vida).
Luego, parece que al ser humano no le queda otro remedio, si quiere respirar y estar vivo, que argumentarse, pero a la vez preservar la intriga y la contingencia, más allá de lo que le proporciona su argumento (su respuesta fantasmática al desamparo, en la que está condenado a la ira o a la sumisión).
De ahí, que la tragedia de Edipo, como tragedia del hombre, es un momento crucial en el destino de todo sujeto, puesto que «romper con el Uno del incesto supone poder vivir con el otro del trauma abriendo las vías del amor y el deseo».
Por otro lado, que la subjetividad se defina como la respuesta singular de cada sujeto al hecho traumático, introduce uno de los desarrollos más interesantes del libro, puesto que relaciona el problema de la causalidad con el saber del inconsciente, la repetición y el límite al cambio.
El psicoanálisis ha introducido la causa subjetiva en la clínica al interrogar determinados padecimientos para los que el causalismo físico, que excluye toda subjetividad, carece de respuesta.
La causalidad biológica trata de devolver al sujeto a una pertenencia natural perdida, y cualquier causalidad trascendente buscaría una causa exterior que le condena a la ignorancia y a la irresponsabilidad sobre su determinación sintomática.
Por lo tanto, el psicoanálisis propone una elaboración del saber deducido de la experiencia constitutiva del sujeto, que Pereña define como «experiencia de lo imposible y de la no reciprocidad del otro en el fallido anhelo de semejanza».
Una elaboración de saber que es la tarea propia del sujeto (o trabajo del inconsciente).
El saber del inconsciente aparece entonces como «una memoria del sentir o un texto escrito en el cuerpo del hombre» (porque es memoria de las huellas de una experiencia de indefensión que el inconsciente elabora, pero no borra).
Esa memoria no se anula en ninguna identidad discursiva, ni en ninguna unidad de significación, ni en ninguna traducción, y carece de código al tratarse de la elaboración de una experiencia singular.
Esa memoria necesita del recuerdo encubridor, del sueño y del argumento del poder, a la vez que es memoria de un saber que no es un argumento, sino su refutación.
Por ello, si el sujeto no quiere quedar reducido a «mera defensa o angustia paralítica», puede encontrar en el trabajo del inconsciente su tarea como sujeto.
Un trabajo que no le evitará la repetición, pues la repetición es la repetición de esa paradoja por la que la vida parece imposible, pero, como dice el autor, «saber que repetimos y que la repetición de las huellas es la verdad de la mentira del argumento nos hará más humildes y un poco más vivos».
Este sujeto se enfrentará a la angustia como posibilidad de existir.
Angustia, que por otro lado, es necesario distinguir de la angustia neurótica que sostiene todo el entramado argumental, a la vez que debe ser también diferenciada de la ansiedad ciega de muchos fenómenos clínicos.
Si el saber del inconsciente es presentado como saber ligado a la experiencia singular del trauma, es lógico que Pereña haya escogido, entre las muchas lecturas presentes en el libro, cuatro nombres: Aristóteles, Kant, Freud, Levinas.
Aristóteles y Kant porque nos enseñaron que no hay saber por fuera de la experiencia.
Freud y Levinas porque nos hablaron del desamparo radical del hombre y su extrema vulnerabilidad ante la exposición al otro.
Situaremos, por último, la pregunta que enlaza con el punto de partida de este libro.
Pereña plantea la pregunta una vez más, esta vez para reflexionar sobre el límite al cambio: ¿cabe una modificación de la intrincación de la pulsión de muerte y la pulsión de vida?
¿Cómo es posible que los avances en la conquista de la naturaleza vayan a la par de una repetición constante del fracaso, del desencuentro de los hombres entre sí?
Pregunta aterradora, dice, pues la repetición desafía el progreso, «apenas el hombre descansa de la guerra y ya no sabe qué hacer con su vida».
La respuesta es ética y clínica: «no cabe posibilidad de modificar la estructura clínica (psicosis o neurosis); ahora bien, la estructura clínica tiene en cada sujeto no sólo su particular tipología (paranoia, esquizofrenia o melancolía, por un lado, e histeria, obsesión y perversión, por otro), sino también su concreta posición subjetiva.
En el síntoma se dan cita la estructura clínica, la tipología clínica y la posición subjetiva o condición ética de la que está hecho el sujeto».
Pero sí cabe la modificación de la posición subjetiva que implica un desargumentarse, o al menos, que el argumento fantasmático pierda su consistencia para que pueda tener lugar a veces el acontecimiento del hombre justo, «un hombre que acepta la soledad del cuerpo como comienzo de un acercamiento al otro, interrumpido constantemente por la desproporción entre la demanda y el deseo, entre el pensamiento y el acto, entre el amor y el deseo, entre la posibilidad del otro y su radical extrañeza».
En este punto la propuesta clínica del autor es el trabajo del inconsciente, propuesta comprometida con lo irrenunciable de su práctica: «Con que sólo uno hay podido abrir los ojos al menos por un instante a la pluralidad del mundo, con que sólo uno haya podido revivir una libido que parecía inerte de tan estancada, con que uno sólo pudiera desear y amar sin pretender la inocencia, pero sin verse, por ello, obligado a la posesión mortal o destructiva, con que alguien dé a su sufrimiento la dignidad de su límite y pueda tomar el momento de la alegría como un deber moral, con que el hombre que porta el cuerpo del hombre pueda ser el fuego de una palabra escueta, la «clara candela del hambre en la boca», que dice el verso de Paul Celan...
No podemos concluir esta reseña sin hacer referencia al espléndido y elogioso prólogo de F. Colina y sirvan sus palabras como estímulo para un posible lector: «El propósito del psicoanálisis no es concebido, en suma, únicamente como una técnica terapéutica o como un camino interno hacia la serenidad o el alejamiento de lo infeliz.
Es entendido, más bien, como una higiene en el uso del poder de cada uno en referencia a sí mismo y a los demás».
En opinión de Felice Fontana, primer director del florentino museo de física e historia natural, es el centro de saber simbolizado por la expresión casa de Salomón, en correspondencia con el ilustrado siglo que le cobijó.
La museología aplica ahora valores diferentes, auspiciada por la tecnología y bajo el amplio, variopinto y cosmopolita paraguas de la cultura.
Fundado en 1775 con sede en el palazzo Torrigiani, Fontana hizo del museo una institución científica de envergadura asociando colecciones, laboratorios, jardín botánico, observatorio astronómico y biblioteca.
Si eligiésemos un estandarte la decisión, sin duda, recaería en la excelsa colección de reproducciones anatómicas en cera elaboradas en sus propios talleres.
El conjunto se conserva en el museo zoológico constituido en la Specola, nombre del originario observatorio astronómico, ya en desuso, el único remanente museístico mantenido en el edificio fundacional de vía Romana, disuelto en 1878 entre los diferentes gabinetes del instituto de estudios superiores.
Hoy, una amarga sensación de decadencia envuelve al visitante cuando atraviesa el portal del palazzo Torrigiani transformado en recinto universitario.
Simone Contardi aborda este capítulo de la historia de la ciencia italiana utilizando los conocimientos extraídos de manuscritos y fuentes impresas depositadas en archivos y bibliotecas de Arezzo, Bolonia, Florencia, Forli, Ginebra Livorno, Londres, Milán, Pisa, Poppi y Rovereto, incluyendo la novedad documental del ignoto manuscrito Progetti per la costituzione di una accademia delle scienze, redactado por Fontana y reproducido como apéndice.
El resultado de esta vasta recopilación es un texto metodológicamente impecable.
Con esta excelente argamasa, Contardi reconstruye la historia de la institución y de sus científicos.
Es una historia descriptiva y rectilínea, desplegada, como en la dramaturgia clásica, en tres actos: exposición -los antecedentes y el periodo fundacional de una institución regia impregnada del quehacer politico-científico de Giovanni Targioni Tozzetti, cuyo gobierno recayó en manos de Felice Fontana-; nudo -la problemática de un museo líder en Europa concebido como centro de investigación y divulgación, no como núcleo docente-; y desenlace -la desintegración del modelo por la especialización de la ciencia moderna dividida en reinos de taifas-.
Esta historia del museo leopoldino es un escaparate de la ciencia fiel al documento, con el rigor y la perdida de plasticidad discursiva que conlleva, una exuberante y enriquecedora propuesta, la fotografía de los hechos no de las ideas.
Particularmente preferimos la historia del pensamiento y el análisis integrador capaz de proyectar nuestro pasado hacia el futuro; que falte en este libro no es ni mérito ni demérito, es sólo una opción historiográfica. |
60 Carta de Curt Nimuendajú para Theodor Koch-Grünberg. |
Pocos temas han despertado un interés historiográfico tan amplio y han merecido un lugar incuestionable en los manuales y tratados de historia de la medicina como el descubrimiento de la circulación de la sangre (1).
Entre ellos, la mayor parte de la literatura ha estado consagrada a William Har vey y a la importancia histórica del descubrimiento de la circulación ma yor, pero una parte significativa se ha ocupado también específicamente de analizar el descubrimiento de la circulación pulmonar (2).
Tanto es así que el descubrimiento de la circulación menor no puede presentarse en la ac tualidad como un tema original o que esté en proceso de discusión.
Por consiguiente, sólo una minuciosa revisión de la perspectiva general que so bre el tema nos ofrece la historiografía nos permitirá justificar la oportuni dad de un nuevo acercamiento, como el presente, que pueda aportar algu na novedad a lo ya conocido.
Entre los historiadores de la medicina actuales sospecho que predomi na la idea de que el significado histórico del descubrimiento de la circula ción menor se encuentra perfectamente evaluado por la abundante biblio grafía consagrada al tema en su conjunto o a los personajes que intervinieron en el descubrimiento.
Me inclino a pensar así, por el hecho de que los manuales al uso ofrecen una valoración ecuánime al respecto.
Pero además hay que añadir como dato significativo que una revisión cro nológica de la bibliografía refleja un llamativo descenso de trabajos de in vestigación sobre el tema prácticamente desde finales de la década de los años sesenta.
Es decir, hace un cuarto de siglo que el tema ha dejado de in-
Será, por consiguiente, oportuno que analicemos brevemente el es tado actual de nuestros conocimientos sobre la significación histórica del descubrimiento de la circulación pulmonar y las aportaciones más signifi c;:ativas. a) El descubrimiento de la circulación menor en la historiografía La erudición bio-bibliográfica tradicional ha dado cuenta ampliamente del descubrimiento de la circulación pulmonar y lo ha hecho desde un do ble perspectiva: la que se deriva de una historia biográfica de 'grandes figu ras' y la que se desprende de una perspectiva nacionalista basada en la rei vindicación de prioridades (3).
Se puede decir que la erudición tradicional se interesó ampliamente por el acontecimiento histórico. del descUbrimien to de la circulación menor, como una de las grandes novedades de la ana tomo-fisiología del siglo XVI, que sirvió para poner en cuestión la perfec ción inmutable de la imagen galénica del cuerpo humano.
Su aportación consistió b�sicamente en situar cronológicamente los hechos e identificar a sus protagonistas principales.
Sin embargo, el enfoque tradicional -que podemos hacer extensivo hasta los trabajos de principios del_ siglo XX adoleció de una cierta superficialidad como construcción histórica y no acertó a plantear el tema en los términos de un debate histórico con una sólida fundamentación heurística.
El panorama comenzó a cambiar en los trabajos que se suceden a par tir de los años 1930, a pesar de que algunos sigan conservando reminiscen cias nacionalistas manifestadas a través de sutiles referencias a las priorj dades o eludiendo la mención a autores significativos.
Desde esa época y durante tres décadas, algunas de las principales revistas internacionales de historia de la medicina han recogido_ las aportaciones de conocidos histo riadores de la medicina, que se interesaron en su investigación por el signi ficado histórico.del descubrimiento de la circulación pulmonar ( 4 ).
Obvia mente, muchos de ellos tenían en la historia de la anatomía S\1 principal campo de interés (S).
Posiblemente su peso intelectual influyó considera blemente en la historiografía posterior, que con su silencio ha querido con servar el tema donde este importante grupo de historiadores lo dejó.
Con viene sintetizar a continuación las características fundamentales de la historiografía de esos años y las contribuciones que se hicieron al tema que nos ocupa.• Tal yez el aspecto más destacable de los principales trabajos publicados entre 1930 y 1960 es la superación de las disputas localistas, la rigurosidad metodológica y el excelente conocimiento de las fuentes y de su crítica.
Hay que reconocer que buena parte del interés demostrado por la significa ción histórica del descubrimiento de la circulación menor se debe a un fac tor de erudición que le dio un impulso considerable: la aparición del médi co egipcio Ibn-an Nafis (1210-1288) en el panorama historiográfico como primer rectificador de las ideas sustentadas por el galenismo. �us textos re �ativos a la circulación pulmonar fueron de inmediato publicados en ale mán por Meyerhof (6) y vertidos al inglés por Bittar (7).
Esa es la razón por la cual una parte significativa de los trabajos consagrados al descubrimien to de la circulación pulmonar se ocupó de analizar la obra científica de Ibn-an Nafis, su descripción de la circulación menor y la posibilida� de que su obra llegará a ser conocida en Occidente (8).
Los trabajos de Meyerhof (9) y de Temkin (10) pusieron de relieve la es casa probabilidad de que tanto Servet como Colombo conocieran la obra médica del médico de Damasco y, en particular, su descripción de la circu lación menor.
Ateniéndose a una minuciosa comparación de los textos de Ibn-an Nafis y Servet, Temkin concluyó que no había existido influencia al guna.
Se basaba sobre todo en el hecho de que el médico árabe negaba ex plícitamente la existencia de poros en el septo interventricular y en el papel que otorgaba a los pulmones, ya que consideraba que la sangre se filtra a través de las paredes de la arteria pulmonar, pasa a los pulmones donde se mezcla con aire y después se filtra a la vena pulmonar.
Servet, en cambio, creía que la sangre pasa desde la arteria pulmonar a la vena pulmonar a través de unas anastomosis interm�dias.
No obstante, la difusión o no en ciertos sectores científicos de Occiden te de las ideas anatómicas de Ibn-an Nafis seguía siendo algo pendiente de dilucidar y diversos historiadores se volcaron en la búsqueda de nuevos da tos.
El principal elemento que incitaba a la duda era debido al hecho de que algunos textos de Ibn-an Nafis habían sido vertidos al latín en Venecia y publicados en 154 7.
Dado que no se trataba de aquellos fragmentos que hacen referencia a la descripción de la circulación pulmonar, quedaba des cartada su amplia difusión, pero persistía la duda de si el traductor, un mé dico llamado Andrea Alpago, conocía bien la obra de Ibn-an Nafis y pudo haber transmitido verbal o epistolarmente la información a ciertos secto res médicos italianos.
Caso de que así hubiera sido, la noticia podría hipo téticamente haHer llegado a Colombo -piénsese en la estrecha relación existente entre los círculos científicos de Venecia y Padua-, pero no a Ser-vet (11).
Máxime, si tenemos en cuenta que el aragonés había enviado ya un manuscrito de su obra Christianismi Restitutio a Calvino en 1546 y todo parece indicar que ya por esa época hacía referencia a la idea de la circula ción (12).
Coppola indagó con toda minuciosidad á través de una abundan te documentación de archivo la posibilidad de que Andrea Alpago o incluso su sobrino Paolo Alpago coincidieran en alguna ocasión con Colombo y pudieran haberse convertido en el vehículo transmisor de las ideas del mé dico árabe, pero la falta de pruebas concretas hace que su indagación se asemeje a un relato de intriga con un final lleno de ambigüedades e incerti dumbres.
Con independencia de que las ideas de Nafis llegaran o no a Co lombo, lo cierto es que nadie ha podido establecer pruebas de una relación directa entre Alpago y Colombo, que constituyan una hipótesis histórica verosímil ( 13).
Otro aspecto que ha puesto de relieve la historiografía sobre el descu brimiento de la circulación pulmonar es la absoluta independencia de los descubrimientos de Servet y Colombo.
Los trabajos de Capparoni (14) y Coppola (lS) permiten afirmar con cierta seguridad que Valverde y Colom bo no conocieron la obra impresa de Servet.
A éste último se han consagra do un buen número de trabajos que han dado luz sobre la significación de su descripción (16).
Con toda probabilidad, la principal intención de Servet no era otra que la de desmentir a Galeno, quien, en opinión del aragonés, no había sabido ver que la sangre se airea en los pulmones y no en el cora zón.
Para demostrarlo aportaba observaciones importantes desde el punto de vista anatómico: l.
Que el septo interventricular es impermeable y, por consiguiente, no permite el paso de la sangre venosa desde el ventrículo derecho al izquierdo.
Que la arteria pulmonar es demasiado gruesa y voluminosa para de sempeñar exclusivamente la función de nutrir los pulmones, tal y como defendían los galenistas.
Que la mezcla del aire con la sangre se verifica en los pulmones y no en el corazón.
La extrañeza que pudo causar el hecho de que Servet discuta cuestio nes anatomo-fisiológicas en un libro de teología pierde cierto.sentido si te nemos en cuenta que Servet era un hombre integrado plenamente en la cultura del Renacimiento y, en cuanto tal, su pensamiento poseía una per fecta coherencia intelectual: compartía la idea de una cohesión interna y una unidad de todo cuanto existe en el mundo, lo que a menudo llevaba a pretender armonizar todos los sistemas de pensamiento, el religioso, el fi losófico y el científico.
Bainton considera relevante para el descubrimiento de Servet la discu sión del problema candente de la salvación personal ( 17).
Su argumento se basa en que la salvación conlleva la definición de un alma, la cual habría si do otorgada por Dios al hombre según las Escrituras a través de un soplo, es decir, por la respiración.
En ese sentido se puede entender la respiración como purificación/aireación de la sangre y así cobra interés la idea contra ria al galenismo de que el alma no está en el corazón o en el cerebro, sino en la sangre, y a través de ella se dispersa y distribuye a todas las partes del cuerpo.
Como qu_ iera que sea, por razones de sobra conocidas, las ideas fisioló gicas de Servet apenas tuvieron difusión (18) y-en base a todo lo dicho an teriormente, cabe concluir que la descripción de la circulación pulmonar que tuvo verdadera repercusión en todo Occidente fue la realizada por los anatomistas Valverde y Colombo en 1556 y 1559 respectivamente.
Una re visión exhaustiva de los tratados y demás obras de anatomía publicadas con anterioridad a esas fechas nos permiten confirmar con absoluta certe za que todas ellas siguen fieles a las ideas de Galeno.
Llegados a este punto, se suscita de inmediato la siguiente cuestión: ¿ cuál era la posición de quien ha si. do consagrado por la historiografía co mo gran figura de la anatomía del siglo XVI, Andrés Vesalio?
¿Pudo desem peñar algún papel en el descubrimiento?
La respuesta -de todos conoci da-es contundente: no. Pero conviene introducir algunas matizaciones de interés, porque las relaciones de Vesalio con los círculos de París y de Pa dua dan relieve también a su posición en este asunto.
En la edición prín ceps de su tratado anatómico De humani corporis fo.brica, libri septem (1543), Vesalio seguía fielmente las ideas de Galeno salvo en la expresión de una cierta duda acerca de la permeabilidad del septo interventricular.
No obstante, se mostraba conforme con las ideas de Galeno en el sentido de que la sangre "fluye a través d• el tabique desde el ventrículo derecho al izquierdo" (19).
Sin embargo, hay que sospechar que algo empezó a suce der a su alrededor, ya que su posición al respecto es mucho menos claras en la segunda edición de la obra, aparecida en 1555.
La cita que acabamos de hacer se ha sustituido por un "se piensa que la sangre fluye a través del tabique... " (20), pero además Vesalio señala que él no es capaz de ver por dónde pasa la sangre (21).
Si trazamos, pues, la cronología del descubrimiento, vemos que en 1553 Servet realiza una pr�mera descripción que apenas trasciende.
Dos años después Vesalio rectifica su texto original y expresa su imposibilidad de demostrar por dónde se filtra la sangre.
Un año más tarde, Valverde pu blica su tratado anatómico en el que niega explícitamente la permeabilidad del tabique (22) y describe el tránsito de la sangre a través de la arteria pul monar y su regreso al corazón por la vena pulmonar.
En su descripción, Valverde se considera el primero en describir dicho tránsito y afirma ha berlo comprobado muchas veces en las disecciones practicadas junto a Colom bo (23).
Ambos desmienten con sus experiencias la idea tradicional de que por la vena pulmonar sólo circula aire y la describen llena de sangre (25).
Dicho esto, queda aún por aclarar otro aspecto significativo, el que to dos los protagonistas anteriormente mencionados se hallaban vinculados al ambiente científico de dos importantes escuelas anatómicas europeas: las universidades de Padua y París.
En París, bajo el magisterio de Günter von Andernach se habían formado Vesalio y Servet, y sin embargo de los escritos del maestro no se deduce ningunareferencia explícita a la circula "'" ción pulmonar (26).
Tras la llegada de Vesalio a Padua, conocida es su es trecha colaboración y amistad inicial con Realdo Colombo y la posterior ruptura y enemistad manifiesta (27).
La ausencia de una referencia a la cir culación pulmonar en Vesalio y la posterior descripción de Valverde y Co lombo permiten extraer dos conclusion�s: a) que el hallazgo anatómico.fue posterior a esa ruptura entre Vesalio y Colombo, y b) que Valverde y Co lombo pudieron utilizar la descripción anatómica de la circulación como un elemento de crítica y desprestigio contra Vesalio, que había de� sconoci do el trascendental hallazgo.
Ello explicaría la sutil rectificación de Vesalio en la segunda edición de su obra, sin llegar a aceptar su error.
Al comparar los distintos aspectos que componen la idea de la circula ción pulmonar en Valverde y en Colombo, Coppola atribuye al primero dos objetivos fundamentales: demostrar que el septo o tabique interventricular es impermeable y que la vena pulmonar contiene la sangre que regresa al, corazón desde los pulmones (28).
Considera, sin embargo, que Colombo aportaba otros tres aspectos importantes: la idea de que la masa muscular del corazón posee un aporte específico de sangre arterial para su manteni miento; la perfecta comprensión del papel desempeñado por las válvulas cardíacas para impedir el retorno de la sangre una vez expulsada y la idea de que no es posible que los pulmones no reciban sangre arterial como to das las demás partes del cuerpo.
Con lo anterior, vemos que la historiografía ha trazado -hasta donde era posible-las circustancias del descubrimiento, sus antecedentes y las posibles influencias mutuas de sus principales protagonistas.
No es el mo mento éste de entrar en mayores detalles, que pueden rescatarse de la lite ratura publicada.
Sin.embargo, dar por zanjado el tema en este punto pare ce una renuncia historiográfica difícilmente explicable.
Recapacitemos un poco sobre el tratamiento que ha tenido el descubrimiento de la circula ción pulmonar y comprobaremos que la práctica. totalidad de los trabajos a ella consagrados se han centrado en analizar el desarrollo de los hechos has ta el momento de la descripción y extraer conclusiones acerca de su signifi cado histórico.
Con respecto a este último aspecto, se ha dado por supuesto que una vez descrita por los anatomistas la circulación pulmonar y rectifi cado el error en que había incurrido la anatomo-fisiología galénica, el he cho y sus consecuencias había sido aceptado por la generalidad de los mé dicos.
A diferencia de los incontables trabajos que se han ocupado de analizar en los más diversos ambientes las reacciones frente a la doctrina de la circulación de la sangre de William Harvey, en el caso de la recepción de la circulación pulmonar sólo encontramos un amplio silencio historio gráfico que abunda en la idea que Allen G. Debus expresa con toda clari dad: "After Colombo this 'lesser circulation' was generally accepted" (29).
Sin embargo, nada se encuentra más lejos de la realidad histórica.
b) La herencia del galenismo
Frente a la tradicional identificación de. las ideas biológicas de Galeno con su posterior sistematización por parte del galenismo medieval, los principales estudiosos de la obra de Galeno han puesto de relieve profun das diferencias en algunos temas cruciales.
Uno de ellos es el relativo al movimiento de la sangre y al papel de la respiración.
Las obras en las que Galeno se refiere a estas cuestiones de forma más específica son dos: An in arteriis natura sanguis contineatur y De usu partium.
El análisis directo de los textos galénicos ha demostrado que el médico de Pergamo había enten dido en buena medida el mecanismo de la circulación pulmonar, pero su pensamiento fue mal interpretado y simplificado escolásticamente por el galenismo medieval.
Esa es la postura de Siegel -tal vez el más ferviente defensor de Galeno-cuando afirma que "Galen explained how the pum ping mechanism of the chest wall propels the blood from the branches of the pulmonary artery into those of the pulmonary vein.
Así lo dan a entender las propias palabras de Galeno, cuando afirma que "la sangre que el corazón envía a los pulmones es transformada y se hace más sutil en este órgano" (31).
Galeno pensaba que la sangre venosa fluye desde el hígado, donde se forma, a la vena cava inferior y superior, y desde allí a la periferia del cuer po.
No pensó que desde allí pudiera regresar al corazón, porque la función que le atribuía era la de transportar las sustancias nutritivas destinadas a reparar las pérdidas de las partes.
Por consiguiente, sólo una pequeña can tidad de la sangre venosa pasaría desde la vena cava al. corazón y los pul mones, y desde allí al sistema arterial.
Sin embargo, Galeno cometió un error garrafal, que se convirtió en el fundamento de la doctrina errónea posterior: como el tamaño de los vasos pulmonares es menor que el de la vena cava y que el de la arteria aorta, no creyó posible que toda la sangre pudiera atravesar los pulmones y tuvo que idear un trayecto simultáneo, que consistiría en atravesar el septo interventricular por unos supuestos poros o perforaciones del septo.
Se trataba de una salida fundamentada en la lógica ante la ausencia del dato anatómico.
No obstante, lo que puede afirmarse con rotundidad es que jamás Galeno dio a entender -como lo hizo posteriormente el galenismo dogmático-que esos poros fuesen la única vía de difusión de la sangre desde el ventrículo derecho al izquierdo.
Conviene considerar además un segundo elemento de confusión entre las ideas de Galeno y su posterior sistematización por parte del galenismo medieval.
Al creer que la sede del calor innato y de las combustiones orgá nicas es el ventrículo izquierdo, tuvo que idear una vía de salida para los gases y vapores que se generaban hacia el exterior.
Esa vía iría a través de la válvula mitral y por la vena pulmonar alcanzaría los pulmones y el exte rior.
La perforación del septo y la salida de gases a través de la vena pulmo nar fueron los dos principales aspectos que llevaron a una interpretación errónea de las ideas de Galeno y al desconocimiento de la circulación de la sangre a través de los pulmones.
De hecho, el galenismo dogmático creó un sistema fisiológico en el que la función de los tres órganos principales (hí gado, corazón y cerebro) estaba perfectamente jerarquizada y se apoyaba en un aparato anatómico independiente.
Cualquier visión unitaria que pu siera en comunicación los tres sistemas rompía la perfección del modelo: Los principales comentadores de Galeno, v.gr. el médico francés Jean Fernel, interpretaron que la sangre sutil que fluye por las venas pulmona res no llega a alcanzar el corazón por ningún mecanismo durante las con tracciones respiratorias del pulmón, sino que permanece en el tejido pul monar para reparar sus pérdidas.
Ante estos hechos, Siegel adopta una posición original frente a la recti ficación que Servet y Colombo realizaron en ese punto a los esquemas del galenismo dogmático.
Consider.a que existe una gran similitud en la litera lidad del texto de Galeno y el de Ibn-an Nafis y, tanto en su caso como en el de Servet, atribuye la idea de la circulación a una copia directa de los tex tos de Galeno (32).
El mérito de Colombo residiría, pues, en haber compro bado experimentalmente las ideas del gran médico griego. c) Un descubrimiento ignorado °La idea de que la circulación pulmonar fue inmediatamente aceptada por la generalidad de los médicos procede seguramente del hecho de que las descripciones de Valverde y Colombo, ampliamente conocidas en todo Occidente, no despertaron aparentemente ningún tipo de debate o polémi ca (33).
La reacción fue muy distinta de la que sucedió tras la publicación del De Motu Cordis de Harvey en 16_ 28.
Cabe suponer, como lo ha hecho mayoritariamente la historiografía, que la no discusión del hecho compor taba su aceptación.
Sin embargo, una revisión detallada de la literatura médica posterior a 1560 revela de inmediato que la solución del problema no es, ni mucho menos, tan sencilla.
Tal vez la clave de la dificultad que planteaba la aceptación del descu brimiento de la circulación pulmonar y su incorporación al estilo de pensa miento fisiológico vige. nte procede del obstáculo intelectual que supone aceptar con coherencia la circulación pulmonar sin tener, al mismo tiem po, una idea clara de la circulación mayor.
En unos momentos de plena vi gencia del paradigma fisiológico elaborado por el galenismo, el descubri miento de la circulación pulmonar no podía ser asumido sin plantear serias contradicciones, por su incoherencia con los principales conceptos fisiológicos vigentes.
Si bien como hecho anatómico demostrado era asu mible, como hecho fisiológico hacía entrar en contradicción el sistema fisio lógico global del galenismo.
Si la sangre es creada por el hígado, origen del sistema venoso, con el objetivo primordial de restaurar las pérdidas de las Asclepio-11-1992 partes (recordemos que la fisiología galénica posee un fuerte contenido te leológico); si es el corazón, sede del calor innato y origen de las arterias, el que envía a través de ellas los espíritus vitales para dar' vida a las partes, ca rece de sentido considerar la comunicación entre dos sistemas cuyas fun ciones están clara y jerárquicamente separadas.
El galenismo había consagrado una imagen del funcionamiento del cuerpo en torno a tres órganos estructurados según un orden jerárquico, cuya actividad se extendería a todo el territorio corporal mediante un siste ma de transmisión propio y específico: venas/hígado, arterias/corazón, ner vios/cerebro.
En los años centrales de la década de 1550, cuando aparecen los testimonios de la -circulación pulmonar, la medicina vigente no podía integrar una rectificación al sistema galénico de este calibre y esa fue la ra zón fundamental por la que, en líneas generales, el descubrimiento de la circulación pulmonar tuvo escasa repercusión y fue únicamente asimilado por un núcleo restringido de científicos.
Bien distinto, intelectualmente ha blando, era el panorama científico europeo, setenta años después cuando Willian Harvey formuló la doctrina de la circulación mayor.
Si partimos de la base de que con anterioridad a 1560 las únicas rectifi caciones al pensamiento galénico sobre el tránsito de la sangre hacia 1os pulmones y la existencia de poros en el septo interventricular son las de Ibn-an Nafis, Servet, Valverde y Colombo, es necesario fundamentar la re cepción del descubrimiento y la posterior revisión del pensamiento galéni co sobre el tránsito pulmonar mediante una revisión de la literatura médi ca inmediatamente posterior.
La realización de esta tarea es la que nos lleva a la conclusión de que con posterioridad a 1560 se desencadenaron tres posturas.
La primera de ellas -predominante en las obras de anato mía, medicina teórica y filosofía natural. aplicada a la medicina-, consis tió en continuar aferrándose• a los esquemas del galenismo tradicional, ig norando, por consiguiente, el significado de la circ1,1lación menor.
Quienes adoptaron esta postura no rechazaron •explícitamente el nuevo descubrimiento ni polemizaron contra él o pretendieron combatirlo, sino que se limitaron a ignorarlo.
Entre los galenistas de mayor peso en la cultu ra académica europea se encontraba )ean Fernel (34), quien en relación con la función de los vasos pulmonares afirmaba: "In leavum cordis sin{im ex pulmonibus canalis incurrit, quo ductus de aere frigidior spiritus, e pul monibus in cor transilit.
Tampoco considera que los pulmones realicen función al-guna en relación con la sangre: "Pulmo spirandi officina nullo vel minimo puncto temporis interrnisso movetur, spiritum identidem reciprocando du cit redditque.
En la edición de 15 7 5 de su De abditis rerum causis libri duo..., en la que halla mos una exposición de filosofía natural basada en el aristotelismo galéni co, Fernel tampoco da el menor indicio de incorporar el tránsito de la san gre a través de los pulmones.
Ni siquiera autores _que sustentaron posturas abiertamente •críticas frente al galenismo tradicional, asumieron el concepto de circulación pul monar.
En la Anatomia corporum adhuc viventium que forma parte de la Aurora Thesaurus que philosophorum Teofrasti Paracelsi...
Por su parte el español Miguel Sabuco, abiertamente crítico con el escolasticis mo galénico, tampoco utilizó la recientemente observada circulación pul monar como un elemento más de crítica al galenismo (38).
Tampoco es de extrañar que así fuera, si tenemos en cuenta que, aparte la originalidad de su pensamiento fisiopatológico y de la incipiente noción de un succus ner veus que recorre los nervios, su p:i:-incipal fuente de inspiración era el pen samiento platónico y los grandes sistemáticos de la medicina clásica, prin cipalmente Celso (39).
Theodor Zwinger, en su Physiologia Medica (Basilea, 1590), sigue fiel al pensamiento galénico y sostiene que la sangre arterial se origina en el cora zón izquierdo por influencia del calor innato.
Si bien hace referencia a la colaboración que presta a este proceso el aire pulmonar (aireando la san gre venosa que alcanza el ventrículo izquierdo) en cambio no hace ninguna mención al retorno de sangre venosa desde los pulmones y si, en cambio, se refiere claramente al paso de sangre a través del tabique interventricu lar.
Tampoco Jacob Bording, en las dos ediciones de su Physiologia, apare-Asclepio-II-l 992 13 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es cicl as en los años 1591 y 1605, parece haber asimilado el descubrimiento de la circulación m�nor, ya que las dos ediciones contienen textualmente el si guiente párrafo: "Porro asperae arteriae propagines vel rami, aere extrinse cus irruente implentur: arteriae venosae, fumoso excremento, ex sinistro cordis sinu prodeunte: Venae arteriosae, sanguine e dextro sinu ad pulmo nis nutritionem attracto.
Otros autores continúan fieles al esquema general del galenismo, pero introducen algunas modificaciones que tienden a conceder una mayor re levancia fisiológica a los pulmones.
Ese es el caso de Jerónimo Montalto (41), quien consideraba que la respiración es una función orgánica fun damental, de la que depende el mantenimiento de los espíritus vitales y sus acciones, además de la refrigeración, ventilación y nutrición del calor innato.
Además, consideraba Montalto que su órgano principal es el pul món y no el corazón, como había estimado el galenismo dogmático: "Pul mo vero & ipse quoque organum est respirationis praecipuum; q1=:1atenus scilicet & ipse agit, non quidem sicut thorax, sed quatenus per p�opriam actionem concurrit ad coctionem seu alterationem, & conservationem inspirati aeris... " (42).
Ello le lleva a considerar que la materia del pul món posee una facultad específica para alterar el aire (igual que el híga do para engendrar la sangre): "... quare ad hanc ipsius functionem eden dam ipse pulmo concurrit, pottissimum per appropriatam eius carnem, quae ipsius facultatis domicilium est... primum est instrumentum altera tionis huius" (43).
Ni siquiera autores más vinculados al cultivo de la anatomía, como Caspar Bartholino, incorporó ni en sus Anatomicae Institutiones (44), ni en su Enchiridion Physicum ( 45) la idea de la circulación pulmonar.
Se guía afirmando en sus obras que la vena pulmonar contiene exclusiva mente aire en su interior y que los pulmones desempeñan una función ligada exclusivamente a la refrigeración y al intercambio de gases desde y hacia el corazón.
Esa es más o menos la posición de Fabrizio d'Acqua pendente, quien en su Opera Omnia Anatomica & Physiologica...
(46) nos ha legado un testimonio claro de que en su esquema del cuerpo no figu raba la circulación menor, cuando afirmaba: "Merito igitur, venosa arte ria, ut aer in cordis sinistrum sinum adducatur, & vi vacui carde dilatato attrahatur; pulmonis vero caro, ut tum ipse aer congruus codi praepare-...
Dos finalidades define en la respiración: la generación de los espíritus vitales y la custodia y conservación del calor innato.
Esa misma actitud de ignorancia con respecto a la existencia de la cir culación de la sangre a través de los pulmones puede hacerse extensiva a un buen número de autores, cuyo denominador común es la perviv, encia en sus textos de la doctrina galénica (49).
d) La defensa de la circulación menor y las nuevas corrientes intelectuales
Frente al aplastante predominio de la doctrina galénica, un cierto nú mero de médicos, sin embargo, se hizo eco de la circulación menor y la in corporó a su esquema general del organismo.
Félix Platter, en su obra titu lada De corporis humani structura et usu, libri III (SO), al referirse a la 'arteria venalis' señala "qui sanguinem a dextro cordis ventriculo in pulmo nes deducunt, & posteriorem sedem asperae arteriae possident" (51) y so bre la 'venalis arteriae' afirma "qui spirituosum sanguinem in siniestrum cordis ventriculum eructant, anteriore sede aspere arteriae deducti" (52).
A lo largo de su texto parece desprenderse el papel activo del pulmón en la sanguificación, además de una referencia clara a la circulación menor, cuando señala que la vena arteriosa conduce al corazón 'spirituosum san guinis' y no simplemente aire.
Tal vez la postura más clara en favor de la circulación de la sangre la encontramos, como es sabido, en la obra de Andrea Cesalpino (53).
Sus Quaestionum Peripateticarum libri V han sido consideradas por la historio grafía como la primera asimilación global de la doctrina de la circulación de la sangre, anterior incluso �l De Motu Cordis, de Harvey, aunque carente del componenete experimental y del rigor metodológico de la obra del mé dico inglés.
Cesalpino niega la tradicional idea galénica de qtie mediante la Asclepio-II-1992 respiración se incorporan en el organismo espíritus procedentes del aire (54), con lo cual resta significación fisiológica a la respiración.
La impor tancia que otorga al corazón _ se convierte en la idea central que guía su crí� tica al galenismo.
Lo fundamental no es el aire inspirado, sino el movi miento contínuo del corazón y su continua.labor en la generación de espíritus, que luego difunde por el sistema arterial a todas partes del cuer po.
El corazón es el punto de partida de todo el movimiento corporal, reci be de las venas lo que necesita y transmite por las arterias vitalidad a todo el organismo.
Ni su función, ni la conservación de su calor innato depen den del aire inspirado.
También en Harvey reconocemos ese énfasis en la importancia del corazón frente a los demás órganos del cuerpo.
Por lo que se refiere a la circulación pulmonar, como es sabido, la posición de Cesal pino no ofrece dudas:
También Daniel Sennert, unos años antes de que viera la luz la célebre obra de Harvey, en sus Institutionum Medicinae libri V (56) nos ha legado una crítica abierta a las ideas de Galeno y sus seguidores sobre el trayecto que sigue la sangre, una vez alcanzado el corazón derecho.
Es de destacar también que las 1nstitutiones de Sennert están concebidas según los cáno nes en vigor desde finales del siglo XVI, que integraban en la medicina cin co partes: fisiología, patología, semiótica, higiene y terapéutica.
Esta divi sión -de fuerte arraigo académico en toda Europa-dio origen a la aparición de textos de medicina concebidos según el nuevo canon y fue uno de los motores que propiciaron la segregación de una doctrina fisioló gica separada de la enseñanza de la anatomía.
El libro primero de las lnstitutiones de Sennert constituye, por esa ra zón, un excelente tratado de la fisiología de su tiempo; tan claro y detallado que permite fácilmente una reconstrucción de los conceptos.
En el aparta do consagrado a la acción de los espíritus sobre el organismo humano ('De Spiritibus'), sostiene que el calor innato y el espíritu ínsito no son suficien-16 Asclepio-11-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es tes para explicar el desarrollo de todas las acciones.
Existen otros, los espí ritus 'influentes', que al ejercer su influencia sobre los 'principios' conteni dos en las partes se constituyen en el vehículo de las facultades orgánicas.
Los órganos y tejidos del cuerpo se encuentran así animados por los espíri tus influentes.
De ellos Sennert señala la falta de acuerdo sobre si es un único espíritu vital, si son do' s (vitales y animales) o si cabe añadir un ter cer espíritu natural.
Lo que sí parece incuestionable para él, como para to dos sus contemporáneos, es que proceden de la parte 'más sutil' de la san gre atenuada y aireada.
Su generación tiene lugar en el corazón a partir de la sangre más pura y tenue que llega al corazón, mezclada en el ventrículo izquierdo con el aire respirado, que es atraído por 1� dilatación de las arte rias.
Esa mezcla comporta la separación de los 'excrementos fuliginosos'.
En medio del debate sobre la generación y funciones de los espíritus vita les, expone Sennert su crítica al galenismo y defiende la circulación pulmo nar:
La discusión que• a lo largo de los párrafos precedentes establece Sennert sobre el pensamiento galénico tradicional y las nuevas ideas acerca de la trayectoria que sigue la sangre por los pulmones, no es. en absoluto frecuente en la literatura médica publicada entre Servet (1553) y Harvey (1628).
Contiene algunos aspectos que resultan de in terés indiscutible para una correcta reconstrucción del significado his tórico del descubrimiento de la circulación menor.
La primera cues tión relevante es el hecho de que Sennert reconozca la existencia de diferentes puntos de vista: "recentiores dissentiunt", nos dice.
A conti nuación expone la doctrina de los galenistas sin efectuar un rechazo explícito de sus puntos débiles, sino más bi�n cuestionando su racio nalidad desde una mentalidad científica que podemos considerar muy próxima a la que expresa Harvey en su De Motu cordis.
Sennert podría negar sin más la existencia de poros en el tabique interventricular y rectificar de plano a los galenistas, puesto que su existencia había sido negada por los anatomistas renovadores, pero no lo hace.
Por el con trario, sostiene que aun en el supuesto de que tales porosidades existie ran� la cantidad de sangre que podría alcanzar el corazón izquierdo a través de ellas sería ínfima comparada con la que fluye por los vasos pulmonares, de gran calibre.
No concibe de otro modo que pueda lle gar tanta cantidad de sangre al corazón izquierdo, ni considera cohe rente que toda la cantidad de sangre que sale del ventrículo derecho por la arteria pulmonar se emplee exclusivamente en la nutrición de los pulmones.
Coinciden, pues, en la 'physiologia' que expone Sennert en sus lns titutiones, varios aspectos destacables: a) la defensa de la doctrina de la circulación menor; b) el testimonio de que un sector de los médicos no aceptaban las nuevas ideas; c) una reflexión sobre las posibles vías de tránsito de la sangre desde el ventrículo derecho al izquierdo, que se aleja de las tradicionales discusiones escolásticas y del recurso a conceptos fisiológicos de carácter metafísico.
Aquello que resulta con cluyente para la defensa que hace Sennert de la circulación menor son precisamente los hechos de observación.
Por todo lo anterior, cabe sospechar que desde finales del siglo XVI se había ido configurando en algunos sectores de la medicina occidental una forma de racionali dad científica que fue tomando forma paulatinamente hasta alcanzar su versión más contundente, acabada y enfrentada con el galenismo escolástico: la obra de William Harvey.
En el descubrimiento.de la cir culación pulmonar intervino fundamentalmente la observación anató mica: fue la consecuencia lógica de la sucesiva revisión. de los conoci mientos anatómicos clásicos llevada a cabo durante el siglo XVI, a partir de la observación del cadáver.
Sin embargo, la repercusión teó rica que comportaba en la construcción de una nueva imagen del cuerpo humano y de su dinámica interna, no pudo ser asumida hasta la formulación de la doctrina de la circulación mayor.
Esta, a su vez, se desarrolló no sólo como una continuación necesaria del reconoci miento de la circulación pulmonar, sino que �omportó un cambio de mayor alcance, que ponía de relieve el surgimiento de una nueva ra cionalidad científica.
e) A modo de re-flexión final
La historiografía consagrada al descubrimiento de la circulación me nor ha desvelado con toda minuciosidad el contexto científico y las aportaciones individuales de Ibn-an Nafis, Servet, Valverde o Colombo, el sustento empíri�o y epistemológico de su rectificación a las ideas del galenismo.
Si bien cabría la posibilidad de considerar otros intereses de orden intelectual, personal o social, difícilmente los testimonios históri cos que nos han quedado permiten profundizar más en el contexto del descubrimiento.
No obstante, una vez analizado el hecho histórico per manece abierta la cuestión principal: ¿cómo pudo un sistema científico tan cerrado como el galénico asimilar la doctrina de la circulación me nor?
¿En qué medida contribuyó el nuevo descubrimiento a desencade nar una crisis de mayor alcance en el galenismo?
¿Cómo fue recibido por la medicina e integrado en el pensamiento biológico vigente?
A pe sar de la abundante literatura que ha provocado el suceso histórico, me atrevo a afirmar que todos los aspectos -centrales desde el punto de vis-Asclepio-II-1992 ta de la construcción de un discurso histórico capaz de explicar los p• ro cesos de cambio en la ciencia-no han sido abordados con la suficiente profundidad.
Un primer acercamiento a los textos de medicina publicados entre fi nales de la década de 1550 y 1628 permite concluir que el descubrimiento de la circulación pulmonar dejó de ser aceptado por una parte importan te de los médicos, que siguieron fieles a las ideas tradicionales del gale nismo.
Y ello tanto en lo referente,a las concepciones fisiológicas como en los puros detalles anatómicos (perforación del septo interventricular, existencia de aire y excreciones en la vena arteriosa) que habían sido des mentidos por la observación anatómica.
La diversidad de opiniones no se manifestó en forma de polémica, de manera que quienes no integraron las nuevas observaciones se limitaron a ignorar su existencia.
Conviene preguntarse por los factores que influyeron en ello.
En primer lugar, la historia de la ciencia ha tenido ocasión de demostrar en áreas muy diver sa del quehacer científico, que durante la etapa de plena vigencia de un estilo de pensamiento (L Fleck) o pensamiento convergente (Th.
Kuhn) difícilmente son aceptadas aquellas observaciones o teorías que. contradi cen la racionalidad del sistema vigente.
Esa es, sin duda, una de las razo nes principales por las que el fenómeno de la circulación pulmonar no fue aceptado por amplios sectores de la medicina de la segunda m�tad del quinientos: porque no era coherente con el sistema galénico.
Pero tampo co era suficientemente importante la rectificación que planteaba como para dar origen a un sistema alternativo.
Como descubrimiento anatómico, la circulación pulmonar venía a sumarse a un sinfín de rectificaciones que se habían llevado a cabo a la anatomía galénica, principalmente por parte de los seguidores de la reforma vesaliana.
Pero conviene recordar que la circulación menor se convirtió también en objeto de crítica contra el_ propio Vesalio.
La mayor coherencia, sin embargo, se planteaba en el terreno fisiológico, donde la idea de una comunicación vascular entre el sistema venoso y el arterial rompía con la perfección del sistema galénico y su principal fundamento intelectual: la filosofía natural platónica.
Así las cosas, entre Servet y Harvey la doctrina de la circulación pulmonar tuvo una repercusión muy limitada en la transformación de las ideas bio lógicas del galenismo, pero se convirtió, a su vez, en el germen de una nueva racionalidad que desde principios del siglo XVII hizo entrar en una crisis mucho más profunda a los conceptos fundamentales de la biología galénica.• (2) En la bibliografía crítica que se ofrece al final de nuestro artículo se recoge una se lección de los trabajos que consideramos más representativos, incluidos aquellos publica dos a finales del siglo XIX.
(3) Dentro de este grupo cabe situar a la mayor parte de los trabajos publicados con anterioridad a 1900 y esa es la orientación que preside las referencias que aparecen en las obras clásicas de erudición bio-bibliográfica, como las de Haller, Eloy, Dechambre, Chin chilla o Morejón. |
El temprano aparecer de las Efemérides Barométrico-Médicas Matriten ses constituye un buen signo de la vitalidad que la prensa médica y farma céutica española va a tener en el conjunto de la prensa española, al tiempo que en el ámbito más amplio y especializado de la prensa médica mundial.
Y a este periódico, que ve la luz en Madrid, en 1735 -sólo Francia cuenta con una publicación periódica médica más antigua-, en el que las obser vaciones médicas se suman a las metereológicas, le sucederán no menos de diez publicaciones en el transcurso del siglo XVIII, esparcidas por toda la geografía hispana (Barcelona,
ésta que rectificará a la alza Angel de Larra y Cerezo (2), dando cuenta de algunos otros cuantos más entre los antedichos años.
Ahora bien, la que podríamos denominar como Edad de Oro del perio dismo médico español, sólo en sus inicios coincide con la actividad perio dística y docente de Francisco Méndez Alvaro (fallecido el 19 de diciembre de 1883).
Enmarcada en el período de la Restauración, con bien visible despegue desde 1877 -en este año se cuadruplican los periódicos médicos que nacen, respecto al año anterior-, se continúa en las dos últimas déca das del siglo XIX, y culmina en el II Congreso Internacional de la Prensa Médica (celebrado en Madrid, en 1903), gue supone la consagración defini tiva, a escala europea y mundial, del periodismo médico españoL Entre las razones de. este rebrote y florecimiento -sin olvido de la tras cendencia del marco de estabilidad política de la época-, cabe anotar las mejoras revolucionarias acaecidas en el campo de las técnicas de impre sión, los descubrimientos científico-médicos coetáneos con la segunda fase de la Revolución Industrial, el nacimiento de las especialidades en Medici na, la constitución de los Colegios Oficiales de Médicos y Farmacéuticos, y, como antecedente y por lo que hace al caso, la creación de la Asociación de la Prensa-Médico-Farmacéutica en 1875 -pionera del asociacionismo pe riodístico español, inclusive mundial-, sin descartar un clima de competi tividad que por entonces se establece entre las• figuras más destacadas del periodismo médico, en busca de órganos diferenciados de expresión.
Aludir a la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica implica, pre viamente, referirse al contexto de la prensa profesional de la época, dadas las imbricaciones existentes.
Por ello se subdivide el artículo en dos aparta dos, alusivos a la prensa médico-farmacéutica de la Restauración, y al na cimiento (1875) y primera andadura de la Asociación de la Prensa Médico Farmacéutica.
La prensa médico-fannacéutica en la Restauración
El portentoso desarrollo de esta prensa y sus causas
Dejando para el apartado segundo las referencias a Méndez Alvaro, co:.. múnmente considerado por entonces -inclusive hoy día-como el padre del periodismo médico español, así como a la Asociación de la Prensa Mé-dico-Farmacéutica en torno a él fundada, no cabe duda que en el último cuarto del siglo XIX convergen una serie de factores que favorecen el desa rrollo de todo tipo de prensa, y, por tanto, siendo algunos también específi cos del ámbito médico, también el de la prensa especializada médico-far macéutica.
a) El mismo marco de estabilidad política inaugurado con la Restaura ción canovista en 1875, y proseguido con el turno pacífico de partidos, pue de considerarse como la primera causa de esta eclosión.
Si la prensa políti ca o de información general inicia un espectacular crecimiento, a pesar de la proscripción inicial de los periódicos que no comulgan con el nuevo sis tema o de las limitaciones siempre presentes que coartan la libertad de ex presión (3), traducidas en incoación de expedientes múltiples -aunque menos con los liberales-, parece lógico imaginar que una prensa como la médico-farmacéutica, que oscila entre lo profesional y lo científico, encon trase incluso mejores condiciones para su expansión, como bien se refleja en el número de revistas que aparece cada año, o en la presencia relevante que este tipo de prensa tiene en el pago de derechos de timbre a la Direc ción General de Rentas Estancadas.
b) Las mejoras en las técnicas tipográficas y de comunicación se cons tituyen, por su parte, en elemento decisivo de este desarrollo: así el teléfono de Bell/Gray (1876), la fototipia de Albert (1869), la máquina de componer de Mergenthaler (1884), al igual que la generalización y mejoras en telegra fía y técnicas fotográficas.
Inclusive, la rápida generalización de estos des cubrimientos tiene en medicina una significación especial.
En 1884, las discusiones del Consejo Imperial de Sanidad de Berlín a propósito de los trabajos de Koch en Egipto, India y Tolón, y su descubrimiento del bacillus virgula como agente productor del cólera, son seguidos de inmediato, v. gr., por una revista valenciana, Las Ciencias Médicas, sin duda de interés pero, a quien no cabe imaginar sobrada de «infraestructura» (de hecho, só lo aparece este año); o la Revista de Medicina y Cirugía Prácticas (Madrid), que informa puntualmente por entonces de las sesiones científicas de la Academia de Medicina de París, o de la Sociedad de Cirugía de la misma ciudad; y en 1885, cuando el descubrimiento y aplicación en Valencia de la vacunación anticolérica por parte de Ferrán, se produce un trasvase cientí fico, e inmediato, a la inversa.
Por no hablar de lo que la fotografía supone para la difusión de los descubrimientos de Ramón y Cajal, una década más tarde.
c) Por su parte, el desarrollo de las especialidades en Medicina lleva parejo un florecimiento de la prensa médica consagrada en exclusiva o pre-ferentemente a alguna de sus ramas.
En el segundo tercio del • siglo pasado, como señala Comenge y Ferrer en La Medicina del siglo XIX, «las especiali dades médicas apenas sí tuvieron representación ( en España), lo contrario de lo que acontecía en Alemania» ( 4) ( consecuencia lógica del retraso científi co y de nuestra tardía incorporación a la Revolución Industrial).
La eclo sión se pospone aquí a las últimas décadas del ochocientos, pero no resulta menos espectacular.
Por señalar un ejemplo, entre 1871 y -1902 llegan a publicarse en Espa ña once revistas de Oftalmología, siendo pionera La Crónica Oftalmológica (Cádiz, 1871) -que, según Méndez Alvaro, contribuye a fomentar la afi ción a la Oftalmología y a difundir los conocimientos de esta rama (5)-.
Y aunque más de la mitad brotan en Madrid, resulta ilustrativo de la difu sión y fuerza de este tipo de prensa el encontrarnos entre los lugares de aparición a ciudades como Barcelona o Cádiz, aunque más sorprende que las acompañen Alicante y Córdoba (que no disponen de Facultad de Medi cina).
La Crónica Oftalmológica (Cádiz, 1871). d) Ya en la última década del siglo XIX, la creación de los Colegios Ofi ciales de Médicos y Farmacéuticos a escala provincial motiva otro despun te de esta prensa, con una profusión de revistas donde lo profesional y di vulgativo prima sobre lo estrictamente científico, continuando la aparición de estos Boletines Oficiales en los primeros años de nuestro siglo.
Obvia mente, en consonancia con la dimensión de cada colectivo, aparecen más 32 e) Aun dejando, como se ha dicho, para el segundo punto, lo que signi fica la creación de la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica n� qui siéramos pasar sin consignar otra causa que se nos antoja fundamental en esta acelerada carrera publicística: un persistente clima de emulación en tre las plumas más relevantes del periodismo médico, que se plasma en la aparición de órganos diferenciados -aunque no muy diferentes;__ de ex presión.
Claro que tampoco conviene olvidar los afanes de notoriedad, sal picados de esnobismo, que con harta frecuencia no llevan pareja una cali dad en la información, sin que tampoco sean dechado de originalidad numerosos artículos de fondo.
De este modo da cuenta El Siglo Médico a sus lectores de la aparición de un nuevo periódico profesional en Salamanca, en 1884: «Más periódicos: No extrañarán nuestros suscriptores que les anuncie mos hoy la aparición de un nuevo periódico, pues demasiado comprende rán que, al paso que vamos, dentro de poco cada médico tendrá un órgano en la Prensa, del cual será director y propietario.
El periódico cuya apa: ri� ción anunciamos hoy es El Correo Médico Castellano... » (6).
Algunas muestras de su vitalidad y difusión
Los intentos por conocer la circulación, tirada o difusión real de los pe riódicos, políticos o no, en esta época de la Restauración, no suelen abocar en resultados satisfactorios, ya que, por regla general, los datos disponibles resultan fragmentarios (7), bien se recurra a las Estadísticas de 1879, 1882, 1887, 1891, 1892 y 1900, o a El mundo de los periódicos, bien, para lo que hace al caso, utilizando las recaudaciones por derechos de timbre -,-y el re parto a domicilio o por venta en librería se nos escapa-, que para Madrid se publican mensualmente durante un largo período, referidos por separa do a la Península, Antillas y Filipinas, bien merced a otros datos más par ciales y dispersos que en ocasiones pueden recabarse; y sin descartar los proporcionados por alguna publicación o su contrincante, o los deducidos Asclepio-II-1992 de modo comparativo, e indirecto, cuya fiabilidad suele dejar alguna nebu losa, inclusive sospecha.
En todo caso, dadas las pretensiones de este ar tículo, sólo quisiéramos realizar alguna aproximación para reflejar, grosso modo, la importancia de esta prensa profesional en el conjunto de la pren sa de la época.
Si apelamos a las recaudaciones anuales obtenidas pqr «derecho de timbre», de los periódicos cuya tirada está intervenida por Hacienda, nos encontramos que, entre la prensa «no política», las publicaciones médico farmacéuticas se hallan muy bien representadas, y no peor situadas, tanto en °lo que respecta a la Península, como a las Antillas y Filipinas..
Para la década que se inicia el año de la constitución de la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica, es decir, la comprendida entre 1874-75 y 1883-84, esta prensa profesional suele situar, de modo bastante regular, una media de tres o cuatro revistas entre las quince primeras que pagan más derechos de timbre, siendo El Siglo Médico la más destacada, salvo en algún año excepcional en que es superado por La Correspondencia Médica, o por El Diario Médico-Farmacéutico (1884-85, 1885-86, 1886-87).
Claro que, en este caso, huelga precisar que • nos encontramos un «dia rio» frente a un «semanario», por lo que, aun con menor tirada, el diario debía pagar más timbre (8).'° r---00 O\ o -N r<)
El hecho es más de reseñar puesto que, entre los primeros lugares, nin gún otro apartado de la prensa especializada coloca tantas revistas.
Un sec tor profesional, e ilustrado, inclusive más numeroso, el de los maestros, só lo cuenta con El Magisterio Español.
A su vez, las revistas cuyos destinatarios aparentes -por no decir exclusivos-son los cuerpos de la Guardia Civil, Carabineros e Infantería (El Guía del Carabinero, El Boletín de la Guardia Civil y El Memorial de Infantería), se dirigen a colectivos bien diferenciados y más numerosos que el de médicos o farmacéuticos, siendo incluso presumible que en muchos casos se tratase de una suscripción «ofi cial», realizada por parte del cuartel o unidad respectiva.
Y El Consultor de los Ayuntamientos, que se mantiene entre los primeros lugares, no parece que tuviese especial interés para el común de los ciudadanos, antes bien, recibido en las distintas Alcaldías, y pagado con dinero público, constituía un instrumento adecuado de actualización político-administrativas para munícipes y secretarios de administración local.
Por demás, que las revistas médico-farmacéuticas compitan airosa mente, en pagos por derechos de timbre. a la Dirección General de Rentas
Estancadas, con el Boletínde Pósitos, La Revista de Hacienda, o la autode nominada El Boletín Oficial -que no la Gaceta de Madrid-, ya resulta sín toma de buena salud periodística; pero que lo hagan, incluso, con Madrid Cómico, La Lidia, El Torero o El Boletín de Loterías y Toros, no deja de cons tituir, al par de lo anecdótico, un suplementario refrendo, dada la afición no manca que en este país siempre ha existido hacia la farándula, la lidia y los lances de azar de la fortuna.
Y no se trata de algo coyuntural, coincidente con la fundación de la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica.
Por poner otro ejemplo, una década más tarde, fallecido Méndez Alvaro, cuando el año económico 1886-87 -1 de julio a 30 de junio-, la situación incluso mejora para este tipo de prensa, pues entre las seis publicaciones «no políticas» que más co tizan por timbre, nos encontramos con tres periódicos médicos. --------------------10) Como flecos, poco más que anecdóticos, de esta vitalidad -y en esto si go a Larra y Cerezo ( 11 )-, señalar que hasta 1.
903, de las cuarenta y nueve provincias de España, cuarenta y una han contado con algún periódico mé dico.
Y si guarda cierta lógica que Santiago de Compostela o San Fernando hayan tenido, respectivamente, siete y tres periódicos de esta índole -ex plicable, tanto por la Universidad en un caso, cuanto por ser cabeza de De partamento Marítimo (Militar también) en otro, aparte poseer ambos nú cleos una cierta importancia-, sorprende sin embargo que entre los pueblos que en algún momento cuentan con una revista médico-farmacéu-tica nos encontremos con San Vicente de la Barquera; Valdemoro, Cazalla de la Sierra, Barbadillo del Mercado o Santa Eulalia, alguno de los cuales no sobrepasa los quinientos habitantes.
Por no hablar del extraordinario florecimiento en nuestras últimas colonias, Filipinas, Puerto Rico y Cuba, llegando a fundarse en esta última isla unos sesenta periódicos médicos.
Tampoco quisiéramos constituimos en botafumeiros, soslayando aspec tos menos idílicos de la vida de las publicaciones médico-farmacéuticas, al gunas de las cuales no parece que tuvieran como móvil destacado el servicio a la ciencia, ni guardaran sintonía con la dignidad de la profesión, otras mu chas tampoco se distinguieron por la originalidad de sus artículos, y las hu bo quienes rezumaron en exceso un corporativismo trasnochado, teniendo las más una vida efímera, reducida a unos cuantos números -y hasta pue de contarse alguna non nata, aunque fuere pregonada-; pero incluso, hasta en las aquí aludidas, cabe aprovechar aspectos para el historiador, ya que, en todo caso, nos muestran la problemática y convulsiones de una profesión que tampoco cabe considerar como un conjunto uniforme.
De todos modos, a pesar de las sombras, las pinceladas de vitalidad ante-ex puestas, en especial las reflejadas en el pago por derecho de timbre, máxime si se tiene en cuenta que el destinatario es un colectivo no excesivamente nu meroso -aunque lo fuere ilustrado--, que como media no debió sobrepasar la cifra de veinte mil (12), manifiestan que, posiblemente, nos encontramos ante la parcela de la prensa especializada de mayor vitalidad en la época de la Restauración, entre cuyos mejores ejemplos se encuentran: El Siglo Médi co, La Correspondencia Médica, El Genio Médico-Quirúrgico, El Diario Médi co-Farmacéutico, La Farmacia Española, además del Boletín del Instituto Mé dico Valenciano, La Revista de Medicina y Cirugía Prácticas, La Gaceta Médica-Catalana, La Revista de Sanidad Militar, La Crónica Médico-Quirúrgi ca de La Habana, La Revista de Ciencias Médicas,• y, obviamente, los Anales de la Real Academia de Medicina, así•como otros mqchos Anales, Boletines, Ga cetas y Revistas de diferentes Sociedades Médicas que por entonces florecen.
Nacimiento ( 1875) y trayectoria de la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica
Las pinceladas anteriores reflejan, problemas aparte, un panorama pe riodístico variado y rico.
Es en dicho contexto donde se inscribe, como fru to lógico, la Asociación de la Pre_ nsa Médico.,Farmacéutica.
Pero, si bien Asclepio-II-1992 «fruto», no cabe desdeñar al tiempo, inclusive previamente, un papel de «motor».
Las múltiples reuniones periódicas de la Asociación contribuyen a un mejor análisis de la problemática de la profesión, fomentan la interco municación de experiencias, caldean ánimos, y de ellas salen interlocuto res elegidos para dialogar con los poderes públicos y buscar soluciones a los problemas, bien nuevos bien enconados, que más preocupan, ya que la Asociación, a falta de mejor órgano, se considera -y así actúa-como la representación de los intereses de los profesionales de toda España; y esta labor de concienciación y actualización, hasta se traduce en la aparición de otras muchas revistas, bien por quienes desde Madrid u otra importante ciudad entienden que en el campo de dicha prensa •existe alguna laguna sin cubrir -v. gr., en el apartado de las especialidades-, bien por quienes des de cualquier provincia o remoto lugar buscan un órgano que, al intercomu nicados y reflejar su peculiar problemática, los mantenga al tiempo actua lizados en los planos científico y profesional.
Es en tomo a Méndez Alvaro, cuyo magisterio y liderazgo en el campo del periodismo médico resulta incuestionado, donde inicialmente cristaliza la Asociación, por lo que entendemos obligado dedicarle una referencia previa. sa (Toledo) durante algún tiempo no largo, en la década de los treinta-, el conjunto de su actividad profesional guarda una relación más o menos di recta con la pluma, es decir, la divulgación médica y la publicística, que en verdad puede considerarse como el nervio central de su obra; incluso su pertenencia al Consejo de Sanidad, o la fundación de la Sociedad Española de Higiene, se enmarcan en la misma línea de concienciación política y so cial que previamente ha caldeado con múltiples escritos. (según E. Hartzenbusch)
Aunque ligado indisolublemente a El Siglo Médico, Méndez Alvaro ini cia su relación con la prensa dos décadas antes, cuando en los albores del reinado isabelino, con el camino allanado merced a la vocación periodísti ca de algunos tíos suyos, que por entonces publican El Mensajero de las Cortes (1834-35), comienza a escribir algunos artículos, coincidiendo feliz mente estos primeros pasos con la eclosión periodística que se produce en España tras la muerte de FernandoVII y el advenimiento del período libe ral; eclosión que, aunque con ligero retraso, se percibe con no menos fμer za en la parcela concreta de la prensa médica (gráficos 1 y 2).( 14 Es precisamente en el primer periódico médico nacido en el marco de la libertad de prensa que se instaura tras la muerte de Fernando VII, el Bo letín de Medicina, Cirugía y Farmacia (fundado en 1834 por Delgrás, Ortiz, Tras peña y Codorniu), donde cuaja la vocación de periodista médico de Méndez Alvaro, llegando a ser director y propietario -junto al propio Ma riano Delgrás y Serapio Escolar�, cuando, a la altura de 1853, converge con la Gaceta Médica, otro interesante proyecto de periodismo profesional de su amigo Matías Nieto Serrano (con quien, en 1837, había escrito Los Elementos del Arte de los Apósitos).
En El Siglo Médico, que nace con el año de 1854, Méndez Alvaro es uno de los directores propietarios, al lado de Delgrás y Escolar (los tres por el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia), y Nieto Serrano (por la Gaceta Médica).
Mas, fallecidos Delgrás (en 1855) y Escolar (1874), Francisco Méndez Alvaro y Matías Nieto Serrano quedan como únicos directores, al par que dueños -fenómeno éste que resulta el más común -:-, de la revista que, inclusive desde sus inicios, va a tener más difusión y trascendencia en el ámbito del periodismo médico, no encontrándose en ningún otro sector de la prensa profesional o especializada un caso similar donde, a lo largo de su longeva trayectoria, se conjuguen amplia tirada y difusión a escala nacional, reconocimiento general por parte de los colegas -problemas, in clusive piques periodísticos, aparte-, calidad periodística notable sin prácticamente altibajos, defensa ininterrumpida de los intereses de la pro fesión y tónica científico-divulgativa elevada, integrando en su trayectoria a otros destacados proyectos de periodismo profesional, y siendo el foco catalizador del asociacionismo periodístico médico.
Redactores ilustres, como San Martfo., Cortejarena, Javier Santero, Serret, Corteza y Pulido, se cundarán a Méndez Alvaro y Nieto Serrano en el proyecto.
_ Valiéndonos del símil del río, valga una referencia a El Siglo Médico co mo cauce madre donde convergen afluentes destacados del ámbito de la prensa profesional.
Por los años de la creación de la Asociación de la Pren sa Médico-Farmacéutica, los dos periódicos que siguen a la revista fundada por Méndez Alvaro en pago por derecho de timbre, son El Genio Médico -, Quirúrgico y La Correspondencia Médica (Cuadro l), proyectos periodísti cos sin duda de envergadura, con raíces y antecedentes propios (Gráfico 3), vinculados a Félix Tejada y España y Juan Cuesta y Ckerner (a quien suce derán Eduardo Lozano Caparrós, Fernando Calatraveño,... ).
Pues bien, pe se a su vitalidad -de hecho en 1881-82 La Correspondencia Médica es la re vista profesional que más cotiza por derecho de timbre-, tanto uno como otra acaban convergiendo en El Siglo Médico, sin duda cuando su dinamismo entra en declive, en 1888 para el primer caso y ya entrado el siglo XX (1905) Y es evidente que Méndez Alvaro, quien al crear El Siglo Médico es artí fice de la más seria muestra de convergencia periodística profesional, en los treinta años subsiguientes en que es director (hasta 1883, en que falle ce), con su ecuanimidad, sentido profesional y buen hacer periodístico, sienta las bases de cualquier convergencia posterior.
Dada, pues, la rele vancia de este patriarca del periodismo médico, alma mater del proyecto periodístico profesional de mayor trascendencia, dimensión y eco, y del contexto de concienciación profesional por él creado, se entiende que, • cuando el periodismo médico-farmacéutico se reúne en Madrid a finales del 1875, en casa de Pulido, para áunar esfuerzos y recabar de los centros administrativos los medios adecuados para conseguir el bienestar y decoro profesionales -empleo su termirtología-, y se procede en la segunda reu nión a la elección de cargos, la presidencia de la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica, por entonces creada, recaiga por unanimidad en la figura de Francisco Méndez Alvaro.
No podía ser de otro modo.
Constitución de la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica ( 187 5) y primeros pasos
La constitución de la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica se inscribe, por un lado, como un eslabón más, en la larga cadena de intentos asociativos de los profesionales españoles de la medicina, en el transcurso del XIX -estudiados con mejor autoridad por Agustín Albarracín Teulón (17)-, fallidos las más de las veces, pero que en algún modo culminan con la constitución de los Colegios Oficiales de Médicos a finales de la centuria.
Por otro -aspecto que aquí nos interesa-, como Asociación de la Prensa, merece una consideración especial, ya que, aun con su singularidad, por el hecho de constituirse como tal, de englobar a la práctica totalidad de los pe riódicos médico-farmacéuticos madrileños -con proyección nacional en Asclepio-Il-1992 algún momento-, de celebrarreuniones periódicas, de contar con Junta Directiva democráticamente elegida, de disponer de Tribunal de Honor, es en efecto una asociación de la prensa; pero cabe añadir algo más, y ahí su trascendencia.
Hasta ahora se viene admitiendo que la Asociación de la Prensa de Málaga, • constituida en 1882, es la más antigua de España, y se.: gún el profesor José Altabella, incluso la más antigua del mundo (18).
Pues bien, la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica (Española) se consti tuye en noviembre de 1875, es decir, siete años antes, comenzando entonces una trayectoria que, con algunos altibajos, se culmina con su integración en la Asociación de la Prensa Médica Internacional (1902), y con la celebración en España del II Congreso Mundial de la Prensa Médica (Madrid, 1903).
La primera reunión de la Asociación de la Prensa_Médico-Farmacéutica se celebra en casa de Pulido (redactor de El Anfiteatro Anatómico), en la primera quincena de noviembre de 1875.
Asisten: Méndez Alvaro (El Siglo Médico), Tejada y España y otros redactores (El Genio Médico-Quirúrgico), Vidnau (El Criterio Médico), Argenta (El Semanario Farmacéutico), Ulecia (Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana) y Marín y Sancho (La Farmacia Española), enviando su excusa Cuesta y Ckerner (La Correspondencia Médi ca).
En ella manifiesta Pulido su fe en el pensamiento_ iniciado por Méndez Alvaro, se acuerda celebrar reuniones mensuales, y se encarga a Argenta (farmacéutico) y Pulido. (médico) los trabajos preliminares, deduciéndose por las referencias de prensa el criterio profesional y abierto que aletea en tre los fundadores: «pedir y gestionar cuanto sea conveniente a.las clases mé dicas, sin abdicar cada periódico de las doctrinas que defiende» (19).
Un mes después se celebra la segunda reunión (diciembre de 1875), también en casa de Pulido, a la que acuden representantes de diez periódi cos médicos, sin estar presentes, a pesar de haber sido invitados, represen tantes de la Gaceta de Sanidad Militar y La Veterinaria Española.
Asisten: La reunión es presidida por Argenta (al igual que la primera), y Pulido actúa de nuevo como secretario provisional.
Una vez procedida a la elec ción de cargos, la Junta Directiva de la Asociación de la Prensa Médico Farmacéutica queda constituida por unanimidad:
Francisco Ménde:i Alvaro Vicepresidente:: Vicente M. de Argenta.
• Angel Pulido Femández Se discute, al tiempo, el viejo asunto del impuesto del 12% que se exige a los médicos titulares por parte de los Ayuntamientos, al consid�rarlos co mo empleados municipales -y hasta se crea una comisión para activar su supresión (20)-, asunto este que trae larga cola desde antiguo, pero que seguirá impertérritamente irresuelto.
El abanico de asuntos a tratar se amplía en la tercera reunión (media dos de febrero de 1876).
Al asunto del 12% se unen: el arreglo de los parti dos médicos, la inamovilidad de los profesores• en ciertos cargos, y el dere cho que asiste a los médicos que obtienen sus títulos tras la Revolución de 1868, a optar como titulares de los pueblos.
Asisten: Argenta, Marín, Calle ja, Pulido, Simancas, Peset, Carreras, Ulecia y Serret (21): En la cuarta reunión (31 de marzo de 1876), en casa de Méndez Alvaro, y a la que ya acude algún representante de la G G.; ceta de Sanidad Militar, se nombran co misiones para estudiar los puntos que más preocupan, teniendo un interés especial la «Exposición sobre las ref armas que convendría introducir en la enseñanza de la Medicina y la Farmacia, elevada por la prensa profesional de Madrid al Excmo.
Sr. Ministro de Fomento»; leída en la reunión de 11 de abril de 1876 (S.a), y estando todos de acuerdo, nuevamente se elige comi sión para que la presente, integrada por Argenta, Simancas y Pulido.
El texto definitivo, de fecha 20 de mayo de 1876, resulta ilustrativo del modo cómo entiende la Asociación la libertad de enseñanza de la medici na, no exenta de ribetes corporativistas, inclusive clasistas.
Concretamente se desea, expone o reclama: Libertad para enseñar a quienes acrediten oficialmente su aptitud mediante pruebas rigurosas y eficaces.
Libertad para fundar universidades y escuelas libres, supuestos de terminados requisitos.
Asclepio- Libertad para que los estudiantes realicen sus estudios teóricos don de quieran, y los experimentales en las escuelas autorizadas que cuenten con medios.
Libertad para la enseñanza práctica en hospitales, escuelas de ma ternidad o cualquier otro establecimiento de curación, con profeso res que guarden los oportunos requisitos y con la autorización de la dirección del establecimiento.
Libertad para que en las Facultades o Escuelas de Medicina den cursos libres, sobre la materia que tengan por conveniente, los pro fesores habilitados para la enseñanza que lo soliciten.
Y para que todo esto no se quede en mera ficción: «El establecimien to de un jurado para la colación de los grados académicos y para juz gar los ejercicios de ingreso en el profesorado, compuest; de doctores cuya competencia sea notoria, que no pertenezcan al cuerpo docente oficial, ni tampoco al profesorado libre, y nombrados por el Gobierno a propuesta de una o más corporaciones del Estado, sean de carácter puramente científico o científico-administrativo» (22).
Que la enseñanza estatal la paguen los alumnos (salvo en casos de falta de medios, o cuando concurran sobresalientes méritos)..
«Que es excesivo el número de Facultades de Medicina sostenidas
Como las que debiera haber, necesitarían dispo ner de todos los medios adecuados -es decir, que serían muy cos tosas-, precisan que: «Cinco, dotadas de cuantos medios de ense ñanza exige la ciencia en su estado presente, serían sin duda alguna, bastantes» (23).
E� sucesivas reuniones, a lo largo de 1876 y 1877 -aunque menos asi duas este óltimo año (24)-, el abanico de asuntos a tratar se amplía: posi ble represión del intrusismo y charlatanismo, vejaciones y malos tratos de que son objeto los médicos de los pueblos• (25) y, en especial, el asunto de los partidos médicos, redactándose un proyecto de Reglamento de Partidos para entregar al ministro, suscrito por representantes de nueve revistas médicas (26).
Aunque ya aparece alguna discrepancia, v. gr., de San Ro mán, representante de El Progreso Médico (27), en conjunto, y aun a pesar de las diferencias, prevalece la cohesión, inclusive un afán asociativo que trasciende a este ámbito específico; concretamente El Genio Médico-Qui rúrgico aspira a que, en el marco del Casino de la Prensa, floreciente por entonces, forme agrupación específica la prensa médico farmacéutica ma drileña (28).
La renovación de la Junta Directiva se lleva a cabo el 9 de diciembre de 1878.
En ella se prnducen algunos ligeros cambios que manifiestan la idea de ampliar la base asociativa (Marín y Sancho, director de la primera revis ta farmacéutica del país, La Farmacia Española, se convierte en Secreta rio), y reforzar los compromisos internos (establecimiento de un Jurado de Honor, compuesto por la Junta, más Bonifacio Montejo, Marcial Taboada y Vicente Argenta, «que será el encargado de dirimir las cuestiones persona les que se susciten entre los asociados») (29); la Dirección sigue en manos de Méndez Alvaro, mientras que Tejada y España ocupa la vicepresidencia, actuando Pulido como Vicesecretario y Tesorero.
Al tiempo que se piensa invitar• a los por entonces llamados periódicos «de provincias», se profundiza en di ferentes asuntos profesionales, llegándose en algunos casos a tomar intere santes decisiones: Contra aquellos médicos y farmacéuticos confabulados en la utiliza ción de recetas que sólo ellos entienden, se precisa que. actúen los subdelegados de Sanidad, aunque se duda que dicho mal gravísimo pueda c<?rregirse: «... poner correctivo a la inmoralidad de algunos médicos y farmacéuti cos que, confabulados de una manera sobre punible por las leyes, • poco digna y menos noble, para que nadie más que ellos entienda las recetas, ex plotando así a la humanidad» (30).
Se acepta la inserción de anuncios de medicamentos en la prensa médica:. «acordándose que los periódicos médicos podrían continuar publican do anuncios de medicamentos» (31).
Acordes también en que las clases médicas acudan a las elecciones, aunque sin carácter político (32).
Se nombra una comisión para estudiar algunos abusos de los den tistas.: Parece existir común consenso -también se nombra comisión al respecto-, en que el elevado número de médicos y farmacéuticos no contribuye a mejorar el status de la profesión, por lo que hay que Asclepio-ll-1992 empezar extremando la selección, cual ocurre entre ing. enieros y otras ca rreras especiales:
«porque los que empiezan -el orador alude a las carreras universitarias de Medicina, recibiendo grandes muestras de aprobación tras su discurso-, a poca firmeza de voluntad que tengan, las concluyen, y ésta y no otra es la causa de que haya salido y salga tan excesivo número de médicos y farma céuticos, que es lo que, a no dudarlo, constituye la base del malestar moral y material de nuestra profesión» (33).
Se acuerda que, citando la procedencia, todas las revistas profesio nales puedan recoger sueltos, o reproducir artículos y gacetillas (3 4 ).
También parece que las diferencias existieron desde los inicios de este nuevo período.
El representante de El Progreso Médico no parece estar dis puesto a someterse al Tribunal o Jurado de Honor (35), y alguna sintonía encuentra en San Sebastián, pues, para La Razón (dirigida por el Sr. Acha), la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica no sólo es inconveniente e inoportuna, sino hasta perjudicial y facciosa (36 ).
Aun así, éxcepción hecha de la persistente referencia corporativista, alusiva a la reducción del núme:. ro de profesionales, son de admirar los criterios de autocontrol que la Aso ciación acuerda, así como el establecimiento de comisione_ s varias para un mejor análisis de inveterados problemas profesionales.
Tal vez estas excesivas aspiraciones, teniendo en cuenta que la Asocia ción era mayormente una convergencia de ilusiones profesionales, sin fuerza jurídica para exigir su cumplimiento, se traduzcan en ún progresivo desfonde, que las apelaciones de Méndez Alvaro o de otros ilustres colegas no consiguen definitivamente enderezar; así, mucho nos tememos que la Asociación se debilitase de nuevo durante el segundo semestre de 1879 y todo 1880, a juzgar por las escasas o nulas referencias halladas en las prin cipale� revistas profesionales, y otro tanto puede que ocurra en el segundo semestre de 1881 (37) y en 1882.
Mas, puede, también, que estos. altibajos -me refiero a los "bajos"-, resulten consecuencia de que a Méndez Alvaro -casi octogenario--:-le re sulta difícil asistir a todas la reuniones; ¡y sin duda, era el primer motor!
Y el que en vez de reuniones -en casa de Pulido, Méndez Alvaro, Calleja, en la Redacción de El Siglo Médico, inclusive en la Real Academia de• Medici na-, que se presuponen con un carácter serio, casi de estudio, aparezcan los «banquetes», tal vez sea nuevo síntoma de declive; los votos a favor de la lucha contra el intrusismo en ambiente caldeado por los brindis (38), uno los imagina menos eficaces que unas insistentes visitas a Fomento, con un documentado informe alusivo, previamente aprobado por los repre sentantes de las principales revistas profesionales.
Por demás, la defección de algún importante periódico, no puede por menos sino coad yu var; tal vez así sea en el caso de La Correspondencia Médica, que no suele • asistir con excesiva regularidad (39).
El último tema que atrae el interés de la Asociación antes del falleci miento de Méndez Alvaro versa sobre un proyecto de Ley de Sanidad que reemplace la de 1855, vigente por entonces, acaparando varias reuniones en 1883.
No obstante, a pesar de la actitud receptiva del Senado, y de que la exposición elevada por la Asociación la rubrican nada menos que 19 pe riódicos profesionales de Madrid, más otros 25 del resto de España, se tie ne conciencia de la atmósfera poco favorable que se respira en el Congreso, básicamente porque sería una ley muy cara, al crear numerosos funciona rios nuevos (40).
Méndez Alvaro no podrá ver así culminada una de sus mayores aspiraciones, cuando el 9 de diciembre de 1883 la prensa le dedi ca, en Pornos, un postrer homenaje (41), en el que el decano del periodis mo médico español tiene conciencia -y así se expresa-de su pronto de senlace; que acaece en efecto diez días después, el 19 de diciembre de 1883.
De todos modos, la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica que da encarrilada.
Si bien en los años subsiguientes se echa en falta un lide razgo moral e intelectual de la talla de Méndez Alvaro -lo que se traducirá en altibajos más frecuentes, y hasta en algún período que más parece de travesía de desierto o, en todo caso, salpicado de apariciones y desaparicio nes tipo Guadiana-, figuras como Valledor, Larra y Cerezo, Nieto Serrano o Marín y Sancho tendrán mucho que ver con su permanencia, hasta que a principios del siglo XX vive un momento de esplendor y consagración in ternacional, que se refleja en su integración en la Asociación de la Prensa Médica Internacional (1902), y en la celebración en España del II Congreso Internacional. de la Prensa Médica (1903), momento en que Carlos M.a Cor teza se convierte en presidente de la Asociación de la Prensa Médica Inter nacional.
Las cifras relativas más elevadas de médicos las hallamos en Madrid -destacado-, Barcelona, Valencia y algunas otras provincias castellanas.
Guadalajara es la provincia con mayor número de farmacéuticos en relación con la población (uno por cada 2.034 habitan tes -y hasta siete farmacéuticos en Molina de Aragón, que no debe sobrepasar los tres mil habitantes-), viéndose acompañada por Madrid y algunas otras provincias de la Meseta.
(13) A falta de estudio definitivo, cfr. la «Noticia biográfica» que J. RIERA dedica a Méndez Alvaro en la reedición de la Historia del periodismo médico y farmacéutico en Espa ña, 13-19.
(14) HARTZENBUSCH, E. (1876), Periódicos de Madrid (Tabla cronológica de los inclui dos en la obra premiada por la Biblioteca Nacional en el Certamen Público de 1883), Ma drid.
Los dos «momentos» más brillantes del periodismo médico farmacéutico en el siglo XIX coinciden con el afianzamiento de la era liberal y con la época de estabilidad que trae la Restauración.
Y en ambos momentos MÉNDEZ ALVARO tiene un aporte fundamental: en el primero, como escritor novel, a través del Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia (a• partir de 1834); y en el segundo, con dos décadas de rodaje como di rector de El Siglo Médico, constituyendo la Asociación de la Prensa Médico-Farmacéutica (1875).
(15) Elaborado, esencialmente, sobre la base de la colección completa de El Siglo Mé dico, y complementado con aportes de las revistas en ella integradas.
(16) Resulta coincidente e ilustrativo -¿premonitorio también de destino?-que cuando MÉNDEZ ALVARO redacta sus Breves Apuntes..., al señalar los periódicos madrileños que se siguen publicando a comienzos de 1883, coloca La Correspondencia Médica en se gundo lugar, y en tercero El Genio Médico-Quirúrgico (ambos tras El Siglo Médico) -pues to preeminente que agrada a la redacción de El Genio-.
Pero es evidente que, por enton ces, la revista de TEJADA_ Y ESPAÑA ya no ocupa tan destacado lugar, siendo sobrepasada no sólo por La Farmacia Española y El Diario Médico-Farmacéutico, sino por La Medicina Ru ral y El Jurado Médico-Farmacéutico (Gaceta de Madrid, 15 de julio de 1882). • • Convergencia final no implica que anteriormente no hubiesen existido debates ni con flictos.
Y si bien el Dr. TEJADA Y ESPAÑA parece que al final de su vida contrae gran amistad con MÉNDEZ ALVARO (El Siglo Médico, n.o 1775, 1 de enero de 1888, pp. 3 y 4), ello no impi de que el abulense en sus Apuntes no rectifique la opinión que, a la altura de 1855 le mere ció El Eco de los Cirujanos («Tenía por objeto procurar a todo trance, y sin reparar los me dios, la conversión de los cuatro o más clases de cirujanos que a la sazón existían en médico-cirujanos, o lograr al menos su asimilación... » (p.
(17) ALBARRACIN TEULÓN, A. (1971 ), «Las asociaciones médicas en España durante el siglo XIX», Cuadernos de Historia de la Medicina Española, 119-186.
Pri meros antecedentes del asociacionismo periodístico español», Anuario del Departamento de Historia (Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense), 211-225.
721, que, aunque de modo más conciso, también refiere la reunión.
785: Cfr. también, para la primera reunión, la p.
La reunión celebrada en casa del Dr. DEL Busrn, presidente de la Sociedad Histológica, el 20 de diciembre de 1875, no tiene carácter «oficial». |
Los textos colombinos y otros escritos relacionados con los descubri mientos contenían, como es sabido, las primeras noticias sobre los produc tos curativos del Nuevo Mundo, aunque ninguno fue redactado con una in tención primariamente científica.
A esta fase siguió la que López Piñero (1) llama de «primeras descripciones», encabezada por el Sumario (1526) y la primera parte de la Historia General y natural de las Indias (1535), de Gon zalo Femández de Oviedo y a la que contribuyeron después diversas obras de conquistadores, viajeros y cronistas, que aparecieron durante las déca das siguientes.
A mediados del siglo XVI sólo se habían difundido entre los médicos europeos unos pocos productos, que, por lo general, carecían de relieve.
Hubo, en cambio, una excepción; nos referimos al guayaco que, a veces, es el único que se menciona con detalle en los Antidotarios de esta época.
Para conocer este momento de la terapéutica puede ser muy expre siva también la búsqueda de noticias sobre materia médica americana en la traducción comentada de la Materia médica, de Dioscórides, que publicó Andrés Laguna en 1555, tarea que nos hemos propuesto realizar en este trabajo (2).
Tal como afirma F. Guerra (3), la evolución de la materia médica desde mediados del siglo XV a finales del XVI, participó de las características del Renacimiento en un grado nada despreciable: redescubrimiento y estudio de los textos de la antigüedad grecorromana, diseminación del conoci miento de las sustancias medicinales mediante la imprenta, y ampliación del arsenal terapéutico como resultado de los descubrimientos geográficos en Asia y en América.
La farmacoterapia de este período puede• estudiarse considerando dos planos: el púrarriente teórico, o análisis de los fundamentos del tratamien to, y el que estrictamente se refiere a la materia médica.
Durante esta etapa los médicos se rigieron fundamentalmente por la doctrina galénica del tra tamiento que, someramente, puede resumirse en estos puntos: a) la creen cia en la «fuerza medicatriz de la naturaleza» con ciertos grados y matices; b) análisis de las cuatro fuerzas o dynámeis (atractiva, retentiva, alterativa y expulsiva), para conocer la expresión formal de esa fuerza sanadora; c) la éndeixis, indicación terapéutica, o el conocimiento del médico de lo que conviene hacer en cada caso.
Esto último se basa, a la vez, en cuatro princi pios: 1) el diagnóstico «científico» es la guía para establecer el tratamiento que curará al enfermo; 2) la indicación variará según la naturaleza del ór gano en el que asienta la enfermedad; 3) también estará en función de la constitución biológica del enfermo; y, por último, dependerá asimismo de las acciones o agentes exteriores nocivos; es decir, de los agentes procatár ticos.
La indicación terapéutica, concepto que básicamente ha perdurado hasta el siglo XIX, estaba al servicio de unas reglas de actuación: favorecer y nunca perjudicar, las enfermedades deben ser tratadas por los contrarios; y lo semejante a lo semejante-(4).
La doctrina farmacológica giraba en torno al concepto de medicamento (phármakon) con un sentido estrictamente terapéutico.
Era considerado como cualquier sustancia capaz de producir alguna alteración en el orga nismo, o como podemos leer en un Antidotario del• siglo XVI, <<Medicamen to es aquél que tomado por boca, o aplicado a las partes altera nuestra Na turaleza, y parte donde la ponemos» (S).
Para que estos actúen es necesario �sigue diciendo-«que el calor natural de las partes de afuera o de aden tro los altere para• que puedan actuar», cosa que hacen de dos maneras: «corrigen nuestras enfermedades con alguna calidad manifiesta que tie nen... (o) alteran con toda su sustancia y temperamento porque su consti tución, temperamento y Naturaleza es totalmente contraria a la nuestra» ( como el caso de los venenos) ( 6).
En esta época los medicamentos se dividían según la acción en tres gru pos: los. que actuaban sobre las cualidades elementales, los que lo hacían sobre más de una cualidad (pudiéndose distinguir una actividad principal y otra secundaria) y los que poseían una acción específica (vomitivos, pur gantes, hipnóticos, etc.).
Se establecieron también todo tipo de especifica ciones y de diferenciaciones así como una compleja doctrina sobre los gra dos de cada sustancia.
Se definía el grado como el «exceso de calor, humedad, sequedad o frialdad, con el cual los medicamentos exceden al cuerpo templado, o al medicamento templado» (7): Con la doctrina de los grados trataban de establecer una unidad de medida (cuantitativa) de la cualidad o cualidades de las sustancias.
Si bien se tradujeron, depuraron y difundieron gran cantidad de obras de Galeno, incluidas las de. carácter terapéutico, las de Teofrasto y otros, la que más influyó en el Renacimiento europeo fue la de Dioscórides, de ele vado carácter práctico, que mantuvo su vigencia a lo largo de los siglos me dievales, tanto en griego como en árabe y latín.
Como afirma Dubler (8), esa transmisión a lo largo de los años y de las culturas más diversas, se rea lizó en parte por vía escrita y en parte por vía oral.
«En ambos procesos la "Materia Médica" sufre la traducción íntegra a di�tintos "idiomas, y al pasar de boca en boca, fragmentos de esta erudita compilación ingresan por sen das lenguas al saber popular» (9)..
En el Renacimiento los primeros estudios sobre Dioscórides fueron casi exclusivamente de carácter filológico (por ejemplo los de E. Barbara y J. Ruelle).
Tomaron un camino distinto con P. Andrea Mattioli, el principal difusor de la obra en Europa y autor de la traducción latina más importan te y de otra en italiano (1544) que fue reimpresa diecisiete veces.
Mattioli rebasó los• enfoques filológicos de sus predecesores comentando el texto con observaciones de primera mano recogidas durante años de herboriza ción en las distintas áreas geográficas donde residió.
Aunque con una di vulgación menor, sin que por ello sea menos importante, se sitúa habitual mente la traducción y estudio de la obra de Dioscórides que realizó Andrés Laguna (1 O).
Existe una inmensa cantidad de trabajos sobre la figura de Andrés La-. guna y sobre sus obras.
Destacaremos aquí el excelente estudio de César E. Dubler, publicado en cuatro volúmenes, La «Materia médica» de Dioscóri des.
Transmisión medieval y renacentista (Barcelona, 1953-55) http://asclepio.revistas.csic.es helenistas y latinistas de prestigio.
De regreso a España en 1536 mantuvo una relación con la Universidad de Alcalá aunque no llegara a ser titular de ninguna cátedra.
Viajó a Inglaterra; vivió algún tiempo en los Países Bajos y desde 1540 hasta 1545, residió en Metz como médico contratado por la ciudad.
Estuvo en Venecia en casa del embajador Diego Hurtado de Mendoza, importante humanista y propietario de una de las mejores bibliotecas de la Europa de esta época.
Regresó a España a finales de 1557 después de haber vivido de nuevo en los Países Bajos durante tres años.
Falleció, seguramente en Gua dalajara, en 1559.
Laguna publicó un buen número de obras de tema literario, histórico, filosófico, político y médico.
La más conocida fue, como hemos dicho, su traducción castellana con comentarios de la Materia médica, de Dioscóri des.
Su primera fuente fue, según Hernando (1960) (12), la edición traduci da al latín por Ruelle, impresa en Alcalá en 1518 bajo la supervisión de Ne brija y las clases del propio Ruelle, durante su estancia en París entre 1530 y 1536.
Su primer intento fue Annotationes in Dioscoridem Anazarbeum (Lyon, 1554), escrito para indicar los errores de Ruelle, según el cotejo de la traducción latina de s� maestro con varios códices griegos (13).
Conclu yó este libro en Roma en 1553 y, un año más tarde, en una de sus visitas a Venecia, se ejecutaron los grabados en madera en el mismo lugar donde se realizaron los de las ediciones de Mattioli (14).
El médico segoviano com probó las descripciones de Dioscórides, herborizando en numerosas zonas de Europa y de las costas mediterráneas.
La traducción es clara y precisa y los comentarios constituyen una riquísima fuente, no sólo para la botánica médica de la época, sino para otras actividades científicas y técnicas.
El texto que nos ocupa fue impreso por vez primera en Amberes en.1555 y se reeditó veintidós veces hasta finales del siglo XVIII (15).
Las ideas de Laguna respecto de la farmacoterapia coinciden con las an teriormente descritas.
Siguió pensando que los cuatro elementos eran la base de la composición de todas las cosas.
Su labor se desenvolvió dentro de las directrices señaladas por las autoridades clásicas y, como buen aca démico, se mostró escéptico respecto de las afirmaciones de los alquimis-• tas y rechazó todo lo que parecía envuelto en algún secreto misterioso.
Por ejemplo, según Dubler (16), Laguna se dio cuenta de la diferencia de sexos en las plantas y del modo de fecundación, hechos de los que habló con más claridad que sus predecesores y contemporáneos, aunque no comprendió su importancia para la clasificación.
Mérat afirma que el género Capsicum es originari() de las dos Indias y que fue extendido por todo el mundo (26).
Muchos pueblos tropicales la utilizaban para mejorar las digestiones y los indios americanos la ingerían crudo junto con otros alimentos.
Algunos autores del siglo XIX (Micko, Thresh, Morbibitz) creyeron encontrar un alcaloide en el Capsicum annum L., que llamaron capsaicina, discutido por otros y apenas empleado en te rapéutica (27).
Uno de los capítulos clásicos de los libros de materia médica es el que se dedica a los bálsamos.
Como señala López Piñero (28), con el nombre de bálsamo Dioscórides describió un árbol del que se obtenía un licor (opo bálsamo) de extraordinarias virtudes.
Sus frutos (corpobálsamos) y su ma dera (xylobálsamo) también gozaban de estas propiedades.
La adultera ción de este producto era muy habitual y así lo advierten muchos autores, entre ellos Laguna.
El opobálsamo había desaparecido del comercio en la Edad Media sien do sustituido por productos semejantes naturqles o artificiales.
A finales del siglo XVIII se demostró que procedía de la especie Commiphora opobal samum L.
En este capítulo, el 18 del Libro Primero, Andrés Laguna recoge la noti cia de otro tipo de bálsamo: onza, hasta que después viniendo de Sevilla grandísima copia de él comen zó a caer de reputación y de precio aunque a la verdad para todas las frial dades de estómago, flaquezas y enfermedades de nervios, dificultades de orina y opilaciones de madre, aún aplicado en forma de unción como dado a beber con vino, fue hallado admirablemente que a cualquier suerte de herida, o de llaga, es un soberano remedio. » (29).
Se ocupa más adelante de exponer la forma de fabricar y obtener los bálsamos artificiales (30).
En la obra de Monardes están ya descritos de forma pormenorizada los bálsamos de Nueva España: el de Perú (procedentes del árbol Myroxilom balsamun L. Harms var. pereirae) y el de Tolú (Myroxylon balsamum L. Harms var. balsamum) (31).
Juan Fragoso también se refiere al bálsamo, del que dice:
«En las naos venidas ahora de tierra firme, han traído mucha cantidad de esto, sacado por incisión de un árbol muy grande y ramoso, con dos cortezas, una gruesa como el alcornoque, otra delgada muy asida a lo inte rior, de entre las cuales afirman salir el bálsamo como una lágrima clarísi ma blanca, y de tan suave olor, que puede competir con lo que se dijo ha ber perecido en Egipto: el fruto de este árbol, es como un grano de garuanzo, blanco un poco amargo, metido en una vaina de largura de un dedo.
De cual usan los indios para sahumarse en los catarros, y dolores de cabeza. » (32).
Aunque en la composición de ambos bálsamos hay diferencias, su em pleo terapéutico fue similar y a posteriori se demostró que algunos de los usos que le daban nuestros autores era correcto.
Los principales compo nentes de los bálsamos son el ácido benzoico y el cinámico.
El primero está muy repartido en el reino vegetal, en diversos bálsamos, resinas y aceites esenciales.
El segundo (33), acompaña generalmente al benzoico (34).
El de Perú contiene cinameina y muy poca cantidad de benzoico (35).
En el siglo pasado se seguía utilizando contra los catarros pulmonares crónicos y en las bronquitis agudas de forma masiva a altas dosis.
Por la misma razón se empleó en los problemas de laringe y en la tisis.
Aplicado a la piel se re comendó contra las dermatosis pruriginosas y tuberculosas (por producir una menor inflamación de la piel) y también contra la sarna.
El de Tolú, en cambio, se han empleado mucho menos.
Los problemas de las falsificaciones seguían produciéndose en el pasa do siglo.
Así Schmidt dice que el bálsamo del Perú se falsificaba con fre cuencia, a causa de su precio elevado, con alcohol, aceites grasos y esencia les, bálsamo de copaiba, estoraque, benjuí y otras resinas, proponiendo una serie de pruebas para cuantificar su pureza (36).
No está claro que Andrés Laguna, cuando se refiere al Cocus Indicus, en el capítulo 141 del Libro Primero (Nueces), haga referencia al coco que procede de las Indias Occidentales.
«El Coco, o nuez de la India, es &uto de un arbol Indico, muy semejan te a la Palma: el cual antes que le• desnuden de su primera corteza, es tan grande como un grueso melón.
Debajo de la primera corteza, la cual es muy cabelluda, y de color castaño, se muestra otra muy dura y fuerte, ho radada con tres agujeros que parecen ojos y boca.
Esta pues tiene abraza do en sí un cierto meollo blanco, duro, dulce, graso y grueso como el hue vo de un ganso: en medio del cual se halla una concavidad, llena de un licor mantecoso, y sabrosísimo al gusto, siempre que el dicho coco no fue re muy rancio y viejo... » (37).
Mattioli, en su Commentarii in sex libros Pedacii Dioscoridis...
(Venetiis, 1565) y en el mismo capítulo sobre las nueces, habla de Nuces igitur Indi cae con «substantia illi pinguis, crassitudine semidigitali duriuscula, tenax, callosa, albicans, sapori dula, btyrum refens, tenui sed aspero obtecta cor tice, putaminis colore. » (38).
La referencia de Laguna al Cocus Nucifera, L. parece clara.
Hay que te ner en cuenta que, aunque los españoles encontraron los cocos al llegar a América, no pueden considerarse en rigor como americanos (39).
Fernández de Oviedo en el Sumario de la Natural y General Historia (To ledo, 1526) habló de los cocos: 60 «Esta &uta que está en medio de dicha estopa... es tan grande como un puño cerrado, y algunos como dos, y mas y menos, algo más prolongada que concha y dura, y de dentro, pegado al caso de aquella nuez, una camo- -11-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es sidad de la conchura de la mitad de la graseza del menor dedo de la mano, la cual es blanca como una almendra y de muy suave gusto... » (40).
Sin embargo, Patiño recoge que la primera información verídica o segu ra sobre la existencia del cocotero en América procede de P_ edro Mártir de Anglería en su relato de la expedición de Gil González Dávila a Nicaragua (1524), aunque ocho años antes ya había dado cuenta del hallazgo (41).
También lo mencionan Cabeza de Vaca, Cieza y López de Gómara (42).
Respecto de los usos, que es lo que más nos interesa, Andrés Laguna di ce que es caliente en el segundo grado y húmedo en el primero y que, «Comida engendra buenos humores, aun que con dificultad se digiere: acrecienta el esperma, hace engordar admirablemente.
Esprímese de ella un aceite muy singular, para mitigar el dolor de almorranas.» (43).
También da noticia de otros usos:
«De la primera cáscara suya, la cual se puede hilar, hacen los indios ta pices: y de la segunda que es muy dura y leñosa, se hacen ordinariamente vasos para beber.
Fue horadada esta segunda corteza, de la muy artificiosa natura, para que se exhalase por los agujeros todo lo agudo y mordaz del huto.» (44).
Mattioli también está en esta línea:
Femández de Oviedo da noticia de su uso alimenticio y de que los que tienen dolor de ijada hallan «maravilloso y conocido remedio contra tal en fermedad, y rompeseles la piedra a los que la tienen, y hacela echar por la orina», al beber el líquido que contiene.
Al hacer esta aserción se basa en Plinio, quien escribió que todas las palmas son útiles y provechosas para Asclepio-11-1992 esta enfermedad de la ijada; y de ahí viene que los cocos, como fruto de palma, sean útiles a semejante dolencia (46).
García de Orta en sus Coloquios dos simples e drogas da India (1563), da una amplia información acerca de los cocos.
Esta obra fue muy pronto co nocida en las colonias españolas en su redacción original o a través de la versión_ de Cristóbal de Acosta.
Menciona a Laguna al hablar del uso de la primera cáscara: «Bona cousa ha esta arvore; pois tanto da de si porque tamben diz Laguna que fa zem della tapizes ou esteiras pintadas».
Según Orta, hay dos tipos de aceite que pueden.extraerse de este fruto: «hum he feito de coquos frescos, e o ou tro da que chamamos ciopra, que he os coquos sequos... ».
La obra de Fragoso D � scurso de las cosas aromáticas, árboles y f rutales... publicada en 1572, contiene también información acerca de los cocos.
No hace referencia alguna a que procedan de las Indias Occidentales.
Igual que Orta habla de dos tipos de aceite que• se extrae de él.
Menciona también el empleo del agua y aceite de coco para hermosear la piel del cuerpo y, especialmente, la de la cara.
En 1615 apareció la traducción al castellano de Francisco Ximenez del resumen latino hecho por N. Antonio Recchi de la gran obra médico botá nica de Francisco Hemández, en la que añade bastante material nuevo.
En el capítulo 40 de la parte segunda del Libro Primero, habla de los cocos: 62 «La médula blanquísima, y muy sabrosa de comer, y semejante en sa bora las almendras dulces de este meollo molido, y exprimido se saca una Asclepio- II-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es leche sin ayuda de fuego, que es utilísima para matar los gusanos y lombri ces bebiéndola en cantidad de ocho onzas con tantico de sal por la mañana en ayunas... » 51.
También se refiere al aceite fresco, del que dice que es caliente y húme do.
«el cual bebido en cantidad de seis o de _ocho onzas purga livianamente el estómago; y suele evacuar los humores melancólicos y flemáticos, aun que dicen que el dicho meollo por sí solo restriñe el vientre más... mitiga cualquier dolor cuando procede de c• ausa fría, y es un admirable remedio para las heridas porque detiene la sangre, limpia la materia, quita el dolor, y finalmente las acaba de sanar y encorar, y es para esto tan eficaz y sufi ciente remedio que el aceite de aparicio, también ablanda el pecho untán dole con él, y bebido lo mundifica, y hace otros innumerables efectos...
En particular es muy útil para relajar los nervios, y para mitigar los antiguos dolores de gota. » (52).
Por último, el agua de coco es para Ximénez:
«muy buena para quitar las calenturas, mitiga la sed, templa el calor, cura y mundifica los ojos, y consume en ellos la carne superflua... hermo sea los rostros de las damiselas... peurga el estómago y las vías de la orina, y mitiga el dolor.» (53).
Efectivamente el cocotero es uno de los árboles más útiles al hombre, pues todas sus partes, desde la raíz a las hojas, tienen aplicación.
El uso medicinal, en cambio, ha ido arrinconándose con el tiempo.
Los nativos de distintas zonas geográficas utilizan algunas de sus partes con fines diferen tes, sin que se hayan hecho estudios experimentales al respecto: por ejem plo, las raíces contra la disentería y diarrea, el aceite de la cáscara del coco contra las odontalgias, y los filamentos que se producen en las hojas, con tra las picaduras de sanguijuelas.
El agua de coco sigue siendo una bebida refrescante y nutritiva; dejada fermentar y destilándola produce aguardien tes.
En algunos tratados del siglo XX (54) podemos leer que consumida en abundancia produce la expulsión de la tenia con la cabeza.
La carne de co co es muy nutritiva y se consume en estado natural o elaborada de distin tas formas.
También se la utiliza para preparar el aceite (aceite de coco, manteca de coco, aceite de nuez de coco, etc.) con destino a la fabricación
Otro de los capítulos donde encontramos una referencia a un producto americano es el correspondiente al número 64 del Libro Primero, dedicado al estoraque.
Laguna distingue dos tipos: «(El rojo), graso, resinoso, blanquecino en sus granos, que p ersevera muy luengo tiem p o oloroso, y cuando se ablanda, da de sí un humor seme jante a la miel (y el negro)... mohoso, el que fácilmente se desmenuza, y p arece de salvado estar lleno.
Hallase de él cierta es p ecie, semejante a la goma que tiene olor de myrra, y es trans p arente. » (56).
«Por el aceite de estoraque recitado a la fin del capítulo, entiendo aquel odorifero bálsamo, que ahora traen de Nueva España, el cual con su fuerte olor, da gran dolor de cabeza, y por eso muchos no se quieren aprove char de él en algunas enfermedades, para las cuales notablemente apro vecha.» (57).
Se está refiriendo alAceite Styracino «ciertamente excelente para calen tar y molificar, empero a la cabeza da dolor y pesadumbre, y hace dormir muy profundamente».
Laguna da noticia por tanto del aceite que se obtie ne del Liquidambar styraci-flua.
El género liquidambar incluye el Liquidambar orientalis, que crece en los países ribereños del Mar Rojo y el Liquidambar Styraci-flua L. de Amé rica central y septentrional.
La variedad mexicana se llama copalme, sty rax líquido o estoraque americano, de consistencia como la miel, con poco color mientras sea reciente y puro, con olor a ácido benzoico, de sabor amargo, acre y caliente.
A veces se ha confundido con el Styrax officinalis L., sobre todo porque tiene una composición y propiedades parecidas.
Tal como hemos visto en el capítulo correspondiente al bálsamo, los compo nentes del estoraque son parecidos a los de los bálsamos del Perú y de To lú; es decir, ácido benzoico y cinámico.
Por tanto, es un excitante del siste ma mucoso y así se le ha venido administrando en afecciones catarrales crónicas (vías respiratorias, urinarias, intestinales, etc.).
Se ha empleado también en forma de ungüentos para las heridas y llagas gangrenadas o necrosadas por su poder antiséptico.
En la actualidad se emplea en perfu mería (58).
También trataron del Liquidambar Nicolás Monardes y Juan Fragoso.
El comercio del estoraque a partir del Mediterráneo oriental quedó des plazado por el sustituto americano.
Monardes informa de que llegaba «mucha cantidad de liquidambar a España, tanto que traen muchas pi pas y barriles de ello por vía de mercadería» (59), y por Juan Fragoso, de que «traen gran copia de esto en pipas y barriles, porque se gasta para sahumar y para hacer pastillas, pevetes y s�mejantes cofecciones» (60).
De la resina, según éste último «se usa un aceite... cuyo olor no es tan pesado y sirve grandemente para los guanteros.. vale para todo lo que el liquidambar, en especial para lesiones de madre, resolviendo las dure zas, desopilando y provocando la sangre menstrual» (61).
El liquidam bar fue también mencionado por López de Gómara con el nombre de ocozotle (62).
En el capítulo dedicado al Ebano (el 109 del Libro Primero), Andrés La guna dice que:
«Hallándose muchas especies de Ebano, entre las cuales es una, y la más excelente aquel bendito y Santo madero llamado vulgarmente Guaya co, el cual por la divina bondad, y misiricordia, fue comunicado a los hom bres.
Porque dado que Dios todo poderoso, por nuestras maldades y exce sos nos castiga con infinitas enfermedades, todavía como padre piadoso, para que no nos desesperemos, juntamente con cada una de ellas, nos da subito el congruente remedio.
Pues como sea así, que el grande y excesivo desorden de nuestros tiempos, haya aquistado un nuevo género de enfer medad contagiosa, llamada comunmente mal de bubas, y no conocida de los antiguos quiso aquel Protomedico • excelentísimo y Rector del mundo universo, contra pasados, para que el que con leño rescató nuestras ani mas, y se las quitó al Cerbero can de entre las uñas y dientes, con leño re parase también las flaquezas y enfermedades de nuestros cuerpos...
Toda vía nos recompensó con otras (medicinas) más valerosas, y a la salud humana mucho más importantes, de las cuales ellos (los antiguos) no tu vieron noticia, como es la Casia fístola, y el Reobárbaro y este leño santísi mo que en expeler y exterminar todas las enfermedades frías, a cualquiera otro remedio hace muy gran ventaja.
Porque no solamente se cura con aquella infección Francesa, tan odiosa al mundo universal, empero tam bién para la hidropesía, para la cuartana para todo género de opilaciones: para la gota coral, para el asma, y para el mal de vejiga y riñones, es un so berano remedio. » (63).
El guayaco es una de las pocas plantas medicinales que ha merecido una gran cantidad de estudios históricos (64).
Fue descrito por Fernándei de Oviedo y López de Gómara (65).
A principios del siglo XVI se inició con este producto un activo comercio que alcanzó gran importancia y se con virtió en uno de los negocios más rentable de los Függer.
Contribuyó a su difusión la obra de Ulrich von Hutten De guaiaci et morbo gallico líber unus (1519), numerosas veces reeditado y traducido.
El hecho de que tan to la afección como su remedio procedieran de América fue interpretado, como se ve en Laguna, Monardes y otros, como prueba de que la provi dencia divina no abandonaba a los seres humanos en sus problemas más graves (66).
Laguna distingue dos especies: «Tráense comúnmente dos especies de leño indico: de las cuales la una es muy gruesa, y tiene el corazón negro, cercado de una circunferencia amarilla; la otra es sin comparación más delgada, y así de dentro como de fuera, blanca, o por hablar más propiamente, cenicienta y pardilla.
El leño de la segunda especie, es más agudo al gusto, más oloroso, y para el uso de la medicina, mucho más eficaz por ser más nuevo que el otro de la prime ra, el cual se ennegreció con los años.» (67).
Confiesa asimismo no conocer el árbol y manifiesta algunas dudas al describirlo:
«Según dicen los que vieron en las Indias este árbol, crece de la altura del fresno, y hácese lo más más, tan grueso como el cuerpo de un hombre.
Produce las hojas anchas, cortas, recias, y semej' antes a las del llanten.
Sus flores son amarillas, y el fruto grueso, a manera de nueces, el cual afirma ser solutivo del vientre.
Otros dicen que el leño Guayaco es una especie de box, y que no difiere de él, ni en fruto, ni en hojas: y a la verdad la madera del leño Guayaco, es maciza, pesada, y casi como aquella del box.
Ha sido más que bestial descuido, el de los mercaderes indianos, que trayendo a Sevilla cada día navíos cargados del dicho leño, nunca se han acordado de traemos una vez, si quiera por muestra, un manojo de las hojas, y flores, en las cuales no es posible que también no se halle en virtud, para infinitas cosas.» (68).
En este mismo capítulo Laguna hace mención de la raíz de China y de la zarzaparrilla que «se oscurecieron, como suelen oscurecerse, cotejadas con el sol (el guayaco) las candelas».
La primera es la Smilax china L., planta curativa del Asia Oriental que fue introducida por los portugueses, siendo su principal estudioso Garc_ía de Orta (69).
La segunda a la que se refiere es la zarzaparrilla europea o Smilax aspera L., que ya figura en el Dioscó�ides y Laguna la estudia con más detenimiento en el capítulo 145 del Libro Cuarto.
Muchos autores como Monardes prefirieron usar la zarzaparrilla americana y en especial la procedente de Honduras por considerarla de mayor calidad (70).
En el siglo XIX decía Plans y Pujol que se encontraban en el comercio diversas raíces de varias especies del género Smilax proce dentes de América (sobre todo la de Honduras y la de la Costa), en manojos o haces sujetos con un pedazo de las mismas raíces o bien con un braman te.
El contenido de estas raíces es a base de mucílago, fécula, un principio llamado smilacina o salseparina (71), al que deben el sabor, el olor, la pro piedad de levantar espuma cuando hierven y, por último, sus cualidades Asclepio-lI-1992 médicas.
Con ella se seguían preparando en la pasada centuria medica mentos sudoríficos y antisifilíticos, especialmente el jarabe de zarza (72).
U na vez difundida la farmacología experimental en la España del último cuarto del siglo XIX, alguno de sus representantes como Amalio Gimeno, opinaba que había que destruir la creencia en la eficacia. de estos produc tos como sudoríficos en sí mismos.
Decía que había que desterrar la idea de medicamentos depurativos puesto que en la mayor parte de las ocasio.: nes en vez de depurar la sangre no depuraban más que el bolsillo de los en fermos (73).
Vicente Peset Cervera opinaba que los estudios experimentales de la zarzaparrilla estaban por hacer, pero lo que era cierto es que «pocos me dicamentos como la zarzaparrilla han sufrido semejante menosprecio luego de haber gozado tanto renombre.
Creyose el específico de la sífilis, su depurador por excelencia apenas introducido en Europa en 1530; hoy sólo la explotan los industriales que viven a la salud de los "vicios de la sangre"» (74).
Tenía razón en preferir el guayaco a las otras raíces por tener efectos más fuertes.
A dosis medias causa sequedad bucal, pérdida del apetito, dia rrea, excitación circulatoria y sobre todo de las glándulas.
La temperatura de la sustancia administrada es la que decide, en cambio, la vía de secre ción: diuresis si está fría y diaforesis si está caliente.
También se utilizó en algún tipo de amenorrea y dismenorreas dolorosas (75).
En el capítulo 88 del Libro Segundo habla Laguna del Mijo, frío en el grado primero y seco en el segundo, o en el tercero remiso: 68 «Mantiene muy poco, empero para calentar y confortar por de fuera, tiene grande eficacia, a causa que recibe fácilmente el calor, y le conserva muy largo tiempo, y así aplicado en taleguillos al dolor de costado, que procede del frío, o ventosidad, le resuelve.
Su pan es tan seco y enjuto, que se desmenuza fácilmente, como si fuese amasado de arena: porque no po see cosa grasa, y así tiene la facultad de enjuagar, valerosamente el estó mago.
Cómese muy bien con leche la harina del mijo, con la cual se consi guen todas sus tachas.» (76).
«Hállese a cada paso una suerte del mijo llamado Turquesco, que pro duce unas cañas muy grandes, y en ellas ciertas mazorcas llenas de mu chos granos amarillos o rojos, y tamaños como garbanzos: de los cuales molidos hacen pan la ínfima gente, y éste es el maíz de las Indias, por don de meritamente le llamo Milium Indicum Plinio. » (78).
• El tema del maíz, como dice Patiño (79), es extenso y complejo.
Los ce reales y los granos desempeñaron un papel secundario en la alimentación de los indígenas antillanos.
Su consumo fue intenso en el sector andino de Sudamérica, así como en Mesoamérica y Méjico.
Respecto de sus usos te rapéuticos, Gimeno Cabañas (80) recoge un trabajo de Landrieux desarro llado en el Hospital de Beaujon, en el que demuestra que los estigmas del maíz tienen propiedades diuréticas.
Así, se usaría en las enfermedades del riñón en que está indicada especialmente la arenaria y en las hidropesías sintomáticas de afecciones cardíacas y hasta en las dependientes del híga do.
Font Quer (81) reafirma este poder diurético de los estigmas, estilos o cabelleras del maíz bien colectadas; no irritan jamás.
La infusión de estos filamentos es inocua, puede consumirse• cuanta se quiera y proporciona buenos resultados.
Nunca debe emplearse cuando la dificultad de orinar se debe a problemas de próstata.
Los estudios de su composición se han lleva do a cabo en el presente siglo por W. Freise (19 36) y Doby (1914).
Laguna nada nos dice acerca de la utilización de esta parte de la planta.
Mattioli no la menciona en su edición del Dioscórides de 1548.
El grabado que utilizó Laguna para ilustrar este capítulo procede del Dioscórides de Gualtherus Ryffi de 1544; es una prueba definitiva para poder identificar la planta de la que habla.
Phasiolos y phasiolos turquescos
Al referirse al Phaseolus vulgaris L. Patiño señala la dificultad para co nocer las distintas especies americanas de frijoles conocidas en aquella época.
Según él abundaban más en tierra firme que en las islas y en algu- Asclepio-11-1992 nos lugares como el Perú, se utilizaban también con fines no alimenticios.
Algunos autores hablan de numerosas variedades y tipos de frijol en el Pe rú.
Patiño recoge la clasificación de Cobci (82): los Pallares, los purutus (83) y los chuvis (84).
Otro género estudiado por Patiño son los Phaseolus lunatus L., al que pertenecerían los Pallares antes mencionados.
Estos se gún Cabo «son mayores que las habas, remátanse en puntas ovadas y tie nen cáscara o hollejo más delgado que ellas; unos son blancos, otros mora dos y otros pintados de blanco y rojo.
Comidos estos pallares verdes, con sus vainillas tiernas en aceite y vinagre, son regalados; guárdense también secos como habas, y los comen los españoles e indios unas veces guisados y otras cocidos en aceite y vinagre, y de cualquier modo son un manjar» (85).
húmedos en el segundo grado, engendran humores melancólicos y hacen soñar cosas graves y horribles.
Según Patiño, la familia de las cucurbitáceas ha suministrado más de media docena de especies utilizadas como hortalizas o verduras en Améri ca precolombina (90).
Asimismo, en algunos lugares como en México, el consumo de las semillas tostadas precedieron al de las partes carnosas.
Laguna describe tres tipos de calabazas en el capítulo 123 del Libro Se gundo, las luengas, las redondas y las llanas, que Dubler identificó equivo cadamente como la Cucurbita maxima Duch (calabaza confitera), la Cucur bita Pepo L. ( calabaza común o de San Juan) y la Curcubita Melopepo L.
Patiño nos da noticia de la presencia de la Cucurbita moschata Duch en distintas zonas y con distintas denominaciones.
Sin embargo, al referirse al Perú, los datos son más confusos puesto que allí se usaban otras especies como la Cucurbita maxima Duch o zapallo, poco o nada conocidas enton ces al norte del Ecuador.
También se ocupa de la Cucurbita ficifolia Bou ché.
Generalmente, sigue diciendo Patiño, no se mencionan las calabazas comestibles en los documentos consultados del siglo XVI, sino sólo cuando «calabaza» es sinónimo de «zapallo» o «auyama».
Oviedo dice que «las ca labazas y los pepinos se producen en cualquier tierra, y de las calabazas se producen excelentes conservas y ensaladas» (91).
Hernández menciona ocho clases comestibles de Ayotli (designación genérica para las cucurbitá ceas, en México); los nombres con que las distingue parecen aplicarse a di ferentes especies (92).
Según Font Quer (93) después del descubrimiento del Nuevo Mundo los españoles trajeron de allí la calabacera cuyo cultivo se extendió por Europa con gran rapidez, y así es citada ya por Leonard Fuchs en 1543.
Se refiere a la Cucurbita pepo L. También dice que «las calabazas conocidas en Europa en tiempos antiguos pertenecen a otras especies y a otros géneros de esta misma familia».
En cuanto a los usos, ségún Laguna, «Siendo de sí misma muy desabrida, y libre de todo género de sabor, se acomoda admirablemente a cualquier gusto que la quisié�amos da�...
Co-Asclepio-11-1992 mida cruda es muy ingrata al gusto, y perniciosa al estómago.
Digiérese con grandísima dificultad, provoca vómito.
Cocida o frita da frío manteni miento al cuerpo, empero digiérese fácilmente, si primero no se corrompe lo cual acontece, cuando halla el estómago lleno de viciosos humores.
De más de esto, mitiga la sed, entretiene lubrico el vientre, templa el ardor del hígado, engendra poca esperma... y refrena el furor juvenil.
Es la calabaza fría y húmeda en el exceso del segundo grado.» (94).
Siguiendo alguno de estos usos que proceden de Galeno, las semillas de la calabaza fueron integrantes de las llamadas «cuatro semillas frías» (pe pitas de calabaza, cohombrillo, melón y sandía), presentes durante largo tiempo en las farmacopeas hispanas.
Se creía que tenían la facultad de en friar el excesivo calor del sexo y de disminuir la prnducción de semen.
El uso de la calabaza en medicina fue disminuyendo progresivamente.
En el siglo XIX comenzaron a usarse las semillas para facilitar la expulsión de los gusanos, sobre todo de la tenia, acción descrita por vez primera por el médico cubano Mongeny, según notica de Leclerc (95) en el año 1820.
Vicent Peset se ocupa de estas semillas en el capítulo dedicado a las esen cias vermífugas y señala que no se conoce bien el principio activo respon sable de la acción (96).
La eficacia depende, no obstante, de la dosis y del modo de empleo.
Plans y Pujol habla de un principio activo, la b ry onina, amargo y acre, presente en las partes subterráneas de las cucurbitáceas y en la pulpa de los frutos (97).
En el capítulo 49 del Libro Cuarto, dedicado a la Grana de Tintoreros, encontramos la siguiente noticia:
«Tráese también del Perú otra suerte de grana, que nace de ciertas plantas pequeñas a manera de uvillas salvajes, la cual (según dicen los Es pañoles que de allá vienen) se llama Cochinilla en aquellas partes: del cual nombre, y también de la forma del fruto, se persuaden algunos, que la tal especie de grana, sea el verdadero Coceo Gnidio que en este libro nos des cribe Dioscórides: visto que corresponden todas sus señales en ella, y fácil mente pudo degenerar el apellido de Coceo Gnidio, corrompiéndose en Cochipilla.
Aunque yo tengo por resoluto, que el Torvisco, y el Coceo Gni dio, son una misma cosa muestra muy menor eficacia esta suerte de grana, Asclepio-11-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es que la nuestra Española: y así para teñir igual cantidad de seda, se mete mayor copia de ella: dije solamente de seda, porque aún hasta ahora no sa ben teñir con ella los paños, como con la que se coje en España. » (98).
Antes del descubrimiento de América, en Europa se usaban con el mis mo objeto que la cochinilla, la grana quermes, procedente del Le, canium ili cis Ill., que vive en el sur de Europa sobre la coscoja (Quercus coccifera L.) y la cochinilla de Polonia (Porphifora poloniaca L.), que vive en Polonia, Rusia y algunas zonas de Alemania sobre las raíces de diversas plantas (99).
En el fragmento que hemos reproducido, Laguna podría referirse a la cochinilla C. cacti L. que es originaria de México, donde vive sobre las plan tas de la familia de las cactáceas, llamadas también nopales, chumberas o higueras de pala (Opuntia sp.) con las cuales se importó en otros países, so bre todo en el centro y sur de América, Antillas, España, norte de Africa y otros países del Oriente (100).
No entendemos cómo puede relacionar la cochinilla con el torvisco o Daphne gnidium L., que da unos frutos rojizos y que tiene un potente efecto purgante.
Los usos médicos de la cochinilla han sido muy discutidos ( como diurética, sudorífica, contra las convulsio nes, etc.) y desde un principio apenas se la ha utilizado.
Laguna recomienda la grana de tintoreros (Quercus coccifera L.) majad� con vinagre y aplicada contra las heridas recientes y lesiones de los nervios.
Según él es una mata pequeña y ramosa en la que se adhieren unos granos como lentejas.
Este tipo de vegetal contiene efectivamente una buena can' tidad de materias tánicas que le confieren un alto poder astringente.
Por vía interna se le ha utilizado menos, pero por la externa se le ha empleado para lavar úlceras tórpidas, heridas, contra las fisuras anales, hemorroides, y como componente principal en baños e irrigaciones (1 O 1 ).
Las esmeraldas del Perú
Tan sólo hemos encontrado una referencia a productos.minerales pro cedentes del Nuevo Mundo.
Está en el capítulo 114 del Libro Quinto dedi cado al Saphir: Se utilizaba el zafiro bebido contra las picaduras de escorpión y contra las llagas internas así como para soldar las túnicas rotas de los ojos.
El uso de las esmeraldas y rubíes convenientemente molidos se creía que tenían la misma virtud.
Las esmeraldas conocidas en la Antigüedad provenían del Alto Egipto, donde parece que las explotaban algunos yacimientos antes del 1600 a.C. Los primeros conquistadores hallaron abundancia de esmeraldas en pose sión de los indígenas del Perú.
En 1537 se descubrió la mina de Muzo, en el departamento de Bocayá (Colombia), que todavía se ha seguido explotando•. en el presente siglo (103).
La esmeralda del Perú es la variedad verde o la azulada del berilio (silicato de aluminio y silicato berílico), cristalizado y teñido de este color por una pequeña cantidad ele óxido de cromo.
La otra variedad es un tipo de corindón noble de color verde (104).
En el siglo XIX se pudo describir la acción de los compuestos de alumi nio.
Tienen la capacidad de coagular la albúmina y son antipútricós.
Sobre las mucosas producen una gran constricción que se traduce por sequedad.
Igual que lo empleaba Laguna, en el pasado siglo se usó también como tó pico en las oftalmías ligeras y en ulceraciones corneales.
Se solía indicar también en aftas bucales, inflamación de encías y contra la leucorrea y pru. rito vulvar (105).
No hay que descartar tampoco su usó creencia!.
La noticia que ofrece Laguna sobre el nopal es breve y lo hace en el capí tulo 145 del Libro Primero, dedicado a los higos.
Dice: 74 «De pocos años acá se halla en Italia una planta llamada higuera de la India, la cual en lugar de ramos, produce a manera de palas unas hojas muy anchas, y gruesas y encaramadas y enxeridas unas sobre otras, y por toda su redondez armada de sutiles espinas.
El fruto de esta planta es a manera de breva, muy dulce, y muy desabrido.
Son pegajosas sus hojas, y en el sabor se pare• cen a la mayor Siempreviva: por donde juzgo que son frías y humidas.
Hallase por la experiencia, que admirablemente sueldan las recientes heridas.
Quieren algunos decir, que esta suerte de Asclepio-11-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es árbol, es la Pala de Plinio, lo cual yo no oso afirmar.
Los que comieron algún higo de tal planta, echan luego la orina más roja que la purísima sangre: y así conciben temor muy grande, por no conocer la causa del ac cidente.» (106).
Esta planta pertenece a las cactáceas y se denomina Opuntia sp.
El tér mino tuna estaba generalizado en Sudamérica.
En Méjico se aplicaba sólo al fruto, mientras que la planta se la llamaba Nopal ( 107).
Hablan de ella Fernández de O�iedo y los cronistas Cabeza de Vaca, Cieza y López de Gó mara (108).
Su difusión por las tierras andaluzas fue temprana.
No obstan te para Monardes continuaba siendo una planta extraña.
Según él la pala tiene virtud medicinal majada y puesta en las heridas (109).
Juan Fragoso dedica más espacio a lo que denominaba Tune u Opuntia de Plinio: «Tiene hojas muy gruesas, de donde sales ciertas espinas blancas, del gadas, y largas aunque algunas se hayan visto sin espinas.
Produce las planta en aquellas regiones por lo algo de las hojas, un fruto semejante a nuestros higos, pero más grueso, de color verde rojo.
El meollo es tan jugo so y colorado, que tiñe las manos como el arrope de moras, y en tanto gra do inficiona la orina, que ponía espanto a los que no entendían el secreto, pareciéndoles que meaban sangre.
En España se ve muy grande muchas veces, sin llevar fruto, y cuando le produce parece a unos pequeñuelos pe pinos.» (110).
No hace referencia a sus virtudes medicinales.
Según Plans y Pujol, la familia de las cactáceas en el campo farmacológico se caracteriza por dar unos frutos que tienen pulpa carnoso-jugosa, en la cual hay azúcar, una corta proporción de ácidos y jalea vegetal.
En sus ramas carnosas se apre cia un jugo lechoso y acre que se compara al de las euforbiáceas, y malato de cal (111).
Algunos médicos del XIX emplearon partes de esta planta con fines diversos tal como puede observarse en algunos artículos publicados en el periodismo médico de la época.
Para unos el zumo de las hojas es emoliente y para otros vesicante, valiéndose de esta propiedad para apli carlo contra la gota y en odontalgias (112).
En medicina popular, según Font Quer (113), el fruto se considera astrigente y se usa como antidiarrei co. Las palas, frescas y calentadas, son emolientes.
En el Méxi�o actual las diversas variedades tienen multitud de usos.
Como acabamos de ver, la repercusión de la materia médica americana en los comentarios de Laguna a Dioscórides es mínima.
Las referencias a los nuevos productos son cuantitativa y cualitativamente poco importantes y muchas veces confusas.
Pensemos que nos encontramos ante un texto cu ya misión no era la de dar a conocer novedades.
Esto mismo ocurría con los Antidotarios ( 114) que se añadían en los tratados quirúrgicos de la épo ca, con un fin práctico, y en los que no se incorporaba h�bitualmente nin guna nueva droga.
En. algunas ocasiones hemos intercalado información procedente de otros autores del correspondiente período histórico, o inmediatamente posteriores, para contextualizar las anotaciones de Laguna.
Eilo nos ha permitido encontrar referencias cruzadas que demuestran el conocimiento mútuo que tenían de sus obras.
En todos los capítulos hemos tratado de in dagar y justificar los usos y virtudes que les atribuían a las drogas que des criben.
Todos los productos aquí analizados mantuvieron su vigencia hasta finales del sigloXIX y bien entrado el XX.
El pasó de la materia médica a la farmacología experimental y el progreso de la química arrinconaron a al gunos definitivamente o los desviaron hacia distintos tipos de industrias.
Se demuestra que el empleo que dieron a algunas materias extraídas de los vegetales, animales o minerales era correcto muchas veces.
Tal como pre coniza la moderna etnofarmacología (115), el uso de la planta o parte de ésta en su totalidad como medicamento, produciría unos efectos más sua ves que los que se obtienen con los principios activos extraídos de éstas.
En cuanto a las interpretaciones que hace Laguna de la acción de las diversas sustancias está más cerca del empirismo que de los -complejos esquemas procedentes del galenismo.
En algunas ocasiones podemos deducir que, al menos en lo que • se refiere a nuevos productos, imitaron el empleo que le daban los indígenas, aunque después lo pasasen por un filtro teórico.
No obstante, este tipo de aserciones deben ser verificadas con otros trabajos, alguno de los cuales están en curso de realización.
(2) Este trabajo se incluye en el programa de investigación «La actividad científica es pañola en relación con la materia médica y la minerometalurgia americanas y su. influen- (1911), vol. 3, p.
(30) Andrés Laguna recoge de Dioscórides una larga lista de usos del verdadero bálsa mo también llamado de la Meca o de Judea.
No sólo lo usaban en la curación de heridas y úlceras sino también en el tratamiento de un gran número de enfermedades viscerales cró nicas que consideraban producidas por úlceras, tumores grandulares, fístulas y flujos ex ternos, empleándolos sobre todo frecuentemente, en fumigaciones, en la amenorrea, leu correa, flujos mucosos, enfermedades crónicas del pulmón, catarrales y nerviosas así como las afecciones de laringe acompañadas de ronquera y extinción de la voz.
Este bálsamo no es un verdadero bálsamo sino una gamo-resina suave, tónica y astringente (TROUSSEAU Y Pmoux, 1872, vol. 2, p.
(33) Se empleó contra la tuberculosis a través del llamado método Landerer, que con sistía en la inyección intravenosa de cinamato sódico.
Se pretendía producir una inflama ción reactiva alrededor de los focos tuberculosos que había de provocar. un encapsulamien to cicatricial, la formación de tejido conjuntivo fibroso y finalmente la calcificación.
En pocas palabras: imitar una curación natural o espontánea.
Se gún su color recibe nombres distintos: rubí (rojo) si lleva una pequeña cantidad de cromo; zafiro (azul), si lleva cobalto y tal vez algo de cromo; topacio oriental (amarillo); amatista oriental (violeta). |
El Hospital tenía su propia botica, pero en los primeros tiempos de su funcionamiento en un local provisional, no contó con un boticario fijo; la mayoría de los medicamentos se adquirían ya preparados a otras boticas y 84
intelectuales no profesionales de la ciencia poseían una gran formación, que les permitía teorizar con rigor y satirizar con ingenio sobre distintos temas médicos.
El Padre Feijoo, Torres Villaroel, o el jesuíta P. Isla, son al gunos de aquellos escritores entrometidos en el campo de los médicos y ci rujanos, que con sus críticas y sátiras ponen de manifiesto una realidad de sobras conocida por tqdos los que ejercían la medicina: la ineficacia de la mayoría de los recursos que se veían obligados a emplear, un convenci miento que a más de uno llevó a adoptar actitudes de absentismo terapéu tico.
El esquema de los tratamientos seguía siendo el de etapas anteriores, basado en la trina ordenación de Celso, a saber: farmacoterapia, cirugía y dietética; pero en lo que a la primera se refiere, el médico ilustrado no contaba más que con un farragoso arsenal de remedios, muchos de ellos legados por la tradición y en su mayor parte ineficaces, cuando no dañi nos.
Una visión de la polifarmacia utilizada en el siglo XVIII desde un ángulo distinto del aportado por los textos médicos nos da el estudio de la terapéutica medicamentosa puesta en práctica en los hospitales y de manera especial el estudio de las boticas hospitalarias, su composi ción, funcionamiento y sobre todo las compras de drogas y otras sus tancias que les servían para la elaboración de los distintos medicamen tos; a falta de otra información más directa, como la que nos darían las historias clínicas, por desgracia poco frecuentes en los archivos de es tos centros.
Hemos centrado nuestra investigación en el Hospital de San José de la Isla de León (hoy San Fernando), fundado en 1767 para la asistencia de po bres de solemnidad y transeuntes por el obispo de Cádiz, Tomás del Valle (2).
Desde un principio en el establecimiento se atendió también a soldados de ambos ejércitos dada la carencia de hospitales en la localidad, sede del Departamento Marítimo desde el año 1769.
en ocasiones se menciona incluso la forma de esta preparación -ungüen tos (3), conservas (4), etc.-.
Los gastos realizados en la compra de medicinas, estaban incluidos en tre los otros gastos generales y la primera noticia corresponde a marzo de 1768: «... por varios medicamentos de botica...
A partir de ese momento aumentan las compras de forma paralela al número de enfermos y con frecuencia se hace constar que las medicinas se piden: « según recetas y recetario».
Como los médicos y cirujanos del hospital pertenecían al Real Colegio de Cirugía de Cádiz (6), es de suponer que este «recetario» al que se alude en muchas ocasiones fuera el utilizado por entonces por dicho Real Colegio, la Pharmacopea de la Armada de Leandro de Vega (7).
Las dos primeras drogas mencionadas en los libros de cuentas son «2 1/2 lib(ras) de mana», un jugo vegetal que se utilizaba como purgante sua ve (8), y.«1/2 onza de Ethyope mineral », un compuesto de mercurio y azu fre, usado en forma de polvo en el tratamiento de las úlceras venéreas (9), enfermedad tan frecuente por entonces en la región.
En diciembre de 1772 se pagan 15 reales de vellón «por una receta, con tra rabiem, q(u)e se compone de 4 onzas de Conserva de Rosas, y Espíritu de San Amoniaco, Trayda de la Botica del Rey» (10).
El espíritu de sal amoníaco se empleaba en la mordedura de víbora y picadura de insectos, también en los «tumores artríticos de las articulacio nes», en esta receta está combinado con la conserva de rosas (11) a la que se atribuían virtudes tónicas y astringentes, y que entre otras indicaciones tenía la de cohibir hemorragias (12).
La Botica del Rey del Hospital Real de la Marina fue. durante muchos años la principal proveedora del establecimiento estudiado (13).
La venta de medicamentos
Entre los hospitales de la época existían variedades que iban desde los pequeños, carentes de botica, que adquirían los medicamentos a farmacéu ticos particulares, hasta aquéllos con farmacia dentro de sus locales que no era propia del centro, sino de un farmacéutico que podía enajenarla o ven derla cuando quisiera, o dejarla a sus descendientes (14).
Algunos de los hospitales pertenecientes a órdenes religiosas tenían bo tica que suministraba al establecimiento y vendía al público, cosa que tam bién se hacía en el hospital que hemos estudiado.
La botica tenía un cuarto anejo donde había »un fogón, una mesa vieja, un tinaco de madera, un estante de pino y nueve orzas viejas para coci mientos» (19).
Todo este material se iba reponiendo cuando era necesario y constante mente se compraban útiles, tanto para la botica como para las enfermerías, o se arreglaban si era susceptible de hacerse así.
Por ejemplo, en agosto de 1799 se sustituye la «prensa vieja» que cita el anterior inventario, por otra nueva (20); cada año se adquieren ventosas, vasos, espátulas, tamices, etc. (21.), destacando por su reiteración las compras de «sangraderas» y de «Borselanas para las sangrías» (sic) ( 22), que dan cuenta de lo frecuente que debía ser esta práctica en el hospital.
En otros inventarios ya correspondientes a los primeros años del siglo XIX se mencionan libros que no constan en los anteriores: la Farmacopea Matritense y la Farmacopea Hispana (23).
La pri])1era databa de 1739 y a pe sar de su nombre se declaró obligatoria en todas España.
El Protomedicato había cedido el privilegio de su redacción al Colegio de farmacéuticos esta blecido en 1737.
De esta Farmacopea hubo una segunda edición en 1762.
La Farmacopea Hispana es la primera en el mundo que adoptó la no-. menclatura química, y se editó en 1797 (24).
Aun existiendo esta� farmaco peas, que eran los códigos obligados en la elaboración de las fórmulas pres critas por los médicos, algunos hospitales civiles y militares tenían para su uso formularios que recomendaban los medicamentos que consideraban más adecuados para los enfermos ingresados en estas instituciones, como el publicado en 1749 por Félix de Eguía con el título de Formulario de me dicamentos para uso de los Reales Hospitales (25).
Parece. que el uso de es tos formularios venía justificado por el deseo de unificar los tratamientos, evitando al hospital gastos ocasionados por las recetas complicadas, y em pleando solamente las que consideraban realmente útiles.
El personal de la botica
Ya hemos dicho que mientras el Hospital estuvo alojado en una sede provincial no hubo boticario entre sus empleados.•En el año 1776 se termi nó el edificio del Hospital de San José y en el mes de agosto de ese año apa rece por primera vez en la nómina de empleados el titular de la botica.
Este primer boticario se llamaba don José Camarero y recibía por sus servicios 40 reales de vellón al mes (26).
Lamentablemente no tenemos aquella parte de los estatutos del Hospi tal referentes a las obligaciones del boticario; por lo que conocemos de otros establecimientos similares contemporáneos al aquí estudiado en tér minos generales, los boticarios se ocupaban del aprovisionamiento de los productos neéesarios para la elaboración de medicamentos, cuidando de su buen estado y conservación, también preparaban las composiciones y recetas indicadas por los médicos y cirujanos; deberían así mismo cuidar de que la botica estuviese provista de todos los útiles y enseres necesarios para su trabajo, reponiéndolos cuando fuese necesario (27).
El mancebo de boticario se encargaba de apuntar en un libro las medicinas prescritas por los médicos y cirujanos al efectuar la visita a los enfermos.
Las boticas, tanto las privadas como las hospitalarias, debían ser ins peccionadas por un visitador nombrado por el Tribunal del Protomedicato, lo que motivaba enfrentamientos con las boticas de religiosos que no acep taron estos controles hasta bien entrado el siglo XVIII, ni tenían tarifa ofi cial para fijar los precios de los medicamentos.
Como el número de boticas regidas por religiosos era muy grande, el conflicto de intereses planteado con los boticarios particulares determinó numerosas disputas judiciales.
La normativa de 1761 obligaría a las boticas regidas por religiosos a some terse a las visitas de inspección, y en_ 1764 y 1765 se dierqn disposiciones por las cuales en ellas debían actuar como regentes boticarios examinados (28).
Los salarios de los boticarios eran bajos; en los años estudiados el Maes tro Boticario cobraba la mitad que el médico o el cirujano del centro.
El Segundo Boticario ganaba menos que la cocinera, a la que se le pagaban 45 reales (29).
Quizás fuese éste el motivo de que los boticarios no permane cieran mucho tiempo en el Hospital, siendo sustituidos frecuentemente por sus ayudantes.
Por ejemplo, en 1799 el personal de la botica lo componían: un Maestro Boticario, con un salario de 8 pesos mensuales, y un ayudante de boticario con un salario de 45 reales mensuales (30).
El cirujano, cuyo sueldo era también de 8 pesos al mes, recibía además una gratificación de 480 reales al finalizar el año «... por ejercer de médico ya revalidado» (31), mantenién dose así la diferencia establecida entre unos y otros profesionales.
María Teresa López Díaz, que ha estudiado el «Hospital del Amor de Dios» de Se villa durante los siglos XVII y XVIII (32)
Otras compras para la botica: medicamentos y sustancias medicamentosas
Además de los ocasionados por el pago de salarios del personal ya co mentados, y por la adquisición de útiles y enseres, los gastos de la botica estaban generados fundamentalmente por la compra de medicamentos y sustancias medicamentosas o drogas (33) que se utilizaban en la prepara ción de éstos.
Los productos empleados en la elaboración de medicamentos, como la cera amarilla, la miel, los huev0s, el azúcar o el vino, por citar algunos, se compraban a proveedores locales (34).
Las drogas simples se compraban en los almacenes dedicados a estos productos (35) y los medicamentos ya preparados generalmente se traían de Cádiz, de la Botica del Rey y de otras boticas.
Los pedidos dé drogas simples eran los más frecuentes en los primeros tiempos, mientras que en los años finales del siglo aparecen cada vez más medicamentos ya elaborados -entendiendo por medicamentos el resulta do obtenido de las diferentes modificaciones que las sustancias medica mentosas o drogas habían sufrido en las boticas-.
El análisis de las compras para la botica pone de relieve que en el perio do de tiempo estudiado (1767-1800) en el Hospital se utilizó una polifar macia en la que eran frecuentes las recetas complicadas y donde se abusa ba de vomitivos y purgantes.
También podemos comprobar que estaba plenamente vigente la Mate ria Médica tradicional: Dioscórides y la farmacia Galénica estarían presen tes con el uso de la Triaca Magna, la madre de perla, o los ojos de cangrejo (36).
Junto a éstos, encontramos gran profusión de hierbas y plantas que se empleaban también en el tratamiento de toda Clase de enfermedades desde la antigüeqad clásica, y que se siguen utilizando en la farmacopea del siglo XVIII, en la que abundaban los medicamentos compuestos de origen vege tal, siendo rara la medicación que no las incluía en distintas dosis y combi naciones (37).
Entre las plantas hay algunas de las incorporadas a la farmacopea eu ropea tras el descubrimiento de América como la zarzaparrilla, la jalapa, la escamonea de alepo, la ipecacuana, etc., junto con la quina, la más impor tante de las drogas de origen americano en cuanto a valor terapéutico (38) y cuya incorporación a los tratamientos supuso una ruptura de los moldes tradicionales.
También se usaban en el Hospital otras drogas procedentes de Orienta como el ruibarbo, el sen, los davos de olor y el opio.
Distintas clases de tierras que se suponían con propiedades curativas, metales, menas metálicas a las que se añadían los polémicos fármacos de oriente químico, alcoholes, ácidos, sales, etc., serán la base de otros medi camentos utilizados en el Hospital de San José; y con ellos, otros productos procedentes del reino animal, entre los que no faltan sustancias repugnan tes a las que se atribuía valor terapéutico, como la carne, secreciones y ex crementos de mamíferos, aves y hasta de reptiles (39).
Todos estos productos medicinales nos van a dar una visión de la tera péutica empleada por los médicos cirujanos en el Hospital, de la que no te nemos, salvo en contadas excepciones, noticias directas.
Damos a continuación una relación de drogas simples y medicamentos que fueron ut ilizadas en el Hospital de San José los años citados (1767-1800).
Los distintos grupos se han dispuesto por orden alfabético y dentro de ellos según el consumo, de mayor a menor.
En cuanto ala clasi ficación, se ha hecho según el criterio de la época.
• Bayas: Preparaciones simples:
• Vinagre: C) Minerales:
• Tierras: D) Metales:
• Sustancias bituminosas e inflamables:
• Preparaciones de antimonio:
• Preparaciones de hierro:
• Preparaciones de mercurio:
• Preparaciones de plomo: LAS YERBAS son uno de los productos que más demanda tenían entre todos los comprados para la botica; la mayoría de las veces estas compras están anotadas junto a las de comestibles y no se especifica de qué clases de hierbas se trata -ni tampoco las cantidades adquiridas-; no obstante, conocemos el nombre de algunas de estas hierbas por estar incluidas tam bién en los pedidos que remitían los proveedores de medicinas; vamos a re ferimos solamente a las más solicitadas para no alargar de manera excesi va la exposición de este trabajo Se consumía de forma regular la albahaca, con la que se preparaban fo mentos para tratar las grietas de los pezones y que también se usaba en las enfermedades de los ojos (40); la zarza, que servía para preparar cocimien tos recomendados en el tratamiento de las anginas (41); la yerbabuena, a la que se atribuían virtudes «resolutivas y lactíferas» y que era utilizada en fo mentos para tratar los tumores lácteos de los pechos.
También eran muy frecuentes los pedidos de «chicoria» o almirón (42), una planta empleada como febrífuga y que se administraba en forma de infusión, cocimientos y zumos en las calenturas inte_ rmitentes (43); y la escorzonera, usada funda mentalmente para preparar aguas conocidas como aguas cordiales -como eran las de rosas, viotetas, etc., recomendadas en las enfermedades del co razón, epilepsia, o los desvanecimientos (44).
LAS FLORES fueron también de uso habitual en la botica del Hospital.
En primer lugar hay que citar a la amapola, una de las más solicitadas, a cuyos pétalos se atribuían propiedades narcóticas ( 45); como otras plantas entraba en la composición de los llamados «medicamentos compuestos», como el «cocimiento diaphorético» que recomienda Leandro de Vega para provocar transpiración en caso de fiebres ( 46 ).
A las malvas se les atribuían propiedades emolientes y se preparaban en cocimientos para uso interno o cataplasmas para uso oftálmico, etc. (47).
Las flores de manzanilla se pre-paraban también en cocimientos, infusiones, etc. y en cataplasmas como «resolutiva y antigangrenosas» ( 48).
La rosa rubia, también llamada castellana o rosa de Toledo, entraba en la composición de numerosos medicamentos como la Confección de Jacin tos, uno de los remedios de múltiples usos, entre ellos para combatir las fiebres, fortificar el estómago, resistir la putrefacción, etc., que además de las rosas y los jacintos llevaba en su complicada fórmula topacios, esmeral das, perlas, oro y plata.
Otras composiciones en las que entraban los péta los de esta•flor era la conserva de rosas, ya comentada, la tisana de rosas, la miel rosada -utilizada en gargarismos-, etc. (49).
Con cada clase de rosas se hacía el agua cordial temperante, para las fiebres ardientes (SO).
LOS FRUTOS también aparecen de manera regular entre los pedidos de comestibles especificando los que estaban destinados a la botica: «... limo nes p(ar)a la botica» ( 51), etc. En el año 1800 se pidieron 28 partidas -no dice qué cantidades-de naranjas y limones con este fin.
De estos dos fru tos eran conocidas las propiedades antiescorbúticas y también se emplea ban en zumos mezclados con agua en las fiebres altas, cuando. el paciente necesitaba tomar líquidos.
Servían de base para la preparación de jarabes, julepes (52) y electuarios (53).
Las almendras dulces y amargas se utiliza ban para extraer aceites; antes hemos mencionado la existencia de una prensa entre los útiles inventariados de la botica.
Los aceites también se compraban preparados, para ungüentos, emplastos, linimentos, etc.; el aceite de almendras dulces se usaba como vomitivo suave, para los dolores de estómago (cardialgia) y en enema como laxante, etc. (54).
LOS GRANOS: entre ellos destaca el de cebada, que es el segundo pro ducto más solicitado (55).
El agua de cebada se usaba en la preparación de tisanas y se recomendaba en «las calenturas inflamatorias que acompañan a las fracturas... >>' (56).
LAS RAICES eran también de amplio consumo en el hospital; muchas de ellas de origen americano y ya conocidas desde el siglo XVI como la ipe cacuana (57), utilizada por los indígenas brasileños contra la diarrea y de gran difusión en Europa desde que Helvéticus curó con ella al Delfín de Francia (58); otra de amplio uso fue la escamosa de Alepo, de acción pur gante, al igual que la jalapa, también purgante poderoso que ocupó un im portante lugar dentro de la materia médica de la época (59).
La raíz de gen ciana, usada en la mordedura de víboras y en las escrófulas de los niños Asclepio-11-1992 (60).
Heister (1687-1758) las recomendaba«... para ensanchar o ampliar la boca de las heridas o úlceras, quando está demasiado angosta» (61).
La raíz de zarzaparrilla, al igual que la raíz de china se usaban en las enferme dades venéreas -de la segunda se decía que había curado la lues al Empe rador Carlos V- (62).
LA CORTEZA de quina se gastaba también de modo habitual y está pre sente en todos los pedidos de drogas que hemos examinado.
Se mencionan en las compras hasta cuatro variedades: de Santa Fe, Pe ruviana, de Huanuco y Colorada.
Linneo llamó a la quina «Chinchona Offi cinalis» porque la leyenda le atribuye la curación de unas fiebres intermi tentes padecidas por la condena de Chinchón, virreina del Perú.
Los jesuítas la propagaron por-Europa y en España es conocida desde el año 1631 (65).
Los cirujanos del Real Colegio de Cádiz la empleaban en el trata miento de la gangrena, la caquexia, las hemorragias y los tumores artríticos ( 66), pero sobre todo fue utilizada como febrífugo.
Se usaba bajo muchas formas y composiciones: píldoras, polvos, jara bes, tinturas, etc. El «febrífugo común» de Leandro de Vega consistía en dos onzas de quina «escojida quebrantada» cocidos en dos libras de agua común (67).
Juan Manuel Aréjula, Maestro en el Real Colegio de Cádiz, tra taba a los afectados de.fiebre amarilla « ••• quando llama el doliente muy al principio y los síntomas son regulares», con un emético antimonial y cada dos o tres horas un pocillo de una buena tintura de quina «... cargada y mezclada con éter sulfúrico: v. g. a cada libra de aquella una dragma de éter, con cuyo auxilio y con tan favorables circunstancias suelen no necesi tar más y salvarse los enfermos;... » (68).
En un intento de conseguir fórmulas magistrales que potenciaran la utilidad de los medicamentos, facilitando su ingesta,' que en el caso de la quina era un problema por su sabor amargo, se tendió a la simplificación y racionalización en la administración de éste y otros medicamentos.
Las dos fórmulas de más éxito fueron las propuestas por José de Mas deval -tártaro emético y quina, en forma de opiata, utilizada con buenos resultados en la epidemia de tercianas de 1783, y que a principios del siglo XIX fue vuelta a emplear por Tadeo Lafuente en la epidemia de fiebre ama rilla de Andalucía.
Este llegó a la conclusión de que la quina era el verdade ro principio activo y la administró sola, procurando solamente disfrazar su sabor (69).
Por una carta remitida al boticario del hospital de San José por Valen tín García Blanco, proveedor de medicinas del establecimiento, sabemos que normalmente la quina debía _llegar ya preparada a la botica, porque además de informar de que manda todos los géneros pedidos salvo el azo gue, refiriéndose a la quina dice: «... la quiria se la envio en polvo por excu sarle el t:r: abajo de molerla, sólo le remito una poca de ella entera p(ar)a si se le ofrece, algún cocim(ien)to» (70).
LAS GOMAS son sustancias viscosas que fluyen de distintas plantas, entre ellas se empleaba la goma elemí o de limón -muy solicitada en el Hospital-que se extraía de un olivo silvestre ( 71) y entraba en la composi ción del Bálsamo de Arceo, para heridas o úlceras (72).
Este grupo está re presentado de modo variado entre las drogas simples consumidas.
Se utilizaban en la preparación de pastas, pastillas, píldoras, unidas a sustancias acres o acústicas para prevenir su efecto irritante (73).
La goma arábiga se empleaba en afecciones catarrales. y entraba en la composición de numerosos medi. camentos como el Mitridato (74).
LAS RESINAS Y BALSAMOS más usados fueron la sa_ ngre de dragón, ándose como tal en las operaciones.
Como analgésico se _usaba en multitud de enfermedades, reumatismos, cáncer, tétanos, entre otras; se conocía el peligro de sobredosis (82).
Se administraba en forma de extracto, jarabe, tintura,.polvos, etc. Formaba parte de muchos medicamentos como el Láudano de Syden ham -a base de opio, azafrán y vino de Canarias-, uno de los prepara dos galénicos del siglo XVII que más ha perdurado, incluyén, dose con pocas variaciones en las farmacopeas hasta el siglo actual; los polvos de Dower -polvos de ipecacuana compuestos-; el electuario de Diascor dio, etc. ( 83).
En la Farmacopea de la Armada, Leandro de Vega lo recomienda en ca taplasma -con. miga de pan, leche recién ordeñada, yemas de huevos, aceite rosado y polvos de azafrán-(84); dice que preparado de esta forma «suaviza, adormece, muchas veces sana el dolor de la gota, reumatismo, y todo otro, que hace de humores acres, y calientes».
Era el producto más caro de cuantos se compraban en la botica del Hospital de San José, con la, salvedad de la quina; en el año 1793 valía a 60 reales la libra (85).
Otros años estudiados no contienen datos sobre esta droga en particular y la mayoría de los gastos de botica se engloban bajo el amplio calificativo de «medicina» sin detallar cuáles eran.
LOS ANIMALES Y SUS.PRODUCTOS fueron también usados en el tra tamiento de múltiples enfermedades, tanto para uso externo como interno.
Distintas sustancias repugnantes, entre las que figuraban los excrementos humanos y de animales estuvieron plenamente incorporadas a la Farmaco pea del siglo XVIII.
Se recomendaba el excremento de oveja para sanar la ictericia, el de caballo para la pleuresía y el cólico, el de cerdo «tomado in teriormente» para contener las hemorragias, etc. (86).
Leandro de Vega in cluía el «estiércol seco de pavo» en la composición de su electuario epilép tico (87).
Otras veces se mandaba ingerir ciertos animales con supuestas virtudes curativas, por ejemplo, los piojos, comidos en número de cinc�, se empleaban en las calenturas y en la retención de orina, o las chinches a las que se atribuía la virtud de favorecer la expulsión de la placenta (88), y un largo etcétera que incluye a todo tipo de carnes entre las que no faltan las de distintos reptiles, como la lagartija verde importada de Guatemala, que al parecer tuvo mucha aceptación en España e Italia para el tratamiento de las enfermedades venéreas; el exótico producto estaba recomendado en do sis de una al día -previamente despojada de la cabeza, cola, patas, piel y entrañas {89)-.
Hasta bien entrado el siglo XIX encontra�os entre los me-dicamentos utilizados en el Hospital de San •José el «emplasto de esperma de ranas con mercurio», recomendado en las úlceras venéreas, los tumores y concreciones del mismo carácter (90).
LAS CULEBRAS para la botica se compraron en el Hospital durante to do el siglo XVIII, a veces en número considerable, como en enero de 1799 eri que se adquieren 16 culebras de varios precios -no sabemos si por ser de distinta clase o por el tamaño-(91); ya hemos dicho que en el inventa rio hecho en la botica en 1783 había «un caxon grande para vívoras».
Las víboras, una vez despojadas de la cabeza, la cola y la piel, se cocían en caldo de pollo y esté:_ «caldo de vívoras» resultante se administraba a personas con afecciones cutáneas, incluida la lepra (92).
A la manteca de víbora se le atribuían propiedades «_ emolientes, penetrantes y atenuantes» y se empleaba en ungüentos para las manchas de la córnea (93).
La carne de víbora fue uno de los ingredientes de la Triac.:a Magna (94).
La práctica de las evacuaciones de sangre debía ser muy: frecuente en el hospital de San José.
Como método general se usaba la sangría,' que será comentada más adelante, y como evacuatorios locales se empleaban entre otros las sanguijuelas.
LAS SANGUIJUELAS son algunos años el producto de. consumo pref� -:; rente en el Hospital; en el año 1800, en el que se padece en la región otra te rrible epidemia de fiebre amarilla, se hacen 50 pedidos de sanguijuelas, con un importe total de 1.682 reales (95).
A pesar de que en el siglo XIX se empiezan a oír voces críticas a este tipo de terapéutica, calificando el uso tanto de la sangría c¿mo de las sanguijuelas de la «más perniciosa de las invenciones» (96), en el Hospital de San José se siguieron empleando am bas prácticas y en el año 1829 todavía se compraban partidas de hasta mil sanguijuelas (97).
LAS CANTAR/DAS, insectos pertenecientes al grupo de los coleópteros, se usaban como evacuantes de la serosidad en las «... enfermedades que provienen de un cúmulo, o de derrames serosos o linfáticos, como en las afecciones reumáticas o hidropesías» (98).
Se preparaban en forma de polvos, emplastos, ungüentos, etc. La tintu ra de cantáridas se recomendaba para la parálisis o los dolores reumáticos y en su composición entraban también las cochinillas o milpies (99) otro insecto que también aparece en los pedidos de la botica del hospital.
El consumo de cantáridas, aunque regular, era de mucha menor cuantía que el de sanguijuelas.
De LOS PRODUCTOS ANIMALES que antes mencionábamos se hace un gasto constante pero irregular; por ejemplos, los huevos hay años que _ no aparecen entre los pedidos de la botica, otras veces son el objeto de la mayor demanda.
Con las yemas de los huevos cocidos se sacaba por prensa el «aceite de huevos» usado en las quemaduras, almorranas dolorosas, grietas de los pezones, etc. (100).
La leche de burra se gastaba de manera habitual pero en menor canti dad que la de vaca -por ejemplo, en octubre de 1793 se compran 17 1/2 cuartillos de leche de burras y 60 «quartillos» de'1eche de vaca (101)-lo que nos hace suponer que se utilizaría por sus supuestas propiedades me q.icinales, más que como alimento; Boerhaave (1668-1738) la recomenda ba en sustitución de la leche de mujer, tenida por tónico reconstituyente (102).
La leche también se usaba como vehículo de otras sustancias me dicamentosas.
La miel se usaba para edulcorar tisanas, jarabes, etc.; igual que el azú car.
Se la creía con propiedades emolientes y laxantes y entraba en la com posición de muchos medicamentos como el ungüento egipciaco (103), la miel mercurial, etc.
La madre de perla, junto con los ojos de cangrejo y las «rasuras» (sic) de cuerno de ciervo son tres productos que aparecen también de manera constante en los pedidos correspondientes al siglo XVIII.
La primera se usaba en sustitución de las perlas como alexifármaco y cordial, y en las en fermedades del estómago como alcalino y absorbente (104).
Como tal en traba a formar parte de muchos medicamentos como los «Polvos Absor ventes» de Leandro de Vega, en cuya fórmula se incluían también los ojos de cangrejo, el coral rubio y la creta escogida -de cada uno una onza (105).
Los ojos de cangrejo, tenidos por absorbentes y desecantes, se usaban preparados en forma de polvos en el tratamiento de las úlceras.
También se empleaban para detener la diarrea, etc. ( 106 ).
Las «rasuras» (sic) de cuerno de ciervo se preparaban en cocimientos o gelatinas a las que se atribuían propiedades sudoríficas y nervinas (107); el cuerno de ciervo calcinado se usaba para detener hemorragias y desecar las úlceras (108).
Prácticamente está presente en todos los pedidos de me dicinas que hemos consultado en cantidades superiores a las compradas de otros productos; en el año 1788 se compraron 46 libras de las dos prepara- Por último mencionaremos entre los productos animales de amplio consumo a la cera amarilla que tenía numerosas aplicaciones en la botica.
Era la base de los ceratos y entraba en la composición de muchos emplas tos, pomadas, etc. ( 110).
Sabemos que en la botica del hospital se emplea ba en la fabricación de ungüentos porque se pedía con esa aclaración: DE LOS MINERALES consumidos en la botica hay que destacar las di ferentes clases de arcillas siendo la primera en cuanto a consumo la tierra sellada.
El empleo de estas tierras en medicina se remonta a la antigüedad, atribuyéndose la curación de las heridas de Filoctetes, héroe de Troya, a la tierra de la isla de Lemnos -extraída por la sacerdotisa del templo de Es culapio, que le ponía un sello para evitar falsificaciones-(112).
A través de los tiempos se han disputado la calidad de curativas tierras y arcillas de di ferentes lugares: Siena, Malta, Hungría, la Gruta de Belén, etc. En el hospi tal de San José se utilizó mucho en el siglo XVIII.
Se usaba externamente para desecar úlceras.
Se la creía eficaz contra la erisipela, la mordedura de serpiente y las enfermedades de los ojos (113).
El bolo de Armenia o bolo Roxo, tenía similares aplicaciones; no encontramos más que un solo pedi do de este último (114).
LOS VINOS, sobre todo el vino tinto, se compraron de manera constan te con destino a la botica a lo largo de todos los años estudiados.
Como ocurre con otros productos comprados a proveedores locales no se indica la cantidad de vino adquirido y sólo podemos referirnos a número de en cargos; por ejemplo, en 1799, el vino ocupa el quinto lugar (115).
El vino era utilizado en la preparación de muchos medicamentos como aperitivo, estomacal, etc.; al vino tinto se le consideraba tónico, astringen te, diaforético, etc., se utilizaba entre otras cosas en la garganta y en la úl cera escorbútica, a dosis de «algunas onzas muchas veces al día» (116).
ENTRE LOS METALES comprados en su forma simple hay que desta car el mercurio o azogue, con el que se preparaban infinidad de medica mentos para el tratamiento de las enfermedades venéreas.
Lo más frecuen te era la compra de distintas preparaciones de mercurio, como el Asclepio-11-1992 sublimado corrosivo, usado contra el mal gálico, alcanzando gran difusión la fórmula conocida como disolución de Van Swieten, con la que el médico de María Teresa de Austria, Gerardo Van Swieten (1700-1772), logró re nombre universal (117); también se empleó como antiséptico y antiparasi tario (118); el cinabrio, que se usaba para fumigaciones generales y locales, o el precipitado roxo (sic) (119); la preparación más pedida era el ethyope mineral, ya comentado.
Con el mercurio se hacíán distintas• clases de medicamentos compues tos: píldoras, polvos, emplastos, ungüentos, pomadas, etc. El que se pide con más frecuencia es la pomada mercurial, seguida de las píldoras mercu riales.
Los ungüentos mercuriales para las unciones se debían preparar en el Hospital porque no aparecen en los pedidos destinados a la botica, y sí se encuentran entre éstos los distintos productos que se empleaban en su composición además del mercurio crudo, como la trementina o la manteca de cerdo (120).
De todos los medicamentos compuestos de mercurio com prados para el hospital el más caro era la pomada mercurial que costaba a 242 reales la libra en los años finales del siglo (12i).
El oro aparece una sola vez en los años contemplados: « Un libro de oro fino, p(ar)a la botica...
No hay ninguna compra de plata.
Ambos metales se utilizaban para usos farmacéuticos como era el dorado plateado de las píldoras (123).
El oro también se usaba en el tratamiento de distintas enfermedades de la piel, incluida la sífilis, y entraba en la composición de medicamentos como la Confección de Alkermes que se daba en las fiebres, contra la putrefac ción y para fortificar el estómago (1_ 24).
Otro uso de las hojas o panes de oro era el relleno de las cavidades de los dientes cariados (125).
Otro metal que se ¡;{edía en forma simple era el alumbre del que tam bién se menciona una preparación, alumbre calcinado.
Se usaba como cáustico en las úlceras y heridas fungosas (126).
El antimonio aparece en forma de preparación, el tártaro emético,• y c;:onfirma la participación de los médicos cirujanos del hospital de San José en las corrientes innovadoras de la época, ya que el uso de este producto fue la principal aportación.terapéutica del siglo.XVIII, dando lugar a fuer tes polémicas entre los médicos «novatores» partidarios del mismo y los tradicionales galenistas, contrarios a su utilización (127).
El tártaro emético, también utilizado como purgante, se usaba a dosis de dos granos, en vino o en caldo.
Lo encontramos sobre todo en los pedi dos del siglo XVIII.
El uso de los vomitivos se prodigó de manera tan general durante el si glo XVIII que se indicaron prácticamente en todas las enfermedades, como «... las enfermedades que proviene de la saburra biliosa del estómago, co mo en los casos de erisipela, de angina, de ophtalmia, de parótidas biliosas, de inflamación biliosa de heridas o úlceras, de escirro, de cáncer atrabilia rio» (128).
La lista es larguísima y en ella están incluidos traumatismos y gran parte de la patología ocular como la catarata incipiente o la amauro sis -enfermedades venéreas, hernias estranguladas, prolapsos uterinos, e incluso aquellas heridas sufridas en el estómago lleno de alimentos; la sor dera y los dolores en los dientes también eran susceptibles de este tipo de tratamiento (129).
Con relación a otros medicamentos destaca la escasa cantidad de AGUAS DESTILADAS solicitadas en estos años; probablemente se elabora r.ían en el hospital con las distintas plantas comentadas.
Se pide'enuna ocasión agua de canela, que no se solía emplear sola sino que sela -incluía en multitud de preparaciones como el electuario de Diascordio, empleado contra las fiebres malignas (130).
Sobre las propiedades de esta especia de cía Felix de Eguía: «La canela, hasta las viejas saben que da vigor al estó mago, y que sus polvos se echan en los reparos de vino, que son unas medi cinas exteriores» ( 131).
Se mencionan distintos ALCOHOLES como el espíritu de nitro dulce y el de coclearia, empleados normalmente.en la terapéutica de la época para compatir distintas clases de «calenturas», especialmente el de nitro (132).
También las SALES se• utilizaban en el tratamiento de las calenturas (133), administrándose en cada tipo de fiebre la que era más adecuada: la sal armoniaco (sic) se preparaba en cocimientos de salvia para hacer gár garas en casos de angina, y entraba en la composición de distintos fomen tos antisépticos utilizados para el tratamiento de la gangrena ( 134), etc.
No se pedían muchos MEDICAMENTOS COM_ PUESTOS, suponemos que la mayoría se elaborarían en la botica del Hospital, con los distintos simples adquiridos.
Entre las preparaciones compradas están las de plomo: albayalde y litargirio.
El primero se utilizaba en uso externo, como astrin gente en las quemaduras y úlceras; el litargirio entraba en la composición del azúcar dé Saturno, empleada como astringente y antiflogística (135).
Las preparaciones de hierro debieron ser poco solicitadas; tan sólo se menciona una vez el azafrán de Marte, usado como astringente (136), http://asclepio.revistas.csic.es lo mismo pasa con las preparaciones de plata de las que sólo en una oca sión se pide la piedra infernal, otro cáustico empleado en las úlceras he ridas ( 13 7).
Las CONFECCIONES y ELECTUARIOS son los medicamentos com puestos que tuvieron más demanda.
El más pedido fue la triaca, en sus va riedades Triaca Magna y Triaca de Madrid; éste es otro medicamento cuyo origen está ligado a la leyenda, atribuyéndose su invención a Mitrídates VI Eupator, rey de.Ponto (132-63 a.C).
Galeno incluía en su composición has ta 64 ingredientes, uno de ellos la carne de víbora y se creía que era eficaz contra toda clase de venenos; En el siglo XVIII, entre sus múltiples indica ciones, se usó para tratar las cámaras y vómitos ( 138).
En el Hospital de San José se empleaba hasta bien entrado el siglo XIX.
Otro electuario que aparece en los pedidos es el de Diascordio, ocho veces, llamado así porque en -su composición entraba el escordio, hierba a la que se atribuían virtudes resolutivas y anti-pútridas.
Los EMPLASTOS, medicamentos de uso externo compuestos de sustan cias resinosas y gomosas, a las que se unían distintas drogas o preparacio nes, como litargirio, mercurio, etc., también debían prepararse en el Hos pital, dado lo poco frecuente de las compras.
Se empleaban en las fracturas, llagas y contusiones (139).
De los restantes medicamentos repetimos lo dicho anteriormente en el sentido de que se debían preparar en la botica del Hospital consideran do el escaso número de pedidos que. se hacía de las distintas clase de és.:. tos: licores, polvos, pomadas, etc. con la única excepción de la pomada mercurial.
En varias ocasiones encontramos alusiones que confirman es ta suposición como la compra de «varias yerb(a)s p(ar)a ungüentos» (140), o bien «Compra de varios simples para la preparación de jarabes, extractos, etc.» (141).
En cuanto a la fo rrp a de aplicación de los medicamentos hay frecuen tes alusiqnes al empleo de lavativas: «compostura de ayuda...
Eran corrientes las compras de candelillas, pequeños cilindros de tela o lienzo, mojadas encera y arrolladas que se utilizaban en su forma simple para dilatar la uretra, y que-compuestas con distintos medicamentos se usaban.para tratamientos locales de la uretra, la vagina o del ano (143), también se menciona la compra de algalias, sondas de goma elástica para la vejiga (144).
No tenemos ninguna evidencia de que se utilizara la inyección endove nosa, la llamada «medicina infusoria», (145) a quien Feijoo denominaba «insigne temeridad».
Era muy frecuente la compra de «geringuillas para la enfermería»; aun que no se especifica el uso que se hacía de ellas sabemos que normalmente se utilizaban para la administración de distintos medicamentos en forma líquida para el tratamiento de afecciones de los ojos, oídos, etc., o también para lavados uretrales, o tratamientos externos de las úlceras.
La medicina infusoria junto con la electroterapia fueron dos aportaciones introducidas en la terapéutica del siglo XVIII.
• Otras medidas terapéuticas
Entre los restantes recursos terapéuticos empleados en el Hospital hay que destacar• el uso de la sangría, que tuvo enorme difusión en el siglo XVIII, durante el cual contituyó, junto con los vomitivos y los purgantes, una indicación por la que pasaban prácticamente la totalidad de los enfer mos, aunque es verdad que también hubo críticas al empleo abusivo de ella (146).
Respondía al concepto de que el flujo humoral sanguíneo perturba do' debe ser evacuado al exterior del cuerpo, restableciendo así el orden fi siológico natural existente antes de que el individ�o enfermara.
La sangría fue practicada desde la antigüedad aunque no como opera ción reglada ni con indicaciones muy precisas -Plinio, Hipócrátes y sobre todo Galeno, habían resaltado sus buenos efectos en determinados casos.
En España, durante el siglo XVIII hubo juicios muy encontrados que eran una prolongación de la disputa comenzada en el XVII, pero la popula rid_ ad de esta práctica ha sido satirizada en multitud de obras literarias, y de su frecuente utilización dejaron también testimonio los viajeros extran jeros que visitaban nuestro país.
A partir del primer tercio del siglo XIX empiezan a surgir claros detractores debido al mal uso de esta indicación que llegaba en ocasiones a anemizar al paciente hasta límites no compati bles con la vida ( 14 7).
Los cirujanos del Real Colegio gaditano, muchos de los cuales hemos dicho que ejercieron en el Hospital de San José, eran partidarios de la san gría y de ello tenemos abundantes pruebas en las memorias que se han Asclepio-II-l 992 conservado sobre los casos clínicos presentados ante Asamblea en dicho Real Colegio (148).
En la práctica diaria los cirujanos del Hospital usaron de la sangría en-las más variadas ocasiones, incluso a pacientes con hemo rragias, llegando a sangrar a un herido veintidós veces en menos de seis dí as ( 149).
Sabemos que en los primeros años de existencia del Hospital de San José, cuando éste funcionaba de manera provisional y el personal asisten te era mínimo, se encargaba la realización de las sangrías a un sangra dor, al que se pagaba-un real de vellón por cada actuación (150); si se aplicaban vejigatorios la tarifa era un poco más alta.
Probablemente sería también el encargado de sácar muelas, operación que se llevaba a cabo con relativa frecuencia entre los enfermos y empleados del estableci miento.
Cuando el Hospital funciona a pleno rendimiento, a partir del año 1776, desaparece de la plantilla de los empleados; en adelante, la práctica de las sangrías debió estar a cargo de los practicantes de cirugía porque en repetidas o" casiones se alude a la compostura de lance. tas para el practi cante: «Compostura dé nabajas, lanzetas y tijeras p(ar)a el practica_ nte..., 19...
La compra de sangraderas, porcelanas para sangrías, lancetas, etc., se sigue sin interrupción en los libros de cuentas durante todo el período e�tu diado, y recuérdese lo que hemos dichos sobre las grandes cantidades de sanguijuelas que todavía se compraban bien entrado el siglo XIX, ambas cosas apuntan a • que la política de las evacuaciones de sangre se siguió en el Hospital durante buena parte del Romanticismo.
De nada le valían al médico ilustrado los distintos conceptos que sobre la enfermedad le brindaban las corrientes de pensamiento filosófico-cientí ficas de la época, vitalismo, empirismo o racionalismo, si a la hora de po ner en práctica sus conocimientos no contaba más que con un complicado e inútil arsenal terapéutico.
La desconfianza ante los remedios que se veía obligado a emplear le lle vó a adoptar actitudes como las de aquel médico amigo del Padre Feijoo que en una epidemia de tercianas en Asturias a la mayoría de las personas las había curado, no curándolas ya que... «procuraba no quebrantar con re medios la naturaleza» (152).
Imitar a la naturaleza era un principio establecido entre los cirujanos y médicos del Hospital, teniendo en cuenta que ésta «... obedece con más prontitud a la acción de un medicamento• simple que a la confusa mezcla del compuesto» {153).
• • Para José Luis Peset, en esta postura del médico ilustrado se aprecia una vuelta al hipocratismo y a la fe ciega en la «vis medicatrix natutae» (154).
En este siglo fueron muy frecuentes las ediciones, la lectura y los co mentarios de los textos hipocráticos y se desarrolló una clara tendencia al naturalismo terapéutico y gran respeto ante la acción sanadora del orga nismo humano, que llevada a su extremo conducirá a una postura nihilista en cuanto a la administración de remedios, que alcanzará su gran auge en el Romanticismo.
Esta tendencia al naturalismo terapéutico de la Ilustración llevó a la búsqueda de recursos sanadores en las distintas fuerzas naturales: agua, galvanismo, oxígeno, magnetismo animal, etc., algunas conocidas de anti guo y otras de reciente descubrimiento por entonces.
Entre estas medidas se incluye el empleo de las aguas minero-medicinales ya empleadas en otros períodos de fuerte tendencia hipocrática y cuyo uso en España fue di fundido por Pedro Gómez de Bedoya, entre otros (155).
Los médicos cirujanos del Hospital de San José utilizaron la balneote rapia; uno de ellos, Bernardo Beáu (tl 796), incluso escribió un tratado so bre las aguas minero-medicinales (156), y hay muchas noticias sobre el en vío de un importante número de enfermos a distintas estaciones termales, proporcionándoles «transporte y vagages», según testimonio del adminis trador.
En una ocasión se menciona el nombre de uno de esos balnearios: «Limosna d(dad)a a un pobre p(ar) ir a los Baños de Jardales» (157), supo nemos que se refiere a Herdales, en la provincia de Málaga, que tuvo gran renombre.
También se utilizó la influencia de los factores geográficos para com pletar la acción de las otras medidas curativas, y con este propósito se mandaba a los enfermos a distintas localidades de la provincia.
Los enfer mos pobres de solemnidad debían llevar un certificado de su estado de po breza que les permitía la entrada en otros centros benéficos; uno de estos certificados, facilitado por el administrador del hospital, rogaba a otras instituciones benéficas proporcionaran albergue a una enferma pobre, que se desplazaba a Sevilla a «mudar de aires» para mejorar su salud (158).
Con la llegada a España de los Barbones, a principios del siglo XVIII, se había iniciado en nuestro país la renovación de la cirugía que llevaba un gran atraso con relación a la del resto de Europa.
La mayoría de la pobla ción española estaba en manos de cirujanos empíricos, sin estudios, los «cirujanos romancistas» que podían ejercer con solo cinco años de prácti cas junto a un «cirujano latino» (159), y que recorrían nuestra geografía si guiendo la ruta de las ferias con nomb�es pintorescos alusivos a sus respec tivas «especialidades»: «hernistas», «tallistas», «batidores de cataratas», etc., meros curanderos que competían con otro gran número de practican tes de medicina mágica, como los «ciegos rezadores», las «saludadoras» y los exorcistas.
También había cirujanos universitarios, «cirujanos latinos», la mayoría simples teóricos, ducho. s en el arte del silogismo y escritores de tratados de_cirugía que nunca habían realizado una intervención,.ni practi cado con cadáveres.
Con la nueva dinastía llegaron prestigiosos profesionales de la medici na y la cirugía, como el francés Jean Le Combe o Juan Lacomba (tl 748) (160), Cirujano Mayor de la Armada, que en unión de Pedro Virgili (1699-1776), fundaron en Cádiz, en el año 17 48, con la protección del marqués de la Ensenada y bajo el patrocinio de la Marina, una escuela de cirugía para la enseñanza de los cirujanos de la Armada: El Real Colegio de Ciru gía (161), donde se dio a los cirujanos conocimientos médicos, en contra de todo lo legislado hasta entonces, basándose en que debían hacer largas travesías siendo los únicos profesionales a bordo.
En 1 791 sería el primer centro europeo donde se unificaran las enseñanzas de medicina y cirugía, disciplinas que hasta entonces habían marchado por caminos separados (162).
Muchos de estos cirujanos-médicos formados en el Real Colegio ejer cieron en el Hospital de San José, pero sobre las intervenciones quirúrgicas que se realizaban en este hospital sólo tenemos noticias directas por gastos que ocasionaron:«...
24 reales de vellón por la "compostura de jerramienta de cirujía (sic) p(ar)a cortar una pierna"» (163).
En otras ocasiones se indica la cantidad pagada por «componer el apa rato de cirujía» (164).
Acerca del tratamiento de las fracturas encontramos alguna alusión a la compra de «una caja de tablas para una pierna quebrada» (165).
Existe también un certificado• de las operaciones que realizaba uno de los cirujanos del hospital, Francisco José Martínez, catedrático de Patolo gía Quirúrgica del Real Colegio gaditano: «..• y son sacar las piedras de la vegiga de los hombres por dos métodos experimentados por los más seguros, y ventajosos al que se practicaba en este Colegio, que estaba declarado por arriesgadísimo por los grandes prácticos.
Sacar las piedras de la vegiga de las mugeres, cortando y sin cortar, la que no tenemos noticia se haya practicado en el Principado.
Amputar el brazo por la articulación del hombro por su método que es. fácil, y sin riesgos de fluxo de sangre y convulsión por las ligaduras.
Hemos visto que ha corregido, y mandado hacer los ynstrumentos para dichas operaciones y otras.
También ha corregido los forcefs (sic) de Mr. Levret para sacar los ni ños del claustro materno, sin riesgo de que pierdan la vida, como sucedía muchas veces antes de la corrección.
También ha hecho la operación de la catarata, sujetando el ojo en la si tuación que se quiere sin peligro de rebentarlo, como suele suceder con los demás instrumentos que hái para afirmar el ojo.
Y gualmente hemos visto que con suma agilidad ha luxado, y reducido á yarios huesos en cadaveres los que jamas haviamos visto... » (166).
En resumen, podemos suponer que todas las especialidades quirúrgi cas practicadas en aquella época (fundamentalmente cirugía obstétrica, del tracto urinario, ortopédica, oftálmica, trepanaciones, hernias, amputacio nes, etc.), se realizaban de forma habitual en el hospital.
No hay referencias de la realización de autopsias en el centro estudia do, pese a que eran. una práctica habitual entre los cirujanos del Real Cole gio quienes conocían y valoraban su importancia a la hora de resolver los problemas de diagnóstico post-mortem y también como fundamento indis pensable del saber clínico.
El inglés Buchan, cuya obra fue traducida a finales del setecientos con una amplia difusión en España, decía que: «Aunque muchos ponen en du da si la medicina es más dañosa que útil, no obstante convienen todos en http://asclepio.revistas.csic.es la necesidad importante del régimen» (167).
La dietética, que desde la an tigüedad ha tenido una clara intención preventiva, fue en el siglo XVIII, como lo había sido en épocas anteriores, otro de los pilares de la terapéu tica.
La característica general de la dieta de los enfermos era su escasez y su poca variación; sobre todo en los enfermos agudos er� la norma general el administrarles poca comida (168).
En estos regímenes había una ausencia casi total de carnes y pescados.
Los alimentos más �ecomendados eran los caldos de distintas carnes, concretamente e!l el Hospital de San José se uti lizaba la carne de carnero y en menor cantidad la de pollo, seguramente por su elevado precio.
También se utilizaban las verduras " y frutas ( en los regímenes anti-escorbúticos), la sémola, la miel, y en casos excepcionales el pichón.
La referencia a las dietas no aclara en la mayoría de los casos la exacta composición de ésta; lo rp.ás frecuente es que se prescribiera «ración» o «dieta», que no debían requerir más aclaración en su momento.
Las más frecuentes eran como sigue: Esto en cuanto se refiere a los hombres; en la dieta de las mujeres es de notar la ausencia del chocolate y el que algunas de ellas recibían una ali mentación compuesta por «meolladas» (dulces).
En días sucesivos se repi ten con algunas variaciones.
Es muy común una nota al margen de la página donde se escribían diariamente los alimento� que alude a unas determinadas raciones de car ne que no se dieron a los «hombres del Rey» (los militares), generalmente de noche, y que «quedan a favor de la casa» (169).
Los militares sí tenían estipulada una determinada dieta que incluía, con algunas variaciones, carne (8 onzas de carnero o la quinta parte de una gallina), pan (libra y media) y de otros productos como 1/2 cuartillo de vino, 1/2 onza de azú-. car, vinagre, tocino, bacalao, guisantes, etc., además de media onza de ta baco por individuo (170); para la v1gilancia del exacto cumplimiento de estas normas había un controlador, un• sargento de Marina en el caso del Hospital de San'José.
Como la costumbre era en general la de dar una die ta escasa y sin carne, parece ser que ésta quedaba a disposición del hospi tal si no era consumida por estos enfermos, sobre todo en la comida de la noche.
Como puede verse, el chocolate no sólo era una costumbre social ex tendida en el siglo XVIII a todos los estamentos, con la única diferencia entre ricos y pobres que los primeros lo consumían en más canÜdad, si no que también ocupaba un importante lugar en la dieta de los enfer mos.
El chocolate no debía incluir en su composición más que azúcar Y' ca cao, pero las modas y la picarésca de la época introdujeron en la fórmula otros componentes, que a veces podían resultar nocivos para la salud: des de el ámbar de las fórmulas más sofisticadas, que consumían las clases pri vilegiada, hasta la arena con que se adulteraba el chocolate de los pobres (171).
Era muy frecuente que al personal facultativo, médicos y cirujanos, además de unas determinadas ca_ntidades de dinero en concepto de «grati ficación» por su asistencia a los enfermos, se le obsequiara, por parte del establecimiento, con distintos comestibles muy estimados por entonces, como las aves de corral y el chocolate: «Por 1/2 a(rroba) de chocolate para el médico...
También se obsequiaba con chocolate a los capellanes y a los sirvien tes domésticos con ocasión de determinadas fiestas; algunos enfermos recibían, además del habitual de la dieta, cantidades extra de chocolate que ellos mismos se costeaban y que indican lo muy apreciado que era éste.
La literatura del siglo XVIII está llena de alusiones que confirman el gran consumo de este producto americano; incluso los textos médicos lo citan como habitual en la alimentación humana: el prolífico autor que fue Francisco Suárez de Rivera, refiriéndose a «... varios accidentes que pade cía cierto religioso, todos originados de lombrices... », describe el cuadro clínico que presentaba este paciente con una serie de síntomas entre los que figuraban los vómitos, «... arrojando unas veces la comida, otras sólo el chocolate, y otras agua clara sin vómito» (173).
Como síntesis diremos que, dejando a un lado los intentos de asistencia domi�iliaria gratuita a las clases populares llevados a cabo por los gober nantes ilustrados (17 4), las alternativas asistenciales en el siglo XVIII en España eran prácticamente las mismas que en etapas anteriores: médicos de Cámara, los más prestigiosos profesionales, para reyes y poderosos, me dicina individualizada, a ser posible a domicilio para todo el que se la pu diese pagar y hospitales benéficos, religiosos en su mayoría, pero también de fundación real o particular para los pobres (175).
Ricos y pobres sufrían por igual las consecuencias de la ineficacia de los recursos terapéuticos; si bien la mortalidad en los hospitales de caridad era más alta porque a ellos llegaban los enfermos en peores condiciones y por lo general después de transcurrido bastante tiempo de su enfermedad.
Adémás, la alimentación en estos centros era mala, la escasez de sitio hacía que en la mayoría de ellos se colocara a má� de un enfermo en cada cama y. la higiene solía ser muy deficiente.
En adelante, Li bro Idel Gasto.
Archivo del Hospital de San José de San Fernando, en lo sucesivo A.H.S.J., f.
(6) (95) Duante el año 1800 se hicieron pedidos de sanguijuelas con una frecuencia de tres a seis veces cada mes.
Cf: Loe. cit., en nota (51).
(96) LE RoY, enemigo de la práctica de la sangría y ferviente partidario de los purgan tes decía: «La evacuación de sangre es un azote de la humanidad introducido por la medi cina antigua y moderna; y lo peor es que no se anuncia el fin de este imperio... ».
( Francisco Suárez de Rivera fue otro de los defensores del uso del Antimonio y de lo enco nado de la polémica sobre el uso de éste, escribió: «Viéndome tan perseguido por el uso del Antimonio, lastimado un amigo me aconsejó que no usase el Antimonio que de esa forma lograría amistad con los dichos médicos y así mismo no huirían de mi los enfermos... ».
Cf.: SuAREZ RIVERA (DE), F. ( 1718 (174) Uno de los objetivos de la «Real y Suprema Junta General de Caridad», creada en Madrid en 1785, fue la de proporcionar asistencia médica y medicinas a los pobres en su domicilio.
Cf: VIDAL GALACHE, FLORENTINA: La beneficencia en Madrid en la crisis del Anti guo Régimen.
El materal utilizado en este trabajo está formado por fuentes manuscri tas, fuentes impresas y la bibliografía crítica.
La consulta de las fuentes manuscritas se ha hecho en los siguientes ar chivos: |
RESUMEN: La exhibición de cuerpos y restos humanos preservados ha sido y continúa siendo habitual en ciertos museos, también en España.
Este artículo repasa los contextos expositivos que conducen desde la limitada presencia de restos humanos en las cámaras de curiosidades y los primeros museos de historia natural, hasta su exitosa consolidación en los gabinetes y museos anatómicos (académicos y comerciales) durante el último tercio del siglo XVIII y todo el XIX.
Se presta especial atención a la actividad desarrollada por el doctor González Velasco, tanto en sus propios museos como en la Facultad de Medicina de Madrid.
Desde el momento en que los antiguos gabinetes de arte y curiosidades comienzan a transformarse en instituciones cercanas a verdaderos museos, algo que sucede a partir del último tercio del siglo XVIII, quienes acuden a estos sofisticados templos laicos lo hacen seducidos por la posibilidad de contemplar objetos extraordinarios, bellos, la mayoría únicos.
Aunque algunos de estos museos muestran llamativos especímenes de historia natural o exóticas piezas procedentes de lejanas culturas, desde sus inicios los más admirados son los que exhiben obras de arte, esencialmente pinturas y esculturas.
Por supuesto, en estos centros se pueden contemplar cuerpos humanos muertos, pero son únicamente representaciones, cuerpos pintados sobre lienzos o tablas, o esculpidos en piedra, madera o metal 1.
Pero si hay algo que escapa al sentido original y al propósito esencial de la inmensa mayoría de los museos, sea cual fuere su orientación, es la exhibición de huesos y, menos aún, de cuerpos humanos preservados, o de algunas de sus partes, o de sus órganos 2.
Por muy hermoso que fuere en vida y por muy sugerente que pueda resultar su representación en el ámbito del arte, suele considerarse que un cuerpo humano muerto y preservado ha perdido su belleza, que es materia inerte cuya contemplación no puede resultar placentera 3.
Bien, aunque es posible que el término "placentero" no defina el estado de ánimo generado de forma mayoritaria ante la visión de restos humanos preservados, sí es cierto que se exhibieron y se exhiben aún en ciertos museos, también en España, con propósitos que pueden ser formativos, moralizantes, estéticos o de mero divertimento.
CÁMARAS DE CURIOSIDADES Y RELICARIOS
¿Cuándo, cómo, dónde y por qué comienzan a exhibirse cráneos, esqueletos, cuerpos o restos humanos en museos o espacios asimilables?
Su presencia es muy reducida en las primeras Kunstkammern y Wunderkammern renacentistas, pues el propósito de estas colecciones es mostrar precisamente lo que su nombre indica: obras de arte y maravillas, ya sean especímenes extraordinarios procedentes del reino natural o singularísimas creaciones del arte y del ingenio humano 4.
Es cierto que en algunas es posible encontrar dientes o fragmentos de huesos, como ocurre en la famosa colección de Juan I de Berry (1340Berry ( -1416)), pero sólo están ahí por su condición de reliquia cristiana.
Su esencia maravillosa se debe al poder taumatúrgico que se deriva de su cualidad espiritual, lo que las sitúa fuera de todo proyecto exhibidor de anatomías humanas.
Por supuesto, restos humanos elevados a la condición de reliquia cristiana están presentes desde mucho antes y durante mucho tiempo después en las cámaras relicario propias del ámbito religioso.
Es evidente que el contexto simbólico y material que articula su acopio y exhibición debe ser singularizado respecto del que ahora nos interesa (las colecciones y museos laicos), pero pienso que resultará interesante hacer alguna observación al respecto.
En primer lugar, es necesario recordar que, a diferencia de lo que ocurre en las cámaras renacentistas, la disposición de las reliquias cristianas no suele facilitar un acceso visual claro y directo a las piezas.
Durante la Edad Media y buena parte del Renacimiento las reliquias se guardan en cajas y arcas, y solo algunas se muestran en momentos y circunstancias excepcionales.
Su exhibición pública y la intensificación de las llamadas a su veneración tiene una relación directa con el combate contra la Reforma protestante.
A partir de entonces, las cámaras relicario más importantes disponen sus reliquias en magníficos relicarios que destacan por la riqueza de sus materiales y la relevancia artística de su factura, no por la espectacularidad ni la visibilidad de los restos humanos que contienen 5.
Parece evidente, por tanto, que la colección y exhibición de restos humanos en contextos cristianos poco tiene que ver con los modelos que se articulan en los gabinetes y museos anatómicos.
Y esto es algo que podemos comprobar en Madrid con el que quizás sea el ejemplo más destacado de una cámara relicario del Barroco: la del Real Monasterio de La Encarnación (Sánchez Hernández, 2015).
Adentrarse en tan deslumbrante espacio es una experiencia que no debe de diferenciarse mucho de la que sentiríamos al visitar alguna de las mejores cámaras maravillosas del Renacimiento, pero no debido a la impresión generada por las propias reliquias, que apenas se vislumbran, sino por la suntuosidad de los relicarios.
Sí, es cierto que la religiosa agustina que se postrara ante tales reliquias en el siglo XVII sentiría e interiorizaría ese espacio y esos objetos de forma muy diferente a la nuestra; pero ni entonces ni ahora se percibe allí la presencia de lo macabro ni, por supuesto, lección alguna de anatomía humana.
Precisamente de forma coetánea al gran momento de esplendor que alcanzan las cámaras relicario del Barroco, a partir de las décadas de 1630-1640, también en los gabinetes de curiosidades se dejan notar ciertos cambios.
A partir de entonces, algunos incluyen entre sus llamativas piezas una de tipología muy particular, que no es exótica ni maravillosa, pero cuya exhibición resulta habitual desde mucho tiempo atrás gracias al citado fenómeno de las reliquias.
Me refiero a la calavera, aunque parece evidente que esta presencia debe ser interpretada como memento mori, ajena de nuevo a cualquier proyecto exhibidor de anatomías humanas 6.
En todo caso, aunque las calaveras hacen entonces esa tímida aparición, no se puede decir que la exhibición de restos humanos resulte habitual en los gabinetes europeos del XVII y comienzos del XVIII.
Si nos centramos en el ámbito español 7, comprobamos que el más destacado coleccionista particular del siglo XVII y uno de los más importantes de Europa, el oscense Vincencio Juan de Lastanosa (1607-1681), no posee ni huesos, ni fetos, ni órganos humanos preservados en su extensa y variada colección (Rey Bueno y López Pérez, 2008).
Al igual que otros coleccionistas contemporáneos, sí guarda supuestas petrificaciones humanas y presuntos "huesos de gigantes", pero, como ya se adelantó en nota, la singularidad de las piezas probablemente impide (o al menos dificulta) que sean asimiladas a la condición de restos humanos auténticos, propios de personas reconocibles como tales.
Tampoco parece haber contenido restos humanos (pese a los cambios que sufre con el paso del tiempo) el Gabinete Salvador, iniciado por el botánico y farmacéutico catalán Joan Salvador i Boscà (1598-1681), enriquecido de forma muy activa por sus descendientes hasta la década de 1760 y que continúa abierto al público durante casi un siglo después (Pardo Tomás, 2010).
En otros países europeos, los gabinetes cuyos propietarios están vinculados de forma más o menos directa con la ciencia, la medicina, la farmacia o la universidad tienden a orientarlos cada vez más hacia la historia natural, y algunos dan cabida a ciertos elementos asociados con lo humano, aunque en realidad se trata de restos considerados por una u otra razón extraños o maravillosos: fetos monstruosos, raras excrecencias óseas o cutáneas (los famosos "cuernos") y las recurrentes momias egipcias.
Es cierto que al menos Kircher muestra un esqueleto humano, 8 pero se podría afirmar (con todas las cau-telas) que ninguno articula un discurso explícito y reconocible sobre la condición biológica del ser humano.
LOS MUSEOS DE LA ILUSTRACIÓN
Aunque no se pueden fijar nítidas fronteras temporales, mediado el siglo XVIII el abigarrado gabinete de curiosidades de época barroca se está transformado en algo distinto, aunque no único.
Puede acabar asumiendo las características propias del museo de arte, del gabinete arqueológico, del museo de historia natural e incluso del museo anatómico, aunque el desarrollo de este último presenta alguna singularidad.
También se comprueba cómo las iniciativas privadas son ahora sustituidas en buena medida por proyectos de instituciones públicas.
Aunque gran parte de su esencia queda ya definida en las grandes colecciones reales del XVII, el museo de arte se consolida entonces como el celoso guardián de las obras más bellas y exquisitas creadas por el ser humano, por completo ajeno a la corporeidad carnal de lo humano.
Los de carácter arqueológico sí pueden exhibir ciertos restos humanos singulares (momias egipcias y alguna guanche) pero, al igual que ocurría en los gabinetes previos, tampoco aquí se diseñan discursos que vinculen estas piezas con proyectos formativos relacionados con el estudio de la anatomía humana.
Si dirigimos nuestra mirada hacia los nuevos museos de historia natural, comprobamos que la presentación de lo humano, de la condición animal del hombre, es también limitada o, cuanto menos, contradictoria.
Es algo que se documenta tanto en las colecciones particulares como en los primeros museos públicos europeos, incluido el Museo Británico, que a comienzos del XIX se deshace de los esqueletos y demás elementos de anatomía humana que habían formado parte de su núcleo fundador original, la colección de Hans Sloane: son enviados al Real Colegio de Cirujanos de Londres, y allí dan origen -junto con la colección anatómica adquirida a John Hunter-a su famoso Hunterian Museum (MacGregor, 1995; Delbourgo, 2017).
Algo similar ocurre también en España, donde las colecciones particulares más destacadas de historia natural no parecen haber cobijado elementos de anatomía humana.
No los encontramos en la más importante de todas, la organizada en París por Pedro Franco Dávila (1711-1786), adquirida por el Estado español en 1771 con destino al recién crea-do Real Gabinete de Historia Natural (Sánchez Almazán y Cánovas Fernández, 2016).
Sí es cierto, pese a todo, que durante el último tercio del XVIII los naturalistas continúan interesados por ciertas categorías de lo humano monstruoso.
El Real Gabinete de Historia Natural madrileño recibe en 1795 uno de estos "especímenes": los cadáveres de dos siamesas muertas en la villa de Rueda al poco de nacer.
Aunque se les practica la autopsia, y pese al debate de índole religiosa y moral que el caso genera, el destino de la singular pieza no parece haber sido muy diferente al de los demás ejemplos de teratología humana que guarda el centro: se preservan en alcohol y quedan fuera de la vista del público (Ruud, 2014).
No obstante, se debe destacar que el museo guarda tres esqueletos humanos no patológicos, que quizás sí sean exhibidos (Ruud, 2012: p.
El relativo interés que muestran estos museos del XVIII por la exhibición de restos humanos se podría explicar por el hecho evidente de que solo muy avanzado el siglo XIX la historia natural desarrolla un nuevo paradigma morfológico que permite abordar el debate sobre la naturaleza animal del ser humano.
Sin embargo, ya durante el último tercio del XVIII y comienzos del XIX existe un sustrato filosófico-naturalista que podría haber facultado la proyección museográfica de la condición corpórea del ser humano.
Si esto no ocurre, o no de forma claramente reconocible ni generalizada, quizás sea porque entran en juego otros factores.
Se podría argumentar, por ejemplo, que siendo tan rico y variado el repertorio de especímenes que ofrece la naturaleza (sobre todo los llegados desde ultramar), la presencia de lo humano en estas colecciones resultaría escasamente atractiva, debido a su relativa uniformidad.
Una opción sugerente podría haber sido mostrar el repertorio de "razas" humanas entonces conocido mediante la presentación de individuos disecados.
Sin embargo, ni la taxidermia es un recurso fácil de aplicar al cuerpo humano ni la propia idea de disecar personas tuvo nunca buena prensa entre los naturalistas 9; tampoco la de preservar cabezas o cuerpos completos en alcohol.
Y recurrir a un mero despliegue de huesos, cráneos o esqueletos no parece que se considere entonces ni atractivo ni relevante; será tiempo después cuando se le encuentre una muy racista utilidad.
Por otra parte, también es posible que los responsables de estos museos no conciban incluir al "hombre" entre el amplio repertorio de especímenes del reino animal que exhiben (y estudian), por considerarlo algo aparte, una creación absolutamente singular del Todopoderoso.
Sea como fuere, la consecuencia última de ese escaso interés es que todo lo concerniente al ser humano como ente físico se convierte durante más de un siglo en territorio administrado y exhibido de forma mayoritaria por los gabinetes y museos anatómicos, hasta que a partir del último tercio del XIX acaban siendo en buena medida sustituidos o desplazados por los nuevos y potentes museos de antropología.
MUSEOS ANATÓMICOS Y ANTROPOLÓGICOS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX
Aunque durante las primeras décadas del siglo XVII (y aún después) la presencia de restos humanos en las cámaras de curiosidades es limitada y apenas explícita, por esos mismos años se pueden contemplar ya esqueletos humanos auténticos en algunos teatros anatómicos (salas de disección) y en los gabinetes anexos de ciertos hospitales y escuelas de cirugía, como se observa en el conocido grabado del teatro anatómico de la Universidad de Leiden, de 1610 10.
Con desigual proyección, dependiendo del progreso de los estudios anatómicos y de la práctica disectora en los diferentes países, las colecciones de restos humanos preservados se extienden gracias a destacadas iniciativas particulares -como la del holandés Frederik Ruysch (1638-1731)-y sobre todo a los renovados gabinetes anatómicos de las escuelas de cirugía y a sus continuadores, los museos anatómicos de las nuevas facultades de medicina, que se desarrollan de forma imparable durante el último tercio del XVIII y gran parte del XIX (Alberti y Hallam, 2013; Hallam, 2016).
Con el propósito de ofrecer a los estudiantes un acercamiento empírico al conocimiento de la anatomía humana (normal y patológica), todos estos centros exhiben una numerosa y variada tipología de restos humanos, tanto huesos, cráneos y esqueletos completos como preparaciones anatómicas, secas o conservadas en alcohol.
También es habitual el despliegue de vaciados realizados en diferentes materiales y de piezas mucho más impactantes: esculturas en cera de secciones corporales, de órganos internos y de cuerpos completos de sobrios varones o de lánguidas mujeres, las famosas venus anatómicas.
Es obvio que la contemplación de los restos humanos auténticos exhibidos en todas estas colecciones habría de generar sensaciones y reacciones contradictorias: curiosidad, excitación, morbo, angustia, incluso goce estético.
Sin embargo, dado que en la mayoría de los casos el acceso queda restringido a especialistas y estudiantes, su proyección pública resulta muy limitada.
Pues bien, precisamente esta circunstancia se convierte en acicate para que ciertos personajes, vinculados o no con el ámbito científico, pongan en marcha unas creaciones que ofrecen a la vista del público aquello que le ocultan los museos anatómicos académicos.
Me refiero a los museos anatómicos comerciales (Sappol, 2004; Bates, 2008; Podgorny, 2013; Stephens, 2013), la mayoría itinerantes, que triunfan en buena parte de Europa y América entre 1830 y 1930 y que son tan solo un elemento más de un amplio repertorio de prácticas exhibidoras que abarca desde los panoramas, los pasajes comerciales y las barracas de feria hasta las inmensas exposiciones internacionales de la segunda mitad del XIX y el primer tercio del XX 11.
Estos novedosos museos anatómicos comerciales ofrecen unos contenidos mucho más impactantes y sugerentes que los gabinetes del XVIII, con un repertorio similar, aunque no idéntico, al de los museos académicos.
También varían las estrategias publicitarias y el régimen de exhibición, que resulta mucho más llamativo y espectacular.
Pueden mostrar, por ejemplo, pieles humanas curtidas e incluso cuerpos taxidermizados, que no suelen guardar los museos académicos, aunque se exhiben en espacios restringidos (de acceso exclusivo para varones adultos previo pago de una entrada adicional), donde también se disponen las piezas que representan el aparato genital (masculino y femenino) o las terribles consecuencias de las enfermedades venéreas.
Aunque el museo de la facultad madrileña logra salir adelante, la inestable coyuntura sociopolítica que vive el país incide de forma muy negativa en el progreso de la medicina y la anatomía durante la primera mitad del siglo XIX.
Obviamente, no es un ambiente propicio para la formación de colecciones anatómicas privadas.
De hecho, solo puedo citar una anterior a los años 50: el "Museo del doctor Soler", instalado en Barcelona entre mediados de la década de 1820 y finales de la de 1840 por José Soler, catedrático del Real Colegio de Medicina y Cirugía de Barcelona.
Aunque sabemos poco de sus contenidos, Madoz (1846, pp. 515-516) anota en su diccionario geográfico que guarda "muchas figuras hechas de cera por el célebre Chiapi", "colecciones de fetos de todas edades en espíritu de vino" y muy variadas curiosidades 17.
Lamentablemente, ya por entonces se encuentra en un estado de completo abandono.
Si apenas existen colecciones privadas durante la primera mitad del XIX, no ha de extrañar que tampoco abunden los museos anatómicos comerciales.
Se ha documentado algún gabinete de cera barcelonés que exhibe piezas anatómicas en la década de 1840, aunque parece que no cuenta con preparaciones (Pardo Tomás y Zarzoso Orellana, 2017).
Estos centros, siempre de carácter itinerante, son algo más frecuentes durante la segunda mitad de la centuria, aunque los que he podido localizar parecen de origen foráneo: Museo Anatómico de Teodoro Petersen (1858), Museo Antropológico, Anatómico y Etnológico de M. A. Neger (1868), Museo Harkopff (1874), Museo Anatómico y Etnológico de Enrique Dessort (1878), Museo Anatómico de O. Thiele (1885) y Museo Anatómico y Antropológico de W. Dicman-Pezon (1886) 18.
Junto a materiales etnográficos y modelos de tipos étnicos, todos exhiben vaciados, láminas, maniquís, ceras anatómicas y, ahora sí, restos humanos auténticos 19.
Al margen de estas exposiciones itinerantes, sólo conozco un museo comercial estable fundado por un ciudadano español durante aquellos años: el "Gran Museo de Historia Natural, de Anatomía comparada, Etnología, Antropología, Anatomía normal y patológica", abierto en Barcelona, en 1888, por el taxidermista catalán Francesc D'Assís Darder Llimona.
Su función principal es la exhibición y venta de animales disecados, pero también cuenta con cráneos y esqueletos humanos, fetos preservados en alcohol, vaciados y preparaciones anatómicas, algunas pieles humanas curtidas y el famoso "Negro de Banyoles", sobre el que luego volveré 20.
Más allá de los casos citados, debo insistir en que el ambiente que se respira en la España de mediados del XIX no resulta propicio para la formación de museos anatómicos, menos aún si sus pretensiones son más académicas que comerciales.
En una situación así, tiene especial mérito la puesta en marcha de un atrevido proyecto museístico privado que culmina casi un cuarto de siglo más tarde, en 1875.
Me refiero a la inauguración, en 1854, del primer Museo Anatómico (esta es su denominación) del doctor Pedro González Velasco.
A semejanza de otros cirujanos coleccionistas europeos, Velasco instala el museo en su domicilio particular, en el número 135 (hoy 107) de la calle de Atocha, justo enfrente de la Facultad de Medicina madrileña (Sánchez Gómez, 2015).
Aunque de modestas dimensiones, reúne una destacada colección de cráneos y huesos (normales y patológicos), vaciados y preparaciones de deformidades y enfermedades diversas (incluida la sífilis), fetos en alcohol y maniquíes para la práctica en la colocación de vendajes.
También incluye materiales que entonces son habituales en los museos anatómicos: la sección de "anatomía comparada", con esqueletos, vísceras y animales disecados.
Finalmente, completan la colección curiosidades diversas y una momia vendada (al estilo egipcio), preparada por el propio Velasco.
El carácter científico-docente de todo este despliegue se refuerza con un microscopio, instrumental médico (antiguo y moderno), un pequeño laboratorio y una biblioteca.
Todos estos complementos prácticos tienen su razón de ser en el hecho de que el museo no es un mero lugar de contemplación: es un espacio de estudio, un elemento esencial en la oferta docente privada de su propietario, que es ciertamente exitosa.
Por supuesto, los principales usuarios del museo son los alumnos, pero también tienen acceso los pacientes que visitan su consulta, personajes públicos relevantes y seguramente ciudadanos que cuentan con permiso del doctor, aunque no parece que exista un horario de acceso predeterminado.
En muy pocos años, la singularidad del museo y las notas que ofrece ocasionalmente la prensa madrileña lo hacen relativamente conocido entre la ciudadanía.
Al mismo tiempo, su apertura es un acicate para la puesta en marcha de otros centros de orientación similar en la ciudad de Madrid.
Es el caso del Museo Sifilográfico (sobre los estragos causados por la sífilis) que el médico José Díaz Benito (amigo y antiguo socio empresarial de Velasco) instala en su domicilio, en 1860.
Poco antes el mismo Díaz Benito había puesto en marcha el Museo Anatómico del Hospital Militar, aunque será Cesáreo Fernández de Losada quien durante las décadas de 1870 y 1880 lo dinamice, organizando una importante colección de reproducciones anatómicas y piezas reales preservadas que, lamentablemente, desaparece en el incendio que destruye el edificio en 1889 (Azcárate Luxán, 2006) 21.
Mientras tanto, como el afán coleccionista de Velasco no cesa y su muy saneada economía se lo per-mite, la angustiosa necesidad de espacio le fuerza a construir una nueva residencia en la misma calle de Atocha (en el número 90, hoy el 92) y a instalar allí, a finales de 1864, su nuevo Museo Anatómico-Patológico (Sánchez Gómez, 2015).
Aunque la exposición ocupa solo 150 metros cuadrados, la tipología de las piezas y su distribución generan un ambiente que combina academicismo y teatralidad de forma tal que sin duda habría de impresionar profundamente a los visitantes 22.
Sus contenidos son similares a los del museo anterior, aunque incrementados en número.
Eso sí, el nuevo centro goza de una proyección pública mucho más intensa, circunstancia impulsada por las constantes notas que publica tanto la prensa médica como la generalista sobre la incorporación de nuevas piezas.
Así ocurre, por ejemplo, con la aceptación por parte de Velasco de la donación más singular de cuantas recibe: el cadáver momificado de una niña, hija de un médico conocido suyo (Manuel Taín), exhumado a los seis años de su muerte y que, por causas naturales, se había preservado de forma solo medianamente aceptable.
El padre considera que el cuerpo de su hija es digno de ser conservado y exhibido, y Velasco se muestra conforme.
Bien, es verdad que otros cuerpos momificados se exhibieron antes y se continuarán exhibiendo después, pero este caso es especialmente macabro y ciertamente la "pieza" nada aporta al progreso de la anatomía o la antropología (Sánchez Gómez, 2017b, pp. 113-118).
El empeño coleccionista de Velasco acaba convirtiéndose en una verdadera obsesión, que casi le arruina.
Pero de no haber sido por ese peculiar carácter (y por sus dineros) nunca hubiera levantado su postrera y más grandiosa creación: el extraordinario Museo Antropológico, que inaugura el rey Alfonso XII en abril de 1875.
Para este tercer y último proyecto museístico su creador articula un modelo diferente al de los dos anteriores: ya no despliega sus colecciones en una sala de su domicilio particular, ahora es su propia casa la que se instala como anexo de un gran museo.
El llamativo edificio de fachada neoclásica, que aún podemos contemplar como sede del Museo Nacional de Antropología en Madrid, es seguramente el de mayor empaque levantado por un particular para albergar un museo de anatomía en la Europa del siglo XIX.
Su interior, transformado y menguado tras la reforma realizada en la década de 1940, en tiempos de Velasco habría de impactar por la amplitud y el apabullante despliegue de armarios que entonces recorre los muros del salón principal y la galería superior que lo circunda, características que se repiten en el denominado salón pequeño, aunque a menor escala (Sánchez Gómez, 2014).
Por lo que se refiere a las colecciones, es cierto que existen notables desajustes entre las distintas secciones; de hecho, algunas nunca llegan a ser adecuadamente estructuradas y otras, que teóricamente lo están, resultan fallidas.
Hay piezas que remiten a un coleccionismo de lo absurdo.
Su discípulo y principal biógrafo no tiene reparo en reconocer que "un espíritu delicado o exigente hubiera eliminado numerosos ejemplares como frivolidades impropias de figurar en un Museo serio" (Pulido, 1894, p.
También admite que, comparadas con las nuevas "reproducciones plásticas", las piezas elaboradas en escayola por Velasco resultan "barrocas, pesadas, y atestiguan un periodo primitivo de semejante industria", y que, gracias al formol, las preparaciones húmedas se conservan mejor y resultan mucho más vistosas e instructivas que en tiempos de su maestro.
Pero, dicho esto, no podemos olvidar que el gran salón principal (y su galería) es precisamente el espacio mejor estructurado del centro, pues ofrece muy interesantes y organizados materiales sobre la anatomía humana y sus principales patologías.
De hecho, el mismo Pulido destaca la relevancia de la sección de músculos y vasos sanguíneos, las colecciones osteológicas, craneológicas, embriológicas y teratológicas que, según nos dice, superan a la mayoría de las conservadas en instituciones europeas contemporáneas.
Además, y quizás con el objetivo de que en el futuro su creación se convirtiera en un verdadero museo antropológico (pues, pese a su denominación formal, continúa siendo un museo de anatomía), Velasco reúne también interesantes materiales etnográficos de España y de muy diversa procedencia que, lamentablemente, guarda sin orden alguno en dos pequeñas salas no accesibles a los visitantes.
Mientras se mantiene abierto en su formato original, hasta la muerte de su fundador, me atrevo a decir que el Museo Antropológico exhibe el más extenso y variado repertorio de restos humanos preservados que se haya mostrado nunca de forma pública en España.
No puedo confirmar en qué medida contribuye a popularizar el conocimiento de la anatomía humana y sus patologías, pero por las referencias de prensa documentadas da la impresión de que al menos una parte de los visitantes valora el interés científico y más aún personal (relacionado con su propia salud) de lo que allí se contempla, aunque seguro que otros muchos salen del museo gozosamente ho-rrorizados.
Y sí, la morbosa atracción que ejerce está justificada, pues el museo no solo exhibe cráneos (dispone de casi medio millar, incluido el de algún criminal), esqueletos completos, fetos auténticos normales y teratológicos, órganos internos y porciones de cuerpos preservadas, algunas con horrendas patologías; también despliega un par de momias (la niña recibida 1873 y otra más de origen andino), una tsantsa, siete cabezas momificadas de presunto origen egipcio, el maniquí de "un árabe", modelos (no piezas reales) de cabezas de "las principales razas humanas" e incluso una colección de "pieles curtidas" con tatuajes, que por esas fechas, y durante tiempo después, interesan sobremanera a los antropólogos y luego a los criminólogos que estudian el mundo del hampa y la criminalidad 23.
Pero la "pieza estrella" del museo es otra, aún más morbosa que las mencionadas: la versión por triplicado de un personaje que había caminado (aunque poco) por las calles de Madrid solo unas semanas antes de ingresar en el centro: Agustín Luengo Capilla (1840-1875), conocido como "el Gigante Extremeño".
Y la versión es triple porque Velasco muestra el vaciado del cadáver, el esqueleto y, aquí radica lo más extraordinario del caso, la piel montada y vestida con su indumentaria habitual; es decir, exhibe a Luengo taxidermizado 24.
Ya he anotado que disecar y exponer cuerpos humanos no ha sido nunca una práctica habitual, pero tampoco se puede considerar algo absolutamente extraordinario 25.
Además, los casos documentados involucran tanto a individuos considerados exóticos o "salvajes" como a gentes de origen "doméstico", si bien es cierto que los primeros son seleccionados por su singularidad étnica y los segundos por presentar alguna patología deformante.
Aunque hoy puede resultar chocante, debemos asumir que, junto con los factores racistas y clasistas que entran en juego, la idea de preservar y mostrar un cuerpo humano completo entra en la mente de algunos cirujanos y antropólogos (y de amplios sectores de la ciudadanía) de una forma que casi podríamos considerar "natural", aceptada como parte de las iniciativas que contribuyen al progreso de la ciencia.
No obstante, hemos de reconocer que el caso de Luengo es muy especial, pues la pieza en cuestión tiene nombre y apellidos.
El visitante que en tiempos de Velasco se sitúa frente a la figura con la piel del desdichado extremeño contempla unos restos humanos con una fisonomía en buena medida reconocible, pese a las alteraciones producidas durante su tratamiento y montaje.
Pese a todo, y aunque la experiencia visual quizás resulta perturbadora, con su exhibición Velasco ofrece una prueba irrefutable de la existencia real de los gigantes humanos, al menos de cierta categoría de gigantes, si bien es verdad que en ningún momento argumenta las circunstancias que explican tan desmesurado crecimiento.
Pero el asunto de las antropotaxidermias velasqueñas no termina aquí 26.
En efecto, el 26 de abril de 1879 el diario La Iberia informa de una nueva y singular pieza que se puede contemplar en el museo: "la Venus, una hotentota joven".
Aunque no existe ninguna documentación al respecto, Pulido Fernández (1894, p.
87) nos ofrece una interesante imagen del salón grande en la que se observa una figura femenina que con total seguridad se corresponde con este personaje.
A pesar de la muy escasa calidad de la reproducción, podemos comprobar que no es una copia de la famosa "Venus hotentote", la joven khoikhoi (Saartjie Baartman) que es exhibida en Europa a comienzos del siglo XIX, muere poco después, es diseccionada y disecada por Cuvier, nuevamente exhibida (genitales, cerebro, esqueleto y moulage) en el Museo del Hombre parisino hasta 1974 y finalmente retornados sus restos a la República de Sudáfrica en 2002 (Blanckaert, 2013).
Y no parece una copia porque, entre otras diferencias menos evidentes, el vaciado que realiza Cuvier tiene los brazos bajados, mientras que la figura de Velasco muestra el izquierdo erguido y sujeta un bastón.
¿Se trata de un simple modelo en yeso, o cartón piedra, o es una mujer khoikhoi real, disecada? 27 El inventario redactado de forma previa a la adquisición del museo por el Estado, en 1887, indica que en el salón grande se exhiben "dos individuos de la raza negra, hombre y mujer, disecados con su piel natural" 28.
Como resulta muy improbable que los cinco catedráticos encargados de elaborarlo (entre los que se cuenta el destacado anatomista y antropólogo Federico Olóriz Aguilera) no sepan distinguir una figura en yeso de otra cubierta con su propia piel, deberíamos asumir que, efectivamente, la pieza en cuestión es una mujer khoikhoi taxidermizada que, además, se acompaña de una pareja masculina de idéntica cualidad.
Desgraciadamente, no hay ninguna otra información que lo confirme.
También surgen dudas en torno al varón, pues la única figura que en algunos textos se califica como "un negro" es una que se distingue con claridad en las fotografías del museo tomadas por Laurent tras su inauguración, que no representa a un khoikhoi y cuyos rasgos y textura hacen pensar que se trata simplemente de un maniquí (Sánchez Gómez, 2014, p.
Pese a todo, y aunque no puedo asegurar que tales "individuos de la raza negra" fueran realmente seres humanos "con su piel natural", es evidente que podrían haberlo sido y que, lo fueran o no, su exhibición no genera entonces escándalo alguno.
Aunque durante varias décadas su gran creación continúa siendo conocida como "el Museo del doctor Velasco" y pese a que es adquirido por el Estado en 1888, nadie se plantea su continuidad.
Tras intensas discusiones se adueñan del edificio, y de las piezas que les interesan, la Facultad de Ciencias (asociada al Museo de Ciencias Naturales) y la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid.
Las colecciones sobrantes se reparten entre varias instituciones universitarias y museísticas del país.
A finales de 1895 la esencia del museo original ha sido por completo aniquilada.
Allí se instala ese mismo año la Sección de Antropología del Museo de Ciencias Naturales, que dirigía desde 1883 Manuel Antón y Ferrándiz.
En 1910 la sección se independiza para dar origen al Museo de Antropología, Etnografía y Prehistoria, vinculado a la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas.
Antón se convierte en su primer director.
A partir de este momento, se intensifica el proceso de cambio que había arrancado en 1895 y que transforma por completo el modelo de proyección museográfica de lo humano, que pasa del ámbito de la medicina y la anatomía al de las ciencias naturales, más en concreto al de la antropología física.
Los moldes y las preparaciones anatómicas desaparecen.
Se mantiene la inmensa mayoría de los cráneos y esqueletos, pero ya no preocupan las anatomías normales ni las patológicas, tampoco las monstruosidades humanas.
Ahora se impone la moderna antropología física, que acaba de acceder a las cátedras universitarias y que se interesa por la morfología del hombre moderno, por la de nuestros antepasados más remotos, por la del individuo vinculado con la criminalidad y, por supuesto, por la "diversidad racial".
Asumiendo la triple orientación académica de su denominación, el nuevo museo recibe algunos cráneos y otros restos óseos procedentes de excavaciones arqueológicas, aunque los restos humanos más relevantes que allí asientan sus lares llevaban tiempo en España.
Me refiero a las momias de Chiu Chiu (hoy en Chile) traídas por la Expedición del Pacífico de 1862-1866 y a la famosa momia guanche ingresada en el antiguo Real Gabinete de Historia Natural en 1776 29.
No obstante, y pese al interés que entonces existe por las "razas" exóticas, las limitaciones de espacio, presupuesto y personal, unidas sin duda a los intereses de su direc-tor, no permiten que el nuevo Museo de Antropología articule colecciones craneológicas relevantes.
Curiosamente, es un catedrático de anatomía, el citado Federico Olóriz, quien por esas mismas fechas está reuniendo la mayor colección de cráneos organizada en España y una de las más destacadas de Europa (supera los 2.200 ejemplares), pero lo hace en la Facultad de Medicina madrileña, donde aún se conserva, aunque disgregada.
He de advertir, sin embargo, que la inmensa mayoría de las piezas es de procedencia peninsular, pues precisamente a Olóriz no le interesan los mundos exóticos sino el estudio del pueblo español, tanto en el ámbito de la "normalidad" como en el de la criminalidad.
El nuevo Museo Antropológico opta por una forma más vistosa y, en principio, menos morbosa de mostrar la diversidad racial: la exhibición de máscaras mortuorias y maniquís etnográficos, figuras que acaban ocupando la mayor parte del salón central hasta su desaparición en la reforma de los años 40.
Vamos llegando al final.
Pero, antes de terminar, aún debo hacer referencia a un último caso de antropotaxidermia que a punto estuvo de sumarse a las colecciones del Museo Antropológico.
Es un asunto muy singular, que se gesta en la primera mitad del siglo XIX, se proyecta en un inicial contexto museográfico en la década de 1880, se exhibe al público durante casi un siglo y acaba estallando en los medios de comunicación a comienzos de la década de 1990.
Me refiero, obviamente, al "Negro de Banyoles" 30.
El cadáver del infortunado miembro de la etnia san (bosquimano) había sido expoliado de su sepultura en tierras sudafricanas por los hermanos Verreaux (Jules-Pierre, Jean-Baptiste y Joseph-Alexis) en 1830.
Los personajes en cuestión eran taxidermistas y comerciantes de piezas de historia natural radicados en París, donde llevan la figura disecada y la exhiben con el objeto de venderla, sin conseguirlo.
Medio siglo más tarde, en 1883, los tres hermanos ya han fallecido, aunque el negocio de taxidermia sigue adelante en manos de un descendiente: V. E. Verreaux.
Ese mismo año, Manuel Antón Ferrándiz pasa una temporada en París, en el Museo de Historia Natural.
En la capital francesa entra en contacto con el citado personaje y sin duda contempla el varón san disecado.
En su charla con el taxidermista quizás hace alguna observación sobre la pieza.
Muy probablemente el asunto no pasa de un amable intercambio de palabras, pero Verreaux atisba un negocio prometedor, la oportunidad de deshacerse a buen precio del "bechuana", como lo deno-mina.
De regreso en Madrid, Antón recibe una curiosa carta del francés 31.
Sus palabras demuestran que Antón no le hizo oferta alguna de compra y que tampoco debió de mostrar mucho interés por la pieza.
Sin embargo, el ansia negociadora del parisino le hace pensar, como dice en su escrito, que tiene "chance de traiter l 'affaire de mon Bechuanas" con el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, donde Antón acaba de poner en marcha la Sección de Antropología.
Allí podría ocupar, según Verreaux, "une belle place".
También es hermoso el precio que pone a la figura: nada menos que 10.000 francos.
El lote está formado por el "bechuana", la vitrina de cristal donde se guarda y un llamativo complemento: "la tête montée du Mozambique qui est encore une pièce d 'une préparation remarquable"; es decir, la cabeza real disecada de un negro mozambiqueño.
No se conserva copia de la respuesta de Antón; quizás no le responde.
Sin embargo, solo cuatro años más tarde, en 1887, el "bechuana" reaparece en una exposición comercial organizada en Barcelona por el taxidermista catalán Francesc Darder, su nuevo dueño, quien como vimos abre al año siguiente su museo de historia natural.
También Darder quiere hacer negocio con el africano, pero ya sea por lo desorbitado del precio (7.500 pesetas) o por su singular tipología, nadie lo adquiere 32.
Tiempo después, en 1916, tras casi tres décadas de exhibición en su museo, su propietario dona la figura y el resto de sus colecciones al Ayuntamiento de Banyoles.
Con ellas se forma el nuevo Museo Darder.
Allí se muestra "el Negro" durante 75 años más, junto con otros restos humanos, sin dar motivo al más mínimo comentario..., hasta que la actividad publicista generada de forma previa a los Juegos Olímpicos de Barcelona remueve el fango.
La denuncia del caso, junto a la exigencia de que los restos del africano sean devueltos a su lugar de origen, la presenta en 1991 el abogado español, de origen haitiano, Alphonse Arcelin.
El asunto salta de forma inmediata a los medios de comunicación, tanto nacionales como internacionales.
Se organiza un enorme escándalo.
Tras casi una década de denuncias y resistencias, la figura se retira de la exposición en el año 2000.
Antes de su conclusión, el relato conecta de nuevo con el antiguo museo de Velasco, ahora Museo Nacional de Antropología, pues es aquí donde se retira la piel, el cráneo y los pocos huesos auténticos que conserva la figura.
Son los únicos materiales que se envían a tierras africanas.
A finales de ese mismo año los restos son inhumados con honores de Estado en Gaborone, la capital de Botsuana.
El objetivo del artículo ha sido reflexionar sobre un hecho que en principio podría considerarse singular y un tanto macabro: la exhibición en contextos museológicos de huesos y restos humanos preservados.
Se ha presentado un marco de referencia genérico al que ha seguido el comentario de ciertos casos documentados en museos españoles.
Hemos comprobado que su presencia es muy limitada en las cámaras renacentistas y en los gabinetes barrocos.
También constatamos que, ya durante la segunda mitad del XVIII y comienzos del XIX, los primeros museos de historia natural no asumen de forma decidida la exhibición del ser humano como ente físico, ni en su esencia corpórea singularizada ni desde la perspectiva de su diversidad "racial".
En esta coyuntura, los gabinetes anatómicos afrontan esa tarea de manera entusiasta, aunque lo hacen, obviamente, desde una perspectiva médica, no naturalista.
Durante la mayor parte del XIX la obsesión por coleccionar y mostrar elementos anatómicos no se detiene, justificándose incluso la preservación y exhibición de cuerpos completos, taxidermizados, sobre todo de individuos de origen nacional con anatomías singulares, pero también de algún personaje exótico o pretendidamente "salvaje".
Luego, desde finales de siglo, los museos anatómicos pierden relevancia, más aún en España.
Por esas fechas, los nuevos museos antropológicos se adueñan de la exhibición de cuerpos humanos, aunque optan de forma mayoritaria por mostrar la diversidad étnica mediante figuras y grupos escultóricos, no a través de cuerpos preservados, si bien es cierto que muchos conservan y hasta acrecientan sus colecciones de cráneos.
Algunos mantienen en sus vitrinas restos humanos o cuerpos taxidermizados que, ya en el siglo XXI, acaban siendo devueltos a sus lugares de origen.
Lamentablemente, tras los fastos y la pose fotográfica de las autoridades, el asunto y las mismas sepulturas donde fueron depositados los restos terminan en el olvido.
Actualmente, los protocolos de actuación con restos humanos limitan de forma notable su conservación y exhibición pública, al tiempo que recomiendan su restitución en determinados casos y circunstancias.
Sin embargo, todo ello no ha sido obstáculo para que se desarrollen nuevas formas de exhibición de lo humano, entre las que sin duda destaca el proyecto Bodyworlds, del alemán Gunther von Hagens, que transmuta y transporta el modelo de museo anatómico decimonónico a una inquietante y controvertida dimensión.
Trabajo realizado en el proyecto de investigación: "El coleccionismo científico y las representaciones museográficas de la Naturaleza y de la Humanidad", financiado por la Agencia Estatal de Investigación del Gobierno de España y el Fondo Europeo de Desarrollo regional (HAR2016-75331-P.AEI/FEDER, UE).
Agradez-co a Carmen Ortiz García sus observaciones sobre el original de este artículo y a los dos evaluadores anónimos su detallada lectura crítica, que ha permitido mejorar, en la medida de lo posible, la versión final del texto.
1 La atracción que ejerce la representación de cuerpos humanos muertos, tanto en contextos artísticos como vinculados con los estudios anatómicos, se comprueba en el catálogo de la magnífica exposición La invención del cuerpo, presentada recientemente en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid y el Museo San Telmo de San Sebastián (Bolaños, 2018).
Insisto, no obstante, en que los materiales mostrados son representaciones pictóricas o escultóricas, no huesos o restos humanos auténticos preservados.
2 Algún gabinete renacentista o barroco exhibe huesos de grandes mamíferos (antiguos o modernos) asumiendo su condición humana excepcional, es decir, considerándolos huesos de gigantes humanos.
Sin embargo, pienso que esta identificación con presuntos gigantes antiguos desvincula de forma notable tales piezas de los restos auténticos de humanos contemporáneos.
14 En realidad, las colecciones citadas pertenecen a dos secciones diferentes del museo, aunque también se habla en ocasiones de varios museos anatómicos dentro de la facultad.
Las mencionadas corresponden al "Museo anatómico natural" (huesos y preparaciones reales) y al "Museo anatómico artificial" (vaciados).
Aunque no puedo establecer el momento de su creación, al menos desde la década de 1870 existe una sección o "Museo de instrumentos, apósitos y aparatos ortopédicos", un "Museo iconográfico" (láminas) y otro más vinculado al Laboratorio de Toxicología y Medicina Legal (Castro, 1875).
15 El de mayor altura pertenece al citado Pedro Antonio Cano.
Se desconoce la procedencia del segundo.
17 El escultor citado es el italiano Giuseppe Chiappi, que durante la década de 1820 exhibe de forma itinerante por España una colección propia de ceras anatómicas, algunas de las cuales guarda hoy el Museu d'Història de la Medicina de Catalunya.
Agradezco a Alfons Zarzoso, su conservador, la información proporcionada sobre este y otros temas de historia de la medicina.
18 El año mencionado se refiere al de edición del catálogo del que tomo el nombre.
19 Pardo Tomás y Zarzoso Orellana (2017) repasan la "geografía urbana" de los museos anatómicos de Barcelona desde finales del siglo XVIII hasta la década de 1930.
Ambos autores dedican otro trabajo a la azarosa historia de uno de los últimos museos anatómicos comerciales de la ciudad, el Museo Roca (Zarzoso y Pardo-Tomás, 2016).
20 Sobre el Museo Darder y la biografía de su creador son muy recomendables sendas entradas incluidas en el blog Taxidermidades, de Salvador Pérez [URL]. |
No cabe duda de que Antonio José Cavanilles (17 45-1804) fue uno de los más relevantes botánicos del período ilustrado.
Sus contribuciones al conocimiento de la flora mundial (más de 80 géneros y de 1000 nombres) son buena prueba de ello.
Su biografía parece haber sido bast�nte tratada, en especial, debido a los estudios ya clásicos de Pizcueta, Reyes Prosper o Alvarez López (1).
Algunos aspectos parciales de su obra, no sólo aquellos que tíenen relación con la Botánica, también han sido objeto de estudio en los últimos años.
Sin embargo, la existencia de parte de sus materiales ma nuscritos, los conservados en el Archivo del Real Jardín Botánico -hasta ahora apenas utilizados-así como la publicación en fecha relativamente reciente por Cionarescu (1981) de sus correspondencia con Viera y Clavija, permiten ofrecer• nuevas perspectivas en el conocimiento de sus activida des botánicas.
De aquí esta aportación a la biografía de Cavanilles que de sarrolla su progresiva formación botánica, incidiendo en aquellos temas poco o nada tratados hasta la fecha y concluyendo con unos comentarios que pretendemos sirvan para situar desde un punto de vista botánico el manuscrito en el que trabajaba cuando le llegó la muerte, el Hortus Regius Matritensis.
(*) Trabajo realizado dentro del proyecto PB87-0462-C0S-0S, "El Real Jardín Botánico y las Expediciones Científicas a América".
Estudios y primeras ocupaciones en España.
En sus numerosas biografías puede encontrarse que Antonio José Ca vanilles nació en Valencia el 16 de Enero de 1745.
Cursó estudios de Filo sofía y Teología presentándose en varias ocasiones a oposiciones a cáte dras de Matemáticas y Física.
No pudiendo conseguir una cátedra, Cavanilles ejerció como pre ceptor del hijo del Oidor de la Audiencia de Valencia.
Al ser este último nombrado Regente en Oviedo, Cavanilles se trasladó a esta ciudad, donde fue consagrado presbítero en 1772.
Tras la muerte de su patrón, marchó a Murcia a impartir Filosofía en el colegio de San Fulgencio, donde ante riormente había estudiado el que sería Primer Secretario de Carlos 111, el conde de Floridablanca.
Allí el Duque del Infantado le contrató como pre ceptor de sus hijos, partiendo en 1777 hacia París acompañando al Duque y su familia.
La estancia en París fue decisiva para la formación botánica del naturalista.
La formación científica de Cavanilles en París.
Para llevar a cabo su programa ilustrado de reforma y renovación del Estado, los sucesivos gobiernos de los monarcas-barbones fueron cons cientes de la necesidad de modernizar e innovar los conocimientos cientí ficos y tecnológicos.
Uno de los puntos en que se basó está política cientí fica fue la dotación de pensiones para la adquisición y ampliación de los nuevos enfoques científicos y técnicos.
Para ello, ya durante el reinado de Fernando VI su ministro el marqués de la Ensenada envió en misiones de aprendizaje y de espionaje a diversos comisionados pára que tomaran no ta de los modernos conocimientos tecnológicos.
Posteriormente, durante los años setenta, familias de nobles y Sociedades de ilustrados imitaron el proceder del Estado y costearon el envío de pensionados a París.
En la capital francesa, se había desarrollado desde mediados de siglo entre las capas sociales más favorecidas un interés y una afición por las Ciencias Naturales.
Esto se concretó, por un lado, en la multiplicación de gabine tes de Historia Natural en donde se coleccionaban curiosidades y objetos de Física, Química, Historia Natural, Anatomía (monstruos), Arte y Ar-queología.
Por otro, en la asistencia a cursos de divulgación científica im partidos por naturalistas, médicos o farmacéuticos tanto en instituciones reales, como el Jardín du Roi o el College Royal, como en sus laboratorios particulares.
Allí efectuaban demostraciones experimentales, según nue vos principios de la Física y la Química, realizadas en algún caso con má quinas de su invención.
Entre los naturalistas españoles que estudiaron en París en estos años, ya fuera con capital público o privado, se puede mencionar a Ramón M a Munibe (1751-1770), hijo del conde de Peñaflori da, fundador y principal animador de la Sociedad Bascongada de Amigos del País, los hermanos Juan José (1754-1796) y Fausto Elhuyar (1757-1833), propagadores de las modernas técnicas mineras en América, Eu genio Izquierdo (?-1813), futuro director del Gabinete de Historia Natu ral de Madrid, o Casimiro Gómez Ortega (1740-1818), Primer Catedrático del Real Jardín Botánico.
Todos ellos, al igual que lo haría Cavanilles con sus discípulos a partir de 1777, asistieron a las diferentes demostraciones y cursos científicos más populares que se impartían en la capital de Fran cia: los de Física de Brisson, Sigaud La Fond y Filassier, de Química de Rouelle, Darcet, Sage y Macquer y de Historia Natural de Valmont de Bo mare.
Profesores y cursos científicos en París
El abate Nollet se había formado en Inglaterra y Holan da y a su vuelta se creó, por orden real, una cátedra de Física Experimental en el College de Navarre de la Universidad, dotada de un anfiteatro capaz de albergar a 600 personas.
Nollet consiguió que su discípulo Brisson fuera nombrado su sucesor en 1768.
Brisson disponía de un gabinete de Física en el quai d'Orleans en donde impartía su curso.
Otro curso de Física muy popular fue el de Joseph-Aignan Sigaud de La Fond (1730-1810), encargado de los experimentos de Física en la Universi--dad, quien entre Octubre y Abril impartía lecciones sobre Física en su gabi nete de máquinas de la ruede Saint Jacques.
Por su parte, Jean Paul Marat (1743-1793), médico especialista en elec troterapia y futuro revolucionario, exponía unos cursos, muy concurridos por la aristocracia, en el hótel d'Alibre en la rue Saint Honoré.
Debido a sus problemas para expresarse y a su vehemencia, era el abate Jean Jacques Fi lassier (1736-1806) quien explicaba estos cürsos.
Cavanilles en su cartas a Viera comentaba que asistía a las demostra ciones y experimentos de Física aerostática que se realizaban en París, se gún las teorías de Jacques Alexander Charles (1746-1823).
Discípulo de Nollet fue también Balthasar Georges Sage (1740-1824), quien en 1760 abrió en la oficina familiar un curso público y gratuito sobre Mineralogía Docimástica, que continuó a partir de 1775 en un apartamen to de la rue du Sépulchre.
Por último, hay que mencionar los cursos de Historia Natural que im partió en su casa de la ruede la Verrerie entre 1756 y 1788 Jacques Christophe Valmont de Bomare (1731-1807), anunciados en l'Almanach Royal (2).
La formación botánica de Cavanilles
Aunque la asistencia a estos cursos tuvieron que proporcionar a Cava nilles algo más que unas mínimas bases en Historial Natural, en sus car tas y notas manuscritas asegura que sus conocimientos botánicos los ad quirió de forma autodidacta.
No se conoce cuál fue exactamente el papel taba seguro que su afición y constancia le haría entrar "poco a poco en ese salón del Palacio de la Naturaleza" (3).
Cavanilles era consciente de que tenía que completar su hasta entonces pobre formación botánica.
Para ello, durante los viajes que realizaba, junto con los duques del Infantado, a Bélgica recolectaba aquellas plantas que se encontraba en caminos y vere das y herborizaba en los alrededores de la casa de campo de La Chevrette, lugar donde veraneaban los duques.
Además aprovechaba para visitar los jardines botánicos de los nobles conocidos de los duques.
Así, estando en Bruselas, visitó el jardín inglés del vizconde de Walckiers del que dijo:"En él he aumentado mi herbario y conocimiento botánico.
Aquí he visto las'quatro magnolias, el liriodendron, la ca talpa con sus otras especies de Bignonas, las azaleas, cormis de América etc." (4).
Aprovechó también pa ra comprar las obras botánicas de Christian Jacob Trew Plantae selectae y Plantae rariore, que contenían una rica colección iconográfica de un cente nar de plantas iluminadas.
Al paso por Lovaina, Cavanilles conoció el jar dín botánico de esta localidad que, aunque pequeño, decía, disponía de un profesor cuyas explicaciones paliaban la falta de terreno que impedía la presencia de plantas "exóticas".
Cavanilles, dada su peculiar situación de preceptor de los hijos del duque, sabía que no le quedaba otro remedio que ser autodidacta en Botánica y le decía a Viera: "Vm. tiene el gusto de ver por orden en ese Jardín Botánico (de Madrid) las plantas del país y exóticas y de comparar su porte y fructificación; pero yo lo tengo en adivi nar y descubrir lo que nadie me enseña (aunque debo bastante al abate Chaligny)" (5).
Cavanilles se iría formando en Botánica progresivamente.
No iba a descuidar el aspecto teórico de esta ciencia y para ello, compró la Flora Suecica de Linné así como las Amoenitates Academicae.
Esta documenta ción teórica la acompaña con una paralela actividad práctica, y así, a lo largo de unos pocos años, su herbario se vio incrementado con las visi tas a los jardines de Aremberg, de Cels -de que E. P. de Ventenant (1757-1808) publicó su Description des plantes nouvelles et peu connus cultivés dans le Jardin de J. M. Cels, obra que sería comentada por Cava nilles en los Anales de Ciencias Naturales (6)-, de Saint Germain en Pa-. rís, de Triannon y de Monnier en Versalles, y sus recolecciones en el es tanque de Montmorency, al norte de París, y en los alrededores de La Chevrette.
Los progresos botánicos de Cavanilles pudieron realizarse también en gran medida gracias a sus buenas relaciones con los botánicos franceses y, posteriormente con los de otros países.
Ellos contribuyeron a ayudarle en las identificaciones de sus recolecciones, los primeros proporcionándole sus herbarios y los segundos, intercambiando información botánica con él.
Sin lugar a duda fue Thouin, jefe de jardinería en el Jardin du Roi, quien más estrechamente colaboró con Cavanilles, facili tándole el paso a dicho Jardín, animándole a que recogiera lo que le hi ciera falta, comunicándole sus observaciones y enviándole las plantas y semillas que Cavanilles le pedía.
No es extraño que Cavanilles le compa rara con los profesores del Jardín Botánico de Madrid y le comentara a Viera: "¡Qué diferencia entre éste (Thouin) y los de ese Jardín! (el Botáni co de Madrid)" (7).
Así, gracias a sus excursiones, visitas a jardines, estudio de los herba rios de botánicos y viajeros franceses a tierras de ultramar y con las semi llas enviadas desde España por Viera, Antonio Palau (1743-1793) y Cán dido M a Trigueros (1736-1798), Cavanilles empezó en 1784 a trabajar en su monografía sobre la clase Monadelphia: "Yo trabajo como un jornalero en mi botánica.
Espero publicar una disertación sobre el género Sida, si los literatos botánicos de aquí aprueban mis menudas observaciones" (8).
Esta monografía fué una labor de años y se compuso al final de diez di sertaciones, publicadas las ocho primeras en París entre 1785 y 1789.
Las dos últimas hubieron de esperar su regreso a Madrid para su publica ción.
Esto fue debido a la situación política de Francia, que obligó a Ca vanilles a regresar a España acompañando a sus Señores en otoño de 1789: "... ¿cuándo se imprimirían estas últimas? dirá Vm.
Estamos en vísperas de viajar hacia el mediodía (ya lle gando el término tan deseado) y, aunque no se me ha dicho aun la menor palabra, he visto al volver del campo que todos los muebles de la casa han desaparecido...
Así, pues, no me atrevo a emprender la impresión, por la incertidumbre en que me hallo, de si tendré o no todo el tiempo necesa rio" (9).
La publicación de las dos últimas disertaciones en parte fue debi-do al interés mostrado por Francisco A. Moñino (1730-1808) conde de Floridablanca, Secretario de Estado de Carlos IV, que ya le había finan ciado con mil pesos la publicación del segundo tomo de las monadelfas: "Llegué bueno y tube el gusto de que el ministro me recibiese como lo hi zo ahora dos años...
Aquí continuaré en publicar mis obras y ya tengo or den superior para dar a la prensa la 9 a y décima disertación, que termi nan mi obra... " (10).
Pero también dio lugar a las primeras controversias botánicas.
Las controversias botánicas con Medikus y L'Héritier
Ya en su primera disertación Cavanilles creaba nuevos géneros y es pecies dentro de las monadelfas: Esto dio origen a dos polémicas, con Medikus y L'Héritier, cuyos argumentos fueron publicados en las revistas Observations sur la Physique, sur l'histoire naturelle et sur les arts, en el Journal de Paris y en el Magazin für die Botanik.
Friedrich Kasimir Medi kus (1736-1808), profesor de la Universidad de Heidelberg y director del Jardín Botánico de Mannhein, partidario declarado de Tournefort y Di llenius y crítico de Limié, comenzaba su carta crítica distinguiendo entre género y familia y definía el género como: "la distinción artificial de las plantas que tienen un mismo carácter en las partes de la fructificación".
Para establecer una familia sostenía que era preciso considerar todas las partes de la planta, desde las raíces hasta el ápice.
Daba tres nombres a cada planta, el de la familia• natural, el del género, concepto que conside raba artificial, y el de la especie.
Medikus se mostraba contrario a los "se xualistas" como Linné, aduciendo la variabilidad que se presentaba en es tos caracteres.
En relación a la disertación de Cavanilles sobre el género Sida, Medikus sostenía que en las malváceas, dado que las partes de la flor se asemejaban mucho, eran fundamentales los caracteres de la fructi ficación para establecer los géneros, y que Cavanilles, aunque había tra-Asclepio-II-1992 bajado sobre esta base, no la había aplicado uniformemente, por su te mor a apartarse de la doctrina de Linné.
Medikus, aplicando estrictamen te esta norma creaba varios géneros nuevos a partir de las descripciones de la primera disertación de Cavanilles.
Otra crítica que Medikus le hacía a Cavanilles era que sólo había trabajado con plantas de herbario.
Esto era algo.que, en su opinión, cualquier buen botánico debía evitar, ya que los pliegos de herbario mejor conservados únicamente servían para de terminar el carácter de familia pero no el de género.
Para crear géneros, decía Medikus, era preciso seguir la evolución de las partes de la fructifi cación desde su formación hasta su madurez y esto no era posible en plantas secas (11).. • La respuesta de Cavanilles a Medikus no se hizo esperar.
En la misma revista ( 12) publica una carta donde hace las oportunas aclaraciones.
Co mienza haciendo algunas precisiones anatómicas referentes a la fructifica ción que justificaban la separación genérica que había hecho, ya que, pen.: saba, un género únicamente se había de establecer cuando las diferencias en la fructificación lo exigiese.
A su modo de ver, Medikus multiplicaba in necesariamente• el número de géneros.
Esto únicamente podía provocar confusión.
Aunque Cavanilles efectuaba sus divisiones en géneros partien do del número de cápsulas del fruto, reconocía que, como decía Medikus, este número podía variar a veces debido a abortos y por ello era necesario trabajar con plantas de herbario al estudiar géneros complicados y nume rosos como Sida o Geranium.
De índole diferente fue la otra polémica.
El naturalista valen ciano comenzaba su carta sorprendiéndose al ver descritas en el quinto fascículo de Stirpes novae de L'Heritier, sin indicar las fue" ntes, plantas previamente publicadas por él.
L'Heritier databa su obra en 1785, cuando en realidad se anunciaba y aparecía al público en 1789.
Cavanilles pre sentaba en una tabla estos plagios y reducía a dos los principios que L'Heritier establecía en su obra: 1) que la ausencia del cáliz exterior no exigía la creación de un nuevo género y 2) que las divisiones más o menos numerosas del cáliz exterior no podían ser nunca un obstáculo (para el establecimiento de un género).
Cavanilles pensaba que L'Heritier había dado estos principios para no aceptar los géneros Palaua, Solandra y Pa vonia publicados por él.
No estaba de acuerdo con dichos principios ya que, si éstos se seguían, algunos géneros aceptados universalmente en es ta época como Sida, Malva, Malachra, Lavatera, Althaea, Urena y tres de los géneros establecidos por él, Solandra, Laguna y Pavonia, se verían re-136 Asclepio-II-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es <lucidos a uno solo, con 196 especies.
Esto, decía Cavanilles, en lugar de servir de apoyo y facilitar la tarea del botánico, lo que hacía era provocar confusión y complejidad.
L'Heritier, falto de argumentos botánicos, basó su respuesta en el Jour nal de Paris n.o 63, preguntando irónicamente a Cavanilles "si escribía para Francia o para una nación en donde nadie había leído La Filosofía Botánica de Linné".
Curiosamente, empleaba el argumento contrario •al utilizado por Medikus, quien achacaba a Cavanilles su temor a apartarse de las doc trinas de Linné.
Cavanilles y los Profesores del Real Jardín Botánico
Estando en París Cavanilles se había enterado del establecimiento del Real Jardín Botánico en el Prado dé Atocha por una carta de Viera de 1781 ( 14 ).
Celebraba este hecho y al mismo tiempo se mostraba un poco rece loso acerca del método y sistema. botánicos que fueran a emplear en la enseñanza de la Botánica Ortega y Palau.
También esperaba que se toma ran las disposiciones convenientes para que dicho jardínpudiera superar al de París, al que consideraba como el modelo que Gómez Ortega debía seguir a la hora de la disposición de las plantas.
De todas formas, Cavani lles pensaba, como escribía a Viera, que además de las explicaciones pú blicas, indispensables para aumentar los "útiles conocimientos que encie rra el reino vegetal", era necesario disponer de un buen diccionario botánico, obra en la que debían participar varios autores, y seguir un adecuado systema.
Este sin ninguna duda debía ser el de Linné.
Pero Ca vanilles era partidario además de un ambiciosos programa que consistía en realizar floras "particulares de cada reino" para converger en una Flo ra General de España.
Para poder conseguir esto, Cavanilles le pedía a Viera que intentara "allanar el camino", y le prometía enviarle las obras de Linné y Lamarck para que a su regreso encontrara "maestros que me enseñen" ( 1 5).
A través de sus cartas con Viera parece claro que Cavanilles tenía bien considerado a Palau, con el que mantuvo correspondencia durante el año 1785.
Insistía en que la traducción que estaba haciendo Palau de la obra de Linné debía incluir, entre otras cosas, el suplemento de Linné hijo.
Además, para que quedara al día, Palau tenía que "cambiar y corregir gé neros, especies e incluso clases".
Cavanilles reconocía que esto era una la- -bor que llevaba tiempo y que requería mucho trabajo, pero consideraba que era mucho mejor retrasar su publicación y así conseguir que -saliera más completa.
A finales de 1782 Cavariilles recibe la Explicación de la Filosofía Botá nica de Linné traducida por Palau, Segundo Catedrático del Real Jardín Botánico.
Esta obra botánica, que según sus palabras era la primera que él veía en castellano, tenía para Cavanilles el grave-defecto de no aportar n�da nuevo, ya que lo que en ella se exponía se podía encontrar saliendo al campo, y decía: "Siento el que no hay adoptado más términos técnicos y el que les nombra de dos maneras, como peciolo, pezón; corola, manto; pétalos, chapetas; umbela, copa; stípulas, orejónes; y otras muchas que Vm. mismo podrá verificar.
Quisiera saber si ha dado a luz alguna obra como parece deseada hacer si tenía aceptación la Filosofía Botánica y si se trabaja ahí para formar un diccionario botánico" (16).
Cavanilles suge ría a Viera como tal diccionario la obra de Lamarck.
De todas formas, re conocía el trabajo que llevaba la traducción de la Filosofía Botánica de Linné que había realizado Palau, del que comentaba a Viera "quisiera re cibir sus lecciones para instruirse" (17).
Además, reconocía la importan cia de divulgar el sistema de Linné, que él mismo utilizaba, y gracias al cual había logrado reunir en dos años un herbario de 4 70 plantas bien conservadas, llegando a 800 el número de las que conocía (18).
Importan te era también, seguía Cavanilles, el interés que mostraba el Príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV, hacia la Botánica, puesto que "él solo es ca paz de criar más maestros con su protección; que Lineo discípulos con toda su ciencia" (19).
Años después, en 1790, tras su vuelta definitiva a España y en plena polémica con Gómez Ortega y Hipólito Ruiz (1752-1816), Cavanilles mantendrá la buena opinión que tenía de Palau y la mala de su traduc ción: "Me pregunta Vm. de la botánica de este país.
Si Vm. exceptúa Palau, que está casi decrépito e inútil ya para traba jar, todos los demás son poco menos que aprendices.
La traducción de éste ni se conoce fuera de España, ni se pierde mucho en que no lo esté.
Siempre pensé que era obra inútil: costó mucho al Estado, y a él la salud.
A la verdad, ¿qué podía hacer un hombre sin libros ni plantas exóticas, para verificar las proposiciones muchas veces erradas de Lineo?
Copiar y azinar términos.
Es lástima que este hombre laborioso e inteligente no haya tenido ocasión de tratar con los grandes botánicos, observar sus herbarios y examinar los jardines.
Sin duda hubiera sido uno de los gran-• des del siglo" (20).
Diferente por completo fue la opinión que tendría Cavanilles de Gómez Ortega.
En su Colección de papeles sobre controversias Botánicas (1796) Ca vanilles comentará que hasta 1787 las cartas que le había enviado Gómez Ortega a París no mostraban ningún signo de animadversión, sino que, por el contrario, eran atentas y llenas de elogios, con expresiones de reconoci miento.
En una incluso le proponía la traducción al castellano de su res puesta a Masson.
Esto no es extraño si se piensa que en este folleto el botá nico manchego salía muy bien librado: "La Física y la Chimica, ciencias modernas, no son para nosotros extranjeras: las enseñan con aprovecha miento profesores hábiles en Cádiz, Valencia, Vergara y otras muchas ciu dades.
Yo no nombraré aquí sino uno solo, que es el más conocido en Fran cia, D. Casimiro Ortega, digno sucesor de su tío D. Joseph Ortega.
Este sabio es miembro de muchas Academias de Europa: la Chimica y la Botá nica le son familiares, como lo prueban sus famosas disertaciones" (21).
Lo único que Gómez Ortega echaba en cara en sus cartas a Cavanilles era que no fuera un botánico de campo y se limitara a trabajar únicamente a partir de plantas de herbario.
De todas formas, el conjunto de las cartas no pasan de ser una forma educada de trato.'Por estas fechas, alrededor de 1784, Gó mez Ortega no debía darle importancia a Cavanilles desde un punto de vis ta botánico.
Cavanilles por entonces no había aportado aún ninguna publi cación botánica, aparte de que a Gómez Ortega le interesaba tener en París a alguien bien relacionado con los botánicos del Jardín du Roi.
De aquí que a comienzos de 1785 la Junta de Gobierno del Jardín, formada por José Pé rez Caballero como Intendente, Giuseppe Lumachi como Jardinero Mayor, además de Gómez Ortega y Palau como profesores, nombrara correspon diente de esta institución a Cavanilles.
Aún así, por una de las cartas que menciona Cavanilles, la del 18 de Noviembre de 1785, el ambiente comen zaba a enrarecerse.
Gómez Ortega le escribe remitiéndole especies de mal váceas, entre las que había algunas de las enviadas desde el Perú, y le acla ra que lo hace "contra el consejo expreso (sea esto dicho reservadamente como todo lo demás) de los Sres. de la Junta de este Jardín, que han senti do con el Ministro de Indias que no bien informado Vmd. de los descubri mientos de la expedición Botánica del Perú y de los derechos de cada indi viduo de ella, haya publicado como propios de Mr. Dombey los que quizás reclamarán sus compañeros los Españoles" (22).
Cavanilles por su parte nunca había tenido buera opinión de Gómez Ortega.
Ya a comienzos de 1784 escribe a Viera diciéndole: "En cuanto a Ortega, jamás he tenido grandes esperanzas.
¿A qué diablos viene ahora, con sus tablas de Tournefort, quando todos han fixado ya el término hasta Asclepió-Il-1992 139 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas donde llegan las glorias de este grande hombre?
Nada hay más contrario de lo bueno que lo mejor y, habiendo visto los progresos de Lineo, es cosa ridícula querer volver atrás, presentándonos trabajos poco útiles en el día.
No obstante, quisiera ver esa producción, como también la disertación que hizo Palau sobre la verbena citriodora, que llaman ay hierba de la prince sa" (23).
En relación a este género, que debieron enviar Ruiz y Pavón desde el Perú, comentaría. al año siguiente, tras mandarle el material Viera: "Quanto más estudio, más apasionado me hallo a la botánica y voy descu briendo defectos ef f los que antes respetaba como oráculos.
Esto me hace temer el que nuestros botánicos de Madrid _ caygan en algunos, como lo hi cieron errando el género de la Aloysia citriodora, que es una verbena, lo que les ha hecho mucho daño, porque esto prueba que no tenían bastante co nocimiento de los géneros conocidos" (24).
En otra carta también de co mienzos de 1784 seguía en el mismo tono: "Los zelos de Ortega, bien cono cidos aquí, no dejaron de dañar y. prueban que él estima más el botánico que la botánica.
Mi amigo Thouin apreciará siempre las ciento y tantas se millas que s� le remitirán, s�an •por el conducto que fuese; y nuestro Palau ha hecho bien de retirar su lista para• evhar reyerta� y disgustos• de la parte de ese egoísta" (25).
Esta opinión que tenía de Gómez Ortega no la iba a manifestar cuando posteriormente le conteste a su sugerencia de traducir su folleto en respuesta a Masson.
Cavanilles aceptará y agradecerá esta propuesta e incluso le rogará que le corrija los errores que encuentre.
Las controversias botánicas con españoles.
La polémica que Cavanilles mantuvo con botánicos españoles comenzó con una carta anónima publicada en el Memorial Literario Instructivo y Cu rioso de la Villa y Corte de Madrid en Septiembre de 1788.
En t:;lla, un su puesto vecino de Lima comentaba que los Botánicos del Perú (Ruiz y Pa vón) se habían visto sorprendidos al recibir un extracto de la primera disertación sobre la clase de Linné Monadelphia, en la que Ca�anilles crea ba nueve gé�eros nuevos.
El autor de la carta atacaba a Cavanilles por crear demasiados géneros nuevos, cuando los expedicionarios, en un sitio tan va riado como el Virreinato de Perú, solamente habían encontrado uno.
El ar gumento más firme que empleaba el anónimo era.que Cavanilles se alejaba de las tesis de Linné, quien distinguía los géneros de esta clase por su cáliz.
Le achacaba también que fuese un botánico de gabinete, que no veía las 140 Asclepio-II-1992 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es plantas vivas en sus lugares naturales.
Estos eran los argumentos de fondo repetidos a lo largo de toda la controversia, que durará en una segunda eta pa hasta 1802.
Cavanilles contestó apoyando sus nuevos géneros en el dic tamen de l'Académie des Sciences de París y de distinguidos botánicos como Lamarck, Thunberg, Jussieu, Usteri y Willdenow.
Sostenía, además, que no hacía falta viajar a Ultramar para trabajar en Botánica, pues: "solamente se necesitan plantas y conocimientos botánicos: aquellas nos las recogen y traen los que viajan, instruidos o ignorantes, con tal que las sequen y con -:: serven bien con flor y fruto; y estos se aprenden consultando con hombres sabios y buenos libros" (26).
Cavanilles creía así zanjado el asunto, como le escribía a Viera: "La carta que V.M. vio en el Memorial Literario fue una pi cardía que me jugó un infeliz botánico que V. M. conoce.
Le respondí con nervio, demostrándole su ignorancia y atrevimiento y calló como un puto" (27).
Pero un supuesto segundo anónimo, desde Madrid, contestó a Cava nilles defendiendo al primero insistiendo en los mismos puntos, repasando y criticando, a diferencia del primer anónimo, los n1,1evos géneros de Cavani lles.
Ambos anónimos diferían en sus críticas de las efectuadas por Medikus, en el sentido de que Cavanilles se apartaba de las tesis de Linné.
El segundo anónimo utilizaba los argumentos de L'Héritier, tomados, como él mismo reconocía, de las observaciones de Cavanilles al quinto fascículo de Stirpes Novae.
Cavanilles contestó en la ya citada Colección de papeles sobre contro versias botánicas repitiendo lo que ya le había argumentado a L'Héritier.
Cavanilles pensaba que el autor de ambos anónimos era Gómez Ortega, aunque señalaba que a veces parecía que los autores era dos personas dife rentes.
Lo que desde luego no se creía era que Ruiz fuese el autor de ambas (28).
La polémica continuó, como se verá más adelante, años después.
La agitación social producida por la Revolución Francesa obligó a Ca vanilles a abandonar París y volver a la Corte española: "Las persecuciones que experimenta todo hombre, mayormente los ricos, y sobre todo los clé rigos, me obligó a zafarme, oculto y disfrazado, y forzó a los Señores a abandonar aquella ciudad" (29).
Cavanilles regresó a Madrid pensando que iba a dirigir el Real Jardín Botánico.
Se basaba para esto en que, al haber sido promocionado el año anterior el Intendente José Pérez Caballero al Consejo de Hacienda, se le Monadelphia.
Al mismo tiempo, Cavanilles ya había empezado a trabajar• en una nueva obra: leones et descriptiones plantarum.
En principio él mis mo no parecía tener un gran concepto de ella: "... será una Miscelánea de quanto nuevo o mal gravado y conocido llegue a mis manos.
Este género de obra, más difícil y más grata, aunque no tan útil, se podrá continuar en todas partes y me servirá de descanso y diversión, sobre todo si se llegan a realizar las ideas de dirección (del Real Jardín Botánico), etc." (30) Esta obra la forman seis tomos, cada uno de ellos con cien láminas, en los que, como dice su autor, se habla, sobre todo, de plantas nuevas, también de otras mal conocidas y ocasionalmente, de la historia natural, sobre todo la vegetación, de zonas recorridas y herborizadas por él.
En alguna ocasión, además, le sirvió de soporte para sus discusiones científicas con Ruiz y Gó mez Ortega.
En los leones se ven reflejadas plantas colectadas en el Real Jardín Botánico, en el Huerto de la Priora, jardín del duque del Infantado, las cercanías de Madrid, durante su viaje por el Reino de Valencia y las procedentes de expediciones científicas, como.las colectadas por Neé en la expedición Malas pina o las de Boldo en la expedición del conde de• Mopox a la isla de Cuba.
Nada más regresar a España, Cavanilles encuentra la oposición decla rada de Gómez Ortega y su grupo.
Ante la negativa de la Junta de Gobierno del Real Jardín, apoyada por los botánicos de la expedición al Perú, a que estudiara las plantas que se cultivaban en esta institución, se vio en la nece sidad de recurrir a Floridablanca, •quien comunicó a Pérez Caballero, a fi nales de 1789, que se le debía entregar a Cavanilles las plantas del Jardín que pedía, para que las dibujara, grabara y publicara.
En 1791 recibe una Real Orden para reconocer la Historia Natural de España.
Comienza por la Comunidad de Valencia.
Fruto de su actividad fue la obra Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, población y frutos del Reyno de Valenciá, publicado en dos tomos en 1795 y 1797.
Asimismo, consecuencia de este viaje fue la publicación de bastantes plantas nuevas y descripciones de la vegetación de ciertas regiones espe cialmente interesantes en los leones y de varios artículos en los Anales de Historia Natural.
En relación a esta obra le comentaría en carta a José Ce lestino Mutis (1732-1808): "No creo yo haber apurado el gran número de objetos que me propuse, pero me quedará la gloria de haber dado un mo delo que otros podrán mejorar y seguir en las otras provincias. de España: Pues aunque mi comisión es para recorrerla toda, por desgracia no puede 142 Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es el rey asegurarme ni la vida ni la salud que se necesita para evacuar digna mente tan grande empresa" (31).
La caída política de Floridablanca en 1792 no supuso que Cavanilles perdiera sus apoyos políticos.
No cabe duda de que debieron ser buenas sus relaciones con Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, como lo demuestran los oficios dirigidos por éste entre 1793 y 1796 con las ordenes para publi car sus obras científicas y el pasaporte para viajar por toda España, que le permitiría entrar en los montes, dehesas, vedados y tierras cultivadas sin que se le pusiera impedimento alguno (32).
Su nombramiento para dirigir el Real Jardín Botánico en 1801, en oficio dirigido por Pedro Cevallos (1764-1840), Secretario de Estado en ese momento y amigo y pariente de Godoy, confirman las buenas relaciones con el poder que durante tQda su vida mantuvo Cavanilles..
Otra actividad en. la que participó Cavanilles fue la creación de la pri mera revista científica de Ciencias Naturales de España.
Comenzó su pu blicación en 1799, con el nombre de Anales de Historia Natural, luego pasa ría a denominarse Anales de Ciencias Naturales, a partir de su número tercero.
En ellos se recogían trabajos de todas las ramas de las Ciencias Na turales.
El control que Cavanilles tenía en esta publicación debió ser gran de, como parece indicar el hecho de que no publicara en ella ninguno de sus antagonistas y sí, en cambio, sus alumnos, recién llegados a la Botáni ca.
La revista desaparecería nada más morir Cavanilles.
Aprovechó el va lenciano este medio para publicar trabajos sobre Medicina, Geología, Zoo logía o Historia de la Botánica, como aquellos que tratan de la rabia, sobre las palomas domésticas o la cigüeña blanca.
También emplea la revista pa ra comentar libros aparecidos en el extranjero, al modo usual de las revis tas europeas de la época, y aún para anunciar la puesta a la venta de sus propias lecciones de Botánica.
Segunda etapa de las controversias botánicas con españoles.
Un precedente de la segunda etapa de la polémica lo encontramos en el prólogo de la Quinología, o tratado del árbol de la quina (1792), en cuyo pró logo Ruiz critica a los botánicos de gabinete, que realizan sus descripcio nes basándose en plantas secas y de jardines y que no tienen en cuenta sus posibles usos y virtudes.
Cavanilles citará (33) este prólogo diciendo: "No me nombró aquí el Señor Ruiz, o el• autor de este párrafo; bien que me se-Asclepio- ñaló como con un dedo".
La aparición del Florae Peruvianae et Chilensis Prodomus en el que se rechazan numerosos géneros de Cavanilles, emplean do sus nombres para otras plantas, provocó que éste publicara en el tomo tercero de leones un prólogo en el que atacaba esta obra.
Ruiz responderá ese mismo año publicando la Respuesta para desengaño público a la impug nación que ha divulgado... lose{ Antonio Cavanilles contra el Prodromo de la Flora del Perú (1795), atribuyéndose la autoría de los anónimos anteriores y seguía defendiendo las mismas tesis.
La última aportación de Cavanilles a la polémica fue la publicación de su Colección de papeles sobre controver-, sías botánicas (1796), donde reúne y anota toda la polémica, contestando, especialmente, al último escrito de Ruiz.
En la introducción de esta obra, Cavanilles contesta a la acusación de Ruiz de adelantarse en la publicación de plantas colectadas en las expediciones de ultramar diciendo: "Es una equivocación manifiesta el pensar que se apropia los trabajos de otro quien publica las plantas que ellos cogieron sin examen; porque les dexa la parte de la gloria que merecieron viajando y secando esqueletos, y él solamente toma la que le resulta del examen y trabajos científicos.
No es autor el que coge plantas y semillas y las envía sin el debido examen: y aquel sólo es el verdadero autor de una planta que la hizo conocer al público, y se expuso el primero a la censura, como he practicado yo ya en las plantas secas, ya en las muchísimas vivas que he observado en los jardines de España y otros Reynos.
No es lo mismo ser viajante que Botánico; ni ver plantas y ser Juez competente para determinar la fructificación, género y especie" (34).
Gó mez Ortega contestará en el prólogo del tercer tomo de la Flora Peruvianae et Chilensis.
En relación a este prólogo de Gómez Ortega, Cavanilles le co mentará por carta a Mutis: "Vm. ha sido el blanco de esta cabala movida y dirigida por Ortega; hombre que ni corrigen los desaires, ni contienen las evidencias de su ignorancia, ni abaten las demostraciones públicas que el goviemo ha hecho separándole de la enseñanza.
Qual víbora pisada o can rabioso se vuelve hacia todas partes intentando empozoñar la virtud y el mérito real de los beneméritos.
Así lo acaba de hacer en el tercer tomo de la Flora, bien que con su acostumbrada prudencia de no poner su nombre, y verter su rencor por la boca de su sobrino Ruiz.
En el prólogo ha soltado los diques de su mordacidad."
Mutis, Zea, Cavanilles; Wahl, de Jussieu to dos se ven allí más o menos maltratados pero con preferencia los primeros y yo a cada planta que he publicado.
He despreciado altamente sus desver güenzas e imposturas, abandonándolo_ todo al juicio público; y creo que lo mismo debe hacer Vm. porque el mérito debe triunfar al fin y con el triun-144 Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es fo confundir a la envidia y maledicencia" (35).
En cualquier caso, la muerte de Cavanilles terminó con la polémica.
El Real Jardín Botánico bajo la dirección de Cavanilles
El 17 de junio de 1801 Cavanilles fue nombrado para gobernar y dirigir el Real Jardín Botánico.
La comunicación oficial de Cevallos comenzaba así: "El afecto y protección que deben al Rey las Ciencias y Artes para utili dad y felicidad de sus vasallos ha movido a S. M. a enterarse con particular atención del estado en que actualmente se halla el Establecimiento del • ru.
Jardín botánico en Madrid; y ha visto con Sentimiento que a pesar de los esfuerzos y Sacrificios.hechos en su Reynado y en el de su augusto Padre de gloriosa memoria no ha correspondido este Establecimiento a sus bené ficas y generosas intenciones" (36).
• Es esta se reconocía que la causa de los atrasos que habí an perjudicado el progreso de la Ciencia no se encontraba ni en la falta de celo ni en la incapacidad de los cargos anteriores, "sino en la multitud y complicación de medios" que se creyeron convenientes cuando se adopta ron pero que a la larga habían generado excesivos gastos.
Para que la Botánica realizara progresos en todos los Dominios de S. M. se contemplaba que el Real Jardín Botánico se organizara "de un modo sólido, eficaz y sencillo".
Para ello se suprimían los cargos de Intendente, Juez Privativo, Subdirector, Profesores Primero y Segundo, Médico, Ciru jano, Escribano, Arquitecto, Pagador, uno de los Porteros y el de Maestro de la Escuela de Imitación de Plantas, junto con los operarios que trabaja ban en ella, pasando sus materiales al Gabinete de Historia Natural.
Se su primía también el cargo de Subdirector honorífico que tenía el abate Pierre A. Pourret.
Es decir, que cesaban absolutamente todos los cargos directi vos: Gómez Ortega, Barnades hijo, y el subdirector Jerónimo de la Torre.
Todos ellos debían pasar los papeles, órdenes y documentos propios del Jardín, así como los de los correspondientes botánicos, dibujos, manuscri tos, impresos, esqueletos de plantas, semillas, raíces etc.
En la nueva organización el gobierno y la dirección quedaban a cargo de Cavanilles, que sería el único Profesor, el Jefe del establecimiento y el Subdelegado en este ramo del Primer Secretario de Estado y del despacho de S. M. Sus funciones serían enseñar la Botánica según el sistema que considerara más conveniente, determinar las plantas nuevas que se fueran Asclepio-II-1992 introduciendo en la institución, arreglar el herbario y el semillero y presi dir los actos públicos de la Ciencia.
En lugar de un sueldo a Cavanilles se le asignaba una Canongía de 40.000 rs. de renta o una Pensión Eclesiástica de igual valor, dispensándole de tener que residir fuera de Madrid.
En el organigrama del establecimiento se creaban los cargos de Asocia do del Profesor, Alumno y Dibujante, permaneciendo los de Jardinero Ma yor, Ayudante de Jardinero y Portero.
El Asociado tendría un sueldo de 10.000 rs. de vellón anuales.
Sus fun ciones serían: el cuidado del herbario, la biblioteca y el semillero; salir a herborizar con los discípulos por los alrededores de Madrid y traer plantas para el herbario; ayudar al profesor a examinar las del Jardín y el herbario y suplir sus ausencias y enfermedades, dependiendo de él para la elección de los trabajos.
El Alumno tendría 3.300 rs. de sueldo y sería al mismo tiempo ayudan te y escribiente del Profesor y del Asociado; debía asistir a las lecciones y ocupaciones de éstos y así como tener buenos conocimientos en Humani dades y Filosofía y regular instrucción en Botánica.
El Dibujante dispondría de 3.300 rs. de sueldo fijo y veinte rs. más por cada dibujo encargado por el Profesor.
Debía seguir las instrucciones• de éste en cuanto a la representación de la anatomía de la flor y del fruto.
El Jardinero Mayor; con un sueldo de 12�000 rs., sería el jefe de su ra mo, aunque dependería del Profesor.
Se debía encargar del cultivo general y particular, la conducción del agua para los riégos, la elección de tierras y "abrigos" para la siembra y plantaciones, disponer las plantas en las estu fas e invernáculos y sacarlas en su momento, proporcionar al Profesor las plantas que necesita para las demostraciones y lecciones, recoger las semi llas y empaquetarlas con sus nombres, tras consultar con el Profesor y ele gir los peones.
Recaía en Cavanilles, como director, la responsabilidad de la elección de las personas para todos los cargos.
También debía indicar el sitio donde debíá construirse la estufa necesaria para la conservación de las plantas, además de su forma y dimensiones.
Asimismo, debía indicar los me,i¡ dios menos gravosos y más eficaces para establecer el herbario, el semillero y la biblioteca.
Para que las herborizaciones fuesen útiles y se pudiesen conocer las plantas de los alrededores de Madrid y de los Reales Sitios, se dictaría una R. O. para que en la Casa de Campo, Retiro y demás Sitios Reales no se pu siese el menor impedimento para que el Profesor, el Asociado, el Alumno y sus compañeros pudiesen entrar y examinar las plantas cuando estimasen oportuno.
En relación a la enseñanza de la Botánica, se disponía que para las cá tedras de Botánica de la Península y demás Dominios se nombrasen a aquéllos que hubiesen estudiado y aprovechado más esta ciencia, escogién dose entre ellos los que habrían de viajar en las expediciones científicas que se emprendieran.
El Real Jardín Botánico se convertía en el centro• de los demás jardines de la Península y de los que existían o pudiesen crearse en todos los Domi nios españoles.
Además, éstos debían enviar cada año al de Madrid un esta do detallado de las plantas vivas que tenían, del herbario, biblioteca, ense ñanza y discípulos; otro de los fondos y gastos y una relación de los hallazgos que hicieran y de las obras que quisiesen imprimir, que debían ser revisadas y aprobadas por el Profesor del Real Jardín Botánico.
Cavanilles dejó vacante la plaza de Asociado, ocupada más tarde por Francisco A. Zea'(l 766-1822).
Como Dibujante dio el nombre de José Guio, que había partici pado en la expedición de Malaspina y que en ese momento se encontraba en Cuba con la expedición de Mopox.
Respecto a los cambios que se debían hacer en el establecimiento, Ca vanilles envió el diseño del edificio de la nueva estufa al arquitecto Pedro de la Puente.
La respuesta de éste fue que en su cálculo, sin incluir la colo cación de las estufas de hierro y sus cañones que se acordaría al terminar la obra, si se ejecutaba la obra con las dimensiones del diseño y si se au mentaba "la red de alambres que cubría la parte de la armadura de la fa chada para que preservara los vidrios del granizo o piedra de una nube aprovechando la tapia o muro actual del Jardín" (37), el diseño salía por 60.000 rs.
La propuesta de Cavanilles en relación al lugar donde debían disponer se la biblioteca, herbario y semillero fue aprobada por el Rey.
Para aumentar los fondos del herbario, a propuesta de Cavanilles se or denaba a Ruiz y Pavón que entregaran sus esqueletos de plantas, raíces, se millas, plantas publicadas y no publicadas, quedándose sólo con un único ejemplar, el que se hallara en mejor estado.
Mutis debía enviar desde Santa Fé de Bogotá un duplicado de sus plantas, M. Sessé (1751-1808) la colec ción de plantas recogidas en la expedición a Nueva España.
Por último se dictaba que el herbario acopiado por Louis Née (1834-1803) durante la ex-Asclepio- pedición de Malaspina, que se encontraba conservado en Marina, pasase al Jardín Botánico y que se tasase el herbario europeo del naturalista francés.
Ruiz y Pavón protestaron por la medida y consiguieron que se retrasase el traslado de las plantas no publicadas hasta la terminación de la obra.
En cuanto a la biblioteca, se aprobó el que Ruiz y Pavón devolvieran a la misma los libros que habían sacado del establecimiento y que habían considerado necesarios para publicar la Flora del Perú.
El Rey aprobaba también que los "fondos de temporalidades" destinados a costear las obras botánicas que Cavanilles fuese publicando, se destinasen a pagar el impor te de su bibliot�ca, que se agregaba así a la del establecimiento, Inventaria da y tasada la biblioteca de Cavanilles se <::ontabilizaron 420 volúmenes por un valor total de 70.151 rs.
En el plano institucional, como director del Real Jardín Botánico, Ca vanilles publicó sus lecciones de botánica, en las que explicaba una intro ducción a los principios elementales de la Botánica y la descripción de las plantas demostradas, muchas de ellas nuevas para fa Ciencia.
También el Elenehus plantarum Hortii regii Matritensis, del año 1803, folleto en el que se recogen las plantas que se criaban ese año en el Jardín.
Tiene esta obra un cierto interés botánico, al realizarse una serie de combinaciones no menclaturales nuevas o, al menos, algunos nombres figuran de un modo que hoy se considerarán así.
Su repentina muerte le impidió concluir la obra en la que estaba trabajando: Hortus Regius Matritensis.
El Hortus Regius Matritensis
Esta obra estaba diseñada siguiendo el modelo de leones et deseriptio nes plantarum, esto es, cien láminas, en algún caso con más de una especie representada, en cada volumen, correspondiéndose con poco más de cien descripciones.
Parece que la idea de Cavanilles era la de iniciár una nueva serie de publicaciones como leones.
Esto puede deducirse de la traducción -manuscrita por el mismo Cavanilles-de una carta que, con fecha de 27 de febrero de 1804, envió a Olof Swartz conservada en el Archivo del Real Jardín Botánico (39).
En este mismo Archivo se conservan las cien ilustra ciones que formarían la obra y 85 descripciones manuscritas ( 40) de las 104 planeadas.
A diferencia de los repetidamente citados leones, todas las especies de las que se trata tienen su dibujo.
La historia de los materiales que se conseryan del Hortus Regius Matri tensis tiene algunos puntos poco claros.
En relación a las láminas, así, mientras que Colmeiro ( 41) da referencias de la existencia en el Jardín de los cien dibujos, Alvarez López ( 42), casi un siglo después, comenta que su paradero era desconocido.
A primera vista esto resulta bastante sorpren dente, ya que en los registros del Jardín Botánico no consta que esas lámi nas salieran jamás de la institución.
Por lo que respecta al manuscrito, es Colmeiro quien comenta que "el texto parece_ haberse perdido", lo que tam bién es extraño, pues no hay ningún dato sobre la cesión o compra del ma nuscrito durante el siglo XX; Alvarez López, por su parte, habla de dos ma nuscritos, el que se conserva en el Archivo del Real Jardín Botánico y otro, que guardan los descendientes de Cavanilles (43).
Una nota de José Cavani lles, su hermano, escrita sobre la última hoja del manuscrito hace pensar que el texto original, y más completo, se ha conservado desde finales de 1804 en el Archivo del Real Jardín Botánico: "Es el m.s. original que dejó mi hermano D o Anf J. Cavanilles escrito de su propio puño a excepción de la Atriplex verticillata, que lo está de la mario de D 0 Mariano Lagasca y la Mimosa Leptophylla de pulso de D 0 José Rodríguez alumnos del R 1 jardín botánico.
Se entrega al S'" D o Franco Anf Cea sucesor en la dirección y cáte dra del jardín p a su publicación conforme a R 1 orn.
Una copia de este manuscrito, escrita con dos tipos de letra distintas y en la que faltan un par de descripciones y otras varias están incompletas, se con serva asimismo en esta Institución.
Pensamos que el manuscrito del llama do "archivo de Cavanilles", en poder de sus descendientes, no puede ser muy diferente y, en cualquier caso, parece que el original es el que, anota do por el hermano del autor, se conserva en el Archivo del Real Jardín Bo tánico.
Para ello nos basamos en que todas las descripciones del manuscri to -catalogado en el.Archivo del Real Jardín Botánico con la signatura I, 13, 5-son de puño y letra de Cavanilles; las únicas excepciones son la nú mero 21, Atriplex verticillata, la 93, Hymata trifoliata, ambas manuscritas por La Gasea y la número 38, Mimosa leptophylla, escrita por José Deme trio Rodríguez.
Por otra parte, se trata de un escrito elaborado, casi sin co rrecciones y con letra cuidada, que hace pesar en un escrito definitivo, prácticamente listo para su entrega al impresor..
Aunque la obra no vio la luz en su momento, buena parte de los táxones que la conforman (exactamente, 61 de ellos), habían sido publicados con anterioridad, la mayor parte de ellos por el propio Cavanilles ( 44 ).
El Hor tus Regius Matritensis tiene gran interés por los comentarios que Cavanilles hace sobre algunas de estas plantas previamente publicadas -algunas de ellas lo habían sido sucintarp.ente-, comentarios que aportan claridad pa ra entender la naturaleza de tales táxones.
La mayor parte aparecieron en su momento sin las láminas (45), que debían publicarse en esta obra.
Por los escritos de Cavanilles, así como por su correspondencia, podemos saber que daba gran importancia a las ilustraciones, algo muy generalizado entre los autores de su época y que, por ello, estaba muy interesado en esta pu blicación, pues en ella daba a conocer los dibujos de estas plantas.
Especial interés toma este manuscrito. cuando se conoce la importancia que tuvie ron algunas de estas ilustraciones ert la obra de un autor sueco coetáneo, Olof Swartz.
Olof Swartz (1760-1818), médico y botánico en Uppsala, miembro co mo Cavanilles de la Regia Societas Scientiarum Uppsaliensis y con quien mantuvo el botánico valenciano un intercambio de correspondencia y ma teriales, poseyó una copia de las pruebas de imprenta de las láminas del Hortus.
En la citada carta de 27 de febrero de 1804, Cavanilles le informa del envío de copia de las láminas, junto con plantas secas (46).
A la muerte de Cavanilles y habiendo quedado inédita esta obra, Swartz hizo uso de es tas láminas, describiendo a partir de ellas algunos helechos, para los que respetó los nombres que Cavanilles le daba en las láminas (Polypodium ele gans, lámina 68, Pteris imbricata lámina 89, fig. 1 y Woodwardia stans, lá mina 82), cf. Swartz (47).
Aunque por los comentarios de los protólogos de Swartz no podemos estar seguros de que en el envío de Cavanilles no figu rase material de herbario de las tres plantas, las inexactitudes o ausencias en las localidades de origen que figuran en el protólogo ( 48) son razones para sospechar que no recibiera pliegos de ellas; en tal caso, que habría que confirmarse con un estudio del herbario de Swartz, estas láminas po drían considerarse como los tipos nomenclaturales de estos nombres.
Swartz no fue el único en hacer uso de los nombres o de las láminas que Cavanilles tenía preparados para el H. R. M. Romer y Schultes (49) describieron Papophorum phleoides, dando como referencia del origen tanto del nombre como del material que estudiaron "H. R. matrit. (fide Herb.
Aunque no podemos entender esta referencia como una alu sión al manuscrito, lo cierto es que parece que tomaron el nombre de un pliego que se conservaba en el herbario del Real Jardín (SO), nombre que sin duda se debe a Cavanilles, quien, como es norma hoy en día, tenía la costumbre de etiquetar los táxones con el nombre con que pensaba publi carlos (51).
En la sinonimia de dos especies publicadas por ellos (Aegopo gon trisetus y Aegopogon pusillus) aparecen en la sinonimia "Cynosurus gracilis Cavan.
2", respectivamente (52), indicaciones que no dejan lugar a dudas sobre su origen.
Las láminas se deben al propio Cavanilles, y a dos dibujantes, Guio y Antonio Delgado Meneses.
De Delgado Meneses sólo se conoce que traba jó como dibujante en el Real Jardín Botánico a comienzos del siglo XIX.
Las planchas fueron grabadas en cobre en la Real Calcografía por un equi po que trabajó bajo la dirección del valenciano Tomás López Enguídanos.
Entre las pruebas de imprenta que se conservan en el Archivo del Real Jar dín Botánico (53) y las planchas guardadas en la Calcografía Nacional se deduce que, al menos, se grabaron 86 planchas.
Se conservan en esta últi ma institución 45 de e�tas planchas (54).
De las 41 restantes se desconoce el paradero.
En su momento, hubo intención de publicar esta obra.
Por medio de una Real Orden, dirigida a Francisco A. Zea, el manuscrito pasó a poder del Real Jardín Botánico para su publicación:
"Teniendo noticia el Rey de que el difunto director del R 1 • Jardín botá nico d n Antonio Josef Cavanilles tenía ya bastante adelantada la internsante obra que había emprendido titulada Hortus Regius Matritensis, y conside rando S.M. que las Personas á quienes se ha servido ahora confiar la ense ñanza de la Botanica en dicho R 1 • J ardin son los mayores admiradores del singular merito de Cavanilles, que se esmerarán en hacer el debido honor á la digna memoria de este sabio, y que por tanto son acreedores á que se les confie dicho precioso escrito con el Hervario del difunto para los fines á que este los tenía destinados: Ha resuelto S. M. que á este efecto se pase uno y otro á poder de v m. lo que le comunico de R 1 • orn. para su inteligencia y cumplimiento, previniendole que para el mismo fin dirijo hoy Oficio de orden de S. M. al Duque del Infantado uno de los testamentarios del difun to.
(1) PIZCUETA, J.: (1830) Elogio histórico de A. J. Cavanilles |
Teofrasto Renaudot, el médico y periodista más inquieto de su época, que iba a marcar con la huella de su talento inventivo y filántropo un am plio campo de la actividad social, científica e informativa de la primera mi tad del siglo XVII en Francia, era natural de Loudun, al N.O. de Poitiers; se trataba de una importante plaza calvinista, donde los reformados habían mantenido varios sínodos; allí nacía en 1586, en el seno de una familia pro testante.
Tierra poitevina que había visto nacer, un año antes, al futuro car denal de Richelieu, y donde los conflictos religiosos habían alcanzado sin gular virulencia.
A los 19 años (explicable por el "plan de estudios" más ágil, menos forma lista y corporativo que el imperante en la Facultad de París), obtiene Renau dot el grado de doctor en medicina por la universidad de Montpellier ( 1), pe ro es consciente de su juventud para el ejercicio de su ciencia y decide viajar durante algún tiempo por Francia y el extranjero, pour recueillir-ex plicará él mismo (2)-ce que je trouverai de meilleur en la pratique de cet art. En París, parece que tuvo ocasión de perfeccionarse en cirugía.
Regresa a Loudun y se consagra a la medicina, frecuentando los me-. dios intelectuales y literarios: recibe allí como paciente al provincial de ca puchinos, Fran�ois-Joseph Leclerc du Tremblay, que más conocen ya por el Pere Joseph (luego eminencia gris del futuro todopoderoso ministro de Luis XIII), parisiense venido en misión a predicar por esta comarca de pro testantes, y que suele tomar retiro en la abadía de Coussay, cuyo prior es Armand-Jean du P_ lessis de Richelieu, joven obispo de Lu�on desde 1606.
El destino ha• querido, pues, reunir así a los tres vértices de lo que consti tuiría el sistema político de guerra contra España; en el centro, el rey.
Al término de las luchas civiles de religión, el medio rural había caído en una notable postración: despoblación y miseria eran el lote general de los campos de Francia.
Amplios sectores sufrían las consecuencias sociales y físicas de las guerras: mujeres privadas bruscamente del sostén económi co, huérfanos, tierras abandonadas por falta de brazos; muchos campesi nos arruinados, arrancados por el hambre, habían venido a refugiarse a las ciudades, París particularmente, donde se les acogía con tanto menos gus to, cuanto que se les temía portadores de la peste; al menos les quedaba el recurso de la mendicidad o el anonimato.
Vincent de Paul, representante eminente del vigoroso movimiento de la caridad y apostolado que las congregaciones católicas ilustraron en e1 siglo XVII, comenzaba en torno a 1615 su labor en el mundo rural de la miseria.
En provincias y en la capital del reino se sucedían las iniciativas públicas ya desde los tiempos de Enrique 11; el rey bearnés, concluidas las guerras civiles, funda un hospita. l militar para inválidos y manda construir extra muros el hópital de Saint Louis para apestados, que su sucesor Luis XIII inaugurará en 1619 (3).
Las autoridades habían intentado atender a tan grave situación creando algunos grandes centros asistenciales o asilos, co mo el hópital de la Pitié en la rue Saint Victor, que acogía a 5.000 meneste rosos, y se emprendió una nueva ampliación del muy antiguo Hótel-Dieu, orientado casi exclusivamente hacia la enfermedad propiamente dicha, que funcionaba en condiciones higiénico-sanitarias absolutamente indes criptibles (4), y donde la huella de Monsieur Vincent (él que, entre otras no tables actividades, creaba la obra de los Enfants trouvés en 1638) y la abne gación de las Hijas de la Caridad no están ausentes, y se mantendrán desde los años 30.
Venía ya desde los tiempos del Concilio de Trento una renovada preo cupación de la Iglesia Católica -superado un cierto embotamiento y esti mulada por la crítica protestante-hacia aquel hondo problema social, in tentando evitar un sensible desviacionismo de la función hospitalaria de la caridad a las simples operaciones de policía y seguridad pública, y reivindi cando la autoridad episcopal sobre unos establecimientos cuya gestión los. municipios, parlamentos y administración real tendían a reservarse con la llegada dé aportaciones públicas (5) a un campo en el que la caridad privada se revelaba ya impotente.
Se aparcaba a aquellos infortunados más en prisiones que en asilos de acogida para curarlos o cuidarlos con mediana dignidad; al trabajo obliga-torio, particularmente en tareas textiles -razonable, en tanto allí perma necieran, para subvenir a los gastos que su atención ocasionaba-se aña día el rigor y la falta de libertad; en diversas ocasiones, aquellos hombres y mujeres, campesinos desarraigados la mayoría, soldados sin empleo, niños huérfanos o del arroyo, llegaron a protagonizar algunas revueltas y fugas colectivas.
Por lo demás, eran frecuentes en la gran ciudad y sus arrabales, por la que deambulaban 60.000 individuos (6) ocasionalmente constituidos en bandas, los robos y el asesinato.
Cuanto Teofrasto Renatidot llega a París por primera vez en 1612, lla mado por el P. Joseph, es un hecho ya notorio que el sistema de trabajo sin libertad ha fracasado como vía para remediar la cuestión social de la mar ginación y la indigencia.
El joven médico somete en el Louvre sus propios planes bajo forma de un informe sobre la extinction du paupérisme et l 'éta blissement d' un bureau d'adresses.
Una sentencia de la jurisdicción real del Chatelet lo reconoce inmediatamente de utilidad pública y el rey, que le nombra médecin ordinaire du roí, concede al poitevino una patente de ejer cicio (brevet) en octubre de este mismo año.
Pero sólo será en febrero de 1618 cuando aparezca publicado el decreto (arret) que otorgaba al doctor de Loudun el título de commissaire général des pauvres del Reino.
En lo político, son años de difícil transición hacia la estabilidad, desde el asesinato de Enrique IV en 1610.
Su viuda María de Médicis, ha recibido plenos poderes del Parlamento, para pasar a dirigir el Consejo cuando en el otoño de 1614, Luis XIII es declarado mayor de edad.
La regente qeja go bernar a un Concini detestado por el joven rey, los Grandes, la opinión pro testante y galicana y el elemento popular.
Tanto más, cuanto que las bodas españolas pactadas en 1612, pondrán a Francia, sin compensaciones, en la esfera de influencia de los Habsburgo.
El buen adulador obispo Richelieu es llamado por María de Médicis, en noviembre de 1616, a dirigir la Secretaría de Estado de la Guerra y los Ne gocios Extranjeros; se distingue ya por un essai de redressement del Reino, en cuyo programa no falta el apoyo en Europa de los enemigos de España.
Los dos pistoletazos que enviaban a Concini a la tumba en abril de 1617 (acto inspirado por Luis), arrastraban también momentáneamente a un Richelieu fuertemente comprometido con la Regente, ahora exiliada a Blois.
Un favorito sucede a un valido, y Luynes se mostrará no menos codi cioso y nepótico.
En la honda desavenencia surgida entre la reina-madre y Luis XIII, Richelieu, experto intrigante, ofrece su mediación entre las dos partes y las respectivas banderías.
El modesto obispo de Lu�oh se hace indispensable.
El capelo carde nalicio premiará en septiembre su interesada diligencia.
Cuando, en abril de 1624, la reina-madre fuerza la voluntad del descon fiado Luis XIII y éste llama al flamante cardenal, la de Médicis está con vencida de introducir en el Consejo a un intendente a su servicio; se enga ña.
Richelieu aporta una idea fija: servir en adelante al rey en el interior, y en Europa, los altos intereses de Francia y la Monarquía.
Unos meses des pués, era ya Jefe del Consejo.
El regreso de su paisano al Consejo del Rey (7) alienta a Renaudot en la prosecución de sus proyectos; seguro ahora de la estima y la protección de su ilustre amigo, se aleja de Loudun definitivamente y se instala en París en el transcurso de 1.
625 -coincidiendo ello con su propia conversión al catolicismo.
En la Capital va a emprender la organización de la ayuda y cuidado a los enfermos más necesitados de la gran ciudad y la asistencia a los pobres de quienes él decía que eran l'objet de [ses] labeurs et la plus agréable fin qui [lui] soit jamais proposée (8).
El rey, en 1628, le confirma el título de comi sario a su amé et léal consei_ ller et médecin ordinaire, maftre Théophraste Re naudot. cardenalicia (10). w Maison du Grand Coq, que ese era el emblema de la agencia, pronto hubo de ampliarse.
El Gobierno, favorable a aquella insti tución, desarrollará posteriormente con nuevas competencias sus origina rias atribuciones en la Ordonnance de police de 27 de febrero de 1640, refe rida a forasteros y extranjeros -forains et étrangers sans condition ni emploilas personas incluidas en dichas categorías deberían inscribirse en adelante en la Agencia de Renaudot, dentro de las veinticuatro horas de su llegada a la Capital, sin lo cual serían considerados vagabundos.
Será tal el éxito de la institución imaginada por T. Renaudot que, a par tir de 1641, se abrirán algunas sucursales en otros lugares del mismo París.
Pero el hondo problema de la marginación y la extremada penuria general del Reino difícilmente podrían entrar en vías de solución, ni paliarse tan si quiera, con simples iniciativas de caridad, por bien intencionadas que éstas fuesen.
La política belicista, a bandera desplegada, del Cardenal de Riche lieu desde 1635, que sucedía a una etapa soterrada contra la Monarquía Española y sus intereses en Europa, iba a acelerar, por el contrario, la de gradación del tejido social de Francia, insuficientemente recuperada tras los meritorios esfuerzos de los ministros de Enrique IV.
Al comienzo del reinado de Luis XIV, se calculaban en París unos 40.000 pordioseros o in digentes.
La actividad didáctica y científica de T. Renaudot tenía su principal re flejo en la organización de conferencias a partir de 1631/32.
Eran•aquéllas asambleas de personas ilustradas y de cuantos sentían sincera curiosidad por las ciencias y las artes, en torno a algunos principios básicos que todos compartían: la aplicación de la química a la medicina y la práctica clínica, y su oposición a la rutina escolástica.
Tenían lugar los lunes y fueron públicas al año de su inicio.
Todos eran recibidos a emitir su opinión o escuchar y se guir la de otros oradores sobre una materia propuesta.
Conferencias, por cierto, impartidas en lengua francesa, en una época en que el latín no preci samente ciceroniano, era aún la jerga de la medicina y a un siglo del Edicto de Francisco 1 o de Villers-Cotteret para el derecho y los tribunales, en que se había impuesto la lengua nacional.
Serán impresas a partir de 1633 hasta 1650 y reunidas posteriormente en varios volúmenes por uno de los hijos de a: quel animador, Eusebe Renaudot, bajo el título cada uno de ellos de Re cueil général des questions traitées es conférences du Bureau d'Adresses sur toutes sortes de matieres par les plus beaux esprits de ce temps (11).
Se trata ba, pues, de charlas doctas sobre asuntos estríctamente científicos (las par ticulares relaciones de Renaudot con el cardenal de Richelieu y su apoyo al proyecto que el Ministro impulsaba, hubieran hecho impensable el discutir Asclepio-11-1992 en aquel foro cuestiones de otra índole).
Entre los temas debatidqs en la sa la del Bureau figuraron, no obstante, el de la doble circulación sanguínea que Harvey había expuesto recientemente en su Exercitatio anatomica de motu cordis et sanguinis in animalibus (1628), que desmentía a Galeno y aquel muy espinoso referido al movimiento de los planetas y la tesis coper nicana que apasionaba por entonces a la Europa de los sabios, cuyo más ilustre representante, Galileo, era perseguido por la Inquisición hasta obli garle a abjurar en 1633.
El mismo Renaudot hacía notar la ausencia de dogmatismo y referencia general a las autoridades: según Gui Patín, que la Facultad entendía mantener bajo su alta jurisdic ción y por los que sentía desprecio corporativo ( 13), a pesar del honorable precedente de un Ambroise Paré).
Para hacer realidad su proyecto, cuenta Renaudot,• una vez más, con el estimable sostén de Richelieu, de los hom bres de ciencia que ya frecuentan sus conferencias, con médicos diploma dos de otras facultades no parisienses y, en lo tocante a ungüentos y prepa rados de botica, con la liberalidad de los pudientes.
Su dispensario para los indigentes abre sus puertas en 1635.
Interesados en una formación directa Asclepio-11-1992 y práctica, no eran pocos los estudiantes que frecuentaban el estableci miento, para escarnio de los doctores locales.
Unas lettres patentes de Luis XIII, de noviembre de 1640, consagrarán oficialmente aquellas consulta tions charitables para enfermos sin recursos, que contribuían a la mejora de una enseñanza clínica todavía mal organizada.
El doctor Teofrasto Renaudot había creado el primer dispensario laico, público y gratuito; animado por un vigoroso temperamento de vulgariza ción científica, va a crear también el primer laboratorio público de química en Francia (disciplina que apenas se ha desgajado aún de la alquimia); le amparaba una autorización para hacer toutes sortes d'opérations cliniques servant a la médecine.
Ya otros imparten en sus escritos revolucionarias lecciones; el Discours de la Méthode es de 1637: admitir en las ciencias úni camente la razón -predica Descartes-si bien su método deductivo le lle vará, aplicado a la Medicina y la Biología, a gruesos errores.
Pascal, por su parte, no tardará en ilustrar el método experimental.
Tanto Montpellier primero como París, practican ya sistemáticas disecciones para un mejor conocimiento de la anatomía; aun así, en la fisiología, dogmatismo y esco lasticismo tenían en la Universidad de París uno de sus principales feudos.
Renaudot desdeña la rutinaria sangría (lo que el apologista de la fré quente saignée, Gui Patín, no le podía perdonar), las lavativas, las drogas purgantes al uso, a base de sen, de casia o de ruibarbo, y ensalza, en una época en que la farmacopea es eminentemente vegetal, las virtudes del con trovertido antimonio ( elemento que no tardará en imponerse en la opinión, antes de conseguirlo legalmente en 1666 por decreto del Parlamento), con el que tenía ya cierta familiaridad a través de sus trabajos y de su forma ción montpellierina; la Facultad de París lo consideraba, no sin razón, peli groso (insuficientemente depurado, se presentaba asociado al arsénico) y acusaba a la de Montpellier de rendir un culto hermético e interesado al ídolo antimonial.
Del inquieto ambiente de estos años, saldrá en la genera ción siguiente, un Nicolás Lémery -otro reformado que también volverá, semi-forzado, al Catolicismo, famoso boticario químico del Grand Siécle-.
Sobre todo, alaba Renaudot la quina, de la que se empezaba a hablar en Europa-hacia 1640 por sus propiedades tónicas, febrífugas y antimaláricas; se la llamaba polvo de la condesa [de Chinchón], según cierta anécdota in suficientemente acreditada, o polvo de los jesuitas, por considerarse a éstos sus introductores en nuestro continente.
Basándose en viejos reglamentos que prohibían el ejercicio de la medi cina en la Capital a quienes Ella no hubiese formado, pretenderá la Facul tad de París, hasta lograrlo, impedirle a Renaudot ejercer su profesión -doctor provinciano y adalid de la quimioterapia, hacia la que se sentía por aquellos años particular hostilidad en los medios oficiales-él que se em peñaba en ofrecer consultas gratuitas para los desheredados y que proce día de la galénica Montpellier, Facultad considerada rival y otra ciudadela importante de los estudios médicos en la Francia de entonces.
De esta de Montpellier, que aseguraba fund. amentar sus orígenes (la univers. idad data ba de 1289) en una bula de Urbano V, papa aviñonense del siglo XIV, decía Jean Riolan -buen anatomista, por ciert� en sus Curieuses Recherches, que apenas lo formaban seis o siete doctores, jóvenes présomptueux, igno rant et malicieux, y que, al principio de la Escuela, eran sus médicos Ara bes, Mahometanos y Judíos; lo cual, en la circunstancia, resultaba más elo gio que injuria: aquí mantuvo primer rango, durante más de un siglo, el Canon de Avicena ( 14).
La oposición de la Facultad de Medicina de París contra aquella especie de competidor se hacía más agria y enconada; gruesos nubarrones se cernían cada vez más densos sobre el siempre considerado intruso en la Capital, de donde le llovían anónimos y libelos a cual más hiriente y calumnioso (15), El fogoso Gui Patin amenazaba, un� vez más, en mayo de• 1641, aludiendo sin embozo a la condición de gacetillero de aquel entrometido que actuaba en la impunidad de la protección del gobierno: "...
Pero a pesar de la desaparición del P. Joseph en la navidad de 1638, Re naudot sigue contando con inquebrantables apoyos en las altas esferas, no en vano es el director-redactor desde 1631 de uno de los principales instru mentos de condicionamiento de la opinión -no solamente francesa --:--en el pulso continental que Francia sostiene contra la España de Felipe IV, La Gazette.
Luis XIII, antes de morir, cedía todavía en 1643 un terreno que le per mitiría a su protegido crear.un jardín medicinal (París y la Facultad de Me diéina disponían ya de un jardín botánico por Edicto real de 1626).
Así, re cogiendo el fruto de sus trabajos sobre química y botánica, fundamento de su primigenia formación árabe-montpellierina, a los que, en adelante, po día consagrarse, Renaudot publicará algunas obras, elogiando, por ejem plo, los beneficios de ciertas aguas minerales. -11-1992 El Cardenal de Richelieu moría en diciembre de 1642 y Luis XIII, de samparado políticamente, parecía seguirle en-mayo siguiente.
Este fue, por parte de los médicos que asistieron al rey, el informe de la autopsia:
de la muerte de Luis XIII, por el Oficial Civil del Prebostazgo Uurisdicción de París): Ya únicamente consagrado a su tarea periodística, hasta su muerte, aun cuando siga titulándose conseiller médecin du roi, Teofrasto Renaudot se traslada en 1646 de la Cité a la rue Saint Honoré (20); amargado en su vi da privada y semiparalizado (21), hubo de seguir haciendo frente a una oposición más excitada que nunca, diferente ahora en algunos de sus ras gos, que su actividad de esencia política no podía dejar de suscitar en los sectores ideológicos nacionales vulnerados en su publicación.
Como publi cista pasó enteramente al servicio del nuevo Ministro, con quien se atrevió a compartir, hasta su propia muerte, los azares de la política interna y la animadversión que este Giulio Mazarini encontraba entre aristócratas y parlamentarios, en aras ello de la estabilidad del Reino durante la minoría del rey niño.
Teofrasto Renaudot moriría el 25 de octubre de 1653; el ya aludido Jean Riolan, interpretando a la Facultad entera, garabateaba: La vileza mata de cuando en cuando; la pedantería nunca ha curado a los enfermos.
Un año antes, el joven rey.
Luis XIV había regresado a la Capital del Rei no, tras los críticos años de la Fronda.
Compárese con las tesis doctorales que, por entonces, se pasaban en las Facultades, como la del autor de la columnata del Louvre y también médico Claude Perrault, que soste nía en la de Medicina de Paris en 1641: Si los médicos pueden casarse; recordando aquí que un tiempo hubo en que los galenos debían ser célibes. |
No ha sido • nuestra tarea fácil al intentar. realizar una primera aproxi mación histórica de la Paleopatología en nuestro país, que como veremos, carece de una tradición en esta materia, a diferencia de lo que ocurre en otras ramas de la historia de la medicina cultivadas desde hace muchas dé cadas.
El problema más acuciante es la recopilación de datos, que en la práctica se ha visto limitado a la consecución de las publicadones científi cas que versan sobre la materia y que, en número muy escaso, están disper sas en revistas no especializadas, con frecuencia de ámbito local y que por su escasa difusión es difícil acceder a ellas.
Un segundo problema consiste en la valoración de esos trabajos, ge_ neralmente no realizados por médicos, que suelen consistir en simples notas de un valor muy limitado.
Ciencia reciente en España
La Paleopatología es una ciencia joven en España, cuyo comienzo cien tífico podríamos situarlo en los comienzos de la qécada.de los años setenta, pues con anterioridad está lirpitada a esporádicas notas científicas, que en (*) Trabajo recibido en enero de 1990.
el pasado fueron realizadas frecuentemente por extranjeros, persistiendo esta situación hasta después de nuestra guerra civil (1939).
Primeras noticias sobre la paleopatología en España
Las primeras aportaciones no corresponden a la Península Ibérica, si no que tuvieron lugar en las Provincias Insulares Canarias, qtie hasta su colonización en el siglo XV estuvieron pobladas por los guanches, cuyos vestigios llamaron poderosamente la atención de los antropólogos y ar queólogos extranjeros.
La referencia bibliográfica más antigua de que te nemos noticia es el trabajo de Gregario Chil Naranjo (1876), que poste riormente, en 1900, publicó unas notas sobre «Anatomía patológica de los aborígenes canarios».
Otros trabajos fueron publicados por Vemeau, Luschan y Hooton.
En 1884, en la cueva de «Les Llometes» en Alcoi (Alacant) se encontró el primer cráneo trepanado de la Península, cuyo hallazgo, prácticamente pa: só desapercibido.
Posiblemente en las primicias de nuestro siglo, todas las referencias que hemos encontrado guardan relación con los hallazgos de craneos trepanados.
Furgús encuentra uno en 1902 en la necrópolis de San Antón en Oriola (Alacant), en Menorca aparece el primer cráneo trepa nado de las Islas Baleares en 1922 en la «Sinia de l 'Andreu» [URL] = noria), publicado por Martínez Santa-Olalla.
Posteriormente aparecieron otros muchos en las Islas Baleares y én las Islas Canarias, en toda la cuenca me diterránea de la Península y en algunos lugares de Andalucía, Segoviá y Cuenca; Sin embargo los estudios referidos a estos hallazgos son muy bre ves y en algunos casos parece muy dudoso que se tratase de auténticas tre panaciones.
Los contingentes más importantes fueron: en la comarca cata lana del Solsonés los publicados por Serra i Vilaró entre 1923 y 1927, los del área castellana (Segovia y Cuenca) por Barras de Aragón entre 1930 y 1938 y por último los de la «Cava de la Pastora» en Alcoi (Alacant), estudia dos por Rincón de Arellano y Fenellosa, siendo de destacar que solamente estos últimos eran médicos, y ésta su única publicación paleopatológica que conocemos.
Cuando en 196 7, López Piñero dirige un estudio sobre la trepanación en España tan sólo se mencionan una docena de yacimientos arqueológicos y poco más de una veintena de trepanaciones, como hemos apuntado, muchas de ellas dudosas.
Las cosas prosiguen así hasta finales de la década de los años sesenta, limitándose los hallazgos a alguna malformación craneal, platibasia, esca focefalia, ya que los estudios eran realizados por antropólogos sin conoci mientos médicos y tan sólo Fusté publica dos casos tumorales, uno de la «Cava Joan d 'Os» (Tartareu, Barcelona) en 1955 y el otro de la «Cava de La Pastora» en 1957.
En un estudio, el primero fue atribuido a un mielo ma múltiple por el Prof. Sánchez Lucas, diagnóstico posteriormente pues to en duda por nosotros, mientras que del segundo no se llegó a p; ecisar su etiología.
Si resumimos la situación en dicho momento, podemos decir que la pa leopatología en España quedaba limitada al descubrimiento de algunos craneos trepanados, algún traumatismo, estud�os demográficos y recuento de caries dentarias realizados por antropólogos, siendo muchos de los re sultados poco fiables.
Bosch Millares y «El Museo Canario»
Si en la Península la paleopatología mostraba ese desolador aspecto, en las Islas Canarias la situación era distinta gracias a la presencia del Dr. Juan Bosch Mil1ares (1893-1979) al que hay que considerar como un pione ro de la paleopatología en España.
Bosch, que ejerció la medicina clínica, dedicó parte de su tiempo a los estudios antropológicos y paleopatológicos de los últimos pobladores de Canarias, llegando a ser el director de «El Mu seo Canario» en Las Palmas de Gran Canaria.
En 1944 publica su primer trabajo sobre «las armas y fracturas del cráneo de los guanches» y unos años después, _ entre 1960 y 1975 aporta numerosos trabajos, entre los que destacaremos: «La terapeútica quirúrgica de los primitivos pobladores de Canarias», «La medicina canaria en la época prehispánica», «Problemas de paleopatología ósea en los indígenas prehispánicos de Canarias.
Similitud con casos americanos», «Las cauterizaciones craneales en los primitivos pobladores de Ca:p.arias» y «Paleopatología ósea de los primitivos poblado res de Canarias».
No tuvimos la oportunidad de conocer personalmente al Dr. Bqsch Millares, pero cuando iniciamos nuestra labor paleopatológica establecimos una amistad epistolar en la que se transpiraba la gran huma nidad de ese pionero de la paleopatología.
En 1970 se inició la colabora ción del Dr. C. Rodríguez Mafiote, profesor de la Universidad de La Lagu na, con Bosch Millares, realizándose varias tesis doctorales, siendo los temas preferentes las afecciones reumáticas articulares, las infecciones óseas, las afecciones metabólicas, la patología orbitaria, etc. Posteriormen te a la muerte de Bosch Millares en 1975, desde 1986, cuenta «El Museo Canario» con la colaboración del Dr. Conrado Rodríguez Martín y se ha reiniciado la actividad paleopatológica, con varios proyectos en marcha en colaboración con las universidades americanas, con especial interés por el estudio de las momias guanches, muy abundantes en las Islas Canarias.
Auge de la paleopatología en la península
Prosiguiendo nuestra revisión, observamos que a finales de la década de los años setenta toman impulso los estudios paleopatológicos, y en la década siguiente aparecen los primeros laboratorios de paleopatología que lentamente, pero de forma progresiva, estimulan esta investigación espe cializada.
Actualmente estos centros están en Barcelona, Granada, Madrid y País Vasco y nos referiremos a ellos por separado, siguiendo un orden de antigüedad, para al final de nuestra exposición dar una visión de conjunto del momento actual y de las posibilidades futuras.
El laboratorio de paleoantropología y paleopatología del Museo Arqueológico de Barcelona
El Museo Arqueológico de Barcelona, fundado en 1935 por el profesor Pere Bosch i Gimpera, es el primer centro arqueológico de Cataluña y uno de los primeros de España, tanto por sus fondos como por su biblioteca, y a su cargo han estado durante muchos años las principales investigaciones arqueológicas de Cataluña, editando entre otras muchas publicaciones la prestigiosa revista Empuries que este año cumple su cincuentenario.
A principios de 1968, el Dr. Campillo, médico neurocirujano desde 1951, inició su colaboración como antropólogo y paleopatólogo en dicha Institución, impulsando la creación del actual «Laboratorio de Paleo. antro pología y Paleopatología» que fue inaugurado en 1971, en el cual se dispo ne del utillaje básico para dichas investigaciones.
Los primeros tiempos fueron muy duros, pues si bien Barcelona tiene una importante escuela an tropológica con honda tradición, iniciada por Telesforo de Aranzadi en 1920, y en dicha escuela, cuando la regentaba el profesor Alcobé, pudimos aprender los conceptos básicos para los estudios antropológicos, pero no ocurrió lo mismo en cuanto a la paleopatología, especialidad en la que nos vimos obligados a una autoformación, que fuimos profundizando gracias a los escasos libros de esta especialidad asequibles en aquel entonces y a los contactos posteriores con paleopatólogos extranjeros, entre los que destaca el profesor Pales.
Como primera aportación a la literatura paleopatológica en ese período fueron dos breves publicaciones aparecidas en 1973: «Las erosiones craneales en paleopatología» y «Estudio de un cráneo patológico descubierto en la Cova d 'Annes», que supusieron el estímulo para ahondar en la investigación paleopatológica al constatar la total ausencia de este ti po de investigación en la Península.
Por nuestra condición de neurocirujano consideramos interesante ini ciar nuestros estudios en la patología craneal correspondiente a los perío dos prehistóricos de Cataluña, así como también de los restos humanos procedentes de las áreas geográficas próxima, País Valenciano e Islas Bale ares, dadas las afinidades históricas de estos territorios en un pasado pró ximo.
Estos estudios fueron la base de la primera tesis doctoral que se leyó en la Península (1974) y que más tarde, ampliada, constituyó una mono grafía publicada en 1977 bajo el título de Paleopatología del cráneo en Cata luña,• Valencia y Baleares.
Aunque en un principio la paleopatología craneal fue la base de la investigación, no por ello se descuidó el estudió de las le siones que afectaban a otras partes del esqueleto. da de la región.
Con el mismo equipo arqueológico dirigido por Ramón Vi ñas colaboramos en el estudio de las pinturas rupestres levantinas castello nenses en el Maestrazgo, pudiendo detectar algunas representaciones pato lógicas.
Como ya hemos dicho, inicialmente nuestra labor de investigación se circunscribió a los períodos prehistóricos, pero en 1972 se excavó la necró polis subyacente en el Monasterio de Ripoll (Ripollés, Girqna) correspon diente a época medieval, siglo X o precedentes, extendiendo nuestra área de investigación a los yacimientos medievales, siendo en la actualidad la ci fra de los estudiados superior a cuarenta en Catalunya, a los que hay que sumar otros del resto de la Península.
Este abundante material nos ha per mitido una amplia experiencia para esta época, en parte reflejada en la te sis doctoral de Elisenda Vives (1987), titulada: «Contribución al conoci miento de los enterramientos medievales de Cataluña y regiones limítrofes».
Hacia 1975 consideramos que sería interesante la reproducción de al gunas piezas patológicas, aspecto totalmente factible gracias a que en el Museo Arqueológico se dispone de una «Sección de Restauración», con personal muy experto bajo la dirección del Sr. Jaume Mayas.
En la actuali dad el número de piezas reproducidas es de más de treinta, que se inter cambian con otros centros, entre los que se encuentran el British Museum of Natural History y la sección de paleopatología de la «Biblioteca y Museo Historicomédicos» de la Facultad de Medicina de Valencia, que cuenta con numerosas piezas.
La labor realizada a lo largo de estos años queda reflejada en las nume rosas publicaciones paleopatológicas, tres libros, más de medio centenar de artícuÍos publicados y otros muchos en prensa, cursos, cursillos y confe rencias, muchos de ellos de divulgación, así como la asistencia a numero sos congresos nacionales e internacionales.
Asimismo es hoy en día impor tante el archivo iconográfico con más de seis mil diapositivas, más de tres mil negativos en blanco y negro y un gran número de radiografías.
Los procesos patológicos detectados entre el abundante niáterial exa minado es muy variado, abarcando casi toda la patología ósea: infecciosa, inflamatoria, degenerativa, neoplasias benignas y malignas, traumatología,• estomatología, etc., así como trepanaciones craneales, lesiones rituales cual son los enclavamientos y las mutilaciones dentarias entre otras y tam bién las incineraciones.
En esta labor han prestado su colaboración numerosas personas, médi cos, arqueólogos y antropólogos, entre los que creo que.deben desta, carse Elisenda Vives, Eduardo Chimenos, Oriol Mercada!, el fotógrafo Oriol Cla ven y el restaurador Jaume M<;1yas.
En algunos casos, en colaboración con el Servicio de Anatomía Patológica del hospital «Q; S. La Alianc;a» de.Bar celona, se han realizado estudios anatomopatológicos, aunque los resulta dos obtenidos no han sido espectaculares.
Los estudios radiográficos han sido parte del quehacer habitual y desde 1980 hemos comenzado a intro ducir las técnicas computarizadas.
Ocasionalmente, para esclarecer algu nos problemas, también hemos realizado algunos trabajos de experimenta ción animal.Para concluir este apartado, solamente nos resta destacar que cuando finalicen las obras de remodelación del Museo Arqueológico está prevista la creación de una sala dedicada a la paleopatología.
El Laboratorio InterfacUltativo de Antropología de la Facultad de Medicina de Granada
Durante el curso académico 1971-1972, en Granada, el Dr. Manuel Gar cía-Sánchez colabora con los profesores M. Guirao de la Facultad de Medi cina, el Dr. A. Arribas de la Facultad de Filosofía y Letras y los Ores.
A. Li nares y J. A. Vera de la Facultad de Ciencias en la creación del «Laboratorio Interfacultativo de Antropología», con sede en la Facultad de Medicina, dependiente del Instituto F. Olóriz, en el que se iniciaron los es tudios de antropología y paleopatología, que en la actualidad, por su traba jo acumulado, representa una muy importante aportación a los estudios paleopa to lógicos en -España.
El profesor García-Sánchez, a cuyo cargo está la paleopatología del Ins tituto, posee una gran formación pues a sus conocimientos médicos hay que añadir su dominio de la antropología, asignatura de la que es profesor, y de la arqueología, que a nuestro entender se complementan y le permiten una amplia visión de los problemas.
En 1955 fue director de varias excava ciones arqueológicas en Gorafe y en lznalloz (Granada), siendo numerosas sus publicaciones arqueológicas a partir de dicho período.
Comienza su la bor universitaria haciendose cargo del curso de Antropología, que comple ta con el de Anatomía entre los años 1973 y 1984, para dedicarse a partir de esta fecha de forma exclusiva a la enseñanza de la antropología.
Esta labor universitaria la ha completado con la investigación paleopatológica, en es pecial desde la creación del Laboratorio de Antropología, aunque sus pri meras publicaciones datan de 1960de.
Asclepio-11-1992 Mención especial merece también el Dr. Miguel Botella López, médico y profesor de antropología, que también incluye en sus investigaciones la paleopatología y que está en el Instituto «Olóriz» desde hace diez años.
Los estudios realizados' en dicho Centro comprenden un amplio perío do que va desde el Paleolítico medio a la Edad del Hierro inclusive, com prendiendo en especial los yacimientos de la Alta Andalucía y comarcas próximas.
La patología detectada ha sido muy variada y acoge una gran variedad de afecciones patológicas entre las que mencionaremos algunas: exóstosis, mastoiditis fistulizada, osteomas, traumatismos, patología osteo-articular, afecciones otorrinolaringológicas, osteopatías anémicas, patología dentá ria, trepanaciones, etc.
Como podemos apreciar, a juzgar por la bibliografía, la labor desarro llada ha sido muy amplia, habiéndose publkado una tesis doctoral sobre «Paleopatología estomatológica en restos humanos hallados en Andalucía» (Dr. Francisco Machado, 1986), estando en curso otra que recogerá la pato logía craneal en Andalucía.
Entre los colaboradores destacados del centro están Juan A. Ortega y Sylvia A. Jiménez.
Actividad paleopatológica en el «Laboratorio de Antropología Forense y Paleopatología», en Madrid
La actividad paleopatológica en Madrid se centra alrededor del Dr. Manuel Reverte, cuando en 1977 es nombrado profesor asociado de Histo ria de la Medicina en la cátedra del profesor Pedro Lain Entralgo, expli cando Antropología Médica y Paleopatología, disponiendo de un pequeño laboratorio.
El Dr. Reverte, médico forense que realizó su tesis doctoral sobre «Tu mores malignos de los huesos», desde que en 1950 se traslada a Centroa mérica, investiga en el campo de la antropología, siendo nombrado unos años más tarde Catedrático de Antropología Física y Etnología en la reden fundada Universidad de Santa María la Antigua de Panamá.
Entre 1962 y 1963 realiza varios cursos de antropología en la «Smithsonian Institution de Washington».
Vuelve a España y es nombrado alcalde de Benidorm (Alacant) donde estudia los restos óseos del Museo Arqueológico de dicha ciudad.
Después de su-llegada a Madrid en-1977 participa de los cursos de paleo patología que imparte el «Musée de l 'Homme» de París (1979París ( -1980)), exa mina la c�lección Broca bajo la dirección de lves Coppens y conoce al Dr. León Pales quien le impulsa definitivamente a centrar su interés por la pa leopatología y participa en el «11 European Meeting of the Paleopathology Association» en Caen (Francia).
En 1984 se crea el «Laboratorio de Antropología Forense y Paleopatolo gía» dentro de la Cátedra de Medicina Legal de la Facultad de Medicina de Universidad Complutense de Madrid que dirige el profesor Moya, en donde el Dr. Reverte es nombrado Pofesor Titular de Medicina Legal, formando equipo con los Ores.
F. Gómez Bellard y J. A: Sánchez Sánchez,• realizando estos últimos sus tesis doctorales sobre paleopatología de Ibiza y de la co marca madrileña de Torrelaguna respectivamente.
A este período corres ponde también la recopilación sobre cremaciones prehistóricas de España realizadas por Reverte y Gómez Bellard.
En 1986 Reverte y su equipo, por encargo de la «Paleopathology Asso ciation», organizan el « VI European Meeting» en Madrid, que junto a nu merosos especialistas extranjeros, acoje a la mayoría de los paleopatólogos españoles y demás personas interesadas por el tema.
Paleopatología en el País Vasco
El País Vasco, con honda tradicion antropológica, entre los que cabe destacar a Telesforo de Aranzadi, José Miguel Barandiaran, Enrique de Eguren y José María Basabe, no se ha integrado a los estudios paleopatoló gicos hasta que en 1983 Francisco Etxeberria, Médico Forense, estudia un conjunto de yacimientos arqueológicos altomedievales que se publican con el título de «Estudio de la patología ósea en poblaciones de épóca Alto Me dieval en el País Vasco», trabajo serio, sistemático y que constituye la pri mera obra extensa en España dentro de ese período histórico.
Como. dice Etxeberria, «con anterioridad al estudio que nosotros rea lizamos sobre restos medievales en 1983, tan sólo una vez se había susci tado la discusión sobre la enfermedad que presentaba una población prehistórica», y añado, ni prehistórica, si exceptua el examen de los res tos de la cueva sepulcral de Ereñuko Arizti (Vizcaya), por Moller Chriten sen y Gerhardt.
Indudablemente, a juzgar por la labor ulterior de Etxeberria en el seno de la «Sociedad de Ciencias Aranzadi» en San Sebastian, la paleopatología vasca ha tomado impulso.
No desearíamos haber omitido ningún dato importante en nuestro esbo zo histórico, en el que no hemos querido pormenorizar citando muchos da tos concretos ni mencionando a personas que tan sólo de forma ocasional han penetrado en el campo de la paleopatología.
A continuadón, intentare mos resumir lo que en nuestra opínión ha sido la evolución de esta especiali dad, cuál es el presente y cómo creemos que puede ser el futuro en España.
Aunque algunos trabajos anteriores hadan mención de algún aspecto paleopatólogico, consideramos que la paleopatología como especialidad en España, comienza a principio de los años setenta, cuando se crean el «La •boratorio de Paleoantropología y Paleopatología» del Museo Arqueológico de Barcelona y el «Laboratorio Interfacultativo de Antropología» en la Fa cultad de Medicina de Granada, a cargo de los Ores.
Domingo Campillo y Manuel García Sánchez respectivamente.
A finales de esa década, gracias al impulso del Dr. Manuel Reverte comienza la investigación paleopatoló gica científica en Madrid.
A nuestro entender, el hecho más importante es que a partir de esas fe chas los estudios paleopatológicos son realizados por médicos, aspecto fundamental de la cuestión, pues.como-he dicho en numerosas ocasiones la paleopatología es una especialidad médica, y como tal, sólo puede ser desarrollada en su plenitud por médicos, sin que ello sea en menoscabo de otras especialidades científicas que ocasionalmente se aproximan al campo de la paleopatología.
Creemos que también es importante reseñar que los creadores y directores de los centros mencionados poseen una formación antropológica y otras especialidades médicas muy a propósito para los es tudios paleopatológicos.
A partir de los años ochenta los distintos centros, ya con cierta expe riencia, comienzan a dar sus frutos y se inician una serie de contactos in ternacionales que permiten dar a conocer su labor participando en los dis tintos simposios, e incluso organizándolos (Madrid, 1986 y el IX Meeting de la Paleopathology Association que está previsto realizar en Barcelona en 1992).
Gracias al interés despertado por la paleopatología han aparecido nuevos centros y estan en curso numerosas tesis doctorales.
Precisámente en 1987 se creó en Madrid la Sociedad Española de Paleopatología auspi ciada por el Dr. Reverte y dentro del seno de la «Sociedad Española de His toria de la Medicina», a sugerencia del Dr. Campillo, la «Sección de Paleopatología».
Ambos estamentos pretenden agrupar a las personas interesadas por la problemática paleopatológica.
En cuanto al futuro es difícil opinar, pues si bien hay un interés cre ciente por la paleopatologia, los medios materiales de que se dispone son escasos y casi todo se debe al esfuerzo personal y entusiasmo de los que han iniciado, junto con sus colaboradores, el despegue de la paleopatología en los años setenta.
Es de desear que los estamentos oficiales, en especial las universidades, y las instituciones privadas, aporten los medios para que la paleopatología alcance en nuestro país el nivel científico que todos desea mos, pues como dice Capasso, la paleopatología es la única forma de estudiar la evolución de la enfermedad.
Finalizamos este artículo expresando que hemos intentado ser el máxi mo de objetivos y que nada más lejos de nuestra intención haber podido herir susceptibilidades siendo injustos en nuestras apreciaciones, sobre to do por omisión, y que si en algún caso tal cosa ha sucedido, pedimos dis culpas anticipadas por ello.
BIBLIOGRAFIA PALEOPATOLOGICA EN ESPAÑA |
Las especies actuales de dos continentes son ciertamente distintas, pero los géneros y familias siguen siendo los mismos; y lo que hoy es género o familia, fue especie en el pasado.
Es decir, que el parentesco de fauna y flora actuales lleva a la conclusión de que estas faunas y floras fueron idénticas en el pasado y, por tanto, que debe haber existido un intercambio, lo cual sólo puede imaginarse contando con una conexión terrestre muy extensa.
Sólo tras la rotura de la conexión continental se separaron las faunas y floras en las diversas especies actuales».
Alfred Lothar Wegener propuso la teoría de la deriva continental en 1912.
Wegener ciertamente pensó que el desplazamiento explicaba mas datos paleontológicos y geofísicos que cualquiera de los programas de investigación establecidos.
océano y era impensable suponerlos orígenes separados en lugares diferentes.
Wegener consideraba que, en muchos casos, los antiguos puentes continentales se habían propuesto con base en indicios muy pobres y sin haber sido confirmados por evidencia empírica.
La hipótesis de que existieron continentes que se habían hundido se basaba en la doctrina de la contracción de la Tierra2.
Murchison, Sedgwick, Elie de Beaumont y Lyell murieron entre 1871 y 1874, mientras que Prévost, De la Beche, Buckland y d'Orbigny, lo habían hecho unos 20 años antes.
Así, hacia fines del siglo XIX, los fundadores de la geología ya habían fallecido, y una nueva concepción de la Tierra comenzaba a gestarse.
E. Suess fue el primero que manifestó interés por los movimientos actuales de la corteza externa de la Tierra.
Aunque parezca extraño, el primer fenómeno que atrajo su atención fue el Diluvio Universal.
Luego de analizar en detalle algunos textos mesopotámicos que relataban un evento similar, Suess propuso que un fuerte sismo asociado con un huracán había empujado las aguas del mar hacia arriba, a través del valle del Éufrates.
Su interpretación difería de la versión bíblica, según explicaba, en que esta última fue escrita por testigos situados muy lejos del evento, quienes distorsionaron la narración.
Concluyó que el diluvio fue un evento local y que el Monte Ararat no se refería, en realidad, a la cumbre generalmente así llamada, sino que se había confundido con un pequeño cerro homónimo.
Suess intentaba mostrar que los movimientos regulares de la corteza de la Tierra podían ser explicados por el uniformitarismo (doctrina según la cual los mismos procesos que actúan en el presente son los que han operado en el pasado).
Sin embargo, aceptaba que excepcionalmente procesos poderosos, como los propuestos por el catastrofismo (que implica procesos radicalmente diferentes a los actuales), podían también contribuir a formar la faz de la Tierra.
En el transcurso de una solidificación y una contracción progresivas a partir de una masa en fusión, los materiales rocosos más ligeros habían ido subiendo hacia la superficie, provocando la aparición de rocas ígneas de tipo granítico y metamórficas, asociadas con sedimentos.
Se designaban en conjunto por el término sal (que más tarde se cambió a sial), porque eran relativamente ricos en silicatos de aluminio con sodio y potasio.
Subyacentes al sial, se encontraban rocas más densas llamadas conjuntamente sima, las cuales eran ricas en silicatos de hierro, calcio y magnesio.
Las cordilleras se habían producido mediante contracción, de forma análoga a las arrugas que se forman en una manzana que se va secando.
A mayor escala, una presión gene-----ral de arqueamiento causó el colapso y la subsidencia de determinados sectores de la superficie de la Tierra, lo que originó los océanos, mientras que los continentes permanecían emergidos como bloques sin fallas.
Ciertas áreas continentales se hundieron más rápidamente que otras adyacentes y, por lo tanto, fueron inundadas por el mar, mientras que las partes del fondo oceánico estabilizadas temporalmente en otras épocas emergieron de nuevo como tierra firme.
En esos años se encontraron abundantes casos de fósiles casi idénticos, distribuidos en distintos continentes, a ambos lados del océano, lo que se tomaba como prueba de antiguas conexiones terrestres, a través de lo que ahora eran las profundidades oceánicas.
A no ser que en el pasado hubiera habido esos puentes terrestres transoceánicos, las similitudes reconocidas ampliamente en la vida orgánica eran inexplicables a la luz de la teoría darwiniana de la evolución 3.
E. Suess llamó Gondwana al antiguo continente que habría incluido África central y meridional, Madagascar y la India, utilizando el nombre de la fauna paleozoica Gondwana común a estas áreas.
La utilización más general de la expresión Gondwana se ha extendido hasta abarcar también Australia, América del Sur y la Antártida.
En 1887 M. Neumayr postuló la existencia de un continente que se extendía desde América del Sur a África y que enviaba una rama hacia el noreste de la India, lo cual fue apoyado por W.T. Blanford en 1890.
Sin embargo, Suess fue quien posteriormente sintetizó los datos y le confirió a esta masa el nombre de tierra Gondwana.
Asimismo, Suess propuso la expresión eustático para referirse a los ascensos y descensos del nivel del mar a escala mundial que podían deducirse a partir de la información estratigráfica de las sucesivas transgresiones y regresiones marinas en los continentes.
Atribuía las regresiones a la subsidencia de las cuencas oceánicas, mientras que las transgresiones se debían al rellenado parcial de dichas cuencas por sedimentos aportados por los continentes 4.
De esta manera el agua de los continentes iría desapareciendo a medida que aumentaba la profundidad de los océanos o, por el contrario, sería transportada a estos continentes como consecuencia de la sedimentación sobre el fondo oceánico.
Suess consideró que los movimientos eustáticos pueden actuar sobre la vida: «...ya favoreciendo las migraciones terrípetas ya, inversamente, la vuelta a la mar, y pueden también, cuando son repentinas, aniquilar la vida en toda la zona litoral, pero sobre ese extremo, carecemos de observaciones ciertas y tenemos que ----limitarnos a interpretar los fenómenos biológicos...
Aunque la vida no estaba exenta en aquellos parajes de la influencia de cambios climatológicos, ni de trastornos en la economía de los seres producidos por inmigraciones extrañas y aun de sumersión total bajo las aguas marinas, pudieron desarrollarse allí sucesivamente las distintas floras donde las perturbaciones que afectan a la vida eran menores que en los demás sitios; por esto los llamamos asilos.
De allí partieron probablemente colonias nuevas para repoblar las tierras después de los tiempos de grandes trastornos; por eso hemos comparado tales asilos a la isla paradisíaca de Linneo...»5.
Después de la imponente síntesis que supuso la teoría de la contracción para la geología, se fueron acumulando dudas sobre la corrección básica de la teoría.
La hipótesis de que todos los levantamientos son solo aparentes, y que en realidad consisten en retrasos en la tendencia general de la corteza a moverse hacia el centro de la Tierra, fue rebatida al detectarse levantamientos absolutos.
La interpretación de las cadenas de montañas como arrugas superficiales debidas a la contracción del interior terrestre, llevó a la inaceptable consecuencia de que la presión tenía que transmitirse en el interior de la corteza terrestre a lo largo de distancias equivalentes a semicírculos máximos.
La suposición básica de que la Tierra se está enfriando quedó en entredicho tras el descubrimiento del radio.
Este elemento, cuya desintegración genera calor continuamente, está contenido en cantidades mensurables en las rocas de la corteza que nos son accesibles, y las numerosas medidas efectuadas indican que si el interior de la Tierra contuviese igual cantidad de radio, el calor producido debería ser incomparablemente mayor que el transportado hacia afuera.
De las numerosas objeciones contra la teoría de la contracción destaca una.
Cuantificando de la gravedad, la geofísica ha concluido que la corteza flota en equilibrio isostático sobre un sustrato denso y viscoso: a este estado se lo llama isostasia.
La isostasia es el equilibrio hidrostático regido por el principio de Arquímedes, por el que el peso de un cuerpo sumergido iguala al peso del fluido desalojado6.
ISOSTASIA Y ESTRUCTURA DE LA CORTEZA
La teoría de la isostasia sostiene que la corteza terrestre flota en equilibrio isostático sobre un denso sustrato viscoso, formando el fondo de los océanos.
----Si los continentes son barcazas sobre su sustrato, no pueden hundirse en el fondo del océano a menos que hayan sido sobrecargados.
El concepto de isostasia se basa en una serie de observaciones hechas durante el siglo XIX en la India, donde las mediciones del arco meridional entre dos ciudades revelaron una discrepancia entre las medidas astronómicas y geofísicas.
Otras observaciones importantes fueron los valores de la gravedad en distintos puntos de la superficie de la Tierra.
Cuando se calcula el valor de la gravedad en un punto a cierta altura, hay que tener en cuenta también la masa de material entre dicho punto y el nivel del mar.
Esta corrección es importante cuando se calculan las anomalías de la gravedad, denominadas anomalías de Bouguer en memoria del geofísico belga P. Bouguer (1698-1758), que calculó el efecto de esta masa al medir la gravedad en dos ciudades del Ecuador.
Aun corrigiendo este efecto, siguen existiendo anomalías entre los valores observados y teóricos de la gravedad.
La explicación de estas anomalías es que los materiales en el interior de la Tierra no son homogéneos, sino que existen masas en diversos puntos con densidades mayores o menores que las de las rocas circundantes.
Si la gravedad observada es mayor que la teórica, la anomalía es positiva, y en el caso contrario, negativa.
Si bajo un punto de la superficie de la Tierra hay una concentración de material muy denso, éste producirá un aumento de la atracción de la gravedad y, en consecuencia, una anomalía positiva.
Por el contrario, los materiales ligeros causan anomalías negativas.
De esta forma, las anomalías de la gravedad se pueden usar para descubrir la existencia de minerales debajo de la superficie de la Tierra, y también para conocer la estructura de la corteza terrestre, en especial para determinar aquellos sitios donde la corteza es más delgada o más gruesa de lo normal.
Es decir, las anomalías reflejan el espesor de la corteza terrestre, y se puede afirmar que el estudio de las anomalías ha revelado valores negativos sobre las montañas y positivos sobre los océanos y zonas costeras.
Este patrón fue descubierto a mediados del siglo pasado por Pratt y Airy, quienes hicieron medidas astronómicas en la India, cerca de los montes Himalayas.
J. H. Pratt (1800-1871), quien ocupaba el cargo eclesiástico de archidiácono de Calcuta, interpretó las diferencias de las medidas astronómicas de la India como debidas al efecto ejercido por los Himalayas en la dirección de la línea vertical.
La sacudida de la plomada, que bajo condiciones normales apunta hacia el centro de la gravedad de la Tierra, se desvía por la vecindad de las masas atrayentes.
Pratt hizo cálculos apropiados y encontró, para su sorpresa, que los Himalayas tienden a producir una gran deflexión.
Los escritos de Pratt despertaron el interés de G. B. Airy (1801-1893), astrónomo real del Reino Unido, quien imaginó que la corteza flotaba en un fluido de alta densidad, como una balsa de troncos sobre el agua.
Airy indicó que los troncos que se levantan sobre la superficie también se sumergen profundamente en el fluido, siguiendo el principio de Arquímedes, por lo cual el peso del cuerpo inmerso es igual al fluido desplazado.
De esta forma, asumió que las raíces de la barcaza de la corteza están presentes debajo de los Himalayas y el Tíbet, extendiéndose dentro del fluido que la sostiene y compensando, a cierta extensión, la deflexión producida por la masa de las montañas.
En 1859, Pratt refutó la hipótesis de Airy, al afirmar que la corteza es tan densa como la base fluida, ya que ambas consisten del mismo material, enfriándose y contrayéndose, lo cual provoca el levantamiento de la corteza.
En estos términos, la contracción es menos fuerte en la región de las montañas que en las zonas bajas; la densidad puede ser baja en las cordilleras montañosas, compensándose con una mayor altitud.
En relación con la polémica Pratt-Airy, Wegener escribió: «La interpretación correcta se podría encontrar uniendo ambas concepciones.
En el caso de las cadenas de montañas nos encontramos con una corteza ligera engrosada en el sentido de Airy; pero cuando consideramos la zona de transición entre los bloques continentales y los fondos oceánicos es cuestión de diferencias en el tipo de materiales en el sentido de Pratt»7.
Wegener entendió que si los continentes no tienen la misma composición que los océanos, no puede haber intercambio entre la corteza terrestre como Suess asume.
Más aún, la isostasia implica movimientos verticales de la corteza.
Se sabe que Escandinavia se hundió bajo el peso del hielo durante la glaciación del pleistoceno, y después ha rebotado en sentido contrario, durante el calentamiento del tiempo posglacial.
Similarmente, cuando la corteza continental se adelgaza por la erosión, se hace ligera y asciende8.
A principios del siglo XX se creía que existieron puentes de tierra entre los continentes actuales, explicando así la fauna y flora comunes a continentes separados por un océano.
Se plantearon numerosos puentes: entre África y Brasil hubo uno llamado Arqueo-Helenis, mientras que Europa y América del Norte se unían por la Arqueo-Atlántida.
Pequeños puentes de tierra a través ----del océano Indico unieron Madagascar e India y la India con Australia.
Sobre la base de las identidades o semejanzas de flora y fauna entre los distintos continentes, la mayoría de los especialistas consideraban necesaria una conexión terrestre, o en el caso de los organismos neríticos, alguna clase de vínculo entre las plataformas continentales submarinas9.
La concordancia biótica se acentuaba en el caso de las conexiones mesozoicas entre Brasil y África, Australia y África-India, y Suráfrica-Madagascar e India.
Wegener citaba como ejemplos el pequeño reptil Mesosaurus, conocido solamente a partir del pérmico en Suráfrica y Brasil, y la planta Glossopteris, muy difundida a fines del paleozoico, pero confinada a los continentes del sur.
El argumento paleontológico resulta de la comparación de los restos fósiles entre los llamados supercontinentes Laurasia y Gondwana.
La flora y fauna de Gondwana eran pobres en especies de clima frío, mientras que los restos de la flora y fauna de Laurasia era notablemente ricos en especies tropicales.
Esto se atribuyó a que en el carbonífero tuvo lugar una notable diferenciación climática que originó floras de carácter muy distinto.
Wegener descartaba la idea de los puentes intercontinentales, pues la corteza de la Tierra está compuesta de rocas mucho menos densas que el material del interior.
Así, la improbabilidad esencial de los puentes de tierra hundidos se expresaba en términos de equilibrio isostático.
Si las rocas de baja densidad de los desaparecidos puentes hubieran sido forzadas, de alguna forma, a sumergirse en el fondo marino más denso, los puentes tenderían a levantarse de nuevo.
Sin embargo, ninguno de los hipotéticos puentes de tierra han vuelto a emerger.
Por lo tanto, se hace necesario postular la existencia de alguna fuerza colosal, no especificada, que siga manteniendo los puentes sumergidos.
La existencia de tal fuerza es improbable.
A menos que de entrada se quisiera descartar los datos fósiles, Wegener concluyó que el único medio razonable para explicar las similitudes bióticas intercontinentales era la deriva de los propios continentes.
Los contraccionistas, inicialmente, hicieron énfasis en la paleontología y la biología a expensas de la geofísica y, por lo tanto, cabría esperar que plantearan hipótesis auxiliares en un intento de explicar los datos olvidados de los geofísicos.
Este es precisamente el comportamiento de Chamberlin y Jeffreys, quienes fueron los más importantes defensores del contraccionismo después de Suess.
El programa de investigación contraccionista afrontó dos serios problemas derivados de las investigaciones geofísicas.
El primero, como ya hemos señalado, fue el descubrimiento de la radioactividad.
En consecuencia, los contrac-----cionistas necesitaron una nueva explicación para la contracción de la Tierra.
En segundo lugar, tuvieron que hacer las paces con el principio isostático.
T. C. Chamberlin se anticipó a los contraccionistas al establecer una hipótesis que resolvía ambos problemas, y ampliaba así los hechos que el contraccionismo podía explicar.
En 1904 Chamberlin unió fuerzas con el astrónomo F. R. Moulton, y formularon su hipótesis planetaria.
En esos años, Chamberlin se centró en los aspectos geológicos de la hipótesis.
La hipótesis Chamberlin-Moulton suponía que la Tierra se había formado de la materia sólida del Sol, a través de una colisión cercana con una estrella fugaz, seguida por la formación de una Tierra gaseosa o sólida.
Propuso que la Tierra se construyó a través del aumento de partículas, o planetesimales, que se han venido contrayendo desde su formación.
Sin embargo, la contracción fue causada por las fuerzas gravitacionales más que por el enfriamiento de la Tierra.
La hipótesis planetesimal se ajusta mucho mejor con el principio isostático y la radioactividad.
Queda salvado el principio isostático, ya que los planetesimales se han reordenado solos con respecto a sus densidades: las partes más densas se movieron hacia el centro de la tierra, mientras las menos densas flotaron hacia la superficie.
Así, el programa de investigación del contraccionismo se fue a flote una vez más al asimilar sus críticas10.
LA OBJECIÓN GEOFÍSICA A LA TEORÍA DE LA DERIVA Uno de los críticos más duros de la hipótesis de la deriva continental fue Harold Jeffreys, para quien la corteza continental era suficientemente fuerte como para soportar el monte Everest, y la corteza oceánica tan fuerte como para mantener profundas fosas.
Las críticas de Jeffreys fueron el punto de partida de la oposición, quizá más formidable, que hubo de soportar Wegener.
Se trata de lo que podría llamarse la escuela geofísica de la Tierra ultrasólida, establecida en Gran Bretaña y los Estados Unidos.
Los geofísicos adherentes a esta teoría creían que podían demostrar, de manera definitiva, que la Tierra poseía una rigidez tal que impedía que los continentes se trasladaran por su superficie11.
Los puentecontinentistas señalaron la objeción de Jeffreys como el principal argumento en contra de la deriva 12.
Wegener pensaba que su teoría era ----geofísicamente superior a la alternativa de los puentecontinentistas.
Sin embargo, la deriva encaraba una pesada objeción geofísica.
Jeffreys levantó su objeción de mayor importancia en su trabajo The Earth y continuó presentándola aun después de la aceptación de la tectónica de placas.
Esta objeción levantó una dificultad conceptual a la teoría de la deriva y se convirtió en un argumento fundamental de los antiderivistas 13.
De acuerdo con Wegener, los continentes habían arado su camino a través del fondo oceánico, cuando derivaron a las posiciones que tienen en la actualidad.
Sin embargo, Jeffreys afirmaba que no existen fuerzas conocidas suficientes para empujar a los continentes a través del piso oceánico, y que, aun existiendo, los continentes no podrían sobrevivirían a tal viaje por la Tierra sin desmoronarse completamente, ya que el material del fondo oceánico es más fuerte que el material continental.
Jeffreys se opuso a la teoría de Wegener desde el principio.
En 1923 envió una carta a Nature estableciendo sus objeciones, que se mantendrían a través de sus escritos durante las siguientes cinco décadas.
Jeffreys decía que en las discusiones de la teoría de Wegener, y otras hipótesis geológicas, se había supuesto libremente que cualquier fuerza, por pequeña que fuera, puede deformar la Tierra en cualquier extensión solo con que actúe el tiempo suficiente14.
Criticaba el mecanismo de Wegener, consistente en una fuerza muy pequeña moviendo los continentes americanos hacia el oeste y abriendo el Atlántico detrás de ellos, mientras que la resistencia del fondo oceánico del Pacífico causaba el levantamiento de las montañas rocosas, contra la fuerza de gravedad.
Jeffreys indicó que la existencia de cordilleras montañosas de millones de años de antigüedad, demuestra que las rocas en su base pueden soportar por mucho tiempo y, a gran escala, grandes diferencias de fuerza.
La objeción geofísica de Jeffreys sobre el mecanismo de desplazamiento propuesto por Wegener, fue uno de los obstáculos más importantes para el desarrollo de la teoría de la deriva continental.
Sin embargo, un punto que resulta inesperado y que merece investigarse es que, finalmente, llegó a aceptarse el desplazamiento de las placas a pesar de que la tectónica de placas no ha resuelto claramente el mecanismo que lo provoca.
----EL PROGRAMA DE INVESTIGACIÓN PERMANENTISTA La teoría de la isostasia no solo se contrapone a la teoría de la contracción, sino también a la forma en que la teoría de los puentes intercontinentales explica la distribución orgánica.
De aquí deriva, lógicamente, la teoría de la permanencia, difundida especialmente entre los geólogos americanos.
B. Willis la formula de la siguiente manera: las grandes cuencas marinas son rasgos permanentes de la superficie terrestre, que desde que el agua formó mares se instalaron en el mismo lugar que actualmente ocupan.
De hecho, al estudiar la naturaleza somera de los sedimentos depositados sobre los continentes, los bloques continentales son, como tales, rasgos permanentes en la historia de la Tierra.
La imposibilidad de interpretar las cuencas marinas actuales como puentes continentales hundidos, debido a la aceptación de la isostasia, da como resultado una permanencia general de las cuencas marinas y de los continentes.
De esta manera, la formulación de la teoría de la permanencia debida a Willis, aparece como una conclusión lógica de los conocimientos geofísicos, olvidando el postulado sobre antiguas conexiones continentales.
Wegener escribió: «...asistimos al singular espectáculo de que se defienden simultáneamente dos teorías completamente opuestas sobre la antigua configuración de la Tierra: en Europa existe una adhesión casi universal a la teoría de los antiguos puentes continentales, y en América se defiende casi exclusivamente la teoría de la permanencia de los continentes y las cuencas marinas profundas».
En América la geología comenzó relativamente tarde y se desarrolló paralelamente a la geofísica, lo cual tuvo como consecuencia que los resultados de esta ciencia hermana se aceptaran más completa y rápidamente que en Europa, no existiendo ninguna tentación de convertir la teoría contraccionista en uno de los postulados básicos.
Muy diferente era la situación en Europa, donde antes de que la geofísica hubiera ofrecido sus primeros resultados, la geología se había desarrollado ya durante largo tiempo, alcanzando una síntesis general concretada en la teoría de la contracción.
Es por ello comprensible que para muchos geólogos europeos resultara difícil liberarse de su tradición geológica, y que por ello recibieran los resultados provenientes de la geofísica con una desconfianza que nunca llegó a desaparecer.
Wegener se preguntaba: «...¿Cuál es la verdad?
La Tierra no puede tener más de un rostro a la vez.
¿Hubo puentes continentales, o bien estuvieron siempre los continentes separados por mares profundos?
Es imposible rechazar la reivindicación sobre las antiguas conexiones terrestres si no queremos renunciar por completo a comprender el desarrollo de la vida en la Tierra.
Pero es igualmente imposible rehuir los argumentos con los que los partidarios de la teoría de la permanencia rechazan los intercontinentes hundidos.
De lo anterior, queda solo una posibilidad: tiene que existir un error oculto en las suposiciones tomadas como evidentes».
Para Wegener, éste es el punto de partida de la teoría de la deriva continental: la suposición, evidente tanto para la teoría de los puentes continentales como para la de la permanencia, de que la situación relativa de los bloques continentales no ha cambiado, es falsa.
Es decir, que los continentes deben haberse movido 15.
Wegener se preguntaba por qué si los movimientos verticales de las masas continentales son posibles, no podía pensarse también en la posibilidad de desplazamientos horizontales.
Wegener asume que el material que forma el piso de los océanos se extiende bajo los continentes, iguala este material con el sima de Suess y lo identifica con el basalto.
Da el nombre de sial al material granítico, y gneis al que compone a las formas continentales.
Considerar el sial como una capa discontinua, que limita masas continentales, resultó un cambio perceptible a la interpretación de Suess de una capa continua, e hizo posible para los continentes el movimiento horizontal, similar al de una balsa.
La teoría de Wegener era la más acorde con el conocimiento vigente, y desplazaba a la síntesis que había hecho Suess a fines del siglo anterior 16.
Algunos geólogos americanos conservadores creyeron en la permanencia de los rasgos de la Tierra.
Willis fue el principal exponente de los permanentistas, y censuró al contraccionismo en sus principios.
Cuando se familiarizó con los datos de la radioactividad, cuestionó la idea que la Tierra se había estado enfriando a través de su historia.
Willis se dio cuenta de que ya no se podía apelar a los puentes de tierra hundidos, e invocó una hipótesis adicional para explicar los datos paleontológicos.
El punto débil de la teoría permanentista era que no daba una explicación coherente acerca del registro fósil.
Willis propuso, originalmente, un hundimiento periódico de mares poco profundos, lo cual ocurrió cuando la cuenca oceánica llegó a llenarse con sedimentos erosionados de los continentes.
Mientras los mares fueron someros, pudo ocurrir una proliferación de las formas de vida, que podían migrar a través de mares superficiales 17.
Willis intentó aumentar el poder explicativo del permanentismo para los aspectos biológicos y paleontológicos mediante las conexiones ístmicas.
En 1926 propuso una conexión ístmica como ruta migratoria de las formas de vida, las cuales se habían extendido a continentes separados por océanos.
Willis expresó: «Sugiero que se puede encontrar una conexión ístmica entre América del Norte y América del Sur.
Se conoce que esos dos continentes han estado largamente separados y solo recientemente, geológicamente hablando, se han unido.
La unión es resultado de la elevación orogénica de la cordillera entre el Caribe y el Pacífico profundo, favorecida por acumulación volcánica.
El Istmo, ahora, forma un puente de tierra a través de un estrecho ecuatorial que constituye parte del mar de Tethys, y que en épocas geológicas anteriores permitió el paso de corrientes oceánicas.
Homólogamente, la cordillera que ahora transporta el istmo puede ser trazada a través del Atlántico y debajo de otros océanos del hemisferio sur, y puede transportar cadenas de islas o continuas conexiones ístmicas, que expliquen la distribución pasada de los organismos» 18.
Esta hipótesis fue una ayuda al permanentismo, pero es cuestionable.
Incluso Charles Schuchert, un paleontólogo permanentista, no quedó completamente satisfecho con la hipótesis de Willis, pues sugirió la necesidad de unos cuantos puentes de tierra hundidos como adición a las conexiones ístmicas.
Los programas contraccionista y permanentista tenían diferencias de opinión en cuanto a cuáles eran los datos más importantes que necesitaban explicación.
Los contraccionistas pensaban que los datos biológicos y paleontológicos eran los más importantes, y así postularon puentes de tierra tantas veces como lo requiriera el registro fósil.
Los permanentistas, por su parte, consideraban que los datos geofísicos eran los más importantes; argumentaron contra la existencia de puentes de tierra y en favor de la permanencia de los continentes y del suelo marino.
Wegener pensaba que los contraccionistas ponían énfasis en lo paleontológico y los permanentistas en lo geofísico.
En general, los permanentistas fueron estadounidenses y los contraccionista, europeos.
Willis señalaba que las grandes cuencas oceánicas son rasgos permanentes de la superficie de la Tierra, y han existido donde están ahora con cambios moderados de la línea de la costa.
Dana publicó en Nature una recapitulación de sus razones para sugerir, desde 1846, que «los continentes siempre han sido continentes...y nunca han cambiado su sitio con los océanos».
En una serie de artículos publicados en 1873, desarrolló una teoría sobre la formación de las montañas y el origen de los continentes y los océanos, donde discutía los problemas de la subsidencia, levantamiento, deformación y metamorfismo como aspectos ----18 WILLIS, B. (1928), «Continental drift», en Theory of continental drift: A symposium on the origin and movement of land masses both inter-continental and intra-continental, as proposed by Alfred Wegener, Tulsa, Oklahoma, The American Association of Petroleum Geologists, pp. 76-82. esenciales de la orogenia 19.
Dana propuso un modelo basado en la idea de una Tierra que se va contrayendo, la cual, inicialmente, estaba en estado de fusión y actualmente está en proceso de enfriamiento y solidificación.
Dana proponía que, en el momento inicial de la solidificación de la superficie, había grandes áreas de composición granítica, mientras que otras estaban compuestas de corteza basáltica.
La corteza, por lo tanto, debía acomodarse a esta contracción, lo que determinaba el desarrollo de fuerzas compresivas laterales dentro de la zona cortical.
Debido a la diferencia de nivel entre las depresiones y altiplanicies, la corteza basáltica de las depresiones actuaría como una palanca de la corteza granítica.
Por consiguiente, la presión lateral se dirigiría desde las depresiones oceánicas hacia las mesetas continentales.
En un primer momento, estas presiones habrían causado un arqueamiento o flexión general de las mesetas, produciendo amplios abombamientos encima del nivel del mar y también vastas depresiones.
Así se habría iniciado la erosión y el transporte de materiales rocosos desde las áreas levantadas, y, luego, su depósito en las depresiones como sedimentos.
El proceso continuaba por ajuste isostático.
Esta expresión indicaba el movimiento vertical de una sección de la corteza terrestre, respondiendo a un aumento o disminución del peso, según la erosión y la sedimentación, combinado con la presión lateral continuada.
A medida que los sedimentos se hundían a mayores profundidades, entraban en zonas de temperaturas más altas que los reblandecían fuertemente, o los fundían.
La presión lateral podía liberarse por los intensos plegamientos y fracturas de la zona que se iba debilitando, lo que conducía a la formación de cinturones de montañas con los estratos replegados.
Este es el origen del concepto de geosinclinal, por el que más se recuerda a Dana en la actualidad.
Así, el modelo explicaba la formación de los continentes y de las cuencas oceánicas, y, dentro de los continentes, la diferencia entre montañas plegadas, llanuras y plataforma continental.
Se aplicó con gran éxito a América del Norte, donde las cordilleras más importantes son adyacentes a los océanos Pacífico y Atlántico 20.
Tanto en la hipótesis de Dana como en la de Suess, el modelo de una Tierra enfriándose y contrayéndose consideraba a los continentes y cuencas oceánicas como elementos primordiales e, implícitamente, negaba la posibilidad de desplazamientos laterales importantes de las masas continentales a través de los océanos.
Puesto que estos conceptos parecían explicar con éxito una amplia gama de fenómenos geológicos, la mayoría de los geólogos los acepta----- ban, a pesar de reconocer que existían dificultades.
Por ejemplo, el concepto de orogénesis de Dana era más difícil de aplicar en Europa y Asia que en América del Norte.
No es extraño, pues, que cualquier idea a favor de que los actuales continentes podían haberse separado de una masa primordial continua, pudiera parecer absolutamente herética a las primeras generaciones de geólogos.
ASOCIACIONES Y RUPTURAS ENTRE TEORÍAS RIVALES
Cuando Wegener propuso su teoría de la deriva continental, el problema de las distribuciones geográficas disyuntas había recibido fuerte atención.
En ese sentido, dos alternativas fijistas, la teoría de los puentes de continentes hundidos y el permanentismo, fueron las primeras en intentar resolver el problema.
Los puentecontinentistas, liderados por Suess y otros geólogos europeos y paleontólogos, postulaban la existencia de continentes primitivos o puentes de continente masivos que se extendían a través de regiones oceánicas y proporcionaban rutas migratorias para varias formas de vida.
Los permanentistas, por su parte, intentaban explicar la expansión de las floras y faunas disyuntas, sin recurrir a la postulación de conexiones primitivas de tierra; sólo se interesaban por los puentes continentales existentes, como el Estrecho de Bering y América Central, en conjunto con los cambios en el nivel del mar, que permitían una movilidad grande de las formas de vida en comparación a lo admitido por los puentecontinentistas.
A la luz de las dos alternativas fijistas, Wegener desarrolló una estrategia más integral para dar una solución a las distribuciones disyuntas.
Inicialmente, se alió con los puentecontinentistas contra los permanentistas, en tanto que los primeros creían que el registro paleontológico y geológico requería la postulación de conexiones intercontinentales pasadas.
Sin embargo, después rompió su alianza con los puentecontinentistas, argumentaba que su teoría de la deriva continental ofrecía una mejor solución al problema debido a la superioridad de su visión en los terrenos paleontológico y geofísico.
LA ALIANZA DE WEGENER CON LOS PUENTECONTINENTISTAS
Entre los trabajos de los puentecontinentistas, Wegener recurrió al del renombrado paleontólogo alemán T. Arldt, quién en 1917 proporcionó una sinopsis de las opiniones de veinte paleontólogos importantes concernientes a la existencia de ocho conexiones intercontinentales.
Para Wegener, los resultados eran claros.
El primer puente continental desapareció después del co-mienzo del jurásico, el segundo a principios, o mediados, del cretácico, y el tercero en la transición entre el cretácico y terciario.
El puente continental restante, que conectaba América del Norte con Europa, aunque frecuentemente estaba sumergido, no desapareció hasta el cuaternario.
La duración y localización de estas conexiones fijaron lo que postuló Wegener sobre el rompimiento de su Pangea.
Wegener discutió dos puentes hipotéticos que conectaban la Antártida con la Patagonia y Australia.
El resumen de Arldt revelaba que un gran número de paleontólogos no creían en la existencia de estos puentes, a diferencia de Wegener.
Habiendo utilizado los datos y argumentos de los puentecontinentalistas para desarrollar una evidencia general de varias conexiones continentales, respaldadas por muchos puentecontinentistas y constitutivas de su propia teoría, Wegener reforzó su apelación de conexiones transatlánticas citando un número de casos específicos de la literatura de los puentecontinentistas, tomando los que le parecieron más sólidos.
Entre los estudios citados por Wegener, estaban los que consignaban el porcentaje aparentemente alto de reptiles y mamíferos idénticos a ambos lados del océano Atlántico, incluido el de Arldt.
También citaba los resultados de un estudio sobre la flora de Groenlandia, como indicativos de una conexión primitiva.
Dirigiendo su atención al Atlántico Sur, Wegener mencionaba a los géneros Mesosaurus, Glossopteris y Manatus.
Mesosaurus fue un pequeño reptil mesozoico que habitaba aguas dulces (por lo tanto incapaz de atravesar los océanos), cuyos restos han sido localizados exclusivamente en Brasil y África.
Los helechos del género Glossopteris tuvieron un papel importante en el debate, pues fueron comunes en los continentes australes durante finales del paleozoico, y su descubrimiento generó una especulación muy intensa por parte de paleontólogos y paleoclimatólogos.
La distribución de las vacas marinas del género Manatus se restringía exclusivamente al oeste de África y a América Central y Sur, e impresionó particularmente a Wegener porque estos organismos viven en arroyos y aguas marinas cálidas y someras, aunque son incapaces de nadar a través del océano Atlántico.
Wegener posteriormente rompió con los puentecontinentistas, pues argumentó que su teoría de la deriva daba una mejor solución a las distribuciones geográficas disyuntas.
Asimismo, explicaba mejor aquellos casos donde la masa continental A tenía formas de vida que se asemejan a aquellas de la masa continental B, pero absolutamente diferentes de las de la masa continental C, aun cuando A estuviera más cerca de C que de B. Wegener explicaba que A había estado más cerca de B que de C cuando las formas de vida similares florecieron, pero que la deriva había llevado a las respectivas masas continentales en sus posiciones actuales.
Otro argumento biológico de Wegener, en favor de su teoría, fue su aplicación a la sorprendente fauna australiana del pasado y el presente.
En relación con la fauna australiana, Wegener citaba a Wallace y señalaba que éste ya había reconocido una clara clasificación de esa fauna en tres elementos de diferente antigüedad.
El elemento más antiguo se encuentra, fundamentalmente, en el suroeste de Australia, y muestra una interrelación con la fauna de la India y Ceilán, en particular, pero también con las de Madagascar y Suráfrica.
En esta asociación se encuentran representantes que gustan del calor, como sucede con las lombrices, que evitan los suelos helados.
Esta asociación se remonta al tiempo en que Australia y la India estaban unidas.
La segunda asociación faunística de Australia es muy conocida, porque a ella pertenecen una serie de mamíferos peculiares, como los marsupiales y los monotremas, que se encuentran diferenciados de las fauna de las islas de la Sonda (frontera de los mamíferos, de acuerdo con Wallace).
La tercera asociación faunística, la más reciente, es la que ha emigrado de Sonda estableciéndose en Nueva Guinea, y ha comenzado a colonizar el noreste de Australia.
El dingo, los roedores, los murciélagos y otros mamíferos han emigrado a Australia durante el post-plioceno.
Las tres subdivisiones de la fauna australiana concuerdan perfectamente con la teoría de los desplazamientos.
Dice Wegener que precisamente estas circunstancias nos muestran de la forma más clara posible la superioridad de la teoría movilista sobre la de los puentes hundidos, incluso si nos atenemos únicamente a hechos biológicos.
De hecho, la fauna australiana va a proporcionar el material más importante con el que la biología puede contribuir al problema general de los desplazamientos continentales.
Partiendo de la división tripartita de los animales australianos, Wegener argumentaba que la naturaleza de cada grupo, así como sus diferencias, podrían ser explicadas solo por su teoría de la deriva.
El elemento más antiguo se origina en el momento en que Australia estaba aún conectada con la India.
El segundo elemento faunístico muestra una relación de parentesco con la fauna sudamericana.
En cuanto al tercero, Wegener lo interpreta como indicador de un cambio rápido de la fauna y flora, el cual comenzó en un tiempo geológico reciente.
La otra objeción de Wegener a la teoría de los puentes continentales era geofísica más que biológica.
La consideró una objeción muy seria, y en ello estuvo de acuerdo con los permanentistas.
Consistía en que la doctrina de los puentes continentales hundidos era incompatible con el principio de la isostasia.
Si se aceptaba este principio, los puentecontinentistas no tenían un modo razonable para hundir los puentes continentales que postulaban dentro del fondo oceánico, a menos que ocurriera un proceso de sobrecarga que incrementara la densidad de los puentes lo suficiente para que se hundieran.
Sin embargo, no se tenía conocimiento de ningún proceso que aumentara su densidad.
Por ello, no sorprende que Wegener adujera que su teoría ofrecía una mejor solución a las distribuciones geográficas disyuntas, comparada con las hipótesis permanentista y de los puentes continentales.
Aunque los puentecontinentistas ofrecían una explicación a la distribución biológica, tanto actual como pasada, contradecía el principio de isostasia.
Wegener criticaba también a los permanentistas, que eran incapaces de explicar el registro paleontológico, en el que había abundantes casos de formas terrestres similares separadas por vastos océanos.
En su opinión, los permanentistas no daban realmente una solución satisfactoria a las distribuciones geográficas disyuntas.
Desde luego, hubo respuestas de los puentecontinentistas.
Hubo ataques abiertos a la solución que proponía Wegener, y se señalaron contraejemplos.
En 1923 se llevó a cabo un simposio, sostenido por la Real Sociedad de Suráfrica, sobre la distribución de formas de vida en el hemisferio sur y su relación con la hipótesis de Wegener a las distribuciones geográficas disyuntas.
Hubo objeciones a la teoría wegeneriana, como la del botánico Compton, que consideraba a la evidencia de la distribución vegetal como totalmente opuesta a la teoría de Wegener; o la del entomólogo Perigwag, el cual consideraba que la teoría de los puentes continentales explicaba más fácilmente la distribución de los insectos.
Otra acusación general fue la de E. W. Berry, un eminente paleontólogo americano.
En el primer encuentro internacional sobre la teoría de la deriva, auspiciado en 1926 por la Asociación Americana de Geólogos Petroleros (AAGP), Berry formuló que la teoría de Wegener, desde el punto de vista paleontológico, provocaba más problemas que los que resolvía.
El paleobotánico europeo L. Diels presentó varias objeciones a la solución dada porWegener a las distribuciones disyuntas, argumentando que era incompatible con los datos de la paleobotánica, ya que la flora del este de América del Norte estaba ligada con la flora del este de Asia más que con la de Europa.
La flora vestigial de Europa no era parecida a la de América del Norte, pero estaba relacionada con la flora asiática y la flora autóctona de Australia; era tropical más que de climas fríos como debiera esperarse de acuerdo a la teoría de Wegener.
Otras objeciones vinieron de tres paleontólogos altamente respetados, quienes estaban entre los defensores más vehementes de la hipótesis de los puentes continentales: J. W. Gregory, C. Schuchert, y H. von Ihering.
Gregory, un líder entre los paleontólogos británicos que defendían la hipótesis de los puentes continentales, estableció una objeción general para la solución dada por Wegener a las distribuciones geográficas disyuntas.
Objetó que Wegener era incapaz de explicar las similitudes biológicas a ambos lados del Pacífico.
Él pensaba que estas similitudes eran tan forzadas como las encontradas en las líneas coste-ras del Atlántico.
Argumentaba a favor de los puentes continentales y postulaba puentes de conexión a través del Pacífico.
Shuchert, paleontólogo americano que surgió de una tradición europea puentecontinentista, argumentó a favor de esta escuela en el simposio de 1926 de la AAGP, donde hizo varias objeciones a la solución de Wegener.
En particular, él estaba de acuerdo con la objeción de que la teoría de Wegener rompía la conexión entre el este de Rusia y Alaska.
Schuchert optó por la teoría de los puentes continentales, pues pensaba que ésta podría explicar la dispersión de formas de vida lejanas con mayor facilidad que la hipotética pangea de Wegener.
Von Ihering expresó su absoluto menosprecio por la teoría de Wegener, afirmando que unir las líneas de la costa de África y América del Sur era una idea ingenua, y que entraba en directa oposición a todos los hechos probados por los estudios geológicos y la distribución geográfica de los animales.
Consideró además que la teoría de los puentes continentales era superior a la hipótesis de la deriva, con base en que los bordes del Pacífico eran necesarios y que el Atlántico sur requería conexiones continentales intermitentes.
La respuesta crítica de los puentecontinentistas se puede sintetizar en tres puntos: (1) que las notables similitudes entre formas de distribución disyunta se explicaban mejor y más económicamente por la teoría puentecontinentista que por la teoría de la deriva continental; (2) que la deriva hacía extremadamente difícil explicar muchas formas disyuntamente distribuidas, especialmente las transpacíficas; (3) que en el caso específico de la distribución de Glossopteris, su hallazgo en Rusia se explicaba más fácilmente dejando a los continentes en sus posiciones actuales que recurriendo a la reconstrucción de la pangea wegeneriana 21.
El permanentismo también desarrolló soluciones a las distribuciones geográficas disyuntas.
Schuchert 22 y Willis 23 presentaron una alternativa.
Schuchert resumió los datos paleontológicos y modificó su posición, de un puentecontinentista que requería conexiones intercontinentales sustanciales pasó a ---- ser un permanentista generoso que requería solo enlaces ístmicos entre los continentes.
Willis, un líder entre los geólogos americanos y un fuerte opositor a las teorías de la deriva y de los puentes continentales hundidos, proporcionó a Schuchert suficientes puentes continentales en la forma de conexiones ístmicas para explicar los datos paleontológicos.
A diferencia de los puentes continentales, las conexiones ístmicas no estaban sujetas a la objeción geofísica concerniente al principio de la isostasia.
La más completa y vehemente defensa paleontológica del permanentismo fue de G. G. Simpson (1902Simpson ( -1984)), uno de los paleontólogos más influyentes en América, quien extendió, en gran medida, el trabajo de otro eminente paleontólogo americano, W. D. Matthew, y desarrolló una solución permanentista sofisticada a las distribuciones geográficas disyuntas.
Además, Simpson lanzó un fuerte ataque contra los defensores de la deriva continental y los puentecontinentalistas.
En su momento, A. du Toit contestó defendiendo la deriva, y C. Longwell continuó el debate.
Simpson desarrolló su solución para explicar la distribución disyunta de los mamíferos, y delineó tres tipos de rutas de dispersión.
La primera, a la que denomina corredores o pasillos, son conexiones de tierra que permiten el paso de los animales en ambas direcciones.
La segunda, llamada puentes filtro, combina una conexión terrestre con algún factor adicional, como el clima, de forma que elimina algunos posibles migradores.
Por ejemplo, parece improbable que los animales de climas cálidos cruzaran el estrecho de Bering cuando estaba emergido entre Asia y América del Norte durante el Pleistoceno; el pasaje estaba abierto únicamente cuando el nivel del mar descendía en las épocas más frías de las glaciaciones.
La tercera categoría, las rutas sweepstake, toma su nombre de la pequeña proporción de vencedores respecto al gran número de perdedores; los raros vencedores son aquellos que sobreviven a los viajes fortuitos y tienen éxito al colonizar áreas aisladas.
A diferencia de los pasillos o los puentes filtro, que favorecen la homogeneidad final de las faunas a ambos lados del corredor, las rutas sweepstake impulsan el establecimiento de poblaciones de baja diversidad y ecológicamente desequilibradas 24.
Las tres rutas que define Simpson son las disponibles para los animales terrestres en general y, especialmente, para los vertebrados superiores.
Sin embargo, el mismo tipo de conexiones debería influir también sobre la dispersión de organismos marinos, como los invertebrados que habitan los fondos marinos.
Simpson dice: «La opinión más radicalmente sostenida que todavía defienden algunos investigadores competentes implica la teoría del desplazamiento de continentes.
Hay varias ----versiones contradictorias de esta teoría, pero todas suponen que los bloques continentales primeramente tenían relaciones y posiciones completamente distintas sobre el esferoide terrestre(...).
Los geólogos están muy lejos de coincidir, no solo en los detalles del proceso, sino incluso en si realmente se produjo.
La mayoría de los geólogos americanos creen que no. Los geólogos europeos están más divididos en la opinión.
La mayoría se inclina a aceptar la probabilidad del desplazamiento de los continentes.
Los geólogos sudafricanos son particularmente adictos a la teoría, en gran parte por la influencia personal de un expositor capaz e inspirado, A. du Toit, que trabajó y enseñó en Suráfrica».
Sin embargo, Simpson sentenciaba: «creo que puede decirse que lo que se sabe en realidad de la geografía actual y pasada de los animales y plantas no apoya la teoría del desplazamiento de los continentes» 25.
Simpson desdeñó mucha de la literatura relacionada con las distribuciones geográficas disyuntas, y fue poco clemente en su trato crítico con Wegener y Toit.
A lo largo de su ataque, se concentró en mostrar que sus oponentes habían sobrestimado toscamente el número de casos legítimos de organismos disyuntamente distribuidos, mediante la utilización de datos inexactos, basados en criterios taxonómicos inadecuados o en identificaciones erróneas de especímenes fósiles.
Junto con el descrédito de sus competidores, su ataque tuvo el efecto de disminuir considerablemente el número de casos legítimos de formas disyuntamente distribuidas.
Pero, ¿cuál fue la respuesta de Toit al ataque de Simpson?
Simplemente dio un paso atrás.
Aceptó que se había sobrestimado la importancia de la deriva continental como solución para las distribuciones geográficas disyuntas en la evaluación general de la teoría.
Sin embargo, enfatizó que este paso atrás se debió, como el mismo Simpson aceptaba, a que la base de datos biogeográficos era incompleta e informal.
Toit también intentó hacer a un lado el trabajo de Simpson, argumentando que la distribución de los mamíferos realmente se modeló poco después de que muchos movimientos laterales de la deriva hubieran ocurrido, y que sus patrones eran muy diferentes a los mostrados por los invertebrados y las plantas.
La defensa de Simpson del permanentismo influyó fuertemente entre los zoogeógrafos norteamericanos.
Casi sin excepción, se adhirieron a esta postura y argumentaron contra la deriva como solución a las distribuciones geográficas disyuntas.
A. Romer fue el más prominente de los pocos zoólogos norteamericanos de vertebrados que mostraron simpatía por la hipótesis de la deriva continental antes del surgimiento del paleomagnetismo, entre la década de los años ----40 y 50.
Romer, un especialista en tetrápodos, comparó los reptiles del Pérmico y los anfibios de depósitos en Texas y Checoslovaquia, y encontró que la fauna era extremadamente similar, mostrando que el grado de similitud fue mayor durante el Pérmico que en la actualidad.
Sin embargo, señala Frankel, Romer expresó su conclusión con cautela y fue renuente a elegir entre las hipótesis de los puentes de tierra entre continentes y de la deriva continental.
Los especialistas americanos en zoología de invertebrados y fitogeografía, también siguieron las enseñanzas de Simpson.
El líder americano en entomología, P. J. Darlington Jr., defendió la solución permanentista para las distribuciones geográficas disyuntas.
A finales de los cuarenta, y durante los cincuenta, Darlington tuvo poca simpatía por la teoría de la deriva, aunque, al menos, estaba dispuesto a considerarla.
Entre los fitogeógrafos, D. Axelrod, R. Chaney, y W. Darrah se mantuvieron como líderes permanentistas de entre todos los que han pugnado contra la solución de la deriva.
Axelrod, por ejemplo, no la aceptó hasta que poco después la comunidad de las ciencias de la Tierra la estableció formalmente mediante la tectónica de placas.
El consenso general de la comunidad científica americana en favor del permanentismo fue expuesto durante el simposio de 1949, The problem of land connections across the South Atlantic, with special reference to the Mesozoic, celebrado en Nueva York por la Sociedad para el Estudio de la Evolución.
De los 17 participantes, solo tres mostraron apoyo a la teoría de la deriva continental.
Ellos eran Romer, W. Camp y el fitogeógrafo K. E. Castor.
Romer, en el simposio, citó a Mesosaurus como la más fuerte evidencia para las conexiones transatlánticas suramericanas, ya que sus restos habían sido encontrados solo en Sudáfrica y América del Sur, y nadie podría afirmar que esta especie fue capaz de cruzar el océano Atlántico Sur.
Frankel 26 ha presentado argumentos, aparentemente, persuasivos y detallados a favor de la tesis según la cual el debate sobre las distribuciones biogeográficas disyuntas, tanto antiguas como actuales, quedó resuelto por los avances en oceanografía y paleomagnetismo.
La tesis central, que sostiene es que la biogeografía, que posee una base de datos inadecuada, debe fundarse en otra ciencia, la geología, que tiene un mejor sustento de información.
De acuerdo con Craw 27, el capítulo de Wegener «Argumentos paleontológicos y biológicos», propone hipótesis biogeográficas falsables, aunque éstas fueron ignoradas por los críticos inductivistas y permanentistas, principalmente Simpson.
La ----crítica esencialmente inductivista de Simpson involucra supuestos ad hoc respecto a la dispersión.
Incluso, es de notar que Simpson, cuyos puntos de vista eran muy diferentes a los de Léon Croizat, rehusó siquiera considerarlos dedicándose únicamente a desacreditarlos.
Craw señala que, comparando solo una parte del capítulo VI de Wegener con trabajos biogeográficos posteriores, como los de Brundin28 y Rosen29, se aprecia la amplia corroboración de las predicciones de Wegener.
El enfoque inductivista de Simpson revela, claramente, su creencia de que la ciencia avanza mediante la lenta acumulación de hechos más que por la producción de conjeturas audaces, es decir en un modelo ad hoc para la adquisición del conocimiento, que implica verificación y certeza de conocimiento, más que falsabilidad.
Señala Simpson «toda la evidencia crucial a favor de la tectónica de placas se adquirió después del trabajo de Wegener, Du Toit, y otros proponentes tempranos de la deriva continental.
Fue esto y no la hipótesis y los argumentos de los pioneros lo que hizo al principio plausible la deriva continental y al final, virtualmente incontrovertible»30.
LA RESPUESTA DE LOS DERIVISTAS
No todo estaba oscuro para la solución de Wegener al problema de las distribuciones disyuntas.
Mucho apoyo provino de Toit y los paleobiogeógrafos, especialmente aquellos especializados en fitogeografía.
Wegener ofreció apoyo adicional a las distribuciones geográficas disyuntas en las últimas ediciones de su obra.
En su último trabajo, Wegener tocó los aspectos fitogeográficos de las distribuciones geográficas disyuntas, uniéndolos con los paleoclimáticos.
Debido a que las plantas están más sujetas a factores climáticos que los animales, este trabajo tuvo más efecto en la comunidad paleofitogeográfica en comparación con la zoológica, donde no tuvo mucha repercusión.
A. du Toit, en cambio, atribuyó más peso a la solución de la deriva que cualquier otro defensor de la teoría de Wegener.
Sin embargo, su énfasis sobre la solución de la deriva a las distribuciones geográficas disyuntas entró lentamente, pues él, al inicio, no atribuyó mucha importancia a este punto, hasta 1937, cuando publicó Our wandering continents.
----El mayor apoyo a las ideas de Wegener provino de los fitogeógrafos.
Entre los zoogeógrafos, parece que los especialistas en invertebrados apoyaban más la deriva continental para explicar las distribuciones disyuntas que sus colegas especializados en vertebrados.
Ciertamente, el caso de los ataques más fuertes contra la solución de la deriva vino de los paleontólogos de vertebrados.
Otros de los que ofrecían apoyo a la solución de la deriva lo hacían moderadamente, con observaciones preventivas, en donde mencionaban herrores en los datos, soluciones alternativas o la pesada objeción geofísica que la deriva tenía que encarar.
El principal fitogeógrafo que optó por la solución de la deriva para las distribuciones geográficas disyuntas fue el paleobotánico británico, A. C. Seward.
En un escrito de 1929, dirigido a la sección de botánica de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, Seward reafirmó su simpatía por la solución de la deriva, aunque admitió que existían serias objeciones a la hipótesis de Wegener.
Sin embargo, la consideraba como una hipótesis que merecía ser probada y defendida.
Los extensos depósitos glaciares del permocarbonífero habían sido descubiertos en todos los continentes del sur, incluida la India, y estaban asociados con Glossopteris.
Wegener y los otros derivistas pensaban que la solución de la deriva a esos depósitos glaciares era una buena razón para aceptarla, resolviendo el problema al reunir los continentes del sur y la India alrededor del polo sur.
Seward, como muchos paleobotánicos, creía que las plantas son mucho mejores indicadores de la temperatura de los climas pasados que los animales.
Argumentaba que la localización de la flora en el permocarbonífero requería climas completamente diferentes a los actuales, y utilizó esta tesis, junto con la distribución de Glossopteris, como un apoyo a la deriva.
Seward también tuvo influyó en disyuntas en algunos de sus estudiantes, como J. Walton, B. Sahni y R. Good.
Sahni, quien más tarde se convirtió en el paleobotánico más respetado, miembro de la Royal Society, defendió la solución de la deriva hasta su muerte, en 1949.
A mediados de los treinta presentó un nuevo argumento a favor de la deriva basado en la proximidad de la flora de Glossopteris con la flora Cathaysiana (Gangamopteris) de China.
Argumentaba que la India debió haberse movido hacia el norte como lo sugirieron Wegener y Toit.
Good fue otro de los estudiantes que defendió enérgicamente el argumento fitogeográfico.
Comenzó apoyando la deriva a finales de los treinta, con su trabajo Geography of flowering plants, y continuó defendiéndola a lo largo de la aceptación de la tectónica de placas a finales de los sesenta en ediciones subsecuentes de su libro.
Hoeg, un paleobotánico europeo, no deseaba apoyar a la teoría de la deriva, pero estaba impresionado por su solución a la distribución de Glossopte-ris.
Tuvo oportunidad de examinar algunos de los hallazgos de Glossopteris en Rusia, en 1932, y concluyó que en realidad no eran de Glossopteris sino que habían sido incorrectamente determinados.
Un apoyo adicional provino de dos paleobotánicos americanos.
Uno de ellos, D. Campbell, de la Universidad de Stanford, sostenía en 1944 que la teoría de la deriva continental era la única explicación plausible de la presente distribución de las plantas.
De acuerdo con Frankel 31, aunque el respaldo de la zoogeografía no fue tan grande como el de la fitogeografía, hubo no obstante algunos zoogeógrafos europeos que apoyaban la teoría de la deriva continental, incluidos unos pocos británicos, pero difícilmente había algún norteamericano que respaldara esa teoría.
En general, era más frecuente que los europeos apoyaran la hipótesis de los puentes continentales, mientras que los americanos, casi sin excepción, favorecían la alternativa permanentista.
Un europeo que apoyó decididamente a la deriva, desde los terrenos de la zoogeografía, fue L. Joleaud.
Este eminente paleontólogo francés, que en un principio creía en la teoría de los puentes continentales, cambió su postura para respaldar la teoría de la deriva continental en los primeros años de los veinte, y continuó defendiéndola hasta su último trabajo.
Joleaud, independientemente de los postulados de Wegener y Toit, desarrolló un modelo sobre el movimiento de los continentes semejante a un acordeón, que permitía las aperturas y cierres del océano Atlántico.
Apeló a la distribución de vertebrados e invertebrados para argumentar su defensa de la deriva como solución a las distribuciones geográficas disyuntas.
La recepción de la deriva por parte de los científicos australianos y neozelandeses fue predominantemente negativa.
Derivistas como S. W. Carey, L. Harrison, A. Wade, J. W. Evans y W. D. L Ride, estaban en minoría, mientras que los mayores científicos australianos, como T. W. Edgeworth David, W. R. Browne, E. C. Andrews, W. H. Bryan, E. R. Hills, A. H. Voisey y C. Teichert, eran permanentistas.
Sin embargo, debe señalarse que gran parte del trabajo respaldado por la Universidad Nacional Australiana en los cincuenta y sesenta, contribuyó enormemente a la evidencia paleomagnética en favor de la deriva continental (Frankel, 1984).
Australianos y neozelandeses comenzaron a respaldar la deriva poco después de que tuvieron conocimiento de estos estudios paleomagnéticos.
Entre los derivistas australianos se destaca S. W. Carey, quien se inclinó hacia la hipótesis de la expansión de la Tierra antes de que la tectónica de placas se convirtiera en la teoría dominante.
En la negativa a aceptar la teoría de la deriva hubo un elemento racional importante.
Esto es, no existían evidencias que apoyaran suficientemente la ---- 31 FRANKEL, H. (1979). teoría del desplazamiento continental.
Un amplio sector de la comunidad geológica se mantuvo escéptico ante esta propuesta, en tanto no hubo evidencia empírica de la expansión del fondo oceánico y la tectónica de placas.
Sin embargo, en general, la teoría de la deriva, tuvo una recepción más bien hostil en América del Norte, Australia y Nueva Zelanda, fue recibida favorablemente en Sudáfrica y la India, y recibió una aceptación mixta en Europa y América del Sur 32.
Frankel sugiere que el factor más importante que influyó en esta diferencial aceptación en diferentes regiones, fue la habilidad relativa de la deriva y el permanentismo para explicar la geología de cada región en particular.
Si la deriva podía resolver problemas regionales importantes de una mejor manera que el permanentismo, ésta recibía una aceptación más favorable.
Si ambas teorías eran más o menos eficientes para resolver el mismo número de problemas regionales de importancia, entonces los méritos relativos de cada solución y la importancia de los problemas respectivos eran significativos, aunque en tales casos la recepción era más balanceada.
En síntesis, la teoría favorecida dependía de la geología de la región.
Según Lakatos 33, un nuevo programa de investigación debe sustituir a otro ya establecido sí: (1) explica también todo lo interpretado por éstos; (2) predice hechos nuevos; (3) algunos de los hechos nuevos son confirmados.
El programa de la deriva continental sustituyó al contraccionismo y al permanentismo hacia mediados de la década de 1960.
Si aplicamos la metodología de Lakatos al desarrollo de la teoría de la deriva continental, la versión del desplazamiento de Wegener -incluso cuando se combinó con la hipótesis de Holmes y Toit-, debería satisfacer todas las condiciones.
Sin embargo, para Frankel esta metodología falla, ya que no satisface la última de las condiciones puesto que estrictamente hablando, las hipótesis auxiliares derivistas no predijeron hechos nuevos para ser corroborados 34.
Wegener, ciertamente, pensó que el desplazamiento explicaba más datos paleontológicos y geofísicos que cualquiera de los programas de investigación establecidos.
Desde luego, la gran virtud de la teoría de la deriva fue su ---- 32 FRANKEL, H. (1984), «Biogeography, before and after the rise of sea floor spreading», Stud.
33 LAKATOS, I. (1983), La metodología de los programas de investigación, Madrid, Alianza.
gran capacidad de síntesis.
Wegener recurrió a la información que provenía de la geología, geofísica, paleontología y paleoclimatología.
Es así, que la teoría de Wegener llegó a explicar más datos que la versión de Suess del contraccionismo y la teoría original de Willis del permanentismo.
Sin embargo, es dudoso que explicara todos los datos que explican las versiones del contraccionismo de Chamberlin y Jeffreys, aunque ambas se apoyan en los datos geofísicos de sus programas.
Sin embargo, el desplazamiento de Wegener predice hechos nuevos.
El más obvio concierne a la deriva de los continentes.
Puesto que Wegener mantuvo que el desplazamiento hacia el oeste de las Américas y Groenlandia todavía estaba sucediendo, o que al menos no había razón teórica para suponer que se había detenido, sugería que debía intentarse medir tal desplazamiento.
Así, la versión de Wegener sobre el desplazamiento satisface las dos primeras condiciones del modelo de Lakatos.
El punto es entonces, ¿se corroboró alguno de los hechos predichos por el desplazamiento de Wegener?
En retrospectiva sabemos que no fue así, aunque Wegener pensó que al menos uno sí había sido corroborado por el Danish Institute.
En 1922 el Instituto reportó un desplazamiento observado de Groenlandia.
Se compararon las mediciones geodésicas antiguas con los registros del propio Wegener.
La diferencia indicaba un cambio hacia el oeste de Groenlandia, si bien el desplazamiento resultó ser más rápido que lo que Wegener esperaba.
Sin embargo, la medición del desplazamiento de Groenlandia no se estableció hasta 1936, y no se reportó claramente hasta 1944 por Longwell.
Consecuentemente, parecería que la geología debería haber iniciado un cambio hacia la teoría de la deriva.
En los hechos, eso no ocurrió directamente, porque se cuestionaba con buenas razones la inferencia de Wegener sobre el corrimiento de Groenlandia.
Wegener comparó el desplazamiento aparente de Groenlandia.
El Instituto avaló la lectura que su personal había realizado en 1927, y se deslindó de la lectura de 1922.
Desde luego, a posteriori, puede considerarse que cualquiera de las dos mediciones podían tomarse como evidencia a favor de que Groenlandia se ha desplazado.
Sin embargo, en ese tiempo, el contraccionismo y el permanentismo tuvieron una buena razón para no interesarse en corroborar el nuevo hecho que proponía Wegener, debido a que la observación del 22 no era segura.
No obstante el recibimiento escéptico que tuvo en su momento la predicción de Wegener, el desplazamiento de Groenlandia constituía una predicción nueva, de acuerdo con el modelo de Lakatos.
Los adherentes de los programas contraccionista y permanentista podrían considerarse como falsacionistas ingenuos.
Es cierto que existían circunstan-cias de carácter técnico que dificultaban una estimación precisa del desplazamiento, y que, por tal razón, los integrantes de esos programas consideraron que el desplazamiento continental no había podido ser corroborado.
Sin embargo, de acuerdo con Lakatos, el falsacionismo sofisticado, a diferencia del ingenuo, considera que ningún experimento, informe experimental, enunciado observacional o hipótesis falsadora corroborada de bajo nivel pueden originar por sí mismo la falsación.
Para Lakatos los experimentos cruciales no existen, al menos si nos referimos a experimentos que puedan destruir instantáneamente a un programa de investigación.
Otro punto importante a debatir es la caracterización que hace Frankel del núcleo duro de la teoría derivista.
Para él, consiste en que los continentes se han desplazado horizontalmente entre sí.
Ciertamente, los continentes, ahora separados por vastos océanos, estuvieron una vez juntos.
Frankel no señala cómo se llega a conformar este núcleo duro.
Si bien la metodología de Lakatos no exige que así se haga, Frankel debió proporcionar una guía de las razones para caracterizarlo de esta manera.
En esos términos, se asume que además del desplazamiento de los continentes, éstos debieron haber estado unidos en un tiempo pasado.
Taylor por ejemplo, no menciona propiamente el concepto de una unión previa de los continentes y queda, por lo tanto, excluido.
Además, el contexto histórico anterior al desarrollo del programa de investigación derivista no es analizado ni considerado por Frankel.
Según Lakatos, algunos de los programas de investigación más importantes de la historia de la ciencia estaban insertados en programas más antiguos, con relación a los cuales eran claramente inconsistentes; por ejemplo, la astronomía copernicana dentro de la física aristotélica.
Tanto Wegener como Taylor consideraban el desplazamiento horizontal de los continentes.
Ello parece ser una expresión más correcta del núcleo duro del programa de investigación derivista que la ofrecida por Frankel, quien parece no haber tomado en cuenta las ideas de Snider y Taylor como evidencias a favor del desplazamiento continental para definir su núcleo duro.
Al considerar solamente a Wegener, excluye a los demás.
La heurística positiva del programa de investigación derivista se establece a partir de las líneas de desarrollo aportadas por las hipótesis auxiliares que Wegener proporciona a la teoría del desplazamiento, como son las evidencias geodésicas, geofísicas, geológicas, biogeográficas y paleoclimáticas.
Estas hipótesis auxiliares circundan al núcleo duro, que es el desplazamiento horizontal de los continentes, estableciéndose así un cinturón protector.
Otras hipótesis auxiliares desarrolladas por el programa son las de Holmes y Toit.
El desarrollo de la teoría de la deriva continental conllevó la elaboración de hipótesis auxiliares, como la de Holmes, que elaboró su teoría sobre las corrientes de convección para ex-plicar el mecanismo del desplazamiento, y la de Toit sobre las similitudes geológicas entre América del Sur y Sudáfrica, así como su idea de la existencia de dos supercontinentes, Laurasia y Gondwana, en vez de una única pangea.
Siguiendo el modelo de Lakatos, ¿sería posible establecer si el programa wegeneriano es un programa de investigación progresivo?
Si consideramos la época en que fue propuesto el programa derivista, compitiendo con los programas contraccionista y permanentista, y considerando que la primera medición que se hizo sobre el desplazamiento de Groenlandia se consideró como dudosa, no sería posible establecer si el programa de investigación derivista era un programa progresivo con respecto a los programas rivales.
Los tres programas competían en las explicaciones alternativas que daban acerca de la configuración de la Tierra, la formación de cadenas montañosas y la distribución anómala de los organismos.
Los tres explicaban de manera más o menos adecuada, la formación de montañas, aunque los más sólidos eran el permanentismo y el derivismo.
El contraccionista asociado a los puentecontinentalistas tenía tantos problemas que tuvo que ser relegado.
El programa derivista parece explicar, con evidencias más sólidas, el caso particular de la distribución geográfica anómala de algunos grupos de organismos.
Tal vez, en esa época era difícil evaluar adecuadamente esas evidencias, y fueron consideradas por algunos sectores de la comunidad como insuficientes.
Pero si visualizamos las hipótesis biogeográficas de Wegener a la luz del conocimiento actual, debemos admitir que existían evidencias claras a favor de la tesis del desplazamiento.
Desde luego, este es un juicio presentista.
Lo adecuado sería juzgar el programa derivista en su momento.
Como anteriormente se mencionó, de acuerdo con una interpretación diacrónica, el programa derivista no fue progresivo con respecto a los programas rivales.
La recepción de la teoría de la deriva continental de Alfred Wegener por parte de la comunidad científica fue heterogénea.
Fue muy discutida, tanto por adherentes como detractores, en Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Suiza, Holanda, Austria, España, India, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda, Inglaterra y Estados Unidos.
Hubo sectores específicos de la comunidad geológica a los cuales no les satisfizo la argumentación wegeneriana.
En unos casos, como en Inglaterra y los Estados Unidos, la reacción llegó a ser hostil.
En España fue bien recibida.
Sin embargo, tal parece que la oposición de ciertos sectores de la comunidad geológica no fue en todo momento racional.
Contrasta con ello el simposio de Nueva York, donde se llevó a cabo una discusión seria y se llegó a una conclusión que no la descalificaba totalmente.
Algunos textos consultados refieren que de un total de 14 participantes, cinco eran partidarios, cuatro opinaron que valía la pena analizar y discutir el nuevo enfoque, cinco emitieron opiniones negativas y fueron francamente hostiles.
Sin embargo, la opinión adversa fue la única que prevaleció, lo cual contribuyó fuertemente a que la comunidad geológica no aceptara la teoría de la deriva continental, relegándola al olvido hasta la posguerra.
La tesis del provincialismo podría ser una explicación adecuada para las diferencias de opinión existentes con relación a la teoría del desplazamiento continental 35.
El provincialismo en geología existe por muchas razones, entre otras, que los datos de la geología están literalmente ligados a la investigación de campo.
Los geólogos, en su mayor parte, deben ir al campo para examinar los datos, más que hacer experimentos en el laboratorio.
Por supuesto, existen fósiles y rocas recolectadas, así como mapas y fotografías.
Sin embargo, el trabajo taxonómico para la revisión de los ejemplares es detallado, laborioso y se dificulta si no se comparan los fósiles con los especímenes actuales.
Otro punto a considerar es que los geólogos tienen una desconfianza natural de los informes de campo de otros geólogos.
Debido a que muchas de las evidencias clásicas para la deriva continental requerían establecer semejanzas geográficas, geológicas y paleontológicas entre diferentes regiones, el carácter localista del trabajo geológico tuvo un efecto negativo sobre la deriva continental.
El provincialismo fue la causa de que muchos geólogos no trataran los problemas con una visión global y obstaculizó, en particular, la evidencia clásica sobre el desplazamiento continental, aunque tuvo poco efecto sobre la aceptación de la teoría de la expansión del fondo oceánico y de la tectónica de placas.
La evidencia clásica dependió, principalmente, de la geología continental, donde el provincialismo era un factor significativo, mientras que la evidencia moderna para la deriva continental dependió principalmente de los avances en el paleomagnetismo y de la geología submarina, donde el provincialismo tuvo poco efecto, en particular porque los equipos de trabajo tienen una visión global de la actividad que realizan.
El estatus relativo del desplazamiento fue cuesta abajo durante los años 40, y luego hizo un descubrimiento sustancial durante la mitad de los 50, a través de los estudios del magnetismo remanente, aunque no sustituyó a los programas establecidos.
Estos estudios atrajeron nuevos seguidores y despertaron interés.
El primer simposio de la posguerra sobre el desplazamiento se realizó en la universidad de Tasmania, en 1956, y se inspiró particularmente en los estudios sobre magnetismo.
Se publicaron varios libros que trataban el problema de la deriva polar y el desplazamiento continental.
El desplazamiento no se aceptaba plenamente aún, pues no había una corroboración decisiva de este ---- 35 FRANKEL, H. (1984).
Dos grupos de investigación, representados por Blackett y Runcorn, consideraron que sí había una corroboración cuantitativa del desplazamiento.
La India había migrado hacia el norte, colisionando con Asia; Norte y Suramérica se separaron de Europa y África, abriendo el océano Atlántico en el Eoceno.
Runcorn aceptó el desplazamiento porque él mismo había corroborado la apertura del Atlántico.
Sin embargo, sus estudios podían interpretarse de otra manera.
La deriva polar podía, igualmente, explicarse sin implicar desplazamientos, por lo que resultó aceptable para los miembros de los programas establecidos.
No requiere desplazamiento horizontal de la corteza, relativo a la corteza o de la litosfera en relación con la litosfera, solo de la corteza con respecto al manto, o de la litosfera con respecto a la astenosfera 36.
Tiempo después, el desarrollo de la investigación paleomagnética, el reconocimiento de la expansión del fondo oceánico por Hess y Vine-Matthews-Wilson, y la teoría de la tectónica de placas expuesta en Nature en 1967 por D. P. Mackenzie y R. L. Parker, hicieron que el núcleo duro del programa derivista cambiara.
En la concepción actual, no son los continentes los que se desplazan horizontalmente, sino son las placas tectónicas las que derivan sobre el manto terrestre.
Ello implica un cambio en el núcleo duro de la investigación derivista.
Lakatos 37 establece que el núcleo duro de un programa puede abandonarse cuando el programa deja de anticipar hechos nuevos.
La hipótesis del desplazamiento continental fue de nuevo tomada en consideración, dando lugar al desarrollo teórico de la expansión del fondo oceánico y a la teoría de la tectónica de placas.
Debemos señalar que la idea del desplazamiento continental era la cuestión clave.
Sin embargo, la teoría de la tectónica de placas no implica desplazamiento de los continentes sino de las placas, y ésta es una diferencia ciertamente importante con respecto a la teoría original de Wegener.
La teoría de la deriva continental en su aspecto estructural es más compatible con la perspectivas de Lakatos, o Laudan 38, que con la sugerencia de Kuhn 39 de un paradigma monopólico durante el periodo de ciencia normal.
Si bien se puede argumentar, de acuerdo con Kuhn, que las ciencias de la Tierra estuvieron en una etapa revolucionaria, con paradigmas en competencia, este estado perduró por cincuenta años e incluyó un significativo progreso científi-----36 FRANKEL, H. (1979).
38 LAUDAN, R. (1986), El progreso y sus problemas, Madrid, Encuentro Ediciones.
39 KUHN, T.S. (1970), La estructura de las revoluciones científicas, Méjico, Fondo de Cultura Económica.
co. Laudan enfatiza tanto los problemas empíricos como los conceptuales, lo que parece más apropiado que el énfasis que da Lakatos a las soluciones empíricas, esto es, porque muchos de los opositores subrayan la incompatibilidad conceptual entre la deriva, el manto rígido y la expansión del fondo oceánico, no evidenciándose la tolerancia que Lakatos sugiere para extenderse hacia nuevos programas de investigación, al menos entre los norteamericanos 40.
De acuerdo con Greene 41, existe también un factor político y sociológico como explicación adicional a la respuesta contra la teoría de la deriva continental: la desintegración del imperio Austro-Húngaro.
Este imperio fue el centro de origen de los grandes paleontólogos y paleogeógrafos de la última centuria, una fortaleza de la paleontología no darwiniana.
Este centro colapsó con la desintegración política, que implicó una extensa migración, reubicación de los investigadores, pérdida de una red de revistas, profesorado, patrocinio y parte de la tradición de investigación.
También implicó la disolución de la mayor comunidad de investigación y la mayor audiencia de paleogeógrafos que habían mapeado, de forma extensa, los continentes para estudios geológicos y biogeográficos.
Gran parte de la oposición a la teoría de la deriva continental de Wegener vino de autores británicos y norteamericanos, quienes no fueron sólo hostiles a su hipótesis sino a la tradición paleogeográfica representada por Wegener.
La revisión de las citas de Wegener en sus escritos sobre la deriva continental, muestran su abrumadora dependencia de los trabajos paleogeográficos de esta tradición europea, en su momento asociada con la difunta teoría geotectónica de la contracción.
El estudio histórico revela que en el desarrollo de la teoría de la deriva continental de Alfred Wegener intervinieron diversos factores, relacionados entre sí de forma compleja.
La aplicación de la metodología de Lakatos, que se restringe a elaborar reconstrucciones con pretensiones de racionalidad, no agota la interpretación.
Desde luego es de esperarse que una nueva luz interpretativa sobre la teoría de la deriva continental, de la expansión del fondo oceánico y sobre la tectónica de placas debe surgir desde la perspectiva de la sociología del conocimiento. |
fue la última de las grandes expediciones transoceánicas organizadas por España en el siglo XIX y está bien documentada gracias a los estudios de varios historiadores.
Menos se ha trabajado sobre las vicisitudes posteriores a su llegada a España de los restos humanos y las colecciones etnográficas recopiladas durante el viaje.
Además de otros restos óseos, fundamentalmente cráneos, se trajeron a España una serie de momias que fueron extraídas, junto con sus ajuares mortuorios, del sitio arqueológico de Chiu-Chiu (Bolivia, hoy Chile) por Manuel Almagro en 1864.
El artículo se dedica a reconstruir en lo posible la historia de estas colecciones por distintos museos y los estudios que se llevaron a cabo a partir de ellas.
No solo en los museos anatómicos y de medicina, sino también en los antropológicos y de ciencias naturales, durante todo el siglo XIX y en realidad mucho después, la adquisición de restos humanos formaba parte de la normal conformación de las colecciones que se consideraban necesarias para el avance del conocimiento y la exhibición, con fines educativos, pero también de entretenimiento, que eran las funciones reclamadas por este tipo de instituciones.
Así, en el Museo de la Smithsonian Institution, una de las colecciones más grandes de restos humanos de toda clase, llegaron a ser identificadas 33.000 partes de cuerpos de muy diversos orígenes (Redman, 2016).
Las diferencias, no obstante, en lo que se refiere a los distintos tipos de restos humanos conservados, así como las variaciones entre unos museos y otros son notables, y en el caso de los antropológicos, la exhibición de cadáveres, restos óseos, pero también preparaciones anatómicas de distintas partes del cuerpo, e incluso ejemplares naturalizados -como se hacía normalmente con las especies animales-, aparece como un elemento central, relacionado con los objetivos de la disciplina antropológica que tenía por objeto la exposición y explicación de las diferencias morfológicas y culturales de los grupos humanos y la historia de su conformación.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, los grandes museos antropológicos, íntimamente relacionados con sociedades e instituciones científicas, estuvieron en gran medida al servicio de los expertos e investigadores interesados en el conocimiento de los orígenes de la humanidad y sus variaciones físicas, la diferenciación racial y la historia de la difusión por el globo de los distintos tipos raciales.
Estos, definidos según diferencias craneanas, de color de piel o tipo de pelo, aparecían clasificados en una escala de valor que culminaba en la superioridad de la raza caucásica o blanca sobre el resto de los grupos humanos.
Para este trabajo era preciso contar con muestras y series suficientemente variadas y extensas (Dias, 1989), y en esta labor no solamente intervinieron, en estrecha ligazón, la arqueología y la antropología biológica, sino que a través de viajes, expediciones y donativos, pero también de otras formas de adquisición menos elevadas moralmente, como el expolio y la explotación de las poblaciones colonizadas, fueron llegando a los grandes museos de París, Londres, Berlín o Harvard, miles de esqueletos, cráneos, huesos largos, cadáveres enteros o troceados, que fueron poblando en inmenso número galerías y armarios en una panoplia, cuya imagen por sí misma es la mejor representación de la antropología decimonónica (Carminati, 2011, p.
Dentro de este tipo de colecciones, las series osteológicas, y fundamentalmente craneanas, se consideraban fundamentales para el trabajo de clasificación racial y de hecho en el museo antropológico desde sus inicios las series de cráneos constituyeron unas de las colecciones más numerosas y permanentes.
Junto a las series aparecían otro tipo de piezas que trataban de individualizar más el tipo humano; tratárase de moldes y mascarillas obtenidos sobre cadáveres, maniquíes con tipologías étnicas diversas, o directamente, con menor frecuencia, personas disecadas.
Las momias, por sus especiales características, tanto de antigüedad, fragilidad y rareza, como culturales, ya que remiten a creencias y rituales mortuorios que tienen una particular significación, fueron tratadas en estos museos siempre con un carácter específico.
En un primer momento, fueron una de las piezas o especímenes más deseados por los conservadores y museólogos antropólogos.
De hecho, uno de los primeros ejemplares conservados es la llamada momia guanche que se exhibe en el Museo Arqueológico Nacional, traída desde Tenerife como regalo para Carlos III y que ingresó en 1776 en el Real Gabinete de Historia Natural (Ortiz, 2016) 1.
Posteriormente, cuando la antropología pasó a estar guiada por elementos exactos de seriación y medición, fueron las colecciones craneanas las más útiles y valoradas, mientras que las momias, por su relación con los ritos de enterramiento, fueron consideradas más bien parte de las colecciones etnográficas y se mantuvieron en algunos museos importantes con este carácter, incluso después de que la evolución metodológica de la antropología biológica convirtiera en obsoletas las enormes colecciones de cráneos secos atesoradas (Carminati, 2011, p.
En el Museo Antropológico de Madrid, las series craneanas siguieron este mismo proceso y salieron en varios momentos para formar parte de otras colecciones anatómicas y médicas.
Sin embargo, todavía se conservan hoy en el Museo colecciones de restos humanos y ejemplares testigos de su historia científica.
El grueso del fondo de cadáveres momificados del Museo Nacional de Antropología de Madrid procede de un solo origen.
Se trata de las momias que fueron extraídas, junto con sus ajuares mortuorios, del yacimiento de Chiu-Chiu (Bolivia, hoy Chile) por Manuel Almagro durante la Expedición Científica del Pacífico (Puig-Samper, 1988; López-Ocón, 1995).
LA EXPEDICIÓN CIENTÍFICA DEL PACÍFICO
La conocida como Expedición del Pacífico (1862-1866) fue la última de las grandes expediciones transoceánicas organizadas por España en el siglo XIX.
En 1862 el gobierno de Isabel II decide que una comisión científica, formada por seis naturalistas, un ayudante disecador y un fotógrafo y dibujante, acompañara a una escuadra militar cuyo objetivo era vigilar los intereses españoles en el terreno de varias de las Repúblicas que se habían emancipado poco tiempo atrás.
El itinerario inicialmente previsto era la circunnavegación de América del Sur desde Brasil hasta las costas chilenas y peruanas por el Cabo de Hornos, llegando hasta California (Barreiro, 1926).
En la realidad el viaje se vio salpicado por numerosos incidentes y problemas, tanto internos, como externos, fundamentalmente al encontrarse en medio de un conflicto bélico entre España y Perú, y el plan de exploración sufrió numerosas cortapisas, cambios y dificultades, incluyendo la muerte en el terreno de uno de los científicos y de otro ya en España (Recio, García-Ferrer y Cortés, 2013).
Los objetivos de la comisión científica, preparada con considerable premura y precariedad, consistían muy especialmente en la adquisición de especímenes de los distintos reinos de la naturaleza y de ejemplares vivos con destino al Museo de Ciencias Naturales, el Jardín Botánico y los distintos organismos dedicados a la aclimatación y estudio práctico de animales y plantas en España.
Se incluía también entre las instrucciones redactadas para los comisionados la necesidad de recoger información, restos biológicos y materiales culturales de los distintos grupos humanos encontrados en el recorrido.
A pesar de las pésimas condiciones del viaje y del transporte de las colecciones, que conllevaron la pérdida de muchos de los materiales, como apéndice de la memoria del viaje hecha pública por Almagro aparece el inventario de las piezas obtenidas, que alcanza a más de 82.000 ejemplares (Almagro, 1866, pp. 157-174; López-Ocón, 2003a, pp. 496-498).
Colecciones obtenidas por Manuel Almagro
Como un hecho novedoso, ya resaltado por los historiadores (Miller, 1983, p.
27), entre los zoólogos, botánicos y geólogos de la Comisión, figuraba un antropólogo.
Manuel Almagro y Vega (1834-1895), pertenecía a una familia española radicada en Cuba, que llegaría a alcanzar cierta posición e incluso emparentar con el presidente de la República García-Menocal (Bar-ba, Gutiérrez y Morales, 2010).
Siguió estudios de Medicina en Madrid y París y en 1862 aprobó oposiciones al Cuerpo de Sanidad Militar, aunque no llegó a incorporarse al puesto, porque ese mismo año fue nombrado encargado de los estudios antropológicos y etnográficos de la Comisión Científica del Pacífico (Puig-Samper, Marrodán y Ruiz, 1985, p.
Aunque tras la expedición parece que Almagro no volvió a ejercer como tal, su papel dentro de la Comisión fue muy relevante y a él se deben las colecciones antropológicas y etnográficas que se conservan todavía hoy en el Museo de América y el Museo Nacional de Antropología, además de la crónica general del viaje, que le fue encargada por la comisión creada para la recepción y la exhibición de los resultados de la Expedición en 1866.
La Comisión procurará adquirir.
Una colección lo más completa posible de cráneos humanos de las diferentes razas indígenas de los países que visite la expedición.
Armas, trages, útiles de cultivo, de pesca, y caza, así como los del servicio doméstico de los pueblos salvajes; sus ídolos y artefactos serán de un gran interés para completar las colecciones histórico etnográficas.
A los dibujantes y fotógrafos se les encarga el mayor cuidado en sacar retratos de cuerpo entero de todas las razas, así como vistas de las habitaciones y de cuantos objetos inmuebles puedan servir para ilustrar la historia de las poblaciones aún salvajes o semi-salvajes (Instrucciones relativas a los ramos de las Ciencias naturales aprobadas en sesión de 7 de junio de 1862 por la Comisión Consultiva de Sres.
Académicos y Profesores de Ciencias que entendió en la formación de la agregada a la expedición marítima al Pacífico, en Puig-Samper, Marrodán y Ruiz, 1985, pp. 228-229).
La colección obtenida por Almagro, y también por Marcos Jiménez de la Espada y Juan Isern, fue considerable tanto por el número de objetos, como por su importancia cultural.
La labor del antropólogo ya encontró una primera oportunidad, aunque fallida, en las islas Canarias, durante la primera escala de la escuadra, cuando en Tenerife intentó obtener tres momias de los antiguos pobladores (Almagro, 1866, p.
9), que al parecer en un momento posterior fueron recibidas por Manuel Antón en el Museo de Antropología (Sánchez y Verde, 2003, p.
32), donde al menos hay noticias de dos de procedencia canaria.
También en Brasil consiguieron algunos cráneos y la medición antropométrica de una joven indígena.
Almagro realiza un envío desde Río de Janeiro el 4 de noviembre de 1862 consistente en una cabeza momificada de los indios "Amarelas", por un lado, y por otro, tres arcos con sus flechas, siete flechas envenenadas, dos armas en forma de sable, tres hachas de madera, tres collares, dos cocos labrados, una maza de madera, dos cinturones vegetales, un instrumento de música y distintos vestidos y objetos de plumas (Sánchez y Verde, 2003, p.
Sin embargo, será en tres viajes específicos y diferenciados donde obtendrá las colecciones antropológicas más considerables.
En junio de 1863, Almagro y el botánico de la expedición, Juan Isern, emprenderán la travesía de los Andes.
La importancia arqueológica de Perú y las características de sus antiguos pobladores estaban en el centro de interés de los antropólogos franceses y seguramente estos intereses fueron los que guiaron a Almagro en su recorrido por las regiones de la cultura Tiwanaku, Trujillo y el altiplano sur peruano (Puig-Samper, 1988, pp. 214-216; Sánchez y Verde, 2003, p.
Almagro e Isern hicieron excavaciones en sepulcros de Tiahuanaco entre el 7 y el 17 de julio de 1863: En cambio, durante su corta estancia de doce días en Cuzco Almagro no consiguió materiales de importancia, en parte por la premura del tiempo y los problemas de transporte (que fueron recurrentes durante todo el transcurso de la expedición), pero también por la competencia de otros agentes interesados en las antigüedades incaicas que estaban previamente asentados ya en el terreno.
Menciona en este sentido la colección de la aficionada Ana María Centeno, cuyas antigüedades peruanas fueron a su muerte a parar al Museo Etnológico de Berlín (Gänger, 2013), y sobre la cual Almagro afirma: la Sra.
Da Mariana Centeno (sic) posee un gabinete de antigüedades peruanas de inmenso interés, aunque es triste ver colocados al lado de soberbios guacos porcelanas vulgares de París o de Alemania.
Con frecuencia se encuentran en las cercanías del Cuzco objetos de barro, piedra, oro, plata o tumbaga, que necesariamente van a parar en manos de la Sra.
Centeno, quien si no consigue más que un ejemplar, no lo cede, esperando a tener el par, y si reúne éste, no da ninguno por no descompletarlo (Almagro, 1866, p.
La escuadra había partido para California el 26 de julio, por lo cual organizaron sendos viajes para aprovechar el tiempo de espera que les aguardaba.
Almagro viajaría a Panamá por Quito y Trujillo, mientras que la expedición de Isern se dirigiría a la zona selvática de la provincia de Tarma (Puig-Samper, 1988, p.
Almagro embarcó en Guayaquil, el 1 de diciembre de 1863 y llegó cerca de Trujillo, donde se situaba la ciudad amurallada de Chan Chan, capital del reino Chimor (Sánchez y Verde, 2003, p.
En sus cercanías, según escribe en su memoria de viaje: "en numerosas excavaciones hechas en las Huacas de Concha [Las Conchas], del Obispo, Palacio del Sol [del Sol y la Luna], se ha encontrado multitud de objetos de barro, plata, oro y tumbaga" (Almagro, 1866, p.
Sánchez y Verde consideran que los hallazgos pudieron deberse tanto a las excavaciones del propio Almagro, como al trato con expoliadores locales que proveerían al antropólogo de materiales.
Estas expertas han localizado en las colecciones del Museo de América 29 "huacos" de la costa norte, pertenecientes a la cultura chimú, y recuerdan cómo piezas de oro y plata tuvieron que ser vendidas por los expedicionarios para poder pagar sus traslados ante la falta de fondos.
Aún considerando la importancia de los objetos chimú obtenidos por Almagro, su trabajo más relevante fue la excavación de las tumbas del yacimiento de Chiu-Chiu, en el desierto de Atacama (entonces Bolivia), en el valle del río Loa, hacia donde partió el 17 de abril de 1864.
Se trataba de una zona entonces arqueológicamente inexplorada y de poblamiento y cultura mucho menos conocidas que las peruanas.
37), esta exploración de Almagro no solo fue la primera hecha sobre el terreno por un antropólogo (aunque con los condicionantes de la época y las circunstancias de un viaje no bien establecido científicamente), sino que los materiales obtenidos de las tumbas fueron, en cantidad y en calidad, muy considerables.
Almagro es al respecto tan poco específico en su libro como en el resto de los casos y solo dice que "practicó allí muchas excavaciones, de las cuales tuvo el placer de sacar numerosas momias, que con mucho trabajo han podido ser conducidas hasta Madrid" (Almagro, 1866, p.
Menciona solo que obtuvo 37 momias "de Perú y Bolivia, con los objetos encontrados en sus sepulturas" (Almagro, 1866, p.
173), que consiguió transportar atravesando el desierto de Atacama.
Esta exploración de Almagro se produce en paralelo a los hechos que desencadenaron la guerra del Pacífico con Perú, en la que la escuadra de los expedicionarios quedó involucrada y que conllevó la disolución de la comisión de los científicos, ratificada por el gobierno en enero de 1864.
La dirección de la comisión fue abandonada por Paz Membiela y, dado que el vicedirector Fernando Amor había muerto en un hospital de San Francisco durante el viaje realizado a California, fue el secretario, el zoólogo Francisco de Paula Martínez Sáez, quien tomó el mando de la expedición, decidiendo junto con sus compañeros seguir con su viaje tras ser abandonados por la escuadra en Valparaíso en abril de 1864.
El 29 de julio se recibió la autorización para el que fue denominado "Gran Viaje", una travesía por el Amazonas para cuyo comienzo los expedicionarios debieron desplazarse a Guayaquil, donde recibieron los fondos necesarios para llevarla a cabo (Puig-Samper, 1988: 262-281).
El periplo comenzó por el río Napo y acabó en Manaus, en la desembocadura del Amazonas, a donde los viajeros llegaron en unas condiciones lamentables en septiembre de 1865, embarcando luego para España (Puig-Samper, 1988: 289-327).
Durante este recorrido, Almagro y Jiménez de la Espada (López-Ocón, 2003b) formaron una gran colección con cultura material (armas, trajes, tocados y adornos, útiles, etc.) de los distintos grupos de pobladores ribereños, sobre todo de los záparos y jíbaros (Sánchez y Verde, 2003, pp. 38-43).
RECEPCIÓN DE LAS COLECCIONES EN ESPAÑA
Ya en 1863 se había formado una comisión para la recepción de las colecciones (Puig-Samper, 1988, pp. 333-338) y, terminado el viaje, se decretó (en una Real Orden de 6 de marzo de 1866) que se organizara una exposición para dar a conocer al público general sus hallazgos.
Se crearon seis secciones, recayendo en Manuel Almagro y Florencio Janer la organización de las colecciones de antropología y etnografía, además de la de fotografía.
La exposición fue inaugurada en mayo de 1866 en el Jardín Botánico de Madrid y aunque en principio debía durar solo hasta final de ese mes, se prolongó un poco más, hasta el 19 de junio.
Los objetos que aparecían expuestos fueron inventariados por Almagro al final del libro que le fue encargado con el relato de la expedición, pero sus contenidos son conocidos también por las crónicas, acompañadas de grabados, que aparecieron durante el mes de octubre de 1866 en la revista ilustrada El Museo Universal 2, que ya había informado a los lectores de los avatares de la expedición a través de los artículos enviados por el fotógrafo oficial de la expedición Rafael Castro y Figura 2.
Crónica de la exposición del Jardín Botánico.
Como era de esperar, las colecciones antropológicas contribuyeron grandemente al éxito popular de la exposición por su espectacularidad.
El Museo Universal cuenta así lo que podía verse en este aspecto:
Entre los objetos de antropología y etnografía, son notables treinta y siete momias del Perú y Bolivia, con los vasos, ídolos, cucharas y sacos de comestibles encontrados en sus sepulcros.
Una momia de la isla Guaytecas, archipiélago de Chiloé, cuarenta cráneos de indígenas de América, o sean antiguos peruanos, indios guaraníes, araucanos, aimaraes y quichuias y una cabeza de india guaraní.
Los objetos encontrados en sepulcros son todos muy curiosos.
También han llamado la atención en la Exposición pública, una hamaca bordada de plumas, hecha en el Río Negro, del Brasil, y diez más por los indios yaguas y záparos.
Doscientos cincuenta adornos y vestidos de indios guaraníes, gíbaros, canelos, záparos, aguaricos, ticunas, yaguas, etc. Ochenta armas de los mismos.
Tres tambores de íd. Una canoa de los indios del Napo.
Una embarcación (destruida) de los indios changos.
Tres objetos de Oceanía.
Tras la exposición se organizó otra Comisión de Estudios, encargada de llevar a cabo los trabajos de catalogación de las colecciones y entre cuyos objetivos estaba la realización de un libro por parte de Almagro, Jiménez de la Espada y Martínez Sáez, que pidieron que otros expertos sustituyeran al botánico Isern y el zoólogo Amor, fallecidos.
La comisión fue sufriendo una serie de cambios, limitaciones y problemas que afectaron a su funcionamiento y finalmente fue disuelta en 1875 sin que se llegaran a cumplir los objetivos que se proponía (Puig-Samper, 1988, pp. 346-352).
También las colecciones siguieron un camino de deterioro y fragmentación prácticamente desde la clausura de la exposición.
Desde un principio se dispuso que se organizaran conjuntos dobles de los especímenes recogidos por la expedición con destino a los principales Institutos provinciales de segunda enseñanza y universidades que los reclamaran.
Normalmente estas colecciones estaban compuestas por moluscos, aves y minerales 3, aunque también se adjudicaron momias de Chiu-Chiu a las universidades de Barcelona, Granada, Valencia, Santiago, Valladolid, Oviedo y Sevilla.
De este último ejemplar se sabe que fue medido por Barras de Aragón y posteriormente vuelto a Madrid.
Actualmente se encuentra entre los fondos del Museo de América (Sánchez y Verde, 2003, p.
Colecciones etnográficas y antropológicas repartidas por los Museos
La idea de Paz Graells y de otros naturalistas era que las colecciones se conservaran unitariamente en el Museo de Ciencias Naturales, pero además de la distribución que hemos citado arriba, hubo otra separación de mayor entidad.
Dado que Manuel Almagro había quedado viviendo en Cuba y desvinculado del trabajo naturalista -fue cesado de la comisión de hecho el 30 de junio de 1875 (Puig-Samper, 1988, p.
352)-, la Comisión encargó en 1868 la formación de las colecciones etnográficas a Manuel M. J. de Galdo (responsable de botánica) y a Marcos Jiménez de la Espada (de mamíferos, aves y reptiles) con el fin de trasladarlas desde el Jardín Botánico al Museo Arqueológico, creado en 1867 con los fondos de antigüedades históricas del antiguo Gabinete de Historia Natural y otros repartidos por diversas instituciones.
Así pues, en este mismo momento se produce la separación de las colecciones de historia natural, por un lado, y culturales, por otro.
Esta partición llevará a que las colecciones de antropología se encuentren aún hoy en día ubicadas en, al menos, dos museos diferentes: el Museo de América y el Museo Nacional de Antropología.
Por otro lado, el carácter biológico de los restos humanos traídos por la Expedición ha conllevado que estas series hayan sufrido un tratamiento clasificatorio mucho más ambiguo y dificultoso.
La entrega al Museo Arqueológico debería haberse producido inmediatamente (a pesar de que Sánchez y Verde, 2003: 32, aportan datos distintos a este respecto), ya que en abril de 1868 el director del Museo de Arqueología, José Amador de los Ríos, firma el inventario de recepción de cerca de quinientos objetos.
Estas colecciones, junto a otras de distinta procedencia, se trasladarían posteriormente al Museo de América tras su creación en 1941 (Rodrigo del Blanco, 2009, p.
El ingreso del resto de las colecciones en el Museo de Ciencias se demorará en cambio mucho más tiempo, ya que su traslado definitivo no se produce hasta 1880 (Puig-Samper, 1988, p.
16 En el listado de la colección del Museo Arqueológico se enumeran junto a armas, utensilios de caza, canoas, tejidos, etc. de múltiples grupos culturales americanos:
66. cincuenta y tres huacos o vasos de barro peruano del tiempo de los Incas....
Seis momias exhumadas por el Sr. Almagro de los enterramientos o gentilares del campo de Chiu Chiu (Bolivia cisandina)....
Armas y utensilios de barro, madera y piedra, arreos, vestiduras y otra porción de objetos en número todos ellos de doscientos treinta y uno, sacados con las antedichas momias del mismo enterramiento en los gentilares de Chiu Chiu (Bolivia)... [...]
Se entregan además dos estantes de pino pintados de blanco al temple y con cristales, destinados a contener las momias, y los vasos diversos que acompañaban a estas 4.
Las colecciones de antropología física, arqueología y etnografía de la Expedición sufrirán un nuevo cambio cuando en 1883 se cree la Sección de Antropología y Etnografía en el Museo de Ciencias que se trasladará al antiguo Museo del Dr. Velasco en 1895 y se convertirá en un museo independiente en 1910.
La fragmentación de las colecciones antropológicas entre el Museo de Ciencias, el Arqueológico y el de Antropología hará que sea muy difícil al día de hoy reconstruir pormenorizadamente su historia.
Por un lado, esto es debido a la falta de datos exactos acerca del modo de obtención, número y características de los objetos, ya que la obra encargada a Manuel Almagro en la que estos datos deberían haberse publicado no llegó a llevarse a cabo.
Por otro lado, está la distribución poco sistemática de los ejemplares que no ha dejado de producirse desde su llegada a España hasta casi el momento actual.
El grueso de las momias -pero no todas-extraídas por Almagro en la Expedición del Pacífico fue a parar al actual Museo Nacional de Antropología.
En un inventario de la Sección de Antropología del Museo de Ciencias de 1885 se reseñan 29 momias, todas de Atacama, y aparece otra procedente de Chorro de Arica (Perú), encontrada en 1855.
Entre los papeles de Manuel Antón conservados en el Archivo del Museo Nacional de Antropología, aparecen referencias a "dos momias de Canarias y cuatro del Perú" del Museo Arqueológico que se inventarían en 1886 en la Sección.
En 1893 se refleja una autorización para que Antón traslade a su Sección las momias humanas, cráneos y sus moldes desde la Sección de Anatomía comparada del mismo Museo de Ciencias y, finalmente, en otro inventario de 1892 vuelve a haber una referencia a la colección de momias de Perú y Cana-rias.
Tras la guerra civil, en el montaje que se realiza a mediados de los años cuarenta se exhiben en el Museo de Antropología cinco momias americanas, que serían algunas de las de Chiu-Chiu y tal vez también la momia peruana (o andina) mencionada en el listado de 1885.
Además se expuso otra que aparece inventariada como una momia peruana, donación de León van Montenaeken (Vizconde de Montenaeken) en 1951 5.
El más reciente y exhaustivo recuento de los materiales arqueológicos y etnográficos traídos a España por la Expedición del Pacífico hecho por las conservadoras del Museo de América Araceli Sánchez y Ana Verde arroja las cifras de 287 piezas de contexto arqueológico, de las cuales se han identificado 260, y 355 etnográficas, habiéndose identificado 305, lo que da un total de 592 piezas (Sánchez y Verde, 2003, p.
Entre estos objetos hay cinco momias; cuatro de Atacama y un fardo funerario peruano, que se conservan actualmente en el Museo de América 6.
En el Museo Nacional de Antropología, el "Listado de Arqueología Comisión Pacífico" proporcionado por la conservadora de América y Oceanía, Patricia Alonso Pajuelo, recoge 77 piezas.
El Museo conserva también cinco momias, cuatro de adultos y un recién nacido, procedentes de las excavaciones de Almagro en 1864 (Alonso Pajuelo, 2016: 123).
ENTRE LA ARQUEOLOGÍA Y LA ANTROPOLOGÍA
Dejando a un lado la primera distribución por distintos centros de enseñanza superior y secundaria de España, la dispersión de las colecciones de la Expedición entre los museos situados en Madrid presenta varios problemas.
En principio la clasificación parecería depender de la adscripción de los objetos y especímenes que aquí nos interesan a la disciplina arqueológica, en cuanto que fueron obtenidos mediante la excavación de yacimientos bajo tierra, lo que explicaría su ingreso en el Museo Arqueológico Nacional.
Sin embargo, la integración de la antropología, como estudio de las variaciones humanas, dentro de las ciencias naturales, será otro criterio que dirigirá la ubicación y el destino de las colecciones antropológicas y etnográficas traídas por la Expedición.
Dos cuestiones intervendrían en la inicial clasificación profesional por disciplinas.
La primera era la procedencia extranacional y extraoccidental de los objetos de cultura material.
Es decir, aunque el Mu-seo Arqueológico Nacional estaba prioritariamente dedicado a recoger los vestigios de las distintas culturas pre y protohistóricas desenterradas en el propio territorio nacional no ultramarino, la especial relación colonial de España y América hará que en el decreto fundacional del MAN, de 1867, se establezca que entre sus colecciones se incluirán los objetos americanos y oceánicos, conservados en el Museo de Ciencias, procedentes del antiguo Real Gabinete de Historia Natural, incluyendo los traídos por la Expedición del Pacífico (Marcos Alonso, 2017Alonso,, p.
Esto ya suponía un problema de clasificación para la cultura material de origen colonial y de las repúblicas latinoamericanas.
La imposibilidad de incluir en un mismo discurso la evolución cultural de las sociedades pre y protohistóricas del Viejo y el Nuevo Mundo se solventó con la creación en el MAN de una sección (la cuarta) con las piezas etnográficas de procedencia extraeuropea (Marcos Alonso, 2017Alonso,, p.
Esta Sección de Arqueología Americana será la base para la organización de dos grandes exposiciones con motivo de la conmemoración del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América, la Exposición Histórico-Americana e Histórico-Europea, en 1892, y su continuación en la Exposición Histórico-Natural y Etnográfica en 1893, en la que se exhibió una de las canoas amazónicas traídas por la Expedición y se mencionan también momias (Rodrigo del Blanco, 2017).
La procedencia americana y sobre todo prehispánica de las colecciones aportadas por la Expedición del Pacífico no dejaba de resultar "exótica" en el Museo Arqueológico Nacional, por mucho que su modo de obtención mediante excavación -teniendo en cuenta por supuesto, los métodos que en ese momento se utilizaban, centrados en la mera extracción de los materiales de su contexto arqueológico-jus-Figura 3.
Exposición Histórico-Natural y Etnográfica, 1893.
Biblioteca Nacional de España. tificara su depósito allí y que se incluyeran en el discurso de la colonización americana como un hito insoslayable de la historia nacional.
Por otro lado, más determinante que la situación primaria de los objetos y restos humanos en tumbas o sitios arqueológicos de habitación, era la propia representación a través de ellos de la diferencia con respecto a las culturas y las poblaciones occidentales.
Esta procedencia y manifestación de "otredad" de las colecciones -además del propio carácter biológico de las series de restos humanos-hacían que fueran más relevantes para el Museo de Antropología, un tipo de institución dedicado por definición a la variedad de las culturas y etnias del mundo (Bustamante, 2012).
La permanencia de buena parte de las colecciones de etnografía americana de esta y otras expediciones anteriores en el Museo Arqueológico, no dejará de suponer un problema, dado que ponía de manifiesto la falta de un museo dedicado a las culturas americanas, con las que España había tenido una larga relación colonial.
La competencia entre el Museo Antropológico y el Arqueológico por la custodia de los fondos de antropología biológica y cultural de las series del Pacífico, se manifiesta de forma explícita a finales del siglo XIX por parte de un buen conocedor de estos fondos, Luis de Hoyos:
Hay que añadir a estas colecciones propiamente antropológicas, otras etnográficas y de extraordinario valor para el conocimiento de la cultura precolombina, que forman las más interesantes series de las salas de América, en el Museo Arqueológico Nacional, donde por una tradición, que hay que rectificar, se conservan, pues pertenecen de hecho a un museo etnográfico que debe y puede constituirse con los objetos procedentes de todo nuestro imperio colonial de América y Oceanía, que fueron erróneamente distribuidos al deshacerse el transitorio Museo de Ultramar, que fundó el gran escritor y ministro D. Víctor Balaguer: De la Expedición al Pacífico, figuran las colecciones de vasos o huacas de barro del Perú, múltiples objetos de oro y otros materiales procedentes de toda la América meridional, especialmente de Venezuela y Brasil; más de 300 objetos de adorno, armas e indumentaria de los indios güaranies, gíbaros, canelos, záparos, aguaricos, ticunas, yaguas, changos y atacamos, así como embarcaciones y objetos diversos, incluso de Oceanía (Hoyos, 1923(Hoyos, -1924, pp. 163-164), pp. 163-164).
La creación tardía, tras varios intentos fallidos, durante la dictadura franquista, del Museo de América, con una clara dirección ideológica de corte imperial (Robledo, 2017(Robledo,, pp. 1772-73)-73), acabará recogiendo, en función de su objeto monográfico, las colecciones de cultura material, pero también una parte de los restos biológicos humanos de procedencia americana que se conservaban en el Arqueológico.
Pero, veamos con algo más de detalle la historia del museo antropológico.
Como muchas otras instituciones museográficas que tienen una historia detrás, el actual Museo Nacional de Antropología, a pesar de permanecer en la misma localización desde que abrió sus puertas el 29 de abril de 1875 como Museo Anatómico del Dr. Velasco, ha sufrido numerosos cambios, no solamente de nombre, sino de concepto y de materia disciplinaria, desde la anatomía normal y patológica hasta la antropología cultural, pasando por la antropología biológica y la prehistoria (Sánchez Gómez, 2014).
Sus colecciones han seguido, por su parte, vicisitudes y trayectorias aún más complejas, hasta el punto de que al día de hoy no es fácil trazar la historia completa y seguir los caminos de muchas de sus piezas, a partir de unos orígenes generalmente situados en tiempos ya lejanos y en territorios igualmente alejados.
La historia actual de los conocimientos científicos presta una especial atención a los objetos y la cultura material que caracteriza a los distintos ramos del saber (Ulrich et al., 2015).
En este sentido las instituciones que han atesorado los objetos pertenecientes a las distintas culturas y etnias sometidas al mundo occidental a través del sistema colonial del que formó parte la disciplina antropológica son especialmente significativas.
Un asunto específico es el de la conservación en ellas, no ya de ejemplares de la cultura material, sino también restos biológicos o cadáveres de individuos representantes de las variedades físicas de las poblaciones humanas.
Entre los fondos del Museo Nacional de Antropología existieron desde el primer momento restos biológicos humanos.
Ya en la primera etapa, en la que la institución acoge el museo particular del anatomista Pedro González de Velasco, la exhibición y conservación de restos humanos y de momificaciones aparece como un elemento fundamental para el público y para los propios antropólogos y médicos, constituyéndose incluso una leyenda todavía viva en torno a la avidez del Dr. Velasco por atesorar esos cuerpos (Sánchez Gómez, 2017).
Entre otros restos biológicos, que, en este primer momento, incluyen cadáveres embalsamados e incluso preparaciones taxidérmicas de humanos (Martin-Marquez, 2003; Sánchez-Gómez, 2014, pp. 277, 288), aparece una momia andina y siete cabezas de momias egipcias compradas por el médico madrileño (Sánchez-Gómez, 2014, p.
Tras la muerte de Velasco en 1882, su museo particular es comprado por el Estado en 1888 y sus colecciones son dispersadas entre distintas instituciones.
La fama algo siniestra del museo continúa 7, incluso cuando, a partir de 1890, pasa a formar parte del Museo de Ciencias Naturales que, en 1895, coincidiendo con el traslado de sus colecciones desde el ruinoso edificio de la calle de Alcalá al nuevo Palacio de Biblioteca y Museos Nacionales, y ante la inadecuación y escasez de las salas concedidas allí, traslada al antiguo edificio de Velasco su Sección de Antropología, Etnografía y Prehistoria.
Esta había sido configurada ya a partir de 1883 por el antropólogo Manuel Antón y Ferrándiz con parte de las colecciones antropológicas obtenidas por la Expedición del Pacífico de 1862 y algunas otras pertenecientes a las secciones de anatomía comparada y paleontología del Museo de Ciencias.
Antón obtendrá en 1893 la primera cátedra de antropología de la universidad española y en 1910 conseguirá que la sección se convierta en el Museo de Antropología, Etnografía y Prehistoria, que él dirigirá hasta 1929.
Este nuevo museo se funda con parte de las colecciones del antiguo Museo Velasco y las procedentes de varias expediciones pertenecientes al Museo de Ciencias, en un reparto oficial que se registra en 1910.
A ellas se unirán en 1908 la gran mayoría de los objetos etnográficos y antropológicos de la gran Exposición de Filipinas celebrada en Madrid en 1887, cuya sección antropológica había sido dirigida por Antón (Sánchez Gómez, 2003), y otros fondos pertenecientes al Museo-Biblioteca de Ultramar, tras su clausura.
La vinculación del Museo de Antropología al Museo de Ciencias y el Jardín Botánico no solo se mantendrá desde la creación en 1910 del "Instituto de Ciencias" por la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, sino que cobrará carta de naturaleza cuando, el 25 de septiembre de 1930, una real orden apruebe el Reglamento de los museos, Nacional de Ciencias Naturales, Antropológico y Jardín Botánico, que establece la unión de estos centros -aun manteniendo su autonomía económica y administrativa y su propia organización interna en secciones específicas-en un denominado "Instituto Nacional de Ciencias", bajo la dependencia de la JAE, regido por un Patronato con un Presidente y una "Junta de Profesores" formada por los directores, subdirectores y jefes de laboratorio y sección de cada uno de los centros (Reglamento, 1930, pp. 4-5).
El Museo Antropológico permanecerá en el mismo edificio, compartiendo instalaciones con otras instituciones -como el laboratorio de Ramón y Cajal-y con el mismo nombre hasta después de la guerra civil.
Durante la guerra, la protección de sus colecciones queda al cuidado de la Junta de Profesores del Instituto Nacional de Ciencias, dirigido por Ignacio Bolívar y, aunque la dirección estaba ocupada por Francisco de las Barras de Aragón, que había sustituido a Antón tanto en la cátedra como en este cargo, será nombrado director, en 1937, el geólogo José Royo Gómez, estrecho colaborador de Bolívar (Pelayo, 2016, pp. 212-213).
La cercanía del Museo al frente de guerra hizo que el edificio sufriera importantes desperfectos y daños causados por bombas y metralla, permaneciendo como encargados de sus colecciones, incluidas las valiosas momias, Antonio de la Cruz Collado y Juan Cabré, que ocupaban puestos como preparadores colectores.
En 1940 se nombrará un nuevo director adicto al régimen, José Pérez de Barradas y se le cambiará el nombre por el de Museo Nacional de Etnología 8, indicando con ello un giro, aunque más que nada teórico -de hecho el Museo sigue siendo llamado Antropológico en la documentación oficial-hacia un contenido más centrado en la etnografía, y por lo tanto soslayando la prehistoria y la antropología biológica que venían compartiendo la titularidad del centro desde 1910.
El Museo Etnológico pasó a depender -como ocurrió con los centros de educación superior e investigación agrupados antes de la guerra bajo la rúbrica de la Junta para Ampliación de Estudios-del organismo que la dictadura franquista creará para depurar y controlar la ciencia nacional, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Radicarán en el Museo, la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria, superviviente del periodo anterior y el nuevo Instituto "Bernardino de Sahagún" de Antropología y Etnología (Sánchez Gómez, 1992).
El cambio de filosofía del Museo queda claro en la petición que dirige al Presidente del CSIC, José Pérez de Barradas el 31 de mayo de 1940, que pugna por conseguir las colecciones con que se fundará el Museo de América: De conformidad con el cambio de nombre de MUSEO ETNOLÓGICO en sustitución del de MUSEO ANTROPOLÓ-GICO se impone a juicio del que suscribe un cambio profundo y radical en su contenido ya que debe estar dedicado en primer término al estudio de los pueblos y las culturas que en cualquier tiempo han formado parte del Imperio Español, y especialmente de América, Filipinas, Marruecos y nuestras actuales colonias [...] el que suscribe se permite sugerir a V. E. la conveniencia de que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas solicite al Excmo.
Sr. Ministro de Educación Nacional el que pasen a este Museo Etnológico las colecciones etnográficas de América, Filipinas, lejano Oriente y en general todos los objetos que integran la sección cuarta o de Etnografía del Museo de Arqueología Nacional y los libros que hubiera en la Biblioteca del mismo sobre tales materias [...] 9.
Reseña de los principales establecimientos científicos y laboratorios de investigación de Madrid.
IV Congreso de la Sociedad Española para el Progreso de las Ciencias.
En un sentido diferente, en 1953 se documenta un nuevo cruce de colecciones, cuando el Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid, Maximino San Miguel, solicita al Secretario General del CSIC la entrega de bibliografía y una serie de fondos, fundamentalmente una colección osteológica, incluyendo cráneos humanos, y una de las colecciones de bustos raciales de las dos con que contaba el Museo "Antropológico" con destino a la enseñanza en la cátedra de antropología de la Facultad.
El entonces director del Museo, José Tudela 10, se muestra reticente ante esta cesión por el valor museográfico de los objetos y por estar algunos de ellos expuestos al público.
No obstante, en la relación de objetos que se solicitan, alegando que pertenecen a la cátedra, aparecen "una momia peruana en buen estado de conservación" y "una momia guanche en buen estado de conservación", además de "una cabeza reducida de jíbaro auténtica", que el director del Museo dice estar dispuesto a ceder, porque en el museo hay va-rias.
Finalmente, en julio de 1953, el CSIC autoriza solo la entrega a la cátedra de antropología de una pequeña muestra de cráneos y los vaciados de yeso de cabezas de tipos étnicos duplicados, pero no las momias referidas 11.
La definitiva separación administrativa del Museo Etnológico con respecto al Museo de Ciencias y el Jardín Botánico, que significaba obviamente su desvinculación de las ciencias naturales y del anterior concepto de antropología general, incluyendo la biológica, la cultural y la prehistórica, se produce en 1962, en que dejará de depender del CSIC, dejará de tener relación con la cátedra de antropología de la Facultad de Ciencias y, como Museo Nacional de Etnología, pasará a depender de la Dirección General de Bellas Artes, primero del Ministerio de Educación y luego de Cultura.
En el informe para el Secretario General del CSIC, muy probablemente debido al director del Museo, José Tudela, se justifica así la separación:
La historia y las glorias de este edificio no pudieron evitar que, al final de la guerra, estuviese en estado ruinoso, y se realizó una reconstrucción trasladando el cadáver del Dr. Velasco al Cementerio.
Pronto se vio que allí había una dualidad de objetos: colecciones de calaveras, muy adecuadas para los estudios antropológicos, pero impropios (sic) para ser expuestos en un Museo.
Al mismo tiempo, la etnología iba llevando allá distintos objetos artísticos, algunos muy valiosos.
No parece que un Museo deba mezclar restos humanos, abanicos, mantones de Manila, etc., y el Consejo, al que había pasado todo esto porque el primitivo Museo Antropológico formaba una unidad con el de Ciencias Naturales y el Jardín Botánico, estableciese la separación entre el Instituto de Antropología y Etnología, o el Museo Etnológico: el primero dirigido por el Prof. D. José Pérez de Barradas, y el segundo por D. José Tudela [...]
El año transcurrido y la nueva distribución de edificios -el nuevo pabellón de Ciencias Naturales en la Ciudad Universitaria-llevan a sacar de allí la Antropología, quedando todo aquello a disposición del Museo de Etnología.
No se ve razón para que este Museo dependa del Consejo, con el que es discutible se debe tener alguna vinculación.
Parecería natural que este Museo pasase a depender de la Dirección General de Bellas Artes 12.
La nueva denominación y la separación disciplinar no supuso sin embargo el cambio de ubicación de las momias ingresadas en el Museo, al igual que otros restos humanos, en el siglo XIX.
De hecho, algunas como la de una mujer con un niño recién nacido en brazos se mantuvo en exhibición hasta la década de 1970.
Debido al proceso avanzado de deterioro que estaban sufriendo, en 1975 se suscribió un acuerdo mediante el cual fueron entregadas a la Escuela de Medicina Legal de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense 29 momias de "indio americano de Chiu-Chiu" y una "momia de guanche" 13 para ser sometidas a tratamientos contra la putrefacción y contaminación por insectos y bacterias, bajo la supervisión del entonces profesor de la Escuela de Medicina Legal, José Manuel Reverte Coma.
Tras sucesivas reclamaciones, fueron devueltas al Museo Nacional de Antropología en 1987, "cuatro momias (dos de varones numeradas con las etiquetas 3 y 8, y dos de mujer numeradas con las etiquetas 7 y 10)" 14.
Estas se conservan actualmente fuera de exhibición en depósitos especiales del Museo Nacional de Antropología.
El resto quedaron en el antes llamado Museo de Antropología Médica Reverte Coma, actualmente Museo Complutense de Antropología Médica, Forense, Paleopatología y Criminalística "Profesor Reverte Coma", dirigido por José Antonio Sánchez.
Este museo surge a partir del Laboratorio de Antropología Forense, en la Escuela de Medicina Legal de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, dirigido por Reverte Coma (García Fernández, 2012: 108-109; Baratas y González Bueno, 2008).
En 1994, el Rectorado de la universidad confiere carácter oficial a esta colección.
En 2007 la Facultad de Medicina cede nuevos espacios para la exposición museística, y se crea una nueva sala (la número 4 del actual museo), que se dedica a las momificaciones históricas que "reúne un excepcional conjunto de momias egipcias y andinas" 15.
De hecho, en la página web que la Universidad Complutense dedica al museo aparece la fotografía de una de las momias femeninas de Atacama traídas por la Expedición del Pacífico.
Asimismo, en la gran exhibición organizada en Granada en 2014 en el Parque de las Ciencias, "Momias, testigos del pasado", pudieron verse esta y otras momias de Chiu-Chiu procedentes de este museo de la Universidad Complutense.
ESTUDIOS SOBRE LAS COLECCIONES ANTROPOLÓGICAS DE LA EXPEDICIÓN
Como ya se expuso más arriba, la crisis política e institucional, después de 1868, hizo que los trabajos de la expedición quedaran en suspenso y que las colecciones se olvidaran en los museos.
Las llamativas momias pasaron a engrosar los fondos de restos biológicos humanos del Museo de Antropología, y en su entorno se hicieron los primeros intentos por estudiar las momias peruanas con la participación de M. M. J. de Galdo y Julián Sánchez Calleja (anatomía), Agustín Felipe Peró (frenología), Francisco M. Tubino (etnogra-Figura 5.
Exposición "Momias, testigos del pasado".
Dosier de prensa. fía) y Juan Vilanova (geología); estudios de los que no conocemos los resultados (Puig-Samper, 1988, p.
La momia que se había donado a la Universidad de Sevilla fue objeto de un breve trabajo de Francisco de las Barras de Aragón y Manuel Medina (1897).
Sin embargo, el trabajo más sistemático que tuvo por objeto la colección de cráneos y otros restos humanos andinos que se conservaba en el Museo fue la tesis doctoral de Luis de Hoyos Sainz, Los cráneos normales y deformados del Perú (1895) dirigida por su maestro y director del Museo, Manuel Antón, y primera tesis de antropología admitida por la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, que, sin embargo, no fue publicada hasta 1923-24 en varias entregas en las Actas y Memorias de la Sociedad de Antropología, Etnografía y Prehistoria.
Para llevar a cabo su estudio Hoyos pasó dos cursos (1891-1893) en París en el laboratorio de antropología del Museum d'Histoire Naturelle, bajo la supervisión de René Verneau, donde también pudo estudiar y analizar las colecciones andinas del museo y de la École d'anthropologie, que le proporcionaron una suficiente base comparativa respecto a la colección del museo madrileño (Hoyos, 1923-24, pp. 158-159; Ortiz, 1987, pp. 32-41).
Además de esta tesis, Hoyos llevó a cabo el estudio del resto de los cráneos que formaban parte de la serie del Pacífico; los cráneos "araucanos" recogidos por Juan Isern en diciembre de 1863 en Loring, cerca de Valparaíso y los obtenidos en las varias excursiones en territorio chileno (Hoyos, 1911a(Hoyos,, b y c y 1913)).
Concretamente estudió, con la metodología y el uso de los instrumentos de medición aprendidos en París, varias series craneanas americanas conservadas en las colecciones Martinet, Castelnau y Ber del Musée d'Histoire Naturelle, y fundamentalmente los 28 cráneos normales y 18 deformados procedentes de las excavaciones de Almagro en Tiahuanaco en junio de 1863, clasificados como aimaras.
Los restos, cráneos y momias, obtenidos por Almagro en el yacimiento de Chiu-Chiu considera Hoyos que pertenecen a pobladores atacameños, no solo por la configuración craneana, sino, sobre todo por la posición encogida de los cadáveres.
Sobre su estudio de las momias no es, no obstante, muy claro, pues escribe: las momias en cuclillas conservadas en el Museo Antropológico de Madrid y que han sido estudiadas por nosotros al propio tiempo que las colecciones craneológicas que forman la materia de esta Memoria; y ampliando posteriormente sus estudios al tener ocasión de ver los otros ejemplares de cadáveres momificados de América del Sur, existentes en los Museos de Francia y Ale-mania, de cuyos estudios haremos en su día adecuada publicación, ya que hasta hoy es tema poco analizado el de las momias americanas (Hoyos, 1923-24, p.
Tampoco considera Hoyos que se hayan conservado cráneos de las exploraciones llevadas a cabo por Almagro en las huacas de Concha, del Obispo y Palacio del Sol, cerca de Trujillo, tal vez porque se hubieran perdido (Hoyos, 1923-24, pp. 162-163), como parte de los envíos no recibidos que Almagro cita en su catálogo (Almagro, 1866, p.
Finalmente, anuncia también un trabajo (que como el de las momias no parece que llegara a publicar) sobre los restos humanos amazónicos obtenidos por Martínez, Espada, Isern y Almagro, en la gran travesía del Pacífico al Atlántico: "algún cráneo y una cabeza trofeo embalsamada, estudiada por nosotros en unión de otras cabezas reducidas existentes en el Museo Antropológico de Madrid" (Hoyos, 1923-24, p.
Mucho más tarde, un nuevo trabajo sobre 21 cráneos deformados procedentes de las excavaciones de Almagro en Tiahuanaco conservados en el Museo de Antropología fue llevado a cabo por Ruiz, Marrodán y Puig-Samper (1984).
Las momias conservadas actualmente en el museo de la Facultad de Medicina de Madrid han sido asimismo objeto de varios estudios.
Fundamentalmente la tesis de María Milagrosa López Gordo (1987) hecha sobre 32 cadáveres de Chiu-Chiu y también algún análisis más parcial posterior (Minaya y Paz, 2006).
Como recordaba el propio Luis de Hoyos, el estudio de los cadáveres momificados existentes en los museos antropológicos decimonónicos, acompañando a las copiosas series de cráneos, huesos largos y esqueletos montados que les eran características, no fue muy abundante.
En buena medida esto fue debido a cuestiones metodológicas, dado que la antropología positivista se basaba fundamentalmente en la posibilidad de contar con series extensas de mediciones craneométricas y antropométricas homologadas, sobre las que construir las clasificaciones raciales y las teorías sobre la variación y extensión de los distintos troncos raciales.
A este fin, los cráneos descarnados eran la fuente predilecta, sobre los que se podían aplicar instrumentos especializados de medición, fotografías estandarizadas, índices matemáticos, etc. El carácter individual de los cadáveres momificados, la disposición no siempre estirada del cuerpo, la conservación de tejidos blandos y su recubrimiento ritual de tipo funerario, sin duda hacían que no pudieran tener el mismo tratamiento y a la vez su propio ca-rácter como cadáver revestido de fuertes connotaciones culturales convirtieron a las momias en atractivas para los museos etnográficos (Carminati, 2011, p.
Sin embargo, el problema real de la conservación y exhibición de estas colecciones de restos humanos en los museos occidentales comenzó mucho más tarde, a raíz de las primeras reclamaciones hechas por comunidades de Estados con colonización interior, que dieron lugar a disposiciones nacionales e internacionales sobre las políticas de repatriación y restitución de restos humanos a las comunidades originarias de Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda, que se abren con la United States Native American Graves Protection and Repatriation Act de 1990 (Cassman, Odergaard y Powell, 2007; Alonso, 2016).
La extensión de las reclamaciones por muchas partes del mundo y los problemas éticos que conlleva la cuestión han desembocado en una innegable crisis de concepto e identidad en este tipo de museos (Vaswani, 2001; Cadot, 2009; Jenkins, 2011; Di Domenico, 2015).
En el caso concreto de las momias de Chiu-Chiu conservadas en los museos de Madrid, los atacameños actuales no quieren que sean mostradas ni fotografiadas.
Según informaciones de prensa 16, hay una reclamación en marcha, que afectaría a las cuatro de esta procedencia que se conservan en el Museo Nacional de Antropología.
Según recoge la periodista, el presidente de la comunidad del poblado de San Francisco de Chiu-Chiu (Chile) habría iniciado los trámites para la recuperación de estos restos, alegando su derecho como "descendientes directos" y que los cadáveres "necesitan estar en su zona" y no ser nunca más exhibidos, sino recibir "un tradicional ritual de sepultura como se lo merecen" (Cf.
Amparándose en la legislación chilena de protección al patrimonio indígena, la comunidad ya consiguió en 2007 la restitución de otra momia adquirida en 1919 y conservada en el National Museum of American Indian (Alonso, 2016: 123).
Así pues, tras un siglo y medio de haber sido extraídas de su lugar de descanso postmorten, las momias atacameñas exhumadas por Manuel Almagro tal vez están esperando hoy, en las áreas reservadas de varios museos de Madrid, el momento de volver a formar parte de su tierra.
1 Esta momia, que presenta un magnífico estado de conservación, perteneció a los fondos del Museo de Antropología desde 1895 hasta diciembre de 2015.
3 Ver la lista de sitios donde se enviaron colecciones duplicadas en Puig-Samper (1988, p.
4 Archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales.
5 Información de la conservadora responsable de América y Oceanía del Museo Nacional de Antropología, Patricia Alonso Pajuelo, 23-3-2017.
Agradezco la información y la disponibilidad profesional de esta conservadora para este trabajo.
Agradezco también los numerosos datos y comentarios proporcionados por Luis Ángel Sánchez Gómez, gran conocedor de la historia del Museo. |
Durante el reinado de Carlos IV se culminan los intentos reformadores, en el ámbito farmacéutico, iniciados con la llegada de los Barbones a Espa ña.
Las «Ordenanzas... » aprobadas por Real Célula de 5 de febrero de 1804 (1), suponen el reconocimiento explícito a la Real Junta Superior Guberna tiva de Farmada para poder impartir, desde las institudones pertinentes, la docencia necesaria para la adecuada formación científica de sus profe sionales.
La nueva norma, que supone la culminación del modelo •absolu tista centraliz, ado construido durante el período ilustrado (2), significaba no sólo la equiparación de los estudios farmacéuticos a los médicos y ciru janos, ya reconocidos, sino también 1a independencia de éstos cuestionada hasta entonces.
El primero de los nuevos centros docentes fue establecido en Madrid; su inaugu:r;-ación tuvo lugar dos años después de aprobadas las «Ordenan zas... », el 5 de mayo de 1806 (3); el Centro,
tulares, les competía la docencia, a los otros dos, los sustitutos, les corres pondía suplir a los primeros en casos de necesidad y ocuparse de las labo res de secretaría y biblioteca.
El artículo 12 del tercer capítulo de las cita das ordenanzas señala, al ocuparse de las obligaciones del catedrático-bibliotecario:
«asumirá el otro catedrático el cargo(... ) de bibliotecario, para el arre glo, cuidado, adquisición y conservación de las obras más conducentes para los adelantamientos de la Facultad» (7).
Esta fórmula, la del catedrático sustituto realizando labores d� bibliote cario, estuvo vigente durante todo el período durante el cual se mantuvo vi va esta institución, e incluso se prolongó en los años primeros en que las enseñanzas de Farmacia se impartieron en la Universidad Literaria de Ma drid.
Hasta 1846 no se profesionaliza la figura del bibliotecario general, P. Sainz de Baranda, encargado de coordinar los trabajos de los biblioteca rios de todas'las Facultades (8).
Durante todo el período de nuestro interés las labores de biblioteca es tuvieron a cargo de uno de los catedráticos-sustitutos, lo cual supuso una notable falta de continuidad en los hábitos de trabajo, normativas y labores técnicas.
El cuadro 1 recoge los catedráticos que asumieron el cargo de bi bliotecario en el Colegio de Farmacia, nueve en total, en doce etapas, para un período de• treinta y siete años; teniendo en cuenta la ausencia de datos para el quinquenio 1824-29, supone la permanencia en el puesto de un pe ríodo medio de tres años, cifra por sí elocuente de la falta de c. ontinuidad a la que aludimos, más sí se tiene en cuenta los diez años continuados del primero de los bibliotecarios, Antonio de la Cruz, una excepción a lo que luego habría de ser norma.
Las funciones del catedrático-bibliotecario están minuciosamente reco gidas en el artículo noveno del primer capítulo del Reglamento elaborado para uso de los Colegios de Farmacia en 1804: «... tendrá obligación de comprar los libros que ord�nara el Colegio, cuidar no se extravíen y franquearlos a los alumnos en los días de escuela para que a su presencia hagan las apuntaciones que necesiten, y no per mitirá se saque libro alguno sino a los Catedráticos, pero con la obliga ción. de dar una papeleta firmada de los que tomaren, que se pondrá en lugar que ocupaba el libro o libros, la que recogerá cuando los debuelva, que será con la brevedad posible siendo responsable el Bibliotecario de cualquier libro que se extravíe, debiendo colocarlos con el mejor orden, y formar un índice para que de este modo se encuentren con facilidad y prontamente» (9).
Sorprende el detalle con que están especificadas las responsabilida des del cargo, algo fuera de lo común en una normativa legal de esta ín dole.
Demuestra un interés particular por la conservación de un fondo, aún inexistente, pero al que ya se le supone gran valor; el autor del Regla mento es consciente de la necesidad de dotar de cariz científico a las nue vas enseñanzas y para ello considera fundamental la existencia-de una bien formada biblioteca.
No hay duda de que el redactor tenía conod miento detallado de los trabajos bibliotecarios: atención a la sala de alumnos, elaboración de fichas de préstamo destinadas a servir como tes tigo del libro, colocación temática de los fondos ( «con el mejor orden») y redacción de un índice•(l0).
Catedráticos-bibliotecarios del Real Colegio de Farmacia de
El Reglamento de 1804 que venimos comentando responsabiliza de las pérdidas ocurridas en la biblioteca al catedrático encargado de ella; esto con lleva la elaboración de nuevos inventarios o, al menos, al una revisión detalla da del último realizado cada vez que cambia la persona responsable del servi"7 cio, lo cual, como hemos visto, fue frecuente (11).
De los gastos ocasionados por la biblioteca, incluyendo la compra de libros, se hacía cargo la Real Junta (12) o aquellas otras instituciones a las que estuvo ligado institucionalmente el Centro; estas adquisiciones, como veremos, nunca fueron abundantes.
• Los fondas bibliográficos
Queda dicho que la adquisición de libros para la biblioteca del Colegio de Farmacia era gestionada poda Real Junta, o el organismo competente; al gu na vez atendiendo a las solicitudes del Colegio y otras; las más, por decisión propia.
La situación sólo cambió durante el periodo en que el Colegio depen dió de la Dirección General de Estudios, esto es, durante el trienio liberal (1821-23) y desde 1839 hasta su desaparición (1843); entonces al Centro se le asignó un presupuesto propio ( 13) con el cual cubrir sus necesidades.
Ciertamente la Junta Superior no fue espléndida en la dotación de la bi blioteca; aún en enero de, 1807 (14) no había comprado un solo volumen, y las primeras adquisiciones documentadas, las efectuadas en mayo de 1808 (15), tienen l; lna clara significación política.
Con todo, un informe emitido por el Colegio en 1811 reconoce:
«que habiendo escaseado la Junta desde su principio los auxilios no han sido suficientes los costos de que podía disponer para mantener y au mentar la Biblioteca, que no deja sin embargo de estar surtida» (16).
Queda por aclarar la procedencia de estos primeros fondos que, a tenor de los inventarios conservados, deben corresponder al grueso de los textos de los siglosXVI-XVIII, fundamentalmente de Historia Natural, Botánica, Química y Materia farmacéutica, existentes ya en 1807 de acuerdo con lo comentado en las actas de este año (17).
No provienen del Colegio de Boti carios de Madrid, de cuya biblioteca, más pobre que la del Colegio de Far macia, conocemos un inventario elaborado en 1836 (18).
Es probable, aun que carecemos de constancia documental, que estos fondos procedan de una compra en el extranjero realizada en el momento fundacional; similar a las efectuadas, pocos años antes, para el Real Colegio de San Carlos (1791) o para el Real Jardín Botánico de Madrid (1799) (19).
En las actas no qu�da constancia alguna de donaciones de colecciones privadas al Cole gio de Farmacia (20).
La biblioteca del Colegio debía poseer, al menos, los manuales aconse jados por la Junta Superior parafa enseñanza de Farmacia: Comencemos por comentar éstos para detenemos luego en los escasos datos conservados sobre ias adquisiciones de libros y analizar, por último, el fondo total de la biblioteca, conocido gracias a un inventario realizado hacia 1845.
Las enseñanzas de Farmacia, como fue norma en gran parte del XIX español, tenían regulados los textos a utilizar por los profesores en su do cencia.
El Colegio de Boticarios de.
Madrid, cuya actuación favorable a do tar de enseñanzas científicas a la profesión farmacéutica a.lo largo del si glo XVIII es bien conocida (21), presentó ante la Real Junta Superior Gubernativa, en 1802 (22), un Memorial... donde, tras• establecer el que habría de ser futuro plan de estudios del Colegio de Farmacia, propone los textos. que ha de utilizar en su enseñanza: la Historia Natural de acuerdo con el sistema de Linneo, la Química con el de Lavoisier y la Farmacia con dos obras de autor español, los Elementos de Farmacia... de Francisco Carbonen y el Diccionario elemental... de Manúel Hernández de Gregario.
Tanto F. Carbonen con M. Hemández de Gregario eran colegiales del de Boticarios de Madrid, y el segundo, además, miembro de la Comisión re dactora de las ya comentadas Ordenanzas de Farmacia de 1804.
Gregorio Bañares, Boticario de Cámara del rey, solicitó a la Junta Superior Guber nativa, en 1805, la inclusión de su Filosofía farmacéutica...
Comentamos líneas arriba la compra de libros de autores franceses, originales o traducciones, promovidas por la primera Junta reunida, con carácter extraordinario, tras la invasión napoleónica (25).
Se com pletan entonces la Historia Natural... del Conde de Buffon en la traduc ción de José Clavija y los Elementos químicos... de Antaine Fourcroy, probablemente en la versióri de P. M. Olivé y G. González Azada.
Tam bién se adquirió el Tratado de Mineralogía... de A. Brongniart en su len gua original.
No cabe duda de que la compra responde a una decisión política de acercamiento al nuevo gobierno francés, pero si opinamos así es por la fecha en que se realiza, no por las obras elegidas ni por la lengua; los volúmenes seleccionados, en parte destinados a completar colecciones preexistentes, están dentro de las tendencias entonces vi gentes en sus respectivas materias, y el francés es la lengua científica por excelencia en España desde la apertura cultural promovida por los españoles ilustrados (26).
Tras esta primera inversión de 1808, la Junta Superior Gubernativa vol vió a destinar fondos para la adquisición, en 1814, de algunas publicacio nes periódicas: los Anales de Química y los de Artes y Oficios.( 27); meses después, en junio de 1815, la Junta enviaría una nueva remesa de los Ana les de Química y la Bibliotheca Britannica (28).
Desde entonces, y salvo los ya comentados textos de Química (1818), no volverán a conocerse adquisi ciones hasta 1832 (29); ciertamente el Colegio atraviesa por una etapa críti ca, en continuas tensiones con la Junta Superior Gubernativa.
tario especial merece la concesión, en 1834, de un permiso al Colegio para gestionar, a través del librero Monier, los volúmenes necesarios para com pletar las colecciones de la biblioteca (30).
En 1824, tras la vuelta al absolutismo, se procede al cierre de los Cole gios de Farmacia abiertos en Sevilla y Santiago, en 1815 (31).
Todo el ma terial de estos Colegios se trasladó a Madrid y permaneció, bajo custodia, en los locales del Colegio de Madrid; en 1840 aún permanecían en la mis ma situación; entre otros enseres se encontraban las bibliotecas de los dos Colegios que con toda seguridad acabaron incorporándose a la del de Ma drid, como ocurrió con el herbario del Abate Pourret, procedente del Cole "' gio de Santiago y hoy incluido entre los fondos de la Facultad de Farmacia de Madrid.
Un inventario redactado hacia 1845, pero al que se siguieron añadiendo los ingresos realizados desde esta fecha hasta 1850, y conservado en la pro pia biblioteca de la Facultad de Farmacia de Madrid (32), permite conocer los fondos bibliográficos con los que contaba la Biblioteca del Real Colegio de Farmacia en 1843; el total asciende a 2.029 volúmenes, correspondien tes a 654 obras.
En este inventario Jas obras aparecen agrupadas en grandes grupos te máticos, con toda seguridad los que mantendrían los libros.en los estantes de la biblioteca; estos grupos (cuadro 2) coinciden, a grandes rasgos, con las asignaturas impartidas por el Colegio: Historia Natural, con las divisio nes de Zoología y Botánica, Materia médica, Química-Física, Mineralogía Geología-Paleontología, Farmacia experimental, Medicina-Higiene y una miscelanea, donde se incluyen obras generales de consulta (bibliografía, diccionarios, etc.), Matemáticas y Tecnología y ciencia aplicada.
No pare-, ce que dentro de cada sección hubiera un orden establecido.
Todos los libros están sellados, desde que se tomó esta decisión en la Junta celebrada el 1 de agosto de 1820 (33); este sello del Colegio de San Fernando se siguió utilizando varios años después de la incorporación de estos estudios a la Universidad de Madrid, ya que el sello aparece en libros con pie de imprenta posterior a 1845.
Un estudio cuantitativo de los títulos y volúmenes de los libros perte necientes al Colegio de Farmacia de Madrid muestra un alto porcentaje de http://asclepio.revistas.csic.es títulos pertenecientes a Química-Física (7,8%) y Farmacia experimental (18,6%); una ordenación de estos datos, separando los títulos editados du rante el siglo XIX de los publicados en siglos anteriores, señala la especial atención prestada en los últimos años hacia la Química-Física y, en menor medida, hacia la Farmacia experimental, en detrimento de la Historia Na tural y de la Botánica, materias éstas con escaso volumen de fondos co rrespondientes al siglo XIX frente a los más abundantes de siglos anterio res (34).
En resumen, estos datos •nos muestran una biblioteca convenientemen te abastecida para impartir una enseñanza acorde con las nuevas exigen cias de los profesionales del medicamento, donde los estudios botánicos van cediendo a favor de los químicos y el latín es sustituído por el francés; en definitiva el Colegio pareció disponer de los fondos bibliográficos ade cuados para cumplir el objetivo propuesto por el modelo liberal que poten ció su creación: transformar al artesano gremialista en profesional univer sitario.
(1) Las «Ordenanzas de Farmacia» están reproducidas en Q. CHIARLONE Y C. MALLAINA (1865): Historia de la Farmacia, 2.a ed., pp. 808-822 Madrid.
(2) Sobre las reformas de la Farmacia en la España ilustrada, cf. PUERTO SARMIENTO, F. J. (1985): «La profesión farmacéutica: del gremialismo al corporativismo».
Sobre el mismo tema versa la excelente monografía de M. C. CALLEJA FoLGUERA ( 1988): La Refor ma Sanitaria en la España Ilustrada.
Universidad Complutense de Madrid.
(3) Los momentos fundacionales del Colegio de Farmacia de Madrid han sido anaiiza dos en M. C. CALLEJA FoLGUERA ( 1988): «Nacimiento de una gran institución: Real Colegio de Farmacia de San Femando».
(4) Una visitón general de la vida institucional del Centro en.G. FoLCH Jou (1979): El Real Colegio de Farmacia de San Fernando.
Madrid: Real Academia de Farmacia.
(5) Las Cortes de Cádiz habían restaurado el Protomedicato y el gobierno francés un Consejo Supremo de Sanidad (R. D. 28-1-1811), ambos tenían competencias similares.
Tras finalizar la Guerra de la Independencia ambas instituciones fueron suprimidas ocu. pándose de sus funciones, en lo que a la Farmacia respecta, la restablecida Junta Superior Gubernativa. |
podría hacerse recu rriendo a tres palabras presentadas por la historiografía reciente para tal fin: «varón», «próspero» y «dedicación».
Sin embargo, al' considerar a un hombre de ciencia francés de este período deberíamos introducir otro ele mento que tiene sus bases en la propia Ilustración francesa y es la figura del Estado y su sistema de patronazgo burocráticamente centralizado.
En la persona de Georges-Louis Leclerc, Conde de Buffon (1707-1788) están condensadas todas las características de un científico de la Francia prerevolucionaria.
Nacido en el seno de una familia burguesa en una capi tal de provincia, Dijon, fue educado en su ciudad natal por los jesuitas en el «Collége des Godrans».
Es importante señalar aquí el papel que los jesuitas han jugado en la ciencia y cultura francesa, teniendo en cuenta que figuras como Descartes, que estudió en el famoso «Collége de la Fleche» y La marck fueron también educados por la orden fundada por San Ignacio.
Aunque se ha dicho que Buffon fue un estudiante medio con especial aptitud para las matemáticas, deberíamos apuntar que su carrera exitosa
tanto en ciencias como en política y su perfecta simbiosis entre ciencia y poder están íntimamente enraizadas y perfectamente ensambladas en la educación jesuítica.
Su amistad con el matemático suizo Gabriel' Cramer, catedrático de la Universidad de Ginebra, fue el origen de su interés real en la ciencia mate mática, una. relación que ha quedado manifiest� en una larga y prolífica re lación epistolar.
Fue en este período de su vida -contaba solamente veinte años de edad-cuando trabajó sobre el binomio de Newton.
Una vez afincado en París se introdujo y se dio a conocer en los círculos políticos y científicos de la' capital.
De aquí en adelante su vida iba a estar basada en un esquema casi matemático.
Cada primavera, desde 17 40 en adelante, Buffon dejaba París hacia su casa dé campo de Montbard, donde además de administrar su hacienda, continuaba con sus investigaciones y publicaciones.
Buffon mantuvo este periódico ritmo vital durante cincuen ta años, un hecho a tener en cuenta por su meticulosidad también patente en el proceso de su pensamiento científico..
Nuestro objetivo en este trabajo será intentar analizar el desarrollo de «fuerza vital» elaborada por Buffon en términos conceptuales puramente newtonianos como elemento principal en la idea de generación y vida du rante la Ilustración.
Podríamos comenzar asintiendo con Fellows y Hilliken en su aprecia ción del sistema de generación elaborado por Buffon.
Mantienen estos au tores que «si un científico tuviera que explicar hoy en día el funciona miento de los genes y los cigoto• s de una manera muy, simplificada a alumnos sin ningún tipo de conocimiento sobre la estrüctura y funciona miento celular, •su explicación mantendría, inevitablemente, un enorme parecido con aquella dada por.Buffon» (1).
Ló que pretendemos enfatizar con esto es la exactitud, a nuestro juicio, del sistema.«bio-mecánico» de Buffon y específicamente su teoría de las «moléculas orgánicas» como el mejor sistema posible, sin duda, construido en base a los datos disponi bles en su época.
Ya en 1770 (las más controvertidas especulaciones biológicas de Buf fon fueron publicadas en su Histoire Naturelle en 1749), sus teorías sobre generación dominaban todas aquéllas contemporáneas publicadas en la primera edición de la Encyclopedia Britannica.
Casi un siglo más tarde, Charles Darwin, intentando formular un modelo teórico aceptable sobre el • todavía no resuelto problema de la generación, era aconsejado por T. H. Huxley a comparar sus ideas con aquellas de Buffon antes de considerar su publicación (2).
Sin embargo, otro: p.aturalista contemporáneo de Buffon y abuelo de Charles Darwin, Erasmus Darwin, en su Zoonomia (1794-96) hace comen tarios jocosos acerca de la «ingenuidad» de Mr. Buffon y de sus «partícu las» que se «supone están vivas aunque sean parcialmente mecánicas».
Erasmus Darwin prosigue más adelante en el mismo párrafo objetando con respecto a esta teoría, según él «fantástica», que <<no hay razón apa rente por la que la madre no pueda producir un embrión femenino sin la asistencia de la semilla masculina y llevar a cabo la "lucina sine concubi to" » (3).
La Física de Newton traducida por Buffon
Como ya hemos sugerido, la larga y generosa correspondencia con el matemático Cramer fue un elemento importante en el desarrollo ulterior del interés de Buffon en la obra y pensamiento de Newton.
En 1740 tradujo al francés de su manuscrito original en latín,• la obra de Newton The Met hod of Fluxions and Infinite Series.
En la introducción de esta traducción (nosotros utilizamos la versión inglesa hecha por John Lyon en 1981) Buf fon toma claro partido en la controversia Leibniz/Newton sobre la «gloria de la invención del cálculo» defendiendo la posición de Newton en los tér minos siguientes:
Las afirmaciones de Newton estaban incontestablemente manifestadas en sus traba j os...
Permaneció muchos años sin reclamar la gloria de sus descubrimientos, pero finalmente lanzó sus procedimientos, procedimien tos en los cuales nociones enteras se desarrollan a si mismas sin haber sido concluidas todavía...
Más adelante, en el mismo prefacio, Buffon trata la idea de la magnitud en su contexto físico, intentando identificar el concepto de agrandamiento o empequeñecimiento de un objeto como algo relacionado ontológicamen te con el objeto mismo.
Prosigue con la idea de magnitud hacia el objeto más pequeño posiblemente imaginable, considerando con este proceso que «la posibilidad de aumentar o disminuir sin límites constituye la verdadera idea que uno debería tener de lo infinito...
Este concepto emerge de la idea de finito (una cosa finita es la que tiene límites o confines).
Un objeto infi- Buffon es más explícito acerca de la idea de progresión y expansión in finita en su tratado La Generación de los Animales donde de nuevo presen ta la idea del infinito como «la supresión de la idea de lo finito, del cual eliminamos todos los límites que necesariamente determinan todo tama ño» (6).
Buffon consideraba la física y las matemáticas más como un medio de clarificar una realidad que como disciplinas autonómas y abstractas.
Así su concepción de leyes físicas está basada en la idea de exactitud: «una ley en física es solamente una ley en cuanto que sirve para medir y la escala que representa es constante..., es asimismo única y no puede ser representada por ninguna otra» (7).
Su fe en el «realismo» le previno contra la idea de ser un matemático en el sentido estricto del término.
Así Buffon dijo en 1749: «En Física uno de be evitar en la medida de lo posible buscar causas más allá de la naturale za» (8).
Esta idea de negar la posibilidad de especular sobre el origen de las cosas se basa en su repulsa a cualquier razonamiento teleológico para ex plicar fenómenos naturales.
La influencia de la Física de Newton en el pensamiento naturalista francés de la Ilustración, y especialmente en Buffon, debería también ser presentada sobre una base más amplia como es el universo epistemológico de Locke, negando el idealismo metafísico y manteniendo que las abstrac ciones mentales nunca pueden llegar a ser principios ya sea de existencia o conocimiento real: éste solo vendría dado como resultado de las sensacio nes.
Como consecuencia de esta influencia, al comienzo de la carrera de Buffon, Voltaire, otro fiel newtoniano y anglófilo, había acogido a su discí pulo durante trece años y lo había considerado un aliado en sus campañas personales contra los cartesianos.
Las relaciones entre ambos se enfriaron perceptiblemente cuando la ambición de Buffon fue tan ostensible que al canzó niveles similares a la de Voltaire.
La posición de Buffon con respecto a las «verités physiques» es enten dida como una prueba real basada en hechos y sobre todo en una larga se rie de hechos.
Para Buffon la esencia de las «verités physiques» es una «re petitiva y no interrumpida secuencia de hechos probados» (9).
De acuerdo con Roger este concepto de certeza basado en hechos probados es para Buffon una «convicción moral construida sobre la evidencia absoluta» (10).
De esta forma vemos cómo la ruptura con Descartes es completa y la duda metódica no es en ningún caso un proyecto filosófico compartido por Buffon.
Haremos una referencia breve a la cosmología de Buffon que, aunque marcadamente newtoniana, introduce un nuevo elemento.
De acuerdo con Newton, el universo por sí mismo tiende a la disolución, y consecuente mente necesitaría reformas periódicas por el Creador.
Newton no solamen te defendía esta necesidad de intervención divina continua sino que incluso diseña un mecanismo de actuación por parte de la divinidad (11).
Este me canismo, controlado por Dios, usaría la periodicidad de los cometas -que había sido descubierta recientemente-para acometer los actos de refor ma necesarios y que, según Newton, eran parte de una compleja cosmogo nía, que incluía la creación y el desarrollo subsiguiente de estrellas, planetas y lunas.
Buffon, en su idea del funcionamiento del cosmos, participa con New ton de la intervención periódica de los cometas para mantener el orden cósmico, pero reemplaza el papel divino por leyes puramente mecánicas.
Sobre la generación de los animales.
La analogía biológica de la gravedad
Es bien conocida la insistencia de Buffon en que la búsqueda de ciertas bases para la sistematización de 1a naturaleza -al estilo de Linneo-era un «error metafísico».
El propone e• n su Discurso Inicial un esquema de la naturaleza en el que cada individuo es parte de una cadena de seres mati zados hasta el infinito.
Para Buffon la naturaleza es una cuestión de mati ces y gradaciones.
Las especies fueron hechas por la mente del hombre y no por la mano del Creador.
• El concepto de especie en Buffon está basado en la capacidad de ani males y plantas para reproducirse.
Este concepto se puede asociar con uno de sus postulados en el que sugiere que mientras es la mente del hombre quien clasifica la naturaleza en especies, la naturaleza misma conoce sola mente al individuo.
La capacidad de cada individuo para duplicarse es el elemento básico de su interpretación biomecánica newtoniana de la natu raleza.
Podemos ver en La Generación de los Animales su énfasis en el indivi duo como una entidad auto-organizada: «Al considerar seres organizados, un individuo es un todo uniformemente organizado en todas sus partes, un compuesto de una infinidad de figuras semejantes, un ensamblaje de gér-Asclepio- menes... que pueden expansionarse de la misma forma de acuerdo con las circunstancias, y formar nuevos cuerpos, compuestos a imagen y semejan za de los que estos proceden» (12).
Si partimos de su idea de un «compuesto de una infinidad de figuras semejantes», podemos empezar a examinar sus conceptos de «moléculas orgánicas» y «molde interno>> a partir de las cuales serán formulados una serie de acontecimientos biológicos mayores como crecimiento, nutrición y reproducción.
Para explicar con claridad la idea de «figuras semejantes», que consti tuyen un cuerpo completo, Buffon nos presenta el ejemplo de un pequeño cubo de sal, compuesto, a su vez, de diminutas fi gu ras cúbicas semejantes, que perfectamente ensambladas forman un todo, un cubo visible.
No obs tante, Buffon afirma que no podemos renunciar a simples ideas de abstrac ción, como lo simple o lo compuesto, ya que, cuando intentamos reducir cada ser a elementos de figura regular, «sustituimos en eUugar de realida des elementos de nuestra propia imaginación».
Por esto, incluso cuando estas unidades nos son completamente desconocidas podemos suponer que un cuerpo organizado está compuesto de «partículas orgánicas» así como un cubo está compuesto de otros cubos.
Para explicar la reproducción en sí misma es necesario renunciar una vez más a cualquier planteamiento teleológico.
Todas las hipótesis no-em píricas que pudieran encontrarse para explicar y justificar la reproducción como el hecho de que tenga lugar para que los vivos suplanten el lugar de los muertos o para mantener la tierra con un cierto grado de ocupación, ya sea de animales y vegetales, son para Buffon meras especulaciones.
En su búsqueda de un principio físico en la reproducción, Buffon toma la grave dad de Newton como un ejemplo que explicará también cualidades inter nas (13).
Búffon no se atreve a aseverar que sus afirmaciones consistirán en la verdad «definitiva» o verdad «física», pero aunque no consiga dar la expli cación de los mecanismos por los cuales la naturaleza lleva a cabo la repro ducción de seres vivos, «al.menos, •habremos llegado a algo más probable de lo que hasta ahora se haya dicho» (14).
Su uso del concepto de gravedad es, en su sentido más amplio, entendi do como una cualidad interna de la materia y de la vida, porque aunque nuestros sentidos son solamente jueces de cualidades externas Buffon asu me que hay cualidades que sabemos internas, inherentes a los propios cuerpos, algunas de las cuales son generales, como podía aplicarse al caso de la gravedad.
Para llevar a reconocer el efecto-de esta cualidad interna Buffon hace un comentario que nos parece muy próximo al concepto de causalidad de Hume.
Buffon identifica esta «fuerza» como interna, lo cual quiere decir que al no ser externa no puede ser aprehendida por nuestros sentidos pero que, sin embargo, puede ser reconocida al reconocer sus efectos.
Así, los «moldes internos» de Buffon van a ser considerados como ele mentos inherentes a la naturaleza de los seres y tienen «la propiedad de la gravedad, es decir, que penetra en las partículas internas de la mate ria» (15).
Después de este intento por identificar la gravedad con los «moldes internos», Buffon reconoce abiertamente más adelante en esta misma obra que «es de esta cualidad llamada gravedad. -que penetra las partí culas internas de la materia-de donde yo he tomado la idea de molde interno» (16).
Su concepto de «partículas orgánicas» juega• un papel importante no solamente en la reproducción, -sino también que éstas preservan, dentro de sí mismas, la natural tendencia de la naturaleza a conservarse, a mantener� se viva y a organizar los seres vivos tanto como sea posible, así como, ob viamente; a multiplicarse.• La reproducción es para Buffon la actividad más poderosa de la natura leza y ningún otro proceso orgánico de catabolismo-anabolismo tendrá la misma intensidad vital.
La destrucción de un ser vivo organizado en base•a las «partículas orgá nicas» significa solamente la dispersión de estas partículas de las cuales di • cho ser está formado.
Hay, por tanfo, algún tipo de <<matiére brute» que no es. más que el residuo de la «matiére vivant» (17).
Dicho de otra forma, ma teria bruta sería el conjuntode las partículas orgánicas una vez dispersas o desarticuladas hasta que sean reunidas o agrupadas de nuevo por alguna fuerza activa.
• • Verem�s a continuación cómo este concepto de «materiabruta» está íntimamente ligado con el papel de la nu.
trición y su relación con la genera ción; posteriormente seguiremos los pasos en los que Buffon quisq encon trar la prueba definitiva de sus «moléculas orgánicas» a través de la experi: mentación microscópica.
Al intentar explicar el proceso de la nutrición y el crecimiento Buffon establece que estas dos funciones orgánicas son el punto de partida inevita ble de cualquier. teoría sobre. la reproducción.
Los animales, observaba Buffon, pueden alimentarse solamente de plantas u otros animales y las «Los efectos dé la nutrición y la expansión son generados por fuerzas activas... y de la misma manera que la gravedad penetra en cualquier rin cón de la materia así el poder que repele o atrae las partículas orgánicas de los elementos tiene capacidad para penetrar en el interior, de los seres or ganizados» (18).
Buffon utiliza, por tanto, el mismo instrumento newtoniano de «mol des internos» y «moléculas orgánicas» inherentes a la materia para expli car al mismo tiempo nutrición, •crecimiento y reproducción, aunando su concepto global de vida.
Esta es entendida en el _ pensamiento naturalista de Buffon como una propiedad física de la materia al igual que la grave dad, la electricidad o el magnetismo.
Así las molécu_ las orgánic; as son, co mo la gravedad, universales -materia orgánica-, común a animales y plantas.
Hay •solamente una materia orgánica que puede ser modulada temporalmente en una gran variedad de formas.
Añadiremos aquí un nuevo aspecto en la teoría de la reproducción de Buffon que es la imposibilidad de los seres en crecimiento o expansión pa ra reproducirse.
Las moléculas orgánicas serían absorbidas en su totali dad por los cuerpos en expansión o crecimiento, incapaces de utilizar es tas moléculas orgánicas para otro propósito que no sea su propia expansión (19).
Al final de su teoría dé la generación Buffon apunta una vez más cómo la fuerza penetrante de la gravedad.. • es•'el principio mecánico que serviría para explicar su concepto de reproducción y desarrollo.
El siguiente paso para' Buffon sería la demostración de la existencia material de estas moléculas orgánicas de las cuales todo ser vivo es y, a tra vés de las cuales, todo ser vivo llega a ser.
La búsqueda de estos elementos formes vivos no parecía encontrar grandes dificultades en el caso de la_ se milla masculina _ debido a la presencia de elementos móviles vivos en el se men.
El principal obstáculo venía'mediado por la dificultad en hallar •ele mentos orgánicos equivalentes en el «liquor» seminal femenino y en las plantas.
En este momento Buffon establece contacto con John Needham, mi croscopista británico conreputación, que había trabajado en el estuario del Tajo en Lisboa en la búsqueda de «pequeños filamentos» en aguas es tancadas.
Sus observaciones microscópicas publicadas en 17 45 fueron el descubrimiento preciso para apoyar las teorías de Buffon, principalmente debido al interés de Needham en persuadir a la comunidad científica que los elementos espermáticos de Leeuwenhoek eran más bien «instrumentos mecánicos» y. no seres vivos, llegando a convencerse de que los movimien tos de éstos no eran debidos a la actividad propulsora• de sus colas como siempre se había mantenido.
Buffon nos describe en su obra las aptitudes de Needham como mi croscopista y después de haber comentado con él sus propias teorías y la naturaleza de su proyecto de investigación -encontrar las partículas or gánicas en la semilla femenina-, llevan a cabo diversos experimentos.
En primer lugar, se trata de constatar que la motilidad de los elementos semi nales en los animales macho y en el hombre es debida a una fuerza ondu lante interna.
«Estaba persuadido no solo por mi propia teoría, sino también por las observaciones de todos aquellos que habían llevado a cabo experimentos antes que yo, que las hembras, al igual que los machos tienen un "liquor" seminal y prolífico» (20).
En el experimento que lleva el número XXVI, Buffon y Needham extraen de los ovarios de una perra (a la que se había apartado previamente del ma cho) un «liquor» que examinan bajo el microscopio.
Buffon comenta tras el primer examen: «Tuve la satisfacción de ver cuerpos móviles con colas exactamente iguales a aquellas encontradas en el "liquor" seminal de un perro.
Needham y Daubenton, que los observaban conmigo, se sorprendieron tanto de su parecido que difícilmente lo creían aunque estos elementos es permáticos eran exactamente los mismos» (21).
Sobre estos experimentos Buffon concluye que «he demostrado que las hembras, al igual que los machos, tienen un licor seminal que contiene cuerpos móviles y que estos cuerpos no eran animales realmente sino par tículas orgánicas con vida».
Más adelante, en el mismo párrafo «Reflexio nes sobre los experimentos expuestos», Buffon extiende el papel de estos cuerpos móviles añadiendo que «estas partículas existen no solamente en el "liquor" seminal de ambos sexos, sino incluso en los gérmenes de los ve getables y en cualquier parte del cuerpo de los animales» (22).
Como vemos, Buffon se oponía a las teorías preformacionistas al ne gar que sus «moléculas orgánicas» fueran réplicas en miniatura de orga nismos adultos completos.
Por medio de sus experimentos negaba este concepto de animales en miniatura y presentaba un nuevo instrumento que, articulado dentro del mundo bio-mecánico de Newton, sería el ele mento fundamental para explicar la reproducción.
En este sentido admi tíamos al comienzo de este trabajo que las teorías de Buffon serían el me jor método para explicar hoy de la manera más simple el funcionamiento de los genes.
Buffon, en su apoyo a la teoría de la epigénesis, doctrina rival del pre formacionismo, admitía la existencia en la materia de fuerzas equivalen tes a la gravedad para explicar la reproducción.
Epigenistas como Harvey ya habían defendido antes la presencia de una «fuerza» -emoción y ca lor-como el dispositivo indispensable para activar el desarrollo de un huevo.
Los experimentos llevados a cabo por Needham y Buffon ponían cla ramente de manifiesto, de acuerdo con este último, que los bien conoci dos elementos móviles en los «licores» seminales no eran animales en mi niatura propiamente dichos sino seres más simples y menos organizados.
El desarrollo del paso fundamental en la teoría de Buffon, basado en la presencia de «moléculas orgánicas» tanto en el fluido seminal masculino y su constantación microscópica en el femenino, se había llevado a cabo con una metodología precisa y meticulosa pero le condujo a un error funda mental que, aún hoy, de acuerdo con algunos autores, es descrita como un «irritante misterio» (23).
E. Nordenskiold, historiador.de la biología, apun ta una posible explicación: «Lo que Buffon y sus colaboradores en realidad vieron en el líquido folicular es difícil de decir, quizá epitelio descamado folicular o productos de la coagulación» (24 ): Roger, en su Les sciences de la vie sugiere que «la idea preconcebida de Buffon fue fundamental para elaborar este error de observación» (25).
La analogía biológica de la gravedad cuestionada
Podríamos sugerir aquí que la importancia de la gravedad como instru mento biológico puede también ser entendida con términos mucho más amplios, es decir, dentro de una mayor influencia de los «paradigmas» newtonianos y sus supuestas analogías biológicas durante el pensamiento http://asclepio.revistas.csic.es naturalista del siglo XVIII.
Hubo una gran variedad d� teorías postnewto nianas basadas en el concepto de la gravedad, pero, aun aceptando la inter pretación de Kuhn (26) sobre los períodos de «normalidad» en el pensa miento científico (durante los cuales paradigmas ya aceptados se enriquecen y son aplicados a diversas áreas de conocimiento) y' de «revolu ción» (en los que el propio paradigma emerge), sería difícil decir hasta qué punto podemos aplicar la teoría de los «paradigmas�> a la influencia de Newton en Buffon.
De acuerdo con Faber, cuando Buffon proclama la analogía entre «mol des internos» y el concepto de gravedad, debe referirse a la afirmación del propio Newton sobre principios activos en la sugerencia treinta y uno de su Opticks que permite la introducción de otro tipo de fuerzas en cualquier explicación sobre el comportamiento de la naturaleza.
Para el mismo autor la analogía buscada por Buffon debía considerarse cuestionable ya que el tipo de fuerza empleado por Buffon para explicar toda su historia natural difiere manifiestamente de cualquier tipo de fuerzas sobre las que Newton haya escrito jamás (27).
Hall nos da una descripción de la definición de gravedad según New ton.
Esta sería una fuerza o poder «matemático» -más que físico-y la in tensidad de la misma estaría en relación directa con la cantidad de materia de que cada cuerpo está formado.
Su manera de actuar, a juzgar por los movimientos que implica su existencia, sería de forma ordenada, y regula da por principios o leyes (28).
Newton en sus raras incursiones en el mundo de la especulación fisio lógica no intentó establecer propiedades vitales específicas sino reducir ac ciones vitales a propiedades físicas irreductibles, especialmente aquellas de atracción y repulsión (29).
Algunos autores sugieren que a pesar del obvio interés por parte de Buffon de conferir a sus «moldes internos» un aura de newtonismo, los detalles de la teorización de los mismos tienen más en común con los «ar quetipos» de Platón y la «forma» de Aristóteles que con la gravedad de Newton (30).
Para nosotros es importante tener en cuenta las dificultades intrínsecas emanadas de la idea de «molde interno» que, en cierta medida, están con tenidas en un comentario del propio Buffon cuando dice que «hay una cua lidad en la naturaleza, llamada gravedad que penetra lo más interno de los cuerpos.
La idea de molde interno está relativamente asociada a esta cuali dad de la gravedad, y con ello, incluimos solamente la comparación, sin contener lo opuesto a lo contrario».
Los elementos newtonianos en el pen-Asclepio- samiento naturalista de Buffon son, en suma, similares a la gravedad epis temológicamente, al ser diseñados para explicar lo inexplicable, pero difie ren ontológicamente al tratarse de fuerzas de distinta naturaleza.
Hay múltiples ejemplos de fuerzas desconocidas que son invocadas co mo misteriosos ejemplos causales de una gran variedad de fenómenos.
Es tas fuerzas desconocidas llegan a ser principios, propiedades o poderes co múnmente etiquetados bajo el epígrafe de «vitales».
El mismo Buffon puede ser considerado como parte integrante de esta tendencia hacia con ceptos vitalistas.
Nos gustaría terminar con una referencia notable a la vida de Buffon en la que podemos ver una presencia de Newton muchísimo más «directa».
En la descripción literaria que el político Hérault de Séchelles hace de su supuesta visita a la torre de Buffon en Montbard en 1785 se lee: «Encima de su mesa podemos ver un gorro de seda negra; detrás vemos la silla de brazos sobre la que Buffon se sienta, una silla ruinosa sobre la que cuelga un batín gris con rayas blancas y enfrente del escritorio vemos, colgado en la pared, un retrato de Newton» (31).
Siguiendo la narración de la visita hay un comentario del autor acredi tado a Buffon que hemos utilizado al comienzo de este trabajo: «Genio no es otra cosa que una gran aptitud para la paciencia».
Hérault de Séchelles nos recuerda la proximidad entre esta frase y aquella de Newton cuando éste fue preguntado como era capaz de hacer tantos descubrimientos.
Newton contestó: «Investigando siempre, y sobre todo investigando con mucha paciencia» (32). |
ña o por autores españoles a lo largo del año 1991, incorporando además traba jos aparecidos a los largo del periodo 1988-1990 que no habían sido recogidos en las tres entregas anteriores.
Las• referencias se presentan ordenadas alfabéticamente por el apellido del autor y siguiendo las normas bibliográficas habituales.
El índice de materias se ha confeccionado ordenando alfabéticamente las palabras clave extraídas de ca da una de las publicaciones y las entradas remiten, mediante el número asigna do en el repertorio, a los diferentes trabajos.
Como otros años, queremos agradecer sinceramente la colaboración de to dos los investigadores que nos han suministrado información sobre sus publica'." ciones y esperamos seguir contando con esa ayuda, sin lá cual la Bibliografía no sería posible.
Asimismo, debemos dejar constancia de nuestro agradecimiento hacia José Ramón Bertomeu y Antonio García Belmar, becarios de investigación de nues tro Instituto, que han prestado una valiosa ayuda para este proyecto., Muerte y comporta miento derpográfico de los valencianos (siglos XVII-XIX).
En: BERNABEU MESTRE, J. (coord.), El papel.de la mortalidad en la evo�ución de la pobla ción valenciana.
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En: F. BUJOSA I HOMAR (et al.) (eds.): Actas del IX Congreso Nacio nal de Historia de la• Medicina. |
La historiografía acerca del descubrimiento de la circulación pulmonar y su sig nificación histórica ha documentado el contexto del descubrimiento y analizado las relaciones intelectuales y posibles influencias entre sus principales protagonistas: Ibn-an Nafis, Servet, Valverde y Colombo.
De ello se ha derivado la idea de una inme diata rectificación del esquema galénico en base a la asimilación por parte de la me dicina del descubrimiento anatómico.
El presente trabajo analiza la historiografía so bre el tema y una parte significativa de la literatura médica publicada entre 1553 y 1628, poniendo de relieve la falta de repercusión inmediata del descubrimiento de la circulación menor tanto en la anatomía como en el modelo de funcionamiento del cuerpo humano.
Se debate su significación teórica y la asimilación y defensa del des cubrimiento por quienes desde finales del siglo XVI representaron el movimiento de renovación epistemológica que culminó con la obra de William Harvey.
CAMPILLO, D.: «No � icia histórica de la paleopatología en España».
El autor del presente trabajo lleva a cabo una exposición pormenorizada sobre el comienzo de las investigaciones paleopatológicas en España, al iniciarse los años setenta, hasta 1990, fecha en la que concluye sus pesquisas.
En primer término se ocupa de los principales centros de cultivo de la disciplina (Barcelona, Granada, Ma drid y el País Vasco) para estudiar luego minuciosamente la tarea publicista (libros y artículos de revista aparecidos durante esos veinte años) desarrollada por los paleo patólogos -especialmente médicos-que se dedican en nuestro país al desarrollo de la paleopatología y están dando ya frutos de carácter internacional.
• • FERNÁNDEZ SANZ, J.J.: «La asociación de la prensa médico-farmacéutica (1875), pionera del asociacionismo periodístico español».
La prensa médico-farmacéutica tiene un desarrollo espectacular en las últimas décadas del siglo XIX, convirtiéndose en el sector de la prensa especializada que más paga por «derecho de timbre» (ergo, mayor tirada).
A esta eclosión contribuyen: el marco de estabilidad política inaugurado con la Restauración canovista, las mejo ras en las técnicas tipográficas y de comunicación que aparecen con la 2.a fase de la FERNÁNDEZ SANZ, J.J.: «The medical-pharmaceutical press association (1875) pio neer of the spanish newspaper associations».
FRESQUET FEBRER, J.L.: «Terapéutica y materia médica americana en la obra de Andrés Laguna (1555)».
La introducción en Europa de la materia médica americana se inició con las pri meras noticias sobre los remedios curativos del Nuevo Mundo contenidas en los tex tos colombinos y en otros escritos relacionados con el Descubrimiento.
Siguió des pués una fase de «primeras descripciones» y otra de «primeros estudios analíticos», encabezada por la obra de Nicolás Monardes.
A mediados del XVI sólo se habían difundido entre los médicos algunos produc tos.
En este trabajo se pretende estudiar el peso de la materia médica americana y su uso terapéutico en uno de los textos más difundidos de la época: la edición de la «Materia médica» de Dioscórides, con comentarios del médico segoviano Andrés La guna, que publicó por vez primera en Amberes en 1555, y que fue reeditada veinti dos veces hasta el siglo XVIII.
GoNZÁLEZ FLóREZ, R.: «Theophraste Renaudot, médico, filántropo y publi -" cista en la Francia de Richelieu».
Theophraste Renaudot es uno de los primerísimos publicistas que, con la conso lidación de los Estados Modernos, pretenden acercar al limitado aunque influyente público lector, las grandes novedades, en el orden público y político, de la sociedad europea de su tiempo.
Su «Gazette» la pondrá enteramente al servicio de la política antiespañola de Richelieu, de quien recibirá todos los apoyos.
Y, sin embargo, la actividad filantrópica y científica, aunque en parte efímera, que desarrolló este hombre fecundo e imaginativo, no merece ser desdeñada.
En una época en que apenas ninguna actividad pública se concibe al margen de las estructu ras y normas corporativas, máxime cuando viene a vulnerar fortísimos intereses, las creaciones imaginadas por Renaudot aparecen tanto más llamativas, y su combate tanto más meritorio.
MIGUEL ALONSO, A. y GONZÁLEZ BUENO, A: «La biblioteca del Real Colegio de
El naturalista valenciano Antonio José CavanÜles fue uno de los más importan tes botánicos de su época.
Su formación botánica la realizó en París.
Allí entró en contacto con botánicos contemporáneos, manteniendo con algunos polémicas cien tíficas.
A los pocos años de su regreso a España sería nombrado director del Real Jardín Botánico (Madrid), donde realizaría una intensa labor institucional.
Se co menta también en este artículo la obra en la que trabajaba en el momento de su muerte, Hortus Regius Matritensis.
Desde �uy temprano Buffon mostró gran interés por la obra y pensamiento de Newton.
La idea de progresión y expansión infinita, su cosmología, el problema de la generación de los animales sobre todo, van a apoyarse de modo explícito en el concepto de gravedad newt<; miano, entendido como una cualidad interna de la mate ria y de la vida.
El autor de este trabajo va exponiendo los conceptos biológicos de «moldes internos», «partículas orgánicas», «materia bruta», señalando la progenie del pensamiento del naturalista francés.
Finalmente lleva a cabo el cuestionamiento de la analogía biológica de la gravedad, tan grato a Buffon.
VIDAL GALACHE, B.: «La terapéutica hospitalaria del siglo XVIII: dietas, dro gas y otros recursos sanadores».
El estudio de la botica del Hospital de San José de San Fernando, y.de las com pras de drogas y sustancias diversas que servían para la elaboración de distintos me dicamentos, nos proporciona una visión de la polifarmacia utilizada en el centro du rante el siglo XVIII.
Estas.fuentes permiten llenar el vacío de otras más directas, como las historias clínicas, poco frecuentes en archivos hospitalarios de la época.
Se analizan tamb. ién otras medidas terapéuticas: cirugía, aguas minero-medicinales, la influencia de factores geográficos, distintas dietas y las sangrías, una indicación por la que pasaban la casi totalidad de los enfermos. |
Los edificios culturales y científicos de Madrid se vieron muy perjudicados por la guerra civil española (1936-1939).
Madrid fue una ciudad asediada y bombardeada por los sublevados.
En la capital se encontraban los más importantes museos, la Biblioteca Nacional y las principales instituciones científicas y de humanidades, en donde trabajaban los más relevantes investigadores de la época.
A comienzos de la guerra tuvo lugar la incautación de bibliotecas y colecciones de ciencias naturales en palacios y edificios pertenecientes a aristócratas, financieros, personas contrarias a la República y colegios de religiosos.
Los naturalistas del Instituto Nacional de Ciencias Naturales organizaron la conservación y protección de las colecciones biológicas, mientras que bombas y obuses impactaban en las instituciones científicas de la zona republicana.
Naturelle de Paris en enero de 1871, que ocasionaron la destrucción de plantas del invernadero y colecciones zoológicas de galerías y laboratorios (Delondre, 1871), del Royal College of Surgeons de Londres en mayo de 1941, que acabaron con una parte de la colección donada por el cirujano John Hunter, así como con algunos fósiles recolectados por Darwin en Bahía Blanca (Parker, 2011), o el del Museum für Völkerkunde de Berlín en febrero de 1945, cuyo incendio arrasó parte de los fondos de la biblioteca (Valdovinos, 2013), son algunos ejemplos de los efectos devastadores que los conflictos armados han causado en los edificios de las instituciones científicas y sobre las colecciones que conservan.
Otro ejemplo de capital europea damnificada por actos bélicos es Madrid.
En efecto, la rebelión contra el gobierno de la República española en 1936 y la consiguiente Guerra Civil repercutiría de forma muy perjudicial en los entornos culturales y científicos de Madrid, ciudad que fue asediada y bombardeada por los sublevados.
En la capital se encontraban los más importantes museos, la Biblioteca Nacional y las principales instituciones científicas y de humanidades, integradas éstas en la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), organismo en el que trabajaban los más relevantes investigadores de la época.
El agravante del bombardeo de Madrid fue que serían los propios españoles, el ejército de Franco con la ayuda de la aviación alemana, los que atentaron contra su patrimonio cultural y científico.
Las vicisitudes que rodearon a la protección del patrimonio histórico-artístico durante la Guerra Civil ha sido objeto de estudios realizados, entre otros, por Álvarez Lopera (1982 y 2009), Argerich y Ara (2009) y Saavedra Arias (2016).
Menos conocido es el relato de las incautaciones y las disposiciones tomadas por las autoridades republicanas y los naturalistas de instituciones científicas madrileñas, comprometidos con la legalidad, para proteger del asedio franquista las colecciones científicas, confiscadas y públicas, y los edificios de los centros de investigación donde se custodiaban (Otero Carvajal y López Sánchez, 2012: 998, 1013,1015-1016; Aragón, 2014: 233-237; Pelayo, 2016: 201-207).
Tras el inicio de la guerra, los naturalistas del Instituto Nacional de Ciencias Naturales de la JAE, constituido en torno al entomólogo Ignacio Bolívar y que permanecieron fieles a la legitimidad democrática representada por la República, se vieron obligados a adaptar su trabajo a dos nuevos factores que alteraron su labor cotidiana.
El primero de ellos, y al igual que el resto de la población que vivía en el Madrid republicano, fueron las circunstancias derivadas del conflicto armado, con el peligro de caída de bombas y obuses en los centros donde realizaban su función.
De hecho las tres instituciones que formaban el Instituto Nacional de Ciencias Naturales (INCN), es decir el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), el Jardín Botánico (JB) y el Museo de Antropología (MA), serían alcanzadas por proyectiles del ejército rebelde.
En este ambiente bélico tuvieron que desarrollar su actividad encaminada a la protección del patrimonio cultural.
El segundo fue la reorganización administrativa y política motivadas por el desarrollo desfavorable de la guerra, con la evacuación a Valencia de la mayor parte de la plantilla, circunstancia que repercutiría intensamente en las labores investigadora y de custodia de las colecciones científicas.
EL INSTITUTO NACIONAL DE CIENCIAS NATURALES (INCN)
Ignacio Bolívar, presidente de la Junta de Profesores de los Museos de Historia Natural, propondría en la sesión del 21 de agosto de 1936 de dicha Junta designar con un nombre común, el INCN, al grupo de centros de la JAE que se dedicaban a la investigación en ciencias naturales.
Este conjunto lo constituían el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN), con sus anejos la estación Alpina de Biología de Cercedilla y la Estación de Biología Marina de Marín (Pontevedra), el Jardín Botánico (JB) y el Museo de Antropología (MA) 1.
Aunque conservaban su independencia económica y administrativa, todos se regían desde 1930 por el mismo Reglamento, el cual determinaba que su misión era el estudio de las producciones naturales de España y de las colonias y el protectorado de Marruecos 2.
La propuesta de Bolívar fue ratificada al mes siguiente por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes 3.
El objetivo del INCN, tanto en Madrid como más adelante en Valencia al ser evacuada parte de la plantilla a esta ciudad, era llevar a cabo labores de tipo cultural y de carácter científico.
En el primer aspecto, se quería vulgarizar la ciencia por medio de conferencias, cursillos breves sin carácter académico y exposiciones de objetos representativos y de coleccio-nes dispuestas para la ilustración del público, todo ello de forma gratuita.
La actividad investigadora se realizaba en los laboratorios, donde los especialistas disponían para su trabajo de bibliotecas y colecciones de Historia Natural.
Los ejemplares de estas colecciones se habían ido reuniendo a lo largo de muchas décadas, desde el siglo XVIII, y muchos habían sido obtenidos en las excursiones y expediciones organizadas por las propias instituciones en territorio español o de otros países para recolectar especímenes.
La incorporación de fondos se hacía, también, a través de donaciones de particulares, compras, cesiones entre centros estatales y por intercambios con otros museos y centros nacionales y extranjeros (Barreiro, 1992).
De manera que al comenzar la guerra, el MNCN disponía de nutridas colecciones de zoología, tanto de invertebrados como de vertebrados, de mineralogía y paleontología, ésta última estudiadas por Montero (2002).
Además, la creación de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas (CIPP) por RR.OO. de 1912 y 1913, propició el inicio de una importante colección de copias de arte rupestre español.
El JB conservaba un valioso herbario histórico fruto, entre otros, de los resultados de las expediciones científicas del siglo XVIII, acompañado de láminas y descripciones manuscritas de las plantas recogidas.
Destacaban los miles de dibujos realizados por el grupo de dibujantes que había trabajado en la expedición botánica dirigida por José Celestino Mutis al Reino de Nueva Granada (1783-1816), la actual Colombia.
Asimismo, el archivo del JB custodiaba las cartas que el naturalista sueco, Carl von Linné había dirigido a mediados del siglo XVIII a su discípulo Pehr Löfling, durante la estancia de éste en España y su posterior viaje al Orinoco.
El MA por su parte conservaba colecciones de cráneos humanos, momias sudamericanas y guanches, las colecciones de industria paleolítica como la procedente de San Isidro, la colección prehistórica reunida en el siglo XIX por Juan Vilanova, etc. Las tres instituciones disponían en sus bibliotecas de colecciones de revistas científicas especializadas, aparte de las obras de Historia Natural de los siglos XVI al XVIII que se conservaban en el MNCN y los libros de botánica pre-linneanos del JB.
Previamente a la Guerra Civil, la estructura del MNCN contemplaba la existencia de diversas secciones, por áreas de conocimiento, cuyo responsable era de facto el catedrático de la especialidad en la Facultad de Ciencias.
Así, en 1936, había ocho secciones, de Vertebrados u Osteozoología, Geología, Entomología, Mineralogía, Animales Inferiores y Moluscos, Paleontología, Geografía Física y Ecología y Laboratorios de Anatomía Microscópica, Taxidermia y Biología Experimental (Otero y López Sánchez, 2012: 609-614, 616-617).
Para recolectar, ordenar, arreglar y cuidar las colecciones y colaborar en su estudio y clasificación de las especies, el MNCN disponía de un personal técnico formado por conservadores, preparadores y colectores; para el arreglo de los ejemplares de las exposiciones contaba con auxiliares artísticos, disecadores, escultores taxidermistas, a lo que había que añadir el personal de apoyo auxiliar para la biblioteca y los laboratorios.
En el caso del JB esta institución contaba con jefes de Secciones de Cultivos, Herbarios y Flora Tropical, conservadores, jardineros, colectores, preparadores, ayudantes de jardineros, un auxiliar artístico y el bibliotecario (Otero y López Sánchez, 2012: 917, 1010-1011).
Por su parte, el MA disponía de jefes de secciones de Antropología, Etnográfía y Prehistoria, conservadores, colectores-preparadores y personal de apoyo (Otero y López Sánchez, 2012: 1014).
Los jefes de secciones de los tres centros y los de los laboratorios del MNCN formaban la "Junta de Profesores de los Museos de Historia Natural".
Al producirse la sublevación las plantillas de las tres instituciones científicas se vieron afectadas.
Varios funcionarios y personas relacionadas con los Museos se alistaron a las milicias o se incorporaron a filas, tomando parte en la defensa de Madrid, en las operaciones de la sierra, luchando en El Escorial o Cercedilla.
Otros, que a mediados de julio se encontraban fuera de la capital, no se presentaron a su puesto de trabajo, bien porque apoyaron el golpe o porque no regresararon para reintegrarse en sus destinos, como los directores del JB y del MA, y algunos jefes de Secciones y conservadores de las tres instituciones (Otero y López Sánchez, 2012: 993-995).
Ante la insurreción militar contra la República, milicianos de los partidos y sindicatos obreros se opusieron de manera inmediata a la rebelión.
Tras el fracaso del golpe, las milicias populares ocuparon en Madrid los edificios más emblemáticos de los enemigos de la República, como los palacios de la aristocracia de Medinaceli, Bailén y Liria, la Unión Mercantil, el Círculo de Bellas Artes, el Casino de Madrid, los talleres de periódicos monárquicos, conservadores y católicos, inmuebles de la oligarquía financiera, establecimientos y colegios de las congregaciones y órdenes religiosas, etc. 4 Muchos de estos edificios guardaban colecciones particulares de importancia artística e histórica que quedaron confiscadas (Álvarez Lopera, 2009).
Ante esta situación, el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes decretaría la creación de una Junta vinculada a la Dirección General de Bellas Artes que sería responsable de los objetos de arte, históricos y científicos conservados en los inmuebles ocupados, debiendo adoptar las medidas necesarias para conservarlos, trasladarlos e instalarlos provisionalmente en museos, archivos y bibliotecas estatales, donde serían expuestos para ser disfrutados por el pueblo 5.
Un Decreto posterior extendería el ámbito de actuación de esta Junta, llamada de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico, abarcando la confiscación o conservación de obras, muebles e inmuebles, de interés artístico histórico o bibliográfico que corriesen peligro de destrozo, de pérdida o de deterioro por las circunstancias irregulares del momento 6.
Entre el material incautado en los edificios ocupados por las milicias se hallaron colecciones de objetos y ejemplares de ciencias naturales, reunidas por aristócratas, banqueros y personas que se habían significado por su oposición a la República.
Otro Decreto establecería el cierre de los establecimientos pertenecientes a las órdenes y congregaciones religiosas vinculadas con la sublevación 7.
Así que también fueron requisados los materiales para la docencia de la Historia Natural en colegios católicos y libros de las bibliotecas de los conventos.
Al encontrarse con un material científico especializado la Junta de Incautación se dirigió a los expertos en ciencias naturales.
Se contactó con el presidente de la JAE, Ignacio Bolívar (Gomis, 1988; Puig-Samper, 2016), quien también era director del MNCN, por lo que esta institución fue la encargada de gestionar y proteger las colecciones y material de historia natural requisado.
En este sentido, Bolívar dirigiría el 31 de Julio de 1936 un escrito al ciudadano encargado de la custodia del palacio de Medinaceli de Madrid, abandonado por sus dueños, informándole de los nombres de los funcionarios del Museo que estaban autorizados para hacerse cargo de la colección zoológica de dicho edificio.
Los comisionados fueron un disecador del MNCN, un becario de entomología, dos preparadores de taxider-mia y dos mozos para que ayudaran al traslado de materiales y libros.
A ninguna otra persona le estaba permitido retener objetos de esa colección.
Debían recogerse en una lista todas las piezas a medida que se fueran sacando del palacio, firmándose a continuación la documentación de la requisa por ambas partes 8.
Se conserva una lista de seis folios, "Vitrinas y ejemplares recogidos en el Palacio de Medinaceli y que han sido depositados en el Museo Nacional de Ciencias Naturales", y otra de nueve folios con los libros incautados.
Ambas listas llevan los sellos de las "Milicias Obreras.
Sección Motorizada del Partido Socialista.
Cuartel General" y del Museo Nacional de Ciencias Naturales, y firmadas por el Jefe administrativo y responsable de las milicias, y por Bolívar, como director de la institución donde se depositaría la colección y cerca de trescientos libros 9.
La relación de la colección zoológica custodiada en el MNCN durante la guerra consta de grupos de aves y mamíferos naturalizados, vitrinas con ejemplares, además de un cuadro con grabados, fotos y dibujos, álbumes, cajas y paquetes con fotos, etc 10.
Antes de la guerra la colección zoológica del Duque de Medinaceli se podía contemplar en cuatro salas del palacio (Dusmet, 1920).
Estaba formada por ejemplares disecados de aves y mamíferos cazados por el aristócrata durante sus viajes por el África oriental y en regiones del círculo polar.
El grupo zoológico formado por un oso polar matando a una foca y una jirafa gigante, a la que hubo que cortar treinta centímetros de cuello para que cupiera en la habitación, eran ejemplares emblemáticos de esta colección.
Muchos especímenes habían sido naturalizados por la firma británica Rowland Ward Ltd. y otros por José María y Luis Benedito, taxidermistas del MNCN (Romano, 1928).
El palacio, situado en la calle Génova esquina Colón, tras su incautación sería utilizado por la Asociación General de Cocineros de Madrid para dar de comer a las tropas y milicias del Frente Popular y luego como Hospital de Sangre.
El duque, Luis Fernández de Córdoba y Salabert, aparte de sus intereses cinegéticos que plasmó en obras sobre caza y cetrería, había estado muy relacionado con Bolívar y el MNCN.
Fue Presidente del Comité del Patronato de los Museos de Historia Natural, pertenecía a la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y a la Real Sociedad Española de Historia Natural, formando parte del Comité de la Exposición Retrospectiva de Historia Natural y de la Comisión para la Exploración y Estudio del Noroeste de África.
En la primera sesión de la Junta de Profesores de los Museos de Historia Natural tras la sublevación militar, Bolívar expuso que el MNCN había sido invitado por la Junta de Incautación a que se hiciera cargo de objetos y libros científicos de los edificios confiscados por el Estado y las milicias.
Del palacio de Medinaceli, informó, se trasladaron al Museo "92 vitrinas con mamíferos y aves, en su mayoría de gran valor científico y artístico, y un número considerable de otros objetos, como cabezas de mamíferos disecados, cuernas de rumiantes, así como también valiosos li-bros...".
Bolívar comentó también las incautaciones en las residencias de la orden de los agustinos de las calles Columela y Valverde 11.
El inventario recibido por el MNCN del convento agustino de Columela contemplaba la confiscación de libros, folletos, colecciones de lepidópteros, de hongos microscópicos y de conchas, además de dibujos e instrumental científico para laboratorios de biología, química y física.
Asimismo, llegaron al MNCN cajas de mariposas de la colección del agustino Ambrosio Fernández y ejemplares de las colecciones que se destinaban a la enseñanza en el colegio del Pilar.
De este último la Federación de Trabajadores de la Enseñanza, vinculada a la UGT, envió al MNCN material para la docencia de geología, mineralogía, paleontología y zoología.
Había colecciones de rocas y de minerales, fósiles de mamíferos, restos paleolíticos, del neolítico y de las épocas del bronce y del hierro, instrumentos oculares y otros para recolectar insectos y lepidópteros, etc 12.
A mediados de agosto de 1936 el MNCN recibió del Círculo Socialista del Oeste el material incautado del colegio de los Sagrados Corazones, formado por libros, cajas de insectos, otras con preparaciones histológicas, etc. 13 Por esas fechas, el Comité Este de la Sección del Socorro Rojo Internacional, entregó al MNCN 48 cuadernos de The National Geographic Magazine y un biombo de cuatro piezas con mariposas, procedente de la Casa Urquijo y Cía, el banco del mismo nombre 14.
Durante el mes de septiembre de 1936, las milicias del Batallón Pi y Margall del Partido Republicano Democrático Federal, reunieron libros y objetos de historia natural confiscados de la casa del banquero Ramiro Fernández de Villota.
La relación que llegó al MNCN incluía vitrinas con aves y mamíferos, cornamentas y pieles de animales, libros y fotografías.
Ese mismo mes, la Junta de Incautación entregaría al MNCN una vitrina con aves disecadas, patas y huevos, etc., del domicilio de Romualdo Céspedes y Mac Crohon 15.
A comienzos de año siguiente, Antonio Zulueta, director provisional del MNCN tras serle concedida a Bolívar una licencia oficial para ausentarse de Madrid, solicitaría a la Junta de Compras del Ministerio de la Guerra la entrega en depósito de los ejemplares zoológicos naturalizados que se encontraban en el edificio que ocupaba, los cuales por su valor científico merecían ser puestos a salvo de los riesgos de la guerra.
La lista la formaban las vitrinas de un lobo y dos osos del Himalaya, un tejón naturalizado, cabezas, patas y cornamentas de rumiantes, una cabeza de faisán y unos pocos libros 16.
Según anotación a mano del expediente, eran ejemplares de la colección de Luis de Olivares Bruguera, vizconde de Artaza, un diplomático que había estado destinado en la India.
Las incautaciones seguirían unos meses después.
Así, en septiembre de 1937, el Comisario de Vigilancia del Distrito del Congreso había confiscado en un registro una colección de insectos junto a su bibliografía.
La casa era de Jorge Lauffer, naturalista de origen alemán experto en lepidópteros y coleópteros, el cual había pertenecido a diversas sociedades científicas de historia natural españolas y europeas.
En 1902 fue nombrado agregado al MNCN, distinción concedida por haber donado una colección de lepidópteros.
Zulueta comisionó al preparador García Llorens para que trasladara la colección de insectos y libros científicos y en el MNCN terminaron más de 800 cajas de insectos y seis cajones conteniendo frascos también con insectos, junto a material para preparar y cazar ejemplares y tres armarios que contenían revistas científicas 17.
Aparte de protegerse de las bombas y obuses del ejército enemigo, la República tuvo que luchar contra la propaganda franquista y la difusión de noticias falsas que cuestionaban la labor del gobierno republicano para salvaguardar de la guerra el patrimonio cultural.
Bolívar salió en defensa de las incautaciones de colecciones científicas publicando en El Socialista un artículo en el que rebatía la propaganda franquista denunciando que bibliotecas y museos habían sido desasistidos y abandonados, al tiempo que justificaba las medidas que habían permitido la protección de edificios y el rescate de obras de arte, colecciones y archivos de casas particulares.
Así, decía, la creación de las Juntas de Protección e Incautación había posibilitado la recuperación de materiales escondidos, Asclepio.
Bolívar hacía extensiva esta salvaguarda al ámbito científico, ya que había colecciones de objetos naturales, de algunas de las cuales se desconocía su existencia, que había que proteger para evitar su dispersión y pérdida.
La Junta había facilitado la entrada en los edificios incautados por las milicias posibilitando que se recogieran objetos de interés científico que añadir a las colecciones del Estado.
Las incautaciones habían seguido un meticuloso protocolo, redactándose por duplicado las listas de objetos confiscados.
Selladas y firmadas por los respectivos representantes, una copia quedaba en poder de cada uno de ellos, como testimonio de la entrega y recepción de los objetos.
Ejemplo de esto había sido el traslado de la colección del palacio de Medinaceli, cuyos grupos biológicos en su mayoría habían sido naturalizados por los hermanos Benedito, taxidermistas del MNCN (Aragón, 2014).
Para Bolívar esta colección podía compararse en belleza y composición con las del Museo Británico 18.
Esta defensa de Bolívar de las incautaciones de las colecciones científicas se publicaría también en otros periódicos, como El Pueblo (Valencia) y La Vanguardia de Barcelona.
En ambos diarios incidía en que debido a la curiosidad de las milicias, que acudían en gran número para ver las colecciones científicas incautadas, se había decidido, tras acabar con el arreglo de sus fondos, abrir el MNCN al público dando así por finalizadas las vacaciones reglamentarias 19.
Un relato del proceso de confiscación de colecciones científicas y su trasladado al MNCN se debe a Eugenio Morales Agacino (Viejo y Gomis, 2006).
Becario del MNCN sería designado por Bolívar, junto con Dionisio Peláez Fernández, ayudante de Entomología, para la recogida de objetos naturales en los edificios incautados por el Estado, entidades sindicales y secciones obreras.
En septiembre de 1936, Bolívar solicitaría a la Sociedad Madrileña de Tranvías pases para que ambos pudiesen desplazarse por el centro y alrededores de la capital y realizar su cometido 20.
En sus memorias Morales Agacino comenta que la
Comisión Oficial encargada de hacerse cargo de los bienes de interés cultural confiscados por las milicias populares, debía incluir los objetos pertenecientes a los tres reinos de la naturaleza, como "trofeos de caza, colecciones de insectos y libros o publicaciones relacionadas con ellos" hallados en palacios o pisos requisados para preservarlos de su destrucción.
Tras ser custodiados podrían ser devueltos al final de la guerra a sus legítimos dueños o ser destinados a lo que se acordase (Morales Agacino, 1993: 78).
Bolívar, decía Morales, le había extendido a él y otros un volante para llevar a cabo esta misión, que cumplieron trasladando al MNCN y salvando de su posible destrucción la colección de animales disecados que formaban el pequeño pero selecto museo del duque de Medinaceli.
Morales incluía también las colecciones de trofeos del duque de Arion, del conde de Villagonzalo y del vizconde de la Armería, las colecciones de insectos de José María Dusmet y la de Lauffer, la cual contenía a su vez la de Francisco de Paula Martínez Sáez, adquirida por el naturalista alemán, y por último la formada por el agustino Ambrosio Fernández.
Terminaba no recordando si había habido alguna más de valor especial (Morales Agacino, 1993: 79).
Ante el peligro que suponía la caída de bombas y obuses, la Junta de Profesores se planteó la necesidad de proteger las colecciones científicas del propio MNCN.
Bolívar alertaba de que las colecciones entomológicas eran sensibles a los bombardeos, ya que la caída de un proyectil en las proximidades del Museo, y mucho más dentro del edificio, daría lugar a un fuerte temblor que podría dañar las colecciones 21.
La amenaza era mayor por la existencia en el propio edificio del MNCN, el Palacio de las Artes y la Industria de los Altos del Hipódromo, de un cuartel de la Guardia Civil (Otero y López Sánchez, 2012: 619-620), que ocupaba las antiguas dependencias dejadas en 1928 por el Museo del Traje Regional e Histórico, al trasladarse éste al antiguo Hospicio.
Zulueta, presidente accidental de la Junta, convocaría a los Profesores del INCN para tomar acuerdos sobre la protección de las colecciones del MNCN y del JB.
Por de pronto, una pequeña parte de los libros del MNCN había sido trasladada por la Junta de Protección del Tesoro Artístico Nacional a San Francisco el Grande.
Existía asimismo la posibilidad de usar un sótano del edificio de la Escuela Normal, en el Paseo de la Castellana, para guardar lo que se estimara oportuno.
Pero la Junta se decantó por no sacar nada del edificio del MNCN.
Se plantearon diferentes cuestiones para resolver el problema de la protección de las colecciones científicas.
Una fue la colocación de los libros en uno de los torreones del Museo para preservarlos de los incendios.
En cuanto a las colecciones entomológicas se consideró que no debían trasladarse.
Los libros, instrumentos y colecciones del Laboratorio de Biología deberían bajarse al sótano del pabellón de esta dependencia.
Por otro lado, se planteó que los libros de valor y los pliegos de herbario del JB, auténticas reliquias científicas y en algunos casos históricas, no debían ser desplazados, ya que se pensaba que estarían protegidos por estar cerca del Museo del Prado, un "paraguas protector".
De todas formas, se consideró conveniente dividir el herbario para evitar así su posible destrucción total 22.
En noviembre de 1936 sucedió lo que se temía: bombas y obuses del ejército franquista comenzaron a caer en la capital.
Los destrozos causados por la aviación y la artillería alcanzaron a edificios públicos emblemáticos de Madrid, como el Museo del Prado.
El peligro aumentó con el asedio a la capital de las fuerzas de Franco, por lo que el gobierno decidió trasladarse a Valencia.
Se nombró entonces una Comisión provisional delegada de la JAE para que residiera en dicha ciudad, con las atribuciones correspondientes a este organismo (Otero y López Sánchez, 2012: 979).
Ese mes cayeron bombas incendiarias en el JB.
Una, tras atravesar el techo del edificio, fue a parar sobre una mesa de laboratorio.
Por suerte, el fuego se había sofocado inmediatamente.
Ante esto, Zulueta convocó a los miembros de la Junta de Profesores para buscar la forma de proteger el archivo histórico, los libros, las láminas botánicas de la expedición de Mutis y las colecciones científicas existentes en el JB.
El personal del Jardín defendió que las colecciones no debían salir de dicha institución, asumiendo que se deberían proteger en una dependencia del edificio que ofreciera el menor peligro posible frente al deterioro o la destrucción.
Pero el resto de la Junta coincidía en que había que buscar la máxima seguridad, aunque esto implicara trasladar las colecciones desde el JB a otro edificio estatal.
En cualquier caso, las láminas de Mutis y los documentos más valiosos que se conservaban en el Botánico debían guardarse donde hubiera las mayores condiciones de protección, ya fuera en los propios espacios del JB o fuera en algún otro centro, como el Museo del Prado u otro que dependiera del Ministerio de Instrucción Pública y que ofreciera suficientes garantías.
Se decidió que los armarios compactos que guardaban la colección de láminas de la expedición de Mutis deberían emplazarse en una dependencia sin materiales combustibles, tapiando las puertas y demás huecos mediante un pequeño muro de ladrillos, intentando evitar así sacarlos fuera de Madrid.
De todas formas, Zulueta manifestaría que las láminas de Mutis, las cartas de Linneo del siglo XVIII, etc., debían llevarse a un sitio más seguro que el Botánico, como eran el Museo del Prado o el MNCN.
El traslado habría de realizarse con la máxima celeridad, ante el peligro que corrían las colecciones si el Botánico era ocupado por las tropas 23.
Cinco días después, hubo que abordar la cuestión de la protección de las colecciones del Museo Antropológico.
La caída de dos bombas explosivas había deshecho la puerta de entrada y una parte de la verja.
Era urgente salvar los objetos más valiosos sacándolos de allí, al menos los libros, ya que las colecciones de cráneos humanos y de momias ofrecían grandes dificultades para su traslado.
Zulueta comentó que la sección cultural del 5o Regimiento de Milicias había ofrecido un camión para hacer los traslados de los materiales valiosos.
Con urgencia había que proceder al traslado de las colecciones, ya que la situación del edificio del MA era peligrosa por estar cerca de la estación de trenes y situado enfrente del Cerro de San Blas 24, el cual estaba fuertemente militarizado debido a que estaba situado en un punto elevado y dominante.
En el cerillo de San Blas se habían instalado baterías de artillería y varios acuartelamientos, entre ellos el del antiguo Instituto Cajal y el del Observatorio Astronómico, situados en el extremo suroeste del Parque del Retiro (González, 2014).
La caída de una de las bombas había roto numerosos cristales de la claraboya central del edificio del MA.
Al estar en peligro las colecciones se retiraron del salón grande los ejemplares más expuestos a la humedad, colocándolos junto a los muros y en sitios resguardados de la lluvia.
La biblioteca se trasladaría a un departamento más protegido del primer piso 25.
Se solicitó que se realizaran obras para arreglar los graves desperfectos causados por la caída de proyectiles, ya que uno de ellos había explotado en la escalinata de entrada, afectando a la conservación del edificio, a las colecciones y al material que en él se conservaban.
Si no era posible abordar una reparación total del edificio que permitiera la ordenación de las colecciones y la normalización del trabajo en los laboratorios, al menos era preciso reparar algunos desperfectos, aunque fuera de manera provisional.
Se corría el riesgo de que el inmueble se viese más afectado, lo que haría imposible salvaguardar las colecciones, especialmente porque se acercaba el invierno y con él las lluvias y posibles nevadas.
A la rotura de la claraboya se unía la de las tejas de la cubierta, que ocasionaba goteras en los techos que afectaban a los salones de exposición y algunos laboratorios.
Además, las filtraciones de agua provocaban desprendimientos de las molduras de las salas, ocasionando peligro para el personal, el mobiliario y las colecciones.
En definitiva, la puesta a salvo de los fondos, de la biblioteca y del material de los laboratorios exigía la reparación de las zonas deterioradas, aunque fuera provisionalmente.
El ministerio comisionaría a un arquitecto para que inspeccionara el estado del edificio y presentara un presupuesto de las obras que habría que realizar 26.
Por su parte, en el MNCN, a mediados de 1937, los trabajos continuaban desarrollándose en los laboratorios y se mantenían abiertas al público las salas de exposiciones.
Seguía preocupando la situación de las colecciones entomológicas, que se habían movido desde el sótano hasta el laboratorio del piso alto debido a la aparición de humedades.
A Cándido Bolívar, secretario de la Junta, no le gustó este traslado y propuso que los fondos se llevaran a un edificio externo que se pudiera incautar o alquilar.
Finalmente se decidió que la colección de ortópteros se trasladara a un chalet de Chamartín, propiedad de la familia Bolívar, y el resto de colecciones de insectos fueran al pabellón del patio, que ofrecía más protección contra los bombardeos que los laboratorios, cuyas fachadas daban al exterior.
Mientras en el JB, al estar más tranquila la zona, las láminas de Mutis se habían desplazado hacia un lugar también protegido pero con ventilación 27.
Al igual que el JB y el MA, el edificio del MNCN padecería destrozos causados por la munición enemiga.
En julio de 1937 un proyectil de cañón explotó en el interior y otro en el exterior.
Una granada "estalló en el salón de Mamíferos, rompió las lunas y cristales de numerosísimas vitrinas y de los grandes escaparates de las cabras, gorilas y vitrinas de la pared de toda la primera mitad del salón.
Algunos ejemplares recibieron trozos de metralla que afortunadamente no produjeron grandes daños.
Otra granada atravesó la sala pequeña de aves, yendo a estallar en uno de los sótanos y ocasionando la destrucción de tabiques, techo, etc., y de varias vitrinas conteniendo grupos biológicos" 28.
Las salas destrozadas por las caídas de los obuses se cerraron al público, solicitándose que una pareja de guardias de seguridad protegiera el edificio, ya que las ventanas habían quedado destruidas, y para que vigilaran también el jardín y los campos de experimentación del centro, a los que acudía mucho público falto de otros lugares de esparcimiento en Madrid.
Se pidió también la construcción de un refugio para los funcionarios encargados de la vigilancia de las colecciones científicas que vivían allí, cuyos alojamientos no ofrecían seguridad contra los ataques aéreos 29.
Unos meses después volverían a solicitar la construcción de un refugio, para unas sesenta personas, por el peligro de bombardeos, alegando que también afectaba al Instituto Torres Quevedo, que al dedicarse a la construcción de material de guerra empleaba materias explosivas 30.
Los desperfectos ocasionados en el MNCN fueron valorados por un arquitecto, quien recogía en su informe que uno de los proyectiles había entrado en el interior a través de la cubierta de cristal de los espacios dedicados a exponer animales disecados.
Había explotado tras chocar contra un muro de ladrillo, derribando otros dos y rompiendo dos soportes de hierro, pero no había ocasionado daños en el material científico, ya que por suerte las colecciones de insectos se habían trasladado de sitio días antes.
El que había caído en el exterior provocó que se rompieran los cristales de la planta baja y bastantes de la planta principal que daba a la fachada norte.
La metralla había provocado destrozos en las paredes interiores pero de poca importancia en los animales disecados.
Según el arquitecto, la construcción de cubiertas en la parte destinada a museo zoológico no ofrecía seguridad contra los bombardeos.
A esto había que añadir que era muy costoso proteger el material científico, debido a la escasez de los materiales de construcción y a las condiciones especiales en que se debería ejecutar.
Por el contrario, la zona del Museo dedicada a la mineralogía, que no se había visto afectada, se había reformado recientemente construyéndose muy bien, por lo que se podía proteger muy bien y de manera económica de los efectos causados por los disparos de cañón.
El arquitecto aconsejaba que se tomaran medidas para proteger las colecciones.
Se debía comenzar por desalojar los ejemplares y colecciones zoológicas de gran tamaño, trasladándolas a otro edificio, como, por ejemplo, la sala de exposiciones del Círculo de Bellas Artes.
Este inmueble ofrecía mucha seguridad para el arquitecto, debido a su construcción y orientación y además, solo había que proteger tres ventanas.
Pero desde el MNCN se decidió que no se hiciera dicho traslado por la lejanía del edificio y por estar en una zona muy batida por la artillería enemiga.
Se pensó como alternativa en buscar un local en la parte alta del barrio de Salamanca, zona más segura para custodiar las colecciones de aves y mamíferos y otros fondos de las salas abiertas al público 31.
El arquitecto aconsejaba que para evitar la entrada de la lluvia se tabicaran las ventanas del edificio, ya que si se sustituían por cristales podían producirse roturas por los bombardeos.
Asimismo, afirmaba que era preciso proteger a los animales disecados de gran tamaño, mientras que en la zona destinada a la mineralogía el material debía disponerse en su parte baja, protegiéndose las ventanas orientadas a poniente, los techos de la vivienda del conserje y el local donde se había almacenado la biblioteca.
Para llevar a cabo estas obras de protección, decía, harían falta sacos terreros, ladrillos, una camioneta para el transporte de materiales, etc., por lo que el presupuesto se elevaría a las 15.000 pesetas.
Esta partida se aprobaría, utilizándose para cubrir los gastos de traslado de colecciones y las obras de protección del edificio, tales como el tapiado de varias grandes ventanas del salón y la reposición de la zona del piso superior de los laboratorios de Entomología 32.
El periódico El Socialista recogería en el mes de septiembre de 1937 las medidas adoptadas para proteger el patrimonio científico de los bombardeos de la aviación y los obuses de la artillería franquista.
Este periódico publicaba que uno de los centros de investigación de Madrid más dañados había sido el Instituto Cajal, parcialmente destruido por los obuses.
Las labores para salvar el instrumental, el material de laboratorio y la biblioteca de este Instituto tuvieron que realizarse bajo fuego enemigo.
También el personal adscrito al INCN había tenido que poner a resguardo los libros y las colecciones científicas reunidas y clasificadas durante muchos años de trabajo.
Se había logrado proteger valiosas colecciones científicas, aunque esto había supuesto obviamente la ralentización provisional de las actividades de investigación 33.
Unos meses después se aprobaría que varios grupos zoológicos y ejemplares disecados del MNCN fueran trasladados para su protección al Museo del Prado.
En este edificio, a pesar de que había sido bombardeado, se esperaba que estuviesen mejor resguardados y más seguros 34.
Se enviaron desde el MNCN 69 grupos de aves y mamíferos naturalizados.
De los ejemplares seleccionados para ser protegidos en la Pinacoteca, 43 pertenecían a las colecciones incautadas al duque de Medinaceli, a Olivares, a Fernández de Villota y al Vizconde Armería.
Los 26 objetos restantes eran especímenes naturalizados del Estado, y pertenecían a las colecciones conservadas en el MNCN, incluyendo 8 cuadros con pájaros exóticos procedentes de las colecciones del Infante D. Sebastián.
Junto a vitrinas con monos y un grupo con lagartos de Guinea, se mandó un elefante pequeño.
En el Museo del Prado las 76 vitrinas que llegaron del MNCN se dispusieron en la Rotonda de entrada, en las salas Italianas y en la Rotonda del Siglo XVIII 35.
A finales del verano de 1937 el gobierno dispuso que los catedráticos y profesores de Universidad se presentaran en la Secretaría General de la Universidad de Valencia, para empezar en octubre el curso y que los departamentos ministeriales debieran comunicar la relación del personal indispensable que permanecerían prestando servicio en Madrid.
El resto de los funcionarios debían desplazarse a los destinos que se les encomendasen o, en su defecto, a Valencia 36.
Esta evacuación de empleados públicos afectaba a los docentes universitarios y a la plantilla formada por investigadores, personal técnico y de apoyo del MNCN y el JB.
Los días 25 y 26 de septiembre de 1937, en el Hotel Victoria de Valencia se reunió la Junta Directiva de los Museos de Ciencias Naturales y Jardín Botánico, bajo la presidencia de Bolívar.
Se abordó la organización del INCN y la necesidad de cubrir los cargos de directores del JB y del MA, vacantes por las ausencias de sus titulares.
Fueron nombrados José Cuatrecasas para la dirección del Jardín y José Royo Gómez para la del Antropológico.
El primero de ellos recordó los destrozos causados en el Botánico por los diversos bombardeos, que por suerte no habían afectado a las colecciones científicas ni a la biblioteca, reponiéndose los numerosos cristales rotos.
Respecto a la colección de láminas de la expedición de Mutis ma-nifestó que, pese a que se habían extremado las medidas de seguridad, seguían estando en peligro, por lo que era conveniente que se trasladaran a una de las cámaras blindadas que se habían construido en Valencia, donde se podían conservar resguardados en perfectas condiciones cuadros y obras de arte.
Se acordó que Cuatrecasas se encargara de que se llevara a cabo el traslado de dicha colección de láminas a Valencia, con las condiciones de máxima seguridad, tal como había ordenado la Dirección General de Bellas Artes.
Al día siguiente la Junta abordó la disposición sobre el personal de los tres centros que debía ser evacuado, decidiéndose que en Madrid sólo quedara el personal mínimo indispensable para la vigilancia y cuidado de las colecciones.
Así, en el MNCN, se decidió que Zulueta junto con Luis Crespí, el taxidermista Luis Benedito y algunos preparadores, colectores, un guardia de seguridad y subalternos, quedaran en Madrid.
También quedaría en la región central el colector Jerónimo Hernández, al que se le había confiado desde el comienzo de la sublevación la custodia de la Estación Alpina de Biología.
A Valencia sería trasladado el resto del personal junto con el material científico, libros y enseres 37.
Relaciones de nombres parecidas se hicieron en el JB, decidiéndose que en la capital quedaran Cuatrecasas como director que alternaría su estancia entre Madrid y Valencia, junto con un preparador, un auxiliar artístico, un bibliotecario y un ordenanza de la Biblioteca, un auxiliar subalterno y varios jardineros y ayudantes de jardinería.
Del MA deberían quedar en Madrid Royo Gómez, que como director alternaría su estancia entre la capital y Valencia, y los colectores preparadores Juan Cabré y Antonio Cruz Collado junto con los auxiliares 38.
Durante el mes de octubre de 1937, entre el 18 y el 24, la Junta de Profesores se reuniría en cuatro ocasiones en el edificio de la Presidencia de la República de Valencia.
Se continuó discutiendo sobre las mejores condiciones de seguridad para las colecciones custodiadas en los edificios de Madrid pertenecientes al INCN.
Por una parte, se deseaba trasladar los ejemplares de las colecciones científicas y guardarlas en lugares seguros, pero por otra, había consciencia de que muchos ejemplares sufrirían daños en la operación de traslado.
Tuvieron que tomarse medidas para evitar el deterioro causado por goteras en la sala de paleontología, trasladándose el depósito de publicaciones de la revista "Eos", que estaba en el antiguo salón del Diplodocus.
Algunos de los ejemplares de esta revista estaban deteriorados, no porque se hubieran mojado sino debido a la explosión de la granada que había entrado en los sótanos.
Se ordenó poner tiras de papel engomado en los cristales de los laboratorios y vitrinas para reducir en lo posible los efectos de los bombardeos.
Mientras en Valencia, tras visitar varios locales, se decidió que los laboratorios y archivos del INCN se trasladaron al edificio del Hospital de Sacerdotes Pobres 39.
Cuatrecasas cumpliría lo acordado por la Junta de Profesores y así, en el JB de Madrid se realizó un inventario de las cuarenta y dos carpetas y un tomo encuadernado en que estaban distribuidas las láminas de la Flora de Nueva Granada de Mutis.
Así que se levantó acta de la entrega a la Junta Delegada del Tesoro Artístico de las cajas de madera con las estampas de la colección botánica de Mutis, disponiendo la Dirección General de Bellas Artes que se trasladaran a Valencia y se depositaran en sitio seguro 41.
De Madrid saldrían junto a otros objetos de arte del Museo del Prado.
A mediados de enero de 1938, la llegada a Valencia de muebles, libros y material científico procedentes de Madrid posibilitó continuar las investigaciones científicas en el INCN.
Los naturalistas desplazados a Valencia redactaron un plan de trabajo.
Éste contemplaba estudios de criptogamia, especialmente de las algas, actividades de pescas periódicas de la fauna ictiológica del litoral mediterráneo y de sus albuferas y marismas, estudios de herpetología, de la fauna malacológica terrestre y lacustre y de la avifauna de la región, especialmente de la Albufera de Valencia.
Para esto último se consiguió un permiso del ayuntamiento a fin de que el preparador Bernaldo de Quirós pudiera cazar ejemplares.
Asimismo, se consideró emprender investigaciones en yacimientos mineralógicos y paleontológicos.
El objetivo era recoger ejemplares y objetos naturales para aumentar las colecciones de los centros nacionales.
En cambio, no se había podido conseguir el vaciado de los fósiles del Museo Paleontológico Rodrigo Botet de Valencia.
Tras haber caído una bomba cerca de este museo, rompiendo los cristales de la fachada del edificio (Salinas, 2001: 215-222), se decidió que los ejemplares más importantes se desmontaran, empaquetaran y encerraran en cajones, conservándose en lugar seguro para preservarlos de los bombardeos, los cuales se intensificaron a partir de junio de 1938 (Catalá, Belinchón y Acosta, 2017: 57).
Pero en Valencia también se preocupaban de la situación en Madrid.
Así, en la sesión celebrada el 17 de Enero de 1938 en los laboratorios del Instituto de Ciencias en Valencia, la Junta abordaría las actividades desarrolladas en Madrid para salvaguardar el estado de las colecciones.
Así respecto al MA, Royo Gómez comentaría que ante la falta de uralita que había impedido realizar las obras de reparación necesarias, se pensó en construir cajas para que las momias americanas no sufrieran deterioro y pudieran ser trasladadas al Museo del Prado, donde estarían protegidas de los bombardeos.
Se abordó también que en el JB había habido otros desperfectos en la verja ocasionados por una granada enemiga y tampoco se habían podido emprender las obras proyectadas debido a la falta de cemento en la capital.
Cuatrecasas informó que el personal del JB que permanecía en Madrid estaba encargado de conservar, arreglar y ordenar el herbario e indicó la necesidad de hacer las gestiones necesarias para recoger del Instituto de Teruel el herbario de Francisco Loscos y José Pardo.
También se habían hecho trámites para integrar en las colecciones estatales el herbario y la biblioteca de Carlos Pau.
Asimismo, Cándido Bolívar comentó en la reunión la conveniencia de visitar en Madrid las casas de Eduardo Hernández Pacheco, Hugo Obermaier y Julio Martínez de Santa-Olalla.
Los dos primeros era jefes de sección en el MNCN y en el MA respectivamente al estallar la sublevación y el tercero, profesor auxiliar universitario y militante de Falange.
En los domicilios de estos ausentes de sus puestos de trabajo había libros y materiales pertenecientes a los centros dependientes del INCN que era necesario recuperar para que no se extraviasen 43.
Ya desde los primeros meses de 1938, con la guerra decantándose a favor de los sublevados, parte del INCN salió de Valencia hacia Barcelona, acompañando al gobierno republicano.
Entre finales de 1938 y comienzos de 1939, se irían dando órdenes para el regreso a Madrid de forma escalonada del resto de la plantilla, devolviéndose al MNCN la mayor parte del material enviado a Valencia, ya que otros objetos retornaron tras terminar la guerra (Otero y López Sánchez, 2012: 1006-1008).
EPÍLOGO: EL FINAL DEL INSTITUTO NACIONAL DE CIENCIAS NATURALES Y LA DEVOLUCIÓN DE LAS COLECCIONES INCAUTADAS (1939).
El regreso a Madrid de los naturalistas destinados en Valencia fue el final de la reestructuración del INCN, que había implicado la separación del personal científico y de apoyo y una división de las actividades que pasaron a realizarse en dos ciudades.
La causa de la vuelta a Madrid fue la inminente pérdida de la guerra por parte de la República.
Esta separación forzada por las circunstancias había tenido lugar en el peor momento, ya que las plantillas de los tres centros que formaban el INCN habían disminuido tras el estallido de la guerra.
Así, en el trabajo científico a tiempo completo no podían dedicarse los que ejercían cargos de responsabilidades política, como, por ejemplo, Cándido Bolívar, Secretario de la Casa de la Presidencia con Azaña, Royo Gómez que fue Director General de Minas y Vicesecretario de la JAE, o Enrique Rioja, con puestos en el ámbito educativo.
Por otro lado, faltaban los que se habían incorporado al frente o unido a las milicias, los que se ausentaron de su puesto de trabajo por estar a favor del golpe de Estado y los que por distintos motivos en el momento de la sublevación se encontraban fuera de Madrid y no regresaron a la capital.
Con la reestructuración impuesta por directrices gubernamentales, solo una parte del personal del INCN, aquellos cuya su presencia era imprescindible para custodiar las colecciones y bibliotecas y cuidar de las plantaciones del JB, había permanecido en las instituciones científicas de la capital, mientras que el resto fue evacuado, junto con materiales, enseres y libros, hacia Valencia, sede de la administración republicana, donde continuarían con sus trabajos.
En esta situación, tan extemporánea para la actividad científica al estar mediatizada por la política y la guerra, los naturalistas republicanos tuvieron que proteger las colecciones y desarrollar su labor investigadora.
Resulta evidente lo difícil que tuvo que ser su labor.
La derrota de la República en 1939 fue seguida por la marcha al exilio del núcleo del INCN con responsabilidades políticas, como los Bolívar, Royo Gómez o Rioja.
Al mismo tiempo en España comenzaron los procesos de depuración del personal del INCN que se había quedado en zona republicana (Otero y López Sánchez, 2012: 1081-1114).
El comisionado para informar sobre las depuraciones del personal del INCN fue el presbítero Filiberto Díaz Tosaos, antiguo conservador de Mineralogía del MNCN.
En su biografía se recoge que, a pesar de estar jubilado, a solicitud del director provisional, había acudido en diciembre de 1936, con el consiguiente riesgo físico, al MNCN para salvaguardar las colecciones mineralógicas propiedad del Estado, seriamente amenazadas por los bombardeos.
Además, su biógrafo atribuía a Díaz Tosaos la incautación de la colección entomológica de Lauffer, abandonada en un piso evacuado, haciéndola transportar intacta al MNCN.
En prueba de su agradecimiento, los herederos de Lauffer la habían donado al Museo (García Bayón, 1945: 184).
Díaz Tosaos fue el encargado de contactar con los antiguos dueños de los objetos y colecciones científicas incautadas durante la guerra y depositadas en el MNCN.
Así, en mayo de 1939, durante los pocos días en que ocupó la dirección del MNCN, Díaz Tosaos dirigió un escrito al duque de Medinaceli, a Fernández de Villota, a Luis de Olivares, al vizconde de la Armería, a los Urquijo, al agustino Luis de Unamuno, un micólogo vinculado al JB que residía en el convento de los agustinos de la calle Columela, al superior del colegio de los Sagrados Corazones, al director del colegio del Pilar y a los jesuitas del colegio de Nuestra Señora del Recuerdo de Chamartín, indicándoles que el MNCN tenía a su disposición los objetos de su pro-piedad que habían sido incautados.
Les pedía que a la mayor brevedad posible indicaran cuándo pensaban pasarse para recogerlos 44.
Hay constancia en el Archivo del MNCN de que fueron recuperados por sus propietarios los objetos confiscados de Fernández de Villota, Romualdo Céspedes, el conde de Villagonzalo 45 y el duque de Medinaceli.
Este último indicó en noviembre de 1939 que tenía el propósito de reinstalar en su palacio los grupos zoológicos depositados en el Museo 46.
Con la devolución de las colecciones científicas y bibliotecas terminaría la labor de custodia y protección del patrimonio que realizaron los naturalistas republicanos del INCN en un Madrid asediado y bombardeado durante la Guerra Civil.
Trabajo realizado en el proyecto de investigación: "El coleccionismo científico y las representaciones museográficas de la Naturaleza y de la Humanidad", financiado por la Agencia Estatal de Investigación del Gobierno de España y el Fondo Europeo de Desarrollo regional (HAR2016-75331-P.AEI/FEDER, UE). |
principal institución que impulsó ese proyecto, aspiraba a crear intelectuales con capacidad de participar en la gobernanza del país (una nueva cultura política).
La JAE encarnó un proyecto científico racionalista que se oponía a las visiones más conservadoras, defensoras de una ciencia católica, en una lucha que no se restringía a la ciencia, sino que alcanzaba lo social, lo político y lo cultural.
Para ello recurrimos a la biografía del botánico José Cuatrecasas partiendo del enfoque de una historia sociocultural de la ciencia y una historia de las ideas.
El 15 de marzo de 1927 el joven botánico José Cuatrecasas, a tres días de cumplir 24 años de edad, elevó ante el Presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) una solicitud de pensión con la idea de estudiar la flora tropical, principalmente vascular, de la Isla de Fernando Poo (Bioko, Guinea Ecuatorial).
En la exposición de motivos que acompañaba aquella solicitud Cuatrecasas señalaba: que el actual impulso que el Estado parece dar al desarrollo colonial de nuestras, hasta ahora tan abandonadas posesiones españolas del África ecuatorial, abriéndolas con las mejoras que se van a implantar, las puertas a su rápido progreso integral, lo cual dará lugar a que se pueda parangonear la labor civilizadora de nuestra nación, con la de otras potencias europeas que marchan a la cabeza del Progreso, ha despertado los deseos, que desde hace algunos años abrigaba, de emprender una exploración científico-botánica a los territorios del Golfo de Guinea, con el doble objeto de ilustrarse en aquella vegetación tropical enriqueciéndose con preciados conocimientos, y de dar a conocer, aunque fuese a título de iniciación, las características de su Flora y algunas de sus peculiaridades que no por lo ignotas deben ser escasas y de poco mérito científico.
Hace ya algunos años que ilustres naturalistas españoles efectuaron por aquellas tierras importantes y fructíferas excursiones bajo los auspicios de la Real Sociedad Española de Historia Natural, cuyos resultados honraron a la Sociedad, a los miembros comisionados y a España.
Pero no fue completa la labor, pues en la comisión faltaba el Botánico; [...].
Y un país que dadas sus especiales condiciones climáticas disfruta de una flora tan rica, [...] merece ser estudiado fitográficamente con todo detalle y ser dado a conocer, a ser posible por españoles, que son los que ejercen su tutela civilizadora 1.
Cuatrecasas era por entonces profesor auxiliar en la cátedra de Botánica Descriptiva de la Universidad de Barcelona.
En dicha universidad había cursado su licenciatura de Farmacia, ya que en España todavía era posible que los botánicos se formaran al amparo de los estudios farmacéuticos, si bien era cierto que los trabajos y estudios botánicos estaban experimentando un notable crecimiento, sobre todo en Cataluña, en torno al cambio de siglo (Camarasa, 1989; Camarasa, 2000b; Casado de Otaola, 2010).
Bajo el influjo y el impulso de Pío Font i Quer, Emilio Huguet del Villar y Carlos Pau, destacados representantes de una brillante generación de botánicos a comienzos del siglo XX (Estrada, 1981; Martí Henneberg, 1984), Cuatrecasas fue completando una carrera que culminó entre 1923 y 1924 con su doctorado en la Universidad Central de Madrid (Cuatrecasas, 1988).
Su for-mación como botánico lo acredita como uno de los científicos que protagonizaron el fortalecimiento de las ciencias naturales durante la Edad de Plata de la ciencia española merced a la labor de la Junta para Ampliación de Estudios, pero Cuatrecasas era también un intelectual comprometido con una labor científica que fue mucho más allá de su función técnica; pues se dirimía un combate cultural, social y político entre, al menos, dos maneras contrapuestas de entender la ciencia, la cultura y la política en la España del primer tercio del siglo XX.
LA FORMACIÓN DEL INTELECTUAL
La JAE no le concedió finalmente la pensión a Cuatrecasas.
Eso no significa que nuestro joven botánico no hubiera argumentado correctamente su solicitud de pensión o que la JAE fuera insensible a los motivos que expuso.
Más bien al contrario, cierto darwinismo social y la vinculación de la vieja idea de progreso con el avance científico-tecnológico presentes en la solicitud de Cuatrecasas eran algo más que simple retórica.
El aspirante era consciente de lo que la JAE representaba.
Desde su fundación en 1907, pero sobre todo con la puesta en marcha de sus más importantes centros de investigación a partir de 1910, la Junta afrontaba un desafío sin precedentes en la historia contemporánea de España; a saber, poner en marcha una política científica, con recursos públicos, que fuese capaz de incorporar a un país con innegables síntomas de atraso secular al movimiento científico internacional.
La Junta era el novedoso instrumento con que ciertas élites ilustradas, sensibles a esta problemática, no habían podido contar hasta aquel momento para implementar sus proyectos.
Como es sabido, desde finales del siglo XIX Ignacio Bolívar, Santiago Ramón y Cajal o institucionistas como Francisco Giner de los Ríos, Manuel Bartolomé Cossío y Rafael Altamira venían haciendo propuestas públicas en este sentido.
El desastre colonial del 98 permitió que sus demandas empezaran a ser escuchadas entre círculos políticos progresistas.
El krausopositivismo de la Institución Libre de Enseñanza había peleado duramente contra el ultramontanismo académico y político durante las últimas décadas del siglo por el control de los resortes educativos.
Las irreconciliables discrepancias ideológicas sobre los males científicos y educativos del país quedaron encarnadas en la agria polémica sobre la ciencia en España, las dos cuestiones universitarias o en los du-ros reproches que desde las páginas del Boletín de la ILE, de Razón y Fe, de la prensa o cualesquiera otros escenarios literarios se lanzaron indistintamente.
No sólo discrepaban en el diagnóstico, centrado en culpabilizar o absolver a la Iglesia y la doctrina católica de haber sido un lastre para el desarrollo científico español, sino que también estaban muy lejos de acercar sus posiciones sobre las soluciones a tomar (Otero Carvajal y López Sánchez, 2012).
La idea de "ciencia católica", tal y como la entendemos en este trabajo, no es más que una tipología sin representación singular en la realidad histórica (Weber, 2017, pp. 120-179).
No puede ser reducida, desde luego, a algo tan trivial como la ciencia hecha por católicos, pues hubo muchos católicos, incluso sacerdotes, que trabajaron en las instalaciones de la JAE, pero no por ello se opusieron con fiereza a la Junta.
Con este concepto designamos a aquellos miembros de la comunidad académica del primer tercio del siglo XX que, si bien nunca se definieron bajo esta etiqueta, compartieron un programa cultural en el que se podía rastrear aptitudes que emparentaban con otros movimientos contrarrevolucionarios de la Europa del final de siglo.
Tenían su origen en corrientes irracionalistas que habían alentado a lo largo del siglo XIX la oposición al racionalismo y la filosofía heredada de la Ilustración y al liberalismo político derivado de la Revolución Francesa.
Lo singular de la "ciencia católica" era, junto a una cosmovisión determinada por el papel nuclear de la religión católica, la no plena aceptación de uno de los pilares de la racionalidad ilustrada occidental, el edificio científico e intelectual heredado de Newton, Kant, Voltaire o Descartes, si ello suponía que la tradición o la religión habían de postrarse ante la diosa Razón.
Ello, no obstante, no les impidió participar o colaborar con las instituciones de la JAE, aunque casi siempre en una posición más marginal que nuclear, como demuestran los casos, entre otros, de Julián Ribera, Miguel Asín, José María Dusmet o José María Albareda (este último sólo llegó a ser pensionado).
Otra de las características de este movimiento es que empatizó de manera natural con el antiintelectualismo, el irracionalismo y el tradicionalismo de los círculos políticos más conservadores.
No se trata de simplificar un mundo científico complejo, repleto de transiciones, negociaciones o posicionamientos indefinidos entre ambas cosmovisiones, pero tampoco se puede negar una competencia feroz que venía de largo y que tiene importancia histórica por lo que aconteció tras el final de la guerra civil.
No puedo traer aquí los múltiples ejemplos de quienes desde las tribunas del parlamento, la prensa o la cátedra se opusieron férreamente a la JAE 2, pero los hubo tan convencidos que no desperdiciaron la ocasión de desquitarse a partir de 1939 (Otero Carvajal y López Sánchez, 2012; López Sánchez, 2006; Otero Carvajal, 2006; Claret, 2006; Otero Carvajal, 2014).
Con ser esto importante, en estas páginas queremos explorar el significado cultural de un fenómeno histórico singular (Weber, 2014(Weber, y 2017) ) como fue la configuración de una generación de científicos e intelectuales al socaire de las pensiones y los laboratorios de la JAE, que quisieron poner en marcha un programa reformista que chocó en lo ideológico y político con los círculos ultramontanos, una disputa que se remontaba a décadas anteriores (Varela, 1999; Juliá, 2004).
La fundación de la JAE y su consolidación a lo largo de los años veinte, incluso durante la dictadura de Primo de Rivera, parecían acreditar la victoria del discurso científico-racionalista sobre su contraparte ultramontana, que había apostado por la armonía entre ciencia y fe o directamente por la subordinación de la primera al dogma, justo cuando el discurso en torno a la ciencia y sus parabienes había alcanzado velocidad de crucero (Otero Carvajal, 2017).
La política científica de la Junta siguió dos estrategias complementarias, un programa de pensiones en el extranjero con el que formar jóvenes investigadores y la paralela creación o fortalecimiento de centros de investigación donde aprovechar la ampliación de estudios de los pensionados.
Lo peculiar no era esta victoria local del racionalismo científico, cuando veníamos del siglo de Darwin, el mismo que había catapultado a una burguesía que creía ciegamente en la guía de la ciencia y la tecnología como máximas del progreso; lo singular del caso español era que esta cosmovisión hubiese tardado tanto, en comparación con su contexto europeo, en arrumbar a un descastado ultramontanismo académico.
No podemos entrar a explorar las razones de tan particular paisaje hispánico, pero lo cierto era que, a pesar de todas las dificultades, la Edad de Plata de la ciencia española inclinó la balanza del lado institucionista y liberal del pensamiento científico.
La JAE era la encarnación de ese éxito y fue la responsable de formar a una generación de científicos en todos los ramos del saber bajo los parámetros del moderno racionalismo científico, también naturalistas nacidos en torno al cambio de siglo.
A esa generación pertenecía Cuatrecasas, pero asimismo el geólogo José Royo, el entomólogo Cándido Bolívar y tantos otros jóvenes científicos e intelectuales que se formaron al calor de las pensiones de la Junta y los laboratorios del Museo Nacional de Ciencias Naturales y del Real Jardín Botánico, entre otros: "estos investigadores abordaron una modernización de contenidos y métodos científicos, teniendo como horizonte no tanto la superación del retraso acumulado al que se habían enfrentado generaciones anteriores como el desarrollo de programas de investigación homologables internacionalmente, aunque fuera en campos concretos" (Casado de Otaola, 2000, p.
Esa generación conectó con la de sus maestros asumiendo plenamente la racionalidad científica que se oponía al irracionalismo ultramontano, pero que también comportaba, en ocasiones, el darwinismo social o la fe ciega en la superioridad ética del progreso científico como había expuesto Cuatrecasas en su solicitud de pensión.
La formación de Cuatrecasas como botánico e intelectual resulta clave para comprender muchos de los mecanismos que queremos abordar en este trabajo, incluido el papel desempeñado por el coleccionismo botánico.
José Cuatrecasas había nacido el 19 de marzo de 1903 en una pequeña villa del Pirineo gerundense, Camprodón, donde según cuenta él mismo "fue educado por sus padres en el ambiente de vida patriarcal de una modesta familia burguesa de recia tradición cristiana y rigurosa disciplina moral y de trabajo" 3, cualidades que serían muy apreciadas en los círculos institucionistas.
Según testimonio del propio Cuatrecasas, su padre, José Cuatrecasas y Genís, regentaba una farmacia con una botica donde desde muy pequeño tuvo contacto con la botánica.
La farmacia permitió a su padre, que en efecto ejerció a modo de patriarca, desenvolverse dentro de los límites de una familia más o menos acomodada, capaz de garantizar a sus hijos varones una formación de no fácil acceso en la España del primer tercio del siglo XX.
Los Cuatrecasas pudieron hacer frente a algunas de las deficiencias del sistema educativo español.
Por ejemplo, en Camprodón no había Instituto ni escuela de enseñanzas medias, por lo que el padre resolvió que su hijo estudiara por libre, bajo atenta supervisión paterna (salvo latín que se lo encargó a un estudiante que iba para cura), y presentara los exámenes en Gerona y Barcelona (Cuatrecasas Genís, Cuatrecasas i Arumi, Subirá i Rocamora, 2006).
De manera que "mi padre, fue, pues, mi primer y verdadero maestro.
Mi madre, Carmen Arumi y Blancafort, fue una virtuosa mujer dedicada exclusivamente a la familia" 4.
La licenciatura de Farmacia en la Universidad de Barcelona y el doctorado en la Universidad Central de Madrid cerraron el círculo formativo hasta donde alcanzaba el apoyo familiar.
Cuatrecasas siguió durante los años veinte y treinta una carrera formativa que se ajusta a un concepto amplio de intelectual, no restringido a la imagen tradicional del hombre de ideas, sino al individuo forjado al socaire de una pujante burguesía con el objetivo de darle una homogeneidad y consciencia de su propia función como grupo social, no sólo económica, sino social y política (Gramsci, 2016, pp. 154-155).
Esos intelectuales "orgánicos" que fueron surgiendo en el seno de la burguesía ilustrada española del primer tercio del siglo XX fueron los continuadores de aquellos grupos progresistas y cultos que hasta entonces no habían conseguido inocular su racionalismo científico más allá de unos modestos límites, muy lejos todavía de empapar a amplias capas del cuerpo social, ni siquiera dentro de las estructuras educativas del Estado.
Esta situación cambió radicalmente cuando las reformas de la enseñanza de comienzos del siglo XX y la creación de la JAE contribuyeron de manera decisiva al nacimiento de unos especialistas que asumieron responsabilidades en la gestión pública del Estado.
Y lo hicieron impregnando sus actuaciones sociales, políticas y culturales con un ethos cientificista que rebasó los límites de sus labores técnicas en el laboratorio o en el campo.
Al configurarse en su mayor parte dentro del campo científico controlado por la JAE, el programa cultural que implementaron tanto en sus actividades profesionales como en sus acciones sociales tuvo una gestación casi "natural" dentro del racionalismo científico y siempre en función de sus diferentes campos de especialización disciplinar.
En particular, Cuatrecasas tuvo la fortuna de encontrarse con un ambiente efervescente en lo científico, también en el ámbito de la botánica, tanto en Barcelona como en Madrid.
Realizó sus primeros trabajos botánicos en Barcelona bajo la supervisión de una de las figuras más importantes de esta disciplina en Cataluña, Pio Font i Quer, cuyo prestigio atrajo al joven Cuatrecasas durante el curso 1920-21 y, desde entonces, siempre guardó un reverencial respeto por su maestro.
En aquel momento Font i Quer dirigía un Departamento de Botánica en el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, pero se movía también en los ambientes del Institut d'Estudis Catalans y de una Junta de Ciències Naturals sostenida por el Ayuntamiento de Barcelona (Camarasa, 2000a).
En estas instituciones había germinado asi-mismo un grupo de naturalistas de convicciones católicas y nacionalistas que estaban empeñados en una Renaixença del paisaje, la flora y la fauna catalana.
Algunos habían coqueteado con quienes, desde la defensa de la "ciencia católica", habían tratado de construir una alternativa a la entomología de Bolívar en el Museo Nacional de Ciencias de Madrid (López Sánchez, 2011).
Por lo demás, la carrera docente de Font i Quer se había iniciado al encargarse de la cátedra de Botánica descriptiva de la Universidad de Barcelona en 1917 (Camarasa, 2000b; Cuatrecasas, 1988, p.
61), pero experimentó un duro revés tras unas polémicas oposiciones a dicha cátedra en 1922, que terminó ganando Cayetano Cortes Latorre gracias al apoyo del presidente del tribunal, Marcelo Rivas Mateos, catedrático correspondiente de dicha especialidad en la Universidad Central.
Rivas Mateos mantenía, desde comienzos de siglo, algunas diferencias científicas y personales con Carlos Pau (González Bueno, 2004, p.
30), catedrático en Barcelona, razón por la cual parece que no aceptó que ganase la cátedra Font i Quer, amigo personal de Pau y colaborador en no pocos trabajos de investigación botánica.
Este capítulo tuvo su importancia porque José Cuatrecasas terminó por hacerse con la cátedra de Botánica descriptiva de la Facultad de Farmacia de la Universidad Central de Madrid en 1931, sucediendo precisamente a Rivas Mateos, con el inestimable apoyo de Ignacio Bolívar y los naturalistas que pivotaban en torno a los círculos de la JAE y de Bolívar.
Pero antes de poder ganar la cátedra, Cuatrecasas necesitaba forjar una trayectoria curricular rigurosa en los parámetros de la ciencia moderna.
Esto pasaba por una ineludible formación en el extranjero y aunque su solicitud de pensión a la JAE en 1927 no había sido correspondida, aquel mismo año se trasladó, gracias a una beca de la Universidad de Barcelona, a la Universidad de Ginebra donde el Profesor Chodat impartía un curso sobre Botánica y Geobotánica en el Laboratorio Alpino La Linnaea.
En febrero de 1930 volvió a probar suerte con la JAE, esta vez con una solicitud a Inglaterra "para el estudio de Sistemática Botánica en Kew Garden ́s, bajo la dirección del Profesor Rendle, durante un año, por lo menos a partir de uno de los próximos meses o del mes de julio o cuando la Junta determine.
Percibiendo las dietas que ésta tenga por costumbre en dicho país, que el interesado supone suficientes" 5.
A diferencia de la última vez, cuando Cuatrecasas había pedido un presupuesto total de 6000 pesetas para trasladarse a Fernando Poo, en esta ocasión no sólo aceptaba la cantidad que la Junta considerara oportuna adjudicarle, sino que además proponía formarse en un centro de referencia europeo.
Por lo demás, los intereses botánicos de Cuatrecasas seguían apuntando a temáticas de flora tropical, de nuevo plantas vasculares (Otero Carvajal y López Sánchez, 2012).
La tramitación de su expediente dentro de la JAE corrió a cargo de Gonzalo Jiménez de la Espada, pero la decisión se demoró en exceso, por lo que, en junio de 1930, con sus propios recursos, Cuatrecasas se trasladó al Museo y Jardín Botánico en Berlín-Dahlem.
Desde la capital alemana escribió al Secretario de la JAE en agosto para decirle que "sabía que se había concedido la pensión de referencia, pero no tengo todavía confirmación oficial alguna [...] después de más de un mes que llevo en Berlín me he convencido de la ventaja que ofrece el Museo y Jardín Botánico de aquí para realizar los estudios que solicito hacer, sobre el de Londres.
El Museo de Berlín posee las mejores colecciones en flora tropical africana y excelentes especialistas que la conocen y pueden dirigirme en su estudio" 6.
Esto le llevó a solicitar una permuta en el destino de la pensión para quedarse en Berlín, motivo por el que se retrasó aún más la concesión definitiva de la beca.
Jiménez de la Espada no pidió hasta octubre un informe de idoneidad a Antonio García Varela, quien justo en ese momento estaba relevando a Ignacio Bolívar al frente de la dirección del Real Jardín Botánico de Madrid.
García Varela emitió una valoración positiva al cambio solicitado por Cuatrecasas y la JAE acordó el 4 de noviembre autorizar ante el Ministerio de Instrucción Pública "a dicho señor para disfrutar en Alemania, además de Inglaterra, la pensión que le fue concedida por Real orden de 17 de octubre último" 7.
En Berlín Cuatrecasas no desaprovechó la ocasión de iniciar el estudio de las plantas africanas propias de la Guinea española.
Bajo la dirección de los profesores Diels y Markgraf asistió a varios cursos impartidos por ellos y se formó en el tratamiento de dichas plantas desde la sistemática botánica, haciendo varias excursiones (JAEIC, 1933, p.
Su estancia en Alemania pasó por las mismas peripecias que las de muchos otros pensionados, con demoras en los cobros de las mensualidades: "lo procedente hubiera sido decirme algo, y no dejarme en una situación extremadamente apurada en que este retraso me coloca" 8.
Dificultades aparte, la pensión incluía una posible estancia en Inglaterra y tenía un alcance de doce meses, pero ni Cuatrecasas se trasladó a Lon-dres ni agotó el tiempo de beca, que redujo a ocho meses y veinte días.
La razón por la que en octubre de 1931 Cuatrecasas, de regreso ya en Barcelona, renunciaba a tres meses y diez días que le quedaban de estancia en Berlín era "debido [...] a las oposiciones a la Cátedra de Botánica de la Facultad de Farmacia de Madrid, cuyos ejercicios pueden empezar ya muy pronto" 9.
La apuesta le salió bien a Cuatrecasas, que ganó la cátedra en la Universidad Central, cúspide por entonces de la carrera académica en España.
La trayectoria curricular de Cuatrecasas no se agotó ni mucho menos con la conquista de la cátedra en 1931, pero lo que hasta ahora hemos contemplado es útil para tratar de esquivar el error metodológico que Gramsci consideró muy frecuente a la hora de definir al intelectual: "buscar ese criterio de distinción en el núcleo intrínseco de las actividades intelectuales, en vez de verlo en el conjunto del sistema de relaciones en el cual dichas actividades (y, por tanto, los grupos que las personifican) se encuentran en el complejo general de las relaciones sociales" (Gramsci, 2016, p.
En efecto, Cuatrecasas asimiló las principales líneas de desarrollo científico que su disciplina estaba desplegando a comienzos del siglo XX.
Se convirtió en un científico que amplió los conocimientos de su materia siguiendo las reglas reconocidas por la ciencia botánica al haberse educado en sus mismas directrices y contribuyó asimismo a la formación de nuevos botánicos desde la cátedra y desde el Real Jardín Botánico de Madrid.
Ahora bien, la fundamentación metodológica de su investigación o su labor docente lo aupaban como "científico", especialista parcial de una actividad, mas no como intelectual.
Y, sin embargo, Cuatrecasas lo fue o lo terminó siendo a no mucho tardar.
Al evaluar su faceta intelectual ya no podemos quedarnos en ese "núcleo intrínseco de sus actividades", sino ampliar el análisis al sistema de relaciones sociales en el que desplegó dichas actividades.
En primer lugar, su formación en el seno de una modesta familia burguesa, pero con recursos suficientes para garantizarle una educación, incluso a pesar de no contar con las instalaciones educativas adecuadas en Camprodón, lo sitúan en un escenario nada común en la España de las primeras décadas del siglo XX.
Pero igualmente trascendental fue ese ambiente de efervescencia científica de la Edad de Plata de la ciencia española, que coadyuvó al triunfo de las tesis modernizadoras propias del ethos cientificista encarnado por la JAE y el racionalismo positivista cultivado en los círculos de la Institución Libre de Enseñanza.
Esa combinación, raíces familiares y ambiente intelectual, hizo de Cuatrecasas un ejemplo paradigmático de una burguesía ilustrada que nutrió las filas del reformismo político, económico y social del final de la Restauración y la dictadura, aunque chocara con ambas, y que impulsó durante la República una política cultural de enorme intensidad (Murga Castro y López Sánchez, 2016).
Esa burguesía fue asimismo capaz de atraerse a quienes compartieron un ideario liberal en lo político, si bien con diferentes grados de conservadurismo o progresismo, y reformador en lo educativo o científico.
No es menos cierto que, aunque creciente, este grupo social mantuvo una naturaleza ciertamente elitista.
El número de quienes podían ingresar en estos círculos de la ciencia y la cultura resultó por fuerza reducido, dadas las exigencias económicas y los retos lingüísticos que requería el saber moderno.
La configuración de este grupo intelectual se fundamentó asimismo en torno a la construcción de una identidad que era fruto de unas relaciones sociales en las que el saber y la ciencia compartían un mismo protagonismo con el desempeño político y social por el que se autodefinían sus integrantes.
Todo el esfuerzo formativo desplegado por la JAE y el Estado configuró una joven generación de intelectuales que fueron plenamente conscientes del papel que tenían que desempeñar y que no pasaba sólo por sus responsabilidades docentes o científicas, sino también por las sociales y políticas.
La mejor demostración es el creciente protagonismo que aquella joven generación fue alcanzando en el seno de las estructuras estatales durante la Segunda República, que se prolongó hasta el clímax trágico de la guerra civil, cuando aquella burguesía ilustrada resultó clave para evitar el derrumbe del Estado republicano, sostenido en sus bases por milicianos y la praxis revolucionaria.
Pero si la República se recompuso y resistió fue gracias también a la presencia de sus cuadros mejor preparados en la administración y gestión del Estado.
La joven generación de científicos e intelectuales que habían forjado sus carreras en los años veinte y comienzos de los treinta, si bien limitada por su reducido número, asumió el proyecto político y social republicano, la defensa de las reformas urgentes que el país necesitaba.
Otra vez Cuatrecasas estuvo allí para dar muestras de su compromiso científico, social y político.
Durante la guerra desempeñó, a partir de septiembre de 1937, la dirección del Real Jardín Botánico de Madrid, fue consejero de la Sección de estupefacientes del Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad hasta marzo de 1938 y fue nombrado ese mismo año representante de la República para la exposición del IV centenario de la fundación de Bogotá a través de la Junta de Relaciones Exteriores.
Con ser importante su papel como gestor, más relevancia tuvo su compromiso político e intelectual.
En los años treinta la República había creado una amplia oferta de partidos políticos que forjaron una relación más íntima o más crítica entre el régimen político y los grupos intelectuales.
Al ultramontanismo académico le acompañaron en el ámbito político aquellos partidos con la visión más conservadora y hostil hacia la joven República.
Pero en el espectro ideológico liberal hubo también actitudes para todos los gustos y no faltaron nombres de peso que se habían mostrado en sus inicios entusiastas defensores del régimen republicano y, sin embargo, en pocos meses giraron hacia posiciones muy críticas con la deriva de los acontecimientos.
La irrupción de las masas desarboló a viejas figuras liberales como Ortega o Marañón, que no encontraron su sitio o se sintieron desplazados como referentes intelectuales y morales de la vida social y política española.
Si la oposición a ultranza de los grupos ultraconservadores era de esperar, la toma de distancia y, más tarde durante la guerra, la franca hostilidad de algunos viejos maestros liberales fue duramente respondida por los intelectuales "orgánicos" de la República, entre ellos José Cuatrecasas.
En junio de 1937 escribió un durísimo artículo en Fragua social contra lo que consideraba uno de los males más funestos que tenían que padecer los españoles: el de tener que soportar lo que podríamos llamar "charlatanismo" social y político.
Con él pasa lo mismo que con el curanderismo, pero el Pueblo, ingenuo y todavía de bajo nivel cultural, dispone de menos defensas contra aquél.
También se presenta en dos formas distintas: la una se manifiesta por artículos, tertulias de café, mítines en los que autores espontáneos, generalmente sinceros, exponen llanamente puntos de vista sobre los problemas políticos y sociales de España y proponen para ellos soluciones; la otra es aquella que se caracteriza por llevar una etiqueta de "cultural" o "científica" y el autor suele ser una persona de prestigio intelectual en las masas del país.
Ambas formas perjudican porque representan una gran pérdida de tiempo y energías tan necesarias en los momentos actuales [...]; pero, no obstante, son los comprendidos en el segundo apartado los que sobre no ser útil su labor es extraordinariamente nociva 10.
Cuatrecasas no aceptaba lecciones de quienes a título de intelectuales, se han erigido en definidores perpetuos de las actitudes y de las conductas de la ju-ventud, constituyendo una especie de aristocracia charlatanesca, causa de numerosos desengaños y de desaliento en la trayectoria social de muchos hombres.
La guerra y la Revolución han tenido la virtud de desenmascarar a muchos de estos parásitos emboscados tras la sonora rima de su literatura.
Convendría que la Revolución se fijase bien en las características de esta clase de gente, así como del medio en que se desarrollaban para evitar que prosperasen de nuevo en las esferas sociales y políticas de la nueva España 11.
La ira de Cuatrecasas tenía un destinatario concreto, Gregorio Marañón y su libro Raíz y decoro de España, escrito en 1933, cuando ya era evidente su distanciamiento con una República a la que dedicó páginas muy duras desde periódicos extranjeros a lo largo de la guerra: estos grandes figurones que pronuncian muchos discursos, que dan muchas lecciones queriendo enseñar a la gente joven lo que deben hacer, pero abandonan los más elementales deberes y compromisos, en perjuicio de la Hacienda y del decoro nacionales.
A la misma mentalidad y estructura biológica corresponde la actitud en la guerra actual de Gregorio Marañón, que fue distinguido y protegido por los partidos más opuestos del Frente Popular en España, para después lanzar calumnias rastreras contra la República en Ginebra y en el extranjero 12.
Aunque la JAE había sido capaz de forjar distintos grupos de especialistas y sabios que ejercieron su función de intelectuales, todavía no había alcanzado a sellar una alianza más sólida entre el homo sapiens y el homo faber.
El discurso de aquella modernidad, centrado en las virtudes de la ciencia y su corolario tecnológico, tuvo que hacer frente a un formidable rival, una cosmovisión conservadora centrada en torno al dogma y las creencias católicas que aún contaba con sólidas bases sociales, políticas, culturales e intelectuales.
Los intelectuales formados por la JAE durante la generación de Cuatrecasas apenas habían tenido tiempo para generar los mecanismos de control social y público que hicieran posible la traducción del complejo discurso científico y tecnológico a términos asimilables por otros grupos sociales más amplios.
No lograron, al menos, trasladarlo a unos códigos que facilitaran su incorporación a un cotidiano horizonte cultural con el que las clases populares dotaran de significación a sus experiencias (Geertz, 2003, pp. 51-52).
El elitismo de los círculos de la JAE, la dificultad logística de divulgar su mensaje y su competencia con otras racionalidades ya consolidadas y en liza (bien fuera la socialista, la anarquista o la católica, entre otras) fueron obstáculos nada in-significantes.
Aún así la semilla no cayó en tierra baldía.
LA VITRINA Y EL HERBARIO
Pocas dudas hay acerca del importante papel desempeñado por el coleccionismo dentro del conjunto de prácticas de la ciencia moderna.
El siglo XIX trajo no sólo la consolidación de la idea de progreso, sino que las innumerables mejoras técnicas impulsadas por la revolución industrial permitieron que una prensa cada vez más poblada de ilustraciones, y con una creciente demanda por parte de la opinión pública, llevara también las representaciones del mundo natural y humano más lejano ante los ojos del espectador occidental.
Los museos y jardines botánicos constituyeron nuevos "grandes templos" del saber con capacidad para fortalecer esta nueva cultura visual a través de la contemplación directa del exotismo de sus colecciones en las vitrinas (Baratas Díaz y González Bueno, 2013, pp. 20-23).
En las décadas centrales del colonialismo europeo, segunda mitad del siglo XIX y hasta el estallido de la primera guerra mundial, "la exposición -universal, internacional, nacional o especializada -se convierte en el escenario más adecuado para dejar patente la inquebrantable fe en el supuesto «progreso de la humanidad» y para mostrar al mundo [...] el desarrollo alcanzado por los estados organizadores" (Sánchez Gómez, 2002, p.
80), además de contribuir a fortalecer la otredad de las sociedades "salvajes" frente a la identidad de la Europa civilizada.
No obstante, las exposiciones eran muestras temporales destinadas a resaltar el valor intrínseco o el clímax exótico que poseían unas determinadas piezas en particular.
El museo de historia natural o el jardín botánico eran la presencia permanente en el corazón de la nación o del imperio de colecciones estables.
A finales del XIX el papel de España como potencia colonial, y en consecuencia como portadora de civilización, había quedado en entredicho, reducido a la insignificancia o, en el mejor de los casos, a un segundo plano tras el desastre del 98.
Esta realidad iba acompañada de un subdesarrollo científico que había terminado por situar al país fuera de los circuitos de la civilización.
La celebración en 1887 de la Exposición de Filipinas (Sánchez Gómez, 2003) acreditaba la extensión del darwinismo social como mentalidad, pero también la inoperancia del Estado como potencia colonial y científica.
Tanto el imperio como la ciencia española se habían derrumbado durante el siglo XIX, sobre todo en lo institucional.
A lo largo del ochocientos las colecciones tanto del Jardín Botánico de Madrid como del antiguo Gabinete de Historia Natural, reconvertido a museo, adolecieron de la misma languidez que acompañó el desenvolvimiento de estas instituciones.
El museo llegó a tener repartidas sus colecciones entre varias sedes y sin exponer al público.
En el caso del Jardín, los ingresos a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, permitieron que el herbario recibiera gran parte de sus colecciones más importantes y conocidas, pero las convulsiones políticas y su dependencia, durante la segunda mitad de siglo, del Museo de Ciencias Naturales repercutieron en su desenvolvimiento.
La llegada de Ignacio Bolívar a la dirección de ambas instituciones y su incorporación, a partir de 1910, al Instituto de Ciencias Naturales de la JAE supuso el inicio de una nueva etapa en la que ambos centros se consolidaron como organismos dedicados no sólo a la docencia sino a la investigación en las diferentes ramas de las ciencias naturales (Otero Carvajal y López Sánchez, 2012; Maldonado Polo, 2013; San Pío Aladrén, 2005).
Al Jardín le sirvió para renovar sus laboratorios, incorporar nuevos investigadores y líneas de trabajo, así como contribuyó de forma decisiva a su internacionalización: "El Jardín potenció su papel como proveedor de colecciones y asesor de centros docentes, y empezó a recibir estudiantes que acudían a realizar prácticas experimentales" (García Guillén, 2013, p.
La incorporación de José Cuatrecasas al Real Jardín
Botánico de Madrid contó con el decisivo apoyo de Ignacio Bolívar (Casado de Otaola, 1999Otaola, y 2006;;Otero Carvajal y López Sánchez, 2012) y tuvo su preámbulo en la organización entre los círculos botánicos madrileños de una Comisión para el Estudio Retrospectivo de las Ciencias Naturales en España.
En mayo de 1928, la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales nombró una comisión compuesta por Ignacio Bolívar, el duque de Medinaceli, Agustín Jesús Barreiro, Antonio García Varela y Arturo Caballero Segares para que "se encargue de investigar la existencia de manuscritos, iconografías y datos resultantes de las expediciones realizadas por naturalistas españoles en los pasados siglos" 13.
A esta Comisión se incorporaron, ya en los años treinta, Francisco de las Barras de Aragón y José Cuatrecasas, con el objetivo de que contribuyeran al proyecto personal de Bolívar, empeñado en examinar y poner de manifiesto cuanto se conserva en nuestras colecciones y archivos acerca de las grandes exploraciones realizadas por los españoles de los siglos XVIII y XIX con la intención de redimir a los españoles de la nota de indolentes en materia científica por no haber dedicado atención al estudio de los países que conquistaron y ver lo que aún puede salvarse de los tesoros que nos legaron 14.
La Exposición Ibero-Americana de Sevilla y la Exposición Internacional de Barcelona, a celebrar en 1929, se antojaron los marcos más adecuados en los que encuadrar estas actividades.
Con la ayuda de la Junta de Relaciones Culturales, que les financió hasta que en 1935 la crisis económica pudo más que el entusiasmo científico, las actividades de esta Comisión se prolongaron un poco más en el tiempo.
Esto fue suficiente para dar origen a la Sección de Flora Tropical del Jardín Botánico, dirigida por José Cuatrecasas.
Esta sección empezó a funcionar en 1932, a raíz del viaje de Cuatrecasas a Colombia, en representación de la JAE, para participar en los actos del bicentenario del nacimiento de José Celestino Mutis.
El mismo Cuatrecasas era consciente de sus nuevas responsabilidades:
reanudar la tradición botánica española en América organizando las colecciones clásicas y emprendiendo otras nuevas y estableciendo contacto con todo el mundo científico.
En cumplimiento de este plan salí para Colombia en el propio año 1932 con el pretexto de 2o centenario del nacimiento de Mutis, así inicié los trabajos de la sección tomando conocimiento directo del teatro vegetal que fue asiento y objeto de la Expedición Botánica; otro de los primeros actos fue el intercambio de material con Smithsonian Institution, otro el estudio y publicación de mi propia colección colombiana del año 1932, otro el estudio de la colección de Isern, botánico de la "Expedición del Pacífico" cuyos resultados empezaron a publicarse en la serie "Plantae Isernianae", etc. otra publicación de las láminas de Mutis 15.
Aunque en 1927 la JAE no había accedido a la solicitud de Cuatrecasas para estudiar la flora tropical en las colonias africanas, ahora ponía a su disposición una sección específica dedicada a esa temática dentro del Jardín Botánico, si bien con una diferencia que no debe pasar desapercibida, la nueva sección estaba orientada a recuperar la labor histórica de los naturalistas españoles, su aporte civilizatorio.
Para Ignacio Bolívar la implementación de unas ciencias naturales modernas había ido acompañada del esfuerzo por recuperar la identidad histórica de los naturalistas españoles en esa empresa.
La legitimación del racionalismo científico moderno, el programa científico de la JAE, pasaba por vincular los esfuerzos hechos en este terreno por otros naturalistas que les habían precedido.
La memoria histórica acerca de las expediciones naturalistas del siglo XVIII y XIX, así como la recuperación de las colecciones reunidas en aquellas empresas, tenían una importancia fundamental en la definición de la identidad científica que los naturalistas de la JAE oponían al ultramontanismo académico (Otero Carvajal y López Sánchez, 2012, pp. 561-564).
Aunque fuera de manera fragmentaria o deslavazada, las ciencias naturales españolas habían contribuido como las que más al esfuerzo civilizatorio común y lo habían hecho desde época temprana, con la primera expansión colonial, antes incluso de que los imperios de las naciones industrializadas del novecientos encarnaran las más altas cuotas de civilización y progreso.
Dada la imposibilidad de participar en condiciones de igualdad en la nueva empresa de expansión colonial, lo importante era reintegrar a España al curso civilizatorio, a pesar de que aquel empeño implicara un ejercicio dialéctico: salvar al país de un darwinismo social que lo había situado entre las "naciones moribundas", aunque paradójicamente se hiciera con los mismos argumentos que habían alimentado aquel darwinismo.
Es precisamente en esa dialéctica donde con mayor claridad se dibujan la importancia de la taxonomía y el coleccionismo, además de enlazar con la formación del científico e intelectual de la JAE.
En Botánica, desde Linneo, la progresiva implantación de la racionalidad científica había contado con la clasificación taxonómica de especies entre sus herramientas metodológicas de primer orden.
Si atendemos al diagnóstico weberiano, la desmitificación del mundo botánico había procedido desde los prometeicos gabinetes de maravillas hasta el moderno jardín botánico atendiendo fundamentalmente a la taxonomía y la formación de colecciones.
Walter Benjamin señaló, con acierto, que al coleccionar, lo decisivo es que el objeto sea liberado de todas sus funciones originales para entrar en la más íntima relación pensable con sus semejantes.
Esta relación es diametralmente opuesta a la utilidad, y figura bajo la extraña categoría de la compleción. [...]
Es el grandioso intento de superar la completa irracionalidad de su mera presencia integrándolo en un nuevo sistema histórico creado particularmente: la colección.
Y para el verdadero coleccionista cada cosa particular se convierte en una enciclopedia que contiene toda la ciencia de la época, del paisaje, de la industria y del propietario de quien proviene (Benjamin, 2005, p.
El coleccionismo, apuntó igualmente Benjamin, parecía haber tenido otras virtudes en el horizonte cultural europeo y occidental: haber emprendido la lucha contra la confusión y la dispersión del mundo al haberle otorgado un orden a las cosas, teniendo en cuenta que "el verdadero método para hacerse presentes las cosas es plantarlas en nuestro espacio (y no nosotros en el suyo)" (Benjamin, 2005, p.
Pero el interés de los naturalistas de la JAE no era sólo espacial -que también-, sino sobre todo temporal; dar marchamo de legitimidad a las expediciones naturalistas españolas que en el pasado se habían ocupado de su labor desde un ethos cientificista y revalorizar con ello el papel de la ciencia española y del país en la empresa civilizatoria occidental más general, la que más y mejor había contribuido al progreso.
Para los naturalistas de la JAE, Cuatrecasas inclusive, la taxonomía y el coleccionismo eran herramientas fundamentales, constituían las bases del método botánico que se había consolidado en el seno de la ciencia moderna, pero por sí mismas no bastaban.
No alcanzaban porque en España no se había impuesto durante el siglo XIX el monólogo de la ciencia moderna.
Otra alternativa, la ciencia católica, había conseguido mantener un espacio de competencia e incluso, en ocasiones, había contrarrestado con éxito al primero, aupada por las dificultades para la construcción del Estado liberal y el peso de los círculos ultraconservadores, tanto en lo político como en lo cultural.
La ciencia católica había conseguido adaptarse, en lo metodológico, al logocentrismo de la modernidad.
La taxonomía y el coleccionismo les servían tanto a Cuatrecasas como, pongamos por caso, al entomólogo José María Dusmet.
Si los herbarios de Cuatrecasas honraban a la botánica moderna, racionalista y científica, las colecciones de himenópteros de Dusmet legitimaban la ciencia católica sobre las mismas bases metodológicas (López Sánchez, 2011; Catalá-Gorgues, 2018).
Las irreconciliables diferencias entre el discurso de la ciencia moderna y la ciencia católica se hacían presentes en terrenos más lábiles, alcanzaban lo epistemológico cuando se dirimía en debates que afectaban al dogma católico, como el evolucionismo (Álvarez, 1999; Glick, 1982; Pelayo, 1999; Pelayo 2002Pelayo y 2007;;Sala, 1981Sala, y 1988)), pero también lo hacía en terrenos más profanos, si bien no menos trascendentales, como el de la memoria histórica de la ciencia española.
Por este motivo era tan importante recuperar las colecciones de las expediciones americanas y redimir, si se quiere en términos benjaminianos, los proyectos frustrados en el pasado.
La recordación legitimaba los proyectos de la JAE.
Para ello era igualmente imprescindible internacionalizar las colecciones históricas españolas y recibir el respaldo de quienes eran depositarios de una larga tradición en el cultivo de la ciencia moderna.
A comienzos de los años treinta del siglo XX aún se tenía la oportunidad de recuperar el tiempo perdido.
La JAE lo sabía, en el campo de la botánica contaba con la persona adecuada y puso a su disposición los medios necesarios.
El hecho de que Cuatrecasas hubiese sido nombrado director de la Sección de Flora Tropical del Jardín Botánico de Madrid lo convertía en punto de enlace entre los dos núcleos más activos de la botánica española del primer tercio de siglo, Madrid y Barcelona.
Mientras la cátedra en la Universidad Central lo situaba en la cúspide del sistema académico universitario, la Sección de Flora Tropical le otorgaba un destacado papel en los proyectos modernizadores de la Junta para Ampliación de Estudios y del gobierno republicano; esto último, como hemos visto, no sólo desde un punto de vista estrictamente técnico.
En Barcelona Cuatrecasas no era menos relevante, al constar como miembro de la Real Academia de Ciencias y Artes así como del Institut d'Estudis Catalans.
No obstante, fue la flora tropical y la sección del Jardín Botánico la que dio a Cuatrecasas la oportunidad de proyectar su papel como científico y como intelectual.
Para empezar, los trabajos sobre flora tropical le permitieron abrir una vía institucional sobre un campo de investigación de creciente interés internacional, como así se lo dejaron saber a la propia dirección del Jardín Botánico los departamentos botánicos de Berlín-Dahlem y de la Smithsonian Institution en Washington.
La Comisión para el Estudio Retrospectivo de las Ciencias Naturales había llamado la atención sobre la importancia y el valor de los herbarios de las expediciones españolas conservados en el Jardín Botánico: el interés de varios sabios extranjeros alemanes y de Norte América, entre ellos el botánico Werdermann de Berlín Dalhem y el Dr. Killip, de la Smithsonian Institution de Washington, que han permanecido en Madrid varias temporadas consultándolos, habiendo declarado que en la actualidad era imprescindible consultar los herbarios de Ruiz y Pavón y de Mutis para completar las obras en que venían trabajando.
La Comisión llevada del deseo de sacar a luz estos herbarios que tan a las claras demuestran la actuación de España en pro de la Ciencia de las plantas y aspirando a que esa labor no nos fuera arrebatada por botánicos extranjeros, gestionó la creación en el Jardín Botánico de Madrid de una Sección dedicada al estudio de la Flora Tropical, lo que consiguió merced al interés que en ello pusieron el Museo de Ciencias Naturales y la Junta para Ampliación de Estudios, logrando además que el cargo de Jefe de dicha Sección recayera en persona tan apta y preparada en dicha especialidad como lo es el catedrático de la Facultad de Farmacia D. José Cuatrecasas 16.
Tal constitución se hizo oficial en marzo de 1933.
Su pensión en Alemania había sido clave para el inicio de una internacionalización que se consolidó de manera muy rápida.
En Alemania colaboró con el Jardín Botánico de Berlín-Dahlem en el estudio de plantas africanas de la Guinea española y pudo ampliar la red de sus contactos internacionales al entrar en relación con la Smithsonian Institution de Washington, a través de Ellsworth P. Killip, conservador de la misma.
Killip y la Smithsonian estaban muy interesados en las colecciones de Mutis, que ayudaron a determinar y clasificar 17.
Las colecciones que conservaba el Jardín eran muy atractivas para las instituciones extranjeras que trabajaban con la flora tropical, y así en mayo de 1933 el director del Real Jardín Botánico de Madrid, Antonio García Varela, recibió una petición de S. C. Simms, director del Field Museum of Natural History en Chicago, para establecer un intercambio de plantas.
El Field Museum estaba interesado en la flora de Perú y, consecuentemente, por las colecciones que el Jardín conservaba de Ruiz y Pavón 18:
Por el Sr. Cuatrecasas estoy al corriente de las conversaciones habidas a este respecto entre él y el Sr. Macbride [Conservador del Field Museum].
En las colecciones del Jardín figuran desde luego duplicados de bastantes especies del herbario reunido por Ruiz y Pavón en Chile y Perú.
Este herbario lo están revisando actualmente en el Jardín Botánico de Berlín [...] cumpliendo un compromiso que convinimos hace unos años [...].
Una vez terminado dicho y entregados al Jardín Botánico de Berlín los duplicados que soliciten (no van a ser muchos), tendremos mucho gusto en cambiar con ustedes los duplicados restantes de la citada colección [...].
A nosotros nos interesan plantas de toda América del sur y de Méjico, pero ahora, especialmente, las de la región andina 19.
En 1934 el Royal Botanic Gardens se puso también en contacto con Cuatrecasas para intercambiar ejemplares duplicados 20 y en 1935 la Universidad de Harvard solicitaba fotografías de varios ejemplares del herbario de Ruiz y Pavón, mientras el Museo de Historia Natural de Estocolmo agradecía el envío de más de cien ejemplares de la colección de Mutis 21.
Todavía durante los meses de diciembre de 1934 y enerofebrero de 1935 Cuatrecasas viajó a Berlín y París con el fin de completar sus trabajos sobre flora colombiana y las colecciones conservadas en el Jardín de la Expedición al Pacífico 22.
La Sección de Flora Tropical dirigida por Cuatrecasas se dedicó a la ordenación y preparación de los herbarios americanos, para emprender trabajos de sistemática y de geobotánica de grupos representados en los trópicos y de regiones florales del Trópico.
En primer término, procede la ordenación de los herbarios clásicos de América del sur y central y de la expedición del Pacífico al mismo tiempo que se vayan estudiando, como actualmente se está procediendo con respecto a las colecciones de Mutis y de Ruiz y Pavón [...].
La Sección intentará organizar o proponer nuevas expediciones a Hispano-América y a las posesiones españolas del África Occidental, con objeto de completar los conocimientos botánicos y geobotánicos que hasta la fecha se tienen de dichos países especialmente interesantes para la actividad científica de España 23.
A Berlín, en efecto, fue enviado el Herbario de Ruiz y Pavón para su estudio y a su regreso a Madrid constituyó el núcleo inicial de las colecciones de flora tropical, en las que trabajaron el becario de la JAE Miguel Martínez y el preparador Antonio Rodríguez.
En 1935 el nombre de Cuatrecasas sonaba como integrante de la Expedición Iglesias al Amazonas y García Varela encontraba oportunidad de resumirle al director del Field Museum de Chicago la creciente actividad de la sección:
En el momento actual están definitivamente dispuestas las plantas de Ruiz y Pavón y parte de las de Mutis, y éstas son las que podrá fotografiar el señor Macbride con facilidad.
Respecto al estudio por el Dr. Cuatrecasas de las plantas que traiga de la proyectada excursión al Amazonas nosotros deseamos poder hacer uso del amable ofrecimiento hecho por V. de los servicios del Field Museum.
Creo firmemente que la estancia en Chicago del Dr. Cuatrecasas sería conveniente para el estudio sino de todo por lo menos de la mayor parte del material del Amazonas [...].
También agradecemos la invitación hecha por el Sr. Macbride para que el Dr. Cuatrecasas colabore en la redacción de algunos grupos de la Flora del Perú que prepara ese Field Museum 24.
Ni que decir tiene que Cuatrecasas se formó dentro de su oficio botánico, asimiló la geobotánica de Huguet del Villar, cultivó la sistemática y la taxonomía botánica e introdujo la fitosociología y la ecología vegetal.
Pero el nuevo modo de ser del científico e intelectual exigió que superara la abstracción lógicomatemática: "de la técnica-trabajo pasa a la técnicaciencia y a la concepción humanista histórica, sin la cual se sigue siendo «especialista» y no se llega a «dirigente»" (Gramsci, 2016, p.
Y la JAE se había empeñado en formar dirigentes merced a la recuperación de una memoria histórica y humanista.
Durante su época en Madrid.
aparte su intensa labor docente reorganizó las importantes colecciones relativas a la flora europea y norteafricana de la Facultad de Farmacia, y muy especialmente las del Jardín Botánico referentes a Sudamérica que instaló en condiciones de ser consultadas normalmente por todas las personas interesadas en esta clase de estudios.
Al mismo tiempo realizó exploraciones por diversas regiones de la Península, por las islas Canarias y en la República de Colombia a donde fue comisionado por el Gobierno para que representase a España en las fiestas que se celebraron en Bogotá en conmemoración del 2o Centenario del nacimiento de Mutis.
En tal ocasión aprovechó la oportunidad para realizar varias exploraciones en Cundinamarca, Tolima y el Valle, fruto de las cuales fueron una serie de publicaciones sobre la flora de Colombia que editó la Junta para Ampliación de Estudios, trabajos compendiados en "Resumen de mi actuación en Colombia con motivo del 2o aniversario del nacimiento de Mutis" (1936), pero el principal de los cuales es el libro titulado "Observaciones geobotánicas en Colombia" (1934), ilustrado con numerosos cuadros estadísticos y láminas.
Estos estudios los realizó en Madrid y en Berlín a donde viajó subvencionado varias veces.
Al mismo tiempo proseguía el estudio de otras colecciones suramericanas (Isern) y por su iniciativa se empezaron los trabajos para editar la famosa Flora de Nueva Granada de Mutis, con más de 5000 láminas en folio y a todo color, empresas malogradas a causa del desgraciado fin de la República española en 1939 25.
La guerra fue, en efecto, la catástrofe que permitió el inesperado triunfo de un proyecto totalitario y represor en lo sociopolítico, a la par que nacionalcatólico en lo científico, la que otorgó al ultramontanismo académico, en franca retirada por aquel entonces, una oportunidad insólita de demoler los presupuestos liberales y modernizadores (con todas sus luces y también sus sombras) que habían acompañado el largo esfuerzo de la JAE y a su más reciente apoyo republicano.
Trabajo realizado en el marco del Proyecto de investigación "El coleccionismo científico y las representaciones museográficas de la naturaleza y de la humanidad", HAR2016-75331-P (AEI/FEDER, UE).
2 Un caso particularmente paradigmático fue el origen e inicio del proyecto de construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid, cuya Junta estuvo controlada por catedráticos ultramontanos hasta la llegada de la Segunda República (Pérez-Villanueva Tovar, 2016). |
El artículo presenta un primer análisis sobre la asistencia sanitaria en la Corte española durante el siglo XIX.
Se hará hincapié en cuestiones como la estructura y organización de dicha asistencia en Palacio, los médicos cortesanos desde una perspectiva de estudio sociológica y el papel y potencial influencia de destacados médicos de cámara.
Hombres que, por su cercanía y contacto profesional directo con el Monarca de turno, podían manejarse con una cierta soltura en las redes de poder cortesanas y dentro de las relaciones de sociabilidad del ámbito más exclusivo del Madrid de mediados del siglo XIX: la Corte.
En este sentido destacan los casos de Pedro Castelló Ginestá y Tomás del Corral y Oña.
Todo ello desde un enfoque interdisciplinar bajo la
La Corte española en general y los aspectos relacionados con la asistencia sanitaria y sus profesionales dentro del ámbito cortesano en particular se han desplegado como un foco de atención historiográfico, desde el que se han desarrollado líneas de investigación con diversidad de objetivos aunque centradas mayoritariamente en la Edad Moderna, quedando aún en un espacio marginal los estudios sobre los aspectos sanitarios en la Corte contemporánea 1.
Aparte de las aportaciones generales sobre la vertiente organizativa, los actores históricos o la sociabilidad en las Cortes de la Edad Moderna realizadas por los componentes del IULCE Instituto Universitario "La Corte en Europa", UAM (Martínez Millán, 2000), (Martínez y Fernández, 2005), (Martínez Millán, 2008), (Martínez y Hortal, 2015) 2; en el campo de la Historia de la Medicina se han abordado cuestiones como las normativas, la estructura organizativa, el personal sanitario en el ámbito cortesano o las vinculaciones de dicho personal con instituciones como el Tribunal del Real Protomedicato 3.
Médicos, cirujanos, cirujanos sangradores y boticarios pertenecían a la estructura organizativa de Palacio y al servicio de las casas reales y del personal de la Corte desde la modernidad, lo cual tuvo continuidad en las Cortes españolas del siglo XIX en una etapa de cambios políticos y de consolidación del modelo de Estado liberal, especialmente durante el reinado de Isabel II (Fontana, 2007); (Burdiel, 2010).
Partiendo de lo inédito de la aplicación de este objeto de estudio para el siglo XIX, no sólo en referencia a la materia propiamente médica sino al análisis más general sobre la estructura, organigrama y funcionamiento de la Corte decimonónica, los objetivos de este estudio se centran en la evolución de las diferentes normativas y el organigrama sanitario en la Corte española, analizando los elementos de continuidad y de ruptura respecto a la Edad Moderna; la reconstrucción e identificación de los profesionales sanitarios vinculados al servicio en Palacio (médicos cirujanos, sangradores y cirujanos dentistas) a través de diferentes instantáneas evolutivas y, además, se despliega un estudio grupal donde se presenta una primera aproximación al perfil sociológico de este grupo 4, aunque con la limitación de un peso cuantitativo reducido y de una instantánea cronológica muy concreta (1848)(1849)(1850)(1851)(1852)(1853)(1854).
Se hará hincapié en el papel y preponderancia de algunos de estos profesionales en los ambientes de sociabilidad cortesanos, entre las redes de poder in-formal y de influencia alrededor de la Corona, en este sentido destacan los casos de Pedro Castelló Ginestá 5 y Tomás de Corral 6 por su cercanía e influencia como médicos de cámara de Fernando VII, María Cristina de Borbón, Isabel II y Alfonso XII.
Estos dos profesionales monopolizarán en este artículo el análisis político y de sociabilidad, por su peso específico en la época tanto en la profesión médica a nivel nacional, como por su papel preponderante en el servicio médico de Palacio, lo cual redunda en la abundancia de información sobre ambos personajes.
Desde el punto de vista metodológico se plantea un enfoque interdisciplinar en el que se combinan elementos analíticos propios de la historia de la medicina, la nueva historia política e incluso desde los enfoques culturales en referencia a los recientes estudios sobre la Corte (Villacorta, 2004; San Narciso, 2014).
Para ello el grueso fundamental de las fuentes primarias utilizadas procede del Archivo General de Palacio (AGP), sus expedientes de la sección de personal no sólo presentan una información rica en cuanto a la reconstrucción de los méritos y las carreras profesionales del personal médico de Palacio, sino que pueden contener otro tipo de documentos igualmente de interés: peticiones, informes, escritos ego-referenciales...
Por otra parte el aparato normativo tanto genérico como específico de la materia sanitaria se encuentra presente en la sección de normativas y reglamentos del AGP 7.
De manera secundaria las Guías de Madrid -disponibles en red desde la hemeroteca digital de la BNE-y las Guías de la Casa Real (especialmente la de 1848) se despliegan como fuentes complementarias.
EL MARCO NORMATIVO Y EL ORGANIGRAMA SANITARIO EN LA CORTE DEL SIGLO XIX
El siglo XIX se muestra prolífico respecto a las iniciativas de carácter reglamentista sobre la Corte y particularmente en torno a los aspectos relacionados con la asistencia sanitaria en el ámbito cortesano.
En concreto se producen normativas generales de Palacio incluyendo articulado sobre materia médica en 1829, 1840 y 1872 8, además salen a la luz y se ponen en vigor varias normativas específicamente orientadas a la reglamentación de la estructura, plantilla, funcionamiento, derechos y deberes del personal sanitario en la Corte isabelina y en etapas posteriores.
Las más destacadas: el Reglamento de Médicos y Sangradores de 1848, el Reglamento de la Real Botica de ese mismo año y el Reglamento Médico de 1863.
A comienzos del siglo XIX se aprecia una nutrida presencia en la Corte de médicos, cirujanos, sangradores y boticarios, al cuidado de la Familia Real y de toda la servidumbre de Casa Real que tenía derecho a recibir servicios médicos y medicinas gratuitamente de la Real Botica, siguiendo la pauta establecida desde la Edad Moderna (Rey y Alegre, 1998, p.
39), aparte de la provisión de médicos de la Real Cámara 10.
Desde la perspectiva del organigrama básico en la estructura de la plantilla médica de Palacio, los aspectos continuistas procedentes de la Edad Moderna prevalecen en líneas generales hasta la renovación implementada en el reglamento de 1863.
Se visualiza esta continuidad en una plantilla médica dividida entre médicos de cámara, encargados del cuidado de la Real Casa del Rey y su familia, y médicos de familia, encargados del cuidado de los empleados de Palacio y sus familiares.
Además de otras divisiones en función del grado de vinculación profesional (titulares o en ejercicio, supernumerarios y con nombramiento ad honorem) y desde la escala formativa y profesional (médicos cirujanos -una vez unificadas las titulaciones de medicina y cirugía-, cirujanos sangradores y dentistas.
Dentro de la estructura jerárquica de la medicina real en las Cortes de la Monarquía Hispánica por debajo de los médicos de familia se encontraban los cirujanos y los sangradores (Rey y Alegre, 1998, p.
En este sentido la unificación contemporánea de los estudios y la categoría profesional entre médicos y cirujanos supuso un punto de ruptura.
En la Ordenanza General de 1846 se abordó la cuestión de la asistencia sanitaria en los Reales Sitios aparte del ámbito de Palacio 11, al discriminar entre "médicos-cirujanos de la Real Familia" y "médicoscirujanos y sangradores de los Reales Sitios", todos ellos con la obligación "de asistir a las personas y familias de los empleados y criados de la Real Casa y Patrimonio" 12.
Por otra parte bajo el impulso del Marqués de Miraflores como Jefe de la Casa Real, se redactó en 1848 el "Reglamento de Médico-Cirujanos Tabla 2.
Escala de Médicos de la Casa Real (1848). y sangradores de Cámara".
Monográficamente orientado a los médicos de la Real Cámara complementaba la citada ordenanza general de 1846, establecía una estructura de 3 médicos de cámara en ejercicio y un cirujano sangrador.
Esto se complementaba con 3 médicos de cámara supernumerarios, con la posibilidad del nombramiento real de hasta 12 médicos ad honorem 13.
La tendencia continuista procedente del Antiguo Régimen finaliza durante el bienio 1862-1863 al producirse renovación de la estructura organizativa referente a los profesionales médicos de Palacio, a través del Real Decreto de 11 de enero de 1862 para la creación y organización de una Facultad de Medicina de la Real Casa y Patrimonio y del reglamento para poner en marcha dicha institución de abril de 1863 14.
Por tanto la plantilla médica pasaría a formar una Facultad en la que habría un cargo de Director, puesto ocupado bajo la nueva denominación por el "primer médico ordinario de la Facultad de la Real Cámara" y un Decano, que sería el médico más veterano en el servicio de Palacio; todo bajo dependencia del Intendente General dentro de la organización jerárquica de Casa Real.
En este sentido la organización clásica entre médicos de cámara y de familia se sustituyó por un organigrama que contemplaba 8 médicos de la Real Casa, que desempeñarían su labor profesional en Madrid, y 7 profesores del Real Patrimonio que tendrían a su cargo la asistencia médica en la Reales Sitios.
Además se contempló que en Madrid hubiese 4 cirujanos san-gradores y para los Reales Sitios se dotarían las plazas que fuesen necesarias.
En mayo de 1868 se revisó el organigrama médico de la Real Cámara, pasando en esta ocasión dentro de la etiqueta de Palacio a depender del Mayordomo Mayor y en segunda instancia del Sumiller de Corps 15.
La nueva organización establecía una plantilla de 3 médicos ordinarios de la Real Cámara 16, 6 médicos consultores 17 y 12 médicos honorarios.
La tendencia a la reducción del personal médico comienza a hacerse visible en estas fechas, además de un claro interés por reducir gastos, en este sentido se potenció la figura del médico consultor sin sueldo y la posibilidad de acudir a médicos especialistas externos "acreditados por su especialidad en el tratamiento de la enfermedad determinada que sea necesario combatir" 18.
En 1872 se redactó un nuevo Reglamento General de Casa Real.
Su título octavo abordaba las cuestiones relacionadas con la asistencia sanitaria, en este caso redefiniendo la institución creada en 1863 al hacer referencia a la "Facultad Médico-Farmacéutica de la Real Casa" 19.
Los 5 artículos referidos a la plantilla médica de Palacio abordan, sin profundizar en detalles como el número de profesionales o su retribución, el regreso parcial a una estructura clásica organizada entre médico-cirujanos y cirujanos sangradores de Cámara y de la Real Familia 20, además de los facultativos de los Reales Sitios.
La organización del servicio sanitario en Palacio era coordinada por el primer médico de cámara, todo ello bajo la subordinación del Mayordomo Mayor.
Esta evolución reglamentista culmina en época de Alfonso XII con la reforma impulsada en el Real Decreto de 1 de noviembre de 1880.
Esta iniciativa pretendía establecer una nueva organización en el servicio facultativo de Casa Real, para ello se suprimió la Facultad de Medicina de la Real Cámara y se acentuó la tendencia a la reducción de los profesionales, en este caso se redujo a 2 el número de médicos de cámara ordinarios bajo la obligación del servicio diario a las "Reales Personas" y un médico extraordinario.
Este personal médico y su actividad quedaban bajo la responsabilidad del Sumiller de Corps dentro de la etiqueta de Palacio.
Por último otra de las aportaciones de esta nueva organización es la división en cuarteles de Madrid para la asistencia facultativa a los empleados de Casa Real y sus familiares 21.
HACIA UN PERFIL SOCIOLÓGICO DE LOS MÉDICOS CORTESANOS
Como ya se ha comentado los resultados que se presentan a continuación se centran en las plantillas médicas de Palacio durante el período 1848-1854, el estudio de este grupo se articula como una muestra que logra presentar una instantánea de interés en torno al perfil sociológico de los médicos cortesanos españoles a mediados del siglo XIX, en todo caso el estudio debe ensancharse, matizarse y contrastarse con una necesaria ampliación cronológica y del universo analítico.
La característica definitoria básica es el encuadramiento del grupo en un perfil socioprofesional sanitario, el análisis de sus carreras profesionales parte del eje vertebral que supone el ejercicio de la medicina en Palacio, como colofón a carreras científicas y académicas sólidas, reconocidas y prestigiosas; especialmente cuando estos sujetos alcanzan el rango de médicos de cámara en ejercicio.
Trabajar al servicio de la Familia Real y de Palacio se consideraba un importante hito profesional, que situaba a estos actores históricos en un lugar central dentro de la profesión médica española 22.
Buena cuenta de ello dan los testimonios de los informes ego-referenciales redactados por múltiples aspirantes, exponiendo la excelencia de sus carreras profesionales y científicas para promocionar sus candidaturas de acceso al servicio de Palacio. regui, Hilario Torres o Vicente Martínez (Granjel, 2006, pp. 156-158), Juan Drumen entre 1862 y 1863 y Tomás del Corral (Alonso Rubio, 1883, p.
Luis Granjel destaca el papel negativo de Pedro Castelló al liderar la reconversión de academia de carácter nacional en sus atribuciones a academia de distrito.
Por otra parte la propia naturaleza del contexto cortesano y la importancia de las cuestiones de tipo sucesorio en la monarquía en general y en la familia real española durante el siglo XIX en particular, posibilitaron un notable peso cualitativo de los especialistas en Obstetricia entre los médicos de Palacio, sobre todo por el despliegue de la munificencia regia por los servicios prestados en los nacimientos de los infantes.
La dispensa de mercedes económicas -gratificaciones 30 -y de recompensas dentro de la escala del poder simbólico -concesión de títulos nobiliarios o ingreso de órdenes militares por ejemplo-por los servicios prestados en los partos de María Cristina de Borbón y de Isabel II colocó a especialistas en Obstetricia en un lugar central dentro de los médicos cortesanos, buena muestra de ello serían los casos de Pedro Castelló, Juan Drumen o Tomás del Corral.
Perfiles políticos y de sociabilidad
Es difícil encuadrar desde una perspectiva grupal la ideología política de los médicos cortesanos.
A pesar de practicar su profesión en un importante ámbito de sociabilidad e influencia política por su cercanía a la Corona y por su presencia en la Corte, apenas tienen presencia en cargos políticos y en foros de opinión pública como la prensa.
Sin embargo el siglo XIX se manifiesta como una época de importantes pugnas y cambios políticos de los que los profesionales sanitarios no permanecen al margen.
Los primeros años de la segunda restauración fernandina -entre 1823 y En décadas posteriores la evolución de las plantillas médicas en la Corte dependerá mayoritariamente de factores profesionales más que de cuestiones ideológicas 33, aunque en líneas generales Isabel II y las redes de poder que operan cerca de la Corona presentarán una tendencia mayoritariamente conservadora y por tanto cercana al Partido Moderado (Burdiel, 2010; Pro, 2007), en todo caso no contamos con evidencias que relacionen a alguno de los médicos cortesanos de las décadas de 1840, 1850 ó 1860 con el moderantismo.
Por el contrario se produce una presencia visible de médicos cortesanos en la nómina de socios de un círculo liberal como el Ateneo de Madrid.
Entre ellos Juan Drumen, José Roviralta, Pedro María Rubio, Gabriel Usera, Pedro y Juan Castelló y Roca, Juan Castelló Tagel (sobrinos e hijo de Pedro Castelló Ginestá) o Tomás del Corral 34.
Según apuntan Villacorta y Zozaya el Ateneo, el Casino y el Liceo de Madrid, como ámbitos de sociabilidad elitista, coincidían en una parte importante de sus socios.
La composición social de estos ámbitos era diversa, se producía una interacción entre profesionales liberales (especialmente abogados, los médicos en menor medida), políticos (diputados y senadores) y títulos nobiliarios (viejos y de nuevo cuño), sin embargo el Ateneo y el Liceo se manifestaron como círculos proclives a un liberalismo más avanzado y el Casino como un espacio mayoritariamente conservador y vinculado al Partido Moderado en los años 1840 y 1850 (Villacorta, 1980; Zozaya, 2008, p.
En este caso los médicos cortesanos que aparecían como miembros del Ateneo no formaban parte de la nómina de socios del Casino madrileño.
Por otra parte, el espacio cortesano en esta época se manifiesta como un ámbito de poder informal en el que operan redes de poder -las camarillas de Palacio-, de influencia y de sociabilidad, en definitiva un auténtico contrapoder respecto a las instituciones propias del Estado liberal.
En este sentido la cercanía a la Corona y a la figura del Monarca, además del establecimiento en beneficio propio o grupal de todo tipo de potenciales influencias en el ámbito cortesano, colocaban al personal y a los profesionales de Palacio en un espacio de poder y de sociabilidad de primer orden.
Los médicos de cámara del monarca y sus allegados disfrutaban de una posición muy cercana a la familia real, ya que los visitaban y prestaban servicio médico a diario 35.
La cercanía de los médicos de cámara a Fernando VII, María Cristina o Isabel II los situaba en un lugar central dentro de las relaciones de poder informal que operaban en la Corte, a la hora de ejercer influencias de tipo político o de otra naturaleza hacia una dirección determinada.
Durante el siglo XIX destacan dos casos por una relación muy fluida con los monarcas a partir de su práctica profesional como médicos de cámara en la Corte y por sus potenciales posibilidades en el cultivo de influencias sobre la Monarquía: Pedro Castelló y Ginestá y Tomás de Corral y Oña.
Pedro Castelló y Ginestá, médico en la Corte desde 1801 en el que ingresa como médico cirujano de familia hasta su fallecimiento en 1850, asciende en el escalafón hasta convertirse en primer médico cirujano de cámara 36.
Identificado como pro-liberal, sufre la depuración contra los elementos liberales de Palacio de comienzos de la segunda restauración fernandina llegando a ser encarcelado en 1824, requerido al año siguiente por la enfermedad de gota de Fernando VII y ante el éxito de su atención sobre el rey se convierte en la última etapa del reinado en una figura central en la Corte de la época, por su cercanía profesional y amistad personal con Fernando VII 37.
Los ricos testimonios procedentes de la correspondencia entre Fernando VII y su secretario particular, Juan Miguel Grijalba, muestran la cercanía y amistad personal entre el monarca y su médico (Arzadun, 1942, pp. 238-239, 241, 243, 246).
En los meses finales de 1827 durante la llamada rebelión de los apostólicos Fernando VII realiza un viaje a Levante y Cataluña en el que lleva consigo a su médico personal -Castelló-y donde testimonia en sus habituales misivas su estado de salud:
Ya sabrás que tengo gota en la mano, que hace tres noches no dormí más que una hora; las dos siguientes he dormido bien, pero tengo la mano muy hinchada y dolorida, que no me permite escribir.
Durante ese mismo viaje es el propio Pedro Castelló el que sufre problemas de salud, en este sentido Fernando VII dará cumplida noticia a Grijalba del estado y la evolución de su médico mostrando su estrecha relación en esta época:
El que no me gusta nada es Castelló.
Hace mucho tiempo tiene una tos terrible, muy seca; en Tarragona se le aumentó; en Valencia se le mejoró; cuando volvió a Tarragona se empeoró, y aquí se aumentó, agregándosele una gran fatiga al pecho, que le hace pasar muy malas noches; dice que el aire del mar no le prueba; que cuando estuvo en Mallorca le sucedió lo mismo, y que luego que vino a tierra se puso bueno; ha estado en cama con algo de calentura; vivía en Palacio, pero esta tarde se ha levantado de la cama para mudarse a una casa dentro de Barcelona mismo, pero a un lado enteramente opuesto al mar, si no se aliviase, piensa ir a Igualada, donde tiene una casa suya; Dios quiera que se restablezca, pues si no será una gran pérdida 39.
En efecto Pedro Castelló se trasladó durante esta etapa barcelonesa del viaje real a una casa en la zona de Sarriá donde incluso recibiría la propia visita de Fernando VII, quién continúo minuciosamente informando en sus misivas de la evolución de su médico: "Castelló va mejor y parece otro hombre desde que vive en una casa distante al mar" 40.
Fruto de esta cercanía el primer médico de cámara de Fernando VII se convirtió en un elemento importante dentro de las pugnas políticas cortesanas durante la etapa final del reinado.
La dicotomía entre un grupo reformista que abogaba por implementar pasos hacia un modelo de estado liberal, frente a un grupo absolutista aglutinado bajo el liderazgo de Carlos María Isidro de Borbón -hermano de Fernando VII-se manifestó abiertamente en la Corte.
Se trataba de una cuestión política y dinástica, ya que tras la muerte de la tercera esposa del rey la sucesión recaía en Carlos María Isidro, por ello los movimientos del grupo cortesano reformista se dirigieron hacia la promoción de un cuarto matrimonio bajo la esperanza de que se produjese finalmente una descendencia que alejara de la Corona española al candidato pro-absolutista.
Es en el marco de esta pugna en la que un Pedro Castelló simpatizante del reformismo liberal juega un pequeño papel, como persona cercana e influyente sobre Fernando VII al aconsejarle "que es menester que se case cuanto antes" y que tenía "el pulso tan fuerte como antes" 41.
Finalmente fruto de esta estrategia sobrevino el matrimonio con María Cristina de Borbón, el nacimiento de las infantas Isabel y María Luisa Fernanda.
En los diferentes relatos sobre el personaje se hace hincapié en las condiciones que Castelló impuso al monarca a la hora de aceptar el puesto de primer médico de cámara durante la década de 1820.
Aunque dichos relatos no muestran fuentes que den solidez a esta hipótesis, parece que estos condicionantes y su óptima posición adquirida en Palacio se desplegaron indirectamente como la base desde la que el propio Castelló fomentó importantes líneas de reformismo en la profesión médica española (Granjel, 1972; Granjel, 2006; Ruiz-Berdún, 2014; Massons, 1990; Rubio, 1862).
En este caso la cercanía personal con Fernando VII se ha interpretado como un condicionante decisivo a la hora de que llegase a buen puerto la reforma de los estudios de Medicina que Castelló planteó en 1826 y, en especial, la restitución de profesores y catedráticos en el Colegio de San Carlos, separados de sus cargos en las purgas antiliberales hasta 1825.
La ponderación de estos logros a través de su gran peso específico en el entorno cortesano también presentó limitaciones.
En este sentido Pedro Castelló impulsó la reapertura y el regreso de las actividades científicas a la Real Academia Nacional de Medicina en 1828, la academia cesó su actividad en 1824 en el contexto de la mencionada purga antiliberal al clausurar la institución, incluyendo la "depuración" de sus miembros hasta que diesen cuenta de sus actividades desde 1808.
Si bien el primer médico de cámara impulsó la reapertura de la academia, no logró anular la inhabilitación de los académicos nombrados durante el Trienio Constitucional (Granjel, 2006, pp. 158 y 164).
Finalizado el período monárquico de Fernando VII Pedro Castelló continuó teniendo una posición preponderante en la Corte como primer médico de cámara en las décadas de los 30 y 40, sus servicios prestados fueron reconocidos por la Corona a través de la concesión de un título de Castilla, el marquesado de la Salud de nueva creación para él y sus descendientes en diciembre de 1846, e igualmente se convirtió en el I vizconde de Guisona -su localidad natal-en abril de 1847 (Rubio, 1862, pp. 15-38).
Tradicionalmente en los ambientes cortesanos la Corona se convirtió en una dispensadora de mercedes fundamental para el funcionamiento de este ámbito de sociabilidad, donde las adhesiones se basaban en gran medida en el patronazgo, y esto podía apreciarse a la hora de otorgar títulos nobiliarios para concitar adhesiones o premiar los servicios prestados.
Tomás del Corral y Oña personaliza el relevo de Castelló como médico preponderante en la Corte, especialmente tras el año 1858 en que fue nombrado primer médico de Cámara de Isabel II 42.
Atendió a la reina en primera instancia en el parto de la infanta María Cristina y en el parto del príncipe Alfonso en 1857, por lo que fue agraciado con una gratificación económica y la concesión de un título nobiliario.
Tras una controvertida e infructuosa tentativa de concederle el título de Conde de Leiva, finalmente fue nombrado I Marqués de San Gregorio y Vizconde de Oña (Rueda, 2001, pp. 251-252).
La incorporación de estos profesionales, aunque en muy escasas ocasiones, a una nobleza de nuevo cuño y a las órdenes militares muestra cómo el valor simbólico y cultural de ciertas instancias de poder como la Corte, aún se encuentra enraizada en una tradición en la que los valores vinculados a la aristocracia procedente del Antiguo Régimen conviven e interaccionan con los nuevos valores asociados al liberalismo y a la burguesía decimonónica.
Para los profesionales médicos cortesanos la recepción de estos honores vinculados a una tradición aristocrática, al igual que en el caso de políticos, abogados o banqueros, suponía desde el punto de vista simbólico un mecanismo de encaje y reconocimiento en un ámbito de sociabilidad como el cortesano.
En todo caso, dentro del grupo analizado tan sólo Castelló y Del Corral fueron los únicos agraciados con un título nobiliario, otros médicos cortesanos como Drumen o Roviralta fueron condecorados con las cruces de órdenes militares como la de Isabel la Católica o la de Carlos III, participando de estos espacios simbólicos propios de la Corte.
Por otra parte también sería interesante distinguir entre médicos de la cámara y médicos de familia para calibrar este aspecto de manera más amplia.
Del Corral ejerció como médico personal de Isabel II, se convirtió en un personaje omnipresente en los salones Palacio en una época marcada por el estereotipo de la convulsa Corte de los Milagros (Burdiel, 2010; Villacorta, 2004) y en un actor histórico cercano a la reina, por la propia naturaleza de la relación profesional entre médico y paciente 43 y por la sujeción de los deberes y obligaciones de los profesionales médicos de la Corte a normativas propias dentro de la etiqueta de Palacio.
Su adhesión a la reina se manifestó al marchar del país junto a Isabel II al exilio parisino y al ser cesado de sus cargos en Palacio tras la revolución de 1868 44.
Finalizado el Sexenio Democrático y restaurada la dinastía Borbón en el país, fue restituido como primer médico de cámara en 1875 ya con Alfonso XII en el trono 45.
Su papel como médico de confianza de la familia real tiene continuidad en esta nueva etapa, buena muestra de ello es que acompañó como médico personal al rey en las campañas de la III Guerra Carlista entre 1875 y 1876 (Alonso Rubio, 1883, pp. 7-8).
Además simultaneó una óptima posición en la Corte con un alto cargo dentro de los poderes formales del aparato estatal, fue Senador electo por la Universidad Central de Madrid desde 1877 hasta 1882 46.
También fue nombrado Consejero de Instrucción Pública 47.Tras una dilatada carrera en el servicio médico de Palacio su jubilación se produjo en el año 1882, dejando el testigo a una nueva generación de médicos cortesanos entre los que destacarán profesionales como Tomás Santero o Laureano García Camisón 48.
Este artículo presenta una primera aproximación a la asistencia sanitaria en las Cortes españolas del siglo XIX, haciendo especial hincapié en el organigrama y la estructura profesional de los médicos cortesanos.
Respecto a la tradición procedente de la Edad Moderna las líneas de continuidad presentan una visible preponderancia aunque comienzan a vislumbrarse puntos de ruptura en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente al modificarse la organización tradicional bajo la dualidad de médicos de cámara y médicos de familia o al desplegar un nuevo marco institucional dentro del organigrama médico de Palacio bajo la fórmula de Facultad de Medicina de la Real Cámara.
Conforme avance la centuria cabe destacar cómo las normativas se dirigirán hacia una reducción y racionalización tanto de la plantilla como del presupuesto.
En todo caso la pretensión es seguir profundizando en futuros trabajos en el análisis de las normativas médicas para la Corte del siglo XIX, en aspectos relacionados con los mecanismos de acceso y promoción interna, los deberes y obligaciones profesionales e, incluso, activar análisis comparativos hacia Cortes internacionales contemporáneas.
El análisis grupal en la cesura cronológica 1848-1854 arroja datos de interés a la hora de dibujar un perfil sociológico aún muy básico y limitado de los médicos cortesanos en el siglo XIX.
Entre los caracteres básicos de los actores analizados destaca la posición central de estos profesionales dentro de la medicina española, llegar a trabajar en Palacio como médico de cámara en ejercicio simbolizaba la culminación de una carrera profesional ya exitosa y reconocida.
Esto se ve reflejado en cuestiones como la presencia de dichos profesionales en el ámbito de la docencia universitaria o su presencia en instituciones y academias de carácter profesional, aunque igualmente este aspecto institucional requiere de una ampliación de la base cuantitativa del grupo de estudio.
Uno de los aspectos centrales de este estudio se ha dirigido al análisis de los perfiles políticos de los médicos cortesanos y su posible encaje en un importante ámbito de sociabilidad y de influencia política como la Corte, en especial en la etapa final de Fernando VII y en el reinado isabelino, aunque el peso específico de este apartado lo han llevado Castelló y Del Corral.
Las diferentes purgas políticas de la época ya muestran desde las primeras décadas del siglo XIX una clara apuesta hacia el reformismo liberal, además destacados médicos cortesanos implementaron una serie de iniciativas con un cierto éxito que presentaban un perfil abiertamente reformista, no olvidemos que la reforma de los estudios médicos que plantea Pedro Castelló en el marco cortesano fernandino pro-cede de la actividad legislativa y parlamentaria desarrollada durante el Trienio Constitucional 49.
El caso de médicos de cámara Pedro Castelló y de Tomás del Corral nos presenta un perfil de "médicos políticos", ocupando un lugar central a escala profesional por su óptima posición en Palacio sin un currículum excesivamente destacado en cuanto a sus aportaciones a la ciencia médica, pero con un notable peso específico e influencia en la profesión fruto de su buen posicionamiento en la Corte y respecto al monarca de turno.
El ejemplo de Pedro Castelló se presenta especialmente llamativo, ya que muchos de los logros y avances que impulsa en materias como la reorganización de los estudios y la profesión médica en España, están directamente relacionados con la buena relación personal que logró cultivar con Fernando VII como su primer médico de cámara.
Estos profesionales tienen una presencia constante y diaria en la Corte, además de un contacto regular con la familia real y su entorno cortesano, por tanto potencialmente podían vincularse a los círculos de poder e influencia del momento, en una Corte caracterizada por la proliferación de redes de poder informal, grupos de presión y todo tipo de intrigas palatinas bajo unos intereses determinados.
Por último apuntar que las experiencias de Castelló y de Del Corral, caracterizadas por su óptima penetración en los círculos de poder cortesano y por su cercanía a Fernando VII e Isabel II respectivamente, no son las mayoritarias.
La mayor parte de los médicos de cámara y de familia alcanzaron una posición profesional privilegiada en Palacio, pero no llegaron a ese grado de integración e influencia.
Este artículo se inscribe en el proyecto de investigación I+D+i "Corte, Monarquía y Nación liberal (1833-1885).
En torno al rey la modernización política de España en el siglo XIX" [HAR2015-66532-P] Ministerio de Economía y Competitividad.
1 Se detecta alguna excepción como un estudio sobre la Real Oficina de Farmacia a finales del s. XIX (Alegre y Valverde, 1999).
Algunas de sus obras y manuscritos están en libre acceso en la web Galería de Metges Catalans.
22 Para Soledad Campos, en su estudio sobre la organización sanitaria en la Corte de los últimos Austrias, el hecho de llegar a ejercer la Medicina en Palacio era el gran objetivo de los profesionales y la culminación de una carrera ya de por sí destacada.
30 Isabel II por medio de un Real Decreto aumentó el sueldo anual en 10.000 reales de vellón a Juan Drumen en 1852 por su buen servicio profesional en su atención al parto de la infanta, con posterioridad ascendió a tercer (1854) y segundo médico cirujano de cámara (1858).
32 AGP, Sección Administrativa, leg.
15; AGP, Reinados, Archivo Regente María Cristina de Borbón, leg.
33 Más allá de las tensiones políticas de comienzos del siglo XIX, en las Tablas 2 y 3 en las que presentamos las instantáneas de 1848 y 1854 se observa que la evolución de la plantilla médica de Palacio entró en un período de estabilidad, donde las modificaciones se debieron a criterios fundamentalmente profesionales y fruto de las propias promociones internas.
En esta etapa por ejemplo Pedro Ma Rubio ascendió por promoción interna de supernumerario a médico de Cámara en ejercicio, o de Dionisio Villanueva, de médico de Familia a Médico de Cámara (Guía..., 1848).
Igualmente cabe destacar que la plantilla médica de Palacio tuvo continuidad a partir de 1854 en una etapa de renovación y ruptura en las instancias de poder tras la insurrección con tintes revolucionarios de 1854 y la llegada del Bienio Progresista.
34 Los listados se socios procedentes de los fondos del Archivo Histórico del Ateneo de Madrid disponibles en https:// www.ateneodemadrid.com/index.php/esl/Biblioteca/Coleccion-digital/Libros-y-Folletos/Listado-de-obras-por-autor/Listas-de-socios En las décadas de los años 1830, 1840 y 1850 aparecen otros profesionales médicos destacados dentro de la nómina de ateneístas como Mateo Seoane, Mariano Lagasca (médico de formación aunque con un perfil profesional diferente) o Ramón Frau.
35 Al igual que en otros aspectos ya analizados las obligaciones y deberes profesionales de los médicos cortesanos presentan una clara continuidad respecto a la Edad Moderna: visita y control diario del monarca y su familia, redacción de memorias e informes, acompañar junto al séquito a la familia real en sus viajes oficiales y los Reales Sitios...
AGP, Ordenanzas Generales, leg.
37 En líneas generales los relatos historiográficos sobre el personaje coinciden en la fortuna de Castelló a la hora de la recuperación de Fernando VII del ataque de gota que sufría, sin hacer mención a su hipotética pericia profesional
Médicos de Cámara Médicos de la Real Familia Nombre Escalafón Nombre Escalafón |
En el presente trabajo exploraremos la imagen literaria del magnetismo animal y de la hipnosis a través del análisis de dos obras de ficción: las novelas El escarabajo (1897) de Richard Marsh y Drácula (1897) de Bram Stoker.
Durante todo el siglo XIX, aunque principalmente a finales de este, fueron muchos los autores que recurrieron al magnetismo animal y la hipnosis, de forma ambiental o argumental, en sus creaciones de ficción, tanto fue así que Arthur Quiller-Couch, un importante crítico literario del siglo XIX, llegó a hablar del surgimiento de un nuevo subgénero literario que acuñó como "hypnotic fiction".
Partiendo de la idea de que en esta literatura de ficción mesmérica e hipnótica se pueden rastrear claramente unos estereotipos diferenciados de magnetizadores e hipnotizadores (unos más clásicos que otros) quienes hacen un uso diverso e incluso antagónico del magnetismo animal y de la hipnosis, mostraremos la relación de estos conocimientos con la figura del monstruo en las creaciones de Richard Marsh y Bram Stoker y como estos no pueden reducirse al estereotipo de magnetizador/hipnotizador villano, ya que los poderes mesméricos e hipnóticos funcionan aquí como agregados para conformar la monstruosidad del personaje.
Hablando de literatura inglesa es difícil encontrar una novela del período victoriano tardío en la que no aparezcan la hipnosis, la posesión, la telepatía, el mesmerismo o los médiums (Luckhurst, 2002, p.
Tanto fue así que Arthur Quiller-Couch, un importante crítico literario del siglo XIX, llegó a hablar del surgimiento de un nuevo subgénero literario que acuñó como "hypnotic fiction" (Quiller-Coach, 1890, p.
Mucho más tarde, fuera del campo de la crítica literaria y dentro de los estudios académicos, Roger Luckhurst ha denominado a estas creaciones literarias como "trance-gothic" (Luckhurst, 2000, p.
Si se consulta el repertorio bibliográfico de Donald Hartman titulado Hypnotic and Mesmeric Themes and Motifs in Selected English-Language Novels, Shorts Stories, Plays and Poems, 1820-1983(1987), comprobaremos que fue a finales del siglo XIX cuando se alcanzó la mayor producción de este tipo de literatura en lengua inglesa.
También en la Francia fin de siècle se dio un auge sin precedentes de ficciones mesméricas, superando en el número de obras al caso inglés (Darnton, 1968, p.
El relato pionero de esta tradición narrativa es El magnetizador (1813) de E.T.A. Hoffmann, el más popular es La verdad sobre el caso del señor Valdemar (1845) de Edgar Allan Poe y el que mayor éxito de ventas consiguió en el momento de su publicación fue Trilby (1894) de George Du Maurier, considerado como el primer best-seller de la era moderna (Purcell, 1977, p.
En general, todas estas ficciones mesméricas reflejan un hecho esencial: la perversión de los ideales de Mesmer atravesados y contaminados por las bajas pasiones humanas encarnadas en la figura del magnetizador y del hipnotizador (Montiel, 2003, p.
Es imprescindible, siquiera brevemente, esclarecer los diferentes términos (magnetismo animal, mesmerismo e hipnosis) usados por los novelistas en sus textos.
El médico vienés Franz Anton Mesmer (1734-1815) denominó "magnetismo animal" a la radiación en forma de fluido universal que conecta todo con todo; mediante este fluido universal los seres humanos estarían conectados no solo con el resto de seres humanos sino con las plantas, los árboles, los animales, e incluso con los diferentes cuerpos astrales (Gauld, 1992, p.
Los autores del romanticismo alemán se sintieron fascinados por el magnetismo animal y lo utilizaron como tema central de sus creaciones literarias, siendo los que acuñaron y popula-rizaron el término "mesmerismo" (López-Piñero; Morales, 1970, p.
Por otra parte, el término "hipnosis" surge de las ideas del cirujano escocés James Braid (1795-1860), que llamó "hipnotismo" a la forma extrema del "sueño nervioso" que presentaba amnesia tras el despertar (López-Piñero, 2002, p.
Braid rechazó la teoría del fluido universal, y empleó una metodología totalmente diferente a la de Mesmer (Gauld, 1992, p.
281), por lo que puede decirse que el magnetismo animal y la hipnosis descansan sobre unas bases epistémicas y antropológicas totalmente diferentes, con visiones distintas y hasta contrapuestas de la medicina, la salud y la enfermedad.
Sintetizando, entre el magnetismo animal y el mesmerismo hay diferencias de matiz, pero ambas concepciones permanecen cercanas entre sí, en cambio la hipnosis está muy lejos de ambas.
En general, aunque con interesantes excepciones como veremos más adelante, los escritores de ficción van a usar los tres términos (magnetismo animal, mesmerismo e hipnosis) para hablar de lo mismo: los poderes magnéticos dejan de ser un método curativo y se convierten en un método para subyugar al otro en un afán de acumular poder.
En realidad, el propio método terapéutico de Mesmer, el famoso baquet que provocaba las llamadas crisis magnéticas, aparece escasamente reflejado en la literatura de ficción 1.
En cambio, sí que aparece, de forma notable, toda la parafernalia usada por Mesmer para ayudar a su cubeta a provocar las crisis; de este modo los ropajes exóticos con los que se disfrazaba, los ambientes a media luz y la música sugerente han pasado a formar parte de los topos literarios en las ficciones mesméricas e hipnóticas.
Sin embargo, los métodos que aparecen en estas ficciones para conseguir el trance magnético, con escasas excepciones, son una mezcla de las técnicas empleadas por los magnetizadores (como los pases de manos) y por los hipnotizadores (como la fijación de la mirada en un punto o las inducciones verbales).
34), aspecto despreciado por Mesmer y más tarde tenido en cuenta por los teóricos de la hipnosis, pues en las ficciones mesméricas el magnetizado o hipnotizado no entra en crisis, sino que duerme.
Casi todos los autores que, fascinados por el magnetismo animal y la hipnosis, lo han utilizado en sus relatos de ficción han explorado las posibilidades paranormales que rodean al tema y no sus posibilidades curativas.
A partir de ahí, la literatura de ficción nos presenta un variado, aunque limitado, empleo del magnetismo animal y de la hipnosis que va conformando una pequeña galería de magnetizadores e hipnotizadores que, aunque reconocibles como tales, representan estereotipos diferentes.
El argumento habitual es presentar el magnetismo animal y la hipnosis como poderes misteriosos mediante los cuales un villano consigue sus egoístas propósitos a través de la subyugación de la voluntad de la víctima; así ocurre, por ejemplo, en la novela Trilby (1894) de George Du Maurier (aunque en un primer momento el uso del magnetismo animal en esta novela es terapéutico) y en la novela inacabada de Charles Dickens El misterio de Edwin Drood (1870).
También es bastante habitual encontrar al personaje del magnetizador/hipnotizador mezclado con elementos ocultos y/o esotéricos; en particular, con diversos topos literarios (personajes, escenarios, teorías y rituales) del ambiente espiritista, como ocurre en las novelas de Bulwer-Lytton Zanoni (1842) y Una historia extraña (1862).
Otro estereotipo habitual de magnetizador/hipnotizador en la literatura de ficción es el charlatán, aquel que comete fraude y engaña a sus víctimas, así ocurre en dos populares novelas de la época: Herr Paulus: His Rise, His Greatness, and His Fall (1888) de Walter Besant y The Charlatan (1895) de Robert Buchanan.
Uno de los más interesantes estereotipos de magnetizador/hipnotizador es el "científico loco", aquel que lleva sus experimentos en torno al magnetismo animal y de la hipnosis más allá de toda ética y moral, dos ejemplos de este uso los observamos en La verdad sobre el caso del señor Valdemar (1845) de Edgar Allan Poe y El gran experimento de Keinplatz (1885) de Conan Doyle.
Y, por último, en esta lista de magnetizadores e hipnotizadores podríamos situar al detective.
Estos últimos usan el magnetismo animal y la hipnosis como métodos para esclarecer el misterio de un crimen (en muchas ocasiones paranormal), el primer ejemplo de este tipo de detectives aparece en The Experiences of Flaxman Low (1899) de Hesketh-Prichard, aunque es a comienzos del siglo XX cuando más detectives magnetizadores e hipnotizadores vamos a encontrar en la literatura de ficción.
En este caso, he escogido las novelas El escarabajo (1897) de Richard Marsh (1857Marsh ( -1915) ) y Drácula (1897) de Bram Stoker (1847Stoker ( -1912) ) porque en las dos aparecen monstruos con poderes hipnóticos y me interesaba especialmente el papel que juegan estos conocimientos en la construcción de la monstruosidad de los personajes.
Además, las dos novelas tienen tantos puntos en común (mismo año de publicación, mismo período literario, mismo subgénero literario, mismo argumento principal, etc.) que casi, inevitablemente, propician que vayan juntas en un trabajo de estas características.
En este sentido, rastrearé el tratamiento del magnetismo animal y de la hipnosis que aparece en los textos, analizaré si se puede hablar de un uso argumental o ambiental y si los magnetizadores e hipnotizadores que aparecen en las historias se adecúan a los estereotipos arriba mencionados o si por el contrario estamos ante unas narrativas donde el papel del magnetismo animal y la hipnosis es otro.
DE HIPNOSIS Y SOLO HIPNOSIS, DESDE LA PRÁCTICA MÉDICA AL PODER VAMPÍRICO
Dentro de la amplia variedad de literatura académica que existe sobre Drácula (1897) es habitual encontrar trabajos donde se analiza la novela de Stoker como interpretación de los diversos miedos y preocupaciones de la sociedad victoriana de finales del siglo XIX, lo que Nicholas Daly ha acuñado como "the anxiety theory" (Daly, 1997, p.
En este sentido, Carol Senf ha explorado las preocupaciones victorianas en torno a los roles de género y al surgimiento de idearios feministas como los de la New Woman, expresión esta última muy usada por Stoker en su novela (Senf, 1982, p.
Por su parte, Christopher Craft ha rastreado en Drácula los discursos sociales imperantes en la sociedad victoriana sobre el sexo y la homosexualidad (Craft, 1990, p.
216); Stephen Arata ha hecho lo mismo con el concepto de raza y ha señalado el pánico de la sociedad inglesa a lo que ha llamado "reverse colonization" (Arata, 1996, p.
621); David Glover ha señalado la desconfianza de la sociedad victoriana ante el extranjero, el inmigrante (Glover, 2018, p.
86); Christine Ferguson ha analizado la aprensión victoriana en torno al uso de la lengua inglesa de forma no uniforme (Ferguson, 2006, p.
131); Dani Cavallaro se ha centrado en los recelos de la clase burguesa inglesa ante la vieja aristocracia rural, en este caso representada por el conde Drácula (Cavallaro, 2002, p.
183); Franco Moretti y Gail Turley han apuntado que el vampiro encarna la ética y los valores capitalistas (Moretti, 1983, p.
117); en particular, Turley interpreta que la lucha entre Drácula y el grupo de Van Helsing puede entenderse como una batalla por el monopolio de la circulación del capital y el consumo desmedido (Turley, 2005, p.
117); y Victoria Dawson ha visto en la novela el miedo a la degeneración, haciendo referencia al concepto popularizado por el libro Degeneración (1982) de Max Nordau (Dawson, 2016, p.
La teoría de la degeneración propuesta inicialmente por Bénédict Morel llegó a ser muy influyente en las sociedades europeas de finales del siglo XIX y sus tesis aparecieron recurrentemente en la literatura de ficción de la época (Pick, 1989, p.
Stoker no escapa a esta influencia y cita en su novela a Max Nordau y al célebre médico y criminólogo italiano Cesare Lombroso.
El conde Drácula necesitaba parasitar y transformar a otros para poder sobrevivir, por lo que la novela refleja el horror a la degeneración entendida esta como contagio sanguíneo y moral, pero al mismo tiempo también muestra los mecanismos de contención y confinamiento de dicha degeneración; es por esto que la obra de Stoker puede verse como un ejemplo perfecto del discurso degenerativo de finales del siglo XIX (Pick, 1989, p.
En este sentido, en relación con el género, la sexualidad, la raza y la clase, el conde Drácula es el desviado, el invertido, el otro, el criminal, el anormal, el degenerado, y finalmente, es el compendio de todos estos agregados lo que lo convierte en un monstruo (Halberstam, 1993, p.
No obstante, aún es posible añadir un agregado más a la monstruosidad del conde Drácula: sus poderes hipnóticos.
Pues digámoslo ya, el conde Drácula no es un villano hipnotizador, aunque como algunos han señalado comparta muchos rasgos con Svengali, el magnetizador de Trilby (Auerbach, 1982, p.
16), sino un monstruo que entre los muchos poderes diabólicos que domina (controla los elementos climáticos, puede transformase en animales, tiene una fuerza sobrehumana, etc.) posee la capacidad para dominar, controlar y subyugar a sus víctimas mediante la hipnosis.
Ya en los primeros capítulos de la novela, Jonathan Harker, el abogado inglés que ha viajado hasta el castillo de Drácula en Transilvania para gestionarle la compra de una propiedad en Londres, se da cuenta de que "...mientras el conde Drácula hablaba, había un no sé qué en su mirada y en su actitud que me hizo recordar que me encontraba prisionero..."
Aunque la trama principal de la novela no es la hipnosis y Drácula es mucho más (en su monstruosidad) que el estereotipo del hipnotizador villano (y no es reducible a esta figura), la hipnosis juega un papel central en la historia, pudiendo hablar de un uso argumental de la hipnosis y no de un uso meramente ambiental, accesorio u ornamental.
La posición de Stoker ante el magnetismo animal es ambigua: en Drácula siempre habla de hipnosis y nunca de magnetismo animal o mesmerismo (la palabra hipnosis aparece hasta treinta y cuatro veces en el texto, pero no encontramos una sola mención al magnetismo animal o al mesmerismo).
Robert Jones cree que lo anterior es toda una declaración de intenciones de Stoker a favor de la hipnosis y de rechazo del magnetismo animal (Jones, 2009, p.
177), mientras que Leah Davydov interpreta que Stoker habla todo el rato de magnetismo animal, aunque se refiera a este como hipnosis (Davydov, 2017, p.
Por otra parte, en la última novela de Stoker, titulada La madriguera del gusano blanco (1911) 2, sí que aparecen ambos términos (mesmerismo e hipnosis): "...por algún tipo de batalla mesmérica o hipnótica" (Stoker, 2011, p.
55), "...un poder impregnado con alguna cualidad misteriosa, parcialmente mesmérica, parcialmente hipnótica..."
También creo que Stoker nunca rechazó el magnetismo animal, aunque tuvo sus dudas acerca de su creador, Mesmer.
Pero, ¿cuáles eran estas dudas?
La respuesta la encontraremos en Famosos impostores (1910), un libro de no ficción de Stoker publicado tan solo dos años antes de su muerte en el que realiza unas semblanzas de personajes históricos designados por él como impostores.
La parte del libro, titulada Profesionales de la magia, la componen tres capítulos dedicados a Paracelso, Cagliostro y Mesmer.
La elección de los dos personajes que acompañan a Mesmer no puede ser casual, pues ambos guardan relación estrecha con el magnetismo animal: Paracelso (1493-1541) fue uno de los precursores de las ideas de Mesmer (Ellenberger, 1976, p.
90) y Cagliostro (1743-1795), a quien se ha llamado alquimista, mago, conspirador, masón, espía, estafador y charlatán, fue principalmente un magnetizador, y así se definió a sí mismo en un proceso judicial en su contra asegurando que el magnetismo animal era lo único que explicaba todos sus poderes (Butler, 1997, p.
En Famosos impostores, Stoker nos explica sus motivos para aceptar las aplicaciones terapéuticas del magnetismo animal pero, al mismo tiempo, dudar de su creador: "Aunque Franz Anton Mesmer hizo un descubrimiento sorprendente que, después de haber sido probado y empleado en terapéutica durante un siglo, es aceptado como una contribución a la ciencia, él es incluido en la lista de impostores porque, por sólida que sea su teoría, la usó con las formas o rodeado de la at-mósfera de la impostura" (Stoker, 2009, p.
En general, el tratamiento de Mesmer en Famosos impostores es bastante impreciso, Stoker parece no decidirse a condenarlo totalmente como un charlatán y en ocasiones lo admite como un científico de una época pasada (más oscura) por lo que sus prácticas estrafalarias e ideas erróneas (la teoría del fluido magnético) quedarían así disculpadas (Stoker, 2009, p.
El grupo de protagonistas que se enfrenta al conde Drácula están dirigidos por el doctor Van Helsing que, gracias a sus muchos títulos de doctor, se comporta como un experto detective resolviendo un enigma que solo él puede comprender; en este aspecto, podemos considerar a Van Helsing como un verdadero precursor de los detectives hipnotizadores mencionados en la introducción.
Van Helsing y su grupo luchan contra el vampiro usando algunas técnicas extraídas de las supersticiones populares más arcaicas, como son las flores de ajo, los crucifijos de plata y las estacas de madera clavadas en el corazón, junto con todo un elenco de nuevas tecnologías (entiéndase nuevas para finales del siglo XIX) como la máquina de escribir, el fonógrafo, el telégrafo, la cámara fotográfica, los rifles Winchester, los trenes y el teléfono, además de algunos nuevos conocimientos científicos como la hipnosis, la antropología criminal de Lombroso y las transfusiones de sangre.
Pero si ellos juntan lo antiguo con lo moderno, lo viejo con nuevo, la ciencia con la superstición, Drácula también lo hace, pues también él usa la hipnosis y al igual que ocurre en la novela La piedra Lunar (1868) de Wilkie Collins, en la que la hipnosis sirve para cometer el crimen y para resolverlo, Drácula hipnotiza a sus víctimas para chuparles la sangre y Van Helsing, el héroe, usa la hipnosis con una de ellas (Mina Harker) para averiguar el paradero del monstruo y poder destruirlo: "Si es capaz, durante el trance hipnótico, de decirnos lo que el conde ve y oye,..."
Como vemos, la novela de Stoker no puede ser reducida a los términos propuestos por algunos autores que la han interpretado como una parábola sobre la ciencia y lo moderno venciendo sobre lo oscuro y arcaico pues ambos bandos enfrentados han cruzado esas fronteras: el grupo de Van Helsing mezclando superstición con ciencia y Drácula haciendo uso de la hipnosis científica (Byron, 2007, p.
Es por esto que Julio Pérez prefiere hablar de un enfrentamiento entre dos modelos de modernidad (Pérez, 2014, p.
Sin embargo, entre la hipnosis de Van Helsing y la de Drácula encontramos algunas diferencias; Van Hel-sing tiene como referencia en hipnosis al neurólogo clínico y profesor de anatomía patológica francés Jean-Martin Charcot (1825-1893) (Stoker, 2005, p.
363) e hipnotiza usando pases de manos y relajando a la persona que va a ser hipnotizada, mientras que Drácula ha adquirido sus poderes hipnóticos en una especie de secta ocultista llamada Escoliomancia (Stoker, 2005, p.
521) y puede hipnotizar, en un primer momento, incluso solo con la fuerza de su mirada o con su mera presencia para más tarde hacerse obedecer desde la distancia.
Roger Luckhurst establece que las tres grandes etapas históricas del magnetismo animal y de la hipnosis están respectivamente influenciadas por Mesmer a partir de 1780; por el médico inglés director del North London Hospital John Elliotson (1791-1868) a partir de 1839; y por Charcot a partir de 1882 y que estas etapas se corresponden a su vez con etapas claramente diferenciadas en la literatura de ficción mesmérica e hipnótica, en la que se reflejan, en mayor o menor grado, los debates científicos en torno a estas materias (Luckhurst, 2000, p.
127), algo de la tesis de Luckhurst encontramos en Drácula cuando Van Helsing interpela al doctor Seward a separar el grano de la paja: "Supongo que usted no creerá en la transferencia corporal, ¿verdad?
Ni en la materialización, ¿no es cierto?
Ni en los cuerpos astrales, ¿verdad?
Ni en la lectura de pensamiento.
Ni en el hipnotismo...
En eso último sí, dije, Charcot lo ha demostrado con bastante fundamento" (Stoker, 2005, p.
En un momento de la novela Stoker casi llega a hablar de magnetismo animal cuando Van Helsing explica la facilidad innata de Drácula para la hipnosis: "Sin duda hay algo magnético o eléctrico en algunas de estas combinaciones de fuerzas ocultas que favorecen de un modo extraño la vida física; y él llevaba en su interior, desde el principio, algunas de esas grandes cualidades" (Stoker, 2005, p.
Sin embargo, insisto en que Stoker llama hipnosis tanto a las técnicas de Van Helsing como a los poderes de Drácula.
Bram Stoker tardó siete años en escribir Drácula.
Todas las notas que tomó durante esos años para escribir la novela han sido publicadas bajo el título Bram Stoker's Notes for Dracula A Facsimile Edition (2008).
Entre las anotaciones de ideas argumentales, esbozos de personajes, fechas y lugares, encontramos bastantes referencias de libros de diversas materias que usó para documentarse, como On the Truths Contained in Popular Superstitions with an Account of Mesmerism (1851) de Herbert Mayo, profesor de anatomía y fisiología en King's College de Londres, que dedica capítulos al sonambulismo, a los estados de trance, al vampirismo y al mesmerismo, temas todos ellos usados en la creación de Drácula (Stoker, 2008, p.
Otra de las influencias mesméricas para Stoker fue su gran amigo Hall Caine (Hopkins, 2007, p.
24), a quien va dedicada la novela bajo el apodo de Hommy Beg.
Algunos autores han afirmado que Caine tuvo un papel importante en la escritura de Drácula, ya sea como negro (ghost writer) o como corrector del texto (McNally, 1975, p.
Lo cierto es que Caine había publicado una novela por entregas titulada Drink: A Love Story on a Great Question (1890) en la que un hipnotizador francés llamado La Mothe es contratado por el novio de una mujer llamada Lucy (la primera víctima de Drácula también se llama Lucy) para que la cure de su alcoholismo (Skal, 2017, p.
En la obra de Caine destacan algunos hechos muy interesantes: es una de las pocas novelas donde el hipnotizador no es un villano sino un hombre decente que consigue curar a su paciente mediante la hipnosis; además, separa claramente los conceptos del magnetismo animal y la hipnosis como prácticas diferentes: "La Mothe seemed to guess at the nature of my objection, for he began to argue the claims of hypnotism as distinguished from those of mesmerism" (Caine, 1907, p.
Es una incógnita por qué Stoker no usó la palabra mesmerismo o magnetismo animal en Drácula.
Tal vez fuera por sugerencia de Hall Caine, que entendió que lo adecuado era usar solo esa palabra.
También es posible que Stoker se dejara influir por el destino de Herbert Mayo, su fuente en torno a estas materias, que tuvo que abandonar su cátedra y altos cargos exiliándose a Alemania por el descrédito que le proporcionaron sus trabajos sobre el mesmerismo ( López-Piñero; Morales, 1970, p.
EL ESCARABAJO DE MARSH, UN MONSTRUO INDEFINIDO CON UN PODER AMBIGUO
La novela de Richard Marsh El escarabajo fue comparada desde el mismo momento de su aparición con Drácula.
Los motivos de esta comparación hay que buscarlos en que ambas novelas fueron publicadas el mismo año y que las dos gozaron de un gran éxito de ventas y de numerosas reediciones (Drácula hasta la actualidad y El escarabajo hasta mediados del siglo XX), además ambas comparten algunos rasgos argumentales: los protagonistas son ingleses de clase alta que deben enfrentarse a un monstruo extranjero con poderes hipnóticos que ha llegado a Londres con propósitos siniestros (Jones, 2011, p.
Otra similitud entre Drácula y El escarabajo es que están escritas siguiendo la misma técnica: la novela de Marsh está estructurada en cuatro partes, cada una de ellas narrada por un personaje diferente que va aportando su particular punto de vista, mientras que Drácula está contada alternando los diarios y anotaciones de los diferentes protagonistas 3.
Parece ser que esta técnica narrativa se puso de moda en el período del gótico tardío victoriano; otros escritores que la emplearon fueron Wilkie Collins en la ya citada La piedra lunar (1868) y Arthur Machen en Los tres impostores (1895).
Las primeras comparaciones entre Drácula y El escarabajo vinieron de mano de algunos críticos literarios de finales del siglo XIX.
En estas reseñas comprobamos que las novelas eran tratadas por igual; algunos críticos se decantaban por la novela de Stoker y otros por la de Marsh (Vuohelainen, 2006, p.
Sin embargo, en la actualidad Drácula es un clásico literario y el personaje del conde un fenómeno de masas, mientras que El escarabajo es una novela olvidada y desconocida.
En este sentido, vamos a encontrar referencias a Drácula en cualquier trabajo académico sobre El escarabajo, pero no al revés; el equilibrio entre las novelas se ha roto y difícilmente encontraremos una mención a El escarabajo en un trabajo sobre Drácula.
Siguiendo la "anxiety theory" antes mencionada es lógico que tanto Drácula como El escarabajo puedan analizarse como reflejos, simbólicos o literales, de los temores de la sociedad victoriana de finales del siglo XIX.
En este sentido, El escarabajo es un muestrario, en mayor o menor grado, de los mismos miedos, obsesiones y preocupaciones que aparecen en Drácula (raza, clase, género, sexualidad, "reverse colonization", etc.).
Sin embargo, en El escarabajo encontramos algunos recelos particulares que no localizamos en el texto de Stoker: la incomodidad de la clases altas ante el crecimiento desmesurado de la ciudad de Londres con los peligros inherentes a las grandes metrópolis (Vuohelainen, 2006, p.
97), la intolerancia de los ricos ante la pobreza y el miedo a la crimina-lidad ligada a esta (Generari, 2012, p.
37), la repulsión a las plagas de insectos foráneos y a sus posibles consecuencias dañinas (Effinger, 2017, p.
257) y un temor paranoico a las enfermedades de transmisión sexual provenientes de las colonias y propagadas por los soldados ingleses (Hurley, 1996, p.
En El escarabajo, el monstruo no está claramente definido, Julian Wolfreys lo ha llamado "beetle-human hybrid" (Wolfreys, 2007, p.
160), lo que queda claro es que se trata de un ser de una fealdad monstruosa: aunque es mujer se disfraza como un hombre y adquiere aspecto y rasgos de árabe; puede transformase en escarabajo y cuando se nos presenta con envoltura humana habla de una forma extraña produciendo los zumbidos típicos de los insectos; además posee una fuerza sobrehumana y domina las artes mesméricas o hipnóticas.
En El escarabajo, Marsh usa los dos términos, mesmerismo e hipnotismo, como sinónimos, sin diferencias de ningún tipo; en un momento puede usar la expresión "the mesmeric quality" y solo unas líneas después usar "hypnotic" para hablar de lo mismo (Marsh, 1897, p.
El mesmerismo tiene un papel argumental en El escarabajo y está muy presente durante toda la novela.
Es casi el único poder paranormal del monstruo (Drácula poseía muchos más), pero al igual que Drácula el monstruo de El escarabajo no puede ser reducido al estereotipo del magnetizador villano, pues el magnetismo animal es un elemento más para cimentar su monstruosidad.
Marsh explotaría el recurso del mesmerismo y de la hipnosis en bastantes de sus creaciones literarias 5; el tratamiento de los términos "mesmerismo" e "hipnosis" como sinónimos es el mismo en todas sus ficciones mesméricas.
Su postura queda sintetizada en el relato By Suggestion (1900): "Hypnotism!
El monstruo de Marsh, al que llamaré "el escarabajo" de aquí en adelante, ha llegado a Londres para vengarse de Paul Lessingham, un popular político reformista, por algún acto que este cometió en El Cairo durante su juventud.
El escarabajo mesmeriza a un vagabundo llamado Robert Holt para que le ayude en sus propósitos.
Holt, narrador de la primera parte del libro, nos dice que: "Nunca antes me había dado cuenta de lo que significaba el poder de la mirada.
Sus ojos me mantenían encadenado, desvalido, hechizado.
Sentí que podían hacer conmigo lo que quisieran, y así lo hicieron" (Marsh, 2018, p.
51); y unas páginas después: "Hizo un movimiento con la mano y, de inmediato, pasó lo mismo que la noche anterior; tuvo lugar una metamorfosis en los mismísimos abismos de mi ser" (Marsh, 2018, p.
62); después de la mirada fija y poderosa y los pases de manos, Holt termina concluyendo lo obvio: "...me di cuenta de que ejercía sobre mí un grado de fuerza hipnótica [mesmeric] que jamás imaginé que una criatura pudiera ejercer sobre otra" (Marsh, 2018, p.
A partir de aquí Holt pasa a estar bajo el poder del escarabajo, que lo va a manejar como a una marioneta o como a un autómata manejado por control remoto.
Sin embargo, los poderes magnéticos del escarabajo no son omnipotentes, ya que intenta hipnotizar sin éxito a Sydney Atherton, un inventor de armas químicas de destrucción masiva.
Atherton, que es el narrador de la segunda parte del libro, nos dice que: "Carezco por completo de esa sensibilidad que posee el sujeto hipnotizado" (Marsh, 2018, p.
121); y cuando el escarabajo trata de hipnotizarlo: "Sin embargo, mientras seguía contemplando a ese individuo, era consciente de que solo gracias a la fuerza de voluntad podía resistir aquel hilo siniestro que parecía estar pasando desde sus ojos a los míos" (Marsh, 2018, p.
Atherton consigue asustar al escarabajo con descargas eléctricas y con vapores producidos por bromuro de fósforo en un pasaje que podría fácilmente interpretarse como trasunto literario de la comisión real designada por Luis XVI de Francia, la cual dictaminó en contra del magnetismo animal en 1784 y de la que formaban parte entre otros Benjamin Franklin (1706-1790), famoso por sus experimentos con la electricidad, y Antoine Laurent de Lavoisier (1743-1794), reconocido químico (Engelhardt, 2003, p.
Finalmente, como ya he apuntado, el escarabajo no consigue hipnotizar a Atherton, y es del propio texto de donde pueden extraerse hasta tres explicaciones, no excluyentes, para la resistencia de este a la hipnosis.
La primera ya ha sido expuesta antes: Atherton, por su temperamento, es un sujeto difícilmente hipnotizable y, además, las demostraciones de electricidad y química han roto el influjo hipnótico del escarabajo.
Una segunda explicación es que Atherton también posee el poder de la hipnosis y por tanto es inmune a ella, como Marjorie Lindon, la narradora de la tercera parte del libro, nos dice de Atherton: "He oído decir que posee un poder hipnótico hasta grados inusitados y que, si decidiera ejercerlo, podría llegar a ser un peligro para la sociedad.
La tercera explicación, que tal vez sea la más interesante de todas, es que los poderes hipnóticos del escarabajo solo funcionan con personas que se encuentran en un estado de debilidad física y mental o con personas histéricas.
De este modo, el escarabajo puede hipnotizar a Holt, que lleva varios días sin comer nada y se encuentra en un estado de agotamiento próximo a la muerte; el mismo Holt lo explica: "Supongo que la tensión y las privaciones que había padecido últimamente y que, inlcuso en esos momentos, seguía padeciendo, tuvieron mucho que ver con mi reacción de entonces y con mi comportamiento en todo lo que siguió" (Marsh, 2018, p.
De forma parecida, Paul Lessingham le cuenta al detective Auguste Champnell que: "Solo puedo suponer que, durante aquellas semanas, ella me mantuvo allí en un estado de estupor hipnótico [mesmeric].
Que, aprovechándose de la debilidad que la fiebre había dejado en mí, mediante las prácticas de sus artes diabólicas, me había impedido salir de aquel trance hipnótico" (Marsh, 2018, p.
Como apuntaba antes, las alusiones a las personalidades histéricas de Holt y Lessingham son frecuentes en el texto, Marjorie nos dice sobre Holt: "...las aventuras misteriosas de aquel pobre, histérico y débil metal que era el señor Holt..."
287); y Champnell sobre Lessigham: "...este líder de hombres, cuya principal característica en la Cámara de los Comunes era la entereza, estaba transformándose en una mujer histérica" (Marsh, 2018, p.
Esta relación entre la histeria y la hipnosis conecta la narración con una de las conclusiones de Charcot sobre estas materias; en concreto, que el trance hipnótico debe ser entendido como una "neurosis provocada" y que solo las personas histéricas pueden ser hipnotizadas (López-Piñero, 2002, p.
Sin embargo, el detective Champnell también hace referencia a la hipnosis por sugestión al hablar de Holt: "También parece hipnotizado.
Si es así, debe ser por sugestión... y eso es lo que me hace dudar, porque sería el primer caso claramente probado de hipnotismo por sugestión con el que me he topado..."
Parece ser que Marsh está haciendo referencia a las teorías del profesor de la Clínica Médica de Nancy Hippolyte Bernheim (1840Bernheim ( -1919) ) sobre la hipnosis por sugestión, y en particular a la posibilidad de que un sujeto que ha sido previamente hipnotizado pueda responder a sugerencias similares a las dadas en estado hipnótico una vez despierto (Bernheim, 1886, p.
De esta forma, Marsh, tal vez sin ser consciente de ello, trasladaba al personaje del hipnotizado Holt una de las controversias más famosas dentro de la historia del hipnotismo: el enfrentamiento de Charcot y la escuela de la Salpêtrière (como defensores de la "neurosis provocada") con Bernheim y la escuela de Nancy (como defensores del hipnotismo por sugestión).
Para la escuela de la Salpêtrière la sugestión era una manifestación más de la hipnosis; en cambio, para la escuela de Nancy era el mecanismo básico que la explicaba (López-Piñero; Morales, 1970, p.
152), algo totalmente posible según Bernheim: "Se las puede hipnotizar por carta, afirmándoles, por ejemplo, que inmediatamente que concluyan su lectura se dormirán" (Bernheim, 1886, p.
Otro pasaje interesante sobre los usos de la hipnosis en la novela de Marsh es cuando mediante la hipnosis el escarabajo cura a un amigo de Atherton que está agonizante.
Atherton le pregunta: "¿Lo ha hipnotizado?", y el escarabajo le responde: "¿Y qué más da?"
El mensaje de Marsh me parece nítido y bastante revelador de su postura: ¿Qué importancia tiene cómo se llame algo que puede salvar a un hombre de la muerte?
¿Dejará de ser menos real si lo llamamos magnetismo animal o mesmerismo?
¿Cambiará el hecho de la curación si lo llamamos hipnotismo?
¿No son más importantes los hechos atribuidos a un fenómeno que los nombres teóricos con los que se intenta designar a ese fenómeno?
Tan solo un año después de la publicación de El escarabajo Marsh publicaría otra ficción mesmérica, la novela The house of Mystery (1898), en la que aparece un malvado hipnotizador llamado Aaron Lazarus que es inglés, burgués y de raza blanca.
En esta ocasión, Marsh despojó de monstruosidad a su villano, tan solo mantuvo en él los poderes hipnóticos.
En este sentido, Lazarus ya no podía reflejar en su totalidad las ansiedades de la sociedad victoriana de fin de siglo: tenía que ser un monstruo para poder hacerlo y Lazarus era solo un villano hipnotizador.
Tanto Stoker como Marsh hicieron un uso argumental del mesmerismo y de la hipnosis en sus más famosas novelas, y ambos encarnaron en sus monstruos, pretendiéndolo o no, los principales miedos y preocupaciones de la sociedad victoriana de finales del siglo XIX, como los miedos al extranjero, al homosexual, al pobre, a las enfermedades venéreas, a los idearios feministas, a la degeneración racial y moral del individuo, a la colonización inversa, etc. Los dos autores dotaron a sus terribles criaturas del poder de la hipnosis, pero ni el escarabajo de Marsh ni el vampiro de Stoker pueden ser reducidos por ello al clásico estereotipo de magnetizador/hipnotizador villano, ya que en su monstruosidad lo sobrepasan, aunque comparten con este lo que podría llamarse una "goticización del magnetismo animal".
En realidad, la hipnosis y el magnetismo animal funcionan aquí como agregados que, junto con la desviación sexual, la otredad, la criminalidad, la anormalidad, la fealdad y la degeneración racial terminan por conformar la monstruosidad de los personajes.
Por otra parte, casi podría parecer natural que unos seres como el escarabajo y Drácula dominen los poderes del mesmerismo y de la hipnosis; unos poderes que, como los monstruos que los detentan, escapan a una definición sencilla ya que se mueven en territorios fronterizos: son poderes humanos y cósmicos, científicos y mágicos, terapéuticos y dañinos, liberadores y esclavizadores.
La postura de Stoker y Marsh ante el mesmerismo y la hipnosis también coincide en su ambigüedad: en las dos novelas la hipnosis es usada para hacer el bien y el mal.
En Drácula tanto Van Helsing como el vampiro usan la hipnosis y en El escarabajo es el mismo monstruo (algo que añade complejidad al personaje) el que salva la vida a un amigo de Atherton mediante la hipnosis.
Esta ambivalencia en torno al uso de la hipnosis, que era practicada tanto por prestigiosos médicos como por charlatanes de dudosa reputación y era percibida como un poder peligroso, pero al mismo tiempo como una fuerza curativa, fue un rasgo típico de la sociedad inglesa de finales del siglo XIX (Winter, 1998, pp. 6-8).
En Drácula, Stoker usa solo la palabra "hipnosis" tanto para referirse a los poderes del héroe como a los del monstruo, albergaba sus reticencias hacia Mesmer, pero no hacia el magnetismo animal como práctica terapéutica.
En cambio, en La madriguera del gusano blanco maneja los dos términos (mesmerismo e hipnosis), aunque de una forma ambigua.
Por su parte, Marsh usó los términos "mesmerismo" e "hipnosis" como sinónimos en todas sus ficciones mesméricas pero introdujo matices muy interesantes en torno a estas materias, como que solo las personas que se encuentran en un estado de debilidad física y mental o que tienen personalidades histéricas pueden ser hipnotizadas, siguiendo las teorías de Charcot sobre la hipnosis como proceso patológico; o como la hipnosis por sugestión, siguiendo las teorías de Bernheim.
Drácula y El escarabajo no pueden ser reducidas, como pretenden algunos autores, a una lucha entre lo arcaico y lo moderno, entre la magia y la ciencia, entre lo racional y lo irracional, ya que todas estas fronteras son franqueadas innumerables veces por todos los personajes que aparecen en ambas novelas, tanto por los héroes como por los monstruos.
Es así como Van Helsing, el científico, el varias veces doctor, cree en las más antiguas supersticiones en torno a los vampiros (Stoker, 2005, p.
365); por su parte, Atherton, el inventor, el químico, se llama a sí mismo mago y a su laboratorio cueva de hechicero (Marsh, 2018, p.
Los monstruos tampoco respetan los límites establecidos por el dogma cientificista de la época y se apropian de la ciencia de la hipnosis, pues a pesar de que sus poderes son mucho más antiguos que el descubrimiento del magnetismo animal por parte de Mesmer, en los dos textos se presentan vestidos con los ropajes de la hipnosis científica.
Finalmente, los monstruos son perseguidos y derrotados, Drácula muere atravesado por una estaca de madera a las puertas de su Castillo, donde pretendía esconderse, y el escarabajo muere en un fortuito accidente de tren mientras intentaba huir.
Si el monstruo es un constructo y una proyección de los miedos sociales (Cavallaro, 2002, p.
171), su muerte se convierte en un exorcismo; no hay un intento de comprensión por parte de los humanos de tales criaturas, ni siquiera un intento de estudiarlos científicamente, solo un ansia desmedida de aniquilación.
Es la misma postura que sufrió el magnetismo animal primero y después la hipnosis, en primer lugar, fascinación y temor, después persecución y aniquilación.
Tal vez podríamos reprochar a Drácula y a El escarabajo que, como novelas, como artefactos textuales, como fuentes de conocimiento, también han contribuido, en parte, en esa persecución a muerte del mesmerismo y de la hipnosis.
No es inocente pensar que la asociación de estos po-deres con la figura del monstruo, al igual que con el estereotipo del villano gótico, podría tener un efecto de deslegitimación de estas prácticas tanto en la sociedad como en la comunidad médica de su tiempo (González De Pablo, 2003, p.
236), aunque ambos autores dejen la puerta abierta en sus textos, como ya se ha dicho, a las bondades curativas y benéficas del mesmerismo y la hipnosis.
Si nos decidiéramos a reprocharles lo anterior, tendríamos que reconocer que, paradójicamente, Drácula y El escarabajo también han salvado del olvido y de la aniquilación total a aquello que perseguían.
1 Aparece en dos relatos de Emilio Carrere titulados Embrujamiento (1918) y Lo que vio la reina de Francia (1919).
2 Se recomienda la lectura de la primera edición de la novela en 1911, en la segunda edición el texto fue considerablemente reducido pasando de unas 300 páginas a menos de la mitad y así es como ha continuado reeditándose hasta la actualidad.
3 La famosa novela de Mary Shelley Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) ya anticipaba este estilo al estar narrada a través de cartas, aunque aquí siempre es la misma voz narrativa.
4 Uso aquí la versión original en inglés para referirme al uso de los términos "mesmerismo" e "hipnosis" ya que en la traducción al español aparecen sistemáticamente ambos términos traducidos como "hipnosis".
En las citas siguientes de la novela pongo entre corchetes el término que aparece en el original en inglés al lado de la traducción al español. |
En este trabajo hemos analizado, aplicando las herramientas básicas de la documentación, como son el análisis, la indización, la clasificación, un fondo documental histórico que en otra época fue utilizado como material docente en el Real Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid.
PALABRAS CLAVE: análisis documental, indización, clasficación, Real colegio de cirugía de Madrid, juntas literarias.
mendaban, los apuntes que tomaban los alumnos en las explicaciones a las que asistían, etc. Es lo más lógico.
Sin embargo, y ateniéndonos ya estrictamente a la enseñanza de la medicina, siempre hubo otros materiales en los que se podía embeber la ciencia médica.
Recordemos brevísimamente la transmisión oral de conocimientos, la antiloguía grecorromana, las akroaesis alejandrinas, los comentarios de texto de los alumnos árabes, la lectio/quaestio/disputatio del mundo medieval, sin contar, por supuesto, con los libros de texto.
Teniendo es cuenta lo que acabamos de comentar, lo que pretendemos con este trabajo es analizar esos otros materiales documentarios que pueden haber servido para que los estudiantes de medicina de finales del siglo XVIII y principios del XIX adquirieran más conocimientos, en principio teóricos.
Varios son estos materiales: las censuras de libros, las lecciones magistrales impartidas en los actos y discursos inaugurales de los diferentes cursos académicos, las historias clínicas que debían hacer los colegiales en las salas de los enfermos, las Juntas Literarias de los Jueves.
Algunos de estos temas ya fueron analizados por mí en mi tesis doctoral 1.
Sin embargo, en ella no traté el tema de las Juntas Literarias por razones de contenidos, pero creo que ha llegado el momento de analizar este tipo de producción científica que estuvo vigente durante casi toda la vida del Colegio (1788-1836) y a las que los alumnos tenían obligación de asistir.
Estas Juntas Literarias, no obstante, tienen un antecedente que fue el establecimiento de unas Juntas en las que un Colegial expondría un tema médico razonado y fundamentado con experimentos que reafirmaran lo que había argumentado con cierto rigor científico.
Esto se puede ver en el Art.
II de los Estatutos del Real Colegio de Profesores Cirujanos de Madrid (1747).
Por lo tanto, ¿cuáles son los objetivos que perseguimos con este trabajo?:
Catalogar las Juntas Literarias de los Jueves analizando los documentos correspondientes y elaborando los índices que sean necesarios.
Este aspecto lo tocaremos al final del trabajo.
Hacer un estudio temático de los contenidos, teóricos y prácticos, intentando ver si eran temas relevantes o simplemente meras consultas.
Intentar analizar las repercusiones que estos actos tuvieron en la vida académica del Colegio.
Comprobar si los alumnos participaban por obligación (Ordenanzas) o por interés, o si no participaban.
Averiguar si estos documentos pudieron haber influido en la mejora de la calidad docente del Colegio.
Empezando por éste último punto, no cabe duda que fueron los cirujanos del Siglo XVIII los que auspiciaron el cambio.
¿Qué es lo que aportaron, en último extremo, los cirujanos del siglo XVIII?.
A través de las Ordenanzas podemos responder a esta pregunta.
En primer lugar, con la erección del Colegio de Cirujanos pretendían «...poner la Cirugía, y Anatomía en Madrid en el mismo grado de cultura, perfecciòn, y estimaciòn, que actualmente lograban estas Facultades en la Corte de Paris» 2.
Creo que no puede estar más claro, pero para acallar los posibles ataques que pudieran venir del otro sector sanitario, el de los médicos, decían un poco más adelante que esto beneficiaría a España: «Y respecto de que utilidad de esta Fundaciòn no traia perjuicio à nadie, ni en comùn, ni en particular, sino singular beneficio, y utilidad, no solo à todo el publico de esta nuestra Corte, sino tambien à toda España» 3.
La metodología para llevar a cabo ese fin era la observación y la experiencia, pero que ilustraremos en este momento con las palabras siguientes: «El Colegio intenta, como Hypocrates, trabajar por el camino de la Observaciòn, y Experiencia, cultivar, y adelantar la Cirugìa, y sus Operaciones por medio de la Disseccion Anatomica, que es tan necesaria, ofreciendo continuamente à Dios reverentes sacrificios por los aciertos, que se ha de dignar concederle para la felíz curacion de las enfermedades» 4.
Se establecieron una especie de juntas literarias en las que los colegiales debían exponer un tema médico razonado y fundamentado solidamente con experimentos que confirmasen lo que se intentaba argumentar.
Concedieron una gran importancia a las disecciones anatómicas y pretendieron que los colegiales informasen de su práctica diaria para que de esta forma se pudiera aprender todo aquello que resultase más oportuno para curar a los enfermos.
----2 Estatutos del Real Colegio de Profesores Cirujanos de Madrid, aprobados por S.M., Madrid, Imprenta de Don Juan Zùñiga.
En adelante: Estatutos del Real Colegio.
4 Estatutos del Real Colegio, p.
Así mismo debían celar por buscar una continua perfección en todo lo que rodeaba al acto quirúrgico, que es la interpretación a las palabras que podemos leer a continuación: «...adelantaràn, y perfeccionaràn las Operaciones de Cirugia» 5.
Pero ¿dónde debía de realizarse todo esto?, pues hasta ahora la enseñanza era exclusivamente teórica: a la cabecera del enfermo.
La práctica diaria a la cabecera del enfermo era la base de esta nueva concepción del arte, y si no veamos el siguiente párrafo que aunque es un poco extenso creo que encierra la filosofía de la nueva medicina: «...la càthedra que da mas luz a la medicina, es la cabecera del enfermo; el cathedratico, que sin huecos y ruidosos conceptos te explicarà su dictamen, serà la naturaleza; y quien te acabarà de inclinar la balanza de tu mala o buena opiniòn serà el propio desengaño, despues de haber peregrinado por los peligrosos mares de varias, y distintas enfermedades, que la pràctica ofrece» 6.
Cabecera del enfermo, observación y experiencia (que por tal podríamos entender la palabra desengaño que aparece en el párrafo anterior) es la manera de hacer medicina que constantemente vemos referida en cualquier parte.
Como en cualquiera de las instituciones docentes borbónicas, en el Real Colegio de Medicina de Madrid, institución docente paralela en el tiempo al Real Estudio de Medicina práctica, se instauró como método docente para esta enseñanza práctica las Juntas Literarias con el encargo de realizar: «...los exercicios literarios en que principalmente debe ocuparse este Cuerpo para facilitar los posibles adelantamientos de la ciencia, y el que con sus disertaciones, y las observaciones practicas que se hagan en las Enfermerias destinadas para la enseñanza, y por cada uno de los individuos del Colegio, pueda formarse dentro de pocos años un Cuerpo de doctrina practica que se haga recomendable» 7.
De la lectura del artículo siguiente se desprende que no tenían un lugar de ubicación, por lo que estas sesiones se celebrarían en la Real Academia: «...congregandose por ahora, y hasta que se elija sitio proporcionado, en la Sala de la Academia Medica Matritense» 8.
----5 Estatutos del Real Colegio, p.
4, estatuto V. 6 GRANJEL, L. S. (1979), Medicina española del siglo XVIII, Universidad de Salamanca, Colección Historia General de la Medicina española, vol. IV, p.
7 Real Cedula y Reglamento que S. M. manda observar para el Gobierno y Direccion del Real Colegio de Medicina de Madrid, de Orden Superior, Madrid, Imprenta Real, 1795, p.
En adelante: Real Cedula.
La Academia se había fundado en el año 1734 y estaba ubicada en la calle de la Montera con salida a la calle de los Negros 9.
Tampoco podemos olvidar como método docente empleado por los profesores de las diferentes instituciones docentes las clases que impartían ellos mismos, y para los objetivos que perseguimos en este trabajo, fue Josef Ribes el máximo representante en esta faceta.
La metodología empleada por Ribes para impartir sus clases teóricas tenía una doble vertiente:
-de un lado, se basa en la experiencia personal vivida por él mismo en su práctica cotidiana; -de otro lado, está la experiencia ajena de los más diversos autores bien porque ha leído sus obras y hace referencias a ellas, o bien porque se apoya en informaciones que saca de las obras para buscar aquello que sea de utilidad para el aprendizaje de sus alumnos.
Veamos estos aspectos con algunos ejemplos.
Ribes refiere de vez en cuando casos prácticos vividos por otros profesores o por él mismo para ilustrar más a estos aprendices de médicos que le escuchaban en las aulas.
Veamos uno de estos casos, un caso de lepra que dice Ribes que acaeció en el Colegio de San Carlos, caso que no fue objeto de una sesión en las Juntas Literarias de los Jueves, que se recogían en las Memorias y Censuras de las Juntas Literarias aunque fue un caso extraordinario, pero no por ello vamos a dudar de la palabra de nuestro profesor en el sentido de que el caso no lo he encontrado referenciado, por el momento, en ninguna obra consultada: «...la practica que se ha observado en la enfermeria de este Colegio solo con un leproso que se presentó fue lo siguiente.
En este enfermo se puso en practica el sublimado corrosibo habiendo limpiado antes las primeras vias con un purgante suave pues en estos nunca debemos usar de los gastricos, y se observó que los caracteres que se manifestaban de lepra cesaron; y el enfermo andaba por si solo, lo que no habia podido antes por la gran laxitud en que se hallaba (...)».
Cualquier tarea que emprendían tenía una profunda carga docente.
Parece como que estaban en todo instante intentando justificarse ante alguien o ante algo, o más bien podemos decir que su lucha por recuperar esa posición social que hacía tantos siglos les fue arrebatada a los cirujanos les obligaba de continuo a demostrar sus cualidades docentes y su gran profesionalidad y valga ----como ejemplo una prueba más de esto, como son los casos clínicos que se presentaban en las Juntas Literarias de los jueves que al quedar escritas y archivadas podían ser utilizadas para ilustrar más aún el temario teórico de las clases.
Ribes las utilizó en algunas ocasiones como cuando explica el tema de la escrófula y dice al respecto: «...y tambien nos podemos valer del muriate de cal, y ha surtido buenos efectos como se demostro en una junta de observacion D.Ignacio Lacava en el Colegio de San Carlos de Madrid,...», recalcando más adelante: «...pero nunca ha surtido generalmente tan buenos efectos como la sal de tartaro, como se ha esperimentado en esta enfermeria de San Carlos, por varias veces y en diversas ocasiones» 10.
Esta observación de I.Lacaba referenciada por J.Ribes nos sirve no solamente para comprobar que se usaban estos textos para explicar el temario, sino también para comprobar que en el Colegio de San Carlos se experimentaban todas las novedades que, generalmente, nos venían de fuera.
Estaban, al menos ese es mi parecer, en la cresta de la ola de los conocimientos científicos de la época.
También utilizaban para la docencia los casos prácticos vividos cotidianamente en las salas del Hospital General de Madrid, como cuando habla del aneurisma, de lo cual podemos deducir que era una docencia muy activa y, aunque reiteremos lo ya dicho, sus pretensiones eran enseñar una medicina eminentemente práctica dentro de esta parte teórica.
Volviendo al caso del aneurisma del Hospital General, podemos leer lo siguiente: «...y tambien podemos hacer la compresion sin embargo de mucha inflamacion de sangre como se ha visto en la arteria crural en la Sala de San Tadeo del Real Hospital de Madrid, cuando en esta Sala Don Rafael Costa asistió à un enfermo que pasaba la inflamacion de cuatro à cinco libras;...» 11.
Es decir, la experiencia acumulada por la práctica diaria de la profesión y la experimentación de las más variadas técnicas terapéuticas en enfermos tanto de la Enfermería del Colegio como de las Salas del Hospital General, constituían una parte importante de la docencia que se impartía a los estudiantes del siglo XVIII, por lo menos en los centros referidos con anterioridad.
JUNTAS LITERARIAS DE LOS JUEVES
Para catalogar las Juntas Literarias de los Jueves 12, hemos seguido el modelo que utilizaba el C.I.D.A. hace ya unos cuantos años, pero adaptándolo al tipo de fondos con los que nos encontramos en el real Colegio de Cirugía de San Carlos (Modelo de Ficha Catalográfica de Fondos Antiguos).
Hemos intentado también mantener al máximo la grafía utilizada por las personas que redactaban las memorias y las censuras, con lo cual el lector se encontrará con un elevado número de errores tipográficos e incluso gramaticales, hoy en día, pero que era correcto en aquellos tiempos.
El problema es mayor aún en lo referente a los nombres propios de personas o lugares, pues en muchos casos es imposible saber de quien se trata, no porque no se entienda la letra, que a veces ocurre, sino porque son pacientes o personas de pueblos y localidades que desconocemos.
Nuestro modelo adaptado es el que sigue:
MODELO 12 Antes de empezar el análisis documental de este material comentaremos algunos aspectos importantes.
Hemos transcrito el texto como se encuentra originariamente.
Por este motivo el lector verá faltas de ortografía y otras anomalías gramaticales, pero hemos considerado oportuno mantener esta grafía para que el documento guarde toda su frescura original.
Tampoco hemos realizado ningún tipo de índices (de materias, topográfico, etc.).
Quien lo desee se le puede proporcionar una copia del fichero en formato Word para uso personal.
Por último, como sólo pretendemos dar a conocer este material, no hemos realizado un análisis en profundidad del mismo (estudios bibliométricos, etc.), que dejamos para un trabajo posterior.
perior en la que sentia dolores lancinantes curado por resolucion.
VILLALTA, JOAQUÍN (Censura: QUERALTÓ, JOSEF) Disertatio Chirurgica Theorico-Practica sobre las operaciones del Trepano, con observaciones hechas en los Reales Hospitales de sangre del Bloqueo y sitio de la Plaza de Gibraltar.
No de fascículos: 2, 1 legajo y un librillo encuadernado.
Notas en margen izquierda: Memoria: p-9: 1; p-9v.
Observacion sobre hernias gangrenadas.
Descriptores: Esteban Gallegas, Juan Sixto Rodríguez, H. Boerhaave, G. Van Swieten, Louis Pipelet, Diego Rodríguez del Pino, Juan de Navas, Hospital de la C/Colcheros (Sevilla), Academia de Cirugía de París, Hospital General de Córdoba, Real Colegio de Cirugía de Cádiz.
RYBAS, MARIANO (Censura: SARAIS, RAMÓN)
Dos observaciones cuio objeto es manifestar el feliz suceso con que se usa el opio para detener las hemorragias que preceden, acompañan y siguen al parto asi natural, como prematuro.
ANÓNIMO (Censura: RODRÍGUEZ, DIEGO)
Cinco observaciones que presenta el licenciado don Jaime de Alcalá Cirujano de Valencia que se reducen las dos primeras a heridas de vientre: la 3a es una hidropica rebentada por el ombligo por cuio medio se curó: La cuarta es un Aneurisma espureo y la 5a es otro Aneurisma espureo en la poplitea en un sujeta de 60.
No de Folios: 97, No de fascículos: 2.
Notas en el margen izquierdo: Censura: f-3:1, Tipología completa.
MONELAU, MARCOS (Censura: GINESTÁ, AGUSTÍN)
Curacion de los estrumas indolentes o benignos situados sobre los musculos de la faringe hecha en el año de 1788 por....
Cirujano de la Villa de Villarroya de la Sierra de la Comunidad de Calatayud.
Descriptores: Barbara Navarro, Celso, Hipócrates, Agustín Ginestá, Marcos Hanleon?, Calatayud, Daroca, Almunia.
NAVAS, JUAN (DE) (Censura: FERNÁNDEZ SOLANO, ANTONIO)
Observaciones de una perlesía producida por Lombrices.
Observacion sobre el uso de los emeticos en Cirugia y particularmente en la curacion de algunos tumores.
Cirugía y Materia Médica.
22-Abril-1.790 (Memoria), 29-Abril-1.790 (Censura) Observacion de un ano accidental de la ingle, con retencion voluminosa de excremento y sin procidencia, otra de una fistula recto vaginal tratada por la sutura en asa para probar con que ventajas la naturaleza procura por la inflamacion adhesiva y granulaciones bien dirigida la curacion de esas enfermedades.
1-Julio-1.790 Observacion de una herida de cabeza complicada de fractura y subintracion de piezas del craneo, con dislaceracion de meninges y herida de cerebro curada felizmente.
Materia Quirúrgica y Terapéutica.
No de Folios: 12, No de fascículos: 3 (La censura por duplicado).
Descriptores; Josef Queraltó, Diego Rodríguez del Pino, Francisco Barba, Josef Santos, Hospital Real de la Isla de Santa Catalina (Brasil).
SARAIS, RAMÓN (Censura: RYBAS, MARIANO)
Observacion de la lnflamacion erisipelatosa de los recien nacidos.
Enfermedades de los Niños, Afectos Internos, Terapéutica.
RODRÍGUEZ DEL PINO, DIEGO (Censura: SARAIS, RAMÓN)
Observacion sobre un gran depósito con Hidatides.
Materia Médica y Terapéutica.
Observacion de una fractura machacada.
Descriptores: Agustín Ginestá, Juan de Navas, Bell, Londres, Barcelona, Hospital General de Barcelona.
Observacion sobre dos Caries curadas con el Sedal.
Descriptores: Josef Ribes, Agustín Ginestá, Hunter, Josef Queraltó, Vilguer, Pott, Barcelona, Hospital General de Barcelona.
RYBAS, MARIANO (Censura: GINESTÁ, AGUSTÍN)
Observaciones sobre un punto difícil ocasionado por la resistencia en el cuello del útero.
Descriptores: Mariano Rybas, Agustín Ginestá, Simson, Uenckel, Louis, Real Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid.
GUZMÁN Y SÁNCHEZ, EUGENIO (DE) (Censura: RIBES, JOSEF)
Observacion sobre un polipo en la nariz extirpado con feliz suceso.
Materia quirúrgica y Terapéutica.
Eugenio Guzmán y Sánchez, Josef Ribes, Josefa Alonso del Moral, Francisco Javier Díaz, Josef Palucci, Isidro López Calot, Josef Alvarado, Talavera de la Reina (Toledo).
SOLANO, ANTONIO (Censura: SARAIS, RAMÓN)
Observacion sobre un pólipo en la nariz que creció de nuevo varias veces despues de extirpado por ligadura.
DÍAZ, FRANCISCO JAVIER (Censura: FERNÁNDEZ SOLANO, ANTONIO)
Observacion latina sobre un parto preternatural.
Descriptores: Francisco Javier Díaz, Antonio Fernández Solano, Hipócrates, Vicente Manzanas, Domingo Melchor Ximénez, Talavera de la Reina (Toledo), Ravalmorcuende.
NAVAS, JUAN (DE) (Censura: SARAIS, RAMÓN)
Observacion a una retroversion del utero a que se siguio el aborto.
No de Folios: 12, No de fascículos: 2.
Descriptores: Juan de Navas, Ramón Sarais, M. Gregoire, Walter Wall, Hunter, Linn (Cirujano de Woodbridge), Perfet, Hooper, Bird, Garthshures, Gil, Lomder, París, Inglaterra, Londres, Sociedad de Médicos de Londres, Diario de Medicina de París.
Observacion sobre una inflamacion y abceso críticos en el periné.
No de Folios: 11, No de fascículos: 2.
Descriptores: Ramón Sarais, Juan de Navas, Gulard, Colegio de San Carlos de Madrid.
GUZMÁN Y SÁNCHEZ, EUGENIO
Observacion sobre la extirpacion de una matriz que de resultas de un parto quedo enteramente inversa y no ha podido reducirse.
No de fascículos: 1, Descriptores: Eugenio Guzmán Sánchez.
Talavera de la Reina (Toledo), Madrid.
GINESTÁ, AGUSTÍN (Censura: RODRÍGUEZ DEL PINO, DIEGO)
Observación sobre una herida hecha en la rodilla con arma de fuego.
Descriptores: Agustín Ginestá, Diego Rodríguez del Pino, Ravatas, Le Dran, Canivell, Vesalio, Daza Chacón, La Faye, Bell, Bartalomé Catley.
PÉREZ, JUAN (Censura: RIBES, JOSEF) Observacion de una herida penetrante a la cavidad del pecho con lesión del pulmón.
Descriptores: Juan Pérez, José Ribes, Lérida, Madrid.
RODRÍGUEZ DEL PINO, DIEGO (Censura: GINESTÁ, AGUSTÍN)
Noticias del uso de las raices de magnes y begonia para la curacion de un vicio venéreo.
Materia Médica y Botánica.
Descriptores: Diego Rodríguez del Pino, Agustín Ginestá, Nicolás Viana, Josef García Jove (Médico primero del Hospital General de San Andrés), Francisco Baldi (Cirujano mayor del Departamento del Galico del Hospital General de San Andrés), Alonso Nuñez de Aro y Peralta (Arzobispo de México), Antonio Medina, Josef Salomón, Bartolomé Piñera (ambos Profesores de Medicina de Madrid), Felipe Somoza (Profesor de Cirugía de Madrid), Juan Godos, Juan Henrico, Juan López, Juan de Sotos, Francisco Villa, Juan Rosado, Pedro Delgado, Jacinto Rodríguez, Ventura Gallego, Juana Rizo, Bárbara Santos, Catalina Argueta, Manuela Cuit, Josefa García, Paula Narsia, Tomasa Hernández, Josefa Hernández, Rita Berengue, Micaela Díaz, Ramona Martínez, María Requena, Josefa de la Jara, María Fernández, Josefa Franco, Josef de San Juan de Dios, Felipe Hernández, Manuel Duque, Antonio Peralta, Juan Nisoso, Josef Pinto, Manuel Rodríguez, Matías Rodríguez, Matías Fuertes., Blas Merino, Andrés Moreno, Josef Lorenzo, Antonio García, Ramón de Pancorbo, Francisco de la Torre, Isidro Hernández, Gaspar García, México, Pazquaro, Michoacan, Madrid, Obispado de Michoacan, Hospital General de San Juan de Dios de México, Hospitales de San Juan de Dios, General y Pasión de Madrid, Hospital General de San Andrés.
FERNÁNDEZ, FRANCISCO JAVIER (Censura: SARAIS, RAMÓN)
Observacion de unos polvos de hasta de ciervo calcinados, para la curacion de las úlceras varicasas y apoyándolo contra observaciones.
Descriptares: Francisco Javier Fernández, Ramón Sarais, Manuela Gómez, Francisca Cuesta, Madrid.
Observacion de una herida de Cabeza con fractura de Cráneo, en que se hicieran quatro trepanaciones con feliz suceso.
Descriptores: Manuel Sarcós de Miguel, Gregorio Soscias, Ambrosio Canals, Agustín Ginestá, Josef Llorens, Tárrega (Cataluña), C/ de las Picas (Tárrega), Francia, Real Colegio de Cirugía de Barcelona.
VICENTE, ANTONIO (Censura: RODRÍGUEZ DEL PINO, DIEGO)
Tres observaciones; una sobre la curacion de un aparalisis en los extremos inferiores; otra sobre una fractura de Pierna complicada con heridas exteriores y hemorragia copiosa; y otra sobre un parto dificil en que fueron necesarias los auxilios del Arte para la extraccion de dos fetos, despues de haver arrojado uno por si misma la parturienta.
Afectos Internos, Algebra Quirúrgica, Obstetricia.
Descriptores: Antonio Vicente, Diego Rodríguez del Pino, Juan Francisco Polo, Hipócrates, Galeno, Celso, Vallés, Paracelso, Vega, Aecio, Vido de Vidio, Zacuto Lusitano, San Pablo, María Mathías, Rosa Abril, P. Pott, Camarillas (Teruel), Alfambra (Reino de Arag6n), Madrid, Lidon, Zaragoza, Orrios, Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid.
Disertacion Chirurgica y observacion de una peligrosa herida en la arteria brachial, la que fue curada por mí como dire mas adelante.
N° de fascículos: 2, Descriptores: Vicente María de Loera, Andújar.
NAVA, JUAN (DE) (Censura: LACABA, IGNACIO)
Observacion sobre un parto trabajoso, a causa de la oblicuidad de la matriz.
Descriptores: Juan de Navas, Ignacio Lacaba, Lanvesyat.
GUZMÁN Y SÁNCHEZ, EUGENIO (Censura: RIBES, JOSEF) Observacion de una Necrosis de la tibia de la pierna izquierda.
Talavera de la Reina (Toledo), Papel: Folio y (1/4).
Presenta una lámina de la tibia adosada (p-4v.).
Eugenio Guzmán y Sánchez, Josef Ribes, Antonio de Gimbernat, Hunter, Román García, Ruyschio, Laing, Ritter, Weismann, Talavera de la Reina, Calera (Toledo), Edimburgo, Real Colegio de Cirugía de San Carlos de Madrid.
Observacion sobre una blenorrea externa que nunca ha podido curar sin embargo de los muchos esfuerzos que para conseguirlo se han hecho.
Observacion sobre unos tumores duros en un pecho.
No de Folios: 17, No de fascículos: 2.
Descriptores: Sebastián Aso Travieso, Josef Abades, Manuel de la Fuente, Antonio de Gimbernat, Rafael Costa, Josef Ribes, Sebastián Loche, Voguel, Hunter, Hillary, Hipócrates, Galeno.
Observacion sobre un reuma complicado.
Sobre la inchazón en la articulación de la rodilla.
Descriptores: Narciso Navarro (Cirujano de Villamalea), Josef Ribes, Cuenca, Villamalea, Obispado de Cuenca.
TORRADO, JOSÉ (Censura: ASO TRAVIESO, SEBASTIÁN) Ohservacion de un tifus hospitalario comp1icado con una bi1iosa.
Descriptores: José Torrado, Sebastián Aso Travieso, Rea1 Colegio de San Carlos, Real Instituto de Medicina Clínica.
GÓMEZ, CELSO (Censura: DE LA PEÑA, EUGENIO)
Observacion de una leucorrea y almorranas.
Enfermedades de las Mujeres.
Descriptores: Celso Gómez, Eugenio de la Peña, Marrsella de Navias (Asturias), Real Colegio de San Car1os.
de la Peña, Julián Cornejo, Hipócrates, Platón.
Portilla (Cuenca), Ribatajada (Cuenca), Solar de Cabras.
ASO TRAVIESO, SEBASTIÁN (Censura: BONAFÓS, MANUEL)
Observacion sobre dolores reumáticos por la mala administracion del sublimado corrosivo y sostenidos por las pasiones de antro.
Descriptores: Sebastián Aso Travieso, Manuel Bonafós, Plenck.
DESCONOCIDO (Censura: COSTA, RAFAEL)
Observacion sobre una herida de la vejiga urinaria hecha por Arma de fuego.
Heridas por armas de fuego, 87-4-A-5, no (fa1ta la Memoria y la Censura).
Observacion remitida de fuera sobre un cálculo de la vejiga abscesado.
PALAU, PABLO (ASO TRAVIESO, SEBASTIÁN)
Observacion sobre una idrocardia con su examen crítico.
Descriptores: Tomas Lobato (Sargento de Granaderos voluntarios), Pedro Serrat, Galeno, Pablo Palau, Josef Queraltó, Sebastián Aso Travieso, Monro, Bell, Stork.
Cádiz, Badajoz, Granaderos del Ejército.
FERNÁNDEZ, FRANCISCO JAVIER (Censura: BONAFÓS, MANUEL)
Observacion singular de dos heridas contusas en la cabeza, la una penetrante con ofensa de las meninges y salida de la sustancia de1 cerebro.
Descriptores: Sebastián Aso Travieso, Antonio de Gimbernat, Antonio Fernández Solano, Miguel Gutiérrez, Lorenzo Delgado, Antonio Rubio (Cirujano de Jarilla), Heister, Josef Garrido, Manuel Bonafós, Francisco Javier Fernández (Cirujano de Casas del Monte), Casas del Monte, Plasencia, Jarilla.
Observacion sobre la dis1ocacion de los músculos producida por otras causas.
Eusebio A1onso Dávila, Diego Rodríguez del Pino.
MARTOS, ANDRÉS (DE) (Censura: GÁLVEZ Y LLADAS, FERNANDO (DE)
Observacion sobre un vicio venéreo herpético y varias úlceras con caries en la cara y craneo.
Enfermedades Venéreas y Materia Quirúrgica.
N° de fascículos: 3 (Carta de contestación a la consulta).
Descriptores: Andrés de Martos, Fernando de Gálvez y Llamas, Pedro Castelló, Matías de Beimva, (Córdoba).
GALLEGO, MANUEL MARÍA (Censura: ASO TRAVIESO, SEBASTIÁN)
Observacion sobre una hemiplegia.
Descriptores: Juan López Alférez, Manuel María Gallego, Sebastián Aso Travieso, Quesada.
SAN GERMÁN Y BORRELLAS, ADEODATO (DE) (Censura: BONAFÓS, MANUEL)
Sobre acción de algunos medicamentos específicos.
San Lucas de Barrameda.
Descriptores: Manuel Bonafós, Adeodato de San German y Borrellas, Caridad del Castillo, Hoffman, Carmen Robles, Hércules, San Pablo, Sydenham, San Lucas de Barrameda.
DESCONOCIDO (Censura: DE LA PEÑA, EUGENIO)
Respuesta a la consulta leída en la Junta de 18 de Febrero de 1802 sobre unas cataratas.
Enfermedades de los ojos.
Descriptores: Eugenio de la Peña, Madrid, Real Colegio de San Car1os.
Descriptores: Luis Antonio de Castro, Josef Ribes, Mondoñedo (Galicia).
VARELA, JOSEF (Censura: ASO TRAVIESO, SEBASTIÁN) Sobre una apoplexía en una Mujer embarazada.
Descriptores: Josef Varela, Sebastián Aso Travieso, Josefa Bello, Miguel Gutiérrez de Cabiades, San Juan de Camba y Chantada (Lugo).
MURCIA, JUAN (Censura: BONAFÓS, MANUEL)
Adición al papel presentado por el Cirujano Don Juan Murcia con el título de Afecciones cancerosas curadas con un remedio específico.
No de fascículos: 2, Descriptores: Juan Murcia, Manuel Bonafós, Josef Piernas, Josef Castillejo, Josef Rivera, Gaspar García, María Bonay, Nicolasa Arias, Plácido López, Gragerio Palacios, Hipócrates, Málaga, C/ Cruz del Espíritu Santo.
ESPARRAGOSA Y GALLARDO, NARCISO (Censura: DE LA PEÑA, EUGENIO) Memoria sobre una intervencion facil y sencilla para extraer las criaturas clavadas en el paso sin riesgo de su vida ni ofensa de la madre, y para extraer 1a cabeza que ha quedado en el útero separada del cuerpo.
[La Memoria comienza con un pensamiento inicial de Boerhaave en latín].
Descriptores: Narciso Esparragosa y Gallardo, Eugenio de la Peña, Ignacio Beteta, Lebret, Camper, Portal, Antonio de Gimbernat, Van Switen, Heister, Pastor, Astruc, Boerhaave, Mauriceau, Thouret, Deventer, Joseph Tomás Caseros, Paré.
(Hay más nombres de enfermas, médicos, y sacerdotes que las atendieron, etc..., pues refiere el autor hasta nueve observaciones diferentes).
Guatemala, Amsterdam, Memorias de la Academia de Cirugía de París, Memorias de la Sociedad Real de Medicina de París, Dictionnaire de Chirurgie et Accouchements, Dictionnaire de Santé.
Observacion sobre un absceso en el periné por la presencia de un cálculo en el cuello de la vejiga.
Santa Cruz de la Zarza, Papel: (1/4).
Descriptores: Sebastián Aso Travieso, Diego Rodríguez del Pino, Santa Cruz de la Zarza (Madrid) Observacion sobre los efectos que produjo en un sugeto la detencion del podre en un absceso por tener una pequeña abertura.
Descriptores: Eugenio de la Peña, Sebastián Asó Travieso, Francisco Bataller, Galeno, Hipócrates, Avicena, Celso, Camus, Bartholino, Bell, Savitier, Richter, Mr. James, Edimburgo, Hospital de Edimburgo.
Relación sobre la observacion de Hydatides vivientes.
Consulta remitida por D. Juan Bernardez sobre la enfermedad de la religiosa que con- sistía en una hemicrania y odontología y dictamen.
Observacion de un enterocele de extraordinario volumen.
Observacion sobre una locura venerea curada con el mercurio.
Observacion de un hombre que crío a sus pechos uno de sus hijos (Observacion del Lechero Antonio Lozano).
Observaciones sobre los efectos de la cicuta en la curacion de varias enfermedades.
Observacion de un pulmón derecho destruido a consecuencia de una herida.
Solucion a los reparos confirmados en la censura de Don Diego Rodríguez presentó sobre el proyecto de una nueva operacion para reducir ciertas luxaciones del húme- ro.
Proyecto de una nueva operacion para reducir las dislocaciones antiguas del húme- ro.
De las utilidades que se sacan del alcanfor maridado con el mercurio.
Reflexiones sobre la importancia del conocimiento de diversas complicaciones de las enfermedades quirurgicas.
Observacion sobre los malos efectos del tortor aplicado para contener las hemorra- gias y sobre las ventajas de descubrir el vaso rato, y ligarlo, o quando menos acabar- lo de cortar y hacer sobre el la compresion, si la herida se halla donde se pueda con- seguir sin mayor riesgo.
Observacion cuyo objeto es probar la necesidad que los cirujanos tienen de los co- nocimientos médicos.
Observacion sobre una angina habitual curada con el extracto de cicuta.
Dos observaciones latinas una sobre el empiema y otra sobre amaurosis.
Observacion sobre ciertas hemorragias que sobrevienen á las contusiones y ligadu- ras de las arterias.
Reflexiones sobre el tratamiento de algunas heridas de los intestinos, que aconseja el señor Bell en su sistema de la Cirugia. |
El confinamiento y la situación de aislamiento del también poeta despertó acalorados debates y disputas sobre su condición mental.
Los motivos de su internamiento y las conjeturas acerca de la psicopatología que lo aquejaba fueron cruciales dentro de la narrativa de este caso, en el que convergieron intrigas políticas, sospechas familiares, controversias médicas y convenciones literarias.
El objetivo del presente trabajo es analizar las valoraciones médicas alrededor de la reclusión, permanencia y salida de Pedro Castera del nosocomio, con el fin de reflexionar, asimismo, en torno a la resignificación de la figura del loco-literario, a partir de la emergencia del discurso de la medicina mental en el contexto de la modernidad mexicana en el último tercio del siglo xix.
En el verano de 1883, la prensa de la Ciudad de México informó a sus lectores que el escritor, minero, científico autodidacta y seguidor del espiritismo Pedro Castera (1846Castera ( -1906) ) había sido recluido en el Hospital de San Hipólito para hombres dementes.
El periódico liberal El Siglo Diez y Nueve notificó que el también poeta fue trasladado al nosocomio junto con el médico Agustín Galindo 1, lo que despertó múltiples interrogantes acerca de la condición mental de tan connotados personajes: "Algo siniestro rodea la existencia de los hombres de algún valor, cuando así tenemos que registrar dos desgracias semejantes en tan pocos días" 2.
Un año antes, Castera había logrado el reconocimiento literario con Carmen.
Memorias de un corazón, debido a la buena recepción que tuvo la novela entre los lectores de la época 3, diversos medios pronto anunciaron el "sobretiro" de ejemplares que podían adquirirse en la redacción del diario La República 4.
Con la aparición de los libros Las minas y los mineros, Los maduros, Ensueños y armonías e Impresiones y recuerdos, publicados también en 1882, el narrador estaba llamado a consagrarse en el panteón de los hombres ilustres, pero una serie de infortunados acontecimientos truncaron su prolífica producción que devino en cierto ostracismo en los últimos años de su vida, según testimonió el poeta Rubén M. Campos (1876Campos ( -1945)): "va Castera errante, con su corpachón de hombrazo hercúleo vestido al uso de su tiempo, con un gran sombrero plano y una capa española azul clara, sin saludar a nadie y sin que nadie lo salude a él" (2013, p.
Para principios del siglo xx, el escritor era uno más de aquellos talentos "rezagados de la generación literaria", un "viejo novelista" tan popular y olvidado como la novela misma que alguna vez escribió (Campos, 2013, p.
Enfermo, y quizá desdeñado por algunos literatos "modernos", murió en el pueblo de Tacubaya en 1906.
Aun cuando la historiografía y los estudios literarios de las últimas décadas han recuperado el valor filológico y cultural de la obra casteriana, sólo han examinado desde lo anecdótico el episodio en San Hipólito.
En el "Prólogo" a Carmen.
Memorias de un corazón de 1950, el reconocido crítico literario Carlos González Peña dejó entrever la posibilidad de que Castera hubiera sido confinado por negarse a realizar una campaña gubernamental en favor de la moneda de níquel en 1882 (1950, pp. 15-16).
Tal ruta interpretativa pro-pició, décadas más tarde, la mitificación de la conspiración política que detalló el historiador Antonio Saborit en un artículo escrito para la revista Nexos (1987).
Más adelante, abordaremos algunos aspectos de la campaña monedera impulsada por el entonces presidente Manuel González.
Por su parte, en la introducción a la obra Las minas y los mineros, el investigador Luis Mario Schneider afirmó que el trabajo excesivo, las actividades múltiples y la febril producción del narrador y poeta "tuvieron indudablemente que conducirlo a una crisis mental" (1987, p.
Recientemente, Dulce María Adame, en su "Estudio preliminar" a la edición crítica de Ensueños y armonías, refirió al litigio que enfrentó el escritor por unas tierras en Michoacán (Adame, 2015, pp. 38-42), lo que ha permitido considerar la figura legal del "juicio de interdicción" como otro de los derroteros de análisis para entender el proceso de su reclusión.
Si bien estos trabajos muestran diferentes miradas sobre el confinamiento manicomial de Pedro Castera, no logran explicar en profundidad cuál fue el contexto médico-legal que posibilitó su encierro, ni las consecuencias que esto trajo tanto para Castera como para el campo literario de su momento.
Una revisión de la prensa de la época ayuda a comprender que el ingreso y la situación de aislamiento del poeta despertó acalorados debates, tensiones y disputas acerca de su condición mental.
Algunos médicos y funcionarios afirmaron que se trataba de un "enajenado peligroso" que podía atentar contra la sociedad; en cambio, colegas, amigos y familiares veían en Castera al infortunado escritor, víctima de soterradas conspiraciones y profusos sentimentalismos.
Los motivos de su internamiento y las conjeturas sobre la psicopatología que lo aquejaba fueron cruciales dentro de la narrativa de un caso en el que convergieron intrigas políticas, sospechas familiares, controversias médicas y convenciones literarias, las cuales merecen un examen más profundo a partir de la investigación en las fuentes periodísticas de aquel momento.
El objetivo del presente trabajo es analizar las valoraciones médicas alrededor del confinamiento y permanencia de Pedro Castera en San Hipólito, para reflexionar en torno a la conformación de la figura del loco-literario a la luz de la emergencia del discurso de la medicina mental en el México porfiriano.
Argumentamos que, si bien su corta estancia hospitalaria lo condenó a la inhabilitación política debido al estigma de la locura, en el ámbito literario logró darle prestigio, en la medida que configuró su imagen como la de un genio creador enajenado por el "dolor de la producción" (Zavala, 2012, pp. 60-61), asunto ampliamente debatido en esos años.
Su representación como héroe romántico en desgracia contribuyó a granjearle un reconocimiento simbólico y económico, el cual incidió tanto en su re-posicionamiento en el contexto literario como en la revaloración de su narrativa, en un ambiente editorial y social marcado por las fuertes tensiones, producto del desigual proceso de modernización que experimentó México en las últimas décadas del siglo xix.
Este trabajo se inscribe entre la historia cultural de la psiquiatría y la historia de las ideas y de los estudios literarios, enfoques desde los que nos interesa meditar acerca de las actitudes colectivas que dieron forma a "elaboraciones culturales" (Huertas, 2012, p.
12) sobre la peligrosidad del genio y de la locura.
Para ello, hemos recurrido a fuentes diversas: desde diagnósticos médicos hasta crónicas parlamentarias y literarias, cartas, reportajes, poemas y novelas, publicados en los principales diarios.
En este sentido, cabe subrayar que la prensa decimonónica en México fue un medio de comunicación en suma politizado, que permitió la circulación de noticias entre el público lector y la sociedad, así como el posicionamiento de ideas, proyectos y posturas divergentes que ayudaron a la construcción de la opinión pública (Gantús y Salmerón, 2014, pp. 12, 14; Piccato, 2005).
Desde ese espacio de enunciación, el confinamiento de Pedro Castera en el hospital para dementes suscitó discursos ambivalentes, sobre todo por tratarse de un famoso letrado escindido entre la locura y la genialidad.
"Víctima de la más negra de las fatalidades..."
"Al manicomio se va por muchos caminos", advirtió un articulista de El Monitor Republicano en 1882, entre los cuales estaban "la lucha violenta de las pasiones", así como "la felicidad inesperada, la ambición desmedida, el eterno soñar y el amor impetuoso" 5.
Esta observación sugiere que los comportamientos exagerados y las actitudes pasionales eran valoraciones sociales de gran importancia que los propios médicos avalaron con sus investigaciones.
Para los facultativos interesados en las cuestiones mentales durante el último tercio del siglo xix, el estudio de las psicopatías representaba un asunto de relevancia científica y cultural: primero, porque, desde una perspectiva global y local, se consideraban enfermedades biológico-cerebrales; segundo, porque los "locos" eran percibidos como sujetos pasionales alejados del ideal de ciudadano libre y jurídicamente responsable que se quería imponer desde el Estado (Sacristán, 2002, pp. 65-66).
Muchos galenos porfirianos coincidieron en una visión organicista, según la cual los padecimientos mentales estaban determinados por disfunciones del sistema nervioso y de la médula espinal (Ríos, 2009, p.
Sin embargo, tanto en sus discursos como en sus prácticas, fueron bastante eclécticos para explicar sus causas, debido a que apelaron a lo psicológico, lo orgánico y lo social, pero también relacionaron dichos malestares con la marcha irreversible de la civilización, en un contexto claramente marcado por una incipiente modernización ideológica y material en el país.
Durante el Porfiriato (1876-1911) 6, hubo dos instituciones destinadas a la atención de personas con alguna enfermedad mental: el Hospital del Divino Salvador (1700) para mujeres y el de San Hipólito (1566) para hombres, que se establecieron durante el Virreinato y que, a partir de 1877, dependieron de la Dirección General de la Beneficencia Pública, instancia fundada por el gobierno de Díaz en ese año.
Ambos nosocomios fueron espacios para la atencióncontención de los locos, donde se fusionó la práctica médica con el trato compasivo de inspiración clerical.
En ellos se confinó a toda clase de pacientes: alcohólicos, criminales y una multitud de individuos transgresores que fueron considerados por sus familias y/o su entorno social como merecedores de encierro (Sacristán, 1998, p.
Aun cuando en esta época no existió un proyecto alienista fincado en la consolidación de un gremio y en el desarrollo de la investigación en México (Ríos, 2016, pp. 20, 23), sí hubo experiencias hospitalarias realizadas por galenos preocupados por la enfermedad mental, la marginación y las actividades viciosas de los sectores populares (Villa, 2008; Ramos, 2015, pp. 265-288; Maya, 2015).
Es evidente que, pese a la voluntad de los facultativos de sondear los territorios de la locura, lejos estaban de constituir una medicina psicopatológica preparada para establecer con claridad los límites entre la cordura y la sinrazón.
En este contexto de incertidumbre clínica y de atención/contención hospitalaria, pero también de creciente interés médico y social por esos padecimientos, se inserta el proceso de reclusión de Castera.
El 1° de enero de 1882, el novelista asumió la dirección de La República.
Periódico Político y Literario en sucesión del escritor Ignacio Manuel Altamirano Asclepio.
Luego de seis meses al frente del diario, renunció a su cargo para atender "negocios importantes" que lo obligaron a salir de la Ciudad de México.
En su columna de despedida, Castera agradeció a sus amigos del semanario y, en particular, reconoció al entonces presidente González (1880González ( -1884) ) como "dignísimo general", a quien entregaría sus "esfuerzos por contrariar los ataques de sus enemigos y a poner de relieve las patriotas y elevadas miras del ilustre jefe de la Nación" 8.
De manera sorpresiva, para junio de 1883, su nombre apareció en la lista de pensionistas del Hospital de San Hipólito, donde permaneció recluido hasta mediados del mes de diciembre de 1884, aproximadamente 9.
En este periodo, los asilados en el departamento de indigentes representaron más de la mitad de la población confinada, mientras que los pensionistas conformaron una tercera parte (Ramos, 2015, pp. 275-277).
De acuerdo con la información consignada en el expediente, Castera ingresó en calidad de pensionista, por lo tanto, debía pagar doce pesos mensuales para gastos de manutención; sin embargo, poco tiempo después, sus conocidos más cercanos confirmaron que el poeta no contaba con recursos financieros dentro del inmueble.
Según se advirtió, su encierro, permanencia y salida atraparon la atención de los capitalinos no sólo por tratarse de un funcionario que, al momento de su internamiento, ocupaba una silla como suplente en el Congreso de Puebla, sino también por las extraordinarias confabulaciones y suspicacias que suscitó la historia del poeta abatido 10.
Algunos amigos que participaron en la prensa política de la capital observaron con preocupación el comportamiento de su compañero de letras.
Por ejemplo, el médico, escritor y periodista Salvador Quevedo y Zubieta afirmó, en su libro Manuel González y su gobierno (Quevedo y Zubieta, 1885), que Pedro Castera "se volvió loco" en el contexto de la "empresa monedera", y aseguró que gritaba en San Hipólito: "¡Quiero níquel!
Quevedo, sin embargo, nunca mencionó que el entonces presidente González lo hubiera mandado recluir por insubordinación 11.
La aparente obsesión por el aludido metal permitió urdir en el imaginario de los testigos una narrativa que, presuntamente, vinculaba el contexto político y económico del momento con la locura del autor.
En efecto, el 23 de abril de 1881, el entonces presidente Manuel González presentó un proyecto de ley destinado a la acuñación de una nueva moneda de cobre y níquel, en sustitución de la de plata que había dominado en la escena nacional desde la Colonia.
En diciembre, el Congreso aprobó la emisión, pero la enorme cantidad de monedas puestas en circulación, su valor inferior al nominal y la actitud gubernamental que sólo las admitía en cantidades limitadas, condujeron a su depreciación, lo cual desató movilizaciones callejeras que desembocaron en el célebre motín del 21 de diciembre de 1883 (Gutiérrez, 2013), que terminó controlando la administración gonzalista 12.
Bajo tales condiciones, el 27 de octubre de 1883, una pequeña comitiva, encabezada por los periodistas Marqués d'Equevilley, Adolfo Carrillo y el aludido Quevedo y Zubieta, visitó a Castera con el fin de abogar en favor de su "hermano de letras".
De acuerdo con su testimonio, el escritor se encontraba en un estado deplorable, por lo que le ofrecieron algo de dinero para sus gastos, a lo cual éste respondió: "usted se burla... eso no es níquel, es despreciable y vil plata".
El entonces director de San Hipólito, Juan Govantes, informó a los acompañantes que el paciente padecía "monomanía del níquel", diagnóstico que, aun cuando no esclarecía las razones de su internamiento, sí formulaba una primera explicación "científica" acerca de su comportamiento anormal 13.
Según varios autores (Foucault, 1976; Campos, Martínez, Huertas, 2000), la monomanía fue un concepto del alienismo francés, surgido en la primera mitad del siglo xix; se trataba de una forma de locura en la que el individuo razonaba como cualquier otro, excepto porque deliraba sobre un objeto o un círculo limitado de ideas.
En México, la monomanía no tuvo una amplia recepción en los terrenos de la medicina mental.
Si bien algunos facultativos lo aceptaron, otros criticaron fuertemente dicho diagnóstico, porque mediante su uso se pensaba que una persona podía evadir la justicia (Sacristán, 2016) 14.
No obstante que esta noción perdió validez en Europa hacia finales de la década de 1870 a consecuencia de las críticas recibidas en Francia, el dictamen de Govantes apuntaba hacia la pervivencia de tal categoría clínica, posiblemente en el marco de la reflexión y el estudio de las llamadas locuras parciales o razonantes, cuya discusión estuvo vigente hasta principios del siglo xx 15.
Difundido de forma masiva por los periódicos, ese diagnóstico forjó en la mente de los lectores del momento la idea del escritor delirante, obsesionado por el níquel, y, en la de los críticos contemporáneos (Saborit, 1987), la historia de uno de los primeros personajes connotados en sufrir represión política por parte de los gobiernos emanados del Plan de Tuxtepec, práctica que se volvería recurrente durante la larga dictadura de Díaz.
De noviembre de 1883 a finales de mayo de 1884, el caso Castera tuvo una menor cobertura periodística; el 3 de febrero de 1884, por ejemplo, en una extensa crónica, el también poeta Agustín F. Cuenca narró su encuentro con el escritor en la Alamedaacompañado por el director del nosocomio y su apoderado legal-, a propósito del cual sentenció con notable pesadumbre: "Para nosotros, San Hipólito era el sepulcro de Castera" 16.
Esta representación del confinamiento manicomial familiarizó al público lector con algunas ideas médicas, de acuerdo con las que el encierro hospitalario del hombre público significaba su muerte como ciudadano, pues, como quedó claro en aquellas notas, desde el punto de vista jurídico, médico y social, ser declarado loco equivalía a una muerte civil; por ello, el inculpado se convertía en sujeto de tutela y era despojado de sus derechos constitucionales.
Unos meses después, el 27 de mayo, otro grupo de letrados realizó una visita al nosocomio para constatar la situación del artista, la cual había "querido exagerarse en sentido desfavorable" 17.
En ese marco, a petición de la señora Soledad Cortés de García, madre del novelista, se efectuó una nueva valoración médica del enfermo a cargo de un desconocido médico de nombre Celso Nava, quien certificó que Castera estaba en "estado satisfactorio de la enajenación mental que adolece" 18, por lo que solicitó a las autoridades correspondientes su pronta recuperación en una casa que la familia tenía en Tacubaya.
Ante la presión de la madre y de los colegas que habían confirmado los deseos del paciente de abandonar San Hipólito, Govantes volvió sobre el caso y consideró peligrosa su salida.
La negativa desató todo tipo de argumentaciones conspiracionistas sobre la supuesta retención forzada del poeta; frente a las críticas, aunque el director estaba convencido de que los delirios eran una manifestación elocuente de su peligrosidad, aseguró: "creo que si se sigue atendiendo convenientemente, tal vez vuelva al pleno goce de sus facultades intelectuales; mas juzgo que por el momento se halla en un estado delicado, y que sería peligroso que saliera ahora del hospital de una manera definitiva" 19.
A pesar de lo anterior, el cuestionamiento público sobre la permanencia injustificada y las solicitudes de apoyo para que Castera saliera de San Hipólito obligaron a que funcionarios y médicos tomaran una postura firme al respecto.
Con el objetivo de avalar su diagnóstico y de remarcar la peligrosidad del confinado, a finales de mayo se difundió en la prensa capitalina otro certificado realizado por médicos de reconocido prestigio: Rafael Lucio, Alberto Cervantes y el mismo Govantes, en el cual se detalló que el poeta sufría de "lipemanía y delirio de persecución" 20.
Ambos conceptos, como es sabido, fueron esenciales para el desarrollo del alienismo francés de la primera mitad del siglo xix.
El primero se entendía como una enfermedad del cerebro, cuyos síntomas eran delirios y una tristeza debilitante y abrumadora (Berrios, 2008, p.
382); en el segundo, el loco presentaba alucinaciones auditivas y visuales como respuesta a los efectos del exterior (Bercherie, 2014, pp. 62-63).
Cabe advertir que los dos diagnósticos reseñados se realizaron nueve o diez meses después del internamiento del autor, razón por la cual no es posible determinar si los síntomas aparecieron antes o como resultado de éste 21.
La inestabilidad en la identificación nosológica del padecimiento de Castera no sólo permite vislumbrar el estado y los problemas que enfrentó la incipiente medicina mental en México, sino que también, en otro nivel, abre la posibilidad de proponer una nueva hipótesis acerca del origen de su confinamiento.
Antes de ello, convendría señalar que para ingresar a un individuo en San Hipólito, por reglamento, era necesario presentar un certificado firmado por dos médicos que avalaran la enfermedad; sin embargo, ante la falta de una normativa federal para impedir los "ingresos involuntarios" y el estado en que se encontraban en ese momento las instituciones manicomiales en México, era usual que las familias tomaran el control del internamiento de sus locos 22.
El episodio que nos ocupa bien puede ejemplificar tal situación, pues, posiblemente, la reclusión se dio en contra de su voluntad y motivada por una herencia de bienes familiares, como expondremos a continuación.
Cuando Pedro Castera anunció su salida del diario La República para atender "negocios importantes" estaba iniciando una pugna legal por unas tierras heredadas en Michoacán.
Existen indicios de que, una vez confinado en San Hipólito e incapacitado legalmente, el poeta enfrentó una demanda interpuesta por Antonio Ramos Cadena en el juzgado 4to de lo civil 23.
Tal elemento resulta clave para plantear esa ruta interpretativa sobre su proceso de reclusión.
En el Código Civil de 1870, que entró en vigor un año después, se incluía la figura legal del juicio de interdicción, mecanismo mediante el cual se incapacitaba jurídicamente a menores de edad y a personas "privadas de inteligencia por locura, idiotismo e imbecilidad" 24.
Así, ser diagnosticado loco convertía al individuo en sujeto de custodia, por lo que la persona no podía hacer uso de sus bienes, los cuales debía administrar un tutor legal.
En otras palabras, dichos juicios sólo tenían sentido cuando había propiedades materiales de por medio, y podían ser solicitados por el cónyuge, los herederos legítimos o el ejecutor testamentario.
El caso Raygosa (1873-1877) fue, probablemente, el primer juicio de interdicción en llevarse a cabo luego de la promulgación del Código.
Manuela, esposa del abogado Felipe Raygosa, levantó la demanda al considerar que su marido estaba despilfarrando el dinero de la familia; el inculpado, por su parte, intentó defenderse en los juzgados de las opiniones de los facultativos, que lo veían como un monomaniaco ambicioso (Sacristán, 1999).
El episodio anterior presenta algunas coincidencias con el de Castera.
Luego del internamiento de éste, se designó al licenciado Bermejo como su tutor legal; empero, meses después, lo sustituyó el reconocido abogado, periodista y diputado Juan Vicente Villada, quien, en una carta publicada el 3 de junio de 1884, recalcó que fue la familia del novelista la que solicitó el juicio de interdicción 25.
Además, destacó el profundo aborrecimiento que su apoderado tenía hacia "la respetable autora de sus días".
Asimismo, ante las acusaciones de que Castera no recibía sus dietas como diputado, Villada aseguró desconocer otros intereses, pues, al requerir a la familia los documentos oficiales del escritor, reconoció de forma pública que nunca pudieron entregárselos debido a que una tía, "también demente", los resguardaba celosamente.
Lo expuesto permite suponer que Castera pudo haber sido internado por sus parientes, quienes aprovecharon los aludidos vacíos legales que imperaban en San Hipólito, y, una vez confinado, los médicos se encargaron de certificar su locura.
Hacia finales de noviembre de 1884, de modo un tanto sorpresivo, la madre de Castera envió una misiva al director de El Monitor Republicano para que, a través de su medio, lograra persuadir a las autoridades de sacar a su hijo del nosocomio 26.
Tal solicitud, al parecer, fue atendida por las instancias médicas, pues, por esas fechas, Castera dejó San Hipólito sin testimonio alguno que lo registrara ni sentencia que diera indicios de la situación legal del escritor.
Por desgracia, no pudimos localizar ningún documento que atestiguara el proceso ni las condiciones de salida del poeta del sanatorio, por lo cual deducimos que bien pudo deberse a la presión mediática ejercida tanto por su progenitora como por diversos miembros de los campos político y literario, con quienes estuvo relacionado el autor y que, al menos estos últimos, dieron una lectura particular a tan infortunada incursión.
"Pues que la suerte con saña fiera te hundió en el caos de la demencia"
A pesar de que la revisión de las fuentes parecería privilegiar la hipótesis de que el internamiento de Castera se debió a un juicio de interdicción, ésta no resuelve otras incógnitas relacionadas con las múltiples representaciones que sujetos de diferentes disciplinas hicieron de su mal, las cuales mediaron no sólo la recepción de su obra, sino, incluso, la re-configuración de su imagen como escritor.
Al respecto, cabría insistir en la extensa cobertura periodística que se dio a la demencia casteriana; diarios de varias latitudes de la República de tendencias ideológicas y políticas diversas escribieron o reprodujeron, como señalamos, noticias, entrevistas, informes médicos o comentarios relativos a la salud y situación del escritor en San Hipólito.
Aunque en esas distintas textualidades se construyó de modo bifronte la figura de Castera, en todas ellas, la presencia de la enfermedad mental permitió visibilizar la posición que el autor ocupaba en la esfera pública y en el campo literario, en una etapa de transición en la que las prácticas discursivas no sólo oficialistas, sino también artísticas evidenciaban el ineludible influjo de la narrativa positivista que se apoyó tanto en el referente cientificista (Nouzeilles, 2000; Zavala, 2012), como en la literatura médica de la época, acorde con el impulso modernizador porfiriano (Hale, 2002).
Desde tal perspectiva, en la prensa periódica la insania de Castera se abordó, en principio, a partir de sus implicaciones médico-legales, relacionadas con el trabajo del escritor como funcionario.
Ello explica, nos parece, la ubicación un tanto periférica de la información dedicada a su caso, incluida, por lo general, en la gacetilla o en los espacios destinados a la crónica parlamentaria.
En esos textos, el poeta es descrito como un individuo incapaz de seguir cumpliendo sus labores políticas.
Su deteriorado estado mental lo inhabilitaba para realizar dichas funciones, transfigurándolo en un sujeto marginal a las instancias de poder, a la cuales antes pertenecía y que serían las encargadas de dirimir sus conflictos legales y monetarios 27.
Por su carácter "oficial", esos documentos se enuncian desde una supuesta "objetividad", cuyo principal recurso narrativo es la descripción concisa tanto del espacio hospitalario como del estado físico del "paciente".
En la sesión de la Cámara de Diputados del 11 de octubre de 1883, por ejemplo, el mencionado diputado Villada, quien, según advertimos, después fungió como tutor legal del escritor, expuso frente al Congreso las condiciones en las que se hallaba: "en cuanto a los alimentos y otras necesidades [...] carecía aun de lo más preciso, teniendo su ropa desgarrada y siendo la misma con que había ingresado [a San Hipólito] hacía tres meses" 28.
Como se observa, la centralidad de la enfermedad anuló, por completo, cualquier referencia al pasado desempeño de Castera como funcionario, es decir, al prestigio alcanzado por ocupar una curul; por el contrario, su figura se proyectó sólo como la de un desheredado, acorde con las ideas que se tenían acerca de los pacientes mentales.
Para validarse, el discurso legal descansó en la opinión clínica, encargada de certificar el malestar casteriano en consonancia con los paradigmas de la ecléctica práctica médica mental en el país, cuyos principios nosológicos se estaban discutiendo.
En esa línea, cabría recordar que apenas un año antes, en 1881, se dio a conocer el dictamen de la Comisión de Manicomios, en el que no sólo se argumentó la necesidad apremiante de construir un moderno hospital general para dementes, sino que también se planteó la urgencia de actualizar los presupuestos de la clínica mental mexicana, tomando como modelo "los escritos de los alienistas europeos más destacados [...] por sus teorías sobre la locura [... y] por sus aportaciones en la construcción y organización de asilos", entre los que despuntaron los nombres de expertos franceses, tales como Morel, Esquirol y Pinel (Mancilla, 2001, pp. 129-130).
No obstante lo expuesto, el peso de este discurso clínico fue contundente en la configuración del retrato del poeta como un ser alienado y peligroso para la seguridad del organismo social, razón por la cual debía estar bajo la custodia especializada del saber médico estatal.
Al respecto, resultan significativas, por una parte, las palabras de Govantes, cuando, como se apuntó, la familia del escritor y algunos periodistas intentaron cuestionar la decisión de alargar su estadía en el manicomio: "no basta", afirmó, "un buen criterio para resolver cuestiones que requieren conocimientos especiales" 29; y, por la otra, la relatoría en términos casi cronísticos del fallido experimento, que consistió en reinsertar a Castera de forma momentánea en la realidad cotidiana, mediante el aludido paseo por la Alameda de la Ciudad de México.
De acuerdo con el facultativo, "a la vista de edificios que le traían recuerdos, y por el encuentro de algunos amigos que le impresionaron vivamente", el poeta comenzó a tener alucinaciones auditivas "y se fue excitando al grado de que [tuvieron que apresurarse] a regresar al manicomio" 30.
Si bien el pretendido carácter científico de esos textos resulta cuestionable ante la enunciación de diferentes diagnósticos a lo largo de la estancia del escritor en aquel establecimiento, dicha oscilación nos parece reveladora en la medida que, por un lado, reforzó la naturaleza dual de la personalidad de Castera, escindido entre el campo político y literario y, por el otro, en diferente nivel, entró en diálogo con una serie de ideas relacionadas con las supuestas tendencias patológicas del agente creador.
Al igual que en diversas latitudes de Occidente, en México la disputa por alcanzar una mayor legitimidad y poder cultural implicó que miembros del gremio médico miraran con recelo a diferentes sectores poblacionales y profesionales; en particular, el de los artistas les resultó altamente inquietante, porque, de acuerdo con el discurso positivista de la época, sus "rasgos diferenciadores" de personalidad, sobre todo su extrema sensibilidad y su supuesta predisposición a la locura, los convertían en seres "que no podía[n] considerarse dentro de [la]'normalidad' que la sociedad burguesa pretendía imponer a toda costa" (Huertas, 1987, pp. 143-144).
Una muestra modélica de esta visión que se proyectó de los artistas, en general, y de los escritores, en específico, se encuentra en los textos del reconocido doctor Luis E. Ruiz, quien impartía la cátedra de Higiene en la Escuela de Medicina en la década de los ochenta.
En su Tratado elemental de higiene, el galeno propuso una clasificación de los diferentes sectores que conformaban a la sociedad mexicana; en el último grupo incluyó a los "hombres de letras", integrado por abogados, médicos, ingenieros, educadores y literatos.
A pesar de que la "predominancia del trabajo intelectual sobre la actividad manual" predisponía a los "hombres de letras" a desarrollar las mismas enfermedades (Ruiz, 1904, pp. 345-346), Ruiz trazó una clara línea divisoria entre esos profesionistas y los creadores; para ello, utilizó como herramienta axial de validación las estadísticas, según las cuales la incidencia de locura era mayor en esta última agrupación debido a su evidente falta de templanza y de contención emocional, pero también al uso excesivo de la imaginación, inclinaciones que dotaron a estos sujetos de una especie de "naturaleza" ambigua (femenina-masculina), que podía resultar peligrosa para el sano desarrollo de los potenciales lectores nacionales.
Tomando en cuenta lo anterior, no nos parece fortuito que la clasificación terminológica de la enfermedad de Castera se desplazara de una inicial "monomanía del níquel" hacia una "lipemanía", cuyo síntoma principal, según se dijo, era una tristeza debilitante y abrumadora.
A inicios del siglo xix, Pinel y Esquirol se esforzaron por proponer cambios conceptuales y desterrar de la medicina mental cualquier reminiscencia de las "ideas hipocráticas-galénicas" sobre los humores (Starobinski, 2016, p.
Una de las acciones que emprendieron fue la acuñación del término "lipemanía" en renuevo de la voz "melancolía", la cual remitía a un malestar y a un temperamento asociados desde la Antigüedad con cierta superioridad intelectual y genialidad artística, creencia que tuvo una larga pervivencia en el imaginario colectivo y que resultó en suma productiva para diversas corrientes, tanto filosóficas como estéticas, en Occidente.
En esa lógica discursiva, la redacción del dictamen médico firmado por destacados galenos presentó, sin duda, un claro sesgo estético, mediado con seguridad por el prestigio que Castera había alcanzado en el terreno de las letras previo a su internamiento, así como por las otras narrativas generadas a propósito de su ingreso a San Hipólito, con las cuales dialogaron las de índole médico-legal, dado que ambas aparecieron de manera simultánea en las páginas de los mismos periódicos.
A diferencia de la concisión y "asepsia" que caracterizó los documentos clínicosjurídicos, en esos otros textos de carácter más ficcional que informativo se configuró la imagen de un Castera sufriente, infortunado miembro de un campo literario que, por aquellas fechas, experimentaba también los efectos del incipiente proceso de modernización en el país.
Las transformaciones del sistema económico, a la vez que la tendencia hacia la división del trabajo que propició el fenómeno de la especialización, incidieron en el ejercicio escritural.
Para integrarse al mundo capitalista, los autores se enfrentaron a la exigencia de desarrollar estrategias laborales para satisfacer sus anhelos creativos y sus necesidades monetarias.
El periodismo fue una de las actividades que les permitió cumplir ambas cuestiones; sin embargo, también se convirtió en un quehacer absorbente que, de acuerdo con algunos, los enfermaba y minaba sus capacidades artísticas, pues los sometía a la presión de la entrega diaria o semanal y a los requerimientos de editores y de un público cada vez más ávido de noticias (Moretic, 1975, pp. 59-60; Rotker, 1991; Clark de Lara, 1998) 31.
Ciertamente, el caso de Castera se leyó desde esta perspectiva en las colaboraciones antes mencionadas; así, sirvió como una vía para denunciar y exponer las difíciles condiciones que enfrentaban los literatos para ejercer su profesión, pues sufrían las consecuencias del excesivo trabajo intelectual, origen de diversos padecimientos psicosomáticos.
La demencia de Castera se presentó ante los lectores como un síntoma y malestar producto de la modernidad, cuyas exigencias herían a creadores sensibles como el autor de Carmen, quien había "sucumbido al trabajo, como todos los grandes artistas" 32.
Uno de sus primeros visitantes en San Hipólito, el referido Marqués d'Equevilley, recreó la figura del novelista cual la de un héroe romántico caído por el peso del infortunio moderno.
"Allí estaba", apuntó, "detrás de la reja confundido en medio de sus desgraciados compañeros y en el triste estado [...].
Su poderosa naturaleza [estaba] aniquilada por el sufrimiento moral, su cara amarilla, su barba inculta y ya cana, sus manos tem-blorosas... ¡ah!
¿Por qué esta frente pensadora ha sido herida por el rayo implacable de la fatalidad?" 33 Contraria a la palabra médico-legal, esta narrativa doliente fundó su legitimidad en lo emotivo, en la pertenencia de los escritores a una comunidad afectiva, cuya hipersensibilidad los distinguía del ciudadano común, a quien, finalmente, también se buscó conmover, quizá con propósitos más económicos que culturales.
De ese modo, la melancolía del paciente encontró un correlato en el discurso sufriente de quien se sabía, de igual forma, preso de la condición dual de escritor-periodista, sometido a las presiones del orden capitalista.
De tal suerte, en el citado texto del Marqués d'Equevilley abundaron frases como: "las lágrimas me vienen a los ojos" o "Padecía demasiado para prolon-gar más mi dolorosa entrevista", que, a su vez, se reprodujeron en términos semejantes en otras notas relativas a la infortunada situación de Castera.
Por ejemplo, el mencionado poeta Agustín F. Cuenca describió el espacio nosocomial en consonancia con ciertos tópicos románticos; el manicomio se presentó a los ojos de los lectores cual tétrica ruina, donde permanecería atrapado el espíritu artístico: última morada del creador caído ante una realidad que lo oprimía y lo enloquecía.
"Al pasar frente a ese triste edificio", se condolió Cuenca, "sentimos violentamente oprimido nuestro corazón, [...] allí, detrás de aquellos altos y sombríos muros, estaba nuestro amigo, el poeta entusiasta, el soñador impetuoso, el hombre caballero, más altivo en el infortunio que en la prosperidad" 34.
Una especie de consagración artística convirtió a Castera en sujeto de creación literaria, no sólo en estos textos en prosa de carácter híbrido, sino también en composiciones en verso, en las que el yo lírico estableció una relación de complicidad y empatía con el "genio" abatido, en la medida que compartía su desventura como miembro del ámbito literario.
En el poema "A Pedro Castera", A. Peredo Hoyos se compadeció de la pérdida de la razón del escritor, en términos muy cercanos a los empleados en la prosa cronística:
Campeón sublime fuiste en la prensa, grande filósofo, alma de atleta, alma que mundos de luz encierra, sensible siempre, siempre serena, porque grandioso tu genio era, de aquellos genios que regeneran con la fe augusta de la conciencia 35.
Al igual que en la narrativa clínica, en estas composiciones subyacería la antigua creencia aristotélica de la existencia de un vínculo entre melancolía, genialidad y locura, que se resignificó a partir de los principios de la medicina mental a lo largo del siglo xix, con especial insistencia tras el surgimiento del movimiento romántico.
Sin embargo, en dichas colaboraciones periodísticas, la tendencia patológica del agente creador no tendría una lectura negativa; por el contrario, la hipersensibilidad del autor de Carmen, y su demencia melancólica serían leídas como la marca de Caín que garantizaba su pertenencia al mundo del arte.
En un sentido más profundo, para estos autores, la disposición anímica de Castera -y de los artistas en general-no encarnaba una amenaza para la sanidad ni el buen funcionamiento de la sociedad porfiriana, sino una forma de resistencia intelectual creativa contra la deshumanización y el materialismo que acechaba a las nuevas generaciones.
La manifiesta tensión entre las posturas médicas y literarias sobre la locura bien puede interpretarse, según dijimos, como la búsqueda de reconocimiento y prestigio que los agentes de ambos campos buscaron alcanzar en un momento de patentes transformaciones socioeconómicas y culturales.
Desde esta perspectiva, la construcción de la figura de Castera como la de un genio-loco contribuyó a darle mayor notoriedad pública y a incrementar su capital simbólico y económico en los años posteriores a su salida de San Hipólito.
Una serie de datos dispersos en las publicaciones periódicas confirman esa transición, mucho más clara a partir de enero de 1887, cuando se informó en la prensa que "deseando impedir que sus [obras fueran reimpresas] con perjuicio de sus derechos, [el autor conservaba] la propiedad literaria que le [correspondía]" 36.
Dicha noticia apunta hacia el hecho de que el aludido proceso legal no lo incapacitó para el usufructo de sus producciones, lo cual tiene sentido en aquel medio incipientemente capitalista que veía con desprecio y recelo la labor creativa, en apariencia improductiva, de los artistas.
Aunado a lo anterior, en los meses posteriores a ese anuncio, se informó que, una vez agotada la primera edición en forma de libro de la novela Carmen, el taller de Eufenio Abadiano se disponía a preparar la segunda edición 37, dentro de la colección Biblioteca Histórico-Literaria, más tarde sólo Biblioteca Mexicana 38.
El volumen prometido contó con un prólogo del reconocido militar y novelista liberal Vicente Riva Palacio (1832-1896), quien hizo de la novela de Castera un emotivo manifiesto literario en contra del materialismo positivista y del determinismo biológico darwiniano, cuya hegemonía se discutía por aquellas fechas en la prensa (Moreno, 1989).
De acuerdo con Ana Chouciño Fernández y Leticia Algaba (2003), en esas páginas Riva Palacio defendió la función emotiva, didáctica y moral de la literatura, enfrentada al escepticismo de la ciencia.
La obra de Castera se consagró, así, como un alegato en favor de la autonomización del campo literario al oponerse a la presión de instancias de reconocimiento externas a éste, a la vez que como un discurso amoroso, mediante el cual se pretendía fortalecer los vínculos "emocionales", pero también de consumo, con los lectores.
Pocos meses después de la aparición de la nota sobre la nueva edición de Carmen, en noviembre de 1887, comenzó a publicarse, otra vez por entregas, el volumen de Las minas y los mineros en la casa editora de "Filomeno Mata, esquina de Betlemitas y San Andrés" 39.
En la sesión del 11 de noviembre de aquel año, el autor dirigió una petición a la Cámara de Diputados para que este organismo comprara doscientos ejemplares de la obra 40, la cual fue, además, traducida al alemán por el editor Isidoro Epstein en 1889 41.
Finalmente, a mediados de 1890, en las páginas de El Siglo Diez y Nueve, Rafael de Zayas Enríquez, con el seudónimo de Anacreonte, comentó ufano en una de sus "Crónicas de la semana" que "la afamada casa editorial de Garnier, de París, [iba] a fundar una sucursal en México", cuyo "noble propósito" sería "explotar la literatura mexicana, comprando obras inéditas a nuestros más renombrados escritores", para lo que ya había establecido contratos con autores como Castera y Gutiérrez Nájera 42.
Aun cuando resulta en suma complejo rastrear las huellas de los lectores de una época, sus prácticas, preferencias y hábitos de consumo literarios, consideramos que los datos hasta aquí presentados demuestran que el episodio nosocomial de Pedro Castera medió la recepción de su obra después de 1883.
La información expuesta nos inclina a pensar que un segmento del público porfiriano se acercó con deleite morboso a la casi novelesca narración de los infortunios del melancólico poeta, cuyas obras serían, a partir de entonces, leídas bajo la sombra de la locura por algunos sectores letrados.
Más aún, proponemos que el caso generó tanta atención mediática porque evidenció de manera intensiva no sólo la postura de los escritores-periodistas ante las circunstancias de su entorno, sino también las difíciles condiciones que enfrentaban para ejercer la escritura y para que ésta fuera reconocida como una actividad profesional productiva y, sobre todo, útil para la sociedad.
El propio escritor fue consciente de esto, como puede constatarse en el significativo inicio de una de sus últimas obras literarias, Dramas en un corazón, en la que reflexionó sobre las emociones descontroladas y la perturbación mental en relación directa con la función "moral" que le atribuyó a literatura.
En una vuelta de tuerca, en esas palabras liminares, el narrador se invistió de una especie de autoridad clínica para abordar estéticamente la disección de los "profundos abismos" del corazón humano, cuyos problemas podían diagnosticarse como "enfermedades de la mente o como deformidades morales", producto de "la influencia nerviosa y de la debilidad cerebral" (Castera, 1987, p.
La experiencia manicomial, entonces, dotó al escritor tanto de los conocimientos "médicos" como de la legitimidad cultural necesarios para validar el tratamiento literario de dichos malestares, con el objetivo de "depurar la conciencia y [...] dilatar nuestras facultades [,] ennobleciéndolas" (Castera, 1987, p.
El creador lograría tan alto cometido por medio de la generación de impresiones contrastivas, que conmoverían al lector y disciplinarían sus emociones mediante el miedo a la locura y al crimen; en palabras del narrador: Las antítesis, en la vida moral, son semejantes a los estudios de sombras en la pintura o en el grabado; de aquí la contemplación de esos cuadros que, como las aguas fuertes, son más bien el estudio de las líneas y de los tonos, con una sola base: el color negro, o lo que es igual, la ausencia de todos los colores; del fondo sombrío viene a desprenderse la luz y a convertirse entonces en otro nuevo género de estudio: el estudio del claroscuro (Castera, 1987, p.
Aunque, como hemos analizado a lo largo de este trabajo, el ingreso del escritor Pedro Castera al manicomio se produjo en el contexto de un litigio legal, las diferentes lecturas que se dieron al hecho tuvieron consecuencias muy diversas para el autor; de esta suerte, mientras que en el ámbito político su supuesta pérdida de la razón lo inhabilitó para seguir cumpliendo con sus actividades públicas y legislativas, a las cuales nunca más se reincorporó, en el ámbito literario su locura fue leída a la luz de las ideas referentes a la genialidad y al arte que imperaban en la época, pero también, importa decirlo, de las tensiones entre las narrativas de diversos campos en pugna por la hegemonía cultural, producto de los reacomodos sociales que provocó el complejo fenómeno de la modernidad en un país que hacía intentos desesperados por ingresar al orden mundial.
Desde tal perspectiva, la locura melancólica de Castera fue una importante advertencia para los lectores sobre la delgada línea que separaba la salud de la enfermedad mental, en el contexto desarrollista del México finisecular.
12 Ante la inconformidad de amplios sectores de trabajadores por la puesta en circulación de la moneda de níquel, que afectaba principalmente la economía de los comerciantes, en la Ciudad de México se organizaron diversos movimientos de protesta popular reunidos en los mercados de la Merced y del Volador, que rechazaban la moneda y buscaban poner fin a la devaluación, al alza de los precios y a la recaudación de nuevos impuestos.
14 "La recepción de la monomanía en los tribunales mexicanos durante la segunda mitad del siglo xix", texto presentado en el III Coloquio del Seminario Interdisciplinario en Salud Mental.
La circulación, recepción y reinterpretación de saberes "psi", siglos xix-xx, en el 2016.
Agradecemos a la Dra.
Sacristán habernos proporcionado el impreso.
15 En esa lógica discursiva, el periódico gubernamental El Diario Oficial ratificó la versión de que el poeta era "víctima de una perturbación mental" y, por consiguiente, debía permanecer en el nosocomio con la garantía de que estaba recibiendo las mensualidades correspondientes en su calidad de servidor público.
4 31 Al respecto, cabría señalar que la generación de escritores anterior a la de Castera, la del nacionalismo cultural, participó activamente en el diseño, real y simbólico, de las instituciones que sentaron las bases del Estado liberal mexicano después de la caída de Imperio de Maximiliano en 1867.
Durante ese periodo, el ejercicio de las letras les permitió a muchos autores, además de escribir en diversos medios impresos y gozar del usufructo de sus obras, colaborar de manera directa con las altas esferas políticas y sociales, desempeñando distintas funciones -ya fuera como militares, ministros de Justicia, secretarios de Estado o diputados en el Congreso de la Unión-, por las cuales también recibieron una remuneración económica.
Con las transformaciones emanadas del fenómeno modernizador, los creadores fueron desplazados hacia otros campos, como los del periodismo y la docencia, para conseguir su sustento (Gutiérrez, 1987, pp. 496-499).
De acuerdo con Ángel Rama, aquel proceso terminó diversificando las actividades profesionales de los escritores, quienes "encontraron que podían ser 'reporters' o vender artículos a los diarios, vender piezas a las compañías teatrales, desempe-ñarse como maestros pueblerinos o suburbanos, escribir letras para las músicas populares, abastecer los folletines o simplemente traducirlos, producción suficientemente considerable como para que al finalizar el siglo se establecieran las leyes de derecho de autor y se fundaran las primeras organizaciones destinadas a recaudar los derechos intelectuales de sus afiliados" (Rama, 1984: 74-75). |
El presente artículo identifica y propone cinco claves a tener en cuenta para analizar la recepción y desarrollo del psicoanálisis en la España del segundo franquismo y la Transición: 1) la ausencia -o muy escasa presencia-de referencias psicoanalíticas en la producción psiquiátrica de los años cincuenta y sesenta; 2) las conexiones entre psicoanálisis, antipsiquiatría y estructuralismo; 3) la importancia de la llegada a España de Oscar Masotta, y su psicoanálisis "laico", en la consolidación de un discurso y una práctica psicoanalítica al margen de la IPA; 4) el peso de los psicoanalistas argentinos llegados al estado español tras el golpe de estado en su país; y
En 1984, José Gutiérrez Terrazas publicaba en la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría un artículo titulado "Apuntes para un estudio sobre la historia del psicoanálisis en España" en el que abogaba por la necesidad de estudiar la recepción del psicoanálisis en España mediante trabajos históricos y reflexiones conceptuales que permitieran dar cuenta de la acogida y el desarrollo específicos que el descubrimiento del psicoanálisis ha tenido en nuestro país (Gutiérrez Terrazas, 1984).
En la actualidad, a casi 35 años de aquella llamada de atención, el estado de la cuestión en torno al psicoanálisis es muy diferente; a los muy meritorios trabajos de Carles et al. (2000) o de Druet (2006) sobre la recepción institucional del psicoanálisis hay que añadir otras aportaciones recientes que marcan el acento en los usos del psicoanálisis en ámbitos diversos (criminología, sexualidad, etc.) y que están demostrando que su presencia -la del psicoanálisis-en España no fue tan limitada como se había supuesto (Lévy, 2016a;2016b; Lévy y Huertas, 2018).
En todo caso, siguen existiendo lagunas historiográficas importantes y una bibliografía relativamente escasa si la comparamos con otros aspectos de la historia de la psiquiatría y la psicología en España (Lázaro y Bujosa, 2000).
Unas carencias que se hacen aún más notorias si nos preguntamos sobre el papel desempeñado por el psicoanálisis lacaniano en el cambio de la cultura psi que tuvo lugar durante el franquismo y la Transición; momentos de transformaciones sociales importantes, pero también de muy significativas novedades en la relación entre psiquiatría y psicoanálisis y en la articulación de sus encuentros y desencuentros.
Nuestra intención en las páginas que siguen es valorar, y proponer, algunos de los elementos, o de las "claves", que habría que tener en cuenta para un estudio de la recepción del psicoanálisis en la época mencionada.
Si bien es cierto que, en general, la figura y la obra de Sigmund Freud ha sido la referencia fundamental para abordar la recepción y el desarrollo del psicoanálisis en las primeras décadas del siglo XX, la aparición de un pensamiento post-freudiano cada vez más rico y novedoso, viene a modular, de manera determinante, este tipo de estudios.
La figura de Jacques Lacan aparece como un nuevo referente ineludible, aunque no único, en el impulso que el psicoanálisis recibe en la segunda mitad de la centuria.
Para el caso español, la última etapa de la dictadura franquista y los años de la llamada Transición democrática configuran un escenario en el que nos parece posible identificar al menos cinco claves preliminares, cinco posibles caminos sobre los que transitar para analizar la presencia del psicoanálisis y sus peculiaridades concretas en un país sometido a un importante proceso de cambio político, social y cultural.
Estas cinco claves podrían quedar sistematizadas del siguiente modo.
Según relata Anna-Cécile Druet (2014), sin duda la autora que mejor ha estudiado hasta el momento la recepción de Lacan en España, fue en el Instituto Pere Mata de Reus y de la mano de Francesc Tosquelles donde se leyó y comentó por primera vez en el estado español la obra del psicoanalista francés y, concretamente, su tesis doctoral De la psychose paranoïaque dans ses rapports avec la personnalité, en la que como se sabe se describe una paranoia de autocastigo a propósito del caso Aimée.
Llama la atención que el curso que Tosquelles organizó en el Pere Mata sobre los contenidos de la tesis de Lacan se celebró en 1932, el mismo año de su presentación en París, lo que denota la actualización de los psiquiatras catalanes, a quienes les llegó el texto a través del historiador y médico de Reus Salvador Vilaseca (Tosquelles, 1975: 98).
Sin embargo, tras este episodio puntual, durante los años siguientes la obra de Lacan aparece ausente en la literatura psiquiátrica española al menos hasta 1960.
En los años cincuenta aparecen muy breves alusiones a este autor, como las de Henri Ey, el carismático psiquiatra francés que intentó, a través de un enfoque que denominó organodinamismo (Prats, 2001) un peculiar acercamiento entre la psiquiatría y el psicoanálisis (Garrabé, 1997).
Ey publicó en las Actas Luso-española de Neurología y Psiquiatría, la revista fundada y dirigida por López Ibor, un artículo a la vez histórico y teórico, sobre la psiquiatría francesa durante la primera mitad del siglo XX, en el que se alude a Lacan como una figura relevante del psicoanálisis francés (Ey, 1950); también en la revista que dirigía Ramón Sarró en Barcelona, en un artículo que refleja en buena medida la influencia de un pensamiento francés más amplio -las reminiscencias de la obra de Canguilhem por ejemplo-, se cita brevemente a Lacan como una figura destacada del panorama psiquiátrico y psicoanalítico francés (Ey, 1954).
El propio López-Ibor, autor de La agonía del psicoanálisis (1951), llegó a publicar una reseña de un libro de Hécaen y Ajuriaguerra (1952) en la se refería a la imagen especular del niño -al concepto lacaniano del estadio del espejo-pero, tal como apunta con agudeza Anne-Cécile Druet (2014: 2), López-Ibor se limita a reproducir casi textualmente los contenidos del libro reseñado (López-Ibor, 1953: 361), lo que le lleva a aventurar que los comentarios sobre Lacan del reputado psiquiatra español no eran consecuencia de una lectura directa de su obra.
A finales de la década de los cincuenta Lacan asistió al IV Congreso Internacional de Psicoterapia, celebrado en Barcelona, y en el que pronunció una conferencia titulada "La psychanalyse vrai et la fausse".
Dicho congreso, organizado por Ramón Sarró, tuvo lugar entre el 1 y el 7 de septiembre de 1958 y es el primer encuentro internacional de psiquiatría celebrado en el estado español después de la guerra civil.
Si en 1950, en el I Congreso Mundial de Psiquiatría, los psiquiatras que permanecieron en el país y los del exilio se habían encontrado por primera vez en un foro científico tras la contienda (Jordá, Rey, Angosto, 2007), ahora son las primeras figuras de la medicina mental europea las que acuden a Barcelona: Minkowski, Ey, Binswanger, y un largo etcétera de especialistas entre los que se contaba Lacan.
Es evidente que un evento de estas características legitimaba al Régimen, lo que explica la gran cobertura informativa en la prensa o en el NODO, pero también la cuota local e ideológica impuesta por los organizadores: conferencia inaugural de Sarró, sección de psicoterapia y religión (inexistente en los congresos anteriores de Leiden, Londres y Zúrich), así como los amplios espacios dedicados en la prensa a comentar las intervenciones de los ponentes españoles, de López Ibor por ejemplo, en detrimento de los extranjeros.
En este contexto, la intervención de Lacan pasó bastante desapercibida, pero como las de otros especialistas.
Su ponencia tampoco fue publicada en las actas del congreso que acabaron apareciendo en la Revista de Psiquiatría y Psicología Médica de Europa y América Latinas, dirigida por Sarró, y no en Acta Psychotherapeutica Psychosomatica et Orthopaedagogica, como las del congreso anterior.
Se ha especulado sobre las razones de la ausencia del texto de Lacan en las actas del congreso: censura política -difícil de sostener pues se trata de un texto muy teórico-; censura de la IPA -asimismo improbable, pues Lacan fue expulsado de la IPA, junto a Daniel Lagache y Françoise Dolto algunos años más tarde, en 1963-; olvido o extravío del documento, pero lo cierto es que las ponencias y comunicaciones publicadas fueron aproximadamente la mitad que las presentadas (Druet, 2014).
Sea por criterios de selección, por dificultades organizativas, o por cualquier otra razón, lo cierto es que Lacan no fue el único autor cuya ponencia está ausente en dichas actas.
Merece la pena señalar, asimismo, que Lacan todavía no era, en los años cincuenta, la figura indiscutible en la que se convertirá en la década siguiente.
Recuérdese que sus Écrits aparecen en Francia en 1966 y que el Seminario 11, el que inicia la enseñanza propiamente lacaniana, es de 1964.
Por eso, no tiene por qué sorprendernos las muy escasas referencias a Lacan en la literatura psiquiátrica española anterior a 1960.
Es cierto que comenzaba a ser un autor conocido y respetado en Francia, donde la vitalidad del psicoanálisis no puede compararse con su más que discreta presencia en España.
Salvo algunas notables excepciones localizadas en ámbitos que no son los estrictamente clínicos (Lévy, 2016b), la psiquiatría oficial española fue, en la época que nos ocupa, bastante displicente con el psicoanálisis.
Tan solo Ramón Sarró, cuyo interés por el mismo había ido decayendo (Sarró, 1956), intentó construir una psiquiatría antropológico-existencial en la que cabría el "rescate" de algunos postulados psicoanalíticos (Sarró Maluquer, 2006).
Como indica Silvia Lévy (2016b: 146), los autores más citados en España fueron precisamente los que se habían alejado del psicoanálisis freudiano más ortodoxo para fundar otras escuelas o corrientes como la psicología individual de Adler o la psicología profunda de Jung, de contenidos más filosóficos y existenciales que sintonizaban mejor con los postulados de la psiquiatría hegemónica.
Una psiquiatría que tuvo en la escuela de Heidelberg uno de sus referentes fundamentales y en la que autores como Karl Jaspers o Kurt Schneider fueron muy útiles para establecer un marco teórico que permitía, de la mano del primero oponerse tanto al psicoanálisis como al marxismo, y gracias al segundo disponer de un acabado sistema conceptual psiquiátrico (González de Pablo, 1987;2016).
Un sistema que podía aceptar algunas reminiscencias freudianas en el campo de la medicina psicosomática de Rof Carballo (Martínez López, 2008) o en la clínica de la neurosis, pero que, en lo referente a la locura propiamente dicha -a las psicosis-jamás contemplará el cruce entre psiquiatría y psicoanálisis que podían representar autores como Melanie Klein o Wilfred Bion, totalmente ausentes de las publicaciones psiquiátricas españolas, o como, por supuesto, Jacques Lacan.
Vemos, pues, como los silencios en torno a algunos autores, su ausencia -o su muy limitada presencia-en las bibliografías, aunque pueden responder a razones muy diversas, ofrecen claves interpretativas que nos permiten valorar escenarios complejos en los que lo que no se dice cobra su importancia frente a lo que se dice.
A finales de los años sesenta tienen lugar, como es sabido, novedades sociales y culturales importantes en el panorama nacional e internacional.
Aunque de manera todavía limitada, el interés por un nuevo psicoanálisis empieza a detectarse en determinados núcleos de producción intelectual.
En una fecha tan emblemática como 1968, se publica el que probablemente es el primer trabajo en castellano que analiza la obra de Lacan.
Se trata de "Estructuralismo y psiquiatría" y su autor es un joven Josep Lluís Martí-Tusquet (1968), por aquel entonces colaborador de Sarró.
El interés de este último por el estructuralismo es de sobra conocido, lector de Lévi-Strauss, pero también de Foucault, Althuser, Barthes o Saussure, fue uno de los organizadores del seminario sobre estructuralismo que en ese mismo año de 1968 se celebró en el Instituto Francés de Barcelona, en colaboración con la cátedra de Psiquiatría de la Universidad de Barcelona.
El aludido trabajo de Martí-Tusquet es, en realidad, el comentario de una de las sesiones de dicho seminario, pero su interés por su obra le llevó no solo a invitar y recibir, junto con Sarró, a Lacan en Barcelona en 1972 -con motivo de su conferencia en la sesión inaugural de la Asociación de Psiquiatría de la Academia de Ciencias Médicas (Druet, 2014)-, sino a integrar el análisis estructural del psicoanálisis lacaniano a su reflexión sobre las instituciones psiquiátricas (Martí-Tusquets, 1971).
Resulta muy interesante la relación que este autor establece entre la tesis lacaniana del inconsciente estructurado como un lenguaje y su aplicación a las comunidades terapéuticas (Martí-Tusquets, 1972a;1972b), lo que nos permite establecer un nexo entre una determinada lectura de Lacan y los planteamientos antipsiquiátricos y de crítica institucional de la época.
Martí-Tusquet es, sin duda, un autor interesante cuyas aportaciones merecerían un estudio en profundidad; baste aquí recordar que además de ser un referente de la psiquiatría social en los años setenta (Martí-Tusquets y propició la publicación en castellano tanto de La institución negada de Franco Basaglia (1972), como del primer texto de Lacan (1970) publicado en España.
Una manera de comprobar que, al menos en parte y durante este periodo, hubo núcleos comunes de recepción de psicoanálisis y antipsiquiatría, sobre los que merecería la pena profundizar.
Una tercera clave fundamental para entender el desarrollo del psicoanálisis en la España de la Transición tiene nombre propio: Oscar Masotta.
Aunque existe una amplia bibliografía sobre este autor (García, 1980; Correas, 1991; Izaguirre, 1999; Scholten, 2001), y su papel en una cierta consolidación del psicoanálisis en España ha sido apuntado con acierto (Druet, 2017), sería necesario un estudio en profundidad de la labor desarrollada por Masotta en España, así como su significación y alcance.
Masotta, una figura singular pues no era médico, ni psicólogo (las dos profesiones aceptada por la IPA), llega a Europa con un reconocido prestigio forjado en Argentina.
Maestro, ensayista, intelectual de izquierdas y, en general, hombre de la cultura, había desarrollado en su país de origen una extensa labor de difusión del psicoanálisis lacaniano en distintos ámbitos culturales.
La obra de Masotta recorre la crítica literaria, la filosofía, la semiología, pero también el arte pop (Masotta, 1967a) o el happening (Masotta, 1967b), y el comic, como organizador de la Primera Bienal Mundial de la Historieta (Gandolfo, 2013) y como autor de una obra específica (Masotta, 1970), todo ello como antesala de lo que serán sus ulteriores desarrollos en la difusión del psicoanálisis.
No cabe duda que estos antecedentes le permitieron desempeñar un papel fundamental como promotor de un fecundo diálogo entre el psicoanálisis y el mundo de la cultura.
Tras fundar en 1974 la Escuela Freudiana de Buenos Aires, viajó a Londres primero y a Barcelona más tarde donde terminó instalándose en 1976, el mismo año del golpe de Estado que dio lugar a la dictadura militar en Argentina y, consecuentemente, muy poco antes de que empezaran a llegar al estado español profesionales argentinos que huían del terrorismo de Estado implantado en su país.
En 1977 se funda de manera oficial la Biblioteca Freudiana de Barcelona en la que Masotta y sus co-laboradores ponen en funcionamiento un sistema de difusión y enseñanza del psicoanálisis muy similar al que había propuesto unos años antes en Argentina y que, según Germán García, estaba compuesto por "intelectuales excluidos de la universidad (Masotta es uno de ellos), psicólogos excluidos del Psicoanálisis y Médicos sin didáctico, sobre la base de una economía asentada en los grupos de estudio y/o la derivación surgida de los mismos" (García, 1983, p.
A partir de ese momento, Masotta viaja por todo el país dictando conferencias, estableciendo lazos con otros grupos (sobre todo en Galicia y Andalucía) y creando un tejido de instituciones, grupos y discípulos.
Es evidente que el refuerzo que supuso la llegada del importante contingente de psicoanalistas argentinos exiliados, a los que nos referiremos en el siguiente apartado, contribuyó a que estas iniciativas adquiriesen solidez y proyección, y a una relativa consolidación de un discurso y unas prácticas psicoanalíticas al margen de la IPA, a la que se sumaron discípulos españoles.
A toda esta labor organizativa habría que añadir una producción teórica específica, con obras, editadas en Buenos Aires y en Barcelona, que difunden, analizan e interpretan la obra de Lacan (Masotta, 1977a;1977b;1980;1982) y cuyo estudio pormenorizado permitiría valorar la posición de nuestro autor en la historia del pensamiento psicoanalítico.
Concluyamos afirmando que el "efecto Masotta", que aquí nos hemos limitado a apuntar, aparece como un elemento clave, como un vector que amplía horizontes en la escena analítica.
A partir de aquí cabe preguntarse, ahora sí con propiedad, sobre el papel desempeñado por el psicoanálisis en la cultura psi de aquellos años en España, para lo cual, obviamente, hizo falta no solo la influencia de una figura carismática, sino todo un movimiento colectivo.
LA IMPRONTA DEL EXILIO ARGENTINO
La brutal represión que se desencadenó tras el golpe de Estado de 1976 en Argentina afectó también al sector de la salud mental (Stagnaro y Conti, 2017).
La Federación Argentina de Psiquiatras (FAP) fue incluida en la lista oficial de organizaciones subversivas y también fueron perseguidos, asesinados y detenidos-desaparecidos otros profesionales de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA) y de la Federación de Psicólogos de la República Argentina (FREPA) (Carpintero y Vainer, 2005).
La llegada de un número importante de psicoanalistas argentinos a España, en condición de exiliados, precisamente en un momento de cambio social y cultural tan significativo, ejerció una impronta trascendental durante la Transición democrática.
Aunque se desconoce el número de psicoanalistas argentinos que llegaron a España, algunos autores lo han llegado a considerar como una "avalancha" (Averbach y Teszkiewicz, 2001).
Nuevamente es Anne-Cécile Druet la investigadora que con más solidez ha estudiado este fenómeno; según esta autora, a partir de la llegada de los psicoanalistas argentinos, cualquier grupo de estudio, asociación o iniciativa cultural relacionada con el psicoanálisis en Madrid o Barcelona era altamente probable que incluyera al menos un argentino (que, de hecho, también era probable que fuera su principal organizador).
En cuanto a cualquier grupo o actividad relacionado más específicamente con el lacanismo, la probabilidad de que su líder o promotor fuera alguien que hablaba con acento de Buenos Aires era aún más alto (Druet, 2012: 244).
La figura del psicoanalista argentino se convirtió en un tópico que fue asimilado en el imaginario colectivo de un país que se abría con avidez a las novedades culturales.
No es que en España existiera un desierto psicoanalítico que ahora venía a rellenarse.
Son conocidos los esfuerzos que, desde los años cincuenta y sesenta, estaban realizando, entre otros, Jerónimo Molina Nuñez -discípulo de Ángel Garma-y Ramón Portillo en Madrid, o de Pere Bofill, Pere Folch y Julia Corominas, fundadores de la Sociedad Luso-Español de Psicoanálisis en 1959, que lograron el reconocimiento de la IPA (Carles et al., 2000).
Sin embargo, la llegada de la "avalancha" de psicoanalistas argentinos introdujo novedades importantes al menos en tres niveles de análisis: en primer lugar, la introducción de la orientación teórica lacaniana; en segundo lugar, la difusión del psicoanálisis como objeto cultural de largo alcance, pues los analistas argentinos intentaron recrear en España los intercambios entre el psicoanálisis y la esfera sociocultural tal como habían hecho en su país.
No lo consiguieron, al menos con el alcance que llegó a tener en Buenos Aires, pero no se pueden olvidar los ecos culturales del lacanismo en España, con la creación de publicaciones como la Revista de literatura o Diwan (Druet 2008); finalmente, en tercer lugar, como ya hemos comentado en un apartado anterior, existió un notable interés por el psicoanálisis por parte de profesionales críticos implicados o comprometidos en las luchas políticas del tardofranquismo.
Sin embargo, este interés se centraba en el uso subversivo que las interpretaciones y las prácticas psicoanalíticas pudieran tener, por eso, cuando se acercaron a los grupos españoles integrantes de la IPA debieron chocar con la rígida estructura jerárquica de los guardianes de una ortodoxia -burguesa, paternalista y convencional-que, además, había sabido convivir, aunque de modo subalterno, con la dictadura franquista.
No es de extrañar, pues, que el halo de exiliados políticos y la práctica de un psicoanálisis "laico" por parte de los profesionales argentinos, propiciara una aproximación a los mismos de al menos parte de las generaciones más jóvenes de psiquiatras y psicólogos.
En este marco, resulta imprescindible señalar la febril actividad de este colectivo de psicoanalistas latinoamericanos y las numerosas iniciativas institucionalizadoras que protagonizaron.
En Barcelona, antiguos discípulos y colaboradores de Masotta se reencontraron con su maestro y consolidaron un grupo importante e influyente.
Así, como ya se ha indicado, el propio Masotta fundó en 1977 la Biblioteca Freudiana de Barcelona y Germán García, continuador de la labor de Masotta desde su fallecimiento en 1979, puso en marcha la Escuela de la Biblioteca Freudiana de Barcelona dos años más tarde.
En Madrid también existieron iniciativas similares, como el Ateneo Freudiano de Madrid, creado en 1983 por Miriam Chrorme y Gustavo Dessal, o el grupo Analytica fundado en Madrid en 1979 y coordinado por José León Slimobich.
Destaquemos, asimismo, algunas publicaciones específicas que vieron la luz a primeros de los ochenta, entre las que encontramos Panthema, editada conjuntamente en Madrid, Pamplona y Granada, que fue el órgano de expresión de Analytica, pero sobre todo, la revista Sinthoma, editada en Barcelona y Serie Psicoanalítica en Madrid, ambas con un recorrido efímero, tan solo se publicaron entre 1981 y 1983, pero no por ello dejan de ser dos productos genuinos del fenómeno que estamos considerando.
La primera conservaba el espíritu del psicoanálisis de Masotta, sus directores fueron Germán García y Jorge Jinkis y pretendió ser una revista no solo teórica sino accesible a un público general, una revista cultural de orientación psicoanalítica (lacaniana) en la que se publicaban textos de Lacan o del propio Masotta, pero también artículos teóricos, comentarios de libros, etc. La mayor parte de los autores son argentinos, aunque psicoanalistas de Barcelona, como Miquel Bassols o Vicente Palomera, colaboraron activamente con este proyecto.
Ambos, junto a otros colegas catalanes, pusieron en marcha en 1983 la revista Otium diagonal que, editada por la Escuela Psicoanalítica de Barcelona, puede considerarse ya una iniciativa española, como lo fue la Biblioteca Galega de Estudios Freudianos, creada por los psicoanalistas lacanianos José Rodríguez Eiras y Fe Lacruz (1983), el primero de los cuales ejerció sus primeros años como psiquiatra en Oxford, donde conoció a Masotta y favoreció sus asentamientos en España.
Por su parte, Serie Psicoanalítica, fundada y dirigida por Jorge Alemán y Sergio Larriera en Madrid, tuvo una orientación un poco diferente, en la medida que primó la reflexión filosófica y epistemológica y dio cabida en sus páginas a autores que no necesariamente formaban parte del ámbito estrictamente psicoanalítico, como los filósofos Víctor Gómez Pin, Javier Echevarría o Agustín García Calvo.
En ocasiones se propiciaron debates entre filósofos y psicoanalistas, como el protagonizado por Gustavo Bueno y Gustavo Dessal (1983).
Es interesante, asimismo, la alusión directa a la cultura española al publicar el célebre texto de Ortega y Gasset "Psicoanálisis, ciencia problemática", seguido de un amplio análisis titulado "Discurso Científico y Discurso Psicoanalítico" a cargo de Jorge Alemán (1981).
La nómina de revistas psicoanalíticas aparecidas en la década de los ochenta puede ampliarse a otras cuantas: Ornicar? (versión castellana de la publicación francesa); la Revista Catalana de Psicoanálisi y la Revista de Psicoanálisis de Madrid (la primera lanzada por un grupo español reconocido por la IPA); Escansión (editada por Paidós en Buenos Aires y Barcelona); L'acudit (publicada íntegramente en catalán), etc. Todas ellas aparecen en el estudio descriptivo realizado por Druet (2007), un detallado trabajo de compilación documental que facilitará, sin duda, futuras investigaciones que estudien, interpreten y comparen los distintos núcleos de producción psicoanalítica a través de sus órganos de expresión.
Soportes de conocimiento que surgen, en un primer momento y como hemos visto, por iniciativa -en general-de los psicoanalistas argentinos exiliados.
Con todo, una característica de todas estas publicaciones fue, como hemos apuntado, su muy efímera vida, la mayoría se editaron durante un lapso de tiempo muy corto (dos o tres años), dando lugar a colec-ciones de tan solo tres o cuatro números.
A pesar del escaso material generado su conjunto constituye una fuente muy valiosa para apreciar la senda que el discurso y las corporaciones psicoanalíticas iban tomando en la España de la Transición.
Sin embargo, es en otra revista, fundada también en 1981 por profesionales de la salud mental españoles, donde con más claridad puede valorarse la presencia del psicoanálisis en un espacio de reflexión que supo ser un punto de encuentro de ideas y culturas psi: la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría.
LA REVISTA DE LA ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE NEUROPSIQUIATRÍA: SABERES PARCIALES
En el congreso de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, celebrado en Sevilla en 1977, tuvo lugar lo que se dio en llamar "la toma de la AEN", entendiendo como tal la llegada a la Junta Directiva de una candidatura mayoritariamente de izquierdas con un programa que propiciaría los cambios estatutarios necesarios para renovar la Asociación y convertirla en interlocutora de los poderes públicos en aspectos asistenciales, legislativos, etc. (Lázaro, 2000: 474; González de Chávez, 2003; Huertas, 2017).
En un primer momento, se puso en marcha la publicación de un Boletín, pero a partir de 1981, tras el congreso de 1980 en Madrid, con Manuel González de Chávez como presidente de la AEN y Manuel Desviat como vocal de publicaciones, comenzó a editarse la Revista de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, dirigida por Desviat desde su fundación hasta 1987.
Como órgano de una asociación profesional, el enfoque y la línea editorial de la revista ha ido cambiando -o se han ido matizando-dependiendo de las distintas juntas directivas, directores y consejos de redacción que se han ido sucediendo, si bien puede decirse que siempre ha sido una publicación abierta a los distintos grupos profesionales, escuelas y tendencias que conviven en la Asociación y que su contenido refleja lo que ha sido una de las señas de identidad de la AEN: compromiso con la sociedad frente a la falacia cientificista, independencia, interdisciplinariedad, la defensa de la sanidad pública y una enseñanza y una investigación ligadas a la práctica (Fernández Liria, 1999).
Desde sus comienzos, la nueva publicación se convirtió en un punto de encuentro entre la psiquiatría y el psicoanálisis.
El primer editorial, aparecido en el número 0 de la revista deja claro el talante de Manuel Desviat y su consejo de redacción:
Hay saberes parciales, andamiajes conceptuales que nos permiten aproximarnos al conocimiento de las cosas.
Más aún en Psiquiatría, en Psicología, en Psicoanálisis, en cuanto que lo psíquico nos introduce en categorías situadas fuera del horizonte de la conciencia, en otra lógica difícilmente asimilable.
Este es nuestro primer presupuesto.
De ahí partimos, ajenos a todo reduccionismo, sea cual sea su signo, su ideología.
Una multiplicidad de determinaciones da cuenta del hecho psíquico, del sufrimiento psicológico y del entramado social que constituye en cada época las Instituciones de la Salud Mental (Editorial, 1981: 1).
Pues bien, el psicoanálisis, uno de esos saberes parciales, va a tener una presencia destacada en las páginas de la revista.
Una revista en la que se aludirá a Lacan y a otros referentes del psicoanálisis con naturalidad, y en la que el interés por el psicoanálisis se alejará de los círculos específicos para iniciados, convirtiéndose en interlocutor de la psiquiatría y en elemento importante para pensar la psicopatología en el marco de una cultura psi que se iba ensanchando al menos en algunos ámbitos.
Resulta imposible aquí analizar con cierta profundidad las aportaciones de contenido psicoanalítico publicadas en la Revista de la AEN, que sin duda deberían ser objeto de una investigación específica y detallada, pero si nos fijamos tan solo en sus primeros números podemos identificar una tendencia clara.
Ya en el aludido no 0 la presencia del psicoanálisis resulta muy significativa.
Inmediatamente después del Editorial al que nos hemos referido, el filósofo Víctor Gómez Pin (1981) abre con una "Justificación del Edipo" a partir de los Tres ensayos sobre teoría sexual de Freud, artículo al que sucede una "Reflexión en torno a la diferencia de los sexos" de Francisco Pereña (1981a), que se apoya en Freud y Lacan fundamentalmente, un tema que retornará en un trabajo posterior sobre "Freud y la sexualidad femenina" (Pereña, 1981b).
A estos trabajos más teóricos hay que añadir el diálogo sobre la supervisión y su sentido en la formación de los psicoanalistas (Redondo, 1981a) o el artículo sobre el síntoma psicosomático en la infancia, en el que Freud y Lacan, pero también Dolto, Winnicott, Mannoni, Lebovici o Ajuriaguerra forman parte de un aparato crítico de clara orientación dinámica (Pedreira y Menéndez, 1981).
Destaquemos también cómo en números ulteriores se insiste en mostrar que "lo psicoanalítico está creciendo en nuestro medio", así lo afirmaba Pilar de Miguel (1981: 48) cuando denota el interés por "una formación que durante largo tiempo ha tenido escasa difusión en nuestro país".
Lo hace entrevistando a Fanny Elma de Shult, psicoanalista argentina perteneciente al contingente desplazado en la década de los 70 que llevaba trabajando los últimos cinco años en Madrid y Barcelona, lo que confirma una vez más la importancia otorgada al psicoanálisis latinoamericano en los medios españoles.
Menos clínico y más cultural puede considerarse el "Comentario psicoanalítico de una autobiografía infantil: Les Mots, de Jean Paul Sartre" a cargo de Salvador Mascarell (1981), propuesta que estaría en sintonía con los esfuerzos por ampliar el discurso analítico más allá de la esfera de la práctica psiquiátrica o psicopatológica.
Una sección interesante de la revista, que nos ofrece información sobre la difusión del psicoanálisis en este espacio, es la Crítica de libros.
Aunque las obras reseñadas son diversas, para el caso que nos ocupa, cabe citar, por ejemplo, el comentario de Fernando Colina (1981a) a una edición argentina de las Memorias de Schreber, una obra que pasando los años sería objeto de estudio -en colaboración con José María Álvarez (Álvarez y Colina, 2012)-y de edición por el autor de esta reseña en una de las colecciones de la AEN (Schreber, 2003).
Asimismo, en los primeros números de la revista se informa de una traducción castellana de La teoría como ficción de Maud Mannoni (Redondo, 1981b), o de la conferencia en la Sociedad Psicoanalítica de Viena dictada en 1936 por Otto Fenichel -la recuperación de un clásico-y aparecida en el libro titulado Problemas de la técnica psicoanalítica (Redondo, 1981c).
Especial interés tiene, a nuestro juicio, la reseña de Francisco Pereña de las Cinco conferencias caraqueñas sobre Lacan de 1979, realizada por su discípulo (yerno y más tarde albacea), quien ya estaba en ese momento tomando el lugar de máximo representante del movimiento lacaniano, Jacques-Alain Miller.
Esta figura no es cualquiera en el lacanismo en general -por como continuó la historia hasta nuestros días-, ni en particular en España por cómo se desarrolló y consolidó la orientación lacaniana a la muerte de Masotta.
Esto ya es otra historia, pero lo que se debe resaltar en este momento es que en esas Cinco Conferencias desarrolladas en Caracas (último destino Internacional de Lacan) Miller expone los elementos fundamentales de la teoría de Lacan desde la epistemología y el lenguaje, hasta la transferencia (Pereña, 1981c).
Esta última reseña viene a enlazar, en cierto modo, con un artículo del propio Pereña, publicado en el número siguiente de la Revista de la AEN, en el que con el título "Presentación de Lacan" realiza una hermosa declaración de fundamentos al decir que "Lacan merece ser leído sin profetas pues nadie posee su justa interpretación.
El testimonio de Lacan no tiene herederos, no hay lacanianos" (Pereña, 1981d: 8).
No es difícil imaginar en estas palabras una especie de respuesta -de resistencia-al monopolio milleriano, máxime cuando este autor demostrará, en su posterior trayectoria, un pensamiento independiente y creativo que ha dado lugar a una amplia producción (Pereña, 2001;2002;2006).
La recepción de Lacan en las páginas de la Revista de la AEN tuvo también otras expresiones, como en el artículo de Fernando Colina "Del amor y otras psicosis", con un claro guiño al psicoanálisis lacaniano: "Si el Yo es el síntoma (Lacan), el amor es nuestra enfermedad, nuestra psicosis" (Colina, 1981b: 57).
Al igual que Francisco Pereña, Fernando Colina, que asumió la dirección de la revista más tarde (entre 1994 y 1999), será otro de los baluartes del psicoanálisis en la AEN.
No deja de resultar esclarecedor, y por demás interesante, que dos de los colaboradores más activos de la Revista de la AEN, introductores del psicoanálisis en España a través de este soporte se convirtieran más tarde en intelectuales reconocidos y referentes importantes de una determinada manera de entender la clínica psicopatológica y las relaciones entre subjetividad y cultura.
No fueron los únicos, la contribución de María Redondo fue importante en los primeros años de la revista, así como la de Vicente Mira, que llegó a ser traductor de Lacan y Presidente de la Asociación de Psicoanálisis del Campo Lacaniano.
De entre sus colaboraciones en la revista destacaremos sus "Reflexiones en torno a la violencia infantil", en las que además de Lacan, recurrirá a Klein y Winnicott (Mira, 1981).
Como se ve, y tan solo hemos revisado los números correspondientes al primer año, la Revista de la AEN constituye sin duda una fuente de primer orden para la historia del psicoanálisis en la España de la Transición.
Una fuente que permite, además, valorar el papel que termina desempeñando el psicoanálisis en un marco teórico y profesional alternativo y reformista.
Un texto clave en este sentido es el que firma el propio director de la revista sobre "Psiquiatría y po-lítica en España: La salud mental en el marco de la salud pública".
Manuel Desviat analiza en este artículo la situación española -como antesala de la reforma que se iniciará en 1985-, reconociendo y reivindicando la ruptura provocada por Freud antes del "equívoco término de antipsiquiatría", toda vez que "la ruptura de esa precisa taxonomía que establecía los límites entre lo normal y anormal, está ya en Freud en la medida que demuestra que el paciente psíquico se inscribe en una psicología del mismo orden que el considerado sano" (Desviat, 1981: 113).
Una última reflexión, en espera de una investigación más detallada al respecto, nos la suscita un texto sobre "La formación de los médicos residentes en psiquiatría.
Acerca de la enseñanza del psicoanálisis" (Leal, Pereña y Redondo, 1982).
Se trata, en realidad de dos aportaciones publicadas en la sección de Debate; el primero, firmado por Fernando Leal, despliega el tema de la formación de psiquiatras, sus directrices y condiciones del momento; el segundo, de la mano de nuevamente de Francisco Pereña y María Redondo (colaboradores asiduos de los primeros números), discuten el lugar del psicoanálisis en la ciencia, o dicho de otro modo, analizan la enseñanza del psicoanálisis y su estatuto científico.
En el índice de la revista aparecen juntos los títulos y los tres como autores, cuando claramente son dos textos independientes que aparecen como documentos para un debate que, finalmente, queda a cargo del lector.
Como quiera que sea, lo interesante es lo que se desea trasmitir, aunque ese deseo solo se reconozca entre líneas, casi como un lapsus: ¿podrá existir un punto de encuentro entre psicoanálisis y psiquiatría en la formación misma de los psiquiatras?; ¿el psicoanálisis y su estatuto científico permiten un lugar en la psiquiatría o en la política de la salud mental española?, tal como se planteaba Desviat; o quizás, por último, ¿sería posible escribir (e inscribir) en un solo texto (y no en dos) la relación entre psiquiatría y psicoanálisis en España, o esto resulta imposible?
Preguntas que quedan abiertas y que, en muy buena medida, siguen vigentes hoy día.
En las páginas precedentes hemos identificado cinco claves que nos parecen fundamentales para entender el desarrollo del psicoanálisis en la España del segundo franquismo y la Transición democrática.
Se trata de cinco claves que agrupan situaciones y procesos que han sido estudiados con desigual profundidad -los trabajos de Anna-Cécile Druet han sido, sin duda, los más relevantes-, pero cuya consideración en conjunto parece imprescindible para obtener una visión global de unas dinámicas complejas en las que elementos muy diversos se complementan o se atraviesan con frecuencia.
Las relaciones psiquiatría-psicoanálisis, la circulación del conocimiento, el contexto socio-político y cultural, etc., explican, entre otras cosas, las características de la recepción y desarrollo de un psicoanálisis post-freudiano en el que la orientación lacaniana tuvo preponderancia sobre otros enfoques o escuelas.
Convendrá, en todo caso, valorar la importancia e influencia de esta orientación, que convivió con la supuesta ortodoxia de la IPA, pero también con otros acercamientos importantes como el freudomarxismo o como, algún tiempo más tarde, el psicoanálisis relacional (Ávila, 2015). |
En primer lugar, se presenta el grupo de cinco hospitales militares que funcionaron en la ciudad, su organización y actividad, reconstruida a partir de los diferentes modelos de fichas utilizadas.
La actividad preventiva se analiza desde dos puntos de vista, las órdenes emanadas de la autoridad militar, centradas en la higiene, alimentación y prevención de enfermedades infecciosas, y las actuaciones llevadas a cabo por las autoridades locales, centradas en asegurar un correcto abastecimiento de agua y recogida de residuos.
Además, se expone la situación insalubre de las prisiones de la ciudad, siendo un claro ejemplo del estado sanitario del momento.
Todo conflicto bélico conlleva un gran impacto sobre la salud de las personas y lugares donde se desarrolla.
Son ejemplo de esta situación el movimiento masivo de tropas y de población civil, los heridos y muertos en el frente de guerra, el impacto sobre la organización sanitaria o el desarrollo de patologías médicas específicas.
No son tantas las obras en las que se estudia de forma específica la organización sanitaria en cualquiera de los dos bandos, así como el impacto sobre la salud pública.
Quizá en este sentido, las publicaciones más interesantes sean la obra de Massons, 1994 y la de Beecham, 1986.
Actualmente existe un desequilibrio historiográfico en cuanto a los aspectos sanitarios de las dos partes en conflicto, ya que la producción científica sobre la sanidad en el ejército republicano es bastante superior a la existente sobre el bando sublevado.
Otros trabajos se han centrado en el estudio de algunos aspectos concretos de la Guerra Civil y su repercusión sanitaria, como el realizado sobre las Brigadas Internacionales (Requena Gallego y Sepúlveda Losa, 2006); el papel de la enfermería en la contienda (Galiana-Sánchez y Bernabeu-Mestre, 2011; López Vallecillo, 2016); o el abordaje de la violencia y la represión (Sabín, 1996; Atenza Fernández, 2008; Mirón González, 2013).
Menos frecuentes son los dirigidos a abordar con carácter sistémico todos los problemas derivados de la guerra.
Entre ellos es destacable el trabajo de Barona y Perdiguero-Gil de 2008, en el que se incluyen aspectos de salud pública.
El presente trabajo significa un paso más en la historiografía sanitaria sobre la guerra civil española.
Se han estudiado de forma integral los efectos del conflicto bélico sobre la población y los servicios sanitarios de Talavera de la Reina, ciudad toledana que por su ubicación geográfica en la ruta que une Andalucía occidental y Extremadura con Madrid, fue lugar de una importante concentración de población y eventos bélicos.
Además, actuó desde el mes de septiembre de 1936 como zona de retaguardia del frente de Madrid, desde donde se derivó a sus hospitales un número significativo de heridos.
Debido a la importancia de este enclave estratégico, se ha analizado la organización de los servicios sanitarios asistenciales, las medidas preventivas adoptadas para controlar posibles brotes epidémicos, el abastecimiento de agua y eliminación de residuos en la ciudad y la situación sanitaria de las prisiones de Talavera de la Reina.
Para la realización de esta investigación se ha trabajado con documentación del Archivo Municipal de Talavera de la Reina (AMTR), donde se ha analizado de forma preferente los Libros de Acuerdos de Pleno (LAP) y las cajas con documentación diversa.
También a nivel local, cobran especial relevancia las fuentes inéditas del Archivo del Centro Secundario de Higiene Rural de Talavera de la Reina (ACSHR), el cual se conserva en el actual Instituto de Ciencias de la Salud de Castilla-La Mancha.
Asimismo, se han consultado fuentes del Archivo Histórico Provincial de Toledo (AHPTO) y del Archivo General Militar de Ávila (AGMAV).
LA ORGANIZACIÓN INICIAL DE LOS SERVICIOS SANITARIOS
Al comenzar la Guerra Civil, Talavera de la Reina, que tenía 16.654 habitantes de hecho, se encontraba bajo el mando del gobierno de la República, que concentró miles de soldados bajo el mando del coronel Mariano Salafranca y del general José Riquelme (Pérez Conde, Jiménez Rodrigo y Díaz Díaz, 2008, pp. 43-48).
Sus recursos hospitalarios se limitaban al Hospital
Municipal, que contaba con 12 camas, y la enfermería antituberculosa, que estaba adscrita al Centro Secundario de Higiene Rural y que contaba con 25 camas (Atenza Fernández y Rodríguez Nicolás, 2001, p.
88; Atenza Fernández, 2016, pp. 156-157), número a todas luces insuficiente para atender la previsible oleada de heridos y enfermos que podrían necesitar asistencia.
Pocos días más tarde, el 19 de agosto, el jefe de Sanidad del Ejército Republicano solicitó al tam-bién médico local Manuel González Cogolludo (1893-1969) que se hiciera cargo de la dirección de un hospital de campaña de nueva creación, ubicado en el Asilo de San Prudencio 2.
Para su dotación se utilizaron parte de los recursos del Hospital Municipal y se envió material y personal específico para un equipo quirúrgico.
Al mismo tiempo, se solicitó a González Cogolludo que propusiera los médicos internistas que -con el control del Frente Popular-se harían cargo de la asistencia en dicho hospital 3.
Las tropas republicanas no fueron capaces de frenar el avance de los rebeldes comandados por el teniente coronel Juan Yagüe, que entraron en Talavera de la Reina el 3 de septiembre de 1936.
Este hecho motivó la caída del gobierno de José Giral, que cedió la presidencia al socialista Francisco Largo Caballero (Pérez Conde, Jiménez Rodrigo y Díaz Díaz, 2008, pp. 61-62).
Los responsables sanitarios republicanos (Andrés Henche y González Cogolludo) abandonaron la ciudad junto a otros profesionales sanitarios para evitar la inevitable represalia por parte del ejército franquista.
Las primeras medidas adoptadas por el ejército sublevado fueron el traslado de todos los pacientes del Hospital Municipal al Asilo de Ancianos, donde serían atendidos por el médico al que correspondiera el distrito, al tiempo que se designó un responsable militar para coordinar la asistencia 4.
El 2 de noviembre de 1936, figuraba Laforte como médico representante de la Comandancia militar 5.
El 30 de septiembre de 1937 el responsable era el alférez médico militarizado Juan Vélez Ruiz, mientras que las fuerzas que se encontraban a partir del Puente de Hierro estaban a cargo del también alférez Ricardo Planchuelo Portalés 6.
Un año más tarde, el servicio facultativo de la Plaza quedó nombrado para el mes de marzo en los siguientes alféreces médico 7: Juan Sánchez Rico: cárceles de la Plaza; Melchor García García: transeúntes y personal de ferrocarriles; y Secundino Saiz García: centros y dependencias de la Plaza que carecieran de médico.
La referencia temporal parece indicar que esta responsabilidad iría rotando mensualmente.
También se ha identificado al Dr. Casas, como uno de los responsables de la asistencia dentro del ejército franquista 8, y al Dr. Peias Olegario, jefe de Servicios del Hospital Militar-Regimiento Legión (Valdés, 1966, p.
Con el paso del tiempo, se fueron habilitando nuevos hospitales militares en la ciudad.
En diciembre de 1936, está descrita la existencia de cuatro hos-Figura 1.
Mapa de recursos sanitarios del Primer Cuerpo de Ejército.
Ma.700,6; Me.6; Ta.4; Tu.4; D.6.879. pitales: el Hospital Municipal, el Hospital de San Prudencio, el hospital de sangre de Santo Domingo y el Hospital de Falange 9, a los que habría que sumar el Centro Secundario de Higiene Rural (CSHR) que adquirió funciones hospitalarias en febrero de 1937 10.
Estos cinco hospitales configuraron lo que en la documentación oficial se denominó Grupo de Hospitales Militares de Talavera de la Reina, el cual analizaremos a continuación.
De forma complementaria, existió un recurso sanitario de rango inferior denominado botiquín, de los que se conoce la existencia de tres en la ciudad, donde se realizaban los reconocimientos rutinarios del personal de tropa.
Estuvieron ubicados en el Parque de Artillería, en el Depósito de Transeúntes y en el Batallón de Trabajadores no 126 11.
Estos recursos fueron recogidos de manera gráfica en diversos mapas o esquemas del ejército franquista (Figura 1) 12.
De forma periférica a la ciudad, se instauró una farmacia en el municipio de Aldeanueva de Barbarroya, con objeto de facilitar la extracción de medicamentos por las distintas Unidades de la División que se hallasen en el Primer Sector 13.
EL GRUPO DE HOSPITALES MILITARES DE TALAVERA DE LA REINA
Cada uno de los hospitales citados fue identificado con un número del 1 a 5, estando documentado que el hospital militar no 2 fue el Hospital Municipal y el hospital militar no 3 el CSHR.
Teniendo en cuenta su fecha de puesta en marcha y nivel de actividad, todo parece indicar que el hospital militar no 1 fue el de San Prudencio, el no 4 el de Santo Domingo y el no 5 el de Falange.
El Grupo de Hospitales Militares de Talavera de la Reina se constituyó en un punto estratégico a nivel asistencial para las tropas franquistas, debido a su situación geográfica que permitía una rápida evacuación de las tropas heridas o enfermas desde la Ciudad Universitaria de Madrid, a través de Griñón (Palanca Fortún, 1963, pp. 134-143).
El Hospital de San Prudencio (hospital militar no 1)
Tras el inicio de la guerra, por iniciativa del gobierno republicano, se habilitó un hospital de campaña en el Asilo de San Prudencio, que en los años sucesivos y ya bajo el gobierno franquista fue repetidamente denominado como "de los rojos".
No se dispone de mucha información sobre su funcionamiento, más allá de algunas menciones concretas sobre el personal que prestó servicios en el mismo.
Entre ellas, las referentes a su primer director, el republicano González Cogolludo, al médico Venancio Sáenz de Tejada (1909-¿?), mencionado en informes policiales franquistas como "comunista y emboscado como falangista", y a su hermana Natividad, a la que se citaba como enfermera de profesión 14.
Con la misma categoría de enfermeros con destino en este hospital se han encontrado referencias a Enrique del Pino Sánchez y Virginia Sánchez, aunque probablemente ambos carecieran de titulación oficial 15.
El Hospital Municipal (hospital militar no 2)
El Hospital Municipal estaba situado en la céntrica Plaza del Pan.
Las únicas referencias encontradas sobre su funcionamiento son la apertura de una cuenta corriente en la sucursal del Banco de España el 18 de agosto de 1936 con un saldo de 2.500 pesetas, contando con las firmas autorizadas de Pilar Rodríguez y Luis Fernández-Sanguino (Sabín, 1996, p.
Fernández-Sanguino (1909-1979) era su director con antelación al inicio de la guerra y muy rápidamente fue destituido y represaliado tras la entrada de las tropas franquistas (Atenza Fernández, 2008, pp. 237-275).
Las enfermeras religiosas Hijas de María, que prestaban servicios en este hospital, siguieron con su función durante la guerra (Atenza Fernández, 2016, pp. 315-317).
En marzo de 1938, sufrió importantes daños por un bombardeo de la aviación republicana, teniendo que ser retiradas 42 camas.
En la misma operación resultó dañado el contiguo CSHR (Pérez Conde, Jiménez Rodrigo y Díaz Díaz, 2006, p.
Existe constancia oral del asesinato por falangistas de las hermanas María y Pilar Bonilla Corrochano en los primeros días de septiembre de 1936, que ejercieron como enfermeras voluntarias en el Hospital Municipal (Atenza Fernández y Díaz Díaz, 2008, p.
El Centro Secundario de Higiene Rural (hospital militar no 3)
El CSHR fue convertido en hospital militar dedicado a clínica de pacientes infecciosos y farmacia militar 16.
Para ello, como paso previo fueron evacuadas las pacientes de la enfermería antituberculosa y se suspendieron prácticamente todos sus servicios, con excepción de los dispensarios antivenéreo y antipalúdico, dos patologías por otro lado de gran trascendencia en el transcurso de la guerra, por su prevalencia y ser causa posible de un importante número de bajas.
En el campo de las enfermedades venéreas la actividad era de gran volumen, recogiéndose en 1937 la prestación de 4.753 tratamientos de blenorragia, 2.409 de "otras enfermedades venéreas", y 1.298 casos de sífilis.
A estos se unían los tratamientos de otras enfermedades relacionadas en menor número.
Los medicamentos más utilizados fueron los arsenicales y el bismuto, junto con la vacuna antigonocócica Hispania.
Grupo de sanitarias y soldados en el Hospital Militar no 3, sin fecha.
También se reguló el ejercicio de la prostitución, mediante la creación de un registro y la instauración de un control sanitario obligatorio para prostitutas y de los locales donde ejercieran.
Para las casas de le-nocinio destinadas a militares se optó por su diferenciación entre las destinadas a oficiales o tropa, con la finalidad de evitar conflictos en lugares donde la graduación pudiera no ser siempre respetada.
Las actuaciones dirigidas hacia la prevención incluían la recomendación de las medidas higiénicas a adoptar en los prostíbulos, incluyendo el uso de preservativos, así como la distribución de carteles informativos (Atenza Fernández, 2016, pp. 118-124). fermos, de los cuales 7.022 fueron dados de alta, 14.475 fueron evacuados y 180 fallecieron durante su estancia (Bravo Rodríguez, 2002, pp. 85-89).
Quedó constancia de un incremento importante de su actividad durante la batalla de Brunete, lo que señala de nuevo la importancia del papel del Grupo de Hospitales Militares de Talavera de la Reina como apoyo del frente de Madrid.
En este hospital estuvo ingresado durante un mes el jesuita Fernando Huidobro, herido en una pierna por un disparo en la Casa de Campo de Madrid.
En su biografía, se describen algunos aspectos de su vida cotidiana en el hospital, entretenida por la atención espiritual que prestaba a los heridos, que llegaba a extender hasta el Hospital de San Prudencio (Valdés, 1966, pp. 383-389), así como el relevante militar marroquí Mizzian 19.
Además de la labor sanitaria desempeñada por las monjas de la Compañía de María, se contaba con el concurso de "enfermeras" voluntarias, muchas de ellas talaveranas (Pérez Conde, Jiménez Rodrigo y Díaz Díaz, 2006, p.
283) y otras procedentes de la alta sociedad de San Sebastián y de Madrid, como María Figueroa, duquesa de las Torres.
Al comienzo de la guerra, la dirección del hospital fue ejercida por el médico canario Emilio Ley Gracia (Doreste Morales, 1938, pp. 85-88) 20.
El Hospital de Falange (hospital militar no 5)
Situado en el Palacio de Villatoya, debía de ser de pequeño tamaño al estar dedicado únicamente al colectivo de afiliados a Falange.
Se conoce que en el mismo actuaba como directora Aurelia Segovia 21, y Aurelia Machuca Marrasat como enfermera no titulada, quien fue acusada de connivencia con Martínez Cepa, Director del CSHR, del que ya se ha mencionado que fue ejecutado.
Aurelia Machuca fue encarcelada y represaliada económicamente 22.
APROXIMACIÓN A LA ACTIVIDAD ASISTENCIAL HOSPITALARIA
A medida que fueron pasando los meses y dada su condición de zona de retaguardia de Madrid, Talavera de la Reina consolidó un importante entramado asistencial que fue adaptándose a la evolución de la guerra, con la progresiva incorporación de nuevos recursos hospitalarios.
A nivel económico, el Ejército se hizo cargo de los gastos fundamentales, pero el Ayuntamiento también colaboró de forma importante en el sostenimiento de los hospitales 23.
La práctica totalidad de los utensilios y enseres existentes en los centros sanitarios fueron temporalmente incautados para su utilización en la nueva función hospitalaria.
Al término de la contienda se reclamó su devolución y se hizo efectiva en el caso del CSHR 24.
En 1937 el Grupo de Hospitales Militares de Talavera de la Reina contaba con el siguiente personal: un oficial, tres suboficiales, seis cabos y 54 sanitarios 25.
Esto da idea de que fue un número importante de profesionales sanitarios los que fueron rotando por los distintos hospitales.
Entre ellos cabe citar algunos médicos como Eusebio Oliver (1895-1968), definido en un informe de la policía como "antes de izquierdas muy azañista; ahora se dice nuestro" 26.
Juan Luis Angulo, calificado como "médico de nuestros hospitales de sangre; muy izquierdista y gravemente negligente en atender a nuestros heridos, tratándoles además con gran aspereza" 27, y Ramón Pellicer Taboada, mencionado en las libretas de Gabaldón como "azañista" 28, quien elaboró un informe en el que denunciaba la precaria situación sanitaria de la cárcel.
Respecto al personal de enfermería, era insuficiente en la ciudad incluso antes de comenzar la guerra.
Para cubrir las necesidades y complementar el colectivo militar, se recurrió a personal no cualificado.
A lo largo de la contienda, las autoridades franquistas elaboraron relaciones de personal que podría prestar servicio en los hospitales de la ciudad.
En una de ellas se inscribieron 15 personas: 11 hombres y cuatro mujeres, de las cuales solamente dos referían ser enfermeras tituladas 29.
Una realidad que estuvo presente en toda España y que daba respuesta al carácter depurador franquista, el cual buscaba afianzar un cuerpo de funcionarios sanitarios afines al nuevo régimen más allá de su cualificación profesional (Mirón González, 2013).
El itinerario de los pacientes venía marcado según el colectivo al que pertenecían.
En primer lugar, se cumplimentaba una ficha de entrada que diferenciaba entre tropas, jefes, oficiales o suboficiales.
En esta ficha, se recogían los datos de filiación y destino, así como el motivo de asistencia y el centro donde sería hospitalizado.
La ficha era cursada por el director del Grupo de Hospitales Militares de Talavera de la Reina al general responsable de Movilización, Instrucción y Recuperación, con destino en Burgos.
Una vez ingresado el paciente, se confeccionaba una ficha médica de hospitalización, donde se detallaba tanto la reli-gión profesada (importante la identificación de musulmanes a efectos de adecuar su alimentación y otras cuestiones), así como su trayectoria hospitalaria, diagnóstico, pruebas complementarias y tratamiento farmacológico.
Los pacientes podían ser evacuados a otros hospitales, en cuyo caso se elaboraba una ficha-sobre de evacuación, en el que se recogían los datos más trascendentes sobre diagnóstico y tratamiento, así como unas indicaciones específicas sobre el transporte del paciente en función de sus condiciones (gaseado o contagioso), acomodo (sentado o acostado), y la urgencia o necesidad de vigilancia.
En cuanto al alta, se requería un certificado expedido por tres facultativos con el visto bueno del director, donde se especificaba, y si el paciente había logrado su curación, su paso a una de las siguientes situaciones: apto para todo servicio, apto para servicios de instrucción, apto para servicios burocráticos y no apto para servicio alguno.
En caso de fallecimiento, era certificado por el médico jefe del hospital militar 30.
Especial interés tenía la práctica de transfusiones.
Mensualmente se confeccionaba una ficha con las extracciones y transfusiones realizadas, indicando el motivo, la fecha y cantidad inyectada, el resultado inmediato y a las 24 horas, y el lugar donde se practicó.
Los donantes podían llegar a ser acreedores de portar una medalla acreditativa de su condición, con distintivos de bronce, plata y oro en función del número de donaciones efectuadas 31.
En general, la actuación de los hospitales estaba dirigida a la incorporación rápida del personal de tropa que cursase el alta a las unidades de depósito de sus respectivos cuerpos 32.
A nivel clínico, se han podido analizar 204 fichas de pacientes ingresados en los diferentes hospitales.
Aunque el escaso número de fichas no permite generalizar conclusiones, el hospital con mayor actividad asistencial fue el no 4 (120 ingresos; 58,8%), mientras que el no 3 fue el de menor (12 ingresos; 5,8%).
Como es de esperar la mayoría de los ingresos fue por heridas o traumatismos (32,8%), seguido en orden descendente por bronquitis, paludismo, sarna, enfermedades venéreas, tuberculosis, colitis y gripe entre otras 33.
LA SALUD PÚBLICA EN TALAVERA DE LA REINA DURANTE LA GUERRA CIVIL
Si la asistencia sanitaria prestada a heridos y enfermos era importante, no lo era menos la adopción de prácticas preventivas para impedir la aparición de enfermedades, principalmente aquellas infecciosas que podían llegar a invalidar un número importante de tropas.
Entre las más temidas y frecuentes de estas patologías se encontraban el tifus exantemático, la fiebre tifoidea, la sarna, las enfermedades venéreas y, en general, todas las enfermedades transmitidas por el agua, los alimentos o por contacto directo.
La Orden de 16 de enero de 1937, estableció la necesidad del corte de pelo con máquina y el afeitado de los soldados "como medio eficaz entre otros para luchar contra toda clase de parásitos, agentes transmisores de las enfermedades más peligrosas para un Ejército en campaña" 34.
Además, se especificaban una serie de instrucciones, tales como la necesidad de extremar las medidas de limpieza, aprovechando los días de descanso y de buen tiempo; la prohibición de llevar el pelo largo para evitar el desarrollo de parásitos; el lavado frecuente de la ropa, para lo cual se proveería el jabón necesario; el pase de revista médica cada diez días para comprobar lo anteriormente dicho; el envío de los individuos que tuvieran parásitos a la estación de despiojamiento más próxima; la aplicación de las medidas higiénicas necesarias en los locales o abrigos; la construcción en todo campamento, posición o acantonamiento de un horno crematorio destinado a la incineración de basuras, animales muertos y de todo aquello que pudiera constituir un peligro de infección; y el enterramiento de los cadáveres por cada unidad o milicia en el lugar previamente designado al día siguiente de toda operación 35.
Igualmente se insistía en la necesidad de vigilancia por parte de los médicos de las fuentes de contagio de enfermedades venéreas, propiciando la expulsión u hospitalización de todas las prostitutas que tuvieran lesiones contagiosas, así como que los individuos afectos de enfermedades venéreas, si se encontraban en tratamiento ambulatorio, no gozarían de permiso mientras durase el tratamiento, y si estuviesen hospitalizados tampoco podrían usar licencia alguna hasta dos meses después de estar curados y dados de alta en el hospital.
Otra cuestión trascendente era la referente a la alimentación de los militares.
Una de las primeras medidas adoptadas fue el control de los precios de los productos básicos y el decomiso de alimentos para garantizar el suministro a los hospitales y unidades militares (Pérez Conde, Jiménez Rodrigo, Diaz Díaz, 2008, p.
En 1937, se emitió una Orden donde se establecía la necesidad de velar por la correcta alimentación de los soldados, vigilando que la cantidad, variación y calidad de las comidas fuera inmejorable; al menos una comida del día debía llevar carne y verduras; la cantidad de carne no debía ser inferior a 200 g. y la de patatas a 350 g.
La comida iría acompañada de una ensalada a base de tomate, cebolla, pepino, etc., no sólo por las virtudes vitamínicas de esta alimentación, sino "porque nuestro pueblo apetece este régimen"; así como que "no se debía olvidar dentro de la posibilidad económica, la fruta madura, la sandía, melón y uvas"; se hacía también referencia al suministro de sangría y gazpacho, así como alimentos muy salados o especiados, que debían ser evitados por las alteraciones digestivas que podían causar 36.
A medida que pasaban los meses, las instrucciones preventivas se hacían más explícitas, haciendo responsables tanto al colectivo sanitario como al militar de la ciudad 37.
Una Orden de septiembre de 1937 focalizaba las medidas higiénicas en puntos clave como trincheras, albergues eventuales, letrinas, cocinas, depósitos de ganado, locales de alojamiento, suelos o terrenos.
También se insistía en la necesidad del alejamiento de residuos, así como en la conservación de fuentes y manantiales de agua potable 38.
También se publicaron bandos municipales sobre prevención de la hidrofobia, por la existencia de gran cantidad de perros vagabundos 39.
Otro aspecto que se intentó controlar fue la prevención de los accidentes de tráfico, mediante la Orden general de Sector por la que se regulaba la velocidad máxima a que se podía circular: 75 km./hora los vehículos ligeros; 50 km./hora el resto, y a un máximo de 20 km./hora en las poblaciones 40.
El abastecimiento de agua, la red de alcantarillado y la recogida de basuras
Si las condiciones sanitarias de una ciudad son vitales para definir el estado de salud de sus habitantes, estas circunstancias se pueden agravar hasta grados extremos en condiciones como las que se provocan en caso de conflicto armado prolongado en el tiempo, máxime si esta situación se da sobre un penoso punto de partida, como era el caso de Talavera de la Reina, donde la situación higiénica del abastecimiento de agua, de la eliminación de aguas residuales y residuos sólidos y el control de los alimentos se encontraban en condiciones muy alejadas de lo deseable (Atenza Fernández, 2016, pp. 199-281).
Tras el comienzo de la guerra una de las primeras medidas adoptadas por el Ayuntamiento republicano fue la incautación del sistema de abastecimiento, propiciada por el abandono de la ciudad por parte de los responsables de la empresa gestora al inicio de la guerra, dada su ideología conservadora 41.
Ya bajo control franquista, esta situación de abandono hizo que el Ayuntamiento no pudiera ultimar sus gestiones para la municipalización del abastecimiento en agosto de 1937, pretendida para mejorar la gestión.
La recurrente escasez de agua que no llegaba a cubrir la demanda de las fuentes públicas y del matadero, agravada por el gran número de tropas acantonadas en la ciudad, motivó la adopción de medidas parciales 42, como la incorporación de un pozo privado al suministro municipal, y la solicitud de continuación de las obras de mejora del abastecimiento, para lo que se solicitó una subvención 43.
Una vez reincorporados los gestores a la ciudad, el mal funcionamiento continuado de la empresa de aguas hizo que la autoridad militar le impusiese una multa de 200 pesetas por el retraso en la reparación de una de las averías que dejaron desabastecidas varias dependencias militares durante dos días y medio.
Como respuesta, la empresa remitió un escrito donde exponía que no podían hacer nada más por mejorar la gestión por causas múltiples, como la situación de sequía, el aumento de población que estimaban duplicada, la falta de materiales para reparación, problemas con la salud de los operarios, la escasez de agua en las 16 fuentes públicas y el suministro a los cada vez más escasos abonados particulares.
Al mismo tiempo informaban de que la documentación de la empresa "les fue robada por los marxistas, que les tenían un odio mortal", expresión seguramente encaminada a mejorar su valoración ante los militares 44.
En 1938 se puso en marcha el alcantarillado, cuya obra había finalizado en 1929 a juicio del contratista, pero que no había sido recepcionada por el Ayuntamiento por estimar necesario solucionar algunas deficiencias con carácter previo a su aceptación (Atenza Fernández, 2016, pp. 243-245).
En cuanto a los residuos urbanos, la recogida se realizaba por medio de carros de tracción animal y en ausencia de cualquier tipo de tratamiento.
En 1938 se reparó y adaptó una camioneta para este fin, pero meses más tarde se volvieron a utilizar los carros, por problemas técnicos y administrativos 45.
Situaciones de riesgo epidémico
Las limitaciones en materia de salud pública, junto a las penosas condiciones sanitarias propias del contexto bélico, hizo que surgieran situaciones de riesgo sanitario para la población talaverana.
En noviembre de 1936, la autoridad militar dio la voz de alarma por la presencia de colibacilos en las aguas de la ciudad, detectados mediante análisis de agua realizados en Cáceres.
Los médicos de la localidad informaron de que no se habían diagnosticado casos de colibacilosis ni de fiebres tifo-paratíficas, por lo que estimaban que la virulencia del germen debía de ser muy escasa.
Laforte, médico representante de la Comandancia militar, informó de que tampoco había casos en los cuarteles.
Las medidas preventivas adoptadas fueron la inspección de los depósitos y tuberías de aguas, la construcción de fosas sépticas, y la compra de dos estaciones de "clorinación" 46, así como recomendar que se vacunase vía oral a toda la población civil y militar (presumiblemente contra las fiebres tifo-paratíficas).
Esta situación se repitió cíclicamente.
Aunque no se dispone de información sobre casos en la población reclusa, y su posible extensión a la población general (Atenza Fernández, 2016, pp. 214-218), la persistente solicitud de vacunas contra las fiebres tifoparatíficas por parte del director del CSHR induce a estimar que el problema estaba presente en ambos territorios 47.
También aparecieron de forma puntual brotes de sarna (25 soldados afectados) 48, tuberculosis (siete reclusos) 49 y triquinosis.
A este respecto, el comandante médico Pellicer informó de que se analizaban diariamente los productos cárnicos, mientras que el veterinario local Antonio Torres describió el proceso de inspección de alimentos, que a su juicio se encontraba suficientemente garantizado 50.
La inexistencia de archivos sobre enfermedades de declaración obligatoria, la debilidad del sistema sanitario en la época descrita, y el hecho de que se conserve incompleto el archivo del CSHR hace que los episodios descritos deban considerarse como una pequeña muestra de la situación real.
LAS CONDICIONES SANITARIAS DE LAS PRISIONES
Ya con anterioridad a la Guerra Civil las condiciones sanitarias de la cárcel municipal dejaban mucho que desear, hasta el punto de que la prensa local expresó que su enfermería debía ser considerada más bien como una funeraria (Atenza Fernández, 2016, p.
Comenzada la guerra, se habilitaron de manera sucesiva diversas prisiones en la ciudad, uniéndose a la de Partido unos locales provisionales en el antiguo instituto de la plaza del Pan, que poco antes de su cierre en 1937 contaba con más de 300 reclusos.
Seguidamente se puso en funcionamiento la llamada cárcel de Tinajas, que llegó a tener carácter de Prisión provincial.
Como la anterior, estuvo en funcionamiento alrededor de un año y con un número similar de reclusos.
Pero sin duda, la prisión local de mayor importancia fue la llamada cárcel de la Seda, ubicada en un antiguo edificio de la Real Fábrica de Sedas.
Ésta funcionó como campo de concentración, por lo que llegó a albergar un gran número de internos, especialmente al final de la Guerra Civil y durante la postguerra (Pérez Conde, Jiménez Rodrigo y Díaz Díaz, 2008, pp. 219-222).
Desde un planteamiento idílico, en el que la Dirección general de Prisiones establecía una dieta mínima de 2.000 calorías al día y una adecuada atención médica para los reclusos, se pasaba a una situación de verdadera escasez alimentaria y pésimas condiciones ambientales, con frío, humedad, hacinamiento y presión psicológica, cuando no de situaciones de tortura.
El resultado se manifiesta al valorar las frecuentes causas de muerte por avitaminosis, caquexia, gastroenteritis o tuberculosis pulmonar entre otras patologías (Sabín, 1996, pp. 126-131; Atenza Fernández y Díaz Díaz, 2009, pp. 173-211).
En este sentido, Talavera de la Reina no dejaba de ser un ejemplo más de este panorama desolador, donde desde el Ayuntamiento observaban como los presos destinados a trabajos forzados apenas podían rendir, por lo que se aprobó en sesión plenaria del Ayuntamiento el suministro de un desayuno a través de las religiosas del Carmen 51.
Las medidas higiénicas que se establecieron en las prisiones fueron el afeitado y corte de pelo; el reconocimiento médico cada diez días; el despiojamiento de los internos con parásitos; el lavado y tratamiento de la ropa con lejía y planchado a alta temperatura, llegando a prohibir las comunicaciones de los presos que no fueran bien aseados; recibir una ducha al menos con carácter semanal; el aislamiento de los reclusos que pudieran ser portadores de parásitos; y el traslado de pacientes con tifus exantemático a un hospital de infecciosos (Sabín, 1996, pp. 126-131).
El hacinamiento también estuvo presente en las cárceles de Talavera de la Reina.
En febrero de 1937, el jefe de prisión del Partido comunicó al comandante militar de la plaza que en una de las prisiones había 169 reclusos, denunciando la falta de salubridad e higiene en el centro, con el consiguiente riesgo de enfermedades contagiosas 52.
Este comunicado fue derivado a instancias superiores 53, y provocó que se realizara una inspección por parte de la Jefatura de plaza del cuerpo de Sanidad Militar en febrero de 1937, en cuyo informe se señalaba: "Las circunstancias que concurren en este deplorable estado son el tener mucho mayor número de reclusos que el que puede estar en la Prisión, siendo tal el hacinamiento que habitaciones que tienen 1.214 metros cúbicos de capacidad está ocupado por 185 hombres; otra de 75 metros cúbicos está ocupada por 32 mujeres y niños.
Son lugares cerrados donde el aire sufre una gran viciación por el exceso de anhídrido carbónico, producto de la respiración y otras combustiones; de manera que aun rebajando la cifra de cubicación individual mínima de 25 metros cúbicos a 15, por tratarse de locales colectivos, el grado de nocividad, persiste de modo alarmante, sobre todo durante la noche, que es precisamente cuando la renovación del aire debiera producirse más activamente.
Por otro lado, los desperdicios de alimentos, aguas de lavado y basuras caseras ricas en materias orgánicas que son muy propensas a la putrefacción deja bastante que desear.
La evacuación de aguas negras se verifica por un albañal relativamente impermeable y que en uno de sus extremos presenta un ensanchamiento donde todos y cada de uno de los detenidos vierte sus excretas y es obligado a sacar agua de un pozo limítrofe para favorecer su curso; por el otro extremo que desemboca en una alcantarilla situado en la calle y frente al edificio de la Prisión, constituyendo un nuevo foco de infección permanente.
Del reconocimiento practicado en algunos enfermos se aprecian casos de dermatosis que pueden ser vehículo de contagio al resto del personal recluido.
En virtud de lo expuesto se ordena la desinfección rigurosa de los locales y se propone que todos los reclusos se sometan al tratamiento de duchas y despiojamiento y a ser posible lo mejor y conveniente sería establecer un campo de concentración para el personal masculino, pues de perdurar las condiciones antedichas y el aumento de reclusos, sería muy de temer el que se presentase una epidemia" 54.
No se conoce el efecto práctico de tan descarnada descripción y concretas recomendaciones, más allá de que fue remitido por el jefe de sanidad de la plaza al comandante militar 55, pero posiblemente motivara el cierre de esta prisión y la apertura de la cárcel de la Seda.
En 1938 continuaban las dudas sobre las condiciones higiénicas de las prisiones locales, como lo muestra la remisión por parte del general jefe del Primer Cuerpo de Ejército de un telegrama por el que se ordenaba al jefe de los servicios de Sanidad militar que dispusiera la inspección sanitaria de la cárcel y del campamento de evadidos (o campo de concentración) de Talavera de la Reina 56.
En esta cárcel llegaron a estar ingresados varios miles de reclusos (2.042 en diciembre de 1940), en unas lamentables condiciones: malnutrición, exposición a las inclemencias del tiempo, palizas, vejaciones, parasitosis, (Pérez Conde, Jiménez Rodrigo y Díaz Díaz, 2008, pp. 220-221).
Las infrahumanas condiciones de las cárceles de Talavera de la Reina se agudizaron en el periodo de la postguerra.
Durante los años 1939, 1940 y 1941 se dieron tres sucesivos brotes de viruela, con centro principal en la cárcel de la Seda, que provocaron varias decenas de casos y al menos diez defunciones.
A esta situación se unía la dificultad al acceso de las vacunas necesarias.
En total se han identificado 260 fallecimientos de reclusos, entre los que destacan 39 defunciones por tuberculosis, 31 por malnutrición o avitaminosis, eufemismo habitualmente utilizado para obviar el motivo real de la defunción, y 29 por causas externas 57.
438), se vio gravemente afectada por la Guerra Civil, tanto en su desarrollo inmediato como en años posteriores 58.
Desde el comienzo de la contienda, se procedió a la militarización de los recursos sanitarios de la ciudad, fuertemente incrementados en su número y capacidad.
El Grupo de Hospitales Militares de Talavera de la Reina supuso un punto estratégico a nivel asistencial para las tropas franquistas, debido a su situación geográfica que permitía una rápida evacuación de las tropas heridas o enfermas desde el frente de Madrid.
Puesto que los dispositivos asistenciales de la ciudad eran muy limitados (Hospital Municipal y enfermería antituberculosa) fue necesario habilitar nuevos espacios: el hospital de campaña en el Asilo de San Prudencio por las fuerzas republicanas, y el Hospital de Santo Domingo y el Palacio de Villatoya por parte de los rebeldes.
Dos de los hospitales tuvieron un carácter monográfico o especializado: el CSHR para atender a pacientes infecciosos y el hospital de Villatoya dedicado a atender a militares falangistas.
Las patologías con mayor presencia en las tropas atendidas en la ciudad fueron las heridas por arma de fuego y traumatismos, como era de esperar, seguido por las enfermedades de carácter infeccioso, destacando entre ellas bronquitis, paludismo, sarna, enfermedades venéreas y tuberculosis.
A través de la documentación disponible se ha podido definir el circuito asistencial que seguían los pacientes heridos o enfermos.
El inicio del conflicto implicó la adopción de medidas preventivas, tanto por parte de las fuerzas militares como por las autoridades civiles.
Las normas militares se dirigieron básicamente a la prevención de enfermedades infecciosas entre las tropas y al control de su alimentación, mientras que las actuaciones del ayuntamiento de Talavera de la Reina perseguían garantizar el abastecimiento de agua, así como la recogida de residuos líquidos y sólidos, en un contexto de incremento de la población por las tropas acuarteladas y atendidas en la ciudad.
Como mayores efectos favorables en este sentido se recoge la ampliación del suministro de agua potable mediante la incorporación de un nuevo pozo, y la puesta en marcha del alcantarillado, finalizado varios años antes, pero sin que hubiera entrado en funcionamiento por discrepancias técnicas y administrativas con la empresa constructora.
Una situación más extrema se vivió en las diferentes prisiones de la ciudad, por las que pasaron miles de republicanos, tanto durante la contienda como en años posteriores.
Su precaria condición sanitaria hizo que éstas se constituyeran en auténticos sumideros humanos, donde el hacinamiento, las carencias alimentarias, los malos tratos y la falta de asistencia provocaron un sinnúmero de enfermedades y una importante sobremortalidad por causas relacionadas, como la avitaminosis (desnutrición) o la tuberculosis.
La represión franquista sobre profesionales sanitarios asentados en Talavera de la Reina, traducida en muertes, exilio y fuertes sanciones, tuvo un notorio impacto en la sanidad local, y sobre todo en la organización y funcionamiento del CSHR.
Francisco Andrés Henche era un destacado miembro del Partido Socialista Obrero en Talavera de la Reina, y uno de sus médicos más relevantes, donde ejerció como médico general y pediatra.
2 Manuel González Cogolludo fue presidente de Izquierda Republicana en Talavera de la Reina y un médico destacado en la ciudad. |
La erradicación de enfermedades ha sido desde hace tiempo el estandarte de las ciencias médicas y uno de sus principales éxitos proviene justamente del control de la viruela y la poliomelitis.
Este texto reúne en español una de las síntesis más interesantes al respecto a través de un análisis exhaustivo de fondos europeos, provenientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y del Institut Pasteur.
En tiempos convulsionados, cuando se critican con evidencias científicas (y no tanto) la extensión del calendario de vacunación, síntoma tanto de un avance de la medicina preventiva como de las influencias de compañías farmacéuticas, es auspicioso debatir con elementos nuevos las propuestas de erradicación de enfermedades a nivel mundial.
En el libro se incluyen doce artículos de variado alcance, tanto a escala nacional como internacional; de ellos incluimos los que nos parecen de mayor significación en el debate actual.
En primer lugar, Porras Gallo y Ballester Añón desgranan tanto razones historiográficas como reflexiones sobre la salud pública actual a partir de la ilusión de los años dorados del capitalismo y la Guerra Fría, con la intervención sobre los países en desarrollo para el control de las enfermedades infecciosas.
Las campañas verticales y reduccionistas en Brasil de la Fundación Rockefeller, aún con disciplina militar y uso de larvicidas para combatir la malaria y la fiebre amarilla, no significaron su completa eliminación.
En el interior rural norteamericano, las mismas enfermedades se erradicaron durante el New Deal con otras medidas de base integral, como desecar pantanos y promover viviendas en zonas con atención sanitaria.
El texto analiza así dos modelos: el primero, aplicado tam-bién en Cerdeña y otras áreas de endemia malárica, era rápido y suponía un descenso importante de los casos pero no su eliminación permanente: la enfermedad volvía a aparecer en tanto los mosquitos se hacían resistentes a los pesticidas, y suponía además la militarización de determinadas regiones pero su costo era más bajo.
Implementar medidas sanitarias de profundidad social, eje del segundo modelo de erradicación de las enfermedades, suponía aumento de instituciones de salud, más cantidad de profesionales, mejora de las viviendas y de la infraestructura en general y en consecuencia, era más oneroso.
La OMS y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) así como la Oficina Sanitaria Panamericana (OPS) con apoyo de Estados Unidos, tomaron el primer camino en diferentes países de Africa y América Latina, donde además de la lucha antiepidémica se libraba también la del "comunismo-capitalismo".
Con esta base, las autoras analizan el programa de la OMS que desde 1958 aplicó un programa quinquenal mundial de eliminación de la viruela, en un impasse de la tensa relación Este-Oeste, y a raíz del avance progresivo de la inmunización en diferentes países a través de la extensión de la vacunación.
A pesar de los discursos a favor de esta medida humanitaria, el bajo presupuesto destinado por la OM implicó que gran parte de los esfuerzos económicos estuvieran a cargo de las naciones menos desarrolladas, con lo cual no se cumplieron hasta 1980 las metas de eliminación completa de la enfermedad.
Un significativo aporte de Birn reflexiona críticamente sobre los inconvenientes de la erradicación de la viruela y sus mitos, vinculados a la supuesta colaboración entre países occidentales y socialistas en la conformación de la Asamblea Mundial de la Salud.
En tal sentido, la autora enfatiza sobre las campañas, también verticales, realizadas por UNICEF a través del modelo de atención integral para la población infantil que incorporaban diferentes factores socio-sanitarios -como la lactancia materna-que erosionaban los intereses de compañías farmacéuticas.
La famosa Conferencia de Alma-Ata (1978) fue también un factor clave de acuerdos hacia un modelo sanitario integrado orientado a la justicia social, pero en los años de 1980, el contexto conservador produjo un grave retroceso.
Por eso, cabe hoy preguntarse sobre los supuestos "éxitos" en la salud pública a nivel mundial dibujados con la erradicación de la viruela, cuando persisten (y se profundizan) la pobreza y la desigualdad.
Ballester Añón, Martín Espinosa y Porras estudian minuciosamente a las escalas y la calidad de la vacunación en relación a la poliomelitis: se trata de una situación poco observada por la historiografía de la salud, dado que parece ser un asunto meramente técnico.
Pero en el neo-humanitarismo médico surgido a partir de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la salud infantil y la lucha contra el hambre constituyen aspectos centrales en los problemas del "Tercer Mundo" y allí el acceso a campañas de vacunación fue parte del fortalecimiento de un sistema público de salud forjado, por primera vez, a nivel internacional.
Se destaca en los textos la figura del experto, independiente de Estados y empresas, así como la colaboración y ayuda de estos nuevos organismos pero sin que pudiesen cubrirse las posibilidades de ayuda técnica en relación a las demandas de países subdesarrollados: los fondos gratuitos de vacunas, en el caso de campañas para erradicar la polio, no fueron suficientes para cubrir, por ejemplo, brotes en Jordania o Ecuador y eso denota también los límites de los grandilocuentes objetivos de erradicación mundial.
Los casos particulares se abordan en el libro a través de países europeos y latinoamericanos (Cuba sobre todo).
España adquiere mayor visibilidad, en un examen que resulta a la vez interesante y aleccionador sobre las políticas llevadas adelante durante el franquismo, la más larga y brutal dictadura hispana.
El contrapunto del país caribeño permite dilucidar propuestas radicalmente opuestas, basadas en el triunfo revolucionario de los años sesenta.
Baldarraín Chaple integra la exitosa estrategia sanitaria cubana de la erradicación de la polio como argumentación de una transformación general del sistema social (no sólo de salud), a raíz de una alta cobertura y de vigilancia epistemológica permanente, sumadas al compromiso de los agentes sanitarios, sobre todo de los médicos.
Esta situación se contrapone con el caso español, detallado tanto por Ortiz Heras y González Madrid como por Báguena Cervellera, Mariño Gutiérrez y finalmente, Gutiérrez Avila y Caballero.
España, con un incipiente aunque auspicioso desarrollo de la salud pública en los años de la República, se estancó y retrocedió en comparación con el núcleo europeo en los años cuarenta y cincuenta.
Con años de retraso, en los sesenta, se implementaron en la península algunas políticas de un tímido "walfare state", aunque hasta la recuperación de la democracia predominó un Estado asistencial de baja calidad.
En ese marco de carencias (que no son sólo económicas sino más bien políticas) se puede interpretar el impacto internacional sobre la erradicación de la viruela y la polio.
La comparación entre naciones europeas ofrecida en La erradicación y el control de las enfermedades infecciosas es uno de los mayores logros de esta compilación, a través de los artículos de Rutter, Guerra Santos y Caballero (y equipos de investigación).
Con el análisis de diferentes índices y variables, es posible acceder a los aspectos técnicos y logísticos de las mismas campañas de erradicación de la polio y la viruela en los Países Bajos, España, Portugal, Francia y el Reino Unido.
En estos casos las contrastaciones integran además de las formas de intervención de las campañas nacionales, la integración de los sistemas de salud, la disponibilidad, financiamiento y publicidad, la participación de otros factores, como los religiosos y culturales.
Pero no se descuida una cuestión central, a nuestro entender, para el despliegue exitoso de las campañas: su conexión con el tipo de régimen lo cual permite comprender con mayor certidumbre la eficacia de las medidas.
Finalmente, si bien la erradicación de las enfermedades no siempre está presente en las agendas de las políticas públicas en la actualidad, este texto ayuda a visualizar en diferentes espacios del siglo XX las estrategias, triunfos y también los fracasos de las intervenciones sanitarias, para avizorar las posibilidades futuras.
El marco histórico le otorga a esta problemática mayor complejidad, evitando que sea sólo un asunto técnico para asumir el papel político, necesario para una interpretación integral.
Universidad Nacional de La Pampa [EMAIL] |
Entre los movimientos sociales que emergieron con la crítica de las consecuencias derivadas de la modernización capitalista, se cuentan aquellos que más allá de reivindicar los derechos de los colectivos especialmente victimizados por el mencionado proceso (mujeres, clases populares, razas oprimidas), hacen valer la voz de todo aquello que esa misma modernización presentó como carente de logos y por eso mismo redujo a pura objetividad inerte y explotable.
El ecologismo, el animalismo, el veganismo, aparecen en nuestro orden político como un repertorio de estilos de vida y de demandas sociales que reclaman los derechos de lo alter-humano.
Estas iniciativas, en expansión dentro del contexto actual de crisis medioambiental, económica y civilizatoria, ponen en tela de juicio la herencia antropocéntrica occidental.
Apuntan hacia un orden nuevo, biocéntrico y posthumanista, donde se diluyen las viejas polaridades entre sujeto y objeto, naturaleza y cultura, sociedad y Universo.
Pues bien, acompañando a estos movimientos y orbitando en el mundo del saber y de los estudios académicos, ha surgido en los últimos cuarenta años un campo floreciente; el de las Humanidades Medioambientales.
En ese territorio se emplaza el corpulento volumen recientemente editado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz.
El conjunto, constituido por más de una veintena de trabajos, agrupa a investigadores españoles y extranjeros procedentes de muy diversas disciplinas (Estudios Culturales y Literarios, Filosofía Moral, Antropología, Sociología, Historia Cultural, Historia del Arte, Estudios de Género), donde se advierte la com-binación de los tres principales enfoques que han caracterizado al campo de las Humanidades Medioambientales desde su gestación.
En primer lugar la denominada "Ecocrítica", término acuñado por William Rueckert ("Ecocriticism") en 1978 para referirse al análisis de las representaciones culturales y literarias de la Naturaleza.
Esta línea de trabajo, de raíz anglonorteamericana, ha alcanzado una considerable proyección internacional y cuenta con un nutrido conjunto de asociaciones en distintos países, grupos de investigación, Congresos periódicos, revistas y colecciones editoriales.
En España se vincula sobre todo con especialistas procedentes de las áreas de filología inglesa, francesa e hispánica.
Una importante representación de los autores del libro procede precisamente de este sector, aglutinado en España en torno al grupo de investigación en Ecocrítica GIECO, con sede en la Universidad de Alcalá de Henares.
La segunda vertiente se conecta más bien con el territorio de la filosofía moral y la bioética.
Los estudios sobre ética animal y ética ecológica priman en este caso, contando en España con figuras destacadas como Jesús Mosterín y Jorge Riechmann, descollando Alicia Puleo en el sector más específico del ecofeminismo.
Las reflexiones morales acerca de la condición animal tuvieron su punto de partida en la obra pionera de Peter Singer, Animal Liberation (1975), y conocen hoy una pujanza extraordinaria, destacando en España el Centro de Estudios de Ética Animal con sede en la Universidad Pompeu i Fabra.
Por último, el tercer enfoque abarca el ámbito de la historia social y cultural, ampliamente presente en el libro.
Este dominio engloba la historia cultural de los animales, la zoohistoria, los denominados Animal Studies y los trabajos sobre historia de la simbología animal.
También en este terreno disciplinar abundan los estudiosos españoles reconocidos: la prehistoriadora Rosario García Huerta, el medievalista Francisco Ruiz Gómez, los modernistas José Julio García Arranz y Arturo Morgado o el historiador de la ciencia Juan Pimentel.
Los distintos trabajos recogidos en el volumen se distribuyen en seis bloques temáticos, donde tiende a prevalecer o a combinarse en dosis variadas esta terna de enfoques disciplinares.
El primer bloque ("Arranque Metodológico") lo ocupa en su totalidad un extenso capítulo a cargo de José Tomás García, donde se elabora un marco teórico que da sentido al impulso de las investigaciones ecocríticas; se expone el contexto de gestación de esta tendencia, las necesidades de renovación conceptual de la misma y las futuras pistas de trabajo.
El segundo bloque ("Kiriarquía y Especismo en las Representaciones Culturales") está constituido por capítulos procedentes del ámbito de los estudios literarios y de la historia, y tienen en común explorar las representaciones de animales que han desempeñado un papel crucial en nuestra cultura: el perro en las fuentes medievales europeas (Lucía Orsanic), los felinos en la obra de Colette (Montserrat López Múgica), la imagen de la ballena en la España moderna (Arturo Morgado) y el "lobo feroz" en la literatura contemporánea (Francisco Javier Macías).
El tercer bloque ("Cosmogonía, Simbología y Economía en la Naturaleza Alter-Humana") desplaza el foco de atención hacia los efectos de lo alter-humano y especialmente de los animales, en las cosmovisiones, los órdenes simbólicos y el sustento.
Se examinan las funciones de la fauna en la mitología mesoamericana (Yolotl González) y en la cosmovisión shuar (Ana Dolores Verdú y Teresa Shiki); el uso icónico de los animales en la prehistoria (Rosario García Huerta) y en la emblemática barroca de los tratados para la educación de príncipes (José Julio García Arranz) y finalmente, en dos trabajos consagrados al Medioevo hispánico, que estudian respectivamente el lugar ocupado por los animales en la dieta (Francisco Ruiz Gómez) y la importancia de la avicultura (Dolores Carmen Moralez).
El cuarto bloque ("Espectáculo y Diversiones desde la Naturaleza Alter-Humana") lo componen dos estu-dios centrados en la utilización de los animales para el esparcimiento y la diversión humana.
El primero afronta la práctica de la tauromaquia (Lydia de Tienda) y el segundo el uso de las ratas en espectáculos circenses de la España decimonónica (José Manuel Pedrosa).
Los trabajos que constituyen el quinto bloque ("Moral y Aprendizaje.
La Visión Alter-Humana en Cuentos, Fábulas y Relatos") tienen en común la interpretación de la temática animal y alter-humana en distintos tipos de relatos.
El primer estudio, de literatura comparada, indaga el asunto en dos novelas contemporáneas: la norteamericana Ishmael y la española Juicio a los Humanos (Diana Villanueva Romero).
Vienen a continuación dos capítulos que exploran obras de no ficción; Los Seres Inferiores (1878), un ensayo premiado por la Sociedad Protectora de Animales de Cádiz, leído en el contexto del movimiento proteccionista emergente en la España de la Restauración (José Marchena Domínguez) y un repertorio de ensayos conservacionistas británicos publicados entre 1960 y 1980 (Terry Gifford).
Por último se incluyen tres contribuciones que pasan revista a la temática animal y alter-humana en autores específicos: las fábulas de Ted Hughes (Lorraine Kersleke), la poética de Ana María Oreste (Serenella Lovino) y el Frankenstein de Mary W. Shelley (Margarita Carretero González).
El bloque sexto, que cierra el volumen ("Representaciones Culturales Alter-Humanas en Otros Medios") incluye dos trabajos cuyos corpus de referencia no son puramente textuales.
El primero examina la representación de la pugna hombre/Naturaleza a través del análisis de la canción Stranger in a Stranger Land, de Iron Maiden (Marcos José Gálvez López); el segundo se centra en descifrar los entresijos del paisaje escenificado en la filmografía del Wéstern, estudiando el caso de The Hateful Eight.
Este importante compendio de aportaciones en los dominios de la Ecocrítica, de la Historia Cultural de la Naturaleza y de la Ética Ecológica, viene precedido por una atinada introducción, redactada por los editores, donde se cartografía el ámbito disciplinar que da unidad al volumen, y se pone de manifiesto la fecundidad de este género de investigaciones y su extraordinaria proyección en nuestro país. |
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El título de la que es todavía la biografía de referencia de Isaac Newton (1642-1727), la de Richard Westfall, Never at Rest (1980), expresa como un lema la idea de un hombre dedicado al constante ejercicio intelectual, la imagen de ese buscador de "piedrecitas en la orilla" que pintaría William Blake con trazas de héroe sobrehumano.
Sin embargo, la finalidad práctica de ese lema (never at rest) revela una dimensión esencial del pensador inglés que quizás todavía no se ha enfatizado lo suficiente: "no estarse nunca quieto" es lo que Newton recomendaba para evitar ponerse a tiro de las peligrosas tentaciones de la imaginación ociosa, precisamente lo contrario de lo que hacían los primeros monjes cristianos en el Egipto del siglo IV, a los que el filósofo natural acusó a menudo de suscitar con su culpable vida contemplativa las monstruosas imaginaciones que vemos pintadas en tantas Tentaciones de San Antonio.
Rob Iliffe nos retrata en el primer capítulo de su libro ("A Divine Web", pp. 24-45) al Newton que pasó su infancia tomando notas de la Biblia y memorizando sermones, el que a los veinte dejó por escrito un minucioso examen de conciencia en el que revela una religiosidad protestante con fuertes acentos puritanos y también una niñez de hijo póstumo pasada en "la frustración y el resentimiento" (p.
Este capítulo contiene también valiosas caracterizaciones, basadas en trabajo de archivo, de relevantes figuras que desempeñaron un rol paterno en la infancia de Newton.
Iliffe dibuja en detalle el ambiente profundamente religioso que rodeó la educación primaria del futuro genio en la Inglaterra rural de Cromwell, y, después, el régimen de estudio monástico que impe-raba en el Trinity College de Cambridge ("A Spiritual Ant", pp. 46-83).
Es significativo que el último episodio biográfico que se trata en el libro sea el del famoso "trastorno del entendimiento" sufrido por Newton en el verano de 1693, cuando, entre otras muestras de paranoia que luego dijo no recordar, acusó a su amigo John Locke de haber intentado "enredarlo con mujeres".
Desde mediados del siglo XVIII cobró fuerza la leyenda según la cual Newton se entregó a sus estudios sobre religión después de este episodio de desequilibrio, asignando así toda su producción no "científica", de forma más o menos expresa, a la actividad de una mente enloquecida.
El orden narrativo escogido por Iliffe constituye una elegante refutación de esa leyenda, ya muchas veces desmentida: casi todos los escritos de Newton examinados antes en el libro son anteriores a esa fecha.
Por otra parte, la ubicación de dicho episodio en las páginas finales (en último capítulo, "A Particle of Divinity", pp. 390-401) sirve para resaltar un tema que recorre toda la obra: la mencionada tensión en la personalidad de Newton entre la disciplina intelectual y los raptos de fantasía (imaginación, fancy), a mi juicio el motivo argumental más poderoso del libro.
La monografía de Iliffe ofrece ante todo una muy útil panorámica de los contenidos de los manuscritos de Newton sobre el aspecto religioso de su filosofía natural, sobre la interpretación de las profecías bíblicas y sobre la historia religiosa de la humanidad; no en vano está escrito por el director de The Newton Project, la maravillosa herramienta gratuita de investigación que desde 1998 pone a libre disposición electrónica del público el vasto legado textual newtoniano (aún no transcrito del todo: todavía falta, por ejemplo, el importante manuscrito Of the Church, en la Biblioteca Bodmeriana de Ginebra, que significativamente no se cita).
Éste no es el primer libro que aborda de forma monográfica el tema general de la religión de Newton: ahí están los clásicos de Frank Manuel (A Portrait of Isaac Newton, Cambridge, 1968; The Religion of Isaac Newton, Oxford, 1974) y el controvertido de David Castillejo (The Expanding Force in Newton's Cosmos, Madrid, 1981); sí es el primero que lo hace tras haber procesado electrónicamente el nada fácil texto de la mayoría de los manuscritos.
No pretende ser una biografía intelectual: de hecho, aspectos importantes como el de los confidentes de Newton en materia de religión quedan limitados principalmente a Locke ("Critical Friends", pp. 354-389), y en general las últimas tres décadas de su vida reciben escasa atención: resulta llamativa la poca presencia del célebre "Escolio General" añadido a la segunda (1713) y tercera (1726) edición de los Principia.
Como Iliffe señala al principio y al final, Newton interpretaba que el ser humano estaba hecho "a imagen y semejanza" de Dios (Génesis, 1, 26) en el sentido de que estaba dotado de razón, entendimiento y voluntad; por tanto, es el deber religioso del ser humano en general, y del filósofo natural en particular, progresar en el entendimiento del mundo y purificar la voluntad para escoger lo que su razón identifica como bueno.
Los lectores de Asclepio apreciarán especialmente el tercer capítulo ("Infinity and the Imagination", pp. 84-122), donde se trata la fascinante analogía intuida por Newton entre la manera en que Dios opera en el mundo físico y la manera en que nosotros movemos nuestro cuerpo: el misterio de la automoción en relación directa con el misterio de la creación y de la omnipresencia divina, y ligada a ello la reflexión newtoniana en torno a los "principios activos".
Esto entronca con su inveterada práctica de la alquimia, aunque este tema queda expresa y comprensiblemente fuera de los objetivos de este libro; sí encontramos a Newton manchándose las manos en otras ocasiones: diseccionando nervios ópticos de ovejas (p.
114) o elaborando de forma habitual su "bálsamo de Lucatello", una panacea universal (p.
El problema del origen de la heterodoxia teológica específica de Newton (su antitrinitarismo, su visión del dogma de la Trinidad como el principal síntoma de una corrupción esencial del cristianismo todavía no remediada en su tiempo) sigue envuelto, como bien dice Iliffe, en "niebla de archivo" (p.
132), pero hubo de producirse en Cambridge en el transcurso de la década de 1670 y muy probablemente ha de ponerse en relación con el problema intelectual de la idolatría ("From Liberty to Heresy", pp. 123-156, en especial p.
Iliffe ha señalado a menudo en trabajos anteriores la íntima conexión entre el vehemente anti-catolicismo de Newton y su antitrinitarismo: en este libro resalta una vez más el paralelismo entre su reacción a las críticas que algunos jesuitas del Continente hicieron a su primera publicación sobre óptica (1672) y sus acusaciones privadas contra el proceder de quienes, a su juicio, habían corrompido la religión verdadera ("Abominable Men", pp. 157-188).
El pensamiento de Newton presenta aquí interrelaciones complejas y a menudo paradójicas que Iliffe trata de un modo lúcido, respaldado por su experiencia de décadas de trabajo sobre el personaje.
Es particularmente valioso su tratamiento de cómo Newton entendía el litigio (aquí y en el capítulo 10, "Private Prosecutions", pp. 315-353, en mi opinión el mejor del libro) como un procedimiento odioso, fatalmente ligado al capricho mental, a la imaginación, que debía permanecer por tanto alejado de la filosofía natural so pena de convertirla en una "dama litigiosa", pero al que al mismo tiempo él recurrió con frecuencia y gran eficacia, ya se tratase de acumular pruebas contra Atanasio de Alejandría o contra Leibniz.
Esto se conecta con la aversión que sentía Newton por la naciente cultura de la ciencia pública e impresa y con su concepción radicalmente elitista del conocimiento científico y religioso: la religión y la ciencia se habían mantenido puras mientras habían permanecido en manos de un reducido grupo de sacerdotes-filósofos que habían sabido comunicar al común de los mortales sólo lo justo; la tremenda opacidad de los Principia es buscada y obedece tanto a un fin religioso como al carácter "prodigiosamente temoroso y suspicaz" de su autor (las palabras son de su discípulo William Whiston).
Los capítulos centrales abordan los contenidos de los manuscritos de Newton sobre profecía bíblica, historia del cristianismo e historia religiosa en general ("Prisca Newtoniana", pp. 189-218; "Methodising the Apocalypse", pp. 219-259; "Divine Persecution", pp. 260-292; "The End of the World", pp. 293-314); sería superfluo ofrecer un resumen aquí.
El tratamiento de Iliffe sobre las fuentes de Newton (las seguras y las probables) y sobre el uso altamente original de las mismas es a menudo iluminador.
Es importante insistir en que la exposición, como es deseable, sigue criterios temáticos, no cronológicos: la investigación newtoniana sobre la "sabiduría antigua" (prisca, por cierto, significa "antigua", no "oculta", pese a que a menudo sea también oculta; véase p.
190) se solapa con su trabajo sobre el Apocalipsis y sobre las turbulencias de la Iglesia del siglo IV.
269), se da lugar a un malentendido, pues de hecho, como creo haber demostrado (véase mi Isaac Newton: Historia Ecclesiastica, Madrid, 2013), en la unidad textual de que se trata (la conformada por los mss. Yahuda 1.
5 y Yahuda 19) el esquema apocalíptico va primero y el discurso sobre historia eclesiástica y sobre las maldades de Atanasio surge como una derivación a partir de él; dicho en otras palabras, en ese texto la "fundamentación" histórica sigue al "marco teórico" de interpretación apocalíptica, y no al revés.
A este respecto, por cierto, resulta muy afortunada la relación establecida por Iliffe entre los trabajos "teológicos" y de filosofía natural de Newton: el esquema profético de los primeros se correspondería con el marco matemático de la segunda, mientras que los sucesos históricos se correspondería con los fenómenos físicos (p.
No creemos, como legítimamente cree el autor, que los textos antitrinitarios de Newton se encuentren "entre las obras más atrevidas de cualquier escritor de la Edad Moderna" (p.
11): el inglés pudo haber llevado infinitamente más lejos su análisis racional de la religión, como habían hecho otros antes que él, y en lo que se refiere a la deconstrucción de la historia dogmática del cristianismo, su análisis, incluso para los estándares de su época, se queda muy en la superficie; por otra parte, también dentro de la fe cristiana (el subtítulo de la Introducción es apropiado: "A Rational Christian", pp. 3-23) era posible avanzar cristologías mucho más radicales que la newtoniana: los socinianos, sin ir más lejos, negaban a diferencia de Newton la existencia premundana de Cristo y el valor sacrificial de su muerte.
En cambio sí es fácil compartir con Iliffe la fascinación ante la genial rareza del conjunto de la obra de Newton, ante lo "espectacularmente original" (p. |
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Basta con leer atentamente la precedente referencia bibliográfica para convencerse de que nos hallamos ante una obra monumental.
Quien, además, esté al tanto de lo que se ha ido construyendo en torno a la rúbrica "Medicina y literatura" en el marco de las Humanidades médicas a lo largo de los últimos cuarenta años tal vez recuerde que título y autor ya estuvieron presentes de manera relevante en los inicios de la consolidación de dicho campo de trabajo, pues en 1991 y 2000 respectivamente von Engelhardt publicó los dos volúmenes de una obra que llevaba el mismo título que la actual, lo que da cuenta del valor que su autor, profesor jubilado de Historia de la Medicina, concedía y sigue concediendo al análisis de las fuentes literarias en la formación del médico.
La diferencia entre aquella edición y ésta es, en cuanto a la extensión, de dos mil noventa y cinco páginas sobre un total de dos mil novecientas sesenta y nueve: prácticamente el triple.
Pero el dato bruto de la extensión cobra todo su sentido cuando se comprueba lo que el autor nos ofrece en esos cinco tomos.
Procedo, pues, a su descripción.
El volumen I, titulado Darstellung und Deutung, comienza con una revisión histórica de las relaciones entre medicina y literatura así como los distintos escenarios en los que surge o puede surgir la relación entra ambas actividades humanas: el médico escritor, el escritor como enfermo, el libro como recurso terapéutico, etc, para continuar con un capítulo que asume la función de marco de la obra bajo el título "El enfermo y su enfermedad".
A continuación, a lo largo de veinticinco capítulos se tratan temas monográficos como determinadas enfermedades (lepra, tuberculosis, cáncer, enfermedades mentales...), el morir y la muerte, el médico y la terapéutica, el médico como enfermo, las instituciones asistenciales, el mundo social del enfermo y la lectura como terapia.
El libro finaliza con uno útiles índices de obras citadas y onomástico.
El voluminoso segundo tomo está dedicado a la "Bibliographie der Forschung" y es, a todas luces, difícil de mejorar.
La lista de autores y obras, que se extiende entre la página 1 y la 703, es sencillamente abrumadora pues, según la declaración de su autor en el prólogo, recoge todo lo que ha sido capaz de encontrar en publicaciones de toda índole y calidad.
Lógicamente este afán de exhaustividad hace prácticamente imposible establecer distinciones -¿cuál sería el criterio, dado además el marco temporal?-entre estudios verdaderamente originales y aproximaciones anecdóticas.
A cambio, la segunda parte, el índice temático y onomástico, ordenado alfabéticamente, resulta muy útil para realizar una búsqueda orientada desde la que construir el estado de la cuestión para investigaciones de calado académico.
Me atrevo a asegurar que todo aquél que haya cultivado, aunque solo sea de manera tangencial, esta área encontrará su nombre y su obra en tan abrumador censo.
El tercero, Anthologie literarischer Texte, es, como cualquiera puede comprender, precioso desde el punto de vista de la docencia, un aspecto siempre presente en la trayectoria profesional de von Engelhardt y de cuantos cultivamos esta metodología.
El hecho de que los textos estén en idioma alemán no es un problema mayor, pues en muchos casos se trata de traducciones de otros idiomas de uso más extendido entre los investigadores -francés, inglés, italiano, es-pañol...-y en la mayoría contamos con traducciones a la lengua del Estado así como a algunas de las cooficiales.
Los textos se refieren, con un peso diferente según las secciones, a la enfermedad y el enfermo, el médico y la terapia, las instituciones médicas y el contexto sociocultural y simbólico.
Wissenschaftliche Studien es el título del penúltimo volumen.
Tal como indica está compuesto por textos dedicados a los fundamentos y aspectos generales del estudio de textos literarios en el marco de la formación de los profesionales tanto en el marco de los estudios dirigidos a la obtención del título en medicina como continuada (11 trabajos, arrancando del De medicis poetis -1669-de Thomas Bartholinus y llenado hasta un texto del propio von Engelhardt de 2017: "Der Beitrag der Literatur und Künste für eine moderne und humane Medizin") y numerosos de tema monográfico estructurados en la misma línea de los contenidos en los volúmenes precedentes.
El compilador ha tenido la sensibilidad de publicar las diferentes contribuciones en la lengua vernácula de cada uno de sus autores, de modo que, por ejemplo, pueden encontrarse seis en español.
Las correspon-dientes quinientas cuarenta y una páginas dan cuenta del vigor de esta línea de investigación.
Para finalizar, el quinto ofrece un exhaustivo índice temático y otro de autores y obras citados.
Algo, como es fácil de imaginar, imprescindible en una obra de semejante calado.
No puedo pasar por alto la elegancia de la edición, ejemplo de trabajo altamente profesional por parte de la Mattes Verlag, a la que además hay que reconocer el mérito de haberse decidido a publicar una obra de estas características, con la ayuda, eso sí, de la Pooshel-Stiftung de Lübeck, la ciudad en la que Dietrich von Engelhardt ha desarrollado lo más personal de su carrera docente e investigadora.
Gracias a esta institución, aquella empresa y las personas a quienes el autor menciona en el apartado de agradecimientos, los interesados en esta área tan excitante de las conocidas como Medical Humanities contamos por fin con una herramienta de la que solo especialidades más socialmente reconocidas disponían hasta ahora, y que no debe faltar en ninguna biblioteca especializada que se precie. |
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Desde las Humanidades y las Ciencias Sociales no es ninguna novedad afirmar que las enfermedades son irreducibles únicamente al ámbito de lo médico e individual.
Éstas -en sus modos de manifestación, interpretación y abordaje-se hallan atravesadas por lo social.
Sin embargo, debido al peso de las miradas biologicistas en las formas de percibir los procesos de salud-enfermedad-atención en las sociedades occidentales contemporáneas, muchas veces este enlace resulta subvalorado.
Así, ciertas sintomatologías parecen anclarse esencialmente a sentidos negativos naturales y universales.
Este tipo de cristalizaciones se observa especialmente en el espectro de las "dolencias" asociadas a la llamada modernamente "discapacidad", donde parecería obvia su reducción al ámbito de lo biológico, lo trágico y lo personal.
Pues bien, Daniela Testa, en Del alcanfor a la vacuna Sabin.
La polio en Argentina evidencia cómo la poliomielitis constituye un caso privilegiado para visibilizar -a través del análisis sociohistórico y cultural-la construcción social de los significados imputados a una enfermedad.
En el siglo XX olas epidémicas de poliomielitis acechan distintos puntos del planeta.
La patología es de carácter infectocontagioso y genera formas definitivas de parálisis corporal que comprometen el andar y, en ocasiones, la respiración "normal".
Su principal blanco de afección lo constituyen los niños menores de cinco años, aunque también aflige a adultos.
Tal como indica Testa, su población objeto, sus efectos "invalidantes" y la falta de certezas respecto a su prevención y tratamiento -en un contexto en el cual los saberes médicos asociados a la rehabilitación eran aún incipientes-configuraron las condiciones de posibilidad para constituirse en términos de Erving Goffman en un auténtico estigma, sinónimo de temor y peligro.
La búsqueda desesperada de soluciones científicas para evitar la propagación de la enfermedad -a través del desarrollo de vacunas que tendrán un hito con el descubrimiento de la Salk y la Sabin-y de tratamientos compensatorios de sus secuelas, desarrollada en los países del hemisferio norte, avanzaron en un proceso de ensayo y error, alimentando prácticas asistenciales, al mismo tiempo que creencias populares en pos de calmar la ansiedad que generaba el fantasma del contagio y la parálisis corporal (como por ejemplo la limpieza de espacios públicos con cal o el uso de alcanfor).
América Latina no permaneció al margen de este discurrir.
Sin embargo, su abordaje historiográfico, comparado al desarrollado en países como Estados Unidos o España, ha sido muy escaso.
Es por esto que el libro reseñado realiza un aporte inestimable para cubrir este déficit a nivel local.
El texto parte de una investigación doctoral en Ciencias Sociales presentada en la Universidad de Buenos Aires que tuvo como fin abordar los significados que adquirió esta enfermedad en Argentina.
En este país, la coloquialmente llamada "polio", alcanza notoriedad como asunto público entre los años 30 y 50.
Testa reconstruye y analiza las ideas, explicaciones y valoraciones morales y emocionales que sustentaron a nivel nacional las prácticas de atención hacia la enfermedad y que modelaron sus percepciones sociales, configurando las identidades imputadas a sus protagonistas.
Para ello, nutriéndose de un andamiaje conceptual crítico basado en un original cruce entre los aportes de la historia de la salud y la enfermedad, de la historia de las políticas sociales y de los estudios sociológicos de la discapacidad -como así también de los de género y de la salud y la comunicación-identifica los singulares significados que adquirió esta enfermedad y sus secuelas en este país.
Con este fin, a lo largo del libro problematiza y responde: ¿qué coloraciones particulares adquirieron los significados de la polio a escala nacional, en su entretejido con la historia política particular?; ¿qué medidas y justificaciones activó o desactivó la presencia de la enfermedad?; ¿quiénes fueron los actores principales en la que llama, tomando a Howard Becker, "cruzada moral" contra la polio?, ¿cómo se articularon en esta lucha Estado, sociedad civil, familias y mercado?, o, en como denomina siguiendo a Donna Guy: ¿qué "performances de las asistencia" modelaron?; ¿qué efectos tuvieron tales estrategias en la producción social de identidades específicas asociadas a las personas con polio?, ¿cómo las mismas se entretejen con aquellas imputadas a los cuerpos con "discapacidad motriz"?, ¿de qué forma las performance de la asistencia incidieron en la estigmatización y en la generación de formas de inclusión/ exclusión/segregación de sus protagonistas?; ¿qué papel jugaron los medios de comunicación en la producción social de metáforas de estos sentidos?, ¿qué elementos intervinieron en la "noticiabilidad" diferencial de las epidemias de 1936, 1942, 1953 y 1956?; ¿cómo se dio el proceso de inmunización a nivel local y qué pujas suscitó en los operativos masivos de 1957, 1963 y 1971?
Lejos de interrogarse únicamente sobre el pasado -desafiando las periodizaciones atadas a lo político-nuestra autora considera la enfermedad en su propio devenir en el largo plazo, visibilizando e introduciendo la inquietud presente por sus "sobrevivientes".
Ellos, a partir de 1980, discuten la vigencia de esta al emerger controversias médicas y científicas respecto a la existencia -o no-del "síndrome pospolio" (un conjunto de síntomas inespecíficos que puede afectar a quienes padecieron la enfermedad).
En este aspecto, Testa se pregunta ¿por qué una enfermedad tan cargada de emotividad en el pasado ha quedado colectivamente en el olvido, al configurarse únicamente como cuestión de antaño? ¿cuáles son los elementos que reclaman sus protagonistas a través del activismo virtual? ¿qué sensibilidades ponen en escena en su diálogo con el Estado y la sociedad?
¿Qué condiciones propician el desa-rrollo de, en términos de Nikolas Rose, una ciudadanía biológica?
Para abordar el problema de investigación la autora parte de un conjunto heterogéneo de fuentes médicas, administrativas, legislativas, periodísticas y orales.
A través de ellas adquieren voz polifónicamente los actores intervinientes en la construcción social de significados asociados a la enfermedad.
De este modo, entran en escena las mujeres que inicialmente protagonizaron el cuidado y la atención de los afectados por la enfermedad (visitadoras médicas, enfermeras, voluntarias), las organizaciones de la sociedad civil destinadas a la lucha contra la parálisis infantil (como por ejemplo, primero, las de corte filantrópico como la Sociedad de Beneficencia y posteriormente, a partir de 1943, la reconocida ALPI, Asociación para la Lucha contra la Parálisis Infantil), las instituciones y saberes médicos públicos y privados que despliega la naciente rehabilitación argentina (tal es el caso del Instituto de Rehabilitación del Lisiado (IREL), la Comisión Nacional de Rehabilitación del Lisiado (CO-NAREL)), los responsables de las políticas de Estado destinadas a la discapacidad, los medios de comunicación, los afectados y sobrevivientes de la polio.
El "mundo polio" es reconstruido vivazmente a través de la descripción densa.
Asimismo, se muestra que ese universo aún se halla presente en los andamiajes que dejó como legado en el campo de la atención a la discapacidad motriz y en la lucha por el reconocimiento del síndrome pospolio.
En una trama argumentativa atrapante, de lectura agradable y fluida, el texto sigue el ciclo histórico de la enfermedad, dando cuenta su devenir como endemia-epidemia-control-eliminación.
Así se suceden los capítulos: 1.
"La lucha contra la polio: una cruzada humanitaria", 2.
"La rehabilitación en la agenda pública", 4.
"Las campañas de inmunización", 5"¡Todavía estamos aquí"!
El libro reseñado, junto a la contribución específica asociada a la historización de la polio a nivel local, posee aportes más amplios que merecen ser destacados.
La mayor parte del material es inédito, constituyendo su recolección y análisis una contribución en sí misma a la preservación del patrimonio histórico y un insumo para futuras indagaciones.
Este aporte adquiere relevancia ya que, en lo referido al abordaje médico de la rehabilitación de las personas con discapacidad y su percepción social a nivel local, existe un campo de estudios que, con antecedentes pioneros en los años 80 de la mano de la socióloga Liliana Pantano, en las última década se halla en propagación a nivel argentino y latinoamericano: los estudios sociales sobre la discapacidad, también llamados estudios críticos en discapacidad.
Desde esta corriente se busca problematizar la reducción de la discapacidad al ámbito médico e individual y evidenciar su carácter sociopolítico y opresivo.
De allí que se considere que la discapacidad emerge en un entramado social que niega y excluye a sus protagonistas al no tenerlos en cuenta como plenos ciudadanos.
El rol de las Ciencias Sociales reside en visibilizar esta construcción/producción social en pos de propiciar la toma de conciencia y emancipación de esta minoría, por medio de la exigencia del respeto de sus derechos humanos y su condición ciudadana a través de su plasmación en las políticas públicas.
Pues bien, la obra de Testa no sólo dialoga con este conjunto de estudios, sino que también los nutre, al brindar elementos que aportan a este enfoque.
Esto puede advertirse al menos en tres direcciones.
Como se ha mencionado, en primer lugar, reconstruye instituciones y saberes centrales en la configuración de las primeras políticas de Estado específicas en la materia en Argentina, cuyo abordaje es esencial para contextualizar los sentidos pasados y actuales de la discapacidad.
Tales espacios, como el IREL (actual Instituto de Rehabilitación Psicofísica) o la CONAREL (actual Agencia Nacional de Discapacidad), sobrevivieron a diferentes gobiernos, propiciando, en diversos grados, el reconocimiento de las personas con discapacidad.
Sin embargo, a partir del año 2016, a través de una serie de medidas vehiculizadas por el gobierno de Mauricio Macri, se encuentran en proceso de desmantelamiento y su relevancia histórica es invisibilizada.
La promoción del conocimiento constituye un insumo para apuntalar la defensa de estas instituciones y evidenciar su importancia para las personas con discapacidad y sus familias.
En segundo lugar, a nivel teórico, el texto reseñado ofrece interesantes usos de herramientas conceptuales (como las de performance de la asistencia, cruzada moral, estigma, noticiabilidad, metáforas de la enfermedad, ciudadanía biológica) para analizar críticamente las respuestas sociales a la discapacidad.
El cruce de corrientes en las que se inscribe la investigación es un punto que enriquece la mirada.
Las mismas permiten reconstruir, a partir de la recuperación de los múltiples actores intervinientes, qué implica ser y vivir con una discapacidad en un espacio acotado.
En tercer lugar, el texto evidencia la importancia de los abordajes históricos y situados en el campo de la discapacidad y su relevancia académica y social.
En este punto, realiza un aporte para demostrar que, si cada sociedad metaforiza la "discapacidad", también, a través de la visibilización de los usos políticos que adquirió especialmente la epidemia de 1956, al ser leída como una herencia "maldita" del peronismo, cada discapacidad simboliza un contexto sociohistórico particular.
De allí que, para comprender y abordar la discapacidad desde las políticas de Estado, resulte ineludible la reconstrucción acotada de qué significa la discapacidad en un espacio social determinado, ejercicio no reducible a abstracciones foráneas o slogans.
Asimismo, a el estudio de la discapacidad puede ser un buen analizador para comprender las sociedades actuales y sus formas de desigualdad.
El ejercicio crítico de reconstrucción de esa doble relación constituye una contribución concreta en la visibilización del carácter socio político y arbitrario de la discapacidad, y, por ello, una apuesta a desmantelarla en tanto forma de injusticia.
En este sentido, Del Alcanfor a la Vacuna Sabin, haciendo honor a la colección de la cual forma parte, es un aporte a la lucha por el reconocimiento de las personas con discapacidad.
Es un grito de atención respecto a la necesidad de romper con los procesos de exclusión/segregación de estas, probar los efectos devaluatorios de la estigmatización y la caridad y la importancia de promover instituciones que garanticen su inclusión social.
Dicho de otra manera, en un contexto de avance neoliberal y regresión en materia de derechos de las personas con discapacidad, tal como acontece a nivel regional y local, la jerarquización de las instituciones y saberes emergidos gracias a la poliomielitis, constituyen una aportación para evidenciar la importancia de su conservación para desanclar la discapacidad del ámbito personal y tratarla como asunto público, que atañe a instituciones y mecanismos sociales.
Investigadora asistente CONICET, Universidad Nacional de Quilmes [EMAIL] |
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Com mons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0)
La publicación de este libro es el resultado de un enorme trabajo, pero también de la experiencia y los conocimientos a través de toda una vida de magisterio de su autor, bien conocida entre los helenistas.
Rigor y erudición, pero también claridad y pedagogía en la exposición, son cualidades no fáciles de conseguir, pero el Dr. López Férez lo hace habitualmente y con mucha facilidad.
El libro que nos ocupa será, sin duda, una referencia importante en el estudio de la ecdótica en general y de Galeno en particular.
El estudio consiste esencialmente en la lectura, traducción y notas de los pasajes en que aparecen los términos griegos ἔκδοσις (ékdosis) y ἐκδίδωμιπροεκδίδωμι (ekdídōmi-proekdídōmi) dentro de las obras de.
El trabajo está dividido en seis capítulos, de los cuales son esenciales los tres primeros, diferentes por el léxico examinado, pero estrechamente relacionadas entre sí.
Dada la complejidad de las obras galénicas (114 conservadas en griego, más 11 transmitidas en árabe o latín), los numerosos pasajes recogidos, y, sobre todo, la abundancia de datos e información sobre el proceso de creación de sus obras (preparación de las mismas, lectura de manuscritos para constituir el texto crítico, entrega de una copia o del original mismo a uno o varios destinatarios, publicación del tratado correspondiente), habla de los diversos avatares por los que el escritor hubo de pasar mientras iba sacando a la luz su producción científica y literaria, las dificultades extraordinarias con que se encontró al ocuparse de los tratados hipocráticos y de sus diversos comentaristas, su búsqueda permanente de manuscritos y exegesis no sólo de autores médicos, la paciente revisión de textos de autores insignes dentro de las mejores bibliotecas de Roma con el fin de disponer de tres copias de los mismos, la preparación cuidadosa y paciente del texto crítico, la exposición oral ante un grupo selecto de conocidos del boceto de un tratado que estaba preparando, la insistencia de los citados en que les diera una copia manuscrita del contenido, su juicio acerca de tratados propios preparados para publicación y otros no pensados con ese fin, la pérdida de buena parte de sus libros durante el infausto incendio acaecido el año 192 de nuestra era.
Fuera del plano personal nos aporta noticias relevantes sobre las disputas filológicas de los comentaristas de los tratados hipocráticos, los problemas referentes a los materiales en que dichas obras habían sido transmitidas, los errores de exegetas y copistas, las interpolaciones, omisiones y alteraciones de las grafías antiguas, los signos diacríticos, las copias que se hacían en la Biblioteca de Alejandría de todo libro llegado a Egipto por mar y cómo los originales se quedaban en esa institución mientras el calco se devolvía a los propietarios.
Precisamente, a causa de la relevancia de los pasajes abordados, tanto para numerosos estudiosos (filólogos clásicos; historiadores de la medicina, de la ciencia y de las ideas; investigadores de otros aspectos de la Antigüedad clásica) como para un público amplio, el autor ofrece el texto griego junto con la traducción española, provista de abundantes notas, que atestiguan, por una parte, la erudición del autor y, por otra, la utilización de una bibliografía amplia y variada.
Capítulo I: ἔκδοσις (ékdosis) "entrega", "publicación", "texto crítico"; pp.17-103 (30 pasajes) Comienza con la atención dedicada por el prosista a quienes en tiempos anteriores habían comentado o publicado obras hipocráticas.
Nos habla del texto crítico elaborado por Baqueo (siglo III a.
C.) y hace referencia a otras publicaciones hipocráticas existentes en la Biblioteca de Alejandría, tanto en la sección real como en el depósito de obras procedentes de los navíos (I 1); menciona el texto crítico acorde con los criterios de Dioscórides el Joven (comienzos del II d.
C.) y el arduo problema planteado por ciertos caracteres colocados junto a determinados enfermos, por lo que acude a las copias antiguas y expresa su opinión acerca de algunos manuscritos llegados recientemente a sus manos (I 2); alude a un texto privado, personal, del citado Dioscórides sobre Epidemias III (I 3); apunta a la publicación de obras hipocráticas llevada a cabo por ese Dioscórides y su coetáneo y pariente Artemidoro Capitón, y, en punto a cierta lectura de Sobre la naturaleza del hombre, nos refiere la alteración que los mencionados introdujeron en las antiguas grafías, con algunos detalles sobre los materiales en que los tratados hipocráticos habían sido transmitidos (papiro, cortezas de tilo), los comentarios procedentes de otros exegetas y la comprobación personal llevada a cabo mediante el manejo de muchos comentarios y manuscritos (I 4-5); nos presenta a un filósofo anónimo que había publicado por segunda vez un libro sobre la carencia de vejez (I 6); sobresalen, luego, los comentarios a obras hipocráticas, donde el escritor nos aclara que los había elaborado para los amigos que se los habían pedido, y aprovecha para expresar un juicio crítico sobre Epidemias V y VII, a las que tiene por espurias, y II y VI, que no serían de Hipócrates, sino quizá de su hijo Tésalo (I 7); nos refiere el material en que el padre de la medicina habría redactado sus obras: pieles, hojas de papiro y tablillas; insiste en que sólo Epidemias I y III son propiamente de Hipócrates (I 7, 9, 10); en cambio, Epidemias VI serían simples borradores no preparados para la publicación (I 11, 12), notas para el recuerdo (I 13), diseño para investigar y recordar (I 14), o, quizá, un bosquejo personal con omisión de ciertas palabras, bien por obra del propio Hipócrates, bien por un error del primer copista (I 16); cree que Sobre el consultorio médico no era nada exacto ni preparado para publicación, ni por Hipócrates ni por sus hijos (I 17); discute una lectura de ese tratado y la entiende como un bosquejo de quien fuera su autor, y nos recuerda cómo recurrió a otras copias con lecturas diferentes (I 18); el Comentario al Timeo le permite incluir una variante textual acorde con los manuscritos de Ático (I 19); el tratado Sobre la indolencia, hace poco aparecido y editado, nos aporta numerosas y relevantes noticias sobre la publicación de las obras galénicas, con indicación del destinatario a quien está dedicada alguna de ellas (uno, muy destacado, Boeto; otro, un condiscípulo); precisamente, a la muerte de éste, el comentario que el estudioso le enviara salió de su domicilio y algunos lo adquirieron, aunque no estaba listo para publicar; aquél nos confiesa el motivo: todavía no había escrito nada importante (añadamos nosotros que el insigne pensador tenía a la sazón sólo 21 años) (I 20); en I 21 nos informamos de la corrección de numerosos libros, perdidos durante el terrible incendio del 192 d.
C., preparados por el propio sabio sobre una base sana, con texto depurado, llevado a cabo con exactitud y mediante la inclusión de varios signos críticos de tradición alejandrina (I 21); nos recuerda las tres copias que ordenaba hacer sobre el texto preparado de sus obras, con objeto de dejar una de ellas en Roma, otra en su casa de Campania y disponer de una tercera para enviarla a Pérgamo o a algún lugar de su elección (I 22); en I 23, hace referencia a la pérdida de todos los medicamentos, todos los libros y todas las recetas que poseía, así como de los tratados que había preparado sobre los medicamentos, y cómo pudo sobreponerse con grandeza de espíritu a tamaño desastre; apunta, asimismo, a una publicación general, amplia, de varios comentarios destinados a una difusión abierta y no a la posesión privada de quienes hasta entonces habían recibido las exegesis (I 25); a propósito de las obras no aniquiladas por el fuego nos señala que se habían conservado gracias a que estaban en manos de muchos, tal como sus demás tratados, y que algunos comentarios los había entregado él a sus amigos, pero que sus criados, tras haberle robado otros, se los habían dado a otros amigos sin su permiso, aunque pudo recuperar algunos de ellos tras la espantosa pérdida causada por el fuego (I 26); nos enteramos de cómo les entregaba a sus amigos comentarios escritos de lo que les había presentado oralmente, y cómo algunos de ellos iban sin título, y cómo ciertas personas les pusieron el nombre del autor, y cómo otras advirtieron que la copia que poseían discrepaba respecto a las lecturas de otros manuscritos (I 28).
Capítulo II: ἐκδίδωμι (ekdídōmi ), "entregar", "publicar"; pp.105-145 (18 contextos) El erudito preparó las exegesis de las obras hipocráticas por petición de sus amigos, pero aquéllas salieron de ese círculo y fueron a parar a manos de muchos (II 1); piensa en la envidia como posible causa de que algunos hicieran desaparecer los escritos de sus predecesores con el fin de aprovecharse del contenido; nos facilita una explicación sobre la pérdida de piezas importantes de tragediógrafos y comediógrafos, añadiendo algunas razones fundadas acerca de la aniquilación de muchos escritos en Roma por causa de incendios y terremotos (II 2); analiza la 'segunda' publicación de las Sentencias cnidias, que tendría elementos añadidos, suprimidos y alterados (II 3); el sabio, examinando un añadido en el hipocrático Sobre la dieta en las enfermedades agudas, subraya que lo habrían insertado algunos cuando dicha obra fue encontrada en la casa del propio Hipócrates, tras la muerte de éste, e insiste en que la inserción era impropia de la capacidad intelectual del famoso médico (II 4); afirma que dicho tratado habría sido redactado como un esbozo y publicado tras la muerte de su autor, deteniéndose, con agudo interés estilístico, en el desorden manifiesto de los razonamientos presentes en determinado pasaje, y, al mismo tiempo, aportando sagaces observaciones en torno al margen y anverso de la hoja de un libro (II 5); el prosista, en su exegesis del Consultorio del médico, sostiene que el primero que escribiera dicho tratado cometió un error por supresión, prefijación o sustitución de una o dos letras, y, asimismo, razona a propósito de la presencia de letras borrosas procedentes del autor que lo redactara, de la confusión del copista al conjeturar sobre aquéllas y de los problemas ocasionados por el cambio de escritura a la hora de convertir las viejas grafías en las usadas en tiempos antiguos (II 6); siguiendo con el mismo comentario, puntualiza que el tratado en cuestión había sido redactado a manera de esbozo y publicado tras la muerte de quien lo hubiera compuesto, y, a la vez, aclara la actitud de los copistas ante las dobles lecturas, bien incluidas en el original por el propio autor, bien puestas al margen para decidirse después por la que mejor cuadrara al pasaje (II 7); a propósito de una omisión presente en Epidemias II, reflexiona acerca de cómo, al publicar de prisa un libro, el error cometido por el primer copista se mantiene en lo sucesivo, y cómo algunos no advierten que falta algo en determinado pasaje ni que se repite lo ya dicho en otra parte (II 8); comentando el Prorrético opina que su autor murió antes de publicarlo, por lo que tuvieron que sacarlo a la luz sus hijos o cualquier otro (II 9); pensando en sus propios tratados, el sabio nos facilita un dato de extraordinario valor sobre la desaparición en el voraz incendio de los dos primeros libros de su Sobre la composición de los medicamentos por géneros, pues, al no tener nadie copia de los mismos, tuvo que escribirlos de nuevo, consciente de la confusión que el hecho de escribir dos veces el mismo tratado pudiera ocasionar si alguien se encontraba con una copia hecha sobre la primera redacción y le reprochaba haber redactado dos veces una obra sobre el mismo asunto (II 10); en el tratado Sobre el orden de sus propios libros puntualiza que, dado que los escritos que había entregado a sus amigos habían ido a parar a manos de muchos, se había decidido a publicar Sobre la mejor secta (II 11); dentro de aquella obra nos habla de tres opúsculos suyos que, en primer lugar, los había dictado ante sus amigos, y, luego, resultaron publicados por éstos (II 12).
Capítulo III: προεκδίδωμι (proekdídōmi) "publicar con anterioridad"; pp.147-155 (4 secuencias) El intelectual, al escribir Sobre la disección de los músculos, incide en que, por petición de sus amigos, había resumido de forma breve lo recogido en Sobre los procedimientos anatómicos (III 1); dentro de su exegesis de los Aforismos hipocráticos nos advierte que el comentario de Lico sobre los mismos le había sido entregado cuando él ya tenía redactado su tratado, pero que, con todo, había introducido en su redacción una frase que no constaba en el texto publicado previamente (III 2); el pergameno, al redactar el Comentario a Sobre la naturaleza del hombre, cuenta que su tratado Sobre los elementos según Hipócrates se lo había dado a un compañero anónimo omitiendo en su redacción los elementos que el destinatario conocía, y aprovecha la ocasión para justificar las explicaciones generales ofrecidas al comienzo de sus obras; al mismo tiempo nos confiesa que sus compañeros le habían pedido que, en el dedicado a la naturaleza del hombre, insistiera en todas las expresiones referentes a la doctrina médica (III 3).
Apéndice, pp. 157-161 El autor lamenta no haber podido beneficiarse del contenido del Brill's Companion to Ancient Greek Scholarship (2015), porque este libro se encontraba ya paginado y en imprenta.
No obstante, incluye aquellos puntos que afectan al contenido, en concreto, la nota 8, para lo que invita a acudir a la exposición de Montanari (2015: 641-672), donde habla de la ékdosis alejandrina, de la que dice que está íntimamente ligada a la crítica textual (671) y de las conje-turas y/o variae lectiones.
En relación a Galeno, revisa cómo el médico preparaba y corregía el texto, cuando se ocupaba de algún autor, o pasaje, médicos; también destaca que, como exegeta y comentarista, el pergameno preparaba también obras y autores no médicos.
También es de gran importancia para el conjunto de este libro la contribución de D. Manetti (2015de D. Manetti (: 1126de D. Manetti ( -1215)), en concreto, en la aclaración del término ἐξήγησις (nota 21), que, en las pp. 1191-1192, recurre a lo que afirma el médico en su Comentario a Sobre las fracturas (In Hippocratis librum de fracturis commentarii iii 18b.318.1-18b.322.2 K), que la exegesis de un texto consiste en explicar los pasajes oscuros, no en dar una demostración sobre la corrección de lo que en él se expone; y el profesor López Férez nos invita a consultar con atención a Manetti (pp. 1186-1195, dedicadas exclusivamente a Galeno), que afirma que para nuestro prosista la exegesis (p.
1188) puede consistir o bien en los syggrámmata, o bien en comentarios propiamente dichos, como los dedicados a Hipócrates.
También recomienda López Férez acudir a Manetti (p.
1195) para complementar la nota 31, donde señala que el pergameno mostró, cada vez más, un vivo interés por las variantes manuscritas, las interpolaciones textuales, la autenticidad y autoría de los escritos, etc.
1154) en relación a dos términos muy interesantes en la filología helenística e imperial: hypomnḗmata y syggrámmata.
Para la nota 83, sobre el término ἑρμηνεία, recomienda consultar a Manetti (p.
1179) sobre la oposición entre tratados ga-lénicos para ser publicados (πρὸς ἔκδοσιν) y los no destinados a su publicación (οὐ πρὸς ἔκδοσιν).
Sobre el término ἔκδοσις, del que el autor escribe ampliamente en pp. 22-24, la Profesora Manetti apunta que el sentido predominante es el de 'publicación','circulación' (p.
1179), pero sostiene también el de edición corregida en la frase ἔκδοσιν εμὴν ποιήσασθαι (De indol.
Capítulo V. Bibliografía, La bibliografía, muy cuidada, es muy amplia y selecta, y está dividida en tres apartados: Fuentes antiguas (para Galeno e Hipócrates y otros, por separado), Instrumentos léxicos (incluye diccionarios, enciclopedias, léxicos, etc.) y Estudios (según el propio autor dice, incluye solo los trabajos esenciales y de especial interés para este estudio).
Capítulo El libro finaliza con seis índices, muy importantes para el uso y lectura de este libro.
El primero, los pasajes citados: en primer lugar, de autores y obras antiguas, y un segundo, dedicado a otras fuentes (CORDE, TLG, CGB, DEL, etc. El segundo, de autores y obras, muy exhaustivo.
El tercero, es una selección de otros nombres propios notables.
El cuarto, también una selección de términos relevantes, y bajo cada concepto otros de su familia léxica.
En quinto lugar, el léxico griego, señalando, en cursiva, la página en la que aparece el término, lo que facilita mucho su búsqueda.
Y, por último, las transcripciones del léxico griego, que el Profesor López Férez incluye (cf. nota 2) pensando en quien no lea la lengua griega, y solo en su primera aparición dentro del estudio. |
En 1967 se publicó en las páginas de esta misma revista (vol. XVIII-XIX) una bibliografía de Pedro Laín Entralgo que ni quería ser exhaustiva ni podía, por razones obvias, ser completa.
De ella se ha partido para elaborar esta otra, cronológicamente completa, al haberse completado el curso de su vida, y notablemente engrosada en cuanto al volumen de referencias.
Se han incorporado todas las publicaciones de Laín a que, con los medios de que disponíamos, se ha tenido acceso, en cualquier formato -libros, folletos, colaboraciones en obras colectivas, artículos de revistas, prólogos, etc.-, con la excepción de los artículos, breves por lo general, aparecidos en diarios y prensa no especializada.
No se hace referencia tampoco a reediciones ni traducciones, cuya noticia es sin duda interesante, pero no necesaria para el trazado de su trayectoria biográfica intelectual.
Cuando va a cumplirse, en efecto, un año y medio de la muerte de Don Pedro se hacía imprescindible una bibliografía que, sin aspirar tampoco a ser exhaustiva, ofreciera información y orientación suficiente para moverse por el sorprendentemente vasto y variado territorio de la obra lainiana.
Con ese ánimo de servicio se ofrece este trabajo, que no habría sido posible sin la asidua colaboración de Milagro Laín y Sonia Claesson, y sin el apoyo financiero del Instituto de Estudios Turolenses.
Patología celular y bacteriología.
Principio y fin de Segismundo Freud.
Hacia la eterna metafísica de José Antonio.
Historia desde el corazón.
Recensión de El cuento de mi vida, por H. Ch.
Dilthey y el método de la historia, en «Boletín Bibliográfico» (editado por el Instituto Alemán de Cultura, Madrid), X/1-2 (1942) 3-16.
Tres notas y un pico sobre el «Idearium español», prólogo a Ángel Ganivet, Idearium español, Ediciones Fe, 1942, IX-XXIII.
Sobre la cultura española.
Confesiones de este tiempo, Editora Nacional, Madrid, 1943.
Recensión de Nocturno, por Frank Swinnerton, en «Escorial», 31 (1943) Prólogo a un libro de pícaros, en Rogelio Pérez Olivares, Anecdotario pintoresco: Historia, desgracia, humor y fortuna de escritores, periodistas, poetas, políticos, autores dramáticos, cómicos, toreros, gitanos, etcétera, Gráf.
La anatomía humana en la obra fray Luis de Granada, Real Academia Nacional de Medicina, Madrid, 1946.
Clásicos de la medicina: Bichat, El Centauro, Madrid, 1946.
La obra científica de Cajal, en «Consejo General de Colegios Médicos de España.
Reflexiones de un historiador de la medicina acerca de la idea de enfermedad, en «El día médico», XX (1948) 23-39.
El espíritu de la poesía española contemporánea, en «Cuadernos Hispanoamericanos» 5-6 (1948).
La anatomía de Vesalio y el arte del Renacimiento, en «Revista de Ideas Estéticas», 21 (1948) La amistad entre el médico y el enfermo en la medicina hipocrática, Real Academia Nacional de Medicina, Madrid, 1961(editado también en «Medicina Española», 274 (1961)).
Salud y perfección del hombre, en Studia philologica.
Homenaje ofrecido a Dámaso Alonso por sus amigos y discípulos con ocasión de su 60o aniversario, II, Gredos, Madrid, 283-299.
El empirismo clínico y anatomopatológico en el barroco, en Pedro Laín Entralgo (ed.), Historia universal de la medicina, IV, Salvat, Barcelona, 1973, 309-317.
Fisiología de la Ilustración, en Pedro Laín Entralgo (ed.), Historia universal de la medicina, V, Salvat, Barcelona 1973, 45-61 (en colab. con Agustín Albarracín Teulón y Diego Gracia Guillén).
Clínica y patología de la Ilustración.
Europa central, en Pedro Laín Entralgo (ed.), Historia universal de la medicina, V, Salvat, Barcelona, 1973, 85-87 (en colab. con Agustín Albarracín Teulón).
Gran Bretaña, en Pedro Laín Entralgo (ed.), Historia universal de la medicina, V, Salvat, Barcelona, 1973, 268-270 (en colab. con Diego Gracia Guillén).
Los orígenes de la patología científico-natural, en Pedro Laín Entralgo (ed.), Historia universal de la medicina, V, Salvat, Barcelona, 1973, 278-279 (en colab. con Diego Gracia Guillén).
Otros Países, en Pedro Laín Entralgo (ed.), Historia universal de la medicina, V, Salvat, Barcelona, 1973, 283 (en colab. con Diego Gracia Guillén).
Mundo anglosajón, en Pedro Laín Entralgo (ed.), Historia universal de la medicina, V, Salvat, Barcelona, 1973, 302-305 (en colab. con Diego Gracia Guillén).
Alemania, en Pedro Laín Entralgo (ed.), Historia universal de la medicina, V, Salvat, Barcelona, 1973, 309-310 (en colab. con Diego Gracia Guillén).
El comentario de un texto científico: Claudio Bernard, en AA.VV., El comentario de textos, Castalia, Madrid, 1973, 399- Medicina, Granada, 1975.
La empresa de envejecer (I).
La empresa de envejecer (II).
La empresa de envejecer (III). |
O projecto intitulado "El coleccionismo científico y las representaciones museográficas de la naturaleza y la humanidad" é financiado pelo Ministerio de Economía y Competitividad de Espanha, pela Agencia Estatal de Investigación de Espanha e pelo Fondo de Desarrollo Regional da União Europeia, faz parte do Plan Nacional de Investigación e desenvolve-se no Instituto de Historia del CSIC, sob a direcção de Miguel Ángel Puig-Samper e Francisco Pelayo. |
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¿Cómo se formaron muchas de las colecciones que integran el patrimonio existente en los museos ibéricos?
¿Con qué objetivos se constituyeron y qué papel desempeñaron en la comprensión europea del mundo moderno y en el avance del conocimiento científico?
¿De qué manera la evolución de la ciencia o las transformaciones políticas e institucionales fueron determinantes para la integridad o la fragmentación de las colecciones?
¿Cómo consiguieron sobrevivir a la acción del tiempo y de las gentes, subsistiendo a amenzas de destrucción o fragmentación?
¿Qué significan para las sociedades de matriz ibérica por lo que se refiere a valores culturales y representaciones simbólicas de sus identidades nacionales?
Creemos que estas (y otras) cuestiones están presentes en las reflexiones de los autores que han contribuido a este dosier temático, titulado Viajes científicos y coleccionismo en el mundo ibérico (siglos XVIII-XX).
Los artículos que lo conforman pretenden percibir cómo se constituyeron, estudiaron y preservaron las colecciones que integran museos de ciencia y jardines botánicos, enfocando un contexto comprensivo que es predominantemente ibero-americano, y un arco cronológico que se define entre el Siglo de las Luces y la primera mitad del XX.
Nos referimos de modo principal al papel que el coleccionismo y las colecciones han desempeñado en el conjunto de prácticas de la ciencia moderna y contemporánea, como repositorios de conocimiento científico natural, etnológico y antropológico sobre las más variadas regiones del globo, con especial atención a las ibéricas y sudamericanas.
Con todo, las colecciones no se consideran aquí como resultado de un mero proceso de recolección de especímenes y curiosidades provenientes de lejanos y exóticos territorios.
Se entienden fundamentalmente como "evidencias científicas" destinadas a ser seleccionadas, clasificadas, estudiadas, preservadas y expuestas en centros de producción y divulgación científicas.
Están revestidas, por tanto, de un innegable significado científico, cultural, social e identitario, y son determinantes para un mejor conocimiento de nuestro presente y nuestro pasado.
Un pasado que, en el caso ibérico, tiene en común la expansión marítima a escala global y la construcción de vastos imperios transcontinentales y transoceánicos, en los cuales los territorios americanos (portugueses y españoles) ocuparán una posición de innegable centralidad.
Los textos pesentados conducen igualmente a una reflexión sobre las relaciones, a veces incómodas, que se establecen entre colecciones, patrimonio y ciencia; entre ciencia, imperio o estado y poder; entre individuos, organismos científicos y territorio.
En la medida en que los Estados ibéricos incorporaron el conocimiento y la exploración de la naturaleza y de los recursos naturales en sus estrategias de poder, los reinos y sus dominios coloniales no solo supondrán soberanía territorial, control político y desarrollo de nuevas redes comerciales y nuevas formas de comercio, sino que contribuirán igualmente a moldear la ciencia ibérica hasta periodos relativamente recientes.
Las colecciones, compuestas por especímenes procedentes de la naturaleza (naturalia) y por creaciones del arte y el ingenio humanos (artificialia), se presentan en varios artículos como el resutado de visiones científicas de épocas concretas.
Es decir, como un producto histórico que comenzó a ser constituido fundamentalmente a partir del siglo XVIII, en un momento en que los gabinetes privados de curiosidades de la época barroca darán paso a proyectos museológicos públicos, como es el caso de los museos de historia natural y de los jardines botánicos.
A partir de ese momento y hasta el día de hoy, estas colecciones conocerán transformaciones profundas y drásticas, relacionadas con la evolución de la ciencia, con cambios políticos e institucionales, y con amenazas causadas por la incuria y la destrucción humanas.
Muchos de estos cambios determinarán, de forma incuestionable, la preservación e integridad o la división de muchas de ellas.
Otra cuestión abordada en varias de las contribuciones es que las colecciones mostradas en palacios, museos, jardines y otros espacios expositivos representan, en muchos casos, la cara visible de la ciencia para la sociedad.
Presentadas con objetivos simultáneamente pedagógicos y lúdicos, concilian prácticas científicas e iniciativas culturales y artísticas que tienen por objeto captar la atención del público hacia el mundo natural y el patrimonio material e inmaterial que es de todos nosotros.
El artículo de Ângela Domingues está centrado en el vasto y complejo proceso científico e institucional ligado a la recolección de artefactos y a la formación de colecciones científico-naturales, etnológicas y antropológicas, provenientes de varios espacios coloniales extra-europeos, en Portugal durante la segunda mitad del siglo XVIII, destacando especialmente la colonia brasileña.
En un periodo en que la ciencia era, por definición, útil y debía servir al interés pú-blico en la consecución del bienestar, el progreso y la felicidad de los pueblos, las colecciones formadas tenían el objetivo central de contribuir a la comprensión de los espacios imperiales.
En este proceso se da relevancia a los viajes filosóficos, aquí considerados como un instrumento de modernización política y administrativa al servicio del Estado Moderno portugués.
¿Puede la observación de un cuerpo humano no vivo "resultar placentera"?
Esta es la provocadora pregunta a la que Luis Ángel Sánchez Goméz procura responder en su artículo, que presenta también un panorama evolutivo de los espacios europeos (con especial atención al caso español y al Museo Antropológico) donde se expondrán cráneos, esqueletos, cuerpos y restos humanos.
Asimismo da cuenta de la dificultad con que estos ámbitos se enfrentarán -y se enfrentan todavía-para exponer públicamente, de forma atractiva e interesante, temas como la humanidad (considerada, por la uniformidad del género humano, como asunto poco interesante) y la muerte (viendo como el observador es consciente de la mortalidad).
El artículo de Sánchez Gómez se revela como particularmente incisivo cuando aborda las grandes alteraciones que se producen en el estudio de los restos humanos con el surgimiento de la antropología física, que hacen que de asunto desprovisto de atractivo o relevancia, pase a adquirir una tremenda y racista utilidad.
Carmen Ortiz García procura con su artículo reponder a una laguna historiográfica: ¿cuál fue el destino de las colecciones constituidas por los restos humanos y el material etnográfico reunidos durante la Expedición Científica del Pacífico?
Explica que los restos biológicos humanos eran un componente fundamental de las colecciones de los grandes museos europeos y norteamericanos.
Momias, cadáveres y huesos permitían explicar las diferencias morfológicas y culturales de los grupos humanos y profundizar en el conocimiento de los orígenes de la especie, las variaciones físicas y las diferencias raciales, a la vez que permitían establecer la progresión de los diversos tipos raciales por el mundo.
Estas colecciones eran, tanto consideradas como elementos indispensables para el avance de los estudios científicos, como fundamentales para la organización de exposiciones con objetivos educativos y lúdicos.
La autora centra su estudio de caso en el largo viaje de las momias del sitio arqueológico de Chiu-Chiu -extraídas por Manuel Almagro y actualmente depositadas en varios museos de Madrid-que considera un núcleo indisociable de las colecciones conformadas por la Expedición Científica del Pacífico, junto con los especímenes de los tres reinos de la naturaleza y los materiales etnográficos.
Heloisa Domingues y Magali Romero Sá hacen en su artículo un homenaje al Museo Nacional de Río de Janeiro.
Relatan la historia de las colecciones emblemáticas que se formaron en el transcurrir de dos grandes expediciones, una dirigida por Cândido Mariano da Silva Rondon (1907-15) y la otra por Luiz de Castro Faria.
Ambas colecciones integraban el patrimonio expuesto en el Museo Nacional.
Más allá del valor científico de indiscutible relevancia, las autoras les atribuyen también significado político y social en la "internacionalización" de Brasil.
Constituidas con claros objetivos nacionalistas, estas colecciones tenían un significado simbólico y representativo, en la medida que presentaban a los brasileños espacios todavía poco controlados y desconocidos, marginales y fronterizos en el proyecto museológico nacional -como eran, a esas alturas, Mato Grosso y grandes territorios del Nordeste brasileño-, contribuyendo así a la valorización de la cultura, la naturaleza y el patrimonio: "de Brasil para Brasil".
El trabajo de Nelson Sanjad es una contribución decisiva para hacer más visible y menos subalterna la presencia y la participación de las mujeres en las redes científicas y académicas de principios del siglo XX.
Cumple este objetivo a través del estudio de la actuación de la ornitóloga y zoóloga Emília Snethlage, que ejerció el cargo de directora del Museo Paraense Emílio Goeldi (1914Goeldi ( -1921)), y que tuvo también un papel central en la dinamización de los contactos entre el etnólogo y colector Curt Nimuendajú y una compleja red de relaciones sociales formales e informales que incluía a Theodor Koch-Grunberg.
Sanjad defiende que la amistad establecida entre estos dos personajes fue inicialmente regida de forma triangular, activamente mediada por Snethlage.
Otro propósito del autor es esclarecer la posición que el Museo Goeldi y su "colonia de investigadores" ocupaban en la comunidad científica internacional a principios del siglo XX.
Esta institución científica era conceptuada por los investigadores como de excelencia en los estudios sobre la Amazonía, y su mérito y credibilidad eran reconocidos por científicos europeos y norteamericanos.
Igualmente, sus colaboradores eran considerados como eficientes colectores de especímenes destinados a museos y coleccionistas internacionales, y como intermediarios indiscutibles en los contactos entre los viajeros científicos y las redes locales de apoyo a las expediciones, constituidas por investigadores locales, pero también por indios, guías, intérpretes, misioneros, "coroneles de barranco", etc.
Basado en un estudio pormenorizado de caso -la trayectoria intelectual y científica del botánico José Cuatrecasas-, José María López Sánchez traza el cuadro de una generación de notables científicos e intelectuales que se formó en España sobre los parámetros del naturalismo y el moderno racionalismo científico.
Nacidos en los albores del siglo XX en el seno de la burguesía ilustrada española, los individuos que la constituían formarán un grupo elitista que fue responsable del reformismo político, económico y social del fin de la Restauración y la Dictadura, y cuya actuación fue determinante para la política cultural implantada durante la República.
López Sánchez nos proporciona un amplio panorama de las dinámicas establecidas por este grupo que fijó su identidad en el ejercicio del poder y la ciencia: controlando cargos docentes y científicos, pero también ocupando sitios de responsabilidad política en el aparato burocrático estatal e influyendo en los programas políticos.
La actuación, a veces conflictiva, de esta élite fue decisiva para definir los caminos que la ciencia, la cultura y la política tomarán en España durante el primer tercio del Siglo XX.
Cierra este dosier temático el artículo de Francisco Pelayo, que nos invita a reflexionar sobre el valor material y simbólico que tiene el patrimonio para la nación y para la identidad nacional.
El ejemplo competentemente presentado nos revela los esfuerzos que los naturalistas republicanos del Instituto Nacional de Ciencias Naturales desarrollarán para proteger y salvaguardar las colecciones científicas, las bibliotecas y los archivos, tanto públicos como privados, en el escenario de destrucción que fue la ciudad de Madrid durante la Guerra Civil (1936)(1937)(1938)(1939).
Pelayo nos muestra, de forma vívida, la devastación causada por los conflictos armados en los edificios y las instituciones culturales y científicas madrileñas, y da cuenta del peligro que estos ataques representaron para la integridad física de las colecciones que allí se albergaban.
Otro aspecto relevante de este trabajo consiste en la atención que el autor concede a la campaña de propaganda política desencadenada por los nacionalistas y la difusión de noticias falsas que cuestionaban los esfuerzos hechos por el gobierno republicano para salvar de la guerra el patrimonio cultural y científico, y evitar su pérdida y destrucción.
Tanto la organización como las diferentes contribuciones que recoge este dosier se diseñaron en el marco de un proyecto de investigación colectivo.
Por tanto, en buena medida la selección de los temas a tratar y el ámbito geográfico y cronológico en el que se han trabajado obedecen a esta circunstancia.
El proyecto titulado "El coleccionismo científico y las representaciones museográficas de la naturaleza y la humanidad", financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad de España, la Agencia Estatal de Investigación de España y el Fondo de Desarrollo Regional de la Unión Europea, forma parta del Plan Nacional de Investigación y se desarrolla en el Instituto de Historia del CSIC, bajo la dirección de Miguel Ángel Puig-Samper y Francisco Pelayo.
Con este dosier las coordinadoras pretenden sensibilizar a los lectores acerca de la responsabilidad colectiva que debemos tener hacia el patrimonio, en un momento en que el devastador incendio del Museo Nacional de Brasil está todavía tan presente en nuestras memorias. |
Las gentes de nuestro tiempo pueden, en efecto, alegrarse extraordina riamente por haberse encontrado con una inmensa cantidad de libros, de la que carecieron nuestros antepasados y la época precedente.
Vemos; de hecho, que el volumen de libros ha crecido tanto por el núme.Tf.. o;_ de impresos, que está siendo necesario llenar no sólo bibliotecas siho casas enteras».
En la segunda mitad del siglo XV, tuvo lugar en la historia intelectual de Europa uno de los cambios más importantes de todos los tiempos, el cual iba a revolucionar los más diversos campos del conocimiento: merced a la rápida difusión• alcanzada por el nuevo invento de la imprenta, el manuscrito se vio paulatinamene substituido por el impreso como soporte para la reproducción de textos escritos(!).
Aunque la filosofía natural y la medicina universitarias prácticamente no se asomaron a la imprenta hasta la década de 1470, pronto se convir-ti e ron en importantes motores del mercado del libro impreso.
En efecto, en los sesenta años siguientes fue impresa, en diversos idiomas y de modo reiterado, la práctica totalidad de las obras médicas y filosóficona turales de las autoridades antiguas y medievales.
Los principales hitos de este proceso son bien conocidos: la Historia naturalis de Plinio (lat.
En este mismo periodo un segundo grupo de escritos médicos y filosóficonaturales, de creciente peso específico conforme trans curría el tiempo, comenzó también a salir de las prensas europeas.
Aunque no•nos C>cuparemos de él en esta ocasión, digamos que se trataba de las obras•:d� autores contemporáneos, que se apercibieron en vida de las enormes pb�ibilidades ofrecidas por la imprenta a la difusión de sus estudios, sin: desdeñar tampoco los eventuales beneficios económicos que el nuevo inventúJes pudiera reportar (2).
El complejo mundo de los primitivos impresores estuvo marcado desde sus inicios por la dureza de un negocio nuevo, en condiciones muy preca rias desde todos los puntos de vista, y en el marco de un mercado sin escrúpulos, en el que la ganancia era el valor prioritario, por no decir el único.
La dinámica de fuerte competencia generada entre quienes pug naban por vender el producto de su trabajo a un público universitario cada vez más exigente, hizo aparecer la figura del editor, un colaborador con quien el impresor tenía que contar cuando se proponía imprimir una obra de cualquier autor no vivo o directamente accesible.
Dentro de esta colaboración -nunca exenta de tensiones-entre el editor y el impresor, eran responsabilidades del primero, por una parte, fijar un texto no sólo depurado desde el punto de vista filológico y paleográfico, sino también ajustado al original y coherente en su contenido; por otra, cuidar su presentación mediante la aplicación de criterios también rigurosos y pro fesionales ( ordenación lógica de las quaestiones, inclusión o exclusión de textos, adición de tablas, índices y sumarios, etc... ), al objeto de facilitar al usuario ei manejo de la obra.
Nacía así. una nueva ocupación, la de editor.
El nuevo oficio demandaba no sólo experiencia en esta tarea y gusto o afición personal por la misma, sino también una formación previa adecuada en el área específica del saber que el editor cultivaba, así como una actitud personal de entrega paciente y rigurosa al desentrañamiento de los textos cuya edición se preparaba.
Con la autoridad que le investía su formación, el editor garan tizaba 1� calidad del producto final; su titulación universitaria y su eventual prestigio profesional le permitían legitimar el valor de este producto en el mercado universitario -hecho este último que no hizo sino acentuarse en el transcurso del tiempo.
Pese al evidente interés del tema, el ámbito de la transición del ma nuscrito médico al primitivo impreso -preferimos emplear esta expre sión antes que la rígida y arbitraria de incunable-no ha sido suficiente mente estudiado hasta la fecha (3).
En este artículo presentamos a un protagonista relevante de tal proceso.
Su misma biografía parece encamar la transición del manuscrito al impreso, puesto que, de su casi seguro empleo como copista en los años de estudiante y de joven postgraduado, pasó a ser uno de los primeros editores de obras médicas para la imprenta.
Se trata de Francesc Argilagues (Franciscus Argilagues) (4), un médico valenciano que cursó sus estudios en las universidades de Siena y Pisa y que, durante las dos últimas décadas del siglo XV, trabajó en la Italia septentrional como editor, al menos, de la Articella en dos ocasiones (Venecia, 1483 y 1487) y del Conciliator differentiarum philosophorum et praecipue medicorum de Piedra d'Abano en tres más (Venecia, 1483 y 1496; Pavía, 1490) (5).
En las páginas siguientes nos acercamos a la personalidad y obra de Francesc Argilagues a través de la información de la que disponemos.
Esta pro. cede fundamentalmente de su paso por la universidad de Pisa (6); del códice autógrafo suyo • en el que a lo largo de varios años, copió diversas obras médicas y que actualmente forma parte del fondo Rossiano de la Biblioteca Apostólica Vaticana (7); y de las cartas-prólogo que dirigió a los lectores de las dos obras por él editadas, además de la nota intro ductoria que precede a las dos ediciones de la Articella a su cargo (8).
Dado el indudable interés de los prólogos y de la nota introductoria, ofrecemos como apéndices su edición y traducción castellana.
A falta de información procedente de los archivos valencianos (que no hemos e?(plorado para las décadas de transición del siglo XV al XVI) sobre la identidad y familia de Francesc Argilagues, únicamente sabemos de él" que era natural de Valencia, porque así lo especifica en todas las ocasiones en que su nombre aparece ligado a su labor editora.
A partir de la documentación procedente de la universidad de Pisa, donde en reitera das ocasiones figura como Franciscus Ioannis de Valentía, sabemos que era hijo de Joan Argilagues, dado que, según el modo peculiar de apelación toscano de la época, el nombre propio del padre (en genitivo latino o precedido de la preposición toscana «di») usualmente aparecía recogido tras el de cada individuo (9).
Su floruit debe situarse entre ca.
1470, fecha hacia la cual debió de iniciar sus estudios de medicina en el studio de Siena ( 1 O), y 1508, año a cuyo comienzo ( el 20 de enero) ponía fin en Venecia al códice autógrafo ya aludido ( 11 ).
Pese a que la inexistencia de repertorios exhaustivos de los médicos valencianos de los siglos XV y XVI nos impida afirmarlo de modo categórico, las diversas noticias relati vas a Argilagues durante los casi cuarenta años que median entre ambas fechas inducen a pensar que éste, como otros valencianos contemporáneos suyos también formados en Italia, se afincó allí tras la conclusión de sus estudios.
Desconocemos las eventuales razones que le impulsaron a permanecer en Italia, lo mismo que ignoramos si regresó -siquiera circunstancial mente-a Valencia y/ o si mantuvo alguna relación personal con su • ciudad natal.
Ahora bien, es claro que la intensa actividad de la Inquisición contra miembros de la minoría intelectual de la burguesía valenciana (la familia Vives, las familias de los médicos Torrella y Pere Pomar, y los médicos Alcanyís y Torres, entre ellos) -acusados de judaizantes-en los años fina.les del siglo XV y primeros del XVI, no ofrecía el clima más adecuado para propiciar el retorno a casa de quienes, como Argilagues, parecían haber logrado hacerse un hueco profesional en las lejanas tierras donde habían cursado sus estudios y donde gozaban de un mayor grado de libertad intelectual y religiosa (12).
Por otra parte, resulta difícilmente imaginable _ que Argilagues desarrollara a distancia sus actividades como editor al servicio de las prensas de la Italia septentrional durante el período 1483-1496; dado el esmero y fa • atención que, como más adelante veremos, puso en ellas.
En cuanto a su modus vivendi en tierras italianas, sabemos con certeza que •hizo compatible su actividad editora de obras médicas con el ejercicio práctico de la medicina, al que aludió al menos en tres ocasiones: sendas referencias genéricas al inicio del prólogo de sus dos ediciones de la Articella (1483 y 1487; véase APENDICE 1) y una más específica que sugiere que, en 1494, Argilagues gozaba de un notable prestigio profesional en círculos de la corte veneciana.
En efecto, el 14 de noviembre de aquel año afirmaba haber atendido médicamente «en Venecia, en casa del em bajador del rey Alfonso [II de Nápoles (1494-1495)], a un joven cuya orina era como el suero de la leche, y que tenía dolor eh el flanco y riñón izquierdos, tras cabalgar durante quince días» (13).
Además, como más adelante veremos, durante su época de estudiante y de joven postgraduado muy probablemente trabajó como copista de obras médicas a sueldo, bien de médicos prestigiosos, bien vinculado a un scriptorium; institución ésta que en la etapa de transición a la imprenta siguió manteniendo una febril actividad.
Como ya hemos señalado, • Argilagues inició sus estudios de medicina en la universidad de Siena hacia 1470.
Todo parece indicar que su marcha de Siena a Pisa, lo mismo que la de sus compañeros de estudios y paisanos suyos los hermanos Jeroni y Gaspar Torrella, estuvo relacionada con la decisión que Alessandro Ser moneta, uno de sus profesores de medicina en Siena, había tomado hacia las mismas fechas, de aceptar la oferta del studio que Lorenzo de' Medid acababa de reabrir en Pisa y hacerse cargo de una de las dos lecturas ordinarias de medicina teórica con las que su facultad de medicina había sido inicialmente dotada.
Con toda probabilidad, el prestigio y la influencia de Sermoneta sobre sus alumnos arrastró a Pisa también a Argilagues (16).
Sabemos que Argilagues participó de forma muy activa en la vida estudiantil y que debió de ser un estudiante brillante.
En efecto, durante su penúltimo año (curso 1475-76) fue elegido para la llamada «lectura festiva», honor que se concedía a los estudiantes más destacados.
Normalmente el doctorado se obtenía al año siguiente, tal como hizo el propio Argilagues en la fecha ya señalada.
La capacitación de Argilagues para el grado de doctor en artes y medicina fue acreditada por tres profesores del studio, que actuaron como promotori del aspirante: el propio Alessandro Sermoneta, Pierleone da Spoleto, que desde el curso 1475-76 ocupaba la lectura ordinaria de medicina práctica, y el profe sor de lógica Giovanni da Yenezia ( 18).
La relación del joven médico valenciano con Alessandro Sermoneta
Asclepio-1-1991 debió de continuar tras obtener aquél su doctorado.
En efecto, el 30 de marzo y el 14 de abril de 14 79 Francesc Argilagues fue testigo de sendos actos notariales celebrados en Pisa a instancias de su maestro Sermoneta.
Este designaba procuradores, en el primer caso, para gestionar en su ausencia sus asuntos en Siena, de donde era natural, y en el segundo, para aceptar en su nombre cualquier nombramiento del gobierno de Venecia en su persona «para enseñar medicina o filosofía en el studio de Padua» (19).
Sermoneta logró finalmente su nombramiento como lector ordinario de medicina teórica en la universidad de Padua el 15 de junio de 14 79 (20).
Argilagues debió de abandonar Pisa hacia mayo de 1479.
En efecto, el 18 de mayo puso allí fin al último manuscrito médico que copió en esta ciudad (21).
A ellq se añade que no aparece rastro suyo alguno en la documentación del studio a partir del 14 de abril anterior (22).
Es probable que siguiera entonces a su maestro y protector Sermoneta en su marcha a Padua, donde éste permaneció como profesor hasta 1484.
Aunque des conocemos las fechas en que Argilagues se estableció en la vecina Venecia, aparentemente ya residía allí en 1483 y quizás vivió en esta ciudad hasta el final de sus días, pues, como ya hemos dicho, aún se detecta su presencia allí en 1508.
En cualquier caso sabemos por su propio testimonio, que se encontraba en Venecia en 1483 y 1505, además de otras dos fechas (1494 y 1508) cuyas circunstancias han sido ya precisadas más arriba.
Al menos tres noticias, todas ellas procedentes del códice ya aludido, nos permiten datar la presencia de Argilagues en Venecia en 1483.
En efecto, por su propio testimonio sabemos que ese año (sin mayor precisión en la fecha) había mandado encuadernar allí este códice(23).
Reunía así en un solo volumen un total de 18 escritos médicos de los que la mitad eran obra o estaban atribuidos a Arnau de Vilanova, dos eran de Pierleone da Spoleto, uno de Stephanus Arlandi, uno de Albumasar, un antidotario de tradición salernitana y tres más de autoría desconocida; la mayoría de ellos (si no todos) copiados en distintos lugares de Italia col). anterioridad a las fechas de encuadernación.
Así pues, salvo en este último caso, que se refiere a la conclusión en esta ciudad de la copia de una obra de Arnau el 4 de julio de 1483 -segunda noticia relativa a su presencia allí ese año-( 26), se trata de escritos que fueron copiados por Argilagues en diversos lugares de la Toscana durante su época de estu diante y recién doctorado (27).
Finalmente -tercera noticia-en el vuelto del último folio escrito del códice, Argilagues se hizo eco de un grave incendio sufrido por el palacio del.dogo de Venecia el 20 de setiembre de 1483 (28).
Años más tarde anotó a continuación la noticia de otro incendio que el 23 de enero de 1505 destruyó «todo el edificio de la alhóndiga de los alemanes», a todas luces, también en la ciudad de Venecia(29).
No es necesario insistir en que la presencia de ambos sucesos en este códice médico resulta muy difícil de explicar si no es apelando al impacto que estos incendios debieron de causar a un testigo presencial de los mismos.
La probable actividad de Argilagues como copista de obras médicas
La primera pregunta que nos asalta ante el voluminoso ( cerca de 200 folios) códice autógrafo de Argilagues es ésta: ¿con qué finalidad recogió los 18 escritos que contiene, copiados en tan diversos lugares y momentos de su biografía?
No estamos de momento en condiciones de aportar una respuesta global a tal interrogante; pero, sí que quisiéramos hacer algunas consideraciones a propósito de los dos escritos de Pierleone da Spoleto, que en cierta medida podrían aplicarse a las restantes obras del códice.
El 18 de enero de 1478 Argilagues concluía en Florencia la copia de dos escritos de Pierleone, el Consilium de ardore urine y el De urinis(30).
Cabría pensar, en primer lugar, que únicamente le movió a ello un interés personal por la obra de Pierleone.
Al fin y al cabo, Pierleone da Spoleto, que era médico de cámara de Lorenzo el Magnífico y uno de los miembros más destacados del círculo neoplatónico de Marsilio Ficino, había sido -no debe olvidarse-profesor suyo y uno de los promotores de su doc torado.
Quizás se debiera también a éste el innegable interés que Argilagues mostró por la obra• médica de Arna u de Vilanova.
En efecto, sabemos que Pierleone copió obras de Ramon Llull y Arnau de Vilanova, durante su época de estudiante en París (31 ).
Por otra parte, el hecho de que Argilagues continuara la copia de obras médicas de Arnau, junto a la abundancia de obras médicas y espi rituales de éste, copiadas personalmente o en posesión de Pierleone, bien pudo ser la expresión de un «revival» arnaldiano en los círculos universi tarios italianos de la época.
Movimiento, por lo demás, muy acorde con la admiración por los grandes maestros de la tradición médica escolástica que escribieron en latín.
Ofrecer cuidadas ediciones de la extensa pro ducción médica del gran maestro de Montpellier, era perfectamente lógico en quienes, como Argilagues, no ocultaron su predilección por el latín como vehículo de comunicación del saber médico, e hicieron gala de su admiración por los maestros de la primera escolástica (Pietro d'Abano y Arna u de Vilanova, entre otros), los cuales dotaron al latín de su máxima dignidad intelectual como instrumento al servicio de este propósito.
Insis tiremos sobre esto más adelante.
Ahora bien, esta iniciativa, que aparentemente obligó a Argilagues a desplazarse de Pisa a Florencia, pudo también deberse a un trabajo de encargo, del que, por las razones que fuera, guardó para sí la copia original o una copia de la misma.
Pudo tratarse, en primer lugar, de un encargo del propio Sermoneta, conocido empleador de estudiantes ultra montanos en estos menesteres, que el recién graduado aceptó con el propósito• de sanear su previsiblemente maltrecha economía, y a la vez mantener la confianza de su protector(32).
Pero cabe pensar también que Argilagues copiara este escrito -y quizás otros incluidos en el mismo códice-trabajando como copista para el famoso librero florentino Ves pasiano de Bisticci (1421-1488).
La existencia de una relación entre ambos nos viene sugerida, al menos, por el hecho de que en julio de 1476, siendo aún estudiante, Argilagues nombró a éste y a otro comerciante florentino, procuradores suyos ante el studio de Pisa para gestionar el cobro de la cantidad estipulada por la lectura festiva a su cargo durante el curso académico que acababa de concluir(33).
Vespasiano da Bisticci contaba en Florencia con un scriptorium y con una amplia red de copistas privados que, en conjunto, alcanzaron la cifra de no menos de 45 amanuenses, todos ellos dedicados a la preparación de manuscritos de cualquier obra que los Medici y otros ricos ciudadanos florentinos solicitaran(34).
Por lo demás, el oficio de copista constituía una posible primera fuente de sos tenimiento para los estudiantes ultramontanos que, tras la conclusión de sus estudios, optaran por buscar fortuna en Italia en lugar de regresar a su tierra natal.
Por otra parte, tampoco resulta extraño que Argilagues recibiera entonces en Florencia el encargo de copiar escritos del médico favorito de Lorenzo el Magnífico y, junto a Antonio Benivieni, Bernardo Torni, Marsilio Ficino y otros, uno de los más influyentes en la cultura florentina del último tercio del siglo XV (35).
Finalmente, parece del todo descartable que Argilagues copiara estos escritos con el propósito de preparar una edición impresa de los mismos, puesto que permanecieron inéditos hasta 1514(36).
En cambio, parece una hipótesis sugerente ( aunque por el momento carecemos de datos que nos permitan confirmarla) que Argilagues pudo intervenir de algún modo en la preparación de la segunda edición de las Opera Arnaldi de Villanova (Venecia, 19.1.1505).
En efecto, esta edición, que debió de pre-pararse simultáneamente con la primera (Lyon, 18.11.1504) y que, como ésta, incluyó una carta dedicatoria de su editor Thomas Murchius, presenta algunas particularidades ( distinto orden en la disposición de las obras, distinta tabula de contenido, notas en los márgenes del texto impreso que repiten in situ las entradas de la tabula) que hacen presumir la intervención en el proceso de• edición de otra persona no identificada(37).
Por otra parte, además de saber que Argilagues estaba en Venecia en 1505, debemos hacer notar que esta edición fue impresa y financiada por los mismos que se habían hecho cargo de la última edición del Conciliator preparada por Argilagues' (Venecia, Boneto Locatelli para Ottaviano Scotti, 1496 ); con la salvedad de que en 1505 la financiación. de la edición de Arna u corrió ya a cargo de los «herederos de Ottaviano Scotti», tras el falleci miento de éste no más tarde de 1503 (38).
Argilagues y la primitiva imprenta médica
El invento de la imprenta fue percibido en sus inicios como un mero medio eficaz de acelerar y abaratar el proceso de copia de manuscritos.
Los primitivos impresores se limitaron, la inmensa mayoría de las veces, a reproducir las obras que durante siglos habían circulado en códices manuscritos, tal y como aparecían en ellos.
Así, en las primeras ediciones impresas únicamente un incipit señalaba el comienzo de la obra y un explicit su conclusión.
A este último ocasionalmente se le añadía un colo fón.
Sólo con el transcurso del tiempo hizo su aparición, de modo gradual y a menudo esporádicamente, una nueva hoja inicial, la portada, que incluía el título de la obra y el nombre de su autor.
La mayoría de los impresos de contenido médico y/ o filosóficonatural editados durante el período primitivo de la imprenta estuvo integrada por obras de autoridades antiguas y medievales que, en su mayoría, habían circulado;;tmpliamente bajo forma manuscrita.
En el campo de la medicina, el número de impresos firmados por autores contemporáneos fue escasamente apreciable hasta la década de 1490.
La dinámica de fuerte competencia generada en el mundo • de la imprenta por la rápida difusión y las constantes mejoras tecnológicas que experimentó el invento de Gutenberg, hizo pronto emerger junto al im presor -quien, con frecuencia, se responsabilizaba también de la finan ciación de la empresa, e incluso asumía las. tareas de almacenamiento, distribución y venta de los ejemplares-las figuras del corrector y del editor.
Conocedor específico del tema en cuestión, éste último debía cuidar del contenido y del estilo -a menudo alterados tras siglos de transmisión manuscrita-del escrito que se iba a imprimir, además de asesorar even tualmente al impresor en materia de obras editables.
Esta división del trabajo, a la que no fue ajena la creciente demanda de rigor filológico impuesta por el movimiento humanista, contribuía a asegurar el éxito de una empresa, de cuya precariedad económica no cabe ninguna duda a tenor de la corta vida media de la mayoría de los talleres de impresión durante el primer medio siglo de imprenta.
Es este el marco general donde deben insertarse las actividades de Francesc Argilagues como editor de obras médicas para la primitiva im prenta italiana, partic�larmente la veneciana.
En efecto, durante las dos últimas décadas del siglo XV corrieron al cuidado de Argilagues, al menos, dos de las seis ediciones incunables de la Articella( 40) y tres de las cinco del Conciliatorde Pietro d'Abano(41), sin olvidar su hipotético papel en la edición de las Opera Arnaldi impresas en Venecia en 1505. a.
La edición de la Articella La llamada Articella es un conjunto variable de escritos constituido en el siglo XII en torno a un núcleo inamovible integrado por la Isagoge de Johannitius, al que se le fueron añadiendo los Aphorismi y los Prognostica hipocráticos y breves escritos semiológicos sobre el pulso y la orina, pos teriormente el Tegni de Galeno; en el siglo XIII, el hipocrático De regimine acutorum morborum; y ulteriormente otros escritos de procedencia variada y, por lo general, breves ( 42).
La Articella demostró una innegable capacidad de permanencia en las facultades de medicina, siendo instrumento im prescindible de la enseñanza médica en las universidades desde el siglo XIII hasta bien entrada la década de 1530.
Un volumen con su contenido tenía el éxito editorial garantizado.
No es por ello de extrañar que la Articella fuera una de las obras médicas de mayor fortuna editorial durante el período primitivo de la imprenta.
Este cambio del lugar de impresión de la Articella no deja de ser signifi cativo: durante la primera mitad del siglo XVI la imprenta veneciana, aún manteniendo una notable importancia, perdió su preeminencia, mientras florecieron otros lugares como L yon, que fue uno de los centros impresores más dinámicos en la Europa del Quinientos ( 48). que siguen la estructura de la quaestio es�olástica, esta obra pasó revista a través de ellas, al saber médico en su conjunto, buscando siempre la armomzación de opiniones entre médicos y filósofos naturales en aquellos puntos candentes eri que unos y otros discrepaban.
Pietro d'Abano la dividió en tres grandes secciones: una primera, de c• arácter general, sobre el estatuto epistemológico de la medicina ( difs.
1-1 O); la segunda dedicada a la entonces llamada «medicina teórica», es decir aquella parte de la medicina integrante de la filosofía natural ( difs.
11-11 O); y la última, a la «medicina práctica», es decir, la prevención y el tratamiento, tanto en sus pautas generales como en relación a las diversas enfermedades ( difs.
Pese a la aparición en los últimos años de diversos estudios sobre la figura y la obra de Pietro d'Abano (49), no disponemos aún de una expli cación enteramente satisfactoria acerca de la notable fortuna editorial de que gozó el Conciliator desde 14 72 hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XVI: cinco ediciones antes de concluir el siglo XV y al menos otras seis hasta 1565.
Como el propio Argilagues reconoció. en su prólogo, el Conciliator había recibido ya dos impresiones -Mantua, 1472 y Venecia, 1476�. para cuando lá nueva edición por él preparada salió •de las prensas venecianas de Johann Herbort el 5 de febrero de 1483, casi dos meses antes de que apareciera'la primera edición impresa de su Articella.
El Conciliator editado por Argilagues volvió a imprimirse en dos ocasiones más antes de concluir el siglo.
La primera fue firmada por el impresor Gabriele Grassi en Pavía el 6 de noviembre de 1490; la segunda, concluida en Venecia el 15 de marzo de 1496, fue obra del impresor Boneto Locatelli, siendo Ottaviano Scotti el financiador de la operación.
También en el Conciliator se hizo notar el celo de Argilagues como editor.
En efecto, en las ediciones de 1483 y 1490, éste incluyó al final de la obra de Pietro d'Abano, sendos anrtex, a a las «diferencias» número 37 (signats. gg 2 v-gg 3 v y M 2 v-M 3 v, respectiv�mente) y número 65 (signats. gfüv-gg,μ4 y M 3 v-M 4 r, respectivamente).
La edición de 1496 incorporó ambos annexa. al texto de las correspondientes diff erentiae, pero añadió otro más a la «diferencia» número 92, que quedó recogido en los fols.
264r-265r, al final del Tractatus de venenis -obra ésta también de Pietro d'Abano, que acompañó a todas las ediciones incunables del Conciliator, salvo a la de 1483.
Por lo demás, cabe también señalar que la tabla de differentiae o quaesita que en las dos primeras ediciones había aparecido a continuación del prólogo del Conciliator, quedó desplazada al final de la obra en las tres ediciones a cargo de Argilagues: a continuación de los anexos, en las ediciones de 1483 y 1490 (signats. gg 4 r-gg 5 v y M 4 r-M 5 v, respectivamente) e inmediatamente antes del anexo, en la edición de 1496. (fols.
• Argilagues y los editores médicos helenistas
El perfil intelectual de Francesc Argilagues fue el típico de un• médico de la segunda mitad del siglo XV, formado en el seno de las facultades de m�dicina del norte. de Italia en el período inmediatamente anterior a la irrupción en ellas del movimiento intelectual conocido como humanismo griego o helenismo.
Su testimonio (véase APENDICE 2) nos suministra una información de primera mano acerca de una de las más relevantes polémicas vividas en el seno de los círculos intelectuales del norte de Italia durante las dos últimas décadas del •siglo XV: la sostenida entre el establishment médico académico y los más tempranos médicos helenistas.
Los primeros defendían la idoneidad y autosuficiencia del latín como lengua del saber médico, mientras que los segundos consideraban el griego como el instrumento imprescindible para la; en su opinión, necesaria reforma de la medicina.
Este último movimiento, cuyos primeros núcleos cristalizaron en torno a figuras como Niccolo Leoniceno y Giorgio Valla, alcanzó su• plenitud a lo largo del siglo XVI(SO).
Argilagues lamentó «la oscuridad del olvido» en la que en su tiempo permanecían «ilustrísimas obras de médicos antiguos» (veterum medicorum preclarissima opera in tenebris abscondita torpescere sinunt), de cuyas versiones tanto impresas como manuscritas nada podía sustanciarse como consecuencia de su falta de fidelidad a las fuentes originales.
Ello le parecía particularmente grave en el caso de Hipócrates, un «varón de naturaleza superior» (vir excellentis nature) y «gran benefactor del género humano» ( cum de mortali hominum genere ben e meritus sit) que «hizo volver la luz a la medicina, extraviada desde hacía mucho tiempo» (medi cinam longo tempore perditam revocavit in lucem).
Este pasaje, que ocupa los tres primeros párrafos del prólogo a la Articella, podría dar a entender una insatisfacción de Argilagues ante el -legado intelectual recibido, así como una llamada a la recuperación de las fuentes originarias del saber Asclepio-1-1991 médico (empezando por Hipócrates) a partir de las nuevas traducciones greco-latinas, tal como ya planteaban los médicos helenistas.
Sin embargo, nada permite pensar que Argilagues se propusiera desarrollar de modo programático esta tarea; antes bien, lo contrario.
En efecto, la práctica totalidad de las obras que Argilagues incluyó en su Articella procedían de la tradición latina medieval, que éste asumía plenamente como suya.
Si tomamos como muestra las ocho obras pertenecientes a Hipócrates y Galeno integrantes de su Articella, seis de ellas procedían de versiones arabe-latinas realizadas por Constantino el Africano (siglo XI 2 ) y Gerardo de Cremona (siglo XII 2 ), y otra correspondía a la traducción greco-latina de Bartolomeo da Messina (siglo XIII 2 ).
La única excepción a esta regla fue el breve texto del Juramento hipocrático, que había sido traducido desde el griego por Pier Paolo Vergerio, il Vecchio (1370-1444), quien estuvo vinculado a los inicios del movimiento helenista en el ámbito de la cultura cortesana italiana (51 ).
Todo lo anterior no puede de ningún modo resultamos extraño, puesto que las nuevas traducciones greco-latinas de las demás obras hipocráticas y galénicas incluidas en la Articellá, no comenzaron a circular hasta la década de 1490 y, en su inmensa mayoría, comenzaron a imprimirse en. la primera década del siglo XVI (52).
Por si cupiera alguna duda acerca. de la plena adscripción de Argilagues como editor a la tradición latina medieval, en su nota introductoria a la Articella (véase el APENDICE 2) no escatimó sus elogios a la labor traductora de Gerardo de Cremona, la figura quizás más representativa del movimiento de traductores que ver tieron del árabe al latín en Toledo el legado médico y filosófico-natural de la Antigüedad y del mundo árabe.
Huelga decir que la posición inte lectual de Argilagues no fue, por supuesto, óbice para que realizara su trabajo conforme a las máximas exigencias de la técnica editorial.
Ahora bien, parece claro que Argilagues participó en las polémicas metodológicas que tuvieron lugar en los círculos editoriales médicos italianos a partir de los años ochenta.
Su alusión no deja lugar a dudas:
Tampoco resulta difícil identificar el grupo frente a cuyos hipotéticos ataques se justificaba: los médicos helenistas, cuyas traducciones de los mismos textos comenzaban entonces a circular por Italia en forma ma nuscrita y a entrar, consecuentemente, en competencia con las procedentes de la tradición latina medieval.
Argilagues atacó la metodología que éstos empleaban en la traducción y edición de los escritos médicos, alegando que las preocupaciones filológicas (de nominibus) apartaban a los hele nistas del conocimiento de la realidad médica y filosófico-natural ( de rebus ).
El tono virulento y manifiestamente despectivo con que Argilagues se refirió a los helenistas no da pie a duda alguna acerca de la gravedad del enfrentamiento entre éstos y los partidarios de la tradición latina medieval.
En efecto, Argilagues comparó a los helenistas con los «nuevos médicos» (medicorum novorum) que, según Galeno, «no cesan de parlotear sólo sobre los nombres, creyendo estar refiriéndose a las cosas a las que éstos corresponden», y con «muchos de aquellos sofistas que -también de acuerdo con Galeno-descuidan la investigación para dedicarse a descubrir la diversidad suma de las cosas y limitan la vida a cuestiones de nombres»; para recordar finalmente, la escasa preocupación que, según A vermes, mostró Aristóteles por los nombres.
Frente a los helenistas, en primer lugar, defendía la bondad de las versiones latinas por él editadas; en segundo lugar, justificaba el uso de la lengua latina en la medicina afirmando que aquélla poseía una dignidad y prestancia ( dignitate atque prestantia) no inferior a la griega; y, finalmente, ratificaba su sentimiento de satisfecha identidad con la tradición intelectual latina asegurando que Siempre he pensado que nuestros mayores eran de por sí más inteli gentes en todo que los griegos, o que mejoraron lo que tomaron de éstos».
Los prólogos de Argilagues y su nota introductoria a la Articella
Las dos cartas al lector que Argilagues incluyó, a modo de prólogo, en la Articella y en el Conciliator por él editados, y su nota introductoria a la Articella, tienen un contenido muy distinto.
El análisis más detenido de éste nos permitirá profundizar más en el mundo intelectual y personal de Argilagues.
Los prólogos, aunque desiguales en su extensión, son muy similares en su temática y estilo.
En ambos casos, Argilagues se mostró bien consciente del papel trascendental de la imprenta en la recuperación y difusión del saber médico antiguo y medieval.
No obstante, adoptó una Asclepio-1-1991 actitud crítica y beligerante hacia el colectivo de los impresores; actitud que a todas luces era el reflejo de una tensión entre los oficios de editor e impresor, derivada de la diferencia de intereses y sensibilidades de uno y otro en el proceso de elaboración, distribución y venta del libro impreso en el marco de un mercado tremendamente activo y competitivo.
Se trataba, en definitiva, de diferencias presentes no sólo en el seno de la primitiva imprenta, sino, en buena medida, también en nuestros días.
Pero vayamos por partes.
Argilagues, que en ambas obras acreditó la calidad de su labor editora manifestando su condición de «doctor en artes y medicina»(53), conside raba que «el arte de la imprenta» (artem imprimendi libros) era «un gran dísimo regalo de Dios inmortal a la humanidad» (maximum humano generi ab inmortali Deo munus) y que el género humano tenía contraída una gran deuda con su inventor y con «cuantos después de él la han desarrollado, cultivado y perfeccionado día tras día», por el inmenso e inusitado servicio que todos ellos le habían prestado con su tr�bajo.
Argi lagues percibió que vivía y era protagonista de una nueva época marcada por la invención de la imprenta y el descubrimiento de un ingente volumen de manuscritos hasta entonces desconocidos.
Su entusiasmo por el efecto multiplicador que la actuación combinada de ambos acontecimientos estaba teniendo sobre el volumen de libros disponibles en su época fue tan expresivo, que no hemos podido resistir a la tentación de colocar el párrafo correspondiente como motto del presente artículo.
No por ello, sin embargo, Argilagues eludió criticar, recurriendo a la socorrida metáfora de la rosa y la ortiga, la frecuente falta de «laboriosidad y corrección minuciosa de los libros» (diligentiam et accuratam librorum emendatinem). por sus editores.
La ausencia de cualquiera de las dos cualidades «labo riosidad e inteligencia» (diligentiam et intelligentiam) que él juzgó funda mentales en el oficio de editor, explicaba -en su opinión-que constan temente aparecieran en los libros impresos «inconveriiencias y extrava gancias» (ineptias et delyramenta).
Los diversos comentarios de Argilagues a propósito de las motivaciones que le habían impulsado a editar estas dos obras médicas constituyen ya en sí mismos una declaración de su ideario intelectual y• vital.
En efecto, Argilagues aseguraba haber emprendido esta empresa guiado por una doble motivación personal: su propio gusto por esta actividad y el deseo de que su trabajo resultara útil tanto a sus lectores (legentibus utilitatem aliquam) como, en general, a la humanidad ( communis hominum utilitatis gratia).
Aunque no desdeñaba el dinero que podía ganar con estas activi dades, negó haberse introducido en ellas «con esperanza de gloria ni de beneficios» (non spe glorie neque questus), y aseguraba que para hacerlo había debido vencer su propia resistencia previa a cualquier tipo de trato con los impresores, porque éstos -en su opinión-«acostumbran alterar•' y cambiar casi siempre todo cuanto reciben corregido».
En ambos prólogos Argilagues anticipó al lector el gran esfuerzo que le había supuesto la preparación del original para la imprenta y, al mismo tiempo, denunció las deficiencias presentes en las ediciones previas de las mismas.
Tras subrayar que en las obras (impresas y manuscritas) de los médicos antiguos (veterum • medicorum) circulantes en su tiempo, los erro res y erratas afectaban a la mayoría de los pasajes, hasta tal punto que no se podía extraer de ellos «ningún sentido ni opinión» (nullus sensus nullaque sentencia), en su prólogo a la Articella Argilagues se vanagloriaba no ya de su corrección, sino de haberla reescrito «casi enteramente».
En el caso del Conciliator, no ignoró la existencia de dos ediciones impresas previas a la suya.
Su opinión sobre ellas no fue menos dura.
En efecto, no contento con subrayar que en ambas ediciones esta obra «seguía teniendo tantos errores que resultaba dura e irreconocible para los lectores» ( adhuc erat ita mendis abundans, ut durus et incognitus legentibus haberetur), llegó a afirmar que por el ímprobo esfuerzo realizado en la preparación de su edición se considera a sí mismo «un importante �creedor del propio Conciliaton>.
Como ya hemos visto previamente, no le faltaba parte de razón a Argilagues cuando tales méritos se atribuía.
Junto a los mencionados prólogos, la nota introductoria a la Articella nos aporta valiosos elementos para conocer el contexto intelectual en que llevó a cabo sus actividades profesionales.
El propósito de esta nota -sin duda salida de la pluma de Argilagues-fue justificar la presencia de las doce obras integrantes de su edición de la Articella.
Al razonar la inclusión del libro hipocrático de los Pronósticos con el comentario de Galeno, Argilagues introdujo una pequeña digresión -en realidad, una quaestio académica-a propósito del cómputo de días para el estableci miento de los «días críticos» en la fiebre (febris) post partum, en la que no entraremos.
A continuación, en la presentación del hipocrático «Régimen de las enfermedades agudas» con el comentario de Galeno, es cuando nos introduce en la polémica en torno al papel del griego en el conoci miento de los textos médicos; una polémica que fue central en la historia intelectual del llamado renacimiento médico y en la que, como hemos visto, Argilagues tomó partido en favor de las posiciones dominantes en el establishment universitario de la época.
El respeto de Argilagues por el criterio de autoridad de los clásicos no le impidió aceptar como factible que «por muy avanzada que estuviera el Asclepio-I-1991 arte de la medicina en tiempo de Galeno», «los continuadores añadan a sus predecesores lo que ellos no percibieron o pasaron por alto por negligen cia».
Argilagues cuestionó, pues, la validez absoluta del saber médico heredado de la Antigüedad y reconoció abiertamente la posibilidad de adquirir nuevos conocimientos ignorados hasta la fecha, para lo cual utilizó el apoyo de la autoridad de Aristóteles; muy sutilmente -cabría pensar-al hacerlo en una obra, el Conciliator, tan vinculada a la univer sidad de Padua.
Argilagues afirmó la conveniencia de abordar el estudio de las autori dades médicas «de acuerdo a las características de nuestra época» ( se cundum dispositionem presentis loquamur temporis), es decir, aceptando que en cada momento histórico las fuentes del saber no sólo pueden, sino que deben ser reinterpretadas.
Este relativismo histórico logró formula ciones más maduras entre los médicos adscritos al helenismo.
Finalmente, un breve comentario acerca de la apelación que Argilagues hizo a la «debilidad de la naturaleza» (nature defectu) y al estigma del «pecado de nuestro primer padre» (peccato primi parentis), para justificar los pequeños errores que se le hubieran podido deslizar en su edición de la Articella.
La cuestión de un eventual debilitamiento progresivo de la naturaleza en general -y de la naturaleza humana en particular-desde la Creación fue objeto de frecuentes controversias entre los médicos y filósofos naturales escolásticos.
Baste señalar, como muestra de ello, que la novena «diferencia» del Conciliator de Pietro d' Abano lleva por título «Si la naturaleza humana se ha debilitado desde antiguo, o no», lo que no de ningún modo pudo pasar inadvertido a Argilagues (54).
En cuanto al problema del pecado original, Argilagues añadió que «uno de sus principios constitutivos [ del hombre] está siempre urdiendo el mal» ( ex principiis, quorum alterum semper ad malum machinatur ).
Aunque el médico va lenciano parece haber reconocido aquí la existencia del bien y del mal como los dos principios constitutivos de la realidad, todo podría encajar en la religiosidad de un hombre de la segunda mita} del siglo XV.
Debe, no obstante, destacarse que participaba de una visión un tanto pesimista de la condición humana, también manifiesta en la breve oración con la que puso punto final a su códice: 20 «Tú, que deseas con avidez los placeres del cuerpo: recuerda que el deleite dura sólo un instante, pero el tormento, una eterriidad» (55).
Dado que las dos fechas en que se precisa el día de la semana, son coincidentes con la datación actual, hemos optado por considerar que Argilagues siguió en todos los casos este estilo de datación, pese a que en la mayoría de los casos no nos haya sido posible determinar este particular.
Se trata de la Epístola de dosi tyriacalium medicinarum (27) No es del todo descartable que algunos de los escritos no datados que contiene el códice hubieran sido copiados con posterioridad a la fecha de encuadernación de éste (1483), pero sólo en el caso de los tres folios de anotaciones adicionales, escritas a una columna y con trazo menos firme, con las que Argilagues puso punto final al volumen el 20 de enero de 1508, podemos asegurar.esta circunstancia.
Kibre señala que la primera edición incunable de este escrito fue la traducción greco-latina fragmentaria realizada por Andreas Brentius de Padua y que fue impresa en Roma en 1486.
Puesto que Argelagues alude a una edición impresa con anterioridad al 29 de marzo de 1483 -la fecha de impresión de la Articella de la que fue editor-, debió haber al menos otra edición incunable, aunque desgra ciadamente perdida, del escrito hipocrático De arte anterior a la señalada por Kibre como prínceps de 1486.
De otro modo, es difícil explicar este comentario de Argelagues, salvo que se esté refiriendo en él a la propia Articella.
En favor de esta segunda hipótesis estaria únicamente el hecho de qüe en el explicit de la edición de la Articella de 1483, Argelagues escribe entre otras cosas: «Expletum est opus hoc preclarum artis medicine nominatum Artisella Hippocratis, quam... » (fol. 215r) (la cursiva es nuestra).
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Neque mirer�s quod ternus qui sequitur post ternum cuius signatura est littera.t., ubi completur Epidimia (11) Los días de atrás he estado desocupado del ejercicio de la medicina práctica con enfermos y me he dedicado más bien a esa otra llamada teórica.
En estas circunstancias cayó en mis manos por casualidad una obra divina de Hipócrates, el más antiguo de los médicos, conocida por los actuales con el nombre de Ars («Sobre el arte»).
Al-leerla con deteni miento advertí tantas • erratas de imprenta que la mayor parte de los pasajes quedaban más bien viciados y deteriorados que corregidos.
De alli no se podía extraer ningún sentido-ni opinión.
Y esto es fácil de ver no sólo en esta obra impresa; también en los libros copiados a mano puede advertirlo claramente todo el mundo.
Así, muy dolido, no pude menos de admirarme del descuido de las personas de hoy.
¡Por Dios y por los hombres!
¿Qué estupidez, qué locura es ésta, qué desvarío de la mente, permítaseme decirlo, que hace a la gente preocuparse por asuntos de ningún provecho y dejar que se entumezcan en la oscuridad del olvido ilustrísimas obras de médicos antiguos?
No deberíamos ser tan descuidados con Hipócrates, aquel gran bene factor: del género humano, como lo demuestran sus múltiples obras mé dicas escritas con experiencia, dedicación y cuidado.
Este varón de natu raleza superior hizo volver la luz• a, la medicina, extraviada desde hacía mucho tiempo.
En cierta ocasión• en que, según atestigua Plinio en su libro VII, predijo una peste procedente de iliria y envió a sus discípulos por las. ciudades a prestar sus auxilios, Grecia ordenó otorgar a este Hipócrates, por sus merecimientos, los honores que concediera a Hércules.
Desde muy atrás me había propuesto no tratar para nada con impre sores, pues acostumbran alterar y cambiar casi siempre todo cuanto reciben corregido; sin embargo, en atención al provecho. general, me dispuse a imprimir de nuevo esta obra, revisada con el máximo empeño posible.
Esta tarea era más fuerte que yo, pero la emprendí con •un especial arrojo nacido de• la prorn�sa de ayuda de Hermann de Colonia. un gran amante del arte de los�libros, practicado por él de forma_ tan d e, purada que, sin duda; -está muy por delante de los otros. impresor.� No, quiero con esto of end-er a. lbs• demás:.
Indudablemente -los• hombres deben las mayores alabanzas al: inventor de• semejante industria, as{ como.. también sados.
Así, se han ganado de parte de las generaciones futuras gloria inmortal y eterna, además de su alabanza.
Las gentes de nuestro tiempo pueden, en efecto, alegrarse extraordi nariamente por haberse encontrado con una inmensa cantidad de libros, de la que carecieron nuestros antepasados y la época precedente.
Vemos, de hecho, que el volumen de libros ha crecido tanto por el número• de impresos, que está siendo necesario llenar no sólo bibliotecas sino casas enteras.
Sin embargo, este don de los dioses no ha logrado la perfección en todos sus aspectos; según antes he afirmado, los impresores han sido de enorme provecho, pero también es cierto que, como vulgarmente suele decirse, «a menudo junto a la rosa está la ortiga»; al menos yo echo en falta una cosa en esta materia: laboriosidad y corrección cuidadosa de los libros.
Por mi parte, me he entregado a la corrección de esta obra con todo el esmero y atención de que he sido capaz.
Puedo gloriarme no de haber corregido este libro, sino de haberlo escrito casi enteramente, como fácil mente puede comprenderlo cualquiera comparando ambos ejemplares.
Así pues, si por casualidad encontráis algún olvido o algún cambio, pienso que, más que a mi ignorancia, se deberá atribuir a la rapidez y a las prisas de los impresores.
Estos trastocan a veces las sílabas y se dejan o añaden algunas letras.
Y si hubiera que achacar ese defecto a mi impericia o a mi descuido, cosa que probablemente nunca negaré, recordad que nadie es del todo perfecto: el hombre yerra.una y mil veces, aunque consideremos malo e indigno fallar y equivocarse, ignorar y distraerse.
En este asunto tomo por testigo a Galeno en su penúltimo comentario al tercer libro del Prognosticum («El pronóstico»), en aquel pasaje donde dice: «No podemos menos de errar continuamente».
Y en el libro segundo de los Aphorismi («Aforismos»), comentario 19: «En estas cuestiones se equivoca a veces el mejor de los médicos».
Y es que uno de sus principios constitutivos [ del hombre] está siempre urdiendo el mal.
No hemos de imaginar que tal cosa ocurre únicamente por una deficiencia de la n�tu raleza, sino que deberemos pensar decididamente que sucede también por el pecado de nuestro primer padre.
El Maestro de las Sentencias declara en •el libro III: «Nuestros pies son proclives a resbalar por culpa del primer progenitor».
Cosa que podríamos confirmar mediante muchos testimonios de los cánones sagrados: «La naturaleza imita a los. vicios», [causa] XX, cuestión III, en el capítulo «Proclive... ».
Y, «la naturaleza hu mana tiende de alguna manera hacia el delito», se dice en el auténtico De monachis («Sobre los monjes»), colocación primera, párrafo [ ]; y en De penitentiis («Sobre las penitencias»), distinción segunda, párrafo «La cari dad... », cerca del final: «Toda criatura está sometida al vicio»; y en la primera cuestión de la [causa] XII: «Cualquier edad tiende al mal».
Si no fuera porque me alargo más de lo debido, podría aducir muchos más ejemplos con los que demostraría mi punto de vista.
Digo todo esto sólo por consolarme a mí mismo y para que nadie, quizá, me considere negligente en un asunto acometido en provecho general de la humanidad y no con esperanza de gloria ni de beneficios.
Y si el lector atento se encuentra por casualidad con algún tropiezo mientras lee, lo podrá enmendar con muchísima facilidad.
Tampoco son defectos dignos del juicio de Eaco, Minos y Radamante; se trata de -imperfecciones tan mínimas que se reconocen a primera vista.
No te ha de sorprender el observar la falta de numeración en las hojas del terno siguiente al que lleva como signatura la letra «t», donde terminan las Epidemiae («Epidemias») y que incluye el librito De natura fetus («Sobre la naturaleza del feto»), pues el Tegni se imprimió antes de concluir las «Epidemias».
Al añadirse el libro «Sobre la naturaleza del feto» no fue posible seguir la numeración corrida.
No pienses, pues, que falta algo; después de cuatro hojas sin numerar encontrarás la cifra que sigue a la anterior.
Por esa misma razón no fue posible numerar el librito de Hipó crates De lege («Ley») y su Jusiurandum («Juramento») a continuación del «Sobre la naturaleza del feto» y, por tanto, se colocaron al final de toda la obra.
La primera, el libro de Joannitius, cuyo título en griego es Isagoge.
Nuestros autores latinos le dan el de Introductio-(«Introducción»).
Se coloca al principio porque contiene los elementos más útiles para la me dicina y nuestro procedimiento connatural consiste en partir de ellos para llegar a lo más concreto, pues el entendimiento conoce más y antes esos principios útiles, según afirman Aristóteles, príncipe de la escuela peripatética, y Averroes, su comentador, en el prólogo a su obra De physico auditu («Física»).
Su razonamiento es el siguiente: Todo nuestro conoci miento parte de lo confuso y de la totalidad; ahora bien, lo útil tiene esas características; por tanto, etc.
La segunda de las obras de este volumen es el librito De pulsibus («Sobre los pulsos»), de Filareto, que resume en pocas palabras lo que expuso Galeno en 16 libros acerca de la cuestión de los pulsos.
La tercera es el libro de TeófilO De urinis («Sobre las orinas»), que recoge las teorías de Hipócrates y Galeno, además de las de Avicena, sobre este mismo asunto y que se encuentran dispersas a lo largo de sus obras.
La cuarta está compuesta por los Aphorismi («Aforismos») de Hipó crates, recogidos de manera ordenada y referidos a una parte práctica y otra teórica, a fin de poder grabarlos mejor en la memoria, pues el orden ayuda a ésta y al entendimiento, según se dice de la memoria y de la rememoración.
En quinto lugar aparecen los Aphorismi Hippocratis cum commentariis Galeni («Aforismos de Hipócrates con los comentarios de Galeno») en la traducción del monje Constantino.
Esta traducción es nueva y la siguen todos los comentaristas, tanto antiguos como recientes, como por ejemplo Taddeo [ Alderotti], Alberto Zancari de Bolonia, Jaco bus de Montecalvo, Cristoforo Onesti y demás.
La sexta obra es el libro del Prognosticum («El pronóstico»), también del mismo autor, dividido en tres secciones.
Se ofrecen dos traducciones del texto, una nueva y Otra antigua.
El comentario, sin embargo, aparece en una única traducción, la de Gerardo de Cremona, a pesar de que según algunos, dicho comentario se tradujo también dos veces.
En él, al igual que en el comentario sobre el De regimine acutorum morborum («Sobre la dieta en las enfermedades agudas»), se añaden frecuentemente muchas opiniones de Hunain, comentador de algunas obras de Hipócrates y de Galeno.
No debe extrañarse el lector de que el texto antiguo, es decir, el primero, del primer libro de «El pronóstico» coincida exactamente con el que apa rece en el capítulo sexto, en el pasaje que dice: «Soy del parecer que lo mejor es prevenir».
La explicación es la siguiente: en el prólogo que llega hasta el pasaje «Conviene ser solicito en las enfermedades agudas», Galeno presenta dos exposiciones, una breve, para quienes se contentan con entender las -ideas de Hipócrates, y otra, mucho más extensa que la ante rior, para los que quisieran saber más.
Tampoco se ha de sorprender porque algunos textos aparezcan aislados, es decir, que no se encuentre de ellos más que una traducción, pues tales textos son con frecuencia dobletes del texto anterior.
Este es un procedi miento utilizado a menudo por el comentador alejandrino en las Epidemi.ae («Epidemias»), según se ve claramente en el texto 40 del libro II del De regimine («Sobre la dieta»), en el 37 de esta misma obra y en el capítulo segundo del libro ill de «El pronóstico».
La intención de Hipócrates en este libro ill es enseñarnos a pronosticar una enfermedad aguda relacio nándola con las crisis y con los días críticos.
También son un doblete los textos quinto y noveno de ese mismo libro III de «El pronóstico».
A veces, sin embargo, aparecen aislados por ser importantes y conocidos, como el 14 del libro II «Sobre la dieta en las enfermedades agudas» y el 41 del libro II de «El pronóstico».
No he querido dejar de aludir aquí a la contradicción descubierta al corregir la literalidad de una opinión de Galeno y de Avicena.
Se trata de lo siguiente: Galeno, en el comentario 12 del libro III de «El pronóstico», dice: «En esta enf ermedaa conviene iniciar el cómputo de días con el primero del parto de la mujer y no con el día en que le atacó la fiebre», mientras que Avicena, en el libro IV, fen II, tratado II De diebus crisis et horis eius («Sobre los días de crisis y sus horas»); capítulo I dice: «Y si la mujer da a luz y después le sobreviene la fiebre, el error del que hablamos provendrá de no contar desde el momento del acceso febril sino desde el momento del parto».
La respuesta de algunos médicos a esta cuestión es que la fiebre puerperal es doble: una, consecuencia esencial; otra, produ cida accidentalmente, es decir, por un error, como en el caso de un mal régimen.
Avicena se refiere a ésta cuando dice que sería un error comenzar el cómputo de los días críticos con la hora del parto.
Y cuando Galeno dice: «Conviene... etc.», está en lo cierto en cuanto a lo sensible, si bien, a decir verdad, el cómputo debe hacerse partiendo de la hora del acceso febril, por más que a veces dicho acceso no sea sensible y no resulte perceptible.
Y esa hora es, precisamente, la del parto.
Efectivamente, en opinión de Galeno la fiebre se inicia en este momento, pero, debido a la violencia de los dolores y de otros accidentes, no es perceptible el comienzo Asclepio-I-1991 de la fiebre.:Otros dicen que la hora a p'artir de la cual se: han de echar. las cuentas es la de Ja -fiebre y no la del parto.
La razón está en que el prinoipio -dei: cómputo del día crítico se debe tomar partiendo de: la-hora del-comienzo:-de fa-enfermedad, según afirma Galeno en el capítulo séptimo del libro II de be differentiis febrium («Sobre las variedades •de fiebres»).
Ahora bien, el principio de la esencia de la enfermedad es el comienzo del.enfebrecimiento.
Luego, no debe contarse desde el comienzo del parto.
En cuanto a Galeno, diremos que se refería a la fiebre que es consecuencia esencial y se produce, por así decirlo, en el parto mismo.
Esta explicación es casi idéntica a la respuesta citada más arriba.
Ese es el motivo de que Avicena dijera: «Luego le sobreviene la fiebre», como si hubiera pensado en un lapso de tres o cuatro días después• del parto.
Pero podría aún aducirse otro argumento en favor de Galeno, pues el cálculo de los días críticos se debe hacer partiendo de la hora en que se produce un movimiento en la materia.
Ahora bien, esa hora en la que se produce un movimiento en la materia es la del parto; luego...
Responde remos que la mayor del silogismo es falsa, pues en caso contrario el día crítico se computaría partiendo de un principio de neutralidad, lo cual es falso y su consecuencia, obvia.
Esto, en cualquier caso, no es asunto de la materia que aquí se trata, pues sobre esas contradicciones entre Galeno y Avicena hablaremos en otro momento, una vez hayamos comenzado a tratar este tema.
En séptimo lugar se encuentra el libro De regimine acutorum morbo rum («Sobre la dieta en las enfermedades agudas») dividido en cuatro partes, tres de las cuales fueron ya editadas en años anteriores, aunque no la cuarta, por la dificultad que entraña.
Para esta última sólo hay una traducción.
Si en esa parte cuarta aparecen escritas incorrectamente en caracteres latinos algunas palabras griegas, que quizá hagan reír a algún experto en griego, no hay razón para la crítica, pues las versiones de esas palabras son fieles y muy exactas.
Ninguno de los códices de que dispuse al hacer la corrección discrepa en cuanto a dichas palabras, por más que a menudo aparezcan escritas de modo diverso en el comentario y en el texto.
Mientras se conozca la esencia de una cosa, no hay que preocuparse por las palabras; era deseo de Galeno llegar a aprender y enseñar sin ellas.
Así, podría aducirse contra muchos aquel pasaje de la segunda parte de los «Aforismos», en el comentario Francesc Argilagues, de Valencia, doctor en artes y medicina, a los lectores (lector Z).
He reflexionado muy a menudo, queridísimo lector, sobre el hecho de que el arte de la imprenta ha sido un grandísimo regalo de Dios inmortal a la humanidad, pues, efectivamente, todo lo bueno y hermoso y cuanto se rige por un orden y un método, si revela en sí alguna huella de sabiduría, sólo puede provenir de aquella naturaleza caracterizada por un orden supremo, por la inmutabilidad y por la incorruptibilidad (De diebus creticis, «SobFe los días críticos», libro 2, capítulo 2} Siendo así, no quise dejar pasar por descuido algo que echaba en falta en este arte.
Estuve, pues, • • trabajando durante largas• noches, c9ri el fin de -que Pedro fata vino,:• •gloria y lustre de los doctores-en artes.Y medicina, natural de la.dudad •; •_ae Abano, en el condado:9e Padua; se imprimiera corijusteza y elegancia.
Y, aunque, como dice el cordobés Averroes, ni nuestra inteligencia ni nuestros conocimientos basten para alcanzar la verdad de la mayor-fa.4e estos estudios, sigue, no obstante, siendo conveniente que hablemos. qe ellos de acuerdo con las características de nuestra época.
Es cierto, además, que la naturaleza en ningún género produce nada perfecto; según declara.
Cicerón en el libro segundo de la Vetus rethorica («Retórica antigua»); • aun así, me he esforzado en la medida de mis posibilidades• en corregir sus «diferencias» de modo que me he convertido en un importante acree dor del mismo Conciliator («Conciliador»);.
Esta obra, jmpresa ya dos veces seguía teniendo tantos errores que resultaba dura e irreconocible par�• los lectores.
No creo que sea una inconveniencia el que los continuadores añadan a sus predecesores lo que ellos no percibieron o pasaron por alto por negligencia, por muy avanzada que estuviera en tiempo de Galeno el arte de la medicina.
Según él mismo dice, no será imposible que aparezca alguien capaz de encantar en dicho arte alguna cosa no descubierta por él y que, por tanto, pueda decirse: «Esto no lo llegó a ver Galeno», hacién-<lose eco de lo que pone de manifiesto el Filósofo en el libro primero de la Physica («Físíca»).
En este oficio se requieren a mi entender dos cosas ante todo: laborio sidad e inteligencia.
La falta de una de estas dos cualidades hace que veamos un día sí y otro también inconveniencias y extravagancias en los libros impresos.
No me gustaría que creyerais que deseo introducirme en este terreno sólo para hacer dinero, sino también para satisfacer mi gusto y proporcionar a los lectores alguna utilidad mediante mi trabajo.
Francesc Argilagues, de Valencia, doctor en artes y medicina. |
se realizó, en gran medida y como es lógico suponer, a través de las obras que sobre estos temas publicaron autores hispanos.
Una mirada general a esta producción impresa y a su difusión europea, a través de ediciones y traducciones fuera de la Península Ibérica, señala de forma indudable a Italia como el ámbito geográfico en el que tuvieron más rápida y mayor repercusión ( 1 ).
V amos a centrar nuestra atención en las obras que nos parecen más significativas desde el punto de vista de su contenido sobre historia natural y materia médica americanas.
No consideraremos,• pues, en este trabajo, obras como las de Hernán Corté_ s (reeditado hasta cinco veces en Italia durante el periodo 1522-1565), a?í como tampoco las obras sobre el Nuevo Mundo aparecidas en los primeros años, ya qu• e consideramos que merecen por sí solas un estudio aparte y que además se alejan del. interés específi camente históriconatural o •rrié4ico (2).
Así pues, analizaremos aquí sola-A-5.
mente una decena de obras, pero que conocieron un total de cuarenta y dos ediciones italianas a lo largo del siglo XVI Veamos, en primer lugar, de qué obras: -se trata y cómo fueron-apare ciendo las ediciones en Italia..
El proceso de difusión estudiado puede dividirse,_ atendiendo. al ritmo de apantion-de las ediciones, en cuatro fases diferentes.
La primera obra española• directamente -relacionada con la materia médica americana publicada en Italia fue el opúsculo de Francisco Deli cado EZ-modo de adoperare el legno de India occidentale (3), aparecido en Venecia, en 1529 ( 4).
El propio Delicado costeó la edición y él mismo la escribió; en parte, en un italiano un tanto pintoresco (5).
El texto, pese a su brevedad, no deja de resultar interesante para conocer la visión que de la sífilis y de los problemas terapéuticos a ella ligados se tenía en esos años, sobre todo por lo que respecta al uso, ya relativamente extendido, del guayaco.
Pero también para nuestro objeto de estudio, la obra contiene información valiosa� En efecto, Delicado incluyó, directamente en castellano, un fragmen to (6) del Sumario de la historia natural que Gonzalo Femández de Oviedo había publicado tres años antes, en 1526, en Toledo.
Se trata, en concreto, del capítulo 76, dedicado precisamente a la descripción del guayaco.
Deli cado, además, nos cuenta cómo llegó a• él el texto de Oviedo: editó de forma conjunta tres obras sobre-las Indias occidentales (9); la de Fernández de Oviedo apareció como Libro secando (10), siendo el libro primero una reestruct1:1rada traducción'de las tres primeras.décadas de Pedro Mártir de Anglería (ll).
Ernoinbre del traductor no figuraba en la portada y, como: veremos, no • -parece -ha: ber: acuerdo sobre su identidad; sin embargo sí parece claro que el responsable último de la edición en su conjunto fue Giovanni �attista R.amusio (Ü).
-• El Sumariolue Jambién traducido y editado en Roma apenas un año •después.de la• edición -veneciana (-13: ), •sin que conste tampoco en _ _ esta. ocasión el nómbre del t: raductor; • oe• spues de 1535, se abrió un. prolongado• paréhtesis de •veinte añ��, a lo: largo.de.los cuales no sé-publicó -�inguna. obra española sobre argumento: arilericario.
Tras este prolongado. vacío, sin embargo,• se inició. una •segunda • et�pa� _de más amplio alcance....
A lo largo de los doce años que abarca este período, fueron apareciendo cinco obras nuevas, a.la vez • que se reeditaba dos veces más el Sumario de Oviedo. • Estas nuevas obras.se caracterizan, en primer lugar,.por formar parte de la primera gran generación• de cronistas españoles de Indias y, en segundo Jugar, por • presentar el más rico contenido en información sobre la historia natural americana que podía ofrecerse, en letra impresa, en esos años.
El período se abrió en 1555, con la publicación en •Roma, por parte de los hermanos Valerio • y Luigi Dorico, de la Crónica del Peru, de Pedro Cieza de León (14) y de la Conquista de Mexico, de Francisco López de Gómara ( 15), traducidas ambas por Agustín de Cravaliz, un donostiarra afincado en Roma.
Del misrrio traductor y por los mismos impresores, se publicó, al año• siguiente, la primera parte de la Historia General de las Indias, de López de Gómara ( 16 ).
Estas tres obras obtuvieron un notable éxito en Italia, a juzgar por las seis reediciones-que cada una de ellas iba a conocer antes de que finalizara el siglo.
Pero. -si •Roma había sido el escenario de la aparición de las primeras ediciones, toda la producción posterior de estos a�tores. se reali zaría desde Venecia.
En 1556, -Andrea Arrivabene imprir.nió la Cronica de Cieza, titulándola Prima parte dell'istore del Peru, en una-traducción anónima, algo diferente a la aparecida el año anterior en Roma de la mano de Craváliz (17).
Al como el mismo Tommaso Giunta explicaba en el proemio del segundo volumen (29), aparecido en 1559, poco después de la muerte del secretario veneciano, éste no quiso nunca que su nombre figurara en la obra.
La trayectoria editorial de las obras de Oviedo en Italia finaliza en 1566.
Ese año, en casa de Giordano Ziletti, se imprimió el primer volumen de la recopilación de Luigi Luigini de tratados sobre el morbo gallico (30).
En él, aparecía la traducción latina de los dos capítulos que Oviedo había dedicado al guayaco en su Historia general (31 ).
Con la aparición de esta obra se cierra este segundo periodo, en el que, en doce años, se alcanzó el número de veintiuna ediciones: Tras estos años de gran actividad, se abrió de nuevo un paréntesis en el que la producción editorial decayó, aunque durante un lapso de tiempo menor que el de los años cuarenta de la centuria.
Transcurridos nueve años, puede decirse que se inició una nueva fase en el proceso de difusión de estas obras.
El traductor, como tantas otras veces en casa de los Ziletti, no figuraba en la portada, sino que era el propio impresor quien se hacía cargo de escribir la dedicatoria, el aviso a los lectores y, es de suponer, costeaba la edición.
En el texto Ai lettori, Ziletti anunciaba la existencia de la tercera parte de la obra de Manar des (33) y su intención de publicarla: difusión de la gran aportación del médico sevillano se realizó desde el ámbito veneciano, a partir de-1575, cuando, como hemos dicho, apareció la edición completa de las dos primeras partes..
Sin embargo, en esta ocasión, también se produjeron problemas de dobles ediciones, comO había ocurrido con las obras de Gómara y Cieza..
En 1576,.. siempre en Venecia pero de impresor desconocido, apareció.. uña traducción de los Dos libros..., realizada por un médico de Chieti
La edición reunía también la versión italiana. �el tratado de �García: da Orta sobre los simples de las Indias Orientales y •q{! los comentarios a• éste realizados por C. Clusius y publicados en latín,• en.-Amberes, en.157 4 (3 7).
-Esta duplicidad �n fas ediciones de Monardes se mantuvo en las reediciones siguientes.Así Qcurrió en • 1582, cuando Giordano Ziletti reimprimió su edición de f575 y el sobrino de éste, Francesco Ziletti, hizo otro tanto • con la traducción de Bnganti, siempre unida al texto de García da Orta.
Nuevamente en:1589, los Ziletti abordaron la reimpresión de ambas edi ciones (38).
Una atenta mirada deja claramente establecido que la tra ducción de Brigahti abarcaba solamente •la primera parte, suprimiendo además, • en la _ de 1576, el capítulo primero del segundo libro, dedicado a los venenos.
Por el contrario las ediciones de la otra traducción anónima, contenían el texto completo de las dos primeras partes.
Aunque las ediciones venecianas son, como hemos señalado, las más exhaustivas, no faltaron otras ediciones parciales.
Además de las de Flo rencia y Milán ya citadas, debemos añadir la que en 1578 se efectuó en Génova, que contenía la traducción de dos capítulos de la segunda parte de la obra de Monardes, los dedicados al tabaco (libro primero, capítulo primero) y a la Pimienta luenga (libro segundo, capítulo noveno), dos destacados productos de la materia médica indiana (39).
El período que ahora comentamos fue, pues, rico en cuanto a la difu sión de la obra capital sobre la materia medicinal americana.
Pero en este mismo período otra obra hispana, la que el portugués Cristóbal Acosta publicara en castellano en Burgos en 1578, conoció también su traducción italiana, de la mano del editor veneciano Francesco Ziletti ( 40).
Si bien la obra de Acosta, como es sabido, se ocupa principalmente de materia médica de origen asiático, la hemos considerado en nuestro estudio por varios motivos.
El primero y principal es porque el contenido de la obra ofrece noticias sobre plantas de origen americano ( como el ánanas, o piña tropical, de la cual se incluye una de las primeras representaciones gráficas).
El segundo motivo es que la edición de Acosta en Italia responde, como veremos, a un proyecto editorial de los Ziletti en el que se incluían.
Para concluir con las ediciones aparetidas.� lo largo de. esta tercera fase, señalemos que.las•6bras de: López de Gómara y-fa de Cieza volvieron a reeditarse en estos años,. concretamente•en)-576.
La tr: aducción elegida esta vez por el impresor Camillo • Franceschini-fue la de Agustín deCra: valiz.
Así. pues, a lo largo de estos. catorce años, encontramos un total de trece ediciones, nueve. de las cuales corresponden � la obra -de Monardes, • 1o que le da un particular significado a: este: Periodo.
Después de 1589, se volvió a abrir un -p�queño paréntesis en la producción _ de ediciones de textos hispanos, que se prolongó hasta 1596.
En los últimos cuatro años de• la centuria, encontramos cinco ediciones, cuatro de las cuales son reimpresiones de obras ya aparecidas en años anteriores.
Concretamente, se reeditó nuevamente la Crónica de Cieza de León (Venecia, Arrivabene, 1596); volvieron a imprimirse, en la traducción de Lucio Mauro, las dos obras de López de Gómara (Venecia, Barezzo Barezzi, 1599); y se llevó a cabo la última reedición de Monardes en el siglo XVI, efectuada por los herederos de Giro lamo Scotto, en Venecia, en 1597, reproduciendo la traducción de Annibale Briganti, siempre junto al texto de García da Orta y los comentarios de Clusius.
La novedad del período fue la traducción de la Historia natural y moral de las Indias, del jesuita español José de Acosta.
La obra había aparecido en castellano seis años antes, en Sevilla.
La traducción era de Giovanni Paolo Galluci y fue impresa por Bernardo Basa en Venecia ( 42).
La• versión italiana se basó, fundamentalmente, en la segunda edición española, que había tenido lugar en Barcelona, en 1591 (43).
Por otra parte, un no bien explicado problema con la censura mutiló parte del quinto libro de la obra, el que Acosta había dedicado a la «historia moral».
Asf lo• advertía el propio Galluci:
Con la• difusión de la síntesis históriconatural de Acosta, obra que recogía el saber accesible en la época sobre estas materias y trataba de ofrecer por vez primera un marco interpretativo global, se. cerraba real mente la etapa más intensa de la difusión de obras hispanas sobre tema americano.
En el siglo siguiente,. aunque con un ritmo muy diferente y con un retraso considerable, la difusión prosiguió.
Monardes se reeditó aún varias veces (45); también se hicieron reediciones de Acosta (46) y Fernández de Oviedo, a través de la recopilación ramusiana (47).
Pero los grandes pro tagonistas de este proceso en el siglo XVII son, en primer y destacado lugar, Francisco Hernández, seguido de Juan Fragoso y de Antonio Col menero de Ledesma ( 48).
En la tabla 1 hemos tratado de sintetizar de un modo más gráfico la distribución de todas las ediciones aquí citadas a lo largo de los setenta años que abarcan los cuatro periodos comentados ( 49).
La rapidez de la difusión en Italia
Hemos visto hasta ahora el desarrollo cronológico de las ediciones y su periodización.
Pero es evidente la necesidad de responder a la cuestión de con qué retraso, con respecto a la aparición de las ediciones originales, se produjeron las italianas.
La tabla 2 trata de mostrar la respuesta a esa cuestión.
Como se• desprende de la lectura de los datos de la tabla 2, si excep tuamos el caso anómalo de la Historia general y natural de Fernández de Oviedo, todas las obras se tradujeron y difundieron en Italia con una media de cinco años de diferencia con respecto a la aparición de la primera edición castellana.
Tal rapidez en la difusión no se alcanzaba fácilmente en la época, ni siquiera en el caso de libros de materias más asequibles al público en general.
Las obras de Cieza y López de Gómara, junto a la de Monardes, son las que más rápida acogida tuvieron.
Conviene subrayar, además que las traducciones italianas fueron en casi todos los casos las primeras ediciones no castellanas aparecidas; sólo debemos exceptuar los casos de Monardes y de Cristóbal de Acosta, cuyas obras fueron traducidas al latín por Clusius (Amberes, 1574) uno y tres años antes, respectivamente, de la aparición de la edición italiana.
El caso de retraso más prolongado es el de la Historia de Oviedo, que se difundió en Italia más de veinte años después de su primera edición española (Sevilla, 1535).
Debemos tener en cuenta que es precisamente 1 TABLA 2 Comparación entre los años de publicación de las primeras ediciones castellanas e italianas de las obras sobre historia.natural y materia médica como el centro difusor más importante de• toda Italia.
En efecto, siete de las diez primeras ediciones y treinta y cinco de las cuarenta y dos que en total se realizaron, salieron de las prensas. venecianas.
Distribución por ciudades de-impresión-_ de las• ediciones italianas de obras españolas sobre historia natural y materia médica americana publicadas Como es sabido, Venecia fue, casi desde el mismo momento de la llegada de la imprenta a territorio véneto (1469-1474) (50), uno de los centros productores de libros más importantes de Europa.
En realidad, puede asegurarse que fue el primero, hasta que en la segunda mitad del siglo XVI fue sobrepasada por Paris (51).
En el marco estrictamente italiano, la primacía de Venecia fue absoluta durante toda la centuria: la mitad de todos los impresos italianos del si glo XVI fueron venecianos, lo que supone un número que gira en torno a las quince mil ediciones, con una media de ciento cincuenta títulos al año (52).
Al iniciarse el siglo, Venecia tenía ciento cincuenta y cuatro oficinas de impresores en activo (53) y al concluirse, hacia 1596, casi quinientas personas vivían directamente de la producción editorial (54).
Si nos atenemos a la producción impresa de tema americano ( o con partes importantes dedicadas al Nuevo Mundo), los datos varían un poco, aunque la tendencia es fundamentalmente la misma.
Según M. Donatti ni (55) de un total de noventa y ocho ediciones de estas obras impresas en Italia, un sesenta por ciento ( es decir, cincuenta y nueve) se publicaron en Venecia, mientras que Roma publicó quince y el resto aparecieron repartidas en varias ciudades.
Ateniéndose a las primeras ediciones de las Asclepio-1-1991 veintidós obras que Donattini considera, doce fueron venecianas, mientras que el resto se repartía e_ ntre Milán, Florencia y Roma.
Por lo tanto, parece indudable la preeminencia veneciana.
Por razones de tipo económico, mercantil e incluso político, Venecia es lógico que aparezca como el principal centro difusor.
Pero, a nuestro modo de ver, estas razones no bastan para entender la abrumadora mayoria de ediciones venecianas que los datos de la tabla 3 reflejan, que son en todo caso mayores que los que ofrecen las otras proporciones que hemos expuesto.
En nuestra opinión, la configuración de Venecia como el principal centro de difusión de las obras que estudiamos debe obedecer, además de todo lo expuesto, a otro tipo de causa.
Creemos que ésta debe buscarse en la actividad de diversos grupos relacionados, directa o indirectamente, con autores españoles o con el ambiente hispano.
De estos grupos, el primero, en importancia y en el tiempo, fue el formado en torno a las figuras de Giovanni Battista Ramusio, Pietro Bembo y Girolamo Fracastoro, que mantuvieron una intensa relación con Gonzalo Fernández de Oviedo.
En segundo lugar, la presencia de Alfonso de Ulloa entre el mundo diplomático y editorial veneciano nos parece otro elemento destacable.
Por último, el especial empeño editorial de los impresores Ziletti en difundir textos sobre la materia medicinal exótica nos parece el tercer elemento en la explicación de la gran importancia de Venecia como centro difusor de textos españoles sobre Indias.
Veamos con un poco más de detenimiento estos tres núcleos.
Ramusio, Bembo y Fracastoro y sus relaciones con Gonzalo Fernández de Oviedo Es bien conocida la estrecha relación que unió a Giovanni Battista Ramusio con el cardenal Pietro Bembo y con el médico y científico veronés Girolamo Fracastoro (56).
Los intereses culturales en general, literarios, pero, sobre todo, científicos que les unían les llevaron a intercambiar cartas, libros, comentarios a sus respectivas obras y dedicatorias en sus publicaciones (57).
A su alrededor, se reunieron también otros hombres de la cultura veneciana y, dada la alta posición social de estos personajes, les fue posible mante_ ner contactos con otros países europeos.
Entre ellos, en un lugar preferente, la Castilla de la primera mitad del XVI, que atraía poderosamente la. atención de hqmbres como ellos, interesados en las novedades geográficas, cosmográficas y, en general, científicas, que pro cedían de las recién descubiertas Indias •occidentales.
Así pues, no es de extrañar que un hombre perteneciente a este círculo veneciano, Andrea Navagero, entre 1525 y 1528 embajador de la República en la corte castellana, fuera el primero en poner en conta<;.:to directo a sus amigos venecianos con las noticias americanas (58).
En efecto, en una carta de Navagero a Ramusio, escrita en Toledo el 11 de septiembre de 1525, éste le prometía hacerle llegar noticias abundantes sobre las In dias (59).
En el mismo Toledo, por esas fechas, Gonzalo Fernández de Oviedó escribía y mandaba imprimir a su costa el Sumario de su Natural historia de las Indias.
No parece descabellado pensar que Navagero se encontrara con él, máxime si tenemos en cuenta que cuando éste regresó a Venecia, en 1528, trajo consigo un ejemplar de la edición toledana del Sumario (60).
Sea como fuere, lo importante es que al regreso del embajador, Ramusio accedió directamente al texto de Oviedo y pronto se comprometió a editarlo.
Navagero murió a principios de 1529 y su hermano Bartolommeo obtuvo un privilegio de impresión para la obra de Oviedo, mediante una solicitud al Consejo de los Diez, presentada por el propio Ramusio (61).
En otro documento posterior ( 62), la solicitud del privilegio por parte de Bartolommeo Navagero nos permite aclarar definitivamente, a nuestro modo de ver, la c. uestión sobre la autoría de la traducción del.
Bartolommeo expuso del modo siguiente su solicitud:
Así pues, el Sumario lo había ya traducido al italiano el propio Navagero y Ramusio se debió limitar a encargarse de la edición del texto, que tendría lugar cinco años después de estos hechos.
No debemos olvidar que, precisamente en 1529 y en la misma Venecia, se publicaba el opúsculo de Delicado, que reproducía el fragmento sobre el guayaco contenido en el Sumario, como hemos señalado anteriormente.
Al año siguiente, Ramusio entró a hacerse cargo, en calidad de sustituto de Bembo, recientemente nombrado cardenal y establecido en Roma,• de la biblioteca pública que con el tiempo llegaría a ser la Biblioteca Marciaqa.
También en el mismo año de 1530, se publicó el poema de Girolamo Asclepio-1-1991 Fracastoro sobre la sífilis (64), en el'que se manejaba una buena informa eión sobre los• descubrimientos geográficos •y el•uso del guayaco, aunque Fracastoro rechazaba la tesis del origeri • americano de la enfermedad.
Pero, sin duda alguna, fue.1534 el añ. o clave para situar el inicio del contacto directo del grupo verieciano con Ferriández de Oviedo (65).
En primer lugar, a•través del texto del Sumario, publicado ese año por Zop pino.
El propio Ramusio se lo hizo llegara Bembo, a Roma (66).
Fracastoro, por su parte, había• escrito a Ramusio miíy poco antes una carta en la que se planteaban cuestiones astronómicas (fundamentalmente sobre la posición de algunas estrellas en el hemisferio sur) y en la que el veronés sugería a RaÍnusio que consultaran sobre este particular a Oviedo (67)..
Es ésta.la-primera vez que encontramos citado el nombre de Oviedo en la correspondencia de estos personajes.
Debe deducirse, por tanto, que el establecimiento de la relación directa con el español debió producirse entre 1530 y 1534.
A partir de esta fecha, las referencias en las fuentes son más abundantes.
En 1538, el 20 de abril, Bembo escribió directamente a Oviedo, dicién dole:
De hecho, Bembo había hecho un buen uso. del Sumario al redactar, entre 1534 y 1538, el volumen sexto de sus Istorie veneziane (69).
Indudablemente, Oviedo se sintió halagado por la atención que le prestaban tan ilustres personajes.
En el propio texto de la Historia se refirió varias veces a Bembo, a Ramusio y a sus relaciones con ellos (71 ).
Pero estas relaciones fueron más allá de las cartas, las citas o los envíos de noticias.
En el mismo año de 1538, cuando Bembo escribía la carta comentada, tenía lugar en Venecia, en casa de los Priuli, rica familia 64 Ásclepio-1-1991 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es noble y comerciante, la constitución de una sociedad mercantil, ante el notario Pietro di Bartoli.
Este, ayudado de la traducción de Ramusio, leía un acta redactada por Oviedo en Santo Domingo y fechada allí el 20 de diciembre de 1537.
En ella se establecían las condiciones para constituír una sociedad, de la que iban a entrar a formar parte Antonio Priuli y el propio Giovanni Battista Ramusio, por un lado y, por el otro, Oviedo y otra persona a designar por él.
Se constituía la sociedad con un capital inicial de cuatrocientos ducados venecianos (equivalentes a 128.200 ma ravedíes), que debían ser adelantados por Priuli y que se consideraban divididos en cuatro participaciones iguales, de cien ducados cada una, en manos de Oviedo, de su aún no nombrado socio, de Ramusio y del propio Priuli.
La sociedad debía ocuparse de comerciar con productos venecianos, embarcados en la misma Venecia con destino Messina y Cádiz, desde donde serían enviados a Santo Domingo.
Allí, Oviedo se encargaría de vender los productos y volver a cargar la nave con «liquori et zuccheri» americanos, que se exportarían a Europa.
Lamentablemente, no tenemos más datos sobre el género del cargamento indiano, ni tampoco sobre la puesta en práctica de las actividades comerciales de la sociedad (72).
Hasta 1547, año en que murió Pietro Bembo, las referencias a contactos epistolares y envíos de noticias y relaciones son frecuentes.
En 1539, Fracastoro escribió a Ramusio y nuevamente se refería a Oviedo:
Como vemos, un hombre de la talla de Fracastoro se cbngratulaba de que su amigo Ramusio hubiera tenido la fortuna de conocer a Oviedo, su gran informador americano.
El mismo año en que se escribía esta carta, 1539, llegaba a Venecia como embajador español Diego Hurtado de Mendoza, hermano del en tonces virrey de México.
Ramusio no tardó en entrar en contacto con'él y, poco después, en 1541, el embajador le hizo llegar la copia de una relación que su hermano había escrito a Carlos V sobre los orígenes de la ciudad de Tenochtitlán (74).
Hacemos referen�ia a este hecho porque dará lugar a un nuevo intercambio epistolar con Oviedo.
Esta vez fue Ramusio quien le hizo llegar hasta Santo Domingo la relación antes men cionada.
Su contenido, como es natural, incitó la curiosidad de Oviedo, Asclepio-I-1991 quien se puso en contacto, esta vez ya directamente, con el virrey de México.
Pero no deja de ser sintomático que la primera noticia la recibiera Oviedo a través de la lejanísima Venecia, en vez de la más cercana México, de donde la fuente había partido (75).
Los envíos de Ramusio a Santo Domingo no cesaron ahí.
Al año si guiente, 1540, según cuenta el propio Oviedo en la Historia General (76), el veneciano le escribió una carta en la que le anunciaba un eclipse, que sería visible desde la Española.
Le enviaba, además, un ejemplar de las Tabulae de Olaus Gotho, que estaban recién publicadas en Venecia (77).
Por esas mismas fechas, concretamente el 1 O de mayo de 1540, el cardenal Bembo, en una carta a Ramusio, le decía: «Mio Ramusio. lo faro tradur la lettera del signor Oviedo e scriverla e satisfaro il desiderio vostro» (83).
Por tanto, tampoco parece que en este caso Ramusio se tomara el trabajo de traducir a Oviedo, sino que solicitó a Bembo que alguien tradujera al italiano el texto y se lo hiciera llegar después a Venecia.
Si Bembo cumplió su promesa, esa traducción debe ser la que figura en las Navigationi.
En el mismo año de 1543 se habían iniciado ya las. gestiones para imprimir la recopilación ramusiana, según parece deducirse de un docu mento del 13 de agosto, procedente del registro del Consejo de los Diez.
En él se concedía licencia a los herederos de Luc' Antonio Giunta para que pudieran imprimir una obra <<nella quale si contengono molte cose di cosmographia et viagi» (84).
El 20 de agosto, en efecto, se concedía el privilegio por diez años para imprimir las obras contenidas en el primer, volumen de las Navigationi (85), cuya salida, sin embargo, no se produjo hasta 1550, como hemos señalado.
La obtención de los privilegios para la imprenta no se detuvo aquí.
El 6 de marzo de 1544, se solicitó perrpiso para imprimir precisamente la carta de Oviedo a Bembo (86), la cual, al parecer, ya estaba traducida al italiano, según los deseos de Ramusio.
La celeridad en la obtención del privilegio puede deberse a una idea, no llevada a cabo, de imprimirla rápidamente, pero también puede indicar un deseo de. evitar que un texto que levantaba cierta expectación pudiera ser publicado por otros.
La última carta que conocemos, en relación con Oviedo, es. la que Bembo escribió a Ramusio el 7 de mayo de 1546 (87).
En ella, el cardenal expresaba su deseo de que Oviedo se encontrara ya en España para imprimir su «nueva y hermosa obra», alusión que puede referirse a la segunda parte de la Historia general, que nunca se imprimió en vida del autor, o a la reedición de la primera parte, que tuvo lugar en Salamanca en 1547 (88), precisamente el año en que murió Bembo.
Esta última carta nos indica, pues, que hasta el final el contacto entre estos person, ajes, se mantuvo y de modo más estrecho de lo que pudiera indicar la 0 existencia de un puñado de cartas.
Debieron haber otras muchas, como-se deduce de la buena información que en Venecia y en Roma se tenía sobre los movimientos de Oviedo entre Santo Domingo y la metrópoli.
Hasta aquí, pues, el mapa de la evolución de las relaciones venecianas de Oviedo, hasta donde las fuentes nos permiten reconstruirlo.
Tras la muerte de Bembo no tenemos ya más referencias de contactos directos.
Pero antes de la desaparición de estos dos protagonistas principales, había Asclepio-I-1991 tenido lugar la edición del tercer volumen de las Navigationi, con los tres textos de Oviedo traducidos al italiano.
Por primera vez, además, aparecía completa la primera parte de la Historia general En el Discorso con el que Ramusio presentaba el volumen, dedicado precisamente a Fracastoro, no faltan alusiones a Oviedo «c 'e tanto amico dell' Eccellenza Vostra» (89).
Por otra parte, Ramusio vuelve a darnos otra prueba de su excelente información respecto a la obra de Oviedo, al aludir a las partes de la Historia aún no impresas: «il (... )
Pero no sólo conocían Ramusio y Fracastoro el plan completo de la obra y los ires y venires de Oviedo (al menos hasta 1547), sino que sabían también los temas tratados en las partes aún manuscritas: «v' erano piu di 400 figure di ritratti delle c�se naturali: come animali, uccelli, pesci, arbori, herbe, fiori, et frutti delle dette due parti delle Indie:
A continuación, se enumeraban otras cuestiones de interés tratadas en esas partes: la diferencia horaria, la latitud de México, el periplo solar anual en Nueva España, el clima, la laguna de México («in gran parte simile a quella de questa nostra gloriosa citta di Venezia» (92), los proble mas de la sífilis y la viruela, la mortalidad de la población indígena, los jeroglíficos que escriben -los indios «come s' e veduto in quei libri che il detto S. Gonzalo mando-a donare a V.E. et a me» ( 93), e incluso el curioso modo de contar de los incas, mediante los quippos.
Debe subrayarse claramente cómo son los temas científicos los que interesaban a los difusores de Oviedo en Italia, pese a que la Historia, como es sabido, reúne información sobre otros muchos aspectos políticos, puramente históricos, militares, etc. Esta característica debe siempre re cordarse al tratar de estas obras y de su difusión europea y es una prueba indiscutible de que deben ser tenidas en consideración por los http://asclepio.revistas.csic.es historiadores de la ciencia.
Por otra parte, no sólo ocurrió esto con_ la obra de •oviedo, sino también con las de los otros cronistas.de •Indias editados. en Italia.
De toda la parte inédita dela obra de Oviedo que Ramusio.glosa en su Discorso, como es sabido, sólo se publicó el libro XX, pero en el año 1557, cuando ni Fracastoro, ni Ramusio, ni Bembo, ni el propio Ovied0 pudieron ya verlo impreso.
• Así pues, durante los años treinta, cuarenta y cincuenta, la difusión de la' obra de Fernández de Oviedo se llevó a cabo mediante las relaciones personales del autor eón un activo y bien situado grupo de científicos y hombres de letras venecianos.
De hecho, la difusión se -detuvo cuando tanto el autor como sus amigos italianos falleéieron.
De este modo,• la principal fuente sobre la historia natural americana durante la: primera mitad del siglo, llegó a Venecia y, en manos de personas directamente interesadas en los temas naturalísticos y científicos, recibió una acogida important�.
Cuando, a mediados de siglo, las obras de los qttos grandes cronistas, Cieza de León• y López de Gómara principalmente, aparecieron en el panorama italiano, encontraron rápidamente un excelente campo de cultivo entre impresores, libreros y lectores venecianos.
En este con texto, nos parece sintomático que la edición de las obras de estos cronistas se trasladara rápidamente desde Roma, donde tuvieron lugar las primeras ediciones, a, Venecia, desde donde se realizaron hasta seis reediciones a lo largo de la segunda mitad, como ya h�mos visto.
En esos mismos años, fundamentalmente en la década de los sesenta, el panorama veneciano se enriqueció con otra edición de un cronista español, Agustín de Zárate, debida a otro personaje interesante para com prender el trasfondo de la difusión de obras españolas desde el centro editor de Venecia: Alfonso de Ulloa.
Alfonso de Vlloa y su labor como traductor
El papel de Alfonso de Ulloa como difusor de la cultura hispana en Italia ha •sido puesto de relieve por diversos estudiosos• (94).
Su larga permanencia en Venecia (1545-1570) y su continua actividad literaria y editorial (1552-1577), lo señalan como un elemento.importante a la hora de entender la propagación de determinados aspectos de la cultura literaria hispana entre el público italiano.,.
Sin embargo, hemos d, e señalar claramente, que la inmensa mayoría de la producción editorial de bid� a Ulloa, se. aleja por• completo de las Asclepio-1-1991 materias estrictamente científicas, dirigiéndose más bien a áreas como la literatura de creación y la historia (95).
Esta característica esencial marca, pues, una diferencia sustancial con respecto al fenómeno antes descrito en torno a Fernández de Oviedo y sus relaciones venecianas, que confor maban un núcleo directamente interesdo en cuestiones científicas (96).
De todos modos, creemos que para nuestro objeto de estudio, la labor de Ulloa merece la pena ser tenida en cuenta.
Su producción sobre temas geográficos se inició • en 1562, con la edición de su traducción italiana de la obra del portugués Joao de Barros (97) sobre Asia y las Indias Orientales.
Al año siguiente, salió de las prensas de Giolitto de' F errari, el impresor con el que colaboró más asiduamente (98), la obra de Agustín de Zárate sobre el Perú (99), que es la que más directamente interesa en este tra bajo.
A través de la dedicatoria, redactada por el propio Ulloa y dirigida a Guido Brandolino, un condottiere veneciano, podemos conocer que la traducción databa de algunos años antes (100), pero que las dificultades económicas atravesadas por Ulloa le impidieron publicarla con mayor rapidez.
En cuanto a la traducción, se basa fielmente en el original castellano {Amberes, M. •Nucio, 1555).
Sin embargo Ulloa, como era habitual en él, apostilló en determinados pasajes el texto•de Zárate, a través de pequeñas anotaciones impresas en los márgenes (101), práctica muy del uso entre los humanistas y editores de la época.
De este modo, las Historie de Zárate venían a sumarse a las otras obras españolas sobre el Perú que ya circulaban en Italia.
El interés históriconatural del texto de Zárate se centra casi exclusivamente en el libro primero, especialmente en los capítulos del cuatro al ocho, ya que los otros seis-libros de la crónica son fundamentalmente históricos.
Desde este punto de vista, la aparición en Italia de la obra no aportó sustanciosas novedades, sino que fue un mero complemento de las obras editadas con anterioridad, especialmente, como es natural, de la más importante de ellas, la de Cieza de León, que por aquel entonces contaba ya con cuatro ediciones _ italianas Y' que aún seria reeditada en los años siguientes...
Además de• a• través de la obra de Cieza; la naturaleza peruana era conocida en.
Italia• gracias. a la edición ramusiana de las relaciones de Xerez y Cristóbal de.Mena (153.4) y a los textos que el mismo Ramusio incluyó en el tercer volumen de las Navigationi (1556) (102).
Por todo ello, podemos deducir que las.Historie de Zárate no conocieron más ediciones porque el interés• de los -lectores italianos hallaba más completa satisfacción en obras como la de Cieza, mucho más rica en descripciones de índole geográfica e históriconatural.
No podemos, en este apartado dedicado a Ulloa, dejar de aludir a otra de las obras de tema americano que él tradujo y que, sin duda, es la que le ha otorgado en el pasado mayor relevancia historiográfica.
Nos referimos a las Historie della vita e de 'fatti dell' Ammiraglio D. Cristoforo Colombo, aparecidas en Venecia, en casa de Francesco di Franceschi en 1571, pocos meses después de la muerte de Ulloa (103).
La importancia de su tarea es en este caso de primer orden, puesto que no se conoce el texto castellano original, que Remando Colón, el hijastro del Almirante al cual se atribuye la obra, nunca publicó.
La edición de Ulloa es, pues, la primera y la más directa para conocer el auténtico escrito de Hernando Colón, fuera éste el autor de todo el texto o sólo de una parte (104).
Por todo ello, el nombre de Ulloa debe ir inseparablemente unido al de los cronistas y narradores colombinos y al de las fue¿tes para conocer las circunstancias del descubrimiento europeo de las Indias Occidentales.
Desde este punto de vista, aunque lejano casi siempre a los intereses científicos, Ulloa no dejó de tener un papel esencial en la difusión italiana de las novedades geográficas y naturalisticas del mundo americano.
La última obra de tema geográfico traducida por Ulloa volvió al ámbito de las Indias Orientales, tratado ya en la de Joao de Barros, traducida en 1562.
En esta ocasión se trató de la Historia dell1ndie Orientali de otro portugués, Lopes de Castanheda..
La traducción italiana salió a la luz algunos años después de la muerte de Ulloa; concretamente, se editó en 1577, en la casa del impresor Giordano Ziletti (105), cuyo preeminente papel en el proceso de difusión que estamos. estudiando trataremos de ver a continuación.
Giordano y Francesco Ziletti, editores italianos de Monardes
En 1556, el impresor de origen bresciano Giordano Ziletti se establecía en Venecia, tras una azarosa actividad como librero de Bolonia y en Roma (106).
La casa editora, all'insegna della Stella, en San Zulian, con su almacén en San Zanipolo, sestiere habitual de libreros, iban a perma necer en activo hasta 1589 (107).
Durante esos treinta y cuatro años, los Ziletti -primero Giordano, hasta su muerte en 1583, luego su sobrino Francesco, activo desde 1569 hasta su muerte en 1587 y, por último, los heredero� de éste-realizaron un total de doscientas veinticuatro edicio nes ( 108).
Así pues, no estamos ante grandes editores venecianos, como Asclepio-I-1991 los Giunta o Giolitto, con medias anuales de más de diez ediciones, pero tampoco frente a unos modestos libreros, ya que una media de cuatro y cinco ediciones anuales sitúa a los Ziletti entre los más sólidos editores venecianos de tipo medio (, 109).
Por otra parte, Giordano y, sobre todo, Francesco ocuparon una posición destacada dentro de l'arte delli stampa tori et librari, corporación establecida en 1549, que reunía a los principales impresores y �breros de la ciudad ( 11 O).
Giordano, por su parte, había destacado añ0s atrát' en la oposición corporativa contra el índice papal de 1554 y los intentos de aplicarlo en territorio de la Serenísima (112).
Por último,-sus relaciones de parentesco con otras casas editoras (113), típica de las corporaciones gremiales, nos completan la imagen de solidez y buena posición de la empresa en el marc"ü de la Venecia de la segunda mitad de siglo.
Casi desde el mismo momento de la llegada de Giordano a Venecia, se iniciaron las ediciones. de obras de autores hispanos relacionados con el Nuevo M, undo.
Al final del período de actividad de la casa de la Estrella, habían llevado a cabo más de una docena de ediciones.
Esta posición destacada de ambos Ziletti, en relación con las publicaciones de tema americano se ve realzaqa aún más si tenemos en cuenta que respondían, como veremos, a un plan claramente, diseñado y que, además, ambos son promotores directos de las ediciones, en la mayor parte de los casos.
Por último, desde nuestro punto de vista, el protagonismo de los Ziletti cobra especial importancia al ser ellos los difusores principales de la obra del médico sevillano Nicolás Monardes, sin duda, hasta ese momento, la apor tación más importante al conocimiento de la materia médica ameri cana (114).
Aunque ya ha ido apareciendo en los apartados anteriores, convendría ahora reunir ordenadamente la producción de los Ziletti que nos interesa directamente.
La tabla 4 recoge, por orden cronológico, doce ediciones distribuidas a lo largo de treinta y dos años.
Como puede verse en la tabla, la primera edición que Giordano Ziletti llevó a cabo fue la Historia general de las' Indias de López de Gómara, que ese mismo año fue publicada también por Andrea Arrivabene.
A juzgar por la dedicatoria, firmada por el propio Arrivabene, la edición de Ziletti se limitó a cambiar la portada simplemente.
Esta impresión queda confir mada si se cotejan algunos ejemplares de ambas ediciones.
J;p efecto, se trata de libros idénticos en tipos de imprenta, formato, páginas, título y prolegómenos.
Sólo el pie de imprenta y la marca del impresor son dife- rentes.
Este hecho nos podria hacer pensar en un acuerdo entre Arrivabene y Ziletti para sacar conjuntamente la edición, con ejemplares a nombre • de uno o de otro, práctica bastante habitual en la época.
Sin embargo, el privilegio y los derechos sobre la obra pertenecían, por diez años, a Ziletti, según se deduce de la concesión hecha por el Consejo de los Diez, el 20 de febrero de 1557 (115).
Tres años después, Ziletti imprimió la traducción, anónima como la anterior, de la Prima parte delle historie del Peru, de Pedro Cieza de León.
De nuevo existió otra edición ese mismo año, esta vez obra de Francesco Lorenzini.
En esta ocasión, sin embargo, parece claro que se trata de dos traducciones distintas, ya que esta última era firmada por Agustín de Cravaliz y un cotejo de ambos textos muestra amplias divergencias (116), además de diferir las ediciones en número de hojas y en los prolegó menos ( 11 7).
En 1565, Giordano volvió a. imprimir la primera parte de la obra de Qómara, utilizando para ello la misma versión que en 1557.
Al año si guiente, sacó por primera vez la traducción de Lucio Mauro de la otra obra de Gómara, la Historia de México.
De este modo respondía nueva mente a la competencia, ya que en 1564, como vimos, Giovanni Bonadio había hecho imprimir de nuevo las traducciones de Cravaliz.
Preá¡amente Asclepio-I-1991 en esta edición de 1566, el propio Giordano escribía la dedicatoria de la obra y en ella exponía con bastante claridad sus intenciones y su proyecto editorial.
Nos detendremos en este texto que consideramos de gran interés para conocer el programa de la casa de los Ziletti con respecto a las obras que analizamos.
La dedicatoria está firmada el 12 de octubre (fecha que no parece casual) de 1565, en Venecia, y dirigida al fraile agustino Michele Aureliano, natural, como el propio editor, de Brescia, ciudad que pese a ser geográfi camente lombarda era territorio de la República veneciana en aquellos años.
Toda una declaración de intenciones, como se ve.
Parece ser, pues, que Ziletti, que llegó a Venecia precisamente cuando Ramusio acababa de imprimir sus Navigationi, se propuso claramente seguir un programa de ediciones referidas a América, sin duda porque existía un mercado, un público lector ávido de este tipo de obras.
Por eso precisamente, se trataba de un sector donde la competencia (hemos visto que entre 1557 y 1566 siempre hubo competidores para las ediciones de los Ziletti) era dura.
Por este motivo, Giordano no perdió•la ocasión de recordar a los lectores las obras que sobre este particular ya había impreso y las que pensaba editar en breve.
No sabemos a qué cuarta parte podía referirse Ziletti.
Quizá a la se gunda parte de la obra de Cieza (autor que sí estuvo presente en América 74 Asclepio-l-199 l (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es como dice el texto), que nunca llegó a imprimirse.
En cuanto a la alusión al libro de Castanheda, queda claro que aunque se refería al ámbito oriental, para Giordano entraba de lleno, como luego la obra de Cristóbal Acosta, en el mismo plan editorial.
La obra no saldría impresa hasta 1577,. pero gracias a esta dedicatoria podemos • saber que en 1566 Ulloa ya había recibido el encargo y quizá concluido el trabajo.
Como hipótesis verosímil, podemos plantear que la traducción y edición de -la obra de Zárate en 1563 pudo llamar la atención de Ziletti, que decidió incorporar a Ulloa a su programa.
Ello explicaría también que ésta sea una de las escasas alusiones del editor a sus traductores, normalmente silenciados y, sin embargo, aquí citado elogiosamente.
Lo cierto es que después de 1566 el proyecto pareció detenerse ( 120), pese a tener disponible la traducción de Ulloa, que tardó once años en salir a la luz.
Precisamente, como se recordará, entre 1566 y 157 5 las prensas venecianas parecía que habían perdido el interés en las obras de temas americanos.
Los Ziletti, pese a sus intenciones en este sentido, también acusan esta parálisis (121).
Esta momentánea paralización parece que se superó en 1575 (122), con un cambio de estrategia.
Giordano, en la dedicatoria que hemos visto hablaba de «alcuni libri storici» y su produc ción, en efecto, se había centrado en las crónicas de Indias.
El cambio de orientación en esta segunda fase le llevó a especializarse en libros sobre materia médica, más que en tratados históricos.
Si exceptuamos el ya citado libro de Lopes de Castanheda, las otras obras que publicaron los Ziletti fueron tres importantísimos tratados de materia médica: el de García da Orta, el de Cristóbal Acosta y el de Nicolás Monardes.
El pro yecto, en sus grandes lineas, no había cambiado, pero sí había ganado en especialización.
Así lo recordaba explícitamente Francesco en su aviso a los lectores de la edición del tratado de Acosta ( 1585):
Los Ziletti habían decidido abandonar las competidas reediciones de los cronistas (de hecho Cieza y Gómara aún se reeditaron en 1576, 1596 y 1599 por otros libreros venecianos) y dirigir sus apuestas hacia un terreno más especializado, pero al mismo tiempo más nuevo y con un público deseoso de recibirlo, como luego veremos.
En este sentido, su apuesta puede decirse que no salió mal parada: la obra de Monardes la reeditaron Asclepio-1-1991 hasta cuatro veces y sin competidores venecianos, si exceptuamos la edición sin nombre de impresor aparecida en 1576 (124), poco después de la aparición de la primera edición italiana, llevada a cabo por Giordano y Francesco, una parte cada uno, en 1575.
Para las dos ediciones de 1582 se reimprimieron los textos de 1575, bajo el nombre de Giordano y 1576 -la traducción de • Annibale Briganti de los textos de Orta, Clusius y Monardes-bajo el nombre de Francesco.
En 1589, muertos ya los dos Ziletti, fueron los herederos de Francesco los que repitieron la doble • edición, probablemente para evitar un competidor, pero también porque dos tipos de público accedían a Monardes: el más académico podía sentirse atraído por una edición en la que Clusius figuraba como glosador de varios textos, mientras que lectores interesados en aspectos más prácticos accederían al texto íntegro de Monardes, aunque sin comentario alguno.
Otro rasgo característico de esta segunda etapa en la trayectoria de los Ziletti fue, sin duda, su directo protagonismo en las ediciones.
Como puede verse en la tabla 4, si exceptuamos las dos ediciones de la versión de Briganti, en todas las demás fueron siempre• los impres�res los firmantes de las dedicatorias y silenciaron además el nombre de los'traductores de los textos, hechos que indican que los costeadores de las ediciones fue ron los propios Ziletti.
Además, estas publicaciones incluyen diversos avisos a los lectores, escritos tanto por Giordano como por• Francesco, lo que contribuye a conferirles ese papel principal.
El primer aviso al lector de Giordano Ziletti fue el de la. edición de Monardes de 1575.
En él, como ya dijimos, Ziletti anunciaba a sus lectores la existencia de una tercera parte de la obra y se comprom�tía a hacerla traducir e imprimirla tan pronto como le fuera posible.
Pero, además, atacaba directamente• a sus posibles competidores.
Giordano Ziletti se mostraba orgulloso de su fidelidad al texto original. y de su rapidez y buena industria al agerciarse también la segunda parte de la. obra, aparecida en Sevilla en 1571 y que su so�rino Francesco publicaba al mismo tiempo que él lo hacía con la primera (127).
Las criticas a la edición latina de• 1574 eran en este sentido justificadas, pues Clusius conocía sólo la primera parte del tratado de Monardes y, como era habitual en obras de corte académico de la época, su versión latina alteraba el orden y algunos pasajes del texto original..
En cuanto a la edición italiana de 1576, las criticas de Ziletti serían igualmente válidas.
Annibale Briganti tradujo los dos tratados, el de Monardes y el de Orta, haciéndolos imprimir conjuntamente, aunque con portada y paginación propias.
En la dedicatoria, Briganti explicaba cómo había procedido.
De creerle, no se limitó a traducir del latín la edición de Clusius, sino que tradujo del castellano directamente a Monardes y del portugués a Orta, añadiendo después «unas pocas, pero ciertamente bellas» anotaciones del naturalista flamenco, traducidas, éstas sí, del latín (128).
De hecho, las anotaciones figuran solamente en la parte del texto de Orta, lo que parece • indicar que la versión italiana se realizó tal y como su traductor declaraba en la dedicatoria.
Paradójicamente, a pesar del ataque de Giordano, la edición de Briganti terminó siendo editada en la casa de• la Estrella, en 1582 y 1589 (129).
Como hemos dicho anteriormente, para explicar esta constante duplicidad de ediciones italianas de Monardes deben tenerse en cuenta, además de las razones puramente mercantiles de los impresores, el hecho de que van dirigidas a públicos distintos, claramente diferenciados en esa época.
En este sentido, conviene señalar una característica esencial de estas últimas ediciones salidas de las prensas de los Ziletti.
Al tratar de definir los rasgos del cambio de orientación seguido por éstos, a partir de 1575, hemos hecho alusión a la acogida que estas obras especializadas en la materia médica de las Indias pudieron tener entre un público determinado.
No es este el lugar para abordar en profundidad la cuestión de los lectores, tema difícil que requiere un análisis detenido y con un método y unas fuentes de estudio más complejas.
Sin embargo, sí podemos aproximarnos al entorno más inmediato que rodeaba estas publicaciones, basándonos• nuevamente, en los propios libros y los indicios en ellos contenidos.
De modo fundamental, las dedicatorias nos ayudan a comprender quiénes fueron los primeros destinatarios de las obras.
Pese a la retórica, muchas veces hueca y falseadora, o mediatizada por intenciones más económicas que de otra índole, en estas ediciones que comentamos estos textos con tienen algunos datos muy significativos.
Las ediciones de Monardes en la traducción de Briganti (1576, 1582b y 1589b) llevan la dedicatoria que éste dirigió al marqués del Valle, Fe rrante de.
Alarcón, que no reviste mayor interés, en el sentido que nos interesa aquí.
Pero la última• de estas ediciones incluía otro texto que sí Asclepio-1-1991 merece ser comentado.
Al final del tratado de Monardes, los herederos de Francesco Ziletti decidieron imprimir un aviso a los lectores muy especial.
Lo firmaba Borgarutio Borgarucci y estaba dedicado a informar a los lectores de que los productos que describía y estudiaba Monardes (nada decía, por cierto, de los de la obra de Orta) podían adquirirse «appresso l' honoratissimo Spetiale et Simplicista singolarissimo M. Fran cesco Calceolari, spetiale alla Campana d' oro, in V erona» ( 130).
La aparición de estos dos personajes en conexión con el nombre y la obra de Monardes nos parece muy significativa, a la hora de entender el contexto científico en el que las ediciones italianas del médico sevillano tuvieron lugar.
Borgarutio Borgarucci, originario de Urbino, pero instalado con su familia en Venecia desde 1565, era hermano de dos conocidos médicos, Giulio y Prospero (131).
Sus actividades en Venecia estuvieron siempre relacionadas con el mundo editorial.
Colaboró en la edición, traducción o revisión de una veintena de obras, entre las cuales figuraban diversos tratados médicos y científicos (132).
En cuanto a Francesco Calzolari, speziale de V erona, su importancia para la historia natural italiana es de sobra conocida (133).
La botica de la Campana de Oro ya había sido frecuentada, en tiempos del padre de Francesco, por Girolamo Fracastoro, entre otros (134).
Pero seria en los años siguientes, concretamente a partir de los años cincuenta con las dos expediciones al monte Baldo (1551 y 1554), cuando Calzolari y su estable cimiento se convirtieron en el centro y punto de encuentro de los princi pales naturalistas italianos, especialmente el grupo de médicos y botánicos paduanos (Anguillara, Alpago, Maranta... ), el boloñés Ulisse Aldrovandi y el médico imperial Pietro Andrea Mattioli (135).
Completando esta red de relaciones científicas, tanto Calzolari como Aldrovandi y, por supuesto Mattioli, tuvieron en el librero veneciano Vincenzo Valgrisio, yerno preci samente de Francesco Ziletti, un centro distribuidor de correspondencia, envío de plantas, libros, etc. (136).
Así pues, en la botica de este veronés y en su famosa y conocida colección y museo naturalístico, se ofrecían al público aquellos productos medicamentosos americanos que Monardes describía en su obra «senza ancl are alla volta dell' Indie, et con assai miglior conditione, •che leggendo su i libri», como decía Borgarucci en su propa ganda (137).
Las dedicatorias de los Ziletti en las otras obras que editaron, nos ayudan a completar el cuadro que tratamos de describir.
Por su parte, la edición del tratado de Cristóbal Acosta (1585), se la dedicó Francesco Ziletti a Melchior Guilandino, prefecto del Orto botanico de la Universidad de Padua, amigo de Gabrielle Falloppio y personaje importante en el cultivo de la historia natural en Italia, asimismo relacionado con Calzolari y Aldrovandi (138).
Afortunadamente, se conserva el inventario de la bi blioteca de Guilandino, cedida en su testamento a la Biblioteca de San Marcos, de Venecia (139).
Esta fuente nos ayuda a acercarnos a un per sonaje que podria ser el prototipo de lector especializado de las obras españolas sobre la materia americana.
En efecto, en el inventario podemos ver que Guilandíno poseía las obras de Monardes, la de Cristóbal de Acosta a él dedicada por Ziletti, el tratado de Fragoso (se supone que en castellano, pues no se tradujo al italiano hasta el siglo siguiente), la Historia natural y moral de las Indias de José Acosta, las Historie de Hernando Colón en la edición de Ulloa y el tercer volumen de las }{avigationi ramu siauas, conteniendo las obras de Fernández de Oviedo.
Así pues, el destinatario de la dedicatoria de Ziletti no es ya un pro� hombre de la política o un noble interesado en humanidades, sino un científico de talla, pieza importante del grupo más destacado de botánicos italianos y con inmejorable conocimiento de la producción impresa sobre historia natural y materia médica de las Indias.
Esta primera aproximación al problema de la difusión de las obras científicas espaiiolas en la Italia del siglo XVI nos ha permitido, en primer lugar, conocer detalladamente las ediciones, su ritmo de aparición y la geografía aproximada de su publicación en italiano.
En segundo lugar, a través del estudio de las propias ediciones hemos tratado de ofrecer, con la ayuda de otras fuentes secundarias, una visión de los grupos promotores de la difusión de las obras, tratando de comprender el contexto en el que éstas se produjeron y los intereses científicos que las rodearon.
Si tenemos en cuenta la rapidez con que las obras se tradujeron y editaron, la concentración de las mismas en círculos concretos, funda mentalmente del ámbito veneciano y los nombres que aparecieron pro moviendo o acogiendo esta producción impresa, podemos obtener una imagen bastante interesante de la repercusión que los contenidos científicos de estos textos tuvieron entre el medio académico y científico italiano.
Desde nuestro punto de vista, se puede afirmar que la presencia de esta producción científica española fue importante, se mantuvo constante a lo largo de la centuria y experimentó, al mismo tiempo que lo hacía la Asclepio-l-1991 propia producción hispana en su lugar de origen, una progresiva espe cialización, pasando desde las primeras noticias sobre el Nuevo Mundo, a las historias descriptivas de la naturaleza de las Indias, para llegar, a par tir de mediados de los años setenta, al comienzo de la asimilación de la nueva materia médica, proceso que preparará importantes novedades en el terreno de los saberes médicos, que cristalizarán en la centuria si guiente.
Somos conscientes de que este trabajo representa tan sólo un primer acercamiento a estas cuestiones.
Esperamos, en el marco de un programa de investigación más amplio y de caráqer colectivo ( 140), poder seg�ir profundizando en ellas.
Es necesario conocer mejor el público lector de estas obras y, sobre todo, la repercusión que su difusión entre los hombres de ciencia italianos tuvieron los contenidos radicalmente nuevos que ellas ofrecían.
Pero estas líneas de desarrollo requieren un tipo de estudio diverso del que aquí hemos realizado.
Se impone un análisis en profundi dad de las obras, al que deberá seguir necesariamente un estudio detallado de la producción propia italiana sobre estas materias.
En el futuro, inten taremos continuar nuestra investigación por las líneas aquí esbozadas.
( 1) Basándonos en nuestro repertorio de impresos científicos (LóPEZ PIÑErRo et al (1981-1986), podemos ver que de la decena de obras que estudiamos, ocho fueron publicadas en Italia por primera vez fuera de España.
En cuanto a la rapidez de publicación, más adelante nos ocuparemos de ella.
Por otra parte, de las setenta y seis ediciones extranjeras que estas obras conocieron en el siglo XVI, cuarenta y dos (algo más del 5596) fueron italianas.
(2) Este trabajo ofrece algunos de los resultados de una investigación más amplia llevada a cabo, con la ayuda de una beca post-doctoral del C.S.I.C., en diversas bibliotecas y archivos italianos desde enero de 1988 a marzo de 1989.
Esperamos poder ir ofreciendo otros resultados de la misma en el futuro.
(4) Una atenta lectura de la breve obra de Delicado parece indicar la existencia de una primera impresión anterior a 1529, aunque siempre posterior a 1525, año en el que la propia portada del folleto indica que se escribió la obra.
6v, Delicado afirma lo siguiente: «No puse en esta segunda estampa la composición del lectuario: no por avaricia mas por la exce llencia de la cosa en la tercera estampa lo dire... ».
Pese a ello, no hay pruebas de la existencia de. una primera edición, ni tampoco de esa eventual «tercera estampa» que proyectaba el autor.
(5) La obrita, sin embargo, tiene también partes en latín (la dedicatoria; por ejemplo) y en castellano, lengua en la que está escrita toda la parte final (h.
5r-yr), hasta las dos últimas hojas (h.
7v-8r) donde vuelve al italiano y, finalmente, al latín, al transcribir el certificado papal, de Clemente VII, sobre la enfermedad y curación, �on el tratamiento a base de guayaco, del propio autor.
(11) La tercera parte (como las otras dos, con paginación y portadilla propia) nos ha sido imposible conocerla directamente, al faltar en todos los ejemplares que hemos consultado.
DoNATTINI (1980, 73-75), dice que se titula Libro ultimo del Sumario delle Indie Occidentali y que se trata de una traducción que unifica dos relaciones que atañen a la conquista de Perú, una de Francisco Xerez y otra anónima, atribuida al capitán Cristóbal de Mena.
(12) Sobre los traductores de las tres partes de la edición de 1534, se ha creado una cierta confusión entre los estudiosos.
Como veremos, existen pruebas definitivas, a nuestro juicio, para afirmar que el texto de Oviedo fue traducido por Navagero, como, por otra parte, afirmaba ya PARKS (1955).
MrLANESI (1985, 17), la más reciente editora de Ramusio, por el contrario, aporta otras pruebas que apoyan la tesis de Parks y la que nosotros mantenemos aquí.
Como es sabido, esta obra de Gómara y la citada en la nota anterior fueron editadas en castellano conjuntamente.
Sin embargo, se trata de dos obras diferentes, escritas con esa intención, como se deduce del hecho de que cada una lleve una dedicatoria.
Por otra parte, el propio autor, en los prolegómenos de la edición castellana, así lo reconoce.
Así pues, nosotros las consideramos en todo momento como dos obras diferentes, ya que además la propia historia editorial italiana de ambas obras demuestra que fueron consideradas independientes.
Es indudable que la edición veneciana•. de Arrivabene es más cuidada e incluye una Tavola delle cose piu degne et notabile compresse nella presente opera (CIEzA DE LEóN, (1556), h.
3v-llr) lo que facilita notablemente el manejo de la obra.
En cuanto a la fidelidad al texto castellano original, sin embargo, nos incÍinariamos por la traducción de Cravaliz en la edición romana de 1555.
Existen ejemplares con el pie de imprenta distinto (Appresso Giordano Ziletti, all'Jnsegna della Stella), aunque un cotejo de los mismos demuestra que se trata de una misma edición.
(19) Esta intención del editor aparece aún más clara en los títulos de los índices: Tavola dei • capitoli della seconda parte del Perit (LóPEZ DE GóMARA (1557), h.
• (20) A nuestro juicio, como ha quedado ya apuntado en el caso de Cieza, la traducción anónima es me• nos fiable que la de Agustín de •cravaliz.
Un ejemplo bastará para observar estas diferencias: (traducción de Cravaliz (1556), h.
Como puede verse, pese a que desde un punto de vista literario el italiano de Cravaliz no es del todo correcto, su fidelidad al texto castellano es superior.
Esta podría ser una de las razones por las que la traducción de Cravaliz, inicialmente impresa en Roma, pasó a editarse también en Venecia, en competencia con la traducción anónima menos fiel al original.
De López de Gómara vuelven a imprimirse las dos obras, siendo consideradas como partes segunda y tercera de la obra de Cieza (LóPEZ DE GóMARA, (1560a) y (1560b)).
(24) De hecho, los mismos estudios bibliográficos especializados suministran confusas y contradictorias noticias: así, por ejemplo, ToDA (1927-31, vol. 1, 402-3 y 480-482) desconoce algunas de las reediciones de Gómara y confunde algunas de las de Cieza.
Tampoco AscARELLI (1972) consigue aclarar satisfactoriamente las fechas de las ediciones romanas de los Dorico.
Nosotros, por nuestra parte, (LóPEZ PIÑERO et al (1981-86), vol. 2, 159-163) desconocíamos la edición de 1557 de Gómara, confundimos el año de la edición romana y no tuvimos en cuenta las ediciones de la Historia de Mexico.
Sobre Alfonso de Ulloa, nos ocuparemos m�s adelante de su papel como difusor de obras hispanas en el ámbito italiano.
(27) Entre ellas, dos cartas de Pedro Alvarado a Hernán Cortés, las relaciones de Cabeza de Vaca, Francisco de Ulloa y Francisco Xerez y la carta que Oviedo escribió al cardenal Pietro Bembo en 1543 narrando la navegación del río Marañón.
(28) Por extraño que parezca, dada la notoriedad de la obra, ha existido una gran confusión entre algunos autores sobre la historia editorial de las Navigationi ramusianas.
El error, a nuestro juicio, parte de GRANDE (1905, 110) que ofrecía unas fechas para las ediciones de cada uno de los tres volúmenes que contenían varios errores.
Los datos de Grande han sido repetidos acríticamente por otros estudiosos.
Creemos que ahora estamos en condiciones de ofrecer los datos más concretos, que coinciden, por otra parte, con los que registran autores más especializados como CAMERINI (1962), DoNATTINI (1980) y MILANESI (1985).
El primer volumen apareció en 1550 y se reeditó en 1554,1563,1588,1606 (58) Indirectamente, sin embargo, cabe suponer que Bembo, Fracastoro y el propio Ramusio conocieron las publicaciones que sobre el descubrimiento habían ya aparecido en el ámbito veneciano.
También LucCHETA (1980;485) menciona la carta, aunque da como fecha 1523; se trata indudablemente de un error, puesto que Navager:o en es. e año aún no había llegado a España.
Sin embargo, GERBI (1978, no considera probable un encuentro entre ambos y argumenta como prueba elhecho de que el supuesto encuentro no aparece reflejado para nada en la obra de Oviedo.
El libro está dedicado, significativa mente, a Pietro Bembo y es la primera obra impresa de Fracastoro, aunque ya circulaba manuscrita desde 1525 (GRANDE, (1905), 104).
El libro III es el que está dedicado especialmente a América.
(65) La estancia de Oviedo en Italia es muy anterior a estas fechas; se produjo en plena juventud del madrileño (1497-1502) y no parece probable que conociera a sus futuros interlo cutores venecianos.
(69) Las Istorie no fueron publicadas hasta 1809, pero sí circularon manuscritas.
De hecho, la parte dedicada a las Indias Occidentales fue incluso traducida al francés e impresa en Paris, en 1556 (GERBI, (1978), 195).
Referencias a Bembo podemos en contrar, entre otras, en el libro 29, capítulo 30, donde también aparecen Ramusio y Fracastoro.
En este pasaje, Oviedo habla claramente de la que debió ser la primera carta de Ramusio, suscitada por una controversia en la Universidad de Padua sobre la viabilidad de la ruta hacia la Especiería (Indias Orientales) a través del istmo de Panamá.
Bembo es elogiado en el capítulo 9 del• libro 47, como «persona de grandes letras e merescimiento»; también en el capítulo 30 de libro 50, el último de la obra, vuelve a referirse a Bembo, alabando su «latinidad y lengua».
(72) El único documento que se conoce es una copia del acta notarial de Bartoli, que se 84.
(78) Recuérdese que el Sumario salió en 1534 como Libro secando delle Indie Occidentali, siendo el primer libro la traducción. de las tres primeras décadas de Pedro Mártir de-Angleria.
A ella se refiere, probablemente, Bembo, porque por el mismo pasaje se deduce que el cardenal no podía conocer aún.la Historia.
El texto es importante, a nuestro modo de ver, porque puede ser la primera referencia á la llegada de la Historia General a Venecia.
Téngase en cuenta, sin embargo, que puede• referirse aún al Sumario, como vimos en el caso de Bembo.
Pero si la Historia se editó ya' en 1535, no parece descabellado suponer que h�cia 1541 era ya conocida por Ramusio y su círculo más cercano.
Lamentablemente, el interés de Grande acaba en los (88) Puede que no sea casual que el impresor de esta segunda edición de la Historia general fuera Juan de Junta, de la misma dinastía de libreros que los venecianos Luc'Antonio y Tommaso, establecido en Salamanca desde hacía unos años.
De todos modos, PÉREz DE TuDELA (1959, 139) opina que la edición salmantina «no contó, a lo sumo, sino con el consenti miento de Oviedo».
Su suposición se basa en «el silencio del cronista en punto a esta edición».
Un poco más adelante, vuelve a citarlo: «secando egli [i.e.
Anteriormente, se trató la figura de Ulloa unida a la de sus obras más famosas: la edición italiana de las Historias del Almirante, de Remando Colón; así, por ejemplo, los trabajos de HARRISE ( 1872), CARBIA (1930) y CmRANEscu (l 960), que se ocuparon indirecta mente del personaje.
(95) De las cincuenta y siete ediciones llevadas a cabo por Ulloa (ver el repertorio completo eh RuMEU (197J; no llegan a la docena las relacionadas con temas científicos, entre las cuales los de asunto geográfico destacan especialmente.
(96) De todos:!Jlodos, existe una cierta conexión, aunque indirecta, entre estos dos círculos.
El personaje clave que hace de nexo es Diego Hurtado de Mendoza, embajador español en la corte veneciana y en relación con Ramusio, como hemos visto.
Hurtado de Mendoza es un personaje merecedor de mayor atención, en especial por sus relaciones con el mundo científico centroeuropeo e italiano.
Baste recordar que en el verano de 1544, significativo si se recuerda lo que dijimos en el apartado anterior, Conrad Gesner estuvo hospedado en la casa veneciana de Mendoza (fISCHER (1966), 26-28)..
Si tenemos en cuenta que la edición original castellana data de 1555 y que la publicación de la biografía de Carlos V, a la que se refiere Ulloa es de 1560, debemos situar en esos años la traducción de la obra de Zárate.
Es más, la tarea debía estar lista ya en 1557, porque el 15 de julio de ese año, el Consejo de los Diez otorgó un privilegio de impresión al propio Ulloa para un «libro dell' historie et scoprimento del Peru, composto da Agustino di Zarate» (BRowN (ms.), 301).
En ocasiones, la nota marginal es un simple subtítulo que anuncia el asunto tratado en el texto, pero en ésta que señalamos, como en bastantes otras, Ulloa anota el texto de modo más personal.
(102) Estas fueron las mismas que en la edición de 1534, a las que se añadió la relación d'un secretario di Francesco Pizarra fatta della provincia del Peru, detta di Nuova Castiglia, con la descrittione della gran Citta del Cuscho (RAMUSIO (1556), h.
392-414).. ( 103) No es éste el lugar para entrar en la polémica sobre la verdadera paternidad del texto castellano original, sobre la que se han planteado diversas y contradictorias hipótesis.
(105) Aunque en el pie figura el nombre de Giordano Ziletti, la dedicatoria fue firmada por su sobrino Francesco.
Por otra parte, fue el propio Francesco quien obtuvo el privilegio de impresión, el 26 de julio de 1577 (BROWN (ms.), 731).
Cuando salió de la cárcel, tres semanas después, se trasladó a Roma, donde mantuvo un taller de impresor hasta 1556.
Allí fue nueva mente arrestado por el Santo Oficio, acusado de vender libros prohibidos en puestos callejeros, aunque también fue puesto en libertad poco después.
Durante su permanencia en Roma, había ya publicado un libro en Venecia, en 1549, p�ro no se estableció allí definitivamente hasta 1556.
Sin embargo, mantenemos la fecha de 1589 como final de la labor editorial continuada de la firma Ziletti, ya que es la fecha que dan BoRSA (1980, 355) y PARTORELLO (1924,(101)(102), que señala que las ediciones regulares desaparecieron en ese año, aunque se realizara aisladamente una única edición, en 1595.
(109) Véase a este respecto la clasificación que ofrece GRENDLER (1983,(22)(23), en la que Francesco se sitúa en el grupo de editores de la importancia de Valgrisio, mientras que Giordano (al que los cálculos de Grendler perjudican, ya que considera el año de inicio-de su actividad 1549 y no 1556, cuando se estableció definitivamente en Venecia) se halla en el grupo de impresores como Andrea Arrivabene, de tipo medio.
De todos modos, el propio Grendler señala que los datos deben ser considerados por debajo de las cifras reales, ya que el repertorio de PAsTORELLO (1924), en el que se basan, presenta una tendencia a ofrecer cifras inferiores a las reales.
Esta consideración debe aplicarse también a los datos ofrecidos en: la nota anterior.
( 1557): Poco antes de la compra, en 1569, Francesco se había prometido en matrimonio con una hija del impresor Niccolo Bevilacqua: pero finalmente, en 1579, se casó con la hija de Vicenzo Valgrisio, editor y librero veneciano en estrecho contacto con los ambientes científicos de la época y con.personajes de •1a importancia de Ulisse Aldrovandi, • Pietro Andrea Mattioli, Alvise Anguillara o Giaccomo A. Cortuso, entre otros.
(114) Recuérdese que la óbra de Hernández permaneció en su mayor parte inédita y que sólo a partir de 1651 se publicó, parcialmente, en Italia.
La fecha es de 20 de febrero de 1556, pero expresada según e't more veneto (que cambiaba el cómputo del año a principios de marzo y no en enero), por lo tanto corresponde al año 1557, según nuestro cómputo.
De ello se deduce que el privil�gio alcanzaba también a la obra de Cieza de León, ya que, como_ se recordará, su Crónica del Peru fue considerada la prima parte, mientras que la Historia de Gómara era titulada Seconda parte delle historie generali en las diversas ediciones venecianas.
Sin embargo, la obra de Cieza había sido ya editada el año anterior a esta licencia por Andrea Arrivabene y en la portada se hacía constar que este impresor tenía concedido un privilegio de impresión por veinte años.
(117) Parece claro, pues, que Ziletti tenía privilegio para hacer imprimir la traducción anónima, mientras que o bien Cravaliz, o bien Lorenzini, debieron obtener otro para la versión ya impresa en Roma con anterioridad.
Conviene recordar que Lorenzini, en el mismo año de 1560, imprimió las traducciones de Cravaliz de las dos obras de López de Gómara.
(120) Ese mismo año, Giordano imprimió la edición de textos sobre la sífilis recopilados por Luigi Luigini (Aloysius Luisinus), en la que, como se recordará, se incluía la versión latina de los capítulos sobre el guayaco de la Historia General de Fernández de Oviedo.
(121) Si exceptuamos la publicación en castellano de la Cosmografía de Jerónimo Girava, realizada en 1570.
Al parecer, se trataba de una edición que no costeó Ziletti, a juzgar por la (122) El 29 de septiembre de 1574, Giordano Ziletti presentaba el texto de Monardes y obtenía el privilegio de impresión por veinte años: BROWN, ms., h.
(124) Como se recordará, la obra de Monardes aún fue reimpresa una quinta vez antes de concluir el siglo, en 1597, pero para entonces la casa de los Ziletti había ya desaparecido.
Esta primera edición latina contiene solamente la primera parte de la obra de Monardes, de ahí-la defensa que Ziletti realizaba de su edición italiana, que comprendía _ también la segunda parte.,( 126) MONARDES ( 1575), h.
(127) En realidad, se trata de una misma edición de las dos partes, pero con portada y -.paginación propias.
La asociación de Francesco al proyecto de sú tío, en está segunda fase, quedaba así establecida desde un principio, al figurar su nombr'e en el pie de imprent? de la portada de _ la segunda parte.
De todos modos, la dedicatoria de �sta la -seguía firmando Giordano.
(131) Giulio Borgarucci desarrolló la mayor parte de su actividad como médico en Londres y en los Países Bajos, dada su filiación calvinista.
Su hermano.Prospero,_ por el contrarío, ejerció en territorio veneciano y publicó también varios tratados médicos.
Para el tema que nos ocupa, es interesante señalar que la edición del Viaggio di Monte Baldo (Venecia, 1566) de Francesco Calzolari, está dedicada a él.
Para la relación entre Calzolari y Aldrovandi resulta imprescindible conocer la correspondencia mantenída entre ambos, en donde aparece reflejada toda la red de relaciones científicas mantenídas entre ambos.
CERMENATI (1910) publicó el epistolario, aunque sin aparato crítico ni comentarios.
El papel de intermediario de Valgrísio se refleja con especial claridad en la correspondencia entre Aldrovandi y G. A. Cortuso, publicada por DE ToNI (1922).
(138) Estas relaciones de Guilandino pueden rastrearse en su correspondencia con Aldro vandi, publicada por DE ToNI (1911).
Sobre la obra científica de Guilandino, FERRARI (1959).
El inventario está fechado el 24 de diciembre de 1589 y contiene una somera descripción de más de dos mil títulos, ordenados en una división por grandes áreas, que facilita, en cierto modo, la identifica ción.
( 140) En este sentido, junto a otros compañeros del Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia, estamos llevando a cabo un programa de investigación sobre la Asclepio-I-1991 89 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es materia médica americana y su introducción en Europa, que nos permitirá continuar aportando nuevas perspectivas en esta línea de cuestiones. |
Fueron sus padres Tomás José Sánchez-Quintanar Ma dero e Isabel Sánchez-Nieto de Bustos, ambos naturales y residentes en dicha población (1).
Nada sabemos de la posición social y económica de su familia ni de sus primeros años, que imaginamos transcurrieron en su pueblo natal.
La primera noticia que tenemos de su formación intelectual nos la proporciona él mismo en su relación de estudios y grados académicos, en la cual nos indica que cursó tres años de latinidad y elocuencia, si bien no especifica el lugar ni la fecha.
Asimismo afirma que entre el 18 de octubre de 1817 y el 18 de junio de 1821, estudió «cuatro años en la Facultad de Filosofía a saber: uno de lógica y metafísica, uno de filosofía moral, uno de física general y particular y uno de física experimental y química» (2).
En 1823, a los 22 años, siguió al Gobierno constitucional a Sevilla y Cádiz formando parte de la Milicia Nacional Voluntaria, siendo declarado dos veces benemérito de la Patria, una de ellas en «grado heroico y eminente» por las Cortes reunidas en Cádiz en dicho año (3), y recibiendo por su comportamiento la Cruz de la Lealtad y Patriotismo (4).
Ello lo define como un liberal partidario del constitucionalismo, lo cual confir marán hechos posteriores.
De 1825 a 1827 siguió las enseñanzas de Botánica teórico-práctica en el Real Jardín Botánico de Madrid,. asistiendo al mismo tiempo a clases de francés en la Escuela de Comercio (5).
El 23 de noviembre • de 1827 obtuvo el grado de bachiller en filosofía en el Real Colegio de San Carlos, de Madrid (6), la gran escuela médica fundada por Gimbernat.
En 1828, siendo estudiante de medicina y cirugía de dicho Colegio, se le nombró oficial ayudante de secretaría del mismo (7), cargo que ocupó hasta el 26 de junio de 1829 en que la Junta de Gobierno, atendiendo al celo desempeñado, lo nombró ayudante de bibliotecario (8).
Por estas mismas fechas sirvió de amanuense alcatedrático Juan Mosácula en la composición de su Fisiología humana (9).
De aquí parte la profunda admiración por su maestro, de quien sería albacea testamentario y biógrafo, y de quien sin duda recibió una importante formación ideológica y científica.
Formaban por estas fechas el cuadro de profesores de dicha institución, además del citado Mosácula, Pedro Castelló, quien obtuvo con su prestigio, tras el retorno al absolutismo en 1823, la restitución en sus cátedras de todos sus compañeros ( 1 O), Sebastián Aso Travieso, Antonio Hernández Morejón (11), Ramón Capdevila y Juan Castelló y Roca.
El 6 de junio de 1830 obtuvo el grado de Bachiller en medicina y cirugía, con la calificación de sobresaliente, y en 1832 (27 y 29 de febrero y 3 de marzo), tras obtener en los tres ejercicios reglamentarios la califi cación de aprobado por unanimidad de votos, recibió el título de Doctor por dicho Colegio (12). tugal, que se hallaba situado en Salamanca, al mando del general Sars field (14).
En el verano de dicho año (mayo-julio) se declaró una «calentura epidémica de tifus» en la ciudad de Salamanca y Sánchez-Quintanar estableció «una vigilancia estrema en el ecsacto y puntual cumplimiento de las obligaciones de sus subalternos a espensas de las horas de su sosiego y descanso.
Si alguna consideración merece su celo infatigable por el bien estar del Soldado, debe fundarse especialmente en el tino con que ha sabido tratar a los enfermos atacados de la Calentura que tantas víctimas ha hecho en la población; pudiendo [... ] en premio de sus desvelos que entre los soldados atacados de dicha Calentura y en un local respectiva mente tan estrecho no ha perdido ni un sólo individuo» ( 15).
Finalizada la epidemia, firmó una oposición a una plaza vacante de médico-cirujano de la Real Familia, cuyos ejercicios se celebraron entre agosto y septiembre, siendo propuesto en primer lugar por dos votos de los cinco que formaban el tribunal, entre un total de doce opositores (16).
En 1833, se presentó de nuevo a una plaza de médico-cirujano del Real Sitio de San Ildefonso, siendo propuesto en segundo lugar (17).
Durante la epidemia colérica que asoló el país en 1834, se presentó a la Junta Suprema de Sanidad del Reino, la cual le nombró el día 9 de julio director del primer hospital provisional o casa de socorro que se estableció en Madrid con dicho motivo, en el convento de San Basilio, para atender a los afectados del cuartel o barrio de Maravillas (18).
En este cargo cesó en agosto, al remitir la epidemia, y por orden de S.M. la Reina Gobernadora, se reconocieron oficialmente sus méritos humanita rios, siéndole agradecidos en el Diario de A visos, de Madrid, de 16 de septiembre de 1835 (19).
No obstante, Sánchez-Quintanar quedó defrau dado tras su esfuerzo.
Así nos lo confirma en el artículo biográfico que dedica a Baltasar de Villalobos en el que afirma: «Villalobos fue mandado, obedecido, lleno de sumisión y fue recom pensado, pero nosotros nos presentamos llamados y habiéndonos distin guido en el cólera de 1834 en Madrid, luego nos negaron lo que se había ofrecido; y en cambio se publicaron cuatro nombres de cuatro profesores que se distinguieron en aquella terrible epidemia (20), siendo nuestro el primero, y quedó el gobierno y la reina madre muy satisfechos de su liberalidad; cuando si hubiésemos atendido a intereses hubiéramos hecho nuestra fortuna vitalicia por la donación que once familias principales de Asclepio-1-1991 97 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es nuestro pueblo, la Mota del Cuervo,. en la Mancha, nos hacían por ir a asistirles durante la. epidemia.
Me llegaron a ofrecer por mediación del caballero y rico propietaro D. Francisco Ortega, tres duros diarios• cada familia, con la obligación de hacerles dos visitas diarias y dormir en casa de uno de los once suscritos alternando; dejándome, el día franco para visitar en la población; partido que no acepté pÓrque creí que el gobierno me premiaríq y me engañó» (21 ).
El fabuloso ofrecimiento de sus paisanos nos da idea del pánico que el cólera infundió, en sus primeras apariciones, a lo largo del siglo xix.
Al quedar vacante nuevamente la plaza de segundo médico-cirujano del Real Sitio de San Ildefonso, a la que había opositado en 1833, se presentó, obteniendo el tercer lugar de la terna propuesta a María Cristina.
Asimismo se presentó este año a otra plaza para segundo médico-cirujano del Real Sitio de Aranjuez, obteniendo un voto en segundo lugar y otro en el tercero (22).
Quizá fuera la concesión de una de estas plazas lo que pretendió conseguir del gobierno tras su actuación durante la epidemia, y por ello se sintió defraudado, al recibir únicamente una mención hono rífica a su trabajo.
En su constante esfuerzo por obtener una plaza de médico-cirujano adscrita a alguna escala de la administración pública, opositó en 1835 a las plazas vacantes de sanidad militar.
Primero obtuvo, por cuarenta y ocho puntos sobre cincuenta, la plaza de primer ayudante de profesor del Hospital Militar de Ceuta, con fecha de 11 de mayo (23).
Posteriormente fue nombrado, dicho año, médico-cirujano del tercer batallón del Regi miento de Infantería de Mallorca, aunque no llegó-a desempeñar ninguno de dichos destinos (24).
Por fin, el 26 de febrero de 1836.se le otorgó la plaza de segundo ayudante efectivo de la Plana Mayor de Cirugía del Ejército de Operaciones del Norte y de reserva, con el sueldo de teniente de infantería y la gratificación de mil quinientos reales anuales (25).
Al ocupar dicha plaza en el mes de marzo, se le destinó para organizar el Hospital militar de Miranda de Ebro, que se hallaba en muy mal estado, mejorando sensiblemente su funcionamiento.
En este destino contrajo el tifus, que lo tuvo al borde de la muerte y, superado el estado crítico, le produjo parotiditis y una grave oftalmía, de la cual tardó bastante en recuperarse (26) y que supuso le fuese concedida la licencia absoluta en 15 de agosto, con lo que finalizó su carrera médica en el ejército.
Pero •si su estado físico quedó lamentablemente afectado por la enfermedad, nolo fue menos su estado psicológico.
Dejemos que él mismo.nos defina sus impresiones sobre este momento de su vida:
«Destinado en 1836 a la Plana Mayor de Cirujía de los ejércitos de operaciones del Norte y de reserva, fue particularmente -comisionado por el Sr. Inspector extraordinario de hospitales, el Sr. Mateo Seoane, de Gefe de Sanidad del hospital militar de Miranda de Ebro, para que mejo rase el Servicio que se hallaba en el más lamentable y vergonzoso estado.
Constituido a todas horas en el hospital, foco inagotable entonces de mortíferos y contagiosos miasmas, por ser continuamente necesaria su presencia en él, si se había de extirpar, como se extirparon, las vergonzosas dilapidaciones en él organizadas, contrajo el Tifo castrense que con el carácter de eminentemente contagioso, reinaba en dicho establecimiento; y estubo (sic) puede así afirmarse, con un pie en el sepulcro, como lo aseguró el Sr. Subinspector de Medicina militar D. Manuel Codorniu, que fue desde Vitoria a visitarle; y de cuyo estado peligroso sanó milagrosa mente, pero a espensas de varias lesiones como parótidas y oftalmías, que le dejaron imposibilitado para continuar una brillante carrera, inau gurada con unos antecedentes como los que deja relatados y unas oposi ciones, cuyos egercicios merecieron la primera censura.
Por tantos sufrimientos, por penalidades tantas, ni aún recibió el sueldo asignado a su destino durante su permanencia en el egército, esceptuadas las dos pagas de marcha de costumbre para incorporarse a su destino; ni aún le facilitaron alojamiento en la población (Miranda de Ebro) porque era rechazado como evitando el horror que a los vecinos del pueblo infudía el Tifo que padecía y se refugió al hospital civil, en donde fue admitido, vagando las estancias; de manera que ni la ración de campaña recibió, viéndose precisado a subsistir a sus espensas durante su perma nencia en el ejército y en el hospital: cuatro años después de concluida la guerra (27), recibió las pagas devengadas a tanta costa» (28).
En 1836 murió Antonio Hernández Morejón, el insigne profesor del Colegio de San Carlos y autor de la Historia bibliográfica de la medicina espanola, que seria publicada años más tarde (1842-1852).
Pero ese mi�mo año salía a la luz una obra suya titulada Bellezas de Medicina. -.Práctica descubiertas en el Ingenioso Caballero D. Quijote de la Mancha... �_editada en Madrid por Tomás Jordán.
Sánchez-Quintanar, en el artículo biblio gráfico que dedica a su maestro en su Biblioteca Médica, y al comentar la mencionada obra sobre el Quijote, da noticia de su, particjpación en la gestación de la misma, demostrando así mismo la admiración y el respeto que, como a Juan Mosácula, sentía por Herhández Morejón.
Dice así: «El pensamiento de entresacar la historia de la monomanía de la famosa obra del Quijote, no es propia. del Sr. Hernández, por más que el trabajo y la gallardía le pertenezcan exclusivamente.
El autor de estas líneas, siendo discípulo en el último año y aún después de haber concluido su carrera médico-quirúrgica, mereció la confianza del Sr. Morejón para escribir su Historia de la Medicina:, para lo que le leía los autores y traducía a los frances ( 29), que el Sr. Hernández no podía hacer por escasez de vista.
Una de las muchas veces en que hablaban, le ofrecío hablar de las pasiones, y haciéndose mérito de los escritores que sobre esto habían publicado, vindicando el Sr. Morejón a los Españoles que dijo haber escrito antes que el Francés Alibert y entre todos Doña Oliva, que lo que acababa de publicar su compañero y discípulo D. Juan Mosá cula, dio a: luz en su Nueva Filosofía, que podía decirse el manantial de donde aquel tomó la mayor parte del material para componer su obra.
Y o hube de añadir que no sólo las personas que el Sr. Hernández nombró sino el mismo Cervantes parecía haber querido espresar muchas pasiones y que no sólo estas se vislumbraban en su obra del Quijote, sino el cua-. dro de síntomas correspondiente a la locura estaba cabal: es verdad que a mí nunca se me ocurrió un pensamiento como el que tan felizmente llevó a cabo el Sr. Hernández, pero cierto que yo entresaqué los síntomas de la locura y que se los enseñé, pero no dio muestras el Sr. Hernández de merecer su atención, lo que yo le dije; y yo creí que en efecto no era mi pensamiento sino una estravagancia y así quedó el negocio de tal modo abandonado por mí, que está aún en los mismos borrones en que entonces lo dejé, si bien han venido después mil sucesos que llamándome con preferencia y teniéndome de tal cosa hasta que vi el anuncio de este folleto.
Por lo demás el folleto está lleno de sal y de sabiduría, como todo aquello en que éste sabio historiador puso la mano: pero no podemos dejar de advertir que fue siempre tan celoso de honor y de la gloria nacional, que de todo lo que se hablaba, de todo daba razón y todo era vie j o para él, y de todo eran los autores y descubridores los españoles» (30).
El 2 de agosto de 1837 la Reina Gobernadora Maria Cristina le concedió la Cruz de distinción de Epidemias, por los servicios que, como ya hemos reseñado, prestó en la epidemia de tifus que afectó a Salamanca en 1832, siendo director del Hospital militar de dicha ciudad; en la epidemia colérica que padeció Madrid ef f 1834•y eri la tifoidea que afligió al ejército cristino en Miranda de Ebro (31 ).
Y el 11 de septiembre del mismo año, ante la proximidad. de las tropas carlistas que asediaban Madrid, se le nombró director del Hospital provisional de sangre que se estableció en el Colegio de las Escuelas Pías de San Antonio (32), cargo en el que cesó a los pocos días, por desaparecer el peligro que lo había motivado (33).
El seis de marzo de 1838, se presentó a oposiciones para las plazas vacantes de. médicos. dire�tores • •¿e aguas -y. baños minero-medicinales, sie�do p:;:opuesto en tercer lugar:, p�raila dire• cción: de las aguas de Alange, en Badajoz _ ("34). _ _. _.. _ Fechada en-1840, y-es • crita de su propia-mano, escontramos una curiosa instancia elevada al a1éalde constitucional de Ja cuarta demarcación de Madrid (35). •En -eUa exp0n" e que--hallándose el día 15 de • abril de 1839 observando los trabajos ejecutados en «el campo de: Ia Lealtad del Prado para la.conclusión del fastuoso monu mento que ha d.e eternizada gloria de los primeros.mártires de la Libertad Española [... ]» vió cómo al vaciar un operario una espuerta de tierra aparecía un pedazo de hueso humano y « [... ] asaltada su imaginación por ideas más fáciles de concebir que de esplicar a q� ien haya vertido su sangre por la libertad nacional...» pidió permiso al capataz de: los operari�s _ para entrar en el recint� de las obras, y conseguido este -Pidió.que se ca: base en el niismo lugar, donde aparecieron -vario_ s htiesos-más,' un c�-áneo y algunos botones de•.metal,: los cuales gúardó.
Y -f_ inaliza _ diciendo ruega se tome declaración a los operarios.
Creemos que en este documentoestá resumida toda fa ideología de-nuestro personaje: liberal, progresista, _amante de la Constitucióri y de Ja soberanía popular.
En afirmación de nuestra tesis encontramos, al final del artículo biobi bliográfico que dedica a -Fray Fernando de Valderrama en la Biblioteca Médica, una nota que dice que lo redactó estando preso «en la cárcel de Corte, Mayo de 1840, por los sucesos políticos de 24 de febrero» (36).
Estos sucesos consistieron en una manifestación popular reunida ante el palacio del• Con? res'?, q � e al grito de lib�rtad y en nombre del �ueblo El 28 de •noviembre, exiliada Mariá Cristina y declarada la regencia de Espartero, -tras la revolución liberal de septiembre, Sánchez-Quintanar fue nombrado ayudante cuarto de bibliotecario de la Biblioteca Nacio nal (38).
En una nota biográfica nos indica que fue «destinado espresamente a la Sección de medicina, ciencias naturales y biología, porque el gobierno supo que me eran conocidas estas seccio nes» (39).
Ello explica el porqué en sus artículos biobibliográficos cita frecuente merite manuscritos médicos españoles, pertenecientes.a la mencionada.:Biblioteca ( 4Ó), y que aprovechara este destino para acopiar materiales _para fa_ redacción.de su gran obra históricomédica ( 41 ).
El 8 de enero • de 1841 •presentó-ante•fa Academia de Emulación de Ciencias Médicas, de Madrid, y en. colaboración con José Rodrigo y José Abadés, • un Dictamen sobre la epizatia del ganado de cerda y vacuno ( 42).
• En el terreno político fue elegido el 15 de febrero de dicho año diputado suplente por la provincia de Cuenca, para las Cortes Generales que se, habían de• immgurar en marzo {43), y el 7, de octubre recibió el nombra-. miento de «Ugier de Saleta>� de la Reina Isabel ( 44).
Respecto a la • primac�a en:1os.descubrimientos científicos y la forma como algunos países extranjeros han conseguido el reconocimiento mun dial, cuando en España se conocían con anterioridad, Sánchez-Quintanar nos legó una noticianianuscrita, fechada: el 13 de julio de 1841, que creemos interesant� _ _reproducir para cqmprender mejor su obra y su mentalidad. � e -queja de • �er descubrimiento del español Cobo 102-«el -método operatorio que el Ynglé?
Juan Hunter adoptó más de dos siglos después,. para la • operación dé Aneurismas, especialmente en la región -poplítea...
No tenemos noticia del. paradero de los demás escritos. de nuestro pedtísiÍno Cobo, pero casi nos atrevemos a asegurar que los Estrangeros, especialmente los Yngleses y los de los Estados Unidos, los gozarán, -'pqr• un premio bien mezquino; porque los representantes en -• nuestra Corte de aquellos países, no han omitido medio de obtener muchos y muy preciosos mam1scritos estraidos furtivamente de la Biblioteca Real _de•Madri_ d, en todo_ s tiempos, y muy especialmerite después del año 24 hasta poco ha del tiempo en que escribimos este artículo y -lo decimos en las que explicaría la historia de la lesión desde. el punt9 dé vista el e• la •sinonimia, definición, división, predisposición y causas, sintomatología�.. duración.curso, terminación, pronóstico y tratarrii.ento curativo.'
Tras esta.primera parte, y antes de pasar. a la práctica �obre -el cadáver, como • hacían otros profesores, proponía explicar la parte anatómica sobre la que se había de intervenir, exponer el método operatorio, enseñar el apósito o vendaje adecuado así como el instrumen: tal, pertinente. • y su •funcionamiento.
Y a continuación practicar sobre• el, cádáverfa lección• e.
• intervención explicada, haciendo que practicasen también los.alumnos para que adquiriesen soltura y destreza en el rnanejo•de los instrumentos. • Los libros de texto que recomendaba para sus alumnos • eran: el Tratado
varas de lienzo para vendajes e informó que tenía en su poder• varios instrumentos de amputaciones y estetoscopios, que podría comprar el Colegio por la mitad de su valor (53).
El curso finalizó el día 3 de septiembre, siendo felicitado por la junta de profeso res del Colegio por el celo y actividad con que lo había des arrollado voluntariamente, así como por el aprovechamiento de los alum nos (54).
Y el 31 de octubre de dicho año cesó en su cátedra, al ser suprimido dicho Colegio de Sevilla, por estar muy cerca de la Escuela de Cádiz, que poseía mayor categoría científica (55).
Durante su estancia en Sevilla del fallecimiento de Sánchez.;Quintanar; y •,antes de 1a. re�nión de todos. los locales s pone en el mayor ridículo, y manifiestan a las claras tener contra el señor Chinchilla el más irreconciliable rencon> (68)..
El artículo terminaba con el párrafo • en que se solicitaba el homenaje.
A pesar'de -las disculpas y rectificaciones ofrecidas por Chinchilla a sus compañeros, suponemos que sus relaciones• con ellos se resenti rían notablemente, dado el aprieto en que por su causa se en_ contraron inmersos.
En noviembre de 1848 Sánchez�Quintanar redactó. un lnf arme de los • autores que han de servir para la asignatura de Patología quirúrgica, en re�puesta a una Real Orden de _31 de octubre de dicho.año, remitida a •todas.las Facultades de medicina -por la Dirección de Instrucción Pú.blic' a (69).
En él recomendó como libros básicos para la formación de los alumnos en su asignatura la Patología esterna y medicina operatoria de Vidal de Casis, los Nuevos elementos de Patología médico-quirúrgica de Roche, Sanson y Lenoir, S.a ed., el Tratado de cirugía de Chelius y los Nuevos elementos de cirugía y medicina operatoria de Begin, de todos los cuales realizó un extenso análisis, en que puso de manifiesto las venta jas y limitaciones que observó en cada uno para el aprendizaje de los alumnos.
También Tras un mes de convalecencia, dio de alta al enfermo y tras haber ofrecido el padre del mismo pagar a Sánchez-Quintanar cuanto le pidiese si se hacía cargo de la curación de su hijo, le ofreció dos mil reales, que éste rechazó por considerar dicha cantidad «mezquina e insuficiente» para remunerar sus servicios facultativos, dadas las privaciones sufridas, la gravedad de la enfermedad y la fortuna de Moya.
Un amigo de ambos, Antonio Vidal, propietario y comerciante de La Mota del Cuervo, intentó mediar en dicho asunto, designando la cantidad de cien doblones y un regalo, propuesta que aceptó Sánchez-Quintanar, pero no Moya, que la consideró exorbitante.
En vista de ello, Sánchez Quintanar recurrió a los tribunales, cuya tasación pericial falló en su favor, calificando su demanda como «muy módica y equitativa».
En enero de 1849 lo encontramos domiciliado en la calle de San Vicente n.
0 180, cuarto principal, de nuestra ciudad (71) y el 16 de febrero el Ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, le expedió el «título en virtud del cual se le conceden todos los honores y prerrogativas que como a tal Catedrático de la Facultad de Medicina le correspon den» (72).
Estos años continuó la redacción de sus manuscritos Biblioteca Médica Hispano-Lusitana y Biblioteca Quirúrgica Hispano-Lusitana, las cuales había comenzado siendo estudiante y desarrollado durante el tiempo que ocupó el cargo de oficial de la Biblioteca Nacional (73).
Dichas obras forman un amplio repertorio biobibliográfico en seis volúmenes, que incluyen abun dante información sobre autores médicos y cirujanos españoles y portu gueses, algunos no recogidos por Chinchilla y Morejón en sus repertorios.
Esta importante contribución a la historiografía médica española, que se ha mantenido inédita hasta la fecha y que estudiamos en una parte de nuestra tesis doctoral por primera vez en su conjunto, ha sido calificada por López Piñero como «la única excepción dentro de este decaído panorama... » (74).
Se refiere a las décadas centrales del siglo XIX.
Para la historiografía médica valenciana, Sánchez-Quintanar se trans-
forma, a través de ella, en el eslabón que enlaza a Chinchilla y Morejón con la historiografía de las dos últimas décadas del siglo, representada por las •obras de Peset y Vidal y Rodrigo Pertegás.
No obstante, el autor no llegó a darles la redacción definitiva, quizá porque la obra de su admirado maestr,o Morejón y de su contemporáneo Chinchilla, aun cuando él había llenado algunas de las lagunas de ambas, eran de tan reciente publicación y justa fama que, o bien no dispuso de los medios adecuados o bi_ en no creyó conveniente editarlas.
Prueba del interés-que merece su obra, históricomédica, es el erudito y documentado artículo que publicó sobre Francisco Núñez de Oria, en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia de enero de 1852.
Este médico, nacido en Casarrubios del Monte, provincia de Toledo, en la primera mitad del siglo xv1, había escrito una obra titulada Regimiento y aviso de Sanidad que trata de todos los géneros de alimentos y del regimiento de ella.
Nicolás Antonio citaba como primera edición de dicha obra la de Madrid de 1569, pero Morejón localizó la de Madrid de 1562 y amplió el estudio del personaje y de su obra, indicando que había estudiado en Alcalá de Henares (75).
No obstante diferenciaba a éste de Francisco Nuñez, a quien hacia natural de Sevilla y estudiante de Alcalá (76), y autor del Libro intitulado del parto humano..., impreso en Alcalá en 1580.
Tras citar a Morejón, para quien siempre tiene frases de elogio, Sánchez-Quintanar nos reseña la obra de Juan de Navas (77), quien afirma que el libro Del Parto Humano fue editado en Madrid en 1621, y que su autor, Francisco Nuñez, era según unos natural de Sevilla y según otros de Alcalá de Henares.
A continuación• expone la tesis de Chinchilla, que también los diferencia, haciendo a Francisco Núñez natural de Sevilla y su obra como impresa en Zaragoza en 1638 (78).
Sánchez-Quintanar nos resuelve el enigma, afirmando que ambas obras son del mismo autor y dice: «En el largo y estenso. artículo bio-bibliográfico que hac� 10 años tenemos consagrado a Frai:1cisco Nuñez de Coria, algún tanto debilitado, no mucho, por la publicación posterior de las obras sobre la materia de los señores Morejón y Chinchilla, ventilábamos esta cuestión... »
Francisco Nuñez, en sus primeras obras creyó necesario poner sus dos apellidos para que no lo confundieran con otros escritores coetáneos como Francisco Nuñez Navarro, escritor sevillano, o el franciscano Fran- -• De las cuales reglas trató Avicena copiosamente, y a él en este caso me remito, porque trata más que otro alguno, aunque en las cosas mayores de medicina más me haya atenido a Galeno, como se parece en el libro que escribí de evacuaciones, y en el otro que escribí de alimentos, que se intitula A viso de Sanidad, y en las obras de medicina que he compuesto en prosa, y en verso latino.
Hemos pues dado cima a nuestro propósito, que fue probar de una manera evidente, que Francisco Nuñez de Coria, Francisco Nuñez de Oria, toledano, natural de Casarrubios, y Francisco Nuñez, autor del Libro del parto humano, todos tres son un mismo sugeto, y por conse cuencia forzosa que no fue natural de Alcalá, ni de Sevilla, Francisco Nuñez, sino que fue bautizado en la misma pila que Francisco Nuñez de Coria, en Casarrubios (79).»
Si nos hemos extendido en el análisis de este artículo es para demostrar sus vastos conocimientos, tanto en las biobibliografías médicas como de las fuentes impresas, y cómo su obra merece hoy día en muchos casos crédito, pues siendo utilizadas las de Chinchilla y Morejón como clási cos en esta especialidad, con mayor motivo ha de serlo la de Sánchez Ouintanar, que nos demuestra ya los errores y omisiones de ambos au tores.
El 21 de mayo de 1852, Sánchez-Quintanar ascendió por antigüedad en el escalafón de catedráticos, del n.
A comienzos de 1853 pronunció el discurso para la inauguración del año académico, ante la Real Academia de Medicina y Cirugía de Valencia, de la cual era socio de número, bajo el título de ¿La reun. ión de las heridas por primera intención es debida a una acción fisiológica., o inter viene la inf! amación para procurarla? (82), y ert julio leyó el discurso de presentación de los alumnos que en dicho año recibieron la licenciatura en medicina y cirugía en nuestra Facultad, al cual contestaron dos de Asclepio-I-1991 dichos alumnos: Bartolomé Serrador Nacher y Escolástico García Li dón (83).
En septiembre cursó el gobierno una circular a todos los rectorados de las Universidades del Reino, para que elaboraran y enviaran un informe con las observaciones que, sobre la situación del profesorado y la enseñanza, consideraban oportunas para la reforma de la Ley de Instrucción Públi ca (85).
Reunido el claustro de la Facultad de Medicina de Valencia se designó a Sánchez-Quintanar para la redacción del informe, en lo referente al profesorado, el cual fue presentado y aprobado por unanimidad el día 31 de noviembre (86).
Las propuestas que contiene dicho informe pueden resumirse en las siguientes: desaparición de diferencias entre catedráticos por oposición y los de real nombramiento; designación de un sueldo deco roso, para que se dediquen plenamente a la enseñanza y no tengan que dedicarse al ejercicio particular de la profesión; supresión de las categorías existentes; concesión de pensiones a las viudas y huérfanos y, por último, que las cátedras vacantes en la Universidad Central se cubran con cate dráticos propietarios destinados en las universidades de provincias.
El 17 de febrero de 1855 fue designado, por Real Orden, secretario de una Comisión especial, junto a Juan Castelló y Tagell, Vicente Asuero, Juan María Pou y Camps y Manuel Ríos Pedraja, catedráticos de la Uni versidad Central, para la redacción de los reglamentos para el régimen interior de las Facultades de Medicina y Farmacia (87).
Estas tareas no finalizaron hasta septiembre del mismo año, por lo que pasó bastante tiempo en Madrid (88).
Por ello_ fue encargado el 28 de junio, por el Rector de Valencia, Má: riano Batlles y Torres Amat, para recoger ocho cuadros de anatomía patológica, realizados en el estudio de escultura de la Universidad Central y destinados al Gabinete de Anatomía •de Valen cia (89).
Estos fueron facturados por Sánchez-Quintanar por ferrocarril y llegaron a Valencia a tiempo de figurar en la exposición inaugurada el 4 de julio, con motivo de la celebración del centenario de San Vicente Ferrer (90), como era deseo expreso de dicho Rector.
También aprovechó esta estancia madrileña para consultar la biblioteca personal del erudito Pascual Gayangos (91 ).
Entre los papeles sueltos encontrados al manejar los ejemplares de su biblioteca, apareció un sobre fechado en Madrid el 15 de noviembre de 1856, dirigido a Sánchez-Quintanar, C/ de la Sangre, n.
A comienzos de 1857 ascendió al número 114 del escalafón de catedrá ticos (92), y el 31 de octubre de dicho año recibió un oficio del rectorado en el cual se le comunicaba, por Real Orden del día 13 del mismo mes, que además de su cátedra de lección diaria, debía desempeñar la asignatura de Anatomía quirúrgica, Operaciones, Apósitos y Vendajes, también de lección diaria, durante los cursos de 1857-1858 y 1858-1859 (93).
En las• plantillas de personal enviadas a la Facultad de Medicin 4 de Valencia por el ministerio en abril de 1860, no figuraba Sánchez-Quintanar, y su cátedra aparecía como vacante, por lo que tuvo que desplazarse a Madrid y hablar con el jefe del negociado correspondiente, Ontiveros, • para que se retirara la citada plantilla y fuera sustituida por otra correcta.
Sobre este asunto Sánchez-Quintanar, en una nota manuscrita, comenta irónico:
«En las oficinas del Ministerio me dan por muerto en la plantilla que acaban de remitir a la Escuela de Medicina de esta Universidad: cuyo olvido o distracción me ha obligado a hacer un viaje a Madrid para probarles que vivo a su pesar y que si tienen facultad para destituirme, no la tienen para matarme» (94).
Este año publicó una monografía de 52 páginas titulada Nuevas consideraciones teórico-prácticas acerca de la inflamación ilimitada o no cir cunscrita, llamada f legmón difuso, en cuya introducción nos advierte:
«La observación y la propia esperiencia me indujeron, hace ya algunos años, a considerar al flegmón difuso de una manera, que no se hallaba en armonía con la historia que los clásicos nos presentan de esta gravísima dolencia.
Espuse mis ideas a los alumnos en las lecciones orales, que sobre ella he dado en esta escuela, y he tenido la satisfacción de que éstos hayan comprobado a la cabecera de los enfermos su ecsactitud y utilidad.»
Y más adelante añade:
«Escribiendo• para los discípulos y para los jóvenes que acaban de salir de la escuela, es evidente que los prácticos sacarán poco fruto de estos. apuntes: no pueden, por consiguiente, buscar aquí lo que tendrían derecho a encontrar si para ellos escribiese» (96).
Para juzgar el interés de dicha obra, recurrimos a un contemporáneo suyo que publicó en 1864, en la revista La España Médica, una reseña anónima en la que afirma: En julio de, 1863 el Decano, José Romagosa,_lo designó para contestar, en el mes de octubre, al discurso que debía pronunciar Francisco Armet en su solemne recepción como catedrático de Valencia, el cual versó sobre La anestesia y medios anestésicos bajo el punto de vista médico (101), que publicó en el Siglo Médico el año siguiente (102).
En su discurso hace una minuciosa descripción de los precedentes históricos de la anestesia y de los esfuerzos médicos para mitigar el dolor en las intervenciones qui rúrgicas, para lo cual _ se remonta a Hipócrates, Teodorico y otros autores antiguos que recomendaban ya la utilización del opio, beleño, mandrágora y otros productos de propiedades narcóticas, tratando en una segunda parte del descubrimiento• de la anestesia moderna hacia.1846 y de su aplicación en Estados Unidos, Inglaterra, Francia y España.
Describe dis tintos casos clínicos publicados en la prensa médica extranjera y española, para terminar hablando de las ventajas-e inconvenientes que la inadecuada utilización del éter, y en especial del cloroformo, causaban s_obre el pa ciente.
Al finalizar eLcurs0.académico • 1862-1863 envió a la Dirección General de Instrucción Pública• una Memoria del estado y sucesos• ocurridos en la Clínic;a Quirúrgica. de ambos sexos en la Facultad de Medicina de Valen cia (103), cuya copia manuscrita hemos consultado.
En ella, tras una justificación. por eLretraso en el envío de la misma, pasa a describir el estado del Hospital General y se queja de la falta de enfermos para la enseñanza, la cual atribúye en pr.imer lugar a la creación de varias aso-• ciacioíies filantrópicas de artesanos y jornaleros, que por muy módicos precios: mensuales. facilitan la •asistencia de médico; cirujano y medica mentos en el propio domicilio, y por otra parte a la finalización de las obras de los ferrocarriles, que en años anteriores proporcionaban abun:- http://asclepio.revistas.csic.es dantes casos clínicos.
Por ello, únicamente ingresan en el Hospital• los casos en que la enfermedad está muy avanzada o es incurable, por lo que los alumnos se ven privados de observar el curso de la misma.
Asimismo se muestra partidario de la cirugía conservadora, indicando que siempre debe intentar evitarse la operación y salvar el miembro enfermo, pero no hasta el punto que la intervención se practique demasiado tarde.
Finaliza exponiendo los casos más relevantes y adjuntando una estadística de las operaciones realizadas.
En este mismo año ascendió al n.
0 70 del escalafón de antigüedad (104) y cambió su domicilio, pasando de la calle de la Sangre a la de Liñán, n.
El 27 de julio de 1864 otorgó su último testamento ante el notario de Valencia Luis Medrana y el día 31 de dicho mes se le concedió la categoría de ascenso (106), pasando a ocupar el n.
Un acontecimiento importante para la medicina española fue la cele bración en Madrid, en septiembre de 1864, del I Congreso Médico Español, tres años antes que se convocara el I Congreso Internacional de Paris (108).
A él asistió Sánchez-Quintanar, siendo nombrado vicepresidente de la mesa que presidió las sesiones del día inaugural, junto a Juan Castelló, Matías Nieto Serrano y bajo la presidencia de Tomás del Corral y Oña, y presentó al mismo una comunicación sobre la Desarticulación de la rodilla a. colgajos laterales, semicirculares, con ablación de la rótula y membrana sinovial a consecuencia de un violento: traumatismo en la pierna.
Abscesos oxif fuentes y circunvecinos, absorciones pútridas. e infección purulenta; calentura consiguiente a este estado,• sudores, diarreas; curación (109).
La mencionada operación fue• realizada por Sánchez-Quintanár en febrero de dicho año en el Hospital General de Valencia, en el enfermo Ramón Izquierdo; de 15 años, el cual había sufrido una caída de uñ carro en• el pueblo de Gilet,-pasándole una rueda sobre la pierna izquierdá.
Según Sánchez-Quintanar esta es «la primera que registra la Historia de la cirugía,. por el procedimiento a Colgajos laterales semicirculares, con separación y oblación de la rótula y membrana sinovial» (110)...
En mayó q.e 1866 fue nombrado vo�al del tribu�al para una plaza de profesor clínico vacante, junto a Patrosi, Casañ, Armet y Marte (111) y en septiembre se le encargó interinamente del decanato de la Facultad de Medicina de Valencia, por ausencia del titular (112).
En febrero de 1867 fue nombrado, nuevamente, decano accidental, por enfermedad del propietario (113), en cuyo desempeño cesó el 14 de julio de 1868 (114) en que el gobierno designó para este puesto a Femando Vida y Pérez, siendo felicitado Sánchez-Quintanar por el Rector Marqués de Cáceres, por «el esquisito celo e interés qUe siempre• ha desplegado en favor de la ciencia, y por el acierto con que ha desempeñado cuantos asuntos ha tenido a s-u cargo en las varias y difíciles circunstancias que han ocurrido durante mi administración en esta Escuela» (115).
Catedrático en la Valencia del período revolucionario (1868-1874) La revolución de septiembre de 1868 es calificada por Artola como «la última ocasión en que la burguesía protagoniza un movimiento revolucionario» ( 116 ).
Entre sus intervenciones en las Juntas de Facultad de dicho año, destacaremos la del 22 de abril, que presidió el rector Eduardo Pérez Pujol.
En ella se trató de los exámenes, que preocupaban a los profesores, por. ser la primera vez en que se iba a poner a prueba la libertad de enseñanza.
El Rector pidió que se exigiera más a los cursos superiores, a lo que Sánchez-Quintanar respondió que debía hacerse con prudencia «atendienqo a que en la ciencia de curar la aptitud para ejercer envolvía una gravedad acaso mayor que en las demás facultades»(122).
•:En 1871 publicó otra monografía, titulada La inflamación al alcance de los cursantes de cirugía, con algunas consideraciones recomendando el estudio de esta parte de la ciencia (125), que dedicó a su maestro Juan este terreno por los locales que ocupaba en el Hospital, excepto el anfi teatro anatómico.
En aquella reunión se presentó el proyecto del plano que indicaba la posibilidad de construir cuatro aulas, decanato, secretaria, bedelería, portería, museo anatómico y un local destinado a la anatomía microscópica y fisiología experimental (130).
Esta permuta de terrenos no se consiguió hasta 1875, en que llegaron a un acuerdo las instituciones implicadas.
Frente a dicha postura, Sánchez-Quintanar pidió a la Junta que se pidiera al Gobierno un edificio grande ya construido, como el cuartel del Refugio, que estaba frente a la puerta principal del Hospital Provincial ( 131 ).
Pero realizadas las gestiones oportunas, dieron resultado negativo, así como la solicitud del-cuartel del Pilar, también en la misma calle, porque no lo admitieron los militares (132).
En Noviembre de 1872 fue designado, junto con Francisco Navarro y Agustín Morte,_para examinar y poner al día el programa del profesor encargado de la enseñanza de practicas de la Facultad (133} Desde el.13 de septiembre de 1873 ocupó, nuevamente, el cargo de Decano accidental (134) siendo nombrado Vicerrector y Decano de la Facultad de Medicina el 28 de febrero de 1874 (135) por el gobierno de la I República, en sustitución de Fernando Vida, cargos de los que fue cesado el 6 de junio (136).
Los últimos años de su vida permaneció apartado de la docencia.
En•septiembre de 1876, en la Junta de Facultad se especificaba: «El Señor Decano hace presente que, enfermo el Señor Quintanar, continuará desempeñando el Señor Machí, como en años anteriores, la asigna, tura de Patología quirúrgica» (138).
A las tres y• media de la tarde del día 16 de marzo de 1877, a conse cuencia de una apoplejía fulminante, falleció León Sánchez-Quitanar, en su domicilio de la calle del Torno de San Cristóbal n.o 1 (139).
El día 17, a las cuatro de la tarde y con asistencia de sus hijos, el Rector, Decano y coprofesores, fue enterrado en el Cementerio General de Valencia ( 140).
El día 18, aparecía en Las Provincias la siguiente necrología: Bastante tiempo hacía que el digno catedrático se hallaba afectado de una dolencia crónica, que había ido minando lentamente su enérgica y privilegiada organización, hasta el punto de obligarle a abandonar la enseñanza, a él, que encontraba en las esplicaciones de cátedra su delicia y que había contribuido en no poca parte a formar las generaciones médicas actuales, que no son, por cierto, las que menos han horando la escuela valenciana.
Hace muy poco tiempo que el estado de su salud obligó al Sr. Sánchez Quintanar'a pedir su jubilación, que obtuvo inmediatamente y quizá con más justicia merecida que la que se concede a otro cualquier funcionario público.
El Sr. Quintanar llegó •a Valencia por los años de 1846 o 1847, de manera que treinta años de estancia en nuestro país le habían conquistado el aprecio y consideración de cuantos le trataron, porque hasta su mismo carácter, rígido e invariable• cuando del cumplimiento de un deber se trataba, era garantía de su honradez e innegable celo por la enseñan za» (141).
En 1888 fueron exhumados sus restos, los de su esposa y sus hijos Josefa y Eduardo, para trasladarlos al panteón familiar.
Más tarde serian enterradas sus hijas Amalia e Isabel, y el esposo de ambas Gregario Mascarás.
Este panteón está situado en el primer cuadro de la izquierda, tercera hilera, del patio central del cementerio general de Valencia.
Lo preside un ángel, obra del insigne escultor valenciano José Aixa Iñigo (1844-1920), autor así mismo de la escultura de Luis Vives de nuestra Universi dad, de la de Fray Gilabert Jofré del Hospital y del Esculapio de la antigua Facultad.
Allí, rodeado de los suyos, descansa para tod _ a la eternidad.
La familia y el legado
Su vida íntima familiar es para nosotros la parte menos conocida, debido a los escasos datos que hemos podido reunir.
Amalia se casó con el viudo de su hermana Isabel, Gregario Mascarás Case, enterrado también en el panteón familiar; Josefa, nacida en 1849 y muerta el 8 de abril de 1873, a los 24 de años (147).
Por tanto, a la muerte de Sánchez-Quintanar habían fallecido ya su esposa y su hija Josefa.
En su testamento dejaba como herederos a sus hijos sobrevivientes, por lo que su valiosa biblioteca, reunida con esfuerzo a lo largo de su dilatada vida, quedó en manos de la familia.
Por un decreto de la Dirección General de Instrucción Pública, fechado el 27 de-febrero de 1891, se creó la Biblioteca de la Facultad de Medicina de Valenda (148).
Así se cumplían los deseos de la Junta de Facultad, la cual, encabezada por su Decano Nicolás Ferrer y Julve, obtuvo, tras múltiples gestiones, el mencionado permiso por el que se autorizó la selección de las obras médicas pertenecientes a la Biblioteca Universitaria y su traslado al nuevo edificio de la Facultad, situado en la calle Guillén de Castro.
Este fondo inicial fue inagurado el 27 de abril del mencionado año en su nueva ubicación.
Lo componía mil novecientos setenta y cuatro volúmenes, siendo designado bibliotecario el farmacéutico José Nebot Pérez, que se había encargado de la selección e instalación de la misma.
El año siguiente, por donación testamentaria de su propietario, ingresó la biblioteca del catedrático de cirugía Enrique Ferrer y Viñerta, compuesta por mil cuatrocientos setenta y cinco volúmenes, de contenido principal mente quirúrgico ( 149).
En 1893 el Decano Ferrer y Julve, siguiendo en su empeño de crear un biblioteca de categoría en la Facultad, hizo gestiones para adquirir la biblioteca de Sánchez-Quintanar.
Pero dejemos que sea su primer biblio t_ ecario, quien nos explique emocionadamente la adquisición de este im portante legado bibliográfico: 120 «Existía en Valencia un tesoro médico-bibliográfico que aunque reli giosamente guardado por el cariño filial, permanecía inactivo fuera del alcance de los amantes del saber, dejando así incumplida la misión que sin duda le asignó mientras lo acopiaba el sabio maestro que, a costa de Y esto era ilógico que sucediera estando al frente de esta Facultad como Decano el Doctor Ferrer y Julve: este laborioso obrero de la Ciencia [... ] sabe que los libros se han hecho para leerse y no para guardarse como reliquias entre cristales por miedo a posibles profanaciones; se dirijió a los poseedores de tales riquezas pidiéndoles que, aumentando con su caudal bibliográfico el de la Facultad, facilitaran a los profesores y alumnos de esta Escuela, el conocimiento de los escritos de nuestros antiguos maestros: y los Señores Hijos del Dr. Sánchez-Quintanar que al heredar la biblioteca de su ilustre padre heredaron también afortuna damente su amor a la difusión del saber y su afecto a la Escuela médica valenciana, pusieron inmediatamente a disposición del Sr. Decano aquella biblioteca, compuesta de mil trescientos volúmenes, cediéndola gracio samente a la Facultad, de una manera tan espléndida y generosa, que ni siquiera. exigieron un recibo en donde pudiera constar. su generosi dad... » (150).
En 1896 se editó el catálogo de la biblioteca, estructurado por siglos de edición de las obras.
En abril de 1897, la familia legó a la Facultad «un precioso y abultado manuscrito... sobre la Historia biográfica y bi-. bliográfica de los médicos y cirujanos de España y Portugal, completa y por orden alfabético, cuya redacción costó a aquel antiguo maestro más de 30 años de incesante trabajo y que sin duda no pudo dar a luz por falta de recurso.
La junta ( de Facultad) recibió con gran satisfacción la noticia, acordando que se encuaderne decorosamente y den. las gracias más expresivas a la familia donante; y el Señor Gómez F errer preguntó si convendría pedir auxilio al Ministro de Fomento, para publicar el valioso. manuscrito» (154).
Tras cien años de permanecer en el olvido, nuestro trabajo pretende recuperar la figura humana y científica de Sánchez-Quintanar, y colocarla en el lugar que le corresponde por su obra en la historiografía médica española.
con la reciente victoria de sus adversarios, apeló, excitando las pasiones de una porción del pueblo, a las armas de la sedición y la violencia.
Mientras la oposición manifestaba decidido empeño para entorpecer y retardar el examen de las actas, llegando a sostener la nulidad de aquellas cortes y de cuantos actos emanaren de ellas, creció de tal modo en los dias inmediatos la turbulencia y furia de la tribuna, mezclando sus sarcasmos y gritos en la discusión, que el presidente tuvo que mandar despejar (23 de febrero), lo cual verificó el populacho que allí estaba tumultuariamente y con visos de resistencia.
Al día siguiente (24 de febrero), resueltos los sediciosos a atropellar por todo, se presentó una turba frenética delante del palacio del congreso, y en nombre de la libertad y del pueblo dió otro funesto golpe al sistema representa tivo.
Tres horas estuvieron sitiados los representantes de lá. nación, tres horas vieron amenazadas sus vidas por los amotinados, que no procuraban disimular sus intentos, pidiendo a gritos la muerte de algunos diputados y en especial la del Conde de Toreno...
Declarada la capital en estado de sitio, la fuerza armada, hizo una ligera demostración que bastó para restablecer el sosiego, y los diputados pudieron salir uno a uno por diferentes puertas, acompañados de sus amigos y allegados.»
GEBHART Y CoLL, V. (1873), Historia general de España y sus Indias..., Barcelona, vol. VI, p.
1000-1001.) algunas de las cuales proceden de este!-época sevillana, como la reseñada en séptimo lugar: «Cálculo estraido del conducto uretral a D. José Gómez, impresor en la calle de la Venera de Sevilla, habiendo tenido que romperle antes».
B.M.H.M.V., SÁNCHEz-OuINTANAR, L., Indice de los libros que contiene la pequeña Librería formada toda a espensas de..
187 r.) (53) «El Sr. Quintanar manifestó la urgente necesidad de comprar 12 varas de lienzo para vendages, e igualmente dijo que tenía en su poder varios instrumentos de amputaciones y dos estetoscopios de los que podría hacerse el Colegio casi por la mitad de su valor, y se acordó oficiar al Rector, para que se faciliten fondos para su compra y se levantó la sesión». ( Cf.
A.U.S., Libro de actas, vol. I, s.f.
(6-2-1845).) (54) «El Sr. Sánchez-Quintanar manifestó había terminado el curso de operaciones y clínica quirúrgica, que por acuerdo del Colegio de 30 de Setiembre del año anterior, había dado para los alumnos de 5.
0 año de Medicina que quisieran cursar las materias quirúrgicas, y que habían solicitado del Gobierno de Su Majestad se les concediese.
Y enterado el Colegio del celo, actividad é inteligencia con que dicho señor había prestado este servicio voluntario, en obsequio de los alumnos médicos, como así mismo del aprovechamiento de estos, acordó quedase así consignado en actas, dando las gracias al Sr. D. Leó_ n Sánchez-Quintanar que, con este nuebo (sic) acto daba pruebas más de su amor a las ciencias y de su deseo de adelanto de los alumnos y se levantó la sesión.»
A.U.S., Libro de actas, vol I, s.f.; Ha concurrido así mismo a la traducción a nuestro idioma de la grande obra titulada Compendium de Medicina de los Señores Monneret y Fleury, publicada en Madrid con el de Biblioteca Escojida de Medicina y Cirugía, desde 1844 a 1850 en nueve tomos en 4.
Suya es la de las enfermedades del Estómago e intestinos que inserta desde la página 349 del tomo 1.
0, así como las notas con que se ilustra el testo en las páginas 344 columna 2.a del tomo 1.
(153) La lápida es de mármol negro con letras plateadas.
Cuando comenzamos nuestra tesis, buscamos en la biblioteca con resultado negativo.
Tras varios meses de búsqueda infructuosa, en un rincón de los sótanos de la Facultad y por pura casualidad, tropezamos con ésta y con la dedicada a Ferrer y Viñerta, de similares caracteristicas.
Habían vagado por desvanes y trasteros desde los años 50, cuando se trasladaron del �iejo edificio de la calle Guillém de Castro.
Ahora, nuevamente, han sido colocadas sobre los fondos bibliográficos antiguos, procedentes de dichos catedráticos.
«A la memoria del doctor Juan Mosácula.
Ved la Parca con fatal guadaña atreverse a aquel-que osado por su inmenso saber fue destinado a abatir veces mil su• aitiva saña, Vedla... agarrada con sonrisa estraña a la victima que parte de este mundo... embriagada se ve... y en su poder profundo cree que no ha de existir, que no se engaña.
Y cual Vallés, Pereira, Villalobo, Heredias, Laguna,-los Mercado, Herrea, Huarte, Serna y nuestro Lobo en nobles corazones es grabado.
Y haremos que su nombre en todo el globo por luengos siglos quede señalado.
(65) Sánchez-Quintanar, en diversos artículos biobibliográficos de su Biblioteca Médica y su Biblioteca Quirúrgica, al comentar las opiniones que sobre dicho autor y su obra hace Chinchilla, lo acusa de falta de seriedad científica, puesto que demuestra que no ha leído las obras del biografiado, con lo cual hace interpretaciones erróneas.
Ello no obsta para que reconozca el mérito del esfuerzo historiográfico de Chinchilla, como demuestra al firmar el documento que éste le presentó para que le hicieran un homenaje.
Hícelo así y el adjunto estado-y plantilla en la copia literal de la-que mandé n.
0 2 y la del dorso de este n.
0 1 en la copia de la que mandó el gobierno y que sigue se ha inutilizado la minuta adjunta en la que copiava (sic) [... ] para remitir la plantilla cumpliendo el encargo privado del Sr. Ontiveros.
Muy Sr. mío y de mi aprecio: tengo la satisfacción de incluirle la primera plantilla de personal y asignaturas que le son anejas correspondientes a esta• facultad de Medicina, que según Vd. me previno, recogi •del Secr�táiio General, enÚegándole la que dispuso V d. estendiera de nu�vo después de nuestra entrevista. http://asclepio.revistas.csic.es Doy a V d. las más cordiales gracias por su benevolencia y deseando ocasión en que poder complacerle a V d., con la mayor consideración y aprecio.
Su más atento y afectísimo, y Seguro Servidor, que su mano besa.
Valencia, 13 (108) «Debemos señalar como una página gloriosa en la medicina española en esta decena, que la honra mucho, adelantándose tres años a la celebración del primer Congreso Internacional de Paris en 1867; ésta' fue la celebración del Congreso Médico Español de 1864.
Se celebró éste en el Par!}ninfo de la Universidad Central, siendo la sesión inaugural el día 24 de septiembre, bajo la presidencia del Excelentísimo Sr. D. Tomás del Corral y Oña, primer marqués de San Gregario, tratando la sesión de tesis un poco abstractas dada la situación científica de la cultura médica europea, casi todas ellas dentro de una mayoría vitalista y ninguna que revelara un criterio francamente experimental.
La diátesis, la tuberculosis, las ideas de psiquiatría y algunos casos y comunicaciones sueltos ocuparon las sesiones de este Congreso[. |
No cabe la menor duda de que la aparición, en 1543, de la obra• De Revolutionibus Orbium Caelestium del astrónomo polaco Nicolás Cop�:r;:-, nico constituyó uno de los hechos más influyentes en la historia.). dclJa astronomía occidental.
No sólo supuso un importante avance ciehfifico (los métodos matemáticos de Copérnico mejoran y simplifican los cálculos de Ptolomeo) sino también una «transformación radical •de la sensibilidad geométrico-jerárquica que, en oposición a la del aristotelismo y del cris tianismo, ve en el lugar central no ya el más bajo e indigno, sino el más hermoso y honroso, a la manera de los pitagóricos» (1).
Los cambios que se produjeron desde ese momento condujeron a las construcciones cos� mológicas que llamamos modernas.
La difusión del heliocentrismo fue relativamente rápida, conociéndose
en toda Europa en muy pocos años y provocando la reedición del De Revolutionibus en 1566.
Sin embargo, muy pocos fueron los que aceptaron la realidad física del copernicanismo aunque sí hubo muchos que lo emplearon como método de cálculo de tablas astronómicas que mejoraban las que existían hasta la fecha.
Dos eran los inconvenientes esenciales con los que se encontraba la nueva cosmografía: la autoridad de Aristóteles y las grandes dificultades que ofrecía para su comprensión a hombres for mados en la tradición universitaria medieval.
Esto explica las escasísimas exposiciones que de la mencionada teoría se realizaron en esa época.
Diversas fueron las posiciones adoptadas por los científicos europeos frente. a las doctrinas de Copérnico.
Se aceptaron en Alemania como descripción de una verdad física por Retico (que acompañó la reedición de 1566 con su Narratio Prima), Cristoph Rothman y Michael Mastlin (maestro de Kepler y convencido copernicano que ocultó siempre al pú blico su adhesión).
Lo mismo sucedió con el malogrado y genial Giordano Bruno en Italia, y con John Field y Thomas Digges en Inglaterra.
Hasta donde hoy conocemos sería éste el primero en traducir algunas de las páginas del De Revolutionibus en su A Perf ect Description of the Caelestial Orbes (1576).
En cambio, la obra copernicana sólo fue empleada como método de cálculo sin considerar su posible realidad física por Erasmo de Reinhold en la confección de sus Tablas Prusianas (1551 ), y por Clavius quien, por otro lado, rechazó tajantemente la tesis del genial matemático polaco.
También Gemma Prisius en los Países Bajos uti�izó únicamente la teoría heliocéntrica para el cálculo de mejores tablas, si bien no encontró nada desfavorable en contra del movimiento de la Tierra.
Posturas más radicales apoyadas en la razón de la fe adoptaron en Alemania Lutero, Melanchton, Peucer y Teodorico.
En Francia ninguno de los científicos del momento -Pontus de Tyard, Jacques Peletier, Jean Pena-mostró su apoyo al copernicanismo, pero tampoco se opusieron frontalmente, algo que sí sucedió en otros lugares.
Solo Pierre Ramus rechazó el heliocentrismo aduciendo razones de método.
Tal como ha sido defendido por varios autores la obra de Copérnico gozó de una amplia divulgación en nuestro país (2).
Dos razones podrían explicar esta favorable circunstancia.
En primer lugar, las necesidades impuestas por la colonización y explotación de las Indias, tanto Occiden tales como Orientales, obligaron a la confección de tablas astronómicas para la navegación, tablas que requerían métodos de cálculo como el expuesto en el De Revolutionibus.
Por otro lado, el interés y la permisividad mostrados tanto por Carlos V como por Felipe Il hacia los temas de carácter científico (3) favorecían el conocimiento y difusión del texto copernicano.
En concordancia con lo anterior, las teorías del astrónomo polaco circularon abiertamente en las instituciones españolas más importantes de la época relacionadas con cuestiones cosmográficas, como eran el Consejo de Indias, la Cátedra de Matemáticas de la Corte y la Casa de la Contratación de Sevilla, como lo prueban las obras de Rodrigo Zamorano, Vasco de Piña y García de Céspedes, especialmente los trabajos de éste último, tanto los impresos (4) como los que no llegaron a serlo.
El manuscrito de Juan Cedilla Díaz, objeto central de este artículo, viene a afianzar y matizar esta idea, al contener la primera traducción, aunque incompleta, de la obra De Revolutionibus Orbium Caelestium al castellano.
Si bien en el documento estudiado sólo se encuentran los tres primeros Libros -al Tercero le falta el último capítulo-de los cinco de que consta el original latino, la relevancia de esta traducción parcial se pone en evidencia cuando se comprueba que la primera versión a una lengua romance, que no sea la de Cedilla Díaz, de que tenemos noticia es la alemana (5), realizada a finales del siglo xvI por Ursus, y únicamente Thomas Digges, en 1576 • como acabamos de decir, traduce al inglés algu nas, muy pocas, páginas del trabajo de Copérnico.
Junto a la citada versión castellana de la obra copernicana; el manus crito presenta un interesantísimo prólogo original del cosmógrafo español.
En él, como veremos, refleja sin ambigüedad su decidida posición a favor del heliocentrismo.
Más aún, lo que ahí expone revela su perfecto conoci miento de las modificaciones a que la teoría copernicana se vio sometida en los últimos decenios del siglo xvI y los primeros del xvrr.
El manuscrito Ms-9091 de la Biblioteca Nacional de Madrid
Pese a la inexistencia de obras impresas conocidas de Cedilla sí hay referencias a varios trabajos manuscritos suyos, que se limitan a indicar el título y su posible localización en la Biblioteca Nacional de Madrid, pero sin entrar en su contenido y mucho menos realizar ningún análisis sobre ellos (6).
La búsqueda realizada por los. autores de este artículo. y por la Dra.
Isabel Vicente en la citada biblioteca ha dado como resultado el hallazgo, pensamos, de la práctica totalidad de los escritos del matemático madrileño contenidos en varios cientos de folios manuscritos que aparecen encuadernados-en cuatro tomos• con cubiertas de pergamino bajo las signaturas•Ms.: 9091, Ms-9092, Ms-9093 y Ms-6150.
Desde hace unos años los historiadores arriba citados están estudiando estas obras -de Cedilla Diaz, labor que ha dado como fruto la publicación de varios artículos, dentro del proyecto general de analizar la totalidad del contenido de estos cuatro volúmenes, pues consideran que de ese análisis puede obtenerse una visión más completa del estado de la mate mática aplicada en España, principalmente durante el primer cuarto del siglo xvrr.
En el conjunto de los citados cuatro legajos se contienen más de una docena de tratados, muchos sobre instrumentos astronómicos y algunos sobre otros de utilidad en ingeniería, arquitectura y artillería.
También hay un número elevado de trabajos con textos teóricos de astronomía y cosmografía, varios de los cuales son traducciones totales o parciales al castellano de las obras latinas de mayor interés y difusión sobre estas materias.
Junto a éstos, se encuentran otros sobre geometría, como la traducción de los primeros libros de los Elementos de Euclides, una breve historia de la matemática y otro sobre la importancia y necesidad de la geometría.
Asimismo en gran cantidad de folios aparecen notas sobre diferentes observaciones y mediciones de carácter astronómico como, por ejemplo, las que realizó el autor en octubre de 16l8 del cometa que contempló sobre los cielos de Madrid.
Pese al gran interés que puede tener la enumeración de todos los trabajos contenidos en los citados manuscritos, vamos a limitarnos ahora a describir más detenidamente el volumen Ms-9091, ya que en él se encuentra la traducción incompleta del texto de Copérnico, punto central y justificación de este artículo.
Consta el citado volumen de un.total de 220 folios, con dimensiones aproximadas de 21 a 21,5 cms. de ancho por 31 cms. de longitud y con un muy desigual estado de conservación.
Contiene _ el primer folio el comienzo del Libro I de la Geometría de Euclides varias, así como las cosas que tocan a la navegación como el movimiento de los cuerpos celestiales».
En ella el autor aplaude. la idea de «dividir la carta en tres partes, a 120 grados cada una».
Los folios 24 y 25, están encuadernados con la parte externa cogida al lomo del volumen y contienen el inicio de unas «Instituciones de Arithmetica utiles y necesarias para aprender Astronomía y las Ciencias Matemáticas», que manifiestan una vez más la preocupación que por estas dos disciplinas existía en ese tiempo en España y que supuso que fueran impartidas en la cátedra de matemáticas de la Corte, como más tarde comentaremos.
A continuación (folios 26 y 27) aparece un método para conocer la altura del polo «conocida la línea meridiana y la distancia del Sol al meridiano por el horizonte».
El folio 28 comienza con «pídese que se nos conceda tomar un número cualquiera, mayor que otro número cualquie ra».
Son unas especulaciones aritméticas qúe parece quedaron inmedia tamente truncadas dada su reducida extensión.
Después de un folio en blanco ( el 29) volvamos a encontrarnos algunas hojas ( de la 30 a la 35) del Arte de Navegar ya citado.
(Los folios 30 y 31 deberían ir detrás del 35 para respetar el orden natural trastocado al coser los folios para formar el volumen).
Sigue en el folio 36 de la traducción de los Elementos de Euclides: «Theorema 2 y proposición 3».
Al principio del folio 48 se puede leer: «Corolario primero de la 39 [proposicion] del primer [theorema]», por lo que debería ir a continuación de los folios 51 y 52, pues es el 51 donde comienza el Libro IV.
Continúa la obra del matemático alejandrino hasta el folio 64, en un riguroso desorden que nos lleva a asegurar que la encuadernación de este • volumen fue confeccionada en fecha posterior a la de realización del propio manuscrito por personas pocó preocupadas y,. probablemente, desconocedoras de su contenido.
El folio 65 se inicia con el epígrafe: «Sciencias Mathemáticas por que tomaron este nombre?», en, donde se expone una, teoría sobre el concepto de matemática.
Luego, y hasta el folio 83, se hallan nuevos fragmentos de. la traducción de la Geometría.
Es de destacár la falta de homogeneidad en cuanto al cuidado de la escritura, tipos de papel e incluso'letra: los •• folios d_ el 71 al 7 6 no parecen pertenecer a Cedilla ni tampoco la firma que en el último de ellos figura.
Desde el folio 84 y hasta el 107 se halla el Librn Tercero de la Ydea Astronomica de la Fabrica del Mundo y movimiento de los cuerpos. celes. _tiales.
Las • C: uatros primeras• hojas tienen• grándes manchas producidas por la humedad.
El papel es de baja calidad, la caligrafía muy descuidada con abundantes correcciones.
Cabe señalar la presencia de un dibujo heliocén trico en una hoja suelta no numerada entre los folios 98 y 99.
Inmediatamente a continuación de este trabajo vuelve a aparecer la misma obra, pues el folio 108 consiste en una portada bocetada a mano: Título, idéntico al que figuraba en el folio 84, escrito cuidadosamente con grandes caracteres imitando tipos de imprenta, un subtítulo, «Y <lea y Cosmología», unido a una abreviatura -repetida innumerables veces a lo largo de los cuatro tomos-de la firma de Juan Cedilla Díaz formada con las iniciales de su nombre y apellidos y la última letra del segundo de ellos.
A continuación de la referida portada se encuentra el texto en un cuadernillo con sesenta y nueve hojas, o lo que es lo mismo, ciento treinta y ocho páginas, que finaliza en el folio 177, en perfecto estado de conser vación (y con tamaño algo menor que el resto de las hojas del legajo) constituyendo, a nuestro parecer, un original preparado para su posterior difusión, o acaso, impresión.
Circunstancia que, desgraciadamente, no llegó a producirse.
Después de dos folios numerados pero en blanco, a partir del 181 y hasta el 215, encontramos tras el título De la Ydea y Cosmología los borradores de los Libros Primero y Segundo de la referida obra, con múltiples tachaduras y anotaciones marginales de los teoremas y propo siciones geométricas utilizadas por Cedilla al elaborar el texto.
Los folios 210 al 218, salvo el 216 que recoge una observación astro nómica que más adelante comentaremos, presentan los borradores de unas tablas pertenecientes a los Libros precedentes.
Se desprende, por tanto, de lo que acabamos de referir que el tratado titulado Y dea y Cosmología aparece por duplicado en el manuscrito Ms-9091: una versión definitiva o «en limpio» intercalada entre los• Libros -mal ordenados-de la copia borrador.
La penúltima hoja foliada del referido manuscrito, la 219, contiene un fragmento de la traducción de Los Elementos y la 220 se reduce a un pedazo de papel, no cosido y por tanto suelto, en el que aparece unas líneas escritas en latín, sin firma y fechadas en 1652.
Pero al estar deter minado sin ningún género de dudas el momento de la muerte de Cedilla, 1625, obliga a tener que descartar, obviamente, la autoría por éste del citado folio, salvo que por confusión se hubi�ran permutado las dos últimas cifras al pretender indicar el año de 1625.
Por último, en doble folio sin paginar, se encuentra una «Tabla para Una parte importante del legajo que acabamos de describir está ocu pada, como ya se ha dicho, por el trabajo que lleva por título Y dea Astronomica de la Fabrica del Mundo y movimiento de los cuerpos celes tiales, escrito, indudablemente, por Cedilla Diaz, como lo prueba la fre cuente presencia de su firma en numerosas páginas de la obra y, por si ésto no bastara, el resultado de comparar la escritura del texto en cuestión con diversos documentos autógrafos del cosmógrafo, encontrados en diferentes archivos y que citaremos al hablar de sus actividades como catedrático de matemáticas de la corte.
En cambio, no nos es posible determinar con precisión la fecha exacta a la que corresponde la redacción del texto, pero no creemos desacertado fijar su comienzo no mucho antes de 1623, apoyándonos principalmente en las referencias que Cedilla hace a observaciones astronómicas realizadas en ese año (encaminadas a la comprobación de la exactitud y veracidad de algunos datos de las tablas del texto) y recogidas en diversos folios encuadernados, equivocadamente, en el volumen Ms-9092.
Más seguridad hay en la determinación del límite superior, el cual estará, obviamente, en la fecha de fallecimiento de Cedilla, la ya apuntada de 1625.
El texto de la obra se encuentra, como ya comentamos, por duplicado.
Posiblemente haya sido el azar, que no la intención del encuadenador, quien consiguió juntar, al coser los papeles de Cedilla, un primer borrador y una copia manuscrita preparada seguramente para ser impresa.
Pero mientras ésta sólo llega hasta el capítulo sexto del Libro Tercero, aquél avanza hasta el capítulo treinta y cinco de ese mismo -Libro Tercero.
La copia que parece la definitiva, aunque tal vez la menos interesante por la ausencia de las anotaciones marginales, comienza en el folio 108 del tan dtadolegajo Ms-9091 con una portada bocetada y ciento treinta y ocho páginas, como ya dijimos, cada una de ellas conteniendo alrededor de treinta y cinco líneas escritas con letra clara y menuda, lo que da una idea de la extensión del trabajo.
Las figuras qμe presenta son cuidadísimas, llegando en algun9s casos -a la confección de 1a lámina por separado y su superposición-posterior en el h 1:1-eco del texto que le correspondía.
En cuanto a•la distribución del contenido, el Libro • Primero está•dividido en doce capítulos, siendo el inicial el titulado «Que el mundo es esférico:y redondo» y el último, «Si puede la Tierra tener muchos movimientos y qual sea el centro del Üniverso», le sigue una coleccióJ:1 de problemas de geometría plana y esférica.
Intercaladas en el texto, en los folios 126 a 129, encontramos unas «Tablas de los senos rectos» de los ángulos de hasta 90 grados, variando de diez en-diez minutos, habiéndose dividido el radio de la circunferencia en 100.000 partes iguales.
El Libro Segundo consta de 14 capítulos, también sin numerar, siendo el que le abre.
«De los círculos de la sphera y de sus nombres» y el que cierra «De como se hallan los sitios o lugares de las estrellas en el firma mento y de la disposición regular de dichos sitios y nombres de ellas».
Tres tablas aparecen distribuidas en su interior: «Tabla de las declinaciones [de los grados•del Zodíaco]» (sic), páginas 147v a 149; «Tabla de las dife rencias ascensionales», entre la 152v y la 154, y la tercera, fol 165, «Tabla de las estrellas fixas, que contiene sus nombres, el número y orden de ellas, con las longitudes y latitudes, y las grandezas de todas ellas y primero las septentrionales», donde se hace el recuento de las estrellas de cuatro constelaciones: Osa Mayor, Osa Menor, Dragón y Cefeo.
El Libro Tercero sólo presenta seis capítulos, comenzando con «Historia de las obserbaciones con que se prueban las anticipaciones de los equi noctios y lo que parece moverse las estrellas» y concluyendo con «De los movimientos yguales de la anticipación de los equinocios y la inclinación del zodiaco«, el sexto y último.
En el margen inferior derecho de la página postrera se lee la palabra Tabla, lo que indica que el inexistente folio en que el texto debía continuar iba a contener una tabla.
En cuanto a la versión que hemos acordado designar como borrador presenta dos diferencias fundamentales en relación a la que acabamos de describir y que son: la existencia de un prólogo de tres páginas, por un lado, y por otro, su mayor extensión, extremo éste ya indicado, al añadir 18 capítulos más a los seis que presenta el Libro Tercero de fa versión que hemos considerado definitiva o dispuesta para SlJ. difusión.
El prólogo -cuyo estudio detenido, dada su importancia, r�alizaremos más adelante-está situado en las páginas 180a, 180v y • 1 s 1 a.
Finalmente, falta por añadir que todo el borrador posee una letra muy irregular y poco cuidada, los márgenes de las páginas son muy estrechos y las figuras y dibujos se han realizado a_ mano alzada, abundando las tachaduras y las señales o avisos que anuncian una reorganización poste rior del texto.
La historiografía proporciona pocos datos sobre Juan Cedilla Díaz y los que da carecen de soporte_ documental que los, haga suficientemente creibles, no existiendo ningún estudio completo sobre sus obras, aunque sí algunos trabajos sobre aspectos concretos de ella que se citarán en su momento.
El autor del man-μ, scrito.: Juan Cedilla Díáz
Según Picatoste (8) «nació en Madrid de una familia ilustre por los muchos individuos de ella que se dedicaron a la enseñanza de muy diversas ciencias y facultades», sin precisar la fecha de su nacimiento, que estima mos en torno a 1560.
Se admite, pese a la carencia de pruebas documen tales, que estudió en Salamanca y que en ella alcanzó el doctorado en Teología -ciencia a la que, quizás, dedicó parte de su vida dado su carácter de clérigo presbítero (9)-pero se debe cuestionar que llegara a. disfrutar.la cátedra salmantina de matemáticas, tal como defienden algu nos historiadores (10).
Más admisible, en cambio, es la hipótesis de que lo fuera de la Universidad de Alcalá, aunque tampoco lo consideramos pro bado.
Las primeras noticias documentadas que hemos hallado sobre su acti vidad se remontan al año de 1598: el Consejo de Indias convoca a los matemáticos y cosmógrafos que considera más prestigiosos para que den su parecer sobre la reforma que sobre los instrumentos y cartas de marear ha realizado el Cosmógrafo Mayor de Indias Andrés García Céspedes y sobre la conveniencia de imprimir el Libro del Regimiento en el que éste recoge los resultados de esa Enmienda.
El informe (11) favorable va fir mado por diez científicos entre los que se encuentra Juan Cedilla, lo que demuestra que en esas fechas ya gozaba de renombre como matemático.
Sus actividades posteriores están relacionadas con el Consejo de Indias en su práctica generalidad.
Así en 1603, el 14 de noviembre, recibe la orden de ir junto con el capitán Pedro Suárez y Baptista Antonelli a la península de Araya (12), en la actual Venezuela -de gran interés en la época por la riqueza en perlas de sus costas-para «reconocer las salinas a ver si se podían anegar».
Por motivos que ignoramos Cedilla no realizó el viaje, quizás por tener que ocuparse de algún otro servicio al Consejo, como sucedió en 1610 cuando tuvo que informar sobre una aguja fija ideada por Fonseca cuya comprobación le obligó a trasladarse desde Madrid a Lisboa (13).
Al año siguiente, Cedilla consigue ser nombrado para los. dos oficios científicos de más prestigio: Cosmógrafo Mayor del Consejo de Indias y Catedrático de la de matemáticas de la Corte.
Tras la solicitud de jubilación de García de Céspedes como titular de ambos oficios, -siempre que le mantuvieran 600 ducados anuales de los 800 que en total recibía por ambos, dejando los 200 restantes para su sucesor-Cedilla se ofrece a desempeñarlos por tan exigua remuneración.
El informe preceptivo del Consejo de Indias es favorable a su nombramiento por lo que Felipe ID, en Real Cédula de 5 de febrero de 1611, se los otorga en título único (14): «... he tenido y tengo por bien de nombraros y proveeros como por la presente os proveo y nombro por chatedratico de la dicha chátedra de matemáticas de mi corte y cosmógrafo maior de los Estados y Rey nos de las Indias en lugar de dicho Andrés García de Céspedes... ».
Las obligaciones adquiridas por Cedilla por razón de sus nuevos cargos vienen especificadas en la citada Cédula Real, la cual recalca que son las mismas que tuvo su antecesor.
Su número es elevado y su naturaleza variada.
Como catedrático de matemáticas de la Corte deberá leer, donde disponga el Aposentador de Palacio, una lección al día de « todo el Curso de las dichas matemáticas en tres años; el primero, la esphera, theóricas de planetas y las Tablas del Rey Don Alonso.
El segundo, los seis libros primeros de Euclides y lo que faltare del año, el Almagesto de Tolomeo; y el tercero, Cosmografía y navegación y algunos instrumentos, como se havía ofrecido y estaba obligado el dicho Andrés García de Céspedes.»
El carácter de las materias desarrolladas en la Cátedra de palacio, como se ve, era claramente cosmográfico y con muy escasa relación con los estudios de arquitectura y fortificación -atribuidos por la mayoría de la historiografía a la citada institución-y, por otro lado, semejante al que se impartía en la Cátedra de Astrología de la Universidad de Sala manca (15).
Los deberes de Cedilla como Cosmógrafo Mayor del Consejo de Indias aparecen también en la Cédula Real de su nombramiento con el siguiente tenor: «quiero que como tal entendais en ordenar y disponer y executar las cosas de cosmografia y Descripciones de las dichas Indias según como a él -García de Céspedesle estaba ordenado y os lo o; denare y mandare y lo azen y deven de azer los otros cosmografos maiores destos mis reinos».
Sus competencias y responsabilidades presentan este tema con una mayor generalidad pero, en esencia, consisten en resolver todos aquellos proble mas científicos y técnicos -o, al menos, informar sobre ellos-relaciona dos con las Indias y con la navegación.
Por si todos estos cometidos no fueran suficientes se le exige, además y como a sus predecesores, que «... en fin de cada año seais obligado a traer y presentar en el dicho mi Consejo hecha alguna obra tocante a las descripciones de la cosmografía como era obligado el dicho Andrés García de Céspedes».
Es decir, al concluir el año tenía que presentar un trabajo manuscrito sobre geografía o cartografía y que normalmente no se publi caba ya que el Consejo de Indias solía estimar su carácter reservado y la Asclepio-1-1991 inconveniencia de su conocimiento por el resto de las potencias navales, como Holanda o Inglaterra.
En relación con la redacción de tratados estaba también obligado, aunque ya no con periodicidad anual, a realizar ciertas traducciones (16) «... y conque ansí mismo ayais de traduzir de latín en romance los libros que fueren necessar, ios para los oientes de la dicha cátedra de matemáticas según la materia que se les leyese>>.
Resulta así, pues, que tenía que verter del latín al castellano todos aquellos textos que los alumnos de la cátedra de matemáticas necesitaban para seguir las lecciones.
Este breve análisis de las obligaciones de Cedilla sirve para comprender mejor el contenido de los manuscritos del autor, citados al comienzo de este artículo: en ellos recogió el cosmógrafo madrileño apuntes y notas de los temas que tenía que explicar, junto con las traducciones que iba elaborando -los Elementos de Euclides o el De revolutionibus entre otras-, el estudio de algunos instrumentos, ( como el coro bates o el tri normo o la piedra imán y el astrolabio) y los escritos en donde reflejaba sus trabajos y experiencias • cosmográficas -carta de marear, reglas para calcular la altura del sol, Pensamientos nuevos o Dianoia de los Planetas, por ejemplo-que hacen de estos manuscritos fuente indispensable para conocer la actividad de la cátedra de matemáticas de palacio, que como se comprueba, y repetimos, es esencialmente cosmográfica (17).
Frente a los deberes que como titular de sus oficios tenía Cedilla, la Cédula Real le reconocía unos derechos: se le asignaba un salario de 200 ducados anuales mientras viviera García de Céspedes (18), que se elevaría a 800 a partir del fallecimiento de éste.
El pago del salario se realizaba, por tercios vencidos de año, por el Receptor del Consejo de Indias y ante escribano real -notario-debiendo presentar siempre Cedilla la Cédula Real con su nombramiento junto con una Certificación del Aposentador de Palacio de que había cumplido con sus obligaciones docentes impar tiendo la clase diaria de matemáticas en «donde residiere mi Consejo de Indias, en palacio o en la parte que señalare mi aposentador mayor... ».
Esto último conllevaba otro deber, que se explicitaba asimismo en la Cédula: residir en donde se encontrara el citado Real Consejo, no pudiendo abandonar la localidad sin permiso expreso del monarca.
Aparte de la documentación ya referida, tenía que aportar además, para poder recibir su salario, otra Certificación, ésta del Secretario del Consejo de Indias, en la que se dijera que había cumplido plenamente sus funciones de Cosmógrafo Mayor de Indias y, si el pago correspondía al del último tercio del año, en esa certificación• tenía que aparecer que había escrito la obra de cosmografía exigida anualmente.
La presentación efectiva de todos esos documentos se reflejaba en la Carta de Pago que otorgaba Cedilla a favor de quien le pagaba -el Receptor del Consejo de Indias-como prueba de que se había realizado el pago y de la conformi dad del recepcionario.
Pero estas Cartas de Pago tienen, desde nuestro punto de vista, un mayor interés por cuanto dejan constancia de cuáles fueron las actividades realizadas por Cedilla, las fechas en que se producían y el grado alcanzado por éste en el cumplimiento de sus obligaciones y deberes.
Por todo lo anterior, estas Cartas -cuya copia quedaba protocolarizada-constituyen una fuente de información riquísima y' de absoluta fiabilidad.
Volviendo al tema del salario, la tan citada Cédula Real establecía taxativamente que por ninguno de los conceptos anteriores podía recibir remuneración adicional fuera de los 800 ducados asignados, aunque esta restricción a veces era obviada cuando el Consejo de Indias así lo estimaba, por la importancia de lo realizado o por su dificultad, y apoyaba la solicitud de Cedilla dirigida al rey pidiendo la concesión de una gratificación com plementaria.
También se le permitía recibir otras cantidades al concluir algún encargo de otra institución ( 19).
Al estar considerado el oficio de catedrático de matemáticas de la Corte como de servicio del monarca, su titular tenía categoría de criado del rey, lo que le daba derecho a casa de aposento, o en su defecto a percibir una cantidad anual para sufragarlos gastos de su alquiler (20).
Por este motivo Cedilla percibía del Consejo de Indias 100 ducados, que eran pagados habitualmente al finalizar el año, excepto en ocasiones que lo recibía por mitades en una fecha cualquiera.
De la importancia de los oficios de Cedilla da clara muestra el cere monial que la tan repetida Real Cédula de 5 de febrero de 1611 exigía para la toma de posesión, pues mandaba que «el Presidente y los de mi Consejo de las Indzas... tomen y rescivan de voz, el dicho Dr. Cedilla el Juramento y con la solemnidad que en tal caso se requiera y deveis hazer y aviéndolo hecho os ayan, rescivan y tengan por tal mi cosmógrafo mayor de las Indias y chatedrático de la dicha cátedra de mathematicas y os guarden y agan guardar todas las onras, gracias, mercedes y franquicias y libertades que por razón de los dichos oficios deveis aver y gozar...
La toma de posesión se realizó en Madrid. el 1 O. de febrero -tres días después de la emisión de la Real Cédula con su nombramiento-ante el Pleno del Consejo de Indias: su Canciller don Francisco de Mondragón, cinco miembros y el secretario don Pedro de Ledesma.
Dio fe pública el escribano de Cámara de Justicia de la citada institución, don Antonio Ximénez.
Cedilla desempeñó con normalidad sus actividades tanto docentes como técnicas -así lo atestiguan las diferentes Cartas de Pago (21) que hemos hallado y que han sido citadas más arriba, hasta su muerte ( 22) acaecida en la Corte el 24 de julio de 1625-que, además, aparecen detalladas y fechadas en los diversos manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid ya mencionados y cuyo estudio, como entonces dijimos, estamos desarrollando actualmente.
En relación con el tema central de este artículo cabe destacar que a partir de su nombramiento realizó numerosas observaciones astronómicas cuyos resultados iba anotando y que tenían por objeto bien la comproba ción de los valores de algunas de las tablas del texto copernicano que estaba traduciendo o bien la obtención de ciertas magnitudes de indudable interés.
Esa labor ha llegado hasta nosotros en las páginas de los citados y casi desconocidos manuscritos.
Inmediatamente debajo añade: «En 8 de abril de dicho año lo obserbé yo en el grado monagésimo abscendente, mediando ella el cielo casi, y tenía de diámetro apparente aún no 35 minutos.»
Al lado de sus actividades docentes y científicas, y debido a su cargo, tenía Cedilla -al igual que los que le precedieron-que emitir informes sobre diversos asuntos.
Entre ellos, los que aconsejaban o no la publicación de textos de distinta índole y contenido, no exclusivamente técnicos.
Sirva como ejemplo, la «Aprobación del Dr. Cedilla Díaz, Catedrático de la Real Escuela de Matemáticas dada en Madrid el 10 de febrero de 1625» para la impresión de un libro de temática militar (23).
Durante los años que el clérigo madrileño desempeñó los citados oficios fue nombrado preceptor del infante-Cardenal don Fernando (24), hijo de Felipe ill, al igual que el primer titular de la cátedra, el portugués Juan Bautista Labaña lo era del príncipe Felipe, después cuarto de ese nombre.
Esto da idea del prestigio que gozaban los matemáticos que eran llamados a ocupar los oficios de Cosmógrafo Mayor y catedrático de matemáticas de la Corte desde que se instituyeron hasta que fueron absorbidos por los Estudios Generales de los Jesuitas.
Tras el fallecimiento de Juan Cedilla y hasta finales de 1628 leen, provisionalmente y sin ser titulares de los cargos, las lecciones de mate máticas de La comparación de la Y dea Astronomica con el De revolutionibus orbium caelestium demuestra sin la menor duda una coincidencia practi camente total, conclusión obtenida de un cuidadoso cotejo de los dos textos (27).
Esta tarea nos ha permitido extraer aquellas posibles diferencias existentes entre ellos.
No pretendemos aquí exponer un análisis pormeno rizado de las consec: uencias que• de ellas se derivan, pues excedería con mucho los límites del presente trabajo, cuya finalidad no es otra que la de comunicar la existencia de esta primera versión castellana de la obra del astrónomo polaco y avanzar algunos de los resultados hallados (28).
Se han tenido en cuenta para dicha comparación las posibles diferencias en la redacción, composición y distribución de los textos, la existencia de fragmentos no identificables, los datos numéricos de las tablas y la pre sencia de distintas figuras geométricas que ilustran los dos volúmenes.
Pese a tratarse de una traducción fidelísima del texto copernicano se aprecian bastantes diferencias.
Si bien la mayoría de ellas sori sólo de estilo, un número relativamente alto de las mismas obedecen a recortes que de la obra primigenia hace el autor español.
De Revolutionibus Orbium Caelestium (edición, citada), p.
recalcar que Cedilla transcribe• párrafos• enteros expresándolos con sus propias ideas (alejándose• de una traducción literal), e incluso incorpora algunos absolutamente originales.
Son de destacar en este aspecto dos puntos: el cosmógrafo español introduce variaciones significativas en las demostraciones matemáticas del Libro Primero, pero también presenta, por ejemplo, dos proposiciones que no se hallan en el De Revolutionibus (proposiciones 4.
En segundo lugar existen algunas diferencias en las nomenclaturas mate mática y astronómica entre los dos autores: mientras Cedilla habla de senos rectos, eclíptica; ascensión recta o equinocial, Copérnico habla de cuerdas ( o mitades de cuerdas), círculo del zodíaco, ascensión recta o ecuador.
Igualmente destacamos la distinta notación numérica empleada por ambos astrónomos.
Copérnico utiliza la notación arábiga y sobre todo la romana tanto para escribir cantidades angulares como no angulares.
En las primeras, las palabra� «scrup», «prim» y «secundorum» denotan, res pectivamente, los gradqs, minutos y segundos expresados en números romanos.
En las tablas, sin embargo, siempre escribe en cifras árabes.
En algunas ocasiones emplea un sistema de fracciones de grado en la expre sión de los ángulos (por ejemplo, 210 1/2 1/3), práctica extendida en el siglo xv1.
Cedilla Díaz, en cambio, siempre recurre al sistema indo-arábigo, y cuando representa cantidades angulares utilizas las abreviaturas g, m, s o 1, 2, 3 para denotar grados, minutos y segundos, aunque a veces sólo separa los tres órdenes mediante un punto (por ejempo, 23.51.20).
Estos distintos modos de escritura numérica reflejan dos momentos históricos separados por la segunda mitad del siglo xv1, período en el cual, como es sabido, se producen profundos cambios en los modos de expresión matemáticos.
Las figuras o dibujos geométricos se corresponden casi exactamente.
Incluso l�s, ktr<;1s empleadas en ellos han sido mantenidas en los mismos lugares que en la edición latina, salvo algunas excepciones.
Es de destacár que el manuscrito castellano contiene algunas representaciones que faltan en la obra del astrónomo polaco.
Otro detalle a reseñar es el que se observa én la página 119v del cuaderno Ms-9091: Cedilla representa el sistema solar de forma muy semejante a como lo hace Copérnico.
Sin embargo, aquél no sitúa los planetas incluidos en capas esféricas (idea de origen aristotélico) sino que 150Asclepio-1-1991 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es los coloca sobre órbitas circulares (noción que no cabe en el sistema copernicano ).
Por otro lado, resulta significativo que más allá del «cielo» que asigna a las estrellas fijas dibuje algunas estrellas más, sin «cerrar» el «lugar» del Universo mediante una nueva circunferencia.
No nos es posible, hoy en día, aventuramos en conclusiones más o menos atrevidas extraídas tan sólo de un dibujo.
Sin embargo, como veremos más adelante, en el estudio d�l prólogo escrito por Cedillo, nuestro cosmógrafo no parece ignorar las teorias que circulaban en la época por Europa, impulsadas por personajes como Kepler q Galileo.
No es necesario, no obstante, re montarse tan adelante: ya en 1576 Thomas Digges había negado la exis tencia de la última esfera del cielo, y en 1588 Tycho Brahe rechazaba la de los propios orbes sólidos.
En lo referente a los resultados obtenidos al comparar las diferentes tablas pertenecientes a las dos obras en cuestión, lo primero que se aprecia es que no son notorias las discrepancias observadas en los datos conteni dos en ellas, y las escasísimas existentes tienen su origen en erratas en la transcripción salvo, quizás, las que hemos apreciado en el capítulo XXIII del Libro Tercero, cuyo título en el manuscrito es «Examen de la anoma lía del Sol y • constitución de sus principios».
Los datos de los ángulos aportados por uno y por otro autores difieren siempre en algunos minutos, e incluso en mayores cantidades.
El motivo de esa discrepancia numérica radica en que Copérnico tomó por error un valor de 71 grados y 37 mi nutos para la posición media del apogeo solar cuando el valor correcto, y que es el recogido en el capítulo XXXII, es de 5 minutos menor.
Cedillo advirtió la incorrección e introdujo acertadamente los valores exactos.
Más significativa es la diferencia que hemos observado en el capítulo IX del Libro Primero: Cedillo otorga una distancia de la Tierra al «cónca bo del orbe! unan> de «más de 52 semidiámetros», mientras que Copérnico asigna tan sólo 49.
El valor dado por Cedillo coincide con el que propor ciona Thomas Digges en su A Perfect Description (1576), atribuyéndole al propio Copérnico, y se acerca más al que hoy se admite de 55.
Sin relación directa con el contenido estricto de los dos textos cotejados pero, por otro lado, interesante y en cierto punto incomprensible, está el hecho de que en los dos primeros Libros, Cedillo no cita a Copérnico ni una sola vez.
En cambio, a partir del Libro Tercero menciona su nombre en numerosas ocasiones al referirse a los datos que toma del De Revolu tionibus.
Las motivaciones de ese cambio de actitud, probablemente muy signi ficativas y quizás reveladoras de aspectos ocultos de la historia de la ciencia en la España de principios del siglo xvrr, se nos escapan, no atre-,.., -crt,y;....,,...,•� �'J h.{_r.,,,,, t.:ir 11,, y'o.7 �/f..__, AlC, J.{...-,J -"u� 4 f•-r,..,.7 �er--r---f' p..,,,,.. k»��-.,y e,..JdL,.... �..., t..,,,��..-...,'t� ""-4.l.,-lL.df,,""., 1 -jiÁ, JJ",.., 4 � -.,, fk1.. ti e,,t.,(..J..,.,l....').,ú,,.,.1.,.¡J.,. c..e,._..,..,•�k..
Reproducción de la página 119v del manuscrito Ms-9091 de la Biblioteca Nacional de Madrid.
Compárese con el diagrama posterior (ver texto). �'íl':;, r�1 �;,,:f1 (f:: r;,,:!,:� 1:!r De Revolutionibus Orbium Caelestium (edíción citada), p.
Cédillo Díaz, un copernicano convencido
Y a nos hemos referido a la existencia de un texto de tres páginas, cosido inmediatamente delante de la «copia borradon> y que no vuelve a aparecer en el manuscrito, cuyo contenido no se corresponde con ningún fragmento del libro que se traduce.
No se trata de un Prólogo o Introduc ción al trabajo que está realizando sino, más bien, un escrito dirigido, quizás, a sí mismo en donde deja constancia de sus reflexiones y de sus ideas personales sobre el universo, intentando justificar su postura frente a las posiciones generalizadas de su época y de su entorno, por lo que de su lectura pueden extraerse interesantes consecuencias en lo referente a su grado de información y asimilación de las controversias astronómicas del momento.
En primer lugar, siguiendo con una tradición ya habitual durante el Renacimiento, Cedillo marca claramente su distanciamiento respecto al aristotelismo en un aspecto tan fundamental como su teoría de las esferas elementales en el mundo sublunar.
Afirma que el Universo está entera mente ocupado por el aire y que «si alguno dijere que en esta posición no dejamos lugar para el elemento del fuego, pues ponemos todo el Universo ocupado de este aire, le diremos que no solo no le dejamos lugar en la machina mundana, mas que todo punto le excluimos de ella por parecernos mas cosa ficticia el pensar como de que esta en el concavo del_ orbe lunar, que cosa verdadera..
Y si dejere que para la composición de los mixtos es forzoso que le admita y no se le excluya de naturaleza, dire que bastan el calor de Sol y el de Marte y las otra estrellas de esta calidad para que no fa/ten en ellos los cuatro compositores y se dejen por ello de hacer y corromperse».
La posición del cosmógrafo español, de decidida defensa del heliocen trismo, la expone con toda claridad en la segunda página donde escribe: «Al principio, pues, de esta obra habemos de entender que desde el Sol, que por mi posición está en el centro del Universo... »
Sin embargo, el Cosmógrafo Mayor va aun más lejos, evidenciando estar al tanto de las teorías que, en los decenios inmediatamente anteriores a la fecha de la traducción, han sido desarrolladas por las figuras señeras de la astronornia europea: «Por este aire, como digo, se mueven los planetas a la redonda de los centros de los epiciclos y los centrof de estos a la
redonda de los centros de los excéntricos.
Y no entiendo por excentricos lo que nuestros mayores han entendido fingiendo ser cuerpos globosos, sino que quiero que tan solo sean circulas en cuyos centros estan las inteligencias que ellos ponen en los orbes, y en el mismo cuerpo de los planetas, las que ponen en los epiciclos.
Des ta suerte será más fácil entender que moviéndose la inteligencia que está en el centro del epiciclo de cual quier planeta a la redonda del centro del excentrico y de otro punto, y el cuerpo del planeta por su inteligencia misma a la redonda del centro del epiciclo se veran las retrogradaciones de los planetas del mismo modo que si se moviesen en cuerpos esfericos globosos y como si el epiciclo fuera corporeo>.
Recoge aquí Cedilla las nociones de Tycho Brahe y Giordano Bruno, sobre la inmaterialidad de las esferas celestes.
Coloca a los planetas girando sobre círculos por la acción de «inteligencias» que actúan a dis tancia, siguiendo las ideas de Kepler, Scaligero y Gilbert.
Ningún matiz de los señalados pueden encontrarse en la obra de Nicolás Copérnico.
Sobre la aceptación que tales doctrinas tení�n en su tiempo nos deja constancia de la situación existente el autor: «Bien sabia yo cuando deter minaba sacar a la luz los trabajos de mis estudios que me habían de reprender mucha parte de los hombres doctos por ser yo uno de los que parece traer mayores novedades al mundo>.
Parece dar a entender Cedilla, que el anuncio de publicar sus obras, de estricto carácter heliocéntrico, le supuso no pocos problemas y el afrontar criticas y desaprobaciones, las cuales, quizás y desgraciadamente, supusieron la prohibición más o menos expresa de continuar con su trabajo, lo que explicarla el que la traducción del texto copernicano que dase inconclusa.
Más adelante parece querer justificar a los que le criticaban: «y aunque tengo por cierto que es dificultoso desarraigar de los entendimientos hu manos lo que una vez con eficacia aprendieron y quererles dar a entender cosas nuevas... ».
Todo lo anterior concuerda con los problemas que Stevin consideró que iban a obstaculizar la difusión del heliocentrismo y que ya han sido comentados..
Por otro lado, Cedillo no se atribuyó la originalidad de sus escritos, pese a que; como comentamos anteriormente, no manifestó expresamente que estaba traduciendo el De Revolutionibus y lo aclara de esta forma:
«porque aunque es verdad que las cosas que digo las han tratado difusa mente nuestros mayores, todas juntas en un cuerpo que salgan a un fin como aquí las declararé sospecho que no las han tratado ninguno... ».
Entendemos • del párrafo anterior que Cedillo pretendió realizar una obra de recopilación de los saberes cosmológicos más recientes, proyecto que no cumplió, realizando en su defecto la traducción de la obra astro nómica más importante del siglo XVI (tanto por sus consecuencias episte mológicas como por su frecuente utilización como método de cálculo).
Dicha labor, que ya fue pretendida por Juan de Herrera (31) en 1584; estaba encaminada, como ya indicamos en otro momento, a facilitar los estudios de astronomía a los alumnos de la Cátedra de Matemáticas de la Corte.
Por unas causas o por otras, todavía no suficientemente aclaradas, la versión castellana del texto copernicano iniciada en f ech <:t tan temprana como 1620 por el titular del• cargo científico. más importante de España en aquel tiempo, quedó inconclusa, perdida e ignorada.
Tras el título, Ydea Astronómica de la Fábrica del mundo y movimientos de los cuerpos celestiales, no llegó• a despertar el menor interés de los historiadores que repetidamente lo citaron desde finales del siglo pasado y que, en cambio, en muchos casos, mantuvieron la existencia de un rechazo frontal, cuando no un total desconocimiento, por parte de los científicos españoles de los siglos xvI y comienzos del xvrr a las nuevas concepciones astronómicas europeas.
(1) KoYRÉ, A., (1972): «La revolución copernicana», es Historia General de las Ciencias, vol. 2, p.
(2) Esta visión de la situación en España puede encontrarse en: LóPEZ PIÑERO, J. M., (1979): Ciencia y Técnica en la Sociedad Española de los siglos xv1 y XVII, Barcelona, pp. 178-196, NAVARRO BRoToNs, V., (1974): «Contribución a la historia del copernicanismo en España», en Cuadernos Hispanoamericanos, 283, pp-3-24; VERNET GINÉS, J., (1974): «El quinto centenario del nacimiento de Copérnico y América», en Cuadernos Hispanoamericanos, 283, pp. 24-47.
Los autores desean expresar aquí su agradecimiento al profesor NAVARRO BRoToNs por las sugerencias realizadas sobre la primera redacción del presente artículo, las cuales han resultado de gran valor.
A los fundamentales trabajos de Víctor Navarro Brotons sobre el copernicanismo en la España de los siglos xvr y xvrr debe añadirse el importantísimo, «Copernicanismo y filosofía natural en la España del siglo xvr: El caso de Diego de Zúñiga» (en imprenta), cuyo manuscrito nos ha permitido amablemente consultar su autor.
(3) Recuérdese que Carlos V recibió un ejemplar de De Revolutionibus Orbium Caeles tium (1543) incluso antes de que lo poseyera el propio autor, mientras que Felipe II estudió esta obra en sus primeros años de juventud.
( http://asclepio.revistas.csic.es manuscritos de ambos cosmógrafos castellanos, que aún permanecen inéditos y desconocidos y que están siendo estudiados por los autores de este artículo.
(5) La noticia de esta traducción, ausente en los habituales textos de Historia de la Ciencia disponibles, aparece en el artículo de RosEN, Edward (1982) (14) AGI., IG-874, s.f.
(15) El Plan de Estudios de la Cátedra de matemáticas de la Corte presenta mayores coincidencias con el de la Cátedra de Astrología según los Estatutos de la Universidad de Salamanca de 1561 que con el más próximo en fechas, el que aparece en los de 1594.
La diferencia más notable es que en la Cátedra de la Corte no se explicita como materia a leer la obra copernicana, cosa que sí sucede en los estudios salmantinos, independiemente de que se http://asclepio.revistas.csic.es llegaran a estudiar o no. En relación con la Cátedra de Astrología de Salamanca ver: BusTos TovAR, E. de (1973): «La introducción de las teorias de Copérnico en la Universidad de Salamanca».
(16) Esta obligación la tuvo originalmente Pedro Ambrosio Ondériz al crearse la Cátedra de Matemáticas por Real Cédula de Felipe II dada en Lisboa el 25 de diciembre de 1582.
Sobre la historia y actividades de la Cátedra ver EsTEBAN PIÑEIRO, M., VrcENTE MAROTO, l.
Aspectos • de la Ciencia Aplicada en la España del Siglo de Oro.
(17) El hecho de que los sucesivos Aposentadores de palacio fueron arquitectos (Juan de Herrera, Francisco de Mora o Pedro de Alosa) y que estuvieran obligados a disponer el lugar y la hora y a certificar si el catedrático había «leído» diariamente la lección de matemáticas ha servido como argumento a quienes defendían la existencia de una Academia de Matemáticas y Arquitectura dotada con' varias catédras y dirigida por un arquitecto.
(18) Esta situación de suplencia y de escasísima remuneración duró poco más de tres meses, ya que el 24 de mayo de 1611 moría en Madrid Andrés García de Céspedes, según consta en la Partida de Defunción que se encuentra en la parroquia de San Martín de dicha ciudad, pasando Cedilla automáticamente, en virtud de lo dispuesto por la Cédula Real, a desempeñar ambos oficios con la remuneración completa de 800 ducados.
(19) Así se le conceden a Cedilla 29801 mrs. «por la carta grande de marear y otras cosas que ha hecho por orden del Consejo de Castilla».
(20) Consta así en diferentes Cartas de Pago otorgadas por Cedilla al recibir del Receptor del Consejo de Indias, Diego de Vergara Gaviria, los 100 o los 50 ducados, según fuera por todo el año anterior o sólo por el alquiler de un semestre.
El último de fecha 7 de mayo de 1625 por el alquiler de la casa aposento correspondiente a la primera mitad de 1625.
(21) Diversas Cartas de Pago firmadas por Juan Cedilla aparecen en el AHPM: Pro t.
En este documento se certifica que el fallecimiento de Cedilla se produjo en esa fecha.
El interés para determinarla con exactitud es que a partir de ella había que pagar a los jesuitas que le sustituyeron provisionalmente en la lectura diaria de las matemáticas en palacio según una orden contenida en la R.C. de 10 de octubre de 1628.
(23) La obra aludida se publicó en Madrid por Luis Sánchez, en 1625: PACHEco DE NARVÁEZ, L. Modo fácil y nuevo para examinar a los Maestros en la Destreza de las Armas y Entender sus cien conclusiones y formas de saber.
(24) Con ese título consta en documento notarial fechado el 7 de enero de 1623 en Madrid.
En esta R.C. se motiva la extinción del oficio de Cosmógrafo Mayor del Consejo de Indias por ser «inútil debido a los establecimientos hechos en la Marina» y a su titular, Juan Bautista Muñoz, se le mantiene el sueldo, liberándole de la obligación de leer las matemáticas y se le comunica que queda a disposición del ministro de la Marina.
(27) Se ha comparado el trabajo en castellano de Juan Cedillo con la obra de Nicolás Copérnico, (1543) De Revolutionibus Orbium Caelestium, Nuremberg, (ed. facsirnil, Bruse las, 1966).
Nos ha sido de inestimable ayuda la segunda traducción completa al castellano:, Carlos, TESTAL, Mercedes, (1982), Sobre la.s revoluciones de los orbes celestes, Madrid, que es además la primera realizada en nuestro país.
La primera traducción castellana fue realizada por TAGUEÑA LACORTE, Manuel, MoRENO CANADAS, Carlos, (1969), Revoluciones de las órbitas celestes, México.
(28} Este análisis se lleva a cabo actualmente y constituirá una parte importante de la tesis doctoral que está realizando Félix Gomez Crespo bajo la dirección de Mariano Esteban Piñeiro y Mauricio Jalón en la Universidad de Valladolid gracias a una beca de investigación del Plan Nacional de Formación del Personal Investigador del MEC.
(29) La gran formación matemática de Cedilla fue indispensable para comprender los desarrollos matemáticos de Copérnico (no precisamente obvios para la gran mayoría de los doctos de aquel momento), basados en los Elementos de Euclides cuyo conocimiento dominaba como lo prueba la traducción que hizo de esta obra.
(30) Uno de los deberes del Cosmógrafo Mayor era la del diseño y cuidado de instrumentos matemáticos y astronómicos.
Nuestro autor ya había realizado estudios sobre ellos, como puede verse en: ESTEBAN PIÑEIRO, M., VICENTE MAROTO, I., HERAS LATORRE, E. de las, (1988), «El trinormo.
Un instrumento de ingeniería ¿ideado? por Juan Cedilla Díaz», Estudios sobre Histo ria de la Ciencia y de la Técnica, Valladolid, pp. 241-254, VICENTE MAROTO, I., ESTEBAN PIÑEI Ro, M., (1988), «El combates en un manuscrito de Juan Cedilla Díaz», Estudios sobre Historia de la Ciencia y de la Técnica, Valladolid, pp. 229-240, y en EsTEBAN PIÑEIRO, M., VICENTE MAROTO, I., (1991), «Un nivel atribuido a Juan de Herrera y su fundamento geométrico», Llull, (1991), XV, (en prensa).
(31) Como puede verse en su carta a Cristóbal de Salazar en la que le solicita algunos libros para la Biblioteca del Escorial -y no para la Academia de matemáticas de Palacio como pretenden algunos historiadores, quizás por no haber consultado el documento-fechada el 1 de enero de 1584 y que se encuentra en el Archivo General de Simancas, G.A. 165, fol. 249. |
Ce role appartient de droit a la Faculté de París.» |
Durante la segunda mitad del siglo XIX al método anatomoclínico vigente aportó la patología una explicación científica de las enfermedades sólidamente cimentada en los saberes físicos, químicos y biológicos, pa sando a ser la investigación experimental de laboratorio una fuente pri mordial de la ciencia médica.
Por una parte, significó el análisis de la textura íntima de las lesiones anatómicas mediante la indagación micros cópica y su interpretación con los recursos de la biología celular; por otra, el estudio experimental de las enfermedades desde un punto de vista dinámico, considerando los trastornos producidos en las funciones orgánicas como procesos energéticos y materiales entendidos con las teorías de la física y de la química y analizados con sus técnicas.
Esta nueva forma de entender la ciencia médica -denominada «medicina de laboratorio»-tuvo su escenario principal en los países de lengua alemana, si bien no hay que desdeñar las aportaciones francesa y británica(!).
Junto al enriquecimiento del diagnóstico anatomoclínico a través de
la descripción de nuevos signos físicos, mediante la incorporación de di versas técnicas de exploración, destacando de forma especial el oftalmosco pio y la endoscopia, la medicina clínica adoptó el laboratorio fisicoquímico como herramienta básica al servicio de una más convincente orientación fisiopatológica.
Por un lado, surgió el ambicioso proyecto de penetrar analítica y mensurativamente en la fisiopatología del síntoma espontáneo, considerado como proceso energético reducible a la figura de un trazado gráfico visible; por otro, se apeló a las llamadas pruebas funcionales, determinantes de signos fisiológicos reveladores del estado funcional de un órgano o del organismo entero.
De entre las pruebas mensurativas y gráficas sobresalió la termometría, y de entre las pruebas funcionales la glycosuria ex nutrimentis en el diabético o la estimación de la albuminuria en el enfermo renal (2).
Además, el impacto de las obras de Pasteur y de Koch en la demostra ción de la acción patógena de determinados organismos microscópicos impulsó a los clínicos hacia la elaboración de una teoría general de la enfermedad infecciosa y a la búsqueda de signos etiológicos a partir de la noción de especificidad etiológica, origen de una patología. química y experimental.
La medicina española de la segunda mitad del siglo XIX se caracterizó por su lenta e incompleta reinserción social, recuperación fundamental mente debida a la liberación ideológica posterior a 1868, la tranquilidad política de la Restauración y el enorme prestigio de las ciencias de la Naturaleza(3).
En Valencia, se produjo un verdadero resurgimiento de su escuela médica durante los años de Sexenio revolucionario (1868-1874) y bajo el rectorado universitario de Eduardo Pérez Pujol, posibilitándose el acceso universitario de «demócratas de cátedra», defensores del krausismo y del positivismo ( 4 ).
Durante la primera mitad de la centuria la cátedra de clínica de Va lencia, aunando al espíritu ilustrado la asimilación del programa anato moclínico y la institucionalización de la enseñanza clínica, se había situado como una de las escuelas más adelantadas y de mayor prestigio del país, siendo bien conocidas las obras de _sus máximos rectores: Félix Miguel, José Chicoy y Joaquín Casañ (5).
En breve plazo, la cátedra de clínica obtuvo un nuevo Reglamento para el régimen y gobierno interior de las clínicas de la Facultad de Medi cina de Valencia (1868)(6) y recibió a Juan Baustista Peset y Vidal (1821-1885) como nuevo catedrático, tras los fallecimientos de Joaquín Casañ y Rigla ( 1805-1868) (7) -principal figura médica valenciana en las décadas centrales, defensor de un hipocratismo anátomoclínico-y José Iborra García (m.
1869) (8) -catedrático de clínica médica en Valladolid hasta 186 7 y autor de diversos estudios oftalmológicos-.
Peset perteneció a las llamadas «generaciones intermedias» de la cen turia, protagonistas de la recuperación de los hábitos de trabajo científico y de su posterior institucionalización.
Ideológicamente partió del brusismo hacia la plena asunción de los supuestos anatomoclínicos, abriéndose en sus últimos años hacia la medicina de laboratorio.
De entre su amplia producción científica destacan su Patología psicológica (9) (1859), ejemplo típico de la psiquiatría anterior a la introducción sistemática de los métodos morfológicos en el estudio de las enfermedades mentales, y Topografía médica de Valencia y su zona(lO) (1878), última contribución de los estu dios epidemiológicos anteriores a la bacteriología.
Entre la edición de ambas obras, concretamente entre 1869 y 1875, Peset se hizo cargo de la enseñanza de clínica médica de la Facultad de Medicina de Valencia, caracterizándose su magisterio por la defensa de un abierto hipocratismo, la sustitución del diario meteorologicomédico por la historia clínica como documento básico del relato patográfico, y la incorporación de la estadís tica médica como método clínico ( 11 ).
A través de sus trabajos «Controversia sobre la estadística médica, o resumen de las razones aducidas en pro y en contra, con el juicio que merece su aplicación a la medicina (1867)(12) y «Necesidad de que el médico deseche el abuso exagerado que en el siglo XIX se hace de las ciencias auxiliares, al aplicar sus laudables y útiles progresos a la medicina práctica, y evite la torcida interpretación de sus verdades, que la desvían del sólido y secular fundamento de la observación» (1869)(13) abogó por una medicina clínica auxiliada por las ciencias fisicoquímicas pero sólida mente cimentada en el «método de rigurosa observación».
Asimismo, ge neralizó el modelo de historia anatomoclínica como único instrumento de sus lecciones; la relación entre el cuadro sintomático descrito y la lesión anatómica subyacente, el relieve del status praesens en el curso de la descripción y la discriminación creciente de los síntomas subjetivos y los signos objetivos o físicos.
Bajo su dirección se editaron las Historias clínicas(l4) correspondientes a los cursos de 1872/ 1873 y 1873/ 1874, elaboradas por los alumnos -entre los que se hallaron L. Sirnarro Lacabra, A. Alcalá Rey, B. Talón Gómez, E. Salcedo Ginesta!, L. Pérez Caso y F. Barberá Martí-según la estructura tripartita de «parte expositiva>> (pre ámbulo, conmemorativo y estado actual), «parte razonada» ( diagnóstico, pronóstico, curso, duración, etiología y tratamiento) y «parte complemen taria» ( diario clínico, autopsia y reflexiones).
Si como semiólogo Peset se apoyó en • el examen físico mediante el pulso, la percusión, la auscultación, la termometria y el análisis de esputos, una mentalidad etipatológica parasitista premicrobiana le llevó a recurrir al estudio microscópico de agentes causales como la tenia.
Fue, sin em bargo, obra de sus sucesores la plena incorporación de los métodos y técnicas de laboratorio a la clínica médica: Magraner Marinas y Crous Casellas desde los supuestos fisiopatológicos, Moliner Nicolás desde los etiopatogénicos.
Magraner y Crous y la mentalidad fisiopatológica
Julio Magraner y Marinas (1841-1905) comenzó su carrera universitaria como alumno interno pensionado de las clínicas en 1867, ayudante más tarde de clases prácticas y sustituto de las cátedras de fisiología, patología general, patología médica, medicina legal y toxicología, anatomía y clínica quirúrgica, obteniendo en 1876 la cátedra de Preliminares clínicos y clínica médica.
Fue asimismo médico del Hospital Provincial y del Cuerpo de Beneficiencia municipal, así como presidente de la sección de ciencias naturales del Ateneo Científico Literario (1871), del Instituto Médico Va lenciano (1884-1890) -dirigiendo con especial atención las comisiones estadística y enfermedades reinantes-y de la Real Academia de Medicina y Cirugía (1897).
Por su actuación en la epidemia colérica de 1885 recibió la Encomienda de Isabel la Católica (15).
Su extensa obra se inició con una serie de trabajos publicados en el Boletín del Instituto Médico Valenciano desde una perspectiva claramente higienista: «Observaciones meteorológicas y enfermedades reinantes» (1867, 1869) (16), «Sobre las condiciones de la carne de los toros muertos en lidia» (1868) (17), «Existen en Valencia condiciones abonadas para el des arrollo y. propagación de la fiebre amarilla» (1871) (18): así como de interés terapéutico: «Proyecto de dictamen acerca de la propiedad febrífuga del Eucaliptus Globulus» (1869) (19), «Indicaciones de las emisiones sanguíneas en el estado actual de la Ciencia» (1872) (20).
Su tesis doctoral versó sobre Los sistemas exclusivos de la Medicina (21 ), rechazo de las doctrinas vitalista y organicista y primera defensa de Magraner del krausismo -reflexiones completadas en los años siguientes en los trabajos «Consideraciones filo sóficas sobre la Ciencia en General...» (1873) (22), «Armonía de la Ciencia y el arte con la religión» (1874)(23) y «Carácter filosófico-social que debe adoptar la Medicina contemporánea para llenar cumplidamente su objeto» (187 4) (24), primera exposición del por él denominado «dualismo armóni co»-.
A partir de 1873 su obra clínica se centró en determinadas cuestio-nes nosológicas y semiológicas: «Puede considerarse como tisis pulmonar la llamada actualmente caseosa» (1873) (25), «Valor del soplo en el diagnósti co de algunas enfermedades del corazón» (1873) (26), «Consideraciones sobre el diagnóstico de las enfermedades del hígado» (1877) (27) y «Nefritis parenquimatosa crónica» (1877) (28), no descuidando cuestiones quirúrgicas -técnicas de amputación-, dermatológicas u otorrinolaringológicas -lle gando a ser un serio estudioso de la patología de la laringe: «Laringoscopia en general» (1878) (29), «La laringitis llamada estridulosa y el espasmo de glotis deben ser consideradas como enfermedades distintas» (1878)(30)-.
La mayoría de los trabajos de esta segunda etapa aparecieron en La Crónica Médica.
El pensamiento cientificomédico de Magraner -definido por él mismo como «positivismo crítico»-arranca de dos pilares fundamentales: el krausismo y el eclecticismo experimental.
Como positivista amante de la investigación, Magraner dirige su principal ataque a la doctrina ecléctica tradicional así como a los sistemas que la sustentan, el vitalismo y el materialismo principalmente; y frente a un positivismo «puro» o «radical» -basado en una fe ilimitada en las ciencias fisicoquímicas, es decir, erigido en sistema exclusivo-Magraner se adhiere al krausismo, que denomina «dualismo armónico» o «positivismo crítico» y que no es otra cosa que un eclecticismo experimental claramente inspirado en el empirismo racional.
En ella Magraner manifestó una intención afin a sus antecesores y maestros Casañ y Peset: preocupa ciones ideológicas, nosológicas, semiológicas, terapéuticas e higienistas, sesgado todo ello por su asimilación de los supuestos fisiopatológicos.
Del método práctico enseñado por Magraner dio testimonio su profesor clínico J. Aguilar Calpe en un artículo titulado «La enseñanza de clínica médica en la facultad de medicina de Valencia» (1878) (39), respuesta a unas pesimistas «Notas acerca de la enseñanza clínica» ( 1877) ( 40) de C.
M. Corteza publicadas en El Siglo Médico: «En primer lugar, educar los sentidos del alumno para recoger observaciones haciéndole notar todos los accidentes, todos los pormenores que pueda presentar un enfermo que hayan de servir para formar acertado juicio acerca de su dolencia y de los medios apropiados para combatirla.
En segundo lugar, presentarle un cuadro tan acabado como sea posible del caso patológico que discute, referente a cuanto éste tenga de particular o individual.
Y tercero, final mente, ofrecerle la síntesis de cuantos casos patológicos del mismo género o de la misma especie hayan podido estudiarse, generalizando todas las cuestiones, y formulando principios que sirvan para afirmar su criterio, y para que más tarde adquiera lo que se ha convenido en llamar tino práctico y experiencia en Medicina» ( 41 ).
Este enfoque antisistemático vendría enriquecido por el empleo de «todos los modernos medios físicos de diagnóstico» ( estetóscopo, esfigmógrafo, plexímetro, laringóscopo, aná lisis químico, termóscopo... ) y del modo de relato patográfico ya utilizado por Peset.
Las lecciones clínicas, bien basadas en la descripción detallada de cada caso observado en las enfermerías, bien en la síntesis de los hechos observados, tenían por principio básico hacer de la clínica no una patología ilustrada con enfermos sino el estudio del enfermo para ensan char el campo de la patología.
Asimismo estas memorias suponen un nuevo ejercicio de la clínica que será consolidado y perfeccionado por Crous.
Básicamente, fueron estructuradas en tres partes: una introducción sobre la situación de la cátedra -donde quedan manifiestos sus problemas económicos y su difícil relación con la directiva del Hospital General, «circunstancias especiales invencibles para nosotros»-, una relación epidemiológico-patográfica por aparatos de los enfermos. estudiados y una estadística de los mismos -a su vez dividida en tres cuadros: movi miento de la población, distribución por aparatos y distribución por causas de muerte-.
Si bien fueron obstáculos la falta de lo.que Magraner llama «una serial de enseñanza» -observar un número mayor de enfermos-y la simultaneidad de las clínicas con las patologías, el método de enseñanza permaneció firme e invariable.
Magraner asimiló la semiología contemporánea, basada en una con junción de los supuestos anatomoclínicos y fisiopatológicos.
Consciente del carácter de «época transitoria» y temeroso ante el posible peligro de un «exclusivismo» o «absolutismo» fisiologista se mantuvo en un prudente eclecticismo _,_influido de modo especial por J accoud-que comprendía http://asclepio.revistas.csic.es las novedades de Claude Bernard, Niemeyer, Virchow y Koch.
De un lado, utilizó el laringoscopio, el oftalmoscopio, la electroscopia, el microsco pio y la termometría como técnicas habituales de diagnóstico; de otro, practicó con asiduidad la vivisección -por ejemplo para estudiar la función glucogénica o para analizar la triquina-y otras técnicas de laboratorio -dirigidas sobre todo al análisis bacteriológico-.
Como buen ecléctico recurrió a múltiples autores para ordenar sus ideas fisio-y etiopatológicas.
Partiendo de una estructura nosológica mixta de las enfermedades, es decir, por aparatos y generales, se observa la aplicación de los supuestos anatomoclínicos localizatorios y anatómicos -como ante la patología neurológica que la clasifica en enfermedades del sistema nervioso (médula y bulbo), del cerebro y neurosis; los supuestos fisiopatológicos -el reu matismo y la • diabetes sacarina como enfermedades constitucionales; y los supuestos etiopatológicos -paludismo, erisipela e intoxü::aciones como enfermedades infectivas agudas-.
Las innovaciones fisiopatológicas de Magraner son manifiestas al re ferirse a las enfermedades digestivas y urinarias.
Así, al describir el catarro gástrico lo hizo «según las opiniones de los modernos y especialmente de Niemeyer», estableciendo el diagnóstico diferencial entre el catarro gas trointestinal agudo y el ileo-tifus mediante el concepto wunderlichiano de «ciclo térmico».
Igualmente, basó el diagnóstico de las nefritis -incluida la enfermedad de Bright-por el hallazgo de albuminuria -o «leucomu ria»-y el de la diabetes sacarina en las más modernas teorías sobre la glicemia y las glicosuria -básicamente la de Bernard (hipersecreción del glicógeno por excitación nerviosa)-.
Finalmente, las ideas etipatológicas de Magraner, expresadas con ma: durez en su Estudio general de las enfermedades por impregnación o infecciosas, según la doctrina parasitaria ( 1887), fueron un rechazo de la teoría de la fermentación y una defensa de la parasitaria adoptando totalmente los postulados de Koch desde la idea básica del contagio:_coino• causa de las enfermedades infecciosas.
En la época había sido abandonáda la teoría miasmática por la del contagio animado basando su concepto de «impregnación» en la analogía entre las «infecciones»• y. los «envenena mientos» y a la que Magraner llegó a recurrir inicialmente, como expresa en la memoria de cátedra de 1877 su confusa distinción entre «venenos telúricos» y «miasmas humanos».
José Crous y Casellas ( 1846-1887) nació en Barcelona, estudiando allí medicina y formándose como clínico junto a Antonio Coca y José Armen ter, en 1869 como alumno interno pensionado de las clínicas y en 1872 como profesor clínico (42).
De esta primera etapa surgió su colaboración Asclepio- en la obra póstuma de Coca Prolegómenos de Clínica Médica (1873) (43), junto a Bruguera Martí.
En 1875 vino a Valencia haciéndose cargo de la cátedra de Patología Médica, publicando al año siguiente una extensa monografía sobre la disciplina, Programa-Sumario de Patología Médica (1867) (44).
Durante el periodo de 1879-1883 se hizo cargo de los cursos de clínica médica, elaborando las ya iniciadas por Magraner memorias de la cátedra de clínica.
Otras obras suyas fueron Tratado elemental de Anatomía y Fisiología normal y patológica del sistema nervioso (1878) (46), Lecciones clínicas sobre la tisis pulmonar (1881)(47) y Elementos de Frenopatología ( 1882) ( 48).
Profundamente católico dedicó diversos es tudios a la relación entre la ciencia y la religión, como «El sentido de la fe católica en la ciencia de la vida», «La causa y efectos del dolor moral», «Consideraciones sobre la libertad moral y motivos por los que puede faltar», «La locura y la embriaguez ante la ciencia médica» o «El código penal, la ciencia y los milagros».
Asimismo, fue uno de los más destacados opositores a la vacunación F errán, siendo precisamente su último gran trabajo La impugnación del procedimiento anticolérico del Dr. Ferrán (1885).
Crous, verdadero puente entre las escuelas clínicas de Barcelona y de Valencia, evolucionó en el seno del pensamiento médico vitalista.
Un vitalismo que él mismo denominó «hipocrático» al principio, definido por oposición al organicismo, y finalmente «animista» al acusar una profunda influencia católica, expresado como alternativa al positivismo y al mate rialismo médico.
Sin embargo, su orientación clínica práctica mantuvo las raíces inherentes a la Escuela: el hipocratismo.
Como manifestó en uno de sus últimos artículos: «En el punto de partida leí hipocratismo, más adelante leí hipocratismo y acabé leyendo hipocratismo» ( 49).
Los Prolegómenos de Clínica Médica (1873) comprenden dos partes bien diferenciadas: la elaborada por Coca y la añadida por Crous, princi palmente, y Bruguera.
La primera -una síntesis de los fundamentos de la clínica médica ( doctrinas y métodos)-resulta algo trasnochada al centrarse en un eclecticismo superador de los supuestos de las escuelas de Montpellier y de París -es decir, vitalismo y materialismo-, siendo sus principales influencias la Patología general de Chomel y la Filosofía http://asclepio.revistas.csic.es médica de Bouillaud.
La segunda, en cambio, aborda casi monográfica mente los medios fisicoquímicos aplicados al diagnóstico de las enfermeda des, dentro de los supuestos de un nuevo y distinto eclecticismo que ha venido en denominarse experimental.
Crous describe con precisión y actualidad la historia y las reglas gene rales y especiales de los métodos exploratorios.
Más allá de los métodos sensuales y físicos de Peset (percusión, auscultación, estadística, autopsia y termometría) y Magraner (esfigmografía, pleximetría, laringoscopia y análisis químico de humores), ofreció una sistematización semiológica que denominó «medios físico-químicos para la observación ampliada»: A) Físicos: 1 ), que amplían la audición del médico (percusión, auscultación ampliada por teléfono, micrófono y fonógrafo); 2),•que amplían la visión del médico con o sin el políscopo de Truwé ( cardiografía, poligrafía, he moglobulometría y esfogmografía para el aparato circulatorio; laringos copia, espirometría, mensuración torácica, cirtometría y rinoscopia para el aparato respiratorio; oftalmoscopia, optometría, cerebrocospia, otoscopia y estesiometría para el sistema nervioso; electroscopia, dinamometría, metaloscopia y dinamoscopia para el sistema muscular; endoscopia, es pectroscopia, polarimetría, uteroscopia, elitroscopia, sondeo y gastroscopia para los aparatos digestivos y genitourinario; y microscopia para la es tructura de tejidos y humores); 3), que amplían el sentido del tacto (aparato de calorificación, termometría), y B) Químicos: reactivos de la bilis, el azúcar, la urea, la glucosa, la albúmina y el pigmento biliar en varios humores, especialmente en la orina.
Las obras de mayor influencia son la Patología general de Bouchut y las Lecciones de clínica de Jaccoud, siendo también relevante la obra histopatológica de Virchow.
Su obra Programa-Sumario de Patología médica (1876) expresa aún mejor su actualización de conocimientos y su deseo de asumir ecléctica mente los supuestos anatomoclínicos, fisiopatológicos y etiopatológicos.
Crous partió de una personal ordenación nosológica de los procesos mor bosos que, divididos en simples y complejos, estarían basados en una definición netamente fisiopatológica: los simples como alteraciones de las funciones circulatorias, nutritivas, secretorias o de inervación; los complejos formando las fiebres, las infecciones, las toxicoemias, las ponzoñas, los virus, las diátesis, las discrasias y las enfermedades de los sistemas nervioso, circulatorio, respiratorio, digestivo y génitourinario.
Expresión de una mentalidad anatomoclínica es su descripción de la tuberculosis pulmonar según Laennec, -rechazando el concepto de «tisis»-, de una mentalidad fisiopatológica su descripción de la diabetes sacarina según Claude Bemard -ampliando el concepto de «discrasia» y de mentalidad etiopatológica Asclepio-1-1991 la inclusión de fas infecciones tras las «fiebres» -rechazando el concepto de «miasma• morbífico» de Littré y Robin y aproximándose a la •doctrina infecciosa de Pasteur si bien como mera hipótesis-.
Crous, que como Peset o Magraner tuvo también una nutrida consulta particular,-se hizo cargo de la Clínica Médica durante tres cursos, de 1880 a 1883, y según el recuerdo necrológico de Faustino Barberá «fue donde sobresalió con el interés que sus discípulos pueden testificar».
Desgracia damente, el •espíritu de 1a cátedra, eminentemente práctico, sólo ha dejado de esta etapa de Crous las memorias de la cátedra y el programa de las lecciones clínicas y las historias clínicas del' curso 1882-1883.
De las tres memorias sobre la cátedra de clínica, la tercera de ellas fue publicada en Las Ciencias Médicas de 1884 bajo el título «Memoria del movimiento y observaciones recogidas en la Clínica de Valencia» (52).
Una vez más, el autor procura sintetizar su pensamiento ecléctico abierto a los adelantos de las ciencias auxiliares, siendo su punto central la expo sición detallada de los medios fisicoquímicos de diagnóstico.
Las enfer medades observadas son divididas en generales y locales; las primeras, en infecciones,. discrasias -deteniéndose en las últimas hipótesis fisiopatoló gicas de la enfermedad de Bright-y diátesis; las segundas, según siste ma (53).
Comprende dos partes bien diferenciadas: una dedicada a la observación clínica y que contiene casi literalmente el texto de los Prolegómenos, y el estudio práctico de las enfermedades observadas y cuyo texto comprende la estricta confección de las historias clínicas.
En el programa queda reflejado con nitidez el deseo actualizador de Crous: «Erisipela.
En los casos más ordinarios y comunes impugnar en vista de lo que dicte la experiencia, la sistemática intervención activa que pretende el Dr. de Letamendi», «Infección palúdica.
Reflexiones que esto sugiere en contra de la admisión de un microbio como causa constante de las manifestaciones paroxísticas», «Nefritis al buminosas o enfermedades de Bright.
Explicación de las relaciones que han mediado • entre la causa y la lesión anatómica renal diagnosticada.
Diferentes-.teorías patogenésicas de la albuminuria, sin olvidarse de los recientes• trabajos. de Charcot».
«Ultimas trabajos• de Ferrier sobre las localizaciones cerebrales:.centros psíquico-motrices como preámbulo al • estudio de las parálisis de 0rigen •cerebral.
Refutación que-puede hacerse a esta dase de cono_ c: imientos», • «Razonar convenientemente el porqué de -la pericarditis sub-:-aguda. que.la autopsia del cadáver de• Manuel Bayona nos puso de•manifiésto, y que. en vida no l legamos a diagnosticar.
Curso que siguen estas afecciones según la exageración y progresiva marcha del grado de contractilidad del centro circulatorio que las determina, o bien según el desenvolvimiento de una situación fisio-patológica, diame tralmente opuesta (hipertrofia compensadora y esteatosis cardiaca)», «Con sideraciones histológicas, de anatomía macroscópica y de fisiología del aparato respiratorio como bases del desarrollo de la tuberculosis pulmonar.
¿Es contagiosa la tuberculosis pulmonar?, etc. Caso afirmativo, ¿cuál es la mejor hipótesis sobre el contagio?», etc. Dos capítulos aparecen estudiados con más detalle: la técnica del lavado gástrico, siendo con Miguel Más su introductor en Valencia, y el estudio etiopatológico de la triquinosis, pa rasitosis muy bien conocida en Valencia tras los estudios de Pablo Colvée de 1877.
Un último trabajo clínico de Crous llevó por título «Pulmonía crónica con cardiectasia é insuficiencia de la bicúspide consecutivas» (1884) (54).
Se trata de una historia clínica cuya novedad consiste en la reveladora aportación diagnóstica del plexígrafo de Peter para demostrar y limitar gráficamente los contornos del corazón, y del estetoscopio biauricular con caja de refuerzo de C. Paul; es decir, del minucioso examen de la topografía torácica.
Decididamente los magisterios de Magraner y Crous estimularon la aplicación práctica de la medicina de laboratorio a la clínica.
Quizás el ejemplo más sobresaliente entre las jóvenes generaciones fue la tesis doctoral de José Pérez Fuster, Ventajas que han proporcionado a la Clínica las investigaciones microscópicas (1883).
Pérez Fuster fue el principal gestor de la institucionalización de la bacteriología en la corporación municipal valenciana, creando primero el Laboratorio Bacteriológico Mu nicipal (1894) y, años después, el Instituto Municipal de Higiene (1911), siendo además el primero en aplicar en España la seroterapia antidiftérica según el procedimiento de Roux(55). http://asclepio.revistas.csic.es y delegado del Ayuntamiento y la Facultad de Medicina de Valencia en la asamblea celebrada en Berlín para el estudio del procedimiento de Koch para combatir la tisis(56).
De su obra científica destacan los estudios Lecciones clínicas sobre la pulmonía fibrinosa (1889) (57), Del cólera en el estado actual de la ciencia y de su tratamiento por el lavado de sangre (1890) (58) y Notas clínicas sobre el lavado de la sangre en el tratamiento del cólera (1891) (59), así como diversos folletos sobre la «cuestión Ferran» y una Patología general y anatomía patológica( 60) en colaboración con Amalio Gimeno.
Moliner y la mentalidad etiopatológica
Moliner fue una personalidad inquieta y rebelde, compaginando su proyecto del Sanatorio de Porta-Coeli para enfermos tuberculosos con una revuelta estudiantil reclamando una mejora radical de la enseñanza médica que llevó a su destitución como rector primero y como catedrático después, siendo finalmente rehabilitado ( 61 ).
Fue también un excelente clínico cuya brillante carrera se vió afectada por sus enfrentamientos con lo que él mismo denominó «caciquismo universitario».
Le tocó vivir una universidad víctima ya de una frágil recuperación y que pronto, desaparecidas las grandes figuras, quedó do minada por un pragmatismo de cortos vuelos reflejo de su inminente decadencia.
Moliner -como Magraner, Crous o Gimeno-supo asimilar con rigor las novedades doctrinales y técnicas que la era de la «medicina de laboratorio» significaba para la patología y la práctica clínica.
Su gran obra clínica, dedicada a la pulmonía fibrinosa, no aportó nada original pero supuso la reorientación nosológica de dicha entidad al amparo de los conceptos microbiológicos, resultando muy completa la revisión his tórica del descubrimiento del neumococo así como sobre los posibles métodos profilácticos.
etapas históricas en el estudio de la pulmonía: «empírico-clínica» -de Paracelso a Cullen o de confusión, apoyada en el empirismo y la observación clínica-; «anatómica» -de Bichat a Jaccoud, basada en el concepto de lesión derivado del organicismo-; y «microbiológica» -de Grisolle a Friedlander, que reconstituye el concepto de pulmonía fibrinosa sobre las bases de su unidad, especificidad y naturaleza microbiana de la causa determinante-.
Buscó, pues, la integración de los supuestos anato moclínicos, fisiopatológicos y etiopatogénicos dentro de un concepto de la pulmonía como especie morbosa general y no localizada.
Así, su anato mía patológica ya no queda reducida al estudio de la pulmonía como inflamación del. parénquima pulmonar, como en la época de Laennec, sino al análisis del exudado fibrinoso, el asiento histológico de las lesiones y la existencia del pneumococo.
Los síntomas, divididos en locales (signos físicos y síntomas funcionales) y generales, son descritos a la luz de los métodos exploratorios existentes, desde los tradicionales percusión y aus cultación a la termometría, el análisis de orina y, sobre todo, el análisis de esputos.
La obra cumplió un doble objetivo: actualizar los conocimientos sobre la pulmonía fibrinosa -sobre todo, a la luz de la doctrina etiológica-y superar la nosología estrictamente anatomoclínica -sobre todo, a la luz de la nueva fisiopatología-.
Por ello, si bien compuso una obra de gran riqueza bibliográfica -no faltando los estudios de Friedlander, Talamon, Afanassiew y Frankel sobre el pneumococo-, la principal influencia clínica sigue siendo la obra de Jaccoud.
Moliner quiso exponer de la pulmonía «el sistema completo de la reforma», que no fue otra que la tesis que la afirmaba comó una infección microbiana general con determinismo es pecífico en el pulmón.
Su otra gran inquietud científica fue el• cólera y su terapéutica.
Moliner se enfrentó en 1885 con Ferrán y su método de inoculación preventiva, llegando a publicar un folleto titulado Historia de la cuestión Ferrán.
En marzo de 1888 leía en la Real Academia de Medicina de Valencia un discurso titulado «Lavado de la sangre» -inspirado en el Traitement du Choléra (1885) de Hayem y anterior en unos meses al «Le lavage du sang» de Dastre y Laye publicado en Archives de Physiologie-.
Un lustro más tarde editaba una obra en dos partes sobre el tratamiento del cólera.
La primera, Del cólera en el estado actual de la ciencia y de su tratamiento por el lavado de la sangre (1890), era una introducción a las distintas doctrinas patogénicas y terapéuticas del cólera, defendiendo Moliner la teoría patogénica de la intoxicación (Bouchard) -no invalidando la doc trina etiológica de Koch-.
La segunda, Notas clínicas so�re el lavado de http://asclepio.revistas.csic.es la sangre en el tratamiento del cólera (1891), comprende la parte práctica y demostrativa de la técnica del lavado de sangre, apoyada en quince historias clínicas y enriquecida con los estudios de Vicente Peset Cervera («Análisis químico de diversos productos coléricos») y Antonio Vicent («Análisis micrográficos y microquímicos»). •La obra es, principalmente, un curioso ejemplo del anhelo despertado por la irrupción de la «medicina de laboratorio»: clínica y química de consuno.
Moliner ya había hecho mención en su tratado sobre la pulmonía fibrinosa a la técnica terapéutica del lavado de sangre así como a su personal teoría patogénica. de la «ptomainas microbianas».
Tras el anatomismo y fisiologismo del principio de siglo, vinieron como consecuencias necesarias la irritación y la sangria; y tras la Microbiología y Q uímica biológica de nuestros días, viene, como consecuencias necesa rias también, las ptomainas como clave nosológica de muchísimos procesos morbosos y el lavado como remedio heroico, depurativo ó eliminador.
Fisiologismo, irritación y sangría; esos fueron los tres términos de la Medicina de nuestros padres.
Microbiología, ptomainas y lavado de sangre; estos serán los tres términos de la Medicina actual ( 63 ).
La teoría patogénica de la intoxicación de la sangre por las ptomainas microbianas le permitió establecer una nueva doctrina nosológica que incluyera enfermedades tradicionalmente locales como enfermedades ge nerales.
Ello supuso la síntesis de las principales doctrinas contemporáneas: microbiología (el microbio como causa determinante), anatomía patológica (las lesiones primordiales serían locales y las generales consecutivas de intoxicación), química biológica ( el microbio como productor de un veneno) y patología experimental (reproducción de la intoxicación en animales sanos).
Moliner, abanderado de la «medicina de laboratorio», no solo fue un entusiasta de la microbiología médica sino que además buscó llevarla por los derroteros de la química orgánica.
Al análisis de las funciones químicas de los agentes microbianos, ligando íntimamente su nutrición y virulencia a la producción de «ptomainas tóxicas específicas», seguiría su compro bación mediante la anatomía patológica (hallazgo de «dishemia») y la patología experimental (producción de la enfermedad en el animal sano mediante las orinas de persona enferma).
De ahí la importancia de la utilidad clínica del lavado de sangre como técnica depuradora de la into xicación, apoyada en los estudios químicos y bacteriológicos de Peset (antes del lavado) y de Vicent (despufadel lavado).
El método esperirnental y los procedimientos analíticos han contribuido a emancipar la Patología del cúmulo de teorías que eran el mayor obs táculo para llegar a conclusiones verdaderamente prácticas...
El patólogo esperirnentador creando artificialmente estados y síntomas morbosos que f acilitan analizar las circunstancias con que se producen, asiste a la for mación, evolución y terminación de fenómenos que ha provocado y se desarrollan a su vista, y cuyo mecanismo es la verdadera patogenia y fisiología patológica de aquel estado.
Siguiendo este método la patología se transforma por completo; la nosografía se simpli f ica al paso que com prende mejor los hechos; las unidades morbosas se refieren a sus ele mentos constitutivos; lo hipotético desaparece para ceder su campo a lo real y positivo: la clínica se identi f ica con la patología esperimental, y es posible constituir sobre la base segura de los hechos observados las leyes patológicas, verdaderas derivaciones de las leyes f isiológicas (89).
La Crónica Médica también tuvo su sección de «Medicina Práctica» y editó múltiples trabajos clínicos.
Menor fue la vida y aportación de la revista Las Ciencias Médicas, vehículo de difusión de algunos de los tra bajos de su creador y director José Crous y Castellas (93).
No obstante, si el efectivo esfuerzo de recuperación científica durante las décadas centrales del siglo XIX había posibilitado un extraordinario proceso de institucionalización de la medicina de laboratorio hacia las décadas finales -surgiendo las cruciales obras de José Monserrat Ruitort, Amalio Gimeno, Constantino Gómez Reig, Pablo Colvé Roura, Vicente Peset Cervera, Santiago Ramón y Cajal y Jaime Ferrán-, pronto se hizo manifiesto su carácter coyuntural y provinciano; desaparecidos sus má ximos protagonistas la producción científica decreció bruscamente y buena parte del profesorado abandonó nuestra Facultad para ocupar cátedras en Madrid y Barcelona (94). |
En estos documentos no se mencionan expresamente las plantas en viadas, que sin embargo sí se citan en los otros dos tipos de procedimiento, cuyos datos se encuentran. en el Archivo General de Indias de Sevilla (A.G.I.) y en el Archivo del Museo de Ciencias Naturales de Madrid (M.C.).
Por sí solos no consiguen reflejar la importancia del tráfico de plantas americanas a finales del siglo xvrn y principios del xrx, al no haberse encontrado la correspondencia entre la metrópoli y las colonias, ni detalles sobre las plantas que se enviaban, y por lo tanto los pormenores de dicho tráfico.
A pesar de ello no se puede prescindir de esta documentación, porque pone de manifiesto el papel tan importante que desempeñaron el Jardín Botánico y sus miembros en la remisión de las plantas americanas y en los intentos de su aclimatación en España, como se desprende sobre todo de la correspondencia que mantenían los miembros del Jardín, particu larmente Casimiro Gómez Ortega (Cuadro 1) con los correspondientes del mismo mandados a las colonias con la idea de recolectar plantas, estudiarlas e informar posteriormente sobre sus usos y virtudes a los profesores del Jardín, para que éstos y el gobierno decidieran cuáles debían remitir a España por su interés medicinal, ornamental-o econó mico.
Envíos dirigidos al Jardín Botánico de Madrid 2.1.
Correspondencia de Gómez Ortega con los Correspondientes del Jardín Botánico en América Los datos obtenidos a partir de esta correspondencia se resumen en el cuadro 1, del que se deduce que el período comprendido entre 1774 y 1798 fue prolijo en envíos de plantas americanas.
Este período coincide con la época en que Casimiro Gómez Ortega se encontraba al frente de la Cátedra de Botánica en el Jardín Botánico y encargado de la correspon dencia procedente del extranjero.
Casimiro Gómez Ortega consiguió el derecho perpetuo a la cátedra de Botánica por oposición en 1772, lo que puede explicar que entre esta fecha y 1774, en que debió ocuparse de su instalación en dicha cátedra y posterior 1 organización del Jardín, no se encuentren datos sobre el envío de plantas americanas.
Por otra parte se observa la ausencia de datos entre 1774 y 1784, que puede deberse en parte a la instalación del nuevo Jardín en el Prado, cuya compra de terrenos ya había sido ordenada por el rey el 25 de julio de 177 4, y por cuyo motivo se envió a Gómez Ortega a inspeccionar las instalaciones de.
Francia, Inglaterra, Holanda e Italia.
Aun así es difícil de explicar la ausencia de datos hasta 1784 ya que el Jardín Botánico empezó a funcionar en el Prado en 1781.
La ausencia de datos entre 1785 y 1790 puede deberse a que no se haya localizado la documentación correspondiente a esos años, sea porque se encuentre traspapelada, porque no se haya catalogado, o porque esté mezclada con la correspondencia de las expediciones, ya que en estas fechas se estaban celebrando cuatro importantes expediciones botáni cas (la de Perú y Chile, 1777-1787; la de Nueva Granada, 1783-1810; la de Nueva España, 1787-1803; y la de Malaspina alrededor del Mun do, 1789-1795).
El lugar de procedencia fue preferentemente La Habana desde 1793 hasta 1798, y en años anteriores México y Puerto Rico.
Según estos datos se puede decir que el intervalo de tiempo compren dido entre los años 1790 a 1798, ambos inclusive, fue el más significado en relación a los envíos por parte de los corresponsales del Jardín Botánico en América.
Por los datos resumidos en este cuadro puede comprobarse que, ade más de Madrid, los puntos de destino de las plantas eran Valencia y Córdoba, porque una vez descargadas en el puerto de Cádiz, muchas eran enviadas directamente a ambas ciudades sin pasar previamente por el Jardín Botánico de Madrid.
No se mencionan otros lugares españoles adonde también se remitían directamente, como por ejemplo Málaga o el Puerto de Santa María,• al no encontrarse en la correspondencia consultada ninguna referencia al envío de materiales a estas ciudades.
A continuación se incluyen resumidamente, a modo de cuadros -n.
0 s 2 a 21-, los datos obtenidos a partir del libro de Juntas y Acuerdos del citado Jardín, que se refieren al período de tiempo comprendido • entre 1783 y 1800.
Se trata de la información de la correspondencia establecida entre los miembros del Jardín y sus correspondientes en América y en las ciudades de la Metrópoli en que se encontraban en funcionamiento o iba a crearse
Asclepio-I-1991 los jardines de aclimatación tratados en este estudio (Sevilla, Málaga, Cádiz, Puerto de Santa María, Córdoba y Aranjuez) así como con los miembros de las expediciones botánicas.
Esta correspondencia acompañaba a veces a los envíos de plantas, y pone de nuevo de manifiesto los continuos intentos de aclimatación de plantas americanas..
Estos datos se resumen en el cuadro 2.
Libro de semillas recibidas y entregadas por el Jardín Botánico
de Madrid (1802Madrid ( -1853) ) Entre 1802 y 1853, elJardín Botánico de Madrid mantuvo un libro de registro de todas las semillas recibidas con destino a las siembras anuales realizadas en dicho jardín.
De los datos contenidos en dicho libro, se han utilizado en este artículo los correspondientes a los envíos de semillas procedentes de América del S_ ur:y Central en que España todavía mantenía colonias, así como de los jardines españoles considerados en este estudio donde se mantenían plan tas americanas para • su aclimatación, todos ellos referidos al período comprendido enter los años 1803 y 1819, que es el final del período incluido en eLpresente estudio.
Dichos datos -se. expresan resumidamente en el cuadro 22.
De este cuadro se deduce que en 1803 se recibieron en Madrid un total de 12 envíos de América, de los que 7 procedían de La• Habana, 2 de Méjico, 2 de.
Guayaquil y 1 de Perú.
Se recibieron además plantas americanas del Puerto de Santa María (Cádiz) y de Córdoba.
En 1804, sólo se recibieron 3 envíos, todos ellos de La• Habana.
Tras un paréntesis que dura hasta 1814, se reciben 5 envíos procedentes de América: 2 de La Habana, 1 de Titatuas, 1 de Yucatán y 1 de Nueva España, así como un envío procedente de Málaga.
La ausencia de envíos entre 1808 y 1814 puede deberse a la coinciden cia de la invasión de Napoleón, motín de Aranjuez y los problemas que siguieron a estos acontecimientos.
En 1816 hay un total de 4 envíos, procedentes de América: 1 de México, 2 de La Habana, 1 de Guatemala, y 1 envío de Málaga.
En 1817 hay otros 4 envíos de América: 3 de La Habana y 1 de México, junto con otro del Puerto de Santa María.
En estos 7 años de los que se ha obtenido datos se observa que predo minan los envíos de La Habana seguidos de los de México o Nueva España.
Del estudio de los tres tipos de documentos se puede concluir lo siguiente: el período de tiempo comprendido entre 1783-84 hasta 1800 fue el más significativo en relación al envío de plantas americanas.
Hay que mencionar también, aunque los envíos fueron menos frecuentes, Guatemala, Puerto Rico, Caracas, Chile, Buenos Aires y Santa Fe de Bogotá.
Finalmente, conviene resaltar además que a principios del siglo XIX continuaron los envíos procedentes de América destacando por su frecuencia los años 1803 y 1814.
Ello fue debido a que durante ese período, quedaron algunos miembros de las expediciones (Cervantes, de la de Nueva España, Tafalla y Pulgar de la de Perú y Chile) que continuaron la labor hasta prácticamente la independencia de estos países, alrededor de 1820-22.
Lugar de origen y de destino de las plantas enviadas por los Comisionados del Jardín Botánico en América.
Fuente documental: Archivo del Real Jardín Botánico de Madrid (A.R.J.B.M.)
Lugar de origen y fechas de envío de los materiales en el libro de juntas y acuerdos del Jardín Botánico de Madrid..e:"'
•a J� u g �::i::..s.:e --Se hace constar la siembra de semillas de M�xico.
--El Conde de Floridablanca envía un cajón con varias raíces de la planta llamada Jalapa al Intendente del Jardín.
Envía varias semillas procedentes de Nueva España.
Remite una caja de plantas.
Remite una caja con plantas.
Se avisa la remisión de 2 cajones con 16 plantas de la Palma de Coco para el jardín.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es N w.,1:::..;:i::.. --Remisión de semillas procedentes de la Expedición.
--Remisión de paquete de semi-Has.
El l, er Cat, co presenta 3 cajoncitos con varias semillas remitidas del Perú recogidas de la Secretaría de Estado con un oficio remitido por el Intendente.
Envía cajón de varias semillas de La Habana.
Remite 2 papelillos de semillas.
Envían caja con semillas del Perú.
Remite caja con semillas.
El l, er Cat, co presenta un paquete con semillas del Perú, recogidos de la Secretaría de Gracia y Justicia de Indias. |
El príncipe P.A. Kropotkin (1842-1921) fue el líder mas importante del anarquismo revolucionario de su generación.
El fue también un respetado explorador y geógrafo, y escribió una variada serie de libros sobre la revolución francesa, el sistema de prisiones o la literatura rusa.
Sin embargo, el es más conocido por su contribución al debate sobre el Darwinismo Social, ejemplificada por su libro El apoyo mutuo.
En realidad, Kropotkin estaba tratando de construir su particular versión de la ética evolucionista: una acabada sociobiología consistente con los objetivos revolucionarios.
Pero existía un serio obstáculo.
La presencia de las leyes de la población maltusianas en el mismo corazón del darwinismo bloqueaban cualquier tipo de progreso en esa dirección.
Kropotkin trató de extirpar el aguijón maltusiano haciendo un análisis crítico de la selección natural y proponiendo una síntesis entre Lamarck y Darwin en los años 1910.
El objetivo de este artículo es estudiar los elementos básicos del argumento desplegado por Kropotkin.
Se ha prestado especial atención a las críticas dirigidas a las teoría dura de la herencia de August Weismann, y a las razones por las cuales la contribución de Kropotkin en este campo ha sido ignorada. |
Según la portada del mismo, esta traducción sería debida a Pedro Juan de Lastanosa, siendo Jerónimo Girava el que la dispuso y ordenó para una posible edición que finalmente no se llevó a cabo.
Aunque esta idea ha sido aceptada así por los escasos autores que se han acercado al manuscrito, demostraremos que en realidad lo que presenta es una portada añadida en el siglo xvrr y que el contenido del manuscrito no corresponde a lo que se dice en la misma.
Nos proponemos aquí desentrañar este enigma, al mismo tiempo que
analizaremos la importancia de esta traducción para el progreso de la geometría española del siglo xv1.
Datos biográficos de Lastanosa y Girava
El autor de esta Geometría Práctica, Oroncio Fineo o Finé, nació en Brianvon en 1494 y murió en París en 1555.
Es uno de los matemáticos franceses que más influyeron con sus obras en la cultura científica del siglo xvr (2).
En 1523 •editó en Basilea la enciclopedia científica de G. Risch Margarita Philosophica y en 1532 era profesor de matemáticas en el «College Royal», en la cátedra fundada ese mismo año, fecha en que comenzó realmente la intensa labor de este matemático.
La producción científica de Oroncio Fineo es asombrosa, y abarca no solamente los aspectos geométricos y matemáticos, sino que se extiende a la astronomía y al estudio geométrico-físico de los espejos parabólicos cónicos.
Jerónimo Gira va era hasta ahora conocido exclusivamente por sus libros de Cosmografía, de los que hay varios impresos.
Nació en Tarragona, llegando a ser cosmógrafo de Carlos V, pero también intervino en obras hidraúlicas, como hemos demostrado en otros trabajos (3).
Sabemos que escribió un texto titulado Declaración del uso y fábrica de los instrumentos de agua, molinos y otras cosas, porque consta que estaba en la biblioteca de Juan de Herrera y fue elogiado por el propio Cardano.
Cuando iba a realizar ciertos trabajos de ingeniería hidraúlica en el reino de Nápoles, _ murió en Milán en 1556.
Su discípulo Lastanosa fue destinado en su lugar.
Sobre este último personaje, Pedro Juan de Lastanosa, hemos escrito en varias ocasiones (4) y tenemos editada una extensa biografía (5) por lo que no nos extenderemos sobre él.
Natural de Monzón y miembro de la conocida familia de los Lastanosa, llegó a ser «maquinaria» y «maestro mayor de fortificación» de Felipe II.
Fue autor de varias obras manuscritas, entre ellas la conocida como Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas que se consideró de Juanelo Turriano y que hemos documen tado como obra de Lastanosa, a pesar de ciertas infundadas opiniones en contra.
Pedro Juan de Lastanosa murió en Madrid el 29 de junio de 1576, dejando una extensa biblioteca, en la que se encontraban, aparte de Los veintiún libros..., el manuscrito de Geometría Práctica que estamos co mentado (6 ).
Noticias sobre el manuscrito de Geometría Práctica
Significativamente los cronistas del siglo xvn que hablan sobre la familia Lastanosa: Ustarroz, Vidania y Dormer (7), no mencionan la traducción de' ia Geometría Práctica de Pedro Juan de Lastanosa, a pesar de las exageradas alabanzas que se hacen en él, asignándole cargos elevados en la corte y títulos universitarios que nunca tuvo.
Es a partir del siglo xvm cuando se atribuye a Pedro Juan de Lastanosa, unido a veces a Jerónimo Girava, la traducción de la Geometría Práctica de Fineo.
Así Félix de Latassa (8) escribe en su Biblioteca nueva de los escritores aragoneses que florecieron desde el año de 1500 hasta 1599 que Lastanosa hizo la «Versión al Español de los dos Libros de Geometría práctica de Oroncio Fineo», sin mencionar a Girava.
Esta noticia la toma a su vez de A. de Leon Pinelo (9).
En el siglo XIX, Picatoste ( 1 O) menciona Los dos libros de Geometría Práctica, esta vez haciendo intervenir a Jerónimo Girava como autor del prólogo y coordinador del libro.
Sin embargo, siguiendo la portada, con funde el apellido de Lastanosa con «La Estanosa», lo que indica que no consultó el contenido del libro.• En nuestra biografía sobre Pedro Juan de Lastanosa nos hemos referido a estos libros de Geometría Práctica, ateniéndonos a lo que dicen los cronistas, pero indicando que había que tomar con precaución estas noti cias.
En efecto, un estudio más profundo del manuscrito nos ha conducido a precisar la labor de Lastanosa en el mismo, en la forma que veremos a continuación.
Aclaración de la autoría de la traducción de la Geometría Práctica
La traducción de la Geometría Práctica de Oroncio Fineo va precedida de un prólogo del que no cabe dudar que sea de Jerónimo Girava.
Su título, sin ninguria clase de enmiendas y añadidos, lo indica claramente: No cabe duda pues de la autoría del prólogo, obra de Jerónimo Gira va, doride no se menciona otra intervención.
Pero además, si se lee atenta mente el texto, se verá que Girava es también el único autor de la traduc ción de la Geometría Práctica de üroncio Fineo.
En un párrafo detalla:
«Yo ahunque lastimado también de mis primeros maestros y poco exercitado assi en las buenas letras (que tarde he aprehendido) como en la lengua española • que allende de ser Aragonés ( esta última palabra está escrita sobre otra tachada y con caligrafía diferente) en muchos años de peregrinación habré algún tanto olvidado y con desseo de ayudar en algo a my nación, huve por bien de hurtar a otros mayores estudios y ocupaciones mías algunos ratos de trabajo para poner en lengua española la Geometría vulgar de Orontio; porque me paresció libro que merescía y fácilmente podía <;ufrir traductión: por ser su estilo más vulgar que latino y trata de las vulgares medidas de las líneas, superficies y cuerpos, más copiosa y más ordenadamente que ningún otro libro que yo haya visto.»
En la hoja siguiente insiste Girava en su autoría:
«A viendo yo pues, Sereníssimo Príncipe, gastado algún tiempo en estos estudios de Mathemáticas y entendiendo cuán aficionado V.M. les era, quise tomar éste, aunque no pequeño trabajo, en traduzir los dos libros de la geometría de Orontio, para que los de nuestra nación gozassen de tan excellente obra.
Y por ello V. M. conogciese el desseo que tengo de su servicio y yo diese alguna señal y muestra de ánimo grato y memoria perpetua de la soberana merced que V.M. me hizo, en me rescibir por su criado, lo qual testificarán otras obras que plaziendo a Dios entiendo de sacar a la luz debaxo del Real nombre de V.M.»
Para más insistencia en su autoría, Girava explica su idea sobre su forma de traducir: Y se refiere asimismo Girava a lo que se vio obligado a dejar tal cual como lo escribió Fineo, para ser fiel en la traducción, aunque no compar tiese todas sus opiniones:
«La falsa invención suya de quadrar el círculo.
Cosa por cierto tan sublimada y divina que si acertase lo que pretende se podría con razón • Orondo alabar de haver en Geometría más hallado que Platón, Aristóteles, Archímedes y otros sublimados philósophos que trabajándose en ello muchos nunca lo pudieron alcan\'.ar.»
Hemos querido reproducir en parte este interesante Prólogo, ya que el mismo, junto con la revisión del manuscrito, nos permite afirmar que Jerónimo Girava fue el autor de la traducción de Los dos libros de la Geometría Práctica de Orondo Fineo, en contra de lo que hasta ahora se mantenía.
Aclaremos ahora el verdadero papel de Pedro Juan de Lastanosa en estos libros, ya que no es en realidad el autor de la traducción.
Como hemos dicho, Lastanosa fue discípulo de Jerónimo Girava y en cierto modo su ayudante; pudo pues intervenir en la traducción como tal.
Cuando murió Girava en 1556, Lastanosa ocupó el puesto que tenía desti nado en Nápoles, donde intervino en la traída de aguas de esta ciudad (12).
Algunos papeles de Girava fueron recogidos por Lastanosa, entre ellos su traducción de la Geometría Práctica, puesto que este manuscrito se en contraba en la «librería» (13) de Lastanosa cuando se hizo el inventario de la misma a su muerte.
Lastanosa tenía pues en su mano el manuscrito de la Geometría Práctica de Girava en que él también había intervenido aunque no directamente.
Al final del texto se añade, con una letra distinta que parece de Lastanosa, lo siguiente:
En Bruselas año 1553 es tando en compañía de Girava.
Esta nota final corrobora la colaboración de Lastanosa y su presencia en Bruselas junto a Girava cuando terminó el libro.
En el segundo libro de Geometría Práctica se añade, con distinta letra, que parece también de Lastanosa:
Además de esto, parte del prólogo está tachado con anotaciones al margen escritas en latín indicando que «esta parte es de otro estilo y podría hacerse la traducción de otra manera.»
La letra de estas correc ciones, así como de otras tachando la palabra «tarragonés» y corrigiéndola por «aragonés», parece deberse igualmente a Lastanosa.
Nos es difícil imaginar la razón de esos añadidos y correcciones que parecen querer indicar un mayor protagonismo de Lastanosa respecto a Gira va a la hora de figurar en una posible edición del -manuscrito.
Esto parece confirmarlo el propio autor de Los veintiún libros de los ingenios quien insiste en varias ocasiones sobre las características que debe reunir un buen ingeniero:
«El que quisiere ser buen ingeniero, conviene que sea arquitecto y entienda de arquitectura y geometría» (libro 19, fol. 418 v).
Es decir, queda bastante claro que el ingeniero debía ser también arquitecto, además de entender de geometría, aunque no necesite forzo samente ser matemático.
Para el autor de Los veintiún libros..., la geometría es una ciencia que deben aspirar a conocer los arquitectos y los ingenieros.
Frente a toda polémica infundada, esto nos da la clave de la personalidad del autor, quien hace ver sus conocimientos geométricos aplicados a la ingeniería y a la arquitectura que son sus auténticas profesiones.
Pedro Juan de Lastanosa era, según sus cartas de pago, «machinario» (ingeniero) y «maestro mayor» (arquitecto).
Nunca se menciona documen talmente que sea matemático, ni lo hace valer cuando solicita ser criado del rey, aunque esto hubiera aumentado su prestigio.
En contra de lo que se ha afirmado, responde fielmente a lo que dice en Los veintiún libros... de ser al mismo tiempo ingeniero y arquitecto.
Su aspiración a demostrar sus conocimientos en geometría, expresada en Los veintiún libros... queda de manifiesto al reclamar para sí un mayor protagonismo del que le co rrespondía en la traducción de la Geometría Práctica de Oroncio Fineo.
S. Análisis del contenido de la traducción
En palabras del traductor:
«Trátase en estos -do� libros de geometría práctica, en el primero de los principios más comunes y más fáciles de geometría que sirven para Comienza el libro primero con un prólogo de Fineo sobre la definición y excelencia de la Geometría -como era frecuente en los textos de matemáticas de todo el siglo xvI-dando a continuación los principios en que se funda esta disciplina.
El matemático francés conocía bien la obra de Euclides, que trató de divulgar con sus trabajos (14), contribuyendo a la gran difusión que alcanzaron Los Elementos a finales del siglo xv y principios del siglo xvI, en que aparecieron numerosas ediciones.
El libro segundo está dividido en tres partes, y el propósito de Fineo al escribirlo era, según afirma: «Ayudar, no solamente al uso de. los instrumentos de Geometría y Astronomía (que sin ésto perderían muchos de sus quilates) más ahun hazer plazer a los que gustan de las subtilezas y exercitios de la Geometría Práctica.»
La primera parte describe, cuidadosa y detalladamente, la construc ción de los diferentes instrumentos -el cuadrado geométrico, el cuadran te de círculo, la escuadra y el báculo mensorio (también llamado de jacob )-y la manera de utilizarlos para medir en primer lugar distancias, y después alturas, accesibles e inaccesibles, resolviendo problemas cada vez más complicados, prueba del carácter eminentemente didáctico del texto.
Por último, utilizando el cuadrado geométrico y el cuadrante del círculo, enseña cómo• con facilidad se pueden medir profundidades de pozos o fosos en los valles.
Se detiene también en explicar otros métodos antiguos de medida de alturas por medio de varas y espejos.
Destacamos que en todos los problemas planteados, cualquiera que sea el instrumento utilizado y el procedimiento al que acude el autor, el método de resolución es siempre el mismo: construir o representar un triángulo semejante al formado entre el punto de observación y los extre mos de la medida que se desea conocer.
Y que Oroncio Fineo se detiene en explicar el fundamento matemático de la correcta resolución en todos ellos -por aplicación siempre de las diferentes proposiciones de Los Ele mentos de Euclides-añadiendo ejemplos numéricos que faciliten la com prensión (15).
Los escasos errores que se observan en la traducción se encuentran generalmente en las letras de las figuras que ilustran el texto, que son magníficas y muy semejantes a las que aparecen en la edición de la obra original de Fineo, De Geometría libri duo, (París, 1530), dibujando a veces a los observadores en difíciles posiciones.
La segunda parte del libro segundo trata de la medida de superficies y se extiende en la infeliz idea de Fineo de cuadrar el círculo -aspecto que fue muy atacado en su época por otros matemáticos como el portugués Pedro Núñez (16)-aunque, como ya hemos indicado anteriormente, esta idea tampoco era compartida por el traductor Jerónimo Girava.
La tercera parte está dedicada a la medida de diferentes cuerpos sólidos.
En el libro cuarto de Los veintiún libros... se explica detalladamente la construcción y manera de utilizar diferentes tipos de niveles; y refiriéndose a los otros instrumentos utilizados entonces, el autor los considera «difi cultosos de entender, porque para averse dellos conviene saber Arithmé tica».
Por esta razón no se detiene en estudiarlos, haciendo una excepción al final del libro en que describe cómo se puede construir un cuadrado geométrico y la forma de utfüzarlo con un ejemplo, aunque da una expli cación poco clara y no se detiene en el fundamento geométrico.
Indudablemente, se puede considerar a Los dos libros de la Geometría Práctica de Fineo, traducidos por Girava, como un excelente tratado sobre los principios básicos de la Geometría euclídea y especialmente sobre la construcción y el uso de los diferentes instrumentos de altimetría y longi- http://asclepio.revistas.csic.es metría utilizados en la época, por la extensión y correcc1on con que describe los diferentes problemas que pueden resolverse con su funda mento geométrico, acompañados además de unas preciosas figuras.
La influencia de la Geometría Práctica en otros autores
Desde nuestro punto de vista, la mejor aportación de Fineo se encuentra en el libro segundo, en toda la parte dedicada a los diferentes instrumentos.
Hasta que éste se publicó, en 1530, habían circulado algunos tratados sobre el astrolabio -el instrumento más impórtante de la astronomía antigua-muy conocido y utilizado también en los siglos xv y xvr y del que derivan los instrumentos modernos.
Del dorso del astrolabio, también llamado «escala altímetra», derivan los instrumentos utilizados en altimetria y longimetría magníficamente estudiados por Fineo.
En el manuscrito La Géometrie de su compatriota Chuquet, escrito a finales del siglo xv pero que no llegó a publicarse (17), se estudia el uso del cuadrante pero con menor extensión.
La Geometría Práctica ejerció una gran influencia en las obra de otros autores como el italiano Cosimo Bartoli que en 1564 publicó en Venecia su libro Del modo de misurare la distantia, la superficie, i corpi, le plante, le provincie, la prospettivae, & tutte le altre cose terrene; en el proemio señala Bartoli que esribió la primera parte siguiendo el texto de Oroncio Fineo aunque sin ajustarse del todo a la traducción.
La edición alemana de Camelio de Judeis De Quadrante Geometrico libellus, Nuremberg, 1594, utiliza también el texto de Oroncio Fineo.
El principal motivo de las primeras traducciones de los tratados de Geometria al castellano fue facilitar el acceso a los conocimientos teóricos matemáticos, imprescindibles a muchos técnicos que desconocían el latín.
Si tene' mos en cuenta que la primera traducción a nuestra lengua de Los seis libros primeros de la Geometría de Euclides, debida al cosmógrafo de la Casa de la Contratación de Sevilla Rodrigo Zamorano ( 18), no apareció impresa hasta 1576, esta traducción de la Geometría Práctica de Oroncio Fineo realizada por Jerónimo Girava es uno de los primeros textos sobre la materia en nuestra lengua.
Aunque no llegara a imprimirse, no podemos olvidar que en esa época el manuscrito continuó desempeñando una importante función como vehículo de información científica porque los • textos tardaban mucho en publicarse, a veces por retraso en la concesión de la licencia y sobre todo por dificultades económicas.
La impresión de una obra científica no era rentable económicamente, con el encarecimiento que suponía el grabar las figuras, y si no era costeada por una institución tenía que pagarla el autor.
Durante el siglo xvr los manuscritos constituían una fuente de tanta importancia como las obras impresas (19).
Un texto manuscrito no �ra necesariamente una obra inédita, podía circular a través de copias sucesivas, alcanzando difusión en un ambiente local e incluso en círculos más amplios, fuera del propio país.
La influencia ejercida por estos libros de Geometría Práctica de Oroncio Fineo es reconocida expresamente por otros autores españoles como el bachiller Juan Pérez de Moya (20) en sus tratados de geometría, que alcanzaron una gran difusión y en los que cita con frecuencia al matemá tico francés.
El manuscrito de las obras de Pérez de Moya, que se en cuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid, lleva la aprobación de Pedro Juan de Lastanosa -prueba de que el ingeniero aragonés era considerado también entendido en matemáticas-y está fechada en Madrid el 9 de octubre de 1572.
El enigma de las portadas añadidas en el siglo XVII
El manuscrito de Geometría Práctica, como otros que se encontraban. en la biblioteca de Lastanosa al morir éste -entre ellos sus libros de los ingenios. convertidos luego en Los veintiún libros de los ingenios y de las máquinas-, pasaron a la Biblioteca Real en el siglo xvm, después de varias visicitudes.
Pero antes, en el siglo XVII, alguien dio una nueva portada a varios de los manuscritos que tenía Lastanosa en su biblioteca.
De esta forma, Los libros de los ingenios, quedaron atribuidos a Juanelo Turriano a causa de unas portadas que se le añadieron en el siglo XVII, en un período que se sitúa en la década de los años de 1640, ya que se hizo en ellas una dedicatoria a Juan Gómez de Mora (t1648) y a Juan José de Austria (1629-1679).
La persona que hizo estas nuevas portadas no estaba muy versada sobre este asunto dado los errores que se deslizaron en su con fección (21 ).
Ligada a esta reordenación de los libros de Lastanosa, está la confección de una nueva portada para la Geometría Práctica.
Quien la hizo, quizá el mismo que la de Los veintiún libros..., tampoco estaba muy al corriente sobre el autor que realmente tradujo el manuscrito.
Fiado de lo que se dice al final, añadido por mano de Lastanosa, atribuye a éste toda la traducción, adem<l.S de transcribir erróneamente su apellido por La Esta- De esta forma se ha transmitido hasta nuestros días el error, atribu yendo a Pedro Juan de Lastanosa una traducción que en realidad no hizo.
Bien es cierto que el manuscrito de Geometría Práctica fue utilizado por éste y algunos aparatos de nivelación, como el cuadrado geom�trico, sirvieron para confeccionar la parte correspondiente de Los veintiún li bros...
Pero es excesivo sacar otras conclusiones sobre el estilo y sus conocimientos, como algunos han pretendido, puesto que la traducción no es de Lastanosa (23).
Queda por explicar el porqué sabemos que la portada está añadida en el siglo XVII.
Un examen del original de la Biblioteca Nacional muestra que la portada está enmarcada por una artística orla compuesta por un banco, dos columnas laterales, de claro estilo plateresco, representando decoraciones de figuras y animales fantásticos que no simbolizan realmente el contenido del libro, ya que no hay ninguna alusión a la Geometría.
En un bajo del banco aparecen las siglas IDV, correspondientes al decorador de origen francés luan De Vinglés que trabajó en España a mediados del siglo xv1.
La decoracicón de esta Geometría Práctica, se parece a la de la portada del libro de lé!-Reprobación de las supersticiones y hechicerías de Pedro Ciruelo impreso en 1540, de la que se han tomado varios de los elementos decorativos.
Por cierto, que este libro estaba en la «librería» de Pedro Juan de Lastanosa.
Pero la Geometría Práctica que nos ocupa tiene otro elemento en su portada que la fecha en el siglo XVII.
Este es el remate, claramente barroco, tomado de los usados para finales de libros en forma de lo que se llama «cul-de-lampe».
El modelo aquí utilizado, fechado en la primera mi. tad del siglo XVII, está invertido como puede apreciarse (24 ).
Nuestra portada está pues confeccionada en unas fechas que coinciden con las que se añadió la de Los veinÚún libros... y nos sirve para aclarar ambos enigmas.
Esta circunstancia explica la razón por la cual, como hemos dicho antes, no es atribuida la autoría de la traducción de la Geometría Práctica a Pedro Juan de Lastanosa hasta el siglo XVII, siendo desconocido este dato para los cronistas anteriores.
La aclaración del papel de Girava como traductor, disipa las dudas que hasta ahora se-habían formulado y refuerza el hecho.de que Pedro Juan de Lastanosa nunca fue matemático (independientemente de sus conocimientos • en la materia), sino, como hemos demostrado documentalmente, «maquinaria» y autor -de ingenios y libros sobre esta_ s materias de máquinas.
(1) Los dos li/bros de la Geome/tría Práctica de Oroncio / Fineo Delphinate Profesor Regio / de Mathemáticas en París / traducidos /de Latín en Lengua Española / por Pedro Juan de la Estanosa de Bruselas / y dispuestos y ordenados por Hieróni/mo Girava Tarraconense, año 1553.
(2) SÁNCHEZ PÉREZ, J. (1929), Las Matemáticas en la Biblioteca del Escorial, Madrid, p.
(3) GARCÍA TAPIA, N. (1988), «La formación de los ingenieros españoles antes de la fundación de la Academia de Matemáticas» en Estudios sobre la Historia de la Ciencia y de la Técnica, Valladolid, t.
(4) Idem, (1978) «Pedro Juan de Lastanosa y Pseudo Juanelo Turriano», LLULL, n.
(5) Idem, (1990), Pedro Juan de Lastanosa, el autor aragonés de «Los veintiún.libros de los ingenios», Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca.. |
Los años críticos de finales del siglo xvm y principios del XIX tuvieron efectos demográficos catastróficos en muchas poblaciones de Castilla.
La provincia de Toledo no se vio libre de este azote.
La crisis de subsistencia provocada por las malas cosechas'Y la especulación tuvo en la epidemia de tercianas un factor más para acentuar su gravedad.
Hasta que V. Pérez Moreda y J. Riera no concluyan sus trabajos sobre la incidencia de esa enfermedad en la España de los siglos xvm y XIX no podremos disponer de un balance global sobre su peso relativo en la mortalidad absoluta.
Lo que está claro hoy es que uno de los rasgos distintivos de la epidemiología e_ spañola durante los reinados de Carlos ID y Carlos IV fue la frecuencia y gravedad de las fiebres pútridas malignas que afectaron abuena parte de la población europea y española (1 ).
Con el nombre de «tercianas», «cuartanas», «calenturas pútridas», «fie bres interr: nitentes», se denominó en esa época a una mi � ma.enfermedad Asclepio: I-J991 -.
identificada hoy con el paludismo.
Aunque como ha señalado Pérez Mo reda la infección palúdica se confundió con otras fiebres de sintomatología similar como son tifus, gripe, hepatitis o tuberculosis (2), y además en su desarrollo estuvo acompañada de otro tipo de infecciones respiratorias y gástricas que facilitaban el aumento de su letalidad.
La relación entre crisis demográfica y crisis agraria depende de cada coyuntura.
Frente a la importancia que en algunos casos tiene el factor epidémico como elemento determinante, en otros la enfermedad es una consecuencia del hambre provocada por las malas cosechas.
A lo largo del siglo xvm se produjeron diversos períodos con una morbilidad excepcional.
Por sus efectos demográficos negativos sería, esta última, la etapa más crítica sufrida durante el Antiguo Régimen en nuestra zona.
Por su gravedad, en palabras de D. Reher (3), sólo sería comparable con la que padecerá a principios del siglo XIX.
El análisis de la historia epidemiológica de nuestra provincia ha llamado la atención a algunos historiadores como J. Montemayor (4), F. Martínez Gil (5) y F. Fernández González (6).
Existen además interesantes trabajos sobre hospitales toledanos, no todos realizados desde el punto de vista de la historia de la medicina.
Además J. C. Gómez Menor se ha detenido en la trayectoria profesional de algunos médicos que ejercieron su profesión hace ya varios siglos y que estuvieron vinculados con las tierras toledanas como Gonzalo Díaz o Francisco Fernández (7).
La línea marcada por M. C. González Muñoz no ha tenido continuación (8) frente a los estudios concretos re señados.
De todas formas muy poco sabemos de la situación sanitaria de nuestra provincia entre finales del siglo XVII y principios del siglo XIX, a no ser lo que aparece publicado en algunos trabajos demográficos como el de esa última historiadora para Talavera (9) o los de R. Sánchez González para las comarcas de los Montes de Toledo y la Sagra (10).
Mención aparte tiene la obra de H. Rodríguez de Gracia (11).
La literatura médica sobre los períodos de mortalidad excepcional en la provincia de Toledo cuenta con. algunas aportaciones de los contempo ráneos a esos sucesos.
La obra más clásica es sin duda el folleto que Juan Vázquez escribió sobre la pestilencia de 1631 (12).
Otro ejemplo lo consti-• •268 tuiria la obra del médico de Orgaz, José de Aranda y Marzo, sobre la epidemia de calenturas padecida en esa población en 1735-1736 (13) y que en la comarca de los Montes de Toledo tuvo una especial incidencia, así como en la Sagra, la más intensa de. todo el Setecientos como ha demostrado R. Sánchez González.
Ya en el periodo que nos ocupa publicó el médico talaverano José Maria de la Paz y Rodriguez su poco conocido informe sobre las tercianas padecidas en esa ciudad en 1802-1803 (14).
Un acercamiento a la literatura médica toledana se debe a la pluma de R. Sancho de San Román ( 15).
Teniendo en cuenta la falta de estudios demográficos sobre la totalidad de la realidad provincial durante el siglo xvrn, la crisis que mayor reper cusión tuvo en la mortalidad epidémica en ese periodo fue la desarrollada entre 1735-17 40, según los trabajos de R. Sánchez González.
Se trata de una crisis mixta, demográfica y de subsistencias, marcada por una esteri lidad de los campos motivada por la falta de agua y perceptible a través de las series decimales.
El hambre y la miseria es tal que en Añover de Tajo «muchos días la gente de su población salen. a los caminos y se apoderan del pan que conducen los dichos panaderos».
No obstante, no parece que las fiebres, que a tantas personas llevaron a la tumba en Cuerva, Sonseca u Orgaz en esos años, fueran de las mismas características que las causantes de la morbilidad excepcional de 1785-1787 o de 1802-1805.
Un buen conocedor del paludismo como G. Pittaluga identificó la causa de esa epidemia con fiebres petequiales malignas, bastante mortí feras, tal vez tifus (16).
De todas formas será necesario estudiar mejor esa coyuntura que al parecer no tuvo el carácter general y la extensión de otras crisis demográficas contemporáneas, pero que en algunas locali dades concretas tuvo efectos desastrosos.
En Villafranca de los Caballeros la epidemia de tabardillo de 1736 llevó a la tumba a 633 personas adultas.
Más cercana en el tiempo y. bastante mejor conocida nos resulta la epidemia de 1785-1787 en la que las tercianas fueron las culpables de buena parte de la sobremortalidad de esos años, como va a ocurrir en 1802-1805.
Creemos que la principal diferencia entre una y otra radica en el hecho de que en la primera de ellas el factor epidémico aparezca como desencadenante de la crisis, mientras que en la de principios del Ocho cientos, en muchas poblaciones su especial virulencia • se detecta como consecuencia de la crisis de subsistencia.
Todo ello es matizable, por supuesto.
Aun así conviene exponer más detenidamente lo sucedido, des de el punto de vista epidemiológico, en los años finales del reinado de Carlos ID para comprender mejor la primera crisis decimonónica.
Los estudios de Pérez Moreda han puesto de relieve que la extensión y
• letalidad del paludismo, detectado en 1784-1787, se debe al plasmodium falciparum, transmitido por medio del anopheles atroparvus.
En España se han encontrado hasta trece tipos de mosquitos anof elinos, aunque el atroparvus era el más extendido y sirvió de vehículo a ese protozoario, el f alciparum, que necesita para su desarrollo una temperatura superior a los 20 o C. El plasmodium malariae, muy frecuente también en todo el Mediterráneo, era el causante de las fiebres cuartanas, mientras que el f alciparum producía las no menos temidas tercianas.
El aumento de las zonas con endemia palúdica a lo largo del siglo xvm se ha intentado explicar combinando las variables de aumento de rotura ción y desforestación, despoblación y desertización y alteración de las cabañas ganaderas ( 17).
Estas causas de fondo no están suficientemente contrastadas.
Tal vez haya que recurrir a explicaciones más epidemioló gicas que económicas, aunque los razonamientos expuestos por V. Pérez Moreda son suficientemente sugerentes ( 18).
De todas formas las mejores páginas sobre esas coyunturas críticas se deben a este autor a pesar de las aportaciones de los hermanos Peset (19), J. Riera (20) o las más parti culares de J. García Fernández (21) y A. Alberola Roma (22) entre otros.
La identificación actual de los cuadros médicos descritos por los con temporáneos no resulta fácil, a pesar de que existe una relativa abundancia de obras impresas que aparecieron en la segunda mitad del Siglo de las Luces con el fin de describir las distintas epidemias de calenturas palúdicas que se sucedieron y los métodos curativos adoptados con mejor o peor éxito.
La obra de J. Villalba sigue siendo una referencia obligada (23) actualizada por G. Pittaluga a principios de este siglo.
Literatura médica sobre tercianas en la segunda mitad del siglo XVIII
Peset Reig, la literatura médica española de la segunda mitad del Setecientos, en el tema de las tercianas, debe mucho a la obra de Juan María Lancisi que allende de nuestras fronteras fue el primero en demostrar claramente que las fiebres eran provocadas por las «miasmas» o «vapores» desprendidos por los pantanos y ciénagas.
En España fue José Masdevall el médico que contó con más apoyo oficial.
Sus opiniones, vertidas en su Relación de las epidemias...
(24), influenciaron positivamente a todos aquellos que se atrevieron a escribir sobre esas crisis demográficas.
Refiriéndonos exclusivamente a las obras aparecidas en esa década destacaríamos las aportaciones de A. Ased y Latorre, Memoria instructiva de los medios de precaver las malas resultas Sin pretender ser exhaustivos cabría referirnos a dos obras oficiales relacionadas con la coyuntura crítica de la década de los ochenta.
El Inf arme del Real Proto-Medicato en que se proponen las observaciones médicas para indagar las causas y método curativo de las tercianas,...
Más interesante a pesar de su brevedad, pues sólo consta de ocho folios, es la Relación histórica de lo ocurrido con motivo de la epidemia de tercianas y escasez de cosechas que se experimentó en la provincia de la Mancha y Castilla la Vieja y la Nueva los años desde el de 1784 al de 1789, inclusive, y de las providencias que se tomaron para el alivio y socorro de sus naturales, que creemos pudo deberse a la pluma de P. Escolano de Arrieta, escribano del Consejo • de Castilla (28).
En los años finales del siglo xvm se publicaron en Madrid la Topografía hipocrática o descripción de la epidemia de calenturas tercianas intermi tentes perniciosas que se han padecido en la provincia de La Alcarria desde el año de 1784...
(Madrid, 1795), del médico de Pastrana, Félix Ibañez; • y el Tratado completo de quartanas: obra curiosa e instructiva....
(Madrid, 1799) cuya autoría recae en Felipe Curriel, médico de Ponfe rrada.
En cuanto a la crisis de 1802-1805, junto al informe de J. M. Paz y Rodríguez, ya citado, es de especial interés el Dictamen Físico-Médico- 3.
En ninguno de estos estudios está tan claramente reflejada la relación de la crisis epidémica con la crisis agraria, durante los años 1784-1789, como en la obra atribuida a P. Escolano de Arrieta.
No en vano en esa Relación histórica... se recogen frases como «fue tanta y tan grande la escasez de granos y epidemia de tercianas que en los años de 1784, 85 y 86 se padeció en la provincia de La Mancha y parte de Castilla la Vieja... », que el rey mandó suministrar de su Real Botica la quina necesaria y ordenó que se socorriese a los pobres y enfermos con los fondos de Propios.
En 1787, en el que la escasez de la cosecha aumentó en Castilla la Vieja, se extendió por ella la epidemia palúdica (31 ), de tal forma que «se veían sus naturales en la más infeliz constitución, pues por una parte les afligía la terciana y por otra las continuas ejecuciones con que se les apremiaba al reintegro del Pósito, pago de arrendamiento de tierras y de las Reales Contribuciones... »
Se formaron Juntas de Caridad a instancia de la creada en Medina del Campo, se aprobó la suspensión interina de las ejecuciones contra los labradores, pero las desgracias continuaron.
La cosecha de 1787 fue mala en Castilla la Vieja, La Mancha, Campiña de Alcalá y Sagra de Toledo.
De ahí que el Pósito de Madrid acudiera a Andalucía para abastecerse de trigo ya que allí la cosecha fue más que regular.
El 1 de octubre de 1788 cesaron las Juntas, aunque al año siguiente se volvieron a crear ya que la escasez alcanzó a Burgos, Rioja, Santander, Asturias, Galicia y Provincias Vascas que hasta entonces se habían visto libres de la crisis.
Se importó trigo americano que fue consumido en el litoral, mientras que en el interior «... se sufría aún mayor aflicción y miseria llegando a tanto extremo que en algunos se mantenían de yerbas de que empezaron a enfermar resul tando la muerte a algunos... se impidó la saca de granos con el pretesto de necesitarlos para su consumo y en otros de que al tiempo de condu cirlos salían los vecinos y mujeres de los lugares del tránsito a quitarles con violencia, causando irreparables daños a los pueblos que los esperaban para su surtimiento público... »
En Navarra también había falta de trigo, desplazándose a buscarlo a distintos lugares como Calahorra, Burgos, Logroño o Reinosa: «... en los meses anteriores se presentaron los navarros en sus mercados y sin reparar en los precios cargaron con todos los granos para socorrer la necesidad que se padecía en aquel reino y cuya excesiva compra y extracción de los navarros.. ocasionó notable aumento en los precios y la general escasez que sucesivamente se fμe experimentando en lo interior de la Península... »
Para socorrer a la gente se pide la colaboración de las autoridades eclesiásticas:
<<. •• manifestando los reverendos obispos y cabildos contribuirían gustosos en cuanto pudiesen al alivio y socorro de los vasallos pobres en la miseria que padecían por la falta de cosechas y por las tercianas de que adolecían, habiendo mandado que por sus respectivos administradores se tratase con suavidad y humanidad a los renteros sobrellevándolos para que pudiesen cultivar sus tierras.»
Igualmente, se solicita al conde de Floridablanca, como Superintendente General de Pósitos «... que facilitase los granos y caudales que hubiese de estos efectos a fin de socorrer necesidad tan grave y tuvo a bien contestar al Consejo con cediendo permiso para que en los pueblos de dichas provincias [Burgos, Logroño... ] se hiciese uso de los caudales de Pósitos para acopiar granos http://asclepio.revistas.csic.es y panadeados a precio de 40 reales cada fanega de trigo, arreglándose a este respecto los del pan.:.»
Observamos, por consiguiente, cómo los efectos negativos de las malas cosechas van a agravar más la situación.
Por ello junto a las medidas exclusivamente médicas se van a tomar otras de carácter económico y social que ayuden a superar la crisis, como son una rrienor presión sobre los renteros o una disposición mayor.de los granos almacenados en los Pósitos.
La política de importaciones prosiguió, lográndose así que bajara el precio del trigo.
Los caudales de Propios fueron utilizados para proceder a las compras.
Los Cinco Gremios Mayores de Madrid adelantaron dinero con este fin a los municipios que se lo solicitaron.
La buena cosecha de trigo recogida en julio y agosto de 1789 puso a fin a esta situación, aunque hasta 1790, también de bonanza agrícola, subsistió el temor al hambre.
A la vista de esta descripción oficial de los sucesos de esos años llama la atención la explicación de Pérez Moreda al señalar que los factores epidémicos llevaron la iniciativa a lo largo de toda la crisis y que el hambre no justifica por sí misma la aparición ni la amplificación de la morbilidad epidémica.
La cosecha de 1786 que no había sido mala en muchos lugares, según este autor, quedó menguada por el absentismo laboral producido por la morbilidad palúdica.
La enfermedad disparó los efectos de la crisis.
El poco trigo recogido y la especulación harían el resto.
No obstante, como ya señaló el médico de Pastrana, Félix Ibañez, «desde el año <de 1780 hasta el de 1790 se padecieron muchas miserias y tribulaciones.»
La fecha de inicio del proceso epidémico es difícil de señalar por la sencilla razón de que las tercianas eran la enfermedad más común pade cida entonces.
Las contestaciones realizadas por la justicia o párroco de los pueblos al Interrogatorio de Tomás López, datadas muchas de ellas en 1782, reflejan de forma reiterada este carácter.
Todos los años, en los meses de calor, en las poblaciones con algún curso de agua cercano, que eran la mayoría, se sufría el azote de las tercianas.
Para J. Riera esta situación anormal se inició en septiembre de 1783.
Siguiendo a Pérez Moreda, ese año el paludismo llegó a las costas medite rráneas, catalanas y valencianas.
Dos años después se desarrolló por Mur-• cia, Andalucía y Castilla la Nueva.
A partir de julio �e 1785, La Mancha, como ha puesto de relieve López-Salazar (32), fue una de las regiones 274.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es más castigadas, coincidiendo con una subida del trigo, muriendo la mayor parte de los enfermos «por carecer de bienes de que alimentarse».
La mayor intensidad se registra durante el otoño de.
En este mismo año afectó también a la otra Castilla y Aragón.
Y sólo a partir de 1787 empezó a perder malignidad, aunque se mantuvo presente en algunas regiones hasta pasado 1789.
En los meses de verano y otoño de 1786 se registraron el mayor número de defunciol).es causadas por ese brote epidémico.
Con las Tablas aportadas por el citado Pérez Moreda (33) se pone de manifiesto que de los 935.563 enfermos tercianarios, un total de 564.148 vivían en Andalucía y 297.393 en las antiguas provincias de Toledo, La Mancha, Cuenca y Guadalajara.
Estas dos regiones eran las más afectadas.
En Andalucía la morbilidad media era prácticamente del 30 por ciento, mientras que en las provincias castellanas señaladas se situaba en el 31,5 por ciento.
Ya entonces tenían junto con Extremadura y algunas zonas del Levante español, la condición de ser las áreas españolas más afectadas por el paludismo; cualidad que conservarán hasta ya avanzado este siglo como reflejan los mapas de G. Pittaluga.
Causas de las tercianas
Nuestros antepasados intentaron explicar la situación en que vivían sirviéndose de distintos razonamientos.
No iodos conocían las obra de Lancisi o Madevall.
Los conocimientos médicos sobre el tema no eran de dominio común.
Además ni siquiera algunos médicos de prestigio se vieron libre de explicaciones tan peregrinas como la expresada por Manúel Trnn coso, que en su Memoria sobre la epidemia de tercianas padecida en Córdoba en 1785 destacaba como verdadera causa «la pérdida del equili brio de la materia eléctrica que nos circunda con la que en nuestros cuerpos existe» (34).
También resulta c�riosa la argumentación-esgrimida por Francisco Ambrosio Fernández Luna, médico de Almódovar del Cam po: «la causa poderosa de dicho azote epidémico es las. pasiones de ánimo de tristeza o melancolía, las que obrando en la substancia espiritosa del. cerebro desecan éste» (35).
El anopheles atroparvus necesitaba para su desarrollo de zonas en charcadas y una temperatura media superior a los 20 o.• C. Los años de abundantes lluvias en primavera, por encima de lo normal,. y.de un calu roso verano eran los más propicios.
Esto explicarla su-aparición y desarrollo tras la primavera y primeros meses de otoño.
La relación entre. zonas
pantanosas y paludismo era bastante conocida.
En Bar:-cience se achacaba el padecimiento de las tercianas durante «el tiempo de los calores» al arroyo que recorría la población, que permitía la aparición de «varios pantanos de bégamo y aguas detenidas, que resultan vapores nocivos a la salud».
En Burujón se creía que la causa de esa enfermedad eran las humedades en los tiempos de estío y otoño.
Desde Hormigos se manif es taba por experiencia que las tercianas tendían a aumentar tras los inviernos lluviosos.
En Huecas, las corrupción de las aguas detenidas en los barran cos estaba detrás de las fiebres que se padecían en primavera y otoño.
Lo mismo ocurría en San Silvestre.
Las humedades, nieblas y vapores des prendidos de un barranco cercano perjudicaban notablemente la salud de sus moradores.
Pero otros informadores de Tomás López creyeron ver en otras causas el origen de la enfermedad.
En 1789 desde Méntrida, junto a la importancia de los años húmedos se destacaba «el exceso en comer higos, pepinos, melones... y mucho desgobierno en no comer a la hora que debieran».
Lo mismo se decía en 1782 desde Chozas de Canales, pues junto a las mareas del río, se achacaba como causa de las tercianas el «exceso de los hortela nos y otros en los pepinos, melones y demás frutos de las huertas»'.
En Valmojado se creía que la enfermedad procedía de «indigestiones por el mal uso de alimentos y por el demasiado trabajo».
De esto último se hacen eco en Camuñas en 1785 al expresar que las calenturas malignas proceden «del trabajo de siega y de otros penosos en el estío».
En este sentido también en Bargas, en 1786, se señalaba que las tercianas las contraían «los mozos de labor en los agostos en las caserías de dicha ribera.»
No faltan tampoco otras explicaciones como la enviada desde Hontanar en 1782 en la que se viene a decir que las tercianas reinan especialmente en el pueblo los años secos, «pues los naturales tienen experimentado que los veranos que pisan agua en las calles apenas se ve esta enfermedad».
Algo parecido se expresa desde San Martín de Valdepusa al señalar que las fiebres provienen «de lo seco y ardiente del país, pocas aguas y no buenas».
Más sugerente es la explicación dada en Y epes en 1788 cuando se atribuye a la falta de ventilación de las cuevas donde habitan algunos de sus vecinos la causa de las tercianas que hacía poco tiempo se habían detectado en la población.
En el Casar de Escalona se creía que procedía de la «obstrucción de poros o constipados».• En todos estos razonamientos está presente de una forma más o menos clara, si no la causa de la enfermedad, sí las condiciones que hacían posible su desarrollo.
Nos referimos a la existencia de zonas pantanosas y enchar�adas cerca de los pueblos, como resultado de abundantes lluvias; a un tiempo climático más seco y cálido de lo normal en primavera y estío; a la deficiente alimentación; a las escasas medidas sanitarias e higiénicas; al excesivo trabajo de los jornaleros que reciben la enfermedad con pocas defensas, etc. El anopheles atroparvus contó entre 1784 y 1786 con abundantes lluvias en primavera e invierno y con sequías prolongadas y altas temperaturas en verano.
Desarrollo de la f!,pidemia en la provincia de Toledo
La coyuntura crítica de 1786 en las tierras toledanas tuvo una especial virulencia, si bien la epidemia ya hacía estragos desde dos años antes, pues no en vano así se señala en las contestaciones al Interrogatorio de Tomás López dadas desde Tembleque y Valmojado.
El paludismo era ya endémico en la zona.
Su carácter de enfermedad más común así lo demuestra.
Seguramente unas especiales condiciones climáticas que favorecieron la expansión del vehículo transmisor por esos años permitieron la difusión de la enfermedad, agravada por el inicio de unos años difíciles desde el punto de vista agrícola.
Las dificulta des para el aprovisionamiento de trigo con destino al abasto de la ciudad de Toledo, padecidas en los meses mayores de 1786, vendrían a explicar una vez más esa interrelación entre crisis demográfica y crisis agraria.
Sólo así podremos comprender la elevada letalidad que se produjo en nuestra provincia, más del 8 por ciento, por otro lado muy parecida a la media nacional.
Si de cada cien personas enfermas de paludismo ocho murieron ese año, es presumible que otros factores se unieran para que la mortalidad se disparara, máxime teniendo en cuenta que la letalidad atribuible al paludismo por los especialistas es del uno por ciento.
La situación sanitaria de los pueblos toledanos no permitía afrontar con éxito una enfermedad que hasta entonces había carecido de ese carácter mortal con el que ahora se presentaba.
En muchas localidades no existía médico y a lo más que podían aspirar era a pagar a algún cirujano o sangrador.
Los hospitales, salvo los regentados por religiosos como la Orden de San Juan de Dios, no disponían de medios materiales y humanos para conseguir frenar el brote epidémico.
El descuido de la po]icía urbana, con calles llenas de fango e inmundicias, era otro elemento más que actuaba en contra de la sanidad pública.
La ausencia de medidas higiénicas básicas y la falta de aseo personal se unían a todo lo dicho.
El hambre convertía a los más desfavorecidos en focos perennes para el Asclepio-1-1991 desarrollo dé la enfermedad y de la muerte.
Además, el anopheles atro parvus había encontrado en el hombre, ante la crisis de la cabaña gana dera, su • medio de alimentación.
La incidencia que la epidemia tuvo en la población toledana es difícil de cuantificar con precisión si no utilizamos los libros parroquiales.
R. Sánchez González cree que su desarrollo no fue uniforme en el Partido de Toledo.
En la zona de los Montes si mostró gran actividad, hasta el punto de referirse el cura párroco de Navalmoral a su carácter universal pues casi ningún vecino se había visto libre de ella y había sido causa directa de la muerte de• • muchos niños.
Especialmente grave fue en Cuerva en 1786 y Sonseca un año antes.
Por contra, en la Sagra fue menos aguda.
Es cierto que hubo muchos afectados por la enfermedad, pero pocos fallecidos (36).
Del inicio de esta epidemia en tierras toledanas en 1784 existen nume rosas referencias.
El informante de Valmojado escribía en 1786 que «de dos años a esta parte se han experimentado algunas tercianas subit: rantes».
Desde Tembleque, en 1785, se señalaba que «en el otoño se padecen tercianas, ya por endémicas y peculiares, ya epidémicas de causa común, que es la más regular, como se experimentaron en este año próximo pasado y en el presente se va experimentando».
Más interesante es lo que se informa desde Quera en 1786 al afirmar «que las enfermedades que ha padecido esta villa y sus vecinos han sido tercianas y el uso de su curación con quina que han dimanado de las enfermedades padecidas desde el año de• 1784 hasta el presente, pues �mtes no se sabía de ellas».
En Miguel Esteban se tuvo que recurrir a los fondos del Pósito municipal pafa ayudar a los muchos enfermos que había en 1784.
Por otra fuente (37) conocemos que en 1786 en Dosbarrios se adoptan providencias para <<quitar varios• empantanas que de aguas estancadas circundaban en parte a esta villa»; en Yébenes de San Juan, el Alcalde Mayor-solicita a la Junta de Sanidad que se mande comprar quina para curar «a los;:-: muchos enfermos que hay de tercianas»; en Villanueva de Alcardete. se surten de quina para intentar solucionar el problema; en Escalan�, el párroco de la Colegial y los alcaldes dirigen un memorial en enero de 1787 al Colector General de Expolias y Fondo Pío Beneficial, solicitando una ayuda económica para alimentación y señalan que los vecinos se hallan «infestados de tercianas haciendo crisis en dolores de costado• de que mueren los más por falta de alimento diario».
Más adelante matizan que la epidemia «se ha experimentado desde -los meses. de calor riguroso • en que aquí son muy ocasionados a ellas, hasta mediados de éste en que cesóJa• mortandad».
Sobre esta última localidad disponemos de un análisis más pormenoriza do acerca de la decadencia de su población como consecuencia de la epidemia de tercianas.
Se trata de un expediente (38), de fecha 17 de diciembre de 1788, que la Justicia de Escalona dirige al Consejo de Castilla, quien a su vez lo envía a la Real Sociedad Económica Matritense para que elabore un informe, aconsejando lo que deben hacer.
La situación del pueblo se describe en los siguientes términos:
«... el estado de decadencia a que ha venido su población por la epidemia de calenturas malignas que afligían a sus vecinos de tres años a esta parte, tan contagiosa que apenas había día que se dejase de sepultar uno o dos cadáveres, cuyo hecho tenía lleno de horror a sus habitantes y de admiración a los pueblos de su circuito.»
Como causa de la enfermedad, señalan el clima poco sano, porque «... se halla circundada... por las aguas del río Alberche y de los arroyos Tordillos y Pedrillán, pues dice que las inundaciones de dicho río y primer arroyo dejan lagunas que el calor del sol corrompe en el estío; que lo mismo sucede con otras lagunas que se forman junto a las murallas de resultas de unos adoves, que las justicias permiten en aquel.sitio y que a todo esto se agrega la humedad que contrae la villa por recibir las aguas de las montañas que la dominan.»
También manifiestan que el progreso de la enfermedad se debe a la «... indolencia con que las Justicias toleran que el abastecedor haga la provisión con trigo del más inferior, viciado y cargado de semillas nocivas, como tizón, rabillo, ballico y otras.»
Identifican la decadencia, por un lado con la epidemia y por otro con el deterioro de la agricultura provocado sobre todo porque las autoridades locales no sancionan a los ganaderos poderosos, cuyos ganados estropean las viñas, sembrados y montes, tanto públicos como privados.
Para salir de esta situación negativa señalan como remedio «... la reducción a labor de la dehesa boyal nombrada de la Herrera, compuesta de 500 fanegas, repartiendo al vecindario por cuatro años bajo un moderado canon.»
Por su parte, la Sociedad Económica Matritense propone que se de salida a las aguas estancadas y derriben las murallas permitiendo a todos Asclepio-I-1991 los vecinos que necesiten fabricar casas li 1 otras obras, sacasen de ellas los materiales.
Asimismo manifiestan otras muchas ideas encaminadas a fomentar la agricultura y la industria artesanal y textil que contribuyan a sacar a Escalona de su decadencia, pero que no vamos a analizar porque no tienen relación directa con las tercianas.
Un análisis de la dispersión geográfica de los núcleos de población reseñados pone en evidencia el carácter general de la epidemia, acentuada en aquellas localidades próximas a zonas pantanosas o cursos de agua.
En 1788, desde Erustes se comentaba que «las enfermedades más comunes son tercianas y en estos años han sido más frecuentes y casi las han padecido todos los habitantes de dicho pueblo».
El paludismo se había extendido de forma alarmante.
Su morbilidad y letalidad sorprendió a los que lo padecieron.
No en vano desde Y epes se señalaba en 1788 que a pesar de su clima sano y saludable «no se conoce enfermedad particular hasta de poco tiempo a esta parte que han picado las tercianas».
En Yuncos, su cura párroco relataba que desde hacía treinta años tan solo la epidemia general de tercianas había ocasionado bastante trabajo, «más por la pobreza de los enfermos que por otra causa».
Muestra de ello sería el motín que estalló en Villafranca de los Caballeros el 3 de julio de 1789, o la carestía de pan sufrida en Valmojado en los primeros días de marzo de ese año, que será conocido durante algún tiempo como el del hambre.
En síntesis, la incidencia de la epidemia de 1786 queda reflejada en el cuadro de la página siguiente.
De acuerdo con estos datos• podemos extraer dos conclusiones funda mentalmente.
La primera es su gran incidencia sobre el total de la pobla ción.
Observemos que aproximadamente el 42 por ciento de sus habitantes se vieron afectados por la enfermedad.
Esta morbilidad tan elevada sólo es superada por el reino de Córdoba ( 40).
Si nos fijamos en su distribución por partidos, dentro de la provincia de Toledo, las tasas más altas corres ponden respectivamente a Toledo, Ocaña y Alcalá y las más bajas a Talavera y Alcázar de San Juan.
La segunda conclusión es que las tasas de mortalidad, en su conjunto, son obviamente de valores inferiores.
No obstante, como han señalado Mariano y José Luis Peset ( 41 ), hay que tener en cuenta que la mortalidad de las tercianas se producía tiempo después de haberlas padecido, por lo que las cifras de muertos no reflejan la repercusión exacta del foco epidémico, ya que sus efectos se prolonga rían durante varios años.
Los valores de dicha mortalidad no coinciden con los de morbilidad.
Así se aprecia que las tasas más elevadas se dieron en los partidos de Ocaña y Alcalá.
Merece poner de relieve que en Talavera la mortalidad palúdica representa menos de la mitad que en los dos citados y que en el de Toledo, donde recordemos que su morbilidad era la segunda• en importancia dentro del conjunto provincial, ahora tiene unas cifras moderadas en relación con las otras zonas.
A la vista de las referencias recogidas, no cabe duda de que las tercianas eran la enfermedad más.común que entonces padecían nuestros antepa sados.
De su endemia se hicieron eco viajeros como José Comide ( 42).
Pero también es cierto que en esos años de la década de 1780 se destapó como una enfermedad mortífera, al incrementarse su morbilidad y letali dad por ir acompañada de tifus, pulmonía, disentería, diarrea, neumonía y tuberculosis, que se cebó en la población, mal nutrida por una crisis agraria que alcanzará su mayor apogeo cuando ya el paludismo esté en retirada.
La mortalidad provocada por la epidemia fue mayor, además de por las causas reseñadas con anterioridad, por la adopción de métodos curativos basados en una medicina escasamente científica y que las más de las veces lo único que conseguía era acortar la agonía, cuando no provocar la muerte.
La asistencia sanitaria de los enfermos no estaba garantizada.
Había poblaciones que carecían de médico, como el Viso de San Juan; otras disponían de cirujanos-sangradores y sólo unas pocas conseguían contratar a un profesional de la medicina.
A los vecinos de Lillo les suponía anual-Asclepio-I-l 99 l mente 8.800 reales de sus propios y arbitrios, el pago de los honorarios de su único galeno (43) para una población de unos 1.000 vecinos.
En las villas más importantes, como Toledo o Talavera, junto a los médicos municipales, contratados por el ayuntamiento, ejercían su prof_ esión otros particulares que tenían su clientela entre los integrantes de la burguesía, del clero y de la nobleza.
La atención al enfermo que podían prestar unos y otros variaba enormemente, y esta situación se agravaba en el caso de producirse un proceso epidémico.
Métodos curativos y consecuenci(l,S
A pesar de la difusión de la literatura médica sobre tercianas, en particular, y sobre epidemias, en general, los métodos curativos no eran uniformes al ser muy distinta la formación. y preparación de las personas encargadas de la salud pública.
Los efectos positivos causados por los tratamientos a base de quina no eran conocidos por todos los médicos y cirujanos que se enfrentaron a esta enfermedad entre 1784 y 1787.
Desde Yeles (44) se señalaba por esos años que «como en todas partes, se ignora el remedio seguro para ellas».
En Pelahustán (1782) se trataban «como le parece o como sabe el cirujano, que es el único facultativo que hay».
En los Navalucillos, el informante argumentaba que «se curan como aprenden los facultativos, pues he notado en ellos, en una misma enfermedad, muchas variaciones en su método de curativa».
Desde Otero se decía que «no se puede dar razón, pues cada uno lo despachaba como podía».
De esta arbitrariedad en el tratamiento se hacen eco también eri Pepino al expresar que se intentaba curar a los enfermos «conforme el cirujano hace juicio».
Y no siempre se acudía a los facultativos.
Lo normal era utilizar• remedios caseros y sólo cuando éstos ya no ofrecían ninguna garantía por lo avanzado de la enfermedad se avisaba al médico.
En Camuñas expresivamente se decía que allí las tercianas se curaban «como más bien les parece».
Más clara es la respuesta ofrecida desde Magán (1782) en donde «se curan según el sistema que sigue el médico del pueblo, el que ahora hay regularmente manda sangrar».
De ese carácter popular de la farmacopea utilizada nos da idea la contestación ofrecida en Cobisa.
Para las enfermedades que asediaban a sus vecinos «se aplican pocas y las más ordinarias medicinas».
A lo mismo suena la " respuesta dada en Roblezo del Mazo.
Allí se decía que sus vecinos usan «poco de botica, pues les es dañosa comúnmente».
La quina había demostrado ya sus buenas cualidades en la lucha http://asclepio.revistas.csic.es contra las tercianas, pero era un producto difícil de conseguir por su lejana procedencia, caro y desagradable al gusto.
La sangría seguía siendo el recurso más utilizado por los cirujanos y por algunos médicos.
Desde Orgaz (1784) se decía que el remedio seguido para luchar contra las enfermedades «está por la mayor parte reducido al uso, o por mejor decir, abuso de las sangrías».
Estas solían ir acompañadas de purgantes y refrescos.
En Campillo de la Jara (1782) las tercianas veraniegas se hacían frente con evacuaciones de sangre y purgas.
En Espinoso del Rey, en la misma fecha, se curaba con «las sangrías y las aguas de limón, añadiendo a éstas algún nitro».
Desde Hontanar se escribía que «acostumbran a sangrar a estos enfermos y he visto en el poco tiempo que estoy aquí cortárseles a diferentes a las dos evacuaciones; si no ceden con ésto les dan los amargos de hierbas que tienen conocidas».
También en Torrecilla de la Jara y en Val de Santo Domingo se utilizaban exclusivamente las sangrías y purgas.
En otra poblaciones, los facultativos no tenían reparo en recetar úni camente quina para luchar contra las tercianas, como ocurría en Cabañas, Sonseca, Maqueda, Chueca, Escalonilla, Cazalegas o Los Cerralbos.
Pero lo más normal era que la corteza del quino acompañara en el tratamiento a las sangrías, purgas y refrescos.
Así sucedía en Alcabón, Aldeanueva de Barbarroya, Almonacid de Toledo, Cebolla, Escalona, Gamonal, Gerindote, San Pedro de la Mata, Santa Cruz del Retamar, Santa Olalla, Torre de Esteban Hambrán, Villaminaya, Villamuelas, Viso de San Juan, etc. No obstante, en muchas poblaciones seguía teniendo un carácter subsidiario al ser utilizada la quina cuando los «remedios» tradicionales, purgas, san grías, no daban resultado.
En Carmena (1782) se decía expresamente que «la curativa que han practicado los facultativos se reduce: para las tercia nas, sangrías y purgas, y cuando ni éstas ni aquéllas, con proporción a donde hacía juicio residía el humor viciado, aplican la quina».
En Pantoja (1782) «el regular método de curarlas es purgando y sangrando y si esto no basta, su recurso es el tomar la quina».
Lo mismo ocurría en San Bartolomé de las Abiertas y La Mata.
La malignidad de la enfermedad era una característica que aprove chaban los médicos para recetar la quina directamente.
Así se señala en Burujón (1786) en donde se curaban las tercianas y cuartanas «como en todas partes, si son malas con la quina y si no con refrescos y sangrías y purgas».
En Mascaraque se lograba ese objetivo «a beneficio de sangrías, alguna purga y finalmente del uso de la quina».
La benignidad de las tercianas padecidas en Montearagón (1782) permitía «que ordinariamente Asclepiü-1-1991 se curan con sangrias y refrescos y apenas se usa de alguna quina porque no son pertinaces por lo común»._ En otras localidades los responsables sanitarios optaban por adoptar distintos métodos curativos según las estaciones.
No en vano, la experiencia había demostrado que las fiebres eran más peligrosas durante el verano y el otoño para la vida humana.
Seguramente, por obedecer las calenturas de primavera a otro tipo• de enfermedad o tal vez porque conforme pasaba el tiempo el afectado iba perdiendo defensas y se tenía que recurrir a la quina como solución final.
Desde Alcaudete de la Jara ( 1785) se menciona que el método utilizado para curar las tercianas «si son en mayo suele ser la sangría y si en agosto la quina».
En la primavera los enfermos eran sangrados y en el verano se les sumi nistraba quina.
En Casarrubios del Monte (1786) también se producía esa distinción.
Las tercianas se curaban «en primavera con un ligero purgante o sangría, en estío y otoño con quina, vomitivos, sangrías y purgas».
Las «tercianillas» padecidas por los vecinos de Villasequilla de Yepes (1782) se curaban de forma parecida.
En Hormigos (1782) el informante deja bien clara esta situación.
El cirujano de esa localidad m.,indaba sangrar y purgar y «si no se quitan con esto, que es lo regular no quitarse, acuden a la quina, con la que se cortan».
A veces se echaba mano, junto a los remedios ya reseñados, de lo que en las respuestas al Interrogatorio se denominan «amargos», entendiendo por tales una serie de productos obtenidos seguramente de plantas silves tres que reunian en su sabor esa característica.
Sin más especificaciones se nos habla de ellos en las contestaciones dadas por Añover de Tajo, Illán de Vacas, Villaluenga de la Sagra o Tembleque.
En otros casos se limitan a señalar la utilización de febrífugos, es decir diversos preparados que tenían como misión quitar la fiebre al paciente, como ocurría con la quina.
Un ejemplo lo representaría la población de Calera (1784).
En la contestación dada por el cura de Brugel (1782) se va más allá al expresar la denominación de esos febrífugos que no son otros sino el «agua esca biosa, de centaura, sal de ajenjos, armoniaco, espíritu de nitro dulce y otros equivalentes», aunque la quina fuera el más resolutivo.
En Pepino (1786) se usaba con ese carácter el «cardo de santo, centaura, achicoria, grama y correhuela cocidas todas juntas; de aquel agua se toma un vaso • por la mañana y otro a la tarde por refresco».
Si este compuesto no bastaba se recurría a lo que el cirujano mandase de la botica.
Las aguas febrífugas procedentes de la cocción de hierbas silvestres se tomaban también en Robledo del Mazo.
En este caso se mezclaba la «centaura o hiel de tierra, raíces de esparraguera, de perejil, escorzonera, ajenjos, manzanilla y achicoria».
En Villaluenga se defendía como el más poderoso febrífugo a la conserva de la mora.
En Anchuras se prefería la utilización de la centaura que se criaba bien en su término.
No faltan tampoco otros remedios distintos de los señalados.
La «sal de la higuera» en Méntrida, la hierba denominada «f elipillo delgadita, con flores moradas, baja y es como una escobilla, se cuece en agua sin dejar sabor desagradable, y la toman al tiempo de entrar el frío en cantidad como de medio quartillo, a veces hace efecto tan feliz que no entra la calentura, por lo que algunos lo usan a todo pasto, hallándose acosados de terciana» en Chozas de Canales, la conserva llamada de la «mata» en Yunclillos serían otros ejemplos de la variedad de soluciones dadas a este problema por la farmacopea de •la época o por la imaginación popular.
En este último sentido podemos recoger como ejemplo la respuesta dada en Olías del Rey en la que se manifiesta que el modo de curar las tercianas «es inaudito, pues algunas que han hecho burla de la quina se han cortado con ajos machacados envueltos en un lienzo, puesto como reparo en la boca del estómago y otras extravagancias nacidas del capricho de las gentes».
También el vino de Y epes parecía causar efectos milagrosos, o por lo menos así lo creían sus vecinos cuando afirmaban en 1788 que se usaba «por remedio en los síncopes y otros males, bebiéndole a sus comi das, y ha producido admirables efectos como fuera de otras mil ocasiones se experimentó en la epidemía de tercianas que ha afligido a nuestra España en estos años».
Seguramente el vino producía efectos estimulantes.
Lo misrrio sucedía con la raíz de la genciana utilizada en Albarreal de Tajo.
En otras poblaciones, junto a los refrescos de agua limón se servían de algunos diaforéticos para facilitar la transpiración y el sudor.
Todos estos auxilios intentarían disminuir las graves consecuencias sociales y económicas que la epidemia llevaba consigo.
Pérez Moreda cree que debió suponer un absentismo laboral del 25 por ciento en un buen número de provincias y que cada enfermo perdería unas veinte jornadas de trabajo al año.
Ese absentismo laboral en los meses mayores produciría un aumento de los jornales ante la reducción de la mano de obra disponible.
La cosecha de trigo, por falta de brazos, disminuyó y el precio de este cereal se encareció.
Los afectados estaban comprendidos en todos los grupos de edad, aunque el paludismo parecía tener preferencia por los niños y jóvenes.
A la mortalidad había que unir su incidencia sobre la fecundidad al ser, según ese autor, una de "las más importantes causas de aborto, parto prematuro y esterilidad.
(12) VAZOUEZ, Juan (1631): Juicio de la enfermedad que estos días comunmente aflige a nuestra ciudad de Toledo y sus reinos.
Reproducida en parte en la obra de SÁNCHEZ SÁNCHEZ, J.: Toledo y la crisis del siglo XVII, Toledo, Caja de Ahorro Provincial.
(13) ARANDA Y MARZO, José (1737): Descripción tripartita médico-astronómica, que toca lo primero sobre la constitución epidémica que ha corrido en muchas ciudades, villas y lugares de los reinos• de España, desde el año de 1735 hasta la mayor parte del año de 1736 y con especialidad en la villa de Orgaz..., Madrid, Imp. de M. Fernández, 183 páginas.
Fuentes: Censo de Floridablanca 1787 Real Academia de la Historia, Mss. |
comenzó a desplazar en España a la anatomoclínica que había sido la do minante en la patología y la clínica del período isabelino.
Este proceso de introducción ha sido estudiado principalmente desde el punto de vista de las instituciones y de las publicaciones dedicadas a las diversas áreas de la medicina (1 ).
El presente trabajo tiene como objetivo contribuir al conocimiento de dicho período de nuestra historia médica, analizando una fuente que permite acercarse a la enseñanza clínica que se impartía * Este artículo se ha realizado disfrutando el autor una beca pre-
Murió el 27 de junio de 1885, a los 64 año_ s de edad, durante la epidemia de cólera que asoló la ciudad de Valencia en ese año (2).
Las historias clínicas y su comentario estadístico por Peset y Vida!
Los dos volúmenes antes citados, incluyen un total de sesenta y dos historias clínicas realizadas por los alumnos que dirigía Peset y Vidal.
En el volumen del curso 1872-73 aparece un prólogo de la comisión de estudiantes que redactaron las historias y una introducción estadística del propio Peset y Vida! de la que trataremos más adelante.
De los cinco miembros que firman el citado prólogo, dos de ellos fueron después notables figuras médicas: Luis Simarro Lacabra y Enrique Salcedo Gi nesta!.
En el prólogo se exponen los «propósitos» del libro: reunir en un pequeño volumen los casos más representativos del curso de clínica, imprimiendo la colección para ahorrar tiempo.
Se evitan así los errores de la copia manuscrita, consiguiendo «por este medio una autenticidad de datos y uniformidad de conocimientos imposible con el sistema antiguo, que abandonaba a la actividad individual el trabajo coleccionador y ofrecer un conjunto concreto y conciso de las historias sobre las que han de versar los exámenes de fin de curso» (3).
Lo consideran un recuerdo de compañerismo, así como un retrato intelectual de los autores en el mo mento más importante y decisivo de la vida académica.
Por último, ad vierten que suprimen los diagnósticos diferenciales, que se reducen a simples indicaciones.
Indican que no se han publicado las 107 historias clínicas que figuran en la estadística por la brevedad, economía y carácter compendiado del libro.
En cambio, recogen todas ellas en una estadística que sirva de base a estudios generales.
Esta recopilación termina con las tablas estadísticas sobre las que el propio Juan Bautista Peset y Vidal ofrece una breve introducción.
Co mienza diciendo que «el criterio de cantidad que surge de las aplicaciones de la estadística se presenta al espíritu con certidumbre matemática, y no es, por tanto, extraño que se le haya atribuido un valor y una importancia capitales en todas las ciencias... »(4), sobre todo en medicina, en donde se • refiere al estudio y observación de numerosos casos clínicos unidos entre sí por relación de semejanza o disparidad que permiten clasificarlos.
De todas formas -sigue diciendo-muchas veces el problema es insoluble, Asclepio-1-1991 pudiendo decirse que más bien es una forma más exacta de plantearlas que de solucionarlas.
Estas consideraciones no tienden a desacreditar el método estadístico e invalidar sus resultados, sino a subrayar el carácter auxiliar de la expe riencia.
En un momento se creyó que iba a resolver todos los problemas, mas todo ello no fue sino una forma de llamar la atención sobre ideas nuevas de manera que transforman la «utopía quimérica y estéril en principio práctico y fecundo» (5).
Los números por sí solos -según Peset y Vidal-expresan relacione� de cantidad, pero combinados revelan leyes íntimas de los fenómenos más complicados.
Sin embargo, el método númerico ofrece oráculos am biguos o soluciones ajustadas al deseo del investigador.
Esta ambigüedad -dice Peset-depende tal vez de la dificultad de expresar con guarismos la complicación propia de los fenómenos patológicos y terapéuticos.
Estos hechos constituyen los defectos centrales de la estadística y multiplican las causas de error, así como el exceso numérico de hechos, el carácter y condiciones especiales de lo� recogidos y la falta de detalles respecto de los mismos.
La interpretación estadística, que es la inducción misma, exige, como ésta, gran prudencia para eludir las causas de error y una sutil sagacidad para descubrir el significado de cada cifra.
Hay fenómenos -sigue di ciendo-que ofrecen algunas circunstancias cuyo descubrimiento es ab solutamente independiente de la cantidad de hechos observados; en otros los números son jueces en donde la solución sólo está en la estadística numerosa y completa.
En muchos, las cifras descubren coincidencias que inducen al descubrimiento de nuevos principios, como la herencia pato lógica.
El estudio de las cifras es lo más importante de la estadística, «es el que mayormente necesita de severa escrupulosidad en el análisis de los datos• y de inflexible lógica en su inducción, evitando así el considerar como generales los resultados que sólo tienen una significación particular y erigir en absoluto lo que depende de condiciones más o menos determi nadas» ( 6 ).
Existen algunas causas de errores, como son la pobreza de los individuos, la cronicidad de las afecciones, las causas debilitantes que afectan a los enfermos, la falta de cuidados al principio de la enfermedad y la gravedad ordinaria de ésta, como también las malas condiciones higiénicas, el hacinamiento de los enfermos y las epidemias que son su consecuencia.
Todo esto hace que los registros de los hospitales tengan un tono sombrío que «desacreditaría la medicina al no tener presente que estas circunstancias revisten a la estadística hospitalaria del carácter del http://asclepio.revistas.csic.es complemento de la estadística civil, donde condiciones opuestas forman la parte clara del cuadro de la medicina práctica» (7).
Por último las estadísticas de clínica, según Peset y Vidal, conducirán a las mayores aberraciones si, olvidando su carácter especial, se pretendiera deducir de ellas leyes generales.
Así, en estas estadísticas, el número de hombres duplica al de las mujeres, pero de aquí no podrá deducirse en modo alguno la mayor frecuencia de enfermedades entre los varones sino el mayor pudor y vergüenza propios de la mujer que le hacen acudir menos a las consultas.
El resto de la introducción lo dedica a comentar las tablas.
Reproduciremos a continuación las tablas de los ciento siete enfermos asistidos añadiendo, al lado, los datos de los treinta y cuatro seleccionados.
Corresponden a los siguientes apartados: temperamento, estado civil, eda des, profesiones, diagnósticos, altas y autopsias.
Peset y Vidal considera por separado los hombres y las mujeres, en contrando que hay un predominio de hombres casados.
Esto lo interpreta aduciendo que existe m�lestar y miseria en los matrimonios pobres, lo que hace que la enfermedad del marido sea más penosa que la de la mujer, ya que se «ciega por completo las fuentes de subsistencia y hace forzoso recurrir al Hospital» (8).
1 Turberculosis y tisis 10 Apoplegía indica la necesidad de ser reservados y cautos en los diagnósticos y pronósticos, contribuyendo de esta manera a sostener la reputación del médico».
(9) Anotemos, por último, que una de las historias clínicas de este volumen fue redactada por Francisco Barberá Martí, figura importante dentro de la otorrinolaringología y de la historia de la medicina valencianas.
La historia corresponde a un cáncer de estómago en donde se puede ver un interesante diagnóstico diferencial, entre el cáncer y la úlcera de estómago.
El contenido de las historias clínicas: el tránsito de la medicina anato moclínica a la de «laboratorio»
Como sabemos, Peset y Vidal fue seguidor de la mentalidad anatomo clínica.
Utilizaremos el análisis del método anatomoclínico expuesto por Laín Entralgo en su libro La Historia Clínica (1961 ), para encuadrar el contenido de las historias clínicas por él dirigidas.
Recordaremos únicamente que, según Laín Entralgo, la historia clínica, desde Boerhaave, tiene cinco apartados: descripción del sujeto, antece dentes -remotos y próximos-, estado presente, relato del proceso mor boso y exitus con curación, curación con defecto o muerte con lo que se realizará la autopsia.
A estos apartados habrá que añadir, por supuesto, el tratamiento, tradicional en la mayoría de las historias clínicas dirigidas por Peset y Vidal.
En ellas encontramos tres apartados: «parte expositiva», que consta de «preámbulo», «antecedentes o conmemorativo», y «estado actual»; «parte razonada», integrada por el «diagnóstico», «pronóstico», «curso», «duración», «etiología» y «tratamiento»; «parte complementaria» con un «diario clínico», «autopsia» y «reflexiones».
El «Preámbulo» corresponde a lo que Laín llama descripción del sujeto, en donde se apunta el «nombre», «origen», «edad», «residencia», «tempera mento», «constitución», «profesión», «sexo» del enfermo.
Recordemos que el «temperamento» o «constitución» es una parte importante en las historias clínicas tradicionales, como propiedades hereditarias potenciales que el individuo lleva desde el nacimiento y se manifestarán o no dependiendo de las• circunstancias del medio que le rodea, es decir, según el modo de reaccionar del individuo a las causas patógenas exteriores(lO).
Según López Piñero, la mención del temperamento en las historias clínicas de Peset «queda luego sin relación, ni peso de ninguna clase en el resto de los elementos del relato patográfico»(ll).
En definitiva, la constitución es un concepto olvidado de aparición rutinaria.
Los «antecedentes» son importantes desde el punto de vista etiológico, tanto los referentes a la familia del enfermo como los del propio paciente antes de llegar a la clínica.
Eri algunas de las historias clínicas, realizadas bajo la dirección de Peset y Vidal, aparecen antecedentes familiares como en el caso de una «ataxia locomotriz» progresiva: «Su padre padeció siem pre de dolores que le impedían andar con libertad.
Murió hace seis meses de una afección de pecho.
Su madre goza de inmejorable salud.
Su abuelo materno murió tísico.
Los hermanos de su padre han padecido igual padecimiento que ella; y de los tres hermanos de la enferma, el mayor de 14 años, sufre de, igual suerte, temiendo la familia le suceda otro tanto a una niña de 9 años» (12).
Los antecedentes del enfermo pueden ser remotos o próximos, los primeros hasta el comienzo de la enfermedad, los segundos, desde el comienzo hasta el primer contacto con el patólogo (13).
Transcri biré como ejemplo los de un enfermo de «tuberculosis» pulmonar donde se puede distinguir tanto unos como otros.
Padece -se lee-«de unas tercianas a los 13 años; una angina a los 18, y bañándose un día en Cartagena, a los 20 años, observó que le sobrevino un golpe de tos acom pañado de la salida de alguna cantidad de sangre.
Esta hemoptisis se repitió después más tarde por espacio de siete veces consecutivas y a la segunda ya comenzaron los padecimientos del. aparato respiratorio, ini ciándose por una tos seca primero y acompañada luego de espectoración con ligero dolor de pecho» (14).
Hasta aquí los antecedentes remotos del enfermo con el comienzo de la enfermedad.
A estos padecimientos se añade en mayo de 1871 «un ligero dolor que empezando en la parte posterior, se extendía hasta el occipucio, llegando a veces hasta la frente...
Así permaneció unos cuantos meses, hasta que un día de Diciembre, estando tomando el fresco a la puerta de su casa, notó al acostarse que el dolor se había aumentado de tal modo que le impidió dormir aquella noche».
Por último, «viendo, pues, que su afección torácica iba en aumento, y que el dolor de la cabeza le incomodaba muchísimo, se decidió a venir a la clínica en la fecha antedicha» ( 15).
El «estado actual» incluye el estado presente y el relato del proceso morboso según el esquema de Laín Entralgo.
El diagnóstico tiene un apartado especial que luego comentaremos.
En este epígrafe aparecen ténicas de exploración como la palpación, la percusión y la auscultación típicas de la mentalidad anatomoclínica.
Sin embargo, junto a ellas, figura también una técnica tan caracterizada de la mentalidad fisiopatológica como la termometría.
Por último, hay que destacar la detección objetiva de parásitos como manifestación incipiente de la mentalidad etiopatológica.
Veamos separadamente las técnicas utilizadas en estas historias.
La palpación es una técnica exploratoria utilizada muy a menudo en nuestras historias clínicas.
Por ejemplo, en una historia correspondiente a una «ascitis sintomática», se afirma: «Por la palpación, se notó fluctuación en la cavidad peritoneal, manifestándose bien clara la sensación de olea je»( 16) por el líquido acumulado en dicha cavidad.
Es el denominado «signo de oleaje» utilizado actualmente para el diagnóstico de líquido en la cavidad peritoneal.
En el relato patográfico aparece también la simple descripción externa del paciente, «cara triste demacrada, que indicaba largos padecimientos... piel de color amarillo terroso, seca y apergaminada; las regiones infradiafragmáticas aumentadas de volumen y con la piel distendible reluciente y algo transparente, notándose algunas redes venosas más dilatadas»(l 7), signo de hipertensión portal.
Un caso de «pleuroneu monía» proporciona un ejemplo de palpación en la región torácica.
«La palpación nos hizo distinguir que los movimientos del corazón eran más fuertes e impulsivos pero sin salir de los límites fisiológicos» (18).
El empleo de la percusión puede ejemplificarse en un caso de «encefa loides de riñón»: «En la parte inferior del vacío izquierdo se percibe por la palpación un tumor redondeado, sin abollonaduras, de 10 a 12 centímetros de diámetro, duro, indolente, inmóvil y que se desliza por debajo de las paredes abdominales.
La percusión demostraba el sonido mate del tumor mismo» ( 19).
También es utilizada en este mismo caso la exploración digital por los orificios naturales del cuerpo para determinar la posición exacta del tumor.
Como es sabido, la auscultación es una de las más importantes apor taciones semiológicas del método anatomoclínico.
Esta técnica es utilizada rigurosa y constantemente en las historias clínicas dirigidas por Peset y Vidal.
Así, en una «tisis pulmonar», se ausculta «una disminución muy pronunciada del murmullo vesicular, reemplazada por un soplo áspero con aumento de la vibración de las paredes torácicas, excepto en el vértice derecho, donde se oye con mucha claridad el estertor cavernoso y la pectoriloquia» (20).
En otros casos, la exploración proporciona muchos más datos, como ocurre en una «estrechez e insuficiencia de las válvulas aórticas» donde, «Al auscultar, la cabeza del observador es rechazada por la fuerte impulsión cardíaca y se percibe el ruido del fuelle que principia después del primer ruido normal, llenando todo el segundo tiempo y gran parte del silencio.
Este ruido de fuelle se modificó más adelante en el de lima o escofina y hasta en el de sierra.
También es digno de atención que el ruido anormal se perciba con gran claridad en todo el trayecto de la aorta» (21 ).
Sólo con estos datos -muy parecidos a los proporcionados en Asclepio-1-1991 una historia actual-es posible el diagnóstico de una lesión de las válvulas sigmoideas y la estenosis de la misma.
El signo físico desde el punto de vista anatomoclínico, se refiere inme diatamente a una lesión local; si un dato no cumple esta exigencia no es, en rigor, físico.
El fisiopatólogo no lo niega pero no admite su tajante exclusividad.
Hay «signos físicos» que no «significan» lesiones anatómicas locales sino alteraciones • del proceso químico y energético de la vida.
Vaya o no acompañado de un desorden anatómico local, la fiebre consti tuye un transtorno morboso típico en el proceso evolutivo de la tempera tura humana (22).
El pulso y la disnea se pueden también considerar, desde este punto de vista, como síntomas.
Todos estos son considerados como datos importantes a la hora de establecer un juicio diagnóstico en las historias clínicas dirigidas por Peset y Vidal.
«En la circulación se notaba: pulso febril, pequeño y depresible (116 por minuto); recargos vespertinos, a los cuales seguían sudores abundantes en la mitad superior del cuerpo y palmas de las manos, más generales y copiosos en la madru gacÍa» (23).
El termómetro, aunque de un modo menos sistemático que Wunderlich, es utilizado como método de investigación para saber el curso de una enfermedad en muchas de las historias clínicas: «su tempe ratura 39 o centígrados».
El pulso y la respiración ( disnea) son también síntomas tomados en consideración.
«El pulso es frecuente y lleno (96 por minuto).
En el aparato respiratorio encontramos palabra entrecortada, respiración acelerada y las ventanas de la nariz abiertas» (24).
Son utiliza dos, o por lo menos conocidos, aparatos o técnicas claramente pertene cientes a la mentalidad fisiopatológica.
Así, en un «reumatismo muscular» se usa el esfigmógrafo de Marey para la objetivación del pulso; «pues el ruido de roce que se aprecia por la auscultación en el segundo tiempo y el isocronismo que guarda este ruido con la pulsación irregular de la radial, así lo demuestran y así lo comprobaría quizá el esfigmógrafo de Marey... » (25).
De manera incipiente podemos ver la influencia de la men talidad fisiopatológica en estas historias clínicas, aunque ésta no puede ser considerada como una de las bases de la obra de Peset y Vidal.
Sus sucesores en la Cátedra de Clínica de Valencia, Francisco Moliner y Julio Ma: graner, pueden, en cambio, considerarse adscritos a la citada mentali dad, ya desarrollada en todos sus aspectos.
El análisis de la orina como signo funcional es también utilizado en estas historias clínicas.
Unas veces se describe a simple vista, «orinas sedimentosas y escasas».
Otras se analiza químicamente -claro ejemplo de mentalidad anatomoclínica-como ocurre en una «insuficiencia val vular» en donde «las orinas eran escasas y de color rojo, en su presencia notábanse sedimentos precipitados y el análisis qwm1co nos evidencia mucha albúmina, sin duda • contendria otros elementos que el microscopio nos hubiese aclarado»(26).
Hay historias clínicas• en las. que el análisis de orina se considera indispensable para el diagnóstico de la enfermedad.
Así, en una «hidropesia ascitis sintomática», se afirma: «La sola inspección y análisis de la orina, que es donde se encuentran los síntomas patogno monicos de esta degeneración granulosa de parénquima renal, bastaron para persuadirnos que no existía en esta enfermedad tal alteración orgá nica.
En efecto; tratada la orina con el ácido nítrico primero, y con la ebullición más tarde, no pudimos comprobar en ella la presencia de la albúmina, sustancia que con cualquiera de estos procedimientos hubiése mos visto precipitarse rápidamente en el fondo de la vasija, en forma de coágulo, más o menos abundante y copioso, al ser una albuminuria la afección principal que esta enferma padecía» (27).
Como se ve manifiesta mente en este pasaje, no se buscaba una alteración funcional del riñón -es decir, no tenían en su mente conceptos fisiopatológicos....:... sino un signo que demostrara la alteración anatómica, en definitiva, la lesión renal.
Esta desencadena la presencia de albúmina en las orinas, que será el síntoma patognomónica o signo que demuestra la lesión anatómica renal que en este caso es una nefritis albuminosa.
Para la mentalidad etiopatológica la enfermedad, como es sabido, es una alteración de la vida orgánica consecutiva a la infección de un germen, es una reacción vital, no una alteración cuantitativa del estado morboso o normal.
El microbio o parásito -en nuestro caso-determina y confi gura la enfermedad.
La patografía será un informe acerca de la inquisición del agente patógeno y un relato de las «consecuencias» por la penetración del agente en el organismo (28).
En las historias clínicas que nos ocupan el caso de una Tenia Solium ejemplifica esta mentalidad en su etapa pre microbiológica, así como el uso del microscopio para la objetivación del agente causal.
«Hace unos seis meses observó en sus excrementos, al tiempo de defecar, unos cuerpecillos blancos, lisos, dotados de un ligero movimiento, de 8 milímetros de ancho por 14 milímetros de largo...
Se sospechó desde un principio que las semillas de melón que el enfermo acusaba no podrían ser más que las pequeñas articulaciones estrechas y largas de que está compuesta la tenia...
En esta creencia estábamos cuando vino a corroborar el diagnóstico la circunstancia de arrojar el enfermo, el día 21 por la mañana, una pequeña tenia, cuya longitud era de 4 decíme tros y una anchura de 7 milímetros; una de sus extremidades era abultada, observándose a simple vista unos pequeños tubérculos demostrándonos el microscopio que se trataba de la cabeza; la extremidad opuesta presen- http://asclepio.revistas.csic.es taba el aspecto filiforme, el todo era aplanado y articulado, de color blanco amarillento, carácter que le distingue perfectamente del botriocéfalo que es de color grisáceo» (29).
La bacteriología estaba en sus principios y en todas las historias de enfermedades infecciosas no se alude, por supuesto, al germen causal de la enfermedad.
Se puede ver como en una historia clínica, se atribuye la causa del paludismo a la acción patógena de los campos de arroz, no llegando ni siquiera a plantear la existencia de uh posible gérmen.
La utilización del microscopio es práctica iniciada por estas fechas -1873-en la Facultad de Medicina de Valencia.
En la historia clínica de una «cirrosis hepática» encontramos la siguiente indagación: «El examen microscópico de una porción de hígado dio a conocer que esta víscera estaba afecta de cirrosis» (30).
En esta época los médicos y cirujanos valencianos comenzaron a conceder a la histopatología una gran impor tancia, para aclarar problemas patológicos y clínicos.
De esta forma, en 1873 se celebra un claustro en favor de la histología, como protesta de la única cátedra de esta materia creada en Madrid.
En el punto cuarto del correspondiente acuerdo se dice: «Que en las clínicas, cuando algún caso patológico lo requiere para establecer el diagnóstico de una dolencia, de un modo fijo y preciso, o • para comprobar el previamente formado, se recurre a las demostraciones de los elementos morbosos y de las meta morfosis que los tejidos experimentan, lo cual constituye conocimientos detallados en anatomía patológica» (31 ).
La «Parte Razonada» de la historia clínica incluye «Diagnóstico» «Pro nóstico», «Curso», «Duración», «Etiología» y «Tratamiento» de la enfermedad.
El diagnóstico se basa, en muchos casos, en los signos y síntomas recogidos en la exploración realizada en el apartado anterior (32).
«La caracterización ( o el diagnóstico) de cada especie morbosa se realiza por una detenida consideración de su sintomatología así como de los signos lesionales de auscultación; percusión, etc. Destacado lugar ocupa también el protocolo de autopsia.
La concepción básica es, en suma, la anatomoclínica.
En torno a la idea de lesión gira toda la nosología de Peset» (33).
El contenido de todas las autopsias es claramente anatomoclínico.
Se busca en el cadáver «la lesión fija y constata la lesión específica» (34). para fundamentar la especie morbosa.
En la autopsia de una «tisis pul monar» se describe detalladamente la lesión cavernosa: «En el vértice del pulmón derecho una caverna doble de grandes dimensiones que comuni caba con los bronquios; en la base y parte posterior del mismo pulmón se puede observar otra caverna también de bastante estensión y en el pulmón izquierdo se vieron otras de menores dimensiones» (35).
En definitiva, el diagnóstico realizado en vida del enfermo será ratificado con la l�sión anatómica que se encuentre en la autopsia del cadáver.
Por ejemplo, en el caso de un «hidro-neuma-tórax», se describen así sus lesiones: •«Los síntomas expuestos en el estado actual demuestra claramente la existencia de un gran foco o caverna, inmediato a la pared torácica de la base del lado derecho, cuyos productos muy abundantes son espelidos por la tos.
Los antecedentes prueban que este foco cavernoso tuvo su origen por una pleura-neumonía en el punto afecto y de aquí puede deducirse que el derrame pleurítico primitivo se abrió paso a través del pulmón, dejando en el sitio que ocupaba una extensa caverna en supuración que bien merece el nombre de neuma-hidro-tórax por cuanto en la cavidad de la pleura se hallan acumulados un liquido sera-purulento y en comunicación con el aire atmosférico que penetra por las vías respiratorias» (36 ).
El curso, duración, pronóstico y etiología dependen de la enfermedad con creta, si bien en las enfermedades de tipo palúdico la etiología y patogenia vienen determinadas por la permanencia del enfermo en zonas en donde se cultiva el arroz, como ya vimos antes.
Para el tratamiento, en la mayoría de los casos no se utilizan principios activos y va a ser de tipo sintomático.
Se emplean balsámicos, astringentes, tónicos «neurasténicos» y analépticos.
Una excepción es el tratamiento del paludismo, en el que se recurre a la quinina: «Se administró, pues -dice una historia clínica-, el sulfato de quinina 30 centígramos en 5 píldoras para t9mar 3 por la mañana y 2 por la tarde... ».
Un detalle interesante es que se utilice la técnica china de la moxibustión.
Inspeccio nando el tórax se observan «las heridas de cuatro moxas que en la actua lidad supuran en el lado derecho del tórax hacía el vértice del pulmón» (3 7).
La moxibustión, que aparece utilizada en una «tuberculosis pulmonar con neuralgia cérvico-occipital» es una técnica introducida durante el siglo XIX al igual que la acupuntura.
La «Parte Complementaria» de la historia clínica consta de un «Diario Clínico», unas «reflexiones» y de una «Autopsia», si ha fallecido el enfermo.
Esta última, como antes hemos dicho, es realizada en la totalidad de los fallecimientos.
El diario clínico es una lista de medicamentos, regímenes alimentarios, etc. utilizados durante la estancia del enfermo en el Hospital, especificando lo que se realiza cada día.
Lo más importante de esta parte es la autopsia, reflejo de la mentalidad anatomoclinica de Peset y Vidal.
Sin embargo, normalmente se comple menta con la indagación microscópica, como ya hemos dicho en el apar-. tado anterior: «El microscopio nos reveló también el desarrollo extraordi nario del tejido conjuntivo del hígado, que constituye la cirrosis» (38), se dice en un caso de «ascitis sintomática»; «el hígado se presentó atrofiado y decolorado; desigual al tacto; cubierto de escrecencias pálidas al esterior y amarillentas en su masa, y con desarrollo estraordinario del tejido conjuntivo de la víscera que parecía hallarse atacada por un principio de esclerosis» (39).
El protocolo de una autopsia correspondiente a un «ence faloides de riñón» merece ser transcrito:
Abierta la cavidad abdominal y separados los tegumentos se descubrió detrás del colon descendente, por fuera del paquete intestinal y al nivel del riñón izquierdo, un tumor cubierto por peritoneo al que surcaban en todas direcciones muchos vasos sanguíneos de bastante calibre e ingurgitados de sangre los venosos.
Este tumor.medía unos trece centímetros de diámetro vertical, diez en el transversal y ocho en el antero-posterior; su consistencia era blanda y algo pastosa en algunos puntos; su superficie después de quitada la cubierta peritoneal, se ofrecía irregular, abollonada, con eminencias semiesféricas del tamaño de una nuez, lustrosas y de color rosado pálido, que disminuía hacia la desembo cadura de la arteria renal y del uréter en su borde interno.
Separado el tumor que reemplazaba al riñón izquierdo, y cortado a lo largo de su borde esterno, se descubrió su parenquima de un color rosa-blanquecino y de una consistencia semipulposa.
Las tres pelvis renales estaban llenas de materias purulentas en diferentes grado de consistencia, pues la supe rior contenía un pus claro que parecía estar mezclado con orina; sus paredes alcanzaban un espesor de ocho milímetros y su cavidad podía alo j ar una nuez gorda.
La pelvis media contenía un pus loable, sus paredes eran gruesas de tres centímetros y su cavidad la de un huevo pequeño.
La pelvis inferior capaz de contener un huevo grande y cu y as paredes tendrían tres centímetros de grueso, contenía una sustancia que parecía formada de concreciones purulentas de consistencia pastosa y tamaño variable.
El estudio microscópico del tumor reveló su naturaleza cancerosa y su forma encefaloidea ( 40).
En una autopsia d� un corazón con hipertrofia excéntrica se llega incluso a tomar medidas del corazón, a los vasos aórticos y pesarlos: «El corazón, órgano enfermo, estaba hipertrofiado notablemente, pues pu dieron apreciarse en él las siguientes dimensiones.
Cavidad de la aorta aneurismática.
En su origen 8 •centímetros de diámetro transversal; en el cayado 65 milímetros.
La distancia desde el origen de la aorta hasta el crecimiento del tronco braquio-cefálico 1 O centímetros...
Peso del corazón en el tronco aórtico y el de la arteria pulmonar, 820 gramos... » (41).
Puede decirse, en suma, que en estas historias clínicas predominan los conceptos anatomoclínicos sobre el resto de las mentalidades médicas «de laboratorio», que aparecen también sin embargo, aunque de modo incipiente.
El predominio de la mentalidad anatomoclínica se ve claramente en el siguiente texto, correspondiente a una autopsia: «Estos son los datos más notables que nos suministró la importante autopsia del cadáver...
La pila, pues llamada con mucha propiedad piedra de toque de la verdad o false dad del diagnóstico, nos obliga a rectificar en parte el que hicimos en vida» (42). |
El proceso de transición del manuscrito médico al primitivo impreso en la Europa de las últimas décadas del siglo XV y primeras del XVI no ha sido sufici�n temente estudiado.
En este trabajo sé presenta a un protagonista destacado (aunque prácticamente desconocido hasta la fecha) de este proceso desde su papel de editor.
1470-1508), médico valenciano. que, tras cursar sus • estudios en Italia, se estableció profesionalmente allí, donde fue uno de los más tempranos editores de obras médicas para la imprenta, entre ellas dos de primer orden en la medicina universitaria bajomedieval y renacentista: el conjunto de escritos conocido por el nombre de Articella (en 1483 y 1487) y el Conciliator differentiarum philosophorum et praecipu_ e medicorum de Pietro d'Abano (en 1483, 1490 y 1496).
Hemos abordado la personalidad y obra. de Francesc Argilagues a partir de diferentes fuentes básicas de información.
Dado el indudable interés de los prólogos y de la nota introductoria que dirigió a los lectores de las dos obras por él editadas, se ofrece también su edición y traducción castellana.
CAMPO SERRANO, M�a I. del: «Plantas americanas enviadas al Jardín Botánico de Madrid a mediados del siglo XVID.
El Real Jardín Botánico de Madrid, creado en 1775 por orden de Fernando VI en el Soto de Migas Calientes y posteriormente (1781) trasladado a su actual ubicación del Prado, fue el centro de operaciones que coordinó todo el proceso exploratorio a América.
Uno de los principales responsables fue Casimiro Gómez Ortega.
Como consecuencia, a él se destinaron (junto al Jardín de Aranjuez) gran parte de las plantas que llegaban de América para su análisis y observación.
Este estudio refleja el papel tan importante que desempeñó el Jardín concreta-. mente en la época en que Casimiro Gómez Ortega fue el primer profesor.
Se enviaron correspondientes a diferentes partes de América para realizar el estudio de la flora, y también se mantuvo correspondencia con particulares que teníari interés por el conocimiento de la flora americana, con la intención de que colabo rasen todos al envío de plantas de aplicación agronómica, ornamental o medicinal para su posterior comercialización y difusión en España..
PIÑEIRO, M., GóMEz CRESPO, F.: «La primera versión castellana de
En la presente publicación se da a conocer la existencia de un manuscrito inédito que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Mac;l rid, bajo la signatura Ms-9091.
En dicho volumen se halla la obra Ydea Astronómica de la Fábrica del Mundo y movimiento de los cuerpos celestiales, de Juan Cedillo Díaz, Cosmógrafo Mayor del Consejo de Indias y Catedrático de Matemáticas de la cátedra de la Corte desde 1611 hasta 1625.
El estudio de esta obra revela que se trata de una traducción casi literal del texto de Nicolás Copérnico De Revolutionibus Orbium Caele�tium, (1543), Nurem berg.
Es, por tanto, la primera traducción castellana de la que se tiene noticia (aun teniendo en cuenta que se halla incompleta, pues le faltan los dos últimos libros de los cinco de que consta el título original) e incluso la primera en Europa, de acuerdo con los datos que han podido recoger los autores.
GARCÍA RUIPÉREZ, M., SÁNCHEZ GoNZÁLEz, R.i «La ep1.demia de tercianas en la antigua provincia de Toledo».
Tras un repaso a las pocas aportaciones que sobre historia de la medicina se han publicado relativas a la provincia de Toledo y a la literatura médica sobre tercianas en la segunda mitad del siglo XVIlI, el artículo se centra en describir la situación general existente entre 1785-1787 con la ayuda de la Relación histórica... de P. Escolano; después prosigue con el examen de las causas de las tercianas padecidas en la provincia de T. oledo y el desarrollo de la epidemia en esos años, deteniéndonos particularmente en la villa de Escalona.
Se compara su incidencia por partidos para terminar con los métodos curativos y las consecuencias del azote epidémico.
Además se incluye un apéndice en el que se relacionan todas las poblaciones de la provincia de Toledo, con su número de habitantes, enfermos tercianarios, fallecidos tercianarios y la morbilidad y mortalidad palúdica.
GARCÍA TAPIA, N., VICENTE MAROTO, l.: «Los dos libros de la Geometría Práctica de Fineo, traducidos por Gira va y ordenados por Lastanosa».
La traducción de Los dos libros de la Geometría Práctica (1553) de Fineo que se encuentra manuscrita en la Biblioteca Nacional de Madrid, se ha atribuido tradi cionalmente a Pedro Juan de Lastanosa y su ordenación a Jerónimo Girava.
En contra de lo que se ha dicho por algunos autores, Lastanosa no era matemático, ni menos aún cosmógrafo, sino maquinario y maestro mayor de fortificaciones al servicio de Felipe II.
Fue en realidad Girava quien hizo la traducción de la Geometría Práctica, en virtud de su cargo de cosmógrafo e ingeniero al servicio de Carlos l Lastanosa se limitó a recoger el manuscrito y ordenarlo para su posible publicación que no tuvo lugar.
La confusión proviene del añadido de una portada que se hizo al manuscrito un siglo después.
Aclaramos en este artículo estos puntos y analizamos el contenido de esta Geomería Prácticá y su influencia en otros matemáticos es pañoles.
GARCÍA TAPIA, N., VICENTE MAROTO, l.: «Los dos libros de la Geometría Práctica by Fineo translated by Girava and supervised by Lastanosa.»
Por lo que se refiere a la formación de científicos, en algún momento del si glo XIX la Ecole Normale Superieur asumió el papel dirigente y solitario desem peñado por la Ecole Polythechnique durante el primer tércio•del siglo.
Este artículo estudia tres cuestiones relacionadas con este cambio institucional.
En primer lugar, proporciona evidencia cuantitativa según la cual las décadas entre 1830-40 y 1870-80-presenciaron los cambios más importantes por lo que se refiere al número de científicos formados en cada una de estas escuelas.
En segundo lugar, el artículo sostiene que el carácter elitista y las dimensiones reducidas de la Ecole Normale permitieron implementar en esta institución planes de reforma que• ya en los años 1830 habían sido formulados para toda la universidad francesa.
Finalmente, el artículo estudia los Annales Scientifiques de l'Ecole Normale Superieur, la revista fundada para subrayar la conversión de la escuela en un centro de formación de científicos.
Este estudio proporcioμa datos importantes sobre dos cambios mayores que afectaron a las revistas científicas en esta época: su especialización por disci plinas y su jerarquización según el valor científico de sus artículos.
Biblioteca Quirúrgica Hispanolusitana, que han permanecido inéditas hasta nuestros días, han demostrado, tras su estudio, que constituyen una aportación de auténtica altura científica para la historiografía médica española.
En 1893 sus hijos legaron a la Facultad de Medicina de Valencia las obras médicas de su biblioteca, que constituyen uno de los fondos más valiosos que se conservan en la Biblioteca y Museo Historicomédicos.
El presente trabajo pretende recuperar su figura humana y científica, práctica mente desconocida hasta la fecha.
NAVARRO, J.: «Medicina clínica y medicina de laboratorio en la Universidad de Valencia».
Durante la segunda mitad del siglo XIX la Cátedra de Clínica Médica de la Facultad de Medicina de Valencia fue incorporando los supuestos propios de la denominada «medicina de laboratorio», mentalidad apoyada en los recientes ha llazgos de las ciencias fisicoquímicas.
Dicha labor se incorporó a la tradición hipo crática y anatomoclínica ciment. ada por Félix Miquel, Joaquín Casañ y Juan Bautista Peset, siendo obra de Julio Magraner y José Crous desde las ideas fisiopatológicas y de Francisco Moliner desde las etiopatogénicas.
La producción científica hispana sobre la historia natural y la materia médica de las tierras americanas tuvo una acogida muy especial en el mundo italiano a lo largo del siglo XVI.
A través del estudio de las ediciones de estas obras, el trabajo trata de establecer los• perfiles generales de la difusión de las obras en Italia, la localización, la periodicidad y el ritmo de la misma y los grupos de científicos, editores y traductores que impulsaron este proceso.
Puede afirmarse que la pre sencia de esta producción científica española fue importante, se mantuvo constante a lo largo de la centuria y experimentó una progresiva especialización, pasando desde primeras noticias sobre el Nuevo Mundo al comienzo de asimilación de la nueva materia médica,.fundamentalmente a través de la obra de Monardes.
Por otra parte, el ambiente científico y libresco veneciano se perfiló como el centro difusor más importante de esta aportación científica española.
PESET, M.: «La enseñanza de la medicina clínica en la Valencia del siglo XIX: la labor de Juan Bautista Peset y Vidal»..
El autor hace un análisis de historias clínicas realizadas por estudiantes bajo la dirección de Juan Bautista Peset y Vidal (1821-1885): Se percibe el inicio de la «medicina de laboratorio» y superación de la mentalidad anatomoclinica.
En una primera parte se estudian las estadísticas que aparecen en las historias clínicas; y en el segundo apartado sus contenidos para situarlas en una época y • en unos saberes médicos, ya que el director es considerado como una figura importante en estas corrientes. |
CIENCIA Y SOCIEDAD EN CUBA
• Coi1 este nμrnero monogrMico qú�rernos presentar una serie de tra bajos sobre la histoda de la ciencia. cubana realizados, en grai1 medida, po,: unáserie de investigadores • cubanos que trabajan desde hace años en la bú. squcda de las raíces de su historia cientíl"icá, además de las aporta ciones dé algunos investigadores cs¡: >año]es que han dedi_ cado parte de sus esfuerzos en ese mismo �entido..
Quisiéramos señalar, cri, primer lugar, la importancia de la existencia en ]a Academia de Ciencias de Cuba de un Cenlro de E'>ludÚ.Js de Hiswria y Organización de La Cienc�a «Carlos_ J. Fin lay>>, dedicado profesionalrnent� a estos estudios, con •c1 que hemos tenido una estrecha colaboración, plasri:-1ada •en varios conve11iQS de cooperación científica durante estos últin1os años.
A pes"ar de las dificultades que atraviesa su país, que reper cuten negativamente en la �H.lquisición de libros, la disponibilidad de re cursos financieros y en la posibilidad de contacto con colegas �. xtranjerps, éste esf9rzado grupo está C()Otribuyendo a abri. r una ventana en �_ l cono cimiento del desarrollo científico y técnico que se pi•odujo, sobre todo en lt>s siglos XIX y XX, en ese t�rritorio tanestrechamentc ligado a nuestr� pro. pía historia. • Aunque en un primer rnornento era nuestra intención que hubiera en este número un cierto equilibrio en los temas.a desarrollar, el. resultado final ha siclo que el monográfico se ha, i1�clinado más hacia los asuntos relacionados con.la sanidad v la historia natural.
El _artículo de Alejand1_ •q de la• Fuente analiza, en una. época muy tem prana -sigl_ os XVI y _ XVll-, la incidencia de ]as enfermedades en los esclavos,. lo que ha supuesto-μn gran esfuerzo de búsqueda documental, ya que, cqmo el propio. autor indica, no existían registros sanitarios.
Se presenta un estudio sisten1atizado de los datos de incidencia de las dif e rentes enfermedades, los precios según _ las enfermedades de los esclavos, la rnorbilidad por grupos de edades y según la situación: del esclavo -recién -llegado, integrado al • nuevo. ambiente.azucarero-• _ aportando datos muy interesantes sobre la incidencia de enfermedades en este tem prano periodo de la colonización.
Otros tres trabajos -de Armando García, Pedro Pruna y Rafael Huer tas-se centran en la medicina cubana del siglo XIX.
En el primero, «El Museo Anatómico de La Habana» se hace un pormenorizado estudio de las incidencias y conflictos que se produjeron en la institucionalización de la enseñanza de la anatomía y la cirugía a partir de los años veinte del siglo XIX, que deja traslucir la situación económica y científica en la que se movía la medicina oficial.
En el estudio sobre «La vacunación homeopática la fiebre ama rilla en La Habana», se relatan las incidencias de un curioso episodio de vacunación masiva, con un procedimiento ideado por un personaje que se decía sobrino de Alexander van Humboldt, episodio que, en cierta medida, permite ver también el estado.de la medicina y la higiene hacia mediados del siglo XIX.
El tercer trabajo nos introduce en otro terreno, el de la psiquiatria cubana de la segunda mitad del mismo siglo, «Sobre los origenes de la psiqμiatria cubana: la obra de Gustavo López».
Al analizar la obra psiquiátrica de esta destacada figura, el autor nos permite ver el estado de esta actividad médica, tanto desde el punto de vista teórico como práctico -la situación del hospital psiquiátrico de La Habana lla mado popularmente Mazorra-completando así una cierta visión de la situación de la medicina cubana en ese periodo.
Deberiamos incluir aquí también el estudio realizado por Rosa M. González López, «Felipe Poey y los estudios sobre la ciguatera», que aunque precedido por el nombre de tan célebre naturalista, y analizando su labor en este aspecto, se refiere a un tipo de envenenamiento que se produce algunas veces por ingestión de pescados que no son siempre tóxicos, sino sólo en algunas ocasiones, según parece cuando se ingieren unos ciertos flagelados productores de una toxina.
El trabajo de Mercedes Valero está dedicado a describir la actividad de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, en torno a las plantas medicinales y sus propiedades.
Muchos integrantes de. la Academia dedicaron sus esfuerzos a conocer en profundidad, por medio de análisis químicos y de comprobaciones experimentales en ani males y seres humanos, las formas de acción y los compuestos activo� de plantas medicinales tradicionales.
Ligado con esta preocupación por los productos medicinales, Armando Rangel nos da una visión general sobre la actividad farmacéutica en Cuba desde los origenes hasta 1950 en «Notas sobre la farmacia cubana».
Si Mercedes Valero trata un aspecto de la Academia de Ciencias de La
Habana, Rolando Misas y Armando García y Consuelo Naranjo estudian la actividad, en otros aspectos concretos, de la Sociedad Patriótica de La Habana y de la Sociedad Económica de Amigos del País, demostrando la importancia que este tipo de instituciones tuvo en Cuba, en relación con muy diferentes terrenos científicos y sociales.
En el trabajo de Misas «La Real Sociedad Patriótica de La Habana en el rescate de la variedad naturalizada del trigo de Villa Clara» se evidencia la profunda repercusión económica que los conocimientos botánicos podían tener en momentos de crisis en un país como Cuba, con una economía dependiente de muy escasos tipos de cultivo, supeditados a su vez a un mercado mundial variable y manipulable.
En el estudio de A. García y C. Naranjo «Antropología, racismo e inmigración en la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana», se observan las repercusiones que los grandes monocultivos tienen en la demografía, y las respuestas sociales, respaldadas frecuentemente por una ciencia al servicio de determinados intereses, que el proceso de inmi gración correspondiente provoca.
Otro grupo de trabajos de este número monográfico -los de Dolores González-Ripoll, Miguel A. Puig-Samper y J. L. Maldonado, Manuel Lucena Giralda-han centrado su interés en el movimiento expedicionario que se produjo en el cambio del siglo XVIII al XIX en la isla cie Cuba, tanto en lo referente a la exploración geográfica como naturalista, dentro del mo vimiento general que se produjo en la España ilustrada desde mediados del siglo XVIII.
Por último, el artículo de Eduardo Moyana es el único que hace refe rencia a la técnica en Cuba, centrado en los aspectos tecnológicos del ferrocarril cubano, quizá uno de los temas menos conocidos dentro de la historia de este primer ferrocarril del mundo hispánico.
Para terminar esta introducción, quisiéramos señalar que no se ha pretendido con este número monográfico hacer una batida general de la historia de la ciencia y la técnica en Cuba -por otra parte imposible de realizar en la actualidad-sino dar a conocer el perfil aproximado de lo que se viene haciendo en el campo de la historia de la ciencia cubana en estos últimos años y dar la oportunidad al interesante grupo de la Acade mia de Ciencias de Cuba de expresarse en las páginas de una revista especializada. |
Alejandro de la Fuente García l.
El estudio de las sociedades esclavistas americanas ha recibido, en los últimos años, una creciente atención por parte de numerosos especialistas de todo el orbe; sociólogos, historiadores, juristas y estudiosos de disciplinas afines han buscado en el pasado las raíces de múltiples problemas sociales contemporáneos, propios de aquellos países en que existió la nefasta ins titución.
Desde luego, también en Cuba• el tema ha sido objeto de atención aunque subsisten inexplorados no pocos aspectos de interés y largos pe ríodos evolutivos de la institución que no han sido suficientemente estu diados, destacándose una etapa inicial -que cubre, aproximadamente, los tres primeros siglos de historia colonial, hasta la toma de La Habana por los ingleses ( 17 62)-en la que nuestros conocimientos sobre el tema resultan sumamente incompletos.
En medio de ese interés, los estudios acerca de la mortalidad y morbi lidad esclavas han rendido ya, en otros países, resultados investigativos de indudable valor (1).
En Cuba, en cambio, el tema apenas ha sido tratado; como señala Osear Zanetti (2), «un tema de indiscutible significación social como el de las enfermedades y la salud apenas ha sido abordado (...
con criterios más modernos, aunque en algunos casos la vaguedad de los términos utilizados -«enfermo», «con calenturas», (fiebre)-hacen desde todo punto de vista imposible una clasificación.
Los datos fueron agrupados en tres categorías, de acuerdo con las características de los esclavos tabulados; los bozales son africanos recién introducidos en el país, es decir, son aquéllos que integran los cargamentos y que son vendidos por primera vez en tierras cubanas; aunque algunos de estos esclavos eran importados de otras colonias americanas, que servían como depósitos esclavistas continentales, esta. categoría permite conocer, en general, los elementos patógenos aportados por los africanos a la Isla.
Por oposición a la anterior, los ladinos eran aquéllos que habían per manecido determinado período de tiempo en el país y mostraban, por tanto, cierto nivel de integración cultural y de adaptación al nuevo medio.
A diferencia de los bozales, en este grupo se incluían algunos esclavos criollos, nacidos en la Isla.
Los azucareros, por último, fueron agrupados, como su denominación indica, a partir de un criterio de tipo ocupacional; aunque los documentos de la época rara vez consignan la ocupación del esclavo -de ahí que sea imposible establecer comparaciones con otras categorías análogas-el grupo merece un tratamiento aparte, por hallarse vinculado a uno de los renglones productivos fundamentales de la época.
Además, según se verá más adelante, es una clasificación de interés a los efectos del trabajo.
Análisis de los resultados y discusión
En el total de la muestra (n = 4.446) se registran solamente 333 enfer mos, para un índice general de morbilidad del 7.5%.
Entre los hombres el índice es algo mayor (8.6%) que entre las mujeres (5.7%), característica que se observa entre los bozales (14.4% y 10.196) y ladinos (3.6% y 3.3%); en el caso de los azucareros no se reportan mujeres y no es posible, en consecuencia, establecer tal comparación.
Las anteriores cifras denotan igualmente que la proporción de esclavos enfermos en uno u otro grupo variaba considerablemente; la tabla 1 presenta la distribución de las clases de enfermedades reportadas en las diferentes categorías, mostrando igualmente diferencias importantes: Entre los bozales, las enfermedades más comunes estaban vinculadas a problemas alimentarios y digestivos provocados fundamentalmente por las condiciones sanitarias en que se verificaba el vü1je atlántico, conside radas como muy nocivas por el médico Francisco Barrera y Domingo (6) a. fines del siglo XVIII.
Las dolencias más frecuentemente mencionadas eran las cámaras y cursos, denominaciones que designaban desde la di sentería hasta el síndorme diarreico agudo (figura 1 ).
La disentería era una enfermedad común en la época y es probable que muchos esclavos la contrajeran en los depósitos africanos, agravándose durante el viaje (7).
El holandés Willem Pies, que trabajó como médico en Brasil entre 1637 y 1645, la describía como «unos flujos acompañados de sangre y fiebre» (8), mientras Farfán, en pleno siglo XVI, la consideraba una enfermedad letal, especialmente si provocaba «calenturas y mala gana de comer», es decir, fiebre e inapetencia.
Este último, además, la distinguía de otras dolencias análogas al señalar que su intención era tratar de «las cámaras de sangre, que los griegos llaman disentería(... ) y no de otras cámaras que hay, por no ser tan peligrosas» (9).
Entre las dolencias que provocaban trastornos nutricionales en los bozales se menciona la caquexia africana, conocida en las colonias hispanas como mal de comer tierra, en las inglesas como dirt eating (10) y llamada mal d'estomac (11) entre los franceses, que la reputaban originaria de Africa y la consideraban una enfermedad de etiología moral que provocaba serias deficiencias nutricionales (12).
El padre Labat (13) se refiere a ella como causada por una «melancolía negra» y en el siglo XIX Honorato Bemard de Chateausalins (14), que se desempeñó como médico de esclavos en los ingenios de Cuba, la caracterizaba por su «total abandono a la pesadumbre y la desesperación, por la pérdida de apetito y continuo dolor de estómago(... ) es una verdadera consunción provocada por falta de nutrición».
La enfermedad, causada al parecer por un gusano nematodo, provocaba una anemia intensa, fiebre y serios trastornos digestivos, cuyo síntoma fundamental era la ingestión de tierra u otras sustancias sin valor nutritivo.
Otra enfermedad relativamente frecuente entre los bozales y entre los esclavos en general eran las bubas (figura 1 ), denominación que al decir de Moreno Fraginals (15) designaba un «vastísimo complejo de enferme dades, no bien diagnosticadas, cuyo síntoma exterior era la aparición de llagas, granos o ganglios inflamados».
La vaguedad del término es confirmada por fuentes y autores diversos que coinciden en el hecho de que el mismo comprendía dolencias muy diferentes, como el pian, la sífilis y el linfogranuloma venéreo (16).
Todavía en el presente siglo innumerables afecciones de la piel -pústulas, llagas y empeines-eran designadas como «bubas» (17); en un estudio realizado en Jamaica en 1932 no se pudo determinar en el ocho por ciento de los casos cuándo las afecciones epidérmicas eran causadas por las bubas o la sífilis (18) y aún en la actualidad hay quienes identifican ambas enfer medades ( 19).
En los siglos XVI y XVII la confusión era, desde luego, mucho mayor y la creencia popular es que existían más de sesenta tipos de bubas que cubrían dolencias tan diversas como la gota, el asma, jaquecas y otros males (20); los médicos, sin embargo, utilizaban el término para designar, en general, las enfermedades de origen venéreo (21 ), aunque la sífilis era también llamada en la época «humor gálico», «morbo gálico» o «mal francés».
Claro está que muchas de las enfermedades consideradas por los mé dicos de la época como de origen venéreo tenían una etiología muy Asclepi�IJ.-1991 diferente, de manera que resulta imposible determinar con precisión las dolencias incluidas bajo la denominación de bubas; la gráfica descripción que Farfán (22) hace de la enfermedad, cuya curación considera «parte muy principal de la medicina», es prueba de ello:
«Son tantos y tan diversos los accidentes de esta enfermedad, que a unos aflije con una manera de sarna y leprilla en algunas partes de su cuerpo y a otros en todo él.
A unos aflije con unos como empeines y postillas en la cabeza y en el rostro, a otros aflije pelándoles las cejas y las pestañas, la cabeza y la barba.
A unos aflije con graves dolores de junturas y de cabeza, a otros con corrupción en los huesos de ella y de las espinillas; y finalmente a otros con llagas en las partes vergonzosas y con encordios y con continua purgación de materias por la vía de la orina».
Entre los bozales eran también relativamente comunes otras enferme dades como la filariasis, afecciones epidérmicas diversas y la viruela (23); en un cargamento llegado a la ciudad en 1628 se alegaba que venían algunos esclavos enfermos «así de viruelas como de otras enfermeda des» (24) y en 1668 las autoridades habaneras señalaban la necesidad que había de esclavos «particularmente por la enfermedad que Dios Nuestro Señor ha servido de enviar de viruelas y otros achaques en que han muerto más de seiscientos negros» (25).
La viruela fue una de las enfermedades que mayor incidencia tuvo en la población aborigen insular, y en el siglo XVI ya se la distinguía del sarampión, que era considerado como una variante de aquélla.
Farfán (26) las describía, por ejemplo, diciendo que existían dos <<maneras» de viruelas, «unas altas y gruesas» consideradas letales y unas «bajas y menudas (... ) las que llaman sarampión».
Según diversos testimonios de la época, ambas dolencias tuvieron una altísima incidencia entre los habitantes de la Isla, tanto libres como esclavos (27).
Entre los ladinos, la enfermedad más frecuentemente reportada es el síndrome de dependencia alcohólica (figura 1 ), incluida entre los trastornos mentales (tabla 1 ).
En realidad, los documentos de la época no permiten conocer la gravedad de la dolencia y se limitan a consignar, en el contrato de compraventa, el hábito de ingerir licores como un defecto del esclavo.
En 1604, por ejemplo, se vende una esclava «por puta (sic) y borracha» (28) y en 1694 el comprador de la negra Juana criolla promovió un pleito «por haberse descubierto en su poder la falta de borracha» (29).
Aunque los dos ejemplos anteriores se refieren a mujeres, el alcoholismo fue, fundamentalmente, una dolencia masculina, siendo 1.8 veces más frecuente entre los hombres que entre las mujeres.
El acceso al consumo de licores era facilitado, en La Habana, por la vinculación de los esclavos a la pujante economía de servicios de la ciudad, desarrollada en virtud de su condición de puerto escala de todas las flotas y armadas imperiales y de plaza comercial de nivel continental.
Téngase en cuenta que hacia 1570 existían más de cincuenta tabernas en la villa y que un siglo después, en 1673, se reportan unas ochenta (30).
INCIDENCIA DE LAS PRINCIPALES ENFERMEDADES ENTRE LOS ESCLAVOS (x1000)
Entre los trastornos mentales se incluyen igualmente algunas dolencias de menor incidencia, como los «dementados» y «espiritados», denomina ciones que resulta difícil precisar con exactitud; frecuentemente, en los contratos se hacía constar que el esclavo gozaba de buena salud mental, al asegurar que el mismo no era «endemoniado» (31 ).
Entre los azucareros hay una clara prevalencia de las enfermedades que afectan al sistema musculoesquelético, en especial las hernias, defor- Lo� esclavos encargados de moler la caña -los llamados moledores estaban constantemente expuestos al riesgo de perdér un dedo, la mano o aun el brazo debido a las características del trabajo que realizaban.
Con el objetivo de extraerle todo el jugo, la caña era pasada dos veces por el trapiche; el esclavo encargado de introducirla entre las mazas por segunda vez tenía que acercar mucho la mano, debido a que la misma carecía de la consistencia necesaria para hacerlo desde lejos, como ocurría en el primer pase, de ahí que los accidentes ocurrieran con relativa frecuen cia (32).
Los esclavos azucareros fueron igualmente víctimas de numerosas dolencias de la piel, como empeines, fístulas:-«llagas callosas que siempre echan de sí materia» (33)-y apostemas, dolencia que, de acuerdo con la patología humoral de la época, Sorapán de Rieras (34) califica como una «hichazón, hecha de humores que se juntan en alguna parte de nuestro cuerpo, donde se suelen corromper».
Se reportan también algunos esclavos con trastornos de la vista, los cuales eran, según Pies (35), muy comunes en la época, especialmente el conocido como nubes en los ojos producido, al decir de Farfán, por un «continuo corrimiento de humores» (36).
La salud y el estado físico de los esclavos, en sentido general, tenían, desde luego, una notable influencia en el precio.
En un cargamento de esclavos introducido en la ciudad en 1692, por ejemplo, los niños enfermos se deprecian un 49.4% y los adultos un 60.5% en relación con los sanos.
Entre los ladinos el proceso de desvalorización parece ser menos agudo, pero significativo en cualquier forma (figura 2).
Los precios pueden ser utilizados igualmente como un indicador acerca de la gravedad que el mercado de brazos de la época le atribuía a una u otra enfermedad.
La figura 2 muestra que aquellas dolencias que limitaban de forma permanente la capacidad productiva del esclavo eran las que más incidían en el precio, deprimiéndolo notablemente.
Esta tendencia es claramente visible en el caso de amputaciones, los trastornos de la vista y la epilepsia -conocida en la época como mal de corazón o gota coral que provocan' una depreciación de alrededor de un 3096 en relación con los sanos.
Otras dolencias, en cambio, era percibidas de manera diferente; el síndrome de dependencia alcohólica, por ejemplo, no era considerado problema de salud, sino un defecto del esclavo que no limitaba su precio en el mercado, lo cual indica que el calificativo de «borracho», utilizado B POBRF VISION/CE_ C3UFRA l�_:.-J J: ILAíllA::
éh los éontrátó's de Venta/no.designaba' eri'ie. alidaél 'un' esta_ do pat9lógicó, sino u n desajuste de tipo s9cia J'. _........
Veracruz, declara que el mismo estaba «quebrado de un compañón» (42) (hernia escrotal) y con calenturas (fiebre) que, según el parecer de los médicos, era provocada por la enfermedad de humor gálico (sífilis); inte rrogado, el esclavo declaró que:
«... en la ciudad de la Nueva Veracruz (... ) donde nació y se crió mu chacho se quebró de un compañón y se le empezó a hinchar.y [ su ama ] (... ) llamó a un cirujano(... ) para que lo curase y aunque lo curó no quedó sano y después de algún tiempo, habiéndole dado unas calenturas, llamó (... ) su ama a Ventura de Gracia para que lo curase y este declarante le manifestó la dicha quebradura y dijo que no era nada... »
Dado que los esclavos constituían una valiosísima mercancía en la época -y su muerte una pérdida económica de consideración-los pro pietarios contrataban servicios especializados para su curación.
A principios del siglo XVII Juan Maldonado, uno de los primeros azucareros insulares, pagaba ochenta ducados anuales al cirujano Francisco Salvador para el cuidado de los negros del ingenio ( 43).
El mecanismo más utilizado era, sin embargo, el de contratar los servicios del médico cuando algún esclavo enfermaba.
Como ejemplo, merece citarse un contrato concertado en 1640 con el maestro cirujano Francisco Salvador para la curación de una esclava enferma, de acuerdo con las cláusulas siguientes: a) El propietario le entregaba una esclava «enferma de un apostema junto a la cadera izquierda arrimada al espinazo y llena de bubas y con calenturas continuas».
b) El médico asistiría a la enferma, dándole de comer y «poniendo las medicinas y lo demás necesario que se requiera para curarla». c) Si la esclava sanare, serviría al médico durante un año y éste cobraría, además, cincuenta pesos.
Si muriese, los gastos de enterramiento corrían por cuenta del dueño ( 44).
La tabla 1 muestra que los índices de morbilidad difieren entre uno y otro grupo, siendo los azucareros los que mayores índices presentan.
El número de bozales enfermos es asombrosamente reducido, especialmente si se tiene en cuenta que tradicionalmente se ha asegurado que las tasas de mortalidad durante la travesía eran sumamente elevadas y que los esclavos arribaban en un estado físico deplorable.
En los últimos años se ha demostrado, sin embargo, que la proporción de muertes por viaje era sustancialmente menor a lo que se venía afirmando, ya que era interés del propio negrero -es un elemental cálculo económico, aplicable a cual- • quier mercadería-garantizar que la misma llegara en buenas condicio nes (45).
Sin embargo, aun entre los bozales estos índices no pueden considerarse bajos; téngase en cuenta que éste era un grupo poblacional ad hoc, creado exclusivamente con fines comerciales y compuesto únicamente por indi viduos jóvenes, cuyo estado físico era cuidadosamente revisado por el negrero.
Aun así, alrededor del 1096 de los bozales comprendidos entre los quince y diez y nueve años presentaba problemas de salud (figura 3).
INDICES DE MORBILIDAD POR
En el caso de los ladinos y azucareros los índices tienden a incremen tarse a medida que aumentan las edades y hay grupos etáreos en los que se registra más de una tercera parte de enfermos.
Como los datos de los ladinos son extraídos de los contratos de venta, se les puede aplicar el mismo razonamiento realizado en el caso de los bozales, ya que es presu mible que como norma los esclavos enfermos no serían llevados al mer-Asclepio-IT-1991 cado.
1 Los altos fodices�enJreilosr azucareros; indican: • qu� --a pesar;:deLcará: ctep artesanal que en la época tenía la producción de azúcar, en estas ufücládes el ¡desgaste_, fü-sitm_: de. dos-,•.ésclavos•..:erá rnlgb:.i -ni.aybr;,:laJ Jigμrn=--l3�1: pei-mite observar., -:i10 \ o' bstahté;+la¡ pr; esernúa,1entre.--Jos; 1mismos; de:.es�lavbs:'.GOri edades:.velativamente elevaqas (m�s deiseseNta añds)/por Jo�:que-:es: �: nece� sarirn; cohclúir-•,quei.dich0•!:desgaste:• no:_ es • ¡ err:üodo � caso. comparablebal sufriaff pOF: Jás:•aotaciones,_: aztica: rieras:;de épocas•::; posteriores; i.éuandq: •. el desa; frollo'. <;le' fa -plantacióffazucarerá¡,abastec; edora del-:nrer: cadb m undiah sometió al esclavo a extenuantes niveles de explotación.
Es probable que en esa época los índices de morbilidad fueran, al fhérios• entre lós• esdavosrúrales;�sustartcialmertte'ifiayotes• a-kK'detecrndos �n el periodo a_ b, Ol\daqq,,�11• �e?!e�tJél;9.. �jo;t-;e:n �L g_ v�•:-l�t i, esclavitud no habíi �lcanzado aún, s{Í. gr��9i'.'fül�X�Q; Ae:-_:_ q e�i r r: iμj., CÜando ello se precis�� será posible conocer cóf f mayor détáfütel negativo efecto de la explotaciói;i plant�cionista en_ la. vida del esclavo. y:. caracterizar.las principaJe.s. enfe�� r: nedades que aquejaban ala población negra de lalsla, lo que cpntribuiriá ql conocjmiento de la historia social de Cuba.
El tema, sin embqrgo, est� <1tún sin e \ tud1ar. |
Los antecedentes más inmediatos de la creación del Museo o Gabinete Anatómico de 1823, hay que buscarlos una vez más en la labor e intereses de la siempre bien mencionada Real Sociedad Económica de Amigos del País, de La Habana.
Esta institución se había propuesto mejorar la agri cultura y el comercio en la isla de Cuba, así como desarrollar la educación e instrucción de los jóvenes.
Con esta simple información recogida en las Memorias, subraya la intención de poner al país a la altura de las naciones más civilizadas de Europa.
La enseñanza debía ser, pues, un factor decisivo, y para ello era necesario fundar diversas instituciones.
dad de La Habana era puramente teórica, hasta su secularización en 1842 y aún unos años después.
Hasta ese momento dicha institución había confrontado una situación difícil: el abandono de las cátedras por los dominicos al trasladarse hacia el continente americano previendo la extinción de su orden en España, el atraso de los textos que se impartían, pero sobre todo la falta de recursos, hicieron que se cerrasen varias cátedras de la Universidad (1).
Sin embargo, desde fines del siglo XVIII se enseñaba estas ciencias en el Real Hospital de San Ambrosio.
En 1797, gracias a las gestiones del Intendente del Ejército José Pablo Valiente, se lleva a cabo la reapertura de la Cátedra de Cirugía en el mencionado hospital.
Se encargó para ello al licenciado Francisco Javier de Córdova y Torrebejario, Cirujano Médico de la Real Armada y Mayor por S.M. de los Hospitales del Ejército de La Habana, quien. pronunció un discurso u oración inaugural en elogio de la cirugía (2).
El discurso de Córdova es abigarrado e interesante: refleja aspectos muy en boga por entonces como la influencia de miasmas en la producción de enfermedades y hay referencias continuas al cuerpo como máquina; incluyendo diversos criterios religiosos entre los que se encuentran la convivencia del alma con el cuerpo.
También explica detalladamente la circulación sanguínea y la anatomía del corazón y luego pasa a considerar la división de los estudios médicos en sus tres disciplinas: medicina, far macia y cirugía, expresando que la enseñanza de esta última ha de ser teórica y práctica.
Señala, de paso, la labor de la Sociedad Económica de establecer un Jardín Botánico y un Laboratorio químico, y la importancia que ambas ciencias significan para la agricultura y el comercio y aun para los que se dedican a la cirugía y farmacia.
Por su parte, expresa que se propone enseñar a sus alumnos esas y otras disciplinas (anatomía, fisiología, tera péutica) para formar «si no perfectos cirujanos, a lo menos jóvenes ins truidos».
Por esa razón es necesaria, además de la enseñanza teórica, la disección de cadáveres.
Esta práctica -continúa Córdova-se.dejaba en España en manos del cirujano, mientras que a cargo del médico quedaban los conocimientos teóricos para dirigir las operaciones.
El gobierno intentó destruir estos prejuicios con la formación de Colegios médicos.
Se evitaba así que continuaran proliferando individuos ineptos quienes asumían la profesión de cirujanos, y que esta disciplina cayera en el mayor descré dito.
Tal situación, que existía tanto en Europa como en todas las colonias ultramarinas de España desde anteriores siglos, continuó, sin embargo, hasta mediados del siglo XIX.
La idea del Intendente y del Gobierno de crear esta Cátedra tal vez fueran las que el propio Córdova señala como «ventajas» en su discurso, o sea, la formación de profesores que socorrieran a las tropas y ocuparan empleos en hospitales, regimientos y naves de la Real Armada, presentes en la Isla y en otras posesiones de España.
Concluye su discurso con un llamado a la ética médica donde exhorta a los jóvenes que estudien esta ciencia a ser honestos, prudentes y carita tivos, compasivos y desinteresados con los menesterosos.
Y opina que, de llevar adelante el proyecto útil de esta Cátedra, la ciudad podrá poseer «un Seminario que no tenga nada que envidiar a los mejores de Euro pa» (3).
Córdova impartió clases en el Hospital Militar de San Ambrosio durante diez años, es decir, hasta mediados de 1806.
A pesar de la pobreza de instrumental -que todavía existía diecisiete años después-«sus trabajos no fueron del todo perdidos para el país y su escuela produjo buenos profesores.
A su fallecimiento sigúió la decadencia de este género de instrucción y paulatinamente fue retrocediendo hasta tocar en los límites de su antiguo estado» (4).
No obstante los esfuerzos de la Sociedad Eco nómica, se cerró la Cátedra, regentándola antes de su clausura el licenciado Antonio González, Médico de la Maestranza de La Habana (5).
La llegada a Cuba en 1816 (por gestiones de Francisco de Arango y Parreño) del Intendente Alejandro Ramírez, representó un impulso de gran significación para el desarrollo del comercio, la agricultura, las cien cias y las artes en suelo cubano.
Gracias a su esfuerzo se crearon varias instituciones en el país entre las que se hallaban la Academia de pintura y escultura de San Alejandro, el Jardín Botánico, la Cátedra de Química y el Museo Anatómico.
Bajo su dirección, la Sociedad Económica nombró, un año más tarde, la comisión representada por Tomás Romay, Marcos Sán chez Rubio y Juan Angel Pérez Carrillo para que se encargaran de los trámites requeridos a fin de instalar la Cátedra de Anatomía y Fisiología.
A esta comisión se encargó también el análisis de la compra del Museo Anatómico que pertenecía al doctor José Chiappi, y que estaba constituido por figuras de cera.
Como se señala en el informe (6), la comisión está convencida de la necesidad de la enseñanza de la anatomía y de las ventajas que ofrece el estudio con los cadáveres, así como de que deberán pasar estos cursos «todos los que aspiren a ejercer la medicina y cirugía, en cuyas facultades no se recibirán por el Tribunal del Protomedicato ni aun los cirujanos romancistas, sin presentar certificado de haber cursado dos años completos la anatomía teórica y práctica» (7).
El 18 de agosto de 1818 el Intendeni;e Ramírez dirigió una instrucción al doctor Tomás Romay, donde se refería al oficio del también doctor Nicolás /Vicente/ del Valle, primer médico del Real Hospital de San Ambrosio, acerca de la creación de una Cátedra de Clínica que ya se había propuesto por la intendencia dos años antes.
Ramírez encargó a Romay que elaborase un plan para la ejecución de este proyecto (8).
Este último así lo hizo, y. se lo envió con una carta adjunta en el mes de septiembre de 1818.
En su misiva Romay aduce que está convencido de la importancia del estudio de la medicina práctica y que, como no ha encontrado un «solo profesor que haya cursado en Europa esta aula», ni modelo que imitar para acondicionar su plan a nuestras condiciones locales, se decidió a elaborarlo él, según el que sobre medicina clínica ejecutaba Pinel en el hospital de la Salpetriere.
Considera que al estudio de la medicina práctica debe preceder el de la fisiología, patología y anatomía, ya que sin conocer el cuerpo humano no es posible determinar los «desórdenes» que producen las enfermedades.
Se refiere también a la enseñanza en la Universidad de La Habana, muy atrasada, que todavía enseña «que los cuatro elementos son los principios constitutivos de todos los seres, que la significación y segregación de los otros humores que se dicen primarios se ejecuta en el hígado; que todas las enfermedades son similares, orgánicas, etc.» -Y dice a continuación-, «pero ¿cuál puede ser la teoría de Lázaro Riverio habiendo escrito en el siglo décimo sesto?
Cuando Haves (sic) no había descubierto la circulación de la sangre, ni Aellei:: (sic) había trazado las primeras líneas de fisiología, ni Ludwig con cebido su patología, ni Bichar (sic) la Anatomía aplicada a la fisiología y a la medicina» (9).
Y adjunta el citado Plan para el establecimiento de una Escuela de Medicina Clínica en el Real Hospital de San Ambrosio de esta Ciudad Romay señala la importancia de una sala ventilada, con un termómetro, e igual número de enfermos que de alumnos.
Deberán asistir los alumnos graduados de Bachiller de Medicina, requisito indispensable para ser ad mitidos.
Cursarán dos años, obligatorios, antes de ser examinados por el Real Tribunal del Protomedicato.
En primer lugar, los alumnos• tomarán la temperatura de la atmósfera y los «meteoros» del día anterior; luego examinarán a los pacientes ( cada uno a su enfermo correspondiente), anotando en su cuaderno nombre, edad, temperamento, tiempo que reside en la isla, enfermedades que haya padecido últimamente, día en que contrajo la actual enfermedad, si es simple o complicada, causas que la produjeron, síntomas con que se presenta, partes que padecen, dieta que prescribe, fenómenos que preceden a la salud ( curación) o a la muerte, y otros datos.
Luego• de esta actividad pasarán a la sala de enseñanza con el catedrático que les explicará «uno de los efectos observados y lo clasi ficará nosológicamente»; expondrá su género, causas, anomalías, dónde, cuándo y por quién ha sido descrito y los remedios más eficientes.
Se realizará otra visita a los enfermos a las cuatro de la tarde para ver la temperatura y el efecto de los medicamentos; todo lo cual será anotado.
Asimismo se redactará la historia de los que mueran, cuáles enfermedades han predominado y la influencia de la atmósfera y condiciones ambientales (climáticas) en los pacientes.
Al final del año se hará un cuadro clasifica torio con todas esas enfermedades y el resumen se archivará en la sala de enseñanza.
Deben hallarse siempre, para su estudio, enfermos de los más frecuentes en el país, o sea atacados de fiebre amarilla o con afec ciones del hígado.
Para estudiar a las mujeres, los alumnos saldrán a hacer visitas con el catedrático en las casas del pueblo.
Como los conoci mientos de fisiología y patología impartidos en la Universidad no propor cionan los conocimientos prácticos, los alumnos de tercer y cuarto cursos asistirán desde marzo hasta septiembre a la clase de anatomía del Hospital de S. Ambrosio.
Allí el catedrático explicará los órganos, composición, funciones y «desórdenes» que experimentan en las enfermedades.
Aunque el calor impida la disección de cadáveres, los alumnos continuarán asis tiendo a la clase de anatomía después de la observación de los enfermos por la tarde en la sala de clínica.
Cuando crea conveniente disecar un cadáver para estudiar la causa de una enfermedad, el preceptor lo comu nicará al Inspector del Hospital y éste ordenará al Director anatómico que ejecute la misma.
Todo lo demás concerniente a esa enseñanza se. hará como lo que se observa en el Real Estudio de Medicina práctica de Madrid.
Como puede colegirse de lo anterior, Romay es partidario de combinar las investigaciones prácticas con las teóricas, de la observación del enfermo y de los estudios comparativos, entre otras cosas.
Unos meses después, con la aprobación de Ramírez y la anuencia del Gobierno, logró inaugurarse la Cátedra de Anatomía práctica y de Fisiología el 8 de enero de 1819 en el citado hospital.
La asumió el médico italiano José Tasso (10), quien pronunció un discurso en el acto inaugural (11).
Al mismo asistieron el Capitán General, el Intendente del Ejército, el Inspector Asclepio- del Real Hospital, miembros del Protomedicato, varios facultativos y cin cuenta alumnos.
Un año más tarde, en 1820, se le encargaría también a Tasso la Cátedra de Química que, como la anterior, se estableció en el propio Hospital de San Ambrosio.
Entre los primeros proyectos de la Sociedad Económica -según se ha expresado-encontrábase la creación de una cátedra y laboratorio de química que realizaran investigaciones, sobre todo aplicadas al desarrollo de la industria azucarera.
El proyecto dormiría, sin embargo, algunos años, hasta la llegada de José Luis Casaseca.
Lo relacionado con la química y la física, al igual que la medicina, se hallaba bajo la jurisdicción del Protomedicato de La Habana.
Este, en 1817, sometió a examen a un aspirante suizo, Luis Murelator, que al parecer no fue aceptado para encargarse de esta disciplina pues un año después el Intendente Ramírez aceptó la proposición del profesor Auguste Louis Saint André de viajar a París para traer todo un moderno laboratorio de química, asignatura de la cual seria profesor a su regreso.
Así lo hizo Saint André, pero falleció poco después -en 1819-víctima de la fiebre amarilla que asolaba nuestro país (12).
Ramírez dispuso que se colocara provisionalmente el laboratorio en el Hospital de San Ambrosio y ordenó habilitar alli un local para la enseñanza experimental de la química.
Se le propuso al cubano José Estévez la dirección de la cátedra en cuestión, pero éste, tras los avatares de su incorporación a la expedición del Conde de Mopox, su viaje a España para estudiar química y botánica y sus ulteriores dificultades, rehusó.
Ramírez encargó entonces al italiano Tasso la Cátedra de Química, además de la de Anatomía que ya desempeñaba.
Por fin, se inauguró la Cátedra de Química en el mencionado hospital el lro. de febrero de 1820, con una matricula de 40 alumnos.
Tocó a Tasso pronunciar el discurso inaugural que se publicó cinco días después en el Diario de La Habana (13).
Impartió clases durante seis meses y luego partió hacia su país, sucediéndole en la Cátedra de Anatomía, también por un corto tiempo (un curso), el doctor Antonio E. de Castro (14).
En 1826 se trasladaron los útiles e instrumentos para una sala del Hospicio de San Isidro (contiguo al Hospital Militar) y luego, en 1836, al Jardín Botánico (15).
A pesar de los esfuerzos de Francisco Arango y Parreño en 1828 y 29, y de la Real Cédula de 6 febrero de 1830 que mandaba establecer una cátedra y laboratorio de química en La Habana, no seria hasta 1837 cuando se instauraría con una matricula de 200 alumnos.
Pero no es el caso aquí hacer la historia de la enseñanza de la química, sino sólo señalar la vinculación que tuvo con la de anatomía en sus primeros tiempos.
¿Era excesivo y mal remunerado el trabajo encargado a José Tasso?
Difícil es decirlo con los elementos que poseemos.
El asunto es que, con la partida del italiano y la posterior renuncia del Dr. Castro, la Cátedra de Anatomía quedó una vez más desierta, pero sólo por un corto tiempo.
En 1820 arribó a nuestras costas en la corbeta La Diamante y como médico cirujano de la misma, el español Francisco de Paula Alonso y Femández (1797-1845).
Dirigía la Hacienda Alejandro Ramírez.
Este solicitó al Comandante del apostadero los servicios de Alonso ( que en ese entonces había sido trasladado a la corbeta Santa María) a fin de utilizar sus conocimientos en la plaza de Director anatómico del Real Hospital Militar de San Ambrosio.
Dos años después se nombra a Alonso Cirujano mayor y catedrático de medi cina y cirugía, otorgándole S.M. la propiedad de estos cargos en 1826, por Real Orden del 4 de mayo (16).
El día 28 de octubre de 1823 quedó instaurado el Museo Nacional de Anatomía Descriptiva de La Habana.
En esta ocasión, su recién nombrado director, Francisco Alonso y Femández, pronunció el discurso inaugural, que se publicó en las Memorias de la Sociedad Económica de Amigos del País (17).
Al acto asistieron comisiones del Ayuntamiento, del Real Proto medicato, de la Real y Pontificia Universidad de La Habana, la Real Sociedad Económica y el Colegio de San Carlos, así como profes ores y personal del Gobierno.
El discurso de Alonso y F emández comienza destacando la importancia del estudio de la anatomía para el médico, pero enseguida afirma que esta disciplina, por el hecho de tener que manipular cadáveres, es de saseada, incómoda al olfato y repugnante, y además puede afectar la salud de los profesores, sin contar que no es fácil conseguir cadáveres si no es en las grandes ciudades, ni disecar en todos lugares y climas (asunto que vuelve a repetir más adelante).
Todo ello hizo que a lo largo de la historia, diferentes artistas y hombres de ciencia intentasen imitar y con servar durante mucho tiempo las piezas anatómicas e incluso cadáveres enteros.
Y señala los materiales utilizados en esos menesteres hasta el descubrimiento de la cera.
A continuación -tomando los datos de un diccionario de ciencias,,, • • seguidq, en lo� co_ l e, gi?s. _.r, néq. i_ c_ o-quirμrgi�o5.;qe la.Pepín_ sula»D9,). o:.,. rda Íiombr' at• una. comisión,Í" epres• eiitadá; pdt: l\tlattíμ'Aró�te. gui, el: T�niertte def Síndico • y. �1-Secretario. para•. ci ue.:' -..
Otr;o documento de la Junta de Fomento/fechadó el-is de noviembre def823, �forma que sehabfa realizado ia apertura d. elMuseo Ariatómicó, establecido en el Convento de Saiz"' Agustín, el díá 17 -de octubre.
Este documento, enviado a Próspero Amador García; añadía ad�más, que la Junta-estaba satisfecha eón verrealizado un estableéimierito tan útil (23).. • _ También se habla de la existen.da del Museo en•el citado convento en los p�peles manuscritos: ae _ Nkolá• s José Gutiérrez.
Por' ejemplo, en �el litigi_ o•de'fa Real Acaderñfa de-ciencias Médicas, Físicas• • y Naturales de ta Habán_ ¿Ú�on_los franciscanos p0r)a pe' tición de: aquélla• del salón alto del convento. (la Acádemia �cupaba el • salón. inferior). p• árá colocar allí Ün museó de historia ná.tural,:el gobieino ri ombróuna•comisión en•efáño de 1868_ para aclarar el asunto, y•• en ese• sentido envió' uha carta á Gutiérre' z, pres1dente•de la Academia, fe • chadá' el ll de julio de ese año::Este redacta uh itifotine. eri'que enumera las razones po� las que solicifa' er salón alto del convento.
Entre las razones. argumentadas alega que:
•; •:�<H� d• escarisadd-'tambÍén e�-'qe. enel loc' al qe. hoy pide; estuvo el -' primer mused de anatomía descriptiva; qúe•costeó la Rl.
Hacienda, hastá que la enseñanza de este ramo pasó al Rl Hospital militar, así como el que ocupa y en el que sirve actualmente de refectorio a los padres congregantes estuvieron las clases de dibujo de la Academía de S. Ale jandro» (24).
En otro informe del propio mes de julio (25), dirigido por la Academia al director de administración, tratando el mismo asunto, se ratifica lo expuesto anteriormente.
También Manuel Costales asegura que «abrióse el Museo en el convento de S. Agustín con el mayor aseo y decencia» (26).
Por último, en las actas manuscritas del 19 de diciembre de 1823 de la Real Sociedad Económica (27), se da lectura por Tomás Romay �quien era entonces Inspector del Museo Anatómico y de la Cátedra de Medicina Operatoria y a cuyo cargo estaba-el remitir informes a la Junta de los logros y mejoras requeridas para estos estudios-(28) a la petición que hacen Francisco Alonso y Femández y Femando González del Valle.
La del primero, relacionada con el Gabinete de anatomía «colocado en el convento de San Agustín», y la del segundo, con la creación de una Cátedra de Cirugía fisiológica en el Hospital de San Juan de Dios.
En su petición Alonso se compro�etía «no sólo al cuidado y conservación del gabinete sino también al desempeño de la Cátedra de anatomía y a explicar anualmente un curso de operaciones y otro de arte de partear» (29).
Se aceptó remunerarlo por parte de la Sociedad Económica, pero se negó a González del Valle su solicitud (30) pues con el método de Alonso y la asistencia diaria a los hospitales -opinaban-podía aprenderse la cirugía.
Luego, en diciembre de ese año, todavía se encontraba el Museo en el Convento de San Agustín.
De todo lo expuesto hasta aquí se infiere lo siguiente: que la. apertura del Museo Anatómico ocurrió en el mencionado convento y que fue allí donde Alonso pronunció su célebre discurso del 28 de octubre de 1823, y que las colecciones se trasladaron más tarde al Convento de San Isidro.
La confusión podría provenir del «Informe sobre el estado actual del Museo Anatómico» (31) que presentó Tomás Roma y el 14 de diciembre de 1830 en la Sociedad Económica, donde notifica que el citado Museo, establecido en el Hospital de San Isidro, se conserva en el mismo estado y con los mismos exponentes y utensilios desde su fundación en 1823.
O sea, que Romay obvia en el mencionado informe el tiempo en que el Museo o las colecciones radicaron en el Convento _de San Agustín (Calle Cuba entre Teniente Rey y Amargura).
Es necesario aclarar aquí que el antiguo Hospital de San Ambrosio (creado en 1744) estaba situado, precisamente, contiguo al Convento de San Isidro; en la calle de igual nombre, entre Picota y Compostela.
Luego, en 17 64, se fabricó allí un nuevo edificio para el hospital que conservó el nombre de San Ambrosio (32).
Romay pudo muy bien referirse a este hospital -como hizo después en otros informes-guiándose por la ubi cación del mismo; tal y como sucedía, por ejemplo, con el Hospital de San Felipe y Santiago, llamado asimismo de San Juan de Dios por el convento de la orden de igual nombre y plaza donde se hallaba situado.
Por tanto, podemos asegurar que la apertura del Museo Anatómico se realizó en el Convento de San Agustín y al parecer fue allí donde Alonso pronunció el discurso inaugural del 28 de octubre de 1823.
Posteriormente, el Museo se trasladó a una pieza reducida, oscura y húmeda del Convento de San Isidro, anexo al Hospital de San Ambrosio, donde permaneció durante varios años, hasta que en 1834, a instancias de Tomás Romay y por disposición del Conde de Villanueva, se quitó de este lugar y se puso en «una casa inmediata al Hospital que hasta poco antes había sido habi tación del Inspector» (33).
Puede saberse lo que contenía el citado Museo por el discurso inaugural de Alonso y Fernández y por el informe redactado por la comisión de la Sociedad Económica, antes mencionado.
El primero asegura que las piezas anatómicas traídas de Florencia, aunque pocas, estaban muy bien traba jadas.
Estas y otras de diferente material se hallaban colocadas sobre seis pedestales que imitaban el alabastro y en urnas de cristales.
Podían verse: un tronco de mujer, cortado por el diafragma, mostrando los diversos órganos internos, e incluso «el feto en la tuba falopiana»; un cerebro en corte donde se ve el origen de vasos y nervios; el órgano del oído con sus huesecillos y.partes; una cabeza que muestra los nervios que salen del bulbo y van a la lengua; un corazón con sus grandes vasos; ún esqueleto humano situado en una urna de cristal; tres ojos de marfil y cristal que se desarmaban; un oído de marfil con sus partes; algunas lenguas y corazones de madera; el órgano de la voz y del olfato, de marfil; todos los huesos del cuerpo humano desarticulado; una pelvis de mujer con los diámetros de latón, útil para el estudio de los partos; un cálculo de vejiga de cinco y media onzas de peso; un esqueleto de un feto sietemesino• y varios cuadros o pinturas de anatomía y patología copiados del natural.
Pero lo que más debía llamar la atención, era la presencia de una
Venus, situada en una «cama romana ricamente adornada» (luego se
Si se abrían pecho y abdomen, podían observarse y extraerse las vísceras del cuerpo; incluso se representaban el útero en estado de preñez, dejando ver el feto en su posición natural, así como el cordón umbilical y la placenta.
En su entusiasmo, Alonso exclamaba: «No existe otra figura que la supere en ningún gabinete.
Puede ser muy bien prenda de un monarca».
El Museo poseía asimismo ocho cajas con unos ciento cincuenta ins trumentos quirúrgicos construidos en París, para atender los partos, las enfermedades de los ojos (cataratas), la e�tracción de cálculos de la vejiga, la extirpación de pólipos y -una de las cosas más curiosas-«ingeniosos aparatos de sanguijuelas artificiales inventadas por M. Saladiere», las cuales, por supuesto, servían para sangrar a las personas.
Todo ello hace exclamar a Alonso: l)niversidad creyese oportuno no interferir en la labor práctica del Museo (aunque reconocía la importancia de estos estudios para los estudiantes• de medicina), ya por el temor a contravenir decisiones tomadas y favore cidas por la Sociedad Económica y el Gobierno, el caso es que los alumnos • universitarios debían transitar por los cursos de anatomía práctica y gran des operaciones que se explicaban en el mencionado Hospital de San • Ambrosio para poder revalidar su título de medicina y cirugía.
En ese sentido el Museo fue un importante precedente que sirvió de estímulo para la creación de otras cátedras.
El Dr. Fernando González del Valle -que fue discípulo de José Tasso en el Hospital de San Ambrosio, y alcanzó el primer premio de anatomía práctica entre los seis alumnos presentados- (36) impartió clases en el Hospital de San Felipe y Santiago (San Juan de Dios) y logró establecer, con la ayuda de la Sociedad Eco nómica, una Cátedra de Cirugía en la Real y Pontificia Universidad de La• Habana en 1824.
También José de la-Luz Hernández abrió un curso de higiene pública y privada (luego se impartió en el Convento de la Merced): que tuvieron que ganar los alumnos universitarios para vencer su carrera de medicina (37), y más tarde el Dr. Nicolás Pinelo abrió otro de vendajes.
En 1824, Alonso y F ernández comenzó a explicar, además de la anato mía y cirugía, la obstetricia, «de cuyo estudio no se había tratado entre nosotros, con demostraciones sobre los cadáveres, esqueletos y un maniquí: que construyó al efecto» (38).
Un año después convocó y realizó los exá menes públicos de estas ciencias.
Estos exámenes, efectuados el 21 y 22 de octubre de 1825, se basaban en un conjunto de temáticas: 4 de anata-• mía; 18 de fisiología; 27 de patología y 37 de terapéutica; y comprendía no sólo a la madre sino también al feto y sus enfermedades.
Con respecto a la terapéutica, se empleaban instrumentos como el forceps, «la ballena" de Esparragosa» y otros, y se realizaban operaciones como la cefalotomía, la sinfisiotomía y la gastrohisterostomía u operación cesárea «por donde se ve el grado de cultura del profesor que enseñaba a sus alumnos tales cosas en esa época» (39).
El programa a examinar se publicó en el propio año de 1825.
En una nota final de dicho programa se exponía que, aunque el libro de texto que se utilizaba era el de Navas, se prefería a Maygrier en el catálogo de presentaciones defectuosas de la criatura y en las operaciones manuales e instructivas que pide cada caso por ser su doctrina más inteligible y aplicarse a la práctica ( 40).
Con respecto a las lecciones de Alonso y F ernández, dice Horacio Abascal:
Asclepio-II-l 991 «En ellas, además de los estudios de Anatomía, Fisiología y Patologí<i1-, se explicaba la Terapéutica especializada donde ya se enseñaba el uso de las tijeras de Smellie, de los distintos garfios de Levret, del tira-cabezas de Mauriceau; donde se practicaban la sinfisiotomía y el modo de ejecutar la operación cesárea en la madre viva o muerta.
En una palabra, en la cátedra que el Cuerpo Patriótico fundara se sentaron los pilares de la escuela obstétrica cubana» ( 41 ).
Por esta razón la Sociedad Económica hizo acreedor a Alonso de un homenaje por sus esfuerzos en despertar el gusto por el estudio de la anatomía y cirugía con la utilización de cadáveres ( 42), lo que eliminaba las «oscuridades e imprecisiones» con que los profesores explicaban, por haber instalado la cátedra de obstetricia, <<cuyo estudio se hallaba en completo olvido» y por haber estimulado a otro profesor a plantear la creación, en 1827, de otra del mismo género, dedicada a la enseñanza de parteras ( 43).
Este profesor no era otro que el Dr. Domingo Rosaín, quien como médico, cirujano, comadrón y fiscal de parteras del Protomedicato, había publicado en 1824, el primer folleto de este tipo que se editaba en Cuba, titulado «Examen y cartilla de parteras», a instancias del propio Protome dicato.
A pesar de ello no se le dio suficiente apoyo por parte del Gobierno, pues su autor tuvo que dirigirse, tres años después, a la Sociedad Econó mica solicitando su ayuda y proponiendo crear una Cátedra o Escuela de Parteras en el Hospital de San Francisco de Paula, dedicado sólo a las mujeres.
Informa que utilizará para la enseñanza su cartilla, así como algunas láminas, una pelvis artificial y otros objetos que procurará para ello.
Incluso creó un reglamento para la mencionada Escuela.
Asimismo pidió a la Sociedad que se copiaran las láminas del atlas de Maygrier que acababa de recibir Nicolás José Gutiérrez, y que se encargara esta labor al pintor Juan Bautista Vermay, director de la Escuela de San Alejandro.
Por fin, el 7 de junio de 1828, a las cinco de la tarde, tuvo lugar la inauguración de la Academia de Parteras en el hospital mencionado, patrocinada por la Sociedad Económica y apoyada por el obispo Espada, José Díaz de Espada y Landa.
La Cátedra funcionó hasta 1833 en que desapareció (44), más o menos por la misma época en que cerró sus puertas el Protomedicato.
Sin embargo, al menos en los años 30 se impartió en el Museo Anató mico el arte de partear; primero por Alonso y luego por Gutiérrez, como • se verá más adelante.
Posteriormente la enseñanza de la obstetricia pasó a la Universidad.
En 1849, Ambrosio González del Valle publicó un Manual de Obstetricia para el uso de nuestras parteras.
González del Valle era por entonces Profesor Público de Medicina y Cirugía en dicha Universidad.
En el prólogo de su folleto no sólo reconoce la labor de las dos figuras mencionadas anteriormente, sino que nombra también a Rosaín y al Dr..
Joaquín Guarro, este último profesor de la Universidad, y de quien había sido discípulo González del Valle.
Como es natural, del Valle utiliza los textos franceses de Maygrier, Chaylly y Jaquemier.
Los seis capítulos que conforman la obrita son: De la pelvis; De los órganos sexuales de la mujer; Del feto y de sus dependen cias en relación con el conocimiento práctico de los partos; Del embarazo; Del parto y De las cualidades de las parteras y conducta que deben observar en los partos.
En los informes rendidos por Tomás Romay (45) a la Sociedad Econó mica, correspondientes a los años 1827, 28, 29 y 30, se expresa que el estado en que se hallaba el Museo Anatómico desde su fundación hasta esa primera fecha era «estacionario», en cuanto a que no había aumentado el número de piezas y utensilios, y continuaba ocupando la misma sala reducida del Hospital Militar.
Aunque todo se m; ntenía bien conservado, expresa que, tanto el Museo Anatómico como la Academia de dibujo, estaban abandonados en cuanto al pago de las pensiones por parte de la Sociedad Económica, y que si ambas instituciones habían funcionado hasta entonces se debía más a la generosidad y celo de sus directores que a la atención que se le había brindado.
Sin embargo, en el bienio de 1827-28 se había «mejorado considerablemente el estado de estos estableci mientos por haberle podido facilitar los auxilios que exigían; y pagados (sic) ya las pensiones de sus directores... » (46).
También se dan a conocer los trámites realizados por Alonso y Fer nández, quien presentó un informe al Sr. Francisco de Arango y Parreño, comisionado por S.M. para formar el plan de estudios de la Isla de Cuba, el 27 de noviembre de 1827.
Dicho informe consistía en un proyecto para establecer un Anfiteatro Anatómico en el terreno yermo que se encontraba en el Hospicio de San Isidro, e incluía el plano de la obra y algunos arbitrios para su más fácil ejecución.
El proyecto fue enviado por Arango al Conde de Villanueva, Intendente del Ejército, quien a su vez lo pasó al Director de Ingenieros y comunicó al Ministro de Gracia y Justicia (47), a Asclepio-ll-1991 mediados de 1829.
Un año más tarde no había dado resultado alguno, por lo que Roma y solicitó a la Sociedad que agilizase el proyecto ( 48).
Lo que impulsó a Alonso a dar este paso era evidente: el espacio, reducido y húmedo, resultaba incómodo para la explicación de las clases a un número de alumnos no crecido, pero sí en aumento.
Sobre el local. para las disecciones y el Museo dice un artículo publicado en el Diario de La Habana en 1834:
«El local para las disecciones se reducía á una sala de muy corta estension, poco iluminada, situada á la inmediacion del lugar mas inmundo del hospital, sin algunos utensilios y lo que es mas, sin los asientos en gradas y bajo la forma de Anfiteatro, tan indispensable para que todos los discípulos viesen a un tiempo clara y perfectamente los objetos que se explicaban, y el Museo o gabinete, así como el instrumentario de cirugía se hallaban fuera del hospital y como de prestado, en una sala angosta, muy húmeda y baja de puntal, perteneciente al convento de San Isidro» ( 49).
Sin embargo, bajo estas difíciles condiciones, Alonso continuó impar tiendo clases de anatomía y obstetricia y realizando operaciones y disec ciones, unas en el Museo y otras en el Anfiteatro del hospital.
Participaban en las mismas el cubano Nicolás José Gutiérrez y más tarde el español José de Benjumeda.
El primero adquirió pronto relieve como disector anatómico, plaza que ocupaba desde 1825 en el Hospital de San Ambrosio, y por ello se le destacó en algunos artículos periodísticos de la época.
También fueron famosas en aquellos tiempos sus piezas de cera, confec cionadas por él mismo, y que donó posteriormente al citado Museo.
El gaditano José de Benjumeda, amigo de Alonso, ejercía como disector anatómico en la Escuela especial de Medicina de Cádiz.
Poseía una colec ción de piezas anatómicas de cera, realizadas por un artista italiano, entre las que se encontraban un cerebro y una mujer en «actitud de parto».
Probablemente fue el propio Alonso quien propició la llegada de Benju meda a Cuba.
Este permaneció en la Isla muchos años, ejerciendo como médico y profesor de la Universidad de La Habana, hasta que partió para España en 1863.
La influencia de Gutiérrez o los intereses y labor desplegados por estos insignes médicos en el Museo y Hospital de San Ambrosio, fueron paliativos que estimularon las intenciones de fundar -aunque sin conse guirlo-una Academia de Ciencias Médicas en 1826.
A pesar de la ayuda brindada por la Sociedad Económica que lo costeaba (el Museo no contaba con otros recursos), no parece haber un destacado apoyo por parte del gobierno a la actividad del mismo en estos años.
Alonso, en 1832, se brinda para continuar la enseñanza de la anato mía, cirugía y obstetricia, así como en la dirección del Museo sin sueldo alguno.
Incluso cede a la Sociedad 237 pesos, y el resto de su asignación la pone a disposición del Gobierno y Capitán General para que lo emplee en la proyectada cárcel o «en cualquier otro objeto.de utilidad pública».
Por todo ello, se le elogia en un informe presentado por Antonio Zambrana en la Sociedad, y publicado en el Diario de La Habana (SO).
Romay era entonces Decano de las Facultades de Medicina y Filosofía de la Universidad y ejercía como médico del Hospital de San Ambrosio.
Su posición en el seno de la Sociedad Económica de Amigos del País y el interés manifiesto que sentía por desarrollar este tipo de enseñanza, fue un factor importante en la ampliación del Museo Anatómico, esta vez con un anfiteatro además.
Desde 1829 se estaban realizando algunos trámites a fin de crear la Cátedra de Clínica y el citado Anfiteatro, tal como reflejaba la Real Orden del 13 de julio que el Ministro de Gracia y Justicia envía al Intendente de La Habana (51).
No sabemos con certeza -aunque es posible-si la epidemia de cólera morbo que azotó La Habana en 1833 (sobre todo en los meses de marzo y abril), constituyó también un impulso para la reapertura y ampliación del citado Museo.
La cantidad de enfermos y muertos hizo necesario que se ocupara el Museo y se efectuara un gran número de autopsias por encargo del Real Protomedicato (ese año se cerró), brindando Gutiérrez y el Dr. Agustín Encinoso de Abreu un extenso informe de la labor efec tuada que se publicó en forma de Memorias (y que es uno de los mejores trabajos médicos publicados en Cuba en el siglo XIX).
El caso es que en octubre de ese mismo año, Isabel II previno -al decir de Romay-una Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía (que se inauguró solemnemente el 19 de noviembre de 1834) (52) y una Clase de Clínica, designando a éste para que ocupara dicha cátedra.
El conde de Villanueva, Superintendente de la Real Hacienda, dispuso que el habitual salón de disecciones del hospital se trasladase a otra pieza del edificio y se construyera una espaciosa sala para colocar en ella la Clase de Clínica y el Museo Anatómico, enriqueciendo éste con nuevas figuras.
La sala contigua del salón donde se realizaban autopsi� a los cadáveres servía para la explicación, entre otras, de la anatomía patoló gica.
en el Hospital Militar de San Ambrosio los nuevos locales que ocuparían el• Museo, el Anfiteatro y Clase de Clínica, encomendándole a• Roma y el discurso inaugural.
Un día antes se había publicado en. el Diario de La Habana, bajo el título de «Real Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía», una notificación acerca del establecimiento de la Cátedra de Clínica en el Hospital• Militar, ert sesión celebrada el 14 del mismo mes.
En ella se informaba que se había nombrado a Romay como médico. principal y catedrático de la citada cátedra; que se esperaba la asistencia de profe sores de medicina y cirugía, así como la de alumnos ya matriculados y aquéllos que pensaban comenzar, pues ello era necesario para lograr revalidarse.
Se notificaba al mismo tiempo que no se había verificado la instalación mucho antes por el número de enfermos que había entrado en el hospital ese año lo que impedía destinar una pieza para la enfermería de la clínica (53).
Descripción del Anfiteatro y Museo Anatómico de 1834
El nuevo Museo y Anfiteatro Anatómico se ubicó contiguo al Hospital Militar de San Ambrosio, situado en una casa del propio hospital, llamada de los Capellanes, y tenía una puerta que daba a la calle y otra al centro de asistencia médica, lo que facilitaba la traslación de cadáveres de un lugar a otro (54).
Su frontispicio, como el del hospital, se dirigía hacia el sur de la ciudad.
Tenía en la parte •interior del zaguán una inscripción que decía con letras doradas: La primera habitación o antesala se había dedicado, por lo pronto, a mostrar algunos cuadros de anatomía que todavía no estaban expuestos (probablemente mandados a copiar del atlas de Maygrier que poseía Nicolás J. Gutiérrez).
A la derecha existía otro local para los instrumentos que se utilizaban en las disecciones y preparaciones anatómicas.
Una puerta colonial del siglo XIX, con arco de medio punto, cristalería y persianas, conducía al patio cuadrado en cuyo fondo veíanse dos habita ciones dedicadas a laboratorio; la primera para «formar las pastas de inyecciones, calcinar los huesos y otras preparaciones», y la segunda que contenía el estanque para las maceraciones.
Este último recinto comunicaba con el patio del hospital y su depósito general de cadáveres.
A la izquierda de la antesala y frente al arco ya mencionado se hallaba el Anfiteatro, cuyas ventanas daban hacia la calle de San Isidro.
Tenía en el centro un espacio elíptico donde se colocó luego una mesa de mármol para las disecciones, encargada a Estados Unidos por el Conde de Villa nueva ( en el momento de la inauguración la mesa no había llegado y el espacio estaba ocupado por un esqueleto).
Alrededor de esta mesa existía una gradería de cedro donde podían sentarse setenta y cinco u ochenta alumnos; en un extremo hallábase el sillón del • catedrático.
Se pensaba poner en el testero principal de este salón (y así se hizo), una inscripción que decía: Nature ingenium dissecta cadavera, pandunt/plus quam loqua.x vita mors taciturna docet, versos del poeta Heredia (55).
Tenía además un estante con cristales donde se hallaban depositadas varias cajas con ins� trurnentos de cirugía, algunas piezas pequeñas de anatomía, cálculos, fetos y otros objetos;
En frente de la sala estaba el Museo o Gabinete Anatómico, un salón de 20 varas de largo, por ocho de ancho, enlosado de mármol.
Sus ventanas daban a la calle Picota.
La labor de Nicolás J. Gutiérrez en el Museo y Anfiteatro Anatómico
Corno ya se indicó, el doctor Gutiérrez fue una de las figuras más destacadas en la enseñanza de la anatomía y cirugía llevada a cabo en el Museo antes referido.
Cuando se abrió el curso de anatomía descriptiva en el Hospital Militar bajo la dirección de José Tasso, Gutiérrez cursaba filosofia en la Real y Pontificia Universidad, pero corno -según él mismo afirma-sentía mucha vocación para la medicina, tornó este curso.
Debido a su aplicación -sigue diciendo el propio Gutiérrez-Tasso se entusiasmó con él y lo «llevaba corno ayudante cuando practicaba alguna operación quirúrgica» (56) y luego le encargaba que se ocupara del operado.
Una vez concluido el primer curso de anatomía, se efectuó un examen público; Gutiérrez obtuvo el primer premio que consistía en un viaje, costeado por la Sociedad Económica, a España o París para estudiar medicina cuando terminase el bachillerato en filosofía.
Corno éste demoró en concluir, Gutiérrez continuó sus estudios de medicina sin que el viaje se llevara a efecto.
En 1825 se recibe de médico en el Real Tribunal del Protomedicato y
Asclepio- IT-1991 es nombrado disector anatómico interino del Hospital Militar de San Ambrosio.
En ese mismo año adquiere el grado de Licenciado en Medicina y luego el Doctorado, confiriéndole además el cargo de disector anatómico en propiedad.
La enseñanza en el Museo Anatómico de 1823 no era todo lo satisfac toria y amplia que deseaban Nicolás J. Gutiérrez y Francisco Alonso y Fernández para promover el desarrollo de las ciencias médicas que re queria el país, de manera que pudiera igualarse con los más adelantados.
De ahí que ambos, con el apoyo de un grupo de intelectuales cubanos y españoles de la época (Tomás Romay, Angel J. Cowley, Fernando González del Valle, José Estévez, José de la Luz y Caballero, Ramón de la Sagra y algunos otros), proyectasen la creación de una Academia de Ciencias Médicas en La Habana, en 1826.
Intento que, como se dijo, resultó fallido.
Gutiérrez y Alonso continuaron su labor en el Museo y Hospital Militar.
En 1828, el primero es nombrado por el Obispo Espada, cirujano del Hospital de Caridad para mujeres (San Francisco de Paula).
Dos años más tarde se opone junto con dos compañeros a la Cátedra de Anatomía general de la Real Universidad y se le nombra catedrático de esa disciplina, cargo que desempeña hasta 1839.
Debido a la enfermedad de Alonso y Fernández, se ocupa de la en señanza de la anatomía descriptiva en el Real Hospital militar en 1831.
Dos años después se le encarga -en unión de Agustín E. Abreu-efectuar autopsias en los cadáveres víctimas del cólera asiático y hacer la historia de aquella epidemia.
En ese mismo año de 1833 se le nombra por el gobierno para inspeccionar hospitales, cuarteles y fortificaciones e informar sobre la higiene que existe en ellos para combatir el cólera.
Toda esta labor se llevó a cabo y se dirigió desde el citado Hospital de San Ambro sio.
Con la ampliación y creación del nuevo Museo en 1834 cooperó Gutié rrez al donar cuatro urnas que contenían varias preparaciones anatómicas en cera, trabajadas por él.
Dos años después, es comisionado por el Conde de Villanueva para que compre en Francia «instrumentos, máquinas y útiles» que se requerian en el Hospital Militar, y cuyo contenido llenó satisfactoriamente.
En esta ocasión -según Jacobo de la Pezuela-el Conde, aportó 2.000 pesos fuertes para que el establecimiento adquiriese esqueletos, modelos de yeso de anatomía patológica, y estudios frenológi cos, láminas de anatomía y las obras fundamentales publicadas enton ces (57).
Además de todo esto. se procuró un fantoma para la aplicación de vendajes y algunas preparaciones naturales del oído interno.
No por eso dejó Gutiérrez su labor de enseñanza en la Universidad.
En 1834 se le nombra suplente de la Real Junta Superior de Medicina y Cirugía y un año más tarde obtiene la Cátedra de Patología general en la Universidad, la que desempeñó hasta 1842.
Hay un nuevo intento por activar y desarrollar la enseñanza de la anatomía, cirugía y obstetricia en el Hospital de San Ambrosio en 1838.
En ese año se nombra a Gutiérrez Cirujano Mayor de dicho hospital, por Real Orden del 10 de febrero (58).
Queda a su cargo pronunciar la alocu ción en la apertura del curso, publicada en el Piaría de La Habana (59).
En este curso se propone -dice en su disertación-apartarse de las minuciosas descripciones que fatigan la memoria y resultan inútiles al médico o al cirujano, todo lo cual le permitirá aprovechar el tiempo y los inconvenientes que crean la escasez de cadáveres y el clima.
Asegura que, en cuanto a la histología, seguirá la escuela de Magendie.
Se propone asimismo escribir las lecciones de anatomía, cirugía y partos para que sirvan de memorias con que asegurar la enseñanza de los estudiantes ( así lo hizo en efecto, como se verá después).
Los alumnos podrían leer sus lecciones y también practicar sus investigaciones particulares sobre tejidos, órganos, etc., en el citado Museo.
De forma altruista Gutiérrez espera «se mejore la suerte de los alumnos pobres», pues cree «no será el museo de hoy un plantel estéril la mayor parte del año a los conocimientos médicos».
Por último adelanta la idea de fundar una Biblioteca médica que sería visitada -dice-no sólo por los estudiantes sino también por profesores nacionales y extranjeros.
La mencionada Biblioteca, creada por Gutiérrez en 1838 en el propio Hospital Militar, contó con los fondos y obras donadas por varios patricios ( entre los que se encontraba Nicolás Escovedo ), muchos profesores y amantes de la ciencia «sin más costo por parte de la Hacienda, que la entrada libre de los libros que vinieron de Europa y la estantería» (60) que se mandó confeccionar.
La Biblioteca adquirió más de 800 volúmenes de medicina y obras análogas (61).
Las lecciones de Gutiérrez fueron publicadas por éste en 1839 bajo el título de Breve manual de medicina operatoria dispuesta en lecciones para el curso de 1839, que fue el primer libro de cirugía escrito por un cubano y libro de texto de la Universidad por muchos años (62).
En este tomito nos informa Gutiérrez que durante su estancia en París en los años de 1836 y 1837 asistió a los cursos de medicina operatoria que daba Maissonneuve, en el anfiteatro de Clamard.
Expresa asimismo que siguió la clínica de los mejores profesores en los hospitales Hótel-Dieu, de la Charité y de la Pitié, y que tuvo cuidado en llevar sus apuntaciones no sólo en el orden en que se explicaban y hacían las operaciones, sino Asclepi(}- también los procedimientos más empleados en las mismas.
Entonces fue cuando se propuso redactar sus lecciones a modo de manual.
Al encargárse le el curso, ya nombrado Cirujano Mayor, en el Hospital Militar, aprovechó sus apuntes y los amplió consultando las obras de Boyer, Velpeau, Bour gerie y Malgaigrie: «... debiendo advertir que he seguido paso á paso á este último, no solo en los breves detalles quirúrgicos que pongo al principio de la mayor parte de las operaciones, sino también en muchas de sus descripciones que tienen el mérito incontestable de la claridad y precisión» (63).
Además de los cursos de grandes operaciones de cirugía explicadas en el cadáver y de clínica quirúrgica, los primeros que se dieron en la ciudad -al decir del propio Gutiérrez-, impartió en ese año de (839 otro de partos (por las noches y dos veces por semana).
Para facilitar sus clases, fabricó y regaló al Museo en 1840 otras piezas anatómicas de cera, entre las que se encontraba el esqueleto de un raquítico.
Ese mismo año fundaba el Repertorio Médico Habanero, la primera revista de medicina en Cuba.
No es posible consignar aquí todos los logros alcanzados por Nicolás José Gutiérrez Hernández durante su larga y fructífera vida de científico; basten los señalados por el doctor Gregario Delgado:
«Como precursor de la ortopedia y traumatología en Cuba, realizó por primera vez la tenotomía e introdujo el tratamiento de las fracturas con vendajes inamovibles preconizado por el profesor Velpeau.
En 1848 inicia en nuestra isla el uso del cloroformo como anestésico quirúrgico al apli cárselo a una paciente en la extirpación de un cáncer de mama a sólo tres meses de haberlo dado a conocer James Young Simpson ante la Sociedad Médico-Quirúrgica de Edimburgo.
A él se debió en 1838 el haber traído a nuestro país el primer estetoscopio de Laennec y haber entrenado en su uso a los estudiantesde la facultad de medicina habanera, también la introducción del tratamiento del hidrocele por la inyección de tintura de yodo y el tratamiento de Ricord para la curación de la sífilis, que comenzaban a ser aplicados en Europa» (64).
Decadencia del Museo Anatómico
Con las reformas que se producen en la Universidad en 1842, se crean nuevas cátedras y gradualmente comienza a producirse un mayor des arrollo en la enseñanza de la anatomía, la cirugía y la obstetricia, pero sólo algunos años más tarde.
Cuando llegó a Cuba a hacerse cargo de la Isla el Gobernador y Capitán general Gerónimo Valdés esta institución presentaba un estado lastimoso.
Valdés nombró entonces una comisión para reorganizar la Universidad y en general la instrucción pública, cons tituida por el oidor Jaime Salas Queipo, el fiscal de la Real Hacienda Vicente Vázquez Queipo y los doctores José de Llabor Castroverde y Gaspar Palacios, quienes presentaron un plan de reformas el 24 de agosto de 1842, quedando a cargo del erario público «sufragar todos los gastos bajo presupuestos y con algunas reformas en los años posteriores» (65).
El Museo Anatómico y la Biblioteca pasaron así del antiguo Hospital Militar, situado anexo al Convento de San Isidro (intramuros) a la Factoría que se hallaba en la calle de igual nombre, Revillagigedo y Daria (extra muros).
Es decir, alejada de la Universidad que también hallábase intra muros.
Quizás la Universidad tuviese en cuenta dicha lejanía que repre sentaba para los estudiantes el tener que trasladarse para recibir las clases prácticas, o tal vez -y aunque no son excluyentes-los intereses desencadenados por las reformas llevadas a cabo en 1842, hacen que algunos sectores del profesorado insistan en transferir la enseñanza del Hospital nuevo de San Ambrosio (antigua Factoría) a las aulas universita rias, con el consiguiente traslado del Museo Anatómico y Biblioteca per tenecientes a aquél.
En efecto, desde 1845 se habían traspasado al Hospital de San Juan de Dios (San Felipe o Santiago) los estudios de medicina, las clases de clínica que estaban en el de San Ambrosio, por lo que tuvo que construirse allí una sala para que sirviese como anfiteatro anatómico (66).
Paradójica mente, aunque se hizo tal traslado, el Hospital de San Juan de Dios fue decayendo a medida que el de San Ambrosio se ampliaba y progresaba.
En 1857, se le hicieron varios arreglos a este último, declarándosele de primera clase; de manera que los enfermos del ejército y la marina pu dieron contar con unas 1.000 camas ( 6 7).-El asunto del traslado del Museo y Biblioteca para la Universidad, quedó zanjado -hasta donde hemos podido investigar-con una Real Orden del 20 de agosto de 1846, enviada desde España al Capitán general de la Isla, donde se le ordena no trasladarlos, pues es provechosa la enseñanza en el Hospital y además porque como están tan distantes éste y la Universidad sería «perjudicial y embarazoso» que los trabajos anató micos se realicen en esta última; refiriéndose al parecer al movimiento de cadáveres que ello conllevaría.
Y por último, porque los efectos del Museo y Biblioteca pertenecían al Hospital, ya que fueron comprados por éste o donados por sus facultativos, y sería un violento despojo tomar esa medida.
Asclepio- iTambién que la Universidad tiene suficientes recursos par� que pueda ]ograr sus propias colecciones.
Los alumnos -agrega la citada instancia; podrian asistir en determinadas horas a las salas de clínica y quirúrgica; del Hospital para evitar los trastornos que se producirían por el gran �número de enfermos (68).
• Todo parece indicar que durante los años cuarenta continuó la en.señanza de la anatomía y cirugía en el Hospital de S. Ambrosio.
Pero no: tenemos evidencia de su posterior desenvolvimiento.
Nombrado en 1842: • catedrático de Anatomía descriptiva, general y patológica de la Universidad,.Nicolás J. Gutiérrez reparte su enseñanza entonces entre esta institución, •el hospital y más tarde, en 1846, el Liceo de La Habana.
Tiene además'. una abundante clientela y múltiples cargos que le agobian.
• En el año de 1841 sucedió un hecho que tuvo determinada connotación ipolítica.
Tal como indican algunos documentos del Archivo Nacional de: cuba ( 69), el Capitán General, Gerónimo Valdés, ordenó con fecha de 26.de noviembre la inspección de sanidad quincenal al Hospital Militar de [San Ambrosio, a fin de dar de alta a los que se considerasen curados,!observar el sistema médico empleado y la higiene del mismo, pero preo; cupado en el fondo, como reza otro documento, del gravamen que ejercían Üos enfermos sobre el erario de la Real Hacienda.
A esta visita debían =asistir los facultativos del hospital.
Ante esa medida, Tomás Romay (Primer: Médico) y Nicolás J. Gutiérrez (Cirujano Mayor) enviaron una carta de! protesta al Inspector Militar del referido hospital, donde consideraban la [visita de los Subinspectores del Cuerpo de Sanidad Militar como un acto; de «vejación que deprime y humilla a unos antiguos Profesores que con; tanta inteligencia y exactitud trabajan como lo comprueban en los estados mensuales el corto número de enfermos que fallecen».
Aunque aceptan la disposición, apelan para que sea abolida la misma, fral como se había hecho ya en 1838, cuando se instruyó un expediente en 1a Intendencia, siendo Gobernador Joaquín de Espeleta.
Pero lo que constituye una de lás más graves acusaciones es la que se le hace a Romay de no haber impartido una sola clase de clínica médica en los siete años que han transcurrido -dice el informe-desde el 12 de noviembre de 1834, fecha en que, ciendo consagrarse á ella desde luego y con el mayor fervor, lo cual no se ha cumplido, con harto sentimiento y no poca crítica de los mismos estudiantes, profesores y personas de conocimientos, que tuvieron el placer de asistir á aquel acto.
Si es cierta o no esta acusación, no lo sabemos.
Pero cuatro días después, el día 27 de diciembre, Roma y y Gutiérrez presentan su renuncia por escrito, una diplomática, aunque dura; la otra, indignada, rebelándose y considerando la decisión de tales visitas como algo humillante y depen diente.
Gutiérrez tiene sólo 41 años, Romay es un anciano.
Los sucesos acaecidos a finales de 1841, y sobre todo en 1842, conde naron a muerte la enseñanza en el Museo Anatómico.
Romay, octogenario ya, insistió en su renuncia, y Gutiérrez volvió los ojos hacia el Liceo de La Habana.
La situación provocada con este incidente, corre paralela con el traslado del Museo Anatómico al edificio de la Factoria, "e indudablemente está vinculada con la petición de la Universidad de La Habana de incor porar la Biblioteca y las colecciones del Museo a su institución.
En 1845, incluso, O'Donnell-de acuerdo con el Conde de Villanueva propone a Gutiérrez como Subinspector de Sanidad Militar, por falleci miento del Dr. Alonso y F ernández en ese año, pero la propuesta llegó a Madrid cinco días después de ser cubierta la vacante (70).
La fundación del Liceo de La Habana en 1844, atrajo la atención de algunos intelectuales cubanos como Gutiérrez que, dos años más tarde, se brindó para impartir lecciones bajo el título de «Curso de anatomía al alcance de todos», llegándose a publicar en el Diario de La Habana (71).
Su plan de enseñanza consistía en 22 lecciones que comenzaban por el estudio de los órganos de las funciones de relación, luego los de la con servación individual y por último, los de la reproducción.
Como para impartir sus clases no podía contar con cadáveres, las explicó utilizando objetos artificiales de cera, cartón y láminas, así como huesos naturales.
Las miras de Gutiérrez para favorecer la enseñanza de los sectores más amplios de la población (aquéllos que no podían brindarle la Universidad y mucho menos el Museo Anatómico del Hospital Militar, reservados sólo a los que ingresaban en la primera, por lo regular pertenecientes a la bur guesía) era en definitiva la de un pequeño grupo de intelectuales encabezado por Ramón Pintó (muerto posteriormente en garrote vil por conspirar contra España) y del cual formaban parte figuras destacadas como Julio Jacinto Le Riverend, Felipe Poey, Emilio Auber y Cayetano Aguilera, entre otros.
Los mismos impartieron clases de ciencias en el Liceo en el período com prendido entre 1845 y 1848.
Pero como bien afirma el investigador Rolando Misas, «el apoyo moral de los científicos a las actividades educativas y cien tíficas muy poco pudo hacer frente a la situación económica y política por la que atravesó esta institución a partir de 1847» (72).
Así el Liceo fue de rivando cada vez más hacia actividades recreativas y culturales y en 1858 ya no aparece ningún científico impartiendo clases (73).
El Museo Anatómico, creado en 1823 y remozado en 1834, para la enseñanza de la anatomía y cirugía, fue la continuación lógica de aquellos estudios prácticos iniciados en el Hospital Militar de San Ambrosio por Francisco Xavier de Córdova y José Tasso en 1797 y 1819 respectivamente.
Esfuerzos que se debieron al interés y gestiones de la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País y de algunos intelectuales cubanos, ante la situación que presentaba la enseñanza de dichas ciencias en la Univers_ idad: teórica, escolástica y atrasada en relación con las que se impartían en ese momento en países más adelantados.
En sus primeros tiempos esta enseñanza seguía los criterios de la escuela de medicina española, o sea del Real Colegio de Cádiz, de donde provenían los doctores que la impartieron entonces (salvo José Tasso que sólo la dio un curso), y que a su vez utilizaba los textos franceses.
A partir de 1836 la influencia de la medicina francesa se manifiesta directamente a través de médicos cubanos.
No existe una indiferencia total por parte del Gobierno en el desarrollo de estas ciencias en Cuba, aunque sí cierto abandono en cuanto a los recursos que se requerían para la empresa.
El Gobierno, ocupado en los asuntos políticos efervescentes del país y de la península, dirigió más su atención hacia otros aspectos.
Aunque las pretensiones de algunas de las figuras de la medicina cubana eran las de llevar la enseñanza a sectores más amplios de la población, el número de estudiantes que asistieron a las clases era reducido y, de hecho, pertenecientes a las clases más pudientes.
El estado de la anatomía, la cirugía y la obstetricia en algunos países de América presentaba una situación similar a la de Cuba o si no peor, con muchos altibajos y falta de recursos.
En Cuba, al menos, la enseñanza de estas ciencias contó con el apoyo de sectores más progresistas y logró su objetivo al mantener dicha enseñanza por más d_ e veinte años sucesivos, mientras se producían reformas en la Universidad que luego iban a permitir incorporar esas ciencias a sus planes de. estudio.
El Museo Anatómico fue un importante precedente en el desarrollo práctico de estas ciencias, formando una generación de destacados médi cos cubanos, y dando lugar a ideas que permitieron, más tarde, la creación de una Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. |
En un artículo anterior ( 1) se hizo referencia a la aplicación en.
La Habana, en 1855, de un «método profiláctico» contra la fiebre amarilla.
Se trataba del procedimiento ideado por un individuo que se identificaba como Guillermo Lambert de Humboldt, y decía ser sobrino del célebre Alejandro de Humboldt.
En octubre de 1854, este Guillermo L. de Humboldt remitió a la Aca demia de Ciencias Médicas de La Habana ( que aún no existía, se fundó en 1861) una Disertación sobre un nuevo método profiláctico contra za• fiebre amarilla, (2) donde afirmaba haber probado con buen éxito ( en Veracruz y Nueva Orleáns, de esta última ciudad venía su carta) un tratamiento contra la fiebre amarilla basado en la inoculación de la toxina de una víbora.
El autor de la Disertación se ofrecía para aplicar su proce dimiento en La Habana, a lo cual accedió el capitán general, José Gutiérrez de la Concha.
La «vacunación» se llevó a cabo, en efecto, durante 1854 y 1855 y abarcó centenares de militares y civiles, a lo cual haremos ref e rencia más adelante.
El hecho resulta notable por dos razones: en primer lugar, porque Humbdolt se dirige a la Academia de Ciencias Médicas de La Habana, cuya creación venía gestionándose; estos trámites se hicieron muy activos a raíz del fracaso del «método profiláctico».
La segunda razón es que, desde fines de 1854 y hasta marzo de 1855, La Habana se hallaba prácti camente en pie de guerra, pues se esperaba la llegada de una expedición
anexionista, al mando del general sureño Quitman, posiblemente desde la propia Nueva Orleáns.
No poseemos evidencias documentarias que establezcan alguna relación entre la introdúcción en Cuba del «método» de Humboldt y la reactivación de las gestiones en favor de una Academia, o que la vinculen con la expedición antes mencionada.
Debe tenerse en cuenta, no obstante, que las referencias a la aplicación en Cuba de dicha profilaxis homeopática fueron rápidamente retiradas de la prensa de la época.
Ejemplo de ello es que el informe del médico militar Carlos Jacobi y Laranjuez sobre este suceso, del cual fue testigo, no vino a publicarse sino en 1912.
El hecho mismo de la «vacunación», sin embargo, no escapó a la atención de algunos investigadores cubanos, ya en nuestro siglo.
Jorge Le Roy halló el manuscrito del mencionado trabajo de Jacobi y lo publicó (3).
Francisco Domínguez Roldán, por su parte, se refirió brevemente a los hechos:
Aceptada la oferta, se comenzaron las inoculaciones el 18 de diciembre de 1854, en el Hospital Militar de La Habana, bajo la vigilancia de una Comisión formada por el• Decano de la Facultad de Medicina, Dr. Castroverde y los Dres.
Angel J. Cowley y José Benjumeda, inoculándose hasta septiembre del siguiente año 2477 individuos sin haber tenido ningún resultado fatal.
El Jefe de Sanidad Militar, Dr. Fernando Basterreche, elevó al Capitán General, en 25 de enero de 1856 un Informe sobre estas inoculaciones, suspendidas con motivo de la segunda epidemia de cólera morbo que azotó a nuestra patria, y por haberse dedicado a explotar el procedimiento en la clientela civil; de cuyo informe resulta que la mortalidad en los enfermos no inoculados fue en esos años de 22,99 contra 29,39 en los inoculados.
El Dr. Nicolás Manzini, escribió en 1858 un libro editado en Paris, Histoire de l7noculation Préservative de la Fievre ]aune Pratiqué par Ordre du Gouvernement Espagnol a L'Hópital Militaire de La Havana (sic), en el que describe in extenso todo lo relacionado con dichas inoculaciones del crotallus, por haber sido el colaborador de Humboldt (5).
Tanto la referencia de Domínguez Roldán como la de Jorge Le Roy eran conocidas por el biógrafo de Nicolás Manzini, su nieto Miguel García Manzini, quien las reproduce en las páginas 79-80 y 84 de su estudio ( escrito en 1969) (6).
No cabe duda de que la exposición contemporánea más completa de estos hechos se halla en el libro de Manzini (7), quien no parece haber conocido la memoria original de Humboldt (consultada por nosotros), ni los oficios referentes a estos sucesos, pero que ofrece una gran cantidad de datos sobre esta cuestión.
Nicolás Manzini y Carlí (1812-1896), nació en Forli, en la Romaña, el 10 de agosto de 1812, participó en una conspiración contra el dominio austríaco -dirigida por el industrial Circo Menotti-, por lo cual tuvo que exiliarse en Francia en 1831.
Al parecer continuó conspirando, y en 183 7 fue condenado -en contumacia-a veinte años de galera.
En París cursó estudios de medicina, y en 1841 obtuvo el grado de doctor.
Falleció el 22 de marzo de 1896 en la ciudad de Cienfuegos, donde había sido cónsul de Italia (8).
La obra de Manzini, Histoire de l1noculation Préservative de la Fievre ]aune..., fue publicada en París por la reputada casa J. B. Bailliere et Fils y, como declara el propio Manzini en el avertissement, su publicación fue supervisada por «notre confrere, M. Litrré, de l 'Institut», quien no puede Asclepio-Il-1991 ser otro que Emile Littré, el renombrado filólogo y médico, seguidor de Auguste Comte, miembro por aquella época de la Academia de Inscrip ciones.
El relato que incluye Manzini en su libro, el cual confirma casi todo lo que ya sabíamos de este episodio, y los datos que ya poseíamos nos permiten reconstruir los hechos con bastante certidumbre.
La Disertación de Humboldt está fechada en Nueva Orleans el 4 de octubre de 1854 y, como y� indicamos, está dirigida no al capitán general José Gutiérrez de la Concha, sino a la aún inexistente Academia de Ciencias Médicas de La Habana.
Decía el autor de la Disertación que desde 1847 había vivido en Vera cruz y que -en 1849-, con autorización del gobierno mejicano se dedicó a «observar y asistir a todos los criminales que casi mensualmente llegan en cuerda del interior, destinados a los presidios de V eracruz y San Juan de Ulúa».
Durante sus indagaciories, Humboldt encontró que los enfermos de fiebre amarilla había sido mordidos por una víbora.
Decidió entonces inocularlos con un liquido pro�edente de• la «fermentación pútrida» del hígado y el parénquima de carnero, órganos que habían sido sometidos previamente a la mordedura de la referida víbora.
Según él, todos los así tratados desarrollaron los síntomas de la enfermedad, pero se recuperaron e hicieron inmunes a ella.
Procedió entonces a extender el tratamiento a 200 personas más «y ninguno de ellos en tres años subsecuentes ha vuelto a tener otro ataque de fiebre amarilla».
Ante tan halagüeñas noticias, el general Concha encargó del asunto al doctor Fernando Basterreche, jefe de la Sanidad Militar de la Isla, quien a su vez tomó opinión a diferentes médicos, los cuales estuvieron de acuerdo en que la inoculación propuesta por Humboldt se realizara experimental mente en Cuba.
Tal fue, también, la opinión de la Universidad.
Humboldt se trasladó a La Habana y comenzó a aplicar su tratamiento el 18 de diciembre de 1854.
El primer inoculado fue el teniente coronel de ingenieros Fermín Pujols.
Obsérvese que las inoculaciones comenzaron mucho antes de que se recibiese de España la autorización pertinente (marzo de 1855), según los oficios que hemos examinado y que demuestran el interés de la Armada por tener las inoculaciones bajo su control.
En efecto, como apunta Manzini, el general de Quesada «exigió que se hiciera inocular a los marinos» y -según los oficios-ya el 13 de enero de 1855 el jefe del apostadero de La Habana informaba al ministro de la Marina que 112 marineros y 34 soldados se habían ofrecido como volun tarios.
Pero también pidieron ser inoculadas 52 hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl y sus deseos fueron satisfechos de inmediato (9).
Sin embargo, la comisión universitaria que debía supervisar la inocu lación, presidida por el Decano de Medicina José de Llétor Castroverde, puso objeciones al experimento de Humboldt.
Este administraba un «si rope» de la planta Mikania guaco (hoy Mikania cordif olía) a los inoculados, y el profesor José Antonio Benjumeda demandó que los efectos de este sirope se probaran por separado, sobre animales.
Lo que se trataba de comprobar era si los síntomas de la fiebre amarilla, que según Humboldt eran provocados por su inóculo, se debían en realidad a la administración del «guaco».
Mas Humboldt se negó a realizar tal comprobación, y Manzini lo justificaba, citando para ello los testimonios de varios autores sobre los efectos del guaco, muy diferentes de los causados por venenos de ofidios.
También se negó Humboldt a suministrar a Castroverde muestras del suero que utilizaba en las inoculaciones.
Obviamente, en tales condiciones la comisión supervisora nada podía hacer, y así debe de haberlo comunicado a las autoridades.
Si Humboldt pudo continuar sus inoculaciones fue gracias al apoyo del capitán general:
El propio Manzini practicó más de 2.000 inoculaciones en el hospital militar, los conventos, la casa de salud de Garcini y en la ciudad, y el 18 de febrero de 1855 se dirigió al cónsul general de Francia en La Habana, interesándolo en este asunto.
Debido a ello, llegaron a la ciudad los médicos Riou-Kérengal y Longuetau y el farmacéutico J. J. A. Pichaud, enviados por el gobernador de Martinica para observar y estudiar el método de Humboldt.
Humboldt había afirmado, en su Disertación, que ni un solo caso de los inoculados por él había padecido, en los tres años siguientes, de fiebre amarilla.
Pero entre los inoculados en La Habana comenzaron a producirse decesos a causa de esta enfermedad.
Asclepio-II-l 99 l doctor Basterreche nombrara una comisión investigadora, esta vez presi dida por el doctor Nicolás José Gutiérrez, cirujano mayor del Hospital Militar y el principal promotor de la creación de una Academia de Ciencias Médicas en La Habana.
El trabajo de esta comisión y la reaparición del cólera en La Habana llevaron a detener las inoculaciones el 28 de junio de 1855, cuando ya habían sido realizadas sobre 2.477 militares (1.214 del Ejército y 1.263 de la Marina).
No se sabe cuántos civiles fueron «vacuna dos» (Manzini no da el dato) en la casa de salud de Garcini (arrendada por Humboldt) y en otros sitios de la ciudad, incluyendo la propia casa de Humboldt (Villegas y Plaza del Cristo).
Según las estadísticas que brinda Manzini (tomadas del informe de Basterreche, que reproduce), de los 2.477 militares inoculados, 228 pade cieron la fiebre amarilla y 67 murieron; mientras que de 1.309 militares no inoculados que contrajeron la enfermedad fallecieron 30 l.
La propor ción de muertes sobre el total de los que enfermaron resulta ser, pues, de 22,99% para los no inoculados y 29,39% para los inoculados.
El jefe de Sanidad Militar puso estos datos en conocimiento del gober nador Concha en informe de 26 de enero de 1856, y -al parecer-ello bastó para que no se hablara más del asunto.
En opinión de Manzini -y todo su libro está destinado a fundamen tarla-estos datos no eran suficientes para desechar la vacuna de Hum boldt, pues la media de mortalidad por fiebre amarilla era de 25%, entre los contingentes llegados a la Isla desde Europa y durante su primer año de estancia.
Aclara que él no había afirmado que la vacuna fuera efectiva, sino que no se había demostrado convincentemente que no lo era y, por ello, no debían haberse interrumpido los experimentos.
Sin embargo, de los datos que ofrece Basterreche en su informe, resulta obvio -a nuestro entender-que lo menos que se podía afirmar de la vacuna era que no ofrecía protección efectiva alguna.
Hoy sabemos, desde luego, que tenía que ser ineficaz, cuando no nociva.
La obra de Manzini ofrece un cuadro bastante lamentable de la higiene en torno al Hospital Militar, situado junto a la bahía habanera, en un lugar donde las aguas estaban constantemente estancadas, y sus opiniones sobre algunos facultativos habaneros tienden a ser infundadamente pe yorativas.
Apunta acertadamente a algunas de las dificultades que existían 64 Asclepio-II-1991 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es para el diagnóstico de la fiebre amarilla y explica en qué podía consistir -en su opinión-el suero de Humboldt, aunque indica que éste siempre mantuvo su composición en secreto (por lo que, en realidad, no se sabe qué especie de víbora utilizó).
A casi siglo y medio de estos hechos parece muy extraño que alguien propusiera alguna vez que la fiebre amarilla podía ser causada por la mordida de una víbora (sobre todo cuando se sabe que en Cuba no había ni hay serpientes venenosas); pero también llama la atención que el «mé todo profiláctico» de Humboldt fuera recibido -al menos al principio con inusitado entusiasmo.
Aparte de que prometía una muy necesitada protección para las tropas españolas en una situación de emergencia (la guarnición de la Isla era, en 1855, de unos 17.600 soldados y oficiales, sin incluir la Armada), el trata miento propuesto por Humboldt se amparaba en la entonces creciente popularidad de la homeopatía.
Es posible que en el propio 1853 (año en que se publicó en España) llegara a Cuba la Exposición de la Doctrina Médica Homeopática de Hah nemann (12), cuyos principios ya propagaba en la Península el afamado médico don Joaquín Hysern.
En Cuba, uno de los principales defensores de la homeopatía era el médico de la sanidad militar Juan J. Hevia, fundador más tarde -con otras cuatro personas (Gregat, Valdés O'Farrill, Manuel Zapatero y Miguel Bellido Luna) -de la revista Bandera de la Homeopatía (1856-1858).
Después del fracaso del «método» de Humboldt, la homeopatía se hizo blanco de muchos ataques, como el publicado en 1856 por Federico Gálvez (13).
La obra de Manzini inspiró sin duda a más de un autor a seguir los pasos de Humboldt.
Tal es el caso del ex-profesor del Colegio de Medicina Homeopática de Rensilvania (institución situada en Filadelfia), C. Neidhard, quien publicó (probablemente en 1869) un libro, en inglés, sobre el tema, el cual fue rápidamente traducido al castellano (14).
Neidhard quería dejar constancia de su prioridad en la aplicación del veneno de una víbora ( Crotalus horridus) a la prevención de la fiebre amarilla, método que -según él-propuso en 1853 en Filadelfia, en varias publicaciones.
Afirma que el uso de tal veneno «es probablemente el principal, si no el único y verdadero remedio homeopático hasta en los casos más formidables de esta enfermedad».
El propio Neidhard cita tres trabajos más que sostienen la misma tesis, por Holcombe, Elgin y Bablot (15).
Este último autor -pos, iblemente cubano-era graduado del Colegio de Medicina Homeopática de Pensil- http://asclepio.revistas.csic.es vania y en 1870 presentó una explicación homeopática de la etiología de la fiebre amarilla (16), que fue hábilmente criticada por Joaquín García Lebredo (17).
Aunque la homeopatía decayó algo en los años siguientes, Francisco Félix Mendoza y J. A. Terry lograron fundar en La Habana, en 1878, una nueva revista de esta tendencia, El Hahnemanniano.
Una última mención merece Guillermo Lambert de Humboldt, quien se presentaba como «doctor en medicina de las universidades de Viena, Berlín, Montpelier y Méjico, miembro de varias sociedades científicas de Europa y América», pero de quien Manzini dice: «Son éducation médicale parait etre assez incomplete».
El médico italiano lo describe como un hombre de treinta y cinco o treinta y seis años, alto, rubio, pero con la conformación típica y la tos seca de los tuberculosos.
Humboldt le confesó que sufría de hemoptisis.
Padeció de tres fiebres perniciosas durante su estancia en La Habana, y Manzini lo auxilió considerablemente en sus labores durante estos periodos de enfermedad.
Humboldt -siempre según Manzini-hablaba cuatro idiomas, español, francés, inglés y alemán, y este último era su lengua materna.
Humboldt abandonó La Habana a comienzos de noviembre de 1856.
En febrero de 1857 los periódicos de México anunciaron su fallecimiento en V eracruz.
¿Quién era, en realidad, este extraño personaje?
Manzini tenía dudas en cuanto a su identidad y sus principios; así lo manifiesta al comienzo mismo de su libro: 66 Nous ne sommes pas l'heritier de son secret, et nous ignorons meme s 'il l' a laissé ou non a quelque'un. |
La recepción de determinados saberes científicos surgidos en Europa, o la influencia de venerables instituciones de las viejas metrópolis, en otras partes del mundo -colonias o antiguas colonias de un pasado imperialista-, han sido objeto de reciente interés por parte de algunos grupos actuales de historiadores de la ciencia que han intentado, con mejor o peor fortuna, explicar las características generales y/ o las pecu liaridades concretas de todo un fenómeno de «colonialismo científico» de consecuencias diversas según la época y el lugar que se considere ( 1 ).
En anteriores estudios me he ocupado, siguiendo este modo de acer camiento a la ciencia americana, de la recepción del degeneracionismo psiquiátrico francés y de la antropología criminal italiana en el Río de la Plata, con la creación de la prestigiosa escuela positivista argentina enca bezada por José Ingenieros, que constituye, en mi opinión, un claro ejemplo de cómo unas teorías científicas nacidas en Europa, pudieron llegar a adaptarse y a matizarse en función de una contextualización geográfica e histórica diferente a la de los países donde tales doctrinas habían sido gestadas (2).
En la República Argentina, y en otros países americanos cuya inde pendencia fue alcanzada en la primera mitad del siglo XIX, la asimilación del degeneracionismo y del lombrosismo fue más bien tardía, debido, * Trabajo realizado dentro del proyecto PB87-04620C05-01 de la DGICYT.
calidad de Secretario y de director de sus Anales.
Con todo, lo más desta cado de la reflexión alienista de G. López es, a mi juicio, su peculiar asimilación de la teoría de la degeneración, con la introducción de ele mentos modificadores e, incluso, con notables «desviaciones» de la doctrina elaborada por Morel en 1857 (7).
Las causas de la locura y la degeneración
Como es de sobra conocido, la teoría de la degeneración vino a dar respuesta a la inquietud de los psiquiatras positivistas por encontrar las causas de la alienación mental, por contar con una explicación etiológica de la locura que, ligada a un substrato constitucional y hereditario, per mitiese un modo de actuación médica que transcendiera la estricta terapia nosocomial.
Todo un movimiento de higiene social surgió desde el seno del alienismo decimonónico en un intento no solo de consolidar un pres tigio profesional que comenzaba a tambalearse, sino también de poner a punto un discurso «preventivo» de todas esas «alienaciones en potencia» sobre las que ahora, gracias al llamado «positivismo psiquiátrico sociológico» (8), era posible intervenir (9).
En esta línea de pensamiento debe encuadrarse la Higiene General de la• Locura de Gustavo López, al entender que la necesidad de buscar las causas de la alienación «no encierra, en efecto, una simple curiosidad etiológica; sino que abarca preceptos que, primordiales en orden a la higiene misma, lo son también principalísimos en la órbita de la prognosis y del tratamiento» (10).
En este sentido, es el factor edad el más insisten temente considerado por nuestro médico como punto de referencia del alienista a la hora de evaluar el posible riesgo de alienación mental en el individuo concreto.
Capítulo importante del pensamiento psiquiátrico de López es el que se refiere a la patología mental infantil.
Coincide con los clásicos franceses en la escasa frecuencia de anomalías mentales en los niños, apoyándose en las series de Pinel y Esquirol y, de manera particular, en la de Lepaul mier ( 11 ), en su intento de argumentar la rareza de la alienación en menores de veinte años.
«El infante» -asegura-«no puede ser loco en el sentido estricto de la frase.
Si la fisiología no puede convenir para él en la existencia efectiva de la razón.(... ) la voz locura no es por cierto expresión genérica que cobija todos los modos morbosos del cerebro humano, sino que ella, teniendo hoy un sentido más restringido y mejor precisado, significa concreta y específicamente pérdida de la razón» (12). � a concep-Asclepio-II-l 991 ción de la locura como «cerebropatía» es clara en el pensamiento del autor pero no deja de ser interesante el intento de deslindar otras alteracio nes del Sistema Nervioso Central y separarlas del concepto general de enajenación: tal es el' caso de la llamada «irritación cerebral», los terrores nocturnos o la afasia; aceptando, igualmente, la existencia en los niños de las mal llamadas «locuras sensoriales» determinadas por disturbios ence fálicos o cuadros como la epilepsia o el corea ( 13 ).
Este interés por las alteraciones mentales de los niños nos permite no solo ubicar el pensamiento psiquiátrico de López en el ámbito de las corrientes degeneracionistas sino destacar el grado de actualización de sus conocimientos en un momento en el que la patología mental infantil estaba suscitando igualmente el interés de los especialistas europeos.
Du rante la primera mitad del siglo XIX, la preocupación de los médicos por las enfermedades mentales infantiles es muy relativa y se limita tan solo a la descripción de casos aislados que se publican como excepcionales toda vez que existe un convencimiento generalizado de que la incidencia de la locura en los niños es mínima.
Afirmaciones como la de Broussais de que «los niños son poco susceptibles a padecer locura por causas morales porque las impresiones son menos duraderas en ellos que en los adultos» (14), son frecuentes en la medicina de la época.
Esta tónica general comenzará a variar en los años centrales del siglo; el alemán Wilhelm Griessinger en su Pathologie und Therapie der Psychischen Krankheiten (1845) y el inglés Henry Maudsley en Physiology and Pathology of the Mind (1867), dedican amplios capítulos a las enfermedades mentales in fantiles aunque ambos las clasifican del mismo modo que las de los adultos.
No obstante, los estudios sobre el niño «loco» proliferan en la segunda mitad del x1x si bien, influidos sin duda por el auge del somati cismo médico (15), estuvieron, en general, limitados por «un fatalismo que hacía ver en los desarreglos mentales infantiles las consecuencias irreversibles de la herencia y la degeneración» (16). límites de la patología mental hereditaria recurre a conceptos como los de herencia directa y herencia colateral y, sobre todo, a la noción de herencia «disímil», variedad de transmisión hereditaria que, explica López, «es la que puede ser proporcionada por afecciones las más diversas, pero con tal que el campo de su asiento esté circunscrito al sistema nervioso.
Ya es una esclerosis, ya la parálisis agitante, el reblandecimiento cerebral, la corea, la neurastenia, la histeria, la epilepsia, la miopatía progresiva, el mixedema, etc., etc., afecciones todas que tan pronto, unas como otras, pueden ser originarias de formas diferentes de psicosis, de enfermedades convulsivas, de estados degenerativos los más diversos, de disgénesis ce rebrales o de modalidades nerviosas las más variadas, etc. Ninguna ley preside estas transformaciones neuro-morbosas.
La anarquía electiva es aquí la soberana» (19).
Como se ve, el alienista cubano retoma conceptos sobre la herencia ya superados a finales del siglo XIX.
La hérédité dissimilaire de Prosper Lu cas (20), tan importante en la elaboración de la teoría moreliana de la degeneración, fue utilizada, en un primer momento, para aclarar la here dabilidad no sólo de los rasgos físicos sino de los psíquicos y morales, así como la propia génesis de la enfermedad mental (21).
Muy pronto, sin embargo, estos principios hereditarios premendelianos fueron dados de lado por una medicina positivista que rechazaba las explicaciones espe culativas de los procesos biológicos (22).
Está suficientemente comprobado que, aunque enunciadas con anterioridad, las leyes de Mendel no obtu vieron difusión y reconocimiento general hasta 1900 (23); a pesar de ello sorprende el hecho de que un médico aparentemente bien documentado como Gustavo López y, sin duda, conocedor de las polémicas que en el seno de la comunidad científica cubana se desarrollaron en torno a. la herencia y al evolucionismo biológico (24), limitara sus conocimientos sobre el tema a unas teorías consideradas anticuadas por la ortodoxia positivista finisecular.
En cualquier caso, es de notar que lo que podría haber llevado a una aceptación sin reservas de la herencia morbosa, como contundente expli cación etiológica de la locura, supone, en realidad, una acotación impor tante a lo que, entiende G. López, se había convertido en un gran «cajón de sastre».
«De ese elemento etiológico» -escribe-«hay, por tanto, que descartar resultados que no le pertenecen; hay que restarle sumas que no le son propias» (25).
Así, con respecto a las intoxicaciones crónicas, la otra gran causa «degeneratriz», admite que, junto al alcohol, «determinadas impregnaciones de agentes tóxicos que el organismo habitualmente puede sufrir, como las del opio, del plomo, etc., es incuestionable que traen Asclepio-II-1991 aparejadas especiales alteraciones, modificaciones sui-generis en la cons titución de los progenitores.
Pero estas alteraciones, necesariamente habrán de ser en el sentido de la morbosidad, y por tanto, no puede ser extraño que a una actitud enfermiza del procreador, responda un nuevo ser, no absolutamente encajado en los perfiles mismos que la fisiología preceptúa. (... )
Pero esto no es herencia, en el recto sentido de la frase, ni tal cual razonablemente debe entenderse.
Que no porque ignoremos la íntima naturaleza determinadora de las relaciones que resulten entre los estados anómalos, o las afecciones de los ascendentes, y las morbosidades, las anomalías neuro-cerebrales de los engendradores, vamos a sentirnos sa tisfechos con una palabra que manejamos mucho, que el vulgo repite mucho más, pero que a mi juicio, oculta solo un análisis que la ciencia de curar todavía no ha podido hacer» (26).
G. López niega, pues, el valor etiológico de la heredointoxicación etílica, una de las grandes explicaciones causales del degeneracionismo fran cés (27), denunciando la facilidad con que se ha utilizado la herencia -la constitución orgánica-para enmascarar las causas sociales de la locura.
Sus palabras a este respecto son suficientemente elocuentes: «Estos seres, colocados en medios inapropiados, abandonados a ellos mismos, sin estar influenciados por las determinaciones higiénicas, sin rodeárseles de una educación previsora y apropiada, no será difícil verlos delirar, caer después bien pronto en etapas de cronicidad y perder, por tanto, la sociedad, un miembro que hubiera podido serle útil.
Si estos sujetos se hubiesen colocado en atmósferas adecuadas, guiados por preceptos que la práctica aconseja y tiene sancionados, es casi seguro que no llegarían a delirar, a ser prisio neros de las psicopatías, a ser una carga enojosa del medio en que viven.
¿Es, pues, justo que culpas que deben cargarse a la cuenta de la despreo cupación, del abandono o de la ignorancia, se acumulen uno y otro día, al capítulo de la herencia?» (28).
Bellas palabras, sin duda, que no hacen sino introducir la necesidad de la prevención social de la locura y adelan tarse, en buena medida, desde el interior mismo del positivismo, a una de las principales críticas que, años más tarde, tal concepción científica tendría que afrontar.
Dos son las estrategias propuestas por nuestro médico para la profilaxis de la locura.
Por un lado, la llamada «higiene del matrimonio» para la que G. López, en prevención de las posibles causas hereditarias de la alienación mental, se muestra partidario d� las ideas eugénicas que con tanta fuerza estaban calando en la sociedad de la época (29), llegando incluso a consi derar que «debe estimarse ante la ciencia como delito social, el hecho harto frecuente de fomentar 1� propagación de la especie mediante el http://asclepio.revistas.csic.es enlace de individuos privados de una constitución mental sana y esta ble» (30).
Afirmación que no deja de resultar interesante si tenemos en cuenta que, según su propia estimación, «la raza negra, ya pura o mestiza, ofrece en Cuba un contingente notablemente mayor, de las citadas ano malías» (31 ).
Por otro lado, la educación se convierte en la gran estrategia preventiva no solo de las enfermedades mentales sino también de una serie de ambiguos conceptos como el de «vicio» o «mala vida» que, ligados a los comportamientos antisociales en general, llegaron a ser jurisdicción com partida de médicos y aparatos policiales del Estado (32).
Las recomenda ciones «psicopedagógicas» sobre el control y la vigilancia de la parte más joven de la población son tajantes: «... jamás dejéis a vuestros hijos entre gados a su propio albedrío, a su personal gobierno; nunca les consistáis vagabundear libremente; estorbarles con sistemático rigor la concurrencia a los cafés, a los billares.
Quien hoy se entretiene habitualmente con el billar o el dominó, mucho adelantado tiene para ser el jugador del mañana.
Quien horas muertas permanece en un café, roba tiempo a su estudio o aprendizaje, prepara su vagancia y su afición a las bebidas y fabrica el alcoholista del porvenir.
Tanto mejor y más fácilmente, cuanto menos perfecta y resistente sea su organización cerebral» (33).
Existiría, pues, un grupo importante de sujetos que con una adecuada instrucción podrían escapar del determinismo absoluto al que un férreo biologismo somaticista estaba condenado (34).
Ahora bien, este tipo de individuos «fronterizos», aquéllos que constituyen «un grupo de transición, un punto de gradual enlace entre los que se agitan dentro de la órbita mental morbosa y las personas de sano entendimiento» (35), son los que G. López va a definir como «degenerados».
Destaquemos, en este sentido, la proximidad del cubano al concepto moreliano, según el cual la degene ración engloba las «desviations maladives du type normal de l 'humani té» (36), no constituyendo necesariamente «un état pathologique» si no «un état regressif» (37), como más tarde indicarán V. Magnan y P. M. Legrain.
Es por eso por lo que la definición ofrecida por G. López carece todavía de las complejidades introducidas por los correctores de Morel; para el autor americano los degenerados «son aquellos seres que en el tránsito por la vida dejan conocer y apreciar cambios anómalos, declina ción, empeoramiento, perversión, incomplemento, irregularidad, etc., en sus funciones psicológicas, de ciertas desviaciones de conformación exte rior» (38).
Distingue entre degenerados intelectuales y morales y, dentro de los primeros, los de «alto rango», «cuyas condiciones son compatibles con el esplendor brillante de una inteligencia» (39) -que corresponden a Asclepio-IT-1991 los degenerados superiores de los autores franceses-, y los de «rango inf eriorn.
En cuanto a la degeneración moral, la que más problema causa al alienista, considera que en ella caben «las variantes todas de la esfera moral o pasional.
Hay como una detención del. desarrollo de los senti mientos altruistas, y de los altos afectos; y al contrario, existe coetánea mente, una especie de hipertrofia de pasiones, de sentimientos rastreros y de instintos.
Con estos elementos se constituye, como fácilmente se comprenderá, ese estado designado con el nombre de ausencia del sentido moral» ( 40).
Como es sabido, la moral insanity de los alienistas ingleses ( 41 ), a pesar de su temprana formulación, ejerció una notable influencia sobre la psiquiatría posterior, entre otras cosas porque ofrecía la posibilidad de «diagnosticar» determinados comportamientos cuya adscripción clínica, dada su naturaleza «moral», era difícil de establecer.
No es una casualidad que el concepto de locura moral persista hasta las primeras décadas <1el siglo xx y se llegue, incluso, a asimilar con la figura del criminal nato lombrosiano ( 42).
Y no es extraño tampoco que las relaciones entre el alienismo más tradicional y la novedosa criminología confluyeran, como en tantos otros especialistas, en la obra y en las actividades profesionales del más destacado pionero de la medicina mental cubana.
Parece suficientemente establecido que la antropología criminal se introduce en Cuba, en un primer momento, a través de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, creada en 1877 como correspondiente de la Sociedad Antropológica Española (43).
La influencia en dicha aso ciación científica de la antropología física europea -en particular las enseñanzas de Paul Broca con quien muchos médicos cubanos se forma ron en París (44)-fue inmediata, permitiendo una-relación directa con el viejo continente y con las novedades científicas que allí se iban produ ciendo.
No es de extrañar, por tanto, que solo tres años después de la primera edición, en 1876, de L'Uomo deliquente de Lombroso, ya aparezcan discusiones en el seno de la Sociedad Antropológica sobre las nuevas teorías criminológicas, destacando tanto los debates y estudios sobre casos concretos de criminales cubanos ( 45), como las exposiciones más generales que pretendieron dar a conocer en el Caribe los principios fundamentales del lombrosismo (46).
Ahora bien, en lo que se refiere a las relaciones entre la antropología criminal positivista con el derecho y con el alienismo, se reproduce en Cuba un fénomeno muy similar al descrito para Europa por nuestro propio grupo.
Por un lado, como bien ha indicado José Luis Peset, los médicos y los juristas protagonizaron a lo largo de todo el XIX un difícil diálogo en el que los portadores de la nueva ciencia no siempre consi guieron imponer sus criterios ante un poder judicial basado en el derecho clásico (47).
Por otro, el alienismo tradicional y sobre todo la psiquiatría forense mantuvo con respecto a la antropología criminal una cierta dis tancia que respondió más a un problema de competencias y jurisdicciones profesionales que a una diferencia real de concepciones científicas ( 48).
Son estos mismos elementos los que pueden identificarse en la Cuba del cambio de siglo.
Las críticas del jurista José María Céspedes hacia la doctrina del criminal nato • son suficientemente elocuentes; por un lado advierte de los peligros que una ciencia aliada con un poder autoritario podía traer consigo: «Las consecuencias del reconocimiento de los delin cuentes por signos externos serían de una confusión y malestar insopor tables (... )
Separados los buenos de los malos, por este medio, habría que encerrar a los últimos bajo fuertes techos y duros hierros, o matarlos para que no se reprodujese la raza maldita» ( 49).
Y, por otro, defiende al individuo y se niega a reconocer las propuestas de «defensa social» que los lombrosianos argumentaban en tomo al concepto de «peligrosidad social», elemento clave diferenciador con respecto a las doctrinas prelibe rales de Beccaria.
Para J. M. Céspedes, «¡La defensa social! ¿es acaso apropiada y legítima la comparación de la Sociedad con el individuo cuando uno y otro se defienden?
¡Cuanta distancia entre las dos defensas!
El individuo, solo, débil, sorprendido en un momento dado, recibe la ofensa e instantáneamente se dispone a defenderse, y se defiende: ante la ley y la moral no es responsable entonces del daño que cause.
¿Se en cuentra en el mismo caso la sociedad acompañada de todos sus miembros, y por lo mismo fuerte, que. nunca debe estar desprevenida y que jamás rechaza el ataque de frente y en el instante mismo de la agresión?
Los medios sociales son inmensamente superiores a los individuales.
La so ciedad dicta leyes, dispone de la justicia, tiene ejércitos, policía, cárceles, presidios; y los individuos, en su flaqueza, son los eternamente llamados a pagar los vidrios rotos» (50).
La contestación de Gustavo López a Céspedes está en la línea del alienista con experiencia en peritajes médico-legales (51), que acepta las posibilidades del positivismo criminológico aunque reconoce que: «La obra de Lombroso más que falta de fundamentos, tiene la rápida genera lización, o mejor dicho, la deducción muy prontamente extendida de hechos de buena observación y que, por tanto, es una obra que puede Asclepio-IIl 99 l corregirse, que puede hasta abandonar cierta parte, sin que por esto sufra el organismo constituido por las demás.
Si, porque si se examinan los criminales no se puede negar que muchos de ellos poseen los atributos de la degeneración» (52).
Con estas palabras, G. López se hace eco de una de las grandes polémicas entre psiquiatras y criminólogos sobre si debe identificarse o no criminalidad con degeneración.
Para V. Magnan, por ejemplo, «le criminel né n' existe pas, ou, s'il existe, c 'est un malade» (53); con tal afirmación se acepta que puede haber enfermos mentales que presenten, como característica fundamental de su orden psíquico, obse siones o impulsos criminales, pero advierte con firmeza que no todos los actos delictivos son la consecuencia de la mente enajenada de un dege nerado.
En esta misma línea se expresa G. López cuando indica que «crimen y degeneración no son, pues, materia idéntica.
Y los progresos de la psicopatología, al llegar a precisar la diferencia entre el criminal morboso y el delincuente vulgar, reduce a sus precisiones ciertas la obra de Lom broso» (54).
Con todo, el problema de la responsabilidad o irresponsabilidad de los actos delictivos, que los lombrosianos pretendían superar mediante el reconocimiento de la noción de peligrosidad social (55), sigue pesando de manera decisiva en la praxis pericial y en las reflexiones teóricas de los alienistas formados en la tradición francesa.
La posibilidad de que un delito pudiera ser la consecuencia del acto irresponsable de un loco y la aceptación generalizada de la existencia de «locuras parciales», «locuras lúcidas» o «locuras morales» compatibles con una aparente normalidad del sujeto, constituyó, sin duda, el gran caballo de batalla de la psiquiatría forense decimonónica.
Especialmente significativo es, en este sentido, el tema de la tesis doctoral de Gustavo López titulada ¿Cómo debe entenderse el período o estado lúcido de los enajenados, a fin de juzgar si son o no responsables de sus actos?, cuyo principio doctrinal, expuesto en la primera frase del trabajo, es que «el alienado no lo es absolutamente siempre, ni en todos los momentos, detalles y circunstancias de su enfermedad» (56).
Dilucidar la existencia o no de alienación en un sujeto es una tarea que el especialista deberá basar en la experiencia y en la observación paciente y rigurosa de cientos de enfermos.
«La clínica» -argumenta G. López-«no se inventa, se forma a la cabecera y en el contacto directo con los enfermos y la constituye el conjunto de hechos y datos individuales de los que se extraen enseñanzas positivas, deducciones y reglas, que forman inmenso caudal por medio del cual se puede leer, por decir así, en el libro de la naturaleza, abierto siempre para las rectificaciones de los errores y para la disipación de las sombras de la duda» (57).
Profesión de 78 Asclepio-ll-1991 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es fe positivista que tiene su consecuencia inmediata en el campo médico legal ya que «la sola posibilidad de que sea castigado un loco, nada más que por haberse aseverado o haber presentado atenuación más o menos• grande de los síntomas frénicos, esa sola posibilidad, repito, seria bastante para no hacernos ligeros en nuestras apreciaciones, para que estudiásemos y observásemos perfectamente al loco, antes, y al loco después del hecho, y sus síntomas ofrecidos, y el comienzo de su enfermedad, y su marcha, y sus antecedentes individuales y los de su familia entera y todo, en fin, por nimio que parezca y a él corresponda,... » (58).
Son tiempos de gran agitación social y muy pronto el perito psiquiátrico será llamado ante los tribunales de justicia más que para librar a los locos de la cárcel o del patíbulo, para descubrir a los delincuentes que pretenden escapar del castigo simulando ser portadores de alteraciones mentales (59).
La antropología criminal ofrecerá mecanismos científicos (las baterías de pruebas criminológicas individualizadas) y jurídicos (las leyes de peligrosidad social con la anulación de los conceptos de respon sabilidad en los códigos penales) para una efectiva defensa social, pero también argumentos de peso para que los médicos siguieran reivindicando, con más fuerza que nunca, su papel protagonista en las decisiones judi ciales.
Así lo expresa G. López, quien, a pesar de sus reservas, acaba aceptando el legado de la escuela italiana.
«No me cansaré nunca» -con cluye-«de celebrar el impulso bienhechor que la Escuela italiana ha procurado al estudio de las cuestiones de criminalidad y penalidad, en sus relaciones con la antropología y la patología mental.
Ha contribuido en gran manera, a la realización de mi ideal en materia pericial, esto es, a evidenciar el papel considerable que por derecho -propio y por necesidad, le corresponde a la medicina legal y a la patología mental en asuntos de justicia» ( 60).
Finalmente, un tercer aspecto a destacar de la obra psiquiátrica de Gustavo López es el referido al tratamiento y asistencia de los enfermos mentales. _En el plano teórico, el manicomio como «institución terapéutica» y la fe en las posibilidades del tratamiento moral constituyen, lógicamente, los principios fundamentales que López defiende.
En la práctica, como tantas veces ha ocurrido. en la historia de la psiquiatría, la realidad del enfermo mental chocó frontalmente con las «bienintencionadas» doctrinas alienistas, de modo que la labor de nuestro médico se centró, en buena Asclepio-ll-1991 medida, en• 1a denuncia de las penosas condiciones asistenciales y en el intento reformador de las instituciones.
Además de su actividad clínica en el Asilo General de enajenados de La Habana, es preciso resaltar una monografía publicada en 1899 que, con el título Los locos en Cuba, nos muestra los principales puntos de vista del autor (61).
Se trata, como él mismo indica, de unos «apuntes históricos» en los que repasa lo que, en su opinión, fue la asistencia al loco en la Isla durante el siglo XIX.
«Allá, en los comienzos del siglo que está terminando, los pobres locos vagaban errantes por las calles y lugares públicos.
Servían de mofa y entretenido juguete, no ya a chiquillos y gente del pueblo, sino a personas serias.
Cuando por sus actos de violencia, extravagancias, turbulencias, etc., se hacían peligrosos o• turbaban la pública tranquilidad, o comprometían la moral, entonces, solo entonces, se hacían ingresar en las cárceles públicas, donde se confundían con los más empedernidos criminales, a los cuales servían a menudo de vasallos; o bien eran, los agitados y turbulentos, encerrados en oscuros lugares, que parecían cons truidos ex-profeso en los hospitales de la ciudad» (62).
La alusión al abandono de los locos o a su reclusión en cárceles, junto a criminales, recuerda la situación europea durante el Ancien Régime, en cuyos Hospitales Generales los alienados compartieron cadenas y maz morras con delicuentes y vagabundos, para, solo tras las reformas pine lianas, ser «liberados», medicalizados y destinados a las instituciones asilares especialmente diseñadas para ellos (63).
La «mítica» acción liberadora de Pinel constituye -no podía ser de otro modo-el punto de partida de las posiciones sobre asistencia de López. «... esta época, o época de Pinel, fue en la que hizo más serios progresos esta rama de la ciencia.
Entonces fue cuando el conocimiento de las enfermedades mentales, recibió perfecciones que consintieron dejar por impropias las estimaciones de endemoniados, hechiceros, etc., que se tenían por los locos.
A través de este criterio, se tuvo para ellos el humano concepto de considerarles como personas des validas.
Es precisamente, a partir de estos tiempos, cuando caracterizado el progreso conquistado, se presenta la nueva faz social, a impulso de lo cual surge el Manicomio, institución filantrópica que no se inició tardía mente en nuestra tierra querida... » (64).
En efecto, los primeros intentos de asistencia al loco fueron llevados a Cuba, de una manera precoz en comparación con la dinámica observada en otros lugares de América Latina (65), por el Obispo Espada, bajo cuyos auspicios se fundó el 1 de septiembre de 1828 el Hospicio de San Dionisia que acogió, entre otros, a todos los enajenados que permanecían en la cárcel de la ciudad.
Dicha institución se emplazó en terrenos del famoso Hospital de San Lázaro y fue costeada por una suscripción popular abierta y alentada por el Obispo (66).
Con posterioridad, en 1854, la autoridad gubernativa decidió trasladar el Establecimiento General de Enajenados a otro lugar más amplio y con más posibilidades de infraestructura que San Dionisia.
Adquirió para ello un Potrero, a algunos kilómetros de la capital, propiedad de un terrate niente criollo llamado José Mazorra (67).
Sobre esta decisión, aparente mente precipitada o quién sabe si consecuencia de oscuros intereses económicos, G. López -médico del Asilo años más tarde-manifiesta su opinión de que «la elección de esta propiedad fue desacertada: no se tuvo en cuenta la bastante distancia que la separa de la Capital, cosa que hace la comunicación difícil, incómoda, no solo para las familias de los enfermos, sino también para el Asilo mismo, sus cargas, víveres, alimentación, etc. Es otra condición mala, el terreno en general bajo, fácil a los pantanos, reinante siempre en él el paludismo.
También es razón contraria la mala calidad de las tierras, que son de la peor clase; teniendo solo una capa vegetal muy ligera; siendo por último muy serio inconveniente el hecho de encontrarse la finca dividida en dos por el ferrocarril de Villanueva que lo atraviesa precisamente en el centro de su foco de población y que produce un ruido que hace daño a los enfermos» (68).
Pero no fueron sólo problemas de ubicación e infraestructura los que padeció «Mazorra» desde su puesta en funcionamiento.
La falta de presu puesto y, s• obre todo, la ausencia de dirección médica constituyeron, du rante años, el principal «inconveniente» de un espacio cerrado en el que «a los desastres económicos, se unían la insalubridad, el mal trato, la impropiedad de las atenciones para los enfermos, etc. En esta época cuando había alguna disputa entre los locos un vigilante acudía armado de un bastón y los llamaba -al orden, distribuyendo aquí y allí algunos cujazos a los más revoltosos» (69).
Esta situación es típica de una etapa que Eduardo Balbo ha definido como «prealienista», en la que a pesar de la existencia de establecimientos específicos para locos no se han incor porado aún los principios del tratamiento moral y el médico no ha llegado todavía a ejercer el control completo ni de los pacientes ni de la propia administración de los asilos (70).
En Cuba, habrá que esperar nada menos que a 1863 para que José Joaquín Muñoz, formado en la Salpetriere, inicie el tratamiento médico de la locura siguiendo las pautas aprendidas en París (71 ).
Posteriormente, en los últimos años del siglo, las limitaciones del Asilo General de La Habana no parecen diferenciarse de las de cualquier manicomio de la época.
«Fue este tiempo de dura prueba para los médicos internos de Asclepio-IT-l 99 l "Mazorra" -sistemáticamente la dirección se oponía, ocultaba o abando naba_todo proyecto, toda tentativa de estudio, todo propósito de reformas e innovaciones científicas.
La lucha fue titánica durante muchos años.
Se mataron verdaderamente en esta época los entusiasmos médicos» (72).
Sin embargo, el desánimo del alienista en el interior del manicomio al que alude G. López, tiene en Cuba unas connotaciones diferentes a las identificadas en la Europa finisecular.
El paulatino ensanchamiento del ámbito de actuación del psiquiatra desde el asilo al gran espacio social es válido para explicarnos la historia de la locura en Europa, y sobre todo en Francia tras las reformas pinelianas (73); pero no lo es para comprender lo acaecido en Cuba donde Pinel y Esquirol se leyeron prácticamente al mismo tiempo que Morel y Lombroso.
Una recepción simultánea que trajo como consecuencia un doble anclaje de la medicina mental sobre dos discursos diferentes aunque complementarios, que se desarrollaron al unísono y que fueron motivos de no pocas contradicciones en el propio discurso de los médicos cubanos.
Así, mientras en el interior del manicomio se seguía creyendo en las posibilidades del tratamiento moral, fuera de él se proponían medidas de profilaxis del crimen y de «defensa social».
No es de extrañar que el pensamiento psiquiátrico de Gustavo López esté repleto de estos dos enfoques -un alienismo casi filantrópico y una concepción psiquiátrica marcadamente somaticista-que en Europa fue ron casi incompatibles y que en América se complementaron con cierta facilidad.
Es evidente que en el origen y primer desarrollo de la psiquiatría cubana han de tenerse en cuenta factores socioeconómicos y políticos que forzosamente debieron influir en las políticas sanitarias de la Colonia primero y de la República más tarde.
Las condiciones creadas por la Revolución han permitido hacer del antiguo «Mazorra» un Hospital Psi quátrico perfectamente encuadrado en unos Servicios de Salud Mental dependientes del Servicio Nacional de Salud, constituyendo, hoy día, un modelo de atención al paciente mental prácticamente perfecto.
De igual modo, no se puede olvidar que acontecimientos tan cruciales en la historia de Cuba como la abolición de la esclavitud, las guerras de independencia, la propia independencia de Cuba, etc., con seguridad jugqron su papel no solo en la receptividad de las teorías psiquiátricas europeas por parte de los médicos cubanos, sino también en su aplicación a la convulsa sociedad de una joven nación.
Factores tan diversos. como la variedad étnica o la dependencia económica neocolonial debieron ser decisivos en la configu ración del dispositivo asistencial psiquiátrico pre-revolucionario.
Tales ele mentos de análisis no han podido ser incorporados en este trabajo por falta de tiempo y de espacio pero abren, desde luego, nuevas vías a una investigación que, tal vez, pueda ser retomada en el futuro. |
En el presente trabajo analizamos la figura de Andrés Piquer, aportando una propuesta de análisis personal sobre su discurso médico, a partir de la edición de 1751 del Tratado de las Calenturas, utilizando como ejes reflexivos las alusiones a las fiebres y a la quina, y apoyándonos también en referentes españoles y europeos -con especial presencia del medio francés-.
Así, nos encontramos con un Piquer que apuesta claramente por la observación y la experiencia como base del conocimiento médico.
Consideramos esta propuesta como un acercamiento necesario que permita abordar, en un momento posterior, las siguientes ediciones, con el horizonte final de un análisis comparativo.
EL SIGLO DE LAS TERCIANAS
Al intentar ubicar históricamente el desarrollo de las distintas epidemias nos encontramos con la posibilidad de crear modelos temporales que nos permiten hacer una clasificación -si no totalmente nueva, sí al menos con una cierta diferencia-de los períodos en los que tradicionalmente hemos visto dividido el tiempo anterior a nuestra época.
A veces, este intento puede coincidir, sin embargo, con la división cronológica habitualmente aceptada.
Así, sin necesidad de situarnos en un sistema de imaginarios colectivos, encontramos cómo las representaciones de un azote epidémico como la malaria nos sirven de elemento clasificatorio temporizador.
La imagen más nítida del fenómeno palúdico -la aparición de la fiebre-caracteriza el siglo XVIII de tal manera que se han convertido casi en sinónimos 1.
La malaria ha sido presentada como la epidemia que en el siglo XVIII «reemplaza» a la peste -el gran azote del XVII, que tiene como última referencia la ciudad de Marsella en 1720-antes de perder su papel de protagonismo social frente a la fiebre amarilla -en torno al paso del siglo XVIII al XIX-2.
Al hacer referencia a este carácter de epidemia transitoria, o referente intermedio de esa trilogía a la que acabamos de aludir, no pretendemos olvidar, sin embargo, su presencia a lo largo de la historia; las epidemias palúdicas habían sido conocidas desde la antigüedad en el ámbito mediterráneo y a lo largo de la Edad Media habían afectado zonas pantanosas del litoral.
Pero en el siglo XVIII tuvieron una especial importancia pues dieron lugar a «cifras alarmantes de morbilidad y mortalidad».
En España «las fiebres» o «calenturas» son un referente obligado durante todo el siglo XVIII.
Los continuos accesos palúdicos, especialmente en la costa mediterránea, van a dar lugar a una atención especial de la parte de los médicos.
En cuanto al origen de esta mayor incidencia, Riera menciona cuestiones «geoclimáticas» -este autor apunta «la elevada pluviosidad»-, mientras que Peset y Pérez Moreda aluden a la relación de las fiebres con los cambios en los cultivos» 3.
2 RIERA, J. (1992), Capítulos de la medicina ilustrada española (Libros, cirujanos, epidemias y comercio de la quina), Valladolid, Universidad de Valladolid, Secretariado de Publicaciones, pp. 81-112, cita en p.
Estas líneas introductorias siguen, en sus aspectos históricos, la clarificadora presentación del tema que hace este autor.
PÉREZ MOREDA, V. (1982), «El paludismo en Este aumento de la presencia del paludismo se puso de manifiesto en la región valenciana, zona que ha sido comúnmente considerada como endémica cuando se habla de la malaria 4.
Los trabajos de Andrés Piquer son una referencia clave a la hora de abordar alguna de las cuestiones más relevantes de la medicina y de la salud españolas del siglo XVIII.
Piquer, médico y catedrático de Anatomía en la Universidad de Valencia, ciudad donde estudió y publicó sus primeras obras, contaba con la experiencia procedente «de la frecuencia de la malaria en las zonas pantanosas de los arrozales valencianos» 5.
Las «calenturas» -utilizando la terminología del propio Piquer-van a conformar un campo de disertación al que el médico valenciano va a dedicar una parte importante de su reflexión sobre el fenómeno epidémico.
En su Tratado de las Calenturas» 6 va a precisar su pensamiento -enlazado con la observación/práctica/experiencia-en el tema de las fiebres y va a dedicar, asimismo, su atención al remedio más universal contra estas epidemias: la quina.
Fiebre y quinas van a ser dos términos no necesariamente complementarios en el discurso de Piquer, pero la relación entre ambos dará contenido a su doble propuesta teórica y práctica en el tema de las calenturas.
La aparición en 1751 de su Tratado de las calenturas se puede considerar parte de una línea que se seguiría, entre otros, y de forma mucha más decidida, con José Alsinet y Cortada en 1763 y José Masdevall y Terrades en 1786 7.
----España a fines del siglo XVIII: la epidemia de 1786», en Asclepio, vol. XXXIV, pp. 305 ss., y PÉREZ MOREDA, V. (1984), «Crisis demográfica y crisis agrarias: paludismo y agricultura en España a fines del siglo XVIII», Congreso de Historia Rural.
Siglos XV al XIX, Casa de Velázquez, Universidad Complutense, Madrid, p.
352, -para éste último sigo las citas de GARCÍA RUIPÉREZ, M. y SÁNCHEZ GONZÁLEZ, R. (1991), «La epidemia de tercianas de 1786 en la antigua provincia de Toledo», Asclepio, Vol.
Véase también PESET, J. L. y PESET, M. (1978), «Epidemias y sociedad en la España del Antiguo Régimen», Estudios de Historia Social, 4, pp. 7-28; y PESET, M.; PESET, J. L. (1972a), Muerte en España, Madrid.
4 Lo que tampoco debe hacer olvidar que esta epidemia estuvo presente en muchas otras zonas del país.
Ver, por ejemplo, el caso de la antigua provincia de Toledo en el trabajo de GARCÍA RUIPÉREZ Y SÁNCHEZ GONZÁLEZ (1991).
6 PIQUER, A. (1751), Tradado de las calenturas según la observación y el mecanismo, Valencia.
7 ALSINET, J. (1763), Nuevas indagaciones sobre la utilidad de la quina, Madrid.
MAS-DEVALL Y TERRADES, J. (1786), Relación de las Epidemias de calenturas pútridas y malignas que en estos últimos años se han padecido en el Principado de Cataluña, y principalmente la que descubrió el año pasado de 1783, en Lérida, Llano de Urgel...
Estas y otras muchas referen-El Tratado de las Calenturas es la última obra de las escritas por Andrés Piquer en su etapa valenciana, con el subtítulo de «según la observación y el mecanismo» -que desaparecerá en las ediciones posteriores-8.
A finales de 1751 se traslada a Madrid, como médico de Cámara de Fernando VI9.
En su primera obra publicada en Madrid, Piquer apuesta por las ventajas de la medicina experimental10, con una nueva actitud, decididamente antisistemática11.
Con todo, en su primera presentación del Tratado de las Calenturas, vamos a encontrar a un Piquer basado en la observación y la experiencia -que serán los reclamos de sus alusiones a Hipócrates-que permanecerán posteriormente 12.
Como ha señalado Alejandro Sanvisens, el mecanismo de la primera edición de la obra de Piquer sobre las calenturas, estaba «más en el nombre que en el contenido, en su totalidad» 13.
La publicación de su Tratado en 1751 contó con la complicidad de Gregori Mayans, con quien había tenido una estrecha relación en sus años de Valencia 14.
En esta primera edición es en la que hemos centrado nuestra atención.
El trabajo publicado por Andrés Piquer supone, por tanto, un punto de inflexión de obligada referencia en el intento de comprender el fenómeno de las fiebres en la España del siglo XVIII.
Las sucesivas ediciones15 de su obra son un evidente reflejo de la positiva acogida de su trabajo, con un seguimiento notorio también fuera de las fronteras españolas, especialmente al otro lado de los Pirineos 16.
A pesar de que muchas veces los supuestos se pueden identificar con los intereses 17, y en el caso de Piquer también estarán presentes, no hemos abordado en la práctica esos intereses más que de una manera somera.
Seguramente sea un trabajo necesario -quizás inminente-junto con nuestra reflexión sobre las propuestas de Piquer.
La obra de Piquer aparece trazada en torno a la defensa de la «observación».
En este sentido, las dudas y reparos atribuidas a la medicina son conse-----cuencia de que o bien «se aplican poco los médicos a las observaciones» o bien «no las hacen con el cuidado que ellas piden».
Sobre ellas deberá establecerse el «otro fundamento de la verdadera medicina»: el raciocinio 18.
«Conocimiento» y comprensión son dos elementos que van a aparecer claramente diferenciados en el discurso de Piquer.
Podemos conocer una enfermedad -e incluso esto será a veces algo fácil-, pero no es tan evidente el que podamos llegar a delimitar las características esenciales que van a permitirnos individualizar dicha enfermedad.
Así, las calenturas son presentadas como algo fácil de conocer, aunque se precisa la dificultad de definirlas.
El propio Piquer se muestra consciente de la limitación de esta presentación.
Es por ello, quizás, que acude a los clásicos en un evidente intento de contestar de antemano a una previsible crítica a su trabajo 19.
El recurso a la autoridad de Galeno e Hipócrates aparece entonces como algo natural que encontrará continuidad en su obra.
En este sentido se recuerda la figura de Galeno, autor que, a pesar de que trató la cuestión de forma extensa, no abordó el tema de la definición.
Alusión similar también la que se hace a Hipócrates.
Aunque en este caso Piquer no cuestiona el punto de partida del médico griego de estar haciendo alusión más a síntomas que a verdaderas enfermedades.
Tampoco es un obstáculo el hecho de que Hipócrates calificara con este término una serie de enfermedades sobre las que obligatoriamente tenía ideas distintas que los médicos de la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX 20.
La referencia a Galeno, apoyada en el juicio del médico español Vallés, contempla que no se definiera «porque tal vez conoció la dificultad que había en explicar la esencia de la calentura en una sola definición», pero también ----18 PIQUER (1751), prólogo.
19 Situación que también se planteó en algún otro de sus trabajos.
Ver, por ejemplo, las dudas y objecciones que le plantea el médico Jacinto Puig, a propósito de la Lógica Moderna -publicada por Piquer en 1747-.
PUIG, J. (s.f.), Clave philosophica en la que se contiene una breve introducción a las disciplinas mathematicas y un fácil y breve compendio de la Lógica, o Philosophia racional, junto con una carta y dificultades propuestas al Doctor Don Andrés Piquer..., Madrid, -la carta aparece con fecha de 17 de abril de 1752-pp.
20 Artículo «Fièvre», en ADELON et al. (1822), Dictionnaire abrégé de Sciences Médicales, Panckoucke, París, tome septième, p.
Aunque Piquer parece decantarse por la evidencia en el tema de las fiebres, su posición aparece precisada cuando escribe: «¿qué importa que se ignore en qué consiste la esencia de la calentura, como se sepa conocer cuándo la hay y de qué manera ha de curarse?».
Por lo tanto, aunque el médico no conozca la esencia del mal, podrá conocerlo y también curarlo si conoce los caracteres que le son propios 21.
Este planteamiento frente a la enfermedad obliga a encontrar un camino distinto que permita ocupar el espacio de definición que se nos presentaba inabordable.
En el caso de Piquer, va a ser la «descripción» la que se encargue de ello, la que deberá reflejar los caracteres propios e inseparables que nos servirán de elementos de identificación y de diferenciación.
En referencia a las calenturas estos caracteres van a ser: «pulso acelerado», «calor más intenso» y «acciones de la vida dañadas».
Estas son las circunstancias determinantes para considerar que una persona tiene calenturas, «pues es imposible haber estas tres cosas en un sujeto sin que la calentura exista» 22.
En cuanto a la división de las calenturas Piquer presenta tres grandes grupos: diarias -las que duran veinticuatro horas, más o menos-, pútridas -las que «suponen putrefacción en los humores»-y héticas -«aquellas que son lentas, largas, continuas, y necesariamente producen grande extenuación del cuerpo, y siempre nacen de otra enfermedad que las fomenta»-.
A partir de estos grupos se presentan numerosas divisiones 23.
No nos detendremos ahora en los distintas tipos de fiebres que considera Piquer.
Más interesante nos parece abordar la manera en la que nos presenta las causas generales de las calenturas, pues a través de ello nos va a introducir también en el método general de su construcción conceptual de la enfermedad 24.
Piquer identifica salud con orden, y enfermedad con desorden.
Así, considera que el estado natural del hombre es estar sano.
En él, las distintas dispo----- 21 Postura práctica que encontraremos también en el mundo de las fiebres al intentar esclarecer la acción de la quina.
siciones que se necesitan para la vida están ordenadas, al tiempo que se cumplen «debidamente» las leyes de los movimientos.
La enfermedad, en cambio, va a ser un indicio de que las disposiciones o movimientos no están bien ordenados.
En este razonamiento, «será tanto más peligrosa la dolencia cuanto mayor fuese el desorden» 25.
Habiendo señalado que las calenturas tenían tres caracteres propios -pulso acelerado, calor más intenso y daño en las acciones vitales-, todo aquello que pudiera causar estos efectos en el cuerpo humano estaría también en disposición de producir calenturas.
Las causas pueden ser numerosas, pero Piquer las reduce a dos clases: la naturaleza misma del hombre y las demás cosas que puedan alterar esta naturaleza dando lugar a los efectos citados.
Por lo tanto, la naturaleza aparece como la «causa universal, próxima, inmediata y necesaria de todas las calenturas».
Y ¿qué entiende Piquer por «naturaleza»?
Para él se trata del «principio y causa material y física de las operaciones humanas».
Pero no se trata de un principio unitario, sino «en el concurso y agregado, mutua harmonía, y correspondencia de todas aquellas cosas que son necesarias para la constitución del cuerpo humano».
Por ello, en cuanto objeto de la medicina, la naturaleza del hombre es el conjunto de sólidos y líquidos que componen el cuerpo humano con el concurso del orden y la correspondencia que deberá haber entre ellos.
La cuestión que se plantea a continuación es la de saber cuándo la naturaleza actúa bien en las enfermedades -el médico seguirá estos movimientos-y cuándo no -el médico los reprimirá-.
Todos los movimientos de la naturaleza humana, en cuanto a su conservación, se hacen según las leyes del Creador.
El médico observará estos movimientos, tanto en la salud como en la enfermedad, lo que le servirá de axioma para fundamentar su discurso.
Este modelo de «Mecanismo» no basta, sin embargo, para explicar las causas finales de las calenturas.
Es por ello que Piquer considera que, además de las leyes generales del movimiento, en el cuerpo humano también funcionan unas leyes particulares -las que algunos denominan «Mecanismo propio del hombre» y otros «principio vital»-.
La consideración que hace de este «principio» nos presenta a un Piquer que se encuentra más cerca de la practicidad propia del carácter de las nuevas ideas del siglo XVIII que del pensamiento sistemático del que aparentemente parecería formar parte: «para el uso que en la Medicina se puede hacer de estas cosas, basta la atenta observación de los efectos que de él proceden; porque importa poco que se ignore el mecanismo especial del hombre, con tal que se sepan los efectos que de él dima-----nan, los tiempos en que obra y la correspondencia y demás cosas reparables que hay en ellos y les pertenecen».
Aquí se entiende la mentalidad antisistemática de Piquer, que «no significa falta de método y sistema en su investigación y exposición médico-filosófica» sino su apuesta por unos principios basados en la comprobación empírica 26.
Piquer confiesa «su ignorancia sobre la causa íntima de las fiebres, desconoce como Sydenham el motivo de la periodicidad palúdica y expone a menudo sus dudas con leal franqueza»27.
Ello no impedirá que intente buscar una explicación e intente identificar, al menos, la causa aparente de las calenturas.
En el modelo presentado por Piquer, con continuas alusiones hipocráticas 28, es la naturaleza la que «halla los caminos que necesita para saber lo que es saludable al cuerpo», es decir, que es la naturaleza «la que cura las enfermedades» y ella misma «busca los caminos que son necesarios para vencerlas».
Por tanto, consecuentemente con lo anterior, será la naturaleza la causa más próxima de las fiebres.
Y esta naturaleza o disposición mecánica del cuerpo humano será simpre la misma, con la única diferencia que en la salud el mecanismo está de un modo y en la enfermedad, de otro distinto.
Dando por supuesto que la naturaleza es la causa de las fiebres y que su mecanismo está alterado cuando se producen, la siguiente cuestión deberá dirigirse evidentemente hacia las causas que alteran la disposición mecánica del cuerpo humano y que conllevan la aparición de la calentura.
De nuevo con Hipócrates, Piquer señala el «aire» como la «más universal y más eficaz causa de las calenturas» 29.
Las alusiones a la fiebre y las pestes parecen evidentes -relación que había estado presente a todo lo largo del siglo XVIII y que aún tendrá vigencia en los inicios del XIX- 30.
La referencia al aire como vehículo transmisor va a estar unida a la cercanía de balsas o lagos que -especialmente en el caso de las fiebres tercianas-va a ser determinante 31.
----Las alusiones al aire aparecerán en los distintas fiebres.
Así, «las calenturas ardientes casi todas nacen del aire» 32; el aire es «casi siempre» la causa de las sinocales 33; la causa de las malignas «es un veneno de especial naturaleza que va con el aire» 34; «ninguna causa es más eficaz para producir estas calenturas, que el aire, en especial las tercianas malignas, que se hacen tales por las malas influencias que el aire comunica a los cuerpos que están dispuestos a padecerlas» 35.
El argumento causal del aire le permite a Piquer, además de explicar la llegada de la fiebre, avanzar una fundamentación sobre la aparición de distintas fiebres rompiendo unos hipotéticos ciclos anuales: «es verdad que no todos los años son las calenturas de una misma índole; pero esto nace de que tampoco es de una misma calidad el vicio del aire».
Esta constatación irá unida a la modificación de efectos que el aire produce «según las disposiciones que encuentra en los cuerpos» 36.
Una vez determinada la vía de llegada del mal Piquer se cuestiona de qué modo el aire produce la calentura.
Aquí la experiencia deja de ser útil, al no poder ser percibido por los sentidos.
Habrá que ir, por lo tanto, a los efectos producidos.
Es decir, frente al «a priori» de la experiencia aparece el «a posteriori» de lo causado 37.
La parte considerada venenosa del aire va a actuar causando «contracciones espasmódicas en los sólidos» -como el corazóny «alteraciones en los líquidos», produciéndose así la calentura.
Aceptando el razonamiento de esta explicación y su consiguiente conclusión final, parece consecuente que junto al aire aparezcan «alimentos», «me-dicinas», o «cualquier otra cosa» que puedan producir también calenturas, en la medida que pueden actuar igualmente sobre los líquidos o partes sólidas del cuerpo 38.
Causa, modo y efecto aparecen, por tanto, como los tres ejes sobre los que Piquer articula su explicación de cómo se producen las fiebres.
A partir de aquí, y usando las descripciones como «único medio que hay para representar las enfermedades», Piquer abordará los distintos tipos de calenturas que él privilegia: ardientes, sinocales o continentes, malignas, semitercianas, cotidianas o mesentéricas, diarias, tercianas y cuartanas.
LA ACCIÓN DEL MEDICAMENTO
Ademas de la singularidad de Andrés Piquer en el tema de las fiebres, conviene que nos centremos tambien en las referencias que este autor hace de la quina.
A pesar de que la quina era conocida desde más de un siglo antes 39, y que había tenido una favorable acogida en Europa 40, en el siglo XVIII seguían proponiéndose remedios clásicos.
Así, encontramos cómo algunos autores hacían aparecer en una posición de privilegio la cebada y las claras de huevo -siguiendo la receta hipocrática-, y otros en los que también intervenían el salvado de trigo, la harina de avena, la calabaza, la «goma amoníaco», el vino, el antimonio o, especialmente para los niños, las almendras.
Bien es verdad que junto a ellos también ocupaba un lugar la quina, pero lejos del papel destacado que sí se le estaba dando desde otros círculos 41.
En el caso de Piquer, especial dedicación a la quina nos encontramos en el capítulo referido a la curación de las calenturas ardientes 42.
Y tanto más significativa es la alusión a la planta americana en cuanto que Piquer va a desarro----- 38 Ibidem, p.
40 Como queda de manifiesto especialmente en algunas de las obras que aludían a las enfermedades comunes: Guide ou Manuel dans le traitement des maladies les plus graves et les plus fréquentes, París, 1777, pp. 69 y ss.; TISSOT, S. A. (1782), Avis au peuple sur sa santé ou Traité des maladies les plus fréquentes, París, tomo I, pp. 274-287.
En algunas se recomienda incluso para todo tipo de fiebres: La médecine et la chirurgie des pauvres, París, 1758, pp. 283-289.
1731), Secretos médicos y chirurgicos del doctor...., traducidos de lengua vulgar portuguesa en castellana por el Doct.
D. Thomas Cortijo Herráiz..., Madrid, pp. 12 y ss., y 76.
llar aquí todo su escepticismo frente a los remedios: confianza en la acción de la naturaleza -de marcada herencia hipocrática-y ataques a los sabios aplicadores de medicina.
Así, tras señalar una división entre enfermedades agudas -«que andan acompañadas de muy graves síntomas, los cuales por lo común son breves, y suelen terminarse dentro de cuarenta días»-y crónicas -«las que se alargan mucho»-concluye que «es indubitable, que la naturaleza es la que curas unas y otras, y las medicinas en tanto aprovechan, en cuanto socorren y ayudan para que pueda expeler las causas de las dolencias».
La naturaleza va a aparecer no ya como algo necesario o importante sino como decididamente imprescindible, pues donde faltara ella «no hacen los medicamentos ningún efecto» 43.
Piquer recuerda los dos grupos diferenciados que encontramos sobre este tema.
De un lado señala a «Gedeon Harveo» -Gideon H. Harvey-, que «quiso que los médicos hiciesen muy poco, o nada, sino solo observar a la naturaleza y dejarla sin medicinas, suponiendo que ella sola ha de hacer la curación».
En este grupo incluye al Dr. Boix -el autor de Hipócrates defendido-también partidario de esta línea pero menos radical que Harvey.
En el lado contrario sitúa a los que «quieren hacerlo todo con medicinas, como si la curación la hubiesen de ejecutar ellos solos, sin dejar nada a la naturaleza».
En este grupo, claramente denostado por Piquer, son aludidos «algunos autores de Farmacopea» y un grupo muy determinado al que hacíamos alusión unos párrafos más arriba: los químicos.
Para Piquer, estos últimos, «con sus Panaceas, y Arcanos», son «extremadísimos» en seguir esta tendencia de utilización profusa de medicinas.
Nos encontramos, por tanto, con una clara alusión a la diferenciación de actitudes de dos grupos -médicos y químicos-que cobrará cuerpo a finales de siglo y especialmente a principios del siguiente.
Frente a estas dos posturas extremas Piquer pretende tomar un camino intermedio, señalando también en esta ocasión que es la naturaleza la que cura las enfermedades y que el trabajo de los médicos consiste en adivinar el curso de esta acción y ayudar a llevarla a cabo.
Esta división aparente del trabajo queda derrumbada cuando tiene que tomar opción: «Y si hubiera yo de decir cual de los dos extremos que acabamos de proponer es el peor, siempre ten-----dría por mucho más perjudicial al linage humano la opinión de los que todo quieren curarlo con muchas y repetidas medicinas, que la de aquellos que no quieren que se use ninguna».
La división entre enfermedades agudas y crónicas cobra ahora mayor sentido.
En las primeras se necesitan pocas medicinas para curarlas.
El hecho de ser breves se interpreta de dos maneras.
Por un lado, la falta de necesidad: como esta enfermedad se acaba rápido, no es preciso que la naturaleza haga uso de medicamentos.
Por otro, una interpretación de causa/efecto: la naturaleza obra de manera muy eficaz «y con la actividad de sus movimientos trabaja mucho en expeler y arrojar del cuerpo las causas de la dolencia».
Con lo que la brevedad de la enfermedad sería debido precisamente a la brillante actuación de la naturaleza.
Siguiendo este último razonamiento nos encontramos una mayor necesidad de medicamentos en las enfermedades crónicas, pues en ésta la naturaleza obra más lentamente.
Este es el marco que sirve para que la quina haga su aparición en el caso de las «calenturas ardientes», con el aval de la experiencia y uso que de ella testimonia Piquer.
EL REMEDIO DE LA QUINA
Observación y raciocinio son los dos referentes que Piquer acepta para la introdución del uso acertado de los remedios.
La importancia del raciocinio queda patente en el hecho de que gracias a él «también» se deduce «la aplicación que puede hacerse de las medicinas en las enfermedades».
Pero son una importancia y una consideración secundarias pues considera que en él aparecen «más engaños y equivocaciones que en la observación».
Para ser aprovechado en medicina, el raciocinio «debe siempre fundarse en las operaciones de la naturaleza, de modo que el razonamiento del médico ha de ser enteramente conforme con lo que la naturaleza ejecuta».
Queda evidenciada, por lo tanto, la valorización de la observación, en la que ha de apoyarse la elección de los posibles remedios: «Llevaremos pues por máxima fundamental para nuestra curaciones, preferir siempre a cualesquiera otros, los remedios cuya eficacia consta por observaciones ciertas, y por raciocinios naturales deducidos de lo que la misma naturaleza enseña».
Hagamos notar, además, la precisión que Piquer hace sobre la observación: que sea «cierta», que no vale cualquier tipo de observación, sino aquella realizada con fundamento: «y de este modo de aplicar las medicinas nunca engañaría si las observaciones estuviesen bien hechas, porque de las cosas que constan por observación fiel y segura, se tiene evidencia».
Y en esta declaración de principios sobre las observaciones positivas encuentra un claro acomodo su apuesta por la quina: «por haber observado los hombres que el opio quita los dolores, y la quina las calenturas, se aprovechan de estos remedios para quitar estas dolencias».
Riera ha señalado -haciendo referencia al siglo XVII-que «el empleo de la quina como recurso médico fue el resultado de la observación clínica, siguiendo la lógica de los misioneros jesuítas» 44.
En el caso del discurso de Piquer aparece claramente que es la observación, y en este caso una observación fiable y segura -la quina elimina la fiebre-el fundamento de su defensa de las propiedades de la planta americana.
Las fiebres aparecen como algo fácil de conocer pero difícil de definir.
Es decir, la descripción de las calenturas se presenta como algo abordable, frente a la dificultad que surge al pretender establecer precisiones delimitatorias.
Definir la enfermedad -como síntoma o como patología-se convierte, por lo tanto, en una tarea casi inabordable.
En el listado inmenso de distintas fiebres que aparecen en cualquier nosología -al igual que en el Tratado de Piquer-encontramos seguramente una primera respuesta a esta imposibilidad de definir el mal al que se está haciendo referencia.
La observación cobra por tanto protagonismo no sólo como elemento que suministra los datos previos a la elaboración de una teoría sobre la enfermedad, sino como el verdadero laboratorio de creación de un discurso contra dicha enfermedad.
La historia clínica -y las referencias hipocráticas para el caso de Piquer vuelven a evidenciarse-aparece de esta manera como un recurso necesario -más que complementario-, como la base empírica de un futuro modelo teórico.
Es en este sentido donde cobra importancia la observación, tanto sobre las propias calenturas, como cuando se trata de aplicar el remedio de la quina.
Un medicamento que aparece, además, con un uso limitado.
Es decir, se trata de un medicamento/remedio contra la fiebre, en cuanto que sirve para curar el mal, pero no aparece signo alguno que pudiera hacernos pensar en medidas preventivas o de precaución 45.
Hicimos mención unas líneas más arriba a la aparición de la quina en el caso de las calenturas ardientes.
En las demás fiebres señaladas por Piquer la alusión al remedio americano será desigual.
Si en el de las malignas destaca por su ausencia -frente al protagonismo de la sangría-, la volveremos a ----44 RIERA (1992), p.
45 En el mismo sentido que ha sido señalado para el caso francés por Georges Vigarelo.
134. encontrar -si bien en una posición claramente secundaria-en el caso de las semitercianas 46, y aludiendo a la circunstancia de que dicha calentura se hiciera intermitente.
Va a ser, efectivamente, en el caso de las tercianas cuando la utilización de la quina adquiera un plano destacado -si bien siempre detrás de una primera curación con sangrías y vomitivos- 47.
La quina aparece, entonces, no solo como el remedio más eficaz, sino como «el único» frente a esta enfermedad.
Y en su utilización no se mezclará con otras medicinas -salvo casos puntuales-porque -tomando como apoyo una vez más la experiencia-«los polvos de la quina bien escogida, de por sí solos hacen mejores efectos».
En el caso de las tercianas malignas la utilización de la quina es colocada por Piquer en primer lugar, antes incluso de hacer sangrías ni dar vomitivos.
Con ello muestra una vez más su confianza en este remedio que cura a los enfermos, sin otro tipo de prevenciones.
Así, frente a la posibilidad de que los médicos se entretengan en dar medicinas evacuativas -antes de que se mueran los enfermos-Piquer recomienda la quina, y estos enfermos se curarían «con tal que desde luego se les de quina sin prevención ninguna».
Piquer hace uso en este caso de su propia experiencia: «De una vez doy yo media onza de quina en estos casos, y vuelvo a repetir la misma cantidad dentro de algunas horas, hasta que vea que la accesión de la terciana no viene, como regularmente suele suceder.
Y después de haberse ya quitado, hago tomar al enfermo todos los días un papel de quina de dos dragmas hasta que cumpla una onza» 48.
La quina aparece recomendada también en el caso de las cuartanas -dado que comparte «causa» con las tercianas-.
En la referencia a las cuartanas también se constatan sus buenos efectos, pero teniendo en cuenta que con cualquier «leve motivo vuelven despúes de ella» 49.
Cuando las fiebres intermitentes -tercianas o cuartanas-se vuelven continuas, la dosis de quina debe aumentar considerablemente, con el objetivo de impedir el peligro que este paso puede conllevar.
Aún siendo ya continua, y dado el origen como intermitente, la utilización de la quina será siempre pertinente 50.
La identificación de la quina va a ser la asignatura pendiente.
El no tener los elementos precisos de determinación será una de las causas más decisivas a la hora de presentar posturas a favor o en contra de la planta 51.
La utilización de una gran variedad de términos es un reflejo asimismo de la propia confusión que se dio con este remedio 52.
La agrupación conforme a la situación geográfica -dado que «respetan bastante los lazos naturales por la circunscripción de especies en centros relativamente limitados»-va a seguir siendo un elemento clasificador hasta bien entrado el siglo XIX.
El criterio de la apariencia exterior -profusamente utilizado en las primeras presentaciones-va a convivir con el basado en las diferencias de composición química.
Con todo, desde dos de los referentes básicos de la medicina española en el siglo XIX, como son el francés y el alemán, vamos a seguir encontrando la constatación de esta indefinición.
Así, en 1874 aún podemos encontrar afirmaciones desde los círculos franceses, como la de Goubler: «una división más precisa y segura que ésta, fundada sobre los caracteres botánicos de las especies no es posible todavía por la incertidumbre de las determinaciones 53.
En un sentido similar también escribirá Husemann: «se ha extendido el conocimiento de los árboles de la quina hasta el punto de que sepamos existen al menos 3 y quizá muchas docenas de especies del género cinchona...», al tiempo que señalará la presente confusión entre las distintas cortezas 54.
----51 Problema que había estado presente en los intereses de los grandes botánicos de la época y del que los españoles tuvieron un protagonismo destacado.
52 Como ya señalamos, por ejemplo, en el caso de los considerados «principales» diccionarios franceses de Historia Natural de la segunda mitad del siglo XVIII y primeras décadas del XIX; FRÍAS NÚÑEZ, M. (1998), «Problemas terminológicos en la identificación de 'La quina americana' (1764-1828)», en Boletín de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, tomo LIV-1, pp. 53-61.
53 GOUBLER, A. (1877), Comentarios terapéuticos del Codex Medicamentarius, o sea Historia de la acción fisiológica y de los efectos terapéuticos de los medicamentos, (2a edición en español; la edición original francesa es de 1868), Madrid, p.
54 HUSEMANN, T. (1878), Manual de Materia Médica y Terapeutica, escrito para estudiantes y prácticos, con comentarios a la Farmacopea Germánica, Madrid, t.
A pesar de la cuestión de la identificación, el posible problema de los componentes de la quina no se presenta como tal, porque lo que importa son los resultados.
La ignorancia sobre la actuación del remedio -y en consecuencia el desconocimiento de la causa de su efectividad-se va a mantener durante su difusión en Europa.
55 Ello no impedirá, como hemos señalado en otro trabajo, la aceptación de la quina tanto desde los medios oficiales e institucionales -dirigidos predominantemente a un público «médico» o entendido en cuestiones de salud-como desde las publicaciones dirigidas a sectores más populares 56.
La cuestión de los componentes de la quina y su modo de actuación seguirá sin resolverse aún durante un largo tiempo -que no se clarificará hasta los trabajos de Caventou y Pelletier 57 -.
Con todo, la ignorancia de la manera de actuar y especialmente de la causa de su efectividad va a continuar, y ello no va a ir en detrimento del prestigio de la planta.
Esta constatación será relativizada desde la posición de que «poco importa su modo acción» sino lo que interesa en realidad es que cure y termine con las fiebres 58.
La quina queda a salvo de cualquier acción negativa.
En este sentido, y a propósito de las calenturas cotidianas o mesantéricas, Piquer reconoce que el uso de la quina puede producir una inflamación interna e incluso la muerte.
Ahora bien, esto se debería a un mal uso de la quina y en ningún caso supone un cuestionamiento de sus propiedades.
Los posibles trastornos han de entenderse -dice Piquer-«del mal uso de la quina o de la demasiada abundancia y tiempo poco a propósito en que algunos la propinan», concluyendo con una nueva apuesta por la observación, al tiempo que introduce una llamada al buen hacer del médico -«porque por repetidas observaciones sabemos que la quina acaba de quitar las calenturas mesentéricas cuando son muy porfiadas, y el médico ha hecho las diligencias previas que pide este remedio» 59.
Filosofía y medicina -con el referente del pensamiento médico-han llevado un camino de encuentros a lo largo de la historia, pero un camino evolutivo y que en gran medida es un reflejo de los cambios de mentalidades 60.
Piquer intenta tomar distancia de los prejuicios filosóficos -que él mismo destacaba en su crítica a la medicina árabe-tomando partido por la «sensata experiencia».
Resulta en principio llamativo, como ha señalado Manuel Mindán, «que mientras por un lado creía Piquer que la filosofía era necesaria al médico, hasta tal punto que él mismo escribió sus tratados de filosofía pensando sobre todo en ayudar a los estudiantes de medicina», mantenía por otro lado que «la filosofía puede ser gravemente perjudicial a esta ciencia...Pero -concluye Mindán-el comprometerse con un sistema filosófico cerrado es peligroso para el médico, porque llena de prejuicios y le hace preferir las construcciones fantásticas del ingenio a las realidades indefectibles de la experiencia y al buen sentido del juicio».
61 Sanvisens venía a concluir que la «medicina hipocrática de Piquer no pretende fundamentos filosóficos inmediatos» y que, además, «aunque deba complementarse y fundamentarse bien, la Medicina no es Filosofía; aunque entienda la naturaleza, como Piquer, de un modo integral».
62 Quizás sea Jorge M. de Ayala, quien aporte otro prisma cuando señala, de una manera muy esclarecedora, más allá de la simple constatación -a partir del estudio de la Lógica piqueriana-que Piquer no era filósofo sino médico de profesión.
Esto haría que «en lugar de concentrarse en el análisis de la potencia operativa de la razón analizando la naturaleza de los juicios» -como hará Kant-, se limitara «al análisis de la experiencia como origen o fuente de las verdades».
Este análisis permite a Ayala recoger la cita del propio Piquer de que la experiencia «es la fuente de importantísimas verdades, entendidas éstas no en el sentido de'operación realizada de modo controlado sobre dichos hechos, en espera de una respuesta previamente determinada', sino de observación de un hecho por los sentidos».
63 Hemos hecho hincapié en otro lugar en el proceso de individualización que a finales del siglo XVIII y especialmente a principios del siglo XIX represen----- ta la utilización de la quina en el caso de las fiebres palúdicas 64.
La propuesta de Piquer puede considerarse una decidida aportación desde los círculos españoles a esta nueva conceptualización que se estaba forjando en los medios científicos europeos.
Proyección que se recogería en los grandes diccionarios científicos de referencia de la época -tanto de Medicina como de Historia Natural-así como en publicaciones y trabajos particulares de algunos de los médicos con más prestigio del momento.
Philippe Meyer ha insistido recientemente en que el progreso del pensamiento médico, al igual que el conjunto del progreso científico discurre de manera discontinua 65.
Meyer utiliza el ejemplo de la pieza de cristal -que necesita una base sólida, sobre la que ir colocando las sucesivas capas-.
Al abordar la reflexión de Piquer en su Tratado de las calenturas estamos hablando de un esfuerzo de integración de la medicina española, en un referencial de epistemología general, pero al mismo tiempo, de un necesario posicionamiento de una manera de entender la práctica médica.
En este sentido, sin recurrir a denostadas visiones teleológicas, sí estamos en la senda de precisar interesantes y motivados antecedentes de muchas de las incorporaciones -entre ellas, el experimento 66 -que se integrarán en los conocimientos sobre la salud y la enfermedad en la medicina contemporánea.
Propuesta de Andrés Piquer que, junto a sus referencias a las autoridades, sus citas galénicas y su constante apoyo en Hipócrates, se muestra claramente apostando por la observación y la experiencia -y aquí la presencia de Sydenham 67 es determinante-como base del conocimiento médico 68.
65 MEYER, P. (1998), Leçons sur la vie, la mort et la maladie, París, Hachette, p.
66 Jorge M. Ayala ha insistido en que Piquer no era un «experimentalista» en el sentido contemporáneo del término.
De hecho «desconfía de los experimentos hechos en los laboratorios».
Pero también ha señalado su apoyo en el experimento, como «hecho natural que observamos por los sentidos y se pinta en la imaginación».
Una edición francesa de sus trabajos, en SYDENHAM, T. (1816), Oeuvres de médecine pratique de Thomas Sydenham, Montpellier.
68 Elementos y referencias presentes en la obra de Piquer, que seguirán teniendo protagonismo en los medios oficiales de la medicina un siglo después.
Así, por ejemplo, junto a la insistencia en la observación, encontramos la aceptación de las propuestas de Sydenham sobre la quina y las fiebres intermitentes en las lecciones clínicas llevadas a cabo por Britonneau en el Hospital de Tours en la primera mitad del siglo XIX: «Essai clinique sur les fièvres intermittentes», en Journal des connaissances médico-chirurgicales, publié par Trousseau, Lebaudy et Gourand, no V, janvier, 1834, pp. 135-138. |
durante el siglo xx fue esce nario de la presentación y discusión de trabajos sobre plantas medicinales, como continuación del interés que sobre esta temática se había desarro llado en el siglo pasado, cuando como bien expresó el académico doctor Manuel Menda:... no se podía ver con indiferencia que una rama tan ligada a la Medicina y a la Terapéutica como es la Botánica, no se utilizara debidamente entre nosotros, y que contando Cuba con una Flora Prodigiosa, y por lo tanto, con un vasto campo para la investigación sus plantas medicinales perma necieran poco menos que ignoradas (1 ).
Los estudios desarrollados en esta línea durante el siglo XIX, en los cuales participaron destacadas personalidades de esta institución, perse guían entre sus objetivos fundamentales, comprobar las propiedades te rapéuticas de las plantas del país, con el fin de conformar la flora médica y encontrar la base científica que diera respuesta al uso empírico de las drogas vegetales.
Como resultado, en este nuevo período estudiado -siglo xx-fueron desarrollados y publicados una serie de trabajos, que a dife rencia de anteriores, se caracterizaron por la utilización de análisis químico orgánicos y la realización de ensayos sobre animales y personas.
Estas investigaciones, en las que participaron prestigiosas figuras cien tíficas, como Juan Santos Fernández, Gastón Alonso Cuadrado e Ignacio Noble Xiqués, entre otros, recibieron una calurosa acogida en la institución, ya que contribuían a la aplicación de la «medicina verde» a partir de bases científicas y al mismo tiempo propiciaban la incorporación, de ma nera oficial, de los medicamentos de origen vegetal en la terapéutica cubana.
El desarrollo de estos estudios estuvo condicionado, en la mayor parte de los casos, por el caudal de conocimientos empíricos que tenía la población sobre plantas que constituían elementos tradicionales significa tivos y que, dado su interés, fueron analizadas y estudiadas.
De los trabajos examinados, uno de los primeros que aportó datos sobre la utilidad médica de las plantas, fue el presentado por el doctor Jorge Le Roy y Cassá en 1904.
Este estudio no perseguía en particular ahondar en las propiedades terapéuticas de la piña (Ananas comosus L.), sino en la presentación de un ejemplar con características monstruosas; no obstante, Le Roy aprovechó para indicar, entre los usos generales de la planta, sus aplicaciones médicas, para lo cual se apoyó en los datos aportados en sus obras por los médicos franceses Grossourdy, Baillon y Littré, quienes según el autor, afirman que los componentes fundamentales que se encuentran en esta fruta son el ácido cítrico y málico, azúcar, goma, albúmina, sustancias aromáticas y jalea.
Además, Le Roy hace referencia a la utilización del jugo mezclado con azúcar y agua para las afecciones catarrales inflamatorias de las vías aéreas, urinarias e intesti nales y lo definió como refrescante y antipútrido.
Otra de las propiedades médicas que le atribuye es la aplicación con buenos resultados en la litiasis renal de origen úrico (cálculos), en las dispepsias, enfermedades biliosas y en la hidropesía acompañada de íctero, así como en la utilización que hacían los prácticos de Estados Unidos de la piña de Cuba, como antídoto de los efectos provocados por la conti nuada ingestión de bebidas alcohólicas (2).
A pesar de su carácter teórico y de no constituir el resultado de un estudio químico experimental, el trabajo ofrece datos de interés sobre las propiedades terapéuticas que se atribuían a esta planta.
En 1908, el doctor José A. Fernández Benítez, químico y farmacéutico de la sección de ciencias de la Academia, presentó un pormenorizado estudio titulado Estudio fisiológico, químico y toxicológico del jugo del árbol del manzanillo, memoria laureada con el premio de medicina legal Doctor Antonio de Gordon y Acosta, y que tenía como objetivo funda mental contribuir al conocimiento y divulgación de las propiedades tóxicas de Mancinella venenata Tussac, o Hippomane mancinella Lin.
Al parecer, F ernández Benítez eligió esta planta por los serios peligros que entrañaba su uso y además porque, como señalaba el propio autor, «goza de propiedades verdaderamente extraordinarias» (3).
De acuerdo con este trabajo, el manzanillo era utilizado con frecuencia en el campo, llegando a aplicarse en algunas ocasiones con fines criminales; además de acarrear graves consecuencias cuando era ingerido como alimento por determinados animales.
En este sentido, recuerda que a esta planta se le había achacado erróneamente ser la causa de la ciguatera, ( una intoxicación grave causada por la ingestión de ciertos peces) asunto que fue aclarado oportunamente por el naturalista Felipe Poey en su memoria sobre esta enfermedad.
Aparte de describir los caracteres físicos y las propiedades del látex del manzanillo, el autor practicó investigaciones toxicológicas por medio de necropsias, llevó a cabo análisis químicos y observaciones fisiológicas.
Gracias a ello pudo demostrar convincentemente la toxicidad del jugo de esta planta.
Esto facilitaba la administración de justicia, pues a través de los exámenes toxicológicos propuestos se podía detectar la presencia del manzanillo en los cadáveres.
Otra de las plantas que llamó la atención en esta institución fue Datura arbore L ( campana).
Sobre la misma fue publicado en 1910 un interesante estudio por el doctor Juan Santos F ernández, a través del cual determinó, después de varias observaciones, que provocaba la midriasis monocular -dilatación excesiva de la pupila, con inmovilidad del iris.
En este trabajo manifestó la expectación que le habían causado dos casos, que de forma casual habían adquirido esta afección al tener contacto con la planta.
Pudo confirmar el diagnóstico que ya se había formado, induciendo el contacto de otras personas con la referida planta.
El hecho de que el doctor Santos Fernández hubiese verificado que una planta como ésta, que era tan común en los jardines de Cuba, fuese capaz de causar daños a la salud, constituía una valiosa información encaminada a prevenir a la población de este peligro.
Un año después, el doctor Gastón Alonso Cuadrado, químico distinguido de la Academia (6), disertó sobre el análisis químico del agua de coco ( Coco nucif era L.).
En su exposición dio a conocer que esta indagación estuvo motivada por el interés de su amigo, el doctor Valdés Anciano, de conocer si el agua de coco contenía albúmina vegetal, por lo que se dio a la tarea de analizar los componentes químicos de la misma.
En este estudio detalla los análisis realizados en frutas adquiridas en el mercado, con el objetivo de esclarecer la composición de dicho líquido, para lo cual llevó a cabo numerosos experimentos que demostraron que el agua de coco no contiene materia proteica apreciable, pero sí cloruro de sodio, sulfato de alúmina y glucosa (7).
Este trabajo, el cual el propio autor no consideró profundo ni completo, recibió una gran acogida entre los miembros de la Academia, ya que demostraba que la acción diurética del agua de coco se debía a los componentes ya señalados y no a la existencia de principios nitrogenados, como se creía desde hacía mucho tiempo por las personas que la utilizaban con este fin.
Estos resultados despertaron el interés de los académicos Juan Santos Fernández, Tomás Vicente Coronado y Francisco Héctor Fernández, los cuales solicitaron al doctor Alonso que completara el aná lisis, pero no sólo del agua de coco en distintos períodos de madurez, sino también del fruto mismo (8).
Como bien se puede apreciar, los trabajos de botánica médico farmacéutica hasta ahora analizados, se caracterizaban por la aplicación de la observación como procedimiento fundamental, aunque en algunos de ellos era evidente la influencia de la fitoquímica.
Otra de las peculiari dades de este período está dada por la escasez de estudios en este sentido, lo que al parecer pudo estar determinado por la ausencia de un plan que sistematizara y organizara los mismos; a pesar de encontrarse respaldados por el capítulo 1, artículo 2 del Reglamento de la institución aprobado en 1904, donde se disponía: como académico de número del doctor en Farmacia José Agustín Simpson, quien presentó una memoria acerca de Phaseolus lunatus L. (frijol de Birmania).
Simpson relata casos de accidentes por intoxicación ocurridos por la ingestión de estos frijoles en Puerto Rico, razón por la cual fueron iniciadas investigaciones en ese país y a su vez recibidas indicaciones del cónsul de Cuba sobre la necesidad de indagar acerca de los frijoles que se consumían en Cuba.
El trabajo desarrollado se caracterizó por la des cripción de los caracteres externos de Phaseolus lunatus L., conocido en el comercio como frijol de Java, de Birmania, de Rangoon, Lima, etc., el cual se encontraba en el comercio en considerable diversidad de colores y mezclado con otros granos.
Simpson especificó que el ácido cianhídrico, que se encuentra en las variedades más tóxicas, se puede localizar en iguales cantidades en otras plantas como la yuca agria, el laurel cerezo, las almendras amargas y en menor proporción en el humo del tabaco.
Con el objetivo de determinar el grado de toxicidad de estos frijoles, de acuerdo con el contenido de esta sustancia, Simpson desarrolló una serie de análisis químicos y exámenes histológicos, de los cuales obtuvo como resultado que en la variedad denominada Rangoon blanca se en cuentra el mencionado ácido en mayor cantidad (10).
Al respecto declaraba el autor en sus conclusiones:
«Se han practicado más de 80 análisis sobre las distintas variedades de este grano sin haberse encontrado en ninguna a excepción de la primera mente mencionada cantidad mayor de 8 miligramos por 100 de produc to» (11).
Correspondió al doctor Gastón Alonso Cuadrado --eI discurso de con testación a la memoria antes citada, en el cual resalta la importancia de los resultados científicos obtenidos, al expresar:
La demostración de la producción del ácido cianhídrico en la legumbre llamada «Phaseolus lunatus» es uno de los trabajos de actualidad y de conveniencia para la salud pública, y ha desentrañado el problema de las dificultades que los intereses comerciales, sobre todo si son extranjeros, crean siempre a la Secretaria de Sanidad (12).... el discurso de ingreso en esta ilustre corporación del doctor José A. Simpson, tiene el gran mérito de la originalidad y de la oportunidad, tiene el de haber proporcionado a la Secretaría de Sanidad, los datos necesarios para sus órdenes de hacer desaparecer del mercado un ali mento tan perjudicial a la salud pública, tiene la importancia de una monografía completa y una contribución al estudio de las ciencias natu rales, las cuales son las únicas en el orden del conocimiento, que buscan la verdad por la verdad misma, siguiendo por medio del experimento y la observación las leyes eternas que preceden la evolución de la_ materia y de la energía a través del tiempo y del espacio (13).
Aunque el objetivo de la Academia era la presentación y discusión de trabajos encaminados a comprobar las virtudes medicinales de las plantas, en oportunidades fueron expuestos estudios más generales que, de una forma u otra, trataban aspectos relacionados con esta temática, como es el caso de la memoria del doctor José Francisco V élez Geografía médico sanitaria del Término Municipal del Mariel, la cual recibió el premio Pre sidente Gutiérrez en 1923.
En esta obra, el autor perseguía como objetivo fundamental el estudio del medio natural y, entre los elementos principales de que trata, está el examen de las especies que conforman la flora medicinal de esta región, sobre las que especifica:
Nosotros, para no hacer interminable este trabajo, nos limitaremos a citar solo algunas de las plantas a las que el vulgo atribuye poderes curativos, muchas de las cuales hemos podido comprobar que no son imaginarias ( 14 ).
En efecto, cita plantas medicinales, con su clasificación científica, así como las propiedades medicinales que se les atribuyen.
Se limita a declarar que se ha comprobado su acción terapéutica, pero sin mayores precisiones.
No obstante, recalca la necesidad de realizar estudios acerca de la flora médica cubana por personal científico y comisiones organizadas que in vestiguen todo su «inmenso poder terapéutico»; es decir, hace una llamada a que la Academia y demás instituciones contribuyan a una mejor utiliza ción de estas plantas por parte de la población.
Los estudios presentados a partir de 1939 se caracterizan por una mayor aplicación de métodos y procedimientos que iban más allá de la simple observación, es decir, incluían además de análisis químicos, estudios prácticos de experimentación clínica.
En 1939, el doctor Manuel García Hernández, farmacéutico y miembro de número de la Academia, sometió a consideración de la misma su trabajo Contenido de vitamina C en las frutas cubanas.
García Hernández detalla las técnicas utilizadas para de terminar la cantidad de vitamina C en cada una de las frutas analizadas, así como los resultados obtenidos.
La amplia y destacada labor científica desplegada por el doctor en Farmacia y miembro de la Academia, José Ignacio Noble Xiqués ( 16), incluyó estudios dirigidos a comprobar si la aplicación, por la población, de determinadas plantas a la cura de ciertas enfermedades era correcta.
Uno de sus primeros trabajos encaminados hacia este objetivo fue el realizado sobre el brazilete Caesalpina bahamensis L. El interés por estudiar esta especie se originó en un viaje a la zona de Santa Clara, donde observó a un campesino que vendía «rajitas» hechas de la madera amarillenta de brazilete, y pregonaba que servían para curar las enfermedades de los riñones.
A partir de este momento comenzó Noble su investigación, para lo cual utilizó una muestra de esta planta, pero de la región de Pinar del Río, ya que conocía que el brazilete de esa zona era preferido por presentar «poca corteza y mucho corazón» ( 17).
Con respecto al uso que la población hacía de este vegetal, informa el doctor Noble: «Esta planta se emplea en Cuba desde fecha inmemorial en la medicina popular, en las afecciones renales y hepáticas, produciendo franca diuresis» ( 18).
De inicio, Noble aceptaba la efectividad de esta planta, por lo que dirigió sus experimentos a comprobar qué tipo de componentes existían en la misma, que hacían posible que se aplicara con buenos resultados en estas afecciones.
El procedimiento utilizado perseguía, en principio, precisar si contenía saponina, lo cual pudo verificar, por lo que se justificaba el uso indicado; pero lo curioso en este caso era que se utilizaba correcta mente, ya que la parte empleada era la médula y no el líber.
Esto llamó la atención del doctor Noble, quien una vez terminado su análisis comentó: <<... como humanos, nos llama la atención que el vulgo use de por sí, naturalmente y en forma propia, lo que a vuestro servidor le ha costado tanto trabajo encontrar como conclusión» (19).
Del mismo origen fue otro de sus trabajos, publicado en 1947, en esta oportunidad sobre la papaya Carica papaya L., y su aplicación contra la hipertensión arterial.
Expone que se apoyó en la información que brindan los diferentes tratados médicos, los cuales definen que esta planta contiene en sus hojas, un alcaloide llamado carpaína -que tiene propiedades car diotónicas semejantes al digital-, pero dado que el vulgo lo que utilizaba es el fruto, se dio a la tarea de localizar este componente activo en esta parte de la planta, con el propósito de razonar el empleo popular de la misma.
En su empeño por alcanzar este objetivo, aplicó una serie de técnicas, que incluían la evaporación, el examen microscópico y el análisis microquímico.
Como resultado, pudo comprobar que en el fruto también se puede localizar este alcaloide, aunque en una cantidad tan insignificante que no es recomendable con fines terapéuticos; por lo tanto, la utilización que hace la población de esta fruta contra la hipertensión carecería -se gún Noble-de respaldo científico; todo lo contrario de su aplicación digestiva, justificada por la presencia de la papayina (20).
En ese propio año, 1947, el doctor Noble publicó un nuevo trabajo, en esta oportunidad acerca de la causticidad del guao Comocladia dentata Una vez más disertó Noble sobre propiedades medicinales de las plantas, cuando presentó en el propio año 1949 un estudio bioquímico de la berenjena Solanum melongena L. Para el desarrollo del mismo, tomó _ como punto de referencia un artículo publicado en 1944 por el doctor.., Antel H. Raffo, del Instituto de Nutrición de Argentina, donde aconsejaba el uso de la berenjena como modificador hipercolesterínico en los cancerosos, tratamiento que ya había sido incorporado como recurso clínico en la práctica diaria del Instituto de Medicina Experimental de Argentina.
Los datos aportados sobre la composición química de esta planta y su capacidad para disminuir el colesterol, despertaron el interés del doctor Noble, quien se dio a la tarea de comprobar la acción activa de la solanina sobre el colesterol, para lo que fue preciso llevar a cabo los análisis microquímicos necesarios.
Como resultado, el autor pudo verificar que, en efecto, la solanina se encontraba presente en la berenjena; sin embargo, las pruebas realizadas con el denominado liquido estabilizado de la be renjena sobre el colesterol ofrecieron resultados casi nulos.
Este liquido estabilizado, según el propio autor, lo obtuvo mediante el tratamiento de la berenjena con alcohol hirviente, para extraer los principios activos de la planta y destruir los fermentos que alteran el pH de dicho liquido y los principios activos (23 ).
Estimulada por las conclusiones presentadas por el doctor Noble, la Sección de.
Farmacia y Química de la Academia, representada por el doctor Ernesto Trelles Duelo, dio a conocer un estudio titulado Acción colagoga de la berenjena, que se limitaba a exponer los resultados, pero sin esclarecer la acción que sobre el colesterol pudiera o no ejercer (24).
Al parecer, estos análisis fueron los primeros intentos de investigaciones sobre la berenjena en Cuba, los cuales pretendían abrir un camino para su uso terapéutico en el país, como lo expresa el doctor Trelles:
«Terminamos nuestra «nota prelirninarn estimulando a nuestros clínicos, médicos y farmacéuticos laboratoristas, para que de alguna manera, sigan en Cuba por el sendero siempre fecundo de las investigaciones iniciadas por el Profesor Raffo» (25).
Con estos estudios, en la mayoría de los casos se pretendía quizás respaldar o corregir el uso empírico popular, pero además, aprovechar la flora medicinal del país en lugar de los preparados sintéticos, pues como afirmaba el doctor Noble Xiqués: «La industria farmacéμtica por la mul tiplicidad presentativa y la subsecuente prescripción ocasiona más intoxi caciones que curaciones» (26).
El criterio de evitar la medicación química sintética, mientras fuera posible, estaba sustentado en la opinión de que la bioquímica era una ciencia nueva y complicada, por lo que debía preferirse la utilización de medicamentos naturales, y es precisamente por ello por lo que la Academia dirigía sus esfuerzos a estimular la realización de investigaciones farma coterapéuticas de plantas que eran empleadas por la población.
En esta labor participaban, sobre todo, académicos con un perfil profesional químico-farmacológico.
Entre ellos, una de las figuras que mostró mayor interés -como ya se ha podido apreciar-fue el doctor José Ignacio Noble, quien una vez más, en 1950, presentó un estudio sustentado en el análisis y comprobación experimental de las virtudes del mastuerzo Lepi dium virginicum L., y su empleo en la hipertensión, motivado por una solicitud que diez años atrás le hiciera el doctor Olivio Lubián, médico de Santa Clara.
Noble conocía del empleo de esta planta en la medicina popular y, además, le habían llegado noticias acerca de su aplicación en los trastornos hepáticos y en la hipertensión.
Del trabajo publicado se deduce que la primera • experiencia por él realizada fue estrictamente personal; presentó una colitis aguda, que desapareció al ingerir una tisana con extracto de esta planta.
A partir de ese momento, decidió iniciar estudios acerca de la propiedades químico-terapéuticas de ella.
Entre los resultados obtenidos estuvo la detección de sales de potasio y saponina, que propiciaban 1a acción diurética; también confirmaba la utilidad del mastuerzo en las enfermedades hepáticas y recomendaba que debía to marse en infusiones frias renovadas cada 24 horas (27).
Una vez concluido su estudio y verificadas las virtudes terapéuticas de esta planta, el doctor Noble Xiqués dice de ella que «es una droga al más bajo precio: gratis» (28).
Uno de los últimos estudios de Noble, publicados por la Academia, correspondió a la interesante comprobación clínica de la utilidad del ajo y la cebolla en casos de hipertensión.
Para ello tomó como muestra tintura de ajo, confirmando que contiene azufre y sesquiterpenos con propiedades antisépticas broncopulmonares.
Además procuró demostrar las propieda des excito-leucocitarias -leucopoyéticas-del ajo.
De igual manera analizó clínicamente sus propiedades diuréticas y su consiguiente acción hipo tensora (29). |
Ella (la farmacia) no es más que la observación, desde los orígenes de la humánidad hasta nuestros días, de todas las actividades farmacéuticas, al objeto de conocer el proceso evolutivo de la farmacia a través de las distintas etapas, desde la de una profunda confusión, en los tiempos remotos, con el arte de curar y la función puramente religiosa, hasta que perfilándose sus caracteres, determinar la más cabal independencia de las funciones farmacéuticas, tomando la enseñanza de la farmacia asiento en las universidades, originándose de tal mariera una profesión libre con la función eminentemente social, cooperadora del mantenimiento de la salud pública.»
En la medida que el hombre se fue desarrollando, conoció a través de la práctica la utilización de las plantas: de ellas supo diferenciar cuáles tenían propiedades curativas, nocivas, y cuáles podían servir de alimentos.
La experiencia de milenio en milenio lo condujo a los conocimientos médicos.
Así se pudieron preparar vomitivos, purgantes, antitóxicos y febrífugos.
El enfrentamiento con la maternidad, los accidentes ocurridos durante la caza y otras heridas o traumas obligaban al hombre a buscar soluciones; de esta forma se conocieron los rudimentos de una farmacia, medicina y hasta cirugía primitiva.
Cada región habitada de la tierra iba aplicando de forma empírica los conocimientos que se adquirían en la conservación, combinación e iden tificación de las sustancias de origen animal, vegetal o mineral, para curar o prevenir las enfermedades mediante el suministro de dichas sus tancias.
En sus inicios la medicina y la farmacia estaban muy vinculadas, casi inseparablemente.
Generalmente las labores médico-farmacéuticas las rea lizaba un solo individuo que podía ser un sacerdote o jefe religioso.
A partir del siglo XIII se comienzan a separar ambas ciencias y en el año 1223 el emperador Federico II de Sicilia dictamina un reglamento para ejercer la farmacia en su reino (2).
V arias ciencias se fueron incorporando a la farmacia además de la botánica.
La química fue la de mayor importancia; la teoría de Paracelso y de sus discípulos Johann Baptist van Helmont, quien descubrió el dióxido de carbono, y de Johann Rudolph Glauber, estudioso investigador que dio a conocer el sulfato sódico, permitieron que cada vez fuera mayor la aplicación de esta ciencia a la farmacia y la medicina (3).
primer farmacéutico radicado en la Isla y en particular en la Villa de San Cristóbal de La Habana se estableció el 26 de febrero de 1569.
Esta idea fue fundamentada por el Gobernador General dada la necesidad de poseer un boticario, médico y cirujano, que pudiera atender a los vecinos y a los viajeros llegados a la bahía habanera (6).
Casi 30 años después, en 1598, se fundan las dos primeras boticas: una, propiedad de Sebastián Milanés, ubicada en la Calle Real, conocida actualmente como Muralla, la otra, cuyo propietario era López Alfara, cerca del desagüe en el Callejón del Chorro, Plazuela de la Catedral (7).
Los conquistadores establecen en Cuba, como estructura estatal, el municipio.
En cada uno de estos territorios se iba radicando el Cabildo o Ayuntamiento y la iglesia parroquial; así quedaban administrativamente controladas las principales villas o poblaciones.
Estas instituciones se ocu paron de la regulación del ejercicio de la medicina, solicitud de médicos, fundación y atención de hospitales, autorización para el cultivo de plantas medicinales y la inspección de farmacias (8).
Por entonces la única institución que poseía España para organizar la Salud Pública era el Real Tribunal del Protomedicato, que se estableció en Cuba el 9 de septiembre de 1634 bajo la atención del Licenciado Francisco Muñoz de Roja, «protomédico y examinador de todos los doc tores, cirujanos, barberos, boticarios y parteras de esta Isla de Cuba».
Con la muerte de Muñoz de Roja en 1637, quedaron las ciencias médicas y farmacéuticas privadas de organización y reglamentación; los médicos se convertían en boticarios, recetando y despachando medicamentos en sus propias consultas (9).
En el año 1695 llega a La Habana Francisco Teneza y Robira que, aunque era Doctor en Derecho Civil, se había consagrado a la ciencia de curar como médico de la Flota de la Armada.
El 13 de abril de 1711 él reorganiza el Protomedicato de La Habana, que en la práctica eta el de toda Cuba.
Durante cien años el Tribunal del Protomedicato desempeñó sus funciones, donde fueron titulados farmacéuticos que ejercieron la profesión en toda la Isla ( 1 O).
Una muestra de la gran importancia que había adquirido el comercio de medicamentos se hizo evidente una vez introducida la imprenta en Cuba, puesto que el primer impreso cubano es la «Tarifa General de Precios de Medicina», editado por Carlos Habré, en 1723.
Este documento, que se conserva en la Biblioteca Nacional «José Martí», contiene una relación de medicamentos, muchos de ellos de origen vegetal, con sus precios correspondientes ( 11 ).
El 5 de enero de 1728 se funda la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana.
Se convertía la Isla en la tercera colonia del área hispanoamericana y del Caribe en poseer su alto centro de estudios.
Las cinco facultades originales eran: Arte o Filosofía, Teología, Cánones, Leyes y Medicina (12).
Aunque los estudios de farmacia estaban incluidos dentro de los de medicina, no formaban parte ni siquiera de las 21 cátedras que constituían el resto del colectivo.
La Facultad de Farmacia como tal no existió durante el siglo XVIII.
Sin embargo, a partir de 1842 la Real y Literaria Universidad de La Habana era la única autorizada para expedir títulos de médicos y farmacéuticos.
Finalmente, la Facultad de Farmacia, Medicina y Cirugía se crea por Real Decreto el 15 de julio de 1863; por vez primera los estudios farmacéuticos adquieren un lugar en la ya cen tenaria universidad (13).
En la segunda mitad del siglo XVID se dan acontecimientos históricos de carácter nacional e internacional que repercuten en el desarrollo eco nómico de la Isla.
La llegada a La Habana de Don Luis de Las Casas y Aragorri, Capitán General de la Isla, acelera las ideas de transformación que poseían los criollos.
El 9 de enero de 1783 se crea la Real Sociedad Patriótica de La Hqbana donde se reúnen las figuras más progresistas y sobresalientes de la época.
Tomás Romay y Chacón (1764-1849) es el iniciador del movimiento científico, introductor en 1804 de la vacuna anti-variólica y máximo impulsor de la organización de la salud en la colonia.
La reinante burguesía criolla, educada y formada en Europa -léase Madrid y París-, implantó diversas innovaciones en las ciencias médico farmacéuticas que provocaron los cambios ocurridos en estas especiali dades en el siglo XIX.
Ya en 1828 se introduce la máquina de vapor en una farmacia de la Calle Tte.
Rey, denominada «La Reunión» con el objetivo de hacer preparados farmacéuticos.
Haciendo una comparación de la cantidad de boticas existentes en La Habana entre los inicios del siglo XVIII y el XIX, nos percatamos del paulatino auge de las mismas.
Durante los primeros treinta años del siglo XIX se fueron creando diferentes comisiones que atendían directamente a la población y dirigían y controlaban las campañas contra las epidemias: la Junta Central de Vacunación (1804) y la Junta de Beneficencia de La Habana (1823).
Des pués de la llegada del cólera a Cuba (1833), que demostró la endeblez del sistema de Salud, se extienden las Juntas Locales de Sanidad a todas las poblaciones y se fundan la Real Junta Superior de Medicina y Cirugía y la Real Junta Superior de Farmacia.
Estas instituciones eran las supervi soras del ejercicio médico y fiscalizadoras de las farmacias (14).
Tras intenso batallar, diez años después de establecida en España la Real Junta Superior Gubernativa de Farmacia, se crea en Cuba el 21 de octubre de 1833 la importante institución.
Así quedaba eliminado el ya caduco y obsoleto Real Tribunal del Protomedicato (15).
La Real Junta residía en la Villa de San Cristóbal de La Habana y poseía el carácter y la facultad requeridos para ejercer funciones guber nativas, literarias y económicas.
Esta institución, independiente de los demás órganos de gobierno, tenía entre sus obligaciones ejercer su auto ridad sobre la literatura médico-farmacéutica (16).
Todo ello implicaba un alto grado de organización y aseguramiento en los servicios médico-farmacéuticos.
Estaba integrada la Junta por tres vocales propietarios, un secretario facultativo y un maestro de ceremonias, quien hacía las veces del fiscal y conducía al alumno ante el tribunal examinador.
Todos los nombramientos, propuestos por el Gobernador y Capitán General, no se hacían valederos hasta tanto no fueran aprobados por el rey de España.
El presidente del Tribunal era el vocal más antiguo y cada funcionario tenía tres sustitutos, electos por la propia Junta y aprobados por el Gobernador y Capitán General, «Protector nato» (17).
La Real Junta de Farmacia designaba como presidente y vocales a doctores en farmacia.
Primer vocal Dr. Antonio Gervasio de Mendoza, segundo vocal Ignacio Dedín de la Torre, tercer vocal Mariano Medina, Boticario de la Real Cámara, de secretario ejercía el Escribano Real, _Antonio María Muñoz y como maestro de ceremonias el Dr. Francisco de Paula Suárez; así quedó constituida en 1833 la dirección de la Junta, que era reelegida cada dos años.
La estructura de la misma comprendía ade más los visitadores e inspectores de boticas civiles o militares y de aduanas marítimas; para ejercer tal función debían ser boticarios aprobados.
En todo el país había catorce subdelegaciones de farmacia que eran atendidas por un doctor en Farmacia, además de los mencionados visitadores e inspectores.
Jugaban un papel importante los Jueces de Imprenta, personal encargado de censurar todo tipo de publicación (18).
Esta Junta estaba facultada para entrar en juicios, tomar decisiones y acuerdos, así como transmitirlos al Capitán General, quien era el único autorizado para decidir finalmente.
El Reglamento era de estricto cum plimiento, donde se señalaban las órdenes, disposiciones y responsabilidad administrativa, regulando la vida interna y externa de la organización.
El Reglamento de la Junta Superior Gubernativa de Farmacia dispuso la vigilancia de los depósitos de medicinas, tanto en almacenes como en boticas; de esta forma se evitaba cualquier afección por la venta de medicamentos en mal estado.
Existía un control estricto para distribuir y vender medicamentos: tal actividad sólo podía realizarse a través de las recetas expedidas por médicos o cirujanos correctamente. acreditados.
Además se controlaba la entrada de cualquier género medicinal por los puertos del país, para lo que estaba designado un inspector que trabajaba con el administrador de la aduana ( 19).
La Junta de Farmacia estableció sanciones de multas, presentación ante la Justicia y prohibición absoluta a toda aquella persona que, no teniendo títulos y requisitos adecuados, ejerciera tal profesión: «A las personas de cualquier calidad y profesión, que se pueda elaborar ni vender medicina alguna simple ni compuesta ni aun con el pretexto de específico o secreto, pues uno y otro será privativo de sólo los farmacéuticos apro bados» (20).
Para instruir adecuadamente al personal farmacéutico, ya que no existía la Facultad de Farmacia en la universidad habanera, se crearon dentro de la Facultad Escolástica o Pedagógica tres cátedras: una de Farmacia Teórica, una de Química y otra de Botánica.
Era indispensable el conoci miento de la Botánica, asignatura que se impartía en el Jardín Botánico y en un pequeño Jardín que poseía la Universidad.
Además se explicaban Química, Farmacia Experimental, Materia Médica y Arte de Recetar.
La cátedra de Química se le había conferido a Don José Luis Casaseca (1800-1869), «ilustre químico español que tanto aportó a la enseñanza y práctica de esta ciencia en la grandiosa Isla de Cuba» (21 ).
Esto permitía que los que terminaban las cátedras antes mencionadas se graduasen de Bachiller una vez concluido su examen ante la Junta.
Posteriormente tenían que concurrir nuevamente ante el Secretario de la Junta y hacer su matrícula de Práctica, la que se efectuaba durante dos años con un farmacéutico titulado; se realizaba la evaluación de la Práctica y, previo examen, se le otorgaba el título de Licenciado (22).
La Junta de Farmacia no recibió asignación económica por parte del Gobierno en el momento de su creación.
Para sufragar los gastos de funcionamiento, basó sus ingresos en el cobro de multas e impuestos.
Para contribuir a los fondos, los vocales debían aportar un tanto por ciento de la cantidad de visitas que efectuaran.
Cada dos años los inspec tores visitaban todas las farmacias, almacenes o establecimientos de venta de medicamentos.
En cada visita se recaudaban veinticinco pesos y cuatro reales (23).
Las multas podían ascender hasta cien pesos por negación a permitir una inspección y quinientos pesos por tener en mal estado su expendición de medicamentos, así como cincuenta pesos por abandono de la farmacia al boticario que dejara en funciones a personal no calificado.
Otra fuente de ingresos de la Junta era el dinero que se aportaba por las Prácticas en las Cátedras de Farmacia Teórica, Botánica y Química y el cobro de ocho pesos por el papel donde estaba impreso el título (24).
En la década de 1830 se dan importantes transformaciones; por en tonces el Dr. Guillermo Lobé comienza las reformas por las farmacias habaneras que se encontraban en mal estado.
Dice el Dr. Manuel García Hernández:
«En 1834 las boticas estaban como en tiempos primitivos, toscos ar marios de pino, pomos de loza ordinaria con tapas de hoja de lata y por rótulo usaban unas tiras de papel, en las que se escribía el nombre de la medicina que contenía» (25).
Guillermo Lobé introduce todas las ideas nuevas de la farmacia fran cesa, alemana e inglesa y hasta la de los Estados Unidos, que sientan sus bases en Cuba en el siglo XX.
El destacado farmacéutico. adquiere la botica nombrada de «San Felipe», ubicada en la Calle Obrapía, entre San Ignacio y Cuba, que había sido propiedad de Carlos Legorburo, otro prestigioso farmacéutico, fundador de la primera farmacia extramuros, nombrada «La del Peñón», en la Calzada de Monte (26).
El 13 de febrero de 1840, la Junta Gubernativa de Farmacia adquiere por compraventa la casa ubicada en la Calzada de Galiana esquina a Neptuno y Concordia que era propiedad de la Excma.
Señora Marquesa de Arcos.
Según sendas cartas fechadas el 13 y 19 de febrero del propio año, Fernando Layaute, encargado del Jardín, solicitaba la reparación de la misma por el mal estado en que se encontraba.
Además había que construir el laboratorio de química, las aulas y la cocina; todo ello, como era lógico, debía ser solicitado al Capitán General, a un costo de $7.343.000 (27).
El 24 de agosto de 1834 el Dr. Antonio María Muñoz, secretario de la Real Junta Superior Gubernativa de Farmacia, nombra a Don Guillermo Lobé socio legal de la misma por los aportes realiza dos (28).
El auge científico del período comprendido entre 1840 y 1860 es signi ficativo, no sólo por la transformación del programa y la introducción de nuevas asignaturas en la Real y Literaria Universidad habanera, sino porque además hay un incremento de las publicaciones periódicas.
Nicolás José Gutiérrez funda el primer periódico médico de las más afamadas farmacias de la épóca, «San José», propiedad de Luis Serafín Le Riverend, su hermano funda La Revista Médica (1858).
Estamos en presencia de un movimiento científico acelerado.
Grandes fueron los aportes: por citar sólo un ejemplo, en 1847 se introduce la anestesia por vía oral en la cirugía, mérito que corresponde a Nicolás José Gutiérrez y Vicente Antonio de Castro, continuadores del pensamiento de Romay.
El 19 de mayo de 1861 se funda la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana; aquí comienza una nueva y fructífera etapa para la farmacia cubana.
Además los Anales de dicha Academia recogieron en sus páginas los diversos trabajos que en torno a esta disciplina publicaron sus miembros.
Los respetados académicos convertían sus boticas en centros de tertulia sobre diversos temas científico-culturales.
Eran verdaderas casas laboratorios, capaces de editar publicaciones como el Repertorio de Far macia (1880).
En las postrimerías del siglo XIX se crean nuevas instituciones cientí ficas y docentes.
Tras los esfuerzos del Dr. Juan Santos Fernández (1847-1922) y los colaboradores de su revista Crónica Médico-Quirúrgica, se introdujo esta nueva tecnología, creando en su casa el Laboratorio Histobacteriológico e Instituto de Va cunación Antirrábica.
En esta institución Juan Nicolás Dávalos (1857-1910) obtuvo en el año 1894 la vacuna antidiftérica, reconocida por su extraordinaria calidad: el propio Emilio Roux, su inventor, la comparaba con la producida en París o Berlín, las dos ciudades más importantes en los adelantos químicos de la época (30).
0 de mayo de 1882, a las ocho de la noche, quedó inaugurado el Colegio Farmacéutico de La Habana, en la sede de la Real Academia de Ciencias.
El presidente, Ramón Botet J anullá, hizo una demostración de los grandes servicios prestados por los farmacéuticos en la medicina y la higiene.
El Colegio se ocupó de introducir los adelantos de la química y la farmacia modernas, de organizar congresos e invitar a destacadas personalidades de la especialidad.
En el año 1886 el químico inglés Carlos J. Christie, en una de sus intervenciones en la Academia habanera, presenta un trabajo sobre la acción de los fermentos pancreáticos y vegetales (31 ).
Durante el corto período de su existencia, el Colegio sirvió de coordinador y divulgador entre los farmacéuticos cubanos y extranjeros; las relaciones internacionales permitieron la presencia cubana en las exposiciones de Amsterdam, Madrid y París.
Aunque los esfuerzos eran extraordinarios por parte de los académicos, médicos y personal científico cubano, la enseñanza universitaria atravesaba una situación desfavorable en los últimos años de la dominación española.
Cuando Enrique José Varona es nombrado rector y hace un análisis de las condiciones imperantes, plantea:
«La instrucción superior era por demás deficiente.
La Universidad estaba muy concurrida.
Su matrícula general, en los años que precedieron a la última guerra, no bajó nunca de mil alumnos.
Pero éstos se limitaban a estudiar teóricamente Derecho, Medicina y Farmacia.
Es decir, la Uni versidad tenía el mismo círculo de actividades que al finalizar el siglo XVIII...
La enseñanza práctica y experimental era virtualmente descono cida en sus aulas.
Difícil sería dar la idea de lo que allí se conocía con el pomposo nombre de museos y laboratorios» (32).
La farmacia cubana dejó de ser tan solo el laboratorio de experimentos, para convertirse en un centro comercial.
Dice el Dr. González Curquejo:
«¡Cuán diferentes eran las Farmacias de aquel tiempo de las de ahora!
Hoy con la venta de gran número de medicinas de patentes, artículos de perfumería y otros numerosos renglones, las farmacias parecen Baratillos, quincallerías o algo por el estilo, sin que neguemos que muchas son elegantes y bonitas» (33).
La farmacia norteamericana ejerció gran influencia en Cuba.
El nuevo concepto era los llamados establecimientos «almacenes», muy distantes de las preciosas farmacias europeas.
Habían desaparecido los lujosos albarellos, traídos de los grandes centros cerámicos de Madrid, París o Faenza.
Ahora predominaban los cristales azul, blanco y la opalina.
Los preciosos armarios de caoba, barnizados y teñidos de oscuro, fueron sustituidos por los muebles bajos de color claro.
En la decoración se utilizarían espejos con marcos dorados.
Los mostradores poseían dos estantes en los extremos que exponían desde el más preciado perfume hasta una toalla de baño.
Así se copió la farmacia norteamericana; incluso en algunas llegaron a vender agua carbonatada.
El famoso libro recetario que existió en la colonia, donde el farmacéutico anotaba cada una de las Desde el siglo XIX se trabajó para que existiese una Farmacopea cubana.
Varias comisiones se crearon con el objetivo de redactar ésta, donde los científicos cubanos aportaran sus conocimientos médico farmacéuticos.
Una de esas comisiones la presidió el Dr. Juan Santos Fernández Hernández, Presidente de la Academia de Ciencias de La Ha bana.
La Junta Directora de la Convención de la Farmacopea de los Estados Unidos _de 1906 autorizó la traducción al español de la octava revisión decenal.
Esta actividad fue encargada al Dr. Guillermo Díaz, quien impartía la asignatura de Farmacia Práctica.
El había recomendado esto unos meses antes a la Oficina Sanitaria Panamericana de Washington.
Con el Decreto No. 477 de fecha de 25 de mayo de 1909 fue promulgado el reglamento que hace oficial la Farmacopea de los Estados Unidos en Cuba, quedando dispuesto para su total ratificación e incorporación al formulario nacional el 31 de marzo de 1936 (34).
La tradicional idea de reunirse en las farmacias siguió siendo un placer para los amantes de la especialidad en el siglo XX.
En las nuevas droguerías se continuaban discutiendo temas científicos, escribiendo y fundando nuevas publicaciones.
Más de una decena de revistas sobre Farmacia o relacionadas con esta ciencia se editaron en el período comprendido entre 1900 y 1950.
Por citar sólo algunas de ellas: en el primer año del siglo XX se crea la Revista de la Asociación Médico Farmacéutica de la Isla de Cuba, bajo la dirección de Enrique Barnet; ésta circuló hasta 1905.
En el año• 1909 aparece, por sólo seis meses, Oriente Médico, revista mensual de medicina y farmacia editada por los doctores Lorenzo Comas y Vicente Macías de los Laboratorios Clínicos y de Análisis Químicos.
Aunque existieron otras publicaciones, como la Revista de Farmacia y de Química, editada por Gerardo Fernández Abreu y el Repertorio Médico Farmacéutico y de Ciencias Auxiliares del Dr Antonio González Curquejo desde 1890 hasta 1906, consideramos que una de las más prestigiosas fue la Revista del Colegio Farmacéutico de La Habana, dirigida por el Dr. Felipe Pazos.
El primer número se publicó el neral; que cumplen sus deberes, que exigen sus derechos y que anhelan nuevos derroteros para la vida farmacéutica cubana» (35).
En un departamento de la farmacia del Dr. Raúl Dehogues un reducido grupo acordó fundar el Colegio Farmacéutico de La Habana.
El 17 de abril de 1921 quedaba inaugurado oficialmente éste: el acto se celebró en la Escuela de Medicina.
Rápidamente se incorporan nuevas sugerencias, entre ellas la creación de una sección científica y la aparición de hojas en forma de revista tituladas «Reporte Farmacéutico», lo que originó un movimiento propa gandístico de rápida aceptación.
De los dieciocho fundadores presentes en la primera exposición colec tiva, al año siguiente ya contaban con trescientos afiliados, entre ellos valiosas personalidades de las ciencias médico-farmacéuticas del país, como el Dr. Juan Guiteras Gener, Secretario de Sanidad, titulado Colegiado de Honor (36).
Posteriormente se fueron creando Colegios Farmacéuticos en otras regiones del país, primero en Camagüey, Matanzas, Pinar del Río y ya en el año 1923 se preparaba la inauguración del Centro Científico de Cien fuegos.
A pesar de la creación de estas instituciones y de la existencia de la Escuela de Farmacia en la Universidad, el Dr. Ramiro Curbelo abogaba por que la organización de la Enseñanza Superior constituyese la Facultad de Farmacia y no continuara siendo una amalgama con Cirugía Dental, Veterinaria y Medicina, dentro de la Facultad de Medicina (37).
La Historia de la Farmacia existió en la Universidad de La Habana como una disciplina aislada en 1863.
Con la aparición de la Facultad de Farmacia se imparte «Historia Crítico-literaria de la Farmacia» por el profesor Dr. Fernando Valdés Aguirre, que fue sustituido por el Dr. Fran cisco Lastre Juiz, quien la explicó hasta 1900.
A partir de este momento se aplicaría el Plan Varona; nuevamente se fusionaron las Facultades de Medicina y Farmacia.
El plan de estudios de cuatro años y la Ley Docente del 8 de enero de 1937 restablecen la Facultad de Farmacia y en el año 1939 el Dr. José Capote Díaz comienza a impartir la asignatura «Legislación, Deontología e Historia de la Farmacia» en la Cátedra E.
A través del nuevo plan se logró impartir Historia de la Farmacia en primer año y Deontología y Legislación Farmacéutica en el quinto.
En el año 1942 esta asignatura la explica el Dr. Carlos Johnson Anglada y diez años después continuará en esta labor Dr. Rafael Capote Betancourt (38).
Asclepio- IT-1991 mediante el cual se autorizaba un crédito de treinta mil pesos para cubrir los gastos de un Congreso (39).
La gran cita habanera contó con la colaboración de los países partici pantes y con la de todas las instituciones nacionales vinculadas o no con los servicios farmacéuticos.
Estas brindaron su apoyo al evento científico más significativo realizado en Cuba en el período republicano.
El Ministerio de Comunicaciones hizo circular dos millones de sellos de correo por valor de dos centavos.
Estos se pondrían en circulación en los días del evento.
Su impresión representaba el Caduceo de Farmacia.
Para la organización del Congreso se efectuó el 16 de agosto de 1946, a las 5:00 p.m., una reunión en el Decanato de la Facultad de Farmacia de la Universidad de La Habana.
A ella asistieron representantes de doce instituciones científicas con cuarenta y seis delegados, eligiendo el Comité Organizador integrado por: Dr. José Capote Díaz, presidente, Héctor Zayas Bazán y Perdomo, secretario general, Dr. Carlos J ohnson Anglada, tesorero, un vice-presidente por cada institución representada, y los demás asistentes vocales ( 40).
Se celebró el Congreso del 1 al 8 de diciembre en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, convertida hoy en Centro de Estudios de Historia y Organización de la Ciencia, ubicado en la Calle Cuba No. 460 entre Amargura y Tte.
Rey, la Habana Vieja.
Las sesiones plenarias se efectuaron en el Paraninfo y las comisiones de trabajo se reunieron en los salones que hoy ocupan la biblioteca y el museo.
El acto inaugural tuvo lugar en el Hemiciclo de la Cámara de Representantes del Capitolio Nacional, actual sede de la Academia de Ciencias de Cuba.
Variadas fueron las actividades.
Diferentes corporaciones sirvieron de subsedes: la segunda sesión plenaria radicó en el Centro Tecnológico de Ceiba del Agua; el Palacio del Centro Asturiano montó la Exposición Comercial, inaugurada el 30 de noviembre a las 9:00 a.m. y en el Lyceum fue la de Obras Utiles y Cerámica Farmacéutica, que abrió sus puertas el día 1 de diciembre a las 5:30 p.m. ( 41 ).
El temario oficial se discutió en cinco comisiones; la primera sección, Farmacia, comprendía: Química Galénica e Industrial.
Aquí se planteó la necesidad de los formularios nacionales en relación con la Farmacopea oficial.
La segunda sección, Ciencias Físico-Químicas, estaba subdividida en cuatro grupos: el A analizaría Física y Química Farmacéutica, el B Química Analítica y Toxicológica, el C Bromatología y Nutrición y el grupo D Hidrología; como ponencia oficial la titulada «Unificación de la expresión de la radio-actividad de las aguas».
La tercera sección, nombrada Ciencias Naturales y Biológicas Aplicadas a la Farmacia, estaría subdividida en 5 grupos dispuestos de igual forma: A-Botánica, E-Zoología, C-Farmacognosia, O-Farmacología y E-Microbiología e Inmunología.
En la cuarta sección se discutieron nueve ponencias sobre la Historia de la Farmacia en América, que abarcaban desde la Precolombina hasta las dos grandes etapas, la comprendida dentro del período colonial y la co rrespondiente a la vida independiente de las distintas nacionalidades.
La quinta y última sección: Legislación y Deontología, presentó como ponencia oficial «El mutualismo y los seguros sociales en relación con la profesión farmacéutica» (42).
Con los trabajos ampliamente debatidos en las diferentes secciones se impulsó la farmacia Panamericana: en la organización de los servicios, en el uso racional de medicamentos y en los diferentes análisis físico-químicos del comportamiento de las diversas sustancias medicamentos tanto natu rales como sintéticas.
Los primeros 50 años del siglo XX en Cuba se caracterizaron por la penetración de patentes, medicamentos y laboratorios de origen nortea mericano.
En la República se instaura el premio del Círculo de Investigaciones Farmacéuticas, la Academia de Farmacia y se establece el 21 de febrero como Día del Farmacéutico.
Estas informaciones de carácter práctica mente factográfico cumplen el objetivo de honrar a los cubanos que también supieron luchar por su profesionalidad.
(1) CAPOTE BETANCOURT, R. (1956): Historia de la farmacia, La Habana, Universidad de La Habana, t.
(2) Cooo, E. F. y MARTIN, E. W. (1953): Farmacia práctica de Remington, México, Unión Tipográfica, Editorial Hispano-Americana, p.
(4) R1vERO DE LA CALLE, M. (1985): Nociones de anatomía humana aplicadas a la arqueología, Ciudad de La Habana, Editorial Científico-técnica, p.
(5) GARCÍA HERNÁNDEz, M. y MARTÍNEz-FoRTúN Y FoYo, S. (1967): «Apuntes históricos relativos a la farmacia en Cuba», Cuadernos de Historia de la Salud Pública, N. 0 33, La Habana, p. |
El presente artículo forma parte de un trabajo sobre el cultivo del trigo que a su vez se integrará en una monografía sobre la tendencia hacia la diversificación y la tecnificación agrícolas en la poco estudiada Real Sociedad Económica de Amigos del País o Real Sociedad Patriótica de La Habana, institución creada en 1793 que desempeñó -tal y como se refleja en sus Memorias-un rol decisivo en la promoción de esas ideas y realizaciones.
Resumiendo los estudios que hemos venido realizando sobre la historia del cultivo del trigo en Cuba, podemos señalar que la antigüedad de ese cultivo de subsistencia debe remontarse a los primeros años de la conquista de la isla por los españoles, dando entonces inicio al proceso de adaptación de este cereal al medio natural que puede que no haya sido favorable en varias de las regiones donde se establecieron las villas y las haciendas y a un «contrapunteo» cultural con el cultivo aborigen de la yuca agria, los cuales debieron determinar, en gran medida, su desaparición en la mayoría de los lugares, reduciendo su supervivencia, al parecer casi exclusivamente, a los alrededores de La Habana y al territorio de Villa Clara.
No obstante, la irrupción de la harina importada desde España y otros países se convirtió en el factor determinante en la eliminación del trigo del hinterland haba nero a fines del siglo XVIII y del territorio villaclareño a partir de 1820.
En esta última región central de la isla, la resistencia de los intereses locales fue vencida por la devastación que provocaron en los sembrados los ataques de una plaga denominada aljorra (un díptero de la familia de los cecidómidos ).
Aunque la decadencia del trigo en Villa Clara reflejaba, a su vez, el fracaso de la «estrategia» triguera, que con respecto a las regiones centrales de la isla trazara en 1819 Wenceslao de Villa Urrutia en la Real Sociedad Patriótica de La Habana como parte de la política antimonopolista del intendente Alejandro Ramírez, el espíritu de diversificación agrícola que estaba explicito en esa «estrategia» continuó en el seno de la institución, como bien lo reflejan sus Memorias, ya que sectores de la mediana y pequeña burguesía -capas de la intelectualidad liberal-y algunos plan tadores se manifiestan a favor del rescate del cultivo de ese cereal, so bre todo cuando la crisis cafetalera iniciada en 1829 se agudizaba en los años 40.
Ante la ruina de los plantadores de café, el trigo podía convertirse en una de las producciones más importantes para el mercado interno de la isla, si se aprovechaba convenientemente la variedad existente en Villa Clara, la experiencia empírica acumulada en su cultivo por los campesinos de esa región y la molturación, a bajo costo, que pudiera realizarse con la misma, teniendo en cuenta que había que vencer al monopolio harinero español.
De estos tres aspectos señalados sólo estudiaremos en este artículo el primero, y para ello nos basaremos, como hemos indicado con anterio ridad, en las Memorias de la institución, pero en particular en el ensayo sobre el cultivo del trigo, escrito por el humanista -con inquietudes agronómicas-Antonio Bachiller y Morales y_que fuera publicado en la Memoria de 1848, en los momeritos en que él ocupaba la presidencia de la Sección de Agricultura (1).
Este importante artículo fue reimpreso en la compilación de trabajos suyos y extranjeros que realizara Bachiller en su Prontuario de Agricultura de 1856 (2).
El intento de diseminación del trigo de Villa Clara en Vuelta Abajo ( 1841 ).
In traducción de otras variedades en el país
Interesada la Real Sociedad Económica en divulgar los esfuerzos que hacia el fomento del cultivo del trigo realizaban sus colaboradores y miembros, aprovechando la presencia de una variedad que, como la de Villa Clara, llevaba muchos años de adaptación al medio natural de esa región, no podía dejar de mencionar en sus Memorias la diseminación del mismo por otras regiones de la isla donde se esperaba encontrar las condiciones naturales y de atención cultural requeridas para su desarrollo.
En ese sentido, dio a conocer los ensayos de siembras que se realizaron en «distintos terrenos» en Vuelta Abajo, por iniciativa de Tranquilino Sandalia de Noda quien contaba para ello con la pequeña remesa de simientes que le enviara desde Villa Clara la señorita María Jiménez Anido.
En la comunicación que Nocl a envió al director de la Sociedad (3), firmada en La Habana el 22 de abril de 1841, señala que donde se produjo el mejor trigo fue en los terrenos de su casa en el partido de Santa Cruz de los Pinos:
«El trigo [señala Nocla] creció casi del alto de un hombre, y su parto fue prodigioso y admirado de todos los europeos que le han visto.
Este resultado que ha escedido á las esperanzas, ha intei::esado á infinidad de labradores, entre los cuales ha sido forzoso dividir la pequeña cosecha, pues el todo de la semilla primitiva no pasaba de tres libras »( 4).
De ese primer resultado Nocla presentó una pequeña muestra de espi gas, las cuales fueron depositadas en el Museo de Historia Natural que dirigiera el naturalista Felipe Poey, según acuerdo de la Junta ordinaria de la Sociedad del 29 de abril de 1841, dándose a su vez las gracias a Nocl a, y por su conducto a Anido, por la contribución que ambos realiza ron (5).
Aunque no disponemos de información sobre el futuro del trigo en esa parte de Vuelta Abajo que menciona Nocl a, quizás el mismo se vio perjudicado por el ataque de la aljorra, ya que Esteban Pichardo señala que ese era el nombre que aún conservaba un insecto «casi imperceptible» en la jurisdicción de Villa Clara y en el «territorio occidental de Bahía Honda» (6).
De acuerdo con la «Exposición de las tareas de la Diputación económica de Puerto-Príncipe, en el bienio de 1841 y 1842», que leyera el vicesecretario saliente Ignacio Agramonte y Sánchez el 9 de diciembre de 1842, nos enteramos de los intentos realizados en esa ciudad por el fomento de un supuesto trigo llamado «trigo negro» o «sarrasénico»:
«También hemos tenido el gusto de ver una muestra presentada por el Sr. Director [tal vez el Ldo.
Tomás Pío Betancourt] del trigo negro, conocido por sarrasénico cosechado por esta ciudad, y es de esperarse que los amigos en quienes se repartió la semilla, procurarán conservar tan precioso grano» (7).
Otro supuesto trigo igualmente <<sarraceno» fue introducido desde los Estados Unidos por José María de La Torre, según una comunicación que éste enviara a la Real Junta de Fomento con fecha 30 de noviembre de 1848 (8).
Aunque en la «Cartilla Agraria» de José Espinosa, dada a conocer en la capital en 1822, no había ningún inconveniente en colocar al «trigo negro», «sarraceno», «alforjón» o «fayol» entre los cereales (9), en realidad no era Triticum sino una planta herbácea de la familia de las poligonáceas (10).
En ese sentido sus granos «pesados, gruesos y lustrosos» cubiertos por una «cáscara bien negra» ( 11) servían para: «... pienso de las caballerías y aves domésticas, y con particularidad para las gallinas que á beneficio de él adelantan mucho su postura.
Reducido á harina, y mezclada con la del. trigo ú otros cereales, sirve para pan; gero por sí sola lo hace apelmazado, pesado y moreno aunque no mal sano.
Para amasarla necesitan mas levadura y agua.que las <lemas harinas, y conviene apretar mucho los panes antes de meterlos en el horno para que no se desmigajen» (12).
A nuestro modo de ver, en Cuba, particularmente en Puerto Príncipe, debió ser de interés la planta de este «trigo negro» porque resultaba «un pasto muy apetecido del ganado, con particularidad del vacuno que en gorda en breve con ella» (13).
Encontrándose de La Torre en los Estados Unidos, con la misión, costeada por la Real Junta de Fomento, de llevar a efecto la introducción en Cuba de «semillas de nuevos artículos de agricultura de reconocida utilidad y probable aclimatación en ella, y la de algunos que aunque conocidos en la misma, son de clase mas superior» (14), destaca en otra comunicación sin fecha que: 1856 ( 16), también se dieron iniciativas particulares de introducción de nuevas_ variedades de trigo como el que hiciera traer desde La Mancha, España,_ el médico José Maria V elázquez, al parecer en � 848.
En su Memo ria, Bachiller señala que ese trigo, conocido en su lugar de origen como «trigo Chacón», si bien era barbado al igual que. el trigo «indígena» de Villa Clara, difería de este último en que era de «distinta variedad» ( 17).
A juzgar por los resultados, el cultivo de este trigo en Cuba aún se hallaba en una fase experimental.
Un reconocimiento importante de las características morfológicas de la variedad «indígena» de Villa Clara ( 1848)
Suponemos que Bachiller conocería el intento de Nada de diseminación del trigo de Villa Clara en Vuelta Abajo en 1841, a pesar de que no lo señala en su ensayo.
No obstante, la importancia del trigo villaclareño era para él tan evidente como para referirse al que sembrara un tal Eduardo Roca en un terreno cercano a la capital bajo la dirección de Miguel Próspero Barata.
Las muestras de trigo de Barata y de la variedad de «trigo Chacón» fueron presentadas por Bachiller a la Junta de la Sección de Agricultura del 7 de junio de 1848, junto al ensayo que escribiera sobre el cultivo del trigo en Cuba (18).
El elogio que realizaba en su obra de la muestra de trigo exhibida por Barata, constituyó un reconocimiento tan importante a las cualidades del trigo «indígena» de Villa Clara -como él lo denomi naba-que debió determinar que las semillas regaladas por Barata a la Sección fueran distribuidas entre algunos plantadores ( 19).
Al responder en su ensayo a la pregunta «¿Qué especie ó variedad de trigo debemos cultivar?», Bachiller recomienda el trigo que proviniera de las variedades barbadas: «Las dos especies de trigo que hemos visto en la Isla son variedades del que se conoce con el nombre de Barbudo o barbon: por lo tanto los mas análogos al clima cálido en que habitamos, sin que esto sea decir que no se introduzcan las otras especies ó que no puedan cultivarse» (20).
Una de esas variedades del trigo «Barbudo» a que se refiere Bachiller era el recién introducido «trigo Chacón» (21 ).
En opinión de Bachiller esa variedad no podía ser la que promoviera el cultivo de ese cereal en la isla, puesto que se hallaba aún en una fase experimental.
Bachiller se interesaba http://asclepio.revistas.csic.es más por la variedad, también barbada, que se cultivaba en la región de Villa Clara, la cual constituía parte de la tradición agrícola local por ser la única superviviente de la diseminación temprana del trigo introducido por los conquistadores españoles en la isla; por lo menos eso es lo que podemos inferir de lo que Bachiller expresa:
«Las plantas, los animales domésticos del antiguo mundo muy pronto fueron trasladados al nuevo.
Hernan Cortés que habia de conquistar inmensos y ricos países, cultivaba el campo de Cuba á donde traía cuanto pudiera ser útil al progreso de la agricultura: (Alamán Disert.
Es verdad que mas adelante, en el deseo de conservar unidos a los españoles de ámbos mundos con los lazos de recíproca conveniencia, y para. alimentar un cambio útil de productos diversos, se prohibieron los cultivos de algunos frutos europeos en América; pero casi nunca se cum plían esas disposiciones, como observó D. Francisco R. Valenzuela en sus notas á la obra clásica sobre gobiernos de Indias de D. Juan Solórzano: se cultivaban las viñas en el Perú, el trigo en Méjico y otros puntos, incluso Cuba, en donde tuvo cierta importancia en los distritos de Villa Clara hasta ha poco tiempo» (22).
De hecho, Bachiller reconocía que la adaptación temprana de esa variedad al medio natural de Villa Clara la había convertido en un com ponente trascendental de la flora agrícola de la región, razón por la cual le otorgó las denominaciones patrimoniales de «nuestro trigo», «trigo del país» o «trigo indígena», como lo acreditaba el esplendor que alcanzó su cultivo en los inicios del siglo XIX.
«La historia de los primeros días del siglo XIX [ señala Bachiller], me presentaba como razonable el proyecto de fomentar el cultivo, supuesto que Villa-Clara surtía con el trigo propio á todas sus necesidades» (23).
Para destacar Bachiller la importancia de ese trigo «naturalizado» que estaba al alcance de todos y para orientar correctamente la introducción de variedades que fueran casi similares a la de Villa Clara, considera necesario establecer una comparación entre las observaciones personales realizadas con el trigo «indígena» y las características de las variedades barbadas de trigos «duros» ( como se les conocía en Europa para así diferenciarlos del «trigo blanco» con granos generalmente «tiernos») que señalaba el agrónomo francés Osear Leclerc Thovin en la Maison Rus tique (24).
Grosso modo, los granos del trigo «Barbudo», coincidentes en sus rasgos morfológicos con los del trigo «indígena» de Villa Clara, se diferenciaban de los granos del «trigo blanco» en que eran más duros, de más color y Si importante era para Bachiller presentar algunas características mo fológicas comunes al trigo «indígena» de Villa Clara y al trigo «Barbudo», más aún lo era la apreciación de que en la variedad «indígena» barbuda estaba presente -como se demostró en la práctica-la adaptación al clima tropical que atribuía Leclerc al trigo «Barbudo» y a sus variedades de trigos «duros» europeos (26).
A pesar de que esa cualidad adaptativa permitía a los trigos de granos «duros» ubicarse, como en el caso del trigo de Africa, al sur de Europa, mientras que los trigos de granos «tiernos» -como los «trigos blancos» predominaban al norte de Europa, en la variedad «indígena» de Villa Clara podía darse la misma situación del «trigo de Polonia», el cual no obstante tener un grano «duro por excelencia» o una dureza «casi vítrea» presentaba en ocasiones trigos «tiernos».
Esta relativa variabilidad en la consistencia de los granos de trigos «duros» también se manifestaba en el «tremesino barbudo» de Sicilia (27).
Digno de elogio es el esfuerzo de Bachiller por encontrar el «eslabón» varietal de trigo «indígena» de Villa Clara entre las variedades de trigos duros y barbados que se hallaban localizados hacia el sur de Europa, pero aún más interesante resulta la alusión que realiza al «trigo de Polonia», buscando una similitud entre la dureza relativa de sus granos y la que presentaban los granos del trigo «indígena».
Bachiller seguía el criterio de basarse solamente -como al parecer lo hacía Leclerc-en determinadas características del trigo, de fácil entendimiento para el campesinado, y no en un estudio propiamente botánico, aunque debemos señalar que el nivel que había alcanzado entonces la sistemática de Triticum no le per mitía avanzar en esa dirección.
Si bien Bachiller veía semejanzas entre la consistencia de los granos de ambos trigos (el de Polonia y el «indígena»), lo cierto es que las ventajas que apreciaba para el pan del trigo «indígena» no estaban presentes, según la Cartilla Agraria de José Espinosa de 1822, en el pan del «trigo polaco» pues, resumiendo Espinosa la opinión ( que señalara Simón de Rojas Clemente en su «Adición» a la Agricultura de Herrera de 1818), plantea que ese trigo era «de poca producción y no ahija, su grano es harinoso, pero hace ruin pan» (28).
Pero cuando consultamos la «Adición» de Clemente, vemos que en realidad su valoración no tiene en cuenta el Asclepio- estudio de otras variedades de esta especie (T. polonicum L.) y sólo atiende una variedad común de León que tiene la espiga «blanca» (29).
Al parecer, Clemente esperaba ofrecer junto a Mariano Lagasca una obra voluminosa titulada Ceres Española donde contemplaría un estudio más completo de esa especie, pero esa obra no fue terminada.
En su lugar quedaron numerosas descripciones realizadas por Lagasca, entre las cuales se encontraban algunas referencias a las variedades de la especie polonicum donde el botánico español no sólo atiende a la vellosidad de las glumas sino que le agrega la longitud y densidad de las espigas (30).
U na de esas descripciones de Lagasca nos da una idea de lo cercano que estuvo Bachiller en la definición de la especie a que pertenecía el trigo «indígena» de Villa Clara, pues Lagasca adscribe el ejemplar de trigo recolectado por Baltasar Boldo en los alrededores de La Habana entre 1796 y 1799, al género Triticum y lo sitúa, con decisión y seguridad, junto a polonicum Sin_ embargo, como difería en algo de esta especie por presentar un tallo frutescente o perenne y una espiga semejante a. la forma que él denominaba T. aestivum (31) [ considerada dentro de vulgare Host (32)], Lagasca decidió incluir el ejemplar de Boldo en una nueva especie, T. spinulosum, que describió en los siguientes términos: «Espiguillas 4-5 flora, flores inferiores hermafroditas, aristadas: glumas aristadas.
Tallo frutescente, envuelto inferiormente por las vainas de las hojas dísti cas.
Hojas algo rigidas, planas, acumininadas, subpungentes, denticulado -espinosas, las superiores eminentes.
Espiga semejante al T. aestivum, casi de dos pulgadas.
Hab. en Habana y D. Balth la recolectó para Boldo» (33).
En la revisión que en 1952 realizaron los ingenieros agrónomos Ricardo Tellez y Manuel Alonso de •los herbarios y descripciones de trigos que fueron utilizados por Lagasca para su malograda Ceres, le dedicaron una particular atención a la búsqueda de ese ejemplar y de otros datos referentes al mismo, lo cual dio el siguiente resultado: 124 «Ni en el herbario de trigos, ni en el general del Jardín Botár; iico, ni en los particulares que se conserv é¡ m en dicho centro madrileño, hemos en contrado tan curioso ejemplar, de trigo.
Tampoco volvemos a encontrar citada la curiosa especie T. spÍnulosum en ninguna obra ni manuscrito de Clemente o de Lag asca.
Boldo, efectivamente, herborizó en la isla de Cuba, pero es raro que solo fuese este el único ejemplar hallado y, más raro aún, no habiéndose citado América como origen de ninguna especie de trigo.
El Index londinensis, tomándola de Lagasca, cita esta especie, pero no da ninguna otra sinonimia, indicación o referencia.
No podemos dar nuestra opinión sobre T. spinolosum, y, no figurando en el herbario, lo omitimos en esta revisión» (34).
En los momentos en que Boldo, como primer botánico de la expedición del conde de Mopox, herborizaba en los alrededores. de la capital cubana entre 1796 y 1797, el cultivo del trigo había prácticamente desaparecido en esa zona.
Tal vez el ejemplar que le entregó un tal Balth a Boldo constituía por esa circunstancia una rareza de la flora habanera.
Por el contrario, en la región de Villa Clara el cultivo del trigo había alcanzado su mayor esplendor, pero al parecer la expedición de Mopox no recolectó ningún ejemplar durante su estancia en esa localidad (35).
Aunque Bachiller ignoraba si esta variedad «indígena» de trigo «Bar budo» que se cultivaba en Villa Clara era la misma que estuvo diseminada por otros lugares cercanos a La Habana, como en Canoa -en el partido de Managua (36)-donde recordaba haber visto trigo sembrado, en Ma tanzas donde los labradores recordaban haberlo cultivado felizmente, o en un ingenió de Guanajay donde se cultivó en 1811 (37), sin embargo, sospechaba que el trigo que se cultivó en esos lugares era de• la misma variedad del que aún había en Villa Clara, pues por lo menos así lo parece indicar el trigo que se cosechó en el ingenio de Guanajay de cuya harina se obtuvo un pan «algun tanto amarillo» (38), que era una• de las características principales del pan que se obtenía en Villa Clara.
De confirmarse la sospecha de Bachiller y de tenerse en cuenta la cercanía de esos lugares con la capital de la isla, tal vez pudiera inferirse que la variedad del trigo de La Habana era la misma que la de Villa Clara, lo cual pudiera ser cierto si añadimos la previsión que tuvo Bachiller de apreciar en los granos de polonicum (la especie más cercana, según Lagasca, a su T. spinulosum) rasgos semejantes a los del trigo «indígena» de Villa Clara.
La crisis de las plantaciones cafetaleras en la década del 40 hizo que recobrara fuerza, dentro de la Real Sociedad Patriótica de La Habana, la tendencia hacia el fomento del cultivo del trigo como una vía para tratar de solucionar la grave situación creada por los bajos rendimientos del café.
En ese sentido, algunas figuras como Tranquilino Sandalia de Nocla y sobre todo, Antonio Bachiller y Morales, dedicaron sus esfuerzos hacia el rescate del trigo de Villa Clara por el hecho de ser éste de una variedad que llevaba muchos años de adaptación a las condiciones del medio natural de esa región y que, por esa circunstancia, estaba al alcance de todos para ser diseminado a otras regiones de la isla.
Mientras en 1841 Nocla trataba de diseminarlo, con aparente éxito, en Vuelta Abajo, Bachiller aprovechaba el ensayo de cultivo y de molturación que dirigiera Miguel Prósp�ro Barata en las cercanías de La Habana para destacar en su ensayo de 1848 las características morfológicas que identificaban a esa variedad con aquellos trigos europeos que poseían espigas barbadas, granos duros y amarillos que producían un pan amarillento y que tenían la cualidad trascendental de adaptarse al clima del sur de Europa incluyendo el clima tropical, pero en particular con el «trigo de Polonia».
Este criterio era próximo a la clasificación botánica que realizara Mariano Lagasca de una variedad similar a la de Villa Clara, recolectada por Baltasar Boldo en La Habana y que definiera como muy cercana a la especie T. poloni cum, dándole el nombre de T. spinulosum Bachiller llamaba la atención sobre ese trigo con el propósito de pro piciar su diseminación por la isla, o en todo caso, para orientar la intro ducción de variedades que fueran casi similares a la de Villa Clara, como era el caso de la «barbuda» introducida por José María Velázquez desde España.
Esgrimiendo el principio de austeridad, que debía caracterizar a una institución con recursos muy limitados como la Real Sociedad Económica, el presidente de la Sección de Agricultura -Antonio Bachiller y Morales se manifestaba por un mejor aprovechamiento de la flora agrícola d_ el país, como en el caso del trigo «indígena» de Villa Clara.
Al morir en este último año, en plena faena de trabajo en La Habana, le sustituyó el criollo José Estévez y!
Cantal, quien se encargó de llevar las colecciones y herbarios de la expedición a Madrid, en 1802.
Con Boldo la expedición recorrió Santiago de Cuba, Guantánamo, Bayamo, Puerto Príncipe (actual Camagüey), la región de Cubitas al noroeste de Camagüey, Sancti Spiritus, Villa Clara (actual Santa Clara) y Matanzas, llegando a La Habana.
En el otoño de 1797 recorre la costa norte de la isla, desde La Habana hasta cerca de Bahía Honda (Pinar del Río).
El resto del tiempo herborizó fundamentalmente en los alrededores de La Habana, donde recibió el ejemplar de trigo que después describiera Lagasca en el herbario.
Debemos señalar que consultando los índices de nombres vulgares y de especies de la primera edición de las descripciones de la flora cubana de Boldo y Estévez no encontramos ningún Triticum. |
Muchas disciplinas del saber humano se encuentran reflejadas en la obra escrita por Felipe Poey y Aloy (1799-1891), el mayor de los naturalistas cubanos del siglo XIX.
Como investigador y docente expuso. sus conoci mientos en trabajos que van desde las investigaciones zoológicas especia lizadas hasta la elaboración de textos para la enseñanza de diferentes ciencias.
Como hombre de amplia cultura y fino intelecto, su producción se vincula con la filología, ocupando en la literatura cubana un lugar destacado; pero, sin lugar a dudas, su labor más fecunda la desarrolló Poey en la ciencia que estudia lo_ s peces, donde los artículos por él escritos sobrepasan la cifra de los 50 publicados, esto sin contar su aún inédita Ictiología cubana.
En el presente trabajo nos referiremos a sus estudios sobre la ciguatera.
Al estado de envenenamiento producido por la ingestión de pescado esporádicamente tóxico ( 1) dedicó Poey gran parte de su atención y de sus investigaciones ictiológicas.
El resultado de sus primeros estudios lo dio a conocer en 1849, en un artículo sobre el tema incluido en su Revista zoológica de la is la de Cuba, y en 1861 cuando publicó en el Repertorio Físico-Natural de la isla de Cuba el trabajo: «Ciguatera.
Varios fueron los puntos que se propuso, si no esclarecer, por lo menos interpretar en términos científicos, a saber: determinar cuáles eran los peces sospechosos de trasmitir al hombre la enfermedad, averiguar se guidamente las causas que ocasionaban la misma en el pez, además de definir los síntomas característicos del mal, para así poder tomar las
precauciones necesarias e idear, conociendo sus efectos, el método curativo más eficaz.
La propia ortografía de la palabra ciguatera, que designaba la enfer medad, resultó un problema por aclarar.
Poey refería que los «literatos» de la isla, entre ellos Esteban Pichardo, autor de un diccionario dé voces y frases cubanas, solían escribirla con s por ser una voz empleada por los indios en tiempos del descubrimiento; pero él, que no tenía la pr�eba «de que los indios no cecearan» (2), como señalaba con ironía, prefería utilizar la ortografía del Diccionario de la Real Academia de la Lengua, aunque a la hora de designar la enfermedad en el hombre empleara la expresión provincial cubana enciguatado, en vez de aciguatado como proponía la asociación lingüística.
Otra de las razones que lo inclinaron a escribir la palabra ciguatera con c tuvo que ver con la ortografía con que se escribía el nombre de un molusco llamado vulgarmente cigua (Cittarium pica), cuya ingestión, oca sionaba en el hombre ciertos malestares y trastornos estomacales.
Las personas que se veían afectadas al consumir la cigua se decían ciguatadas o enciguatadas, generalizándose posteriormente la palabra a los casos de indigestión, por así llamarlos,. producidos por otros moluscos y por el pescado.
Como conclusión de sus observaciones dedujo que los peces de por sí no eran animales venenosos, aunque el hecho de que algunos ejemplares, ingeridos como alimento, causaran intoxicación le indujo a realizar una revisión de las obras de otros especialistas o entendidos en la materia, que, de una forma u otra, se referían ocasionalmente a las especies vene nosas.
Poey analizó con detenimiento los criterios de Antonio Parra -posi blemente el primer autor que escribió en Cuba sobre la enfermedad-, incluidos en su libro Descripción de diferentes piezas de historia natural, las más del ramo marítimo, impreso en 1787; examinó la Historia general de los peces de Cuvier y Valenciennes, las investigaciones de Moreau de Janes (3) y Richard Hill (4) así como los estudios de toxicología del franco español Mateo Orfila (5).
También utilizó una lista manuscrita de posibles peces ciguatas, elaborada por Pablo Lesmes, pescador de oficio y alcalde de mar (pesca) del barrio de San Lázaro, «hombre íntegro y honrado», al decir de Poey, y llegó a la conclusión de que las especies indicadas como venenosas eran unas 69, sólo de peces, pues también otros mariscos (quelonios, crustáceos y moluscos) podían, aparentemente, provocar oca sionales envenenamientos al ser ingeridos.
Poey, sin embargo, redujo a diez las especies de peces propensos a 130 Entrando ya en el campo de la etiología de la dolencia, Poey apuntó que no todos los peces enciguataban, ni todos los individuos catalogados como ciguatados causaban la muerte a quienes los ingirieran.
Aunque el tamaño. de los ejemplares no parecía relacionarse con el grado de su toxicidad, Poey advirtió que la mayoría de los peces ciguatas alcanzaban gran tamaño.
El hábitat, por otra parte, no parecía determinante, pues en un mismo sitio había tantos ejemplares «sospechosos» como sanos, aunque -en términos generales-la patología se hallaba circunscrita al Mar de las Antillas y a otras zonas intertropicales.
Descartó totalmente que ciertos rasgos morfológicos fueran peculiares de los peces afectados; la presencia de la ciguatera no podía determinarse por el tamaño de la cabeza, la abertura bucal o la forma de los dientes (6), como pretendían algunos.
Durante el siglo XIX los conocimientos que sobre el origen de la ciguatera se tenían, apuntaban a posibles estados de envenenamiento o toxicidad del pescado.
Se explicaba que la morbilidad provenía unas veces de que el pez hubiese comido los frutos de una planta llamada común mente manzanillo (Hippomane mancinella) (7), o cierta cantidad del cobre existente en los fondos marinos, así como también del que recubriría en forma de láminas los cascos de algunos buques.
Los moluscos, zoófitos y las plantas marinas que figuraban en la dieta de varias especies y la indisposición del pez provocada por factores contaminantes del medio, como la turbulencia de las aguas en las bahías y fondos fangosos, se citaban a veces, igualmente, como causas del mal.
El naturalista, luego de valorar y objetar algunas de ellas, tenidas como verdades categóricas, entre la que se encontraba la atribuida al fruto del manzanillo, agregó sus propias conclusiones, estimando que el origen de la enfermedad debía buscarse en las lesiones que algunos hel mintos podían ocasionar en las vísceras del animal, en sus necesidades insatisfechas en épocas de reproducción y en la falta de alimentos.
Una vez señaladas las causas que, en su opinión, provocaban la pato logía, hizo mención de aquellos signos que en el pez se revelaban -apa rentemente-como resultado del trastorno funcional.
Entre los indicios mencionados por él estaban aquéllos que los pesca- -11-1991 dores de más experiencia le comunicaron.
Señaló el enflaquecimiento del pez, la poca resistencia al curricán o para desprenderse del anzuelo una vez capturado, y la muerte rápida fuera del agua.
Estaba Poey tan con vencido de la primera de estas observaciones que llegó hasta recomendar a los consumidores no comer aquel pescado que a la vista se mostrara flaco, aunque fuera la especie de mayor confianza; reafirmando su parecer recordaba además el recurrido refrán cubano que decía: «estando la Picuda flaca, el que la come larga el pelo» (8).
Parece que era de consenso entre la población de la época comprobar la toxicidad de un pescado -si éste se mostraba sospechoso-dándolo primero «a probar» a un animal.
A esta práctica, recomendada como precaución ante la incertidumbre, se refería ya Antonio Parra.
El doctor en Farmacia • Cayetano Aguilera, profesor de • la asignatura de química general en la Universidad de La Habana refirió a Poey sus experiencias de dar a comer huevas de manjuari, supuestamente venenosas (9), a una gallina.
Poey, por su lado, practicó en varias ocasiones y con distintas especies marinas experimentos similares: habían sido recogidas por facultativos a la cabecera de los enfermos.
No obstante ello, Poey se refirió a los síntomas que se admitían como más o menos generalizados entre los afectados de esta enfermedad: evacuaciones frecuentes, vómitos acompañados de náuseas con dolores de cabeza y articulaciones, fuertes cólicos, calambres, picazón sobre todo durante el período de convalescencia, y en algunos casos la caída del cabello y ae las uñas.
Finalmente, sin ir más allá de los límites del conocimiento científico y de lo popular, recomendó como método terapéutico el zumo del limón, uno de los remedios más empleados en su época, «acreditado» muchos años antes por el portugués Antonio Parra, quien padeció la enfermedad, y aconsejado igualmente por los pescadores.
También prescribió, tal y como lo recetaba el médico Mateo Orfila, un trozo de azúcar con diez o veinticinco gotas de éter sulfúrico.
Las regulaciones pesqueras, en época de Poey, en torno a la intoxicación conocida por ciguatera
La eficacia de las regulaciones pesqueras que regían en la isla, fue uno de los aspectos que Poey analizó en un artículo publicado en el tomo segundo del Repertorio Físico-Natural de la isla de Cuba, bajo el título de «Policía de la Pesca», el cual ya había anunciado en su: estudio acerca_ de los peces ciguatas, como otro de los asuntos importantes que se despren dían de las investigaciones en torno al tema.
Su opinión favorecía el equilibrio entre la regulación administrativa y el conocimiento general que la población debía tener sobre los peces propensos a trasmitir la enfermedad.
Su intención era velar, ante todo, por la salud de los consumidores sin afectar el desarrollo de la industria pesquera del país.
«No se me oculta -escribía-que del abuso no hay argumento contra el uso, ni de la infracción contra la ley, y que menor número de pescados sospechosos se introducirán con la prohibición que sin ella.
Pero ya que el bien públiéo es el fin propuesto, las cosas se han de considerar de otra manera.
Mientras que la autoridad tome á su cargo el vigilar por la salud de todos, nadie cuida de sí mismo, ni aprende el vulgo á conocer los pescados ni trata de comerlos con las precauciones que aconseja la pru dencia.
La prohibición engendra la confianza ciega y el envenenamiento seguro.
La Economía política nos enseña á cada rato que las leyes prohi- Históricamente las regulaciones de 1848, 1851 y 1855, esta última en su artículo 103, prohibían comercializar un elevado número de especies.
La lista en vigor en ese último año incluía a unas veinte especies de peces.
El análisis retrospectivo de estas ordenanzas hecho por Poey lo llevó a exponer, en mayo de 1856, una «Memoria sobre la ciguatera y los peces ciguatas» en la Sociedad Económica de Amigos del País.
Este trabajo fue valorado favorablemente por el claustro de profesores de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, en un informe redactado por el prestigioso galeno Angel Cowley, muy ejercitado en los trabajos de salud pública por haber formado parte de las Juntas de Sanidad en la ciudad.
En septiembre de 1865, retomaba Poey el tema al solicitar al director de la administración pública que fuera revisada la lista de peces cuya expendición se prohibía y que se redujera su número a la mitad.
El expediente confeccionado por las autoridades fue trasladado, para ser discutido en ese mismo año, a la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, la cual debía emitir un juicio al respecto, en su condición de órgano de consulta para aquellas cuestiones donde se precisaran criterios científicos; pero dicha corporación no emitió ningún dictamen sobre esta cuestión hasta 1875, cuando un grupo de pescadores de la ciudad de Matanzas reclamó al gobierno colonial la modificación de las ordenanzas vigentes desde 1855 para el ramo de la pesca.
Sólo hubo en estos años un intento aislado de discutir la propuesta de Poey.
Uno de los miembros de número de la Real Academia, Marcos de Jesús Melero, trató de romper el silencio en el cual, quizás intencionada mente, la institución científica había dejado la petición del naturalista.
Melero, por iniciativa propia, elaboró en marzo de 1866 un juicio crítico acerca del trabajo «Memoria sobre la enfermedad ocasionada por los peces venenosos», impugnación que quedó recogida en el trabajo «Ideas peregrinas», el cual nunca llegó a publicarse en los Anales de la corpora ción, pues encerraba severas críticas a la obra del ictiólogo cubano.
Cuando Poey escribió la «Memoria» y el trabajo denominado «Policia de la Pesca», pretendía obviamente dar a conocer sus criterios científicos sobre el delicado asunto de los peces ciguatas; pero en su ánimo se hallaba, además, el propósito de liberar a los consumidores de restricciones que estimaba excesivas, y a la vez defender a quienes ganaban su sustento en las faenas de la pesca.
Esta inclinación no fue pasada por alto en la 134 Asclepio-II-1991 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es impugnación de Melero, opuesto a cualquier «mediatización» con fines sociales de los hechos que consideraba estrictamente científiéos.
Era evidente la simpatía de Poey por los pescadores, trabajadores que vivían en la mayor pobreza, a quienes llamaba «hombres esforzados y de manos callosas», que se lanzaban en socorro de los náufragos, con más «garbo que los elegantes en los salones iluminados por el gas y regocijados por la orquesta» (13).
Estas simpatías las interpretaba Melero como la causa de que Poey fuera «propenso a incurrir en equivocaciones, suposi ciones, errores científicos y de apreciación, á pesar de sus 40 años de experiencia» ( 14).
Sin embargo, tan gratuita acusación no pudo ser adecuadamente sus tentada por Melero.
Para afirmar que Poey tergiversaba los datos en favor de los pescadores, debía demostrar inequívocamente no que Poey simpatizara con ellos, sino que sus datos eran incorrectos; pero en su trabajo no hay nada que intente siquiera un estudio de las especies en cuestión, y las conclusiones de su impugnación parten del argumento de que -a falta de conocimientos seguros-era preferible conservar las prohibiciones de expendición tal cual aparecían en las ordenanzas.
Melero se manifestó como defensor de la autoridad del gobierno en materias de salud pública, presuntamente amenazadas por los partidarios del laissez faire: «... digan lo que quieran los que interpretando erróneamente las sanas doctrinas económicas piensan que la Economía política es capaz de negar la intervención de la Autoridad para impedir el comercio de artículos de consumo necesarios á la salud... » (15).
Casi una década medió entre la refutación de Melero y la constitución oficial de una comisión académica que debería estudiar y realizar experi mentalmente las investigaciones sobre la ciguatera y los peces propensos a trasmitirla.
El 26 de septiembre de 1875, Poey, Francisco Adolfo Sauvalle, Joaquín Francisco Lastres, Fernando González del Valle, Rafael Cowley y el propio Melero eran los miembros propuestos para emprender los estu dios y aconsejar al gobierno si procedía hacer o no la reforma solicitada por los pescadores matanceros.
Las. investigaciones a escala experimental nunca se hicieron, y aun debían transcurrir cinco años más para que la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana emitiera su veredicto definitivo.
El 9 de mayo de 1880, en sesión ordinaria de trabajo, era leído un informe de Juan Vilaró, el cual en muchos de los puntos coincidía con los Asclepio-II-1991 trabajos de Poey.
Sus propuestas se concretaban a indicar cómo debía quedar redactado el artículo 103 de las Ordenanzas Municipales.
Propuso la prohibición de 15 peces (16) de los 20 contenidos en la lista de 1855, y la destrucción de éstos si eran localizados en los mercados públicos, con la consiguiente multa al infractor.
Su informe, empero, fue cuestionado por uno de los médicos asistentes a la reunión académica en estos tér minos: «... es muy importante -decía Rafael Cowley-, pero bajo otro punto de vista, no el de la Higiene, que reclama observaciones que no existen allí, observaciones recogidas con todas las garantías científicas, toda vez que la opinión de los profanos no es capaz de constituir dictamen Acadé mico» (17).
El 11 de julio, después de largas horas de análisis donde intervinieron, entre otros, los doctores Carlos J. Finlay, Antonio Mestre, José Rafael Montalvo, José Pantaleón Machado y el propio Rafael Cowley, la corpo ración emitía su fallo: «... no habiendo datos científicos suficientes, ni observaciones ni expe rimentos bastantes para decidir acerca de la naturaleza de la ciguatera y de cuáles sean los peces realmente ciguatos, la Academia no cree que deba por hoy alterarse la lista de dichos peces formada por el Muni cipio» ( 18).
Aunque, en efecto, en aquella época la naturaleza de la ciguatera se hallaba envuelta en la mayor bruma, hay que reconocer hoy la perspicacia científica de Poey y el valor que él atribuyera a las observaciones de los propios pescadores.
Durante los últimos años del siglo XIX los conoci mientos sobre la intoxicación producida por el llamado «pescado ciguato» tuvo en Cuba poco desarrollo; las investigaciones a escala de laboratorio comenzaron en realidad en 1900, cuando el médico higienista Juan Nicolás Dávalos vinculó a ellas sus estudios bacteriológicos.
-En cuanto a regulación pesquera se refiere, en 1929 la prohibición de venta se limitó a cuatro especies de peces, coronado, picúa -de más de tres libras-, jurel y bonací; en 1936 la lista se redujo a una sola, la picúa; y en 1956 se dispuso prohibir la venta y transporte de las especies conoci das como picúa, coronado, bonací gato, tambor y morena prieta.
La regulación vigente prohibe consumir como alimento un total de 18 espe cies, de las cuales, a juicio de los especialistas (19), sólo ocho son induda-
( 1) En un reciente artículo que resume el estado actual de las investigaciones sobre la ciguatera: ANDERSON, D. H. y P. S. LoBE (1987): «The continuing enigma of ciguatera».
89-107, se admite que ésta es una intoxicación causada por peces que ingieren «ciguatoxinas» con su alimento.
Aunque no hay todavía una certeza absoluta al respecto, parece ser que estas toxinas son producidas por varios dinoflagelados bentónicos, -el primero estudiado desde 1977 fue Gambierdiscus toxicus-.
Al ser ingeridos por peces, la toxina se conserva en éstos y se trasmite al hombres que los consume.
La ciguatoxina en sí parece ser un ácido graso de cadena larga altamente oxigenada, y está asociada en algunas especies con otras toxinas que, en algunos casos, producen síntomas similares a los de la ciguatera.
Repertorio Físico-Natural de la isla de Cuba, tomo II, p. l.
(3) El trabajo de este autor, al cual Poey hace mención fue: «Recherches sur les Poissons toxicopheres des Indes occidentales».
(4) Consultó el trabajo «Poisonous Fishes», publicado por este autor en Journal of Spanish Town, Jamaica, 1857.
(5) Para una biografía de Mateo Orfila acompañada de una antología de sus libros de texto, ver la obra de RAFAEL HUERTAS GARCÍA-ALEJO (1988): Orfila, sabery poder médico, publicada en Madrid, por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
(6) Sobre esta opinión Felipe Poey hizo una rectificación importante en: «Ciguatera.
(Repertorio Físico-Natural de la isla de Cuba.
Refiriéndose al pez conocido vulgarmente como picuda escribió:
«Algunos creen que la base de los dientes ennegrece en dicho pez... esta última opinión la da Cuvier como mía en su Historia de los Peces, tomo 3, pag 341; pero yo no se la he afirmado; le he referido solamente el modo de pensar de algunos pescadores».
Las investigaciones recientes confirman que no hay caracteres morfológicos que identifiquen inequívocamente que un pez «está ciguato».
Entre los rasgos que el folklore ha atribuido a los peces enfermos están, entre otros: coloración diferente a los peces normales, sabor agrio de la carne, olor característico, estómagos dilatados, secreción mucosa en las agallas, carne verdosa, etc. (NELus, D. W. y BARNARD, G. W. (1986): Ciguatera.
(7) La opinión sobre los efectos venenosos del llamado manzanillo, pudiera atribuirse a José Martín Félix de Arrate, quien en una ocasión escribió: «... en cierta estación del año es preciso no usar de los pargos grandes por el peligro de las ciguateras, que son muy nocivas y se originan de haber comido una fruta llamada manzanillo (8) «Ciguatera.
En: Repertorio Físico-Natural de la isla de Cuba, tomo II, 1866, p.
(9) Sobre este particular escribió Poey:
«Ya yo sabía por el Sr. Pbro.
D. Ramón de la Paz y Morejón que las huevas de este pescado (manjuan') son venenosas, sin embargo de ser su carne buena y sana.
El Dr. D. Cayetano Aguilera me ha confiado este dato: díó á comer las huevas á dos gallinas; las cuales á las dos horas cayeron muertas, como invadidas de estupor ó borrachera».
Repertorio Físico-Natural de la isla de Cuba, tomo II, p.
(Papeles de Marcos de Jesús Melero en el Archivo Histórico del CEHOC).
(15) Ibidem (16) Los peces propuestos por Juan Vilaró fueron: jocú, jurel, tiñosa, cibío amarillo, coronado, y picuda, cuando pasaran de tres libras; aguají, bonací gato, bonací cardenal y cubera, cuando pasaran de seis libras: morena verde, rizo, tamboril, jabón y diablo, en todas sus edades.
(17) «Rectificación a la lista de los peces ciguatas».
Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, tomo XVII, 1880, p.
(19) Comunicación personal brindada por el licenciado Emilio García quien nos informó la existencia de una Carta Circular (N. 0 14) con fecha 25 de mayo de 1987 del Ministerio de la Pesca de Cuba, donde se regula para el consumo de la población una serie de especies de peces por considerarlas ciguatas. |
El desarrollo azucarero que experimentó Cuba a partir de la última década del siglo XVID, al cual contribuyeron tanto condiciones externas como internas ( 1 ), provocó la formación de una sociedad esclavista en la que la esclavitud fue el motor de expansión económica y el sistema sobre el que se vertebró la sociedad cubana.
Dicho sistema económico-social conformó algunas de las posiciones políticas decimonónicas, a la vez de haber sido el factor que en gran medida aseguró la fidelidad de los hacendados a España.
El crecimiento de la industria azucarera puso en evidencia la necesidad de importar mano de obra, la cual hasta la década de 1840 fue suplida con la importación masiva de esclavos africanos.
Con este fin, se le enco mendó a Francisco Arango y Parreño solicitar un permiso que facilitase * Trabajo realizado dentro del Proyecto financiado por las CICYT, Plan Nacional HD AME90-0793, en colaboración con el
la introducción libre de negros en Cuba para trabajar en los ingenios.
La concesión de dicho permiso en 1789 incluía también a españoles y extranje ros residentes en la isla, Santo Domingo y Caracas.
Las rebeliones de negros que se sucedieron en el exterior y en la propia Cuba alertaron a las autoridades de la Isla que, temerosas de que pudieran propagarse e imitarse los acontecimientos de la vecina Haití, emitieron bandos en algunos de los cuales -como el bando del «Buen Gobierno» del Conde de Santa Clara-se prohibía la introducción de negros que hubieran vivido en las colonias francesas (2).
Asimismo, de forma paralela se inició una tímida política de coloniza ción a base de población blanca destinada a las zonas aún sin explotar del interior o de la periferia.
Junto a esto se tomaron algunas medidas para evitar el mestizaje, como fue la prohibición hecha en 1791 a los sacerdotes de unir en matrimonio a personas de diferentes razas sin autorización o licencia del Capitán y Gobernador de la Isla(3).
Población y colonización en Cuba en el siglo XIX: 1800-1840 � Diferentes factores contribuyeron en la toma de conciencia de algunos hacendados e intelectuales sobre las ventajas e inconvenientes del trabajo esclavo, cuya polémica en muchas ocasiones versó en torno al tipo de población, desde un punto de vista étnico, más ventajosa para el país.
Entre ellos cabe citar las presiones continuas de Inglaterra a favor de la abolición de la trata, fundamentalmente a partir de 1817, los temores hacia una posible rebelión negra, el miedo a la africanización de Cuba(4), los cambios tecnológicos introducidos en los ingenios, así como la puesta ell; explotación de nuevas tierras.
¡ Hacendados y comerciantes, integrados en las dos instituciones eco nómicas y culturales más dinámicas del momento, la Sociedad Patriótica y el Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio de La Habana, pusieron en marcha numerosos proyectos de colonización.
En 1812 se creó la Comisión de Población Blanca, que desde 1818 se denominó Junta dé Población Blanca, la cual formaba parte de la Sociedad Económica y entre cuyos miembros se encontraban varios de los hacendados más poderosos, pertenecientes a las dos instituciones citadas: José Ricardo O'Farril,° Juan Montalvo, Andrés Jáuregui y Tomás Romay.: Una de las consecuencias de la introducción masiva de esclavos negros -entre 1792 y 1815 se importaron 122.056 africanos-fue el predominio de la población de color sobre la blanca hasta mediados del siglo XIX, así como el abandono de ciertas actividades económicas por parte de la población blanca y la importancia creciente que iba tomando el azúcar corho único ramo productivo, al cual se destinaban todos los esfuerzos.
Este último aspecto está planteado con gran exactitud en la obra de Antonio del Valle Hernández, Sucinta noticia de la situación de esta colonia [Cuba] en 1800(5): «...
La colonia se resiente de la rudeza y novedad de su existencia, las artes mecánicas y liberales están atrasadas y entregadas casi exclusiva mente a las gentes de color por un vergonzoso e inmoral abandono...
Se ha visto que el azúcar es aquí el único ramo que merece consideración, el único que ha prosperado con alguna rapidez, que ha sido exclusiva mente protegido...
Pero las pequeñas labranzas y en general la suerte de los pobres y de la mediana fortuna son las que yacen en un estado fatal...»(6).
Los censos elaborados a partir de 1791 reflejan este fenómeno a la vez que nos acercan al malestar experimentado por los criollos blancos, en creciente minoría frente a la población negra integrada por esclavos y libres: El informe presentado por Antonio del Valle a la Junta de Instrucciones en 1811 ponía de manifiesto el cambio ocurrido en la composición étnica de Cuba a raíz de la introducción masiva de esclavos negros, sobre todo en la jurisdicción de La Habana y en menor grado en algunos partidos de Cuatro Villas y de Oriente.
Esta proporción entre los tres sectores de la población fue aumentando de forma constante.
Durante el mismo caben señalar los proyectos para la fundación de nuevas poblaciones fundamentalmente con familias canarias, a semejanza de lo realizado en otros países de América.
En estos años la mano de obra esclava continuó siendo abundánte y barata, por lo cual no se gestionaron planes de inmigración de trabajadores asalariados.
Por otra parte, la conversión de la economía de Cuba en plantación limitó durante muchos años el desarrollo de otras formas económicas y el fomento de los cultivos agrícolas, de los cuales sólo el café aumentó su producción con la llegada de• los emigrantes franceses procedentes de Saint Domingue ( 11 ).
En estos primeros años del siglo XIX también arribaron a la isla los exiliados procedentes de la parte española de Santo Domingo, invadida por la joven república haitiana.
Con este fin, en 1801 se presentó un proyecto al Real Consulado mediante el cual las familias introducidas se instalaron en Matanzas, Jagua, Trinidad, Nuevitas, Bayamo, Cuba, etc. (12).
También de estos primeros años poseemos otros informes que hacen referencia a la importación de familias españolas residentes en América o en España, elaborados entre 1812 y 1815 (13), algunos de los cuales ponían sus miras en el desarrollo de la parte oriental del país.
Dichos proyectos no llegaron a realizarse al chocar contra los intereses de los hacendados y comerciantes.
Este panorama influyó en que la ciudad fuera el destino de aquellos llegados en estos primeros años (14).
La labor de Alejandro Ramírez al frente de la Real Hacienda, 1817-1825, y del Capitán General José Cienfuegos, marcaron un hito en la política colonizadora cubana, la cual estuvo íntimamente ligada a las concepciones que ambos hombres tenían sobre la estructura económico social de la isla, que distaba mucho de los intereses y aspiraciones de la sacarocracia.
El proyecto de la «Cuba pequeña» puesto en marcha por Ramírez consistía en la formación de pequeños propietarios, agricultores blancos españoles y extranjeros católicos, los cuales harían de muro de contención frente al aumento de la población negra, a la vez de ser la base de una nueva sociedad, con una estructura económica distante a la plantación ( 15).
Para llevar a cabo su plan, Ramírez propuso la aplicación en Cuba de la Real Cédula de 1815 vigente en Puerto Rico, por la cual fueron deroga- das las leyes anteriores que prohibían la domiciliación a los extranjeros (16).
A través de esta Real Cédula, de 21 de octubre de 1817, se concedieron iguales privilegios para los colonos españoles y los extranjeros católicos que se establecieran en la isla, favoreciéndose a aquellos colonos que fueran con sus familias.
A partir de 1818 parte de los gastos de la colonización fueron subven cionados con el impuesto cobrado por cada esclavo negro varón introdu cido, que ascendía a 6 pesos, y, una vez abolida la trata, en 1820, por el arbitrio del 4% sobre las costas procesales.
Los proyectos de la Junta de Población Blanca estuyieron encaminados hacia la colonización de Oriente y la fundación de nuevas poblaciones como Nuevitas, Cienfuegos o Jagua, Guantánamo, Santo Domingo y Reina Amalia, en la Isla de Pinos.
Contemporáneos a estos planes de la Junta, algunos particulares pre sentaron proyectos para la traída de colonos extranjeros, tales como el elaborado por Matías Averoff en 1812 para la importación de alemanes; el plan de Leyva para el transporte de colonos suizos, en 1819; el proyecto ideado en 1819 por J. A. Engelsheim para el establecimiento de 10.000 alemanes, etc.
En cuanto a la estructura demográfica de la isla, a partir de 183 7 se observa un cambio con respecto a los caracteres señalados que se venían sucediendo desde finales del siglo XVill ( 17).
Durante el período comprendido entre 1827 y 1841, la población de Cuba siguió aumentando de manera constante y similar a lo ocurrido en los años anteriores.
Este ritmo de crecimiento, del 3% anual, descendió en los años posteriores a un 1,9%, entre 1841-1861, como consecuencia de la disminución relativa de la población negra (18).
Los años siguientes a la gestión del intendente Ramírez constituyen un período de transición y de menor actividad en la política poblacionista cubana, debido, como ya se ha indicado, a la escasez de recursos con que contaba Ia Junta.
Durante estos años se pusieron en marcha algunos de los proyectos gestionados en la etapa anterior, tales como la creación de colonias -en la Isla de Pinos y en la bahía del Nipe-y la traída de colonos siempre que ello no corriera a cargo de los fondos públicos.
A partir de 1831 la Junta de Fomento de La Habana fue el organismo encargado del fomento de la población blanca, en el cual quedó integrado el Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio.
El éxito obtenido por la Junta en la importación de mano de obra libre procedente de España se localizó fundamentalmente en la traída de trabajadores isleños, frente a los proyectos fracasados con catalanes, vascos o gallegos.
Este hecho corrobora la afirmación de Julio Hernández, quien señala al traba jador canario como el elemento fundamental, cuantitativamente hablando, en la sustitución de la mano de obra esclava por mano de obra libre (19).
La construcción del ferrocarril en Cuba absorbió gran parte de la mano de obra procedente de Canarias (20).
De estos años, 1836 en ade lante, poseemos amplia información sobre las condiciones de vida y de trabajo de los isleños, procedente de los informes elevados a las autorida des por el mal trato y los abusos de los que eran objeto (21 ).
Los testimonios de los trabajadores isleños, así como los del alcalde de Santiago, revelan la consideración que de estos trabajadores tenían tanto las autoridades como los patronos.
Si bien en la contrata firmada en Canarias se establecía el pago del sueldo de forma mensual -que ascendía a 9 pesos, de los cuales había que reducir el precio del pasaje, los gastos ocasionados a la compañía y el pasaporte y el pago de una clínica (22)-, esto se cumplía en raras ocasiones.
Lo mismo ocurría con la alimentación, que de 12 onzas de carne limpia y 10 onzas de pan, según el contrato, se reducía a 8 onzas de carne con hueso y 7 onzas de pan.
Abolida la trata en 1835 se dictaron Reales Ordenes y se tomaron algunas medidas a través de las cuales se trató de paliar las desventajas que la suspensión del tráfico negrero pudiera ocasionar.
Dentro de este contexto, y como forma de controlar la inmigración de trabajadores blan cos, se nombraron como máximos responsables de la política colonizadora a las dos primeras autoridades de Cuba, por la Real Orden de 1838 (23).
En 1842 la Junta de Población Blanca pasó a depender de la Junta de Fomento bajo el nombre de Comisión de Población Blanca.
Con esta nueva política la Comisión de Población Blanca pasó de ser la gestora y promotora de la colonización blanca, a ser el órgano mediador entre colonos o hacendados e inmigrantes.
A partir de la década de 1840 se produjo un cambio en la política poblacionista, que por una parte concedía una mayor libertad de movi mientos y de participación a los particulares y, por otra, hacía hincapié en la necesidad de traer trabajadores libres para realizar las tareas agrícolas.
Fue en estos años cuando el debate en torno al trabajo esclavo y al trabajo libre en los ingenios comenzó a cobrar mayor importancia como consecuencia de la subida de los precios de los esclavos, la fuerte oposición inglesa a la trata especialmente desde 1836 a 1845, los levantamientos de esclavos -la Rebelión de la Escalera de 1844-, y la preocupación de los hacendados por racionalizar la producción (24).
El interés de las autoridades en el fomento de la población blanca se tradujo en la toma de algunas medidas como fue la creación de un nuevo impuesto cuyo importe seria destinado a la colonización blanca, al gravarse con 1 peso cada negro empleado en el servicio doméstico, con 1.1 O reales cada dos negros empleados, etc. Dicho impuesto fue establecido en la Real Orden de 29 de julio de 1844.
Dentro de estas medidas caben men cionar la concesión de premios de la Real Junta de Fomento en 1844 a aquellos hacendados que establecieran poblaciones con familias blancas, así como la creación de una junta o sociedad anónima en La Habana destinada a la colonización (25).
De esta época datan los numerosos planes para la traída de campesinos españoles e irlandeses solicitados por particulares, tales como la memoria elaborada por José María Dau, Ingenios sin esclavos de 1837, en la que ya el autor planteaba la sustitución de la mano de obra esclava en los ingenios por mano de obra libre (26); el plan propuesto en 1841 por Miguel Estorch para la introducción de catalanes; los proyectos de Laureano José de Miranda de 1843 y, en los años siguientes, de Domingo de Goicouria, vocal de la Junta de Fomento y comisionado de colonización blanca en Cuba, para la traída de trabajadores españoles mediante contratas (27).
La lentitud de los proyectos para la importación de trabajadores libres y, muchas veces, el fracaso de los mismos, así como las exigencias del mercado mundial azucarero, provocaron la introducción de trabajadores culíes e indios yucatecos en régimen de semi-esclavitud, a partir de 1847 y 1848 respectivamente.
El reglamento dictado en Cuba, el 1 O de abril de 1849, sobre el trato que debía de darse a los colonos asiáticos, reducía a papel mojado la Real Orden de 3 de julio de 1847, por la cual quedaba aprobada la inmigración de culíes, a la vez que se planteaban las reglas y el buen trato que debía darse a dichos colonos.
Lo cierto es que el asiático se vio reducido a un régimen de semi-esclavitud y su inmigración se convirtió en un tráfico tan lucrativo como había sido el negrero: entre 1847 y 1855 entraron por el puerto de La Habana más de 30.000 (28).
Tras algunas pequeñas limitaciones a la importación de culíes, como la Real Orden de 16 de enero de 1853, el tráfico de colonos chinos fue liberalizado de forma progresiva.
Finalmente, a partir de 1864, la impor tación de culíes se vio reforzada y respaldada con la legalización de dicho tráfico.
La incorporación de culíes y yucatecos al trabajo agrícola supuso un
Asclepio-ll-1991 paso intermedio entre el sistema esclavista y el trabajo libre, a la vez que se intentaba reorganizar el trabajo esclavo en una sociedad que se basaba en la esclavitud como motor económico y pieza clave de su estructura social.
Por lo que respecta la inmigración blanca, ésta también contó con una legislación, al igual que la de chinos e indios yucatecos.
En el Reglamento de 1854, que recogía las ordenanzas dictadas por el marqués de la Pezuela, se estipulaba la entrada de colonos blancos bajo contratas, las cuales podían suspenderse a los cinco o seis años de trabajo, dependiendo de la edad con que el colono contase cuando firmó dicha contrata -menor o mayor de veinte años-.
Bajo este régimen de contratas se introdujo en la década de 1850 un gran contingente de gallegos a través de Urbano Feijoo y Sotomayor.
El proyecto ideado por este autor, titulado Isla de Cuba.
Inmigración de trabajadores españoles, contemplaba la introducción de 10.000 gallegos al año para trabajar en tareas agrícolas durante cinco años.
Una yez rescin dido el contrato, los trabajadores •quedaban en libertad de volver a su tierra o bien seguir trabajando en Cuba como jornaleros libres (29).
Durante la Guerra de los Diez años, en 1874, la Comisión de Población Blanca elaboró un proyecto para la fundación de colonias agrícolas, las cuales serían bases para la colonización y centros de experimentación de cultivos.
Estas colonias estarían integradas por cuarenta o cincuenta per sonas, a quienes se les entregarían mil fanegas de tierra para su cultivo.
Pasados algunos años, los arrendatarios pasarían a ser propietarios de las tierras (30).
En la década de 1870 se acentuaron algunos de los aspectos que en los años siguientes dieron paso al cambio de las estructuras económica y social cubana.
Dentro de éstos, la aparición del trabajo asalariado repre sentó uno de los fenómenos sociales más importantes en la historia social de Cuba del siglo XIX.
Dichos cambios sociales mantuvieron una estrecha correlación con la evolución económica, principalmente con el desarrollo azucarero y con la transformación de las estructuras: concentración y centralización de la propiedad, inserción de la economía en el mercado internacional capitalista, decadencia de la esclavitud como sistema de trabajo y coexistencia del trabajo esclavo y el semiesclavo y aparición de nuevas clases sociales (31 ).
La progresiva disolución de la esclavitud trajo consigo la coexistencia de los dos regímenes de trabajo, principalmente en la industria azuca rera (32).
Terminada la Guerra de los Diez Años, uno de los objetivos del gobierno español fue la instalación de colonias militares en Cuba como medio de control y poblamiento: «que sean baluarte inespugnable y escudo firmísimo de la causa española, y que poblando el territorio de esa• feraz Antilla, aumente de una manera rápida la producción de ricos frutos peculiares de ese suelo (... )».
A partir de 1880 la necesidad de mano de obra se hizo sentir de forma más aguda no sólo en las zonas más pobladas de la isla, el centro y el oriente, sino también en las ciudades y núcleos urbanos donde el desarrollo económico había estimulado la creación de nuevos puestos de trabajo.
La Sociedad de Colonización, creada en 1872, y el Círculo de Hacen dados, de 1878, emplearon parte de sus esfuerzos en esta'tarea, y desde sus órganos de expresión, el Boletín Colonizador y la Revista de Agricultura, iniciaron campañas a favor de la traída de trabajadores libres, cuyo trabajo y salario permitiría al productor cubano reducir los costos.
Desde sus páginas se defendió la colonización blanca como la más conveniente para Cuba, esgrimiendo argumentos racistas a favor de la «superioridad» de la «raza» blanca frente a la negra tanto desde un punto de vista intelectual como moral.
En esta defensa argumentaban que «desde la más remota antigüedad marchaba al frente de la civilización... » (33).
Dentro de esta defensa los hacendados hacían diferenciaciones entre los pueblos, apreciando mejores cualidades entre los latinos, España y Francia, que entre los germanos y anglosajones:
«España y Francia, particularmente, a pesar del cosmopolitismo de que la primera durante los siglos XVI al XVID y XIX ha dado pruebas, poseen una gran facultad de asimilación y son más aptos que aquéllas ( germanos y anglosa j ones) para conservar y civilizar las razas infe riores... » (34).
Dichos argumentos siguieron siendo defendidos a lo largo de los si glos XIX y XX y, en muchas ocasiones, sirvieron como arma arrojadiza contra las «razas» consideradas «inferiores», a las cuales se les atribuyeron toda clase de vicios y vejaciones.
Uno de los proyectos acometidos por el Círculo de Hacendados fue la traída de trabajadores canarios, tras la propuesta elevada por el goberna dor de Canarias al gobierno, en 1878, para que subvencionase el pasaje de familias isleñas carentes de medios para, subsistir en las islas.
La nueva realidad económica y social que venía implícita con la abolición de la esclavitud fue vista por algunos autores, quienes proponían la inmediata sustitución del trabajo esclavo por trabajo asalariado.
En este sentido se encaminaron los esfuerzos de Francisco F. Ibáñez, en 1881, para la creación de cincuenta ingenios centrales, en los que la mano de obra utilizada fuera exclusivamente asalariada (35).
Durante el período de entreguerras se sucedieron diferentes planes de colonización y de importación de braceros, entre los que cabe mencionar el plan elaborado por Manuel Montejo en 1883, quien preveía la constitu ción de una sociedad anónima, bájo el nombre de Empresa de Colonización y de Fomento.
Entre las competencias de dicha empresa se encontraban no sólo la compra de terrenos, sino el establecimiento de agencias de emigración para atraer colonos de Canarias, España, Argelia, Orán e Italia.
Los terrenos, en los que se cultivarían una gran variedad de productos -azúcar, café, cacao, vainilla, leguminosas-, que se combinarían con la cría de ganado, serían arrendados a los inmigrantes durante cinco años (36).
En este sentido también hay que destacar el proyecto ideado por Vicente Vives de Lar� -Proyecto General de colonización civil y militar para esta isla-, de 1883, fundador de una colonia agrícola en Argentina, en 1872, quien quiso trasplantar tal experiencia al campo cubano.
Los gastos de instalación de las colonias agrícolas y militares correrían a cargo del Estado en un 40%, mientras que el resto sería financiado por particulares y a través de la creación de una Comisión Protectora de Inmigración y Colonización (3 7).
La necesidad de mano de obra siguió siendo una constante durante el siglo XX, ya que los diferentes planes del siglo anterior no habían so lucio-• nado el problema y los inmigrantes, si bien en un primer momento iban a trabajar al campo, una vez terminada su contrata, y en época de tiempo muerto, se dirigían a las ciudades, donde, muchos de ellos, se asentaban definitivamente.
A este respecto es de gran interés un artículo aparecido en la Revista de Agricultura, en 1883, cuyo autor, Benjamín de Céspedes, aborda el problema de la despoblación del medio rural y la falta de brazos que se planteaba anualmente.
Las claves del problema radicaban para el autor en las dificultades que el inmigrante encontraba para hacerse dueño de la tierra, y estar sujeto a un salario sin posibilidades de adquisición, frente a las ventajas que, en este terreno, encontraba en el medio urbano, y para lo cual proponía «fijar al colono a la tierra» e «interesarlo en la producción» (38).
Las características propias de los cultivos cubanos, el azúcar y el tabaco, marcaron el carácter estacional de la inmigración destinada a labores del campo, y en la cual los canarios jugaron un papel decisivo.
El carácter temporal de esta inmigración queda comprobado al com parar los datos del censo de población de Cuba -en 1895 la población cubana ascendía a 1.777.000 habitantes-y el elevado número de pasajeros que entraban anualmente en Cuba.
Durante los últimos años del siglo XIX, a partir de la década de 1880, la corriente emigratoria a Cuba pasó a formar parte de la diáspora es pañola y europea encaminada hacia América.
Tanto en los planes de inmigración de finales del siglo XIX, como en los elaborados en el siglo XX, existe una característica común: tras ellos subyace una política demográfica, poblacionista, destinada a la ocupación de nuevas tierras en las que se planeaba llevar a cabo una explotación agrícola.
La Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana diversas partes del mundo en torno a las ciencias naturales, la medicina y otras ramas del saber humano.
Así se dan a conocer los estudios de Gall, las ideas de Malthus, Cuvier, Flourens, Saint-Hilaire, Quetelet, Virey y otros muchos; al mismo tiempo reproducen todo un conjunto de trabajos que tratan sobre diferentes pueblos y razas en cuanto a costumbres, so meras descripciones físicas y descubrimientos arqueológicos.
Naturalmente que no todos los personajes que integraban esta institu ción tenían los mismos intereses, desarrollo cultural o miras sociales y políticas.
En la heterogénea composición de la misma, sólo un pequeño grupo estaba motivado por los adelantos científicos en la primern mitad del siglo XIX; así y todo, los temas científicos fueron aumentando poco a poco en las Memorias de la Sociedad, gracias a las plumas de Felipe Poey, Antonio Bachiller y Morales, Alvaro Reynoso, Tomás Romay, Andrés Poey y otros.
Aparecieron en esta publicación trabajos de historia natural, medicina, psicología, agricultura, astronomía y meteorología, así como otros sobre el descubrimiento de América, la historia de Cuba, traducciones acerca de monumentos antiguos del Nuevo Mundo, viajes y costumbres de diferentes pueblos y razas.
En ese sentido, las Memorias no hicieron más que continuar el tipo de artículos que aparecían en el Diario de la Habana, periódico dirigido durante mucho tiempo por la propia Sociedad.
Sin embargo, uno de los asuntos donde más hizo hincapié dicha corpora ción fue en los de población e inmigración, y en la descripción de algunos pueblos y razas, en cuya exposición y debate esperaba encontrar la res puesta y los medios necesarios para el desarrollo de sus intereses.
Las Memorias de la Sociedad Económica de Amigos del País.
Esta publicación de la Sociedad, que comenzó a ver la luz en 1793 y se prolongó hasta el siglo XX, con algunas irregularidades en su periodicidad, es un diáfano documento donde pueden observarse las ideas, contradic ciones e intereses de determinados sectores de la sacarocracia nacional.
La continua y libre introducción de negros que se producía desde la petición de Arango y Parreño en 1789, se vio enfrentada de pronto con la Real Cédula del 23 de septiembre de 1817 en que se ordenaba la abolición del tráfico de negros.
Para acallar la inmediata protesta y preocupación de los• hacendados cubanos y españoles que continuaban demandando brazos para la agricultura, fue promulgada la Real Orden del 21 de octu bre, en que se autorizaba aumentar la introducción de población blanca en la Isla.
Ambas cédulas fueron publicadas en-las Memorias.
Toda la primera mitad del siglo XIX, según revelan dichas Memorias, está marcada por estas preocupaciones.
U na de ellas fue el temor al número de negros existente en la Isla, que en algún momento podían rebelarse -¿acaso no habían ocurrido ya alzamientos e intentos de rebe lión en diferentes regiones de Cuba?-y cometer masacres como había sucedido en Haití y otras colonias.
Este temor aconsejaba armar a los propietarios, introducir, libres de impuestos, hembras africanas que, al casarse y formar familia con los esclavos anulasen su belicosa actitud, y sobre todo, incrementar la población blanca a base de españoles y canarios; en fin europeos católicos que ocupasen las zonas donde más falta hacían (la región oriental), y para lo cual se recababa la ayuda de los hacendados quienes debían brindar auxilios y facilidades a los nuevos colonos.
Al mismo tiempo las aspiraciones del sector progresista de la Sociedad (aquél que estaba a favor de la diversificación de los cultivos, la introduc ción de maquinarias y la incorporación de brazos asalariados, preferente mente blancos o amarillos, con una mayor capacidad para asimilar el desarrollo tecnológico), opuesto al grupo más conservador y reaccionario ( que defendía el monocultivo, y por tanto la trata y el esclavismo ), luchaba por encontrar una mano de obra barata, dócil e inteligente procedente de Asia, Europa y América*.
Esta preocupación se refleja en los trabajos presentados en las Memorias durante las décadas de los años 20 y 30, y luego en las siguientes.
En los años treinta, por ejemplo, se destaca un trabajo acerca de un «ingenio sin esclavos», donde se habla de la referida introducción de población blanca en otras colonias, con un análisis de las dificultades que entraña, y otros puntos al respecto.
En relación con estos y otros aspectos se comenzaron a publicar los trabajos de estadísticas aplicados al hombre, y específicamente una tra ducción de la obra de A. Quetelet El hombre y el desarrollo de sus facul tades o ensayo de física social, cuyos pasajes aparecen publicados en las Memorias desde 1836 hasta 1839.
También aparecieron otras traducciones de revistas vinculadas con el asunto, como «Estadísticas de las tribus indias de los Estados Unidos de América».
Asimismo se ven reflejados los estudios de población a través de las ideas de Malthus, resumidas por un autor anónimo en 1842, y luego ampliadas y comentadas por Ramón Zambrana en otro artículo publicado en las Memorias en 1864.
En 1842 apareció un artículo -tomado de un periódico del que no se cita nombre-que se refiere, de forma anecdótica, a las clases sobre frenología impartidas por Franz Gall, y que es el único que encontramos en relación con este tópico en el órgano de la Sociedad Económica; tema que por otra parte fue tratado extensamente en estos años en el Diario de la Habana(40).
Se publicaron además en esta década varios trabajos vin culados con la arqueología y la antropología, entre los que puede mencio narse el «Examen de los caracteres distintivos de la raza aborigen de América», de Samuel George Morton, que vio la luz en 1846.
La introducción de los primeros asiáticos en la isla fue recogida en las Memorias desde 1851.
Con ello se abrió un debate en torno a la inmigración y ventajas de los chinos para la industria agrícola en Cuba y en otras colonias europeas.
A través de estos artículos, que además contenían explicaciones sobre las costumbres, población, «razas» y diversos aspectos de los países asiáticos, se intentó interesar a los hacendados en el estudio de la personalidad y carácter de los culíes, lo cual ayudaría, al mismo tiempo, a borrar la imagen producida por el fracaso de 1847, en que se sometió al maltrato y régimen de trabajo excesivo a los chinos (tal y com_ o si fueran esclavos negros), que produjo el suicidio y el crimen entre aquellos infelices, miserablemente engañados.
En general el tema de la colonización fue de continuo tratado en las Memorias en la década del 50.
Aparecieron así los trabajos sobre «Cokmi zación europea de América en los tiempos ante-históricos», del alemán C.A. Zestermann, y las «Observaciones» acerca de la memoria antes citada, por E.G. Squier.
Asimismo continuó abordándose en esta década el tema del origen de los indios americanos -desencadenado por• el artículo de Morton-, publicándose algunos tan relevantes como el de James Kennedy «Sobre el origen probable de los indios americanos y especialmente el de los caribes» (desde 1857 a 1859); «Las tribus indias de los Estados Unidos.
Informe sobre el origen, las costumbres y el estado acutal de los indios» (anónimo); así como algunas otras cuestiones lingüísticas, del cubano Antonio Bachiller y Morales, o de carácter más general como «Los medios de embalsamar de los indios», por Alvaro Reynoso.
Con la incorporación de este químico cubano a la Sociedad se publicaron varias traducciones realizadas por él de los elogios de Flourens a Esteban G. Saint Hilaire y G. Cuvier.
Pero uno de los más interesantes de estos elogios fue el del antro pólogo alemán J.F. Blumenbach, traducido por Ricardo del Monte y pu blicado en las Memorias en 1859.
En la década del 60 se imprimió un importante discurso de Ramón Zambrana leído en el Liceo de Guanabacoa en 1861 ó 1862 -y que detallamos en otra parte-acerca de la unidad de la especie humana ( 41 ).
También en estos años se publicó un artículo anónimo tomado del perió- dico El Siglo, escrito tal vez por su director, Francisco de Frías y Jacott, sobre «La ley de la transmisión hereditariá, mejora de los ganados por medio de la reproducción», en que se destacaban las ideas de Baudement sobre hereditarismo (herencia) y atavismo, vinculados con la cría del ganado.
Como todavía la Sociedad favorecía la inmigración de chinos en Cuba, publicó en sus Memorias las ideas de José Antonio Saco acerca de la esclavitud en China, tomando parte de su obra -en ese momento inédita sobre la Historia de la esclavitud desde los tiempos• más remotos hasta nuestros días.
También vieron la luz algunos trabajos de Bachiller y Mo rales sobre los delitos de la «raza asiática» (siempre dentro de este marco) y de la desmoralización de las personas libres de color.
La crisis económica de la Sociedad -agravada luego por la Guerra de los Diez Años (1868-1878)-hizo que se dejaran de publicar las Memorias desde 1866 (este año se edita el último tomo de esa época) hasta 1877, aunque la institución continuó celebrando sesiones con grandes dificulta des y cambios internos.
Sin embargo, los temas que se abordaron después de esta última fecha derivaron hacia cuestiones históricas generales, hacia materias científicas más aplicadas a la agricultura directamente o hacia otras ciencias, que se alejan de nuestro interés en relación con el asunto que nos ocupa.
La Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana -creada en 1861-comenzó a publicar sus Anales tres años más tarde.
Este hecho pudo haber sido un factor decisivo para que las Memo rias redujesen un buen número de artículos que asumieron aquéllos, por cuanto las principales figuras científicas de la Sociedad como Felipe Poey, Ramón Zambrana, Bachiller, Reynoso, pasaron a formar parte de la Aca demia desde sus primeros tiempos.
Posteriormente la Sociedad Antropo lógica de la Isla de Cuba, creada en 1877, con su Boletín, y el surgimiento de la Revista de Cuba, la Crónica Médico-Quirúrgica de la Habana y otras publicaciones, absorbieron también los asuntos antropológicos, quedando las Memorias, y hasta la Sociedad Económica misma, más ocupada en ciencias aplicadas y temas históricos.
Ideas principales en torno al racismo en la Sociedad Económica
Desde fines del siglo XVIII muchas personalidades cubanas pertene cientes a la Sociedad se habían preocupado por un asunto que se encon traba sobre el tapete político y económico del país: la trata de negros.
V arias de aquellas figuras, y sobre todo en los primeros tiempos, promovían la introducción de negros en Cuba para intentar dar solución al problema de la agricultura cañera que demandaba mayor fuerza productiva.
Tal situación continuaba aún en el siglo XIX.
Mientras algunos como Francisco Arango y Parreño y otros insistían en importar esclavos, un buen número de personalidades, también cubanas, como Félix Varela, Tomás Romay, Domingo del Monte o José Antonio Saco (y aun el arrepentido Arango) promovían la incorporación blanca a la isla para contrarrestar el peligro que los negros repre. sentaban, y al mismo tiempo desarrollar la agricultura.
Ellos, en sentido general, se preocup�ron por analizar la cuestión más bien desde el punto de vista político, económico y social, y no propiamente científico.
Es probable que en relación con los negros compartiesen las ideas típicas de su época, como la de cierta inferioridad intelectual de los mismos, las mezclas de sangre (recuérdese lo de negro cuarterón, ochavón) y otras ( 42).
Pero en cuanto a su posición política se manifestaron en general en contra de la trata y a favor de la abolición gradual del escla vismo, como muchos compatriotas y extranjeros.
La excesiva explotación y horrores de la esclavitud, así como la aboli ción de tan brutal sistema en Francia e Inglaterra, despertó en nuestro país -favorecido por la presión que ejercían estos países sobre España un movimiento abolicionista significativo que encontró eco en la literatura de la época, de la cual son fieles reflejos el Francisco de Anselmo Suárez Romero, y más tarde El negro Francisco de Antonio Zambrana.
La supre sión de la trata por aquellos países no eliminó la esclavitud, como se sabe, sino que continuó de forma clandestina y más inhumana, aún, durante muchos años, pues, perseguidos los barcos negreros, descargaban a veces sus cargamentos en una isla desierta o en eJ fondo del mar, sin preocuparse por la muerte o el destino de cientos de seres humanos.
Pero esto es historia conocida.
Tan interesantes como las ideas de las figuras mencionadas (de las cuales no nos ocuparemos, pues han sido ya abordadas por otros investi gadores) resultan las de otros representantes de la Sociedad Económica, cuyos criterios se manifestaron a través de traducciones y trabajos que se publicaron en las Memorias.
Tales trabajos se debieron más a hombres dedicados a las letras que a estudiosos de las ciencias naturales.
U no de los aspectos donde se observan las ideas racistas de algunos autores extranjeros, tiene que ver con el origen y antiguo poblamiento de América y las Antillas.
Tal es el caso, por ejemplo, del «Examen de los caracteres distintivos de la raza aborigene (sic) de América»( 43 http://asclepio.revistas.csic.es ideas de este antropólogo poligenista norteamericano, comienzan por este artículo y no por su famosa obra Crania americana, publicada en 1839.
El traductor de aquel trabajo de Morton fue el habanero José María Cálvo y O'Farril, quien pertenecía a la sección de agricultura de la Sociedad Eco nómica de La Habana.
Había sido regidor en 1843 y ostentaba la gran Cruz de la Real Orden Americana, y tenía en su haber una Cartilla rústica para las Escuelas, que sólo contenía -según Carlos M. Trelles y Antonio Bachiller y Morales-meteorología e introducción (44).
En la introducción que añadió Calvo y O'Farril al trabajo de Morton, se manifestaba partidario de la unidad de la especie humana, no por ser una verdad religiosa, sino porque también lo es fisiológicamente.
Esta unidad considera a los distintos grupos de hombres como razas o varie dades, las cuales se forman por alteraciones del color, cabellos y estatura, a causa del clima, la alimentación y otros factores, pero en esas variedades de la especie humana «jamás se han observado alteraciones orgánicas que puedan justificar la existencia de diferentes especies de hombres» ( 45).
Su concepto de especie como «conjunto de seres orgánicos que tienen un mismo tipo de organización, nacidos unos de otros, y capaces de engendrar otros iguales», lo tomó Calvo de Cuvier (según consigna en una nota el propio José María), en quien indudablemente se basó para hacer su intro ducción.
Como Morton, aboga por una población autóctona de América que, aunque con diferentes características en cada región, era en esencia de un mismo tipo para todo el continente, es decir, «una sola raza distinta a las demás».
Difiere de aquél en que era partidario de la dispersión de los americanos a partir de las emigraciones asiáticas -cosa que niega Mor ton-pues así lo demostraban el Antiguo Testamento y la filosofía natural.
«Si la idea del autor (Morton) es probar que la raza americana se pierde en la antiguedad de los tiempos pudiendo haber sucedido, como afirma al final de la obra, que la población de América es contemporánea con la dispersión de los pueblos, de manera que por algún acontecimiento ignorado hasta ahora no se sepa qué pueblo fué el que se trasladó á la América, no pudiendo decirse que los caracteres etnográficos de las razas conocidas convengan con los aborígenes del titulado Nuevo Mundo, po dríamos admitir su hipótesis: pero si quiere probarnos que la América se ha poblado sin que absolutamente haya tenido comunicación con el con tinente asiático, bien por el lado Noroeste, bien por el Este, entonces sería preciso suponer que simultáneamente se crearon diferentes especies de hombres, y que una de estas fué destinada por el Supremo Hacedor á Asclepio-II-1991 poblar la América, lo cual es un error victoriosamente destruido por el Viejo-Testamento, y contrario á la tradición inmemorial, y á las doctrinas actuales de la filosofía natural sostenidas por los más eminentes sabios de la época»(46).
Con este párrafo, Calvo dejaba bien claro que él no aceptaba la for mación de una raza o especie autóctona de América, y además destacaba la ambigüedad que se traduce en el trabajo de Morton en cuanto a este aspecto.
En verdad Morton defendió la existencia, desde un extremo a otro del continente, de una raza india cuya fisonomía es «tan constante y uniforme como la del negro».
Así, aunque reconocía que había ciertas diferencias en cuanto al color de la piel y la estatura de los indios, éstas eran excepcionales, pues todos tienen el mismo tipo, es decir, poseían idénticos caracteres físicos fundamentales (pelo largo, liso y negro, ojos apagados, labios gruesos, nariz prominente y ancha, cabeza cuadrada y redonda, occiput aplastado o vertical, prominentes carrillos, anchas órbitas y la «siempre pequeña y retrocesa frente»).
Estos caracteres se encontraban más o menos con la misma extensión en todos ellos, no sólo en los cráneos modernos sino también en los antiguos -peruanos, mejicanos-y tribus salvajes actuales.
Como puede observarse fácilmente, los caracteres físicos enumerados por Morton son muy superficiales.
En cuanto a los caracteres morales de los indios, Morton los conside raba primitivos, algunos de ellos innatos: como la crueldad, la maldad, la indolencia e indiferencia ante la propiedad particular; su inteligencia es infinitamente inferior a la de la «raza mongolesa», que por supuesto se halla muy por debajo de la blanca europea.
La «escasez intelectual de las tribus salvajes», que es lo general -opina Morton-, se contrapone con algunos «oasis» de naciones semicivilizadas, tales como la de los peruanos al sur, los mejicanos al norte y los muiscas de Bogotá, con grandes monu mentos y construcciones.
Como para él los progresos de la navegación eran una de las señales más evidentes de la civilización y poi/tanto de la inteligencia, basaba en este aspecto sus ideas racistas al afirmar que los caucásicos mostraban un buen testimonio de ese alto desarrollo, mientras que los mongoleses y malayos carecían de inventos mecánicos que requi rieran conocimientos matemáticos, «a la vez que son incapaces de las combinaciones mentales que son indispensables para tener un conoci miento completo de la navegación»(47), Por su parte «el negro imita bien cuanto ve, adquiere pronto las cualidades de un buen marinero, pero pocas veces llega a mandar un buque y la historia nada nos dice de los progresos de esta raza en el arte de navegar» ( 48).
Como puede colegirse fácilmente, Morton confunde el nivel de desarrollo de estas tribus con el grado de inteligencia de sus componentes al compararlos con los de los países civilizados, lo cual habían hecho otros antes que él (y también después) para justificar su ideología colo nialista.
Asimismo hacía referencia a la influencia del clima como agente embrutecedor de indios y esquimales, destacando algunas tribus superiores a otras en el grado de inteligencia de acuerdo con las condiciones meso lógicas.
Morton también creía que el cerebro era más pequeño en los animales y en las razas humanas inferiores, y estimaba al hombre blanco como rey de la creación, superior por su lenguaje, moral, inteligencia y religión, y por instalar y mantener sus colonias en diversas partes del mundo (49).
En el marco de las discusiones acerca de las poblaciones primitivas del poblamiento de América en períodos remotos, se esgrimieron muchas hipótesis durante el siglo XVIII y gran parte del XIX.
Así, se atribuían las primeras migraciones a normandos, chinos, americanos, europeos.
Y como ya se vio, en el caso de Morton, hasta se esgrimió la posible presencia de una raza típica de América.
Una de las hipótesis que en relación con este tema se publicó en las Memorias fue la de C. A. Zestermann, titulada «Memoria sobre la coloni zación europea de América en los tiempos ante-históricos» (50).
Esta me moria fue traducida -dice una nota a pie de página-por el profesor W. Turner y se publicó en un folleto por la Sociedad Etnológica Americana en abril de 1851, con algunas observaciones críticas por E. G. Squier.
Zestermann, guiándose por los estudios hechos por Squier sobre objetos arqueológicos y esqueletos hallados en túmulos en América y Europa -los cuales compara-llega a la conclusión de que la colonización de América fue realizada por medio de la migración europea, aunque se basa también en otros aspectos como en las tradiciones, creencias y lenguas de las tribus indias.
Esta raza caucásica que llegó a América tenía, por supuesto, caracteres superiores de inteligencia, además de su blanco color.
Por ejemplo, Quetzalcoatl, uno de los dioses de la mitología -mejicana, era de piel blanca, alto, de barba y pelo largo; o sea, un europeo de cualidades superiores.
Más lógico es el trabajo «Sobre el origen probable de los indios ameri canos y especialmente el de los caribes» de James Kennedy, traducido por el matancero Néstor Ponce de León(51).
Kennedy niega la hipótesis de un poblamiento de América por alemanes, noruegos e irlandeses, y estima que el mismo se produjo por diversas migraciones provenientes de varias partes de Asia, algunas de las cuales es probable que se hubieran Asclepio-Il-1991 mezclado con naciones y tribus africanas.
Rebate asimismo la existencia primitiva en América de «razas» ya extinguidas y que se basan -según algunos autores-en la forma y antigüedad de algunos cráneos y en ciertas «construcciones» efectuadas por algunas tribus.
En cuanto a estas últimas le parece incierta su antigüedad, y en cuanto a los cráneos ha buscado en vano -dice-uno acondicionado y reconocido que muestre los caracteres típicos de un griego, un. romano o un inglés de más de 2.000 años de antigüedad, a partir de cuya edad duda puedan conservarse los restos óseos.
Las ideas de Kennedy se oponían a muchos de los criterios de Morton, muerto en 1851.
En 1859 apareció un resumen en las Memorias sobre la investigación que realizó una comisión dirigida por Henry Schoolcraft ( encargada por el Congreso de Estados Unidos) acerca de las'tribus indias de ese país.
Los aspectos que debían estudiar eran la historia, astronomía, arqueología, religión, costumbres, y el estado intelectual• así como el interés más directo: «insinuarse a toda costa en la intimidad de las tribus á fin de ganarlas á la civilización e incorporárselas» (52).
El trabajo, que comenzó en 1847, se concluyó tres años y medio después, o sea, en 1850, resultado del cual fue un informe contenido en tres volúmenes.
En el mismo, según el resumen publicado en las Memorias, se alertaba sobre la futura extinción de estos grupos, pero se hablaba también de la indolencia e indiferencia de los indios ante la civilización ( que los blancos consideran un beneficio), aunque en algunos párrafos consignaban que «la mayor parte de esas tribus parecen condenadas a perecer víctimas de la civilización que por todos lados la rodea».
Ya sabemos a qué clase de civilización se refieren.
Creían a los indios oriundos de Asia por sus semejanzas físicas y costumbres, o procedentes de las orillas del Indo y pertenecientes a una sola raza en ambos continentes, basándose entre otras cosas en el tipo de cabellos.
Bajo el aspecto intelectual y moral se observa «en todos ellos la inexplicable contradicción de una inteligencia muy viva en los individuos y una ausencia completa de progreso en la especie»(53).
Se señalaban aquí cualidades positivas, mezcladas con algunos aspectos considerados como bárbaros, vistos desde la «civilización blanca».
En estos estudios se observa un uso indiscriminado de los términos raza y especie, lo cual es común en el caso de todo el siglo XIX.
De igual manera se le denominaba raza india al conjunto de tribus que a una tribu en específico; y también indistintamente raza y especie india.
Lo mismo sucedía con los pueblos.
Así es frecuente encontrar los términos de raza judía o hebrea,. española, y hasta raza rubia y trigueña como veremos a continuación.
Inmigración y raza superior
Otro de los aspectos en los que se hacía hincapié en la Sociedad era el problema de la inmigración y la necesidad de una raza que fuera superior en cuanto a la inteligencia (preferiblemente blanca o en su defecto ama rilla) y que ofreciera resistencia al clima.
En ese sentido se publicaron varios trabajos que se basaban en las experiencias obtenidas con la intro ducción de asiáticos en Cuba en 1847 y anteriormente en otras colonias, a través de la traducción de informes y escritos de autores como Leonard Wray, Jurien de la Graviere, entre otros.
En algunos de estos trabajos se contraponía la inteligencia de los asiáticos a la de «esos estúpidos africa nos», así como las cualidades físicas y morales de los primeros en relación con los segundos, destacándose incluso que aquéllos estaban apartados además de las ideas de «hombres turbulentos», proclives a las revoluciones; es decir, no había que temer al chino como al negro.
Se aludía también a la adaptabilidad del asiático al clima tropical, como se había demostrado en las islas Filipinas y en otras partes del mundo.
Por otra parte, se exponían algunos de los beneficios resultantes de la introducción de mu jeres chinas, aptas para las labores domésticas -no para las del campo-, y con las que se crearía «una raza pura y laboriosa criollada china» en la India, país al cual se refería el autor del artículo (54).
Este y otros trabajos donde se trataba acerca de la geografía, historia y costumbres de los chinos, sirvieron de base ideológica para la numerosa introducción de asiáticos en Cuba en los años posteriores a la fecha señalada.
Al mismo tiempo se promovían otras ideas, así por ejemplo, las del médico francés Bordichon, cuyo trabajo «Inmigración en los países cálidos» fue traducido por Miguel Pons Guimerá.
Pons envió la traducción al químico español y miembro de la Sociedad, José Luis Casaseca, el 12 de junio de 1854, quien la publicó en las Memorias de esta institución(55).
Bordichon intentaba explicar científicamente -basándose en las caracte rísticas de la piel-la propensión a ciertas enfermedades de algunas razas y además que la «raza trigueña» era la más adaptable a las condi ciones climáticas de las Antillas, mientras que la «raza rubia» era la peor.
Las condiciones naturales de la «raza rubia» que iμipedíari a sus integrantes dedicarse a la agricultura justificaban, según Bordichon, la esclavitud: «la imperiosa ley de la necesidad le obligó a acudir a la esclavitud de los negros».
La teoría colonialista de Bordichon se hace más evidente al recomendar qué clase de colonos y soldados se debían enviar a las pose siones en Argelia ( él era médico en Argel) y las Antillas.
Los conceptos aquí manejados de raza pura, mezcla de razas, y superioridad de unas sobre otras, para apoyar sus criterios colonialistas son demasiado trans parentes como para detenermos a subrayarlos.
Dentro de los intereses de la Sociedad por traer población blanca a la isla se incluyó también la posibilidad de introducir aquí la «raza alemana».
Sin embargo, las razones que se aducían para ello no fueron antropológicas sino más bien culturales y de otra índole, no obviándose los buenos resultados obtenidos en ese sentido por países como Brasil y Estados Unidos donde habían emigrado y fomentado el comercio y la agricultura.
Corren paralelos con estas ideas alguno que otro trabajo sobre la esclavitud, como el de Jacobo de la Pezuela, sobre las ideas de Molinari acerca de la esclavitud en Estados Unidos, en el que se abordaba el problema de la cría de negros (56).
Este trabajo, más o menos crítico, revelaba la existencia de una grosera similitud entre los esclavos negros y el ganado, por la forma y medios en que eran tratados aquéllos.
En él abundaban los criterios de raza pura, sangre superior, fecundidad de las hembras, reflejo del desprecio que sentían los hombres blancos por los negros.
También de connotada filiación racista eran algunos artículos tomados de la prensa francesa, que so pretexto de interesantes, introducían ideas racistas• y colonialistas, así como la simbiosis que pretendían los represen tantes más retrógrados al intentar fundir la ciencia con sus intereses.
Nos referimos a los niams niams u hombres con cola, que se «creía» formaban parte de determinadas tribus africanas.
A éstas se les describía compa rándoselas de continuo con los monos, y señalando que eran exterminadas por hombres blancos o por otras tribus.
También aparecieron descripciones de negros aislados que poseían estos aditamentos, y que conjugaban con una alta ferocidad, dientes limados y por supuesto la antropofagia, que los hacía inservibles hasta para la esclavitud (57).
Los criterios de algunos de estos autores que mezclaban aspectos • biológicos (la aparición atávica de algunos remanentes de cola, que como bien se apunta en alguno que otro artículo, pueden surgir en individuos de diferentes razas) con la fantasía y «credulidad» de personas racistas, ideólogos del colonialismo, que consideraban posible la existencia de tribus completas de negros con una cola de 40 centímetros, es tan pueril que no merecería señalarse aquí si no fuera porque a mediados del siglo XIX se daba pábulo a toda una serie de asuntos que, como éstos, se incluían en el sustrato científico de la época.
La Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana, aunque interesada en los problemas de la producción agrícola, fue un importante divulgador -a través del Papel Periódico, el Diario de la Habana y las Memoriasde algunas de las ideas antropológicas y arqueológicas más significativas de su época, sobre todo de autores extranjeros.
Llenó así el período comprendido desde fines del siglo XVID hasta pasada la primera mitad del XIX en que surgieron las dos corporaciones que impulsaron el desarrollo de estas ciencias en Cuba: la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y N � turales de La Habana y la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba.
Su interés por las ciencias aplicadas a la agricultura, la industria y el comercio, fue más allá del aspecto divulgativo, pues favoreció y creó diferentes instituciones científicas como el Jardín Botánico, el Museo Anatómico de La Habana y el Instituto de Investigaciones Químicas, que contribuyeron al avance de estas ciencias.
La labor de la Sociedad, los libros que se traducían y llegaban a Cuba, la enseñanza impartida por la Real Universidad de La Habana, el Seminario de San Carlos, el Liceo de La Habana y las instituciones antes mencionadas, así como los viajes de hombres de ciencia a Franéia, España y Estados Unidos, ayudaron a conformar un panorama que refleja a las claras el movimiento científico que se manifestó en Cuba en la primera mitad del pasado siglo.
El racismo que se observa en los trabajos que publica la Sociedad es resultado de la ideología colonialista de éstos, incentivados sólo por el ánimo de divulgar las temáticas que apoyan sus intereses, entre las que se encuentran el aumento de población blanca en la Isla para lograr así la introducción de una fuerza productiva más «dócil e inteligente», que alejase los peligros del i:O: cremento de la raza negra y sus futuras consecuencias.
Estos trabajos incluyen aspectos que van desde criterios muy generales de la época, como las razas puras, la inferioridad de unas y la superioridad de otras, hasta la incapacidad intelectual de ciertos grupos y razas, la presencia de cola, y un grado de salvajismo tal que haría excusable la esclavitud.
La Habana; FRIEDLAENDER, Henrich ( 1978): Historia económica de Cuba.
2 vols. La Habana; LE R1vEREND, Julio (1974): Historia económica de Cuba.
(2) ToRREs-CuEVAS, Eduardo y SoRHEGUI, Arturo (1982): José Antonio Saco.
Acerca de la esclavitud.
(3) Ibídem (4) Como indica Moreno Fraginals, si bien el trabajo esclavo en un principio fue el motor de la producción azucarera, ya en la década de 1820 aparecieron los primeros síntomas de Asclepio-IT-1991 161 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es descomposición de este sistema de trabajo, que se agudizaron con los cambios tecnológicos y la elevación de los precios de los esclavos. |
La serie de expediciones, comisiones y viajes que España llevó a cabo en la segunda mitad del siglo XVIII supuso el redescubrimiento de buena parte del territorio americano.
En los albores del siglo XVI la conquista de tan dilatado espacio se había producido por el descabalamiento de los más importantes centros del poder indígena, la denominada América nuclear, donde fue inmediato el asentm: niento de los recién llegados.
El salto al continente determinó el abandono de las islas donde éstos se habían aclimatado y desarrollado una primera experiencia comercial con no mucho éxito (la explotación del oro aluvional).
En el continente, fuera de las áreas principales estructuradas en torno a la extracción de metales preciosos, se extendía un mundo sin explorar que sólo poco a poco y por distintas razones de índole política y económica interesó a la Corona conocer y controlar cuando le fue posible contar con medios para ello.
Pero en esta tarea España no estaba sola.
A la internacionalización del mar Caribe en el siglo XVII, con la adquisición por parte de ingleses, franceses, holandeses e incluso daneses de casi todas las pequeñas Antillas * Trabajo realizado dentro del proyecto PB87-04620C0S-05. de la DGICYT
_.-, Menores, prosiguió en el siglo siguiente un acosamiento generalizado a las zonas marginales y fronterizas del imperio, más vulnerables por su menor capacidad defensiva.
Preocupaba a los españoles la intrusión de extranjeros en las costas norteamericanas del Pacífico, aguas por donde atravesaba la ruta de regreso del galeón de Manila, así como el creciente interés que despertaban las islas Malvinas y que pronto se extendió a todo el vértice sur.
Los esfuerzos por mantener el control de los territorios se harían al compás de los nuevos objetivos marcados por la política de la recién instaurada dinastía borbónica, entre los que no se descartaron los desti nados a colonizar aquellas áreas marginales de frontera ( 1) y a conocer el verdadero alcance de sus recursos.
Las Expediciones como instrumentos del Reformismo
El ambicioso programa de reformas políticas, militares, económicas y administrativas que se inició en el siglo XVID adjudicaría a la larga a España el papel de metrópoli y a los Reinos de Indias el de Provincias de Ultramar.
En este marco era necesaria una marina potente y eficaz para mantener la unidad y la comunicación de los distintos dominios de la Corona, y aunque perdida en buena parte la tradición marinera española, fue recuperando el prestigio durante el siglo XVill con la incesante cons trucción de navíos y la formación de oficiales adiestrados en las nuevas técnicas cartográficas.
La política expedicionaria española varió en cuanto al carácter pri mordial de sus empresas.
Del conocimiento, búsqueda y explotación de recursos naturales que representan las expediciones botánicas de los años sesenta y setenta principalmente, se pasó en los últimos veinte años de la centuria a la intensificación de viajes y comisiones destinados a perfilar costas, describir derrotas más rápidas y seguras y realizar un levantamiento cartográfico riguroso de zonas concretas.
Los mapas de gabinete elabo rados con datos aproximados no habían cubierto nunca las necesidades de exactitud en las derrotas de los buques y además sobre el papel se podían cometer errores intencionados en la ubicación de zonas de interés.
Al amparo de las nuevas técnicas astronómicas los observadores de la flora y la fauna del continente americano fueron sustituidos por los mari nos que, reloj en mano, medían distancias y fijaban su mirada más en el cielo que en la tierra y cuyos navíos se dirigieron a las zonas de mayor
El Caribe en la coyuntura internacional
La política internacional del siglo XVID estuvo presidida por un teórico antagonismo francoinglés que en la práctica consiguió arruinar el tan decidido como inútil intento español de defender sus colonias.
La intermitente lucha armada en Europa se tornó continua en el territorio americano, donde las potencias europeas mantenían bases de explotación y permanente acoso al comercio español, que desde 1765 venía ampliando los intercambios entre puertos peninsu lares y americanos y que culminó en 1778 con la promulgación del Re glamento de Comercio Libre.
Esta concurrencia de intereses era patente en el Caribe, donde la conquista británica de La Habana en 1762 obligó a España a tomar conciencia de las acuciantes necesidades defensivas.
Por ello La Habana recibió una fuerte guarnición de tropas peninsulares, fue sólidamente fortificada, su astillero se convirtió en el mejor y más activo de ultramar, se crearon milicias en toda la isla y la remozada capitanía general de Cuba comenzó a funcionar como gobernación militar eficiente y centro del dispositivo estratégico español en el golfo de México (2).
Además que daba claro que cualquier conflicto entre los diferentes países se dirimiría, antes o después, en este «teatro» que eran las aguas de las Antillas donde todos estaban presentes.
Entretanto y al hilo de la guerra o de la paz, las marinas europeas lograron dar un impulso notable a las técnicas de representación que constituían una de las bazas del triunfo al permitir a sus hombres un conocimiento directo de lo que seria el campo de batalla.
En lo que a difusión de conocimientos geográficos se refiere, España había seguido siempre una política de sigilo que dio lugar a una orfandad cartográfica muy perjudicial con la utilización de cuarterones antiguos provenientes del extranjero.
El hallazgo del método para averiguar la longitud en el mar (3) facilitó las empresas científicas y los barcos es pañoles, guiados por oficiales especializados en mediciones astronómicas, fueron destinados a representar con datos más exactos la realidad.
Durante la guerra contra Gran Bretaña (1778-1783) en apoyo de los revolucionarios de las Trece Colonias, España mantuvo una escuadra en Asclepio- IT-1991 aguas del Caribe cuyos marinos padecieron las deficiencias de los planos y mapas que manejaban.
Por ello muchas voces se alzaron en demanda de reconocimientos precisos de una zona tan vital para la defensa del continente.
El final de la guerra coincidió con el nombramiento de Antonio Valdés en la Secretaría de Marina e Indias y con el inicio de un ambicioso programa hidrográfico en el que• el Caribe sería un objetivo esencial.
En este sentido Valdés recibió varias propuestas (4) para llevar a cabo el levantamiento cartográfico de América Septentrional, desde Boston a la isla de Trinidad, que cristalizaron en una expedición destinada exclusi vamente a levantar planos del golfo de México, Florida, Tierra Firme y Antillas que iniciaron Cosme de Churruca y Joaquín Francisco Fidalgo en 1792.
Este plan general de reconocimientos del área del Caribe, gestado en los últimos años de la década de los ochenta, constituye el marco para la expedición que, organizada a menor escala y destinada a la búsqueda de madera y a levantar los planos de las costas orientales de Cuba en 1790, se realizó al mando del marino V entura Barcaiztegui.
La importancia de Cuba.
Por su posición en el golfo la isla de Cuba fue una base importante para la navegación y el comercio.
En consecuencia, sus ciudades portuarias fueron desde los primeros tiempos una estación de reparación de los barcos que traficaban por el Caribe y con España, siendo el territorio además un intrincado bosque de maderas preciosas: ébano, caoba, cedro, dagame, quiebrahacha, etc. Con la creación del astillero de La Habana se construyeron en pocos años 128 navíos de todas clases y se realizaron enormes envíos de madera a la península de acuerdo con la nueva ley de protección forestal, los denominados Cortes del Rey, que quedaron asen tados en la Ley 13, título 17 del Libro 4 de la Recopilación de Indias (5).
Junto a la madera, la isla era importante por sus exportaciones de cueros y carnes porque el azúcar, base de su economía posterior, se desarrolló muy tardíamente y el tabaco se producía en la zona occidental e incluso en el oriente, con Mayarí como centro principal (6).
Por el conocimiento parcial que se tenía de la isla de Cuba, en especial de los puertos y las costas de la parte occidental, no se llevó a cabo una expedición general.
Su importancia residía en su posición, centro de avi tuallamiento y el mejor comunicado con la península y por tanto la gran mayoría de los navíos arribaban a su puerto y recorrían sus costas.
Lógi-camente la parte sur y oriental tuvo un desarrollo distinto al quedar fuera de la derrota habitual de los barcos, destacando sin embargo dos puertos: Nuevitas y Santiago de Cuba (en cuyos alrededores había esta blecidos ya a mediados de la centuria 38 ingenios de azúcar).
En 1765 el Intendente de Marina de Cuba, responsable de la adminis tración militar, de la dirección del astillero de La Habana y el primer cargo de esta clase que se estableció en América (1756), entonces conde Macuriges, comisionó al primer piloto de la Armada Francisco María Celi a hacer reconocimientos de maderas en la costa norte, desde Nuevitas hasta Matanzas, con el examen del canal viejo, arrecifes, etc. La comisión tuvo lugar desde mayo a octubre de 1765 y se realizaron los planos de los puertos de Sama (fechado en 1766), Gibara, Bariay, Naranjos, Nipe, Tana mo y Nuevitas (7).
Hasta casi una década después no hemos encontrado otra empresa destacada en la parte oriental de la isla.
En 1773 Juan Bautista Bonet, Jefe de Escuadra de la Real Armada y Comandante General de• La Habana, ordenó al segundo piloto Marcos de Aragón el levantamiento de los puertos de Sama y Puerto Padre (8).
El mismo tiempo transcurrió hasta que el teniente de navío José de San Martín hiciera lo propio con el puerto de Guantánamo (además de los de la parte occidental y central de La Habana, Casilda y Chorrera), esta vez a las órdenes de José Solano y Bote (9).
La expedición ya citada de V entura Barcaiztegui es la primera de importancia destinada a la isla y gestada en la península como parte del programa hidrográfico que había arrancado en 1783 y en el que había dos máximos responsables: Antonio Valdés y José de Mazarredo.
Este último, tras ser nombrado en 1786 comandante de las Compañías de Guardias Marinas, tomó parte en cuanto viaje científico se realizó, ya a propuesta suya, ya mediando su opiI:úón.
De igual modo todas las empresas científicas en las que los objetivos cartográficos eran los fundamentales estuvieron al mando del reducido grupo de marinos especializados en las nuevas técnicas (10), en su mayoría apr; ndidas a través del curio de Estudios Mayores que se estableció a instancias del propio Mazarredo en 1783 (11).
No tenemos datos que prueben que Barcaiztegui realizó el cur so; sin embargo sabemos de sus amplios conocimientos en matemáticas.
Ventura Barcaiztegui y Urbina y la expedición «secreta»
Fue de todos modos Barcaiztegui uno de los oficiales que formaban parte de aquel reducido círculo de los marinos «científicos».
Nacido en Asclepio-Il-1991 San Sebastián, había entrado de guardia marina en la Compañía de Cádiz en 1776 y fue trasladado a la de Cartagena en 1777.
En 1778 era alférez de fragata y embarcó a las órdenes de Mazarredo en el San Juan Bautis ta; ascendió a alférez de navío en 1781, a teniente de fragata en 1782, ejerció a las órdenes del Jefe de Escuadra Fernando Daoiz, escuadra mandada por José de Córdoba, y realizó un viaje a Cartagena de Indias en la fragata Nuestra Señora de la Paz al mando de Federico Gravina..
Ocupó el cargo de ayudante de la Compañía de Guardias Marinas de Cartagena desde abril de 1783 y durante cinco años.
En este tiempo José de Mazarredo dio curso a la propuesta de carácter reservado de realización del Atlas de la América Septentrional y en lo que a sus posibles partici pantes se refiere, señalaba lo siguiente:
«Uno distinguidísimo para el intento es mi Ayudante Don Ventura Barcaiztegui hoy encargado del mando de la Compañía y que al cabo de cuatro años de fijación en ella, en que a más de su buen desempeño ordinario se ha atareado a las Matemáticas con mucho aprovechamiento, será muy justo tenga otras ocupaciones con que formarse el oficial que aspira a ser, muy dotado desde ahora del despejo, firmeza e inteligencia Marinera para el mando de qualquier embarcación, con otras calidades que le colocan entre lo más distinguido de las clases subalternas» (12).
En 1788 obtuvo el grado de teniente de navío y fue requerido por Alejandro Malaspina para su expedición alrededor del mundo que se iniciaría al año siguiente, pero Mazarredo logró que Barcaiztegui desem barcara a causa de su necesaria presencia en la Academia, lo que se verificó el 16 de diciembre de 1788.
Al mismo tiempo, aunque con cierta lentitud debido a los numerosos viajes en preparación, se iba gestando la expedición del Atlas de América Septentrional y los entendidos daban su parecer.
Vicente Tofiño (13) insitía en la necesidad de un «examen prolijo de la isla de Cuba en todas 'sus dependendas del canal viejo y el de Bahamas» ( 14), lo que no aumentaría las escasas e inexactas noticias que se tenían de la parte oriental de la isla.
Así pues, como primera etapa de un ambicioso proyecto cartográfico, se organizó la expedición dé Bar caiztegui que fue tildada de «secreta» en las Instrucciones (15) encomen dadas en 1792 a los comandantes de las divisiones del Atlas, los citados anteriormente, Churruca y Fidalgo.
Siendo el objetivo principal de la expedición el levantamiento hidro gráfico de las costas, se añadía el no menos importante dedicado al estudio de los recursos forestales para la construcción naval.
Como era usual Mazarredo fue el encargado de proponer al oficial idóneo para llevarla a cabo, decisión que recayó en V entura Barcaiztegui, a quien se le confirió el mando del paquebote Santa Casilda el 6 de noviembre de 1789.
Asi mismo determinó el embarque de su ayudante y sobrino, Francisco de Moyúa y Mazarredo, natural de V ergara, nacido en 17 64.
Resuelto su nombramiento para participar en la expedición a Cuba, obtuvo en 1790 el grado de teniente de navío.
Conocemos pocos nombres de los otros participantes ( 16) y los que mencionamos nos han llegado a través de informes que envió a España el mismo Moyúa.
Así pues encontramos al capellán, un tal Juan Pedro He rrera (17), y dentro de la clase de los oficiales, únicamente el infortunado teniente de fragata Benigno Gamazda, muerto en 1791, y el alférez de fragata Pedro Porsata (18).
Destacaron en el transcurso de la expedición dos prácticos de navegación de las costas y cayos cubanos: el experto en el Canal Viejo y residente en Baracoa, José de Acosta, y el especialista en la costa norte y sur, José de Sosa, para quienes al finalizar la comisión solicitaba Barcaiztegui ( 19) autorización para usar los uniformes de prác ticos de costa, habida cuenta que tenían aprobada la materia por exámenes realizados en La Habana.
Igualmente una de las personas sobresalientes de la expedición fue sin duda el cirujano, para quien Barcaiztegui también pedía a la vuelta una gracia, el aumento de sueldo, ya que las enfermeda des hicieron pronto aparición afectando a la mayoría de la tripulación y hubo de establecerse un hospital en tierra, donde solamente contaron con los auxilios del barco al hallarse lejos de cualquier población.
La expedición había salido de Cádiz en abril de 1790 con los instru mentos astronómicos (20) necesarios para realizar las mediciones.
Estas debieron dar comienzo en la costa suroriental con el levarttamiento del plano del puerto de Santiago de Cuba para proseguir con lo' s de Guantá namo, Escondido, Baitiqueri y Punta Maisi.
Desgraciadamente no contamos con más información hasta principios de 1792, en que Francisco Moyúa, por encontrarse enfermo Barcaiztegui, envió un informe desde el puerto de Nuevitas cuyo plano realizaron.
Habían logrado arribar a este puerto, de «mayor extensión y calidad de las tierras que lo circundan (... ) más saludable a más de la conocida ventaja en la inmediación al Príncipe, pueblo sin comparación de más recursos que el de Olguín» (21 ), después de haber permanecido bastante tiempo en otro ( creemos que se trata del puerto de Gibara) «cuya sola vista nos horrorizaba».
La casi totalidad de los hombres se encontraban enfermos y ya se contaban al menos nueve Asclepio-Il-1991 muertos desde el inició de la expedición: cuatro cuyos nombres y cargos desconocemos, además del mencionado teniente de fragata Gamazda, un bombardero, un soldado de marina y dos marineros.
La petición de gente y demás auxilios solicitados al comandante general de La Habana y al representante oficial en esta zona oriental, no obtenía respuesta.
A pesar de las adversidades sufridas, pudieron levantar los planos de los puertos desde Punta Maisi al puerto de Nuevitas, esto es, los de Mata, Baracoa, Maravi, Navas, Cayaguaneque, Taco, Jaragua, Cayo de Moa, Yaguaneque, Cananova, Cebollas, Tanamo, Cabonico y Livisa, Nipe, Banes, Sama, Na ranjo, Vita, Bariay, Jururu, Gibara, Puerto Padre, Manatí y Nuevas Grandes o del Bayamo.
Tras dos años y nueve meses de viaje, en enero de 1793 la expedición regresó a España.
Restablecido de los achaques padecidos, Barcaiztegui anunciaba en el mes de mayo a Valdés que estaba dando fin a «la orde nación en limpio de los Planos de reconocimiento de mi Comisión en la parte Oriental de la isla de Cuba, con la descripción de la costa y derroteros anexos que prescribía la instrucción» ( 22), por lo que se le ordenó pasar a la Corte a dar cuenta de su comisión (23).
Fue ascendido a capitán de fragata además de por lo acertado de sus trabajos en Cuba, porque, según la autoridad competente, de haber continuado en la expedición de Malaspina, de la que fue desembarcado, habría obtenido igualmente el referido grado.
Barcaiztegui aprovechó la coyuntura para solicitar alguna gratificación en vista de los gastos ocasionados «por la división de aten ciones en la subsistencia de la mesa a un tiempo en el paquebote y en las expediciones sueltas que me era preciso hacer por otro lado en canoas y goletas por muchos días, con grave dispendio como es notorio a todos mis oficiales y aún a ministros y subdelegados de las Provincias» (24).
Para apoyar su reclamación, aludía a la expedición del Atlas, que había iniciado sus trabajos en junio de 1792, en la que se dispuso el aumento de media gratificación por cada uno de los oficiales.
Francisco de Moyúa obtuvo también el grado de capitán de fragata, en enero de 1794, por «su actividad, celo y buen desempeño» (25) en el trabajo encomendado.
No podemos señalar aquí los resultados de la expedición en la intere sante cuestión referida a la madera puesto que, en la actualidad, no disponemos de las descripciones e informes detallados que Barcaiztegui menciona y que ojalá existan todavía.
Al menos el objetivo cartográfico se cumplió satisfactoriamente y además de los planos de los puertos señalados, Barcaiztegui realizó los siguientes mapas:
Carta esférica de la parte oriental de Cuba, desde el puerto de Santiago de Cuba a la punta de Maisi y desde ella a Maternillo.
Carta Esférica de la costa meridional, parte de la septentrional e islas de Cuba desde punta Maisi hasta el cabo San Antonio (por Barcaiztegui en 1793 y completado por el capitán de fragata José del Río) publicado en el Depósito Hidrográfico en 1821.
Bahía de Guantánamo y sus inmediaciones (completado en 1797 por Ramón Arrospide ).
(1) CESPEDES DEL CASTILLO, Guillermo (1983) señala el posible error en esta política estratégica con la creación además de un «glacis defensivo lo más alejado posible de los centros vitales del imperio», esfuerzo agotador en lugares improductivos, que vino a agravar la desfavorable situación española de repeler ataques extranjeros con la necesaria dispersión de las insuficientes fuerzas navales.
( (4) En 1786 José de Mazar�edo envió una propuesta reservada para organizar dos expedi ciones basándose además de en la importancia de su finalidad «científica», en la necesidad de que los oficiales se adiestraran en mares donde los enfrentamientos bélicos estaban asegurados.
En 1787 eran cuatro marinos de indudable talla (Alejandro Bel monte, José de Lanz, José Espinosa y Tello y Dionisia Alcalá Galiana) los que formaban un plan para «formar las cartas de la América Septentrional» (MN Ms. 146 doc. 9) y un año después elevaban un proyecto similar otros dos oficiales de la armada, Tomas Ugarte y Juan de Villavicencio (VISO Leg.
Estos planes así como los informes y dictámenes a que dieron lugar están más ampliamente tratados en un artículo que publicamos bajo el título «La Expedición del Atlas de la América Septentrional 1792-181 O): orígenes y recursos» Revista de Indias 190 (1990).
( (13) Fue una figura decisiva en la formación de los astrónomos y cartógrafos españoles del último tercio del siglo XVill.
Realizó importantes observaciones en el Observatorio de Cádiz, fue comandante de la Compañia de Guardias Marinas y director del programa de levantamiento cartográfico de las costas peninsulares y del norte de Africa.
(15) «Instrucciones para los comandantes de las Divisiones del Atlas de la América Septen trional».
Antonio Valdés a Luis de Córdoba.
(16) Esperamos completar estas noticias y otras relacionadas con la expedición (diarios, derroteros, informes) en próximas investigaciones.
Queden estas notas como una primera aproximación al tema.
(17) Finalizada la expedición sería recomendado por la Secretaría de Gracia y Justicia para alguna renta eclesiástica o prebenda.
(18) Francisco Moyúa a Antonio Valdés.
(19) Ventura Barcaiztegui a Antonio Valdés.
Expediente de Barcaiztegui (VISO).
(20) El 1 de diciembre de 1789 José de Mazarredo encargaba a José Barrientos que hiciera entrega a Barcaiztegui de un teodolito y un reloj de longitud de Arnold. |
Aunque el interés por el conocimiento científico del mundo americano fue una constante desde los primeros años de su conquista, no fue sino hasta bien entrado el siglo XVID cuando esta preocupación tuvo su mayor desarrollo.
España, imbuida del nuevo espíritu enciclopedista y utilitario que caracterizó a la Ilustración, fomeRtó una política científica más aper turista y emprendedora que la del período precedente.
En este sentido las grandes Expediciones Científicas que se hicieron a los territorios ultramarinos, en el último tercio del. siglo XVID, son un buen ejemplo de ello.
La exploración y el estudio sistemático del medio natural ayudaría no sólo a mejorar el conocimiento que hasta entonces se tenía sino que además tendría una función regeneradora sobre la maltrecha economía metropolitana.
Estas previsiones, finalmente, no darían los frutos esperados por la incapacidad de la administración borbónica para resolver las necesidades que estas empresas científicas requerían.
Durante el reinado de Carlos ID se organizaron tres expediciones cien tíficas en el ámbito de la Historia Natural, fundamentalmente en el de la Botánica, que tuvieron por destino el territorio americano: la primera se desarrolló en el Virreinato del Perú y estuvo a cargo de los botánicos Ruiz y Pavón, la segunda corrió a cargo de Mutis en Nueva Granada y por último la de Sessé y Mociño, que fue la más larga de las tres, exploró el Virreinato de Nueva España (1).
La Real Expedición Botánica a Nueva España
La Real Expedición Botánica a Nueva España surg10 como conse cuencia de una serie de hechos coincidentes en el tiempo: por un lado, el médico aragonés Martín de Sessé, que se encontraba en la Isla de Cuba como cirujano en la Escuadra del Marqués del Socorro, prqpuso desde esa Isla en 1785 al Director del Real Jardín Botánico de Madrid, Casimiro Gómez Ortega, la creación de una expedición botánica a México similar a las que se habían organizado a los Virreinatos del Perú y Nueva Granada.
Además de la propuesta principal de exploración del territorio novo hispano, Sessé propuso la creación de un Jardín Botánico y su correspon diente Cátedra de Botánica, donde se impartiría esta disciplina a los estu diantes de los tres ramos de la medicina -medicina, cirugía y farmacia siguiendo los nuevos principios del Sistema Linneano, teniendo además como función prioritaria la de reformar la estructura sanitaria de Nueva España y del burocratizado Protomedicato.
Por otro lado, en 1784 se había autorizado la publicación de la Historia Natural de Nueva España del Protomédico de Felipe II, Francisco Her nández, quien en 1570 había sido enviado a esos territorios de ultramar para estudiar las plantas medicinales y todo lo referente a la Historia Natural.
El resultado de esta primera expedición científica fue la recolet ción de miles de plantas, animales y minerales, numerosos dibujos de las especies exóticas recogidas, gran cantidad de datos y descripciones (más de 3.000 de las plantas recolectadas, 500 de animales y unos 35 minerales).
La obra, que había desaparecido en 1761 en el incendio de El Escorial, parecía haberse perdido para la ciencia cuando, entre 1775 y 1783, el Cronista del Consejo de Indias Juan Bautista Muñoz encontró, en la Bi blioteca de Colegio Imperial, cinco volúmenes manuscritos de ésta (al parecer borradores), los cuales pasaron a manos de Gómez Ortega, quien fue encargado de su preparación y posterior edición.
Para realizar esta tarea, creyó que era necesario completarla con los posibles manuscritos y dibujos (duplicados) que podían encontrarse en México, para lo cual la propuesta de Sessé sobre la expedición no podía ser más oportuna, puesto que a los objetivos que éste señalaba en su correspondencia con el Director y Catedrático del Real Jardín Botánico de Madrid se podía muy bien sumar la localización de este material de 182 Asclepio- IT-1991 Francisco Hernández y a la vez profundizar más en el conocimiento del mundo natural novohispano.
Gómez Ortega, en Madrid, fue dando curso al proyecto realizando las gestiones pertinentes ante la Corte, sirviéndose pará ello de sus excelentes relaciones personales con los ilustrados Secretarios de Estado y de Indias, Floridablanca y Gálvez respectivamente, consiguiendo que aquél fuera aprobado por Real Orden de octubre de 1786 (2).
A partir de ese momento comenzaron los preparativos, se conf eccio naron los reglamentos e instrucciones para solucionar los aspectos legales, técnicos y científicos de la expedición.
Gómez Ortega seleccionó meticu losamente la plantilla de expedicionarios, la cual quedó conformada en marzo de 1787 de la siguiente forma: Martín de Sessé, director de la expedición y del Jardín; Vicente Cervantes, Catedrático de Botánica; José Longinos Martínez, Naturalista; Juan del Castillo y Jaime Senseve como Botánicos, extendiéndoseles los correspondientes títulos (3).
Cervantes y Longinos habían sido alumnos de Gómez Ortega en el Jardín madrileño y emprendieron el viaje hacia México para reunirse con el resto del grupo que se encontraba en tierras americanas ejerciendo sus tareas profesionales.
A los naturalistas se unirían, como era habitual en las expediciones, los dibujantes, que con sus láminas y dibujos, constituían un elemento imprescindible para la Historia Natural, sobre todo para la Botánica, a la hora de describir las nuevas especies.
Estos eran los mexicanos Vicente de la Cerda y Atanasia Echevarría.
Cervantes se hizo cargo de la Cátedra de Botánica y del Jardín en la ciudad de México, organizándolo según el modelo metropolitano, de tal forma que con su acertada actividad sentó las bases de la Historia Natural moderna en México.
Paralelamente, el resto de los expedicionarios, unas veces juntos y otras divididos en grupos, recorrieron a lo largo y ancho del Virreinato vastas regiones naturales recolectando multitud de especies y objetos de los tres reinos de la Naturaleza, los cuales eran enviados a la Corte para enriquecer el Gabinete y el Real Jardín Botánico.
Padecieron todo tipo de dificultades económicas e incomprensión no sólo con la burocrática administración colonial sino también con los miem bros de las Instituciones científicas y culturales más relevantes del Virrei nato; sufrieron penurias y enfermedades hasta tal punto que de sus se cuelas murieron dos de sus miembros: muy precozmente falleció al regreso de uno de sus viajes de la región Tarahumara, el botánico Juan del Castillo y posteriormente y antes de finalizar la expedición murió en Campeche el naturalista Longinos Martínez.
En sustitución del primero se incorporó oficialmente a la expedición el criollo mexicano José Mariano Mociño, el cual había estado -interina mente-colaborando como botánico en varias campañas por el Norte de Nueva España y en la Expedición de Bodega y Quadra en la Isla de Nutka.
Asimismo, como miembro de apoyo, fundamentalmente en tareas de disección, se incorporó el también mexicano, José Maldonado.
En el mes de junio de 1794 finalizaba la expedición botánica de acuerdo con lo prefijado, habiendo recorrido más de tres mil leguas (sin incluir el viaje a Nutka), pero por diversas causas ( enfermedades, muerte de Castillo, problemas burocráticos de Mociño... ), aún no se había podido llevar a cabo el reconocimiento previsto de los territorios de la franja sur del Virreinato -la raya de Guatemala-de sumo interés para sus investiga ciones por ser de los más fértiles de Nueva España.
Esta iniciativa obtuvo sus frutos más adelante, ampliándose incluso los objetivos iniciales al ser aprobada por Carlos IV, el 15 de septiembre de ese mismo año, la prórroga de la Expedición Botánica a Nueva España, para recorrer en el término de dos años el Reino de Guatemala ( 4) y las Islas de Barlovento (5).
Estas últimas eran igualmente ricas en bálsamos y otros productos naturales de mucho interés para el comercio y la medi cina, por lo que su exploración y estudio resultaba conveniente.
A tal fin se formaron dos grupos expedicionarios: al Reino de Guate mala irían Mociño, Longinos y de la Cerda, en tanto que a las Islas de Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico lo harían Sessé, Senseve y Eche varría (6).
De esta manera, Sessé y sus compañeros comenzaron la preparación del viaje que iban a emprender formalizando los trámites correspondientes ante el Virrey, Marqués de Branciforte, pidiendo los documentos acredi tativos, pasaportes y ayudas de viaje.
El Virrey, a su vez, expidió las órdenes pertinentes al Comandante de la Fragata Santa Agueda, al Inten dente de V eracruz, al Capitán General de Cuba, Luis de las Casas y a los Gobernadores de las Islas de Santo Domingo y Puerto Rico, para que estuvieran informados del proyectado viaje y prestaran a los expedicionarios los auxilios necesarios para desempeñar sin contratiempos su Comisión.
El 5 de mayo de 1795 se embarcaron en Veracruz, en la citada fragata, con destino a La Habana donde llegaron el 31 de mayo y como había sido habitual a lo largo de toda la expedición en Nueva España, las difi- cultades económicas en cuanto al cobro de sus salarios se hicieron de nuevo presentes..
Sessé se quejó de los retrasos ante el responsable de estos pagos, el Intendente de Hacienda de La Habana, José Pablo Valiente, el cual argumentaba problemas burocráticos para cumplir esta demanda; Sessé le proporcionó las acreditaciones oficiales de todos los miembros de la expedición (títulos, Ordenes reales, Certificaciones de los Ministros de Hacienda... ) y le especificó lo siguiente: «Como esta no es ninguna nueva Expedición y solo si continuación de la que acabamos de practicar en N.'É. sin otra innovación que la de distrito, parece que bastará el A viso de aquel -exmo.
Sr. Virrey con anuncio de la Rl. orden que confirma este viaje, para que por esta Caxa se nos continuen los mismos sueldos, y auxilios... ».
El director de la expedición, Martín de Sessé, resolvió la situación con la ayuda prestada por algunos amigos con los que contaba desde su anterior estancia en la Isla, pero previendo que estos mismos problemas se repetirían en Santo Domingo y Puerto Rico, se lo hizo saber a Eugenio Llaguno en oficio de 10 de julio de ese año (7).
A pesar de estos inconvenientes, el grupo expedicionario planificó su trabajo para relacionarse con los personajes y las instituciones que más podían colaborar con sus fines.
En este sentido, Sessé estableció contacto con las dos instituciones reformistas más activas de Cuba, la Sociedad Patriótica y el Real Consulado de La Habana.
La primera de éstas, enterada de la llegada de los naturalistas, comi sionó a Nicolás Calvo para que solicitase del director de la expedición • asesoramiento botánico con destino a un Diccionario de voces provinciales que estaban elaborando, así como instrucciones para la creación de un Jardín Botánico que la Sociedad tenía pensado establecer en La Habana (8).
Sessé se mostró vivamente interesado por el establecimiento del Jardín pues éste era uno de los objetivos de la expedición y al igual que en México podría constituirse como centro para el fomento de la Botánica en Cuba, así como el lugar más adecuado para la instrucción científica de los jóvenes dedicados a los tres ramos de la Medicina.
Con estos propósitos propuso a la citada Sociedad Patriótica lo conve niente que sería para la Ciencia Botánica cubana el incorporar a su expe dición, para viajar en su compañía, a un joven criollo que mostrase interés por esta Ciencia y al que desinteresadamente tendría el gusto en enseñar.
La oferta \hecha por Sessé fue muy bien acogida por la Sociedad Patriótica, la cual consideró de mucha utilidad para la Agricultura y la Medicina la Asclepio- IT-1991 propuesta y encargó a dos de sus miembros, Joaquín de Herrera y Tomás Romay, que elaboraran un informe sobre la conveniencia de tal incorpora ción y propusieran al candidato que reuniera las características más ade cuadas.
En su informe ambos científicos indicaban:
«No se trata de aprender únicamente las virtudes de las plantas cono cidas sino también de inquirir, experimentar, clasificar y hacer la nomen clatura de otras muchas ignoradas por Tournefort, y desconocidas al inmortal Linneo.
Solicítase quien pueda substituir á los vegetables exóticos, -secos y enervados de que hacemos uso en nuestras dolencias otros indi genos recientes y proporcionados a nuestra constitución,... »
Herrera y Romay, tras estas consideraciones, juzgaron muy positiva mente el proyecto y recomendaron a José Estévez Cantal como el individuo idóneo para ese cometido por sus conocimientos de medicina y su predis posición para el estudio de la Botánica.
El informe señalaba, entre otras cosas:
«... esperamos satisfacer los deseos de la Junta proponiéndola á Dn.
Joseph Estévez, quien se ha distinguido entre todos los discípulos que he tenido en el espacio de quatro años por su talento, aplicación y honradez; calidades que ha conservado después que terminando sus cursos de Medicina especulativa, la ha practicado constantemente por dos años con un Facultativo que nos atesta su aprovechamiento» (9).
De todas formas la Sociedad carecía de fondos para sufragar los gastos de la incorporación de Estévez, que según había sugerido Sessé serían de unos mil pesos, p�r lo que• ésta pensó que el Real Consulado podría hacerse cargo del proyecto.
Este fue aprobado, con la dotación económica incluida, a través de su Junta de Gobierno el 7 de diciembre de 1795, agregando que sería conveniente además, que Estévez cuando finalizara sus viajes con la expedición con Sessé fuese enviado a las colonias extranje. ras para perfeccionar y ampliar los conocimientos ad quiridos (10).
De la misma forma que las dos instituciones ilustradas cubanas cola boraron en sacar adelante esta iniciativa de Sessé, ocurrió con respecto a la intención de crear el Jardín Botánico de La Habana.
Ya hemos apuntado que la Sociedad Patriótica estaba interesada en su creación, pero segura mente como en el caso anterior -ya que el potencial financiero lo tenía el Real Consulado-'-éste sería el encargado de su ejecución, según se «Esta Junta se há propuesto establecer, quando tenga oportunidad, un Jardín Botanico, donde se puede instruir la juventud destinada a los tres ramos de la Medicina, y cultivar no solo las plantas oficinales capaces de conaturalizarse en este clima, sino también las más apreciables de esta Ysla, y las que procuraran adquirir de las Yndias Orientales á beneficio de nuestro Comercio», añadiendo más adelante «Aunque por ahora no este la Junta en proporcion de principiar la obra del Jardín, no estará de más colectar toda especie de semillas, y grangearse en las Poblaciones y Haciendas corresponsales a quien pedirlas, siempre que se huviesen de• menester para el fomento del Jardín» ( 11 ).
Esto mismo se puede observar a través de la correspondencia oficial que Sessé mantiene con la Junta de Gobierno del Consulado, en la que también se ponen de manifiesto los esfuerzos organizativos y gestiones que el Director de la Expedición realizó durante su estancia en Cuba en pos de la consecución del Jardín Botánico.
Unos días antes de su regreso a México, el 23 de enero de 1798, Sessé se dirigió a la Junta para proporcionarle el Reglamento del RL Jardín Botánico, y Plan de enseñanza de Mexico, que les pudiera servir como modelo para el que algún día se estableciera en la capital habanera.
Asimismo les propuso un terreno adecuado para su ubicación:
«ningún terreno me parece más acomodado, que el que media entre el Arenal, Barrio de J esus María, y camino de Puerta de Tierra, tanto por su inmediación a la Ciudad, y paso, como por la posición, y calidad del Terreno, y la circunstancia de ser el más abrigado de los Nortes, especial mente si se corre de Oriente a Occidente el edificio que ha de servir de casa para el Catedrático, Aula, y Quartos para los Jardineros,... » (12).
Surgía así el primer germen de lo que luego se constituyó como Jardín Botánico de La Habana, ya en el siglo XIX, tras este primer esfuerzo de la Sociedad Patriótica y el Real Consulado, instituciones que, por su carácter ilustrado y los intereses de clase de sus componentes, se esforzaron nota blemente en la modernización científica de Cuba (13).
Actividades científicas en Cuba y Puerto Rico
Las primeras investigaciones que realizaron los expedicionarios en Cuba se localizaron en las inmediaciones de la ciudad de La Habana.
Comenzaron el día 5 de junio de 1795 y se centraron en la investigación sobre los peces de aquellas aguas, en tanto no mejoraba el tiempo y se recuperaban de unas tercianas tanto Jaime Senseve como Atanasia Eche verría.
Sobre estas actividades el propio Sessé indica lo siguiente: «... pude con algún traba j o clasificar y describir muchos de los Pezes raros que habitan aquellos Mares y reducir a método la Obra imperfecta que sobre esta clase había publicado el año de ochenta y siete Dn.
Antonio Parra de Nación Portugués, á quien nuestro Soberano acababa de premiar generosamente por solo el mérito de su aplicación y prolixidad en di secarlos» (14).
Sin duda, la labor ictiológica de Sessé trató de dar orden a la interesante pero poco científica obra de Parra Descripción de diferentes piezas de Historia Natural, tal como atestiguan las listas manuscritas que aún se conservan en el archivo del Museo Nacional de Ciencias Naturales (15), en las que se estudian entre otras especies el macabi, trompetero, barbuda, cochino, lisa, chapín, gato, barbero, catalimneta, isabelita, chiribita, pegador, doncella, perro colorado, cabrilla, catalufa, etc., todas ellas descritas ante riormente en la obra de Parra.
Según Sessé, además de elaborar las listas de peces de La Habana, hicieron un envío de ejemplares al Real Gabinete de Historia Natural que se completaba con los dibujos de peces realizados por Echevarría, con la intención de poder estudiar los colores perdidos en los especímenes disecados ( 16 ).
Sobre las primeras recolecciones botánicas de los expedicionarios no hay mucho que decir, ya que el propio director de la exploración reconoce que el mal tiempo hacía intransitables los caminos e insufribles aquellas temibles costas pantanosas, lo que unido a la falta de flores en la mayoría de las plantas, hizo que fueran pocas las que pudieran ser observadas con exactitud en la parte occidental de la Isla.
No obstante, Sessé remitió al Jardín Botánico de México un cajoncito con semillas, fruto de estas pri meras excursionés ( 1 7).
La salida hacia Puerto Rico se efectuó el 4 de marzo de 1796 en la fragata Gloria, a bordo de la cual viajaban Sessé, Senseve, Echeverria y Estévez, con sus respectivos criados.
Sobre la llegada y duración de su estancia en esta isla, Sessé comenta: «Llegamos á ella el veinte y ocho de Marzo de noventa y seis, y el nueve de Abril dimos principio á nuestras observaciones en aquella ame nísima Isla, que duraron hasta fines de Septiembre del mismo año» ( 18).
Aunque los datos exactos sobre estas observaciones botánicas son muy escasos, hemos encontrado un documento en el que se da una idea de lo realizado en esta exploración de Puerto Rico:
«Aquí se han descrito y delineado con la perfección posible muy cerca de 300 plantas desconocidas en Europa.
Entre ellas hay una Especie de Laurel, cuyos frutos destinados á ese remito con una caxita de semillas para ese Rl.
Jardín, para que analizados por dn.
Vicente Cervantes se vea que utilidades ofrece su tal qual semejanza con la nuez moschada, que es el nombre conque la distinguen estos Isleños, creyendo hasta los más instruidos ser una variedad de la legítima y sirviendose de ella para los mismos usos.
Conservo encajonados algunos arbolitos vivos de esta, y otras plantas útiles, que remitiré en ocasión más oportuna» (19).
Según una información posterior, fechada en La Habana el 16 de agosto de 1797, los árboles vivos de «nuez moscada» destinados al Jardín Botánico de México no sobrevivieron, por lo que Sessé informó de la posibilidad de solicitarlos de nuevo a Puerto Rico.
Además del reconocimiento de Puerto Rico, la expedición tenía prevista la exploración de la isla de Santo Domingo, aunque ya antes de la partida desde Cuba Sessé preveía la imposibilidad de realizar tal expedición que «puede suspenderse con motivo de su cesión á los Franceses en cuyo caso pasaríamos á la de Trinidad de Barlovento, ó Costa de Caracas y tal vez demos un brinco á J amayca... » (20).
En efecto, tal expedición fue suspendida por la sublevación de los negros de Santo Domingo y el estadillo de la guerra con Inglaterra, cir cunstancia esta última que obligó a los expedicionarios a retrasar su vuelta a la isla de Cuba (21 ).
En un informe de Martín de Sessé al virrey Miguel José de Azanza comentaba el problema que había surgido a la hora de embarcar para su regreso a Cuba.
Según Sessé, habían resuelto zarpar a bordo de uno de los bergantines catalanes que hacían el recorrido entre Puerto Rico y Cuba,. cuando estalló el conflicto con los ingleses, circunstancia que obligó a la inmovili zación de estos barcos así como al de la fragata mercante Resurrección, único barco español que pudo entrar en Puerto Rico una vez iniciada la guerra.
Estos hechos, junto al ataque inglés a San Juan, hicieron que los expedicionarios estuvieran en la isla más tiempo del que tenían previsto: «Debíamos dar vela el dia veinte de Abril de noventa y siete quando el diez y siete del mismo se bloqueó el Puerto y puso sitio a la Plaza por los enemigos, cuyo incidente retardó nuestra salida hasta el doce de Mayo inmediato» (22) y de esta forma mientras duró el bloqueo, se dispusieron a explorar la sierra más alta de la Isla, que había quedado sin reconocer en sus anteriores investigaciones por esos contornos.
A la vez, Sessé ofreció sus servicios al Gobernador para hacerse cargo de los enfermos que en este tiempo de guerra habrían de aumentar considerablemente:
En el mismo escrito el jefe de la expedición ofrecía también los servicios del cubano José Estévez, médico aprobado por el Protomedicato de La Habana, que le acompañaba como ayudante naturalista en la expedición a Puerto Rico.
Un mes antes de la salida efectiva de la isla de Puerto Rico, Sessé comunicó al Gobernador y Capitán General, Ramón de Castro, su resolu ción de dejar un duplicado del herbario y manuscritos de las plantas colectadas, con la idea de un posterior envío al Ministro de Gracia y Justicia, para así evitar las posibles contingencias del viaje por mar en tiempo de guerra.
El 12 de mayo de 1797 lograron partir los expedicionarios, a bordo de una fragata americana, rumbo a las costas de Cuba.
Tras la negativa del capitán del buque a desembarcarlos en Santiago de Cuba o Baracoa -tal como estaba previsto-, llegaron al puerto de La Habana el 1 de junio del mismo año (24).
Contactos con la expedición de Mopox en Cuba
A los pocos días de llegar a la capital cubana, Sessé se dirigió al Real Consulado para explicar sus planes de actuación conjunta con la comisión de naturalistas de la Comisión Real de Guantánamo, dirigida por el conde de Mopox y J aruco.
Esta Comisión Real, comandada por Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, había sido aprobada en 1796 para desarrollar un ambicioso plan de fo mento de la isla de Cuba.
Este se concretaba en la apertura de caminos, la construcción de un canal desde los montes de Güines a La Habana, el fomento de poblaciones en zonas de interés comercial y estratégico, como Guantánamo, Nipe, isla de Pinos, etc., así como el examen detenido de sus maderas, la exploración botánica de la Isla y la búsqueda de aplica ciones a las plantas descubiertas.
Para esta última comisión, formaban parte de la expedición Baltasar Manuel Boldo, botáñico aragonés que había figurado en la plantilla del Real Jardín Botánico de Madrid como profesor encargado de estudiar las virtudes medicinales de las plantas y el dibujante naturalista José Guío, muy conocido por su participación en la expedición de Alejandro Malas pina.
En su comunicación con las autoridades del Real Consulado, Sessé se expresaba de la siguiente manera:
«Hace doce días que regresé de Puerto Rico con el Alumno Don José Estévez, que V.E. y V.S.S. se sirvieron confiarme para instruirle en la Botánica, y tengo la satisfacción de asegurar a V.E. y V.S.S. de que sin embargo de haberse limitado nuestras observaciones al corto tiempo de quatro meses, que se invirtieron• en la exploración de aquella Isla, su buen talento y aplicación le han granjeado los conocimientos necesarios para por si mismo, y a costa de algun exercic_i. o poder formar un perfecto profesor capaz de qualquiera observación, y de enseñar la ciencia sobre los mismos principios.
Acabaría de disponerse para este Estado de Perfección si me acom pañase en el viaje que voi a emprender por la parte occidental de esta Y sla, asociado de. don Baltasar Boldo primer Botánico de la expedición científica de el Señor Conde de Santa Cruz de Mopox, á que no será dificil, y convendría agregarle con satisfacción de los que componen, y en que sin duda acreditará haber correspondido por su parte á las loables intenciones de V.E. y V.S.S.
Con este objeto he diferido comunicar a V.E. y V.S.S. mi arrivo y sus adelantamientos hasta acordar con dicho Señor Conde y Profesor las http://asclepio.revistas.csic.es ideas de nuestras operaciones sucesivas, en cuia conferencia me han indicado ambos que(... ) complacencia en la agregación de mi Discípulo, no pudiendo dudar que sus conocimientos sobre las Plantas de Puerto Rico en la mayor parte semejantes á las de esta Isla, contribuirán bastante á la brevedad y acierto en esta parte de su comisión» (25).
En la primera conferencia mantenida entre Sessé y los profeso res de la Comisión Real de Guantánamo, el 12 de junio de 1797, se acordó hacer la exploración conjunta de la parte occidental de la isla de Cuba, esperando a la primavera siguiente para recorrer el resto del territorio.
La idea que movía a Sessé era economizar gastos a la hora de realizar una obra sobre la Historia Natural de la isla, dado que habían coincidido las dos expedi ciones científicas (26).
En un informe presentado por Sessé al virrey Azanza se comentaban estas exploraciones conjuntas de la siguiente manera: «Y o seguí mi idea de recorrer la parte occidental y más amena de aquella Isla, no pudiendo sufrir que se me quedase sin ver, quando menos, una parte de la que había sido el principal objeto de mi prórroga, y que por las mejores proporciones de cultivar en ella qualquiera producción exquisita de la India y la mayor facilidad de trasladarla a España, ofrecía todas las utlidades que S.M. pudo prometerse en estas costosas Expedi ciones.
En aquella excursión me entretuve hasta mediados de octubre... » (27).
Tras recibir las recomendaciones del director de la Real Expedición Botánica a Nueva España y de Baltasar Manuel Boldo, para la incor poración de Estévez a la Comisión Real de Guantánamo, la Junta de Gobierno del Real Consulado de La Habana aprobó su incorporación el 11 de septiembre de 1797 y sugirió a Martín de Sessé la redacción de unas instrucciones para las investigaciones de José Estévez en su nuevo cargo, así como para el desarrollo de la Ciencia Botánica en la isla de Cuba.
El 8 de noviembre de ese mismo año, Sessé comunicó al Real Consula do de La Habana las instrucciones que había elaborado tanto para la nueva comisión como para la creación de un Jardín Botánico en La Habana, donde se instruyese a los jóvenes dedicados a los tres ramos de la Medicina.
Como primer objeto de las instrucciones del botánico aragonés a su discípulo c°Ubano figuraba: «formar un curso de Botánica, adaptable a las Plantas del País, que hayan de demostrarse por exemplos en las lecciones para la más fácil inteligencia de los Discípulos».
Con este fin, Sessé sugería la anotación en el Curso Elemental de Botánica de Casimiro Gómez Ortega, utilizado para la enseñanza en el Real Jardín Botánico de Madrid, de las plantas cubanas que pudieran sustituir a los ejemplos españoles, hasta que -formada la Flora de la Isla-la Junta del Real Consulado de La Habana resolviera la impresión de un curso específico para la nueva escuela de Botánica de La Habana.
Asimismo se le indicaba la necesidad de formar herbarios de plantas cubanas, en los que se debería seguir para las descripciones los preceptos de la Filosofía Botánica de Linneo, siempre bajo la supervisión de Baltasar Manuel Boldo, su nuevo maestro.
Otra instrucción que, a la vista de la flora formada por Boldo y Esté vez (28), fue muy bien acogida se refería a la necesidad de «inquirir los nombres con que se conoce cada Planta en este País, y lugar en que se cría, para poderlas adquirir con facilidad, siempre que se necesite alguna.
No olvidará Vm. a expresar al fin de las descripciones los usos que hicieren los naturales de ellas, tanto en la Medicina como en la economía, y siempre que las virtudes que se les atribuyan estén confirmadas con competente número de Observaciones, y fundadas en los principios del Arte, convendrá anotar qué puede usarse en lugar de ésta u otra Planta oficina!
Europea, que se escasea en nuestras Boticas, o suele hallarse tan deteriorada, que se puede dudar de su eficacia.
De manera que si por este medio se lograse formar una Materia Médica vegetal de, � as Plantas de esta Isla, sería un servicio que nunca agradecería a Vm. bastante la Junta,... »
Asimismo se recomendaba hacer dos copias del trabajo y la recolección de raíces, cortezas, semillas, hojas, frutos, flores, etc... y el envío de aquéllas que se considerasen de mayor interés para su experimentación en los hospitales de la Isla, como más tarde haría el propio Sessé -junto a los médicos criollos Luis Montaña y José Mariano Mociño-en las Salas de Observación de los hospitales de la capital de Nueva España.
Por último, se comunicó en estas instrucciones a José Estévez la pro puesta de Sessé para su nombramiento como miembro correspondiente de los Jardines Botánicos de México y de Madrid, lo que facilitaría el intercambio con los profesores de ambos centros científicos, así como la Asclepio-11-1991 resolución de las dudas que pudieran surgirle en el desempeño de su labor investigadora (29).
Parece que la intromisión de Sessé en los asuntos de la Comisión Real de Guantánamo, al disponer unas instrucciones particulares para su dis cípulo, disgustó profundamente a Boldo, quien inmediatamente, el 5 de diciembre de 1797, se dirigió al conde de Mopox y al Real Consulado de La Habana para protestar por las disposiciones tomadas por Martín de Sessé, especialrriente en lo referente a la elaboración de dos copias de los trabajos botánicos, cuestión que quedó resuelta por el Real Consulado que determinó que las instrucciones de Sessé y las de la Comisión Real eran coincidentes.
Además de José Estévez, se incorporó a la Comisión Real de Guantá namo el dibujante mexicano Atanasia Echevarría, que hasta entonces prestaba sus servicios con Sessé, con objeto de realizar los dibujos de aves y peces que aún no se habían podido hacer por el exceso de trabajo que tenía.
José Guío, pintor de la expedición dirigida por el conde de Mopox.
Echevarría fue nombrado dibujante de la Comi-sión Real el 18 de octubre de 1797, una vez que el conde de Mopox consideró que los compromisos del dibujante con su antigua comisión habían finalizado.
Esta cuestión no era demasiado evidente, ya que el propio Sessé se dirigió en numerosas ocasiones tanto al conde de Mopox como al pintor para aclarar las circunstancias de esta transferencia, puesto que el director de la expedición consideraba que aún no se habían concluido los dibujos correspondientes a su expedición en Cuba ni otros encargados al dibujante mexicano, referentes al viaje a Nutka, inacabados por la precipitación con que debían hacerse en las exploraciones.
Echevarría se escudó para la finalización de su compromiso con Sessé en que según la Real Orden de prórroga, ya habían pasado los dos años necesarios para la exploración de las islas de Barlovento, lo que le dejaba en absoluta libertad, además de conseguir en su nuevo destino un sueldo de mil pesos libres de gastos de viajes y mesa (30).
El disgusto de Sessé por la pérdida de Atanasia Echevarría quedó reflejado en el informe presentado ante el virrey de Nueva España en agosto de 1798: 194 «... ocurrió la novedad de habérseme desertado y tomado partido en la expedición del Sr. Conde de Mopox y Xaruco el Pintor Dn.
Atanasio Echevarría, pretextando en los cargos que le hice haber sido engañado y desatendido su mérito en la de mi mando.
Era muy sensible la pérdida de un Profesor de su mérito, y casi imposible encontrar quien pueda concluir la multitud de dibuxos que ha dexado en borradores, para que yo prescindiese de representar y defender el derecho que sobre él me daban las instrucciones que rigen mi expedición.
Hice a su Gef e quantas reflexiones me dictaron la razón y la prudencia, para convencer de atentado la admisión o más bien soborno de un indi viduo tan preciso para la conclusión de una obra tan interesante al Estado y a la humanidad, y que había causado al Erario tan crecidos caudales; pero la ambición de su gloria á que conocía muy bien que podía contribuir mucho la rara habilidad de Echevarría, le hizo ensordecer, y sostener su deliberación con los débiles fundamentos y subterfugios que expuse al Excmo.
Sor. antecesor de V.E. en oficio de diez y ocho de Noviembre último, sobre cuyo importante punto aún no se que se haya tomado determinación alguna» (31 ).
Una vez que Sessé dio por perdido a Echeverria como miembro de su Real Expedición Botánica y antes de su partida a México, el botánico aragonés se dirigió de nuevo al conde de Mopox para comentarle su visión de que todas las expediciones científicas formaban parte de una general mandada por el rey y le solicitaba la restitución a su expedición de Atanasia Echevarría, una vez que concluyera la Comisión Real de Guantánamo sus trabajos en la isla de Cuba.
pero un Consejo de Guerra en que hubieron de actuar sus Oficiales, y el bloqueo del Almirante Parker de que hubo aquí relaciones circunstanciales, no nos permitieron salir hasta el diez y ocho de Marzo próximo pasado, y mi arribo á esta hasta el doce de Mayo» (34).
En uno de sus últimos informes antes de su partida de La Habana, Sessé recomendó que se premiase la labor del cirujano Mariano Espinosa, Correspondiente del Real Jardín Botánico de Madrid en Cuba, al que dejó algunos árboles. «apreciables», así como un duplicado del herbario de todo lo recolectado en la Isla y en la de Puerto Rico.
Asimismo reco mendó que se facilitase al citado Espinosa una casa con un huerto para que realizase plantíos en los que pudieran cultivarse especies vegetales que posteriormente se irían enviando a la metrópoli, sin necesidad de afrontar los riesgos de las exploraciones en el campo (35).
Cabe decir, por último, que la labor científica de Sessé en Cuba y Puerto Rico no ha podido ser evaluada hasta el momento, ya que sus descripciones botánicas han desaparecido, o han sido confundidas con las de la flora mexicana, aunque suponemos que gran parte de su trabajo fue aprovechado por su discípulo José Estévez para la elaboración de la Flora de Cuba, resultado de la Comisión Real de• Guantánamo; en la que Estévez quedó como primer botánico al fallecer Baltasar Manuel Boldo en 1799.
A pesar de esta negativa circunstancia, es indudable que la huella de Sessé en las «islas de Barlovento», especialmente en Cuba, no se borró gracias a su tarea como educador del primer botánico cubano e impulsor de la institucionalización de la Botánica como disciplina moderna. |
En 1789 el Conde de Floridablanca declaró que por medio de una sabia política se había logrado una «revolución feliz» en el desarrollo del comercio español con América (1 ).
Era cierto que con el régimen de «comercio libre», instaurado en 1778, los volúmenes del intercambio mer cantil entre España y sus provincias ultramarinas se habían triplicado y los ingresos reales se habían duplicado.
Pero también eran ostensibles algunos efectos negativos; Floridablanca tuvo que reconocer que las im portaciones del extranjero estaban ahogando el comercio y la industria peninsulares y los dominios de Carlos IV estaban inundados de artículos de contrabando.
Parece evidente que los verdaderos efectos de la implantación del célebre «Reglamento de comercio libre y protegido» sólo se produjeron a partir de 1783, cuando finalizó la guerra con Gran Bretaña (2).
A partir de ese momento, los comerciantes de la península se lanzaron a una verdadera carrera hacia los puertos americanos que trajo como resultado el extraordinario aumento del intercambio ultramarino del que hablaba Floridablanca, pero también dramáticas caídas de precios, quiebras mer-Asclepio-IT-l 991.
199: cantiles y una crisis comercial en 1787 de graves efectos para la economía • peninsular (3).
La respuesta gubernamental a esta situación se caracterizó por su. eficacia, lograda con una sabia combinación de medidas liberalizadoras -_ que permitió superar la crisis.
Recientemente se ha señalado:
«Bajo la inspiración del Conde de Floridablanca, figura central del período, el gobierno español sabrá extraer conclusiones de la crisis de 1787, dramático colofón de la anterior etapa reformista, desarrollando una política encaminada no tanto a buscar fórmulas para obtener mayores rentabilidades fiscales del comercio libre como a ofrecer más facilidades a los comerciantes, y nuevos estímulos económicos en la práctica del comercio indiano.
Medidas en este sentido serán la ampliación del co mercio libre a las áreas más rentables del imperio, la concesión de fran quicias a los puertos menores, la liberalización de la trata de esclavos y un mayor interés en recabar información sobre el estado de los diferentes mercados, que son responsables de los relativamente buenos resultados del comercio colonial entre 1789 y 1796 (4).
A pesar de que la preocupación gubernamental por la información mercantil haya sido, como se acaba de indicar, absolutamente primordial, no parece menos cierto que política y ciencia se entrecruzaron de manera jndisoluble en la agresiva respuesta a la crisis que caracteriza el período de culminación de las reformas borbónicas para América, entre 1787 y -: 1792 (5).
Con una visión que trascendía lo puramente coyuntural, el propio •Floridablanca y el Ministro de Marina, Antonio Valdés, diseñaron e im. pulsaron durante el período indicado un gran proyecto político y científico • sobre las posesiones españolas cuyo propósito era, obviamente, el perfeccionamiento de la reforma colonial.
La elaboración de relaciones geográ ficas, la preocupación por la hidrografía y las cartografías regionales y generales de América, la confección de estadísticas poblacionales y eco nómicas y el envío de la gran expedición ultramarina cuyo mando desem peñó Alejandro Malaspina (1789-1794) fueron elementos de ese esfuerzo. de la política científica borbónica, verdaderamente insólito por la ambición de sus fines y los hombres y medios puestos a su disposición (6).
Como veremos a continuación, también el Caribe -un ámbito de primera im'. portancia estratégica y económica para la corona española-estuvo entre • sus objetivos.
El Caribe en la política científica reformista: el problema cartográfico El teniente de fragata Manuel de Echevelar, autor de una Instrucción exacta y útil de las derrotas y navegaciones que se ejecutan en todos los tiempos en la América Septentrional de unos puertos a otros, impresa en Cádiz en 1753, confesaba:
«Las derrotas de unos a otros puertos en la América raras veces seobservan como se dan, o como ellas en sí son, a causa de la variedad que se experimenta en los vientos y en las corrientes.
Por esto no es todo uno observar una derrota o dirigirla; lo primero es muy fácil, lo segundo requiere práctica en la navegación y experiencia de los parajes» (7).
Cada una de las derrotas descritas en la Instrucción está seguida de una serie de advertencias y reflexiones tan detenidas que en algunos casos llegan a superar a la propia descripción general.
La causa de esta disposición del escrito no es, evidentemente, formal.
El desconocimiento de los vientos, corrientes y posiciones astronómicas era tan considerable que Manuel de Echevelar, realmente, hace lo único que un piloto experi mentado en el Caribe tiene en ese momento a su alcance: traza un cuadro general de derrotas, «advierte» con toda la prodigalidad de que es capaz y «fía» a la suerte de los elementos, la pericia de los pilotos y el puro azar de cada viaje el éxito de navegaciones posteriores.
La toma de Cuba por los británicos en 1762, la autorización de comercio directo entre las islas de Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Margarita y• Trinidad con nueve puertos peninsulares en 1765 y la extensión de este régimen en 1778 hicieron todavía más necesaria para España la prepara ción de una cartografía científica del Caribe que situara adecuadamente costas e islas, evitara los errores intencionados contenidos en las cartas adquiridas en el extranjero y asegurara el tráfico naval.
La coyuntura bélica propiciada por la sublevación de las trece colonias angloamericanasmostró de nuevo las peligrosas deficiencias de los mapas y cartas españolas del Caribe.
La escuadra puesta al mando del teniente general José Solano y Bote ni siquiera disponía de cartas homogéneas para todos sus barcos, por lo que en 1781 Solano mandó que su piloto de derrotas, el teniente de navío José de San Martín, uniformase la cartografía «valiéndose de las modernas observaciones y mejores noticias» (8).
A fin de que los movi mientos de la escuadra fueran regulares, cada barco también recibió un• único cuaderno de latitudes y longitudes (9).
Independientemente del éxito militar que acompañó a la escuadra de José Solano -nombrado Marqués del Socorro en 1784-debemos llamar la atención sobre la coincidencia en ella de marinos científicos de la talla de Federico Gravina, Francisco Millau, Sebastián Apodaca, Francisco de Borja, Antonio de Córdoba y José de Mazarredo (1 O).
Este último, preci samente,-realizó una valoración estratégica del Caribe de una extraordi-. naria exactitud:
«Todo asegura con una evidencia de demostración que alli [la América Septentrional y mar Caribe] es donde las marinas militares han de hacer su teatro de guerra, cuando llegue este caso.
Todas se preparan para él, reputándose esta misma preparación como el mejor medio de retardarla; pero al cabo llega» ( 11 ).
Fiel a la conjunción de milicia y marina y plenamente consciente de la importancia de disponer en el menor tiempo • posible de una cartografía científica del Caribe, fue José de Mazarredo quien elevó a Antonio Valdés en agosto de 1786 una propuesta destinada a organizar dos expediciones hidrográficas con oficiales hábiles en matemáticas y astronomía (12).
En su escrito, Mazarredo planteaba el logro de dos objetivos simultáneos: la realización de la anhelada cartografía del Caribe y el adiestramiento en el previsible escenario de hostilidades de la futura oficialidad de la Real Armada.
Según la propuesta de Mazarredo, cada expedición constaría de dos bergantines de 250 toneladas y seis cañones.
Eran embarcaciones pe queñas, muy maniobreras e incapaces de despertar recelo en territorios extranjeros (13).
El envío de dos bergantines por cada división aseguraba en caso de avería de alguno la continuación de los trabajos científicos.
La tripulación sería de 40 hombres, que estarían al mando de l9s capitanes de navío Pedro Winthuysen e Ignacio de Alava, con dos oficiales subal ternos.
En cada bergantín debían ir también tres marinos que hubieran cursado los estudios mayores (14).
En cuanto a los instrumentos, Maza rredo pedía un reloj de longitud de Arnold o Kendal, sextantes de reflexión y una colección idéntica a la realizada por Juan Jacinto Magallanes en Londres.
Ambas expediciones realizarían dos campañas de ocho meses cada una.
La primera recorrería la costa desde la isla de Trinidad hasta Campeche, concluyendo en La Habana, donde se encontraría con la se gunda división, que desde Tobago habría recorrido las islas adyacentes, Puerto Rico, el norte de Santo Domingo y Cuba.
En una segunda campaña visitarían las costas septentrionales de las provincias unidas de América y el canal de las Bahamas, regresando por el sur de Puerto Rico, Santo Poco tiempo después los tenientes de fragata Dionisia Alcalá Galiana, José de Espinosa, Alejandro Belmonte y el alférez de navío José de Lanz propusieron al ministro Valdés la realización de cartas náuticas de la América septentrional, que consideraban urgía levantar más que las de Europa (15).
Según su plan -apoyado por Vicente Tofiño-dos bergan tines se dirigirían a Puerto Rico, donde prepararían un observatorio, y en sucesivas campañas recorrerían todo el Caribe, sin un límite específico de tiempo para hacerlo.
El 13 de noviembre de 1788 la Junta de Estado aprobó este proyecto, que no se pudo poner en marcha por la elección de varios de sus autores para participar en la expedición ultramarina dirigida por Alejandro Malaspina.
Sin embargo, antes de finalizar el año Mazarredo -enfrentado a Tofiño por cuestiones referentes al uso de los instrumentos del Observatorio de Cádiz-impulsaba la presentación por los capitanes de fragata Tomás de Ugarte y Juan de Villavicencio de un nuevo plan para formar «el Atlas marítimo de la cartas y planos de la parte de América• s�ptentrional y su derrotero» (16).
En esta ocasión, el trabajo hidrográfico se completaría con el examen de fortificaciones, maderas de construcción y pesquerías y estudios de historia natural, física y botánica de los territorios recorridos, acercándose al modelo expedicionario diseñado por Alejandro Malaspina y José Bustamante.
Tras ser apartados Ugarte y Villavicencio del proyecto por su «dudoso» comportamiento y la realización de nuevos informes por Tofiño y Mazarredo, el 6 de abril de 1789 se aprobaba la realización de una expedición hidrográfica para levantar el Atlas americano.
Los puntos esbozados en el informe final de Mazarredo -máxima especialización tecnocrática de los expedicionarios con dedicación absoluta a labores náuticas, búsqueda de oficiales bien preparados y hábiles en manejo de instrumentos astronómicos y obtención de barcos de fácil manejo-fueron plenamente compartidos por Antonio Valdés, de modo que fue el propio Mazarredo el encargado de preparar las instrucciones, seleccionar oficiales e instrumentos y, junto al Ingeniero General de la Marina José Romero y Landa, diseñar los navíos necesarios.
La falta de una cartografía adecuada del Caribe iba, por fin, a ser solucionada.
Pese a la multitud de tareas en las que estaba empleado, José de Mazarredo se dedicó con gran intensidad a los preparativos expediciona rios.
Las instrucciones, fechadas el 30 de marzo de 1792, constan de dos partes, • dirigidas a las dos divisiones de bergantines de que constó la expedición ( 17).
Los 18 primeros artículos son de tipo general, abordando cuestiones referentes a la tripulación, buques y medios técnicos.
El resto describía las operaciones por todo el Caribe de cada división a partir de la isla de Trinidad, donde debían establecer un primer meridiano de referencia.
Destaca la participación en el plan del comandante de La Habana, que junto al comandante y oficiales de una división fijaría las salidas necesarias para el reconocimiento y fijación de las islas orientales del canal de Bahamas.
El puerto habanero sería también punto de reavi tuallamiento y de recogida del material científico para su posterior envío a España.
La búsqueda de los marinos necesarios para la expedición hidrográfica del Atlas americano no resultó fácil para Mazarredo, ya que necesitaba contar con un buen saber técnico y militar en los comandantes y una excelente preparación matemática y astronómica en los oficiales segundos.
A pesar de que hasta 1791 no terminó la elección de personal, Mazarredo ya había seleccionado a los jefes de división dos años antes:
«Me he fijado después de repetido y cuidadoso examen de toda la lista en el capitán de fragata don Cosme de Churruca y el teniente de navío don Joaquín Francisco Fidalgo como los más sobresalientes dis puestos desde la clase de capitanes de fragata abajo al lleno de la comisión, por la buena liga de su saber técnico y finura en las operaciones geomé tricas con el don marinero que es el alma de su desempeño» (18).
A Churruca y Fidalgo, comandantes de la primera y segunda división de bergantines, respectivamente, se sumaron dos oficiales• para el mando de los dos bergantines subalternos -Antonio García de Quesada y Manuel del Castillo-, cuatro tenientes de navío para ejercer de segundos capitanes -Joaquín Gutiérrez de Ruvalcaba, José Salazar, Fernando Noguera y José Meñaca-, y otros oficiales de menor grado (19).
El resto de la tripu hción, hasta un total de 62 personas por bergantín, se componía de criados, contador, capellán, cirujano, sangrador, piloto, pilotines, guardianes, general y cientos de observaciones y datos, que serían profusamente empleados en publicaciones posteriores (26 ).
Por su parte, la segunda división partió de Trinidad en junio de 1793, dedicándose durante los seis meses siguientes al cartografiado de las islas e islotes de Tobago, Coche, Cubagua, Blanquilla, Tortuga, Orchila, Los Roques, Aves, Buen Aire, Cu razao y Aruba, así como las costas de la Nueva Andalucía.
Los trabajos científicos -dependientes siempre de lo favorable de las estaciones-eran muy similares en todos los sitios visitados.
Diversas operaciones astronómicas y geodésicas permitían la determinación de latitudes y longitudes.
Las primeras se hallaban mediante «observaciones de estrellas circuncenitales hechas con los cuartos de círculo de Ramsden, por alturas meridianas de sol ejecutadas en tierra y mar con los instrumentos de reflexión o sextantes de Stancliff y Fruc ton» (27).
Las longitudes eran calculadas en mar y tierra <¿gn los cronómetros N. 0 5, 6, 383 y 387 de Amold con los que iban provistos, complementando todas las mediciones con trabajos geodésicos.
En los padrones resultantes se situaba la latitud al norte del Ecuador y las longitudes al oeste de los meridianos de París, Cádiz, Greenwich y Trinidad.
En el levantamiento de fondos marinos se medía la profundidad en brazas de a 6 pies de Burgos y se hallaban las calidades: arena, cascajo, conchuela, fango, lama, piedra o alguna combinación de las anteriores.
La marcha de los cronómétr-os era obsesivamente comprobada, empleando los métodos de alturas co rrespondientes, ocultaciones de estrellas por la luna, inmersiones y emer siones de satélites de Júpiter, observaciones de eclipses de sol y del paso de Mercurio por el disco solar (28).
Numerosísimas operaciones de medida de bases, triangulaciones y rumbos así como reconocimientos hidrográficos permitían levantar cartas de costas, puertos y fondeaderos, complemen tadas posteriormente con descripciones de los lugares examinados.
La costa de Venezuela fue estudiada, entre otros lugares, en Cumaná, Margarita, islas de Píritu, La Guaira, Puerto Cabello, la vela de Coro, la península de Paraguaná y el Lago de Maracaibo.
En febrero de 1794 la segunda división se encontraba en La Guaira.
Los problemas a la hora de reclutar tripuÍaciones traían dificultades a la marcha de la expedición, según informó entonces Fidalgo al ministro Valdés: 206 «Habiendo salido con 29 hombres de Cumaná, la mayor parte de las cárceles y de leva, tenía ya sobre diez desertores que se escaparon, unos a nado sin poderlo evitar, y otros de las embarcaciones menores por la continua ocupación de ellas [... ] como la matrícula [naval] de aquel país es imaginaria, pues consiste su existencia en algunos pulperos y bodego neros y de los demás sólo se tienen sus nombres, ignorando sus paraderos, [las] diligencias para adquirir alguna marinería útil también fueron in fructuosas y todo el recurso con que podía contar era el de ocho conva lecientes débiles e inútiles» (29).
Tras pasar en abril por Puerto Cabello y recorrer en los meses siguientes la costa occidental de Venezuela, los expedicionarios llegaron el 27 de agosto de 1794 al que había de ser su centro de operaciones hasta 181 O, Cartagena de Indias (30).
Ante las enfermedades de los oficiales, la escasez de marinería y pertrechos y la cercanía del invierno, Fidalgo optó por esperar al año siguiente para reanudar las campañas hidrográficas.
En tonces el Empresa recorrió las islas del Rosario, San Bernardo y la costa sur de Cartagena y el Alerta estableció la longitud y latitud de Portobelo y levantó los planos de su costa.
La península de la Guajira, Santa Marta, el puerto de Sabanilla, la punta de Corrientes, las puntas de.
Zapote y de Arenas ( en la entrada del Golfo del Darién), Cabo Tiburón, Chagre y. el cabo de San Blas fueron algunos de los puntos visitados (31 ).
En agosto de 1797 el estallido de la guerra con Gran Bretaña obligó a interrumpir las salidas de los bergantines al mar.
A pesar de que en 1798 se pensó en dar por terminada la expedición, Fidalgo logró obtener de las autoridades británicas de Jamaica un salvoconducto que permitiría realizar los trabajos cartográficos de la Carolina a San Blas y en el archipiélago de las Mulatas.
Las posibilidades que daba el mando del apostadero de Cartagena, desempeñado por Fidalgo desde 1796, y el apoyo de las auto ridades peninsulares permitieron también una completa renovación de los pertrechos y tripulaciones de la expedición, de modo que en octubre de 1801 el Empresa y el Alerta estaban dispuestos de nuevo para la navegación (32).
El 19 de enero de 1802 una orden de Manuel Godoy al virrey de Nueva Granada encomendaba el cese de la expedición hidrográfica del Atlas americano y el retorno de los bergantines a Cádiz, pero la campaña del año anterior había dañado irremisiblemente el Empresa, Fidalgo se encontraba enfermo y había que acabar los trabajos en las islas Mulatas.
El Príncipe de la Paz tendría que esperar.
Sin embargo, en septiembre Godoy sorprendía de nuevo al virrey y a Fidalgo, ya que les ordenaba que antes de volver a España reconocieran la travesía entre Cartagena y Cuba, una ruta vital llena de bajos y escollos peligrosos desconocidos http://asclepio.revistas.csic.es para la navegación o mal situados en las cartas (33).
La sintonía de la orden con los intereses de los comerciantes cartageneros -que traficaban con Jamaica y Cuba frecuentemente-y los miembros de la Armada -que obtenían en La Habana las maderas y los pertrechos navales nece sarios-iba a asegurar, como veremos a continuación, su inmediato cum plimiento.
El estudio de la travesía de Cartagena de Indias a Cuba (1803)(1804)(1805) En 1800 el emprendedor Capitán General de Marina del puerto de La Habana, Juan de Araoz, mandó hacer una carta marítima del Seno mexi cano, los canales viejo y de las Bahamas y las islas basándose en los mapas y noticias disponibles (34).
Era incomprensible que no existiera una cartografía adecuada de las vitales rutas de Veracruz y Cartagena a La Habana, única plaza a la cual los comerciantes de naciones neutrales se aventuraban a acertarse con pertrechos navales para la escuadra goleta mientras el bergantín estaba fondeado comprobando los instru mentos.
Tras verificar en el puerto de Sabanilla los cronómetros, los expedicionarios se dirigieron a punta Morante, al oriente de Jamaica.
Las brisas duras y mares gruesas causaron desperfectos a las embarcaciones, que lograron anclar en Kings ton el 26 de junio.
Después de revisar el salvoconducto presentado por Fidalgo, las autoridades británicas les prestaron los auxilios que necesita ban.
Las relaciones entre españoles e ingleses fueron excelentes, a pesar del clima prebélico; la «utilidad general de los trabajos» de los expedicio narios facilitaron el permiso para establecer un observatorio en tierra, contratar «prácticos» en la navegación del sur de la isla y la reparación de todos los daños.
Además, la presencia en Kingston del hijo de un fabricante famoso de instrumentos, Mitchelson, hizo posible la reparación de tres cronómetros que estaban averiados -los números 6, 383 y 387-lo que obligaba a trabajar solamente con el N. 0 5.
Según indicó Fidalgo, aquél «manifestó que todo su daño era haberse secado y condensado el aceite de los ejes de las ruedas con el transcurso del tiempo y su remedio limpiarlos y volverlos a untar»(37).
El 28 _ de julio, tras hallar la posición astronómica de Kingston y levantar su plano (a pesar de la prohibición de los británicos) pusieron rumbo a los bajos de las Ranas.
Según testimonio de Fidalgo, «quiso la mala suerte (que parece estaba ligada con mis operaciones) que estando cuatro leguas al S.S.E. de la punta de Morante diese un gran crujido el palo de trinquete y se reconoció rendido» (38).
El 4 de agosto se hallaban en los cayos de Pedro, al oriente del bajo de la Víbora.
Fidalgo señaló en su descripción: «Están domiciliadas y anidan en estos cayos prodigioso número de aves marinas de las clases de bobos, beatas, y gaviotas de varias especies y tamaños, de modo que es difícil dar paso sin pisar huevos, polluelos o a los padres, quknes no hacen la menor demostración de temor» (39).
Una vez situados bajos y arrecifes y sondado el placer y el fondeadero se dirigieron a la isla Sola, pero el mal tiempo y lo avanzado de la estación aconsejaron el retorno a Jamaica.
El 24 de agosto emprendían el definitivo regreso a Cartagena, en la que entraban cinco días después.
Su objetivo fue buscar una vigía al norte del cabo de la Aguja, los bajos de Zabala y el Convoy -que ni siquiera se sabía si existían real mente-y concluir los trabajos en los bajos de la_ Víbora.
El Alerta estuvo acompañado de dos goletas.
Tras comprobar los cronómetros se tomó la ruta del cabo de la Aguja, pero la imposibilidad de alcanzarlo obligó a recalar en Kingston.
Como el bajo del Convoy no se pudo encon trar, terminaron la cartografía del de la Víbora y retornaron a Cartagena.
La tercera y última campaña en la ruta de Cartagena a La Habana se desarrolló entre el 9 de diciembre de 1804 y el 9 de febrero de 1805.
Según indicó Fidalgo, buscaba inúltilmente la vigía del norte del cabo de la Aguja y el bajo de Zabala, «situados en su verdadera latitud y longitud los de las Ranas y Víbora, sondados sus placeres, fijados sus límites y establecidos los puntos que los hacen peligrosos (fruto todo de las campañas de 1803 y 1804) no otra cosa nos faltaba para facilitar la navegación desde Cartagena a la isla de Cuba sino reiterar las investigaciones sobre el bajo del Convoy, de cuya no existencia estábamos casi seguros, y reconocer y fijar los de los nom brados Serranilla, Serrana, Nuevo y Roncador» ( 40).
El capitán de fragata Manuel del Castillo en el Alerta y el teniente de fragata Torcuato Piédrola en la goleta Industria dirigieron las operacio nes.
Desde Sabanilla se dirigieron en busca del Convoy, cuya existencia fue definitivamente descartada ( 41 ).
En los primeros días de enero de 1805 se reconocieron sucesivamente el bajo Nuevo, Serranilla, Serrana y Roncador.
Tras una escala en Santa Catalina, los expedicionarios volvieron a su punto de partida ( 42).
Poco tiempo después se realizó • como resultado de los trabajos la «Carta esférica de los bajos que hacen cuidadosa la navegación del puerto de Cartagena de Indias al cabo de San Antonio de la isla de Cuba, con inclusión de las islas de Jamaica, Santa Catalina y San Andrés», la primera verdaderamente científica de la travesía mencio nada (43).
Los miembros supervivientes de la expedición hidrográfica del Atlas americano permanecerán en Cartagena de Indias hasta 181 O, continuando la elaboración de cartas y derroteros e impulsando nuevos proyectos, como el de la Escuela Náutica Consular (44).
Un brillante final para el trabajo científico, que contrasta de modo dramático con la derrota militar española en Tierra Firme en 1821, cuyo amargo epílogo fue la travesía a Cuba de los supervivientes siguiendo la ruta estudiada por Fidalgo y sus hombres tan sólo algunos años antes. |
Dentro de los notables cambios tecnológicos surgidos a lo largo del siglo XIX, el ferrocarril fue, sin duda, uno de los de mayor trascendencia.
Si bien los «caminos de hierro» existían desde fines del siglo XVI en Alemania e Inglaterra, utilizados, entre otras actividades, para el transporte de vagones de mineral desde las bocaminas, su peculiaridad es que éstos eran arrastrados por fuerza animal.
La innovación en los procedimientos de transporte provino de la apli cación del vapor, cuyos ventajosos resultados se evidenciaron en 1829, cuando George Stepheson y su hijo Robert, diseñador y constructor, respectivamente, de la locomotora Rocket, vencieron en las difíciles prue bas de Rainhill (Liverpool), al cubrir su máquina un trayecto de 20 kiló metros en sólo 53 minutos.
A partir de entonces, la Rocket fue seleccionada como pieza motriz de los nuevos trenes que empezarían a correr entre Liverpool y Manchester, sustituyendo la locomotora a vapor a la tracción de sangre utilizada hasta entonces en los caminos de hierro ( 1 ).
Los Stepheson consiguieron incrementar la potencia y energía de la Rocket mediante la incorporación de elementos tan simples como la cal dera tubular y el tiro de vapor de escape del cilindro, que situaron a nivel de la chimenea, imprimiendo a la locomotora una velocidad de 12 millas (19,2 kilómetros) por hora.
ferrocarril a través de la administración de la Junta de Fomento, integrada por las más poderosas familias cubanas.
El primer proyecto, financiado eventualmente por un préstamo contraído bajo la garantía de España en Londres, no tardaría en mostrarse, al poco tiempo del inicio de su explo tación, como un elemento eficaz y beneficioso aplicable a las necesidades cubanas.
La comprobación de las posibilidades económicas y materiales de su construcción y la rentabilidad obtenida, impulsaron nuevos proyectos que, esta vez financiados con capitales cubanos, llegarían a establecer, en treinta y cinco años, una red de líneas férreas regionales concentradas, principalmente, en la parte occidental de la Isla.
El gobierno de Madrid concedió importantes privilegios, entre ellos garantías perpetuas sobre concesiones durante largos períodos, una ley sobre expropiación compulsatoria de tierras y la exención de gravámenes para todo el material y equipo pesado utilizado en las obras.
Hasta finales de la década de 1850, la extensión de los trabajos esped ficos del ferro carril fue rápida.
Los principales puertos de la Isla, La Habana, Matanzas, Cárdenas, Caibarién, Guantánamo y Cienfuegos, que daron unidos con el interior por medio de líneas férreas, cumpliéndose así uno de los objetivos centrales de los hacendados: abrir vías hacia los puertos para facilitar la exportación de los diferentes productos.
Sin embargo, la mayoría de las empresas ferroviarias se vieron fre cuentemente al borde de la quiebra, como en los años 1852-1854 cuando, al no lograr reunir montos de capital suficiente, se vieron incapacitadas para cumplir con los compromisos contraídos.
Pero estas dificultades no obstaron para que el espíritu de asociación para emprender este tipo de obras, desarrollado desde el tendido de las primeras líneas, se hiciera progresivamente más intenso, impulsado en gran parte por las disposiciones del gobierno al conceder ciertas garantías a los capitales que se aplicaran a esta industria.
El momento clave en la extensión de líneas férreas fue la década de 1850-1860, período durante el cual no hubo un solo año en que no se pidieran autorizaciones para acometer proyectos ferroviarios.
Estos fueron destinados a las principales zonas productoras del país, especialmente áreas azucareras.
Es significativo en este sentido el caso de la jurisdicción de Matanzas, que comprendía los términos de Cárdenas y Colón, donde, basándose en los resultados de la línea Habana-Güines, proliferaron los proyectos y el tendido de líneas férreas, generándose, posteriormente, una gran competencia y rivalidad entre las diferentes Compañías.
La disposición del tendido de las líneas siguió un modelo radial, uniendo las zonas interiores con los puertos más cercanos, dando origen a una red totalizadora que integraba ferrocarriles locales o líneas intermedias, como las de la zona central y oriental, con los grandes ramales principales.
Las líneas secundarias fueron de construcción más tardía, dado que, al atravesar zonas poco desarrolladas o improductivas, los costos resulta ban elevados, disminuyendo las perspectivas de beneficio para las em presas.
Y a a finales de la década de 1860, el tendido ferro viario no se desarro llaría con la misma magnitud, si bien se promovieron concesiones de nuevas líneas y se procedió a concluir o perfeccionar las construidas hasta el momento.
Si el cálculo de lo realizado en 1850 se cifró en 535 kilómetros, el tendido había alcanzado, ocho años después, una extensión de 1.302,054 kilómetros planificados, financiados y ejecutados por capitales extranjeros.
Una mirada al mapa•de los ferrocarriles en 1868 muestra claramente que la mayor parte de las líneas cubrían las regiones del sur y este de La Habana, contando el resto de la Isla sólo con algunas conexiones parciales.
El ferrocarril central, que uniendo el este con el oeste podría haber facili tado_.la integración del país, no fue construido en su totalidad hasta fines de siglo.
Otro elemento digno de resaltar fue la mano de obra utilizada en la instalación del ferrocarril cubano ( 4).
Siendo de dos tipos, especializada y no profesional, contó la primera con directores y técnicos, ingenieros, dibujantes y ayudantes de nacionalidad norteamericana; inglesa y francesa y la segunda con artesanos y jornaleros cubanos, prisioneros de guerra enviados por el gobierno peninsular, peones irlandeses y canarios contra tados expresamente para la obra, emancipados africanos retenidos ilegal mente en servidumbre, esclavos propiedad de la Junta de Fomento o alquilados por sus amos, cimarrones y, sólo más tarde, culíes.
Si al primer grupo correspondieron las responsabilidades de la toma de decisiones y la resolución de los problemas técnicos y constructivos, recayó en el segundo el peso efectivo de las penosas tareas del tendido ferroviario y las condiciones de trabajo infrahumanas a que se vieron sometidos.
Así pues, la adopción en Cuba del progreso tecnológico aplicado al transporte convivió y propició renovados sistemas de explotación de la fuerza de trabajo.
Las primeras locomotoras en Cuba
La temprana aparición del ferrocarril en Cuba tiene un significado que trasciende el mero hecho de su prioridad mundial o regional, al ejemplificar la forma en que se decidió el control del mercado ferroviario que se abría en la Isla con la introducción de las locomotoras.
Inglaterra, pionera del ferrocarril moderno y erigida en dueña absoluta del mercado ferroviario internacional hasta la década del 30 del siglo pasado, fue el núcleo proveedor de tecnología y equipamiento pesado al resto de los países, papel exportador del que no estuvo excluido Estados Unidos.
Si en los primeros momentos el mercado norteamericano se nutrió de la tecnología inglesa, posteriormente ambos países adquirieron carac teres diferenciados que permitieron abrir nuevas brechas en el horizonte científico-técnico ferroviario.
Las locomotoras norteamericanas, dotadas de peculiaridades propias, estuvieron en disposición de ofrecer al mercado mayor ligereza, flexibilidad operativa y ahorro.
Estas máquinas de vapor asimilaban leña como com bustible, tenían seis u ocho ruedas e incluían un truck delantero giratorio que les imprimía mayor seguridad en las curvas; asimismo, el espantavacas o rejilla delantera para apartar obstáculos de la vía las distinguía.
Incor poraron con rapidez variantes, tanto en la disposición de los cilindros como en la composición de los metales de la caldera y tubos, entre otras innovaciones (5).
Las primeras máquinas que llegaron a Cuba fueron comercializadas por el londinense Alejandro Robertson, comerciante que actuó también como intermediario en la negociación del empréstito para la construcción del ferrocarril.
Robertson se constituyó en el agente de la Junta de Fo mento cubana en Inglaterra para la adquisición de raíles, locomotoras, combustible, herramientas, carros y coches.
El modelo de locomotora elegido fue el Rocket de George Stepheson.
Por medio de Robertson, se compraron ocho máquinas de vapor de un tipo similar a las utilizadas en la línea Londres-Birmingham a un precio de 64.000 pesos, y se encargó la construcción de cuatro locomotoras de pasajeros y otras cuatro para mercancías a los fabricantes John Braith waites y Reanis, las cuales, recibidas a principios de 1837, surcaron por primera vez las tierras cubanas el 19 de noviembre de 1838.
El peso de los vehículos oscilaba entre las diez y doce toneladas; poseían cuatro grandes ruedas rígidas, todas de igual diámetro y capacidad para arrastrar algo más de 25 toneladas en una pendiente máxima de 45 pies por milla.
Entre otras particularidades, estos equipos poseían cilindros de Asclepio- doce pulgadas de diámetro diseñados para quemar carbón mineral y lograr una presión de sesenta libras por pulgada cuadrada (6).
Los primeros meses de explotación no dieron, sin embargo, los resul tados esperados.
La tónica estuvo marcada por la alteración de los itine rarios establecidos, a causa de descarrilamientos, rotura de máquinas, accidentes provocados por animales y hasta choques de locomotoras, situación que se agravó a mediados de 1839, llegándose a paralizar el servicio.
A partir de entonces, se manifestaron continuas controversias entre los ingenieros, técnicos y maquinistas ingleses que operaban con las locomotoras, y el ingeniero director de obras, el norteamericano Alejandro Cruger.
El diseño de la vía del ferrocarril habanero, realizado por ingenieros norteamericanos, fue criticado por los especialistas ingleses, quienes lo consideraban inadecuado, achacando los accidentes ocurridos a los de fectos de su trazado.
Cruger, por su parte, planteó la necesidad de incorporar dos locomo toras del modelo norteamericano y de contratar maquinistas experimen tados de ese país.
Luego de visitar varias fábricas, optó finalmente por el establecimiento Baldwin, donde adquirió dos máquinas de vapor por 14.500 pesos, una de ellas• para el transporte de carga y la otra, más ligera, para pasajeros, ambas con seis ruedas y truck delantero.
El cambio de la posición de las ruedas motrices hacia la parte posterior de la caldera, la difusión del bogie, su particular disposición y corta distancia entre sus ejes, permitía que corrieran sin dificultad por curvas de menor radio que las europeas, sin estar expuestas a salirse de las vías, innovaciones que las capacitaban para arrastrar convoyes de 150 toneladas y penetrar en zonas no accesibles hasta entonces (7).
Estas máquinas, las primeras exportadas desde Estados Unidos en 1838, eran muy superiores técnicamente a las inglesas, se alimentaban con leña y gastaban más de una cuerda en cada viaje a Güines.
Su llegada a Cuba fue acompañada de un equipo de técnicos norteamericanos contratados por Cruger que no tardaron en sustituir a los ingleses.
Los resultados de estas nuevas máquinas Baldwin fueron excelentes, restableciéndose así la confianza en el ferro carril, •cuyos funcionarios retiraron de la circulación las locomotoras inglesas e iniciaron los trámites para la devolución a Gran Bretaña de todo el material y la exigencia de reclamaciones.
A fines de 1838 arribaron a La Habana dos nuevas locomotoras ad quiridas en Estados Unidos, una fabricada por Norris y otra por Baldwin; de esta forma, el servicio ferroviario completado hasta Güines quedó cubierto únicamente con equipos norteamericanos.
Los coches para pasajeros, de la misma procedencia, presentaban las siguientes caracteristicas: los de primera clase tenían ventanillas corredizas, el techo cubierto con cuero fuerte, molduras y manijas de cobre.
El exterior era de caoba muy perfeccionpda en su línea.
En los asientos había cojines de paño.
En cuanto a los de segunda clase, la descripción contemporánea asegura que eran parecidos a los de primera; las dimen siones de ambos eran de cinco varas de fondo por dos varas y siete pulgadas de anchura, y una vara y tres cuartos de alto del techo.
Los coches de tercera tenían cuatro varas y media de largo por dos y media de ancho, siendo invariable la altura respecto a los anteriores, no así la madera utilizada en cada uno de ellos (8).
Una nota pintoresca de Samuel Hazart comenta:
«... cuando uno entra en los carros del tren, le admira su apariencia seca y aireada.
Las ventanillas no tienen cristales, sino simplemente per sianas de tablillas muy delgadas para permitir el paso de la mayor cantidad de aire.
Los asientos, así como sus respaldos, son de re j illa.
La manera como dan salida al tren es ridículamente curiosa: no es con los vivos y rápidos sones de una gran campana y el perentorio "señores viajeros al tren", sino por medio de un chino medio cubanizado con blusa azul y zapatillas que camina arriba y aba j o del andén sonando una campanilla como si estuviera vendiendo baratijas, y no anunciando la salida del tren... » (9).
Los paraderos y estaciones, así como los edificios destinados al material fijo y móvil, eran en general de reducidas dimensiones, pero tendieron a mejorarse con el tiempo.
En el mes de julio de 1839, apenas un año después de la incorporación del nuevo material norteamericano, la empresa cubana contaba con unos 120 carros de carga y dos coches para pasajeros, al parecer éstos muy cómodos y elegantes.
Sobre su operatividad, se calculó que, en caso de ser necesario trasladar tropas, cada máquina podría llevar veinte carros con una veintena de hombres y su equipo correspondiente, estimándose el tiempo para llegar a Güines desde la capital en menos de tres horas.
En cuanto a la velocidad desarrollada, aunque la media oscilaba entre las 15 y 18 millas por hora, llegaron a alcanzarse las 3 5 o 40 millas en el mismo tiempo (1 O).
Sistema y superestructura del ferrocarril.
Haremos alusión en este apartado a aquellos elementos como sistema, terraplenes, alcantarillas de desagüe y puentes carril que, experimentados por primera vez en la línea Habana-Güines, se aplicarían posteriormente en la mayoría de las líneas férreas cubanas hasta fines de 1878.
El sistema adoptado inicialmente fue el de carriles salientes sobre durmientes longitudinales y traviesas de maderas duras del país o impor tadas de Estados Unidos, principalmente ciprés, cedro blanco o roble.
Pero la escasez de madera obligó a renunciar a los durmientes y reem plazar los travesaños por polines y bancos de sillería; más adelante, advir tiendo los inconvenientes derivados de que se rompieran cuando los trenes llevaban mucha velocidad, o de que crearan desniveles en los carriles, se adosarían travesaños de madera sobre los mismos bancos.
Las traviesas se colocaban a una distancia de dos y medio a tres pies de centro a centro y bien adaptadas a las condiciones del terreno, sujeto a continuas erosiones en los terraplenes por las abundantes lluvias.
Sin embargo, a pesar de estas preocupaciones, la tendencia de las empresas a abaratar los costos empleando maderas flojas del norte, obligaría a las compañías a afrontar reparaciones frecuentes y costosas ( 11 ).
Para el relleno de los bajos de la vía se empleó el sistema de terraplenes artificiales sin muros ni estacas de contención, dándoles un talud de uno y medio por uno.
Este sistema, empleado comúnmente en los Estados Unidos, tuvo muy buen resultado en la Isla, a pesar de que en razón del clima y de la intensidad de los aguaceros se temió que se viesen destruidos con rapidez.
Se construyeron terraplenes de hasta 60 pies de altura, utili zando más de 150.000 varas de tierra; soportaban diariamente el paso de seis trenes cargados, pero no bajaron ni media pulgada en tiempo de secas.
Los taludes permitieron que al poco tiempo se cubrieran las escarpas de yerma, formando un compacto tejido que neutralizaba los efectos perjudiciales de las lluvias (12).
Las alcantarillas de desagüe construidas en toda la extensión de la línea, eran de sillería labrada con tirantes de madera quiebra-hacha de tercia para el paso de los carriles ( 13 ).
En cuanto a las obras de ingeniería, es destacable el tendido de un puente sobre el río Almendares y en el Paraje en difíciles condiciones.
Los 12 pies de agua corriente y 25 de fango hicieron preciso establecer la mampostería sobre pilotaje; aun así, por haber quedado alguna cabeza de los pilotes bajo el agua, fue necesario hacer un encajonado que se des aguaba con bombas p• ara poder trabajar en seco.
Todo el puente, de Asimismo, la creación de un túnel a poco más de un cuarto de legua del puente, en dirección a Güines, llevó a trazar un socavón del que se extrajeron 150.000 varas cúbicas de tierra, utilizadas parcialmente para hacer un terraplén inmediato.
Solamente se construyeron arcos de apoyo en las dos bocas de entrada, a pesar de lo cual no se originó ningún derrumbe, siendo esta obra, junto con la del puente, la más notable de toda la línea Habana-Güines (15).
Las barras-carril solían tener por lo común de 56 a 71 libras de peso por yarda lineal y su longitud variaba de 16 a 18, 20, 22 y 24 pies, dimen siones que se empleaban en las curvas y desviaderos.
La llamada T ame ricana servía para sujetarlas a cada traviesa mediante dos alcayatas cuyas cabezas abrazaban sus rebordes inferiores.
El sistema adoptado para unirlas entre sí fue variable, unas veces se utilizaron sillerías con alcayatas en todas las traviesas y otras sólo en las que correspondían. a dichas uniones, siendo considerado comúnmente como el mejor el de barra de conexión enlazada por cuatro tornillos alternándolas en cada lado.
Otro procedimiento fueron las sillas de plancha de hierro de 31 pulgadas de largo y tres octavos de espesor, las cuales, por medio de unas orejas, abrazaban las barras en sus rebordes inferiores, apoyándose en sus ex tremos sobre las dos traviesas más próximas, a las cuales se unían con dos clavos.
Sobre dichas planchas se apoyaban los carriles sujetos por mordazas mixtas de planchuelas de hierro de 16 pulgadas de largo, colocadas por la cara interior de los carriles y trozos de madera de roble de 7 pies y 5 pulgadas exteriormente; se unían a las barras con cuatro pernos de rosca y tuerca, de los que dos abrazaban los trozos de madera, los carriles y la planchuela interior, y los otros dos las dos primeras.
Los carriles se colo caban dejando intervalos de un cuarto de pulgada, y para permitir la dilatación se daba a los agujeros por donde pasaban los pernos una forma oblonga en sentido longitudinal.
Todo el sistema se unía a las traviesas con cuatro clavos de 9 pulgadas que aseguraban el trozo de roble que servía de mordaza (16).
El uso del balasto se impuso a principios de la década del 60; hasta ese momento no se había generalizado aún la práctica de utilizar en traviesas o puentes las durísimas maderas cubanas, pues a pesar de que abundaban en distintas regiones del país, las dificultades en la tala y transporte las convertían en un material costoso para la construcción de ferrocarriles.
En sustitución, se adquiría pino blanco y roble a través de los comerciantes norteamericanos, que abastecían a los puertos cubanos a precios asequi bles.
Pero las dificultades de conservación por la humedad y el calor ha ría que las empresas ferroviarias dirigieran su atención a las maderas locales, principalmente quiebra hacha, variedades del júcaro y el jiqui (17).
Con respecto a la tipología viaria, los ferrocarriles cubanos manifiestan, en una primera fase, una marcada uniformidad, influyendo en este hecho que los ingenieros y técnicos norteamericanos continuaron en su mayoría trabajando sucesivamente en distintas empresas a las que aplicaron idén ticos criterios tecnológicos y un mismo esquema vial.
La mayor parte de los caminos fueron de una sola vía, detectándose la doble sólo en casos aislados.
Durante los primeros veinte años del tendido de la vía férrea, las paralelas fueron extendidas casi siempre sobre la llamada cama del ca mino, terraplén de 20 a 21 pies de ancho que se hacía con la tierra y las piedras sobrantes de las mismas excavaciones originadas por los trabajos de construcción.
En Cuba, la gran mayoría de las Compañías adoptaron un ancho estándar para sus vías, 1,45 metros, aunque ciertas líneas, en casos excepcionales, instalaron paralelas con un ancho menor o medidas superiores, 1,60 metros entre ejes, característica incorporada posterior mente a la red ferro viaria española.
Durante los primeros años, la mayor parte del combustible utilizado para los ferrocarriles fue la leña, y sólo en pequeñas cantidades el carbón de piedra exportado desde Norteamérica y Gran Bretaña, pero a fines de 1868, el carbón, fuente de energía más económiéa, llegaría a utilizarse en todas las empresas.
A partir de 1878, los ferrocarriles en Cuba inician un proceso de cambio tecnológico, principalmente en el mejoramiento del camino y en el aumen to de la capacidad de los equipos de tracción.
En el primer caso, el cambio consistió en el reemplazo de los carriles de hierro característicos hasta entonces del ferrocarril por los nuevos raíles de superficie de acero, de mucha mayor resistencia al desgaste.
En el segundo caso, las locomo-toras, se efectuaron una serie de modificaciones que en su conjunto permitieron la construcción de equipos mucho más pesados y• veloces que lograban una mayor capacidad de tracción que hizo necesario el reforzamiento de los puentes y, en algunos casos, su completa recons trucción adosando vigas de hierro.
Entre otros elementos surgidos en la nueva tecnología del ferrocarril, es destacable la aplicación de los frenos al vacío en los trenes de viajeros y más tarde en los de carga, así como la instalación de los cambia-vía automáticos.
Hasta principios de 1870, la regla tecnológica seguida en Cuba en la construcción de vías férreas había sido el empleo de carriles de hierro con un peso que generalmente no sobrepasaba las 60 libras por metro, los cuales se apoyaban sobre la cama de un camino no siempre balastado.
El comienzo del uso de aceros tuvo lugar aproximadamente a partir de la década del 70, cuando algunas Compañías, como la del Ferrocarril de la Bahía, decidieron contratar para su funcionamiento ese nuevo tipo de raíles, esperando que duraran cinco o seis veces más que los utilizados hasta entonces (20), aunque indudablemente el costo de los carriles era mayor.
La competencia existente entre las empresas había obligado a buscar un incremento en la capacidad de arrastre de sus equipos, añadiendo varios carros más en los convoyes para favorecer su capacidad operativa.
La compra de locomotoras más potentes, que respondieran a las necesi dades crecientes del servicio, fue unida a la indispensable adquisición de equipos complementarios como planchas y fragatas para azúcar y jaulas para caña.
Desde un punto de vista general, la incorporación de nuevas técnicas por los ferrocarriles cubanos al finalizar el siglo XIX se había llevado a cabo en la región occidental, fundamentalmente, donde la industria azu carera no había sufrido las consecuencias de la guerra.
Esta adaptación a las transformaciones surgió como reacción a la amenazadora competencia y ante la necesidad de mantener y aumentar la rentabilidad del ferrocarril frente a la situación de crisis económica que, al final del siglo, cambió la estructura de propiedad de un gran número de Compañías.
Durante buena parte del siglo XIX, Cuba disfrutó de una brillante situación económica a la que contribuyó decisivamente el desarrollo de Asclepio-II-1991 los ferrocarriles.
Este avance tecnológico revolucionario, de gran trascen dencia en el ámbito mundial, ejerció en Cuba una influencia innegable en el ámbito económico-social que haría de la Isla un territorio de vanguardia en la adopción de innovaciones y uno de los líderes de la Era de los Ferrocarriles.
La instalación y desarrollo de las vías férreas respondió a la acuciante necesidad de proporcionar un medio de transporte cómodo, rápido, seguro y económico para los principales productos agrícolas de la isla que, desde el aislado interior, debían conducirse a los puertos de embarque para su exportación.
El ferrocarril aumentó y mejoró la eficacia de las operaciones mercantiles.
Como señala Moreno Fraginals:;<..• el ferrocarril y no la máquina de vapor aplicada al trapiche, es el principal elemento de la revolución industrial que trastorna completamente las condiciones cubanas de producción... » ( 21 ).
Desde un principio, Cuba adoptó la tecnología más novedosa, primero inglesa y después norteamericana, aplicada al ámbito industrial ferroca rrilero, tratando, asimismo, de conseguir los mejores técnicos, constructores e ingenieros de este ramo, acomodando las adquisiciones a sus posibilida des económicas.
Estas razones explicarían por sí solas el auge inversor volcado en los ferrocarriles desde los núcleos privilegiados habaneros y provinciales tanto como la localización de los caminos de hierro en el territorio isleño.
Tan importante ayuda al sector productivo y exportador permitió la conti nuación de su marcha ascendente.
El tendido ferroviario funcionó,• asimismo, como difusor de innovacio nes tecnológicas aplicadas a la exportación agrícola.
Al tratarse de un transporte sencillo y masivo, se utilizó para el traslado de equipos indus triales pesados, delicados y poco manejables, que produjeron un incre mento en la capacidad productiva de la plantación y, en consecuencia, una progresiva mecanización de las operaciones agrícolas. |
o publicados por autores españoles a lo largo del año 1990, incorporando además trabajos publicados en 1988 o 1989 que no habían sido recogidos anteriormente.
Las referencias se presentan ordenadas alfabéticamente por el apellido del autor y siguiendo las normas bibliográficas más usuales.
El índice de materias se ha confeccionado ordenando alfabéticamente las palabras clave extraídas de cada uno de las publicaciones y las entradas remiten, mediante el número asignado en el repertorio, a los diferentes trabajos.
Este año la Bibliografía incorpora también un índice de autores, puesto que pensamos que facilita una más completa recuperación de la infor mación.
Nuevamente debemos ágradecer sinceramente la colaboración de todos los investigadores que nos han suministrado información sobre sus publi-
Infraestructura de saneamiento 105.
Instituto de Bachillerato Séneca, Cór doba 554. |
La historia de la biología en México nos muestra numerosos casos en los cuales se discutió sobre la necesidad de optar por la ciencia aplicada en detrimento de la ciencia pura, sobre las relaciones entre ciencia e ideología y entre la ciencia y el poder, que nos permiten investigar hoy la forma en que se dirimieron estos problemas en el pasado.
En este artículo se estudian las concepciones y controversias entre dos prominentes científicos mexicanos, Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena, que tuvieron un papel relevante en las primeras etapas de la Biología en México, y se revisa la hipótesis de la inconmensurabilidad, con la cual se ha tratado este asunto previamente.
Se pone bajo análisis centralmente la recepción del lysenkismo, ocurrida durante la primera mitad del siglo XX, con los propósitos de estudiar el problema, los argumentos, los personajes involucrados, y, sobre todo, los efectos que tuvo tal recepción en el desarrollo de la investigación biológica en México, los cuales se prolongaron hasta casi finales de la década de los años sesentas en la Universidad Nacional Autónoma de México.
Los temas que se abordan en este artículo se enmarcan en la historia de la ciencia y particularmente de la biología en nuestro país y tienen como punto de partida la disputa entre Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena, así como la recepción del evolucionismo darwiniano y del lysenkismo y sus efectos sobre las ideas evolucionistas, la investigación biológica y, en general, el desarrollo de la biología en México.
La importancia de analizar a los personajes y sus ideas, deriva de que vivieron en una época durante la cual se definieron los temas y problemas de la investigación biológica de la primera mitad del siglo XX, y se establecieron algunas de las más importantes instituciones de enseñanza e investigación del México actual.
En un trabajo anterior, Argueta1 señaló la necesidad analizar, bajo nuevas hipótesis y nuevos documentos, los argumentos y mecanismos institucionales por medio de los cuales Isaac Ochoterena tuvo las posibilidades de cercenar desde la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), una sólida introducción del darwinismo en México, en la vertiente de la Síntesis evolutiva, ya que precisamente en los momentos en que la también denominada Teoría sintética, se encontraba en gestación y desarrollo, Ochoterena ocupó la dirección del Instituto de Biología de la UNAM, entre 1929 y 1946, es decir, durante 17 largos años.
Alfonso L. Herrera El primer esfuerzo sistemático para introducir el darwinismo en México, lo realizó Alfonso L. Herrera (1868Herrera ( -1942) ) en la última década del siglo XIX.
Enrique Beltrán lo califica de «campeón indiscutible», pues fue un evolucio-----nista convencido, plasmogenista, ateo 2 y masón 3.
Orgullosamente autodeclarado alumno de Alfredo Dugés, Herrera mantuvo con él una importante correspondencia en diferentes etapas de su vida 4, a través de la cual le consulta a Dugés sobre diversos asuntos específicos (identificación de algún ejemplar, observaciones anatómicas, autores, etc.), o solicita su opinión sobre aspectos de la teoría de la evolución, de la cual argumenta para convencer a su respetado maestro.
Roberto Moreno de los Arcos lo ubica como «el darwinista más activo y connotado», cuyo mejor trabajo doctrinal es Recueil des Lois...
5, y hace notar que fue redactado como un texto de «catecismo», donde Herrera expone sin poner en duda ninguna afirmación, por lo que opina que es su obra más importante dentro de la larga lista de escritos darwinistas y representa la síntesis del movimiento evolucionista en México 6.
Para Ruiz, Herrera es «el único que en ese período tiene una concepción generalizadora de lo vivo».
Lo describe como el más destacado de los naturalistas mexicanos de fines del siglo XIX y principios del XX, situándolo entre los fundadores de la Biología en nuestro país.
Es también el único de los científicos nacionales conscientes del momento que viven las Ciencias Naturales, esto es, el momento de transición entre la Historia Natural y una ciencia con un objeto único: la vida; postula que entonces se deja de describir lo vivo para tratar de explicarlo y que es uno de los pocos biólogos en México, que tienen una concepción filosófica clara y consciente 7.
Herrera publicó su primer artículo científico, donde expone y discute tesis evolucionistas, en 1890 8, cuando contaba con veintidós años y puede decirse que ----2 BELTRÁN, E. (1942), «Alfonso L. Herrera: un hombre y una época», Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, tomo III, nos.
3 BELTRÁN, E. (1977), Medio siglo de recuerdos de un biólogo mexicano, México, IMER-NAR, p.
4 BELTRÁN, E. (1945), «Datos y documentos para la historia de las ciencias naturales en México.
II Correspondencia de Alfredo Dugés con Alfonso L. Herrera (1888Herrera ( -1893))», Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, tomo VI, nos.
7 RUIZ, R. (1987), Positivismo y evolución: Introducción del darwinismo en México, México, UNAM, pp. 83 y ss.
Primera figura de la Biología mexicana», Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, tomo XXIX, diciembre, p.
Señala que fue escrito en 1887, lo que significaría que la primera aportación evolucionista de Herrera fue hecha a los 19 años El dato ha sido verificado y la fecha correcta es la que aporta Moreno. entre 1890 y 1904 desarrolló la mayor parte de sus ideas evolucionistas y escribió la casi totalidad de sus artículos relativos a este tema9.
Posteriormente incluyó el darwinismo en diferentes secciones de cuatro libros, que hacían parte de un conjunto dedicado a la enseñanza y que dio a la imprenta entre 1924 y 192510.
Herrera es el introductor del evolucionismo darwiniano en México, pero Ruiz le señala dos grandes carencias: no realizó investigaciones con el propósito específico de comprobar o ampliar alguna de las tesis evolucionistas, probablemente porque consideró al darwinismo una teoría terminada y completa, y mantuvo opiniones ligadas a las tesis de Lamarck y de Haeckel, ya que rechaza la existencia de contradicciones entre las teorías de Lamarck y Darwin, y se plantea el evolucionismo como la suma mecánica de ambas11.
Como lo ha señalado Ruiz12, para Herrera al igual que para muchos evolucionistas de la época, no hay ninguna contradicción significativa, entre Darwin y Lamarck13.
Ruiz ha analizado en otro texto 14 las tesis herrerianas sobre el núcleo duro del evolucionismo: la variación, la selección natural, la lucha por la vida, la adaptación, la herencia, la divergencia de caracteres, el gradualismo y el pro-----greso, y revisó también el tratamiento que Herrera dio a temas más generales, como los conceptos de especie, de evolución, de unidad de plan, del darwinismo y el neodarwinismo, así como sus ideas y opiniones sobre el papel de la ciencia, entre otros.
Herrera elaboró una versión propia del evolucionismo, que muestra una gran influencia de las ideas de Lamarck, Haeckel y Darwin, en ese orden de importancia; por ejemplo, respecto a la Variación, aceptó como motor de cambio al uso y desuso de los órganos y a la influencia directa del medio y rechaza que tales modificaciones puedan aparecer por azar, por lo que su concepción es absolutamente lamarckiana.
Muy ligado a lo anterior, considera que la Adaptación es la facultad de acomodamiento a las diferentes condiciones de vida, es un proceso en el cual el organismo responde con una modificación estructural, funcional o conductual, pues tiene como base la variabilidad de los seres vivos.
Por ello mismo, todas las variaciones son o pueden ser adaptativas, aun las que no son, se producen por la interacción ambiental, tales como las monstruosidades y, de hecho, adaptación es sinónima de evolución.
En este punto Herrera está muy influenciado por Haeckel, a la mitad entre Lamarck y Darwin.
En la concepción herreriana, la Selección natural es el proceso en el que los seres más aptos en la lucha por la vida tienen mayores posibilidades de persistir, por lo que parece una refinación del concepto de Darwin, pues Herrera subraya «la mayor probabilidad» de persistencia.
Tal vez -señala Ruiz-la diferencia se deba a que Herrera está pensando en individuos y Darwin se está refiriendo a variedades y poblaciones.
Herrera introduce en este punto un planteamiento importante para no confundir la causa con el efecto, reafirma que la selección natural no es una fuerza creadora ni una entidad inteligente y que no hay que personificarla ni menos deificarla.
En el tema de la Herencia, Herrera retoma las ideas de la herencia como fuerza conservadora y la variación como fuerza de cambio, que es una posición típicamente haeckeliana, y sigue a Lamarck en cuanto a la herencia de las modificaciones adquiridas.
Recordemos que este es un punto central en Lamarck y en Haeckel, mientras que Darwin lo acepta pero no le da la importancia que ellos le otorgan.
Herrera admite que los cromosomas contienen a los caracteres hereditarios, pero no acepta la tesis weismaniana de la separación entre soma y células germinales, porque el «organismo» es una unidad, porque ni la cromatina puede vivir aislada ni la «evolución verdadera» se da sólo en el plasma germinal, sino en el ser vivo como unidad completa.
Herrera, con todo y su sesgo lamarckiano, es un introductor del darwinismo en la biología, con lo cual establece una ruptura con la historia natural, disciplina a la que también contribuyó y enriqueció enormemente.
En este sentido es interesante conocer que Herrera planteó, sin embargo, que cada disciplina debía tener su sitio y su espacio, que no debía favorecerse una en lugar de la otra, es decir, que no debíamos «matar a la Historia Natural en nombre de la Biología» 15.
Debe agregarse que al inicio del siglo, entre 1900 y 1929, Herrera dedicó grandes esfuerzos a la biología aplicada y a la creación y administración de instituciones científicas, así como a la enseñanza en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela Normal para Maestros 16, entre otras, y fue en esa etapa en la que escribió los libros señalados antes, dedicados a la enseñanza media y a la divulgación 17.
Ochoterena (1885Ochoterena ( -1950) ) publicó algunos artículos sobre el tema evolucionista, en el Boletín de la Dirección de Estudios Biológicos, seguramente impulsado por su jefe y director Alfonso L. Herrera, el cual puso empeño en que el boletín sirviera de palestra para que, como parte de las actividades teórico-----15 HERRERA, A. L. (1924), Biología y Plasmogenia, México, Herrero Hermanos, p.
Desde la perspectiva de la enseñanza, afirma que es necesario desarrollar lo mejor de la historia natural para construir a la biología y que ningún maestro de biología puede ser buen maestro y enseñar la teoría de la evolución si no es naturalista.
«De la misma manera que para ser ingeniero o abogado se necesita una amplia preparación especial, para ser biólogo es indispensable prepararse en ciencias naturales, estudiar plantas y animales en el laboratorio y en el campo, conocer la geología y la paleontología y, muy especialmente, la química, la física y la fisicoquímica.
Un profesor o investigador que no posea estos conocimientos jamás podrá entender ni enseñar las teorías e hipótesis de la evolución, basadas en infinidad de hechos y minuciosidades que sólo abarca el naturalista viajero y clasificador y a este respecto se recordará que Darwin, Wallace y Haeckel, antes de publicar sus inmortales obras, hicieron labor amplia y militante de naturalistas».
Primera figura de la Biología mexicana», Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, tomo XXIX, diciembre, pp. 76-77.
Dice que en carta dirigida a él en febrero de 1930, a propósito de comunicarse los planes mutuos sobre próximas publicaciones, Herrera le dice «He tenido la idea de publicar un periódico exclusivamente dedicado a la teoría de la Evolución... pero no haré nada si usted cree que este periódico pueda perjudicarlo en lo que se refiere a su proyecto de periódico científico de que me habló....».
En esos difíciles momentos para los dos, posteriores al desmantelamiento de la Dirección de Estudios Biológicos, ni la proyectada revista de Beltrán, ni los propósitos de Herrera, se pudieron llevaron a cabo. prácticas de la institución, diversos colaboradores hicieran difusión de las ideas evolucionistas 18.
Primero tradujo y publicó en 1916, el artículo de De Vries «Principios de la Teoría de la Mutación», y en el mismo tomo publicó otro al que tituló «Comentarios a la teoría de la mutación», en donde señala que De Vries propone la posibilidad de las variaciones bruscas y sin transición, es decir, a saltos, frente a lo que comenta: «Todas las observaciones de la distribución de plantas y animales y todas las experiencias de la Anatomía experimental, demuestran que con mayor extensión y amplitud que los cambios por salto, debido ya a uno, o lo que es más probable a varios factores mal determinados aún, existen las pequeñas variaciones producidas por las causas lentas que, obrando de acuerdo con el tiempo, tienen su origen en la mutabilidad eterna del medio que rodea a los seres» 19, con lo que deja claro que se opone a la variación saltacionista y se adhiere al gradualismo.
La recepción, traducción e introducción de Ochoterena tiene efecto entre los biólogos mexicanos unos 15 años después, pero nuestro autor lo hace para marcar su diferencia de opinión con el mutacionismo y reafirmar su adhesión a la influencia del medio y al gradualismo que ubica como lamarckiano-darwiniano, de la siguiente forma: «La cuestión de los caracteres adquiridos está, a nuestro juicio fuera de duda, ya que, como dice muy bien M. Edmond Perrier: «Quien dice evolución, dice adquisición de caracteres» 20, con total resonancia spenceriana, y finalmente subraya «Para terminar este trabajo, manifestaremos que hay otro punto en que los razonamientos del señor profesor De Vries no nos convencen; nos referimos a la exclusión absoluta de las variaciones lentas conforme las suponen y aceptan las teorías de Lamarck y Darwin» 21.
En la segunda década del siglo XX, el entonces profesor de la Escuela Nacional Preparatoria, Isaac Ochoterena elaboró un libro de texto para las lecciones sobre el tema, en esa institución.
Dicho texto, al igual que los de Du-----18 Ver también PÉREZ AMADOR, M. (1917), «La Unidad Universal»; HERRERA, A. L. (1917), «Discurso de Inauguración»; OCHOTERENA, I. (1916a),«Principios fundamentales de la teoría de la mutación» de Hugo de Vries (traducción), Boletín de la DEB, t.
II, pp. 180-183; HERRERA, A. L., (1918) gés y Herrera, fueron editados expresamente para el nivel de enseñanza media superior y al igual que aquellos, sirvió también de vehículo para discutir las ideas evolucionistas en México.
La redacción del libro, denominado Lecciones de Biología22, fue solicitada por el director de la Escuela Nacional Preparatoria, Vicente Lombardo Toledano a Ochoterena, en ese momento profesor y jefe del Departamento de Ciencias Biológicas.
El libro introduce al estudiante, a través de varias lecciones hacia los asuntos de la herencia, el evolucionismo, la teoría de la descendencia, la variación en Lamarck, en Darwin y por salto, así como la vida de Darwin.
Al abordar el evolucionismo, plantea las posiciones de los espermatistas y de los ovistas, discute y critica la teoría del soma y las células germinales de Weismann y, al igual que Herrera, afirma que las posiciones de Lamarck y Darwin no son incompatibles y que se puede tomar de cada una lo que tienen de positivo.
Es notable que a casi 20 años de la opinión expresada por Herrera en sus Nociones de Biología (1904), Ochoterena repita el mismo esquema, con lo que definitivamente se ubica también en la perspectiva neolamarckiana, dentro de las corrientes postdarwinianas, El programa del curso, denominado «Curso sintético de Biología», para el cual fue preparado el libro, contiene, entre otros, los siguientes capítulos: «La herencia, transmisibilidad de los caracteres de la raza y de los individuos.
Teorías generales acerca de la herencia.
Los caracteres adquiridos y el mecanismo de su transmisión hereditaria.
Variación darwiniana y sus leyes.
Lucha por la existencia y la selección natural.
Pruebas anatómicas, paleontológicas y embriológicas del transformismo.
Crítica de las teorías evolucionistas»23.
Precisamente en la lección XI, dedicada a La Herencia, el autor introduce un subcapitulo al que denomina «Caracteres adquiridos».
Dice que ilustres teorizantes como Weismann o Spencer han disertado sobre el tema «demostrando por medio del razonamiento, el primero que no se heredan y el segundo que sí se heredan los caracteres adquiridos»24.
Para Ochoterena esas discusiones están superadas, pertenecen a la historia de la Biología y no reflejan los conceptos actuales que se esclarecen más por observación y experimentación, que por el principio de autoridad.
----Ochoterena defiende la idea de la herencia de caracteres adquiridos en el proceso de adaptación del organismo al medio y remite a los lectores al ejemplo de los tripanosomas resistentes al Atoxyl, medicamento con el cual se les combatía.
Señala Ochoterena: «... pero si la dosis empleada, bien sea de Atoxyl puro o combinado con la emetina o con otros medicamentos, es insuficiente y si se suministra con cierta constancia, los protozoarios de que tratamos se acostumbran a la sustancia tóxica y constituyen una raza resistente que conserva este carácter adquirido a través de centenares de generaciones...» 25.
Este y otros son los ejemplos que Ochoterena brinda a los estudiantes para demostrar que la observación y la experimentación permiten resolver la controversia, sobre el tema.
Después de presentarlos uno a uno, concluye que: «Estos casos tan elocuentes y probatorios, cuyos resultados son concordantes, nos permiten afirmar que, aunque desconocemos exactamente su determinismo, son en gran número de ocasiones, hereditarios los caracteres adquiridos»26.
A partir de ambas afirmaciones, podemos señalar que entre 1917 y 1922, no hubo cambios en su información y enfoque sobre este tema crucial.
En 1922 Ochoterena cuenta ya con 37 años y sus opiniones sobre el tema, no difieren absolutamente en nada, de las de su maestro Herrera.
Efectivamente, también para Ledesma,27 esa etapa académica de Ochoterena es una etapa de coincidencia con los intereses de Herrera y «podría pensarse que aún no ocurría la confrontación entre ambos, más bien había una influencia teórica...» y agrega que «sería más tarde cuando entablen una competencia académica la cual represa intereses radicalmente distintos y concepciones discrepantes».
Los documentos muestran que Ochoterena incursionó entre 1917 y 1922 en el tema, y como lo ha señalado Meléndez28 lo hizo intermitentemente a lo largo de los años posteriores en diversas obras.
Le otorgó una gran preponderancia al trabajo descriptivo, que por una parte puede verse como la continuación de una línea de la historia natural y, por la otra, su convicción de indagar en las relaciones que existen entre la forma y la función para precisar las correlaciones entre el individuo y el medio y conocer cómo actúan los excitan-----25 Ibidem, p.
tes sobre los seres vivos y cómo éstos responden a los estímulos29.
Es frecuente ver en los artículos de florística, neurología, fisiología e histología de Ochoterena, la mención a los conceptos de evolución, selección, adaptación y supervivencia, entre otros, pero sin profundizar en ellos.
Aunque hay algunas pequeñas diferencias entre las visiones evolucionistas de Herrera y Ochoterena, es claro que comparten ideas similares, por ejemplo, la fuerte convicción por los supuestos de la herencia de caracteres adquiridos, idea que se encuentra en el Darwin de la primera a la sexta edición de El origen de las especies 30.
Aun cuando realmente se dio una ruptura entre Lamarck y Darwin, que consistió principalmente en la inclusión del azar, concepto que rompe con una teoría teleológica e inicia una teoría donde el resultado es contingente, sin embargo, las ideas sobre la herencia de caracteres adquiridos que preconizó Herrera, fueron parte del andamiaje darwiniano en el que también se movió Ochoterena.
En este sentido, Herrera al igual que Ochoterena, creían que la herencia era un proceso dinámico que no debía ser considerado como algo estático y mecanicista, y en donde el medio jugaba un papel fundamental.
Convincentemente afirmaba Herrera en forma similar a Darwin que los caracteres adquiridos tienen tanta más seguridad de ser transmitidos cuanto mayor es el tiempo que el organismo ha estado sometido a la acción de las causas modificadoras o las generaciones sucesivas 31.
Desde 1897 Herrera sostenía que el motor de cambio era el uso y desuso y la influencia directa del medio principalmente en las plantas, una variedad nueva o una nueva especie distinta al original era resultado por el puro efecto del medio 32.
Herrera sostuvo una idea similar en Nociones de Biología y señaló en Biología y Plasmogenia, que: «Todos los seres varían constantemente ----bajo la influencia del medio, cambio de condiciones, clima, terreno, alimento, aire, luz altitud, uso y falta de uso.
La adaptación exige, de acuerdo a Herrera, que el protoplasma se modifique e incluso que los órganos se transformen profundamente adaptándose a las nuevas necesidades 33.
Ochoterena aceptó los principios darwinistas de la evolución que operan sobre una variación producida por los cambios ambientales.
Las diferencias entre Darwin y Ochoterena residían en que mientras Darwin vacilaba en su consideración sobre si la variación adaptativa era más importante o era la que él llamaba «sport», Ochoterena pensaba que la variación más importante es esta última, a la que llama mutación, aceptando los supuestos de Hugo De Vries.
34 Adicionalmente, a pesar de que conocía la teoría cromosómica de Morgan, la aceptaba con reservas, pues seguía considerando a finales de los años cuarenta que las alteraciones de los genes o genas (como él los llamaba) estaba aún por confirmarse, ya que estaba convencido de que algunos factores radicaban en el núcleo y otros en las estructuras del protoplasma.
Aun más, consideraba que de aceptarse en su forma y en su fondo las ideas de Morgan y su escuela, se llegaba en consecuencia, a la negación total de la evolución orgánica puesto que sólo aparecerían los caracteres existentes, sin posibilidad de adquirir otros nuevos 35 del origen de la misma», bajo el argumento de que lo que «requería el país eran productos de la ciencia aplicada y no de la biología teórica» 37.
Es importante recordar que la institución precursora que sirvió de base al establecimiento del Instituto de Biología, fue la Dirección de Estudios Biológicos (DEB), se creó justamente bajo la perspectiva de «tomar a su cargo, tanto en el campo como en el laboratorio, el estudio y la investigación de la flora y la fauna, para conocerlas en su conjunto y en sus detalles, para clasificar sus especies y para aprovechar sus productos, en beneficio de la Nación y de sus habitantes» 38, por lo que tuvo una orientación tanto teórica como fuertemente aplicada, alcanzando varios éxitos, por ejemplo, en el levantamiento de los inventarios y mapas florísticos y faunísticos estatales 39, el acrecentamiento del Herbario Nacional y en el combate a plagas agrícolas, como la de la langosta 40, entre otras muchas actividades de difusión y comunicación de las ciencias biológicas.
El párrafo sobre el nuevo perfil institucional y las áreas que tendría el futuro instituto, se elaboraron para demarcarse absolutamente de los trabajos de Herrera, quien en la Dirección de Estudios Biológicos, además del cargo de Director, trabajaba justamente en la Sección de Biología, a cargo del Dr. Emiliano Torres 41, pero al mismo tiempo significó que en el centro de investigaciones biológicas más importante del país, en esos momentos, se produjera una bajísima permeabilidad y rechazo a estos temas y no se produjeran avances en dos de las cuestiones centrales de la biología del siglo XX: el origen de la vida y el evolucionismo.
El Instituto de Biología de la UNAM (IBUNAM), con propósitos meramente aplicados, se estableció para sustituir a la DEB, cuyo sentido fundamental de investigación fue la ciencia aplicada.
Es decir, que para los tomadores de decisiones de la época, no era lo mismo la ciencia aplicada de la DEB, que la ciencia aplicada del IBUNAM, lo cual por supuesto es un absurdo total, que nos muestra que el propósito fue más una disputa por el control de las instituciones, que un cambio en los enfoques y las políticas de investigación.
----37 OCARANZA, F.; MOCTEZUMA, M.; MORONES, S. (1929), Programa de Trabajo del Instituto de Biología, Archivo del Instituto de Biología, CESU, UNAM, p.
38 ROUAIX, P. (1942), «El profesor Alfonso L. Herrera y su labor en la Comisión de Parasitología Agrícola», Rev. de la Soc.
39 BELTRÁN, E. (1953), «Hechos salientes de la biología mexicana en el siglo XX», Memoria del Congreso Científico Mexicano, t.
40 BELTRÁN, E. (1977), Medio siglo de recuerdos de un biólogo mexicano, p.
Recordemos que si bien Herrera tenía como propósito importante la investigación teórica, también fue un gran cultivador de la investigación aplicada e incluso del diseño, creación y administración de instituciones científicas de carácter práctico o aplicado, como fueron los programas de trabajo de dos de las instituciones científicas más importantes de México al inicio del siglo XX: la Comisión de Parasitología Agrícola (1900)(1901)(1902)(1903)(1904)(1905)(1906)(1907) y la Dirección de Estudios Biológicos (1915-1929).
Ese interés por la investigación aplicada es propio de un investigador de la historia natural (y no sólo la elaboración de inventarios y listados) y en este caso, Beltrán anota que Herrera incluso le apoyó con algunas ideas y propuestas de aplicación, durante la fase de proyecto del que después sería el Instituto Biotécnico, que funcionó bajo la dirección de Beltrán entre 1934 y 1940 42.
El desenlace de la disputa institucional significó para Herrera el eclipse dentro de las instituciones públicas del país, mientras que para Ochoterena fue el paso para su afianzamiento en el puesto de dirección del Instituto de Biología, durante más de quince años, pero al mismo tiempo significó que en lo personal no profundizara en los estudios de lo que se denominó «biología general y origen de la vida», con lo cual personalmente siguió siendo lamarckista, como ya lo era entre 1917 y 1922 pero, desafortunadamente, hubo otros resultados aún más negativos.
SOBRE LA HIPÓTESIS DE LA INCONMENSURABILIDAD RESPECTO AL EVOLU-
Para Ruiz 43 es claro que Herrera comparte con Lamarck, la artificialidad de las clasificaciones; las especies no son todas contemporáneas sino que descienden unas de otras; la variación es producto de los cambios en el medio ambiente; las condiciones de vida influyen en la organización y forma general de los animales (uso y desuso); tendencia al aumento de complejidad; gradualismo; principio de igualdad entre fenómenos físicos y biológicos; generación espontánea en plantas y animales sencillos; la idea de serie, pero en la cual Lamarck excluye a los seres no vivos y Herrera los incluye.
Herrera sigue a Haeckel en el tema de la oposición entre herencia y adaptación, mientras que para Darwin la oposición se verifica entre la herencia y la variación y no toda ----42 Ibidem, pp. 127-128.
43 RUIZ, R. (1987), Positivismo y evolución: Introducción del darwinismo en México, México, UNAM, p.
Con relación al gradualismo, se trata de un tema común entre Lamarck, Darwin y Herrera, pero debe agregarse que Herrera conoció la propuesta mutacionista de De Vries y consideró que algunos cambios súbitos y bruscos podrían deberse a las mutaciones.
Por su parte, Ochoterena dedicó algunas reflexiones a la selección natural y al origen de las especies, la adaptación, la supervivencia y otros temas similares, de manera intermitente a lo largo de los años posteriores en diversos textos 44, pero no cabe duda que al no existir el espacio institucional para hacerlo ampliamente, intercambiar y discutir con los colegas, no hizo sino repetirse hasta adquirir rasgos de circularidad, sin diálogo con las corrientes contemporáneas.
Su obra principal, respecto a este tema, siguió siendo las «Lecciones de Biología» de 1922, que se convirtieron en el «Tratado Elemental de Biología» a partir de la segunda edición de 1929 y que continuó reimprimiéndose muchos años después 45.
En la edición de 1950, que estaba reelaborando en el momento de su muerte 46, en el capitulo XV denominado «Teoría para explicar la herencia.
Crítica y estado actual», Ochoterena señala que Mendel y Morgan admiten las variaciones denominadas por ellos mutaciones, pero que afirman que no pueden ser previstas y que carecen de valor como agentes modificadores de la herencia 47.
Reitera que de aceptarse las ideas de los genetistas, se niega totalmente a la evolución orgánica, ya que solamente aparecerían en los nuevos individuos los caracteres de sus antepasados, sin posibilidad de adquirir otros nuevos y, «si apareciera algún carácter nuevo, se perdería, ya que vendría a formar par-----44 Ver «Algunos conceptos fundamentales acerca de la evolución de los seres vivos» (1931); «Algunas orientaciones fundamentales de la biología» (1940); Estudio biológico de los órganos de los sentidos (1941); entre otros.
45 De lo revisado a la fecha, las ediciones y reimpresiones fueron las siguientes: OCHOTE-RENA, I. Lecciones de Biología, 1a.
Ed., Editorial Botas, 1970, 493 pp. Es claro que el libro se utilizó ampliamente para dar las lecciones de Biología a los estudiantes de la Escuela Nacional Preparatoria por casi cinco décadas, entre 1922 y 1970, y podemos suponer el enorme impacto de esta obra, por la cantidad de años que estuvo en circulación entre numerosas generaciones de estudiantes de México.
XI; dice en la nota introductoria que ayudó a Ochoterena a redactar, a partir de los apuntes de éste, el apartado final del capítulo XV: «Teoría para explicar la herencia.
Crítica y estado actual».
255 te, exclusivamente, del llamado plasma somático, sin afectar el plasma germinativo, único que, según ellos, puede transmitir hereditariamente los caracteres».
Frente a esto afirma que: «La experiencia, sin embargo, demuestra la existencia de cambios en los seres vivos, cambios transmisibles a la descendencia...» 48.
Y unos párrafos después, cierra el tema con la siguiente sentencia: «Esto vuelve a dar actualidad viva y potente a las ideas de Lamarck, uno de los más profundos filósofos de la Biología, quien admitió la persistencia hereditaria de los caracteres adquiridos bajo la influencia del ambiente, caracteres que se conservarán en tanto el individuo no sea sometido a condiciones diversas» 49.
Con base en los hechos y documentos anteriormente citados, en los cuales se muestra claramente que sigue hablando de herencia de caracteres adquiridos en 1950, casi en el mismo sentido que lo hacía en 1922, podemos afirmar que Ochoterena no se diferenció de Herrera superando el darwinismo influido de lamarckismo de aquel, con un darwinismo de corte más contemporáneo, como lo fue el fisherismo entre 1918 y 1933 50.
Por lo expuesto anteriormente, consideramos que la propuesta de Ledesma 51 respecto a la posible inconmensurabilidad entre las posiciones de ambos autores, es inaplicable, ya que en cuanto al tema evolucionista, opiniones polares o discrepancias absolutas nunca existieron, y no las hubo porque las concepciones evolucionistas de Ochoterena de su etapa madura no fueron teóricamente distintas de las que expresó en los años veinte, cuando se formó al lado de Herrera.
Pérez Ransanz nos recuerda que el término fue llevado por Kuhn de la «inconmensurabilidad matemática», entendida como la falta de una unidad común de medida, hacia la filosofía de la ciencia para utilizarla metafóricamente en el terreno de las teorías empíricas para indicar la falta de un lenguaje común que permita su traducción, sin pérdidas ni residuos 52.
---- Kuhn no analizó, por ejemplo, los posibles casos de «subteorías rivales», aquellas que en el ámbito de un mismo paradigma suponen las mismas leyes o postulados fundamentales, pero que rivalizan con respecto a ciertas hipótesis y que generan ciertas controversias, que se ha desarrollado posteriormente como lo señala Pérez Ransanz, pero tampoco es el caso protagonizado entre Ochoterena y Herrera, ya que entre ellos no hubo teorías ni subteorías rivales, tampoco intraducibilidad, en suma la hipótesis de la inconmensurabilidad entre las teorías que ambos preconizaban, nos parece que es insostenible.
LA RECEPCIÓN DEL MICHURINISMO -LYSENKISMO EN MÉXICO
Un análisis más completo sobre las concepciones teóricas, las posiciones académicas y las prácticas institucionales de Ochoterena no se agota en lo relativo a su triunfo institucional sobre Herrera o la no inconmensurabilidad entre las perspectivas teóricas de ambos autores, sino que debe ahondar en las ideas en que incursionó posteriormente.
Entre 1946 y 1950, es decir, a finales de la primera mitad del siglo XX, los textos de la octava y la novena ediciones del Tratado Elemental de Biología son claves para entender ese siguiente período, en donde Ochoterena señala los avances del darwinismo, el neodarwinismo de Weismann, el mendelismo, y el mutacionismo de Morgan, Bridge y Sturtevant, entre otros autores, pero nunca menciona a los principales autores evolucionistas de ese momento como Dobzhansky53, Mayr54, Huxley55 y Simpson56, Rensch y otros que habían elaborado, desde finales de los años 30, los principales textos y las ideas centrales de lo que entre 1936 y 1947 fue precisamente la vigorosa Síntesis evolutiva o también conocida como Teoría sintética57.
Por el contrario, no sólo no recepciona la Teoría sintética, sino que recibe y divulga el michurinismo-lysenkysmo.
Ochoterena explica que: «Los agrónomos y biólogos soviéticos han obtenido asombrosos resultados en los últimos ----años (...).
Han llegado incluso a la obtención de especies nuevas hibridando las existentes por el procedimiento del injerto de plantas pertenecientes no sólo a diversas especies, sino a diversos géneros» 58.
Es evidente que argumenta sobre la misma base ideológica de lo que se denominó «el darwinismo creador soviético», que se propuso combatir el socialdarwinismo del darwinismo, ya que afirmaba: «De una innegable trascendencia social son estas adquisiciones científicas, pues tienden a invalidar, en lo que a la humanidad se refiere, las conocidas ideas de Malthus, sobre las cuales Darwin basó su teoría de la lucha por la existencia, puesto que aumentan y mejoran la subsistencia del hombre» 59.
La serie de conferencias que ofreció en 1949 en El Colegio Nacional, dedicadas a la herencia y la evolución, presentan un diseño similar, de las cuales solamente extraemos los títulos de las dedicadas al evolucionismo, que dan prueba de que el tema le fue muy significativo: «Los sistemas evolucionistas: espermatistas y ovistas.
Buffón y sus moléculas orgánicas.
La pangénesis de Darwin.
Breve exposición de las teorías micromeristas: de Weismann a la genética.
Las teorías organicistas: Roux y Hertwig.
Doctrina de las causas actuales.
Infecundidad de las teorías micromeristas y su desacuerdo con la Doctrina de la Evolución.
Las causas actuales; hechos embriológicos e histológicos.
Los trabajos de Lysenko y Michurin y su significación para el progreso de la agricultura y para el bienestar de los pueblos.
Resumen y conclusiones» 60.
Estas fueron quizá las 1l últimas conferencias de su vida, dice Ledesma 61.
Una muestra de la importancia de la labor de recepción y divulgación que hizo Ochoterena, nos la ofrecen sus contemporáneos Alfredo Barrera, Narciso ----58 OCHOTERENA, I. (1950), Tratado Elemental de Biología, p.
Con frecuencia se concluye que la biología rusa de la segunda mitad del siglo XIX y, por extensión las tendencia posteriores, como el michurinismo-lysenkismo, estuvieron en extremo ideologizadas y politizadas, lo cual es cierto en parte, pero frecuentemente olvidamos que en occidente, al mismo tiempo, florecieron las corrientes geneticistas que impulsaron los grandes programas eugenésicos, no menos ideologizados que aquellos.
Ver SUÁREZ Y LÓPEZ GUAZO, L. (1999), Eugenesia y determinismo biológico en México, tesis de doctorado.
Facultad de Ciencias, México, UNAM, p.12 60 EL COLEGIO NACIONAL. ( 1969), «Trabajos realizados por El Colegio Nacional durante el año de 1949», Memoria de El Colegio Nacional, IV (4), p.
«Ochoterena: el hombre, la ciencia y las instituciones científicas», en: OCHOTERENA, I. ( 2000), Obra Científica, Obras I (selección y comentarios de Ismael Ledesma Mateos y Antonio Lazcano-Araujo), México, El Colegio Nacional,p.
26 Bassols Batalla y Rafael Martín del Campo cuando escriben, en el prólogo a la edición en español del libro de Morton, La Genética en la URSS, 62 traducida por ellos mismos, que «fue Ochoterena el primero en nuestro país en percibir la trascendencia de las investigaciones de los biólogos soviéticos en el campo de la Genética».
Hacen referencia al ciclo de conferencias de 1949, en donde Ochoterena estimó como «notables e importantísimas las experiencias ideadas y realizadas por los investigadores de la Unión Soviética», de las que pensaba incluir en su Tratado Elemental de Biología, «una noticia especial sobre el tema», pero que le fue imposible 63.
Con base en los documentos anteriormente citados, está claro que Ochoterena realizó la recepción del michurinismo-lysenkismo, es decir un tipo de lamarckismo, aun cuando los científicos soviéticos se consideraban fieles continuadores de Darwin, en sentido opuesto a los esfuerzos neodarwinistas y de gestación de la teoría de la «Síntesis evolutiva», según la formulación de Huxley 64, que profundizó la tarea darwiniana comenzada menos de un siglo antes.
Ledesma dice «Qué lejos estaba don Isaac de imaginar las funestas consecuencias de la genética de Lysenko en la URSS, sin embargo, dicho texto nos ayuda a pensar en su interés por estar al tanto de una postura aparentemente innovadora en el campo de la ciencia, y al mismo tiempo de la distancia que en el transcurso de los años estableció con respecto a los temas de biología general, del evolucionismo darwiniano y la genética mendeliana; debido a su plena dedicación al campo de la morfología, y en especial de la histología, de la sensoriedad y de la oncocercosis, a los cuales consagró sus últimos días» 65.
Este autor le concede a Ochoterena el beneficio de la duda.
Nuestra apreciación es que ese beneficio no concuerda con la época (pues algunas de las peores consecuencias ya había ocurrido precisamente una década antes), ni con la información que alguien bien enterado, como Ochoterena, ya sabía a esas alturas del partido, por ejemplo que Trofim D. Lysenko se impuso por la fuerza de la política a Nikolaï Ivanovitch Vavilov, quien era el director del ----62 BARRERA, A.; BASSOLS BATALLA, N. y MARTÍN DEL CAMPO, R..
«Prólogo», en: MOR- TON, A. G (1953), La Genética en la URSS (trads.
Barrera, Bassols y del Campo), México, Ediciones del Índice, p.
63 Martín del Campo colaboró con Ochoterena en la adición de nuevos textos a la edición de 1950.
Síntesis moderna, Buenos Aires, Losada, p.
65 LEDESMA, I. (1998), El conflicto entre Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena y la institucionalización de la Biología en México, tesis doctorado, Facultad de Ciencias, UNAM, México, p.152.
Instituto Pansoviético de Genética Vegetal (o Instituto de Plantas Cultivadas) y una gran celebridad de la genética de la ex -URSS66.
Vavilov estuvo en dos ocasiones en México realizando colectas, primero en 1930 y después en 1932, seguramente entró en contacto con Maximino Martínez del IBUNAM al cual cita en el célebre trabajo sobre México y Centroamérica67.
Unos años antes Bukasov había estado también en México, colectando con los mismos propósitos, bajo las ordenes de Vavilov, por parte del Instituto de Plantas Cultivadas.
En 1932 nuestro autor había publicado en Nature el artículo denominado «El papel de Darwin en el desarrollo de las ciencias biológicas» y un año después fue nombrado Vicepresidente del VI Congreso Internacional de Genética.
Entre 1935 y 1936, y previendo la posible realización del Congreso Internacional de Genética en Moscú, se propone difundir la obra de Darwin, de T. H. Morgan y de H. J. Müller en la URSS, para lo cual prepara tres volúmenes de las obras escogidas de tales autores y los edita en Moscú y Leningrado en 1937 68.
Medawar y Medawar 69 nos recuerdan que el mismo año de 1937, se publicó el libro de Dobzhansky 70 y se suponía que sus aportaciones se discutirían precisamente en el VII Congreso Internacional de Genética que se llevaría a cabo en Moscú, ese mismo año, el cual fue pospuesto dos veces y finalmente se cambió de sede, para llevarse a cabo en Edimburgo, Inglaterra, en 1939.
Subrayan que «de hecho se le había elegido a Vavilov como Presidente del Congreso», tanto del de 1937 como del de 1939, pero el gobierno soviético no le permitió asistir a Edimburgo.
A cambio de ello, en agosto de 1940, Vavilov ----fue arrestado por la NVDK, se le sometió a un juicio viciado y se le encarceló en Saratov 71, Ukrania, en donde murió tres años después.
Vavilov fue eclipsado de la discusión sobre la genética vegetal y eliminado de la disputa entre la genética mendeliana y la genética lysenkista-michurinista.
El fondo del debate para Lysenko era la prevalencia de la ciencia soviética sobre la ciencia occidental, y también del darwinismo en manos de la ciencia proletaria o de la ciencia burguesa.
Con base en la idea del «darwinismo creador soviético», denunció a la genética que preconizaba Vavilov «como una ciencia capitalista que perpetuaba la noción de que hay diferencias cualitativas -afirmando que tenían su origen en los genes-entre plantas, animales o gente.
Tales diferencias inmutables no existen, de acuerdo con Lysenko; las diferencias entre los individuos se deben a los efectos del ambiente y pueden ser radicalmente modificadas exponiendo los organismos a retos ambientales apropiados» 72.
Otro grupo de científicos soviéticos había trabajado sobre la base de conceptos como el de Reaktionsnorm, propuesto por el zoólogo alemán Woltereck en 1908.
Se consideraba «norma de reacción» la capacidad de un genotipo para expresar distintos fenotipos, de acuerdo a las condiciones ambientales.
Bajo esta interpretación, el concepto de genotipo resultaba menos determinista 73.
Efectivamente, Woltereck quería contrarrestar con ello la perspectiva establecida por Johannsen sobre la diferencia entre fenotipo y genotipo, lo que al mismo tiempo significó una reivindicación de la herencia de caracteres adquiridos.
El concepto de Norma de reacción fue retomado en la Unión Soviética por Iván I. Schmalhausen 74 y reelaborado con las ideas darwinistas que daban preponderancia a la variación adaptativa en el esquema evolutivo, convirtiendo a la Norma de reacción en un concepto central.
A partir de ello, los genetistas soviéticos distinguieron entre norma de reacción adaptativa y norma de ----71 Saratov, capital de Saratov Oblast, es una ciudad-puerto del río Volga, al sur de Rusia.
Epistemología y darwinismo, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 30-31.
73 En Occidente se aceptó totalmente la distinción entre fenotipo y genotipo y posteriormente se consolidó una tendencia que enfatizaba la constancia y eficacia causal del genotipo (una visión genocéntrica) soslayando la complejidad de las interacciones que la Norma de reacción defendía, pero que en Occidente fue desconocida e ignorada hasta alrededor de 1950.
74 Ivan Ivanovitch Schmalhausen, fue un zoólogo ruso que se desempeñó como director del Instituto de Morfología y Evolución, entre 1935 y 1948, y como profesor de darwinismo en la Universidad de Moscú, entre 1939Moscú, entre y 1948.. reacción no adaptativa y crearon un modelo de evolución orgánica, basado en varios principios, entre los que resaltaba la preponderancia del ambiente 75.
Ante ambos y otros muchos, Lysenko ganó la partida interna, es decir, todos los oponentes de la talla de Vavilov corrieron la misma suerte de aquel y en el mejor de los casos, fueron despedidos de sus trabajos en la enseñanza y la investigación, e incluso retirados de las universidades y sus libros de las bibliotecas, como fue el caso de Schmalhausen a partir de 1948 76.
El gran momento de gloria de la ciencia lysenkista 77, fue el Congreso de la Academia de Ciencias de la URSS, realizado en 1948 y presidido por V. I. Stalin, un año antes de las conferencias de Ochoterena en El Colegio Nacional.
En tal Congreso se abordaron temas absolutamente cruciales y hubo discusiones muy importantes, pero debe señalarse que el procedimiento fue el de votar las resoluciones, sin dejar el tema a la reflexión, a la investigación y al análisis posterior.
La influencia de la corriente lysenkista-michurinista se prolongó en la ex -URSS durante más de 25 años, entre 1937 y 1964.
Lysenko fue destituido en octubre de 1964, al igual que fueron erradicadas buena parte de las herencias estalinistas.
La rehabilitación y las reediciones de la obra de Vavilov habían comenzado desde 1957, aunque un largo tiempo se guardó silencio sobre su arresto y su muerte 78.
Lecourt ha señalado que Vavilov es el Galileo del siglo XX 79 y la UNESCO declaró a 1987 como el Año del Centenario de N. I. Vavilov.
---- 75 Schmalhausen expuso y defendió estas ideas en su ponencia en las reuniones que se realizaron para analizar la situación de las ciencias biológicas en la URSS.
Actas de la Academia Lenin de Ciencias Agrícolas de la URSS (1949), «La situación de las ciencias biológicas», Editorial en Lenguas Extranjeras, Moscú, pp. 458-464.
Dictionnaire du darwinisme et de l'évolution, París, PUF, 3 vols., p.
Véanse también los calificativos de «reaccionario, anticientífico y morganiano» que Lysenko coloca a Schmalhausen, en el famoso «Informe del Académico T. D. Lysenko acerca de la situación de las ciencias biológicas» de 1948.
77 Algunos autores discuten si el intento lysenkista fue seudociencia o ciencia errónea. ver ROSTAND, J. (1971) El análisis del desarrollo de las ideas evolucionistas en México, en la primera mitad del siglo XX, nos ha mostrado que en el ámbito del IBUNAM y de El Colegio Nacional, Ochoterena optó por la recepción del lysenkismo, posponiendo la recepción de la teoría sintética.
Dicha decisión, realizada más con base en argumentos políticos que científicos, se erigió en un obstáculo epistemológico 80 para la recepción de otras teorías, en el seno de una comunidad académica.
Este obstáculo se mantuvo férreo e inamovible durante varias décadas, en esa comunidad académica, al final de las cuales algunos autores comenzaron a escribir artículos sobre evolucionismo contemporáneo 81.
Lo que aquí importa reflexionar es que la adopción de un programa de investigación regresivo, por parte de un científico, es un asunto que ocurre todos los días y tiene consecuencias acotadas en la mayoría de los casos al interior de su obra personal o de grupo.
82 De lo que estamos hablando es de cuando el director o coordinador de un instituto de investigación científica, por una decisión política o burocrática, puede contener el avance de la investigación hacia líneas más progresivas que las que él mismo preconiza.
Los autores que han investigado a Herrera o a Ochoterena a través del estudio general de su obra, como Beltrán 83 y Meléndez 84 no han reparado en este hecho, definitivamente de gran importancia para la biología nacional, ya que han orientado sus análisis hacia la tremenda disputa personal e institucional protagonizada entre ambos y la han calificado como un problema personal ----80 BACHELARD, G. (1987), La formación del espíritu científico, México, Siglo XXI, p.
81 PIÑERO, D. (1996) «La teoría de la evolución en la biología mexicana: una hipótesis nula», Ciencias, no. 42, abril-junio, p.
Agrega que después del largo período de Ochoterena, lo sucedió en la dirección Roberto Llamas, que ocupó el cargo por otros largos 22 años, y «quien tampoco dirigió la investigación hacia aspectos evolutivos».
Señala que abrazar un programa regresivo no es necesariamente signo de obscurantismo, sino que nuevas investigaciones pueden convertir un programa regresivo en uno progresivo.
83 BELTRÁN, E. (1942), «Alfonso L. Herrera: un hombre y una época», Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, tomo III, nos.
Primera figura de la Biología mexicana, Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, tomo XXIX, diciembre, pp. 37-91; BELTRÁN, E. (1977), Medio siglo de recuerdos de un biólogo mexicano, pp. 21-61.
Ledesma señala solamente que en el IBUNAM hubo una marginación de Herrera en la enseñanza, impulsada por Ochoterena, quien preconizó una biología aplicada y abandonó el evolucionismo 85.
Piñero ha propuesto una explicación sobre la poca o ninguna importancia de la teoría evolutiva en las investigaciones realizadas en el Instituto de Biología durante más de cuatro décadas y encuentra la causa en la preponderancia de la Historia Natural sobre la Biología 86, favoreciendo la catalogación de los recursos naturales sobre cualquier otra línea de investigación.
Efectivamente, el Programa de trabajo de 1929 del IBUNAM fue absolutamente regresivo, pero no hacia la Historia Natural, sino a unos cuantos campos temáticos de la historia natural, pero no es la explicación completa.
En este punto es necesario reflexionar algunas de las paradojas de esta historia, tanto de la historia natural como de la biología en México.
En la afirmación de Piñero se hace unívoca la relación entre historia natural y catalogación de recursos, ¿cómo explicarse entonces que en la Dirección de Estudios Biológicos, precedente del IBUNAM, planeada y organizada por historiadores naturales se estudiara y difundiera el evolucionismo?.
¿Cómo explicarnos que en el IBUNAM, en esos momentos el espacio predilecto de la «profesionalización» de la biología, ya que estaba integrado en su mayoría por «biólogos profesionales», no se hayan planteado un programa de trabajo que incluyera los temas cruciales de la biología del siglo XX, tales como el evolucionismo, el origen de la vida o la herencia a través del estudio de la genética? 87.
Estimamos que debe profundizarse en este tema a través del estudio de los períodos de transición en los procesos de la profesionalización, que no se expresan necesariamente a través del establecimiento de nuevas instituciones, ni mucho menos con el relevo de personas, sino sobre todo en el cambio de paradigmas, conceptos y contenidos teóricos.
La ruptura entre el IBUNAM y la DEB, bajo nuestro análisis, fue sólo de personas y de títulos profesionales.
----85 LEDESMA, I. (1998), El conflicto entre Alfonso L. Herrera e Isaac Ochoterena y la institucionalización de la Biología en México, tesis doctorado, Facultad de Ciencias, México, UNAM, p.
86 PIÑERO, D. (1996), «La teoría de la evolución en la biología mexicana: una hipótesis nula», Ciencias, no. 42, abril-junio, p.
87 Uno de los argumentos en la disputa institucional fue el de señalar, por parte de Ochoterena, que los integrantes del IBUNAM eran todos profesionales de la biología, mientras que los de la DEB eran un conjunto de naturalistas y aficionados, lo que ha sido reforzado incluso por un comentario hecho por el propio Enrique Beltrán.
Vease BELTRÁN, E. (1977), Medio siglo de recuerdos de un biólogo mexicano, México, IMERNAR, p.
Queremos subrayar que respecto a las ideas teóricas de uno y otro, no hubo diferencias dignas de denominarse como inconmensurables.
Mantuvieron prácticas institucionales diametralmente opuestas y cultivaron disciplinas distintas, pero hablar de inconmensurabilidad en tales aspectos significa forzar el concepto hacia campos temáticos para los que no fue elaborado 88.
Entre las ideas sobre evolucionismo preconizadas por Herrera y las opiniones de Ochoterena no hubo ninguna inconmensurabilidad, porque ambos lo hicieron en el marco de un darwinismo con fuertes tendencias neolamarckistas.
La posterior recepción del lysenkismo por parte de Ochoterena tampoco significó una gran ruptura con el paradigma lamarckiano ya que puede entenderse como un esfuerzo de profundización del mismo, de un neolamarckismo, quizá el más erróneo de todos.
Pero sí significó una gran ruptura con el darwinismo de ese momento, que era el de la síntesis y el saltacionismo simpsoniano.
El lysenkismo, utilizando el modelo de Programas de investigación de Lakatos 89, fue un programa de investigación regresivo, e incluso con rasgos altamente degenerativos 90, pero sostenido políticamente en la ex -URSS como progresivo y hegemónico.
Su recepción en México tuvo paralelismos sorprendentes.
El tema abordado configura la necesidad de una investigación más profunda sobre la historia de la ciencia en México, en la primera mitad del siglo XX y de manera más precisa entre 1930 y 1950, para explorar en los ámbitos de un curioso caso de demarcación teórica donde se decide optar por un programa de investigación regresivo, crecientemente no exitoso, enclaustrar y aislar a un centro de investigación, al mismo tiempo que lograr éxito académico y político, en el marco de una prestigiosa Universidad Nacional.
En contraste con lo anterior, hacia los mismos años, en los círculos de la agronomía y de la zootecnia de la Escuela Nacional de Agricultura (Chapingo), no de la biología, la obra de José Luis de la Loma recepciona la teoría sintética al mismo tiempo que analiza y discute el lysenkismo 91.
En una de ----88 Ver KUHN, Th.
(1971), La estructura de las revoluciones científicas, México, FCE,p.
Genética general y aplicada, México, UTEHA, p.
La obra tuvo tres ediciones: 1945, 1954 y 1963 y en todas siguió comparando ambas posturas, sus obras dedicada a la enseñanza en el nivel superior, denomina a la síntesis evolutiva como teoría ortodoxa y al lysenkismo como teoría heterodoxa, analiza ambas y se muestra abiertamente partidario de la primera.
92 Muy distante de la posición mantenida por Ochoterena, señala la necesidad de quitarle el peso de la política a una discusión que debe hacerse con base en argumentos científicos.
93 En forma vigorosa considera que los experimentos de Morgan y en particular la teoría cromosómica no sólo no se opone a la evolución de las especies, como afirmaba Lysenko, sino que la explica.
Dice que la teoría puede tener lagunas, pero que en su concepción general es irrefutable 94.
El estudio de estos dos procesos, ocurridos de manera casi simultánea, debe ser objeto de un nuevo análisis, que por ahora solamente queremos dejar apuntado., |
El autor presenta un estudio sobre las principales enfermedades que aquejaban a los esclavos de La Habana en un intento por cubrir algunos aspectos interesantes y poco conocidos para la historia social de la colonia, Señalando las dificultades en la recogida de datos que pudieran dar información general sobre las enfermedades y al precario conocimiento de los «especialistas» sobre ciertas dolencias de la época, se recurre a las escrituras de compraventa de los esclavos donde figuraban.las posibles afecciones.
Tras analizar una abundante muestra (4.446 casos) durante el período 1580-1699, avanza una clasificación de las enfermedades más comunes a cada grupo: esclavos bozales, ladinos y azucareros y su análisis.
fueron surgiendo a lo largo de los años en que se luchó por la implantación de este tipo de enseñanzas, que tenían además el problema de poseer un gran contenido práctico y la necesidad de materiales específicos.
GARCÍA GoNZÁLEZ, A. C., NARANJO ÜROVIO, C.: «Antropología, racismo e inmi gración -en la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana».
El despegue azucarero de finales del siglo XVIII en Cuba planteó la necesidad de importar abundante mano de obra y a costos reducidos para trabajar en la agricultura.
Hacendados y comerciantes expresaron y defendieron sus intereses a través de las instituciones creadas por ellos mismos, la Sociedad Económica de Amigos del País y el Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio de La Habana.
Dichas instituciones fueron escenario del debate abierto en torno al tipo de población que beneficiaría más al país desde un punto de vista económico, cultural y étnico, en el que las posturas fueron variando según cambiaron las condiciones económicas de la isla.
GARCÍA GONZÁLEZ, A. C., NARANJO ÜROVIO, C.: «Anthropology, racism and immigration in the Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana».
El artículo se centra en sus trabajos dentro de la Ictiología cubana y consta de dos partes.
En la primera se refiere el autor al estudio que realizó Poey sobre la ciguatera, enfermedad ocasionada por la ingestión humana de pescado tóxico.
Describe los peces que producen la enfermedad, el número de especies, los síntomas, las precauciones y los métodos curativos.
Aporta datos concretos sobre las especies tóxicas, basándose en los conocimientos anteriores de otros naturalistas que como Antonio Parra se habían preocupado del tema.
También se pone de manifiesto el interés que Poey tenía por la Filología al analizar el origen del término «ciguatera».
En la segunda parte se preocupa por las normas que regulaban la actividad pesquera que regía en Cuba en su tiempo y muestra sus opiniones en materia legal respecto a esta «Policía de la pesca» velando por la salud de los consumidores sin atentar contra la industria, que este sector económico suponía para la Isla.
GoNZÁLEZ LóPEZ, R.M. a: «Felipe Poey •and studies of ciguatera».
GoNZÁLEZ-RIPOLL NAVARRO, D.: «Una aproximación a la expedición "secreta" de Ventura Barcaíztegui 1790-1793 y los reconocimientos de la parte oriental de Cuba».
En el panorama de las expediciones científicas que España emprendió en el siglo XVIII figuran las destinadas a levantar planos y mapas, cuya mayor pujanza fue a partir de 1783, fecha de la puesta en marcha de un verdadero programa de reconocimientos hidrográficos de las zonas neurálgicas del imperio.
La isla de Cuba, el más importante bastión español en el Caribe, recibió en 1790 la expedición comandada por el marino Ventura Barcaíztegui para levantar los mapas de la zona oriental, inenos conocida y menos poblada, y examinar la riqueza forestal del área para surtir el astillero habanero.
En el artículo se esboza la conformación de la expedición y sus primeros resultados.
HUERTAS, R.: «Sobre los orígenes de la psiquiatría cubana: La obra de Gustavo López».
El presente trabajo pretende una primera aproximación al nacimiento de la medicina mental en la Isla de Cuba a través de las aportaciones teóricas de Gustavo López (1860-1912), considerado como uno de los primeros introductores del alie nismo en ese país del Caribe.
Se valora de manera particular, la influencia del degeneracionismo francés y de la antropología criminal italiana en la praxis clínica y forense de la psiquiatría cubana finisecular, así como las principales peculiaridades de su elaboración doctrinal.
LucENA GrRALDO, M.: «El estudio de la travesía de Cartagena de Indias a Cuba por la expedición hidrográfica del Atlas americano (1803-1805)».
Desde el inicio de las reformas borbónicas la carencia de una cartografía cien tífica del Caribe constituyó uno de los mayores problemas de la estrategia española en el área.
Si la ausencia de cartas y planos aumentaba los peligros de la navegación y limitaba el comercio en tiempo de paz, en época de guerra limitaba la eficacia de los movimientos navales y exponía a las escuadras a peligros innecesarios.
Durante la culminación de las reformas borbónicas en América (1787-1792) la corona es pañola afrontó decididamente el problema, organizando la expedición hidrográfica del Atlas americano.
Entre 1792 y 1795 su primera división cartografió las islas de barlovento y sotavento y las grandes Antillas, mientras la segunda realizaba idéntica labor en Tierra Firme.
Asentada en Cartagena de Indias desde 1794, su orden de regreso se pospuso por la necesidad de estudiar la ruta a La Habana, constituida en punto clave para el abastecimiento militar y el desarrollo comercial del Caribe español.
En tres campañas hidrográficas consecutivas (1803-1805) los miembros de la segunda división de bergantines fijaron posiciones astronómicas y prepararon cartas de los obstáculos para la navegación, por lo que en adelante los peligros de tan importante ruta se pudieron evitar.
MISAS JIMÉNEZ, R. E.: «La Real Sociedad Patriótica de La Habana en el rescate de la variedad "naturalizada" del trigo de Villa Clara».
El presente artículo forma parte de un trabajo más amplio sobre el cultivo del trigo, dentro de la tendencia hacia la diversificación y la tecnificación agrícolas en la Real Sociedad Patriótica de La Habana, institución creada en 1793 que desem peñó un papel decisivo en la promoción de estas nuevas ideas.
Para el estudio nos basamos preferentemente en las Memorias de dicha Sociedad y en particular en la memoria de Antonio Bachiller y Morales, presidente de la Sección de Agricultura, publicada en 1848.
MISAS JIMÉNEz, R. E.: «La Real Sociedad Patriótica de La Habana in the rescue of the "naturalizada" variety of wheat of Villa Clara».
MoYANO BAZZANI, E. L.: «Un caso de desarrollo tecnológico en Cuba: El ferrocarril.»
Durante gran parte del siglo XIX, Cuba vivió un proceso de crecimiento econó mico en el que la introducción y desarrollo de los ferrocarriles actuó como elemento determinante.
El artículo analiza, fundamentalmente, los objetivos de la empresa, las condi ciones financieras y técnicas de la instalación de la red ferro viaria y sus principales características, para determinar, por último, el alcance de sus repercusiones en la economía isleña.
PR�NA, P. M: «La vacunación homeopática contra la fiebre amarilla en La
El artículo trata la aplicación en La Habana de 1855 de un método de vacunación homeopática contra la fiebre amarilla ideado por un curioso personaje, Guillermo Lambert de Humboldt, cuyo método fue finalmente rechazado a pesar del apoyo decidido del gobernador de la isla que estaba muy interesado en limitar los efectos de la enfermedad en el cuerpo militar.
Los hechos expuestos están recogidos en una obra general sobre la fiebre amarilla publicada por Nicolás Manzini en 1858 y muestran además la precaria situación sanitaria en la Cuba de aquel momento.
Purc-SAMPER, M. A., MALDONADO, J. L.: «La expedición de Sessé en Cuba y Puerto Rico».
Con este trabajo queremos dar a conocer, quizás, uno de los aspectos menos estudiados de la Expedición Botánica a Nueva España.
Se trata de la Comisión que realizó el viaje de exploración y estudio de la Historia Natural de las Islas de Barlovento desde 1795 a 1798; estaba formada por una parte del grupo expedicio nario de Nueva España al mando de su director, Martín de Sessé, e integrada además por el farmacéutico Jaime Senseve y el pintor Atanasio Echevarría.
Se hace hincapié en la relación que los expedicionarios mantuvieron con los miembros de las instituciones reformistas más prestigiosas de Cuba: la Sociedad Patriótica y el Real Consulado de La Habana, así como con los contactos y colabo ración mantenidos con la otra expedición española, al mando del Conde de Mopox, que en esa fecha coincidieron en la Isla.
También se recalcan las iniciativas y el papel determinante que tuvo esta Comi sión en la creación del futuro Jardín Botánico de La Habana y de la consolidación de la Botánica moderna en la Isla.
El artículo desarrolla la historia de la farmacia en Cuba durante los cuatro siglos de la colonia y la primera mitad del siglo XX.
En ella se destaca la incesante fundación de boticas desde 1598 y el incremento paulatino del comercio de medi-camentos, la creación de instituciones farmacéuticas como el Real Tribunal del Protomedicato de Cuba (1695), la Real Junta Superior Gubernativa de Farmacia (1833), etc.; y ya en nuestro siglo la marcada influencia de la farmacia norteameri cana y los subsiguientes planes de estudios en la Universidad habanera y actividades organizadas en relación con esta ciencia.
V ALERO GoNZÁLEZ, M.: «Estudios de plantas medicinales publicados por la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana de 1899 a 1958».
El artículo presenta uno de los focos de interés que la Academia potenció durante la La mitad de este siglo, como continuación de la actividad desarrollada durante el siglo XIX, en torno al estudio y discusión de los trabajos que médicos, químicos y farmacéuticos realizaron sobre plantas medicinales de la Isla Se enumeran y comentan los trabajos de estos investigadores los cuales incorporaron nuevas técnicas (análisis químicos, orgánicos, exámenes histológicos... ) y se destacan dos etapas en este período: La la que va hasta 1939 donde se continuaba la misma trayectoria que en el siglo precedente y la 2.a, en la que se incorpora la experimen tación clínica a través de ensayos fisiológicos con animales y personas.
Se pone de manifiesto en el artículo el respaldo que la Academia cubana presta a la divulgac; ión de conocimientos sobre incorporación de nuevos medicamentos de origen vegetal a la terapéutica cubana y en algunos casos alertar sobre los posibles peligros del uso empírico popular de algunas plantas.
De esta manera la Academia pretende sentar las bases científicas de esta activi dad farmacológica y sustituir, en lo posible, la medicación química sintética lo cual se traduce en una actividad muy positiva y rentable para la salud pública cubana. |
ini ció, como es sabido, en las primeras noticias sobre los productos cura tivos del Nuevo Mundo contenidas en los textos colombinos y en otros escritos directamente relacionados con los descubrimientos, los más influyentes de los cuales fueron los de Pedro Mártir de Anglería (1494-1526).
Ninguno de ellos fue redactado con una intención prima riamente científica por un autor con formación médica, con
centuria solamente se habían difundido entre los médicos europeos el guayaco y algunos otros productos curativos americanos de menor relieve, tal como se refleja, por ejemplo, en la traducción comenta da de la Materia médica, de Dioscórides, que publicó Andrés Laguna (1555) (1).
La situación cambió radicalmente con las contribuciones que Nico lás Bautista Monardes y Francisco Hernández realizaron casi simultá neamente durante los años sesenta y seten t�.
El método en el que cada una se basó y la forma en la que se difundieron sus resultados fueron muy q.iferentes, pero ambas coincidieron en ser los primeros estudios sistemáticos sobre el tema y en alcanzar una extraordinaria influencia que los convirtió en puntos de partida y referencias obligadas de los trabajos posteriores en torno a la materia médica americana.
La importancia de la contribución de Monardes explica el gran nú mero de estudios históricos que se han ocupado de su obra.
Ha moti vado la publicación de medio centenar de trabajos monográficos y la mencionan prácticamente todas las obras generales sobre historia de la materia médica, la terapéutica, la botánica, el tabaco y otros pro ductos americanos, así como la medicina, la ciencia y la cultura espa ñolas.
Sin embargo, la información disponible procede, como es habi tual, de un núcleo reducido de publicaciones.
La Bibliotheca Hispana Nova (1696), de Nicolás Antonio fue la principal fuente de los datos que sobre la producción de Monardes incluyen los repertorios bibliográfi cos españoles y extranjeros del siglo XVIII y algunos posteriores (2).
Las historias de la medicina española de Hernández Morejón (1842-1852) y de Chinchilla (1841-46) ofrecieron comentarios más amplios acerca de sus escritos, pero introdujeron un error que ha tenido una larga per vivencia: atribuir el Diálogo llamado pharmacodilosis (1536), primero de sus impresos, a un supuesto «Juan Bautista Monardes» (3).
A fina les del siglo XIX, Kurt Stünzner (1895) publicó una traducción alema na de la obra de Monardes sobre las «medicinas» americanas y abordó su identificación, y aparecieron los estudios biográficos de Javier Las so de la Vega (1891) y de Francisco Olmedilla Puig (1897), basados to davía en fuentes impresas y en algunos escasos documentos de archi vo (4).
La investigación biográfica experimentó más tarde un progreso decisivo gracias a Francisco Rodríguez Marín (1925), que editó un cen tenar de documentos procedentes de los archivos sevillanos, gracias a los cuales se modificó por completo la imagen hasta entonces exis tente de la vida de Monardes (5).
Otro hito de primera importancia en la investigación fue el debido a Fran cisco Guerra (1961) quien, además de ofrecer una exposición de con junto de la biografía y de la obra de Monardes, realizó un modélico es tudio bibliográfico de todas las ediciones y traducciones de sus textos (7).
El mismo año publicó Modesto Bargalló (1961) un clarificador aná lisis de su Diálogo del hierro y, en fecha más reciente, Francisco Pérez Fuenzalida (197 5), otro acerca del Diálogo llamada Pharmacodilosis (8).
El presente trabajo está dedicado a las tres partes de la Historia me dicinal de las Cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en Medicina (1565Medicina ( -1574)), el libro de Monardes que ocupó una posi ción central en el proceso de introducción en Europa de la materia mé dica americana.
Intenta contribuir al análisis de su contenido, conside rando las «nuevas medicinas» estudiadas por Monardes principalmente desde la perspectiva de la historia de la terapéutica.
No obstante, pa rece conveniente ofrecer antes un resumen de la biografía del autor y una breve noticia acerca de las ediciones y traducciones del libro.
La biografía de Monardes puede ser reconstruida en gran parte so bre las bases documentales, gracias principalmente a las aportaciones de Rodríguez Marín, como acabamos de decir.
Sin embargo, quedan algunos puntos dudosos, el más importante de los cuales es el año de su nacimiento.
Hernández Morejón propuso la fecha de 1493, apoyán dose en una declaración de sus herederos poco después de su muerte (9).
A pesar de ser la más difundida, esta fecha resulta difícilmente con ciliable, por demasiado tem pr�na, con otras de la biografía de Manar des firmemente establecidas con posterioridad, ya que supone, por ejemplo, hechos tan poco probables como que terminara sus estudios de medicina a la edad de 38 años o que un amigo lo considerase «muy mo¡;o» cuando tenía 43 (10).
Por ello, parece preferible situar su naci miento en torno a 1508, de acuerdo con la propuesta que Rodríguez Marín basó en una declaración del propio Monardes y en otras razo nes bastante convincentes (11).
En cualquier caso, nació en Sevilla y sus padres fueron Niculoso de Monardis, librero de origen genovés, y Ana de Alfara, hija o descendiente del médico Martín de Alfara.
A pesar de su destacada posición en la actividad cien tífica y cultu ral, Sevilla no tuvo durante el siglo XVI un centro universitario de re-lieve, en buena parte a causa de la rivalidad entre el, Colegio de Santa María, fundado en 1516 por Rodrigo Fernández de Santaella y apoya do por el municipio, y el Colegio de Santo Tomás, creado en 1517 por los dominicos y defendido por el arzobispo.
Este último se limitó ex clusivamente a los estudios eclesiásticos.
El primero funcionó de he cho como estudio general, aunque sin llegar a desarrollar ninguna en señanza de altura, incluida la médica.
Ello explica que, como muchos otros sevillanos de su época, Monardes estudiara en la Universidad de Alcalá, donde obtuvo el título preparatorio de « bachiller en artes y fi losofía» (1530) y. el de« bachiller en medicina» (1533) (12).
Como es sa bido, dicha Universidad fue una típica fundación renacentista (1508), de la que Cisneros excluyó los estudios jurídicos, orientándola funda mentalmente hacia la teología y las humanidades.
Las cátedras de ca rácter científico de su facultad de artes tuvieron escaso relieve, pero la personalidad excepcional de Nebrija, aunque no estuvo directamen te adscrito a ellas, creó un ambiente de interés hacia las cuestiones de cosmografía, matemáticas e historia natural de acuerdo con los presu puestos del humanismo renacentista.
No se olvide que una de sus con tribuciones más destacadas en este terreno fue la edición en Alcalá, el año 1518, de la versión latina que Jean de la Ruel había hecho de la Materia Medica, de Dioscórides, a la que añadió un Lexicon illarum vocum quae ad medicamentariam artem pertinent, que contiene la �orrespondencia en lengua vulgar de los nombres griegos y latinos de las plantas medicinales y de los productos curativos animales y mine rales (13).
Por otra parte, la facultad de medicina de la Universidad de Alcalá se convirtió en una de las más importan tes de los reinos hispánicos.
Cuando empezó a funcionar, en el curso 1509-1510, disponía únicamente de dos cátedras, pero muy pronto se añadieron otras dos «menores» o de «partido», al mismo tiempo que la orientación medieval arabiza da era sustituida por la renacentista.
En este último cambio desempe ñó un papel decisivo Rodrigo de Reinoso, un amigo de Andrés Laguna que se había formado en Italia.
Pasó a ocupar una de las dos cátedras médicas «de prima» en 1538, cinco años después de que Monardes ter minara sus estudios, pero el sevillano debió asistir a sus lecciones, pues durante casi una década había estado desempeñando funciones docen tes de rango secundario.
Has ta la llegada de Reino so, la enseñanza mé dica había estado dominada por Diego de León, profesor que era un estricto seguidor de la orientación de origen bajomedieval centrada en la traducción latina del Canon, de Avicena.
La vieja historia universi-taria de Vicente de la Fuente, describe de modo muy expresivo el cho que entre ambos.
«(León) era muy nervioso y explicaba andando, al es tilo peripatético, pero como hacía muchas contorsiones y gestos, daba que reír a sus discípulos.
Reinoso había estudiado en Italia y, viniendo de allí armado de Hipócrates y Galeno, echó a pique la escuela de los Avicenas y arabistas que seguía León» (14).
Alonso Muñoyerro confir mó con datos de archivo el completo triunfo de Reinoso (15).
Las cons tituciones fundacionales daban preeminencia a la explicación del Ca non, de Avicena, que contaba con el doble de tiempo en la enseñanza que los textos de Hipócrates y Galeno.
A partir de la docencia de Rei noso, los acuerdos del daustro de medicina fueron arrinconando las lecciones reservadas al gran tratado árabe, de tal forma que acabaron reducidas a un mero trámite reglamentario.
Este cambio en la ense ñanza médica resultó facilitado por el ambiente favorable al humanis mo existente en el resto de la Universidad.
El paso de Nebrija por la cátedra de gramática había dejado una huella perdurable y, a partir de 1513, había comenzado a funcionar la cátedra de griego, que duran te los años en los que fue estudiante Monardes desempeñó Francisco de Vergara, hermano del famoso erasmista Juan de Vergara, corres ponsal de Erasmo y, en opinión de López Rueda, «el helenista más es pecializado y trabajador que tuvo la Universidad Complutense en el si glo XVI» (16).
La formación que Monardes adquirió en este ambien. te compluten se, dominado por las corrientes de vanguardia del humanismo rena centista y por su vertiente médica, el llamado «galenismo humanista», condicionó de manera directa el posterior desarrollo de su obra.
Con viene recordar que otro tanto puede decirse de una serie de grandes figuras de la medicina española de su época que estudiaron también en Alcalá durante la misma década o la siguiente.
A este grupo perte necieron Cristóbal de Vega, Francisco de Mena y Francisco Valles, ca bezas de la escuela complutense durante la etapa siguiente, así como Miguel Jerónimo Ledesma y Miguel Juan Pascual, renovadores de la enseñanza médica en la Universidad de Valencia,-y personalidades de tanto relieve como Juan Huarte de San Juan y los cirujanos Francisco Arcea y Francisco Díaz.
Sin embargo, lo que aquí interesa destacar es que en dicho ambiente complutense se formaron también Francisco • Hernández, el otro gran estudioso de la materia médica americana du rante el siglo XVI, y tres figuras que concedieron especial atención en su obras a los productos medicinales y que, además, residieron algu nos años en Sevilla: Francisco Bravo, autor del primer libro médico impreso en el Nuevo Mundo, Francisco Franco y Juan Fragoso.
Más tarde nos ocuparemos de la conexión entre su actividad científica y la de Monardes.
En el interés que todos ellos tuvieron por la materia mé dica influyó, en primer término, la tradición procedente de Nebrija y, más tarde, la versión comentada del tratado de Dioscórides publicada por Andrés Laguna, que estuvo en relación con la Universidad de Alca lá, aunque no llegó a ocupar ninguna cátedra (17).
Al terminar sus estudios, Monardes regresó a Sevilla, donde traba jó durante dos o tres años junto a García Pérez Morales, uno de los mé dicos más prestigiosos de la ciudad.
Su nuevo maestro también estaba interesado en la materia médica y acababa de publicar un Tractado del bálsamo y de sus utilidades para las enfermedades del cuerpo humano (1530) (18).
En consecuencia, no resulta extraño que Monardes trabaja ra en el tema, redactando su primer libro, del que poco más tarde dijo que contenía « la verdadera descripción de todas las yerbas que hay en España y otras regiones, y la verdad de lo que son, y cómo se llaman en griego, latín, arábigo y asimismo en nuestro vulgar castellano» (19).
Aunque no llegó a publicarlo, este texto refleja que el punto de partida de su obra estuvo integrado en una corriente, centrada en el estudio de las plantas medicinales peninsulares, en la que asimismo participa ron otros seguidores del galenismo humanista, entre ellos, el valencia no Pedro Jaime Esteve, el ca talán Francisco Micó y los recién nombra dos Francisco Hernández, Francisco Franco y Juan Fragoso.
El estric to atenimiento de Monardes a la citada mentalidad se demuestra en la primera obra que publicó: Diálogo llamado pharmacodilosis o de claración medicinal (1536) (20).
Como ha puesto de relieve Pérez Fuen zalida, en ella defendió los puntos de vista de la orientación humanis ta, atribuyendo a los árabes la decadencia de la materia médica y reco� mendando el estudio directo de los clásicos, especialmente de Dioscó rides, en la misma línea de Nebrija (21).
El mismo Pérez Fuenzalida ha destacado que carece de fundamento la afirmación de Chinchilla, re producida por Guerra, de que habló en esta obra juvenil de «la poca seguridad que ofrecían los vegetales que se importaban del Nuevo Mun do» (22).
En 1537, Monardes contrajo matrimonio con Catalina de Morales, la hija de su maestro, lo que sin duda contribuyó a que éste acabara traspasándole su importante clientela.
El ejercicio profesional no le im pidió, sin embargo, continuar su actividad científica.
En 1539 publicó De secanda vena in pleuriti, folleto en torno a la famosa polémica so bre la sangría en la «pleuritis» o «mal de costado», uno de los más duros 8 Asclepio-I-l 990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es enfrentamientos entre los seguidores del galenismo arabizado de origen bajomedieval y los partidarios del humanista.
Estos últimos, encabe zados por Pierre Brissot, defendían la «derivación directa» mediante la sangría en la vena más próxima al lugar afecto, mientras que los arabizantes preferían practicarla en el lado opuesto o en el pie.
El propio Vesalio aludió a esta cuestión en sus Tabulae sex (1538) y le dedicó después una monografía que apareció el mismo año que la de Monardes.
Defendió, por supuesto, la postura humanista, pero inten tando fu; ndamentar sus argumentos en hechos anatómicos, concreta mente en la disposición de las venas torácicas.
En España, la disputa tuvo una repercusión muy viva, prolongándose sus ecos a lo largo de casi toda la centuria.
Monardes redactó su folleto en forma de diálogo, poniendo en boca de los dos interlocutores los argumentos favorables a una y otra postura, con una intención final conciliadora, tal como refleja el subtítulo -«Inter Graecos et Arabes Concordia»-que lleva el texto (23).
Poco más tarde, seguramente en 1540, Monardes dio a la imprenta otra obra algo más larga: De rosa et partibus eius.
Aparte de un estudio acerca de esta planta, entonces de gran importancia en materia médi ca, incluye un «libellus» dedicado a la «temperies» del jugo de rosas conforme a la doctrina galénica de las cualidades, otro a las rosas de Alejandría o damasquinas (Rosa dasmacena Miller), y un tercero a las cidras, las naranjas y los limones que figura entre los primeros textos médicos consagrados a los cítricos (24).
La primera etapa de la produc ción de Monardes se cerró en 1545 con su edición de la Sevillana medi cina, de Juan de Aviñón (25).
Esta obra está dedicada a estudiar el aire, el clima, los elementos, el régimen de salud, las enfermedades domi nantes, etc. de la capital andaluza, de acuerdo con la tradición del am bientalismo hipocrático que luego conduciría a las llamadas «topogra fías médicas».
Su autor, un médico judío procedente del Languedoc, la fechó en Sevilla el año 1419 de la era hispánica, es decir, el 1381 de la cristiana.
Monardes poseía el manuscrito original, que Rodríguez Ma rín sugirió había heredado del médico Martín de Alfara, padre o ante cesor de su madre, como ya hemos dicho (26).
Dos años después de la aparición de este libro, en julio de 1547, Mo nardes obtuvo el título de doctor en medicina en el Colegio de Santa María, de Sevilla (27).
Desconocemos las razones por las que, a los ca torce años de su regreso de Alcalá, recibió este grado en una institu ción universitaria en la que era catedrático de prima de medicina su suegro, García Pérez Morales.
Puede conjeturarse que aspirara a suce-derle, pero en cualquier caso no volvió a tener relación con el modesto estudio general, en tanto que Francisco Franco, formado asimismo en Alcalá como sabemos, ocupó algo más tarde la citada cátedra de pri ma. Quizá todo ello condujo a la enemistad entre ambos a la que luego nos referiremos.
El año 1551 ha sido señalado por Francisco Guerra como el momento a partir del cual la vida de Monardes empezó a orientarse hacia el Nuevo Mundo (28).
Aunque invirtió en casas y fincas rústicas y adquirió tri butos y juros, sus principales actividades mercantiles estuvi�ron des de entonces relacionadas con América.
La numerosa documentación que Lasso de la Vega comenzó a estudiar y luego fue publicada en de talle por Rodríguez Marín demuestra que consistieron en traer grana, cueros y otras materias, entre ellas productos medicinales, y en enviar tejidos y, sobre todo, esclavos.
Las incidencias del terrible tráfico apa recen en ella con la misma frialdad que las de cualquiera otra opera ción comercial.
«Por cuanto yo envié trescientas piezas de esclavos de Cabo Verde en la nao nombrada la Magdalena... que fue a la Nueva Es paña » comienza por ejemplo un documento de febrero de 1564 en el que Monardes autoriza a un tal Alonso de Barahona «para que pueda pedir e demandar... y haber y cobrar... las dichas trescientas piezas de esclavos e todo lo procedido dellas, si las hubiere vendido» (29).
Dos meses después, al tener noticia de que algunos habían escapado en la escala de Santo Domingo, redactó un nuevo poder, insistiendo en que «yo (los) registré a mi nombre e fueron marcados de una marca como esta.
De aquel mismo año consta un nuevo envío suyo de «349 piezas de esclavos » también de Cabo Verde en la nao la Natividad de Nuestra Señora, figurando también en los libros de contabilidad las par tidas correspondientes a los capotes y mantas, cadenas y grillos, cal deras de cobre, vino, bizcocho negro y pasas «que compré para los ne gros » (31).
Para sus negocios con América, Monardes formó compañía en 1553 coii Juan Núñez de Herrera, que residía en la ciudad de Nombre de Dios.
Cuando éste falleció diez años más tarde, se asoció con Rodrigo de Bri zuela, marido de su hija Leonor.
Las dificultades que tenía cobrar las ventas en el Nuevo Mundo hicieron que ambos terminaran arruinán dose.
En 1567 se declaró en quiebra su yerno y el año siguiente, el pro pio Monardes, quien para no ser encarcelado por deudas se acogió al monasterio sevillano de Regina Coeli, pudiendo salir solamente tras haber llegado a un acuerdo con sus acreedores.
Paralelamente a su relación comercial con el Nuevo Mundo, Monar-des empezó a estudiar los productos medicinales americanos.
Durante las dos décadas siguientes a 1545 no publicó ninguna obra nueva, ya que únicamente aparecieron dos reediciones conjuntas del texto sobre la sangría en la pleuritis y de los incluidos en De,:osa et partibus eius (32).
En 1565 se inició la segunda etapa de su producción con la apari ción de un volumen en el que reunió dos libros «agora nuevamente com puestos»: la primera parte de su gran obra acerca de las «medicinas» americanas y un tratado sobre «la piedra bezaar y la yerva escuen;o nera» (33).
Estas dos últimas eran entonces dos remedios recién difun didos en Europa a los que se concedía gran importancia en la terapéu tica contra los envenenamientos.
De los bezoares, o concreciones cal culosas procedentes principalmente del aparato digestivo de diferen tes especies de rumiantes, nos ocuparemos más tarde.
La «yerva es cuer�onera» era, por supuesto, la «herba escur�onera» catalana (literalmente « hierba viborera», es decir, la Scorzonera hispanica L.).
Había sido introducida en la materia médica por el médico catalán Pe dro Carnicer, médico de cámara imperial, y su empleo fue difundido en Europa por el italiano Piero Andrea Mattioli y por este tratado de Monardes (34).
A comienzos de 1565, poco antes de la aparición de este volumen, estuvieron en Sevilla Jacobus Fugger, hijo del famoso banquero ale mán Anton Fugger, y su preceptor, el médico y botánico flamenco Char les de l'Escluse (Carolus Clusius).
Tal como ha puesto de relieve Fran cisco Guerra (35), la relación personal de los Fugger y de Clusius con Monardes es un importante punto que no está aclarado.
Los Fugger te nían el monopolio del comercio del guayaco y de otros productos ame ricanos utilizados en el tratamiento de la sífilis y daban comisiones a los médicos que los recomendaban, pero no se dispone de ningún dato que los relacione con Monardes.
Clusius contribuyó decisivamente con sus traducciones latinas al conocimiento en toda Europa de la obra de Monardes, pero tampoco hay fuentes que documenten su relación per sonal, mientras que se conserva su correspondencia con otros médi cos sevillanos, como Simón de Tovar y Juan Castañeda.
No obstante, como dice Guerra, «es forzoso aceptar que l 'Escluse conoció personal mente a Monardes y pudo examinar sus trabajos y la huerta que tenía con ejemplares botánicos del Nuevo Mundo» (36).
En 1571, Monardes publicó la segunda parte de su obra acerca de las «medicinas» americanas, a la que añadió el «Libro que trata de la nieve, y de sus propiedades» (37).
Dos años antes había aparecido en la misma Sevilla el Tratado de la nieve y del uso della, de Francisco Asclepio-1-1990, Franco, coincidencia que merece ser comentada brevemente (38).
Franco había nacido en la localidad valenciana de Xátiva y, como hemos ade lantado, estudió medicina en la Universidad de Alcalá pocos años des pués que Monardes.
Entre 1549 y 1555 residió en Portugal como profe sor de materia médica en la Universidad de Coimbra y médico de cá mara de Juan III.
Tras viajar durante algún tiempo por diversos paí ses europeos volvió a España, asentándose en Sevilla, donde fue cate drático de prima de medicina del Colegio de Santa María, como también hemos dicho (39).
En otra de sus obras se refiere a sus herborizaciones y solicita del concejo de la ciudad de Sevilla que funde un jardín botá nico con plantas medicinales, semejante al que Felipe II había creado en Aranjuez (40).
Parece justificado pensar que Franco y Monardes se profesaron una enemistad motivada por el nombramiento de catedrá tico del primero o por otras causas.
Sobre todo porque publicaron ca si simultáneamente, desconociéndose mutuamente, sendos libros so bre las bebidas frías y refrescadas con nieve de contenido paralelo den tro de los supuestos de la dietética tradicional.
La gran obra de Monardes sobre los productos medicinales ameri canos apareció por fin completa en 1574, con el título de Primera y Se gunda y Tercera Partes de la Historia Medicinal de las Cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en Medicina (41).
En el mis mo volumen incluyó, además, el tratado sobre la «piedra bezaar» y la «yerva escuen; onera», el libro acerca de la nieve, y un nuevo «Diálogo del hierro».
El principal interés de este último texto reside en que fue el primero consagrado a un tema que no volvería a ser tratado mono gráficamente hasta comienzos del siglo XVIII.
Monardes defiende en él la importancia del hierro para la cultura humana, contraponiéndolo a la inmoderada ambición que despertaban los metales preciosos.
La exposición se hace en forma de un diálogo entre el propio autor, un boticario y un metalurgista vizcaíno, en cuya boca se pone la descrip ción de los principales yacimientos europeos y españoles, así como de las técnicas de labrado del hierro y de la fabricación del acero.
Los otros interlocutores se ocupan, entre otros temas, de la génesis del hierro, de sus cualidades y de sus aplicaciones terapéuticas (42).
En 1580 dicho volumen fue reeditado por el impresor sevillano Fer nando Díaz, quien le añadió un prólogo « del impresor al benévolo lec tor» en el que, aparte de aludir a las traducciones de los libros de Mo nardes, dio noticia de tres manuscritos suyos: una «paráfrasis que tie ne hecha sobre la cuarta (fen) del (libro) primero (del Canon) de Avice na», «un diálogo de la cuartana» y «un diálogo del pelegrino, do se tra-tan cosas curiosas y varias de diversos estados» (43).
Junto al estudio juvenil sobre las plantas españolas y un libro que citó en su testamen to («mando un libro que yo tengo escrito de mi mano a mi hijo Dionisia de Monardes») (44), completan la abundante producción literaria del gran médico sevillano.
Un texto acerca de la peste qu� le ha sido atri buido se trata en realidad de la traducción castellana de unos fragmen tos del italiano Giovanni Manardi (45).
Tras el fallecimiento de su esposa en 1577, Monardes se trasladó al domicilio de su hija Jerónima, que estaba casada con un prestigioso abogado de la Audiencia de Sevilla.
En junio de 1588 depositó su testa mento, en el que dejaba una herencia de varios millones de marave díes, pues se había recuperado económicamente después de su quie bra hasta el punto de que sus acreedores reclamaron modificar el acuer do que habían firmado con él.
El 1 O de octubre de aquel mismo año murió, «como entre las nueve y las diez horas de la noche», de una «apo plexía que le dio» (46).
EDICIONES Y TRADUCCIONES DE LA HISTORIA MEDICINAL
Como hemos ag�lantado, Monardes publicó las tres partes de su obra sobre las «medicinas» americanas entre 1565 y 1574.
Ya sabemos que la primera apareció en un volumen impreso en Sevilla que incluía también su tratado acerca de «la piedra bezaar y la yerva escuen; one ra» (1565).
El título general, semejante a los latinos habituales en la época, es sencillamente Dos libros, seguido de una noticia descriptiva de cada uno.
En la correspondiente a la primera parte se destaca la raíz de «mechoacán», que Monardes consideraba una novedad de es-. pecial importancia por estimar, como veremos más tarde, que reunía las condiciones del purgante ideal: «trata de todas las cosas que traen de nuestras Indias Orientales, que sirven al uso de Medicina, y como se ha de usar la rayz de Mechoacán, purga excelentissima» (47).
El vo lumen fue reimpreso en 1569 también en Sevilla, sin más modificacio nes notables que la inclusión de un retrato de su autor grabado en ma dera y la supresión en el subtítulo de la referencia a la raíz de «me choacán» ( 48).
La segunda parte apareció de forma independiente, asimismo en Se villa, en 1571, unida como hemos dicho al libro sobre la nieve.
En su subtítulo, Monardes destacó igualmente tres de las «nuevas medicinas» en ella estudiadas: «Segunda Parte del Libro de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, que sirven al uso de medicina.
Do se trata del Tabaco, y de la Sassafras: y del Carlo Sancto, y de otras mu chas yervas y Plantas, Simientes y Licores: que agora nuevamente han venido de aquellas partes, de grandes virtudes, y maravillosos effec tos» (49).
En 1574, Monardes publicó por primera vez la obra completa, utili zando como sabemos el título que puede considerarse como definitivo: «Primera y Segunda y Tercera Partes de la Historia Medicinal de las Cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en Me dicina» (50).
El contenido de las dos primeras partes era el mismo que el de las ediciones anteriores, ya que Monardes, en lugar de modificar lo, incluyó en la tercera breves capítulos y notas complementarias con la información adicional que había reunido acerca de algunos produc tos expuestos en ellas.
La dedicatoria de la obra en su conjunto está dirigida al papa Gregario XIII, pero se reproducen las destinadas al arzobispo de Sevilla y a Felipe II procedentes de las ediciones indepen dientes de las dos primeras partes.
A continuación del retrato de Mo nardes que encabeza el volumen aparece un «Elogio hecho por el Ilus tre Señor Gon�alo <;atieco de Malina al retrato del autor que se ve en su museo».
El erudito y bibliófilo sevillano Gonzalo Argote de Malina es generalmente recordado por sus ediciones y textos bajomedievales castellanos, entre ellos, El conde Lucanor, de don Juan Manuel y algu nos relacionados con la ciencia, como El libro de la materia que man do escrivir el muy alto y muy poderoso Rey don Alonso y la Historia del Gran Tamorlan e Itinerario, de Ruy González de Clavija.
En su casa de Sevilla tenía un museo que, como casi todos los existentes en el si glo XVI, era fundamentalmente una colección de curiosidades, en las que las plantas, los animales y las piedras se mezcaban sin orden esta blecido con objetos artísticos, joyas o monedas antiguas.
Llegó a ser • tan famoso que se afirma que Felipe II acudió a visitarlo de incógnito durante su estancia en la ciudad el año 1570.
A pesar de su carácter heterogéneo, por su riqueza pudo ser de utilidad desde el punto de vis ta científico (51).
De esta forma, Monardes, cuando se ocupa del arma dillo en su Historia Medicinal, dice al pie del correspondiente grabado: «Este animal saqué de otro natural que está en el museo de Gonzalo de Malina, un caballero de esta ciudad, en el cual hay mucha cantidad de libros de varia lección y muchos géneros de animales y aves, y otras cosas curiosas traídas así de la India Oriental como Occidental, y dife rencias de armas, que con gran curiosidad y con generoso ánimo ha allegado» (52).
En los versos de su elogio, Argote de Malina llama a Monardes «hijo muy preclaro de Sevilla... de nuestro Betis gloria y gran tesoro» y destaca la novedad de sus aportaciones medicamentosas: «Si de una planta nueva o extraña medicina a un príncipe se daba heroico nombre, tu que hiciste prueba de tanta peregrina virtud aún no sabida de algún hombre, ¿ qué sagrado renombre, qué gloria merecías sevillano Galeno?» (53) Algunas de las obras de Argote de Malina fueron publicadas por Fer nando Díaz, impresor que era vecino y amigo personal de Monardes.
De sus talleres había salido ya la reimpresión de 1569 de Dos libros y en 1580, al final de su actividad profesional y cuando Monardes era ya un glorioso anciano, publicó la última edición de la Historia Medicinal y de los tratados que la acompañaban (54).
Es una reproducción de la de 1574, sin otra modificación que un prólogo «del impresor al bené volo lector» en el que el propio Díaz, como antes hemos dicho, da noti cia de las obras inéditas de Monardes y comenta las traducciones que habían tenido las publicadas: «Ha sido al mundo tan acepto éste su tra bajo y han entendido de tal manera a la grandeza de sus obras, que to das las naciones de Europa, cada una de ellas, han convertido en su propia lengua éstas sus obras» (55).
No se trataba de una hipérbole amis tosa, ya que antes de la muerte de su autor tuvieron diecisiete edicio nes fuera de España (seis en italiano, cinco en latín, tres en francés y tres en inglés) y durante el siglo siguiente otras catorce (siete en italia no, tres en francés, dos en latín, una en inglés y una en alemán).
Resul ta notable que la admiración que el impresor sevillano sentía por la otra científica de su amigo le condujera a una expresión de la idea de progreso típica de este ambiente intelectual español: «Aunque a los an tiguos se debe mucho por lo que nos dexaron... hemos visto en nues tros siglos cosas que ni los antiguos conocieron ni (ha) habido hasta nuestros tiempos quien haya escrito dellas» (56).
La edición extranjera más temprana de un texto de la Historia Me dicinal fue una versión italiana del capítulo sobre la raíz de «mechoa cán» (1570) (57).
A partir de 1575 se publicaron en este mismo idioma las dos primeras partes en nueve ocasiones, además de tres impresio-Asclepio- nes independientes del capítulo sobre el tabaco, una de ellas acompa ñado por el relativo a la «pimienta luenga».
Por el contrario, la tercera parte no llegó a aparecer en italiano.
Hubo dos traducciones distintas: una de ellas, anónima y hecha directamente del original castellano, fue publicada por el impresor ve neciano Giordano Ziletti; la otra la reali zó, a través de la versión latina de Clusius, Annibale Briganti, médico residente en Nápoles que fue también autor de la traducción del trata do de García de Orta, así como de varias obras originales, una de ellas relacionada con la materia médica (58).
El capítulo sobre la raíz del «mechoacán» fue asimismo el primer texto de la obra de Monardes vertido al francés.
Lo tradujo Jacques Gohory, destacada figura del movimiento paracelsista francés con el seudónimo de «Leo Suavius» que publicó, además, versiones de textos muy diversos, entre ellos el Amadis de Gaula, los Discorsi de Maquia velo y Occulta naturae miracula, de Levinus Lemnius (59).
La del capí tulo sobre la «racine Mechiocan» apareció en 1572 junto a un breve re sumen suyo sobre el tabaco basado en el estudio de Monardes y en la información ofrecida por Jean Liébault en su edición de L'Agriculture, de Charles Estienne (1567), y fue reimpresa en 1588 (60).
Más tarde, la versión latina de Clusius y de las tres partes de la Historia Medicinal fue retraducida al francés, junto a la de los tratados de García de Orta y Cristóbal de Acosta, por el farmacéutico de Lyon Antaine Colin (1602 y 1619) (61).
La traducción al inglés de la obra de Monardes fue realizada por John Frampton, comerciante que estuvo durante los años sesenta en Andalucía, donde fue al parecer perseguido y encarcelado por la Inqui sición (62).
Su versión de las tres partes de la Historia Medicinal apare ció por vez primera en 1577 y se reimprimió en 1580 y 1596, en estas ocasiones acompañada de las de los otros tratados de Monardes inclui dos en las ediciones sevillanas de 157 4 y 1580, Frampton añadió al ca pítulo de Monardes sobre el tabaco el texto de Liébault referente a es ta planta que, como acabamos de decir, ya había utilizado Gohory (63).
El más importante de los traductores de la Historia Medicinal fue el médico y botánico flamenco Charles de l'Escluse (Carolus Clusius, 1526Clusius, -1609)), figura a la que ya hemos aludido.
Clusius vino a España en 1563, acompañando a Jacobus Fugger, de quien era preceptor, co mo sabemos.
Durante los dos años que viajó por la península recogió materiales para sus estudios botánicos y trabó relación con destaca dos naturalistas.
Visitó también las principales universidades y, como típico representante de la ciencia académica, criticó la deficiente pre-16
Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es paración en idiomas clásicos que tenían los profesores de casi todas ellas, incluida la de Alcalá, elogiando únicamente el excelente latín de los de Valencia.
Su relación con algunos naturalistas españoles condu jo a una auténtica colaboración científica de carácter epistolar, siendo ejemplo destacado la que mantuvo a lo largo de varias décadas con Juan Plaza, titular de la cátedra valenciana de materia médica.
Otros corres ponsales de importancia fueron los sevillanos Simón de Tovar y Juan de Castañeda, a los que sirvió de intermediario el gran erudito Benito Arias Montano.
Lo mismo que Plaza, Tovar proporcionó a Clusius no ticias y semillas de plantas peninsulares, además de enviarle los catá logos anuales de su jardín botánico.
En cambio, los materiales que Cas tañeda le remitió entre 1600 y 1604 fueron americanos en su mayor par te.
Ya dijimos que carecemos de fuentes acerca de su posible relación personal con Monardes ( 64 ).
Frutos de la relación de Clusius con nuestro país fueron, por una parte, su libro Rariorum aliquot stirpium per Hispanias observatarum historia (1576 ), el más importante estudio de la centuria acerca de la botánica peninsular, en el que expuso sus propios materiales y los que le proporcionaron sus corresponsales españoles (65); por otra, sus ver siones latinas de las obras de Monardes, Cristóbal de Acosta y García de Orta, que contribuyeron de forma decisiva a su difusión en toda Europa, especialmente en los ambientes académicos.
La correspondien te a las dos primeras partes de la Historia Medicinal apareció en 1574, siendo reimpresa cinco años después, y la de la tercera, en 1582.
Poste riormente publicó reunidas las de toda la obra en un volumen que in cluye también la versión del tratado de García de Orta (1593) y en otro que contiene, además, las de los libros de Cristóbal de Acosta y Pierre Bellon y sus propios «exoticorum libri» (1605) (66).
Clusius no se limi tó a hacer una traducción literal del texto de Monardes, ya que reorde nó su contenido, integró en cada tema la información dispersa en las notas complementarias, resumió algunos capítulos y complementó • otros con materiales propios o procedentes de sus corresponsales.
Por otro lado, la Historia Medicinal recibió en las publicaciones pos teriores sobre materia médica y temas afines, en especial las relacio nadas con América, un elevado número de citas, cuya recogida y análi sis sería de gran importancia para conocer con precisión su influencia en los distintos autores y escuelas.
Como auténtico texto «clásico» en el sentido bibliométrico, ha continuado citándose en el siglo XIX y en el actual, no sólo en trabajos de carácter monográfico sino en obras generales.
Para comprobarlo basta consultar, por ejemplo, grandes tra-
tados sobre matefia médica de la importancia del Dictionnaire univer sel de matiere médicale, de F. V. Merat y A. J. de Lens (1829-1847), el Traité de matiere médicale, de L. Reutter (1923) y el Handbuch der Phar makognosie, de A. Tschirch (1933) (67).
PROCEDENCIA DE LAS «NUEVAS MEDICINAS».
EL MÉTODO DE MONARDES
Los dos grandes introductores de la materia americana en Europa realizaron sus obras con métodos radicalmente distintos.
Francisco Hernández estudió directamente la naturaleza y la cultura médica in dígena de Nueva España, cuyo territorio recorrió desde 1571 a 1577 a la cabeza de una de las primeras expediciones científicas modernas.
Por el contrario, Monardes no se movió de Sevilla, limitándose a apro vechar su privilegiada posición en las relaciones con el Nuevo Mundo: « Y como en esta ciudad de Sevilla -dice en la introducción de la His toria Medicinal-, que es puerto y escala de todas las Indias Occiden tales, sepamos de (las nuevas medicinas) más que en otra parte de toda España, por venir todas las cosas primero a ella, do con mejor rela ción y con mayor experiencia se saben, púdelo hacer, juntamente con la experiencia y uso dellas de cuarenta años ha que curo en esta ciudad, do me he informado de los que de aquellas partes las han traído con mucho cuidado, y las he experimentado en muchas y diversas personas, con toda diligencia y miramiento posible, con felicísimos sucesos» (68).
Entre las dos primeras partes de la Historia Medicinal y la tercera puede anotarse un ligero pero significativo cambio relativo a los me dios de información.
En aquéllas, Monardes utiliza casi siempre las ex presiones «han traído estas naos» o «traen» (las flotas de Nueva Espa ña y Tierra Firme), especificando en ciertas ocasiones que sus infor madores habían sido enfermos y otros pasajeros procedentes de las In dias y, más raramente, un piloto o un médico que ejercía allí.
Las úni cas excepciones corresponden al «sulphur vivo» y al «palo aromático» que le enseñó el boticario sevillano Bernardino de Burgos y las hetero géneas noticias que recibió en una carta que le escribió desde el Perú Pedro de Osma, cuando ya se había convertido en una celebridad cien tífica.
En cambio, en la tercera parte, las expresiones dominantes pa san a ser «me enviaron» y «me trajeron» (lo que «deseaba ver» o «tenía encomendado»), mientras que en muy contadas ocasiones dice «traen agora», «me contó>> o «me escribió».
También resulta claro el cambio de la procedencia geográfica de los productos medicinales, que puede resumirse en la siguiente distribu ción de su número: Los períodos en los que dichos productos fueron conocidos en Es paña son asimismo diferentes en las tres partes de la obra.
En la pri mera, se estudian tres difundidos, según Monardes, desde los años del descubrimiento (las «avellanas purgativas», el «guayacán» y los «pi mientos»), otro, algo después (el «palo santo»), dos, hacia 1530 (el «palo de la lirina» y la raíz del «mechoacán»); correspondiendo las primeras noticias de los restantes a los años centrales de la centuria.
Todos los incluidos en la segunda habían sido dados a conocer en los años sesenta, con la excepción del tabaco, introducido a continuación del descubri miento.
En la tercera, se reúnen algp.nos introducidos tempranamen te, como las «piñas» (tropicales) y la «yerba del sol» (girasol), otros de origen euroasiático_ aclimatados en América y muchos conocidos por noticias recientes.
Es un tópico considerar a Monardes un «clásico» de la farmacog nosia, especialmente desde que Tschirch afirmó que era uno de los «pa dres» de esta disciplina, junto a Clusius y al alemán Valerius Cordus (69).
Este calificativo resulta claramente justificado en los capítulos de la Historia Medicinal que ofrecen una descripción amplia, es decir, los dedicados a la raíz de «mechoacán», el tabaco, el sassafrás y los bálsa mos que hoy llamamos de Tolú y de Perú.
Sin embargo, la capacidad del médico sevillano como observador brilla también en capítulos con descripciones menos detalladas, como los relativos a la zarzaparrilla, el «carla santo» y la granadilla, e incluso en algunas notas breves.
Monardes informa de que tres plantas americanas -los pimientos, erfabaco y las batatas-eran habitualmente cultivadas en España, en Asclepio-1-1990 las condiciones que luego comentaremos.
También se refiere al impor tante comercio que habían motivado otros productos, principalmente el «liquidámbar», los bálsamos, la «cañafístola», la raíz de «mechoa cán» y, por supuesto, el «guayacán» y el «palo santo».
Sabemos que, con fines de estudio o para su uso personal, plantó algunas especies del Nuevo Mundo en el huerto o jardín de su casa porque se refiere expresamente a los ejemplares que allí tenía de tabaco, «carlo santo», guayabas, «cachos», «flores de sangre», «cuentas jaboneras» y girasol (70).
Asimismo nos consta que poseía numerosos minerales, maderas y cortezas, piedras bezoares, gomas y semillas, y que apreciaba estos materiales hasta el punto de que, cuando al final de su vida se trasladó al domicilio de su hija, se llevó consigo algunos junto con su biblioteca (71).
Sin embargo, nada autoriza a afirmar, como a veces se ha hecho, que tuviera un jardín botánico semejante a los que en la propia Sevilla poseían entonces Simón de Tovar y Rodrigo Zamorano, ni tampoco un museo parecido al de Argot e de Molina (7 2).
Desde el punto de vista terapéutico, Monardes entendió la doctrina galénica de las cualidades y sus grados de acuerdo con la versión pro pia de la corriente «humanista», que había rechazado como «bárbaras» las teorizaciones arabizadas sobre el tema del galenismo bajomedie val.
Como todos los seguidores del galenismo, indicó la «complexión», «temperatura» o «temperamento» de cada producto curativo, deducien do a partir de la misma sus efectos sobre el organismo.
Las hojas del tabaco, por ejemplo, son « de complexión caliente y seca en segundo gra do», por lo cual tienen «virtud de sanar» enfermedades de causa fría; en consecuencia se utilizan en dolores de cabeza, «envaramiento de las cervices», «pasiones de pecho», dolor de estómago y de ijada, pasiones de junturas, hinchazones y «apostemas», dolor de muelas, etc., con la condición de que se deban a causas o «reumas» (=corrimiento de hu mores) frías, pues «en causa caliente no aprovechan» (73).
La misma doctrina servía, como es sabido, de fundamento para una correcta in dicación terapéutica, adecuada a la «complexión» del enfermo y a la «calidad» de la enfermedad.
Monardes contrapone explícitamente es ta terapéutica «racional» al uso empírico de los medicamentos, que des califica por completo.
Advierte, por ejemplo, contra la administración empírica del «cocimiento de sassafrás» en los siguientes términos: «Mi ro la complexión y temperatura (=temperamento): <lel enfermo que ha de tomar y usar esta agua y ansi mismo la manera y calidad de la en fermedad, y conforme a ello hago el agua y la doy al enfermo, dando al colérico menos cocida y menos cantidad de palo, y al flegmático más cocida y más cantidad de palo, y al sanguíneo medianamente; y así desta manera a las enfermedades, según la calidad dellas.
Porque si no se hace de esta manera, no se pueden dexar de hacer muchos errores en el uso des ta agua...
Porque no piense nadie que tomar es te agua sin or den e inconsideradamente, como muchos hacen, han de conseguir con ella salud; antes tomándola sin método y sin orden, les hará mucho da ño» (74).
La tendencia de los principales seguidores del galenismo «huma nista» a conceder una importancia creciente a la experiencia fue, co mo es sabido, una de las raíces de la renovación del saber anatómico por parte del movimiento vesaliano y del paso a primer plano de las «observationes » clínicas en las obras de los autores «hipocratistas» de la segunda mitad del siglo XVI (75).
Monardes fue uno de los más des tacados representantes de esta tendencia en el campo de la terapéuti ca.
Su concepción de la experiencia fue, por supuesto, la propia de di cha mentalidad renacentista, que había partido de la noción vulgar de experiencia procedente de la práctica o la vivencia personales y estaba comenzando a entenderla como comprobación propia y directa de los hechos (7ó).
Este es el sentido que tienen expresiones que utiliza conti nuamente en su obra, como «lo experimenté», «lo hemos experimenta do por muchos años», «la experiencia de muchos años ha que curo», «podremos experimentarlo» y otras parecidas.
No se trata de experi mentación en animales, a la que solamente se refie_ re en una ocasión, sino de comprobación de los efectos curativos de las «medicinas» en los enfermos.
Su atenimiento a esta concepción de la experiencia co mo criterio es muy explícito.
Manifiesta abiertamente sus dudas sobre acciones medicamentosas no «experimentadas», es cauteloso cuando considera que no están suficientemente comprobadas y asegura que «el crédito que doy a estas cosas es a la experiencia que dellas se tie ne» (77).
Como a muchos otros científicos renacentistas, la insistencia en la experiencia como criterio en relación con novedades -en su caso «nue vas medicinas»-condujo a Monardes a una incipiente idea de progre so.
Aparte de expresiones repetidas, como « descubrirá el tiempo otras mayores (medicinas)» o «el tiempo descubrirá lo demás (hoy ignorado)», su libro contiene algunas declaraciones muy explícitas.
Por ejemplo, en el capítulo sobre la «sangre de drago» afirma que lo s «mil desati nos» que dijeron «los antiguos, así griegos, como latinos y árabes», y • que repiten «los modernos, siguiendo esta misma ignorancia», han si do superados por lo que «el tiempo, que es descubridor de todas las Asclepio-1-1990 cosas, nos ha descubierto y enseñado» (78).
También en la introducción destaca las «muchas cosas (que) hay en diversas partes del mundo que no han sido conoscidas hasta nuestros tiempos, que los antiguos care cieron dellas y el tiempo, que es descubridor de todas las cosas, nos las ha demostrado» (79).
Incluso considera desde esta perspectiva su propia obra sobre los productos curativos, «de que no pequeña utili dady no menos provecho se consigue a los de nuestros tiempos y tam bién a los que después de nos vinieren; de lo cual seré el primero, para que los demás añadan con este principio lo que más supieren y por ex periencia más hallaren» (80).
Por el contrario, Monardes no se enfrenta abiertamente con la autoridad de los clásicos, aunque resulta muy significativo que las tres partes de su obra incluyan solamente dieciséis citas de autores antiguos y medievales, lo que contrasta agudamente con el abruma dor número de «autoridades» habitual en los libros médicos de la épo ca (81).
La mentalidad renacentista de Monardes se refleja incluso en su actitud ante las «supersticiones y hechicerías».
Atribuye desde luego las «cosas que no se pueden reducir a obras naturales» a <<obras del demonio», pero es evidente su cautela en este ter. reno, que le lleva a afirmar: «En lo que toca a hechizos, diré lo que he visto» (82).
Por otra parte, como típico miembro de la comunidad científica académica, no tiene en cuenta a la alquimia, pero tampoco le dedica los furiosos ataques que le habían dirigido Andrés Laguna y otros seguidores del galenismo «humanista» (83).
La menciona únicamente al ocuparse del azufre o «sulphur vivo» procedente de Quito, de una forma claramente positiva: «No en balde los alquimistas dicen que la materia del oro es el azogue y el sulphur, el azogue como materia y el sulphur como forma y agente.
Y así éste que yo ví es como un pedazo de oro finísi mo» (84).
Anotemos, por último, que Monardes expone las prácticas curati vas de los indios que habían dado a conocer casi todas las «medicinas» que aparecen en su obra.
En el caso del tabaco y de la coca, la exposi ción tiene cierta amplitud y un enfoque que desborda lo estrictamente pragmático.
Considera, por supuesto, que dichas prácticas no son «ra cionales» y destaca que, «como los indios no tienen peso ni medida, no han guardado en aquellas partes orden alguna» (85).
Ello no es obstá culo para que conceda gran importancia a su estudio y llegue a mani festar su admiración por la experiencia reunida por los sanadores in dígenas: «Tanto género de medicinas como los indios venden en sus 22Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es mercados o tianges, sería cosa de grande utilidad y provecho ver y sa ber sus propiedades y experimentar sus varios y grandes efectos, los cuales los indios publican y manifiestan con grandes experiencias que entre sí dellas tienen» (86).
Para dar noticia del casi centenar de «nuevas medicinas» que Mo nardes estudió en las tres partes de su obra, conviene que respetemos en lo posible su pauta expositiva.
La primera parte consta de cuatro grandes epígrafes dedicados su cesivamente a resinas, purgantes, a «tres medicinas celebradas en to do el mundo» (el guayaco, la china y la zarzaparrilla) y el bálsamo que hoy llamamos del Perú.
Incluye, además, notas sobre otros dos «palos» medicinales y varios productos minerales, así como un breve comen tario acerca de los pimientos.
La segunda parte se inicia con un amplio capítulo consagrado al ta baco, seguidos de otros tres también extensos sobre el sassafrás, el «car la santo», y la cebadilla.
Termina con estudios más concisos sqbre otros productos vegetales y animales, y con informaciones complementarias relativas a la zarzaparrilla y a diversas resinas y purgantes.
La tercera parte se ocupa principalmente de plantas medicinales semejantes a las euroasiáticas o de origen euroasiático pero introduci das en América, y de productos vegetales americanos utilizados como alimentos.
Ofrece también notas breves acerca de otras plantás curati vas e informaciones complementarias de lo expuesto en las partes an teriores, la más importante de las cuales es la dedicada al bálsamo de Tolú.
Las primeras «medicinas» americanas estudiadas en la obra de Mo nardes son cuatro resinas que llama «anime», «copal», «tacarμahaca» y «caraña».
Afirma que el anime y el copal «se parecen mucho» y que las otras dos son también semejantes.
Las tres primeras las «traen de Nueva España», en tanto que la caraña procedía de Tierra Firme, a tra vés de Cartagena y Nombre de Dios.
Su utilización terapéutica consis tía, por una parte, en fumigaciones y sahumerios para «purificar-y Asclepio- corregir el aire» del mal olor con el que el galenismo id entificaba su contaminación, «infección» o «corrupción», y para combatir con su cua-• lidad caliente trastornos de causa fría como dolores de cabeza, cata rros y desmayos; por otra, en aplicaciones locales mediante ungüentos y emplastos contra todo tipo de dolores (87).
El término «anime» era de origen clásico y se había empleado ori ginalmente para designar materias resinosas que procedían de Arabia y Etiopía.
A ellas se refiere Monardes cuando habla del «anime nues tro que traen de Levante», que diferencia del «que traen de Nueva Es paña».
Los «árboles de mediana grandeza» del que este último se ob tiene «por vía de incisión» corresponden a varias especies del género Hymenae, sobre todo de H. courbaril L. (88).
Sin embargo, la expresión «anime occidental o de México» se usó en ocasiones, a lo largo de los tres siglos siguientes, como sinónimo de «copal» o de «tacamahaca».
A diferencia del anterior, estos dos tér minos eran de origen náhualt y designaban productos empleados en la medicina mexicana precolombina.
«Copal» se aplicaba a resinas de origen diverso y poco preciso, atribuido a especies de los géneros Hyme nae (entre ellas, Hymenae courbaril L.), Rhus (principalmente R. copa llinum L.) y Elaphirum (en particular E. copalliferum D.C.) (89).
El gran tratado de Francisco Hernández dedica cerca de una veintena de capí tulos a diferentes tipos de «copalli», la mayor parte de los cuales han sido identificados como procedentes de los tres géneros citados (90).
La «tacamahaca» que estudió Monardes es la misma a la que Her nández dedicó un capítulo titulado con el vocablo original «tecoma haca», es decir, la oleorresina mexicana procedente del Elaphrium tecomaca (D.C.)
Durante los siglos siguientes, el término se extendió a otras resinas semejantes, por ejemplo, a las que se ob tenían en las Guayanas de varias especies de lcica (92).
De una de ellas se ocupó Monardes en la tercera parte de su obra, llamándola «ambia» (93).
«Caraña» es otra palabra de origen amerindio que se ha manten. ido hasta la actualidad en la América central, las Antillas, Colombia y Ve nezuela para referirse a varias oleorresinas (94).
Según Guibourt, la «ca raña» de Monardes es la resina elemi obtenida de lcica caranna H.B.K. (=Protium caranna March), lo que coincide con el significado que el vocablo sigue teniendo en América central (95).
Estas cuatro resinas se mantuvieron en la materia médica europea hasta comienzos del siglo actual, pero siempre con muy escasa impor tancia, como irritantes o vesicantes en ungüentos y otras aplicaciones tópicas y más raramente como expectorantes o estimulantes gástricos por vía oral.
Más relieve han tenido en otros terrenos, especialmente en la preparación de barnices y en ceremonias religiosas como sustitu tos del incienso.
Otro capítulo de la parte primera lo dedicó Monardes a «una resina que llamamos liquidámbar y uno como aceite que llamamos aceite de liquidámbar» (96).
Procedían también de Nueva España, donde se ob tenían por incisión de unos árboles que describe el médico sevillano y que corresponden a la especie Liquidambar styraciflua L. Su uso te rapéutico, semejante al de las resinas anteriores, consistía principal mente en fumigaciones y sahumerios, aprovechando el «suave y gra cioso olor» que producía al ser quemado, y en aplicaciones locales con tra «cualquier dolor de causa fría», ya que se consideraba «caliente ca si en el tercero grado».
Monardes destaca que se empleaba «en lugar del estoraque», es decir, de la resina del árbol Liquidambar orientalis Miller, procedente de Asia Menor.
Esta resina había sido introducida en la materia médica por los médicos bizantinos de los siglos VI y VII, especialmente Aecio y Pablo de Egina, pasando después al mundo islá mico y a la Baja Edad Media latina (97).
Como en tantos otros casos, el comercio de estoraque a partir del Mediterráneo oriental quedó des plazado por su sustituto americano.
Monardes informa que llegaba «mucha cantidad de liquidámbar a España, tanto que traen muchas pi pas y barriles dello por vía de mercadería».
Añade incluso que se co merciaba con un «estoraque líquido de las Indias no tan bueno, por que lo hacen de los ramos de los árboles hechos pedazos y cocidos».
Con los mismos nombres que aparecen en su obra («estoraque liqui do», «estoraque americano», «liquidambar» o «ambar liquida») el em pleo terapéutico de este producto se mantuvo después en Europa has ta comienzos del presente siglo.
En la segunda parte de la Historia medicinal, Monardes añade in formación complementaria acerca de los remedios de este grupo.
De dica unas líneas a la «caraña de Cartagena», de la que dice que es «tan clara que parece cristal» y que «se aplica mucho mejor que la que has ta aquí ha venido».
Quizá en lugar de la resina obtenida de /cica caran na fuera otra procedente, por ejemplo, de especies de Elaphirum (98).
También hace rápida mención de la «trementina de Cartagena», que estima «mucho mejor que la (que) traen de Venecia», y de otra «tre mentina o licor que llaman de abeto», venida asimismo de Tierra Fir me (99).
Dos décadas después, José de Acosta anotó que «el aceite que llaman de abeto también de allá lo traen, y médicos y pin tares se a pro-Asclepio- vechan asaz dél, los unos para sus emplastos y los otros para barniz de sus imágenes» (100).
Esta «resina abiegna», como Clusius la llamó en su traducción de la obra de Monardes (101), debía ser alguna de las trementinas «americanas», es decir, que se obtienen de especies ame ricanas de Abies y Pinus (102).
La adición más importante es la relativa a la «sangre de drago» (103).
De nuevo se trata de un sustituto americano de una «medicina» del Viejo Mundo.
Desde la Antigüedad clásica se venía utilizando como remedio la «sanguis draconis», término que designaba resinas de color rojo pro cedentes de varias especies.
Las asiáticas correspondían a Calamus dra co Willd., que crece en Java, Sumatra, Borneo y zonas vecinas y tam bién a Pterocarpus draco L., especie propia de la India; junto a ellas se usaba la canaria, obtenida del drago, árbol emblemático de las islas (104).
Varias americanas fueron descritas por Hernández bajo nombres náhuatl que significan «árbol amargo de savia roja», «árbol amargo de sangre» y «árbol de sangre», y que han sido identificados como espe cies de Croton, entre ellas, C. draco Schlecht (105).
Seguramente la «san gre de dragón» que le entregó a Monardes el obispo de Cartagena de Indias no procedía de ninguna de ellas, sino de otras del mismo géne ro, como Croton hibiscifolium Kunth, que crece en el territorio cerca no a dicha ciudad.
En cualquier caso, Monardes desmiente los «desatinos» que habían dicho acerca de la procedencia del producto tanto «antiguos» como «mo� dernos», aprovechando la ocasión para manifestar su idea del progre so científico, como hemos adelantado.
Desmiente no sólo que fuera la sangre de un dragón degollado o de un elefante ahogado, sino también su identificación con el bermellón y con el zumo de distintas hierbas.
Concluye que es una «lágrima» o resina de un árbol, aunque concede beligerancia a la noción de« signatura», afirmando que en su fruto apa recía la figura de un dragón.
Los usos terapéuticos que expone -anti diarreico, hemostático y astringente-son los que esta resina mantu vo durante muchos siglos.
Otro grupo de «medicinas». que Monardes estudia en la primera par te de su obra es el de los purgantes.
De todos ellos destaca la «raíz del mechoacán», hasta el punto de que, tras exponer otras seis «drogas pur gativas», afirma que «son violentas y de gran furia, y se han dexado de usar después que ha venido el mechoacán porque en él se halla obra más segura» (106).
Comienza con el «aceite de la higuera del infierno» que traían de Jalisco, «provincia en Nueva España».
Una vez más se trata de un pro ducto curativo semejante a otro del Viejo Mundo, «porque se saca de un árbol que no es ni más ni menos que nuestra higuera del infierno (ricino), así en la hoja como en el fruto» (107): La descripción botánica, apenas esbozada, la completó Clusius en su traducción, ofreciendo ade-. más una figura de los frutos del «ricinus americanus» (108).
Es el mis mo árbol que Hernández describió bajo el nombre náhuatl de «quau hayohuachtli» y que ya Mociño y Sessé identificaron a finales del siglo XVIII como Jatropha curcas L. ( = Curcas purgans Endl.) (109).
Otros cuatro, las «avellanas purgativas», los «piñones purgativos», las «habas purgativas» y la «leche de pinipinichi», son de importancia secundaria.
Las primeras procedían de Santo Domingo y eran un pur gante drástico muy utilizado por sus indígenas.
Monardes afirma que «llámanlas comúnmente los médicos ben, el cual es en dos maneras, uno que llaman magnum, otro parvum; el ben magnum son estas ave llanas purgativas» (110).
Desde la Antigüedad clásica recibía el nom bre de ben el fruto de acción purgante del árbol euroasiático Moringa oleifera Lam. (= M. pterygosperma Gartner) (111), que Laguna en su tra ducción de la obra de Dioscórides llama «nuez unguentaria» (112).
Por otro lado, a partir de los años finales del siglo XVI se utilizó en Euro pa una «avellana purgatrix been» o «nux purgantis», fruto de la Jatropha multifida L. ( = Curcas multifidus Endl.) (113), cuyas características co rresponden a la descripción del médico sevillano.
Este ben magnum es efectivamente de mayor tamaño que el ben tradicional.
Los «piñones purgativos» (114) han sido identificados con los «pi ñones de Indias», es decir, con las semillas del ricino americano o Ja tropha curcas L. (115), pero la breve descripción de Monardes y su con texto parecen desmentirlo, haciendo más bien pensar en una gramínea.
De modo más terminante puede destacarse la identificación de las «ha bas purgantes» (116) con las semillas de la leguminosa Dolichos pru riens L. (=Mucuna pruriens (L.)
D.C.) (117), ya que ni tienen efectos pur gantes ni coinciden con la caracterización de Monardes.
En cambio, no hay que olvidar que en diferentes zonas americanas continúa llamán dose «haba de indio» a las semillas, de acción purgante drástica, de la euforbiácea Hura crepitans L. (118).
En cuanto a la «leche de pinipini� chi», Merat y Lens ya indicaron que este término de Monardes corres pondía al jugo blanco purgan te de una euforbiácea ( 119).
En la actuali- La «cañafístola» americana fue otro sucedáneo americano de una planta curativa de origen asiático que era objeto de un importante co mercio.
Utilizada con anterioridad a nuestra era por la medicina clási ca india y difundida en Europa desde la Alta Edad Media era original mente la legumbre de la Cassia fistula L. (121).
La presencia en Améri ca de especies semejantes fue ya notada en los prüneros viajes colom binos ( 122) y pronto condujo a una intensa actividad comercial, de for ma que Monardes pudo decir en 1565 que «viene de las islas de Santo Domingo y de San Juan de Puerto Rico mucha cantidad de cañafístola, y es tanta que no solamente se provee della toda España, pero toda Euro pa y casi todo el mundo, porque a Levante, do ella solía venir, van más naos cargadas della que viene hierro de Vizcaya» (123).
Un cuarto de siglo después, José Acosta afirmó igualmente: «Traxéronse en la flota que yo vine de Santo Domingo cuarenta y ocho quintales de cañafísto la» (124).
La americana, que según Monardes era «gruesa» en oposición a la «muy delgada» que se traía de Oriente, procedía de la especie Cas sia grandis L. El médico sevillano la consideraba de superior calidad, opinión que fue criticada, entre otros, por el cirujano Juan Fragoso (125).
No obstante, las razones aducidas por aquél se basaban en la ma yor rapidez de su transporte desde América, causa fundamental del hun dimiento de muchos productos asiáticos: «La que traían de la India a Venecia, y las galeazas de ahí a Génova, y de Génova a España... con el tiempo tan largo, venía ya tan corrompida que aprovechaba poco...
Esta nuestra que traen de Santo Domingo y San Juan es... melosa y fres ca, tanto que muchas veces viene desde ha sesenta días que se cogió, y con ser fresca es de gracioso gusto y no del olor horrible que era la del Levante, y así hace su obra muy mejor y con más facilidad» (126).
Si se recuerda la gran importancia que la purga tenía en la práctica terapéutica de los médicos seguidores del galenismo, no resulta extra ño el relieve que Monardes dio a la raíz del «mechoacán», hasta el pun to de que, como ya hemos dicho, en el título de la primera parte de su obra se dice que «trata de las cosas que se traen de las Indias Occiden tales que sirven al uso de medicina, y de la orden que se ha de tener en tomar la raíz del mechoacán».
También sus traductores le conce dieron un lugar muy destacado: la más temprana versión al italiano, publicada como sabemos en 1570, se tituló Modo et ordine como si ha de usare la Radice Michoacane, dejando en segundo término el resto de «simplici c 'hora vengano dalle Indie Occidentali» expuestos en esta parte (127); la primera traducción al francés (1572), que incluía ya la segunda parte, fue titulada Instruction sur l'herbe Petum (=tabaco)... et sur la racine Mechiocan (128); el propio Clusius afirma que sembró dos semillas que hizo traer desde España en 1569 y describe incluso las plántulas, que murieron pronto debido al frío del invierno de Flan des (129).
Monardes, en efecto, estaba convencido de haber encontrado el pur gante ideal: «Dase en todo tiempo y en toda edad; hace su obra sin mo lestia y sin aquellos accidentes que las otras medicinas solutivas sue len hacer.
Es medicina fácil al tomar, porque no tiene gusto.
Sólo tiene el sabor de la cosa con que se toma, porque es de suyo insípida y así es fácil para los niños, porque la toman sin sentir lo que es; es asimis mo para las personas que no pueden tomar medicinas, porque ésta no tiene olor ni sabor.
Yo he purgado con ella a muchos niños y a muchos últimamente viejos, porque la he dado a hombre de más de ochenta años, y hacer en él obra muy buena y segura, sin ninguna alteración ni pesadumbre y _sin quedar debilitado ni enflaquecido» (130).
En con secuencia le dedica un largo capítulo que comienza con la descripción de «Mechoacán», «provincia de Nueva España», y de las circunstancias en las que los españoles aprendieron allí de los indios el uso de dicha raíz.
Informa también en detalle de la primera vez que la vio, «hará treinta y cuatro años», cuando un enfermo que venía de Nueva España le pidió que se la administrara en lugar de los purgantes tradicionales.
Resulta muy interesante la respuesta de Monardes porque es uno de los escasos testimonios que demuestra que en su juventud se opuso al empleo de «nuevas medicinas» americanas: «Yo le abominé el uso de semejantes medicinas nuevas de que no teníamos cosa alguna escripto ni sabido, y persuadíle se purgase con las medicinas que acá teníamos» (131).
No obstante, tras la experiencia de la utilización del nuevo pur gante en este paciente y en «otros muchos», acabó «dando crédito a sus buenos efectos» (132).
Expone a continuación sus indagaciones entre «los que vienen de Nueva España, en especial los que han estado en Mechoacán» acerca de «la manera de la planta que lleva esta raíz y qué forma y figura tie ne».
Con este motivo critica duramente «el descuido de todos» que, aten diendo solamente «al interés y a sus ganancias, no saben más della de que los indios en Mechoacán les venden las raíces secas y limpias, co mo aquí las traen, y los españoles se las compran y como género de mercaderías las envían a España» (133).
Esta es también la ocasión en Asclepio-1-1990 la que Monardes denuncia, como antes dijimos, que no se investigue las «yerbas y plantas, y otras cosas medicinales que hay en Nueva Es paña», así como que las «grandes experiencias» que los indios de ellas tienen «los nuestros sin más consideración las desechen» (134).
Monardes no se dio por satisfecho hasta conseguir« la propia yer ba verde del mechoacán», de la que ofrece una precisa descripción an tes de exponer con todo detalle la raíz o «medicina», las condiciones que debe tener y su «complexión», siguiendo una pauta paralela a la de los modernos tratados de farmacognosia.
El resto del capítulo está dedicado a la forma de administrarla en la larga serie de enfermeda des en las que estaba indicada la purga de acuerdo con la terapéutica galénica.
El prestigio de Monardes influyó decisivamente en la amplia difu sión del «mechoacán»: «En tanto grado se ha extendido el uso dél que es ya común en todo el mundo, y se purgan con _él no sólo en Nueva España y provincias del Perú, pero en nuestra España y toda Italia, Ale mania y Flandes; yo he enviado grandes relaciones de él casi a toda Europa, así en latín como en nuestra lengua» (135).
Este nuevo «rui barbo de las Indias». o «ruibarbo de Mechoacán» motivó una actividad comercial paralela a la desarrollada en torno al oriental: «Es ya tanto el uso dél que lo traen por mercadería principal, en mucha cantidad, que se vende por gran suma de dineros... me dixo un droguero que, allen de de lo que había vendido para los de la ciudad (Sevilla), había vendi do para fuera della el año pasado más de diez quintales» (136).
En la segunda y tercera partes de su obra, Monardes incluye varias noticias adicionales relativas a los purgan tes.
Con la excepción de una sobre la «cañafístola en conserva» (137) y de otra acerca de unos fru tos purgantes procedentes de la costa de Nicaragua (138), el resto está dedicado al «mechoacán».
Describe en ellas la flor, completando el es tudio que antes había hecho de la «yerba verde», informa que también traían la raíz de América central y de Qui to (139), y se refiere a «otro mechoacán», al que llama «furioso» porque «tomado hace muy graves accidentes de vómitos y congojas, con muchas cámaras» (140).
Este segundo tipo, utilizado en Europa desde comienzos del siglo XVII con los nombres de «radix mechoacannae nigrae», «ruibarbo ne gro» y otros semejantes es un purgante enérgico bien conocido: la jala pa o Exogonium purga (Wender) Benth (141).
El otro, estudiado en detalle por Monardes como purgante suave, tuvo asimismo amplia difusión en los diversos países europeos hasta finales del siglo XVIII, siendo llamado «radix mechoacannae albae» y Como hemos adelantado, Monardes agrupó tres «medicinas» que gozaban de gran prestigio en su época.
U na de ellas, el guayaco, era estrictamente americana y había sido el primer producto del Nuevo Mundo que había llegado a ocupar un lugar destacado en la materia médica europea.
Los otros dos, la china y la zarzaparrilla, eran, una vez más, sucedáneos de plantas curativas de origen asiático y europeo respectivamente.
Quizá por su posición de adelantado, el guayaco figura entre las po cas plantas medicinales que han merecido numerosos estudios histó ricos, algunos de ellos excelentes (143).
Recordemos únicamente que fue descrito en el período colombino y que ya durante la primera déca da del siglo_ XVI se inició un activo comercio en torno suyo que alcan zó después tal importancia que se convirtió en uno de los principales negocios de los Fugger.
A su difusión contribuyó de manera notable la obra de Ulrich von Hutten De guaiaci medicina et morbo gallico lí ber unus (1519), numerosas veces reeditado y traducido.
Su eficacia fue puesta en duda, entre otros autores, por Paracelso en su célebre texto Vom Holtz Guaiaco gründlicher heylung (1529), a pesar de lo cual con tinuó siendo considerado durante el resto del siglo XVI la «nueva me dicina» por excelencia de la sífilis, la más importante de las «nuevas enfermedades».
El hecho de que tanto la afección como su remedio pro cedieran de América fue interpretado como prueba de que la providen cia divina no abandonaba a los seres humanos en sus problemas más graves.
Monardes fue uno de los muchos que se sumaron a tan piadosa inter pretación: «Quiso nuestro Señor que de a do vino el mal de las bubas viniese el remedio para ellas» (144).
Comienza exponiendo la forma en la que los españoles habían comenzado a usarlo en Santo Domingo, Asclepio-1-1990 así como el origen americano de la sífilis.
Destaca tanto la novedad de la enfermedad como la del árbol.
De la primera afirma que muchos auto res no habían podido «atinar qué enfermedad era porque ignoraban que fuese enfermedad nueva y queríanla reducir a alguna de las ya sa bidas y escriptas».
Del segundo, que era« árbol nuevo, nunca visto en nuestras partes ni en otra alguna de las descubiertas, y como la tierra es nueva para nosotros, así el árbol es cosa nueva» (145).
Recuerda que «<leste palo han escripto mucho y muchos» (146), por lo que se limita a ofrecer una breve descripción botánica del «guayacán» (Guaiacum officinale L.) y del «palo santo» (Guaiacum sanctum L.), otro árbol del mismo género que «después acá se ha hallado», y una exposición más detallada de la forma de preparar y administrar el «agua de palo».
Otro remedio antisifilítico que tuvo amplia difusión en la Europa del siglo XVI fue la raíz de china (Smilax china L.), planta curativa del Asia oriental que fue introducida por los portugueses.
Su principal es tudioso fue García de Orta, aunque también otras figuras se ocuparon de ella, entre otros, el gran anatomista Andrés Vesalio en su Epistola rationem modumque propinandi radicis chynae decoctio (1546) (147).
En el capítulo que Monardes le dedica cuenta que, a su regreso de Amé rica, trajo raíces de china Francisco de Mendoza, quien, como luego veremos, había intentado cultivar en Nueva España varias plantas orien tales que proporcionaban especias o productos medicinales entonces muy apreciados.
Anota a continuación su origen asiático, informa de que «hará casi treinta años que la traxeron los portugueses a estas par tes, con grande estima para curar todas enfermedades, en especial el mal de bubas» ( 148), e indica la manera de administrarla.
Por el con texto no queda claro si las raíces de china que trajo Mendoza, que le sorprendieron porque «parescían muy frescas», correspondían a la es pecie asiática o a su congénere americana (Smilax pseudo-china L.).
Lo más probable es que fuera esta última que, con el nombre de «radix chinae occidentalis» y otros similares, fue utilizada en toda Europa has ta bien entrado el siglo XIX (149).
Mucho más larga ha sido la vigencia de las zarzaparrillas america nas.
Como es sabido, la zarzaparrilla europea (Smilax aspera L.) figura en el tratado de Dioscórides y tuvo un lugar destacado en la materia médica medieval y renacentista.
Tal como dice Monardes, la america na «llamáronla los españoles zarzaparrilla de estas partes, que es smi lace áspera» (150).
Distingue entre la que venía de Nueva España y la de Honduras, que considera de superior calidad, y en un capítulo de la segunda parte añade la que «no sólo traen del Perú, pero de Quito 32 Asclepio- I-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es y de toda aquella costa, y la mejor y de mayores efetos es la que traen de Guayaquil» (151 ).
Esta di visión se man tuvo durante los tres siglos siguientes en los tratados de materia médica de t(Jda E u ropa.
Casi al pie de la letra la reprodujo, por ejempl(J, Johann Schrüder en su Apotheke oder Hochstkostharer Ar1, eney-Schat1, (1685) (152), y otro tan to hizo el influyente Dictionnaire universel de matiere médicale (1829-1847), de F. V. Mérat y A. J. de Lens (153).
Ello se explica por el decisivo peso de la obra de Monardes en I a generalización del uso de las zarzaparrillas americanas, aunque no fue la única que las estudió durante este período.
También se ocuparon de ellas Cieza de León, Fran cisco Hernández y Francisco Bravo, este último en el primer libro de medicina impreso en América.
Sin embargo, ninguno de ellos ofreció • una exposición tan completa como la de Monardes, en especial en lo relativo a su preparación y administración en forma de jarabe, polvo o «agua».
Acerca de esta última afirma que «está el día de hoy tan puesto en el uso, que así hallarán agua cocida de zarzaparrilla simple en mu chas casas como agua en las tinajas» (154).
Mérat y de Lens, en el diccionario recién citado, todavía incluían todos los tipos de zarzaparrilla expuestos por Monardes en la especie Smilax sarsaparrilla L. En la actualidad se acepta que corresponde a diversas especies de Smilax: S. medica Schlecht. et Cham. (zarzaparri lla de México o de Veracruz), S. utilis Hemsley y otras (z. de Hondu ras), y s. officinalis Humb., S. syphilitica Kunth y otras (z. de Quito o de Guayaquil).
Los BÁLSAMOS DE PERÚ y DE TOLÚ
Bajo el nombre de «bálsamo», Dioscórides describió un • árbol que «nace solamente en Judea, en un cierto valle, y asimismo en Egipto» del que se obtenía un «licor» («opobálsamo») de extraordinarias virtu des, principalmente como cicatrizante y vulnerario, asj como «para fa cilitar el corto y embarazado anhélito».
Estas virtudes las tienen tam bién, aunque en menor grado, sus frutos(« carpobálsamo») y su made ra («xylobálsamo»).
El gran farmacólogo griego advirtió ya que se adul teraba «en muchas maneras», advertencia que su comentarista rena centista Andrés Laguna ilustró con los sucedáneos más corrientes en su época.
Uno de ellos, citado solamente de pasada, fue «cierto bálsa mo de la Nueva España» (155).
1 ©!Í�ñ.za afirmando que «por su excelencia y maravillosos efectos lla • • mannbálsamo a imitación del verdadero bálsamo que había en tierra de Egipto» (158).
Informa que cuando llegó a España, una onza valía ent,r,e)diez y veinte ducados «y agora vale una arroba tres o cuatro du' e�dqs'>>'.
Recoge la noticia de Laguna acerca de una caída todavía ma, yo,i�) dec�;u precio en Roma pero, frente al desinterés de éste, defiende •qü'é Vi{atmque no se descubrieran las Indias sino para efeto de enviar-"Ill' iliKiesie licor maravilloso, era bien empleado el trabajo que tomaron {lós1 núestros españoles» ( 15 9). \Conforme a su'pauta habitual, Monardes describe primero el árbol, el «lilior» Y. las formas de obtenerlo, y expone a continuación su uso por víi'-oral y aplicado exteriormente en dolores e inflamaciones loca les y, sobre todo, en heridas.
Le atribuye efectos balsámicos, expecto rantes, estomáquicos y antisépticos urinarios, así como cicatrizantes de heridas y curativos de varias enfermedades de la piel, es decir, prác'.:tiqainente los admitidos en la actualidad (160). «otr:f:<2.
Botro lado, Monardes dedica el último capítulo de la tercera par • • tetcde'sffobra al« bálsamo de Tolú», procedente del árbol que hoy deno ni'.iñamos Myroxylon balsamum (L.)
Su contenido es enteramente par�lelo al relativo al « bál •Sá:-m0¡ de Nueva España» (161).
Lo considera mejor que éste e insiste •p' áttióularmente en su aplicación como cicatrizante de las heridas: «Cu •rar: t0das las heridas recientes, consolidando las partes y juntándolas iSirnqüe.. se hagan materia, y la mayor cosa es que no dexa señal si bien -sd,, aben juntar los labios y partes de las heridas, y así para las del ros tro es excelentísimo» ( 162).
El estudio acerca de los bálsamos no solamente es uno de los as pectos de la obra de Monardes que más claramente justifican su fama de clásico de la farmacognosia, sino también una de las aportaciones más destacadas a la terapéutica medicamentosa que han permanecido estrechamente asociadas a su nombre hasta el presente siglo.
LA COCA El largo capítulo sobre el tabaco que encabeza la segunda parte de la Historia medicinal es otra de las grandes contribuciones clásicas de Monardes alá farmacognosia.
Aunque las primeras noticias acerca del tabaco procedían de los viajes colombinos y se habían publicado con an terioridad estudios sobre el tema, algunos de importancia, como el de Fernández de Oviedo, Monardes es considerado justificadamente como el iniciador de la amplísima literatura médica en torno a esta planta (163).
Su descripción botánica, la más rigurosamente estructurada de toda su obra, corresponde a la especie Nicotiana tabacum L. No ofrece noticia alguna sobre la N. rustica L., a diferencia de Hernández, quien se refi rió a ambas especies con los nombres de «quáuhyetl» y «pícitl» respec tivamente, y de Clusius, que en sus comentarios al tratado del médico sevillano distinguió entre «petum latifolium» y «angustifolium» (164).
En el terreno de la terapéutica, Monardes fue el primer gran defen sor de las virtudes curativas del tabaco, postura cuyos seguidores man tendrían a partir del siglo XVII un largo enfrentamiento polémico con los que denunciaron sus efectos perniciosos.
Conviene precisar la for ma en la que defendió el uso terapéutico de la planta, porque a menu do ha sido resumida en términos alejados de la realidad.
Monardes se refiere exclusivamente a las hojas, las únicas de la que «sabemos las virtudes que diremos, aunque creo que la raíz tiene har tas virtudes medicinales las cuales descubriría el tiempo» (165).
La prác tica totalidad de sus recomendaciones consisten en aplicaciones loca les de las hojas calentadas «entre ceniza o rescoldo muy caliente», o bien «majadas» o «hechas una pelotilla,-o « borujo».
Las principales indicaciones son los dolores de cabeza, estómago, ijada, muelas y otras partes del cuerpo; los «envaramientos de las cervices» y «pasiones de junturas» (afecciones articulares); las «hinchazones o apostemas frías»; las «heridas recientes, como cuchilladas, golpes, punturas y otra cual quier herida» y las «llagas viejas», etc. Más de pasada habla también de «poner las hojas en los clísteres» y de «cocimiento hecho jarabe» para «todo género de lombrices... que mata y expele maravillosamente» Asclepio-1-1990
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es y para «expeler las materias y pudriciones del pecho».
Esta última fi nalidad piensa que puede conseguirse también «tomando el humo por la boca», única ocasión en la que alude a fumar con una intención terapéutica (166).
Muy amplia, por el contrario, es la exposición de Monardes acerca de los que «toman el humo del tabaco» por «pasatiempo» o «para em borracharse».
En este contexto ofrece uno de los más tempranos'estu dios sobre las toxicomanías, en el que se ocupa, entre otras drogas, del «bague» (Cann_ abis indica Lam.) y del opio consumidos en la India Orien tal y Turquía (167).
Respecto al propio tabaco, informa de su empleo como narcótico y «para quitar el cansancio» en ceremonias religiosas y en la vida cotidiana de «los indios de nuestras Indias Occidentales», así como por parte de «los negros que han ido destas partes a las Indias» (168).
Ya sabemos lo directamente que conocía Monardes el tráfico de esclavos negros, lo que explica la viveza de su testimonio acerca de la difusión entre ellos del tabaquismo y la represión por los amos del há bito de fumar.
En cambio, nada dice acerca de su introducción en la metrópoli, limitándose a anotar que «de pocos años a esta parte (el tabaco) se ha traído a España más para adornar jardines y huertos, pa ra que con su hermosura diese agradable vista, que por pensar que tuviese las maravillosas virtudes medicinales que tiene» (169).
No obstante, en la tercera parte de la obra, se refiere a «un señor que es muy apasionado» de fumar unos «cañutos para el asma» procedentes de Nueva España de los cuales opina «deben llevar zumo de tabaco mezclado», y que anteriormente lo era de «tomar el humo del taba co» (170).
En la tercera parte, Monardes dedica asimismo un breve capítulo a la coca.
En 1574 era ya muy famosa, por lo que comienza diciendo que «deseaba ver aquella yerba tan celebrada por los indios por tantos siglos».
Ofrece una descripción muy precisa de la planta y también de las formas y finalidades de su uso: masticando sus hojas mezcladas con polvo obtenido de conchas calcinadas para combatir la fatiga, el ham bre y la sed, «cuando caminan por necesidad» y «para sus contentos cuando están en su casa», y mezcladas con hojas de tabaco, «cuando se quieren emborrachar o estar algo fuera de juicio» (171)..
EL SASAFRÁS Y LA CEBADILLA
A continuación del tabaco, Monardes se ocupa del sasafrás y la ce badilla, dos plantas medicinales americanas que describió por vez pri- El sasafrás, o Sassafras albidum (Nutt.)
Nees (=S. officinale Nees et Eberm.), se utilizaba todavía durante la primera mitad del presente siglo principalmente como sudorífico y« depurativo», estomáquico y antídoto de diversos envenenamientos (172).
La primera noticia acerca de este árbol le llegó a Monardes a través de un francés y «los france ses que habían estado en Florida» (173) afirmó que habían aprendido de los indios sus usos curativos.
Se refiere, sin duda, a los hugonotes franceses procedentes de la actual Carolina del Sur que en 1562 funda ron «Fort Caroline» en la costa oriental de Florida y que poco después fueron expulsados por Pedro Menéndez de Avilés.
«Después del desba rato de los franceses», sigue diciendo el médico sevillano, su empleo terapéutico pasó a los españoles, entre los que cita al propio Meléndez como el primero que «trajo en común este palo de sasafrás» (174).
Ano ta el nombre indígena de «paume» y que los «franceses lo llamaron sa safrás... (y) los nuestros españoles lo llaman de la misma manera, ense ñados por los franceses, aunque algunos lo corrompen y llaman saxi fragia» (175).
Resulta curioso que los tratadistas franceses de materia médica consideren que este nombre procede precisamente de la pala bra castellana «saxifragia» (176).
La descripción del árbol que ofrece Monardes es tan detallada y sis temática como la del tabaco (177) y también lo es la exposición de la forma de preparar por cocimiento su «agua recia» y «simple» (178).
En cuanto a las indicaciones terapéuticas son las consecuentes con su «complexión caliente y seca en segundo grado».
Ya adelantamos que este capítulo incluye la crítica más explícita de Monardes al empiris mo medicamentoso sin «peso ni medida» ni «orden alguna», a los que opone el método propio del galenismo, basado en la «complexión del enfermo» y la «manera y calidad de la enfermedad» (179).
Gray (=Sabadilla officinalis Brandt) es otra de las plantas estrechamente aso ciadas al nombre de Monardes en las publicaciones que hasta nuestro siglo se han ocupado de ella.
En este caso, sin embargo, el médico sevi llano habla únicamente de su «simiente» que «traen de Nueva Espa ña», sin describir la planta, siendo incluso erróneo el grabado que acom paña al capítulo.
Por el contrario, es muy precisa y objetiva la exposi ción de sus aplicaciones terapéuticas, que coinciden con las que se se guían manteniendo durante la primera mitad del presente siglo: como cáustico al exterior y como antihelmíntico por vía oral (180).
Entre las plantas medicinales americanas estudiadas por Monardes que plantean problemas de identificación se encuentran el «carla san to» y el «guacatane», a los que en la segunda parte se dedican sendos capítulos con su correspondiente grabado.
«Carla» y «cardo santo» son nombres populares que figuran en los tratados de materia médica anteriores a Linneo aplicados a especies muy distintas.
Más en concreto, «cardo santo», o «cardo bendito» de las Antillas o de las Indias fue una denominación principalmente em pleada para designar la Argemone mexicana L. ( 181), lo que ha llevado a considerar que ésta es la especie «traída de Nueva España», a la que se refiere Monardes.
Esta identificación, sin embargo, resulta incom patible con su descripción de la planta.
Afirma que «su figura y forma es como nuestros lúpulos de España, que así lleva la hoja como ellos»; la raíz, única parte que utiliza, «hace una cepa gruesa y echa della las demás raíces... (y) es blanquizca en el color... tiene olor casi aromático, mascada tiene amargor notable» (182).
En nada coincide la Argemone mexicana, que tiene hojas sentadas de bordes dentados y espinosos, raíz fibrosa de color oscuro y sin sabor amargo ni olor aromático, y de la que se utilizan principalmente las semillas y las flores.
Por el contra rio, las características anotadas por Monardes concuerdan con varias especies americanas de Aristochia, sobre todo A. serpentaria L., que tiene hojas alternas, pecioladas y acorazonadas semejantes a las del lúpulo, rizoma rastrero redondeado de color blanquecino, olor semejante al de la valeriana y sabor amargo alcanforado.
En lo que respecta al uso terapéutico de la raíz del «carla santo», Monardes se limita a recoger testimonios de su empleo en Nueva España, con la excepción de su apli cación contra el «dolor de muelas», que llegó a experimentar en sí mismo.
El «guacatane» es otra hierba mexicana, que Monardes recomien da en las «almorranas», «do quiera que hay dolor de frío o de ven tosedad» y «en llagas pequeñas, en especial en las partes ocultas» (183).
Afirma que se «parece mucho al pleo montano», semejanza que, tres siglos más tarde, reiteraron Mérat y de Lens (184), que en su diccio nario citaron expresamente a Monardes.
Se trataría, en consecuencia, de alguna especie americana de Teuc rium, quizá T. inflatum Sw. o T. canadense L., si se tiene en cuenta la procedencia que indica el médico sevillano.
Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es cardar la expedición militar de Gonzalo Pizarra a la zona de Sumacá, «do nace la canela», ofrece una excelente descripción del árbol Dicype llium caryophylatum Nees, que, con el nombre de «canela aclavillada» y también con los de «cortex cayrophylata», «cassia» o «canella car yophylata», «canela cubana», etc., se difundió en Europa desde comien zos del siglo XVII (193).
Monardes insiste especialmente en que su cor teza «tiene el mismo sabor y fragancia de la misma canela que traen de la India de Portugal» (194 ).
El gran interés económico de esta espe cia explica que se ocupara más de pasada de otro sucedáneo, que le dio a conocer el boticario sevillano Bernardino de Burgos: el «palo aro mático» (195).
Procedía de Puerto Rico y anotó que su corteza tenía «un sabor aromático excelentísimo y un sabor ni más ni menos que de ma cís o nuez moscada, y muy más vivo y más agudo, y más suave y con más aromaticidad que cuanta canela hay eil el mundo y con más vive za y acrimonia que la pimienta» (196).
Esta corteza, correspondiente a Winteriana canella L. ( = Canella alba Murray), no se difundió en Euro pa hasta el siglo XVIII, primero bajo el nombre de «canella alba» y otros equivalentes y, más tarde, con el de «falsa corteza de Winter», por uti lizarse en sustitución de la verdadera corteza de Winter, de la magno liácea Drymis winteri Forster (197).
La pimienta, otra de las principales especias orientales, también mo tivó la búsqueda de sucedáneos americanos.
El primero de ellos con sistió en las variedades picantes del pimiento que, como vamos a ver a continuación, Monardes estudió bajo el título de «pimienta de las In dias».
El segundo, en la «pimienta luenga» (198), denominación con la que ofreció una breve pero precisa descripción del fruto de Piper an gustifolium Ruiz et Pavori, afirmando que tenía «las virtudes medici nales de la pimienta oriental que usamos» (199).
Como indica el epóni mo, esta especie no fue descrita con precisión hasta finales del siglo XVIII, en la expedición dirigida por Hipólito Ruiz y José Pavón, inicián dose entonces su incorporación a la materia médica europea.
Sin em bargo, no se utilizaron los frutos, sino las hojas, con el nombre de «má tico» o «hierba del soldado» (200)..
De forma mucho más breve y superficial que en el caso de las medi cinales, Monardes se ocupó de varias plantas americanas importantes en el terreno de la alimentación.
Comenzó por incluir en la primera parte de su obra un capítulo so bre los pimientos titulado, como hemos adelantado, «pimienta de las Indias».
Los frutos de las distintas variedades de Capsicum annuum L. y también de C. frutescens L. se dieron a conocer en los años de los viajes colombinos y figuraron entre las primeras plantas americanas cultivadas en España y después en otros países europeos.
Monardes informa que la «pimienta de las Indias es conoscida en toda España, porque no hay jardín, ni huerta, ni macetón que no la tenga sembrada» (201).
Aunque enumera frutos de diversas formas («unos pimientos son largos, otros redondos, otros de hechura de melones, otro de cerezas»), su interés continúa centrado en las variedades picantes, porque «en to dos los guisados y potajes... hace mejor gusto que la pimienta común».
La única diferencia consiste «en que la de la India cuesta muchos du cados; estotra no cuesta más que sembrarla» (202).
El resto de plantas alimenticias estudiadas por Monardes están agru padas en varios capítulos de la tercera parte.
El primero de ellos se refiere a las «piñas» ( 203) (Ananas sativus (Lindl.)
Schult.) como «una fruta la más celebrada que hay en todas las Indias, así de los mismos indios, como de los españoles».
Observada por el propio Colón en su segundo viaje, había sido descrita por Fer nández de Oviedo y cultivada después por los portugueses en Oriente, lo que explica que Cristóbal de Acosta le dedicara uno de los más céle bres grabados de su libro Tractado de las drogas, y medicinas de las Indias Orientales (1578).
Se ocupa también de las «guayabas» (204), describiendo con bastante precisión el guayabo (Psidium guajava L.) y de las «granadillas» (205), exponiendo las características no sólo del fruto, sino del resto de la plan ta, que parecen corresponder a la llamada granadilla purpúrea (Passi flora edulis Sims) u otra especie vecina del mismo género.
Con el nom bre de «fruto llamado leucoma» (206) se refiere al de una especie de Lucuma, quizá el abierio o caimito (L. caimite L.).
En cambio, no conocía los higos chumbos.
Los tunales o chumbe ras, que tan amplia difusión alcanzarían más tarde en su tierra anda luza, continuaban para Monardes siendo una planta de gran extrañe za.
Precisamente por ello le dedica bajo el nombre de «cardones» (Opun tia sp.) una noticia de ocho líneas, en la que repite que «parece yerba extraña», afirma que la pala tiene «virtud medicinal... majada y puesta en las heridas» y advierte que «me picó una de las espinas, que son fuer tes como agujas» (207).
Recordemos únicamente que el conocimiento botánico de las cactáceas era todavía muy limitado durante la primera mitad del sigl_ o XIX (208).
Muy breve es tambien la noticia que ofrece de la «yerba del sol» o girasol (Helianthus annuus L.), que asimismo considera «extraña en grandeza».
Informa que «habrá algunos años que la tenemos acá» y que «parece muy bien en los jardines» (209).
Algo más amplio es el e-pígrafe sobre el cacahuete, que llama «fruta que se cría debaxo de tierra», expresión que Linneo incorporó literal mente al nombre de la especie Arachis hypogaea L. Tras comentar des de el punto de vista médico su empleo «como fruto de postre», infor ma que «es tenida en mucho así entre los indios como entre los espa ñoles, y con razón, porque yo he comido de las que me han traído y tienen buen gusto» (21 O).
El capítulo sobre plantas alimenticias de mayor importancia es el titulado «Del cac; avi», es decir, la casava o mandioca (Manihot esculen ta Crantz), que también alude al maíz (Zea mays L.) y a la batata o boniato (Ipomea batatas (L.)
De la casava, «el pan de que los in dios tantos siglos ha se han mantenido y se mantienen hoy muchos de los españoles», ofrece una descripción botánica bastante precisa y una detallada exposición de su utilización alimenticia (211 ).
Anota el ca rácter venenoso del jugo de esta euforbiácea, que hoy se explica por la presencia del glucósido linamarina del que, por acción de una en zima celular, se libera ácido cianhídrico: «Es cosa maravillosá lo del zumo que sale <leste fruto... que si un hombre, o otro cualquier animal, lo bebe o toma alguna parte dél, luego muere como con el más potentí simo veneno que hay en el mundo» (212).
Indica también la desapari ción de su'' toxicidad por la cocción, destacando «cuánto hace el coci miento en las cosas, pues de veneno mortal hace manjar y bebida salu dable» (213).
De todas formas, no oculta que como alimento le parece preferible el maíz, que en es tas fechas era ya muy conocido: « Habien do en las Indias tanto maíz y tan común en todas partes, yo no comería cac; avi, pues el maíz es de tanta sustancia como nuestro trigo y en nin guna parte tiene veneno ni ponzoña, antes bien es sano y hace buen es tómago» (214).
Termina el capítulo con una mención de las batatas, «que es fruta común en aquellas tierras (y) tengo yo por mantenimiento de mucha sustancia» (215).
Informa de su consumo habitual en España, bien asa das, o en «conserva muy excelente como carne de membrillo», o ralla das para hacer «potajes, cocinas (y) tortas dellas».
También da noticia de la forma en la que se cultivaba en localidades como Vélez-Málaga, de donde «traen cada año aquí a Sevilla diez o doce carabelas cargadas de ellas» (216).
En el libro de Monardes se citan otras plantas americanas, casi to das ellas de carácter medicinal.
Las únicas excepciones son las «flores de sangre», cuyo único interés para el médico sevillano reside en su belleza, y las «cuentas xaboneras», utilizadas para «enxabonar y lim piar la ropa».
La «yerba de las flores de sangre» la obtuvo sembrando una «simien te que me traxeron del Perú».
Describe con precisión la especie que, como hemos adelantado, llamamos hoy Tropaeolum majus L. La inclu ye en su obra« más para que viese su hermosura que porque tenga vir tud medicinal» (217).
Fue la primera descripción de una planta que des-. de finales del siglo XVII se introdujo en la materia médica europea con los nombres de «berros» o «mastuerzo» «de las Indias» o «del Perú», y también con los de «berros españoles» o «de los capuchinos»; duran te los siglos XVIII y XIX se utilizó como antiescorbútica y en el actual se han descrito sus efectos antibióticos (218).
Las «cuentas xaboneras» se las enviaron a Monardes en una «caxe ta hecha de corcho llena de cuentas muy redondas y negras con mucho lustre, que parecen hechas de ébano» (219).
Anota que «son un fruto (que)... hace todos los efetos que hace el xabón» y describe de modo con ciso pero inequívoco el árbol de donde procede, es decir, Sapindus sa ponarius L., todavía en la actualidad llamado en algunas zonas de Amé rica «árbol de las cuentas del jabón» (220).
Con el nombre de «sapona riae sphaerula », utilizado por Clusius en su traducción de la obra de Monardes, o el de «nusculae saponariae» fueron citadas en algunos tra tados europeos de materia médica de los siglos siguientes, más como una curiosidad etnológica que como un producto medicinal, aunque no faltaron algunas aplicaciones terapéuticas ocasionales (221).
De todas formas, su aplicación fundamental en períodos más recientes fue la ob tención de la saponina para la industria textil.
De las plantas medicinales a las que Monardes alude brevemente, la de mayor relieve es el «palo para los males de los riñones y de uri na» (222), que Clusius en su traducción llamó «lignum nephriticum».
Con este nombre se mantuvo durante más de dos siglos en la materia médica europea (223) con las mismas características indicadas por el médico sevillano: un «palo que paresce como madera de peral», proce dente de Nueva España y que al «echarlo en agua clara... se comiern;a el agua a poner con un color azul muy claro y cuando más va más azul se torna, con ser el palo de color blanco» (224).
El problema reside en Asclepio-l-1990 saber a qué especie corresponde.
Ya en el siglo XIX, varios autores lo identificaron como madera de Moringa pterygoesperma Gaertner (=Moringa oleosa Lam.), que concuerda con las características citadas, pero que no es un árbol americano sino de las Indias Orientales.
Mérat y de Lens, tras rechazar esta identificación, y también otras sin funda mento con especies de Mimosa y Cissampelos, dijeron que «!'origine de ce bois est restée inconnue jusqu' ici aux natllralistes » (225) afirmación que continúa hoy teniendo vigencia.
Las demás plantas curativas solamente merecen una mención tan rápida como la que Monardes les dedica.
Los «cachos», que según el médico sevillano se encuentran solamen te «en las montañas del Perú», son «una yerba a modo de arbusto muy verdosa en el color», de «hoja redonda y delgada» y «fruto como una berengena», y se emplean para «hacer orinar do falta de urina (y) expe ler las arenas y piedras que se hacen en los riñones» (226 ).
Se trata del «solano del Perú», «pepino de la tierra» o «pepino del Perú», es decir, de Solanum muricatum Dunal (227).
Otras dos plantas medicinales peruanas a las que Monardes dedica unas líneas son el «pacal» y el «payco» (228).
El primero es citado tam bién por José de Acosta como «pacay» o «guaba», nombres vulgares todavía utilizados actualmente para designar las legumbres de Inga feullei, leguminosa silvestre y cultivada del Perú (229).
«Paico» es el nombre vulgar chileno de Chenopodium ambrosioides L. (230), llama do de otras formas en diferentes zonas de América.
De todas ellas, la más difundida en España fue «pazote», procedente del náhuatl «epá zotl», con el que Francisco Hernández lo estudió (231).
A diferencia del «pacal» o «pacay», que no fue introducido en la materia médica euro pea, el «payco» o «pazote» ha ocupado en ésta cierto papel como ver mífugo, aplicación a la que no se refiere Monardes en su escueta no ticia (232).
Informa que «traen de las charcas» unas raíces «contra veneno y cosas venenosas» que «llaman en las Indias contrayerba» (233).
Este nombre se dio a numerosas especies americanas de distintos géneros (234).
Las principales fueron, en el siglo XVII, la «contrayerba alba» o «nova», que procedía de Nueva España (Psoralea pentaphylla L.), y la «contrayerva» propiamente dicha o «del Perú» (Dorstenia contrayerva L.) (235), a la que parece referirse Monardes.
La descripción que ofrece de una «corteza de un árbol que quita cá maras» (diarrea) (236), aunque sucinta, coincide con el llamado «cor tex simarrubae», de Simarruba officinalis D.C. ( = Quassia simarruba L.), árbol originario del «Nuevo Reino», como indica Monardes, y rica en tanino, por lo que ha sido utilizada como astringente intestinal (237).
Todavía más concisa es la caracterización que hace de la «yerba de Juan Infante», de la que an9ta como principal efecto «restañar la san gre» en las heridas (238).
Ambas cosas concuerdan con Tradescantia erecta J acq., ca meliácea americana cuyas partes aéreas se han empleado conÍ.o hemostático.
De «las raíces redondas que llaman cuentas de Santa Elena» (239), solamente cabe decir lo que Clasius anotó en su traducción: « Ut ex eius plantae descriptione et faculta ti bus colligere licet, ad Cyperi genus ali quot referri poterit» (240).
Entre las especies de Cyperus parece coinci dir con las características indicadas por Monardes C. rotundus, pero queda descartada por su origen euroasiático y estar incluida en el tra tado de Dioscórides.
Anotemos, por último, que las alusiones de Monardes a remedios vegetales como «corteza de un árbol para reumas», «yerba para mal de riñones», «yerba para quebrados», «yerba que sana mal de pechos», «yerba que hace echar la criatura muerta» o «goma para purgar los gotosos» (241), son tan breves e imprecisas que no permiten ni siquie ra identificaciones aproximadas.
REMEDIOS DE ORIGEN ANIMAL Y MINERAL
Los productos medicinales de origen animal y mineral tienen en la obra de Monardes una importancia muy inferior a los procedentes de plantas.
Con motivo de las supuestas virtudes curativas de los huesos de su cola, se ocupa del armadillo, ofreciendo una figura copiada, como ya hemos dicho, del ejemplar que había en el museo de Gonzalo Argote de Malina (242).
Procedía de Tierra Firme y parece corresponder a la especie Tolypeutes mataco, a diferencia del que aparece en la obra de Francisco Hernández, que ha sido identificado como armadillo de nue ve bandas o cochicama (Dasypus novencinctus), único existente en Mé xico (243).
En el mismo capítulo expone el empleo medicinal que se ha cía en las Indias de las «piedras, que son puros guijarros de río o arro yo, los cuales se hallan en los buches de los caimanes» (Caiman sp.) y de las piedras que «tienen en la cabe�a los tiburones» (probablemente Carcharodon carcharias o Prionace glauca).
Las primera? pudo «expe rimentarlas» en «una doncellica que tiene cuartanas» sin conseguir re-Asclepio- sultados concluyentes.
Las segundas, «no la(s) he probado ni aplicado hasta agora; con el tiempo se hará y daremos razón della(s)>> (244).
Mucha mayor importancia concede Monardes a las «piedras bezaa res del Perú», principal tema de la carta que le dirigió desde Lima Pe dro de Osma y de Xara y Zejo con noticias de productos medicinales peruanos y que reprodujo íntegra en la segunda parte de su obra (245), ampliada después en la tercera con un largo capítulo sobre la materia (246).
Como es sabido, los bezoares son concreciones calculosas proce dentes principalmente del aparato digestivo de diferentes especies de rumiantes.
Su aplicación terapéutica; sobre todo contra envenenamien tos, se inició en la medicina clásica de la India (oriental), de la que pa só más tarde a la materia médica islámica.
En la Europa del siglo XVI, su conocimiento preciso y la difusión de su uso se debió fundamental mente a García de Horta.
Como en tantos otros productos de origen asiático, junto al «bezoar orientalis», que era muy caro, se introdujo el «bezoar occidentalis», mucho más barato (247).
Este es precisamen te al que se refiere Monardes, cuyo interés por el tema se refleja en su Tratado de la Piedra Bezaar.
Comparándolas explícitamente con las orientales, se ocupa casi exclusivamente de las «virtudes» de la «pie dra bezaar occidental».
Sobre las especies zoológicas de las que proce día informa José de Acosta, quien en su capítulo acerca de los bezoa res del Perú cita los de las vicuñas (Vicugna vicugna), guanacos (Lama guanicoe), «pacos» o alpacas (Lama pacas), y tarugas (Hippocamelus an tisensis) (248).
Muy de pasada se refiere Monardes a los cangrejos de las islas «que están entre Puerto Rico y la Margarita», a los papagayos, y a las ara ñas venenosas del Perú que «vienen a ser del grandor de una naranja» (249).
La más célebre de las arañas venenosas peruanas es la «viuda negra» (Latrodectus mactans), pero no pasa de 15 o 17 milímetros; las únicas del tamaño indicado por Monardes son las megalomorfas, una de cuyas escasas especies venenosas puede ser la citada por él.
Habla también' de «unos gusanos que los indios sacan de debaxo de tierra los engordan, dándoles a comer unas hojas de maíz, y después de gordos... los cuecen» para confeccionar con ellos una pasta con la que curaban el «fuego en el rostro», es decir «el encendimiento de la sangre con al guna picazón y señales exteriores, como ronchas o costras» (250).
Por el contrario, dedica un amplio capítulo al «ámbar gris», con mo tivo de un «peda�o excelentísimo» que un pasajero que venía de Flori da le dio a Juan Gutiérrez Tel10, tesorero de la Casa de la Contratación (251).
Aparte de describirlo y exponer sus aplicaciones medicinales, se plantea el problema de su origen, rechazando que fuera «simiente de ballena» y otras teorías, para concluir que «es género de bitumen que mana de fuentes que hay en lo profundo de la mar, en partes particula res della, como vemos que las hay de petróleo, de nafta, de sulfur y de otras muchas cosas» (252).
Recordemos que «ambar grisea» fue un re medio introducido por los árabes y mantenido entre las sustancias aro máticas hasta comienzos del siglo XIX, cuyo origen fue muy discutido hasta que, en fechas más recientes, pudo demostrarse que es una se creción calculosa de los intestinos del cachalote Physeter macrocepha lus (253).
El« betumen» merece dos notas breves, una en la primera parte, re lativa al obtenido en Cuba en «unas fuentes a la orilla del mar» (254), y otra en la tercera, referente al «que se saca debaxo de tierra en el Callao, tierra en el Perú» (255).
Monardes lo identifica con la «nafta de los antiguos» y expone sus virtudes de acuerdo con el capítulo corres pondiente del tratado de Dioscórides y su comentario por Andrés La guna (256).
Algo semejante sucede con el breve capítulo acerca del «sul phur vivo» procedente de Quito que le mostró el boticario sevillano Ber nardino de Burgos (257), y con el relativo a «los colores diversos de tie rras del Perú» (258), en el que alude al cinabrio, llamándolo «tierra co lorada... que es minero excelentísimo de que se hace azogue».
Por último, Monardes se ocupa de tres piedras que traían de Nueva España: la «piedra de sangre», la «piedra de la ijada» y la «piedra para la madre» (259).
Sus maravillosos efectos« en las hemorragias, los cóli cos nefríticos y las afecciones uterinas», respectivamente, residían en sus «propiedades ocultas», por lo que se utilizaban como amuletos pa ra «preservar» y también, «después de venido», para «quitar» o «dis minuir» el trastorno.
Las dos primeras continuaron siendo citadas du rante más de un siglo por los estudiosos europeos de la materia médi ca, incluidos autores de la categoría de Robert Boyle y Nicholas Le mery, con los nombres de «lapis sanguinalis» y «lapis nefriticus» (260).
Son las hoy habitualmente llamadas heliotropo o jaspe sanguíneo (mez cla de anhídrido silícico microcristalino y sílice amorfa) y tremolita (si licato de magnesio y calcio con escasas porciones de alúmina y óxidos de hierro y magnesio), mientras que la «piedra para la madre» es la magnetita, conocida•mena de hierro.
Monardes concluye la exposición de sus efectos con una frase cautelar que ya hemos citado: «El crédito que doy a estas cosas es a la experiencia que dellas se tiene» (261).
Mu cho más terminante fue la postura de Hernández, quien con nombres náhuatl-dio noticia también del «heliotropo mexicano», la «piedra ne-Asclepio-1-1990 frítica» y la «piedra de la sangre» (262).
En efecto, al ocuparse del primero afirmó: «Omitimos hablar de sus propiedades, pues correspon den más a las supersticiones mágicas que a los usos médicos» (263).
(1) La contribución española a la introducción en Europa de la materia médica ame ricana durante los siglos XVI y xvn constituye el tema de un programa de investigación que se desarrolla en la actualidad en la Unidad de Historia de la Ciencia del Instituto de Estudios Documentales e Históricos sobre la Ciencia (Universitat de Valencia-C.S.I.C.), con una ayuda de la Comisión Asesora de Investigación Científica y Técnica.
Junto al presente estudio, los primeros trabajos correspondientes a este programa son los siguien tes: J. L. FRESQUET FEBRER, La materia médica americana en la edición de Dioscórides (1555), de Andrés Laguna; J. L. FRESQUET FEBRER, La materia médica americana en los antidotarios quirúrgicos españoles del siglo XVI; M. L. LóPEZ TERRADA, Los primeros cro nistas de Indias y la materia médica americana; J. PARDO TOMÁS, Primeras noticias so bre la materia médica americana en las fuentes colombinas; J. PARDO TOMÁS, Obras es pañolas sobre historia natural y materia médica americanas en la Italia del siglo XVI; V. SALAVERT FABIANI, La materia médica americana en la obra de Pedro Mártir de Angle ría.
La invención del hipotético «Juan Bautista Monardes » se basó en el hecho de que en la portada de la obra aparece « compuesta por el Licenciado Mo nardis» y en su proemio, el médico sevillano firmó «Baptista Monardes » (aunque el in terlocutor que lo representa en el Diálogo se llama «Nicolao médico»).
NICOLÁS ANTONIO atribuyó correctamente este folleto y RODRÍGUEZ MARÍN (1925), pp. 34-36, corrigió defini tivamente el error, aunque ha continuado reiterándose en síntesis poco rigurosas.. ( 4) STÜNZNER (1895); LASSO DE LA VEGA (1891); ÜLMEDILLA (1897).
Lasso de la Vega pu blicó, además, una reimpresión de la Sevillana Medicina, de JUAN DE AVIÑóN (1885), que en 1545 había editado Monardes.
Recordemos también que se ocupan de Monardes los es tudios históricos sobre el tabaco citados en la nota 163.
La declaración figura en una ale gación jurídica del abogado Diego de Marín, defensor de los herederos de Monardes en el pleito que mantuvieron con los acreedores del médico sevillano a los que más tarde nos referiremos.
Se trata de un impreso de ocho hojas en cuarto, sin fecha, aunque co rresponde a 1590 ó 1591; el ejemplar que consultó Morejón se conserva actualmente en la biblioteca de la Hispanic Society, de Nueva York.
6, que dice que Monardes «tenía 95 años y estaba decrépito cuando testó».
(10) Como veremos a continuación, Monardes terminó sus estudios de medicina en la Universidad de Alcalá en 1533.
El amigo en cuestión es el impresor sevillano Fernan do Díaz, de quien más tarde nos ocuparemos; en un prólogo a una edición suya de obras de Monardes afirmó: «Hizo ansí mismo muchos años ha un diálogo medicinal que anda impreso que llamó pharmacodilosis, o declaración medicinal, que aunque lo hizo muy moc;o tiene mucha doctrina medicinal» (MONARDES (1580), s.p.).
El Diálogo llamado phar macodilosis, primera obra impresa de Monardes, fue publicada en 1536.
Es una declaración de Monardes como tes tigo que aparece en un documento fechado el 13 de octubre de 1587, procedente del Ar chivo de protocolos, de Sevilla y publicado parcialmente por el mismo Rodríguez.
En ella dice «que es de edad de ochenta años, poco más o menos».
Por otra parte, en las ediciones de la Historia Medicinal, de Monardes de 1569, 1574 y 1580 figu ra, como veremos, un grabado que reproduce un retrato suyo que había en el museo de Gonzalo Argote de Malina, rodeado de esta leyenda:« Effigies Nicolai Monardis medici hispalensis.
Confundiendo la fecha del retrato con la de la prime ra edición en la que aparece su copia xilográfica, se situó la fecha de nacimiento del gran estudioso de la materia médica americana en 1512; esta confusión fue puesta de relieve por RoDR'IGUEZ MARÍN, que apuntó la hipótesis de que el retrato se hiciera con motivo de la primera edición de la Historia Medicinal, «que es de 1565, tiempo en que Monardes tenía, en efecto, cincuenta y siete años» (si había nacido en torno a 1508).
Sin detenernos más en las razones de RODRÍGUEZ MARÍN, añadiremos únicamente que esta última fecha implica que tenía 25 años cuando terminó sus estudios de medicina y 28 al publicar el Diálogo llamado Pharmacodilosis.
Do se trata del Tabaco, y de la Sassafras: y del Cario Sancto, y de otras muchas yerbas y Plan tas, Simientes y Licores: que agora nuevamente h an venido de aquellas par tes, de grandes virtudes, y maravi l losos effectos...
Va añadido un libro de la Nieve.
Do veran les que beven frio con ella, cosas dignas de saber, y de gran de admiración, cerca del uso del enfriar con ella..., Sevilla, en casa de Alon so Escribano. |
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