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La dietética, tanto con la antigua significación de régime:r:i de vida como con la más moderna de régimen alimenticio, se ha empleado a lo largo de la historia de la Medicina de dos formas claramente dife renciadas: como medio para restablecer la salud (la dietética para en fermos) y como instrumento para mejorar la salud o prevenir la enfermedad (dietética para sanos). Este trabajo versará casi exclusiva mente en torno a la dietética para el sano, entendida como régimen de vida, y se limitará, tras analizar de forma sumaria la tradición de la que surge, al período temporal abarcado por los siglos XVI, XVII y XVIII, dedicando una especial atención dentro de él a la época del Setecientos. El presente estudio tiene como objetivo esclarecer las líneas direc trices sobre las que se asentó durante esa época el cuidado de la salud del cuerpo en la dietética para el sano. Pero, además, dado que la die tética, y especialmente la dietética para sanos, no se ha limitado a bus car únicamente la salud física, otro de los objetivos de este trabajo consiste en analizar la forma en que ésta se constituyó en un útil de la normativización de la conducta y de la moral del hombre. Los antecedentes de la dietética para sanos del Mundo Moderno La dietética es en gran medida tradición. Numerosos patrones de conducta, hábitos y costumbres en relación con ella han perdurado du rante siglos e incluso milenios, razón por la cual el estudio de la dieté tica del sano en el Mundo Moderno requiere una incursión, siquiera sea para delimitar sus pautas básicas, en la tradición dietética previa, con el fin de estar en condiciones de lograr una mayor comprensión de aquélla. Esta tradición dietética se configura, a mi entender, a par tir de dos momentos fundamentales: la dietética del sano de la Anti güedad clásica y la propia del Medievo. LAS PAUTAS DIRECTRICES DE LA DIETÉTICA PARA SANOS DE LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA El término díaita -concepto sobre el que gira la dietética clásica procede, como ha señalado Laín Entralgo (1), de la palabra aisa o «par te», procedencia que nos indica que la acepción más primitiva de díai ta fue «el modo de vivir correspondiente al puesto y al papel de un hombre o un animal en el total proceso del cosmos» (2), esto-es, el mo do de llevar a cabo la parte de vida que a cada ser viviente le corres ponde en el conjunto total del universo. Surgida, según viene siendo admitido, entre los pitagóricos, donde, en tanto conjunto de reglas y hábitos conducentes a una purificación o kátharsis de la persona (3), tuvo casi única y exclusivamente un sentido religioso y moral, la díaita se tecnifica y se introduce en la práctica mé dica durante los siglos VI y v a. C. merced, entre otras causas, a los filó sofos presocráticos, en especial los pertenecientes al círculo pitagórico con una mayor actividad en el campo médico, así como a causa de los pensadores jónicos, entre los que destaca la figura de Anaximandro de Mileto (4), y a la persona de Anaxágoras de Clazomenas, quien dedicó una importante parte de su obra al tema de la nutrición y el crecimiento y ejerció una gran influencia, además, en el autor de Sobre la dieta. Una vez tecnificada, la díaita adquirió prontamente una gran signi ficación entre los griegos, como lo atestigua la consideración contenida en Sobre la medicina antigua que hace surgir el arte médico de la preo cupación por el régimen de vida: «Por lo pronto, en un principio no se habría descubierto la medi cina ni se habrían realizado investigaciones en este campo(... ) si a los• enfermos les hubiera sido conveniente seguir el mismo régimen de vida, y comer lo mismo que comen, beben y demás cosas que hacen las personas que está sanas (... ). Es más: opino, personalmente, que ya desde antiguo no se habría llegado al descubrimiento ni del régi men de vida ni de la alimentación que actualmente se adopta si al hom bre le hubiese convenido comer o beber lo mismo que a un buey o un caballo(... ), como, por ejemplo, los frutos de la tierra, cereales, folla je y yerba. Es más: yo creo que, al menos en un principio, el hombre utilizó este tipo de alimentación [alimentos crudos], y que, a mi jui cio, el actual régimen fue descubierto y practicado después de mu cho tiempo. En efecto, dado que sufrían numerosas dolencias por causa del régimen violento y brutal que seguían, en razón de que se alimen taban de productos crudos y sin mezclar, y muy fuertes(... ), por estas razones creo yo que también entonces buscaron una alimentación que se adaptara a su propia naturaleza, y llegaron a descubrir la que hoy en día hemos adoptado (... ). Ahora bien, a esa búsqueda y descubri miento ¿puede aplicársele un nombre más justo y más apropiado que el de medicina (... )?» (5). Según el autor de este tratado hipocrático, por tanto, el hombre no sólo se habría diferenciado del resto de los animales por el uso de un determinado régimen, sino que además la observación de que unas die tas son más salubres que otras habría posibilitado el surgimiento de la medicina misma. Sin embargo, como ha sido puesto de relieve por varios autores, Fou cault entre ellos (6), también se encuentra presente en los textos de la época la idea de que la dietética habría surgido de una degeneración de las prácticas médicas posibilitada por la decadencia de la sociedad. No otra es la opinión que Platón expresa en La República: cotidianas a lo largo de cada una de las épocas del año. Uno de los regímenes más en consonancia con esta finalidad corresponde al pro puesto por Diocles de Caristos (s. IV a.C.) en el que se detalla porme norizadamente las recomendaciones referentes a todas y cada una de las actividades realizadas por el hombre a lo largo de l día (14). La consideración de que un determinado régimen puede conservar y mejorar la naturaleza (physis) humana se apoyaba en la convicción, muy unida al auge de la democracia y del pensamiento sofista, de que los nómoi (las leyes, las costumbres, los hábitos) no tenían por qué coin cidir con la physis o naturaleza e incluso podían ir dirigidos contra ella (15), tal y como se aprecia en el siguiente texto de Sobre la dieta con ciertas resonancias heraclíteanas: «Todo es semejante siendo distinto, todo es convergente siendo di vergente, dialogante sin entrar en diálogo, inteligente y necio; el mo do de ser de las cosas es contrario siendo concordante. Porque nómos y physis, con las cuales actuamos en todo, no concuerdan, concordan do. Los hombres han establecido el nómos para ellos mismos, aun que ignoran por qué lo establecieron; pero la physis de todo la ordenaron los dioses» (16). Esta posible incongruencia entre los nómoi y la physis sirvió de ba se para que se estableciera por el dietista o el médico una díaita ade cuada con el fin de conseguir unos nómoi que condujesen a una conservación o mejora de la physis del cuerpo, mejora que podía al canzar también, como afirma el autor de Sobre la dieta, a las faculta des intelectuales: «En los que se presenta la potencia del fuego inferior a la del agua, el alma es necesariamente más lenta y estos so n a los que llaman bo bos. En efecto, al ser lenta la circulación del alma, en un breve punto la alcanzan las sensaciones, que son rápidas, y en poco se mezclan a causa de la lentitud del movimiento circular(... ) Tales almas tienen esta incapacidad a causa de que son toscas; pero sometidas a una díaita bien dirigida también ellas pueden mejorar (... ) Los alimentos serán más secos y en menor cantidad y los ejercicios más abundantes y más activos. También les conviene tomar baños de vapor y emplear los vó mitos después de los baños(... ) Con tales prácticas un hombre de es tas características se convertirá en más sano y más inteligente» (17). Pero• el cuerpo no fue el único encausado en relación con la die tética clásica. El régimen buscó siempre establecer una medida, y esa medida debía comprender no sólo lo referente a lo corporal sino tam bién lo perteneciente al campo de lo moral o anímico. Esta finalidad moral no era propia sólo del movimiento pitagórico, en cuyo círculo -como quedó dicho más arriba-surgió la primera concepcion de la dietética en el mundo griego como una práctica de sentido fundamen talmente religioso y ético, sino que se encontraba extendida por toda Grecia. La díaita racional y científica simpre buscó mantener o mejo rar la salud del cuerpo y mantener o mejorar simultáneamente la per fección del alma. Esto se debió, según Foucault (18), a dos razones: a que para la mentalidad griega era impensable una salud corporal sin una salud anímica complementaria; y a que la constancia para seguir un régimen de vida estricta y reglamentado requería como condición imprescindible una rectitud y firmeza anímica. Así, pues, la díaita clásica nunca abandonó, a pesar de su racionali zación llevada a cabo por los presocráticos, su sentido de kátharsis. Con cebida _técnicamente, la práctica de un régimen de vida ecuánime purificaba para el hombre griego culto tanto el cuerpo como el alma. La dietética clásica, por otro lado, en tanto pauta de existencia cor poral y anímica, no consistía simplemente en la aplicación pasiva por parte del individuo de una serie de recomendaciones y consejos dados por el médico. No se limitaba al mero seguimiento de un saber o de una técnica proporcionados por el dietista. Con la dietética, nos dice Foucault, «del médico sabio, el hombre libre debe recibir, más allá de los medios que permiten la cura propiamente dicha, una armadura ra cional para el conjunto de su existencia» (19). Así, del médico sabio el hombre libre debía recibir, sobre todo, un conjunto de herramientas técnicas de las que pudiera servirse para mo delar personalmente su existencia, tanto en el plano corporal como en el anímico. Para lo cual, la relación que el médico debía establecer con el sujeto era la de una auténtica paideia, en el sentido más amplio del término. Esta paideia, encauzada por el médico pero desarrollada en última instancia de forma personal por el individuo, se basaba en el firme arraigo entre los helenos de la idea de que la educación podía modificar la naturaleza física y moral del sujeto y dar lugar a una nue va más perfecta. La dietética concebida como paideia podía por tanto conseguir también tal fruto, como queda expresado en el siguiente tex to de Sobre la dieta: «Así, la inteligencia o la insensatez del alma tienen por causa la combinación que yo he expuesto [la mezcla de agua y fuego]; y el al ma, mediante la díaita, puede convertirse en mejor o peor. Es posi ble, sin duda, aumentar el agua cuando el fuego corre triunfante y, cuando sea el agua la que domine en la combinación, incrementar el fuego. Con esto devienen las almas más inteligentes o más insensa tas» (20). La finalidad última de un régimen de vida era, en último término, que el hombre pudiera conseguir el estado de areté. A partir del auge de la democracia, la areté, cualidad consistente en la perfección corpo ral y moral, dejó de considerarse consustancial a la nobleza y empezó a ser contemplada como algo alcanzable no sólo por la aristocracia si no también por el resto de los ciudadanos. Una de las formas de lograrlo era el seguimiento de una díaita personal en el sentido más amplio de término. El importante papel que el médico jugaba en el establecimiento de este régimen de vida hace ver cómo el médico griego, además de pau tar su cuerpo, contribuía significativamente en la normativización de la vida individual y colectiva del pueblo heleno. LAS PAUTAS DIRECTRICES DE LA DIETÉTICA PARA SANOS DURANTE EL MEDIEVO Un segundo momento clave en el desarrollo evolutivo de la dietéti ca lo constituyó el período medieval (21). A lo largo del Medievo la die tética siguió siendo uno de los pilares de la Medicina. Buena prueba de ello son los numerosos escritos sobre dietética en este amplio pe ríodo, entre los que destacaron en un primer momento las distintas obras que con los nombres de regula vitae, ardo vitalis y ars vivendi fueron surgiendo en el seno de la medicina monástica durante la Alta Edad Media. A partir del siglo XII, las reglas dietéticas se recogieron fundamentalmente en lo que se conoce con el nombre genérico de regi mina sanitatis, género literario médico que mantuvo su apogeo hasta finales del siglo XV. Los modelos de estos regimina sanitatis latinos provenían, como ha señalado Schmitt (22), de la medicina árabe a través de dos grandes vías. Por un lado, de los contenidos en los grandes compendios mediante los cuales los árabes recopilaron, asimilaron y sistematizaron la medici na técnica griega; entre ellos destacan el Kitab al-Mansuri o Liber de medicina ad Almansorem de Rhazes (865-932), el al-Malaki o Liber Asclepio- regius o Dispositio regalis de Alí-Abbas (segunda mitad del s. X), el Qa num o Canon de Avicena (980-1037) y el Liber universalis de medicina o Colliget de Averroes (1126-1198). Por otro, de los propios regimina sa nitatis árabes, entre los que hay que mencionar por su significación el Tacuinum sanitatis de Ibn Butlan (s. XI), el regimen sanitatis de Mai mónides (1135-1204) y la enciclopedia árabe hecha a partir de numero sas fuentes que llevó el curioso título de Secretum secretorum y que tanta influencia ejerció en el mundo medieval latino (23). A partir de estas fuentes, fueron surgiendo en el occidente latino medieval, primero en latín y luego en las distintas lenguas vernáculas, un número considerable de regimina sanitatis. Entre ellos, los más fa mosos fueron el Regimen Sanitatis Salernitanum, posiblemente redac tado en el s. XIII a partir de algunos esbozos previos (24), y los regimina de Taddeo Alderotti (1123-ca.1303), de Pedro Hispano (ca. Son también dignos de reseñarse algunos regi mina sanitatis más tardíos como son los escritos en el siglo XV por Kon rad von Eichstatt y Antonio Benivieni ( + 1499) (27). Los tratados de dietética medievales estaban mayoritariamente ar ticulados en torno a las sex res non naturales, que se originaron, como demostraron Rather, Jarcha y Niebyl (28), de sus esbozos presentes en la obra galénica. Galeno aborda las sex res non naturales de dos for mas claramente diferenciadas. La primera consiste en nombrarlas co mo tales, como res non naturales, aunque mencionando sólo algunos de sus seis componentes sistematizados posteriormente de forma ca nónica en el galenismo medieval. Así, en el Compendio del pulso para los estudiantes únicamente se nombran como causas no naturales de variación del pulso los ejercicios, los baños, los alimentos, el vino y el agua (29). La segunda forma radica en la consideración de los seis com ponentes de las sex res non naturales, aunque sin darles ese apelativo conjunto. Estas ref�rencias galénicas a los componentes de las sex res non naturales son, a su vez, como señaló Jarcha (30), de dos tipos: unas indirectas e incompletas, como la que se encuentra en el siguiente tex to de De sanitate tuenda: • «Porque nosotros podemos ver cambios que ocurren en el cuerpo mediante el masaje, el baño, los ejercicios, la comida, la bebida, el ca lentamiento, el enfriamiento, el uso de las relaciones sexuales, la abs tinencia y cualquiera otra causa que pudiera haber, cuyas propiedades (... ) han sido previamente analizadas» (31). y otras más claras y completas, como la siguiente contenida en el Ars medica: «Necesariamente estamos inmersos en el aire ambiente, y come mos, bebemos, estamos de�piertos y dormimos(... ) Ahora que todas estas materias han sido mostradas, encontraremos en cada uno de es tos apartados que alteran necesariamente el cuerpo su propia clase de causas saludables. Una viene del contacto con el aire ambiente, otra •del movimiento y del reposo del cuerpo o sus partes, una tercera del sueño y la vigilia, una cuarta de cosas tomadas por el cuerpo, una quinta de lo que es excretado y retenido, y una sexta de las afecciones del ánimo» (32). A partir de este germen galénico, el paso siguiente en la conforma ción de las sex res non naturales lo encontramos en la obra de los com piladores bizantinos. Tal es el caso de Pablo de Egina (625-690), cuya práctica alcanzó gran notoriedad en Alejandría poco antes de su con quista por los árabes. Este autor, cuando trata sobre el pulso en el segundo libro de los siete que consta su Hypómnema, menciona la cla sificación tripartita de las causas (causas naturales, preternaturales y no naturales), incluyendo entre las causas no naturales el aire am biente, los bañ¿s, los ejercicios, la comida y la bebida (33). Más adelante, por citar otro de los hitos importantes en este proce so, Hunayn ben Ishaq o Ioannitius (809-87 5) en su Isagoge, posiblemen te una adaptación de un texto alejandrino anterior, a la par que utiliza la clasificación tripartita de cosas naturales, no naturales y preterna turales para sistematizar la medicina teórica, establece ya nítidamen te seis tipos de res non naturales: los aires y los lugares, el ejercicio y el reposo, la comida y la bebida, el sueño y la vigilia, el coito y los afectos del ánimo (34). La clasificación de Ioannitius se vuelve a repe tir en el Liber regius de Alí Abbas ( +994), en donde apenas varía con respecto a la J sagoge el con tenido de las sex res non naturales. Posteriormente, las sex res non naturales se configuraron ya como la columna vertebral de los regimina sanitatis del occidente cristiano. Primero en los traducidos, como el procedente de unas «tablas de la salud» compuestas en el siglo XI por el iraquí Ibn Butlan y traducidas al latín a mediados del siglo XIII con el nombre de Tacuinum sanitatis. El tacuinum llevaba, como señala Schipperges (35), el título completo de Tabla de la salud que enumera las seis cosas necesarias, explicando qué beneficios proporcionan los alimentos, las bebidas y los vestidos, Asclepio- qué perjuicios pueden producir y cómo puede prevenirse, según los con sejos de los mejores expertos antiguos. En ella se nos muestran ya las sex res non naturales en su forma definitiva: «La primera es el tratamiento del aire (aer), que penetra hasta el corazón. La segunda es el buen uso de la comida y la bebida (cibus et potus). La tercera es la correcta utilización del movimiento y el re poso (motus et quies). La cuarta consiste en la protección del cuerpo de un exceso de sueño o de vigilia (somnus et vigilia). La quinta es el correcto tratamiento de la evacuación o retención de los humores (ex creta et secreta). La sexta es la correcta formación de la propia perso nalidad median te la mesura en la alegría, la ira, el temor y el miedo (affectus animi)» (36). Por último, las sex res non naturales se consolidaron también como eje central de los regimina sanitatis directamente escritos en latín o en las lenguas vernáculas, aunque casi •siempre con las pequeñas va riaciones que aporta cada autor. Así sucede, por ejemplo, con el arnal dino Re gimen Sanitatis ad Regem Aragonum del s. XIV, en donde da la impresión, al separar los baños del apartado de los ejercicios, que • son siete las cosas no naturales, como se pone de relieve en la lectura de los primeros capítulos de esta pequeña obra que llevan por título: «De la elección del aire, lugares para conservar la salud y alargar la vida»; «De cuál y cuánto debe ser el ejercicio»; «De la manera del baño y lavarse»; «Del orden de comer y beber»; «Del dormir y velar»; «Del expeler las superfluidas del cuerpo»; y «De cómo se han de llevar los accidentes y pasiones del ánimo» (37). Tras este proceso evolutivo, la dietética medieval del hombre sano, entendida siempre como régimen de vida, conservó, con las modifica ciones conceptuales propias de la influencia del cristianismo, las dos características nucleares que habían sido puestas de relieve al hablar de la díaita clásica para el sano: l. La búsqueda de la mejora del cuerpo, cuya salud era considera da por el hombre medieval importante en la medida en que éste era el receptáculo del alma. La única diferencia significativa con relación a la dietética clásica en este punto consiste en que, como afirma Flan drin (38), durante la Edad Media se manifestó, especialmente en los úl timos siglos, una neta diferenciación entre el régimen recomendado para los enfermos y el régimen de las personas sanas. Con los enfer mos se seguía aplicando el principio de la antipatía: se les recomenda-ban alimentos o prácticas que pudieran corregir o mitigar el exceso de calor o de frío, de sequedad o de humedad que, a consecuencia de la enfermedad, se producía en el cuerpo o en las partes afectas. En cam bio, para las personas sanas, a diferencia del proceder seguido en la díaita clásica, los distintos regímenes de salud tenían como fin mante ner e incluso potenciar la complexión de cada individuo. Por ello, co mo puede observarse en el Régimen del cuerpo de Aldobradino de Siena (39), todos aquellos que tenían un temperamento en el que predomina ba el calor debían comer alimentos o llevar a cabo prácticas calientes, con respecto a los cuales se sentían por naturaleza inclinados: los de temperamento frío, al contrario, deberían tomar alimentos o realizar prácticas frías; y así sucesivamente. Tal actitud sólo cambiaría a fina les del XVI y principios del XVII, época en la que tanto las complexio nes como las enfermedades, esto es, tanto los sanos como los enfermos, volvieron a ser tratados siguiendo predominantemente el principio alo pático. A todo lo cual se añadió además el atenimiento a las sex res non na-• turales como pauta sistemática en la prescripción de las distintas me didas que conforman el régimen de vida. Pero, de igual forma que en el período clásico, la dietética me dieval para el hombre sano continuó siendo no sólo un método para el mantenimiento saludable del cuerpo sino también un instrumento para la reglamentación de la conducta del sujeto. De forma complemen taria al cuidado del cuerpo, la dietética medieval buscaba también la mejora del alma. Esta circunstancia se fundamenta en que la salud del cuerpo no era para el cristianismo medieval sino el primer paso para conseguir la salud del alma o salvación. Por consiguiente, la dietética medieval debía tener también como objetivo fundamental procurar al individuo el camino de la salvación y de la santidad. Para ello, cada persona individual debía armonizar individualmente las reglas dieté ticas generales, para así poder alcanzar, de la misma forma que el hom bre griego la areté, el estado personal de virtus en forma de las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. La consecución por medio del régimen de vida disciplinado de esta salud anímica se expresaba en el grado de misericordia del sujeto pa ra con el prójimo, pues, como afirmaba el pensamiento teológico me dieval (40), cuanto más fuerte era el control y el dominio que una persona conseguía sobre sí misma a través de una vida au todisciplina da, tanto más tendería a ayudar a sus semejantes mediante la miseri cordia. La dietética para el hombre sano durante los siglos XVI y XVII En la dietética de este período pueden distinguirse dos temas fun damentales: la búsqueda de la longevidad y los primeros intentos de introducción del método experimental en esta rama de la medicina. La búsqueda de una vida más prolongada se apoya en dos tipos de razones que impregnaron la cosmovisión de la sociedad moderna: la supeditación de lo divino a lo terreno y la exaltación de la vida frente a la muerte. La preponderancia de lo terreno sobre lo divino parte de la nueva visión de la naturaleza motivada tanto por los descubrimien tos geográficos como por la novedosa manera de adentrarse en el co nocimiento de los fenómenos naturales. Gracias a ello, la naturaleza adquirió cada vez una mayor importancia por sí misma, lo que trajo consigo, en lo que a nuestro tema concierne, que la vida pasará a ser vista como algo más sujeto a las leyes de la naturaleza que a las de la voluntad divina. En consecuencia, el hombre adquirió una progresiva consciencia del dominio de su propia vida y de que la longevidad de pendía más del atenimiento a unas normas de vida dictadas por la die tética y la medicina que de la predestinación de origen divino. Las primeras palabras del Liber de longa vita de Paracelso son un claro ex ponente de esta forma de pensar: «... que la vida puede ser prolongada a nadie puede causar estupe facción ni sorprender a ningún médico, pues hay dos razones para ello. La primera: no está señalado ningún terminus mortis, el día en el que debemos morir, sino que depende por entero de nosotros. La otra ra zón consiste en que hemos sido provistos de la medicina por aquel que nos ha creado para mantener el cuerpo en salud y apartarle de las enfermedades» (41). Asimismo, la exaltación de la vida frente a la muerte condujo a que, a diferencia de la postura preponderante durante el Medievo, la vejez comenzará a dejar de tener únicamente connotaciones negativas y se empezará a considerar deseable llegar a vivirla. La vejez podía ser tam bién, como el noble italiano Luigi Cornaro afirma en sus famosos Dis corsi, una época de felicidad: «Manifestaré(... ) los recreos y deleites que tengo a la edad en que me hallo [la vejez], a fin de convencer al público de que en ningún mo do es muerte sino vida real, que muchos juzgan feliz, porque abunda de toda la dicha que puede gozarse en este mundo. Cuantas personas me conocen puede atestiguarlo así(... ) porque están viendo con el ma yor pasmo la buena salud que disfruto» (42). Y ese _ estado puede ser incluso preferible al de la juventud: «De aquí resulta -podemos seguir leyendo en los Discorsique vivo alegre, y no tétrico como pretenden algunos poco enterados, a quienes, para que se vea el valor que doy a cualquier otra clase de vida, necesito declarar que no cambiaría mi manera de vivir ni mis pelos canos con ninguno de aquellos jóvenes, aun de la mejor consti tución, que dan rienda suelta a sus apetitos, sabiendo como sé que tales personas están sujetas todos los días, o más bien todas las ho ras. (... ) a mil clases de dolencias y a la muerte» (43). La creencia en la inexistencia de una duración prefijada de la vida y la consideración de los elementos positivos que podía encerrar el es tado de vejez posibilitaron, por tanto, que surgieran un número consi derable de obras dedicadas al modo de conseguir alargar la vida. En consonancia con la tradición galénica, todas estas obras parten gene ralmente de la existencia de una suerte de «principio vital» o «calor natural» como sustrato último de la vida. Cada ser viviente tiene, se gún el común sentir de estos autores, un cuantum determinado de este principio vital que se iría gastando a medida que el sujeto fuera enve jeciendo. Cornaro resulta muy claro a es te respecto: «Pero deben hacerse cargo -afirma este autor. en las recomenda ciones contenidas en sus Discorsi-de que disminuyendo más y más nuestro calor natural, conforme avanzamos en años, ningún régimen puede tener fuerza suficiente para vencer siempre la malignidad que acompaña a los males de la replección; de modo que al fin es preciso que mueran a consecuencia de estos desórdenes periódicos, que abre vian la vida en la misma proporción que la salud la prolonga» (44). El gasto de este principio, tal y como se encuentra implícito en el texto anterior, es imposible, de reponer. Lo único que se puede hacer es intentar que la cantidad de principio vital dure el mayor tiempo po sible, mediante la evitación de cualquier exceso y el seguimiento de un régimen de vida basado en la moderación, pues «la vida sobria -en palabras de Lessius-preserva de las enfermedades que provienen de crudezas y de corrupción, y aun previene contra las causas externas, [y además] la vida sobria cura por sí todos los males capaces de cura ción, y suaviza los otros» (45). La moderación y sobriedad concierne especialmente a todo lo refe rente a la comida y a la bebida, como afirma Cornaro: «La sobriedad que digo -leemos en los Discursos-se reduce a dos cosas, calidad y cantidad. La primera, es decir, la calidad, no con siste en otra cosa sino en no comer alimentos y en no beber vinos per judiciales al estómago. La segunda, que es la cantidad, consiste en no comer ni beber más que lo que el estómago puede fácilmente digerir. De ambas cosas, tanto de la calidad como de la cantidad, todo hom bre de be ser buen juez cuando llega a los cuarenta, cincuenta o sesen ta años; y cualquiera que observa bien las dos reglas indicadas puede decir que tiene una vida regular y sobria» (46), o como se desprende de las siguientes palabras contenidas en El libro de.Z régimen de la salud de Luis Lobera de Avila: « Pero el que se harta, aunque sea de excelentes manjares y bien aparejados, no puede hacerse buena digestión; esto quieren sentir los que prohiben diversidad de manjares, porque de un manjar no puede ser tan grande hartura que venga a enfermar, porque dicen los docto-res de medicina que no hay cosa peor que comer de muchos manjares en una comida y tardan mucho en la comida» (47). Esta moderación en el comer y en el beber se complementa, en or den a conseguir un régimen de vida sobrio, con la moderación en los demás campos de las sex res non naturales: «Es verdad que, además de las dos importantísimas reglas que pre ceden relativas a comer y beber -seguimos leyendo en los Discorsi (... ), he evitado cuidadosamente el calor, el frío, la fatiga extraordina ria, la interrupción de mis horas acostumbradas de reposo, el abuso de venus, el pararme donde el aire daba muestras de ser malo y el exponerme al viento y al sol(... ). También procuraba evitar cuanto po día la melancolía, el odio y otras perturbaciones violentas del ánimo» (48). La alimentación, por consiguiente, va adquiriendo durante este pe ríodo un papel predominan te dentro de la dietética para sanos, que dando el resto de reglas referentes a los otros campos de las sex res non naturales en un segundo plano a la hora de modular el régimen de vida. Tal estado de cosas se deja ver claramente en la definición que da Lessius de la vida sobria: «Entendemos aquí por los términos de vida sobria un uso modera do de comer y beber, según el temperamento del cuerpo y su disposi ción actual, aun respecto de las funciones del ánimo: llamamos también vida sobria a una viaa de orden, de regla y de templanza; y no pretendemos con estos diferentes términos dar a entender otra co sa. También se ha de cuidar elevitarcon esmero cualquier otro géne ro de exceso, como de calor, frío, trabajo demasiado, etc, tosas todas que alteran la salud y sirven de obstáculo a las funciones del ánimo. Esta medida debe ser diferente según la diferencia de edad, de com plexión, del humor que domina, y según el estado dela saluc:l de cada uno» (49). • • •. De forma paralela a esta adquisición por parte de la alimentación de un protagonismo central en regímenes de vida basados en la mode ración, la misma palabra dietética comienza también a hacerse sinóni mo de régimen alimenticio. Tal es el sentido que se deja ya entrever en los Discorsi de Cornaro cuando este autor emplea la palabra dieta: «Habiéndoles preguntado [a los médicos] acerca de esto qué reglas debía seguir, me dijeron que no usase ningunos alimentos sólidos ni líquidos, sino aquellos que, prescribiéndose generalmente a las per sonas enfermas, reciben el nombre de dieta, y aun éstos con mucha moderación» (50). La significación que la alimentación adquiere dentro de la dietéti ca de este período se pone especialmente de relieve en el hecho de que se otorgue a la misma de forma explícita y generalizada un papel bási co en la constitución no sólo de las características físicas sino también de las morales del individuo. Esta característica entronca directamen te con la tradición galénica, pues para Galeno, como pone de relieve el texto siguiente, el régimen de vida en general y la alimentación en particular podían variar no sólo la inteligencia sino también el genio moral de los individuos: «Los que se niegan a admitir la eficacia de la alimentación para convertir a los hombres en más sabios, más libertinos, más inconti nentes, más reservados, más arrojados o más tímidos, más fieros o más civilizados, más amigos de las controversias y pendencia, de me jores sentimientos, me pregunten para aprender de mí lo que es pre ciso comer o beber. Con ello sacarán más provecho de sus contactos con la filosofía moral y además potenciarán las facultades del [alma] lógica, haciéndose más inteligentes, más estudiosos, más prudentes e incrementarán la memoria; en efecto, yo les instruiría no sólo acer ca de los alimentos, las bebidas y los vientos, sino también sobre la mezcla en general y les enseñaría qué regiones es preciso buscar y cuáles evitar» (51). La influencia de la alimentación en el terreno moral se objetiva es pecialmente en la obra de los llamados médicos-filósofos españoles del siglo XVI, especialmente Juan Huarte de San Juan (1529-1588) y Miguel Sabuco (1525-1588) (52). En estos autores se aprecia claramente cómo se mantiene la noción de que la alimentación y el régimen de vida pue den conformar la naturaleza física, mental y moral de los individuos. A este respecto Miguel Sabuco en su Nueva filosofía de la naturaleza del hombre (1587) sacada a la luz por su hija Oliva Sabuco nos dice: «Los alimentos melancólicos hacen aquel jugo de la raíz principal del cerebro caduco, y luego se siguen las mudanzas del decremento dichas, y también ponen congojas, miedos, y sospechas falsas; hacen mal acondicionado; fácil de airearse; aman la soledad; no es afable; traen tristeza; ponen malos sueños congojosos, que dañan como ver daderos, de pérdidas y daños, y derriban aquel jugo, como en vigilia, y lo recuerdan luego, y le quitan el sueño, cayendo lo que subía: po nen malos pensamientos, incitan a malos, y bajos vicios. Los alimentos fleugmáticos, y mucho dormir, entorpecen el enten dimiento: hacen tardos, ignavos, y perezosos: hacen duros, y no fáci les de condición; traen malos pensamientos, y vicios» (53). En el Examen de ingenios para las ciencias (1575) de Huarte de San Juan se encuentra ya sistematizada además la forma en la que la ali mentación modula no sólo la naturaleza del individuo, sino también la de su descendencia. Huarte compartía la doctrina clásica de las tres facultades: la memoria, el entendimiento y la voluntad. Para el médico. navarro, en cada facultad predominaba un tipo de humor: en la memo ria, la humedad; en el entendimiento, la sequedad; y en la imaginación, el calor. Cada una de estas facultades daba lugar a un determinado ti po de ingenio, tipos de ingenios que a su vez se diversificaban median ter las distintas proporciones de la mezcla de humedad, sequedad o calor. Estas facultades podían potenciarse en los hijos por la alimenta ción de los padres, según se deduce del siguiente texto en donde Huar te afirma que: «Los manjares, pues, que los padres han de comer para engendrar hijos de grande entendimiento(... ) son, lo primero, el pan candial, he cho de la flor de la harina y masado con sal: éste es frío y seco, y de parte sutiles y muy delicadas(... ) Las perdices y francolines tienen la mesma sustancia y temperamento que el pan candial y el cabrito y el vino moscatel; de los cuales manjares usando los padres(... ) harán los hijos de grande entendimiento. Y si quisieran tener algún hijo de grande memoria coman, ocho o nueve días antes de que se lleguen al acto de la generación, truchas, salmones, lampreas, besugos y anguilas: de los cuales manjares ha rán la simiente húmida y muy glutinosa. De palomas, cabrito, ajos, cebollas, puerros, rábanos, pimienta, vi nagre, vino blanco, miel, y de todo género de especias, se hace la si miente caliente y seca y de partes muy delicadas. El hijo que de estos alimentos se engendrare será de grande imaginativa» (54). Además, para Huarte, la alimentación de los padres también pue den jugar un papel principal en las cualidades morales de la progenie: Asclepio- «Pero si los padres quisiesen de veras engendrar un hijo gentil hom bre, sabio, y de buenas costumbres, han de comer, seis o siete días antes de la generación, mucha leche de cabras; porque este alimento, en opinión de todos los médicos, es el mejor y más delicado de cuan tos usan los hombres» (55). Así, pues, la dietética, en su búsqueda de la longevidad, siguió pau tando durante este período, a la par que el cuerpo, la conducta y la moral de los individuos, e incluso las de su progenie, a través funda mentalmente de la alimentación. más actividades pertenecientes a las sex res non naturales que impe dían la perspiración insensible y recomendando, por el contrario, to dos aquellos que la estimulaban. Complementariamente con lo anterior, el comienzo de la conside ración de la dietética bajo perspectivas iatroquímicas se encuentra re presentada en alguna medida por la obra de Bernardino Ramazzini (1633-1714) De principium valetudine tuenda (1711), en donde, a pesar de que el médico de Padua estaba familiarizado con la iatroquímica, apenas la pone en práctica, según Ackerknecht (57), en su dietética. Con todas estas tentativas para la introducción del método experi mental, la dietética siguió a teniéndose mayoritariamente, sin embar go, a las medidas tradicionales. Testimonio de ello son los escritos en relación con la dietética de Francis Bacon ya citados anteriormente, pues, aunque dicho autor se muestra en ellos explícitamente discon forme con algunos aspectos fundamentales de la tradición médica, co mo es el caso de la teoría humoral, no duda en recurrir a la moderación en torno a las sex res non naturales, como ha mostrado Minois (58), a la hora de establecer las recomendaciones para la longevidad. Este apego a la tradición explica, por otra parte, por qué pese al declive progresivo del humoralismo las sex res non naturales continuaron de sempeñando un papel principal en la literatura médica posterior so bre dietética y muy especialmente en la literatura popular y divulgativa sobre aspectos higiénicos. Por consiguiente, resumiendo, puede decirse que la dietética de es te período: Mantuvo el fin de la búsqueda de la conservación de la salud corporal con una serie de características peculiares: la preocupación por la longevidad; la producción de los primeros intentos de aplicar el método experimental a la dietética; el mayoritario mantenimiento, pese a ello, de la tradición definida por la moderación en torno a los campos de las sex • res non naturales; y el predominio que toma todo lo relativo a la alimentación en relación con los otros apartados de las cosas no-naturales. Mantuvo igualmente la finalidad de la mejora de la salud moral de los individuos, objetivo que se pone de relieve en dos circunstan cias: a) en la clara constancia de que el género de vida y la alimenta-Asclepio-l-1990 ción puede ser un factor decisivo en la mejora de los aspectos morales del sujeto e incluso de su progenie; y b) en la noción de que la longevi dad no tiene sentido sino como posibilitadora de la mejora de la perso na en su conjunto, como es la opinión de Cornaro, o, en el caso de autores con un mayor influjo religioso cual es Leys, como medio para acercarse a una perfección que permita gozar eternamente de la pre sencia divina. La dietética para el hombre sano durante el siglo XVIII El desarollo histórico que se ha ido mas trando en los anteriores epí grafes de este trabajo y su propia evolución durante el XVIII permiten contemplar la dietética del hombre sano durante el Setecientos bajo tres grandes apartados genéricos: a) La dietética como régimen de alimentación. b) La dietética como régimen de vida del hombre individual, esto es, como parte de lo que en el XIX adquirirá definitivamente la deno minación de higiene privada. c) La dietética como régimen de vida del cuerpo social o, si se quie re, como parte de la policía médica, la incipiente higiene pública. LA DIETÉTICA DEL SANO COMO RÉGIMEN ALIMENTICIO La dietética terapéutica como régimen alimenticio siguió durante este período el proceso decadente que, especialmente de la mano del movimiento iatroquímico, había empezado a instaurarse durante el si glo XVII, lo que trajo como consecuencia que fuera progresivamente sustituida por la polifarmacia. Sin embargo, a pesar de ello, es posible detectar en las obras de dietética orientadas al hombre sano una conti nuación de aquellos intentos de renovación de la normativa dietética, considerada aquí únicamente como régimen alimenticio, desde aque llos presupuestos iatrofísicos o iatroquímicos a los que se ha aludido en el epígrafe anterior. Quizás uno de los ejemplos más representativos de esta circunstan cia lo constituya la figura del médico escocés George Cheyne (1671-1743) (60), al que puede considerársele un especialista en dieta durante la pri mera mitad del XVIII, y cuya dedicación a este tema quizás le viniera del padecimiento de una considerable obesidad en su propia persona. Aunque el predominio en ella de la iatrofísica fuera manifiesto, la obra de Cheyne (61) en su conjunto es un claro exponente ecléctico de las tres grandes corrientes dominantes en la medicina de la época: la iatro mecánica, la iatroquímica y la medicina tradicional de los siglos XVI y XVII a la que puede darse el nombre, en opinión de King, de neogale nismo (62). De ellas, las dos primeras son las que tienen un mayor inte rés en el contexto de este trabajo y son a las que dedicaremos una mayor atención en dicho autor, tanto en lo concerniente a sus concepciones dietéticas como en lo referente a las nociones fisiopatológicas en las que éstas se a poyan. Las nociones fisiopatológicas de Cheyne de origen iatroquímico, en especial las acrimonias, parten de la distinción, merced a la influencia de Hermann Boerhaave (1668-1738), de cinco elementos formadores de todas las cosas materiales, como puede leerse por ejemplo en su Philo sophical Conjectures about the Nature and Qualities of the Original Ani mal Body (63): el agua (caracterizada por su incomprensibilidad y rotundidad); el aire (o spiritus, definido por su elasticidad y su poder vivificante de la vida animal); la luz (o sulfuro u óleo, con la propiedad de ser de fácil transmisión y reflexión); la sal (elemento que tiene una gran solubilidad en agua y una cualidad estimulante de las fibras ani males); y la tierra (con las propiedades de pesadez y de ser la base y el cemento de los otros elementos) (64). Completando lo anterior, Cheyne pensaba, basándose esta vez en la visión iatromecánica, que la naturaleza era una enorme máquina go bernada por la ley natural. Por lo cual, la combinación de esos cinco elementos formaría una serie de partículas que estarían sujetas a las leyes del movimiento y de la inercia newtonianas. «Los elementos, esas mínimas y últimas partículas de materia -puede leerse en su A Philosphical Theory Founded on Experiments, of the Nature and Laws of Minute Inanimat Bodies, and their Systems, in general-, son de varios tamaños, densidades y figuras. Los de pri mer orden o más pequeños son casi infinitamente pequeños, duros y elásticos (... ); tales son probablemente las partículas del fluido etéreo o newtoniano. Las partículas de segundo orden están compuestas por las primeras y son consecuentemente de un mayor tamaño aunque me nos densas y elásticas (... ); de esta clase son probablemente las partí culas de la luz. Las partículas del tercer y último orden están compuesta a su vez por las pertenecientes al segundo y son de mayor tamaño que éstas pero de menor densidad y elasticidad» (65). La combinación de estas partículas daría lugar a las distintas for mas de la naturaleza. Y en los seres animados, y especialmente en el hombre, habría además una «organización supramecánica» (66), cuyo origen sería divino en última instancia, que regiría el funcionamiento de estas formas y de los seres vivos en su conjunto. Pues bien, estas dos raíces -la iatroquímica y la iatrofísica-con figuran también lo más novedoso de las nociones refere• ntes a la dieté tica en tanto régimen alimenticio de nuestro autor presentes en sus escritos sobre el régimen de vida, que son dos fundamentalmente: su Essay of Health and Long Life (1724) y el Essay on Regimen (1739). Con viene tener presente antes de seguir adelante q: ue, como es el caso de todos los autores médicos que conceden especial atención a la alimen tación, la palabra dieta tiene ya claramente en Cheyne el sentido de ré gimen alimenticio y es considerado el apartado más importante con mucho de las clásicas sex res non naturales (67). Partiendo, como decíamos, de estas raíces, Cheyne estableció tres tipos de mecanismos por los que el exceso de cantidad o las pernicio sas cualidades de las distintas comidas y bebidas podían dar lugar a algún tipo de dolencia crónica; la viscosidad en los distintos fluidos con el consiguiente estancamiento o retraso de la circulación; la excesiv? abundancia de sales ácidas que hacía que los fluidos se volvieran co rrosivos; y, por último, la relajación de la fuerza y de l_ a elasticidad de los sólidos ( 68 ). Para evitar estos mecanismos morbosos, Cheyne estableció una dieta moderada, lo que él llamó con el nombre de low diet, en la que se daba primacía a las verduras, legumbres y frutas sobre las carnes y pesca dos. La r. azón fundamental para esta recomendación residía en la me nor cantidad de sal, sulfuro, espíritu, aceite y partículas acres en aquellas sustancias alimenticias (69), lo que impedía la puesta en ma cha de los tres mecanismos fisiopatológicos citados. A esta razón se le unían un buen número de otros argumentos que hacían comprensi ble dicha preferencia y que en resumen consistían en lo siguiente: «Las sustancias vegetales están menos hechas, son menos compac tas y menos cohesionadas, más fácilmente disolubles y digeribles(... ), tienen menos sal, aceite y espíritu, y en consecuencia producen me nos calor y tienen menos capacidad inflamable que las sustancias ani males, y así obstruyen y laceran menos los tubos animales» (70). Todas estas razones estaban basadas en la experiencia personal del• autor y quedaban probadas además por numerosos experimentos que, 90 Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es aunque sumamente ingenuos, muestran el creciente influjo de los pro cederes experimentales en la dietética a partir del siglo XVII (71 ). La candidez de estos experimentos queda patente en el que sirve de prue ba de la mayor tenacidad de las sustancias animales sobre las vegeta les, lo que las hacía más difícilmente separables y digeribles: «Esto resulta evidente -afirma Cheyne en las Philosophical Con jetures about the preference of Vegetable to Animal Fooda partir de los experimentos hechos(... ) en la unión de madera(... ), que mues tran a los sentidos la diferencia de tenacidad en estas uniones, mu cho mayores las obtenidas mediante la utilización de colas animales y de pescado que mediante las pastas fabricadas a partir de harina o cebada. También se puede observar en la diferencia de resistencia entre las cuerdas hechas de tripa animal o cuero y las fabricadas de cáñamo o estopa, que es mucho mayor en aquéllas que en éstas. Por ello, la comida animal produce irremediablemente de forma más rá pida y grave la viscosidad de los fluidos y la obtrucción de capilares y glándulas» (72). La preferencia de la alimentación vegetal sobre la animal tenía ade más en Cheyne otro motivo que entronca directamente con la tradi�ión dietética. La alimentación vegetal proporcionaba al individuo no sólo una vida más larga y sana sino también una mejor y más acabada cali dad moral: «Pero si me es preguntado cuál de las dos dietas [la dieta animal o la dieta vegetal] conduce a la virtud o al vicio, cuál de las dos es más susceptible de proporcionar la adquisición de la virtud, he de respon der que(... ) evidentemente la Zow diet [la dieta vegetal], porque con ella la s pasiones se hacen más frías y débiles, la sangre y los jugos se dulcifican, los órganos cerebrales rinden de forma más clara, ágil y penetrante, la razón y la naturaleza espiritual del hombre tienen más libertad para actuar y se encuentran con menos dificultades y resis tencias en sus operaciones» (73). A tenor de estas ventajas tanto físicas como espirituales, apoyadas en la experiencia y en la experimentación, Cheyne estableció unas re comendaciones dietéticas, tanto en lo referente a la cantidad como en lo relativo a la calidad de las mismas. En relación con la cantidad, Cheyne postuló que la dieta de una persona sana y vigorosa y que rea lizara una vida activa debía constar diariamente de 8 onzas de carne, 12 de pan, verduras, legumbres o frutas y una pinta de vino (74), cantida- des que quedarían reducidas para los viejos y para las personas de há bitos sedentarios o estudiosos. Paralelamente, en relación con la cali dad, estableció una escala de alimentos, que básicamente consistía en lo siguiente: en primer lugar los cereales y legumbres, en segundo las verduras y las frutas, en tercero la leche y los huevos, en cuarto el aceite, la mantequilla y queso, en quinto los pollos, la ternera y el cordero, en sexto lugar los animales más viejos, en séptimo lugar los animales salvajes y el cerdo y en octavo y último lugar el pescado. En general, los animales hervíboros serían más digestivos que los carnívoros, los animales terrestres más que los marinos y los animales y vegetales blan cos más que los rojos (7 5). De la misma forma que Cheyne, otros autores también rehabilita ron durante el siglo XVIII las frutas y las verduras siguiendo para ello alguna de las teorías aceptadas en el mundo médico de la época. Así, según Ackerknecht (76), para los partidarios de la teoría de la neutrali zación la dieta correcta tenía que conseguir un balance entre las sus tancias ácidas y las alcalinas. Por ello, recomendaron que, del mismo modo que la leche -considerada por ellos como «ácida»-neutraliza ba la fiebre -tenida como «alcalina»-, tanto las frutas como los vege tal�s, pertenecientes según ellos al grupo de los «ácidos», debían incorporarse a la dieta sana con el fin de neutralizar las sustancias «bá sicas», fundamentalmente las carnes, que de otra manera resultarían fácilmente convertibles en productos de deshecho albuminosos. De esta manera por consiguiente, de la mano de teorías falsas, se empezaron a mostrar durante el XVIII, recogiendo la semilla del método experimental del XVII, los primeros signos de la renovación de la die tética alimenticia clásica, renovación que se tradujo principalmente en la introducción en ella de las frutas y verduras. El proces9, sin embargo, no acabaría hasta mucho más tarde, cuando a partir de la segunda mi tad del XIX tuviera ya lugar la aparición de la dietética alimenticia cien tífica, tanto cuantitativa como cualitativamente considerada. LA DIETÉTICA DEL SANO COMO RÉGIMEN DE VIDA DEL HOMBRE INDIVIDUAL Durante el XVIII, especialmente a partir de su segunda mitad, se pro dujo un enorme incremento del número de publicaciones dedicadas a la conservación de la salud realizadas no sólo por médicos sino tam bién por profanos (77). Publicaciones que además se vieron acompaña- Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es das de la aparición de los diccionarios de salud, como el Dictionnaire portatif de san té aparecido en París en 1762, y el surgimiento de nume rosas revistas, tales como la Gazette salutaire editada por Pierre Rous seau (1716-1785) y la Gazette de santé editada por Barbeu du Bourg (1709-1779) (78). Todas estas obras en relación con el régimen de vida buscan, en per fecta consonancia con la tradición dietética, tanto la salud corporal co mo la salud moral de los individuos. Analizaremos en las páginas siguientes los rasgos distintivos de cada uno de estos dos apartados durante este período. La salud corporal en los regímenes de vida del XVIII En la búsqueda de la salud del cuerpo en los tratados de dietética aparecidos a lo largo del XVIII se identifican una serie de motivos co munes que pueden esquematizarse en los siguientes: l. La consideración de la salud como una parte más de la necesaria educación de la población En un sentido amplio puede considerarse que todo el pensamiento ilustrado está imbuido por un carácter pedagógico encaminado al cul tivo de las masas populares y a la difusión de los distintos saberes en tre el pueblo (79). Aunque en la práctica la educación siguió siendo muy minoritaria, se advierte en este impulso educador un cambio conside rable en relación a los siglos anteriores, en los que aquella era consi derada todavía de forma mucho más restringida. La Encyclopédie (1751-72) de Diderot y D'Alembert y la obra intelectual de los grandes pensadores ilustrados -Rousseau, Helvetius, Condorcet, Diderot, Mon tesquieu, etc.-son una prueba de ese ánimo, dirigido en última ins tancia a la creación de ciudadanos conscientes de ser tales. La meta de esta educación consistía en la búsqueda de la emancipa ción humana, el logro de una humanidad feliz sin prejuicios ni opre siones, la consecución de seres útiles a sí mismos y a la sociedad en tanto ciudadanos, tal y como queda perfectamente de manifiesto en el Systeme de la nature ou des lois du monde phisique et du monde moral (1770) del barón d'Holbach (1723-1789), en donde afirma que http://asclepio.revistas.csic.es nuestros corazones, cultivar las semillas que habrá depositado, em plear útilmente las disposiciones y facultades que dependen de las di versas organizaciones, alimentar el fuego de la imaginación, encenderlo para ciertos objetos, sofocarlo y apagarlo para otros y ha cer, en fin, contraer a las almas unas virtudes que sean ventajosas pa ra el individuo y para la sociedad. Educados de cierta manera los hombres no tendrán necesidad de las recompensas celestes para co nocer el valor de la virtud, ni de ver a sus pies el abismo encendido» (80). Esta tendencia ilustrada se tradujo, en lo tocante al tema de la die tética para sanos, en una popularización de sus escritos. Por primera vez desde el surgimiento de la dietética, las obras en este campo estu vieron dirigidas de forma preferencial no a los príncipes, cortesanos y magnates sino a todas las capas de la población, con una especial de dicación para las más populares. Hecho este que se manifiesta incluso en el título de las obras, como ocurre con el Avis au peup le sur sa santé (1761) de Simon-André Tissot (1728-1797). Las clases altas y las perso nas más cultas adquieren incluso el papel de intermediarios entre el médico y las gentes más humildes e incultas con la finalidad de acre centar su nivel de salud, circunstancia que se refleja en el siguiente pa saje de la «Introducción» de la obra de Tissot antes citada: «El título de Aviso al Pueblo no es efecto de una ilusión, que me lleve a estar seguro que este libro vaya a ser un útil imprescindible en la casa ele todo campesino. Diecinueve de cada veinte, sin duda, nunca sabrán de su existencia, muchos no sabrán leerle y muchos más, por claro que esté, no le entenderían nunca. Más yo le destino para las personas inteligentes y caritativas que viven en las aldeas y que, por una especie de vocación de la Providencia, son llamadas a soco rrer con sus consejos a todo el pueblo que a ellas acude. Con facilidad se comprende que los primeros que he tenido pre sentes son los sacerdotes(... ) También me atrevo a contar con los se ñores de los lugares o aldeas(... ) En tercer lugar, con las personas ricas (... ) A todos los maestros de escuela se les debe suponer también con la inteligencia suficiente para sacar utilidad de esta obra (... ) Tampo co dudo que entre los mismos campesinos haya muchos, como yo los conozco, juiciosos, inteligentes y caritativos, que leerán con gusto es te libro, lo comprenderán y ejecutarán con actividad sus máximas» (81). La puesta en práctica de una dietética así orientada exigía que el médico y todos aquellos que se dedicaran al tema de la conservación http://asclepio.revistas.csic.es de la salud se transformaran en unos filántropos educadores de las ma sas. No son pocas las obras en las que aparece expresamente señalada esta deseable condición; así, en el Treatise on Non-Naturale, Burton, en tre las razones por las cuales lo escribió, cita la de: «un gran amor por el público y un fuerte deseo de hacer el bien a mis congéneres» (82). La salud en el contexto del ideal de la vuelta a la Naturaleza Muy relacionada con la educación, hay otra constante en el pensa miento de las Luces que tuvo especial relieve en la dietética para sa nos: la vuelta al estado de naturaleza (83), motivo que se encuentra particularmente manifiesto en la obra de J ean-J acques Rousseau (1712-1778). Rousseau sostenía que el hombre era originariamente bue no por naturaleza y que sólo su desarrollo había hecho de él un ser malo. A partir de esta premisa, dada la imposibilidad de volver completamente al estado natural, propugnaba una educación con el mayor contacto posible con la naturaleza y que tomara como punto de referencia la evo lución natural de la persona y fundamentalmente del niño, con el fin, no de vivir en estado natural salvaje, sino de hacerlo en sociedad, pero evitando las alienaciones propias del hombre civilizado que hacían de él prácticamente un esclavo. Por ello, en su Émile ou de l'éducation (1762) se afirma que, en relación con la finalidad educativa de su per sonaje, «La debilidad del hombre es lo que hace que sea un ser sociable; nuestras comunes miserias son las que llevan nuestros corazones a la humanidad(... ); si cada uno de nosotros no tuviera necesidad de los demás, jamás pensaría en unirse a ellos(... ) Un ser auténticamente fe liz es un ser solitario: sólo Dios goza de una felicidad absoluta, pero ¿ quién de nosotros se forma una idea de ella? Si cualquier ser imper fecto se pudiera bastar a sí mismo, ¿ de qué gozaría según nosotros? Estaría sólo y sería miserable» (84). En consonancia con estas ideas, la dietética ilustrada tendió a po ner como ideal de vida la propia de las gen tes del campo, teniendo bien presente que ello no significaba que se propugnara una vuelta al esta do rural, situación que la evolución social y la. revolución industrial hacía cada vez más inviable, sino que la vida en las ciudades se rigiese en la medida de lo posible por reglas más acordes con el estado natu ral del hombre, cuales eran las propias de las gentes del campo. La vida del campesino fue tomada en las obras de dietética, conse cuentemente, como ideal frente a la vida en las ciudades; cuanto más se alejara uno de ese ideal, más morboso sería el carácter de su exis tencia. Ilustrativo resulta a este respecto el siguiente pasaje del Essai sur les maladies des gens du monde (1770) de Tissot: «A medida que uno se aleja de este estado [el del campesino], la salud parece disminuir por grados (... ) Los distintos artesanos destinados a los cuidados de los ciudada nos, independientemente de los males que dependen de su trabajo es pecífico, alteran más su salud al alejarse de la simplicidad de las costumbres campestres,• que, dictadas por la propia naturaleza, son las más semejantes a nuestra constitución (... ) El alejamiento de esta vida simple todavía aumenta más en el or den superior de los burgueses, y su salud disminuye proporcionalmen te; estos burgueses presentan muchas enfermedades que son desconocidas en el campo» (85). O, de forma similar, este más tardío de la Makrobiotik. Die Kunst, das menschliche Leben zu verlangern (1796) de Christoph W. Hufeland (1762-1836) de contenido muy semejante: «El habitar en el campo y en las poblaciones pequeñas es favora ble a la duración de la vida, así como es contrario a ella vivir en las grandes ciudades. En estas muere anualmente un hombre de cada vein ticinco o treinta, mientras que en las aldeas perece solamente uno de cada cuarenta o cincuenta. Las grandes poblaciones aumentan la mor talidad especialmente en los niños, en tanto grado que muere la mi tad de estos antes de la edad de tres años, mientras que en los lugares rurales la misma proporción no ha bajado al sepulcro sino a los vein te o treinta» (86). Un ejemplo muy claro de la aplicación a los tratados de dietética de este ideal se encuentra en el Essai sur les maladies des gens du mon de, pues en esta obrita, en cada uno de los apartados de la sex res non naturales, se comparan sistemáticamente las• actividades y modos de vida propios de los campesinos frente a los de los burgueses de las ciu dades, para recomendar a continuación a estos últimos el mayor acer camiento posible a la vida de los primeros. La salud como parte de la felicidad de los ciudadanos Del mismo modo que el ánimo educativo y la vuelta a la Naturale za, la felicidad se constituyó en una de las nociones centrales de la Ilus tración. Para el hombre ilustrado, según nos dice Hazard en El pensamiento europeo del siglo XVIII: «La felicidad se convertía en un derecho cuya idea sustituía a la de deber. Puesto que era el fin de todos los seres inteligentes, el cen tro al cual tienden todas sus acciones; puesto que era el valor inicial, puesto que esta afirmación: yo quiero ser feliz, era el primer artículo de un código anterior a toda legislación, a todo sistema religioso, ya no se preguntó si se había merecido la felicidad, sino si se obtenía la felicidad a que se tenía derecho» (87). Esta preocupación generalizada por la felicidad durante el período de la Ilustración fue un factor de considerable importancia en la popu larización de los escritos dietéticos, pues la salud era uno de los ele mentos básicos de esa felicidad, como puede apreciarse en el siguiente texto de Le Conservateur de la santé (17 63) de Le Begue de Presle ( + 1807). En relación con este tema, se llegó incluso a afirmar en los trata dos de dietética que la felicidad residía principalmente en el seguimien to correcto de un régimen de vida morigerado; tal fue el sentir de Cheyne: «Pienso que la felicidad común, en nuestro estado natural en el pre sente, reside en el seguimiento de las medidas generales en relación con el pensar, el actuar y el vivir llevadas a cabo por la mayor parte de los pertenecientes al término medio de nuestra especie» (89). completa en tanto que se encontrara acompañada de la felicidad colec tjy�,, p_ μes la búsqueda del interés propio no debíaperjudicar el del pró jffücf)? ór ello, como se afirma en Le canse rvateur de la santé, la salud só1o'á: i1 canzaba su verdadero sentido cuando ésta servía para que el su Jiton¡Sudiera llevar a cabo sus obligaciones como ciudadano: \ t =�; i "..) i i. � (:•.::.r:.)jJ: «Todo lo que contiene este libro se dirige (... ) a que los hombres sean prudentes, sobrios, templados, virtuosos y vigorosos:• en una pa labra a conservarlos largo tiempo en aquel estado perfecto de salud que es necesario para cumplir bien con sus obligaciones; digo necesa rio porque un hombre enfermo, delicado o débil(... ) no puede sopor tar las fatigas de la guerra, los trabajos del gabinete, ni hacer bien ninguna otra cosa» (90). )'-.)�dutilización de un método basado en la razón como instrumento -u;¡cdk;;la elaboración de las reglas dietéticas •<J t:.. �:-:,.}: j;�,J;(razón se erigió en una de las nociones nucleares durante este pe fíócl b,• pues fue concebida como el instrumento principal para cubrir uno de los objetivos prioritarios del pensamiento del Setecientos: el de des velar, lo oscuro, lo dudoso, revelando la verdad y denunciando el error.?�r:• $tñ embargo, la importancia de la razón durante el XVIII no gira tan- •!.,,.; /.JíJ:. to~:e_ ntorno a su descubrimiento cuanto a la consciencia de que el hom-�; ii-,.�r a plenamente capaz de usar esta facultad por sí mismo, sin la necesidad de tutelas y ordenamientos externos. En este sentido incide lafdefinición kantiana de ilustración contenida en el artículo «Beant wortung der Frage: Was ist Aufklarung» (1784): --.Gi::;•;�; «La ilustración es la salida de hombre de su autoculpable minoría.. q'.Úi"!> de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de':/:: •;i i;, su propio entendimiento sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la caren cia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor para servir se por sí mismo de él sin la guía de otro. ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!, he aquí el lema de la Ilustración» Hoffmann en el médico, que permite al hombre adentrarse por sí mis mo en el saber, consiste en estos tratados de dietética del sano en el seguimiento de tres pasos básicos: a) La recopilación de la experiencia ajena sobre un determinado tema. El autor de los tratados se remite en primer lugar a la experiencia pretérita, reuniendo, aunque en gran parte de las ocasiones de forma sesgada, los distintos testimonios médicos del pasado en torno al tema objeto de cuestión. b) La recopilación de la experiencia propia en ese apartado. El autor, una vez sistematizada y comentada la experiencia anterior, la complementa con su propia experiencia para llegar a unas conclusiones previas. El principal punto débil de esta utilización de la expe riencia radica en que generalmente el autor se encuentra sumamente influenciado por los prejuicios de la tradición, con lo cual la experien cia pretendidamente objetiva se halla orientada previamente en un sen tido determinado. Un ejemplo muy claro de este proceder generalizado en los escritos dietéticos y de sus carencias epistemológicas nos lo ofre ce L'onanisme (1758) de Tissot, en donde encontramos la siguiente re lación «objetiva» de la sintomatología acarreada por la práctica de la masturbación según le ha sido mostrado a la experiencia de su autor: «Los males [que ocasiona la práctica de la masturbación] que he visto más a menudo son: l. 0 Un desorden total del estómago, que se anuncia en los unos por pérdida del apetito o por apetitos irregula res; en los otros, por dolores vivos, sobre todo en el tiempo de la di gestión, por vómitos habituales, que resisten a todos los remedios, mientras el su j eto continúe en sus perniciosos hábitos. 0 Una debi lidad de los órganos de la respiración de donde resultan a menudo toses secas, alteraciones en la voz, cansancio cuando se da un movi miento un poco violento. 0 Una rela j ación total del sistema nervioso. No es necesario conocer mucho la economía animal para compren der que estas tres causas pueden producir todas las enfermedades que hemos mencionado y las que más adelante veremos; y la experiencia prueba que unas y otras se presentan todos los días» (92). c) El tercer paso consiste en la comprobación de la experiencia por medio de una serie de experimentos que, en teoría, deben conducir a la obtención de las conclusiones definitivas. La debilidad de este apar tado consiste, a su vez, en que o bien los experimentos son en exceso pueriles, como era el caso del de Cheyne señalado previamente, o bien Asclepio- el autor se conformaba con nombrar la palabra mágica« experimento» sin entrar en ningún detalle acerca del mismo, como ocurre repetidas veces en las obras de Tissot: « Elaborado en los testículos [nos dice en L'Onani sme en relación con las pruebas de la importancia del licor seminal para la economía corporal], sale de ellos por un canal bastante largo llamado conducto deferente, va a parar a las vesículas seminales y es recogido continua mente por los vasos absorbentes, y de tiempo en tiempo, vuelve a la masa total de los humores. Esta es una verdad que se demuestra por un sin número de experimentos» (93). Por consiguiente, a tenor de estas insuficiencias, pese al intento de aplicación de los procederes empíricos, la dietética en tanto régimen de vida del hombre individual tardaría todavía en poder adquirir un carácter verdaderamente científico. La salud moral en los regímenes de vida del XVIII Al lado de la salud del cuerpo, la salud anímica siguió siendo el otro objetivo primordial de la dietética del sano considerada como régimen de vida. La importancia de ese aspecto y la consiguiente noción de que el médico debía incluir en sus funciones la de moralista queda suficien temente explícita en la introducción de la Makrobiotik de Hufeland: Dos notas distintivas tiene, en mi opinión, la consideración moral en la dietética de este período: la negación de todo lo que pueda ser antinatural y la búsqueda de una higiene científica del alma. Veamos con un poco de detenimiento cada uno de estos puntos. La negación de lo antinatural Las pasiones eran consideradas en el pensamiento propio de la Ilus tración como algo completamente natural, pues se las consideraba no sólo carentes de peligrosidad en sí mismas sino además útiles para el perfeccionamiento del ser humano. Pero el que las pasiones fueran bue nas y naturales no suponía que el hombre tuviera que comportarse co mo cualquier bruto. Su condición superior, le obligaba a jerarquizar los placeres y las pasiones con el fin de constituirse él en su señor y dueño y no al revés. Por tanto, la moral tuvo, aparte de.otros, dos co metidos fundamentales en este tiempo (95): en primer lugar, servir de guía al hombre para este recto encauzamiento de las pasiones natura les con el fin de que no incurriera en su abuso vicioso; y, en segundo lugar, evitar que se pudieran desatar pasiones antinaturales.• Esto explica dos de las más importantes y generalizadas recomen daciones que entran de lleno en el campo moral en las obras en torno al régimen de vida: el aviso de la moderación en el acto sexual, con la consiguiente enumeración de los males que acarrea el abuso del acto venéreo; y la advertencia en relación con los males causados por actos considerados contranaturales, como es el caso de la práctica de la mas turbación. El primero, con algunas matizaciones, es un motivo común en la tradición dietética, pero el segundo hace su aparición en ella por primera vez en esta época, razóñ por la cual creo oportuno dedicarle una especial atención. La prohibición expresa de la masturbación se refleja en la dietética a partir de su consideración como enfermedad. Tras algunos pasos pre� vios (96), la masturbación empieza a ser considerada como entidad no sológica a partir de la publicación de L'Onanisme de Tissot (en latín en 1758 y en francés en 1760), pues aquí el onanismo quedó ya dotado de un diagnóstico basado en sus consecuencias y un tratamiento con ánimo de especificidad. Su condición de contranatural, de la cual se derivan fundamentalmente sus nefastas consecuencias y la expresa pro hibición de su práctica en los tratados de conservación de la salud, que da muy explícita en el siguiente párrafo de la pequeña obra de Tissot: «Si las peligrosas consecuencias de la pérdida abundante de esta humor [el semen] no dependen sino de su cantidad, importa poco que la evacuación tenga lugar de cualquiera de los modos que acabamos de indicar. Sin embargo, la forma importa tanto aquí como el fondo. Una cantidad considerable de esperma, derramada por los medios na turales, puede dar lugar a grandes peligros; pero estos son mucho ma yores cuando la expulsión del esperma es provocada por medios contranaturales. En una palabra, los accidentes que vienen a conse cuencia de un coito son terribles, pero los que ocasiona la masturba ción son mucho mayores» (97). Pues bien; a partir de esta concepción patológica de la masturba ción, ésta pasa a ser especialmente considerada en todas las obras so bre régimen de vida de alguna significación en tanto prototipo de lo contranatural, dedicándosele en la mayoría de los casos un epígrafe específico. Así ocurre en Le Conservateur de la santé, en donde su autor, siguiendo la tónica general en las obras posteriores a la de Tissot, no se para en barras a la hora de plasmar los males y horrores que se de rivan de su práctica: «Los infinitos e inevitables males que resultan de la frecuente mas turbación, el gran número de los que se dan a ella y el perjuicio tan considerable que hace a la sociedad, son suficientes razones para no omitir, en la exposición de los peligros para la salud, esta infame cos tumbre. Espero que esta pintura espantosa, pero fiel, hará estreme cer de horror a los que cometen este crimen, 1 uego que vean en ella la causa de los males que padecen» (98). Y también en la Makrobiotik de Hufeland, quien se muestra igual mente influido por Tissot e idénticamente contundente con respecto al execrable vicio contranatural: 102 «Cuanto acabo de decir [los innumerables efectos del exceso se xual] se aplica más especialmente al onanismo; pues siendo este vicio contrario a la naturaleza, exige mayores esfuerzos y produce mayor debilidad. De aquí puede sacarse un nuevo argumento a favor de la regla establecida anteriormente, a saber, que la naturaleza no casti ga ninguna acción con tanto rigor como las que directamente la ofen den. Si hay pecados mortales son sin duda los que se cometen contra la naturaleza» (99). Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es Este autor llegó incluso a establecer una forma clínica nueva de ona nismo que él denomina con el nombre de onanismo moral (geistige Ona nie): «Hay además otra especie de onanismo que estoy inclinado a dar le el nombre de onanismo moral, y que no deja también de extenuar mucho, aunque el que se entrega a él no se aparta físicamente de los preceptos de la castidad. Cométese este pecado siempre que alimen tamos o acaloramos nuestra imaginación con ideas voluptuosas y las civas, imprimiendo desde muy temprano una viciosa dirección a esta facultad» ( 100 ). La búsqueda de una higiene científica del alma En los últimos años del siglo xvm el cuidado moral del hombrerap�:. rece también en las obras de dietética en el contexto de lo que se' púe' de El pensamiento central de este escrito radica en que lo moraf pfr él de dominar lo corporal. Consecuentemente, un simple propósifo •!pu' e� de bastar para impedir que se instaure una enfermedad e incluso puede conducir a la derrota de la misma si ésta se encuentra ya instaurada. Según Kant, por tanto, la dietética, aparte de otros objetivos, puede tam bién tener esta utilidad moral, esto es, también puede ser empleada, y con el mismo grado de objetividad que las otras partes de la dietéti ca, como higiene espiritual. La dietética del alma puede posibilitar, de esta forma, el desarrollo de la capacidad del espíritu o de la mente para vencer los estímulos patológicos corporales mediante el establecimiento de una normativa y una conducta ética, recibiendo entonces el nombre, según Kant, de medicina filosófica, en contraposición a la simplemente empírica o me cánica (la terapéutica farmacológica y la quirúrgica), como se muestra en el siguiente párrafo clave de Sobre el poder del ánimo...: «La dietética no debe calcularse sobre la comodidad; pues este cui dado de sus fuerzas y sentimientos es molicie, esto es, tiene por con secuencia cierta debilidad y una extinción paulatina de la fuerza vital por falta de ejercicio; así como un agotamiento de esa fuerza debido a un uso demasiado frecuente y acentuado. Por consiguiente, como principio de la dietética (sustine et abstine) el estoicismo no sólo per tenece a la filosofía práctica en calidad de ética, sino también como medicina. Esta es, pues, filosófica, cuando el poder de la razón en el hombre para dominar sus impresiones sensuales mediante una máxi ma dada a sí mismo determina el modo de vida; en cambio, cuando, para excitar o rechazar esas sensaciones, se busca ayuda fuera de sí en los medios corporales (la farmacia o la cirugía) entonces es sim plemente empírica y mecánica» (101). Esta dietética del alma o medicina filosófica, quedaría incluida en el contexto del pensamiento kantiano dentro de lo que en la Fundamen tación de la metafísica de las costumbres (1785) o en la Crítica de la ra zón práctica (1788) denomina con el calificativo de práctico (lo que está basado en el deber) en contraposición a lo patológico (lo que se funda menta sólo en la inclinación), distinción que resulta básica para enten der la fundamentación de la dietética kantiana (102). El propio Kant nos ofreció en Sobre el poder del ánimo... ejemplos de cómo él mismo logró superar el insomnio, la hipocondría y otras dolencias físicas merced al establecimiento de hábitos sólidos y espe cialmente mediante la realización de actos conscientes de voluntad, es decir, mediante el empleo de la dietética como medicina filosófica. Val ga como botón de muestra de ello el texto siguiente: 104 «Debido a mi pecho estrecho y liso, que deja poco espacio al movi miento del corazón y de los pulmones, tengo una predisposición na tural a la hipocondría, la cual rayaba, en años pasados, con el hastío de la vida. Pero la reflexión de que la causa de esta opresión del cora zón quizá sea simplemente mecánica e imposible de suprimir, hizo que pronto no le prestara yo la menor atención y que, mientras sentía opre sión de pecho, reinaran en mi cabeza tranquilidad y serenidad, que se trasmitían socialmente, no en forma caprichosa (como acostumbran los hipocondríacos) sino de una forma intencionada y natural. Y co mo uno siente la alegría de vivir más c" on aquello de que se hace libre uso que con lo que •se goza, los trabajos intelectuales pueden oponer otra clase de sensación vital promovida a los entorpecimientos que sólo importan al cuerpo. Me ha quedado la opresión de pecho, pues su causa yace en mi constitución corporal; pero he dominado su in fluencia sobre mis pensamientos y acciones, retirando la atención de esta sensación, coi: no iii en realidad no la sintiera yo mismo» (103). En Sobre el poder del ánimo.. que junto con la Anthropologie in prag matischer Hinsicht (1798) son las principales obras kantianas en donde quedaron reflejadas sus consideraciones en torno a la dietética experi mental del alma y, por consiguiente, sus pensamiento en torno a la psi quiatría (104), se aprecia claramente cómo el término moral abarcaba tanto lo perteneciente al campo psíquico o mental como lo propio del terreno ético-normativo, lo que posibilitó que en esa naciente higiene psíquica con pretensiones de cientificidad quedara también contempla da la higiene moral en tanto, valga la expresión, higiene experimental de la ética personal. La búsqueda de la higiene del alma y, por tanto, esta doble signifi cación de lo moral, se encuentra también presente en este período en autores significativos para la psiquiatría y la medicina en general, aun que la influencia en ellos de Kant sea a veces difícil de probar. Así, en los Rapports du physique et du moral de l'homme (1802) de Pierre J. G. Cabanis (1557-1808) y en los apartados dedicados a la higiene de sus obras posteriores, tal como el Coup d'oeil sur les Révolutions et sur la Réforme de la Médecine (1804), se encuentran, bienes cierto que desde perspectivas más materialistas que en Kant, estas mismas concepcio nes (105). De igual forma, Philippe Pinel (174 7-1826) en su Traité médico philosophique sur l'alienation mentale ou la manie (1801) recoge en el traitement moral la doble significación de lo moral, pues esta forma de curación de la locura por él preconizada no consiste sino en la creación en el loco de una estructura moral psíquicamente curativa me diante su educación en los valores del orden social, del trabajo y de la familia (106 ). Asimismo, las obras de dietética posteriores a la obra de Kant tendrán también entre sus objetivos la búsqueda de una higiene cien tífica del alma, entendida tanto como psique cuanto como reservorio. De forma muy sumaria pueden resumirse en tres los géneros de mo tivos que dieron lugar a que, junto a la dietética para el hombre indivi dual sano, surgiera también en este período una dietética orientada a mantener a la colectividad de los ciudadanos en estado saludable en el contexto general de la aparición de la policía médica (111). El primero de orden político. En el siglo XVIII tuvo lugar, como ha señalado Foucault (112), la definitiva configuración del proceso que ha bía empezado a tomar cuerpo a finales del XVII que hizo que el Estado añadiera a sus dos tareas tradicionales, la del dominio de la guerra y la paz y la de las funciones judiciales, otros tres cometidos fundamen tales: la reglamentación económica, las medidas de orden y la regla mentación de la higiene. La salud de la población pasó a ser así una tarea del Estado como un medio más de garantizar su seguridad y es tabilidad. Un segundo de orden económico. La salud y el bienestar pú blico se constituyeron en uno de los objetivos prioritarios de la economía estatal en un momento en que se necesitaba un cuantioso nú mero de ciudadanos sanos para mantener el ejército y el desarrollo de la agricultura y la naciente industria. Y un tercero de orden filosófico. Aquella felicidad individual a la que hadamos referencia en el epígra fe anterior sólo resultaba completa para el pensamiento filosófico de la época en tanto se podía compaginar y complementar con la felici dad social. Parte fundamental de esa felicidad del cuerpo social era la consecución de una buena salud pública. Además, dicha salud pública sólo podía lograrse, también siguiendo en esto los dictados del pensa miento propio del Setecientos, mediante la guía de los más expertos o ilustrados en el tema. En este sentido se orientan las palabras de Frank en el prefacio del volumen III (1783) de su System: «La afirmación de que el estado debe gobernar cualquier materia que no sea indiferente para la sociedad y que el ignorante debe estar bajo la tutela del más razonable no es un mal principio(... ) De la mis ma manera que no se necesita ninguna prueba para demostrar la ne cesidad de una policía en una comunidad bien ordenada, no entiendo cómo una ordenanza sanitaria, la parte más importante de la policía médica, puede ser pensada como superflua o incluso como una tutela insoportable o una odiosa coerción» (113). De la misma manera que las otras formas de dietética del sano, puede afirmarse que la dietética del cuerpo social tuvo también dos cometidos básicos: la salud física del cuerpo social y la salud moral del cuerpo social. Asclepio- En el apartado de la salud física del cuerpo social se buscó princi palmente la desaparición de las enfermedades epidémicas y la dismi nución de las tasas de morbilidad y mortalidad para las distintas edades mediante el establecimiento de una serie de medidas de control e in tervenciones autoritarias estatales. Una de las circunstancias en don de mejor quedaron reflejados estos objetivos radica en la especial importancia que se le da a los problemas de la procreación humana, de la mujer embarazada y. del cuidado de los niños y la infancia en ge neral en los tratados de policía médica, razón por la cual los primeros capítulos o volúmenes de estas obras están siempre dedicados a estos temas (114). Pero, de igual forma que la dietética del sano dirigida al individuo traspasaba los límites de la salud corporal para incidir en aspectos que pertenecían a la conducta de la persona, la dietética del sano dirigida al cuerpo s9cial sobrepasó las fronteras de la salud física para entrar también dentro del campo de la salud moral de la población. El intento de controlar esa salud moral de los ciudadanos en su con junto se expresó en la conversión de la higiene pública en un instru mento de control social, debido al encuadramiento de la población mediante toda una serie de medidas que abarcan no sólo la salud físi ca sino también el comportamiento y la existencia de la ciudadanía. Así, en el System de Frank se observa cómo es tarea de la policía médi ca la vigilancia de la calidad de la comida y bebidas y además la inter vención si los hábitos de la población en su conjunto degeneraban en la intemperancia (115); e, igualmente, cómo la policía médica debía velar para que se proporcionaran suficientes espectáculos públicos a la po blación y además «la policía médica debe prestar atención todo lo posible al gusto de las obras representadas y al contenido de cada nue va pieza, así como a la observación del aspecto físico de los espectado res presentes. El sentimiento moral de una nación tiene una gran influencia en la salud pública y un deterioro grande de ella puede originar que la máquina social vaya demasiado lenta o demasiado rápida» (116). De la misma forma que en el System de Frank, este intento de con trol moral de la población estuvo también presente en los posteriores tratados de policía médica surgidos merced a su influencia, como es el caso del Compendio de policía médica (1791) del presidente de la Real Academia Médico-Práctica de Barcelona Vicente Mitjavilla y Fisonell (1744-1805), uno de los primeros escritos sobre este tema aparecidos en nuestros país, en donde se afirma que: <<Los padres deben procurar a sus hijos una buena educación mo ral [y es tarea de la policía médica el que ello se lleve a efecto] para preservarlos de varias enfermedades, hacerlos útiles a sí mismos y al Estado. Aquellos que los abandonan a sí mismos, no cumpliendo con estos deberes que la naturaleza, la religión y las l' eyes de la socie dad civil les imponen, no son dignos del dulce nombre de padres» (117). Esta incursión de la dietética en la conducta de la ciudadanía en tanto normativizadora de la existencia del cuerpo social es una de las razones que permiten comprender la intervención cada vez mayor du rante el XVIII del médico en la economía y en la política. Y en ella se fundó, asimismo, el prestigio del médico en la sociedad contemporá nea, pues, como ha señalado Foucault en «La política de salud del si glo XVIII», el médico, por intermedio de la higiene, se convirtió: Epílogo «en el gran consejero y en el gran experto si no en el arte de gober nar al menos en el de observar, corregir y mejorar el cuerpo social y mantenerlo en un estado de permanente salud. Y es su función de higienista, más que sus prestigios de terapeuta, quien le asegura esta posición políticamente privilegiada en el siglo XVIII que en el XIX se hará económica y social» (118). A tenor de lo expuesto en las anteriores páginas pueden obtenerse las siguientes conclusiones: La dietética orientada al hombre sano, desde sus orígenes en la Grecia clásica hasta el Barroco tuvo siempre presente dos grandes objetivos: la salud física del cuerpo y la salud moral de la persona. la dieta alimenticia; al mismo tiempo se sigue manteniendo la convic ción galenista de la variación del genio moral por intermedio de la ali mentación. En lo tocante a la dietética como régimen de vida del hombre individual, la búsqueda de la salud del cuerpo tuvo una serie de carac terísticas genéricas: la visión de la salud como una parte importante de la educación necesaria para la población, la vuelta a la Naturaleza como ideal de salud, la consideración de la salud como parte de la feli cidad de los ciudadanos y la utilización de metodologías experimenta les en la elaboración de las reglas dietéticas. De igual forma, en el plano de la salud moral, la dietética de este período quedó definida por dos características: la negación de todo lo que se aleja de lo considerado como natural y la búsqueda de una hi giene científica del alma, en tendida ésta tanto con la significación de psique como con la de reservorio ético-moral. En lo referente a la dietética como régimen de vida del cuerpo social, la dietética, expresada en la policía médica, intentó no sólo dis minuir el grado de morbilidad y mortalidad de la población, sino que, traspasando al igual que las otras formas de concebir la dietética, los límites de lo meramente físico, se constituyó en un medio de control de la conducta, de la moralidad y de la existencia de los ciudadanos. (15) En lo referente a la relación nómos-physis pueden distinguirse, según Laín [LAíN ENTRALG0 (1986), pp. 180-182] tres posturas en el Corpus Hippocraticum; a) Una primera más antigua y aristocrática que ve en el nómos una expresión directa del orden divino de la physis, vestigios de la cual pueden verse en Sobre la generación; b) una segunda en la que se deja ver ya bastante recelo sobre la equivalencia directa entre el nómos y la physis, y actitud que se observa nítidamente en Sobre los aires, las aguas y los lugares. Y c) una tercera, por último, en la que nómos y physis se encuentran en franca oposi ción; a este grupo más evolucionado pertenecería Sobre la dieta. ( (21) Dado que la intención de esta parte del trabajo se limita a fijar las líneas maes tras de la dietética del hombre sano con la que entronca la propia del Mundo Moderno, no se entrará en los detalles de la evolución del arte dietético acaecidos en el amplio período comprendido entre la obra de Diocles y la aparición de los regimina sanitatis. En las siguientes páginas se expondrán únicamente los caracteres genéricos de los regi mina sanitatis que dejaron una impronta más marcada en la dietética del Mundo Moder-1).0.• Si se desea entrar más profundamente en aquel período se deberá consultar entre otros los trabajos que a continuación se reseñan. Para la dietética en algunos de los pre decesores galénicos y en los enciclopedistas: SMITH, W. D. ( 1932
El presente artículo tiene por objeto dar a conocer a la comunidad científica nacional e internacional la conclusión de la edición y traduc ción castellana, acompañados de estudio e índices, de la única obra de medicina que se nos ha conservado, escrita por un médico judío caste llano, probablemente de Toledo, en el primer tercio del siglo XIV. Se trata de una obra singular, escrita en árabe. Lleva por título, Ki(ab al-tibb al-qas(ali al-maluki (Libro de medicina castellana regia). Más adelante haremos su descripción. Su importancia radica, al menos, en los siguientes motivos: 1) Es la única muestra que poseemos de pro ducción intelectual de carácter médico, perteneciente a un médico judío, de cualquiera de los reinos hispánicos cristianos medievales (Castilla, Corona de Aragón, Navarra), que vivió en los años de transición del si glo XIII al XIV (2). Contemporáneo, por tan to, de los grandes producto res médicos cristianos de los círculos médicos de Montpellier, Bolonia, París (3). 2) Se trata de un producto intelectual muy elaborado, •expre sión de un galenismo maduro, basado en el conocimiento directo del corpus médico de Galeno y de un amplio repertorio de obras médicas del galenismo árabe. 3) Por la estructura formal de la obra, el tema que aborda y el caracter didáctico de la misma, se trata de un escrito sin gular dentro de la literatura médica bajomedieval, tanto latina como árabe o judía. Su contenido nos aporta valiosos elementos para cono cer el sistema de transmisión y elaboración de conocimientos médicos en el seno de la comunidad judía, y en el llamado sistema «abier to» de enseñanza médica (4). 4) La obra es el resultado de la reflexión intelectual de un médico práctico judío, que ejerció entre los cristia nos, que participó en las polémicas científico-médicas de su época, tanto de las originadas en los círculos cristianos castellanos con los que con vivía, como en las mantenidas en los círculos racionalistas de las co munidades judías de Castilla. Ello nos permite penetrar un poco más en el mundo de preocupaciones y discusiones médicas de los círculos médicos judíos -y también cristianos-, durante el último tercio del siglo XIII y primero del XIV. Además de este aspecto intelectual, su propia finalidad -eminentemente práctica-nos aporta material de primera mano para reconstruir el desconocido mundo de la práctica médica diaria de este período bajomedieval; aspectos no tenidos en cuenta hasta ahora por los historidadores de la medicina (5). 5) Al estar escrita en árabe, nos permite profundizar en el papel que el uso de es ta lengua jugó en el conocimiento y elaboración de la ciencia médica -con obvias repercusiones sobre la práctica médica-por parte de los miembros médicos de la minoría judía, en los años de transición de los siglos que venimos señalando, que marcan la frontera cronológica en la utilización habitual de esta lengua por parte de los médicos judíos que vivían en los territorios cristianos del sur de Europa (6). 6) Pese a su carácter único, ello no quiere decir que fuera la única obra médi ca que se escribiera en el seno de las comunidades judías castellanas durante el siglo XIV. Todo parece indicar que, por el momento, es la única conservada de una producción escrita médica más abundante, que se ha perdido. No es una obra de carácter doctrinal, ni un tratado teórico que in tente abordar la totalidad de la patología médica, o el conjunto de sa beres filosófico-naturales y médicos que un profesional de la medicina ilustrado debía conocer, al modo del Colliget, el Canon, el Pantegni, o el Teysir, por citar solamente (en su título de la versión latina) los tra tados escritos en el seno de la cultura médica árabe. Lo interesante de la obra es que, sobre el bagaje intelectual y doctrinal propio del ya so fisticado galenismo de los años finales del siglo XIII e iniciales del XIV, sometió a reflexión la práctica médica cotidiana de un médico que ejer ció toda su vida profesional en un área geográfica determinada -aproximadamente el actual territorio correspondiente a la autono mía de Castilla-León-. El autor, que vivió su práctica médica con evi dente exigencia intelectual, se dio cuenta del peculiar modo de enfermar de las gentes de ese territorio, e intentó contestar con los recursos in telectuales propios del galenismo, a los problemas concretos -tanto de caractet patológico como de conservación de la salud-que se le plantearon en sus muchos años de ejercicio médico. Sabem_ os que, tras las conquistas cristianas de los siglos XI al XIII, que incorporaron a la Corona de Castilla los territorios al sur del río Duero, junto con el valle del Guadalquivir y Murcia, mucha de la pobla ción musulmana permaneció bajo dominio cristiano, pese al éxodo que se dio, que incidió de forma especial sobre los grupos cultos. Era una población cuya lengua de comunicación fue el árabe y que estuvo for-. macla por musulmanes, una minoría judía y otra cristiana (mozárabes). En los últimos años se ha ido poniendo de manifiesto que la literatura médica escrita en árabe no desapareció de esos territorios tras la con quista cristiana, si bien el uso que de ella hicieron los miembros médi cos de las tres minorías que conocían el árabe, fue muy distinto (7). Podemos afirmar que la minoría cristiana de cultura árabe (mozára bes) estaba ya en franco proceso de disolución cultural en los inicios del siglo XIII (8). La población musulmana de Castilla perdió el conoci miento del árabe a lo largo de los siglos bajomedievales. De los manus critos médicos en árabe conservados, escritos en Castilla, no nos consta que ninguno posterior a 1265 fuera copiado por un escriba musulmán (9); si bien hay pruebas de que, en 1347, miembros mudéjares de la co munidad de Toledo tenían un buen conocimiento de la lengua árabe (10). Se nos han conservado manuscritos médicos mudéjares, proba blemente de finales del siglo XIV o primera mitad del siglo XV, pero de carácter mágico y con predominio aljamiado (11). Sólo de los miem-bros de la minoría judía tenemos pruebas de que, a lo largo del siglo• XIV, conservaron el árabe culto e hicieron uso de él para acceder a la literatura médica redactada y conservada en árabe; una literatura mé dica de autores griegos (Hipócrates, Galeno), árabes (al-Razi, ibn Sina, al-Mayusi, al-Zahrawi, y otros autores menores), y judíos (Maimónides), que ellos se preocuparon de copiar y transmitir (12). En el seno de las comunidades judías del sur de Europa, y especial mente las de Castilla y Corona de Aragón, la actividad intelectual estu vo fundamentalmente protagonizada por miembros de los siguientes grupos: por una parte, los rabinos cuyo principal interés se dirigía a los problemas de la fe y de la exégesis talmúdica; por otra, los cabalis tas, cuya preocupación era lo que podríamos denominar especulación teosófica; por último, los racionalistas, los cuales estuvieron especial mente interesados en la filosofía natural y en el conocimiento de la na turaleza (13). Estos últimos hicieron compatible el ejercicio de la fe judía con el estudio racional de la naturaleza (filosofía natural), utilizando a ésta para la solución de los problemas que la exégesis del libro sa grado planteaba en problemas puntuales, como, por ejemplo, los de las cosmogénesis, o los propios de la enfermedad en el hombre. Obviamente la realidad fue más compleja que el esquema que hemos trazado. Por ejemplo, desde los años finales del siglo XIII, los miembros de los dos primeros grupos incorporaron muchos de los problemas y terminolo gía introducidos por los racionalistas (14). Los miembros médicos de este último grupo, se esforzaron por no reducir la medicina a una me ra aplicación de remedios y a una práctica rutinaria, sino que intenta ron hacer de ella una ciencia (scientia) apoyada en la filosofía natural. Como es sabido, esta fue precisamente la novedad que aportó la esco lástica médica cristiana de los últimos años del siglo XIII a la historia intelectual de Europa. Algunos médicos judíos así lo percibieron. Con secuentes con ello, a lo largo del siglo XIV, plantearon un programa de conocimiento y aprendizaje de los instrumentos intelectuales de esa es colástica médica cristiana, incluido el latín, acompañado de otro de tra ducciones al hebreo de obras médicas latinas escritas por los autores cristianos protagonistas. de esa escolástica (15). Ahora bien, junto a ese camino existió otro: el seguido por el autor del K. al-tibb al-qas(iiii. Consistió en nutrirse de la propia tradición médica escrita en árabe, que ponía a su disposición los mismos, si no más, recursos intelectuales de que disponía la institución escolástica cristiana (fundamentalmente obras médicas y de filosofía natural), y re-122 Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es cursos metodológicos (uso de la lógica, de la analogía, etc.) sumamente elaborados. Un camino que, en nuestra opinión, se agotó con la pérdi da, más o menos paulatina, de la lengua árabe. A ello habría que su mar factores negativos de índole social, procedentes fundamentalmente de la creciente opresión ejercida por la mayoría cristiana (exclusión, por ejemplo, de las recién creadas Facultades de medicina); aunque no hay que excluir tampoco la existencia de factores internos, en el seno de las propias comunidades judías, en forma de intolerancia intelec tual hacia los miembros racionalistas, por parte de los miembros de los otros grupos. Factores que no no es posible analizar en este artícu lo, y que han sido tenidos en cuenta en otra de nuestras publicaciones (16). Tras la lectura y análisis de la obra que nos ocupa, podemos ade lantar que su autor perteneció de lleno al grupo racionalista. Así lo evi dencia su conocimiento de la filosofía natural de inspiración aristotélica, y el recurso que de ella hizo en las discusiones que se plan tean a lo largo de la obra. Los médicos judíos de Castilla -tenemos, al menos, la prueba de uno de ellos-, no se limitaron a la lectura y transmisión de los escri tos clásicos (griegos o árabes) escritos en árabe, por importantes que fueran. Junto a esta tarea, hubo otra, paralela, de creación de nuevas obras médicas. Como decimos, sólo se nos ha conservado una: el cita do K. al-tibb al-qas(ati al-malukI (17). En la actualidad se conservan dos manuscritos de esta obra: uno fue concluido en Toledo el 10 de febrero de 1414 (Era cristiana= 1376 d.C.), y se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid (18); el otro fue copiado de éste en 1782, y se.halla en la Biblioteca Británica (19). El primero, formó parte de los fondos árabes de El Escorial y fue des crito por vez primera por M. Casiri (1760) (20); posteriormente pasó a la Biblioteca Nacional de Madrid, siendo descrito por F. Guillén Ro bles (1889). Es un manuscrito de papel, de 17 X 1 O cms, 25 líneas por página y 38 folios de extensión, que son los primeros del códice. Su estado de conserva ción es bueno. En la actualidad está incompleto (faltan los fols. La transcripción se hizo con anterio ridad a la desaparición de esos folios. Las posteriores verificaciones se han hecho sobre las fotocopias realizadas con anterioridad a la muti lación (22). Se ha utilizado también el manuscrito de 17 82, que se ha consultado sobre microfilm. El manuscrito de Madrid fue copiado en Toledo por Musa ibn Sasun ( §ic) (ó Susan), miembro probable de la conocida familia de los Banu Susan, médicos judíos de Toledo a los que pertenecen varios de los manuscritos médicos que se nos han conservado, desde 1182, escritos en territorios cristianos. El último miembro famoso de esta familia relacionado con dichos manuscritos médicos, fue Mayir b. Todos los folios están redactados en escritura magrebí, negrita caren te de vocales, hamza, sadda, y madda, suele escribir alif manduda en lu gar de alif maq{ura. El texto refleja ciertas características del árabe hispánico, especialmente por lo que atañe al alargamiento y abrevia ción de las vocales, no ajustándose en esto a un criterio uniforme (24). Contiene algún que otro término aljamiado, muy pocos. La escritura no presenta caracteres muy tardíos. Se ha utilizado como texto base de la edición crítica. El segundo manuscrito, como hemos dicho, se encuentra en la British Library (Londres). Escritura muy tardía, no magrebí, grande y nada bella. Presenta epígrafes bien señalados, está escasamen te vocalizado y sólo se señalan kasra-tanwin. No se ha consultado perso nalmente; el microfilm no permite apreciar si existe tinte coloreado, ni cuál es el material de sus hojas. Fue copiado en 1782 por el médico Mariano Pezzi del ejemplar ya descrito, entonces depositado en la Real Biblioteca de San Lorenzo (El Escorial). El copista suele saltarse líneas, y omite cierto términos al no entenderlos en el original. Las correccio nes que intercala con la intención de mejorar el texto, las más de las veces no son correctas. Todo ello quedará consignado en el aparato crí tico de la edición, actualmente en prensa. Dada su condición de médi co, el copista ofreció un amplio resumen del contenido del manuscr_ ito. Este resumen, traducido al castellano, fue reproducido por Hernández Morejón (1842) (25), el cual adujo, a su vez, el testimonio de Andrés Pi quer (1711-1772), quien ya demostró deseos de que la obra se tradujese al castellano, impresionado por el hipocratismo del autor (en efecto, la obra viene a ser la versión galénica del escrito hipocrático Ae'ris aquis locis), y el caracter pragmático y aplicado de la misma (el autor insiste en la «utilidad» de la obra), auténtica «topografía médica» de Castilla la Vieja, circunstancias que necesariamente debían llamar positivamen te la atención de un médico ilustrado. Su autor, cuyo nombre no se nos ha conservado, es un judío, según él mismo confiesa (fol. 21r). Steinschneider (26), apunta la posibilidad de que su autor fuera Samuel ibn Waqar, que fue médico de Alfonso XI {1312-1350), hijo de Fernando IV, y que subió al trono cuando sólo contaba.un año de edad. Fue probablemente escrito al comienzo de la segunda década del siglo XIV, todavía en el reinado de Fernando IV (1295-1312). Nos basamos en la forma de aludir al joven rey, al que el autor asistió en una de sus enfermedades (fol. 19v). En cualquier caso, fue redactado antes de 1348, pues en el análisis que hace el autor, en el capítulo noveno, de las en fermedades no habituales que afectaron de forma especialmente viru lenta a Castilla durante su práctica médica, no menciona para nada la peste de este año. Los constantes consejos que a lo largo de la obra pro diga sobre cómo debe el médico relacionarse con los miembros de la nobleza y de la realeza, así como las indicaciones que formula sobre los regimina sanitatis dedicados a dichos personajes, nos hablan de la familiaridad con que se movió nuestro médico entre los círculos corte sanos de Castilla. También por confesión del propio autor sabemos que escribió la obra a una edad ya madura. En efecto, son constantes a lo largo del escrito las referencias a lo positivo que resulta la «experien cia» (yaraba) en la práctica médica, así como que la casuística aporta da es la recogida «durante gran número de años» (fi sinzna cidda) (fol. 34v). En otra ocasión se describe como «médico avezado y hábil» (al-tabzb al-mahir aladJ la-hu ja�Iya mahu�a) (fol. 32v). Por la forma de sus constantes alusiones a Toledo, debió retirarse a esta ciudad tras ha ber practicado la medicina durante la mayor parte de su vida por tierras de Castilla. Las también constantes alusiones a Burgos, y a enfermos concretos de esta ciudad, nos inducen a pensar que quizás fuera médico de esta ciudad contratado por el municipio. A través de su escrito aparece también el caracter itinerante de su práctica médica -característica de estos médicos judíos, qμe eran contratados por los municipios cris tianos por períodos raramente superiores a cinco años, o bien seguían a la corte, o acudían a donde el rey o los nobles les reclamaban (28). Su ejercicio profesional le llevó a conocer un amplio territorio de los reinos de León y Castilla. En efecto, en la obra se mencionan las ciuda des de León, Valencia de Don Juan, Toro, Valladolid, Burgos, Segovia, Arévalo, Avila y Medinaceli, además de Toledo y Sevilla, en el sur. La obra consta de dos partes claramente diferenciadas. La primera es una introducción sobre los fundamentos filosófico-naturales de la medicina y de la acción del médico, toda ella tendente a justificar el• motivo y adecuación de la obra (fols. Está dividida en cinco breves apartados: en el primero se expone el concepto de enfermedad y se jus tifica la tarea del médico en la sociedad, reclamando como campo pro pio de la actividad de éste todo lo relacionado con la salud y la enfermedad. El segundo apartado, ofrece el fundamento conceptual de toda la obra. No será otro que el esquema aristot_ élico de las cuatro causas (material, formal, final y eficiente). A él adaptará el autor lo que en el mundo latino se conoció con el nombre de res naturales y res non naturales, usando evidentemente fuentes médicas distintas a la Isago ge de Johannitius, cuya traducción al latín y.difusión posterior fue, co mo es sabido, el punto de partida del esquema médico del galenismo latino (junto con las res preter naturam) a partir del siglo XII (29). Nues tra obra no asigna apartado específico al conjunto formado por la en fermedad, sus causas y sus manifestaciones o signos (res preter naturam), si bien están presentes en su obra. Apoyándose en el Canon de Avicena, ligeramente modificado, el judío castellano distribuyó lo que él llamó «causas naturales» del siguiente modo: causas materiales (elementos, humores, espíritus y miembros u órganos), causas forma les (complexión, cualidades y virtudes, tanto las naturales, las vitales como las animales), causa final (operaciones vitales), y causas eficientes. Estas últimas, llamadas por el autor «causas necesarias de salud y en fermedad» (al-asbab al-sitta al-4-aruriya... li-h-ifz �ih-h-a al-�ah-Ih-wa-izala mara(j_ al-mariq_), las agrupó en los siguientes seis epígrafes, según or den de importancia: aire, comida y bebida, evacuación y repleción, mo vimiento y descanso, sueño y vigilia, y movimientos del alma. La inter vención del médico sobre la salud y la enfermedad se realiza a través de las seis «causas eficientes», si quiere utilizar procedimientos acor des con la naturaleza. Ahora bien, la acción del médico, no se agota con ellas; puede intervenir en el binomio salud-enfermedad mediante pro cedimientos que nada tienen de naturales, como «el medicamento y la operación manual (cirugía) (yins al-dawa wa-l-' amal bi-l-yad) (fol. 2v). En el apartado tercero, el autor explica las razones por las que centrará su obra en torno a las «seis causas (eficientes) naturales», sin renun ciar por ello al empleo de los medicamentos. Pone especial cuidado en destacar que su obra pretende ser «útil» (intafa'); por ello renuncia a extenderse en los componentes que.integran las otras tres causas (elementos, humores, espíritus, etc.), materias más propias de una obra de filosofía natural. El autor se preocupó especialmente en subrayar la capacidad de manipulación del médico de esos seis com ponentes, tanto en la preservación de la salud (lo que en el mundo lati no se conocerá con el nombre de regimina sanitatis), como en la curación de las enfermedades, mediante el uso terapéutico del régimen. Algo, esto último, a lo que el autor dio gran importancia, prefiriéndolo a la terapéutica que empleaba medicamentos, tanto simples como compues tos; terapéutica medicamentosa a la que el autor no renunció. A partir de aquí, nuestro autor insiste de forma reiterativa en la importancia del aire. El complejo concepto galénico de «clima» será, de hecho, uno de los principales pivotes en torno al que girará toda la obra; sobre él se basará el autor en el análisis comparado que a lo largo de todo el escrito hace, entre las distintas ciudades y regiones de Castilla (Bur gos, León, Valladolid, Toro, Segovia, Avila, entre otras) y lo que él lla ma Al-Andalus, centrado en Toledo. El cuarto apartado, muy breve, está dedicado a poner de relieve la acción curativa de la naturaleza a través de las «causas naturales», sin necesidad de acción alguna del médico. En el quinto y último apartado se vuelve a considerar la mayor o me nor importancia de las «seis causas (eficientes) naturales» utilizando como elemento de comparación la «necesidad» que de ellas tiene el hom bre para mantener la vida. El resultado de esas consideraciones es una jerarquización de esos seis grupos, a la cabeza de los cuales sitúa el aire, seguido de la comida y bebida. Ambos serían -pero especialmen te el primero-el sostén de los cuatro restantes. El autor no oculta su interés por los escritos sobre alimentación, tema constantemente pre sente,a lo largo de la obra. La segunda parte es la más extensa (fols. Consta de diez ca pítulos, de extensión muy variable, a los que precede un apartado don de se enumeran los distintos capítulos y se ofrece un sucinto resumen de cada uno de ellos. La obra concluye con un apéndice conteniendo un recetario (<igrabag_in) con medicamentos compuestos adecuados a las gentes de Castilla. Este apéndice se ha perdido. El contenido de los distintos capítulos es el siguiente: en el primero (fols. 7v-13v) se «men cionan las enfermedades en las que el enfermo debe abstenerse de in gerir cualquier clase de carne, así como las circunstancias en las que (el médico) permite su ingestión a los enfermos de esta región (Casti lla)» (fol. 7v). 13v-17v), «versa sobre en qué enferme dades y en cuáles no, en esta región, deben los enfermos abstenerse de ingerir vino; también sobre las diversas clases de vinos y sus carac terísticas, según las distintas localidades» (fol. 13v). Todo el capítulo tercero (fols. 17v-23r), está dedicado a «las reglas que deben observar se en la sangría, cantidad (conveniente) de extracción de sangre, y rela ción de enfermedades de esta región en las que puede o no efectuarse» (fol. 17v). El capítulo cuarto (fols. 23r-24r), «versa sobre la aplicación en Castilla de las ventosas, la escarificación y las sanguijuelas» (fol. 23r), deteniéndose en la técnica de la escarificación aplicada a niños y adolescentes. El capítulo quinto (fols. 24r-27r), está todo él dedicado a «la prescripción de purgantes en esta región (Castilla)» (fol. 24r). El capítulo sexto (fols. 27r-v) trata de «las normas (que debe observar el médico) en esta región sobre el vómito» (fol. 27r). El capítulo séptimo (fol. 27v-31r), trata sobre el baño. Tras un recordatorio del esquema bioe nergético de Galeno (las tres digestiones que tienen lugar en el cuerpo humano), con el consiguiente problema de la eliminación de los resí duos, el autor hace un minucioso análisis del problema del baño en Cas tilla, mostrando sus preferencias por el « baño seco» (sauna, al-hamman al-ya.bis), cuya técnica describe con detalle. Según el autor, este tipo de baño -no exento de riesgos-era de uso frecuente en Castilla, y los médicos cristianos mostraban también sus preferencias por él. El ca pítulo octavo (fols. 31r-34r), está dedicado al empleo del agua fría, «tanto en estado de salud como en enfermedad», teniendo en cuenta siempre,. las redactarlo, si el modelo de la copia actual ya no lo tenía, o si el copista no se interesó por él.. Se trata de una obra escrita en árabe como respuesta a concretos problemas intelectuales, clínicos y terapéuticos de su tiempo. Ello in dica que en el momento en que fue redactada (c. 1312-40) y copiada (To ledo, 1376), existía un cierto nivel de discusión en torno a problemas médicos en el seno de la comunidad judía de Toledo a la que pertene cía el autor. Según testimonios del autor el clima de debate intelectual en torno a cuestiones médicas y científicas (de filosofía natural), se ex tendía también a otras ciudades, tanto del norte (p.e. Burgos) como del sur (Sevilla), con uno de cuyos médicos con temporáneos -el judío Abu Harun b. al-Law1, de Sevilla-polemizó (fols. Por otra parte, la normalidad y frecuencia con que se hacen referencias a concretas obras de Galeno, de Razes, de Isaac Israeli, de Avicena, así como la po lémica que mantiene con puntos doctrinales de este último autor, indi can una familiaridad personal con todas ellas; asimismo indica que eran accesibles a aquellos de los suyos a quienes se dirige el autor, y conoci das por ellos. El proceso de creación de una obra médica nueva, con una intención explícitamente clínica y terapéutica -por tanto, desti nada a comunicar experiencias médicas propias-, pone de manifiesto la existencia de claves comunes de intelección entre el autor y su pú blico. Claves intelectuales en forma de referencias fácilmente accesi bles, vocabulario técnico y metodología científica compartidos, a la vez que todo un complejo y elaborado mundo intelectual común que per mita -al autor y a los destinatarios-comunicarse de forma inteligi ble. No olvidemos que para la adecuada intelección, pero sobre todo para el manejo y proceso de la sofisticada doctrina galénica, era nece sario el cabal conocimiento de todo el arsenal metodológico, termino lógico y biológico, que formó el corpus doctrinal de la filosofía natural árabe medieval. El resumen que hemos ofrecido del con tenido del K. al-tibb al-qas(aü, nos muestra con suficiente detalle que tanto el autor como sus destinatarios estuvieron familiariados con dicho corpus. Y, sobre todo, la obra pone de manifiesto un ambiente intelectual donde los problemas médicos eran discutidos e interesaban, utilizando para ello la lengua árabe. La obra que estamos comentando parte de un problema clínico, evi dente a cualquier médico medieval que se plantee con un mínimo de exigencia su práctica médica: ¿a qué se deben, y cómo explicar, las peculiaridades clínicas de los enfermos de los distintos territorios 130 Asclepio- I-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es de Castilla, cuyos modos de enfermar difieren, en ocasiones, de las des cripciones que encontramos en los autores médicos clásicos? ¿Qué ha cer cuándo los recursos intelectuales de que dispone el médico (i.e. las obras de los grandes médicos) no le sirven para encontrar respuestas válidas que le permitan resolver los casos concretos que se le presen tan en su práctica médica diaria? La respuesta la da el autor recurrien do a dos instrumentos: el análisis racional mediante los recursos intelectuales que pone a su disposición la filosofía natural y el galenis mo de su época, y la propia experiencia clínica, extraordinariamente rica en su caso. Por todo ello, el K. al-tibb al-qastalz no puede ser con siderada un hecho aislado, una casualidad. Evtdentemente, su existen cia y contenido, nos pone ante los ojos el resquicio que nos permite atis bar la existencia de un mundo intelectual médico que se nos había perdido. La existencia de este mundo se refuerza si tenemos en cuenta el carácter eminentemente didáctico del texto. 4\\..Í�':l )�., di il • J\.:..:aJ\ μ, �., o �.,w, J. �':l _, ��;;.Jf,j.J\�\.iJ\ �\jiJ\ di _j J.'��� C> • •..,.6iJ \ \..LJb �¡ «Al reflexionar repetidas veces sobre las obras que compusieron los grandes autores sobre la ciencia médica, hallé que sus acercamien tos eran limitados. Especialmente en lo relativo a los aspectos parti culares de la medicina que tienen que ver con la preservación de la Asclepio-1-1990 salud y la curación de las enfermedades de regiones concretas, no alu didas nunca por ellos en sus libros de medicina» (fol. 1 r). «Todos los tratados médicos que circulan hoy en día entre noso tros -tanto los más famosos, como los más corrientes-, fueron re dactados en regiones y países de costumbres muy diferentes a esta región de Castilla. De ahí que ninguna de las pa rticularidades descri tas en ellos se pueda aplicar en Castilla. Por ello he tenido a bien com poner este libro, que versa sobre las normas prácticas a tener en cuenta en el tratamiento de las enfermedades de esta región. Dichas normas difieren de las enumeradas en los tratados, especialmente por lo que atañe a los dos reinos (se refiere a León y Castilla) de esta región» (fols. El autor se preocupó de indicar de forma directa e indirecta (a tra vés de las referencias que utiliza) cuáles son los autores y obras de nor mal circulación entre los judíos de Castilla. El autor más citado, tanto en número de veces como en número de obras, es Galeno. De entre estos se mencionan Sobre los dqlores de las articulaciones (Awya'al-mafasil) y Sobre la sangría (K. fz-l-fasd) de al-Razi, y el Libro de los alimentos (K. al-agd_iya) de Isl; iaq al-Israfü. Recoge también obras de filosofía natural, como al-Tahafut («La refutación») de Abu I: Iamid al-GazzalI, y resume opiniones cosmológicas de Azarquiel al que califica de «moderno» (fol. 21 v). Parece aludir también a Ibn al-Kamad (ib.) (30). Posee un amplio conocimiento de las obras de Galeno, especialmente evidente cuando prueba la autenticidad del escrito galénico De flebo tomia, cuya paternidad ponía en duda Harun b. al-Lawi, el médico se villano con el que polemiza (fols. Galeno es para él la autori dad médica indiscutible. El contenido de sus obras es siempre el elegi do para dirimir opiniones encontradas. De él opina así nuestro médico judio: «Galeno desplazó a todos los médicos tanto antiguos como moder nos, como Asclepiades, Tesalo y otros, de modo que sus enseñanzas se han mantenido fuera de toda duda hasta nuestros días» (fol. lSr). De Avicena afirma que, J �\ �\;.¿, � rS"-,-i �.i.ll �.,� � � o\ \Jb..L>\ ••• 1.a \;.;lo _¡ JI "Ua.JIJ �\�\ _;L. L>" � r,J lo 0_,.;li..ll':-:-'\.:S 4.1.,_L.-JI;;i�I (J� a.;\ " J..jl " 1-;--� J 4-i; d-) � "�J Ú" � l:i...-. � d.!,, Ú'!.., �,;�,,, 1-;--l:S i}J �.)t-1�. �� «Es el que consolida el arte de la medicina con el ltbro al-Qanun, cosa que no ha logrado hasta ahora ningún otro autor. En su capítulo sobre la tisis aplica a la mujer aquejada por este mal un tratamiento extraordinario, y su Agrabad_ rn (antidotarium, Übro V del Canon) con tiene textos maravillosos fruto de su experiencia» (fol. 20v). Ello no le impide polemizar con él en aquellos puntos que nuestro autor considera no adecuados para ser aplicados en enfermos de Cas- • tilla, e incluso en cuestiones de filosofía natural, como su disconformi dad sobre los componentes de las «causas naturales eficientes», cita dos por Avicena. Merece que nos detengamos brevemente en la actitud que nuestro médico judío adoptó hacia los médicos cristianos con los que entró en relación durante su práctica médica, y a los que alude en varias oca siones. A lo largo de la obra, nos es posible percibir un clim� de cons tante contraste crítico con lo que hacían, y también con lo que escribieron, sus colegas cristianos. en una ocasión alude explícitamente a un tratado de cirugía cristiano con el título en árabe de balaqtu-hu al-yabr al-yadzd («Sobre el nuevo arte de cirugía»). Lo hace a propósito de una polémica acerca del uso terapéutico del vino en enfermos con heridas, «según la naturaleza de cada individuo lesionado y la zona del cuerpo donde asiente la herida» (fol. 15r). Frente a la actitud de quie nes tenían en cuenta ambas circunstancias (que es la defendida por el autor), existía la de 134 �. f\ \ -ÍJb J ÜJ� \ dj� lo t-°_,.J \ \ -ÍJb J J'j;, u' \;J �., ••• 0.,J�., 4 1 �w,�r r-,Jb'=1 1 �., (.X-�,., �.,.rWJ �, J-0o http://asclepio.revistas.csic.es los que profesan la nueva cirugía; otros, los que sostienen la antigua, que no es otra que la medicina de Galeno» (fol. lSr). Posiblemente se trate de la Cyrurgia de Teodorico Borgognoni, que fue fraile dominico (c. Por el testimonio de Henri de Mon deville (1316), sabemos que los procedimientos terapéuticos expuestos por el dominico, levantaron gran polémica entre los cirujanos cristia nos de Italia, Montpellier y París, y que sus partidarios fueron califica dos de «modernos» (31). Dejando aparte la polémica, y la versión que de ella nos da el judío castellano, lo que nos importa señalar, ahora, es cuál fue su percep ción de la nueva literatura médica cristiana. No tuvo una actitud ad mirativa, como lo fue la adoptada por sus correligionarios médicos de Provenza o de Cataluña de la segunda mitad del siglo XIV, ante los es critos médicos de la escolástica médica de Montpellier. Por el contrario, el médico judío de Toledo polemizó con concretas opiniones sosteni das por médicos cristianos, en pie de igualdad, aduciendo su forma ción en filosofía natural y su conocimiento del corpus galénico al que tenía acceso en árabe, cosa esta última que sus correligionarios de Pro venza y Cataluña no podían hacer por haber olvidado esta lengua y ser muy escasos entre ellos los manuscritos en árabe. Por otra parte, los pasajes en los que el autor del K. al-tibb al-qas(iili menciona su rela ción con colegas cristianos ante enfermos concretos, tampoco revelan actitud admirativa alguna. Se trata de una relación de igualdad profe sional dotada incluso de cierta arrogancia. No son infrecuentes, cuan do se refiere a médicos cristianos, expresiones como las siguientes: « su opinión es un error» (fol. 32r), «resulta fácil refutarles» (fol. 31 v), «no prestes atención a lo que dicen los médicos prácticos no árabes» (man tatabbabu... min al-a'yamzn) (fol. 31r). Tuvo enfrentamientos con ellos, no sólo de tipo clínico (diferencia de opinión ante un tratamiento, como el caso mencionado), sino también de carácter teórico, en el que fue ron aducidos por ambas partes «argumentos lógicos (extraídos) de la (filosofía) natural» (huyay mantiqzya ka-l-tabz'iya) (fol. 31r), para dirimir las cuestiones planteadas (todas de origen clínico), como, por ejemplo, la adecuación o no del uso del agua fría en enfermos aquejados de de terminadas fiebres (32). El autor no fue indiferente a las diferencias, e incluso contradiccio nes, existentes entre los distintos autores mencionados (tanto antiguos como modernos), a la hora de fijar un tratamiento. Muy en la línea de lo que • sucedió en el galenismo avanzado de la escolástica latina, se http://asclepio.revistas.csic.es esforzó por encontrar argumentos que armonizaran las opiniones en contradas e intentaran explicar racionalmente las diferencias. En torno al problema de la cantidad de sangre conveniente en cada sangría, am pliamente debatido en los círculos médicos judíos de Toledo, según sa bemos por esta obra, el autor se encontró con serias diferencias entre lo afirmado como habitual por Galeno (6 arrates), lo praticado por al Razi (3 arrates), y lo que su propio sentido común le imponía en su práctica médica (no más de un arrate y medio). El razonamiento utili zado por nuestro autor, nos permite acercarnos un poco al tipo de ar gumentos utilizados en estas discusiones de los médicos racionalistas de las que apenas sabíamos nada. Era en estas discusiones donde se hacía patente la mayor o menor formaci6n filosófico-natural de quie nes discutían. El núcleo de la argumentación se centró en la cuestión cosmológica de la variabilidad o no del mundo creado. El propio autor afirma: «al reflexionar sobre este problema, vi que debía plantearse en el contexto de la filosofía natural» ('ilm al-falsafa) (fol. 21r). Aduce argumentos de al-GazzalI, Ptolomeo, Azarquiel, entre otros, frente a «quienes sostienen la teoría de que tanto el mundo, como todo lo que hay en él, no han sufrido cambios respecto del estado inicial» (fol. 21 v). Al encontrar que las cantidades mencionadas guardaban entre sí una relación de 1/2, concluyó del siguiente modo: �., � � e, � r-1 -.:J L�, � �, r, fü;J, d.�� u\; ulo) Je,.;\ dJ j_, 13)\)\ d..lb _, Lr #� d-1\:io J ó -'Y.""yJ\ �\�e) J _, i �,., �U"' l,¡J \',,.: IS" -\ � \;_; lo) J \ � � lo., Li)\ �� 4.1 o..iJ' -U"'�� • 13})_' 0lo) J loi.,. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) «Si aceptamos como válidos nuestros argumentos, se resuelve la duda sobre la que no encontrábamos respuesta. Me refiero a la canti dad de sangre a extraer señalada por Galeno y por al-Raz1. Según nues tros supuestos, en la época de Galeno -recordemos que han pasado más de mil doscientos años hasta el momento actual-, la gente solía sangrarse la cantidad de 6 arra tes, dado el tamaño de sus cuerpos y el vigor de sus facultades o virtudes. En cambio, en la época de al Raz1-no olvidemos que ha transcurrido alrededor de 600 años hasta nuestros días-, se sangraba la cantidad de 3 arrates. Es decir, la mi tad de la cantidad sangrada en tiempo de Galeno. Ahora bien, desde la época de al-Razl hasta nuestros días ha transcurrido justo la mitad de tiempo que desde la época de Galeno a la de al-Razl. Por ello, en el momento presente, la cantidad máxima que se sangra es exactamen te la mitad de la extraída en época de al-Razi, aproximadamente un arrate y medio. Cantidad aproximada a la que te acabo de mencionar que sangré a la mujer gruesa (22 onzas)» (fol. 22r). Razonamiento que indica una cierta preocupación por cuantificar los procesos biológicos. Por desgracia, el autor no nos ofrece más da tos que nos permitan ir más allá en nuestras conjeturas (33). La obra está planteada en un contexto polémico, de caracter -si se nos permite decirlo-muy académico, y que utiliza como elemento estructurador de toda ella el esquema mencionado de las « seis causas eficientes naturales», junto con los elementos integrantes de las tres otras causas (material, formal y final), todas ellas en íntima relación funcional. Recordemos que es el mismo contenido del esquema de las res naturales, pre ter naturam y no naturales, tan familiar al galenismo medieval latino (34). El esquema utilizado y la integración en él de los elementos intelectuales y clínicos aportados, indica una evolución en el seno de la minoría judía castellana, del propio género literario mé dico a través del cual se comunican problemas y contenidos doctrina les. El K. al-tibb al-qas(ii1i no es, en modo alguno, un directo comenta rio, palabra por palabra,• de un escrito de una autoridad médica, al es tilo, por-ejemplo, del De pulsibus Philareti de Mauro Salernitano (35). Es un auténtico tratado médico sistemático, que tiene la habilidad de integrar en el esquema aristotélico-galénico mencionado la realidad de la propia experiencia clínica del autor. Experiencia clínica que el autor introduce como el factor problemático -el modo distinto de compor tarse los enfermos y los sanos según vivan en las tierras frías y altas de León y Castilla (Burgos, A vila, Segovia), o en las más cálidas y bajas de Toledo, Sevilla o Bagdad. Junto a dicho factor, el autor aporta la doctrina galénica del caracter relativo de la complexión individual y Asclepio-1-1990 137 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es climática, como clave de solución al problema intelectual de la diver gencia entre lo que aparece en la realidad sensorial y lo que se afirma por las autoridades médicas, que, no sólo vivieron en otros climas, si-. no que, además, lo hicieron -tal el caso de Galeno, Razes o Avicena varios centenares de años antes. «Por ejemplo, los habitantes de la región de Toledo impiden a los muchachos ingerir vino hasta que alcanzan los veinte años; y tampo co ingieren vino durante varios días los enfermos de fiebre. Se debe a que el aire de Toledo es muy cálido en relación con el de. la región de Burgos, además de que sus vinos son más espesos y cálidos que los de Burgos. Por el contrario, los habitantes de Burgos aprueban que sus hijos tomen vino, e incluso algunos se lo dan a quienes pade cen fiebres -siempre que no sean contínuas o ardientes. Y ello por-. que el aire de Burgos es muy suave en relación al de Toledo, y el vino resulta asimismo ralo y de sabor ácido, hasta el punto de compararlo al zumo de la granada amarga, como es fácil de comprobar. Si esta es la diferencia existente en el tratamiento médico motivada por el distinto aire (clima) de las dos ciudades mencionadas, entre las cuales sólo hay una diferencia de altitud de dos grados, cuánto no variará el tratamiento entre regiones cuya diferencia de latitud es de cinco o diez grados» (fol. 7r). El autor del K. al-tibb al-qas(iili no pretendió escribir un tratado abs tracto, sino una obra dirigida al médico práctico -una obra «útil» (in tafa') (fol. lr)-, pero sin renunciar a un bagaje intelectual sin el que la medicina queda reducida a un mero vademecum de recetas o a un elenco de casuística clínica. En esto último insistió mucho. Todas las medidas que cita encaminadas al mantenimiento de la salud o a expli car la aplicación de concretas maniobras terapéuticas, las precede de un pequeño resumen fisiológico que dé fundamento racional a la indi cación concreta que plantea. Recomendaciones como la siguiente no son raras: �r' �..J I ��$ cll: sJI I...LJll � �i.s� 01 � _, •••'.,$ \J...¿,t;.; "\.$)' 1 0 _,.L¿,�, �., b,�uó1..,.. •w d�., 4:!is -� �� «El médico práctico sólo aplicará este tratamiento (uno relaciona do con el vino en enfermos especiales), tras haber adquirido sólidos conocimientos y ser capaz de diagnosticar bien la enfermedad. No lo hará por sólo rivalizar en méritos con otros médicos, ni por este mo-.• tivo se esforzará en conseguir un diagnóstico exacto» (fol. 14r). Ya hemos comentado el complejo bagaje doctrinal que el autor pre supone en los posibles lectores de su obra, y los autores y obras médi cas recomendados. Nos vamos a referir ahora a una discipli�a no citada todavía, pero presente en la práctica médica de nuestro autor: la as trología. Ya hemos aludido al conocimiento que demuestra de las obras de Ptolomeo y Algazel. Parece conocer también la obra astrológica de Ibn al-Kamad. La más clara alusión a la astrología aparece en una digresión donde aborda una de las cuestiones que preocuparon a los médicos judíos castellanos: la relacionada con la cantidad de me dicamento necesaria para conseguir un determinado efecto que tam bién podamos medir. Muy acorde todo ello con la preocupación por medir los fenómenos biológicos, que antes mencionábamos. Nuestro autor recurre para ello a una pequeña experimentación terapéutica (al muyarrab). A través de su relato, verificaremos el papel central que la astrología desempeñó en la medicina práctica de la época. «Sobre la relación existente entre la cantidad de medicamento ne cesaria en esta región en comparación con la que debemos dar en las regiones cálidas, puedo exponer lo obtenido en mi larga experiencia. Con frecuencia he visto que la cantidad de medicamento exigida para evacuar cualquier cantidad de humor, en esta región (Castilla), ha de ser el doble que la que es necesario ingerir en Al-Andalus (Toledo) pa ra evacuar la misma cantidad de humor. En efecto, un solo dracma de agárico finamente pulverizado evacua de cualquier cuerpo en To ledo cinco deposiciones de humor. La misma cantidad en Burgos no surte este efecto en un cuerpo de naturaleza y configuración simila res... Lo que acabo de decir, no es óbice para que cualquier individuo de Burgos responda favorablemente y el de Toledo no. Ello se debe a que las disposiciones naturales y complexiones de las gentes difie ren sobremanera y, las más de las veces, es (la naturaleza) del indivi duo la que decide. Esta es la norma general en esta cuestión. Por ello hemos puesto como condición en nuestra experiencia (al muyarrab) para comprobar la fuerza de 1 ó 2 dracmas de agárico, que los dos individuos objeto de estudio en ambas regiones mencionadas, fueran semejantes en naturaleza, complexión y abundancia de humores. Ahora bien, si queremos ser más exigentes en este asunto, has de poner asimismo como condición para comparar (tasabuh) a ambos individuos en las dos regiones, la posición de la luna en el momento de ingerir el purgante. Esta es una circunstancia natural (amr tabI'i} que puede facilitar o no la acción del medicamento. En efecto, si en el momento de ingerir el laxante el hombre de Toledo, la luna se halla en las casas astrológicas térreas e ígneas, mirando hacia los planetas -es decir, con todas las circunstancias propias para mermar la fuer za del medicamento-, efectivamente éste disminuirá (su eficacia). Los humores, aunque de por sí tiendan a ello, no responderán fácilmente a la evacuación. Por el contrario, facilitaremos la respuesta humoral -incluso aunque los humores no estén dispuestos-, si el hombre de Burgos ingiere el purgante hallándose la luna en un signo acuoso del zodiaco, distinto de Cáncer, mirando hacia Venus o Mercurio, y am bos se hallan también en este mismo signo zodiacal» (fols. El K. al-tibb al-qas(ali tuvo una clara intención didáctica. La obra está dirigida a un hipotético discípulo al que se le van dando instruc ciones y recomendaciones. En este sentido nos aporta elementos que nos permiten ir reconstruyendo las parte más íntimas del sistema de enseñanza médica practicado en el seno de las aljamas judías, cuyas líneas generales ya nos son conocidas (36). Nos referimos a lo que he mos llamado modelo abierto, por oposición al sistema institucional ce rrado practicado por la institución cristiana universitaria, a la cual les estaba vedado el acceso a los judíos. Según el modelo abierto, transmi tía e impartía saber médico quien lo poseía, de acuerdo con un criterio personal y sin estar al abrigo de institución alguna. La actividad do cente en el sistema abierto reflejaba el interés y las posibilidades del maestro más que el sistema universitario. Esto es evidente en nuestro autor, que se esfuerza por poner al discípulo que va a practicar por tierras de Castilla, ante contínuos casos prácticos y situaciones con-cretas. Como hemos visto, la obra no es un hilvanado de casos concre tos, sino que está dotada de una estructura lógica y de un cierto nivel de abstracción. Esto último permitirá al autor transmitir con más efi cacia su experiencia personal al enmarcar la dentro del galenismo doc trinal subyacente a su práctica médica. Intenta fijar la atención del discípulo partiendo del problema concreto que se le planteará cuando practique la medicina. En otras ocasiones, la atención se reclama me diante el planteamiento de temas gue eran objeto de discusión entre los médicos de su tiempo. En este caso, pasa inmediatamente a ejem plificar con casos de la propia experiencia. A partir de aquí irá alean-. zando un creciente nivel de abstracción. Por ejemplo, cuando trata del uso terapéutico del agua fría con enfermos febriles, en Castilla. Tras estimular al discípulo a la consulta de las obras de Galeno que tratan el tema, expone las siete condiciones para sentar la indicación terapéu tica (este será el nivel abstracto): W' 142 «Primera, que el humor causante de la fiebre no sea la flema ni la bilis negra. Si fuera la bilis amarilla, ésta ha de ser sutil y madura. Segunda, que el estómago no tenga su función debilitada ni esté frío; cosa esta última que no suele acontecer en esta región (i.e. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es Tercera, que el hígado ejerza perfectamente bien su función y no esté frío, lo cual tampoco suele suceder en esta región dado que los órga nos internos de sus habitantes suelen hallarse, las más de las veces, sanos y son cálidos, como hemos ya explicado. Cuarta, que no exista niinflamación ni dolor en ningún intestino, ni bilis amarilla sutil, he cho éste a tener en cuenta en es te país. Quinta, que el enfermo posea abundante calor innato y sangre. Entre los habitantes de esta región, suelen cumplir esta condición los que pertenecen a la realeza y al es tamento noble, como ya explicamos en el capítulo primero de este li bro. Sexta, observar si el enfermo febríl, en su estado de salud, tenía o no por costumbre beber agua fría; este punto puede condicionar la ingestión de fría en esta región. Séptima, que el afectado de fie--bre no sea persona en extremo delgada. Cuando sepas que estas con diciones se dan, o dominan, en el aquejado de fiebre, puedes dejarle beber agua fría» (fols. Tras una serie de consideraciones de carácter teórico, pasa a expo ner una historia clínica personal (el caso de un anciano de setenta años, aquejado de fiebre e intensos dolores de cadera) destinada a fijar la atención del discípulo, y llevarle al terreno concreto de la práctica mé dica. «Te menciono este ejemplo, para que lo tengas en cuenta en el tratamiento, y conozcas las normas de la medicina respecto a la inges tión de agua fría en las enfermedades» (fol. 32v). Un aspecto de la práctica médica del autor del K. al-tibb al-qas [URL], que hemos mencionado, y que no queremos dejar de considerar, es su relación con los círculos nobles y de la realeza. La justificación bioló gica del caracter «distinto» de la fisiología de las gentes pertenecien tes a estos estamentos altos, será el fundamento socio-médico sobre el que se apoyará todo el género literario de los llamados por los médi cos cristianos regimina sani tatis; género que alcanzó su máxima ma durez entre estos últimos en los primeros años del siglo XIV. Mediante estos escritos, el médico aspiró a ordenar la vida entera del destinata rio, tanto en estado de salud como en enfermedad, aspirando con ello a convertir la medicina en norma de vida del personaje en cuestión. Serán características biológicas, originadas en el momento mismo de la concepción y hereditarias -de ahí el carácter individualizado con que han de ser atendidos, tanto en salud como en enfermedad-, que sólo percibirá el médico, y que diferencian a quienes pertenecen por razón de nacimiento a los estamentos nobles, de quienes no lo son. Es tos últimos tienen una naturaleza común entre todos ellos. De ahí que el tratamiento o las normas de conservación de la salud, no necesi-Asclepio-1-1990 ten la individualización que exigen los nobles y miembros de la familia real. Serán argumentos que, desde la biomedicina, recalcarán las dife rencias sociales de la sociedad feudal cristiana a la que sirvió al médi co judío autor de la obra que comentamos (37). Características sociales que quedarán perfectamente reflejadas en el propio tratamiento médi co (fols. lOr-11 r). Serán argumentos que expondrá también su contem poráneo cristiano, el médico y cirujano real Henri de Mondeville en su tratado de cirugía, al explicar lo que el médico y el cirujano deben te ner en cuenta cuando, en la relación médico-enfermo, se encuentran con las características particulares (de contingentibus) de los clientes a los que deben atender (38).., (2) En los años finales del siglo XIV y hasta los años sesenta del siglo xv, protagoni zados fundamentalmente por miembros médicos de la familia Waqar, tanto en Toledo como en Guadalaj ara, se llevó a cabo una actividad intelectual más allá de la copia de manuscritos médicos. Consistió en la confección de florilegia, tablas para el diagnóstico astrológico, pequeños recetarios y vademecums. En la actualidad, Margarita Castells, del departamento de árabe de la Universidad de Barcelona, está realizando un estudio de un fragmentó astrológico del manuscrito árabe 873-1 de la biblioteca de El Escorial, de próxima aparición. ( (5) En colaboración con M. R. McVaugh, uno de los firmantes del presente artículo (García Ballester) está preparando un libro sobre los judíos y la medicina en la Corona de Aragón (1280-1400).
La modernidad y el tono revolucionario de la ilustración española no sólo se dilucidan por la introducción y divulgación del biomecani cismo sino que se prolongan en la construcción de una biología teórica no-reduccionista. Tal construcción supone un progreso epistemológi co para la biomedicina ilustrada que deriva en el avance para la ideo logía moderno-ilustrada y en una utilidad sanitaria para la sociedad española de la época. Para enmarcar el proceso y progreso epistemológico de la biomedi cina ilustrada en España, nada mejor que comenzar con la compara ción que propuso Francisco Bacon (1561-1626) en el libro I, aforismo 95 del Novum Organum (1620) donde expresa que: «las ciencias han si do tratadas o por empíricos o por dogmáticos. Los empíricos son se mejantes a las hormigas que sólo recogen y gastan; los racionalistas son como las arañas que forman telas que sólo sacan de sí mismas; los verdaderos filósofos deben de ser como las abejas que están entre me dias de las dos anteriores, pues la abejas recogen sus materiales en las flores de los jardines y los campos, pero las transforman y las destilan mediante un poder que les es propio». Cori esta base comparativa ele hormigas, arañas y abejas se puede obtener la estructura, proceso y progreso de los distintos modelos epistemológicos que se sucedieron en la biomedicina ilustrada espa ñola. A fin de buscar una mayor correspondencia entre la trilogía baco niana y nuestro estudio en el período ilustrado invertimos un poco el orden propuesto por Bacon, pero en nada merma la representación histórico-filosófica. Así colocamos primero el modelo racionalista que está en perfecta consonancia con el análisis del biomecanicismo. Este es un modelo «araña» al que se adhirieron los biomédicos ilustrados de la primera mitad del s. XVIII y que profesaron el racional mecani cismo. Estos explicaban la actividad animal únicamente por razones y análisis que sacaban de su propia mente. Es el modelo que represen ta al progreso individual del conocimiento. • Por otra parte, están los biomédicos que superaron el biomecani cismo y practicaron el modelo «hormiga» o bioempirismo, cuya época corresponde aproximadamente a todo el siglo XVIII, esto es, los médi cos que solamente se dedicaron a hacer experimentos para curar las enfermedades y recogieron su recompensa en la utilidad de devolver la salu:d a los enfermos, a la vez que avanzaron en biomedicina por el hecho de acuñar nuevos conceptos biológicos, lo cual su puso un pro greso en la biología teórica. Por fin, ya en las últimas décadas del XVIII y primeras del XIX hu bo ciertos biomédicos ilustrados que tuvieron la feliz idea de reali zar una íntima unión entre los dos modelos anteriores, el racional mecanicista y el experimental, los cuales están representados en el modelo «abeja». De este modo algunos biomédicos ilustrados hicieron realidad la unión de la tecnología y la experiencia para transformar la materia viva organizada. Entre otros ejemplos se pueden citar la vacuna antivariólica, las transfusiones de sangre, la fecundación arti ficial en los animales, etc... A este tercer modelo lo denominamos bio tecnologismo, que representa el progreso social del conocimiento y su utilidad. Bajo estos presupuestos pasamos a desarrollar• el tema, no sin antes advertir que ya hemOs sentado dos precedentes-en el intento de • construir una biología teórica, con nuestros trabajos: G. A. Borelli: un intento de aplicación del mecanicismo a la Biología en el s. XVII (1983-Tesina) y Aplicación del modelo mecanicista a la biomedicina en la ilustración española (Tosca, Zapata, Martínez, Feijóo, Arnau, Piquer) (1989-Tesis). Asclepio- muscular y la generación. El hecho de que Zapata y Martínez se incli nasen por la teoría corpuscular para explicar la actividad animal radi ca en que este modelo determina de manera precisa tan to los elemen tos explicativos como sus relaciones. Por ejemplo, en las secreciones ya no hará falta recurrir a las explicaciones dogmáticas, vagas e im precisas de la facultad secretriz sino que se explicará por el acopla miento que hagan los corpúsculos que se deben filtrar por los poros; esto obedece a quy se había llegado a idear un modelo formalizador tanto para las combinaciones de los elementos naturales como artifi ciales. Este modelo se describía como preciso desde el punto de vista matemático, exacto en sus movimientos y concreto en sus funciones tanto en sí mismo como en sus relaciones. No obstante, toda esta de terminación y relación propia de lo que constituye el proceso secretor se obstruye y se desordena cuando llega la enfermedad. La concepción determinada y precisa de las explicaciones y sus re laciones en el modelo biomecanicista iba configurando la idea de que España se había sumado a la ola de la modernidad ilustrada europea. Marcha triunfal del biomecanicismo El camino estaba preparado y fue a partir de 1730 hasta 1755 cuan do comenzó a consolidarse el biomecanicismo. Ello se debió a que mien tras los médicos de la primera etapa (1700-1730) habrían abierto el ca mino a la introducción y divulgación de este modelo, los de la segunda (1730-1755) lo asumieron y aplicaron como hipótesis de trabajo para resolver y explicar los problemas médicos. Por tanto, el hecho de que el biomecanicismo se consolidara en estas décadas centrales reside en la aceptación de la teoría biomecanicista por algunos médicos que impartían su docencia en las Facultades de Medicina del país, pues el modelo biomecanicista había dejado de ser ya monopolio de biomédi cos ilustrados o eruditos que regentaban las Academias o Regias Sociedades. A la vez se debe de reseñar que a causa de este modelo se levantaron fuertes polémicas y críticas públicas no sólo entre galenistas-biomecanicistas sino entre biomecanicistas y experimenta listas. Por otra parte, estas polémicas trascendieron los foros propios para pasar a ser problemas sociales, religiosos o políticos. Las ideas mecanicistas fueron divulgadas principalmente en el Diario de los lite ratos (desde 1737) y Efemérides barométrico-médicas matritenses (des de 1737). Asclepio- Mientras la Regia Sociedad de Sevilla fue quedando rezagada en cuanto a la divulgación del modelo biomecanicista, el grupo de médi cos ilustrados de Valencia logró abrir las puertas de la Universidad al biomecanicismo como teoría moderno-ilustrada así como el de Madrid. Ambos se dieron cuenta de que para progresar en Medicina había que sustituir las teorías metafísicas de la física por el desarrollo matemático y mecánico de la misma, lo cual iba a beneficiar al estudio de los fenómenos anatómicos y fisiológicos. De ahí, que para Arnau (Opus Neoteoricum I, l i37) las cosas naturales sean tales no en cuanto su esencia, sino en cuanto poseen la dimensión de ser extensas, en su triple forma de largas, anchas y profundas, ade más de estar dotadas de movimiento local y figura geométrica, con lo cual deja entrever su profunda influencia cartesiano-bagliviana. Un ejemplo claro de la emancipación de la física esencialista es la inter pretación del magnetismo; ya que según los galenistas la a tracción mag nética se debía a las cualidades simpáticas, mientras que Arnau expli caba que esta atracción magnética se realizaba por la aceleración de los movimientos de los corpúsculos. Sin duda, es una interpretación más científica y sirve de base para explicar de modo racional activida des orgánicas como las secreciones. El hecho clave en la obra de Arnau es el estudio de la fibra que lie gó a ser el avance fisiológico más importante de los ss. XVII y princi pios del XVIII. La fibra muscular era para los médicos ilustrados lo que constituía la base material de todo el organismo y sus movimientos de rivaban únicamente en un puro automatismo fibrilar. Se deduce por ello que él definiera al animal como «un cuerpo viviente provisto de sentidos y movimiento, que posee un singular tejido tanto en las par tes musculares y nerviosas como en las fluidas y sólidas, lo cual no es otra cosa que una máquina artificial con sus diversos movimientos» (4). Por tanto, Arnau siguiendo a Descartes y Baglivi concebía al ani mal de modo artificial y analógico cuyos movimientos se equiparaban al automatismo de una máquina. Intimamente ligado a Arnau en la cuestión mecanicista estuvo Pi quer (5) que siguió de igual manera este modelo en su primera etapa valenciana (1734-1751), aunque fue más ecléctico que Arnau, porque re cogió la doctrina no sólo de Baglivio sino también de Borelli, Hoffmann y Boerhaave. Comenzó con Theses Theorico medicae (17 34) y en ellas se aprecia el progreso epistemológico que deseaba para la medicina; en el opúsculo expuso XV tesis de corte galenista y en las restan-tes intentó abrirse camino al eclectismo basándose para ello en el siste ma biomecanicista. Es más, en 1735 se confesó solidista y defensor del biomecanicismo en Medicina vetus et nova; obra en la que concibe al cuerpo humano como una máquina que se mantiene por el equilibrio entre los sólidos y los líquidos. Asimismo el modelo mecanicista se fue consolidando en la Universidad valenciana cuando Piquer ganó la cáte dra de Anatomía con Theses medico anatomicae (1742), y enseñaba dicha disciplina bajo las leyes del mecanicismo, especialmente en los ejemplos de la contracción muscular, la generación y la circulación de la sangre. Sin embargo, para enseñar anatomía bajo las leyes mecanicistas los médicos ilustrados como Arnau y Piquer eran conscientes de que los alumnos debían aprender antes la física moderna. De ello es buen ejem plo Física moderna, racional y experimental (1745). El objetivo de Pi que en esta obra era el ofrecer un curso sobre medicina moderna se gún las leyes del mecanicismo, ya que este modelo servía mejor para conocer la máquina humana y explicar sus operaciones a través de las leyes físico-mecánicas del movimiento. Un ejemplo que ponía el médi co valenciano sobre las leyes físicas aplicadas al organismo era el sa ber por qué los glóbulos rojos se golpean contra las arterias y pasan a ocupar el fondo tubular mientras que los blancos suben arriba. El secreto está en el peso. • El momento central del mecanicismo piqueriano se puede enmar car en los manuscritos inéditos, escritos hacia 1748, como Tractatus phisico-medicus de humani corporis mecanismo, De mecanismo corpo ris humani in statu morboso y Catalogus celebriorum Medicinae aucto rum cum notiis criticis (6). Estos manuscritos inéditos y otros no en contrados todavía (Chinchilla, III, pp. 462-5) constituyen la base por la que Piquer enseñó el mecanicismo en la Universidad valenciana, pues por medio de ellos explicaba las operaciones fisiológicas del cuerpo hu mano. Esto demuestra que Piquer no sólo llegó a ser un introductor y divulgador del mecanicismo de Borelli y Boerhaave en la Universi dad, sino que de hecho fue un aplicadot de este modelo a la biomedici na ilustrada; porque lo consideraba como un sistema más racional y moderno para explicar los movimientos del animal que las facultades de los galenistas, y con ello sentó las bases para el progreso epistemo lógico de la biomedicina ilustrada española. Por fin, el Tratado de las calenturas según la observación y el meca nismo (1751) fue la última manifestación mecanicista de Piquer en Va lencia, que no es más que un resumen en lengua castellana de sus tra bajos anteriores escritos en latín. Piquer en esta obra comenzó a poner de manifiesto sus diferencias entre el racional mecanicismo, o mejor dicho, entre el modelo ideal mecanicista y el empirismo o la realidad biomédica, ya que después de década y media de adhesión total al sis tema biomecanicista empezaba a saber que la medicina es útil cuando cura las enfermedades y no cuando explica de modo admirable los mo vimientos del animal. Ello le condujo al nuevo concepto de naturaleza que llegó a idear debido a su modernidad biomédica, en la que las ope raciones corporales se explican según sus estructuras mecánicas y se observan según las reacciones de la materia viva organizada. La natu raleza orgánica, así concebida y observada, no es más que un equili brio entre sólidos y líquidos que funcionan en orden y corresponden cia. Pero cuando este orden se altera viene el desequilibrio entre las partes y trae consigo el desorden y por consiguiente el proceso que se llama enfermedad. El retorno a la salud requiere devolver el orden y el equilibrio a las distintas partes del organismo. En suma, se puede afirmar que Arnau y Piquer marcaron desde la Escuela Valenciana la pauta de la modernidad biomecanicista-ilustrada. Esto no quiere decir que fueran ni los únicos ni los primeros biomédi cos que aplicaron el biomecanicismo a la medicina. Además de Tosca y Corachán hay que citar a Gregori Marciá en Dissertacion chirurgico Mecánica (1741) y a Mariano Seguer en Theoria galénico mechanica... (1746); sin olvidar al murciano Juan Jiménez Malina en Cartilla fisioló gica galénica espagírica-matemático-médica (1730). Un poco más alejados de tierras valencianas es obligado reseñar co mo cultivadores del mecanicismo en su etapa clave, a Antonio María Herrero en Física moderna experimental y sistemática (1737), y a Pe dro Fermín Zurbano, médico de Pamplona, en Miscelánea dissertativa médico-mecánica: empeño médico por el desempeño médico para saber saber (1745). Este libro, como dice su título, es una «miscelánea» o tra tado de varias materias fisiológicas, tales como la circulación de la san gre y la generación humana; y no tiene más propósito que interpretar el origen, naturaleza y valoración de estos problemas biomédicos des de el modelo biomecanicista. Otro autor a tener en cuenta es Francisco Alonso Esteban García Lecca ( + 1774) que en Escrutinio phisico-mechanico-chimico (1753) tra tó de modo mecánico el uso de las aguas minero medicinales para los distintos órganos de la máquina corporal. Problema que corría parejo con Demostración físico-mecánico-médico del provechosísimo natural y verdadero sistema del Dr. D. Vicente Pérez... A V. Pérez se le ha considerado como el médico del agua y Gómez Arias Asclepio- confirmó la elección del agua en sus distintos estados de fría, templa da o caliente junto con sus propiedades medicinales com o principio pa ra suavizar la inflamación, o mejor dicho, la contracción desordenada y violenta de las fibras musculares, ya que oprime de tal manera a los vasos sanguíneos que coarta la circulación de la sangre y como conse cuencia viene el dolor, la hinchazón, el pus, etc... Del mismo modo Manuel de la Chica y Ulloa, miembro de honor de la Academia de Medicina de Madrid, se planteó el problema de la san gría por medio de las Dissertaciones físico-mecánico-anatómico-médico teórico-prácticas según la observación y el mecanismo (1754) en la que defendió que las calenturas pueden llegar a curarse por métodos dis tintos de la purga o la sangría. Con el mismo modelo mecánico inter pretó las inflamaciones Rafael de los Reyes Sahagún en Tratado de las inflamaciones internas, explicadas por leyes mecánicas e ilustradas con observaciones y estractos doctrinales (1754). Estas explicaciones proce den de las observaciones que realizó como médico en Extremadura, ase gurando que esta clase de enfermedades eran las que afloraban con más frecuencia en el territorio extremeño. En la misma línea mecanicista estuvo también Antonio Segarra con Disertación histórica sobre la in flamación y sus remedios según el mecanismo del cuerpo humano (1772). No se puede pasar por al to que Madrid con su Academia de Medici na (1732) y la Sociedad Médica de Nuestra Señora de la Esperanza (1743) estuvo en la ola de la introducción y aplicación del modelo mecanicis ta a la biomedicina en la ilustración española. Sus miembros fueron seguidores del biomecanicismo y algunos pertenecientes a ambas so grar en alguna ocasión. De cualquier modo, para curar las enfermeda des M. Rodríguez exigía que el médico se apoyase en el sistema meca nicista de tal manera que, como todos los biomecanicistas puros, con sideraba a este sistema como necesario y suficiente para explicar to dos los movimientos de los animales. Por otra parte, entre los objetivos de M. Rodríguez al fundar la So ciedad Médica de N.S. de la Esperanza pudieron estar la introducción de nuevas doctrinas europeas, la resolución de problemas muy prácti cos y difíciles o el impulso de la renovación técnica en la medicina. El primer problema que se plantearon los fundadores de la Sociedad Mé dica fue el de introducir y divulgar por medio de traducciones los pro gresos médico-filosóficos que se estaban haciendo en Europa para cu rar ciertas enfermedades difíciles. Así una de las primeras tareas que realizó Ignacio Moguel fue la de traducir la obra del siciliano Domeni co Talia: Disertación físico médico-anatómica en respuesta a la pregun ta hecha por la sociedad médica de la Esperanza: ¿Por qué siendo el re gular domicilio de las lombrices el canal intestinal producen picazón en las narices?, o también la traducción que hizo A. Fernández de Lazo ya de la obra de J. M. van Berhman titulada: Disertación de las verda deras razanes mecánicas de los apetitos invertidos y depravados en las preñadas. Después de estas traducciones la pregunta sobre el problema de las lombrices fue lanzada a todos los miembros de la Sociedad Médica con el fin de que aportasen mayor luz sobre ella. Para ello, la misma Socie dad ofreció un premio al mejor trabajo, y cada miembro de la Socie dad tenía la obligación moral de responder como participante activo de dicha comunidad científico-médica. La mayoría respondió pero de manera distinta como se puede apreciar. Así, Miguel Rodríguez escri bió una memoria encargada por la Sociedad y titulada: Complemento de la historia de las lombrices delineado de orden de la real sociedad médica de la Esperanza (1754), en la que expuso las clases de lombri ces que hay, enfermedades que producen y sus remedios, junto con va rias opiniones sobre el tema de autores antiguos y modernos. Otra di sertación sobre el tema fue la que hizo Diego Torres y Villarroel en Res puesta de D. Diego Torres a la pregunta que hacen los señores médicbs socios establecidos en Madrid en la real congregación de Nuestra Seño ra de la Esperanza, la cual es: ¿por qué siendo el regular domicilio de las lombrices el canal intestinal comúnmente producen picazón en las narices? (1750). Escribió esta disertación en tono humorístico y no con ánimo de ganar ningún premio sino con el fin de estimular a los Asclepio- médicos a que presentasen los trabajos sobre el problema y recibiesen la recompensa ofrecida por la Sociedad médica. Un planteamiento distinto del problema lo llevó a cabo Pedro Llo rente con Respuesta del Dr. Pedro Llorente, médico que fue de los rea les hospitales, a la pregunta qué hacen los Srs. médicos socios, estable cidos en Madrid en la real congregación de Nuestra Señora de la Espe ranza: la cual es, por qué siendo el regular domicilio el canal intestinal, comúnmente producen picazón en las narices... En esta obra Llo rente no avala la hipótesis, como algunos sostenían, de que la causa del picor de las lombrices se debiera a las picaduras que producen es tos anélidos en las túnicas intestinales las cuales se propagan por el movimiento antiperistáltico, ni tampoco a los fenómenos de las ondu laciones nerviosas cuya causa buscaban afanosamente algunos miem bros, sino que para Llorente la causa del picor podía estar en un suero acre que emana de la fermentación del líquido que depositan los insec tos al picar la nariz y que transita por la pituitaria. Sobre este tema tampoco se debe olvidar la interpretación que dio Francisco Rubio en su Disertación físico-médico-mecánico historial del origen, generación y efectos de las lombrices y su curación... (1750), en la que supone que el canal intestinal forma un todo con la membrana de la pituitaria y al formar esta unidad llegaba a picar por causa de las ondulaciones nerviosas, las cuales sólo alcanzan a estimular las fibras nerviosas con ligeras sensaciones y, por tanto, no irritan a las túnicas membranosas, como sucede en las inflamaciones por cólicos, hernias, etc. que producen 1rritación y mucho dolor. Se puede decir que el médico de J átiva se propuso escribir esta obra más para cumplir con las obliga ciones que mandaba la Sociedad que para dar una respuesta al problema, pues para él ya había respondido suficientemente Torres y Villarroel. Con la misma solidaridad de responder como socio de una comuni dad científica viva afrontó el problema de las lombrices Gómez Arias. Este lo planteó en Respuesta de D. Gómez Arias a la pregunta hecha en la Gaceta del día 6 de enero de este presente año por los señores médi cos socios de la real congregación de Nuestra Señora de la Esperanza; la cual es: ¿Por qué siendo el regular domicilio de las lombrices el intes tino colon, se siente comúnmente picazón en las narices? (1750). El profe sor de matemáticas trató el tema de modo imaginativo y sin base médico experimental, porque ubicaba a las lombrices en el intestino y en el cere bro, e interpretaba que estos anélidos bajaban del cerebro debido a la serosidad y humedad que hay en él para refugiarse en la nariz, donde al no encontrar linfa excita las fibras nerviosas y se produce el picor. También José Miguel Royo dio Respuesta a la pregunta que hacen los señores médicos socios, establecidos en Madrid en /a real congrega ción de Nuestra Señora de la Esperanza. ¿Por qué siendo el regular domicilio de las lombrices el canal intestinal comúnmente producen pi cazón en las narices? Aquí Royo, como buen mecanicista, explicó la ma nera de producirse esta picazón según el modelo biomecanicista. Sin embargo, Juan Ignacio Moguel fue quien ganó el segundo premio con cedido por la Sociedad médica a su obra Disertación físico-médico anatómica en respuesta a la pregunta... ¿Por qué siendo el regular do micilio de las lombrices el canal intestinal producen picazón en las narices? (1750). En este discurso Moguel trató de probar que la propa gación del picor de las lombrices se lleva a cabo por medio del propio conducto intestinal, ya que éste pasa al estómago y de aquí a través del nervio intercostal se une con las fosas nasales. Finalmente, y sin ser exhaustivos, se pueden añadir dos autores que también dieron su respuesta a la pregunta de la Sociedad. Estos son: Antonio Aguirre en Una disertación médica sobre las lombrices, y F. R. de los Reyes Sahagún en Disertación sobre las lombrices. Es claro que a pesar de la revisión bis tórica de esta marcha triun fal del biomecanicismo por España durante las décadas de 1730 a 1755, no se ha intentado agotar el tema, pero sí se ha querido ofrecer un nu trido grupo de médicos con el que se ha articulado el proceso y progre so epistemológico de la biomedicina ilustrada en España. Por estas dé cadas comenzaron también a demarcarse los límites del ideal biome canicista debido a su excesiva formalización de carácter racional, que para ciertos biomédicos que vamos a ver lo hacía poco menos que inú til al no poderse enfrentar a la realidad práctica de curar. Ante estos problemas no resuel_ tos por parte de los médicos biomecanicistas co menzó a emerger el sistema experimentalista. El artificial biomecanicismo aplicado a la biomedicina supuso un cierto progreso epistemológico sobre el galenismo; sin embargo, los me canicistas rígidos como M. Rodríguez consideraron al modelo biome canicista necesario y suficiente para curar las enfermedades y expli car por medio de él todos los movimientos del animal. Esto, porque creían que el éxito que había tenido la aplicación de las leyes de la física mecánica al Universo se debía de repetir al aplicarlas a la biología. No Asclepio- obstante, la física mecánica, al ser aplicada a la biología, no se corres ponde en su totalidad, porque la actividad animal aunque se ha expli cado en términos reduccionistas, en esta misma época ilustrada hubo una reacción antirreduccionista debido a la emergencia del bioempi rismo y el vitalismo. Ello obligó a muchos biomédicos ilustrados a rein terpretar el mecanicismo como modelo necesario pero no suficiente pa ra explicar todas las actividades del animal, lo cual supuso una auto corrección en las explicaciones biológicas a problemas no resueltos por medio del modelo biomecanicista. Además, esto hacía que la ilustra ción fuese un período revolucionario debido a que la constitución teó rica de la ciencia biológica no se produce de modo lineal, sino que pro gresa a base de modelos antagonistas como el galenismo y el biomeca nicismo o de teorías rivales, contrarias y/o contradictorias como el ga lenismo, biomecanicismo o vitalismo. No obstante, estos sistemas, en virtud de la idea de modernidad y progreso que se daban en las distintas comunidades de biomédicos ilustrados, llegaron a ser complementarios. El tránsito del modelo «araña» o biomecanicista, esto es, el razona dor o ténico que se lo saca todo de su mente, al modelo «hormiga», es decir, al biomédico que experimenta para curar las enfermedades, su pone un progreso epistemológico profundo en cuanto a la construcción teórica de la biología, ya que se pasó del racional mecanicismo al sen sualismo y vitalismo por medio de la experimentación. Superación del reduccionismo biomecanicista Frente al racional mecanicismo que había imperado en toda la Euro pa continental con filósofos como Descartes y Leibniz y con biomédi cos como Borelli, Baglivio, Boerhaave, Stahl y Hoffmann surgió el bioempirismo como sistema antagónico que venía de Inglaterra, sien do sus principales impulsores F. Bacon (1561-1626), J. Locke (1632-1704) y sobre todo Th. El bioempirismo también llegó a España y lo podemos enmarcar desde principios hasta finales del siglo XVIII. En estos libros expuso sus ideas acerca de la necesi dad de volver a la medicina experimental para poder superar a las va cías formalizaciones de los aristotélico-galenistas, es decir, que prefería embarcarse en una hipótesis de trabajo en biomedicina, aunque el ex-perimento fuera falible, antes que anclarse en los razonamientos espe culativos de los galenistas. Con esta actitud Boix y Moliner, respalda do por la Regia Sociedad de SeviIIa, abría una alternativa al galenismo como ya lo había hecho Sydenham en Inglaterra. El trabajo de Boix y Moliner no fue valdío pues tuvo como seguidor a Martín Martínez, que en medio de su corpu�cularismo y base escép tica, propugnaba la experimentación como base del progreso episte mológico de la biomedicina ilustrada. Otro autor que siguió esta doc trina bioempirista fue A. Piquer, que después de ser en su juventud un acérrimo defensor del biomecanicismo, en su etapa de madurez se pa só al bioempirismo. Uno de los factores que influyó en la expansión del bioempirismo en la biomedicina de la ilustración española fueron los distintos médi cos extranjeros que Felipe V había traído para curar a los heridos de la guerra de Sucesión, y por ello se quedaron aquí. Estos médicos eran grandes cirujanos ya experimentados en el campo de batalla, tales co mo Pablo Petit, Francisco la Rive, Juan Antonio Lafitte, Luis Dette, sin olvidar a Cervi, Kelly y Higgins; ellos trajeron las nuevas técnicas de Europa y bajo el patrocinio de los reyes crearon en los Hospitales nue vas secciones dedicadas a la cirugía. En definitiva, comenzaron a sus tituir la medicina especulativa de los galenistas y la explicativa de los biomecanicistas por una medicina práctica y útil a la sociedad, basada solamente en la observación y el experimento. Precisamente el tránsito del biomecanicismo al bioempirismo no se llevó a cabo por concesiones gratuitas de la comunidad de biomédicos ilustrados, sino que se hizo bajo arduas polémicas entre las comunida des de biomédicos que rivalizaban en s. us teorías. Así, el biomecanicis mo reduccionista de M. Rodríguez expuesto en Dise rtatio physico mechanico-medica de usu et abusu sanguinis misionis, habita in regia academia medica matritense (1740) pronto fue criticado por Pedro Be doya y Paredes en Examen crítico de la sangría artificial (1740). Bedo ya, al igual que M. Rodríguez, era fundador y secretario de la Sociedad de Nuestra Señora de la Esperanza, pero no participaba del ciego se guimiento del biomecanicismo como M: Rodríguez, aunque sí trataba de conciliar el biomecanicismo con el bioempirismo. Para él, la bús queda de la certeza biomédica se basaba en dos pilares, la experimen tación y la matemática: en la experimentación, porque el médico sólo puede llegar al conocimiento de la enfermedad por medio de repetidas óbservaciones; en la matemática, porque es la ciencia de la cantidad, número y demostración cierta. Asclepio- La diferencia entre concebir el organismo de modo racional mecanicista o admitir la experimentación es grande en cuanto al cono cimiento de las enfermedades se refiere, pues es lo que va de una con cepción ideal a un conocimiento real. Con un ejempló se puede ilus trar mejor esta diferencia, ya que si el organismo fuera tan solo un ar tefacto mecánico el desorden vendría por desgaste de sus piezas o por avería en alguna de ellas, pero si se observa la enfermedad en el orga nismo, ésta puede venir también por desgaste, pero este desgaste en la mayoría de los casos supone la inflamación de alguna de las partes del organismo. La hinchazón aumenta la dimensión de una o ciertas partes concretas que producen obstrucción en la normal operatividad mecánica del organismo, originando fiebre y con ello aceleración o en cierto modo disminución considerable del pulso, lo cual es un síntoma de que la enfermedad está presente. La observación del pulso debe ser para el médico la señal más certera para conocer si las fuerzas del or ganismo están en buen estado o se debilitan, mejoran o se agravan. De ahí que Bedoya (7) admitiera el principio de fuerza interna como pro piedad de la materia viva organizada, ya que el pulso se autorregula debido a las fuerzas internas que contienen las fibras musculares, que son las que impulsan el pulso. Aquí se aprecia una diferencia notable entre idear el funcionamiento del organismo como un simple modelo racional-mecanicista -como quería M. Rodríguez-y concebirlo desde presupuestos • empíricos o más realistas, es decir, dotado de fuerza in terna en sus fibras musculares a causa de las propiedades biológicas de estructura y elasticidad que ellas poseen, como propugnaba Bedoya. Bajo la misma base empirista Bedoya criticó la forma racional mecánica de realizar la sangría por parte de M. Rodríguez, porque és te concebía al circuito mecánico de la circulación sanguínea como un modelo completo e integral y, por tanto, a la hora de ejecutar la san gría en las distintas enfermedades se podía seccionar por cualquier par te del circuito sanguíneo; por ello Bedoya censuró el modo indiscrimi nado de sangrar por parte de M. Rodríguez, tal como éste lo demostró en el ejemplo de las preñadas en peligro de aborto. En este caso M. Ro dríguez recomendaba sangrar por el brazo, pero Bedoya insistió en que en el aborto, que es un caso muy particularizado, se debe sangrar por el tobillo y no por el brazo como sostenía M. Rodríguez; ya que éste consideraba a cualquier enfermedad como una causa generalizada y como consecuencia se podía sangrar por cualquier parte. Es más, a jui cio de Bedoya, para realizar la sangría no sólo • se debe de tener en cuenta el lugar de sangrar sino también el tiempo; esto es, siguiendo con el ejemplo del aborto, la sangría no. se puede prefijar matemáticamente, pues se deben de considerar las distintas variables del estado y salud de la gestante. Esto llevó a Bedoya a sostener que la realización de la sangría no debe de estar determinada sino que hay que dejarla indeter minada en el tiempo, por el hecho de que en el caso del aborto la san gría no está limitada a los cuatro primeros meses, porque se puede lle var a cabo en cualquier mes y dependiendo siempre de variables como el grado de salud-y/o enfermedad de la gestante (8). Como se puede apreciar, las críticas de Bedoya al biomecanicismo puro de M. Rodríguez servían para ir rompiendo el determinismo me� canicista al que había sometido a la biomedicina el médico madrileño. Ante las certeras críticas de Bedoya en el Examen crítico (1740) con tra la Dissertatio phisico-mechanico-medica (1740) de M. Rodríguez, éste viendo quebrarse su modelo biomecanicista no tardó en responder con Medicina palpable y escuela de la naturaleza donde se franquean im portantes doctrinas y seguras reglas para el más recto uso de la sangría, ajustadas a las inviolables leyes del movimiento, con cuatro problemas Physico-Medicos y una dissertacion Mechanico Médica contra lo que es tablece el M.R.P.O. Antonio loseph Rodríguez en el quarto tomo de su Palestra (1743). El fondo de la polémica seguía siendo el racional mecanicismo llevado a ultranza por M. Rodríguez contra el bioempi rismo y antisistematismo profesado por Bedoya. En éstas y otras po lémicas se decidió la suplantación de la evidencia racional-mecanicista por la evidencia sensible al ejemplo de como estaba sucediendo en Europa. M. Rodríguez siguió replicando en Medicina palpable que tanto los procesos bioempíricos como los químicos se sostienen sobre la pala bra « sistema» y ésta se asienta sobre la debilidad de la analogía. De ahí que para interpretar la actividad animal no admitiera más siste mas que el mecanicista; éste superaba a todos, porque era «más bri llante sin comparación que los otros y corría con más aceptación y aplauso por toda Europa» (9). Con esto, es claro que M. Rodríguez se gU:ía teniendo al biomecanicismo como el único sistema con el que se podía explicar el funcionamiento del organismo, aunque desde 1740 se había comenzado a suplantar el mecanicismo por el bioempirismo. Sin embargo, a pesar de la crítica que le había hecho Bedoya a M. Rodríguez sobre la sangría, éste en Medicina palpable la calificó de «loa ble» por considerarla como una polémica didáctica e instructiva, a la vez que se constituía como causa del progreso epistemológico de la bio medicina ilustrada. Pero M. Rodríguez no dudó en replicar a Bedoya Asclepio-I-1990 con el fin de dar la «más cabal genuina y clara explicación de los phe nomenos de la sangría por las inviolables leyes del movimiento para que admirase Bedoya las incomparables prerrogativas del Mecanicis mo de las que están desnudos los demás Systemas» (10). Con Medicina palpable pretendía M. Rodríguez que Bedoya se hiciese mecanicista. Por otra parte, M. Rodríguez consideró útiles tanto a la sangría ar tificial como a la natural, porque si 1� na tu: raleza a veces evacua san gre por las narices o almorranas, también es necesario que el médico realice la sangría por medios artificiales como en el caso de las náu seas, dolores de vientre, calenturas, etc... No obstante, se reafirmó en su mecanicismo-reduccionista cuando propuso el ejemplo del reloj (Ro dríguez, M. 17 43, p. 160) para explicar las evacuaciones de la sangría artificial y natural ya que las comparaba al desorden que lleva un re loj cuando se avería y debe de ser desmontado por el relojero para re parar las piezas y devolverle el orden, la exactitud y simetría. Aquí se aprecia una vez más el reduccionismo de M. Rodríguez, porque la san gría natural es efectuada por medio de una autorregulación que sólo puede realizar el organismo debido a sus propiedades biológicas; pro blema que estaba lejos de ser considerado por M. Rodríguez. Por me dio de este ejemplo reduccionista del reloj, M. Rodríguez quería con vencer a Bedoya de que el ideal mecanicista que suponía la analogía del animal máquina era el mejor sistema para explicar la actividad ani mal, mientras que Bedoya apelaba a la observación y experimentación como método más certero para progresar en el conocimiento de labio medicina ilustrada. Por tanto, queda claro que el mecanicismo es ne cesario, en cuanto no se puede negar que el animal funciona igual a una máquina, pero se revela insuficiente para explicar toda la activi dad animal; como se ha visto, el organismo es una máquina muy com pleja que posee sus propiedades biológicas como la de autorregularse, la cual no se puede explicar ni reducir al sólo y simple concepto de me canicismo. Como ejemplo de su cerrazón al mecanicismo, M. Ro dríguez, lejos de abrirse a otros sistemas, aceptó el encargo de la Regia Sociedad de Sevilla de redactar cuatro problemas _ «Physico mecánicos» en tono re novador y moderno, tarea que llevó a cabo con el propósito de divul gar y extender por toda España las ventajas del modelo mecanicista sobre los demás sistemas. Así en los Problemas-Physico-Mechanico Médicos-Theorico-Practicos (1743), y especialmente en la Dissertación Physico-Medica, M. Rodríguez aprovechó de nuevo la ocasión para exal tar las virtudes del modelo mecanicista frente al sistema galenista, quí- http://asclepio.revistas.csic.es mico y experimentalista, cuando dijo que« el cuerpo del hombre es una animada machina de superior ord�n, compuesta de partes sólidas y lí quidas. Saben que la vida de esta machina consiste en el incesante y recíproco movimiento de estas partes. Saben que la integridad, firme za y feliz estado de esta fábrica, que es lo mismo que la salud del ani mal, estriva• en el orden, harmonía del movimiento de sólidos y líqui dos, o en que no se venzan sus resistencias. Ultimamente saben que si entre ellas se pierde el equilibrio, enferma el viviente y si se eclypsa totalmente el movimiento, se arruina la machina y muere necesaria mente el animal» (11). Cuatro son los puntos principales sobre los que se apoyaba M. Ro dríguez para fundamentar su biomecanicismo. El primero, que el hom bre es una «machina animada», es decir, que la operatividad del orga nismo humano está sujeta a la constante intervención del alma, esto es, de una fuerza que no se identifica con la naturaleza •humana sino que viene desde el exterior. El segundo es que concebía al cuerpo hu mano como una máquina de orden superior a la de los demás anima les, lo cual confirma que M. Rodríguez era seguidor ferviente del mo delo cartesiano. El tercero, que basaba su mecanicismo en el equili brio entre sólidos y líquidos del que depende la salud, mientras que el desequilibrio entre ellos puede generar la enfermedad y hasta la muerte. Por fin, el cuarto es el movimiento local por el que se mueven las distintas partes del organismo. En definitiva, M. Rodríguez basaba su mecanicismo en unos princi pios claros y en una evidencia de razón tal que redujo la actividad ani mal al racional mecanicismo. Para él, toda la naturaleza se sustentaba en las mismas leyes, es así que éstas habían sido instituidas por Dios, luego no podían contener falacia alguna, ya que de lo contrario apare cería como falaz el divino Geómetra. Por ello, dado el carácter divino de su naturaleza el biomecanicismo no podía contener error, sino que debía quedar totalmente a salvo por medio de la certeza racional. Esto hacía que M. Rodríguez defendiera el biomecanicismo a ultranza con siderándole como el mejor de todos los sistemas, cuando dice: «a estos principios sencillos, evidentes y tangibles se reduce toda la Medicina mechanica. Si armado de ellas emprehende lid con las enfermedades un Médico docto, juicioso, prudente, de claro numen y bella sindere sis, puede ofrecerse el triunfo de los males mejor que con las. falsas y morbosas armas de los demás systemas... » (12). Esta concepción reduccionista de M. Rodríguez fue replicada por Bedoya en El médico desengañado y consejero de la verdad en el tribu-Asclepio- 165 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es nal de la experiencia (1743), donde puso de manifiesto el carácter ima ginario e ideal del sistema biomecanicista, y en el que criticó a M. Ro dríguez porque no observaba la naturaleza orgánica. En concreto, éste negaba que los líquidos del cuerpo humano tuviesen sal, mientras que Bedoya había observado que la sal es necesaria tanto para la fermen tación de la comida en el estómago como para la procreación y propa gación de la especie humana, pues si el esperma careciese de sal se vol vería estéril. De igual modo la sangre contiene sal, así como el quilo que se mezcla con ella. Además, Bedoya para fundamentar la eviden cia sensible aconsejaba observar cómo las propias leyes del organis mo van expulsando las partículas salinas sobran del cuerpo, tales• como por la orina, por la sangre en los menstruos, por el jugo pancreá tico, etc.; de lo contrario causarían enfermedad como cólicos, artrosis, reumas, etc. También demostró con evidencia experimental que para la curación de las calenturas se podrían utilizar tanto la sangría como el agua fría y la sal, así como que la saliva contiene sal que hace fer mentar a los alimentos, o que el aire que se respira está cargado de nitro, a la vez que la sangre consigue sus fines de regenerarse y nutrir al cuerpo a base de ser portadora de elementos salinos (13). En suma, Bedoya trataba de resolver con el sistema químico los pro blemas que no podía resolver M. Rodríguez con el solo mecanicismo, ya que el sistema químico, por una parte, complementa al sistema me canicista y, por otra, lo reemplaza. El ejemplo es claro en el papel que juega la sal en la digestión, debido a que el ácido salino y/o jugo gástri co causa la fermentación de los alimentos. Este fue un progreso epis temológico de la biomedicina ilustrada española porque, al igual que en Europa, la digestión ya no se explicaba por medio de la oscura fa cultad concotriz, ni tampoco por la agitación corpuscular sino por el ácido estomacal. Este hecho instauraba un nuevo paso en el progreso de la ciencia química así como el inicio de lo que más tarde constitui ría la bioquímica, sin olvidar que también se inauguraba una nueva era en la filosofía de la química que traía nuevos conceptos filosóficos co mo los de reacción y autorregulación. Estos procesos se producen al contacto de los distintos fármacos con el organismo y/o por medio de las segregaciones químicas que elabora el propio organismo para su autorregulación; esta función es distinta en cada caso de enfermedad e incluso en cada momento de salud. Ello indica que el organismo no es un mecanismo simple sino muy complejo que funciona a base del equilibrio de unos factores complementarios, de otros contrarios o has ta contradictorios. Este es también el modo como funcionó el progre-so epistemológico de la biomedicina ilustrada, es decir, a base de mo delos complementarios como el sistema mecanicista y químico o anta gonistas como el galenismo, mecanicismo y vitalismo. La polémica sobre el biomecanicismo lejos de apagarse continuó con el erudito en Medicina Antonio José Rodríguez (1703-1777). Debido a la menor divulgación de su obra este médico ha sido el gran desconoci do en la ilustración biomédica española, ya que poseía una informa ción mucho más actualizada y sistemática de las corrientes de la bio medicina europea que el propio Feijóo. El médico de Veruela, a pesar de no ejercer la medicina se• apoyó en el bioempirismo para criticar de forma puntual en su cuarto tomo de la Palestra critico-médica al biomecanicismo que profesaba M. Ro dríguez y puso en evidencia lo artificial del modelo biomecanicista así como su inoperatividad para la medicina. Con ello no hacía más que superar a la medicina sistemática como ya lo estaban haciendo los mé dicos europeos, sobre todo los ingleses, por medio de la experimenta ción. Esto se debía al revivido neohipocratismo que corría por Eur�pa como fuente y sistema que podía devolver la utilidad social que había perdido la medicina. En el «Prólogo» del cuarto tomo de la Palestra (1741) se puede ver cómo al médico de Veruela no le interesaba seguir ningún sistema pa ra curar las enfermedades, porque tanto el galenismo como el biome canicismo y el sistema químico tenían algo de verdad pero ninguno la poseía toda. Confirma esto su postura an tisistemática y ecléctica en el conocimiento de las enfermedades. La causa de que A. J. Rodríguez rechazase los sistemas como medio para conocer las enfermedades se debía a que la estructura del sistema es analógica, como la del biome canicismo, y no real, es decir, que la medicina sistemática se funda menta en el artificio y no en la observación y experimentación para pro gresar en el conocimiento de la verdad biomédica. Por tanto, el mode lo del animal-máquina, ideado por Descartes y aplicado a la biomedici na por muchos médicos ilustrados, entre otros por M. Rodríguez, se iba desfondando debido a sus limitaciones racional-mecanicistas en el ejercicio práctico de la medicina. La sociedad ilustrada comenzaba también a exigir mejores y más prácticas atenciones en la sanidad pública. Asclepio- Se puede decir que A. J. Rodríguez rechazó con acierto histórico la aplicación a la biomedicina de todos los sistemas que habían sido cul tivados hasta entonces, tales como el galenismo, el biomecanicismo y el químico, sistemas que tenían errores a la hora de curar las enferme dades. Así decía: «como se ha hecho moda el explicar ahora los pheno menos phatologicos y seguir la therapeutica sobre los principios y re glas geométricas y mecánicas, de modo que si el Médico no se explica para todo en el idioma Hecq uetiano y Hoffmaniano no parece que po drá curar un panarizo, procuraré impugnarle... » (14). Es evidente que ante su postura antisistemática el médico erudito tenía como falibles a todos los sistemas de tipo racionalista, y de ahí que desaconseje a los médicos su uso en el ejercicio de la b iomedicina. Sin embargo, el médico de Veruela respetó, no sin críticas, el pro greso epistemológico conseguido por la medicina sistemática, pues no dudó que el cuerpo de los animales es una máquina de perfecta sime tría y organización, cuando dijo que el cuerpo «es máquina[... ] es órga no donde juegan partes sólidas, fluidas y aéreas» (15), a pesar de que para él se ignorase todavía cómo se ordena y opera el modelo geomé trico en el sistema orgánico. De tal manera que la aplicación de las le yes de la física mecánica para explicar los fenómenos biológicos, no deben de reducir tales fenómenos a simples operaciones físicas, como creyeron los biomédicos sistemáticos, sino que los fenómenos biológi cos son consecuencia de la propia estructura del organismo. Por tan to, los sistemas no son la sola base por la que se gobierna la naturaleza y menos el funcionamiento sobre el que se debe apoyar el médico para curar las enfermedades, porque toda la compleja problemática de sa lud o enfermedad del organismo no se puede abordar desde las solas explicaciones del racional mecanicismo. Es obvio que los principios mecánicos y los postulados matemáti cos son ciertos y seguros considerados desde el punto de vista abstrac to y racional, pero cuando son aplicados a una realidad tan tangible como es la biomedicina, aunque ellos son necesarios para explicar parte de la actividad animal, no llegan a ser suficientes para explicarlo todo, y menos en cuanto a enfermedades se refiere. Por todo esto A. J. Rodrí guez sostenía que solamente es fundamento firme para la verdadera medicina «la historia, la observación [y] la práctica repetida» (16). En cuanto a la historia, la consideraba necesaria porque es importante que el médico sepa tanto el historial del enfermo como el de su familia o también que conozca cómo han resuelto los médicos el problema de ciertas enfermedades duran te la historia. La observación constituía pa-ra él el método más apropíado para captar los síntomas de las enfer medades; una vez llevada a cabo ésta y realizado el diagnóstico se pue de pronosticar •1a evolución de la enfermedad. Respecto a la repetición de los experimentos, opinaba que es el ejercicio que debe de imponer se todo médico con el fin de erradicar la enfermedad. El bioempirismo y antisistematismo defendidos por A. J. Rodríguez en el cuarto tomo de la Palestra fueron criticados por M. Rodríguez en la Dissertacion Physico médica de la ventajosa verosimilitud firmeza y utzlidad del Systema mechanico, respecto de los demás (17) que con tiene la Medicina palpable (1743). Esta polémica se centra en que para el médico de V eruela el mecanicismo carecía de principios y leyes ba sadas en la realidad experimental de la biomedicina, y por tanto este modelo era incierto, mientras que M. Rodríguez negaba que el modelo biomecanicista fuera falible por la sencilla razón de que la naturaleza ya le presenta como perfecto desde su creación. Es claro que el médico mecanicista argumentaba teológicamente, basado en la perfección que Dios infunde al cuerpo humano. No obstante, también reconoció las limitaciones del entendimiento para conocer perfectamente a la má quina humana. Tal es el ejemplo que muestran a diario enfermedades que se originan y se desarrollan en la máquina corporal que no se pue den curar. Esto llevó a considerar a M. Rodríguez que si el racional mecanicismo era falible para el conocimiento de las enfermedades, tan falible podían ser la observación y la experimentación, pues si nos en gaña la razón los sentidos pueden hacerlo también. La disertación de M. Rodríguez que defendía la utilidad y firmeza del sistema mecanicista no tardó el ser replicada por A. J. Rodríguez en el quinto tomo de la Palestra (1744) con otra Dissertacion apologéti ca sobre la menos utilidad, firmeza, seguridad y más extravagancia del Systema Mecánico en la Medicina. La causa de esta inseguridad del sis tema mecanicista residía para el médico de Veruela en su inutilidad y por tanto en el engaño al que se somete a los enfermos en un proble ma tan importante como el de su salud; ya que ningún médico deducía que las enfermedades se curan por el simple hecho de saber que el or ganismo es y funciona como una simple máquina. J. Rodríguez el mismo concepto de «•sistema» constituía un reduccionis mo al adaptar lo a cualquier doctrina, porque el hecho de aplicar una ciencia sin experiencia al conocimiento del organismo, éste queda re ducido a algo ideal y que no le corresponde. Por otra parte, la palabra « sistema» se consideraba exclusiva en la época galenista y biomecani cista, esto es, se tenía como un modelo que podía conducir a la verdad dentro de la ciencia biomédica, y el resultado es que cualquier sistema es falible y por lo que toca al biomecanicismo es posible que más que ninguno. En la «Proposición primera» de su Dissertacion Apologética A. J. Ro dríguez planteó el problema de que el biomecanicismo se basa en la' extensión, figura geométrica y movimiento local, y que tanto la geome tría como la mecánica son ciencias que se basan en principios raciona les, ciertos y evidentes, pero cuando éstos se aplican a las ciencias de la naturaleza biomédica se revelan defectibles y falibles. Esto indica que las leyes físico-mecánicas son lógicas pero que el organismo se ri ge en su funcionamiento por leyes bio-lógicas, y como consecuencia lo que por necesidad y lógica se sigue en la física mecánica no siempre puede seguirse en su aplicación a la biomedicina. Un ejemplo bastará para ilustrar la diferencia entre necesidad lógica y funcionalidad bio lógica. Así, a dos enfermos que tengan la misma enfermedad se les apli ca el mismo remedio, y se dan casos en qu e ambos se curan, pero esto no sucede matemáticamente en todos, pues hay veces que el uno sana y el otro empeora o muere. De igual modo, A. J. Rodríguez criticó a M. Rodríguez en la «Propo sición quarta» sobre «Si el mecanicismo mathematico fuese necesario para sanar, todas las enfermedades Médicas serían incurables» (18). El médico de Veruela creía que el cálculo matemático a veces no se co rresponde con la realidad natural; alcitar a Tosca decía que «en mate rias physicas algunas veces no se puede llegar a aquella claridad y evi dencia que tienen las demostraciones Geométricas[... ] Es evidente que si esto sucede en la aplicación de la me cánica a la física con más razón viene a suceder en el caso de la biome dicina. Y para fundamentar mejor su hipótesis A. J. Rodríguez se basó en Boerhaave (Elementa Chem., p. 346) que también había corrobora do que para comprender y explicar las operaciones del organismo no bastan las solas leyes de la mecánica, porque �n la máquina animal no se puede conocer con precisión cuál es el centro de gravedad, ni la mag nitud de cada corpúsculo que se muyve dentro de los vasos, ni las for mas inclinadas respecto a las funciones de vasos, cosa que sí puede co nocerse si se calcula sólo de modo• matemático. El planteamiento que hizo A. J. R�dríguez entre lógica mec;ánica y bio-lógica era preocupación común de muchos biomédicos, ya que en • definitiva afloraba el pro_blema entre artificialismo biomecanicista y realidad biomédica. El médico de Veruela superó el problema por me dio del bioempirismo. Esto trajo consigo nuevos concepto_ s biológicos, tales como el de irritabilidad, ya que gracias a la observación la fibra muscular dejó de ser una simple cuerda o varilla metálica y se descu brió que era irritable, esto es, que ante un estímulo es capaz de respon der, porque posee una elasticidad, estructura y fuerza interna que só lo son propias de la materia viva. Por ello escribió que en la enfermedad la «crispatura, oscilación, laxitud, que padecen los sólidos, son porque los líquidos viciados [... ] los crispan, laxan y desentonan» (20). Aquí se evidencia que la irritabi lidad de los sólidos la causan los líquidos. Con estos brotes vitalistas, no en sentido animado, sino animal, A. J. Rodríguez hacía avanzar la epistemología biomédica ilustrada co mo antes lo habían hecho Baglivi y Arnau, teniendo como base funda mental a la materia viva organizada representada especialmente en la fibra muscular. La polémica bioempirismo-biomecanicismo no se paró en A. J. Ro dríguez y M. Rodríguez sino que la crítica que había realizado el médi co de Veruela sobre la relativa inutilidad de las matemáticas aplica das a la biomedicina fue respondida por Ignacio Catalán en su Medici na experimentada (1745); principalmente en la «Demostración Médico Mathematica» en la que prueba la utilidad de la aplicación de la mate mática a la medicina. Catalán se basaba en que las matemáticas no só lo no falsean las operaciones biomédicas, sino que «de hecho se aco modan a las leyes de la naturaleza, tanto para conservarse en estado de salud, quanto para curarse en el de enfermedad» (21). Por tanto, es claro el uso de la matemática para que el médico progrese en el cono cimiento de las enfermedades, pues la naturaleza está escrita en len guaje matemático y la biomedicina no puede prosperar sin ella. No obs tante, en la época ilustrada la biomedicina progresa a base de siste mas, por una parte rivales como el mecanicismo y el vitalismo, pero por otra complementarios. Tampoco faltaron otras polémicas sobre la generación, regeneración y organización de la materia viva; todos, conceptos biológicos de los que prácticamente carecía el mecanicismo y denotaban la preocupa ción que tenía por ellos tanto la comunidad científica como la socie dad ilustrada española que no desmerecía de las polémicas que años atrás se habían dado en Europa. Así en 1753 A. J. Rodríguez publicó su Carta-Respuesta en la que de fendía la teoría «avista» y excluia la «vermiculista», la cual fue pun tualizada por García Hernández en Addicion y Apología. La puntuali zación consistió en que A. J. Rodríguez suponía creado inmediatamente Asclepio- «el individuo futuro [y García Hernández] formado por el generante» (22). El hecho de que A. J. Rodríguez supusiese creado al organismo del individuo de cada especie por Dios desde el primer instante, se de be a la defensa de la creación divina que él hacía, problema que García Hernández resolvió colocando el huevo en el esperma viril. Esto indi ca que eran problemas que preocupaban no sólo a la comunidad de bio médicos sino a la sociedad, pues era un problema que estaba relacio nado con el «Discurso de la alma brutal» en Nuevo Discurso (1767); don de expuso la opinión de A. J. Rodríguez: por qué los animales no tienen alma sensitiva, ni son puras máquinas «sino máquinas animadas» (23). Porque si se concede alma sensitiva a los animales entonces hay que concederles el alma racional como a los hombres: éste era el mismo argumento sobre el que se había basado Descartes; pero A. J. Rodrí guez superó a Descartes porque no concebía al animal como una pura máquina, sino como una máquina sensitiva al ejemplo de los pájaros cuando cantan. Este problema había traspasado también las reunio nes de las comunidades de biomédicos y se discutían en las conversa ciones familiares por la carga de materialismo o de fe que incluían, tal como lo habían expuesto ya Martínez y Feijóo (24). Para finalizar, diremos que el largo camino del bioempirismo esta ba abierto y a partir de 1750 fueron apareciendo otros autores. Por ci tar algunos de los más influyentes tenemos a A. Piquer (1711-1772) que, después de ser un ferviente seguidor del biomecanicismo en su etapa de Valencia, llegó a profesar el bioempirismo en su etapa de Madrid. El año clave del bioempirismo piqueriano fue 1752 cuando pronunció su Oratio quam de medicinae experimentalis praestantia, et utilitate. Tampoco se debe olvidar a Gaspar Casal (1680-1759) que con su única obra Historia natural y médica de el Prin cipado de Asturias (1762) no hizo más que un canto al progreso en el conocimiento de la biomedicina por medio de la experimentación, o a Francisco Rubio en el Arte de conocer y de curar las enfermedades por reglas de observación y experiencia (1761). Fruto de los progresos biomédicos por medio de la experimentación fue la creación de la medicina clínico-quirúrgica, cuyos máximos re presentantes fueron Pedro Virgili (1699-1766) y Antonio Gimbernat (1734-1816). El biotecnologismo como modelo simbiótico y productivo Desde 1770 hasta 1820 la biomedicina inauguró otra etapa que no sotros denominamos biotecnologista. El terreno científico y técnico es taba preparado, lasí como el social, debido a que los descubrimientos del s. XVII se habían comenzado a poner en práctica en el s. XVIII, al igual que socialmente se estaba poniendo de manifiesto la necesidad de unión entre la clase liberal y la artesanal, esto es, entre médicos y entre diseñadores técnicos con el fin de hacer progresar la biomedici na. Por tanto, es evidente que se daban las circunstancias históricas para una simbiosis o asociación entre racionalidad técnica y experi mentación científica por necesidades militares, industriales, sanitarias y, sobre todo, por el interés que tuvieron Carlos 111, Carlos IV y Fema do VII para s�car rentabilidad a las colonias americanas. Sin duda, la gran ilusión de muchos biomédicos ilustrados empeza ba a convertirse en realidad; ya que al tener una suficiente tecnología y una capacidad experimentadora dio como fruto la unión entre el bio mecanicismo y el bioempirismo, que se plasmó en el nuevo concepto que nosotros denominamos biotecnologismo. Entendemos por biotecnologismo el uso racionalmente controlado de la tecnología y la ciencia experimental aplicadas a la transformación y explotación de la materia viva por lo vivo. Este modelo es el repre sentado por la «abeja» que de modo instintivo sabe unir la experimen tación, manifestada en los múltiples viajes que realiza para libar en las flores y frutos del campo, y la racionalidad técnica de saber cons truir una celdilla exagonal. Esta figura geométrica multiplicada por cientos llega a formar un panal que sirve a las abejas para depositar las libaciones transformadas en miel. El modelo «abeja» es un modelo productivo que exige una biodirec ción ejercida por la reina sobre la colmena, a la vez que requiere una obediencia y conocimiento de todas y cada una de las abejas en sus de beres de libar para llevar a cabo la empresa de construir y llenar los panales de miel durante el año. La diferencia en cuanto al conocimien to y la formación del colectivo biosocial entre las abejas y el hombre, está en que el hombre es capaz de modificar, diversificar y autoinven tar sus modelos y la abeja no lo demuestra porque siempre realiza el mismo. Tampoco se puede olvidar que las transformaciones de la materia viva son muy antiguas en tanto en cuanto transformaciones de lo vivo por lo vivo. Las transformaciones pueden ser naturales, si las realiza Asclepio- la propia naturaleza: por ejemplo la transformación de las flores en miel por las abejas; o artificiales si las provoca el hombre con su tecno logía, tal es el caso de las vacunas. Con el paso del tiempo y la unión de la técnica y la ciencia experi mental, la comunidad de científicos ha ido dominando y controlando cada día más la materia viva. Es claro que el período ilustrado consti tuye una época importante tanto en la divulgación como en el control de la materia viva organizada, de tal manera que se descubrió que la materia viva se irrita, se genera y además se regenera, se organiza y se autorregula. Todos estos conceptos son propios de la biología e inci dieron de manera muy directa en el progreso de la utilidad y producti vidad de la biomedicina ilustrada, ya que ésta cada día se iba poniendo más al servicio de la sociedad. La modernidad explicativa del biome canicismo fue superada por la modernidad utilitaria del bioempiris mo y ambas por la modernidad productiva del biotecnologismo. En esta época ilustrada los biomédicos comenzaron a tener más con ciencia de la materia viva organizada debido al estudio de la irritabili dad en la fibra muscular. Como ejemplo se puede citar a Sebastián Gue rrero Herreros (1720-1790) que fue una de las principales figuras cien tíficas de la Regia Sociedad de Medicina de Sevilla durante la segunda mitad del siglo ilustrado. En la primera parte de Medicina universal (1774-1777) considera a la fibra como la estructura más básica de la materia viva organizada hasta entonces conocida. Las fibras muscula res pasan de ser elementos puramente mecánicos a. ser consideradas con propiedades biológicas como la irritabilidad. Estas propiedades fue ron observadas por Guerrero a través del microscopio y comprobadas en cuanto a su irritabilidad (estímulo y respuesta) por distintas experi mentaciones químicas. Otro autor que se ocupó de la irritabilidad fue Ignacio María Ruiz de Luzuriaga (1763-1822) quien llegó a ser miembro de la Sociedad Vas congada de Amigos del País. La preocupación de Ruiz de Luzuriaga por la irritabilidad es clara desde que realizó su primer trabajo titulado: Ten tamen medicum, inaugura/e, de reciproca atque mutua systematis san guinei et nervosi actione (1786), que fue su tesis doctoral. Trabajo que en 1790 tuvo que defender contra el plagio que le hizo el Doctor Girtanner en Paralelo de los experimentos que publicó el Doctor Girtanner en el Diario de la Física del mes de agosto de 1790 en su Memo ria sobre la irri tabilidad considerada como principio de vida en la naturaleza organiza da, con los que publiqué en mi Tentamen Medicum inaugura/e: de reci proca atque mutua systematis sanguinei et nervosi actione, impreso en Ruiz de Luzuriaga trató de demostrar en su tesis que inyectando con una jeringuilla graduada una cierta porción de gas nitroso en la vena yugular de un perro, el animal muere en poco tiempo, porque la sangre del ventrículo derecho se vμelve negra y se coagula, mientras que la del ventrículo izquierdo se pone de col0r pardo oscuro. Esto su cede porque el corazón del perro pierde toda su irritabilidad y como consecuencia le sobreviene la muerte. Con este ejemplo experimental Ruiz de Luzuriaga quiso demostrar la estrecha relación que hay entre el sistema nervioso y la sangi-e, cuyo punto más particular es saber cuáles son los mecanismos que se dan en la respiración por parte de la química. Esto que hemos visto en el experimento del perro lo extendió a la realización de los experimentos in vitro con técnicas avanzadas, para saber la acción o presión de los gases sobre la sangre, tanto de la que corre por las arterias como por las venas. El flogisto de.G. Stahl fue la base teórica sobre la que se apo yó Ruiz de Luzuriaga. En posteriores investigaciones como Dissertación chimica fisioló gica sobre la respiración y la sangre consideradas como origen y primer principio de la vitalidad de los animales: leída a la Academia en 8 de abril de 1790 por el Doctor Don Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, el mé dico de Villaro abandonó la teoría del flogisto por la del oxígeno de Lavoisier, que era la aceptada por la comunidad de biomédicos pro gresistas. En esta obra el biomédico vizcaíno determinó que tanto la sangre como la respiración constituyen el primer principio de la vida animal. De igual modo demostró in vitro la composición química del aire en una parte de oxígeno y tres de nitrógeno. Sobre el experimento químico de la composición del aire, Ruiz de Luzuriaga montó su teoría de que la sangre al pasar por los pulmones absorbe el oxígeno necesario para que no se envenene y siga viviendo el animal. Esta operación de inspirar oxígeno para renovar la sangre y expulsar el carbónico o gas envenenado que deja la misma sangre se• lleva a cabo durante la respiración, la cual tiene como misión el acti var el corazón, irritar a la máquina animal y formar el calor natural; operaciones éstas que llevan a evidenciar que la sangre posee vitalidad, no se coagula y como conclusión hace vivir al organismo del animal. La parte práctica y útil de esta teoría estuvo en relacionar el oxíge no con las asfixias que se producen en los animales cuando éstos se Asclepio- I-1990 ahogan o sofocan. De tal manera que en estos casos si se actúa con ra pidez se puede estimular la contractibilidad del corazón a base de ca lor y de respiración artificial; si la contractibilidad del corazón se vuel ve a reanimar por medio del oxígeno entonces se habrá salvado la vi da, de lo contrario, el animal morirá. La cirugía infusoria y transfusoria de la sangre es otra de las técni cas que logra transformar lo vivo por lo vivo. La propuso en 1760 An tonio José Rodríguez en la «Dissertacion primera sobre el uso de los Medicamentos introducidos por las venas, llamado comúnmente Ciru gía Infusoria» insertada en su obra Dissertaciones Physico-Mathematico Médicas. El hecho radica en que la sangre es necesaria e indispensable para vivir y que en su movimiento circular alimenta las distintas par tes del organismo. De este modo los enfermos que no podían ser ali mentados o medicados por la boca se comenzaron a alimentar o medi car por vía intravenosa. La técnica consiste en utilizar una jeringuilla graduada con una aguja incrustada en su remate; con ella se pincha una vena del brazo y se introduce la porción de alimento o medicación en la sangre, cosa que la misma sangre se encarga de repartir por todo el cuerpo. Los ejemplos siguientes nos ayudarán a ver más claro sobre la téc nica infuso ria de A. J. Rodríguez. Así, si se administra un purgante por las venas produce el efecto de la purga en el vientre lo mismo que si se hubiese purgado por la boca. Por tanto, si se inyectan por las venas los medicamentos que deben de servir de remedio a la enfermedad éstos tienen el poder de transformar lo enfermo en saludable, bien creando anticuerpos, resistencias, defensas, etc..., o bien destruyendo los virus peligrosos para la salud. Por otra parte, en la época ilustrada se conocieron las distintas reacciones de los diyersos elementos quí micos, tales como los ácidos en la sangre. Con ello se empezaba a saber algo de las transformaciones que puede realizar el propio or ganismo después de recibir los alimentos o medicinas por vía intrave nosa. La técnica de la infusión-transfusión no sólo la divulgó A. J. Rodrí guez sino que también el miembro de la Regia Sociedad Médica de Se-. villa Juari Herrera presentó una disertación titulada Cirugía infusoria y transfusoria (1760), esto es, que no sólo se pueden meter alimentos, medicinas y sangre nueva, sino que de igual modo se puede sacar la sangre enferma y meter la sana. Queda claro que esta técnica de la infusión-transfusión es hoy día muy eficaz y productiva para la medi cina sanitaria. Otra de las técnicas que afloró durante las últimas décadas del pe ríodo ilustrado fue la electroterapia. Aquí, ya no se trataba de explicar • la enfermedad sino de curar la por medio de los fenómenos eléctricos. Estos comenzaron a irrumpir con Galvani (1737-1798) cuando logró de mostrar que los músculos producen corrientes y descargas eléctricas, y Volta (1745-1827) que gracias a su corriente voltaica descubrió la elec troquímica y la electrodinámica.. La electroterapia se comenzó a extender pronto por toda Europa y se utilizó para estimular por medio de las corrientes eléctricas las parálisis de los músculos, o, mejor dicho, para hacer revivir a la mate ria viva que es taba mortecina. En España también se empleó esta téc nica, especialmen. te en la Regia Sociedad de Sevilla. Entre otros auto res podemos citar a José García Cazalla con la disertación sobre La na turaleza de los efluvios eléctricos, si conducen para curar las perlesias que comúnmente se padecen en esta Andalucía Baja ( 1775); Diego de Vera Limón en Demostraciones eléctricas acomodadas a la Medicina (1797) y Observación por la que manifiestan los favorables y ventajosos efectos de la electricidad en la perlesía inveterada (1799); Cristóbal Nie to Piña con la Dissertación médica en que se manifiestan los útiles re sultados de las emanaciones eléctricas para la salud (17 89); Francisco González de León en La electrización y si ésta sea remedio para curar la perlesía (1799); Juan Bautista Matoni en Sobre la virtud eléctrica y su aplicación a los casos médicos (1779) y Blas de Fuentes y Santiago que escribió Sobre la electricidad e impotencia (1785). Sin olvidar tam poco a Joaquín de Texada, miembro de la Sociedad Vascongada de Ami gos del País que se construyó su propia máquina de electrizar en 1769, con el fin de aplicar la electroterapia a sus enfermos. Entre las biotecnologías está también la fermentación. Es muy an tigua, ya que desde tiempo inmemorial se ha intentado controlar la fer mentación del vino y la cerveza. No obstante, en la época ilustrada se avanzó mucho en el control de la fermentación de los alimentos en el estómago, pues la comunidad científica aceptó el jugo gástrico como causá principal de la fermentación de la comida en el saco estomacal, superando con ello a la facultad concoctriz y a la excitación corpuscu lar. El ácido estomacal transforma, mediante un proceso químico, los alimentos en quilo y éste en sangre o materia nutritiva para el organis mo. Así, en España podemos citar especialmente a Virrey y Mange ( + 1746) que ya en Palma febril (1739) propuso a la «excitación del fer mento febril» como causa de las calenturas. También expuso su teoría iatroquímica en el primer tomo del Manual de Cirugía Práctica, Promp-tuario Completo (1743) donde habla de la digestión, transformación del quilo en sangre y de la nutrición como proceso biológico ligado al cre cimiento.• El proceso de la fermentación de los alimentos en el estómago dio pie a algunos naturalistas como Spallanzani a realizar la experimenta ción de la digestión in vitro. La técnica era sencilla; se trataba de ex traer con una esponja el jugo gástrico de ciertos animales y analizar sus componentes espcialmente el ácido.• Ello constituyó un avance im portante en la aplicación de las distintas tecnologías para transformar en alimentos o fármacos las diversas plantas, flores y frutos en espe cial los traídos de la América hispana; un ejemplo es la quina y la chin chona. En el s.• XVIII se despertó entre la comunidad científica de toda Euro pa la curiosidad por conocer el proceso de la fecundación y las etapas de su desarrollo. De ahí el interés de los embriólogos ilustrados por dominar la materia viva organizada en su forma de generación, rege neración, crecimiento y organización. Por ello, en las últimas décadas del s. XVIII se descubrió la técnica de la fe cundación artificial llevada a cabo por algunos biomédicos ilustrados en sus labora torios, princi palmente en batracios como las ranas. La técnica no revestía dificul tad, consistía en la extracción de los huevos totalmente vírgenes de una rana hembra y se los rociaba con el semen de la rana macho, compr• o bando al cabo de uno• s días que los huevos comenzaban a desarrollar su proceso embriológico. El camino estaba abierto y bajo la técnica de la fecundación artifi cial algunos biomédicos comenzaron el largo proceso de hibridación entre plantas, flores, frutos, animales y hombres, proceso que está en pleno florecimiento en nuestros días por el desarrollo y aplicación de las nuevas tecnologías a la biología/biomedicina. Por fin, otro fruto de los avances bio-tecnológicos del siglo de las luces fue la inoculación-vacunación como medio para prevenir las vi ruelas. La técnica de la inoculación antivariólica consiste en introdu cir de modo artificial la linfa variólica en el organismo, para que ésta actúe en contra de los gérmenes patógenos del propio organismo.• La vacuna antivariólica la descubrió el médico inglés E. Jenner (1749-1823), cuyo invento fue acogido y propagado por gran parte de los biomédi cos ilustrados europeos, debido a su gran eficacia para erradicar la vi ruela. Los biomédicos españoles también introdujeron y divulgaron la nue va técnica. Entre los defensores de la inoculación se pueden citar a M. Serrano en El mejor específico de las viruelas (1768); también a Fran cisco Rubio que se vio estimulado a inocular y escribir su Disertación sobre la inoculación de las viruelas (1769) por causa de los éxitos con seguidos por M. Serrano; y a Francisco Salvá y Campillo en La inocu lación presentada a los sabios (1777). Timoteo O'Scanlan escribió obras a favor de la inoculación, tales como Práctica moderna de la inocula ción (1784), La inoculación vindicada (1786) y Ensayo apologético sobre la inoculación (1792). Los eruditos Sarmiento y Feijóo divulgaron las excelencias de la inoculación; este último en las Memoires de Trevoux. También en la prensa apareció el tema, como en el Diario de Madrid en 1790 con Carta en defensa de la inoculación y Carta sobre la resolu ción del problema de la inoculación. Finalmente en 1798 una Real Or den de 20 de noviembre vino a confirmar por parte de la autoridad ofi cial la necesidad de inocular las viruelas. En cuanto a los defensores y propagadores de la vacuna está Fran cisco Piguillen (1771-1826) que tradujo los Ensayos sobre la vacuna de Fran�ois Colon (1801) y después sacó a la luz el folleto de La vacuna en España. No se puede olvidar tampoco a Francisco Sal vá y Campillo, a Ignacio de J auregui, a V icen te Martínez con Tratado histórico-práctico de la vacuna (1802); y especialmente a Ignacio María Ruiz de Luzuria ga en el informe que presentó a la Real Academia de Medicina en 1801 titulado Informe imparcial sobre el preservaúvo de las viruelas, junto con Papeles sobre la vacuna. El apoyo oficial llegó por una Real cédula de 1805 que imponía a los Hospitales la conservación de la vacuna. Sin embargo, la labor más importante realizada a nivel de propaga ción por parte del gobierno de Carlos IV fue la de sufragar los gastos a la expedición a América y Filipinas con el fin de dar a conocer la prácti ca de la vacuna. Al frente de la expedición iba Francisco Xavier Balmis (1753-1819) y como acompañante José Salvany. Balmis estaba experimen tado en el campo de la vacunación, pues en 1803 tradujo el Tratado histó rico y práctico de la vacuna de J. L. Noreau de la Sarthe. La expedición zarpó de La Coruña el 3 de noviembre de 1803 y para conservar la vacuna llevaban veinticinco niños que se la transmitían de brazo a brazo. Los ilustres propagadores hicieron una escala en Canarias y tocaron tierra en Puerto Rico, llegando más tarde a Caracas. Este fue el punto de divi sión de la expedición, ya que Balmis se eÚ: caminó a Cuba, Méjico y des pués partió para Filipinas y Macao, regresando por Lisboa en agosto de 1804; mientras que Salvany marchó a Cartagena de Indias y Perú (26). Asclepio- En consecuencia, tanto la consideración de la irritabilidad, como las experimentaciones in vitro, o las técnicas de infusión-transfusión, fecundación artificial, hibridación y vacunación constituyeron un prin cipio de práctica y producción de las biotecnologías ilustradas a seme janza de lo que hoy se produce por medio de las altas biotecnologías. Diremos, por tanto, que en las últimas décadas del s. XVIII y primeras del XIX se fue perfilando una amplia base biotecnológica gracias a la unión y/o asociación simbiótica de la tecnología y la experiencia del s. XVII en la biomedicina ilustrada. Esto es lo que nos ha dado pie pa ra acuñar nuestro concepto de biotecnologismo como idea biofilosófi ca de la tardía modernidad ilustrada, y no dudamos de que este con cepto será la base de la ideología biológica del futuro. No obstante, es-• te modelo, que ya pusieron en práctica los biomédicos il ustrados, aña dido a los avances biotecnológicos de las últimas décadas, constituye un evento científico de tal magnitud que le convierte desde ya en la gran ilusión de la futura biosociedad, sólo comparable al sueño cartesiano del animal-máquina; pero con una particularidad: que el biotecnologis mo en pocas décadas transformará la sociedad en sus formas más pro fundas de pensar, gobernar, vivir y comportarse.
[C]omo si fuesen denominador y numerador de un quebrado, y si no se pueden mas abreviar, diremos que ellos mismos son los mínimos de su proporción (46). In page 75 R, where denominations are first mentioned, we are told that «...le dan [a la proporción] por esta causa quantidad, y sera la quantidad de la proporción la su denominación», and then he goes on to define the denomination of a rational ratio in the terms men tioned above (51). Núñez <lid not fail to introduce mediate denominations for irrational ratios: Algunas de las [proporciones] irracionales son denominadas de pro porciones inmediatamente, y de números mediatamente. Exemplo, la proporción que tiene R.2. [✓2] para la unidad, es irracional, y es la mitad de una proporción dupla. Toma luego la denominación de la proporción dupla inmediatamente, y del número 2 que es denominador de la dupla, mediatamente. (80) Libro de Algebra, p.
En el panorama médico de finales del siglo XVIII, caracterizado por una grave crisis epistemológica, resalta la unanimidad de los médicos franceses en lo que respecta al método a seguir en medicina. Todos ellos están de acuerdo en recurrir al método analítico de Condillac que per mitía mantener la tradición empírica y el proceder inductivo que des de Bacon y Locke se aceptaba como único procedimiento riguroso. La introducción en medicina del método analítico se dice habitual mente que se efectuó merced a la obra de P.J.G. Cabanis; no obstante, y reconociendo el importante papel por él jugado, hay que insistir en que la empresa de introducir el método analítico en medicina tuvo un carácter general y en ella colaboraron diferentes figuras de la medici na francesa desde los años finales del siglo XVIII. El método analítico fue seguido por vitalistas, por partidarios de la llamada «medicina de observación» y por los defensores del método anatomoclínico, y se apli có a cada una de las grandes parcelas del saber médico. Pretendo en este artículo efectuar una somera revisión de la aplica ción del método analítico al estudio de la enfermedad, concretamente a la nosología, a la semiología y al diagnóstico. La aplicación del método analítico al estudio de la enfermedad El conocimiento de la enfermedad a lo largo del siglo XVIII se in tentó alcanzar recurriendo a dos alternativas: una de ellas consistía principalmente en seguir el camino iniciado por los grandes sistemas médicos representados por Boerhaave, Hoffmann y Stahl; la otra, op tar por la propuesta de Sydenham, que pretendía llevar a cabo una his toria general de la enfermedad; es decir la historia o descripción de todas las enfermedades; para lograrlo debía partir el médico de la ob servación de multitud de enfermos concretos, de los que recogía datos sensorialmente observados, logrando así un conocimiento notativo de la enfermedad, a imitación de la pauta que siguen los «pintores» para reproducir la parcela de la realidad que les interesa en cada momento concreto. Como es bien sabido, recomendaba Sydenham a los médicos aban donar hipótesis preconcebidas, renunciar a la especulación y atenerse exclusivamente a la tarea de diagnosticar a los enfermos, llevando a cabo para ello una minuciosa descripción de cada caso clínico, proce diendo posteriormente a su identificación con la especie morbosa a que correspondiera, elaborando una clasificación de las especies morbo sas similar a la que por entonces estaban efectuando los «botánicos». La obra de los grandes nosógrafos clasificadores del siglo XVIII preten dió poner orden en el mundo de las enfermedades, al igual como los botánicos estaban haciendo con el de las plantas. Esta forma de afrontar el estudio de las enfermedades, a la vez que permitía a los médicos mantener la fidelidad al proceder de los anti guos médicos hipocráticos, parecía garantizar el rigor y la certeza que venían persiguiendo. Dentro de estos esquemas generales, la opción pa recía clara: la aproximación al estudio de las enfermedades debía ser ante todo de carácter sensorial, aplicando a su estudio el método ana lítico. Su aplicación a la medicina consistía en man tener que también en ella sólo es válido el conocimiento sensorial. Para lograr un conocimiento real a partir. de las sensaciones proponía Con dillac utilizar el método del anális�s -descriptivo, histórico y de de ducción-consistente en descomponer las ideas compuestas en otras simples y analizar su generación, recurriendo posteriormente al pro ceso de recomposición. Coincidiendo con Condillac mantendrá Cabanis (1757-1800) que la utilización de los sentidos del médico juega un papel fundamental, y especialmente lo juega en lo que se considera la parte práctica de la medicina; no es de extrañar que los médicos franceses se afanasen por lograr un conocimiento sensorial de la enfermedad, recurriendo para ello al método analítico. La aplicación del método analítico a la Nosología Para Cabanis la Nosología, tal como la entendió Sauvages, era una forma de hacer Patología, consistente en el «conocimiento de las afec ciones morbosas». Ese conocimiento considera que debía adquirirse mediante la lectura de algunos libros originales y de recolecciones de observaciones, que debían ser seleccionadas cuidadosamente en la li teratura médica, para luego confirmarse o rectificarse a la cabecera del enfermo, procedimiento que veremos seguir a Pinel y que imitará la escuela de París. El esfuerzo efectuado por Linneo y Sauvages -ambos botánicos y médicos-por confeccionar cuadros clasificatorios de las enfermeda des semejantes a los que se venían elaborando con las plantas, con la pretensión de que en ellos se contemplasen todos los géneros, clases y familias de enfermedades, originó una rica literatura, culminación de la consigna lanzada por Sydenham de imitar el modelo de los botá nicos. Pese al prestigio adquirido por las clasificaciones more botani co, especialmente por la de Sauvages, muchos fueron los autores que criticaron sus limitaciones, comenzando así lo que ha sido llamada «cri sis de la nosología more botanico» (1). Entre las críticas más aceradas a este sistema de clasificación podemos mencionar la del propio Caba nis de quien tomamos estos párrafos: «Los nosólogos como Sauvages, Linné, Sagar, Vogel y Cullen, refi riendo todas las enfermedades a ciertas divisiones principales, orde nándolas en familias como los botánicos ordenan las plantas, han hecho, es cierto, cuadros más adecuados para socorrer la memoria de un bachiller que defiende su tesis, que para mostrar al práctico el orden en que sus conocimientos y sus planes de curación deben ser encadenados. Cuando han querido decirlo todo, se han perdido en de talles, han multiplicado hasta el infinito las familias y las especies: y cuanto más han perfeccionando este plan, más se han acercado a las descripciones individuales» (2). Cabanis considera muy limitado el valor de estas clasificaciones, que por sí solas no constituyen la propia ciencia: «La historia natural sistemática, que se limita a clasificar los di versos productos de la naturaleza, basándose en analogías exteriores, es de gran utilidad para ordenar las colecciones... Pero estas clasifi caciones, por más metódicas que se las suponga, no son de ordinario la ciencia, como un catálogo no es una biblioteca, o como una lista de individuos no es una asamblea» (3). El sistema de las clasificaciones merece para él una dura crítica, si bien reconoce que ofrecía ciertos beneficios: «Pues aunque sea verdad que esas clasificaciones han llegado a ser grandes fuentes de error, el espíritu necesita de una cadena que rela cione sus conocimientos... » «Estas clasificaciones teniendo su origen en la naturaleza son tal vez más necesarias en el arte de curar» (4). Las clasificaciones parecían poner orden en la mente del médico y por ello Cabanis, aún criticándolas, cree que son de cierta utilidad. No es de extrañar que algunos au tares pretendiesen dotarlas de fundamen to recurriendo para ello al empleo del método analítico; así hay que entender las clasificaciones elaboradas por Pinel y por Baumes, auto res que dicen recurrir a dicho método para llevar a cabo sistemas de clasificación de las enfermedades bien diferentes: el primero con base anatomopatológica, el segundo con base química. Nosología de base anatomopatológica Es precisamente esta obra la que Cabanis recomienda a sus discípulos calificándola de «compendio exacto y completo de medicina práctica», y va a ser también obra de referencia continua en Francia durante dos décadas. En ella tuvo su autor «la feliz idea de elaborar una distribución de las enfermedades sobre la estructura anatómica», esfuerzo que se co rresponde con el alto nivel de desarrollo alcanzado por el empirismo anatomopatológico así como con el hecho señalado por Laín Entralgo de que «todos los sistemas racionales elaborados durante el siglo XVIII fueron un intento de fundamentar localmente las enfermedades» (5). Pinel intentará en ella hacer compatibles su pensamiento de estruc tura clasificadora y los hallazgos necrópticos, considerando Foucault que «ninguno de los médicos de la vieja escuela, ninguno fue más sen sible que Pinel y ninguno recibió mejor las formas nuevas de la expe riencia médica» (6). Se convirtió así en: una obra crucial en el panorama de la medicina de la Francia revolucionaria. También Pinel estaba plenamente convencido de la utilidad de las clasificaciones, aunque aclarase que no de todas; «No hablo de la informe compilación de Van Swieten, que sólo sirve para ser consultada como un diccionario, lo mismo que la Nosología de Sauvages... » (7). Más que plantear el tema de las clasificaciones como hiciera Pitt cairn: «Dada una enfermedad hallar su remedio», Pinel cree que ha bría que plantear el tema de acuerdo con el siguiente lema; «dada una enfermedad, determinar su verdadero carácter, y la clase que debe ocu par en una tabla nosológica», puesto que considera estas clasificacio nes necesarias para ahorrar al médico juicioso la incertidumbre e irresoluciones; al temerario e inconsiderado la determinación suministrada impen sadamente por una deliberación atrevida, y al enfermo el peligro de la equivocación» (8). Las tablas clasificatorias parecían asegurar la certidumbre en el quehacer médico. Para poder llevarlas a cabo debían cubrirse aún mul-Asclepio- tiples lagunas, por lo que Pinel querrá fundamentar la suya tanto en la clínica como en la anatomía patológica. La información clínica de la que parte Pinel, es la que él mismo ha reunido en los hospitales y también la que ha seleccionado en las obras de algunos autores clási cos. Así nos describe su pauta de trabajo: «Durante.el curso de la enfermedad que se observare se escribirá en una cuartilla de papel o en un cuaderno separado el orden y la su cesión de los síntomas día por día, apuntando con cuidado cuanto uno sepa por sí mismo o por la relación del enfermo y de los asistentes; en una palabra, todos los fenómenos de la enfermedad... Se visitará al enfermo dos o tres veces al día» (9). El método a seguir no ofrece dudas, ya que «los principios para in vestigar la verdad son los mismos en la medicina que en las demás cien cias naturales». Por ello optará, siguiendo a Condillac, por una «aplicación exacta del método analítico al sistema general de la ciencia médica, para llegar a las enfermedades primitivas que, con sus complicaciones diversas, forman una multitud de otras, y para distribuirlas según el orden de sus afinidades sacadas éstas del ca rácter particular de sus síntomas o de la estructura orgánica de las partes afectas» ( 1 O). Su fidelidad al sensualismo y al método analítico aparece manifies ta a lo largo de su obra: «Debemos así en la exposición, como en la indagación de la ver dad, principiar por las ideas más fáciles, y que dependen inmediata mente de los sentidos, y elevarlas consecutivamente por grados a las ideas más simples y compuestas» (11). Esta es la forma en que dice haber procedido nuestro autor: «... me esmeré constantemente en no elevarme a conceptos gene rales sino por abstracciones sucesivas, partiendo desde hechos suje tos a rigurosa discusión: estudié particularmente las afinidades naturales de los diversos géneros de enfermedades, para coordinar las entre sí, y formar una serie regular: pasé prudentemente y por grados de un orden a otro, o de una clase a la que debe seguirla inme diatamente: distribuí unas y otras, fundado no en aproximaciones arbitrarias sino sobre la base inmutable de la estructura orgáni-ca o en las funciones de las partes; usé continuamente el análisis pa ra descomponer los objetos complicados, considerar sus elementos de modo aislado, y determinar bien su carácter para poder pasar por segunda vez a nociones justas y puntuales de los objetos compuestos: me desprendí escrupulosamente de toda preocupación y espíritu de partido y de toda opinión dominante de las escuelas: veneré todos los que han engrandecido el campo de la observación, o qu e se han entre gado a su estudio con sublimes conceptos y alma elevada: abandoné la vana ostentación de erudición... » (12). Se declara de forma reiterada seguidor del método analítico, méto do que considera que ya aplicó el mismo Hipócrates: «Es admirable el método analítico adoptado por el padre de la Me dicina, como el único, verdadero e invariable en la indagación de la verdad... » (13). Por lo que se esforzará en utilizar todo lo que considere válido del legado hipoci:-ático. Tal como se ha dicho, su obra in ten ta aunar hipo cratismo y método analítico, y a todo ello unirá su pensamiento loca lista. Asociando la clasificación de Linneo y el método de Condillac logró reducir, como es bien sabido, la clasificación de las enfermedades a cinco clases: fiebre, inflamación, hemorragia, neurosis y lesión orgá nica. Esta simplificación de la clasificación de las enfermedades le va lió el elogio de Cabanis, alcanzando por ello gran éxito en la Francia revolucionaria (14). Aparentemente, el fallo fundamental que podía achacarse a los auto res de clasificaciones que le precedieron, era la subjetividad de los sín tomas y por tanto la falta de objetividad al llevarlas a cabo. Por ello la propuesta planteada por Pinel consisten te en basar su clasificación sobre criterios anatomopatológicos, proporcionaba rigor y objetividad a la misma, sobre todo cuando el procedimiento seguido para lograrlo había sido el prestigiado método analítico. No fue la de Pinel la única alternativa presentada por los médicos franceses en su intento por dotar a sus clasificaciones de verdadero fundamento. Objetivo semejante perseguirá el sistema químico patológico de J.B.T. Baumes (1756-1828), efectuado igualmente recu rriendo al-empleo del método analítico. Nosología de base química Coincide Bat.imes con Pinel al afirmar que la medicina necesita re currir a la clasificación de las enfermedades, y como aquél desconfía además de las clasificaciones que han basado exclusivamente la elabo ración de multitud de géneros de enfermedades en la semejanza o dife rencia de los síntomas, sin considerar la causa o la naturaleza de dichas enfermedades. Sin embargo, recurrir al salidismo como elemento único en que ba sar las clasificaciones de las enfermedades le parece también insufi ciente,. ya que el objetivo principal que persigue es que dichas clasificaciones se fundamenten en las causas que producen la enfer medad, y sean de utilidad para establecer las pautas terapéuticas. Pa ra lograrlo cree que el único camino es la química: «Para conocer las causas de las enfermedades y la virtud de los medicamentos, es necesario estar versado en conocimientos químicos. La autopsia o la observación médica no sirven más que para apreciar las indicaciones» (15). Considera que la determinación de la sede de la enfermedad, sien do muy importante puede inducir a errores: tal es el caso de las enfer medades simpáticas. Por ello cree que atenerse exclusivamente a la determinación de los órganos afectos no aclara ni la causa ni la natu raleza de los procesos morbosos, que es lo que verdaderamente debe preocupar al médico. De aquí que le parezca justificada la actitud de aquellos nosólogos que rechazan apoyar sus clasificaciones en estos ele mentos: «Este conocimiento de la sede de la enfermedad supone el método anatómico, rechazado por los buenos nosólogos, porque es confuso, incierto, y sobre todo... porque aisla enfermedades cuya naturaleza es la misina» (16). Baumes considera que los líquidos son más fácilmente alterables que los sólidos, por lo que propugna un retorno al humoralismo. Entre todos los humores, coincidiendo con Bordeu, creerá que la sangre, a la que se refiere utilizando la famosa expresión de este último -chair coulant-, es el más importante. Los líquidos, y la sangre en primer lugar, permiten un conocimiento general de la enfermedad, que es lo que nuestro autor dice pretender: «.•• pretendo fundar mi trabajo nosológico en el estado general de la economía animal, lesionado en sus facultades o en sus funciones» (17 ). Buscando muy en primer término la eficacia terapéutica propon drá un nuevo método para el estudio de la nosología, basado en la se mejanza de la respuesta de las enfermedades ante el tratamiento, convencido con Gaubius de que: «... el método de clasificar las enfermedades debe ser tal que su utilidad no se limite a dar nombres a las enfermedades, sino princi palmente a suministrar un medio para determinar fácilmente los tra tamientos» (18). Para lograr este fin.cree de nuevo que la química es fundamental ya que permitirá conocer la causa o la naturaleza de la enfermedad, ayudando así a la medicina. Propone un sistema de clasificación que cree que simplifica considerablemente el estudio de la nosología, y que agrupa las enfermedades por sus semejanzas en la respuesta al trata miento. Para él cinco clases serían suficientes para abarcar todas las enfermedades: «de calorineses, d'oxigéneses, d'hidrogéneses, d'azoté neses, de phosphoreneses». Dichas clases se relacionarían con la alte ración de cada uno de los cinco componentes químicos elementales que formaban parte del ser vivo: carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y fósforo; elementos que habían sido resultado de la aplicación del mé todo analítico a la composición química del ser vivo (19). Pese a las críticas que su sistema recibió por sus propios contem poráneos, es evidente que con él pretendía dar base química a las cla sificaciones de las enfermedades, de manera que se simplificasen y fuesen de mayor eficacia para establecer la terapéutica. Y lo preten día convencido de dos presupuestos: en primer lugar la primacía de los hechos, considerando que son suficientes los que él mismo ha reu nido a lo largo de veinticinco años de ejercicio médico; en segundo lu gar la utilidad de los sistemas para interpretar esos hechos, y por ello elabora un sistema químico como alternativa para interpretar esos he chos, convencido de que la química es la ciencia analítica más perfec ta. Es pues su fidelidad al método analítico lo que le llevará a inter-Asclepio- pretar los hechos acumulados en la práctica médica a la luz de las doc trinas físico-químicas. La aplicación del método analítico a la nosología había permitido dotar de fundamento a las clasificaciones, simplificarlas y suministrar les el rigor metodológico de que parecían adolecer. No obstante, no que daría resuelto así el problema; como bien sabemos había que dar fin al ontologismo y acabar con la mentalidad clasificadora tan fuertemente arraigada en medicina, y eso sólo se logrará de manera definitiva con la obra de Broussais, previa colaboración de autores como Bichat, Bayle o Laennec (20). La aplicación del método analítico al diagnóstico y a la terapéutica Para establecer sus diagnósticos, y de acuerdo con ellos sus pautas terapéuticas, el médico debía actuar como un pintor, debía pintar o di bujar el caso clínico con toda precisión y exactitud, consejo dado por Sydenham y proseguido principalmente por los llamados «nosólogos no clasificadores». Luego debía recurrir a las tablas clasificatorias pa ra de esta manera saber encuadrar el caso individual en el cuadro ge neral para establecer con precisión el diagnóstico y el tratamiento más adecuado. Pero, tal como ya hemos avanzado, uno de los fallos que se achaca ron a esas clasificaciones era el haber tomado las variedades indivi duales como especies morbosas. El diagnóstico de un paciente concreto llevaba al médico a considerar un amplio abanico de factores -sexo, edad, raza, constitución, clima, forma de vida... -que establecían pe culiaridades y variaciones en el curso clínico. La convicción general de que la experiencia, clínica y anatomopatológica, debía ser punto de partida irrenunciable, llevó a muchos a suponer que la medicina jamás podría alcanzar la precisión y el rigor logrado por otras ciencias. Para los médicos franceses estaba claro, ya lo hemos avanzado, que la medicina lograría fiabilidad si se atenían fielmente al conocimiento que alcanzaban mediante sus propios sentidos y a la aplicación del mé todo analítico. Los casos clínicos, su variabilidad, no podían llevar al médico a sen tirse perdido en su tarea de diagnosticar y tratar a sus pacientes. Si los casos individuales eran múltiples y variables, había que lograr llevar a cabo un estudio minucioso de los elementos que integran la enferme dad. Por eso Cabanis propondrá que, en lugar de imitar a los botáni-.• cos, sigan los médicos el modelo de los químicos, convencido de que las enfermedades pueden también ser descompuestas en elementos que combinándose de forma diferente dan lugar a todas las variedades de la enfermedad: «En cada caso nuevo, se creería primero que se trata de hechos nuevos pero no son más que otras combinaciones, no se trata más que de otros matices. El orden en que aparecen, su importancia, sus rela ciones diversas son suficientes para dar lugar a todas las variedades de la enfermedad» (21). Se trataba pues de aplicar de nuevo el método analítico al estudio de las enfermedades, para llegar a los elementos que las integran. Es to suponía una simplificación de los procesos. Cabanis está haciendo esta aseveración en 1803; poco antes, en 1802, Barthez en su Traité des maladies gouteuses, al referirse a los métodos de tratamiento mantie ne que son tres: natural, anaHtico y empírico. Y al referirse al segundo nos dice: «Los métodos analíticos del tratamiento de una enfermedad son aquellos que, tras haberla descompuesto en las afecciones esenciales de las que es producto, o en las enfermedades más simples que se com plican en ella, se ataca directamente a los elementos de la enferme dad por medios proporcionados a sus relaciones de fuerza e influencia» (22). Aunque Barthez refiere este método de manera general al método propugnado por Bacon, hay que recordar que, en la misma Universi dad de Montpellier, en 1775 Bordeu había apuntado ya este procedi miento en sus Recherches sur les maladies chroniques: «En el tratamiento de cada enfermedad, el médico debe esforzar se eri simplificarla tanto como sea posible... Esta conversión de las enfermedades complicadas en simples, de las malignas en benignas, es sin discusión una meta de las más importantes en el arte de curar» (23). Probablemente será Pinel quien más se esfuerce por llevar a cabo la tarea de descomponer las enfermedades agudas complicadas en otras más sencillas, tarea que cree que ya ha sido practicada anteriormente: «Los primeros ensayos hechos en Viena, Berlín, Gotinga y Londres, sobre el arte de descomponer, por una especie de análisis, ciertas en fermedades agudas complicadas, no podía escapar a cualquier obser vador atento a seguir los progresos sucesivos de la ciencia; y debía hacer nacer la idea de dirigir las mismas investigaciones sobre un pla no bastante más amplio, tomando por fundamento una larga serie de observaciones hechas en los hospitales con un método severo» (24). Personalmente dice haber llevado a cabo este método desde 1785, y de forma más sistemática tras su incorporación a Bicetre en 1791 y en 1794 a la Salpetriere; ya que considera que la acumulación de casos que se produce en el hospital es fundamental para poder llevar a cabo este método de forma sistemática y fructifera. La descripción de los casos clínicos se debe efectuar ateniéndose a los signos externos que se perciben por los sentidos, y a partir de ellos intentará elaborar un cuadro general de clasificación, con la intención de obtener un conjun to regular y metódico, tal como se efectúa en todas las ciencias físicas. En esta tarea considera fundamental perfeccionar el lenguaje de los signos, por lo que recurre a la colaboración de Landré-Beauvais, autor del tratado de semiología titulado Séméiotique aparecido en 1809. Pinel considera que el desarrollo de ésta le sirvió de base en la ela boración de su Nosographie Philosophique, donde afirmaba que sólo «si..; nos elevamos por el análisis a las afecciones primitivas o... ele mentales» se logrará superar las deficiencias de las clasificaciones de los nosólogos, consiguiendo así simplificarlas y reducirlas, y es lo que le ha permitido a él dejar reducida su propia clasificación a cinco gran des clases, puesto que ello lo ha conseguido recurriendo « continuamen te al análisis para descomponer los objetos complicados, y considerar sus elementos de: modo aislado» (25). La aplicación del método analítico al estudio de la enfermedad se rá pues practicada en los años finales del siglo XVIII y los primeros del XIX. Otro ejemplo de ello nos lo proporciona Dumas, que en 1785 al hablarnos de la rama de la fisiología a la que llama práctica o médica nos dice: «Es necesario que esta ciencia analice y descomponga la enferme dad a fin de distinguir lo que pertenece a la función inmediata o me diata dañada, o lo que no le pertenece» (26). «Las enfermedades están por lo general formadas por muchos afec tos esenciales que constituyen sus elementos o principios, y se dife rencian en su número, proporciones y combinaciones» (27).. Las diferencias entre las enfermedades agudas y las crónicas las explicaría afirmando que éstas últimas presentan sus elementos en combinaciones más fijas y más estables que las enfermedades agudas (28). A la tarea de aplicar el método analítico al diagnóstico de las enfer medades, se dedicaron, tal como hemos visto, médicos más empiris tas, como aquéllos que eran considerados más inclinados a interpretar los hechos de acuerdo con sistemas o doctrinas explica ti vas. De aquí que junto a Pinel encontremos en esta tarea a algunos de los más céle bres médicos vitalistas. La aplicación del método analítico a la semiología Creía Cabanis que la verdadera Patología que se encuentra en los escritos de los autores antiguos se puede identificar a la Semiología, y para él la lectura de estas obras debía ser el punto de arranque de la medicina, para luego confirmarse o rectificarse a la cabecera del en fermo. La aplicación del método analítico llevaría a conceder priori dad absoluta a la exploración sensorial para establecer el diagnóstico. Para que este diagnóstico estuviese dotado de certidumbre había que repetir las observaciones y educar los sentidos de los futuros médicos. La otra tarea que debía emprenderse era el establecimiento de un len guaje médico más acorde con la reforma analítica que propugnaba. La aplicación del método analítico a la Semiología fue tarea que fundamentalmente desarrollaron Double, Landré-Beauvais, Bayle y Laennec. Landré-Beauvais (1772-1840), profesor de medicina clínica y médi co de la Salpetriere donde enseñaba clínica junto a Pinel, nos relata cómo llevaba a cabo su tarea: «Esta primera parte de la medicina clínica, este ejercicio habitual, conveniente y métodico de los sentidos, estaba bastante olvidado, hasta que al profesor Pinel le pareció bien, hace diez años, asociarme a su enseñanza particular de la medicina clínica; desde entonces yo comen cé a hacer cursos en los que, después de haber expuesto las diferen-Asclepio- I-1990 tes formas y cualidades, y los diferentes grados bajo los cuales se ofre cen las alteraciones de las funciones, de los órganos y de las materias de secreción, ejercito a los alumnos en reconocer cada una de las al teraciones en la cabecera del enfermo; luego, tras haber fijado las ba ses que deben servir para convertir estos síntomas en signos, les hago conocer las divisiones establecidas entre los diferentes signos, y el va lor diagnóstico y pronóstico de estos signos en las distintas enferme dades (29). En la tarea de establecer los signos, cree nuestro médico que juega un papel fundamental la observación y las clasificaciones; dicho con sus palabras: «No es a la autoridad ni a los razonamientos especulativos a los que recurrimos continuamente, sólo a la experiencia le corresponde confirmar o aumentar los signos de las enfermedades; observando con cuidado y ayudándose de una buena clasificación es como se puede perfeccionar la doctrina de los signos» (30). En su deseo de contribuir al desarrollo de dicha doctrina va a pro porcionarnos el análisis de una serie de conceptos fundamentales pa ra la clínica, éstos son: fenómeno, síntoma y signo. «Fenómeno» es todo cambio que se produce en el cuerpo sano o enfermo y que es percepti ble por los sentidos. «Síntoma» es un cambio, una alteración de las par tes del cuerpo o de alguna de sus funciones, producida por una causa morbosa y perceptible por los sentidos. Mientras que « signo» es todo fenómeno, todo síntoma, mediante el cual se llega al conocimiento de efectos más escondidos. El «síntoma» sería resultado de una percepción de los sentidos, mientras que el «signo» supondría la elaboración de un juicio, de un razonamiento. El proceso por el que el síntoma se convierte en signo requiere relacionar el síntoma significante con el fenómeno significa-•do, mercep a la observación fisiológica, la observación clínica y la ana tomfa patológica (31). Para Landré-Beauvais sería precisamente el desarrollo de los sig nos lo que demostraría la madurez y el progreso de una ciencia, y con sidera que los signos son fundamentales en orden al diagnóstico y al pronóstico, que podrá establecerse apoyándose en el grado de proba bilidad (32). Esta misma necesidad de repetir las observaciones para lograr ma yor grado de certidumbre en el diagnóstico y en el pronóstico será « El método que yo aconsejo aquí, la marcha que yo recomiendo, y que intento hacer prevalecer, constituye la base general de la semio logía, cuyos axiomas no son en efecto más que el resultado, o el resu men de un gran número de observaciones particulares» (33). Double relacionará este proceder con Hipócrates y con Bacon. Se rá esta necesidad de recurrir a multiplicar las observaciones con el fin de garantizar la mayor certidumbre en los diagnósticos y los pronósti cos, lo que llevará a Pinel y a Louis a utilizar el método numérico en. clínica. Esta aplicación estará posibilitada por la acumulación de pa cientes con cuadros clínicos similares en los hospitales de París, base de la medicina clínica de ese período (34 ). Double pertenece claramente a aquel grupo de nosógrafos no clasi ficadores, para los que la observación y la experiencia eran la base pa ra poder desarrollar la tarea iniciada por Sydenham: proporcionar cuadros detallados de las enfermedades que se quiere estudiar. Para ello el observador debía copiar aquella parte de la naturaleza cuyo es tudio le interesase con toda fidelidad, como si estuviese pintando un cuadro. Sólo mediante la fidelidad a la realidad que se observa y la mul tiplicidad de las observaciones se conseguirá dotar de rigor a la medi cina, o de acuerdo con las palabras de nuestro médico, dotarla de conocimientos verdaderamente positivos (35). En aquellas ocasiones en que el objeto de observación resulte de masiado complicado, recomienda recurrir al método analítico (36). Igualmente creerá que «el análisis es el único camino a seguir» cuan do se trata de transformar los síntomas en signos (37). Para él, sínto mas y signos serían comparables a los elementos simples a partir de los cuales se componen o descomponen las enfermedades. He aquí co mo lo manifiesta Double: « Yo compararía gustoso los efectos aislados de una enfermedad, los síntomas que la constituyen... a las letras del alfabeto colocadas bajo los ojos de un hombre que las ve sin reunirlas; hasta entonces ellas no tienen ningún valor, ninguna significación. Pero cuando se unen, cuando se combinan las vocales con las consonantes, se forman las sílabas cuya reunión constituye las palabras, tal como la unión de las palabras bajo una cierta construcción forma las frases y la de las frases el discurso» (38). Considerará que para establecer la génesis de una enfermedad hay que recurrir a la anatomía patológica, sobre todo en el caso de las en fermedades orgánicas. Y tras elogiar este recurso denuncia los abq.sos que en su uso se están cometiendo, debido a que se extraen conclusio nes precipitadas (39). Para él el primer problema a esclarecer es si las lesiones halladas son causa o efecto de la enfermedad, e incluso si se trata sólo de alteraciones post-mortem. El segundo problema consisti rá " en coordinar los resultados obtenidos por los diferentes autores, y el tercero se debe al fenómeno de simpatía entre los órganos que nos impide saber si la lesión hallada es primaria o secundaria (40). Ante la gravedad de estos problemas nuestro autor recomendará de nuevo las observaciones repetidas, medida de prudencia que encuentra ple namente justificada. Poco difiere la clasificación de los signos que nos suministran es tos dos autores, ya que ambos hablarán de signos característicos, co munes y accidentales, y asimismo lo harán de signos diagnósticos y pronósticos. Landré-Beauvais dentro de esta última clasificación diferencia los signos conmemorativos, que nos informan sobre el pasado, los diag nósticos, que informan sobre el estado actual o presente, y los pronós ticos que permiten predecir el futuro (41). En ello queda claramente manifiesto, de acuerdo con Imbault-Huart, la importancia que estos autores conceden al tiempo, dimensión de lo vivo, que liga la enferme dad a la vida, hecho ya señalado por Foucault. Para esta autora -coinci diendo con la opinión de Foucault-la semiología va a cambiar radicalmente con Bayle, de quien dirá: «Con Bayle, la enfermedad se va a definir a partir de la muerte, y es con este giro epistemológico como nace la medicina anatomoclí nica. A la identificación de la enfermedad basada sobre combinacio nes, concordancias o frecuencias, Bayle sustituye "le point fixe" de la autopsia» (42). La importancia del papel juga_do por Bayle en este cambio de la se miología que acontece en Francia a comienzos de la centuria pasada, había sido puesta de manifiesto ánteriormente por Rousseau, quien se referirá a él como «el teórico de la escuela de París» y previamente por Ackerknecht y Laín Entralgo (43). No obstante, mientras que estos dos últimos autores insistirán en la importancia que la obra de Bichat y el magisterio de Corvisart desempeñarán en el desarrollo de la obra de Bayle y Laennec, Imbault-Huart no cree de interés la consideración de la obra de Bichat -que sólo se habría ocupado de la estructura ana tómica del cuerpo humano-ni la de Corvisart, en el giro que por en tonces se produc;:e en la semiología francesa. Creemos que esta interpretación no es acorde con la realidad, y que el cambio de semio logía que se produce entre Landré-Beauvais y Double, de una parte, y Bayle y Laennec de otra, no se puede interpretar correctamente si no se tiene en cuenta la aportación de Bichat con su Anatomía General, ni la de Cdrvisart con su magisterio directo a la cabecera del enfermo. Las referencias de Bayle y Laennec sobre su experiencia como discí pulos de Corvisart así lo evidencian. El examen de sus obras lo confirma. Bichat parece estar enfrentándose a la manera babi tual de enten der la labor del clínico, que nos ha descrito Pinel, cuando dice: exploratoria que había heredado de los grandes médicos del siglo XVIII. Como es bien sabido, tras in traducir la percusión de Auenbrugger en señará a sus discípulos a oír el corazón, «poniendo la oreja muy cerca del pecho», precedente de la auscultación inmediata que Bayle practi cará, hecho que Laennec recuerda en la introducción de su Traité de l'auscultation médiate. Claramente se manifiesta que la enseñanza del maestro fue fundamental en la tarea de buscar signos acústicos, oyen do para ello detenidamente el tórax de los pacientes. Tal como en su momento señaló Laín Entralgo analizando las pato grafías de Corvisart, en ellas la lesión anatómica da nombre a la espe cie morbosa y preside el diagnóstico clínico, lo que demuestra que en Corvisart se había producido ya lo que el propio Laín llamará «el giro copernicano del pensamiento patológico», al desplazar la lesión al sín toma en el papel que hasta entonces éste había jugado (46). No coinci dirá con esta opinión Imbault-Huart que cree que la autopsia para Corvisart estaría al servicio del esclarecimiento del síntoma siendo el objeto secundario de su curiosidad. Se apoya para man tener ésto en la siguiente frase de Corvisart: «... el fin deseable, el único objetivo de la medicina práctica debe ser, no sólo investigar, por una curiosidad estéril, lo que los cadáve res pueden ofrecer de singular, si no esforzarse en reconocer estas enfermedades mediante signos ciertos y síntomas constantes» (47). Este fragmento manifiesta efectivamente que Corvisart estaba inte resado prioritariamente por el diagnóstico de los casos clínicos, pero mediante el recurso a los signos ciertos, el nuevo lenguaje que surgía de correlacionar el estado anatómico de los órganos de los pacientes con la exploración en vida de los mismos, sin tener que esperar a confir mar la certeza de esos diagnósticos en la mesa de autopsias. Es la bús queda de esos signos no equívocos, la que Corvisart había iniciado por sí mismo, y que continuarán, como ya hemos dicho, Bayle y Laennec. G. L. Bayle (1774-1816) se ocupará de estas cuestiones teóricas de la medicina en su obra Considerátions sur la nosologie, la médecine d'ob servation et la médecine pratique aparecida en 1802. En ella al referirse a los síntomas los define como «fenómenos aparentes de las enferme dades», que deben ser recogidos por las sensaciones, evitándose la me diación de los juicios. Distinguirá Bayle «síntomas vitales» (pulso, respiración, funciones intelectuales... ) y «síntomas físicos», que son in cluso perceptibles después de la muerte, y tal como él mismo señala: 230 Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es «Esta división de síntomas proporciona un papel muy importante a la anatomía patológica, ya que se puede reconocer en el cadáver las enfermedades de las que estaba aquejado el sujeto muerto... Pero to davía es más importante en lo que se refiere al estudio de las enfer medades en el sujeto vivo; los síntomas físicos, cuando son constantes, merecen preferencia sobre los síntomas vitales, para establecer la ob servación de una enfermedad o clasificarla» (48). Está claro que para él «los síntomas físicos» permiten conocer el estado anatómico de los órganos. De acuerdo con Corvisart creerá que este diagnóstico lesiona! debe hacerse mientras los individuos están vivos, sin esperar a que lleguen a la mesa de autopsias, tarea que sólo puede lograrse mediante los llamados «síntomas físicos». Para Bayle hay que lograr establecer un «point fixe» que no varíe, y sobre él determinar las semejanzas entre las diversas enfermedades. Ese «point fixe» considera que debe encontrarse en la autopsia, de ma nera que se logre establecer la «lesión constante que firme la enferme dad». No obstante mantiene que el diagnóstico de esas lesiones se puede lograr en vida mediante el recurso a los «síntomas físicos», que serían fundamentalmente de carácter acústico: la percusión del tórax y la aus cultación inmediata, serían de nuevo los recurso utilizados para obte ner estos «síntomas físicos». Por otra parte, mantiene Bayle que las lesiones no son estáticas, si no que presentan diferentes estados de evolución, pasando por diver sas etapas; por ello aclarará que esos estadios evolutivos no deben ser considerados como enfermedades diferentes: «Todas esas lesiones no deben ser miradas más que como modifi caciones diferentes de la misma enfermedad, y no pueden constituir especies diferentes. Hay entre ellas muchas menos diferencias que en tre el gusano de seda que acaba de salir, el gusano de seda que está ya fabricando el hilo, la crisálida del mismo insecto, y la falena que sale del capullo» (49). Bayle mantiene el carácter específico de la enfermedad, pero en lu gar de equipararla a una planta, la equipara con un insecto que pasa por diferentes etapas de evolución. Este caracter dinámico concedido a la enfermedad, manifestaría para A. Rousseau el influjo de los pun tos de vista vitalistas que actúan sobre Bayle, quien permaneció tres años en Montpellier, y efectivamente esta afirmación nos recuerda la consideración procesal de la enfermedad que formulara Bordeu (50). Estos puntos de vista teóricos se manifestarán en la forma en que desarrolla su trabajo al abordar el estudio de la tisis pulmonar, que consistiría en las siguientes etapas, tal como las expone Laín Entralgo: en primer lugar, distinguir en el cadáver la especie anatomopatológi ca que corresponde al género «tisis pulmonar». Distingue Bayle la ti sis tuberculosa, la gangrenosa, tisis con melanosis, tisis ulcerosa, tisis calculosa y tisis cancerosa. A continuación, describir el estado del pul món en los diversos períodos evolutivos de cada una de las formas de tisis pulmonar, que serían: tisis oculta, tisis incipiente, tisis confirma da y tisis en grado final. Y por fin determinar los síntomas clínicos ne cesarios y suficientes para el diagnóstico de cada especie esencial en cada uno de los períodos evolutivos (51). De esta manera plantearía seis especies y cuarenta variedades de tisis, lo que para Ackerknecht evidenciaría su gusto por la nosografía, y la influencia en él de la obra de Pinel (52). La metodología puesta en marcha por Bayle será un punto de refe rencia para los defensores del método anatomoclínico, que madurará y desarrollará su condiscípulo R. Th. «La meta que me he propuesto siempre en mis estudios y en mis investigaciones ha sido la solución de los tres problemas siguientes: 1) distinguir en el cadáver un caso patológico por los caracteres físi cos que presentan la alteración de sus órganos; 2) reconocerlo en el vivo mediante signos ciertos, siempre que sea posible físicos e inde pendientes de los síntomas, es decir del efecto variable de las accio nes vitales que les acompañan; 3) combatir la enfermedad por los medios que la experiencia ha demostrado más eficaces: en una pala bra yo he intentado con respecto al diagnóstico situar las lesiones in ternas en la misma línea que las enfermedades quirúrgicas» (53). En el desarrollo de esta tarea se sirvió del instrumento al que él mis mo llamó «estetoscopio», nombre que manifestaba su intención de «ver» el estado anatómico en que se encontraban los órganos del tórax de sus pacientes, escuchando los sonidos que aquel utensilio le proporciona ba. Tal como nos ha confesado intentaba hacer externa la patología in terna, haciendo visible lo invisible. La aplicación del estetoscopio le llevó en primer lugar a la necesi dad de tener que aplicar el método analítico al conjunto de sonidos que lograba escuchar. Esta descomposición de los sonidos en sus compo nentes elementales le permitió diferenciar sonidos normales y patoló-232 Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es gicos, así como establecer diversos tipos de sonidos: ruidos respirato rios, ruidos vocales, ruidos de la tos, ruidos sobreañadidos y ruidos cardiacos. Tras la identificación de estos sonidos diferentes había que pasar al conocimiento de «la contextura material del sustrato que emite el sonido auscultado» (54). Para que los sonidos escuchados tuviesen el valor de signos físicos, debían convertirse en expresión inequívoca de lesión anatomopatológica. Tal como en su momento formuló Laín el «signo físico» sería para Laennec: «Cualquier dato de observación sensorial que permita al clínico obtener, con bien fundada pretensión de certidumbre, una imagen par cial del estado anatómico en que se encuentra el cuerpo del enfermo en el momento de la exploración» (55). El signo físico sería para Laennec el único fundamento posible de una medicina científica, «la seule base des connaissances positives en médecine». El método anatomoclínico estaba plenamente instaurado y parecía dotar a la medicina del rigor científico deseado. Con él se ha bía logrado demostrar la utilidad de la aplicación del método analítico al estudio de la enfermedad, cuando se aunan el estudio del paciente y el del cadáver, cuando se logra hacer lo invisible visible, mediante la creación de un nuevo lenguaje compuesto por signos físicos. El sensualismo y el método analítico proporcionaban rigor y fiabi lidad a la medicina, tal como por diferentes caminos los • médicos de las décadas estudiadas venían persiguiendo. El método analítico per mitía proporcionar a la medicina «conocimientos positivos», no sólo en su consideración del hombre sano sino también en lo que respecta al estudio de sus enfermedades. No obstante, los médicos franceses en contraron grandes dificultades para lograr elaborar, a partir de él, una teoría general de la enfermedad. Algunas de esas dificultades se encuen tran claramente en las páginas precedentes, pero esta era una tarea a desarrollar que ahora no pretendemos analizar.
importancia justifica la atención que le ha prestado la historiografía médica, exige una acla ración previa. Como es bien sabido, la contribución fundamental de Bay le, el concepto de especificidad lesiona!, que aparece explícitamente formulado en sus Recherches sur la phthisie pulmonaire de 1810, ha si do objeto de valiosos estudios. Recordemos en este sentido las funda mentales aportaciones de Laín Entralgo en torno a la constitución y desarrollo del método anatomoclínico, que han puesto de relieve lo que constituyó la labor más importante de la Escuela de París; el estudio de las lesiqnes orgánicas y el desarrollo de una semiología, basada en la utilización de signos físicos, que permitieran la «visualización» de di chas lesiones en vida del enfermo. Ahora bien, el propio Laín ha señalado, en el caso de Laennec, que su dedicación al estudio de las lesiones orgánicas, que constituyó su labor predominante a lo largo de toda su vida, no impide distinguir entre un Laennec «patólogo» y un Laennec «investigador». El primero entenderá la enfermedad, al modo galénico, como un desorden de las funciones. De ahí su afirmación de que «las lesiones vitales constituyen, propia mente hablando, el estado de enfermedad». tales dependerían, en el caso de las enfermedades orgánicas, de las le siones estructurales de los sólidos, junto a ellas existirían otras que con sistirían en alteraciones de los líquidos y, por último, habría que considerar un grupo de enfermedades en que el trastorno de las funcio nes constituiría toda la enfermedad. Algo similar puede afirmarse de G. L. Bayle. También en este caso, su decisiva contribución al desarrollo de la mentalidad anatom�clínica, el concepto de «especificidad lesiona!», no impone que haya aspectos de su pensamiento nosológico en que el papel de la lesión anatómica se nos muestra mucho menos relevante. El objetivo de este trabajo es ana lizar su concepto de enfermedad y, en especial, el papel que en él ocu pan las «lesiones vitales» que, como vamos a ver, adquirirá un protagonismo especial en sus trabajos póstumos, cuya lectura permite afirmar la existencia de un «último Bayle» que va a revisar los plantea mientos del más importante de sus trabajos, las Recherches de 1810. Recordemos que Bayle muere en 1816, el mismo año en que Laennec descubre la auscultación mediata. Durante la última etapa de su vida prepara dos artículos destinados al Dictionnaire des sciences médicales. Uno de ellos, subtitulado «Consideraciones generales sobre las ayudas que la anatomía patológica puede proporcionar a la medicina», apare ció en 1818 en el volumen segundo del diccionario, en la voz Anatomía Patológica, juntamente con un trabajo de Laennec. El otro, dedicado a la tisis pulmonar, permaneció inédito por entonces, si bien fue publica do en el volumen de 1838 de la Encylopedie des Sciences Médica/es que recoge los trabajos de Bayle juntamente con los de Corvisart (1). El aná lisis de estos trabajos póstumos nos permite comprobar que su pensa miento se muestra por entonces instalado en un eclecticismo nosológico. El primero de ellos contiene una doctrina general sobre la enfermedad y el papel de la lesión anatómica, en tanto el segundo, a pesar de tratar se de un estudio monográfico sobre la tisis, hace posible una compara ción entre sus planteamientos con los que había defendido Bayle anteriormente. Resulta factible de este modo aclarar la evolución de su pensamiento y la convivencia de su doctrina anatomoclínica, lo más co nocido e importante de su obra, con otras visiones de la enfermedad. Es sobradamente conocido el nuevo concepto de tisis pulmonar acu ñado por Bayle en 1810, que constituye la aportación fundamental de su obra (2). Frente al «carácter artificial» o sintomático de la tisis que establecían hasta entonces las nosologías -tos, dificultad par� respi rar, marasmo, fiebre héctica, y a veces expectoración purulenta-ha bría que considerar como más importante el carácter esencial, según el cual « se debe denominar tisis pulmonar a toda lesión del pulmón que, abandonaba a sí misma, produce una desorganización progresiva de es ta víscera, a consecuencia de la cual sobreviene su ulceración y final mente la muerte» (3). Así definido el «género» tisis pulmonar, la anatomía patológica permitiría también establecer sus «especies»: tisis tubercu losa, tisis granulosa, tisis con melanosis, tisis ulcerosa, tisis calculosa y tisis cancerosa. La novedad de este planteamiento es puesta de relieve por el propio Bayle al decir que todos los médicos que se habían ocupa do de la tisis habían distinguido sus diversas especies «según los sínto mas que las acompañan, según las causas que las determinan o que aceleran su marcha, y también algunas veces según las complicaciones con otras enfermedades» (4). Pronto veremos que este criterio, rechaza do por Bayle en 1810, volverá a ser asum. ido por él seis años después, por más que en su trabajo inicial reitera que «en el estado actual de la ciencia, rrie parece más conveniente distinguir las especies de tisis se gún los diversos caracteres de la lesión del pulmón que según la dife rencia de los síntomas» (5). Esta aportación fundamental de Bayle, el concepto de especificidad lesiona! -la correlación entre «especies morbosas» y «especies anató micas»-parece expresar, en principio, que la mentalidad nosológica de Bayle es en 1810 rigurosamente anatomoclínica, si bien no debemos olvidar que Bayle se está ocupando de una enfermedad orgánica. Con idéntica claridad lo expresará dos años después, en una memoria pre sentada en el Ateneo de Medicina de París (27 de junio de 1812) (6). Los planteamientos son idénticos a los de las Recherches de 1810. Las «es pecies» de la tisis pulmonar son «especies anatómicas», en tanto que los síntomas permiten aislar las «variedades». Al comentar el tratamiento, Bayle nos da otra muestra de su pensamiento anatomoclínico al afir mar que el objetivo de la terapéutica no podría ser otro que «destruir» la lesión orgánica que daba consistencia real a la enfermedad: La terapéutica no ha avanzado lo suficiente para proporcionarnos los medios capaces de prevenir o de curar las degeneraciones orgáni cas que constituyen las diversas especies de tisis pulmonar; de suerte que el tratamiento capaz de combatir con éxito cada especie es un descubrimiento por hacer. Este descubrimiento es de la mayor impor tancia; porque es forzoso admitir que para curar cada especie de tisis será indispensable poner remedio a la lesión orgánica que la constitu ye. Es por tanto a descubrir los medios de prevenir y de curar la lesión Asclepio-1-1990 orgánica que constituye cada especie de tisis a lo que deben apuntar las investigaciones de los médicos que desean consa grar sus trabajos al perfeccionamiento de la terapéutica de la tisis pulmonar (7). Más adelante insiste en que es necesario «tratar cada especie por medios particulares destinados a combatir la lesión orgánica, a dete ner su marcha, a atenuar sus efectos», para concluir que «el arte es impotente para destruir las lesiones orgánicas a las que habrá que poner remedio para curar a los tísicos» (8). El artículo de 1816 nos permite comprobar que Bayle, abandonan do en parte sus postulados anatomoclínicos, adopta unos planteamien tos más eclécticos en su modo de entender la enfermedad. En lugar de distinguir entre lo_ s conceptos «esencial» y «artificial» de la tisis, opta por una definición que va a compaginar ambos puntos de vista, el sintomático y el anatómico. Tras recordar que «tisis» significa etimo lógicamente «consunción» o «marasmo», afirma que «se ha definido generalmente la tisis pulmonar como una consunción determinada por la ulceración de los pulmones» (9). La ambigüedad de la expresión «se ha definido» no nos permite afirmar, de momento, que Bayle haga su ya esta definición; de ser así, cuestión que intentaremos aclarar poste riormente, resultaría evidente que el acento habría cambiado de lugar. Más que en una específica lesión pulmonar, la tisis consistiría en una «consunción» determinada por una ulceración de los pulmones. En lu gar de la esencia de la enfermedad, la lesión sería, al modo galénico, su causa inmediata. Veremos más adelante cómo se pronuncia Bayle sobre el problema de la relación, en cuanto a prioridad, entre la lesión anatómica y el trastorno de las funciones. En el artículo póstumo de Bayle es muy patente la pérdida de jerar quía nosológica por parte de las seis lesiones orgánicas que constituían para él en 1810 las especies anatómicas de la tisis. Los tubérculos, las granulaciones miliares, la melanosis y las concreciones calculosas, la degeneración cancerosa y las ulceraciones primitivas ya no constitu yen las especies del género tisis, sino sus «gérmenes». Lo que define, en último extremo, la enfermedad, es un trastorno de las funciones nu tritivas, la aparición del adelgazamiento: 240 Los individuos portadores de un germen de tisis pueden.no pade cer ninguna indisposición, o estar muy ligeramente indispuestos. Hasta entonces no se les puede contemplar como afectos de la tisis pulmo nar; esta última no comienza sino en el instante en que la úlcera primitiva o consecutiva determina un ligero adelgazamiento.(... ) Un en fermo que tiene el pulmón ulcerado y que no adelgaza no tiene una ti sis pulmonar, al igual que aquel que adelgaza sin tener el pulmón ulcerado (10). Este concepto de tisis apoyado en dos pilares, el anatómico y el sin tomático o, si se prefiere, el lesional y el funcional, se nos muestra toda vía más patente en otras partes del trabajo póstumo de Bayle. Al estudiar las lesiones orgánicas que se hallan en el pulmón de los tísicos, comien za afirmando que la ulceración del parénquima pulmonar no es casi nun ca primitiva y simple sino que casi constantemente es consecutiva a lesiones orgánicas antecedentes de naturaleza diversa. « Estas degene raciones -continúa-son solamente los gérmenes de la tisis, y esta no se presenta hasta el momento en que la ulceración primitiva o consecu tiva se acompaña de adelgazamiento» (11). Es, sin embargo, en la sec ción destinada a estudiar las enfermedades que simulan la tisis pulmonar donde Bayle nos ha dejado las consideraciones más importantes y más claras sobre el cambio de sus planteamientos. Entre las distintas enfer medades que pueden confundirse con la tisis pulmonar coloca, bajo la denominación de «gérmenes de la tisis», a sus antiguas especies anató micas e, insistiendo en que sin alteración del estado general un enfermo no puede ser catalogado como tísico, hace una serie de afirmaciones que se sitúan claramente al margen del pensamiento anatomoclínico. Des pués de recordar que en sus Recherches de 181 O había adoptado un punto de vista distinto, afirma: Pero aquí no se trata de nuestra opinión particular, se trata de ex poner los hechos, y estos serán tanto mejor conocidos cuanto menos nos apartemos de la doctrina generalmente aceptada.(... ) En tanto que las lesiones orgánicas del pulmón no determinan ninguna lesión en las funciones, no deben ser consideradas como enfermedades, sino solamente como lesiones orgánicas (12). La lesión orgánica, por tanto, no constituye la «esencia» de la enfer medad, tal como había afirmado Bayle hacía un lustro; retomando el concepto galénico, al igual que se ha señalado en Laennec, la enferme dad consistiría en la «lesión de las funciones». Pero Bayle irá todavía más lejos al afirmar que http://asclepio.revistas.csic.es nan un desorden general; sí el desorden es local, la enfermedad comienza a manifestarse por algunos síntomas, como la tos, el malestar de la respiración, una expectoración más o menos sospechosa, etc. En este caso, no hay todavía tisis, sino solamente la amenaza de la tisis. Esta no comienza hasta que la lesión del pulmón no determina a su vez las lesiones generales, tales como el adelgazamiento, la fiebre, etc. ( 13). Llegados a este punto, hay que admitir que un análisis riguroso del texto obliga a plantear una cuestión importante. Bayle afirma que pre tende exponer «el estado de la ciencia», «la doctrina aceptada», lo cual podía avalar la opinión de que, al ir destinado su artículo a un Dicciona rio de Ciencias Médicas, su pretensión no es otra que hacer una puesta al día del tema, destinada al médico práctico, independientemente de sus interpretaciones personales. Algunos pasajes de su artículo apoyan este punto de vista. Así, al plantearse la cuestión de la transformación de los gérmenes de la tisis, por ejemplo los tubérculos, en ulceración pulmonar -en verdadera tisis-se pregunta si esto no supone una par celación artificial puesto que, en rigor, ambos estados se debían cop.si derar como una misma enfermedad en dos épocas diferentes, aunque con frecuencia no se podría distinguir un estado del otro hasta la aper tura del cadáver. En todo caso, observamos que la «tisis tuberculosa» y la «tisis ulcerosa» ya no son para él dos especies morbosas diferentes. Aun admitiendo tales dificultades interpretativas, pensamos que la cuestión puede resolverse en favor de un cambio en los planteamientos nosológicos de Bayle. Pronto veremos su doctrina general de la enfer medad, pero observamos ya en este trabajo sobre la tisis de 1816 una notable pérdida de la relevancia de las lesiones anatómicas en el mo mento de sistematizar las especies de la tisis pulmonar. Basado en ra zones pragmáticas -las indicaciones terapéuticas-, Bayle considera de una importancia secundaria la distinción de las seis especies anatómi cas que había establecido en 1810. En esta ocasión utilizará un criterio clasificador que es en parte clínico y en parte etiológico. Las distintas firmas de tisis consideradas desde este punto de vista, aunque a veces las califica como «variedades», aparecen denominadas como «especies» en un cuadro sistematizador. Si bien sigue afirmando que existen seis especies anatómicas, concluye que es frecuentemente muy difícil, y algunas veces incluso imposible du rante la vida, se puede, en la práctica, hacer abstracción de estas es pecies•, y no considerarlas más que como una misma enfermedad ligada a lesiones orgánicas diferentes, que ocasionan todas tos, expectora ción, fiebre héctica, consunción y la muerte. Se puede, por consiguien te, sin hacer mención de signos distintivos de cada especie, reunirlas todas bajo la misma denominación de tisis pulmonar. Bajo este pun to de vista, no hay más que una tisis pulmonar (14). Podemos observar que la definición artificial o sintomática de la tisis ha retomado una importancia que había perdido en las Recher ches de 1810. Ello explica que en el artículo que estamos considerando Bayle preste una atención preferente a los síntomas de la tisis. La im portancia de la disfunción, de la «lesión vital» en el pensamiento noso lógico de Bayle, se nos muestra muy patente en otro pasaje de este trabajo póstumo. Al hablar de las causas de la tisis, las clasifica en cau sas predisponentes, causas ocasionales y causas eficientes. Entre es tas últimas menciona los tantas veces aludidos «gérmenes de la tisis» que «por sus progresos ulteriores entrañan la destrucción del parén quima pulmonar y ocasionan la consunción» (15), para añadir a conti nuación: Pero estos gérmenes de tisis, siendo lesiones orgánicas, son produ cidos por lesiones vitales preexistentes y, según todas las apariencias, estas lesiones vitales están producidas por principios morbíficos dis tintos. Ahora bien, estos principios morbíficos, estas lesiones vitales, son las verdaderas causas de la tisis, sus causas primeras. Estas son las causas que habrá que combatir eficazmente para prevenir las le siones orgánicas que entrañan la tisis pulmonar. Desgraciadamente, estas causas primeras escapan a nuestra débil vista; cuando creemos conocerlas, no forzamos más que hipótesis; en una palabra, nosotros no abrazamos más que fantasmas. Estamos forzados a reconocer, en este aspecto, nuestra ignorancia (16). Compárese este texto con el de 1812 recogido más arriba. Si por en tonces señalaba Bayle que las investigaciones debían dirigirse al intento de «destruir» la lesión orgánica, el objetivo se desplaza en 1816 hacia la necesidad de combatir las «lesiones vitales» preexistentes a la alteración estructural. Como apuntamos anteriormente, estos nuevos planteamientos, que podemos calificar de eclécticos, parecen expresar el intento de armo- nizar unitariamente el pensamiento anatomoclínico con el de la «es cuela fisiológica», en un momento en que las ideas de Broussais alcan zan relevancia. La influencia de la medicina fisiológica, aunque no aparece aludida explícitamente en el artículo póstumo de Bayle, se pue de advertir en el capítulo dedicado a la terapéutica, aunque ya en el apartado etiológico menciona entre las causas ocasionales una serie de enfermedades que podían afectar «simpáticamente» al pulmón. Pe ro no será sólo este concepto de simpatía entre los diversos sistemas orgánicos el que incorpore Bayle a su pensamiento. El concepto cen tral del sistema de Broussais, el de «irritación«, aparece en forma muy explícita al ocuparse del tratamiento de la tisis pulmonar. Hay que se ñalar que los signos de la irritación pertenecen todos a la categoría de «síntomas vitales»: Siempre que se observen los signos de una viva irritación, sin nin guna otra causa ocasional evidente, y sin complicación con que se pue da relacionar esta irritación, conviene combatirla por medios sedantes. Los signos que anuncian esta irritación son: un pulso vivo y frecuen te, un ardor en el pecho, el calor y la sequedad de la piel, la tos seca y penosa, o más frecuentemente por quintas, el insomnio, un senti miento de agitación, una sequedad de boca, etc. ( 17). Bayle propone a continuación una serie de medios destinados a com batir tanto la «irritación general» como la «irritabilidad de los pulmo nes». Contrasta notablemente con el escepticismo terapéutico de los trabajos anteriores de Bayle la utilidad que concede a estos recursos cuando la enfermedad no está más que en sus primeros grados: Independientemente de los medios de que hemos hecho mención hasta aquí, hay otros que tienden a disminuir la irritabilidad de los pulmones, y que se prescriben a menudo con éxito cuando la tisis no está más que en sus primeros grados y no hay los signos de excita ción general de que acabamos de hablar.(... ) Aunque estos medios no pueden producir más que un efecto pasajero cuando los pulmones es tán ya llenos de lesiones orgánicas, pueden todavía resultar útiles en estos casos lamentables, porque disminuyendo la excitabilidad del pul món, retardan los progresos de la tisis (18). Entre los procedimientos terapéuticos destinados a disminuir la irri tabilidad pulmonar, no faltan la aplicación de las sangrías y las san guijuelas, de tanta relevancia para la medicina fisiológica. Se ocupa Bayle, por ejemplo, del tratamiento propuesto por Desault, médico de Burdeos, que conseguía buenos resultados en la tisis tuberculosa, siem pre que no hubiera llegado a su último grado, utilizando purgantes y sangrías repetidas. Aunque, en general, se muestre escéptico sobre el resultado de esta modalidad de tratamiento en los estados avanzados de la enfermedad, recomienda medidas terapéuticas similares para pre venir o curar la tisis en aquellos casos en que determinadas alteracio nes funcionales pueden jugar un papel etiológico. Así, en los casos de plétora, cuyos signos se presentan en algunos enfermos « que son, o que parecen ser, tísicos», se haría necesaria la utilización de medios enca minados a «disminuir la cantidad de sangre, y a desviar su impulsión hacia el pulmón; las sangrías, las sanguijuelas, empleadas a título de evacuantes y revulsivos, cumplen muy bien esta indicación, curando algunos enfermos y mejorando otros» (19). El análisis del artículo de Bayle publicado en el Diccionario de Cien cias Médicas (20) nos permite comprobar que esta visión de la tisis pul monar se corresponde con su doctrina general de la enfermedad. En una misma enfermedad existirían, ordinariamente, lesiones vitales, le siones físicas, síntomas vitales y síntomas físicos. La importancia de las lesiones vitales será puesta de relieve una y otra vez por Bayle; por una parte, son ellas las que constituyen la enfermedad, que no se pro duciría en tanto no existiese dicha categoría de lesiones; por otro lado, las lesiones orgánicas, salvo que sean la consecuencia inmediata de una agresión externa, son siempre secundarias a lesiones vitales preexis tentes; por último, una lesión orgánica, por sí sola, no constituye una enfermedad hasta que origina lesiones vitales consecutivas. Ello quie re decir que, en las lesiones orgánicas, el trastorno funcional ocuparía dos eslabones distintos, separados por la lesión estructural, en el pro ceso patogenético: la lesión vital sería la causa de la lesión orgánica, la cual, a su vez, produciría la enfermedad y, en ocasiones, la muerte, a través de nuevas lesiones vitales. Pienso que la importancia del tema nos obliga a recurrir extensa mente a las palabras del propio Bayle para aclarar estos conceptos. Vea mos, en primer lugar, cómo entiende la relación entre lesiones vitales y lesiones orgánicas: Hemos llamado lesiones vitales a todas las alteraciones de las pro piedades vitales y de las funciones, y lesiones orgánicas a todos los cambios de textura o de forma cuyas huellas se pueden reconocer des pués de la muerte. Las lesiones vitales pueden ser primitivas y espon-Asclepio- táneas; no siempre determinan una degeneración orgánica, incluso cuando ocasionan la muerte. Las lesiones orgánicas, en cambio, son siempre consecutivas y no pueden producir la muerte hasta que de terminan lesiones vitales. No hay, propiamente hablando, enferme dades orgánicas primitivas y espontáneas. Todas las lesiones orgánicas que se observan, sea durante la vida, sea después de la muerte, de penden de una lesión anterior de las propiedades vitales, de algún de sorden en el ejercicio de las funciones, o bien son el efecto de una causa externa (21 ). Al definir las enfermedades orgánicas insistirá en su doble relación genética con las lesiones vitales, al tiempo que establece la diferencia entre lesión orgánica y enfermedad orgánica: Se ha dado el nombre de enfermedades orgánicas a las afecciones crónicas que dependen esencialmente de una alteración física grave y persistente de alguna parte sólida de la economía animal. Las en. fermedades orgánicas son el efecto de las lesiones orgánicas. Estas últimas, como hemos dicho, están producidas por una lesión vital pree xistente o por una causa externa. Pero estas enfermedades y estas le siones no determinan padecimientos y no constituyen causas de muerte hasta que alteran a su vez las propiedades vitales, modificando o ha ciendo cesar el ejercicio de las funciones (22). No finalizan aquí las precisiones de Bayle en torno a las enferme dades orgánicas. En el párrafo que sigue se hace manifiesta la diferen cia entre lesión y enfermedad orgánica: 246 En efecto, las enfermedades orgánicas son el efecto de una lesión orgánica. Dicha lesión se produce inicialmente por una causa exter na o por alguna lesión de las propiedades orgánicas que ha llegado a cierto grado; ella se convierte a su vez en causa de diferentes lesio nes consecutivas, y es solamente entonces cuando la enfermedad or gánica comienza. Hasta entonces hay una lesión orgánica, pero no hay todavía ninguna enfermedad orgánica; existe solamente el germen de esta enfermedad.(... ) No es la lesión orgánica la que determina inme diatamente la muerte; pero, como hemos dicho anteriormente, altera las propiedades vitales, vicia las funciones, y estos diferentes desór denes acaban por detener alguna de las funciones cuyo ejercicio inin terrumpido es indispensable para la continuación de la vida (23). A partir de esta reiterada afirmación de que todas las enfermeda des son esencialmente lesiones vi tales, Bay le se ocupa del tema concre to de su artículo, «la utilidad de la anatomía patológica y los límites más allá de los cuales no puede enseñarnos nada más»: El segundo grupo lo constituirían las enfermedades contagiosas. Si bien en ellas lo fundamental sería el estudio de su causa específica, así como los síntomas característicos, las diversas, formas clínicas y el tra tamiento más útil para prevenirlas o curarlas, la anatomía patológica prestaría una ayuda relativamente importante «para proporcionar las nociones más completas y más precisas sobre las lesiones orgánicas producidas por el producto contagioso» (26). El tercer grupo, finalmen te, era el de las enfermedades orgánicas: No ocurre lo mismo en las enfermedades que están determinadas por una lesión orgánica grave, o acompañadas por esta lesión. La his toria de los síntomas de la enfermedad sólo la hará conocer de una Asclepio-l-1990 manera incompleta y no será suficiente, en muchos casos, para evitar confundirla con afecciones completamente diferentes; es necesario, por tanto, añadir una descripción exacta de la lesión orgánica; por que es esta lesión lo que caracteriza la enfermedad; es ella lo que será necesario remediar para obtener la curación; es ella quien ha deter minado la mayoría de los síntomas de la enfermedad; es ella quien puede entrañar más o menos inmediatamente el cese de las funcio nes vitales, es decir, que constituye verdaderamente la causa media ta de la muerte en los individuos que sucumben (27). importancia de la anatomía patológica para el estudio de las enfermedades orgánicas justifica el papel jugado por Bayle en el desa rrollo del método anatomoclínico. Al igual que, como veíamos más arri ba, ha señalado Laín Entralgo en el caso de Laennec, podemos distinguir también en Bayle el patólogo y el investigador. Si el patólogo entiende la enfermedad, al modo galénico, como un trastorno de las funciones, la dedicación de Bayle al estudio de una enfermedad como la tisis, con un evidente componente lesiona!, le llevó a profundizar en la correla ción entre las lesiones orgánicas y su expresión sintomática y, por otra• parte, a poner de relieve la necesidad de clasificar las enfermedades orgánicas según sus lesiones específicas. Los fundamentos del método y de la nosotaxia anatomoclínicos aparecen esbozados en el mismo ar tículo de Bayle que actualmente estamos analizando. Reiterando unas ideas que ya aparecen en su tesis doctoral de 1802, Bayle señala que las nosotaxias basadas en el conjunto de síntomas re sultaban a menudo muy artificiales, en especial para las enfermeda des crónicas. En estas últimas, «las lesiones orgánicas son consideradas por la mayoría de los médicos como más decisivas que las lesiones vi tales para indicar con precisión el carácter y las afinidades de las en fermedades» (28). De ahí la ventaja de utilizar las lesiones como criterio diferenciador específico en la clasificación de las enfermedades: 248 La préferencia dada a las lesiones orgánicas y a los síntomas físi cos sobre los síntomas vitales para la distinción de las enfermedades, ha influido prodigiosamente sobre la clasificación de las enfermeda des y sobre la determinación de sus especies. Cuando, a imitación de los naturalistas, los médicos quisieron distribuir las enfermedades en clases, órdenes, géneros y especies, las clasificaron inicialmente y las distinguieron casi exclusivamente según sus síntomas vitales; más no se tardó en reconocer los inconvenientes de estas manera de clasifi car las enfermedades(... ) Para remediar estos inconvenientes (... ) se Asclepio- I-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es ha llegado a dar un poco menos de importancia a la semejanza de los síntomas vitales para dar una atención especial a los síntomas físicos y las lesiones orgánicas. Desde entonces se ha intentado reunir, no precisamente las enfermedades que tienen la mayor analogía por sus síntomas más llamativos, sino aquellas que se asemejan más por las lesiones orgánicas que las acompañan (29). Obviamente, este criterio clasificador basado en la especificidad le siona! solamente tendría su aplicación en las enfermedades que se acompañaban de cambios materiales. Bayle recuerda que «esta mane ra de estudiar las enfermedades orgánicas no excluye un estudio pro fundo de sus síntomas, de su marcha y de su tratamiento» (30) y añade unas consideraciones sobre los fundamentos epistemológicos del diag nóstico. Partiendo del hecho de que en la enfermedad existen lesiones orgánicas y lesiones vitales, que se expresarían, respectivamente, a tra vés de síntomas físicos o mecánicos y síntomas vitales -que «son unos y otros el efecto de las enfermedades, no las enfermedades mismas» (31)-, el caracter de exactitud y de precisión exigibles a una patología científica traería consigo una superior certidumbre de los síntomas fí sicos: No se pueden conocer gran parte de las enfermedades sino por sus síntomas, es decir, por sus efectos. Mas, ¿cuáles son, entre los sínto mas, aquellos que es preciso considerar para establecer las distintas especies de las enfermedades? ¿ Cuáles son los más constantes, los me nos sujetos a engañarnos, y sobre todo los más capaces de hacernos conocer con precisión las afinidades de las diversas enfermedades y sus caracteres distintivos? En una palabra, ¿ daremos la preferencia a los síntomas físicos, que son de la incumbencia de la anatomía pa tológica? ¿Se la daremos a los-síntomas vitales, que no tienen rela ción con esta ciencia? (32). La respuesta no es dudosa para Bayle, al señalar que a partir de Morgagni y sus seguidores, que habían dado a la medicina un nuevo impulso, había que convenir que «en las enfermedades que no son evi dentemente contagiosas y que se acompañan de una lesión orgánica, se ha llegado mucho mejor a establecer y a reconocer las especies se gún las lesiones orgánicas y los síntomas físicos que según los sínto mas vitales» (33). Esta afirmación obliga a matizar el concepto de especificidad lesional acuñado por Bayle. Tal como vimos anteriormen te, este criterio tendría aplicación únicamente en las enfermedades que Asclepio-1-1990 se acompañaban de lesiones orgánicas, pero no en todas. En las enfer medades contagiosas que se acompañaban de lesiones materiales de bía ser sustituido por la especificidad etiológica y su expresión clínica. Obviamente, en las «enfermedades vitales» había que seguir utilizan do el cuadro sintomático como criterio clasificador. Los sistemas no sotáxicos de la patología posterior se ajustarán, por lo general, a este planteamiento, si bien el desarrollo de la anatomía patológica hará dis minuir cada vez más el catálogo.de las «enfermedades vitales», en tan to que en las últimas décadas de siglo, la microbiología médica permitirá, como sugería Bayle, clasificar las enfermedades infecciosqs según sus agentes etiológicos.
Durante los últimos años ha venido observándose un notable inte rés en los medios académicos hacia la historia social de la tuberculo sis (1). La tuberculosis fue durante toda la primera mitad del siglo XX la enfermedad de mayor prevalencia en los países industrializados. Jun to a su _ alta frecuencia, es de subrayar la selectividad de su acción so bre el brazo productivo de la sociedad. El 80 por 100 de los casos recaía en obreros con edades comprendidas entre los quince y los treinta y cinco años, evidenciando la clara desigualdad existente entre las dis tintas clases sociales ante la enfermedad y la muerte. Los diversos estudios que los médicos higienistas españoles reali zaron a comienzos de este siglo nos presentan una enfermedad direc tamente relacionada con las condiciones de vida, la alimentación, el trabajo y la vivienda, fundamentalmente, por lo que su origen, depen diente directamente de la propia organización de la comunidad, no era desconocido ni para las clases dominantes ni para el proletariado co mo hemos señalado en otro lugar (2). Desde esta perspectiva, las diversas administraciones públicas y la propia iniciativa privada organizaron diferentes campañas profilácti cas dirigidas a su erradicación. La lucha contra la tuberculosis surgió de una forma definitiva a comienzos del siglo XX en casi todos los paí ses occidentales. En este trabajo estudiaremos los inicios de la campa ña antituberculosa en el estado español, en concreto los planteamientos y la experiencia particular llevada a cabo en la Valencia de entresiglos por Francisco Moliner y Nicolás. El primer pronunciamiento colectivo acerca de la prevención de la tuberculosis, sobre la base de su contagiosidad, se realizó en el Con gres pour l 'Etude de la Tuberculose chez l' Homme et chez les Animaux celebrado en París del 25 al 31 de julio de 1888 (3). En la conclusión inicial se recogió que la tuberculosis debía inscribirse en los Códigos sanitarios de todos los países entre las llamadas «enfermedades evita bles contagiosas», exigiendo además medidas profilácticas especiales. En la segunda se pedía la inmediata hospitalización de los enfermos bacilíferos o infectantes (4). Dos meses después esta enfermedad fue motivo de atención en el Congreso de Ciencias Médicas de Barcelona (9-15 septiembre de 1888) donde, dentro de un total de nueve, la cuarta ponencia oficial estaba dedicada a discutir la Contagiosidad y profilaxis de la tuberculosis. En esta sesión aunque ningún congresista negaba la existencia del germen, se formaron dos grupos discrepantes en torno al grado de contagiosi dad de éste: Para Suñer y Capdevila (mayor) (1826-1898) (5), el contagio estaba probado• desde que se inoculó el bacilo de Koch a un moribun do, por lo que la profilaxis de la tuberculosis se debería de realizar me diante dos indicaciones fundamentales: el aislamiento del enfermo y la destrucción de las causas del mal. Sin embargo, Mariani mini mizó el papel del contagio ejemplificándolo en la poca frecuencia con que los médicos padecían la tuberculosis, así como Robert afirmó que, de creer en la alta contagiosidad no hubiera hablado en público«... an te el temor de despertar en el auditorio un sentimiento antihumanita rio de horror a los tísicos... ». Se dio incluso el caso del Dr. Ezquerdo que ignoraba antes de esta sesión que la tuberculosis fuera contagiosa (7). Esta decisiones, tomadas en las reuniones científicas de la época, inspiraron los fines de las distintas campañas antituberculosas que fue ron surgiendo en cada país según sus peculiaridades. Las primeras cam pañas, por tanto, irían encaminadas a difundir esta nueva doctrina, primero en los círculos académicos y asistenciales y, posteriormente, entre los políticos y el público en general. En España el primer intento de organizar la lucha antituberculosa. se realizó muy tempranamente a manos de Antonio Espina y Capó (8). Presente en el Congreso de París (9) y en el de Barcelona, convocó una reunión en Madrid en diciembre de 1889 con el propósito de fundar una Asociación contra la tuberculosis (10). En la exposición de motivos afirmaba que no sólo los médicos debían de luchar contra los estragos de esta enfermedad sino que viendas contaminadas por enfermedades infecciosas en la ciudad, ya que el vecindario oponía resistencia a las prácticas de desinfección. Antes estos problemas, Comenge recordó las medidas tomadas en España contra la tisis en los siglos XVII y XVIII, todas concordantes en la obligatoriedad de la declaración de la enfermedad y en la quema o desinfección de ropas y alhajas de los fallecidos por tisis. Solicitó que las autoridades locales acordaran medidas efectivas, y para asesorar les, propuso la creación de una Junta de la que deberían formar parte los catedráticos de Higiene, Patología General, Clínica Médica y Clíni ca Quirúrgica y el presidente de la Real Academia de Medicina de Bar celona. Basándose en los edictos y bandos emitidos en los siglos antes cita dos, Comenge enumeró una serie de medidas «... a título de particular opinión » entre las que destacaba la necesidad de conocer todos los ca sos de tuberculosis (enfermedad y óbito) para poner en práctica los me dios de desinfección (que serían obligatorios), tanto de los enseres como de las viviendas de los tuberculosos. La encargada de realizar estas ope raciones sería la Sección de Higiene Urbana del Laboratorio Microbio lógico del Ayuntamiento de Barcelona que como hemos visto anteriormente, estaba a su cargo (18). Junto a estas medidas adjuntó la «prohibición a los tuberculosos de asistir a las escuelas, talleres, fábricas, etc. ». Parte de las normas que propuso Comenge fueron puestas en mar cha, un año después, por el Laboratorio Microbiológico Municipal de San Sebastián, cuyo Ayuntamiento había declarado la obligatoriedad de las• desinfecciones. «Aquí, en Barcelona, por desgracia, estamos lejos de conseguir es te ideal; cuando el año pasado propusimos nosotros(... ) la convenien cia de las desinfecciones obligatorias y la prohibición de la venta de ropas en casos de tisis, faltó poco para que nos excomulgaran; se ha bló de la tiranía de la higiene y se dijo que no era factible lo que pro poníamos, cuando todo ello se practicó en siglos anteriores» (19). para... combatir el contagio», advirtiendo que a los contraventores de esta norma se les exigirían responsabilidades. La quinta disposición. hacía referencia a la desinfección de las viviendas y enseres de enfer mos y difuntos de padecimientos infectivos, encomendando esta labor al«... personal de Higiene urbana» (21). También se prohibió comer ciar con ropas contaminadas, así como lavarlas en fuentes públicas. Con motivo de no causar resistencia en el vecindario, los servicios, ade más de ser gratuitos, se harían con «rapidez, sigilo y sin molestias». Por último, el Ayuntamiento se comprometía a indemnizar a los pro pietarios por los objetos destruidos«... por conveniencia de profilaxis». Estas disposiciones influyeron posteriormente en las iniciativas esta tales de normalizar la lucha antituberculosa en España. La labor iniciada por Comenge tuvo su continuidad con la aparición de la primera revista de tuberculosis que se publicaba en España y una de las primeras revistas científicas en editarse en catalán (22), Contra la Tisi, y cuyo subtítulo rezaba: Nota mensual endressada á populari sar los coneixements contra la tuberculosis. En efecto, su fundador, Agustí Bassols i Prim, regular colaborador de la Gaceta Médica Catalana, aclaraba que su ob jetivo era promover el conocimiento entre el pueblo de los movimien tos antituberculosos que se estaban realizando en el resto de los países con la formación de distintas asociaciones contra esta enfermedad (24). Esta revista se suspendió temporalmente en enero de 1906 (25) para volver a salir, en una segunda serie, desde junio de 191 O a mayo de 1917, publicada en colaboración con Claudia Bassols (26). El estímulo para su reaparición pudo ser el trabajar en pro de la realización, meses después, de lo que sería la culminación del movimiento catalán antituber culoso, la organización del I Congreso Español Internacional de la Tuberculosis, segundo que se hacía en España y cuya responsabilidad máxima recayó en Rafael Rodríguez Méndez. CAMPAÑAS DE FRANCISCO MOLINER Y NICOLÁS Francisco Moliner y Nicolás (1851-1915), fue el primero que cons truyó un sanatorio destinado a los tuberculosos pobres en 1899, como después veremos. Su vida profesional siempre estuvo ligada a la Fa cultad de Medicina de Valencia, primero como ayudante del Museo Anatómico, en 1878, y después como profesor clínico de la misma. En 1883 consiguió la Cátedra de Patología Médica de la Universidad de Zaragoza, pero logró, ese mismo año, permutarla por la de Fisiología en la Universidad de Valencia. En 1894, en el discurso inaugural de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Valencia, Moliner notaba «la falta de amparo» en la que se encontraban las clases sociales desheredadas, sobre las cuales con currían el mayor número de causas tuberculizantes: « Van a los talleres y a las fábricas los obreros a ganarse el pan con el trabajo y encuentran allí el aire rumiado y saturado de gérme nes que los envenena; comen poco y mal, se deterioran pronto por los quebrantos del trabajo y las malas reparaciones, pierde a poco su or ganismo resistencias, y enferma... » (27). Como contrapartida propuso el confinamiento de los tuberculosos pobres en Granjas-sanatorios donde «... la dirección facultativa, el re glamento, la disciplina y los agentes terapéuticos [aire, sol, reposo, ali mentación reparadora]» devolverían la salud a los obreros. Reconociendo que el principal obstáculo para la realización de este fin era la escasez de dinero, pedía la colaboración del Estado, del muL nicipio, de la provincia y de«... la caridad de todos por suscripción pú blica», resaltando el aspecto «útil», además del filantrópico, de que«... un tísico recluido, es un foco menos de infección» (28). La petición de dinero al Estado sería una constante en los plantea mientos de Moliner. En efecto, los presupuestos del ramo desde 1882 hasta 1888 fueron su periores al millón de pesetas. Esta disminución se ha achacado al ale jamiento del peligro de cólera asiático epidémico (30). Moliner advirtió a los poderes públicos del riesgo que los tísicos po bres, abandonados por la sociedad pudiente, significaban para el or den establecido: «He aquí el formidable y gravísimo peligro que la tuberculosis vaya ensanchando su círculo de muerte, que la muerte aumente el dolor y la miseria, y que las clases proletarias, apercibidas de que son ter ciadas por la terrible plaga, pidan con cerebros delirantes por la fiebre Asclepio-1-1990 y pechos henchidos de dolor por la muerte de seres queridos, no lujos, no esplendores... sino en nombre de su derecho a la vida, de su derecho a la salud, al amparo, el auxilio que ahora la sociedad pudiente deja de darles... » (31). Los supuestos de Moliner exigían que la sociedad prestara socorro a los tuberculosos pobres mediante la construcción de sanatorios po pulares, comenzando por lograr por parte del Estado la financiación suficiente para construir un Sanatorio Nacional en Porta-Coeli(Valen cia) que sirviera de modelo y guía a los centros que debían crearse después en toda España. Al mismo tiempo, como después veremos, Moliner comenzó las ges tiones para organizar una asociación particular que tuviese como fin el combatir la tuberculosis como plaga social. Primera cámpaña: el «céntimo diario» Las esperanzas de Moliner estaban cifradas en conseguir el apoyo de todas las clases sociales, pero fue en la obrera donde encontró ma yor eco. En Valencia logró que 14.000 obreros se suscribiesen «a cénti mo diario» a su proyecto de financiación del sanatorio lo cual, unido a las colectas que organizaban los estudiantes, hizo que comenzaran las obras del sanatorio en 1898. Poco después, esta labor de propagan da consiguió que se emitiera por parte del Gobierno un Real Decreto por el que se proponía estudiar la viabilidad de convertir al sanatorio de Porta-Coeli en Nacional, y que se le considerase bajo la protección de la Reina y de su hijo Alfonso (32). Posteriormente, por Real Orden de 3 de marzo de 1899, se recono ció el Sanatorio de Porta-Coeli como obra de «Beneficencia particular» y se nombró una Junta de Patronos para regir dicha institución (33). Como continuación de su labor propagandística, Moliner ensanchó sus horizontes, organizando conferencias fuera de Valencia para reca bar el apoyo a su campaña. En el mismo año, tras dar una charla en el Centro de Sociedades Obreras de Madrid en la que resaltó cómo la tuberculosis diezmaba siete veces más a la clase proletaria que a las clases acomodadas, consiguió el apoyo de los presidentes de las socie dades que formaban el Círculo Obrero. Estos, «... asumiendo la confianza de más de 13.000 obreros asociados, persuadidos de los beneficios que ha de reportar al Proletariado la creación en España de Sanatorios populares..., unen su voto al de sus compañeros de Valencia... y apoyan las gestiones que hace usted [Mo liner] cerca de los Poderes públicos, encaminadas a conseguir que el Estado, con las necesarias subvenciones, transforme el Sanatorio pa ra tísicos pobres que ha fundado en Porta-Coeli, en Sanatorio Nacio nal» (36). Por su parte, el Partido Socialista, a través de su órgano de expre sión, también se adscribió al proyecto de Moliner, con lo que no ha cían más que seguir «... el camino que ya nos trazaron otros partidos socialistas, que apoyan en sus países la idea de fundar y sostener por el Estado -único que puede hacerlo-sanatorios nacionales para tu berculosos» (3 7). De igual manera también logró Moliner el apoyo de los obreros de Bilbao y Alcoy (38). El total de la campaña del «céntimo diario» llegó a alcanzar una cifra global de 856 tallere• s inscritos con un total de 140.000 obreros (39). Hay que señalar que muy pronto, tres semanas más tarde, El Socia lista matizó el apoyo dado por los obreros a Moliner. Después de anun ciar su regreso a Valencia con el mensaje de los obreros madrileños, el periódico aclaraba que éstos estimaban la obra del sanatorio como de justicia y «de alta conveniencia social» pero sin dar su adhesión com pletamente ya que, el sanatorio «no lo quieren ni lo piden a título gracioso;.no lo solicitan de la benevolencia ni de la caridad de nadie; •no suplican, lo reclaman, lo exigen, como parte de lo mucho que les es debido... Los obreros piden el Sanatorio como cosa a que tienen perfecto e indiscutible derecho; y lo piden con perentoriedad y el imperio de quien reclama lo suyo» (40). Tras estas puntualizaciones, afirmaba el periódico que seguirían en la campaña para lograr que los céntimos de los obreros madrileños pa saran a engrosar los 14.000 diarios de los valencianos. http://asclepio.revistas.csic.es 2.2. La Liga Nacional contra la tuberculosis y de socorro a los tísicos pobres La idea de crear una asociación contra la tuberculosis surgió a raíz de una carta aparecida, en 1899, en la recién inaugurada Revista valenciana de ciencias médicas, firmada con el seudónimo de «Dr. Z». Dicha misiva, dirigida a Moliner, tras apoyar las iniciativas en pro del sanatorio de Porta-Coeli, señalaba la conveniencia de dar un primer pa so creando una liga contra la tuberculosis, con pretensiones de con vertirse posteriormente en nacional. Esta asociación representaría «... el esfuerzo del instinto nacional de conservación, algo así como un movimiento reparador de la fuerza medicatriz de la colectividad». Fi nalmente resumía de esta forma sus objetivos: Vicente Peset, que también lo era del Instituto Médico Valenciano. Co mo vicepresidentes se eligieron a Faustino Barberá, que puso su revis ta al servicio de la Liga, y a Segismundo Ipa, capellán del regimiento de Vizcaya (45). Tal como se desprende de su nombre, la Liga tenía por objeto «... combatir la plaga social de la tuberculosis y socorrer socialmente al tísico pobre», para lo cual esta sociedad debía fomentar el estudio científico de dicha enfermedad en todos sus aspectos: clínico, social, experimental y bacteriológico; para después plantear a los poderes pú blicos el resultado de estas investigaciones de forma que se convirtie sen en leyes de salud pública. Asimismo, debía favorecer y procurar la instalación de sanatorios populares en «... número proporcionado a la grande extensión de la ti sis entre las clases indigentes». Además tendría que recaudar fondos para el mantenimiento de los enfermos en los sanatorios y el sostén de sus familias. En cuanto a su organización, la Liga estaba abierta a cualquier per sona «sean o no médicos» que aceptara sus objetivos y pagara la cuota correspondiente de 25 pesetas para los socios fundadores y de 50 o más para los socios de honor. Las pretensiones de convertirse en una asociación de carácter «na cional» estaba implícita en su proyecto de estatutos. Se aspiraba a crear juntas o comités en todas las• capitales de provincia además de aque llas poblaciones que reunieran un número suficiente de socios. Su in ternacionalismo quedaba expuesto en la voluntad de inscribirse en el Comité internacional antituberculoso que había sido propuesto por Schrotter (1837-1908) en el Congreso francés de la tuberculosis cele brado en París en 1898 (46). Además, se proponía la creación de una junta de señoras regidas por los mismos estatutos pero con autonomía en su tesorería y regla mento. Ahora bien, esta obra debía ser el resultado«... de una función ar mónica entre la sociedad y el Estado, entre las iniciativas particulares y los poderes públicos». De esta forma, Moliner esperaba que el Esta do se hiciese cargo de la mayor parte de la financiación de la campaña. El 30 de noviembre de 1899, el gobernador civil de Valencia aprobó el reglamento y en la siguiente sesión que se convocó quedó elegida la Junta directiva en la que se. reafirmaba en sus puestos a Vicente Peset, Barberá y Segismundo Ipa, eligiéndose como secretario general a Ra miro Ruiz (47). Hay que destacar la presencia en esta Junta directiva, Asclepio-1-1990 como vicesecretario, de José Chabás Bordehote (1877-1963), colabora dor de Moliner en el sanatorio de Porta-Coeli y posterior fundador de una de las primeras revistas españolas especializada en tuberculosis, la Revista de Higiene y Tuberculosis (48). En enero de 1900 se creaban las comisiones de Propaganda, presi dida por Sanchís Bergón, de Legislación, por Vicente Dualde y la de Socorros por Manuel Oller (49). Al año de constituirse la Liga, su secretario general reconocía que todos los esfuerzos de esta asociación habían estado centrados en ta reas de organización interna, lo que unido a la falta de fondos había reducido al mínimo su incidencia social, pese a que, en ese año, ya con taba con 82 socios (50). El sanatorio de Porta-Coeli La cura higiénico-dietética en «establecimientos cerrados» destinada exclusivamente a los tísicos, fue definitivamente instaurada, en 1859, por Hermann Brehmer (1826-1889) en Gorbersdorf (51). Posteriormen te, en 1876, su discípulo Peter Dettweiler (1837-1904) abrió un segundo sanatorio en Falkenstein, que sería imitado por el resto de los países europeos (52). En España, Zabala, médico del Balneario de Cestona en 1864, reco mendaba a los tísicos pasar cinco o seis meses en Málaga y dos o tres en los Pirineos, donde la estación de Panticosa era muy celebre para curar la tisis pulmonar (53). Precisamente el primer sanatorio para ricos de nuestro país fue abierto en el balneario de Busot (Alicante) en 1897. Era propiedad del Marqués del Bosch y estaba bajo la dirección médi ca de Francisco Valenzuela (54). La estancia en estos centros, así como el resto de los tratamientos clásicos, sólo podía ser seguido por enfer mos pudientes dado su elevado coste (55). Por su parte el problema de la financiación de los sanatorios popu lares hacía inviable este tipo de instituciones, sólo costeables en Ale mania debido a la existencia del seguro obligatorio encargado de mantenerlos. No obstante Moliner, con la ayuda de sus campañas y apo yado por las subscripciones y los estμdiantes de medicina (56), consi guió abrir el sanatorio el 15 de julio • d� 1899, con capacidad para 14 enfermos. Era el primero que se inauguraba, en España dedicado a alber gar adultos tuberculosos sin recursos (Tolosa_Latour había fundado en Chipiona un sanatorio marítimo para niños en\1892), y todo su personal subalterno había sido elegido entre repatriados procedentes de las últi mas posesiones coloniales (57). El régimen de vida del sanatorio de Porta-Coeli aparecía recogido en la prensa de la siguiente forma: «Los enfermos se levantan a las 6 de la mañana, se les da una du cha de lluvia y toman desayuno, consistente en bizcochos y jerez; a las siete se les da café con leche y pan con manteca, y salen al monte, per maneciendo en la pinada hasta las doce. A las diez se les sirven en el mismo monte pasteles de carne o empanadas, y a las doce y media co men con arreglo al siguiente menú: puré, cocido, carne, pescado, fru ta, dulce y café. De una a tres es la siesta, y a esta hora vuelven al paseo por la montaña, acompañados del practicante y dos criados, que les llevan catres de campaña para descansar; a las cinco meriendan jamón, salchichón o leche, según prescripción facultativa y el gusto del enfer mo, y a las siete regresan al sanatorio donde tienen hora y media de asueto. A las ocho y media se les da la cena, compuesta de tortilla, car ne, pescado y postres, y a la diez se retiran a dormir» (58). En mayo de 1901 el sanatorio había atendido a 320 enfermos que, sumando sus ganancias ponderales, habían engordado alrededor de mil kilos. Moliner, según sus gráficas palabras, afirmaba que el sanatorio repartía«... carne viva y sana» (59). Esta sobrealimentación fue critica da por Vicente Peset, quien la consideraba exagerada y en contra de las costumbres españolas, además de augurar al sanatorio un fracaso eco nómico de seguir derrochando el dinero en ofrecer seis comidas diarias. Por el contrario el método de «refinado sibaritismo» utilizado para com batir la anorexia y que consistía en utilizar «audiciones fonográficas y musicales» durante las comidas le pareció una idea excelente (60). La atención a los enfermos estaba a cargo de un practicante médico y otro farmacéutico, dos enfermeros, dos ordenanzas, dos limpiadoras y el personal de cocina que, en 1901, se elevaba a 10 miembros (61). En cuanto a los médicos estaba dirigido por Moliner y tenía como jefe clí nico a José Chabás (62). El sanatorio contaba con una revista de igual nombre y de la que tenemos noticia a través de otras publicaciones periódicas en las que se anunciaba como «periódico semanal, propagandista del sanatorio de po bres y defensor de las reformas sociales en favor del proletariado» (63). Al final de 1899, el Gobierno, mediante Real Decreto, declaraba Porta Coeli de «utilidad pública» (64) y se admitía una proposición de Ley pa ra convertir en nacional el sanatorio (65). Para este proyecto de Ley, el Gobierno había consultado previamen te a varios organismos de Valencia, entre los que se encontraban la Di putación, el Ayuntamiento y la Sociedad Económica de Amigos del País. Finalmente quedó pendiente del informe del director general de Sani dad, Francisco Cortejarena, que visitó Porta-Coeli en abril de 1900 (66). En su informe afirmaba estar a favor de los sanatorios pero «no uno en determinada provincia, sino en todas aquellas que reúnan las condi ciones necesarias», apuntando que los recursos para construir este tipo de centros debían ser aportados por los gobiernos y la caridad de los particulares, aunque reconocía que: «... el sanatorio de Porta-Coeli representa en España el comienzo de la nueva era en el tratamiento de la tuberculosis y un eficaz auxilio y protección debidos a las clases trabajadoras y enfermos pobres, que por esta condición son los más dignos de que el país y la sociedad en general ayuden y cooperen a los fines que la ciencia se propone para que sus beneficios se distribuyan con la equidad posible en lo humano entre todas las clases sociales» (67). Segunda campaña: ley protectora a los tísicos pobres Moliner, tras el rechazo del Gobierno a subvencionar y reconocer a Porta-Coeli como sanatorio nacional, comenzaría de nuevo otra campa ña, pero con un enfoque más amplio: ya no pedía para su sanatorio, si no que pretendía que se legislara a favor de la creación de sanatorios populares en todo el Estado español. Su proyecto incluía los siguientes enunciados: 0 Se declara obligación del Estado la creación y fomen to de los Sanatorios populares en número suficiente para albergar y dar salud a todos los tísicos pobres de España. 0 Se consignarán en cada presupuesto dos millones de pesetas cuando menos para atender a la realización inmediata de lo que prescribe el artículo anterior. » Finalmente, en el artículo 3. 0 recogía la creación de una Junta Téc nica «votada por delegados médicos», a su vez designados por los Cole gios Médicos y las Facultades de medicina, la cual ajustaría los fines de esta ley con los «preceptos y sucesivos adelantos de la ciencia» (68). La campaña consistió en una recogida de adhesiones entre particu-266 El soporte propagandístico de Moliner estaba basado en la edición de folletos de redacción diversa, según sus destinatarios (Ayuntamien tos, estudiantes, etc.). En ellos, tras un discurso apologético de sus cam pañas anteriores y enumerar las justificaciones por las cuales era necesaria esta ley, daba instrucciones para proceder a la adhesión, in cluso cómo redactar los telegramas de apoyo. Esta campaña tuvo tam bién eco entre los medios periodísticos, tanto en la prensa diaria como en la profesional (70). Por su parte, El Socialista daba la noticia de la «nueva campaña de agitación» de Moliner y de su petición de apoyo a los obreros y aconse jaba a éstos que se la dieran pero sin olvidar «el principal objetivo de su existencia», ya que Porta-Coeli «es simplemente un paliativo», afir mando que: «... la tuberculosis no desaparecerá, ni acaso disminuirá, sino cuando un reparto más justo de las riquezas evite la degeneración por miseria y también la degeneración por exceso de goces»; pero final mente reconocía que «trabajar por las mejoras en el trabajo y aun por lograr la revolución» no impedía que se auxiliara la creación de sana torios para que se supiera que «... ansiamos ver convertido en deber del Estado lo que hoy es producto de la iniciativa y del apoyo indivi dual» (71). A pesar de los «catorce tomos de 10.000 adhesiones a la Ley» y de los «millares de telegramas que llovieron sobre el Congreso», tampoco fue atendida esta campaña de Moliner (72). Gracias a su popularidad, en 1901 Moliner fue elegido diputado con una campaña encaminada a potenciar el sanatorio de Porta-Coeli y defender, directamente en las Cortes, la «Ley general protectora de to dos los tísicos pobres de España» (73). Para defender su candidatura, denominada «humanitaria y social», editó un panfleto en el que se reco gían algunas de las adhesiones que hasta la fecha había recibido y un http://asclepio.revistas.csic.es mensaje de los enfermos del sanatorio pidiendo el voto para Moliner co mo única forma de evitar el cierre del sanatorio. Según sus propias pa labras era: «... la primera vez que va a las urnas una nueva doctrina de paz y de amor, de ciencia y de progreso predicada con hechos y deseada con tristísimos deseos de do l or y de angustia por l os 50.000 tísicos pobres que hoy mueren en España» (74). Su éxito electoral no se vio recompensado en las Cortes donde sus propuestas fueron rechazadas. El Partido Liberal que le nombró Rector de la Universidad valenciana en dos ocasiones, no olvidaba el escándalo que produjo en Valencia el que organizara una corrida de toros bajo su rectorado y que le costó la dimisión de este cargo. En esta legislatura no sólo no se aprobó ninguno de sus proyectos sino que, por el contra rio, se vio sometido a un expediente de incapacidad por locura, que aun que no prosperó, pretendía separarle de su cátedra (75). El nuevo Gobierno, por su parte, acababa de nombrar, en marzo de 1901, a Angel Pulido Director General de Sanidad, quien propuso los pri meros decretos contra la tuberculosis: Una extensa Circular (ROC de 4 de octubre de 1901), dirigida a todos los gobernadores civiles, reconocía la importancia de la enfermedad tuberculosa y la imposibilidad del Es tado de atenderla. Este documento hacía un llamamiento a todas las per sonas «... que se interesen por el vigor de su raza y por la conservación de su propia vida... » para que organizaran la lucha antituberculosa y emprendieran una gran labor propagandística en torno a los modos de transmisión y la forma de evitar la enfermedad. Esto desmostraba la falta de voluntad del gobierno de iniciar por cuenta propia la lucha an tituberculosa, e ignoraba no sólo la labor emprendida por Moliner y sus secuaces en Valencia, sino todos los pronunciamientos que se produje ron antes de esta fecha y de los que hemos dado cuenta. Al mismo tiempo, la DGS encargaba a Verdes Montenegro, que fue el fundador del primer dispensario en España en 1901, una «ampliación» de la circular para extender entre la sociedad el convencimiento del mal que significaba la tuberculosis, así como los medios de luchar contra ella. Este estudio fue publicado dentro de la serie monográfica que editaba la DGS. En el prólogo Pulido afirmaba que la doctrina que Ver des defendía era «... la corriente, la del día y hay que aceptarla por el momento según aparece» (76). Verdes, que junto con Espina y Capó había sido enviado a Londres en 1900 para que representaran oficial mente al Estado en el Congreso Internacional de la Tuberculosis, fue influido por la comunicación que en dicho congreso presentó Calmette sobre el funcionamiento de los dispensarios. Valoró especialmente sus ventajas frente al sanatorio por «... no exigir los gastos considerables de instalación... para los cuales no parece estar hecha todavía la opi nión en España, no obstante la suma de esfuerzos prodigiosa que ha de dicado a tan humanitaria propaganda mi amigo y paisano el Dr. Moli ner» (77). El mismo Verdes se pronunció sobre la imposibilidad de satisfacer las necesidades de cobertura sanatorial a los tuberculosos. Calculaba que, dados los 120.000 enfermos existentes en España, harían falta 1.200 sanatorios de 100 plazas cada uno para aislarlos a todos; lo que consi deraba un«... absurdo acerca del cual no es necesario insistir» (78) aña diendo que «la idea de un sanatorio nacional es por completo irrealizable. Apenas si hay necesidad de razonar esta afirmación después de declara do el número de tuberculosos existente», ya que no se podría internar a todos ni sería tampoco conveniente. De todas formas no rechazaba la idea de crear algunos sanatorios para casos incipientes, lo que reduci ría el número de candidatos a ingresar en estos centros. Ahora bien «... la fórmula práctica de hacerlo se obtendría fácilmente modifi cando un tanto la proposición sometida al Congreso por el infatigable propagandista Dr. Moliner. Encomiéndese a la iniciativa de Diputacio nes, Ayuntamientos o Sociedades Benéficas la construcción y sosteni miento de estos centros. » A continuación pedía la cooperación de asociaciones obreras, gran des empresas y del público en general «... y contribuya con algo el Esta do» (79). En febrero de 1902, después de no aprobarse una subvención anual de 50.000 pesetas pedidas en 1901 (80), el Consejo de Patronos decidió el cierre del sanatorio valenciano debido al «... estado angustioso de sus fondos», despidiendo a los treinta enfermos que para entonces alber gaba y aclarando que no era por falta de voluntad de sus bienecho res sino porque «... el estado de cultura social, todavía no presta para tales avances» (81). En estas fechas, la Liga antituberculosa ya había dejado de funcionar, no explícitamente, sino por inanición. En 1906, cuando se estaba constituyendo una nueva agrupación de acuerdo con Asclepio-1-1990 la Asociación Antituberculosa Española (AAE) creada en Madrid, se re cordó a la antigua Liga para que su «mísera vida de poco más de un año» sirviera de advertencia para la que entonces se creaba (82). De esta forma iban quedando descartadas las proposiciones de Mo liner a quien, no obstante, el Gobierno liberal le admitió, en noviembre de 1902, un nuevo proyecto de Ley, en el que se recogía la obligación del Estado de crear sanatorios populares y fomentar y proteger los dis pensarios, esto último novedad en su planteamiento. Según el proyecto se deberían librar 500.000 pesetas anuales, apartando de dicha cantidad 200.000 pesetas como subvención para el sanatorio de Porta-Coeli, que pasaría a ser propiedad del Estado, teniendo en cuenta lo legislado en este sentido, y también «... el plebiscito general elevado a las Cortes en su favor por todas las clases sociales». El proyecto finalmente obligaba. a la DGS a organizar un plan de defensa social contra la tuberculosis (83). Este proyecto de Ley se aprobó en las Cortes «por unanimidad», se gún Moliner, en diciembre de 1902, pero no llegaría al Senado ya que una crisis política con su correspondiente «cambio de turno» hizo en trar en el Gobierno, el 6 de diciembre, a los conservadores, los que apla zarían sine die la aprobación definitiva de la Ley. En la siguiente legislatura de 1903, Moliner volvió a presentar su candidatura «huma nitaria y social» pero esta vez no resultó elegido (84). El fracaso de las campañas no desanimó a Moliner, quien no desa provechaba ninguna oportunidad para reiterar sus peticiones, pero ca da vez más solitario. En 1903 se había creado en Madrid la AAE con un proyecto de campaña a nivel nacional que contó con el beneplácito del Estado desde el primer momento y que fue, en definitiva, la única insti tución favorecida por el Gobierno conservador, quien decidió crear, en 1906, la Comisión Permanente de Lucha Contra la Tuberculosis con los miembros de dicha Asociación (85). Moliner colaboró con ellos a nivel organizativo al formar parte de la nueva Liga Antituberculosa Valen ciana, creada en 1906, dependiente de la AAE, y que sería la encargada, a partir de entonces, de dirigir la lucha antituberculosa en Valencia por los derroteros de la oficialidad (86). Ya en mayo de 1905, Moliner había intervenido en el mitín organizado por la AAE en el Teatro Real de Ma drid. En dicho acto, en el que también intervinieron Santiago Ramón y Cajal y Antonio Espina y Capó, resumió sus diversas actuaciones para conseguir que se aprobase el proyecto de ley de sanatorios populares (87). Asimismo, consiguió que el Rey visitase Porta-Coeli ese mismo año, y que prometiese consignar 25 millones de pesetas en los presu puestos de ese año para la Ley de Sanatorios, hecho que no ocurrió, se gún Moliner, por la muerte de Villaverde, presidente del Consejo de Ministros. En 1906 el Rey, con motivo de su boda, prometió a Moliner que el primer decreto que firmara sería el de autorizar al Gobierno la presentación del proyecto de Ley, pero esta promesa tampoco se llevó a la práctica (88). En 1908 sacó a los estudiantes de la Universidad de Valencia a la ca lle, «... en nombre de la salud de la Patria», para reivindicar que el Go bierno librara un préstamo de 100 millones para Educación y Sanidad, por lo que fue detenido y encarcelado durante un mes (89). Acusado de desórdenes públicos y de coacción e instigación a los alumnos, fue se parado de su cátedra en dicha Universidad mediante Real Orden de 28 de julio de ese año (90). Estos sucesos desembocaron en la presentación por parte de la mi noría liberal-democrática del Senado, en junio de 1909, de una proposi ción de Ley para la emisión de un empréstito para Sanidad y Educación de 100 millones de pesetas. Dicha propuesta fue hecha por el general José López Domínguez, con las firmas de Andrés Mellado, Amalio Gi meno, Bernabé Dávila, Marqués de Santa María y López Muñoz. Sus trá mites se congelaron al cerrarse las Cortes como consecuencia de la «Semana Trágica» de Barcelona. Este empréstito lo justificaba Moliner en la regeneración del prole tariado a través de la mejora de sus condiciones higiénicas y culturales: « Ellos se mueren, y ya lo saben, en la proporción de tres por uno; ellos viven, y ya lo saben también, la mitad precisamente de lo que las otras clases sociales viven... ellos son, y también lo saben, esclavos de su ignorancia y carne de presidio por su analfabetismo; ellos saben que el problema de su vida y de su cultura es un problema de dinero... ¿ Qué hace la patria que no les devuelve la vida y la sangre que por ella pier den cuando es preciso? ¿ Qué hacen esos gobiernos que se llaman pre visores y que no previenen el cataclismo que resultará el día en que ellos, que son los más, cansados de sufrir y de pedir, se tomarán la jus ticia por sus manos?» (91). Los planteamientos de Moliner no habían cambiado. El entendía to das las reformas que pedía como la revolución «de en medio», única que, junto con la «de arriba» (la que le correspondería hacer a los oli-Asclepio-1-1990 garcas), podría frenar«... los pavorosos desastres de sangre y fuego con que la anárquica revolución de abajo amenaza» (92). En el aspecto sa nitario, Moliner dio un paso más para la consecución de estos fines al pedir, en 1909, la creación de un Ministerio de Sanidad independiente. Este organismo establecería un «régimen nuevo» de armonía y paz so cial al atender las enfermedades de los desheredados en la misma me dida en que eran atendidas las de los ricos. Su alcance sería tal que no tendría el rango de un simple Ministerio sino que se convertiría en el «quinto Poder del Estado, y se llamaría Poder Sanitario, o el Poder de la Vida y la Salud» (93). Moliner quemó su último cartucho en el Tercer Congreso Nacional de Tuberculosis, celebrado en 1912 en San Sebastián, en el que aún se creía portaestandarte de los ideales de los obreros valencianos. En su discurso achacó sus fracasos a la fatalidad de sucesos fortuitos produ cidos por la inestabilidad política del país, de la siguiente forma: «Sin la crisis de marzo de 1899, catorce años ya que habría en Porta Coeli el mejor Sanatario popular de Europa. Sin la crisis política de diciembre de 1902, diez años ya que tendría España una Ley de Sana torios populares con cinco millones de pesetas de subvención anual. Sin la bomba de la calle Mayor, la tendríamos de cincuenta. Sin la semana sangrienta de Barcelona, desde 1909, que sería Ley del Reino ese crédito de cien millones de pesetas que ahora piden los obreros de Valencia para Cultura y Sanidad» (94). Despues de pronunciar su discurso, propuso a la asamblea que apro base la sigui en te conclusión, que no había aparecido entre las leídas por el presidente de la Sección correspondiente: «El Congreso, habida consideración de las razones expuestas en su mensaje por las Sociedades Obreras de Valencia, aconseja al Go bierno la conveniencia, en nombre de la ciencia, de transformar cuanto antes en Ley la proposición de los cien millones para Escuelas y Sa natorios que presentó al Senado el general López Domínguez, en 2 de julio de 1909» (95). La respuesta del presidente de la Sección de Higiene y Acción so cial, el abogado José Elosegui, justificaba que los presidentes de las secciones al reunirse y proponer los temas habían tenido que amoldar se a«... las tristes realidades de la vida nacional» redactando la con clusión de la siguiente manera: Moliner, en un tenso discurso, respondió protestando por la «pre sión burocrática» que pudiera tener el Congreso, logrando finalmente que la asamblea en pleno votase su propuesta, que fue rechazada por mayoría (96). (1) Este fenómeno, iniciado con la reimpresión, en 1987, del clásico libro de René y Jean Duaos: The white plague: tuberculosis, man and society. New Brunswick-London, Rutger University Press, (editado originalmente en 1952 en Boston), se ha concretado muy recientemente con la aparición de monografías que han presentado esta problemá tica en el contexto de los diversos ámbitos nacionales. Este documento, fechado a 30 de noviembre, recoge los nombres de todos los presidentes y de sus respectivas sociedades. Está también firmado por Francisco Diego, en represen tación de la Agrupación Madrileña del Partido Socialista. Las ideas de Moliner no eran desconocidas para los lectores de El So cialista, ya que en 1897 publicó por entregas el discurso de Moliner «Aspecto social de la tuberculosis» (2, 9, 16 y 23 de abril; 7 y 14 de mayo). En la presentación el semanario justificaba su inclusión, no sólo porque enseñaba y confirmaba mucha de las opiniones de los socialistas sino por «... ser un terrible latigazo a la despiadada e imprevisora so� ciedad burguesa».
El profesor de patología Philippe Pinel es recordado en la historia de la medicina por haber revolucionado el tratamiento psiquiátrico a través de su Traité y de su práctica y su enseñanza clínicas. Mi intención es situar a Philippe Pinel en su tiempo, intentando comprender las líneas científicas, filosóficas y sociales que siguió. Se trata de una época en que se revaloriza el pensamiento clásico y antiguo, así el de los filósofos estoicos, reinterpretados por los pensadores de la Ilustración europea. También es un periodo en que la filosofía se asocia con la ciencia moderna, viviendo un momento de feliz hermanamiento. PALABRAS CLAVE: Philippe Pinel, psiquiatría, Francia, siglos XVIII y XIX. En los últimos tiempos se insiste en el elogio que hace Platón, en su diálogo Fedón, de la calidad del método de los hipocráticos, que se basaría en la observación y en la experiencia y se confirmaría con los resultados. Se discute hoy si el objeto de interés de los médicos clásicos era el estudio de la entera naturaleza, de las leyes naturales, de la unión del alma con el cuerpo, o del cuerpo por entero. En cualquier caso, tanto Platón como Aristóteles encontraban en la medicina los modelos para la interpretación de la salud, del cuerpo y del alma, de la sociedad y de la naturaleza. Según Aristóteles los médicos terminan ocupándose de la naturaleza, los que se ocupan de la naturaleza concluyen interesándose por la medicina. Así Aristóteles y Descartes terminan reflexionando sobre la medicina, Galeno y Cabanis sobre la filosofía. Abundan los paralelismos entre estas disciplinas, que quieren explicar al hombre y a la sociedad, al cuerpo y al alma, al dios y a la naturaleza. Sin embargo, las diferencias son muchas en cuanto al método y a su uso. Se distingue el método a priori filosófico, pues para Platón el conocimiento es el recuerdo de los universales, del hipocrático, pues para los médicos vale la observación, la experiencia, las semejanzas y los resultados, lo que funciona. Se ha señalado por Mary Hesse la importancia que tiene en esta práctica la retórica de la persuasión, la evaluación contenida en las predicciones, la comprobación pragmática y el control instrumental del mundo exterior. Sin embargo, en la medicina hay que convencer, en la política hay que dominar. También se insiste hoy en la importancia del pensamiento estoico en el mundo ilustrado. Se recuperan entonces muchas características del mundo anterior, aunque a través de las ideas generales de los estoicos de la antigüedad romana, reinterpretadas de nuevo en la época. Los valores ilustrados se apoyan en un doble principio: la identidad de la naturaleza humana, con variaciones de temperamentos y desigualdades de inteligencia y de resistencia física; y el progreso hacia un nuevo orden cosmopolita, con la diversidad de reglas, hábitos y costumbres de las sociedades humanas. Los valores sociales y morales no son solo racionales, pues el estoicismo exigía una percepción totalmente radical de la sociabilidad humana. Para Anthony Pagden esta concepción estoica del siglo XVIII tiene dos rasgos distintivos: el primero, es la insistencia en el autodominio; el segundo, la consideración del ser humano como parte integral de la naturaleza, desde el ámbito familiar y el compañerismo hasta la especie humana. Se pretende justicia para toda la humanidad, así como una visión integradora de cuerpo y alma. La Ilustración resucita el estoicismo para encontrar una ética laica que sustituyese a la cristiana. En vez de leyes independientes, el philosophe busca guía y sentido en sí mismo, siendo un ser afectivo y racional, ya no un anima con solo elección racional. La ley natural ya no puede tan solo basarse en preceptos, en principios racionales, sino también en sensaciones, sentimientos y pasiones. Algunas ideas estoicas son fundamentales en la Ilustración, así el miedo a las pasiones, que deben ser dominadas. El sabio no carece de ellas, pero si cede, debe mantenerse a salvo y con pleno dominio. También la creencia en el orden natural, en un mundo perfecto que iguala a dios con las leyes naturales, a las almas incorporales con el dios motor del universo, que estaría así dotado de vida. Una naturaleza providencial mantendría la unidad del cosmos. Por tanto, hay posibilidad de reconciliación entre los impulsos naturales de preservación propia, la concepción o proyecto racional de la vida y el cosmos animado y completo. Se debe vivir de acuerdo con uno mismo, de acuerdo con la naturaleza, con aceptación del destino, como divino y natural, que puede llevar incluso a la renuncia a la vida. Se insiste, en fin, en la creencia en un tiempo circular, un eterno retorno, que vuelve al origen. El estoico es el modelo del philosophe francés, pues cree en la sabiduría y en la salvación de los pueblos. Se iguala virtud, sabiduría y naturaleza. La salud es acuerdo y obediencia con la naturaleza, por tanto con la sabiduría y con dios. En este sentido, Jackie Pigeaud profundiza en el análisis de Cicerón hecho por Philippe Pinel, quien recomienda para enderezar el alma la lectura de las Tusculanae disputationes, así como otros muchos autores clásicos, Plutarco, Epicteto, Platón, Séneca, Tácito... El médico francés recoge sin embargo la antigua separación entre filosofía y medicina, el miedo de los médicos a llegar a los elementos geométricos, Galeno contra Platón. Con Cicerón se restaura así esa dualidad -el hombre doble cartesiano-y por tanto el necesario combate de la vida anímica. Esta se muestra así como sucesión, tiempo, causa, como combate interior, con duelo, victoria o derrota... también como moral, incluso como cambio social, la República romana se compara con la Revolución francesa. El enfermo mental es capaz de reacciones intelectuales y afectivas y por tanto es un ser moral cuya mente hay que vencer o convencer. Hay que balancear las pasiones, por no contrariar la naturaleza. Al restablecer el orden moral, Pinel es más aristotélico -y desde el modelo materialista médico, también más hipocrático-que estoico. La medicina recurre a la moral y a la política. La moral cura las enfermedades, evitando el vicio y el ocio, el mal tratamiento y la lesión que pueden llevar a la cronicidad y a la herencia morbosa. Con Leibniz aparece la concepción de un tiempo que anima a la materia, que puede cambiar, progresar o sucumbir. Pero Pinel está tomando su idea de tiempo, su idea de orden del enfermo que observa, de la sociedad que hereda, de la ciencia que muestra sus leyes, de la naturaleza que posee la perfección divina. Mantiene un orden y un tiempo cíclicos y reparadores, temeroso del cambio, de la lesión y de la revolución. Como afirma Carlos Fuentes, ordenamos para que no nos invadan los sueños, para que el desorden nos perdone, o al menos evite, diría yo. La naturaleza nos ordena en el tiempo, la medicina -la psiquiatría y la higiene, en especial-así lo enseña. Es un tiempo hipocrático que para el mismo Leibniz en su Monadologie era equivalente a su armonía preestablecida. Pero como este mismo filósofo enseña y la ciencia empieza entonces a descubrir, el tiempo es también capaz de innovar y, por tanto, de crear o destruir. La Ilustración termina y el Romanticismo comienza. Tanto por su educación eclesiástica como por la médica, Philippe Pinel es un gran lector de los clásicos. Recordemos que él es tonsurado, como Esqui-rol, aprendiendo en escuelas religiosas pedagogía y leyendo a los clásicos, saberes útiles para el uso del tratamiento moral. Hijo de un profesional de la medicina, fue un buen estudiante en Montpellier, donde su interés por los problemas de la vida se enriqueció con el vitalismo. Llega a París coincidiendo con la muerte de Rousseau, cuyos escritos conoció bien. Cultiva las matemáticas y la historia natural, siguiendo la propuesta geométrica de Barthez o la disección anatómica de Buffon. Pero su interés es el ser humano, su comportamiento, corporal o mental, en salud y enfermedad. En los estudios profesionales y en la biografía científica de Pinel se empieza por la ciencia y se termina por la medicina. Según Cuvier, fue un geómetra que se convirtió en médico. Al dedicarse a la medicina, seguirá los consejos sobre leer y practicar de Giorgio Baglivi, a quien edita en 1788. Unirá la preocupación científica con la clínica gracias a este autor, su método había reunido observación y experimento, aforismos curativos y axiomas generales. Llegará, por tanto, desde el estudio del movimiento animal, al del comportamiento de la mente humana. Tuvo una actividad intensa, científica, docente y clínica, en editoriales y revistas, en instituciones públicas y privadas... pero calma y discreta, hasta que los acontecimientos de la Revolución lo llevarán a primera fila en los grandes hospitales y en l'École de santé de París. La figura altruista, sabia y atractiva del philosophe será sustituida por el poderoso, erudito y ordenado professeur. Vivió, sin duda, un cambio social importante, que se apunta al fin de la monarquía absoluta, y que la Revolución acelera. Es el cambio de la sangre por el mérito, pero también la aparición del buen rey y del buen padre, del código Napoleón y de la nación francesa. Al buen filósofo suceden los sabios y poderosos clínicos y científicos franceses. La aparición de la figura del bon Pinel, en que insiste Dora Weiner, es paralela a la del buen Hipócrates. En el Museo Fabre de Montpellier se encuentra un cuadro de 1792 de A.-L. Girodet, discípulo de David, en que se representa a Hipócrates negando su auxilio a los persas, enemigos de su patria. Es frecuente en la época este tipo de pintura, que toma ejemplos morales y políticos de la historia antigua. Es considerado Hipócrates como el sabio estoico que no quiere dinero, ni tiene necesidades ni deseos, tan solo sirve a su patria Atenas y no a sus enemigos los persas. Otros cuadros representan a Hipócrates en conversación con Demócrito, en la que confirmaría las teorías del equilibrio de contrarios, que iniciaría Alcmeón de Crotona. Otros a Arquímedes en Siracusa, constructor de máquinas de guerra, muriendo ante las tropas romanas, distraído con sus cálculos. El sabio se interesa por su saber, pero también por su uso adecuado. En este sentido, Cabanis recuerda la defensa que Hipócrates hace de los europeos, frente a los asiáticos, de la vida y leyes de su pueblo frente al enemigo, de la democracia frente al despotismo. En la facultad de medicina de Montpellier -y en todas las instituciones médicas de la época-está siempre presente Hipócrates, en el busto que allí se inaugura, en el juramento, en la enseñanza de la clínica. La divisa y el sello de la escuela y el libro que se entrega en doctorado mostrarán a lo largo de su historia la presencia del hipocratismo. Hay en la época muchas ediciones de Hipócrates, pues la cultura francesa se apoya en un profundo interés por el mundo clásico, que se ve en las facultades, en las órdenes e instituciones enseñantes, en las academias, así como en el Colegio de Francia. El arte y la literatura se vuelven hacia el neoclasicismo, a su vez la medicina retoma las ideas hipocráticas. La Société Royale de Médécine desde 1776, y los redactores de las topografías médicas, inician el estudio de las enfermedades en el medio humano y geográfico en que se desarrollan. Con orientación hipocrática, el estudio del medio comprende el clima, la geografía y la vida humana. Es el estudio del hombre en la naturaleza, así como de la propia vida que se considera bella, justa y perfectible. Es una defensa de lo propio contra lo ajeno y, con frecuencia, contra lo nuevo. El gran respeto por la tradición que hereda, está siempre presente en las obras de Pinel. De Hipócrates retoma tanto la libertad ante las interpretaciones teóricas, como el entusiasmo por la observación y la descripción de enfermedades. Sus elogios hacia Hipócrates son entusiastas. En su Olimpo de filósofos -Bacon y Descartes, Locke y Condillac, Linneo, D'Alembert y Buffon-es introducido Hipócrates de forma curiosa. Lamenta que Bacon no se haya ocupado de la medicina, por su falta de conocimientos en la observación de enfermedades, pero acepta su palabra de que todo se encuentra ya en Hipócrates. Debe apoyarse en su más conocido texto en The Advancement of Learning de 1605, ya que en otros textos acusa Bacon a Hipócrates de exceso de empirismo y a Galeno de exceso de teoría. Según Ann F. La Berge, para Pinel sería Hipócrates un empirista, pero para Cabanis sería el médico-filósofo, con un método propio de observación. En el siglo XVIII, sobre todo entre los médicos, se acepta que Hipócrates asegura la verdad por su antigüedad, por su valor como clásico, pero incluso por la certeza que su método permite. Así este retorno a Hipócrates a través de Bacon justifica la unión de ciencia y medicina, que prescribe Pinel en su Nosographie philosophique. Junto a la enseñanza del libro Epidemias es preciso añadir la ciencia moderna, que refuerza el método descriptivo en las ciencias físicas, en el mecanicismo y el vitalismo, en el estudio de la organización del ser vivo. Puede servir el griego tanto para la más cuidadosa observación clínica, como para aceptar el apoyo de los movimientos científicos. Así, Philipppe Pinel en sus estudios sobre la mente humana puede aparecer como el heredero de los grandes clínicos, Sydeham, Baglivi o Cullen, y como científico entusiasta de las modernas interpretaciones de las pasiones hechas por Chrichton poco antes de la aparición de su Traité. Pero centrémonos en la época y en la nación en que Pinel escribe, en la tradición francesa y en los cambios que la Revolución introdujo. En sus historias clínicas, las imágenes que pueblan los episodios revolucionarios -reyes y clérigos, militares y ricos, sabios y artistas-enriquecen la nueva historia natural de la enfermedad mental. Para él los años de bruscos movimientos en que pudo estudiar la manía, los años en que se hizo cargo de Bicêtre y de la Salpêtrière, fueron momentos decisivos, pues la enfermedad cambiaba, se liberaba y se expresaba. Es época revolucionaria, de grandes pasiones, que pueden producir la manía en todas su formas. Como definió la actriz María Casares, el principal argumento de la cultura francesa es el control de las pasiones. En la obra del gran pensador del Barroco, René Descartes, las pasiones son reacciones, y por medio de ellas se produce el contacto entre el yo dotado de pensamiento y el cuerpo dotado de extensión. Como señala Jean-Maire Beyssade, en Les passions de l'âme esta unión es combate, por contraste y comparación. La fuerza con que el alma mueve el cuerpo es irreductible a las leyes físicas del cuerpo; la fuerza con que el cuerpo causa en el alma sentimientos y pasiones e inclina nuestra voluntad, es irreductible a la voluntad del alma. Las pasiones preparan e incitan al alma a querer las cosas para las que las pasiones preparan al cuerpo. La pasión dispone al alma a querer las cosas que la naturaleza dicta como útiles. Por tanto, se rompe la distinción, esencial en metafísica, entre alma y cuerpo, pues la unión de cuerpo y mente permite transmitir sensaciones, apetitos y emociones. Para Descartes -siguiendo su orden metódico-las pasiones simples y primitivas, que quieren el bien y evitan el mal, serían la admiración que sigue el principio de lo nuevo; el amor y el odio, que siguen el principio del beneficio o del perjuicio; y siguiendo el principio o dimensión del tiempo, para el presente la alegría y la tristeza, para el futuro el deseo. El objeto de la pasión es considerado, según pueda beneficiarnos o perjudicarnos. Por lo tanto pierden éstas la consideración intrínsecamente negativa que para los estoicos y cristianos tenían, así como su intelección clásica como lucha entre almas. En el Traité de l'Homme se inicia la historia natural de las pasiones y se defiende su control para evitar sus peligrosos excesos. Esta orientación será proseguida por Buffon en su Histoire naturelle de l'homme, de clara raigambre cartesiana, distinguiendo el hombre interno y el externo. En esta historia natural de las pasiones se señala su origen, como en Pinel, en el esfuerzo por sobrevivir y se teme el fuego que producen, la enfermedad que puede llevar a la gravedad y la cronicidad, así como a la heren-cia y la degeneración. El mecanicismo y el automatismo cartesiano, se enriquecen a través de Newton, buscando el estudio de los efectos generales y el hallazgo de las leyes naturales. La vida formada por moléculas con una atracción similar a la de Newton, que les permite organizarse, puede ser objeto de estudio de la lógica analítica, las matemáticas, la estadística, la química y la electricidad. El camino hacia la interpretación física del alma se exagerará en La Mettrie y en Helvétius, con apoyo en la organización, en especial del cerebro, que puede sin embargo ser susceptible de educación. Maupertuis y Diderot representarán la hibridación de Newton con la modernidad de Leibniz. La materia se caracteriza por la sensibilidad, en sus más perfectos sujetos es capaz de pensar, actuar y sentir. La naturaleza es dinámica, está en continuo cambio. Las moléculas sensibles, la materia organizada, el calor, el movimiento.... dan sensibilidad, vida, incluso memoria, conciencia, pasiones y pensamiento. Así como también posteridad y metempsicosis, generación espontánea y transformismo. Se propone el estudio del todo, de la cadena de seres, de la materia viva, con espontaneidad de movimiento gracias a la organización. En el terreno que más nos interesa, la psicología pasa a ser historia natural, el estudio de los animales se convierte en guía del estudio de la vida humana. A la influencia de los naturalistas hay que añadir la de Rousseau. Su creencia en la decadencia de la civilización culta y rica, se une a sus elogios de la vieja moral y de los héroes clásicos, que defendían religión y patria. Atenas corrompe a Esparta. Contrapone el buen salvaje de limpias pasiones, al perverso ciudadano cargado y castigado con vicios y enfermedades. La inocencia natural, el poder de la naturaleza, se contraponen al poder económico y político que lleva a la maldad social. La medicina y la ciencia, así como el dinero y la ambición corrompen. La ciudad se opone al campo, el ciudadano al campesino. Las buenas costumbres y pasiones del campo, se oponen a los vicios y enfermedades de la ciudad. La verdad está en el corazón humano, en el retorno a la naturaleza. La historia natural y la confesión van de la mano. En el libro IV de l'Emile Rousseau sitúa las pasiones en la pelea, no entre órganos o partes del alma, sino con la evolución temporal del propio cuerpo y con la adaptación del joven al cuerpo social. Las imágenes con que describe el nacimiento de la adolescencia -que toma del cosmos, de la política, de la ciencia, de la biología y de la patología-nos muestran las pasiones como un proceso a la vez temporal y relacional. Para controlarlas recomienda la ilustración, el maestro, el orden, la moral, la religión y la razón. Tal como ha señalado Amélie Oksenberg Rorty, las pasiones surgen para este autor de la propia preservación, del «amour de soi». El bienestar es la expresión de las actividades basadas en la propia constitución, en la naturale-za, respaldada por dios. El adecuado placer -que para Platón era la armonía entre el cuerpo y el alma, o la representación de las condiciones necesarias para conseguir esta armonía-es para Rousseau la persecución de adecuados objetos, como pueden ser la amistad, la familia, la piedad o la ciudadanía, pero no de los falsos o inadecuados objetos, como la riqueza, la posición social, los bienes efímeros. Rousseau busca una solución educativa -que se extiende como en Platón al nivel político-que evite conflictos entre una naturaleza presocial y sensitiva, que busca el bienestar propio, y las exigencias de su sociabilidad. Si la virtud del ciudadano -educado para la autonomía racional y la imparcialidad-consiste en aceptar la voluntad general, entra en conflicto con las necesidades del individuo y la familia. La educación de un pequeño microcosmos que es el individuo fracasa, con peligro para la armonía y la unidad de la mente. La separación de los deseos primitivos lleva a la separación de la naturaleza y la división de la mente. Rosseau reconocería una resignación razonable ante el consentimiento del ser humano a la voluntad general, la soberanía o la ciudadanía, por tanto ante una experiencia individual ambigua y conflictiva de esa mente dividida. Aparece así, señala Jean Starobinski, la imaginación en el estado de civilización que corrompe al buen salvaje. Ausente la imaginación en el estado de naturaleza, la educación y la política pueden conseguir que sus peligrosos efectos desaparezcan en la ciudad justa que Rousseau preconizaba. Freud recomendará un activo trabajo psicológico para aceptar esa renuncia razonable ante el principio de realidad. Hay que conservar las costumbres de los aldeanos. La naturaleza se convierte en ordenadora de costumbres, del tiempo y de la medicina. El campo se prefiere a la ciudad, el día a la noche, la temperancia a los excesos y placeres. La regularidad y el equilibrio naturales -en el día y en la noche, en el trabajo y en el ocio, en el ejercicio y en el estudio, según la edad, estación y género-son las reglas esenciales de la medicina. Hay miedo de alejarse de la naturaleza, de separar el cuerpo de la naturaleza por los cambios en la sociedad. Hay miedo tanto al exceso de las pasiones, como al cambio social que irrumpe por aquellas décadas. Es la medicina clásica de las sex res non naturales. En el futuro la higiene insistirá en la dieta, en el género, en las edades del hombre, en el desarrollo del organismo, de órganos y temperamentos. Es una medicina de costumbres, retornos y regularidades. Sobre todo es un saber educador, como se señala en Platón y en Hipócrates. Galeno recomienda -según indica Luis García Ballester-la necesaria educación de las partes inferiores del alma. Cabanis propondrá el conocimiento físico de la naturaleza humana, tanto médico como moral. De la sensibilidad física -irritación y motilidad-y de la organización -constitución según edad, sexo y temperamento-nace la psicología, una fisiología de la moral. Hay que estudiar las leyes de la organización -basadas en principios eternos-y las del movimiento. El sentir es el vivir, la vida es la solución de necesidades que a su vez producen el desarrollo y la organización de las facultades. Por lo tanto, la naturaleza humana es relacional y social. La enfermedad mental se estudia en las vísceras, en especial en el cerebro. Irá más allá de Pinel, del tratamiento moral y del dualismo. Creerá, por un lado, en las relaciones, que se establecen con las necesidades, los placeres, el trabajo o la sociedad. Creerá, por otro, en la anatomía patológica, perdiendo el miedo a contaminar el alma con materia y enfermedad. Si la sabiduría da la felicidad, como los estoicos y los ilustrados franceses creían, se ha de unificar medicina, ciencia y pedagogía, pues Cabanis defiende, como más tarde Condorcet, en la perfectibilidad del ser humano. Una primera pregunta, un primer conflicto se plantea aquí. Tal como Diderot se interrogó, ¿las moléculas activas y organizadas, pueden ser objeto de educación? ¿Puede la moral escapar de la ciencia? Se encuentra Pinel ante unas teorías de las pasiones que son a la vez físicas y biológicas, progresivas y relacionales. Las pasiones aprovechan los cambios para actuar, la única defensa es por tanto el orden, en el control del cambio reside el papel del psiquiatra. Contra el desorden exterior, el médico busca el orden interior, en el hospicio y en el ser humano, en la naturaleza. Con el fin de establecer un orden permanente en la marcha y curso regular de los síntomas, ha sido perfeccionado el régimen físico y moral de los enfermos. Surge un orden espacial y social, corporal y anímico. Se ordenan los patios, en relación con la evolución de la enfermedad y su tratamiento, también el aseo, horarios, actividades y alimentación, pues según los clásicos las costumbres son una segunda naturaleza. La mente se recupera en el diálogo y en la distracción, en el ejercicio y en el trabajo, el ambiente médico da paso al familiar, social y natural. Se ordena por medio del trabajo, las costumbres y las conversaciones, de la relación con los enfermos, los médicos, los cuidadores y la familia, con la sociedad y con la naturaleza. Como en las instituciones privadas inglesas, aquí también el hospital debe ser un medio natural, en el que observar, ordenar y curar los enfermos. El enfermo debe recuperar su orden natural, se consigue mejorando el medio -las reglas higiénicas de las sex res non naturales son esenciales-, y las relaciones sociales -con el personal asistencial, con los otros enfermos, con la familia y el trabajo. La integración en la naturaleza será la regla de oro de los hospitales del siglo XIX. Los árboles, el aire fresco, la alimentación, la limpieza, la calefacción, la distracción, el ejercicio y el trabajo permiten al enfermo volver a su naturaleza física y, sobre todo, psíquica. La intención de Philippe Pinel era reducir a «principes fixes et puisés de la nature» la forma de dirigir los hospitales y sus enfermos. Estudia en Bicêtre desde el primer año las variedades de la manía para deducir reglas fijas sobre los medios de dirigirlas. Como es bien sabido, Pinel se centrará en el análisis de la forma de presentación de esta enfermedad, en lo que no es sin embargo original. Se declara heredero de Areteo y Celio Aureliano -y podía citar a Sydenham y la nosografía more botanico-afirmando que quiere superarlos. Planea hacer la historia entera de los accesos de manía, sus causas, signos precursores, síntomas, formas variadas, los indicios que nos hacen confiar o temer, períodos sucesivos, duración, estación de su retorno, su terminación... La enfermedad sigue la marcha de la naturaleza, tal es la búsqueda del médico clínico, comparando los accesos de una locura intermitente con la vivacidad de los síntomas de una enfermedad aguda. En su clasificación, la manía recuerda a la clásica de las fiebres, pues las divide en continuas y periódicas, y éstas en regulares e irregulares. Éstas son las que mayor relación guardan con distintos cambios, por lo que estudia con detalle la aparición de los accesos: la edad del paciente, el tiempo que se distancian entre sí, su regularidad, la estación del año en que brotan, incluso la influencia solar, de la temperatura y las tormentas. Pinel, reinterpretando o reinventando a Hipócrates, plantea un método que toma de la historia natural. Aquí le influye Sydenham que sigue a Locke en el estudio de los fenómenos, los hechos se reúnen en un conjunto, formando un caso, o bien una especie. Si oscila entre los aforismos hipocráticos -que Giorgio Baglivi recomendaba-y las leyes naturales de la ciencia moderna, fue maestro en la descripción de enfermedades, herencia también hipocrática, a través de Sydenham y Boissier de Sauvages. El médico moderno ha conseguido un método de observación en que se aúnan observación de hechos y coordinación lógica, empirismo, experiencia y comprobación práctica. Sigue el método cartesiano de buscar ideas claras y distintas, que lleven desde la simplicidad primitiva a sus grados de desarrollo, enlazando así con la lógica empirista y analítica de Locke y Condillac. Era preciso añadir un método analítico -lógico, matemático, anatómico o químico-para llegar a las enfermedades primitivas, que por complicaciones forman muchas otras y distribuirlas por afinidades de sus síntomas, causas o estructuras orgánicas de la parte afectada. Pero en psiquiatría la enfermedad es reacción y no lesión para Pinel. La locura es desorden de alguna de las facultades parciales de la mente humana, a veces el razonamiento, con más frecuencia la imaginación, de acuerdo con Rousseau. El desorden que se encuentra en las pasiones, en la sociedad y en las lesiones, es interpretado como alteración de las funciones de nuestra organización, que contraría las leyes de la naturaleza. Se produce el apartamiento de la marcha de la naturaleza, visible todavía en la salud y en la enfermedad aguda, la curación parece quedar reservada a enfermas jóvenes con corta duración. Su esfuerzo por mostrar la manía como un esfuerzo de la naturaleza, semejante al de las fiebres, por conseguir la curación -aquí también la influencia de Hipócrates, de Sydenham y del vitalismo es notable-le hace considerar las que se originan en motivaciones externas las más fáciles de curar. Busca en Sthal elevarse en la manía a la consideración general de un principio conservador, energía vital o vis medicatrix naturae, que intenta rechazar al igual que en las fiebres todo ataque perjudicial por una serie de esfuerzos felizmente combinados. Muchas han curado, pocas han resistido, sin duda por vicio orgánico o nervioso, que ha obstaculizado las leyes generales. En la manía no habrá lesión orgánica casi nunca, cuando la hay -cuando el tiempo pasado o el futuro introduce vicio orgánico-se cae en el camino sin retorno del desorden y la incurabilidad. El exceso que pueden originar las pasiones lleva a la enfermedad. Con la exageración de las virtudes y de las tendencias generosas y magnánimas el hombre es conducido del libre ejercicio de la razón a la locura. Los obstáculos a los deseos y necesidades naturales -que igual que para Descartes, Buffon y Rousseau servirían para la preservación del individuo y la especie-son los causantes de las pasiones y éstas de la locura. La pasión es enfrentamiento entre obstáculo y deseo, con una sensación desagradable, o con la búsqueda de otra placentera. Se quiere la perpetuidad de la especie, con el triple objeto de conservar la existencia, la reproducción y la protección de nuestra raza en su tierna edad. Algunas de las necesidades son sin más las tradicionales que la higiene privada clásica preservaba en las sex res non naturales, aunque muchas de sus ideas sobre las pasiones están tomadas de Alexander Crichton, interpretándolas como simples fenómenos de la economía animal, sin ninguna idea de moralidad o inmoralidad. Son así analizadas en sus relaciones con los principios constitutivos de nuestro ser, sobre los que pueden ejercer efectos saludables o perjudicales, pues Pinel admiraba la obra de Crichton, en especial los rasgos científicos, como la introducción de la física y la anatomía patológica. Pero siguiendo su propia tradición, Pinel añade en su Traité las pasiones sociales, como honores, dignidades, riquezas, celebridad..., es decir, los excesos de la pujante burguesía, contrarios al término medio de su propia moral. Pero su principal aversión va contra el pasado, contra los enfermos que retoman en su peligrosa imaginación modelos del caduco régimen. Los afectados por la «manía devota» y por la «manía de creerse rey» son sujetos sin esperanza en la nueva sociedad emergente. Rousseau y Tissot están presentes, cuando Pinel advierte de los diversos excesos que las nuevas formas de vida introducen, sean la riqueza, el vicio, el estudio o la revolución. Burgués rico, sabio científico, viejo rey y antiguo beato, son los riesgos sociales que señala; en estos últimos también advierte la peligrosa incurabilidad, con sus acompañantes, la lesión anatómica y la herencia, que conducen a la degeneración. Hay que recordar una vez más, cómo en el libro IV de l'Émile el ginebrino Rousseau -superando el análisis estático del racionalismo de Descartes o el empirismo de Locke-sitúa las pasiones en la lucha con la evolución temporal del propio cuerpo y con la adaptación del educando al cuerpo social, como un proceso temporal y relacional. Según Rorty también se toma de los estoicos estos conflictos de la infancia con la voluntad de la naturaleza, serían las experiencias sociales de Emilio y los traumas infantiles de Freud. En Pinel, como lector de Rousseau, aparece una rica psicogenia de la enfermedad mental, que abarcará tanto la educación, como la infancia, la vejez y la familia, que une a aspectos hereditarios y anatómicos. Es notable su interés por relacionar la enfermedad mental con la edad de los enfermos, tal como señala Dora Weiner. Los tipos de locura de Pinel tienen también ese mismo carácter relacional y temporal. Aprenderá en Montesquieu y Rousseau que las pasiones despliegan gran potencia, puesto que de ellas se derivan tanto la moral como la política; por tanto, cuando no se pueden regular las pasiones, se llega tanto a alteraciones del orden psíquico como del moral, del natural como del social -así enseñan los estoicos-. Mantenerse dentro de los propios límites y del orden natural y social son los medios para controlar un saludable desarrollo. Tal como más tarde, entre los últimos consejos, dirá Jean-Jacques a su discípulo, es un error distinguir las pasiones entre permitidas y prohibidas. Todas son buenas mientras se dominan, malas cuando nos someten. La naturaleza prohibe al deseo, superar nuestras fuerzas; a la razón, querer más de lo que podemos obtener; a la conciencia, dejarnos vencer por la tentación. No depende de nosotros tener pasiones, pero sí el dominarlas. Las fuertes pasiones, que producen accesos periódicos, en enfermos de fuerte constitución y de mediana edad, producen manía curable, si se trata con sabiduría, trabajo y diversión. La característica esencial de esta forma de pensar en los ilustrados, muestra el camino hacia la libertad, hacia la liberación de la enfermedad, así como de las ataduras institucionales, pues los largos encierros llevan a la cronicidad de la manía. Debemos pues señalar la adecuación que hay entre praxis política y praxis científica en la obra de Pinel, teniendo en cuenta que la psiquiatría se enfrenta desde sus orígenes tanto a alteraciones individuales como sociales. Así nace con peculiaridades respecto a otras clínicas, pues debe conservar una ordenación propia de la medicina mental y social, de la psiquiatría y la higiene, que se quiere continuadora y no peligrosa, reformadora y no revolucionaria, natural y no violenta. No sólo el estudio de las especies de enfermedades es tradición de Sydenham y Sauvages, también lo es el deseo de distribuir -es decir sujetar y definir-en el espacio y en el tiempo esas familias de enfermedades. Ese espacio es asilar, familiar, así como social e histórico, son terrenos que deben ser estudiados y ordenados. Lo que conseguirá en piedra Esquirol en Charenton, está en papel en Philippe Pinel, quien tras lamentar los problemas que tiene con la arquitectura de sus locales, de forma hipocrática estudia el medio de donde viene y a donde se conduce al enfermo, que si se aparta de la naturaleza enferma, si se aproxima sana. El nuevo saber se oponía al Ancien régime, que consideraba los asilos como lugares de reclusión y castigo. Su dureza impedía la actividad del médico buscando curar la razón alterada, la razón oculta que debía ser liberada, devuelta a la sociedad y a la naturaleza.. Se debían estudiar los gustos y tendencias de los enfermos para dirigir los desviados en sentido contrario, engañar ideas obsesivas, aliar dulzura con firmeza, emplear medios represivos inocentes, pero jamás golpes o malos tratamientos que hacen incurable la locura. El hospicio, así como las formas de observación y curación se convierten en dura crítica contra el Ancien régime. Diversos símbolos se nos muestran aquí, sobre todo la identificación de la enfermedad mental como desorden, frente al orden de la salud, pero también frente al orden social. Toda la doctrina sobre el equilibrio de las pasiones -de origen clásico y barroco-es un alegato a favor de la moral y el orden burgueses. Orden y moral nuevos, que se levantan contra las tiranías del pasado, nobiliarias y despóticas, así como el tratamiento moral se levanta contra las brutalidades anteriores, incluidos los excesos de la revolución. Una segunda pregunta, un segundo conflicto. Tal como Montesquieu se preguntó, ¿las pasiones individuales y sociales, pueden ser objeto de educación? ¿Pueden las leyes escapar de la política? Pinel se sitúa entre el philosophe de mediados del siglo XVIII y el savant de mediados del siglo XIX. Como ha señalado Didier Masseau, aquél era hábil en la adquisición y manejo de un saber, tenía conciencia de una misión que cumplir y voluntad de ejercer presión sobre la opinión pública para hacer triunfar ese ideal. Poseía una misión civilizadora, de emancipación, sin la que el hombre queda mutilado o alienado. Era consciente de ser un agente de la historia. Recurría al uso de la ciencia, pero sin especialización ni sistema; era un sacerdote laico, capaz de abnegación y renuncia. Maneja la ciencia, la pe-dagogía, la ética, así como la estética, conociendo la belleza y el sentimiento. Posee un círculo de convertidos, de iniciados, dispensa consejos a los grandes y a través de la prensa, de las cartas y libros, forma opinión. Por el contrario el sabio se encierra en su especialización, en sus instituciones y relaciones con el poder. Pero no pierde el dominio de la ciencia y sigue considerando esa misión civilizadora. Pinel pasará de las filas de los «filósofos», a intervenir moderadamente como los «ideólogos», a convertirse después en el «sabio» universitario. Serán necesarios muchos estudios, buenas relaciones y puestos institucionales. Será capaz de actuar sobre las mentes, de acuerdo con las tendencias que dominan el «fin du siécle». Sus conocimientos científicos y sus puestos institucionales en París le permiten separarse de hipnotizadores, mesmeristas, frenólogos y charlatanes. El tratamiento moral será la base del nacimiento de la moderna psiquiatría. Iguala medicina y sacerdocio en la curación de la sociedad, en el mantenimiento del orden y del equilibrio. Se preocupa en su correspondencia familiar como Montesquieu -pero también como Rousseau, Condorcet y Cabanis-del progreso de la sociedad y de la ciencia y las artes. Si Apolo es para él el modelo de la armonía natural, también se interesa por los modelos históricos y sociales de romanos e ingleses, siguiendo a Montesquieu y a Gibbon. La filosofía moral debe llevar al bien público, sus figuras son el padre, la familia, la patria, los notables... médicos y sacerdotes. La medicina, por su papel técnico, es pedagógica y reformadora, nacional y universal. En la segunda edición del Traité -como señalan Jean Garrabé y otros autores-incrementará la importancia de la moral, de los filósofos y héroes clásicos, aumentando también el miedo a los desórdenes, a la lesión y a la herencia. El tiempo, el desequilibrio, los excesos llevan a la cronicidad y a la lesión orgánica, línea que Esquirol y sus discípulos desarrollarán. El enfermo incurable ya no tiene esperanza en el tiempo natural, queda preso entre amenazadoras paredes, dañado por la lesión orgánica y condenado a la herencia y a la degeneración. El miedo ilustrado a la decadencia -herencia clásica y cristiana-se ve aquí confirmado, si el médico fracasa como pedagogo y filósofo. Se trata de una línea que G. Lanteri-Laura señala para época posteriores. Lesión, herencia, desorden y locura, es un camino ya apuntado en Pinel y Esquirol. Esta línea coincide con la profundización del influjo de la ciencia moderna en la mente humana sana y enferma, cuyo funcionamiento quiere ser interpretado, como ocurre en otros dominios médicos y científicos desde el inicio del mundo moderno.
La lectura del excelente libro de Jackie Pigeaud, Folie et cures de la folie chez les médecins de l'Antiquité gréco-romaine (1 ), así como los diferentes problemas planteados por la revista nantesa Litterature Médecine-Société (2), me indujeron a reflexionar sobre el lugar otorga do en esta Península al tema muy ambiguo de la purgación y de la ca tarsis, tema tan frecuente que viene a ser un verdadero tópico de su literatura. Me limitaré al Siglo de Oro. Tópico ambiguo, en efecto, si se considera el origen del concepto; la catarsis ofrece desde la Antigüedad una doble faceta. 0 La purgación del cuerpo cargado de humores pecantes, roto el equilibrio humoral recomendado por Hipócrates según la orienta ción «naturalista» en que se ha situado el espíritu griego en su inter pretación de la realidad y de las vicisitudes de la vida humana, por lo menos entre los médicos. No hablaré de la posición homérica y aristo télica que proponen a la vez un sentido religioso y médico en una vi sión mucho más compleja y sútil que no podría ser evocada en tan corta exposición (3). 0 La purgación del alma manchada por las escorias que la ha cen padecer o destruyen, o castigada por los Dioses cuando la enfer medad parece ser producida por un daímon hostil y no por una violencia corporal visible. De ahí el tratamiento religioso de las enfermedades epidémicas, en un sentido catártico, de purificación y limpieza de la «naturaleza» individual y del cuerpo, como lo precisa Pedro Laín En tralgo, en un libro al que habría de remitirse quien quisiera profundi zar el concepto, a lo largo de los siglos: me refiero a Enfermedad y pecado (4) tal vez más difícil de encontrar que el estudio básico publi cado antes: La curación por la palabra en la Antiguedad clásica, pero reeditado recientemente (5). Según Hipócrates, el exceso de cierto humor puede perjudicar, amén de la salud del cuerpo, la salud del espíritu, causando en él perturba ciones capaces de llevar a la melancolía o a la manía: así la flema (pi tuita) y sobre todo la bilis negra, entidad misteriosa cuyos efectos vienen ampliamente estudiados por el seudo-Aristóteles en el famoso Proble ma XXX (6). Otra ambigüedad: la purga puede evacuar sin duda las materias que perjudican el organismo pero también curar los trastor nos del espíritu, con �J empleo específico del eléboro (7) que fue causa entre los médicos de una verdadera polémica. Si se considera globalmente la literatura francesa, el tópico circula de modo gracioso, cómico o burlesco. España, en cambio, prefiere pri vilegiar su ambivalencia; empezaré por un vistazo sobre la vis comica. Los vocablos: purga, purgación, purgante, ayuda, lavativa, melecina, traen a la mente las recetas entre burlas y veras de Quevedo, Cervan tes, Quiñond, de Benavente, Mateo Alemán, Lope de Vega, Enriquez Gómez, que-(ncluyen todos una purga o una ayuda sea cual fuese la enfermedad padecida. Se puede desde luego preguntar si repeticiones tan recalcacl as y hasta machaconas, casi siempre estereotipadas, no tie neri, de p9r sí, un efecto también catártico que va mucho más allá de lo trivial de la evocación. La purga que acompaña toda la vida del suje to desde la niñez hasta la senectud, que abarca un sin fin de composi ciones\-dosificadas según la edad y la enfermedad, es a menudo el L l amar seis b ar b eros pueden con otros seis b oticarios porque han de hacerme presente con ayu d a y ventosas ( 9 ). Mateo Alemán evoca al médico fingido, que sacaba del bolsillo, al aca so, una purga o un jarope (1 O). Al entusiasmo médico del Renacimiento se enfrenta poco a poco un desengaño del hombre consciente de sus flaquezas, de lo rídiculo de sus achaques, capaz en una palabra de reirse de sí mismo, de su con fianza en la medicina, mirándose francamente al espejo, en una confe sión de sus límites que es ya purificación. Más complejo se hace el tópico cuando se trata de la purga aplica da de tal modo al paciente, hipocondríaco o melancólico, cuando no loco rematado, a fin de curarle el espíritu. El propósito se vuelve más grave, más cargado de temor, ya que' la melancolía, llamada por San Jerónimo b a l neum dia b o l i, por causa de la bilis negra puede desviar el espíritu pero también el alma de su camino espiritual. La noción de pecado (peca-mancilla) suscita el antídoto que es la purificación, intro duciendo una reflexión sobre la interacción de las enfermedades del alma y las del cuerpo. Se plantea a menudo el problema tan debatido entre monismo y dualismo. Curiosamente, un dramaturgo como Tirso de Malina presenta en una comedia, la Fingi d a Arcadia (11), la posibili dad del uso del teatro como sicodrama capaz de curar el espíritu, apo yándose en tradiciones conocidas. Traté del asunto en un estudio titulado Fantasma y l ocura en l a Fingida Arcadia (12). •Celso escribía que es preciso prestarse más a menudo a l as temas de l os en f ermos que no resistirlas. Y es preciso intentar llevar el espíritu de la demencia ha cia la razón (13). Este caso preciso no pasa de la terapéutica usada ya en la época clásica, en la manera de purgar la paciente de su melanco-. lía y locura real o fingida, sin utilizar eméticos y purgantes drásticos, como en la terapéutica a base de eléboro blanco y negro. Nada de peca do y de catarsis espiritual en tal comedia. En otro género, Fray Luis de Granada, refiriéndose a Juan de Avila, le compara con una farma cia espiritual: En l o cua l parece que e l pecho de este Padre era una espi ritua l b otica, donde e l espíritu santo ha b ía depositado l as medicinas necesarias para l a cura de tantas en f ermedades como padecen nuestras ánimas, que sin du d a son más que l as de l os cuerpos... En esta ima gen se ensancha la visión que de purgante pasa a ser purificadora del alma doliente. En los casos aducidos se trata de una alegoría profana «a lo médico» que me recuerda otras alegorías como las del cuerpo hu mano en el Siglo de Oro, con Montaña y Montserrat, Lobera de Avila, y con el médico Andrés Laguna que compara a Europa con una enfer ma. Escribe en su Discurso sobre Europa: pues al igual que el dolor de una apostema se mitiga al arrojar fuera el pus corrompido, así en efec to la cpngoja del espíritu, al incrementarse, en cierto modo disminuye con las lágrimas (15). Otra manera de encarar la purificación. Esos ejem plos son a veces esporádicos y no constituyen siempre un todo bien es tructurado. Pero sí trasparece siempre la obsesión repetitiva de catarsis y purgación. Nos queda considerar ahora el género más original en la manera de utilizar un vocabulario médico y farmacéutico con significado am bivalente, y que llamaré literatura devota, ya que puede constar de co medias a lo médico y a lo divino conjuntamente, autos sacramentales que tratan del alma enferma y de Cristo médico, de Guías de pecado res, de textos apologéticos y de poesías en que la alegoría médico-divina se refiere a la salud-salvación, al enfermo-pecador, a la enfermedad peca y pecado, en fin a la catarsis, purificación y purgación. Fray Luis de León es el que ilustra del modo más notorio esa cura ción por la palabra evocada por Laín Entralgo: ¿ qué representan Los Nombres de Cristo (16) para el poeta cuya intuición estética es de por sí un elemento catártico?... Fray Luis escribe en su Introducción que los nombres o imágenes de las cosas tienen su ser en nuestro entendi miento al pensarlos, en el lenguaje al llamarlos, en el papel al escribir los. La salud, para él, se puede alcanzar sólo por Jesús, el supremo Médico, aplicando al alma un lógos terapéutico. Al reflexionar sobre el nombre de Jesús que significa a la vez salvación y salud prosigue así: Cristo es Jesús, que con la vida nos ama y con la muerte nos da salud...; sus• llagas son medicina del alma; con su sangre vertida se repara la fla queza de nuestra virtud. Y no sólo es Jesús y Salud con su doctrina, en señándonos el camino sano, y declarándonos el malo y peligroso, sino también con el ejemplo de su vida y de sus obras hace lo mismo; y no sólo con el ejemplo de ellas nos mueve al bien y nos incita y nos guía, sino con la virtud saludable que sale de ellas, que la comunica a noso tros, nos aviva y nos despierta y nos purga y nos sana (17). Los estudios ya citados de P. Laín Entralgo muestran cómo la influencia helénica se mantiene y penetra entre los cristianos mediante la obra de Galeno, para quien el pecador es ante todo un enfermo, haciéndonos recordar la respuesta de Jesús a los publicanos: «no son los sanos sino los-enfer mos, quienes necesitan del médico» (Mat. Asclepio-1-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es 31) (18). Como lo recuerda un autor alemán, Harnack, la expresión Cristo nuestro Médico aparece con enorme frecuencia entre los primitivos es critores cristianos (Ignacio de Antioquía, Tertuliano, Cripriano de Car tago, Clemente de Alejandría, Orígenes) (19). De ahí, en el Siglo de Oro las innumerables alusiones a la medicina: en el modo metafórico en que la fidelidad a Cristo es como una profilaxis, en el modo directo re cordando la posición neotestamentaria ante las enfermedades y eso a fines catárticos o purgativos; aquí la metáfora se inspira en la farma copea, tan arraigada en España con Avicena y sus muchos discípulos, en un lujuriante ramillete de plantas medicinales europeas o exóticas cuyo barroquismo merecería un estudio. Citaré tan sólo las obras que tengo a mano para no alargarme más de la cuenta. No se trata de una mera transferencia de vocabulario, ya esporádi ca ya iterativa, sino de escenas o de capítulos que tratan de la cura del alma, del médico y su terapéutica. Se evoca en contrapunto otro modo de purificación, de catarsis, mediante la sangría que necesita, en este plan, un estudio particular. Tema ambiguo también que abarca los tres aspectos, sacrificial, mortífero y curativo. Esos géneros se valen de las metáforas esporádicas esparcidas en la literatura. Como en Fray Anto nio de Malina, reaparece el dolor espiritual como método catártico, ya que como en la purga, lo amargo del dolor hace el mismo efecto. Como en Fray Luis de Granada (Guía) las reprehensiones del confesor ope ran sobre el «enfermo» a guisa de purgante (20). De suma importancia es El Hospital de los Locos de Valdivielso (21). Remito a los versos que tratan de la enfermedad y la cura del alma, del médico divino y del Boticario de la divina Botica, el propio San Pe dro (22). Mantiene el autor, a lo largo del auto, cual hilo de Ariadna, la alegoría a lo divino centrada en el alma pecadora y doliente frente a Luzbel y el Mundo. Otro tema frecuente en la literatura es la suavidad de la cura opuesta a los remedios a veces mortíferos del médico del cuerpo. Aparece en El colmenero divino de Tirso de un modo amable: Otro elemento catártico que señalar es el desengaño, presente en los Conceptos espirituales de Alonso de Ledesma: «Oid un regimen cuerdo del médico desengaño... y tras 44 versos que merecen más de un renglón, esto recetó a un enfermo el médico desengaño graduado en experiencia que por esto sabe tanto (25) Reaparece en Iñigo de Mendoza el escarmiento salvador debido al desengaño del alma: «Tras.esta purga perfecta que sola nos dio la vida fue medicina discreta ordenar alguna dieta por huir la recayda» (26) Pero la mayor cosecha en el género de alegoría que nos ocupa se puede hacer en los Ejercicios y guías espirituales. Citaré tan sólo a Fray Antonio de Malina, monje de la cartuja de Miraflores (Ejercicios espiri tuales), a Fray Domingo de Valtanás O.P., que en su Doctrina cristiana (de los provechos de la adversidad) (27). escribe: Todos somos enfermos, el hijo de Dios es médico de los pecados. Supliquémosle se encargue de curarnos y nos ponga en el Hospital de su misericordia y a tal médico nadie limite los jarabes ni las purgas ni sangrías que ha de dar. Fiémo nos del y dexemos en sus manos, y corte por do quisiera, fragmento que resume perfectamente lo que intento demostrar (28). Esas reflexiones no son más que un intento de señalar caminos algo abandonados pero que pueden ofrecer a una actualidad en que médicos y psicólogos no se arredran ante medios que podían ser considerados como de vanos, una enseñanza sobre la fragilidad de las certidumbres, cuando se trata del material humano. La importancia de la purgación en nuestra economía no decayó de un ápice. Según el famoso dice. far macéutico Vidal podemos elegir entre 100 laxantes, 86 colagogos, 45 colagogo-hepatotropos, y eso sólo en Francia. ¿ Quién negará que una purga mensual puede mejorar al sujeto como lo notaban ya los hebreos, para quienes los demonios tenían como alojamiento predilecto el tubo digestivo? Zins-Ritter, en un trabajo sobre La posesión en la tra dición hebráica (29), enlaza dicha creencia con la costumbre evocada por Herodoto, de purgarse varias veces al año, protegiéndose así el pa ciente desde fuera y desde dentro. En cuanto a los daimones paganos o demonios de la tradición judeo cristiana, que se alojan en nuestro espíritu, la medicina francesa ac tual propone unos 200 productos llamados sedativos, hipnóticos, neu rolépticos, tranquilizantes, psicotónicos y antidepresores. Cuando nada parece surtir efecto, volvemos entonces los ojos hacia la musicotera pia aconsejada por los pitagóricos (30), recomendada en el siglo XVII por Rodrigo de Castro (Medicus Politicus) (31) y nada descartada por la literatura del Siglo de Oro. En cuanto a la catarsis mediante el arte dramático, utilizado por los Antiguos, no dejó de ser ilustrada por dra maturgos como Tirso, y reaparece en la psiquiatría moderna en forma de psicodrama. Si la consolatio de los Latinos ya no existe como género literario, si la confesión católica se hace muy discreta, nos podemos interrogar sobre la proliferación de Confesiones y-Diarios íntimos que nos demues tran la importancia del diálogo entre el enfermo del alma, del espíritu o del cuerpo, con el médico, y la necesidad del monólogo de quien con fía al papel sus penas y su malestar. Por eso me parecería útil que al gún curioso siguiese metódicamente este río sin fin de dolor y angustia existencial, así como las tentativas reiteradas del hombre para miti garlos, en un anhelo obsesivo de purificación que perdura desde Pla tón y Aristóteles.
Fé-comenzó a re definir su inserción en el sistema económico mundial, convirtiéndose en un dinámico productor de bienes primarios de exportación. Las demandas de este sistema en pleno crecimiento económico «ha cia afuera» -tanto en lo referido al régimen agropecuario como a la instalación y construcción de ferrocarriles y obras públicas-movili zaron la inversión de cuantiosos capitales y estimularon la llegada al país de grandes contingentes migratorios (1). Este proceso de crecimiento que comenzaba en forma tenue se ace leró marcadamente a partir de la década de 1880, y fueron sus conse cuencias más notables el aumento de la población y el rápido crecimien to urbano, en especial el de Buenos Aires. Para explicar el futuro de la sociedad argentina, es esencial aclarar la índole de esta transformación que excedió en mucho el mero aumento de las dimensiones físicas de la ciudad: el tejido social mismo llegó a transformarse radicalmente, haciéndose a su vez más denso y comple jo. La élite tradicional, en el proceso de gestación «desde arriba» de aquellos cambios sociales, se modificó también a sí misma, hasta el pun to de llegar a convertirse en una verdadera oligarquía terrateniente, comercial y financiera. Por debajo suyo, los nuevos trabajadores de ori gen europeo, junto a los grupos criollos preexistentes, dieron origen a una vasta masa popular, a la que José Luis Romero denominó «el con glomerado criollo-inmigratorio» (2). La irrupción masiva de aquel vasto sector de «pobres indisciplina dos» escandalizó a muchos contemporáneos. Sus testimoniosartículos de prensa, manifestaciones de gobernantes y la literatura de la época-muestran que lo fundamental en dicho asombro fue que la ciudad devino irreconocible a los ojos de la élite social a causa de la pérdida de sus rasgos tradicionales de «gran aldea» (3). Esta novedad -sin duda alarmante para los sectores sociales hegemónicos-llevó a sus miembros más conspicuos al intento de im plementar medidas eficaces de contención de aquella masa social que veían como peligrosa y que, con su sola presencia, desafiaba al orden tradicional. La famosa «cuestión social», con su nítido contenido de «lu cha de clases», comenzaba así a ser atisbada por algunos, aunque sólo a principios del siglo XX iba a mostrarse en toda su plenitud. EL CONTROL SOCIAL Y LAS NECESIDADES El nuevo control previsto para contener al conglomerado criollo inmigratorio se apoyó en la intervención creciente de un Estado que lograría más adelante consolidarse como tal, guiado por la mano hábil de aquella élite social autotransformada (4). Dentro del nuevo esquema previsto, los crecientes sectores popula res debían ser controlados en sus desbordes -políticos, sociales, y «mo rales»-y virtualmente «transformados» en su composición social. Para ello se modernizaron importantes aspectos judiciales y represivos, im plementándose también nuevas estrategias en las áreas educativa, sa nitaria y filantrópica. Pero lo verdaderamente novedoso en este gran proyecto renovador fue el intento de aplicación de la idea (con importantes antecedentes en viejas teorías filantrópicas) de que los sectores populares, en gene ral, y los pobres en particular pueden ser controlados más eficazmen te regulando y reorientando sus necesidades que con la represión de sus manifestaciones públicas más extremas (5). Poner en práctica esta idea, fue lo que llevó a que áreas en continua redefinición como la moral, la salud y el saneamiento urbano, comen zaran a ser comprendidas, al menos de forma implícita, en sus conte nidos políticos. Este importante proceso condujo a que nuevos perso najes técnicos -médicos y también arquitectos-comenzaran a tener una creciente influencia, tan to en el diseño como en la puesta en prác tica de las nuevas estrategias políticas. Siguieron sin duda siendo utilizados algunos de los viejos mecanis mos e instituciones de control social que dejaban traslucir los aspec tos más paternalistas de la sociedad (el Hospital General, determina das formas de reclusión y ciertas categorías de limosna). Pero fueron reemplazados paulatinamente, superando a veces tenaces resistencias, por otros más novedosos, que implicaban en muchos casos una mayor intervención estatal (6). Estas nuevas intervenciones, con su afán de eficacia, categorización (por ejemplo diferenciar pobres de enfermos) y racionalidad, se inspi raron en el positivismo y en el darwinismo, con su énfasis en lo bioló gico como paradigma para interpretar la realidad social. Ayudaron tam bién a conformar un clima de ideas que legitimó en forma plena a la figura del médico como personaje idóneo y especializado para promo ver y dirigir nuevas formas de política social que tuvieron como prin cipales destinatarios a los sectores populares. En este proceso global y en el más acotado de ayudar a la delimita ción de un campo específico de los «cuidados» de la salud, cumplió un papel fundamental un grupo de médicos nucleados alrededor de la Re vista Médico-Quirúrgica, sostenedores férreos de las orientaciones del Higienismo de inspiración francesa (país en el que casi todos ellos ha bían estudiado). Estos mismos médicos higienistas, debido fundamentalmente a su iniciativa y a sus funciones polivalentes como técnicos, políticos y fun cionarios, lograron un mayor disciplinamiento de la vida urbana a tra vés de la intervención municipal. Su énfasis regulador se orientó hacia los aspectos higiénicos, pero también hacia los «morales» puesto que en Buenos Aires -ciudad con amplia proporción de migrantes solos la lucha contra las enfermedades venéreas requirió un rígido control de la prostitución. Asclepio- Pertenecen a iniciativas suyas los estrictos planes tendentes a erra dicar la prostitución clandestina, las periódicas campañas de clausu ra de bares y cafés con camareras, la reglamentación, inspección y de salojo de «conventillos» y prostíbulos, la asistencia domiciliaria y el saneamiento hospitalario. Nuevas maneras de plantear la intervención médica lograron desa rraigar aspectos importantes de la concepción de asistencia básicamen te caritativa, hegemónica hasta entonces. Estas nuevas actitudes, tra taban ahora de combinar los beneficios promovidos por la instalación de adecuados servicios sanitarios con meticulosos registros estadísti cos utilizables como herramienta de planeamiento y previsión. LA UTOPIA DECENTRALIZADORA Y EL TRIUNFO DEL HOSPITAL La estrategia higienista -fundamental debido ar papel de van guardia--de dicho grupo, tuvo también un fuerte contenido utópico. Su afán de controlar preventivamente al conjunto de la población y su creencia en la posibilidad de lograr un medio urbano absolutamente aséptico, fueron a veces de difícil implementación práctica. Una de las ideas más importantes sostenidas por ese conjunto de médicos influyentes, fue la de descentralizar las ayudas sociales y los controles sanitarios (7). Eri su afán de incentivo a las ayudas a domici lio y de establecimiento de casas de socorro barriales, no escatimaron críticas al sistema del Hospital General. Esta crítica fue fundamental debido a que sobre dicha institución, y en especial sobre su ambigua función de reclusorio y de depósito en última instancia, se basó toda la estrategia caritativa de control y ayuda social que se venía poniendo en práctica, a pesar de las críticas de una corporación médica incipiente, y con escaso poder social hasta entonces. Al Hospital General se le criticaba su ineficacia, su alto coste, su intervención sólo en las fases terminales y su concepción «estatica». Lo que se requería ahora, según las corrientes en boga, era que los es pecialistas se anticiparan, dirigiéndose ellos mismos a los centros de la enfermedad y la miseria, concepto que, dado el clima general de ideas de la época, daría motivo a múltiples experimentos literarios con éxito desigual. Guillermo Rawson, en su famoso estudio sobre las casas de inquili nato, se había expresado claramente en tal sentido: «No basta construir hospitales y asilos de pobres y mendigos; no basta acudir con los millones para subvenir a estos infortunios acci dentales en aquella clase deprimida de la sociedad. Es necesario ir más allá, es preciso buscar al pobre en su alojamiento y mejorar las condiciones higiénicas de su hogar levantando así su vigor físico y mo ral» (8). Con esta idea, como con otras concepciones higienistas «fuertes», en especial aquéllas vinculadas a la ayuda domiciliaria y a los cambios de ejes en la atención médica, pasó lo que con muchas ideas revo lucionarias: fueron aplicadas en forma parcial y dentro de un paradig ma de control y transformación social, distinto del marco que las ori ginara. De esta manera el Hospital, por múltiples causas -sociales, presu puestarias y fundamentalmente simbólicas-siguió siendo con los hi gienistas impulsores de la Asistencia Pública e incluso sin ellos, el eje central de las políticas sanitarias. Las ideas alternativas como las ca sas de socorro y la asistencia domiciliaria, caballo de batalla de la pré dica higienista, quedaron empequeñecidas ante la importancia simbó lica del Hospital como institución, y sólo fueron aplicadas con el tiem po como meras acciones complementarias. El triunfo del Hospital representó la gran derrota de ciertos médi cos y funcionarios que tanto éxito tuvieron en otras cuestiones vincu ladas al saneamiento urbano y al control social de la pobreza. Así fue como la idea de «controlar a partir de las necesidades» sólo pudo ser aplicada parcialmente. La derrota de aquel proyecto descentralizador, el más importante de todos los elaborados en el siglo XIX, tuvo su origen en la frágil alian za establecida entre la élite política y los funcionarios higienistas, para llevar a cabo sus estrategias fuertemente contradictorias en muchos aspectos. Una de las partes veía al Hospital como gran símbolo de poder (de ahí la importancia capital que en su construcción y en los presu puestos se otorgaba a las cuestiones de ornato, tan criticadas por los médicos). Esta misma élite estaba dispuesta a modernizar la sociedad, pero sólo hasta donde las reglas del mercado lo demandaran. El cuidado de la salud de los trabajadores y aun el control y puesta en vereda de este grupo productor eran vistos como meros elementos reguladores del funcionamiento sin trabas serias de un mercado de trabajo. Todo lo que excediera esta intención, dadas las facilidades que ofrecía Europa como proveedora continua de mano de obra barata, no era estimado. Asclepio- Como consecuencia del afianzamiento de ese todopoderoso sector social, los médicos higienistas fueron quedando aislados en la imple mentación de sus ideas más avanzadas, aquellas que podían represen tar, más allá de su mero control, una mejora radical en las condiciones de vida de los sectores populares. Muchas de estas ideas tuvieron que esperar épocas mejores para ser aplicadas. Otras no lo fueron nunca. Como testigo de este fracaso parcial, pero lógico, queda el testimo nio solitario de las permanentes quejas de los médicos y los funciona rios acerca del desinterés estatal y de la falta crónica de recursos para atender a la salud de la población trabajadora en una sociedad en mu chos aspectos opulenta. La evolución misma de muchos de estos médicos, y en especial la de sus jóvenes discípulos, que viraron hacia posturas ideológicas más fuertemente contestatarias, muestra las serias limitaciones que exis tían entonces para poner en práctica desde el Estado políticas más acor des con las necesidades de aquel conglomerado criollo-inmigratorio. POR SIEMPRE EL HOSPITAL: NUEVOS MECANISMOS DE CONTROL Y PERSISTENCIA DE VIEJOS PROBLEMAS. El hospital continuó siendo, aun después de la creación de la Asis tencia Pública, el eje central sobre el cual giraron las políticas de sa lud. Si bien su hegemonía no se vio alterada, la importancia de los pro yectos alternativos y las sólidas críticas a la función social que cum plía obligaron a modificar aspectos importantes tanto de su estructu ra como en su vida interna. Un interesante ejemplo de ello fue la re conversión del Hospital Rawson en Hospital Mixto (9). El hecho de que el Hospital se haya convertido con la creación de la Asistencia Pública en un engranaje más de una estrategia de control capilar de la sociedad -a pesar de la campaña previa tendente a su sustitución y/o limitación-no impidió la supervivencia de muchos de sus problemas más graves. Esta aparente contradicción muestra los límites de la utopía higienista y la insuficiencia de aquella formación -tal como Raymond Williams define el término-de médicos-políticos funcionarios a la hora de «poder» aplicar sus proyectos, aun en insti tuciones orientadas por ella misma (10). A la continuidad del hospital en sus sentidos etimológicos de hos pedería y coto, correspondió también una continuidad en la índole de sus problemas (11): la escasez de camas siguió siendo constante y el rechazo de pacientes graves una cuestión cotidiana. Situación a la que hacía referencia el periódico La Prensa en 1884 al comentar que: «más de una vez hemos dado cuenta de enfermos que han muerto sin los auxi lios de la ciencia, rechazados de los hospitales por no haber camas» (12). El hacinamiento en los hospitales fue un problema permanente y de difícil solución en este período. Su remodelación y la construcción de nuevas salas a partir de mediados de la década de 1890 sólo permi tieron atenuar en parte esas duras condiciones de habitabilidad. Este hecho fue corroborado por una comisión encargada de estudiar la pro blemática hospitalaria, que concluyó que el estado de los hospitales «no basta para satisfacer las necesidades de la población menesterosa», se ñalando para el caso específico del Hospital San Roque que «la demanda de camas es indudablemente apremiante y exige casi constantemente la colocación en los corredores de un número bastante considerable de ellas sobrepasando muchas veces el número de enfermos que pru dentemente podrían recibirse» (13). Esta aparente brecha entre oferta y demanda obedecía en realidad a causas muy complejas. El sistema mismo en su funcionamiento his tórico, priorizó siempre una intervención en última instancia, lo que llegó a condicionar en forma permanente la actitud de los pacientes potenciales, quienes, una vez llegado su turno, sólo podían repetir la norma. Se reforzaba así la vieja idea de que el hospital era la antesala de la muerte. Dada esta situación compleja que se retroalimentaba de manera permanente, cualquier intento de orientar los fines hospitala rios hacia otro tipo de pacientes, o variar los focos de atención, resultó de ardua aplicabilidad. Los intentos de alterar este déficit hospitalario construyendo nue vas instalaciones fueron muchas veces fruto de la improvisación, lo que planteó problemas adicionales. Algunas iniciativas de envergadura em prendidas en tal línea fueron severamente criticadas por la corpora ción y las autoridades médicas, cuyos miembros se lamentaban de que «... en estas modificaciones no haya primado la previsión y la idonei dad necesarias para la mejor atención de los enfermos» (14). En la cuestión hospitalaria, al igual que en toda la política referida al control de la pobreza y al saneamiento urbano en general, las desin teligencias entre las autoridades municipales y sanitarias por imponer sus disímiles criterios fueron una constante. El caso del Hospital Muñiz, por ser quizás el más azaroso, es el que Asclepio- mejor condensa en sus primeros años de historia esta serie de desen cuentros político-administrativos. Creado en 1882, le fue impuesto el nombre de Casa Municipal de Aislamiento en lugar del de «lazareto», denominación que venía siendo utilizada habitualmente hasta enton ces para este tipo de instituciones. Dotado de cuarenta camas, nunca albergó a menos de noventa pacientes, hacinamiento que sólo pudo ser atenuado por la colocación de tiendas de campaña en los jardines. Tan malas llegaron a ser sus condiciones higiénicas, que hasta puso en pe ligro la salud del vecindario circundante, ya que fueron numerosos los casos de viruela observados en los habitantes de las zonas aledañas. Por los motivos señalados, se dispuso el traslado del hospital en el año 1886, siendo notable el hecho de que la mudanza se llevara a cabo en forma íntegra sin el conocimiento de las autoridades médicas. Las quejas por la insuficiencia e imperfecciones del nuevo local acondicio nado por el gobierno no se hicieron esperar, debido fundamentalmen te a que «ni en la disposición de las salas ni en la condición del mate rial, ni en la distribución de sus diversas dependencias, ni en nada en fin, había intervenido un criterio médico» (15). Pronto tuvieron clara confirmación los reparos médicos: apenas ip.augurado el nuevo local resultó insuficiente, por lo que hubo de cons truirse a su lado un precario armazón de hie_rro y madera destinado a la atención de mujeres. En los años posteriores perduraron las tensiones y los desencuen tros. En 1887, al asumir un nuevo intendente, Antonio Crespo, se apro bó un plan de alejar la Casa de Aislamiento del centro urbano, sin acep tar las sugerencias médicas que no lo consideraban fundamental ni prio-. ritario. Se dio comienzo así a la construcción de otro nuevo local y, una vez más, no se informó del hecho a las autoridades médicas. Pero en esta oportunidad el cuerpo médico consiguió paralizar las obras, has ta tanto se aprobaran nuevos planos adaptados a sus sugerencias téc nicas. Finalmente las obras se reemprendieron en 1894, interrumpién dose varias veces por falta de fondos. El Hospital Rawson, creado en 1868 para contener a los inválidos de la guerra del Paraguay y destinado en 1884 a hospital Mixto, tuvo una historia similar. Según testimonios de la época, todavía en 1908 (y en 1980) y a pesar de todas las refracciones a que fuera sometido, se guía teniendo «más apariencia de cuartel que de hospital moderno» (16). Estos ejemplos, aplicables al conjunto de los hospitales de enton ces, muestran que si en esta época puede hablarse de una cierta mo- El Hospital General típico del siglo XIX, a pesar de ciertas innova--ciones técnicas, presentó escasas variantes con respecto a aquél de la época colonial. Inclusive puede decirse que en las primeras décadas del siglo, su funcionamiento interno llegó a deteriorarse en algunos as pectos, ya que la guerra, la anarquía social y las dificultades propias de la puesta en marcha de un estado indepeudiente se tradujeron en una demora del reemplazo del Estado colonial en muchas áreas (17). El Hospital, en toda esta época, funcionó como un depósito de po bres indiferenciados. En su seno no se planteaban acciones con miras a la reincorporación del individuo al medio social. El orden social del cual fue producto le reservó un ámbito de intervención específico: los indigentes crónicos. Esta situación estuvo asociada a la insuficiencia y falta de profesionalidad de su personal, especialmente aquel reque rido para cumplir tareas subordinadas, que era reclutado en parte en tre los mismos enfermos. Un caso típico fue el de Benjamín Sierra, quien, clasificado como «loco furioso», resultó enviado por la policía para que fuese «encerrado en el Hospital dedicándolo al trabajo en di cho establecimiento» (18). Puede considerarse entonces al Hospital General como una institu ción básicamente custodia!, de acogida indiscriminada, que al mismo tiempo representó para muchos pacientes o para los «empleados for zados», una forma de exclusión social (19). En este último d_ e sus múlti ples aspectos puede decirse que el Hospital representó un continuum de reclusión junto a las cárceles y otros institutos penales. Pero al mismo tiempo, el gran dilema era éste: a pesar de ser consi derado socialmente como «último escalón antes de la muerte» (no sólo porque los pacientes llegaran ya desahuciados, sino tambié_ n porque http://asclepio.revistas.csic.es muchos morían por causas distintas a las que habían determinado su internación) con lo que aterrorizaba a los sectores populares, el Hospi tal General era muy utilizado por un amplio sector de « pobres de so lemnidad», para fines exclusivamente propios -9btener una cama por la noche o un poco de alimento-. Es importante también tener en cuen ta que este tipo de pobres eran en muchos casos enfermos.crónicos im posibilitados para el trabajo. Dentro del Hospital, usado en forma «privada» por el sector social aludido, el funcionamiento se veía afectado por la aparición de una «cul tura hospitalaria» de densa trama, cuyos protagonistas se habían con vertido en un verdadero contrapoder. Una importante proporción del personal debía destinarse al mero control disciplinario, •no sólo de los pacientes sino también de casos particulares de trabajadores, como las menores condenadas por los jueces y que estaban siempre al borde de la fuga. Tal situación puso al descubierto, a los ojos de la élite, lo inadecua do de una política de control social por la mera exclusión o «recogida» de pobres indiferenciados; lo que se imponía, pues, era una redefini ción de los objetivos hospitalarios y una modernización de las funcio nes. Los planes de modernización hospitalaria en el área de la interna ción de pacientes se encontraban con la traba que imponía aquella «cul tura de los enfermos crónicos». Este problema reiterado ya había mo tivado la creación del Asilo de Mendigos que, entre sus funciones, pre veía la de facilitar el descongestionamiento de las salas de los hospita les, lo que mostró una incipiente actitud clasificatoria (20). Sin embargo, el fracaso del Asilo de Mendigos como proyecto inno vador fue inmediato. Sus salas se vieron rápidamente atestadas de en fermos e indigentes crónicos y se convirtió en un centro más de reclu sión indiscriminado. En consecuencia, la pregunta¿ qué hacer con los crónicos? siguió vigente. La idea de ampliar los servicios hacia un con junto mayor de la población, y aumentar la «permeabilidad» social del hospital, se vio enfrentada con esa situación de indiscriminación y ha cinamiento. Durante este período, al atenuarse los niveles de miseria extrema de la población, el problema de los enfermos crónicos pasó en térmi nos relativos a un segundo plano. Sin embargo, su solución no dejó de ser parcial, registrándose, como en todos los aspectos referidos a la salud pública, importantes marchas y contramarchas que frenaron la aplicación de los criterios médicos en vigor. En la década de 1880, la situación de esos enfe. rmos-pobres cróni cos, fue mala. La Asistencia Pública intentó paliar el problema en 1883, trasladando los enfermos crónicos que estaban en el viejo Hospital de Hombres al Hospital San Roque y al Hospicio de Las Mercedes. Al po co tiempo, con el afán de centralizados en un solo lugar; se los trasla dó a un depósito construido ad hocen la Casa de Aislamiento, aunque quedaron muchos en el Hospicio. La medida se mostró insuficiente y al poco tiempo otros enfermos crónicos volvieron a llenar las salas de los hospitales municipales. Los hospitales de las colectividades extran jeras y el de la Sociedad de Beneficencia, paliaron tal situación mediante una política de estricto control de la admisión. Esto motivó fuertes ten siones con las autoridades municipales, dado que muchos pobres cró nicos eran en general inmigrantes extranjeros, rechazados por las ins tituciones creadas por sus propias colectividades (21). El caso de la So ciedad de Beneficencia y las enfermas crónicas era mucho más grave porque casi no existían servicios para mujeres dado el estricto mono polio que ejercía la sociedad sobre su atención (22). Tal fue la gravedad de la cuestión que las autoridades sanitarias decidieron en 1885 crear un nuevo Hospital de Crónicos, el que fue clau surado en 1891, como consecuencia de la gran crisis económica. Estas limitaciones tuvieron como consecuencia una vuelta al crítico estado previo: el «peregrinaje de los enfermos crónicos», como se denominó en la época al tránsito de estos enfermos de un hospital a otro solici tando cama. Una vez superada la crisis, y ya entrada la década de 1890, los enfer mos crónicos mejoraron relativamente su situación cuando se producía un estancamiento general de los servicios de salud. Esta mejora relativa no se debió a que se crearan facilidades específicas para ellos, sino a que aprovecharon la ampliación general, aunque anárquica, de los hos pitales en ese momento. Puede pensarse en consecuencia que esa me jora relativa, se dio en realidad en detrimento de otro tipo de enfermos hacia los cuales habían sido dirigidos originariamente esos servicios. Durante el período reseñado se produjo, con referencia a los pacien tes, un cambio en los focos prioritarios de atención. Los crónicos y los pobres indiferenciados, de a poco y con esfuerzo, dejaron su sitio pre ferencial. Este fue ocupado por otros enfermos, que permanecían in gresados por períodos de tiempo mucho más reducido. Varió, como se desprende de esto, el uso que se hizo del hospital, produciéndose una mayor rotación de pacientes, eliminándose en consecuencia aquella «cultura de los enfermos crónicos». Asclepio- Este viraje estratégico de los focos de interés del hospital permitió a su vez una cierta transformación en la actitud represiva del perso nal; ya que el férreo mantenimiento de la disciplina, que se creía nece sario para sustentar sus antiguos e ineficaces objetivos, dejó de ser tan importante. Una parte del personal subalterno logró así independizar se de aquellas tareas y se ocupó sólo de cuestiones curativas y de la administración. La instalación de consultorios externos comenzó a atraer también a distintos tipos de pacientes, los que en muchos casos requerían tra tamientos prolongados pero que no hacían uso de las salas generales, aunque concurrían con cierta frecuencia al hospital. Este fue el aspec to en que el hospital representó una verdadera mejora y motivó un cier to aumento de la confianza que los sectores populares depositaron en él. En esto último influyeron fundamentalmente los avances de la bac teriología y la asepsia, que evidentemente redundaron en una mayor eficacia de los tratamientos. El mundo del personal 2.1. Médicos y Practicantes: Profesión y Jerarquías El uso distinto que los nuevos pacientes hicieron del hospital fue posible gracias a cambios importantes en su estructura interna. Estas transformaciones fueron a su vez producto de un proceso de fuerte incidencia en la sociedad: la creciente «medicalización», con sus consiguientes cambios en los límites de lo considerado público y pri vado, y la «profesionalización» médica que se derivó de ello. A partir de la década de 1870, la aceleración de ese proceso llevó a los médicos a colocarse nítidamente, aunque con serias tensiones, a la cabeza de la estructura hospitalaria. Para llegar a tal situación de poder, debieron librar pequeñas batallas cotidianas, en apariencia pue riles, pero de vital importancia para profesionales que aspiraban a ejer cer como corporación un efectivo monopolio sobre las decisiones pú blicas en el área de la salud (23). El dominio del mundo interno de la «institución total» era conside rado como una importante primera etapa para ampliarse luego al con junto de la sociedad, verdadera paradoja de la «política práctica» de un grupo de médicos que influía en importan tes grupos de poder con su insistencia continuada en la descentralización del control y las ayudas. La lucha que esa estrategia desencadenó fue un claro reflejo de aque lla otra que, a nivel institucional y en el plano de las ideas, libraban los médicos con las Damas de la Sociedad de Beneficencia y con los funcionarios municipales. En la áspera vida cotidiana del hospital fue ron las Hermanas de Caridad, y muchas veces las enfermeras «merce narias», quienes litigaron con los médicos y en especial con los practi cantes, por imponer sus criterios. Los médicos comenzaron• con este proceso a formar parte estable de la vida interna de los hospitales, a diferencia de épocas anteriores, en que concurrían casi exclusivamente para hacer consultas, y delega ban gran parte de las tareas en los practicantes, los que a su vez esta ban subordinados a las Hermanas de Caridad. A su vez el crecimiento de los servicios hospitalarios hizo necesario el aumento del número de sus médicos, que debieron, ante la mayor complejidad de las tareas a realizar, diferenciarse en categorías y cum plir más estrictamente las ya existentes. Se comenzó a exigir así que algunas tareas ejecutadas por practicantes fueran realizadas por mé dicos diplomados, reservándose para los primeros la exclusiva tarea de ayudantes. El médico director, autoridad suprema del hospital, pa só a desempeñar en la generalidad de los casos sólo esa función y no como antes, cuando dividía su tiempo entre las tareas de organización y las de médico de sala. Se creó una nueva categoría, la de médico agre gado, quien, nombrado a petición del médico de sala, ejecutaba tareas bajo su coordinación. Las funciones de los practicantes según sus respectivas categorías fueron cumplidas estrictamente. Se imposibilitó y se prohibió que los que tenían las materias aprobadas para ser practicantes mayores, siguie ran ejerciendo indefinidamente funciones de practicantes menores por falta de vacantes u otros motivos, lo que resentía bastante el servicio. Una cuestión que en el mediano plazo iba a ser motivo de discusio nes fue el hecho de que, en general, ningún médico recibiera remune ración alguna por su trabajo en los hospitales, con la excepción de aque llos que prestaban servicio en la Casa de Aislamiento o en otros hospi tales de enfermedades infecto-contagiosas. Dos concepciones profesionales aún no totalmente discernibles en su antagonismo daban impulso a cada una de las posturas en que se dividía la opinión médica respecto a la tan espinosa cuestión• de la re muneración en los hospitales. Un importante sector abo• gaba por una creciente «mercantilización » de la profesión médica; otro, en cambio, seguía identificando al médico con la figura del «filántropo universal». Asclepio- Esta fuerte ambivalencia que, a medida que se fue acercando el nue vo siglo, caracterizó cada vez más a la corporación médica, tuvo gran peso en el destino hospitalario. Mientras muchos de sus miembros cri ticaron duramente la política de no remuneración en los hospitales, adu ciendo que resentía su buen funcionamiento, otros la consideraban ade cuada, dado que, como el médico se debía fundamentalmente a su clien tela, sus intervenciones en el hospital eran su aporte a la comunidad y, por lo tanto, debían ser gratuitas. Años más tarde, ante el claro triunfo de la corriente «mercantilis ta», Nerio Rojas, que al igual que los higienistas era un firme sustenta dor de la medicina como faz técnica de la filantropía, opinaba en una conferencia en el Círculo Médico Argentino que «... la vida porteña se ha caracterizado por un mercantilismo impresionante... esto es lo que ha pervertido a la profesión de médico. El espíritu médico ha sufrido mucho la influencia de esa frivolidad de la vida en la sociedad argenti na, especialmente de la vida porteña» (24). Según aquellos argumentos, la evolución en los criterios con que los médicos definieron su actividad afectó negativamente al desarro llo del hospital público en el período estudia�o. Enfermeras y damas de.caridad: el eslabón más débil El aumento y mejora de los aspectos médicos del hospital, se debía complementar -según los proyectos vigentes-con la introducción paulatina de la enfermera profesional, dotada de la necesaria prepara ción técnica. Esta alteración en el viejo sistema del trabajo subalterno, elemento importante en los planes tendentes a ofrecer un servicio más eficaz y planificado, fue, por causas de muy distinto orden, de concreción difícil. Como consecuencia de ello, este tipo de personal -siguiendo una trayec toria muy distinta a la de los médicos y practicantes-no llegó a tener nunca la incidencia fuertemente renovadora que se esperaba de él. Durante una parte importante del siglo XIX las tareas subalternas en los hospitales fueron responsabilidad de un conjunto heterogéneo de personas reclutadas de las maneras más diversas. Las enfermeras profesionales, «personal mercenario» como se las llamaba en la época, eran escasas y no tenían ninguna preparación téc nica: por estas razones su tarea específica se redujo al servicio domés tico y al mantenimiento de la disciplina. Una parte no desdeñable de las tareas menores era realizada por los mismos pacientes, hecho corroborado por las frecuentes alusiones de las crónicas contemporáneas a la actividad de dementes barriendo pisos y a la de otros pacientes doblando vendas. Personas detenidas por la policía o condenadas por los jueces en grosaron en determinados casos las plantillas de empleados hospitala rios. Este fue el destino de Matilde Díez, de quien_el juez de Paz de Bra gado solicitaba al jefe de Policía que «se sirva de. stinarla por un tiem po al Hospital de Mujeres... por corrección de su mala y escandalosa conducta, pues esta mujer siendo casada, no hay forma que se sujete a su marido y tiene escandalizado a todo el vecindario». El caso de la parda Petrona Alcorta, presa por ratera en la cárcel de mujeres, a quien se trasladó destinándola «a seis meses de reclu sión al servicio del Hospital de Mujeres» (25) muestra también cómo en situaciones especiales o ante necesidades perentorias del servicio se recurría al trabajo forzado de personas detenidas en instituciones penitenciarias. Lo mismo sucedió con las menores condenadas por los jueces, que llegaron a convertirse en una presencia tí pica de las salas de los hos pitales. En las instituciones de la Sociedad de Beneficencia su tra bajo como enfermeras se hizo necesario aun en los primeros años del siglo xx. La vieja idea de modificar los fines hospitalarios y reorientar su práctica, dio impulso a la iniciativa de introducir en el país a las Her manas de Caridad, que se hicieron cargo en forma paula tina de impor tantes aspectos del servicio de asilos y hospitales. Para ello tuvieron que vencer la enconada resistencia de importantes sectores, tanto po líticos como de funcionarios, quienes no dejaron en ningún momento de criticar su capacidad técnica y su idoneidad para ocupar puestos administrativos. La instalación permanente de las Hermanas de Caridad en asilos y hospitales, en reemplazo de algunas de las antiguas categorías de en fermeras y domésticas, fue un símbolo de la voluntad política de dife renciar -más en forma teórica que real-entre la tarea específica de cuidar la salud de los pacientes y la mera reclusión. Como tal, supuso un cambio, aunque muy gradual, en el funcionamiento interno de aque llas instituciones. Con la creación de la Asistencia Pública, las autoridades sanitarias contemplaron con creciente interés la idea de proveer a los hospitales con personal subalterno idóneo. En 1885 su director elevó un proyecto http://asclepio.revistas.csic.es de creación de una.Escuela de Enfermeras, que fue desestimado por la corporación municipal (26). La iniciativa fue entonces desarrollada fuera del ámbito público por la doctora Cecilia Grierson en el Círculo Médico Argentino, hasta que, en 1892, su escuela pasó a depender de la Asistencia Pública por iniciativa de su director, Emilio Coni (27). La incidencia social de esta Escuela se vio seriamente limitada, sin embargo, por su escaso número de egresadas. No pudo por tanto me jorar la capacidad técnica del conjunto de las enfermeras, hecho que se pensaba que podría ocasionar un cambio radical en la atención hos pitalaria. En esto último influyó en forma decisiva la ineficaz política de per sonal adoptada tanto por la Intendencia Municipal como por la Socie dad de Beneficencia. Un intercambio de notas entre la Dra. Cecilia Grier son y la dirección del Hospital Rivadavia, administrado por la Socie dad de Beneficencia, arroja luz sobre la cuestión. Dicha doctora,. que estaba dictando una serie de cursillos para empleados de la institución, solicitó a las autoridades que éstos se hicieran obligatorios a la totali dad del personal. Su petición le fue denegada, con el argumento de que si todas las enfermeras adquirían conocimientos técnicos el hospital iba a quedar acéfalo, puesto que las que asistían al curso dejaban lue go la institución (28). El escaso prestigio social de la profesión de enfermera, lo exiguo de los salarios pagados y las malas condiciones de trabajo hicieron de ella una profesión poco atractiva, hecho decisivo en el constante mal fun cionamiento de los hospitales en el área de los servicios subalternos. Penna y Madero, dos de los más prestigiosos médicos de la época, señalaron, corroborando aquellas afirmaciones, que las enfermeras de entonces eran sólo «sirvientas de hospital por las tareas que desempe ñan», y agregaban que «tampoco puede pretenderse mejor clase de gen-.• te si se tiene en cuenta las pésimas condiciones de que se las rodea» y que «hasta el basurero es mejor remunerado» (29). Ante la incapacidad administrativa y la falta de una suficiente vo luntad política para cambiar radicalmente la situación de los trabaja dores subalternos del hospital, las Hermanas de Caridad siguieron ejer ciendo su trabajo en hospitales y asilos. Es necesario aclarar, sin em bargo, que a pesar de su continuidad, con el paso del tiempo fue va riando la índole de sus responsabilidades, especialmente en aquellas áreas en que se podía plantear un punto de incompatibilidad con la ac tividad de los médicos y en especial con la de los practicantes. Y con la profesionalización exigida, aunque defectuosamente implementada. Sin embargo, el gradual pero efectivo cambio en las atribuciones de las Hermanas no pudo evitar las asperezas y tensiones que, desde tiempo atrás, venían sucediéndose en el hospital. Así, por ejemplo, en 1904, La Prensa señalaba que «más de una vez han llegado a la redac ción de este diario voces de protesta contra la preponderancia tiránica que asume el elemento religioso en los hospitales y establecimientos de caridad pública y privada», para agregar que «este modo de proce der de las Hermanas de Caridad origina con demasiada frecuencia cho ques y disidencias muy lamentables con los practicantes cuya autori dad se ve desconocida» (30). La causa principal de la persistencia de aquellas asperezas y ten siones fue el mantenimiento, por parte de las Hermanas, de su papel tradicional como intermediarias entre la administración y el personal subalterno. Así podía leerse en 1904, con motivo de aquel conflicto «que tuvo revolucionado al Hospital de Clínicas y que amenazó hacerse ex tensivo a todos los hospitales» (31), que los médicos se quejaban de que su autoridad no era reconocida «no tan sólo por las Hermanas sino tam bién por los peones y enfermeras influenciados por aquéllas» (32). La sociedad argentina, en especial la de la ciudad de Buenos Aires, experimentó en la segunda mitad del siglo XIX un cambio social pro fundo. La inmigración masiva, el aumento y-transformación de los secto res populares y el acelerado proceso de urbanización, motivaron el di seño de políticas concretas de control social que implicaron una ma yor intervención estatal. En ese proceso de creciente intervención estatal la estrategia funda mentalmente caritativa aplicada hasta entonces en el área de los cuidados de la salud y en la del control de la pobreza fue reemplazada, paulatina mente, por otras que implicaban un control «capilar» de la sociedad. Sin embargo, la institución hospitalaria, eje fundamental de aque lla vieja política caritativa, siguió cumpliendo por razones presupues tarias, administrativas y fundamentalmente ideológicas, un papel cen tral en el nuevo sistema representado por la importancia creciente de la Asistencia Pública. La continuidad del hospital, a pesar de las duras críticas a que fue sometido, limitó seriamente el alcance del nuevo sistema de salud idea-Asclepio-1-I 990 do por los más prominentes médicos de entonces. Esto implicó el fra caso, al menos parcial, de la estrategia de controlar a los sectores po pulares a partir de sus carencias, dado el carácter «estático» y poco flexible del hospital en cuanto «institución total». A pesar de los intentos de renovar la vida interna del hospital, se mantuvo como telón de fondo la constante de sus viejos problemas: la élite porteña mostró siempre una escasa preocupación por los hechos vinculados a la reproducción de la mano de obra. Mientras se siguieran renovando las cohortes de inmigrantes euro peos este sector social hegemónico no cambiaría de actitud.
La medicina tradicional del noroeste argentino -y en especial en el Valle de Tafí y el Calchaquí-tiene profundas raíces que se hunden en la bruma de los tiempos prehistóricos. En forma simultánea, pre senta una actualidad tal, que en algunas zonas es la única existente y reina absoluta allí «donde no ha llegado el doctor» como suelen referir algunos habitantes entrevistados. El tratar de comprender este a ve ces complejo sistema de la mediciná popular me llevó a estudiarla ha ce ya muchos años en regiones del noroeste argentino en las que tenía oportunidad de ver su sólida inserción en el mundo cultural de los ha bitantes de nuestros pueblos de montaña. Para entender la cultura de un pueblo, es necesario conocer los con dicionamientos geográficos de ese pueblo y su especial relación con el medio, así como su evolución en la historia de la humanidad. Y ello es debido a la notable importancia que la adaptación, la dependencia y la influencia del medio físico tuvieron sobre la cultura de los pue blos que habitaron tal o cual territorio, marcando huellas profundas en el comportamiento, la idiosincrasia, la producción y la medicina de cada uno de los grupos estudiados. Y es justamente en el Noroeste ar gentino donde los españoles al llegar encuentran los núcleos más desa rrollados, debido a la influencia del centro irradiador civilizador del Perú. Dentro de este esquema la Puna, por ejemplo, presenta caracte rísticas propias, diferentes de otras zonas, sobre todo debido a una con tinuidad supranacional con Chile, Bolivia y Perú. Ya de este tema des de la perspectiva geopolítica nos hemos ocupado con anterioridad (1), insistiendo aquí que la herencia indígena más los aportes que la me dicina española del mil quinientos y el refuerzo ideológico que signi ficó la religión católica recién llegada a las tierras americanas, darían como resultado una medicina polimorfa y empírica, que a sus presu puestos mágicos ancestrales agregó conocimientos y maniobras nue vas, dando como resultado la actual medicina popular del noroeste ar gentino. La región a la que nos estamos refiriendo aquí, es un área cultural muy importante y recibió influencias directas e indirectas de las más altas culturas andinas. La conquista de la región por los Incas, agregó a lo ya existente una cierta unidad en lo que a lengua y cultura se refie re y a pesar de no haber sobrepasado el medio siglo la ocupación, dejó huellas indelebles en el aspecto material y sociopolítico de las estruc turas indígenas de la región. Hacia 1480, al llegar los Incas al noroeste argentino actual, establecieron una serie de alianzas con los pueblos que habitaban la zona denominada «Tucma», ubicada al sur de la ac tual provincia de Tucumán,_ con el objeto de asegurarse las espaldas en su avance hacia las llanuras. A cambio de su independencia, las tri bus existentes recibieron la propuesta de defender la organización y los caminos del Inca. Los grupos aceptaron la propuesta, en el marco de un acuerdo ventajoso para ambas partes. También hemos analiza do este tema (2) desde el punto de vista de la historia médica de la re gión y un interesante trabajo sobre la entrada de Diego de Rojas en el Valle Calchaquí nos ilustra aún más sobre el tema (3), remitiendo a ellas al lector interesado. Lo importante es que los españoles al llegar a la región, encontra ron los núcleos indígenas más avanzados cultural y médicamente con siderados de la República Argentina, destacándose entre ellos los diaguitas calchaquíes. Su distribución se presentaba en el cuadro ad junto: Todos estos grupos practicaron una medicina de avanzada para su época. Solamente recordemos que al entrar Diego de Rojas al Valle de Tafí, es recibido por el cacique Canamico, quien era cargado en un tro no sobre los hombros de sus súbditos debido a que presentaba una pier na amputada en el tercio medio del muslo, como resultado de una ope ración efectuada por sus médicos por heridas de guerra. Cicatrizada perfectamente, le permitía además montar, lo que habla de un trabajo quirúrgico bien efectuado y de la experiencia acumulada por estos gru pos indígenas en lo que a medicina se refiere. También es interesante recordar el envenenamiento del jefe español a poco tiempo de la esce na ya relatada, producido por una flecha que contenía elementos neu rotóxicos y que habrían de causar la muerte de Diego de Rojas al poco tiempo, con las consecuencias ya conocidas para los destinos de la ex pedición que había salido del Perú. Solamente los indios conocían la «contrayerba», es decir el antídoto para el veneno, debiendo los espa ñoles recurrir a un ardid para conseguirlo, ya que el panorama era de solador y los envenenados muchísimos, a tal punto de poner en peligro el futuro de la empresa. Este otro incidente nos habla también del gra do de desarrollo de la farmacopea indígena, base de la actual, que se usa en todo el noroeste, con resultado diverso. Todos estos antecedentes son valiosos y constituyen la base de la actual medicina tradicional o popular en la que la presencia y el accio nar del curador local, que a menudo reemplaza al médico oficial en mu chas zonas, merece ser tenida en cuenta, valorizada y estudiada como una forma de integración de culturas que se necesitan en pro del desti natario final y único gestor de la medicina, que es el paciente. Ese per sonaje, que es el habitante de zonas montañosas a veces inaccesibles del noroeste argentino, durante toda su existencia vive en un mundo de magia, rodeado de fuerzas misteriosas que lo atacan orgánicamen te, causándole enfermedad. Toda su existencia, el nacimiento, la muerte, la iniciación sexual, la siembra, la cosecha, la «campeada» (4) de ani males, etc., tiene un fuerte contenido ritual de tipo operativo que in tenta, mediante prácticas diversas, mitigar o evitar esas fuerzas sobre naturales que «animanizan» (5) su único universo y lo amenazan con una aniquilación que puede llegar a ser total. Prueba de esto son las ofrendas a la Pachamama (6 ), el Llastay o el Coquena (7), a vírgenes di versas o al santo local antes de iniciar el trabajo de siembra o recolec ción y los diversos procedimientos que preceden y acompañan a la« se ñalada» por ejemplo (8). De esta forma se expresa el hombre de las zonas estudiadas del no roeste argentino a través de creencias muy antiguas y forman parte de su mundo también la adivinación y los presagios, lo que demuestra una vez más su sentimiento de inferioridad frente a lo sobrenatural. Todas estas actitudes son de tipo operativo, como ya comentara, y su objeto es el de reconciliarse con la divinidad y poder de esta forma sobrevi vir. Se debe reconocer entonces la presencia de una serie de fuerzas extrahumanas que condicionan la vida humana. Los augurios, los sue ños, los presagios, forman una parte importante de la vida y se tienen siempre en cuenta al iniciar un viaje, sembrar, casarse o enfermar. Como consecuencia de estos factores, existe en el noroeste argenti no una medicina tradicional popular resultado de siglos de experien cia, magia, empirismo y supersticiones, en una región de farmacólo gos y curadores cuya edad se pierde en la bruma de los tiempos pre hispánicos. En este mundo peculiar, la religión va a prestar un marco conceptual a una actitud que, más que adhesión a su doctrina filosófi ca, va a significar un refuerzo instrumental e ideológico al rito popu lar. Y así se deben entender la presencia de la cruz, las oraciones como el padrenuestro o el avemaría junto a rituales populares como el culto a la Pachamama, por ejemplo. Esta deidad, siempre presente, está li gada estrechamente al mundo de la salud y la enfermedad, además de su profunda relación con la agricultura y sus ciclos. Hay que agasajar la, darle de comer, ofrecerle cosas materiales y no irritarla para que todo vaya bien. Madre de la tierra, es una deidad femenina de origen aymara que tiene una gran difusión en el noroeste argentino. Si bien se halla presente en todas partes, es en las denominadas «apachetas» donde se encuentra el principal centro de su culto. Son éstas acúmulos de piedras que se van formando en el cruce de caminos, generalmente en zonas altas e inaccesibles y donde se le dejan ofrendas y oraciones. Ya hemos comentado que la mentalidad del hombre de la zona tien de a animanizar el fenómeno natural, a espiritualizarlo, junto con la enfermedad y la cura, desconociendo muchas veces la dimensión mi croscópica de la enfermedad. Y así tenemos enfermedades denomina das «místicas», tales como el «mal aire», el «mal deseo», la «enferme dad de la tierra», la ruptura de tabúes, la «enfermedad del susto» y la «ojeadura» o «mal de ojo», junto a otras consideradas «naturales», ta les como la «enfermedad de la matriz», la «recaída», el «sobreparto», la «debilidad», etc., por citar algunas de las más frecuentemente halla das en nuestro estudio. En uno y otro grupo, la etiología es distinta y su tratamiento también y debido a estas peculiaridades, la compren sión del sistema médico tradicional debe partir del análisis de sus pro pios fundamentos ideológicos, no cayendo en el error de estudiar a la medicina popular bajo moldes occidentales y modernos, porque ellos no nos pueden explicar de modo alguno el comportamiento del habi tante de muchas zonas del noroeste argentino y mucho menos su cos movisión, y la falta de comprensión de estos postulados constituye una notable falencia que resta eficacia a los planes de salud en la zona. La comprensión de patologías conocidas y admitidas naturalmente, como el caso de la enfermedad del «susto» y la «ojeadura» que aquí vamos a analizar, ayudará a establecer una correlación gnoseológica entre el sistema de base mágica y el de base científica, quebrando de esta ma nera las barreras existentes entre una y otra formación. Veamos aho ra como se desarrolla el proceso de salud y enfermedad en el noroeste argentino y desde el punto de vista de la medicina tradicional. Frente a la enfermedad, desde tiempos primitivos, el hombre reac cionó empíricamente -basando. todo su sistema médico en la expe riencia-o considerando a todo lo que no pudiera ser explicado por aquella vía de entendimiento, de carácter sobrenatural. El primer ca mino llevó a una vieja medicina apoyada por siglos de experiencia y mantiene muchos de sus rasgos incólumes en las prácticas actuales de los «arreglahuesos», por ejemplo, tan comunes en zonas donde los trau� matismos son cotidianos y repetidos. Es el camino de una medicina con creta que ve en el fenómeno natural la causa visible de la enfermedad y en la experiencia acumulada por repetición el camino hacia la cura ción. Frente a la sobrenaturalidad, el hombre siguió el camino de la magia, el dictado de tabúes, y la religión y la medicina que estamos tratando tendrá rasgos de todas estas interpretaciones del enfermar y de ella derivará la acción del «curador», el-que-cura, quien habrá de ejercer su profesión frente al hecho ya instalado -diagnostica dor y terapeuta-o bien previniendo la enfermedad o causándola -previsor y actor de maleficios-, lo que traducido a términos corrien tes significa que mantendrá o deteriorará la salud de los hombres y/o las cosas. Las etiologías generales más frecuentes en la medicina tradicional del noroeste argentino son:!.-Concepción del «cuerpo extraño»: tiene su origen en el empiris mo de ver a la enfermedad causada por cuerpos extraños al organis mo, tales como piedras, flechas, etc. Cuando el hombre que juega su rol en este mundo mágico no alcanza a ver el agente causal de la enfer medad -la mayoría de las veces por ser microscópico-tiende a expli carla como causada por la in traducción en el organismo de un cuerpo extraño de origen sobrenatural o mágico, y la penetración de este obje to es casi siempre el resultado del trabajo de un curandero o curador, el que en forma desconocida y artera introduce de esta manera el pa decimiento. Es ésta una teoría que podemos llamar «centrípeta» en la génesis de la enfermedad, ya que «viene desde afuera» al decir de algu nos informantes y se instala en el individuo. Il.-,-Teoría de la «emanación»: este término comprende efluvios ma lignos o «aires de enfermedad», al decir de la gente de la zona. Son és tas, influencias nefastas y oscuras que vagan alrededor de los seres hu manos, sobre todo al atardecer y a la noche, y han dado origen a una patología singular, el denominado «aire», muy frecuente en el noroes te argentino. IIl.-«Pérdida del ánimo»: es la teoría de la pérdida del aliento vi tal, del alma o del «ánimo», entidad que caracteriza a muchas enfer medades de larga evolución, consuntivas o prolongadas, que van mi nando progresivamente la salud de quien las padece. De acuerdo con esta teoría, base conceptual de la «enfermedad del susto», el padeci miento se produce cuando se pierde el alma por embrujamiento, im presión fuerte, despertar violento, etc., entre las principales causas. Es ésta una teoría que hemos denominado «centrífuga» de la enfermedad, algo que se va del cuerpo hacia afuera y eso causa el «desánimo». For ma parte del cuadro clínico de la enfermedad del susto y es su substra to ideológico más importan te. IV.-Magia simpática, embrujamiento: es lo que se conoce como «ha cer el mal» y consiste en provocar la enfermedad a distancia, usando objetos que hayan estado en contacto íntimo o prolongado con el indi viduo que se desea enfermar, tales como ropa, uñas, pelo, dientes, etc. Con estos elementos se efectúan diversas ceremonias destinadas a pro ducir el «daño» al sujeto señalado. Es una técnica «iatrogénica» del cu rador, es decir causante de enfermedad, que requiere siempre de la par ticipación de un hechicero o curandero avezado. V.-Ruptura de tabúes: corresponde al mundo de las prohibiciones, y específicamente del contacto con los muertos, y la violación hace vul nerable fundamentalmente a los nonatos, cuando la madre portante toca a un cadáver, pasa por un cementerio o un «antigal» (9). Todas estas etiologías generales son de actualidad en la génesis de enfermedades sufridas y tratadas en la zona de estudio, sobre todo en los Valles de Tafí y Calchaquí, valles salteños y la puna jujeña. Anali cemos ahora dos de las enfermedades más representativas de este uni verso mágico, de este drama cósmico que es la medicina tradicional del noroeste argentino. Es una patología frecuente en la zona montañosa y puneña del no roeste argentino y, merced a los grupos que emigran a las localidades del faldeo montañoso durante la cosecha de caña de azúcar, también ahora en las periferias de las ciudades principales de las provincias de Tucumán, Salta, Jujuy, Catamanca y La Rioja. El cuadro tiene su substrato ideológico en la creencia de que una impresión -« susto»-lo suficientemente fuerte, lograría separar el al ma del cuerpo, quedando la primera vagando cerca del sitio donde ocu rrió el percance y el segundo «desvalorizado». Esta etiología -que des cribimos como «centrífuga»-nos muestra que la enfermedad se pro duce porque un elemento -el alma-sale del cuerpo y esta disocia ción es nociva para el ser humano. «Cuando el chico se asusta, se le "bota" el alma del cuerpo», nos informa J. R. (10). Si bien el « susto» puede afectar a una persona a cualquier edad, es menos peligroso en el adulto y de notoria gravedad en el niño «por que es más débil y no ha madurado todavía... », nos relata L. B.; pero, a pesar de esta afirmación, en algunos• casos el adulto también puede Asclepio-1-1990 enfermar seriamente y morir y en esos casos «el hombre está fundido, fundido está el hombre... » En la creencia popular, el «susto» representa el convencimiento de la existencia de un espíritu independiente del cuerpo y capaz de alejar se de éste sin que ello signifique la muerte del sujeto, que queda en cam bio «desvalorizado». Cuando esto sucede, el alma vaga cerca del sitio. donde se desprendió del �uerpo y el sujeto «desanimado» presenta los síntomas de la enfermedad: debilidad, decaimiento, fiebre, sudores, di ficultad para conciliar el sueño, despertar sobresaltado, hablar en sue ños, sonambulismo, etc. Otras veces aparece, sobre todo en los niños, un cuadro gastrointestinal constituido por síntomas diversos: « El chico tiene diarrea, desarreglo de vientre, llora al dormir, da esos saltitos como si estuviera sobresaltado... » Otro informante nos ilustraba así: «El chico tenía miedo, no dormía, tenía miedo y era susto lo que tenía, él ya era grande... pero se asustan a cualquier edad... no puede dormir y le viene vómito y andan mal del vientre y eso es peligroso... » Si bien el cuadro es polimorfo, hay una coincidencia en ciertos sín tomas, como los trastornos del sueño, la diarrea, el despertar sobre saltado y la «desvalorización» del cuerpo. Este «desánimo» puede lle gar a adquirir ribetes dramáticos, como en el caso del paciente M. R., quien se expresaba así: «Me he empezao a sentir desvanecido, sin fuerzas, no como usté que está normal... Me empezó a agarrar una cosa como si fuera que estoy muerto, yo he perdido las fuerzas, no siento el cuerpo, tengo ruidos en la cabeza que no me dejan dormir de noche. Yo siento que las fuerzas se me van porque yo lo siento... » E� este caso, el paciente afirmaba que una curandera le había terminado de «sacar el alma» después de asus tado, lo que había agravado considerablemente el cuadro; El sexo tiene importancia en este cuadro, considerándose que los varo nes son los más afectados, resistiendo las mujeres más tiempo a los efec tos deletéreos de la enfermedad. En los casos estudiados, la frecuencia a favor del sexo masculino era del 65 por ciento de los entrevistados. La edad también debe s"er considerada ya que, si bien la enferme dad del «susto» ataca a cualquier edad, son más frecuentes los casos por debajo de los diez años, registrándose la mayor incidencia durante el primer año de vida. Un síntoma menos frecuente es el constituido por una «abertura en la frentecita, que cuando se lo cura al chiquito no está ya más... » (S. S.), bastante'similar a la observable en los casos de «ojeadura», pero que en este caso tiene su origen en el «desánimo». El diagnóstico se efectúa sobre el conocimiento del cuadro sinto mático y el antecedente de la impresión recibida. El curador observa entre otras cosas el largo de las piernas y brazos, con el objeto de de tectar desigualdades que ponen en evidencia la patología buscada, co mo así también determinar si el paciente se halla «despaletillado». En esta última eventualidad, la «caída de la paletilla», que corresponde anatómicamente al hueso xifoides y cuyo presunto hundimiento desen cadena el cuadro, puede enfermar seriamente a la criaturita, provocán-, dale una severa diarrea que le puede llevar a la muerte. Para la medi cina popular, la «caída» se trata del desprendimiento de un hueso de la caja torácica del lugar donde se halla suspendido, alojándose la ma yoría de las veces en la « boca del estómago» y esta ubicación anómala es la responsable del cuadro clínico: «Cuando tiene caída la paletilla, se le nota a la criatura en el cosita que tiene abierto, se le cae el estómago y por eso tiene diarrea y vómi tos... » Todos los curadores consultados coinciden en que el diagnóstico fun damentalmente se apoya en la medición de brazos y piernas y en la aber tura de los ojos o del epigastrio. Una vez establecido el origen del cuadro clínico se debe intentar la curación de ambos cuadros cuando se hallen asociados -«susto» y «pa letilla»-recordando que el mero conocimiento de los métodos de cu ra son por sí solo insuficientes si no se tiene el poder de curar. El alma debe ser recuperada para que el paciente pueda mejorar. Para ello se la debe buscar en las inmediaciones del sitio donde el indi viduo se asustó y llamarla quedamente, mientras se procede al «ramia do» (11) de la ropa del enfermo, con el objeto de que ella quede allí pren dida y pueda ser llevada a su dueño. La búsqueda debe hacerse de noche, en la creencia de que a esas horas es más fácil toparse con el alma, la que se localiza difícilmente de día por el «barullo» (12), y dado que después de la «oración» (13) existen la calma y la tranquilidad necesarias para trabajar en este tema. Un aspecto que quiero destacar es el pensamiento mágico de los par ticipantes de esta mentalidad sobre la posibilidad de «materialización» del alma, que puede ser tomada con un lazo, «prendida» atrás a la ro pa del enfermo -que el alma reconoce como propia-y de esa forma ser llevada hasta el afectado, como quien lleva un paquete. Esta duali-Asclepio- dad entre lo animista y lo material marca a fuego la relación que muchos de los entrevistados tenían con su universo mágico cotidiano. Finalmen te, una prueba más de la existencia de este concepo de materialización lo constituye el hecho de que muchas veces se encierra al enfermo con su alma durante un tiempo, para evitar que ésta vuelva a escaparse. La tierra aparece como elemento importante en la cura de la enfer medad del «susto». En efecto, es sabido que en algunos lugares del no roeste argentino, este elemento se utiliza para curar de urgencia, co mo lo manifiestan algunos autores ( 14). Es costumbre dar a comer tie rra como primer auxilio. Nosotros hemos detectado en el Valle de Tafí (15) la preparación de una infusión de «tierra de las cuatro esquinas» y de «la puerta de la casa» (L. B.), en la creencia de que esto impediría al alma salir afuera nuevamente, actuando la tierra como elemento re forzador y protector. Esto no debe asombrarnos, ya que para los habi tantes del Valle de Tafí, toda la naturaleza está espiritualizada, todo tiene vida, sobrevalorando el papel de la tierra -la Pachamama-en la génesis y el desarrollo de diversas enfermedades. Al tratamiento ya mencionado, se agrega la denominanda «toma», infusión a base de tierra «de la casa», a la que se agrega copal y alhuce ma, dos plantas de la zona, y a la que adjudicamos preponderante valor mágico, sin que exista, al menos hasta ahora, una acción farmacológi ca relacionada con el cuadro y sus síntomas. De todas formas estas dos hierbas tienen una aplicación práctica y hemos publicado sobre ellas (16) y otras plantas medicinales. Para la «caída de la paletilla», la terapéutica está orientada a repo ner en su lugar el «huesito», mediante la aplicación de ventosas, par ches porosos o la simple succión de la zona afectada -la «chupada» durante tres días, que es el tiempo estimado que se deben aplicar las medidas terapéuticas. Otros usan solamente la «sobada» (17) para la cura de esta afección, reconociendo también el valor de las ventosas y los parches, pero reservando su aplicación después de la maniobra. En cuanto a la terapéutica vegetal, las únicas que hemos detectado son a base de alhucema y otras plantas. Lo que verdaderamente se debe destacar aquí es que el «poder» de quien cura estas afecciones, es esencial para obtener la mejoría del pa ciente. El tratamiento mágico pareciera dar buenos resultados en la práctica y no hemos podido hallar una explicación científica al proble ma, siendo la enfermedad del «susto» una entidad claramente identifi cada con el sentir y el accionar de muchos de los habitantes del noroeste argentino y parte indisoluble de su universo mágico. «Mal de ojo»-« Ojeadura» Junto a la enfermedad del «susto», es ésta la más frecuentemente hallada en el curso de nuestras investigaciones sobre la medicina tra dicional. Es una patología antigua de vigencia actual, que afecta sobre todo a los niños, aunque también a los adultos, las plantas y los anima les, pero en menor cuantía e intensidad. Lo que hace particularmente sensible al niño es que su capacidad reacciona! frente a la agresión que le viene de afuera todavía es pequeña: «El niño no se ha desarrollao todavía... » nos manifiesta J. C. y eso lo predispone a este tipo de patología. A este respecto, Perdiguero Gil (18) opina que la «propiedad infantil es considerada como una enfer medad en sí misma», lo que coincide con lo observado personalmente, ya que es justamente la condición infantil la que va a determinar cier� tas patologías, como el «aicado» (19) y la caída de la paletilla. Es justa mente en esta franja etaria donde vamos a encontrar mayor patología de condición mágica en medicina tradicional del noroeste argentino y sobre ellas ejerce su dominio mágico también la figura del curador local. La causa de esta enfermedad reside siempre en la mirada de una persona con deseo: « Hay personas que los desean, se están acordando de él y eso trae el problema... » « El deseo es un mal, es un mal deseo, ya que la criatura se enfer ma... » «Por ejemplo, que yo veo a esta chica que va y la quiero y es chica y no la toco, la quiero y no lai tocao, yo lai enfermao... » El deseo, la envidia, la admiración, son elementos presentes siem pre asociados a la mirada y a través de ésta entra la enfermedad en el cuerpo de la criatura. Es, en la gran mayoría de los casos, una for mulación inconsciente del mal, sin intención -al menos explícita-de dañar. La sintomatología, como en los otros casos descritos, es también polimorfa e incluye síntomas tales como la anorexia, el desgano, el de sasosiego, los movimientos anormales de la cabeza, etc. «El chiquito lloraba, no quería tomar la leche, la cabecita se le vol vía para atrás y tiene muchos vómitos y ésos son los síntomas que tie ne la criaturita... », nos relataba S. S. Hay una relación -al menos semántica-en muchos de los relatos entre la «ojeadura» y la denominada por los entrevistados «meningi tis» o «meningite»: «Igual que la "meningite" que le dicen, eso no es "meningite", eso lo ojean al chico... » «La criatura se enferma y se enferma de la cabeza y a veces dice, se va a un médico y el médico dice "esto es meningite", eso puede ser que sea "meningite" o puede ser que sea "mal de ojo", vaya uno a sa ber... » Pensamos que la relación pudo haber nacido con la presencia en es te cuadro de movimientos parecidos referidos a la cabeza, con la rigi dez de nuca o con el abombamiento de las fontanelas y que en algún momento pudo haber planteado un diagnóstico diferencial al curador o médico que estaba asistiendo la criatura. Por otra parte, uno de los signos más frecuentemente citados como integrante del cuadro que nos ocupa es la supuesta «abertura de la cabeza» o persistencia de las fon tanelas: «Se le nota aquí, en la frentecita, que la tiene abierta y cuando se cura ya no la tiene... » En cuanto al sexo, normalmente es el varón el más afectado, al igual que en la enfermedad del «susto» o en el «mal aire», afirmando todos nuestros entrevistados que existe una mayor «fortaleza» de la mujer frente a la enfermedad, como así también el mayor poder de ésta como generadora de «mal de ojo», coincidiéndose en el hecho de considerar a la mujer como causante del mal y en muy pocas oportunidades al hom bre. La curación consiste en realizar varias maniobras. Una de ellas usa el agua y el aceite como elementos rituales: «La señora cura con aceite, aceite de comer y un poquitito de agua; pide el nombre del chiquito y hace otras cosas en secreto y después viene y con ese mismo aceite viene y lo pasa en cruz por la frente del chiquito... » A estas maniobras se agrega casi siempre el hecho de rezar una ora ción del ritual católico, siendo casi siempre una operación secreta cuan do dicha oración no pertenece a aquél, como un hecho que consolida y legitima el proceso de curación. Se debe también «arreglar» las aberturas que se producen en la ca beza del niño afectado, tratando de cerrar la brecha que en ella se en cuentra y esto constitú. ye una fase muy importante del tratamiento: «Hay que cerrarle así de atrás para adelante y de costado... » Un hecho destacable es el uso de prendas de color rojo -«colorado»-como elemento que va a reforzar la curación. En algunos casos, se trata de una pulsera o lazo rojo que se coloca en el brazo del niño. En otras, de un punto rojo de lona o de hilo y en la gran mayoría de los casos estudiados, un gorro o una vincha que el niño debe portar durante varios días. El rojo está asociado a la idea de curación y prevención de en fermedades y ha estado presente en varias culturas -como la inglesa, la francesa y la china-sobre todo en el noroeste de la República Argentina y sus orígenes deben ser buscados en antiguas tradiciones prehispánicas. Prueba de esto son la persistencia de los ponchos rojos nativos, la cerámica decorada con este color, las vinchas y los aperos, como así también los tejidos cotidianos. La creencia popular está ba sada en el convencimiento de que el color rojo ahuyenta los malos espíritus y devuelve la salud. En el caso que nos ocupa, el del «mal de ojo», la gorra o vincha colocada al niño tendría además un efecto pre ventivo eficaz contra las recaídas: de allí la recomendación de usarla «varios días, usarla siempre el chico así, porque así se cuida la criatu ra..'.» La curación del «mal de ojo» se pone en evidencia por la cesación de los síntomas atribuibles a la enfermedad, cosa que sucede a menu do sin que medie una explicación médica racional, siendo una de las características la denominada «cerradura» del cráneo, hecho que no hemos podido comprobar en la práctica, pero que se da como presente en todos los casos: «... la mollerita ya la tiene bien porque, verá, la tenía abierta de acá hasta acá y ahora ya no la tiene y anda bien... » Es éste uno de los cuadros más difundidos en la medicina popular del noroeste argentino y el que pone en evidencia la acción necesaria del curador el que, en un verdadero acto de chamanismo, habrá de pro porcionar á la criatura la salud perdida, subyaciendo en estos casos la presencia del pensamiento como elemento productor del «mal de ojo», con el mismo efecto que una acción directa, teniendo el deseo por sí mismo la virtud místicá de obrar sobre su objeto, sin fórmulas má gicas, ceremonias ni ritos. A este respecto, y confirmando lo afirmado por nosotros respecto del proceso de «animanización» y «sobrenatu ralización» presentes en todos los aspectos de la medicina tradicional del noroeste argentino, afirma Cartagena para el Perú que «lo sobre natural forma parte de la vida cotidiana y tiende a explicar los hechos más naturales. También notamos que con frecuencia justifica elemen tos de conducta, constituyendo así una fácil respuesta a preguntas par ticularmente inquietantes... » (21 ). «Mis padres y mis abuelos me han enseñao a curar... Yo he curao mucho de susto. Mi abuela me ha enseñao, es decir que se va el espíri tu, que el espíritu se separa del cuerpo y a nosotros nos enseñan que cuando se iba, al espíritu había que llamarlo de noche, tres veces en la noche, había que llevarle una prenda del chico que se ha asustao y ande el chico se ha asustao uno le ramiaba la prenda esa y unos cara melos, alguna cosita que le gustaba el enfermo y se castigaba en cruz ande se ha caio o ande se ha asustao, ahí se castigaba en cruz y se iba ramiando y esto se hace de noche, muy silencio y que nadie vea. Y el enfermo estaba en la cama porque el enfermo con ese susto no duer me, se duerme y se despierta, pega unos brincos, es conocido. Y de allí uno le lleva lo que más le guste, un pedazo de pan o de dulce y lo pone envuelto en la prenda que tiene y lo pone bajo la almohada y lo deja, ése es el remedio para el sus to... Se hace un tecito cuando se desperta ba a la mañana, porque se sacaba tierra de las cuatroesquinas de la casa, así en cruz, y se le hacía té con eso y otros yuyos y ese era el re medio y eran tres noches seguidas que se la llamaba y entonces el espí ritu se acerca y sana el enfermo... » En este relato vemos el cuadro del «susto» en toda su riqueza an tropológica. Todos los elementos comentados al referirnos a ella están presentes: la «materialización» del alma, el desánimo y desasosiego de quien la ha perdido, la ofrenda material a ese elemento a la vez espiri tual y terreno, la presencia de la tierra como elemento curativo y el refuerzo de la denominada «toma». La noche es el momento para cu rar, por el silencio, la quietud y la posibilidad de no ser interferido, pero se remarca lo de «muy silencio y que nadie vea» y que hay que «tener mucho coraje por la oscuridad, tiene que saber dónde ir, cuan do ya esté silencio... », lo que va a descalificar a quien no tiene el poder y el valor para curar. «La paletilla es un susto también. Se le abre el pecho y al chico se le desigualan los pies. Y la paletilla la curábamos chupándole el pecho con la boca ande estaba abierto, le chupábamos y después se le ponían ventosas y se ponían bien y después se le golpeaban así los pies, pareji tos, con la palma de la mano la planta y así los curábamos y a los bra zos los poníamos cruzados así y hasta que lo igualaban porque los bra zos quedan también desigualados igual que los pies y tienen un ojo más caído, eso se nota enseguida. Y después los fajan y salen, salen. En estos casos no se busca el espíritu, si es la paletilla se sabe que es la paletilla y es un asustao pero no pierde el espíritu por un golpe así sin importancia que lo ha hecho asustar. El espíritu se va cuando es algo serio, un susto grande entonces se le va el espíritu, entonces sí, pero en la paletilla no, con cualquier susto, el chico se cae y se le cae la paletilla... » Distingue el informante en primer lugar a la «caída de la.paletilla» como una expresión menor de la enfermedad del «susto», cuya carac terística es la de no perder el espíritu, por lo tanto su cura resulta más sirriple que la de la enfermedad que podemos llamar «mayor». Remar ca el hecho de que en este cuadro existe una asimetría, que se manifes tará en los miembros inferiores -principalmente-en los superiores y en los ojos, que se «desigualan». En este síntoma están de acuerdo todos los curadores y testigos entrevistados. La «caída de la paletilla» es interpretada por la gente de dos mane ras. Para algunos sería el apéndice xifoides que se hunde en el pecho, causando sobre todo la sintomatología digestiva mencionada -náuseas, diarrea, dolor epigástrico-que se hace en este caso relevante. Para otros, sería un desprendimiento de este hueso que «flota» en la cavi dad abdominal ocasionando las mismas molestias. « Yo pienso que la ojeadura, y me parece que es así que alguien lo quiere tocar al chico o desea verlo, tanto un familiar como otro, se dice Asclepio- I-1990 "ha tenia familia fulano" y quisiera conocerlo y no me va la persona ésa a ver la criatura y pienso que eso es un mal, es un mal deseo y la criatura se enferma y se enferma y se enferma de la cabeza y a veces dice, se va a un médico y el médico dice "esto es meningite", eso puede ser que sea meningite o puede ser sea mal de ojo. Se puede hacer mal de ojo así a distancia, eso sí puede ser, como tal vez que no, porque depende del poder de cada persona, en la mente de cada persona, del poder que tengo... El mal de ojo es la ojead ura que le dicen. La ojeadu ra se nota cuando hay esa fisura en la cabecita de la criatura, del va rón, también se siente más en el varón. Ese a veces le atan un trapo colorado en la cabeza para curarlo. Algunos curan con gotas de aceite, de aceite en el agua, a veces curan con varias otras cosas, pero yo nun ca he curao así. Yo lo único que sí, que he sobado, he tratado de afir mar bien la cabecita y ponerle una gorra colorada y yo tengo un rezo que hay que rezar. Hoy lo curo y mañana también y si hay necidá, si se ve que no se ha curao la criatura al tercer día, tres días seguidos. El rezo no se lo puedo decir porque según mi creencia, si yo le digo a usted yo me dejo de curar, pierdo el poder de curar. Pero mire, le voy a dar un pequeño detalle, es a un rey de los caciques, ¿entiende?» En este caso aparecen varios puntos interesantes. En primer lugar, la presencia del «deseo» como elemento desencadenante del «mal de ojo», asociado a la mirada, lo que en este relato no es muy evidente, pasando a primer plano el deseo simple y puro. El deseo en este caso es «un mal» y a través de él entra en el cuerpo de la criatura la enfer medad, existiendo en este caso una formulación inconsciente de él, a diferencia de cuando se lo desea directamente y ello depende del po der que cada persona tenga para hacerlo, siendo éste un acto conscien te e «iatrogénico». Se evidencia en esta última afirmación del curador una creencia absoluta en el poder como elemento importante en la gé nesis de la enfermedad y la curación, poder que debe ser mantenido para así cumplir con la función encomendada y que puede•ser perdido si se revelan ciertos detalles del «acto médico», como el contenido de la oración para el tratamiento de la «ojeadura», por ejemplo. Tiene importancia también en la cura «afirmar bien la cabecita» me diante el «sobado» de la misma y la colocación posterior de un elemen to• de color rojo, en este caso un gorro, colo_ r presente en diferentes culturas desde la antigüedad como elemento mágico que va a reforzar la curación y, en el caso que nos ocupa, actuará además como preven tivo de futuras recaídas. El diagnóstico diferencial entre «ojeadura» y «meningite» es sola mente efectuado por el curador, pareciendo que el médico diplomado oficial no está capacitado para ello, y se hace en base al antecedente de la expresión de deseo 6 la mirada cuando ella existió y la instala ción inmediata del cuadro en el niño, además del desmejoramiento no •torio del cuadro general. Este diagnóstico se refuerza por la mejoría de la criatura al instituirse un tratamiento de medicina popular, lo que no sucedería de ser una «meningite» por supuesto. b) Sobre la «paletilla»: «La. paletilla se nota en la vista, se cae el ojo, a veces se toca el pe cho, porque allí tiene una cosita que forma ahí como un aletito, se la dia, se cae a un lado; entonces se lo cura de la columna, se levanta de ahí la paletilla ésa, se vuelve a colocar en la forma anterior, cuando estaba sano y entonces se lo faja por precaución para que no se vuelva a caer. Yse nota también la paletilla cuando viene la diarrea, vómitos, viene por muchas cosas, viene por angina, por resfrío, porque tiene mal el estómago. La paletilla se nota siempre por el ojo o por los pies tam bién. Se estiran bien los piecitos y uno lo halla más largo que el otro, en los talones... Se lo levanta de la espalda porque se deforma la columna, se pone mal la columna y entonces usted lo levanta para arriba con la palma de la mano o sea con la punta de los dedos y se vuelve a acomodar esto... La paletilla puede venir por susto, un animal lo hace asustar o vie ne alguno y liga de atrás o tiene un mal sueño, según la fortaleza de la criatura. La paletilla al organismo no es igual, la criatura varón siente más, se aniquila más, se siente más triste y la mujer no, la resiste más, tiene más resistencia a la paletilla. Porque a veces la mujer aguanta más días, resiste más que el varón, no se pone tan triste, no está tan caída como el varón que a•los dos o tres días se desvanece, se va en dormir y la mujer no, corre más, juega más, ya pasa unos días, una se mana y se decae más porque se le va abriendo el pecho que se llama y se va haciendo más profunda la abertura esa... » Aquí, en este testimonio de J. C., tenemos oportunidad de analizar otros aspectos interesantes del cuadro de« caída de la paletilla». Se rei tera lo ya comentado sobre la desigualdad de miembros u ojos como elemento diagnóstico importantes en la enfermedad, como así también su relación estrecha con la enfermedad del «susto». Aparece aquí la diferencia de sexos como determinante de un desmejoramiento precoz -en el caso del varón-y la mayor resistencia de la mujer a resistir• los efectos deletéreos de esta «caída». No se ha hallado una explica ción científica para la m�yor fortaleza de la mujer, no al menos para nuestros parámetros culturales médicos actuales. La explicación a esta afirmación de J. C. podría buscarse en una división sexual de la natu raleza en la cual el hombre representaría al bien y la mujer el mal -de allí la mayor resistencia a éste-y esta aseveración tiene antecedentes válidos en la mitología griega y la visión judea-cristiana de la vida. La omnipotencia del pensamiento, que ya comentáramos y que rige el mundo mágico del curador, aparece patentizada en este caso en for ma clara. Los motivos que va a motorizar esta enfermedad son deseos humanos y el hombre primitivo tiene una desmesurada confianza en el poder de los deseos, de allí que sea perfectamente natural enfermar de «ojeadura» por este mecanismo y curar por el mismo poder omni potente del pensamiento en el caso de la paletilla. Todo lo que se inten te obtener por medios mágicos no sucede porque es así, sino porque el curador lo quiere así, que es diferente. El curador reúne en un mis mo acto de conciencia los casos más alejados en el tiempo y el espacio -el alma por ejemplo-porque el pensamiento, por más pretécnico que sea, no reconoce distancias y la imagen refleja del mundo interior se superpone en la creencia animista a la imagen del mundo exterior y la oculta a los ojos del sujeto. En este contexto hallamos la explica ción a los casos de «mal deseo» -iatrogenia o «daño» consciente-en la «ojeadura» -por la mirada-. El tema tiene interesantes aristas an tropológicas y psicoanalíticas que deben ser tenidas en cuenta. http://asclepio.revistas.csic.es ha sido indio, ha sido de padre y de madre indio legítimo y ellos tenían• el poder de vidente, una forma, por ejemplo, de trasmitir con los pen samientos alguna cosa que quería que sea, como voy a decir o curar algo. Mi padre curaba embichadura de los caballos, de todos los ani males, decía palabras y rápido se curaban... » El poder de-curar puede ser -como en este caso-hereditario, re cibido del padre, el caso del que habíamos denominado «curado suce sorio», que debe completar sus conocimientos para poder cumplir su función. Este aprendizaje comprenderá el conocimiento de los concep tos etiológicos y sintomatológicos de las afecciones más comunes y ello no es difícil, porque el curador comparte el mismo universo mágico de sus pacientes. En la zona del noroeste argentino, ello es más corto que en el sur de Argentina, en el que el aprendizaje entre mapaches puede durar años. Cabe insistir aquí que el poder, esa potencia mayor que permite ali viar o curar, no puede ser adquirida por propio esfuerzo y que todo ritual tradicional destinado a devolver la salud perdida a una persona será to talmente inoperante si no es utilizado exclusivamente por quien detenta ese poder. Es la fuerza del brujo lo que da sentido a sus actos y palabras. Las oraciones del ritual católico, las invocaciones a Dios y a la Vir gen, tienen en el noroeste argentino un mismo pie de igualdad con «ese gran dios que es el Gran Cacique» y del que. no nos fue posible obtener más datos que la simple mención -probablemente por miedo a per der el poder si hablaba mucho de él-lo que demuestra ese sincretis mo religioso al que nos hemos referido en otras oportunidades. Con respecto al tratamiento de la «embichadura» de animales, cua dro de bastante frecuencia en el Valle de Tafí por ejemplo, las curacio nes, generalmente a distancia y de palabra, dan buenos resultados y esto ha podido ser verificado por el autor, sin que sea posible arries gar una opinión sobre el mecanismo de producción de este fenómeno. he ido y yo lo he curao. Para curar eso tiene que mostrarlo el paciente y castigarlo con la prenda que ha andao él, con una que andao, casti garlo en cruz y nombrarlo y le tiene que hacer miedo con cualquier ani malito, cualquier animal... El chico tenía miedo, no dormía, tenía miedo y era susto lo que te nía. El ya era grande, más de diez años, pero se asustan a cualquier edad, un viejo también se asusta, no puede dormir, le viene vómito y andan mal del vientre y eso es peligroso, algunos dicen que no pero sí y yo tengo un poder que me ha dado Dios nuestro Señor y nuestra Madre y por eso curo... Si el susto le agarra a una embarazada es peligroso y tiene que acor darse con que se ha asustao y adonde y si usted quiere curarla usted tiene que ir y curarla con la prenda que ha andao, con la ropita que ha andao y lo lleva ramiando para que vaya para la casa, que no se que-• de ahí, que la va a comer el gorrito y la va a llevar y la apaga la luz para que dientre, le va a poner la prenda esa doblada debajo de la al mohada de ella y son tres días que hay que ponerle. La criatura se asusta dentro del vientre y cuando ella se cura, se cura también la criatura. Antes, cuando se asusta, la embarazada empieza a tener malestar en el estómago, no puede comer las cosas que tiene que comer. El chico no se cruza pero se mueve mucho dentro del vientre... » Es éste un relato muy ilustrativo sobre la enfermedad del «susto» que pone en evidencia el desprendimiento del alma del cuerpo por una fuerte impresión. Sin embargo, nótese que en este relato no se mencio na en ningún momento la palabra «alma», pero se da por sentado que estamos hablando de ella repetitivamente, cuando se afirma por ejem plo «la lleva ramiando para que vaya a la casa» o bien cuando se dice «la va a llevar por el miedo que le tiene al gorrito». La materialización del alma está patentizada en hechos como el de poder ser «engancha da» en la ropa que se arrastra o el miedo que pudiera tener al gorrito, reconociendo como propia la ropa que llevaba la paciente en el momento de asustarse. b) Sobre la «ojeadura»: «Igual que la meningite que le dicen, pero no es meningite, eso lo ojean al chico. Por ejemplo, que yo veo esta chica que va y la quiero y no la toco, yo la quiero y no lai tocao, yo lai enfermao... Yo curo con dos oraciones, una no la puedo decir porque es un secreto, la otra es un credo y se cura en tres días, tres días para que sane porque menos de tres días no sana. Hay que rezar el credo y echar aceite en una taza y el cabello de la madre de la criatura y cerrarle la cabecita así de atrás pa delante y de costado... Yo uso siempre una gorra colorada para cu rar... La gorra colorada tiene que usarla siempre el chiquito, porque así se cuida siempre la criatura, ahora las madres no quieren que les toquen los chicos, pero si lo mira y lo desea y no lo toca ahí lo ha enfer mao, porque lo ha quería y no lo ha toca o... » El «mal de ojo» tiene su etiología en el deseo canalizado y potencia do por la mirada, justamente cuando este deseo, expresado en la nece sidad de tocar no satisfecha, no se concreta en la realidad. El deseo, la envidia, la admiración, son los elementos presentes aso ciados a la mirada y a través de ella se produce la introducción de la enfermedad en el cuerpo. El uso de elementos rojos se halla también aquí presente, como en otras culturas. En nuestro país, las madres todavía usan un punto de hilo o lana rojos, para curar o prevenir el hipo, las dispepsias del lac-, tante y la «enfermedad del susto». A través de estos tres testimonios seleccionados, hemos querido ilus trar sobre estos dos padecimientos de tan ta raigambre y difusión en la medicina tradicional del noroeste argentino y abrir un pórtico inte resante a la investigación histórica y antropológica en nuestra r�gión. (1) Armando M. Pérez De Nucci (1984): «Aspectos geopolíticos de la medicina popu lar del Noroeste Argentino». En Asclepio, Archivo Ibero-Americano de Historia de la Me dicina y Antropología Médica, Madrid, XXXVI, pp. 293 y ss.. (2) Armando M. Pérez De Nucci (1988): La Medicina Tradicional del Noroeste Argentino, pasado y presente. Ediciones del Sol, Quito, Buenos Aires, pp. 21 -35. (3) Teresa Piossek (1986): Los Hombres de la Entrada: Edinor Editores, Tucumán. (4) «Campeada»: de salir al campo a buscar los ariimales. (5) «Animanizar»: espiritualizar todos los elementos a su alcance. Para el habitante del Valle de Tafí, en la provincia de Tucumán, todo tiene «alma», todo vive, las piedras, los árboles, los ríos, etc. (6) Pachamama: madre tierra, la diosa tutelar de todos _los demás dioses. (7) Llastay: dios de las aves y los animales terrestres, genio protector masculino que • cuida llamas, vicuñas, guanacos, cóndores, etc. Es enemigo de los cazadores depredado- (8) Señalada: se denomina así a la ceremonia en la que se «señala» el dueño del ga nado mediante una marca especial, generalmente hecha con una tijera o cuchillo en la oreja del animal. Esto da lugar a una reunión festiva que dura varios días. (9) Antigal: sitio donde moran los «antiguos». Se refiere a los reservorios arqueoló gicos. (10) Botar: sacar algo con cierta violencia. En este caso al niño se le «bota» el alma del cuerpo, sale de él con cierta fuerza. En este caso se lleva la ropa por el suelo para «enganchar» el alma. (12) «Barullo»: ruido, bullicio. (17) «Sobar»: masajear la zona enferma con cierta fuerza. (18) Enrique Perdiguero Gil (1986): «El "mal de ojo": de la literatura antisupersti ciosa a la Antropología Médica». En Asclepio, Archivo Ibero-Americano de Historia de la Medicina y Antropología Médica, Madrid, XXXVIII,49. Este autor cita uno de nues tros trabajos sobre el tema publicado en la misma revista, demostrando la difusión in ternacional de esta afección. (19) «Aicado»: ruptura de tabú de la madre embarazada que trae como consecuen cia dificultades durante el parto y niños con déficit psicomotriz. El tema es tratado en el libro La Medicina tradicional del Noroeste Argentino, pasado y presente, ya citado... (20) «Mollerita»: se está refiriendo el informante a la parte superior y posterior del era.neo, a las fontanelas.
Reconocer al Miró estilista de primer orden no implica el negarle su interés intelectual, ni viceversa, ya que su literatura se ha edificado sobre un armazón construido de materiales apropiados tanto de belles lettres como de otras muchas disciplinas. Una de éstas es la ciencia: quizá la mayor parte de la inspiración del novelista alicantino venga «del sabio libro de la Naturaleza» (1), pero no cabe duda que muchos libros sobre diversos temas de investigación, desde la biología de Dar win y Lamarck hasta la psicología de Binet y Ribot y la física de Lucre cío y Gustave Le Bon, también han dejado su huella permanente en su obra narrativa (2). A este nivel científico, también hay que señalar la importancia de la medicina y los médicos en la obra de Miró. Leía ex tensivamente en ciertos campos médicos y conocía a varios médicos contemporáneos suyos, quienes influían bastante en su entendimiento de su disciplina. Además, ya han notado muchos escritores el papel señalado de la enfermedad, especialmente la lepra, en la ficción de Miró (3). Muchas veces el médico ejerce su arte sanador (o al menos confortador), tal co mo don Hermenegildo Poquet de Del vivir (1904) y don Vicente Grifol de Nuestro Padre San Daniel (1921) y El obispo leproso (1926), y así lle ga a ser una bendición para los pacientes (4). Pero a veces la medicina amenaza a la humanidad al querer hacerle un «bien». Tal caso se en cuentra en «Razón y virtudes de muertos» (1914), ahora incluido en Li bro de Sigüenza. Es una antigua cuestión platónica que trata Miró, mientras su alter ego Sigüenza explora las relaciones entre el indivi duo y su «sentimiento de sí mismo y el grupo». Mira «su carne» y «la carne de los demás» y piensa en cuántas células tienen los cuerpos («¿ Treinta trillones o sesenta trillones? Prefiere, en fin, con siderar la «unidad, como hombre», en vez de «la vida esparcida... co mo pensaría el biólogo» (pp. 641-42). A pesar de lo que Miró crea, un buen biólogo también reconocería que la suma del hombre es más que.un conjunto de células. Tal como el autor, la biología se da cuenta de que una persona es un individuo, al igual que cualquier parte de su cuer po tiene su individualidad, pero la comunidad y la cooperación literal mente le animan, en un sentido «microscópico», si no en uno «macroscópico». Por eso, Sigüenza, el �<hombre apartadizo» (5) que pasa tanto tiem po en el campo reconfirmando sus conexiones con la comunidad natu ral, también quiere afirmar su propia unidad en la multiplicidad. Meditando estas cuestiones del individuo en cuanto a entidad y en cuan to a grupo, el protagonista peripatético encuentra «la estupenda noti cia de que un médico de Chicago confía haber hallado el remedio de la locura injertando en los pobres locos ciertas glándulas arrancadas de los cadáveres. Estas glándulas segregan el divino licor de la razón que beben ávidamente las células nerviosas del cerebro. El sabio fisió logo ha ensayado su descubrimiento en dos mujeres. Todavía se desco noce su eficacia» (p. No es ésta la primera vez en su corpus literario que Miró haya aludido a la modificación del cuerpo: en Las cerezas del cementerio (1910), el bárbaro Álonso intentó injertar tejidos de un po llo en otro, produciendo un verdadero monstruo que pronto murió (6). Hay ciertas diferencias importantes entre los dos casos, aunque ambos traten de la.mentalidad «frankensteiniana», donde los intentos de «cam biar» la naturaleza resultan ambiguos, si no obviamente desastrosos. Aún más similar a la situación descrita en «Razón y virtudes de muer tos» es lo que pasa enLe docteur Pascal (1893), donde el médico epóni mo hace u: na serie de experimentos con las inyecciones, descubriendo que las más eficaces son las de agua pura. Pero Miró, aunque siempre tenga presente la obra de Zola, va mucho más allá de esta sola fuente (7). Es muy posible que él y su Sigüenza hayan leído algo en una revista sobre tal experimento en los Estados Unidos -en un período eran re lativamente comunes tales inyecciones experimentales allí, tanto como en Europa-y que hubiera un médico de Chicago tal como describe. Puede que éste fuera el Dr. Shobal Vail Clevenger, Jr., llamado por un biógrafo «The Don Quixote of Psychiatry», quien contribuyó unos im portantes estudios endocrinológicos y también llegó a ser director del Illinois Eastern Hospital far the Insane (8). Sea o no dicho doctor, lo más importante es la manera en que Miró utilice lo que sabe de tales inyecciones y cómo se relaciona su obra con la de otros que han escri to sobre el mismo tema. Antes de Miró, hubo una larga tradición de investigaciones sobre las posibles modificaciones del comportamiento humano efectuadas por inyecciones de varias sustancias. Aunque no inyectadas, se había creí do con asiduidad durante la Edad Media y aún después en las virtudes milagrosamente terapéuticas de sueros destilados de los cadáveres de santos y santas (9). Ya después de siglos y revoluciones bacteriológi cas y farmacológicas, todavía se puede notar cierto elemento de esta esperanza taumatúrgica en las investigaciones de algunos científicos de la época «moderna». En la década de 1850, por ejemplo, Claude Ber nard, la inspiración médica de la novela experimental de Zola y un pom bre bastante familiar a Miró, se había interesado profundamente en el papel de las secreciones in ternas en los procesos corporales. Mien tras tanto, su sucesor en la Universidad de París, Charles Brown Séquard, explicó en 1889 que las inyecciones de hormonas de ranas y perros tenían cierto efecto rejuvenecedor en el hombre. Otro científi co, el alemán Eugen Steinach, _hacía intervenciones quirúrgicas en las cuales trasladaba extractos de los testículos de animales o se los injer tó al hombre directamente para estimular un rejuvenecimiento viril. Este tratamiento alcanzó su más alta popularidad en la década de 1920. Se nota aquí cierto recuerdo o residuo de la doctrina de Nietzsche acerca del hombre civilizado co mo un animal enfermo y la civilización como su enfermedad. Además, se anticipa a Freud, con sus ideas sobre la «Civilización y sus descon tentos», aunque el psicoanalista austriaco vaya más allá de una respues ta química, impuesta (o inyecta. da) desde afuera, a los problemas psicológicos. Por otra parte, es de interés recordar en este contexto que aún hoy en día la gente (adinerada, por supuesto) que desea «rejuvene-Asclepio-1-1990 cerse» puede inscribirse en ciertas clínicas de Suiza para recibir este tipo de inyecciones, éstas de tejido triturado de embriones ovejunos. En España también se experimentaba con tal tipo de modificacio nes psicofísicas de la química humana. Por ejemplo, Mariano Ruiz Funes dice que «la endocrinología es una fuerza más que coopera a la labor de transformar tristes residuos humanos en útiles energías, ap tas para el trabajo y para la obra de la civilización y de la cultura». Discute la inyección de materia testicular, igual que su injerto directo en el cuerpo humano, según la práctica de un italiano, Mario Carrara (11). Además, Ruiz-Funes menciona a Gregario Marañón, amigo de Mi ró, como bien se sabe, muy entregado a cuestiones de endocrinología y sus posibles modificaciones. Un libro suyo, La doctrina de las secre ciones internas (1915), que formaba parte de la colección personal de Miró, evidencia su mutuo acercamiento en cuanto a es te tema. Tam bién figura en esta colección particular Los mecanismos de correlación fisiológica, adaptación interna y unificación de funciones, otro libro que trata de aspectos de esta misma materia, escrito por otro amigo de Mi ró, Augusto Pi Suñer. Este doctor habla del «formidable progreso de la Endocrinología, tan pródiga en aplicaciones clínicas» y de «la mu tua influencia de los plasmas que conviven, con sus peculiares condi ciones físico-químicas, tan importantes en la integración funcional de la vida celular». Luego, concluye, recordando lo que escribe Miró en «Razón y virtudes de muertos», que «el individuo en cualquiera de sus manifestaciones, tanto fisiológicas como psíquicas, se define por la es trecha unidad -química y nerviosa-de que es asiento» (12). Incluso «nuestro sabio Ramón y Cajal », como llama Miró al famo so histólogo (13), trataría del tema de las inyecciones y sus provechos, verdaderos o irónicos. Si Miró conociera los cue11.tos «A• secreto agra vio, secreta venganza» y «El fabricante de honradez», publicados en Cuentos de vacaciones (1905), le habrían sido de mucho interés y ac tualidad, tanto en un nivel. literario como en uno más científico (14). En ellos el doctor Cajal examina las modificaciones psicofísicas causa das por ciertos sueros destilados de la piel y ciertos órganos internos de animales viejos. A diferencia de la gran mayoría de los médicos que querían rejuvenecer a la gente, el doctor Forschung descubre lo que llama la « senilina» para hacer envejecer, aunque sólo exteriormente, a su ya arrepentida esposa adúltera, para protegerla, igual que a sí mis mo, de otras posibles tentaciones. Pero el narrador, así como Miró haría más tarde en «Razón y virtudes de muertos», va al grano en cuanto a la posibilidad de la vacunación universal: « ¡"Se nilinas'.' a nosotros... en cuyos cartilagineos cerebros existen ya en pro porciones desconsoladoras tantas "misticinas", "decadentinas" y "misoneinas", triste legado de edades bárbaras y de una pereza men tal de cinco siglos!» (15). Luego, en «El fabricante de honradez», el doc tor Mirahonda descubre un suero que « goza de la singular propiedad de moderar la actividad de los centros nerviosos donde residen las pa siones antisociales» y que « al mismo tiempo exalta y vivifica las imá genes de la virtud» (16). Se impone la vacuna a la sociedad, que se ve radicalmente modificada, pero al final, se para el tratamiento y hay una contrarreacción donde se surten todas las pasiones negativas an tes reprimidas. En este cuento, tal como en «A secreto agravio, secreta venganza», Cajal, por boca de Mirahonda, afirma ciertas conclusiones irónicas, aunque biológicamente verdaderas, en cuanto a la «ortope dia mental» (17). Vale decir que sin el mal, no hay progreso y evolu ción: se suprime y luego se pierde la individualidad, y con ella, el esfuerzo •hacia algo diferente y posiblemente mejor (18). Es esta amenaza al individuo la que más preocupa a Miró en cuan to al experimento del médico de Chicago, temiendo en él «la levadura de un peligro para la propia personalidad». Se pregunta Sigüenza: « ¿ Sa narán los cerebros de las dos mujeres locas con ese injerto de razón, de luz?». Luego se contesta «como esotérico del culto de las ciencias médicas, como profano de esas disciplinas del saber... que sí, que es posible que se curen». Pero reconoce que «precisamente por no estar iniciado, ha podido contestarse todo lo contrario y sonreír de la auda cia del médico de Chicago». En otras palabras, duda, tal como Cajal había dudado antes, de la sabiduría de"•tales tratamientos: La esperanza y la inquietud han conturbado su ánimo, porque si ese injerto redime al loco, ¿no se habrá iniciado la posible posesión de la gracia y de la salud éticas por medios fisiológicos? ¿No puede llegar un día maravillosamente clínico en que se cultiven y se injer ten las sustancias y glándulas de los cadáveres de hombres virtuosos, prudentes y heroicos? Y no puede Sigüenza compadecerse de los es forzados, de los santos y de los sabios que fueron... a costa de recios sacrificios, cuando las gentes de mañana pueden igualarles y aventa j arles con inyecciones de virtud, de fortaleza y de ingenio ( p. Es palpable aquí lo que Miró llama en Sigüenza «la inquietud, la queja de su conciencia, del asustado sentimiento de sí mismo». El pro-Asclepio-l-1990 tagonista verdaderamente « tiembla imaginando los futuros esplendo res científicos» del « brave new world» ahora al horizonte. Piensa, en tonces, que La herencia fisiológica, el medio social, el trabajoso pulir nuestro interior, nuestra voluntad, nos acercan al bien y semejanza de los gran des corazones y entendimientos. Pero... admirándoles, ¿consentiría mos en trocarnos por ellos, disolvernos en ellos, como anhelaba el místico fundirse en Dios? Una pasión violenta hinca en el amante el encendido deseo de ser como lo amado, de vivir dentro de su sangre, de sus nervios, de su aliento; de vivir, de fundirse en su misma vida, pero con la ciega protesta de ser al mismo tiempo quien es, de no per derse del todo... De modo que ni por ansias de sabiduría, de belleza, de virtud ni de amor renunciamos a nosotros (pp. 643-44). Es la misma cuestión que más tarde confrontaría Sigüenza en su meditación en la última tentación de San Antonio (Años y leguas, 1928), y merece la misma respuesta. El santo de Flaubert quería «encogerse bajo todas las formas: ser la materia». Pero el alter ego de Miró prefie re sus propias «capacidades y limitaciones como hombre», eso es, «el goce dolorido del propio contorno en la inmensidad» (19). Luego, en Li bro de Sigüenza, el protagonista sigue meditando, y al fin reduce la po sibilidad ad absurdum:... le queda tiempo a Sigüenza para descubrir si en la frase «Yo no me cambio por nadie» palpita un legítimo egoismo, o una pobre vanagloria, o una conciencia, legado de muchas conciencias ancestra les. Y con estos pensamientos se aparta de haber vivido en siglos fu turos, en los que, no hallándole muy cabal de sosegadas virtudes, le aplicasen una «vacuna», un injerto de glándula de bondad de un va rón muy bueno, muy siervo de Dios, pero que fuese un entusiasta se cretario de Ayuntamiento, enamorado del Alcubilla o coleccionista de sellos... (pp. 643-44). Este afilado escepticismo de Miró, una función de su obvio deseo personal de no perderse -como artista y como hombre-del todo en las «masas», sean químicas, estéticas o aun políticas, va mucho más allá de cualquier «vanagloria» egoista. Puede ser otra manifestación del entusiasmo desilusionado en cuanto a los beneficios de la ciencia que tanto caracterizaba el fin de siglo. Durante el siglo anterior, la cien cia, especialmente la medicina, se había proclamado como una panacea, pero para la época de Miró, mucha gente ya se había dado cuenta de que la utopía prometida no era necesariamente utópica. Como señala Frank Manuel en su ensayo sobre las metamorfosis del científico en las utopías, ha habido varios teorizantes modernos, desde Condorcet y Comte hasta J. D. Bernal (autor de The World, the Flesh and the De-. vil, 1929) y Teilhard de Chardin, quienes trataban de la submersión de/ la conciencia individual en la universal (20). Queda patente el rechazo: irónico por Miró de tal tierra de promisión donde el individuo se pier de en la colectividad. Del mismo modo, el autor alicantino también an ticipa la novela de Huxley, Brave New World (1932), donde la gente se controla ah utero mediante «inyecciones» de alcohol en su sangre arti ficial. El ensueño de Sigüenza ya s_ e ha hecho una verdadera pesadilla. Además, la meditación de Sigüenza es todavía un tema actual, ya que se ha surtido un debate intensivo en cuanto a los posibles usos de la somatropina, la hormona humana del desarrollo, que se recoge gota a gota de las glándulas de los cadáveres. Esta sustancia proporciona grandes beneficios, especialmente para los niños que no pueden cre cer normalmente por falta de ella, y que por tal motivo se les inyecta. Pero también hay muchas preguntas éticas y prácticas, por ejemplo, la posibilidad de modificar a personas «normales», quizá para crear un super-atleta. A la luz de esta tradición siempre relevante en que par ticipa «Razón y virtudes de muertos», no parece tener razón Ricardo López Landeira cuando asevera que «el escrito no es de índole racio nal, sino sentimental e imaginativa. La expresión de Miró es de senti mientos y no de ideas» (21). Para Miró los sentimientos tienen mucha importancia, pero también son centrales las ideas, sin las cuales los ideales del autor no tendrían tanto significado. Otro científico a quien cita Miró en «Razón y virtudes de muertos» es Albert Dastre, «profesor de Fisiología de la Sorbona», cuyo libro La vie et la mort ( 1903), en una versión española, figura en su biblioteca personal. Sigüenza va meditando el vasto conjunto de células que for ma la unidad que es el hombre, y si «esas glándulas, halladas por el sabio de Chicago... pueden verdaderamente estar aún vivas». Luego, no ta que Dastre ha dicho que «un organismo vivo no puede ser al mismo tiempo un cementerio»; que la muerte se difunde; que «es un fenómeno pro gresivo que comienza en un punto y se extiende al resto del hombre». Pero Dastre también ha dicho que «la muerte tiene un principio y un fin»; que, después del certificado de defunción, las uñas y los cabellos Asclepio- I-1990 del muerto siguen creciendo, porque ese certificado «es un pronóstico de que el sujeto morirá», no de que esté ya muerto; «que no hay muerte verdadera sino cuando la muerte universal de todos los elementos que componen el individuo se ha cumplido». Cita el caso del fisiólogo ruso Kuliabko, que hizo latir isócronamente el corazón de un hombre die ciocho horas después del fallecimiento oficial (pp. 642-43). Todas las citas de Mir:ó vienen de dos capítulos del quinto libro del tomo de Dastre, llamados, respectivamente, «Proceso de la muerte» (cap. 2) y «Caracteres físicos y químicos de la muerte celular. Está claro que el autor alicantino queda muy impresionado por lo que dice el francés, citándole bastante exacta y extensivamente, sin quitar ni añadir nada que cambiara el sentido de lo que dice. Pero hay ciertas diferencias entre las citas de Miró y el tex to en su biblioteca que indican o que no le preocupaban inexactitudes muy menores o que quizá consultaba una versión en francés del libro. Por ejemplo, Miró dice «no hay muerte verdadera sino cuando la muerte universal de todos los elementos que componen el individuo se ha cum plido» (p. 643), mientras la traducción española es así: «no hay muerte verdadera, más que cuando la muerte universal de todos los elemen tos se ha consumado» (22). Quizá estos cambios, aunque insignificantes, sean una función de la ya anotada falta de completa precisión de Miró al citar, pero es más importante el sentido de lo que se dice que decir «con sumado» en ve2: de «cumplido». Además, se verá que estas citas, aunque den crédito a Dastre, ya per tenecen a Miró, no sólo por haberlas integrado a «Razón y virtudes de muertos», sino también porque expresan y dan apoyo intelectual a un tema que le iba a preocupar a Miró a lo largo de su carrera. Por ejem plo, varios incidentes en La novela de mi amigo (1908) se interpretan a una nueva luz en el contexto de la posible influencia de Dastre. La idea de morir del todo a una sola vez se incorpora en la frase de Fede rico, quien, después de imaginarse «un cadáver que tuviera un pedazo vivo de su cuerpo», parece contradecir las palabras de Dastre: «en mí se ofrece lo opuesto. Yo no estoy completamente vivo... Yo soy un cuerpo vivo que tiene muerto un pedazo de su carne. Y como lo que está muer to no puede sentir ni asistir a nada... siendo el caso contrario, inverso de aquella monstruosidad, se produce en mí igual efecto. Mi cuerpo con vida sufre constantemente el terror a un trozo de muerte. Tengo cuarenta y dos años, y he comenzado a morirme a los treinta y uno» (24). Sin embargo, esto no se opone al proceso de Dastre, ya que la muer te va ocurriendo pedazo por pedazo y no del todo, al menos hasta que Federico se suicida, ahogándose. El caso de Federico muriéndose por milímetros recuerda la muer te de su padre y anticipa el fenecer de su hija moribunda. El padre iba agonizando espiritualmente, pedazo por pedazo, después de la muerte de su hija Lucita. Se le cae « encima de sus pies toda una viga, y quedó inútil y postrado; la hinchazón le subía hasta los muslos... iba gangre nándole el pie izquierdo. Se lo amputaron, y luego se le pudrió la pierna y fueron cercenándole carne a carne... Y murió... y se lo llevaron pronto porque hedía irresistiblemente» (pp. 137-38). Tal como su hijo, el padre es «cuerpo vivo que tiene muerto un pedazo de su carne», muriendo y pudriéndose lenta pero irremediablemente. Pero cuando por fin mue re, hiede como un cadáver total: el proceso sucedió tal como lo explicó Dastre, aunque su mayor parte antes del «fallecimiento oficial». De igual manera, la lenta muerte de la hija de Federico sigue el modelo de Dastre, ya que lleva un proceso largo y agónico, pero cuando por fin muere, verdaderamente está muerta, al menos según la percepción del padre distraído: « dio un cortísimo suspiro. Y el padre enmudeció, transido, espantoso, porque se le había caído en los brazos toda, toda la hija muer ta» (p. Ha penado por tanto tiempo que no le queda nada vivo. En otras obras de Miró se encuentra esta misma visión de lo lento y largo de proceso necrótico. En Del vivir hasta El obispo leproso la lepra llega a ser un emblema de esta descomposición, del cuerpo que se deshace pedazo por pedazo, aunque esté técnicamente vivo el suje to. Puede que todas estas instancias representen la influencia más o menos directa de Dastre, pero también es probable que el autor alican tino esté consciente de una tradición de muchos autores contemporá neos, tanto científicos como laicos, que escribían sobre el tema de la muerte micro y macroscópica. Por ejemplo, el Dr. A. Pascual y Devesa, también de Alicante, asevera que «la muerte práctica del hombre... es anterior a la de sus tejidos. Es decir, que el individuo aparentemente se extingue ya cuando aún persiste la vida de su intimidad histológi ca» (25). Un poco más tarde, el Dr. R. Novoa Santos discurriría el mis mo tema, enfocando la inmortalidad y la muerte en sus aspectos unitarios y celulares. Sin mencionar a Dastre por nombre, aunque ha ble de un investigador ruso, «un tal Krawkow» (¿Kuliabko?), quien de-. mostró que «es posible conservar vivos durante meses fragmentos orgánicos», afirma que «a la muerte del "conjunto" organizado, a la Asclepio-1-1990 anulación de la organización como totalidad, sigue la muerte de las par tes que lo integran» (26). Además, hubieran interesado a Miró otras ideas de Novoa Santos, incluyendo su concepto de la inmortalidad del cuer po por medio de sus células gérmenes, donde prevalece el individuo encima de la unidad inmediata para restablecer y mantenerla, al me nos en una forma algo parecida. Esta relación también recuerda la termodinámica biológica de al gunas novelas de Miró, donde la materia y la energía se intercambian a través de las generaciones incidentales, compenetrándose en una dan za de la muerte que se hace danza de la vida (27). Entonces, aunque el individuo en cierto sentido se pierda, no desaparece en cuanto a su esen cia. Por otra parte, Pascual y Devesa alude a este ciclo eterno, igual que a ciertas cuestiones endocrinológicas, citando por ejemplo a Brown Séquard en cuanto a las secreciones y sus poderes de prolongar o mo dificar la vida (28). A su vez, Dastre trata de lo que llama la «doctrina unitaria» de la materia y la energía, escribiendo también sobre la «ley de la conservación de la materia» donde «nada se pierde; nada se crea; todo se transforma» (29). Es lógico preguntarse si La vida y la muerte no ha servido a Miró al menos para reforzar el pensamiento lucrecia no desarrollado desde Las cerezas del cementerio hasta el final de su carrera. Este libro, tal como muchísimos otros sobre temas científi cos, le eran para Miró como inyecciones de ideas y temas que segui rían enriqueciendo su propia obra, aunque, tal como Sigüenza, nunca entregó su independencia e individualidad crítica, un siempre «legíti� mo egoismo». (1) Véase «Plática qu,e tuvo Sigüenza con un capellán» (1909), ahora incluido en Li bro de Sigüenza ( 1917), donde se discute, siempre con gran ironía, este tema de Fray Luis de Granada. Las demás referen cias a esta novela serán anotadas, según esta edición, en el ensayo. (2) Sobre la presencia de estos autores y sus libros en la ficción mironiana, véanse, por ejemplo, Macdonald, l.
Tras diversos intentos malogrados, el Real Decreto de 11 de enero de 1853 supuso el inicio de un nuevo proyecto -esta vez el definitivo de medición del territorio nacional. Razones de Estado relacionadas con el proceso de modernización de España, con el establecimiento de la sociedad capitalista, con firies militares y con la necesidad, en su ma, de seguir el ritmo de Europa, reclamaban urgentemente la elabo ración de una Carta de España acorde con los nuevos tiempos. Semejante necesidad, auspiciada por el « plan de desarrollo nacional del marqués de La Ensenada», como señalara Vázquez Maure, había movido cien años antes a Jorge Juan a elaborar un Método de levantar y dirigir el mapa o plano general de España, con reflexiones a las difi cultades que pueden ofrecerse, y a comienzos del siglo XIX, a Isidoro de Antillón, a afirmar que «... Sólo el Gobierno puede me j orar este ramo importante de nues tra literatura, y aún diré, de nuestra administración pública, costeando el levantamiento de una carta general de España en punto grande, por operaciones trigonométricas y observaciones astronómicas, con los excelentes instrumentos y métodos que prescriben hoy la física y la geodesia... » ( 1 ). En efecto, para realizar el mapa de un país ha de comenzarse por la correcta medición de dicho territorio, escogiendo en él puntos de es tación convenientes, para formar con las líneas que los unen grandes triángulos -que hay que procurar que sean equiláteros-, cuyos án gulos deben calcularse con la mayor precisión posible. Las longitudes de sus lados se calcularán después partiendo del conocimiento previo de uno de ellos, al cual se le denomina base. La exacta medida de este primer lado es de• suma importancia, dado que cualquier error en él se transmite a los demás lados, a medida que avanza la triangulación. Para la medición de la base central de la triangulación española -la base de Madridejos (Toledo)-, se diseñó y construyó un instrumento altamente sofisticado, -la Regla Española-, objeto del presente artí culo, cuyos resultados todavía hoy sorprenden por su gran calidad y que en su época representaron un auténtico paradigma de precisión. La seriedad con que fueron ejecutados los trabajos geodésicos para la Carta de España y otros, como la realización de la unión geodésica de Europa con Africa, parte final de un ambicioso proyecto internacional de medición del gran arco que va desde las islas Shetland hasta los con fines del Sahara, hizo posible que la comunidad geodésica española, -y al frente de ella Carlos Ibáñez, su máxima figura-adquiriera en pocas décadas el prestigio internacional que en otras áreas científicas le fue negado. A la vez, esta breve crónica muestra al todavía joven oficial de inge nieros Carlos Ibáñez en su primera tarea como comisionado, enla ma yor empresa científica de la España del siglo XIX, empresa a la que dedicaría gran parte de su vida. El gobierno isabelino encargó inicialmente el proyecto del mapa al Ministerio de Fomento. Para dirigir las tareas se creó la denominada Junta Directiva de la Carta Geográfica de España, y fue nombrado pre sidente el general Manuel Monteverde, quien reunía en su persona las condiciones de militar y hombre de ciencia (era matemático). No obstante, la propia Junta contaba con personal civil, como Antonio Aguilar, director del Observatorio Astronómico, o Manuel Rico Sinobas -responsable, en 1863, de una edición de la Tablas de Alfon so X el Sabio-que era catedrático de física de la Universidad Central. En marzo de 1853 otros dos vocales, Antonio Terrero y José de Odrio zola, el autor -veinticuatro años atrás-de un famosos manual de ma temáticas (2), elevaron a la Junta un informe técnico para asegurar el buen funcionamiento de los trabajos geodésicos, que contenía las líneas directrices que con posterioridad habrían de seguirse. El proyecto vi no a nacer en un mal año para España: los complejos acontecimientos políticos de 1853, final de la denominada década moderada, que provo caron en pocos meses tres cambios de Gobierno, vinieron a unirse a, o quizás determinaron, la falta de presupuesto y de personal facultati vo (hasta el propio Monteverde tuvo que desplazarse a la frontera franco-española a dirigir los trabajos.de la Comisión de rectificación de límites y fronteras). De modo que la empresa prácticamente perma neció paralizada durante los diez meses en que estuvo a cargo del Mi nisterio de Fomento. En octubre de ese mismo año, se produjeron dos acontecimientos decisivos: el traslado del proyecto al Ministerio de la Guerra, emplaza miento mucho más acorde con el carácter cuasi militar, como hemos señalado antes, que había tomado, y el posterior nombramiento como vicepresidente de la Junta del Brigadier Fernando García San Pedro, que hasta su prematura muerte un año después, y ante la ausencia de Monteverde, fue el auténtico organizador y alma de la empresa. Así pues, arropado por la clase militar, el plan de trabajo que dise ñó García San Pedro -enviado al ministro a finales del mismo mes de octubre-pronto iba a tener el respaldo y el personal necesarios. En él se incluía la solicitud de ocho oficiales de los cuerpos facultativos, que efectivamente le fueron concedidos. Uno de estos oficiales era Car los Ibáñez e Ibáñez de Ibero. Utilidad y tipos de reglas Antes de pasar a describir los hechos que llevaron a la construc ción de la Regla Española, no estará de más realizar una breve reseña histórica de los instrumentos utilizados para medir bases. Arturo Mifsut, en su libro Geodesia y Cartografía de 1905, describe brevemente la operación de medir una base: «La medida de una base consiste, esencialmente, en la colocación sucesiva de un listón o regla, de magnitud perfectamente calculada, a lo largo de una alineación trazada previamente sobre el terreno» (3). Asclepio- En sus inicios, la historia de los instrumentos para medir bases se haUa íntimamente emparentada con aquel gran reto que supuso el ave riguar la verdadera forma del globo terráqueo. Y fue en es te marco don de se desarroUó el programa de investigación auspiciado por la Academia de Ciencias de París, que en la década de los treinta del siglo XVIII envió dos expediciones, una a Laponia, formada por Maupertuis, Clairaut, Camus, Le Monnier, el abate Outhier y Celsius, y la otra a Pe rú, compuesta por Godin, Bouguer y La Condamine -en la que como es sabido, viajaron los marinos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa-con la finalidad de medir dos arcos de meridiano, uno en el cír culo polar y el otro en el ecuador, y zanjar de una vez por todas la vieja polémica acerca del aplanamiento (como opinaban Newton y Huygens, por ejemplo) o la forma prolongada (como afirmaba J. Cassini) del es feroide que es la Tierra. En ambas expediciones se utilizaron como me dida de referencia patrones de hierro extraídos de la toesa marco -que desde 1668 se encontraba al pie de la escalera del Gran Chátelet-y que fueron denominados respectivamente toesa del Norte y toesa del Perú (esta última, ha sido la unidad de referencia de la mayoría de las medidas geodésicas de Europa). Dichos patrones servían para realizar diariamente la calibración de las reglas. Concretamente, según relata Vallejo al referirse a la expedición que dirigía La Condamine, a partir de la toesa de Perú, de Borda (1733-1799) (quien asimismo debe parte de su fama a la labor científica que desplegó en el ámbito de la mecánica de fluidos). La de nominada Regla de Borda, núm. 1 (Fig. 1) -copia extraída de la toesa del Perú, medía en realidad dos toesas-estaba formada por dos re glas de distinto metal (platino y cobre), colocadas una encima de la otra, formando un termómetro metálico. El dispositivo permitía determinar con gran precisión las variaciones de longitud de las reglas debidas a la dilatación térmica. En un extremo de la regla de platino existía una lengüeta corrediza con divisiones, que permitía prolongar su longitud, y por medio de microscopios medir el intervalo que mediaba entre es ta regla y la que se colocara a continuación. Semejante método de me dición dio lugar a un nuevo tipo de reglas: las denominadas reglas con rayas. A pesar de que el sistema de contactos perduraría durante la pri mera mitad del siglo XIX, la utilización posterior de microscopios y una creciente sofisticación en los sistemas de apoyos de las reglas, en la nivelación, en las alineaciones, en el estudio de las dilataciones, per mitió aumentar cada vez más la calidad de las medidas, de modo que según relata el propio Ibáñez: dad de uso, su fácil transporte por cualquier terreno, y especialmente la rapidez con que podía medirse una base. No es de extrañar, pues, que el aparato de Porro, tres años años después de su invención, sirvie ra de muestra para r. ealizar el instrumento de medir bases de la Comi sión del Mapa de España o Regla española (para una descripción del mismo, ver apéndice). Merece la pena dar una ligera idea del grado de perfección alcanza do con la Regla española, así como del aumento en precisión desde 1740. La tabla adjunta está extraída de un artículo de Faye ( 7 Carlos Ibáñez y Frutos Saavedra relataron brevemente en la adver tencia preliminar del libro Experiencias hechas con el aparato de me dir bases, el primer encargo de que fueron objeto: «Nombrados en 1853 por el Sr. Brigadier D. Fernando García San Pedro, vicepresidente de la Comisión del Mapa de España, para pro poner el sistema de reglas y microscopios con que debían medirse las bases o lados de partida de la triangulación geodésica de la Penínsu la, formamos el proyecto de un aparato que obtuvo la aprobación de la Junta Directiva del Mapa» (8). Más concretamente, ambos fueron elegidos para estudiar los apa ratos empleados en los demás países en la medida de sus bases geodé sicas y proponer, no un aparato nuevo, sino uno en que se evitaran los defectos que la práctica había dado a conocer en los demás. Antes que ellos, Odriozola y Terrero, en su informe de marzo de 1853 (9), habían propuesto un interesante sistema formado por grandes plo madas de platino suspendidas de trípodes, y una sola regla tambi_ én de platino, 2,5 m de largo con termómetro metálico, eclímetro y dos lengüetas• para realizar el contacto con los hilos de las plomadas; en esencia, una regla como la de Porro, pero que como las reglas de Bes sel, utilizaba contactos en lugar de microscopios. El 20 de febrero de 1854, es aprobado por la Junta Directiva del Ma pa el informe que presentaron Ibáñez y Saavedra. Aunque no ha sido posible conocer el contenido del documento, en esencia, como se ha ci tado antes, se trataba del instrumento de Porro, con ligeras mejoras en los microscopios y los apoyos de la regla. Como puede deducirse de la documentación posterior, los diseñadores dejaron algunos deta lles sin resolver, a la espera del parecer del futuro constructor,'y que a la postre habrían de ser de suma importancia, como la colocación de los microscopios. El 1 de marzo el Gobierno dispuso que se trasla daran a París, a dirigir la construcción del instrumento. El viaje ten dría además otros objetivos: aprender las nuevas técnicas de medición de bases y de realización de triangulaciones, compra de instrumentos para las operaciones geodésicas y de todo tipo de literatura especiali zada sobre el tema, incluido mapas. Varios miembros de la Junta ha bían sido ya pensionados -aunque con otros fines y por otras razones en el extranjero. Dos años antes, Antonio Aguilar había viajado por va rios países europeos, con el propósito de adquirir conocimientos y comprar instrumentos astronómicos para el recién recuperado Obser vatorio de Madrid (10). Rafael Amar de la Torre, que era ingeniero de montes, había sido pensionado en la Escuela de Minas de Freiberg, cen tro en el que adquirió conocimientos de cartografía geológica. La ex periencia internacional de ambos, especialmente la de Aguilar, y las gestiones de la diplomacia española, permitieron a los comisionados contactar con diversos científicos, instituciones -como el Observato rio de París-y constructores extranjeros. La correspondencia entre los comisionados en París (11) y los dis tintos miembros de la Junta, muestra bien a las claras que el proceso de construcción del instrumento fue una tarea difícil y que se prolon gó mucho más de lo que podía pensar cualquier de los implicados, que hubo fuertes enfrentamientos entre el constructor y la Junta, hasta tal punto, que incluso llegó a pensarse en abandonar la construcción. Los comisionados a menudo se encontraron en medio de las disputas, y por Asclepio-l-1990 lo poco que puede trascender en ese sentido en unas cartas oficiales, no siempre a lado de la Junta. Ibáñez llegó el 31 de marzo de 1854 a París, sin su compañero y ami go Saavedra que se encontraba enfermo. Diez días después llegaría Ra món Soriano, segundo comisionado para este viaje, que era oficial de Ingenieros. El primer cometido de ambos fue la búsqueda de un cons tructor para el instrumento. Visitaron los talleres de N. M. Lerebours, continuador de la labor iniciada por su padre quien había realizado un tipo de telescopio que lleva su nombre, de Gustave Froment -recomendado por Aguilar-, de Porro y de Henry Prudence Gambey, quien probablemente había sido el más importante constructor de ins trumentos matemáticos durante el segundo cuarto del siglo. Todos ellos se mostraron de acuerdo en realizar el trabajo (aunque, por diversas razones, serían finalmente descartados). En la mente de los comisio nados estaba presente, como se ha dicho, una serie de problemas téc nicos sin resolver en el diseño inicial, como el de los movimientos de la regla, los cojinetes de apoyo y el enfoque de los microscopios. Dada la experiencia de Porro, sobre todo en lo que concernía a óptica, pen saron en dividir la construcción de modo que fabricara los microsco pios, y la regla se encargase a algún otro constructor. Porro acababa de desarrollar un dispositivo, el meroscopio, que resolvía los proble mas de enfoque cuando aumentaba la distancia de la regla al objetivo. Según escriben, «El aparato propuesto por la Comisión del Mapa consta de dos par tes que pueden considerarse separadamente: la barra metálica gra duada convenientemente en otra de madera, y los microscopios oportunamente montados para buscar primero, y fijar después con toda seguridad verticales determinadas. Para esta segunda parte creemos haber encontrado una persona de bastante suficiencia y habilidad que la lleve a cabo. ¿ Sería conve niente que el mismo constructor hiciese también el resto del apara to? He aquí el asunto que ahora nos ocupa sin cesar» (12). Otro asunto que les ocupaba era el material con que debía ejecutar se la regla. Diversas consultas con especialistas aconsejaban abando nar el platino, por su alto coste y escasez, que había qu e unir a la' di- http://asclepio.revistas.csic.es ficultad de homogeneizar una barra tan larga (con la consiguiente fal ta de uniformidad en las dilataciones de ésta), y sustituirlo por hierro dulce. El mismo Porro acababa de remitir. a Roma una regla con ter mómetro metálico de hierro y cobre, que se ajustaba bastante a los de seos de la Junta. Se daba además la circunstancia de que para medir la base de Irlanda acababan de emplear una regla de hierro. Para estudiar la dilatación de las reglas consideraron la posibili dad de proveerlas de termómetros ordinarios «... para el caso en que no se quisiera hacer uso del metálico... », idea que no llegó a realizarse. Finalmente, se pusieron en contacto con J. Brünner, que era cons tructor del Observatorio Imperial, quien, según relata Soriano, se había «... dedicado muy particularmente a la parte óptica y que además se ha encargado varias veces de hacer tipos metálicos de gran preci sión, tiene a nuestro modo de ver, cualidades muy apreciables para el objeto que nos proponemos... » (13). Como es conocido, Brünner fue el elegido para realizar el instru mento en su totalidad. Al mismo tiempo, debía ayudar a resolver todas las dificultades que presentaba el diseño inicial. Aparte de considerar le persona muy capacitada para la tarea, les había dado un tiempo de ejecución de tres meses, el más corto de todas las propuestas. La reali dad demostrará hasta que punto estaba equivocado: los tres meses ha brían de convertirse en otros tantos años. En el contrato que redactó Brünner a finales de mayo (14), no apa rece fecha de entrega. Como cuenta Soriano en carta fechada el 23 de mayo, «Brünner no se ha explicado categóricamente sobre este punto. De ducimos, sin embargo, que durará más tiempo del que nos dijo al principio... » «... aquí ha habido que empezar por estudiar y discutir lo proyectado anteriormente; inventar nuevos medios de introducir reformas; y no una vez ni dos, si no muchas y muy repetidas» (15). Ese mes, García San Pedro ordenó a Ibáñez que se trasladase a Mu nich para realizar una urgente compra de instrumentos, aprobada por el ministro, en vista de que los trabajos geodésicos se habían iniciado en el mes de marzo, y las dos únicas brigadas geodésicas existentes has ta entonces, contaban con un material reducido: sólo tres teodolitos de Dollond de 14" y un cronómetro, instrumentos adquiridos por el La compra de varios teodolitos y anteojos idóneos, de las prestigiosas firmas Erte1 y Merz, le retuvo en Munich hasta primeros de julio. García San Pedro tenía esperanzas de medir la base ese mismo año, pero no pudo ver ni siquiera cómo no se cumplían estas, pues moriría ese mismo verano. El 22 de junio escribió a Ibáñez «El ministro manifestó mucho interés porque en este mismo año se lleve a cabo la medición de la base y se obtengan resultados en nues tra Comisión capaces de satisfacer al público. De Real Orden se me ha manifestado este deseo y es menester, amigo mio, que por su parte vea como entabla en esa el negocio de los instrumentos de modo que los podamos obtener lo más pronto posible» (16). El 28 de junio se produjo el pronunciamiento de O'Donnell en Vi cálvaro, acontecimiento que unido a la muerte de García San Pedro, obligó a suspender las operaciones geodésicas en la península durante el mes de agosto. Mientras tanto, en París, la regla de platino se había construido ya, y Brünner realizaba experiencias con las lentes del an teojo alineador. El nuevo vicepresidente de la Junta, Manuel Fernán dez de los Senderos pidió, mediante carta a los comisionados, que el fabricante fijara exactamente la fecha de entrega y el precio definitivo de la regla. En la misma carta, fechada el 24 de agosto, escribía: «En la imposibilidad de enviar ahí el metro-tipo español, y tenien do noticias que éste ha sido construido en esa en los talleres de M. Fromant, podrían Vds. dirigirse a este señor a fin de saber el metro que le sirvió de patrón, y obtener el permiso para que sirva igualmen te para nuestro aparato. A no dudarlo sería el metro original que existe en el Conservatorio de Artes si bien hecha la corrección a que dio lu gar en el último cálculo del arco de meridiano de Dunkerque a Barce lona» (17). Es en este período cuando verdaderamente comienzan los proble mas: Brünner hacía constantes modificaciones en la regla, lo que desa gradaba a la Junta, que no veía el final de la construcción. Además ya no se comprometía a dar ni precio final ni fecha de entrega, aunque confiaba acabar el instrumento la primavera siguiente. La inevitable lentitud del delicado trabajo de Brunner, chocaba con la obligación de la Junta, en especial de su presidente interino -el marqués de Hijosa de Alava-, de ofrecer resultados ante el Gobierno. El marqués escribió a los comisionados para que urgieran a Brünner, advirtiéndoles al mis mo tiempo que las demoras comprometían seriamente la existencia de la Comisión. La Junta, que no se fiaba de Brünner, pidió consejo al co ronel Coraboeuf, uno de los artífices de la triangulación francesa, quien propuso una serie de simplificaciones, con objeto de que el instrumen to estuviera acabado cuando antes. La más importante era la. supre sión de los cojinetes de apoyo de la regla. La opinión de Ibáñez y Soriano era contraria a estas simplificaciones, si bien la responsable de la par te facultativa de la empresa, como se les recordó, era la Junta, y cual quier decisión importante debía pasar por la aprobación de ella. A mediados de septiembre había construidos tres de los cuatro micros copios, la barra de platino forjada, la de cobre aún no, los cojinetes de apoyo también concluidos, pero faltaba el banco de metal. Una carta fechada en Madrid el 7 de noviembre volvía a insistir a los comisiona dos en la supresión de los cojinetes de apoyo de la regla, al mismo tiem po que decía: fechada la carta que desde Madrid recibió Ibáñez, y que decía lo que sigue: «Muy señor mio: la junta directiva en sesión de 9 de diciembre úl timo ha determinado se suspenda por ahora la construcción del apa rato de la base, para dar lugar a discutir enteramente la forma que ha de tener, visto el dictamente de Sr. Coraboeuf. Espero que hará Vd. conocer esta determinación a Mr. Brünner, rogándole de parte de la Junta, de a Vd. por escrito cuantos detalles y dibujos sean nece sarios para que aquí nos hagamos cargo del referido aparato, con los medios de corrección que piensa emplear para cada operación; mani festando a que altura se halla cada una de las partes que lo han de constituir, a fin de no introducir modificaciones que nos hagan per der más tiempo cuando no estén completamente justificadas y repre senten una gran ventaja al parecer de la Junta. Con estos datos, y con las explicaciones que podrá Vd. dar verbalmente a la Junta, se decidi rán y formarán completamente los dibujos, con arreglo a los cuales el constructor ha de continuar su obra pudiendo entonces adelantar mucho el trabajo, puesto que estarán ya solventadas todas las dudas. Para aquella época podrá Vds. regresar a ésa, si se considera necesa rio, y lo aprueba el Gobierno, y en caso contrario se le darán a Brün ner por escrito las instrucciones convenientes... » (19). A primeros de febrero de 1855 Ibáñez regresó a España. Antes en vió un detallado informe, en el que es posible leer: «... el instrumento está casi terminado... » La construcción se paralizó hasta septiembre, en que Ibáñei y Saa vedra vuelven a París, a revisar las tareas de construcción. Brünner, que afirmaba necesitar aún dos meses más para finalizar la regla, fi nalmente realizó el modelo sin las modificaciones impuestas por la Jun ta. Es presumible que la opinión de Ibáñez influyera en la Junta, porque eri. la citada correspondencia éste siempre se mostró a favor del mode lo que propuso-Brünner. En sus primeros días de estancia en París, Ibáñez y Saavedra se de dicaron a preparar las futuras operaci�nes de calibración que debían realizarse con la regla. Visitaron en el Depósito de la Guerra Francés, el local en el que teniente coronel Hossard• hizo las experiencias para averiguar la dilatación de la regla empleada en la triangulación fran-cesa, tomando buena cuenta de las construcciones hechas con tal fin. Hablaron con Henry-Víctor Regnault, uno de los personajes más rele vantes en el estudio de la dilatación y los cambios de estado de los cuer pos, y con el propio Hossard, quien les facilitó la descipción de las experiencias hechas por una comisión nombrada por el Gobierno bel ga para empadronar las reglas de Bessel, empleadas en la medición de sus bases, y los cálculos del coeficiente de dilatación. Asimismo les fue ron facilitados los trabajos geodésicos relativos a la cadena del Pirineo, que habrían de ser de gran utilidad para el enlace de las triangulacio nes francesa y española. Pidieron autorización a través de la Embaja da española para visitar el Observatorio Astronómico de París, donde se hallaba la regla de Borda, y verificar las experiencias de compara ción con ésta. Tanto su director, Le Verrier, como los astrónomos Vi llarceau y Goujon, colaborarían posteriormente en la comparación. En noviembre, según describen, «... dirigimos al Excmo. Sr. Brigadier marqués de Hijosa de Alava, presidente de la Junta Directiva del Mapa, el proyecto de experien cias que creíamos debían ejecutarse con las reglas del aparato, y ha biendo sido aprobado por la Junta dicho proyecto, se procedió a preparar su ejecución, disponiendo todo lo necesario en un local con tiguo a los talleres de Mr. Brünner» (20). De nuevo, problemas en la construcción retrasaron la finalización un año. El casi obsesivo interés de perfección de Brünner, le obligó a realizar diversas rectificaciones en la gran máquina de dividir utiliza da en la división de las reglas que le llevaron más de seis meses. Aca bada ésta, en el mes de octubre empezaron las comparaciones con el módulo de Borda y tras éstas, las experiencias de dilatación. Finalmen te, tras casi tres años de construcción, el 8 de febrero de 1857 sale la regla para España. El Gobierno español, después del éxito obtenido en la medición de la base de Madridejos, en señal de agradecimiento, galardonará a va rios miembros extranjeros que habían colaborado en la empresa, co mo Le Verrier, Hossard, Regnault, Villarceau, Blondel, Westheim y, cómo no, a Brünner. Apéndice: breve descripción de la regla Aparte del libro que publicaron Ibáñez y Saavedra sobre la regla, es posible encontrar descripciones de la misma. Por ejemplo, en el libro Geodesia y Cartografía de Arturo Mifsut y Macón, publicado en Madrid en 1905, se dice: «Se compone de una serie de microscopios micromé tricos que se sitúan verticalmente en la alineación de la base, dividién dola en intervalos de alrededor de cuatro metros, cuya longitud se determina valiéndose de una sola regla bimetálica dividida, la cuál se -observa con los micrómetros para deducir la temperatura. Tanto la ali neación como las referencias se hacen con medios ópticos sumamente precisos. La regla está formada (fig. 2) de• una barra de platino PP, de algo más de cuatro metros de largo, con una sección transversal de 0,021 m por 0,005 m y de otra barra de latón L,L, de iguales dimensiones, colocada debajo. Cada una de las barras descansa en catorce cilindros giratorios ],],... y está contenida lateralmente por otros cuatro cilin dros que forman con los anteriores catorce cojinetes perfectamente dis puestos para que las dilataciones y contracciones se verifiquen con entera libertad a partir del medio de la regla en donde se hallan suje tas las barras a un cojinete central. La de latón tiene en sus extremos unas piezas o reglillas de platino divididas, cuyas caras superiores enrasan con la superior de la barra de platino pasando por dos aberturas o canales, en cuyo borde hay una división en decimilímetros igual a las de las reglitas. Los cojinetes están asegurados a un banco de hierro que descansa, a su vez, en dos soportes con movimientos lentos, colocados a un me tro de cada uno de sus extremos. Unos trípodes de madera puestos directamente sobre pesadas pla taformas, reciben los soportes a medida que avanza la medición. Los microscopios ocupan el centro de unos círculos graduados que descansan en trípodes especiales, y por medio de sus micrómetros es dable leer las milésimas de milímetro o micrones, al observar, en cada extremo, una de las rayas que forman las divisiones de la barra de pla tino y otra de las que constituyen las marcadas en la de latón, con lo cual puede calcularse la longitud de la regla (a la temperatura normal de 21.939 C, tiene 4001,0378 mm entre sus rayas extremas, numeradas O y IV) previa su comparación con un tipo y el conocimiento de los coe ficientes de dilatación de ambas barras. Se reduce la longitud de la regla al horizonte, valiéndose de las in dicaciones de un nivel portátil, con arco graduado, que se coloca en el medio de aquélla. En el mismo sitio que ocupan los microscopios, en cada uno de los círculos, se coloca antes,,para la alineación, un anteojo provisto igual-mente de micrómetro movible, y en los círculos que se van situando en la línea, se monta una pequeña mira con los hilos en cruz, por me dio del cual se sigue la alineación general de la base. También descansan en los mismos cojinetes que los microscopios, las miras y el anteojo de alineación, otro anteojo destinado a referir al terreno el término de la medición del día, el cual término se traza en una plancha metálica, empleando dos cuchillos montados en un disco y semejantes a los de las máquinas de dividir. » Agradecimientos Deseo manifestar mi profunda gratitud a D. Germán Vidal García, del Instituto Geográfico Nacional, sin cuya ayuda desinteresada y ase soramiento este trabajo no hubiera sido posible. Doy las gracias tam bién a todos los miembros de este Instituto por su colaboración. «Monsieur Brünner, fabricante de instrumentos de precisión, se compromete con el T. coronel Soriano a construir para el Gobierno español los instrumentos siguientes: l. Una regla para la medición de bases en platino y otra de cobre (latón) cuya longi tud será de 4,5 m cada una, 0,02 de ancho y 0,004 de espesor. Un banco de cobre amarillo de 4,5 de largo para soportar la regla. Tres anteojos microscópicos, móviles, marcados como los anteojos meridianos, pa ra leer las divisiones sobre la regla de platino. Cuatro armas o apoyos móviles y cuatro trípodes en madera sobre los que ha de descansar la regla. Estos instrumentos serán ejecutados con sujeción a los dibujos que presentaré. El valor de estos instrumentos y trabajos empleados, ascenderá próximamente a 20.000 Fr. de los que 10.000 me serán pagados al tiempo de firmar este contrato, y el resto cuan do los trabajos se hallaran concluidos.
El estudio preliminar que presentamos en 1987, nos ha movido a realizar este trabajo, por cuanto no hay todavía un estudio sistemati zado de este problema en nuestro país. Somos conscientes de que no podemos resolver esta cuestión, limitándonos pues a replantearnos su problemática, que a nuestro entender, tardará años en resolverse. Consideramo, s importante destacar que nos encontramos ante dos lesiones anatomapatológicas, la cribra orbitaria y la osteoporosis hi perostósica que ocasionalmente coexisten, aunque en general son in dependientes. En lo que respecta a su etiología, aún no esclarecida, sue len ser asociadas, pero también son atribuidas a causas distintas. Precisamente su similitud anatomopatológica, su coexistencia no infrecuente y su problemática etiología que parece aproximarlas, es la causa que nos ha, inducido a incluirlas en un estudio común en el que intentaremos destacar los rasgos que las aproximan y aquellos que Asclepio-I-l 990 365 las distancian, relacionándolas con nuestra casuística que incluye se tenta casos entre 569 cráneos examinados, procedentes en su mayor parte de las comarcas ribereñas del Mediterráneo español, Cataluña, Principado de Andorra, País Valenciano e Islas Baleares. Parece evidente que la primera de estas osteoporosis descrita fue la cribra orbitaria, nombre dado por Welcker (1885), posiblemente in fluenciado por las ideas de Virchow (1875) que consideraba la existen cia de «razas patológicas» y de «razas degeneradas», aceptando la cri bra orbitaria como una anomalía hereditaria. La porosidad de la cribra orbitaria fue descrita por Adachi (1904) y poco después por Wood-Jones (1907-1908) en el cráneo de un dayak y en otro cráneo egipcio muy antiguo. Hrdlicka (1914) describió de for ma muy detallada la cribra orbitaria y laosteoporosis simétrica en crá neos peruanos. Hooton en 1930 puso en evidencia que dos tercios de los niños del Yucatán tenían osteoporosis y Pales (1930) describió dos casos neolíti cos, procedentes de los dólmenes de Bouyasac y de Lozere, aunque se trata de lesiones un tanto dudosas. En 1925, Cooley y Lee en Detroit descubrieron cinco casos de ane mia en niños de origen italiano y griego. Rieti (1925), Creppi (1928) y Michell (1929) describieron la hemolisis que junto con el descubrimiento de Cooley denominaron Talasemia (1936), contracción del nombre Ta lasanemia que creó Combi (1934) y que significa «agua de mar en la sangre» (en griego, talasa = mar) (1). Williams (1929) fue el primero en sospechar la relación entre las, os teoporosis y las anemias, hecho que fue confirmado por Feingold y Ca se (1933). A causa de las observaciones epidemiológicas de Beet (1946) en Rho desia, Haldane (1949) sugirió la correlación que puede existir entre las talasemias y el paludismo o malaria (2). Distribución de la cribra orbitaria y de la osteoporosis hiperostósica bajo válido que indique su incidencia en las poblaciones actuales, he cho ya constatado por Henschen (1967). Otro tanto puede decirse de las osteoporosis hiperostósicas, mejor estudiadas a causa de ser muy frecuentes en las anemias, pero de las que tampoco conocemos ningún trabajo estadístico sobre su incidencia. En el Viejo Mundo, estas lesiones parecen ser más frecuentes en la cuenca del Mediterráneo, en donde también tiene una elevada inciden cia la talasemia y otras anemias hemolíticas hereditarias que a su vez representan una protección contra la malaria. La cribra orbitaria ha sido detectada en algunos grupos de prima tes (Nathan, 1966), o sea que no es exclusiva del hombre. Como hemos anticipado, no tenemos una estadística actual fiable de la morbilidad de estas enfermedades, resultando, como es fácil com prender, mucho más difícil determinarla con respecto a los tiempos pretéritos. Las dificultades para los tiempos antiguos son obvias, dete rioro póstumo de los restos humanos, en general mucho más intenso cuanto más alejado está dicho período de nosotros, dificultad de los estudios demográficos, aspectos geográficos y, por último, falta de ho mogeneidad en el estudio arqueológico de las poblaciones antiguas. Pre cisamente esos factores, unidos a otros de carácter personal, han inci dido de forma indirecta en nuestra investigación, como puede dedu cirse del examen de nuestra tabla de incidencias. Pese a todo lo expues to, con las reservas que hacen al caso, parece muy probable que la apa rición de la patología expuesta sea posterior al Neolítico y que en el área de nuestro estudio se inicie en el Calcolítico, período al que perte necen algunos de nuestros casos en el País Valenciano. Estudio de las lesiones Nos referimos por separado a la cribra orbitaria y a la osteoporosis hiperostósica. Sinonimia (según Haüser, 1983): Cribra orbitaria (Welcker, 1888), os teoporosis simétrica (Hrdlicka, 1914), hiperostosis esponjosa (Hamperl; Por nuestra parte haremos referencia sólo a las últimas. Clasificación de Knip (1971): Divide las lesiones en cuatro grupos (fig. 1): a) Tipo porótico con pequeños orificios, finos, aislados y dispersos. b) Formado por un conglomerado de orificios de mayor diámetro, netamente separados entre sí. c) Constituido por surcos irregulares entre los que se instauran pequeñas trabéculas hiperostósicas. d) Forma ocluida con el hueso insuflado a causa de una hiperosto sis diploica con pequeños surcos y depresiones exteriores. Hengen (1971) en su clasificación consideran siete tipos: Grado 1: Se caracteriza por una malla de surcos poco profundos con escaso número de diminutos orificios que sólo afectan a la tabla exter na. Grado 2: Los surcos son más profundos y los orificios más numero sos, llegando a alcanzar 1 mm. de diámetro. Grado 3: Aún persiste una malla de surcos, pero los orificios osci lan entre 1 y 2 mm. de diámetro. Grado 4: Orificios mayores, entre los 2 y 3 mm., en parte por unión de dos o más perforaciones contiguas. Grado 5: Pequeños y grandes orificios a los que se suman pequeñas formaciones de osteofitos que confluyen en el entorno de los orificios. Grado 6: Mayor desarrollo de los osteofitos que forman tramas de arrugas o trabéculas, estando también presentes las alteraciones obser vadas en los grados anteriores, en especial en los bordes de las lesiones. Grado 7: Están presentes y son muy prominentes los osteofitos que pueden elevarse varios milímetros. Estos grados no guardan relación con la extensión de la lesión, que puede ser evaluada mediante un gráfico (fig. 2) que divide el techo de la órbita en nueve sectores (Knip, 1971), mientras que nosotros la he mos dividido en siete sectores (fig. 3), por cuanto el ala menor del esfe noides y la parte posterior del techo frontal sólo excepcionalmente se ven afectados y las hemos excluido. Hengen (1971) ha encontrado un predominio izquierdo moderado, pero en nuestra casuística no hay una diferencia significativa (hemos de advertir que con frecuencia, a causa de alteraciones póstumas falta una órbita o su deterioro es extremo). El estudio de Hauser (1983) no es una nueva clasificación, sino una aportación iconográfica a las formas menos intensas de la clasificación de Hengen. Por nuestra parte, hemos seguido la clasificación de Knip (1971), que por su sencillez nos parece muy práctica y en ella p�eden incluir se las cinco primeras variedades de Hengen e incluso las dos últimas que, en nuestra casuística, son prácticamente inexistentes; Brothell (1981) también preconiza esta misma clasificación. Problemática clínica de la cribra orbitaria: La clínica actual ignora esta anomalía, probablemente por varias razones: a) en primer lugar porque no se piensa en ella; b) porque prácticamente es imposible su detección radiográfica, por ser muy tenues las lesiones y muy importante la superposición de planos que comprende la bóveda craneal cuyo diploe induce a error, el macizo facial y la mandíbula, con las importantes variaciones de con traste a causa de las estructuras blandas y la neumatización; c) a causa de que en las necropsias no se realiza la búsqueda de esta lesión. De lo expuesto se deduce que la correlación etiológica de la cribra se hace sumamente difícil. A nivel del cráneo el diploe está engrosado a expensas de la tabla externa que puede estar muy adelgazada. Estas anomalías suelen pre dominar en la región frontal y en las parietales anteriores, restando en general el occipital indemne. Su aspecto, corrientemente, es granu lar o micro-areolar. La imagen radiográfica en cepillo es muy característica (fig. 4). En el esqueleto facial puede encontrarse hipertrofia de los maxila res superiores, ausencia de neumatización y «facies de ratón», secun daria a un hipertelorismo. Asclepio- Alteraciones similares pueden encontrarse en otros huesos, sobre todo en los cuerpos vertebrales, pelvis y costillas. Por nuestra parte, en algún cráneo infantil con cribra orbitaria, he mos constatado una evidente hiperostosis de la tabla interna sin osteo porosis que se comunique con el diploe (fig. 5), que por el momento no hemos visto descrita. Las anemias y las osteoporosis hiperostósicas Resulta evidente que las osteoporosis hiperostósicas guardan rela ción con la talasemia y otras anemias hereditarias, pues son numero sos los casos en que se constata la coexistencia de la anemia con la al teración ósea; pero en cambio no hay ninguna evidencia de que la cri bra orbitaria esté presente en las anemias y si se la suele asociar con ellas es por el parecido morfológico de la cribra y las alteraciones epi craneales. Hay diversas condiciones, definidas genéticamente, que dan protec ción ante el paludismo. En todas ellas se trata de aumentar la sensibi lidad del eritrocito a agentes oxidantes, ya sea por variaciones de la cadena (3 de las globinas o por deficiencias en enzimas que catalizan reacciones de reducción. En las anomalias de las hemoglobinas los in dividuos heterozigotos presentan la protección y los homozigotos, al poseer eritrocitos muy sensibles, padecen anemias hemolíticas que sue len conducirles a una muerte prematura. Existe una interesante distribución geográfica de las diversas con diciones genéticas relacionadas con esta protección a la malaria, de pendiente del lugar de aparición de la mutación y de su expansión, y de acuerdo con la historia de la población. Dentro del área mediterrá nea las (3-talasemias son las más importantes. Las talasemias se caracterizan bioquímicamente por la ausencia to tal o parcial de alguna globina, ya sea porque no se sintetiza o por pre sentar una gran inestabilidad. Cuando el defecto es en la cadena (3 (que forma la hemoglobina A en el adulto) se habla de {3-talasemias. En ellas la ausencia de hemoglobina A no viene suplida por más altos niveles de otras hemoglobinas (A2, fetal). En todos los casos existe una ano malía genética responsable de la ausencia o fuerte alteración de la ca dena {3, que se transmite hereditariamente. Los homozigotos son tala sémicos y los heterozigotos no suelen presentar síntomas clínicos y son resistentes a la malaria. Hay una gran heterogeneidad en las bases genéticas de la ¡3-talasemia (por ello es más correcto hablar de las talasemias, en plural) que van desde la ausencia del gen hasta mutaciones puntuales que producen fuerte inestabilidad a la molécula, pasando por casos en que hay alte raciones en zonas reguladoras que no informan directamente de la se cuencia globina. La tipificación de cada.una de estas variantes y su dis tribución geográfica, no ya como enfermedad sino como mutante ge nético concreto, tiene un gran interés en el seguimiento de los proce sos históricos de protección contra el paludismo. Otras etiologías Hengen ( 1971) recopila la casi totalidad de las etiologías a que se han atribuido las osteoporosis hiperostósicas, que sucintamente resu miremos: a) avitaminosis C, del grupo By A; b) procesos tóxicos; c) in flamaciones inespecíficas; d) helmintiasis; e) amebiasis; f) tripanoso miasis; g) lehismaniosis; h) lepra; i) hipoproteinemias con carencia de algún aminoácido esencial; j) hiposideremia; k) fabismo. Este últimó • caso comprende una entidad genética bien definida, la deficiencia he reditaria del enzima glucosa-6-fosfato deshidrogenasa, relacionada, co mo en el caso de las talasemias, con la resistencia al paludismo y con una incidencia actual importante en diversas zonas del Mediterráneo, como es el caso de las Baleares. Su importancia, sin embargo, no es comparable con la de la talasemia. Las talasemias y el paludismo Las observaciones epidemiológicas de Beet (1946) y Haldane (1949), hicieron ya pensar que las anemias hereditarias dependían del camino seguido por las infecciones palúdicas y que comportarían una protec ción particular contra la infección, razón por la cual este gen nefasto no se habría elimin_ ado por selección natural, ya que la protección que habría prestado a los individuos heterozigóticos respecto a la malaria, compensarían las defunciones de los homozigóticos que padecen la ta lasemia maligna. Parece que desde la aparición de la mutación, las fre cuencias del gen aumentarían de generación en generación hasta fijarse en torno a un valor de equilibrio que depende del grado de paludismo presente. Cuando la presión selectiva de la malaria desaparece, las fre-Asclepio-l-1990 cuencias disminuyen muy lentamente, tendiendo a la eliminación del gen. La correlación entre (3-talasemia no se hace en relación con todos los tipos de malaria, sino tan sólo con respecto a la terciana maligna cuyo agente casual es el Plasmodium falciparum cuya transmisión tie ne lugar por el mosquito anofeles. Esta relación ha sido posteriormente demostrada, no únicamente en términos de genética de poblaciones, sino que se han establecido las bases bioquímicas de protección. Historia del p lasmodium Nos basamos en el estudio de Bruce-Chwatt (1965): « La historia y la prehistoria evidencian los orígenes y la dispersión del Plasmodium species, en especial de las formas que parasitan al hombre. Llegar a esta evidencia resulta arriesgado, aunque se hace evidente que el ori gen probable de la malaria sea Africa, con un pequeño foco durante el Paleolítico superior en sus últimas fases y el Mesolítico, seguidas de un período de dispersión con la revolución agrícola del Neolítico, coincidiendo con el asentamiento de la civilización en las riberas de los valles del Nilo, Mesopotamia, río Indo, Sudeste de China y la cuen ca del Mediterráneo. El foco más importante parece haber sido el tró pico en Africa y de allí se habría propagado a las áreas templadas del globo. El paso a América es difícil de interpretar, pues algunos traba jos sugieren que existían en la época precolombina, mientras que otros lo atribuyen al comercio y trasiego de esclavos a partir del siglo xv. Por su morfología y fisiología la interpretación más sugestiva es que el Plasmodium malarie es más antiguo que el P. vivax y el P. ovale que sugieren un alto grado de comensalidad, considerándose al P. falcipa rum como fruto de un cambio evolutivo más reciente» (Mapa I). La hipótesis inicialmente más aceptada es la que correlaciona la (3talasemia con el paludismo, aceptando su origen en el Africa tropical, siguiendo el curso del río Nilo hasta su desembocadura de donde pasa ría en el Neolítico al «fértil creciente», pasando de allí a Mesopotamia y" Grecia. De Grecia, siguiendo la cuenca mediterránea pasaría a las 372 Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es zonas pantanosas de los grandes ríos, del ta del Poo, Ródano y costa mediterránea de la Península Ibérica, pródiga en áreas pantanosas (Mapa 11). Actualmente, a la vista de los estudios moleculares se sabe que de las 63 variantes genéticas descritas hasta ahora de las ¡3-talasemias, 20 se encuentran en el Mediterráneo, aunque con frecuencias muy dife rentes según las zonas geográficas y en cada población unas pocas va riantes son las responsables de la gran mayoría de casos. Así, en la población española, una mutación puntual, llamada ¡3 39 (en la que hay la substitución de citosina por timina en el codón 39) representa el 64 por ciento de los casos. Esta mutación presumiblemen te se originó entre los fenicios y se expandió hacia el oeste, hasta al canzar Portugal, siguiendo las rutas migratorias de los fenicios en los siglos XII y XI antes de Cristo. Otra variante (IVS-1 pos 110, con una frecuencia del 8,5 por ciento en España) probablemente se originó en la antigua población griega y se expandió hacia el este y oeste con la civilización griega, en los si glos XVIII-VII antes de Cristo. Estudio paleopatológico de nuestra casuística Falta datos sobre la incidencia de la cribra orbitaria y la osteopo rosis hiperostósica en las Poblaciones de la Península Ibérica, aunque disponemos de algunos datos sobre la morbilidad de las talasemias (Ma pa 111). Intentaremos relacionar nuestros casos con la morbilidad ac tual de las /3-talasemias que es muy baja. Respecto a las a-talasemias y la anemia drepanocítica, su incidencia es tan escasa que no la ten dremos en cuenta. Destacaremos que las tasas más elevadas de talasemias se corres ponden con la mayor incidencia palúdica. Por provincias, las más afec tadas actualmente son las del Sud y Sudoeste que alcanzan hasta el 7,4 por mil. En Ca tal uña las cifras son mucho más bajas (1 por mil) que en el resto de la Península. En el País Valenciano se eleva el 4,4 por mil y en Baleares oscila entre el 3,2 por mil de Mallorca y, nada menos, que el 70 por mil de Menorca. Estas cifras, elaboradas por el grupo GEMBTA de la Asociación Española de Hematología y Hemoterapia, son a nivel provincial. Diversos estudios han mostrado incidencias mu cho más altas a nivel microgeográfico. Asclepio- Estas cifras nos permiten divisar un panorma biopatológico donde las anemias que dan resistencia al paludismo tienen gran importancia a través de la historia. En efecto, los datos históricos que se conocen muestran siempre el paludismo como una enfermedad extendida den tro de las zonas pantanosas. El examen de estos datos han sido realizados en Cataluña y Andorra a través de los restos óseos procedentes de yacimientos de períodos prehistóricos datados desde el Neolítico Medio a la Edad del Bronce, de época romana, un solo yacimiento en Tarragona, y numerosos de la Edad Media, así como algunos que llegan hasta el siglo XVIII. En el País Valenciano, los restos examinad9s pertenecen a la prehistoria, los más antiguos datados en el Neolítico antiguo. En las Baleares se han estudiado numerosos individuos pertenecientes al período talayótico. Nuestra casuística resulta del examen de 569 cráneos (tabla 1), en los que hemos encontrado un total de 70 casos de osteoporosis (cribra orbitaria + osteoporosis hiperostósica) que representa una incidencia del 12,3 por ciento, muy por encima de los casos actuales de anemias hereditarias. El mayor número de cribra orbitaria corresponde a la in fancia que llega a representar una morbilidad del 25 por ciento. Todos los tipos de cribra orbitaria descritos por Knip han sido ob servados por nosotros (figs. 6 a 11 ). Sin duda• se habrán de observar muchos más cráneos para hacer un balance completo desde la prehistoria hasta nuestros días, pero hay que destacar que la tasa infantil de un 25 por ciento representa una alta mortalidad en los niños, aunque no debemos caer en el error de suponer que todos los fallecimientos fueron por la anemia, ya que sin duda un elevado número de fallecimientos se debieron a otras etiolo gías. En los individuos jóvenes no es posible llegar a conclusiones pues el muestreo es insuficiente. En el conjunto de los adultos la frecuencia es de 9,3 por ciento, cifra más alta que la que reporta Hengen (1971) según la latitud geográfica que corresponde al área estudiada que está entre los 39 ° y 40 ° y que según dicho autor debería ser de 7,6 por cien to. Si dentro de nuestra búsqueda se considera la totalidad de los crá neos, la cifra sobrepasa con mucho las previsiones de dicho autor, ya que se eleva hasta el 12,3 por ciento. Es difícil hablar de diferencias geográficas dentro de las poblaciones estudiadas, sobre todo a causa de no tener series paralelas en el tiem po. Es más, la frecuencia puede variar ampliamente entre poblaciones vecinas. Teniendo en cuenta estos argumentos, la incidencia más ele vada para los tiempos prehistóricos parecen encontrarse en Cataluña. La variación temporal es también difícil de discernir. Solamente en Cataluña se puede observar un mayor número de casos en la Edad Me dia que en los tiempos prehistóricos. Estos resultados estarían de acuer do con las variaciones encontradas por Angel (1967) dentro del mundo griego, pero sería necesario completarlos con otras series. La etiología de la cribra orbitaria no está bien conocida y en la bi bliografía se observan claramente dos líneas: 1) los que tienden a relacionarla con: las anemias hereditarias; 2) los que tienen solamente en cuenta las diferencias de tipo exó geno, sea por deficiencia alimentaria, por enfermedades parasitarias, infecciosas u otras causas. En la mayoría de los casos no hay una seria discusión sobre la etio logía, con una toma de posición a priori. Sin duda todos estos trabajos deberán ser reconsiderados cuando se relacionen con la causa de la disfunción y el estudio de la alimenta ción, en especial teniendo en cuenta el contenido en hierro de los ali mentos. Por nuestra parte queremos hacer algunos comentarios: 1) que teniendo en cuenta que el organismo no tiene una especifi cidad de reacción ante cada noxa y que puede responder de forma si milar ante patologías distintas, la similitud morfológica entre la cri bra orbitaria y la osteoporosis hiperostósica de la convexidad del crá neo, no es un argumento suficiente para aceptar que ambos procesos corresponden a una misma etiología; 2) que ateniéndonos a nuestra casuística, en la que hemos consta tado la coexistencia de cribra orbitaria y osteoporosis hiperostósica, hemos de aceptar que en dichos casos obedecen a una misma etiología y que probablemente se trate de una osteoporosis anémica; 3 ) que dada la coexistencia de cribra orbitaria e hiperostosis en docraneal, es probable que las lesiones de la convexidad del cráneo no sean exclusivas de la tabla externa; 4) que es ineludible una investigación necrópsica que relacione la cribra orbitaria con alguno o varios de los procesos a que ha sido atri buida su etiología. Fig. 1.-Los cuatro tipos de cribra orbitaria según la clasificación de Knip (1971). Fig. 2.-Distribución segmentaria para topografiar la cribra orbitaria, se gún Knip (1971). Fig. 3.-Distribución segmentaria para topografiar la cribra orbitaria, se gún Campillo ( 19187). Fig. 4.-Sector parietal posterior de una radiografía lateral de cráneo en un individuo de época medieval, exhumado en la necrópolis de Sant Marc; al de Terrassola (Anoia). Su osteoporosis hiperostósica muestra la típica imagen en cepillo. Su osteoporosis (ver fig. 6) está asociada a una cribra orbitaria (ver fig. 7) (radiografía de J. M. a Carnero y S. Vila). Fig. 5.-Cara endocraneal de un frontal infantil afecto también de cribra orbitaria, procedente del yacimiento neolítico de la «Cova del Frare» en Mata depera (Valles Occidental). Se observan con nitidez los focos de osteoporosis hiperostósica que se comentan en el texto y una abundante trama de surcos vasculares. Fig. 10.-Osteoporosis hiperostósica que afecta a las arcadas superciliares (asociada a cribra orbitaria) en un individuo de época medieval procedente de la ermita de Sant Martí de Lleida. Fig. 11.-Escama frontal infantil procedente de la necrópolis talayótica de Son Real (Mallorca), que muestra una osteoporosis hiperostósica bilateral. Arri ba, fotografía de Oriol Clavell, abajo, radiografía de J. M. a Carnero y S. Vila. Mapa 1.-Rutas de la probable difusión de la malaria en la prehistoria y en los tiempos antiguos, según BRUCE-CHWATT (1965). Mapa II.-Areas pantanosas y marismáticas de la cuenca norte del Medite rráneo Occidental. Mapa III.-Incidencia de la talasemia en España, según el grupo GEMBTA. es CRIBRA ORBITARIA Y OSTEOPOROSIS-HIPEROSTOSICAS El presente trabajo sólo pretende ser una introducción a la proble mática general de las osteopatías anémicas y de la cribra orbitaria, que en nuestro país precisa de nuevos estudios en profundidad.
Para lograr una comprensión general del proceso de desarrollo del conocimiento científico en una u otra rama, se hace necesario recurrir al material histórico concreto, dilucidar bajo qué condiciones se im plantó cada teoría o concepción, los factores que favorecieron e impul saron el establecimiento de una nueva concepción del mundo, las ideas y autores que tuvieron una mayor influencia, así como los objetivos que se perseguían al introducir o aplicar una nueva teoría. El estudio de la introducción de las obras de los autores más reco nocidos en materia de física a inicios del siglo XIX permite compren der y valorar la importancia que pudo tener la difusión de sus ideas científicas en nuestro país y el lugar que a este respecto ocupó entre los demás países de Latinoamérica, así como también hasta qué punto fuimos receptores eficaces de las ideas de la «nueva física» y en qué medida capaces de llevar estos conocimientos a la práctica. Un estudio de las fuentes de la física de Félix Varela (1788-1853) pue de contribuir al esclarecimiento del estado en que se hallaba la ense ñanza de esta ciencia en Cuba en la primera mitad del siglo XIX, pues la obra del presbítero Varela constituyó, sin lugar a dudas, un aconte cimiento científico y cultural en aquel tiempo. El tomo IV de sus Insti tuciones de Filosofía Ecléctica para el uso de la Juventud, y las Leccio nes de Filosofía (1), pueden servir de base para tal análisis. Félix Varela es indudablemente una de las figuras más relevantes del movimiento científico cubano que se desarrolló a principios del si glo_ XIX. Es bien conocida la gran reforma que realizara en la enseñan za de la filosofía en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, su lu cha por la liquidación del método escolástico, por la enseñanza en idio-. ma español y porque se estableciera nuestro primer gabinete de física y química experimentales. Su obra ha sido muy estudiada en sus vertientes filosófica, política y religiosa, pero no en lo relacionado con lo más importante de su acti vidad en el campo de las ciencias de la naturaleza: en la enseñanza de la física y la química tanto teóricas como experimentales. Con la excepción de algunos autores, como Manuel Francisco Gren (2), y Luis F. Le Roy Gálvez (3), que de una u otra manera han indicado la importancia de la física de Varela, no conocemos otros estudiosos que la hayan investigado, a pesar del significado que tuvo para el desa rrollo científico cubano. Indiscutiblemente corresponde a Félix Varela el gran mérito de ha ber sido uno de los principales receptores de las ideas y obras de los autores más reconocidos en Europa, en lo relacionado con las ciencias físicas y químicas, y el iniciador de la enseñanza teórico-experimental de las mismas en Cuba. En 1814, a la temprana edad de 26 años publicó en español el tomo IV de sus Instituciones de Filosofía Ecléctica para el uso de la Juven tud (4), libro que ha sido considerado como el primer texto de física escrito por un cubano, con el objetivo de formar a los jóvenes en las nuevas concepciones que constituían un argumento científico en con tra de la escolástica reinante en los principales centros de enseñanza en nuestro país. En el prólogo, Varela escribe: Presentar a la juventud estudiosa los trabajos de insignes físicos, que han recogido los más sazonados frutos en el campo de la Natura leza, es el objeto de estas Instituciones. Podrán mirarse, pues, como un extracto de las obras de Muschembroek, Nollet, Sigaud de la Fond, Paulian, Seguy, Brisson, Para, Chaveneau, Haüy, Almeyda, Basoaza bal, Celis y otros que no siempre se han citado por excusar la multi tud de citas, como el tratado de leyes del movimiento, que casi todas están sacadas a la letra de las Instituciones Lugdunenses. Desde el propio prólogo, V arela manifiesta, pues, claramente su pro pósito de encaminar a la juventud y guiarla en el aprendizaje de la físi ca basándose en las teorías, concepciones y trabajos de los autores más reconocidos y que utiliza con más frecuencia cuando escribe sus Lec ciones, en las que, por lo general, comienza con la exposición de una teoría y luego trata de ilustrarla y explicarla con experimentos. Para Varela fue objeto de constante preocupación la actualización y profundización de su enseñanza, durante el período en que ocupó la cátedra de Filosofía y tuvo a su cargo el gabinete de física, inaugurado por él en 1816. Cuatro años después de las Instituciones, publica -en 1818-sus famosas Lecciones de Filosofía, también en español, «obra que fue considerada como el mejor libro de texto de filosofía en la Amé rica de ese entonces. En ella no sólo hace una exposición general de lo mejor de la filosofía del momento, sino que también nos muestra un cuadro completo de las ciencias naturales del período» (5). En 1819 publica el tomo III y en 1820 el IV de las Lecciones de Filo sofía, que están específicamente dedicados a la física y la química y contienen láminas explicativas. En el tomo III muchas de las proposi ciones son iguales a las contenidas en el tomo IV de las Instituciones, otras han sido corregidas y enriquecidas con las nuevas experiencias y nuevos adelantos de la ciencia. Al parecer, Varela pensaba escribir un V tomo, que por razones económicas no pudo imprimirse. Bachiller y Morales se refiere a esto en sus Apuntes, cuando escribe que « por lo costoso de éstas [ las lecciones ] no publicó el quinto -y agrega que-fueron me j orando sus ediciones sucesivas en el extranjero, hasta la quinta, y sirvió de texto en la Isla y otros puntos de la América española por muchos años» (7). Sobre la enseñanza de la física en Cuba y otros países Las Lecciones de Varela, como se ha mencionado, se utilizaron pa ra la enseñanza no sólo en nuestro país, sino que al parecer trascendie ron y tuvieron buena acogida en otros países de Latinoamérica. En ese sentido se manifiesta José Ignacio Rodríguez al señalar: «Tenemos en tendido que en México se han hecho algunas ediciones de esta obra. Allí sirvió de texto en muchos de los establecimientos públicos, y he mos conocido aquí varias personas, naturales de aquel país, que estu diaron por este libro» (8). De esa forma, podemos apreciar que la ense ñanza de esta ciencia en nuestro país tenía un determinado grado de desarrollo y se adelantó a la de otros países de América Latina. Desconocemos si en Nueva España (México) se publicó alguna obra dedicada a la enseñanza de la física, y es posible que por ello el libro de Varela sirviera de texto en muchos de los establecimientos públi cos de ese país. Pero sí podemos afirmar que se publicaron trabajos que contenían nociones de física, geometría, óptica, electricidad y otros. Tales son algunas de las obras de Benito Díaz de Gamarra (1745-1783), principal reformador de la filosofía en México, citado por Varela en sus Lecciones y quien, al parecer, ejerció una gran influencia en él. Gamarra realizó viajes por varios países de Europa, tales como Es paña, Portugal e Italia, y se doctoró en la Universidad de Pisa. Cuando regresó a México, enseñó en el Colegio de San Miguel, «en el cual renovó la docencia, implantó un nuevo plan de estudios y trató de reorganizarlo para colocarlo al nivel de las instituciones europeas. Su obra más importante fue Elementa Recentioris Philosophiae que, al decir de los censores, contenía lo selecto de las doctrinas de los filó sofos modernos. En dicha obra se ocupó de historia de la filosofía, ló gica, metafísica, ética, geometría y física. También escribió Academias Filosóficas, donde disertó sobre física, electricidad y óptica» (9). El filósofo e historiador de la ciencia mexicano Elí de Gortari refie re también que el «Real Seminario de Minería, inaugurado en 1792 y que fuera el de mayor envergadura científica, tuvo laboratorios de fí sica, con máquinas, hornos y utensilios diversos de mineralogía, quí mica y análisis metalúrgicos, que fueron los primeros laboratorios cien tíficos modernos que hubo en México» (1 O). Otro autor, José Ignacio Bartolache (17 39-1790), publicó en 1769 sus Lecciones de Matemáticas, y en 1772 el Mercurio Volante, con noticias. importantes y curiosas sobre varios asuntos de Física y Medicina, que fue la primera revista médica que se publicó en América, 18 años an tes de que aparecieran las de Cuba y los Estados Unidos (11). En la Nueva Granada (Colombia) «el primer libro de texto impreso en español para la formación de jóvenes en la física experimental, ela borado por un profesor de amplia experiencia en la materia, fueron las Lecciones de Física, para los jóvenes del colegio Mayor Seminario de San Bartolomé, redactadas por José Félix de Restrepo (12), un ilus trado perteneciente a las primeras generaciones de colombianos que por influjo directo de José Celestino Mutis rompieron con la física es colástica y peripatética» (13). De lo anterior se deduce que, once años después de la publicac: ión del tomo IV de las Instituciones, aparecen en la Nueva Granada, en 1825, las Lecciones de Física, que al decir de Arboleda, son el primer texto autóctono de física experimental en la periferia colombiana no-colonial. Es importante el hecho de que, tanto en Cuba como en la Nueva Gra nada, las Lecciones, unas denominadas de Filosofía y las otras de Físi ca, fueron escritas para los alumnos de los colegios seminarios, el de San Carlos y San Ambrosio de La Habana y el de San Bartolomé en Bogotá, respectivamente, lo que reafirma la notable diferencia entre la enseñanza universitaria, de carácter escolástico, y la extrauniversi taria, dedicada principalmente a formar a la juventud y prepararla en el conocimiento de las ciencias naturales y técnicamente para que res pondiese a las necesidades crecientes del desarrollo del país. Además, ambas Lecciones constituyen el primer libro de texto de física experimental en sus respectivos países y sirvieron de manual para la enseñanza y difusión de la misma durante muchos años, lo cual re vela la notable importancia y el valor que tuvieron estos textos cientí ficos en la reforma pedagógica de aquel entonces. Muestra adicional de ello es que el libro de Félix Varela alcanzó cinco ediciones. José Antonio Saco, discípulo de Varela, quien lo sucedió en la ense ñanza de la física en el Seminario durante 1821-1824, en el preámbulo del artículo Estado de las ciencias físicas en La Habana en los años 1823 y 1824, al referirse a la gran importancia que tuvo la labor de su maes tro en el gabinete de física, escribió: San Carlos, era la misma que en las naciones más adelantadas de Euro pa. Y no se crea que tan brillante progreso empezase en la época men cionada, n. i que tampoco a mí se debiese. Débese sí, a la gran revolu ción literaria que desde 1812 hizo el venerable sacerdote, el esclareci do cubano don Félix V arela, de quien tuve yo primero el honor de ser discípulo, y después el de sucederle en la cátedra ( 14). Otro discípulo de Varela, José de la Luz y Caballero, en su informe sobre la organización del proyectado Instituto Cubano, propuso que el texto de su maestro se utilizara en las clases de física de dicha insti tución: La física puede enseñarse con ventaja por los tomos 2. 0 de las Lecciones de Filosofía del señor Varela (15), con sólo agregarle un tratado de astronomía física, cuyo trabajo podrá exigirse al profesor que se encargue de la clase. Son varias las dotes que recomiendan la obra del señor Varela para la enseñanza. Es breve, está al nivel de los últimos descubrimientos, redactada bajo un excelente [sic] plan; y en cuanto a su estilo, baste decir que en concepto de la Comisión, nin gún escritor ha dado entre nosotros mejores muestras de lo que debe ser un lenguaje [sic] verdaderamente didáctico (16). A través de la valoración que hicieron sus discípulos, notamos la importancia que tuvo la pedagogía científica del gran maestro. No está bien esclarecido de qué forma y a través de quién recibía Varela las obras en las cuales se basó para elaborar sus Lecciones. Só lo tenemos la referencia que nos da José Ignacio Rodríguez de que: Los discípulos del Padre Varela, que hemos alcanzado y con quie nes hemos tenido la felicidad de conversar, nos han contado que reci bía los libros y periódicos que se publicaban en Europa sobre cien cias físicas, y que se mantenía, y mantenía a sus alumnos, al corrien te de los últimos descubrimientos y de las novedades má� recientes [... ], se admira uno que entonces se enseñasen en La Habana las mis mas doctrinas, que sólo un año antes habían sido expuestas en Euro pa, y se las comprobase con los mismos experimentos (17). Una de las personalidades que mayor apoyo brindaron a Varela pa ra la creación y desarrollo del gabinete de física experimental fue el obispo Juan José Díaz de Espada (1756-1832), quien donara un año des pués de la inaugur�ción del gabinete, es decir en 1817, la máquina neu mática, la eléctrica, las cajas galvánicas y otros aparatos, además de un sistema planetario movible. Espada respaldó a Varela en todos sus empeños en favor de la instrucción de la joven generación de la época. Los aparatos e instrumentos, traídos de Inglaterra, eran modernos y fueron construidos en las mejores fábricas de ese país, como por ejem plo, los de la casa Adams, de mucho crédito en su tiempo. Varela, con la ayuda de estos instrumentos, ilustraba y comprobaba las teorías que explicaba en sus lecciones. Los conocimientos teóricos adquiridos por medio de la lectura auto didacta de autores europeos de renombre internacional, le sirvieron de base para proponer aparatos e inventar procedimientos, como el que propusiera para bajar la temperatura del aire, purificarlo y renovarlo en las salas de los hospitales (18). Resulta conveniente resumir, brevemente, el contenido de las Lec ciones de Varela. El Tomo III consta de nueve lecciones. Comienza con una introducción al tratado de los cuerpos o al estudio del universo, en la que Varela ofrece una breve explicación acerca de la relación en tre la física y las matemáticas, tan necesarias para el desarrollo y com prensión de la primera, y argumenta, según la experiencia de Biot, a quien consideran como uno de los físicos franceses de mayor reputa ción, que la enseñanza de la física se hacía más comprensible a los jó venes si se reducía en la mayor medida posible lo concerniente a las investigaciones matemáticas. Las lecciones del tomo III, por lo general, tratan de mecánica, está tica, cinemática, dinámica, hidrostática, hidrodinámica, acústica, y cul minan con una explicación del funcionamiento de las máquinas de va por y de sus partes, tomada del Manual para el conocimiento y uso de las máquinas de vapor, escrito por Carlos Hernández (19); además con tiene la descripción de un trapiche movido por una máquina de vapor de diez caballos de fuerza. El tomo IV, publicado en el año 1820, consta de ocho lecciones y comienza con la segunda parte del tratado de los cuerpos o estudio del Universo. Contiene, en general, nociones de química con una explica ción de los instrumentos químicos de la época, luego se trata el calóri co, el lumínico, la óptica, los instrumentos que se usan para medir la luz, la combustión, la electricidad y el electromagnetismo, para culmi nar, en la lección VIII, con unas nociones de magnetismo. Sin hacer más hincapié en las partes y la estructura de la física de Varela, ya que sobre ello escribió Manuel F. Gran en su artículo Félix Varela y la Ciencia, parece necesario aclarar, como bien hiciera el cita do físico, que: «En ellas [las lecciones] no se encuentra el orden medio generalizado en la actualidad y así se topa con el estudio de los gases al fin del segundo tomo, después de expuestos los principales meteo ros» (20). Especial atención merece la determinación de los au tares y fuentes más citadas por Varela, teniendo en cuenta que en el tomo III mencio na un total de ochenta autores y cita alrededor de treinta y tres obras y en el tomo IV menciona un total de 117 autores y cita 25 obras. En la siguiente tabla aparecen los autores más mencionados con una rela ción de sus obras en cada tomo. El autor más citado por Varela, como hemos visto, fue Isaac New ton, a quien calificara como «Padre y maestro de la física, celebérrimo matemático, prez y gloria de las letras, de clarísimo y seguro juicio y de insuperable pericia en la investigación, que merece ser considerado (permítase decirlo) como el primero entre todos, en la explicación de la naturaleza» (21). Las influencias son diversas en Varela y las re. dbe mayormente de autores europeos no españoles, a excepción de Feijóo, lo que al pare cer refleja el poco desarrollo que había alcanzado la física en España en comparación con otras naciones europeas, principalmente Francia e lngla terra. Varela, tomo se conoce, continuó la labor de su maestro, el padre José Agustín Caballero, de luchar en el terreno ideológic. o contra la es colástica, tan arraigada en todos los centros de enseñanza del país, y establecer que la experiencia y la razón son los únicos procedimientos para enriquecer los conocimientos físicos. La física era el principal instrumento para romper con el método escolástico dentro de las ciencias naturales. Varela supo comprender la importancia de esta ciencia, que contribuyó en el aspecto ideológico a la formación de una nueva concepción del mundo y sirvió como base para la formación técnica de la juventud; por ello se dedicó a su estu dio detallado, a su difusión y enseñanza. Ya en 1814, en el tomo IV de sus Instituciones, dedicado a la lógica, Varela destaca -en la figura de Galileo-la importante función de la nueva mecánica dentro del cuadro científico del mundo elaborado en el siglo XVII. Las tres sectas que se acaban de mencionar [se refiere a los tomis tas, escotistas y nominalistas] y que siguen la doctrina de Aristóteles bajo diferente jefe o intérprete, int_egran la secta escolástica, que flo reció en todas partes hasta que Galileo Galilei, egregio matemático del Duque de E truria, el inglés Francis Bacon, V aron de Verulam y el celebérrimo médico español Antonio Gómez Pereira, no pudiendo ya soportar con ánimo tranquilo el yugo aristotélico trataron de sa cudírselo con todas sus fuerzas e instauraron, o al menos iniciaron, la verdadera filosofía (22). El nuevo método de investigación que, en las figuras de Bacon, Des cartes y Newton triunfó sobre la escolástica y condujo a la creación de una nueva ciencia, fue introducido por Varela en �u pedagogía, que tuvo como objetivo no sólo el conocimiento de las ciencias, sino al mis mo tiempo la aplicación de las mismas a necesidades de la vida social (23). Recibió diferentes influencias de los científicos que lucharon audaz mente contra los caducos métodos escolásticos y que se reunieron en torno a los centros donde se propagaba y desarrollaba la nueva cien cia: las sociedades o academias científicas. Probar y comprobar de nue vo en la experiencia y no guiarse sólo por las palabras, eran los• lemas que regían la actividad de la Real Sociedad de Londres, fundada en 1661 y que reunió en su seno a Robert Boyle, Halley, Hooke, y que tuvo co mo uno de sus notables miembros a Isaac Newton, quien fuera su pre sidente durante varios años. A pesar de que menciona a Descartes en las Lecciones, la concep ción de Varela era mayormente newtoniana y los autores que cita, por lo general, eran de la propia tendencia. A través de ellos logró alcan zar, por primera vez en nuestro país, una notable cultura en el campo de la física y la química, un saber que procuró trasmitir y emplear en beneficio del progreso y de la instrucción de las nuevas generaciones. (13) ARBOLEDA, Luis CARLOS (1987): «Acerca del problema de la difusión científica en la periferia: el caso de la Física Newtoniana en la Nueva Granada.» Revista Latinoameri cana de Historia de las Ciencias y la Tecnología (QVIPU). 4, núm. 1, ( (18) VARELA explicó estos procedimientos en su artículo «Indicaciones sobre la me jora de los hospitales en climas cálidos», que se publicó en el Repertorio Médico Haba nero, N. 0 5, Marzo de 1841, por el Dr. Nicolás J. Gutiérrez. Además se reprodujo en los Anales de la Academia de Ciencias de La Habana, 1912-13, t.
ARQUIOLA, E.: «La aplicación del método analítico al estudio de la en fermedad en Francia en el tránsito del siglo XVIII al XIX. » Los médicos franceses que vivieron el tránsito del siglo XVIII al XIX opta ron mayoritariamente por recurrir al método analítico para proporcionar ri gor y certidumbre a la Medicina. Junto al importante papel que en esta tarea desempeñó Cabanis no hay que olvidar que a ella colaboraron numerosas figu ras de la medicina francesa. En el presente artículo se expone la manera cómo se llevo a cabo la aplicación del método analítico al estudio de la enfermedad, tanto a la nosología, como a la semiología, al diagnóstico y al tratamiento. de otros paleopatólogos que han investigad9 este tema, e intentan su cürrela ción actual con la talasemias y el paludismo en nuestro país. Finalmente en sus conclusiones consideran que probablemente no exista una etiología �xclusiva para la cribra orbitaria y la osteoporosis hiperostósi ca, aunque con frecuencia cuando coexisten obedezcan a la misma causa, pu diendo estar relacionadas con las anemias y el paludismo, siendo ineludible profundizar en la etiología e incidencia actual de la cribra orbitaria, ahondan do en los estudios necropsicos. CASTRO, J.: «La construcción de la regla e�pañola. » A mediados del siglo XIX se afrontó un proyecto largamente deseado por científicos y políticos españoles: la elaboración de una carta de España preci sa. Iba a ser la mayor empresa científica española del siglo. Las labores geodé sicas realizadas para la formación de la misma fueron de gran calidad, y situa ron a la Alta Geodesia española en vanguardia mundial. El primer éxito lo pro porcionó el diseño, construcción y posterior y utilización de un aparato de me dir bases, la Regla Española, auténtico ejemplo de precisión y también prime ra tarea de quien con posterioridad habría de ser la máxima figura de la Geodesia española: Carlos Ibáñez e Ibáñez de Ibero. El presente trabajo además de reseñar los orígenes del proyecto del mapa y analizar someramente las características de la Regla, resalta el dificultoso proceso de construcción de la misma. DAVID-PEYRE, Y.: «Purgación y catarsis: tema literario ambiguo de la literatura del Siglo de Oro. » La lectura de un excelente libro de J. Pigeaud, así como los múltiples testi monios que sobre el tema ofrece la literatura del Siglo de Oro, llevaron a la autora de este trabajo a indagar el tópico de la catarsis en la literatura españo la de la época. La catarsis es un concepto ambiguo, que designa tanto la purgación del al ma como la del cuerpo cargado de humores pecantes. Así como la literatura francesa privilegia especialmente los aspectos cómicos o burlescos de esta cues tión, la española -teatro, poesía, ensayo, novela-lo utiliza para ilustrar re flexiones más complejas, presentándolo como panacea en la conservación de la salud y preocupación cotidiana del hombre angustiado; ello, lo mismo en sentido metafórico que metonímico. A través de ejemplos literarios de diversa índole, especialmente de los Autos sacramentales, este trabajo desarrolla tales reflexiones, subrayando lo que el Siglo de Oro debe al pensamiento hipocrático y aristotélico, acogiendo y di versificando una tradición que todavía perdura, preservada por un vocabula rio digno de estudio semántico. DíAZ MOLINA, L.: «La ciencia moderna en Cuba a principios del siglo XIX: las fuentes de la Física de Félix Varela. » La compresión del proceso de desarrollo del conocimiento científico obli ga a recurrir al material histórico concreto, que permita dilucidar las condi ciones bajo las cuales se implantaron las teorías, los factores que favorecieron el establecimiento de una nueva concepción del mundo y las ideas y autores que tuvieron mayor influencia en la introducción de una nueva teoría. De este modo, el estudio de la introducción de las obras de los autores más conocidos en la Física de comienzos del siglo XIX permite comprender y valo rar la importancia de la difusión de sus ideas científicas en cualquier país, com parándola con el resto de la comunidad científica. La autora de este trabajo ha estudio las fuentes de la Física de Félix Varela, contribuyendo así al esclarecimiento del estado en que se hallaba la enseñan za de esta disciplina en Cuba, en la primera mitad del siglo XIX. GARCÍA GUERRA, D.: «La lesión vital en el pensamiento nosológico de G. L. Bayle.» Aunque la contribución más importante de G. L. Bayle (1774-1816) al desa rrollo del pensamientro anatomoclínico lo constituye el concepto de «especifi dad lesiona!», tal como aparece formulado en sus trabajos sobre la tisis pul monar, su concepto de enfermedad presenta algunos aspectos en que el papel. de la lesión anatómica se muestra mucho menos relevante. El objetivo de este trabajo es analizar el papel que en su pensamiento nosológico juega la noción de «lesión vital» que, especialmente en sus trabajos póstumos, adquiere un pro tagonismo importante. The object of the present article is to examine La sociedad argentina, especi�lmente la de Buenos Aires, experimentó un cambio social profundo en la segunda mitad del siglo XIX.La inmigración ma siva, el aumento y transformación de los sectores populares y el acelerado pro ceso de urbanización, motivaron el diseño de políticas concretas de control so cial, que implicaron una mayor intervención estatal. En ese proceso de creciente intervención estatal, la estrategia fundamen talmente caritativa aplicada hasta entonces en el área de los cuidados de la salud y control de la pobreza, fue reemplazada paulatinamente por otras que implicaban un control «capilar» de la sociedad. Sin embargo, la institución hos pitalaria, eje fundamental de la vieja política caritativa, siguió cumpliendo, por razones presupuestarias, administrativas e ideológicas, un papel central en el nuevo sistema representado por la importancia creciente de la Asistencia Pública. El autor subraya cómo esta continuidad limitó el alcance del nuevo siste ma de salud ideado por los más prominentes médicos de la época. LARSEN, K. S.: «Gabriel Miró y la individualidad endocrina. » A lo largo de su carrera literaria, Gabriel Miró (1879-1930) trató de muchas enfermedades y otras cuestiones médicas en su ficción. Una de éstas que más le preocuparía, el tema de la individualidad y unidad humanas frente a la mul tiplicidad celular del cuerpo particular y la pluralidad de todos los seres vi vientes, se estudia a fondo en «Razón y virtudes de muertos» (1914), ahora par te de la novela Libro de Sigüenza (1971). Aquí discute los posibles efectos surti dos por el experimento de un médico de Chicago, quien injertó en unas muje res locas un extracto de glándulas de los cadáveres de personas cuerdas. Miró habla de las ramificaciones de tal tratamiento en la personalidad del indivi duo, meditando el brave new world hormonal. Esta crítica mironiana tiene que entenderse en el contexto de otros experimentos semejantes realizados por mé dicos y autores de ficción, incluyendo a Cajal, Pi Suñer, Zola y Marañón, de cuya obra Miró estaba al tanto. LóPEZ PIÑERO, J. M.: «Las "nuevas •medicinas" americanas en las obras (1565-1574) de Nicolás Monardes.» La introducción en Europa de la materia médica americana se inició con las primeras noticias sobre los productos curativos del Nuevo Mundo conteni das en los textos colombinos y en otros escritos directamente relacionados con los descubrimientos (Pedro Martir de Anglería). A esta fase inicial siguió otra de «primeras descripciones» (Gonzalo Fernández de Oviedo), culminada, pasa da la primera mitad de la centuria, por las contribuciones de Monardes y F. Hernández. El presente trabajo estudia las tres partes de la Historia Medicinal de las Cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en Medicina (1565-15747 de Monardes, que ocupan una posición central en el proceso de introducción en Europa de la materia médica americana. El autor de este artí culo intenta contribuir al análisis de su contenido, considerando las «nuevas medicinas» desde la perspectiva de la historia de la terapéutica. MALET, A.: «Cambio de nociones sobre la proporcionalidad en las ma temáticas pre-modernas. » Una razón entre dos objetos matemáticos era definida en los Elementos de Euclides como «una clase de relación respecto del tamaño entre dos magnitu-des del mismo tipo»; las razones no eran números ni magnitudes geométricas en los Elementos. Sin embargo, durante la primera mitad del siglo XVIII las ra zones fueron identificadas con magnitudes numéricas. Para entender los cam bios que afectaron a las nociones de razón y de proporcionalidad durante los siglos XVI y XVII hay que distinguir, y responder separadamente, a dos cues tiones. La primera concierne al status numérico de los objetos comparados en una razón, o términos de la razón. Esta dificultad había sido superada a prin cipios dél siglo xvn, en el sentido de que en la práctica toda clase de términos había sido identificada con una magnitud numérica. La segunda dificultad con cierne al status de las razones mismas; esta no fue superada hasta bien entra do el siglo XVIII. El presente artículo dedica particular atención al problema de la influencia de la noción medieval de denominación de una razón. Gracias al libro de álgebra de Pedro Núñez es posible demostrar que ya a mediados del siglo XVI este concepto se había fosilizado y había perdido todo su poder «aritmetizador». Se arguye, además, que sólo es posible entender los cambios sufridos por las nociones de razón y proporcionalidad haciendo referencia al contexto social, y particularmente a los llamados libros de abbaco. MOLERO MESA, S.: «Francisco Moliner y Nicolás (1851-1915) y el inicio de la lucha antituberculosa en España.» Las primeras propuesta de organización antituberculosa surgieron en Es paña muy tempranamente, patrocinadas por Antonio Espina y Capó (Madrid, 1889) y Luis Comenge y Ferrer (Barcelona, 1892). Ambas iniciativas fracasa ron al no encontrar el eco apropiado entre los médicos españoles. En este año abrió el Sanatorio de Porta-Coeli para tuberculosos indigentes, primero de este tipo que se erigía en nuestro te rritorio. Además fundó con éxito la Liga Nacional contra la Tuberculosis y de socorro a los tísicos pobres. Su campaña aspiraba a que el Estado crease en toda España sanatorios populares que tendrían al de Porta-Coéli como-mode lo. Para Moliner, la asistencia al tuberculoso pobre en estos centros reporta ría la ventaja de aislar los focos de infección además •ae mantener la paz so cial. Esta última, sería posible gracias a que la instauración de estos centros transmitiría al proletariado una sensación dejusticia social. Sus movilizacio nes contribuyeron a la divulgación de las teorías contagionistas entre la socie d�d española e influyeron en el posterior desarrollo de la lucha antituberculo sa oficial que se inició en 1906. PÉREZ DE NUCCI, A.: «Medicina tradicional del noroeste argentino: "En fermedad del susto" y "Ojeadura". » a la mirada, y a través de ésta se produce la introdjcción de la enfermedad en el cuerpo. El uso de elementos de color rojo se halla también presente en esta opera ción, al igual que en otras culturas. En la Argentina 1l as madres usan todavía un punto de hilo o lona rojos para curar o prevenir ell hipo, las dispepsias del lactante y la «enfermedad del susto».. A través de estos tres elementos seleccionados, el autor de este trabajo ha querido ilustrar los dos padecimientos, la «enfermedkd del susto» y la «ojea dura», de tanta raigambre y difusión en la medicina tradicional del noroeste argentino, abriendo así un pórtico a la investigación h�stórica y antropológica de esa región. "enfermedad del susto" (fright sickness) and' Ojeadura" (evil eye). » RODRÍGUE:Z-MERINO, J. M. a: «Del biomecanicismo al hiotecnologismo en la biomedicina ilustrada española. » 1 A causa de la Ilustración, España entró en la ola de modernidad y tono re volucionario europeos. Una de las primeras comunidádes científicas que pri mero divulgó la modernidad ilustrada fueron los méditos. Estos, a lo largo del s. XVIII intentaron construir una biología téorica no-re: duccionista basados en el hecho de que la biomedicina no avanzaba de modo lineal sino a base de teo rías rivales y antagonistas. El progreso epistemológicd de la biomedicina ilus trada se puede representar por medio de la analogía bacdmiana del filósofo araña o razonador, hormiga o acumulador y abeja o productor. El biomecanicismo es el modelo araña que se introdujo durante la primerk mitad del s. XVIII, mo delo que se llegó a tener como necesario y suficiente pdra explicar toda la acti vidad animal. Con el bioempirismo o modelo hormiga lbs biomédicos trataron desde 1740 a 1770 de realizar y acumular experiencias 1' Thís epístemologícal progress brought many bíomedícal concepts how írrítabílíty, generatíon, regeneratíon, organízatíon, auto regulation.
Si todavía en el siglo XVII podía existir una cierta franqueza o per misividad, en lo que a las palabras y al conocimiento de determinadas prácticas sexuales se refiere, es evidente que tal escala de valores no permanecía vigente en el siglo XIX. Los códigos sufrieron un importante y marcado cambio, y la sexua lidad se hizo una práctica privada, intimista, reducida a la unión con yugal y limitada al ejercicio de la reproducción. La norma: el silencio, y todo lo que fuera hablar de sexo se convirtió en tabú. Lo que no está dirigido a la reproducción de la especie es presenta do como patológico y, «si verdaderamente hay que hacer lugar a las sexualidades ilegítimas, que se vayan con su escándalo a otra parte: allí donde se puede reinscribirlas, si no en los circuitos de la produc ción al menos en los de la ganancia. El burdel y el manicomio serán esos lugares de tolerancia: la prostituta, el cliente y el rufián, el psi quiatra y su histérico -esos «otros victorianos» (1). La ciencia médica, subordinándose a los imperativos de la moral, acabará jugando su papel al promover un sentimiento de temor y re pulsa hacia las más mínimas variantes de la sexualidad. Las enferme dades nerviosas, las mentales y diversas alteraciones de la conducta, fueron relacionadas estrechamente con el onanismo y con los excesos y desviaciones de la vida sexual, formando parte de un discurso enca minado a sustentar ideológicamente el cada vez más importante apa rato de control social. Resulta evidente que en aquellos terrenos en los que la medicina entra en relación con la sociedad que la rodea, lo nor mal y lo patológico dejan de ser valoraciones objetivas para convertir se en decisiones sociales, especialmente en disciplinas de tanta tras-cendencia como la psiquiatría y la medicina legal -su compañera in separable durante años-. Esta decisión se la arroga en muchas oca siones el poder que, utilizando con mejor o peor fortuna ciertas teo rías científicas, es capaz de marginar o reducir a grupos de pe�sonas consideradas peligrosas o diferentes. De este modo, la historia de la psiquiatría pasa a formar parte también de la historia de los poderes públicos, en tanto que supuso una de sus más eficaces armas para pre servar la norma establecida y para combatir no pocas formas de disi dencia. La medicalización y la psiquiatrización de la sexualidad fue tan sólo una consecuencia más de este proceso. Un proceso que, con antecedentes innegables, girará en torno a la desigualdad de los sexos. No pocos tratadistas insistirán en una «desi gualdad biológica», aduciendo motivos no sólo fisiológicos sino también patológicos como la predisposición de la mujer a la histeria; de tal mo do que si bien «en el siglo XVIII se discutía más abstractamente o se analizaban las particularidades patológicas. Se trataba de la "hechu ra" de la mujer. Ahora se empieza a hablar de su posible "acción"» (2). La Iglesia, la ciencia oficial, los políticos, los filósofos... todos opi narán sobre tan controvertido asunto, pero el acuerdo es unánime en cuanto al reconocimiento de la inferioridad del sexo femenino. Tan sólo en el seno del socialismo utópico se pueden hallar puntos de vista en contrados; mientras Proudhon subraya la incapacidad total de la mu jer, negando la posibilidad de que surja un genio entre ellas (3), -idea que posteriormente oíremos repetida en Schopenhauer-, otros utópi cos fueron defensores acérrimos de la emancipación de la mujer y de su consideración en un plano de igualdad con el nombre; así Saint Simon partidario de la «liberación de la carne» o Fourier, quien viene a afirmar en su Théorie des quattres mouvements, ql}.e el progreso so cial depende del avance de la mujer hacia la libertad, argumento que se popularizará a través de las novelas de George Sand. • Pero, además, la segunda mitad del siglo XIX es un momento en el que, como bien ha indicado T. Tanner, «se resquebrajan los sistemas tradicionales, se desacreditan los valores burgueses, se empieza a du dar de la santidad del matrimonio y de la impermeabilidad de las cla ses sociales» (4). Esta decadencia fin de siglo de los valores estableci dos favoreció, entre otras cosas, el movimiento. de liberación de la mujer. Hacia la mitad del siglo pasado se empieza a hablar en toda Euro pa de la «mujer incomprendida», en contraposición con el modelo de «madre y esposa». Sin embargo, el problema de la independencia fe menina se complicará por motivos políticos; en todo_ s los países las que abogan por la emancipación -y nos referimos aquí a las limitadas ini ciativas burguesas ligadas, en general, al sufragismo-suelen afiliar se a grupos revolucionarios y; por consiguiente, se ven sujetas a su mis ma dinámica política, como la represión después de la eliminación de Robespierre en Francia, el retroceso en Rusia debido a la persecución de los nihilistas tras el atentado de 1866, la reacción negativa en Ale mania al fallar la revolución de 1848 y! en general, el miedo al comunismo. Lo biológico y lo social se entremezclan, una vez más, en el devenir histórico; argumentaciones psico-biológicas encaminadas a justificar comportamientos contra la norma y discursos «científicos», que a la vez quieren ser «éticos», jalonan la literatura decimonónica y dan so porte a la famosa doble moral burguesa. Una doble moral basada en el papel que desempeña la familia burguesa -la monogámica tradicional-en la sociedad capitalista y que responde a dos claras ne cesidades del sistema: reforzar la figura del hombre propietario y ga rantizar la legitimidad del heredero. Así lo explica L. H. Morgan en 1877, cuando escribe: « En realidad fue el desarrollo de la propiedad y el deseo de que fuera transmitida a los hijos lo que hizo de fuerza motriz para introducir la monogamia como medio de asegurar herederos legítimos y limitar su número a la progenie efectiva de la pareja conyugal» (5). La familia surge, pues, sobre la base de la destrucción de las estruc turas de la sociedad preclasista, en un momento histórico en que los individuos empezaron a apropiarse del excedente creado por el traba jo colectivo de la comunidad conservándolo como propiedad privada. «Conforme empezó a desarrollarse la propiedad privada hubo de crear se un mecanismo o institución que regulara y mantuviera la distribu ción desigual de las necesidades de la vida. El sistema familiar es, pre cisamente, esa institución que viene a librar a los grandes propietarios de cualquier responsabilidad por el bienestar de los demás ya que tan sólo deberá velar por el de los suyos. Además de la familia se necesi tan, lógicamente, otras instituciones y los sacerdotes, la policía, las le yes, los jueces y las cárceles surgieron como algo necesario para man tener esta nueva división de las riquezas por medio de la fuerza y la violencia» (6). El mantenimiento de la institución familiar es, pues, una de las más importantes preocupaciones de la burguesía; gracias a ella, puede man tener y perpetuar sus privilegios, pero para ello, tendrá que recurrir a una moral sexual que afectará de manera desigual a ambos sexos, una doble moral que, en beneficio del hombre, llegará a negar a la mujer_ Asclepio-11-1990 su derecho a la sexualidad. Monogamia oficial, adulterio y heterismo se convierten, como es sabido, en las tres características fundamenta les de la sexualidad burguesa, descrita de manera magistral por F. En gels en El origen de la familia (7). Es cierto que el siglo XIX aparece como un tiempo de prohibicio nes y represiones selectivas sobre lo sexual; pero no lo es menos, como bien podrá verse en los trabajos que siguen a esta introducción, que paralelamente se asistió a una explosión de discursos -en su mayoría médicos-en torno a estos asuntos. En última instancia la aparición de un deseo, de una necesidad, de ocuparse de ellos, pero siempre den tro de determinados límites que lo permisible y no censura ble como el de la medicina o la literatura. Y así, los distintos conteni dos acaban marcando el acento en la heterogeneidad de la sexualidad y la multiplicidad de conductas que de la misma podían encontrarse. Con todo, hace ya algunas décadas que insistentemente nos pregun tamos: ¿ estaremos ya liberados, en nuestro tiempo, de una historia de la sexualidad como crónica manifestación de una represión continua?, ¿ o serán falsas liberaciones como la que ofrece el psicoanálisis con el que nada se ocuha, todo se habla, pero, siempre, en el espacio privado -y cerrado-de la consulta? Aunque su pensamiento llegue a tener una gran difusión y todo lo impregne, aquello que se diga sobre el sexo seguirá siendo íntimo y reducido a un terreno de gran reserva, al de la escucha del psicoanalista. Sobre estos ejes fundamentales -norma y transgresión, control so cial, sexualidad y conocimiento, discurso psiquiátrico-pivotan buena parte de las aportaciones que componen este número monográfico de Asclepio. La mayoría de los trabajos en él contenidos responden a los materiales presentados en las II Jornadas de Historia de la Psiquiatría y del Psicoanálisis que, organizadas por el Consejo Superior de Inves tigaciones Científicas y la Asociación Española de Neuropsiquiatría se celebraron en el Centro de Estudios Históricos del CSIC en Madrid los días 4 y 5 de mayo de 1989. La imposibilidad de reproducir dichos ma teriales en su totalidad y las características de formato de esta revista, nos han obligado a publicar también otros artículos sobre el mismo ámbito de conocimiento que no fueron presentados en las jornadas y que pretenden completar este número monográfico. A lo largo de estos trabajos podrá verse cómo el alumbramiento del saber sobre la sexualidad puede surgir desde el interior de diferentes discursos, desde aquellos que nos hablan de las instituciones, de la prác tica médica, de la literatura, la antropología... Estos diversos acerca-mientas -multi e interdisciplinares-a la sexualidad, son muestra de los distintos mecanismos que pueden incitarnos a hablar del tema, con «voluntad de saber». ¿A qué se debe que investigadores desde tan diferentes enfoques, se ocupen hoy de la historia de la sexualidad?; y¿ a qué se debe el que, en una sociedad como la actual, la sexualidad ya no sea simplemente el factor de la reproducción de la especie? Una posible respuesta nos la da Michel Foucault: «el sexo ha sido siempre el núcleo donde se anuda, a la vez que el devenir de nuestra especie, nuestra verdad de sujetos humanos» (8). Nuestra tarea en esta ocasión bien puede ser, una vez más, intentar comprender. La historia, la literatura, la psiquiatría..., tal vez puedan servirnos de eficaces herramientas hermenéuticas en esa pretensión, totalmente utópica y fracasada de antemano, de llegar a «nuestra ver dad de sujetos humanos». La voluntad de saber. El adulterio en la novela realista. De manera particular, el primer capítulo titulado La mujer en la reali dad del siglo XIX, aporta aspectos generales de la situación de la mujer europea en el siglo pasado. ( El origen de la familia, de la propiedad privada y del estado. Como se sabe, en El origen de la familia..., su autor revisa las teorías del antropólogo americano Lewis Morgan expuestas en su obra Ancient Society... Las eta pas por la que, según Morgan, ha pasado la institución familiar han sido las siguientes: a) familia consanguínea; b) familia punanlúa (matrimonio por grupos); c) familia sindiás� mica (pareja estable sin cohabitación exclusiva); d) familia patriarcal; e) familia monó gama (pareja estable con cohabitación exclusiva), siendo esta última forma de relación entre los sexos propia, desde hace milenios hasta la actualidad, del mundo y la cultura occidentales.
ENSAYOS FIRMES CONVICCIONES, FRÁGILES EXPLICACIONES Máximo Sandín CAMILO JOSÉ CELA CONDE; FRANCISCO J. AYALA, Senderos de la evolución humana, Madrid, Alianza, 2001, 631 pp. Si hemos de creer a las personas que Charles Darwin denominaba «de cualidades superiores» que, según su lógica, han de ser las que dirigen los destinos de la Humanidad, existe algo denominado «Mundo civilizado». Entre la hermosa lista de valores que lo caracterizan destacan unas raíces culturales que se precian de racionalistas y científicas, con pretensiones de objetividad en el análisis de la realidad. Sin embargo, lo que se observa muy frecuentemente en nuestro entorno cultural es una chocante desconexión lógica entre los fenómenos que se pretende explicar (o justificar) y las causas que se les atribuye. Más parece que existe un modelo previo de cómo han de ser las cosas al que hay que atenerse, no importa lo débiles (o incluso absurdas) que puedan llegar a ser las argumentaciones para justificarlas. Se supone que las conclusiones (o consecuencias) derivadas de unos fenómenos que se pretenden explicar han de estar referidas a la «causa primera». Pero no parece ser esta la lógica que se desprende de las «explicaciones» racionales de la realidad, sino, curiosamente, un extraño camino inverso, porque, con frecuencia, los argumentos parecen estar más condicionados por «lo que se quiere demostrar». Por ejemplo, si asumimos que en la actualidad en una situación de recursos limitados se establece una «lucha por la supervivencia» en la que sólo los más aptos obtienen su premio, ésta se convierte en la explicación de la historia evolutiva de la Humanidad. En palabras de Darwin: «Cuando las naciones civilizadas entran en contacto con las bárbaras, la lucha es corta, excepto allí donde el clima mortal ayuda y favorece a los nativos». Como consecuencia: «Llegará un día, por cierto, no muy distante, que de aquí allá se cuenten por miles los años en que las razas humanas civilizadas habrán exterminado y reemplazado a todas las salvajes por el mundo esparcidas...» (El origen del hombre). Esto lleva a la «retroconclusión» de que la evolución humana ha tenido lugar por medio de «sustituciones» totales (es decir, de genocidios) llevados a cabo por los hombres superiores en «civilización». El intento de comprender cómo pudieron surgir tanto los «sustituidos» como los «sustituidores» parece caer fuera del núcleo argumental, incluso de interés («probablemente...», «al azar...») de las explicaciones «oficiales», al parecer, más interesadas en las competencias y «sustituciones», que constituyen los ejes fundamentales de lo que podríamos denominar «el pensamiento único biológico». Por estos senderos transcurre la evolución humana en el libro de Cela y Ayala. La base teórica, los conceptos y argumentos utilizados para explicar las complejísimas remodelaciones genéticas, fisiológicas. morfológicas... que se han producido a lo largo de la evolución biológica, consiste en una extrapolación de los sucesos que tienen lugar actualmente en la Naturaleza, y que afectan solamente a la variabilidad existente dentro de las poblaciones, pero que, «con el tiempo», y gracias al «poder creativo» de la selección natural conducirá a la evolución al actuar sobre mutaciones al azar, que Ayala define como «errores ocasionales en la replicación del DNA» (p. 43) que modifican las «frecuencias génicas» de la población. Sin embargo, este proceso representa un duro trabajo para este «poder creativo» ya que: «el rango de una mutación génica puede ir, pues, de inapreciable a letal» (p. Pero: «las mutaciones nuevas tienen mayor posibilidad de ser perjudiciales que beneficiosas para los organismos» (p. Además: «Una nueva mutación es posible que haya sido precedida de una mutación idéntica en la historia previa de una especie. Si esa mutación previa no existe en la población, lo más probable es que no sea beneficiosa para el organismo y, por ello, será eliminada de nuevo» (p. Pero esto no es todo: «El proceso de mutación cambia las frecuencias génicas muy lentamente debido a que las tasas de mutación son bajas /.../ Si en un momento dado la frecuencia del alelo A es 0,10, en la generación siguiente se habrá reducido a 0,0999999, un cambio evidentemente pequeñísimo /.../ Por otra parte, las mutaciones son reversibles: el alelo B puede también convertirse en alelo A» (p. Es decir, si tenemos en cuenta la enorme cantidad de condiciones extremadamente improbables que deben cumplirse, la extremada lentitud del cambio que debe producirse, incluso en el caso extremadamente injustificable de que una mutación de este tipo confiera una «ventaja» suficientemente grande como para propiciar la «sustitución» total de los individuos preexistentes, y la extremada aleatoriedad (incluso reversibilidad) de estas mutaciones individuales, nos encontramos con que la Tierra no ha dispuesto de tiempo para que se pueda explicar, mediante estos procesos, no ya la formación de un simple ojo, sino las diferencias entre un gorrión y un pingüino. No obstante, para este problema hay una explicación extremadamente absurda: «Aunque las tasas de mutación son bajas si se considera un gen individualmente, el hecho de que haya muchos genes en cada individuo y muchos individuos en cada especie hace que el número total de mutaciones sea elevado» (p. Argumentos de este tipo, repetidos textualmente por el autor desde los años 80 en distintas obras sobre genética de poblaciones y evolución, producen la sensación de que las páginas del libro amarillean durante la lectura, a pesar de su reciente edición. Sin embargo, ya hace tiempo que existen datos procedentes de la Biología del desarrollo sobre los procesos involucrados en la evolución morfológica que, inevitablemente, se ha de producir a través de cambios en el programa embrionario, en el que tienen un papel fundamental los Homeoboxes, grupos de genes/proteínas, extremadamente conservados desde el origen de los Metazoos (García Bellido, 1999) y que, por otra parte, ponen de manifiesto que la «información genética» no está sólo en los genes. Más recientemente, las crecientes secuenciaciones de los genomas de diversos phyla animales y vegetales, han permitido asociar los cambios de organización con «remodelaciones genómicas»: duplicaciones (a gran o pequeña escala), reordenamientos, inserciones y delecciones, activaciones y desactivaciones de de secuencias genéticas y proteínas reguladoras del desarrollo... es decir, no son mutaciones (desorganizaciones), ni cambios al azar, sino modificaciones en la actividad de sistemas de una complejísima organización y coordinación (McLisagth et al., 2002; Gu et al., 2002; Ronshaugen et al., 2002). La igualmente creciente información sobre el registro fósil ha permitido comprobar que los grandes cambios de organización se corresponden con fenómenos de grandes disturbios geológicos y ambientales (Benton et al., 2000), cuyos efectos han podido ser verificados experimentalmente como inductores de lo que se conoce como «estrés genómico». Y esto se traduce en los fenómenos, ya de antiguo observados, de grandes extinciones seguidas de rápidas apariciones de nuevos tipos de organización morfológica seguidos de largos períodos de «estasis» evolutiva, es decir, sin cambios, o con cambios poco significativos en las nuevas formas (Kemp, 1999). Es más, ni siquiera la variabilidad dentro de los períodos de estasis puede asociarse a la ya anticuada creencia de los cambios en las frecuencias génicas. Los genomas se han mostrado como «unidades integrales» en las que la información está controlada por una compleja, y aún por descifrar, interacción de los genes entre sí y con una multitud de proteínas en una red extremadamente coordinada pero con una gran capacidad de respuesta al ambiente, que tiene su constatación en fenómenos como la, también de antiguo conocida, «norma de reacción» (Schmallhausen, 1949), por la cual un mismo genotipo puede manifestar diferentes fenotipos en función de las condiciones ambientales (especialmente espectacular en plantas), o el «splicing alternativo» y la «edición de ARN» (Herbert y Rich, 1999), también en función del ambiente celular, los cambios epigenéticos, modulados por elementos móviles (Whitelaw; Martin, 2001) o cambios (heredables) en proteínas reguladoras (Felsenfield; Groudine, 2003)... están reclamando una interpretación verdaderamente científica y radicalmente distinta de la basada en asunciones, suposiciones y falsas extrapolaciones basadas en una concepción de herencia mendeliana que, como ya figura en muchos libros de texto, sólo se cumple en un porcentaje de los casos observados inferior al 7%, y siempre en caracteres superficiales (o perjudiciales). Y así lo comienzan a entender los expertos en evolución: «Los nuevos conceptos e información de la biología molecular del desarrollo, sistemática, geología y el registro fósil de todos los grupos de organismos, necesitan ser integrados en una síntesis evolutiva expandida. /.../ Los relativamente raros eventos envueltos en el origen de los principales nuevos taxa o la divergencia morfológica significativa al nivel de especies requiere mucho más que la consistencia normal de la selección direccional /.../ Esto es especialmente conspicuo en el área de la genética cuantitativa, que continúa tratando los rasgos poligénicos de forma estadística, como si fueran resultado de los efectos aditivos de un gran número de genes esencialmente equivalentes» (Carroll, 2000). Efectivamente, en el año 2001, F. J. Ayala define así la materia prima de los cambios evolutivos: «El acervo genético puede ser descrito determinando las frecuencias de cada una de las variantes genéticas diferentes que existen en una población o especie» (p. Y con estos mimbres teóricos, el «cesto» de la evolución humana se convierte en un (frágil) cajón de sastre. La aportación de Cela, una exhaustiva y poco congruente recopilación de datos, opiniones e interpretaciones contradictorias de los paleontólogos humanos que se remonta hasta los años 30, está probablemente condicionada por la escasa solidez de la base teórica. Y esto se refleja muy especialmente en la interpretación del hecho fundamental de la evolución humana: la adquisición de la organización anatómica que caracteriza a nuestra especie. La discusión sobre el origen de la postura erguida como una adaptación gradual y al azar (aunque «progresiva») a la vida en la sabana, permite opiniones totalmente encontradas e imposibles de ponderar, dentro de este vago marco conceptual, sobre las causas de los cambios, las relaciones filogenéticas entre los fósiles, las reconstrucciones, más o menos forzadas de éstos... Los debates sobre si la postura erguida fue efecto o causa de la utilización de herramientas, o sobre la consecución gradual (¿e independiente?) de las interrelacionadas características anatómicas humanas (que, a lo largo de milenios habrían pasado por la existencia de seres totalmente inviables), ocupan un buen número de confusas páginas (166 a 203), para concluir que «Una vez que entramos en cuestiones de interpretación del proceso adaptativo, resulta difícil sacar conclusiones rotundas» (p. Además, aunque no se puedan «sacar conclusiones» sí se pueden expresar convicciones: «Pero resulta claro que esa teleología interna está relacionada con los fenómenos de la mutación azarosa del contenido genético (el subrayado es mío) y su posterior selección en un determinado medio ambiente» (p. Cabe preguntarse cual es el razonamiento que permite afirmar que, a pesar de que las interpretaciones basadas en unos determinados principios o conceptos no pueden explicar un fenómeno (en este caso, el fundamental en el origen del Hombre), «sabemos» que éstos son ciertos. Y cabe responder que lo que estos principios y conceptos han pretendido explicar (erróneamente) siempre, no ha sido evolución, sino variabilidad de algo previamente existente. La variación de la coloración de la polilla del abedul o del grosor del pico de los pinzones no son cambios que «con el tiempo» tengan consecuencias en el cambio de organización, es decir en la evolución. Por eso la adquisición de la organización anatómica (y por ende, de comportamiento) humana, no puede ser explicada, o comprendida, desde estos esquemas conceptuales. Y así, el autor se ve obligado a concluir que «epistemológicamente (?) hablando, la presencia de grados intermedios no tiene sentido evolutivo» (p. Efectivamente, las pruebas indirectas (huellas fósiles de Laetoli, industria lítica y pruebas de repartición de alimentos de Koobi Fora) y directas (Homo habilis) de patrón morfológico y de comportamiento típicamente humanos son contemporáneos de restos de Australopitecinos, que en recientes, meticulosos y precisos estudios (Verhaegen, 1994; Deloison,1996), han mostrado en sus extremidades, cintura pelviana y características craneales un evidente carácter «póngido» (inexistentes, hasta ahora, en el registro fósil). Y si los datos recientes y las nuevas interpretaciones de la evolución animal nos hablan de bruscas remodelaciones evolutivas asociadas con períodos de grandes disturbios ambientales (de los que Elisabeth Vbrba ha identificado dos, entre 7 y 4,5 y entre 3 y 2 millones de años), y si esto es así para la totalidad de los Reinos animal y vegetal, ¿qué motivos hay para pensar que no haya podido ocurrir así en el Hombre? Entre las abundantes citas del libro, «Latimer (1991) concluye que no cabe hablar de grados intermedios en la bipedia» (p. 192), argumento cuyos antecedentes se remontan a 1964, en la «pauta morfológica total» propuesta por Le Gros Clark: «La pauta morfológica total exige numerosos rasgos, y no sólo uno, para caracterizar una conducta como puede ser la locomotora» (p. Por lo tanto, si entre los rasgos asociados a una determinada organización anatómica están (obligadamente) los correspondientes a un comportamiento en consonancia con ella, de qué estamos hablando cuando analizamos la evolución de los «homínidos», ¿de cambio de organización o de variabilidad dentro de la estasis evolutiva? La simplificación reduccionista de asociar capacidad tecnológica con «grado de evolución» lleva a extremos como los de Ian Tattersall, que llega casi a la necesidad de una nueva conexión neuronal para cada nuevo retoque a una piedra. Sin embargo, no existen datos científicos que permitan afirmar que las diferencias entre la cultura lítica, organización grupal y modo de vida de Homo habilis y los «primeros humanos» Auriñacienses, separados en el tiempo por más de dos millones de años, sean mayores que las que hoy existen entre, por ejemplo, la cultura paleolítica de los Tasaday de Filipinas y la de un urbanita inmerso en el mundo virtual de la Bolsa y las «tecnologías de la información». Pero la (vieja) interpretación etnocéntrica de lo que es una «cultura superior» impregna la concepción de la «evolución» (el ascenso) de las sucesivas «especies de homínidos» mediante las «sustituciones» darwinistas de los predecesores «menos aptos». Unas «especies» caracterizadas por sus respectivas cualidades o (en su caso, procedencia): uno es hábil, otro laborioso, otro erguido, otro antecesor (que, teniendo en cuente que sobre él recae la dura responsabilidad de haber dado origen a toda la humanidad actual, cabe suponer cual sería su «cualidad»), otros dos alemanes (hasta aquí, todos poco menos que estúpidos) y, finalmente, el «hombre moderno» en el que súbitamente, y de una forma muy poco darvinista, apareció (se supone que en un solo individuo, al que cabría denominar «el incomprendido»), el lenguaje, las pinturas, las creencias... A pesar de la prudente indefinición sobre las distintas interpretaciones de que Cela hace gala a lo largo del libro, este proceso, basado en la inaceptable racionalmente y ya insostenible científicamente Eva mitocondrial (Barriel, 1995), parece resultarle más verosímil que la hipótesis multirregional, sostenida, entre otros por Mildford Wolpoff (1992), según la cual a lo largo de la evolución del «género» Homo, habrían existido intercambios genéticos generados por un «acervo genético» único de la Humanidad. Según Cela: «No obstante, sí que es difícil reconciliar el modelo multirregional con la existencia contemporánea de diferentes especies (por ejemplo H. erectus y H. sapiens) en distintas regiones» (p. En suma, la falta de conexión entre el modelo teórico («Si, a pesar a las razones (sic) en contra indicadas, aceptamos el peso de las evidencias moleculares a favor de que los humanos modernos se originaron en África y se dispersaron desde allí hacia los otros continentes, sustituyendo a las poblaciones previas y sin mezclarse con ellas, necesitamos una teoría que dé cuenta de cómo tuvo lugar el reemplazo») (p. 444), y los procesos que pretende explicar, conduce a una ambigüedad en el análisis y las conclusiones derivadas de la abundante documentación, que no es sino un reflejo del estado de inconsistencia teórica en que se encuentra actualmente, no ya la Paleontología humana, sino la Biología en general, lastradas por las obsoletas (a la luz de los nuevos conocimientos) interpretaciones darwinistas de los fenómenos naturales. Pero esta inconsistencia teórica no impide a el/los autor/es finalizar el libro con unas especulaciones muy en la línea del verdadero espíritu que subyace a las interpretaciones darwinistas de la naturaleza humana. Todo un colofón dedicado a «La Filogénesis de la moral» (p. La pregunta que, inevitablemente, surge: ¿a qué moral se refiere?, ¿a la calvinista?, ¿a la islámica?, ¿a la samoana?, es rápidamente respondida: «En cierto modo se podría sostener que Darwin es el último autor de la corriente que viene buscando, desde la época de los ilustrados, una justificación de los códigos morales modernos. Y en ese sentido el modelo del Descent of Man es ejemplar» (p. (Aquí, me veo obligado a insistir, una vez más, con pocas esperanzas, en el imperativo moral que constituye para cualquier darwinista, sea cual sea su origen cultural, la lectura de dicha obra «ejemplar», con el objeto de poder declararse darwinista de un modo coherente). Aunque, siguiendo la pauta general del libro, no se muestra una posición más o menos argumentada ante las distintas especulaciones o hipótesis basadas en la concepción darwinista del «progreso moral», en el apartado «Un modelo evolutivo de interpretación del comportamiento moral» se afirma: «Lo que los sociobiólogos sostienen es que un sacrificio a favor de seres próximos con los que compartimos un número alto de genes será promovido por medio de la selección natural. No sabemos todavía de qué forma se las arreglan los genes para controlar tales conductas (el modelo es aún una «caja negra»), pero el progreso es ciertamente notable» (p. Y aunque, una vez más, la vaguedad es la nota más destacable de este capítulo, ante el problema de explicar «científicamente» el comportamiento más o menos acorde con las normas morales de una sociedad, se define (o se «indefine») así: «Podría ser cierto que la tendencia a obrar así estuviese genéticamente determinada y que fuera, a la vez, imposible de explicar con los medios con que contamos ahora» (p. ¿Lo podremos explicar tal vez con mejores medios? ¿Tiene sentido «progresar» en la investigación de estas cuestiones? ¿Se podrá llegar a demostrar que los seres humanos tenemos nuestro comportamiento y nuestros valores y principios inscritos en nuestros genes? Si es así, ¿en qué eslabón de la «evolución de la moral» se encuentran los pueblos que tienen valores, principios y creencias muy diferentes a los del «Mundo civilizado»? La tendencia a convertir viejos e hipócritas prejuicios en campos de investigación científica sólo puede conducir a dotar de argumentos «objetivos» a los que pretenden justificar lo injustificable. Si bien, quizás no sea necesario. Los países civilizados (y muy especialmente los que, según Darwin, «preponderan en civilización») siempre han hecho gala de una gran habilidad para disfrazar los atropellos sociales, económicos, militares... de hechos basados en una rigurosa y objetiva justificación. Pero, llegado el caso, no la necesitan.
Donatien-Alphonse-Fran�ois de Sade (1740-1814) es quizá el repre sentante más destacado de lo que se conoce con el término de «novela libertina;>, género literario que tuvo especial preponderancia en la Fran cia de las últimas décadas del XVIII y primeros años del XIX. Su obra fue surgiendo durante un período especialmente convulso de la histo ria francesa que comprendió los reinados de Luis XV y Luis XVI, la Revolución y el Imperio napoleónico. Tal diversidad de regímenes po líticos tuvo contadas cosas comunes entre sí; uno de esos raros acuer dos fue la coincidencia en encarcelar al di vino marqués, pues Sade co noció la prisión tanto bajo el Antiguo Régimen como bajo la Revolu ción y el posterior Imperio. Esa persecución ejercida durante su vida (1) perduró también más aUá de ella por múltiples caminos que fueron des de la desfiguración de su persona por medio de las más variopintas le yendas o la unión de su apellido a las aberraciones sexuales hasta la pérdida de sus diarios íntimos, la quema de sus manuscritos, la prohi bición de sus libros y, por último, el olvido de su persona. Sólo a partir de 1880 comenzó a producirse un incipiente vuelco en esta considera ción de Sade, por medio de las obras de un Chevé (2) o un Huysmans (3), de la mano del culto de la literatura de esta época al sufrimiento. Sin embargo, hubo que esperar todavía a Apollinaire (4), y más específica-mente a los surrealistas, para que, merced a la frecuente utilización por este movimiento de la obra sadiana como detonante para hacer sal tar las estructuras tradicionales de la literatura y de la sociedad, la fi gura de D.A.F. de Sade empezara a ser reconocida como un auténtico valor (5). Por último, los estudios de Bataille, Klossowski y Blanchot en las décadas de los años cuarenta y cincuenta (6) abrieron la puerta a una nueva interpretación de la obra de Sade y posibilitaron, a la par que un notable aumento de interés por su figura, la aparición de un enorme caudal bibliográfico en torno suyo (7). Partiendo de esta nueva consideración de la obra sadiana, el pre sente trabajo tiene dos objetivos fundamentales: analizar, en primer lugar, la forma en que Sade se constituye en una culminación del pen samiento del período ilustrado y, paralelamente, en una muestra de sus carencias e ingenuidades; y, en segundo lugar, adentrarse en el modo en que la sexualidad se configura en su obra como vía de conocimiento o, con otras palabras, intentar esclarecer los vericuetos de la filosofía enferma de Sade. do en el que se orientan las siguientes afirmaciones de d'Holbach con tenidas en su Systeme de la nature ou des lois du monde physique et du monde moral (1770): « El hombre se encuentra en la Naturaleza y forma parte de ella; actúa según sus propias leyes y recibe de manera más o menos mar cada la acción o el impulso de los seres que actúan sobre él según las leyes particulares de sus esencias. Es modificado de diversas mane ras, pero sus acciones están siempre en función de la composición de su propia energía y de la de aquellos seres que actúan sobre él y que lo modifican. Esto es lo que determina de manera tan diversa, frecuen te y contradictoria sus pensamientos, sus voluntades y sus acciones (... ); es suficiente probar aquí que, en general, todo es necesario en la Naturaleza y que nada de lo que existe puede actuar de manera dis tinta a como actúa» (10). Esta inclusión radical del hombre en la naturaleza lleva aparejada la consideración de que no puede haber un alma espiritual indepen diente del cuerpo; el alma o el espíritu humano tiene que tener tam bién una organización física. Así, en su Histoire naturelle de l 'áme o Traité de l' áme (1745), la Mettrie sostiene que: « La esencia del alma del hombre y de los animales es y será siem pre tan ignota como la esencia de la materia y de los cuerpos. Digo más: el alma desasida del cuerpo mediante abstracción, se asemeja a la materia considerada sin ninguna forma, y no se la puede conce bir. El alma y el cuerpo se han hecho conjuntamente en el mismo ins tante(... ). Quien quiera conocer las propiedades del alma, debe inves tigar previamente las que se manifiestan con toda evidencia en los cuer pos, cuya alma es el principio activo» (11). Además, en la naturaleza no hay nada, según estos mismos pensa dores, que pueda ser calificado de justo o injusto, de bueno o malo, pues to que todo en ella queda englobado en la indiferencia del mero acon tecer, esto es, todo en ella acaece siguiendo las leyes inexorables del determinismo natural. No puede haber, por consiguiente, ningún mal ni ninguna culpa en la naturaleza. El hombre, al ser una parte mate rial más de la naturaleza, está sometido también a esos dictados del determinismo natural, que se expresan en el instinto de conservación y la búsqueda de la felicidad. El barón d'Holbach es sumamente claro al respecto del determinismo en la naturaleza y a la ausencia de culpa en sus acciones que ello implica: «La necesidad -nos dice en su System de la nature-es el lazo in falible y constante entre las causas y sus efectos. El fuego quema ne cesariamente las materias combustibles que están situadas en su es fera de acción. El hombre desea lo que es o parece ser útil para su bienestar. La Naturaleza, en todos su fenómenos, actúa necesariamente según su propia esencia. Todos los seres que contiene actúan necesa riamente según sus esencias particulares» (12). Y, de igual manera, también es muy explícita su consideración de que el hombre está sujeto a un idéntico determinismo natural, lo que imposibilita un juicio moral de su conducta: «El hombre -afirma en su System de la nature unas pocas pági nas más adelante-no tiene en absoluto razones para creerse un ser privilegiado en la Naturaleza; está sometido a las mismas vicisitudes que todos los demás productos de la Naturaleza. Sus pretendidas pre rrogativas no están fundadas más que sobre un error. Que se eleve con el pensamiento por encima del globo terráqueo que habita y con siderará a su especie desde la misma perspectiva que a todos los de más seres; verá que, al igual que los árboles que producen frutos en función de su especie, los hombres actúan en función de su energía particular y producen frutos, actos y obras igualmente necesarias. Per cibirá que la ilusión que tiene a favor de sí mismo proviene del hecho de ser a la vez espectador y parte del universo» (13). De todas estas nociones materialistas se derivó una moral epicúrea de la que Sade fue un convencido seguidor y que tuvo dos principios fundamentales: 1. La consideración de que los instintos y las pasiones del hombre son fuerzas naturales inevitables y, por tanto, nunca pueden ser consideradas malas o anormales; 2. La sustitución de la distinción entre vicio y virtud por la oposición entre lo placentero y lo displacentero. Sade, llevando al extremo estos postulados, justifica totalmente el crimen en tanto acorde con la naturaleza y productor de placer, tal y como nos lo muestran, por ejemplo, los principios que Noirceuil rela ta a Juliette, cuyo primer apartado dice: «Sostengo -afirma la Duelos-que es necesario que haya desgra ciados en el mundo, que la naturaleza lo quiere, lo exige, y que es ir contra sus leyes pretender que se restablezca el equilibrio, si ella ha querido el desorden. • -¡Pero, cómo, Duelos -dijo Durcet-, tienes principios! Me com place mucho verte así; todo alivio procurado al infortunio es un cri� men real contra el orden de la naturaleza. La desigualdad que ha pues to entre nuestros individuos demuestra que esta discordancia le gus ta puesto que la ha establecido, y que la quiere tanto en las fortunas como en los cuerpos Y, al igual que le está permitido al débil reparar la por medio del robo, le está permitido al fuerte restablecerla negan do sus socorros» (15). Sobre estos postulados materialistas se asienta también la concep ción que tiene Sade de la felicidad. La felicidad se había convertido pa ra el hombre ilustrado en una aspiración fundamental que abarcaba múltiples perspectivas (16) con un nexo común: la contemplación de la felicidad no como un don sino como un derecho. Así, como señala Paul Hazard en su La pensée européenne au XVI/Je siecle, pia conveniencia, también se constituyó, como ha indicado Michel Fou cault, en un claro indicador del fin de la Ilustración. Quizás donde mejor se deja observar esta característica en Sade sea en la liberación de los dictados de la razón ilustrada que en gran medi da supone la obra de Sade en su conjunto. La razón de las «luces» si tuaba el mal, las pasiones, el crimen fuera de sí y dentro del terreno de la sinrazón. Sade puso de manifiesto, de una manera tan brutal co mo nunca lo había sido hasta entonces en la cultura europea, que tan to los más salvajes crímenes como las más abyectas pasiones se encon traban también dentro de la razón, dado que tanto en la naturaleza co mo en el hombre la razón era inseparable de la sinrazón. Sade puede verse, a este respecto, como el complemento de la figu ra de Kant (18). Su obra, como la del filósofo de Konigsberg, introdujo la subjetividad dentro de la razón objetiva, sólo que, a diferencia de éste, por la vía de la violencia. Sade, por tanto, juntamente con Kant, se constituye en un fiel reflejo de cómo a partir de entonces el pensa miento europeo deberá colocar al lado de la razón la subjetividad per sonal si quiere lograr un auténtico conocimiento. A este respecto, exis te un cierto paralelismo, como señaló Foucault en su Histoire de la fo lie a l'áge classique, entre las figuras de Sade y de Gaya: «En Sade, como en Goya, la sinrazón continúa velando en su no che; pero, por esta vigilia, se une con jóvenes poderes. El no-ser que era se convierte en poder de anonadar. A través de Goya y de Sade,• el mundo occidental ha adquirido la posibilidad de ir más allá de la razón con la violencia, y de volver a encontrar la experiencia trágica por encima de las promesas de la dialéctica» (19). Esta incorporación sadiana de la subjetividad supuso paralelamente la penetración de lo vivo, de lo impulsivo, de lo pulsional dentro de la episteme europea: Simplemente hizo ver que lo que se proponía como contrario a la ra zón, la sinrazón, es algo de lo que aquella no puede separarse. La ra zón para ser tal necesita de la sinrazón y su actividad engendra conti nuamente lo irracional. En esta incorporación de lo vital, de lo subjeti vo, de lo irracional a la razón reside el núcleo de la filosofía enferma de Sade. La filosofía enferma de Sade La introducción de lo irracional dentro de la razón, el centro de la filosofía enferma sadiana, se realiza fundamentalmente mediante la uti lización de la transgresión sexual. Pero antes de adentrarnos en las perversiones sexuales de Sade, con viene dilucidar una cuestión previa: ¿ por qué eligió Sade lo pertene ciente al terreno de la sexualidad como apoyo básico sobre el que sus tentar su filosofía o su forma de conocer? Numerosas han sido las res puestas a esta pregunta, pero quizás una de las más acertadas y a la vez una de las más simples sea la de que a Sade la sexualidad le supuso la única vía de escape de un mundo real que sólo fue para él en gran medida tedio y constante amenaza. Sade, como ha señalado Simone de Beauvoir en su Faut-il bruler Sade?, «Ha subordinado su existencia al erotismo porque el erotismo apa reció en él como único cumplimiento posible de su existencia. Si se le consagra con tanto fuego, imprudencia y obstinación, es porque atri buye más importancia a las imaginerías que a través del acto volup tuoso se narra a sí mismo, que a sus acontecimientos contingentes. Sade eligió lo imaginario« (21). Sade recurrió a la sexualidad -y a una sexualidad que fue mayori tariamente imaginaria, literaria-como fuente fundamental de cono cimiento en un mundo que, al tornársele cada vez más extraño y ame nazador, le vedaba posibles caminos. Los perfiles de esta sexualidad que alcanza su culmen en la imaginación se dejan observar en las si guientes palabras que Moldar dirige a Juliette: «Esta imaginación que halagáis en mí, Juliette -le dice Moldor-, es precisamente lo que me ha seducido en vos(... ); y vos habéis debido observar que mis dulces goces con vos son aquellos en los que, dando salida a nuestras dos cabezas, creamos entes de lubricidad cuya exis-Asclepio- II-1990 tencia es desgraciadamente imposible. ¡Oh, Juliette!, ¡qué deliciosos son los placeres de la imaginación y qué voluptuosamente se recorren todos los caminos que nos ofrece su brillante carrera!(... ), ¡de qué de licias se goza masturbándose mutuamente durante la erección de esos fantasmas! (... ) En esos instantes deliciosos toda la tierra es nuestra; ni una sola criatura se nos resiste; todo ofrece a nuestros sentidos emo cionados el tipo de placer de que nuestra efervescente imaginación los cree susceptibles: se devasta el mundo(... ). Ahí están vuestras nal gas, Juliette, están ante mis ojos, las encuentro hermosas, pero mi ima ginación, siempre más brillante que mi naturaleza(... ) ha creado otras más hermosas aún(... ); no voy a hacer con vos más que lo que todo el mundo puede hacer, y me parece que con ese culo, obra de mi ima ginación, haría cosas que ni los mismos dioses inventarían» (22). Las características más conspícuas de esa sexualidad preponderan temen te imaginaria, la crueldad y la violencia, vendrían dadas a partir de un rasgo claramente distinguible en la personalidad de Sade: su cons tante olvido del otro o, si se quiere, su autismo afectivo. A este respec to, resalta también Simone de Beauvoir: «es en la alianza de los apetitos sexuales ardientes y en un solita rismo afectivo radical donde me parece descubrir la clave de su ero tismo» (23). A partir de aquí, las profundas convicciones sadianas de que todo placer participado debilita, de que las sensaciones agradables son de masiado benignas y de que no existe ningún tipo de sensación más ac tiva y penetrante que el dolor acaban de delimitar en sus contornos básicos la sexualidad presente en nuestro autor. Una vez elucidado sumaria. mente el posible porqué del empleo por parte de Sade de la sexualidad como vía de conocimiento, vamos aho ra a delimitar las características básicas de esa sexualidad sadiana y la forma e: ri que se constituye en fuente de su filosofía enferma. La sexualidad transgresora sadiana puede resumirse bajo cuatro formas básicas que contienen en sí todas las demás: la coprofilia, la sodomía, el incesto y el onanismo. Todas ellas recubiertas naturalmente de esa crueldad y violencia que se,�ncuentra presente en toda la obra de Sade. A través de estas perversiones, pueden distinguirse en ella tres líneas maestras sobre las que se asienta la filosofía enferma de Sade: la transmutación de los valores, la esterilidad y destructividad de todo acto humano y la necesidad de la vuelta a un estado primigenio. La transmutación de los valores se pone en relieve en Sade espe-' cialmente en la coprofilia. Esta transgresión es llevada al paroxismo en el castillo de Silling de Les 120 Journées de Sodome, en donde se es cenifica casi de forma continua dicha pulsión escatológica. Valga co mo ejemplo el texto sigui en te: «-¡Ah, es verdad, es verdad! -dijo el duque-. Bueno, Martaine, debo recurrir a tí, pues, porque no quiero un culo de niño; siento que mi semen quiere salir y, no obstante, no lo hará más que con cierto esfuerzo, por lo cual quiero algo singular. Pero Martaine se hallaba en el mismo caso que la Duelos, pues Cur val la había hecho cagar por la mañana. -¡Cómo, recristo! -exclamó el duque-. ¿No encontraré una ca gada esta noche? Y entonces Thérese avanzó y fue a ofrecerle el culo más sucio, más ancho y más apestoso que fuera posible ver. Pásame esto -dijo el duque, acomodándose-, ¡y si en el desorden en que me hallo este culo infame no produce efecto, ya no sé a qué tendré que recurrir! Thérese empuja, el duque recibe; el incienso era tan horrendo co mo el templo del que se exhalaba, pero cuando se tiene una erección como la del duque nunca se que ja uno del exceso de porquería. Em briagado de voluptuosidad, el rufián lo traga todo y hace saltar a las narices de la Duelos, que lo masturba, las pruebas más indiscutibles de su vigor masculino» (24). Con las diversas variantes de la coprofilia, Sade realiza una inver sión de los valores de la sociedad del XVIII. Lo abyecto queda transfor mado en noble, lo repugnante pasa a ser delicioso, lo malo en bueno, lo vil se transmuta en virtud. Posiblemente uno de los signos más evi dentes de esa transmutación se deje ver en la conversión de la capilla del castillo de Silling en aseo (25); el lugar del rito divino se convierte por voluntad de los libertinos de Silling en centro del ritual defecato rio; la mierda se transmuta en divinidad. La esterilidad y destructividad implícitas en todo acto humano se dejan observar claramente en otras dos transgresiones: en la mastur bación y en la sodomía. Con respecto a la sodomía, hay que tener pre sente que no se puede hablar propiamente de homosexualidad dentro de la obra de Sade. La práctica constante de la sodomía en la narrativa sadiana debe considerarse principalmente como exponente de la afir mación de la futilidad o destructividad al actuar humano frente a toda Asclepio- II-1990 noción de provecho, utilidad, propagación o bien. El obrar del hombre siempre parte del mal y siempre tiende a destruir no a crear; el ano triunfa sobre la vagina; En raras ocasiones los libertinos se sirven de la vagina de sus víctimas, todas las demás actividades sexuales predo minan sobre la penetración vaginal: «Hice todo lo que deseaba el libertino -nos cuenta Juliette de su primer encuentro con el Señor de Saint-Fond-: le chupé los huevos, me dejé abofetear, peer en la boca, cagar en el pecho, escupir y mear en el rostro, dar tirones a mis pezones, dar patadas en el culo, y, al final, joder en el culo, donde no hizo nada más que excitarse, para des cargarme después en la boca, con la orden de tragar su esperma» (26). El hombre debe destruir, debe ultrajar la naturaleza para llevar a cavo su función de dominador y señor de la misma. La sodomía es la perversión que mejor sirve para ilustrar esta noción: «La comida fue tan deliciosa como libertina -hace Sade narrar a Juliette-; las mujeres arregladas apenas, exponían a los manoseos de estos disolutos todos los encantos que les habían distribuido las Gracias. Uno tocaba un pecho apenas abierto, el otro manoseaba un culo más blanco que el alabastro; solamente nuestros coños eran po co festejados; no es con tales gentes con quienes hacen fortuna atrac tivos semejantes; convencidos de que es preciso ultrajar con frecuen cia a la naturaleza para reconquistarla, sólo ofrecen el incienso a aque llas partes cuyo culto se dice que está prohibido por ella (... ) Saint Fond agarra a Mme. de Noirceuil (... ); la lleva a un canapé, en una un ta del salón, y la sodomiza mientras me ordena que vaya a cagarle en la boca... » (27). La masturbación cumple en la obra de Sade una función comple mentaria a la de la sodomía. No es casi nunca una práctica solitaria, sino más bien una actividad de grupo, utilizándose en la mayoría de las ocasiones como una figura más de la serie de combinaciones eróti cas. Como tal práctica de grupo se le concede un cuidado particular. Así, en el castillo de Silling, los cuatro libertinos deciden dedicar espe cial atención a procurar instrucción a sus víctimas en la práctica de • la masturbación: http://asclepio.revistas.csic.es hora por la mañana, durante la cual se darían lecciones al respecto (... ) Decidiose que aquel que realizase esta función se sentaría tran quilamente en medio del serrallo, en un sillón, y que cada muchacha, conducida y guiadá por la Duelos, la mejor meneadora que había en el castillo, se acercaría a sentarse encima de él, que la Duelos di rigiría su mano, sus movimientos (... ), y que se impodrían castigos reglamentados para aquella que al cabo de la primera quincena no lograra dominar perfectamente este arte, sin necesidad de más lec ciones» (28). Esta significación que se le concede a la masturbación tiene como finalidad principal plasmar la actividad improductiva, fútil y estéril que según Sade caracteriza de forma distintiva el obrar humano, pues, al igual que la sodomía, la imposibilidad de obtener algún tipo de fer tilidad por esta vía, unida a la especial violencia con que en la mayoría de las ocasiones se realizan, las hace especialmente indicadas para re saltarlo. La tercera línea maestra sustentadora de la filosofía enferma sa diana, la llamada a la vuelta a un estado primigenio, queda ejemplifi cada a través del incesto. Todos los grandes libertinos presentes en la obra de Sade realizan distintas formas de incesto, bien con sus hijas como es el caso de Saint-Fond, Noirceuil o los libertinos del castillo de Silling, bien con el hermano como sucede con Clairwill, o bien con el padre como ocurre con la misma J uliette. De igual forma, las apolo gías al incesto son con�tantes dentro de su narrativa, tanto mediante la descripción del actuar de los libertinos: «No has visto nada -le dice Clairwil a Juliette-, sólo te he dado un ligero esbozo de mis excesos lujuriosos: quiero que hagamos jun tas cosas mucho más extraordinarias; te haré entrar en una sociedad de la que soy miembro, y donde se realizan obscenidades de otra cla se muy diferente; allí cada esposo debe llevar a su mujer, cada her mano a su hermana, cada padre a su hija, cada soltero a una amiga, cada amante a su querida; y, reunidos en un gran salón, cada uno go za de lo que más le gusta, no teniendo más reglas que su deseo, más frenos que su imaginación» (29); como por medio de la comparación -que surge con frecuencia en los discursos filosóficos con que los libertinos se excitan antes, durante y después de las orgías..,..... con las costumbres de otros pueblos o socie dades: Asclepio- II-1990 «Nosotros no nos atrevemos a fornicar a nuestro propios hijos, aun que sea el más delicioso de los goces: no existe otra forma en Persia y en tres cuartas partes de Asia. Lot se acostó con sus hijas y embara zó a ambas» (30). El incesto en la obra sadiana tiene la función de destruir los funda mentos de las instituciones sociales, de eliminar todo un sistema de relaciones de orden que constituyen el fundamento de una cultura, e intenta proponer el retorno radical a un estado natural en el que no existían ni reglas ni orden alguno. En este sentido, el incesto es, como sostiene Marcel Hénaff, un trance iniciático: «El incesto se convierte en el rito de entrada en el círculo exclusi vo de los libertinos, los que, con su transgresión, no darán ya un paso atrás ante ningún crimen, puesto que en lo sucesivo es el propio uni verso de reglas el que se hunde» (31). A pesar de que las transgresiones sexuales sadianas, de las que par te su filosofía enferma, son una llamada a la transmutación de los va lores, al actuar destructor e improductivo y a la desregulación de la sociedad, Sade no es, como fue dicho más arriba, un enemigo acérri mo de la razón, sino que muestra que la razón va unida indefectible mente a la sinrazón, que la una no puede existir sin la otra. Por ello, las prácticas perversas sadianas, pertenecientes al campo de la sinra zón y del desorden, están rígidamente ordenadas y reglamentadas. Es ta reglamentación, esta formulación y conformación racional, de las perversiones tiene un orden externo y un orden interno. El orden externo, como señaló Roland Barthes en uno de los más esclarecedores trabajos sobre la figura de Sade (32), vendría determi nado por lo que este autor deromina con el nombre de «árbol del cri men», que estaría formado por las siguientes unidades o ramificacio nes: en primer lugar la «postura», que requiere sólo dos actores y se limita a un punto corporal de aplicación; combinándose entre sí, las posturas dan lugar a las «operaciones», situación que suele necesitar ya de varios actores y que puede dividirse en «figuras», o conjunto si multáneo de posturas, y «episodios», o sucesión de posturas en el tiem po; a su vez, la sucesión de operaciones da lugar a «escenas», cuya reu nión constituye el relato propiamente dicho. Dos reglas permiten que el árbol sadiano adquiera su forma y ordenación externa definitiva. La primera es la de la exhaustividad: las escenas deben contener el mayor número posible de operaciones y las operaciones deben estar satura das de posturas; todos los lugares del cuerpo de todos los participan tes deben ser colmados el mayor número de veces posible. La segunda es la de la reciprocidad: todos los actuantes -víctimas y libertinos pueden ser sujetos activos o pasivos, todas las funciones y actos pue den intercambiarse: el flagelador puede ser flagelado, el sodomizador sodomizado, el masturbador masturbado. El orden interno, siguiendo a Hénaff (33), viene dado por el segui miento de tres modelos: el castillo feudal, el monasterio y la fábrica. El castillo feudal, aislado por múltiples barreras del mundo circundan te, es el lugar privilegiado para llevar a cabo el libertinaje; Sade toma admás de aquí la relación de poder establecida entre sus personajes, que equivale en gran medida a la del súbdito y la del vasallo. Si Sade se sirve de la organización feudal para conseguir la seguridad y el ais lamiento de sus libertinos, la vida monacal le ofrece el modo de orga nización cotidiano de las actividades de sus personajes; los reglamen tos de las comunidades y sociedades de criminales y libertinos, así co mo la clausura, el silencio, la separación por sexos allí imperante y los castigos que conlleva el incumplimiento de estas normas, por citar al gunos ejemplos significativos, resultan perfectamente comparables a aquellos de los monasterios. Por último, de las fábricas de la incipien te revolución industrial Sade toma el derecho a la explotación de los cuerpos de las víctimas-proletarios que proporciona la inversión de ca pital de los libertinos-capitalistas. Una vez elucidadas las líneas de pensamiento presentes en las per versiones sadianas que constituyen el sustrato de la filosofía.enferma sadiana, puede pasarse sin más demora al análisis de la misma. La filosofía de Sade aparece a primera vista como de una sencillez prístina. Consiste básicamente en hacer aquello que más le place sin reparar en lo más mínimo en nada ni en nadie; la única ley es hacer lo que más placer proporcione. Sade pertenece, pues, a lo que Klossows ki llama, en contraposición a los «filósofos hombres de bien» que bus can conseguir la rectitud mediante su pensar, «filósofos malvados», pa ra quienes el pensar sólo tiene como objetivo justificar las pasiones: «El filósofo hombre de bien se jacta del hecho de pensar como la única actitud válida de su ser. El malvado que filosofa sólo concede al pensamiento el calor de favorecer la actividad de la pasión más fuerte la cual, a los ojos del hombre de bien, no es nunca sino una ausencia de ser. Pero si la perfidia mayor consiste en disfrazar su pasión en Asclepio- II-1990 pensamiento, el malvado no ve jamás en el pensamiento del hombre de bien sino el disfraz de una pasión impotente» (34). Por consiguiente, el pensamiento de Sade constituye por entero una depravación o una transgresión o, si se prefiere, una enfermedad que engloba las anteriores transgresiones sexuales vistas: la conversión de la pasión en pensamiento, del instinto en idea. Sade pretende además, conseguir el fin de que toda la humanidad comparta esta depravación esencial. Este objetivo, sin embargo, nunca puede ser alcanzado, pues si la transgresión y la enfermedad fueran generales dejarían en ese pre ciso instante de ser tales. Por ello esta tendencia a la generalización debe permanecer siempre como objetivo nunca alcanzado para mante ner viva la transgresión. En este sentido se dirigen las siguientes pala bras de Maurice Blanchot cuando responde a la pregunta de por qué la filosofía de Sade puede ser considerada una filosofía enferma: «Porque este pensamiento es obra de una locura y porque tuvo por molde una depravación ante la cual, el mundo se sustrajo. Además se presenta como teoría de esta tendencia lo que sólo es un calco, pre tende transformar en una completa concepción del mundo la anoma lía más repugnante. Por primera vez la filosofía se concibe llamativa mente como el producto de una enfermedad, y ha afirmado desver gonzadamente como pensamiento lógico universal el sistema cuya úni ca garantía es la preferencia de un individuo aberrante» (35). Esta filosofía enferma, esta conversión de la pasión en pensamien to, conlleva tres negaciones radicales: la negación del hombre, la nega ción de Dios y la negación de la naturaleza (36). La negación del hom bre se expresa en la obra de Sade en la independencia radical del liber tino con respecto a sus víctimas. El personaje central sadiano -el libertino-está por encima de los mortales gracias al poder absoluto que tiene sobre ellos, hasta tal extremo que puede destruirlos siempre que su voluntad así lo requiera. Para conseguir llevar hasta su extre mo esta negación, Sade recurrirá a reducir el cuerpo de las víctimas a una amalgama de órganos sin unidad interna entre sí, a una suma de piezas y engranajes que conforman una máquina que se mueve se gún los• dictados de un poder externo, a un mero objeto en el cual y mediante el cual pueden realizarse una serie de actos y operaciones, a una cosa cuyo único sentido radica en ser contabilizada, medida y combinada; llevará a cabo con el cuerpo, por tanto, lo que Hénaff ha denominado la reducción fisiológico-quirúrgica, la reducción maquí-nica, la reducción artimética y la reducción combinatoria (37). Suma mente elocuentes con relación a este punto son las palabras que Noir ceuil dirige a J uliette: « Uno de los más grandes prejuicios, sobre las materias que trata mos, nace de la especie de lazo de unión que gratuitamente supone mos que existe entre otro hombre y nosotros; lazo quimérico... absur do, con el que hemos formado esta especie de fraternidad santificada por la religión (... ). Por otra parte, la primera ley que encuentro escri ta en el fondo de mi alma, no es amar, ni mucho menos aliviar a esos pretendidos hermanos, sino hacerles que sirvan a mis pasiones. De acuerdo con esto, si el dinero, si el goce, si la vida de esos pretendidos hermanos es útil a mi bienestar o a mi existencia, me apoderaré de todo ello a mano armada, si soy el más fuerte, tácitamente si soy el más débil» (38). La negación del hombre se complementa con la negación de Dios. Tras negar al hombre, el libertino pasa a negar la figura divina. La ra zón de esta negación parte de la consideración de Dios como el mayor criminal de la creación, pues ha creado a los hombres tan sólo para sumir a la mayoría de ellos en el tormento eterno. El actuar de este Dios infame es más cruel que el de cualquier libertino, ya que, mien tras que la crueldad del libertino tiene el objetivo de proporcionar go ce y placer, _la suya carece de toda finalidad: Pero existe tambié_ n otra razón, como ha señalado Blanchot, para la ne gación de Dios. La noción de Dios equivale a las de creación y fertili dad; justo lo contrario a las de improductividad y destrucción que im peran en los libertinos sadianos. «En Dios -nos dice Blanchot en su célebre La raison de Sade él odia su omnipotencia, en la cual reconoce, enajenada, la suya, y Dios se convierte en la figura y el cuerpo de su odio infinito. Por último, odia en Dios su miseria, la nulidad de una existencia que, cuanto más se afirma como existencia y creación, no es nada, porque lo que es grande, lo que es todo, es el espíritu de destrucción» (40). Estas dos negaciones conducen, por último, a la tercera: la nega ción de la naturaleza. Para Sade, la naturaleza es el origen de todo y también la justificación del actuar humano por inmoral que éste pue da parecer. Los impulsos criminales son buenos y comprensibles, nos repite Sade en multitud de ocasiones, puesto que no hacen sino repetir a pequeña escala lo que la propia naturaleza realiza: «Convencéos, ángel mío -le asegura Saint-Fond a Juliette en re lación con este punto-de que aunque cambiáseis y alteráseis el or den de la naturaleza en todos los sentidos posibles, nunca haríais más que utilizar facultades que os ha dado para eso(... ). Por tanto, haced todo el mal que os plazca(... ), estad segura de que cualquier tipo que sea lo que inventéis, nunca será tan violento como desearía la natura leza..., porque ella quiere la destrucción..., le gusta..., se alimenta de ella, abreva en ella(... ); porque el crimen y la muerte son las verdade ras leyes de la naturaleza, y nosotros nunca la servimos mejor que cuando consechamos con ella todo lo que nuestros brazos pueden abar car» (41). Sin embargo, si bien es cierto que la naturaleza tiene como activi dad principal la destrucción, no es menos cierto que tal fuerza destruc tora se emplea siempre para crearalgo nuevo; la muerte en la natura leza es tan sólo el origen de una nueva vida. Por ello, para llevar a su último extremo los postulados sadianos, es menester que el libertino niegue a la naturaleza, esto es, que su actividad destructora no se limi te a ser parte del ciclo vital que conduce de nuevo a la vida, sino que sus crímenes, superando a los de la naturaleza, conduzcan a la destruc ción más absoluta, incluida la de ella misma: «Me gustaría -dice Clairwill-, encontrar un crimen cuyo efecto perpetuo actuase incluso cuando yo ya no estuviese actuando, de suerte que no hubiese ni un sólo momento de vida, incluso durmiendo, en que no fuese yo la causa de un desorden cualquiera, y que ese desor den pudiese extenderse hasta el punto de traer consigo una corrup ción general o un transtorno tan completo que su efecto se prolongase todavía más allá, incluso de mi vida» (42). Sustentado en esta serie de negaciones, se deja ver en Sade lo que podría llamarse el «ideal de libertino», que consiste en una nueva con cepción del hombre obtenible mediante el ensamblaje en una sola fi gura de los diversos caracteres dispersos en sus múltiples libertinos. Este hombre nuevo entrevisto en la narrativa de Sade, al que Blanchot ha denominado «hombre integral» u «hombre único» y Bataille «hom bre soberano» (43), estaría definido por ser completamente inaccesible al mal, y esa omnipotencia frente al mal -esa consecución del bien la lograría precisamente mediante la producción y experimentación de todo el mal posible. En esta paradoja, como indica Blanchot, radica el sentido último de este hombre nuevo: «para el hombre integral -nos dice este autor en su La raison de Sade-, que es el todo del hombre, no hay mal posible. Si hace algún mal a los demás, ¡qué voluptuosidad! Si los otros le hacen daño, ¡qué goce! La virtud le agrada porque es débil y la aplasta, y el vicio tam bién porque saca satisfacción del desorden resultante aunque sea a sus propias expensas. Si vive no hay un solo acontecimiento de su ex4s tencia que él no pueda transformar en feliz. Si muere, encuentra en su muerte una felicidad aún más grande y, en la consciencia de su des trucción, la coronación de una vida que sólo justifica la necesidad de destruir. Es, por tanto, inaccesible a los demás. Nadie puede dañarlo, nada aliena su poder de ser quien es y de gozar de sí mismo» (44). Así, pues, la filosofía enferma sadiana se conforma a partir de tres principios puestos de relieve a través del catálogo de transgresiones sexuales: la transmutación de los valores, la improductividad y destruc tividad implícitas al actuar del hombre y la vuelta a un estado primi genio des regularizado. El desarrollo de es ta filosofía enferma condu ce a tres negaciones básicas: la del hombre, la de Dios y la de la natura leza. Sobre estas negaciones se sustenta, a su vez, la noción de un hom bre nuevo sadiano, sujeto capaz de las máximas infamias, pero indi cio, al mismo tiempo, de la manera tan intrincada y paradójica en la Asclepio- II-1990 que bien y mal se entrelazan en el hombre, de cómo el mal puede ser condición del bien, de cómo, en suma, la razón del hombre no puede desembarazarse de la sinrazón.
Unos cuantos investigadores, procedentes de diversas áreas de las llamadas Ciencias Humanas, nos encontramos reunidcs con la.preten sión de deslizar nuestras personales reflexiones en la ya c: audalosa co rriente del discurso sobre la sexualidad humana. Al enf.... entarme con mi tarea no puedo dejar de recordar el riesgo inherente a este empeño, del que no hace mucho nos previno Michel Foucault: Después de decenas de años, nosotros no hablamos del s �xo sin posar un poco: consciencia de desafiar el orden establecido, tono de voz que muestra que uno se sabe subversivo, ardor en conjurar el pre sente y en llamar a un futuro cuya hora uno piensa que contribuye a apresurar. Algo de la revuelta, de la libertad prometida• y de la pró xima época de otra ley se filtran fácilmente en ese discurso sobre la opresión del sexo. En el mismo se encuentran reactivadas viejas fun ciones de la profecía ( 1 ). Esto es cierto cuando se parte de la premisa -tan mendaz e intere sada, según el filósofo francés-de que el de la sexualidad y su ejerci cio habría sido, durante siglos, un ámbito proscrito, cerrado al lengua je y a la reflexión, creencia ésta de la que aún no nos habríamos libera do del todo, pues:... tal vez hay (una) razón que torna tan gratificante para nosotros el formular en términos de represión las relaciones del sexo y el po der: lo que podría llamarse el beneficio del locutor. Si el sexo está re primido, es decir, destinado a la prohibición, a la inexistencia y al mu tismo, el sólo hecho de hablar de él, y de hablar de su represión, po see como un aire de transgresión deliberada (2). No obstante, el hecho de que -realmente haya existido y exista aún -me guardaré de pronosticar el futuro-una cierta atmósfera de in quietud en torno al complejo mundo de la sexualidad humana, legiti ma la contínua apertura de discursos sobre el tema. Obligación de quien reflexiona es explicar, al menos parcialmente, en qué consiste la acu ciante problematicidad de este dominio antropológico, problematici dad que, en un momento histórico que habría que considerar pasado, trató de formularse tan sólo en términos de represión ejercida por un poder exterior al sujeto. En mi opinión es preciso seguir hablando de la sexualidad, reflexionar sobre su misterio, preguntarse sobre esa fa cultad que, al menos en la especie humana, desborda en todas direc ciones el marco biológico que es su soporte. La prolija y lamentable mente inconclusa investigación de Foucault nos libera en parte de la hipótesis represiva entendida al modo tradicional, y nos permite bus car las _razones de lo temible, de lo informulable de la sexualidad hu mana en otra parte. El título de mi colaboración vincula -y precisamente mediante una conjunción copulativa-sexualidad y conocimiento. No creo que a na die le resulte extraña esta asociación, vigente en el pensamiento occi dental -y, más exactamente, cristiano-al menos desde la Edad Me dia (3). Y si hago hincapié en el carácter copulativo de la conjunción,':.'J1o no se debe -o al menos, no en primer término-a una intención lúdica, sino a la pretensión de explicitar que no hablaré del «conoci miento de la sexualidad», del cúmulo de discursos que en torno a la sexualidad ha tramado nuestra cultura -eso que Foucault en la obra citada llama scientia sexualis-sino de la turbadora asociación entre sexualidad y saber que, en una capa más profunda, también se ha man tenido a lo largo de toda la historia de la civilización occidental. A rs, scientia, gnosis.En su Historia de la sexualidad Foucault señala como rasgo carac terístico y distintivo del pensamiento occidental el hecho de que, a di- http://asclepio.revistas.csic.es ferencia del oriental, no muestra especial interés por establecer una ars erotica como la que desarrollarán, cada una a su modo, las cultu ras japonesa, china, india e islámica. La antigua Roma, tal vez por su cosmopolitismo, habría sido la única excepción. Europa -sobre todo desde la Edad Media, pero sin olvidar la etapa hegemónica del pensa miento griego-'-habría desarrollado a cambio una scientia sexualis. Apa ren temen te, ni tal ciencia ni tal arte son excesivamente locuaces, am bas se mueven en el secreto; aparentemente: En el arte erótico la verdad es extraída del placer mismo, tomado como práctica y recogido como experiencia; ese saber debe ser rever tido sobre la práctica sexual, para trabajarla desde el interior y am plificar sus efectos. Así se constituye un saber que debe permanecer secreto, no por una sospecha de infamia(... ) sino porque(... ) perdería su eficacia y su virtud si fuera divulgado (4). En todo caso -como el autor pone inmediatamente de relieve-exis te un desvelamiento de lo oculto a través de la iniciación. Por su parte, la scientia sexualis esconde desde la Edad Media, tras el tópico « secre to de confesión», todo un haz de... procedimientos para decir la verdad del sexo, que en lo esencial corresponden a una forma de saber rigurosamente opuesta al arte de las iniciaciones y al secreto magistral (... ).La confesión se convirtió, en Occidente, en una de las técnicas más altamente valoradas para producir lo verdadero (5). En un lugar intermedio dentro de este espacio de silencio quebra do, cuando no ficticio, se sitúa un pensamiento clandestino cuya pre tensión de conocimiento es tan fundamental como para darle nombre: me refiero al gnosticismo, que comparte con el lenguaje del ars erotica el carácter iniciático, y con la scientia sexualis -no olvidemos que na ció del cristianismo-el anhelo del conocimiento de sí y, a la postre, de la divinidad. Se ha señalado hasta qué punto la obra de Ernesto Sa bato es deudora de la tradición gnóstica (6), por lo que me ha parecido oportuno instalar, entre las dos aproximaciones a la sexualidad plan teadas por Foucault, esta tercera que, inopinadamente, rebrota en la segunda mital del siglo veinte en una obra leída y celebrada por millo nes de personas. En 1a narrativa de Sabato no hay en absoluto ars ero tica, pero sí un atormentado arte de la confesión y una pesquisa en el interior de sí mismo y de los otros a través de la sexualiddad: una cier-Ase le pio- ta scientia sexualis que ya no produce, pero enuncia un conocimiento -gnosis-adquirido mediante una dolorosa e incluso temible intros pección. En otros trabajos (7fhe tratado de mostrar algunos de los ele mentos de este autoanálisis -tómese el término en su sentido más alto-así como ponerlo en relación con distintos dominios de las hu manidades -filosofía, historia de las religiones, onirocrítica pre y post sicoanalítica... -intentando situar al escritor y a su tema en el seno de una corriente prácticamente ininterrumpida de discursos sobre el conocimiento de uno mismo que comparten un punto de arranque: la conciencia de una escisión, de un dualismo, de una polaridad cuando menos, que está en la base de la existencia individual. En el presente trabajo aplicaré una pauta interpretativa que no había seguido hasta el momento, pero que comparte con las anteriores lo esencial: la idea de que la indagación realizada por Sabato en su novelística no ha deja do de producirse en la historia de la humanidad al menos desde el sur gimiento de un pensamiento religioso elaborado, y-que, bajo distintas manifestaciones y en distinto grado, se da o puede darse en todo ser humano: de ahí el interés que las novelas del escritor argentino tienen para lectores tan diversos. En algunos de los trabajos a que antes me refería me he ocupado del dualismo cuerpo-alma en la obra de Sabato (8). En esta ocasión me interesa mucho menos establecer el significado de los conceptos de al ma y cuerpo en el pensamiento sabatiano, que señalar hasta qué punto este dualismo introduce una peligrosísima escisión en la existencia de quien lo vive, de quien se representa en su conciencia este carácter com puesto de lo que llama su Y o. Para ello seguiré, fundamentalmente, la guía suministrada por los estudios de C. G. Jung sobre la alquimia. ¿Por qué esta elección? En primer lugar, porque el dualismo es elemento fundamental del pensamiento gnóstico -y en particular del maniqueís mo, del que tantas pruebas se encuentran en la obra de Sabato (9)-, y la asociación entre gnosis y alquimia ha sido ya definitivamente es tablecida, entre otros por el propio Jung (10). Pero, además, la tesis cen tral de los escritos del psicoanalista suizo sobre el arte hermética es perfectamente aplicable a la obra de ficción de Sabato: según Jung, la obra hermética no era otra cosa que un símbolo del proceso de indivi duación (11). Otro tanto puede decirse de las historias narradas por el escritor argentino. Sostiene Jung que «sin la experiencia de lo contra dictorio no existe experiencia alguna de la totalidad» (12) y, como Sa bato ha declarado en multitud de ocasiones, lo que ha buscado a tra vés de su creación literaria ha sido precisamente esto, una experiencia de la totalidad superadora de la escisión, y hay que decir que el grado de claridad alcanzado por él es muy superior al conseguido por los es pagíricos medievales y modernos. Ellos, nos dice Jung, «proyectaban» su propio inconsciente sobre el proceso protoquímico que realiza ban (13), y lo que se desplegaba ante sus ojos era -en palabras de Bachelard-«un combate intestino de las sustancias(... ) un verdadero maniqueísmo de la materia» ( 14); mientras que el novelista sabe per fectamente de qué está hablando cuando nos muestra esos mismos «combates intestinos»: nos habla de sí mismo y del hombre en general. Fernando Vidal Olmos es el doble oscuro de Sabato en Sobre héroes y tumbas, su particular «Mr. Hyde»; lo que Jung llama «la sombra»; El proceso de individuación que el psicoanalista estudia a través de la simbología de la alquimia consiste, en síntesis, en la toma de concien cia de esta «sombra» (el inconsciente personal); y este proceso arras tra siempre a la superficie imágenes del inconsciente colectivo, no fá cilmente racionalizables, que despiertan en el sujeto el miedo a volver se }orn (15). Fernando Vidal reconoce, en su «Informe sobre ciegos», haber experimentado este temor en su infancia, cuando un sueño repe tido le atormentaba: Veía un chico (y ese chico, hecho curioso, era yo mismo, y me veía y observaba como si fuera otro) que jugaba en silencio a un juego que yo no alcanzaba a entender (... ) De pronto, mirándome gravemente, me decía: observo la sombra de esta pared en el sueño, y si esa som bra llega a moverse no sé lo que puede pasar. Había en sus palabras una sobria pero horrenda expectativa. Y entonces yo también empe zaba a controlar la sombra con pavor. No se trataba, inútil decirlo, del trivial desplazamiento que la sombra pudiese tener por el simple movimiento del sol: era OTRA COSA (16). Más tarde, ya en edad adulta, Fernando comprenderá que el sueño era solamente la oscura precognición de una verdad terrible: Cuando yo tenía menos de veinte años(... ) tuve de pronto la revela ción de que la realidad podía empezar a deformarse si no concentra ba toda mi voluntad para mantenerla estable(... ) Como si me viese obli gado a anclar la realidad, pero como si el barco estuviese compuesto Asclepio- II-1990 de muchos pedazos separables y fuese necesario primero atarlos a to dos y luego largar una formidable ancla para que el todo no fuese la deriva(... ) La gente no comprendía lo que me pasaba, me veía concen trarme, con mi mirada fija y ajena, y creía que me estaba volviendo loco, sin comprender que era al revés, puesto que merced a aquel es fuerzo lograba mantener la realidad en su sitio y en su forma (17). Vidal -y, con él, su creador-descubre la ingenuidad latente en el concepto de «individuo», puesto que él se sabe radicalmente dividi do, y no en dos, sino tal vez en innumerables fragmentos. Ha vivencia do el incomparable poder disolvente de la sombra cuando se muestra a la conciencia, y morirá por ello. Si Sabato ha de sobrevivir sin vol verse loco, será al precio de una boda mística, de una hierogamia en tre lo oscuro y lo distinto; y esta unión será tan íntima que sólo pude simbolizarse adecuadamente mediante la metáfora del incesto, de la unión con lo más próximo pero, a la vez, diferente. El andrógino y el murciélago La conciencia de esa radical escisión, para la que la naturaleza pa rece haber tramado la imagen perfecta de la diferencia de los sexos, ha movido a los hombres a lo largo del tiempo a representarse la soña da unión definitiva bajo la figura del andrógino. A este respecto es muy ilustrativo el abordaje de esta metáfora realizado por Eliade en Mefis tófeles y el Andrógino o el ministerio de la totalidad (18). Simulacro de esta unión ideal es el acto sexual, que no se convierte en auténtica vía hacia el conocimiento si no va acompañado de una identificación con el otro• -en el acto en sí, tomado en su realidad material, no simbólica y, sobre todo, con lo Otro -en lo que atañe a la duplicidad o multipli cidad solitaria de cada cual-. En su dimensión puramente real el acto sexual tiene, en la obra de Sabato, el valor nada despreciable, pero a todas luces escaso, revelador de la profundidad de un problema esen cial cuya solución no constituye. Juan Pablo Castel, el protagonista de El túnel, vivirá trágicamente su incomunicación con la amada hasta llegar al asesinato. Su conclusión es explícita: http://asclepio.revistas.csic.es tinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían unido y que la hora del encuentro había llegado. Pero, ¿realmente los pasadizos se habían unido y nuestras al mas se habían comunicado? ¡Qué estúpida ilusión mía había sido to do esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque aho ra el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio (... ) No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado(... ) y hasta pen saba (... ) que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en el que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida (19). Por su parte, Martín, en Sobre héroes y tumbas, experimenta una radical insatisfacción que hace irrelevante, que invalida incluso la me ra satisfacción física cuando se une con Alejandra: Arrastrado por el cuerpo, en medio del tumulto y de la consterna ción de la carne, el alma de Martín trataba de hacerse oir por el otro que estaba del otro lado del abismo (... ). Y Martín trataba de llegar, de sentir, de entender a Alejandra tocando su cara, acariciando su pe lo, besando sus orejas, su cuello, sus pechos, su vientre, como un pe rro que busca un tesoro escondido(... ) Y así como el perro, cuando siente de pronto más próximo el misterio buscado, empieza a cavar con febril y casi enloquecido fervor(... ) así acometía (Martín) el cuer po de Alejandra, trataba de penetrar en ella hasta el fondo del doloro so enigma(... ) Y mientras Martín cavaba, Alejandra quizá luchaba des de su propia isla, gritando palabras cifradas que para él, Martín, eran ininteligibles y para ella, Alejandra, probablemente inútiles, y para ambos desesperantes (20). Corresponde, como queda dicho, a Fernando Vidal realizar la única cópula que conduce a la sabiduría: una cópula que es a la vez efracción y pesquisa, que conduce a lo más oscuro para introducir en su fondo la luz del conocimiento, y que se produce tanto en una dimensión real como en la simbólica. Su camino recuerda en todo al seguido por los alquimistas en su esfuerzo por encontrar lo que no en vano se llama rebis. Soy un investigador del Mal ¿ y cómo podría investigarse el Mal sin hundirse hasta el cuello en la basura?(... ) Así fui advirtiendo de trás de las apariencias el mundo abominable. Y así fui preparando Asclepio- Il-1990 mis sentidos, exacerbándolos por la pasión y la ansiedad, por la espe ra y el temor, para ver finalmente las grandes fuerzas de las tinieblas como los místicos alcanzan a ver al dios de la luz y de la bondad. Y yo, místico de la Basura y del Infierno, puedo y debo decir:.¡CREED EN MI! (21). ¡Cómo evoca este texto la impetración de aquel alquimista que pe día a Dios: Horridas nostrae mentis purga tenebras! (22), si bien existe una diferencia fundamental entre éste y Fernando: el Doppelgiinger de Sabato desea, precisamente, «ver las grandes fuerzas de las tinieblas». Solamente un personaje como este podía acometer una indagación en lo oscuro, en el mundo sin luz de los ciegos, identificado por Sabato en Abaddón con el mundo del sueño: «Al dormir cerramos los ojos y, por tanto, NOS CONVERTIMOS EN CIEGOS» (23). Y era necesario que alguien se entregase a esta aventura. En la primera parte de su viaje por el submundo -en el recorrido por las cloacas, esto es: en aquella parte en la que no puede asegurarse que lo que se describe es una ex periencia onírica-Fernando se da cuenta de que su pesquisa dista de ser inútil. A través de la metáfora del fétido laberinto nos hace ver cómo Acabamos de tropezar con algunos de los temas que J ung ha seña lado en su interpretación de la obra alquimista como proceso de indi viduación: en primer lugar, la metáfora de la ceguera, ubicua en la obra sabatiana. Vidal se introduce en el mundo de los ciegos para desvelar lo, como si respondiera a la consigna lanzada por Jung en su estudio del Rosarium Philosophorum: No puede constituir por cierto un ideal valedero el que los hom bres vivan continuamente en un estado infantil, ciegos con respecto a sí mismos (25). También Martín, en Sobre héroes y tumbas, asocia la ceguera a la puerilidad: Ciegos, ciegos: la infancia, la noche, las tinieblas (26). Pero no es ésta la única coincidencia que se da entre el «Informe sobre ciegos» y los estudios junguianos: en el citado fragmento apare cen dos metáforas -la Nada del Océano y la idea de nigredo-caracte rísticas de las primeras etapas del proceso alquímico. Y el final del viaje de Fernando por el mundo subterráneo lo constituye una múltiple y monstruosa cópula con una divinidad que no es otra que Alejandra. Para consumar esta unión Fernando, sin perder su carácter humano -o más exactamente, sin perder la conciencia-adopta sucesivamente la for ma de diversos animales, reales unos, procedentes los otros del bestia rio onírico: centauro, unicornio, serpiente, pulpo, vampiro, sátiro, ta rántula, salamandra... Más tarde, ya en Abaddón el exterminador, será el propio Sabato quien consume una unión sexual con «Soledad» -nombre a todas luces no elegido al azar-, desgarrando su «ojo se xual» (28). La correspondencia existente entre lo descrito en ambas no velas y lo que J ung ha visto en el proceder de los autores alquimistas es, como trataré de mostrar, extraordinaria. La serie de láminas del Rosarium estudiadas por J ung muestran, mediante metáforas en primer término sexuales, los pasos de esa aven tura que puede conducir• tanto a la locura como al conocimiento del sí-mismo. La primera de estas láminas presenta al rey y la reina, ca racterizados cada uno de ellos por un símbolo astral: el sol y la luna, Apolo y Diana, hermanos -no lo olvidemos-en la mitología de la que se toma el símbolo. No puedo extenderme en detalle sobre la interpre tación de todo lo que se manifiesta en la lámina, tal como hace Jung; baste, pues, con señalar que, ya en esta primera ilustración, se mues tra de forma inequívoca la unión, pendiente de consumación, de los her manos estelares. Incestuosa unión, como la de Fernando y Alejandra, que explica así el psicoanalista suizo: El incesto simboliza la unión con la esencia propia, la individua ción o el devenir uno mismo (29). A través del incesto Fernando accede a los subterráneos de la po dredumbre que conducen a la Nada del Océano. En la lámina quinta del Rosarium contemplamos la coniunctio sive coitus del rey y la reina Asclepio- II-1990 sumergidos bajo el mar, coniunctio que lleva, en la lámina séptima, a la conceptio seu putrefactio. Curiosa asociación, ésta de putrefacción y Goncepción: algo debe morir -Fernando acribillado por Alejandra, dla misma quemada ep el interior del mirador-para que se produzca la concepción de algo nuevo. Las « bodas químicas» son, a la post:i;e, unas b9das de fuego de las que tal vez surgirá una criatura nueva. El alma «vieja», que el Yo aún no se había apropiado, abandona el cuerpo ya andrógino -figura octava-,-para regresar al fin en un nuevo nacimiento -ortus, figura décima-al cuerpo dúplice que la_ recibe, alzándose al fin como andrógino triunfante, como símbolo de la unión de los com plementarios antaño opuestos. ¿Es éste un final feliz? En absoluto: todo lo más.se trata de un final justo. El ascenso a la conciencia de lo inconsciente, de lo pulsional, re presentado -y no por azar-mediante la metáfora de la coniunctio, la putrefactio y el ortus: unión sexual, muerte y renacimiento bajo una forma monstruosa -tómese el término en su sentido prístino-no re presenta el final de los conflictos, de las tensiones, sino, todo 19 más, el problemático señorío sobre ellas. En la base de la, figura décima apa recen dos pájaros; uno de ellos puede volar, no así el otro. El andrógi no con qμe concluye la serie puede volar: pero las suyas son alas de murciélago: como lo son las que crecen al propio Sabato despu�s de su unión con Soledad: Sin que atinara a nada (¿para qué gritar? ¿Para que la gente al lle ga,r lo matara a palos, asqueada•?). Sabato observó cómo sus pies se iban transformando en patas de murciélago(... ) Su asco se hizo más intenso cuando se le formaron las alas(... ) pero cuando el proceso al canzó la cabeza(... ) su horror alcanzó la máxima e indescriptible-in tensidad(... ) El había pertenecido siempre a la clase de gente que siente inv�ncible asco ante una rata. Es imaginable, pues, lo que podía sen tir ante una rata de un metro veinte, con inmensas alas cartilagino sas, con la repulsiva: piel arrugada de esos monstruos. Aμnqμe más auténtico, �l estado alcanzado no es. más cómodo, no se: resuelve en un tímido pacto entre lo consciente conocido y lo incons� ciente reci�_p descubi�rto: 40 L_ c;l nuevc1: personalidad no es, de pingún modo, un tercero entre lo consciente y lo inconsciente, sino que es estos dos juntos. Es trascen dent� <:l la conciencia, y, por tanto, ya no debe calificarse de yo sino de sí-mismo (31). El sí-mismo es el andrógino con alas de murciélago, problemático ser constituido por la unión de una pluralidad aceptada, masculina y femenina, consciente e inconsciente, luminosa y oscura: la metáfora de la unión en la tensión como suma de la sabiduría sobre lo humano; el destino de una existencia entendida como búsqueda, tal como Saba to la concibe en el prólogo de su primer libro de ensayos: Uno se embarca hacia tierras lejanas, o busca el conocimiento de hombres, o indaga la naturaleza, o busca a Dios; después se advierte que el fantasma que se perseguía era Unomismo (32). Sí: «el auténtico camino que lleva a la totalidad es una longissima via» (33); y la totalidad no es, como queda dicho, un mero happy end. Aunque tal vez sí equivale a una vida más plena, pues si aceptamos que la muerte es quietud y la vida es acción,... el mal exige ser tan sopesado como el bien, pues el bien y el mal no son, a fin de cuentas, sino prolongaciones y abstracciones ideales de la acción (34). Esta, metafórica, no es la única forma de abordar la sexualidad. Pe ro cabe pensar que quien cumple en sí las bodas místicas estará al me nos un paso más lejos que Martín del abismo de incomunicación que contemplábamos en el citado texto de Sobre héroes y tumbas. Algo pa recido pensaba Nietzsche al escribir en su Zarathustra: Eres joven, y quier�s tener una mujer y un hijo. Y yo te pregunto: «¿Eres hombre que pueda permitirse desear un hijo? ¿Eres el victorioso, el dominador de tí mismo(... ) ¿O ese deseo no es más que la voz del animal y de la necesidad? ¿ O es que tienes miedo de estar solo? (... ) Algún día tendréis que amar más allá de vosotros mismos. ¡Aprended, pues, a amar! ¡Y para ello apurad el cáliz del amor hasta las heces! Hasta el cáliz del mejor amor encontraréis amargura. Pero esta amargura despierta la sed del superhombre y del creador» (35). Para que pueda darse la unión de dos es preciso, primero, instau rar la unidad problemática simbolizada por ese andrógino que es el Uno-Asele pio-II-1990 mismo. Por eso el ingente ciclo indagatorio de Ernesto Sabato conclu ye con un poema que es una pregunta: pregunta que ha encontrado res puesta una vez -pero que ha de contestarse veces innumerables-en el despliegue de la escritura sabati':1na: ¿ Es el alma un extraño en la tierra? ¿ Adónde dirige sus pasos? Es la voz lunar de la hermana a través de la niebla sagrada la que oye el peregrino el sombrío en su barca nocturna en los estanques lunares entre podridos ramajes, entre muros leprosos (36). (1) FoUCAULT, M. (1984): Historia de la sexualidad, I (La voluntad de saber). México, Siglo XXI, p. (9) Además de los estudios citados en la nota 7 el tema ha sido estudiado por mí en Con los ojos de Perséfone. Una lectura de Ernesto Sabato (Madrid, 1989), donde intento probar que el dualismo maniqueo cumple, en la obra de Sabato, un papel fundamental mente simbólico respecto de otras influencias filosóficas que apuntan a este mismo pro blema de la escisión percibida y la búsqueda de la unidad frente al caos.
El título de este trabajo, «El caso de Ana O. », se refiere a la novela de Leopoldo Alas, La Regenta, publicada en 1885, cuya protagonista se llama Ana Ozores, y también recuerda el famoso caso de Fraulein An na O. que introduce Los estudios sobre la histeria de Breuer y Freud publicados diez años después de La Regenta. Por tanto, el título repre senta un puente entre dos discursos: el narrativo, específicamente la novela realista y naturalista, y el discurso médico prefreudiano basa do en la teoría positivista y el modelo anatomo-clínico. Al mismo tiem po, el título indica otro puente posible hacia el porvenir, la relación entre la creatividad de la novela y los historiales clínicos escritos por Freud. El tema de mi trabajo es la histeria en la España del siglo XIX y su relación con la socialización de la sexualidad humana. Repasaré pri mero las ideas sobre la histeria que predominaban durante la segunda mitad del siglo en España, y haré, a continuación, un breve comenta rio sobre La Regenta. Pero la cuestión concreta que quiero plantear a lo largo de mi trabajo es: ¿ qué valor tiene o puede tener la literatura, y, sobre todo, la novela realista decimonónica como fuente para inves tigar la histeria en el siglo pasado? * Este trabajo fue realizado gracias a una ayuda del Programa de Cooperación Cul tural entre el Ministerio de Cultura Español y las Universidades Norteamericanas. Cuando leemos los historiales clínicos de histeria que aparecen en revistas médicas españolas del siglo pasado, en Las Ciencias Médicas de Barcelona o en La Revista Clínica de los Hospitales, editado por el Dr. José María Esquerdo, por ejemplo, o en los breves historiales pu blicados por médico-legistas e higienistas como Pedro Mata, Felipe Mon lau, entre otros, y especialmente, las lecciones de J. M. Charcot, salta a la vista que lo que leemos se distingue radicalmente de la historia que escribe Clarín de la vida de Ana Ozores en Vetusta. Esta diferencia radical no se puede expresar apoyándose únicamente en los términos tajantes de ficción y verdad. Leemos las novelas de Galdós, de Clarín, de la Pardo Bazán, buscando un ambiente, unos personajes reconoci bles, es decir, buscando también algo que llamamos verdad. Al identi ficarnos con los personajes, lo que es ficción nos parece creíble, vero símil. Según Zola, que expone sus teorías de la novela científica en Le ro man expérimentale (1880), la ley de la verosimilitud no depende de la imaginación del autor sino de su capacidad de describir exactamente lo que ve, sin idealizar la sociedad que observa. En el siglo XIX, la se paración entré realidad e imaginación, entre ficción y verdad, que no velistas como Zola pretendían superar con la nueva novela científica, se basaba en una firme creencia en la objetividad de la perspectiva cien tífica y en la metodología experimental expuesta por Claude Bernard en su Introduction a l'étude de la.médecine expérimentale " (1865). La ver dad científica sí es alcanzable, primero, como nos explica Foucault en El nacimiento de la clínica (1963), abriendo cadávyres, y más adelante, por medio de la tecnología nueva que refuerza la rriirada del médico, el espéculo, que legitima la penetración del cuerpo femenino, y el mi croscopio, que hace visible el misterio de la célula. En España, la historia de la histeria en la prensa médica surge co mo una polé_ mica en torno al estatuto nosológico de la enfermedad y su etiología. Los médicos se preguntan: 1) ¿qué es la histeria?, es de cir, ¿ dónde cabe ubicada en el cuadro nosoiógico?; y 2) ¿ cuáles son las causas de los síntomas? En 1875, 10 años antes de publicar La Regen ta, el ginecólogo Angel Pulido, en la sesión de apertura del tercer año de la Sociedad Ginecológica Española, hace un resumen de las ideas sobre la histeria: «La Sociedad... se inclina a la localización nativa del padecimiento, y que ésta es el plexo ganglionar del aparato generador interno de la mujer» (1). Los ginecólogos, en último término, se hacen eco de las palabras de Pedro Felipe Monlau, escritas veinte años antes: « En la matriz retumban indefectiblemente todas las afecciones fí-sicas y morales de la mujer: el útero hace que la mujer s�a lo que es» (2). El frenólogo barcelonés Juan Giné y Partagas, en su Tratado-Teórico Práctico de Freno-Patología (3), siguiendo el pensamiento de J ules Luys, neurólogo francés contemporáneo de Charcot, y también médico de la Salpétriere, localiza el punto inicial de la histeria en el tálamo óptico. Por otra parte, el Dr. Esquerdo, en su artículo «De la locqra histérica», insiste en• el predominio de la histeria sobre las otras enfermedades mentales en la mujer cuando afirma que la histeria..., «en la patología mental de la mujer (... ) obtiene el premio» (4). A pesar de la diversas opiniones respecto a la localización exacta de la histeria dentro del cuerpo, destaca la creencia en una etiología organicista. En cuanto a las diferencias nosológicas, los médicos están de acuerdo en que el ataque histérico es lo que distingue la histeria de la epilepsia, la hipocondría, o la parálisis general progresiva. El ata que histérico define la enfermedad y no los síntomas de disociación -la afonía, la ceguera, la hemi-anestesia-que aparecen en los intervalos del ataque convulsivo. Al contrario de los síntomas de privación de los sentidos que la enferma sufre en silencio, el ataque histérico exige un público; existe para que se presencie. Es el ataque lo que hace que el médico crea en la enfermedad de su paciente. Veamos la descripción del Dr. Pulido:... esas tiernas jóvenes, cuyos organismos parecen hechos de va por y nieve, a quienes el histerismo siembra de espinas los más feli ces años de la juventud (caen}, desvqnecidas al choque de una leve im presión moral, y lívido el rostro, fija la mirada, anheloso el pecho por sofocante ansiedad, rápidos y violentos los latidos del corazón, bara jada la risa y el llanto (sacuden, encogen y estiran), con irresistible violencia todo su cuerpo, como si a través de sus músculos rodasen tremendas cargas eléctricas... » (5). La descripción que hace Pulido de una corriente eléctrica que sacu de el blanco y translúcido cuerpo de una niña desmayada es una ima gen inconscientemente erótica -el pálido cuerpo orgásmico de la jo ven se podía haber descrito de otra manera, con palabras como anémi co, enfermizo, o desnutrido-pero Pulido no es ninguna excepción. Des taca en general en los textos médicos, el empleo insistente de un len guaje metafórico en las descripciones del ataque histérico. La descripción de Giné y Partagás de un típico ataque muestra la dificul tad de observar y describir el ataque histérico sin usar un lenguaje me tafórico. El enfermo da un grito... y agita sus miembros, unas veces como •quien pretende desasirse de alguno que le contiene, otras como si su friese un arrebato de desesperación, otras en fin, doblando y exten diendo sin cesar los miembros, rodando sobre el eje del cuerpo y alar gándose y acortándose como un gusano (6). Esta descripción es un cabal ejemplo de lo difícil que es crear un lenguaje que materialice el ideal de objetividad de la mirada, es decir, la dificultad de contener la descripción de los síntomas histéricos den tro de un vocabulario preciso que cuantifiqué el espacio, el tiempo, el peso -de los fluidos de lágrimas y orines, de los decibelios de los gri tos y lloros, etc. Al describir un ataque histérico, Giné interpreta los movimientos violentos de los brazos como si representaran un momen to, un episodio, dentro de una posible historia. El enfermo parece em pujar a alguien o tal vez intente librarse de alguien. En otras palabras, Giné no puede dejar de ver el espectáculo del ataque histérico como una narración posible. Finalmente, notamos la subjetividad de la me táfora que elige Giné cuando dice que los movimientos ondulantes no le hacen pensar, a diferencia del Dr. Pulido, en una blanca virgen elec trificada, sino en un gusano. Es de notar que Giné demuestra de otra manera su repulsión hacia el cuerpo femenino y especialmente el cuerpo. físicamente descontrolado. En un momento en que la histeria se consi deraba exclusivamente como una enfermedad de la mujer, a pesar del dictamen de Charcot que insistía en la existencia de la histeria mascu lina, Giné introduce su descripción con un sujeto paradigmático mas culino («el enfermo da un grito... »). El Dr. Esquerdo, en el artículo ya citado, destaca la relación sim biótica entre la histeria como objeto de contemplación y los autores que escriben sobre ella: «Nótase una especie de infección histérica en los autores; como el hacha que corta el cedro se perfuma, así pare� impregnada de histerismo la pluma del que escribe acerca de esta neu rosis» (7). Esta contaminación que observa el Dr. Esquerdo infecta la mente de los autores que escriben sobre el tema y no sus cuerpos. Pero Esquerdo emplea una metáfora que revela un miedo muy específico. Dice que los autores parecen impregnados de histerismo, es decir, que la mujer histé'rica, haciendo el papel del hombre, le deja lleno de su propio sexo; le contamina con su feminidad, con su enfermedad que surge del «plexo ganglionar de su aparato generador interno» (Pulido) del útero, que define a la mujer y que infecta al hombre. Aquí, cabe hacer otra pregunta. ¿Es la metodología de la clínica y su idea de la objetividad lo que hay que cuestionar? ¿ O es que la expli cación de la falta de objetividad se halla en el objeto estudiado, mejor dicho, en la relación entre �-1 médico decimonónico, siempre masculi no, y la histérica, que es, a pesar de la obra de Charcot, casi por defini ción, mujer? La clínica del siglo pasado se basa en la cuantificación de la mira da. En la Salpétriere, Charcot mide gota por gota los orines de la en ferma para descubrir la relación entre la retención de este fluido y su histeria (8). No se puede confiar en las palabras de la histérica. Puede que mienta cuando dice que no ha orinado durante días. Para saber la verdad, hay que controlar a la enferma. Hay que vigilarla día y noche: lo que come, lo que bebe, lo que hace con la ropa de cama, lo que hace con su cuerpo. Es una lucha entre el médico y la enferma para adueñarse de los conocimientos detrás de los sínto mas. Charcot observa a la histérica, petrificada en los intersticios del cuadro nosológico. La realidad científica del cuadro nosológico es una realidad totalizante. Dentro de los límites nosológicos deben caber to dos los síntomas de las enfermedades humanas, ningún síntoma pue de quedar fuera de los parámetros de la nomenclatura. Cada síntoma existe, por tanto, en función del nombre de la categoría o clasificación que crea el científico. Pero éste, frente a la realidad totalizante del cua dro nosológico es una abstracción, su totalidad humana, su historial, la unicidad de su ubicación en la lucha de clases (Marx) o en la narrati va de la Familia (Freud) de la cual depende la subjetividad de cada uno, no cabe dentro del cuadro. La objetividad de la realidad científica de pende, pues, de la negación de la subjetividad del científico. El científi co en su clínica, para poder cuantificar los síntomas del enfermo, tie ne que desarticular el sujeto y convertirlo en objeto, separar a la per sona de sus síntomas. Charcot pone las manos sobre los ovarios de la enferma y toca su histeria. La manipula, inicia el ataque y lo para cuan do quiere (9). Quita de la histérica su histeria, apropiándose de los sín tomas. A partir de ese momento la histeria le pertenece a él y la puede nombrar. Es autor de un nuevo cuadro nosológico. La capacidad de observar y de contar es también el poder del nove lista. Pero al contrario del proceso de reidificación que tiene lugar en la clínica, el discurso narrativo depende de la capacidad del autor de escribir la subjetividad humana. La ley de la verosimilitud termina don de empieza la ley de la identidad. Tal vez Ana Ozores se parezca a Ma dame Bovary pero nunca son idénticas. La enfermedad de Ana Ozores es el andamiaje de La Regenta (10) Asclepio- II-1990 de la misma manera que estructura la identidad de la protagonista. Pero no es únicamente la enfermedad que diagnostica Alas, sino también el ambiente social, una ciudad de provincias, Vetusta, copiada cuidado samente del original, Oviedo. La vida de Ana Ozores dentro de este am biente social tiene una semejanza importante con el estudio de un or ganismo en un experimento de laboratorio. Vemos el desarrollo de una enfermedad, y también de la personalidad y la psicología de una joven dentro de un ambiente controlado por las fuerzas sociales que lo man tienen.en vigor, o mejor dicho, en decadencia. Esas fuerzas sociales son: la economía estancada de Vetusta, la miseria cultural, el fanatismo de la Iglesia y el culto a las apariencias, las costumbres viciadas de la aris tocracia provinciana y la estructura de clase que define las posibilida des• económicas de los •individuos. Cada factor tendrá que ver con las decisiones que Ana hace en el camino que lleva a casarse a los veinte años de edad, sin estar enamorada y sin querer, con un hombre más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. No cabe aquí un análisis completo de las técnicas narrativas que utiliza el novelista, Me limito, por tanto, a abordar la importancia del ataque histérico y el desenlace de la novela. La primera vez que vemos a Ana en el trance de un ataque histérico, está a solas en su dormito rio. Ana se da cuenta de que. le están acosando los síntomas que anun cian un ataque de nervios. La sensación de que el cuerpo se le desvane ce lo comprueban sus propios ojos. Le entra el pánico, no porque no vea bien, síntoma clásico de la histeria, s• ino porque no se ve a sí mis ma: «... se miró las manos... no veía bien los dedos, el pulso latía con violencia..., sí, sí, estaba mala, iba a darle el ataque; había que llamar; cogió el cordón de la campanilla, llamó». La noche siguiente, Ana sufre otro ataque aun peor, y esta vez, Alas lo relaciona directamente con los frustrados deseos sexuales de su per sonaje. En este episodio, Ana, hecha una Magdalena, intenta seducir a su escandalizado marido, que insiste en repetirle que sus deseos amo rosos son un síntoma más de su enfermedad: «esto no es natural, quie ro decir(... ) yo te quiero infinito, ya lo sabes; pero •tú estás mala y por eso te pones así; sí, hija mía, estos extremos... Alas destaca la importancia de la vida sexual del matrimonio ha ciéndonos entender que el ex-regente Víctor Quintana, es y siempre ha sido impotente. Sin embargo, Alas evita reducir la problemática de las manifestaciones histéricas a una lógica lineal de causa y efecto. Al con trario, Ana reacciona según una lógica dialéctica de deseos contradic- Ase le pio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) torios: el deseo de esconderse dentro de su mundo de fantasía, el refu gio de su niñez contra la vigilancia opresiva de su aya. Pero también, el miedo de quedarse abandonada en esta soledad a veces seductora y placentera. El miedo de que su cuerpo no le pertenece, que es «cómplice de los otros..., más del mundo que de ella» (II-123), alterna con el temor de que dentro de su cuerpo, también ella se desvanece. Es el temor a la muerte psíquica. Dice a su confesor: «A veces se me figura que soy por dentro un montón de arena que se desmorona..., no sé explicarlo, sien to grietas en la vida..., me divido dentro de mí..., me achico, me anu lo..., si usted me viera por dentro, me tendría lástima... » En su adolescencia, Ana había intentado crear una vida interior pro pia que trascendiera el mundo de fantasía de su niñez. Pero en Vetusta, está mal visto que una mujer escriba. De todos modos, cuando sus tías le quitan la pluma, sigue. Finalmente, la humi llación pública, el llamarle Jorge Sandio y literata, le convence a Ana de que no sirve para este oficio. ¿ Qué es lo que quiere Ana? Quiere tener un hijo pero su marido pre fiere la caza y el casino a la cama matrimonial. El joven médico, Bení tez, la voz de la ciencia moderna en este mundo viejo' y decadente, le anima a que vuelva a escribir. En el único momento de la novela en que parece que puede haber una salida del tedio mortal de su vida, J_na se recrea, hace una vida interior, esGribiendo sus pensamientos y emo ciones en un diario. Tiene el apoyo de la autoridad del joven medico. Y el proceso de escribir le enseña que la separación entre su cuerpo y su vida interior significa también el derecho de guardar el secreto de sus pensamientos. Empieza a sentirse persona, independiente de las opiniones de los demás. Sin embargo, la vida interior, a falta de un con texto social, no basta. Su amiga Visitación describe el ataque histérico de Ana al cínico don Alvaro Mesías. «Tiene los ojos llenos de lágrimas (... ) y dentro de la remonísima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas subterráneas; Parece que allá dentro se lamenta el amor siempre callado y en pri siones(... ) Cualquiera diría que en los ataques... se muere de amor... ¿ Es esto lo que quiere Ana? Alas pone el amor en todas sus mani festaciones bajo su microscopio. La debilidad psíquica de Ana la rela-Asclepio- II-1990 ciona con la pérdida de su madre, con la nostalgia eterna del regazo maternal, y con la falta de protección del padre que le abandona a su hija por la muerte. El amor está fragmentado, no hay expresión sexual del amor, la sexualidad se reduce a un instinto puramente orgánico que se ejerce fuera del matrimonio en relaciones adúlteras. El amor sexual es la lujuria. El único amor verdadero y puro, el único que valga, es el amor maternal -y también paternal, el amor de padre que el viejo Quintanar siente para su joven esposa, el amor que no satisface ya a la niña adulta. La escena final de la historia de Ana la lleva otra vez de su mansión oscura a una iglesia igualmente oscura en busca siempre del calor hu mano sin el cual la vida se le hace intolerable. Ana busca a su confesor, su querido «hermano gemelo», y le ve salir del confesionario, la cara lívida de odio, los brazos extendidos en ademán de acogotada.. Cae des mayada al suelo. El cura se va y el lector se queda a solas con el cuerpo de Ana, se queda y observa entrar a Celedonio, el acólito afeminado con su cara sucia; le mira caminar con las caderas ondúlantes de mu jer hacia el cuerpo de Ana tumbado en el suelo y ve cómo se agacha y acercando su boca de sapo a los fríos labios de la bella joven, la besa. Esta escena de violación simbólica en que el lector participa en el papel de voyeur funciona como las conocidas fotografías de las histéri cas en la Salpetriere. Por medio de la fotografía se capta la histeria inmovilizada, se puede tenerla en la mano, mirarla y disfrutarla. La escena de Ana caída en el suelo es una escena provocadora, llena de una sensualidad perversa. La podemos disfrutar porque la víctima no protesta, no ofrece la menor resistencia. En La Regenta, Alas pinta un cuadro de una sociedad corrupta e hi pócrita, dentro de la cual la reacción histérica es una reacción casi nor mal de una mujer joven que no es capaz de someterse a las costumbres y valores poco edificantes de la sociedad en que está condenada a vi vir. Podemos decir que esta condena de la sociedad es el revés de la opinión del Dr. Esquerdo que insiste en la necesidad de encerrar a las• histéricas para proteger a la sociedad del efecto malsano y contami nante de su presencia. Dice Esquerdo: « Una loca histérica en un mani comio es un problema sencillo(... ) Por el c_ ontrario, un loco o una loca de excitación maníaca en el seno de las familias, es siempre problema muy complejo;(... ) las aparentemente leves erosiones morales que cau sa, se convierten en heridas emponzoñadas, cuyos estragos hacen olvi dar a la enferma para fijarse en sus victimas» (11). Para terminar, quiero volver a la pregunta que propuse al princi-pio, esto es, ¿ qué valor tiene para nosotros la novela decimonónica al plantear una investigación sobre la histeria? La perspectiva crítica que el discurso narrativo requiere a causa de la inevitable y consciente com plicidad entre el autor y el lector constituye en sí un conocimiento; eso es, nos enseña a sospechar de la postura positivista que insiste en la transparencia del lenguaje, en su capacidad de representar exactamen te, idénticamente, lo que dice representar. En su discusión del caso de Fraulein Elizabeth Von R., Freud hace un comentario en el papel de crítico literario de su propia obra. Todavía me extraña que los historiales clínicos que escribo se lean como si fueran cuentos y que falten, por decirlo de otra manera, el aspecto serio de la ciencia. Me tengo que consolar pensando que es la naturaleza de la materia (es decir, de la histeria, B. A.) la que es obviamente responsable de que resulten así, y no una predilección mía. El hecho es que el diagnóstico local y las reacciones eléctricas no lle van a ninguna parte en el estudio de la histeria, mientras que una de tallada descripción de los procesos mentales como los que nos acos tumbramos a encontrar en la obra de escritores imaginativos me per mite, con el uso también de algunas fórmulas psicológicas, obtener por lo menos alguna visión del proceso de aquella enfermedad. Los historiales clínicos de este tipo deben ser evaluados como los histo riales psiquiátricos: pero tienen, sin embargo, una ventaja que es la íntima conexión entre los síntomas del enfermo y la historia de sus sufrimientos... » (traducción mía) (12). Cuando Freud, cuatro años después de terminar el historial clínico de Dora, por fin lo ofrece al público, defiende la veracidad de su relato de la manera siguiente: «.•. el informe no es absolutamente -fotográficamente-exacto, pero se puede confiar plenamente en lo que aquí se lee. No se ha cam biado nada de importancia, salvo, en algunos momentos, el orden en que se pone las explicaciones, y esto se ha hecho para exponer el caso de una manera más conectada. » ( 1: raducción mía) (13). Nos pide Freud que demos por buena su narración de la histeria de Dora como un informe casi fotográfico de lo que pasó en su despa cho. Debemos creer en la verdad del «informe» porque debemos creer en la veracidad del autor. Ha apuntado todo lo que considera impor tante. Unicamente ha cambiado el orden de algunas explicaciones. En Asclepio- II-1990 aquellas fechas, Freud seguía insistiendo, por tanto, en la objetividad científica del médico en el momento de mirar a la enferma, es decir, en la posibilidad de describir con exactitud científica la subjetividad del otro, de crear un sujeto por medio del lenguaje que fuera una répli ca del original. Y si no lo consigue del todo, no es que no lo pudiera haber hecho, teniendo más tiempo, más oportunidad, de observar y de escuchar -ya entramos en el siglo XX-y de interpretar, sin que ha ya todavía la necesidad de tomar en cuenta la subjetividad del autor. Y por fin llegamos a un planteamiento que expresa la l9gica que hay detrás del dogma de la objetividad científica decimonónica. Esta obje tividad depende no del método científico ni del valor objetivo de las cosas en sí, de su cuantificabilidad, sino de la desubjetivación o la co sificación del agente del acto científico. El desenlace de una narración explica el orden de los acontecimien tos previos. Es la firma del autor, la palabra final. Freud espera cua tro años antes de publicar el historial de Dora porque no se le ocurre un desenlace. Dora, la histérica, le ha abandonado, llevándose con ella la última palabra de la historia que escribían juntos. Todavía no he mos entrado de lleno en el siglo XX, Freud no ha conseguido plantear el problema de la. contra transferencia, otro gran descubrimiento freu diano que, de todos modos, no llegará a tener un perfil fuerte en su obra a pesar de o tal vez debido a que la contratransferencia significa replantear la dialéctica de poder entre el médico y la enferma, signifi ca reconocer la subjetividad del médico y la interferencia de aquella en el acto de interpretación de la subjetividad ajena. Según el historia dor Peter Gay, que observa la incapacidad de Freud de teorizar la cues tión de la contratransferencia en el momento de su tratamiento de Do ra, y su resistencia a hacer frente al problema a lo largo de su obra, lo sorprendente no es que Freud hubiera tardado cuatro años en sacar a la luz la historia de Dora sino que la hubiera publicado (14). La histeria es una enfermedad que molesta a los médicos porque no tiene desenlace. No se cura pero tampoco mata. En la historia que cuenta Leopoldo Alas, Ana Ozores no se queda inmovilizada dentro de la última escena para que podamos seguir mirándola y disfrutando su desmayo como la famosa fotografía de la histérica de Charcot en la Sal petriere. Ana despierta con el vago recuerdo del vientre frío y vi�coso de un sapo sobre la boca. El historial clínico sólo tiene dos posibles desenlaces, o la curación o la muerte. Cualquiera de los dos nos permi te olvidarnos de la enferma, olvidar su historia. En el mundo.de la no vela del siglo XIX, Emma Bovary tranquiliza al público conservador http://asclepio.revistas.csic.es francés, suicidándose, Ana Karenina nos resuelve el problema de su existencia dejándose aplastar por el tren. Pero Ana despierta de su pe sadilla para encontrarse todavía en ella. Y no tendrá más remedio que volver a su casa y seguir viviendo. (1) La naturaleza y el tratamiento de la histeria, Madrid, p. Las páginas de las citas aparecerán en el texto entre parén tesis. Se nota que Esquerdo empieza con una afirmación que pretende no distinguir a la mujer como única enferma de la «locura histérica» («un loco o loca») pero cuando llega el momento de hablar de la familia como víctima de la inmoralidad de los enfermos histéricos hace referencia solamente a la enferma, el hombre histérico a desaparecido de su discurso.
Los años setenta auspician un panorama esperanzador para una gran parte de la población española. El espíritu aperturista se hace no tar y la irreversible decadencia física de Franco pronostica el derrum bamiento del antiguo régimen que se realizará material nente en el año 1975. El mundo de la novela refleja en cierta medida el clima que se respira y la fecha mencionada inaugura un período de 1tbertad para el escritor, no sólo formal sino también íntima. Erotismo y sexualidad, temas vedados y marginados en las décadas de postguerra, florecen de forma expresiva y natural y se instauran en el mundo ficticio como pro motores estructurales, lingüísticos y teorizantes para la novela (1). El presente estudio se ocupará de analizar la función y el significado de esta irrupción de lo sexual en el panorama literario, enfocado de for ma especial en tres novelas aparecidas en los últimos años: Los verdes de mayo hasta el mar (1976) de Luis Goytisolo, Luz de la memoria (1976) de Lourdes Ortiz y Fabián y Sabas (1982) de José María Vaz de Soto. En un intento de reflejar lo ocurrido en el ámbito de la novela his pánica en la década que se extiende de 1975 a 1985 la mayoría de los críticos y escritores coincidían en afirmar que no se podía.hablar de tendencias predominantes sino más bien, por el contrario, de una plu ralidad de tendencias entre las que se encuentran, por mencionar al gunas, la novela metafictiva, histórica, lúdica, de memorias, testimo nial, poemática y criminal (2). Sin embargo, podríamos destacar la pre- sencia del tema sexual como un factor común a todas ellas. Este hecho no es una innovación de la literatura española, ya que a principios de los años sesenta Mary McCarthy se refería a dicho suceso (3). Según ella los experimentos narrativos del siglo XX se podían confinar en dos caminos fundamentales, la sensibilidad y la sensación. Tanto una co mo otra poseen la propiedad de hacer olvidar al individuo que las ex perimenta su propia personalidad como. tal, para concentrarse en las sensaciones mismas. El erotismo ficticio no se puede considerar, por tanto, como un te ma provocador, especialmente teniendo en cuenta la existencia de li bertad de expresión (4). El interés por la sexualidad en la novela espa ñola actual representa una vuelta a la subjetividad y, en cierto modo, proporciona una vía de distensión ante el excesivo experimentalismo e intelectualización de la última narrativa. Asimismo el tema sexual se considera metáfora idónea para expresar el placer lúcido de la es critura, además de mostrar un horizonte que facilita el paso hacia dis gresiones existenciales y también autocríticas sobre el proceso del ar te narrativo. La mención de obras dignas de inclusión en nuestro estudio sería numerosa y sin un claro fin aleccionador. Parece más apropiado refe rir una serie de características afines a todas ellas y esclarecedoras del tema que nos ocupa. En primer lugar se puede afirmar que lo erótico forma parte 1.ntegrante del texto y da la tónica esencial a las experien cias centrales de los protagonistas. Es un factor que determina la ten sión argumental aunque ésta aparezca interrumpida por otra serie de elementos, como exposiciones teóricas, comparaciones, reflexiones y metáforas (5). Otro aspecto sobresaliente refiere el hecho de la inclu sión de la sexualidad como una ampliación de la esfera semántica y significante de la escritura al expandirse a los niveles del inconscien� te, los sueños, las mitologías y la fantasía. En todas estas novelas se aprecia una equiparación entre ética y es tética ya que la experiencia sexual no está• ligada a connotaciones mo rales. La reivindicación del cuerpo forma parte de una filosofía del ero tismo que considera el sexo desde un punto de vista psíquico o físico sin conceder valor especial a las funciones biológicas o de procreación, a la diferenciación fija entre los sexos o a los juicios de valor sobre per versidades o desviaciones fisiológicas. Gonzalo Sobejano, al estudiar la novelística de los años setenta, subraya el hecho de que algunas nue vas novelas apelaran a mitos y figuraciones arquetípicas o prototípi cas para buscar un punto de apoyo frente al caos y, refiriéndose en con-64 Asclepio-II-l 990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es creta a las novelas que analizaremos, afirmaba que tales mitologías de sembocan en una «mística erótica» (6). Así pues el erotismo llega a sus tituir cualquier otra aspiración de trascendencia espiritual. La sexualidad se convierte, en algunas de estas obras, en metáfora preferida para ilustrar el proceso y la motivación implícita en la crea ción literaria. La imaginación subyacente en las fantasías eróticas es homónima de la libre fantasía implicada en el acto creativo. A su vez la liberación sexual es réplica de ruptura respecto a cualquier molde represivo de convenciones lingüísticas, ideológicas o ficticias. De mo do similar las relaciones autor-obra-lector adoptan metafóricamente actitudes pertenecientes al ámbito del erotismo y como ha manifesta do Juan Goytisolo: «Del mismo modo que el juego erótico aplaza en la medida de lo posible el momento del orgasmo, el juego literario pro longará como un fin en sí la voluptuosidad de nuestra lectura» (7). Desde una perspectiva más técnica hay que destacar el uso de la primera persona narrativa, típica de la literatura autobiográfica y con fesional, que impregna el texto de una tonalidad íntima y subjetiva. Sin embargo, también hacen uso de la segunda persona para referirse a un tú, narrativo real o imaginario, y la tercera persona cuya integra ción proporciona al relato un matiz más objetivo y de distanciamiento. Al referirnos al lenguaje es necesario señalar el uso predilecto de tér m. inos sexuales comunes, hecho que produce un efecto más duradero y sorprendente en el lector. Roman Jakobson ya había observado a es te respecto que la aplicación del eufemismo varía según el contexto; mientras que en un medio habituado a la obscenidad el uso de figuras retóricas actúa de modo más impresivo sobre el auditorio, en un me dio cultural elevado (como los lectores de un texto literario) la palabra cruda posee un impacto mayor (8). La primera novela que vamos a tratar, Los verdes de mayo hasta el mar, constituye el segundo volumen de Antagonía, tetralogía escrita por Luis Goytisolo y considerada por la mayoría de los críticos como la mayor empresa narrativa de los últimos lustros de la historia espa ñola (9). En un intento de trazar en líneas generales el argumento de Los ver des de mayo se podría hablar de un narrador-protagonista-escritor que regresa a Rosas con su esposa, lejos de su habitual vida barcelonesa, para meditar sobre sus relaciones y concentrarse en la elaboración del material novelístico que se trae entre manos. En relación con estos te mas surgen comentarios sobre el grupo de amigos en que se mueven, • la gente que frecuenta el lugar, las transformaciones turísticas que ha Asele pio- II-1990 experimentado el pueblo, recuerdos sobre la infancia, la adolescencia, la vida familiar y el ambiente profesional. Sin embargo, resulta un poco superfluo hablar de argumento y te-. mática como tales, pues en realidad se trata de un estudio sobre la es critura. El narrador-escritor va tomando notas sobre partes de su no vela que más tarde desarrollará o modificará a su entero placer. Así surgen descripciones, narraciones inconexas y fragmentos que termi nan por encontrar una versión definitiva o permanecer como simples apuntes del aprendiz de escritor. Lo erótico, orgiástico, alegórico y mí tico flota alrededor de personajes y asuntos dando un matiz onírico e irreal a la materia narrativa y proporcionando un terreno favorable para las transformaciones y metamorfosis de dichos personajes y del cosmos novelesco. La sexualidad invade, en esta novela de Goytisolo, todos los aspec tos acabados de mencionar. Las relaciones entre personajes están pro fundamente marcadas por experiencias y vivencias eroticas. Raul, Car los, Aúrea, Rosa, Cristina, Walter y otros son seres desajustados, insa tisfechos con el tipo de vida que llevan pero incapaces de dar solución a la problemática que se les plantea. Ante las crisis profesionales, con yugales o amorosas que afrontan, la fantasía y la orgía erótica parece ser la salida óptima, refugiados en una colectividad que al mismo tiem po les aprisiona y libera. La caracterización viene determinada por la peculiar conducta sexual de cada individuo que en la mayoría de los casos resulta contradictoria y antagónica respecto a la de su pareja. El narrador, en su afán de presentar de forma certera y explícita la complejidad de algunos comportamientos, no duda en acudir a nume rosas comparaciones en donde las sexuales adquieren primacía; así, por ejemplo: macl a por un conjunto de notas tomadas por el nobel escritor -Raul Ferrer Gaminde-que más tarde desarrollará en el proceso de forma ción de su obra. En general se trata de anotaciones donde reflexiona sobre el estilo de su escritura y ofrece, de paso, las posibles variacio nes, o cuestiona algunas partes temáticas y propone futuros títulos de capítulos. La conducta erótica forma, lógicamente, parte de estas ano taciones. Así puntualiza la necesidad de ampliar determinados aspec tos relacionados con el comportamiento narcisista o exhibicionista, o la explicación de la preferencia por un orgasmo indirecto, la frigidez, la homosexualidad, el lesbianismo, la inapetencia, el tedio o el núcleo traumático de las relaciones. Temas que reaparecerán con abundan cia de explicaciones, inmersos en el contexto adecuado. Las imágenes, en concreto las comparaciones, son una característi-.� ca sobresaliente del estilo de Los verdes de mayo. La importancia que a ellas se concede no queda reducida al ámbito de la forma sino que se convierten en elementos estructuradores del relato. « La imagen co mo unidad narrativa por excelencia» (p. 216), afirmará el propio na rrador; imágenes que aportarán un sistema de vertebración, con va rias dimensiones y una visión totalizante de los diferentes elementos que coexisten dentro de la narración. La.abundancia y extensión de las comparaciones producen un efecto de riqueza experiencia! que englo ba a toda la historia y permite calificar -al estilo de los similes como un «estilo emanativo», plagado de comparaciones extensas, ejemplifi cadoras, correlacionantes y variables (11). A través de estas compara ciones, de contenido sexual en multitud de ocasiones, aparece el apren dizaje del narrador o protagonista y su voluntad de mostrar al lector observaciones y conclusiones de matiz didáctico. Pero así como la contemplación ocasional del miembro viril del padre, se encuentre o no en estado de erección, acostumbra a tener una gran trascendencia en la vida erótica del hijo -o de la hija-de bido a la desproporción entre el propio tamaño y el del miembro con templado, así todas las impresiones del mundo de la infancia, la rela ción entre las medidas de ese mundo y las del niño que lo contempla, la realidad práctica de tal proporción y del aparente carácter casual con que se manifiesta, simples impresiones a veces, aunque no por ello carentes de significado, el sol entre las hojas de la glorieta, por ejemplo, a la hora del café (p. Alfred Sargotal calificaba el resultado de esta novela de Goytisolo como una auténtica «orgía sexual/textual» en la que autor y lector ac-Asclepio- II-1990 túan como oficiantes privilegiados en sus intentos por « bucear/pene trar» un texto múltiple o una multiplicidad de textos que se interpene tran textualmente (12). No existe ninguna duda al afirmar que-el ero tismo tiene una finalidad muy concreta en Los verdes de mayo pues es obvio que se transforma en metáfora del acto creativo. Ritmos eróti cos y creativos muestran poseer una clara conjunción. Cuando el tra bajo creador empieza realizándose con gusto y positivamente, la vida erótica también atraviesa un momento de esplendor que poco a poco cederá e irá inhibiéndose en favor de la labor creadora. Llegado el mo mento en que esta última se bloquea y queda paralizada, será gracias a la mediación de la actividad sexual como el mecanismo creativo vuelva a ponerse en funcionamiento y de este modo comience de nuevo el ci clo establecido. Además de esta peculiar adecuación, se llega a esta blecer una similitud total entre orgía y creación: Y también como esa orgía de salvajes orígenes, aquellas correrías silvestres en las que al olor a chivo y laurel y esperma y vino debía mezclarse el de la sangre, prácticas con frecuencia excesivas hasta para la sensibilidad cotidiana de los antiguos, también como esa cla se de celebraciones donde los estímulos sensuales son sólo punto de partida, fórmula en desarrollo, proceso ascensional, vía de acceso a un estado que propicie la plena integración o disolución de la concien cia, también así la elaboración de la obra, la creación (p. El lenguaje es por sí mismo símbolo del acto creativo. El erotismo brinda una fuente de lirismo a la prosa y el lenguaje surrealista y ba rroco involucrado en la inclusión de mitologías marinas, fantasías se xuales y presentaciones oníricas alude no sólo al espíritu de ruptura y disolución inmerso en las palabras sino también a su extraordinaria fuerza plástica y sugestiva. Se produce una perfecta adecuación entre el uso de figuras retóricas, como metáforas y tropos, con el coloquia lismo más grosero. Las técnicas expresivas utilizadas -imágenes su rrealistas y freudianas, la transformación de los órganos sexuales, el animismo de la naturaleza y toda la imaginería excrementa!-subra yan el paralelismo entre creación artística y ámbito sexual donde la tensión lingüística y la fantasía son homólogas de la culminación se xual. Un ejemplo entre muchos: dos falos en las bocas de los peces que agonizan, en los imprecisos puntos de acceso de pulpos y sepias, entre las valvas jugosas de gi gantescos moluscos, en lo más profundo de una enorme caracola, en tanto que las pescadoras se adaptan calamares a la vulvas, medusas, moradas anémonas, y se dejan penetrar por salmonetes suaves y aris cas escorpas, cosquilleos tentaculares, crispados coletazos, formas es curridizas que se deslizan esfínter adentro, bocas que en su agonía succionan lo que sea, ventosas que se adhieren a donde sea, como un enjambre de abejas los destellos solares, los reflejos expandidos en los charcos, en la sal, en las escamas, en el hielo picado (pp. 284-285). Autor, lector, obra, temas y lenguaje forman un todo anudado por múltiples lazos según se manifiesta en esta ficción. La novela se consi dera como una expresión objetivada de la conciencia y del inconscien te del escritor, de ahí que no sea el autor quien elija sus temas sino estos los que se le impongan, de acuerdo al narrador, teniendo en cuenta el mundo en donde éste se haya inmerso. Cosmogonía ficticia que a se mejanza de una orgía «forma un conjunto no reductible a la suma de sus diversos elementos considerados aisladamente, ya que su peculia ridad reside precisamente en ese carácter de conjunto» (p. Situa ción orgiástica que apunta a la indiferenciación propia del estado pre vio a la creación. Luz de la memoria de Lourdes Ortiz es la segunda novela que va mos a tratar. En ella se presenta la figura de un personaje que se en cuentra bajo tratamiento psicológico, debido a sus tendencias esqui: zoides y agresivas que le impulsaron a terminar con la vida del perro favorito de su mujer, víctima animal que posiblemente sustituyó a al gún ser humano. Este es el hecho que abre la novela y da paso a toda la serie de memorias autobiográficas que se irán desarrollando; El na rrador es, por tanto, el mismo protagonista que nos relata sucesos ac tuales y pasados de su vida intercalando a su vez -mediante los infor mes que el doctor le hace leer durantesu estancia en el hospital psiquiátrico-los juicios que sus familiares inmediatos tienen de él. De esta forma se ofrecen, a modo de pintura cubista, diferentes pers� pectivas de este sujeto que permiten al lector obtener una visión total y enriquecedora. El sexo desempeña un papel muy importante en. la novelística de Lourdes Ortiz ya que, según esta escritora, es uno de los grandes te mas de la literatura (13). En Luz de la memoria la sexualidad adopta una función social, fisiológica y existencialista en relación al cosmos Asele pio- II-1990 ficticio y al protagonista. Se constituye en uno de los núcleos narrati vos en el que se describen las relaciones interpersonales entre Enri que y su mujer Pilar, la progresiva desintegración de su matrimonio y las diferencias acaecidas, simbólicas, de dos mundos coexistentes pero cada vez más incompatibles, el de la intelectualidad y búsqueda de ab solutos y el de la acción y adaptación a la cambiante realidad históri ca. La consideración sobre la vida sexual tradicional viene plasmada a través de los padres de Enrique. Ambos representan los roles típi cos, la mujer agradecida, fiel, seria y amante del hogar que ha sabido sobreponerse de tal manera a sus deslices de soltera, gracias a un ma rido resuelto, de aspecto físico deplorable, pero asegurador de un por venir y depositario de valores nacionales y católicos. Un mundo cerra do y oprimente en el que la actividad sexual se reduce a obligadas rela ciones matrimoniales, aventuras extra-maritales aceptadas y la mas turbación adolescente, impregnada de sentimientos ambivalentes de culpabilidad y virilidad. En contraposición a esta visión se erige el pensamiento liberal y la reivindicación del cuerpo. La ideología del 68 encuentra un destacado planteamiento en la novela. La evolución colectiva de ideas y la necesi dad de una lucha política tienen su correlato en la libertad sexual y el derecho sobre el propio cuerpo. La pareja conyugal Enrique-Pilar es símbolo de estas ideas y la solidaridad social y política la transfor man asimismo en solidaridad sexual. De este modo Carlos, compañero de lucha y de habitación, entra a formar parte de un falso «menage a trois» que-provocará rencores y conflictos hasta llegar a la disolución del matrimonio. La vida erótica se convierte en esta obra en cauce idóneo para re flejar las inquietudes existenciales y las vivencias de sus personajes. A la separación, estancia en la cárcel e internamiento psiquiátrico su cede una nueva etapa en que el relajamiento de ideas cederá cada vez más frente a la instauración de una mística erótica. El recreo de los sentidos, el descubrimiento del cuerpo, el amor libre y las orgías ad quieren primacía en conjunción con los valores más progresistas. Sin embargo, el protagonista no logra una verdadera integración y el con tacto sexual sirve para ponerle de manifiesto la continuidad de elemen tos problemáticos en su personalidad y la escisión esquizofrénica que aún experimenta. Así pues distingue entre un Enrique amoroso que se deja llevar por las sensaciones orgásmicas y otro individuo único y con templador que analiza metódicamente las nuevas técnicas adoptadas por su ex-mujer. El acto sexual se ha convertido en una experiencia que proyecta la dualidad de su comportamiento y muestra su falta de iden tidad. La decadencia final a que se deja arrastrar Enrique, inmerso en el • alcohol y las drogas, parece encontrar como único y posible refugio a Eros, representante del momento presente y de las sensaciones, de lo que se quiere conservar, frente a Tánatos que es lo que desaparece, el tiempo. El enfrentamiento entre Eros y Tánatos, presente en toda la ficción, es asimismo una constante temática anticipatoria del desen lace. El tema metafictivo surge también como posible salvación para el personaje. La idea de escribir una novela autobiográfica que narre to das sus experiencias o el planteamiento del protagonista de que todo el relato anterior $,ea pura invención suya induce a poner las reflexio nes en torno a la éscritura en un primer plano. Así pues, el acto de es cribir y la plenitud sexual se equiparan y asocian como símbolos de pervivencia. Una perspectiva existencialista de la actividad sexual marca tam bién la pauta en Fabián y Sabas de José María Vaz de Soto. Esta novela o novelas -ya que se pueden considerar como obras independientes o como la primera y segunda parte de una única novela-forma a su vez parte de una tetralogía que lleva por título Diálogos. En Fabián y Sabas, los dos viejos • amigos realizan el proyecto de escribir las nove las de sus vidas a través del diálogo psicoanalítico. El psicoanálisis es de este modo, además de meta impuesta a las confesiones autobiográ ficas de ambos hablantes, marco estructural y manantial provocador del relato. Entre los numerosos temas que se cuestionan aparecerá la realidad política y social española, pero no con una intención priorita ria sino a través del conflicto personal de los protagonistas (14). La historia de Fabián ocupa el primer lugar de estas interlocucio nes rememorativas y dentro de ella, la experiencia de plenitud sexual vivida con una estudiante francesa, Anne, se convierte en núcleo de la ficción y lugar constante de referencia. La vida frustrante y monótona en que se hallaba sumergido Fabián sufre un cambio espectacular gra cias a la aventura extramarital que mantiene con Anne. Con esta mu jer logra hacer realidad su idea de «un amor con plenas y satisfacto rias relaciones sexuales, no un amor platónico y distante» (15). La re lación física plenamente lograda le devuelve su perdida identidad y se convierte en móbil de autoconocimiento. La liberación psíquica y co municación espiritual que logra alcanzar a través del contacto sexual Asclepio- II-1990 es el motivo que justifica las continuas referencias al amor físico. A su vez el erotismo se convierte en el principal factor que invade de li rismo a la prosa: Para nosotros no existía el pudor, ni lo prohibido; exístía el pia cer, nada má.s que el placer, en toda su pureza, en toda su plenitud; era como el retorno a un universo infantil sin prohibiciones, a un pa raíso perdido sin árboles reservados y sin dioses arbítrarios y crue les. Ella abría sus piernas como el árbol ofrece su fruto, el árbol de la vida y el árboÍ de la ciencia juntamente, y yo entraba en ella tori más frenesí, con más ansia que el lobo, arrancando el temblor en lu gar de la sangre, haciendo brotar un chorro de gozo subterráneo en ltigar del dolor sin remedio, escalando ias cumbres del placer y de la vida en vez de bajar a los abismos del sufrimiento y de la muerte (p. Sexo y creatividad están profundamente interrelacionados en esta obra. El episodio amoroso proporciona el abundante material novelís tico que va tomando forma, ritmo y tono adecuado a cada una de las vivencias. Sin embargo, la narración del éxtasis sexual se encuentra interrumpida por frecuentes disquisiciones autocríticas sobre el pro ceso de la escritura o la mención de teorías_psicoanalíticas que 1mpri inen un carácter liberal y de afán lúdico a la novela. La exposición de las consideradas socialmente desviaciones o exageraciones sexuales a la luz de tina sexualidad libre y sin fronteras anula la posibiHdad de juicios negativos o calificativos de pornográfico a lo narrado, El relato autocohfesional de Sabas sigue una estructura y temática paralela al de Fabián. Si en este caso no se da la existencia de un suce� so de plena realización erótica, si se presentan experienci�s que hubie ran podido desembocaren una total realización y, sin embargo, queda ron abocadas a la desesperación y al olvido. El espacio dedicado al éx tasis sextiaÍ alcanzado por Fabiáh; está sustituido en este caso por la. presentación de diferentes facetas involucradas en la conducta eród. ca. La homosexualidad, la masturbación; los diferentes tipos de orgas hltl, la eyacuiación precoz, la fellado y el cunnzÍingus y otros son obje to de rhendón y comentarios a nivel personal del protagonista •pero siempre desde una perspectiva que aunque no está ausente de amar gura se encuentra impregnada de un aire desenfadado y senstiaL • Las disgresiones literatiás y ps1.toanalíticas hacen acto de presencia de igual modo e ihcltiso ton una sobrecarga de-explicaciones psicol6gicas para determinados comportamientos. El taha apasionado y lúdico de am- Una reflexión final hace ineludible enfatizar el papel primordial de sempeñado por la sexualidad en la novela española actual. Hemos po dido comprobar que la vida sexual se erige en metáfora predilecta del acto creativo además de exhibir una relevante afinidad y compenetra ción con el universo ficticio. Lo erotico adopta supuestos filosóficos, existenciales, lingüísticos o estéticos en congruencia con los deseos ex plícitos del novelista y le permite acceder a la sublime transmutación del placer sexual en discurso narrativo y ética artística. (1) Hay que admitir la importante presencia de la sexualidad en algunas novelas de postguerra aunque con una visión mimética y restringida, en ciertos casos, confinada a ciertos aspectos. Mencionamos algunos autores en cuyas obras aparece este tema: Ca milo José Cela, Luis Martín-Santos, Juan Marsé; Juan y Luis Goytisolo, Juan Benet y Fran cisco Umbral. (2) Para una revisión de las diferentes opiniones y criterios a este respecto refiero a la revista Insula, Nos. Allí aparecen trabajos de Rafael Cante, Gonzalo Sobejano, Juan Tébar, Germán Gullón, Javier Goñi, Santos Alonso y además una encues. ta que versa so bre la nueva novela surgida en los diez años de la democracia, donde se pregunta, entre otros, a Luis Goytisolo, Daría Villanueva y ioaquín Arnáiz.
«Se ha dicho que los príncipes asiáticos solían en ocasiones obli gar a un número de señoras a correr por el jardín hasta sudar y can sarse, después de lo cual sus ropas eran llevadas al príncipe y éste elegía a una de las damas por el olor que de su túnica se desprendía» (1). Vale la pena detenerse en el gesto del príncipe asiático que, en la soledad de su palacio, se inclina para olfatear detenida y voluptuosa mente las ropas usadas por mujeres a las que no conoce, dejando que cada uno de los olores depositados en ellas levante en su interior reso nancias que apenas podemos imaginar, hasta que, después de un largo y sin duda placentero examen, el olor de una de aquellas túnicas le lle ve a realizar la elección sexual. La historia recogida por Havellock Ellis es importante, al margen de que alguna vez haya ocurrido o no en algún remoto palacio de Asia. Si efectivamente ocurrió, su importancia derivaría del carácter de muestra significativa del comportamiento sexual humano. Pero si no hubiese ocurrido nunca, su importancia procedería del carácter de fan tasía sexual, profundamente reveladora del deseo subyacente en la ima ginación de su desconocido inventor. En cualquier caso, el gesto del príncipe nos sitúa ante un enigma esencial: el enigma de la naturaleza, de la estructura, del sentido pro fundo de la sexualidad humana. Un enigma que cabe abordar desde dos puntos de vista opuestos. El primero entiende la sexualidad como un fenómeno esencialmen te biológico: será representado aquí por la que denominaremos con cepción ilustrada de la sexualidad. El segundo la interpreta como algo irreductible a las leyes naturales de la biología, como un fenómeno me tabiológico. Su representante aquí será la que llamaremos concepción lingüística de la sexualidad. La tesis que se propone a discusión es que el paso de un punto de vista a otro supone un auténtico cambio de paradigma y uno de los acon tecimientos más importantes de la historia de la teoría sexual. La ideología ilustrada sobre la sexualidad es fácil de resumir. La sexualidad es un instinto natural y la Naturaleza es la que establece las pautas del comportamiento virtuoso. El hombre será feliz si es vir tuoso y será virtuoso si obedece a sus impulsos naturales. El impulso es la puesta en acto del deseo y el deseo es la voz mediante la cual la Naturaleza comunica a sus criaturas lo que deben de hacer. Esto es lo que nos enseñala razón, que es el único instrumento que permite comprender y acatar las leyes naturales.Todo código moral que se opon ga a los instintos, a los deseos y a los impulsos naturales ha de ser re chazado por erróneo y dañino. Diderot fo expresó, en la Encyclopédie, con un:a frase rotunda: « Se entiende por moral lo que en un hombre de bien equivale a lo natural» (2). Podrían acumularse los ejemplos de este tipo de razonamiento que marcó profundamente el Siglo de las.Luces. El Barón D'Holbach, buen representante del materialismo más radical de la época, escribe en su Sistema de la Naturaleza: -«Prohibir las pasiones a los hombres es prohibirles ser hombres; aconsejar a una persona de imaginación exaltada que modere sus de seos es aconsejarle que cambie su organización, es ordenar a su san-gre que corra más despacio. Decir a un hombre que renuncie a sus hábitos es querer que un ciudadano acostumbrado a ir vestido con sienta en andar desnudo; sería lo mismo decirle que cambie los ras gos de su cara, destruya su temperamento, apagu� su imaginación, altere la Naturaleza de sus fluidos, que ordenarle que no tenga pasio nes análogas a su energía.natural, o que renuncie a las que el hábito y sus circunstancias le han hecho contraer y han convertido en nece sidades» (3). Los deseos y las pasiones serían, por tanto, fuerzas heterónomas al individuo. La voluntad personal no tendría ningún control sobre ellas. El sujeto estaría (según esta concepción del materialismo ilustrado) so metido y determinado por un orden natural que le trasciende. Esas fuer zas determinantes son consideradas por Holbach como una «energía natural» que constituiría la esencia misma del hombre. Diderot, en un coloquio escrito en 17 69, le hará decir al Doctor Bordeu: «Todo lo que es no puede ser ni contra natura ni fuera de la natu raleza, y no exceptúo ni siquiera la castidad y la continencia volunta rias, que serían los primeros crímenes contra naturaleza, si se pudie se pecar contra naturaleza, y los primeros crímenes contras las leyes sociales de un país en el que se pesasen las acciones con otra balanza que la del fanatismo y el prejuicio» (4). De esta manera Diderot hace que todo lo que pueda ser sea natural por definición. El término «antinatural» queda tan vacío de contenido que ni siquiera «la castidad y la continencia voluntarias» pueden ser consideradas antinaturales. Y, puesto que ya no puede condenarlas des de una moral naturalista, tiene que recurrir al artificio de imaginar las «leyes sociales» de un país utópicamente ilustrado para que ellas condenen cuanto se oponga a la voluptuosidad de la Naturaleza. En el Suplemento al viaje de Bougainville, sátira demoledora del mo ralismo religioso, Diderot recreará el mito del buen salvaje, y hará que un anciano indígena de Tahití despida a los europeos que han pasado unos días en la isla (dejando la sífilis de recuerdo) con un discurso tan ilustrado como poco verosímil: « Y tú, jefe de estos canallas que te obedecen, aleja presto tu nave de nuestra orilla: somos inocentes, somos felices; y tú no puedes ma lograr nuestra felicidad. Seguimos el puro instinto de la naturaleza y tú has intentado borrar de nuestras almas su carácter. Aquí todo es de todos y tú nos has predicado no sé qué distinción de lo tuyo y lo mío. Nuestras hijas y nuestras mujeres nos son comunes; has com partido este privilegio con nosotros y has venido a encender en ellas furores desconocidos. En tus brazos enloquecieron, tú te volviste fe roz entre los suyos. Ellas empezaron a odiarse; vosotros os asesinas teis por ellas; y ellas han vuelto a nosostros teñidas con vuestra san gre» (5). Los deseos naturales son, según esto, inocentes y quien los obedece y sigue «el puro instinto de la naturaleza» tiene garantizada la felici dad. Pero basta un contacto con los artificios de la civilización para que este paraíso natural sea invadido por «furores desconocidos», por afán de posesión, por locura, odio, sangre y muerte. El hijo de las luces que llevó estos planteamientos hasta sus conse cuencias más extremas fue el Marqués de Sade. Si el deseo es la voz de la Naturaleza y la Naturaleza es la gran legisladora, si todo deseo es, por definición, legítimo, y ninguno puede ser censurado, se deduce que el incesto, la crueldad, la tortura o el engaño, cuando son fruto del deseo y productores de placer sólo pueden ser vistos con simpatía. Si un libertino desea matar por placer, debe hacerlo, pues al fin y al cabo el asesinato no es más que una variación de las formas de la materia. Con razón ha señalado Fernando Savater que la audacia de Sade pro fundiza en «la cara oscura del Siglo de las Luces, esa vertiente que los philosophes rara vez quisieron afrontar» (6). Las obras principales de Sade (7) tienen una estructura muy simple en la que se alternan dos tipos de escenas: la descripción minuciosa de una orgía es seguida por un discurso de teoría libertina, que da pa so a una nueva bacanal que a su vez terminará en otro discurso y así sucesivamente durante cientos de páginas. Pues bien, el discurso teórico de Sade repite una y otra vez, con mí nimas variaciones, que la razón nos muestra el carácter natural de cual quer deseo, legitimando su realización. Pero su discurso narrativo nos muestra en cambio a cada paso que las caprichosas pulsiones sexuales del sujeto humano tienen muy poco que ver con los instintos biológi cos de la especie y que tratar de reducirlas a estos sería tan inútil co mo tratar de encerrar las «pasiones libertinas» que Sade pinta en la función procreativa. Lo que sus narraciones evidencian no cabe, por razones culturales e históricas, en sus argumentaciones. Sus descrip ciones tratan continuamente de forzar los límites «razonables» y «na turales» que sus teorizaciones ilustradas intentan, en vano, imponer les. La teoría de Sade es compatible con una concepción biológica de la sexualidad, pero su narrativa sólo puede ser adecuadamente com prendida desde una perspectiva metabiológica. Podemos imaginar la explicación que daría un ilustrado del acto del príncipe asiático que, tras olfatear las ropas usadas por varias desco nocidas, elegía favorita. Sin duda nos diría que el acto del príncipe es natural, es decir, que obedece a leyes biológicas. Puesto que el olfato no es precisamente el rey de los sentidos humanos, pero sí tenía en el comportamiento animal papel de protagonista, quizá llegaría a decir nos que la selección del príncipe muestra que el animal que hay en él domina sobre su parte humana, que su acto es uno de esos que hoy lla mamos regresivos. Puede que nos dijese algo más, desde luego lo diría mucho mejor. Pero su explicación no llegaría a satisfacernos, no logra ría hacer justicia a la capacidad de sugerencia de la imagen que Have llock Ellis nos dio. El gesto del príncipe asiático no puede ser suficien temente explicado desde la perspectiva biológica. Hay que tratar de en tenderlo desde una concepción metabiológica. El tema del olfato es ideal para entrar en el campo de la sexualidad metabiológica. Al revisar esa obra maestra de la literatura erótica que es El Cantar de los Cantares, en la traducción inimitable de Fray Luis de León, se encuentran, en sus escasas páginas, más de veinte referen cias voluptuosas al olor del amado y de la amada: «Béseme con su boca a mí el mi amado. Son más dulces que el vino tus amores: tu nombre es suave olor bien derramado, y no hay olor, que iguale tus olores» (8). En el encantador prefacio que Casanova puso a sus Memorias, el famoso libertino nos proporciona una auténtica declaración de princi pios: «Me han gustado los manjares de sabor fuerte; el paté de maca rrones hecho por un buen cocinero napolitano, la olla podrida de los españoles, el bacalao de Terranova, bien pegajoso, la caza de aroma embriagador y los quesos cuya perfección se pone de manifiesto cuan do los pequeños seres que en ellos se forman empiezan a hacerse visi-Asclepio- II-1990 bles. En cuanto a las mujeres, siempre me ha parecido dulce el olor de las que he amado» (9). El pensador que va a fundamentar la teoría metabiológica de la se� xualidad, Sigmund Freud, distinguió en su metapsicología la represen tación de palabra (Wortvorstellung), de origen acústico, y la represen tación de cosa (Sachvorstellung o Dingvorstellung), de origen visual (10). Descuidó otras representaciones de importancia, en ocasiones, no me nor: las táctiles, las gustativas, las olfativas. Recuérdense las consecuen cias de la representación del sabor de una magadalena que despertó, en el aparato psíquico de Marce! Proust, esa larga cadena de asocia ciones que conocemos por el nombre de En busca del tiempo perdido. Si una representación puede tener tan vastas consecuencias, es a través del mecanismo de la evocación, de la reminiscencia. Breuer y Freud aseguran, en los Estudios sobre la histeria, que el trauma psíqui co se enquista en lo más profundo de la mente y actúa como un cuerpo extraño capaz de producir síntomas. Esta hipótesis les permite afir mar que el histérico sufre por reminiscencias (11). Casanova se adelanta a sus futuros censores advirtiendo: «no se podría reprochar a mi áni mo gastado el que no sepa ya gozar sino por reminiscencia» (12). El his térico, a partir de un recuerdo (o más bien de un olvido) patógeno, su friría pasivamente una serie de procesos psíquicos que consisten, se gún la teoría analítica, en la represión de ciertas representaciones y la elaboración o derivación de los afectos que las cargaban de signifi cación. En otros términos: la psicogénesis de la histeria dependería de un juego de representaciones y afectos, es decir, de significantes y sig nificados; de ahí su carácter lingüístico. Es este proceso lingüístico el que hará que el histérico sufra de reminiscencias. Por otro lado, el an ciano libertino, hundiéndose en su memoria, se entregará a la recrea ción lingüística de los deseos y los placeres idos, y eso le permitirá go zar por reminiscencia. Lo que nos va a enseñar la teoría freudiana de la sexualidad meta biológica es la profunda relación que existe entre el deseo y esa forma del lenguaje que es la reminiscencia. Lo más parecido a una definición del deseo que nos ofrece Freud, se encuentra en el capítulo séptimo de La interpretación de los sue ños (13). De este texto se deduce que el deseo es un mecanismo comple jo que tiene como punto de partida la acumulación somática de excita ción que produce una desagradable sensación de incomodidad. Dicho de otra manera, el origen del deseo es una necesidad biológica, pero su mecanismo de elaboración va a convertirlo en algo esencialmente distinto. El sujeto buscará una salida para la incómoda excitación acu mulada. En esa búsqueda se volverá hacia las representaciones (con servadas por su memoria más remota) de su primeras vivencias de sa tisfacción (es decir, de eliminación de una tensión displacentera) y ha cia las representaciones, ligadas con éstas, del objeto que las hizo posi bles, generalmente la madre. La madre aportó a su niño el alimento que necesitaba, y al mismo tiempo le aportó su presencia, el contacto de su piel cálida, su olor inconfundible, palabras cariñosas susurra das al oído... Cada una de esas percepciones quedará depositada en el interior del sujeto que se está humanizando, y quedará depositada en forma de representaciones (o, si se prefiere, de significantes): represen taciones visuales, auditivas, táctiles, olfativas, gustativas. Representa ciones que se irán acumulando en forma de huellas mnémicas, asocia das entre sí formando redes complejas y asociadas además a la huella de la excitación displacentera. Las relaciones de asociación serán las mismas que emplean para asociarse los signos del lenguaje: relaciones de analogía y relaciones de contigüidad. Cuando la excitación resurja y el aparato psíquico realice una pro funda introspección en busca de las representaciones del objeto y del acto capaces de eliminar la excitación, las encontrará formando parte de una larga cadena que recorrerá sin poder eyitarlo. Será alguna re presentación de esa cadena, probablemente muy alejada de la que se buscaba, la que acabará por manifestarse como objeto del deseo. Una de esas cadenas se plasmó en la obra famosa de Proust. Un recorrido por esas redes de representaciones es lo que realiza en el diván el pa ciente realmente entregado a la asociación libre. Una cadena de una de esas redes fue lo que permitió al príncipe asiático, partiendo del olor de unas túnicas, relacionarlo con una representación depositada en al gún lugar de su aparato psíquico y, a partir de ésta, realizar un largo monólogo interior que desembocará en la cristalización del deseo y per mitirá elegir favorita. Decisión sin duda errónea, como cualquier otra, pues difícilmente podría un objeto real coincidir plenamente con los fantasmas del pasado despertados por la reminiscencia del príncipe. La concepción del deseo como artificio lingüístico -que Lacan se ñ. aló sobre los textos de Freud y desarrolló ampliamente ( 14)-es uno de los argumentos que apoyan la afirmación de que no es posible redu cir la teoría sexual freudiana a una concepción biológica. Freud adop tó el término metapsicología para referirse a sus elaboraciones teóri cas que no cabían en las psicologías centradas en la conciencia. Análo-gamente puede emplearse el término metabiología para referirse a una teoría de la conducta que no cabe en los planteamientos naturalistas, a una teoría del sujeto humano como auténtico ser sobrenatural, me tabiológico. La teoría freudiana del deseo nos daba un buen ejemplo de plantea miento irreductible a la biología. Encontraremos otro ejemplo en la cla ra conciencia que Freud tenía de la diferencia y el conflicto entre los intereses del individuo y los de la especie. Tanto en su artículo sobre el narcisismo (15) como en las Conferencias de introducción al psicoa nálisis (16) Freud señala que cada individuo es su propio fin, pero a la vez es un simple eslabón de la cadena biológica. La sexualidad es una funci. ón individual, pero a la vez trasciende al individuo y lo empuja a la realización de actos que no dependen por completo de su volun tad. Por esos actos pagará un precio (las mole. stias y los riesgos, a ve ces mortales, que suponen) y recibirá un premio: el placer. Ese premio que el individuo busca es bien distinto del beneficio que la especie lo gra: la posibilidad de un nuevo ejemplar de lo mismo, de un nuevo es-. labón. Cada sujeto emplea los medios que la especie le da, los trans mite a su descendencia y se extingue. Cada sujeto humano tiene uso de razón y voluntad propia (generalmente en menor medida de lo que cree) pero a la vez no es más que un instrumento desechable, al servi cio de mecanismos que le trascienden. Una importante cuestión terminológica permite profundizar en es te tema. Freud emplea el término instinto (Instinkt) en muy pocas oca siones a lo largo de sus obras, y prácticamente siempre que lo emplea es para referirse al comportamiento animal. El término habitual con el que se refiere al mecanismo determinante de la conducta humana es, como se sabe, pulsión (Trieb). El instinto es una fuerza elemental y unidireccional; mientras que la pulsión sexual está compuesta por una gran cantidad de pulsiones parciales que, orientadas a diferentes zonas erógenas, sólo logran integrarse en la pulsión genital de forma provisíon�l e imperfecta. El instinto es homogéneo e indivisible, mien tras que la pulsión es heterogénea, compuesta de diversos elementos que forman una estructura inestable, siempre amenazada por la posi bilidad de la dispersión. El instinto es el medio por el cual el orden biológico determina di rectamente el comportamiento animal; la pulsión es un concepto com plejo que trata de explicar todo lo que media entre un estímulo y un acto humano. Y lo que media es todo el mecanismo que se ha descrito al hablar del deseo, concepto íntimamente relacionado con el de pul-sión, que viene a ser, en cierto modo, la puesta en acto del deseo. El estímulo original, que Freud concibe como una excitación ciega de ori gen somático, investirá una huella mnémica, por ejemplo, la de un olor percibido en la infancia más remota. Esa huella mnémica, recuperada de algún oscuro rincón del sótano de la mente, estará, como se vio, aso ciada con otras. Freud hablaba de cadenas de representaciones reco rridas por afectos, por cargas de energía psíquica. Hoy se tiende a ha blar de cadenas de significantes portadores de sentido. En cualquier caso, se desarrolla un proceso lingüístico del cual emerge una repre sentación, un significante que señala el objeto de la pulsión, la elegida del príncipe asiático. Es este mecanismo el que hace de las pulsiones sexuales humanas algo difícilmente previsible, profundamente capri choso y peculiar de cada persona y de cada momento, algo que busca un cierto objeto y lo busca con un cierto fin, pero que no permite que ninguna ley natural o moral decida previamente cuál es ese objeto y cuál es ese fin. La sexualidad humana no se somete a las leyes de la biología, más bien parece estar relacionada con los juegos de palabras. Parafraseando una célebre tesis de Lacan, se podría decir que la se xualidad humana está estructurada como un lenguaje. Freud rompe definitivamente con las teorías biológicas de la sexua lidad y las sustituye por una concepción metabiológica, igual que ha bía roto con la psicología decimonónica de la conciencia para sustituirla por su metapsicología. Y sus textos dan la impresión de que lo hace sin darse cuenta del alcance de lo que está haciendo. Freud nunca afir ma explícitamente que su idea de la sexualidad se sitúe más allá de los límites de la biología. O, mejor dicho, lo afirma y lo niega. La primera edición de sus Tres ensayos de teoría sexual (1905) termina con una jus tificación: « El resultado insatisfactorio de estas investigaciones sobre los tras tornos de la vida sexual es debido a que no sabemos bastante sobre los procesos biológicos que sostienen la esencia de la sexualidad» (17). Y, sin embargo, en el prólogo escrito diez años más tarde para la tercera edición del mismo libro, se afirma: «Junto a su fundamental dependencia de la investigación psicoa nalítica, debo destacar, como característica de este trabajo mío, su deliberada independencia de la investigación biológica» (18). Contrastes como éste indican que hay que optar por una de las lec turas posibles de Freud. La que aquí se propone es una lectura fecha da• a finales de un siglo durante el• cual muchos _ de sus mejores• pensa dores han dedicado muchas de sus mejores páginas a reflexionar so-• bre el lenguaje. Una lectura deudora de la peculiar interpretación de Freud•realizada por Lacan, aunque no por eso ha de sentirse obhgada a encerrarse en los límites de su teoría. Una lectura discutible y defen dible, como otras, pero probablemente más fructífera y emancipadora que-otras por las perspectivas que abre al señalar que el mito natura lista de la biología tiene muy poco valor a la hora de explicar las raíces de la conducta humana y muy poco derecho a servir de apoyo a imperativos morales.
las funciones sexuales entran frecuen temente en juego, los órganos de.la generación se convierten en el-pun to de partida de ilusiones, alucinaciones, disturbios de la sensibilidad general, que hacen nacer preocupaciones singulares y • que crean los más inauditos delirios. Las obras antiguas están repletas, en efecto, de sú culos y de íncubos, de suciedades de diablos y de brujas, de las ob•:.ce nidades del Sabat, pero poco a poco, el Demonópata se transforma y se convierte en el Perseguido. Todos los pertrechos de la brujería son sustituidos, por los progresos de la ciencia, los instrumentos del gabi nete del médico y los aparatos, cada vez más numerosos, que ingenio sas aplicaciones introducen en nuestras propias moradas. El Demonó pata y el Perseguido no son, clínicamente, más que un solo enfermo y marcan el segundo período del delirio crónico. Los desarreglos mor bosos son, efectivamente, los mismos, la interpretación por el solo he. cho de las nociones geneales difundidas entre las masas, cambia, y las influencias diabólicas son reemplazadas por los agentes químicos, las grandes fuerzas naturales, el magnetismo, la electricidad, el teléfono, etc., todo el arsenal de la industria moderna» (1). Estas palabras, con las que Valentin Magnan comenzó su diserta ción sobre «Des anomalies, des aberrations et des perversions sexue lles» en la sesión de la Société Médico"'. psychologique.del 26 de enero de 1885, son, sin duda, un buen ejemplo del talante positivista de una medicina que, rindiendo culto a los avances de la ciencia y de la técni ca, se sumó de manera decidida a la superación de viejas rémoras me- dievales (2) y a la «apropiación científica» de una cantidad considera ble de comportamientos humanos que la nueva psiquiatría positiva se esforzó en etiquetar y clasificar. En el caso de las llamadas «perversiones» sexuales, este proceso de «apropiación médica», según la acertada expresión de George Lanteri Laura (3), esta medicalización de hábitos y comportamientos sexuales, respondió a un complejo proceso que culminó a finales del siglo XIX con las definitivas e influyentes obras de Krafft--Ebing (4) y Havellock Ellis (5), muy poco antes de que Freud, con sus Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad (1905), iniciara una forma diferente de entender e interpretar las distintas manifestaciones de la vida sexual. No pue den desdeñarse, sin embargo, aportaciones anteriores de gran interés que fueron constituyendo, poco a poco, todo un cuerpo de doctrina en caminado a incorporar al sexo entre los polos medicalizados de lo nor mal y lo patológico. Dos fueron, en mi opinión, las vías fundamentales que siguieron los estudios médicos del siglo XIX en lo referent� a las relaciones sexo locura. Dos caminos que, aunque se entrecruzan frecuentemente en su recorrido, conviene distinguir para los propósitos de esta comunica ción. Por un lado, y' como es suficientemente conocido, las primeras nosografías psiquiátricas contemplan la existencia de una «locura eró tica» que se relaciona, en la mayoría de las ocasiones, con las altera ciones -aumento o disminución-del apetito sexual. Son las «neuro sis afrodisiacas» de Pinel (6), la «monomanía erótica» de Esquirol (7), etc. Pero, por otro lado, junto a la descripción más o menos prolija de estos cuadros, que se consideran alteraciones fisiológicas o psicológi cas de unos hábitos sexuales considerados «normales», surgen aque llos actos o comportamientos en los que se persigue el placer sin que, en ningún caso, se pretenda ni exista la posibilidad de que la especie se reproduzca y que, rápidamente, se consideran fuera de la norma moral. El amor «perverso» -las «perversiones»-se sitúa así del lado de la esterilidad, del placer y de la patología, «conjugando la muerte, el gozo y la enfermedad, por oposición radical a la sexualidad normal donde debe buscarse la salud, el poco placer -toda vez que en muchos casos se trata de un deber conyugal-y la reproducción» (8). Autores germanos y franceses fundamentalmente comenzaron a preocuparse, ya en la segunda mitad del siglo, por este tipo de «ano malías». La íntima relación que de inmediato se estableció entre la «per versión moral de los instintos» y la llamada «locura moral» y, sobre 90 Asclepio-11-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es todo, con el concepto de degeneración favoreció, en gran medida, que un numeroso grupo de estudiosos de la patología mental -servidores fieles del orden burgués recién instaurado-dirigieran sus esfuerzos a aislar y describir cuadros nosológicos cuyas características princi pales fueran la alteración «perversa» del apetito o de la consecución del acto sexual, a la vez que la nueva medicina legal encontraba en la sexualidad «desviada» fértil terreno en la que proyectar sus inquietu des científicas y sus medidas de control social. No es de extrañar que sean, precisamente, un alienista -Valentin Magnan-y un médico le gista -Ambroise Tardieu-los encargados de afianzar, en la Francia del segundo Imperio, todo un discurso «científico» que asume la doble vocación de la medicina burguesa de la época, una doble mirada con un ojo, clínico, puesto sobre la enfermedad y otro, justiciero, sobre el escándalo moral (9). El Étude médico-légale sur les attentats aux moeurs ( 1857) de A. Tar dieu constituye, sin duda, una de las obras pioneras en ese abordaje <¡científico» y «positivo» de los comportamientos sexuales y, en espe cial, de la llamada «inversión sexual». Hasta entonces las alusiones al tema en la literatura médica habían sido breves y escasas (1 O) y tampoco existía ninguna reflexión sistemática desde otras disciplinas -jurídica, demográfica, histórica, etc.-de suficiente envergadura. La obra de Tardieu llegaba, pues, a cubrir un vacío en un momento político y socio cultural preciso, porque ofreció soporte intelectual a un segundo Im perio dedicado a perseguir implacablemente a todo tipo de transgre sores y poner fin, también en el plano sexual, a la relativa tolerancia de la monarquía de Julio. A este respecto, el comisario Frarn; ois Carlier, director de la «Oficina de costumbres» a partir de 1860, llegó a recono cer que «Entre 1850 y 1870 la represión fue tan severa que hubo mo mentos de verdadero pánico» (11). Así, A. Tardieu acomete su estudio con todo el prejuicio del celoso guardián de las buenas formas burguesas. Se muestra comprensivo con los autores que le han precedido admitiendo que «la sombra que en vuelve estos hechos, la vergüenza y el disgusto que inspiran, han aleja do constantemente las miradas de los observadores» (12) y manifestando explícitamente que «He dudado, largo tiempo, en hacer entrar en este estudio el mundo repugnante de la pederastia, pero no podía evitar pen-sar que ella forma •el complemento indispensable y al mismo tiempo. la_parte.menos conocida. Estoy, pues, decidido no solamente a no: guar dar silencio sobre •este triste tema, sino también a tratarlo con la ex - tensión que ningún autor ha ofrecido hasta ahora, ni en Francia ni en el extranjero» (13). Labor pionera, sí, pero también peligrosos juicios.de valor, cons tantes a lo largo de toda la obra y propiciadores de un inequívoco dis curso -que, alejándose de la clínica, acaba por centrarse en una ética sexual digna-de la más: genuina intolerancia victoriana: «No pretendo» -continua Tardieu-«hacer comprender lo que es incomprensible y penetrar en las causas de la pederastia. Está, sin embargo, permitido preguntarse si hay otra cosa en el vicio que una perversión •moral(... )..: El libertinaje sin freno, la sensualidad embotada pueden por sí mismas explicar los hábitos de pederastia en padres de familia y conciliar, con la complacencia de hombres-o mujeres, estos arrebatos contrana tura» ( 14). Por otro lado, la utilización simbólica de la suciedad y de lo repug nante es un elemento constante tanto en la obra de Tardieu como en otras posteriores. Así, no sólo se insistirá en el papel «contaminante» de la suciedad fecal en el coi to anal -que transciende, obviamente, de la simple «infección» biológica-, sino que, incluso en sus descripcio nes médicas, en sus propias historias clínicas, los autores mostrarán un -cierto reparo, una cierta «mala conciencia», por no poder •evitar -en aras de la ciencia-«que de mi pluma salga la infame ignominia de los pederastas» (15). Y así, al abordar el examen detenido y metó dico de • homosexuales y pederastas, la pluma del sabio, cargada con científica candidez, puede aventurarse en el fango del vicio y de las miserias humanas. Para conocer sus interioridades, el médico, jugan do al etnólogo estudioso de «otras razas», no dudará en. transcribir el lenguaje obsceno de los seres degradados, aun cuando, en un último intento de protección, los, párrafos más escabrosos sean redactados en latín ( 16). De este modo, la morbosa curiosidad de la «limpia» sociedad bur guesa, ese eterno binomio de atracción-repulsión, se convierte, de la mano del médico, del experto, en persecución y tragedia porque, en de finitiva, el conocimiento y el estudio de la sexualidad «perversa» se ha ce•imprescindible para ayudar a las fuerzas del orden y de la justicia a yugular eficazmente la «infección», la suciedad y la ofensa. La norma moral se convierte rápidamente en ley jurídica... pero también en -ley natural. Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es Como es sabido, la influencia de 1a Naturphilosophie sobre la obra de eminentes naturalistas románticos propició la aparición de impor� tan tes estudios embriológicos en busca de esa idea de unidad morfoló gica en biología que justificara la existencia de la «cadena del ser». En • esta línea de pensamiento, las investigaciones de Étienne Geoffroy Saint-Hilaire sobre el desarrollo embrionario anormal representan el comienzo de lo que más tarde sería llamado «teratología experimen tal» (17).. La manipulación de embriones y la subsiguiente creación de «monstruos», lejos de considerarse una práctica «antinatural», vino a confirmar la tan buscada «unidad de plan» _ en la naturaleza y contri buyó,_ en buena medida, al ansia de dominio de la naturaleza presente ya en la ciencia ilustrada. Y es que para dominar la naturaleza y some terla a-los• intereses del capitalismo en expansión, era importante aca bar con las incertidumbres sobre el futuro de la raza humana hacien do que los «monstruos» no se considerasen elementos contrarios a la naturaleza sino partes integrantes de la misma. Pues bien, en contraposición a esta teratología biológica que pro pone la reunificación de los seres vivos, se edifica una teratología hu mana investida por la sociedad burguesa de la función opuesta, esto es, de separar unos seres humanos de otros, porque la aparición de unos «monstruos» hechos hombres impone su aislamiento y clasificación. Surge así una nosología de la transgresi_ ón en la que se incluirán ne gros, locos, criminales, activistas políticos y, cómo no, «perversos». Los importantes cambios en el conocimiento de las ciencias biológicas que surgen a lo largo del siglo pasado hacen que la sociedad europea y nor teamericana reaccione como temiendo las novedades que el evolucio nismo científico presentaba. Racismo antropológico, somaticismo mé dico, persecución del anormal o del extraño, etc., son algunas de las principales aportaciones que el positivismo científico presenta. Los pre ludios de las crisis económicas y del neocolonialismo ponen en marcha mecanismos ideológicos que preparan el terreno. De este modo, paralelamente a una sintomatología clínica surge una estigmatología física y psíquica que es preciso explorar y describir y que aparece como la consecuencia inmediata de la regresión del hom bre a la animalidad. En lo referente a la sexualidad, esta idea es aplica da, por ejemplo, a los onanistas cuando se apunta que estos sujetos re cuerdan «animales inmundos, monstruos ridículos, en fin, seres fan tásticos que vienen a excitar la imaginación bajo posturas más o menos Asclepio- II-1990 93 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es lascivas(... ) produciendo sobre los órganos genitales la más viva irrita ción que determina la evacuación seminal acompañada de esas debili dades, de ese abatimiento general...» (18). Con la pederastia este proceso de retrogradación llega a su punto más extremo. La descripción de Garnier es suficientemente elocuente: «... los pederastas, en el onanismo bucal, tragan el esperma aspirado creyendo así reemplazar el que ellos han perdido, están también los sodomitas que lamen el ano con la lengua, lo que hace eyacular sin nin guna acción manual. Un pederasta y sodomita, más activo que pasivo, delgado, histérico, me ha asegurado haber sido objeto de este hecho. El hombre-perro está, de este modo, consumado» (19). Como vemos, este recordatorio constante del peligro que acecha a la especie humana de retornar a la animalidad pasa por la denuncia de <�bestias humanas» (20) y seres monstruosos. Por un lado, se preten de identificar las posiciones adoptadas durante el acto sexual «perver so» (en cuclillas, de rodillas, «a cuatro patas», etc.) como propias de seres inferiores; lo mismo ocurre con muchas de las acciones realiza das (succionar, lamer, sorber, etc.); pero, por otro lado, quizá el más importante y efectivo argumento que se emplea es la falta de correla ción entre órgano y función: la boca, la mano o el ano reemplazan a la vagina, la lengua sirve de pene, etc. Es decir, determinados órganos de la economía cumplen funciones que no les son propias, la relación estructura: función se rompe en unos seres que, transgrediendo las leyes naturales, se alejan del arquetipo humano. En definitiva, existen multitud de descripciones que nos permiten deducir la existencia de esta estigmatología sexual a la que vengo refi riéndome, que se relaciona directamente con esos otros estigmas físi cos lombrosianos con los que la antropología criminal pretenderá « diag nosticar» la delincuencia (21), y que entronca directamente con la gran doctrina psiquiátrica del positivismo, con la teoría de la degeneración. Publicado el mismo año que la obra de Tardieu -en 1857-el Trai té des dégénérescences de B.A. Morel inicia un nuevo modo de enten der la medicina mental en la que el somaticismo y las influencias here ditarias acaparan el protagonismo etiológico de la locura (22). Un tími do pero inequívoco intento de psiquiatrización del perverso comienza a alumbrarse ya en este autor cuando incluye la «perversión del sentido genésico» en la segunda clase de alienados hereditarios -primera va riedad de degenerados de la especie humana-, junto con diversas mo nomanías y otros delirios de actos y sentimientos sin alteración apa rente de las facultades intelectuales (23). «Bajo el nombre de perver sión de los instintos genésicos» -escribe-«se comprenden los hechos que pueden igualmente pertenecer a la locura y a la inmoralidad en sus límites más extremos» (24). Aunque en este caso, justo es recono cer que lo moral no se identifica con la ética impuesta por la clase do minante sino con el más firme respeto a la naturaleza y con la más de cidida defensa del ideal utópico de una raza humana limpia, bella, sana y sabia. No obstante, la medicalización definitiva de las perversiones sexua les debe buscarse en la obra de Valentin Magnan, entre otras cosas, porque fue capaz de aplicar un modelo reduccionista a la gran varie dad de comportamientos sexuales y una unidad de interpretación ba sada directamente en la neurofisiología: En 1882, J. M. Charcot y el propio Magnan publican una serie de artículos en los Archives de Neurologie que, con el título «Inversion du sens génital et autres perversions sexuelles» (25) continuan y matizan el intento moreliano e imponen un nuevo enfoque que difiere ostensi blemente del de Tardieu y los médicos legistas de la éroca porque es tablecen, sobre bases científicas perfectamente cohen.ntes con el po sitivismo médico -el papel de la herencia, la presencia de patología psiquiátrica bien definida que motiva o complementa el acto perverso, etc.-, que los pacientes por ellos descritos, no son responsables de sus actos en el momento de llevarlos a cabo y entran de lleno en la juris dicción del alienista. El artículo es de gran interés porque las técnicas de exploración ya no se limitan a la simple y detallada anamne;:,is del paciente sino a la investigación de sus antecedentes familiares y per sonales y a la búsqueda de estructuras patológicas que justifiquen sus actos. No menos interés tiene la utilización precoz del término perver sión para designar al fetichismo, del que presentan dos casos, antes de que A. Binet lo describiera con todo detalle en 1888 (26) y antes, na turalmente, de que el psicoanálisis lo considerase como la más típica de las perversiones. Pero es la comunicación de Magnan ante la Société Médico-psycho logique aludida al comienzo de este breve ensayo, la que constituye el documento en el que mejor pueden estudiarse la ideas del psiquiatra de Sainte-Anne sobre estos temas. Fiel a la más pura ortodoxia po sitivista, considera que la clínica permanece en el nivel de las apa-riendas y que es la anatomofisiología la que otorga las claves necesa rias para el dominio de la ciencia propiamente dicha. De este modo, para nuestro médico, la única forma de comprender los fenómenos per v�rsos consistiría en considerarlos como alteraciones particulares del Sistema Nervioso Central. Infhüdo muy claramente por• la doctrina de las localizaciones cere brales que Broca había _ establecido muy pocos años antes, Magnan su giere un modelo anatómico y jerarquizado del comportamiento sexual. La sexualidad normal correspondería a un funcionamiento armonioso y equilibrado entre el arco reflejo espinal y los centros corticales. A partir de aquí elabora una clasificación de las perversiones sexuales en tres categorías siguiendo un modelo muy simple y una terminolo gía anatómica: a) Los perversos espinales serían aquellos sujetos en los que el ar co medular funciona de manera autónoma sin la regulación de los cen tros superiores. El ejemplo más. claro sería el onanismo del idiota, del oligofrénico profundo, que Magnan califica de «un acto instintivo pu ramente brutal» ( 27). • b) En los perversos espino-cerebrales posteriores el centro genito espinal de Budge está controlado exclusivamente por la corteza cere bral posterior, retrorolándica, esto es, por el nivel de recepción corti cal de estímulos tanto sensitivos como sensoriales. Esta perturbación se traduciría por anomalías muy variadas del comportamiento sexual: ninfomanía, satiriasis, pero también algunas formas de homosexuali dad en las que la imagen de un sujeto del mismo sexo, identificado por un cortex posterior que funciona mal, determinaría un estado de exci tación sexual. Algo parecido ocurriría con el exhibicionismo y, claro está, con otras alteraciones mentales no necesariamente relacionadas c0n la sexualidad y motivadas, en definitiva, por un funcionamiento disarmónico de los centros cerebrales que da lugar a alucinaciones o a delirios de diverso orden. c) Finalmente, en los espino-cerebrales anteriores «el punto de par tida del reflejo se produce en la corteza cerebral anterior, es una in fluencia psíquica, como en el estado normal, que se produce sobre el •centro genito-espinal; pero la idea, el sentimiento o la inclinación es tán aquí pervertidos» (28). Ideas, sentimientos e inclinaciones que aca ban relacionándose, una vez más, con el viejo y siempre socorrido con� cepto de moral insanity. El modelo neuro�matómico así propuesto persigue, evidentemente, varios objetivos. Por un lado, al considerar la perversión sexual como una enfermedad, y no como un simple atentado contra las buenas c_ os tumbres, se reclama la pertenencia de dichas conductas perversas a la jurisdicción del alienista propiciando un nuevo motivo de enfrenta miento, tan habitual a lo largo de todo el siglo, entre médicos y juris tas (29). Por otro lado, la aportación magniana supone la superación de la semiología de los grandes clínicos y la búsqueda de las estructu� ras patológicas. de los enfermos. Como bien ha indicado G.. Lanteri Laura, « si comparamos a Magnan con.Laségue, por ejemplo, nos ve mos obligados a reconocer que la manera como Lasegue procede al exa men de los exhibicionistas está centrado en el acto mismo y queda, fi nalmente, bastante tautológico: su pertenencia a la medicina no es evi dente y el magistrado puede no estar convencido de la existencia de la.enfermedad. Con Magnan la tautología cesa: el interés no es exclusivo ni está limitado a los actos mismos, la clínica busca los elementos que establecen que estos actos entran en la categoría mórbida, garantizado no por ellos mismo sino por los signos de desequilibrio mental. La enfer medad deja de ser una simple manera de hablar, o una comparación analógica, es una alteración funcional del sistema nervioso central» (30). En esta misma línea se sitúan los autores de los últimos años del siglo, quienes, matizaciones aparte, consiguen la total inclusión de la perversión sexual en el área de la preocupación del médico. Es el caso de B. Ball, autor de La folie érotique, en la que se deja constancia de que «la inversión sexual no es un vicio, ni una pasión inmoral, sino-una alteración morbosa que tiene el carácter de impulsión, de instinto; es una tendencia instintiva y congénita, es la única manera por la que un individuo.mal organizado puede manifestar su vida sexual» (31). Asi mismo destaca, en la última década del siglo, el estudio de J. Chevalier Une maladie de la personalité. Inversion sexuelle (1893), donde, además, se comienzan a considerar causas ambientales y sociales, como la pe derastia y el safismo profesional o por necesidad, que relaciona direc tamente la prostitución y el pauperismo, el miedo a contraer enferme dades venéreas, etc. (32); Sin embargo, la clave neurológica, deliberadamente ignorante de causas ambientales o biográficas, será la que domine la producción cien tífica de las. postrimerías del siglo. Ello tiene, sin duda, sus ventajas y sus inconvenientes: la ventaja fundamental es que, como hemos visto, la sexualidad se libera, al menos en parte, del discurso moral.. El principal inconveniente es, quizá, que esa liberación, en el fondo; no es más que una gran falacia ya que al producirse la patologización de la sexualidad� los mecanismos destinados a controlarla ganan en efi-Asclepio- II-1990 97 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es cieQ.cia porque determinados sujetos dejan de depender de las decisio nes más o menos arbitrarias y siempre subjetivas del poder para con vertirse en enfermos, en individuos que, científicamente, objetivamen te, transgreden la norma moral y la norma natural. La falacia biologis ta se consuma, así, una vez más.
Introducirnos.en, el concepto.de perversión en la psiquiatría diná mica nos debe llevar, por supuesto, a situarnos en el desarrollo que de dicho tema llevó a cabo Sigmund Freud y si tomamos la obra freu diana como el punto de ruptura con antiguas concepciones acerca de la sexualidad y sus trastornos, debemos plantearnos interrogantes a fin de poder ubicar en nuestro trabajo el valor que la misma •ha tenido en la• ilaboración de las nuevas. definiciones. ¿Qué autores y sus respectivos trabajos antecedieron a Freud en-su aproximación al tema? ¿ Qué tomó• Freud de dichos autores? ¿ Cuál, es la originalidad que introduce la •visión •psicoanalítica del tema? ¿ Qué nueva nosografía queda establecida a partir de la• misma? Sobre estas preguntas y sus posibles respuestas iremos eonforman do la trama del presente artículo, que limitaremos, en-su aproximación histórica, a lo elaborado por Freud acerca del tema hacia él año 1905, fecha de.los Tres ensayos de teoría sexual, próximo a la pul: ilicación de Dora (Análisis fragmentario de un caso de histeria) y ya sobrepasados en el tiempo, el gran libro de la Interpretación de los sueños (1900) que contiene su propio autoanálisis, •los •historiales denominados.pre psicoanalíticos: Los estudios sobre.la histeria, la correspondencia.con Wilhem Fliess, el Proyecto de psicología para neurólogos (L895), la Psi-. copatología de la vida cotidiana (1901) y El chiste y su relación con el inconsciente (1905). Podemos.decir, sin temor a incurrir.en.mayores errores, que el Psicoanálisis ya está defiriido para entoncesccomorevo lución-epistemológica y que • se encuentra fundado sobre üos pilares Asclepio- II-1990 •101 casi independientes, en todo caso fuertemente diferentes: la Interpre tación de los sueños y los Tres ensayos (1). Los escritos previos y la aproximación de Freud Al inicio de su trabajo sobre «Las Aberracione Sexuales» Freud nos advierte que el origen de los datos incluidos en dicho capítulo, fueron tomados de las obras de diversos autores como Krafft-Ebing, Moll, Havelock Ellis, Schrenk-Notzing, Hirschfeld y otros (2). Podemos decir que el discurso del positivismo toma su forma definitiva, con respecto a las alteraciones de la sexualidad, con la obra de Richard van Krafft Ebing Psychopatologia Sexualis, publicada en 1893, y el texto de Henry Havelock Ellis Studies in psychology of sex, publicado en 1897. Freud se refiere a las formas clínicas de las perversiones de una forma simi lar a la que lo hacen estos autores en sus libros. «Las perversiones se xuales se definen como esa parte de la medicina estudiada por estos autores. Del mismo modo si la interpretación psicoanalítica termina por cambiar la mira_ da depositada sobre las perversiones, no puede, inicialmente, hacerlo más que en la medida en que la psiquiatría de fin de siglo XIX le ha provisto de su objeto» (3). Puede decirse que, de alguna forma, los trabajos de Ebing y Ellis representan una síntesis general de lo producido a partir de mediados del siglo XIX en el terreno de la sexualidad, que había comenzado con la preocupación principal centrada sobre el tema de la homosexuali dad. Ellos no hacían más que reseñar las formas patológicas y plan tear la nomenclatura, no poniendo en cuestión la presencia de un ins tinto sexual (4). Fue, sin lugar a dudas, la obra de Krafft-Ebing la que se convirtió, en poco tiempo, en el texto básico sobre la sexualidad a cuya profusa clasificación y análisis semiológico debían referirse to dos los trabajos serios de la época. Su enfoque del tema sería, luego, completado por las obras de Ellis y Hirschfeld (5). Si bien el término de «perversiones sexuales», que Freud utilizará y hará clásico es la traducción alemana del francés de «perversiones se xuelles», introducido en la medicina por V. Magnan, resulta interesante ver como Ebing utiliza otra terminología para definir estos trastornos, que es la de «Anomalien der Geschlechtstrieb», o sea, anomalías del im pulso sexual, ubicando así el tema en relación con la procreación (6). Este autor estructura su pensamiento basándose en tres relaciones de oposición: Fecundidad vs Esterilidad Placer vs ausencia de Placer Normal vs Patológico (7) Ebing, al referirse a las perversiones sexuales, las denomina «pa restesias sexuales», confuso y particular término, para cuya definición afirma que: «la excitación se mantiene en estas alteraciones por estí mulos inadecuados», y las divide en dos grandes grupos: aquellas que se producen con individuos del otro sexo y las que se realizan con los del propio sexo. Para Ebing, «el sentimiento sexual condiciona la con ducta moral y las perversiones aparecen al alterarse la acción sexual y no estar ésta dirigida al mantenimiento de la especie»; así, y según este concepto, el placer es una forma de perversión (8). No será ese el criterio de otros autores como Havelock Ellis y Al bert Moll quienes afirman, en un hecho destacable para la época, que el fin de las relaciones heterosexuales, en la mayor parte de los casos, no es la reproducción sino el placer (9). Es evidente que el anterior concepto, referido al fin sexual, servirá a la obra freudiana, así como, también, las ideas que acerca de las cau sas de las conductas perversas harán en su momento autores como A. Binet y Schrenk-Notzing, de quienes Freud tomará algunas ideas para su elaboración psicopatológica. Georges Lanteri Laura nos relata en su obra, cómo Binet y Notzing «ponen el acento en la importancia de una asociación muy viva de una experiencia infantil, en la ocasión de una emoción muy grande o de una tentativa de seducción por un adul to, considerando la inversión como un estado adquirido y haciendo in tervenir una patogenia vecina al fetichismo» (10). Es verdad que luego de transitar el psicoanálisis por este mismo proceso de pensamiento será desechado por Freud, quien ya no dará a los acontecimientos rea les del sujeto el valor tenido hasta entonces; la realidad psíquica co brará importancia y el desplazamiento se operará hacia la • situación pre-edípica. Es importante volver sobre el pensamiento de Moll, acerca del fin y los invertidos, que nos dice: «en general el hombre consuma el acto sexual con la mujer, no con el fin consciente de engendrar niños, más sí por la satisfacción de un deseo que él no puede resistir. El uranista no hace otra cosa, y consecuentemente su acto sexual no es delictivo» (11 ). Esta afirmación de Moll, pone una vez más de manifiesto la aso ciación, propia de los intereses positivistas de la época, entre sexuali dad y delito, para lo cual la medicina era llamada a intervenir para de-limitar las posibles confluencias de ambos campos. El-confinamiento de la sexualidad, que siguiendo las ideas de Ebing no estuviera ligada a la-reproducción, álmarco delo.jurídico desde su valoración socioló gica, permitía penetrar hasta la más íntima conducta de un hombre y hacerla punible, en un permanente intento de delimitación de los lími tes entre lo normal y lo patológico., Freud seguirá adelante con esos pensamientos de Moll y, para el psicoanálisis, la homosexualidad será ante todo una variante de la se xualidad; ya no se utilizará como parámetro la referencia a una norma •que, eil general-estaba, hasta su tiempo, basada en una falsa axiología moral;. y así, Freud dirá en 1905: • La investigación psicoanalítica rechaza terminantemente la tenta tiva-de separar a: los homosexuales de los demás humanos como un grupo diferentemente constituído» (12). •Esta consideración de• los perversos como -cercanos a la normalidad se encontraba también en autores como Hirschfeld, siendo impor tante recordar que-Ebing y Moll, al-igual que•Freud, admitían la cápa cidad intelectual y de manejarse en sociedad, con relativo éxito, que podían• teher algunos perversos. Hemos podido ver, de esta forma, cómo, at1tores que ligados estre -éhafuente al pensamiento del positivismo imperante en su tiempo (Moll situaba én el origen de los trastornos de la sexualidad a causas heredi •tarias y degene• rativas),-pudieron-elaborar otras aproximaciones, que luego fueron retomadas y desarrolladas en todas sus posibilidades-por la teoría psicoanalítica.:Debemos destacar que Freud también se interesó por la embriolo gía apoyándose en los conocimientos de la biología general imperan tes hacia fines del siglo XIX, -afirmando que debe tenerse en cuenta la disposición-bisexual (pre • sente eh todos los trabajos de la época) como causa de la inversión sexual, aunque no sepamos en que puede consis tidal disposición fuera delo puramente anatómico (13). Y si bien Freud reduce• la: partiéipación • de la herencia, no la niega. remos -de ocuparnos en forma concisa de aquéllos que consideramos más destacables. l. •Como nos dice Georges Lanteri-Laura, fa contribución original de la construcción teórica del psicoanálisis puede quedar resumida en el descubrimiento del inconsciente, los mecanismos de transferencia, desplazamiento, represión, condensanción, la situación edípica; que pre sentes desde los Estudios sobre la histeria de 1895 y la Interpretación de los sueños, escrita en 1899 y publicada en 1900, tienen su comple-•mento con los Tres ensayos sobre la teoría sexual de 1905, al aparecer la noción de sexualidad infantil y•las fases de la libido ( 14). La noción de sexualidad infantil es tomada de la experiencia recogida en el trata miento psicoanalítico de las neurosis de adultos y, de manera muy par cial, de la observación de los niños. La introducción de•dos nuevos conceptos, el de «objeto (Object) sexual» y el de «fin (Ziel) sexual», con los cuales, a partir de Freud, de nominamos la persona de la cual parte la atracción sexual y el acto ha cia el cual impulsa el instinto, permitieron un nuevo orden de clasifi cación diferente del que imperaba hasta ese momento. Ya no será ne cesario recurrir a la gran diversidad de variedades de invertidos pre sen tes en otras clasificaciones. Las variaciones del «objeto» y el «fin», serán suficientes-para obte ner la combinación de todas las perversiones posibles. A partir de entonces Freud hos dice que: «existen hombres y mu jeres cuyo objeto sexual no es una persona del sexo contrario, sino otra de su mismo sexo» (15). Desde allí desarrolla su concepción psico-. patológica, afirmando, en el transcurso de la misma, un hecho que puede ser denominado paradigmático al decir: «en sentido psicoanalí tico, el interés sexual exclusivo del hombre por la mujer constituye un -problema, y no algo natural, basado últimamente en una atracción quí mica» "(16). Laplanche y Pontalis afirman que la originalidad de Freud fue el servirse de las perversiones para operar un cambio en la definición tradicional de la sexualidad (17). A ese respecto vienen las afirmacio nes de Freud al decir: S. Las perversiones quedan ligadas al desarrollo que siga, en su evolución, la sexualidad infantil, la que al operar a través de una serie de conflictos que pueden ser mal superados, se resolverá en la perver sión (donde el sujeto no ha podido rechazar la tendencia a la satisfac ción de los deseos eróticos parciales de la sexualidad infantil, en don de queda fijado), o en la neurosis (que es un conjunto de defensas le vantadas frente a un conflicto insuperable). Como nos dice J. Saurí «la disposición a las perversiones es, junto con la neurosis, un elemento constitutivo de la condición humana» (20), y así ya no serán tan nítidas las fronteras entre salud y enfermedad. El discurso del psicoanálisis sobre las perversiones encuentra su mejor definición en el terreno de la psicopatología. No se ocupará de la herencia, de la predisposición, de la degeneración, todas ellas pro posiciones del positivismo en su afán de búsqueda de una etiología; y como afirma Lanteri Laura «el por qué se transforma en un cómo» (21). Desarrollaremos a continuación, en forma esquemática, la nueva nosografía clínica del psicoanálisis, que tenido en nuestro tiempo, -al decir de Lanteri Laura-, por contrario a las clasificaciones, creó una taxonomía que desde 1905 inspira todos los escritos sobre el tema (22). El sexo ha sido siempre el nucleo donde se anuda, a la vez que el devenir de nuestra especie, nuestra «verdad» de sujetos humanos» (25). Hoy podemos afirmar que la búsqueda de esa «verdad», a la que nos hace referencia el filósofo francés, se encuentra -al menos desde un aspecto de• la realidad-contenida sin lugar a dudas en la obra freu diana. Aparición de nuevos fines sexuales. Sadismo y masoquismo (23). Con el fin de poder establecer una clara comparación con el pensa miento positivista, expondremos aquí la clasificación de Krafft-Ebing, síntesis del pensamiento positivista.
La palabra fármaco viene del término griego Phármakon que reúne los dos conceptos de remedio y veneno. En el Corpus Hippocraticum el phármakon se utiliza como sustancia exterior al cuerpo capaz de pro ducir una acción favorable o desfavorable y como purgante, khatarsis. Pero también el pharmakós era la víctima propiciatoria destinada a pu rificar a la ciudad de sus males (1). Esta dualidad va a presidir el destino de las drogas. A su uso tradi cional con fines mágico-religiosos o terapéuticos, sujeto a normas y pro hibiciones, se añadirá posteriormente otro tipo de uso que tendrá que ver con el placer sin dejar por eso de ser ajeno a las otras dos condicio nes. Surge así una nueva pasión que, oscilando entre la excitación y la analgesia, actuará como purgante del amor entendido como relación de dicha y de sufrimiento recíproca y simétrica entre dos sujetos. Voy a tratar de ver, a lo largo del siglo diecinueve y principios del veinte, y a través de algunos textos literarios y de otros médicos, cómo se configuran diversas representaciones sobre el placer y el displacer en relación primero con el opio y la morfina y luego con la cocaína. Thomas De Quincey, en sus Confesiones de un inglés comedor de opio de 1821 (2), se pregunta por qué llegó a ser habitual consumidor de opio. « Durante mucho tiempo me entregué a mis prácticas con el único fin de crearme un estado artificial de grata excitación». Pasaba épocas sin tomarlo para renovar el placer, pero una vez que lo tiene que usar pa ra «mitigar el dolor en su grado máximo» se convierte ya en consumi dor diario. « ¡Opio, terrible agente de placeres y de sufrimientos inima ginables!», dirá más adelante protestando incluso contra Coleridge por haberle atribuido que se habituó a la sustancia persiguiendo voluptuo sidades y no por el camino del dolor físico (3). El dolor, más que actuar aquí como una coartada, parece ser la con dición misma del placer, Y. lo aleja de cualquier sospecha. Si este es el origen, el flechazo de la pasión, su posterior desenlace lo valorará en proporción al encadenflmiento al que se ve sometido. Así, a medida que va formando parte de su. vida, observa• que pasar un día sin tomar opio es como plantearse que sus pulmones no respiran o su con:\zón no• late. Quincey quiere vengar al opio de ciertas calumnias: el opio no ador mece la inteligencia, ni la exaltación que provoca va seguida necesa riamente de abatimiento. En este sentido compara al vino con el opio: « El vino desordena las facultades mentales mientras el opio, tomado de manera apropiada, introduce el orden, la legislación y la armonía •más exquisitos». Es como si el opio a través de ese tono ilustrado se distanciara del mundo de las bajas pasiones propio del exceso alcohó lico (Ya en 1736 en Inglaterra, la Gin Act, que elevaba los impuestos sobre las bebidas alcohólicas, se promulgó «para que los alcoholes sean tan caros que los pobres no puedan cometer excesos») (4). Este sentido del efecto «sublimador» del opio es también señalado por Moreau de Tours (5) cuando en su obra Du Haschisch et de l' aliena tion mentale afirma que «el opio parece gozar en alto grado de la fa cultad de desarrollar una especie de estado mixto en el que la razón y la imaginación aparecen equivalentes». Aunque en un sentido distin to, y con una actitud mucho más ideológica, Baudelaire, en su Poema del hachis (6) compara también a éste con el opio y señala que en el hachís todo es «infinitamente• más acelerado, más vehemente que el opio, mucho más enemigo de la vida regular, en una palabra más tur bador». Mientras el uno es un seductor apacible., el otro es un demonio desordenado. Ya en el siglo XX, el médico español A. Pagador, en Los venenos so ciales de 1923 (7), refiriéndose a una categoría de opiófagos, alude a la acción afrodisíaca del opio: «los opiófagos sensuales forman una ca tegoría aparte que gozan de las delicias de la carne y de la imagina ción. El opio en ellos aumenta el psiquismo del acto y alarga la dura ción del placer. Si bien, tras un uso prolongado o abuso, la voluptuosi dad acaba por ser esencialmente intelectual. » Hay pues un uso sabio y sensual del opio y otro excesivo que con vierte al goce en algo puramente intelectual, alejado de lo sensible. Esta anulación de la sexualidadJo aproxima a mi entender a las propuestas del Marqués de Sade sobre la saciedad. Pero si en éste, llegar a. la. apa tía sexual a través de la reiteración del acto aberrante es la culmina-ción de un proyecto de liberación, en los opiófagos seda una consecuen cia del propio veneno y por •tanto un'triunfo de la Naturaleza. Al final de su obra, Quincey, siempre con una cierta ambigüedad, nos habla de los males del opio y de éste como motivo de infelicidad. Ha convertido su vida en la repetición de un acto único, donde sólo le está permitido el juego engañoso con la dosis. Sin embargo, el tener al opio como amo absoluto le ha salvado de los dolores de la vida, le ha permitido ser, en sus palabras «un señor pero sin tierra». Con los avances científicos y, en el terreno de la medicina, con el desarrollo de la farmacología y de la anestesia, se produce también la democratización de los placeres tóxicos, mediante lo que los psiquia tras llaman el «contagio por imitación». A partir de ahora «la felicidad puede comprarse con un penique y llevarse en el bolsillo del chaleco y los éxtasis portátiles encerrarse en una botella de medio litro» (8). Engels ha descrito en La situación de la clase obrera en Inglaterra de 1845 la frecuencia con que las obreras inglesas dan opio a sus hijos para poderse marchar al trabajo. El opio, es decir el beneficio econó mico de él derivado, ha desatado guerras y el alcohol ha regado la Com munne; los militares franceses que han visto en éste la causa de la apa tía de la defensa de la patria han tomado medidas prohibitivas antici-, pándose a la sociedad civil (9). La necesidad de soportar un trabajo en el que la explotación se hace salvaje lleva a utilizar objetos extravagantes con fines de evasión. Tal situación parece reflejarse en una noticia aparecida en El Siglo Médico en noviembre de 1890 y que lleva por título «El Naftalismo»: «América, la tierra clásica de las excentricidades, acaba de reve larnos un nuevo género de borrachera. En Bostón hay un gran núme ro de fábricas de caucho para cuya purificación emplean la nafta. Pues bien, en una de ellas se ha observado que la casi totalidad de las obre ras estaban en perpetuo estado de borrachera. Se las vigiló y se averi guó que se emborrachaban aspirando a placer los vapores que se es capaban de las calderas de nafta. Las mujeres declararon que este fu nesto abuso había llegado a ser para ellas casi una necesidad.» Voy a considerar ahora brevemente algunos momentos del discur so médico y psiquiátrico desde el concepto de narcótico hasta la apari ción del de toxicomanía. «Los venenos narcóticos son aquellos que producen narcotismo: es tupor, aplanamiento, parálisis y apoplegía y a veces movimientos con vulsivos» dice Pedro Mata en su Tratado de Medicina Legal (10), donde Asclepio- II-1990 el opio, junto al hidrógeno, el gas del alumbrado o el cloral, entra dentro de las intoxicaciones accidentales o con fines criminales.. En el Tratado Frenopático de Giné y Partagás (11) el opio figura en el capítulo del tratamiento de la alienación mental y no en la parte no sográfica. Se recomienda, a pesar de sus contraindicaciones, por su ac ción sedante del dolor físico, restaurador del sueño artificial y «capaz de interrumpir el funcionamiento cerebral mitigando la intensidad de los fenómenos afectivos, la exagerada sensibilidad moral de los manía cos y melancólicos y el sufrimiento de la hipocondría». Hasta aquí los venenos y los remedios van por separado. Moreau de Tours ha visto silenciado por la psiquiatría su intento de convertir el hachís en objeto de experimentación en relación con el sueño y la locura. Para los psiquiatras, la apetencia tóxica será un enigma fisio lógico pero también psicopatológico y moral. La morfina, aunque aislada a principios de siglo, no se generaliza hasta su último cuarto, a la vez que se introduce la jeringuilla subcutá nea (la cual, más allá de su uso médico, da lugar a la ketomanía o ma nía de inyectarse por inyectarse). Más médica que el opio por sus efec tos y también por el interés que suscita entre la profesión médica, será el modelo de iatrogenia y también del concepto de toxicomanía, per versión instintiva en la que la búsqueda consciente y voluntaria del ve neno figura en primer plano. Será pues un vicio y no una verdadera psicosis. Esta condición de droga perversa polimorfa es bien recogida en estos versos de Villaespesa (12): «Sus rojos labios sáficos, sensitivos y•ambiguos a la par piden besos de hombre y de mujer, sintiendo la nostalgia de los faunos antiguos, cuyos labios sabían alargar el placer. Ama los goces sádicos, se inyecta de morfina, pincha a su gata blanca. El ether la fascina y el opio le produce un ensueño oriental.» En la antípodas de esas aberraciones literarias está el dipsómano morfínico, «verdadero enfermo», degenerado superior cuya lucha con tra la irresistible atracción del veneno, seguida de fracaso, le lleva al arrepentimiento y a tener vergüeLza de sí mismo (13). Nuestro Juarros, en Los engaños de la morfina, folleto divulgador de 1920, denuncia el hábito de inyectarse como «una pretensión de su perioridad, un querer pasar por hombres de mundo». Arremete contra los literatos modernos «que han entonado himnos hiperbólicos al pla cer de envenenarse lentamente. Su inspiración en el orientalismo fron doso no es sino la consecuencia de su escasez de temas». Junto a estos literatos vacíos menciona a Sade, «narrador de aberraciones anatómi camente imposibles ». La morfinomanía no es para Juarros sino el sus tituto de una sexualidad debilitada. Logre, en 1922 ( 14), se planteaba cómo el opio «medicamento por excelencia del dolor físico y psíquico puede ser también un tóxico que no provoque como otro disgusto y aversión sino un apetito y placer mór bidos. Esta auténtica paradoja de la biología supondría un verdadero error del instinto de conservación al confundir un veneno con un ali mento». Este pesimismo respecto a la biología recuerda el de Freud cuando, tras el episodio de la cocaína, ve frustradas sus espectativas de que los hombres sean capaces de anhelar algo que les beneficie sin perder por ello el temor a su exceso. Con la cocaína se introduce la androginia en el mundo de la drogas. Freud, en 1884 (15), al recomendarla por sus efectos estimulantes, pa rece situada en el ámbito de la masculinidad: «resulta valiosa en aque llos casos en los que el objetivo primordial es aumentar la capacidad física del cuerpo(... ). Este tipo de situaciones aparecen en tiempos de guerra, durante los viajes, en escaladas de montañas y en expediciones de otro tipo. » Freud emplea el dinamómetro en sus pruebas con la droga en un intento de dar uniformidad a sus efectos y por tanto exactitud científica. Su acción como afrodísiaco le interesa muy secundariamente; lo que a él más le atrae es la estimulación de la mente. Sin embargo, ya en los años veinte, Ma'ier y sobre todo Logre (16) la define como «la droga femenina por excelencia». Si el morfinismo era propio de las mujeres mundanas, dice L9_ gre, la cocaína lo es de las muchachas galantes de Montmartre. No el dolor sino la voluptuosi dad va a ser fundamentalmente su puerta de entrada. La cocaína tiene un halo alimenticio y entra por los sentidos: pastillas, vinos, thes, pa thés Mariani, cuyo promotor, rico empresario y químico parisino lan za unos Álbums publicitarios que cobran gran popularidad en Francia hasta los primeros años del siglo XX (17). La cocaína se recomienda para• los trastornos funcionales que se van a convertir en preocupación de la moderna psiquiatría. Freud mismo la recomienda para la neurastenia,"vinculándola así con la genitalidad. En Le Trafic de la Coco de 1914, los cabarets se llenan de mujeres de ojos resplandecientes al salir del lavabo. Se trata de una sexualidad femenina activa. La borrachera de la cocaína no es ya como en la mor-Asclepio- II-1990 fina euforia pasiva sino «alegría activa en movimiento». Quedan lejos los paraísos artificiales; del Nirvana se ha pasado a la voluntad de poder: «La excitación lleva a la mujer a la locuacidad mientras que los hombres empiezan obras de arte o se lanzan a los negocios» (18). Es el triunfo del paso al acto.
Es un hecho incuestionable que la Medicina se encuentra estrecha mente relacionada con la Política. La tarea de gobernar exige numero sas veces, para ser eficaz, recurrir a la ciencia médica. Contemplando nuestro pasado esta conexión.presenta dos momentos especialmente • significativos. El primero de ellos sería el correspondiente al período de surgimiento del Estado müderno. Como ha puesto de relieve Mara vall, la exigencia de un gran Estado, como era el español del siglo XVI, de poseer una considerable masa de población para cubrir sus necesi dades de soldados y trabajadores manuales, llevó a los gobernantes a interesarse por la salud individual y colectiva de sus súbditos y a ha cer de una y otra objetivos de la política gubernamental (1). Ello trajo como consecuencia inmediata la participación de los médicos en las tareas de gobierno, participación que se puso sobre todo de manifiesto en las múltiples consultas que las autoridades estatales y municipales hicieron a los médicos con motivo de las epidemias padecidas por nues tro país desde finales del siglo XVI hasta el último cuarto de la siguiente centuria. Otro momento de especial relieve en las relaciones entre Medicina y Política dentro de nuestras fronteras se produjo a finales del siglo XVIII. El afán de nuestros monarcas ilustrados por cumplir con la exi gencia de suministrar felicidad a sus• súbditos y por mantener una po blación numerosa les condujo a plant�arse como uno de los fines princi- pales de su programa político el cuidado de la salud de los ciudada nos (2). Fruto de ello fueron el gran número de disposiciones legales encaminadas a promover la higiene pública que se dictaron en esos años (3), lo que, a su vez, trajo consigo un más alto protagonismo de los profesionales de la Medicina en las tareas legislativas. Como era de esperar, los médicos tomaron rápidamente conciencia del creciente papel que estaban jugando a la hora de establecer las normas destina das a regular las relaciones entre los miembros de la sociedad. Clara expresión de ello fue la aparición dentro de nuestras fronteras de dos obras -Pensamientos sobre la razón de las leyes (1810) de Ramón Ló pez Mateas (1771-1814) y Filosofía de la legislación natural (1830) de Francisco Fabra Soldevilla (1778-1839)-cuyos autores, médicos de pro fesión, defendían la tesis de que los saberes que la Medicina suminis traba acerca del hombre debían ser la fuente fundamental de conoci miento en que debía basarse todo código legislativo. Ambos proporcio naban además en sus obras un catálogo completo de los principios que, inspirados en ese conocimiento del hombre obtenido a partir de la Me dicina, debía tener en cuenta un jurista de manera ineludible si es que quería legislar de manera adecuada. Naturalmente, dentro de ellos fi guraban los que tenían que ver con el lugar y la función del hombre dentro de la sociedad y con la vida sexual de uno y otro. Intentarmos trar los puntos de vista de López Mateas y Fabra sobre estas cuestio nes es el objetivo fundamental de este trabajo. Ello servirá no sólo pa ra conocer cuáles eran las recomendaciones al respecto que estos mé dicos daban para conseguir un buen ordenamiento de la sociedad, si no también para comprender mejor el papel jugado por los médicos españoles en el establecimiento de un determinado modelo de actitud social frente al sexo y la vida sexual. Para llevar a cabo adecuadamente esta tarea es preciso aludir pre viamente a aquello que en mi opinión hizo posible la aparición de unas obras de las características de las de López Mateas y Fabra. Me refiero al cambio que tuvo lugar a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX en el modo de entender por parte de los médicos las relación entre Me dicina y Derecho. su afán por transformarse en legisladores sin dejar de ser lo� expertos testigos que hasta entonces habían sido, se aprecia de manera clara con sólo contemplar el nuevo modo de concebir la Medicina Legal que va a surgir en esos años. Esta modificación en el modo de entender esta disciplina es mostrada claramente por Paul-Agustín-Oliver Mahon (1752-1801) en las páginas de su Médecine légale, et Police médica!. «La Medicina Legal, Medicina forensis, jurídica, es el arte de apli car los conocimientos y los preceptos de la Medicina a las diferentes cuestiones del derecho, para aclararlas o interpretarlas conveniente mente. El arte de hacer los informes o relaciones a la justicia, no es más que una parte de la Medicina Legal; y se les puede reprochar a quie nes afirmaron lo contrario, de haber sustituido una ciencia extensa y trascendente por su naturaleza y su objeto, por el ejercicio técnico de una sola de sus partes» (4). Los nuevos tratadistas de Medicina Legal confieren a la disciplina un mayor campo de acción. Ya no era esa simple agrupación de «materias médicas que pertenecen a los medios de ser conocido lo que es conforme con la ley», con que el muy influ yente Paolo Zacchia (1584-1659) se refería al contenido de sus Questio nes medico-legales (6), sino que se han transformado además en aque lla parte de la Medicina destinada a elaborar y perfeccionar los pro pios códigos legislativos. En efecto, para un número importante de auto res, entre quienes se econtraron los más influyentes, la Medicina Le gal no será tan sólo un conjunto de cuestiones destinadas a ayudar a los jueces en la resolución de los diferentes casos que pueden plantearse ante un tribunal, sino que será aquella parte de la Medicina que tiene que ver con la prevención, diagnóstico y tratamiento de las enferme dades no ya del cuerpo humano, sino del cuerpo político, del Estado.' Este nuevo modo de entender la relación entre Medicina y Derecho encontró en la Francia postrevolucionaria a sus más ardientes defen sores y un ambiente más propicio para desarrollarse (7). Las nuevas instancias en el poder necesitaban contar con un nuevo marco jurídico que superara al del Antiguo Régimen y la Medicina, como portadora de unos saberes calificados como científicos, podía resultar muy útil para acreditar y consolidar el nuevo orden social que se trataba de im poner (8). No debe extrañar, por tanto, que se mostraran receptivas con respecto a las novedades que en relación con el papel que había de ju gar la Medicina en el Derecho portaba el nuevo modo de entender la correspondencia entre ambas: Prueba de ese interés es la aparición en poco tiempo de dos obras dedicadas a la Medicina Legal, además de la ya mencionada de Mahón, y que como ésta son también defensoras de su mismo modo de entender la disciplina. Así, en su afamado Les lois éclairées par les sciences physiques, ou Traité de médecine légale et d'hygiene publique (1797), Frarn; ois Emmanuel Foderé (1764-1835) confiere a la Medicina Legal el carácter de disciplina médica destina da a servir en las tareas de gobierno del Estado, expresándolo en los siguientes términos en la introducción de su obra: «La Medicina legal puede considerarse baxo dos aspectos igual mente interesantes á la salud pública. Baxo el primero y mas general, diremos que es el estudio de todas las leyes conocidas de la física ani mal, y la ciencia de su aplicación á todas las instituciones que se han originado del órden social. En este caso no solo abraza la naturaleza del hombre, sino también todos los objetos con los cuales está unida y enlazada; y como las leyes no pueden ser buenas si no estan de acuer do con el hombre, con su corazón, necesidades, clima, y género de vi da á que estan sujetos los diferentes pueblos, deben los legisladores y los magistrados consultar la medicina, vasto código de las leyes de la física animal, ántes de pensar en establecer nuevas instituciones, ó para darlas todo el grado de utilidad que son capaces de recibir. He aquí el primer sentido en que debe entenderse esta unión de palabras, medicina y leyes, Medicina legal» (9). Las palabras de Foderé son bien explícitas. Con un sentido amplio concibe a la Medicina Legal como aquella parte de la Medicina que su ministra los saberes destinados a ser empleados en las tareas de ela boración de las normas que regulan las relaciones de los hombres den tro del Estado. Así lo muestra el siguiente párrafo extraído de su Cours de médecine légale, judiciaire théorique et pratique (1800): be limitarse á esto únicamente, y aunque deba servir con sus talentos á cada individuo en particular, debe con más razón dedicarlos á los intereses generales de la sociedad. Considerando la Medicina bajo es tos dos aspectos, se la puede dividir en clínica ó práctica, y en políti ca o legal» (10). Y para aclarar aún más su división de la Medicina añadía de inmediato lo siguiente: «La primera [La Medicina clínica] se ejercita en la curación de las enfermedades, sea en vista de la exploración de los síntomas, hecha a la cabecera de los enfermos, sea en la decisión de las consultas. La segunda [la Medicina política] tiene por objeto todo cuanto puede in teresar a la salud de los hombres reunidos en sociedad, y se subdivi de en tres partes, a saber, la Medicina legal propiamente dicha, que da al legislador las luces necesarias para la formación de las leyes, que dicen relación con los conocimientos médicos; la Medicina admi nistrativa, que otros llaman policía médica, y que comprende el tra tamiento de las epidemias, los medios de atajar los contagiosos, de destruir las enfermedades endémicas, de purificar una habitación, una ciudad, un territorio, etc., y la Medicina judicial o forense, que ilus tra a los tribunales y otras autoridades para decidir las causas civiles y criminales que deben conocer» (11). Las anteriores palabras de Belloc, que muestran cómo los conteni dos de la Medicina Legal no se hallaban aún completamente separados de la Higiene Pública (12), expresan claramente el nuevo papel que el médico se siente llamado a jugar con respecto al Derecho. Ya no se tra ta de participar como mero testigo para ayudar a los jueces a resolver un caso, sino, como vengo señalando, de entrar a formar parte en las tareas de elaboración de las leyes (13). Los médicos reclaman para sí un lugar en la Administración del Estado, un puesto en algo tan impor tante• como es la redacción de las leyes por las que debe regularse la relación entre los ciudadanos. Solicitan un papel dentro de los meca nismos dedicados a elaborar las normas destinadas a mantener el or den dentro de la sociedad. La publicación en caste llano, en 1796, con el título de Medicina y Cirugía forense o legal de los Elementa medicine et chirurgia forensis que el cirujano vienés Joseph Jakob Plenk (1733-1807) había publicado por primera vez en Viena en 1781, así como la rápida versión en nuestra lengua de la obra de Foderé, aparecida en Madrid entre 1901 y 1903, pusieron tempranamente en contacto a los médicos españoles con el nuevo modo de entender su papel con respecto a la administración del Estado que estaba cobran do fuerza en las zonas más influyentes de-la Medicina europea de la. época. En concreto, la obra de Plenk sirvió de guía fundamental para la docencia de la Medicina Legal en un centro de tanta significación dentro del desarrollo de la Medicina española como fue el Colegio de Cirugía de San Carlos (14). Los médicos y cirujanos españoles dispu sieron así de una obra en la que se afirmaba que la Medicina forense era una «ciencia» cuyo objeto «son todas las acciones del cuerpo hu mano, o cosas que dañan la vida, o la salud, o la felicidad pública» (15), una obra que, por tanto, presentaba a la disciplina como una parte de la Medicina cuyo fin no era el de la prevención o tratamiento de la en fermedad de un individuo en particular, sino de aquellos actos que al teran la salud, el bienestar, el buen orden de la sociedad. «Nadie -afirma el cirujano austríaco-, puede negar las utilida des y beneficios que resultan de la Medicina Forense y su estudio pa ra la conservación del Estado, tanto en tiempo de paz como en el de guerra; como también que no hay foro alguno en la Legislación que (... ) no necesite el auxilio y dictamen de la facultad Apolinea» (16). La penetración y presencia entre los profesionales de la Medicina y la Cirugía españolas de finales del siglo XVIII de esta idea de que la Medicina ha de ser fuente de saber fundamental para los encargados de velar por el buen orden del Estado, se pone de manifiesto al con templar el modo en que Juan Fernández del Valle se refería en las pá ginas de su Cirugía forense al papel que había de desempeñar la disci plina dentro de la dinámica social: «Los objetos de la Cirugía forense se pueden reducir a dos, uno próximo y otro remoto: el primero se dirige a saber y conocer la ver dad; el segundo es consiguiente y conspira a conservar la buena ar monía y tranquilidad de un Estado» (17). A la vista de lo anterior resulta evidente que, a finales del Setecien tos y comienzos del Ochocientos, los profesionales de la Medicina eran absolutamente conscientes de la estrecha ligazón que existe entre ésta y la Política. Es más, como consecuencia de ello, los médicos van a re clamar para sí un lugar central en la administración del Estado. Sin renunciar a su papel como experto' s testigos ante los tribunales, se sen tían ahora, con lo que ello representaba para escalar posiciones den tro de la sociedad y aumentar su influjo y poder dentro de ella, como verdaderos maestros del Derecho. Se explica así ahora mejor por qué en las primeras décadas del si glo XIX dos médicos españoles, los ya mencionados Ramón López Ma teas y Francisco Fabra y Soldevila, se sintieron legitimados para escri bir dos obras en las que, partiendo de los saberes que la Medicina les proporcionaba acerca de la naturaleza humana, pretendían proporcio nar los principios fundamentales en que debían basarse los juristas a la hora de legislar, de establecer lo permitido y lo prohibido dentro de una determinada comunidad. Como era de esperar, entre esos princi pios se hallaban un buen número de ellos destinados a servir de guía en el establecimiento de las normas encargadas de regular tanto el pa pel de ambos sexos dentro de la sociedad, como su sexualidad. Los puntos de vista de López Mateas acerca del sexo para el manteni miento del buen orden social y consejos de la medicina forense. El por qué de la ley se halla exclu sivamente en las severas inducciones de la filosofía, o lo que es lo mis mo, la legislación, para juzgar al hombre, ha de recibirle de manos de la física. Estas y otras reflexiones(... ) me parecían reclamar justamente el proyecto de una filosofía legal» (19). De acuerdo con las tendencias de la época puestas de relieve en el párrafo anterior, López Mateas defiende la idea, recurriendo para ello a los postulados de ese derecho natural tan caro a los liberales, de que el papel de las «ciencias físicas» con respecto a la jurisprudencia no es meramente el de consejeras, sino que han de ser tomadas como la fuente única y fundamental de las leyes. Enseguida concreta el autor cuál es la «ciencia física» que debe ser tomada como punto de referen cia fundamental de la legislación de un pueblo: «La jurisprudencia se ha creído más de una vez autorizada exclu sivamente para dirigir al hombre, sin acordar con ninguna otra cien cia sus resoluciones: y he aquí el origen común de infinitos desórde nes. Las leyes entienden en arreglar la moralidad de las acciones; y la medicina en averiguar los instrumentos que la determinan y modi fican. Sin un exacto discernimiento de la variedad de circunstancias, que pueden concurrir a determinar y modificar esta moralidad, suge rido por la ciencia de la vida y de la muerte, mal podrá el legislador ajustar como debe sus preceptos a las insinuaciones de la naturaleza, y nunca pesará bien el mérito de las acciones en la balanza de la justi cia» (20). La Medicina sería, por tanto, a los ojos de López Mateas, la maestra del Derecho. Como poseedora de los saberes acerca de la naturaleza humana, sería el punto obligado de referencia a la hora de establecer los códigos legislativos encargados de regular la vida de los miembros de un Estado. A tenor de cuanto llevamos expuesto, no puede dejar de verse en los Pensamientos sobre la razón de las leyes de López Mateas un ejem plo del creciente papel que han venido desempeñando los médicos, so bre todo desde finales del siglo XVIII, dentro de los mecanismos de con trol social. Independientemente del hecho de que los juristas tomaran más o menos en cuenta los postulados expuestos en obras como la que nos ocupa a la hora de elaborar los códigos legislativos, lo cierto es que esos principios que la Medicina establecía como fundamentales para el buen orden de un Estado, aun sin verse muchas veces materia lizados en leyes escritas, han contribuido de no escasa manera a fijar los patrones tolerados o intolerados de conducta de una determinada sociedad. Como ha señalado Peter, a medida que los médicos han con seguido granjearse una imagen de sabios portadores de una ciencia cier ta e infalible, han ido imponiendo cada vez con más fuerza en la socie dad las normas de vida sana que la Medicina enseña (21 ). De este mo do, los principios que sostiene López Mateas sobre el sexo en su obra pueden ser interpretados como la aportación de un médico al estable cimiento• de un nuevo modelo de sexualidad que la burguesía que él representaba trataba de imponer. Veamos pues cuáles son las normas de comportamiento sexual que este médico liberal español defendía co mo ideales para mantener en buen orden el Estado. Un primer aspecto que hay que considerar es el del lugar y el papel que el hombre y la mujer deben jugar dentro de la sociedad. Desde una perspectiva naturalista, López Mateas sostiene que «las ocupaciones y sentimientos del hombre y de la mujer se derivan espontáneamente de la mayor o menor aptitud de su conformación orgánica» (22). Aun que como ha mostrado Elvira Arquiola en un trabajo reciente el em pleo de la diferente complexión corporal del hombre y de la mujer co mo argumento para afirmar los tradicionales roles sociales asignados al varón y a la mujer venía de lejos (23), no es menos c. ierto que, tal y como ha expuesto Laqueur, los años finales del siglo xvm fueron tes tigos de un incremento, sobre todo por parte de los pens�•.dores libera les, del recurso a las diferencias anatomofisiológicas del hombre y la mujer como recurso para mantener el viejo orden jerárquico entre los roles masculino y femenino (24). Este último autor ha llamado la aten ción sobre el hecho de que líderes destacados de la Revolución france sa se opusieron tenazmente al incremento de participación de las mu jeres en la vida pública argumentando que su naturaleza física, radi calmente distinta de la del hombre y poderosamente representada en los órganos de la reproducción, las hacía incapaces para participar en la vida pública y las capacitaba mejor para desempeñar tareas en la esfera privada (25). Cabanis, una de estas figuras prominentes de la Francia revolucionaria, y que como señalé más arriba influyó notable mente en la obra de López Mateas, mantenía en efecto, según ha mos trado Staum, estos puntos de vista (26). No debe extrañar pues que para el autor español la distinta consti tución física del hombre y de la mujer, que siguiendo las doctrinas de la época consideraba como el resultado de la acción de « las partes de 27), sea la piedra de toque fundamental sobre la que va a establecer las diferencias entre los papeles que corresponde de sempeñar al hombre y a la mujer en el seno de la sociedad. Así, al con siderar el caso del varón manifiesta lo siguiente: «El hombre es de fibra más fuerte, de menos texido celular y mé nos humores que la muger: sus miembros son proporcionalmente más enxutos, su alzada mayor, su musculatura mas demarcada, y mas en corvados sus huesos; porque la contractilidad espontánea de la fibra, y la vigorosa y continua agitación de sus funciones, exprime los líqui dos de la carnosidad de los músculos, los señala y doma los huesos que le sirven de puntos de apoyo. El sistema glandular es ménos nu meroso, mas estrecha la cavidad de la pelvis, mayor el espacio de hom bro a hombro, mas pequeños los pechos, las venas mas capaces, el pul so mas ancho y lento, grave la voz, y la piel mas bellosa» (28). Esta constitución es, como dije, la base que determina, según el pun to de vista de López Mateas, el rol social masculino. «La firmeza de sus fibras le inspiró desde luego -al varón-aquella inclinación decidida por esfuerzos violentos que se descubre aun en las travesuras pueriles: él observó sus fuerzas superiores en mover grandes masas, y resistir á impulsos enormes (... ): vio su constancia en tolerar exercicios de postura recta o en pie, de saltar, correr, an dar(... ): él sé probó en trabajos duros: se arrojó con ímpetu al peligro; en fin, él se formó hombre antes de saber que lo era. Su constitución física le hizo de un carácter entero y sostenido, de un genio profundo, de un espíritu dominante y ambicioso, que arro gándose al supremo poder sobre la tierra, convenció que aun la mu ger era sombra suya en la sociedad, y no alzaba más figura que la que él quería darle» (29). Del mismo modo es la naturaleza la que determina el papel que la mujer está abocada a desempeñar en la sociedad: 128 «Lo muy débil y sensible de la muger la inutilizó para grandes fa tigas, y para negocios de discusión séria y detenida; al paso que la pro porcionó a impresiones las mas ligeras, y á que tomase interés en co sas despreciables o de poca importancia. La conformación particular de los huesos de las caderas y demás que conforman la pelvis facilita ba la postura sentada, como también lo mas abultado de sus múscu los por su gran texido celular, y mayor diámetro de su base, hacién-dola declinar a ocupaciones sedentarias y tranquilas. Sintió su flaque za, reconocio el poder en el varon, y fió el dominarle á otro imperio que el de la fuerza. De aquí su propensión á ocupaciones de mas pa ciencia que talento, su comprehension pronta, pero variable, su ca rácter blando, insinuante y susceptible de infinitas modificaciones, su genio perspicaz para conocer y manejar los resortes del corazón del hombre, su economí� moral y política» (30). Así, pues, López Mateos continúa el discurso que la Medicina venía sosteniendo desde hacía siglos acerca del lugar del hombre y la mujer en el marco social. Pero ahora, debido al carácter de su obra, estas ideas tienen un alcance mayor. Ellas están destinadas a servir como guía a la elaboración de las leyes. En caso de ser tenidos en consideración por parte de los legisladores, ello supondría que la mujer que intentara adoptar el papel masculino se hallaría fuera de la ley. Y lo peor es que López Mateos exige que sus puntos de vista se tengan en cuenta, lo con trario significaría ir contra la naturaleza, romper con los principios del derecho natural, y eso equivaldría al caos. Así lo expresa en su obra: «Mudad en los sexós las ocupaciones y los destinos: ciencias, ar tes, cargos, guerras, navegación, todo lo violento y muy dificil sea de la muger; y del hombre las menudencias de la casa, el cuidado proli xo de los niños, las impertinencias de los enfermos, todo lo superfi cial y mecanico. ¡Qué variacion tan monstruosa! ¡qué desorden tan funesto! Desengañémonos, que el hombre se crió para hombre, y la muger para muger; los exagerados progresos de algunas de éstas en armas y letras solo han servido a desnaturalizarlas en concepto de los verdaderos sabios (... ). En saliendo la muger de su esfera fastidia, y pierde para con el hombre todo su mérito. ¿A quién no se le resiste una valentona en el estrado, ó una culta latiniparla?» (31). López Mateos hace también extensiva su distinción de los papeles del hombre y de la mujer basada en la constitución, al terreno de las relaciones sexuales. En su opinión es al varón a quien debe reservarse la iniciativa tanto en su comienzo, como en su desarrollo, expresándo lo en los siguientes términos. «Contemplando lo material del acto venéreo aun en los brutos, se prueban mas las importantes miras de la naturaleza en haber criado á la hembra debil, y vigoroso al varón. El debía ser el agresor, ella la acometida: aquel debía triunfar, ésta rendirse á poca resistencia» (32). A través de lo anterior es posible constatar cómo López Mateas pro porciona en su obra el estereotipo del rol femenino que la burguesía decimonónica defenderá: una mujer hogareña y sumisa al varón. Un papel que la obra del médico español eleva a la categoría de ley na tural. Un aspecto más relacionado con la sexualidad que está presente en la obra de López Mateas es el relacionado con las actitudes que el le gislador ha de adoptar a la hora de establecer las normas destinadas a regular las relaciones sexuales. El autor considera al matrimonio co mo «el estado más natural del hombre civilizado» (33). Sin duda influi do por la idea tan difundida en la época de que la riqueza de un Estado depende de la tasa de su población, solicita de los legisladores que eli minen todas las trabas que no.teniendo justificación natural dificulten la celebración de matrimonios (34). Entre ellas se contarían también las limitaciones que puedan impedir el mantenimiento de relaciones sexuales completas en la vida conyugal: «Los austeros rigoristas, queriendo hacer de las satisfacciones amo rosas asunto de disparatada metafísica, han tratado de poner tasa en el uso del matrimonio á las sensaciones agradables: y de aquí otra pro hibición, que aunque disimulada, amortigua los sentimientos mas enér gicos de la naturaleza, y la inhabilita para sus fines por una insulsa frialdad» (35). López Mateas defiende, pues, un modelo de sexualidad que resulta útil para la economía del Estado liberal en cuanto tendía a asegurar la fuerza de trabajo. Pero los principios legislativos que sobre la vida sexual mantiene el autor español no sólo servirían para éso. Foucalt ha sostenido que desde mediados del siglo XVIII la burguesía estuvo em peñada en construirse una sexualidad que le sirviera para señalar y mantener su distinción de casta (36). No deben, por tanto, extrañar to dos estos preceptos biológicos y médicos que un liberal como López Mateas propone para el buen orden del Estado. Ellos serían expresión en buena medida del proceso de acceso a la hegemonía social de la bur guesía. A diferencia de fa aristocracia nobiliaria, la burguesía habría cambiado la sangre azul de los nobles por la posesión de un organismo dotado de buena salud y por una sexualidad sana que asegurara la des cendencia. No en balde López Mateas se ocupa de los peligros « del mal venéreo» y postula lo siguiente:. «No contribuirá poco á extinguir el virus venéreo el que su exis tencia, comprobada en suficiente forma, se declarase por causa legí tima impidiente y dirimente de matrimonio: zelando el Gobierno con toda vigilancia el cumplimiento de esta ley, y castigando severamen te á los padres, tutores y á los mismos contrnyentes, si verificaban el enlace contraviniendo á ella. ¿Por qué se ha de manchar el tálamo nupcial con un borrón tanabominable? ¿Por qué se han de arruinar y hacer desgraciadas las generaciones en el acto solemne y decidido, en que se trata de su felicidad y conservación? Cuidamos en el casa miento de nuestros hijos de ciertas etiquetas frívolas que nada influ yen en su bien ni en el de la sociedad, y abandonamos á la suerte su salud y su vida como si fuesen de ménos importancia. Nos infor mamos de los intereses, preguntamos por el destino; y pasamos por alto la conducta, lo contrahecho y enfermizo del cuerpo y lo des preciable de la figura. Así nosotros que somos malos ya procreamos hijos peores, que darán con el tiempo nietos más desmedrados é infeli ces» (37). El interés por la salud de los jóvenes tiene también expresión en la preocupación por los peligros de la masturbación. Al referirse a las enfermedades que pueden afectar a los jóvenes que conviven en cen tros cerrados alude a ellos del siguiente modo: «Es necesario no perder de vista, que los jóvenes y muchachos que viven juntos en estas casas se comunican indispensablemente sus in clinaciones, sus resabios, y sus buenas o malas mañas. En sus entre tenimientos y satisfacciones suele tomar parte cierta travesura mali ciosa y sagaz, que adelantando intempestivamente los deberes de la naturaleza, y abusando de ellos con exceso, acarrea las hécteas ner viosas, la extenuación, el apetito voraz y otras enfermedades, o corta el paso quando menos al desarrollo, incremento y perfección de los miembros (38). López Mateos pone así en juego esa guerra contra el onanismo que Foucault ha señalado como uno de los conjuntos estratégicos -los otros serían la «histerización del cuerpo de la mujer», la «socialización de las conductas procreadoras» y la «psiquiatrización del placer sexual» que se habrían desplegado a propósito del sexo como dispositivos es pecíficos de saber y poder para producir esa sexualidad de la sociedad burguesa (39). Los puntos de vista de Francisco Fabra acerca de la sexualidad La obra de López Mateas fue el antecedente inmediato de la Filoso fía de la legislación natural fundada en la antropología o en el conoci miento de la naturaleza del hombre y de sus relaciones con los demás seres, una obra que Francisco Fabra y Soldevilla publicó en 1838 (40). Formado eh Francia, Fabra trabó• conocimiento, como ha mostrado Granjel, con la obra de Cabanis y otros sensualistas de la Francia pos trevolucionaria y la influencia de éstos, así como la de Rousseau, se deja sentir en su Filosofía de la Legislación (41). Al igual que López Ma teas, Fabra pensaba, que el legislador debe actuar tomando los saberes que ilustran acerca del hombre como punto de referencia fundamental. «Para penetrar con paso firme en el magestuoso templo de la le gislación natural es indispensable consultar la ciencia antropológica para instruirnos de lo que es el hombre en cuanto hombre, cuáles son sus facultades morales y físicas, y cómo se halla constituido intelec tual y corporalmente, del mismo modo que nos acojeríamos á la cien cia geológica o geográfica, si quisiéramos instruirnos de las formas interiores y esteriores de la tierra» (42). __ _pe acuerdo con esto, Fabra justifica la diferencia de roles sociales ent�e el hombre y la mujer señalando que la desigualdad de fuerzas físicas e intelectuales entre ambos sexos procedería «de la naturale za» (43). Sería, por tanto, un error del legislador establecer leyes con trarias a las que establece el derecho natural, justificándose así de nue vo el papel tradicionalmente asignado a la mujer. Tampoco se aparta Fabra del modelo de sexualidad propio del pen samiento liberal cuando se ocupa de lasJelaciones sexuales y reclama mesura en la mismas aun cuando se lleven a cabo para satisfacer el instinto de reproducción. Para explicar la aparente contradicción en tre el hecho de que la naturaleza no haya establecido «que el sentimiento que atrae a un sexo hacia el otro fuese un sentimiento de reflexión» sino la consecuencia de «un movimiento espontáneo» y la necesidad de controlar ese instinto primordial, Fabra recurre al ejemplo del « buen salvaje» y le pone como modelo de actuación. Un «ardor moderado» bastaría a éste, «a quien la naturaleza tiene irrevocablemente bajo su imperio», para asegurar la perpetuidad de la especie (44). Como era de esperar sostiene también, sin aludir sospechosamente ahora al mode lo del hombre salvaje, que el modo más adecuado de satisfacer el «ins-tinto de reproducción» es «la unión perpétua o conyugal de dos perso nas virtuosas de sexo diferente» (45). A través de las páginas anteriores he intentado mostrar la visión que acerca de la sexualidad y su relación con el buen orden de la socie dad mantenían dos médicos españoles de las primeras décadas del si glo XIX. Las obras de ambos no sólo son exponente del nuevo lugar que los médicos estaban reclamando en su relación con el Derecho, sino que al defender los postulados fundamentales que al respecto estaba sosteniendo la cada vez más poderosa burguesía, contribuyeron a di fundir en la sociedad el modelo de sexualidad que ésta pretendía im poner. (1) MARAVALL, J. A. (1986): Estado moderno y mentalidad social. (2) Un más amplio abordaje del problema de la salud como objetivo político en la España ilustrada puede verse en MART1NEZ PÉREZ, J. (1989): La Medicina Legal en la en señanza médico-quirúrgica de la España de la Ilustración, Madrid, pp. 47-57. (3) Una panorámica de las diferentes normas sanitarias promulgadas por los gobier nos ilustrados ha sido proporcionada por GRANJEL, L. S. (5) Una más amplia exposición sobre el modo de entender la MedicinaLegal por par te de estos autores y; de un modo más general, del contraste entre su modo de entender la disciplina y el que surgió a finales del siglo XVIII y comienzos del xrx puede exami narse en Martínez Pérez (1989), pp. 168-182. 1.021, el título completo del libro de Zacchia sería Questiones medico-legales in quibus ea materia me dica, que ad legales facultetes vindetur pertinere, proponuntur, pertractantur, resolvun tur. El primero de ellos afirmaba en su influyente Kurzgefasstes System der gerichtlichen Arzneiwissenschaft, Konigsberg-Leipzig, pp. 1-2, lo siguiente: «La síntesis de todas las reglas o leyes procedentes hasta ahora de la Medicina para la administración de los Es-
Puede decirse que a lo largo del siglo XIX la medicina lleva dentro de sí, y como reflejo de normas sociales de su época, la «inquietud» por el tema de la sexualidad. Inquietud que, como dice Michel Foucault, «subraya cada vez más la fragilidad del individuo ante males diversos que puede suscitar la actividad sexual» (1). Y frágil era por su «natura leza» la mujer. Su conducta, las bases de funcionamiento de la misma y su patología mental serán objeto principal de estudio de la psiquia tría inglesa del siglo XIX, marco histórico de nuestro trabajo. La Inglaterra victoriana, en la que hablar de sexo en sociedad era tabú, a pesar de su conservadurismo, fue rica en textos médicos donde es posible encontrar una gran diversidad de opiniones acerca de la pa tología mental, originada en las desviaciones de la sexualidad. Es evidente que dicha abundancia refleja el interés por el tema pero, también, la necesidad de ocuparse del mismo, deseo encubierto bajo la apariencia de la preocupación científico médica y, a su vez, necesi dad de un dominio riguroso de esos mismos deseos. Ello será realiza do en una sociedad como la victoriana, donde se tenía una gran consi deración por la vida privada estrictamente organizada, lo que posibili tó el intento de anulación de aquellas tendencias individuales -de las que la sexualidad era un ejemplo-, como uno de los mejores medios para su autoconservación y defensa. El problema es explicarnos las motivaciones de la actitud médica, aquéllas que la llevan a determinar en conjunción con la sociedad, tan to normas de conducta y prohibiciones, como actitudes terapéuticas. Si procede, como nos dice Foucault, «de una interdicción relativa a una situación económica (trabajad, no hagaís el amor)», de clara aplicación sobre la mujer victoriana, sobre la cual la «moral» será eficaz medio de control social, «o bien, si es consecuencia de procedimientos mu cho más complejos» (2). En todo caso, intentaremos ver y comentar aquellas variables que tienen tina participación directa en el intento• de ordenamiento de la sexualidad y sus alteraciones, producto del afán de «curación» de aquellos médicos psiquiatras o no de la Inglaterra vic toriana. Dos son las ideas que debemos seguir a lo largo del siglo que nos servirán de base teórica para comprender el desarrollo de las con ductas terapéuticas. Por una parte, el valor cada vez mayor asignado a la masturbación como causa de la insania y por otra, la capacidad atribuida a las alteraciones del aparato reproductor femenino de pro ducir daño cerebral; ambas causas actuando a través de un mecanis mo común: el del arco reflejo. Estas ideas que veremos manejadas pro fusamente por psiquiatras, neurofisiólogos y en forma extrema -con respecto a los tratamientos� por los ginecólogos, serán origen de nue vas concepciones de la locura, pero no por la originalidad y novedad de dichos conceptos, sino por los distintos tratamientos a que dieron lugar y por ser el reflejo de las ideas y valores de un tiempo social defi nido generando marcadas controversias y conflictos en los grupos mé dicos del momento. La Neurofisiología y las causas de la locura Las primeras décadas del sigl� XIX muestran el aumento dél inte rés de los médicos ingleses por el tema de la locura en el que estaban preocupados desde fines del XVIII, con la evidente intención, no ya de recuperar sino de ganar una competencia y un poder que compartían y en gran medida tenían cedido a grupos no médicos que desarrolla ban importantes tareas de asistencia al enfermo mental, y que concen traban la dirección de un gran número de instituciones privadas con reconocido prestigio en cuanto a las condiciones de internación y la aplicación de terapéuticas más humanitarias (3). Necesitada la medicina de prestigiar una práctica como la de la asis tencia mental, observada desde dentro y fuera de ella como incapaz de resultados alentadores en los tratamientos disponibles con el consi guientes nihilismo ternpéutico, causa fundamental de la falta de legiti mación del saber médico, motivaron la búsqueda de un elemento que sirviera para reafirmar su autoridad en las cuestiones mentales. Para ello, y una vez más, debía insistirse en las causas somáticas de la locu ra, y así, la necesidad supo transformar un viejo concepto del funcio namiento del sistema nervioso, el «arco reflejo», en una «nueva» teo ría de la causas física de la locura. Con el desarrollo de 1a concepción refleja, la medicina llegaría a ob tener ya no sólo una explicación causal convincente de la insania, se gún el modelo científico del positivismo de la época, sino que, lo que es aún más importante, una capacidad de intervención en lo social dada por la posibilidad de dictar normas de conducta sobre la inquietante moral sexual de la sociedad victoriana. En los inicios del siglo XIX no encontramos un conocimiento en de talle del sistema nervioso y su funcionamiento. Por otra parte no hay tampoco una clara comprensión del significado de la función de la ac ción refleja y persiste una rígida distinción en los fisiólogos entre ac ción voluntaria e involuntaria (acción refleja). Dos de las figuras claves del momento son los fisiólogos Marshall Hall (1790-1857), en Inglaterra, y Johannes Müller (1801-1858) en Ale mania, con sus diferentes opiniones al considerar, el primero con una visión rilecanicista y segmentaria del sistema nervioso, que la.acción del reflejo no se extendía al cerebro o sea a la consciencia, mientras que para el segundo, la acción podía extenderse o no hasta el sensorio común, por lo tanto ser ya consciente o inconsciente. Al decir de Geor ges Canguilhem: «prefiguran de alguna manera, las controversias que se van a ver a lo largo del siglo en el mundo de la neurofisiología, entre los localizacionistas y los totalizadores» (4). A ellos debe sumarse Sir Charles Bell; descubridor de las diferentes funciones de los nervios de las raíces medulares, trabajo publicado en 1811 que, junto a las apor taciones de Hall, darían al concepto de acción refleja su posición en la fisiología y. la medicina (5). Laimportancia del arco reflejo en el terreno de la clínica médica, desde la fisiología, se produce fundamentalmente a partir de la obra de Hall. Canguilheni afirma que: «es por él por quien los reflejos son introducid�s en patología como los mecanismos donde la perturbación o la desaparición constituyen los síntomas donde se fundan los diag-11ósticos. El concepto de arco reflejo deja de ser la significación dada a un esquema de estructura y se incorpora a la semiología, a la investi gación clínica, dando su significáción al comportamiento en medicina, a la decisión terapéutica y a la actitud operatoria» (6). Las obras• de Hall son precisas en las consideraciones acerca de la naturaleza de la mujer y su relación con los padecimientos nerviosos como las siguientes: «En los últimos períodos del embarazo varias causas combinan su• s influencias especialmente para comprometer el estado del cerebro... las causas que cooperan en los últimos períodos de la gestación en inducir estados mórbidos del cerebro son, principalmente, la irrita ción uterina e intestinal concurrentes con el aumento de la presión del útero grávido ejercida sobre varias vísceras y vasos situados en sus cercanías, a lo que debe agregarse el estado de plétora del siste ma vascular ocasionado por esta presión» (7). «No cabe ninguna duda de que el útero grávido, por su tamaño y presión, actúa sobre la aorta descendente induciendo la plenitud de los vasos del cerebro, en el úl timo período de la gestación uterina. Es por este principio, por el que el parto frecuentemente protege a la paciente contra la recurrencia del acceso de convulsión» (8). Si bien aquí ya Hall hace mención a la «irritación» de los órganos, es evidente que lo fundamental está puesto sobre una idea que es he rencia del XVIII: la importancia que se atribuye a la congestión cere bral como factor etiológico. De allí entonces el valor concedido a la san gría como método terapéutico. No escapa tampoco la obra de Hall de las ideas del Corpus Hipocrático, donde las distintas posiciones del úte ro y la necesidad que el cuerpo femenino tenía de vaciarse periódica mente de la sangre acumulada -debido esto, una vez más, a la natura leza de la mujer de carnes más blandas que el hombre-, configuraban toda una gran posibilidad de causas de padecimientos nerviosos, como era afirmado por Hall al decir: «La peculiar constitución del sexo femenino consiste principalmen te en un gran desarrollo de la circulación capilar y en una mayor sus ceptibilidad del sistema nervioso, que la observada en los hombres... las peculiaridades de su constitución y el establecimiento de cambios en el sistema uterino, no son de ninguna manera las únicas circuns tancias que califican los desordenes de la mujer joven y la presentan como peculiar y diferente al sexo masculino. Luego de esto, la influen cia de estar de parto y la de carga de los intestinos y en conjunción con esto los malos efectos de la reclusión, inactividad y sedentaris mo, hábitos que son usuales en este período de la mujer deben ser apreciados» (9). Es en 1841, cuando Hall entra decididamente en el terreno de la se xualidad, a la búsqueda de factores causales de la alteración nerviosa. «Tanto la masturbación, los excesos sexuales, la elevada excitación mental o física, y aún la evacuación de la vejiga y el recto, que indu cen emisiones seminales, tienen la capacidad de provocar una multi tud de efectos mórbidos que operan sobre el sistema nervioso y otros sistemas de la economía animal» (10). Vemos aquí cómo las dos causas que alteran el sistema nervioso, la masturbación y la actividad sexual excesiva, lo son a través de una consecuencia común: la evacuación seminal constante. La participación, como fundamento fisiopatológico, del mecanismo del arco reflejo en esas inquietantes y amenazadoras formas del pla cer, brindará la posibilidad de contar con un basamento teórico y sus consecuentes e inquietantes métodos terapéuticos; y he aquí lo más des tacado, serán desarrollados por un grupo médico no perteneciente a la medicina mental. La rígida distinción de Hall y Müller entre acción voluntaria, por un lado, e involuntaria (acción refleja), por ótro, tuvo su primera opo sición en Griesinger en 1843. Según él la acción refleja tenía lugar a través del cerebro y ese reflejo psíquico, que incluía la acción del cerebro en relación con ideas de fuerza, podía ser en ocasiones cons ciente o inconsciente. Fue a través de la obra del médico inglés Thomas Laycock (1812-1876) como la idea de la totalidad del sistema nervioso, funcionando segím el modelo del arco reflejo, se transformaría en un concepto definido. Laycock trató de demostrar que «cada cambio de la consciencia es coincidente con algún cambio vital en el cerebro... sin ese cambio vital, ningún fenómeno mental puede ponerse de manifies to» (11). En 1840 publica Laycock su primera obra importante, sugesti vamente un tratado sobre enfermedades nerviosas de la mujer. En él puede encontrarse ya al cerebro sujeto a las leyes de la acción refleja. El texto comienza con la enumeración de cuatro principios que defi nen su contenido: l. «El sistema nervioso es el lugar de asiento de los trastornos his téricos. » 2. «La histeria es un padecimiento peculiar de las mujeres. » 3. «El susceptible sistema nervioso de: la mujer es más propenso que otros. » 4. «Los padecimientos histéricos aparecen sólo en el período de la vida en que los órganos de la reproducción están en funciones» (12). Para Laycock, la influencia que los órganos de la reproducción ejer cen sobre toda la economía animal, pueden inferirse fácilmente del he-Asclepio- II-1990 cho general de que la causa final de toda acción vital es la reproduc ción de la especie y la preservación del individuo. Esta visión, desde el marco estricto de la fisiología, lleva implícita en sí una considera ción moral que hacia finales de siglo aparecerá en forma más dara y definida cuando toda aquella actividad sexual no dirigida a la repro ducción de la especie sea considerada patológica (13). Los primeros capítulos son referidos a la naturaleza de la mujer y sus diferencias con el hombre, siguiendo una línea de pensamiento si milar a la del Corpus Hipocrático. Laycock basaba en dos clases las diferencias de los sexos. Una, general, en la que se aprecia la distinta conformación de los huesos, la masa muscular y el sistema vascular; la otra, especial, consistente en la presencia o ausencia de ciertos ele mentos de la piel, cabello, y diferentes secreciones como el menstruo y el semen, o en la configuración de partes especiales como tórax, pel vis, escroto y vagina. Siguiendo las ideas del momento; dice que es con senso universal que el sistema nervioso de la mujer es fácilmente afec tado tanto por estímulos corporales como mentales, y que esta mayor susceptibilidad de la mujer con relación al hombre, es debida a su po bre poder mental y muscular por todos conocido y de diaria observa ción. Al momento de las conclusiones afirma, mostrándose de acuerdo con Cabanis, que las peculiaridades de los sexos, sean mentales o cor porales, incluyendo los órganos de la reproducción, dependen de una particular organización del primitivo sistema nervioso, y que esta doc trina no afirma que la mujer es una criatura imperfecta o inferior, sino simplemente, que con un mayor impulso energético que influenciara el sistema general, los huesos y músculos podrían haber obtenido el tipo masculino y los ovarios convertirse en testículos con todos los pun tos de diferencia sexual que aparecen posteriormente (14). Para Laycock las clases altas de la sociedad que rara vez y en forma regular tienen una ocupación activa, sea corporal o mental, y son luju riosas en sus hábitos, tienen también una precoz evolución de su siste ma genital por lo que los síntomas aparecen más tempranamente. Pe ro aún en estos casos ellos ocurren en forma progresiva, estando las vísceras pelvianas dependiendo del ovario que es el primero que sufre, luego el estómago, corazón, pulmones, y finalmente el cerebro y los ner vios sensitivos. El vigor del aparato reproductor, según sus estudios, comienza a declinar entre los cuarenta y cuarenta y dos años, y hasta la edad de cuarenta y nueve años se produce un estado similar al de la pubertad. Los fenómenos mórbidos pueden ser modificados por las circunstancias, como es el ejemplo de que con la edad se pierde sensi-bilidad, hay disminución de las pasiones, menos decepciones y menos causas para la indulgencia en temperamentos nerviosos y cuando se producen los trastornos mentales, dice Laycock que pueden ser miti gados por un sentimiento religioso. Los órganos de la reproducción son representados como el locus donde se produce la excitación que genera los cambios mórbidos; ésto se ve reafirmado por el hallazgo en las au tapsias de las fallecidas por la «histeria», de agrandamiento de los ovarios que se acompaña de ve sículas con fluido albuminoso (15). Es evidente que Laycock logró articular muy bien los conocimien tos de la neurofisiología con la anatomía y pudo servirse del arco re flejo para la formulación de nuevos criterios etiopatológicos, los cua les no eran ajenos a consideraciones morales de la época y al rol de sempeñado por la mujer en la sociedad. Es por ello probablemente por lo que siempre se mostró preocupado por no aparecer como «materia lista» y puso de manifiesto en su obra definiciones en las que interve nían -junto al mecanismo def arco refíejo elementos subjetivos y acla rando que el mismo no es sólo una respuesta instintiva, al decir: «Soy consciente de que hay muchos investigadores y médicos que consideran peligroso afirmar que los actos mentales son sólo el re sultado de la excitación del sistema vital por estímulos físicos, pero, estos deben recordar que el sistema vital en el hombre se encuentra adaptado al fenómeno de un mundo moral, en el cual la voluntad y no el instinto es la característica principal» (16). Con la referencia a la voluntad, como una de las causas dé la locu ra, no deja de mencionar una idea bastante difundida sobre los meca nismos de la insania en la Inglaterra victoriana. Coincidiendo con el interés de los alienistas ingleses de mediados del XIX, aparecen en la literatura médica frecuentes artículos que se ocupan de las causas físicas de la locura. Así, en el volumen II de la revista The Lancet de 1858, son publica dos cuatro artículos del neurofisiólogo francés E. C. Brown-Séquard (1817-1894), que son la transcripción de un igual número de conferen cias sobre el tema realizadas en mayo del mismo año en el Royal Colle ge of Surgeons. Séquard, que desarrolla en sus exposiciones, según su propia defi nición, «la influencia del sistema nervioso sobre la nutrición, secreción y el calor animal, poniendo especial atención a la importancia de esta Asclepio- II-1990 influencia en el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades», co mienza afirmando que los centros nerviosos y muchos de los nervios, ya en forma directa o por la acción del arco reflejo, producen los ma yores y más variados efectos sobre la nutrición y secreción. La influen cia del sistema nervioso sobre las funciones orgánicas, al igual que so bre los tejidos contráctiles, tiene lugar por la «irritación» de fibras ner viosas centrífugas, centros nerviosos y fibras nerviosas sensitivas y cen trípetas. Reconoce tres tipos de fenómenos reflejos a causa de la irri tación: La contracción muscular o de otro tipo de elemento contráctil. El cambio en la nutrición de alguna parte del organismo. Las secreciones acaparan aquí la atención, ya que por la acción refleja tienen lugar: La secreción de leche por la irritación uterina, de la piel mama ria y de la membrana mucosa de la vagina. La menstruación por la irritación de los ovarios, de la vagina o de las mamas por la aplicación de una cataplasma caliente. La secreción de moco nasal incrementada por la aplicación de agua fría eri los pies. La.secreción de semen incrementada por la irritación de.los órganos genitales... Aunque para Séquard lo más importante son los cambios reflejos de la nutrición, los más frecuentes y mejor estudiados, estos reflejos deben ser conocidos como la causa más frecuente de diversas enfer medades. Lo que puede llamarse el mecanismo fisiopatológico es descrito de la siguiente manera: cia de la irritación de casi todos los nervios centrípetos está presente en la producción de las afecciones nerviosas, que muestra que ha teni do lugar un cambio en la nutrición de los centros nerviosos, y lo que es más importante para él, que un gran número de casos de insania en sus distintas formas, epilepsia, corea, catalepsia, hidrofobia, histe ria y una gran variedad de trastornos nerviosos, pueden resultar de una simple irritación de algunos nervios centrípetos. Finalmente afir ma que intentará probar que por la acción refleja del eje cerebro espi nal sobre sí mismo y a través de los nervios sobre los vasos sanguíneos, tiene lugar la acción irritativa que altera la nutrición de los centros nerviosos (18). En 1868 Thomas Laycock, al igual que Séquard, desarrolló, en una serie de capítulos publicados en el British Medica! Journal, lo que fue dado en llamar contribuciones a un nuevo capítulo en «la fisiología y patología del sistema nervioso». Para Laycock hay varios caminos por los que el sistema nervioso es capaz de influir sobre el organismo. Pri mero, la llamada influencia de lo mental sobre lo corporal es debida a la acción directa de ciertos centros encefálicos subordinados al pen sar y sentir sobre otros centros encefálicos especiales, y a través de estos sobre los tejidos y órganos. Segundo, la influencia del cuerpo so bre la mente es debida a la acción de los nervios aferentes, tejidos y órganos sobre ciertos centros del encéfalo y a través de ellos sobre los «órganos mentales-cerebrales» (19). Tercero, funciones simpáticas y de nutrición son originadas en la acción de órganos y tejidos sobre cen tros nerviosos, y por su intermedio sobre otros tejidos y órganos. Un ejemplo de este tipo es la simpatía entre el útero y la mama. Cuarto, los centros motores actúan sobre otras estructuras motoras, sean vo luntarias, involuntarias o vasculares, regulando de ese modo el movi miento de los miembros y órganos y la distribución de la sangre. Quin to, los centros motores regulan los procesos de secreción y nutrición, la temperatura de los tejidos y aquellos procesos fundamentales inclui dos en el término «eremacausis» (20). En esta visión de la fisiología del sistema nervioso que nos brinda el médico inglés destaca su referencia a los «órganos mentales cerebrales», lo que no debemos interpretar como una negación de la dicotomía cuerpo-alma, sino como la lógica afirmación de un fisiólogo que al tener la necesidad de referir los datos sensibles al cuerpo, pro pio de sus ideas acerca del origen somático de los trastornos mentales, necesita ubicar en el cuerpo los mecanismos del pensamiento. La mente o lo mental es así presentado como contenido en lo corporal, más pre-Asclepio- II-1990 cisamente en el cerebro, donde al referirse a ello, en plural, Laycock nos hace pensar en la posibilidad de encontrarnos lo mental allí donde esté cada una de las áreas cerebrales conocidas, pudiendo encontrar nos aquí con influencias de la frenología. Tal postura de Laycock tuvo, por supuesto, su mejor aplicación en el desarrollo de la anatomía pa tológica, aunque la misma no tuvo en Inglaterra preferencia en la bús queda de las causas de la locura. La masturbación y el exceso sexual La preocupación por los padecimientos del sistema nervioso que re sultan de excitación sexual excesiva se encuentra presente en los tex tos del médico inglés, para quien no hay porción del sistema nervioso que esté libre de su influencia mórbida. Los fines de la reproducción son el mantenimiento de la especie y, en lo que respecta al hombre, la perfección de la raza, procesos de acuerdo con las leyes de la evolu ción que regulan todos los procesos reproductivos y los instintos so ciales de -los más elevados como de los inás bajos organismos. Estas ideas de Laycock, presentes en todas las consideraciones de la sexuali dad en el siglo XIX, donde se la ubica con el único fin de la reproduc ción, permitió elaborar un discurso moral que estaba destinado a la prescripción de normas reguladoras de los denominados «excesos». Una primera diferenciación en los resultados de la excitación se xual está referida a las consecuencias que se derivan de los dos cen tros que pueden estar involucrados: en primer lugar, el «mental cerebral» que produce estado de eretismo y, en segundo, el «espinal cerebral» que causa astenia. La debilidad ocasionada por estos exce sos tiene dos evoluciones distintas a considerar, de mayor importan cia la comúnmente observada espermatorrea, y el menos observado, pero no menos importante, agotamiento por la excitación del sistema nervioso durante el orgasmo. Es un _factor importante que las afecciones nerviosas resultantes, generalmente los estados de astenia sobre un fondo de debilidad, se expresen por un cuadro de irritabilidad del temperamento. Así una de las formas más comunes de esta clase de neurosis es la irritación eró tica del temperamento. La mujer sufre de esta variedad de neurosis durante su período menstrual, según Laycock, porque este estado acti vo en la producción de células germinales es análogo a la producción de células espermáticas en el hombre. Estos padecimientos siempre se desarrollan sobre condiciones predisponentes, sean hereditarias o de otro tipo. De todas maneras, el autor termina afirmando que todas las causas se producen de acuerdo con las leyes generales de una nutri ción defectuosa y con la actividad funcional del sistema nervioso. La masturbación no era sólo capaz de dar origen a una alteración mental, también podía ser causa real de otras enfermedades como la tisis pulmonar u otros estados caquécticos. Era probable que la mujer por su hábito masturbatorio no sólo desarrollara un cuadro irritativo del corazón, sino también una tendencia a la endocarditis y pericardi tis. La amplitud de los padecimientos que era posible adjudicar a la mas turbación se encuentra muy bien expresa en la obra de Fournier y en datos tomados del artículo de Duffy, con el resultado de la siguiente clasificación: Organos de la digestión Bulimia, mala digestión, diarrea, vomitas. Organos de la respiración y de la circulación Palpitaciones, trastornos funcionales del corazón. Sistema nervioso y órganos de los sentidos Enfermedades nerviosas, vértigos, insomnio, convulsiones, marca da sensibilidad nerviosa, dolores en extremidades, histeria, manía, epi lepsia, irritación espinal. Bradipsiquia, tendencia al sueño, indiferencia, falta de voluntad. Organos de la generación Desarrollo prematuro de las partes exteriores en los muy jóvenes, adelanto de la época de la pubertad en los dos sexos, leucorrea, hemo rragia uterina, prolapso de útero, cáncer. Enfermedades generales del organismo Fatiga, emaciación, debilidad, facies emaciadas (21 ). Debemos destacar que si estas afecciones no eran originadas por el hábito de la masturbación, su práctica, al menos, las agravaba. Reafirmando los conceptos en boga de la época y conocidos por to dos los médicos, la suspensión de las relaciones sexuales conyugales aparecen como la indicación terapéutica para los distintos casos de pa-, decimientos nerviosos de los dos sexos, pero aquí también las posibili dades de tratamientos son numerosas. Una vez más el libro de Four -nier., con su enumeración de las mismas, resumiendo las ideas de su tiempo, nos sirve de ejemplo: Estimular la vida en el campo, los ejercicios físicos, la gimna sia y los baños fríos. Alimentación, evitando irritantes y todo aquello que distienda los intestinos. Vestimenta que no comprima las partes sexuales. No utilizar para dormir habitaciones sin luz nocturna, ni col chones de pluma que estimulan la erección. Medios mecánicos, la aplicación de una lamina de cuero o metal sobre las partes genitales, el empleo de camisones hasta los pies en la noche, atar las manos durante las • noches para evitar tocar los genita les. Infibulación con la siguiente técnica: después de quitar el pre pucio hacia afuera, se lo perfora con una aguja atraumática con hilo puesto de dentro hacia afuera y de cada lado, de manera que los dos agujeros estén frente a frente. Se deja el hilo hasta que los bordes de las aberturas estén cicatrizados y hayan alcanzado cierto grado de du reza, se retira el hilo y en su lugar se coloca un hilo de oro o plata o de cualquier metal flexible, se sueldan las dos extremidades de mane ra que no se puedan separar más que por el margen de una lima. 1 O. Trat_ amiento moral. El amor y el matrimonio (22). Pero a pesar de lo que puede inferirse de estos padecimientos y te rapéuticas, no sólo son el coito y la masturbación los vicios que degra dan los cuerpos, sino que también cooperan con ellos en su accionar nocivo otros como el exceso de fumar, el beber, la lectura de novelas sensacionalistas y la locura y disipación de la vida en las ciudades. Laycock nos muestra cómo los condicionamientos de la moral vic toriana s� encuentran presentes en el modelo médico de los posibles factores de producción de la locura. Conocimientos neurofisiológicos y preceptos morales unidos como las dos caras de una misma moneda. Así, el médico de locos fue llamado a intervenir para ordenar las con. ductas y él, para cerrar el círculo de su influencia, se ofreció a curar los cuerpos donde depositó la enfermedad. Frente a esta situación, quie nes se ocupaban de la medicina mental se encontraron divididos; por un lado, aquéllos que optaron por el tratamiento moral, por otro, quie nes pusieron el acento en las causas somáticas de la locura y por ello en los tratamientos físicos. Discusión científica en su superficie, en el fondo discusión por un espacio de poder a través de intentar imponer, sobre todo por parte de los somaticistas, el control absoluto por parte de los médicos de todo lo relacionado con la medicina mental desde el control de toda institución, privada o pública de internación, hasta la práctica de los métodos terapéuticos. Las preocupaciones acerca de la sexualidad y sus trastornos tam bién fueron objeto del interés de otros médicos no ingleses. Las mis mas fueron desarrolladas con una mayor objetividad y menor rígidez en los conceptos, sobre todo, en lo que hace a la utilización de normas morales como criterio de evaluación. Así, en la obra del psiquiatr:a belga•-• Guislain, éste se refiere a la masturbación como un vicio muy frecuen te en los alienados, pero que muchos de ellos no contraen más que du rante su enfermedad, convirtiéndose entonces en un fenómeno nota ble por la perseverancia y pasión con que se entregan a esa excitación. Si bien admite que el vicio es capaz de causar melancolía, manía, suici dio, demencia y sobre todo demencia con parálisis, concluye que: «la pérdida excesiva del licor espermático no obra de una manera exclusiva cuando produce la enajenación, que reconoce un modo de obrar muy especial, en relación muy frecuentemente con una dispo sición congénita, con la acción de una u otra causa moral y sobre to do con temores de consciencia» (23). En la psiquiatría alemana encontramos la opinión de Griesinger, para quien no es raro que en los comienzos de la locura los enfermos se encuentren en un estado de gran excitación que los lleva a caer en el onanismo. En estos casos el hábito no debe ser visto como una causa, sino más bien como un síntoma. Para Griesinger, en ciertos casos los excesos sexuales, en razón del momento en que aparecen, pueden ser vistos como factores de producción del cuadro mental, siendo no más que la consecuencia de una excitación mórbida ya antigua de ciertas partes del sistema nervioso, que coincide con una disposición cmÍsti tucional a la locura, y si en ciertos casos el padecimiento mental se de sarrolla por la influencia del onanismo, no tiene características espe cíficas constantes que lo distingan (24). En la psiquiatría francesa, ya desde Pinel se asignaba a la mastur bación la capacidad de agravar los estados de insania, pero siendo pa ra éste el hábito, más bien una consecuencia que una causa del padeci miento mental. Fue con Esquirol con quien la hipótesis masturbatoria fue aceptada y apareció así en las estadísticas de Bicetre y Charenton como una de las causas de ingreso con mayor incidencia en las mujeres. Hare afirma que el primer autor en mantener la existencia de un tipo particular de insania de origen masturbatorio, fue probablemen te el médico escocés David Skae (25). Henry Maudsley se ocupó de las ideas de Skae; éste propuso clasificar las distintas variedades de insa nias siguiendo el orden natural de agruparlas en familias según el mo delo de la botánica, o como afirmaba, utilizando una terminología más médica, formando grupos de acuerdo con la historia natural de cada una, de la siguiente forma: 1. Masturbadores, caracterizados por una serie de síntomas fácil meate reconocibles: peculiar imbecilidad y hábitos engañosos de los jóvenes, palpitaciones, impulsos suicidas, desconfianza, temor, inquie tud y un organismo débil y enfermizo pasando gradualmente a la de mencia o a la idiotez. Insania de la pubertad. Manía simpática, conectada con la amenorrea o la dismenorrea. Insanias del embarazo y puerperio. Insania asociada a padecimientos de los ovarios o el útero, en los cuales el síntoma más común es la alucinación sexual. Este es, por excelencia, el cuadro de mujeres de edad solteras (26). La capacidad clasificatoria de Skae llegó hasta 25 grupos de pade cimientos. Si bien al decir de Hare, la psiquiatría inglesa no participó hasta casi los finales del siglo de las dudas que pueden encontrarse en la obra de otros alienistas europeos acerca del origen masturbatorio de la lo cura, no creo que dicha situación, como afirma el autor, pueda ser de bida sólamente a una mayor agudeza de observación de los médicos ingleses. La conformación social de la Inglaterra victoriana y la ubica ción de la mujer dentro de la misma, junto a rígidas normas de moral que dicha sociedad necesitaba mantener y defender para su propia es tabilidad, habrían de permitir la persistencia de una idea médica que obtendría mayor poder que en otros países, generando con ello toda suerte de tratamientos, algunos de los cuales, paradójicamente, no guar daron ninguna consideración ética hacia aquellos que eran víctimas de los mismos. La obra de Henry Maudsley es un buen ejemplo para seguir la evo� lución de las ideas acerca de la masturbación, los excesos sexuales y el mecanismo del arco reflejo, como causas de la locura en la psiquia tría inglesa. En la edición de 1868 de The Phisiology and Pathology of the Mind, puede encontrarse en el índice un apartado dedicado a la masturba ción como causa de insania. Para Maudsley, en ese momento, el hábito de la masturbación es capaz de producir una forma particular de locu ra, caracterizada en los comienzos del proceso por una extrema per versión de los sentimientos, marcada vanidad y deterioro de la capaci da0 d de pensamiento; más tarde, aparecerá la declinación de la inteli gencia, las alucinaciones nocturnas y las tendencias suicidas u homici das. El self-abuse, como Maudsley denomina a la masturbación, es pre sentado como causa más frecuente y efectiva de insania en el hombre que en la mujer. El continuado abuso del vicio aparece como causa de un fatal desgaste de la vitalidad de los centros nerviosos supériores, • que determinarán una declinación que termina en la degeneración y• destrucción de los mismos (27). Es importante destacar aquí la diferencia establecida por Mauds ley en que es el hombre el más expuesto a las consecuencias del hábito masturbatorio, pues es durante esos años en que se produce la famosa polémica sobre los tratamientos ginecológicos de las enfermedades mentales, desarrollados por el cirujano londinense Isaac Baker Brown, polémica en la que el prestigioso alienista habría de intervenir con una carta personal enviada a la revista The British Medica! Journal, poco tiempo antes de la edición de su tratado. Para el psiquiatra inglés, al encontrarse un médico frente a un caso de insania, debía plantearse, entre otras causas, si la misma no estaría originada por el hábito de la masturbación. Esta posición ya presenta rá algunas modificaciones en su obra de 1879, Body andMind. En ella afirma que el desarrollo de la pubertad puede llevar a la insania a cau sa de la práctica de la masturbación, pero que no siempre es fácil afir-mar cuánto del proceso es debido a la pubertad y cuánto a la mastur bación. De igual forma que en su anterior obra afirma que el tipo de deterioro mental causado por el vicio tiene características propias, pe ro que, sin embargo, la masturbación muy pocas veces produce altera ción. mental sin la cooperación de una insania neurótica {28). En la edición de 1895 de The Pathology of the Mind, ya no es posi ble encontrar en su índice ningún punto tratando la masturbación, sí el self-abuse y su relación con la propensión a la insania. Aquí Maudsley afirma que el vicio de la masturbación es más un síntoma que una cau sa. • Hemos hecho referencia desde el comienzo de nuestro trabajo a la• importancia del «arco reflejo» como regulador de la actividad nerviosa normal o patológica. Su máxima elaboración como principio funcio nal del sistema nervioso puede encontrarse también en la obra de Maudsley. En su tratado de 1868, en el capítulo de las causas de la lo cura, incluye un apartado titulado «Sympathy or Reflex Irritation» qu. e comienza con una definición que es claro exponente de su pensamiento: po tiene un hígado o un estómago, y que es capaz de sentir un desor den en alguno de sus componentes, pero, lo que es más importante, no declarado -como percepción sensorial-en forma consciente. Esta in consciente, pero importante actividad cerebral, que es la expresión de las simpatías orgánicas del cerebro, no puede dejar de funcionar, por lo que todo movimiento orgánico, visible o invisible, sensible o insen sible, ejerce su efecto sobre la totalidad y hace estremecer todos los complejos lugares de la vida mental (30). La entera inconsciencia del padecimiento primario en el órgano alejado y de la acción secundaria mórbida: en el cerebro, puede ser atestiguada positivamente por un es tado melancólico, alucinaciones u otras formas de desorden mental. Maudsley da ejemplos propios y algunos tomados de Esquirol de pa cientes con trastornos orgánicos y padecimientos mentales; por ejem plo, las alucinaciones e ideas paranoides que aparecen con la tubercu losis. No sólo el remoto efecto patológico del padecimiento de un órga no es evidenciado por la ocurrencia de una forma de insania, sino, tam bién, un efecto especial de la particular afectación del órgano puede ser revelado en el carácter de la alucinación engendrada. Las alucina ciones lascivas, sueños lujuriosos, extasis religiosos son para Maudsley propios de las afecciones uterinas, en mujeres solteras o sin hijos. Es en virtud de esta acción simpática como los sueños tienen en oc2. sio nes un verdadero carácter profético en relación a ciertas afeccic nes corporales. La observación de la recurrencia de los mismos. síntonas, sentimientos, susceptibilidades, caprichos, ilusiones y sueños, en aque llas mujeres afectadas «simpáticamente» en sus períodos menstruc1.les, le indujo a afirmar que el cerebro retiene en la memoria las impresio nes recibidas de la vida orgánica, aun cuando las mismas sean mórbi das (31). El origen de la irritación podía estar en el cerebro mismo, por ejem plo, un tumor, el cual podía afectar en forma directa o por acción re fleja a parte vecinas no inmediatamente envueltas en el proceso. Si la medicina del XIX puso desde los comienzos de siglo toda su atención en los órganos reproductores femeninos, fue porque a través de ellos pudo llegar a comprender la patología mental de la mujer. La tendencia a poner de manifiesto la relación entre lo mental y los órganos reproductores, tuvo una gran atracción para el mundo médi co, que encontró así una nueva forma de aumentar su capacidad de in tervención social, en un terreno como el de la psiquiatría en el que no podía demostrar éxitos relevantes, en lo que respecta a tratamientos, tal y como sucedía en el resto de las especialidades. La demanda de Asclepio- 153 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es asistencia que podía llegar a generar el gran número de afecciones ner viosas, se convirtió en una gran tentación. La mujer y su rol social La mujer convertida en un sujeto frágil tanto por su ubicación y rol social como por estar sometida por su naturaleza desde la pubertad y menarquia, hasta el climaterio, pasando por el embarazo, la lactan cia y el puerperio, encerrada en un destino biológico, estaba así desde el principio al fin de su vida destinada a la posibilidad de padecer al gún tipo de alteración mental. En esa visión los procesos fisiológicos determinaban los cambios físicos y emocionales, que siempre se encon traban más allá de un conocimiento consciente de los mismos. En esta «inmensa ginecología», al decir de Foucault, es donde la ex trema patologización del sexo femenino da por resultado que «el cuer po de la mujer se convierta en cosa médica por excelencia» (32). Medicina y sociedad se encargan, en el período victoriano, de pre sentar claras y suficientes razones de la labilidad de la mujer frente a la insania. Hay una necesidad mutua de ambos estamentos para des tacar y sostener la desigualdad entre los sexos, por supuesto en favor de los hombres, lo que no evitó «el emplear estas delicadas criaturas en factorías y negocios 12 a 14 hs. al día>�, generando esto la preocupa ción por la salud de estas mujeres. Pero sin embargo, <<fue rápidamen te reconocido que las mujeres de la clase trabajadora (o clase baja en Inglaterra) eran robustas y fuertes, para tener hijos y ser educadas para las realidades de la vida» (33). Rosenberg y Rosenberg nos permiten, con su trabajo, realizar una enumeración de cuáles eran las características sociales que mejor de finen el ideal victoriano de mujer: capacidad para la crianza de los ni ños, moral intuitiva, domesticidad, pasividad, capacidad de afecto, más espiritual que el hombre pero menos intelectual, suave en su trato y modales y más moral que el hombre, pero, con menos control de la misma. « Estos argumentos científicos y médicos formaron un sistema ideo lógico rígido en soporte de la tradición» (34), afirman estos autores. La intención de limitar a la mujer, más que a roles pasivos a desa rrollar su vida dentro del hogar donde hacen falta capacidad para criar los niños, el afecto, la suavidad, una buena moral que allí será más fá cil de controlar; o en las fábricas, donde para las tareas manuales de 154 Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es manufactura no era necesario poseer un gran intelecto, o mejor aún, tener poco, encontró eco durante la época victoriana en la medicina positivista del XIX, que insistía en que la mujer era rigurosamente di ferente del hombre. El hecho de que las mujeres fueran en ese tiempo, en Inglaterra y Gales, superiores en número a los hombres en un 3 a 6 %, fue una de las causas de su falso predominio en el número de internados en los asilos. Pero lo que sí hay que destacar, es que donde más se registraba un alto índice de enfermas mentales era en asilos de condado y muni cipios, en casas de licencia, en casas de trabajo y en cuidados simples, donde las internadas eran indigentes en su mayoría, mientras que los hombres internados predominaban entre los pacientes privados en hos pitales, por cierto mucho más numerosos y selectivos que los asilos (35). Las causas de estas estadísticas fueron, en la época, desde la afirma ción del mayor número de mujeres incurables en los asilos y su mayor vida media, hasta la certera afirmación de Elaine Showalter de que el incremento de mujeres internadas estuvo en relación directa con la enorme expansión de los asilos para pobres, con las consecuentes faci lidades de ingreso en los mismos de enfermos mentales indigentes cu yo número se cuadruplicó entre 1844 y 1890, que formaban la mayoría de la población internada, como cruel reflejo del estado de la clase in glesa trabajadora (36). Los datos por internaciones de alienados desde 1844 a 1874, muestran el progresivo aumento en el número de mujeres internadas en relación a los hombres y el predominio de las mismas entre los indigentes: Datos sobre el número de alienados internados en instituciones pú blicas para indigentes y establecimientos privados, en Inglaterra y Ga les (37) Una sociedad con una marcada desigualdad entre la clase trabaja dora y la clase media, donde la disparidad social entre los mismos tra bajadores era muy fuerte, mostraba a la mujer en los niveles más ba jos de retribución junto a los niños. Debieron soportai;: clesde la minus valía laboral hasta la física con una menor expectatfv'irde vida en relación al hombre. Tal como nos dice Kaelble: •, • • • • «Las mujeres no se beneficiaron tanto como los hombres de los factores que producían un incremento en las expectativas de vida de los dos sexos (mejora de la alimentación, vivienda, medicina e higie ne). Esto fue debido principalmente a que otras condiciones de vida y trabajo se desarrollaron peor para las mujeres. La más intensiva práctica de la agricultura desarrollada desde el final del XVIII y la in dustrialización llevó a la deprivación de la familia de la labor del hom bre, incrementando la carga sobre la mujer tanto en el hogar como en el trabajo... mujeres muy jovenes para cargar con obligaciones fí sicas pesadas, jóvenes entre los veinticinco y treinta y cinco años con el trabajo adicional del embarazo y los niños eran especialmente vul nerables» (38). dad de mujeres con trabajo intelectual lo era al precio de una débil y enfermiza raza (39). Los médicos no limitaron sus opiniones al campo de sus publicaciones científicas, emprendiendo tareas de divulgación popular como las realizadas por un médico de Edinburgo, T. S. Clous ton, en una serie de artículos para el Popular Science Monthly, en los que intentc1ba demostrar al público el daño que la educación ejercía sobre las mujeres. En los mismos ponía de manifiesto que se aceptaba médicamente• que el organismo femenino era más delicado que el del hombre y no estaba preparado para soportar los trabajos que él lleva regularmente a cabo. La sobreestimulación del cerebro femenino con el consiguiente deficiente crecimiento predisponía a estados de nervio sismo, dolores de cabeza, neuralgias, dificultades en los partos, histe ria, inflamación del cerebro y, finalmente lo de mayor gravedad, insa nia. La propuesta de que el carácter femenino era alterado por la edu cación, Ílevó a afirmar que las mujeres educadas devenían cultas pero indiferentes, no abnegadas ni sacrificadas para aquellas tareas a las que por naturaleza estaban destinadas (40). Es evidente que una corriente de opinión del prestigio de la medici na, junto a las normas morales y también religiosas, -debemos recor dar que para los Quáqueros la mujer, en cuanto a su educación, sólo debía aprender a leer la Biblia-, ejercían influencia decisiva en la de terminación de las condiciones y posibilidades de vida en la mujer. El objetivo final de la psiquiatría victoriana siempre estuvo destinado a reforzar un «claustrofóbico rol femenino» (41), oponiendo a aquellas mujeres que intentaban un camino alternativo de individualización con la sexualidad abierta, una condición de inferioridad innata y las cate gorías de la insania. Este capítulo de la historia de las ideas psiquiátricas y el espacio que en ellas ocupa la mujer, constituyen un claro ejemplo de cómo los puntos de vista médico y social de una época confluyen para determi nar, según sus intereses, un modelo continuo de sociedad, lo más pro tegido de los cambios y tensiones que desde su mismo interior pudie ran generar la necesidad de sus integrantes. Historia de la sexualidad. Si bien la cita de Foucault se encuentra en un texto que hace alusión a la filosofía y moral helenísticas, pienso que es posible pensarla como referida al siglo XIX, sobre
Desde el siglo XVI se venía planteando en Europa la conveniencia de la aproximación de dos mundos hasta entonces aparentemente incomunicados, el de las artes liberales y el de las artes mecánicas, o bien los saberes culto-librescos y los saberes prácticos. Estas realidades habían discurrido, según los inconformistas de la época, los Norman, Palissy, Rabelais, o Vives, al margen una de la otra. Uno de los máximos esfuerzos retóricos por hermanar estos saberes fue el de Francis Bacon, cuyas obras le convirtieron en el profeta de la ciencia útil así como de la Revolución Industrial. Los inventos, las elaboraciones técnicas o las manufacturas no debían ser un producto de la casualidad sino del método, del espíritu cooperativo y de la educación (ideal que inspira, además de otras obras su utopía La nueva Atlántida). Coincidía en estos presupuestos con un racionalista, R. Descartes, quien proyectó una gran escuela de artes y oficios. La transformación económica y social a través de la educación, donde destaca la enseñanza de materias científicas, impregna también el discurso filosófico y político del siglo XVIII. Aunque existen diversos precedentes de la convergencia ciencia-técnica en épocas anteriores (escuelas y cátedras de artillería y cosmografía), es en ese siglo cuando se produce un impulso significativo, por parte de autoridades locales y nacionales, de los centros cuyo cometido es el desarrollo de los aspectos técnicos, científicos y educativos comprometidos con la realidad económica de una región determinada. Así, en España, como se señala en las primeras páginas de los Orígenes de la enseñanza técnica en Alcoy, la mentalidad ilustrada se refleja en el establecimiento de las Sociedades Económicas o bien de las Juntas de Comercio, lugares en los que se abordan las cuestiones mencionadas. La unidad productivoeducativa del taller asociado al gremio se abandonaba, dando paso al complejo fabril como nuevo sistema de organización apoyado externamente, a su vez, en una metodología docente homogénea y universal. Se indica como fecha relevante en esta obra la del 8 de junio de 1813, momento de promulgación del Decreto que otorgaba libertad a españoles y extranjeros para establecer fábricas y artefactos de cualquier clase. Si bien no fue definitivo, debido a derogaciones y reposiciones posteriores, sí señala una tendencia que se identifica con una situación económica y productiva diferente de la España del siglo XIX. Junto con estos cambios del entorno se abordó la renovación de las enseñanzas industriales y las relacionadas con la ingeniería, especialmente a partir de 1850. Alcoy se inserta en esta realidad como un caso excepcional de desarrollo industrial local, centrado en la papelería, cerillería y las hilaturas, en el que se plantean las cuestiones y necesidades propias de una comunidad vinculada con el complejo fabril. Aquí, en Orígenes, se describen con prolija minuciosidad los pormenores de la consolidación del sistema educativo, desde las primeras iniciativas asumidas por la Real Fábrica de Paños y Papel (materializadas en la creación en 1828 del Establecimiento Científico-Artístico, donde se enseña matemáticas, dibujo, mecánica, física y química) hasta la fundación, primero, de la Escuela Elemental Industrial (1855) y, posteriormente, de la Escuela de Artes y Oficios. Profesorado, material, programas, financiación y asistencia son los asuntos que centran la atención de los autores y sobre los que se construye la narración de la andadura de estos estudios hasta finales del siglo XIX. Esta información se complementa con los textos que se reúnen en 150 anys de la consolidació de l'ensenament industrial a Alcoi, publicado un año después. Se agrupan en esta obra trabajos que, siguiendo el hilo argumental anterior (los problemas de las enseñanzas industriales), se refieren en algún caso al ámbito nacional, donde se enmarca el capítulo del conocido especialista y autor de diferentes estudios sobre las enseñanzas técnicas en España, J. Manuel Cano Pavón, de la Universidad de Málaga. Junto a éste se encuentran los que atienden a los problemas de las enseñanzas industriales en Vergara y en Barcelona (a partir de 1904, en este caso), o bien el que tiene que ver con la incorporación de una disciplina incluida entre las «ciencias aplicadas» (en concreto, la química aplicada) en la Real Sociedad de Amigos del País de Valencia. Completan el volumen diversos análisis de la realidad económica, industrial y educativa alcoyana. Por medio de estos estudios se profundiza en las exigencias de unas transformaciones industriales que reclaman nuevos conocimientos para su desarrollo. Fenómeno que tiene lugar en toda Europa, como nos hace ver la acertada referencia del trabajo de I. Pellón, J. Llombart y Ma Cinta Caballer, quienes, al examinar el caso de las enseñanzas industriales en Vergara, presentan las prioridades dentro de este ámbito de Francia, Italia, Portugal, Alemania, Bélgica. Entre los nuevos conocimientos, que se integran poco a poco en los programas, se encuentran los procedentes de la ciencia, es decir, de la mecánica, de la física o de la química. En concreto, en relación con la última de las disciplinas, ya durante el siglo XVIII se había reclamado la separación de la química pura y de la aplicada. Especialmente interesante, para las industrias textiles o de ensayo de materiales, como puede imaginarse, las ramas aplicadas, aunque su relación precisa con las técnicas sea una cuestión de debate entre diversos autores de la época. Dejando a un lado las polémicas, en Valencia, en 1832, como muestran A. García Belmar y J. Bertomeu Sánchez, se estableció una cátedra de «química aplicada a las artes» asociada al Conservatorio de Artes y Oficios madrileño. Su existencia, como indican los autores, permitió la introducción de las novedades asociadas con esta disciplina, especialmente las que se produjeron en el ámbito experimental, donde los métodos puramente demostrativos propios del XVIII debían dejar paso a manipulaciones específicas en el laboratorio por parte de los estudiantes. Solamente las dificultades económicas impidieron una mayor profundización en el uso de las nuevas técnicas, a las que tuvieron acceso un número limitado de alumnos. Pero además de los elementos teóricos, asimilados a través del sistema educativo, el complejo que constituye la tecnología contempla otros aspectos, que dependen de la financiación, de la de-manda, del análisis de costes y beneficios y del acceso a las materias primas. Estos problemas pueden comprenderse a través de la lectura de los análisis concretos de la evolución de la industria textil o cerillera de Alcoy, o también revisando el comportamiento de la banca en esta misma localidad, posibilidad que permite la contribución de J. Cuevas, «El papel de la banca en la primera industrialización valenciana. El distrito industrial de Alcoi durante el siglo XIX». Excelentes obras, en definitiva, para apreciar la emergencia de la industria, y especialmente de la educación industrial en España en un siglo, el XIX, en el que en Europa se producían transformaciones fundamentales en estos ámbitos. Víctor Guijarro Mora RICARDO CAMPOS; JOSÉ MARTÍNEZ PÉREZ, RAFAEL HUERTAS, Los ilegales de la naturaleza. Estrategias profesionales y retóricas de legitimación de la medicina mental española (1875-1936), Madrid, Frenia, 2002, 234 pp. Voy a presentar conjuntamente dos libros que me parece serán especialmente útiles para los historiadores de la medicina y de la ciencia, pues nos ofrecen, en su conjunto, lo investigado hasta ahora sobre dos aspectos esenciales, por sus consecuencias sobre la medicina y la profesión médica y psiquiátrica: el análisis de cómo se asimiló y funcionó la idea de «degeneración» en España, con sus repercusiones en diversos aspectos médicos y jurídicos, por un lado, y el fenómeno del surgimiento y desarrollo de una profesión dentro de la profesión, la creación de la especialidad psiquiátrica con todos sus avatares particulares. La primera obra está firmada por tres investigadores ampliamente conocidos por su trabajos previos sobre la materia, José Martínez, Rafael Huertas y Ricardo Campos. Los tres han realizado estudios sobre el degeneracionismo y sus relaciones con la medicina en sus aspectos más cruciales, psiquiatría, medicina legal, criminología y medicina social. En primer lugar, tratan de establecer las características del degeneracionismo, en principio francés, puesto que la influencia de las ideas de Morel primero y de Magnan después fueron esenciales para determinarlo. Después, analizan las formas de ese degeneracionismo en España y cómo fue asumido e incluso utilizado por la medicina y la clínica, y los aspectos o corrientes que mejor se adaptaron. La relación entre la concepción degeneracionista y la forma de analizar, interpretar y determinar la criminalidad que realiza el discurso médico es un aspecto esencial de la influencia que tuvo la idea de degeneración en los aspectos prácticos. Se analiza aquí el proceso de construcción de un modelo médico del crimen y las relaciones entre medicina y justicia en ese territorio disputado y ambiguo que se crea entre ambas gracias a la medicalización y patologización del crimen que pasaba, justamente, por la idea de degeneración. Los criminales eran degenerados, por lo tanto pertenecían a uno y otro campo, a la medicina por degenerados, a la justicia por criminales. Ese es el filo de la fricción. Se analizan en profundidad todos los argumentos e ideas psiquiátricas en torno a cómo integrar al criminal en este terreno médico, utilizando un sólido e importante material y un excelente análisis que aborda todos los aspectos esenciales de la elaboración del modelo médico de criminalidad. El Capítulo tercero se dedica a otro aspecto esencial en el que tiene importantes repercusiones la idea de degeneración, el problema de los niños. Niños anormales, niños callejeros, mendigos, niños golfos. Dentro del gran movimiento de reforma social que se gestó en el XIX, bajo el amplio manto protector de la Higiene Social, de la prevención y de la Medicina Social se insertan las búsquedas, clasificaciones y exclusiones que deben estar en la base de esa reforma social que intentará, además, prevenir delitos, miserias y, en definitiva, por encima de todo, la degeneración con todas sus consecuencias. En este capítulo se nos presentan las diversidades de enfoque de los niños, desde los llamados golfos o pequeños delincuentes callejeros hasta los niños mentalmente anormales. Podemos ver aquí que en España no parece que se llegue a desarrollar una construcción teórica que resultó muy útil como arma de exclusión en países como Estados Unidos y Gran Bretaña, el «débil mental», el «moron», en definitiva el «borderline» que tantas posibilidades abre para clasificar individuos marginales. El libro aborda también la cuestión de la degeneración y sus efectos sobre la «raza», en su concepción de pueblo o nación. La Medicina Social comienza a tomar fuerza, a defender la importancia de la dirección política por parte de profesionales, y en gran parte de los médicos, que eran quienes conocían bien la realidad social y los problemas de la decadencia de la raza. Veremos aquí la trayectoria de la Medicina Social intentado luchar por sus ideas y su institucionalización. Termina esta obra con un interesante capítulo sobre las metáforas socio-políticas de la degeneración. Sobre esa tremenda influencia del pensamiento filosófico y sociológico cargado de ciencia y de biología que desde Comte, Spencer y el evolucionismo impregnó las teorías sobre la sociedad, su funcionamiento, sus males y sus posibles remedios. Es, pues, un libro interesante pues pone al día los conocimientos actuales sobre ese triunfante y en el fondo extraño concepto de degeneración, que tan útil resultó para especular sobre masas de población consideradas «no normales» en lugar de víctimas de una situación, y sus implicaciones en España. El otro libro que comentamos, Organizar y persuadir, está dedicado a la constitución de la profesión y la especialidad psiquiátrica en España. El autor tiene un amplio conocimiento sobre el tema, que ha trabajado a lo largo de los años, y que le permite aportarnos, no sólo la información sino la reflexión madura sobre el problema. A lo largo de este libro podemos recorrer las vicisitudes, las actividades y las luchas de quienes querían establecer una medicina mental. Desde un principio es necesario, no sólo levantar establecimientos adecuados, sino explicar y convencer a la gente de la existencia de la enfermedad mental y de la posibilidad y necesidad de su tratamiento. La construcción de la profesión implicaba también el crear la propia especialidad, que no existía dentro de la enseñanza de la medicina, y el de-mostrar la existencia de la propia enfermedad así como los medios -instituciones, medios económicos-y unos profesionales formados para atender este tipo tan especial de enfermedad, aunque enfermedad al fin, similar a cualquier otra en cuanto a su necesidad de tratamiento médico. El libro se extiende a lo largo del proceso y nos va exponiendo su complejidad dentro de situaciones político sociales concretas, las españolas. El proceso de formación de una profesión, con las características diferenciales que pueden observarse en Cataluña, impulsora de los procesos asociativos, esenciales para las luchas de los psiquiatras en todos los terrenos; de la higiene mental, de la demanda de instituciones adecuadas, de las luchas por una adecuada legislación, de la búsqueda de una escuela de formación de psiquiatras y personal auxiliar, de cátedras y por lo tanto de enseñanza de la psiquiatría. En definitiva, el libro, fruto de un sólido conocimiento y una profunda reflexión de Rafael Huertas, gran experto en estos temas, nos brinda una puesta al día y el conocimiento de cómo se desarrolló el proceso de formación de la psiquiatría en nuestro país. Ambos libros, como ya digo, imprescindibles, espero servirán de punto de partida de una continua labor que nos aclare cada vez más en profundidad los procesos y las ideas psiquiátricas que se utilizaban, pero también la realidad práctica de esa psiquiatría. Bien editados ambos -el primero en Estudios sobre la Ciencia del CSIC-, queremos señalar la aparición del libro de Huertas como un primer volumen de una línea de libros integrada en el proyecto de la revista Frenia de historia de la psiquiatría, que debemos saludar y desearle suerte en su producción futura. Hay capítulos de la historia que son valiosos no sólo por contener ciertas claves fundamentales para comprender el rumbo que tomaron los acontecimientos, sino también porque constituyen puntos críticos que ponen en evidencia aspectos de nuestro pasado difíciles de desentrañar en situaciones normales. El destierro en México de los científicos e intelectuales españoles republicanos al finalizar la guerra civil -la materia del libro que reseñamos-es buena prueba de ello, ya que su estudio nos ofrece una interesante perspectiva para analizar el extraordinario avance científico-cultural que se estaba experimentando en España en los años previos a la dictadura franquista, y la decidida apuesta del gobierno de Cárdenas por un progreso para el país sustentado en el conocimiento científico y en la apertura cultural. Los nueve capítulos que constituyen la presente obra, realizados por diversos investigadores españoles y mexicanos, recorren aspectos diversos de la vida y actividad profesional de una parte destacable de los refugiados españoles en México, en particular de aquéllos que, de un modo o de otro, tuvieron relación con Madrid. La variedad de temas tratados y la coherencia en su selección, garantizada por la buena labor de sus coordinadores, Agustín Sánchez y Silvia Figueroa, dan como resultado un estudio consistente y plural sobre el exilio republicano, en el que la ciencia ocupa un espacio considerable, como sin duda se merece. El libro se abre con un artículo de Tomás Pérez Viejo titulado «España en el imaginario mexicano: el choque del exilio», que analiza el conflicto generado por el reencuentro de dos culturas, la española y la mexicana, tan ligadas como confrontadas históricamente. Efectivamente, no todos los mexicanos compartieron en un primer momento el incondicional apoyo mostrado por el gobierno de Cárdenas, ni todas las críticas provinieron, como podría parecer, de los sectores más conservadores. El autor va desentrañando este complejo escenario, valiéndose principalmente del estudio de la prensa de la época. Los tres artículos que siguen se centran en diferentes aspectos de la ciencia española en el exilio. En el primero, Miguel Ángel Puig-Samper ofrece un estudio de los diez primeros años de la revista Ciencia, preciosa memoria de las actividades científicas emprendidas por los exiliados y eficaz órgano de promoción de pensamiento científico en Latinoamérica, en un trabajo que lleva el título «La revista Ciencia y las primeras actividades de los científicos españoles en el exilio». En el siguiente artículo, titulado «La Genética española en el exilio y su repercusión en la ciencia mexicana», su autora Susana Pinar sigue el rastro de los científicos españoles que dedicaron parte de su quehacer en México a la genética, tales como el zoólogo Federico Bonet, el ingeniero agrónomo José Luis de la Loma y Oteyza, el hidrobiólogo Bibiano Fernández Osorio-Tafall, el veterinario Félix Gordon Ordás, etc. En el tercer artículo de esta serie, Salvador Sánchez Carrillo ofrece una síntesis bien escrita de la contribución de los refugiados al conocimiento de la Biología marina, tanto en España como en México («Los oceaonógrafos españoles en el exilio: la familia De Buen y sus aportaciones a la ciencia española y mexicana»). Otros capítulos del libro se detienen en un aspecto de la contribución de los refugiados no menos esencial: el educativo. En «Los que despertaron vocaciones y levantaron pasiones. Los colegios del exilio en la Ciudad de México», su autora Beatriz Morán de Gortari repasa con gran detalle los centros de enseñanza creados por los exiliados republicanos en la capital mexicana: el Instituto Luis Vives (1939), el Instituto Hispano-Mexicano Ruiz de Alarcón (1939), la Academia Hispano-Mexicana (1940) y el Colegio Madrid (1941). Resulta interesante comprobar cómo estas escuelas transmitieron diferentes tipos de educación, en función de la ideología del grupo del exilio que se ocupaba de su funcionamiento; en ocasiones incluso emergieron algunos de los conflictos que existían entre las principales posturas ideológicas de los refugiados. En general recibieron el apoyo del gobierno cardenista y desarrollaron una labor educativa muy avanzada para su tiempo. El otro artículo es obra de Agustín Sánchez Andrés y Silvia Figueroa Zamudio («Una utopía educativa: la Escuela España-México») y se centra en la Escuela España-México, creada en 1937 en Morelia y que albergó en régimen de internado a los «niños de Morelia», que llegaron al puerto de Veracruz el 7 de junio de 1937. Por cierto, cabe rendir un sentido homenaje a la maestra Dorotea Pascual, que acompañó a estos tempranos exiliados en su viaje transoceánico, fallecida el pasado 21 de agosto en Ciudad de México. Los tres últimos artículos completan este preciso cuadro del exilio, introduciendo otros temas fundamentales para comprender el papel cultural desempeñado por los refugiados. Así, con el título «Las voces del exilio español en Morelia. Científicos y humanistas en la Universidad Michoacana», Gerardo Sánchez Díaz plantea el estudio de la contribución de los intelectuales españoles al desarrollo cultural en provincias, aspecto poco conocido, centrando su análisis en el caso de Morelia, ciudad que dio cobijo a numerosos refugiados, bien integrándolos en calidad de docentes en su universidad, bien cediéndoles un valioso espacio para que impartieran cursos específicos, seminarios y conferencias. Por una vía o por otra, dejaron su huella en tierras michoacanas filósofos de la talla de José Gaos, Adolfo Sánchez Vázquez, Eduardo Nicol, Juan David García Bacca, Eugenio Ímaz, Juan Roura y María Zambrano, los biólogos Fernando de Buen y Carlos Velo, los médicos Gonzalo R. Lafora e Isaac Costero, el farmacéutico Antonio Madinaveitia, los químicos José Giral y Juan Xirau, el físico Pedro Carrasco, etc. Por otra parte, José Manuel Quesada López ofrece un denso estudio sobre la vida y contribución científica del arqueólogo español Pedro Bosch-Gimpera, que constituye un buen ejemplo de investigador que debió abandonar su patria cuando gozaba ya de un gran prestigio, y que desarrolló en el extranjero una labor científica y docente no menos valiosa («Pedro Bosch-Gimpera. La arqueología española en el exilio mexicano»). Cierra la obra una reflexión de Enrique Baena sobre las principales contribuciones de los exiliados en el ámbito de la poesía y de la filosofía, en la que valora de qué modo el drama del destierro se deja sentir en las búsquedas y en las producciones literarias de los intelectuales expatriados («Mito y poesía del exiliado español en México»). En definitiva, se trata de una obra esencial para comprender el exilio republicano español en México, ya que ofrece una visión plural y a menudo original de algunos de sus aspectos primordiales, en especial los que se refieren al pensamiento, a la ciencia y a la educación, al tiempo que descubre nuevos horizontes para avanzar en el conocimiento de uno de los capítulos más complejos de nuestra historia reciente, que es también la de Latinoamérica. Pues como señala Blas Matamoro, director de Cuadernos Hispanoamericanos, en el excelente prólogo del libro, «el exilio es hoy parte de la historia mexicana y México, parte de la historia española». Francisco Javier Dosil Mancilla ALBERTO ENRÍQUEZ PEREA (comp.), Exilio español y ciencia mexicana. Génesis del Instituto de Química y del Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos de la Universidad Nacional Autónoma de México (1939México ( -1945)), México, El Colegio de México/ UNAM, 2000, 351 pp. ALBERTO ENRÍQUEZ PEREA (comp.), Inteligencia española en México. El género epistolar se ofrece a menudo como valioso instrumento, cuando no fundamental, para desentrañar la historia y reconocer, sin escamoteos de su complejidad, los motores y los obstáculos que determinaron su devenir. Así lo confirman, en lo que al exilio republicano se refiere, los dos libros que son objeto de la presente reseña. En el medio millar de páginas que suman, el lector encontrará la excep-cional oportunidad de acceder directamente a los testimonios de algunos de los principales protagonistas del exilio republicano en México, principalmente los de aquellos que, desde este país, tejieron el marco institucional y académico que tendió a los expatriados españoles un espacio en el que asentar sus vidas y reanudar sus actividades tanto científicas como académicas. Entre ambas obras se recogen más de trescientas cartas que forman parte, casi en su totalidad, del valioso acervo documental del Archivo de El Colegio de México, institución que, como bien señala Ignacio González Casasnovas, presidente de la Fundación Histórica Tavera, en la presentación de Inteligencia española en México, representa «el centro de un imaginario panóptico desde el que examinar, no ya sólo la totalidad del exilio republicano en México -sin duda el país donde más amplitud e institucionalización alcanzó-, sino también el desarrollo y las características del mismo proceso en otros ámbitos». Esta circunstancia, y el papel central que dicho centro ha venido desempeñando en la cultura mexicana en su más de medio siglo de existencia, lo han hecho merecedor, conviene recordarlo, del prestigioso Premio Príncipe de Asturias, 2001, en Ciencias Sociales. Muchas son las voces del exilio y de la intelectualidad mexicana que encuentran su espacio en estos valiosos testimonios, cuyo epicentro recae, como cabía esperar, en la figura de Alfonso Reyes, intelectual preclaro y de incalculable peso específico en la cultura latinoamericana contemporánea, además de promotor y eficaz catalizador del auxilio a los expatriados españoles, desde la presidencia del Patronato de La Casa de España en México (desde 1940, El Colegio de México). En Inteligencia española en México se recoge la correspondencia intercambiada entre Alfonso Reyes y Gustavo Baz, quien fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) durante un período clave para el exilio -desde junio de 1938 hasta finales de noviembre de 1940-, y que posteriormente siguió buscando y sirviendo apoyos económicos a los expatriados desde la Secretaría de Salubridad y Asistencia y desde otras instituciones públicas. La obra recoge un total de 106 cartas, que abarcan desde abril de 1939 hasta agosto de 1958, aunque la mayor parte -casi un 90%-corresponden a 1939 y 1940, que son los años de mayor urgencia en la atención a los expatriados y en la canalización de sus actividades profesionales. Las cartas revelan el encomiable esfuerzo de ambos intelectuales por coordinar la colaboración entre La Casa de España y la UNAM del modo más eficiente y provechoso, tanto para los exiliados españoles, en función de sus posibilidades particulares, como para México, procurando atender las necesidades y las prioridades del país, en un momento crucial de su historia en el que se estaban experimentando vías alternativas de desarrollo. Entre las medidas que se concertaron entre ambas instituciones, y que se detallan en la correspondencia, merecen destacarse aquellas que se relacionan con el diseño, equipamiento y mantenimiento del Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos (hoy Instituto de Investigaciones Biomédicas) y del Instituto de Química, y con la incorporación de diversos profesores españoles al ámbito académico de México. Otro aspecto que permite rastrear con eficacia el intercambio epistolar Reyes-Baz se refiere a las expectativas que se crearon en torno a los expatriados para el impulso cultural y científico de centros educativos de provincias, mediante la impartición de cursos, conferencias y seminarios, o mediante su incorporación a universidades como la de Michoacán, San Luis Potosí, Guadalajara, Guanajuato, Puebla o Nuevo León. Además, en la correspondencia aparecen datos de la vida personal y académica de no pocos intelectuales y científi-cos exiliados, como Antonio Madinaveitia, José y Francisco Giral, Manuel Márquez, Manuel Rivas Cherif, Isaac Costero, Jaime Pi Suñer, Gonzalo R. Lafora, Rosendo Carrasco Formiguera, José Gaos, María Zambrano, Agustín Millares Carlo, José Medina Echaverría, José Moreno Villa, etc., que permiten comprender ciertos aspectos de su actividad laboral en el exilio y de sus relaciones con profesionales mexicanos. Si la correspondencia entre Baz y Reyes nos permite penetrar en las iniciativas personales e institucionales que se generaron en el marco del exilio republicano español y esbozar el escenario político y cultural en que éste se llevó a cabo, las cartas seleccionadas y recogidas en el libro Exilio español y ciencia mexicana abren un camino para adentrarnos, de la mano de sus principales artífices, en dos de los proyectos científicos mexicanos más sólidos y fecundos que involucraron a investigadores españoles: el Instituto de Química de la Facultad de Ciencias de la UNAM y el Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos. La obra está dividida en dos partes, que recogen por separado la correspondencia que se refiere a cada uno de estos centros de investigación. En la primera parte, referida al Instituto de Química, el núcleo de la correspondencia lo conforman las cartas intercambiadas entre Alfonso Reyes, el químico mexicano Fernando Orozco Díaz y el farmacéutico madrileño Antonio Madinaveitia Tabuyo. Esto es lógico, si tenemos en cuenta que Fernando Orozco era el director de la Escuela Nacional de Ciencias Químicas (la actual Facultad de Química) y a la sazón también del Instituto de Química, y que Antonio Madinaveitia estuvo entre los fundadores del Instituto y fue probablemente su investigador más destacado, ejerciendo además un magisterio, en calidad de jefe de investigación, que germinó en una nueva generación de científicos que, en palabras del químico Francisco Giral, «ha sido la impulsora de la investigación química de alto nivel en México» (Ciencia española en el exilio, Madrid, Anthropos, 1994, p. La segunda parte se refiere a la creación y mantenimiento del Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos, centro fundado en el viejo edificio de la Facultad de Medicina por diversos médicos españoles, con el auspicio de La Casa de España, El Colegio de México y de la UNAM. En este caso, los principales protagonistas del intercambio epistolar son, además de Alfonso Reyes y Gustavo Baz (representantes de las instituciones patrocinadoras), el fisiólogo catalán Jaime Pi Suñer, cofundador del Laboratorio, e Ignacio González Guzmán, prestigioso hematólogo mexicano que se hizo cargo de la dirección de dicho centro de investigación. Por las páginas del libro desfilan también otros personajes, como los médicos españoles Rosendo Carrasco Formiguera, Dionisio Nieto, Gonzalo R. Lafora, etc., y sus colegas mexicanos José Torres Torija, Francisco Guerra Pérez Carral, Enrique Arreguín, Ignacio Chávez..., el químico Francisco Giral, el arquitecto Carlos Obregón, el empresario Carlos Prieto, además de diversas personalidades de la diplomacia mexicana. Por lo dicho, puede entenderse que ambas obras, lejos de solaparse, ofrecen enfoques que se complementan y que a menudo permiten fructíferas interrelaciones. No obstante, si debemos concretar el espacio que se abre con cada estudio, aun a riesgo de simplificar, podemos decir que Inteligencia española ahonda en la esfera político-cultural en que se desarrolla el exilio, insistiendo en las iniciativas institucionales y en la política de integración de los exiliados, mientras que Exilio español y Ciencia mexicana penetra en diversos aspectos del exilio científico, en particular los que se refieren a las áreas química y biomédica, en las que la orientación marcada por los investigado-res españoles ha influido notablemente hasta nuestros días. La correspondencia se completa, en ambas obras, con diversos anexos formados por informes de juntas oficiales, curricula de médicos, programas de cursos y conferencias, notas sobre los avances de las investigaciones..., con fotografías cuidadosamente seleccionadas y con un oportuno índice onomástico. En este sentido hay que destacar la excelente labor desarrollada por Alberto Enríquez Perea, director del archivo de El Colegio de México y buen conocedor del exilio republicano, tanto en la cuidadosa selección de los materiales como en las notas aclaratorias que acompañan las cartas, muy precisas y que aportan datos originales muy valiosos. En definitiva, dos nuevas obras sobre el exilio que trazan un interesante itinerario que nos permite avanzar en el conocimiento de los exiliados españoles y en su meritoria contribución a la ciencia latinoamericana. Longa noite de pedra es el título de un maravilloso libro de poemas de Celso Emilio Ferreiro, publicado en 1962, y que constituye una de las obras fundamentales de la poesía social de la Galicia de posguerra. David Simón Lorda demuestra una exquisita sensibilidad al inspirarse en este poeta gallego y subtitular Historias da longa noite de pedra su libro sobre médicos orensanos represaliados durante la guerra civil española y la inmediata posguerra. Según el propio autor, la monografía que nos ocupa comenzó más como una curiosidad, como una inquietud intelectual, que como un proyecto de investigación bien definido, para poco a poco ir convirtiéndose en un trabajo cada vez más amplio que, con seguridad, ha exigido muchas horas de dedicación en archivos y bibliotecas. Pero junto a una ingente labor heurística, en la que se hace gala de una depurada metodología en la recopilación de fuentes escritas y orales, se nota a lo largo de sus páginas, el compromiso que David Simón adquiere y afronta con sus viejos colegas médicos represaliados, con sus familias, víctimas directas o indirectas de la barbarie de la guerra y, en definitiva, con la memoria histórica de un pueblo. El autor saca a la luz una extensa nómina de médicos represaliados, ofreciendo datos biográficos y profesionales, filiaciones políticas, tipo de represión sufrida, etc. Hay que tener en cuenta que Orense es, desde el principio de la guerra «zona nacional», de modo que la represión política comienza en el mismo momento de la rebelión militar contra la República; una represión política que se desarrolla en la retaguardia, en una provincia que permanece lejos del frente y donde no llegan ni prisioneros, ni refugiados. Por eso, y aunque la represión se manifestó en todas sus variantes -las más violentas y las más sutiles-, es de gran interés el relato que David Simón nos hace de esas vías silenciosas, burocráticas, de depuración e inhabilitación de un gran número de profesionales de la salud con ejercicio en Orense. Una represión poco vistosa pero enormemente efectiva, que buscó el control absoluto de la sociedad civil, que supuso la demolición de los elementos organizativos de la convivencia democrática y que, en el caso de los médicos, se desarrolló en dos escenarios institucionales concretos: el Hospital Provincial y el Colegio de Médicos. David Simón obtiene información en archivos públicos (el Archivo Clínico del Hospital Santa María Nai, el de la Diputación Provincial, el Municipal y el Archivo Histórico Provincial de Orense) y particulares, de médicos o familiares que han colaborado con el autor con sus papeles y con sus recuerdos. El libro se cierra con un apéndice documental en el que se reproducen fotografías, folletos de propaganda antifascista y, de manera especial, actas de consejos de guerra, oficios, certificados, etc., que ilustran muy bien esa burocracia de la represión a la que antes aludíamos. Estamos, pues, ante una aportación de «historia local» que contribuye a crear conciencia histórica general, que rehabilita la memoria de los represaliados mediante un acercamiento riguroso y científico a la realidad de aquella «larga noche de piedra» y que demuestra, una vez más, cómo el ejercicio profesional de la medicina está sujeto a los más diversos avatares sociales y políticos. Dada la escasez de buenos libros de historia de la ciencia traducidos al castellano, como poco en los últimos quince años, hay que saludar doblemente la aparición de Los inicios de la ciencia occidental, obra considerable tanto por su calidad como por su tamaño. En este terreno (no así en otros campos de la cultura) la edición española, pues, dista mucho de la media europea. De hecho, no fue publicada en España la excelente recopilación dirigida por Lindberg, Science in the Middle Ages (Chicago, Chicago Univ., 1978), que ha sido referencia sobre el mundo científico-medieval durante muchos años y que, además, era el testimonio de una época muy abierta a las discusiones teóricas: no hay más que revisar las valoraciones de sus diversos autores sobre el papel de las enciclopedias o sobre el conglomerado mágico de finales del Medievo. Tampoco lo fue el valioso libro colectivo, que coeditó este autor con R. S. Westman, Reappraisals of the Scientific Revolution (Cambridge, Cambridge Univ., 1990), cuya orientación era algo más conservadora, pero que resumía las posiciones recientes, más encapsuladas, del mundo anglosajón. En realidad, nada se ha impreso aquí de Lindberg, buen especialista en ciencia premoderna, que se había iniciado con sus trabajos sobre la visión desde los árabes, en 1967, culminando con su monografía Theories of Vision from Al-Kindi to Kepler (Chicago, Chicago Univ., 1976), y luego con sus Studies in the History of Medieval Optics (Londres, Variorum, 1983). Pues bien, Los inicios de la ciencia occidental es un libro claro, bastante puesto al día (el original, también de la Chicago University, data de 1992, aunque su idea se remonta a un lustro anterior), y está dedicado a dos grandes historiadores de la ciencia medieval: Marshall Clagett y Edward Grant. Su recorrido es muy vasto; va desde el año 600, antes de nuestra era, hasta mediados del siglo XV; y además se plantea expresamente, según dice el subtítulo, analizar la tradición científica europea en su «contexto filosófico, religioso e institucional». Todo ello nos indica su carácter introductorio, aunque eso sí realizado por alguien con muchos decenios de investigación, nunca interrumpidos, en dicho terreno. Desde este punto de vista -dados, por tanto, su formación y su dedicatoria-, no extraña que la parte más articulada y extensa sea la que recorre el Medievo. Sin embargo, parece una gran limitación, pues menos de la mitad del libro está dedicado a Grecia, y además su discusión procede según el orden filosófico, en vez de tener una disposición temática. Así, su segundo capítulo (tras una introducción general) aborda el cosmos presocrático y platónico; el tercero está centrado en el Estagirita, como biólogo y estudioso del movimiento. Y, tras emplear unas pocas páginas a la visión helenista del mundo, dedica un apartado a la matemática, astronomía y óptica (cap. V), y otro a la medicina antigua. En conjunto, resulta escaso, si tenemos en cuenta, como poco, que cada uno de estos últimos tramos ocupan el mismo número de páginas que las dedicadas a la ciencia romana y altomedieval (cap. VII). Pero hay que tener en cuenta que Lindberg intentaba hacer una síntesis útil, casi un libro de texto, cuyas referencias eran el libro de G. Lloyd sobre Grecia (no vertido al castellano), y el famoso de A. Crombie sobre la Edad Media. Dada su perspectiva «medievalizante», en la tradición más genuinamente anglosajona, sorprende menos que las doscientas cincuenta páginas restantes de su libro, que incluyen un brevísimo balance del saber natural en lengua árabe, estén dedicadas al humus científico de una Europa en ciernes. Se centra ahora en las reformas de la enseñanza europea, desde la época carolina hasta las nuevas Academias, en la recuperación medieval griega, en la cosmología del Medievo, en la Física (como era ante todo esperable), y bastante menos en la Medicina y la Historia natural. El libro concluye con un debate: prolonga sus tesis sobre el continuismo de la ciencia medieval, que había adelantado en su «Conceptions of the Scientific Revolution» (de Reappraisals of the Scientific Revolution), lejos eso sí de los excesos, tan evidentes, de Crombie. Para Lindberg, el análisis de los trabajos del Medievo, en los estudios físicos, desde luego, aunque también en los astronómicos, médicos y alquímicos, no debe hacerse rebajando ni manipulando los logros decisivos de los siglos XVI y XVII. Hay que advertir finalmente que, en una bibliografía de cuarenta páginas, no aparece ningún autor francés, salvo Duhem, Gilson o Gimpel (y un artículo de Beaujouan), y que, por citar un ejemplo significativo Lindberg se remite a un sobrepasado Lévy-Bruhl y nunca a Lévi-Strauss. No apela además a los alemanes, excepto a los historiadores más clásicos (escogidísimos) de ese área; y sólo hay, además, un par de referencias italianas (incluye un libro de T. Gregory) y otro par de artículos españoles. Ahora bien, no sólo estamos acostumbrados a las veleidades «nacionales» y a las comodidades lingüísticas (las pocas referencias extranjeras están en su mayoría vertidas al inglés). También es cierto que la producción inglesa y norteamericana es fundamental en este campo historiográfico, y que falta no sólo una traslación al castellano sistemática de ella sino incluso la mínima exigible. Pero no deja de serlo asimismo que, en un estudio donde se aborda la ciencia en Grecia, la ausencia de tantos libros en alemán, francés e italiano delata debilidades informativas no desdeñables; y otro tanto cabe decir, por ejemplo, sobre las fuentes españolas e italianas para la segunda parte. Con todo, la aparición de Los inicios de la ciencia occidental, de carácter divulgativo pero de gran calidad, es una gratísima noticia. La obra traducida reproduce los seis mapas y las cien ilustraciones, bien escogidas, de la edición americana, lo que realza más su atractivo. La versión castella-na de Antonio Beltrán (que se ha molestado en indicar los libros traducidos de su bibliografía) es cuidadosa y muy acorde con la claridad de su autor. Nos encontramos ante una obra muy original y densa sobre el helenismo antiguo, a partir de una perspectiva insólita. Luciana Repici, profesora de Turín, viene trabajando sobre el campo de la historia y la filosofía de la vida en la Antigüedad desde hace treinta años; la intensidad de esta tarea viene atestiguada por libros como: La logica di Teofrasto, Bolonia, Il Mulino, 1977; La natura e l'anima. Tales escritos -además de sus artículos sobre la obra de Teofrasto, los estoicos y la botánica, las relaciones entre medicina y filosofía-, son cimientos de este hermoso texto, lleno de observaciones maestras, que traslucen verdadera pasión y que resulta ser ya una referencia insoslayable. De hecho, es una síntesis histórico-cultural que sólo podría llevarse a cabo tras una dilatada trayectoria. Repici puede hoy valorar muy distintas fuentes científicas y culturales, y hacer un balance importante sobre una parcela del saber: el panorama botánico antiguo y su proyección en el pensamiento. Sus antiguos antecedentes son las preguntas de sabios alemanes (Senn, Regenbogen o Düring) sobre Teofrasto y Aristóteles, pero su magnífica erudición y su capacidad para dosificar centenares de informaciones actuales -pues apela a un tropel de trabajos contemporáneos-, se unen con una notable calidad de escritura y una especial inteligencia para hacer una interpretación cultural que puede atraer al estudioso y al lector culto. No en vano sus referencias modernas, (sin impedir que Uomini capovolti, confluya originalmente), son Vermant, Detienne, Sissa, Nussbaum, Lloyd o Vegetti, además de otros especialistas de ese campo. En general, según señala Repici, la voz physis, que suele traducirse por naturaleza, se acerca estrechamente a phytón, a todo lo que despunta y germina. El propio libro utiliza a fondo la metáfora, inventada por Aristóteles, de los árboles como «hombres cabeza abajo», lo que supone, a la vez, un cúmulo de preguntas científicas sobre la ausencia de movimiento y sentimientos de las plantas, así como una comparación con el hombre, o su misma idea de crecimiento, que apela a toda una antropología botánica. No olvidemos que el hombre, para Rabelais (siguiendo a Platón) sería un «árbol vuelto al revés», y esta otra formulación no sería una mera simetría, una inversión retórica de la anterior, sino un ejemplo de los cambios culturales en la modernidad. Ahora bien, ese contraste entre Aristóteles (cap. I), que planea sobre todo el libro, y su maestro Platón (cap. IV, con sus plantas terrenales y celestes) evoca todo el conjunto de autores de la Antigüedad griega, que se inicia, con los cap. II y III, al remontarse en el tiempo con los presocráticos, los pitagóricos y, desde luego, los hipocráticos. Hesíodo, Anaxágoras, Empédocles, Demócrito (pero también Aristófanes) se ven reconocidos desde este ángulo botánico que tantos buenos frutos dan en las manos de Repici. Pero si un heredero de Hipócrates como fue Aristóteles hace de pórtico, Teofrasto supone el cierre de este recorrido clásico (cap. V). De modo que el libro se concentra finalmente en el gran discípulo peripatético, y de hecho sus páginas sobre la Historia de las plantas de Teofrasto ocupan la tercera parte del texto principal (las notas y complementos añaden cien páginas más, donde cita a un español, E. Lledó). Las reflexiones aristotélicas tienen como contraste el mundo animal, y buscan la continuidad entre los seres, pero estableciendo un mayor corte con respecto a los otros reinos vivos que los presocráticos y sus inmediatos herederos: las plantas son criaturas dormidas, no se mueven más que de abajo a arriba (los demás seres vivos, en cambio, pueden desplazarse en otras direcciones), se nutren sin percepción, son estáticas como la tierra, pero sugieren las ideas fundamentales acerca de generación y crecimiento, así como de la futura asociación entre sequedad y muerte. En cambio, la contribución teofrastiana supone la busca ya de una ciencia específica, con sus discusiones sobre la vida larga o muy breve que ciertos vegetales exponen, sobre la posibilidad de que germinen siempre (y los mecanismos de generación según una guía vertical, acaso en paralelo con las ideas hipocráticas sobre el cerebro y la médula espinal de los humanos), sobre el calor posible de las plantas, sobre su animación singular; y asimismo sobre la contraposición entre lo espontáneo y lo artificial (el agricultor sería algo así como una especie de médico); sobre la duplicidad, tan reconocida, del fármaco vegetal; sobre su fuerza y su debilidad, propiedades que no se contraponen, sino que se refuerzan a veces (no en vano, además, Teofrasto es autor de los Caracteres). Y finalmente, emparejando a este botánico otra vez con Aristóteles (Meteorológicos), la autora habla sobre las características notables de la nutrición vegetal, carente de residuos, evocadora de pureza y belleza: las plantas suponen una especie de transparencia material, cabría decir tras su lectura, dada su capacidad de transformación inmediata de la materia. En fin, Repici subraya que la primacía del color verde es clave de lo vegetal, por un lado, pero que la variedad cromática está no sólo en flores y frutos sino también en las expresiones de los cambios estacionales, por otro; si bien lo segundo no contradice que «los colores de las plantas tienen sólo un' principio` único, el verde brillante». Pues este libro, que se adentra en el pensamiento botánico, y es una reflexión a partir de la vida vegetal según la analizaban los antiguos, nos viene a señalar que las plantas no son sólo signo de la diversidad (y por tanto de la clasificación, del despiece descriptor, del seco listado) sino «expresión por excelencia de la naturaleza en su capacidad para generar y hacer crecer», lo que supone un reto para el mundo de las ideas acerca de este problema esencial y a la vez una gran metáfora sobre el cosmos y los hombres; y tamaña metáfora, que se utiliza aún como poder aglutinador del individuo, -como poética-, también late hoy en nuestro modo de concebir la naturaleza y conceptualizarla. Esas metáforas vegetales no sólo serían, por tanto, meros obstáculos epistemológicos (aunque podrían serlo antes de conocer algunos de los argumentos que Repici nos desvela), sino también formas expresivas que permiten completar nuestra lógica de las cualidades sensibles, nuestra lógica científica más cercana a los datos «antropológicos». Mauricio Jalón MONICA BARSI, L'énigme de la chronique de Pierre Belon, Milán, LED, 2001, 390 pp. Esta destacable edición nos acerca de un modo original a la figura de Pierre Belon du Mans (1517-1565), dada la recuperación y contextualización de un texto suyo inédito, en verdad singular. Se trata de la Crónica de las guerras de religión que redactó, poco antes de ser asesinado, el gran zoólogo, botánico y humanista francés. La introducción y aparato crítico de Monica, quien lleva trabajando en Milán sobre Belon desde 1994, son ejemplares. Y nos acercan renovadoramente a este médico práctico, dotado de tanta «curiosidad renacentista», que había sido analizado en los años veinte por P. Delaunay y, en los setenta, por J. Céard. El documento -además de por su notable calidad literaria y su capacidad para iluminar sus zonas de interés-, es importante desde el punto de vista histórico, dado el papel singular que Belon, gran europeo y explorador de Oriente, tuvo como enviado de los reyes franceses; destacando además aquí su relativismo intelectual, aplicado en este caso a defender una posición militante contra los hugonotes. Pues Belon, educado en Wittenberg y en París, autor de una Historia natural de peces marinos extraños (1551), de la Historia natural de las aves (1555), donde introdujo nuevas clasificaciones, y de trabajos sobre plantas (1558), fue también el autor de Les observations de plusieurs singularitéz et choses memorables, trouvées en Grece, Asie, Judée, Egypte, Arabie et autres pays estrangers (1553). Este último libro es resultado de las observaciones del aventurero Belon -uno de los primeros exploradores científicos-, gracias al cual se conocieron datos notables sobre los turcos, y sería el texto intermedio que conectaría su obra natural con ciertos pasajes de la Crónica. En esta centuria suya del relato -y por ello, de la «antropología», de los naturalistas y exploradores-, renace la idea griega del histor, desarrollándose con fuerza un tipo de personaje, poderoso intelectualmente, que quería ser testigo de la naturaleza y de los hombres, para juzgarlos. La voz historia se entiende en el sentido de las historiae de Heródoto así como de la Historia animalium de Aristóteles, sin olvidar además, en el caso de este Belon, textos de Hipócrates, Teofrasto y Estrabón, los Hechos y dichos memorables de Valerio Máximo o la Historia natural de Plinio. Pero tampoco faltan referencias por su parte a los modernos, a Ficino, Agrippa y Postel, a los más importantes reformistas, a médicos como Chapuis, Näve, Cordus o, destacadamente, Cardano. En el conjunto de la obra de Belon, pues, aparecen mezcladas las «antigüedades» en su contraste con el presente, y no sólo en sus estudios sobre la naturaleza. De todos modos, parece revelador, visto retrospectivamente, que ese gran moderno fuese, al tiempo, un representante de posiciones religiosas bastante tradicionales (sin duda por su papel en la política francesa). En su doble estatuto de espía y naturalista (o naturalista y espía, como también llega a decir Barsi), nos ofrece Belon una especie de panfleto a favor de las ideas centralizadoras haciendo uso de diversos ejemplos y analogías sociales, algo que no le resultaba difícil a un naturalista de tan vastas miras como él fue, y creador además de la anatomía comparada. Por supuesto que, sumándose a la ruptura espacial e ideológica quinientista, va deformando ya los códigos historiográficos y cosmográficos, así como utiliza comparaciones sistemáticas con los turcos (o los africanos o los judíos). Pero su visión es, ante todo, muy vivaz, y testimonia un momento de grandes agitaciones y un uso del escepticismo histórico -una concepción cíclica del devenir-que le lleva a denunciar lo episódico, lo perecedero en el tiempo, del movimiento protestante. Cabe añadir, por otro lado, que como sigue faltando fuera de nuestro país todavía un conocimiento amplio del valor de los descriptores españoles de su tiempo -a juzgar por las obras de síntesis extranjeras publicadas en los cinco últimos años-, la publicación en castellano de Les observations d 'un voyage en terre de Brésil de Belon o de la extraordinaria Histoire d' un voyage en terre de Brésil de Jean de Léry (en este caso, un calvinista) sería imprescindible al menos para discutir a fondo esas notables contribuciones al saber, en general, que mezclaban experiencia humana e investigación natural en un momento de hondas mutaciones. De modo que el cotejo sistemático de los textos franceses (y de otros italianos y portugueses) con los escritos en castellano nos darían una perspectiva global -que tampoco suele lucir en España-, y facilitaría decisivamente, además, medir la proyección de tantos escritores peninsulares, castellanos o no, en la cultura internacional del siglo XVI. Iniciado el siglo XXI es habitual considerar a la biología como el emblema científico de la centuria. Privilegiada posición que, sin duda, ya ocupaba algunas décadas antes, tanto en área cognitiva como en el campo del merchandise característico de la sociedad contemporánea: alimentación, cosmética, sanidad, urbanismo, política, son buenos ejemplos de cómo el hombre recurre cotidianamente al envoltorio biológico simbolizando la calidad, el bienestar, el ¿progreso? El libro de Paul Mazliak atiende a una historia de la biología menos prosaica, se ocupa de su desarrollo como ciencia del siglo XX, pero no es ajeno a la dimensión social que la disciplina tuvo durante la centuria. Su propuesta es divulgar a favor de la comunicación y en detrimento del contenido, componiendo una minimalista historia biológica conducida, con acierto, al consumo cultural. Para cumplir el objetivo se eligen tres vasos comunicantes: sanidad, bioquímica y antropología. La refutación pasteuriana de la generación espontánea es el referente utilizado para introducirnos en el contexto farmacológico que caracterizó la lucha contra la enfermedad durante el vigésimo siglo. Fleming, la penicilina, ejemplarizan las primera décadas de esta guerra intemporal que la humanidad sostiene contra los microbios. El resultado de la batalla es el descubrimiento de antisépticos naturales, como la lisocima, y otros antibióticos, como la estreptomicina, la actinomicina, las tetraciclinas, que inducen la aparición de la poderosa industria farmacéutica que hoy nos acuna. Las vitaminas son otro punto de inflexión sanitario. Su descubrimiento -la primera vitamina se aisló el año 1911, y la última, la B12, en 1955-dio a la nutrición un valor terapéutico ignorado hasta entonces. Erradicar el beriberi y el raquitismo fueron prioridades en esta historia biomédica. Pero, desde la particular óptica biológica, el proceso morboso tuvo un escenario particular: el desarrollo de técnicas de laboratorio adecuadas para la investigación celular. Frente a la enfermedad, la bioquímica ofrece un capítulo complementario e ideológicamente novedoso. Surgida a finales del siglo XIX, la química orgánica representa la unidad estructural de los seres vivos con la materia inerte, y la reformulación mecanicista de la vida a través de la fisiología. Los ciclos de la urea y de Krebs son dos ejemplos clásicos de las primeras etapas de la unidad bioquímica construida en la centuria del dosmil; identidad orgánica que se culmina con el descubrimiento de la macromolécula de ADN: el código informativo común. Inmersa en esta vorágine cognoscitiva, también la antropología física resulta novedosa. Habrá una nueva forma, mecanicista, de conocer al hombre, que Mazliak compone mediante la inmunología, la neurobiología y la endocrinología. De nuevo la lucha contra los microorganismos, ahora bajo un nuevo ángulo, estudiando el sistema inmunológico y potenciando la autodefensa mediante la sueroterapia, convertida en el mecanismo preventivo por excelencia. Por su parte, el sistema nervioso proclama la primacía del hombre sobre el resto de los mortales y abre la puerta a la inteligencia artificial; paralelamente, el sistema hormonal da un sentido moral a nuestro comportamiento reproductor: los anticonceptivos y los tratamientos de fertilidad asistida ponen la vida en manos del hombre. Para el futuro, sobre el tejado del siglo XXI, permanecen el SIDA, el cáncer, los retrovirus, los trasplantes de órganos, la manipulación embrionaria, y otros retos capaces de entronizar a la biología. Paul Mazliak escribe una pedagógica historia biomédica del siglo XX de consumo generalizado, estructurada sobre la imagen de progreso y bienestar que representa la medicina para consuelo de la ciudadanía del llamado mundo civilizado. Una historia limitada, que nos habla de los aciertos inherentes al mundo feliz que los científicos añoran construir y dominar. Domenico Cotugno fue un prestigioso médico del setecientos, y es un referente obligado para conocer el curso de la ciencia napolitana en esta época. Cabalgó entre dos siglos, siendo protagonista de los cambios culturales acaecidos en Nápoles por la alternancia política -casa de Borbón, régimen napoleónico-que rigió los destinos del reino finalizando el siglo XVIII. En los años cincuenta cursa la carrera de medicina en la Universidad de Nápoles, y tuvo, entonces, como modelo intelectual a Celestino Galiani, Bartolome Intieri, y Antonio Genovesi, que lideraban la renovación del regio estudio. En 1754, todavía estudiante, ingresa como asistente en el napolitano hospital de los Incurables, y es aquí, en el campo de la investigación médica, donde halló merecida fama por sus estudios anatómicos. Antonio Borelli ha escrito su biografía siguiendo un patrón cronológico. Comienza en los años de formación, sigue los pasos de sus primeros descubrimientos -etapa iniciada en 1761 con De aquaeductibus auris humanae internae anatomicae disertatio-, relata el viaje por Italia del año 65 -Roma, Bolonia, Padua, Venecia, Florencia-, retoma el hilo de su carrera universitaria y de las nuevas investigaciones que caracterizaron los años sucesivos -ganó la cátedra de anatomía en 1766, y en 1769 publicó De sedibus variolarum-y, finalizando el siglo, el científico es también un cortesano que habrá de soportar el decenio francés -fue rector y protomédico-, y el regreso del Borbón. Con el personaje emerge la historia institucional. La Reale Accademia delle Scienze e Belle Lettere, la Escuela médica de los Incurabile, la Società dei Quaranta, el Istituto Nazionale, el Reale Istituto d'Incoraggiamento, por ejemplo, se cruzaron en el camino científico de Domenico Cotugno; y es bajo la óptica de su participación como se manifiesta la historia. La institución representa la faceta organizativa que, junto al estudio y la práctica sanitaria, definen al sabio. Sustentada en manuscritos y fuentes impresas, la biografía de Domenico Cotugno está llena de matices, inducidos de la relación entre ciencia y poder; del cambio ideológico correspondiente a la época; de la incertidumbre de la medicina y el debate metodológico derivado -genuino interrogante napolitano canalizado en la centuria precedente por Leonardo di Capua en su obra Del Parere-; y transcurre en un tiempo heredero de la reforma educativa enunciada por Genovesi, donde la medicina ya no es el rostro dominante de la naturaleza sino las ciencias naturales. Domenico Cirillo, Saverio Macri, Vincenzo Petagna, Giuseppe Saverio Poli, Filippo Cavolini, auxiliados por el microscopista Giovanni Maria della Torre, son algunos de los responsables del cambio, conformando una comunidad científica capacitada para definir sus propios intereses cognitivos dentro del marco de la ciencia europea. En este contexto, el libro de Borelli une al análisis histórico el valor documental, incluyendo un apéndice compuesto por 36 manuscritos, pertenecientes al napolitano Archivo de Estado, relativos a la escuela de medicina fundada el año 1779 por Ferdinando IV, con sede en el hospital de los Incurables. Andrés Galera JOSÉ L. FRESQUET; Ma LUZ LÓPEZ, Archivo Rodrigo Pertegás siglos XI-XIX, Valencia, Universidad de Valencia-Fundación Marcelino Botín, 2001-2002, 4 CDs. JOSÉ L. FRESQUET, Juan Fragoso y los «Discursos de las cosas aromáticas...» (1572), Valencia, Universidad de Valencia-Fundación Marcelino Botín, Clásicos españoles de la Medicina y de la Ciencia, 2002. El trabajo que presentamos es un cualificado y reciente ejemplo de la encomiable labor de investigación y recuperación histórica que ocupa a los miembros del Instituto de Historia de la Cien-cia y Documentación López Piñero (CSIC-Universidad de Valencia); personalizado en los investigadores Ma Luz López Terradas y José Luis Fresquet. La primera entrega corresponde a la edición digital del archivo formado por José Rodrigo Pertegás. Contemporáneo de Luis Simarro y de Vicente Peset Cervera, por ejemplo, Pertegás fue un destacado miembro de la corriente historiografía valenciana, sobresaliendo su proyecto para la realización de un diccionario biobibliográfico de médicos valencianos que dejó inacabado. El material recopilado conforma hoy el Archivo Rodrigo Pertegás, conservado en la Biblioteca y Museo Historicomédicos de la Universidad de Valencia. El fondo contiene una heterogénea serie documental procedente de distintos archivos de la ciudad de Valencia, de donde Pertegás extractó, copió y recolectó cualquier noticia relativa a la medicina. El proyecto de digitalización prevé la edición de 7 CDs, de los cuales se han materializado los cuatro primeros, que reproducen documentos relativos a médicos valencianos desde el siglo XI al XIX. El objetivo es la catalogación, conservación y divulgación, de tan valioso patrimonio histórico-documental que incluye otras dos secciones, significativas por la información epidemiológica y la riqueza documental (manuscritos médicos del siglo XIX, incluidos los pertenecientes a Rodrigo Pertegás) albergada. La colección de CDs es el resultado del convenio de colaboración suscrito por la Fundación Marcelino Botín y la Universidad de Valencia, para la Digitalización del Archivo Rodrigo Pertegás y de las obras manuscritas Biblioteca Médica Hispano-Lusitana y Biblioteca Quirúrgica Hispano-Lusitana, de León Sánchez Quintanar, y la publicación de clásicos científicos españoles. En idéntico marco de cooperativo acontece la publicación digital del Discursos de las cosas aromáticas, árboles y frutales y de otras muchas medicinas simples que se traen de la India Oriental, y sirven al uso de la medicina, publicado por Juan Fragoso en 1572. La obra, del que fuera cirujano de Felipe II, forma parte del ideario farmacológico representado por la Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, Monardes, 1574; el Coloquios dos simples e drogas da India, García de Horta, 1563; y la Historia natural redactada por Francisco Hernández resultado de su viaje por la Nueva España -sus manuscritos fueron utilizados por Nardo Antonio Recchi para redactar De Materia Medica Novae Hispaniae, publicado en 1628 y reeditado recientemente: R. Álvarez, F. Fernández (eds.), De Materia Medica Novae Hispaniae. El manuscrito de Recchi, Madrid, Doce Calles, 1998-. La filosofía es conocer las cualidades terapéuticas de las plantas americanas, aprovechar la farmacopea inherente al Nuevo Mundo para curar los males de la vieja Europa. La edición digital del libro de Juan Fragoso destaca por varios aspectos: la accesibilidad y nuevas posibilidades de investigación que el formato permite, poniendo a nuestro alcance un clásico de la farmacología española imprescindible para el estudioso, que acercará al profano a una realidad sanitaria muy diferente de la que hoy percibe y disfruta, coincidente en utilizar el medicamento como fuente de salud y bienestar; el cuidadoso procesamiento de las imágenes, que, desde la virtua-
A principios de este siglo el alcoholismo fue objeto de interés cien tífico en los círculos académicos españoles. Su estudio, como en toda Europa, se desarrolló desde una perspectiva multidisciplinar (antro pología, medicina, derecho, etc.), en tres direcciones: desentrañar su etiología, definir la patología y establecer las bases para erradicarlo de la sociedad y crear los mecanismos de defensa social necesarios fren te a su amenaza. El aumento de la criminalidad y la preocupación por la degeneración de la raza, fueron los dos pilares en los que la medici na, y por extensión las otras disciplinas, se basaron para demostrar los peligros que corría la sociedad entera y constituyeron la piedra de toque de la propaganda antialcohólica. Ante este problema y de lama no del reformismo social, se ensayó la elaboración de un programa de actuación contra el alcoholismo, encaminado a controlar y reprimir al contingente de población que ingería en exceso bebidas etílicas (1). En líneas generales se relacionó el alcoholismo con la clase traba jadora, haciéndose común la figura del obrero borracho, individuo pe ligroso que cuestionaba la estabilidad de la sociedad burguesa con sus excesos e inmoralidad (2). necesidad de crear familias estables, en especial en el ámbito obrero, que recogiesen e interiorizasen las virtudes y moral burguesas para ge nerar individuos sanos, obedientes y por tanto no peligrosos, dió a la mujer, concebida como madre y esposa, un papel fundamental en este programa. Su misión era transmitir los principios básicos de higiene que la medicina consideraba oportunos para trasladar al núcleo fami liar el modelo de valores que propugnaba la burguesía. En el presente trabajo se esbozan, a través del estudio de cinco Pre mios Roel de la Sociedad Española de Higiene dedicados a diversos as pectos de la salud y educación de la mujer, y de un conjunto de traba jos sobre el alcoholismo en el período 1900-1923, algunos problemas que con la instrumentalización del sexo femenino para controlar los hogares, se le plantearon a la medicina social. Los peligros del alcohol Desde que en 1857 More! apreció que el alcoholismo era una de las causas fundamentales de la degeneración de la especie, se abrió un hilo conductor en la explicación de la intoxicación etílica que, con varian tes, constituyó el recurso interpretativo de la psiquiatría y de todas aquellas disciplinas que se acercaron a la cuestión. En España la vul garización de los conceptos vertidos por la psiquiatría positivista fran cesa, conllevaron la transformación del degeneracionismo en un siste ma explicativo simplista y mecanicista que adquirió el rango de cajón de sastre (3). La herencia aparecía como el principal factor etiológico del alcoho lismo y de la degeneración. M uñoz Ruiz de Pasanis es claro al respecto al señalar que: «La herencia alcohólica es el punto más importante de todo lo re lativo al alcoholismo, porque afecta no sólo al individuo, sino a la fa milia y a la raza» (4). El heredo-alcoholismo, además de constituir la causa principal de la embriaguez, llevaba consigo la predisposición por parte de los here deros de contraer toda una serie de enfermedades que portaban la se milla degenerativa. Según esto y siguiendo las palabras de Ferrer y Gar cía Tejero, que no son sino una repetición mecánica de lo dicho por la psiquiatría• francesa, nos encontramos con que 162 Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es «-El alcoholismo socava todos los fundamentos de la civilización, llevando a los pueblos el raquitismo, la insensatez y el crimen. -Alcanzando a los niños por herencia, el alcohol conduce un país a su perdición. -Los excesos cometidos por los padres, recaen sobre los hijos: si estos sobreviven algunos meses, son atacados de idiotismo o epi lepsia, o aún peor, un poco más tarde son arrebatados por meningi tis, tuberculosis o consunción. -Muchos de los hijos de padres alcohólicos son idiotas hidroce fálicos o neuróticos y mueren en edad temprana. Entre los supervi vientes se observan a menudo la tuberculosis, la epilepsia, el histeris mo y las enfermedades mentales. » (5). Los fundamentos de la civilización (la moral y el orden burgués) co rrían peligro por culpa de los abusos etílicos que contribuían a crear por vía hereditaria cuerpos predispuestos a todo tipo de enfermeda des físicas y mentales. La tendencia al crimen, la locura y la muerte eran el final que esperaba al alcohólico y a su descendencia. El cuadro que se presentaba era pesimista, pues no se ofrecía ninguna solución y la familia afectada por el alcoholismo estaba condenada a desapare cer en la cuarta generación (6), lo que condujo a definir al alcohólico coi: no enemigo de todo: « El alcohólico es, en una palabra, y como hemos dicho en otro lugar, enemigo de sí mismo, de su familia y de su patria, y debe procu rarse por todos los medios imaginables extirpar de raíz, si fuera posi ble, esa plaga, que al propio tiempo es una vergüenza de la humani dad» (7). Sin embargo, el problema de las causas del alcoholismo no se cir cunscribió exclusivamente al terreno del determinismo hereditario, sino que los estudiosos del tema, centraron su atención en el medio social. Una vez establecido que el alcoholismo era una de las causas principa les de la degeneración de la especie por vía hereditaria, los estudiosos del tema se preguntaron dónde residía la causa última de este azote, y centraron sus miradas en el medio social. La transformación de las condiciones sociales y económicas que consigo trajo la nueva sociedad capitalista, con la industrialización y la aparición del proletariado que vivía en condiciones infrahumanas, no pasó desapercibida a los médi cos de la época. De hecho se estableció una identificación entre las en fermedades que afectaban a la sociedad en aquel momento y el medio Asclepio-11-1990 obrero. El alcoholismo a estos efectos era un ejemplo perfecto. En cual quier caso no conviene exagerar la importancia que se le daba a las condiciones de vida del obrero como factor etiológico del alcoholismo, pues si bien la mayoría de los autores tomaban en cuenta la mala vi vienda, el hacinamiento, las malas condiciones de trabajo, etc., consi-. deraban que el obrero era en sí mismo vicioso e intemperante y que por tanto era el culpable de su miseria y desdichas (8). Esta posición, dominante en el panorama español, trasladaba el problema y su solu ción, al terreno de la moral, donde se habían de centrar los esfuerzos de los médicos, abogados, antropólogos y demás interesados por el al coholismo, porque «la mejora de las condiciones morales y de la instrucción antial cohólica de las masas trabajadoras que, sin la traba de esa mayor mo ralidad y de esa mejor educación, invertirán seguramente los mayo res rendimientos que obtengan en engrosar las filas de la intemperan cia, con perjuicio de los intereses de la familia y de la sociedad» (9). Detrás de esta argumentación se encontraba la necesidad de con trolar a amplias capas de la población consideradas peligrosas, espe cialmente al obrero que a través de organizaciones sindicales y políti cas planteaoo.,rnnflictos no deseados por la burguesía. De hecho, la ima gen del obrero borracho creada por la burguesía es utilizada con in tención política al relacionar algunos autores el paro y la subversión con el alcoholismo. La indisciplina y la vagancia son defectos del alco hólico que le conducen a la miseria, por lo que no se duda en afirmar que hay «motivos poderosos para creer que una parte de los "sin tra: bajo" no deban al progreso de la máquina, ni. a la avaricia del hurgué� el carecer de ocupación» (10). Estos obreros alcoholizados, vagos y ren corosos, son los que toman en los mitines y huelgas las medidas más violentas, al percibir en el burgués su adversario y no «el que en sí lle van» (11). Estos razonamientos provocaron la propuesta de medidas an tialcohólicas especiales para los obreros, encaminadas a su despoliti zación. Así el doctor Ubeda de Correal proponía la creación de círcu los obreros en las fábricas en los que se encontrasen cómodos y practi casen actividades no perjudiciales para la salud, y en los que la políti ca estuviese absolutamente prohibida (12). La sanción económica del obrero que bebía alcohol, bien despidiéndole, bien castigándole sin aumentarle el sueldo, era otro tipo de medida propuesta con la inten ción de reprimir y romper lazos de clase al intentar mostrar como ejem-plares a aquellos que no bebían (13). En definitiva, con éstas y otras medidas se intentaba moralizar al obrero, hacer de él un individuo res petuoso con la sociedad, apartarle de los senderos del vicio, darle un mínimo de calidad de vida a través de planes de mejora de la vivienda, de leyes encaminadas a la protección del trabajo. Educar voluntades, en expresión de Alvarez Uría, sin atacar los problemas más allá de la barrera del reformismo social (14). La familia era el terreno abonado para que la medicina social in tentase, en nombre de la salud y de la higiene, inculcar los valores que la sociedad burguesa defendía, y la mujer su correa de transmisión. La medicina social y la educación de la mujer A principios de siglo, en España el pensamiento predominante res pecto al papel de la mujer era el clásico de madre y esposa. Si bien exis tían ciertas disidencias agrupadas en torno al krausismo, al anarquis mo y al socialismo, se admitía en la sociedad la concepción burguesa de la mujer sin crítica (15). La medicina social no fue ajena a la tónica general del período. Los textos médicos que abordan el problema de la mujer como transmisora de los principios higiénicos al contexto fa miliar son elocuentes y destilan una escasez de originalidad que con duce al esquematismo y a la reproducción monótona de una serie de ideas, que sin embargo, y el ejemplo de la lucha contra el alcoholismo por parte de la medicina social es ilustrativo, poseen intenciones muy precisas de control. En 1923 • se concedió el Premio Roel de la Sociedad Española de Hi giene a Emilia Pérez de Muñoz Iriarte, maestra normal superior, por su trabajo Escuelas del hogar. Cuál debe ser su organización y qué ma terias de Enseñanza deben comprender para la educación útil de jóve nes de clases modestas. La importancia de este trabajo radica en que constituye una declaración programática sobre la educac: ión de la mu jer. Dirigido a las hijas de clase media y obrera, su objetivo era educar mujeres para que desempeñasen el papel de perfectas amas de casa, creando las condiciones del hogar ideal, que era definido como «aquel que produzca satisfacción en los sentidos, bienestar en el espíritu. Y saber que para llegar a estas condiciones tan esenciales para la vida no precisa ni lujo ni "confort"; bastan el orden, la limpie za y la exquisitez espiritual emanada de una educación adecuada ca- http://asclepio.revistas.csic.es suística y personal, que inspire hasta los actos más elementales, cuya propia sencillez sea precisamente la mayor garantía de su éxito» (16). Se pretendía así que el equilibrio en el hogar estaba al alcance de cualquier mujer, independientemente de la clase social a la que perte neciese, pues los problemas en el hogar del obrero no se planteaban exclusivamente como una cuestión de condiciones materiales de vida, sino como consecuencia de la carencia de valores morales. Estos de bían introducirse a través de una adecuada educación de las mujeres en las ocupaciones propias de su sexo en «el seno de la familia e incul carlas hábitos de trabajo, de orden y economía» (17), con el objetivo de proporcionar a las alumnas modestas los instrumentos «que les per mitan sostener o mejorar su situación» (18). Se trataba de llevar a los hogares modestos la idea de que no era necesario transformar las con diciones socio-económicas del sistema para mejorar las mismas, sino que poniendo al alcance de las familias modestas, por medio de una educación precisa, los instrumentos necesarios, podían rentabilizar al máximo sus escasos recursos. En este sentido las enseñazas imparti das variarían según la clase social a que se dirigiesen, intentando apli car un criterio posÜivo y práctico directamente enlazado con las «ne cesidades corrientes de la vida, dando la solución a los pequeños pro blemas domésticos de una medianía social modesta o humilde» (19). La idea no era nueva ya que, veintidós años antes, el doctor Ubeda de Correal, en su estudio titulado El alcoholismo, apuntaba ya la nece sidad de crear escuelas prácticas para las hijas de los obreros en las que se hiciese de estas «verdaderas y útiles compañeras, para el día de mañana, del obrero, conocedoras del arreglo de una casa modesta..., para ser en una palabra un ama de casa económica, ordenada y agra dables cualidades en las que se cifra el secreto de la felicidad de un hogar, por humilde que sea» (20), insistiendo en la necesidad de que en estas escuelas se les ofreciera una educación específica que les mos trase «los inconvenientes que la embriaguez y el alcoholismo tienen para el individuo, la familia, la sociedad y la patria» (21). En el período de tiempo que media entre los dos textos, no parece que se hiciese gran cosa en la práctica, si creemos a Emilia Pérez, cuando afirma que el Estado sólo creó una Escuela del Hogar en 1912 en Madrid, dejando al margen ciudades de la importancia de Barcelona o Sevilla (22). Aunque la mayoría de los textos consideran que la mujer reúne una serie de condiciones innatas para cumplir su misión educativa y mora lizadora en el seno del hogar (c" ariño, encantos, capacidad de hablar al alma y de hacerse oír (23)) son concluyentes al resaltar la existencia de tendencias a desviarse de sus tareas, por un mal entendimiento de sus funciones, creando un hogar incómodo que justifica que los hijos y el esposo busquen fuera de él « lo que necesitan y el hogar les niega; buscan aseo, alegre compen sación a sus esfuerzos, alivio a sus pesares, calor a sus esperanzas, olvido a sus agravios... y se domicilian donde lo hallan, aunque sólo sea en apariencia. Por eso pasan las horas en el café o en la taberna, en el burdel o en el garito: allí al menos les brindan comodidades y distracciones» (24). Por tanto se responsabiliza a la mujer del buen o mal funcionamiento de su hogar, al igual que se culpa al obrero de su situación. De esta manera la burguesía procuraba, sino eludir sus responsabilidades so ciales, sí al menos relativizarlas planteando la cuestión en el terreno de la individualidad y del voluntarismo, ofreciendo los instrumentos necesarios -la educación-para llegar a buen puerto en sus objetivos de salvar la conflictividad social. Como alternativa a esa mujer inca paz, que conduce a los suyos a buscar el bienestar en el alcohol, se pro pone modelar un tipo de fémina que sea «activa sin ser esclava, econó mica sin ser tacaña, pulcra sin ser coqueta, ordenada sin ser meticulo sa, risueña sin llegar a zalamera» (25), que alcance la consecución de un ambiente agradable en el hogar, diluyendo todo conato de enfrenta miento, y abriendo al varón la posibilidad de «vivir la verdadera vida, la vida de las emociones, la vida del ego consciente y libre», que defini tivamente le alejará del alcohol (26). La educación correcta de la mujer pasaba por la higiene. La mayo ría de los autores consideraban que ésta jugaba un papel de primer or den en la formación femenina. En este sentido, Eduardo Buisan des cribía con precisión la relación entre la mujer y el papel de la higiene en su educación al afirmar: «Conseguida una mujer buena y hermosa, hay que concederle la inteligencia, pues sin ella, no podríamos educarla según nuestro de seo. ¿ Cómo es posible inculcarle, si su mentalidad es escasa, los pre ceptos higiénicos indispensables para la buena conservación de la sa lud de sus hijos, y qué consejos morales ha de dar a estos, si antes no ha comprendido bien la misión higiénica educadora que le está encomendada?» (27). La inteligencia de la mujer se consideraba un don, en tanto y cuan to estaba subordinada a la necesid. ad de la comprensión de las ense ñanzas de la higiene. El sexo femenino constituía así un mero instru mento para hacer llegar a lós hogares los principios higiénicos y mora les, que aparentemente se disfrazaban con el velo del interés general, pero que tenían una evidente conexión con la ideología dominante. Ade más en este texto se plantea el mecanismo de funcionamiento del pro ceso educativo de una manera sencilla; la mujer aprende los conoci mientos básicos• de higiene y los aplica directamente sobre sus hijos, al tiempo que se los transmite, cumpliendo la doble función de educa da y educadora. Las Escuelas del Hogar no debían ser ajenas a la ense ñanza de la higiene, pues además de tener en sí mismas el carácter de cultura general, eran un excelente auxiliar de las clases de cocina, al enseñar «a la mujer a preparar una alimentación sencilla y sabrosa, e instruirla acerca de muchos particulares, por lo que al empleo de los alimentos se refiere» (28). La educación higiénica de la mujer adquiere tintes de talismán frente a los problemas sociales, pues si bien no hay la posibilidad de «proporcionar a todos los pobres palacios donde vi vir, enseñemos a la mujer... los milagros que puede hacer una buena higiene» (29). Una vez más se lanza la idea de que la educación basta para mejorar la vida del obrero sin necesidad de transformar el orden social imperante. El problema de la mujer alcohólica Pese a esta descripción de la mujer ideal y de la noble misión de educadora que le corresponde, existe la preocupación por la mujer al cohólica. Si bien se parte de la base de que ésta tiene una tenden. cia hacia la abstinencia que «atenúa la acción degradante del alcoholismo y permite que subsistan todavía las poblaciones viciadas por él» (30), se constata un aumento de mujeres bebedoras (31) que inquieta a los médicos porque 168 «tanto y de tal modo se degrada la mujer cuando se entrega a la bebida, y a tal exceso llegan los males que se acarrea y acarrea a los suyos, que no es humanamente posible que virtud ninguna resplan dezca sobre su frente ni que luzca un día de sol para su causa. Repa rese, sino, en lo que hemos visto quedaba convertido el hombre alco hólico, y repatese luego �n la misión social que a la muJerJe corres ponde. ¿Es posible que desempeñe éstas, la que se halle en las condi-.,'.1sclepio-II-l 990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es ciones de aquél, la que en lo físico esté sujeta a continuos vértigos, insomnios, pesadillas, anestesias, etc., y en'lo moral a degeneracio nes, perversiones, faltas de memorias, alucinaciones y delirios?» (32). Junto al problema de su incapacidad para educar a sus hijos y dar ejemplo de moralidad, también se plantea la cuestión del agravamien to de la degeneración de la raza, ya que «durante la evolución intraute rina el feto sufre todas las consecuencias de los excesos alcohólicos de la mujer que lo lleva» (33). Existe por tanto una diferencia de juicio en tre el alcoholismo masculino y el femenino, que arranca de la distinta concepción de los roles sociales de cada sexo, lo que en el caso femeni no provoca una postura más moralista y peyorativa. El análisis de las causas del aumento del alcoholismo femenino, cu riosamente, tiene una explicación fundamentalmente basada en el me dio social en que se desenvuelve la mujer. Se suelen atribuir dos cau sas medio-ambientales. La primera es el mal ejemplo de un esposo al cohólico que incita a la mujer a sumarse al vicio. La segunda, que a nuestro juicio constituye la más interesante por la trascendencia so cial que posee, está ligada a un análisis más sociológico, pues atribuye el problema a las nuevas condiciones socio-económicas que provocan que la mujer «cada vez menos sujeta en el hogar, por efecto de nuestras nuevas costumbres y de nuestros novísimos hábitos, se lanza fuera de él lla mada por ocupaciones nacidas de nuevas condiciones o de nuevas ne cesidades sociales; se exterioriza cada vez más, si así puede decirse, y acechada por las mismas ocasiones y sugestionada por los mismos medios que arrastran al hombre, acaba por cometer los mismos abu sos» (34). El trabajo de la mujer es uno de los problemas fundamentales que se planteó a la medicina a la hora de abordar el entorno familiar. La Medicina Social contribuyó así con la autoridad que le daba su halo científico a un debate más general que existía al respecto en determi nados círculos académicos, partidos políticos y organizaciones sindi cales y en el seno de algunas organizaciones de carácter femenino (35). En los textos investigados para este trabajo, se parte de la idea de la constitución especial del organismo femenino «tan delicado y tan com plejo» (36) sobre el que el trabajo ejerce una influencia perniciosa; al ser Asclepio-ll-1990 «causa determinante de alteraciones orgánicas actúa sobre la mu jer en su período de formación y en su estado de desarrollo completo y además, y muy especialmente, en ciertos momentos de su vida en los que su organismo, además de llenar sus funciones ordinarias, de sempeña la eventual e importantísima de la reproducción» (37). Lógicamente esta acción sobre la salud femenina, no podía dejar de trascender para la mentalidad médica de la época «sobre la descenden cia que de ella procede», contribuyendo a la degeneración de la raza (38). Dos posturas se pueden definir del análisis de estos textos respec to a la conveniencia o no del trabajo femenino. La primera considera en sí misma dañina la actividad laboral de la mujer, mientras que la segunda atribuye a las condiciones en que se desarrolla el trabajo los efectos nocivos sobre la salud (39). Sin embargo, los autores lejos de proponer la reclusión de la mujer en el hogar, son conscientes de que el salario de una familia obrera se puede ver mermado sin la paga femenina, y por tanto aumentar la miseria obrera y con ella los facto res de desestabilización social, además de no ignorar el imprescindi ble papel de la mujer en el proceso productivo. La cuestión que se les en nombre de los principios higiénicos. Desde este punto de vista la mujer debe ser educada, en tanto y cuanto su educación sirva para es tablecer los pilares de un hogar ideal. El caso del alcoholismo, sin ser el único, es un ejemplo evidente de este utilitarismo científico enorm� mente cargado de moralismo e intenciones políticas, cuyo fin último es el control de las clases sociales consideradas peligrosas por la bien pensante burguesía decimonónica. (1) En 1883 se creó la Comisión de Reformas Sociales, con la intención de estudiar y solucionar diferentes aspectos de la cuestión social. Con ella se inició en España la intervención del Estado en materia de política social, aunque de manera tímida y rodea da de la desconfianza general. En 1903 se creó el Instituto de Reformas Sociales y en 1908 se fundó el Instituto Nacional de Previsión. En 1920, como jalón final, el Estado constituyó el Ministerio de Trabajo. La institucionalización del reformismo social en Es paña fue producto de un lento proceso e intenso debate en el seno de las élites políticas e intelectuales españolas, influido por las diferentes políticas reformistas que se desa rrollaron en Europa y por las diferentes corrientes socio-políticas del momento. Para un buen resumen de los debates que se establecieron en España en los últimos años del siglo xrx y primeros del xx sobre la cuestión social, véase MONTERO GARCÍA, F. ( 1988 (2) Algunos autores hacen referencia a la borrachera de la burguesía, a la que juzgan como igual de perniciosa para la sociedad que la del obrero. Sin émbargo, las medidas especiales que se proponen para paliar el mal van siempre dirigidas a la represión de las clases más desfavorecidas. Entre los autores que mencionan el problema de la em briaguez de la burguesía están SANGRO y Ros DE ÜLANO, P. (1904): Estudio sobre el alco holismo y males que ocasiona al individuo, a la familia y a la sociedad. Madrid, que en la pág. 33 afirma que «la desmoralización de la familia no es exclusivamente patrimonio diabólico del alcoholismo de los de abajo. Las clases elevadas sufren también su acica te». Asimismo FERRER y GARCiA-TEJERO, E. (1910): El alcoholismo y la criminalidad. La. d��ce�dencia de los alcohólicoi Consejos h-igiénic�s�-Madrid, en cuya p. 29sed-e"fiende la necesidad de castigar por igual al pobre y al rico borracho, aunque las motivaciones para el castigo de los primeros están basados en el paternalismo, pues las clases direc toras deben dar buen ejemplo a los productores. (3) Sobre el degeneracionismo en la psiquiatría francesa, véase la obra de HUERTAS, R. (1987), Locura y degeneración, Madrid. En España es interesante la constatación de que la mayoría de las estadísticas utilizadas para demostrar las relaciones entre locura, criminalidad y alcoholismo son francesas. Sólo he encontrado un trabajo referente al alcoholismo en España que elabore estadísticas españolas. Me refiero al estudio del Te niente Fiscal de la Audiencia de Oviedo, GIMENO DE AZCARATE, M. (1900): La criminalidad en Asturias. Estadística (1883-1897), Oviedo, en el que se intenta demostrar larelación directa entre la excesiva ingestión de bebidas alcohólicas con el aumento de la crimina-Asclepio-
Desde hace unos años me he dedicado al estudio de la elaboración, desarrollo y difusión de la teoría eugénica, de la eugenesia. Esta teo ría, estas ideas, son en realidad poco conocidas aunque hay una cierta literatura anglosajona sobre el tema, tanto británica como norteame ricana, por la incidencia que tuvieron ideas e instituciones eugénicas en estos dos países. En España no hubo instituciones de este tipo que fueran muy notorias, ni claras acciones prácticas a las que se les cali ficase de eugenésicas, pero sin embargo la eugenesia tuvo más influen cia de la que suponemos en las ideas relacionadas con los problemas de decadencia y degeneración de la raza española, del pueblo español, que se plantearon muy agudamente a comienzos de siglo; y la tuvo tam bién en relación con la importante, tremenda cuestión, de la enorme mortalidad infantil que existía en nuestro país. Este acuciante proble ma llevó a Marañón a expresar, en 1920, lo siguiente: Una ley aterradora: la fecundidad de las madres está en relación directa con la mortalidad de los hijos. Mas preguntadles ahora cuan tos hijos viven de los que dieron a luz, y os aseguro que vuestro opti mismo se trocará en terror, porque de esos hijos, engendrados en pleno trabajo, paridos con tanto dolor, amamantados exprimiendo el orga nismo exhausto, no quedan ni la mitad, muchas veces menos, quizá sólo uno o ninguno. No creaís que exagero. Voy a leeros una estadís tica macabra que os lo probará. Se refiere a mujeres de todas las pro mujeres, escogidas al azar, pertenecen al proletariado. Todas han ter minado ya su ciclo sexual; los datos que proporcionan son ya por lo tanto, invariables. Estos datos nos dicen: Que un 28 por 100 de dichas mujeres había tenido más de ocho hijos: diez, doce o más;. con frecuencia dieciséis o diecisiete; en dos casos hasta veinte. Esta proporción de mujeres de elevada fecundi dad, es realmente extraordinaria, muy superior a la de los países más cultos de Europa. Un 54 por 100 de las mujeres examinadas habían tenido un número de hijos oscilando entre 1 y 7. La mortalidad de este grupo, siendo también elevadísima, es menor que la del grupo anterior: un 65 por 1 OO. Si de esta serie de mujeres aislamos todavía el núcleo de las que han sido madres de un número, que pudiéramos llamar normal de hijos -3 a 5-, vere mos que la cifra de mortalidad desciende hasta el 59 por 100. ¡Ved, pues, qué tremendo, qué estéril esfuerzo el de nuestras pobres muje res! ¡Qué número tan grande de hijos! (... ) Pero casi todos estos hijos numerosos desaparecen antes de ser hombres o mujeres útiles, por que la madre no ha podido engendrarlos fuertes, ni cuidarles luego su debilidad o sus enfermedades; porque la escasez del hogar no al canza a alimentarles suficientemente; porque el Estado, en fin, no suple con una acción protectora la miseria familiar. ¿ Qué dirán ahora, ante estas cifras abrumadoras, nuestros sociólogos entusiastas? El neomal tusianismo más depravado no ha logrado, en el país que se considere más inmoral, ni acercarse remotamente a los estragos que produce entre nosotros la miseria y la ignorancia. ¿ Cuál será por este camino el porvenir de la raza? Porque aunque las estadísticas generales, por incluir las familias ricas, en las que la mortalidad infantil es mucho menor, dan atenuadas estas cifras tremendas, ya en el año pasado, a pesar de todo, la mortalidad global de España (18.147) ha superado a la natalidad (16.309)» (1). La eugenesia, nacida en la Inglaterra victoriana, institucionalizada en Gran Bretaña a comienzos del siglo XX, ofrecía una teoría «científi ca» que tendía a buscar soluciones a la preocupación -que no era sólo española-por el estado de la población, y no sólo por su cantidad, sino por su calidad, que en nuestro caso era un problema fundamental, como hemos visto en lo expresado por Marañón. Se procreaban niños sufi'cientes y más que suficientes, pero se morían. El estado físico de nues tros hombres y mujeres de las llamadas clases bajas era muy malo, y existían enfermedades que eran verdaderas plagas: sífilis y tuberculo sis sobre todo. El estudio del desarrollo y penetración de la eugenesia en España me ha permitido, por sus inevitables conexiones con tal problema, tomar contacto también con la cuestión del control de natalidad o con� trol de la procreación. De hecho la eugenesia es una de las teorías a las que se adjudicaba el preconizar las técnicas del control de natali dad, cosa en sí falsa, como veremos a continuación. Se han confundido frecuentemente los contenidos de diversas teo rías y posiciones con respecto al control de natalidad, y fundamental mente creo que no se han comprendido las diferencias que existen en el contenido de proposiciones como la de Malthus, a finales del siglo XVIII, el Neomalthusianismo y el Birth Control de mediados de siglo XIX y la eugenesia, nacida en la segunda mitad del siglo XIX pero puesta en funcionamiento a comienzos del XX. Comenzaremos, para seguir un orden cronológico que tiene su sen tido histórico inevitable, aunque no podamos entrar en él, hablando de Malthus. Como bien comprendía Hildegart, -joven abogada española de los años treinta y secretaria en esos años de la sección española de la Liga para la Reforma Sexual sobre bases científicas, posiblemente de las pocas personas entre los españoles, y ni que decir tiene, mujeres, que había estudiado el tema del control de natalidad en profundidad (2) la teoría de Malthus había sido una teoría económica. En ella su autor exponía que Gran Bretaña podía producir una determinada cantidad de alimento, que esto permitía alimentar correctamente a un cierto nú mero de individuos, y que por lo tanto, cuantos más individuos peor el reparto, más pequeña la porción. De ahí se deducía que era aconse jable que la población aumentara lo menos posible. Por otra parte, los factores que hacían que la población no aumentara aún más eran el vicio y la miseria, que permitían que los peores murieran (de aquí sur girá la inspiración de Darwin, y también la idea de Spencer de la «lucha por la vida»). Estas dos conclusiones, necesidad de controlar el aumento de población y mecanismos naturales de control en la sociedad, le llevaron a defender dos actitudes prácticas: proponer que los matri monios se retardaran, o en todo caso, la abstinencia, para que dismi nuyera la fertilidad; oponerse terminantemente a la Poor Law, la ley inglesa que protegía a los pobres, en esa época en general distribuidos por pequeños pueblos o viviendo en el campo, pues no había todavía grandes aglomeraciones urbanas. La beneficencia, el dar de comer a los pobres y miserables y el curar sus enfermedades era, para Malt hus, socialmente negativo, pues mantenía una sobrepoblación que nunca podría salir de la miseria puesto que la producción de alimen tos nunca sería suficiente (3). Esto es en esencia lo que mantuvo Malthus, que nunca se refirió, ni su condición de religioso lo hubiera permitido, al control de natali dad por otros medios que los ya indicados. En los mismos años en que la vida de Malthus tocaba casi a su fin, en la década de los años veinte del siglo XIX, comienza a surgir en In glaterra la propaganda a favor del uso de métodos de control de natali dad. En este país muchos de los métodos se conocían ya desde el siglo XVIII, por lo que no parece haber sido realmente una novedad para la gente. Lo que sí era una novedad era que estos métodos se publicaran y se aconsejaran, además, como forma de aumentar la libertad indivi dual, de evitar el aborto y el infanticidio, y de colaborar para que se pudiera criar mejor a los hijos que se tuvieran. Esta fue la actitud que difundían los partidarios del Birth Control (4). Los malthusianos se oponían a esta actitud que tendía, como decía el mismo Malthus refiriéndose a Condorcet, a «destruir la virtud y pu reza de las costumbres» (5). Los únicos que apoyaron sin problemas a los propagandistas del Birth control fueron los Benthamitas, los «uti litarios» (6), que no se planteaban problemas religiosos que les hicie ran cuestionarse la actitud de control de la natalidad. Así los Mill fue ron también propagandistas de las necesidad de tal control, como tam bién Richard Dale Owen, hijo de Robert Owen. Se da como fecha de origen del movimiento del Birth control el año 1823, cuando Francis Place distribuye panfletos de propaganda en los distritos óbreros de Londres. Explicaba en ellos el uso de la esponja y el coitus interruptus, o la «retirada», como le llamaban los ingleses. Folletos posteriores explicaban también el uso del preservativo, que había surgido en un principio como protección frente a las enfermeda des venéreas, (protección de los hombres, claro.) Las ideas de los propagandistas del Birth control no tenían, pues, nada que ver con las ideas de Malthus. Y se oponían a su aspecto más esencial, puesto que ofrecían una alternativa a la gente frente a la abs tinencia, al matrimonio tardío y también, según preconizaban, frente a la miseria. Sin embargo la mayoría de la gente confundía ambas doc trinas porque las dos buscaban la disminución, o mejor dicho el con trol del crecimiento de la población. Los movimientos obreros se opo nían al Birth control porque lo consideraban como un movimiento a favor de la burguesía, que tendía a eliminar o mermar a la clase obre ra (Actitud semejante mantendrán algunos sectores anarquistas de Es paña en las primeras décadas del siglo veinte). Por otra parte, la moral tradicional señalaba que esa actitud de control de natalidad era ir con tra Dios y contra la Naturaleza, actitud, pues, inaceptable. Y, como ve remos más adelante, la postura de los médicos era también negativa hacia la posibilidad de contener y autocontrolar la procreación. La propaganda a favor del control de la natalidad tuvo su auge en las décadas de los años veinte y treinta. En esta última década fue cuan do algunos pensadores, como John Stuart Mill, integraron la contra cepción dentro de un programa de reforma social, pero esta fue una postura minoritaria. De hecho, los iniciadores de la campaña del Birth control fueron tomando, con el tiempo, una postura cada vez más con servadora desde el punto de vista político. A partir de los años cincuenta del siglo XIX, la propaganda del con trol de natalidad estaba prácticamente dominada por conservadores, personalidades tales como George Drysdale y Charles Bradlaugh. Sus ideas conducían a luchas contra algo que se hacía cada vez más evi dente: el que, a pesar del control y freno que pudieran establecer la miseria y el vicio, las clases trabajadoras, y no sólo éstas, sino los pau pérrimos habitantes de los ya existentes suburbios, se reproducían más que las clases medias y altas. Estas preocupación, que se hacía más acuciante y evidente a medida que se desarrollaban las estadísticas de población (7), demostraba al mismo tiempo el estado de deterioro de esa población. Estado de deterioro que se hizo aún más evidente cuan do el Estado tuvo necesidad de reclutar soldados para la guerra de Cri mea (1855) y también durante el desarrollo de ésta, a la vista de la enor me mortalidad que se produjo por las malas condiciones higiénicas de viviendas y enfermerías (8). No se planteaba ya, como había hecho a fines del dieciocho Malthus, la preocupación por la cantidad de pobla ción, que en muchos casos como en el de la guerra a gran escala podía Asclepio-11-1990 ser positiva, y que además la Revolución Industrial podía llegar inclu so a conseguir alimentar. Se trataba ahora de un problema de calidad, de buen estado físico y mental del pueblo. En esta época comienza ade más la gestación de la teoría eugénica como teoría que busca justamente eso, mejorar la calidad de la raza. Pero esta doctrina no cobrará im pulso hasta comienzos del siglo XX. A partir de los años cincuenta comienza, sin embargo, lo que po dríamos llamar movimiento Neomalthusiano, que se hace firme en 1877 con la fundación de la Liga Malthusiana. Nos encontramos con un mo vimiento que propicia el control de nacimientos, pero que no hace pro paganda abierta de los métodos. Lo que intenta es que la necesidad del control de natalidad sea asumida por los médicos. Como veremos cuan do nos refiramos específicamente a la actitud de éstos, los médicos, la profesión o corporación médica siempre se negó a asumir tal cosa y tomó en general la postura menos comprometida, la del silencio. A pesar de la actitud claramente conservadora de la Liga Malthu siana, absolutamente opuesta a los movimientos socialistas que sur gían en esos años, y a toda idea de lucha de clases, no consiguieron hacer respetable el control de nacimientos. Quisieran o no, su planteamiento cuestionaba las relaciones sexuales existentes y la moral victoriana. Por otra parte, los neomalthusianos trataron muy seriamente los dere chos de la mujer. A pesar de que los movimientos feministas luchaban sobre todo por una serie de derechos políticos, había una inevitable relación entre ellos y la idea de planificación familiar. Hay evidencias que demuestran que las mujeres respondían bien a la propaganda de los birth controlers. Pero muy posiblemente estas actitudes no se manifestaban más que a un nivel casero, o más aún, sólo a nivel de las mujeres. Hay también evidencias que demuestran que muchas mujeres utilizaban métodos an ticonceptivos -duchas vaginales, diafragmas, esponjas-incluso sin que lo supieran sus maridos. Parece claro, además, que la disminución progresiva de natalidad que se produjo a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX en las clases medias y altas respondía a una toma de me didas voluntarias. De todas maneras, el intento de la Liga Malthusiana de ganarse a los trabajadores, las mujeres y los médicos fue un continuo fracaso. Y debemos señalar desde ya que lo mismo y más sucedió durante el primer tercio del siglo XX en España. Evidentemente también porque el movimiento neomalthusiano fue muy" pequeño y muy localizado, y por otras razones que veremos al tratar de la situación española. Hacia finales del siglo XIX surge en Francia una ramificación neo malthusiana de carácter libertario, la Liga de Regeneración Humana fundada por Paul Robin, que pasaría a España de la mano de Ferrer i Guardia y de Mateo Morral, que fundarían la liga correspondiente en Barcelona, y una revista: • y editorial difusora de libros y panfletos de propaganda, Salud y Fuerza (9). Los anarquistas, sin embargo, se opo nían en general al control de natalidad, pues consideraban que todo el mundo tenía derecho a tener hijos, y que lo que se debía solucionar era que todo el mundo pudiera tener unos hijos sanos y fuertes, bien alimentados y educados. El control de natalidad era pues una actitud que favorecía a la burguesía. Así lo manifestaban en La Revista Blanca Soledad Gustavo y Federico Urales cuando comentaban la aparición de la revista Salud y Fuerza (10). Los neomalthusianos ingleses se desesperaban, pues como decían en su periódico The Malthusian, los obreros se inclinaban por el socia lismo, las mujeres se dedicaban a luchar a favor del sufragio femenino y los médicos o no se pronunciaban sobre el problema de la procrea ción o se pasaban a la eugenesia. De esta visión de la cuestión hablare mos ahora, de la eugenesia. La doctrina eugnénica fue elaborada por Francis Galton -primo de Charles Darwin y prototipo de lo que se ha dado en llamar un «vic toriano»-, en los años sesenta del siglo XIX. La definió como tal doc trina y la bautizó como eugenesia en 1883, en su libro Inquiries into Human Faculty (11). La doctrina eugénica no cobró auge, ni se popula rizó, sin embargo, hasta que en 1908 se funda la Eugenics Education Society, formada por preeminentes profesionales, gran parte de eilos médicos, que comenzó una gran campaña de difusión de la eugenesia a través de cursos, conferencias y publicaciones. En 1912 se lanza a la conquista del medio internacional a través del Primer Congreso In ternacional de Eugenesia, punto de partida de varias sociedades eugé nicas europeas, al que acudieron conocidas figuras como Sergi o Magnan. También hubo una representación española, la del médico ca talán Valentí y Vivó, al que se consideró representante de la Universi dad de Barcelona ( 12). La doctrina eugénica establecía que todas las características huma nas, físicas, mentales y morales eran producto de la herencia. Que esta herencia era absolutamente determinante y que la educación y el cam-bio ambiental sólo eran factores favorecedores o no del desarrollo de esas características heredadas, pero no podían cambiar una situación de degeneración o decadencia de una raza. Por lo tanto, la única mane ra de superar el problema -que se sentía como acuciante no sólo en Inglaterra, sino en la mayoría de países incluida España (13)-de la progresiva degeneración de la raza, causada fundamentalmente por que las clases peor dotadas (las clases bajas) se reproducían más y más, y las mejor dotadas (fundamentalmente las clases medias) cada vez menos, era actuar controlando la reproducción mediante una «selec ción artificial» semejante a la que realizaban los criadores de anima les para mejorar sus razas. Era una forma de ayudar a la « selección natural» a superar los obstáculos que la sociedad ponía a su acción por medio de la sanidad, beneficencia, etc. La eugenesia preconiza, enton ces, el control de los matrimonios, pero no como había planteado Malt hus, buscando una disminución en la cantidad de hijos, sino buscando una mejor calidad a través de la selección de los padres procreadores. Había, pues, que establecer un control de los matrimonios. Estudiar a los posibles cónyuges en todos los aspectos -estado de salud actual, historial patológico y no patológico-personal y, muy importante, fa miJiar. Y hacer que las parejas bien dotadas e idóneas para procrear tuvieran una ayuda del Estado ( 14). El talento era, claro, un factor fun damental en la selección. Lo cierto es que este tipo de acciones, tendentes al control de los matrimonios positivos para la raza, era muy difícil de realizar y, ade más, posiblemente la gente se resistiría a semejante control sobre su vida privada. Se comenzaron a proponer entonces, con más fuerza, las medidas de «eugenesia negativa», llamadas así en contraste con las otras a las que se señalaba como medidas de «eugenesia positiva». Las medidas de eugenesia negativa consistían fundamentalmente en impe dir que los llamados débiles mentales, los locos, epilépticos o los en fermos de tuberculosis o sífilis; que los criminales, pobres de solemni dad o vagabundos con poco apego al trabajo, tuvieran hijos. La pro puesta de Galton para solucionar esta situación era el confinamiento. Sin embargo, sus seguidores norteamericanos pusieron rápidamente en marcha, desde los primeros años del siglo veinte, una medida mucho más práctica, más radical y menos costosa: la esterilización forzosa, practicada a partir de la decisión positiva de un juez ante el que se ex ponía el caso. Estas medidas, junto a la del establecimiento de un cer tificado médico prematrimonial, se convirtieron en las dos actitudes prácticas más realizables de la eugenesia. La eugenesia no planteó de ninguna manera, hasta muy avanzado el siglo XX, la anticoncepción. Y cuando la Sociedad Eugénica admi tió a los Drysdale, defensores del control de natalidad, lo hizo con mu chas reticencias y muy recatadamente, sin dar mayor publicidad al asunto, que aceptó casi por imposición de las circunstancias. No re cuerdo ninguna publicación de la Sociedad Eugénica en que se hiciera propaganda, y ni siquiera se mencionara la anticoncepción, aunque sí siempre estuvieron a favor y difundieron la educación sexual de los jó venes. Tenemos, pues, definidas, las doctrinas que de alguna manera se relacionaron desde un principio con el control de natalidad. Podemos de' cir después de lo expuesto que de hecho los partidarios del ]3irth con trol fueron muy pocos, en general grupos minoritarios enfrentados con la sociedad. Lo que no quiere decir que no se utilizaran métodos anti conceptivos, y que no hubiera, posiblemente, una abundante transmi sión oral de información en tal sentido. Entraremos ahora a considerar la situación de la mujer en la socie dad, y que factores condicionan su receptividad y posibilidad de luchar por problemas que le son fundamentales para su desarrollo. minadas necesidades. prácticas y las múltiples soluciones que a esas necesidades prácticas se les puede dar. La población, el número de se res, ha jugado siempre un papel importante en esos mecanismos y en esa búsqueda de posibles soluciones a la crisis. Las religiones, como sistemas morales o éticos que han conformado el sistema social, impo nen una serie• de condicionantes que pueden favorecer a unas u otras de las posibles soluciones que se pueden dar a una situación, por ejem plo, de superpoblación. Lo importante para nosotros en este caso es que la mujer, como pro ductora directa de ese bien tan controvertido pero siempre importan te, el ser humano, está en el centro de la cuestión. La mujer es el ser reproductor, pero además se convierte, no violentamente, sino por su autoconvencimiento y por la realidad biológica de su situación de re productora, y por presión del medio, de la cultura, de la ideología y de la religión -en definitiva por el sistema a través del cual se com prende y se observa la realidad-se convierte, decía, en casi (o sin casi) exclusivamente eso, la madre por excelencia. Más importante que su vida como ser, como animal humano, es su papel de madre; de hembra procreadora, en fin, puesto que lo de «madre» es un montaje cultural con múltiples connotaciones más o menos alejadas de la realidad. El cristianismo contribuyó enormemente a enaltecer tal situación de ser madre antes que persona. El hombre, Dios, Jesucristo, es el ser central. Pero la madre es un elemento fundamental, incluso desprecian do en cierta medida y posponiendo la figura del padre. Es, pues, el hom bre, como Dios o su hijo lo que es importante, crucial. Pero es la madre, pero no la mujer, lo que es importante y crucial. Al despojarle de la pérdida de virginidad se le ha despojado, además, de su realidad de mu jer, que se siente como contaminante. La mujer es pecado, la madre no. La cultura española está, y estaba mucho más, total y profunda mente impregnada de esta concepción. Es algo que debemos tener ab solutamente en cuenta si queremos comprender no sólo la postura de la mujer española frente a los métodos anticonceptivos, sino también la del hombre. Lo que se produce en España va más allá de un proble ma de derechas e izquierdas, de socialistas, liberales o conservadores desde un punto de vista político. Es algo más profundo, es una auto censura cultural y moral creada, no por una religión, sino por una de terminada concepción de la religión. A partir de aquella primera con cepción judía y cristiana de la mujer, se produjeron, dentro de una mis ma postura indudablemente machista, desarrollos de las religiones con diversos matices, según las circunstancias históricas en las que se de- senvolvieron. La religión cristiana formó parte indisoluble de la socie dad inglesa, y los ingleses han sido religiosos. Pero probablemente la diversidad de grupos que aparecen, las distintas concepciones en cuanto a la organización de la Iglesia que se desarrollaron, la aproximación directa al cristianismo de muchos grupos, y quieras que no, la menor fuerza de la jerarquía eclesiástica que se impone a partir de la edad moderna, además de las múltiples controversias que con tal circuns tancia pudieron mantenerse, rompieron con la fuerza monolítica de una posición única y una concepción única del sistema y del sentimiento religioso. En nuestro país, después del concilio de Trento y gracias al desarrollo de una postura contrarreformista a ultranza, sucedió exac tamente lo contrario. Pensemos que muchos de los defensores del Birth control de la Liga Malthusiana no sólo eran conservadores políticamente, sino también profundamente religiosos. Y también es cierto que podían ser conser vadores y no religiosos. En fin, que las opciones y matices eran mucho más variados y no había unos esquemas tan rígidos que indicaran, ya antes de cualquier discusión de un problema, en este caso del control de natalidad, la postura que obligatoriamente, para ser consecuente, se debía tomar. En España todo se convertía en precepto religioso. Esto no quiere decir que ya en el siglo XX no se produjeran casos semejan tes a los de Inglaterra en nuestro país. Médicos, abogados e incluso �eó logos -como Torrubiano Ripoll-que a pesar de sus ideas polW.cas y religiosas consideraban razonables y en absoluto opuestas a la reli gión católica, una serie de medidas que la famosa «cuestión social» es pañola, el estado de deterioro físico de su población, hacían ineludi bles. Pero debemos de partir de la base, pienso, de que la moral católica indicaba que el fin del matrimonio era tener hijos, era la procreación, y que todo otro aspecto de la relación era pecado: el placer de la rela ción sexual, por ejemplo; el placer de la relación personal, humana, no procreativa. Y la mujer española estaba profundamente convencida de la importancia de su papel de madre procreadora por encima de cual quier otro. En la literatura se ha repetido hasta la saciedad la actua ción pecaminosa de mujeres que han preferido su relación con un hom bre, demostrando con más o menos crudeza la perversión de tales sen timientos, frente a la nobleza de las que han preferido su papel de ma dres aunque fuera jugando un papel que humanamente podía conside rarse absolutamente humillante. El haber planteado tal situación como alternativa, el que llegara a asumirse así, como alternativa, por las pro-Asclepio- II-1990 pias mujeres, fue posiblemente una de las situaciones más negativas, dolorosas y castrantes de la estructuración de la sociedad española, de sus esquemas culturales. Nadie puede renegar de su papel de madre porque sí. Y es difícil, cuando todas las circunstancias hacen que ser madre sea -cuando es tá dentro de la norma-algo que da categoría propia y es un papel ab solutamente ensalzado, y que no serlo sea algo tremendamente vacío, que hace prácticamente inexistente a un ser socialmente y que sólo pro voca la conmiseración; es difícil, creo, tomar actitudes que aparenten estar en contra de tener hijos o en contra del papel absoluto de madre. Se contraponen, además, y me estoy refiriendo al siglo veinte, el tra bajo de la mujer a la buena crianza de los hijos, a la relación correcta con el marido, a la buena marcha de la familia toda, que es en realidad el trabajo ensalzado, el elevado trabajo de la mujer, para el que ha sido biológicamente destinada. Existe toda una presión culpabilizante que endurece tremendamente cualquier postura de lucha contra esta con cepción. Debo decir que, aparte la cuestión religiosa que conforma la moral y la ética social, el mecanismo de situar a la mujer en un papel casi único, de manera que cualquier otro haya tenido que conseguirse con lucha, es general en toda sociedad. Sin embargo, como ya he indicado, las circunstancias diferentes, no sólo la religiosa, sino por ejemplo el desarrollo más temprano de la revolución industrial, permitieron en países como Inglaterra la existencia de movimientos por la defensa de los derechos de la mujer y de movimientos feministas. Tampoco las fe ministas inglesas fueron en un principio muy propicias al control de natalidad, dedicándose a luchar por otros derechos de la mujer. Pero así se iba conformando el sentimiento de «persona» separado del de madre. En Inglaterra, además, el acceso a la cultura permitió que mu jeres con alta preparación pudieran preocuparse por problemas de la mujer, como sucedió con Mary Carmichel Stopes. La ciencia biológica que fue surgiendo en el siglo XIX, los estudios antropológicos aparentemente cargados de datos y comprobaciones científicas, vinieron a poner una nueva carga de determinismo sobre la mujer, pues parecía comprobarse su único valor como hembra re productora y su inferioridad en todo otro aspecto. Los datos antropo lógicos parecían demostrar que la mujer era intelectualmente inferior al hombre, puesto que tenía una cabeza más pequeña y unas constan tes vitales menores. Se producen durante las primeras décadas del si glo XX abiertas descalificaciones de la mujer en cuanto a su capacidad 186 Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es de trabajo físico e intelectual. Y cuando no es así, se adorna la cues tión, se disfraza con lo que ha sido la actitud más habitual en España; la postura paternalista. Marañón nos da, en sus escritos, excelentes ejemplos de lo qtie pen saba un intelectual católico, liberal y bienpensante y además médico, de la mujer: «La diferenciación de los dos sexos se había estudiado, hasta hace poco tiempo, tan sólo en su aspecto morfológico. Bien conocidos son, por ser del uso diario de los sentidos su apreciación, los caracteres sexuales primarios y secundarios que en la especie humana y en todo el reino animal separan al macho de la hembra. Los naturalistas y bió logos afinaron después las diferencias que a la afectividad imprime el sexo; es decir, el distinto modo de sentir y reaccionar en los momen tos pasionales el alma de la mujer y la del hombre, distinción tan bien apreciada por el vulgo, que dice, por ejemplo, de un hombre pusiláni me que "llora como una mujer", o que llama "varonil" a una mujer decidida. Pero no se reducen a esto las diferencias que el sexo impri me en la naturaleza humana. Los estudios recientes demuestran que el funcionamiento de cada célula de los diversos tejidos que constitu yen el organismo es diferente en el varón y en la hembra; de ello re sulta que es también diferente el conjunto de las misteriosas funcio nes de la transformación, aprovechamiento y eliminación de los ma teriales nutritivos que se conocen con el nombre general de "metabo limo orgánico". El metabolismo, lo más íntimo de la química del ser vivo, es, por lo tanto, perfectamente distinto en cada sexo. Blair Bell, es un sugestivo libro (The Sex Complex, 1916) insiste mucho en estos hechos y en la importancia que tienen para la comprensión del femi nismo actual. El metabolismo del varón tiende a la transformación rápida, al gasto dispendioso de los materiales nutritivos; es catabóli co, según la acertada expresión de Geddes y Thompson (The Evolu tipn of Sexes, 1901); el de la hembra tiende a la síntesis, a la reserva; es anabólico; el primero es derroche; el segundo economía. He aquí ya marcada, y en lo más hondo de la vida del organismo, una diferen cia que nos enseña, con la fría exactitud demostrativa de la físico química, cuáles son los caminos divergentes que para cada sexo ha tra zado el Destino. El hombre tiene construida su economía para el des gaste; es decir para la lucha en el ambiente externo. La mujer está hecha para el ahorro de energía, para concentrarla en sí, no para dis persarla en torno; como que en su seno se ha de formar el hijo que pro longue su vida, y de su seno ha de brotar el alimento de los primeros tiempos del nuevo ser» (15). Este texto de Marañón demuestra el tipo de argumentación pseu docientífica que se utilizaba frecuentemente en las primeras décadas del siglo para apoyar y fundamentar lo que en realidad eran pre conceptos y posturas ideológicas. Digo argumentos pseudocientíficos porque se mezclan conocimientos verdaderamente científicos, como la existencia del proceso metabólico, con extrapolaciones gratuitas y en absoluto comprobadas y en absoluto ciertas sobre un predominio del catabolismo sobre el anabolismo en el hombre, dando además a estos procesos del metabolismo una capacidad de determinación del com portamiento que no tiene ninguna base científica. Pero es que además, incluso si tales diferencias fueran ciertas no deberían en ningún caso ser determinantes del papel que cada ser humano quiera jugar en la vida. Pero todo este tipo de argumentación tenía gran fuerza y contribuía a la presión que la sociedad ejercía sobre la mujer. Es evidente que la mujer española, la mujer de la clase media con ciertos contactos con el mundo del trabajo o de la cultura, la mayor parte de las veces se autodescalificaba en cuanto a su propia capacidad para desenvolverse en alguno de estos ámbitos. Así fueron de tardíos los movimientos fe ministas y de escasas y cortas sus reivindicaciones. Y, además, de poli tizadas o polarizadas sus posiciones. En el sentido de que, o se tenían unas ideas muy radicales, libertarias, o se caía dentro de las mismas concepciones sobre la maternidad y buena crianza de los hijos como tema primordial de toda reivindicación. En realidad, incluso los liber tarios estaban imbuidos de estos conceptos. La mujer era una compa ñera, y tenía derecho a desenvolverse como quisiera y a tener activida des propias, pero sin chocar con el deber de ser madre, que estaba por encima de todo. No podemos entrar aquí en el análisis de la situación existente dentro de las diferentes clases sociales y grupos ideológicos. Pero lo cierto es que el contexto social daba muy pocas posibilidades a la mujer de que se sintiera con fuerza o con derecho a hacer reclama ciones en un ámbito que se saliera de sus derechos como madre y es posa. Los métodos anticonceptivos y la mujer Pensamos, pues, que es importante tener en cuenta esta situación social y conceptual de la mujer si queremos estudiar su actitud frente al sexo, la procreación y concretamente el uso de métodos anticoncep- tivos. Y debemos también considerar que el conocimiento de métodos para evitar la concepción debe analizarse por lo menos en cuanto a su posibilidad de transmisión por dos canales: uno, la comunicación per sonal, familiar; la otra, la comunicación escrita, la información a nivel profesional o intelectual. La comunicación personal, entre familiares, vecinas, comadronas o curanderos es enormemente difícil de conocer. Se trata de cuestio nes íntimas, prohibidas, penadas, que deben mantenerse en secreto. En Gran Bretaña y también en Francia se han hecho estudios sobre esta vía de transmisión de conocimtentos y sobre el uso de técnicas an ticonceptivas; no sólo sobre el coitus interruptus, ampliamente utiliza do en todos los países, incluida España (nos los indica la fuerte reac ción condenatoria de la iglesia y la realidad de la existencia de un cierto control de natalidad), sino del uso de esponjas, diafragmas, duchas va ginales y diversas sustancias químicas. También se sabe que se utiliza ban métodos de abstinencia parcial, ligada al ciclo ovulatorio. El pro blema es que, como el ciclo menstrual y el momento de la ovulación no se conocieron realmente hasta la década de los años veinte (Ogino publicó sus trabajos en 1923), y se creía que el período ho fértil era jus tamente el que tiene más probabilidades de que se produzca la ovula ción, el método no era en absoluto efectivo, más bien todo lo contrario. En España hay poquísimos datos sobre los métodos caseros. No sa bemos, ni tenemos idea que nos permita valorar de alguna manera en que proporción se utilizaban. Sólo las indicaciones que nos pueden dar los estudios de natalidad que demuestran que se produjo descenso de natalidad, sobre todo, como sucedía también en otros países, en las cla ses medias. Una encuesta realizada por el Ateneo a lo largo y ancho de todo el país y muy minuciosa, encuesta que se desarrolló entre 1900 y 1914 (16), presenta respuestas sobre este tema de una sola provincia espa ñola, Santa Cruz de Tenerife. Bajo el Título «Práctica para no ser fe cundada» dice: « 1. Tomar un vaso de agua antes del coito. Tomar un vaso de agua en ayunas con polvos de alcanfor. Tomar, a la mañana siguiente del coito, una taza de culandrillo. Beber una infusión de alquilara o servilleta o chupar la raíz. S. Cubrir la mujer al hombre. » En cuanto a la comunicación escrita o a nivel profesional, debemos decir que fue enormemente escasa. La información sobre técnicas an-Ase le pio- II-1990 ticonceptivas se produjo, en general, a partir de grupos minoritarios, como la mencionada Liga de Regeneración Humana y la revista Salud y Fuerza y sus publicaciones y conferencias, todo ello a comienzos de siglo (17). En El Socialista aparecía publicidad de preservativos, pero no llegaba a publicar sistemáticamente artículos sobre el tema. Debe mos decir, además, que anarquistas y socialistas, aunque apoyaban las reivindicaciones feministas y las luchas -al nivel modesto que existían-por los derechos de la mujer, no eran grandes partidarios del control de natalidad. Por lo menos no fue así hasta casi entrados los años treinta, en que algunas figuras, en general abogados -como Jiménez de Asúa o Noguera, o pedagogos como Luis Huerta-pero rara vez médicos, comenzaron a plantear el control de natalidad como medio de evitar males mayores: como el aborto o el infanticidio (muy abun dantes ambos) e incluso como defensa de la libertad y dignidad de la mujer. Creemos que fue una postura minoritaria. En los años treinta el papel más importante con respecto a la difusión de los temas rela cionados con la sexualidad y la procreación lo tuvo la mencionada Liga para la Reforma sexual sobre bases científicas y su revista, Sexus (18). En este punto es necesario señalar que, tanto las posibilidades de acceso al conocimiento, como la reacción de la mujer ante el problema debían estar necesariamente condicionadas -con las siempre posibles excepciones individuales-, por la clase a la que pertenecían y por el medio, urbano o campesino, en el que se desenvolvían. Y también, cla ro está, por la condición de casada o soltera. Me explico: una mujer de clase media alta, aunque quizás más presionada por modos, costum bres y normas en unos aspectos, estaba, o podía estar, algo más en con tacto con el conocimiento científico, con la cultura en general, que una mujera obrera. También dada su condición más elevada, es posible que fuera objeto de más consejos e informaciones, aunque fueran veladas, tanto de médicos como de religiosos. Lo cierto es que la natalidad de las clases media y alta va descendiendo con los años, como indica en su estudio Severino Aznar ( 19). Las mujeres de clase obrera, urbanas, tenían, indudablemente, mu cho menor contacto con la cultura. Su información provendría de otras mujeres o de curanderos o comadronas. Y muchas veces sería, claro está, falsa, así como lo eran la mayoría de los productos para abortar. Los hijos podían ser más brazos, pero en momentos de crisis eran sólo más bocas. Los abortos e infanticidios y el abandono, en la inclusa o no, eran abundantísimos. Y no digamos ya en el caso de las madres sol teras, rechazadas totalmente incluso por instituciones de caridad. Las mujeres campesinas casadas quizás tuvieran menos interés en controlar la natalidad, ya que el aumento de brazos podía ser más im portante que lo que significaba un aumento de bocas. Sin embargo, en épocas de agudización de la crisis, como sucedió tanto a finales del si glo XIX como después, alrededor del año veinte y alrededor del trein ta, lo que solía contar era el peso de las muchas bocas. La mujer, pues, además de pertenecer a una clase social pertenecía a una sociedad dada, la española, con sus particulares características, entre ellas una fuerte moral tradicional y una Iglesia que a lo largo del siglo XX va aumentando su organización y poder, manteniendo las pos turas más tradicionales y conservadoras que darse pudieran dentro de la propia iglesia. Iglesia que, además, fue motor de la organización de algunos grupos «feministas», que planteaban sus reivindicaciones siem pre dentro de lo que fuera mejor para sus papeles de madre y esposa. La mujer, insistimos, además de estar fuertemente condicionada por toda esta estructura ideológica, y de pertenecer a un determinado ni vel social que también la condiciona, es considerada, gracias a la bio logía y a la ciencia, como un ser inferior al hombre. La medicina y los médicos Pensamos que los médicos españoles contribuyeron en gran medida tanto a la falta de información correcta de las mujeres con respecto a los métodos anticonceptivos, como a la consideración de éstas como seres biológicamente inferiores al hombre en cuanto al intelecto, a su capacidad para desarrollar actividades intelectuales y profesionales. Indudablemente no todos los médicos tenían la misma actitud, pero la revisión de publicaciones, alguna tan representativa como El Siglo Mé dico, demuestra que ni siquiera a nivel profesional se informaba sobre el control de natalidad y los posibles métodos anticonceptivos. Ni si quiera se constata, en la publicación antes citada, la valoración de lo que significó el descubrimiento del ciclo menstrual y la propuesta de Ogino para controlar la natalidad. Tampoco a finales de los años vein te se ven artículos sobre este tema, a no ser en publicaciones especiali zadas, tanto libros como en la mencionada revista Sexus. Sin embargo, se produce en esos años, finales de los veinte, una amplia movilización a favor de la educación sexual, de la eugenesia, etc. Sólo en este terre no, el de la eugenesia, se oyen voces que hablan del control de la natali dad como medida útil y casi imprescindible para evitar la alta tasa de Asclepio- II-1990 mortalidad infantil, el aborto y el infanticidio. Pero las que se oyen no son precisamente voces de médicos. En el Primer Curso Eugénico Es pañol (20), suspendido por la Dictadura de Primo de Rivera -gracias a las fuertes presiones de la Iglesia y la burguesía bienpensante-por su llamado carácter «pornográfico», los que defendieron el control de natalidad y la anticoncepción fueron los abogados Jiménez de Asúa y Joaquín Noguera, y no los médicos Recaséns, Estella o Sanchís Banús. Tampoco Marañón, -que no llegó a pronunciar su conferencia en este curso por la citada suspensión-propuso nunca ninguna medida de con trol de natalidad que no fuera la abstinencia, aceptada por la iglesia. En cuanto al tema de la inferioridad biológica de la mujer, el ma yor conocimiento científico que van adquiriendo nuestros médicos a lo largo de las primeras décadas del siglo, y lo más ajustado de sus co nocimientos, hicieron que en cierta medida perdiera fuerza el concep to de «inferioridad» en su sentido total y absoluto. Quieras que no, la mujer había demostrado en muchos casos que sí tenía capacidad para el trabajo intelectual, y la realidad hacía evidente, en aquellos años vein te del cambio en el vestir, del pelo a la «gar�on» y del automóvil, que la tal inferioridad femenina era muy relativa. Se comienza a hablar en tonces no de «inferioridad» sino de «especificidad» biológica. La mujer, se dice, no es inferior sino diferente, hecha por sobre todas las cosas para los altos fines de la maternidad, que se da a entender es casi in compatible, a la hora de la verdad, con otros fines. No es que fuera in compatible, ni mucho menos, con una buena educación de la mujer, pues esto contribuiría a que fuera mejor madre y más completa. Pero siempre que todo aprendizaje o actividad estuviesen subordinados a la función de madre y contribuyesen a mejorarla. La profesionaliza ción parecía ser el aspecto más incompatible con tal fundamental la h. -:)r. Claro que obreras y campesinas, empleadas de servicio o lavande ras, seguían trabajando duramente sin grandes protestas por parte de los bienpensantes. Era penoso, pero no parecía tan reprobable como que una madre burguesa abandonase unas horas a sus retoños para acudir a una oficina. Evidentemente había sectores de la sociedad que no estaban de acuerdo con esta postura de marginación de la mujer, pero en mayor o menor medida se aceptaba -cuando se podía, claro la subordinación de toda actividad al papel de madre. De todo es conocida la enorme importancia de Marañón y de su pen samiento en el ambiente cultural español de los años veinte y treinta. Su prestigio era enorme, tanto entre los médicos como a nivel popular entre las clases medias y la juventud universitaria. Según recuerda mi madre, el libro de Marañón Amor, conveniencia y eugenesia, publicado en los años treinta, fue enormemente popular entre los jóvenes de las clases medias y entre los universitarios. Por esta razón tomaremos a Marañón como ejemplo de las ideas de un médico, digamos que no es pecialmente conservador, de talante liberal y muy considerado social y profesionalmente. Dice Marañón en «Biología y Feminismo», su conferencia de 1920: «CALIDAD.DEL RENDIMIENTO INTELECTUAL DE LA MUJER Otras varias razones, ya más conocidas hablan también en apoyo de la tesis de que las actividades que exigen un esfuerzo intelectual original son extrañas a la psicología normal del sexo femenino. Es una de ellas el escaso número de mujeres que han sobresalido en el mun do intelectual. » Piensa que algunas mujeres sobresalientes ha habido, pero: «tenemos que reconocer que al talento femenino, en general, aun que alcance límites avanzados de claridad y penetración, le falta ori ginalidad. Por eso en la ciencia las mujeres son buenas técnicas, pero no inventoras; y en el arte buenas ejecutantes, intérpretes y copistas, pero no suelen innovar nada. » Y continúa, para que se vea lo equilibrado de su posición: «A esto arguyen las feministas que el menor rendimiento intelec tual del sexo femenino se debe a que, ocupada la mujer en las labores caseras, no ha podido perfeccionar el desarrollo anatómico y funcio nal de su cerebro.» Pero no es este el problema, arguye Marañan: «Lo que en la mujer se opone al predominio de las funciones inte lectuales no es un inferioridad -funcional o anatómica-de su siste ma nervioso -en la cual yo no creo-, es simplemente su sexo, que indefectiblemente marca y marcará siempre otros rumbos a sus acti vidades. "¡Cuando se dispense a las mujeres más inteligentes de la preocupación de la prole! (Se refiere a una opinión de Cajal) Las más inteligentes, precisamente por serlo, si son mujeres normales, no aceptarán esa dispensa, no cambiarán por todo el ren dimiento de gloria que da el ejercicio social del intelecto, la pura y escondida alegría de ser madres por entero, sin restar un segundo al vulgar pero inefable "cuidado de la prole". » Asclepio- II-1990 El razonamiento es evidentemente maquiavélico. Parte de una apa rente postura de respeto y defensa de la mujer. No hay inferioridad cerebral, pero ¡hay sexo! y eso es suficiente. Si una mujer es inteligen te y normal, nos dice, siempre.preferirá, por encima de todo, el cuida do de la prole, que • se hace incompatible con otra actividad que roba ría tiempo a la más importante. Se deduce que una mujer que no sien te y actúa así será poco inteligente y anormal. Veamos lo que dice a continuación nuestra gran autoridad: Y aún queda la razón más fuerte en pro del carácter heterosexual de la actuación social de la mujer. Y es, que muchas de esas mujeres que justamente han alcanzado la celebridad, en el terreno en que la alcanzan los hombres, han sido poco mujeres, han tenido en sus ras gos físicos, en su sensibilidad, en su mentalidad tonos marcadamen te masculinos. » (... )« Y téngase en cuenta que esta tendencia puede coe xistir con una perfecta maternidad, (¿ en qué quedamos, pues?), como ocurría -y lo cito por ser un ejemplo tal vez el más excelso y respetable-en nuestra doña Concepción Arenal, que junto con el co razón más femenino de su tiempo, poseía un cerebro enteramente va ronil, vistiendo a veces la indumentaria de nuestro sexo, y adoptando tocados y actitudes, dentro de su nobleza, muy de hombre, como pue de verse en los retratos que de ella se conservan. Un poco de verdad hay, pues, en el concepto de Moebius, cuando afirma que "la mujer científica o artista es un producto de degeneración". » Y remata Marañón este prodigio de argumentación de esta manera: «La mujer normal, por consiguiente, en nuestros tiempos, como en los antiguos, tiene y tendrá siempre, como misión fundamental, el ejercicio de las funciones sexuales primarias que constituyen la ma ternidad. Las leyes biológicas son invariables; están por encima de toda discusión literaria y filosófica; y estas leyes marcan, con inequívoca certeza, la verdad que acabamos de enunciar» (21). Independientemente de que sea falsa la existencia de unas leyes bio lógicas que apoyen las afirmaciones de Marañón, su argumentación es totalmente circular, de manera que siempre será imposible demostrar que una mujer y por tanto las mujeres pueden realizar trabajos inte lectuales válidos, e incluso hacerlos perfectamente compatibles con una buena maternidad, si cada vez que se constata tal situación se dice que tal mujer es anormal. Por lo tanto todo lo que hace Marañón es afir-mar algo de lo que él está convencido, puesto que piensa que las hor monas son determinantes del comportamiento hasta en sus más nimios detalles y, además, hace incompatibles la función de pensar con la de tener hijos. Pensemos lo grave de tales argumentos situándonos en aque lla época. Que una figura tan significativa dijera tales cosas, en tono protector y paternalista, y lanzando toda la ciencia y las leyes de la bio logía encima de la cabeza de las pobres mujeres, debía obtener como resultado el que muy pocas se atrevieran a contradecir tales argumen taciones, so pena de ser tachadas de anormales. En cuanto al-control de natalidad, ya hemos dicho que la postura más frecuente de los médicos fue la de abstenerse de opinar. Ni los mé dicos eugenistas de comienzo de siglo, ni los posteriores defensores de la educación sexual, de la maternidad consciente y de, incluso, la este rilización de anormales, se refieren a los métodos anticonceptivos. En realidad es la misma postura que adoptaron los médicos ingleses en el siglo XIX. Revisando las ponencias presentadas en el año 1933 a las Primeras Jornadas Eugénicas Españolas (22), en las que participaron unos 50 in telectuales, vemos que de más de veinte médicos participantes hay só lo cinco que se refieran al control de natalidad. Y era una reunión de intelectuales progresistas. Yagüe y Espinosa, secretario de la Sociedad Española de Higiene, habla del certificado prenupcial y del problemaa de las uniones fuera del matrimonio; hecho este, que, dice, es muy frecuente que se produz ca en todas las clases sociales: «las más de las veces con prácticas neo malthusianas que evitan engañosamente el deshonor». Opinión, por tan to, en contra de tales práctica «neomalthusianas». Francisco Haro, reputado tocólogo y ginecólogo y veterano y entu siasta eugenista (23), en su comunicación «Concepción y Anticoncep ción» dice que las indicaciones de los «anticoncepcionales» son: enfer medad o taras, razones económicas, de higiene, o razones particulares y sentimentales. Señala Francisco Haro que los anticonceptivos deben utilizarse en circunstancias muy especiales, pero da la clasificación de ellos establecida por Mary Carmichel Stopes y también explicaciones detalladas sobre su uso. Apoya, pues, el uso de métodos para controlar la natalidad. José María Otaola, tocólogo y ginecólogo dice, también en.«Concep ción y Anticoncepción>�: «Que algunos pretendan privadamente evitar la concepción con su propia responsabilidad, es un derecho individual Asclepio- II-1990 discutible según el punto de vista desde el que se enfoque la cuestión; pero si la procreación ilimitada se extiende a los inadaptados, la cues tión toma otro aspecto... » Otaola, -ambiguo en cuanto al derecho indi vidual al control de natalidad, es, sin embargo, partidario de la esteri lización cuando de inadaptados sociales se trata. Jimena Fernández de'la Vega en «La herencia biológica en el hom bre», además de indicar que en las capas sociales con mayor persona lidad, la natalidad estaba disminuyendo en proporciones extraordina rias, por limitación voluntaria de hijos y por disminución en el núme ro de matrimonios, dice: « Racialmente sólo tiene interés aquella medi da social que tiende a evitar el aumento de los imbéciles y ae los crimi nales y sólo estos... », o sea que racialmente sólo inter.esába la esterilización. Sin embargo, agrega, si se limita la natalidad y se dis minuye la mortalidad se eliminan las posibilidades de selección natu ral y se para el proceso evolutivo. Desde este punto de vista,.de aplica ción de la selección natural a la sociedad, Jimena Fernández de la Ve ga, llevada del cientificismo de la época, ve como negativo el control de natalidad (24). El único que es claro y transparente en su conferencia sobre «Peda gogía sexual» es Gonzalo Rodríguez Lafora. Dice que en la educación sexual postpuberal deben reflejarse dos aspectos, uno filosófico y otro médico, higiénico y eugénico. «El aspecto médico se orienta hacia la prevención de las enfermedades sexuales, la generación consciente y eugénica, la prevención de la concepción y otros aspectos del problema.» Piensa Lafora que en la moderna educación sexual son muy importan tes los «medios anticoncepcionales», a los que Bernard Shaw ha deno minado «el gran invento del siglo». Pero, observa el autor, el aspecto negativo que presentan estos métodos es que; como siempre, todo re cae sobre la mujer. Lafora, con su excelente formación científica y su claridad al ha blar. de tan escabroso tema, es una excepción entre los médicos. La.pos tura de los médicos en general, de la corporación médica, fue, como hemos dicho repetidamente, de oscurantismo. Pensamos que esta pos tura negativa y regresiva que suele mantener la corporación médica tiene nefastas repercusiones sociales. El oscurantismo que siempre han mantenido sobre los temas sexuales han contribuido a la desinforma ción, las prácticas abortivas no controladas, la mala higiene y trata miento de este tipo de problemas; y ha contribuido, claro está, a man tener a la mujer en una situación de culpa por un lado y de indefensión por otro. Angus McLaren (Ver nota 4), que ha estudiado el comporta-miento de los médicos en Gran Bretaña con respecto a esta cuestión, considera que estos profesionales sentían que la contracepción era, al quedar la decisión y la realización en manos del matrimonio, y peor aún, en manos de la mujer, un ataque a su control profesional, a su papel también de árbitros morales, y a su papel de machos. No debemas olvidar cuál era la tónica general imperante en cuanto a la consi deración de la mujer, que hemos visto a través de los escritos de Mara ñón. Es interesante destacar cómo abogados, pedagogos, publicistas e incluso teólogos progresistas, participantes también en las Jornadas Eugénicas, fueron mucho más claros en sus posturas no sólo con res pecto al control de natalidad sino también con respecto al papel de la mujer, frente a la cual manifiestan posturas mucho más progresistas que los médicos. Así puede comprobarse en los escritos de Jiménez de Asúa, Joaquín Noguera, Luis Huerta o Hildegart. Como hemos dicho, pues, pensamos que la figura que más podía ha ber contribuido a mejorar el nivel sanitario, de información sexual, evi tando que muchas mujeres cayeran en manos de comadronas sin es crúpulos, de curanderos o de estafadores vendedores de productos abor tivos, anticonceptivos, etc., y contribuyendo a un mejor dominio de la mujer sobre su propio cuerpo, el médico, no sólo no cumplió con tan. hermoso papel sino que fue, frente a otros profesionales, una fuerza regresiva, de freno de la difusión del conocimiento. En resumen, pues, las mujeres españolas tuvieron escaso conoci miento, y malo, de los posibles métodos anticonceptivos, incluido el mé todo Ogino. Abundaron las altas tasas de natalidad y también la alta mortalidad infantil, el aborto clandestino y el infanticidio. Sin duda, la pertenencia a determinadas clases sociales permitió el acceso a cier tos conocimientos sobre los métodos anticonceptivos, ya que las da� ses medias y altas manifiestan en los años veinte y treinta un claro des censo en la tasa de natalidad. ticoncepcional, Valencia, 1931, etc (6) El Utilitarismo, doctrina moral y política que predicaba la búsqueda de la mayor. felicidad para el mayor número, recibió su forma teórica más desarrollada y completa de manos de J. Bentham (1748Bentham ( -1832)). Entre otros aspectos, buscaban el perfeccionamiento del hombre a través del progreso, y siempre tomando como medida de todo la búsqueda de la. felicidad. (8) La gran labor realizada por Florence Nightingale fue, justamente, establecer con diciones higiénicas y organizar las enfermerías, organizando posteriormente un cuerpo de enfermeras profe" sionales que comprendieran la importancia de tales medidas. Su ac ción fue fundamental para salvar vidas de heridos en la guerra de Crimea. (9) PAUL R0BIN (1837R0BIN ( -1919)), pedagogo neomalthusiano, abandona las alternativas re volucionarias de su época para, influido por el positivismo, buscar un camino de refor ma del ser humano. La regeneración del hombre girará en torno al problema de la su perpoblación de la tierra y a la _desigualdad intelectual existente entre los individuos. Afirmará que la solución de la cuestión social depende de las medidas que se arbitren para frenar el crecimiento de la humanidad. Se preocupó, además, por la enseñanza in tegral, preocupación e interés que compartió Ferrer i Guardia. Buen nacimiento, buena educación, buena organización social serían los puntos centrales de la búsqueda de un nuevo orden social. Robin fundó la Liga de Regeneración Humana en 1895, planteando como uno de los puntos esenciales el neomalthusianismo. No fue apoyado ni por los so cialistas ni por los anarquistas, que no estaban de acuerdo con el neomalthusianismo. 383, se dice: «Ha aparecido el primer número de una revista mensual, órgano de la sección española de la Liga de Regeneración Humana. Se dedica a propagar la procreación consciente y limitada de la especie humana. El criterio que sustenta dicha revista en el terreno político y religio so es anárquista y ateo; en el terreno económico, cree que la procreación abundante y natural es un mal para la misma especie y hay que limitarla, según esos neo malthusianistas, en bien de todos. Nuestro criterio en este punto, es que el anarquismo malthusianista es un anarquismo que ha producido el modo de ser de la familia y de la producción actual, que no son, por cierto anarquistas. » (11) En 1883, en su libro lnquiries into Human Faculties, decía Galton que su inten ción era «mencionar varios tópicos más o menos conectados con aquello del cultivo de la raza, o, como podemos llamarlo, con las cuestiones eugénicas. Esto es, con problemas relacionados con lo que se llama en griego eugenes, es decir, de buen linaje, dotado here� ditariamente con buena cualidades. En 1904, cuando Galt�n propone a la Universidad de Londres el montaje de un Labo ratorio de Eugénica, se forma un comité, en el que también él participa, que elabora una definición de eugenesia que será la que en adelante se difunda: «La expresión Eugénica Nacional se define aquí como el estudio de los medios que están bajo control social que pueden beneficiar o perjudicar las cualidades raciales de las generaciones futuras, tanto física como mentalmente. » (12) La comunicación que presentó Ignacio Valentí y Vivó al Primer Congreso Inter nacional de Eugenesia se titulaba The History of a Healthy Sane Family, showing Longe vity, in Catalonia. » (13) A finales del siglo pasado y comienzos de este, la crisis hizo surgir lo que se lla mó movimiento regeneracionista. Se consideraba que existía una situación de decaden cia nacional. La raza y el estado en el que se encontraba el pueblo español se considera ban parte fundamental de ese fenómeno. Hubo protestas por esta actitud como la de Jaime Vera, que dice: «Bajeza es adular al pueblo. Injusticia insigne cargarle las culpas por los mismos que las cometieron y siguen cometiéndolas. Hasta hay quien declara al pueblo español incapaz de remedio por condiciones étnicas y antropológicas, por su cráneo y su cerebro.» (14) Un salmantino, Federico Gómez-Arias, estableció en su provincia un premio anual de mil pesetas «a una señorita de Salamanca de buena constitución física, robustez, salud, belleza, buena conducta, instrucción elemental al menos y edad de quince a veintitrés, que vaya a unirse canónica o civilmente a un hombre de análogas condiciones físicas y morales y cuya edad sea acomodada a la de la novia». (17) Salud y fuerza Revista Mensual Ilustrada de la Liga de Regeneración Humana, cuyo fundador fue, en 1904, Luis Bulffi, contaba además con.una «Biblioteca» en que ofrecía obras como Exposición de Doctrinas Neo-malthusianas y ¡Huelga de Vientres! del mismo Bulffi, El problema de la población de S. Faure, Inmoralidad del matrimonio, La préservation sexuelle, Le Bréviaire de la femme enceinte etc. En los anuncios de la Revis ta se podía leer: «Conos Preservativos del embarazo y de las enfermedades sexuales, del Dr. Mascaux»; «Formolodor Veignault, Esterilizante el más poderoso »; «El Obturador Uterino, evita los embarazos contraindicados », etc.. (18) La rama española de la Liga para la Reforma Sexual sobre Bases científicas se fundó en 1932. Su primer presidente fue Marañón, pero en 1933 su presidente era Juan Noguera. La secretaría seguía siendo Hildegart. La Liga publicaba la revista Sexus, que tenía también a Hildegart como secretaria, y cuyo Comité de Redacción estaba compuesto, en su primer número, de octubre-noviembre de 1932 por Vital Aza, F. Haro, Luis Huer ta, César Juarros, Luis Jiménez de Asúa, Gregario Marañón, José María Otaola, Mariano Ruiz Funes y José Sánchez Covisa. (19) AZNAR, Severino (1929): «El promedio diferencial de la reproductividad de las cla ses sociales de Madrid», Boletín de la Universidad de Madrid, enero de 1929, núm. 1. (20) El Primer Curso Eugénico Español, organizado por Gaceta Médica Española y al que se adhirieron la Sociedad Española de Biología, la Sociedad Española de Antro pología, la Sociedad Ginecológica Española y el Colegio de Doctores de Madrid. Sólo se realizaron cinco: «Eugenesia y procreación» por Sebastián Recaséns; «Aspecto jurídico de la maternidad consciente» por Jiménez de Asúa; «Los niños que vemos en nuestros hospitales» por el Dr. J. Estella; «La maternidad y el infanticidio ante el derecho» por Joaquín Noguera
En primer lugar, quisiera señalar algunos aspectos generales que creo deben ser tenidos en cuenta. Comenzando por el propio término de «sexualidad», concepto que puede indicar múltiples aspectos del ser sexual, y que puede referirse a formas o modalidades parciales de ese ser sexual. En general al referirnos a sexualidad nos referimos al com portamiento sexual. Pero más importante aún, y sobre todo para la me dicina, es el concepto de «normalidad». Las variaciones de este con cepto, vago pero manejado por todos como punto de referencia, han servido para el establecimiento de valoraciones dentro de la sociedad, para establecer los límites de la marginalidad y, en medicina, de lo pa tológico. En el caso del sexo es evidente, así como las variaciones que ha sufrido y sufre esta idea de «normalidad». El establecimiento de un concepto más o menos estricto de norma lidad obligará a una educación y control del comportamiento sexual rígido y extendido a muchos ámbitos: familiar, escolar, religioso, mé dico y social. Cuando• el concepto de normalidad se hace más laxo y se tiende a no poner excesivos límites al comportamiento sexual, la edu cación y la patología se hacen menos importantes (1). El concepto de normalidad, la norma de comportamiento sexual existente en la Espa ña de comienzos de siglo, era tremendamente restrictivo, aceptando sólo la actividad sexual como actividad procreadora. Prácticamente no había referencias -más que en escritores malditos o en grupos marginales al placer sexual. El llamado «instinto sexual» se identificaba con el lla mado «instinto de procreación». Todo lo demás era pecado o, incluso, delito (2). El sexo, la sexualidad, el comportamiento sexual en fin, tiene fuer- tes repercusiones sociales y económicas; por eso es una preocupación socio-política aunque se trate de un comportamiento de «puertas aden tro». Del sexo depende la población, su cantidad y su calidad. El.núme ro, elemento esencial en todas las épocas, como vemos en la nuestra, y también la calidad, la necesidad de la regeneración de las razas o de la �aza humana en general, como propugnaba la eugenesia. / El control de la procreación, pues, ha sido una necesidad esencial, • y la forma de procrear se ha reglamentado desde la religión, desde la moral, desde la política y desde la medicina, impregnando religión y moral las opiniones científicas y técnicas de los otros sectores. Reli gión y moral puestas al servicio de ciertas ideologías pueden conseguir unas concepciones muy rígidas y reglamentadas del comportamiento sexual, como sucedía en España, cuya educación estaba, además, con trolada también por la Iglesia. Una sexualidad rígidamente orientada hacia la procreación dentro del matrimonio. Pecado de todo sentimiento fuera de esta norma. Cas tigo de todo comportamiento fuera de la regla, castigo legal de madres e hijos que concibieran o fueran concebidos fuera del matrimonio. Por esta tazón todos los intelectuales y profesionales que más adelante lu charán por una educación sexual y una nueva moral sexual insistirán en la necesidad de evitar, en los jóvenes, el castigo de los comporta mientos sexuales considerados inadecuados y los sentimientos de pe cado y delito. El hombre, tan pecador como la mujer, no tenía el mismo castigo legal y ni siquiera social, que ésta. La enorme estrechez de la norma hacía que la mayoría de los comportamientos estuviesen fuera de la norma. Y la diferencia en la consideración del pecador y delincuente según fuera hombre o mujer, establece la tan mentada y después com batida -en gran medida para eso quiere establecerse después la edu cación sexual-«doble moral sexual» (3). En el hombre se aceptaban el adulterio, el recurso a la prostitución y la paternidad fuera del ma trimonio, aunque la madre y el niño fueran castigados legalmente, de jándoles sin derechos y culpándoles socialmente (4). La norma, la normalidad sexual, se «enseñaba», se transmitía desde la infancia en la propia familia, en la educación, desde el púlpito o por medio del médico de la familia que aconsejaba o participaba muchas veces de los problemas sexuales de los niños o jóvenes. Existía, pues, una educación sexual, aunque no establecida como tal. A lo largo de los primeros veinte años del siglo se comienzan a oír voces -y no sólo la de grupos políticos más radicales como los anar-quistas, o las de algunos individuos aislados y mal vistos, como los es critores de las llamadas «novelas eróticas», -Pedro Mata, Felipe Trigo, Hoyos y Vinent, Zamacois, etc.-de personas autorizadas y socialmente admitidas, fundamentalmente médicos, que luchan por una legislación más justa para madres e hijos ilegítimos, que buscan la protección de la maternidad y la infancia -Madrazo, González Alvarez, Martínez Var gas, etc.-. Por otra parte comienzan a circular ideas «positivistas», «biologicistas» y «naturalistas». La ciencia comienza a ser un patrón• de valoración, y la sexualidad comienza a considerarse algo «natural». En los años veinte los intentos de ruptura con la vieja y estrecha norma se hacen más evidentes. Son ya grupos de profesionales e inte lectuales los que elevan su voz contra la vieja moral sexual o doble moral sexual. La vieja norma ya no sirve para los nuevos tiempos. En Euro pa, la guerra ha contribuido a cambiar, aunque fuese temporalmente, el papel de la mujer. Esta se siente con derechos y lucha por ellos. Se sube las faldas y se corta el pelo, conduce coches y juega al tenis. En la Sociedad Española de Higiene se discute, en definitiva, la redefini ción de los conceptos de «femineidad» y «masculinidad». La medicina está estrechamente ligada a las cuestiones de la sexua lidad. Por una parte, por esa consideración de anormalidad que se daba y se da a todo comportamiento fuera de la norma, ligándolo, fundamen talmente, a alteraciones mentales. La psiquiatría, pues, es parte fun damental del juego del establecimiento de la normalidad sexual. Y son los psiquiatras quienes más se refieren no sólo a la patología sexual, sino a la educación sexual y a cómo debe realizarse, pues se está ju gando con la salud mental. En 1930, la Liga Española de Higiene Men tal propuso, como problema a discutir en el Congreso de 1932, el tema de la Educación Sexual, «por ser cuestión de gran importancia y que interesa a médicos, pedagogos, filósofos, juristas psiquiatras» (5). Por otra parte, la enorme difusión de las enfermedades venéreas hacía, in dudablemente, que fuera importante la participación médica. La gran cantidad de publicaciones que sobre el sexo y la sexualidad aparecen en España a partir, diría yo, del año 1926 -comienzo del final de la Dictadura de Primo de Rivera, quizás momento en que ya los in telectuales y profesionales decepcionados de ésta, en la que en cierta medida habían confiado, comienzan a reaccionar-permiten ver, por un lado, cuáles eran los temas claves que se debatían, y por otro lado, cómo se iban marcando las diferencias según las bases ideológicas y religiosas de cada uno. La radicalización y politización de los diversos sectores se hizo más evidente en los años treinta, como es lógico, cuan-do no era ya una lucha conjunta contra la Dictadura o contra la Mo narquía. En un principio; la lucha contra la doble moral sexual, contra la vieja moral sexual era unánime. Todos pensaban que debía ser transforma da, y el mejor instrumento de transformación, además de la legislación adecuada, debía ser la educación sexual. La educación sexual debía ser el medio para que hombres y mujeres adquirieran un nuevo concepto, una nueva norma• de sexualidad, que permitiera, a su vez, evitar los males de la época -enfermedades, abortos, infanticidios y abandonos, mala procreación, prostitución-y crear una nueva mo: ral sexual más acorde con los tiempos. En este aspecto, la definición de papeles, la ca racterización de femineidad y masculinidad eran muy importantes por el papel que la mujer comenzaba a jugar dentro de la sociedád. Y es en estos aspectos donde más se notan las diferencias entre los médicos que se refieren a la educación s�xual. Se manifiestan así las contradic ciones de individuos que, llevados por unas concepciones poljticas y una nueva concepción científica, han sido educados dentro de esá vieja moral sexual que atacan, y dentro de un catolicismo muy conservador y reaccionario. Esto les lleva a defender, por un lado, la necesidad de ciertos cambios que estén de acuerdo con la biología y con una sexua lidad «natural», pero también a mantener ideas que afirman los pape les más tradicionales, los conceptos más retrógrados de «femineidad» y «masculinidad». Ejemplo de esta actitud fue la de Marañón. Popular defensor de una nueva sexualidad, leído y escuchado por universitarios progresistas, su discurso en Amor, conveniencia y eugenesia, y en Tres ensayos sobre la vida sexual (6), se centra en demostrar, en una especie de sociobiolo gía muy al uso en evolucionistas «al día», el maravilloso papel de la mujer como ser reproductor y como madre. Como tal, debe seleccio nar al macho adecuado, y el macho adecuado en la sociedad es el bien situado social y económicamente. El hombre, a su vez, debe buscar a la hembra más adecuada para ser madre. Por tanto, con cualidades fí sicas y mentales apropiadas, sin necesidad de tener una posición so cial o económica superior. Aboga, pues, por el matrimonio de conve niencia• -aunque la situación ideal es que tamhién'sea por amor porque el fin último del sexo es la procreación. Por otra parte, desde el punto de vista de la educación sexual, la mujer debe ser educada para el matrimonio y la maternidad, pero no ya como antes. La cultura ele mental, dice, debe ser igual en la niña y en el varón, y se debe realizar con coeducación. Pero, indica: «Lo menos es lo que aprende: esto siem- Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es pre es lo de menos. Lo importante es asomarse al otro mundo, al de la vida del varón... » porque es una forma de adquirir naturalidad en las relaciones. Y agrega, «Lo fundamental es que ninguna de ellas será ya la madre pasiva, resignada y fanática, víctima de su.propio instinto generoso». Y como está demostrado que, aunque hombre y mujer deben ser considerados iguales porque todos los trabajos son válidos, la rea lidad es que son diferentes biológicamente, no es necesario para la tarea fundamental de la hembra que ésta realice estudios universitarios. Se ñala entonces que, aunque el hombre ha limitado arbitrariamente la capacidad de acción• de la mujer, al obrar así «no creaba en realidad una injusticia, sino tan sólo intrepretaba abusivamente un estado de desigualdad natural e inmodificable entre ambos sexos». «Como regla general -dice-no creemos admisible el que la cultura definitiva de la mujer sea la misma del varón. Ni, por tanto, que su actividad social se encauce por los mismos carriles que la del hombre» (7). Esta postura tradicional con respecto a la mujer era mantenida por gran número de médicos. La figura de maternidad, defendida más mo dernamente en cuanto a sus derechos, incluso fuera del matrimonio, seguía siendo un elemento esencial, porque el problema de la cantidad y calidad de la población continuaba siendo crucial. Las transformaciones fundamentales de los conceptos de sexuali dad, y dentro de ella, de masculinidad y femineidad, necesitan de trans formaciones económicas y sociales para poder producirse realmente. Para los grupos de pensamiento más a la izquierda, y que buscaban una transformación del orden social, la mujer debía adquirir el dere cho a su libertad económica y a su propia sexualidad. Era lo que mani festaban los anarquistas, aunque defendiendo o protegiendo la cues tión de la procreación. Para muchos de los republicanos, liberales y más o menos izquierdistas que luchaban por el proyecto republicano, la educación, y dentro de ella la educación sexual, era el medio de trans formación, o más bien reforma del orden social. Un grupo de médicos, muchos de ellos psiquiatras, lleva el problema a la calle, a la discusión pública y en su día a las Cortes Constituyentes -es interesante recor dar que el 10 por 100 de los diputados de estas cortes eran médicos entre ellos J uarros y su lucha abolicionista, Lafora y sus polémicas y sus escritos sobre educación sexual, y algunos otros que participan en el Primer Curso Eugénico Español -suspendido por la dictadura a ins tancias de la iglesia, en 1928-y después, en 1933, en las Jornadas Eugé nicas (8). Esta lucha, y las manifestaciones de estos médicos, eran expresión de un deseo de reformar un orden social, de romper con una moral es trecha y caduca. Sus manifestaciones sobre la sexualidad, y lo que pre tenden con la educación sexual, además de integrar los nuevos conoci mientos científicos y médicos, manifiesta sus distintas orientaciones en cuanto a qué cambios desean y hasta dónde quieren llegar con esa reforma social. Veamos ahora algunos de los contenidos de esa nueva moral sexual que se quiere. En general hay unanimidad en la necesidad de que-exista una edu cación sexual en cierta medida organizada, y conducida por especia listas. Indudablemente los padres y la familia son elementos esencia les de esa educación -así Hildegart en su folleto sobre educación se xual comienza con la educación de los padres (9)-pero debe existir una orientación profesional por parte de pedagogos y sobre todo de mé dicos. Y son los psiquiatras, no los que imparten esa educación desde la infancia, pero sí quienes opinan y dan nuevas normas sobre el com portamiento sexual. Son ellos los que deben decir qué es «normal» y que puede permitirse, y qué es «anormal» y debe evitarse, no ya con consideraciones religiosas, sino con afirmaciones científicas. En general se considera que la educación sexual debe impartirse al niño y al joven. Aquí se plantea un primer conflicto, el de saber cuán do comienza la sexualidad del ser humano. Para los escasos adeptos, o al menos conocedores, de Freud la sexualidad existe como impulso vital desde que se origina el ser. Para la generalidad la sexualidad co mienza en la pubertad, entre los 14 y los 21 años. Si es anterior, cae ya en la «anormalidad», se le llama «madurez sexual prematura» o pre cocidad sexual, como indica Lafora en su Pedagogía Sexual (10). Indica también Lafora que para algunos pedagogos es parte de la «dismorali dad constitucional» o «locural moral». Se dice que los niños con esta anormalidad son también mentirosos, ladrones, hiperfantásticos. La fora indica que la asociación no es constante, pero sí frecuente. Se aso cian las «anormalidades» sexuales con la delincuencia. Aunque tam bién reconoce Lafora la existencia de factores ambientales que pueden llevar a la precocidad en el comportamiento, sin que exista una verda dera precocidad sexual: libertad excesiva de los niños y necesidad eco nómica en los medios proletarios ( 11 ). Para Angel Suils, seguidor de Freud, el instinto sexual existe desde el primer instante de la vida y comienza a desarrollarse en la relación con la madre y con el padre. No voy a desarrollar aquí el discurso freu diano -mejor asimilado en este caso que en el de J uarros-sino que 206 Asclepio-11-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es lo que señala Suils son los múltiples caminos que a partir de aquí pue den surgir, y las múltiples trampas que aparecen en el desarrollo de una sexualidad «normal». Y dice: «De esta manera -por las múltiples trampas de mala información por compañeros o de las malas influen cias de profesores-caen en la enfermedad muchísimos indivi duos» (12). Por tanto, la educación sexual es necesaria para evitar anor malidades. Para él falta educación sexual a todos los niveles, y sobran malas influencias familiares y ambientales. «De todas estas maneras, dice Suils, el inconsciente resulta lesionado, originando las distintas psiconeurosis» (13). En resumen, para Suils la verdadera educación sexual sería la si guiente: «La verdadera conducción está en la activa adaptación paterna de los instintos de sus hijos a las necesidades de la civilización, en el te rreno moral, sin enseñarles desde el principio la conducta de los vein te años: en el religioso, no empezar por dogmas que en la misma edad adulta habrán de serles indescifrables; en el terreno sexual, menos ig norancia cultivada y menos cultivo de la hipocresía» ( 14). Su último apartado se dedica a buscar una nueva moral sexual «post psicoanalítica», que cifra en que el deseo moral es una fuerza instinti va tan fuerte como el instinto sexual. Hay que buscar la coherencia entre ambos, buscando la «naturalidad». Los psiquiatras de ideas más conservadoras parecen centrar su in terés en una educación sexual, por un lado del hombre con respecto a las enfermedades de transmisión sexual -así se discutía, dentro. de la búsqueda de medidas eugenésicas, el establecimiento o no de un cer tificado prenupcial obligatorio para el hombre (15)-, y de la mujer, en señándole a tener una buena preparación para el matrimonio y la ma ternidad. Los médicos, digamos que filo-anarquistas, mantenían posturas más radicales con respecto a la libertad de la mujer y a su derecho a la se xualidad, así como al trabajo. Las propuestas, entonces, iban por el ca mino de establecer leyes y medidas que permitieran la protección de la mujer embarazada, la protección de su puesto de trabajo y el conse jo médico. La revista Estudios publicaba gráficos enseñando los ciclos menstruales de la mujer y los períodos de fertilidad, así como la ana tomía de los aparatos reproductores, poniendo como material gráfico fotografías de personas desnudas en el campo o la playa, todo ello con una orientación naturista ( 16). En definitiva, e intentando resumir la postura de algunos de los psi- -11-1990 quiatras que hemos elegido como representativos de varias de las acti tudes hacia la sexualidad que en la España de los años veinte y treinta se mantenían, podríamos decir lo siguiente: Lafora quería, o así lo pa rece por sus escritos, una nueva moral sexual que permitiera, si no el matrimonio a prueba, algo parecido. Que se pudieran. formar matri monios bien avenidos en el sexo y en el amor, que tuvieran una pro creación sana de cuerpo y espíritu. Consideraba que para conseguir este fin se debía integrar la educación sexual a todos los niveles y den tro de las asignaturas normales de la enseñanza, no como cursos espe cíficos. Por otra parte, consideraba necesaria la sublimación del im pulso sexual en fines sociales, para evitar patologías y relaciones se.,. xuales sin amor. Suils quería evitar las múltiples patologías sexuales que la falta de educación y conocimiento permitía que se desarrolla ran. Juarros quería, por encima de todo, la abolición de la prostitución y la consecución del amor placentero y a la vez puro. Fernández Sanz quería mantener a ultranza los papeles tradicionales de femineidad y masculinidad, y, «la eterna e inevitable guerra de los sexos». Marañón, por su parte, deseaba que se mantuvieran los papeles tradicionales del hombre y la mujer, pero con madres algo menos torpes y aburridas. El ginecólogo Vital Aza -muchos ginecólogos participaban en estos debates-decía «no queremos hembras gozadoras estériles», mante niendo la identidad de sexo y procreación. Martí Ibáñez, Jesús Puente, y algunos otros anarquistas o cercanos a ellos, el derecho de la mujer a la sexualidad, aunque la necesidad inevitable de proteger la procrea ción les llevará a apoyar el matrimonio civil. Por fin, la guerra civil y el franquismo ahogaron todas estas alenta doras polémicas y todas las posturas moderadamente progresistas, para dejar al país sumido en la más oscurantista moral sexual. (1) Es interesante consultar, para conocer los conceptos de discusiones actuales sobre el sexo y la sexualidad, la obra editada por SHELP, Earl E. (1987): Sexuality and Medicine (2 vol), Dordrecht, Holanda. Algunos de los capítulos son especialmente interesantes para nuestra aproximación a la cuestión de la norma en la sexualidad, como el Prefacio de SABLE, Alan-(1987): Changing Conceptions of Human Sexuality, pp XI-XXIV, vol. I. (2) A principios de siglo sólo había algunas publicaciones, en general dentro de la órbita anarquista, que se insertaban dentro de las corrientes de liberación sexual. Entre ellas Salud y'Fuerza, revista mensual ilustrada de la Liga de Regeneración Humana, Liga creada a partir de la del mismo nombre liderada en Francia por Paul Robin. La revista llevaba por lema «Procreación consciente y.limitada», defendiendo pues el neomalt-208 Asclepio- (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es husianismo y difundiendo los métodos anticonceptivos del momento: Los «Conos pre servativos del embarazo y de las enfermedades sexuales, del Dr. Mascaux»; el «Formolo dor Veignault. Esterilizante el más poderoso, propio para las inyecciones diarias. Meda lla de oro en la Exposición de Higiene de París», o «El Obturador Uterino. Evita los em barazos -contraindicados-, Depositario: Dr. Queral», etc. Luis Bulffi, el fundador de la revista -fue fundada en 1904 y apareció en 1907-dirigía además una editorial que publicaba folletos y pequeños libros sobre los mismos temas, entre ellos uno del que era autor• él mismo, Huelga de Vientres, llamando, pues, también al control de natali dad. (3) En estos aspectos de la sexualidad del hombre y la mujer pesaban dos tipos de consideraciones importantes: por un lado, el establecer una «maternidad consciente» que permitiera una buena procreación y una disminución de la enorme mortalidad in fantil -además de los abortos e infanticidios-que en España existía; y un mayor con trol de las enfermedades venéreas buscando una disminución de la prostitución sin ne cesidad de establecer un reglamento de ella que resultaba inútil y contra el que también lucharon muchos de los médicos eugenistas, fundamentalmente, como gran adalid, el Dr. César Juarros. (4) Luis Jiménez de Asúa y Joaquín Noguera fueron grandes luchadores que defen dieron el derecho de la mujer a tener los hijos en condiciones dentro y fuera del matri monio, así como las leyes de aborto y divorcio. El Curso Eugénico de 1928 se suspendió justamente como consecuencia de la conferencia de Jiménez de Asúa sobre estos temas, «Aspecto Jurídico de la Maternidad Consciente», que indignó a las fuerzas católicas, como se manifestó a través de los artículos del periódico El Debate. Decía Jiménez de Asúa en esta conferencia: «Este Curso de Eugénica responde a una realidad ambiente. Nos hallamos en momentos en que España barre con prisas superlativas toda la fronda donde se ocultan los rancios prejuicios que afectan al problema sexual. Hace un decenio, acaso habría sido prematuro organizar un curso como éste; cuestiones que entonces no po dían ser esclarecidas en público, hoy se debaten a presencia de las gentes con decoro en el lenguaje pero con valentía de conceptos que nuestros padres no sospecharon» JI MÉNEZ DE AsúA, L. (1934): «Aspecto jurídico de la maternidad consciente», en Genética, Eugenesia y Pedagogía Sexual, Libro de las primeras Jornadas Eugénicas Españolas, Ma drid, pp. 333-341. Si se quiere más información sobre el papel de la eugenesia en España se puede consultar de ALVAREZ, R. (1988): «Origen y desarrollo de la eugenesia en Espa ña», en Ciencia y Sociedad en España, Madrid, pp. 179-204. ( do a Marañón como presidente y a la joven y famosa Hidegart como secretaría. Esta Liga publicaba la revista Sexus, en la que se contenían artículos de los más destacados médi cos españoles y extranjeros que se preocupaban por el tema. La propia Hidelgart publi có algunos libros y numerosos folletos, entre los que se encuentra el titulado Educación Sexual, que comienza justamente refiriéndose en primer lugar a la necesidad de educar a los padres para conseguir una buena educación sexual de la juventud. (10) LAFORA, G. RODRÍGUEZ (1934) (15) La cuestión del establecimiento de un certificado médico prenupcial tiene una larga historia en España -y en casi todos los países europeos y americanos-pues desde comienzos de.siglo se sintió la necesidad de utilizar un mecanismo de este tipo para el control de esas enfermedades que eran una verdadera plaga; la sífilis y la tuberculosis. A ello se agregó la actitud eugénica de controlar todas las taras que los futuros progeni tores pudieran llevar al matrimonio y por ende a la progenie. En definitiva, podemos decir que en pocos casos este tipo de certificación llegó a ser obligatoria, pero, sin em bargo, la utilidad de realizar un examen médico previo al matrimonio prendió en mu chos países y se integró a la medicina preventiva. Esto es muy notorio en algunos países de América del Sur. En España las propuestas de su establecimiento obligatorio comen zaron en 1915, y en los años posteriores hubo grandes discusiones sobre el tema, sin que se llegara a legislar. Era parte de los temas prácticos de la eugenesia. (16) En Estudios se publicaba el «Consultorio psíquico-sexual» conducido por Félix Martí Ibáñez, el conocido psiquiatra, eugenista y anarquista que en 1937 llegó a la Di rección de Sanidad de la Generalitat de Cataluña.
A bordo de ese vapor que ya había aminorado su marcha, vio de pronto la estatua de la diosa de la Libertad, que desde hacía rato venía observando, como si ahora estuviese iluminada por un rayo de sol más intenso. Su brazo con la espada se irguió como en un renovado movimiento, y en torno a su figura resoplaron los aires libres». No creo que pueda negarse que esta primera impresión que el joven inmigrante Karl Rossmann, de la Amerika de Kafka, recibe a su llega da al puerto de Nueva York encierra suficientes dosis de esperanza pero también de inquietud. El irónico «descuido» kafkiano al describir la estatua de la Libertad con una espada en la mano, en lugar de la antor cha, nos puede introducir adecuadamente en la realidad del inmigran te que no siempre encontró en la • tierra de promisión americana la an siada vida mejor ni la fortuna que se propuso buscar al embarcarse hacia el Nuevo Mundo. No fueron pocos los que en la aventura inmigratoria no pudieron o no supieron adaptarse a un medio social alejado y diferente del que habían dejado atrás. El desarraigo, los problemas de subsistencia, el choque cultural, etc., hicieron que un considerable número de indivi duos adoptaran unas formas de lucha por su propia supervivencia fa cilitando la aparición de un lumpen que pobló las grandes ciudades y cuyas actividades respondieron en muchas ocasiones a unos patrones comunes y/o complementarios de comportamiento que configuraron, en el. caso de Buenos Aires, lo que se dio en llamar la «mala vida». Esta es la idea que Eusebio Gómez expone en un importante artículo titula do «La mala vida en Buenos Aires» y publicado en 1907 en los Archivos de Psiquiatría, Criminología y Ciencias Afines, cuyo texto comienza acep tando que «todas las ciudades albergan en su seno a una clase de indi viduos que hacen del vicio, considerado éste en la más completa acep ción del concepto, su medio ordinario de vida» (1). La capital porteña es, naturalmente, una de esas ciudades en las que un determinismo am biental condiciona la aparición de una amplia gama de patologías so ciales relacionadas íntimamente con la marginalidad, de modo que «la mala vida o, por mejor decir, la manifestación de la mala vida •en los grandes centros de población, lleva en sí el sello de las circunstancias ambientales, sean éstas de orden telúrico o social» (2). La imagen soñada del inmigrante manso y trabajador se rompe con frecuencia ante esta forma compacta de vicio y desequilibrio que ocupa el espacio urbano y se convierte en uno de los objetivos prioritarios de la acción policial y de la intervención del alienista. Se produce, de este modo, una psicologización y una patologización • de la miseria o, lo que es lo mismo, de los que no han triunfado y que, en su frustra ción, son firmes candidatos a los desarreglos mentales en cualquiera de sus formas. A ello hay que añadir la influencia de una inmigración «no depurada», aquella que hace llegar a la Argentina «la resaca ex traída de los más bajos fondos de los pueblos europeos» (3), haciendo que surja en Buenos Aires la «plaga» de los parásitos sociales. La «mala vida», en realidad, no es más que eso, una forma de parasitar la activi dad librecambista que caracteriza al sistema económico recién instau rado y en la que una serie de sujetos viven -o sobreviven-«delinquien do o llegando hasta las fronteras del crimen para allí detenerse y ejercer todas las malas artes propias de la canalla; que se dedican a la prosti tución en sus más soeces manifestaciones y en sus tendencias hetero sexual y homosexual; que no tienen otro oficio que la mendicidad por una repugnancia marcada a toda labor honesta» (4). La identificación entre el inmigrante que no ha sabido adaptarse a las reglas del juego con la degeneración física y mental es, como puede suponerse, inmediata. Locura, pecado y delito se entrecruzan con frecuencia en el espacio común del arrabal porteño, donde la corrup ción se confunde con la degeneración psico-física dejando a la ciudad marcada con el signo de la mala vida y haciendo de Buenos Aires, según la acertada expresión de Hugo Vezzetti, la «Sodoma del Plata» (5).. Ya en otros lugares me he ocupado de algunas manifestaciones de la «mala vida» en Buenos Aires y del papel que un determinado discur so médico jugó en el control social y en la defensa del orden instaura do por las• clases dominantes (6). Manteniendo el mismo método de aná lisis, me ocuparé en esta ocasión del fenómeno de la prostitución, de su medicalización por parte de los especialistas rioplatenses y de las medidas de control social que sobre ella se ejercieron en los primeros años del presente siglo. Como es de sobra conocido, la ciencia positiva hizo de la prostitu ción el equivalente de la criminalidad en el sexo femenino (7). La mujer de «mal vivir» se convierte así, por obra y gracia de complicadas doc trinas médicas, no sólo en un atentado contra la moral imperante, no sólo en una poderosa auxiliar de la delincuencia, sino en una criminal en sí misma, en un tipo especial de malhechor que podía ser estudiado con la misma metodología que el criminal nato (8). En el Buenos Aires de primeros de siglo la prostitución como pro blema social comenzó a ser considerada por las clases dirigentes y no faltaron, como más adelante se verá, normativas e intentos guberna mentales diversos que pretendieron controlar o reprimir el comercio meretriz. También los médicos porteños se decidieron por este tipo de actuaciones de modo que la escasa producción científica escrita que existe sobre el tema se limita, por lo general, a comentar las ordenan zas y las medidas sanitarias que debían adoptarse para la prevención de enfermedades venéreas. Es difícil encontrar, sin embargo, trabajos de autores argentinos que expongan un cuerpo de doctrina más o menos elaborado sobre la génesis de la prostitución o sobre sus relaciones con la criminalidad. Para Francisco Sicardi las causas por las que una mujer podía lle gar a ejercer la prostitución podían ser muy diversas, relacionadas siem pre con factores sociológicos de primer orden pero sin descartar fac tores constitucionales; así lo explica en un interesante y contradictorio texto, publicado en 1903 y rebosante de intención moralizadora: «En Asclepio- II-1990 ese hacinamiento hay la historia de muchas inocencias mancilladas y rotas por la violencia, después de varias horas de resistir al cinismo lujurioso, cediendo al fin en los abandonos sin amparo, bajo la másca ra torva y bestial del hombre. Hay odiseas penosas en pos del pan que falta, hediondeces de cuerpos amontonados en los tugurios y que no duermen de frío, muchachas que disparan y manos desesperadas abier tas, implorando en las esquinas al caminante corrompido que da dine ro para quitar honra, mientras otras cuentan que el padre borracho las violó una noche y ellas cedieron sofocadas y tiritando de miedo. Aquellas no saben cómo fue. Se enamoraron, hasta que un día, la luz demasiado cercana les quemó las alas y el polvo de oro desapareció en aquel último día virginal, en el último beso inocente. Allá, en un rin cón, bajo aquellos vidriqs sucios, mientras los carceleros pasan y dis tribuyen pan negro y carnes verdosas, están reunidas las que salieron a la calle a buscar hombres, azotadas a la aventura por el fuego sen sual, una cohorte de locuelas precoces, que no supieron nunca rezar y que no aprendieron la virtud» (9). Varios años más tarde, la Revista de Criminología publicó un artí culo que, bajo el título «La Prostitución», contiene la traducción al cas tellano de la Introducción que el italiano Enrico Morselli escribió al libro de su compatriota Giuseppe Vidoni Prostitute e prostituzione (1921), en el que se contemplan, junto a factores externos como el «egois mo de los varones, posición jurídica de la mujer, miseria, prejuicios frente a la virginidad, etc., la existencia de una predisposición «orgá nica» en la mayoría de las prostitutas. «Se tornan» -indica Morselli «prostitutas consagradas a la esclavitud de la profesión aquellas mu jeres que tienen en sí mismas una "predisposición" individual, que se manifiesta en compañía de las características morfológicas, fisiológi cas y psicológicas del triste árbol de la Degeneración» (10). No cabe duda de que, a pesar de ser un texto escrito por un italia no, la dirección de la revista americana lo asume plenamente y que éste debía ser el sentir generalizado de los expertos argentinos en el tema, perfectamente acorde con las teorías degeneracionistas y lombrosia nas que todavía en la segunda década del siglo XX seguían siendo acep tadas por buena parte de la comunidad científica y, cómo no, por quie nes utilizaban dichas doctrinas como cohartada para ignorar la profunda influencia que los factores sociales ejercen sobre determina das « desviadones » de la conducta considerada normal. En esta misma línea de pensamiento pueden inscribirse también las opiniones de Carlos Arenaza, médico de la Polícía y la Prisión Nacio-nal de Buenos Aires, cuando asegura que es «en el elemento individual, en la constitución del sujeto, donde hallaremos las causas fundamen tales de la prostitución (... ). La agudeza y amplitud del campo visual, su sensibilidad gustativa y olfativa, su agudeza auditiva, nos muestra la evidente inferioridad sobre congéneres de la vida honesta. Su sensi bilidad al dolor, la aproxima a los grandes criminales y a los degenera dos en general» ( 11 ). Anomalías fisiológicas, estigmas físicos, herencia morbosa..., etc., son elementos que se han barajado con frecuencia para explicar la etio logía de la prostitución. Pero, también en este asunto, como en otros tantos con los que la sociedad argentina se siente amenazada, la emi gración aparece tarde o temprano como una causa fundamental de los males que aquejan a la República. Se llega a indicar que «la atracción que las grandes ciudades ejercen, especialmente, sobre ciertos seres anormales, débiles, inestables, poco adaptables a la vida tranquila y regular de la aldea; de ahí la gran cantidad de prostitutas entre el ele mento emigrado» (12). Chicas, pues, que huyen de la miseria y emigran a la gran ciudad donde sucumbirán a sus peligros y tentaciones, pero también hijas de emigrantes que son inducidas por sus padres a pros tituirse para poder completar el siempre maltrecho presupuesto fami liar. A la degeneración de estas mujeres, a la inmoralidad de sus ma dres y al alcoholismo y la vagancia de sus padres, se une la condición del emigrante, ese peligro siempre presente cuando se pretende �scla recer los porqués de la «mala vida»: En cualquier caso, la prostituta es la reina de la noche, una noche que en Buenos Aires, en la Sodoma del Plata, adquiere unos tintes tenebrosos de vicio, instinto y disipación que vienen a oponerse con fuerza a la meridiana claridad del día con su a veces falsa aureola de virtud, razón y trabajo. U na noche en la que es más fácil escuchar los «himnos del cinismo» que «narran los poemas del vicio, describen los descensos de la juveniles energías y en vez de las frescas mara villas del alma sana, cuentan fascinerosas historias de noches lóbre gas, de brillos de puñales entre la luz sucia de los faroles, de angustias y estertores de caídos y de gritos de misericordia, historias de co razones, de podredumbre, lamentos interminables de moral muer ta» (13). La noche es, en suma, el momento del sexo y del crimen, y el burdel se convierte en un espacio de poder y conspiración que cons tituirá uno de los blancos fundamentales de persecución no sólo de la prostitución sino también del alcoholismo y de muy distintas formas de delincuencia. Prostitución y control social Una vez establecidas las características psicofísicas de la prostitu ta y evaluadas las consecuencias sociales de su práctica, dos fueron los caminos fundamentales por los que se dirigieron las medidas de profi laxis social. Por un lado, el tendente a salvaguardar la moral pública, ese ambiguo concepto que el buen burgués utilizará arbitrariamente para clamar por el retorno de los viejos valores de la ética judeocris tiana, base incuestionable de su dominio. Por otro, la consideración de la prostitución como un grave problema de salud pública toda vez que podía ser causante de la propagación más o menos amplia de diversas enfermedades venéreas. Con respecto al primer punto, ya en 1904, Belisario Montero, Cón sul General de la República Argentina en Bélgica e intelectual preocu pado por este tipo de problemas, publicó en los Archivos de Psiquia tría... un extenso artículo titulado «Trata de blancas y moralidad pública» en el que, tras revisar brevemente las legislaciones de diver sos países europeos, lanza un grito de alarma ante el peligro de que las ciudades americanas, y concretamente Buenos Aires, se conviertan en el principal destino de cientos de mujeres europeas que, engañadas o seducidas, llegan al nuevo continente a engrosar el ejército de muje res públicas que ya intentaban sobrevivir en estas urbes. A ello han de oponerse, en opinión del diplomático, no sólo los po deres públicos sino también las fuerzas sociales y, entre ellas, llama la atención sobre la necesidad de apoyar las iniciativas de la «Liga de Protección de las jóvenes», organización argentina equivalente a las So ciedades de Moralidad existentes en Europa, en cuyo amplio progra ma se preveía la creación de oficinas de empleo estrictamente vigila das y controladas por la Liga, así como la fundación de refugios para mujeres sin trabajo o en tránsito, el establecimiento de un servicio es pecial de vigilancia con objeto de recibir a las jóvenes que llegasen a ciudades desconocidas para ellas, la denuncia constante en la prensa y a las autoridades competentes de todos los casos que llegasen a su conocimiento de engaño o abuso de mujeres, la inspección y verifica ción de los avisos que se publicaban en los diarios ofreciendo ocupa ciones con la consiguiente recomendación de los puestos y colocacio nes que ofrecieran mayores garantías, etc., etc. (14). De esta forma se consolida, en el país americano, el esfuerzo de las clases dirigentes por tutelar de un modo paternalista, esto es, amoro samente pero con firmeza, a esas mujeres -obreras inmigrantes en su mayoría-«desvalidas» que corren el riesgo de convertirse en muje res «descarriadas». Se trata, indudablemente, de una sutil estrategia para proteger a las que, en buena lógica, habrán de convertirse en las madres de los futuros ciudadanos o, más exactamente, en la futura mano de obra de la República. Con ello se pretende cubrir una función preventiva y moralizante, pero no basta; se hace preciso también « re dimir» a la que ya ha «caído» y sobre todo combatir el comercio se xual, con toda la dureza que sea posible, en los establecimientos pa tentados de prostitución donde se fomenta también el otro gran vicio del momento: el alcoholismo. B. Montero llegará a afirmar, en este sen tido, que «si no se opera un gran cambio en las ideas, sea entre los mé dicos, sea en la sociedad, se ctmtinuará siempre tolerando esos esta blecimientos como un mal necesario, y el sacrificio de un cierto núme ro de mujeres como indispensable a la salvación de las demás. Y hay que considerar que es este último punto el que favorece la inmorali dad y hace cerrar los ojos ante la trata a muchas personas meticulo sas» (15). Con este breve párrafo, su autor pone, sin duda, el dedo en la llaga: «el sacrificio de algunas es indispensable para la salvación de la mayo ría». He aquí la idea clave, el argumento que más peso parece tener a la hora de recomendar la tolerancia. De nuevo vuelve a operar la doble moral burguesa que impregna la ideología conservadora tan preccu pada por preservar de todo mal, por mantener en un estado de asépsia incólume, a la familia y al hogar cristianos, base permanente del siste ma social que predica. La pregunta que E. Morselli plantea desde las páginas de la Revista de Criminología... no deja lugar a dudas: « Sin la prostitución ¿quién salvará el matrimonio y la familia?»; y la contes tación no se hace esperar, él mismo nos la facilita en los siguientes tér minos: «En el fondo, la prostituta, más que una culpable es una vícti ma que la sociedad sacrifica sobre el altar de la Moral doméstica; a no ser por ella, otra cosa no salva a la juventud del repugnante vicio solitario o por lo menos atenúa sus efectos, que son el jesuitismo hipó crita y la estúpida misoginia, así como aquella pestífera llaga consecu tiva a la pretendida "continencia" que es la homosexualidad, la cual llega hasta el extremo de la depravación sustituyendo a la mujer pros tituta, el libertino y el pederasta» (16). En definitiva, la prostitución debe ser tolerada como mal menor porque preserva de otros «vicios mayores» y, sobre todo, porque la mujer-prostituta se convierte en la salvaguarda de la mujer-madre. Posturas encontradas, pues, la de los moralistas partidarios de la prohibición absoluta y la de los higienistas sociales convencidos de la utilidad de una prostitución controlada. Control que pasa por regla mentos y ordenanzas en las que queda claro lo que las prostitutas pue den y no pueden hacer y en las que se regulan las actuaciones policia les y sanitarias destinadas a frenar todo lo que el comercio sexual podía tener de factor de riesgo. Una de las ordenanzas, la que en este momento me interesa comentar, fue la elaborada por Enrique Revilla, Director General de Asistencia Pública de la provincia de Buenos Aires, cuyo proyecto fue elevado a la Intendencia Municipal en 1903 y que contie ne ya toda una serie de requisitos que permiten considerarla como un documento legislativo acorde con los más modernos conceptos que en la época en que fue redactada, y aún durante muchos años, se tuvieron sobre «defensa social». Tras reconocer que las medidas tomadas hasta entonces habían «de jado fuera de su radio de acción una inmensa mayoría de adscritas al gremio, que lo ejercen y comercian libremente, con perjuicio de la salud y el orden público, y alejadas de toda observación o cuidado' oficial» ( 17), propone una ordenanza que persigue, por un lado, el control sanitario de las prostitutas y, por otro, que sus actividades en la ciudad sean lo más discretas posibles. A ello van encaminados la mayoría de los artí culos del proyecto que, aún inspirándose en legislaciones europeas, tiene en cuenta, según advierte el autor en el preámbulo, la propia idio sincrasia de la prostitución argentina. El control médico periódico aparece como requisito ineludible para poder ejercer la prostitución de un modo legal aunque, eso sí, deberá llevarse a cabo de una forma discreta y efectiva: «La experiencia ha comprobado que ciertas medidas tendentes a evitar grandes males, han fracasado por quererlas convertir en grandes remedios. La hospitali zación obligatoria que en París sólo se ejerce en los determinados casos en los que la amenaza a la sociedad es inminente ha dado resultados ineficaces entre nosotros; se han llevado a la práctica trastornos y re sistencias tenaces que a la larga han hecho de su ejercicio una enojosa cuestión. Fuera de toda duda, la asistencia médica, lejos del prostíbu lo, dejando a la enferma la elección del lugar, da mejor resultado que la hospitalización obstinada. La descentralización, por decir así, de las costumbres francesas, es uno de los beneficios que podríamos aprove char y, en prueba de ello, basta recordar que para una población tres veces mayor que la nuestra existe un número infinitamente menor de prostitutas patentadas» (18). La misma filosofía preside las ideas de Revilla sobre la profilaxis de las enfermedades venéreas: «Para la profilaxia de las enfermedades venéreas y sifilíticas toda prescripción reglamentaria, por severa y asi dua que sea, no puede considerarse suficientemente decisiva y las me retrices ya experimentadas en subterfugios y recursos expeditivos, pue den desvirtuar en muchos casos la eficacia de la inspección médica. Por tanto, obtener lo absoluto es casi una utopía; sería inútil preten der llevar el examen de las meretrices a un extremo tal que trajera un recargo inmenso en el trabajo y del que no se obtuviera sino un resul tado relativo. En cambio creo que disminuir el número de inspeccio nes no perjudicaría el resultado general, facilitaría la tarea, y, por tanto, el objetivo buscado se satisfaría. Conceptúo la significación de esta prác tica, como la propongo, un medio de atraer a la vigilancia reglamenta ria a un buen número de prostitutas» (19). Terminar con la prostitución clandestina es uno de los objetivos pri mordiales de la nueva ordenanza, pero las dificultades son evidentes. De las ocho o diez mil mujeres que en 1903 se dedicaban a la prostitu ción en Buenos Aires tan sólo figuraban en los registros oficiales sete cientas cincuenta. Para Revilla los motivos de este comportamiento se rían tres: 1) el temor de las mujeres a la autoridad policial que tantas veces se excedía en sus atribuciones; 2) algún «resto moral» que las em pujase a no querer ser reconocidas como prostitutas; y 3) la impuni dad con que contaban en su peregrinaje de barrio en barrio, huyendo de la vigilancia de la policía. Sin embargo, no se puede decir que el hi giep.ista dé facilidades para que las prostitutas se «cesen» voluntaria mente; la exigencia de que la cartilla de salud llevase una fotografía dio lógicos motivos de desconfianza a muchas de ellas y, aunque se ase gura que «la fotografía deberá servir tan sólo como garantía de seguri dad del público en sus relaciones con la mujer, y de ninguna manera quedará en el registro» (20), a nadie se le escapa las posibilidades que tal medida podía ofrecer a los guardianes del orden y la facilidad con que podrían localizar, aunque fuera con otros fines, a cualquier pros tituta «patentada». Por otro lado, la reglamentación de los prostíbulos responde amo tivos sanitarios, aunque también sociales y morales: « El prostíbulo de gran número de pupilas es la entidad gruesa de la agrupación, si así puedo llamarla: todos los vicios, inmoralidades e inconvenientes que la profesión lleva consigo, adquieren allí su máximo desarrollo; el de sorden encuentra siempre su terreno propicio y el escándalo tiene siem pre mayor resonancia; son centros de atracción a los que acuden en mayor número los visitantes, pues encuentran en las mujeres un me-dio cómodo y ameno de pasatiempo y orgía» (21). Además, al igual que en la taberna, el burdel es considerado como punto de encuentro de delincuentes: «... es sabido que las casas de tolerancia de este género sori el campo de acción, la verdadera tienda de esos mercaderes que viven de la prostitución, pervirtiéndola más gravemente aún con su con curso repulsivo y odioso; me refiero a los denominados caftens» (22). Para evitarlo se exige que en cada prostíbulo ejerzan un máximo • de tres mujeres, impidiéndose además la centralización del oficio en barrios concretos y sugiriendo su ubicación «difusa» por toda la ciu dad, lo que dificultaría la actuación de los proxenetas e impediría la formación de guetos, siempre difíciles de controlar. Sin embargo, pa radógicamente, la prohibición expresa de que las casas de tolerancia se instalen cerca de iglesias� teatros o colegios es una forma de alejar les del centro de la ciudad. No conviene engañarse, no se trata tanto de preservar la moral de las buenas gentes que van a un oficio religio so, o al teatro, o de los niños en edad escolar, como de «limpiar» de «malvivientes» los barrios céntricos de Buenos Aires: sus pudientes y virtuosos moradores tendrían, a partir de entonces, que desplazarse un poco si deseaban los favores de las vendedoras de amor. (5) VEZZETTI, H. (1985): La locura en la Argentina, Buenos Aires, p. (6) HUERTAS, R. (1987): «El alcoholismo como problema socio-médico en el positivis mo argentino» Asclepio 39 (1): 53-72, y «Sur les origines de la psychiatrie légale en Ar gentine» Frénésie. Histoire Psychiatrie Psychanalise (en prensa). (7) Como es bien conocido, LOMBROSO, C. y FERRERO, G. (1893): en La donna delinquen te, la prostituta e la donna normale, Turín, desarrollan toda una teoría sobre la prostitu ción concluyendo que «la prostitución es el equivalente de la criminalidad en la mujer, o sea, la forma específica bajo la que se manifiesta la degeneración de ésta», p. (8) Sobre las doctrinas lombrosianas, en general, puede verse J. L. y M. PESET (1973): Lombroso y la escuela positivista italiana, Madrid. Sobre las relaciones entre prostitu ción y antropología criminal en el naturalismo literario, hemos reflexionado en HUER TAS, R. y PESET, J. L. (1986): «Psiquiatría, crimen y literatura: La mujer prostituta y la mujer criminal en la obra de E. Zola» Revista de la Asociación Española de Neuropsi quiatría, 6: 353-366; HUERTAS, R. (1986): «Nana: femrne prostituée» Frénésie; Histoire Psychiatrie Psychanalise, 1: 135-148.
El largo y titubeante proceso de institucionalización dr� la Sanidad Pública en España, es hoy suficientemente conocido; como ocurrió con otras instituciones y aparatos del nuevo Estado Liberal -el ejército, la universidad, la educación, la justicia, etc., etc.-, la medicina, la hi giene y la sanidad sufrieron los avatares propios de una sociedad que estaba transformando sus estructuras económicas, políticas y socia les; las guerras civiles, las sucesivas fases de la revolución industrial, las epidemias, los efectos de la proletarización, etc., tenían su reflejo en la inestabilidad política y en su corolario, que se dio en llamar « la ataxia Constitucional». En una sociedad dirigida por una débil burguesía incapaz de impo ner rápidas y estables reformas, es comprensible que los médicos y sa nitarios más lúcidos y mejor preparados de la época, formados en la emigración muchos de ellos, o en una Universidad ya claramente abur guesada, participaran intensamente (al igual que los militares, por ejem plo) en las contiendas políticas de su tiempo. Los médicos impulsores de una Sanidad Pública en el régimen liberal, fueron pues, médicos po- litizados, liberales, moderados o conservadores y no técnicos pragmá ticos ni especialistas en sentido estricto tal y como ya podían disponer de expertos otros países con su revolución burguesa ya consolidada. Este proceso arranca en España con el primer impulso dado durante el Trienio Liberal (1), impulso que si bien fue abortado enseguida por la reacción absolutista, sirvió, en gran medida, como punto de referen cia para orientar las realizaciones sanitarias efectuadas durante el pe ríodo de las Regencias y primera parte del reinado de Isabel II. Pue den diferenciarse dos períodos en este transcurso; el primero alcanza sus primeros logros con la creación de Cátedras de Higiene Pública y Privada (2), con la aparición de los primeros Manuales de Higiene (3) y con la Reforma de Seijas de 1847, culminando con la Ley General de Sanidad de 1855; en un segundo período, aparecen las primeras publi caciones periódicas especializadas (4), se crea el Centro Nacional de Va cunación en 1871 (5), se fundan Sociedades y Academias de Higiene (6) (1882 y 1887 respectivamente) y, finalmente, todo el proceso de institu cionalización de la Sanidad Pública puede darse por definitivamente consolidado con la Instrucción General de Sanidad de 1904 promulga da durante el primer gobierno Maura. La situación de partida no podía ser más desastrosa. Agotado desde hacía tiempo el impulso renovador de la Ilustración, exhaustos los re cursos del país tras la guerra de la Independencia, perdida la mayor parte del imperio colonial y gobernado el país por un régimen absolu tista -nada ilustrado-, la empresa de introducir y consolidar un ré gimen liberal en España, parecía una tarea desproporcionada para las escasas fuerzas dinámicas existentes en l_ a sociedad. En tal situación, no se podía ni responder a las «provocaciones»; así, por ejemplo, Francois Fournier de Pescay (7) podría haber promo vido una polémica en el ambiente médico español -al modo de la po lémica levantada por Masson de Morvilliers en 1782 (8)-con el artícu lo «Medicina Militar» escrito para el monumental (60 vols.) Dictionaire des Sciences Medicales (1812-1822), en el que afirmaba: <<La Medicina y Cirugía están en España, con muy pocas excepciones, en una rela ción completa con las demás ciencias, es decir, sumidas en un estado vecino a la más completa barbarie» (9). Esta afirmación fue solamente contestada por Mateo Seoane de un modo tajante y desdeñoso: « No me rece ninguna contestación Fournier por su aserción insolente y desco medida». Sin embargo, le sirvió de acicate para hacer su propio análi sis acerca de «las verdaderas causas de la decadencia de la Medici na» (10), apasionado alegato contra el verdadero culpable, el régimen 224 Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es absolutista, en el que expresa vehemerttente sus propias conviccio nes liberales; para Seoane, la degradación del saber de los médicos y demás «comprofesores», se debe, ante todo, a la especial vinc_ ula ción por contratas, típicas del Antiguo Régimen, «análoga a la que se usaba para recibir a los criados», que ligaba al médico a los poderes locales y municipales; y a la larga decadencia y atonía de las Universi dades. Y es que en la sociedad española de 1818, era necesario recordar -aun asumiendo ciertos riesgos-que «desde que la filosofía desteo logizó las ciencias naturales para bien de la humanidad, es menos apto por sus preocupaciones un teólogo o un jurista goudiniano para juz gar a la medicina y a los médicos, que un jornalero» (11 ). No tan des teologizadas. Seoane sabía muy bien que -si bien con escaso brío� aún existía la Inquisición, de modo que para poder leer determinados libros de Medicina, Botánica y otras ciencias, era preciso pedir licen cia; licencia que no siempre los «teólogos y juristas goudinianos» con cedían. Por dictámenes de la propia Inquisición correspondientes a los años 1816 y 1817, sabemos que se rechazaban las licencias, alegando unas veces que el peticionario «es ya viejo (40 años), y no hallaría coil esos libros reacción a su ingenio», aduciendo otras que «por sospechas de que por su juventud se dediquen a leer libros que se salgan del con texto de su facultad y enseñanza». A unos se les negaba por tener (el solicitante) inclinación a las mujeres; a otro, en fin, que solicitaba leer un libro de Botánica, se le negaba la licencia «por sospechas de que si se le concediera una, es muy probable que la enfocase hacia libros prohibidos de todas clases» (12). No hace falta decir que entre estos li bros se hallaban todos los «licenciosos, escandalosos e incitantes a la lujuria» (13). Era necesario recordar también, por ejemplo, que la farmacopea que seguía utilizándose por aquéllos años en toda Cataluña, era la del año 1587 actualizada por la del Protomédico Juan d' Alás de fines del siglo XVII (La Pharmacopea Cathalana, sive Antidotarium Barcinonen se, de 1686 ). Si junto a estas situaciones existentes en el plano de la medicina oficial y científica, se considera el sentir popular en el plano de la me dicina creencia!, se constatarán las dificultades habidas para «desteo logizar» completamente a las ciencias médicas; por la época que en Lourdes se producían las primeras curaciones milagrosas, hacia 1860, mucha gente en España, estaba convencida de que el hombre tenía una costilla menos que la mujer. La estrategia seguida por los médicos para plasmar en la realidad sus concepciones sanitarias -muchas de ellas maduradas durante la emigración (14)-era una estrategia dirigida en tres direcciones: por una parte se intentaría conectar con todo lo positivo que había existi do en España antes de la guerra de la Independencia, esto es, recupe rar el nivel de la «tardo-Ilustración» (15); por otra, suprimir institucio nes tan venerables y antaño prestigiosas como el Protomedicato, pero tan características del Antiguo Régimen, y acabar con la provisionali dad de las Juntas de Sanidad; una tercera dirección iría encaminada a reformar las Universidades, a reglamentar las profesiones médicas y a implantar nuevas estructuras sanitarias acordes con el naciente Es tado Liberal. Todo ello, contemplado como una apertura al intercam bio científico, incorporando las diversas concepciones que acerca de los procesos de salud y de enfermedad, lucha contra las epidemias, etc., fueran apareciendo en el horizonte sanitario internacional. Estas intenciones inspiraron en gran parte el Proyecto de Código Sanitario para la Monarquía Española del año 1822. La primera direc ción sólo tuvo un éxito parcial, la segunda se cumplió satisfactoriamen te, y la tercera, con una Universidad ya centralizada y aburguesada que continuaba con escaso vigor, no sin retrasos e indecisiones, culminó con la Ley Orgánica de Sanidad del año 1855. Durante este período (1834-1855) los• médicos e higienistas españo les van elaborando un discurso sobre la sexualidad que se va constru yendo no con materiales «internos», propios de la ciencia (la higiene) que se pretende desarrollar, sino con materiales «externos» a la Higie ne, con elementos tomados de la'¡deología burguesa, y sobre todo de la inagotable cantera de la moral católica, de modo que, cuando más adelante tal discurso esté plenamente constituido y a punto ya de hacer crisis, se muestre extraordinariamente coincidente con el discurso pro pio de la moral católica; de una Iglesia que si bien resultó debilitada económicawente con el Régimen Liberal, no es menos cierto que en el orden ideológico, político y moral, salió fortalecida. Conuna Universidad en la que apenas si se enseñaba la Higiene pú blica o privada, con una medicina científica en proceso de maduración pero en la que aún imperaba el empirismo terapéutico, con una socie dad inerme ante las epidemias, próximas a ser consideradas como cas tigos bíblicos, nadatiene de sorprendente que «para afrontar la pasión más turbulenta y peligrosa de las que afligen a los míseros huma- Esta alianza entre moral e higiene, que a mi juicio hace crisis hacia finales de los años sesenta, está explicitada en una personalidad tan importante como P. F. Monlau y tiene su máximo paladín en Méndez Alvaro. Esta alianza que durante mucho tiempo fue hegemónica y pre dominante nunca llegó a disolverse completamente. Con todo, hay ex cepciones. Seoane y Mata son las más importantes del período que es tamos considerando y como tales merecen un breve análisis. En la recientemente fundada Academia de Ciencias Naturales (18) Seoane leyó un discurso el día 2 de octubre de 1837 sobre «Los Princi pios en que deben fundarse las medidas legislativas y administrativas en todo lo concerniente a la Higiene Pública». Este discurso es en rea lidad la exposición de un ambicioso programa de actividades y propues tas de investigaciones contempladas con un criterio amplio, multicau sal y nada reduccionista, sin apoyarse en ningún «apriorismo». A su juicio, la Medicina del Estado (sic) «reúne todos los conocimientos con que la Medicina y demás Ciencias pueden servir de guía a la autoridad pública en el gobierno de las naciones», y tendría dos grandes ramas, la Medicina Legal y la Higiene pública; ésta tiene por objeto «conside rar a los individuos que componen la sociedad entera», examinando «los agentes físicos y morales que actúan sobre ellos», y tiene que prin cipiar estudiando «cuanto concierne al hombre reunido en sociedad aún antes de su nacimiento». «Investigar las causas que puedan favorecer o contrarrestar la mul tiplicación de la especie humana... el influjo que la religión, leyes, edu cación, costumbres públicas, climas y otras causas tengan en que se satisfaga aquél instinto ordenada o desordenadamente, para hallar con todos estos datos los medios de dirigirle a un buen fin y de ponerle en armonía con el estado particular de las naciones y los medios de sub sistencia» (19). Como se ve, Seoane está lejos de ser un normativista. La moral no es para él un punto de referencia fijo y absoluto al cual deba acomo darse la conducta humana; por el contrario, la religión y la moral son «datos» objeto de estudio en la medida en que influyen en las costum bres de los ciudadanos, ya que el fin que se persigue no es domesticar el instinto conforme a la moral, sino orientarlo en función de los inte reses colectivos y adecuarlo a las posibilidades económicas. Refiriéndose a la mujer, «la parte más delicada de la especie huma na», debe estudiarse la influencia de las causas físicas y morales «en que la mujer pudiera cumplir más o menos debidamente con el desti no que le ha cabido en la tierra» (hay que reconocer que con éste «más o menos debidamente» se distancia de otras concepciones mucho más dogmáticas que tan profusamente prodigaron posteriormente la ma yoría de nuestros higienistas). Deplora «que se hubiese descuidado tanto el estudio de los medios de robustecer su físico y de perfeccionar su razón, de poner en armonía las instituciones sociales con las leyes na turales» e insta a que se le proporcione «la ilustración precisa para que al salir el hombre de sus manos no saliese henchido de errores, preo cupaciones y con todos los gérmenes de los vicios que hacen tan mise rable su existencia». Idea típica del liberalismo progresista que enlazó después con el krausismo y con el positivismo, llegando su influjo hasta las concepciones sexológicas de Marañón (20). En este aspecto Seoane no estaba solo; poco después, su compañero de emigración, el médico y pedagogo Pablo Montesino, se expresaba en parecidos términos: «Nadie ignora que la madre está especialmente destinada por la natu raleza para la educación del hijo hasta que éste llegue a la edad de seis o siete años»..., «mas también son pocos los que ignoran que no han sido madres generalmente educadas de un modo conveniente para de sempeñar este delicado cargo»... «La gran masa de mujeres que no son señoras ni bastante acomodadas para poder vivir sin trabajar, ningu na especie de educación recibe; la mayor parte obra por pura imita ción y por instinto, ahora, como obraría en el primer estado de la so ciedad» (21). Duros alegatos que no impidieron que durante todo el siglo el tema de la educación de las mujeres se mantuviera siempre en un plano secundario. Un año después, en 1838, leyó Seoane otra memoria defendiendo la necesidad de introducir en España la Estadística Médica (22) ya que «en este punto como en otros, puede decirse que nos hallamos más atra sados que a principios de siglo». Para Seoane, la Estadística Médica, objetivando los datos de la realidad está legitimada para ilustrar a la ciencia de gobernar a los hombres; esta ciencia no puede progresar ocul tando o enmascarando los datos de la realidad bajo presiones de los prejuicios morales. Con tonos evidentemente malthusianos expone su programa: «Sólo un conjunto grande de datos bien recogidos podrá poner fuera de toda duda multitud de hechos que se deducen de los que 228 Asele pio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es ya poseemos, hechos tan importantes como sorprendentes, y entre ellos, primero, que la mejora de la salud pública y la ausencia de epidemias trae consigo o tras de sí una disminución notable en el número de ma trimonios y nacimientos; segundo, que a medida que una nación cual quiera adelanta en prosperidad y civilización, se hace menos frecuen te el número de matrimonios prematuros, y que aun cuando se aumen te el de nacimientos con relación individual a los matrimonios, dismi nuye relátivamente la población en masa; tercero, que el número mayor o menor de matrimonios está en relación directa con el de las defun ciones; cuarto, que la duración de la vida de los celibatarios es menor que la de los casados, y la de los frailes y monjas menor que la de los celibatarios de otra especie; quinto, que el número de expósitos muer tos en los primeros años de la vida es mucho mayor en los estableci mientos donde se reciben sin investigación previa alguna que en aque llos donde se investigan las circunstancias de la madre... ». El problema real era que entonces en España no podían llevarse a cabo programas de investigación tan complejos; no se hacían estadís ticas médicas, las económicas no eran nada fiables, las pocas que se habían hecho no llegaban a publicarse (como la de Ruiz de Luzuriaga) o eran poco aprovechables. Habría que esperar hasta 1870 para que se implantara el Registro Civil. Con todo, Seoane puede ser considera do como una excepción en el panorama sanitario de la primera mitad del siglo XIX; un liberal exaltado, formado según las concepciones del «movimiento sanitario» inglés, partidario de la máxima descentraliza ción sanitaria posible -en un país borbónico-y animador de todas las empresas culturales y científicas de su tiempo, no podía encajar fácilmente en el entorno de su época; de hecho, prácticamente desde la aprobación de la Ley General de Sanidad de 1855 -a la que se opuso por su excesivo centralismo-hasta su muerte en 1870, fue retirándo se paulatinamente de las actividades públicas. La otra excepción es Pedro Mata, de la misma generación que Mon lau y Méndez Alvaro. Mata prevé una absorción de las ciencias mora les por las• ciencias biológicas, justamente en el sentido opuesto al de sus contemporáneos, de modo que ya no hay «pecados» sino manifes taciones morbosas de la razón, la cual es, a su vez, un estado resultan te de la suma de las funciones biológicas cerebrales. Los estudios psi cológicos son estudios fisiológicos. No era fácil decir estas cosas -el caso Cubí y su posterior «retractación» estaba reciente-y Mata era consciente de ello: «Se me ha querido formar una reputación de mate-rialista, con todas las circunstancias desfavorables que para muchos entraña ese dictado» (23). Su célebre «Diagnóstico diferencial entre la pasión y la locura» (24) que es una refutación de las tesis dualistas y espiritualistas (25) está escrito sobre todo con la intención de asentar sobre bases científicas la disciplina de la Medicina L.egal, en una época en la que muchos «pe ritajes» corrían a cargo de farmacéuticos, de veterinarios y de médi cos sin la suficiente preparación (26). Ante las tesis que pretendían establecer un hiato insalvable entre el mundo animal y el humano, postulando la existencia de dos tipos diferentes de pasiones, unas genuinamente animales (como la ninfoma nía y la satiriasis) y otras propiamente humanas (como la desespera ción, por ejemplo), P. Mata replica: «Pues precisamente los animales no padecen de ninfomanía» (27)... «las pasiones no enferman de ningún modo; son estados fisiológicos del instinto y del sentimiento elevado a cierto grado de energía; cuando estos enferman, ya no es pasión lo que hay en ellos; desde que pasan a ser enfermedad, hay locura porque desde aquel momento pierde el poder de dirigirlos. No está ni puede dejar de estar enfermo segón su voluntad» (28). Pasa luego a exponer sus propias ideas: «La ninfomanía es una enfermedad; luego no es una pasión» (29)... «La-ninfomanía en la mujer y la satiriasis en el hombre, constituyen un estado de excitación morbosa del aparato genésico cuya causa es a veces local, tópica... así como otras es un reflejo del estado patológico del instinto reproductor cuyo órgano, como los de todos los instintos y sentimientos, reside en el encéfalo... Por lascivo, por lujo rioso que sea un hombre, no se le llama satiríaco; ni por mucho que lo sea la mujer, se le da elnombre de ninfomailfaca, como no llegue a ese estado extremo, en el que el deseo del coito, no sólo inmoderado, exigente, insaciable, sino absoluto, precisamente sin pasión, sin amor a sujeto determinado «... » como en esos casos ese apetito se hace pre-: ponderante y superior a la reflexión y demás antagonistas e impulsos prohibitivos, quitando al sujeto el poder de refrenarse, tiene el carác ter gráfico y esencial de la locura. Es un instinto enfermo, una mono manía erótica en la cual prepondera el elemento sensual, a diferencia de la otra forma que pueda tener esa monomanía en la que predomina el amor platónico» (30). Tanto Seoane como Mata son excepciones que desentonan en la co rriente general del liberalismo burgués moderado. En un caso por efec tuar sus avanzadas propuestas en una sociedad aún carente de sufi cientes estructuras sanitarias y de instituciones civiles, necesarias 230 Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es para haber podido desarrollarlas, y en el caso de Mata, por ir demasiado lejos con un materialismo que -como luego• se achacó al positivismo desfundamentaba el orden moral de la sociedad burguesa. El control de la más turbulenta de las pasiones se confió básicamen te a dos instituciones ubícuas: al matrimonio por un lado y a la Iglesia católica, cuyos aparatos de influencia llegaban a todas partes. Como decía el abate Galiani en el siglo XVIII, «La Iglesia Católica es una es pada que tiene el puño en Roma y la punta en todas partes». La mayoría de los higienistas, a la hora de afrontar los problemas sanitarios y sociales generados por actividad sexual, con el ascenso de la burguesía al primer plano de la sociedad, enfatizaban los tonos mo ralistas: «La clase media -escribe Sigerist-condenó el libertinaje se xual y exaltó la santidad de la familia; se pedía virtud, o por lo menos apariencia de ella, a cada uno de sus miembros... Como las enfermeda des venéreas se contraen casi siempre en el comercio extramarital, la víctima quedaba señalada como un individuo libertino y violador de las leyes... La sífilis y la gonorrea no eran enfermedades ordinarias; eran vergonzantes y no podía hablarse de ellas en voz alta» (31). No tardaron en verse las insuficiencias de la predicación moral. Las enfermedades venéreas continuaron apareciendo en proporción crecien te a lo largo de todo el siglo; el proletariado -primer y principal desti natario de las campañas de moralización-no sólo iba en ascenso, si no que se iba mostrando cada vez más impermeable a tales discursos, en la medida en que iba generando el suyo propio; además, la Iglesia Católica fue perdiendo simultáneamente parte de su prestigio moral y político a consecuencia de su miopía política, de su enfrentamiento con el liberalismo (Syllabus, 1863) y de su incomprensión ante un régi men tan conservador como el de la Restauración (32); pérdida de in fluencia a la que tal vez no fuera ajena tampoco cierta degradación en las técnicas de interrogatorio de los confesionarios (33). Junto a todo ello, la progresiva maduración de los saberes médicos -más tarde sa cralizados bajo el positivismo-y la consecuente ocupación de la Sani dad Pública de un terreno propio (34) fueron las causas principales de que el modelo sanitario basado en la identificación entre la moral y la higiene entrara en una clarificadora crisis a fim_tles de. los años se senta. No obstame, restos de este modelo, con mayor o menor frecuen-Asclepio-II-1990 c;:ia nunca héin sido abandonados del todo, así, por ejemplo, en una fecha tan relativamente tardía como 1919 a4n era frecuente expresar opinio nes como ésta: «Hay que �nseñar, pues, a engendrar hijos con amor, hon�stidad y concjenciq, parq que sean buenos y sanos, no con lujuria, porqq.e 1� lujuria ha muerto el bellq ideal del amor y queda en lipertad el de leite grosero q�� genera c;:arne mala, esto es, la' degeneración y 1� anomalía» (35). Desd� luego pocl rían citarse ejemplos como éste muchísimo más re ci(:!ntes. El h�rmanarnient9 entre Moral e Higiene alcanza uno de sus mo mentos torgara, quedó condenado a una vida afanosa y am�uga, arro jado sobre la tierra... La eterna tarea de la moral y ele la higiene es fijar los prudentes límites de las necesidades verda, deras, legítimas, que Dios unió a nu.estra natundeza y � (36). El contrnste con el Seoa.ne el e 1837 no puecl e ser más lla, mativo. A P. f-, M9nlau, qμe había ingr�sado en la Real Academia d� Cien cias M9n: tles y Políticas con un disc: urso sobre la Patología Socié1l, cen� trncl o esencialmente en los problemas de la criminalidad, le contestó el aq1qémico D. Mig4el Sap� de la Fuente en estos términos: «La enfer medacl soc; ial es.,,-:-J>μede qecirse=-la corn, 1pción d(:! las costumbres, la m iseria y f; ilta <:{� amor al prójiμio, la pobreza consentida» (37). L, legó un mom, ento ep qμe el discl..lrso moralizante había impregna μq tqc l os los rec.ovecos ck la.s ciencias médicas, como lo prueba este ejernplo, �acadp entr� c;>trns rnt1clws semeja, ntes� de c; qm.o se hacía un giagn9stig9 difere1:1ciab �;ijμ�n �jemplo ele lo que era una ovariectomía, nos da la descrip c; iqn (J(:! la. prirn"ern realiza.cla �n Zara, goz;a en 1887, ya, en plena época list�riana, pc;>r e l q1tedrAt ico de a, quelfo Facultad, Arpa_ l; la serie de per c.a.pc�s. a q��dd.o� refl�ja tqqo lq que por aqμel entonc�s sucede. Ya sólo el diagnóstico diferencial con un embarazo reunió a una serie de cole gas que, no sin discusión, llegaron a admitir el quiste de ovario, por tratarse cJ,e una viuda de costumbres honestas» (38). Y el mismo Corteza, tan positivista en fisiología, siendo ministro de Instrucción Pública (1905) dejaba rotundamente claro a qué moral y a qué educación habría que referirse: «En elproblemé;l de la enseñan za religiosa no caben contemplaciones ni tolerancias sectarias. Es ne cesario que se enseñe la moral cristiana por ser sinónimo o punto menos de la moral universal»... «Tan importante como el problema de la edu �ación intersexual, de dudosa utilidad en nuestro país, sobre todo en niños y niñas de más de siete años, es el de la conciencia de las clases sociales; ésta debe empezar en la esc: uela, sin ser obligatoria y conti nuar con este carácter en el cuartel» (39). En 184 7 Seijas Lozano, con el Real Decreto Orgánico de Sanidad del 17 de mé; lyQ, propone la reformé;l de la Sanidad, suprimiendo la Junta Suprema y creando la Oirección General de Establecimientos Penales (de Corrección), J3eneficiencia y Sanidad, y el Consejo Nacional de Sa nidad. A partir de este mmnento va a ir aumentando el papel de la Be-11efiGiencia pública y la intervención del Estado, a expensas de las ins tituciones de caridad prjvada. Una nec: esidad que surgió en primer lugar para dar unél respuesta, al payoroso problema de la mortalidad de los niños expósitos (40). El propio Mépdez Alvaro, tan católico siempre, tuvo qμe reconocer que « El �entimie, nto religioso, cuando se exagera (no se olvide e,�to) origin� falsa.s idea.s que no pu, ede ni debe admitir una razón proflmda y severa; porque, bien examinadas, resultan opu, estas é:l aquel espíritu mismo», y que «una posible y en exceso indulgente caridad, preoG1=1pándose qu\s bien de los padecimientos individuales que de los interese� generale.s c: le la sociedad, pμdiera derivar en un mantenimiento e incluso aμment9 de la situación». Consecuentemente defiende el in tervenc;:iopisrp.o del Estado a través de un sistema público en su mayor pé;;\rte y con cargo a,l presupuesto. Con el reconocimiento expreso del carácter ilusorio que tiene la aspiración de moralizar a la sociedad («ni la i; noral ni la religión ni la� leyes pueden alcanzar esta pretensión») llegé:l e,p �u pragmc1tismo a no prohibir la prostituc;:ión, sino a reglamen tada� y a propQI1er Uil sistema de ayudas a la madre trabajadora y a favm; ec:er y fadlitar la. lactancia materna (41). P�ro una, rnayor:i; esponsélbilidad del Estado no anulabc1 la. necesi dad. qe, segμir contancfo cqn la Cé: lridad privada. Esta seguía siendo irp.� p resdndible. Incluso a veces se realizé; lban acciones tan espectacula:r;e s GQIPQ la prqtc1gopizad.a por Monlau en el primer Congreso Sanita-rio Internacional de París (julio de 1851-enero de 1852) al que había acu dido representando a nuestro país, junto con el Sr. Segovia, cónsul de Singapore (42). Con la Ley Orgánica de Sanidad del 28 de noviembre de 1855, se crea la Dirección General de Sanidad dependiente del Ministerio de Gober nación y las correspondientes Juntas Provinciales, con un carácter eje cutivo; el Consejo de Sanidad, consultivo, un cuerpo de inspectores (en Aduanas, para géneros medicinales) y otro de facultativos forenses. Aun que durante muchos años la parte del león presupuestaria seguiría yen do a parar a la Marina (la sanidad civil apenas atendía Prisiones y Be neficiencia) y aunque los presupuestos nunca fueron estables ni conti nuistas, sino más bien incoordinados y a merced de otras prioridades políticas, en el campo de la Higiene sexual no dejaron de hacerse algu nos avances, institucionalizando dispositivos asistenciales específi cos (43). Mas no bastaba con orientar adecuadamente el instinto sexual ni con sancionar sus desviaciones. Era preciso «domesticarlo», a ser po sible, hasta el punto de la anafrodisía total. Para alcanzar este deside ratum, se confiaba sobre todo en el matrimonio cristiano y burgués. Ya Balmes había clarificado la diferencia existente entre la moral ca tólica y la moral laica o «filosófica» a la hora de enfrentarse con la más peligrosa de las pasiones: «Aquélla (la religión católica) asienta por prin cipio que es preciso atajar las pasiones desde la cuna, creyendo que será tanto más difícil dirigirlas cuanto más incremento se las haya de jado tomar, mientras que éstos (los filósofos) se conducen por la regla de que• conviene permitir que las pasiones, aun las de tendencias más abiertas, se desenvuelvan hasta cierto punto, en el cual, afirman, que es posible detenerlas» (44). La ofensiva contra el deseo tenía su expresión más acabada en la cruzada antimasturbatoria (45) pero confiaba especialmente en la ins titución matrimonial como elemento fundamental para conseguir la do mesticación de los impulsos sexuales de las mujeres y el debilitamien to de la lujuria masculina. Pocos textos pueden ser tan explícitos co mo el que sigue: 234 «El matrimonio es favorable a la salud y a la longevidad; el matri monio conjura la rápida extenuación que traen los excesos de la có pula, excluyendo el aliciente de la novedad y sometiendo el instinto físico de los esposos a un fin moral más noble, más sublime, más social» ( 46 ). Y a aquéllos a quienes nb les importe demasiado extenuarse, se les advierte: «El hombre... extenuado por el excesivo coito... azotado por las pasiones, el hombre digo, y su mitad (que tampoco está exenta de maculaturas y achaques) no puede engendrar hijos bellos y sanos» (47). De este modo, como les ocurre a las «uniones ilícitas» que «contri buyen muy poco a la propagación de la especie humana» (48), puede que no se engendren hijos de ninguna clase o que salgan degenerados: «¿No vemos todos los días marchitas las flores del tálamo nupcial por la sanies del vicio, como mustia planta por baba de limaco? ¿ Son acaso extrañas las uniones estériles por la concupiscencia..., o fecun das en miserables víctimas de pasados desvaríos?» (49). A veces se deja traslucir el deseo de solucionar los problemas fan taseando sobre la anafrodisía como remedio; así, vemos a Monlau co mentar cierta opinión acerca de las supuestas virtudes anafrodisíacas del tabaco: « Si así fuese, si la virtud anafrodisíaca del tabaco fuera real, la Higiene se apresuraría a aconsejar la generalización del hábito de fumar en ambos sexos, desde la edad de la pubertad (o un poco antes) hasta la decrepitud (o un poco después)». Y añade en un tono un tanto escéptico: «Estaremos a la mira» (50). En otro momento, sin duda con la.idea de subrayar los avances de la civilización, Monlau recoge la curiosa noticia histórica de que el Dr. Johannes, médico de cámara de Carlos II de Inglaterra; había escrito 11n libro titulado La Gran Venus sin máscara en el que sostenía la asom brosa tesis de que los placeres sexuales son el mejor medio de conser var la salud y de prolongar la vida, tesis que es apostillada por Mon lau: «O aquéllos doctores serían unos solemnísimos viciosos, o unos miserables aduladores» (51 ). Pero el telón de fondo, la idea básica que permite comprender la insistencia y abundancia de este tipo de afirmaciones, fue expresada con toda claridad por Sánchez de Toca: «Desde el punto de vista político el que tiene familia es más aman te de la pai y del orden público; el que sabe vivir sometido a la disci plina del hogar, sabe también someterse a la disciplina del Estado» (52). En los preceptos de la Higiene sexual referidos a los matrimonios, es muy frecuente también encontrar alusiones de tipo «economicista» sintonizando con el vigente orden productivo: «El matrimonio y la continencia son favorables a la cantidad y a la calidad de la población. En cuanto a la calidad es notorio que una procreación poco repetida da productos más perfectos»... «La criatura humana... copulando sin regla ni mesura se extenúa, agota sus fuerzas radicales y despilfarra el fluido nervioso y esencia de la vida... El celi bato no es en manera alguna favorable a los intereses de la sociedad. En primer lugar porque produce menos y en segundo lugar porque a proporción mueren más solteros que casados» (53). 111 Durante el período que va de 1855 a 1904 se acelera el proceso de institucionalización de la Sanidad Pública; aparecen las primeras re vistas especializadas (1858), la Reforma de la Sanidad Marítima (1867), se crea el Instituto Central de Vacunación (1874, «primer órgano técni co estatal al servicio de la Salud Pública») y el mismo año se publica el Reglamento para la Dirección de Balnearios; en 1882 se funda la Real Sociedad de Higiene, en 1887 la Academia de Higiene de Cataluña. En 1892 se crean las Inspecciones Provinciales de Sanidad (aunque de mo do temporal), en 1894, el Instituto Nacional de Bacteriología, en 1899 se reestablece la Dirección General de Sanidad (que había sido supri mida en 1892), en 1903 se crea el Instituto de Reformas Sociales del cual surgirían más tarde la Liga Nacional contra la Pornografía y la Liga contra el Alcoholismo. Todo este proceso culmina en 1904 con la Instrucción General de Sanidad (20 de enero) a partir de la cual puede darse por definitivamente asentado y consolidado; las instituciones y estructuras sanitarias previstas en la Instrucción, con mayor o menor eficada y grado de desarrollo, son las que han perdurado hasta los co mienzos de la reciente transición política. Desde el punto de vista de la Higiene sexual se asiste en este perío do a la pérdida del monopolio del modelo basado en la identificación entre Moral e Higiene, pérdida ya muy evidente desde el comienzo de la Restauración y a la búsqueda de otro modelo que, sin perder su fun ción de amortiguador de la lucha de clases, encontrara su legitimación en otra instancia distinta de la Moral.. Esta instancia no podía ser otra que la Ciencia, una ciencia que en todos los terrenos y especialmente en el biológico estaba acreditándose con toda rapidez gracias a sus es pectaculaxés triunfos. La Ciencia va a pasar, pues, al primer plano en detrimento, pero no a costa de la Moral. Bajo la influencia del evolu- Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es cionismo (en España sobre todo en su forma spenceriana), de la teoría de la degeneración y del positivismo en general, la Higiene, para decir lo al modo comtiano, tuvo que saltar desde la fase teológica hasta la positiva. Un «salto» ambicioso que se dio en medio de numerosas polé micas y controversias (54). La Higiene sexual pública -ahora ya con el auxilio de los especia listas «emergentes», médicos legistas alienistas-tuvo que complemen tar su discurso, de modo que lo que antes eran vicios y a veces delitos, se convirtieron además en enfermedades y degeneraciones, y el «estig ma» antes puramente moral y social se «positivizó» hasta el punto de adquirir una realidad física y orgánica indubitable. La Higiene sexual privada, tradicionalmente encomendada al vene rable y liberal médico de familia y a los asesores espirituales, conti nuó con su inveterada reserva, sin tener nada que decir, ostentando una decidida voluntad de no saber; esta «voluntad de no saber» fue de nunciada por Freud con toda claridad en 1898: « El médico -se dice no tiene derecho a penetrar en los secretos sexuales de sus pacientes, lastimando su pudor, sobre todo cuando se trata de personas del sexo femenino. Su torpe intervención no puede sino destruir la felicidad fa miliar, ofender la inocencia de los pacientes jóvenes y suplantar la auto ridad de sus padres; dar, en fin, a su propia relación con los pacientes adultos un carácter embarazoso y forzado. Constituye pues para él un deber ético permanecer ajeno a toda cuestión sexual» (SS). En efecto, se arriesgaba la pérdida de la clientela. Ante tan clamoroso abandono del campo, nada tiene en particular que los nuevos especialistas, fundamentalmente los forenses y los alie nistas, en ascendente proceso de legitimación social, con su decidida «voluntad de saber», ocuparan, monopolizaran y raptaran el discurso sexológico. Fueron ellos sobre todo, con su entusiasmo de neófitos y de recién llegados, los encargados de criminalizar y de medicalizar to da conducta desviada. Fueron ellos los que constituyeron una de las vanguardias más activas del positivismo. Pero siempre hay excepciones. Es interesante resaltar en este mo mento la que tal vez fuera -a mi conocimiento-la primera descrip ción de un caso de histeria masculina publicada por un médico gene-. ral en España. Se trata de un caso clínico publicado por el Dr. Alejan dro Settier en El Siglo Médico, en 1885 (56) con el título: «Histerismo en un hombre de 36 años». Hay que recordar que por aquellas fechas se buscaba la etiología de la histeria en alteraciones del ganglio de Fran kenhauser (Freund) y en otras genitopatías femeninas (Martín de Pe- La Higiene, tras la constatación de la quiebra del modelo moral, ha de buscar su propio camino: «La Higiene ha de reemplazar, en impe riosa necesidad, la debilidad de una religión que comienza a dejar de ser la primera y más fuerte defensa de las sociedades» (57). En conse cuencia, la Higiene debe legitimar su intervencionismo político asu miendo la dirección de lucha contra las «doctrinas peligrosas», tales como el panteísmo, el ateísmo, el materialismo o el socialismo; por ello: «Toca también a la Higiene, y en ello no cabe escasa gloria, hacer ver a la generación presente los tristes efectos de las peligrosas doctrinas filosóficas que cunden..., de sus fantásticas inspiraciones..., obtendrá..., la languidez, la enervación, la enfermedad, la imposibilidad de gozar, el disgusto, el tedio, la muerte... Tal es la influencia del materialismo en la salud» (58). Empresa de titanes que a la vista de los recursos y de los medios con que contaba la Higiene (59) se deshacía en pura declaración retóri ca. El propio autor de tan ambicioso programa tuvo que denunciar tan precaria situación; con el heterónimo de Ramón Francisco de Zalva apa recieron una serie de artículos en El Siglo Médico como respuesta a las insinuaciones del Sr. Pallarés acerca del deslucido papel que había representado la delegación española en la Conferencia Sanitaria de Vie na de 1874. La situación que describe Méndez Alvaro es desoladora. «¿Hay por ventura establecida en alguna de nuestras escuelas mé dicas una enseñanza de la Higiene pública y la "epidemiología" tan ex tensa, tan profunda y tan práctica como se requiere? ¿No hemos visto que nombrado el Sr. Monlau para desempeñar a principios de 1868 la que acababa de crearse en la Facultad de Medicina de Madrid, no pu do inaugurar siquiera el curso, ni ofrecer a los alumnos el excelente programa que tenfa dispuesto, por causa de los sucesos que aquél año sobrevinieron?»... «¿Podrán suplir ahora esa falta las nociones rudi mentarias y puramente escolásticas de Higiene privada y pública que se da en nuestras universidades?»... «¿Cómo se proveen los pocos y mí seros destinos facultativos que en ese ramo de la administración pú blica hay?»..., «en tales destinos... », se entra por la puerta de la osadía y del favor en vez de tenerse únicamente en•�uenta el talento, la instrucción y la experiencia» (60). Desengaño de la religión antes, desengaño de la política adminis trativa y educativa ahora. Terrible orfandad la de la Higiene. Pero el http://asclepio.revistas.csic.es proceso-de sacralización de la Ciencia ya estaba en marcha, sólo se pe día a esta Ciencia, en España, que no contradijera las verdades revela das. Desde el comienzo de la Restauración hasta 1904, fecha en la que hemos acordado la finalización del proceso de consolidación del Siste ma Sanitario público, asistimos entre los médicos e higienistas, ya de otra generación, a una gran disparidad de opiniones y a numerosas po lémicas aunque, eso sí, todos eran unánimes a la hora de considerar como insuficientes y débiles a nuestras estructuras sanitarias, pues tas una y otra vez en entredicho ante catástrofes naturales, como los terremotos de Andalucía de 1884 (61), el cólera del año 1885 y los de sastres sanitarios acaecidos en las guerras coloniales (62). Pulido ex presa insistentemente la necesidad de promulgar una nueva Ley de Sa nidad, las Academias abren concursos analizando la crítica situación de la Higiene (63), comienza a reclamarse la creación de un Ministerio de Sanidad, etc., etc. IV fue constante entre los alienistas de la generación de la Restauración: Esquerdo, Simarro, Tomás Maestre, entre otros. El principal argumento opuesto a la penetración del positivismo en España, consistía en su supuesta contribución a «la desfurtdamenta ción de la vida moral», socavando las bases del ordenamiento político y jurídico de la sociedad (64). Para muchos, estas ideas entroncaban con el monismo materialista de P. Mata. Pedro Estasen, un abogado y eco nomista catalán, calmaba los ánimos de una burguesía inquieta ánte tantas novedades: «Si en algo puede tildársele (al positivismo) es por lo que se refiere a su escrupulosidad y mesura; de espíritu antitrevo lucionario y esencialmente conservador, en el buen sentido de la pala bra..., es pues su tendencia y el espíritu de su doctrina esencialmente afirmativo y nunca jamás negativo» (65). El evolucionismo fue contestado desde el principio no por los sec tores científicos o filosóficos, sino por la Iglesia: «por Herético, inju rioso a Dios y a su providencia y sabiduría infinita, depresivo de la dig nidad humana y escandaloso para las conciencias» (66). En esta época se produce una abundante bibliografía dedicada a demostrar que en tre las verdades de la ciencia y las de la religión no puede haber con flicto alguno (67). De todas las concepciones científicas Surgidas en el último tercio del siglo fueron el darwinismo social en su vertiente spenceriana y la teoría de la heredo-degeneración las más ampliamente compartidas, hasta el punto de llegar a ser lugares comunes. La socio-biología pro porcionó el marco teórico para muchas fundamentaciones higiénicas y sanitarias. De entre los numerosos trabajos consagrados a conside rar a la sociedad global como una parte de la biología, destaca la apor� tación a la socio-biología del Dr. Rubio y Galí: «El hombre es a la sociedad lo que las células a la an• atomía... », «la sociedad padece como sociedad..., la fisiología social se funda en el equilibrio..., la sociedad es un ser animal, colonia racional...» y «el • arte del gobierno es una clínica». Según estas ideas, la prostitución, el alcoholismo, las desviaciones sexuales, etc., son considerados como «vicios individuales trascenden tes a la familia y a la sociedad», y las huelgas, motines y revoluciones, como «trastornos funcionales» (68). La metáfora del «cirujano de Hierro» revelaba todo su sentido. Este biologismo exagerado e indiscriminado, esta hiperestrapola-ción llegó a ser un tópico en la España.de fin de siglo, sobre tocio en el plano.retórico,-pero ante la crisis del padamentarismo: fue. utilizado políticamente para dar un sesgo autoritario y elitista. a las propuestas Fegeneracionistas, y en. ocasiones, sobretodo tras el 98, llegó a adqui rir -tintes racistas (69). En: lucha'. permanente contra el positivismo, y en, general, contra «los errores modernos», el pensamiento católico y tradicional se atrinche •raen defensa de los valores permanentes-y de-las instituciones que los cobijan, •el.matrimonio, la familia (ahora puede llamársela «célula so cial») y los roles sexuales. Ante la crisis moral de fin de siglo se consi dera que el individualismo (y el liberalismo) ha, ido demasiado lejos. El matrimonio-tradicional y la reglamentación estricta de la conducta sexual estaban acosados por múltiples.enemigos; he aquí una lista ---,-abreviada-de algunos de ellos: El eugenismo (entiéndase, el control de•la natalidad), el feminismo, el sufragismo, el «libertismo sexual» (di vorcio,.inseminación artificial), el romanticismo, el «agamismo pesi mista» (Schopenhauer, Nietzsche), el ejército-de anarquistas, comunis tas, socialistas, spencerianos, comtianos, malthusianos, etc., etc. Es una amenaza hasta el llamado «cosmopolitismo»: «Es por.desgracia, ver dad notoria que las malas costumbres y los vicios que de ellas ema nan, tienen un carácter esencialmente cosmopolita y obtiene gran de sarrollo en las poblaciones de.mucho vecindario..., contribuye á ello no poco,:la debilidad de los lazos sobre que se funda.el-matrimonio» (70). Verdaderamente se hacía-muy difícil hacer frente a tal avalancha, pero se intentó. En primer Lugar había que asentar.los principios fun damentales: «Respecto a la familia, la unidad como carácter, la autoridad pa terna como: base; la sumisión como medio de educación; la desigual dad como condición'natural, son sus principios -fundamentales»• (71 ). En un segundo lugar, había que identificar entre todos los enemi gos al enemigo principal: «Los mayores peligros del porvenir radican indudablemente en las reivindicaciones sociales que es tan natural halaguen a las masas. No caben ilusiones» (72). Y en un tercer momento distribuir el trabajo ofensivo: Contra •los positivistas: «Negando el positivismo-toda idea teológica y metafísica, destruye las creencias religiosas y sociales de•los pueblos,•para imponerles-pre ceptos y-dogmas materialistas que halagan los sentidos, aniquilan la sublimidad del pensamiento y patrocinan un individualismo egoísta y corruptor..., reclamando derechos políticos para la mujer, transforma a esta mitad del linaje humano, destinada por Dios a ser el ángel tute lar del hogar doméstico, el consuelo de la familia y el dulce lazo de la honestidad y de un amor sublime, santo e ideal, convirtiéndola en un monstruo abominable de travesura, en una harpía sin entrañas, en un foco de maldad y de corrupción, en un ente inútil e infecundo para lle nar las altas y sagrados fines que le señaló la providencia» (73).. Contra los socialistas: « En la desorg�nización de la familia ven el más seguro medio de llegar sin violencias a las ulteriores conquistas que persiguen. Y la emancipación de la mujer -o sea, los derechos antinaturales que con la bandera desplegada al aire o embozadamente se proclaman, es de cir, el principio de la igualdad política y civil de ambos sexos, igual dad completa e inmediata de educación, de instrucción y de funciones, libertad de divorcio, etc.-es cuanto puede desear la anarquía; es algo más que la guerra social, es el triunfo del capricho y de las pasio nes sobre la conciencia, en nombre de una justicia social indefinible» (74). Más aún, el materialismo puede llegar a ser un agente patógeno, co mo ya antes había entrevisto Méndez Alvaro, un agente «ético etiológico» como diría Letamendi, causante de alteraciones orgánicas y degenerativas: «Quereis sumergir a la mujer en el lodazal materialista donde se marchite su hermosura en tan fétidas emanaciones y se sequen los san tos y levantados sentimientos que la enaltecen, para que arrastrada por un Misterio orgánico se aminore un aspecto extenuado, asqueroso y re pugnante» (75). Pero todo puede tener solución; a pesar de tan apocalíptica descrip ción de la crisis, la que bien pudiera llamarse «teoría de los corazo nes» es una aportación a la esperanza: «Por más que se empeñen los utopistas, materialistas, positivistas o ateos de nuestro tiempo, la mujer será siempre mujer. Queremos sig nificar, que con sufragio o sin sufragio tendrá dos corazones, uno que comienza a vivir desde el primer instante de la concepción y otro que permanece latente hasta la pubertad y muere en edad temprana. Mien tras el útero desempeñe las funciones que le están señaladas por la Na turaleza, la mujer obedecerá, bien a pesar suyo, a la influencia de este centro orgánico para ella muy poderoso e irresistible, cuya acción en su economía no podrán contrarrestar los consejos extravagantes de cier tos pensadores, ni la excentricidad de espíritus aviesos, ni mucho me-nos el aliciente del derecho al sufragio que para nada ha de servirle» (76). Y el problema de la igualdad moral de los dos sexos, queda resuel to en estos términos: «Esta igualdad moral entre el hombre y la mujer» (no la igualdad política ni la civil, que los derechos políticos de los hombres son juzga dos además como «excesivos»)..., «que tan razonable nos parece, se ob tendrá en la mayoría de los casos no favoreciendo ni aumentando la licencia de la mujer sino refrenando la del hombre» (77). La crisis era profunda y la perplejidad se generalizaba. Hubo mo mentos en que no se sabía qué podría decirse; el 27 de diciembre de 1904, el Dr. Fernández-Caro inauguró las sesiones de la Sociedad Es pañola de Higiene con un discurso sobre «El matrimonio ante la Hi gie: ne». En este discurso, el autor desaconseja los matrimonios por con veniencia, los matrimonios que tuvieran gran diferencia de edad entre los cónyuges, los matrimonios interclasistas, y manifiesta sus reparos al matrimonio por amor (pasión que pasa pronto). Final mente, no sin cierto escepticismo opta por un tipo de matrimonio..., «reflexivo» (78). Pero para estas fechas el discurso sobre la sexualidad ya estaba ca si totalmente monopolizado por los médicos legistas y por los psiquia tras; uri discurso conformado según los moldes de la teoría de la dege. neración y del positivismo. Ahora, todas las cuestiones sexuales, aun las aparentemente inocentes, van a ofrecer «un doble interés, el freno pático y el médico-legal». Cae fuera de este trabajo el análisis de las ideas de estos especialis tas en materia sexológica; no obstante, como su influencia en los ámbi tos jurídicos, culturales y sanitarios fue determinante, se hace necesa rio dibujar, aunque sea a brochazos, el perfil de este discurso que se difundió tan ampliamente que tuvo que ser incorporado a las obras de divulgación y a los artículos de las enciclopedias. Según este discurso, las protitutas, por ejemplo, tienen una menta lidad aberrante relacionada con el tipo de degeneración que presen ten, con sus correspondientes estigmas: capacidad craneal inferior a • la media, menor abertura del ángulo facial, prognatismo acentuado, irregularidad del orificio occipital, excesivo desarrollo zigomático con apéndice lemúrico, etc., etc. La prostituta criminal se reconoce por te ner una mayor capacidad craneal; en cambio, presenta mayor número de anomalías (plagiocefalia, soldadura del atlas, espina nasal hipertró fica) y el diámetro de la corva suele ser superior al normal. Son carac-Asclepio- II-1990 ter:ísticas, la hipertricosis facial, la.h�pertrofia del.clíto: ris•y'la exage Tación de las ninfas. En su conjunto, la_prostituta, por-su tipo antropo lógico,:se asemeja a las-razas inferiores como los hotentotes, pieles ro jas y australianos. En cuanto a los estigmas mentales, éstos son debí.dos a la locura degenerativa histérica (mitomanía, cleptomanía, avari.cia,. etc). Si algunas prostitutasTeaJizan actos filantrópicos o muestran: sentimientos caritativos, éstos tendrán.su origen en un sentimentalis mo morboso; si.es cierto que algunas pueden ser inteligentes_y sensi bles al arte, compensan estas cualidades con una enorme capacidad_pa •ra Ja intriga y el chantaje (79). No.cabe duda de que este «retrato de prostituta» resulta mucho más duro,.marginante y estigmatizador que el «diseñado» por la moral-tra.dicional. Incluso ante una «perversión» tan irrelevante como el fetichis mo es.evidente un duro lenguaje psiquiatrizante; se puntualiza que el fetichismo está lejos de ser una simple curiosidad antropológica: es una perversión que sólo aparece en los degenerados y en los. psicópatas; se advierte que se presenta además como asociada a otras perversiones más graves o por el contrario, que puede ser la puerta de entrada _para otras enfermedades como la impotencia y el onanismo. Se recuerda que «presenta un.interés médico-legal» puesto que sueleir asociado a clep tomanía y.dar origen a atentados contra el pudory las buenas costum bres. Los «cortadores de trenzas» son ejemplo de degeneración mental. Posteriormente las concepciones socio-biológicas fueron diluyéndo se a medida que se fue perfeccionando el método indudivista que no permitía esos gruesos errores metodológicos; por su nula eficacia sa nitaria•.y, sobre todo, a•medida que se fueron tornando políticamente inútiles. La teoría <lefa degeneración dejó paso a las ideas kraepelinia nas-y poco antes de la primera• guerra mundial comenzó a hacerse no'tar el influjo del psicoanálisis, •Y con ello, no sólo la sexología, sino to das las ciencias de la salud mental entraban en otra fase de su desarro llo histórico. El pensamiento tradicional y conservador.continuó ejerciendo su graninfluencia sobre la higiene y sobre la sexólogía, pues no-en vano •este pensamiento parece ser una constante más o menos invariable: de la cultura española y occidental. Tal influencia resulta evidente en nues. tras días. -si consideramos el predominio existente del normativismo -• especialmente del normativismo sexual-y de una abstracta «moral de código» sobre el-relativismo moral y sobre la llamada «ética de la situación». Una moral-que tuviera en cuenta las condiciones concretas. en.las que se desarrolla la personalidad y se expresa la sexualidad. (3) FELIPE MoNLAU, Pedro (1847): Elementos de Higiene Pública. Higiene del matrimo nio, del mismo autor (1853) (l.a edición). (4) El Monitor de la Salud de las Familias y de la Salubridad de los pueblos. Revista de Higiene Pública y Privada; de Medicina y economía doméstica; de Policía urbana y ru ral, etc., etc. Este era su título completo. Salía bajo el significativo lema de «La Salud Nacional es la riqueza nadonal». Su periodicidad era quincenal. Monlau era su director, fundador y a veces único redactor. (5) En el decreto que lo creaba, este centro era calificado como «primer órgano téc nico estatal al servicio de la Salud Pública» (24 de junio de 1871. Méndez Alvaro fue su primer director). (6) La Sociedad Española de Higiene, que nació por iniciativa de Méndez Alvaro, fue inaugurada por Alfonso XII el 23 de abril de 1882. En sus estatutos figura un párrafo como éste: (La SEH se propone) «excitar los delicados sentimientos de caridad del bello sexo a fin de que coopere a la patriótica y noble empresa de la sociedad, especialmente a favor de la tierna infancia». Ello permitía a la SEH organizar concursos y distribuir premios entre las damas caritativas de la burguesía que se presentaban a colaborar en temas dedicados a la puericultura. La Academia de Higiene de Cataluña se fundó en Barcelona en 1887 a instancias de Igr1acio Valentí Vivó, catedrático de Medicina Legal. Ambas instituciones tuvieron una intensa actividad y dedicaron numerosas sesiones al estudio de los temas relacionados con la Higiene sexual. (7) Cirujano militar francés que había sido. médico de Fernando VII durante su es tancia en Valenc; ay. (8) Véase La polémica de la Ciencia Española. Recopilación de Ernesto y Enrique García Camarero. (14) Sólo como una curiosidad para la historia de la psiquiatría, es interesante su brayar la amistad que entabló Seoane con Spurzheim en Londres. Allí publicó Seoane una obra exponiendo y defendiendo las doctrinas frenológicas, Cuando regresó a Espa ña en 1834 ya había perdido todo interés por ellas. Véase L0PEZ PIÑER0, J. M.: op. cit., p. (15) Por ejemplo, tratando de recuperar el nivel que había en cuanto a la recogida de datos estadísticos, o al de los estudios topográfico-sanitarios de las poblaciones y de las comarcas, o acercándose al nivel de la traducción de libros médicos. Por ejemplo, los libros más importantes sobre las enfermedades venéreas se traducían a finales del XVIII con relativa prontitud, así tenemos: (61) Según datos oficiales, sólo en la provincia de Granada el terremoto de 1884 pro dujo 690 muertos y 1.173 heridos graves. (63) La Real Academia de Medicina y Cirujía de Barcelona, abrió concurso en marzo de 1885 sobre estos significativos temas: «Historia y estado actual de la enseñanza de la Higiene en nuestra patria. El estado actual de la misma, ¿ basta para las necesidades de la Ciencia y de la Administración? En caso negativo, ¿se debe aumentar la enseñanza dentro de las Facultades de Medicina o instituir una carrera especial, y bajo el punto de vista administrativo crearse una Dirección o un Ministerio de Salud Pública?». Giné y Partagás ya había ganado un concurso de estas características, como el pro puesto por la Real Academia de Medicina de Madrid en el curso 1875-1876. La obra pre miada dio lugar al Curso elemental de Higiene privada y pública del referido autor. ( Pío XII en la encíclica «Humani Generis» del 12 de agosto de 1950, no prohibe que el origen del hombre sea investigado por la ciencia, pero no concede esa libertad para de fender que el cuerpo de la primer mujer derive también del de un animal; y niega expre samente esta libertad para defender el poligenismo en tanto que es una doctrina que ataca directamente la del pecado orginal. (67) Tal vez la más importante y difundida de las obras producidas en España con esta intención sea la que escribió el químico y médico granadino-catalán D. Francisco Crítica (Grijalbo). Una obra densa y esclarecedora acerca de estos graves pro blemas. Aquí en España tampoco faltaron positivistas a ultranza que no tenían empacho en conjugar la ciencia y el racismo con el problema de las nacionalidades. Pompéu Ge ner puede servir de ejemplo al enfocar la «cuestión catalana»: «El problema está enta blado entre la España lemosina, aria de origen, y, por tanto, resolutiva, y la España cas tellana, cuyos elementos Pre-semíticos y Semíticos, triunfando sobre los Arios, la han paralizado». (70) QuEIPO DE LLANO, Francisco de Borja, Conde de Toreno. Discurso leído el 27 de diciembre de 1885 ante la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas acerca de «la importancia política, social y económica de las grandes capitales de las naciones moder nas». Ante los problemas de todo orden suscitados por el crecimiento de las grandes ciu dades, otros autores preferían hablar, en vez de «cosmopolitismo», de Nacimiento. Cuando la epidemia de tifus exantemático se extendió por todo Madrid en 1904, el Dr. Salinas, médico militar no dudó en hacer su diagnóstico etiológico. «El hambre, la suciedad y el hacinamiento están en la base del desarrollo del tifus». En 1900, en Madrid, donde solamente el 10% de las viviendas disponían de agua corriente, vivían 600.000 personas distribuidas de la siguiente manera: Si, como afirma Foucault, el único espacio legítimo para ejercer la sexualidad du rante todo el siglo XIX es la alcoba conyugal, hay que reconocer que este espacio era ine xistente para la mayor parte de la gente que vivía en grandes aglomeraciones. La alcoba conyugal estaría al alcance de sólo unos pocos. Tal vez fuera más correcto decir que el espacio de la sexualidad se traslada al espacio de las multitudes anónimas. Es un hecho puesto de relieve por numerosos autores que la preocupación por la sexualidad por par te de las autoridades sanitarias se había evidenciado con la aparición, junto al ferroca rril, de las estaciones y barrios satélites llenos de gente anónima y transeúnte. Koselleck, en KLAus DóRNER (1974): Ciudadanos y Locos. Dicen-los mitólogos que en el momento fundacional de toda nueva sociedad es preciso sacrificar a un Dios poderoso con el fih de•poder apropiarse del. caudal energético liberado con su muerte. De ser así, muchos datos hay para sospechar que elDios elegido para el sacrificio en los momentos fundacionales de la sociedad liberal y burguesa que emerge el Antiguo Régimen, no.es otro que Eros; Eros, sacrificado en el altar de la diosa Razón. Pero esta misa, en ocasiones-sangrienta; tu� vo sólo un éxito parcial. Eros• no murió del todo -se le supone•• inmortal-mas fue mutilado. A ese «zángano alado» lerecortaron las alas y• le quitaron la venda de los ojos, símbolo del desorden azaroso; Y la diosa Razón mostró enseguida su impostura:.era sólo un disfraz con eL que. el astuto Pluto había asistido a la ceremonia. Así; la.nueva sociedad que nació para ser fuerte y robusta; enseñó pronto sus lacras y debilidades: Peina, la probreza, madre de Eros, colérica; multiplicf r sus hijos que fuerron acompañando con su negra sombra a la recién nacida. Y fue cantada por los poetas: (1) El «Proyecto de Código Sanitario para la Monarquía Española», que pudo llegar a ser uno de los más avanzados de su tiempo, fue redactado por una comisión de las Cortes Liberales el año 1822 compuesta por José F. Pedralbes, Mariano Lagasca; Agus tín López del Baño, Nicasio Tomás, Ramón Trujillo, José Pumarejo, Ramón Salvato, Pa blo Montesino y Mateo Seoane. Al parecer, esta comisión contó también con.el.asesora miento y la colaboración de Ruiz de Luzuriaga que falleció poco después, con lo que culminaba una extraordinaria obra médica y sanitaria. De este período proviene también la idea de unificar los estudios de Medicina y Ciru-. gía en el Colegio de San Carlos. (2) En el plan Mata de 1843 se contemplaba a la Higiene pública y privada.como dis 0 ciplina a estudiar durante el tercer curso de la carrera de Medicina.
apareci dos en España o publicados por autores españoles a lo largo del año 1989, incorporando además los trabajos de 1988 que no habían sido re cogidos en la Bibliografía del año anterior, para lo cual nos ha resulta do de remiten a los diferentes: trabajos mediante el.número asignado en el, repertorio. Agradecemos sinceramente la colaboración de todos aquéllos que nos han escrito suministrando•información y esperamos poder•seguir, contando con esa ayuda, sin la cual la Bibliografía no sería, posible. ACTAS (1988): Actas del Simposio Filosofía y Ciencia en el Renacimiento. Santia.go de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 394 p. AGUIRRE SoR0ND0, A. (1988): Tratado de molinología: los-molinos de Gui púzcoa. AGUIRRE, E. (1988):.Crónica del desarrollo de la paleontología•humana. En RACEFN (Ed.), Historia de la paleontología, Madrid, RACEFN,. ALARCóN, J.; VALVERDE,.J. L.(1988): El Colegio de Boticarios de-Palermo y el Protomedicato, Boletín de la Sociedad Española de Historia de la Far macia, 39 (153), 37-45.
Tras introducirnos en los contenidos fundamentales del discurso médico sobre la histeria en la España finisecular, la autora se centra en el análisis del cuadro histérico descrito por Clarín en La Regenta, valorando las aportacio nes de la novela al conocimiento de esta enfermedad psíquica en un momento de cambio de las concepciones psiquiátricas sobre la misma y mostrando có mo la observación y la minuciosa descripción de un novelista puede ofrecer datos al historiador al menos comparables a los obtenidos en las fuentes habi tuales. Finalmente, se compara el caso de Ana Ozores, protagonista de La Re genta, con el de Fraulein Anna O., reseñado por Breuer y Freud en sus Estu dios sobre la histeria. ciales subyacentes al establecimiento de normas sociales, movimientos científico-sociales y actitudes personales referidas a la valoración de la mujer como ser social y como ser humano. De estos aspectos y de los diferentes mo vimientos sociales que buscaron de alguna manera el control de la natalidad, el control de la procreación y por ende de la población, trata este trabajo. ALVAREZ, R.: «Medicina y moral sexual en la España de preguerra». La moral sexual, con todas sus implicaciones de control social y personal, su carga ideológica y su bó.squeda de apoyos científicos como respaldo y justi ficación del establecimiento de normas morales, fue un elemento muy impor tante en el desarrollo de las luchas sociales y políticas de la España del primer tercio de este siglo. La medicina, de enorme importancia en una sociedad muy medicalizada por la situación sanitaria real y por una moral «patologizante», con su ambigua posición entre la ciencia y la beneficencia, jugó un importante papel en las luchas por establecer una nueva moral acorde con las transfor maciones sociales que se buscaban. Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es BALBO, E.: «El concepto de perversión en la psiquiatría dinámica». Los trabajos de Richard von Krafft-Ebing Psychopatologia Sexualis (1983) y el de Henry Havelock Ellis Studies in psychology of sex (1897), representan una síntesis general de lo producido a partir de mediados del XIX en el terre no de las alteraciones de la sexualidad. Es la obra de Sigmund Freud el punto de ruptura con los antiguos conceptos que fueron desarrollados por el positi vismo. El psicoanálisis, al introducir nuevos conceptos como. el de «objeto (Ob ject) sexual» y el de «fin (Ziel) sexual» y manifestar que las perversiones que dan ligadas al desarrollo que siga, en su evolución, la sexualidad infantil, posi bilitó la aparición de una nueva nosografía que desde 1905 inspira todos los escritos sobre el tema. CAMPOS MARíN, R.: «La instrumentalización de la mujer por la medicina social en España a principio de siglo: su papel en la lucha antialcohólica». El presente trabajo, fruto del análisis de textos sobre alcoholismo y educa ción de la mujer, de principios del siglo XX, intenta demostrar que la Medici na Social, bajo el velo del bien y la salud común, utilizó a la mujer en sus pro gramas antialcohólicos. Esta instrumentalización de la mujer tuvo un doble sentido y un objetivo: educar a la mujer para que eduque a sus hijos, y de esta manera controlar el hogar y el entorno del obrero. CASCO SoLís, J.: «La higiene sexual en el proceso de institucionalización de la sanidad pública española». El proc_ eso de creación de la Higiene Sexual durante la institucionalización de la Sanidad Pública, comienza en España con el primer impulso al tema acon tecido durante el Trienio Liberal, cuando se produce la aparición de las Cáte dras de Higiene Pública y Privada, los primeros Manuales de Higiene, Socie dades y Academias de Higiene y la Ley de Sanidad de 1855. Los médicos e hi gienistas españoles elaboran un discurso sobre la sexualidad que se construye con elementos de la ideología burguesa, y sobre todo de la inagotable cantera de la moral católica. El trabajo se desarrolla hasta los comienzos del siglo xx en que el tema de la sexualidad está monopolizado por los médicos legistas y los psiquiatras. ENCINAR, A.: «La sexualidad y su significación en la novelística española actual». Basándose en el estudio de tres novelas recientes: Los verdes de mayo has ta el mar, de Luis Goytisolo; Luz de la memoria, de Lourdes Ortiz; y Fabián y Sabas, de José María Vaz de Soto, la autora analiza el papel y el significado de la sexualidad como tema literario en la narrativa española actual, en parti cular el valor metafórico y simbólico que llega a adquirir al compararlo con el propio acto creativo del artista, del novelista, desvelándonos todo un uni verso de subjetividad e intimismo de más o menos claras lecturas psicoanalíticas. GONZÁLEZ DE PABLO, A.: «Sexualidad y conocimiento: La filosofía enfer ma del Marqués de Sade». Se pretende analizar, en primer lugar, la forma en la que Sade se constitu ye en una culminación del pensamiento ilustrado y, al mismo tiempo, en un Asclepio- II-1990 claro exponente de sus carencias e ingenuidades; y, en segundo lugar, profun dizar el modo en que la sexualidad se configura en su obra como una vía de conocimiento o, lo que es lo mismo, penetrar en los vericuetos de la filosofía enferma de Sade. HUERTAS GARCÍA-ALEJO, R.: «Prostitución y espacio urbano: sobre la medicalización de la "mala vida" en Buenos Aires Partiendo del concepto de «mala vida», se analiza el proceso de medicaliza ción de la prostitución en el Buenos Aires de las primeras décadas del presente siglo. Se valora la influencia de degeneracionismo y de la antropología crimi nal en el desarrollo de un discurso médico positivista y somaticista, así como los elementos sociológicos incorporados al mismo, en particular en su relación con el fenómeno inmigratorio y con la influencia de un medio urbano hostil. HUERTAS GARCÍA-ALEJO, R.: «El concepto de "Perversión" sexual en la medicina positivista». Se estudia la aparición del concepto de perversión sexual en la psiquiatría y en la medicina legal de la Francia de la segunda mitad del siglo XIX, a tra- Asclepio- II-1990 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0) http://asclepio.revistas.csic.es vés, fundamentalmente, de las obras de Valentín Magnan y de Ambroise Tar dieu. Se hace hincapié en las relaciones entre el discurso «científico» y el dis curso «moral» de la época y se apuntan las aportaciones más notables de una medicina positivista y pre-freudiana que asumió plenamente el biologismo so maticista y las necesidades de control social. LÁZARO, J. S.: «La sexualidad metabiológica: de la naturaleza al lenguaje». La concepción ilustrada de la sexualidad (y en particular del deseo) puede ser calificada de biología porque su referencia esencial es naturalista; el de seo es la voz de la Naturaleza, y, por tanto, lo deseable coincide con lo natural y lo virtuoso. Por el contrario, la concepción freudiana de la sexualidad puede ser califi cada de metabiológica, pues su referencia esencial es lingüística. Freud conci be el deseo como una fuerza que en cada individuo está mediada por las cade nas de representaciones (significantes) almacenadas en su aparato psíquico, lo que explicaría la peculiaridad y la diversidad de los deseos humanos. Esta concepción metabiológica de la sexualidad aparece también en la distinción freudiana entre los intereses del individuo y los de la especie, o entre las pulsiones humanas y los instintos biológicos. MARTÍNEZ, J.: «Sexualidad y orden social: La visión médica en la Es paña del primer tercio del siglo XIX». Las décadas finales del siglo XVIII y los primeros años del XIX representan una de las etapas de mayor significado para las relaciones entre Medicina y Política. Los médicos tomaron conciencia explícita de que sus saberes eran de gran utilidad para el mantenimiento del buen orden de un Estado, y comenza ron a expresar sus deseos de participar en las tareas legislativas. El presente artículo intenta mostrar cómo los médicos españoles no se mantuvieron al mar gen de estas ideas. Las obras de dos de ellos -Ramón López Mateos y Francis co Fabra-representan un intento de proporcionar a los juristas las bases pa ra elaborar un código legislativo basado en el conocimiento que la Medicina de la época era capaz de suministrar acerca del hombre. Entre toda la serie de recomendaciones que allí suministran sobre lo que debería permitirse y pro hibirse para el buen funcionamiento de una comunidad, no podían faltar las cuestiones relacionadas con el papel de ambos sexos dentro de la sociedad y con la vida sexual de los individuos. Por ello, la obra de estos autores puede ser vista como una contribución a la difusión del modelo de sexualidad que la cada vez más poderosa burguesía que estos médicos representan intentaba establecer. MIGUEL MORENO, P. de: «El amor al veneno, Sobre el mundo simbólico de las drogas». El presente trabajo desarrolla, a lo largo del siglo XIX y comienzos del ac tual, mediante el análisis de textos literarios y médicos relevantes de la época, cómo se han configurado distintas ideas sobre el concepto de placer y displa cer relacionados con el consumo de opio, morfina y cocaína. Así, desde los tex tos de Thomas De Quincey con su exaltación del opio, hasta los textos médicos que perscriben los usos terapéuticos de los distintos compuestos, podemos en contrarnos con la dualidad del destino de las drogas. MONTIEL, L.: « Sexualidad y conocimiento: La conquista de uno mismo en la obra de Ernesto Sabato». El presente trabajo analiza algunos fragmentos fundamentales de la obra de Ernesto Sabato desde la perspectiva de la psicología junguiana. Se realiza un estudio comparativo entre el texto sabatiano y las obras de Jung dedicadas. a la alquimia para ilustrar, desde el dominio de la sexualidad humana, el pro ceso de autoconocimiento y autoapropiación.
El mundo occidental no sufría una experiencia semejante a la actual crisis epidémica desde la gripe de 1918: hasta ahora, se había vivido un siglo sin brutales pandemias. La enfermedad infecciosa, que fuera tiempo atrás causa principal de sufrimiento y muerte, iba siendo controlada por la educación, la higiene, la medicina y la mejora de los niveles de vida; pero lo cierto es que nunca nos ha abandonado. En la primera mitad del siglo XX seguían siendo aterradores los efectos de la tuberculosis, la malaria, el tifus, la viruela y un largo etcétera de enfermedades contagiosas. En la segunda mitad del siglo, algunas de ellas habían sido controladas, incluso la viruela fue la primera y única enfermedad que logró clausurar la medicina. El aislamiento había sido eficaz desde antiguo, luego llegaron las vacunas y la seroterapia, y al fin las sulfamidas y los antibióticos. Servicios públicos de sanidad, del que fue señero ejemplo el National Health Service británico, tuvieron un papel indispensable en la mejora de las condiciones de salud de la población en general. Pero bacterias y virus han continuado activos, en especial estos últimos -los "numantinos" de la patología infecciosa, como los tildaba con humor Pedro Laín Entralgo-, que han sido hasta el presente muy difícilmente combatidos. Epidemias víricas muy graves, de poliomielitis, gripes, VIH/sida o Ébola han seguido demostrando, penosamente, la debilidad de las barreras que hemos logrado levantar ante estos patógenos. Variados y frecuentes boquetes se han abierto en nuestras ingenuas islas de bienestar, que se pretenden ajenas al sufrimiento mundial. Todo tipo de arietes siguen golpeando la seguridad y la inmunidad en todas las sociedades, algunos de ellos terribles, como las guerras inacabables, las crisis económicas, las hambres y migraciones -tan frecuentemente unidas-, pero también el cambio climático y las perennes y estructurales desigualdades sociales. Otros, más incruentos y azarosos, como el comercio, las comunicaciones o el turismo. Y, en fin, algunos de ellos por entero voluntarios y culpables, como el desmantela-miento de nuestra sanidad pública, la escasa atención e insuficiencia de recursos para el estudio de las enfermedades olvidadas denominadas también por la OMS enfermedades tropicales desatendidas (ETD) y de las definidas como "raras", la falta de apoyo a la educación y, recurrentemente, a la investigación, que también ha dificultado continuar la búsqueda de vacunas contra otros coronavirus causantes de crisis anteriores (SARS, MERS). Por eso, cuando una vez más ahora, de repente, el "diablo" ha mandado estas otras e inéditas ratas a propagar la peste entre no-sotros..., nos ha encontrado inermes, desprevenidos. Tan solo los heroicos esfuerzos del universo profesional sanitario en su totalidad, junto al apoyo de la población civil -una gran parte de los imprescindibles batallando en primera línea-han permitido que las llamadas y disposiciones de la OMS y las decisiones de los políticos lleguen a tener resultados positivos ante el embate del brote de enfermedad por COVID-19. Miedos antiguos y discursos xenófobos se han revivido ahora, se han renovado situaciones de siglos atrás que parecían olvidadas, una gran conmoción renacida aquí entre nosotros, en pleno siglo XXI. Confiamos en que lo más grave pase pronto, que muchos de los males concretos puedan ser aliviados, que las vacunas lleguen lo más rápidamente posible, y que se distribuyan con generosidad y con criterios de necesidad y de equidad entre la población mundial. Pero es difícil que la dolorosa memoria de las graves situaciones vividas, con las pérdidas en vidas humanas y el temor por la propia, pase pronto. Y poco probable es que volvamos a ser los mismos. Ya el VIH/sida marcó nuestras costumbres sexuales; ahora el nuevo coronavirus alterará nuestras posibilidades sociales y económicas, aumentará la desigualdad y producirá cambios fundamentales, en lo privado y en lo público, incluso en nuestras formas de relación y la manera de ver al "otro" seguramente. A la espera del próximo peligro -tal vez el mismo, tal vez distinto-, ojalá que seamos más sabios, más justos y más generosos; y que seamos capaces de preservar a los demás y preservarnos de antemano. Las páginas de Asclepio han recogido, desde los inicios de su andadura como revista, importantes estudios que han sido referentes obligados en algunos casos para la reconstrucción histórica de enfermedades de comportamiento epidémico: el cólera y la peste como principales protagonistas en distintos ámbitos geográficos dentro del estado español y con una importante presencia de los brotes epidémicos en Latinoamérica. Pero también la sífilis, la fiebre amarilla, la viruela y la vacunación jenneriana y su expansión al mundo colonial a través de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, el paludismo, la gripe o la poliomielitis. A través de todos ellos y con diferentes y complementarias heurísticas que recogen muy bien las novedades historiográficas que en estos siete decenios -tan ricos en novedades y aproximaciones a la historia de las enfermedades-se han ido produciendo. Los sucesivos índices (J. L. Peset y Ma. I-XXV; R. Huertas y P. García Santamaría v. XXVI-XXXV; y el de Armando García González, que ya pudo ofrecer completo el primer medio siglo de la revista: http://www.moderna1.ih.csic.es/asclepio/ default.htm) fueron dando cumplida información de estos contenidos, muchos de los cuales se encuentran en línea [URL] asclepio/issue/archive). El dosier que presentamos en este número dedicado a las Vacunas y vacunación (ss. XIX y XX): contextos diferentes, objetivos comunes, nuevas aportaciones para su análisis histórico, coordinado por María Isabel Porras y María José Báguena, da un importante paso más en estos estudios, siempre imprescindibles.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). La historiadora de la medicina Anne-Marie Moulin, en 1996, en la introducción de la monografía L'aventure de la vaccination, dirigida por ella, indicaba que era comúnmente admitida la relación entre las vacunas y el aumento de la esperanza de vida logrado en la última centuria y su consideración como uno de los pilares de la Medicina, simbolizando también su papel clave para la realización del utópico objetivo de salud para todos en el año 2000 enunciado por la OMS y UNICEF en la conferencia de Alma-Ata (Moulin, 1996, p. Esta autora reconocía igualmente que las vacunas eran la mejor estrategia contra las enfermedades víricas y llamaba la atención sobre la gran interdependencia de los aspectos científicos, antropológicos, políticos, económicos, sociales, culturales y éticos en la historia de la vacunación, así como sobre la complejidad del acto de la vacunación y, en consonancia con ello, la necesidad de negociaciones entre los diferentes actores implicados (Moulin, 1996, p. Transcurridos más de treinta años desde entonces siguen teniendo plena actualidad, tanto la positiva valoración de las vacunas en el control y erradicación de las enfermedades infecciosas como el reconocimiento de la complejidad que ha rodeado y sigue rodeando todo el proceso de preparación, puesta a punto de cada vacuna y, sobre todo, su aplicación práctica, como queda patente al revisar documentos de la OMS, como el relativo al Plan de acción mundial sobre vacunas, 2011-2020 o a la Semana mundial de la inmunización de 2019 y el editorial incluido en la Revista Española de Salud Pública, en su número del 11 de marzo de 2019 sobre la "Semana europea de la vacunación (del 22 al 28 de abril de 2019)" (Latasa Zamalloa et al., 2019). El Plan de acción mundial sobre vacunas, 2011-2020 fue el marco que la Asamblea Mundial de la Salud aprobó en mayo de 2012 para alcanzar los objetivos del Decenio de las Vacunas de hacer accesible la inmunización universal y, a través de ello, mejorar la salud de todas las personas, independientemente de su lugar de nacimiento, de residencia o de quiénes son (OMS, 2013, p. Este plan se justificó apelando a los beneficios de esta intervención sanitaria y a su rentabilidad, que se estimaban en la prevención de unos 2,5 millones de muertes cada año (OMS, 2013, p. 12), y se mencionaban los logros de las últimas décadas como la erradicación de la viruela, la reduc-ción de la incidencia mundial de la polio en un 99% o de la enfermedad, de la muerte y de discapacidad a causa de la difteria, el sarampión, el tétanos, la tosferina o la meningitis meningocócica (OMS, 2013, p. Se reconocía el gran esfuerzo a realizar en materia de coordinación entre distintos sectores de la sociedad (profesionales de la salud, academia, agencias globales, fabricantes, sociedad civil, socios de desarrollo, medios de comunicación y sector privado), así como con los gobiernos para desarrollar estrategias e implementar planes que aseguraran su consecución, pero también para disponer de recursos materiales adecuados y humanos bien formados para llegar hasta las poblaciones más lejanas y aisladas. Al mismo tiempo se apuntaba el esfuerzo necesario para el desarrollo de nuevas y mejoradas vacunas y de tecnologías con las que maximizar los beneficios futuros de la inmunización a nivel mundial (OMS, 2013, p. Para llevar el plan a buen puerto se consideraba también importante compartir la "gran idea de que las vacunas trabajan para salvar vidas" con un público más amplio y hacerlo mediante distintas iniciativas, como la Semana Mundial de Vacunación, para promover la vacunación universal (OMS, 2013, p. Lo que subyacía en este planteamiento era la complejidad del plan, más allá de los recursos y la coordinación necesarios ya mencionados, y la necesidad de ganarse la confianza de la ciudadanía y vencer sus resistencias frente a la inmunización para asegurarse su éxito en la materialización práctica. De modo más claro esta idea se reflejaba al precisar que esta semana especial proporcionaría, en el mismo espacio temporal, a los países y a las organizaciones, oportunidades específicas para incrementar las posibilidades de sensibilizar al público sobre cómo la inmunización puede salvar vidas (OMS, 2013, p. Aunque las primeras páginas del documento de la OMS que vamos comentando mantienen un tono optimista apoyado por la inclusión de cifras para respaldarlo, como la disminución del número anual de muertes de niños menores de cinco años entre 2000 (unos 9,6 millones) y 2010 (7,6 millones) o de las producidas por difteria, sarampión, tétanos neonatal, tosferina y polio, que han pasado de ser unos 0,9 millones en el año 2000 a 0,4 millones en el 2010, y se hablaba del esfuerzo efectuado para reducir el desfase entre países de ingresos altos e ingresos bajos en cuanto a la introducción de nuevas vacunas y al acceso a la inmunización en ellos 2, se admitían diferencias de cobertura entre países (OMS, 2013, p. Una de ellas era la cobertura media de la vacuna triple bacteriana (contra la difteria, el tétanos y la tosferina) y de la vacuna antisarampionosa, inferiores, respectivamente, un 16% y un 15% en 2010 en los países con ingresos bajos respecto de los valores de los países con ingresos altos. Además, en el caso de esta última vacuna, la cobertura en las áreas rurales era un 33% inferior a las zonas urbanas en ese mismo año, incrementándose las diferencias entre países pobres y ricos (OMS, 2013, p. El nuevo plan mundial de 2011-2020 pretendía, por tanto, corregir esas situaciones y constituirse en generador de nuevas oportunidades e instrumentos para responder a nuevos desafíos en el ámbito de la inmunización y de sus objetivos, que se presentarían en ese nuevo espacio temporal como consecuencia de las transformaciones que se preveía se registrarían, que se valoraban recuperando el tono optimista del documento, también presente al formular la medición de los resultados de dicho plan (OMS, 2013, p. ticiparon especialistas de distintas disciplinas (médicos, biólogos, historiadores y economistas), trazaba el recorrido de la historia de la vacunación desde sus orígenes hasta la situación de crisis presente al inicio del siglo XXI y abría una reflexión profunda sobre esta práctica preventiva tan relevante para la sociedad (Peter, 2001, p. Para Peter uno de los exponentes de esa crisis era la resistencia frente a la vacunación generada entre la población en los últimos decenios por entender esa práctica masiva como un atentado a los derechos individuales y considerar su capacidad como individuos para poder decidir por sí mismos, incluso cuando se trata de sus hijos menores de edad (Peter, 2001, p. Algunos accidentes ocurridos con la administración de algunas vacunas han sido utilizados y siguen siendo empleados también como argumentos justificativos de esa resistencia que ha ido en aumento en las primeras décadas del siglo XXI, que está teniendo algunas consecuencias como la reemergencia de brotes de algunas enfermedades infecciosas ya erradicadas en el ámbito europeo. Un ejemplo de esta situación ocurrió en Olot (Gerona) en mayo de 2015, cuando enfermó de difteria un niño de 6 años que no había sido vacunado por decisión de sus padres y murió un mes más tarde (El País, 27-06-2015). Este caso y el brote generado en torno a él provocaron la alarma social y de las autoridades sanitarias, desencadenándose un importante debate que reveló la relevancia que estaba alcanzando el movimiento antivacuna también en España, país que había mostrado tradicionalmente un perfil más bajo que otros del mundo occidental. Desde finales del siglo XX la historiografía se ha hecho eco del crecimiento del movimiento antivacunas y ha analizado tanto situaciones locales, buscando las raíces histórico-médicas que ayuden a comprender la situación presente (Skomska-Godefroy, 1996), como el abordaje de un modo más amplio de este fenómeno considerando toda su complejidad y llamando la atención sobre la necesidad de huir del análisis e interpretaciones simplistas que con frecuencia son manejadas. Esta literatura ha vertido opiniones similares a las ya mencionadas y ha subrayado recientemente la necesidad de considerar la falta de neutralidad de las prácticas de inmunización masiva, la importancia de efectuar estudios comparativos utilizando nuevas categorías analíticas y perspectivas, como el nacionalismo colonial y la descolonización, la Guerra Fría, los cambios de modelo económico y el auge del neoliberalismo o los grandes movimientos geopolíticos (Greenough, Blume, Holmberg, 2017, p. Esta misma historiografía defiende también su valor como medida de salud pública y subraya su capacidad para ser fuente de perturbaciones de diversa índole en la sociedad, como quedó bien reflejado en el estudio comparativo The politics of vaccination. A global history editado por Christine Holmberg, Stuart Blume y Paul Greenough (2017). De ahí que se haya sugerido el papel de la inmunización como una nueva lente histórica crucial para observar los cambios ocurridos en la sociedad y la nación a través del tiempo (Greenough, Blume, Holmberg, 2017, p. En este contexto historiográfico resulta apropiado enriquecer el debate mediante nuevos estudios comparativos entre diferentes países y para enfermedades distintas, que nos ayuden a comprender tanto el soporte como el rechazo de esta tecnología científica más allá de las pruebas científicas e incluso de los resultados conseguidos. Es por eso por lo que parece importante analizar en profundidad el papel desempeñado por los estados, las agencias internacionales como la OMS, la profesión médica y la sociedad civil en el desarrollo de las vacunas y los programas de vacunación en espacios geográficos diferentes y tomando como ejemplo vacunas utilizadas para el control de algunas patologías víricas importantes por su trascendencia epidemiológica y social. El conjunto de trabajos de corte histórico-médico que integra este dossier nos acerca a la realidad desde distintos ángulos y a la complejidad que ha rodeado y rodea la historia de las vacunas y su aplicación. Este monográfico es una primera aproximación a un estudio más amplio sobre la historia de las vacunas y la vacunación contra la viruela, la polio, la gripe, el sarampión, las paperas y la rubeola en los siglos XIX y XX en diferentes países con distintas tradiciones políticas, so-ciales, económicas y científicas y en situaciones particulares. Utilizando una gran variedad de fuentes y diferentes estudios de caso, los principales objetivos de este monográfico son mostrar: 1) el papel desempeñado por los estados y otros agentes en la introducción y el desarrollo de nuevas estructuras organizativas para implementar la inmunización dentro de los sistemas de salud en diferentes marcos históricos, políticos y sociales; 2) las estrategias utilizadas para desarrollar las campañas y programas de vacunación en el contexto más amplio de las políticas de prevención; 3) la circulación de saberes y técnicas de producción y uso de las vacunas entre los entornos profesionales nacionales, los institutos internacionales de investigación y los organismos internacionales, y 4) el protagonismo de la sociedad civil a partir de dos ejemplos: las experiencias individuales y la prensa escrita como indicadores y reflejo de actitudes frente a las vacunas y su administración. El dossier constituye uno de los resultados del proyecto de investigación financiado por el MINECO-FONDOS FEDER titulado "Hacia la salud global. Los artículos proceden fundamentalmente de los trabajos presentados en la mesa temática que organizamos en el Congreso de la EAHMH (Bucarest, 30 agosto-2 septiembre de 2017), de la invitación efectuada con motivo de la organización de una sesión para la ESSHC (Belfast, 2018), y de otras invitaciones cursadas a investigadores internacionales del continente americano y a otros participantes en la reunión específica sobre vacunas celebrada en Uppsala (2017). En el primero de los artículos, Axel C. Hüntelmann, nos acerca a la iniciativa adoptada por el Imperio Alemán de introducir la vacunación contra la viruela con carácter obligatorio en 1874, tras la epidemia registrada al inicio de 1870 en el contexto de la guerra franco-prusiana. El autor presenta las políticas, las regulaciones y las diferentes prácticas de vacunación implementadas en los diferentes estados germánicos con anterioridad a la aprobación de la Ley Imperial de vacunación obligatoria de 1874, mostrando cuál fue el proceso que condujo a su aprobación y éxito. Axel Hüntelmmann traza igualmente un boceto del debate público suscitado y la crítica efectuada frente a la obligatoriedad de la medida, interrogándose tam-bién sobre las razones biopolíticas que hicieron posible el éxito de esta medida pese a las campañas antivacunación existentes en dicho país. Como se describe en el artículo, la existencia de ese movimiento impulsó al gobierno alemán a tomar diversas medidas para garantizar la seguridad de las vacunas a utilizar y evitar cualquier tipo de riesgo sanitario. Este conjunto de medidas, que pueden ser consideradas como la tecnología de la confianza, consistieron en la producción inicial de las vacunas en instituciones estatales, en vez de por laboratorios privados, bajo la supervisión de las autoridades locales. Además, se elaboraron amplias y detalladas estadísticas que documentaban el éxito de la vacunación y sus posibles complicaciones. Por su parte, Enrique Beldarraín analiza el papel desempeñado por la vacunación en la temprana eliminación de la viruela en Cuba, mostrando los distintos avatares y las fases registradas entre 1804, año en que comenzó la aplicación de la vacuna a la población cubana, y 1924, cuando Cuba estaba ya libre de viruela. El artículo nos aproxima también a las principales instituciones (Junta Central de Vacunación, Instituto de Vacunación Animal y el Centro General de la Vacuna) cubanas protagonistas del control y eliminación de la viruela y pone igualmente de relieve cómo se transformaron las instituciones responsables de la producción y aplicación de la vacuna, conforme variaba el contexto social, político y científico. La introducción de experiencias personales para reconstruir la realidad de la puesta en marcha de los programas de vacunación en sus diferentes vertientes, incluida la subjetividad, es un campo de análisis historiográfico relativamente poco transitado hasta el momento. A diferencia de la ya muy estimable tradición de narrativas de enfermedad, los testimonios sobre cuestiones de salud pública, de la población que participó en programas y actividades, como las vacunaciones de tipo masivo, han sido escasamente explorados por los historiadores, en buena medida debido a la dificultad que la identificación y tratamiento de este tipo de fuentes conlleva. El trabajo de Rosa Ballester y José Vicente Toledo aborda precisamente esta cuestión, mediante el estudio de caso del análisis de la vacunación antipoliomielítica en la provincia de Alicante entre 1963, año de la primera inmunización masiva y 1975, contextualizado en los marcos de las recomendaciones de los organismos sanitarios internacionales y de las políticas nacionales que rodearon la implementación de esta técnica preventiva. Apoyándose en documentación de archivo y en cuarenta testimonios de personas residentes en Alicante, que vivieron en los períodos en los que se pusieron en marcha los programas de inmunización contra la polio, pero que padecieron la enfermedad y sus secuelas por la falta de accesibilidad a la vacuna o por su falta de efectividad, derivada de deficiencias en los servicios preventivos locales o de la falta de coordinación, Ballester y Toledo nos acercan a las experiencias personales y a la visibilidad alcanzada por dichos procesos en la prensa general. Con ello se complementa la información de proximidad sobre las políticas españolas de vacunación contra la polio. El trabajo de María Isabel Porras y María José Báguena, centrado en el análisis de la implementación de los estudios serológicos sobre la poliomielitis, el sarampión y la rubeola en la España franquista, muestra el papel desempeñado en ello por los médicos y científicos españoles, el gobierno y la OMS a través de los programas colaborativos establecidos con nuestro país tras su admisión en dicho organismo internacional. Este estudio de caso contribuye a mostrar el impacto que tuvieron las relaciones establecidas entre España y la OMS en la modernización sanitaria durante el período franquista, en el desarrollo de nuevas instituciones claves para el desarrollo de la virología y en la transformación científico-profesional del núcleo virológico de Madrid, que se llevó a cabo paralelamente al desarrollo y ejecución de las encuestas serológicas sobre las enfermedades mencionadas, que permitieron un mejor conocimiento de la realidad epidemiológica española y la adopción de políticas nacionales para mejorarla. Ambas autoras dan cuenta igualmente en su trabajo del papel clave de la circulación de los expertos de la OMS y los investigadores españoles para vehicular el conocimiento científico y su aplicación práctica, así como del desarrollo paralelo de grupos científicos catalanes, pese a la falta de apoyo recibido por parte del régimen franquista que privilegió al grupo madrileño, conforme al centralismo imperante. El dossier finaliza con el trabajo de Noelia Ma Martín, Ma Victoria Caballero y Lourdes Mariño, que ofrece una aproximación al tratamiento que la prensa nacional durante el período franquista, la denominada transición y los primeros años de la democracia española realizó de las campañas de vacunación emprendidas contra las enfermedades víricas. Este trabajo contribuye a cubrir una de las lagunas historio-gráficas existentes y resulta de interés por acercarnos también a la presencia que las medidas epidemiológicas globales adoptadas por la OMS para combatir las enfermedades mencionadas tuvieron en la prensa analizada en dicho artículo. En él también se refleja la influencia de la OMS en la puesta en marcha de políticas públicas de vacunación, pero también los cambios registrados en el modo de transmitir dicha información a la población por parte de la prensa en los diferentes contextos sociopolíticos y científicosanitarios cambiantes del periodo estudiado. En suma, con los cinco trabajos de corte históricomédico que conforman este dossier hemos pretendido acercarnos a la compleja realidad, que entraña el desarrollo y producción de vacunas y su aplicación práctica, desde diferentes prismas insertados en el debate historiográfico actual. Al hacerlo hemos contribuido además a poner de relieve los cambios registrados en las sociedades y países examinados a través del tiempo, conforme al papel sugerido de la inmunización como una nueva lente histórica crucial (Greenough, Blume, Holmberg, 2017, p.
La Biblioteca del Instituto Botánico de Barcelona (IBB), incluida en la Red de Bibliotecas del CSIC, consiguió recientemente una Acción Especial. Esta ayuda ha permitido llevar a cabo la conversión retrospectiva de los fondos bibliográficos o biblioteca del Museo Salvador (S.XVI-XVIII) que, por su antigüedad, calidad y rareza, supone una valiosa aportación para el Catálogo de la Red de Bibliotecas del CSIC (CIRBIC). Se trata de la biblioteca reunida por la familia Salvador, una dinastía catalana de farmacéuticos, entre los siglos XVI y XVIII, con la particularidad de que se trata del único fondo en la Península Ibérica de origen privado con obras antiguas especializadas en Botánica, Farmacia, Medicina y Ciencias Naturales. Esta Acción Especial es un paso más en el deseo de dar acceso completo a las diferentes colecciones que conforman el Museo Salvador, para lo cual será necesario que, en un futuro cercano, se pudieran iniciar las tareas de restauración apropiadas. El Museo Salvador está formado por 8 colecciones: 1) El principal herbario pre-linneano de España (Romo, 1995). 2) Correspondencias, manuscritos y documentos sobre ciencia y diversos acontecimientos. 5) Petrefactos (véase: Abad, Antonio. "La colec-ción de Petrefactos del Museo de los Salvador de Barcelona. Siglos XVII, XVIII y primera mitad del XIX". 6) Cuerpos simples (substancias de origen animal, vegetal o mineral que utilizaban para realizar los medicamentos la familia Salvador). 8) Biblioteca (objeto de esta Acción Especial del CSIC). LA BIBLIOTECA DEL MUSEO SALVADOR La catalogación automatizada de este fondo se realizó en la década de los 80 por la Sección de Libro Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Barcelona (UB), en un momento en que la bibliote-ca del Instituto Botánico no formaba parte de la Red de Bibliotecas del CSIC. En 1998, el Instituto Botánico pasó a ser un centro mixto CSIC y Ajuntament de Barcelona, con lo que los fondos de su biblioteca empezaron a incluirse en el Catálogo CIRBIC. Una vez acabada la reconversión retrospectiva de este fondo los registros han sido borrados del catálogo de la UB pasando a ser únicamente consultable a través del catálogo CIRBIC. Al ser la familia Salvador pionera en los estudios de Botánica en la Península, entre las obras bibliográficas que conservaron destacan muchas de autores pre-linneanos, muy raras en el conjunto de las bibliotecas científicas españolas. Catálogos de jardines botánicos italianos, franceses, alemanes junto a las obras de autores fundamentales para el conocimiento de la Botánica le proporcionan un importantísimo valor al conjunto de la colección. El carácter particular o privado de esta colección permitió a sus propietarios conservar libros de autores prohibidos como Gesner, Servet, Sennert y Fuchs, entre otros. Contiene igualmente importantes tratados renacentistas sobre los clásicos griegos y romanos y, también, árabes, de Galeno, Celsio, Serapión, Mesua y Razae. Las obras de Medicina tienen especial importancia dentro de esta colección con cerca de 400 títulos, entre los que hay 41 sobre cirugía, 30 sobre materia médica, 11 tratados sobre la peste, 70 sobre anatomía, 42 tratados de patología, 72 tratados sobre medicamentos, y 73 farmacopeas. Contiene también las obras completas de Robert Boyle, con la descripción de sus experimentos sobre la composición de la sangre; los experimentos de Redi sobre la generación espontánea; y la primera edición latina de las cartas de Anthony van Leeuwenhoek a la Royal Society of London, con la primera descripción de microorganismos. El Catálogo CIRBIC contiene en la actualidad fondos tan relevantes en el ámbito de las Ciencias Naturales como los conservados en el Real Jardín Botánico y el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. Así pues, con la incorporación de la Biblioteca Salvador se ve potenciado como uno de los catálogos de bibliotecas de más interés para los especialistas y estudiosos de esta amplia disciplina, y de la Historia Natural en general. EL PROCESO DE CATALOGACIÓN RETROSPECTIVA El trabajo ha sido realizado por la empresa DOC6 y concluyó en el mes de Octubre ya que fue presupuestado para ser efectuado en un tiempo no superior a tres meses. Dado su elevado valor histórico se establecieron unas pautas para su reconversión. Ha sido este un trabajo de cierta complejidad. La Unidad de Coordinación de Bibliotecas en Cataluña y la bibliotecaria responsable del Instituto han mantenido varias reuniones de trabajo en este sentido. El trabajo se llevó a cabo de forma manual, a partir de un fichero de texto en formato ".txt". Partiendo de algunas herramientas ya existentes en la biblioteca del Instituto y de pliegos de condiciones técnicas utilizados por la Unidad de Coordinación, se han especificado de forma muy clara las correspondencias entre campos, subcampos e indicadores CATMARC (formato en que se encuentra el fichero que se va a reconvertir) e IBERMARC (formato con el que se trabaja en CIRBIC), no solo en lo que se refiere a descripción y puntos de acceso, si no también en lo que tiene que ver con la información de ejemplares. También se han añadido encabezamientos de materia cuando no figuraba esta información en el registro manual (o fichero txt) y era razonablemente deducible de los datos bibliográficos disponibles. BIBLIOGRAFÍA SOBRE LOS SALVADOR Los botánicos de la familia Salvador y el Instituto Botánico de Barcelona. Nuevos datos para la historia de la familia Salvador.
En record del savi discret
Estudio morfológico de frulo y semilla en el género Spigelitl (S¡Jige1iacea'): se analiz3n muestras de 68 recolecciones correspondientes a 37 especies. No se han seleccionado las muestras de ningún modo. Se emplearon cuantas teníamos disponibles al comienzo de este estudio, las cuales fueron 68 colecciones correspondientes a 37 especies de las casi setenta que en el género se han descrito y admitimos. Se estudian diez cápsulas completas (ocho especies), 46 pericarpios (30 especies), 16 carpoatlas (13 especies), dos granátulos (de sendas especies) y 59 semillas (35 especies). En la tabla 1 (páginas 6 y 7) se expone tabulado el material que hemos estudiado. ordenado alfabéticamente por especies, añadimos los números de página y lámina para que sirva el conjunto de índice. Las muestras fueron desecadas y bañadas con oro, siguiendo las Lécnicas habituales, para ser a continuación fotografiadas con un microscopio electrónico de barrido. Salvo para los pericarpios, se emplearon siempre bajos aumentos y un número muy reducido de escalas, para que nos permitiere publicar todas con un mismo aumento, tras modifi• car sólo unas pocas, por mor de simplificar la comparación visual. A continuación ofrecemos unas explicaciones concisas, destinadas a precisar el uso que daremos a diversas voces, algunas de las cuales son nuevas o reciben aquí un uso nuevo. CÁPSULA Procede de dos carpelos y es bilocular, con cuatro valvas, comprimida lateralmente y con un disepimento cruzado con el sentido de la compresión. Su dehiscencia es explosiva, a un mismo tiempo seplicida, loculicida y circuncísil, al abrirse se divide en cinco panes, una basal, que permanece unida al pedúnculo, y cuatro valvas hemicarpelares, prácticamente iguales entre sí y que se desprenden. Su color nunca es llamativo, predominando los verdes y marrones; en ocasiones hay manchas o líneas más ocuras en el ápice de los lobos, o en toda la pane superior: nos ha parecido que en algunas ocasiones se oscurecen al secarse si su madurez no era total. Su forma es relativamente homogénea en todo el género y podría definirse como un córculo con dos planos de simetría venicales y con la zona auricular hacia arriba. distal respecto del cabillejo que 10 sopona; o sea, obcordiforme. Al señalar sus medidas, lo haremos siempre en el orden clásico, altura, anchura, profundidad, en ningún caso se incluirá la longitud del metastilo. Con frecuencia es más ancha que alta. Su longitud (altura) respecto a los sépalos -en ocasiones levemente acrescentes-constituye un caracter diagnóstico imponante. aurículas Llamaremos así a unas expansiones o prolongaciones de los lobos apicales, generalmente divergentes, que nunca contiene semillas y que suele mostrar su pericarpio un tanto lacio, a veces arrugado. metastilo Es la pane remanente del estilo, la que permanece unida al ovario primero y a la cápsula después tras la abscisión de la pane distal, el epistilo; se insiere siempre en la escotadura superior. entre los lobos apicales de la cápsula, donde se cruzan los dos planos de simetría del fruto. Su color suele ser igual al de la cápsula. pero hay variaciones, suele dilatarse y ser más oscuro en el ápice, remedando un estigma. pero no se trata de eso, la tal dilatación corresponde simplemente de los restos de la aniculación. pericarpio Puede ser liso, ligeramente rugoso, o verrugoso, con estomas más o menos numerosos. Por lo que hace al indumento puede ser glabro. papiloso. con pelos cortos o largos, o con aspecto de escamas; en éste último caso el indumento se compone de pelos comprimidos, largos y triangulares. Las papilas pueden ser muy diminutas y de tal modo las designaremos cuando no resulten visibles con un cuentahilos (10•12 aumentos); las llamaremos microscópicas cuando tampoco se vean con el estereoscopio (unos 40 aumentos); les llamaremos mamelones cuando su altura sea inferior al diámetro basal. Cualquier tipo de emergencia o tricomas muestra casi siempre un gradiente que se incrementa hacia el ápice, exactamente hacia la punta de los lobos. Los tri comas del pericarpio son estrellados en las especies de la sección TomentOSa! Progel, lám. 33, figs. a,b. carpoatlas Del griego ATACXC; CXVTOC; Ó. gigante (atlante) mitológico, portador de la bóveda celeste, con el prefijo 1(cxprrD-, fruto. En latín carpoat/as -amis es obviamente masculino. al igual que en griego y en castellano, y se declina como otras voces de la tercera declinación acabadas en •os. Del nombre griego del gigante mitológico Atlas se han deriva• do voces para nombrar varios entes, tanto en latín como en lenguas romances. Sirvan de ejemplo los homónimos de la famosa cordillera magrebí, en geografía, o el nombre de la primera vértebra cervical, en anatomía humana. La voz carpoatlas se compone en paralelo con carpocráter (carpocratere, en francés). voz propuesta por Bénédict P. B. HOCHREUTINER (J 920: 348s) para designar otro órgano, también cárpico aunque no homólogo, descrito para la familia de las malváceas. Llamaremos en adelante carpoatlas a la porción basal diferenciada, endurecida y engrosada de la cápsula en las especies del género Spigelia, la cual permanece largo tiempo unida al pedúndulo Iras su dehiscencia. Imponemos tal nombre por su visible analogía con la vértebra humana atlas (la primera de las cervicales, la que se articula con los cóndilos occipitales del cráneo. encima de la vértebra axis). El carpoatlas, al igual que la vértebra atlas, consta de un disco con perforación central visible cuando se separa del pedúnculo. Tal perforación central que llamaremos foramen o agujero peduncular, en paralelismo con el agujero medular de la vértebra. aparece como una simple depresión o fóvea cuando todavía se encuentra unida al pedúndulo, suele mostrar en tal caso los restos basales de un disepimento transversal que separa los dos l6culos de la cápsula; su luz puede ser circular, oblonga, elíptica, o con la forma de dos círculos contiguos parcialmente superpuestos. Presenta además dos anchas expansiones laterales las cuales, también por analogía con la vértebra, llamaremos apófisis. El conjunto del disco con sus apófisis puede ser casi plano o cóncavo, poco o mucho; su contorno suele ser oblongo, elíptico o rómbico; en este último caso, muestra a veces los vértices apiculados, de modo tal que los lados del "rombo" resulten cóncavos. La cara externa del conjunto es homogénea en tanto que la interna suele ser de color claro y presentar, como accidentes una cresta transversa y un surco longitudinal poco o muy pronunciado, en ocasiones meramente dibujado por su color más oscuro, sin relieve. El carpoatlas posee una morfología constante y característica dentro de cada especie, de ahí su importancia en sistemática. Suele persistir sobre las viejas infrutescencias hasta más allá de la siguiente floraci6n; es una estructura muy característica y diagn6stica que suele encontrarse en las muestras de herbario. Este 6rgano, característico y al parecer exclusivo del género Spigelia, ha sido observado y descrito por numerosos autores que lo han designado con diversos nombres, o con frases diagn6sticas, breves o largas. Pese a ello, creemos que no ha recibido un nombre adecuado, y que lo merece, pues contiene caracteres de importancia en la sistemática del género. Repasaremos brevemente los nombres y frases descri ptivas que ha recibido. Menos antiguo, Noel Marlin Joseph de NECKER (1790; 1808), tampoco lo hizo al describir su sin6nimo Heim..elmania. 257), quien al describir su MOlltira gllianellsis -Spigelia guianellsis (AubJ.) Lemée-no hace menci6n alguna de tal estructura en su texto, pero la dibuja fielmente en las figuras 1 y 5 de su lámina citada. El solo dibujo de esas dos figuras debiera bastar para sinonimizar MOlltira con Spige1ia, aun a pesar del androceo erróneo -de labiada-que le acompaña; véase al respecto la controversia expuesta en F. J. FERNÁNDEZ CASAS (2001: 21). Karl Friedrich Philipp von MARTIUS (1827: 124s), el padre de la familia espigeliáceas, al describir el género Spigelia no se refiere al carpoatlas de ninguna manera cuando expone los caracteres diferenciales del género, que bien hubiera podido, pero sí que hace una descripción precisa y prolija cuando describe los caracteres naturales: "basi callosa elastice cirClllllcissi eamque sub specie cllpulae oblollgae reliquemes... petlice• 1Ji ruptllra in base capslllae persistellte cllpulaeformi foveam parvam iIlSCl/lpells, atque per illferius eiusdem pedicelJi crllS dissepimento adplicitlll1l idque sub elastica fmctus dehiscellfia, foramine subi/l(le minuto aperiens". Los latincitos de Martius se las traen, hemos de reconocerle pero que consigue describir una estructura y la mecánica de su desarrollo sin necesidad de recurrir a ilustraciones -y sin alterar el gesto, presumo-. En sus descripciones de las especies que siguen al texto anterior, páginas 120, 127, 128, 131, resulta mucho más didáctico y benevolente con los lectores que no disfrutamos su solercia latina; pero no es uniforme, varía paulatinamente en la forma de aludir o designar al carpoatlas. Así, vemos que emplea "basi capsulae persisteme" para describir S. plllverulellfa Mart. (= S. Olfersiana Cham. & Schhdl.), Obien "patellulam lilleari-elJipticalll in cellfro biscrobicl/latam" (obsérvese la precisa y sobria descripción del fora• men, que tiene su luz formada por dos círculos parcialmente solapados), para S. gla• brara Mart. (= S. laurilla Charn. & Schltdl.). En las dos especies restantes en que se menciona, ya se le llama "receptaculum", destacando tipográficamente el substantivo en versalitas. Si su obra se hubiese escrito siguiendo la secuencia de las páginas -cosa nada segura, ni siquiera probable-no cabe duda que ésta sería su última opción. Receptaculllm (receptáculo en castellano), por lo que hace a su etimología, sería unabuena opci6n, pero ya se emplea en Botánica para otro órgano que no es homólogo. La voz patellllla también parece adecuada, sobre todo desde el punto de vista morfológico, especialmente para algunos carpoatlas deprimidos. casi planos; en castellano daría palé• lula, pero ya se ha empleado con Olro sentido, en gramíneas. John W. KLETT (1923: 136). describiendo S. polysrochyo Progel --como Pseudospigelia polystochyo (Progel) Klett-escribe "cllpltia lIavicularis". en clara alusión al carpoatlas. El nombre es suge• rente. pero cúpula ya se emplea en Botánica con otro sentido muy diferente. recordemos las cupulíferas, las avellanas, las bellotas. Anthonius Josephus Maria LEEUWENBERG (1961) escribe en la descripción del género "a cupular bose remai/lillg ill the persisrenr calyx": más adelante. en su descripci6n de S. amhetmia L. -la más completa y precisa que jamás haya leído-, dice "lhe remaillillg bose boar-slwped 01' lIearly jusifonu". H. H. HURLEY (1967: 15) se refiere al carpoatlas con una larga frase muy clara: "the base {ol capsllle] 10llg pers; slenl 0/1 rile floral axis". De todas formas. en las descripciones de las especies no describe la estructura. 396) emplea la expresión "persistem cupular base ". e ilustra el carpoatlas en su lámina 1. figuras g. h. George King ROCiERS (1986) en su profunda revisión bibliográfica designa al carpoatlas como "persisrem Imir base ", en el pie de la figura l. j. en la página 159: y como "cuplike or boarlike basis {remai"illg! 01/ rhe pltlllt". Ambas expresiones parecen del todo adecuadas. En el pulcro trabajo de James Solberg HENRICKSON (1996: 92). se describe con precisi6n el carpoatlas. "the basal disk.;s spo"gy blll strollgly indurared, plare-lik.e. stramilleolls, oblollg-ellipri• col ill olll/ille alld obruse or each elld as seelljrom obOl 'e". En las páginas 94 y 100. al describir S. (oganioides (Torrey & A. Gray in Endl.) YS. hedyoridea OC. & A. OC.. lo llama "lhe sublending lhik.elled disk": en ambos casos lo describe sobria y certeramente. 101) nombra al carpoatlas con otras largas froses cuya capacidad descriptiva es evidente: "rhe persistem, substetu/ill8lmir base ", hite... ", "o wirish. hardened. boat-shoped base n. "persistent copsula disk". "persiste" r, cupular. hardelled base". Al describir las especies se comporta con método y emplea de modo regular una misma frase. la última de las transcritas, er. O sea. emplea su misma frase para todas las descripciones de sus especies centroamericanas. excepto para Spigelia nicmimul'.f1 (}ra Chodat & Hassler (1903), para la que no menciona el órgano y declara no conocer la cápsul.a. 410, 414), emplea la frase "slIbtelldillg persiste,,' disk" para las tres especies que allí describe. C. ERBAR & P. LEINS (1999: 393), en la figura 15 representan un carpoatlas, al cual se refieren en el pie de la figura como "persistem base after shedding or rhe MO va/ves ", F. J. FERNÁNDEZ CASAS (1999: 338) en la descripción genérica llamé al carpoatl.as "base cupular", copiando nulores precedentes; más adelanle, en la página 341, al describir S. alllhe/mio L., lo llamo "una estructura ciatiforme característica, un tanto navicular o fusiforme", Por equidad hemos de reseñar que algunos autores no han identificado el órgano en sus escritos, o no le han concedido apenas importancia, destaca en tal sentido la argentina Lidia Dora BRAVO (1971). autora de una monografía de las especies de su país, quien al describir el género. en la página 565. alude sólo indirectamente al carpoatlas, señalando que la cápsula tiene una "base persistente", pero en ninguna de las siete especies descritas se vuelve a hacer mención alguñ a, y tampoco se ilustra de forma independiente, aunque la línea de abscisión circuncísil sí que se aprecia en algunos de los frutos dibujados sobre la planta completa. De la pequeña y parcial revisión histórica que antecede se desprenden tres conclusiones. 1) El órgano que llamaremos carpoatlas ha sido identificado y descrito desde hace mucho tiempo. 2) Las descripciones del mismo son en general precisas y muy coherentes. 3) Aparte de frases descriptivas, se han empleado tres substanlivos para designar tal órgano: ctípula, parélula y receprá-Cilla; los tres se emplean ya en Botánica para designar olros órganos que no son homólogos del que nos ocupa, por lo que creemos que merece nombre nuevo. Por tratarse de una estructura muy característica y que se ha de mencionar con frecuencia no nos parece adecuado aludirlo con una frase descriptiva. granátulo En el género SpigeJia, las semillas que contiene cada uno de los dos lóculos de la cápsula se mantienen unidas formando un corpúsculo compacto hasta el propio instante de la dehiscencia, momento en el que se desintegran para dispersarse. Si se abre un fruto íntegro puede verse en su interior que todas las semillas se reunen en dos masas independientes (una por lócula), globosas y compactas, unidas por medio de sus placentas cuando jóvenes. y por el estrecho acoplamiento de los resaltos o rugosidades que tiene su testa en las paredes laterales más larde, cuando los restos de la placenta se han marchitado o han casi desaparecido; a cada una de tales estructuras la llamaremos en adelante granátulo. El nombre se toma del latín granatum •i, fruto del granado -PI//Iica gra-Ilalllm L.formando el diminutivo grallatulu11l.j, que en castellano origina granátulo. El granátulo adopta con mucha frecuencia forma globosa, esferoidal u ovoide, cuya superficie areolada semeja una taracea; las teselas son poliedros no muy desiguales entre sÍ, cada uno de ellos corresponde a la visión dorsal de una semilla. La forma general globosa se aproxima con frecuencia a una esfera, a un dodecaedro, o a un icosaedro, en todos los casos con sus facetas convexas. En casos extremos, cuando tiene sólo dos semillas, presenta forma intermedia entre un disco y una lente biconvexa. Las dos placentas (una por lóculo) son axilares y peltadas, como dice John HUTCHINSON (1973: 465), "pellale axile placelllas ", pero contrariamente a 10 que expresa la figura c, en la página siguente, lámina 229, del mismo texto, donde se dibujan placentas axiales, que no axilares. El granátulo presenta un tamaño, forma y número de semillas característico para cada especie, posee pues importancia en sistemática. Ha recibido varios nombres. ninguno de los cuales parece adecuado, por lo que nos decidimos a bautizarlo de nuevo. SCHLECHTENDAL (1826: 200). en la descripción genérica del género Spigelia. emplean la voz "spenllophoro" (en latín. ablativo). \Villiam Thomas STEARN (1992) no registra el término. pero su etimología es evidente. aunque la composición latina a partir de sus raíces griegas deje algo que desear -spen1lOIophorlll1l. iría mejor-o De las mismas raíces griegas. se deriva en castellano espennatóforo. cf. P. FOl\'T QUER (1953: 408). término que se da por sinónimo de placenta; y eso significa exactamente. si nos atenemos a su etimología. Sólo por extensión designaría además al conjunto de semillas correspondientes. Karl F. P. van MART1US (1827: 124), le llamó "lrophospenuiwlI". trayendo al latín su nombre, de un modo atípico o simplificado, desde sus raíces griegas: 07TÉPIJOC OCTO Ó-, que encierra la idea de nutrir. Al componer su vocablo latino optó por hacerlo acabar en -um, Irophospermium -i. que sería neutro y se nexio-naTÍa por la seguda declinación. Si siguiésemos tal directiva, al castellanizar su término latino se originaría en castellano "lfofospermio", masculino acabado en -o. El diccionario de Pío FONT QUER (J 953), opta por traer el término directamente del griego empleando su derivación habitual (onodoxa), la cual origina en latín Irophospemzaalis. neutro de la tercera declinación; y en castellano trofosperma, masculino como en el otro caso, y a pesar de su terminación en -a; sucede lo mismo que en la voz estigma. también de origen griego, paralelamente neutra en latín (sligma -alis) y masculina en castellano, pese a que su -a postrera pudiera sugerir el género femenio. Con esa etimología el nombre vendña a ser mero sinónimo de placenta; aunque él lo hace valer para designar al conjunto de semillas que se nutren de la placenta que hay en cada lóculo. En alguna publicación moderna, F. J. FERNÁNDEZ CASAS (2002: 65), hemos empleado también trofosperma, voz que finalmente desecharnos por parecemos inadecuada. Además de las dos citas. señeras por clásicas, existen algunas otras. Por ejemplo Hans SOLEREDER (1892: 32). emplea la expresión alemana "Samellgruppe" para referirse también al granátulo. J. de la página 33. representa un granátulo con 12 semillas. el de Spigelio scabrella Benth. El estudio del granátulo reviste especial dificultad en las muestras secas de herbario: los p<X(uísimos que se encuentran maduros se deshacen sólo con mirarlos: si son inmaduros su morfología no es tan clara, aunque sirven para contar las semillas. con la salvedad de que en etapas juveniles pueden confundirse las que serán verdaders semillas. con las abortadas. La forma de las semillas es bastante variable y parece consecuencia directa del número y disposición de las mismas en el granátulo; cada una dibuja con frecuencia algo así como un tronco de pirámide de base mayor convexa (a la que llamaremos cara dorsal), caras laterales planas o cóncavas, y base menor con una depresión central que alberga el hilo. Tal es la forma de semilla más frecuente en el género, en algunas descripciones, para abreviar, la llamaremos típica. La Cara dorsal ya aludida (cada una de las teselas visibles exteriormente en el granátulo areolado), es siempre convexa, poco o mucho, y su contorno suele ser poligonal irregular, con los lados en ocasiones muy redondeados: el polígono que define puede ser isodiamétrico o hasta dos veces tan largo como ancho. El número de lados del polígono coincide con el de caras laterales cuyo número oscila normalmente entre tres y siete: cuando hay s610 dos caras laterales, la cara ventral se convierte en una línea; cuando hay sólo una se funde con la ventral y es plana. En la testa suelen distinguirse bien los límites celulares; con frecuencia es areolada, con teselas isodiamélricas o irregulares. Con frecuencia, algunos límites celulares se abren y dan lugar a surcos profundos que pueden anastomosarse y definir patrones, los cuales generalmente son transversales y otras veces no tienen dirección definida, son erráticos. El patrón de distribución de los surcos hace que el dorso seminal tenga un aspecto que recuerda las circunvoluciones y anfracluosidades del cerebro. o del escuezno; olras veces se ven corno estrías transversales. Las células de la testa suelen tener una pane globosa que emerge sobre la superficie, casi siempre ovoide en mayor o menor grado; en las ventrales -que suelen ser de mayor tamaño-dicha pane emergente y globosa es mucho más sobresaliente. En las células dorsales suele apreciarse un contorno poliédrico y regular, isodiamétrico o bastante más largo que ancho, aunque a veces son Hay pero variantes al sistema arriba descrito. Cuando por ejemplo cada granátulo se inlegra por sólo dos semillas. cada una no es exactamente hemisférica sino bastnllte deprimida. adopta la form;) de una lente plano convexa. de tal modo que el conjunto de ambns resulta más lenticular que esferoidal. En tales cnso hnblaremos sólo de una cara externa (la dorsal) y Qtrn interna (la ven-Iml más las laterales). La ornamentación de la testa es muy variable. dentro de ciertos límites. casi siempre se debe al propio resalto de sus células. O a los surcos que se abren entre sus paredes de contacto; con frecuencia tiene menos relieve en la cara dorsal que en la lateral o ventral. pero en 13 primera suele ser más regular y adoptar un patrón mejor definido. Las especies se enumeran por órden alfabético del restrictivo específico, dentro de ellas, las muestras se ordenan por países y provincias o estados, según cada caso. Al nombre aceptado y sus autores siguen los datos de publicación. Más abajo se escriben los datos de recolección para cada muestra. El texto que va entre comillas se ha extraído de las etiquetas, aunque el orden o la redacción pudiera ser ligeramente diferente. Siguen los recolectores, alfabetizados y con el número de recolección pegado al que le corresponde. Termina con la fecha, expresada según el uso en castellano, y los acrónimos de los herbarios entre paréntesis. A veces sigue un párrafo con anotaciones, en cuerpo menor, las cuales corresponden a observaciones propias sobre los pliegos, con lupa de mano simplemente. Se describe exclusivamente el material que se señala en este estudio. no se copian ni transcriben otras características consignadas en la literatura o en etiquetas de herbario, ni tampoco se reseñan otras observaciones personales sobre materiales distintos. Cada imagen fotográfica lleva su escala correspondiente dentro de su recuadro. salvo las semillas. Se ha procurado que el número de escalas fuese reducido. salvo en los pericarpios, donde apenas hemos tomado medidas. Las semillas se han representado todas con una misma escala, la cual generalmente va fuera del recuadro de la imagen fotográfica, y es común para todas las que componen cada lámina. Se ha procurado que el orden de las figuras se corresponda con el de las descripciones. En las semillas, se representan casi siempre tres vistas, dorsal (la parte que da al exterior en el granátulo), lateral y ventral (el lado del hilo); el orden de las letras indicadoras reneja esta secuencia, salvo en los pocos casos en que falta alguna vista: en tales casos se indica claramente en la leyenda. Se procura que sean concisas. Por tratarse de un estudio preliminar no se ha realizado un gran esfuerzo en describir y medir mucho material, del cual y por cierto tampoco en general dispusimos, ni en describir muy pormenorizadamente cada estructura. Hemos dedicado nuestro mayor esfuerzo a buscar e interpretar estrucluras comunes, menos a observar variaciones individuales. Por un lado confiamos en que las imágenes fotográficas nos eximan -al menos por momento-de redactar descripciones completas, pues hasta cierto punto hablan por sí mismas; por otro somos conscientes de que el material disponible peca de escaso, y pensamos que sería prudente reservar un mayor esfuerzo descriptivo para más adelante, cuando los estudios morfológicos progresen y se hagan extensivos a más muestras de un mayor número de táxones. El material disponible de cápsulas, carpoatlas y granátulos ha sido siempre muyescaso, por lo que las medidas no deberán ser muy representativas en ningún caso. De semillas sí que dispusimos de más material, aunque no siempre. Cuando el material disponible ha sido muy exiguo, reducido a tres órganos o menos, se explicita su número en cada descripción. Cápsulas verdes en la mitad b:1sal. marrón rojizas y verrucosas en la apical. (16) Pericarpio con papilas mlcroscoplcas, ásperas o lisas, cónico-cilíndricas, obtusas. doble altas que anchas. SEMILLAS típicas, pequeñas, ±0.9 w 0,7-0,8 -0,6 mm; dorso levemente convexo; caras laterales planas Lámina V. Pericarpio con papilas microscópicas, 25 mfl, lisas, obtusas, tan altas como anchas. Granátulo que no se ha visto ninguno entero, pero juzgando por la forma y tamaño de las semillas deberá contener sólo dos semillas, y ser comprimido, de forma discoídea (o lenticular). SEMILLAS de forma intermedia entre un disco y una lente pianoconvexa, grandes, 2,3-2,7 x 1,8-2,2 x 0,7-0,9 mm; sólo tiene dos caras. el dorso convexo y relativamente liso, con estrías onduladas transversas de poco relieve; el vientre plano o alabeado, con estrías radiales y el hilo central. ginadas; surco longitudinal apenas insinuado; cresta transversa estrecha, clara. SEMILLAS pequeñas, 0,9 x 0,7 x 0,5 mm; dorso moderadamente convexo: lados planos y breves; testa en general con poco relieve, sin surcos dorsales ni ventrales. Pericarpio liso, con células doble largas que anchas. SEMILLAS 1, l x 0,8-1 x 0,6 mm; dorso bastante convexo; lados mal definidos de modo que el conjunto semeja un tronco de cono. Testa con poco relieve en general; la dorsal con suaves estrías transversales; la ventral con estrías radiales ligeramente más intensas. SEMILLAS pequeñas, I x 0,7-0,8 mm; contorno ovalo aovado; lados poco definidos, depresión hilar minúscula. Testa con las células globosas, llamativamente prominentes. Capsula con gr.lIldcs y densas pupilus. Carpontlas de tmmllio medio. 5 -2.5 mm, oblongo. subplallo. poco cÓnc: lVO. extremos escolados. surco dibujado en oscuro. cresla transversa poco notoria, muy obtusa; foramen de luz oblonga. CÁI'SULA (una Única observación) 3,7 -3,2 mm, ligerísimamente más corta que los sépalos. MetastiJo 1,5 mm, con su extremo deprimido y muy dilatado. Pericarpio todo él aparece cubierto de pelos escuamifonnes; denso, pero no se trata de verdaderas escamas, sino de tri comas comprimidos, estrechamente triangulares, de punta lisa y base estriada, tres a cinco veces tan largos como anchos. la transversa compuesta por dos únicos picos próximos al foramen. Testa dorsal bastante lisa, pero con surcos anastomosados, más o menos horizontales; la ventral con las células más sobresalientes, con surcos radiales. Carpoatlas liso, con un mamelón apenas insinuado en el centro de cada célula; células desde isodiamélricas hasta 1.5 veces tan largas como anchas, 30-50 m~. Granátulo con ocho semillas. alguna vez con cuano. sin que se pudiesen conSlatar la exislencia de rudimentos malogrados. Carpoatlas rómbico. poco cóncavo. de 3 x 2 mm. surco dibuj..do en blanco. cresta lrnnsversa poco manifiesta: foramen oblongo. Pericarpio con papilas densas, triangulares, obtusas, tan anchas como altas. SEMILLAS de lemaño medio, 1,2-1,4 x 1-1,2 mm; contorno oval, oblongo o subpoligonal irregular; dorso convexo. Pericarpio con unas cuantas verrugas en la región apical, el resto liso o levemente escrobiculado; epidermis con células isodiamétricas. de unas 50 mil de diámetro. SEMILLAS de tamaño mediano, 1,4-1,6 x 1,2-1,3 x 0,7-0,8 mm, de color marrón oscuro homogéneo, o casi negras; con forma casi plano convexa en algunos casos.
Con motivo de la revisión del género UUUpitilllll para Aora lberica he rt="isado mucho material de distintos herbarios. En este trabajo presento el resultado de un estudio morfológico y taxonómico de las especies L nt'Sfleri y L eliosjj. apoyado en numerosas ilustraciones. de las cuales sólo una pequeña parte se incluyen en este artículo. L lIeslleri subsp. lIerlta; se distribuye desde el Centro de Francia (Massif Central) hasta el SE de la Península Ibérica. Dos nuevas subespecies permiten relacionar la variabilidad morfológica observada con su ecología y distribución geográlica. L lIesl/eri subsp.j1abel1ntlllll. es propio de los Pirineos y la montañas Cantábricas. y L lIesrler; subsp. laillzii es un nOlable ende mismo localizado en las montañas del N dc León. L eli(¡sii presenta también una gran variabilidad morfológica. Su área de distribución se solapa parcialmente con la de L Ileslleri subsp. flabellallllll. Unas formas del País Vasco. muy localizndas. se incluyen bajo L eli(lSjj subsp. on/uflae. mienlras que las más occidentales. de Galicia y N de Portugal. corresponden a L elias;; subsp. Propongo dislinlas variedades nuevas para destacar algunas formas locales nOlables. El eSludio de la sección del mericarpo. la distribución foliar de los estomas y la morfología de las hojas basales con los lricomas es muy úliI para delimitar eSlos laxones. Las Umbelíferas presentan gran interés biogeográfico y ecológico, con numerosos endemismos localizados en las montañas mediterráneas. Las especies del género Laserpilill11l presentan adaptaciones evolutivas que facilitan una diseminación por el viento: destacamos en este trabajo la variabilidad morfológica de L Ileslleri y L eliasii, tan notable en el Mediterráneo occidental, entre los montes béticos y Macizo Central francés el primero. mientras el segundo se sitúa en el tercio septentrional hispano-lusitano. Hace años que intento conocer y describir sus fonnas acantonadas en poblaciones orófilas con las peculiaridades morfológicas Pedro Montserrat. Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC). 1. -L "es/leri Soy.-Will. subsp. "es/leri Planta de hoja tierna y color verde intenso, más claro en el envés, segmento terminal de hojas basales con frecuencia oval-lanceolado amplio y lóbulos laterales poco destacados, pero Resulla difícil la interpretación de tanta diversidad contando solo con el material incompleto de nuestros herbarios, pero es necesario iniciar su estudio para facilitar así el trabajo a quienes intenlarán conocer cada población en su ambiente natural. Lentamente, desde los años sesenta, reunimos material fresco, frutos maduros y realizamos unos dibujos que numeramos, para poder interpretar tanta diversidad. Los trabajos para el volumen X de Flora Iberica (Umbelíferas) nos proporcionaron material de muchos herbarios y así ampliamos las posibilidades para orientar el conocimiento biosislemálico; estamos aun en la fase recopiladora de dalos coroecológicos y situamos de alguna manera cada población. para facilitar tanto los estudios anatómicos, como futuros trabajos que ayuden a interpretar la variabilidad que ahora se pone de manifiesto. Con tanto material seco disponible estudiamos los mericarpos (Lám. I y 2) para compararlos con los del estudio publicado sobre la carpología de la familia en la Península Ibérica (ARENAS & GARCIA, 1993). Según LAíNZ (1976), el material típico de L lIeslleri fue recolectado en Lozere (Parc des Cévennes) por Prost que lo cedió a Mougeot y Fue publicado en 1828 por Soyer-Willemet. En la parte meridional del Macizo Central Francés alcanza los Causses-Hérault, en ambiente mediterráneo-montano (BRAUN- BLANQUET, 1923) de suelo Fresco en verano. con avellanar en las depresiones del robledal (Qlterclls pllbescells) y algunas hayas, siempre a la sombra del acantilado calizo. Vimos material del Aveyron-Larzac, Causses, Hérault y pudimos constatar su variabilidad en esta parte meridional del Macizo Central francés, con la varo ltmbrosum Coste (etiqueta manuscrita de H. Coste, in hb. Sennen sin, BC) de mericarpo largo (13 mm) y alas algo estrechas. También varía en el Hérault, con segmentos suborbiculares muy separados. que difiere de la forma más extendida por su Folíolo terminal (dibujo 160. 3c) y una denticulación como nuestra varo OblUSalll11l en sierra de Segura (Jaén). Un ieón de la planta francesa en nora forestal (RAMEAU et al., 1993), nos muestra una estirpe de la "terra c1assica". El P. LAÍNZ (1976) consultó el herbario candolleano, y pudo ver un "mediocre isótipo: umbela fructífera. con hojilla única en la que aparecen unos pelos semejantes a los del material peninsular". SOYER-WILLEMET (1828) describe la variabilidad de los segmentos foliares oval-redondeados, "pointues". que corresponden a la forma más frecuente. duda de su presencia en Montpellier (Hérault) y en especial los Pirineos. En nota infrapaginal nos dice que posee varios ejemplares en su herbario. DE CANDOLLE (1815) citó como primera localidad de su L aquilegijolillnl (110m. i"val.), el L "eslleri pirenaico, entre Bareges y Gavamie, "feuilles toujours glabres", que corresponde a las formas glabras de Gavamie-Ordesa. SOYER-WILLEMET (/. c.) la da con pelos y por ello duda de su presencia en el Pirineo. Sin embargo, GRENIER & GODRON (1848) describen su varo gelluimml como glabra del todo, un criterio seguido por Rouy & CAMÚS (190 1). L\PEYROUSE (1813: 151) cita L aqllilegijolium Murray y destaca sus [olíolos muy grandes. los mayores, por lo que debe corresponder a L lalijoli1l11l que ya citaba el mismo autor en la página 150. Bubani indica que bajo L ferulac.eu11l vió una umbela de L nesIleri con hojas de Senecfo adollidijolills y confirma la crítica de CLOS (1857) y SERRES (1857) sobre las manipulaciones que ha sufrido dicho herbario, hasta falsificaciones. A una descripción muy imprecisa, se añaden otras dificultades para una correcta tipificación del binomen de Lapeyrouse. En las obras de difusión general s610 DE CANDOLLE (1830) menciona este taxon. quien la considera una especie dudosa. Una consulta al herbario de Thunberg (Upsala) y el envío, por parte de su conservador Dr. R. Moberg, de una imagen del ejemplar conservado, permitió estudiar un duplicado de Lapeyrouse, donado por él mismo a Thunberg. Esta fotografía permite comprobar que Laserpilium ferulaceu11l se ajusta bien al protólogo y, en este caso, caben pocas sospechas de manipulaciones intencionadas posteriores. Se trata de una umbelífera del género FoeniclIfll11l pero de ninguna manera pertenece al género Laserpililllll mi como lo consideramos hoy. Cabe pues descartar definitivamente el nombre propuesto por Lapeyrouse entre los sinónimos del género. SROTERO (1804), citaba de Oeres (norte de Portugal) su L aquilegifoli1l11l que COUTINHO (1913) subordinó al L 1lesrleri como var. lusirallicum y SAMPAIO (1912) denominó L lhalictnfoli/ll1l, subespecie destacada del L eliasii (MONTSERRAT, 1974); publicamos entonces como L Ilestleri subsp. fltrofellsis la que ahora consideramos una variedad de la típica; creíamos que L larifolium faltaba en los montes ibéricos sustituída por esa forma de pelo tabicado foliar (carácter de lIesrleri) y costilla primaria con pelo corto. La sierra de Gúdar tiene los dos Laserpiriu11I mencionados y además esa variedad tan localizada como curiosa (M. Saule in VILLAR et al.. Posteriormente se han conocido más localidades de L Ilestleri subsp. neslferi en Teruel, Castellón, Cuenca, Guadalajara y Jaén, con muchas formas que comentaremos; todas prefieren los acantilados calizos que dan sombra y además son refrescadas por las tormentas de agosto-septiembre, entre 900 y 1300 m de altitud, en unas condiciones ecológicas como son las meridionales del Macizo Central francés. Se citó de Cerdeña (E. Schmid in PIGNAlTl, 1982(2): 244), pero es dudosa su presencia según me comunica P. V. Arrigoni (in lin., 12-VIII-2002), buen conocedor de la flora sarda, y Oianluigi Bachetta, de la Universidad de Cagliari (liu. 29-V-2(02), niega su presencia en el monte Linas y me dice que no hay L /les/leri sardo en los herbarios CAG, SS, SASSA. Herranz), en especial nuestro material más completo, poco fragmentado y de población natural conocida (JACA). Durante la preparación de este trabajo (casi dos años), consultamos otros herbarios (ABH. HGI, MAF, SANT, SEV, VAB) que utilizamos para redactar el género Laserpitif/11I de Flora lberica. Para las abreviaturas de los herbarios utilizamos los acrónimos adoptados por el 11ldex HerbarioTl/11l (HOLMGREN & HOLMGREN, 1990) Tomamos medidas del material seco, pero algunos frutos se hidrataron y lo especificaremos en cada caso. Los cortes de mericarpo se hicieron a pulso y la medida en anchura de alas, vitas o longitud de los pelos, se toman del dibujo realizado a cámara clara. Seguimos por lo tanto esa costumbre normal en f1orística, pero que presenta dificultades cuando se trata de un material mal etiquetado y con frecuencia fragmentado en exceso. El dibujo es realizado a escala y se usa para describir la variabilidad del contorno foliar, pelos-papilas, más las alas y vitas del fruto: es un método útil y ahora damos solo una muestra con referencias a cada dibujo numerado. Respecto al método expositivo. utilizamos una selección de los numerosos dibujos realizados para su estudio. En apéndice aportamos información sobre los testigos consultados. SfMBOLOS -[raHolos o segmento foliar;• me mericarpo y su longitud; -r radios en umbela principal, con su número y longitud; -1 talla hasta la umbela. Los herbarios consultados en mayúscula con sigla internacional y los paniculares no se abrevian. El * indica que lomamos dibujo en corte de mericarpo, y ** que ahora lo publicamos en láminas 1 y 2. 3 a 9) los segmentos tenninales en hojas de L llesl/eri y de algunos L eliasii. En el texto y Apéndice las cifras en negrita indican que se ha realizado una lámina detallada cuya serie completa depositamos en los herbarios Be y MA. En L Ileslleri y L eliasi; relacionamos su variabilidad con el área y ecología, por tener importancia como indicadoras de las variaciones ambienlales, tanto de ahora como las históricas, y además serán útiles para los estudios fitosociológicos. Encontramos dificultades para definir subespecies basadas en caracteres vegetativos (hoja o tallo), porque a la variabilidad genética se une la del individuo en su ambiente (caracteres peristolábiles); los mericarpos fueron más útiles salvo por lo que se refiere al tamaño que varía mucho por gigantismo hacia la parte baja en cada población de montaña. Por sus caracteres epidénnicos (nervadura con pelo simple, agudo y ralo) destaca L elias;;, mientras L nestleri tiene pelo tabicado y revuelto; la primera es más o menos glauca, casi pruinosa con su hoja recia, mientras la segunda es glabra solo en valles del Pirineo central calizo, en Ordesa-Gedre y el Valle de Tena. En Lám. l y 2 vemos siempre dos vitas en la cara comisural del mericarpo (4 o más en subsp. laillzii) y una en cada costilla secundaria o ala, junto con las menores en costilla primaria y propias del grupo nes/leri; esta secreción puede ser importante y aumenta el tamaño de cada vita en las poblaciones marginales, donde acaso facilitará la supervivencia de las plántulas. El tamaño de sus alas favorece la diseminación eólica. Analizaremos sucesivamente la variabilidad en dos especies: A -L nesrleri y B -L eliasii, con seis taxones: 1) L Ilestleri subsp. /les/leri, 2) L Ilestler¡ subsp.flabellatu11I, 3) L f1estleri subsp. laillzii. 4) L eliasii subsp. eliasii, 5) L. eliasii subsp. ordullae, y 6) L eliasii subsp. tlllllictn! oliul1l. Destacamos en clave dicotómica sus caracteres discriminantes: CLAVE DE LOS TAXONES PRINCIPALES l. Hoja pinnaticompuesta recia de foHolos pequeños, suborbiculares y separados, glaucos y glabros, con apenas algún pelo suelto (no tabicado) en los nervios destacados del envés; pocos dientes anchos (mucr6n corto) terminales. Umbela cenlral de (9) 12-20 ( 23) radios (más numerosos y débiles en umbelas laterales) con 4-6 costillas casi lisas, brillantes, en cada uno y 1-3 (lO) brácteas caedizas que persisten más en umbela lateral. Vitas en costilla primaria diminutas (Lám. Haz foliar con estomas 2 Hoja pinnaticompuesta tierna, herbácea, de foHolos grandes que con frecuencia se solapan, color verde claro y con pelos en el envés (raro glabros) sobre nervios poco destacados; pelo tabicado y revuelto en la base del envés foHolar; segmento tenninal muy variado con dientes desiguales, hasta lobulado-segmentado. Umbela central de (8) 10-18 (32) radios con pelo corto en costillas de su cara interna y 1-3 brácteas caedizas. Vitas en costilla primaria casi tan grandes como las de costilla secundaria (Lám. Lámina 2.-Representación esquemálica de la sección lransversal de los mericarpos de L e/íasii subsp. ord/lnae: a) y b) Álava: Ayala. monte Iturrigorri (VIT27060). e) Vizcaya. L eJiasii subsp. eliasii varo osce"se: e) Huesca: Jaca, El Boalar (JACA554669). L e/íasjj subsp. eJiasjí varo eJiasjj: f) Logroño. a veces con incisiones profundas que separan dos [aHoJos laterales 0, si son incompletas, dan un segmento terminal nabelado; dentado foliar agudo. irregular, que puede ser ancho con mucrón corto. Su pelo inlrincado es largo (1-1,5 mm, con 1-10 tabiques) sobre los nervios y revuelto en la base del envés (161, Lám. Los radios umbelares tienen pelo corto. mcricarpo de 8-10 ( 14) mm con alas desarrolladas y 11 vitas grandes. Destaca una forma con [cHolos suborbiculares del Héraull (160, Lám. 3), semejante a nuestra varo oblllsatll1l1 que damos a continuación. 3), está caracterizada por el segmento foliar central de base cuneada larga y varios lóbulos laterales destacados, más los basales foliolares no separados del central; radios con pelos de longitud variable (0,05•0,15 mm) que destacan: mericarpo largo. 14 mm. y alas estrechadas en su parte basal. En España tenemos formas similares a las francesas, con caracteres que se repiten: su ecologí;;¡ en las dos áreas es de planta mediterráneo•montana (BRAUN- BLANQUET. 1970BLANQUET., 1971)). sobre un suelo calizo y húmedo del avellanar pie de cantil, con árboles que no tolen.ll1 un suelo seco (olmo de montaña, tilo. robles, fresno. el Acer gramllensis, etc). Entre tantas formas. destacamos cuatro variedades, todas con su mericarpo de vitas grandes. tanto en Juén (36. Destaco la fragilidad de su hoja en herbario, por ser plama tierna cn hábitat sombrío (Rfos Ct al.. Tomamos datos ccológicos de la bibliografía (Hervier i,¡ FERNÁNDEZ LÓPEZ. No consta con certeza que alcance la provincia de Granada y solo conocemos una referencia vaga (RIVAS GODAY & RIVAS MARTíNEZ. Planta robusta y hojas COIl escabrosidad marginal, dientes estrechos y mucrón largo. Hay umbela lateral fructificada, pero solo en uno de los 13 números recolectados por Segundo Ríos (1996); también Pontones (MUB33626. Dentado foliar ancho con margen liso y la escabrosidad en el radio umbelar o pedicelos es muy rala. Segmentos foliares suborbiculares, por lo general distantes entre sí, como los vistos del Hérault en Francia (160, Lám. También hay formas parecidas en la cuenca del río Tajo que veremos a continuación. Conocemos recolecciones de J. M a. Val'. orbiclllalum P. Monts., varo nova Ad varietatem obrusatllm simi/ia sed folio/a maglla (6 x 6 cm), omnia orbicu/ata el subcoriacea. mucrone subspillUloso, el pagina inferiore valde pi/osa. pi/is /ollgis 1•1,5 mm et 6-12 tabicatis. Es parecido a la varo obtllsatum por sus dientes muy anchos. pero de folíolo mayor (6 x 6 cm) casi orbicular y recio, con mucrón delgado que destaca mucho, envés foliar muy piloso, pelos largos (hasla 1,5 mm) de 6-8 (12) tabiques. Recolectada en las hoces del río Tajo, avellanar-quejigal, a la sombra y pie del cantil calizo. También es similar lo recolectado por RIVAS GODAY & RIVAS MARTiNEZ (1971) en Tragacete (Cuenca). Su denticulado y forma de folíolos es distinto, muy pilosa, pero el mucrón foliar grueso no es tan agudo. 4). cerca Puente Martinete, Lila m, J. M" HerraJlzla recolectó fruclificada: sus vitas en costilla primaria son grandes (hasta 0,23 mm) de alas anchas (1,2-1.5 mm) y casi tanto las dorsales. En el Maestrazgo (Teruel-Castellón) encontramos esas fonnas (subsp. "estleri) en su límite del área peninsular; no las conocemos de Cataluña, pero podrían estar en Puertos de Tortosa. con el Pi,,"S "igra subsp. salvnallllii, en barrancos húmedos. Var. tllrolellsis (P. Monts.) Talla 50 cm, pocas hojas basales de 20 cm, 2 (3)-sectas y foliolos 25 x 18 mm. con pelo tabicado largo (1-1,3 mm) y un dentado irregular; hojas caulinares que disminuyen rápidamente; umbela central 13r. de 3-4 (5) cm y 1 bráctea albo-marginada de borde algo áspero; radio umbelar áspero-piloso y pedicelo con pelos también densos, en especial junto a la flor. Pétalos con o sin pelos dorsales y a veces rojizos. como las anteras que son de un púrpura obscuro. No vimos fruto maduro, pero los jóvenes tienen pelo corto en costilla primaria. Muy localizada en pocos barrancos húmedos del Monegro. El segmento terminal foliar en una estirpe de subsp. lIestler¡ (var. lIestleri) recolectada en Villafranca (Castellón) por C. Fabregar & S. LUdías, 2917-CFSL, presenta la forma trifoliada del segmento terminal con dos incisiones profundas y base cuneiforme del lóbulo medio que se une a los laterales sin formar peciólulo (66): el fruto (7-8 mm) es de alas anchas y liso, glabro del lodo. Existe un gran "hiatus" entre las variedades anteriores y la subespecie pirenaico-cantábric<l. debido a la para mera ibérica tan seca y fría por una parte. con el amplio Valle del Ebro sin grandes montañas por otra. Las fonnas levantinas de la subsp. 11estleri exigen pluviosidad de otoño y primavera. pero escasa invernal (evitan así la lixiviación edáfica), con unas tormentas estivales y otoñales que proceden del Mediterráneo (la llamada "gota fría"): interpretamos así su localización en sierras "abiertas" a dicho mar. Falta L nestleri en el Pirineo gerundense más oriental (suelo silíceo) y abunda -como subsp. flabellatlllnen los montes carstificados del Prepirineo con tormentas frecuentes (Montsec-Pallars, Cadí-Ripolles hasta la Garrotxa). Son notorias las exigencias ecológicas y sus variaciones locales. Se complica la variabilidad de la subespecie flabellatlwl en los montes vascos y ahora solo proponemos dos subespecies cantábricas de alta montaña, una general con otra más localizada en los Picos de Europa (León). Apenas destacamos su fruto agrandado en los desfiladeros nuviales, por ser eso una tendencia general de la especie y es nonnal su gigantismo hacia los 800-400 m. ~,;." 7), y dos lóbulos latemles erguidos que se aproximan al central separados por incisiones poco profundas. Hay dos folíolos laterales de contorno asimétrico, por desarrollar más su mitad inferior; las hojas son pilosas con denticulación irregular y muer6n fino. Radios y pedicelos con papila-pelos irregulares. Anteras y hoja caulinar superior. Tallo estriado finamente y pocas brácteas (1•3) que caen pronto. siendo difícil observarlas en la umbela principal, pero sí en laterales donde persisten algo más, como también las bractéolas subuladas. Umbela de (8) 13-18 (25) radios costillados y ásperos en su cara interna, con pelitos digitiformes más largos en el pedicelo junto a la flor. Flor blanca y pétalos con manchas rojizas; anteras rojas, casi negras; estilopodio grande con restos agudos calicinales (0,5-1,4 mm); estilos curvados (1.5•2 mm) y casi aplicados al mericarpo. 1), con alas subiguales y recias; son más anchas en la pane baja, como se aprecia con claridad en la sierra de Guara, Oroel, y otros montes pirenaicos, vascos o cantábricos. Es raquítica en ambiente difícil, donde perdura sin fructificar, con hoja pequeña, folíolos diminutos y talla reducida que solo mantiene su rizoma para olros años. En cambio. si abunda el agua con restos orgánicos, sus hojas son enormes y fructifica bien, hasta dar umbelas laterales con frulOS. Es muy variable, con formas glabras en Gavamie-Ordesa y el Valle de Tena (Huesca), pero son pilosas en el Prepirineo y montes cantábricos. Prefiere los macizos carstificados bajo un acantilado que da sombra (casi la ecología del RallllllCII/US fllOra), no lejos de la cresta; son lugares frecuentados por la fauna salvaje y el ganado que también se airea en cumbres y collados; en estas panes elevadas (2. O-2.400 m) se diferencia más de las formas típicas (subsp. Repartimos en Exsiccara (MONTSERRAT, 2000) el nO 74599 de JACA que corresponde a una "población maman a", mezclada con plantas megaforbias de los Origaneta/ia (ULLMANN. 1983) y de fruto mediano, 9 (12) mm. Describimos ahora una variedad de Ordesa• Gavamie (var. calldo//ealllllll nova) que se diferencia por la forma estrecha e inclinada de sus lóbulos en el segmento foliar terminal y también otra (var. barbu/atwlI) con mucha denticulación aguda, como estirpe localizada en el País Vasco. En Sallent-Panticosa (Huesca), abunda otra raza glabra, de fruto con ala estrecha, pero son grandes [sección 110-150 (210) micras] sus vitas en costilla primaria. La población de Oroel aumentó mucho (1999) por desbroces y sus plantas superaron la talla de 1 metro, con hojas de 40• 50 cm y folíolos grandes, de segmento terminal a veces casi trifoliado y grande (8 x 11 cm). Hojas inferiores secas al fructificar y persisten las caulinares muy varíables. El L Ilest/eri subsp. flabe//atlllJl escasea en la Cerdaña; con la varo spillltlidelllata Sennen, PI. Espaglle 4750 (SENNEN, 1928), Gorges de L10, 1.530 m, "escarpements inaccessibles", con mucrón en diente foliar "espinosita" (Sennen lo comparó con L e/ias;j que apenas tiene un mucrán obtuso), pero aún hay dientes más largos y recios en otras panes y más aun en la subespecie lípica, como vimos en la varo Montsec leridano. Taxon frecuente, tanto en Gavamie como Pi neta y Ordesa. En la umbría de Faja Pelay. Dibujamos segmentos terminales (139, Lám. 6) para destacar el central estrechamente cuneado y sin dientes laterales, con margen áspero; papilas en los pedicelos; en otras partes de Ordesa se acusan esos caracteres (92. 6) con el borde foliar superior casi recto y perpendicular al eje en el acumen de hojas caulinares; destaca mucho la parte cuneada sin dientes y con laterales como folíolos sin peciólulo, o sea, el segmento terminal casi lrifoliado. Esta subespecie flabellolllm presenta mucha diversificación y vitalidad en el llamado "Escudo de Gavamie" (Montinier-Bujaruelo-Gavamie). de caliza carstificada que conserva también Bordereo pyrenoica con otros endemismos notables y esa varo condolleallu11I. Son plantas de hoja recia que descienden al Pirineo francés. Hay otras formas parecidas a la varo c01lllo11ellll1ll1l de Ordesa. pero en ellas predomina el pelo aniculado y algunas depilan pronto, como vimos en Salarons, solana 1.900 m; sus lóbulos son más anchos, con más dientes laterales y unos pelos de 0.1 mm tanto en el radio umbelar como su mericarpo de 10 mm. En la umbría, Turieto, 1.300 111, (135, Lám. 6) damos la silueta del segmento terminal con sus lóbulos estrechos. pero tiene más dientes laterales, un envés peloso y el margen áspero; como peculiaridad notable destacan los pelos tabicados en la base interna del radio que también son desiguales y densos (pero no tabicados) en el pedicelo. Una forma curiosa y parecida en el cañón de Escuaín, pero tiene hojas muy pilosas y "por excepción" también lo son las brácteas que persisten más en umbela lateral, con mericarpo de alas anchas y papilas escasas en el pedicelo. El Pirineo francés occidental tiene formas parecidas a las de Ordesa, en especial por el segmento terminal de lóbulos estrechos. Destacamos dos muestras recolectadas por J. Vi\'ollt en el valle de Aspe (Francia 64): una del Ponalet, donde se inicia el célebre "Chemin de la MatUTe", con segmento terminal de lóbulos aún más estrechos que los de varo c01lllo11eanl/11I, pero es tan pilosa que su bráctea en umbela central tiene un reborde membr<lnoso-piloso con dos lóbulos estrechos y largos. Otra muestra similar está en Borce. 7) y es notable por sus pelos <lrticulados muy largos con umbela lateral fructificada. 6) muestra folíolos amplios. segmento terminal grande, de 8 x 9 cm, y el mucrón cono, no agudo; el tallo con pocas costill<ls destacadas, vaina de 1,7 cm en su hoja caulinar de tres seg.mentos que dibujamos por ser casi trifoliado: conviene comparar su denticulado foliar basal con las hojas caulinares que solo tienen pocos dientes terminales. En radios umbelares el nervio exterior es liso, brillante y grueso, mientras son ásperos los estrechos interiores. con papilas irregulares hasta casi pelos en la umbela central. Quedan frutos abonados y mericarpos (11 mm) de anchas alas. Esta planta escasea en Turbón-COliella, está en Lenera. Santa Marina y Canciás-Oturia. Abunda en el hayedo de Sallenr y pocos enclaves calizos del Valle de Tena, coomo forma glabra que manifiestan su gran variabilidad en el Pirineo central. También está en Villanúa (Hu). En Oroel sus poblaciones vigorosas tipifican la subsp. j1abellatlllll. Ya es rara en Sinués y San Juan de la Peña, donde coincide con el L. eliasii glabro, de hoja glauca, glabra y recia, que no se hibrida con él. Del Pirineo calizo occidental damos localidades hasta el Anielarra (Navarra). La planta supera los 2.250 m en esos montes, donde presenta formas en cuevas abonadas por la chova piquigualda (PyrrllOcorax garrullls) y otros animales; es planta de "nunatak". como los que salvaron "del hielo cuaternario" a esa especie. Son plantas de hoja recia. algo glauca. y forman poblaciones con pocos individuos longevos. En Selva de Oza y Boca del Infierno hay plantas con antera granate oscuro y son muy pilosas. Vimos estirpes de cresta (sesteo de rumiantes) con el segmento terminal de subsp. j1abellatllm. un dentado irregular en cada lóbulo e incisiones cortas laterales. Más al oeste las formas vasco-navarras descienden bajo 1.300 m (en promedio); desaparecen los abetos y pino negro (Pilll/s llllcillata) por el régimen oceánico, de lluvia en otoño e invierno con temperatura suave. pero hay períodos secos en verano; la lixiviación edáfica ya es limitante y sus plantas se ncnntonan en pequeñas poblaciones de cumbre caliza y son muy diversificadas. Las viUls del mericarpo aumentan su sección cuando nos desplazamos hacia el oeste. Los L. lIestleri subsp. j1abellalllm vascos aun presentan mucha variabilidad y solo destacamos pocas formas dibujadas. Predominan las anteras rojas y un radio umbelar áspero, con pelos digitiformes aislados de 0,1 a 0,3 mm que son rarísimos en los pétalos y mericarpos. Al oeste de Navarra, cuestas de Urbasa. convive con E "dressia castellana y Pimpi" ellll saxifraga. Presenta el segmento terminal casi trifoliado: radios de la umbela central con pelos desiguales (hasta 0,35 mm) que pueden alcanzar el pétalo. El País Vasco tiene crestas calizas con ganado (oveja Lacha) que allí sestea. Tenemos un Calálogo valioso (ASEGUINOLAZA et al. 1984) y ahora destacamos el material ex.celente depositado en VIT y JACA; seleccionamos solo alguna referencia. Alcanza territorio pasiego en Portillo de Sía (Sanlander) 1.080 m y Valnera (Burgos). En Aldamín del Garbea tiene folíolos parecidos a los típicos pirenaicos con pelos aniculados, hasta de 1,5 mm: los radios umbelarcs con pelos desiguales, algunos bastante largos. 7), de Sierra Salvada, Orduña. el segmento terminal flabeliforme tiene lóbulos laterales cortos y erectos, en un conjunto de base cordiforme. Hoja caulinar con grandes dientes terminales como veremos en L elias;i subsp. rhaliclrifoJill1l1. El pedicelo es áspero; merica~(9-10 mm) de alas anchas (1.5-2 mm), algo coriáceas. Hay formas notables en Araya (Á lava), todas muy pilosas. y Peila Udala (Vizcaya) con brácteas umbelares pilosas. 7) hay una forma robusta, exhuberante, de segmento terminal foliar oval-lanceolado y lóbulos laterales pequeños, cortos (cf también 68 -Lám. 6-, en ESpOI de Cataluña): sus pelos articulados (1-1,5 mm) son lípicos de L. lIeslleri con pocos dientes grandes, terminales en la hoja caulinar y con aciculas escasas en costilla primaria. Es una forma débil, con pocas hojas conas multidentadas. dientes pequeños desiguales. estrechos y agudos: lóbulos laterales del segmento terminal poco profundos: destacan sus hojas caulinares con muchos dientes agudos. Hay peñascos calizos cerca. con Saxifraga trifurcara y Ribes alpillllm, pero acidez edáfica en el suelo profundo (castaños y ¡Jlec/m"", spicalll cerca): planta débil con la umbela de solo 12 radios. A partir de Lunada y Castro Valnera, la especie preliere los montes subcantábricos, como es la Sierra del Brezo palentino-leonesa, evitando así las lixiviaciones que acidifican el suelo. Recuerdo su abundancia en las faldas del pico Yardas (Riaño), un refugio de ganado con megaforbias, no lejos de la sabina (JlIlI; perus thurifera) que aun persiste cerca de la cumbre del Yardas, pero en la parte baja tiene la humedad ambiental del hayedo aclarado y el agua de las tormentas estivales. Más al oeste hay pocas poblaciones muy aislarlas en los grandes macizos carstificados, donde L nestler¡ persistió y pudo vanar. Hemos reunido las citas obtenidas (cf Apéndice). En los prados leoneses estudiados por "Cllol/i" (OARelA OONZÁLEZ, 1981), no falta esta especie que tiene allí un "hábitat secundario" por haber descendido de las crestas próximas. Hay L. I/estleri subsp. flabeffa1l/11I (no subsp. lailll.ii) en Picos de Europa, pero son raros (NAVA, 1986), probablemente por el clima oceánico. Está en el río Cares (León-Asturias) y Pandébano, Bulnes (localidad del Aster pyrellael/s en Montes Cantábricos), con fruto grande que "hidratado" alcanza 16-17 mm, pero "en seco" no pasa de 14-15 mm. La planta de Bulnes tiene un segmento foliar tenninal flabelado con incisiones laterales que no alcanzan la base y su margen es áspero; los ", dios con pelos desiguales, mericarpo largo (13-14 mm) y alas más anchas en su parte superior. La misma fonna foliar está en el desfiladero del Cares (32, Lám. 7) con segmento tenninal tn10bo, incisión Imeral incompleta, denticulación ancha y el radio umbelar con pelos desiguales, de 0,1•0,2 mm, muy densos en su parte basal. El merica'lXl es grande. Destacamos esa variación foliar menor en las poblaciones aisladas de la parte baja y el gigantismo del fruto hacia los 400 m de altitud. Se cita frente a Sotres (Asturias, LAíNZ, 1974). En Somiedo están las poblaciones más occidentales (I.A! Son variaciones que parecen indicar su evolución a partir de otras poblaciones orientales. Es tan glauca que azulea, con mucha pHosidad articulada (pelos 0,5-0,8 mm, de 6-8 segmentos); tallo corto por estar en las grietas del enlosado cárstico y un collado venteado. 2.020 m, enlre canal de Pedabejo y la Vega de Liordes, su area conocida. Es planta longeva que resiste las inclemencias climáticas y tiene un largo rizoma (20-30 cm, acaso más), metido en las grietas. 7) con su denticulado foliar y segmento terminal característico, fruto corto. ancho, con amplias alas y más vitas en la cara comisura!. Es tan notable que parece otra especie. pero convendría cultivarla en tierra baja. Folíolos grandes, menos separados entre sí, con nervios del envés foliar delgados (123, Lám. 8) y alas del fruto poco más de J mm anchas; esa pi ama jacetana puede superar el metro, con sus hojas glauco•verdosas y envés más claro. En el dibujo, los "pelos" de 0,1 mm tienen apariencia fúngica (conidios) y en otra hoja (Lám. 8a) se aprecian las cicatrices de un aparato esporífero de ascomiceto. Plantas parecidos están en San Juan de la Peña y Piétrola de Sinués (126, Lám. 9), donde apreciamos el segmento terminal foliar tlabelado, con lóbulos laterales separados por incisión profunda, incompleta, y unos felíolos grandes, 5 x 4,5 cm; en el delal1e situamos unos puntitos blancos agrupados en su haz foliar que liene color glauco. Plantas parecidas alcanzan los montes chesos (VILLAR, 1980) en Echo-Ansó y también Salvatierra de Esea (113, Lám. 9) con las Cinco Villas (Zaragoza). En Navarra hay más pelos sueltos en la hoja que tiene un segmento terminal nabelado y falíolos orbiculares, separados, no solapados; es notable su estilo largo (de 3 a 3,3 mm) y antera grande (0,8 mm). La bráctea es trífida en el ejemplar estudiado, de margen membranoso blanco, como las bractéolas: radios lisos con 5-7 costillas brillantes, destacadas, y pedicelos apenas papilosos. En Navarra hay otras formas notables con su mericarpo de ala coriácea (102, Lám. 9), como en Sierra de Cantabria, pero en Yoar, Sierra de Codés (NavarralÁlava) el ala es muy estrecha. En Navarra y Álava prefiere los quejigales, a veces con Ellllressia castellana que detecla un suelo fresco en verano. Roza Vizcaya y Guipúzcoa frenada por la humedad cantábrica excesiva; solo en Orduña penetra más hacia el Cantábrico, pero allí difiere por sus mericarpos oblongos y de ala estrecha que consideramos como subespecie vasco-burgalesa endémica y describimos a continuación. La especie alcanza el norte de Soria (SEGURA el al., 2000); las parameras de Burgos y palentinoleonesas lienen formas en general con más pelos que las riojanas, pero siempre de aspecto glauco, glabrescente, hojas de segmentos recios, pequeños, separados; el lallo es casi escapiforme por sus hojas caulinares pequeñas que faltan en la parte superior. Hay formas que destacan por sus folíolos suborbiculares de segmento terminal tlabeliforme y ancho en su parte dislal, con el lado convexo sin dientes. En Palencia, sa del Brezo, valle de Tosande, los folíolos están separados con el segmento terminal trifoliado. Una recolección es de Lagasca (MA 151 020, en Peñafurada, León) que, a pesar de ser calcícola ya presenta caracteres de thalictrifoliul1I (lóbulos foliares con pocos y grandes dientes irregulares, el terminal de base cuneada, umbela con 24 radios poco desiguales, de 4-6 cm y pedicelos escábridos); umbélula con brácteas de borde membranoso. Hay varias Peñafurada, tanto en Asturias como León, pero esa localidad de Lagasca es leonesa, y corresponde al "Forao de Vidangos" de Arbas (TN75), hacia los 1.400-1.500 m (LAINZ, 1978). Abunda en León y Palencia subcantábricos (LArNZ et al., 1976), donde tiende hacia la subsp. thalictrifolillm, pero es difícil señalar los límites: la subsp. e/iasii prefiere un suelo calizo apenas decalcificado y clima subcanlábrico, con pastos de Genista hispallica subsp. occidelltalis y Erica vaga/ls, en quejigales o carrascales. Como en Orduña (Vizcaya), en León esta especie desborda la cordillera cantábrica hacia Somiedo en el macizo carstificado de Peñas Albas (Somiedo), sobre caliza dura (FERNÁNDEZ PRIETO, 1982). En cambio, la subespecie tJwlictrijolilllll prefiere los robledales sobre suelo silíceo y un clima húmedo todo el año, tanto en Orense como Sanabria (Zamora) y Tras os Montes de Braganza. En las calizas de Becerreá hay plantas de hoja glauca que consideramos con M. LAiNZ et al. (1976) El tipo subespecífico es de la sierra, cerca la ermita Virgen de Orduña, con meric: lrpo de 7-8 mm y alas dorsales casi tan estrechas como una costilla gruesa. Describimos primero las recolecciones de la parte más elevada, para mencion: lr después las formas de tierra baja. Planta mediana con hojas basales grandes (hasta 50 cm) 3-pinnaticompuestas, de folíolo suborbicular irregularmente dentado en la mitad distal y de base casi cord: lda, con dos incisiones laterales hasta la mitad del segmento terminal. La planta es glaucescente y sin pelos; la parte distal del foHolo medio truncada, casi recta: olra hoja liene un segmento terminal trilobado semejante. Un pie con umbela terminal de 18 radios, 4-6 ( 7) cm, mientras en otro hay un radio de 9,5 cm desplazado 12 cm en el tallo. bajo una umbela de I1 radios que solo miden 3-4,2 cm. Conviene la prudencia si utilizamos el número y longitud de los radios, porque dependen del vigor y su longitud del estado fenológico, por ser acrescentes; sin embargo lo anotamos en los dibujos y lista de localidades. Pedicelos lisos o apenas con alguna papila. Mericarpos de silueta oblonga, 6-8 mm, con alas dorsales muy estrechas (0,2-0,4 mm) y apenas más anchas (0,3-0,6 mm) las laterales, un carácter que individualiza esas poblaciones en su límite septentrional de área. Las vitas son pequeñas en costilla secundaria y diminutas (alguna inapreciable) junto a las primarias. En la depresión margosa de Orduña (Vizcaya), enlre 400-600 m (WN0260), JACA442682, tiene talla de 86 cm y hoja basal 50 cm, muy dividida, color verde claro en el envés y margen liso, con pocos dientes por segmento y casi lodos terminales. de lados enteros algo convexos y base casi cordada, sin pelos. Umbela 18 radios de 3.4 cm. lisos, 4-6 costillas recias, brillantes, y apenas "farinosas" en su base interior; otra umbela tiene 26 radios de 5-7 (10) cm. Quedan pocas brácteas caedizas o secas en agosto y muchas bractéolas de margen liso. En Navarra-Álava, S• de Codés, Yoar, hay una población con mericarpos también de ala estrecha, como en otra sierra del vecino Burgos. Conviene precisar su área estudiando material fresco y su ecología. Veamos la subespecie más atlántica en el NW peninsular. (Coutinho) del L. aquilegijolil/m DC: hay buenos ejemplares en COI que permiten conocer bien esas formas atlánticas geresianas: en otras localidades alejadas, vimos variaciones hacia planta robusta (80-130 cm). de pelo ralo, no tabicado, con folíolos mayores y más dientes, que hace transición hacia la subespecie eliasii. Su autor, Sampayo, la describe con 6-12 brácteas involucrales que caen al final; planta glabérrima de folíolos pequeños y con un "recorte" que difiere mucho del normal en L. nes/leri. Lo separa de L eliasii por su aspecto foliar y brácteas numerosas. carácter que se aprecia en las umbelas laterales más tardías. Hierba robusta, 80-130 cm alta, con hojas caulinares pequeñas. y los 30-40 cm terminales desnudos; varias hojas basales 50-80 cm, con 4 segmentos laterales 2 (3) compuestos, dos (oHolos sentados y el segmenlo terminal trilobulado pequeño. COIl pocos dientes distales anchos, desiguales; hojas subcoriáceas glabras o con pelos escasos y de nervadura muy destacada en el envés: margen foliar liso, vaina poco hinchada y corta. 0.5-I cm en las hojas caulinares. Tallo recio, estriado con 20-25 surcos verdes entre unas "costillas" de anchura desigual y color paja brillante: las ramas con umbela pueden ser robustas, ante ladas. Umbela terminal recia, de (12) 20-30 radios costillados y casi lisos. brillantes. con asperosidad o pelo corto en su parte basal interna (diferencia con subsp. eliasii); 6-10 brácteas lineales caedizas, de 10-15 mm, sin asperosidad marginal y apenas orla blanca, que son más persistentes en umbelas laterales y umbélulas; pedicelos casi lisos con papila-pelos muy desiguales y escasos que se alargan junto a la flor. Flor blanca, 5 eslambres y anlera grande, 0,7-0,9 mm. Mericarpo (6) 7-8 (12) mm, con alas 1-1,8 mm de anchura, las dorsales más estrechas; son frutos grandes entre los L. eliasii y sus alas -como el resto del fruto-, pueden tener pocos pelos recios; dientes calicinales grandes, 0,7-1 mm, y estilo reflejo 2-3 mm. Las viras son medianas y casi faltan o son inapreciables bajo la costilla primaria lateral. Es planta silicícola que bordea los robledales (Querclls robur, Q. pe1raea & Q. pyrenaica) del NW peninsular (PINTO DA SILVA el al., 1950), con formas lípicas en S• de Gen~s y S• da Peneda, Portugal. Pero hay otras poblaciones con el segmento foliar terminal mayor, lateralmente más dentado, en Braganza (Tras os Montes), Sanabria (Zamora) y Orense, que comentamos con láminas dibujadas; las más atlánticas están en Senhora da Peneda (a unos 1000 m), son altas, con la hoja basal grande casi 4pinnaricompuesta, de segmentos pequeños, estrechos, pocos dientes terminales desiguales y una base cuneada; las incisiones en el segmento terminal son poco profundas. Costillas en tallo y radio umbelar salientes, que son las más destacadas en esta especie. Mericarpo de alas anchas (casi 2 mm) ligeramente onduladas y se aprecian -por transparencia-las vitas del lado comisural. Las hojas rotas (casi basales o de la parte baja del tallo), muestran la misma tendencia en el dentado y lóbulos del segmento terminal que liene muy pocos pelos simples (LAINZ, 1955). En Serra de Geres (terra classica) hay mucha diversidad foliar que no dibujamos por faltar las hojas basales enteras, ya que las caulinares siempre tienen foHolo más estrecho, con pocos dientes terminales anchos y desiguales. En Leonte, sa de Geres, 800 m, es parecido al de Ponte Maceira (W. Vimos una hoja casi basal con el segmento último estrecho, de base cuneada y pocos dientes desiguales, profundos. Umbela de 30 radios (3,5-6,5 cm), casi lisos, mericarpo 10 mm, de ala (hasta 2 mm) ondulada y característica. 2i) estudiamos un fruto corto (6•7 mm) con ala que supera el milímetro, del mítico Altar dos Cabroes, 1.500 m, con pelo cono en los pedicelos junto a la flor. Vemos que se trata de un caso similar al mencionado (variabilidad del L. Ilestleri) con mericarpo pequeño en la montaña que se agranda en el valle próximo. Es en Sanabria (Zamora) donde las hojas cambian por presentar dientes hacia el costado de cada segmento foliar que además son más regulares. En el envés hay pelos de casi un milímetro (120, Lám. Umbelas con 24 radios lisos, recios, de 6-7 cm. Mericarpo 9 mm y alas anchas (Lám. 2g), carácter de la subespecie occidental que varía en el río Tera, donde vive también con Q. robl/r. Q. petraea, y fresnos. Hay otras formas de segmento foliar terminal casi trifoliolado y foHolos menores, de margen liso. Vimos otra forma de la varo reralla con folíoJos suborbiculares, -como en la subespecie eliasii-pero es silicícola y de Zamora; en ellos apreciamos los pelos ralos y nervios del envés tan destacados como propios de la subsp. thalictrifolium. Estudiamos otra planta de Sanabria con folíolos amplios y fruto de alas anchas. En Sierra de Jurés (Orense), R, GUE, RO & S, LVA PANOO (1984), las hojas lienen su denticulación como en Peneda y Geres; en Requián, "ad vineas" M. Laínz, hay una forma intermedia por su denticulado y pelos, con unas bractéolas que tienen reborde blanquecino y áspero. En Viana do Bolo bractéolas de borde áspero y pedicelos con pelo papiloso, pero son lisos y brillantes los radios umbelares; la silueta del segmento terminal es casi trifoliada, más dos folíolos sentados y el segmento siguiente ya tiene tres foHolos; el margen foliolar no es liso del todo. Ya mencionamos la subsp. eliasii en Becerreá (Lugo); sus pedicelos son ásperos con papilas no piliformes y además es planta calcicola: en la misma localidad queda la poblaci6n más occidental del L galf; cu", también calcicola. Hay otra planta en el Caurel (Lugo) que aun presenta más caracteres de eliasii, por sus folíolos suborbiculares con más dientes no muy grandes, las costillas caulinares y del radio umbelar menos destacadas, con bractéolas de margen membranoso, blanco, liso, y antera mediana (6-7.5 mm). El estudio de los Ileslle,; en montañas recorridas por el autor, nos destaca la semejanza entre poblaciones del este-sureste peninsular y la subespecie típica en Francia: L IIestleri muestra una tendencia "mediterránea" en paisajes de cultura ganadera tradicional antiquísima (BRAUN-BLANQUET, 1923: 67•68 & 79); también vemos que sus poblaciones rehuyen la insolación y se refugian en cañones de los ríos, al pie de cantiles calizos, evitando así el suelo acidificado. Las formas de alta montaña son distintas (L,¡eslleri subsp. flabelfawlII) y detectamos además otra subespecie cantábrica (L "esller; subsp. lai"zji) en los Picos de Europa leoneses. Damos otras formas como variedades, para ser estudiadas en su población natural y con otros métodos. Las variedades descritas y su localización, pueden apoyar el estudio biosistemático futuro; son muy destacadas unas formas glabras con lóbulos foliares estrechos del Pirineo aragonés, que, con las glabras del río Gállego, aparentan ser las estirpes ancestrales. L eliasii es polimorfo y distinguimos tres subespecies, con unas poblaciones vascas localizadas (subsp. ordlllJae) o las más extendidas (subsp. eliasii) del Alto Ebro subcantábrico, con otras propias del robledal atlántico de montaña (subsp. liraliclri/olium). En el extremo más occidental y oceánico, Minho de Portugal, aumenta la talla (robustez) con folíolos menores y el fruto grande, subsp. tiraliclrifolillm, pero abundan las formas intermedias en Galicia, Braganza y Sanabria. Mencionamos el material estudiado con dibujos inéditos. de los que ahora damos fragmentos iconográficos para facilitar su conocimiento. En el futuro, interesa completarlo con el estudio directo en población natural; damos en Apéndice las localidades apropiadas para una recolecci6n cuidadosa en varias fechas; es grande su interés, tanto biogeográfico como taxonómico. Al Proyecto de investigación del CSIC Flora iben'ca que facilitó el estudio de tanto material para el volumen de Umbelíferas (Apiaceae) y a todos los herbarios que han colaborado. VIT. con los siguientes: Institut Botanic de Barcelona (BC). donde me inicié guiado por A. de Bolbs. Al amigo Jean Vivant de Onhez. por su excelente material pirenaico. Universitat d'Alacant. por su material conservado en MUB. Vegetal y Tecnología Agraria. Univcrsidnd de Castilla La Mancha. Albacete, por su excelente material. Al querido colega M. Laínz por su material y ayuda en este género que conoce bien. Amigo. del herbario SANT por su material y ayuda. A M" C. Femández Carvajal por material de FCO (Asturias). A Empar Carrillo y J. M" Ninol. con 1. Soriano. por el BCC yac. Benedí por el BCF (lo recolectado con M. Losa España hace años en Montes Cantábricos y Pirineo). A Gabriel Blanca por su ayuda y mal. de GDA. A F. Llamas de LEB por tanto material de L eliasii. Especial mención y gratitud a nuestro Instituto Pirenaico de Ecología Hay mucho material burgalés~riojano en los herbarios y seleccionamos localidades poco citadas. En Cameros (La Rioja-Soria) abundan las formas pequeñas, pero las hay robustas en Torrecilla de Cameros, 950 m, más de un metro, y fue distribuida (SALA, Flora Española, n" 252) por F Amic", IO-VII-1982, muy repartida (G, BC, MA, FCO, VIT, JACA, ele.).
Se realizaron estudios morfológicos y anatómicos de las partes vegetativas en 32 pobluciones pertenecientes a 17 taxones del género Alldroeymbilllll en Suráfrica Occidental. Los cuructercs morfológicos estudiudos fueron las caructeristicas del cormo y de las túnicas. y númcro. distribución. forma, tamaño. sección. y color de las hojas y brácleas. Los caracteres micromorfológicos estudiados fueron el indumento cn la superficie y murgen de la hoja. forma y tamaño de las célulus epidérmicas, y tipo y cantidad de estomas. Finalmente. los curaCtcres unutómicos fueron cltipo de células del mesofilo, tamaño de las células epidérmicas, tipo de pared celular, tamaño de las células epidérmicas centrales comparado con el resto de células de la [;ímiml y cantidad de idioblastos. Los resullados mostruron una gmn heterogcneidad en [a mayoría de los caraeleres analizados. A pesar de ello, algunas características macromorfológicas relacionadas con el color y forma de las hojas y brácteas en el género AlIllmcym1Jillm. podrían ser utilizadas como indicadores tllxonómicos de afinidades cntre especies. Contrariamente. las características micromorfológicas y anatómicas cstudiadas mostraron una gran varicdad de formas que no se ajustan u las relaciones entre especies establecidas previamente a panir de datos de morfologíu, alocn7.imas o RFLPs del cpONA.
Cy"aroides ¡neludes the arctioid species of Cous; nia.
1803 ≡ Cnicus centauroides Willd. ex Ledeb., Fl.
Drosera roraimae (Klotzsch ex Diels) Maguire (Plate 4: 89-91) Myrtaceae Myrcia bolivarensis (Steyerm.)
Palabras clave: amenaza; Cataluña; conservación; declive; demografía; endemismo; especies invasoras; fragmentación; plan de recuperación.
Cabe destacar que la contribución de los nuevos núcleos a la diversidad genética de Stachys maritima es muy pequeña y se puede atribuir a su reducido tamaño poblacional y/o a efectos fundadores. a pesar que la especie se ha incluido en el anexo 2 ("En Perill d 'Extinció") del Catàleg de Flora Amenaçada de Catalunya, y que a escala local se han realizado algunas medidas de conservación "blandas" (señalización de los accesos a la playa, educación ambiental, etc.), junto a otras medidas más significativas pero realizadas con carácter de urgencia (p. ej. la translocación de individuos descubiertos en un arenal), sería necesario la acción coordinada y el apoyo científico de cualquier iniciativa de conservación que se lleve a cabo. el marco general para iniciar acciones de conservación debería ser el plan de recuperación de Stachys maritima, la redacción y aplicación del cual es preceptiva, tal y como consta en el Catàleg. palabras clave: Catalunya; conservación; dunas; especies invasoras; extinción; fragmentación.
Fernández Casas y T. pumilum subsp. pumilum respectivamente). Sendas citas aparecieron por vez primera en un trabajo de índole fitosociológica publicado por Rivas Goday et al. (1956), en el cual se aludía a ellas como dos especies presentes dentro de comunidades de Gypsophiletalia. Teucrium pumilum es un gipsófito estricto (Mota et al., 2009: 76) endémico del C y E de la Península Ibérica, presente en matorrales y tomillares, así como en comunidades de estepas y eriales. Morfológicamente es muy característico su hábito postrado, con tallos gruesos muy lanosos y raíces adventicias, hojas pequeñas e imbricadas, inflorescencias en cabezuelas terminales paucifloras, cálices grandes tubular-campanulados y corolas rosadas. Por su parte, T. libanitis se considera una planta endémica del SE peninsular ibérico, también estrictamente gipsófita (Mota et al., 2009), propia de los sectores alicantino y murciano (Rivas-Martínez, 1974), fácil de reconocer por sus hojas gruesas dispuestas en verticilos de 4, inflorescencias en cabezuela terminal o en ocasiones en racimo corto de cabezuelas de 1,5-3 cm, ovoides o espiciformes y corolas generalmente de color blanco o crema. Habita en comunidades abiertas de matorrales gipsícolas, como característica de la alianza Thymo-Teucrienion libanitidis (Rivas Goday in Rivas Goday, Borja, Monasterio, Galiano, Rigual & Rivas-Martínez 1957) Alcaraz, P. Sánchez, De la Torre, Ríos & J. Alvarez 1991 nom. mut. propos. del orden Gypsophiletalia Bellot & Rivas Goday in Rivas Goday et al. 1957. Ambas especies pertenecen a la compleja subsect. Pumilum Lázaro Ibiza de la sect. Schreb., al igual que T. carolipaui C. Vicioso ex Pau, especie esta última que ha sido considerada en muchas ocasiones como subordinada a T. pumilum (i.e. Este conjunto de especies resultan a menudo muy frecuentes, e incluso llegan a suponer elementos característicos para determinadas comunidades fitosociológicas en ambientes áridos ricos en yesos (Rivas Goday et al., 1956; Rivas-Martínez & Costa, 1970), como los que afloran en determinados enclaves del interior de la provincia de Valencia, principalmente en la comarca del Valle de Ayora-Cofrentes. Así, con motivo del estudio de la flora presente en esta zona y territorios limítrofes con la provincia de Albacete (Peris, 1984; Ferrer, 2005; Gómez, 2009), tanto T. pumilum como T. libanitis han sido objeto de exhaustivas búsquedas por el territorio, con ánimo de corroborar las citas que en su momento a este territorios las atribuyeron. A raíz de esto, se ha considerado de interés el estudio pormenorizado de los pliegos de herbario reseñados en los trabajos donde fueron citadas, así como la búsqueda de otros que pudieran estar conservados en diferentes herbarios. Además, se ha investigado la información bibliográfica para poder reunir suficientes evidencias que permitieran dilucidar el fundamento y la veracidad de la presencia de estas dos especies dentro de la provincia de Valencia, y en concreto en la comarca del Valle de Ayora-Cofrentes. En el estudio del material de herbario se han revisado los pliegos depositados en ABH, BC, HGI, MA, MAF y VAL (Holmgren et al., 1990). Las autorías de los táxones citados en el texto corresponden a las que indican Mateo & Crespo (2009), de acuerdo con Brummitt & Powell (1992). Las indicaciones bioclimáticas y biogeográficas se ajustan a la tipología de Rivas-Martínez (2007). La presencia de T. pumilum en la provincia de Valencia fue señalada en primer lugar por Rivas Goday et al. (1956: 483, Cuadro 9) para los yesos y margas de Cofrentes. Esta planta aparece indicada dentro de los inventarios levantados el 29 de junio de 1950 por el propio Rivas Goday "en margas yesíferas triásicas de Cofrentes (prov. de Valencia)", con los códigos R/1.001 y R/1.002. Sendos inventarios forman parte de la tabla fitosociológica que se aporta para la descripción de la asociación Gypsophila hispanicae et Teucrium verticillatum Rivas Goday et Rigual Magallón [sic], y en particular como una especie característica de la subasociación con Kochia-Teucrium pumilum [sic], que según se indica en la publicación, se trata de una "subasociación genuina de la alianza, muy independiente y relacionada con las asociaciones de la Gypsophilion hispanicae" a la que los autores añaden: "Se presenta en toda la comarca yesífera de Cofrentes, de sedimentos triásicos, en las barrancadas erosionadas de los valles de Júcar y Cabriel". Los índices de abundanciadominancia y sociabilidad que se indican son +.1 y 1.2, respectivamente. El hallazgo de esta especie en el territorio suponía una notable disyunción para el área de distribución conocida de este taxon, limitado a los yermos y estepas yesíferas del centro peninsular ibérico, adscritos al sector corológico Manchego de la provincia Mediterránea Ibérica Central, donde se presenta en comunidades de la alianza Lepidiion subulati Bellot & Rivas Goday 1956 (Gypsophiletalia). Posteriormente, esta especie volvió a ser señalada para los afloramientos triásicos gipsícolas de la Muela de Jalance por Rivas-Martínez (1974: 83), en el área limítrofe con el término municipal de Cofrentes, donde se indica "...Alcanza los yesos de la Muela de Jalance, cerca de Cofrentes (Valencia), donde se sitúa en el ambiente de la asociación Gypsophilo hispanicae-Teucrietum libanitidis Rivas Goday & Rigual 1956..." ilustrando esta cita con un mapa donde aparece el área de distribución de la especie (cf. Rivas-Martínez, 1974: 81, Mapa 1). Cabe destacar que, curiosamente, Rubio et al. (1992: 195, Mapa 39) no consideran la cita valenciana de Rivas Goday et al. (1956) ni tampoco la de Rivas-Martínez (1974), cuando en este trabajo se recogen para la misma zona otras curiosas y controvertidas localidades para T. libanitis Schreb. (sub. T. verticillatum Cav.) o Gypsophila struthium subsp. hispanica (Willk.) Tras el estudio de los pliegos de herbario concluimos que en la actualidad no se conoce ningún material testigo que apoye esta cita valenciana; tan sólo Rivas-Martínez (1974: 84) aporta el pliego MA 97942 (Figs. 1 y 2) como testimonio de la presencia de esta planta en la zona, si atendemos y atribuimos a la información cartográfica la relación de pliegos que aparecen en el apartado de material estudiado por este autor. Juan Isern visitó tierras valencianas, como aparece escrito en la primera hoja del borrador que hiciera el botánico renunciando a la plaza de Ayudante de la Cátedra de Botánica (Blanco et al., 2006: 49-50 transcrita, y 682 fotografía del original). Creemos que la recolección pudo hacerse bien poco tiempo antes de embarcarse en la expedición del Pacífico en 1862, o bien entre el 2 de junio de 1851, año en el que Isern es nombrado Colector del Museo de Ciencias Naturales, y el 18 de abril de 1857, momento en el que fue nombrado Ayudante de la Cátedra de Botánica, trabajo que le permitió hacer excursiones por diferentes partes de España, como la visita a Almería en marzo de 1861. En este viaje a Almería, Isern también pudo haber pasado y recolectado plantas por tierras valencianas, en su desplazamiento desde Madrid, pero no el pliego que ahora nos ocupa, puesto que este material se recolectó, según la fecha que aparece en la etiqueta, en el mes de julio. Menos probable parece el hecho que la planta fuera recolectada cuando se desplazó desde Madrid hasta Alicante, desde donde se embarcó para Cádiz, y emprender como miembro de la Comisión de Profesores de Ciencias Naturales la Expedición Marítima del Pacífico, comenzando la herborización en las Islas Canarias y no antes (cf. Blanco et al., 2006: 272; Macía & Blanco, 2008). Como indica Blanco et al. (2006: 269), el herbario de J. Isern se encuentra repartido por distintas instituciones. Esta colección está constituida primero por plantas españolas y posteriormente por plantas procedentes de la Expedición Científica del Pacífico. Respecto a las recolecciones en España, existen pliegos en el herbario del Departamento de Botánica de la Universidad de Girona (HGI), en el herbario del Instituto Botánico de Barcelona (BC) y en el Herbario General del Real Jardín Botánico de Madrid (MA), con plantas recolectadas principalmente por Madrid, Ávila, Segovia, Guadalajara, Asturias, Cataluña, Málaga y Almería, realizadas entre 1850-1862 (Blanco et al., 2006: 269). Por otro lado, según lo indicado por Steinberg (1977) existen pliegos en el Herbario Webb de la Universidad de Florencia (FI-W). El pliego MA 97942 aparece intercalado dentro del material de T. pumilum que se encuentra depositado en la colección general del herbario MA. Contiene cinco etiquetas, la original hecha por Isern y cuatro de revisión, una a cargo de Blas Lázaro Ibiza (1858-1921), y las otras de Carlos Vicioso (1886Vicioso ( -1968)), Salvador Rivas Martínez y Teresa Navarro. El pliego contiene además dos sobres con restos de material vegetal fragmentado. La etiqueta de revisión realizada por S. Rivas Martínez está pegada en la parte inferior izquierda a la etiqueta impresa de revisión de C. Vicioso, tapando la última línea de ésta, aunque es posible su lectura (Fig. 1). A continuación se transcriben los datos que aparecen en las etiquetas del pliego: Cinco etiquetas, cuatro de ellas de revisión (Fig. 2): a 1 -Toda la etiqueta manuscrita, dos tipos de caligrafía, parte de la etiqueta escrita con tinta y parte escrita con grafito, probables anotaciones separadas en el tiempo; Teucrium libanotis (tinta) / Schreb. (tinta) // Isern (grafito) // Valencia. Julio (tinta) (Fig. 1). a 2 -Toda la etiqueta manuscrita, parte de la etiqueta escrita con tinta y parte escrita con grafito; Teucrium (tinta) / pumilum L. (tinta) // Det. Lázaro (grafito). a 5 -Parte manuscrita y parte impresa; REVISIÓN PARA / "FLORA IBÉRICA" (todo impreso) // conf. T. Navarro (impreso) 12 febrero (manuscrito) 200 (impreso) 3 (manuscrito) (Fig. 1). Según lo expuesto en las diferentes etiquetas, a este material se le ha atribuido diferentes identidades según autores. Juan Isern la determinó en el sentido que Schreber interpretaba su T. libanitis, no en el sentido cavanillesiano de la especie. Algo que sí hizo C. Vicioso, ya que este autor consideraba la planta descrita e iconografiada por Cavanilles (1793: 17, tab. Por otro lado, la revisión acertada de B. Lázaro Ibiza corresponde sin duda a un momento en el que todavía no había sido descrito T. carolipaui (véase Pau, 1922). Posteriormente S. Rivas Martínez revisó el material y corroboró la determinación que había hecho Lázaro Ibiza como T. pumilum L. y no bajo la especie que le había otorgado C. Vicioso, añadiendo su etiqueta correspondiente, determinación algo desconcertante si atendemos a lo expuesto por este mismo autor (Rivas-Martínez, 1974: 87-88) donde se propone la independencia específica para estas dos plantas, en contra del tratamiento adoptado por Rivas Goday el al. (1956: 476) de subordinación de T. carolipaui como una subespecie de T. pumilum, reconocido al mismo tiempo por otros autores (Bolòs, 1957; Rivas Goday & Borja, 1961; Rivas Goday & Rivas-Martínez, 1969; Rivas-Martínez & Costa, 1970; Wood, 1972aWood,, 1972b)). Creemos que uno de los motivos que indujo a su determinación bajo la especie de Linneo es la presencia en el especímen del pliego de bractéolas que no llegan a superar las flores en la inflorescencia, carácter que Rivas-Martínez (1974: 89) considera de gran valor para la discriminación entre estos dos táxones, pero que hemos podido observar que se muestra como una característica variable a lo largo del área de distribución en T. carolipaui s. str., principalmente en poblaciones meridionales termomediterráneas del cuadrante nororiental de la provincia de Valencia. Por otro lado, esta determinación la atribuimos al mes de marzo de 1973, al interpretar que los números que aparecen manuscritos en la parte inferior derecha de su etiqueta de revisión "3•73" hacen referencia al mes y año de revisión, meses anteriores a la publicación en 1974 "Sobre el Teucrium pumilum L. (Labiatae) y sus especies afines", donde aparecen ambas especies dentro de un trabajo corológico para el grupo (Rivas-Martínez, 1974: 79-96), conclusión a la cual llegamos Figura 1. Arriba; Etiqueta de revisión de C. Vicioso. Abajo; Etiqueta original de Juan Isern donde aparece la determinación, lugar y fecha de recolección. © Herbario MA, reproducido con permiso. al comparar la etiqueta de revisión de este mismo autor que aparece sobre el material de T. libanitis Schreb. (ut. Por otro lado, Teresa Navarro revisa el material el 17 de febrero de 2003, confirmando, entendemos, la determinación que aparece en la etiqueta impresa con la revisión de C. Vicioso, aunque posteriormente en su estudio del género para Flora iberica no indica la presencia de esta especie para la provincia de Valencia (cf. Navarro, 2009). Por nuestra parte, después del estudio del pliego testigo recolectado por Isern, creemos, al igual que C. Vicioso, que se trata de un ejemplar de T. carolipaui s. str., planta ampliamente distribuida por las provincias de Alicante y Murcia, que se diferencia de T. pumilum por su porte más elevado, de hábito no cespitoso, tallos ascendentes, erectos no postrados, más delgados, con indumento menos denso y tricomas más cortos, no algodonosos, con presencia de tallos florales largos, hojas rectas más largas y esparcidas no imbricadas, de haz glabro y cálices de tamaño más pequeño. En concreto el ejemplar corresponde con las plantas propias de las poblaciones septentrionales de esta especie, típicas de La Nucía, Altea, etc., donde es común observar que las bractéolas no suelen sobrepasar ampliamente el tamaño de la inflorescencia, carácter muy marcado en poblaciones alicantinas más meridionales, y que tradicionalmente ha sido empleado como carácter de alto valor discriminatorio (cf. Bolòs & Vigo, 1995: 225; Mateo & Crespo, 2009: 225; Navarro, 2009). Como se lee en la etiqueta original de Isern y en la de revisión de C. Vicioso, sólo aparece como localidad el término genérico de "Valencia" sin especificar una región geográfica más precisa (Fig. 1). Conviene mencionar aquí que, a mediados del siglo XIX la división territorial de Valencia en 1836 se había ampliado con parte de la de Alicante (Vilar, 2003), y que la localidad que atribuyó Isern bien podría tratarse de un nombre genérico, aunque la recolección se hiciera en término de Alicante. Por otro lado, después de la búsqueda de pliegos de herbario del propio Isern que pudieran dar alguna pista de su itinerario de viaje por tierras valencianas, en el herbario HGI no aparece ninguna recolección ni etiqueta dentro de algún pliego que indique una recolección realizada en la zona objeto de estudio (L. Vilar, com. pers.). En lo que respecta al herbario MA, hemos encontrado varios pliegos de Isern recolectados en el territorio valenciano, uno de ellos en Museros (Valencia) (ver Vicioso, 1946: 51) y otro atribuido para las cercanías de Valencia (MA 134598), recolectado en julio de 1853. Coronilla juncea L., de la Sierra de Crevillente (Alicante). Isern visitó en al menos dos ocasiones el territorio valenciano. La segunda ocasión fue durante el mes de marzo, como aparece en la etiqueta de C. juncea de la Sierra de Crevillente, el año puede corresponder a 1862, meses antes de embarcar en la expedición del Pacífico, fecha para la cual existe un pliego recolectado en Murcia de Astragalus stella Gouan (MA 574215), área próxima a Crevillente, regresando posteriormente a Madrid, como consta en el pliego de Narcissus confusus Pugsley (MA 1782890) recolectado en El Escorial el 19 de abril de 1862. El material recogido posteriormente en el que consta la fecha de herborización en las etiquetas de los pliegos pertenece ya al 14 de agosto de 1862, primer día de herborización en Canarias dentro del viaje de Pacífico (véase Blanco et al., 2003: 277). Según la información obtenida de los pliegos consultados, durante la segunda visita en la que recorrió las Sierra de Crevillente, es improbable que recolectara el pliego que contiene el material de T. carolipaui objeto de estudio, ya que no correspondería con el estado fenológico de plena floración que muestra el espécimen del pliego MA 97942, lo que induce a pensar que la recolección se realizó durante su primera visita en 1853, momento en el cual anduvo por los aledaños de Valencia pero desconocemos si recorrió la provincia de Alicante. Durante los últimos años, esta especie ha sido buscada de manera exhaustiva en la comarca de Ayora-Cofrentes, así como en sus territorios limítrofes, pero sin haber obtenido éxito alguno (Peris, 1983; Gómez, 2009), lo que nos induce a dudar, al igual que reflejan Mateo & Crespo (2009) de que se trate de una planta presente en el territorio. De considerar que este material es propio de Valencia, y en concreto de los yesos que aparecen en el interior, una hipótesis a favor es el hecho de que Cavanilles confundió la especie T. pumilum de Linneo bajo lo que él interpretaba como perteneciente a T. libanitis non Schreb., taxon en el que incluía además lo que posteriormente se ha denominado T. carolipaui s.str. Según aparece en Schreber (1774: 48-49), la especie linneana fue indicada bajo dos versiones, por un lado "Polium montanum pumilum rubrum viride, stoechados folio, caule tomentoso, Barrel. 23 ead." y por otro como "β. Polium montanum pumilum, angusto viridique folio, caule incano. 24" [sic], haciendo al tiempo referencia de su presencia en el territorio valenciano "H. in regno Valentino". En el ejemplar consultado de la obra de Schreber, aparece debajo de esta segunda descripción un comentario manuscrito en el cual se puede leer "= T. C. Paui Vicioso", este ejemplar perteneció a Carlos Pau, según aparece firmado en la portada. Según nuestra opinión, Pau pudo escribir el comentario arriba señalado, lo que nos hace pensar que esta anotación haría referencia a la forma indicada según el icón 1093 de Barrelier, que corresponde con el actual T. carolipaui C. Vicioso ex Pau in Bol. Por su parte, Cavanilles, en el protólogo de su T. libanitis, Icon. Para esta especie, salvo para el territorio enguerino, el resto de localidades quedan respaldadas por el material depositado en la colección "Typi Cavanillesianum", bajo los pliegos MA 476434 para Alicante, Villajoyosa y Elche, MA 476435 para Alonae (Villajoyosa, véase Espinosa, 2006), Orcellis (Orihuela) e Illice (Elche) y MA 476436 para Orihuela, todos con fecha de julio de 1792, aunque tan sólo lleva etiqueta manuscrita de Cavanilles el pliego MA 476436, que corresponde al mismo tiempo con el lectótipo de T. carolipaui (véase Bayón, 1996: 122). Según Poveda (2003: 100), Cavanilles con motivo de su recorrido por tierras valencianas inició su recorrido por el Valle de Ayora-Cofrentes el 26 de junio de 1972, procedente de Enguera, ascendiendo al macizo del Caroche, donde pasó todo el día. El día 27 se dirigió a Cofrentes, desde allí a Jalance, Jarafuel, Teresa de Cofrentes, Zarra y Ayora, donde permaneció hasta el 7 de julio (cf. Cavanilles, 1797: 11-20). En la obra de Cavanilles, aunque se menciona en varias ocasiones la presencia de especies del género Teucrium tanto para el Valle de Cofrentes como para el término de Ayora "...los teucrios dorado, camedrio, saxátil y zamarrilla..." (Cavanilles, 1797: 9) "... los teucrios en cabezuela, dorado, brillante y de rocas..." (Cavanilles, 1797: 14), no hace mención explícita a la presencia de su T. libanitis. Aunque no descartamos de manera rotunda que el pliego contenga una planta recolectada dentro de los actuales límites administrativos de la provincia de Valencia, no encontramos pruebas suficientes que demuestren y certifiquen la autenticidad de la cita de Cofrentes dada por Rivas Goday et al. (op. cit.). Tampoco conocemos cual fue el motivo por el cual Rivas Martínez indicó que la localidad de la recolección pertenecía a los yesos de la Muela de Jalance, cerca de Cofrentes (Rivas-Martínez, 1974: 85, Mapa 1), creemos que quizá fuera la búsqueda de testigos de herbario de las plantas que figuran en los inventarios publicados por Rivas Goday et al. (1956: Cuadro 9) cuando preparaba su trabajo sobre el complejo de T. pumilum, aunque desconocemos al mismo tiempo en qué se basó para esta aserción, si tan sólo aparece indicado en este trabajo para Valencia el pliego recolectado por Isern. Por otro lado, T. libanitis Schreb., in Pl. T. verticillatum Cav.) dentro de los inventarios levantados el 29 de junio de 1950 en las "margas yesíferas triásicas de Cofrentes (prov. de Valencia)" con el código de inventario R/1.001 y 1.002, bajo los valores 1.2 y +.1, respectivamente. Estos inventarios forman parte de la tabla fitosociológica aportada para la asociación que se describe en este trabajo bajo el nombre Gypsophila hispanicae et Teucrium verticillatum Rivas Goday et Rigual Magallón [sic], y en particular como especie característica de la alianza Gypsophilio-Thymo-Teucriion, que enmarca dentro de los yesos de Cofrentes y Jalance la vegetación a nivel sintaxonómico de subasociación a la formación vegetal con "Kochia-Teucrium pumilum" [sic], según se indica en el trabajo arriba mencionado. Posteriormente, en el estudio corológico de la especie, esta cita fue denunciada por Rivas-Martínez (1974: 85, Mapa 2) y Rubio et al. (1992: 195, Mapa 38), donde en sendos apartados cartográficos aparece la correspondiente indicación para la provincia de Valencia, siguiendo lo expuesto por Rivas Goday et al. (op. cit.). En estos dos trabajos, referencian además el pliego de herbario MA 174190 (Fig. 3), que interpretan como propio de Cavanilles, aunque en la etiqueta original no aparece nombre de recolector alguno. El pliego está intercalado dentro de la colección general, junto con el material de T. libanitis, fuera de la colección "Typi Cavanillesianum". Conviene mencionar que en estos dos trabajos, el pliego no se atribuye expresamente a una recolección realizada en la provincia de Valencia, ya que, aunque aparezca la correspondiente indicación en los mapas de distribución, en los apartados donde se relaciona el material estudiado, a este material no se le atribuye provincia alguna por parte de Rivas-Martínez (1974: 85), apareciendo tan sólo una transcripción de la etiqueta del pliego, o por su parte dentro del apartado donde se relaciona el material al que no se le ha podido atribuir a la localidad una UTM concreta (Rubio et al., 1992: 195). A continuación se transcriben los datos que aparecen en las diferentes etiquetas del pliego: Cinco ejemplares, cuatro de ellos en flor. Tres etiquetas, dos de ellas de revisión (Fig. 3). a 1 -Toda la etiqueta manuscrita; Teucrium verticillatum // n•16•ʹilegibleʹ Desf. // Subiendo por el Valle de ʹilegibleʹ Juan. Según aparece en una de las etiquetas de revisión y se publica por Rivas-Martínez (op. cit.), a este material se le atribuye como lugar de recolección "Subiendo por el Valle de San Juan", una transcripción que no podemos corroborar del todo porque nos parece ilegible la parte final de la frase que aparece en el texto (Fig. 3). Sobre la autoría de este material, según nuestra interpretación, y siguiendo lo expuesto por Garilleti (1993: 7-13), consideramos que la caligrafía que aparece en la etiqueta original del pliego corresponde con la letra característica de Cavanilles (Garilleti, com. pers.), aunque esta identificación no ha sido ratificada por ningún grafólogo experto y no podemos descartar que estemos en lo cierto. Por otro lado, si se acepta la transcripción de la zona de recolección como "Subiendo por el Valle de San Juan", este topónimo resulta tan ambiguo que no puede ser ubicado con precisión en ningún lugar en concreto dentro del territorio valenciano. Después de investigar en el buscador de nombres geográficos -Nomenclátor-de la Conselleria de Medio Ambiente, Agua, Urbanismo y Vivienda de la Generalitat Valenciana [URL], no ha sido posible en ningún caso localizar con exactitud este topónimo. Asimismo, las diversas consultas que se han realizado en varios pueblos de la comarca del Valle de Ayora-Cofrentes, por si pudiera tratarse de un topónimo raro o de uso local, o incluso en desuso en la actualidad, han sido en todos los casos infructuosas, ya que nadie reconoce este nombre ni puede atribuirlo a ningún sitio en concreto dentro del territorio (Piera, com. pers.). También consideramos que de ser una recolección que Cavanilles realizada en la provincia de Valencia, es muy raro que en el protólogo que acompaña a la descripción de T. verticillatum (Cavanilles, 1793: 77) no aparezca una referencia a la zona, pues tan sólo en la indicación locotípica se lee: "Habitat iuxta Illicitanam lamam, sive aquarum collectionem arte peractam; copiose vero in Crevillente montibus praesertim prope Sanctum Caietanum". Además, Cavanilles acostumbraba a escribir en las etiquetas de herbario todas las localidades donde había encontrado la especie, algo que no aparece reflejado en la etiqueta de este pliego (Ferrer, obs. pers.). En conclusión, a falta de poder demostrar la procedencia concreta del pliego MA 174190 y después del estudio del material depositado en MA y MAF, la presencia de esta planta en la zona no puede ser certificada por ningún testimonio de herbario. El único fundamento de su existencia en la zona en un momento determinado de la historia, es la determinación de visu por parte de Rivas Goday, y su aparición en una tabla de inventarios fitosociológica realizada en la década de los cincuenta del pasado siglo. En la actualidad esta especie ha sido buscada por la zona de manera exhaustiva pero sin obtener éxito alguno. Tal vez esta planta, aunque rara, pudo haber existido en la zona en alguno de los enclaves que en la actualidad han quedado sumergidos por las aguas a raíz de la construcción de la presa de Embarcaderos, pues resulta del todo inexplicable que una especie considerada como característica de asociación actualmente no aparezca aunque fuera de manera residual, máxime cuando en el territorio este tipo de vegetación se presenta como las comunidades estructurales del paisaje. A Concha Baranda y Charo Noya (Herbario MA), Neus Ibáñez (Herbario BC) y Jesús Riera (Herbario VAL) su ayuda y facilidades para el estudio de los pliegos de herbario. A Paloma Blanco Fernández de Caleya (RJBM, CSIC) la información sobre el material de herbario de Juan Isern, así como diferente información sobre el botánico catalán. A Ricardo Garilleti (Universitat de València) su ayuda en la interpretación de las etiquetas de los pliegos de herbario. A José Gómez y Mercedes Piera por su labor en la búsqueda de estas especies en el territorio y su investigación para el reconocimiento y ubicación de los topónimos en la zona. A Lluís Vilar (Universitat de Girona) por la información sobre los pliegos de Juan Isern depositados en el herbario HGI.
Este ensayo utiliza conceptos y argumentos desarrollados en análisis previos (Rull, 2009(Rull,, 2010a, b, c), b, c) para defender que el llamado desarrollo sostenible no sólo no es la mejor opción para la conservación de la Naturaleza, sino que es inviable, en términos ecológicos, económicos e incluso físicos. En pocas palabras: Es un mito. En realidad, se trata de un llamamiento a la reflexión, antes de adoptar ciertas posturas personales y/o profesionales, consideradas implícitamente como "políticamente correctas" (o de moda, que viene a ser lo mismo), frente al problema del progreso humano y la conservación de la Naturaleza. Este escrito debe considerarse como una opinión personal, cuyo objetivo es promover la discusión. Según las consignas de las organizaciones conservacionistas, las propuestas de conservación parecen incluir tanto a la Humanidad como a la Naturaleza. Es frecuente leer expresiones como por ejemplo: "proteger la Naturaleza para nosotros y las futuras generaciones" (The Nature Conservancy; http://www. nature.org/), "construir un futuro donde la gente viva en armonía con la Naturaleza" (World Wildlife Foundation; http://www.wwf.org/), "balancear las necesidades de la gente con las necesidades del planeta que nos mantiene" (International Union for Conservation of Nature; http://www.iucn.org/), por citar sólo algunas. Así, los argumentos conservacionistas parecen ser a la vez filantrópicos (amor por la Humanidad) y filotelúricos (amor por la Tierra). Pero en realidad no lo son; el objetivo real es preservar la Biosfera terrestre para que la Humanidad pueda seguir viviendo en ella, de manera que el amor por la Tierra es función de la supervivencia humana, lo que convierte estos argumentos en esencialmente filantrópicos. La filantropía se considera con frecuencia un bien supremo para la Humanidad y una cualidad necesaria para un mundo mejor (Stewart, 2000). El concepto de sostenibilidad, o desarrollo sostenible, es intrínsecamente antropocéntrico, ya que su objetivo es la utilización de los recursos naturales, también llamados servicios ecológicos (ecological services), de una forma racional, de manera que no se agoten y puedan seguir siendo usados tanto por nosotros como por futuras generaciones (WCDE, 1987). Idealmente, el desarrollo sostenible implica la búsqueda simultánea de la prosperidad económica, la calidad ambiental y la equidad social (Elkington, 2002). Desde una perspectiva antropocéntrica, las prácticas llamadas sostenibles se consideran correctas porque son beneficiosas para los humanos, mientras que todo lo que no vaya en ese sentido se califica, peyorativamente, de insostenible. Tanto es así, que la sostenibilidad se ha convertido en un paradigma de la conservación y el uso de esta palabra parece suficiente como para garantizar la conservación de la Naturaleza. Desafortunadamente, el calificativo "sostenible" lleva el camino de convertirse en una palabra puramente retórica y carente de significado, ya que es utilizada por cualquier actor social, independientemente de su función y orientación socio-política, y también de sus respectivas intenciones. La conservación en la práctica El llamado desarrollo sostenible depende en gran medida de un funcionamiento ecológico adecuado de los sistemas naturales, que es la única forma de asegurar la continuidad de los servicios ecológicos (Dasgupta, 2010). Desde una perspectiva ecológica, la sostenibilidad se ha asociado al mantenimiento de algunas propiedades clave de los ecosistemas, como por ejemplo la biodiversidad. En efecto, una elevada biodiversidad parece ser necesaria para mantener las múltiples funciones y servicios ecológicos en un mundo cambiante como el nuestro (Duffy, 2009). Por lo tanto, la conservación de la biodiversidad es vital para la sostenibilidad, aunque todavía es difícil llegar a un acuerdo de cómo abordarla. Mientras unos defienden la denominada "extinción cero" (zero extinction) (Parr et al., 2009), otros piensan que la extinción de muchas especies es inevitable y proponen la "conservación selectiva" (conservation triage) para un uso eficiente de los pocos recursos disponibles (Bottrill et al., 2008). Sea como fuere, desde el punto de vista del desarrollo sostenible, la idea de una Naturaleza domesticada parece ser inevitable (Kareiva et al., 2007) y conlleva una buena dosis de lo que se ha dado en llamar "administración planetaria" (planetary stewardship) (Bruce, 2008). Una idea básica de las propuestas conservacionistas actuales es la posibilidad de armonizar la continuidad y el bienestar de la Humanidad con la conservación de la Naturaleza, lo que también se ha denominado el "enfoque compartido" (partnership approach) (Bruce, 2008). Para ello, parece esencial un cambio sustancial en el modelo actual de desarrollo humano (Ehrlich, 2009). De eso parece tratarse la sostenibilidad. Sin embargo, en la práctica, la mayoría de esfuerzos conservacionistas se dirigen a minimizar las consecuencias del continuo crecimiento económico y poblacional sobre la Biosfera, como por ejemplo, la contaminación, la deforestación o la acumulación de residuos. Así, la conservación se ha convertido en una actividad paliativa (limitada a vigilar que no se sobrepasen unos umbrales de deterioro arbitrarios que se consideran "aceptables" o "tolerables") dependiente en gran medida del sistema económico global -el supercapitalismo, basado en los principios capitalistas de la economía de mercado y los incentivos al consumo-que, en definitiva, es quien proporciona los medios necesarios para su actuación. Esto es lo que se ha dado en llamar el "mundo real", en el cual el objetivo principal (es decir, el cambio socio-económico supuestamente necesario para un desarrollo sostenible) parece haberse diluido en una multitud de problemas particulares de conservación que resolver. Es cierto que todos estos casos requieren de una solución adecuada, muchas veces urgente, y que la necesidad de un enfoque conservacionista más local es ampliamente reconocido en la actualidad, sobre todo en relación con el cambio climático (Power & Chapin, 2009); pero el contexto general, incluyendo los aspectos socio-económicos, no deben caer en el olvido. Otro problema es la forma en que se pretende llegar al desarrollo sostenible. En la actualidad, se hace mucho énfasis en la vía de la negociación con los representantes del "mundo real" (políticos, economistas, etc.), sin ningún éxito. Se dice con frecuencia que esto se debe a problemas de comunicación y se recomienda a los científicos una mayor implicación en la política y la divulgación pública (Orr, 2009). La negociación con los promotores del actual modelo insostenible es una pérdida de tiempo y energía, como se ha demostrado repetidamente (Kyoto, Copenhagen,...). Hay que ser muy iluso para pretender que los representantes del sistema establecido renunciarán al modelo que les ha llevado donde están, en una mesa de negociación. Muy al contrario, lo más probable que, en el marco de las negociaciones, muchos científicos se vean inesperadamente atrapados en el sistema que tratan de cambiar (Rull, 2010a). Un buen ejemplo es la tendencia actual de asignar valor monetario a la biodiversidad y los servicios ecológicos, y el uso del modelo económico de mercado para administrarlos (p. ej. Redford & Adams, 2009; Sukhdev, 2009), lo cual puede ser fatal para la Biosfera. La segunda recomendación, la comunicación directa entre científicos y sociedad, es mucho más realista y prometedora. En la actualidad, esta comunicación está en manos de los periodistas y los medios de masas (mass media), lo cual tiene desventajas evidentes, como por ejemplo la carencia de un bagaje científico adecuado para evaluar la realidad, su conocida tendencia al sensacionalismo o el hecho de que tanto ellos como sus compañías forman parte del juego político-económico, que en definitiva controla el flujo de información y sus contenidos. La obligación de los científicos es cambiar la mentalidad de la sociedad desde abajo, para lograr el deseado cambio social. Por ejemplo, la sociedad es muy poco consciente de la trascendencia que puede tener de la pérdida de biodiversidad y su impacto, no sólo a nivel global, sino también sobre sus propias vidas, incluyendo los aspectos que pueden afectar la propia salud i bienestar particulares (Power & Chapin, 2009; Money, 2010). La comunicación directa entre ciencia y sociedad es un componente esencial de cambio, que debe ser activa e independientemente perseguida por los científicos (Curry, 2009; Johns, 2009). Si bien es cierto que este cambio de mentalidad requiere de más tiempo que otras posibilidades, también lo es que sus resultados serían mucho más consistentes y duraderos. El futuro de la Tierra Según Lozano (2008), los conceptuales de desarrollo sostenible están normalmente centrados en las actividades humanas contemporáneas y raramente tienen en cuenta el factor tiempo, por lo que no consideran ni la continuidad ni las interacciones entre los procesos a corto y a largo plazo. Para situar la conservación de la Naturaleza en una perspectiva temporal adecuada, hace falta una visión evolutiva (Willis et al., 2007). En este contexto, no debemos olvidar que la Tierra ha estado desprovista de humanos durante prácticamente toda su historia. Hasta la aparición del Homo sapiens, hace unos 200.000 años (Tattersall & Schwartz, 2009), ninguna especie había estado tan ampliamente distribuida ni había tenido tanta influencia sobre el Planeta. Anteriormente, las variaciones de biodiversidad se producían como consecuencia del curso natural de la evolución y los patrones de extinción eran más estocásticos y no tan dependientes de las necesidades de una sola especie. Desde la aparición los humanos hasta el inicio de la era industrial, el modelo de desarrollo humano era altamente sostenible y posteriormente se convirtió en altamente insostenible, debido a las consecuencias de la industrialización. Aquí se enmarca el llamado "enfoque del propietario" (owneship approach) (Bruce, 2008), que considera el planeta como nuestra granja particular, hecha para nuestro disfrute y continuidad, en un estado donde el bienestar que se mide por el desarrollo económico (que, por lo demás, tampoco consi-dera la equidad social). La pregunta clave es si la Humanidad permanecerá para siempre o no. A pesar de que algunos proclaman que la evolución cultural ya ha reemplazado a la evolución genética en los humanos, las evidencias apuntan hacia la continuidad de la selección natural, sobre todo en relación con los cambios ambientales (Rull, 2009). Los humanos no somos necesariamente la última palabra en evolución y el futuro puede ser muy diferente al mundo tal como lo conocemos. Tarde o temprano, con la continuidad de la evolución, el Sistema Tierra impondrá sus leyes y el mundo volverá a estar desprovisto de humanos, no necesariamente como consecuencia de un colapso catastrófico (autoinducido o no), sino como la consecuencia lógica de extinción por causas naturales (Rull, 2009). Desde un punto de vista estrictamente antropocéntrico, con el futuro del hombre como única preocupación, la preservación de la Naturaleza más allá de ese punto carece de interés. Pero el destino de la Naturaleza será totalmente diferente si nuestro legado es una Biosfera "sana" y biodiversa o si, por el contrario, seguimos alimentando el empobrecimiento biótico actual, que algunos ya han calificado como "la sexta extinción" (Thomas, 2007). Por lo tanto, somos responsables del futuro de la Tierra, también a largo plazo. ¿Por qué debemos preocuparnos por un futuro planeta sin humanos? Desde un punto de vista filantrópico, no hay ninguna razón; pero desde una perspectiva filotelúrica merece la pena considerarlo. Todo depende del grado de egoísmo evolutivo que queramos utilizar. No somos responsables solamente por las generaciones humanas futuras, también lo somos por cualquier ser vivo, humano o no, que pueda derivar evolutivamente de nosotros (Rull, 2009). En ese sentido, no tenemos derecho a negar a nuestros descendientes evolutivos una Naturaleza razonablemente sana (o incluso su propia existencia) simplemente por el hecho de que no sean humanos. Por extensión, también somos responsables de cualquier ser vivo, así como de sus posibles descendientes evolutivos, que se vea amenazado por el desarrollo humano actual. La conservación de la Naturaleza implica, no sólo la preservación de la Biosfera actual y su biodiversidad por y para la Humanidad, sino también su adecuada continuidad evolutiva. Los argumentos filantrópicos y sostenibles, restringidos a los intereses humanos, no bastan para este propósito. El siguiente paso en el progreso hacia la conservación de la Naturaleza sería abandonar el antropocentrismo y pensar más en términos evolutivos (Rull, 2010a). Como especie, esto podría parecer una renuncia a nuestra pretendida superioridad ecológica, pero como seres inteligentes, deberíamos ser capaces de hacerlo. Hasta ahora, hemos usado nuestra inteligencia principalmente para entender nuestra propia existencia, para prolongar nuestras vidas a nivel individual, o para desarrollar la tecnología que nos permite dominar el mundo. Sin embargo, desde el punto de vista ambiental, hemos hecho y hacemos gala de nuestra mayor estupidez (Meffe, 2009). Deberíamos hacer honor a nuestra condición de animales inteligentes y esforzarnos para preservar nuestra Biosfera y permitir su futura evolución (con o sin humanos) de la forma más natural posible. Desde el punto de vista del llamado "mundo real", esto puede parecer ilusorio, pero no hay que olvidar que el auténtico mundo real no es el efímero teatro socio-económico en el que participamos hace apenas un siglo y medio, sino un mundo constantemente cambiante, con ritmos y magnitudes más allá de nuestra capacidad de regulación como humanos. El instrumento que tenemos para adaptarnos (el único remedio que nos queda) a ese dinamismo es la inteligencia. En este contexto, la necesidad de una revolución socio-económica debe dejar de ser un recurso retórico o un eslogan político para convertirse en una propuesta seria y creíble. Sin embargo, no debemos olvidar que el desarrollo sostenible puede ser suficiente sólo si pensamos en términos humanos y para unas pocas generaciones, pero si el objetivo es la conservación de la Naturaleza, todavía hay un largo camino que recorrer. Aquí, el cambio necesario no es sólo un asunto político o económico, como en el caso del desarrollo sostenible, sino que implica también una revolución profunda en las relaciones cienciasociedad, independientemente de otros factores y condicionamientos sociales. En definitiva, la idea del desarrollo sostenible no deja de ser una versión un poco más astuta del afán humano por seguir manteniendo, conscientemente o no, el derecho de propiedad (llámese ownership, stewardship o partnership, que en definitiva es lo mismo) sobre el Planeta Tierra. Los científicos interesados en el tema deberíamos decidir, de una vez por todas, si queremos seguir apoyando esta opción o ponernos a trabajar en serio para la auténtica conservación de la Naturaleza, con todas sus consecuencias. Por otra parte, desde un punto de vista ecológico global, la idea del desarrollo sostenible es totalmente insostenible. El modelo capitalista de desarrollo más extremo no tiene en cuenta el llamado capital natural y se considera la Naturaleza como algo inagotable que se puede explotar sin límite. Es lo que se llama "sostenibilidad débil" (weak sustainability). Por el contrario, la "sostenibilidad fuerte" (strong sustainability) sí que considera los recursos naturales como algo que hay que cuidar para que no se agoten o deterioren (Neumayer, 2003). Los partidarios de la primera opción, la que actualmente domina en nuestro mundo, miden el desarrollo por indicadores tan burdos como la acumulación de capital total o Producto Interno Bruto (PIB), que es el indicador que se utiliza para ordenar jerárquicamente los países por su grado de desarrollo y hacer la lista de los países que deciden la política económica internacional o "desarrollados" (G8 y similares), en contraposición a los que están "en desarrollo", entre otros eufemismos. Los partidarios de la sostenibilidad fuerte, en cambio, definen el desarrollo sostenible como aquél que garantiza que cada generación deja a la siguiente una base productiva -que incluye tanto el capital reproducible (infraestructuras, maquinaria, comunicaciones, etc.) como el natural-por lo menos tan grande como la que ella misma ha heredado (Dasgupta, 2010). Sin embargo, la imposibilidad de crecimiento ilimitado en un sistema con recursos limitados hace que ambas ideas de sostenibilidad sean utópicas. En efecto, el capital reproducible y el natural son directamente interdependientes, de forma que cualquier incremento en el primero termina, a la corta o a la larga, por diezmar el segundo, bien sea en forma de reducción, de contaminación o de acumulación de deshechos (Rull, 2010b). Una vez alcanzada la capacidad de carga de la Tierra, la insistencia en un modelo de crecimiento de este tipo puede terminar en un colapso. La pregunta es cuán cerca o lejos estamos de esa capacidad de carga. Las últimas estimaciones indican que, para seguir creciendo al ritmo actual ya necesitaríamos 1,2 planetas como el nuestro (WWF, 2008) y esto se agravará en las próximas décadas. ¿Una nueva revolución verde? Se calcula que para 2050 la población humana de la Tierra será de aproximadamente 9 mil millones de habitantes, de forma que alimentarlos a todos adecuadamente se plantea como uno de los problemas más importantes de la actualidad (Ash et al, 2010; Butler, 2010). Para ello, se propone una nueva "revolución verde", esta vez a nivel global, en la que la ciencia y la tecnología jueguen un papel fundamental, a través de mejoras en los cultivos por modificaciones reproductivas y genéticas que incrementen la eficiencia fotosintética y reduzcan la necesidad de fertilizantes; desarrollo de nuevos métodos de control de plagas, enfermedades y control de malezas; mejores prácticas ganaderas que reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero (principalmente metano); innovaciones para la mejora de las técnicas de pesca y acuicultura; nuevos desarrollos en nanotecnología, genómica y electrónica dirigidas a optimizar el uso de los recursos agrícolas; cambios en la dieta y reducción del consumo de carne y productos lácticos, así como desarrollo de fuentes alternativas de proteínas, etc. (The Royal Society, 2009; Beddington, 2010; Godfray et al, 2010). A primera vista, esta opción parece muy loable, por su elevada carga filantrópica, pero un análisis más profundo revela que no necesariamente es a así, ni siquiera para la Humanidad. En primer lugar, es bien sabido que el hambre en el mundo, por lo menos en la actualidad, no es un problema de falta de recursos del planeta sino del desequilibrio socioeconómico creado por el modelo supercapitalista que, después del reciente fiasco socialista, se ha reforzado como modelo de desarrollo global por excelencia. Por ejemplo, antes de 2005, se calcula que existían 850 millones de personas desnutridas en el mundo, cifra que se incrementó en 75 millones en sólo dos años debido al aumento de los precios del trigo y el maíz, únicamente por razones de mercado (Beddington, 2010). Es decir, que el hambre no es tanto un problema de superpoblación como de injusticia intra-generacional. Organismos como la Organización Mundial de Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial son los encargados de mantener esta situación de desigualdad y dominación de las economías ricas, sin que la Organización de las Naciones Unidas, creada precisamente para garantizar, entre otras cosas, la seguridad internacional y los derechos humanos, pueda hacer nada por estar también subordinada a los designios del capital y el mercado (Pelletier, 2010). Por otra parte, si nos dejamos arrastrar por la propuesta de la nueva revolución verde para solucionar el problema de los próximos 40 años, corremos el peligro de acelerar la degradación del planeta y, lo que seguramente es peor, crear el precedente de que siempre queda algo que exprimir, además de dar lugar a la falsa ilusión de que el crecimiento siempre es posible, y que basta con una nueva revolución verde para manejar un nuevo aumento de población (Rull, 2010b). Al final, lo que lograríamos sería un planeta convertido en una gran granja construida exclusivamente para el desarrollo humano, sin apenas vestigios de lo que una vez llamábamos Naturaleza. A partir de ese punto, cualquier pensamiento de ulterior desarrollo sería poco menos que imposible. Este punto no está tan lejos como creemos. Un estudio reciente muestra que entre 1700 y 2000 la biosfera terrestre hizo una transición decisiva de un estado mayoritariamente natural a otro principalmente antropogénico, alcanzándose el punto crítico del 50% en el siglo XX. Desde entonces, la mayoría de biomas son predominantemente antropogénicos, tendencia que seguirá aumentando en el futuro (Ellis et al., 2010). Las únicas áreas que todavía se mantienen en un estado más o menos natural son los desiertos y los polos, por razones obvias, pero bastaría que se encontrara algo que sacar de provecho (económico, por supuesto) para revertir la situación. En la Tierra, el crecimiento ilimitado de la población y del PIB es algo utópico y en algún momento habrá que parar. El límite lo define el capital natural, que en definitiva es el origen de cualquier sistema de producción (no hay nada que no saquemos de la Naturaleza), no importa cual sea el paradigma económico en boga. Ya existen algunas propuestas alternativas como el llamado "crecimiento cero" (steady state economy) o el "decrecimiento" (degrowth) (Lawn, 2010; Schneider et al., 2010). Ambos se basan en los principios de la llamada "economía ecológica" (ecological economics), que destaca la importancia de las interacciones entre economía y ambiente, así como de las leyes biofísicas que restringen el desarrollo humano. El principio básico es termodinámico: La cantidad de energía de un sistema cerrado es constante y cualquier transformación degrada energía útil convirtiéndola en entropía. Todas las actividades económicas producen este tipo de degradación energética que termina en desechos y contaminación, por lo que la capacidad de la Tierra para proporcionar materiales y energía para el desarrollo humano es limitada (Pelletier, 2010). Los defensores del decrecimiento creen que el progreso humano sin crecimiento económico es posible y proponen un descenso equitativo de la producción y el consumo capaz de promover el bienestar humano y mejorar las condiciones ecológicas a nivel local y global, a corto y largo plazo (Schneider et al., 2010). Según ellos, no se trata de una recesión o depresión económica, ni de un retorno a las sociedades pastorales. En la actualidad, este movimiento se está estructurando desde un punto de vista teórico y también con propuestas prácticas concretas (Martínez-Alier et al., 2010), y habrá que seguir su evolución en el futuro próximo. En síntesis, el desarrollo sostenible es una falacia. Ni garantiza la conservación de la Naturaleza ni es una posibilidad real para el progreso de la Humanidad a mediano y largo plazo. En realidad, lo único que pretende sostener el desarrollo sostenible es el desarrollo en sí, bajo los principios supercapitalistas de la economía de mercado y el consumismo (Rull, 2010c). Aunque sea duro de aceptar, cualquier actividad de conservación de la biodiversidad, de ahorro de energía, de gestión de contaminación o desechos, de reciclaje, de remediación, etc. llevada a cabo bajo este modelo utópico de crecimiento, está dirigida a mantenerlo y así es como está programado. Todas son actividades paliativas para maquillar el daño visible y para que el desarrollo así entendido no se vea como algo tan contraproducente; o sea, de lo que se trata es de "cambiar todo para que nada cambie". Lamentablemente, muchas buenas voluntades quedan atrapadas en esta trampa. Los científicos y tecnólogos han sido llamados a actuar como líderes en este empeño, utilizando su profesión y su creatividad para encontrar las soluciones apropiadas (Beddington, 2010). Sin embargo, una de las características que debería distinguir la ciencia de otras actividades es la independencia de cualquier sistema social, económico, político, ideológico o religioso (Rull, 2010a), por lo que deberíamos reflexionar muy bien sobre la actitud que tomamos, no sólo por las implicaciones ideológicas subyacentes, sino también por las posibles consecuencias futuras. No se trata de paliar las consecuencias más evidentes de un modelo de desarrollo inviable, ahora disfrazado con el calificativo mágico de "sostenible", que transforma cualquier propuesta en algo políticamente correcto, sino de reemplazarlo. Es tiempo para la creatividad económica, pero no sólo para un cambio de vida hacia costumbres más "ecológicas" o "verdes", tal como está de moda decirlo, sino hacia un cambio profundo en el orden político y económico global. El modelo de desarrollo capitalista está agotado y agotará el planeta si lo seguimos manteniendo (Speth, 2009), directa o indirectamente, en aras del mito de la sostenibilidad.
As/raga/lis I'X5Caplls L. se cita por primera vez para la nora cspa"'ola. Se conocía de e y SE de Europa y su presencia en España supone un amplio hiato en su área de distribución. Se inclu)'c una descripción completa basada en las nuevas recolecciones así como algunas precisiones sobre su taxonomía. hábitat y corología. La única localidad conocida en España se encuentr:1 en grave peligro de extinción por su proximidad a liCITaS de cultivo. Astragafus exscaplls L. es un taxón sudeuropeo-p6ntico que vive en pastos y matorrales de carácter estepario. Este astrágalo lo había cilado Pana (WlLLKOMM & LANGE, 1880), a finales del siglo XIX, entre Vélez Blanco y la Puebla de Don Fadrique (Granada, SE de España), y Bourgeau (WILLKOMM, 1893) entre Huéscar y la Sierra de la Sagra y entre Baza y la Sierra de Baza. Así se recoge en obras posteriores (BORISOVA & al., 1946: CHATER. Recientemente, PODLECH (1988), describe sobre materiales recolectados por Reverchon de la sierra de la Sagra (La Puebla de Don Fadrique) una nueva especie (Astragallls cavatlillesii Podlech) diferenciándola de A. exscapus. Consecuentemente excluye el taxon Iinneano de la flora ibérica. Por otra parte, en la provincia de Almería (sierra de Gádor) se encuentra un taxón endémico próximo, A. tremolsiallus Pau. Recientemente hemos encontrado una localidad de Aslragafw; exsCll/}//S L. en el NE de España (Almunia de San Juan, Cinca Medio, provincia de Huesca, 31TBG7346 y 31 TBG7445) que, vistas las consideraciones anteriores, constituye la primera cita para España de esta especie. Jost Vicente Ferrández Palacio. el Segura 73. E-mail: j [EMAIL] Tras el hallazgo de la población, se procedió a la identificación del taxón y a compararlo con las muestras de A. exscap"s depositadas en el Herbario JACA, proceden• tes de Moravia meridional (República Checa) y de varias localidades de la parte continental de los Alpes suizos (Valais, Zermau, Zeneggen y Pfin). También se Lomaron datos en el campo para situar la planta en su hábitat, censar la población y evaluar los riesgos a los que pudiera estar sometida. Planta perenne, subescaposa (hemicriptófito rosulado). Tallos cortos, de 2A cm, glabros, que surgen de una cepa gruesa (1 cm), vertical, muy profunda (más de la cm), lignificada, tenaz, ramificada en la parte superior. Hojas erecto-patentes o casi erectas, de hasta 20 cm, con 10-14 pares de folíolos. Pecíolo y raquis piloso• lanosos, el primero de 5-6 cm. Folíolos elípticos o redondeados, mucronados, pelosos tanto en la haz como en el envés. Pelos patentes de hasta 2,5 mm, fijos por la base, blancos, delgados. Folíolos de tamaño variable, los medios de (J 1-) 18 (19) x (7-) 11,5 (12) mm. Nervio medio algo hundido en la haz y nervios secundarios poco marcados, visibles tanto en haz como en envés. Estípulas 14-16 x 3,5-4 mm, triangulares, libres entre sí y del pecíolo, agudas, ciliadas en el margen. Innorescencias en racimos pedunculados con)-7 nares. Estilo con pelos dispersos y hasta 7 6vulos por 16culo. Corola glabra, amarilla, marcescente. Estandarte 22-25 (26) mm, con limbo ovado, emarginado, de igual longitud que la uña. Cáliz membranoso, no hinchado, algo giboso en la base, de 15-16 mm de longitud; tubo 8-9 mm, dispersamente peloso; dienles subiguales, de unos 7-8 mm, alesnados, con pelos largos. Fruto ovoide, trígono, cartáceo, atenuado en un pico corto de unos 2-3 mm. completamente bilocular, de (17-) 20 (-22) mm de longitud y anchura dorsiventral de 8 mm; valvas fuertemente convexas; pilosidad blanca, lanosa y bastante abundante que, no obstante, deja ver la superficie. que tiene suaves crestas transversales. Fenología: norece en mayo y fructifica en junio. Almunia de San Juan (Huesca) (JACA R269247): a) hábito de la planta fructificada: b) flor con su pedicelo y bráctea: c) eSlandane: d) quilla: e) ala: O fruto: g) estípula: h) sección transversal del fruto; i) semilla: j) gineceo: k) estigma: 1) folíolo visto por el envés. Astraga{IlS exscap/ls L. se encuadra en el subgénero AstragaJl/s. Dentro de éste. pertenece a la Sect. Myobroma Bunge. pro. max. parte). El monógrafo PODLECH (1988) reconoce 24 grupos, en los que se incluyen las 153 especies de la subsección Capr;,,;. El grupo A. exscaplls incluye, entre otras, A. tremolsiall/Is Pau y A. maufIIS (Humbert & Maire) Pau, la primera endémica de la sierra de Gádor y la segunda endémica de Marruecos (ROMO, 2002: 398). A la misma sección perIenece el grupo de A. cllprilllls, representado en la Penfnsula ibérica por A. cavanillesii, descrita en el mismo trabajo por el citado monógrafo. Los principales caracteres que distinguen ambos grupos se encuentran en la forma de la quilla, la longitud relativa entre el tubo y los dientes del cáliz, y el dorso de la legumbre. Tras el estudio comparativo entre nuestros materiales del NE de España y los centroeuropeos parece concluyente que se tram del mismo taxón; si acaso, la única diferencia constatable es el número de foHolos, un poco mayor en los materiales extraibéricos (16•18 pares), carácter bastante variable, no obstante, incluso dentro del mismo ejemplar. Asignamos la planta oscense al taxón Astragal//s exscaplls L. subsp. exseapus, por su cáliz peloso entre otros caracteres. En cuanto a las especies ibéricas de la Secl. Capril1i, según PODLECH (I999: 305), tenemos en primer lugar A. tremolsialllls Pau. Se trata de una planta de montaña, que vive entre 2100 y 2300 m, bastante semejante a la nuestra en hábito, aunque menor en todas sus partes y con las hojas aplicadas al suelo; en ellas, los foHolos son glabrescentes en la haz y pelosos en el envés; por lo demás, su estilo es muy peloso, y el fruto incompletamente bilocular. Además, algunas mediciones tomadas en el material de herbario (MA 356888) resultan un poco mayores que las dadas por PODLECH (Ioc. cit.); así, el estandarte llega en ocasiones a los 22 (-25) mm y el fruto puede alcanzar los 17 mm. Después del estudio del material de A. eava"illes;; del que hemos podido disponer (MA 66850, del. o. Podlech), procedente de Tobarra (Albacete), se desprende que el hábilo es muy similar al de A. exseapus; los folíolos son pelosos tanto en la haz como en el envés y el estilo también es peloso, por más que en PODLECH (loe. cit.) se diga que son glabros o con pocos pelos en la haz los primeros y se dibuje (Iám. Las nares, no obstante, parecen algo mayores (hasta 28 mm el estandarte). Por otra parte A. exseapus se diferencia bien del A. eapritlUs L. del NW de África, sobre todo de la subsp. glaber, en que éste tiene hojas más largas, con mayor número de folíolos (14-25 pares), que son glabros o con pelos sólo en el envés, con el nervio medio conspicuamente hundido en la haz; las estípulas están soldadas en sus 215 al pecíolo; el estandarte de la nor es más largo (30-36 mm); los dientes del cáliz son mucho más corIoS que el tubo; el estilo carece de pelos y el fruto es glabro o casi, con un carpóforo más largo (2•3 mm). Hábilal de A. exscapus L. en el NE de España La planta que nos ocupa vive en pastos secos y matorrales sobre arcillas situadas entre cerros de yeso, en claros de carrascal de Qllerells ilex subsp. bal/ota, en general con poco grado de recubrimiento vegetal, entre los 390 m y 410 m de altitud. Existe una sola población conocida hasta la fecha, con 4 núcleos y un lotal de I1I individuos censados. Como acompañantes más constantes anotamos Asphodelus ramOSllS, Brachypodi/lm relllSllm, Helialllhemum hirtllm, Lithodora frlllieosa, RosmarillllS officillalis, Stipa ibuiea, Teuerium polium subsp. capitatllm y el liquen Cladollia cL COllllolllta. Merece la pena destacar la presencia junto al Astragallis exscapus de! lIula helenioides
Consideraciones taxonómicas sobre algunos taxones egipcios de Capparis y géneros relacionados (Capparaceae) a partir de RAPDs.-El objetivo de este trabajo es investigar las relaciones taxonómicas entre ocho taxones pertenecientes a las Capparaceae en base a marcadores de tipo RAPD, y comparar los resultados con los obtenidos previamente en estudios morfológicos. Se han contabilizado un total de 46 bandas para tres pares de cebadores, con una media de 15,3 bandas por cebador. los tres pares de cebadores (A03, A07 y A09) revelan ocho marcadores polimórficos entre los taxones estudiados, de entre 200 y 1000 pares de bases. El coeficiente de similaridad de Jaccard varía entre 0,28 y 0,84, indicativo de un alto nivel de variación genética entre los genotipos estudiados. El análisis uPGMA muestra tres grupos distintos, el primero comprende Cleome amblyocarpa y Gynandropsis gynandra, mientras que el segundo incluye dos grupos a la altura del valor 0,74 del dendrograma: uno se corresponde con Capparis decidua, y el otro comprende Capparis sinaica y todas las variedades de Capparis spinosa. las cuatro variedades de C. spinosa se segregan a la altura del valor 0,84 del dendrograma. Sin embargo, una de estas variedades está más relacionada con C. sinaica que con las otras variedades de C. spinosa. El análisis de RAPD confirma los resultados de estudios anteriores basados en caracteres morfológicos. Palabras clave: Capparis; Cleome; análisis cluster; Egipto; Gynandropsis; RAPD-PCR; relaciones genéticas; taxonomía; uPGMA.
El género Centaurea reúne unas 250 especies (Susanna & Garcia-Jacas, 2007) con representación, sobre todo, en Europa, la Región Mediterránea y el SO de Asia, de las cuales unas 90 están representadas en la Península Ibérica. Con la elección de Centaurea paniculata L. como nuevo tipo para el género (Greuter et al., 2001), la mayoría de los táxones de las secciones tradicionalmente reconocidas como Paniculatae (Hayek) Dostál (= Acosta Adans.; Holub, 1972), Willkommia Blanca y Phalolepis (Cass.) DC. -además de otras-se incluirían en el subgénero Centaurea. Todos ellos forman un grupo monofilético (Garcia-Jacas et al., 2006; Suárez-Santiago et al., 2007), hibridan con frecuencia (Ochsmann, 2000) y comparten el mismo tipo de polen derivado (tipo Jacea, de acuerdo con Wagenitz, 1955). Aunque la mayoría de las especies del complejo Paniculatae-Willkommia-Phalolepis se encuentran en el Mediterráneo oriental y en la región Irano-Turania, existe un centro importante de diversificación en la Península Ibérica y el NO de África. De hecho, en la Península Ibérica el complejo comprendería en su actual delimitación 28 especies (unos 55 táxones), con un alto grado de endemicidad y conocida dificultad taxonómica, cuyo conocimiento deriva sobre todo de la síntesis de Dostál (1976) para Flora Europaea, así como de diversas aportaciones para el grupo de C. boissieri Willk. Dentro del complejo, el tratamiento taxonómico del grupo de C. alba L. [tradicionalmente segregado como sect. DC.] en la Península Ibérica, ha sido muy desigual según los autores, sobre todo por su elevada variabilidad morfológica, que ha propiciado la descripción de diversos táxones infraespecíficos en alguna de sus especies, e incluso el reconocimiento de alguna más. De hecho, el propio Linné (1753), además de C. alba, describe C. splendens (Ind. loc.: "Habitat in Helvetia, Hispania, Sibiria"), especie que por la vaguedad de su descripción ha sido asimilada en muchas ocasiones a la anterior (v. gr., Lacaita, 1923), y también a C. costae Willk., por presentar brácteas involucrales obtusas, y no aristadas como en C. alba (Pau, 1916). Greuter (2003) resuelve el problema al designar un nuevo lectótipo para C. splendens [Herb. No. 1030.39 (LINN)!], que se correspondería entonces con C. margaritacea Ten., un endemismo ucraniano. También controvertida ha sido la identidad de C. deusta, descrita por Tenore (1815), y que autores como De Candolle (1838), Nyman (1878Nyman ( -1884) ) y Willkomm (1865) situaban en la Península Ibérica, pero que en tratamientos más recientes, como el de Dostál (1976, sub C. alba subsp. deusta), se circunscribe a Italia y a la Península Balcánica. Un taxon tradicionalmente asimilado al grupo es C. latronum, descrito por Pau (1896) del C de España, y que difiere de C. alba sobre todo por sus "cabezuelas oblongas". La dificultad de su reconocimiento, por el escaso valor de los caracteres discriminantes, ha condicionado su tratamiento taxonómico posterior, bien como subespecie de C. alba (Dostál, 1976), o como variedad en este trabajo. También desigual ha sido el tratamiento de C. costae, descrita por Willkomm (1859) del NE de España, y que ha sido tradicionalmente subordinada a C. alba, ya sea como subespecie (Dostál, 1976) o como variedad (Bolòs & Vigo, 1987). No obstante, a diferencia de C. alba L. y de sus táxones infraespecíficos, los apéndices de sus brácteas involucrales medias son siempre más pequeños que la base de las mismas y son, por lo general, bilobados, múticos o cortamente mucronado-aristados. Sin duda, se trata de una especie muy afín, y ese es el criterio seguido en este trabajo. En la última revisión del grupo para la Península Ibérica (Dostál, 1976), sólo se reconoce C. alba L., con las subespecies alba, latronum (Pau) Dostál y costae (Willk.) Dostál, si bien con posterioridad se describió una nueva subespecie (Talavera, 1984a), así como reconocido algunas variedades para C. costae (Bolòs & Vigo, 1995). En consecuencia, dada la dificultad descrita, recientemente se ha abordado una revisión taxonómica del grupo (López, 2008), de la que deriva el tratamiento dado en este trabajo. Éste incluye el reconocimiento de una nueva subespecie endémica del CE y NE de España, C. alba subsp. aristifera (Pau), y el de C. latronum Pau con rango varietal: C. alba var. latronum. El estudio morfológico y biométrico en el que se fundamenta esta contribución, se ha llevado a cabo en material recolectado por los autores y en el conservado en diferentes herbarios (BC, BCN, COFC, COA, COI, COI-Willk., JACA, JAEN, LISE, LISU, MA, MAF, SALA, SANT, SEV, UNEX), algunos de los cuales contienen material de interés para las lectotipificaciones, aunque otros han sido consul-tados exclusivamente a estos efectos (LINN, LY-Rouy, GE). La relación del material estudiado de cada taxon sólo incluye una selección de testigos de herbario para cada provincia o región, aunque para la confección de los mapas de distribución se han tenido en cuenta todos los pliegos analizados. Para la transcripción de etiquetas en las distintas lectotipificaciones realizadas se ha usado una simplificación del método empleado por Burdet et al. (1981) utilizándose el estilo cursiva o itálica para el texto manuscrito, manteniéndose el estilo normal para a texto impreso, respetándose en este último caso el resto de formatos originales (mayúsculas, versales, etc.). Los recuentos cromosómicos (en C. alba subsp. alba y subsp. aristifera) se han efectuado en células meristemáticas de raíces. Como antimitótico se utilizó 8-hidroxiquinoleina 0,002 M (Tjio & Levan, 1950) y como fijador una mezcla de alcohol absoluto y acetato férrico (3:1). Para la tinción se utilizó carmín alcohólico-acético (Snow, 1963) actuando durante 24-48 horas. Para la descripción de la morfología de los cromosomas se ha seguido la terminología de Levan et al. (1964). El tamaño cromosómico se expresa mediante tres valores: la longitud del cromosoma más grande, la longitud media y su desviación típica (entre paréntesis) y el tamaño del cromosoma más pequeño, respectivamente. clave para las especies 1. Brácteas involucrales medias con apéndice de 2,5-9 mm, orbicular, ovado o elipsoidal, igualando o de mayor tamaño que la base de la bráctea, con mucrón, arista o espina apical de 0,3-3 mm................................................... Brácteas involucrales medias con apéndice de 1,5-4 mm, generalmente bilobado, de menor tamaño que la base de la bráctea, mútico o a veces con un mucrón o arista apical de 0,2- (Talavera, 1984a: 247): "Herb. Hierba perenne, inerme -excepto a veces las brácteas involucrales-, de un verde grisáceo a blanquecina, con pelos unicelulares y pluricelulares eglandulosos. Tallos hasta de 110 cm, erectos o ascendentes, simples o ramificados por lo general desde la base o su parte media, no engrosados bajo los capítulos, de sección ± prismática, acostillados longitudinalmente, no alados, por lo general poco foliosos, con indumento ± laxo, de pelos pluricelulares rígidos y patentes, y pelos araneosos esparcidos. Hojas hasta de 18 × 5 cm, las basales pecioladas, dispuestas en roseta -a menudo secas en la floración-, enteras, pinnatífidas, pinnatipartidas o 1(2)-pinnatisectas, con lóbulos o segmentos ovados, oblanceolados o lanceolados, enteros o pinnatífidos, mucronados y de márgenes lisos o ligeramente aserrados, con haz de glabra a araneosa, y envés por lo general laxamente araneoso y con pelos pluricelulares, cortos y rígidos; las caulinares sésiles, no decurrentes, decrecientes en tamaño hacia arriba, con nerviación principal pinnada y nervio medio prominente por el envés, enteras, pinnatífidas, pinnatipartidas o pinnatisectas con 1-4 pares de lóbulos o segmentos oblanceolados, lanceolados o linear-lanceolados, enteros o pinnatífidos, el terminal por lo general más ancho, de oblanceolado a lanceolado o linear-lanceolado, de márgenes lisos y ligeramente revolutos, mucronadas, con haz de glabra a araneosa, y envés por lo general laxamente araneoso y con pelos pluricelulares antrorso-escábridos, cortos y rígidos. Capítulos homógamos, discoides, con las flores externas neutras y patentes, y las del centro hermafroditas y ± erectas, terminales y axilares, solitarios o en conflorescencias corimbiformes laxas, alcanzados o no por las últimas hojas caulinares -que generalmente no sobrepasan el involucro-o sustentados por un pedúnculo blanco-tomentoso -al menos en su parte superior-de 5-50 mm. Involucro 9-19 × 4-16 mm, ovoide, globoso o cilíndrico, ± redondeado o atenuado en la base, fuertemente sobrepasado por todas las flores del capítulo. Brácteas involucrales imbricadas y aparentemente aparentemente en 6-7 series, gradualmente crecientes en tamaño de fuera hacia dentro; las externas y medias de ovadas a ovado-oblongas, fuertemente adpresas, verdosas o amarillentas, con nervios longitudinales apenas marcados, con o sin márgenes estrechamente hialinos, glabras, con apéndice apical de 2,5-9 mm, igualando o de mayor tamaño que la base de la bráctea, orbicular, ovado o elipsoidal y cuculado, de erecto a erecto-patente, glabro o laxamente peloso y glanduloso, con glándulas translúcidas sésiles en el dorso, de margen entero, lacerado o ligeramente fimbriado en su parte superior, culminado por un mucrón, arista o espina apical de 0,3-3 mm; las internas 8,5-19 mm, lineares o linear-espatuladas, glabras, con márgenes estrechamente hialinos en toda su longitud, y apéndice apical apenas distinguible, de ovado a oblongo, plano o cóncavo, escarioso, entero, inerme o débilmente mucronado, de un verde claro. Corola de las flores neutras de 10-22 mm, externa e internamente glabra, con tubo blanquecino y limbo de rosado a púrpura -rara vez enteramente blanca-, con 4-5 lóbulos de 2,5-6 mm; la de las flores hermafroditas de 10-14 mm, con tubo de 4-8 mm, blanquecino, y limbo de 6-8 mm, rosado o blanquecino-rosado -rara vez corola enteramente blanca-, con 5 lóbulos de 2-4 mm, iguales o subiguales. Estambres con filamento homogéneamente peloso, con papilas hasta de 0,4 mm, blanquecinos; anteras 4,5-8 mm, blanquecinas o blanquecino-rosadas -con conectivo violáceo-, con apéndices basales de 0,3-0,7 mm, membranáceos y a menudo lacerados. Aquenios 2,4-4 × 1,1-1,6 mm, homomorfos, todos con vilano, oblongo-obovoides u obovoides, comprimidos lateralmente, de sección elíptica, truncados y con reborde entero, en la madurez teñidos de verde obscuro o negro, con líneas longitudinales amarillas, laxa e inconspicuamente seríceo-vilosos; placa apical con nectario de 0,1-0,2 mm, pentalobulado, pardusco; hilo 0,4-0,9mm, lateral-adaxial; con eleosoma. Vilano doble, persistente, el externo con varias filas de páleas de (0,5)0,8-2,8 mm lineares, serradas, blanquecinas, y el interno con 1 fila de páleas lisas y aplanadas, laciniado-fimbriadas en el ápice, cortas, erectas y ± conniventes. Distribución general: Región Mediterránea. Distribución en el territorio: C, CO, CN y SO de la Península Ibérica (Fig. 1). Hábitat: Frecuente en claros y orlas de bosques -principalmente pinares, encinares y melojares-y matorrales, cunetas y bordes de caminos, taludes y baldíos, por lo general sobre suelos pedregosos o de textura gruesa, tanto de naturaleza calcárea como silícea, no excesivamente nitrificados; 3-2000 m. Observaciones: En la Península Ibérica existen tres pautas de variación que han sido reconocidas aquí con categoría subespecífica. Por un lado, la subsp. alba, la más extendida en el territorio (C, CN, CO y SO de la Península Ibérica), incluye los individuos con capítulos por lo general de mayores dimensiones, con involucro de 4-16 mm de anchura (aunque varía notablemente incluso dentro de una misma población), globoso u ovoide -rara vez subcilíndrico-, por lo general redondeado en la base. C. alba subsp. tartesiana Talavera incluye individuos con tallos marcadamente escábridos, con hojas caulinares más anchas y capítulos con involucro subcilíncrico-fusiforme, de (4)5-9(10) mm de anchura, atenuado en la base. Su área de distribución se restringe al SO de España, a las sierras del sur de la provincia de Badajoz y las del norte de las de Huelva y Sevilla (Talavera, 1984a). Finalmente, C. alba subsp. aristifera, descrita por Pau (1906) con categoría varietal y reconocida aquí como subespecie, incluye plantas procedentes del CE y NE de España (provincias de Cuenca y Zaragoza). Su principal carácter diagnóstico es la presencia en el apéndice de las brácteas involucrales de una espina apical bien desarrollada, de 1-3 mm, así como la posesión de hojas superiores pinnatipartidas o pinnatisectas, con 1-3 pares de lóbulos o segmentos oblongos, carácter que no comparten las otras subespecies reconocidas. Planta escábrida y con indumento de pelos araneosos. Tallos (5)10-80(110) cm. Hojas caulinares más superiores linear-lanceoladas, por lo general enteras, menos frecuentemente pinnatífidas o pinnatipartidas, con 1 par de lóbulos, aracnoideas. Involucro 9-19 × 4-16 mm, globoso u ovoide, rara vez ± cilíndrico, redondeado o rara vez atenuado en la base. Apéndice de las brácteas involucrales medias elipsoidal, ovado u orbicular, con parte central elíptica y márgenes enteros, lacerados, denticulados o fimbriados en su parte superior, culminado en un mucrón, arista o espina de 0,3-1,5(2) mm. Aquenios 2,4-3,6 mm. Vilano externo (0,5)1-2,5 mm. Distribución general: España y Portugal. Distribución en el territorio: C, CN, CO y SO de la Península Ibérica (Fig. 1). Hábitat: Claros y orlas de bosques -principalmente pinares, aunque también encinares, melojares, etc.-, matorrales, cunetas y bordes de caminos, taludes y baldíos, por lo general sobre suelos pedregosos o de textura gruesa, tanto de naturaleza calcárea como silícea, no excesivamente nitrificados; 3-2000 m. Observaciones: Taxon extraordinariamente variable en lo concerniente al grosor de los capítulos, incluso en el seno de una población. Así, pueden observarse individuos con capítulos gruesos (involucro de 9-16 mm de anchura) o con capítulos pequeños (involucro de 4-7 mm), y también con capítulos intermedios (involucro de 5-11 mm) entre ambos extremos. Estos últimos son los más abundantes y corresponden a C. alba s. s. (var. alba) siendo particularmente frecuentes en las sierras del Centro y Centro-Oeste de la Península Ibérica. Las plantas con capítulos de involucro grueso y por lo general globoso, abundan sobre todo en sierras de la provincia de Madrid y se corresponden con C. alba var. macrocephala Pau (Pau, 1906), que coexiste en muchos lugares del centro peninsular con individuos de la var. alba. A esta variedad pertenecen también los individuos de un grupo de poblaciones del SO de España (provincia de Cádiz), indistinguibles de los del centro de la Península, ni morfológica ni cariológicamente, aunque muestran mayor variabilidad polínica (López, 2008). La plantas con capítulos de involucro más estrecho, atenuado en la base y con el apéndice de las brácteas medias de tamaño similar al cuerpo de la bráctea, aparecen sobre todo en el norte del área de distribución de la subespecie. Esta variación, que ya fue descrita por Pau (1896, "...cabezuelas oblongas, escamas verdes inferiormente, nervosas y tan largas como el apéndice, que en el centro es triangular lanceolado") con categoría específica (C. latronum), se considera aquí con categoría varietal. Involucro 4-7 mm de anchura, de ovoide a subcilíndrico, atenuado en la base, con apéndice de las brácteas medias de tamaño similar al resto de la bráctea..................................... β. var. latronum -. Involucro 5-16 mm de anchura, de globoso a ovoide, redondeado en la base, con apéndice de las brácteas medias de mayor tamaño que el resto de la bráctea................ Brácteas involucrales medias con apéndice de mayor tamaño que el resto de la bráctea, más o menos elíptico, con mucrón, arista o espina apical de 0,5-1,5(2) mm. Distribución en el territorio: C y CO de la Península Ibérica (Fig. 1). Hábitat Involucro 9-12 × 4-7 mm, de ovoide a ± cilíndrico, atenuado en la base. Brácteas involucrales medias con apéndice de tamaño similar al resto de la bráctea, orbicular u ovado, con mucrón o arista apical de 0,4-1,1 mm. La fórmula cromosómica es 8m + 1sm y el tamaño de los cromosomas 7,6 mm -(5,68 mm ± 0,99) -4,6 mm. Se trata del primer recuento efectuado para el taxon. Distribución en el territorio: C y CN de España (Fig. 1). Hábitat: como la especie, pero con especial apetencia por los suelos silíceos; 450-1200 m. Material Floración: de mayo a agosto. Distribución general: CE y NE de España (Fig. 1). Hábitat: En baldíos, bordes de caminos, taludes y barrancos, con clara apetencia por suelos pedregosos de naturaleza calcárea y poco nitrificados; 530-1450 m. Observaciones: En la provincia de Soria [España. Presentan una altura de apenas 30 cm, hojas superiores enteras o pinnatífido-pinnatisectas, y capítulos con involucro 10-12 × 5-8 mm, ovoide-globoso, de base redondeada. El apéndice de las brácteas involucrales medias es entero o fimbriado en su parte superior, y culmina en un mucrón o arista de 0,5-1 mm. De probable origen híbrido es Centaurea × bilbilitana Pau in Actas Soc. 23: Planta con indumento araneoso laxo, marcadamente escábrida. Tallos (8)20-84 cm. Hojas caulinares más superiores enteras, elíptico-espatuladas, escábridas y glabriúsculas. Apéndice de las brácteas involucrales medias orbicular u ovado, con parte central elíptica, amarillenta o de un pardo claro u obscuro, y márgenes enteros, lacerados o pectinado-dentados, culminado en una arista o espina de 0,5-1,5(2) mm. Aquenios 2,9-4 mm. Vilano externo 1,5-2,5(2,8) mm. Floración: de junio a septiembre. Distribución general: Endemismo del SO de España (Fig. 1). Hábitat: En orlas y claros de encinares, melojares o pinares, bordes de caminos y carreteras, sobre todo en suelos ácidos y ligeramente nitrificados; 500-1.000 m. Observaciones: La subespecie convive en algunas partes de su área de distribución con C. cordubensis Font Quer, con la que a partir de cruces ancestrales originó probablemente C. schousboei Lange (López & Devesa, 2008a). Hierba perenne, inerme -excepto a veces las brácteas involucrales-, verde grisácea, con pelos unicelulares y pluricelulares eglandulosos. Tallos hasta de 50(95) cm, erectos o ascendentes, ramificados por lo general desde la parte media o superior, no o ligeramente engrosados bajo los capítulos, de sección ± prismática, longitudinalmente acostillados, no alados, muy foliosos, con indumento generalmente laxo, de pelos pluricelulares rígidos y patentes, y pelos araneosos esparcidos. Hojas hasta de 13 × 4 cm, las basales pecioladas, dispuestas en roseta -a menudo secas en la floración-, enteras, pinnatipartidas o 1(2)-pinnatisectas, con lóbulos oblanceolados, lanceolados o linear-lanceolados, enteros o pinnatífidos, mucronados y con márgenes lisos o ligeramente aserrados, con haz glabriúscula o laxamente araneosa, y envés y márgenes con pelos pluricelulares, cortos y rígidos; las caulinares sésiles, no decurrentes, decrecientes en tamaño hacia arriba, con nerviación principal pinnada y nervio medio prominente por el envés, enteras, pinnatipartidas o 1(2)-pinnatisectas y con 1-4 pares de lóbulos lanceolados o linear-lanceolados, enteros o pinnatífidos, el terminal por lo general más ancho, de lanceolado a linear-lanceolado, de márgenes lisos y ligeramente revolutos, mucronuladas, con haz glabriúscula, y envés y márgenes con pelos pluricelulares antrorsos, cortos y rígidos. Capítulos homógamos, discoides, con las flores externas neutras y patentes, y las del centro hermafroditas y ± erectas-, terminales y axilares, solitarios o en conflorescencias corimbiformes laxas, terminales, a menudo alcanzados por la última hoja -que no sobrepasa el involucro-o sustentados por un pedúnculo blanco-tomentoso de 5-10 mm. Involucro 10-16 × (5)6-12 mm, ovoide, redondeado en la base, fuertemente sobrepasado por todas las flores del capítulo. Brácteas involucrales imbricadas y dispuestas aparentemente en 6-7 series, gradualmente crecientes en tamaño de fuera hacia dentro; las externas y medias de ovadas a ovado-oblongas, fuertemente adpresas, verdosas, amarillentas o púrpureas en la parte superior de la base, con nervios longitudinales apenas marcados, de márgenes herbáceos o estrechamente hialinos, glabras, con apéndice apical de 1,5-4 mm, de menor tamaño que la base de la bráctea, bilobado o más rara vez orbicular, cuculado, erecto, erecto-patente o patente, glabro o laxamente peloso y glanduloso, con glándulas translúcidas sésiles en el dorso, con la parte central pardusca, de semilunar a triangular, y margen entero, denticulado o lacerado -a veces con (1)2-5 pares de fimbrias laterales-sobre todo superiormente, mútico o culminado por un mucrón o arista -simple o trífida-de 0,2-1(1,6) mm; las internas de 9,5-16 mm, lineares o linear-espatuladas, glabras, con márgenes estrechamente hialinos en toda su longitud, y apéndice apical apenas distinguible, de ovado a oblongo, plano o cóncavo, escarioso, entero, inerme o rara vez con una espínula, de un verde claro. Corola de las flores neutras de 12-17 mm, con tubo blanquecino, y limbo de rosa a púrpura -rara vez enteramente blanca-, con 4-5 lóbulos de 2-6 mm; la de las flores hermafroditas de 10,5-13 mm, con tubo de 4,5-6 mm, blanquecino, y limbo 5,5-7 mm, rosado o blanquecinorosado -rara vez enteramente blanca-, con 5 lóbulos de 2,5-3,5 mm, iguales o subiguales. Estambres con filamento homogéneamente peloso, con pelos hasta de 0,2 mm, blanquecinos; anteras 5-6,5 mm, blanquecinas o blanquecino-rosadas -con conectivo violáceo-, con apéndices basales de 0,2-0,4 mm, membranáceos y a menudo lacerados. Aquenios 2,5-4,3 × 1-1,6 mm, homomorfos, todos con vilano, oblongoobovoides u obovoides, comprimidos lateralmente, de sección elíptica, truncados y con reborde entero, de un amarillo pajizo a verde obscuro o negro en la madurez, con líneas longitudinales amarillas, laxa e inconspicuamente seríceo-vilosos; placa apical con nectario de 0,1-0,2 mm, pentalobulado, amarillento; hilo 0,4-0,6 mm, lateral-adaxial, con eleosoma. Vilano doble, persistente, el externo con varias filas de páleas de 0,5-2,5 mm, lineares, serradas, blanquecinas, y el interno con 1 fila de páleas setáceas superiormente, cortas, erectas y ± conniventes. Floración: de mayo a octubre. Hábitat: En orlas y claros de bosques (encinares, quejigales, robledales, hayedos y pinares), matorrales, bordes de cultivos, caminos, carreteras y taludes, sobre suelos ligeramente nitrificados, tanto de naturaleza calcárea como silícea; (100)450-1900 m. Observaciones: En el herbario de Willkomm (Instituto Botânico Dr. Júlio Henriques de la Universidad de Coimbra; COI-Willk.) se conserva un pliego con cinco muestras de procedencia heterogénea. A las dos superiores, presumiblemente recolectadas por Costa, se asocia una etiqueta en la que puede leerse la anotación "C. costae n. sp. Wk." manuscrita por Willkomm, y la anotación locotípica: "St. Raimon y otros puntos de la Segarra.", también manuscrita pero probablemente de Costa; junto a esta etiqueta, además, una segunda etiqueta original contiene de la mano de Willkomm una prolija descripción de la especie. De estos dos especímenes se selecciona como lectótipo de C. costae Willk. el ejemplar superior izquierdo, que presenta más capítulos y mejor conservados. Esta elección coincide con la de Almeida (1984) quien indicó que en dicho pliego se conservaba el holótipo, mas sin designar cuál de los dos especímenes de esa misma localidad. Las restantes muestras fueron recolectadas por Soubervielle en "Aragon" (supuestamente el espécimen inferior izquierdo) y por Loscos (los dos restantes especímenes inferiores), también en Aragón ("Franc. Chiprana Aranda del Conde / Leg. Willkomm"), todas con fecha posterior a la publicación de la especie. En el territorio estudiado se reconocen tres variedades atendiendo sobre todo a pequeñas variaciones en la morfología del apéndice: costae, montsicciana Pau & Font Quer ex Font Quer y maluqueri Font Quer. Las tres presentan áreas de distribución más o menos simpátricas, coexistiendo con cierta frecuencia en una misma localización geográfica, a veces incluso las tres, como sucede en la Sierra del Montsec (Lleida), no siendo rara la aparición de individuos con caracteres intermedios. (Barcelona), 15: 329 (1984) Apéndice de las brácteas involucrales medias 1,5-3 × 3-5 mm, más o menos orbicular, bilobado, con un mucrón distal de 0,3-0,5 (1) mm, erecto, parte central semilunar o anchamente triangular, y bordes enteros o denticulados. Hábitat: En orlas y claros de bosques (encinares, quejigales, robledales, hayedos y pinares), matorrales, bordes de cultivos, caminos, carreteras y taludes, sobre suelos ligeramente nitrificados, tanto de naturaleza calcárea como silícea; 450-1420 m. Barcelona/Lleida: La Manresana i S. Ramon, 27.07.1918, Font Quer (MA 134020) Apéndice de las brácteas involucrales medias 2-3,5 × (3,5)4,5-6 mm, más o menos orbicular, bilobado, con una arista apical de (0,3)0,5-1,6 mm, trífida, de erecta a patente, parte central anchamente triangular y bordes denticulados y/o lacerados, menos frecuentemente con 1-5 pares de fimbrias laterales. Floración: de mayo a agosto. Número cromosómico: no estudiado Distribución general: NE de la Península Ibérica (Fig. 5). Hábitat: En orlas y claros de bosques (principalmente encinares), matorrales, baldíos, taludes y bordes de cultivos, caminos, carreteras, sobre suelos ligeramente nitrificados, pedregosos, tanto de naturaleza calcárea como silícea; 450-1550 m. Observaciones: El taxon, aunque poco variable en la mayoría de sus caracteres morfológicos, sí lo es en relación con el apéndice de las brácteas involucrales medias, pues o bien presenta sus bordes denticulados y/o lacerados o, en ocasiones, con 1-5 pares fimbrias laterales. Las plantas con este último carácter (BC 34176) fueron descritas como C. alba var. ciliata Font Quer, nombre que validarían con posterioridad Bolòs & Vigo (1987). Dichas plantas, no obstante, entran dentro del rago de variación de C. costae var. montsicciana Pau & Font Quer. Hábitat: En orlas y claros de bosques (principalmente encinares, robledales y pinares), matorrales, taludes y laderas erosionadas, bordes de cultivos, caminos y carreteras, sobre suelos pedregosos ligeramente nitrificados, preferentemente de naturaleza calcárea; (100)560-1900 m. Observaciones: En el herbario del Institut Botànic de Barcelona (BC) se conservan 3 pliegos de "Centaurea costae Willk. / var. La Pobla de Segur (Lleida)", anotación que contiene un topónimo no recogido en la indicación locotípica, por lo que se excluye este material para la lectotipificación. Pobla de Segur, Lleida"] pero fueron recolectados a diferente altura, 650 y 600 m respectivamente, y en uno de ellos (BC 34180) existe una pequeña anotación manuscrita de Font Quer, "form. robusta", si bien el material conservado presenta los capítulos escasamente desarrollados. Se elige para la lectotipificación el pliego BC 34179, que contiene 6 elementos, eligiéndose como lectótipo el ejemplar mayor y más completo, que ocupa la posición central. De esta variedad existe un testimonio de herbario sin fecha y recolectado por Isern, en el que se anota "cerca de Gerona" (MA 134009). De ser fiable la procedencia, se ampliaría notablemente el área de distribución de esta variedad, algo que no ha podido ser comprobado in situ. Nuestro agradecimiento a todos los responsables de los herbarios e Instituciones citadas y a Rodrigo Tavera por los dibujos. E. López estuvo adscrito como becario en formación (BES-2003-1275) a cargo de los proyectos citados. clave para las subespecies 1.
Link, Vicia sativa L. and Vulpia myuros (L.)
Spain, Tenerife: Buenavista del Norte, centro ciudad, barranco, 1x (ca. Spain, Tenerife: Puerto de la Cruz, surroundings of Hotel Botánico, epiphyte on Phoenix canariensis Chabaud, spontaneous, 17.04.2011, J. A. Reyes-Betancort (orT 41757, Br). Desf. ex Vent., Jard. Spain, Tenerife: las Cucharas, TF5 between San Juan de la rambla and Icod, at Barranco de las Ánimas, bare, gravelly (ruderal) area adjoining road towards Icod de los Vinos, locally abundant, 07.09.2010, F. Verloove 8425 (orT 41723, TFC).
Al dar hace poco un vistazo a una larga carta en la que Pius Font i Quer -muy condescendientemente-, con fecha 17-I-1954, proseguía sus orientaciones al inquisitivo discípulo -cf. Laínz (1988)-tropiezo con las palabras referentes a Jiménez Munuera que transcribo a continuación: «Yo tuve correspondencia con él, allá por el año 1920»... Y, frente a cosas más o menos relativas al botanófilo por mí publicadas hace tiempo -cf. Trinitat Prunera Pardell-, que me remite asimismo a lo ya hecho público por el propio Font Quer (1917: 257). Dicha correspondencia hoy se reduce a una minuta -petitoria-de Font a Jiménez y seis cartas de Jiménez a Font -no poco ilustrativas en diversas direcciones-; conjunto que, a su vez, es ilustrado por lo que otras fuentes, positiva o negativamente, nos vienen a decir o nos inducen a sospechar. La minuta mencionada no tiene fecha -como tampoco, por excepción única, la respuesta de Jiménez a la correspondiente carta petitoria de Font-; pero las restantes cartas de Jiménez hacen evidente que la de Font se fechó el 20-VIII-1916. De la de Font, muy correcta ella, tan solo cabe destacar una línea: «He sabido que ha dejado V. el estudio de las plantas»... Jiménez, diecisiete días más tarde, le contesta como sigue. Francisco de P. Jiménez CARTAGENA Sr. D. P. Font Quer Barcelona Muy Sr. mio: Ruego á V. encarecidamente que no atribuya á desatención la tardanza en contestar á su grata del 20 del pasado. La proposición que V. me hace, honrosa por demás, para mí, me tiene perplejo y, verdaderamente, no sé todavía que contestarle. Desde luego me hubiera decidido á remitir á ese nuevo Museo mi modestísimo herbario, pero tengo un hijo que se resiste algo á desprenderse de esas plantas que representan un trabajo de más de quince años, y esto me obliga á una gestión preliminar cerca de mi antiguo amigo Cárlos Pau, antes de decidirme. De todos modos le agradezco á V. vivamente la honra que me dispensa y á la que procuraré corresponder. Soy de V. atento servidor Q.B.S.M. Tras mes y medio largo, vuelve Jiménez a escribir, con alguna mayor detención (Fig. 1). Mis continuos viajes y perentorias ocupaciones, durante estos dos meses, me han impedido absolu-tamente ocuparme de mis aficiones, y esta causa ha hecho que se retrasase escribir á V. Tenía que consultar con Pau, el caso probable de que necesite su ayuda y consejo, si me decidía á rehacer mi herbario; y este amigo, siempre complaciente, me brinda de nuevo su apoyo, al par que me elogia el trabajo que V. y otras personas están haciendo para crear el Museo de Cataluña. Decidido, desde luego, á enviar ahí mis plantas, solo espero saber á nombre de quién las he de remitir, para hacer los paquetes. Como condición, mejor dicho, como ruego, solo deseo que V. se interese con la dirección del Museo, para que oficialmente me acusen recibo del envio de las plantas, y a ser posible se conserven en paquete separado con la indicación de ser donativo mio. Esta pequeña vanidad sabrá V. disculparla, teniendo en cuenta que tengo un hijo, á quien ha de gustarle saber que el trabajo de su padre, mas ó menos modesto, se conserva en alguna parte. Tengo el gusto de repetirme de V. atento servidor Q.B.S.M. Vemos que Pau, a quien ahora llama Jiménez «amigo» y no «antiguo amigo», sí contestó amabilísimamente a su consulta, en términos elogiosos para Font, etc.; y que la decisión está ya tomada, con leves condicionamientos del todo aceptables para los catalanes. Aunque ahí se habla también de «rehacer» el herbario, ya se pide incluso la dirección a la que se habrá de mandarlo..., «para hacer los paquetes». Resulta hoy evidente para todos que Pau metió a Font en el asunto; y, para mí, un poquito desazonante que no se disponga de las cartas en que se lo plantearía. Tras la que acabo de transcribir de Jiménez a Font, ya le fue posible a éste contestarle; y lo hizo, como vamos a ver, a vuelta de correo. Paso a transcribir aquí la nueva carta de Jiménez a Font (Fig. 2), en la que por añadidura se hacen algunas cavilosas precisiones. Como ha pasado ya cerca de un mes desde que se facturó aquí la caja en cuestión, me extraña que no me haya dado V. ninguna clase de noticias. Si no ha llegado aun á su poder, le ruego me lo comunique, para hacer la oportuna reclamacion á la compañía, pues no es creible que tarde un mes próximamente en llegar á esa el encargo. Soy de V. atento servidor FdeP. Jiménez [rubricado] ¡Cuál no sería su zozobra -el que espera, desesperacuando la respuesta de Font se hizo esperar hasta el 1o de abril! Harto esclarecedora, exigió de Jiménez el muy cumplido pésame -con alguna peticionci-lla...-que cierra la correspondencia disponible; que alguna otra hubo de haber entre Barcelona y Cartagena, se cae de su peso. Algo más acerca de Francisco de Paula Jiménez Munuera y su abandono de la Scientia amabilis. Carta de Jiménez Munuera a Font Quer del 9 de diciembre de 1916. Archivo del Instituto Botánico de Barcelona. FRANCISCO DE P. JIMÉNEZ CARTAGENA 4 Abril 1917 Sr. D. P. Font Quer Barcelona Muy distinguido Sr. mio: Acabo de recibir su carta de 1o del corriente, y me apresuro á manifestar á V. mi sentimiento por la pérdida de su Señor Padre, al mismo tiempo que le deseo á V. resignacion cristiana para soportar su natural dolor. Ley natural es, aunque no por eso menos dolorosa, que los hijos cierren los ojos de sus padres. He tenido una verdadera satisfaccion en lo que me dice V. respecto a mis plantas: no están envenenadas, porque como dispongo de poco tiempo para dedicarlo á mis aficiones, y esa ope [ración] es algo engorrosa, siempre lo dejaba para otra ocasion, la cual no llegó nunca. No olvide V., cuando sea ocasion, lo que me ofreció, respecto á una comunicacion oficial de ese Museo, pues esa pequeña vanidad es para dejarla de recuerdo á mi hijo, en vez del herbario, que tal vez él no pudiera conservar. Y á propósito de mi hijo, quisiera merecer de V. un favor: él es aficionado á los moluscos, y yo puedo ilustrarlo en sus dudas acerca de clasificacion: ¿no podría V. indicarme algun amigo de V. aficionado á las conchas, á quien pudiera yo enviar ejemplares de aquí, para que me indicara su determinacion? Si no es esto muy molesto para V., me atrevería á suplicarle que me contestara sobre este particular. Tal vez entre los naturalistas del Museo haya algun profesor de ese ramo de las Ciencias Naturales, y los ejemplares que yo pudiera enviarle, sirvieran para aumentar la coleccion del Museo ó la suya particular, si merecian la pena. Dispense V. la libertad que me tomo y le ofrezco la reciprocidad para lo que de aquí se le ocurra. Soy de V. afectísimo y atento servidor Sobre la enfermedad y defunción del Dr. Manuel Font i Balué, puede verse lo que Mateo (1996: 114) transcribe o extracta de la carta dirigida por el Dr. Font i Quer a Pau el 17-III-1917 -por de pronto, excusa en ella un «largo silencio» y dice «Crea V. que he tenido dos meses bien tristes»-; me llegan últimamente del archivo del Institut Botànic de Barcelona, digitalizadas, tres cartas de Font a Pau; y en la precedente a la del 17 de marzo -del 24 de enero-leo: «Ayer recibí el talón para recoger las plantas de Jiménez; ya creí otra vez que se nos escapaban pues hacía tiempo que no sabía nada de ellas». En la que sigue, del 4 de abril, a poco de reanudar sus actividades habituales, repite: «No sé si le dije a V. que las plantas de Jiménez Munuera llegaron hace tiempo. Así es, y me han gustado mucho por lo bien preparadas que están y porque son muy buenas algunas». De la del 29 de abril cabe aquí destacar: «Dentro de unos días escribiré al Sr. Gutiérrez de Ávila, por lo del Herbario que me decía V. El de Jiménez está todo envenenado, catalogado y ordenado». Por cierto, lo del herbario Daniel Gutiérrez Martín -antes, farmacéutico de Olmedo (Valladolid)-se ve que no fue adelante, pues en Ávila estaba cuando en 1955 me pasé yo fugazmente por la céntrica farmacia heredada por un hijo del asimismo conocido corresponsal de Pau. Queda claro por completo que no solo bendijo el de Segorbe la donación del herbario Jiménez a Barcelona sino que había sido él quien planificó al fundador futuro del Institut Botànic toda esa campaña de captaciones, aunque tal vez no pensaría por entonces en pasarse con armas y bagajes a proyectos un tanto incipientes. Hablan, sí, esas cartas -entre otras muchas cosas-, de adquisiciones de bibliografía extranjera por la que a Pau se le ve interesadísimo... Aclaremos, como epílogo, que yo estoy en que Jiménez y Pau acabaron tirándose los trastos a la cabeza, por más que nos falten elementos de juicio del todo explícitos acerca de la ruptura. Parece que Pau estuvo interesado en hacerlos desaparecer de su epistolario, donde ahora echamos además de menos las cartas -elegantes, no es dudoso -de Jiménez a las que aluden las dirigidas por éste a Font el 6 de septiembre y 29 de noviembre de 1916. ¿Por qué «censuró» éste -quién, si no-las cuartillas autobiográficas de Francisco Antonio Ibáñez Díaz -cf. Aunque las relaciones Jiménez -Pau fueron largamente muy distendidas -cf., v. gr., Laínz (1994: 68)-, más tarde se ve insatisfecho de la falta de amistosa correspondencia del segundo -tal vez porque ya el de Segorbe no esperaba mucho del otrora inapreciable colector dominguero y fautor muy cordial, a quien esa conducta pudo herirle no poco-; en todo caso, ahí está lo dicho por Font en su minuta: «He sabido que ha dejado V. el estudio de las plantas»... No doy por imposible que alguna otra carta de Pau a Font -de momento, fuera de su alcanceacabe dando al director del Institut Botànic alguna mayor luz en asunto que se planteaba ya, mal, en los párrafos introductorios de Laínz (1994).
Malogrossense. ela [oi redescrita. e incluidos dados ecológicos. etimología. iluslra¡;:Oes e mapa de distribui~¡¡o geográfica.
La resta de l'arxiu de J. Cuatrecasas es conserva al Real Jardín Botánico de Madrid i a la Smithsonian Institution de Washington (EUA).
0.5 mm), petiolule puberulus. La Palma El Hierro La Gomera Tenerife Lanzarote Fuerteventura Gran Canaria Canary IslandsTable 1.
Dentro del género Teucrium L., la sect. Schreb. constituye un grupo de plantas ampliamente representado en el cuadrante suroriental de la Península Ibérica (Puech, 1976; Valdés-Bermejo & Sánchez-Crespo, 1978; Navarro, 1988Navarro,, 1995)), territorio que es uno de sus focos de diversificación más activos dentro de su área de distribución (Puech, 1984; El-Oualidi, 1991; El-Oualidi & Puech, 1993; Navarro, 1995). Como resultado de los estudios realizados durante los últimos años dentro de este género de labiadas (Crespo & Ferrer, 2009; Ferrer et al., 2009Ferrer et al.,, 2011) ) a partir de las intensas campañas de herborización realizadas por el territorio valenciano, se ha localizado una población de un nuevo híbrido hasta ahora inédito, producto del cruce natural entre las formas típicas de T. gnaphalodes L'Hér. y T. homotrichum (Font Quer) Rivas Mart. El objetivo del presente trabajo es describir esta nueva planta, analizando sus caracteres más relevantes en comparación con los de sus dos progenitores. Los datos cuantitativos y las observaciones cualitativas corresponden a los criterios habitualmente utilizados en la identificación y diagnosis de las especies del género Teucrium (Puech, 1976; Navarro, 1995Navarro,, 2010)). Los datos obtenidos han sido contrastados con los aportados en la bibliografía más relevante (cf. Navarro, 1995; Navarro & Cabezudo, 1995; Stübing et al., 1999; Navarro & El-Oualidi, 2000a). Las indicaciones bioclimáticas y biogeográficas se ajustan a la tipología de Rivas-Martínez (2007). Los materiales estudiados se encuentran depositados en los herbarios VAL y MA (Holmgren et al., 1990). En el estudio de los tricomas se ha seguido fundamentalmente la tipología empleada por Navarro & El-Oualidi (2000b) basada principalmente en las clasificaciones de Roe (1971), Hardin (1976) y Cantino (1990), observando el tipo básico de tricomas presentes en diferentes órganos de las plantas (tallo, hojas, cálices y corolas) bajo microscopía óptica de reflexión (Leica DMLB; cf. Manzanares et al., 1983). Tallos finos (0,8)1-1,5 × 1 mm, erecto-ascendentes, los vegetativos de aspecto amarillento o amarillodorado y los fértiles verde-grisáceo, densamente algodonoso-tomentosos los primeros y menos densos los segundos, ambos con epidermis cubierta de pelos ramificados con ramas laterales largas, curvadas y entrelazadas, y ramas rectas y más cortas que su eje principal. Fascículos axilares poco desarrollados o ausentes en los tallos fértiles, algo más desarrollados en los vegetativos y estériles. Hojas estériles amarillo-verdosas, erecto-patentes, lineares u oblongas, subplanas o algo revolutas, de 7-9 × 2-4 mm, crenadas o lobuladas desde el tercio inferior o la mitad. Hojas de tallos floríferos verdosas, tomentosas, erecto-patentes o patentes, triangular-oblongas, oblongo-lanceoladas, de base cuneada y planas o subplanas, de (8)9-10 × 3-4 mm, crenadas o lobuladas desde la mitad o el tercio inferior, con lóbulos oblongos. Inflorescencias (1)1,2(1,5) × 0,8-1(1,2) cm, en cabezuela terminal solitaria, ocasionalmente ramificada, subesférica o más raramente ovoide. Brácteas sentadas o algo pecioluladas, lanceoladas u oblongo-lanceoladas, de 5-6 × 1-1,5 mm, generalmente crenadas en el ápice. Bractéolas pecioladas, de 3-4 × 0,5-1 mm, lanceoladas o linear-lanceoladas, las superiores planas y de margen entero o algo crenado. Cálices de 4-5 mm, tubulares, tomentosos, algo voluminosos en la parte basal debido al denso indumento, con pelos ramificados largos y entremezclados, menos densos hacia el ápice, hialinos. Cara interna del cáliz glabra, en ocasiones con indumento. Dientes planos, triangulares, de 0,5-1 mm. Corolas de 5-6 mm, púrpuras o rosadas, en ocasiones blanco-amarillentas, tubo de 3 mm, garganta ca. Lóbulo central de 1,5 × 0,75(1) mm, con escasos pelos simples y finamente punteado-glanduloso sobre el nervio central de la cara externa. Estambres insertos hacia la mitad inferior del tubo, filamentos con pelos en su mayoría simples densamente dispuestos. Etimología: Planta dedicada a nuestro querido amigo y botánico Miguel Guara Requena. Fascículos axilares densamente desarrollados ausentes o muy poco ausentes (en tallos floríferos) desarrollados Tipo inflorescencia cabezuela terminal, condensada cabezuela terminal, condensada cabezuela terminal, condensada en glomérulo esférico en glomérulo esférico u en glomérulo suboblongo o espiciforme, a veces ovoide, ocasionalmente a ovoideo, a veces en tirso o pseudo-panícula ramificada espiciforme Según los datos de los que disponemos en la actualidad, no son frecuentes las áreas con poblaciones simpátricas de ambos táxones en el territorio valenciano, lo que sin duda condiciona la escasa abundancia de este híbrido. La zona de hibridación donde se ha localizado esta nueva planta se encuadra en el piso mesomediterráneo, bajo ombrotipo seco. La vegetación dominante es de matorral, con especies como Quercus coccifera L., Rosmarinus officinalis L., Cistus albidus L., Ulex parviflorus Pourr. subsp. parviflorus y Genista scorpius (L.) DC. como dominantes, sobre suelo calcáreo algo arcilloso. Morfológicamente, T. ×guarae-requenae se diferencia de T. gnaphalodes por sus tallos más gráciles, menos densamente pelosos, no algodonosos, de color verde amarillento, hojas menos gruesas y de menor tamaño, ausencia de fascículos axilares, inflorescencias mucho menores, siempre en cabezuelas congestas terminales, subesféricas, cálices menores y también menos densamente tomentosos, no gibosos, glabros en su parte interna, dientes calicinales y también corolas de menor tamaño. De T. homotrichum se diferencia por su menor tamaño, indumento ramoso de ramas largas y entremezcladas, con ausencia de pelos dendroides de ramas cortas y rectas, cálices y dientes calicinales de menor tamaño, lóbulos lateroposteriores de la corola no ciliados, corola purpúrea o rosada (Fig. 3 y Tabla 1).
EL COMPLEJO Euphorbia Esula-E. virgata (EuphorbiacEaE) En EL nORdEsTE dE LA PEnínsuLA IbéRICA: PRECIsIOnEs COROLógICAs, ECOLógICAs Y TAxOnóMICAs.-El hallazgo reciente de tres poblaciones del complejo Euphorbia esula-E. virgata (Euphorbiaceae) en el nordeste de la Península Ibérica (centro y sur de Cataluña) nos ha inducido a realizar un estudio macro y micromorfológico para establecer su identidad taxonómica. En esta zona tan sólo existían dos datos previos de plantas de este complejo, correspondientes a recolecciones de los años 1908/1909 (previamente identificadas como E. esula subsp. saratoi) y 1930 (E. esula s. l.). Según nuestros resultados, todo el material examinado (recolecciones recientes y antiguas) se puede atribuir a E. virgata, un taxon de área principal en el este de Europa, que encuentra en el nordeste de la Península Ibérica su límite suroccidental de distribución. Los caracteres macromorfológicos presentan un cierto grado de variación interpoblacional, y en algún caso los individuos se parecen mucho a las formas que suelen denominarse E. ×pseudovirgata, supuestamente híbridas entre E. virgata y E. esula, pero no es posible confirmar la presencia regional de este híbrido sin la realización de estudios complementarios. Con los resultados de este estudio, debe excluirse la presencia de E. esula subsp. esula de Cataluña, Valencia y Aragón. Las poblaciones actuales de E. virgata, muy localizadas pero densas, se sitúan en hábitats herbáceos con clara influencia antrópica (campos abandonados y bordes de carreteras y caminos), en suelos profundos bastante secos; estos hábitats son similares a los típicos de E. virgata en Europa oriental y central. Aparentemente se trata de poblaciones de carácter temporal, y en dos de las tres localidades recientes se ha confirmado que se han establecido con posterioridad a 2005. Los datos actuales sugieren que puede tratarse de una especie alóctona, pero considerando que se detectó ya hace un siglo, no se puede excluir que sea una autóctona rara con poblaciones itinerantes. Palabras clave: conservación; dinámica poblacional; distribución; Euphorbia esula; Euphorbia ×pseudovirgata; Euphorbia virgata; fitodermología; hábitat; morfología.
Neyraudia reynaudiana (Kunth) Keng ex Hitchc.
A mis no escasas referencias a Lázaro en el terreno botánico s. str. -y frente a más de un extracto epistolar de Mateo (1996)-vine pensando en hacer otras en el terreno, que no es el mío, de lo micológico. Tan solo me retraía la dificultad para mí -estos años últimos-de llegarme a Barcelona, en el archivo de cuyo Institut Botànic sigue depositado el epistolario de Pau en cuestión; pero las buenas digitalizaciones, recibidas ahora, me deciden a publicar en Collectanea Botanica este modesto aunque no inútil artículo. Vengamos a las comunicaciones primeras (tarjetas y breves cartas) de Romualdo González Fragoso a Pau que Mateo (1996: 240) lista -y a las que, ló-gicamente, se refiere de modo previo el cuerpo de su trabajo-, de interés aquí muy relativo. Rompen fuego las cartas del 4-III-1912 y 3-X-1913, que doy por meras tomas de contacto y ni siquiera he pedido me digitalizaran. Subsiguen las comunicaciones invernales del año último (27-XI, 29-XI, 7-XII, 11-XII y 20-XII-1913) -que solo en parte conozco íntegras, pero que dejan claro que Pau está en plan de colaborar, lo que también aclaran las inmediatas publicaciones del micólogo en Madrid-; aunque no sea fácil más de una vez hacer de «adivino» -para Pau ni para nadie-ante materiales indeterminables prácticamente. En los párrafos que transcribo -he omitido algunos igualmente carentes aquí de interés-González Fragoso tira contra la Botánica madrileña; de lo que se deduce que Pau le ha puesto en el disparadero... Que hay sintonía en asuntos varios -v. gr., preocupación por que suba el nivel científico en España-, quedará bien probado a lo largo de las transcripciones ulteriores -una pizca trabajosas ellas, por el desaliño «literario» del firmante y otros detalles acerca de los que no merece la pena extenderse. Muy querido amigo: he tenido el gusto de recibir su trabajo "Sobre alg [unos] veg [etales] cur[iosos]" 1, que he visto con gusto, pues me temo voy á tener que hacerme algo fanerogamista, robando tiempo a mis hongos, para no tener que sufrir á esta canalla. Dentro de pocos dias podré enviarle el trabajo que envié á la Soc. de H. N. del cual ya he corregido ha dias las pruebas. Al remitirmelas me mandaron una nota del Sr. Buen, diciendome que el Cistus ladaniferus (Barcelona) que era de Ud. no existia alli. Las hojas son de Cistus, pero comparadas con otras que tengo de C. ladaniferus no me parecen identicas, y he puesto en el trabajo Cistus sp. Á los hongos no se atrevía ni á mirar la ortografia, pero en fanerogamia cuando pueden salir como sabios criticos mirando unos libracos procuran lucirse. Hay pues que tener mucho cuidado con esto. Había pensado no decirle nada del Cistus ladaniferus, pero como supongo sea un lapsus de la pluma, creo no se molestará por ello, pues yo por mi parte hago el mismo caso de los gritos de esos gansos interrumpidos en su sueño, que de oir llover cuando estoy bajo techado. Si como pienso paso algunas semanas esta primavera en la Sierra de esta provincia, le mandaré fanerogamas, y así me ahorraré trabajos de determinación de ellas. Aqui en los alrededores como Ud. ha herborizado tiene ya lo que hay que no es gran cosa por lo interesante. desea algun ó algunos helechos, licopodiaceas ó isoetaceas á cambio las pediré, á fin de que su molestia no resulte infructuosa. Tendria mucho gusto en complacer á aquellos buenos amigos á quienes molesto diariamente, y que tuvieron la paciencia de aguantarme año y medio, poniendo el laboratorio y las colecciones á mi disposición, lo que nunca hicieron ni aun con el ilustre Laz., de quien se rien á mandibula batiente, por su ignorancia y presunciones de ciencia. Carta de la que sí dice algo el extracto de Mateo (1996: 100), aunque proceda hoy completárselo no poco, a más de intercalar en lo que se transcribe del texto una leve indicación y la correspondiente cita. Omitimos, por el contrario, lo que no viene al caso. Muy quer. o a. o y colega: no le he escrito antes, esperando ver si contestaba de Madrid, acerca de lo del Cistus, pero el amigo Odón parece haberse quedado como dicen aquí "cual gallo que traga uva", y no dice ni pio. Como última prueba remito un trabajo consultado planta por planta, asegurado de incendio, pero en el cual van media docena de especies nuevas, y algunas especies africanas citadas por vez primera en Europa 2, circunstancias graves que molestarán muchisimo á aquellos sabios sesudos, y académicos botánicos, que creen deben Algo más acerca de Lázaro e Ibiza y algún que otro contemporáneo aparecer las especies nuevas como los cometas, con rabo, para poderlas ellos ver. A la menor obgeccion retiro el trabajo lo mando á otra parte, y juro á Dios, que voy á demostrar que algunos pasando por sabios son verdaderos mamarrachos, que corrompen á la juventud con libros de texto que debieran ser quemados por estupidos, en vez de servir para enriquecer á hombres frescos y desahogados, por académicos que sea ó quieran ser. Schweinfurtiana (Thüm) Sacc sobre Imperata, es especie que yo no tenia, que Laz. me enseñó procedente de Valencia (Boscá) y le determiné de memoria, pero como está tan retrasado la publicó con el nombre de Ustilago Schweinfurtiana Thüm dado por Th. hace 40 años, y creyendo q. e era una especie de Egipto cuando es común entre otras partes en el mediodia de Francia é Italia. Sus ejemplares me servirán para darle esta pequeña lección á ver si consigo estimularlo y que estudie algo. [...]4 Y no le canso mas. Párrafo este segundo en el que González Fragoso menciona su amistad, larga, con Lázaro Ibiza, del que tan mal viene hablado y veremos que -salvo en el forzadísimo elogio fúnebre de 1921, tan ineludible como antes imprevisible-lo sigue haciendo indefinidamente. Doy por evidente -¿bastará como «evidencia» remitirme a Ryvarden & Calonge (1976: 155-156)?-que no lo hace tan solo por congraciarse con Pau, decidido enemigo de Colmeiro y escuela. Deudas de gratitud, sí es posible que algunas tuviese con Lázaro -posteriores a la vuelta de su primitiva estancia en París, cuando aterrizó en Madrid con éxito más bien pasajero, en plena y prometedora juventud (1883-1885)-, porque no parece del todo inverosímil que algo pintase allí Lázaro -catedrático universitario desde 1892 y académico de la Real de Ciencias desde 1900cuando en 1911 y 1912 la Junta de Ampliación de Estudios pensionó a González Fragoso para que se pusiese al día otra vez en el extranjero. Los «reconocimientos de amistad» de tal índole carecen del más mínimo peso como prueba de nada. «Sobre sus mutuos envíos de micromicetos y comentarios a los táxones concretos». Eso es todo lo que dice Mateo (1996: 104) Beltrán me escribió diciendome tenia algunos pirenomicetes que Ud. le habia dado para mi, y que ya me los enviaria un dia de estos, pero aun no los recibí. Carta carente de interés muy especial, en el caso. Mateo (1996: 104), por cierto, al extractárnosla, da la impresión de no tenerla delante, o casi. Lo de «bueno y modesto», dicho del Prof. Caballero, me suena; pero no es en esa carta -que solo mienta su «gran afición» botánica-donde figura. Lo de «arrogantes e incompetentes como Lázaro y Beltrán» dista de ser lo que allí se dice de sus connivencias personales. Y lo de que González Fragoso censure «que Font envíe plantas a Lázaro, quien se va quedando sólo y ya no cuenta con casi ningún recolector» viene del único pequeño párrafo que aquí transcribo. El farmacéutico militar Sr. Font no le conozco, y dado su elogio, siento muchisimo envie plantas á Lazaro, hoy casi reducido á Escribano y a Font pues Tortosa no le mandará mucho, y Boscá creo que en lo sucesivo tampoco. Lo que hay es que Font, cuyo futuro profesional en esa lejanísima época no estaba claro en Barcelona, buscaba el apoyo alternativo de Madrid: nos lo dicen suficientemente los extractos de algunas de sus cartas a Pau hechos por Mateo -v. gr., los de las del 7-X-1914, 1-XI-1914, 10-II-1915y 25-V-1915. Carta que también se inicia con pormenores micológicos de los que por sistema seguimos olvidándonos: el extracto algo amplio de Mateo (1996: 104-105) viene a iluminarse con los últimos párrafos, aquí transcritos. La final declaración del firmante pone suficientemente de relieve su independencia económica, y su altura científica de miras. Y paso á los botánicos. Baste decirle que fuí juez en las oposiciones de Caballero y Beltrán, y que conservo notas detalladas de ellas. Estuvieron los dos mal, Beltrán peor ¿pero que hacer? Comparados con los opositores de otras catedras de Botánica eran dos sábios, aquellas catedras del Botánico! Yo solo podia juzgar la parte de Criptogamia y le aseguro que algas y hongos, que les tocaron á ambos, no sabian una palabra los dos. ¿Pero es posible exigir en España Fanerogamia y Criptogamia, sobre todo la segunda que no ha saludado ningun D. r en Ciencias? De Fanerogamia, en el practico fueron á la par, por el error del Melittis Melissophyllum á que Ud se refiere, Beltrán no pudo ni aun con el genero del Bromus mollis; las demas especies igual los dos, y las criptogamas todas equivocadas, en genero, en familia, en orden, en todo. En la lección Caballero estuvo mucho mejor que Beltrán, y esto decidió. No lo afirmaré pero le aseguro que tiene aficion, -despues de obtenida la catedra,y esto hace perdonar muchos pecados, puede ser botánico, está á tiempo. De la trapacería madrileña sé yo acaso mas que Ud. Los que publican especies, y cuando se las piden del extrangero no las envían solo merecen el triste juicio que Ud. hace con justicia. Así los juzgan por ahí, pero en cambio ellos se rien de mí y de Ud., viven, pasan por sabios en España, y guardan buenos billetes en el Banco alguna que otra vez, y hasta se hacen ricos pongo Lazaro por ejemplo. Desengañese son mas sabios que Ud. y que yo, saben mas, y ya es tarde para que sigamos mejor camino. Yo por mi parte solo quiero seguir con mis hongos, no tengo hijos, y ni mi mujer, ni mi madre ni mis hermanos, les hace falta mi herencia, se contentan con que no emplee en hongos su dinero sino el mio solo. «Comenta sus vinculaciones con Madrid, a donde va pensionado de vez en cuando a estudiar cosas concretas. Recomienda a Pau no aceptar un puesto allí, pues por lo que le pueden ofrecer no vale la pena dejar su casa y su farmacia». Tras uno de los habituales «exordios micológicos» de González Fragoso, prosigue así la carta: Y pasado esto reanudo nuestra conversacion. Nuestra situacion es algo diversa, y ademas yo soy bastante transigente mientras no se me ataca injustamente, y aun soy capaz de perdonar el ataque si es justo. En la situacion de Ud. ¿que podria ofrecerle el Sr. Bolivar que compensara el abandonar su casa y su farmacia? Nada, y como nada le hubiese á Ud convenido calló. A mi en cambio cuando me ofrece 300 ó 350 ptas mensuales para hacer un estudio fuera de este rincon, me indemniza de lo que aquí dejo de ganar, y sin alterar mucho mi presupuesto puedo dedicarme unos meses á mi vicio favorito, sin sentir lo que gasto ni lo que pierdo, y además doy un disgusto á algunos. He estado hace no mucho 9 meses en el extrangero con mi mujer que es tambien algo botánica, lo suficiente para ayudarme algo, y me costó muchos miles de pesetas y perdí casi otras tantas. En cambio pasé luego año y medio pensionado por la Junta de Ampliacion de estudios, y en ese año y medio gasté solo un par de miles de mi bolsillo, y nada perdí, pues lo perdido estaba compensado por la pension. Crea Ud que D. n Ignacio, á quien conozco hace 33 años, es hombre de bastante talento, y no ofreceria ni á Ud. ni a mi una limosna. Se la dá á quien no merece otra cosa y ademas la pide poco menos que con lagrimas en los ojos y puedo citarle á Ud. nombres. El defecto grande del Sr. Bolivar es la debilidad de no saber decir no a nadie, hasta que abusan demasiado. En estas cosas de botánica está llevado de un buen deseo digno de alabanza, y si pudiera tenerlo á Ud. en Madrid y de el dependiera estoy seguro no le escatimaria nada. Si otra cosa le dicen á Ud. diga que mienten, y suelen mentir los que luego le mendigan a el mas. Crea Ud. que si Font y Quer tratase con Bolivar en vez de tratar con Lazaro conseguiria mas, y sin detrimento. Lazaro ¡Más otro post scriptum o posdata en lo que se nos presenta como apéndice a esta larga carta de fin de año -una octavilla de la consulta sevillana de nuestro médico, sin fecha-, la que se inicia en el reverso, detrás de unos parrafitos micológicos numerados! Lo que por comienzo se dice ahí, sí parece que tiene que ver con las breves líneas que se dedican al Prof. Lázaro en esa carta del 31-XII: M. LAÍNZ, S. J. P.S. Tengo á estas hora 1.200 especies de hongos microscopicos españoles. Lazaro recopilando lo de todos y lo suyo, apenas si llegó en su flora á 250 y unos 20 que ha publicado después. Ya ve Ud. si tiene motivos para quererme mal, cuando yo pensaba que mi herb. fuera á el de Farmacia. Y ya vé Ud. si ha trabajado en 30 años de micologo oficial, académico, y sabio eminente. Hay para reir, ó para llorar segun los caracteres. Tengo unas hojas parasitadas por Pucc. Carduorum de Beltrán que me las envió como de Silybum Marianum, y que seguramente son de Carduus. Si es broma pudo pasar! Si es equivocación.....10 Dos palabras acerca de lo que la carta dice de Bolívar, padre. Nadie, por cierto, dudó nunca de su categoría como entomólogo. Es asimismo evidentísimo que hizo mucho por elevar el nivel de las publicaciones científicas madrileñas, para lo que no le faltaron apoyos oficiales de importancia. Bien estudiado está lo hecho siendo él directivo de la Junta de Ampliación de Estudios. En el caso de Romualdo González Fragoso, fue acierto grande acabar trayéndosele a Madrid -¡tres décadas después de su primer empleo en el Museo como «conservador», apenas acabada la estancia en París que sufragaría su familia!-, en lo que D. Ignacio, como es claro, dirigió la recuperación de un talento. Entiendo menos bien alguna de las explicaciones que ahí esboza el micólogo, pero sí perfectamente que Pau jamás renunciase a su áurea independencia en Segorbe, por carácter... y por estrategia bastante bien perceptible: ¿no acabó consiguiendo importantes apoyos, de varios tipos? González Fragoso, como acabamos de ver, habla de treinta y tres años de trato, de su clarividencia frente a la investigación vocacional y de sus intenciones dignas de loa. «Le da cuenta de sus últimos enfrentamientos con Lázaro. "No soy tan bueno como v. imagina pero me gusta dar la batalla donde me la presentan". Más noticias sobre problemas en las altas esferas madrileñas». Querido amigo: recibí su grata del 3 que no quiero dejar de contestar. No soy tan bueno como Ud. imagina, pero me gusta dar la batalla donde me la presentan. Carta que, tras más de un año, en el epistolario subsigue a la precedente, y que Mateo (1996: 111) extracta con bastante amplitud aunque sin acierto excesivo. Tiene para mí un doble interés. Vamos, por de pronto, a su transcripción -y a iluminar algo esas críticas a Lázaro con las oportunas citas bibliográficas. Muy quer. o amigo: con verdadero placer recibo su grata que me envian desde mi casa de Madrid; no así su trabajo pues dejé encargado solo me reespidiesen las cartas. Allí lo encontraré pronto, pues para el 5 ó 6 de Mayo, pienso volver despues de hacer unas excursiones que necesito para recolectar "cagaditas de moscas" que me interesan asi como á algunos micologos de Pirineos allá. El trabajo de Persia es en efecto una leccion p. a Laz., pues Escalera, que estaba engañado como tantos otros, á su vuelta de Persia le dió algunos hongos, acompañados por cierto de dibujos, á los cuales después de mucho tiempo, de exagerar dificultades, etc, puso varios nombres equivocados, y no llegó nunca á publicarlos porque sabia demás que sus determinaciones no debian darse á luz. La publicacion de estos debe haberle producido estupor profundo, como á todo el que no entiende una cosa. Pero la mas dura lección es la Nota que supongo en su poder sobre hongos ó micromicetos de Melilla, esta si bien poquísimo interesante, pero en la que, admitiendo su Puccinia Withaniae, de Malaga, le rechazo la descripcion y se la rectifico por completo, demostrandole asi que ni cuando cae en su mano una especie nueva con rabo que son las unicas que puede conocer, es capaz de bien describirla ni diferenciarla, y que tal como la dió es "mutatis mutand[is"] la Puccinia Atropae Mont., de Canarias, mientras que descrita con sinderesis es especie nueva. Ahora se ha refugiado en los Poliporáceos, pero ni aun ahí pienso dejarlo, y he comenzado á reunir materiales, para cuando los publique, entrar yo en ellos. Ya sabe Ud. por tanto que los Poliporáceos que encuentre serán bien recibidos, pero que vengan en alguna cantidad, sin preparación alguna, y solo con indicacion exacta del sustrato. Beltrán me remitió en consulta 40 uredales, entre ellos una especie nueva; dice tiene otros tantos pero no se dá prisa á enviarlos, y me temo lo que Ud. presagia, que ni aun así llegue á publicarlos. Es un triste pais este, de gente nula, ó sin entusiasmos ni alientos para nada, y alzados sobre este monton de.... cuatro audaces, sin conocimientos, como Lazaro, pasando por sabios para la mayoria, cuando sus obras pregonan y prueban su ignorancia hasta el punto de hacer reir. ¿Que le hemos de hacer? Vivamos á nuestro modo lo que nos quede, que el tiempo hará justicia. Sabe le quiere su amigo R. Gz. [rubricado] S/c Lineros 21 Sevilla 16/IV-916 Desde el 8 de Mayo, Madrid S/c Eloy Gonzalo 14, pral «El trabajo de Persia» es -contra lo que insinúa Mateo en su parentético primer inciso, dubitativo-no el futuro de Pau & Vicioso (1918), sino el del propio González Fragoso (1916a) cuyo subtítulo y párrafos introductorios aclaran ya por completo la cuestión de los Martínez de la Escalera y su viaje al Oriente Medio en 1899, y también hubiesen aclarado a Mateo en el punto dicho; hacia el final, supone su extracto que «Lázaro ha publicado una nota sobre hongos de Melilla», siendo así que firma la nota González Fragoso (1916b: 337) en cuya página que ahí se indica figuran las referidas enmiendas a esa «P. Withaniae Láz.»; la cual Puccinia estaba publicada ya por Lázaro (1913: 16). Además, esa carta deja detallada constancia de que nuestro sevillano, definitivamente, se había ido a vivir a Madrid y trabajar en el Museo, tras lo medio anunciado -e incluso desaconsejado al de Segorbe-a finales de 1914 y comienzos de 1915. Recuérdense dos pasajes transcritos páginas atrás. «Pienso pasar en Madrid una larga temporada, no se cuando todavía», dijo ya el 26-XI-1914, lo que doy por un primer indicio de que insinuaba tentadoras propuestas la dirección del Museo. El 24-XII-1914, remataba su carta subrayando la independencia económica de que disfruta y que para él es la vida seguir con sus hongos. Siente uno desconocer la rápida ulterior contestación de Pau al que González Fragoso el día último del año 1914 casi hace confesión general, aunque susceptible acaso de interpretaciones, como las anteriores confidencias. Echaba ese 31-XII por delante lo de que D. Ignacio Bolívar no podría ofrecer al activo estudioso de los vegetales vasculares nada que valiese la pena. Explicaba luego lo de sus habituales idas a Madrid, medianamente subvencionadas, y hasta recordaba seguidamente -sin «arrepentirse», como es lógico-lo de que la Junta de Ampliación de Estudios, en 1911 y 1912, le había pensionado para reciclarse una vez más en el extranjero. Por fin, admitamos que lo de sus invectivas finales, dentro de la extrema dureza o franqueza del estilo, no constituye novedad especial en el «monólogo» que nos ocupa. Se lamenta del poco conocimiento que sobre ella tienen los catedráticos de la capital». MUSEO DE CIENCIAS NATURALES HIPÓDROMO (MADRID) Segorbe Querido amigo: apenas llegué á Madrid leí sus tres notas acerca de la flora de Madrid bien estudiada por Lazaro, Gredilla... y demás eminencias, sin contar los que fueron. ¿Si esto es la de Madrid que serán las demás provincias? Esto siempre igual en Botánica, las mismas nulidades, las mismas mezquindades, las mismas envidias, y la ciencia y el amor á ella no parecen por ninguna parte. Conservese bueno, gracias anticipadas, y mande á su a. o verd. o Romualdo Gonz. z Fragoso Lo de «Lázaro, Gredilla... y demás eminencias», más que a lamentación huele a simple puyazo anticapitalino; aunque, sin duda, se deploren las consecuencias que lo que pasa en Madrid podrá tener en provincias. Las primeras líneas de lo del final deploran asimismo un fenómeno arraigado en España y en parte del extranjero. El extracto de Mateo (1996: 116) dijo tan solo: «Agradece su nota y comentarios sobre leguminosas. Ideas sobre sus futuros viajes». MUSEO NACIONAL DE CIENCIAS NATURALES MADRID (HIPÓDROMO) Sr. D. n Carlos Pau Segorbe Muy quer. o amigo: recibí su grata que agradezco, así como los datos acerca de la sinonimia del Dolichos monachalis, por los que veo que en efecto no andaba lejos de los Phaseolus. Mucho he sentido tambien no ir á Barcelona, tanto mas cuanto que tenia "kilométrico" para este viage, el cual caducará sin usarlo, a causa de mi desdichada dolencia. Aunque algo mejorado, no desaparece ni mucho menos. Por lo demás en Barcelona, la Junta de Ciencias naturales ha hecho esplendidamente las cosas, y ninguno de los pocos que han ido13 ha tenido que gastar 5 cs. Todo se lo han encontrado pagado: hotel, excursiones, viage de vuelta, automoviles á la puerta, etc., todo en fin hasta las targetas postales que han adquirido. Hay que reconocer que aquel pueblo asomado á los Pirineos, vé mas cerca á Europa, no á esta salvage de ahora, sino á la otra cientifica y trabajadora. No hay que buscar en el resto de España algo semejante, se encuentran individuos, pero no un pueblo entero, no corporaciones populares que impulsen y ayuden la labor científica. Alli Sampaio presentó un trabajo de liquenes, luego con Lazaro y demas hicieron una justa acerca de la nomenclatuta botánica. No sé que dijeron pero sé no tienen autoridad para arreglar ese asunto, se que no vale la pena de hablar de una cosa que debe juzgarse por el sentido y la ley común, y sé, que, en Micologia al menos, las decisiones y acuerdos del Congreso de Bruselas, nacieron muertas, con el voto en contra de sabios micologos, derrotados por la mayoria aplastante pero no convincente de tres ó cuatro, seguidos de porción de indocumentados como Lazaro, etc. Y por ultimo que allí donde en fin se reunieron los sabios botánicos de todo el mun-do en la nomenclatura micologica se cometieron grandísimos disparates, y que nada se respeta de aquello por que no debe respetarse, y solo queda en pie lo justo que nadie ha legislado por que es de derecho consuetudinario. ¿Qué quiere hacer pues en Sevilla esos dos botánicos y medio? Charlar, pues que charlen. Dentro de dos años publicarán las actas, y reiremos. Sabe le quiere de veras su a. o Gz. Mateo (1996: 117) registra de modo escueto la concisa petición que sigue; más, al frente de las comunicaciones del año en curso -por carecer la carta de fecha-, un acuse de recibo del peticionario, amplio, quien allí supone «ya de nuevo en su poder» el préstamo, adelanta juicios -que repetirá con detalle mayor el 19-VIII-y espera que se mande pronto a Pau, del Museo de Historia Natural de Barcelona, «mi trabajo de Cataluña» 14. Dr. Romualdo González Fragoso Eloy Gonzalo,14, pral Carlos regresó de su excursion, algo repuesto. Su padre anda tambien malucho con erisipela. Con verdadera impaciencia deseo ver su trabajo de Persia, también D. n Ygnacio me pregunta con frecuencia por el. Creo que en Barcelona no tendrá Ud. dificultad alguna, sino al contrario todo genero de facilidades. Deseo de todas veras vaya Vd. no solo por lo que pueda hacer personalmente, sino por que es de necesidad hacer discipulos, gente que sepa y quiera trabajar, si ha de salir la Botánica de los tiempos calamitosos que para ella han corrido, y aun corren en España. Deseo permanecer en Madrid, por eso mas que por nada; si logro dejar alguien que siga trabajando, daré por bien empleado el costoso sacrificio que representa para mi, y para mi Sra., la estancia en Madrid. Pero si nos vamos y no quedan mas que los discipulos de los Lazaros y Gredillas, que Botánica se hará en España? No conoci personalmente á Texidor, pero sus notas de Hongos me resultan acertadas, al menos, si bien muy inferiores á lo que al mismo tiempo se hacia en la Fl. port. por Thümen, Winter y otros, que á decir verdad ninguno era lusitano. Comparadas con las de Laz., Rivas Mateos, Lacoizqueta, Ruiz Casaviella, etc., las de Texidor son buenas, con ser algo mas antiguas. Despues de el, y antes mas, ó no se ha dicho nada, ó se han dicho disparates, escritos con tal desenfado, que parece creian sus auctores no iban á ser leidos jamás por un botánico, y escribian solo para su familia ó para analfabetos. No hablo de lo que hizo Loscos, que en Hongos, solo fue un recolector meritorio, no muy secundado por cierto por Rabenhorst, idolo de Lazaro,15 que con sus libros ha disparatado terriblemente. Sin mas por hoy mande á este su a. o que sabe le quiere Gz. Fragoso [rubricado] Olvidemos las cartas que subsiguen. Ya cité otras relacionadas con la subvención que recibió Pau para su viaje marroquí de 1921de -Laínz (2001: 130: 130)-, a un lado alusiones, en la página 129, a los «buenos oficios» de González Fragoso ante Ignacio Bolívar. Lo que no puede olvidarse al llegar a este punto es la reseña con estrambote (González Fragoso, 1917) que hizo de la obra de Lázaro (1916Lázaro (, 1917) ) «Los Poliporáceos de la flora española». Tras algo así como una página en la que lo irónico asoma tras lo ditirámbico, se propone Lazaroa como nombre genérico para sustituir a Boudiera Lázaro Ibiza nec Cooke (Ascobalaceae) in Grevillea (1877), VI, p. 76, y escuetamente se combinan, bajo Lazaroa, las cinco «especies» lazaroanas del «género», «nueva» esa «Lazaroa scalaria Láz. ex Gonz. Fragoso» cuyo tipo, según Ryvarden & Calonge (1976: 156), simplemente sería un ejemplar de Phellinus pomaceus (S. F. Gray) Maire. Acto seguido, hace la reseña balance de la obra -no sin clara intención crítica...-, el que rematan breves ditirambos ulteriores. Remataré yo este párrafo recordando que la revista Lazaroa, según Castroviejo (1981: 327), viene siendo publicada por la Facultad de Farmacia de Madrid a partir no de 1979 (fecha de la contraportada: 22 de diciembre de 1979) sino de septiembre de 1980. El amor tan claro del sevillano a su trabajo favorito -ahora, en Madrid, hecho visible a bastantes naturalistas de índole diversa-le lleva en 1920 a la presidencia de la Real Sociedad Española de Historia Natural. En febrero de 1921 -la fecha «29» supone clara errata, quier del archivo parroquial, quier del registro civil o del propio González Bueno (1980: 327)-fallece Lázaro, que había ocupado la presidencia veinte años antes. En la inmediata sesión, del 3 de marzo, a nuestro micólogo heroico le imponen ofrecerse a firmar la correspondiente nota necrológica; más aún: «El Sr. Olea [Subinspector Farmacéutico de Sanidad Militar] pide la palabra para proponer que, dados los méritos extraordinarios del Sr. Lázaro, se permita al Sr. Fragoso dar a la nota referente al eminente profesor mayor extensión que la acostumbrada en este género de trabajos, como así se acuerda» (Anónimo, 1921a: 126). ¡Quién iba cuatro años atrás a decirle que a toda prisa tendría que redactar seis páginas y media (González Fragoso 1921: 128-134), sin dispensarse de frases hechas ni calificaciones por entonces tan de moda en ese género! Por tratarse de la última comunicación de nuestro epistolario, paso a transcribir una, mecanografiada, que Mateo (1996: 151) vuelve a presentarnos del modo más conciso posible: «Sobre sus trabajos con hongos microscópicos». MUSEO NACIONAL DE CIENCIAS NATURALES PALACIO DEL HIPÓDROMO MADRID 29-X-1925 Sr. D. Carlos Pau Segorbe Mi muy querido amigo: recibí su grata y hoy las plantas, que aun no tuve tiempo de ver siquiera. Le doy gracias por su trabajo16, si bien supongo no le darian mucho, pues conoce Vd. muy bien esa flora carpetana, que la naturaleza puso a las puertas de Madrid para que nuestros botánicos la miren desde la Puerta del Sol, o desde alguna Cerveceria. Gracias que Rivas no se le ha ocurrido descubrirla como la de Gredos. Yo muy mal de salud, pero paso mis dolencias ocupado ahora en estudiar un centenar de hongos de Sto. Domingo que me han enviado en consulta de la Estación Agronómica de Haina, cuyo director el Dr. Ciferri, un buen micologo italiano, no puede determinar falto de libros suficientes. Es una delicia cojer algo de estas floras exóticas, pues ve uno no solo muchas especies nuevas, sino tambien generos y tipos que solo se conocen por algun que otro dibujo, y que son a veces sorprendentes. Quien fuera joven para ir por allá una temporada siquiera. En el próximo numero del Boletin17 verá Vd. la primera serie de ellos. Es verdad que con esto no gano dinero, como se gana repasando alumnos, pero se disfruta lo indecible, no todos somos rivas, con minuscula. Tambien he recibido una serie de hongos recolectados por el incomparable Gros, en los cuales hay novedades para nuestra flora. Así es que apesár de que me falta la cooperacion de Caballero y su ayudante, no me escasea trabajo, sino mas bien el tiempo, pues los portugueses tampoco dejan de enviarme. Supongo le ocurrirá a Vd. lo mismo, y pasará este invierno entregado a su trabajo habitual, compartido con la Botánica, y vamos viviendo hasta que nos llegue el descanso. Beltrán me han dicho que en el Discurso inaugural de la Universidad de Valencia habla de todos, y con muchos elogios. No he visto el discurso, pues solo se lo envió a Casares, que, ascendido a Coronel, tuvo que marcharse destinado a la Coruña. Un botánico menos en Madrid. Le abraza su amigo y verdadero R. Gon. z Fragoso [rubricado] S/c Alvarez de Castro No 7 pral. dcha. Como epílogo atípico, me permito aquí explicitar que la verdadera mina de información y serias valoraciones referentes a González Fragoso -que tengo delante y a la que vengo acudiendo una y otra vez-es la nota necrológica y bibliográfica firmada por su discípulo el P. Luis María Unamuno, O.S.A. (1928), y que me choca el que parezca faltar en Internet. Esta serie -antes de que llegase a Gijón la biblioteca de mi difunto amigo Leroy-hubo de ser consultada por mí en París, ya que no pudo accederse plenamente a ella en la biblioteca del Hortus Regius Matritensis. Se debe toda mi gratitud por su apoyo muy firme al Sr. Director, y a las Sras. Trinitat Prunera y Karina Barros por las múltiples atenciones de que fui objeto por su parte.
El plec de Chaenorhinum crassifolium (Cav.)
Los Salvador (Fig. 1, A) fueron una familia de boticarios y naturalistas originarios de Calella, que vivieron en Barcelona entre los siglos XVII y XIX. Personas de gran curiosidad científica (apoyada por unos considerables recursos económicos), se relacionaron con algunos de los naturalistas de mayor relevancia a nivel internacional como Tournefort, Jussieu o Petiver. También fueron responsables de la creación de uno de los primeros jardines botánicos científicos y reunieron en su casa del carrer Ample esquina con Fusteria (en las cercanías de la actual Via Laietana), un auténtico museo (su «gabinete de curiosidades») compuesto por colecciones de animales conservados en alcohol o disecados (Fig. 1, C-D), fósiles y conchas, minerales, píldoras y compuestos químicos, semillas y muestras de madera y, lo que es más importante, el herbario y la biblioteca especializada en medicina, farmacia y ciencias naturales. Estas colecciones, recuperadas en 1937 de una masia del Penedès donde habían sido trasladadas a mediados del siglo XIX, se conservan actualmente en el Institut Botànic de Barcelona, donde parte de ellas se muestra al público en una exposición permanente. Este trabajo no contiene un repertorio bibliográfico exhaustivo dada la ingente cantidad de obras que tratan directa o indirectamente sobre los Salvador; más bien, presenta una breve recopilación de bibliografía que, organizada por bloques temáticos, pretende servir como punto de partida o guía de lectura para todos aquellos que deseen iniciar investigaciones sobre la familia Salvador o sus colecciones. La mayoría de los documentos citados a continuación pueden consultarse en la biblioteca del Instituto Botánico de Barcelona y algunos de ellos se encuentran disponibles a través de Internet en diversos repositorios de libre acceso. De esta recopilación cabe destacar la obra Noticia histórica de la familia Salvador de Barcelona, del botánico francés Pierre A. Pourret, a la cual hacen referencia la mayoría de los trabajos que tratan este tema y es un buen punto de partida para hacerse una idea general sobre la vida y obra de los miembros de la familia Salvador, con los que el autor tuvo una estrecha relación. En el listado siguiente se cita la más reciente (Fig. 1, B) por ser la que se ha consultado.
Los llamados «libros rojos» se cuentan hoy en día entre las mejores y más ampliamente utilizadas herramientas para la identificación de plantas vasculares sometidas a una situación de riesgo, así como para la priorización de los esfuerzos que se deben realizar para su conservación. Los libros rojos constituyen un paso más allá de la elaboración de una «lista roja», puesto que contienen información muy valiosa acerca del estado de conservación de una especie determinada (p. ej. su encuadre taxonómico, sus características biológicas y ecológicas, su área de distribución y sus amenazas actuales y potenciales) aparte de su categoría de amenaza de acuerdo con unos criterios estandarizados. Esta información, a su vez, permitirá aplicar aquellas medidas más adecuadas de cara a su preservación y/o recuperación. Hoy día la mayoría de libros rojos sobre plantas vasculares que se editan a lo largo y ancho del planeta utilizan los criterios de la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) para la evaluación de la categoría de amenaza de las especies. Se trata de una serie de protocolos que, aun con sus imperfecciones (véase Mace et al., 2008), permiten expresar el riesgo de extinción de un taxon con un elevado grado de objetividad. En relación con este aspecto, los objetivos específicos de las categorías y criterios de la Lista Roja de la UICN son: (1) proporcionar un sistema que pueda ser aplicado coherentemente por diferentes personas; (2) aportar objetividad, guiando a los usuarios sobre la manera de evaluar los diversos factores que inciden en el riesgo de extinción; (3) facilitar las comparaciones entre diferentes táxones; y (4) que los usuarios de las listas rojas comprendan mejor cómo deben ser clasificados los táxones. Es precisamente la objetividad pero también la versatilidad de estos criterios lo que permite su aplicabilidad a todo tipo de organismos (Rodrigues et al., 2006; Xie & Wang, 2007). Para la aplicación de los criterios UICN (2001) es necesario un conocimiento mínimo de la especie sujeto de la evaluación (que ha de ser más profundo cuando se desea aplicar el criterio E). Por tanto, es requisito indispensable para la publicación de una lista roja (y sobre todo un libro rojo) un conocimiento adecuado de la flora del lugar (o del grupo taxonómico) para el que va a elaborarse dicha obra. Sin embargo, hay otro ingrediente que se antoja como absolutamente necesario para que un libro rojo vea la luz: un nivel de concienciación ambiental suficiente que permita, por un lado, que la sociedad demande la elaboración de un trabajo de este tipo y, por otro, que se movilicen los fondos necesarios (p. ej. Martín-López et al., 2011, y referencias allí contenidas). La República Popular China, lamentablemente, no dispone todavía de un libro rojo completo moderno -considerando «moderno» aquél en el que se aplique la versión más reciente de las categorías UICN-ni en un nivel estatal ni provincial1, a pesar del volumen de su flora vascular amenazada, que se estima que podría oscilar entre las 3000 y las 5000 especies (lo que representaría hasta el 20% del total de la flora; López-Pujol & Zhang, 2009). Sin embargo, los datos de Xie & Wang (2007) auguran que la flora amenazada china podría superar con cierta holgura estas cifras. Se calcula que tan sólo desde los años cincuenta del siglo pasado se habrían extinguido, como mínimo, unas 200 especies de plantas, incluyendo algunas ya listadas en el primer libro rojo de China publicado a principios de la década de los noventa (véase más adelante) como Betula halophila Ching o Cystoathyrium chinense Ching (López-Pujol & Zhang, 2009). Además, debe darse casi por seguro que el crecimiento económico chino (con una cifra cercana al 10% casi ininterrumpidamente desde los años ochenta) seguirá produciéndose principalmente a costa de esquilmar sus recursos naturales y a costa de la destrucción y la progresiva fragmentación de sus hábitats, lo que hace prever un panorama todavía más sombrío en lo que se refiere a la pérdida de especies de flora. Para valorar la «magnitud de la tragedia», sirvan como ejemplos la construcción de 25.000 km de ferrocarril, de 65.000 km de autopistas (Fig. 1) y de más de 2,8 millones de km de carreteras convencionales sólo durante los últimos 22 años (NBSC, 2010); por otro lado, hay quien sostiene que desde los años ochenta China habría urbanizado más que el resto de países del mundo juntos (Campanella, 2008). La necesidad de elaborar de un nuevo libro rojo para China se hace todavía más patente si se tiene en cuenta la significación evolutiva de muchas de estas especies amenazadas. China, debido a un conjunto de factores geológicos y climáticos, conserva todavía una muestra muy importante de flora terciaria (e incluso más antigua): Cathaya argyrophylla Chun & Kuang (Fig. 2), Ginkgo biloba L., Metasequoia glyptostroboides Hu & W. C. Cheng (Fig. 2) o Taiwania cryptomerioides Hayata se cuentan entre los linajes de plantas con semillas más antiguos del planeta, que han sobrevivido en remotas áreas montañosas de carácter subtropical. Una hipotética extinción de estas especies implicaría una pérdida irreemplazable de diversidad filogenética (López-Pujol et al., 2011c). Por otro lado, el país asiático también cuenta con algunos de los «frentes evolutivos» activos más importantes a escala mundial que son la cuna de numerosas especies endémicas, como por ejemplo las montañas Hengduan, situadas en el confín más oriental de los Himalayas (López-Pujol et al., 2011b); muchos de estos neoendemismos, sin embargo, también están gravemente amenazados (López-Pujol, 2010; López-Pujol et al., 2011c). Esfuerzos realizados hasta la fecha y situación actual Los primeros esfuerzos de catalogación de la flora amenazada de China no se producen hasta después de la muerte de Mao Zedong; el panorama político anterior hizo inviable cualquier iniciativa al respecto. En 1984 se publicó la Lista Nacional de Especies Vegetales Raras y Amenazadas (珍稀濒危保护植 物名录) que, aunque se trataba de un catálogo legal de protección de especies, dio lugar, ocho años más tarde, al Libro Rojo de Datos de Plantas de China (中国植物红皮书) (Fu, 1992), que incluía los mismos 388 táxones que aparecían en el listado legal. En este primer libro rojo, que en un principio tendría que haber ido seguido de dos volúmenes más, pero que cuya elaboración se abandonó, se aportaba información detallada de todos los táxones y se les asignaba una categoría de amenaza: 121 se listaron como «Amenazados», 157 como «Vulnerables» y el resto (110) como «Raros». A pesar de que la terminología usada para las categorías se correspondía con la de las primeras versiones de los criterios de la UICN (previos a los de la versión 2.3, publicada en el año 1994), éstas tenían poco que ver y, de hecho, la categorización se hizo sobre la base de criterios absolutamente arbitrarios como el interés académico, histórico, económico o de otra índole (Xie, 2003; López-Pujol et al., 2011a). Así, por ejemplo, Pachylarnax sinica (Y. W. Law) N. H. Xia & C. Y. Wu (≡ Manglietiastrum sinicum Y. W. Law) fue listado como «Raro» (la categoría menor de amenaza) en el libro rojo de 1992, y en la actualidad existe un claro consenso de que debe ser clasificada con el máximo rango de amenaza, es decir, en «En Peligro Crítico» (CR) por su extremadamente bajo número de ejemplares maduros (Wang & Xie, 2004; Cicuzza et al., 2007). Por el contrario, Oryza granulata Nees & Arn. ex G. Watt, que fue clasificada como «Amenazada» en el libro rojo (es decir, con el máximo rango de amenaza), en la lista roja de 2004 (véase más adelante) fue excluida de las categorías de amenaza (CR, EN y VU), constando únicamente como «Casi Amenazada» (NT) (Wang & Xie, 2004). Un último ejemplo de clasificación errónea lo constituye el fósil viviente Ginkgo biloba, que fue listado como una especie «Rara» en el libro rojo de 1992 y que, probablemente, debería ser asignado a la categoría de «Datos Insuficientes» (DD) puesto que ni tan sólo existe la certeza de cuáles de sus poblaciones son de origen antrópico (cultivo) y cuáles son naturales; sin embargo se ha sugerido, sobre la base de estudios genéticos (Gong et al., 2008) que tanto el suroeste como el este de China habrían constituido zonas de refugio durante las glaciaciones pleistocénicas. La apertura paulatina del país al exterior por una parte (lo que posibilitó, entre otras cosas, el envío de grandes remesas de botánicos chinos al extranjero para perfeccionar su formación y el aterrizaje de entidades conservacionistas occidentales como la misma UICN) y el aumento de la conciencia ambiental en la sociedad china en general por otra parte han posibilitado que desde principios del tercer milenio se haya entrado en una nueva fase de catalogación de la flora amenazada, esta vez ya usando la metodología de la UICN. También debe tenerse en cuenta un tercer factor que está jugando un papel clave: el conocimiento florístico en China empieza a ser ya relativamente completo (aunque con notables excepciones, lógicamente en las regiones remotas del oeste del país) en gran parte gracias al proyecto Flora of China (financiado mayoritariamente por el Missouri Botanical Garden) y también a la rápida proliferación de universidades con departamentos de botánica, institutos y jardines botánicos. En el año 2000 empezó el proceso de elaboración de la Lista Roja de Especies de China (中国物种 红色名录) bajo los auspicios de la UICN. Durante casi cuatro años, un equipo compuesto por más de un centenar de expertos evaluó cerca de 10.000 especies, de las cuales 4408 correspondían a plantas vasculares (es decir, apenas el 14% del total de la flora china; cf. Xie & Wang, 2007). Sin embargo, este hecho, que derivó a finales de 2004 en la publicación en papel de la lista roja (Wang & Xie, 2004) constituyó un paso de gigante en el conocimiento de la flora china en peligro, pues era la primera vez que se aportaban datos que cumplían con los estándares internacionales por lo que se refiere a evaluación del grado de amenaza. Cabe decir que de las 4408 especies evaluadas, 3782 (aproximadamente el 86%) quedaban encuadradas en alguna de las categorías de amenaza (CR, EN o VU), aunque es igualmente cierto que las más de 4000 especies evaluadas se seleccionaron sobre la base de los conocimientos previos sobre la flora amenazada de China; por tanto, es más que probable que este altísimo porcentaje disminuya drásticamente a medida que se vayan evaluando el resto de especies de la flora de China. De hecho, el equipo de compilación de la lista roja sigue trabajando en la evaluación de nuevas especies, y se espera la publicación de una versión actualizada y ampliada de la lista roja para dentro de muy pocos años. En una escala infranacional tampoco se han realizado intentos consistentes de evaluar la flora amenazada bajo los criterios de la UICN. Únicamente cabe mencionar aquí la evaluación de una parte de la flora de la provincia de Hebei (262 sobre un total de 2653 especies que componen de flora de esta provincia del nordeste de China; Peng et al., 2008) y la evaluación de toda la flora de una región, la formada por la sección norte de las montañas Gaoligong, en el oeste de la provincia de Yunnan (Li et al., 2011). Por tanto, el nivel de conocimiento de la flora en situación de riesgo de China debe calificarse como de muy deficiente, a pesar de los avances recientes. ¿Constituye el libro rojo español un buen modelo a seguir? Recomendaciones para la futura elaboración del Libro Rojo de la Flora Vascular de China Como se ha comentado anteriormente, y dejando de lado consideraciones políticas y sociológicas (cuyo análisis queda fuera del alcance de este ensayo), China dispone de una masa crítica de investigadores y de un conocimiento de la flora que empiezan a ser los adecuados para acometer una empresa de la envergadura de un auténtico «Libro Rojo de la Flora Vascular de China». Mientras que la ingente Flora Reipublicae Popularis Sinicae (80 volúmenes en los que se incluyen 31.180 especies, 3434 géneros y 300 familias) se completó finalmente en 2004, después de 45 años de compilación (cf. Ma & Clemants, 2006), el proyecto de Flora of China ya está completado en su mayor parte (20 de los 25 volúmenes proyectados). Por otro lado, las últimas décadas también han sido testigo de la aparición de numerosas floras provinciales (Liu et al., 2007) y los métodos de checklist e inventario rápido (rapid inventorying) están ayudando a cubrir un importante gap de conocimiento sobre todo en las zonas remotas del oeste chino (Ma & Amin, 2010). El Atlas y Libro Rojo de la Flora Vascular Amenazada de España (el principal producto científico resultante del «proyecto AFA» o «Atlas de Flora Vascular Amenazada de España»; Blanca et al., 2009) está considerado hoy día como uno de los mejores modelos de libro rojo debido a la calidad científica de los datos obtenidos (Heywood & Dulloo, 2005). La información para cada especie incluye, además de la descripción taxonómica, datos acerca de la biología y de los ambientes en los que crece y una detalladísima información de tipo corológico y demográfico que, aparte del análisis de las amenazas, constituyó el principal aporte del proyecto al conocimiento de la flora amenazada española. Para cada especie estudiada se determinó el número de poblaciones [subpoblaciones, según la terminología de UICN (2001)] y éstas se censaron (por recuento directo o bien por estimación para el caso de poblaciones de más de 2500 individuos reproductores); además, se tomaron datos básicos sobre fenofases (p. ej. presencia de plántulas) y se proporcionó una cartografía de resolución de UTM de 10 × 10 km, aunque la toma de datos se hizo a una escala mucho más fina (UTM de 0,5 × 0,5 km, cf. Bañares et al., 2004). El Atlas y Libro Rojo, debido tanto a limitaciones presupuestarias como al elevado número de especies amenazadas en España, se planteó y se está ejecutando por fases. En la primera fase («AFA-1»), que se inició en 2000 y completó en 2003, se estudiaron un total de 478 táxones que básicamente se correspondían con los clasificados dentro de las categorías más preocupantes en la Lista Roja 2000 de la Flora Vascular Española (VVAA, 2000): los listados como EX («Extinto»), EW («Extinto en Estado Silvestre»), CR («En Peligro Crítico») y EN («En Peligro»). Además, se añadieron algunos táxones que inicialmente se intuía que podrían ser asignados a alguna de las categorías anteriormente indicadas, pero que una vez estudiados, se catalogaron como VU («Vulnerable») o DD («Datos Insuficientes»). Dos auténticos «fósiles vivientes» de la flora china: Cathaya argyrophylla (izquierda) y Metasequoia glyptostroboides (derecha). Ambas especies, que pertenecen a linajes de como mínimo 100 millones de años, aparecen listadas como «Amenazadas» (EN) en la Lista Roja de Especies de China (Wang & Xie, 2004), cuentan con tamaños poblacionales muy exiguos (unos 4000 individuos para la primera y menos de 6000 para la segunda) y presentan poca diversidad genética (Fotografías: izquierda, Z.-S. Wang; derecha, B. Liu). En total, pues, el libro rojo español prácticamente ya incluiría la mitad de las especies amenazadas existentes en España (Bañares et al., 2010). Esta progresividad en la compilación del libro rojo español probablemente constituya la metodología más adecuada para el desarrollo de un futuro libro rojo de China, dada la magnitud de su flora amenazada (de varios millares de táxones). Parece indicado comenzar por elaborar las fichas de los táxones que en la actualidad están listados como CR en la Lista Roja de Especies de China del año 2004 (684 en total; Wang & Xie, 2004). Al tratarse de las especies más amenazadas -y por tanto a priori con un bajo número de poblaciones-esta tarea podría completarse en un período relativamente corto de tiempo (quizás en un tiempo no superior al de la primera fase del proyecto AFA). Este es un aspecto clave, puesto que la delimitación de las áreas importantes (o hotspots) para la flora amenazada es una tarea apremiante en el actual marco de crecimiento económico desbocado del gigante asiático, que implica una fragmentación muy intensa del territorio y una degradación de hábitats cada vez más alarmante (p. ej. Liu & Diamond, 2005; Fu et al., 2007; López-Pujol et al., 2011a). Una identificación de estos hotspots con este primer contingente de especies, aun siendo preliminar, permitiría contar con una herramienta importantísima de gestión de la flora amenazada (por ejemplo, facilitaría la realización de gapanalyses de las áreas protegidas). La identificación de las áreas importantes para la conservación de las especies amenazadas de España constituyó, sin duda, uno de los subproductos más útiles e interesantes del proyecto AFA, y se pudo realizar gracias a los datos cartográficos y demográficos tan detallados que se recogieron para cada uno de los táxones estudiados. Para el caso de China, debe tenerse en cuenta que su enorme superficie (alrededor de 9,6 millones de km 2, lo que representa 19 veces la superficie de España) supone un impedimento importante para la implementación de la metodología AFA para la toma de datos corológicos y demográficos por razones obvias. Aunque para aquellas especies más amenazadas esta tarea podría llevarse a cabo con un nivel de detalle similar al de la metodología AFA (con algunas salvedades como la sustitución del sistema de coordenadas UTM -de uso prácticamente desconocido en Asia oriental-por el del sistema tradicional de latitud/longitud), para las especies menos amenazadas (aquellas que a priori tendrán un área de distribución mucho mayor) deberá bajarse el nivel de resolución (tal vez a escala de 10 minutos, que es la que ya se ha usado en algunos trabajos de delimitación de hotspots a escala provincial en China, p. ej. Hou et al., 2010). Finalmente, cabe señalar la conveniencia en China de la elaboración simultánea de libros rojos (y listas rojas) a escala provincial (o incluso más local), que pueden servir de fuente de información para el libro rojo de ámbito nacional (y viceversa). En España, la compilación de los primeros volúmenes del Atlas y Libro Rojo ha proporcionado datos valiosísimos para la posterior elaboración de libros rojos autonómicos (por ejemplo el valenciano o el catalán, publicados durante los años 2009-2010; Aguilella et al., 2009; Sáez et al., 2010), y lo contrario también se ha producido [por ejemplo el libro rojo de las Islas Baleares (Sáez & Rosselló, 2001) sirvió de base para numerosas fichas del Atlas y Libro Rojo de España]. Por otro lado, no debe olvidarse que hay otra serie de trabajos de gran utilidad como fuentes de información para la elaboración de libros rojos y que, en este caso, China ya ha realizado grandes avances. Uno de los grandes logros en los últimos años ha sido el lanzamiento del Chinese Virtual Herbarium (http:// www.cvh.org.cn/), un portal que permite el acceso a los especímenes de los herbarios de China y a otras bases de datos relacionadas. También han aparecido las primeras bases de datos corológicos, como la Database of China's Woody Plants (http:// www.ecology.pku.edu.cn/plants/woody/index.asp) (a escala nacional, y que recoge la distribución de más de 13.500 táxones leñosos con una resolución geográfica a escala de condado 1 ) o la Biodiversity of the Hengduan Mountains and adjacent areas of south-central China [URL]. edu/fieldnotes), esta última a escala regional. Por último, conviene mencionar el más que notable crecimiento en el número de publicaciones relacionadas con la biología de la conservación de especies nativas de China (p. ej. sobre corología, demografía, ecología o genética; Enright & Cao, 2010), de enorme utilidad para la elaboración de un libro rojo.
El Institut Botànic de Barcelona acaba de perder a uno de sus mejores valedores; y el que firma esta nota ha perdido a un gran amigo. Jaume Josa, Coordinador Institucional de CSIC en Catalunya entre 1996 y 2000, fue el principal impulsor de la firma, en 1998, del nuevo convenio de colaboración entre el CSIC y el Ajuntament de Barcelona que supuso el principio de una de las etapas más felices del centro; y supo transmitir su entusiasmo por el Institut Botànic a su sucesor al frente del CSIC en Catalunya, Lluís Calvo. Hijo de maestros represaliados por el franquismo, estudió biología en la Universidad de Barcelona, estudios que interrumpió a raíz de su participación en la «Caputxinada» [Sobre su detención por la Brigada Político-Social se conserva el acta de la policía, con su declaración tan delirante como divertida, que uno de sus amigos nos leyó en su funeral. Uno tan propio de Jaume Josa como uno pudiera imaginar: una misa corpore insepulto cantada en latín por un cura (por supuesto, amigo suyo) con aire de ermitaño antiguo, ante una parroquia formada en su mayoría por ateos furibundos -algo que sólo él hubiera sido capaz de lograr-y con parlamentos de amigos del pueblo soberano, de compañeros del mundo científico y de taurófilos. Y sin siquiera estar presente: en una última demostración de carácter, legó su cuerpo a la ciencia]. Jaume estudió entonces magisterio y más adelante terminó sus estudios de biología, especializándose en historia de la ciencia. En esta disciplina, que enseñó en la Universidad de Barcelona durante muchos años, era el máximo especialista en España sobre la obra de Charles Darwin. Amplió sus estudios en Inglaterra, de donde adquirió un cierto dandismo indumentario y un fino humor anglosajón que combinaba magistralmente con la sal gorda del humor levantino de su tierra. Fue un hombre de una gran agudeza, sardónico, que miraba el mundo con el distanciamiento de un intelectual de otros tiempos: culto, formidable orador, amenísimo conversador. Su cultura, tan enciclopédica como sorprendente, se extendía a ámbitos tan insólitos como la historia de la tauromaquia medieval en Catalunya, las peculiaridades del comportamiento de las mulas del ejército español Jaume Josa y Alfonso Susanna en julio de 2003, en el acto de inauguración de la nueva sede del Institut Botànic de Barcelona. A. SUSANNA o la obra pictórica y poética de Joan Brossa, cuya amistad cultivó (junto con las otras amistades tan improbables como verídicas entre el mundo de la farándula barcelonesa). Jaume Josa, al pasar revista a su vida con uno de sus amigos poco antes de dejarnos, confesó que tenía tres grandes motivos de orgullo en una vida plena y rica: su labor al frente del Servicio de Publicaciones del CSIC, que revolucionó entre 1984 y 1989; su obra monumental sobre Darwin, publicada en 2007 con Alberto Gomis; y... nuestro Institut Botànic de Barcelona; un recuerdo de cariño que sigue emocionando a los que compartimos su pasión por la historia de nuestro centro. Con la misma generosidad con la que se entregaba a cualquiera de sus causas, sea la defensa del Institut Botànic en 1998 o la del mundo taurino al final de su vida, Jaume Josa no quiso preocupar a sus amigos y no nos dijo una pala-bra de su enfermedad: en el Institut Botànic le creíamos algo apagado y echábamos en falta sus habituales bromas epistolares, pero no sabíamos que estuviera enfermo. Lo sentimos de verdad, porque, aunque a él no le hubiera hecho ninguna gracia, a nosotros nos hubiera gustado al menos darle un abrazo. Debajo de sus maneras y de su imagen, personalísimas y cuidadosamente cultivadas, había una persona firme, insobornable, sólida, generosa de sí misma; y un entrañable amigo de sus amigos. El Institut Botànic de Barcelona es hoy un poco más pobre y más triste. Esperábamos que nuestra sala de eméritos, sobre cuya creación él insistió tanto, se viera alegrada muy a menudo por su presencia en el momento en el que se jubilara. En su honor, terminemos esta nota como siempre le gustaba terminar nuestras conversaciones: con su grito personalísimo Visca la Botànica!
El pasado 20 de octubre falleció en Vitoria-Gasteiz, a consecuencia de un fatal atropello, Pedro María Uribe-Echebarría Díaz. Había nacido en esa misma ciudad en 1953 y allí cursó sus estudios hasta marchar a Pamplona donde obtuvo la licenciatura en Ciencias Biológicas en la Universidad de Navarra el año 1975. Se inició en los estudios de flora y cartografía de la vegetación con la elaboración del Mapa de vegetación de Álava, publicado por la Diputación provincial en 1980. En los años siguientes visitó en repetidas ocasiones el herbario JACA para reconocer los entresijos de la organización y manejo del herbario, consultar dudas taxonómicas y, sobre todo, para recibir de Pedro Montserrat Recoder, a quien reconocía después como su único maestro, enseñanzas sobre la distribución y ecología de las plantas junto a retos y sugerencias para el trabajo «de campo» que iban a marcar su quehacer botánico. Nada más terminar sus estudios universitarios se propuso «formar un herbario en el que se conservaran ordenadas las plantas que componen la flora actual del territorio alavés y de su entorno». Y este fue sin duda su gran afán y logro porque, a lo largo de más de 35 años de constante herborización e intercambio con otros Hay que señalar también el amplio trabajo de cartografía de la vegetación, plasmado sobre todo en los mapas de toda la provincia alavesa a escala 1:25.000 que, junto a los del resto del País Vasco, fueron publicados por el Gobierno Vasco entre 1985 y 1987. No escatimó tiempo para divulgar lo que sabía y, en ese empeño, organizó y dirigió numerosos cursos, campañas y recorridos botánicos dirigidos a entusiastas de la observación de la naturaleza, fuera cual fuera su formación académica. Con lenguaje preciso y riguroso y notables dotes de comunica-ción, transmitió fácilmente su pasión y cautivó para la botánica a quienes sin duda le han de recordar. Gustaba recalcar que si en algo avanzaba lo hacía caminando a hombros de los gigantes que habían sido «pioneros olvidados» de la botánica vasca e ibérica y para promover su reconocimiento, estudió a fondo la obra de Xabier de Arízaga y reconstruyó los «pasos hacia una flora del País Vasco», con motivo del homenaje a Pedro Montserrat (L'Atzavara,
Les RNases estilars es determinaren en gels de poliacrilamida. Aïllament del DNA i condicions de la PCR
El género Limonium Mill. (Plumbaginaceae) constituye un grupo de gran complejidad taxonómica, dentro del cual se reconoce un elevado número de táxones para la flora peninsular ibérica (Erben, 1993; Crespo & Lledó, 1998) y para el que se han descrito nuevas especies recientemente (cf. Aparicio, 2005; Erben & Arán, 2005; Crespo, 2009). La existencia en este género de un gran número de especies endémicas, así como la gran variabilidad y posibilidad de hibridación, hace que este grupo sea de gran interés para los estudios de biogeografía y microespeciación. Además, una cantidad nada desdeñable de estas plantas aparecen dentro de libros y listas rojas como especies amenazadas (Bañares et al., 2003; Moreno, 2009). Tras el estudio y comparación de este material con las especies hasta ahora descritas para la flora ibérica, llegamos a la conclusión de la particularidad de estas poblaciones y consideramos al tiempo que se trata de una especie independiente que a continuación se describe. Los datos biométricos cuantitativos y los caracteres cualitativos corresponden a los criterios habitualmente utilizados en la identificación y diagnosis de las especies del género Limonium (cf. Erben, 1993). Los datos incluidos en la Tabla 1, excepto para la nueva especie aquí descrita, corresponden a los publicados por Erben (1993) y Erben & Arán (2005). Los pliegos estudiados se encuentran depositados en los herbarios BC, HUAL, M, MA, MAF, SALA y VAL (Thiers, 2013). Las indicaciones bioclimáticas y biogeográficas se ajustan a la tipología de Rivas-Martínez (2007). Para las imágenes mediante microscopía electrónica de barrido se ha utilizado el microscopio SEM FE S4100 Hitachi 10KV (Hisco Europe, Ratingen, Alemania) metalizando las muestras en Sputter Coater Polanum Range, 120 s con oro y paladio. Para el estudio del número cromosómico, se han utilizado meristemas radicales que fueron sometidos a un pretratamiento con 8-hidroxiquinoleína (2mM) durante 2 h a 4oC y posteriormente 2 h a temperatura ambiente. Se fijaron en una mezcla de etanol y ácido acético glacial (3:1, v/v) al menos durante 24 h y se conservaron a −20oC hasta ser utilizadas. La tinción de las raíces se realizó mediante el método Feulgen. Primero fueron lavadas en agua destilada y a continuación se realizó una hidrólisis ácida con HCl 1 N durante 12 minutos a 60oC. Posteriormente, fueron lavadas en agua destilada y finalmente teñidas con el reactivo de Schiff (Sigma-Aldrich, St. Louis, MO, Estados Unidos) durante 2 h en oscuridad. Las preparaciones se realizaron por aplastamiento de los meristemas radiculares teñidos en una gota de carmín acético al 2%. Se tomaron fotomicrografías de células en metafase con una cámara digital Olympus Camedia C-2000-Z (Olympus Optical, Tokio, Japón). Para el recuento de los cromosomas se analizaron al menos 5 células en metafase por observación directa y a partir de las fotomicrografías. Calyx (3,5(5) mm, ex bractea superiore 1-1,5 (1,8) Planta perenne (5)9-25(28) cm, con 1-2(3) escapos, cepa 0,5-2 cm. Hojas de la roseta 40-60 × (2)4-9(12) mm, nunca marchitas en la antesis; limbo de linear-espatulado a espatulado, no mucronado, de superficie lisa o muy finamente verruculosa, y color verde; un nervio central visible a veces ramificado en la parte superior, en ocasiones con 1-2 nervios laterales, con ápice de romo a redondeado, a veces escotado, margen escarioso 0,1 mm, pecíolo 1,5-3 mm de anchura, de longitud 3/4 de la del limbo. Escapo 7-20(23) cm, erecto, recto, liso en la parte media y superior, y papiloso en la base; ramificación comenzando a partir del primer tercio de la longitud total del escapo. Inflorescencia de contorno rómbico o lanceolado; con 5-7(9) ramas estériles por escapo, cortas y rectas, apenas ramificadas, escasas de primer orden y muy escasas de segundo orden, en ocasiones sin ramas estériles. Ramas fértiles largas, rectas y erecto-patentes (ángulo de ramificación 45o-90o), no o sólo laxamente ramificadas en la parte inferior. Espigas (9)10-20 mm, laxas, rectas o muy poco arqueadas, erecto-patentes, eje de la espiga liso. Bráctea externa 0,9-1,2 × 1-1,5 mm, anchamente triangular-ovada, con ápice redondeado, margen anchamente membranáceo; parte central carnosa, con margen estrecho de color castaño y ápice que no llega hasta el margen. Bráctea interna 3-3,5 × 2,2-2,5 mm, de obovada a elíptica, con ápice romo a redondeado; margen anchamente membranoso, parte central 2,5-3,5 × 1,2-2 mm, carnosa, oblongo-elíptica, con ancho margen de color castaño y con ápice 0,4-0,8 mm, que no llega hasta el margen. Flores 4-5 mm de diámetro. Cáliz (3,8)4-4,5(5) mm, que sobrepasa 1-1,5(1,8) mm a la bráctea interna; limbo muy rasgado después de la antesis; tubo en una cara densamente peloso, en la opuesta de glabrescente a peloso, dientes 0,7-1 × 0,6-1,3 mm, anchamente triangular-ovados; nervios del cáliz alcanzando la base de los dientes. Estigma tipo mazorca, con grandes protuberancias romas y anchas (tipo «cob»). Polen con retículo de luz grande (tipo «A»). Semilla 1,5 × 0,5 mm. Florece durante los meses de septiembre y octubre. Etimología: Especie dedicada a nuestro querido amigo y botánico Josep Antoni Rosselló Picornell. Resulta una especie próxima morfológicamente a L. erectum Erben; sin embargo L. rosselloi se diferencia por sus hojas de menor tamaño, no marchitas en la antesis, limbo no groseramente verruculoso; escapo, espigas, espiguillas y flores de menor tamaño. Por otro lado, ambas especies tienen un comportamiento ecológico muy distinto, siendo L. erectum una especie propia de planicies secas de interior y L. rosselloi de zonas encharcadas próximas a cursos de aguas salobres. Respecto a L. mateoi Erben & Arán, se diferencia por el menor tamaño del escapo, con ramificación comenzando a mayor altura y no tan próxima de la base, espigas y espiguillas menores, que además se disponen de una manera netamente más laxa en la inflorescencia; también presenta la bráctea interna y el cáliz de menor tamaño. Con relación a L. cofrentanum Erben, L. rosselloi se diferencia por presentar hojas más estrechas y escapos menores, espigas y espiguillas netamente más pequeñas, con un número menor de flores por espiguilla, bráctea externa, media e interna también menores, diámetro de las flores, cálices y pétalos más pequeños. Por último, respecto a L. lobetanicum Erben, L. rosselloi no es una planta rizomatosa, sus hojas son siempre más grandes y anchas, con la bráctea interna, media y externa más pequeña, y el diámetro de las flores y longitud de los pétalos más grande (Tabla 1). Desde el punto de vista cariológico, L. rosselloi resulta una planta triploide 2n = 3x = 26 (1 × 8 + 2 × 9) (Fig. 3), a diferencia del conjunto de especies morfológicamente relacionadas que han sido consideradas en este trabajo (Tabla 1), y que en todos los casos son diploides 2n = 2x = 18 (Erben, 1993; Erben & Arán, 2005; Rosato et al., 2012). Asimismo, la única combinación polínicoestigmática que se ha hallado ha sido la de polen con retículo de luz grande (tipo A) y estigmas tipo mazorca «cob», lo que se traduce a la clasificación de Erben (1979) como de tipo «A», combinación técnicamente auto-incompatible. Esta misma combinación también se muestra en parte de las poblaciones de L. mateoi (Erben & Arán, 2005). Habita en márgenes de cursos de agua, sobre aluviones de sedimentación con arcilla, arena y grava, dentro de los cauces que circulan sobre substratos ricos en sales de sodio y yesos, en zonas inundables, donde se crean eflorescencias y costras salinas durante el período seco estival. Crece junto a Limonium echioides (L.) C. Presl, Puccinellia hispanica Julià & J. M. Monts., Hordeum marinum Huds. y Lygeum spartum L. Las poblaciones de esta nueva especie se localizan en el sector corológico Manchego (subprovincia Castellana, provincia Mediterránea Ibérica Central) cerca del sector Maestracense (subprovincia Oroibérica), bajo termotipo mesomediterráneo y ombrotipo seco (sensu Rivas-Martínez, 2007). Hasta el momento se han localizado un total de cuatro poblaciones, todas incluidas dentro del municipio de La Pesquera (Cuenca), situadas dentro de los barrancos tributarios del embalse de Contreras, concretamente en su cuadrante suroccidental (Fig. 4). Los censos demográficos, realizados en octubre de 2012, muestran para la población de la Rambla Salada, localidad clásica de esta especie, un total de 67 ejemplares repartidos por una superficie de aproximadamente 30 m 2. La población próxima a Hoya de Conejos cuenta con 25 plantas distribuidas en un espacio de 15 m 2 y en la población próxima al casco urbano de La Pesquera, también situada dentro de la Rambla Salada, se han localizado 15 ejemplares repartidos en 8 m 2. Por último, en la población localizada en el barranco al pie del cerro de El Salobral, se han Bráctea externa (mm) Bráctea interna (mm) censado 28 plantas presentes en una superficie de 20 m 2. Todas las poblaciones se encuentran en los márgenes de los cauces de arroyos y barrancos que discurren sobre terrenos salino-yesosos, con semejante ecología y especies acompañantes en todos los casos. Desde el punto de vista de la conservación, la escasa representación de esta especie dentro de los límites administrativos de Castilla-La Mancha, y teniendo en cuenta los conocimientos actuales, conlleva a catalogarla según los criterios UICN (2001UICN (, 2003) ) al menos como "Vulnerable" (VU D1+2), debiendo considerarse la posibilidad de ascenderla a "En Peligro" (EN D), si futuras campañas de exploración por el territorio son infructuosas en la localización de nuevas poblaciones. Clave para las especies 1. Hojas todas marchitas en la antesis, de 7-20 mm de anchura, con ápice redondeado..
(F. bastardii Kerguélen & Plonka).
El roble (QuercllS robur L.) y otras plantas boreales en crisis en el m; lclzo del Moncayo (Soria-Zaragoza). Se aportan cilas de 74 plantas vasculares con distribución borcal. presentes en el macizo del Moncayo (provincias de Seria y Zaragoza. Se trata de especies raras que fonnan poblaciones reliclas y muy reducidas; algunas de estas plantas parecen alcanzar en el Moneayo su límite suroriental de distribución en el Sistema Ibérico. Además. se describe como nueva especie híbrida NlIrcisslIs x rafaelii Patino & Uribe-Echebarría (N. aSSOCll1l1S Léon-Dufour x N. e//geniae Fdez.-Casas). Palabras clave: Plantas vasculares, corología. El macizo del Moncayo presenta un desnivel ahitudinal de 1800 m entre su cumbre y Tarazona.Este desnivel junto a la disimetría edáfica y climática de sus verlientes (roca silícea y clima húmedo en la zona NW, roca caliza y clima mediterráneo en la SE), propicia numerosos ambientes con una flora muy diversa (VARIOS AUTORES, 1988). A estas características excepcionales se añade la posición central y culminal del macizo en el conjunto de la Cordillera Ibérica, lo que otorga al Moncayo un gran interés paisajístico, florístico y corológico que ha atraído la atención de numerosos botánicos desde hace siglos (MARTrNEZ TFJERO. De los estudios botánicos publicados en relación con esta montaña, cabe destacar el de NAVARRO (1989), que contiene la visión más amplia, tanto de la flora (unas 700 especies figuran en los inventarios), como de la vegetación. En los años 1999-200 I Y por encargo del Departamento de Medio Ambiente de la Diputación General de Arag6n, dos de los firmantes (D. Gómez y P. M. Uribc-Echebarría) realizaron un estudio botánico del Parque Natural del Moncayo y sus alrededores con el fin de completar el catálogo floríslico del área protegida y, además. proporcionar una base científica para la gestión del Parque. Del análisis de todos los datos florísticos disponibles -los propios más los bibliográficosdestacaremos, en primer lugar, un conjunto de plantas de distribución boreal que abundan en el sector NW, pero con unas poblaciones por lo general exiguas y muy localizadas. Muchas de estas plantas están confinadas en lugares con suelo siempre húmedo o son nemorales; ambientes que, a su vez, resultan rarísimos en esta pane de Aragón, lo que puede explicar que algunas especies alcancen en el Moncayo su límite de distribución en el Sistema Ibérico e incluso en la Península Ibérica. Los interrogantes que todavía persisten en la flora moncaúnica, junto al carácter novedoso de algunas de nuestras citas para el territorio aragonés, nos han sugerido el interés que para Flora Iberica tiene el adelantar la publicación de un listado con las plantas más notables encontradas hasta la fecha. Hemos incluido también las recopiladas a panir de los trabajos florísticos recientes, en pane publicadas ya por varios autores (ALEJANDRE. De las aproximadamente 1300 especies de plantas vasculares catalogadas por nosotros hasta la fecha en el Parque Natural, señalamos en este trabajo los datos de localización y ecología para 74 especies que son una selección entre las que presentan distribución boreal (boreo-atlánticas, eurosiberianas y circumboreales) y constituyen el núcleo básico de la singularidad botánica mancaúnica. Desde Abril de 1999 trabajamos en la prospección florística en el Parque Natural del Moncayo y alrededores (139 km 2 ) repitiendo los recorridos a lo largo de la primavera, verano y otoño en distintos enclaves y ambientes del territorio. En total se han realizado 170 jornadas de campo y se ha elaborado una base de datos informatizada con más de 28.000 registros, de los que 4.500 corresponden a otros tantos números del herbario recolectados y el resto a más de 20.000 anotaciones "de visu" y 4.000 registros procedentes de la bibliografía. Se han considerado también las referencias escritas en un estudio inédito de la zona NW del Moncayo (MONTSERRAT, 1959) que, aunque sin estar avalado por material de herbario, presenta un interés documental casi "histórico", al mencionar las plantas y tipos de vegetación observados en un paisaje que ha variado mucho en los últimos cuarenta años. debido a la drástica disminución de las actividades tradicionales ganaderas y a la recuperación del ambiente forestal. A. Martínez Cabeza ha realizado varias visitas botánicas a la zona desde 1985. Por último, hemos podido estudiar los herbarios paniculares de Rafael liménez (unos 250 pliegos) y de Enrique Arrechea. Todos los pliegos recolectados están depositados en el herbario JACA (Instituto Pirenaico de Ecología, CSIC), con duplicados en el VIT (Museo de Ciencias Naturales de Álava) e informatizados con numeración independiente "Moneayo" común en ambos herbarios para facilitar así su consulta. Todas las citas nuestras llevan este "número Moncayo", o bien, cuando se trata de recolecciones anteriores, el número de herbario JACA. Se añade la cuadrícula UTM de IKm de lado (huso 30T en lodos los casos), altitud. hábitat y recolectores, cuyos nombres se abrevian como sigue: DG (D. GÓmez). AM (A. Martínez Cabeza), PM (P. Montserrat) y PU (P. M. Uribe~Echebarría). Se abrevian también las provincias (Z, Zaragoza y So, Soria) a las que corresponde el territorio estudiado. Por último, se adjuntan a cada taxón las referencias bibliográficas oportunas. Para facilitar la interpretación ecológica, las plantas se han agrupado de acuerdo con los ambientes en donde viven y dentro de cada grupo se han listado por orden alfabético. Planta muy rara y localizada, de la que no conocemos referencias anteriores para la zona. Planta descrita precisamente del Santuario del Moncayo por FERNÁNDEZ CASAS (1982). No conocemos referencias anteriores para la zona del Moncayo. Forma poblaciones nutridas pero muy localizadas, junto a humedales y arroyos permanentes, en ambiente muy fresco y sombreado, bajo la cubiena del hayedo. S610 la hemos observado en la pane de Agramonle-harranco de Castilla. Existe una cita de CÁMARA (1955: 278) que. refiriéndose a Querc//s mbur varo pedullculala Ehr., dice textualmente:..... otra forma de hojas, con los lóbulos puntiagudos y los senos más marcados que la de León, en un hayal del Moncayo". Dado que el propio Cámara consideraba que Q. pelraea y Q. robur sólo se distinguían en el rango de variedad, y que en el Moncayo abundan los híbridos de ambos táxones, no podemos saber a ciencia cierta de qué estaba hablando nuestro predecesor. Es una de las pocas plantas de distribución atlántica que se mantiene en el macizo del Moneaya. Se refugia a la sombra y humedad en las orillas del arroyo que da origen al río Hueeha. La presencia 1l00uble de laxones boreales localizados en el sector NW del Moneaya, nos permite destacar ahora el carácter de "refugio biotopográfico" para este grupo corológico. Casi todas estas plantas están también en las montañas norteñas sorianas (Sierras de Urbión y Cebollera) y s610 unas pocas alcanzan otro ambiente similar en los lejanos territorios turolenses de la Sierra de Albarracín (Orihuela del Tremedal). Estos enclaves señalan una vía migratoria por el Sistema Ibérico que habría dado lugar a estas "islas biogeográficas". Desde un punto de vista climático, conviene señalar la situación de dichos enclaves en la línea de "frontolisis" que marca la penetración y disgregación de las borrascas atlánticas hacia el SE peninsular (MOUNIER, 1979), junto a la existencia de unas tormentas abundantes que palian la sequía estival característica del ambiente mediterráneo dominante (FILLAT, 1983). En cuanto a la cubierta forestal de la vertiente norte del Moncayo, hoy día invadida y dominada por el haya, conviene señalar la importancia biogeográfica de los bosques de robles. En el Cabezo de la Mata y más allá en los resaltes de bloques silíceos que afloran en umbrías hasta el barranco de Castilla, se ha mantenido una reliquia de estos bosques más antiguos, que dominarían tras el último período glacial. Dos robles forman dichos bosques: Quercus pe/raea, con extensas masas en el cabezo de la Mata, y pequeños grupos de árboles en cada resalte rocoso y, en cambio mucho más raro, Quercus rabur relegado a lugares marginales por otros árboles mejor adaptados al ambiente actual. En efeclo, las localidades donde vive Q. rabur suelen ser lugares abruptos, entre grandes bloques silíceos, o bien resaltes rocosos que escapan a la monotonía impuesta por el hayedo. Conviene mencionar el gran robledal del Monte de la Mata que mantiene una población pura de Quercus pe/raea juvenil por rebrote de cepa, que se ha cortado a mat'arrasa desde hace varios siglos para leña. Sin embargo, en Agramonte, donde no se ha intervenido desde hace varias décadas, el hayedo envuelve y sofoca los árboles más antiguos de la zona. Sólo en los sitios más abruptos destacan unas docenas de robles robustos (QuerclIs pe/raea y Q. robur, con sus híbridos), asediados por el hayedo. Cabe señalar que los robles añosos crecen en roquedos del barranco de Castilla; a pesar de las duras condiciones ambientales, sus troncos retorcidos superan los cien años de edad, al igual que algunos de los híbridos, tanto con Q. pe/raea como Q. pyrellaica, lo que indica una época anterior a las prácticas forestales de ahora y avala el carácter autóctono del roble pedunculado en el Moncayo. Por último, hay que señalar el escaso número de poblaciones de estas plantas boreales y. en muchos casos, su área exigua que nos da pie a considerarlas como una nora relicla. La drástica disminución del uso ganadero con la rápida progresión de enebrales, piomales y del propio bosque actual, constituyen la mayor amenaza "natural", a corto plazo, para la persistencia de algunas de estas especies, lo que deberá ser considerado cuidadosamente a la hora de plantear la gestión del área protegida. Plantas de roquedos, crestones y pies de cantil Dryopteris expansa (C. Presl) Fraser-Jenkins & Jermy Ambas localidades en grietas de roca silícea. Del circo del Cucharón ya había sido citada por ALEJANDRE (1995). Estas localidades marcan el límite suroriental en el Sistema Ibérico; también aparece, muy rara, en el Sistema Central. Señalado del Moncayo por NAVARRO (1989); como d. D. oreades lo citaron ESCUDERO & PAJARON (1990). Parece muy raro en la zona. En la vecina provincia de Soria se localiza en el extremo noroeste (SEGURA et aL, 1998).. La planta resulta extraordinariamente variable en lo que se refiere al tamaño de las flores y anchura de las hojas. pero sin llegar nunca a las dimensiones de la típica G. lwea (L.)
In November 2011 and 2012 it was also recorded in barrancos of or near Agaete, Arguineguín, Arucas, Bañaderos, Cambalud, Cardones, el roque, el Tablero, Fataga, Firgas, Gáldar, Guayadeque, Guía, Jinámar, la Capellanía, la Sorrueda, las Palmas de Gran Canaria, los Dolores, lujaregos, Marzagán, Maspalomas, Moya, Puerto de Mogán, San lorenzo, San Nicolás de Tolentino, Santidad, Tamaraceite, Tauro, Tenoya, Teror, Tinocas, Trujillo, etc. Willd., Cyperus involucratus Poir., Desmanthus virgatus (l.) Euphorbia pulcherrima Willd. ex Klotzsch (euphorbiaceae). Fagopyrum esculentum Moench (Polygonaceae). Pennisetum glaucum (l.) r. Spain, Gran Canaria: las Palmas de Gran Canaria, parque las rehoyas, rough ground, from discarded birdseed, 10.11.2012, F. Verloove 9901 (pers. herb. Salvia microphylla Kunth (lamiaceae). H. S. Irwin & Barneby (leguminosae).
NotaS acErca dE xENófitoS dEtEctadoS EN cataluña, ESPaña.-Estas notas incluyen seis especies, entre ellas tres gramíneas: Axonopus compressus, Dactyloctenium aegyptium y Megathyrsus maximus, la crucífera Lepidium densiflorum, la pequeña compuesta anual Soliva sessilis y la trepadora Aristolochia sempervirens (Aristolochiaceae), todas ellas presentes en o alrededor de la ciudad de Barcelona, Cataluña (nordeste de España). Forman parte de la creciente flora alóctona de la región. Algunas han sido citadas con anterioridad en la península, pero son novedades para Cataluña, mientras que otras parecen constituir nuevas citas para la Península Ibérica. Palabras clave: Barcelona; flora alóctona; introducida; naturalizada.
Crantz subsp. microcarpa (DC.) DC. and Vicia cracca L. subsp. incana (Gouan) Rouy. Koch, Delphinium peregrinum L. subsp. verdunense (Balb.) Lam., Torilis japonica (Houtt.)
En aquell moment l'herbari constava de «60 carpetas de madera y cantos de metal, con unas nueve mil especies de la flora mediterránea, europea y norteamericana muy bien conservadas. Además de 139 grandes paquetes con unas quince mil plantas duplicadas o por intercalar en la serie anterior, en peor estado de conservación» (Anònim, 1925(Anònim, -1926) ) (Fig. 1). Quant a l'estructura, escriu: «Los ejemplares van sujetos al papel, y en cada hoja suele haber más de una procedencia, pero siempre con la debida separación y sin cambio de etiqueta» (Font Quer, 1925: 10). També és interessant la valoració que fa de Trèmols i del seu herbari: «Trèmols apenas publicó nada, por esto su colección es pobre en tipos; tiene valor en cambio por las numerosas plantas que obtuvo de sus amigos, algunas como las de Gautier y Rouy, herborizadas en la Península o en localidades pirenaicas, muy interesantes para nosotros» (Font Quer, 1925: 10).
considera como más apropiado su inclusión dentro del género Chiliadenus Cass., empleando el nombre de Ch. saxatilis (Lam.) Brullo, ya que sus capítulos presentan solamente flores flosculosas, además de aquenios con vilano de setas con una única fila de pelos, caracteres que considera de gran importancia taxonómica y justifican su inclusión en un género distinto de Jasonia. Sin embargo, Pardo de Santayana & Morales (2004) defienden la inclusión de esta planta en el género Jasonia, ya que los caracteres señalados por Brullo (1979) para la división de estos dos géneros no son significativos. Jasonia glutinosa es una especie distribuida por el Mediterráneo occidental, presente en el norte de África, España peninsular, Mallorca, islas de Malta, Sicilia y sur de Francia. Habita en grietas de roquedos calizos secos y soleados, en ocasiones en terrenos más horizontales sobre suelos descarnados. En cuanto a J. tuberosa, es una especie endémica del Mediterráneo occidental, presente en la Península Ibérica y sur de Francia, propia de pastizales vivaces con cierta humedad estacional, en suelos arcillosos. Desde el punto de vista nomenclatural, hasta el momento estos dos nombres no han sido debidamente tipificados. Así, tras el estudio del material original de Linneo, se propone en este trabajo realizar la consiguiente lectotipificación. En lo que respecta a la tipificación del nombre linneano Erigeron glutinosus, Pardo de Santayana & Morales (2004: 225) apuntaron que la ilustración de Barrelier (1714: icon. 158) «se puede considerar como iconótipo de este nombre linneano»; sin embargo, esta designación de tipo no es válida de acuerdo con el Artículo 7.10 del ICBN (McNeill et al., 2011). Para enmendar esta propuesta, se propone lo siguiente: Erigeron glutinosus L., Syst. Lectótipo (designado aquí): [icon] in Barrelier, Pl. No obstante, según nuestra interpretación, el especimen que contiene el pliego LINN no se ajusta al protólogo linneano ya que muestra hojas estrechas y cortas, y un tipo de inflorescencia congesta, con capítulos pequeños y muy numerosos a lo largo del tallo principal. La presencia de estos caracteres no permite conservar el uso tradicional de este nombre, algo que ya fuera también expuesto por Brullo (1979: 290), indicando por su parte que este material de herbario muestra grandes dificultades para ser identificado con la planta de Linneo. Por otro lado, junto al icono de Barrelier, el grabado de Daléchamps representa de manera significativa esta especie, aunque es mucho más antiguo y menos detallado, y en consecuencia no muestra ciertos caracteres relevantes según nuestra opinión, como por ejemplo la ramificación de la sumidad florida. Este icono ilustra una planta con tallos simples y rematados en un solo capítulo, carácter que si bien encaja con lo indicado por Linneo en el protólogo «pedunculis unifloris», suele mostrarse sin embargo de manera menos frecuente en la especie que la ramificación de la sumidad florida. Además, como ya apuntaran Pardo de Santayana & Morales (2004: 225), es necesario precisar también que en el icono de Barrelier aparecen algunos de los capítulos con el disco desnudo tras la dispersión de los frutos y las brácteas superiores del involucro abiertas, lo que en ocasiones ha podido interpretarse como flores liguladas, carácter ausente en esta especie. un único fragmento que presenta un buen estado de conservación, con hojas y capítulos con flores liguladas y flósculos (Fig. 2). Se considera asimismo material original de Linneo el pliego no 994.26 (LINN), que contiene dos fragmentos, perteneciendo a Pierre Magnol el situado en la parte de la derecha del pliego, el cual aparece identificado con una [m] escrita sobre la cartulina y en la parte inferior derecha del fragmento. Este pliego contiene además bajo el fragmento de la izquierda, una etiqueta en la que aparece escrito «Aster tuberosus luteus foliis angustis et rigidis. Consideramos como más adecuada la designación como lectótipo el material del pliego de Burser frente a estos tres excelentes iconos ya que en ellos no se puede apreciar algunos caracteres relevantes para esta especie, como por ejemplo la presencia de flores liguladas en los capítulos. Asimismo, frente al pliego LINN, el especimen del pliego de Burser conserva hojas de la parte más basal del tallo, que suelen de ser de mayor tamaño, más anchas y linear-lanceoladas que las situadas en la parte superior, que son más estrechas y lineares; por el contrario, en los dos ejemplares que contiene el pliego LINN todas las hojas son de aspecto muy similar, estrechas y linear-filiformes. Por otro lado, Willkomm & Lange (1865) publicaron con rango varietal cierta variabilidad observada dentro de esta especie bajo el epíteto hirsuta, nombre que hemos podido comprobar que resta por tipificar. Se propone, por tanto, el siguiente tipo: Jasonia tuberosa var. hirsuta Willk. in Willk. & Lange, Prodr. Lectótipo (designado aquí): COI 00035210 (ejemplar situado en la parte inferior izquierda del pliego). El material del pliego COI fue recolectado por Loscos, conserva cuatro fragmentos, los tres situados en la parte inferior en buen estado de conservación, con capítulos y flores, y el situado en la parte superior tan solo con hojas. Los cuatro se ajustan al protólogo de la especie y permiten mantener el uso actual de esta variedad por la presencia de un denso indumento hirsuto en tallos y hojas. El ejemplar seleccionado como lectótipo es el más completo de los cuatro. Al Dr. R. Morales (Real Jardín Botánico de Madrid, CSIC) por la revisión del manuscrito. Al Dr. M. Hjertson (Museum of Evolution, Botany Section Uppsala University, Sweden) por su ayuda en el estudio del herbario UPS-BURSER.
Últimamente, se ha escrito mucho sobre la mala situación que atraviesa la ciencia en España debido a la crisis económica. No abundaremos en ello, sólo destacaremos dos hechos que han sido decisivos. Como consecuencia, prácticamente se ha detenido la incorporación de nuevos investigadores al sistema y el presupuesto para proyectos de investigación ha disminuido de forma sustancial. El otro agravio, que todavía no ha sido suficientemente comprendido y valorado, es la reciente desaparición del Ministerio de Ciencia (que, durante los últimos gobiernos, ha tenido diversas denominaciones como Ciencia y Tecnología, Educación y Ciencia o Ciencia e Innovación) y la transferencia de la gestión de la ciencia al Ministerio de Economía, cuya prioridad es satisfacer las deudas con los bancos acreedores para seguir recibiendo nuevos créditos. Dentro de ese ministerio, a la ciencia le tocan las sobras, cuando las hay, sin respetar la asignación económica estipulada inicialmente para I+D+i. El trato que reciben la ciencia y el conocimiento en otros países culturalmente más avanzados se podría ilustrar con las palabras de la Ministra de Educación e Investigación de Alemania, Katharina Koufen, cuando, al referirse a la falta de petróleo en su país, manifestó que su mayor valor era el conocimiento y su principal objetivo convertirse en uno de los líderes científicos mundiales (Sarchet, 2012). En España, en cambio, la Secretaría de Estado para la ciencia, Carmen Vela, ha intentado presentar la mala situación del sector como una oportunidad para mejorar el sistema de investigación anteponiendo la calidad a la cantidad (Vela, 2012), lo cual no sólo no ha convencido a la comunidad científica española, sino que además ha contribuido a deteriorar todavía más la imagen de los responsables de la ciencia española, a nivel internacional. Las posibles consecuencias sociales y económicas de esta política de debilitamiento progresivo del sistema de investigación ya han sido ampliamente analizadas y debatidas, con la negligencia de la clase política como cuestión de fondo. El propósito de este ensayo es muy diferente. Se trata de presentar el menosprecio de la clase política española (sin importar el signo) por la ciencia como un reflejo, y también una consecuencia, del desdén de la sociedad española, en general, hacia la investigación científica y el conocimiento, lo cual tiene raíces históricas muy profundas que llegan hasta los propios inicios de la ciencia moderna, en el siglo XVI. Basta una ojeada a los eurobarómetros y las encuestas nacionales publicadas durante los últimos años para darse cuenta de lo poco que importa la ciencia en este país. Por ejemplo, el interés por la ciencia en España estaba por debajo del 10% durante la última década y aumentó ligeramente hasta un 13% en 2010 En todos los eurobarómetros relacionados con el tema, España queda situada por debajo de la media europea, siempre cerca o por debajo de países como Bulgaria, Estonia, Grecia, Irlanda, Lituania, Malta, Polonia, Portugal, Rumanía o Turquía (EC, 2005, 2007, 2010; EU, 2012). Lógicamente, esto repercute en una notable ignorancia científica, incluso a niveles básicos, como lo demuestra el hecho de que aproximadamente un tercio de los encuestados todavía creen que el Sol gira alrededor de la Tierra o que los primeros humanos convivían con los dinosaurios, entre otras barbaridades (EC, 2005). Existen muchos más datos igualmente reveladores en las encuestas mencionadas sobre aspectos particulares de la ciencia y las relaciones ciencia-sociedad. No nos detendremos en su análisis, pero la consulta de estos documentos es recomendable, tanto por lo ilustrativa como por lo sorprendente. Por lo que respecta a la consideración social del científico nacional, se podría decir que es nula. En la última encuesta sobre las profesiones más valoradas por el público en España figuran (por este orden): médico, profesor, arquitecto, albañil, camarero, barrendero, plomero, escritor, policía, abogado, periodista y juez (CIS, 2013). La profesión de científico ni siquiera aparece en la encuesta. En países como EEUU, Gran Bretaña o Alemania, el científico normalmente se encuentra en los tres primeros lugares. Económicamente, ser científico en España tampoco es muy tentador. Una vez más, nos encontramos por debajo de la media europea, en la posición 18 de 33, junto con Italia, Portugal y Malta (EC, 2007). Como referencia externa, un científico australiano, estadounidense o japonés gana el doble o más que uno español. Si se ajusta el sueldo por el coste de la vida, incluso la India es más atractiva económicamente que España para un científico. Hay que resaltar que estos datos corresponden a unos cinco años atrás y que en la actualidad, después de las rebajas de salarios de los empleados públicos, la situación es todavía peor. Una proporción muy elevada de científicos españoles son funcionarios, una condición tradicionalmente mal vista por la sociedad española, lo que no hace sino agravar la situación. A pesar de esto, hay que reconocer que, desde hace unas décadas, la situación de la ciencia en España ha mejorado ostensiblemente con respecto al siglo pasado, cuando el panorama era mucho peor. En el siglo XX, la ciencia se consideraba una actividad marginal, lo cual dio lugar a un estereotipo nacional que generó dos posturas diferentes, tanto en los científicos como en la sociedad: un complejo de inferioridad, que inhibió bastante la actividad intelectual, y una autosuficiencia arrogante, cuya manifestación más conocida es la desgraciadamente famosa frase de Miguel de Unamuno: «¡Que inventen ellos!», refiriéndose a los países culturalmente más desarrollados (Elena & Ordóñez, 1990). Como resultado, se produjo un «enquistamiento intelectual», en palabras de Santiago Ramón y Cajal, que mantuvo el país aislado de la corriente científica internacional. Durante las últimas décadas, con el advenimiento de la democracia, la situación de la ciencia en España ha mejorado de forma espectacular, pero las profundas cicatrices de cinco siglos de oscurantismo son todavía visibles en nuestra sociedad. El complejo de inferioridad y el sentimiento de arrogancia han menguado aunque no desaparecido, pero lo más preocupante es que el cambio parece haberse producido únicamente en los sectores científicos y no en la sociedad en general, cuyo interés por la ciencia y los científicos nacionales sigue siendo prácticamente nulo. Muchos sectores públicos todavía están convencidos de que lo normal es que los descubrimientos científicos relevantes tengan lugar en países extranjeros y consideran el mantenimiento de un sistema de investigación propio con fondos públicos innecesario y oneroso. En estos sectores, la investigación científica nacional se percibe como una actividad casi lúdica, para la diversión personal de los científicos, pero sin ningún impacto social. Muchos políticos piensan lo mismo o son conscientes de que, en estas circunstancias, arremeter contra la ciencia o ignorarla no comporta ninguna pérdida de votos, por lo que no representa un problema. El menosprecio por la ciencia en España se puede atribuir, por una parte, a la falta de perspectivas a largo plazo (que derivan en la priorización del beneficio económico inmediato y el consumismo) y, por otra, a las carencias educativas heredadas de una larga historia de oscuridad. Desde una perspectiva histórica, la indiferencia de la sociedad española por la ciencia no es en absoluto sorprendente, como veremos a continuación. España perdió el tren de la ciencia (o más bien, nunca lo llegó a tomar) ya desde el siglo XVI, cuando el país entero estaba abocado a la explotación de las riquezas del Nuevo Mundo, mientras en otros países europeos se estaban sentando las bases de la ciencia moderna. El siglo XVI se conoce en la historia de España como el «Siglo de Oro», por el gran florecimiento de las artes y la literatura, auge que no fue acompañado por el desarrollo científico, lo que derivó en el aislamiento del resto de Europa, donde ya se estaba produciendo la gran «Revolución Científica». Innovaciones cruciales como las de Copérnico o Galileo llegaron tarde y cayeron con frecuencia en terreno intelectualmente hostil, debido al predominio del fanatismo religioso, por lo que no llegaron a desarrollarse (Nieto-Galán, 2008). Por otra parte, las innovaciones navales y descubrimientos geográficos llevados a cabo desde España no se aprovecharon para desarrollar una tradición científica. Las riquezas traídas de América tampoco sirvieron para incentivar la ciencia, ni siquiera las artes y el comercio, debido en gran parte a la persecución y deportación en masa de los no-católicos por la Inquisición y a los impedimentos para el establecimiento de profesionales extranjeros. Como consecuencia, en el siglo XVII, el progreso del comercio, las ciencias y las artes, ya se había detenido totalmente (Mason, 1962). El país nunca llegó a recuperarse de este golpe debido al poder de la Inquisición, creada en el siglo XV para erradicar cualquier tipo de conocimiento que no estuviera basado en la tradición católica. Aunque parezca mentira, esta institución no fue abolida en España hasta mediados del siglo XIX. La «Ilustración» (siglos XVII y XVIII), cuyo principal objetivo fue la defensa de la razón por encima de la fe y la tradición religiosa, jugó un papel clave en el desarrollo de la ciencia moderna de Europa y Norteamérica. Sin embargo, en España, este movimiento fue considerado un fenómeno foráneo y su influencia fue mínima (Nieto-Galán, 2008). Una vez más, el fanatismo católico prevaleció sobre las innovaciones fundamentales en matemáticas, física, química y ciencias naturales (Newton, Lavoisier, Linné...), que volvieron a llegar con retraso, malogrando otra oportunidad para subir al tren del conocimiento. Las consecuencias fueron graves, extensas y duraderas. Por ejemplo, hacia la mitad del siglo XIX, el analfabetismo en España superaba el 90%, mientras que en otros países eu-ropeos y Norteamérica, estos porcentajes ya habían sido reducidos a menos del 50% (Rueda, 1996). A finales del siglo XIX y principios del XX, la llamada «Edad de Plata» pareció proporcionar un atisbo de esperanza, con la creación de organismos como la «Institución Libre de Enseñanza» y la «Junta para la Ampliación de Estudios», que defendían la libertad académica frente a las restricciones religiosas, y la apertura hacia países europeos científicamente más desarrollados. Fue precisamente en este período cuando Ramón y Cajal recibió el Premio Nobel (1906), el único concedido a un científico español trabajando en España (el otro fue Severo Ochoa, en 1959, cuya carrera se desarrolló en los EEUU). Sin embargo, la alegría duró poco, y este corto renacimiento fue abortado por la Guerra Civil (1936Civil ( -1939) ) y la subsiguiente dictadura de Franco hasta 1975, que reestableció el dominio del fundamentalismo católico y volvió a aislar el país de la escena internacional. Tal como había ocurrido siglos antes, muchos políticos e intelectuales (artistas, escritores, científicos, etc.) fueron perseguidos y ejecutados o tuvieron que exiliarse a otros países. La Iglesia Católica recuperó su tradicional control del sistema educativo, dificultando de nuevo la penetración de avances científicos como el Darwinismo o las teorías materialistas de la energía, cuyas consecuencias teológicas eran abiertamente contrarias a la tradición religiosa (Nieto-Galán, 2008). Desde la muerte de Franco y el establecimiento de la democracia, el renacimiento científico experimentado no tiene parangón en la historia de España, pero es todavía insuficiente para erradicar las consecuencias de la larga historia de oscuridad y fundamentalismo religioso (Otero, 2001). Por ejemplo, la constitución española actual mantiene el carácter no confesional de la democracia pero, al mismo tiempo, reconoce explícitamente un tratamiento especial para la Iglesia Católica, lo cual se refleja, entre otras cosas, en el apoyo financiero a dicha iglesia con fondos públicos procedentes de los impuestos tanto de católicos (un 70% de la población) como de profesantes de otras religiones (3%) y de no-creyentes o ateos (25%) (CIS, 2013). En efecto, por contradictorio que pueda parecer, la Iglesia Católica recibe más de 10.000 millones de euros por año (más del 1% del PIB) del estado, libres de impuestos y sin recortes por la crisis, lo que representa aproximadamente el doble del pre- supuesto para I+D+i. A esto hay que añadir unos 250.000 euros anuales que donan voluntariamente muchos contribuyentes. Sería interesante hacer una encuesta sobre el grado de apoyo público de esta inexplicable coyuntura, pero no sería de extrañar que la situación fuera popular. Primero, porque la constitución fue sometida a referéndum y aprobada (aunque seguramente muchos votantes no tenían ni idea de su contenido) y segundo porque, en general, la fe todavía parece disputar su espacio a la razón en la sociedad española. Por ejemplo, casi la mitad de los españoles encuestados para el Eurobarómetro de 2005 declararon estar de acuerdo con la afirmación: «dependemos demasiado de la ciencia y no lo suficiente de la fe» (EC, 2005). El escenario no es precisamente esperanzador para el progreso científico, pero los investigadores españoles no desfallecen y muchos se han ganado un merecido reconocimiento internacional gracias a su talento y esfuerzo individual, y de sus grupos de investigación, más que a políticas científicas adecuadas. Esto demuestra que el tradicional complejo de inferioridad no tiene sentido (por lo que se refiere a la arrogancia, rima con ignorancia). La comunidad científica española ha demostrado con creces estar dispuesta y preparada para afrontar el reto de situar la ciencia nacional al mismo nivel que de la de los países más avanzados, tanto en cantidad como en calidad; el lastre sigue siendo el apoyo social y político. A corto plazo, existen algunas ideas interesantes como la creación de una academia nacional de ciencia formada por científicos para regir los destinos de la ciencia (Moro-Martín, 2012), como ocurre en tantos países europeos y de otros continentes, incluidos muchos que están por debajo de España en cuanto a indicadores económicos. Sin embargo, una solución de este tipo difícilmente sería adoptada por la actual generación de políticos, dada su falta de interés y la nula presión de quien los vota, unidos a un afán de control político absoluto sobre las cuentas y la orientación de la investigación. La creación de una academia semejante significaría dejar la ciencia en manos de los científicos y con un presupuesto autónomo que no se podría utilizar para otros fines, como ocurre actualmente en el Ministerio de Economía. Por otra parte, para adoptar una solución de este tipo hace falta una confianza social y política en los científicos que, en España, no existe. Una de las preguntas del Eurobarómetro de 2005 era si los científicos debían ser libres para decidir el tipo de investigación a llevar a cabo, siempre que respetaran los principios éticos requeridos. En la mayoría de países europeos, incluyendo Turquía, cerca del 70% de los encuestados manifestaba su acuerdo, mientras que en los más desarrollados culturalmente (norte y centro-Europa), el acuerdo llegaba casi al 90%. El país más desconfiado, en solitario y con diferencia, era España, con un 55%, poco más de la mitad de la muestra (EC, 2005). A más largo plazo, lo que se requiere es una transformación profunda que eleve el nivel cultural de una sociedad con una conciencia científica todavía muy primitiva, por no decir inexistente. Los actuales políticos tampoco liderarán una iniciativa de este tipo, ya que son conscientes de que en una sociedad más culta no tendrían cabida. El desafío lo deben asumir los sectores que son conscientes de la importancia del conocimiento y los peligros de la ignorancia, no sólo en lo referente a consecuencias económicas negativas, sino también a la libertad personal y el libre albedrío. Tal vez ésta sería la única forma de renovar y mejorar las actuales opciones políticas y de elevar el nivel de las opciones de voto (y de los propios votos), lo cual seguramente conduciría no sólo a un mejor estatus para la ciencia, sino también a una sociedad menos proclive a la alienación religiosa y la manipulación política. Si la famosa frase del filósofo sardo Joseph de Maestre que (en democracia) «los pueblos tienen los gobiernos que se merecen» es cierta, nuestra mejor opción es avanzar activamente hacia una sociedad más formada e informada, con la esperanza de que ello conducirá a una clase política más calificada que la actual y mejor preparada para enfrentar un futuro en el que la generación de conocimiento y su adecuada gestión serán factores decisivos. De lo contrario, volveremos a perder el tren, que inexorablemente se dirige hacia la llamada «Sociedad del Conocimiento», de nuevo nos quedaremos solos en la estación y esta vez no podremos culpar a las monarquías absolutistas, las dictaduras o la Inquisición, sólo a nosotros mismos.
Pedicularis L. (Orobanchaceae) es un género de distribución circumboreal, con unas 600 especies de hierbas de talla media a pequeña (Yang et al., 1998), hemiparásitas de gramíneas, ciperáceas y otras plantas herbáceas y arbustos, cuyo centro de diversificación se ubica en los altiplanos de Asia Central. En Europa se halla representado por unas 70 especies (Marhold, 2011) repartidas principalmente por las zonas árticas y subárticas y las grandes cordilleras del continente. Dada su situación marginal, los Pirineos albergan una representación bastante limitada del mismo: 12 taxones entre especies y subespecies (Atlas de la Flora de los Pirineos, 2014), algo menos de la mitad de los 25 catalogados en los Alpes (Aeschimann et al., 2004). Numerosos híbridos y complejos hibridogénicos ponen de manifiesto la laxitud de las barreras reproductivas dentro del género. La hibridación entre especies próximas parece bastante frecuente: así lo han indicado, entre otros autores, Bonati (1918) o Molau & Murray (1996), y así se deduce de los numerosos nombres de híbridos recogidos en The Plant List (2013) o, en un ámbito más limitado y próximo (Francia), en la e-Flore de Tela Botanica (2018). Sin embargo, solo dos de estos nombres se refieren a plantas pirenaicas: P. ×monnieri Rouy y P. ×sennenii Bonati, ambos atribuidos a la combinación P. kerneri Dalla Torre × P. pyrenaica J. Gay. Esta relación se vio ampliada a raíz de la preparación de la síntesis del género para Flora iberica (Soriano, 2009), durante la cual se detectaron, en el campo y también en herbarios, algunos híbridos no descritos hasta ahora, todos ellos en los Pirineos. Los híbridos pirenaicos de Pedicularis parecen restringidos a la Sección Rostratae Benth. Rhyncholophae Bunge en Flora europaea: Mayer, 1971), la más compleja del género en dicho territorio. En este trabajo se describen formalmente dos nuevos híbridos interespecíficos de Pedicularis, además de una variedad subordinada a uno de ellos. También se comenta brevemente la problemática de los otros híbridos o presuntos híbridos pirenaicos antes mencionados. La síntesis para Flora iberica (Soriano, 2009), origen de este trabajo, se basó en la compilación y revisión crítica de la información bibliográfica disponible para el género en el ámbito geográfico de la Península y áreas próximas. Se examinaron también especímenes depositados en los principales herbarios españoles, más algunos del resto de Europa. Diversas campañas permitieron estudiar in situ y muestrear las poblaciones más conflictivas desde el punto de vista taxonómico, así como detectar los híbridos de los que nos ocupamos. Resulta oportuno recordar aquí que, en el caso de Pedicularis, el estudio de material vivo es crucial para apreciar el color de la corola, uno de los caracteres más relevantes en la taxonomía del género (ver Figs. 1-3), que se deteriora rápidamente con el prensado. Se efectuó además un estudio morfométrico específico sobre muestras de los híbridos y los parentales respectivos a partir de especímenes de los herbarios BCN, JACA y MA (acrónimos según Thiers, 2017), muchos de ellos recolectados por nosotros. A fin de estimar la proporción de polen fértil se elaboraron preparaciones, teñidas siempre que fue posible con líquido de Alexander (Alexander, 1969). Los recuentos se llevaron a cabo a 400X, sobre un mínimo de 300 granos de polen por espécimen (600 en el caso de los propuestos como tipos nomenclaturales), procedentes generalmente de una única flor, y distribuidos por toda la preparación. Se ha localizado este híbrido en valles de los Pirineos occidentales (Ansó, Roncal) y centrales (Espot) que albergan poblaciones de P. tuberosa. Este orófito centroeuropeo convive allí con P. pyrenaica, endemismo pirenaico-cantábrico ampliamente distribuido por dicho ámbito. Ambas especies viven principalmente en pastizales, si bien P. pyrenaica coloniza además humedales y prados higrófilos, hábitats en los que, como se indica más adelante, se halla representada por un morfotipo especial. Las plantas de origen híbrido se reconocen principalmente por el color rosa más o menos pálido de las corolas (Fig. 1), así como por la densidad y disposición del indumento de tallos y pecíolos, intermedia entre la de los parentales. En los Pirineos occidentales, donde son relativamente frecuentes, las corolas muestran una amplia gama de tonalidades rosadas, intermedias entre el rosa vivo característico de P. pyrenaica y el blanco marfil de P. tuberosa. Tallos y pecíolos se hallan recubiertos por indumento de densidad desigual: los tallos presentan pelosidad densa sobre dos bandas y más o menos laxa en el resto, y los pecíolos densa por la cara adaxial y más o menos laxa en el resto (en P. tuberosa, a su vez, el indumento se reparte de forma más o menos homogénea y densa sobre tallos y pecíolos, mientras que en P. pyrenaica los tallos solo son pelosos sobre dos bandas y los peciolos por la cara adaxial: Tabla 1). Con respecto a las proporciones de polen fértil, se observa una variabilidad igualmente amplia, con porcentajes comprendidos entre poco menos del 20% y más del 90%, estos últimos similares a los observados en los parentales (Tabla 2). Todas estas variaciones graduales podrían muy bien responder a procesos de introgresión. Proponemos denominar tales híbridos Pedicularis ×pallidiflora, y designamos como tipo un espécimen recolectado en el valle de Ansó. A diferencia de los valles occidentales, en Espot el híbrido es mucho más escaso: solo se ha observado en algunos pastizales y humedales de la zona de Amitges (Soriano, 2013). Ello no es de extrañar, puesto que aquí el área de ocupación conocida de P. tuberosa se limita a tres cuadrículas UTM de 1 km 2. Por otra parte, los escasos individuos estudiados son menos robustos que los de los Pirineos occidentales, el indumento de pecíolos y tallos menos denso, y las flores más pequeñas, con el labio superior de la corola de un rosa netamente más intenso que el del labio inferior (Tabla 1 y Fig. 2). Tales diferencias pueden relacionarse en gran parte con las características de las P. pyrenaica locales, que corresponden a un morfotipo propio de humedales y pastos higrófilos distribuido principalmente por los Pirineos centrales. Estas plantas son más esbeltas que las de los pastos, con tallos a menudo erectos o cortamente ascendentes-erectos. En relación con los valores medios observados para el conjunto de P. pyrenaica (Soriano, 2009), presentan pelosidad menos densa en tallos y pecíolos, e inflorescencias con flores algo más numerosas y corolas más pequeñas, de 15-19 mm de longitud (Tabla 1). Por el contrario, en los pastos de los Pirineos occidentales se dan plantas más o menos robustas, con menos flores y corolas de dimensiones algo mayores (17-22 mm de longitud; Tabla 1) que las del morfotipo higrófilo mencionado. Proponemos, pues, tratar los híbridos del valle de Espot como una variedad diferenciada de la típica (ver Artículo H.12: Turland et al., 2018), que denominamos palearensis en referencia a la comarca donde se han observado: el Pallars sobirà. Inflorescencias de Pedicularis pyrenaica (dos pies, izq.), P. ×pallidiflora var. palearensis (dos pies, centro) y P. tuberosa (un pie, dcha.). Valle de Espot: estany de la Llosa (julio de 2010). Comparación entre los caracteres morfológicos de Pedicularis pyrenaica (morfotipos de humedales de los Pirineos centrales y de pastizales de los Pirineos occidentales), P. ×pallidiflora var. pallidiflora y var. palearensis, y P. tuberosa. Este híbrido se ha observado únicamente en humedales próximos al pla de Beret (Valle de Arán, Pirineos centrales), donde es frecuente el endemismo pirenaico-cantábrico P. mixta. El segundo parental, P. praetermissa (endémico de los Pirineos centrales), forma a su vez poblaciones más o menos nutridas en los pastos de ladera próximos. El híbrido se reconoce principalmente por las inflorescencias multifloras, alargadas, con un número de flores intermedio entre los de los parentales, así como por la forma y las dimensiones de la corola (Tabla 3). En estas dos características (corola de 20-25 mm de longitud, con el labio superior arqueado, ligeramente contraído en rostro cónico) es mucho más similar a P. praetermissa (corola de 20-25( 27) mm de longitud, con el labio superior suavemente arqueado, atenuado en rostro cónico) que a P. mixta (corola de 15-18 mm de longitud, con el labio superior arqueado bruscamente, contraído en rostro estrechamente cónico). En cambio, la coloración de la corola (discolora, con el labio superior de púrpura a rosa vivo y el labio inferior rosa), es la propia de P. mixta (Fig. 3). Por otra parte, el polen es parcialmente estéril (ver Tabla 2), y la densidad de las máculas púrpura del cáliz también intermedia entre las de los parentales. Proponemos denominar dicho híbrido P. ×aranensis, en referencia asimismo a la comarca donde se ha observado. Como se ha indicado anteriormente, el único híbrido entre especies pirenaicas de Pedicularis descrito hasta ahora había sido atribuido bajo diferentes nombres a la combinación de estos dos parentales, cuyas áreas se solapan en la alta montaña de los Pirineos centrales. Como indica Rouy (1909), la planta es similar a P. pyrenaica, pero se la distingue por las flores netamente pediceladas y la inflorescencia alargada y discontinua, características ambas propias de P. kerneri. Al parecer, ni Bonati ni Rouy tuvieron ocasión de estudiarla in situ, ni se ha vuelto a recolectar en localidad alguna; tampoco nosotros la hemos observado en el campo, pese a visitar algunas localidades con poblaciones de los dos parentales. Por lo tanto, más de un siglo después de su descripción hay que seguir considerando P. ×monnieri como una planta a reencontrar. 21: 237 (1911), fue descrita a partir de materiales recolectados por Sennen en los Rasos de Peguera (Prepirineos orientales ibéricos). El estudio de los testigos de herbario permite afirmar sin duda que se trata de una forma enana de P. pyrenaica. Además, la distancia entre dicha localidad y las poblaciones más orientales de P. kerneri (varias decenas de kilómetros: ver Atlas de la Flora de los Pirineos, 2014), restan verosimilitud a una hipotética hibridación de ambas especies en el macizo catalán. Este trabajo confirma la presencia, por lo demás esperable, de híbridos interespecíficos de Pedicularis en los Pirineos. La descripción de dos nuevas notoespecies amplía la relación de híbridos a tres notoespecies, más una variedad. Esta diversidad puede considerarse baja en relación con la observada en otras cordilleras eurasiáticas, y se corresponde con la menor diversificación del género en dicho ámbito. Por otra parte, las especies pirenaicas de Pedicularis se encuadran en cuatro secciones distintas y a menudo se hallan segregadas ecológicamente, todo lo cual dificulta la generación de híbridos. Como ya se ha señalado, todos los híbridos pirenaicos de Pedicularis conocidos hasta ahora corresponden a la Sección Rostratae. Dicha sección se halla ampliamente diversificada en los grandes sistemas montañosos de Europa occidental, e incluye endemismos pirenaicos como P. praetermissa, o pirenaico-cantábricos, como P. pyrenaica y P. mixta. Los híbridos interespecíficos tratados aquí tienen como parentales una o dos de dichas especies, y son pues exclusivos de la cordillera. Pedicularis ×pallidiflora (P. pyrenaica × P. tuberosa) parece el híbrido menos raro, por lo menos en las cabeceras de los valles pirenaicos occidentales de Ansó y Roncal, donde los parentales son relativamente frecuentes y además ocupan hábitats similares. Las variaciones graduales observadas en la coloración de las corolas y los porcentajes de fertilidad del polen apuntan a la existencia de procesos de introgresión. Parece asimismo plausible la presencia de este híbrido en algunos valles del cuadrante noroccidental de la cordillera, en donde existen también núcleos de P. tuberosa y P. pyrenaica. En cuanto a P. ×pallidiflora var. palearensis se trata de una raza local relacionada con un morfotipo de P. pyrenaica propio de los humedales de los Pirineos centrales. Nuestro reconocimiento a los colegas que han colaborado en las tareas de campo (ver recolectores de los materiales estudiados), a M. Bernal y A. Sánchez-Cuxart por su participación en el estudio morfométrico, así como a dos revisores anónimos por sus aportaciones a la mejora del manuscrito. Inflorescencias de Pedicularis ×aranensis (izq., ejemplar con inflorescencia poco desarrollada) y P. praetermissa (centro y dcha.). Caracteres morfológicos distintivos entre Pedicularis ×aranensis (P. mixta × P. praetermissa) y las especies parentales.
Grossheimia (Sosn. & Takht.) Pseudoseridia Wagenitz p. p.) Townsend-Peterson & Navarro-Sigüenza, 1999).
In the background, the Cordillera de los Andes.
Algunos taxones nocilados o poco citados en Cataluña. observados en los ultimas dos anos. se presentan a continuación. En este siglo y el siglo pasado se ha registrado un fuerte incremento en la migración de muchas especies de la flora vascular mundial por causa de la actividad humana. Las ciudades portuarias, tanto de tráfico marítimo como aéreo, favorecen la llegada y el establecimiento de plantas alóctonas, y las tierras colindantes a los grandes nudos ferroviarios y de carretera también están en primera línea en lo que toca su colonización por plantas alóctonas. Los taxones que comentamos aquí en su mayoría deben su presencia a la influencia de estos factores. Algunos probablemente llevan muchos años en la región, habiendo pasado desapercibidos, mientras otros son de introducción reciente. y su llegada ha sido bastante bien documentada. Esta romaza no es rara en el Baix Llobregat. donde convive con otras especies de su género, aunque prefiere estar en contacto con el agua, siendo más higrófila incluso que su congénere R. conglomeratus Murray. Su historia en la Península es menos clara. Puede que se trate de una llegada reciente, o la planta puede haber pasado desapercibida. en parte por vivir en lugares de poco interés de punta de vista botánica y en parte por haber sido confundido por otras especies del género. Lo más probable es que, al igual que R. cr¡statlls OC., especie también presente en la zona (yen las afueras de casi toda el área metropolitana de Barcelona), R. palustris habrá experimentado una expansión al nivel europeo debido a su habilidad de colonizar terrenos contaminados y alterados, donde desplaza otfas plantas menos tolerantes de semejantes condiciones. Las dos especies se encuentran alejadas de sus epicentros de distribución, y la última, aparentemenle originaria de Creta, se encuentra en franca expansión por la Península. tanto en la costa como en el interior, donde hoy existen numerosas citas. La literatura más consultada no pone de manifiesto este auge. y tampoco los herbarios, donde escasean pliegos de estas dos especies. Se mencionan ambas especies del País Valencia (Bou)s et aL. palustris se conoce del río Cinca, en Fraga (obs. pers.), pero es probable que se encuentre más extendida en olras zonas húmedas y alteradas. Considerado por algunos autores como subespecie O variedad de Ch. strictllm ROlh. no es una novedad en la flora hispánica, sino una planta poco conocida y generalmente incluida dentro de la polimorfa eh. o/hum. La literatura refleja solamente su presencia en Calaluiia (Bou)s & VIGO. Pero mis observacio• nes en los últimos años, tanto en Arag6n como en Cataluña, me llevan a la conclusión de que merece un mayor reconocimienlo, y a la sospecha de que se trata de un taxón mucho más eXlendido en la Península Ibérica. Las poblaciones se encuenlran en lugares allerados, especialmenle en zonas portuarias, cunetas y taludes de carrelera y ferrocarril, y en polígonos industriales (UOTILA, 1977 y obs. pers.) y la distribución conocida es paneuropea, desde la Península Ibérica pasando por Italia, hasta el sur de Rusia y Asia Menor (UOTILA, 1977). En el norte PÁSNIK (1999) reconoce la presencia de esla planta tanlO en la República Checa como en Polonia. Hay dudas en cuanto a las cilas asiáticas y las de la Ucrania. ESle taxón es más raro en la Península y parecen faltar referencias en la Iiteralura. En la localidad mencionada, una zona portuaria, es una planta rara y efímera, mienlras que Ch. str; atijorme tiene carácler más permanenle. Para conocer su distribución en la Península, habrá que buscarla en lugares de tránsito nitrificados y alterados. Su distribución fuera de la Península tampoco está muy clara (PÁSNIK. Umbelífera de clima más bien atlántico, presente en la Península Ibérica principalmente en el noroeSle, oeSle y suroesle, aunque penetra bastante hacia el interior en las sierras más húmedas, con límite oriental en el Moncayo (GÓMEZ el aL, 2003). Su presencia en los Países Catalanes resulta incierta, con unas pocas cilas antiguas de los Baleares y la Comunidad Valenciana, no admitidas por BOLOS & VtGO (1990) por falta de material de herbario. Tampoco SÁNCHEZ MORENO et al. (2002) recogen ninguna cita en la mitad orienlal ibérica. ARENAS POSADA & GARelA MARTIN (1993), en cambio, admiten las viejas citas bibliográficas de Valencia, Mallorca (sic) y Menorca en sus mapas de distribución, con referencia a un pliego (MA88024, n. v.) de Alaior, Menorca, de principios del siglo pasado. sin recolector, que, cuanto menos, es dudoso. Por su proximidad al aeropuerto del Prat, la presencia de esta especie en el Delta, área estudiada en detalle en el siglo veinte, podría ser reciente y tener su explicación en factores antrópicos, aunque también es posible explicar su presencia por las aves migralorias, muy frecuenles en la Zona. Krajina, F. leman;; aucl., F. duri//scula aucI., F. brev; pila Tracey) Barcelona: Manresa, alrededores de estación de servicio de autopista. "El Bages", 400 m, referencia utm? 23-IV-1999 (BC) Taxón de difícil interpretación en el pasado, como se puede apreciar por su sinonímia, reducida al mínimo en esle caso. JunIo con F. lemall;; Bast., esta Festuca se ha eXlendido por
Precisiones nomenclaturales en Phlomis × composita Pau (Lamiaceae) El género Phlomis L. (Lamiaceae) se distribuye por Eurasia y el noroeste de África, y se compone de más de 100 táxones (Azizian & Moore, 1982). En la Península Ibérica se reconoce la presencia de un total de seis táxones (Morales, 2010). Uno de ellos es P. crinita Cav., dentro del cual para el territorio ibérico actualmente se incluyen dos subespecies (Cabezudo et al., 1991; Navarro et al., 2002; Albaladejo et al., 2004). Aparte de la subespecie tipo, presente en el Levante peninsular ibérico, se reconoce la subsp. malacitana (Pau) Cabezudo, Nieto Caldera & F. B. Navarro (≡ P. crinita var. malacitana Pau, basión.), distribuida por las montañas meridionales de España y caracterizada principalmente por el mayor tamaño de las brácteas, y por la presencia en los dientes del cáliz de pelos estrellados de base pluricelular con un brazo más largo que el resto (Morales, 2010: 210). Por otra parte, P. lychnitis L. es una especie distribuida por toda la Península Ibérica y sur de Francia. Habita en gran número de ambientes, siendo frecuente en matorrales, sotobosques, baldíos y en general en hábitats algo alterados. Las poblaciones de estas dos especies comparten amplias áreas por toda la geografía peninsular ibérica, donde no es raro observar el proceso de hibridación entre ellas. En ocasiones el cruce entre ambas especies da lugar a un enjambre de híbridos con un amplio espectro de formas, que han sido tratadas con diferentes rangos taxonómicos según los autores. Esta hibridación ha sido motivo de diferentes estudios a lo largo de los últimos años (Mateu, 1986; Aparicio et al., 2000; Aparicio & Albaladejo, 2003; Albaladejo et al., 2004, 2005; Albaladejo & Aparicio, 2007), en los que se han tratado diferentes aspectos relacionados con la compleja taxonomía que surge del cruce entre las diferentes entidades taxonómicas reconocidas dentro de P. crinita y P. lychnitis. El híbrido P. × composita, producto del cruce entre P. crinita y P. lychnitis, fue descrito por Pau (1918a: 132) a partir de un pliego recolectado por Eugène Bourgeau en Málaga en 1849, material que forma parte de la exsiccata de este autor denominada Plantes d'Espagne. La hibridación entre estas dos especies fue tratada por Pau en varios de sus trabajos (Pau, 1918a, 1918b, 1922), en los que se describen otras plantas híbridas entre estas dos entidades y enumeran materiales por él estudiados (Fig. 1). La complejidad de formas resultante de esta hibridación es sin duda una de las razones por las que, desde el punto de vista nomenclatural, este complejo ha sufrido a lo largo del tiempo muchos cambios y modificaciones, tanto en lo que se refiere al rango taxonómico adecuado para circunscribir los táxones resultantes, como la correspondiente tipificación de sus nombres. En este sentido, por nuestra parte nos propusimos estudiar los materiales originales que sirvieron a Pau para describir este conjunto de plantas híbridas entre P. crinita La búsqueda y estudio exhaustivo de este material original en diferentes herbarios nacionales y extranjeros nos ha permitido extraer ciertas conclusiones que consideramos de gran interés comunicar en este artículo. Lámina no VIII incluida en el trabajo de Pau (1922) donde se ilustra la variabilidad morfológica de las hojas entre los híbridos de Phlomis crinita Cav. y P. lychnitis L. descritos por Pau. Tras la descripción de P. × composita, Pau (1918b: 161) publica su P. × trullenquei, también como producto del cruce entre P. crinita y P. lychnitis, indicando que difiere del primero por presentar las hojas de mayor tamaño, más estrechas, con la decurrencia del limbo mayor y más delgadas. Asimismo, señaló que esta planta muestra la vellosidad y la decurrencia de la lámina foliar de P. lychnitis, y el grosor de las hojas, el menor tamaño de las brácteas y de la corola de P. crinita. En el mismo trabajo incluía también las diferencias con sus dos progenitores, distinguiéndola de la planta linneana por las hojas lanceoladas, cortamente decurrentes y tomentosas, brácteas menores y dientes calicinales con la base triangular, y de la cavanillesiana por mostrar las hojas oblongas y con distinta decurrencia (Pau, 1918b: 161) (Fig. 1). Phlomis × trullenquei fue hallado por Pau en compañía de Emilio Moroder y Ramón Trullenque en una excursión realizada por las riberas del río Júcar, en las proximidades de Tous, durante los últimos días del mes de marzo de 1918, cuyo material testigo se encuentra conservado en varios pliegos depositados en MA (102029, 102030, 102031 y 102032). Durante esta excursión «...Al cruzar el monte que separa los ríos Júcar y Escalona, y en la falda que mira a Tous, descubro un híbrido que me pareció diferente del que acababa de describir en el Boletín de la Sociedad Aragonesa de Ciencias Naturales; pero muy atrasado. Por fortuna le volvía a ver el día 31, bajando a Carlet, y el Sr. Trullenque quedó encargado de proporcionarme ejemplares en flor; como efectivamente los recibí a su tiempo. Justo será dedicárselo, como muestra pequeña de agradecimiento, y muy merecedor por su gran entusiasmo por las Ciencias naturales» (Pau, 1918b: 159). Del hallazgo y la recolección de esta planta en Tous también habla Pau en una carta escrita a Francisco Beltrán el 6 de agosto de 1918: «Se me olvidaba decirle a V. que he descubierto en Tous una especie leñosa nueva para España —refiriéndose a Tamarix segobricensis Pau— y un híbrido que dedico a Trullenque» (Mateo, 2000: 6), y en una nota transcrita por Ramón Trullenque y publicada el mismo año (Trullenque, 1918: 468–469). En el trabajo de Mateu (1986: 193) se recombinó P.× trullenquei bajo el rango de notomorfo, incluyendo así todas las formas híbridas entre P. crinita y P. lychnitis con el mismo rango taxonómico, conteniendo la var. malacitana de Pau de P. crinita. Esta categoría taxonómica para el híbrido de Pau ha sido usualmente empleada en posteriores trabajos que se ocupan de este taxon (Aparicio, 1997; Aparicio & Albaladejo, 2003; Albaladejo et al., 2004). No obstante, en la actualidad se reconoce como más apropiado la utilización del rango subespecífico para los dos mestos incluidos dentro de P. crinita (Cabezudo et al., 1991; Navarro et al. 2002; Albaladejo et al., 2004; Navarro, 2009; Morales, 2010), lo que implica considerar como nothosubespecie el híbrido descrito por Pau para el término de Tous. De hecho, la revisión de Morales (2010) sólo contempla como híbridos entre las dos especies nothotáxones en los que interviene como parental la subespecie bética o meridional (subsp. malacitana), quedando por reseñar la identidad del híbrido que se observa, con relativa frecuencia, en el núcleo íberolevantino de P. crinita, donde la subespecie parental presente es la típica. Se rechaza esta propuesta de tipo por no contener el pliego MA 102037, material original citado por Pau (1918a) para describir su planta. El pliego contiene cuatro fragmentos (Fig. 2); se excluye el fragmento de hoja que pertenece a Phlomis crinita situado en la parte central del pliego y marcado con una flecha. El ejemplar tipo está compuesto por todos los fragmentos del pliego con exclusión del elemento que pertenece a Phlomis crinita, situado en el centro del pliego e indicado con una flecha en la imagen. Ind. loc.: «Barranco del Mirro, hasta el cerro de Lucero». Este material al que se refiere Mateu fue también citado e identificado por el propio Pau bajo P. × composita, pero no en la publicación original, sino en un trabajo posterior (Pau, 1922: 64); en este mismo artículo, también hace referencia a una excelente lámina de esta planta «Phlomis composita Pau» (Pau, 1922: Lám. No obstante, el pliego MA 102037 y la lámina no VII no pueden ser considerados material original, porque tanto el ejemplar (recolectado después de la publicación válida) como la ilustración (publicada después que el protólogo) no puede demostrarse que fueran utilizados en la realización de la diagnosis de Pau [Art. Pau indica en la publicación original unos exsiccata repartidos por Eugène Bourgeau «Plantes d' Espagne, 1849» con el número 394. El pliego MA 102035 contiene, además de las etiquetas originales de Bourgeau y Pau, varias de revisión, la más antigua de Carlos Vicioso, en la que se transcribe parte de lo indicado en la original de Pau. El pliego contiene cuatro fragmentos que pertenecen a más de un taxon. Uno de ellos es una hoja que aparece etiquetada como P. crinita subsp. malacitana, al parecer con letra de Carlos Vicioso. Este fragmento ya fue señalado por Pau (1918a: 132) en su protólogo, refiriéndose al mismo cuando habla del material por él examinado: «Planta recogida por E. Bourgeau [...] y repartida en sus Plantas de España del año 1849 y con el número 394; pero, que este mismo número trae un ejemplar de la verdadera Ph. crinita de Cavanilles». El pliego contiene además otros tres fragmentos pertenecientes al auténtico híbrido P. × composita. La hoja montada en la parte central del pliego, como se señala explícitamente en la Fig. 2, que pertenece a P. crinita, se considera un elemento agregado de menor importancia, ya excluido por el propio Pau (1918a) de su concepto del nuevo taxon, lo cual hace que el pliego MA 102035 pueda ser considerado material tipo original, y consecuentemente pueda ser designado como holótipo (Art. Ind. loc.: [España] «Monte que separa los ríos Júcar y Escalona, y en la falda que mira a Tous [...] bajando a Carlet». H.12.2 del ICN, los nombres publicados en el rango de notomorfo se tratan como si hubieran sido publicados como nombres de variedades. En el trabajo de Albaladejo et al. (2004: 98) aparece por primera vez este nombre con el rango de nothosubespecie, según la siguiente combinación: P. × trullenquei nothosubsp. trullenquei [sic], pero no supone una novedad nomenclatural referida a un nombre en rango nuevo ya que no está válidamente publicado, al no constar ninguna referencia al basiónimo (Art. Por lo que respecta a la tipificación de este nombre, Pau (1918b: 159) cita en la publicación original varios pliegos de esta planta; para uno de ellos indica que fue recolectado el día 30 de marzo de 1918, y para otro el 31 de marzo (aunque en el pliego la fecha está corregida al día 30.03.1918). Además de este material, también cita en la publicación original los pliegos recolectados por Trullenque en el mes de junio de aquel mismo año. Debido a esta circunstancia, la tipificación de este nombre no puede considerar la designación de holótipo (Art. 9.1), ya que no forman parte de una única recolección, pues no fue efectuada al mismo tiempo, condición expresamente indicada en el Art. 8.2, y tienen que ser considerados por lo tanto como pliegos distintos. En este sentido, como Pau no utilizó solamente un único elemento (Art. 9.1, Nota 1), es necesaria la designación de un lectótipo para este nombre (Art. En nuestra opinión consideramos que el mejor candidato a lectótipo es el ejemplar del pliego MA 102030, siendo en consecuencia el pliego MA 102032 un isolectótipo (Rec. En este sentido, precisamos que Mateu (1986: 193) consideró como síntipos estos cuatro pliegos en conjunto, por lo que no es aplicable el Art.
Se transcriben dos documentos inéditos de Pius Fent i Quer. canscn'ados en 105 archivos del Instituto Botánico de Barcelona. El primero es un3 memoria razonada sobre un proyecto de Flora Hispllllica. con evaluación de los recursos necesarios para realizarla. El segundo. un modelo de tratamiento de la familia de las Solanáceas con el género Alroptl a modo de ejemplo. Una brc\'c introducción histórica permite situar al autor ya su proyecto en su época. Palabras clave: fanl Quer. Fou un gran explorador. un excel•lent botanic de laboratori i un eficient gestor de la ciencia boÜlnica a Catalunya. Si cualquiera interesado en el conocimiento de las plantas del país preguntara actualment e que tratado podría adquirir para reconocer las que se crían en España, forzoso serí:l contestarle que ninguno. A tal estado deplorable nos ha conducido el poco celo con que los gobiernos de la Nación han promovido el adelanto de esa clase de estudios. contentándose con el establecimiento de cátedras universitarias de Botánica y con la exigencia de esta disciplina para la colación de algunos títulos profesionales; más descuidando el servicio de exploración de las regiones españolas, como si su flora no tuviera ya secretos algunos por descubrir. Es cierto que nuestros botánicos, tomando por su cuenta el empeño de examinar el territorio patrio, años ha que trabajan con singular devoción, supliendo con su celo lo que el gobierno deja de estimular. Cierto también que algunos profesores facultativos han realizado de vez en cuando excursiones de perquisición botánica subvencionados por establecimientos oficiales. Pero, lo que se echa de menos es una clara orientación hacia un fin concreto y más que nada la trabazón de un plan de conjunto que permita laborar de manera menos arbitraria que hasta hoy. Así, tanto aquellos como esos han dado a conocer gran número de datos sobre la vegetación del solar hispano y acerca de su flora. dispersos en muchos boletines y en revistas; pero nos falta, justamente. la recopilación de todo ello. su crítica. con las adiciones y rectificaciones necesarias, en una obra de conjuOlo que comprenda y describa las plantas que crecen en España. Es verdad que ya en el siglo XVIlI empezaron los estudios por orden del Rey Carlos 111, quien dispuso que José Quer, Primer Profesor del Real Jardín Botánico de Madrid. peregrinara por tierras de Burgos, León, Asturias y Galicia para enriquecer su "Flora Española" en proyecto, cuyos primeros volúmenes aparecieron en 1762. Mas tarde. seguramente por el celo con que promovía los progresos de la Botánica el Primer Secretario de Estado, Conde Floridablanca, Carlos IV ordenó a Cavanilles que "Rccorriera España para examinar los vegetales que en ella crecen", tarea que empezó con la exploración minuciosa del Reino de Valencia a partir de la primavera de 1791. Pero esa iniciativa real cesa por completo en el siglo XIX, en parte a causa de la muerte prematura de Cavanilles, cuando tanto cabía esperar de su saber y sus extraordinarias dotes de trabajo, en parte también por razón de lo accidentado de la vida española en las primeras décadas de aquel siglo. Lagasca, discípulo de Cavanilles, indiscutible sucesor suyo en el Real Jardín de Madrid, pudiera haberse hecho cargo de tan honrosa herencia si no hubiese sido víctima él mismo y sus colecciones de las guerras civiles que asolaron el país y dispersaron a sus más cultos profesores. Consecuencia de todo ello fue que la primera obra sobre las plantas indígenas con carácter de generalidad, la mentada Flora Española de Quer, iniciada como queda consignado en 1762 y terminada por Gómez Ortega en 1784. fue la única que poseímos hasta el último tercio del siglo pasado.! Deseosa Europa de conocer las maravillas de nuestra flora, ignoradas aún en gran parte en aquellas fechas, como se deducía claramente de Jos descubrimientos hechos públicos por Webb, en su Irer hispalliellse y en su Oria hispllllica. y por Boissier en su magnífica obra Voyage Borallique au Midi de I'Espaglle (l839~1845), el joven sajón Moritz Willkomm, recién salido de las aulas, tuvo alientos para venir a España en 1844 con el fin de estudiar nuestras plantas y darlas a conocer a los grandes centros científicos. A ese primer viaje siguieron otros del mismo botánico que no solo exploraba dctalladamente nuestro suelo sino que recopilaba cuanto se conocía de la flora del país. alentaba a los botánicos españoles y les orientaba en el estudio de las plantas, publicaba opúsculos sobre la vegetación hispana, catalogaba la nomenclatura vernácula de los vegetales, preparándose, en suma, con gran acopio de material y de datos pam iniciar diecisiete años después, en 1861, asociado al danés John Lange, también explorador botánico del pí.lís. el Prodromus Florae Hispanicae. La publicación de esta obra, cabalmente un siglo después de la de Quer, duró 20 años. Comprende la descripción, en latín, de 5102 especies autóctonas, naturalizadas o cultivadas comúnmente en España, mucho más del doble de las consignadas en la Flora de Quer, con detalles muy circunstanciados acerca de la distribución geográfica de cada una de ellas. No bien había aparecido el primer volumen de los tres que comprende el "Prodromus" de Willkornm que Mariano del Amo, Catedrático de la Universidad de Granada, empezó a publicar su Flora fanerogámica de la Península ibérica, cuya impresión acabó en 1873, cuando aún no habían visto la luz las primeras páginas del lomo 111 del Prodromus de Willkornm y Lange, el más voluminoso de los tres. La flora de Amo y Mora lleva diagnosis latinas y descripciones más largas en español, pero no está a la altura de su época, completamente eclipsada por el Prodromlls. Después de la publicación de este último y hasta nuestros días no ha visto la luz más que una sola obra que se refiera a la totalidad del país, el Compendio de la flora española de BIas Lázaro, catedrático de la Universidad de Madrid, libro sumamente defectuoso, no tenido siquiera en cuenta por los botánicos, del cual, por ser de tipo escolar, el único texto utilizado en las cuatro Facultades de Farmacia de España durante muchos años, se han llegado a publicar tres ediciones, la úhima de las cuales lo fue en 1922. En la aClualidad aun ese Compendio está completamente agotado, como lo está igualmente el "Prodromus" de Willkomm y su "SlIpplemelllllm" de 1893, de manera que ni los escolares españoles ni los hombres de ciencia disponen de flora alguna para sus estudios. Para el estudio del problema de dotar a España de una "Flora" digna de ella damos a continuación una serie de datos que creemos fundamentales, razonados en cada caso para mejor ilustración de quien deba hacerse cargo de aquel: Datos bibliográficos.-En el Prodromlls Florae Hispanicae Willkomm y Lange resumieron cuantos datos se conocían en aquella fecha sobre la vegetación patria, con los defectos generalmente sin importancia, propios de una recopilación tan extensa y completa. Muy poco tiempo después (1885-1889), Colmeiro, Director del Real Jardín Botánico de Madrid, publicaba los cinco grandes volúmenes de la Enumeración y revisión de las plantas que crecen en la Península Hispano-lusitana, obra no de crílica, como pudiera deducirse de su título, pero sí completísimo arsenal de datos acerca de la flora española, que reúne así los que aportaron los botánicos antiguos como los de los modernos, contemporáneos de Colmeiro, lo mismo aquellos de escaso o nulo valor por la poca autoridad científica de los autores de quienes se han tomado, como los de mayor confianza por venir de botánicos meritísimos. La Enumeración de Colmeiro apareció cuando empezaba sus trabajos sobre nuestra flora el ilustre Carlos Pau, que consagró su larga vida al estudio de las plantas del país, publicó alrededor de 170 trabajos sobre ellas y reunió el más rico herbario particular de plantas españolas. Otros, un poco anteriores o posteriores a él se han ocupado asimismo de la nora hispana, ya publicando noticias sueltas sobre herborizaciones en talo cual comarca o dándonos catálogos regionales de plantas no en tanta profusión como en otros muchos países europeos, pero sí en número bastante a merecer un resumen general en una obra de conjunto que los tome en cuenta. Solo el fichero destinado a las publicaciones de Pau, que extractó el Instituto Botánico de Barcelona, exigió más de 20.000 fichas; y en el del Seminario de Botánica de la Universidad de Barcelona llegamos a acumular alrededor de 80.M en poco más de un año de labor. Claro es que sería preciso completar ambos ficheros, que se complementan, con el extracto de los trabajos y notas sueltas aún no resumidos, preliminar indispensable para redactar con base sólida la futura Flora Hispanica. Herbarios.-Los herbarios son la fuente de datos más importantes en que fundamenlar el estudio florístico general de un país, porque las plantas que se conservan en ellos constituyen por sí mismas documentos fehacientes irrecusables cuando están debidamente anotadas todas las circunstancias de su procedencia. No es muy rica, que digamos, España, en colecciones botánicas, ni por el número de ejemplares que constituyen los herbarios de sus instituciones oficiales o los de carácter particular, ni por su contenido en tipos, ya que en Madrid. muerto intempestivamente Cavanilles y luego, en gran parte, inutilizada la labor de Lagasca, decrecieron tan sensiblemente las actividades del Real Jardín Botánico que apenas cuenta durante la mayor parte del siglo XIX; y en Barcelona solo a partir de la creación del Departamento de Botánica del Museo de Ciencias Naturales, que luego fue el actual Instituto Botánico. hubo una organización eficiente capaz de reunir y conservar cuanto se relaciona con la flora de la Península. A causa de ello grandes exsiccatas españolas del siglo pasado, como son las de Blanco, Bourgeau, Durieu, Porta y Rigo, Reverchon, Willkomm. etc. faltan en los herbarios oficiales sino es que la aportación de alguna colección particular les haya deparado la suerte de poseerlas. Y el mismo Herbario Willkomm. de inestimable valor para España por contener los materiales que utilizara aquel gran botánico para la elaboración del "Prodromus", se perdió para nosotros cuando fue puesto en venta, adquirido por ventura para una institución científica peninsular, la Universidad de Coimbra. En lo que va de siglo actual el Jardín Botánico de Madrid ha iniciado su rehabilitación. y con la ordenación de sus herbarios antiguos y con sus nuevas adquisiciones de plantas es de todo punto indispensable contar con él para una empresa que ha de aunar el esfuerzo de todos en la gran Flora Hispanica, pero, sin duda, la entidad con más amplia base para emprenderla es el Instituto Botánico de Barcelona. ya que sus colecciones actuales de plantas fanerógamas, que alcanzan la cifra de 212.310 ejemplares, son las más importantes de España. Con otros dos herbarios hay que contar indispensablemente para dar cima a aquella obra, el de Carlos Pau (actualmente en Madrid) y el de Frere Sennen (ahora en la Universidad de Barcelona), con cerca de cien mil ejemplares cada uno. Sería preciso. además, contar con el beneplácito de la Universidad de Coimbra para utilizar el mencionado de Willkomm. No dudamos que las otras colecciones menores, como son la de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Barcelona y la de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Madrid; los herbarios de Losa, de Miranda de Ebro; Lascas, que conserva la Sociedad Económica de Amigos del País, de zaragoza; Padre Marcet. de Montserrat; Padre Merino, de Santiago; Prolongo, de la Sociedad de Ciencias de Málaga; Pourret. que forma parte de las colecciones de la Facultad de Farmacia de Madrid; etc, nos serían fácilmente asequibles si se emprendía la publicación de la Flora Hispallica, y sobre todo si gozaba de la protección oficial del Estado. Territorios que debe abarcar la Flora Hispallica.-En el Prodromus de Willkornm y Lange solo se tomó consideración de la España continental, es decir. que ni las Baleares ni las Pitiusas se tuvieron en cuenta. A nuestro parecer precisa incluir las plantas insulares en la futura Flora Hispallica, no solo porque esa provincia forma parte del Estado Español. sino por razón de tener una flora análoga a la levantina, salvo las especies endémicas y algunas pocas, no peninsulares, de afinidades tirrenas. Con todo, el territorio que abarcase nuestra "Flora" quedaría mucho mejor delimitado y constituiría una unidad geográfica más rotunda si se extendía a toda la Península Ibérica. comprendiendo incluso a Portugal. Sabido es que no hay límites geográficos propiamente dichos entre España y Lusitania, ni siquiera el suelo, el clima y la vegetación acusan COLlEcrANEA BOTANICA (BARCELONA) 26. Una flora que estudiara conjuntamente las de ambos países no solo sería más natural sino que facilitaría a los botánicos respectivos el medio de conocer mejor las plantas de cada uno, ya que a medida que se adelanta en el conocimiento de la flora occidental española se hacen más numerosos Jos hallazgos de especies portuguesas tenidas antes por exclusivas de aquel país, y viceversa. Por otra parle, si bien son bastante numerosos los endemismos portugueses el número total de plantas no españolas que se crían en Lusitania comparado con el de las que son indígenas de España es muy exiguo, a lo sumo de un 2 a un 3 por ciento. Cabría, finalmente, la posibilidad de ensanchar todavía más el territorio de la Flora en proyecto haciéndole llegar. allende el mar, hasta el llamado Estrecho Sud-Rifeño o hasta el Ami-Atlas. En este último caso, es decir, si incluyésemos en la Flora Hispanica, por razón de vecindad y por analogía florística, todo Marruecos, el número de especies a adicionar a las puramente españolas representaría aproximadamente un 20 por ciento. Y entonces, alcanzando el paralelo 28°, al Sud de Ifni, quizá no habría razón para excluir las Azores, Madera y las Canarias del grandioso conjunto de tierras occidentales, máxime habida cuenta que esas últimas islas jamás han tenido una flora en español. Hay antecedentes diversos que justificarfan si fuese menester el editar una flora que abarcase territorios de estados diversos. A menudo Francia las publica que comprenden Suiza y Bélgica, por similitud de vegetación y por comunidad lingUística: Alemania, de diversos países de la Europa central, Ilalia, incluyendo Córcega en la demarcación florística italiana: etc. Y si quisiéramos hallar un antecedente todavía más claro de aparente complejidad indicaríamos la Flora Orielllalis de Boissier, en la que se estudian Grecia, Turquía, Palestina, Siria, Persia, Arabia, Egipto, etc. Repugnaría la propuesta de comprender Marruecos en una flora ibérica si el Estrecho fuese realmente una solución de continuidad entre ambos territorios próximos el europeo y el africano, en vez de nexo que los unió en otras épocas permitiendo que se establecieran en ambas riberas las mismas especies. Para darse cuenta de la legitimidad f10rística de esa entidad territorial mediterráneo-altántica que proponemos basta contemplar las adjuntas cartas de distribución de unas cuantas especies vegetales, en las que se indica su área en la Península y en Marruecos. Número de especies que comprendería la Flora Hispallica.-Willkomm, en el "GrundzUge der Pflanzenverbreitung auf der iberischen Halbinsel", de 1896, nos da el número de 5.660 especies vasculares para la totalidad de la Península Ibérica. Como que la "especie" no es un ente real o natural sino que depende de la manera de apreciar los hechos por los botánicos sistemáticos, el número de ellas que resulte al establecer una "Flora" variará según el criterio del autor. Habida cuenta que Willkomm consigna muchas en su "Prodrom/ls" que con los estudios realizados después de publicado aquel no podríamos continuar considerándolas como independientes y que de otras no se ha podido comprobar su presencia en España, no creemos desacertado suponer que los descubrimientos de especies nuevas peninsulares posteriores a Willkomm aumentarán muy poco el número antedicho que podría fijarse aproximadamente en 5.700 incluyendo las pocas, no ibéricas, de la flora balear. Si se cstima posiblc cncuadrar en el tcrritorio de la futura Flora l-lisjJ(micll todo Marruecos, el número total de especies se elevaría a 6.840, entre fanerogámicas y criptogámicas vasculares. Si por fin, incluíamos también las Islas Canarias, las Azores y Madera, a unas 7.450 especies. Extensión de la Flora Hispallica.-El espacio reservado para cada especie varía mucho de unas a otras "Floras". Las hay, compendiadas, en que es igual a un tercio de página (Coulinho, "A Flor. de Ponug.I", 0'31 págs.; Fiori "Flor••nálilic. d'II.li.", 0'36 págs,). En otras alcanza mayor extensión (en Amo y Mora, "Flora de España y Portugal"•. "30 págs.; en Rouy, "Flore de France", 1'36; en Parlatore, "Flora Italiana", 3'35), En las obras ilustradas naturalmente, el espacio suele ser mayor (en Coste, "Flore de France", a pesar de la brevedad del leXlO, 0'43; en Hegi, "l1Iustrierte Flora van Miuel-Europ" 2'50). Creemos que para la "Flora Hispanica". suponiéndola publica en un 8 D algo grande (p.e. de 19'24 cm), debería calcularse un promedio de media página por especie. sin contar grabados y láminas, y apane el espacio destinado a descripciones genéricas y de familia. claves dicotómicas, introducción, índices, vocabularios, abreviaturas. etc, De esta manera tendríamos para las 7.450 especies antedichas las páginas que se indican a continuación: Descripciones de especies Descripciones de géneros Descripciones de familias Claves dicotómicas de familias, géneros y especies [ntroducción general, geobotánica, del territorio norístico, índices, vocabulario. listas de abreviaturas, adiciones y enmiendas, etc. Grabados de 1/3 de págs., a razón de uno por cada 3 plantas Grabados de 1/3 de págs. para delalles, agrupados por géneros Diagramas y esquemas corresp" a las fam. Canas de dispersión para las especies de área notable o para las de interés económico, medicinal. etc. Esas páginas podrían repartirse en 10 volúmenes, de los cuales el primero COIl la inLroducción, la geobolánica, las claves generales de familias y los índices, se publicaría el último. Sería plausible que cada volumen llevase unas cuantas láminas en negro de las especies de más relieve del lOmo, ya por no haberse iconografiado nunca, ya por su interés económico, medicinal, eLe. Los índices deberían ser muy completos. no solo los de nombres técnicos sino también los de la sinonimia vernácula, en las lenguas peninsulares y en árabe y berberisco, a fin de facilitar la búsqueda de las especies a los neófitos desconocedores de la ciencia botánica y para que pudieran utilizar la Flora Hisptlllica aun aquellas personas menos versadas en la materia. Los grabados deberían ser a la pluma y todos del mismo tipo. Cuánto podría durar la publicación de la Flora Hispanica,-He aquí. como preliminar indispensable algunos datos de publicación de naras similares a la que nos ocupa: Coste, Flora de France, 1I1 vals. En esta pequeña lisla figuran floras ilustradas y sin ilustración, escritas por un solo autor o por varios, antiguas (1833-54) y modernas, y de 3 a 14 volúmenes. La mayoría. como se ve. se ha publicado a razón de 0 '8 a I' o páginas por día. Si aplicamos esos dos promedios a la Flora Hispanica, oblenemos una cifra que oscila enlre 20 y 24 años. Siendo así que un trabajo de tan amplias proporciones reclama el concurso de especialistas, ya sistemáticos, para los géneros difíciles (Festuca, Rubus, Rosa. Hieracium, etc.). ya regionales (de Marruecos, de Portugal, de Canarias, etc.), que habría de aligerar la redacción de la "Flora" podemos suponer que aquel tiempo se reduciría a lo mínimo y dar como a tal el de 20 años, es decir, un volumen de 710 páginas cada 2 para asegurar esa normalidad de publicación seria indispensable ponerla a cubierto de toda clase de vaivenes políticos y de veleidades ministeriales, otorgando un margen amplio de confianza y de crédito a la institución científica encargada de llevarla a término. Como debería apoyar el Estado la publicación de la Flora Hispaflica.-Creemos que todos los gastos de publicación de la Flora Hispanica deberían correr a cargo de la Casa Editorial 2, así los materiales como los derechos de autor. El editor, de solvencia notoria, recibiría el encargo de la institución científica rectora y ésta el apoyo preciso del Eslado. Suponiendo, por vía de ejemplo que es nuestro Instituto Botánico el elegido, tendríamos: Patronos: Estado, Diputación y Ayuntamiento de Barcelona Dirección de la Flora Hispanica: Instituto Botánico de Barcelona Editor: el que se encargara de la publicación con las garantías debidas. El Ayuntamiento y la Diputación de Barcelona, representados por la Junta de Ciencias Naturales, Institución única en España, mixta de Concejales y Diputados de ambas corporaciones J, sostienen el Instituto Botánico (antes Departamento de Botánica del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona) desde 1916. Desde aquella fecha hasta hoy se ha trabajado incesantemente en el acopio de materiales en que fundamentar el estudio de la Flora hispanoportuguesa y marroquí, realizando gran número de exploraciones por toda la Península. Marruecos e Ifní. materiales que constituyen hoy los herbarios más importantes de España. Al mismo tiempo se fueron acumulando en el InslilUto los libros botánicos indispensables, con la lentitud a que nos obligaron de consuno la parquedad de los medios económicos y la rareza de muchas publicaciones que se ocupan de la flora peninsular. no todos los días en venta. Hoy, la nuestra, es también la biblioteca botánica más eficiente de España para el estudio de nuestra flora. También tenemos organizados los ficheros de que antes se hizo mención (con más de 100.000 fichas) y hemos preparado personal para continuarlos, base asimismo indispensa• ble para documentar debidamente la futura Flora Hispallica. No se ha descuidado tampoco, dentro de la modestia con que siempre nos hubimos de desenvolver, lo referente a la parte gráfica, capacitando personal joven, especializado ya en el dibujo de plantas, y tenemos en cultivo gran número de rarezas de la flora hispanomarroquí en el Jardín Botánico anexado al Instituto, con objeto de poderlas reproducir del natural cuando sea preciso. Todos los trabajos realizados hasta hoy por el Instituto BOIánico en favor del eslUdio de la Flora Ibérica y de Marruecos tuvieron por base económica subvenciones de ambas corporaciones locales (la Diputación reemplazada por la Generalidad de Cataluña mientras ésta subsistió), sin ninguna aportación del Estado Español, que hizo menos que muchas entidades científicas extranjeras colaboradoras y protectoras de algunas empresas nuestras extraregionales, a saber, los viajes botánicos a Marruecos desde 1927-1930 y los que exigía la publicación de la tilUlada "Flora Ibérica Selecta". Si España, en su resurgir, quiere presentarse con decoro ante el mundo científico. no puede prescindir de ese inventario monumental de su flora, la más rica de Europa. por cuya realización abogamos. Al Estado Español corresponde, a nuestro modo de ver, patrocinarla de ahora en adelante, realzando el esfuerzo que hicieron hasta hoy Barcelona y Cataluña. En efecto: a pesar del gran acopio de materiales hecho por el Instituto BOIánico de Barcelona, y aún contando con poder utilizar los otros herbarios antes mencionados y con la colaboración asidua de los colegas del país y extranjeros, precisaría viajar no poco todavía porque España es tan varia por su suelo y por su clima, tan rica su flora y tan discutidas y litigiosas sus especies botánicas, que quedan por explorar no pocas tierras muy imperfectamente conocidas aún, y buen número de formas vegetales hispánicas nos llenan de dudas al querer aquilatar su verdadera jerarquía sistemática. Todo ello reclama viajes a menudo largos y costosos, ya que casi nunca puede fiarse la resolución de tales problemas a botánicos regionales o locales, que no existen, ni siquiera para la simple recolección de especies críticas. Tampoco posee el Instituto Botánico de Barcelona todas aquellas publicaciones que es indispensable poder analizar o consultar cuando se trata de la publicación de una flora de la importancia de la que se propone. No bastaron para su adquisición los recursos económicos ordinarios del Instituto, y hoy nuestra bibliOleca, aún con ser la mejor. se ve privada de ellas, y tampoco existen en otras instituciones públicas de Barcelona o de Madrid. De lo expuesto resulta que el Estado Español debería subvencionar el Servicio de la Flora Hispanka, si el Instituto Botánico de Barcelona fuese digno de alcanzar el honor de dirigirla. fiscalizando esa empresa. si ello se estimaba conveniente, algún representanle suyo en el seno de la Junta de Ciencias Naturales de Barcelona la cual daría cuellla detallada anualmellle de la inversión de los fondos que se remitiesen. Para legilimar el empleo de dicha subvención podría incluso concretarse que clase de gastos deberían ser abonados con cargo a aquella, por ejemplo, indiscutiblemente, los de exploraciones botánicas de comarcas extraprovinciales comprendidas dentro de los límites del territorio florístico admitido: los de adquisición de libros y revistas que se juzgasen necesarios para la redacción de la "Rora"; los que correspondiesen a los ficheros, que habría de mantener constantemente al día, etc. Naturalmente, las subvenciones podrían variar de un año a otro, según fuesen las necesidades de la obra y las posibilidades económicas del Estado. En todo caso no precisa consignar ahora sino el procedimiento, justificando la necesidad de la colaboración estalal en una empresa que se sale del marco de las actividades ciudadanas y provinciales. Algunas consideraciones finales para facilitar el estudio económico de la empresa. Como se dijo ya, no existe actualmente ninguna flora española en el comercio de libros, ni grande, ni pequeña. Tampoco ninguna de Baleares. ni de Canarias, ni de Marruecos, etc. S610 la de Pereira Coutinho, de Portugal, muy resumida, en un solo volumen de 769 páginas, sin figuras. Tampoco posee España gran riqueza en "Floras" regionales, como otros países: en Francia. por ejemplo, la mayoría de los departamentos tiene la suya propia, amén de las varias que se han dedicado al estudio de los alrededores de Paris. Las españolas (incluyendo una francesa pirenaica) son las siguientes, si prescindimos de los simples catálogos de plantas, locales o regionales, con los que no es posible determinar las especies vegetales: Frere, A guide to the Flora of Gibraltar. VI vols. 1913•1937 Esas floras excepto la catalana, están también agotadas. lo mismo ocurre con la "Flora forestal española" de Laguna, en 2 vols. (1887•1890), dedicada exciusivamenle a los vegetales leñosos. La Flora Hispmlica sería obra de estudio y de consulta para farmacéuticos, médicos. ingenieros agrónomos y de montes, y para cuantos se interesasen por esta clase de conocimientos en España, Portugal y Marruecos. La adquirirían los institutos y jardines botánicos de todo el globo, así como los fitógrafos extranjeros que se ocupan de la flora mediterránea. La Flora Hispanica, pues, no ha de competir con ninguna otra similar a ella. Por atTa parte tampoco es fácil que pueda publicarse otra parecida en muchos años, no sólo por la importancia del empeño sino por la escasez de botánicos capaces de llevarla a término. He aquí una breve lista editorial de las "noras" generales de España, y de Francia e Italia como países afines al nuestro. Del género Solallum, el más importante de esta familia Cáliz. corola y androceo pentámeros, con los estambres concrescentes con la corola y alternos con los pétalos. Gineceo formado por dos carpetas cerrados y soldados en un ovario bilocular y rnuitiovulado, con el plano de simetría no coincidente con el mediano de la flor sino un poco ladeado. súpero, y con las placentas marginales que arrancan del tabique divisorio de la cavidad ovárica y a veces la dividen en más de dos l6culos; un solo estilo y óvulos, por lo común, anátropos. Flores actinomorfas (SOlclflUII/) o más o menos netamente cigomorfas (Hyoscyallllls. Triguera), aunque por razón del ladeamiento del ovario ni aun las del cáliz y corola perfectamente regulares pueden considerarse actinomorfas si se toma en cuenta la totalidad de sus verticilos. No es raro que los estambres. aun en las que tienen el periantio regular, se presenten inclinados de tal manera (sobre la parte inferior del Lubo coralino, por ejemplo. en Atropa Bella-dollllO) que produzcan la cigomorfía del androceo si por su longitud desigual no dan lugar a ella. El frulO es una baya o una cápsula; en éste último caso puede abrirse por dehiscencia longitudinal o transversal. En algunos géneros la baya reabsorbe sus jugos antes de madurar y deviene enjuta. para abrirse en la madurez de manera irregular. lacerado el pericarpio (Triguera) o para mantenerse indehiscente. Semillas con el embrión curvo o. menos frecuen-temenLe. recto, empotrado en el tejido nutricio. que falta en contados géneros exóticos. En nuestro clima. en su mayoría, plantas herbáceas, anuales o vivaces, más raramente perennes y leñosas. con las hojas simples. más o menos recortadas en los bordes o divididas de manera diversa, sin estipulas. y esparcidas. salvo las arrimadas a las sumidades floríferas. que suelen mostrarse apareadas. Flores solitarias o en inflorescencias cimosas. por lo común. y a causa de fenómenos de concaulescencia muy frecuentes en esta familia. extraaxilares. Histológicamente se caracterizan por poseer en sus tallos y ramas floema intraleñoso. como ocurre en alguna familia de las Lubifloras. Son plantas nectaríferas, entomógamas, y, generalmente, proteróginas. Comprenden las solanáceas alrededor de 2.800 especies, en su mayoría de los países tropicales: s610 el género SOfalllll1l. si nos atenemos a la apreciación de G. Biuer. tiene 2.000. La mayor parte de las especies se halla en América del Sur y en Centroamérica; en los países templados de Europa escasean y las vemos de cada vez más raras a medida que avanzamos hacia el Norte o ascendemos a las altas montañas. Entre las solanáceas se cuentan plantas venenosas en grado sumo. por contener diversos alcaloides. principalmente hiosciamina y atropina, y el tabaco y alguna otra congénere nicotina. Otras, en cambio, dan frutos perfectamenLe innocuos, como los toma les, pimientos, berenjenas. cte., y la patatera tubérculos comesLibles, que constituyen la base alimenticia de la población en muchos países de clima templado y frío. Algunas se cultivan en jardinería. Clave de los géneros l. Cáliz pentagonal. muy acresceIHe, con los sépalos sagitados cordiformes en la base. corola acampanada, azul, estambres con los filamentos dilatos inferionnente, ovario Cápsula dehiscente transversalmente (pixidio), flores axilares, solitarias Hyoscyamus Cápsulas con dehiscencia longitudinal, flores en inflorescencias tenninales Datura 14. Baya sin jugo y con semillas grandes, corola de un morado intenso, cigomorfa. planta anual Triguera Bayajugosa, con semillas pequeñas, corola amarilla o pardo rojiza Atropa Semillas con el embrión netamente curvo: ovario con dos cavidades Género Átropa L. De Atropas, una de las tres parcas de la mitología griega, la encargada de cortar el hilo de nuestra vida; aludiendo a las propiedades mortales de la belladona. Cáliz de cinco anchos sépalos concrescentes en su mitad o en su tercio inferior. poco acrescentes; corola tubulosa acampanada o embudada, con el limbo bastante más corto que el resto de la corola; estambres arqueados, concrescentes con aquella en su parte inferior. apenas salientes; baya redondeada, ligeramente deprimida, con semillas más o mellaS numerosas y excavadas de diminutas fositas en su superficie. Plantas herbáceas. vivaces. erguidas y recias, lampiñas O casi lampiñas, con hojas enteras y flores solitarias. Comprende las dos especies siguientes: Clave de las especies l. Aores tubuiosas acampanadas, de un rojizo OSCWU, semillas de l a 2 mm A. Be/la-dolllla Flores embudadas, de un amarillo verdoso, semillas de 2 a 3 mm A. baetica riqueza en alcaloides de la variedad de flores amarillas de la A. Bella-dollllO (var. flara Pater), que según ese autor es también mayor que en el tipo. Dado que en España, como en general en toda Europa. no basta la planta silvestre para atender a las necesidades del consumo precisa incrementar los cultivos de belladona. y tal vez emplear, para ciertos usos, la Atropa baetica, por su elevado porcemaje de alcaloides. La belladona andaluza, como se ve, está tan extendida en Marruecos como en España. si no más; pero allí, sin duda, se halla en mayor profusión. En España los pastores de la Sagra la utilizan para fumar, a guisa de tabaco, como ocurre alguna vez con la belladona en el Pirineo catalán. En Marruecos los moros conocen bien sus virtudes nocivas. y aun alguna sorprendente, cual es de avivar la memoria. Según me refirieron en Talambol. en Beni-Zedjel, la cabila que la posee en mayor profusión de todo el Norte de Marruecos. dan a comer las bayas, con cierta prudencia, a un pollo o gallina, que, que a pesar de su resistencia acaba por intoxicarse sin llegar a morir, y cuando consideran que el ave ya está en condiciones de ser ingerida la guisan y la come el que tiene necesidad de ello, que presenta. debilitados. los síntomas del envenenamiento atrópico. Pasados unos días y restablecido el paciente. se le aclara súbitamente la memoria, capaz de retener con lucidez inusitada cuanto se le confía. Los "chorfas", según me aseguraron, hacían uso de ella a menudo, en época de exámenes. para recitar de carrerilla versículos y mas versículos del Corán. Dedicada a Antonio de Martí, de Almfulla (Tarragona), célebre físico y botánico (1750-1832), autor de "Experimentos y Observaciones sobre los sexos y la fecundación de las plantas", con motivo del centenario de su muerte. Difiere de la Atropa baetica por los sépalos concrescentes en menor trecho, y por la corola anchamente tubulosa campanifonne: de la A Bella-dollllo por el follaje glauco y más recio, por los sépalos más largamente soldados en la base, menos aguzados, por la corola amarillenta y más anchamente acampanada. De ambas se distingue, además, por las semillas. que muestran en cada baya una gran diversidad de tamaños, desde I hasta cerca de 3 mm. Habita en el Jardín Botánico de Barcelona, nacido emre los padres en 1931. Podrá buscarse este híbrido en las zonas de contacto de las áreas de sus progenitores: donde convivan ambas especias es seguro que se hallará. La Atropa xMarrialla, (una prueba más de la afinidad de sus padres). es un híbrido fértil. La cantidad total de alcaloides que contienen sus hojas es igual a la semisuma de los porcentajes correspondientes a sus progenitores. según análisis realizados en el Laboratorio de Química Orgánica de la mencionada Facultad de Fannacia.
Griseb., or Erigeron sumatrensis Retz.
(Symplocaceae), and Vaccinium L. (Ericaceae).
Cruz de La Palma, San Andrés y Sauces, Los Llanos de Aridane, Puerto de Tazacorte and Fuencaliente; 03.2014, R. Otto (pers. obs.). Cruz de La Palma, Barranco de las Nieves parallel Calle Belmaco, moist rock face 05.03.2014, R. Otto (pers. obs.). RO); Breña Baja, Los Cancajos, Calle Salinas, hotel garden, disc of Ficus trunk, 01.09.2010, R. Otto Spain, La Palma: Breña Baja, Los Cancajos, Urbanización Las Salinas 1, ruderal Stenotaphrum lawn, probably escaped from cultivation, about 10 individuals, 25.04.2012, R. Otto BR); San Andrés, Calle Abajo, on the edge of the gravelly moist riverbed and on moist wall bases of the Barranco del Agua ca. Spain, La Palma: Breña Alta, Buenavista de Abajo, garden, between cobbles, 06.08.2006, R. Otto RO); Fuencaliente, below Las Indias, hotel garden, weed (?) in lawn and wayside, abundant, 18.09.2008, R. Otto Spain, La Palma: Barranco de de las Nieves parallel Avenida las Nieves, exposed dry gravelly riverbed, ruderal site, numerous, 25.05.2013, R. Otto BR); ibid., Barranco de las Nieves parallel Avenida las Nieves, dry gravelly riverbed, ruderal site, 25.05.2013, R. Otto BR); Puerto de Tazacorte, Barranco de las Angustias parallel Avenida Taburiente, river bank, 10.03.2014, R. Otto RO); Breña Alta, Avenida Bajamar, up to ca. RO); Breña Baja, Los Cancajos, Calle Salinas, border near beach, abundant, 18.08.2007, R. Otto ≡ Gnaphalium antillanum Urb.; incl. Spain, La Palma: Garafía, San Antonio del Monte, Zona Recreativa next Ermita de San Antonio, patchy ruderal vegetation along the enclosing wall, 15.08.2006, R. Otto BR); Villa de Mazo, Calle Caridad Salazar, cobblestone pavement in front of church, numerous, 15.08.2009, R. Otto BR); San Andrés y Sauces, San Andrés, Calle Abajo, gravelly moist riverbed of the Barranco del Agua ca. Cruz de La Palma, Calle el Lomo, rooftop between tiles, 04.06.2013, R. Otto (pers. obs.); Breña Baja, Los Cancajos, Urbanización Las Salinas, numerous in cracks and joints of pavement and sidewalk, with Phyllanthus tenellus Roxb., 20.09.2013, R. Otto (pers. obs.); ibid., Calle Las Salinas, epiphytic on trunk of Phoenix RO); Breña Alta, Subida al Mirador de la Concepción, public green, numerous, 21.08.2004, R. Otto RO); Breña Alta, Buenavista, Subida al Mirador de la Concepción, public green, with Kickxia J. Presl. & C. Presl., Fl. BR); ibid., Mirador de Los Andenes, ca. R. Otto 18764; M. coromandelianum subsp. coromandelianum (b), Sta. R. Otto 20886; M. coromandelianum subsp. capitatospicatum (c), Puerto de Tazacorte, March 2014, priv. herb. Cruz de La Palma, Barranco de las Nieves parallel Avenida de las Nieves, gravelly riverbed with Waltheria indica L., several, 05.03.2014, R. Otto RO); ibid., Lomo de las Breveras, wasteland, numerous, ca. RO); Tijarafe, Lomo de las Breveras, wasteland, ca. BR); Breña Alta, San Pedro, slope alongside Camino de Barranco de Aguacencio, 23.05.2013, R. Otto BR); Breña Alta, Carretera de la Cumbre (LP-3), Zona Industrial El Molino, wasteland with ruderal vegetation, several, 230 m, 03.06.2013, R. Otto J. Walter 2013); San Andrés y Sauces, San Andrés, Calle Abajo, numerous individuals in the gravelly moist riverbed of the Barranco del Agua ca. J. Walter 2013); Fuencaliente, Las Indias, Carretera la Costa Cerca Vieja, ca. BR); Breña Baja, Los Cancajos, Calle Salinas, parking place, rough border, with Digitaria radicosa (J. Presl) Miq., 14.08.2010, R. Otto (pers. obs.). Spain, La Palma: San Andrés y Sauces, Puerto Espíndola, harbour, rough border, 15.08.2007, R. Otto RO); Breña Alta, San Pedro, Camino de Barranco de Aguacencio, fallow land and wayside, 15.08.2001, R. Otto RO); Breña Alta, San Isidro, Camino la Piedad, embankment, numerous, 12.05.2012, R. Otto (pers. obs.); ibid., above San Isidro, near crossing LP-301and Canal de Fuencaliente, fallow land, numerous individuals, 27.09.2013, R. Otto RO); Breña Alta, San Pedro, alongside Camino de Barranco de Aguacencio, 23.05.2013, R. Otto (pers. obs.); Sta. = S. villosum Mill. subsp. miniatum (Bernh. ex Willd.) Spain, La Palma: Breña Baja, Los Cancajos, Calle Salinas near beach, cracks in pavement, 12.08.2008, R. Otto RO); Breña Alta, Calle el Fuerte, ruderal beach area below Zona Industrial, numerous, 28.08.2008, R. Otto Spain, La Palma: Breña Baja, Los Cancajos, Calle Salinas, border of flower bed, 13.03.2011, R. Otto Subspecies new to the flora of La Palma. Spain, La Palma: Puerto de Tazacorte, Barranco de las Angustias, roadside, 15.08.2001, R. Otto RO); Breña Alta, San Isidro, Barranco de Aduares, overgrown path, 11.03.2014, R. Otto (pers. obs.). Schrad. ex. W. D. J. Koch & Ziz (Amaranthaceae). BR); Breña Baja, Los Cancajos, Calle Salinas, many seedlings, weedy in border, 09.03.2014, R. Otto Los Sauces (Barranco del Agua), San Pedro (Barranco de la Zarcita) and Sta. Cruz de La Palma (Barranco de las Nieves), 10.2013, R. Otto (pers. obs.). Spain, La Palma: Breña Baja, Los Cancajos, Calle Amargavinos, newly arranged disc of palm trunks, 17.05.2012, R. Otto Raym.-Hamet & H. Perrier (Crassulaceae). Ortega [≡ Wedelia glauca (Ortega) Hicken] (Asteraceae). Cruz de La Palma, Caserío Miranda, dry waste land, ca. (Kunth) L. H. Bailey (Fig. 18) (Passifloraceae). Spain, La Palma: Puntallana, Barranco de la Galga, trail to Cubo de la Galga, ca. R. Vig. & Guillaumin] (Araliaceae). Spain, La Palma: Breña Baja, Los Cancajos, Calle Amargavinos, disc of palm trunks, numerous with Digitaria radicosa (J. Presl) Miq., 17.05.2012, R. Otto RO); Breña Baja, Los Cancajos, Calle Salinas, waste land, throw-out, small individual, 02.03.2014, R. Otto Cruz de La Palma, Barranco de las Nieves below Plaza San Fernando, dry exposed gravelly riverbed, a single individual, 25.05.2013, R. Otto A. Cunn. ex G. Don (Fabaceae). Forssk. (= Acalypha brachystachya Hornem.) RO); San Andrés y Sauces, Los Sauces, Camino Mirador de Llano Clara, rocky slope, wayside, small population, ca. Spain, La Palma: Breña Baja, Los Cancajos, Barranco Amargavino, 18.08.2000, R. Otto (pers. obs.); Sta. Cruz de La Palma, LP-401 crossing Barranco del Carmen Dorador, forest track, two rosettes, 260 m, 24.09.2013, R. Otto (pers. obs.); Breña Alta, San Pedro, Camino Barranco de Aguacencio, wayside, some overgrown individuals, R. Otto (pers. obs.); ibid., Breña Baja, El Socorro, Barranco de Aguacencio, Camino la Laja del Barranco, riverbed, several rosettes, with Sansevieria trifasciata Prain.,13.03.2014, R. Otto (pers. obs.). Carretero, Muñoz Garm. & Pedrol (Amaranthaceae). L. S. Hannibal] (Amaryllidaceae). RO); ibid., San Pedro, Barranco de la Zarcita, Camino la Muralla, fallow land, 23.09.2013, R. Otto W. D. J. Koch (Brassicaceae). Druce (= Crassula argentea Thunb.) Engl. & Warb. (= I. oliveri C. H. Wright ex W. Watson) (Fig. 20) (Balsaminaceae). Cruz de La Palma, Barranco de las Nieves parallel Avenida las Nieves, dry gravelly riverbed, gappy ruderal vegetation, two individuals, 25.05.2013, R. Otto Haw. (= O. vulgaris Mill.) Spain, La Palma: El Paso, Centro de Visitantes del Parque Nacional, border near entrance, 30.04.2012, R. Otto Spain, La Palma: Breña Baja, Los Cancajos, Urbanización Las Salinas 2, ruderal wasteland alongside Calle Salinas, small shrub, 03.05.2012, R. Otto P. S. Green (Fig. 22) (Solanaceae). Juss. ex Kunth (Fig. 24) (Bignoniaceae). Tecoma stans, Las Indias, May 2013 (Photographs: R. Otto). (Rose) D. R. Hunt (≡ Setcreasea pallida Rose) (Commelinaceae). RO); ibid., San Pedro, Barranco de la Zarcita, wayside, numerous individuals, 07.03.2014, R. Otto
La botánica de la primera mitad del siglo XVI gira en torno al Dc materia medica de Dioscóridcs. Sobresalen dos corrientes principales, una modernizadora y científica. protagonizada por [os Iratadistas. y otra medicvalizante y empírica. representada por los apolccllrios. Mallioli aprovecha las "censuras" de los escritos de Lusitano para precisar el sentido de numerosas especies controvertidas en su tiempo. Tras estudiar la Apología de Mattioli l • analizaremos las "Censuras", que aparecen consecutivas en Petri Alldreae Mauhioli Senensis Serenissimi Prillcipis Ferdinalldi Archiducis Austriae etc. Medici. Pero no sólo atañen a las Enarrariolles. también se dirigen contra las Celllllriae del portugués. Se trata, pues, de la segunda parte anunciada en el artículo citado. Las "Censuras" reflejan, en buena medida. el estado de la botánica a lo largo de la primera mitad del siglo XVI, que se forjó en tomo al De materia medica de Dioscórides. Asoman en ellas dos corrientes principales. Una académica, la de los grandes tratadistas, y otra empírica, más o menos denostada, según la conveniencia, por aquéllos. Esta segunda la integraba el mundo abigarrado de apotecarios y herboristas. Si los lratadistas se proponían renovar la disciplina con un examen filológico de fuentes depuradas, los apotecarios persistían más o menos apegados a las recetas arabizantes. Mattioli se esfuerza por confinar a Lusitano entre los segundos. A esas dos lendencias principales hemos de agregar el peso que siguen teniendo los "hortus sanitatis", la recuperación de textos clásicos (Teofrasto, libros de re nlstica y autores bizantinos), sin olvidar los antidolarios árabes (Serapión) y medievales latinos (Pseudo-Meusue). A lo largo del artículo hablaremos, en forzada simplificación reduccionista, de los "autores renacentistas", tomados en conjunto, sin particularizar. Con ello pretendemos recoger la opinión predominante en tomo a los distintos simples. No nos hemos propuesto un estudio comparado de cada especimen vegetal en cada autor, sino recoger la aportación de Mattioli y Lusitano a ese estado de la cuestión, y no a través de sus respectivas grandes creaciones, sino ceñidos a la perspectiva que nos abren las "Censuras", Bajo el epígrafe común de "tratadistas" incluimos una gravilla de autores que publicaron sus obras en la primera mitad del siglo XVI; en particular: Nicolo Leoniceno (De P/illii el pluriuf1I a/iomm medicina erroribus, Ferrara), las traducciones comentadas de Hermolao Barbare, Jean Ruel y Marcello Vergilio Adriani del De materia medica. Acerca de /a Materia Medicina/. y de/os Velle,¡os Mortíferos... con Anotaciones... ). La estructura de las censuras se acomoda a una pauta que se mantiene bastante constante. Mattioli comienza por denunciar el error, real o supuesto, de Lusitano. Argumenta luego su tesis con análisis del texto de Dioscórides, testimonios de autoridad, observación propia o contradicción interna del portugués. Para terminar resaltando el "disparate" sacado a la luz. A menudo, Mauioli conjuga las notas distintivas de la planta con sus propiedades galénicas, es decir, farmacológicas. El tono de la exposición sigue siendo el de la Apología. Lusitano es un ciego (judío, "perro que ladra") e ignorante. un atrevido con afán de notoriedad y un usurpador de la labor ajena. 2 Mattioli se encargará, viene a manifestar, de descubrir su verdadero rostro. Bajo esa capa de beligerante contraataque, se insinúa, sin embargo, una voluntad de asentar una identificación precisa de las plantas empleadas en el corpus terapéutico. 3 Censura primera: de Acoro El ácoro verdadero, el "calamus odoratus" de Mattioli, es el Acoms calamus L. Se trata de aclarar. al parecer. la naturaleza del ácoro bastardo (Iris pseudoacorus L.), la iridácea introducida por Diosc6rides en De materia medica {I,2} con el nombre de ákoroll, cuyo rizoma aprovechaban los medievales por sus propiedades galénicas de calor y sequedad. Al "acorus" los apotecarios renacentistas lo denominaban también "Irios". El "error" <;te Lusitano consistió en haber identificado el ácoro con la "galanga" 4. La "galanga" de esta primera censura (A/p¡'¡ja spp. ) era el rizoma aromático de Alpill;a ga/anga (L.) Willd. y A. officinarum Hance, dos especies importadas en Europa. Para deshacer semejante confusión, MattioJi escalona su razonamiento en diversos grados, En primer lugar, el criterio 1II0Ifofágico. Las hojas de la galanga no son las del "Iris", sino las del "Cyperus"; la raíz de la galanga es rojiza, no subalba. No existe, pues, "cognatio", es decir, parentesco, entre ambos vegetales.' En segundo lugar, el criterio ga/énico de fas fuerzas o virtudes. El gusto del ácoro es subamargo, no así el de la galanga. Criterio que refuerza con testimonios de autoridad de la terapéutica galénica, en concreto con los antidotarios. 6 Por contra, aclara Mauioli que las hojas y la "raíz" del ácoro son propias del "lris",7 En consecuencia, ni por su naturaleza vegetal ("genus") ni por sus efectos medicinales, la galanga tiene nada que ver con el ácoro. 8 Aprovecha la oportunidad para atacar más o menos subrepticiamente a Antonio Musa Brasavola, fuente en su opinión del yerro aquí combatido. Fuchs corrigió tras leer a Mattioli y quizá hubiera hecho lo propio Brasavola, aventura, para centrar de nuevo el ataque en Lusitano. 9 El ácoro, sentencia. es la raíz llamada cárdamo aromático. 10 Pero en vez de explayarse en su descripción, ridiculiza una vez más el criterio identificador de quienes se apoyan en propiedades muy compartidas o en interpretaciones filol6gicas deficienles. Aquí, la propiedad venérea y el sentido exacto del término "venéreo" (hermoso).lI Además. ni la supuesta autoridad esgrimida (Apuleyo) es tal, pues se contradice, J2 ni el apoyo buscado en Plinio es firme, a tenor de los códices recién descubiertos lJ. El texto depurado de Plinio le sirve para perfilar el criterio del color de las raíces, uno de los considerados entonces básicos en la identificación de las plantas: subalbo es lo que se aclara desde el negro; subnegro lo que se obscurece desde el blanco. l..\ Censura segunda: de Cardamomo El kardámomoll de Dioscórides (1, 6), aunque referido principalmente a la zingiberácea Eleuaria cardamomwn White y Matan, cardamomo menor por otro nombre. en la Edad Media y Renacimiento designaba también otras especies. (El "mayor" era Amomum cardamomum Mal.) El "cardamomo" constituía un ingrediente importante de la triaca de Andrómaco. El "error" de Lusitano consistió en pensar que el carda momo de los antiguos era una madera y no una semilla o grano. Maltioli se vale de la autoridad de Galeno y Andrómaco. 16 Censura tercera: de Nigella Citrina Relacionada con la censura anterior es ésta sobre la neguilla, el melal/lltioll clásico (NigelJa sariva L.). Afín es el ajenuz (NigelJa damascena L ). En el Medievo "Nigella" evoca a veces la especie Agrosremma girhago L., amén de N. sativa L. y N. damascena L. Los apotecarios cultivaban esa ranunculácea, originaria del Mediterráneo oriental. conocida en el Egipto clásico. Afín es el ajenuz (NigelJa damascena L). El "error" de Lusitano consiste en confundir la "Nigella citrina" con el "Cardamomum maius" de los árabes y el "Cardamomum minus" con la "Melegheta".J7 Para deshacer la equivocación apela Manioli al dictado de Serapión, una de las pocas fuentes árabes que respeta, I8 y a su propia descripción de las plantas interesadas. 19 Censura cuarta: de Melegheta Esta planta piperácea de origen africano no la conoció Dioscórides. Sin embargo. en el siglo XIII estaba ya en las prescripciones medicinales. Continuación de la censura precedente, se trata de mostrar que la "Melegueta" o grano del paraíso no es el "cardamomo menor". Por motivos de talla, anatómicos (inclusión de la simiente en un receptáculo) y cromáticos. Las "cubebas" que Lusitano y Manioli podían encontrar en los anaqueles de los apotecarios de su tiempo era Piper CIIbeba L., especia de las Indias orientales importada en Europa desde tiempos remoLas para curar enfermedades del sistema urinario y del árbol bronquial. Su fruto en drupa se parece a la pimienta negra, aunque es mayor. Con el nombre de "carpesium", que se suponía afín a la valeriana, se aludía en ocasiones al heléboro blanco (Verarrum album L.) o al algodón (Gossypium arboreltm L.: G. herbacellm L.) Por su parte, el p! lou dioscorídeo (1, 11), en tomo al cual gira esta censura. es la Valeriana Dioscoridis Sibthorp, pero no la valeriana mayor que creyó Mattioli. Había recibido numerosas denominaciones en el Occidente latino: "nardum agrestis", "nardum creticum", "phu ponticum", "phu magnum", "phu verum", "phu maius candida" y alguno más. El "error" de Lusitano habría consistido en afirmar que las cubebas de las farmacias son las de los árabes, que a su vez sería el "carpesium" de Galeno. 21 Pero las cubebas eran granos, en tanto que los griegos describen el "carpesium" como una caña. 22 Censura sexta: de Saliunca La descripción de la planta anterior se completa con esta censura sobre la "saliunca" de antiguos y medievales, o nardo celta (Valerial/a celtica L.). Con Ladas las cautelas podría afirmarse que la "spica nardi" de los Renacentistas era Valeriana jaumul1Isi Wall.: el "spigo nardo" toscano, Lavandllfa spica Cav.; el "pseudonardus mas". ulI'(uldu/a fari/ofia Censura duodécima: de Acacali A medio camino entre "myrica" y "erica", y semillas en perlitas segÚn Lusitano. Diosc6rides describe la akakallís, planta pereneciente al género Tamarix. en De J1/aleria medica 1, 89. En sus múltiples presentaciones, los medievales solían identificar la "myrica" con nuestra Belll/a pelldu/a Roth, si no con Call/lJ/o vltlgaris (L.) Hull, en tanto que los renacentistas parecían referirse a TOII/orix gallico y, también, a Myricaria gerlllollico (L.) El "error" de Amato reside en una imerpretación incorrecta de Diosc6rides, quien escribe que la semilla de "acacalis" es semejante a la de •'myrica••. no que la planta en cuanto tal sea similar a la "myrica" Y Además, de los dos "generos" de "myrica" que existen para Mauioli, ninguno produce semillas a modo de gemas mínimas que refiere Lusitano. 38 Censura décimotercera: de Paliuro Se acepta que el paliuro de Diosc6rides (1, 92) es la ramnácea Pa/il/rus spina-chrisli MilI. Los medievales llamaban "rhamnus" al RlulIII1ll1S cGlharriclIs L., al Paliul"/Is spil1achrisli MilL, al Ribes uva-crispa L. o incluso a la zarzamora (Rl/bus jrulicos//s L.) En el Renacimiento "rhamnus" suele ser P. spilla-christi MilI., Y "paliurus", /lex aquijolilfllJ L. En ese contexto debe entenderse la censura. Mattioli reprocha a Lusitano que asocie el paliuro de Diosc6rides con el "agrifolio",39 Basa su razonamiento en la la distinción entre "frutex" y "arbor", así como en el fruto distinto que uno y otro producen."o Censura décimocuarta: in eodem Paliuro La naturaleza del fruto es determinante para la identificaci6n de las plantas en Mattioli. El caso del "acebo", que diría Laguna, le permite explayarse en la diferencia entre arbustos portadores de silicuas y árboles baccíferosY y de acuerdo con la filosofía natural aristotélica subyacente, lo que produce un mismo efecto médico debe tener idéntica naturaleza. 42 Censura décimoquinta: an Ribem Supone Mattioli que se trata de una planta introducida por los árabes. aunque había advertido Charles Estienne (1504-64), al describir el oxyacanthos, que mientras Plinio no la menciona, sí lo hace Diosc6rides, El "ribes" medieval y renacentista es, según las ocasiones, Ribes nigrum L. o R. mbrum L. En español, "ribes" o "cambronera", Mattioli estima que "se equivoca" Lusitano, siguiendo a los árabes, al suponer arbusto lo que es árbol.") Desde el punto de vista botánico importa resaltar aquí la atención prestada a la morfología foliar como criterio discriminante: hojas anchas, grandes, y redondas en Lusitano, pequeñas vitigíneas y divididas en Mattioli."" Censura décimosexta: de Rosis Damascenis Objeto del capítulo 99 del libro primero del De materia medica dioscorídeo. en los recetarios medievales encontramos un florilegio de rosales que se reputaban más o menos afines: "rosa damascena", "mentha sarracenica", "rubea maior". "centrulll galli". etc. En el Renacimiento se distinguía enlre rosas damascenas, rosas mosquetas, rosas de clavel, etc. El rosal de Alejandría, o rosal damasquino, es la Rosa damascella MilI. Sin embargo. las "rosae sinenses" designan, en numerosas ocasiones, nuestros Hibisc/ls murabilis L. Hibisc/ls rosa•sillellsis L. Denuncia Mattioli que Lusitano confunde las rosas damascenas con las "moschettas" del vulgo."s El elemento discriminante reside aquí en la virtud terapéutica. 46 Dentro de la misma censura, le recrimina su defensa de la "rosa perslca" como laxante,'" y su ignorancia acerca del simple árabe "ieleniabin"."g Censura vigésimocuarta: de Olyra Empieza con ésta el grupo de censuras en tomo a los "frumenta". y en primer lugar. la "olira" (De materia medica 11, 91), en griego ol)'ra. Podría tratarse de la escanda (Trilicltm dicocclIm Schrk.) o también del sorgo de los egipcios (SorghuIII vltlgare L.). Su naturaleza se disputaba en el Renacimiento: para unos era el centeno, para otros el trigo candeal. Entre los que la asociaban al centeno se contaba Lusitano, con el que se confeccionaba un pan negro que contradice los testimonios clásicos según los cuales, aduce Mattioli. se preparaba una harina blanca. 68 La razón botánica que éste esgrime es la gluma. 69 Censura vigésimoquinta: de Chondrio El ch6ndros dioscorídeo (11, 93) era el grano de trigo triturado. A la polenta hecha con su harina la llamaban los griegos lrágos. Se discutía en el Renacimiento la natumleza exacta del cereal que intervenía en la preparación. Para Lusitano se hacía con escandela o cebada, de lo que discrepa Mauioli. 7o Esa censura le da pie al sienés para trazar las diferencias entre los "géneros" "Hordeum" y "Zea".71 Censura vigésimosexta: de Farre et Halica Continuación de la anterior, se trata ahora de descubrir el sentido exacto de las palabras "far" y "halica" de los textos clásicos latinos. Si para Lusitano ambos términos son sinónimos, para Mattioli, basado en Plinio, Asc1epíades, Galeno y Aecio. designan alimentos distintos. 72 Censura vigésimoséptima: de Phaseolo Empieza con ésta un grupo de censuras sobre "olera", hortalizas: "phaseolus" (Pilaseo/lis sp,), "frisoles" (Do/ichos me/allop/atallos OC.), "arvejas" (Vicia satil'a L.). romazas. etcétera. Si el pllaselos clásico podría designar una legumbre africana (Vigila IIllguiclIlaris Walp., muy otro es el sentido de "smilax-hortensis", "phasiolus", "faseolus" o "dolichos" de los Renacentistas que comienza a designar el linneano Pllllseolus \/lIfgaris. Debemos a Fuchs la primera ilustración de esta legumbre llegada del Nuevo Mundo. Los españoles la llamaban fríjoles de los huertos. Nos hallamos ante un conjunto de plantas cuya identificación revestía particular dificultad para los renacentistas, empeñados en buscarles su contrapartida clásica, Manioli le atribuye a Lusitano el "error" de confundir "phaseolus" con "ervilia maior".?) Esta última sería, para el sienés. el guisante,7" Al tratarse de "olera", importa determinar el carácter comestible del primero y sus propiedades terapéuticas. También "yerra" Lusitano, prosigue Mauioli, al confundir "ervilia" COIl el "dolichos" de TeofraslO. 76 Para el sienés "dolichos" es la ••smilax harten sis•' de Dioscórides. 77 No es fácil ver la luz en esa maraña de plantas leguminosas cuyos usos culinarios han cambiado a lo largo de los siglos. De Oriente llegaban a Europa numerosas especies del género Dolichos. Censura vigésimonona: de Rumice Los griegos daban el nombre de lápatllOll a las romazas, estudiadas por Dioscórides en De materia medica 11, 114. El anazarbeo distinguía cuatro tipos: 1°) oxy/ápallloll, o lengua de vaca (Rumex crispus L.): 2~) romaza hortense (R. paliemia L.), 3") "semejante al llantén", no identificada; 4") oxá/ide, o romaza silvestre (R. cOIIglomeralus Murray). Los medievales prestaron especial atención al •'Iapacium acutum" (R. hydrofapllllllllll Huds., l? obtllsifolius L.) y al "Iapacium rotundum" (R. crisplls L.) En el RenacimienlO los dos primeros tipos de Dioscórides convergían a menudo en RWl1ex a/pillus L. Conocían. además, las acetosa (R. acetosa L.) Por su lado, la •;spanachia" o "spinaceum olus" renacentista era Spillacia oferacea L. Mattioli recrimina a Lusitano que confunda "rurnex" con "spinachium", siendo así que no lienen ninguna relación de parentesco, es decir, que no se parecen ni en las hojas, ni en el tallo, ni en la Oor, ni en el frUlo, ni en la raíz, ni en las propiedades galénicas. 78 Se escuda en la autoridad de Galeno 79 Censura trigésima: de Chondrylla Aunque la chol/drile dioscorídea (11, 133) parece designar la achicoria dulce (Cho/ldriJIa jlmcea L.), en el Renacimiento se aplicaba el término "chondrilla" a plantas de los géneros Laclllca L.. Crespis L.. empina (Pers.) Cass., y Cemaurea L. Al distanciarse de Diosc6rides. que asimila la "chondrylla" a la "chicoria",;'yerra" Lusitano, que la vincula a la "intybus hOl1ensis", censura Manioli. Censura trigésimoprimera: de Gingidio Encontramos esta umbelífera en De materia medica JI, 137, donde parece significar Ma/abaila sekakll/ Boiss. o. quizá., Dallc//s gindidillm L. El gingidio de los renacentistas era, lo más frecuente, A1l1hrisClls cerefo/illlll (L.) Pero cree Manioli que Lusitano tropieza al identificar "gingidium" con "cherophyllum",81 ésta dulce, amarga aquélla. 82 Las hojas del perifollo son amargas. Censura trigésimosegunda: de Scandice Lo mismo el skálldix dioscorídeo (11,138) que el "scandix" de los renacentistas remiten, Mattioli incluido, a la aguja de pastor (Scandix pecten•vefleris L. ). "Se equivoca" Lusitano, opina el sienés, cuando dice que medra en los setos y guarda un parecido con •'cherophyllum".83 La raz6n es galénica, es decir, fundada en el sabor y en las propiedades medicinales.8-1 Censura trigésimotercera: de Hirca Barbula La forma curiosa del fruto (que termina en vilano) explica su persistente denominación de barba de chivo, desde la antigüedad clásica. Dioscórides dedica a tragopogoll el capítulo 143 del libro segundo. Por lo común se aludía a Tragopogon porrifolius L. Mas aparecieron apelativos similares para especies sin ninguna relación con la anterior; así, "barba sylvana" (Sagittaria sagittifolia L., Alisma p/alltago-aq//atica L.), "barba caprae" (Anmclls dioicus (Walter) Femald, Hibiscl/s spicallls Cavo y Filipelldu/a u/maria Maxim.) La "barba capruna" de Laguna es Tragopogol/ porrifo/i/ls L. Aquí el "error" denunciado se refiere a la raíz. 85 Mattioli ignora que Lusitano recoge una tradición española. confirmada por el propio Laguna, y se atiene a la forma del órgano en cuestión. 86 Censura trigésimocuarta: de Hortensi Smilace Se ha supuesto que la smilax kepoio de Dioscórides (11, 146) podría ser Vigila sille/lsis Endl. En el mundo medieval no es rara la relación entre "smilax" y el género COlIllO/VII/US. Ya hemos advenido. además, de la confusión reinante en tomo a los diferentes tipos de leguminosas alimentarias. Mattioli culpa a Lusitano de no acertar a distinguir entre el esmílace dioscorídeo y el género de los "phaseoli", carentes éstos de la consistencia arbustiva que alcanza el primero. 81 Censura trigésimoquinta: de Thlaspi Si dudosa es la identificación del thlaspi de la tradición recogida en De materia medica 11, 156 (en casos Copsella bursa•pastoris L), se da por descontado en el Renacimiento que existen "thlaspi species multae". Al atribuirle una semilla ancha y hojas abiertas en el vértice. "no conoció" Lusitano el verdadero thlaspi, objeta Mattioli. 88 Según se intuye. el ponugués se está refiriendo al pan y quesillo. Censura trigésimosexta: de Zedoaria En el Medievo lIamábase "ziduarium" o "zedoaria" a nuestra Cllrcllma:.edoaria (Bergius) Rose., cuyos rizomas semisecos se parecen a los del jengibre. objeto éste del tratado dioscorídeo en 11, 160. Pero en el Renacimiento "zedoaria" se aplicaba de un modo bastante extendido a especies del género Valeriana. La censura se centra aquí en la "errónea" identificación que Lusitano establece entre "zedoaria" y el "Zurumbet" de los árabes, siendo así que la primera es una hierba y el segundo un árbol. si. con Mattioli. nos dejamos guiar por Serapión.89 Censura trigésimoséptima: de Struthio En griego strolÍt}¡iOIl, en latín clásico y renacentista "struthium", "Ianaria herba". "herba fullonum", "saponaria" y en el castellano coetáneo yerva xabonera y yerva lanaria, tales eran los términos en que designaba Saponaria officil/atis L. Sin embargo, Matlioli lo considera un dislate cometido por Lusilano, pues ni morfológica ni terapéUlicmente coinciden "struthium" y "saponaria vulgaris".90 Censura trigésimooctava: in Lusitani fabulam Esta censura no tiene otra finalidad que ridiculizar la fantasía de Lusitano que se creyó la patraña de la existencia en su villa natal de Castello Branco de una planLa que nacía con figura de pájaro al ser rociada con esperma de éste. Se proponía mostrar cuán poco era de fiar quien concedía crédito a tales fabulaciones. incluyéndolo en la corriente fisiognómica que arrancaba de la Edad Media. 91 Censura trigésimonona: de altera Cyclamino Se disputaba en el Renacimiento la naturaleza genuina del J.... yklámillos heléra del De materia medica n,165. Podría afinnarse que el "cyclaminus prima maior" era Cycfamell pllrpurascen5 MilI.; el "peryclimenus", la madreselva (Lollicera periclYl1lenll11l L.). El pan porcino que describe nuestro Laguna remite al Cycfamen hederifolilll1l Ait. Tras la mofa de la censura precedente, adviene ahora contra la falsa usurpación de su nombre a propósito de la raíz de este segundo ciclamino, cuya raíz el ponugués asimila a una avellana. 92 Censura cuadragésima: de bulbo esculentu Dioscórides describe su bolbos edol//idos, bulbo comestible, en 11, J70. Desde el Medievo se registra una tendencia a identificar "bulbus" y "cepa". Sin embargo, en numerosas ocasiones, el "bulbus maior" de los tratados renacentistas casa mejor con Muscari C011/051/1I1 (L.) El "error" de Lusitano consiste, según MatLioli, en no ver ninguna discrepancia entre "esculentum bulbum" y "ascalonicum caepe" o. como dirá Laguna, entre una suerte de cebolla salvaje y las cebolletas que en Roma llaman ascalonias. 93 El primero penenece al género de los bulbos, el segundo al de las cebollas: ambos, además, encierran distintas propiedades galénicas. 9J Censura cuadragésimoprimera: de Altera Argemone La arge1l1olle de Dioscórides (11, 177), o amapola macho (Papa ver argemone L.). se indicaba para el tratamiento de las enfermedades oculares. "Se equivoca" Lusitano al identificarla con la "argentina'•.9s Aprovecha la ocasión Matlioli para criLicar en el ponugués a cuantos se guían por la similitud terminológica en vez de atender a la proximidad de naturaleza descubiena por la observación. 96 Censura cuadragésimosegunda: de Telephio La planta con que se curó a Télefo, hijo de Heracles, herido por Aquiles en la guerra de Troya, recibió el nombre de teléphiol1, descrita por Dioscórides en 11, 186. Como en muchísimos casos, de identificación incierta. En el Renacimiento, "telephium" venía il designar Sed/1m telephilllll L. u otras especies dell11ismo género. Para MOlHioli, cae LusiLano en el "error", no infrecuente por lo demás, de confundir "telephium" con el "tertium sempervirum" de Dioscórides. 91 La fuente del yerro reside en no saber apreciar que se trata de una mención de opiniones ajenas. no de su propio punto de vista. Con ello Mattioli subraya la finura exigida a la hora de interpretar un texto c1ásico. 98 También parece ajustado identificar "Rha ponticul1l" con Rhelll1l rfwpollticlIlII y "Rhabarbarum" con Rhel/m'J¡ybridulII Murray. Se lrata en esla censura de la preparación acertada del medicamento; Mattioli increpa al portugués por defender que se prescriba crudo y rechazar, contra el sentir de los médicos, que se ofrezca a los disentéricos pasado por el fuego"().I En este asunto, las autoridades aducidas son Mesue, Galeno, Pablo de Egina, Oribasio, Aecio y Alejandro, 105 amén de la práctica terapéutica de curar las úlceras intestinales con medicamentos erosionantes y agresivos, entre ellos alumbreYJ6 La culpa de todo ello quizás estribe, apunta Mattioli, en que Lusitano ignore que en Avicena. su apoyo. "rhabarbarum" es 10 mismo que "rhaponticum".107 Censura cuadragésimoquinta: de Chamaeleonibus. Chamaeleo albus el niger Dioscórides dedica los capítulos 8 y 9 del libro tercero de su De materia lIIedico al camaleón blanco y al camaleón negro, respectivamente. Se acepta que el challlailéoll lellkós dioscorídeo sea Atraclylis gUl1mllfera L. y el negro, Cardopat; lIm corymbosum Pers. "Cameleon" pasa por el filtro medieval asimilado a los viscos. Cree Mattioli, contra toda razón, que Lusitano "yerra" al identificar el camaleón blanco de Dioscórides con el portugués cardo-do visco (Atractylis glllllmifera L.)108 Manioli lo confunde con la carlina angélica (CarlilUl acalllis L.).I09 Por lo que respecta al negro, le recrimina también que lo numere entre los "cardos", lIo siendo así que sus notas carácterísticas botánicas y farmacológicas en nada concuerdan. lll Censura cuadragésimosexta: de Crocodilio Siguiendo el orden de Dioseórides, le loea el luma al eroeodíleo (111, 10), de disell1ida identidad. Para unos se refiere a especies del género Dipsaclls, para otros es un CardulIs O un EI)'lIgium. El medieval "cocodrilla", de natura incierta. parece equivaler a Arum; wliclIlII MilI., y a Tribullls terrestris L. el "carduus fullonum". En las farmacopeas renacentistas "carduus fullonum" venía a designar quizá la cardencha (DipsaclIs fllllolllllll L.); también con reservas, el "carduus veneris" sería DipsaclIs Sl/tivI/s (L.) Al castellano cardo huso (Carlilla v//lgllris L.) podría remitir la "atractylis miliar" O "atractylis tertia". Pues bien. el "error" de Lusitano, que en eso sigue a Ruellius. consistiría, según Mattioli. en confundir "crocodilium" con "carlina",m pero difieren, señala el sienés. en sus propiedades galénicas y en la raíz. larga. lisa y ancha el primero. gruesa. redonda y áspera la segunda. m Censura quicuagésimoprimera: de tertio Calaminthac gcncribus Siguiendo con la censura precedente, si aceptamos que la segunda especie dioscorídea de calaminl3 era Cafamilllha Ilepera Savi. la tercera, sobre la que versa esta nueva recriminación, podría ser la Calamilllha officinalis L. Así lo entendió Amato. 123 Por las hojas. afirma Mattioli, deben distinguirse: la de los apotecarios tiene las hojas mayores y más redondas que las del poleo, la dioscorfdea largas a lill11anera del "mentaslrum".124 Censura quincuagésimosegunda: de Sampsucho Dioscórides aborda el sámpsoucllO'¡ en su De maleria médica 111. Lo mismo el término griego que los medievales y renacentistas "sansucus","sampsuchus", "amaracus" y Hmaiorana" puede designar Or; gallllln majoralla L. El "origanum" medieval era a menudo Or; gallufIl vl/fgare L., de cualidades secas y cálidas. Podemos asociar la "sampsuchus aquatica" de los tratados renacentistas a V; buf1IlIIn 0pu/I/S L. Aquí Maltioli se ciñe a poner de manifiesto la contradicción en que incurre Lusitano en sus Enarratiolles, donde niega y afirma que el "sampsuchus" y el "amaracus" son lo mismo. 125 Censura Quincuagésimotercera: de Ruta Sylvestri Dioscórides expone la ruda en IIJ, 45 y, en el capítulo siguiente, la ruda silvestre. Si apenas admite dudas que la ruda doméstica o de los huertos sea Ruta graveo/el/s L.. mucho más disputadas son las apeladas "montana" y "sylvestris". A veces la montaraz debe identificarse con Ruta montana L. y la "sylvatica" con Rllla chafepensis L. Pero otras la "sylvestris" equivale a Pegallum /wn1wfa L. En el Renacimiento, "ruta canina sive herba Divi Antoni" era Scropllfar;a cal/ina L. y, a menudo, "ruta sylvestris" designaba la Ruta mOlltmw L. Además, por lo que concierne a la censura, conviene recordar que en ese período la "caryophylla" podría designar rri[ofium an/ellse L.; T. fagoplls POUIT. y "caryophyllum", El/genia caryophyf/ata Thunb. En efecto, reprocha Mattioli a Lusitano que confunda la "ruta sylvestris" con los "caryophyllos ultramarinos".126 Dos tipos de plantas. detalla el sienés, que difieren en corola, capítulo, semillas y rafz. m El cariofilo de Lusitano quizá fuera Geum llrbmlllm L. y Pega", un hannafa L.. la "rula sylvestris" de Mattioli. Censura quincuagésimocuarta: de Sylvestri Cumino Con ésta empieza el grupo de las umbelíferas. Diosc6rides consagra el capítulo 59 del libro tercero de su De materia lIIedica al comino doméstico o blanco (ClllI/inulll CYlI/i111l1ll L) y el 60, al comino silvestre (lAgoecia cum; no;des L.). Distinguíase una tercera especie. que se creía egipcia (Cllfl"" coplicllm Benth. & Hook. f.). Esa panición apenas varió en la Edad Media. aunque llamaban también comino doméstico a la alcaravea (Can/1n cllrv; L.), "comino dulce" a Pilllp; nef/a lmisllfll L. y comino agreste a Oenallrhe fachellalii Gmelin. Lo mismo el comino blanco que el negro (N; gefla sativa L.) son originarios del Mediterráneo oriental. Los renacentistas solfan denominar "nigellae" a las semillas de N; geffll Sll1; VlI L. y N. arvells;s L. Al decir de Mauioli. Lusitano no supo ver la diferencia entre el "rusticum cuminum" y el "cuminum sylvestre", 128 al fiarse de los apotecarios que s610 conocían el comino de los huertas. l29 La confusión reinante tiene que ver con el comercio de especias. traído por caravanas transaharianas, al1lés de du múltiple empleo (dietético, afrodisíaco. medicinal) en la cuenca mediterránea. Pese a lo que cabría esperar no aborda en esta censura el desarrollo de la crítica precedente. Mattioli se limita a indicar que en su "error" Lusitano se halla S010.13O Censura quincuagésimosexta: de Coriandro El kórioll dioscorídeo (111, 63), el "coriandrum" medieval y el "coriandrum'•. "corion" y "cariannon" de los Renacentistas designan la misma especie: Corilllldrl/III Sll1iV1/1II L.. una de las primeras especias utilizadas por el hombre. La "cicutaria" podía indicar. entre otros. "Delira" Lusitano, escribe Maltioli, cuando no sabe discernir la naturaleza de planta tan arraigada en la cultura mediterránea. m Censura quincuagésimoséptima: de Petroselino Aunque el petrosé/illon dioscorídeo (III, 66) llega al Renacimiento con el mismo significado de nuestro perejil (Petroselillum hortense Hoffm.), ya en el Medievo "petroselinum" se refiere a menudo al Petrose/illum crispuIII (MilI.) Nym.. acotado por los renacentistas con las expresiones "petroselinum sylvestre", "apium sylvestre" "selinum sylvestre". Con todo, no era infrecuente que por "petroselinum" se entendiera el linneano Sisol! amomlll11 L. Y si bien desde la Edad Media al "petroselinum lll<lcedonicum". "agreste" o "alexandrinum" se le confundía a menudo con el apio caballar (ArJUll11allfa macedollica Sprengel), Maltioli convierte en "error" de Lusitano la equiparación de "petroselinurn" con "apium", m tan distintos, sin embargo. en sus propiedades galénicas. lJJ Mauioli está pensando quizás en Perroseli, lItm spp. yen Apilllll graveoJens L. La chirivía de Dioscórides (llI, 69) corresponde, sin duda, a Pastinaca satil'O L. Así lo entendieron medievales y renacentistas. Ruellius y otros. sin embargo. pensaron. que el e/aphobóskon del anazarbeo remitía a otra planta diferente de la pastinaca. Opinión que compartía Lusitano. Maltioli exculpa a los demás y censura a éste.lJ.i Censura quincuagésimo nona: de Collutea No es seguro que nuestra colútea o espantalobos (Co/ulea arborescens L.) fuera conocida en la antigüedad clásica, aunque Teofrasto aportó ya el nombre cuyo significado fue objeto de debate en el Renacimiento. Unos, así Fuchs, la asociaron a Co/urea arborescens L.; otros. quizás Ruellius, a Cassia obova/a Cavo Lusitano cae en el "error" de identificarla con el "albumum" de los "authores rei agrariae". es decir, reputar planta lo que era parte del tronco. 13S Y adelantándose a posibles contrarréplicas de Alllathus. por si éste adujera que se trata de una simple errata tipográfica de tras locación de "Iaburnum" en "albumum", ambas plantas difieren morfológicamente: el "labuTllurn" (tal vez, Cytisl/s labllmul1I var. alpilluUI Presl) es un árbol alpino y la colútea un arbusto,m, Censura sexagésima: de Sena Mattioli abunda en lo anterior y censura a Lusitano que identifique "sena" (para algunos renacentistas, Co/utea arborescells L.) con "collytea•'.137 Le recrimina. además. que no especifique a cuál de las dos de Teofrasto se refiere y que considere hierba lo que el albaceas de Aristóteles suponía árbol. 1J8 Censura sexagésimoprimera: de Glaucio El gJalÍkioll dioscorídeo (111. 86) se recibió en el Renacimiento con las denominaciones "papaver comiculaturn". "comiculatum luteum". de donde arranca su nombre técnico G/auciuw /uteu11I Scop. Reinaba, no obstante, cierta confusión entre especies de los actuales géneros G/auciu11I y CheJidoniuUl, denominadas, según los autores. "memite" y "glaucium". (El "glauciurn" medieval adscribe al CheJidollillltl majus L.). Afirma Turner que el "glaucium" medra en los arenales de las costas británicas. Manioli. en cambio. duda en esta censura de que Lusitano lo haya observado en los Países Bajos. 139 Censura sexagésimosegunda: de Alysso Se acepta que la á/yssoll del De materia medica (111, 91) sea la hierba de los anteojos (BiscutelJa allricu/ata L.) En el Renacimiento se la identificaba también con la rubia silvestre (Rubia peregrina L.) De esa disparidad se hace eco Mattioli cuando reprocha a Lusitano no separar la hierba de los anteojos. de Dioscórides. del "alyssum" pliniano. 14U En apoyo de su censura resume las descripciones de ambos autores y el tratamiento de los tipos de "rubia" en el anazarbeo. 141 Censura sexagésimotercera: de Attractyli En torno al lltrakrylis (De materia medica IIl, 93), a buen seguro Carthamus tal/atus L.. hubo en el Renacimiento disparidad de interpretaciones. Así. podemos asociar él Carlina vulgaris L. la "3tractylys miliar", "cartamus sylvcslris", "cnicus sylvestris" y "atractylis minar" de Fuchs, y a Cnicus benedictus L. su "atractylis hirsulior", "carduus benedictus". "cnicus sylvestris" y "atractylis aspera". Turner, sin embargo, no cree que la "altractylis" sea el "cardus benedictus" (Cllicus belledictlts L.). Parece, por otro lado. que el "cardo huso" de nuestro Laguna corresponde a Atractylis Il/Il1Iilis L. Mauioli s610 ve que Lusitano niega que los "auractylida" sean género de "cnicus sylvestris.... 42 Opone el teslimonio de autoridad de Plinio y Teofrasto y las propiedades terapéulicas. 143 Censura sexagésimocuarta: de Teucrio También elleucrio de Diosc6rides (111, 97) dio pie a interpretaciones muy dispares en la primera mitad del siglo XVI, sin que desapareciera del todo la asociaci6n del "teucrion" medieval con Phyllitis scolopendrium (L.) Incluido Laguna. los más optan por identificarlo con nuestro Tellcriul/I flavl/I/I L. Solía enlonces entenderse por "teucrium" diversas especies del género Teucril/l1I. en particular T. clwl1Iaelhys L.. T. Scordium L. y T. polilllll L. A esta última se la llamaba también "poly" y 7: 11I0lltalllll1l L. Para contextualizar la censura, conviene recordar que la mayor de las sanguisorbas se ajustaba a la Sanguisorba offic;,wlis L., y la menor, con la •;pimpinella". a Sallguisorba m;1/or Scop. Pero Lusitano, denuncia Mauioli, confunde "teucrium" con la "sanguisorba". pese al testimonio de Diosc6rides y la realidad morfológica de la "pimpinella".I4-l Censura sexagésimoquinta: de Lychnide A la iychllís consagra Dioscórides los capítulos 100 (Iycllllís steplulIIomatike) y 101 (iyclmís agría) del libro tercero; es decir, a nuestra coronaria (Lycllllis coronaria Desr.) y neguilla (Agrostelllma girhago L.), respectivamente. Alguna fuente medieval llama "Iichnis" a nuestra valeriana común, Dentro de la confusión reinante, esta última era conocida por los renacentistas bajo distintos nombres: "lolium", "Iolium recentorium". "pseudomelanthion", "semen agrostemmíle", en tanto que las "'ychnides variae" podrían hallar amparo en el género Licllllis, La censura ataca la "combustión fabulosa" de las hojas verdes de la "Iychnis" y da a Lusitano una lección de filología griega e historia natural, las dos condiciones necesarias para interpretar correctamente a Dioscórides.1 45 Censura sexagésimosexta: de Martago El capítulo siguiente (I1I, 102) se refiere a la azucena (LiliulII calldidlllll L.) También la censura inmediata. Medievales y renacentistas llamaban a esa planta "Iilium album", "Iilium candidum" y similares. Los últimos identificaban el martagón con nuestro Lilillm managoll L., a cuyas nores rosáceas, con máculas purpúreas, íllude Manioli cuando recrimina íl Lusitano que lo confunda con la "hemeroc3I1is" Y6 Censura sexagésimoséptima: de Trifolio Del tríphylloll se ocupa Dioscórides en 111. Si hablílba o no de la higueruela (Psoralea billllllillosa L.) no estaban de acuerdo los renacen listas, empeñados asimismo en aclarar los distintos tipos aportados por otros autores, Plinio de los primeros. Para indicnr ni trébol hediondo empleaban In expresión "tripolium asphahine", Turner dice que cuando alcanza la madurez huele como el alquitrán. En general. sin embargo. "lripolium" (o "trifolium") viene a significar, desde el Medievo. TriJoliul1I spp.; a menudo, T. pratellse. Pero el "vulgare" podría tomarse por Asrer tripolil/m L. y el "acetosum" o "trifolium alleluia" por Oxalis acetoseJla L. Juzga Mauioli que Lusitano no conoció el "bituminosum trifolium": asocia el olor del "pratense" (quizás Tri/olil/III pratense L.) al de la ruda.I~7 Censura sexagésimooctava: de Ambrosía Todavía se disputa hoy sobre la identidad de la ambrosía dioscorídea (111. Si. a menudo, la "ambrosia" de los medievales evoca a Sel1lperViVulII tectorl/m L.. por aquella servían los boticarios renacentistas, al parecer, plantas muy dispures. entre ellas. lu biengranada (Cltenopodium botrys L.) En ese mundo abigarrado de herbolarios y upotecarios se la confundía a menudo con el tanaceto. Pero los tratados contemporáneos permiten vincular el Utanacetum" y ••tagetes" con Tanacellwm vltlgare L. Mattioli le reprocha a Lusitano su ligereza al asociar la ambrosía de Dioscórides con el "tanacetum" de los vendedores de simples.l4 8 Ni el tamaño, ni las hojas, ni las nares de un;1 y otro. Dioscoride leste, son los mismos.1 49 Censura sexagésimonona: de Gnaphalio No está clara la identificación del gnapltállioJl de Dioscórides (111.117). etimológicamente. como recuerda Laguna. borra de lana. En los renacentistas se tiende a concordar ugnaphaliumu. "centuculum" y "herba impia Plinii" con nuestra Filago vlIIgaris Lam. Plantas tomentosas eran. asimismo. "amarantus lutcus". "nos amoris", "nores stoechados" y "nares cenaphalii u. más O menos vinculadas con los géneros G/laphalium L. y Filago L. En ese ambiente enmarañado, Mattioli denuncia que Lusitano asociara "gnaphalium" con la "Zigi" de Ancona, lso Censura septuagésima: de Oenanthe herba Aunque la oinánrhe dioscorídea (111, 120) acostumbra traducirse por filipéndula.no parece que deba tomarse por nuestra Filipelldula \lulgaris Moench. En el Renacimiento "Oenanthes species variae" designan, a veces, especies de umbelíferas: en alras ocasiones. sobre todo en farmacias, "oenanthe", "saxifraga lutea", "filipendula" y "saxifraga rubeu" cuadrull con 1.1 rosácea mencionada. Se equivoca Lusitano, censura Mauioli. cuundo ufinna que 1<1 planta de Dioscórides, que nace en suelos pedregosos, es la pratense filipéndula (Filipelldllla lIe.mpelllla L.), que el sienés, por otro lado, conocía con exuctitud, lSI Censura septuagésimoprimera: de PhyUo Ph)íllon en Dioscórides (111, 125), el mercuriul perenne (Mercllrialis peremÚs L) plumeó numerosos problemas de identificación pura los tratadistas del Renacimiento. Lagull<1 llega a cuestionar que se conozca. Se barajan diversas denominaciones más o menos sinónimas: "phylum". "cYllocrambe", "brassica canina". "mercurialis sylvestris". "cynia", En esa atmósfera confusa. Mauioli acusa a Lusitano, crítico de Ruellius al identificar éste "phyl1um" y "persicaria", de ignorancia a propósilo del "ophioglossum",1S2 objeto también de la censura siguiente. Censura septuagésimosegunda: continuación de la anterior No parece, en efeclo, que el "phyllum" de Dioscórides sea la lengua de serpiente (Oplliogloss/lm vulgal/llll L.). helecho con una sola hoja dividida en dos segmentos,m de donde recibe el nombre. Censura septuagésimotercera: de Hormino El hómlilloll descrito en De materia medica 11I, 129 se presenta en una fomla doméstica (Salvia II017nimml L) y una forma agreste (Salvia lIomlillulII \,iridis L.). Para enmarcar la censura, sépase que los apolecarios del Renaciminto expedían "gallitricum", "herba salviae sclareae" "olium salviae sclareae aethereum", planta y derivados de Salvia verbellacea L. y Salvia scfarea L. Por su lado, sin seguir una pauta consistente, los tratadistas llaman "onninum sativum", a la gallocresta y "orminum sylvestre", al hormina amaro (Salvia se/m"ea L.). Mauioli se propone arrojar claridad entre un tipo y otro atacando a Lusitano y su identificación de "horminum" con "sclarea", "matrisalvia" y "herba Saneti Iohannis",154 Morfológica y galénicamente, detalla, diverge el hormilla de la esclarea. m Censura setuagésimocuarta: de Onosma Aprovecha Mauioli la descripción diosc6ridea (111, 131) de la ónosma (O/l05ma echioides L.) para ridiculizar la intuición del portugués sobre el camunaje vegetal. Había éste escrito que la orcaneta se parece a los "rapunculi" porque nace entre ellos. El sienés le responde que son tan iguales como un caballo y lIna liebre, l56 Pero Mattioli está describiendo la corona de rey (Saxifraga longifolia Lapeyr.). Describe Dioscórides dos especies de alllliyllis (11I, 136), la cretense (Cressa aetica L.) y la iva (Ajuga iva Schreb.). Laguna y Mauioli coinciden en señalar la sinrazón de Lusitano al identificar la "álkali" de los árabes y la "soda" (Salsola kali L.) de los castellanos con la verdadera antílide. 157 Mattioli va más allá de Laguna en su desmenuzamiento del error. 158 Censura septuagésimosexta: de Lithospermo El lit! lóspermoll de Dioscórides (III, 141) 10 llamaron medievales, farmacópolas y tratadistas renacentistas "lithospermum", "milium solis", "semen milii solis", "granum solis", etc., para aludir a una misma planta, el Litliosperl1lum officillale L. Laguna distinguía entre "litospermo menor" (Lit! lospermum anJense L.) "mijo" (PaniculII miliaceLlm L.) y "Iitospermo mayor" (Lit! lospermu11I officinale L.) En su afán por poner de relieve su mayor conocimiento de Dioscórides y de la tradición, Mattioli señala las discrepancias entre la doctrina recibida y las palabras de Lusitano. Censura septugésimoséptima: de Alisma El llantén de agua (De maleria medica, m, 152) no revistió especial dificultad ni para los farmacópolas ni para los tratadistas. La álisma o damasollioll clásicos y las renacientes "plantago aquatica", "barbam sylvanam", "alisma", "damasonium", "radix alismae" y "radix plantaginis aquatici" designaban, muy a menudo, nuestra AlislIla plalltago-aquafica L. En ese "yerro" caen Lusitano, Ruellius y Cordus, sostiene MattioliYIÚ Quizás éste piense en A. lallCeoltltll11l With., la alisma de hoja estrecha. No se sabe todavía qué entendía Dioscórides por breflallike (IV, 2). En algunas fuentes medievales sugiere alguna especie del género Cel/laurea; en olras Verafrulll o Arremisia, pero no sólo. También la confusión fue general en el Renacimiento. Laguna da fe del desconcierto "entre los simplicistas ejercitados" ante la que algunos modernos asocian con la "bistorla menor". No tardará Mattioli en apuntar entre éstos a Lusitano, dadas las diferencias en hojas, raíces y propiedades galénicas. 1M Censura scptuagésimonona: de Altera Clematide La klematis segunda de Dioscórides (IV, 7), de difícil identificación, se recibió en el Renacimiento COIl múlliples denominaciones "vitis nigra", "vitis sylvestris", "herba clematidis" y varias más, "nammula", una de ellas, que, en la farmacopea medieval, designaba nuestra Rallllllculus flammula L. En la mayoría de los casos se trataba de Clel1laris viralba L. y Vil/ca millar L. Cae en el "error" Lusitano de suponerla la misma que la "f1ammula lovis" del vulgo, o lo que es igual llamar trepadora a una planta de tallo firme y rectoY,2 Censura octogésima: de Polemonia Se ha querido ver en el polemollioll dioscorídeo (IV, 8), que crece en los montes. el linneano PolemOlliwll caerufeum L. o tal vez el Hypericlll1l olimpicum L. Laguna pensaba que la "legitima Polemonia no es otra cosa sino aquella planta vulgar que ordinariamente suele llamarse Been album". Antonio Musa Brasavola, y tras él su amigo Lusitano. declararon que era la ruda cabruna (Galega officillalis L.). Contra esa interpretación se revuelve Mauioli, que apela al lugar de nacimiento, en prados húmedos, en lugares inundados y el borde de los arroyuelos, así como a las características de sus órganos.l('•l Censura octogésimoprimera: de Lagopo No parece objetable identificar el lagopolls de Dioscórides (IV, 17) con un Trifoli//IJI. Acostumbra verse en el "lagopos" o "pes leporinus" medieval la especie Geul1l IlrbwllIm L. Los apotecarios y tratadistas renacentistas empleaban los términos "Iagopus". "trifolium humile", "trinitas" y "Iotus campestris" para designar el más que posible Trifo/illlll m-vense L. El pie de liebre de Laguna podría ser T. lagoplts POUIT. Apoyado en su respectivo hábitat, cuestiona Mauioli la posición de Lusitano, que ve en el lagopol/s dioscorídeo la "trinitas". 164 Censura octogésimosegunda: de Xyphio Suele aceptarse que xiphfoll descrito en De materia medica IV, 20 sea Gladioll/s segetw1J Ker-Gawl. Si los medievales "xifia" y "sitian" sugieren un Iris, el "xyphium" renacentista. con sus apelativos cromáticos "Iuteum" y "rubrum", encaja con nOlas distintivas de los géneros Gladiollis e Iris. En el ecuador del siglo XVI "pseudoacorus" sigue siendo un lris. Pero a Mauioli le parece improbable la relación entre el gladiolo con el "pseudoacorus" que Lusitano atribuye a Plinio. 165 Censura octogésimotercera: de Harundinaceo Gramine Nos hallamos muy lejos de poder identificar la naturaleza de la grama dioscorídea kalamágrostis (IV, 30), que se defiende del ganado con la secreción de toxinas. Laguna confiesa con ingenuidad que él conoce una especie que "no solamente no mata las bestias que ordinariamente la pacen, empero todo al contrario, las engorda muy a la clara". Por pensar algo parecido, Lusitano recibe la invectiva de Manioli. IM Censura octogésimocuarta: de Idaeo Rubo La zarza del Ida, batos! dafa (IV, 38), admile directa equiparación con Rublts idaells L Tampoco entrañó especial dificultad ese frambueso en el Renacimiento. que, sin embargo. hablaba de "Rubi ldaei diversae species". Para designar la rosácea Rubus jmticosl/s L corrían múltiples expresiones: "rubus", "sentes", "mora vaticana", "rubus maior et minor", "folia rubi fruticosi" y otros. La "ceguera del judío" Lusitano se manifiesta ahora en la confusión del lugar de nacimiento, el monte con el curso fluvial. l67 Censura octogésimoquinta: de Chrysanthemo Si historiadores y floras no acaban de aclaramos qué deba entenderse por el helfcJII)'slf111 dioscorídeo (IV, 57) -con ligereza resuello en Heliclu)'slll/l oriemale L -, mucho más a obscuras andaban los tratadistas de la primera mitad del siglo XVI. Los apotecarios almacenaban Helic/uyswlI arellarilllll (L) Moench bajo la etiqueta de "Oos amoris" o "Oores cenaphalii arenarii", el genuino "helichryson" para Fuchs, por ejemplo. Especie esta última que se ajusta bien al "amaranto" de la época, salvo para Laguna, en quien bien pudiera indicar la especie HelicJuysum stoechas (L.) Por lo que concierne a la polémica, la "caltha", "klendula" y "calendula" de las boticas y de los simplicistas deben asociarse a Calendl/la officillalis L, en español maravilla. Lusitano, a quien Mattioli reprocha contra toda verdad que no ha herborizado, "yerra" al identificar "chrysanthemum" y "calendula".168 Censura octogésimosexta: de Astragalo Si el astrágalos dioscorídeo (IV, 61) es o no una especie del género Astragallls, como suele presumirse, no está nada claro. Creen los filólogos aplicados a la botánica que el nombre ("huesecillo") podría deberse a la forma de los granos. Parece que Lusitano se dejó llevar por la fuerza de la palabra cuando equipara esa planla con la "nux tcrrae", lo que rechaza MaLtioli. 169 Censura octogésimoséptima: de Aconito Al akó"ilOlI le consagra Diosc6rides los capítulos 76 y 77 del libro IV. Con el nombre único de "aconitum" conodan los medievales el Aconitum Ilapellus L. y el A. vII/paria Rchb. Los tratadistas del Renacimienlo distinguen "diversas especies de acónitos", por lo general todas ellas pertenecientes al género ACOIlifU/1l L., de la familia de las Ranunculáceas, aunque quizá sea más ajustado el género Dorolliclll1J (familia de las Compuestas) en el acónito amarillo del de Anazarbo. Con ello es coherente la descripci6n del "aconitum pardalianches" (DorolliclIlII parda/iallches L.) Para Mattioli, el portugués jamás vio esa planta, pese a lo cual se atreve a censurar a Fuchs. I7O Censura octogésimooctava: de Colchico Se da por verosímil que el ko/chik611 de Dioscórides (IV, 83) sea Colchiclll/I all1/l1l/lw/e L. Así lo interpetaron también en el Renacimiento, que conjugaba numerosos sin6nimos: "colchicum", "bulbus agrestia", "ephemerum" o "hermodactylis", más los aportados por los apotecarios ("bulbus colchici", "Lubera colchici", "semen colchici", etc.). Pero algunos tratadistas separaban el "colchicum" del "hermodactylis", tomados por iguales, sin embargo, en las boticas. Manioli carga contra Lusitano por basarse demasiado en la escasa preparación de los seplasiarios, con el riesgo consiguiente para los pacientes, pues el cólquico puede ejercer efectos paralizantes." 1 Censura octogésimonona: de Ephemero En su exposición del c61quico Dioscórides afirma del mismo que hay quien le llama efímero. Pero de lo que él entiende por ephemeroll se ocupa en el capítulo siguiente (IV, 84). Si c61quico y "effemeron" eran la misma cosa para los medievales, anduvieron dubitativos los renacentistas en torno al segundo, que Lusitano y otros igualan con el "Iilium convalium", no así Mattioli. Habla Dioscórides de dos lipos de koryledoll, el primero de los cuales (IV, 91) bien pudiera ser el ombligo de Venus (Umbilicl/s pelldu/ill/ls DC); de determinación incierta es el segundo (IV, 92); sospechan algunos que podría referirse a alguna especie del género Saxifraga. En oposici6n a Lusitano, y siguiendo al anazarbeo, Mattioli distingue ambos tipos fundándose en las rojas y raíces. m Censura nonagésimoprimera: de Talictro Elthalietroll del De materia medica (IV, 97) designa quizá nuestro TJUlJiclrtlm flavl/m L. Que la corteza del "ruibarbo de los pobres" de los apotecarios del quinientos pertenezca a la misma especie es otro cantar. Ruellius pensó que en Francia llamaban "argentina" al "thalicrum". Por negar su sinonimia, Lusitano es objeto de reproche por Manioli. 17 L1amábase ochra en liempo de Dioscórides (Y, 93) al Fe,O" El ocre se Ulilizó como colorante hasta el siglo XVIII. Mattioli se apoya en la etimología para distanciarse de Lusitano. 179 En esta y en las censuras siguientes el sienés pone de manifiesto su familiaridad con la técnica metalurgia. Censura nonagésimoséptima: de Melanteria La me/muería (De materia medica, V, 101), literalmente pigmento negro, hace referencia al color de este sulfato de cobre. Lusitano, le recrimina Mauioli, vio en él un compueto argénteo. Por la descripción se adivina que el sory" de Dioscórides (V, 102) es un sulfato de hierro. Lusitano confunde "sory" con "chalcanthum", un compuesto de cobre. 181 Censura nonagésimonona: de Auripigmento El oropimente, arsenikón en V, 104, corresponde al compuesto mineral As, SJ' Mauioli señala la diferencia entre un producto beneficiado de la naturaleza y otro fruto de ia técnica. Censura centésima: de Gagate lapide Se cierran las censuras con la piedra azabache, Jíthos gagáles (V. 128). confundida por Lusitano con el ámbar o "succinum lapis'•.l8J El texto de Matlioli concluye, la censura final ("Animadversio in Amathum"), con una profesión de sospechosa humildad, defensa de personas honradas y búsqueda de la verdad. recursos propios de la retórica del tiempo.ISJ de facilitar ulleclor la paginación. Humilis aulem el brevis Saliunea herbula esto non bicubitalis el Pseudonardi modo frulicosa. ac lignosa. quamobrem in Buceolieis poela cecinil.
Plecs: «Callitriche verna L. / Hab. Plecs: «Ceratophyllum demersum L. / Hab. Citacions: Palau (1784-1788) «Habita (...) en Cataluña en el estanque ó laguna de Cils» [Phalaris oryzoides L.]; Colmeiro (1846) «Laguna de Sils»; Bubani (1901) «Observavi a las Lagunas de Sils et de Rosas»; Xiberta (1928) «Ha sido indicada en los bordes de los canales de riego, en los alrededores de Gerona y en la antigua laguna de Sils» [Leersia oryzoides Sw.]; Vilar (1987) «n 'hem vist plecs a l' herbari de consulta de l'Institut botànic, procedents de l'antic estany de Sils (J. Pujol)». Isnardia palustris»; Xiberta (1928) «común en las balsas y arroyos del centro y litoral [de la Selva]» [Isnardia palustris L.]; Vilar (1981)«trobada a Sils en una canal d' aigua neta (RRR)»; Vilar (1984) «recollida en un rec de Sils; DG7927». Citacions: Bubani (1901) «Vidi a las lagunas de Sils, Pyr. Marsilea quadrifoliata»; Xiberta (1928) «Actualmente sólo se encuentra en la acequia de la antigua laguna de Sils» [M. quadrifoliata L.]; Cadevall (1913–1937) «als reguerots de Sils (Bubani, Vay, Llenas, Xiberta)» [Marsilia quadrifolia L.]; Llensa (1945) «Especie muy rara en Cataluña. Fué allada por Xiberta y otros botánicos en los riachuelos del estanque de Sils. Recientemente, Font Quer la ha recogido en el borde de la acequia del estanque de Sils, no lejos de un pequeño puente cercano al ferrocarril, entre las estaciones de Sils y Empalme»; Plec: «Myriophyllum spicatum / Hab. Colmeiro (1846) «Laguna de Sils»; Vayreda (1902) «Es de temer haya desaparecido de las lagunas de Sils por el desagüe, donde la cita Salvador»; Xiberta (1928) «Muy escasso; en las lagunas de Sils» [més endavant, en el mateix treball, Xiberta la considera extingida de l'estany de Sils]; Cadevall (1913–1937) «aiguamolls de Sils (Llens.)». Catal. humilior. ad las Lagunas de Sils, die 7. Plec: «Potamogeton / Hab. Citacions: Quer & Gómez Ortega (1784) «Se cria dentro del agua en los estanques, charcas, lagunas y aguas casi detenidas, en los ríos y arroyos de Cataluña, y en otras Provincias de España, y señaladamente en el estanque de Sils cerca de Gerona, donde llaman al fruto Cayrells»; Palau (1784-1787) «Habita en las lagunas cenagosas (...) de Cils de Cataluña»; Colmeiro (1846) «En la laguna de Sils hacia Gerona»; Xiberta (1928) «indicada en la antigua laguna de Sils». Citacions: Costa (1864)) «Laguna de Sils, por junio en flor, Salv!» (Nasturdium R. Br.)]; Palau (1784-1788) «en los charcos del estanque de Sils de Cataluña» [Sisymbrium amphibium L.]; Vayreda (1902) «Bajo Ampurdán?, Sils? Plecs: «Sisymbrium aquaticum / Raphani folio siliquis bre / viori Inst. rei herb. Cabanas / Ciurana? de Sils? / Leg. Llacunes de Baix Empordà? de Sils? / Cabanas? Plec: «Callitriche verna L. / Hab. Myriophyllum verticillatum L.; volantí. Citacions: Llensa (1945) «Descubierta recientemente por el Dr. Font Quer en compañía del señor Bolós, en un lugar cercano a la "Font de les Closes", lugar situado entre las estaciones ferroviarias de Empalme y de Sils, casi al borde de la Acequia del estanque de Sils. Esta cita es de gran interés para la Geobotánica, ya que contribuye enormemente al conocimiento de la dispersión de la especie en Cataluña»; Bolòs (1959)) «canal entre l 'estació de Maçanes i Sils».
The authors gratefully acknowledge the support provided by the Universidad de Buenos Aires and Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina. Cochinoca, Humahuaca, Rinconada, Susques, Tilcara, Tumbaya, Valle Grande y Yavi, and in the province of Salta, departments of Iruya, La Poma, Los Andes, Rosario de Lerma and San Antonio de Los Cobres.
Viu en terrenys argilosos de textura fina, arenosos, salins o en terrenys remoguts.
H. italicum β microphyllum Boiss.). (A), Helichrysum italicum subsp. tyrrhenicum, Sardinia, Nieto & Fuertes s. n. Galbany, L. Sáez & Benedí in Canad.
El género Centaurea L. (Compositae) comprende un gran número de táxones distribuidos principalmente en la región Mediterránea y el suroeste de Asia (Susanna & Garcia-Jacas, 2007). DC. [subgénero Lopholoma (Cass.) Dobrocz.] integra unas 100 especies con distribución principalmente mediterránea, aunque algunas de ellas se extienden por gran parte de la región eurosiberiana (Font et al., 2002(Font et al.,, 2009;;Font, 2007; Rahiminejad et al., 2010), estando asimismo representado por un elevado número de endemismos (Gardou, 1975; Wagenitz, 1975). Esta sección incluye especies perennes, acaules o caulescentes, con tallos no alados, brácteas involucrales medias con apéndice triangular y decurrente, pectinado-fimbriado o más comúnmente pectinado-espinoso. Dentro de esta sección, C. ornata Willd. está ampliamente distribuida por la península ibérica y presenta un alto grado de polimorfismo, así como diferentes niveles de ploidía (Fernándes & Queirós, 1971; Fernández Morales & Gardou, 1975; Valdés Bermejo & Agudo Mata, 1983; Garcia-Jacas, 1992; Garcia-Jacas & Susanna, 1992; Font, 2007; Font et al., 2008), lo que ha podido inducir en parte a la descripción de algunos táxones estrechamente relacionados (Willkomm, 1865; Pau, 1931; Fernández Casas & Gamarra, 1986; Fernández Casas & Susanna, 1988; Fernández Casas, 1997). No obstante, en la última revisión taxonómica del grupo (López & Devesa, 2013; Devesa & López, 2014), no se reconoce la segregación con rango específico de algunos de estos táxones, siendo considerados variantes estrechamente relacionadas con C. ornata o microtáxones de éste, es el caso de C. galianoi Fern. Casas & Susanna y C. gabrielis-blancae Fern. Casas (= C. ornata var. microcephala Willk.; C. ornata var. tenuispina Pau), participando incluso este último en la formación de un híbrido (Pajarón Sotomayor & Fernández Casas, 1997). En la presente comunicación se describe una nueva especie del género Centaurea sect. Acrocentron, estrechamente relacionada con el complejo taxonómico de C. ornata y C. gabrielis-blancae, pero con caracteres propios y diferenciales respecto a estas dos especies, lo que permite una clara discriminación y reconocimiento como taxon autónomo con rango de especie. Ejemplares de la nueva especie que se propone en este trabajo fueron recolectados en la localidad de Riglos, en los alrededores de los Mallos de Riglos (Huesca). Este material fue comparado con especímenes de C. ornata, C. gabrielis-blancae y C. galianoi, conservados en los herbarios BC, MA y VAL, acrónimos según Thiers (2015). Los datos biométricos cuantitativos y los caracteres cualitativos incluidos en la Tabla 1, excepto para la nueva especie aquí descrita, corresponden a los publicados por Blanca & Suárez-Santiago (2009) y López & Devesa (2013), así como a observaciones de los autores de este trabajo. El estudio palinológico se ha basado en una estima de la fertilidad y del tamaño del polen. Las muestras de polen fueron extraídas de material de herbario, a partir de flores cerradas para evitar una posible contaminación. La disección de las anteras y extracción del polen se realizó bajo lupa binocular; se observó y contabilizó al microscopio óptico con el objetivo de 40X (Olympus CX41RF) y se capturó la imagen con una cámara Olympus SC100 (Olympus Optical Co. LTD, Tokio, Japón). El porcentaje de granos estériles del nuevo taxon (muestra BC 879801) se evaluó a partir de 2 flores/ capítulo de un total de 3 capítulos. El polen se dejó macerar 24 horas en una mezcla al 50% (v/v) de lactofenol y carmín acético. De cada flor se contó el número de granos estériles que se encontraron en el recuento de 200 granos viables. Se han considerado granos estériles, los vacíos, los deformes, los que no se han teñido o lo han hecho de manera irregular (Fernández Alonso & Fernández Casas, 1993; Pajarón Sotomayor & Fernández Casas, 1997). El tamaño muestral se estableció en 20 conforme a Wrońska-Pilarek et al. (2015). Se procedió del mismo modo para C. ornata, sin embargo, en algunas flores no se alcanzó a medir los 20 granos; se abrieron las flores/capítulo necesarias hasta completar muestras de 20 granos de polen. Hierba perenne, con raíz axonomorfa algo engrosada en la parte superior, sufruticulosa, generalmente unicaule, de aspecto verde grisáceo, con pelos unicelulares araneosos y septados, con glándulas puntiformes. Tallos hasta de 34(40) cm, erectos, ramificados desde la parte media, más profusamente en la parte apical, rematando en varios capítulos; con sección poligonal; longitudinalmente acostillados, no alados; con indumento laxo de pelos unicelulares rígidos y patentes o erecto-patentes, dispuestos más abundantemente en las costillas de los tallos y nervios de las hojas; indumento araneoso disperso, más densamente dispuesto entre las costillas de los tallos y entre los nervios en el limbo de las hojas. Hojas hasta de 25 × 6(8) cm, las basales pecioladas y las caulinares sésiles, no decurrentes, menores hacia la parte superior del tallo, pinnatinervias, con el nervio central destacado en la cara abaxial, los secundarios algo visibles pero menos destacados; hojas basales rosuladas, pinnatífidas, con lóbulos linear-lanceolados, mucronados, de margen liso, secas durante la floración; hojas medias pinnatífidas, pinnatipartidas o pinnatisectas, con 1-5(6) pares de lóbulos o segmentos oblanceolados, lanceolados o linear-lanceolados, enteros o pinnatífidos, de margen liso, mucronados, limbo con indumento araneoso y pelos septados cortos y rígidos, más densamente dispuestos por la cara abaxial; hojas superiores semejantes pero mucho más pequeñas, hasta 5(6) cm de longitud, con menor número de lóbulos. Capítulos radiantes, terminales, agrupados en la parte apical de los tallos formando una estructura a modo de pseudocorimbo congesto, con presencia de algunos capítulos sin flores, de reducido tamaño y de ovoides a elípticoovoides, todos alcanzados por las últimas hojas caulinares, que no sobrepasan el involucro, sin pedúnculo áfilo. Brácteas medias de ovadas a ovado-oblongas, adpresas, de color verde claro a amarillento, sin nervios longitudinales marcados, con indumento araneoso laxamente dispuesto, con apéndice apical triangular, decurrente hasta 1/3 de la longitud de la bráctea, laxamente araneoso, amarillento o marfileño, pectinado-espinoso, con espina apical Se midieron en visión ecuatorial: la longitud polar (P), el diámetro ecuatorial (E) y la relación P/E, aplicándoles el factor de corrección de 2,5 μm. El valor de P ha sido el parámetro utilizado como medida del diámetro del polen en la comparación de los tamaños polínicos de los tres táxones (véase Erdtman, 1952). Para el estudio del número cromosómico, se han utilizado meristemas radicales obtenidos de plántulas cultivadas en vivero durante 2015 a partir de la germinación de las semillas del ejemplar tipo (BC 879801). Los meristemas que fueron sometidos a un pretratamiento con 8-hidroxiquinoleína (2mM) durante 2 h a 4oC y posteriormente 2 h a temperatura ambiente. Se fijaron en una mezcla de etanol y ácido acético glacial (3:1, v/v) al menos durante 24 h y se conservaron a -20oC hasta ser utilizados. La tinción de las raíces se realizó mediante el método Feulgen. Primero fueron lavadas en agua destilada y a continuación se realizó una hidrólisis ácida con HCl 1 N durante 12 minutos a 60oC. Posteriormente, fueron lavadas en agua destilada y finalmente teñidas con el reactivo de Schiff (Sigma-Aldrich Inc, St. Louis, MO, Estados Unidos) durante 2 h en oscuridad. Las preparaciones se realizaron por aplastamiento de los meristemas teñidos en una gota de carmín acético al 2%. Se tomaron fotomicrografías de células en metáfase con una cámara digital Olympus Camedia C-2000-Z (Olympus Optical Co. LTD, Tokio, Japón). Para el recuento de los cromosomas se analizaron al menos 5 células en metáfase por observación directa y a partir de las fotomicrografías. de 2-4 mm, coriácea, vulnerante, pectinado-espinulosa hacia la base, de sección plano-convexa, recurvada o recta, y 3-11 pares de espínulas laterales de 1-1,5 mm, concolores con la parte central; brácteas internas linear-espatuladas, glabras, con márgenes estrechamente hialinos en toda su longitud, y apéndice apical de ovado a oblongo, cocleariforme, escarioso, fimbriado. Corola glabra, con tubo blanquecino y limbo amarillento-anaranjado. Polen subesferoidal subprolado, perteneciente al tipo C. scabiosa. Aquenios fértiles, 3-3,5 × 1,5-2 mm, oblongo-ovoides, algo comprimidos, de sección elíptica, seríceo-villosos. Vilano doble, persistente; el externo con varias filas de escamas de 6-9(10) mm, lineares, desiguales en longitud, de color blanco, y el interno con 1 fila de escamas de hasta 1,7 mm, pardas, lisas y laceradas superiormente, erectas y conniventes. Etimología: "inexpugnabilis" inexpugnable, que no se puede tomar o conquistar por las armas; inaccesible o de acceso muy difícil; que no se deja vencer ni persuadir, por lo espinoso de los apéndices apicales de las brácteas del involucro de los capítulos y la estructura en pseudocorimbo congesto de los capítulos en los tallos, lo que le confiere a la planta un aspecto de defensa e impenetrabilidad. apéndice apical triangular, decurrente hasta 1/3 de la longitud de la bráctea, laxamente araneoso, amarillento o marfileño, pectinadoespinoso, con espina apical de 2-4 mm, coriácea, vulnerante, pectinado-espinulosa hacia la base, de sección plano-convexa, recurvada o recta, y 3-11 pares de espínulas laterales de 1-1,5 mm, concoloras con la parte central apéndice apical triangular, decurrente hasta la mitad o más de cada lado de la bráctea, glabro o laxamente araneoso, amarillento, pardo o pardo-obscuro, pectinadoespinoso, con espina apical de 4-24 mm (de 4-12 mm en C. gabrielis-blancae), coriácea, muy vulnerante, pectinado-espinulosa hacia la base, de erecta a recurvada, y 4-11 pares de espínulas laterales de 1-6,5 Distribución y hábitat: El área de distribución de esta especie resulta hasta el momento restringida al cuadrante nororiental ibérico, repartida entre las provincias de Huesca, Zaragoza y Soria (ver material estudiado). Habita en márgenes de caminos, taludes de carreteras y eriales, en suelos arcillosos y pedregosos, algo nitrificados. Similitudes con otras especies: Dentro del complejo taxonómico de C. ornata, C. gabrielis-blancae resulta la especie más próxima a C. inexpugnabilis desde el punto de vista morfológico. No obstante, C. inexpugnabilis se diferencia por su menor tamaño, de hasta 40 cm de altura, con hojas menores, de hasta 25 × 6(8) cm, capítulos más pequeños, terminales y agrupados en estructuras pseudocorimbiformes, en ocasiones algo congestas, sin pedúnculos áfilos, no raras veces con presencia de capítulos abortados sin flores, de tamaño muy pequeño; los fértiles con involucro de 6-15(20) × 5-10(12) mm; con brácteas medias con la base no estrechada y con apéndice apical decurrente más corto, de hasta 1/3 de la longitud de la bráctea, con espina apical más corta, de hasta 2-4 mm de longitud, y 3-11 pares de espínulas laterales de menor tamaño, de 1-1,5 mm; tamaño de las anteras menor (Figs. Esta planta ya aparecía reivindicada como independiente de C. ornata en algunas anotaciones de etiquetas de herbario por Alfonso Susanna (i.e. MA 785325) muestran capítulos pequeños y agrupados en estructuras a modo de falsos corimbos, pero con espina apical de las brácteas del involucro que superan 1,5 cm de longitud. Estos ejemplares según nuestra interpretación pertenecen a C. gabrielis-blancae. La propuesta con rango varietal de Pau, var. tenuispina Pau in Cavanillesia 4: 131 (1931), con material tipo conservado en MA [lectotypus aquí designado: (Portugal, Algarve), Fuente de Murta, 20.05.1931, E. Gros (MA 135824)], muestra las espinas apicales de las brácteas del involucro cortas, pero capítulos grandes y solitarios al final de los tallos. Según Garcia-Jacas & Susanna (1994), la población de Fonte da Murta en Portugal corresponde en realidad a Centaurea prolongi Boiss. ex DC. En la distribución de frecuencias del diámetro polínico (P) (Fig. 5), se observa que los valores más abundantes en las tres especies no se solapan. Respecto a la fertilidad/esterilidad del polen de C. inexpugnabilis, de un total de 1284 granos observados, el valor medio de granos viables es 93,74 ± 5,38% y el de estériles 6,26 ± 5,38% (Tabla 3), valor este último sensiblemente superior a C. gabrielis-blancae, en el que el porcentaje de esterilidad indicado por Pajarón Sotomayor & Fernández Casas (1997) es del 3,37% para un total de 949 granos estudiados.
La preparación de la síntesis de Achillea L. para Flora iberica nos ha llevado a examinar algunas cuestiones taxonómico-nomenclaturales críticas en relación con ciertos táxones del género, pertenecientes en este caso al agregado de Achillea millefolium. Achillea millefolium L. da nombre a uno de los complejos poliploides más diversos del hemisferio norte, integrado por la especie linneana y un conjunto de microtáxones afines distribuidos por las zonas templadas y frías de Eurasia y Norteamérica (Guo et al., 2005(Guo et al.,, 2008(Guo et al.,, 2012;;Ehrendorfer & Guo, 2006). En la península ibérica el grupo se halla ampliamente repartido por las áreas extramediterráneas de la mitad norte, y por el sur alcanza las montañas béticas. Estudios previos (Queirós, 1973; Guo et al., 2004Guo et al.,, 2008;;Soriano et al., 2013), señalan la presencia en la península de estirpes correspondientes por lo menos a tres niveles de ploidía (2x, 6x y 8x), las cuales han sido objeto de tratamientos taxonómicos diversos. En general tales entidades no resultan fáciles de diferenciar a simple vista, dado el importante solapamiento tanto de las características morfológicas y morfométricas como de las áreas de distribución respectivas, por lo demás aún no bien conocidas. Entre los microtáxones ibéricos del grupo, el más fácilmente reconocible es un diploide endémico de los Pirineos orientales (depresión de la Cerdaña y montañas próximas), de flores en general rosa vivo, tallos y hojas densamente pelosos, y lacinias foliares filiformes, numerosas y densas (Fig. 1A). Sennen (1916) lo describió inicialmente como «Achillea millefolium L. proles A. ceretanica», nombre que más tarde combinó como subespecie de A. millefolium (Sennen, 1928). Bolòs & Vigo (1996) lo recogieron en su Flora con este mismo rango, y además designaron como lectótipo un pliego de la exsiccata Plantes d'Espagne no 2295 depositado en el herbario del Instituto Botánico de Barcelona (BC). Los resultados de los análisis filogenéticos de Guo et al. (2004Guo et al. (, 2008)), llevan a considerar este taxon una de las estirpes diploides basales del agregado, netamente separada del resto de estirpes autóctonas de Europa occidental. Dichos autores le atribuyen categoría de especie -criterio que hemos adoptado también en la síntesis para Flora iberica-, y lo denominan «A. ceretanica Sennen». Sin embargo, esta combinación no ha sido nunca propuesta formalmente y, de acuerdo con el criterio adoptado, la proponemos a continuación: Achillea ceretanica (Sennen) The Plant List [URL], e incluso obras muy recientes como la flora de la Francia mediterránea (Tison et al., 2014). Sin embargo, por lo que sabemos actualmente, tal sinonimización parece poco acertada, dado que A. monticola es una de las estirpes (o quizás un conjunto de estirpes) del agregado de A. millefolium (Guo et al., 2004(Guo et al.,, 2008;;Soriano et al., 2013), no diploide, sino octoploide, diferenciada además netamente de A. ceretanica tanto por la morfología foliar como por el color de las flores. Achillea monticola fue descrita a partir de poblaciones del sur de Francia (departamento del Tarn), e indicada también en Galicia, Portugal y, de forma vaga, del norte de la península (Merino, 1906; Franco, 1984; Guo et al., 2008). Sus poblaciones estarían formadas típicamente por individuos robustos, de flores blancas o rosa pálido, con rizomas abundantemente ramificados, tallos y hojas con indumento de densidad variable y lacinias foliares linear-lanceoladas más o menos distantes (Fig. 1B). La breve caracterización de A. millefolium subsp. ceretanica de la flora de Tison et al. (2014) «capítulos algo mayores que los del tipo, floración precoz...» con toda probabilidad se refiere a estas plantas. Poblaciones de octoploides del grupo de A. millefolium de tales características se hallan, en efecto, más o menos ampliamente distribuidas por las áreas antes indicadas. En la Cerdaña y zonas próximas conviven con poblaciones de A. ceretanica, de las que se distinguen netamente (Fig. 1), y con las que aparentemente no se hibridan. Unas y otras ocupan hábitats más o menos perturbados (prados de siega, pastos, márgenes de caminos y carreteras, Figura 1. Inflorescencias y hojas de la mitad apical del tallo de Achillea ceretanica (A) y de un octoploide de A. gr. millefolium (B). Muestras recogidas en un prado de siega próximo a Estavar (Pyrénées-orientales), una de las localidades típicas de A. ceretanica. Lectótipo de Achillea ceretanica designado por Bolòs & Vigo (1996). Taxonomía y la nomenclatura de Achillea ceretanica pistas de esquí...) hasta más de 2000 m de altitud. En general, los octoploides suelen ser mucho más abundantes que A. ceretanica, la cual forma poblaciones localizadas y de magnitud variable. Cabe añadir por último que entre las numerosas Achillea del grupo millefolium recolectadas por Sennen en la Cerdaña y distribuidas en sus exsiccata, figuran algunos números atribuidos a A. monticola, con toda probabilidad octoploides (Plantes d'Espagne 3092 y 4437). Este hecho ha contribuido sin duda a complicar la interpretación de los táxones objeto de esta nota, en el contexto además de un grupo ya de por sí sumamente complejo.
Deia així: "Y no sólo se ha definido el área que ocupan en el territorio todos los componentes de la flora del mismo, sino que se ha señalado por primera vez la existencia en las montañas litorales catalanas de cerca de 150 especies que antes no se sabía habitasen en ellas". Pere MonlSerrat i Recoder GÓMIZ GARCÍA, F. Flora selecta Marroqui, editado por Francisco Javier Navarro Diez el año 2001. Los que hemos herborizado en los montes de Marruecos nos hemos quedado sorprendidos por la diversidad de su flora y por la riqueza de especies endémicas, para muchas de las cuales su identificación se torna en labor ardua y complicada ante la ausencia de bibliografía adecuada con claves dicotómicas, descripciones e ilustraciones. En este sentido es de gran utilidad poder disponer de una obra donde se han fotografiado muchas de estas plantas, llenándose así el vacío que existía hasta el presente en ilustraciones e información gráfica de numerosas plantas marroquíes. Efectivamente esta obra colma un importante vacío que existía en el conocimiento de especies endémicas y otras de interés biogeográfico: especies macaronésicas, saharianas y tropicales en sentido amplio, en todos los casos con áreas de distribución que no alcanzan las tierras ibéricas. En ella se aportan descripciones asequibles y documentación grafica de casi 400 taxones. Para cada planta se indica el nombre latino, las características para reconocerla, su distribución general y si es un endemismo de Marruecos las divisio• nes biogeográficas en las que se encuentra. Además se indica el lugar de donde se ha tomado la fotografía, hecho este que puede ser equiparable a una cita de herbario. Quizás alguien encuentra que falta algún taxón, pero, como muy bien indica su aUlor. el propósito de la obra no incluye taxones endémicos de áreas muy restringidas y situados en lugares remotos de difícil acceso. No se debe olvidar que Marruecos es de los pocos países de la cuenca mediterránea que carece de una flora completa. Para cubrir esta laguna existen dos publicaciones en curso: por una parte la "Flore Pratique du Maroc" de M. Fennane et al. (1999, Travaux de "Institut Scientifique, série botanique, 36, Rabat) y por otra la obra "The floristic Biodiversity of Northern Morocco", elaborada por numerosos especialistas coordinados desde las Universidades de Sevilla, Rabat, Reading y el Institut Botanic de Barcelona, de pronta aparición. A pesar de esto la flora de este país se considera más o menos conocida, aunque las descripciones de sus taxones propios se encuentra dispersa en una pléyade de publicaciones de acceso no siempre fácil. Prueba que este conocimiento esta lejos de ser exhaustivo son las sorpresas que depara, como el drago recientemente descubierto y descrito. La obra de Francisco Gómiz cubre un porcentaje altísimo de plantas desconocidas a los ojos de los europeos pero comunes en aquellas tierras y sobre las que se tiene un conocimiento fragmentado, en muchos casos limitado a los pliegos de herbario y a los datos en publicaciones especializadas de botánica de difusión limitada o en obras antiguas y poco asequibles. Este libro se inicia con divisiones biogeográficas clásicas, tal como fueron expuestas por Jahandiez & Maire (1931. Catalogue des Plantes du Maroc, Alger) en donde se describen estas unidades con las especies más características. Des del punto de vista formal en Marruecos existen dos territorios claramente definidos que pertenecen a dos regiones biogeográficas diferentes: La región Mediterránea y La Saharo-Síndica. Además existen enclaves en el Rif y Atlas Medio que serian los últimos reductos de la región Eurosiberiana y algunos enclaves de la costa Atlántica, Antiatlas y zonas del Atlas con la flora que presenta claras afinidades Macaronésicas. Por todo ello parece un poco abusivo hablar de regiones para estas divisiones que a lo sumo serían distritos pero que ni en un alarde de generosidad podrían llegar a provincias; de todos modos lo más recomendable sería el de reconocerlos como unidades fisiográficas, grandes territorios o unidades biogeográficas. De hecho sus primeros autores las reconocen como divisiones geográficas. 2003 Pero estos aspectos formales no merman interés a la obra. La información documentada de sus textos y sus fotografías hacen de estos libros un compañero de viaje para el botánico, naturalista o amante de la naturaleza que se aventura por aquellas tierras y desee conocer las riquezas botánicas que encierra. Por otra parte esta obra ha representado un gran esfuerzo, pues localizar e identificar correctamente las plantas y obtener representaciones fotográficas en tal cantidad y calidad es tarea ardua máxime aún cuando este esfuerzo ha sido el frulo únicamente de la constancia y tenacidad de su autor. Las plantas útiles, ornamentales o no, atraen nuestro interés desde los albores de la agricultura. Sus semillas, en general pequeñas y fáciles de transportar, y consecuentemente su cultivo, han precedido, a veces con siglos de antelación, los movimientos de expansión territorial de muchas civilizaciones del pasado. El proceso de incorporación de nuevas especies ha crecido continuamente a lo largo de la historia, pero tal vez nunca tan rápidamente como en nuestros días. En Occidente, con la mayoría de la población concentrada en grandes ciudades, son precisamente las plantas ornamentales las primeras que conocen la mayoría de nuestros jóvenes, mientras que las especies silvestres cada vez forman parte del bagaje cultural de un menor número de personas. No cabe extrañarse pues del interés y la creciente necesidad de obras como esta Flora Ornamental Espmiola. La intención de la obra es la descripción de las especies cultivadas en España, ya sean nativas, introducidas O naturalizadas, proporcionando, mediante claves dicotómicas de caracteres diferenciales, una herramienta de trabajo que permita una correcta determinación de las mismas. Sus autores son Antonio López Lillo, Xavier Argimon de Vilardaga, Mdel Mar Trigo Pérez, José Manuel Sánchez de Lorenzo Cáceres, que se responsabilizan de la redacción de diversas familias. El proceso de selección de las especies a incluir en una obra como esta es complejo. Los autores parten de una amplia base de datos con más de 11.000 taxones y miles de cultivares, realizada a partir de observaciones personales, catálogos de parques, viveristas, jardines botánicos, etc. contrastada, revisada y modificada durante muchos años. Mantener semejante catálogo actualizado es una tarea casi imposible. Algunas especies incluidas en esta nora habrán dejado ya de cultivarse mientras que otras introducidas recientemente pueden faltar en las claves correspondientes. Con todo, si exceptuamos las colecciones más especializadas, cuyos propietarios o conservadores disponen de la información necesaria para su manejo, la obra permitirá solucionar la adscripción de un nombre científico a la mayoría de las especies cultivadas en España. Durante años ha existido una gran distancia entre el rigor en el uso de la nomenclatura científica en obras de taxonomía, norística o ecología, y el uso que de los nombres científicos se viene haciendo en el mercado de plamas ornamentales. Los errores y confusiones abundaban por doquier, hasta el pumo de dificultar sus relaciones comerciales. Aunque esta nora tiene un carácter más divulgativo que científico viene a cubrir la necesidad imperiosa de facilitar la identificación precisa y la utilización de una nomenclatura tan estable como sea posible de las plantas ornamentales. La obra recopila mucha información, bien ordenada y accesible. Obviamente procede de numerosas fuentes bibliográficas y del conocimiento que los milores tienen de nuestras especies cultivadas. No es el objeto de esta nora contrastar las fuentes originales ni utilizar colecciones de referencia, y me consta que se ha utilizado mucha m{¡s bibliografía de la que figura al final del volumen. Por este motivo hubiera agradecido conocer las referencias bibliográficas básicas utilizadas en la redacción de los géneros, de modo que los usuarios que descaran ampliar su consulta tuvieran abierta la puerta que les permitiera seguir. El grueso de cada volumen se dedica a la descripción de las plantas. Cada división taxonómica incluye una descripción general y claves dicotómicas para la identificación de géneros y especies. Una fotografía al margen ilustra la mayoría de les especies tratadas. Para cada especie se incluye el nombre científico aceptado. algunos sinónimos y el nombre popular español. Las descripciones van precedidas del origen geográfico de In especie y de la explicación del significado etimológico del epíteto específico. En general los autores evitan los términos técnicos y para aquellos cuyo uso es inevitable incorporan, al final del volumen, un glosario. Las abreviaturas utilizadas para los nombres de los autores preceden a la lista bibliográfica y a las listas de nombres populares en catalán y en eusquera. Ambos volúmenes concluyen con un índice de nombres. Para atender las demandas de muchos usuarios la obra incorpora para cada especie información sobre métodos de multiplicación, medios de cultivo. exigencias. utilizaciones, variedades y cultivares más conocidos. En este apartado se echu en faltu. como en tantas obras similares, una mayor precisión y estandarización del lenguaje para describir las variables ambientales, la fenología y las condiciones de cultivo de cada especie. Una vez concluida la Flora Ornamental Espaiiola constará de 12 volúmenes e incluirá más de 11.000 especies. Para finales de este año está prevista la aparición del tercer volumen. Sin duda debemos agradecer a sus autores el esfuerzo que comportu la realización de una obra tan grande, así como felicitamos por la colaboración entre instituciones públicas y privadas que hacen posible su publicación. Además de los miles de aficionados a las plantas, esta obra es de interés para horticultores, diseñadores. jardineros. arquitectos, paisajistas, viveristas, etc., proporcionando datos imprescindibles para el diseño de jardines. así como para el manejo y la gestión de las plantas que pueblan nuestros parques y avenidas. Pocas veces se tiene la oportunidad de camenlar libros como los que tengo entre las manos. Se trata de un manual casi enciclopédico sobre las plantas leñosas comunes en España, Portugal y las Islas Baleares. Incluye noticias de más de 1.500 especies, tanlo plantas silvestres como las ornamenlales más frecuentes en los parques, jardines y avenidas. Toda la obra está pensada para despertar el interés del profano por las plantas más importantes de nuestros paisajes, tanto naturales como urbanos. Busca iniciarle con paso firme en el vasto mundo de las plantas. sin que la tenninología: los conocimientos previos sobre morfología y anatomía vegetal, imprescindibles para manejar claves dicotómicas, sean obstáculo alguno para facilitarle la identificación de cualquier especie española con base leñosa. La experiencia del autor en otra guía anterior. que figura entre los libros más solicitados en préstamo en algunas bibliotecas universitarias. es definitiva para el éxito de la presente. Pero en el ánimo de facilitar este proceso de iniciación el autor no repara en ningún esfuerzo. Ilustraciones en color, excelentes y abundantes dibujos a tinta, lenguaje muy cuidado y asequible. buen diseño general de la obra, excelente edición, glosarios. índices y lodo tipo de noticias ayudan a despenar el interés y a mantener la curiosidad del lector. El libro empieza con una introducción en la que, además de explicar el plan general de la obra, se dan las instrucciones precisas sobre como utilizarlo. Una excelente introducción a la nora y vegetación españolas dan paso a unas nociones de taxonomía y nomenclatura. Sigue un capítulo profusamente ilustrado dedicado a la morfología vegetal que precede a las claves de identificación. Cada página par corresponde a una lámina profusamente ilustrada con los caracteres morfológicos críticos para moverse con seguridad por las claves dicotómicas, necesariamente largas al incluir un elevado número de géneros. Pero si disponer de unas claves tan complelas, acompañadas por 54 láminas, es toda una novedad, más interesantes resultan, si cabe, las claves complementarias. El pone. la disposición de las hojas, el color de las nares o el tipo de frutos constituyen otras tantas claves que penniten rápidamente alcanzar un grupo de plantas relativamente reducido. El grueso de la obra lo componen las descripciones. Se comenta ampliamente cada división taxonómica y para cada especie se indica su nombre científico, algún sinónimo importante. el nombre vernáculo, en las distintas lenguas peninsulares. y una descripci6n completa. Siguen indicaciones sobre la noraci6n, condiciones de cultivo o ecología. área de distribuci6n, y un apartado de observaciones. Es en estos apartados donde el autor reúne numerosas noticias sobre la historia, precisiones taxon6micas, ecol6gicas o geográficas, utilizaci6n forestal, agronómica, ornamental, comparación con otros taxones próximos... La formación del autor en la Facultad de Farmacia de Madrid le permite incluir abundante informaci6n sobre propiedades medicinales de las distintas especies. La preocupación de Ginés L6pez por mantenerse permanentemente al día se reneja en la nueva Guía, resumen de los dos volúmenes anteriores. Aunque con sus casi 900 páginas no es un libro de bolsillo se trata de un volumen bastante manejable, diría que portable en la mochila de los jóvenes o en la guantera del coche de los que arrastramos más años. El esfuerzo del autor por reducir a un único volumen lo escrito para los dos anteriores RECENC10NS BIBLIOGRÁFIQUES es muy notable. A diferencia de éstos, para la ordenación de los {axones se sigue el nuevo orden de clasificación de las familias. orden establecido. gracias a las nuevas técnicas moleculares, por Jugg & al. (1999) y Soltis & al. (2000). La amplia fonnación de Ginés López le llevan a incluir en sus observaciones una cantidad tal de noticias que el resultado solo es comparable al famoso Dioscórides renovado de Fonl Quer. libro con el que los de Ginés López tienen algunos paralelismos. Sólo me cabe. desde estas páginas, desearle que conozcan tantas ediciones y reimpresiones como ha visto el libro de Font.
En properes visites esperem trobar-ne algun rodal petit.
Se cita por primera vez como alóctona en la península ibérica la especie Cylindropuntia kleiniae (DC.) El comúnmente denominado cardoncillo, tasajillo o tasajo es una planta suculenta nativa del desierto de Chihuahua, de Nuevo México y Texas en Estados Unidos, y de los estados de Coahuila, Chihuahua, Durango y Nuevo León, en México (Anderson, 2001). En su rango de distribución natural, Cylindropuntia kleiniae coloniza pisos de jarilla-mesquite, en laderas rocosas de piedra caliza, en altitudes de 800-1800 m (Pinkava, 2003). En el oeste de Texas y el norte de México, forma híbridos con C. leptocaulis (DC.) F. M. Knuth, denominados C. × antoniae P. V. Heath, con grados de variación morfológica. En el norte de México, C. kleiniae hibrida con C. imbricata (Haw.) De hecho, la misma Cylindropuntia kleiniae podría ser de origen híbrido (Pinkava, 2003). Esta especie no se encuentra incluida en trabajos de catalogación de la flora alóctona valenciana (Guillot et al., 2009a; Sanz-Elorza et al., 2011), en los trabajos de catalogación de la flora cultivada en la provincia de Valencia (Guillot et al., 2009b), ni en el catálogo de la flora alóctona española (Sanz-Elorza et al., 2004). Según la descripción de Anderson ( 2001), se trata de un arbusto con ramificación abierta de 0,5-2,5 m de altura, con segmentos del tallo de 4-20 cm de longitud y 0,6-1,2 cm de diámetro, con tubérculos; aréolas con lana amarilla, oscureciéndose con la edad, ovales; glóquidas amarillas, de 0,5-2,5 mm de longitud; espinas 1-4 en la mayoría de las aréolas, en ocasiones ausentes, no oscureciendo los tallos, aciculiformes, de color amarillo a gris con ápices claros, rectas o ligeramente curvadas, de 1-3 cm de longitud; flores verdosas en la base, rojo o magenta en la zona superior y frutos obovoides a cilíndricos, carnosos, inermes, de color verde, pasando a rojo, de 1,3-3,4 cm de longitud y 1-2 cm de diámetro. Se diferencia claramente de la mayoría de táxones congenéricos citados en la península ibérica (Tabla 1) por el diámetro de los artículos (0,6-1,2 cm), pudiendo coincidir en este carácter con C. bigelovii (Engelm.) F. M. Knuth (1-2 cm) y C. × tetracantha (Toumey) F. M. Knuth (10-15 mm), pero difiriendo claramente de la primera, entre otros caracteres, en el número de espinas (1-4 en C. kleiniae, 6-8 en C. bigelovii) y de la segunda en caracteres como el color de las glóquidas (amarillo en C. kleiniae, marrón en C. × tetracantha) y la presencia de espinas cortas en el fruto, en C. × tetracantha. A los doctores E. Dana (Agencia de Medio Ambiente y Agua de Andalucía, División de Sostenibilidad y Medio Ambiente Urbano), P. P. Garcillán (CIBNOR, Instituto Politécnico Nacional, La Paz, B.C.S. México) y J. P. Rebman (San Diego Natural History Museum), por su ayuda para la correcta identificación de esta especie.
El Parque Nacional Las Tablas de Daimiel, con una extensión actual de 3300 ha, es una llanura que cuenta con unas 1600 ha de superficie inundable situada al final de una amplia cuenca hidrográfica de 15.000 km 2 (Fig. 1). Lo que ocurre en la cuenca tiene su repercusión directa o indirectamente en el humedal: sobreexplotación de las aguas subterráneas, vertidos, contaminación agrícola difusa, entrada de fauna alóctona, etc. A estos impactos hay que añadir los ocurridos en el propio parque: intentos de desecación, eliminación de los masegares, incendios, proliferación de especies invasoras, etc. (Sánchez Carrillo & Angeler, 2010). El Parque Nacional Las Tablas de Daimiel constituye uno de los ecosistemas más peculiares de la península ibérica. Esta llanura de inundación estaba alimentada esencialmente por el desbordamiento de dos ríos y de manantiales u «ojos» (Álvarez Cobelas & Cirujano, 1996; Domínguez et al., 2006; Sánchez Carrillo & Angeler, 2010). Los ríos eran de distinta naturaleza, el Guadiana, de aguas bicarbonatadas y permanentes, y el Gigüela, de aguas sulfatadas y estacionales; los manantiales son surgencias de aguas freáticas de la llamada Masa de Agua Mancha Occidental I y II (antes Acuífero 23 o Unidad Hidrogeológica 04.04). Si bien Las Tablas de Daimiel eran en origen un humedal semipermanente con una inundación (DOCE, 2000), establece una serie de indicadores biológicos que permiten determinar el estado ecológico de las masas de agua. Entre estos indicadores se contempla la abundancia y composición de los macrófitos acuáticos, entendiéndose como tales las plantas que se ven a simple vista y que pueden clasificarse como hidrófitos, helófitos e higrófitos (Den Hartog & Segal, 1964; Cirujano et al., 2007). Los carófitos son un grupo de hidrófitos sumergidos, pertenecientes a la familia Characeae, división Chlorophyta, que al quedar en contacto con el aire se secan y mueren. Algunas especies o variedades de este grupo de algas son más sensibles que otras a la contaminación, pero todas terminan por extinguirse cuando la eutrofia del agua aumenta y se manifiestan los efectos asociados al incremento de nutrientes (Blindow, 1992; Van den Berg et al., 1998; Coops, 2002; Cirujano et al., 2007; Rodrigo et al., 2010; Alonso Guillén, 2011). Pohl] es un helófito, de la familia Cyperaceae (Cirujano et al., 2014), que en la península ibérica es característica de lagunas y humedales con aguas ricas en carbonatos-bicarbonatos. En estos ecosistemas la masiega ocupa bandas de anchura variable que, según la morfología del cuerpo de agua, pueden constituir formaciones impenetrables denominadas masegares Figura 2. Evolución de los niveles de inundación en el Parque Nacional Las Tablas de Daimiel entre los años 1955 y 2014, y los principales episodios de contaminación ocurridos desde 1981 hasta 2014. •: episodios de contaminación aguda; ○: episodios de contaminación difusa. El objetivo de este trabajo es demostrar que la extensión de las formaciones subacuáticas de carófitos puede elegirse como indicador a corto plazo del buen estado de conservación del ecosistema, ya que su desarrollo está condicionado por la calidad del agua, por la duración anual de la inundación y por el efecto que sobre ella ejerce de la fauna acuática introducida. Además, la masiega, puede emplearse como indicador a medio y largo plazo de los cambios ocurridos en el ecosistema; sobre todo, los que se refieren a la duración prolongada de la fase seca y a las modificaciones en la tipología iónica del agua. La evolución anual de la superficie de inundación ha sido recopilada por la dirección del Parque Nacional desde 1989 hasta la actualidad. Los datos iniciales desde 1955 fueron interpolados por regresión lineal múltiple (Álvarez Cobelas et al., 2001). El análisis de las superficies colonizadas por las formaciones subacuáticas de carófitos y las formaciones de masiega se realizó con los mapas de vegetación disponibles a partir del año 1956. Los mapas del 1956 al 1984 se elaboraron con la fotografía convencional y aérea disponible de dichos años, y los datos aportados por los antiguos habitantes de Las Tablas (Álvarez Cobelas & Cirujano, 1996, 2015). El resto de los mapas desde 1993 a 2014 se basan igualmente en fotografías aéreas restituidas a ortofotografías y en las observaciones y muestreos efectuados en el humedal. Los cálculos para determinar la cobertura de las praderas subacuáticas de carófitos se realizaron en el mes de junio, periodo en el que dichas formaciones están bien constituidas. La superficie inundada en dicha fecha, que no estaba ocupada por la vegetación emergente, se estimó como la que potencialmente podía ser colonizada por los carófitos. La superficie real ocupada por estas formaciones se precisó mediante muestreos realizados por toda la superficie inundada en el periodo 1992-2014. En los años anteriores 1956, 1977 y 1984 se consideró, dado que la calidad del agua era adecuada, que la superficie real coincidía con la potencialmente colonizable. La extensión de los masegares se estimó discriminando en la vegetación emergente entre dichas formaciones y las de carrizo [Phragmites australis (Cav.) Las praderas subacuáticas de carófitos ocupaban en el año 1956, cuando Las Tablas estaban inalteradas, unas 450 ha que era prácticamente el 100% de la superficie que podían ocupar al estar libre de vegetación emergente (Fig. 3). Durante los años 70 y 80 se acentuó la pérdida de aportes debido a la sobreexplotación de las aguas subterráneas y la entrada de aguas contaminadas. En el año 1984 la superficie máxima inundada fue de 419 ha, y la del mes de junio de 361 ha, con una cobertura de carófitos de 125 ha. En el año 1987 se puso en marcha el denominado Plan de Regeneración Hídrica que permitió la derivación, a partir del año 1989, de diferentes volúmenes de agua hacia Las Tablas procedentes del trasvase Tajo-Segura. Dicho Plan tuvo en cuenta la cantidad de agua a trasvasar pero no su calidad (Álvarez Cobelas & Cirujano, 1996). Las diferencias entre las superficies potencialmente colonizables por las praderas de carófitos y las realmente colonizadas son notorias a partir del año 1993. Esto se acentuó aún más en el año 2005, porque la contaminación aguda ocurrida en el año 2004 (Fig. 2) arrasó casi por completo la vegetación subacuática, que ya no se recuperó debido a la conjunción de un periodo seco que duró hasta el año 2010 (Álvarez Cobelas & Cirujano, 2006Cirujano,, 2010)). A este periodo, que se prolongó desde 2007 hasta finales de 2010 en el que Las Tablas quedaron completamente secas, sucedió una fase húmeda con inundaciones máximas hasta el año 2014. Tras la eliminación en el año 2009 de unas 18.000 tm de vegetación anual y nitrófila, tarayares de escaso porte [Conyza canadensis (L.) Hieron., Cochlearia glastifolia L., Tamarix canariensis Willd.] y helofítica (Phragmites australis) la superficie libre de vegetación e inundada en el mes de junio llegó a las 920 ha, de las cuales unas 811 ha fueron colonizadas por las praderas subacuáticas de carófitos (Fig. 3), lo que supone casi el doble de la superficie existente en el año 1956 (Álvarez Cobelas & Cirujano, 2010). Las entradas de vertidos contaminantes por el río Gigüela y por el antiguo cauce del Guadiana se iniciaron en el verano de 2010 y se prolongaron hasta 2014 (Fig. 2). Esta situación, unida al impacto causado por la excesiva población piscícola, incluida la que genera gran turbidez en el agua, ha contribuido a que en el periodo 2011 a 2014 la superficie cubierta por las praderas de carófitos no alcance ni el 4% de la superficie potencialmente colonizable (Fig. 3) (Álvarez Cobelas & Cirujano, 2011, 2012; Laguna et al., 2016). En la década de 1970 se desecaron y pusieron en cultivo unas 410 ha, situadas entre la presa central y la de Puente Navarro (Fig. 1), reduciéndose un 38% la superficie colonizada por esta formación, que pasó a ocupar 669 ha en 1977. El incendio de turba ocurrido en el año 1986 calcinó otra parte del masegar situado en la zona central del parque (Álvarez Cobelas & Cirujano, 1996), entre la mencionada presa central y la entrada del río Guadiana (Fig. 1), y en el año 1993 los masegares ocuparon 405 ha, el 62% menos que en 1956. Esta tendencia decreciente de la superficie ocupada por los masegares se mantuvo hasta 2009, año extremadamente seco en el que se produjo una nueva combustión de la turba de la zona central, y descendió a 96 ha, lo que supone una disminución del 91% frente a la de 1956. Tras la inundación máxima ocurrida en el año 2010, que se ha prolongado hasta la actualidad, los masegares no se recuperaron, ya que después de estar sometidos a un fuerte estrés hídrico, sucedió la inundación máxima que incluso los cubrió en algunas zonas (Ortiz Llorente, 2013). Como se ha visto, los cambios en la distribución de los carófitos y masegares se relacionan bien con fuertes perturbaciones en el humedal y vienen a corroborar la relación de la pérdida de diversidad y la extensión de las formaciones vegetales con los cambios acaecidos al medio acuático durante las últimas décadas. Las perturbaciones tienen su origen principalmente en: (1) los intentos de desecación que tuvieron lugar entre los años 1967 y 1973; (2) la alteración del régimen hídrico original derivado de la sobreexplotación de las aguas subterráneas con fines agrícolas; (3) los incendios de diferente intensidad ocurridos en los años 1986, 1987, 1994 y 2009; (4) la contaminación del agua por sucesivos y reiterados vertidos de aguas residuales urbanas e industriales; (5) el aumento de la turbidez del agua derivado de la ausencia de vegetación sumergida; (6) la proliferación excesiva de especies introducidas consumidoras de este tipo de vegetación, como son carpas (Cyprinus carpio Linnaeus, 1758), carpines (Carassius carassius Linnaeus, 1758), cangrejo americano (Procambarus clarkii Girard, 1852) y, desde 2010, el pez gato (Ameiurus melas Rafinesque, 1820) (Álvarez Cobelas & Cirujano, 1996; Angeler et al., 2002Angeler et al.,, 2003;;Cirujano et al., 2004; Sánchez Carrillo & Angeler, 2010; Laguna et al., 2016). Las praderas subacuáticas de carófitos ponen de manifiesto que aún en periodos de bonanza hídrica no logran regenerarse, debido a la deficiente calidad de las aguas embalsadas y la presión de la fauna exótica. El claro desfase que se produce entre la superficie teóricamente colonizable y la colonizada evidencia estas afecciones. Los masegares, uno de los elementos característicos del humedal, han pasado de ser la vegetación emergente dominante en el humedal, a un elemento testimonial con una reducción de la superficie colonizada del 98% respecto al año 1956. También son un claro exponente de los cambios ocurridos y de cómo el sistema se mueve hacia otro modelo más banal de zona húmeda. Por tanto, las formaciones acuáticas de carófitos como indicador anual de la calidad y la permanencia del agua, y los masegares como indicador a medio y largo plazo de los cambios en la hidrología, muestran lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en este Parque Nacional. La mayor parte de los datos utilizados para elaborar el presente artículo están extraídos de diferentes proyectos de investigación y de seguimiento financiados por el Organismo Autónomo Parques Nacionales.
Va dur a terme la seva tesi doctoral Flora de la cordillera Litoral catalana (porción comprendida entre los ríos Besós y Tordera) a l'IBB i a la UB. El Dr. Montserrat estimava, es feia estimar i se sabia estimat. En el VIII Coloquio Internacional de Botánica Pirenaico-Cantábrica (León, 2007).
Confitades en esperit de vi. Confitat en esperit de vi.